© Libro N° 14921. Cartas Sociables. Cavendish, Margaret. Emancipación. Marzo 14 de 2026
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CARTAS
SOCIABLES
Margaret
Cavendish
Cartas Sociables
Margaret Cavendish
En «Cartas sociables» (1664), Margaret Cavendish una de las escritoras pioneras del siglo XVII en Inglaterra, concibe una amistad platónica y epistolar con otra noble dama con la que se cartea imaginariamente. En estas misivas, de interés político, científico, social y literario, la autora pretende suturar las heridas del país, aún dividido en facciones por el conflicto fratricida de la Guerra Civil (1642-1649), proponiendo como vía de reconciliación el concepto de sociabilidad.
Margaret Cavendish
Cartas Sociables
Cátedra - Letras Universales - 599
ePub r1.0
Titivillus 06.03.2026
Título original: CCXI Sociable Letters
Margaret Cavendish, 1664
Traducción y edición: Sonia Villegas López
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
INTRODUCCIÓN
BIOGRAFÍA DE LA AUTORA
C ONSIDERADA una de las primeras mujeres inglesas en firmar abiertamente sus escritos, Margaret Cavendish, Lucas de soltera, manifestó desde sus primeras obras un deseo irrefrenable por expresarse por medio de las palabras y un afán constante por alcanzar la fama y pasar a la posteridad. Sus once libros y sus dos colecciones de obras teatrales así lo demuestran, y en todos ellos la autora se manifestaba en la misma línea. Tildada de huraña y excéntrica por algunos de sus contemporáneos[1], debido a su peculiar atuendo tanto como a la originalidad de su producción, la figura de Cavendish fue reivindicada a inicios del siglo XX por otra original escritora, Virginia Woolf. En Una habitación propia,
Woolf reflexionaba sobre la versatilidad de su antecesora:
¿qué hubiera podido constreñir, amaestrar, o civilizar para uso humano aquella inteligencia indómita, generosa, sin guía? Brotó desordenadamente, en torrentes de rima y prosa, de poesía y filosofía, hoy congelados en cuartillas y folios que nadie lee. Le hubieran tenido que poner un microscopio en la mano. Le hubieran tenido que enseñar a mirar las estrellas y razonar científicamente. La soledad y la libertad le hicieron perder la razón. Nadie la controló[2].
Como ya intuía Woolf, la producción de Margaret Cavendish fue la consecuencia más evidente y directa de sus circunstancias vitales, del hecho de ser mujer y noble en Inglaterra durante el convulso siglo XVII, de sufrir experiencias excepcionales y traumáticas como la guerra civil y el exilio, y la no menos traumática, aunque nada excepcional, del rechazo masculino por el hecho de ser mujer. Woolf destacaba también su interés por las artes y las ciencias, algo que Cavendish no consideraba incompatible, sino, muy al contrario, complementario. Es difícil desligar —y Woolf incide en ello— las peculiaridades de Cavendish como mujer de su tiempo y escritora de su asociación constante con la locura, una descripción del todo injusta de su deseo de alejamiento de las banalidades del mundo, que no la mantenían ajena al devenir político y científico de su momento.
Los Lucas de Colchester
Margaret Lucas fue la quinta hija de Sir Thomas Lucas, un caballero afincado en la ciudad de Colchester, en el condado inglés de Essex. La fecha de su nacimiento resulta incierta, aunque el año que ha alcanzado mayor consenso entre sus biógrafos es 1623[3]. Debido a que su padre falleció cuando Margaret era aún muy niña, la mayor influencia de este primer período fue sin duda su madre, Elizabeth Leighton. Descrita por la autora en su autobiografía como una mujer cariñosa, valiente y con firmes valores y determinación[4], Elizabeth tuvo a su cargo la nada desdeñosa tarea de educar y velar por su amplia familia durante la contienda civil, después de quedar viuda en 1625. El temperamento de los Lucas, sin embargo, no era exclusivo de la progenitora. El propio Sir Thomas había tenido que abandonar Inglaterra veinte años atrás, desterrado a Francia, por haber matado en duelo a un miembro de la familia Cecil, Mr. Brooks, muy influyente en la corte y favorito de la reina[5]. Al marchar, Sir Thomas dejó atrás a Elizabeth, con la que aún no se había casado, embarazada de su primer hijo, Thomas, que siempre sería considerado ilegítimo. A la muerte de la reina, y el ascenso al trono del rey Jacobo, Lucas recibió el permiso real para volver a Inglaterra.
La vida en Colchester, una ciudad fundamentalmente agrícola y ganadera, era apacible y tranquila, al menos hasta que empezaron a soplar los vientos de cambio que trajo la guerra civil. Allí crecieron en la casa familiar de St. John, además de Thomas, John, heredero de la fortuna familiar, Mary, Elizabeth, y Charles, otro varón tan temperamental como su padre, y posteriormente compañero de armas del esposo de la autora, William Cavendish, al que siguieron Anne y Catherine, y finalmente Margaret. La pronta muerte del padre dejó a los Lucas en una situación de indefensión ante la ley, pues las viudas no podían heredar ni gestionar la fortuna de sus maridos, con lo que Elizabeth Lucas solicitó de inmediato al rey que los derechos y las propiedades fueran tutelados por Peter Killigrew, de familia adinerada y bien conectada en la corte, así como el permiso para desposar con Killigrew a su hija mayor, Mary.
La infancia de Margaret fue tranquila y acomodada. En su autobiografía, A True Relation of My Birth, Breeding, and Life (1656), la autora detalla, por ejemplo, el cuidado que su madre otorgaba al atuendo de sus hijos, con el fin de que aparentaran su situación social[6], unas circunstancias que cambiarían radicalmente con el inicio de la guerra. La experiencia de Margaret no distaba mucho de las de las hijas de familias pudientes de la época, particularmente en lo que a educación y expectativas de futuro se refiere. Los hermanos crecieron con atención y delicadeza, bajo la atenta mirada de la madre, que vigilaba muy de cerca su evolución. De esta forma, las hijas fueron instruidas en la música, el baile, la lectura, la escritura y la costura, como la propia Cavendish recuerda, y sobre todo en los principios de la modestia, la virtud, el respeto y el honor que para la matriarca eran fundamentales. A pesar de ello, como Cavendish cuenta en sus cartas, nunca destacó en las labores femeninas, despreciando las actividades propias de su sexo y el trabajo manual en favor de la lectura y posteriormente la escritura. Su innata curiosidad por el conocimiento desde muy niña contrasta con el reducido ámbito de desarrollo intelectual que se reservaba a las mujeres en la época[7]. La autora relata, no sin amargura, la educación reservada a sus hermanos varones, a los que igualmente la matriarca intentó inspirar en los valores de una vida recta. Los chicos recibían educación en casa, por parte de tutores, pero Margaret y sus hermanas no tuvieron acceso a una educación formal. Los muchachos eran instruidos en el manejo de la espada, la lucha y la caza. El heredero de los Lucas, John, se convirtió en un gran erudito[8], mientras que los otros hermanos, Thomas, el hijo primogénito, aunque nunca reconocido, y Charles, destacaron como consumados soldados participando en las guerras contra Holanda, en campañas en Irlanda y en la contienda en Inglaterra. A pesar de la diferencia de edad, los hermanos crecieron muy unidos, un vínculo que siguió siendo estrecho tras el matrimonio de todos ellos[9].
Como la propia autora pone de manifiesto, los Lucas gozaban de la mutua compañía, aunque no se prodigaban en el trato o la relación con otras familias, y se reunían, dependiendo de la época del año, para asistir al teatro, pasear en carruaje, visitar los jardines de Spring Gardens, Hyde
Park y Hampton Court, cuando se hallaban en Londres[10], o montar en barcaza. Estos inocentes entretenimientos anidaron en la mente de Margaret, reforzando, por un lado, el fuerte sentido de familia, y por otro, justificando su propio alejamiento del mundo y su deseo de aislamiento social. Fue ella, sin embargo, la que apenas con veinte años, en 1643, consiguió el permiso materno para abandonar el hogar familiar y marchar a Oxford como dama de compañía de la reina Henrietta Maria, para posteriormente viajar hasta Francia, en los inicios del exilio de la corte a este país[11]. Tanto Oxford como París proporcionaron a la joven Lucas la oportunidad de observar la corte y sus entretenimientos, que consideraba en su mayoría vanos y superfluos[12]. En Francia tuvo que enfrentarse además a un idioma que le era ajeno, lo que aumentó sus habilidades como observadora de usos y costumbres, y le hizo añorar a los suyos terriblemente[13].
El trauma de la guerra civil
Los años postreros de la década de los 30 anticiparon el clima de confrontación que culminaría con el estallido de la guerra. La situación económica y la estabilidad política empeoraron drásticamente: Carlos I había gobernado sin el control del Parlamento desde 1629, recaudando el dinero que necesitaba para sus campañas militares a través de impuestos especiales que no necesitaban de la aprobación de la Cámara, lo que elevó el descontento popular, y los conflictos dentro y fuera de Inglaterra se multiplicaron, tanto en Escocia como en Irlanda. Ante esta situación de vertiginoso cambio, los Lucas siempre permanecieron fieles al rey y a la iglesia de Inglaterra, extremo este último que también los puso en peligro, teniendo en cuenta el creciente poder que los Puritanos habían adquirido[14]. Fue en concreto un sirviente el que a mediados de 1642 denunció a la familia Lucas ante los magistrados de Colchester por colaborar con la causa real. Como respuesta, el 22 de agosto —día en que Carlos I declaró formalmente la guerra al Parlamento— un contingente de partidarios parlamentarios entró en tropel en St John, y arrasó el lugar. Sir John, su esposa, su madre Elizabeth, y sus doncellas fueron llevados a prisión para preservar su vida[15]. Cuando a los pocos días, la familia fue liberada y pudo volver a St. John, los Lucas solo encontraron devastación; sus peticiones de restitución nunca fueron oídas por el Parlamento. Estos sucesos impresionaron gravemente a la joven Margaret, en la que se acrecentó la aversión hacia los que consideraba bárbaros por haber maltratado a los suyos y arrasado sus derechos y propiedades[16]. Cuando unas semanas más tarde John pudo abandonar la Torre de Londres, sus hermanos varones estaban ya inmersos en la contienda: Thomas en Irlanda y Charles al frente de la caballería real luchando en la batalla de Edgehill, la primera plaza relevante de la guerra.
En los meses siguientes, la reina Henrietta Maria combatía a favor de la causa real consiguiendo recursos en los Países Bajos, convirtiéndose para una impresionable Margaret en fuente de inspiración y heroísmo[17]. Su ambición era imitar a la reina, y como en el caso de las muchachas que pertenecían a familias bien situadas, consiguió acompañarla a la corte, primero en Oxford y poco después a París, a pesar de la oposición de parte de su familia, que la consideraba demasiado joven e inexperta para prosperar en ese mundo. Mientras tanto, su hermano John y su cuñado Sir Edmund Pye, también planeaban dejar Londres y trasladarse a Oxford, donde el rey tenía su bastión, y sería muy posiblemente en esta compañía, junto a su querida hermana Catherine Pye, su doncella, Elizabeth Chaplain, y su cuñada Anne, mujer de John, como Margaret llegaría a su primer destino[18]. La madre permaneció en la capital junto a los Killigrew. La atmósfera relajada de Oxford pronto se vería truncada por el devenir de la guerra, que lastraba las esperanzas de un final favorable para los partidarios del rey. Ante el peligro inminente de los avances de los parlamentarios, y la amenaza escocesa que se intensificaba en el país, la reina, en avanzado estado de gestación, se trasladó a Exeter[19]. Allí abandonaría a su recién nacida para cruzar el canal hasta Francia, su país natal. Si esta vez fue la última en mucho tiempo que la reina divisaría las costas inglesas, también sería la última vez que Margaret vería a su madre y a otros miembros de su familia[20], y en abril de 1644, con su marcha a Francia, diría adiós a algunos otros parientes con los que no volvería a reunirse en años.
Los Cavendish
En la corte, en abril de 1645, Margaret Lucas conoció al que poco después se convertiría en su esposo y cómplice a lo largo de su vida. William Cavendish (1592-1676), conde de Newcastle, era un hombre maduro, viudo de su primera mujer, Elizabeth Basset Howard, padre de cuatro hijos, y miembro destacado de la nobleza que siempre mostró un apoyo firme al rey. De seguro, Margaret habría oído acerca de sus hazañas y su valentía en el frente, así como de los méritos que lo habían llevado a comandar las huestes de Carlos I. Cavendish había sido instruido desde muy niño en el manejo de la espada y en la equitación, esta última probablemente la mayor de sus pasiones[21]. Cavendish era compañero de armas de notables soldados, que le asistían en el servicio de la causa real, como Charles Lucas, hermano de Margaret. Aunque sus primeras campañas fueron exitosas, como la ocurrida en Adwalton Moor (Yorkshire) en junio de 1643, su declive vino marcado por el desarrollo fatal de la guerra, particularmente cuando los escoceses entraron en el conflicto apoyando la causa puritana, lo que inclinó la balanza definitivamente hacia el ejército de Oliver Cromwell tras la cruenta batalla de Marston Moor[22]. A pesar de ello, William Cavendish siguió apoyando férreamente al rey y, considerado un traidor por el bando vencedor, tuvo que marchar al exilio con sus hijos varones a Hamburgo a finales de 1644, donde su precaria situación no mejoró; atrás había dejado dos de sus principales propiedades, Welbeck Abbey y Bolsover Castle, en manos de los parlamentarios y solo le acompañaron deudas[23]. Desilusionado por el funesto devenir de la guerra, y ante la imposibilidad de volver a Inglaterra, Cavendish viajó hasta París en 1645, donde visitó a la reina Henrietta Maria y a pesar de su difícil situación económica la agasajó, ocasión en la que conoció a la que poco después se convertiría en su esposa[24].
Aunque la propia Margaret manifestaba su aversión inicial al matrimonio, su afecto por William creció, convencida de que no podría amar a nadie más[25]. Como todo hecho relevante en la vida de la autora, la pasión por Newcastle aparecería frecuentemente en sus obras, abiertamente en la biografía que le dedica, The Life of the Thrice Noble, High, and Puissant Prince William Cavendishe (1675), y de forma alegórica en la obra teatral The Presence, que muestra el cortejo de Lord Loyalty a Lady Bashful, sin duda alter egos de la pareja, que representaban respectivamente la lealtad de él y la timidez y el recato de ella. Si hubo resistencia a los lances amorosos de Newcastle en los inicios del cortejo, pronto se difuminó al recibir sus cartas y sus enardecidos poemas de amor, que eran correspondidos más tímidamente por la autora[26]. Ella cuenta en la biografía sobre William que este la desposó porque deseaba ampliar su descendencia con más hijos varones, extremo que nunca sucedió[27]. Aunque Margaret lamenta esta situación en algunas de sus cartas, se consuela pensando que su descendencia han sido sus obras, y que en general las mujeres ganan poco para sí mismas trayendo hijos al mundo[28]. El matrimonio con Newcastle, aunque inicialmente ventajoso para una joven sin gran influencia en la corte, entablaba también serias dificultades para Margaret, que debería renunciar a reunirse con su familia en Inglaterra y acompañar a su esposo en el exilio, al menos hasta que la situación política les fuera favorable. De una y otra parte habían recibido oposición al casamiento, aunque Margaret nunca lamentó su unión con William[29].
Newcastle representaba todo lo que la joven Margaret admiraba y su unión le parecería no solo conveniente sino muy satisfactoria. Era probablemente una figura muy cercana a la que evocaba el recuerdo de su padre, al que apenas había conocido, un hombre íntegro y honorable, culto y refinado, con el que compartir su pasión por el conocimiento y las letras[30]. Como la propia autora deja entrever en sus escritos, y en concreto en sus cartas, su amor por William era firme y duraría toda la vida[31]. La biografía de Newcastle da testimonio de sus hazañas en el campo de batalla (Book I), de la experiencia y los sufrimientos del exilio (Book II), y de su semblanza personal y el panegírico de sus virtudes (Book III).
El exilio europeo
A la desgraciada condición del exilio, que marcaría la vida de ambos y ciertamente la producción literaria de Margaret Cavendish, se sumaron las estrecheces económicas por las que debieron de pasar. Desde el momento en que dejó Inglaterra, Newcastle vivió a expensas del crédito ajeno, que a menudo conseguiría manteniendo las apariencias y creando confianza en los mercaderes a los que acudía. Esta situación desfavorecida no fue óbice para que la época parisina de los Cavendish no fuese estimulante. La década de los 40 fue la de mayor apogeo en los salons, regentados por las précieuses, damas de la nobleza con grandes contactos entre los intelectuales de la época[32]. En qué medida la exposición o el acceso a estos salones influyó en la autora es difícil de determinar, aunque un elemento de juicio es que Cavendish no hablaba francés, motivo que en sus inicios en París la aisló socialmente dentro de la corte. Tras su boda y su traslado a la vivienda de su marido en la ciudad, con la única compañía de su doncella Elizabeth Chaplain, aunque rodeada del séquito de una casa noble, este aislamiento se intensificó debido a la falta de dinero[33]. Solo el poder de persuasión de William para con sus acreedores y el poco auxilio que John, hermano de Margaret, podía prestarles desde Inglaterra conseguían aliviar sus penurias.
En agosto de 1646, la visita del Carlos, Príncipe de Gales, logró momentáneamente animar la vida de los exiliados monárquicos en París[34]. Pocos meses después, los Cavendish consiguieron fondos para alquilar en uno de los barrios más cotizados, junto al Louvre y el Palais Royal, y William pudo dedicarse al arte de la doma[35]. Al tiempo, grandes personalidades de la cultura y protegidos del marqués, como Sir William Davenant, y los poetas Edmund Waller y Abraham Cowley, junto a otras figuras del ámbito científico de la época, ya mencionadas, comenzaron a frecuentar el hogar de los Newcastle y se dieron cita en sus encuentros en París[36]. Es poco probable que Margaret se beneficiara de este trato, tanto por sus dificultades para entender el idioma como por el hecho de ser mujer[37]. Si no para la manifestación pública, Cavendish sí encontró una voz en la escritura durante los años de su exilio. A pesar de que a menudo adoptaba la convención de la captatio benevolentiae para justificar su uso de la palabra[38], su verdadera vocación era escribir, algo reservado a los hombres por principio. Si Cavendish era prolífica escribiendo, cada vez se hacía más evidente que no conseguiría quedar embarazada, y ello a pesar de los innumerables remedios prescritos por el médico de la reina, el Dr. Theodore Mayerne. Esta relación causa-efecto —ella era creadora y no procreadora— también la exponía a la censura social.
1647 fue un annus horribilis para Margaret, que asistió desde la distancia a la muerte de varios miembros de su familia: su hermana Mary Killigrew, tras ella, su madre seis meses más tarde, y su hermano Thomas, herido mortalmente en la campaña de Irlanda, poco después[39]. A este año devastador, que sumió a la autora en una profunda depresión, agudizada por las acuciantes deudas, como refleja en sus cartas[40], le siguió otro aún más convulso: el que daría lugar a las revueltas de la Fronda[41], una época de tumultos e insurrección social, que motivaron la salida de los Newcastle de París y su viaje a los Países Bajos, donde se instalarían los siguientes años. Viajaron hasta Rotterdam, donde Margaret recibió las funestas noticias acerca de la muerte de su hermano Charles, así como de la profanación de las tumbas de su hermana y su madre, por parte del ejército de los parlamentarios[42]. Los Newcastle se establecieron en Amberes, una ciudad celebrada internacionalmente por su tranquilidad, limpieza y elegancia, así como por su vida artística y su estilo principesco. Allí tuvieron la oportunidad de alquilar su antigua vivienda a la viuda del pintor Rubens, fallecido ocho años atrás[43]. Situada estratégicamente entre La Haya, donde se encontraba el príncipe Carlos, y París, donde seguía residiendo la reina madre, Amberes resultaba muy conveniente para los exiliados ingleses que, como los Cavendish, deseaban profesar su fe con libertad.
A finales de la década de los 40, Amberes era aún una ciudad particularmente activa en el comercio, y actividades refinadas como la esgrima, la equitación y la danza ganaron gran importancia en los años que siguieron[44]. En las artes destacaban no solo la pintura, con el legado de Rubens y el magisterio de Van Dyck, favorito de Newcastle, sino también el teatro, despuntando las comedias francesas, interpretadas a menudo por compañías del país galo, y la ópera. El teatro era para los exiliados ingleses algo más que una diversión o un entretenimiento, pues les recordaba tiempos pasados y se convertía para ellos en un acto de resistencia y rebeldía, especialmente después de la censura impuesta por los puritanos en Inglaterra[45]. A este ambiente de efervescencia cultural contribuyeron los Cavendish, afincados en la Rubenshuis. Muy probablemente Cavendish estableció contactos con importantes artistas locales, como Wenceslaus Hollar (1607-1677), al servicio de Thomas Howard, conde de Arundel. Organizaban y asistían habitualmente a mascaradas, reminiscencia inglesa de la década de los 30, y cultivaban las comedias pastoriles, muy del gusto de Amberes[46]. La propia carrera literaria de Margaret comenzó durante el exilio holandés, inspirada e impulsada por su esposo, que le transmitió su entusiasmo por el teatro y la poesía[47]. Las Cartas sociables en concreto reflejan este período, en lo que a entretenimientos y lugares frecuentados se refiere[48]. Amberes era, pues, puerto seguro para los refugiados ingleses, entre los que también se encontró ocasionalmente el rey en el exilio, que celebró en la ciudad la reunión de la Orden de la Jarretera el 25 de febrero de 1658[49]. Entre los conocidos y visitas habituales de los Cavendish se contaba Gaspar Duarte y Rodrigues (1584-1653), banquero portugués y asiduo miembro los círculos musicales de la ciudad, también relacionado con Constatijn Huygens (1629-1695), poeta principal del siglo de oro neerlandés[50]; ambos se contaban entre los asistentes a la visita real.
El 10 de diciembre de 1651, Margaret acudió a Londres, junto a su hermano John, que elevó su caso al Committee for Compounding encargado de dirimir las peticiones de restitución de bienes de los partidarios de la causa real en el exilio[51]. Su demanda fue rechazada por los miembros del Comité, fundamentalmente porque William había sido declarado un traidor, y posiblemente también porque era la causa de una mujer[52]. Durante la visita a la capital, Margaret tuvo la oportunidad de ver a algunos de sus parientes, pero la ciudad distaba mucho de ser la que ella recordaba: los teatros habían sido clausurados, los pocos defensores del rey permanecían en la sombra en su mayor parte, y proliferaban las predicadoras de varias denominaciones religiosas, que bullían en el clima de tolerancia religiosa que había impuesto el Parlamento[53].
Durante su exilio holandés, sin embargo, William Cavendish abandonó en gran medida sus intereses científicos, cultivados en los años 30 en Inglaterra, y posteriormente durante su breve estancia en París, donde no solo Hobbes, sino también figuras como Descartes y Pierre Gassendi, entre otros, eran visitas habituales[54]. Al tiempo que William se dedicaba a los caballos y a realizar sus manuales sobre doma, fomentaba las aspiraciones científicas de su esposa, cuyas reflexiones sobre atomismo se reflejaron ya en sus primeras obras, como Poems and Fancies (1653). Desarrolló la autora un poder de observación que no solo se plasmaría en su atención a la filosofía natural, sino también a su propia práctica literaria en textos como Natures Pictures (1656)[55]. Conocía con cierto grado de profundidad la obra de Hobbes, y se opuso en sus escritos al posicionamiento del filósofo sobre el materialismo[56], aunque gustaba de su rechazo de la mera observación (y la percepción) como únicas vías para la adquisición de conocimiento[57]. Esta posición acerca del carácter racional del conocimiento, y no solo de su carácter empírico, aparece reflejada en muchos momentos a lo largo de la obra científica de Cavendish, y es muy difícil de desligar de sus obras literarias, como la propia autora a menudo ponía de manifiesto[58]. A la vuelta a Inglaterra, Margaret seguiría cultivando su afición por la ciencia en obras posteriores que, en parte, venían marcadas por la indeleble experiencia de lo vivido en el exilio.
La Restauración y la vuelta a Inglaterra
El invierno más frío que se recuerda en la época, la temporada de 1657-1658, pasó factura a la salud del Lord Protector, Oliver Cromwell, en Inglaterra, inclinando la balanza en los meses posteriores hacia la vuelta del monarca al país. El verano de 1658 vio las exequias de Cromwell, propias de un rey[59]. Le siguió en el cargo su hijo Richard, que sucedería a modo dinástico a su padre, aunque por muy breve tiempo. La elección no fue bien recibida en Inglaterra, y los hechos que siguieron se sucedieron a gran velocidad. Así, la incapacidad de Richard Cromwell de controlar el ejército o el Parlamento llevó a su caída en abril de 1659[60]. Ante la situación generalizada de anarquía el general George Monck, que dirigía el ejército en Escocia, amenazó con entrar en Londres y comenzó a trabar la vuelta de Carlos II a Inglaterra. El propio Newcastle viajó hasta La Haya para renovar su juramento de lealtad a la corona, aunque ello no le valiera finalmente para ganar el cargo de Jefe de Caballería (Master of the Horse) que tanto ansiaba y que fue concedido a Monck[61].
Con deudas que superaban las 5000 libras, Newcastle viajó a Inglaterra, aunque no sin antes instruir a Margaret para que permaneciera en Amberes como garantía ante sus acreedores[62]. La visión de la autora con respecto a cómo cambiarían sus destinos tras la Restauración no era demasiado halagüeña, como ella misma manifiesta en Cartas sociables: aunque se esperaba un cambio de fortuna, muy probablemente no sería posible recuperar la gloria perdida[63]. Con gran incertidumbre, Margaret Cavendish se despidió formalmente de los magistrados de Amberes en nombre de su esposo, y no sin dificultad consiguió transporte hasta las costas inglesas, donde la situación de su marido era inferior a lo esperado.
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Las estrecheces a las que debían acomodarse contrastaban con el esplendor de la nueva corte de Carlos II. Abrumado por la nueva situación en cuanto a apariencia, Newcastle propone trasladarse al campo, muy del gusto de Margaret, que había insistido en esta salida de Londres desde su llegada[64]. Parte de las posesiones perdidas en el norte, ahora en manos de Jacobo, duque de York, fueron restituidas al marqués de Newcastle, y por algunas de ellas tuvo que pagar de nuevo. Las propiedades de Welbeck y Bolsover habían sido preservadas para Newcastle, gracias a la intermediación de su hermano Charles, aunque se encontraban en un pobre estado de conservación. La vida en Welbeck no consiguió aislar a Cavendish del comentario y el escarnio público, sino que bien al contrario reforzó la imagen de excentricidad que de ella se tenía, especialmente tras la publicación en 1662 de sus Playes, Written by the Thrice Noble, Illustrious and Excellent Princess, the Lady Marchioness of Newcastle[65].
No sería hasta 1664, cuando Newcastle contaba ya con más de setenta años, que, tras repetidas solicitudes de reconocimiento por los servicios prestados a la corona, su petición sería atendida y se le concedería el ducado de Newcastle, aunque ni este nombramiento ni el de su hijo como conde de Ogle, comportarían el tan ansiado beneficio económico. A lo largo de estos meses, Margaret escribió las Cartas sociables, sobre las experiencias del exilio y de la vida retirada en el campo. En los años sucesivos, la autora se encargó también de reivindicar la figura de su esposo en su biografía, Life of the Thrice Noble, High, and Puissant Prince William Cavendishe. En 1667, los duques visitaron Londres y el rey acudió a su casa en Clerkenwell. En este momento, Margaret era ya objeto del cuchicheo y la curiosidad públicos: la considerada por todos extravagante —a menudo vestía calzones y era muy aficionada a añadir plumas a su atuendo, adoptó la costumbre de pintar lunares en su rostro siguiendo la moda francesa, y gustaba de aparecer con vestidos y capas de terciopelo negro, estilo que también imponía en el vestir a sus lacayos— era en sí misma una atracción[66]. En medio de la polémica por su excentricidad, y no exenta de oposición por parte de los miembros más conservadores, Cavendish visitó la Royal Society el 30 de septiembre de ese mismo año, una ocasión sin precedentes puesto que se prohibía el acceso de las mujeres a su membresía.
Dejando a un lado la anécdota de la visita a Arundel House, sede de la sociedad en The Strand, los Cavendish no se prodigaron en Londres por mucho tiempo. En los años siguientes a esta cita, Margaret se dedicó a seguir escribiendo y publicando, entre las obras de esta época la biografía de su marido, y a despejar las dudas, sembradas por los hijos de él, acerca de su interés y ambición por las propiedades de Newcastle, ya de avanzada edad, e incluso a desmentir un rumor sobre una posible infidelidad[67]. Estos incidentes, muy probablemente unidos a una salud precaria, contribuyeron de seguro a la muerte de la autora el 15 de diciembre de 1673. Días después de que su cuerpo fuese trasladado a Londres, aunque Newcastle permaneció en Welbeck, recibió sepultura en Westminster Abbey. El epitafio de su tumba, escrito por su esposo, rinde homenaje a la esposa y la compañera perdidas y da fe de sus virtudes a los ojos de Newcastle:
Esta duquesa era una dama sabia, ingeniosa e instruida, como dan largo testimonio sus muchas obras; era la esposa más virtuosa, cariñosa y dedicada, y estuvo con su señor esposo todo el tiempo que duró su exilio y penurias, y cuando él volvió a casa nunca se separó de él en su solitario retiro[68].
LA PRODUCCIÓN LITERARIA DE MARGARET CAVENDISH EN SU CONTEXTO HISTÓRICO
En su faceta de escritora, tanto de textos de ficción como no ficcionales, Margaret Cavendish experimentó con un gran número de géneros y formas literarias, escribiendo catorce obras originales de poesía, prosa histórica, material didáctico, obras líricas, filosofía natural, prosa de ficción, oraciones, cartas familiares, obras morales, biografía y autobiografía[69]. Aunque debido probablemente a la falta de definición teórica de los géneros a mediados del siglo XVII su conocimiento al respecto no era del todo formal, su obra da la medida tanto de su familiaridad con la tradición imperante en cada una de las formas elegidas como de su necesidad de sobresalir en todas ellas y de adquirir el título de «autora completa», un desafío especialmente novedoso en el caso de una mujer[70]. A menudo su fama de excentricidad ha venido marcada precisamente por una tendencia a la repetición —de temas y motivos— en sus composiciones, independientemente del género elegido. Así, por ejemplo, su interés científico aparece tanto en obras de filosofía natural — Observations upon Experimental Philosophy o incluso Philosophical and Physical Opinions —como en sus poemas, su miscelánea The World’s Olio y en su narrativa utópica The Blazing World—. A pesar de no ser consistente a lo largo de su producción en el uso de ninguno de ellos, su aproximación es notablemente original, como la propia autora indica en diversas ocasiones[71]. Dos hechos marcarán además su experimentación genérica: el ser una aristócrata en el exilio y el hecho crucial de ser mujer, experiencias que conformarán su particular visión de la literatura como subversión y escape, y explicarán al menos en parte el amplio recorrido que hace por los distintos géneros. Por ello, como las posibilidades a su alcance en el mundo que le tocó vivir eran limitadas, se afanó en la creación de mundos alternativos en los que tomar el impulso que le estaba vedado fuera del ámbito literario. Como la voz narrativa de su obra utópica explica, la Duquesa de Newcastle se esforzaba tanto en crear su propio mundo, «porque en estos momentos no tenía ninguno»[72].
Cavendish: la escritura en femenino
En el panorama literario de la segunda mitad del siglo XVII Margaret Cavendish fue una auténtica innovadora. Se convirtió en la primera mujer en publicar un volumen de poesía en nombre propio —su primera obra, Poems and Fancies, apareció en 1653—, mientras que otras voces poéticas anteriores relevantes, como Katherine Philips, la inigualable Orinda, habían compartido sus poemas en forma manuscrita entre los miembros de su círculo. Insistía Cavendish también en alzar su voz y adoptar una persona literaria, algo que contrastaba con la imagen de la modestia femenina tan enraizada en la época, especialmente en círculos no aristocráticos. Su extracción social y la educación recibida, no obstante, la dotaban de una posición de privilegio, ya que su consciente exhibición pública a través de la escritura y la publicación podía interpretarse igualmente como el resultado de su condición aristocrática y de una reivindicación de la figura de su esposo, caído en desgracia tras la derrota de la corona en la guerra civil[73].
Durante su juventud, Cavendish conoció diversos modelos de exhibición femenina, y de mujeres poderosas que hacían de la ostentación
de su heroicidad una seña de identidad. Así, el período que pasó en la corte de la reina Henrietta Maria de seguro inspiró a la joven Margaret, y se convirtió en un acicate en su producción literaria posterior[74]. Un nuevo motivo de participación femenina fue la de las intérpretes que acudían a los encuentros musicales organizados por Henry Lawes en Londres durante el interregno, y que frecuentó en sus visitas a la capital[75]. Sería muy probablemente en este círculo artístico donde Cavendish se familiarizaría también con la poesía de Philips. A la luz de estos precedentes, la obsesión de la autora por ganar visibilidad y merecer fama —«Desearía que mi Libro hiciera hablar a toda lengua», expresada en su epístola a «Todas las nobles y dignas damas» que precede a Poems and Fancies— cobra mucho más sentido[76]. La autora explica en la misma dedicatoria, «La Fama no es nada, sino un gran alboroto» y es prerrogativa femenina alcanzarla con los libros, ya que «la Corona, y la Espada, y el Cetro» no estaban a su alcance[77]. Como se desprende de esta reflexión de Cavendish, el uso de la pluma y junto a ella la dimensión pública de la escritura a través de la publicación, eran en su caso un acto político.
Como bien indica Hero Chalmers, el silenciamiento al que la posguerra y el exilio sometieron a hombres como William Cavendish, bien valía la expresión consciente y sin complejos de mujeres como su esposa[78]. Por parte de William, sufragar la publicación de las obras de Margaret era el medio para guardar las apariencias delante de sus acreedores, para generarles confianza y seguir pidiéndoles dinero a préstamo, y para continuar siendo mecenas de las artes, prerrogativa de los nobles, como ya hiciera antes del exilio[79]. En unos años en los que las obras teatrales, por ejemplo, no podían representarse públicamente en los teatros ingleses, en Philosophicall Fancies (1653) la autora desea que su obra se publique en su país natal, porque fueron «escritas en Inglaterra, antes de dejar Inglaterra»[80]. De algún modo, el arrebato que le lleva a publicar apresuradamente, como confiesa en su dedicatoria al lector, encuentra justificación en el beneficio mayor que consiste en que sus escritos vean la luz en su tierra, a pesar de la distancia.
Una de las metáforas más recurrentes en la producción de la autora es la que se establece entre texto y cuerpo, una asociación que se explica una vez más desde la perspectiva femenina de la escritura. Las referencias a los libros como cuerpos, o la relación entre «adornar» los textos y la vestimenta que adorna el cuerpo, jalonan sus obras. Una de las más citadas aparece precisamente en las Cartas sociables, cuando Cavendish lamenta la pérdida de algunas copias de sus manuscritos en el naufragio del barco que los conducía a la imprenta en Inglaterra. En ella se refiere a su progenie literaria como «cuerpos de papel», una imagen en la que la autora abraza la maternidad no ya como procreación, sino como generadora de obras de imaginación. Así lo expresa en su epístola: «la pérdida de mis veinte obras [es] como la pérdida de veinte vidas, porque en mi mente habría muerto veinte veces»[81]. Asimismo, en su dedicatoria al lector en The Worlds Olio (1655) afirma que esta obra fue escrita unos cinco años antes de su publicación, y que estuvo oculta en un baúl, «como si hubiera estado enterrada en una tumba», pero que al volver de Inglaterra decidió darle una nueva vida y la «resucitó»[82].
De un modo similar puede entenderse también, por ejemplo, su afición al acicalamiento personal y a la vestimenta extravagante, estableciendo así una correlación entre estos y un uso excéntrico de los géneros y la escritura. En el prefacio al lector en la misma obra, Cavendish afirma que con los libros sucede como con el atuendo: un aspecto descuidado roba la gracia natural a la persona, de la misma forma que los libros que se leen sin convicción y artificiosamente enredan la razón[83]. La apariencia, como recuerda la autora en numerosas ocasiones en sus Cartas sociables y en su autobiografía, es un signo claro de posición social, como bien sabía su madre[84], al inscribir al sujeto en el mundo; de ahí la importancia que le concede a la singularidad de su aspecto. Aun así, la autora huye del artificio por el artificio, y prefiere en lo posible la vida sencilla a los convencionalismos de la urbe, como explica en la carta LV, en la que ensalza la naturalidad de las campesinas frente a las grandes damas que viven en el lujo y la ociosidad.
Fig. 1. Frontispicio de la edición de 1656 de Natures Pictures Drawn by Fancies Pencil to the Life, grabado de Abraham van Diepenbeke.
De gran relevancia para el estudio del principio femenino en la escritura de Cavendish son sus reflexiones en el material prefatorio que precede a sus obras. La dedicatoria de Poems and Fancies, ya mencionada, es solo un ejemplo, pero es posible citar otros en los que la autora resalta su persona, incidiendo en valores como la autoridad y la nobleza. Tomemos dos ilustraciones de ello, la primera de las cuales corresponde alfrontispicio de la edición de 1656 de Natures Pictures Drawn by Fancies Pencil to the Life, un grabado del artista holandés Abraham van Diepenbeke (fig. 1), que sitúa en primer plano y presidiendo una concurrida compañía a Cavendish, acompañada en un segundo plano por su esposo. En segundo lugar, elegiremos una imagen de la autora a la griega, ocupando una hornacina central y flanqueada por dos figuras masculinas a modo de columnas (fig. 2), que precede su volumen de Playes (1662)[85]. En ambos casos, el paratexto armoniza con el propósito y la justificación de las obras a las que acompaña. En uno de sus prefacios a su libro de poemas, William Newcastle previene a Margaret de la más que probable censura de sus lectores y aconseja a estos recibir con prudencia su texto: si ellos son eruditos, también ella lo es («Si vos sois académicos, ella también lleva la toga»)[86], elevándola en la práctica al Parnaso de los poetas y oradores ilustres, entre ellos Homero, Cicerón, Virgilio y Horacio, Esopo, Terencio y Plauto, Ovidio y Tibulo[87]. La imagen arriba mencionada de la autora coronada en la hornacina que abre su colección de obras dramáticas contrasta irónicamente con la descripción que hace de sí misma en la dedicatoria inicial, que debemos probablemente tomar como un uso convencional para ganar el crédito del público: mientras que el teatro de William tiene «una vida natural», sus obras son «como tediosas e inertes estatuas»[88]. No obstante, en un posterior prefacio al lector, Cavendish pasa a describir en detalle las convenciones dramáticas de sus obras, justificándolas por comparación con las de Ben Jonson, algunas de las cuales, como The Alchemist, consideraba demasiado largas (y debemos entender, por ello, también aburridas), ante las cuales el espectador debe mostrarse paciente y cortés para no abandonar el teatro antes de tiempo[89].
Fig. 2. Retrato a la griega de la autora incluida en Playes (1662).
Nos detendremos precisamente en estas obras dramáticas y en su ficción para analizar otra faceta de la escritura de Cavendish: la caracterización de sus personajes femeninos, a los que a menudo concibe por oposición a los modelos de feminidad tradicional; se trata de figuras a contracorriente en la sociedad del XVII, aunque hijas naturales de su contexto histórico y social. Una de las críticas más recurrentes en torno al
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drama de Cavendish es la dificultad de su producción y su representación, en contraste con otras dramaturgas inmediatamente posteriores como Aphra Behn[90], una abismal diferencia producida, aunque solo en parte, por los modelos de comportamiento y agentividad femenina propuestos en cada caso[91]. El hecho mismo de escribir para el teatro en unos años en los que estos estaban clausurados en Inglaterra por el gobierno puritano de Cromwell, supone un acto valiente de oposición aun en la distancia, de ahí que la autora insista en la necesidad de que estas obras en concreto vean la luz. Si a esto se añade la representación de modelos de conducta inconformistas, el género elegido es perfecto para realizar su crítica. No hay datos de posibles representaciones de estas obras, aunque si tuvieron lugar fue siempre en los años siguientes a la Restauración de la monarquía en Inglaterra[92]. Sea como fuere, Cavendish elige representar a personajes que desean inscribirse y tomar partido en el mundo que les rodea. En una de sus obras más populares, mencionada anteriormente, Bell in Campo, incluida en Playes, Lady Victoria toma las armas y se dirige con su propio ejército femenino al rescate de su marido, Lord General. Esta imagen de heroicidad tiene como trasfondo el modelo de la reina Henrietta Maria a la que Cavendish había tenido oportunidad de observar y admirar. Al inicio de la obra, Lady Victoria pide a su esposo que no vaya a la guerra por perseguir el honor, un nombre hueco, «que perece en el vientre antes de nacer», y se lamenta del abandono masculino en pos de un ideal[93]. Su esposo le explica que la búsqueda del honor —entendido como la valentía en el campo de batalla— asegurará también el de ella —el honor femenino se asocia a la virtud—. Irónicamente, la esposa tendrá la oportunidad de librar al marido, abrogándose la valentía, la perseverancia y el arrojo como virtudes de su sexo.
En The Female Academy, incluida en el mismo volumen, Cavendish imagina el acceso femenino a la educación y el conocimiento en el seno de una academia enteramente compuesta por mujeres, en la que las jóvenes son instruidas por las más avanzadas en años y de mayor experiencia. La academia, sin embargo, se rige por un estricto orden social y solo pueden ingresar en ella las de noble cuna[94]. Esta obra incide en una idea que se repite en la producción de Margaret Cavendish y en concreto en las Cartas sociables: las mujeres tienen tanta inteligencia y sabiduría como los hombres —al menos las que pertenecen a ese selecto grupo—, solo es
necesario cultivarlas[95]. Años más tarde, en 1668, Cavendish publica The Convent of Pleasure como parte de su segundo volumen de obras dramáticas, Plays, Never before Printed. De nuevo, la autora imagina una comunidad exclusivamente femenina, en esta ocasión las integrantes de un convento, un modo de convivencia ideal en el que la vida transcurre sin conflictos ni enfrentamientos. Este modus vivendi se verá alterado, no obstante, cuando las internas reciban la visita de una princesa, en realidad un príncipe vestido de mujer, que cortejará a la abadesa del convento. El modelo aquí propuesto, muy cercano al de las mascaradas tan del gusto de la corte inglesa desde la década de los 30, replica el orden establecido y concluye con las nupcias del príncipe y Lady Happy.
El matrimonio y el cortejo constituyen también dos de los temas más recurrentes en la ficción de esta autora. Así lo demuestran las historias «The Contract» and «Assaulted and Pursued Chastity», publicadas como parte de Natures Pictures. En ambos textos tiene lugar el matrimonio de una joven con un muchacho que hereda su fortuna tras la muerte del primogénito. En las dos historias el marido libertino está casado con una mujer rica, que muere o se ausenta de la trama. Es entonces cuando, inspirado por el benéfico ejemplo de la virtud de su nueva esposa, se arrepiente y reforma[96]. A pesar de que en ocasiones la autora censura el efecto nocivo que pueden ocasionar los romances, especialmente en las mentes de las lectoras, Cavendish conduce la acción a una celebración del matrimonio como el desenlace esperado e ideal de estas ficciones[97]. Ambas narrativas se debaten entre la rivalidad femenina —la primera esposa frente a la segunda— y la representación de la amistad platónica entre mujeres, tema que también estará presente en su obra fantástica The Blazing World, de la que seguiremos hablando. En «The Contract», una joven heredera es prometida en matrimonio aún muy niña, pero es «liberada» por el hijo del Duque a la muerte de este. Aunque el tío y guardián de la muchacha, mortificado, intenta vengar la afrenta hecha a su sobrina, se dedica a educarla en las distintas disciplinas, convirtiéndola en una joven de singular atractivo y a veces de excéntrica apariencia, con el propósito de procurarle otro partido[98]. Cavendish reflexiona así sobre la cosificación femenina al incorporar a la joven al complejo entramado de la corte, donde se convierte en espectáculo y es a su vez espectadora y partícipe en las mascaradas. Después de cierto enredo, la situación se
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revierte y el joven duque se arrepiente de haber rechazado a la muchacha, que siempre fue fiel al primer contrato establecido para ella.
La segunda historia está también cargada de una importante lectura moral, que la voz narrativa se encarga de dirigir al público femenino, al que se propone advertir contra el riesgo de viajar sin protección ni compañía[99]. La naturaleza alegórica del texto permite a la autora establecer paralelos entre su historia vital, dejando Inglaterra y marchando al continente, y la de la heroína del relato, que debe dejar el Reino de la Abundancia por la amenaza de la guerra. Muy del gusto de los romances de la época, la joven deberá adoptar la apariencia de un paje, para viajar con cierta seguridad y evitar las amenazas a su castidad[100]. Cavendish parece indicar que la condición femenina, al menos en el mundo que le ha tocado vivir, requiere de la mascarada y el disfraz, como le ocurre a la protagonista de la historia, que pasa de una identidad a otra según convenga: de «Miseria» a «Travellia» y a «Affectionata». De forma similar a la protagonista de «The Contract», Travellia desarrolla su intelecto con gran facilidad y así también sus habilidades tácticas y militares que la llevarán a formar parte del ejército del rey del Amor. En su atuendo masculino, se convierte en el objeto de deseo de la reina de la Concordia, que una vez descubre su verdadera identidad, torna su pasión en amistad platónica.
Literatura y exilio
Separar la vida de Margaret Cavendish de su obra, como esperamos haber demostrado hasta ahora, es una empresa imposible. La autora no solo se impregna de los acontecimientos que marcan el devenir del país, sino que se niega a permanecer como mudo testigo de todos ellos. Emma L. Rees afirma en su estudio sobre Cavendish que esta muestra siempre una clara determinación por hacerse oír por medio de la escritura, tanto en los paratextos de sus obras como en los textos propiamente dichos[101]. La durísima experiencia del exilio comienza para Margaret cuando aún es muy joven, al ser trasladada a la corte de Henrietta Maria, donde se nutre intelectualmente del ideal platónico que prolifera en torno a la figura de la reina. Como indica Anna Battigelli, de la monarca recibió numerosas influencias: la atención al vestido, su uso del disfraz, su interés por las
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representaciones teatrales y su fervor religioso[102]. Estos primeros años de independencia del círculo familiar más cercano servirán a la autora para observar los usos de la corte, sobre los que después reflexionará en su producción posterior. En Francia, todavía al servicio de la reina, conoció al que sería su esposo, sin cuyo impulso es difícil imaginar la publicación de las obras de la autora; en muchas de ellas reconoce y celebra el magisterio de William. En The Worlds Olio, escrita durante los años del exilio, le dedica no solo una sino todas ellas en su conjunto, pues él es para ella «el mecenas de mi Ingenio»[103].
Durante los dieciséis años que estuvo alejada de Inglaterra, Cavendish envió cinco volúmenes para su publicación en Londres, y algún otro desapareció en el viaje, como comenta en una de sus Cartas sociables[104]. Seguro que la impresión en folio, el formato de mayor tamaño, y por tanto más costoso y valorado de la época, elegido para la mayoría de sus textos, no era una empresa desdeñable, a pesar de la oposición y el rechazo que los Cavendish concitaban en su tierra. De hecho, mostraba en primera instancia la negativa de la autora a ser silenciada: visualmente las obras atraerían a las puertas de las librerías la mirada de curiosos, de simpatizantes y posiblemente de detractores. En todos los casos, sus manuscritos fueron impresos por John Martin y James Allestrye en The Bell, en la explanada de St. Paul[105]. Allestrye tenía un gran sentido del negocio y a su tienda acudían clientes eruditos y de alta posición social[106]. Como se ha mencionado con anterioridad, la palabra escrita se convierte en un instrumento de reivindicación política en unos años en los que los monárquicos debían permanecer al margen de la vida pública y William no podía pisar suelo inglés para evitar ser apresado.
Las publicaciones consideradas del exilio fueron Poems and Fancies, Philosophicall Fancies, The Worlds Olio, The Philosophical and Physical Opinions y Natures Pictures. Todas ellas las firmaba con su nombre y su título nobiliario —«The thrice Noble, Illustrious, and Excellent Princess, the Lady Marchioness of Newcastle»—, mostrando así el orgullo de estar emparentada con el que consideraba injustamente maltratado. Como alguno de estos títulos parece sugerir, además, la audacia de Cavendish — no solo política, sino ahora también intelectual— iba en aumento: en 1653 publica Philosophicall Fancies, pero diez años más tarde ve la luz Philosophical and Physical Opinions, ambas enmarcadas en el campo de
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la filosofía natural. A pesar de que su contenido no cambia en lo esencial, el paso del término «fantasías» al de «opiniones» es muy significativo, y nos da la medida de la confianza que ha ganado Cavendish en su propia erudición[107]. En la dedicatoria al marqués de Newcastle en Philosophical and Physical Opinions, una revisión posterior del primer tratado, Cavendish se lamenta de descuidar sus deberes domésticos en favor de sus aspiraciones literarias, especialmente cuando ambos han regresado a Inglaterra y se encuentran ya en su retiro campestre. Las consecuencias del exilio siguen presentes, no obstante, como la autora recuerda, pues William se dedica a reclamar las propiedades arrebatadas en lugar de atender su interés por la filosofía natural[108]. Su decisión de proclamar sus opiniones filosóficas es un signo claro de ejercicio de la libertad; en el debate científico Margaret encuentra el contexto perfecto para el libre intercambio de ideas y no se rendirá a la crítica sin pelear[109].
Cavendish busca desesperadamente la complicidad de sus lectores y su simpatía para con su causa: la del exilio, la de la subversión política. En Poems and Fancies, les pide que no sean severos con su obra, pues las penurias la acosan, y su preocupación por su esposo es mucha, aunque prevé que su libro «al salir en esta Edad de Hierro, me temo encontrará duros Corazones»[110]. El uso del género poético para expresar su teoría atomista encuentra su explicación en otro de los prefacios, donde comenta «creí que los Errores pasarían más desapercibidos ahí, que en la Prosa» y «Los Poetas escriben sobre todo Ficción, y la Ficción no pasa por Verdad, sino por Entretenimiento»[111]. Con ello, Cavendish justifica la posible crítica que su obra pueda recibir y la despenaliza ante cualquier descrédito, abrogándose el derecho a alzar la voz, ya que la ficción no parece en sí misma una amenaza. The Worlds Olio, una obra poco posterior, comparte este objetivo: este texto es el perfecto «cajón de sastre», en el que la autora incluye breves disertaciones sobre un gran número de motivos, entre las cuales podríamos destacar con respecto a su intencionalidad política ejemplos como «De la Fama, y la Infamia», donde prefiere la infamia —«el potente reproche»— al olvido, «Sobre la vida Solitaria», donde justifica su retiro, o «Ningún poder tiránico dura para siempre» y «Sobre la Guerra civil», en los que condena aquellas causas que llevan al pueblo a la disensión[112].
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Concluyamos este análisis con una mirada a la que sea probablemente su obra de mayor carga moral, Natures Pictures; en ella elige el formato del romance como herramienta de denuncia. Si antes veíamos cómo algunas de las ficciones incluidas en el volumen reproducían y criticaban a la vez el statu quo, la colección en su conjunto busca la reparación: el objeto de estas ficciones no es otro que «presentar la Virtud», «defender la Inocencia, asistir al desvalido y afligirse con el atribulado»[113]. El propósito no es vano, puesto que no busca meramente entretener o turbar la razón, sino bien al contrario, «alimentar el amor de la Virtud, despertar la humana Compasión, la cálida Caridad, acrecentar la Sociabilidad», en definitiva, «instruir la Vida»[114]. Esta lectura intencionadamente política de los textos, especialmente de aquellos compuestos y publicados durante los años del exilio, aparece reforzada al abordarla desde la perspectiva de la experimentación de los géneros y las formas literarias que lleva Cavendish a cabo.
El uso de los géneros literarios
El número y la variedad de las formas elegidas por Margaret Cavendish en su producción son extraordinarios. A pesar de su invocación constante de la humildad y la timidez a la hora de abordar la escritura, su uso de los géneros seleccionados demuestra un conocimiento muy superior al que la autora admite en sus prefacios. Su ambición por obtener fama y reconocimiento junto a su osadía intelectual la llevan muy acertadamente a experimentar con las formas y los modos literarios no de forma espontánea, sino premeditada. Hemos intentado justificar, por ejemplo, cómo la obra de Cavendish es atravesada por la experiencia del exilio, cuya marca indeleble en la retina y la mente de la autora explica su visión de la escritura como elemento de subversión y rebeldía. ¿Cómo si no explicar el hecho, como decíamos antes, de utilizar el género poético para verter opiniones filosóficas y reflexionar sobre filosofía natural (Poems and Fancies), o de aunar en un solo volumen un tratado de ciencia experimental (Observations Upon Experimental Philosophy) y una fantasía utópica (The Blazing World)? Más allá de estrictas taxonomías, los géneros demuestran ser maleables y dúctiles en manos de Cavendish, una prueba más, por un lado, de su sed de reconocimiento y, por otro, de su
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autoridad como escritora[115]. La manipulación de las convenciones genéricas, sin embargo, la conduce más a la fragmentación que a la unidad y la acerca con ello a la superposición de planos y al exceso del barroco[116].
En su lectura de Poems and Fancies, quizás uno de los textos más interesantes en cuanto al uso de los géneros, Chalmers se refiere a la «poética de la variedad» en Cavendish[117]. Esta obra ecléctica, híbrida, invita al público lector a participar en esta visión del mundo como una realidad compleja, donde la naturaleza es la máxima expresión de la imaginación y la creación poética está al servicio de la observación de la filosofía natural[118]. El volumen se divide en secciones, precedidas de epístolas en prosa a modo de introducción en cada caso, que tratan no solo la teoría atomista[119], sino también el discurso moral en forma de diálogos en verso, la fábula, poemas de naturaleza alegórica denominados fancies, fairy poems, en los que Cavendish recrea el mundo de las hadas —en un claro homenaje a poetas que le preceden como Edmund Spenser y William Shakespeare—, poemas alegóricos dedicados a conceptos heroicos —el honor, el valor, la prudencia, o la esperanza—, y concluye con una breve colección de poemas de carácter elegíaco[120]. En concreto el interés por la teoría de los átomos, como indica acertadamente Battigelli, cobra especial relevancia a la luz de los aciagos acontecimientos que sucedieron tras el desenlace de la guerra civil a los Cavendish[121]. Hay que tener en cuenta también la inspiración recibida en la corte de la reina en su exilio parisino, y además la exposición de la autora al ambiente científico y cultural en torno al salón de Newcastle, en el que las ideas de Descartes y Pierre Gassendi habían sido objeto de discusión y debate en los años 40.
Tanto el arte poético como la erudición científica obedecen en su caso a otra perspectiva de género, esta vez no el literario, sino el sexual. Como la autora explica en su dedicatoria a su cuñado, el también erudito Sir Charles Cavendish, al no ser ella hábil tejiendo con las manos, se dedicará a tejer con la mente, «lo que me llevó a intentar tejer un Atuendo de la Memoria, para envolver mi Nombre, y así poder pasar a la Posteridad»[122]. En la posterior dedicatoria a su doncella, Elizabeth Toppe, Cavendish refuerza esta identificación de su particular uso del género literario (genre) con el género sexual (gender): como la naturaleza le ha dotado de imaginación para reflexionar sobre todos los asuntos
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libremente, perseverará en ello, movida por la verdad y la inocencia, enemigas de la falsedad y la malicia[123]. También en la dedicatoria a los filósofos naturales, la autora reivindica el uso de la poesía como medio de expresión del pensamiento científico: si el lenguaje poético es propio del entretenimiento, ¿por qué no aceptar que el hablar de átomos y de la pluralidad de los mundos puede serlo también?[124]. Así, Cavendish consigue además desmantelar la tradicional separación de obras del intelecto y obras de la imaginación y proponer, bien al contrario, la idoneidad de ambas en su conjunto. Prueba de ello es el poema «A World Made of Atoms», en el que reflexiona sobre la capacidad para crear nuevos mundos, un tema que continúa en «It is hard to beleive [sic], that there are other Worlds in this World», «Of many Worlds in this World», y «A World in an Eare-Ring»[125].
Razón e imaginación se funden también en el volumen conjunto compuesto por Observations Upon Experimental Philosophy y The Blazing World. El fuego de este nuevo mundo incandescente, en palabras de Newcastle en su dedicatoria, no es otro que «el Fuego Celestial» con el que la autora ilumina el mundo con sus creaciones, un concepto eminentemente clásico[126]. En el prefacio al lector, tan a menudo citado, Cavendish admite que, aunque a veces la ciencia puede conducir a error, no por ello puede afirmarse que su naturaleza sea ficticia (o falsa); de igual modo, la imaginación puede ser tomada como vehículo para el pensamiento científico, y no por ello ser menos creativa[127]. En la ficción imaginada por Cavendish el mundo incandescente está unido al nuestro por los polos, «y ambos para mí misma, para distraer mis eruditos pensamientos, que he utilizado en su contemplación, y para entretener al lector con la variedad, que siempre es placentera»[128]. Seguidamente, la autora enumera las tres partes de las que consta su obra de ficción: romance, filosofía y fantasía, de las que se presenta como única creadora (creatoress). La elección del término en femenino no es baladí, ya que nos devuelve a la experimentación primera a la que aludíamos entre género literario y género sexual. Como el personaje de la joven emperatriz del mundo incandescente, Cavendish se declara ambiciosa, no de bienes materiales, sino de reconocimiento y fama, que aspira a conseguir al proclamarse «Margaret the First»[129]. Consciente de que esto último no tiene cabida en su mundo, decide crear uno propio. Este es el espacio que
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habita por casualidad la joven heroína de la historia, y que nos recuerda irónicamente al cuarto propio que imaginara Virginia Woolf[130]. Una vez en él, la emperatriz recibe la potestad de ordenar el mundo y reivindicarlo como espacio de creación.
El nuevo mundo destaca por su falta de uniformidad y por su naturaleza híbrida: la de sus habitantes —criaturas con aspecto de oso y de zorro, pero que caminan erguidos como los humanos, hombres con pico y plumas como las de los gansos, y sátiros, entre otros muchos[131]—. Aunque cada uno de ellos desarrolla una dedicación acorde a su naturaleza, algunos reciben una peor suerte que otros; por ejemplo, los hombres-oso representan a los filósofos experimentales, objeto de la crítica de Cavendish en su asociación con los miembros de la Royal Society. Su crítica excede los límites de la disciplina científica, ya que abarca también los poderes político y religioso, a los que se propone aplicar el principio femenino. La propuesta de experimentación genérica que hace la autora encuentra su clímax en la inclusión del elemento del roman à clef, dando voz a su persona literaria, Margaret Cavendish, que afianzará sus lazos de amistad platónica con la emperatriz —sus almas se comunican a distancia[132]—, cruzando así los dos mundos y desdibujando los límites entre la realidad, la ficción y lo científicamente probable[133].
«CARTAS SOCIABLES»
Entre los muchos géneros literarios elegidos por Margaret Cavendish se encuentra el epistolar, que hunde sus raíces en la antigüedad clásica. La práctica de este género en una de las obras cumbre de Ovidio, Heroides, se convertirá en referencia obligada para la incipiente narrativa epistolar en los siglos XVI y XVII en Inglaterra[134]. Este breve texto representa el modelo de ficción epistolar por excelencia. Está compuesto por veintiuna misivas, quince de ellas simples y seis dobles, escritas las primeras por mujeres relevantes tomadas del mito y la tragedia clásica a sus amantes ausentes, y las segundas reproduciendo los intercambios epistolares entre parejas ilustres separadas por las a menudo crueles vicisitudes del amor. Bien sabía Ovidio por experiencia propia —exiliado como estuvo en el Ponto Euxino, la actual Rumanía, por orden de Augusto[135]— del uso reparador de las cartas, puentes reales o imaginarios entre remitente y
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receptor in absentia, y con ello potenciadoras de la expresión íntima de los personajes. Aún sin ser misivas de amor, las denominadas Cartas sociables de Cavendish ahondan en la introspección psicológica de su persona literaria y se dirigen a una destinataria imaginaria —una de esas figuras femeninas a las que la autora ha hecho merecedoras de su amistad platónica. Estas cartas son el reflejo más fidedigno del exilio continental de Cavendish, un verdadero retrato de sus usos y costumbres durante su estancia en los Países Bajos, pero también un repaso detallado de algunos otros momentos cruciales de su biografía, como los recuerdos de la guerra antes de dejar Inglaterra, y sobre todo son la oportunidad de la autora, en un estilo unas veces formal y otras más relajado, de construir un discurso político y moral que en su correspondencia «simple» —no recibe nunca cartas por respuesta— tiene un valor puramente expositivo que no admite réplica o disensión. Este uso autorizado de la voz epistolar se explica en gran medida por la popularidad que adopta el género en este período.
La literatura epistolar en el siglo XVII
La variedad temática de la narrativa epistolar a lo largo del XVII es muy abundante, tanto en lo que se refiere a los textos de carácter ficcional como a los no ficcionales. En ocasiones, como en la colección de Cavendish que nos ocupa, la línea entre lo que es ficción y lo que no es muy delgada, y responde a la propia indefinición de la prosa de ficción en sus inicios[136]. En líneas generales, por un lado, el intercambio epistolar imita a la realidad, aportando la objetividad del que escribe y reproduciendo en mayor o menor grado el contexto en el que se sitúa, jalonando la narración de experiencias, opiniones y detalles que le aportan veracidad. Por otro, no hay otra forma literaria —a excepción posiblemente del diario, con un estatus muy cercano al de las cartas— con mayor grado de subjetividad e intimidad: el emisor da las claves de su visión del mundo, lo que difícilmente puede ser contestado. En cualquier caso, la persona que lee no necesita mayores aclaraciones, sino que accede casi espontáneamente a la visión y la interpretación de la realidad que le ofrece la voz de las cartas[137]. La existencia de las cartas, no obstante, supone su propia negación —vienen a sustituir al receptor ausente—, de ahí que los que las
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escriben se debatan casi simultáneamente «entre la presencia y la ausencia, el candor y el disimulo, la locura y la cura, el puente y la barrera»[138].
A partir del Renacimiento, el intercambio epistolar de cualquier índole imita igualmente al discurso oral al que pretende sustituir, mediante el uso de una serie de recursos que pretenden preservar la «continuidad epistolar» como, por ejemplo, la datación de las misivas, o las conexiones discursivas que establecen emisor y receptor, y que justifican de hecho las dificultades propias del envío y recepción de las cartas[139]. Debido a su especial estatus como mediadora de la comunicación entre intervinientes real o metafóricamente distantes, esto es, como presencia «material» entre dos participantes ausentes, la literatura epistolar desarrolla una retórica singular que se adapta al propósito de las cartas, desde las que se escriben desde la más estricta atención a la oratoria —especialmente aquellas que buscan ser transmitidas a un público en el contexto de una «comunidad epistolar»[140]— a las más sencillas que pretenden asimilarse en lo posible al discurso de la comunicación oral. Además de material, las cartas cumplen también una función figurativa, sustituyendo metafóricamente al interlocutor ausente y creando la ilusión de su presencia, siendo la representación más evidente de este hecho el romance epistolar[141].
Desde los precedentes clásicos ya mencionados, los orígenes del género en Inglaterra se sitúan ya a mediados del siglo XVI, en respuesta al interés por cultivar el modo epistolar, en obras que pretenden instruir en la técnica y los estilos asociados a ella, la primera de las cuales es The Enimie of Idlenesse (1568) de William Fullwood, que a modo de manual instruye al público lector sobre la composición y escritura de todo tipo de cartas. Después de este hito, podemos citar otra colección similar, A Panoplia of Epistles, or, a Looking-Glass for the Unlearned (1576) de Abraham Fleming. Ambas eran, no obstante, traducciones de modelos latinos[142]. Original en inglés fue la obra de Angel Day, The English Secretarie (1586), que siguiendo el modelo de las anteriores incidía en la variedad de las «familiar letters» o cartas familiares. Poco después se publica una de las colecciones más populares en el siglo que sigue, Poste with a Packet of Madde Letters (1603), de Nicholas Breton, que pueden ser consideradas dentro de esta variedad epistolar. Por primera vez, la obra de Breton utilizaba la carta no como mero motivo, al servicio del argumento y la caracterización, sino como verdadero motor de la
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narración[143]. Siguiendo su estela, otras colecciones epistolares se publicaron antes de 1700: A Speedie Post, with Certaine New Letters, or, the First Fruits of New Conceits, never yet discovered (1629?), firmado por I. W.; The Secretaries Study: Containing New Familiar Epistles (1652), de S. S.; A Flying Post with a Packet of Choice new Letters and Complements (1678), de W. P.; The Lover’s Secretary in Four Parts: Being a Collection of Billet Doux, collected from the Greatest Wits of France (1692), y The Post-Boy Robb’d of his Mail; or, the Packet Broke open
(1692), de Charles Gildon. Estos y muchos otros textos de similar naturaleza dan la medida del filón que la ficción epistolar suponía a finales del siglo XVII para editores y libreros, como los populares John Dunton — Letters Written from New-England, 1686; The Post-Boy Robb’d of his Mail, de Gildon, 1692; y The Art of Living Incognito, Being a Thousand Letters on as Many Uncommon Subjects, 1700 —y Samuel Briscoe— Letters of Love and Gallantry, 1694; Letters Upon Several Occasions Written by and between Mr. Dryden, Mr. Wycherley, Mr. ----, Mr.
Congreve, and Mr. Dennis, 1696; y Familiar Letters, 1697—. Especialmente este último explota el potencial de las cartas femeninas y de remitentes ilustres y saca partido editorial de ello.
Es en el siglo XVII, y en gran medida en el XVIII, cuando la narrativa epistolar, y muy especialmente las denominadas «cartas familiares», se convierten en un género de importancia capital[144], gracias en parte al impulso de agentes externos, como el desarrollo del sistema de correos en Inglaterra. James How explica cómo esta circunstancia en concreto contribuyó a la creación de nuevos «espacios epistolares»[145]. Estos espacios reforzaron el sistema de comunicación por carta y propiciaron una popularización del género sin precedentes. Así, remitente, receptor y carta constituyen un espacio epistolar, favorable para la situación de ambos, especialmente si los dos primeros se encuentran alejados el uno del otro por circunstancias adversas[146]. Por regla general, muchas de estas cartas se parecen más a ensayos que a verdaderas epístolas, ya que buscan la expresión genuina y sin mediación alguna del remitente. Un precedente de la obra de Margaret Cavendish en este formato de la carta familiar en Loves Missives to Virtue with Essaies (1660), de Robert Beaumont. En su prólogo, el autor defiende la singularidad de sus cartas, que no son las experiencias de otro, «sino solo las mías»[147], las justifica como
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entretenimiento y las considera meros «experimentos de la Pluma»[148]. En una imagen muy similar a la utilizada por Cavendish en algunos de sus escritos, Beaumont describe su colección de cartas como «una mesa bien dispuesta, donde cada Invitado puede comer del plato que guste»[149].
Si la obra de Beaumont puede ser descrita como ejemplo emblemático de cartas familiares —cartas a conocidos o amigos, caracterizadas por un estilo natural y por la expresión del afecto mutuo[150]—, también lo son por motivos muy similares las CCXI Cartas sociables de Cavendish: variedad temática, gusto por el ensayo moral, expresión íntima de la voz epistolar, y en el caso de esta autora, la inclusión de breves escenas de un incisivo realismo, que funcionan a modo de anécdotas, aportando gran expresividad y verosimilitud a su relato. Afirma Robert A. Day que en comparación con tales escenas y con las digresiones de carácter moral y político, las cartas de Cavendish despachan con agilidad los temas que las originan para pasar de la narración a la reflexión[151]. Aun así, el breve relato que introduce en casi todas ellas da muestra de su capacidad narrativa, respondiendo a la naturaleza espontánea de las cartas privadas. Aunque inicialmente su interlocutora en la colección no se corresponde con una persona real en concreto, no por ello —y aquí discrepamos de la crítica de Day— esta circunstancia resta realidad a las cartas; no son las Cartas sociables, por tanto, una colección enteramente ficcional, ya que como hemos intentado demostrar, ofrecen una visión personal, a veces dulcificada y otras, descarnada, del destierro europeo de los Cavendish.
Otros modelos epistolares compiten por la atención del público lector, especialmente en la segunda mitad del siglo XVII. Entre ellos destacan las cartas estrictamente amorosas, cercanas al modelo ovidiano al que nos referíamos; las cartas anecdóticas, fundamentalmente de influencia francesa y de contenido escandaloso, leídas en la lengua original y en traducción; así como las cartas de los muertos a los vivos, también siguiendo modelos franceses[152]. Por su relevancia y pervivencia en la tradición inglesa, nos detendremos brevemente en las cartas de asunto amoroso, que continuarán evolucionando con gran ímpetu en el último cuarto del siglo XVII y a lo largo de la primera mitad del XVIII, desembocando en novelas epistolares complejas.
En 1669 y de forma anónima, el editor y librero Claude Barbin publicó en París las que se dieron a llamar Lettres portugaises, supuestamente
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traducidas al francés del original portugués por Guilleragues[153]. Estas cinco cartas aparecieron poco después también en inglés, en traducción de Sir Roger L’Estrange en 1678 como Five Love-Letters from a Nun to a Cavalier. El éxito literario en Inglaterra fue rotundo, y las secuelas, también provenientes de originales franceses, se sucedieron, en concreto dos: Seven Portuguese Letters; Being a second part to the Five Love-Letters from a Nun to a Cavalier (1681) y Five Love-Letters Written by a Cavalier, in Answer to the Five Love-Letters Written to him by a Nun (1683). El estilo natural y poco artificioso de las cartas, manifestado en la fidedigna expresión del sentimiento amoroso, especialmente en la primera entrega, influyó sobremanera en textos posteriores de naturaleza epistolar, en su mayoría escritos por mujeres, entre ellos, Love-Letters between a Nobleman and His Sister de Aphra Behn en tres volúmenes (1684, 1685, 1687), Letters by Mrs. Manley (1696) de Delarivier Manley, Letters from a Lady of Quality to a Chevalier (1721) de Eliza Haywood —una traducción del francés de Edmé Boursault—, o The Lining of the Patchwork Screen (1726) de Jane Barker. Todas estas obras, junto a las Cartas sociables de Cavendish, son muestra de la inclinación de las escritoras por el género epistolar y en algún caso, como en las cartas de amor de la monja portuguesa ya mencionadas —o en otros modelos emblemáticos posteriores, como Pamela, o la virtud recompensada (1740) de Samuel Richardson—, de la ductilidad del género en manos de escritores varones que adoptan la voz femenina como estrategia para acercarse en lo posible a la libre expresión del sentimiento. Como indica Thomas O. Beebee, la figura de la mujer que escribe cartas, especialmente sin son «familiares» y de carácter privado, es ensalzada y su uso del género aceptado, ya que no supone una amenaza al statu quo: los hombres actúan en el mundo, mientras que las mujeres hacen lo propio en el texto[154].
Paratextos y material prefatorio
En 1664, dos colecciones de cartas de Margaret Cavendish ven la luz: CCXI Sociable Letters, que nos ocupa, y Philosophical Letters: or, Modest Reflections upon some opinions in natural philosophy, maintained by several famous and learned authors of this age, expressed by way of letters. La autoría de ambas aparece de idéntico modo en sus portadas
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atribuida a la autora, «By the Thrice Noble, Illustrious, and Excellent Princess, the Lady Marchioness of Newcastle». El formato elegido para los dos textos es también muy similar, ya que se trata de epistolarios que una dama —la persona literaria de Margaret Cavendish— dirige a otra, con la que comparte gustos, aficiones y confidencias. Si en Cartas sociables la autora utilizaba el modelo de la carta familiar, en Philosophical Letters experimenta aplicando la argumentación filosófica al formato epistolar, manifestando sus «opiniones» sobre las teorías de filósofos relevantes a los que había leído y en algunos casos conocido y frecuentado[155], creando en los dos textos un vínculo social a través de la amistad epistolar, fomentado ya desde el mismo material prefatorio.
Gérard Genette exponía en Paratexts: Thresholds of Interpretation (1997) su teoría acerca de la función de los paratextos en la obra literaria, afirmando que en lugar de un límite o una frontera, estos eran los «umbrales» (seuils), la zona franca, abierta, entre el mundo exterior y el universo de la obra, una oportunidad que se ofrece al lector para abandonar la lectura o proseguir[156]. Desde la portada, pasando por los prólogos, prefacios y epístolas dedicatorias, el paratexto es, en palabras de Genette, no solo una zona de transición, sino también de «transacción», favorecida y sancionada por el autor, que en realidad controla la lectura de su texto[157]. En sus paratextos, Margaret Cavendish da sobrada cuenta de este control que tiene sobre su obra y de la influencia que pretende también ejercer sobre su público.
Un elemento común en la mayoría de sus publicaciones es la dedicatoria de William Cavendish a la obra de su esposa, algo que tiene lugar en ambas colecciones de cartas por medio de estrategias retóricas similares. En Cartas sociables, Newcastle, decide situar a la autora por encima de los autores epistolares de la antigüedad; frente a su innata habilidad, ninguno de ellos puede sino «quemar […] sus libros, y arroj[ar] su tinta», incapaces de estar a la altura de sus «llamas de ingenio», aun a riesgo de que esta empresa, llevada a cabo por una mujer, pueda ser considerada un pecado o un atrevimiento. Más encendido y vehemente es el tono de William en la dedicatoria que inaugura Philosophical Letters, donde la retórica de la modestia —convencionalmente asumida por Margaret en sus escritos— le lleva a situarse por debajo de su capacidad, evocando en esta obra de corte filosófico a las Musas que inspiran al
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poeta, acudiendo sin éxito al monte Helicón y al Parnaso[158]. La presencia de William en ambas obras responde a la importancia de otro de los modos fundamentales de sociabilidad que Cavendish cultiva en ellas: el matrimonio, que ocupa temáticamente también, como veremos, un lugar de privilegio en muchas de las cartas de su primer epistolario. La armonía conyugal se presenta como un modelo para la tan ansiada paz social que la autora desea cimente la maltrecha relación entre los ciudadanos de Inglaterra.
Las dedicatorias de Cavendish siguen a las de su esposo, de nuevo en ambos epistolarios, una deuda que como esposa diligente y como miembro de la nobleza debe saldar. En ellas, la autora justifica su deseo de escribir —y en las Philosophical Letters, de exponer sus opiniones científicas—, un afán siempre reconocido y respaldado por el apoyo firme de William: «nunca me mandasteis trabajar, ni dejar de escribir, excepto cuando me persuadíais para que abandonara largo tiempo mi estudio para tomar el aire por mi salud», todo lo cual es posible gracias a las virtudes morales innatas de «uno de los mejores hombres». Como ya hemos adelantado, en su dedicatoria en las cartas filosóficas, Cavendish va más allá aún, ya que su objeto no será solo atreverse a publicar, sino muy incisivamente «encontrar una Verdad, al menos una probabilidad en la Filosofía Natural de un modo nuevo y distinto al de otros escritores, y hacer este modo más conocido, sencillo e inteligible»[159].
Dos breves dedicatorias, la primera «A todos los maestros del saber y del arte» en Cartas sociables y «A la muy famosa Universidad de Cambridge» en Philosophical Letters, parecen responder al afán de la autora por ganarse un puesto entre poetas y eruditos, fraguando así su autoridad literaria y científica. A los primeros les pide que no tengan en cuenta su «sexo y crianza», y a los segundos que no se ofendan al dedicarles su insignificante trabajo[160]. Solo la sabiduría y la erudición podrán evitar que Inglaterra sea presa de nuevo de disensiones y conflictos. Es por ello que no teme ser censurada por los más sabios, una experiencia que después de su exilio ya no le resulta ajena, y ensalza el poder del conocimiento en la regeneración moral del país.
Mayor relevancia aún tienen los dos prefacios al lector, en los que Cavendish se encomienda a su nobleza y valía. En el primero de ellos, «Nobles lectores», hace un guiño a sus cartas filosóficas, un interés que comenzó años antes en Philosophical Opinions, a la que despenaliza como
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obra de juventud, incidiendo nuevamente en la relación entre los dos epistolarios, y refiriéndose retrospectivamente al conjunto de su producción. El proyecto epistolar de Cavendish aparece magistralmente expuesto en la dedicatoria, donde se excusa por no seguir la moda de las cartas amorosas, una retórica hueca, y abundar por el contrario en la carta familiar como representación de sociabilidad. En la descripción de las cartas, destaca Cavendish su «teatralidad» —«son escenas más que cartas, porque he procurado bajo la apariencia de cartas expresar los temperamentos del ser humano»—. Las cartas, continúa, imitan y suplen la conversación, y tienden puentes entre dos damas que, en la distancia, cultivan su amistad. En su prefacio a sus «honorables lectores» en las cartas filosóficas, la autora justifica también la elección de la epístola como transmisora de opiniones, explorando una vez más los límites de las categorías genéricas.
Los paratextos con los que concluye Cavendish en Cartas sociables devuelven una imagen de orden y armonía en un sentido político, y nos recuerdan a obras anteriores de la autora, como es el caso de The Blazing World. La escritura de su epistolario es un acto de imaginación, que en su mente evoca «tantas criaturas como naciones, aunque todas en armonía». Reivindica Cavendish la razón, cuya autoridad debe imponerse a la sinrazón del desorden social y político. La persona literaria de Cavendish es también en esta colección observadora de costumbres y se debe a la veracidad; las criaturas de su ingenio «viajan por el mundo entre los hombres, / Y luego vuelven, trayendo a la mente / Toda relación de cada cosa». Finalmente, en su dedicatoria «Al lector severo» la autora refuerza el propósito de las cartas, que no es otro que ser de provecho, como parte de su proyecto regenerador y ejemplarizante, ya que el hecho de haber superado la guerra civil y el exilio no significa que el país no pueda «recaer» en sus debilidades:
Mi ingenio dicta lo que es de provecho,
Para que los hombres vean sus necedades, y sus faltas,
Sus errores, vanidades y ociosidad,
No porque piense que no los conocen bien,
Sino para que no los olviden […]
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Recepción femenina y autorreferencialidad
Acertadamente señala Diana Barnes que las Cartas sociables no están dirigidas específicamente a un público femenino, aunque también explica que de manera implícita la autora busca instruir (o reeducar) a sus posibles lectoras, al menos en teoría, reflexionando sobre ese proceso[161]. Cartas sociables representa la conversación entre dos damas nobles, separadas por la distancia, pero unidas por una serie de preocupaciones comunes, entre ellas sus amistades y conocidos, el gobierno del espacio doméstico y las responsabilidades de los esposos[162]. Cavendish dirige sus misivas a otra mujer, de su misma situación social y contexto, y en torno a ella construye una relación de confianza mutua con la que pretende recrear una comunidad ideal, que sirva fundamentalmente de modelo para la regeneración de las costumbres y la moral del país, tan lastimadas durante la guerra civil y el interregno. Con ello, reclama como propio el derecho a la expresión pública, sin abandonar el decoro que se espera de la carta familiar, alejada de aquellas otras cartas que en su sensacionalismo incidían en las historias secretas de reyes y nobles. Tómese como ejemplo de esta última tendencia The Kings Cabinet Opened, publicado «por orden especial del Parlamento», como reza en la portada, con un evidente propósito político, y que en nombre de la verdad exponía al escarnio público a la figura de Carlos I como rey y como hombre[163]. Cartas sociables, sin embargo, es un texto bien distinto, que abunda en el concepto de amistad y, como su título indica, en la sociabilidad femenina como forma de reconstrucción social.
Ya hemos mencionado la importancia política de las cartas familiares en el período. Especialmente entre los monárquicos, el género pretendía promover cierta «lealtad epistolar»[164] por medio de la cual establecer un vínculo entre los miembros de la comunidad. A imagen y semejanza de la unión establecida en el matrimonio según el ideal monárquico, las cartas que presenta Cavendish constituyen una productiva relación de «espontánea retórica femenina»[165], que autoriza a sus artífices — especialmente a la persona literaria que representa a la autora— a participar en el debate social sin ambages[166]. Esta espontaneidad del intercambio epistolar femenino es heredada por Cavendish directamente de las Heroides ovidianas, en lo que a variedad y oratoria se refiere.
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Parte de la crítica ha considerado los vínculos entre el fenómeno epistolar y lo femenino, no solo en su dimensión pública y cotidiana — como cartas de felicitación, condolencias, invitación, noticias, etc.— sino también privada, especialmente en el caso de aquellas mujeres que vivían aisladas del mundo[167]. No solo las mujeres escribían cartas como parte de su rutina, sino que además este modelo se convierte en referente en la literatura epistolar escrita por hombres, que a menudo adoptan la voz femenina en sus misivas[168]. Así, muchas de las epístolas en Cartas sociables inscriben a la propia Cavendish en el discurso, especialmente en su faceta de esposa. Es muy probablemente su presentación como «honesta esposa y humilde sierva» de William Newcastle la que justifica desde el inicio del epistolario su uso del género. En la obra que nos ocupa Cavendish utiliza el modo epistolar de ambas formas: como elemento constructor de su imagen pública y su participación activa en el discurso político y social, y también como medio de creación de su identidad, en palabras de Rebecca Earle, de producción de «ficciones del yo»[169]. Analizaremos a continuación algunas de estas ficciones que Cavendish crea en torno a su persona, fundamentalmente su autorreferencialidad como esposa, su elección de la vida retirada, y las formas de sociabilidad femenina utilizadas a lo largo de sus cartas.
El modelo de sociabilidad natural que la autora impone se da primordialmente en el seno del matrimonio. De hecho, el debate en torno al matrimonio por amor entre iguales es un tema recurrente en Cartas sociables. Son numerosas las epístolas en que ensalza la figura de su esposo, y en las que se compadece de su situación desfavorecida — circunstancia que comparte con su amiga epistolar—, introduciendo así elementos autobiográficos. En LXXXIV, por ejemplo, escribe: «Ahora que ambas hemos vuelto a nuestro país natal, veámonos para regocijarnos juntas, porque […] nuestros esposos han perdido mucho». El mismo tema es desarrollado en la carta CLXV. En CLXII Cavendish rinde tributo a William, una gloria que también repercute en sí misma como esposa orgullosa, y se sitúa a la altura de otras compañeras de hombres ilustres, como la Livia de Augusto. En esta representación de la armonía entre los esposos, Cavendish introduce, sin embargo, lo que considera un elemento discordante: no ha podido darle hijos a William. No obstante, y sobre el mismo tema afirma en la carta XCIII que no es la mujer la que desea hijos para sí misma, sino «para preservar el recuerdo del nombre y de la familia
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paterna para la posteridad». Sus ganancias son otras, las de sus hijos «intelectuales», habidos en lo que ella denomina su retiro o su vida aislada.
Amante de la vida retirada, Cavendish manifiesta a menudo en sus cartas los beneficios que extrae de este aislamiento, una soledad elegida y consciente que no es ajena a la sociabilidad. En XXIX hace referencia a «los dulces placeres y las inocentes diversiones que disfruto en este retiro» y a «una vida casera, libre de ataduras, el confuso estruendo, y el ruido atronador del mundo». Deseosa de lo que en otras obras como Philosophical Letters denominará «sociabilidad natural», que le permite estar en comunicación con el mundo, elige la vida retirada por ser «la más feliz, al estar más libre de críticas, escándalos, disputas, y riñas femeninas» (CLVIII). Su retiro, pues, no implica a los cercanos —sus parientes, su esposo— sino a los extraños, y al ajetreo de la vida urbana. Por ello, en LXXXII presenta su aislamiento en el entorno rural como una libre elección y como un modo de alcanzar la gloria en un desprecio de las vanidades mundanas: «Preferiría ser conocida por el mundo por mi ingenio, no por mi necedad». En esta soledad elegida Cavendish tiene acceso al universo de su imaginación, como relata poéticamente en la carta CXCII: «estando en soledad descubrí que tenía un río, un lago, o un foso helado en mi mente, dentro del hielo liso y vítreo, sobre el que se deslizaban mis variados pensamientos». Su comunicación con el mundo se establece en este caso por medio del intercambio epistolar, que en palabras de Barnes «respalda la sociabilidad de la comunidad» y se ajusta a la perfección al nuevo clima de la Restauración, reproduciendo de forma impresa las interacciones interpersonales en el marco del nuevo orden político y social[170].
Cavendish invoca la amistad en todas sus cartas, refrendando su vínculo con su amiga epistolar al concluir cada una de ellas, construyéndose como su fiel, constante, y humilde servidora. A menudo se muestra cómplice de sus opiniones, huyendo así de la rivalidad femenina que ejemplifica en algunas de sus cartas (XVI, XXIII). En esta última, por ejemplo, su amistad supera con creces a la de Lady T. y Lady A. M., cuyos «necios comportamientos» en nada se parecen a la lealtad entre Cavendish y su receptora. En su caso, la materialidad de las cartas que se intercambian sustituye la presencia mutua y favorece el contacto entre ellas (XXIX). En la carta LX la autora manifiesta que ella y su amiga son
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almas afines, una armonía como la de sus respectivos matrimonios, de modo que la amistad platónica entre ambas representa fielmente el ideal monárquico: «[E]l honor heroico es el trono del marido y la castidad el trono de la esposa, sobre los cuales el amor corona sus vidas con la paz». En otras ocasiones, como en la carta LXVI, Cavendish pide su intercesión para que medie entre ella y otra dama, Lady A. N., a la que por error ha enviado una lista con todos sus defectos. Frente a la acritud de la dama ofendida, la autora propone el ejemplo de la amistad ideal con su destinataria; en la carta LXVII afirma: «las amigas hablan con tanta liberalidad como piensan, al no temer traición alguna», y en la posterior LXXII declara su intención de escribirle con franqueza, haciéndole llegar su opinión sobre un poema sobre el que le aconseja que cambie el tema. Del mismo modo, es su amiga la que trata de persuadirla para que se inicie en el género de la oratoria, un campo eminentemente masculino (CLXXV). Otras de las cartas están dirigidas a mujeres de su entorno, como su querida hermana Catherine Pye, a la que renueva su «afecto natural, o mejor, sobrenatural» (CC); su hermana Anne, a la que alaba su decisión de no casarse y ser así dueña de sí misma, «cuando hay peligro en la elección y no hay seguridad al elegir» (CCI); o una de las hermanas Duarte, Eleonora, con la que compartió entretenimientos y confidencias, «porque aprecio tanto vuestra compañía que viviría eternamente con vos» (CCII). En definitiva, Cavendish propone un nuevo modelo de sociabilidad, heredado en gran medida de su experiencia en la corte de Henrietta Maria, basado en el ideal platónico, que evoca en otros hitos de su producción —como en The Blazing World— y que a través del intercambio epistolar, que ella matiza en el prefacio a los «nobles lectores» como «escenas más que cartas», ofrece una exploración no ya de una amistad femenina en concreto, sino «de la construcción de la amistad femenina por medio de cartas»[171].
Principales temas y motivos
Cavendish atiende en sus cartas a una serie de temas de interés que aparecen en ellas de forma recurrente, el primero de los cuales sería el ya mencionado asunto del matrimonio. Sin su particular visión de esta faceta de su vida, y la experiencia vital junto a su marido, al que admiraba, y que
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fomentó su inserción en la vida pública a través de la publicación, no sería posible entender el segundo de ellos: la ciencia y el conocimiento, una vena particularmente singular en el caso de una mujer de su época. Al mismo tiempo, las peculiares circunstancias políticas que le tocó vivir —la guerra civil en el bando monárquico, y a resultas de ella el alejamiento de su familia, así como el día a día durante su exilio europeo— se reflejan constantemente en Cartas sociables, explicando lo trascendente —su apuesta por una nueva sociedad, regenerada de excesos y abusos— y lo intrascendente —sus gustos y entretenimientos.
Barnes afirma que el matrimonio de los Cavendish «armoniza la variedad heterogénea que emana de su singular imaginación, sin reprimir su ingenio femenino, entendimiento o voluntad»[172]. La autora es muy consciente de que en su momento la elección de compañero es una decisión fundamental en la vida de las mujeres, que deben ser instruidas y seguir después los dictados de su entendimiento para reconocer las amenazas y evitar los peligros que las acechan antes de llegar al matrimonio (XIII). Así, las uniones serán dichosas cuando haya sintonía entre los contrayentes, e infelices cuando prevalezca en ellos la disparidad
(V). Esto último derivará inevitablemente en la falta de armonía familiar, que da lugar a situaciones contra natura: las mujeres que maltratan a sus maridos y que se dejan llevar por sus rebeldes pasiones (XXVI). Adelantada a su tiempo, Cavendish reivindica una educación femenina que no esté enfocada exclusivamente a ser peones en el mercado matrimonial, dejando atrás con ello una instrucción «más para la galería que para su valía interior» (XXVI). En su referencia a las Vidas de Plutarco, Cavendish evoca el ejemplo desigual de Pericles y su esposa Aspasia, prostituta antes de casarse (XXX), lo que le lleva a considerar la falta de prudencia del otrora prudente líder. Su caso demuestra, a juicio de la autora, que no solo es necesario dominar las pasiones, sino también vivir discretamente, ya que la disensión familiar conduce a la falta de armonía social, el escándalo y el escarnio público, como pone de manifiesto también el ejemplo de Lady C.C. y su marido en la carta XXXII. Defiende que las uniones entre esposos de temperamento engreído son el producto de la necedad más que de la prudencia (XXXIX) y la disparidad social entre los contrayentes conduce a matrimonios potencialmente infelices (LXXI, LXXXIX). Frente a ellos, alguno de los que Cavendish toma como modelo: Lady F.O. y su esposo, que en realidad es reflejo de su propio
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matrimonio —«Pero cuando la afinidad acompaña a las almas y los cuerpos en el matrimonio, entonces esos lazos son como las cadenas de diamantes, que adornan, pero no esclavizan» (LX)—, o el de su amiga epistolar y su marido, un vínculo «concebido por la naturaleza, y dispuesto por el cielo» (CIV). Lejos de ser exclusivamente moral e ideal, la unión privilegiada entre los esposos debe ser también física, como las cartas de William y Margaret manifestaban durante su breve período de cortejo[173], y como la autora explica en Cartas sociables. Como métodos para la felicidad conyugal propone Cavendish a la esposa huir de los celos para preservar al marido (CXXIV), pero también la previene de la excesiva castidad, que la asemejaría a una monja (CXXX).
Ajenos a las mujeres salvo en contadas excepciones son la ciencia y el conocimiento, que a menudo Cavendish identifica con la filosofía natural. En la carta XXI, lamenta que el sexo femenino no parezca inclinado a la filosofía, salvo en lo que irónicamente denomina filosofía «natural», muy alejada del propósito científico masculino y que lleva a las mujeres exclusivamente a estudiar los fenómenos naturales de sus rostros con el fin de embellecerlos. El resto de las opiniones filosóficas quedan vedadas a la mayoría de las de su sexo, aunque consigue encontrar compañeras afines con las que compartir sus inquietudes científicas, fundamentalmente su amiga epistolar, con la que discute sobre la materia o la sustancia (CLVII), y Eleonora Duarte, con la que debate sobre alquimia (CCVI). Es precisamente la alquimia el motivo elegido para una nueva lectura simbólica de la ciencia en manos femeninas (CI). Este simbolismo es patente también en su explicación del asunto de la pluralidad de los mundos, sobre los que su obra ha dejado muestras patentes: la complejidad de las mujeres no es sino un reflejo de la complejidad del universo (CXI).
Todo ello confirma su firme propósito de formar parte del selecto círculo de «los profesores del saber y el arte», a los que dedica uno de sus primeros prefacios en Cartas sociables, encomendándose a su racionalidad para poder entender su obra. Considera a filósofos y poetas hombres de gran sabiduría, en su despliegue de ingenio natural, que desemboca necesariamente en la felicidad (XIV). Entre los eruditos sitúa abiertamente a su esposo, cuyo genio «bien experimentado» transpira en su conversación, que es para Margaret como «un fuelle […] que calienta el ingenio y enciende el entendimiento» (CXVI). Sitúa a Newcastle en el parnaso de los mejores poetas, entre César y Ovidio, y aún por encima de
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Shakespeare (CLXII). En una apuesta firme por la parte imaginativa de su capacidad racional —vista ya en ejemplos como The Blazing World— Cavendish iguala a poetas y filósofos naturales, a los primeros de los cuales es más perentorio acudir en tiempos de dificultad, como en el caso de la guerra civil (XL). Los poetas cumplen también una función social y encuentran su espacio en la rígida jerarquía de su momento. Así, la autora apuesta por los «castillos poéticos», antes que por los terrenales, ya que después de la terrible experiencia de la guerra, «son más rentables y duraderos, y […] serán recordados cuando M.L. sea olvidada» (CXIII).
Sus cartas no son solo producto de su interés por lo racional y el conocimiento, sino que van encaminadas además al entretenimiento propio y ajeno. Considera el modo epistolar uno de los principales pasatiempos para las mujeres (XXI), y resulta ser esencial para comunicarse con los familiares y amigos, separados por motivo de la guerra y el exilio. A las misivas que escribe se añaden otras formas de ocio y sociabilidad que le atraen durante sus estancias en París y Amberes, y que incluyen el teatro, especialmente la mascarada, y otros espectáculos, como los desfiles de carnaval (CXCIV) y las atracciones de circo (CXCV), pobres compensaciones del exilio. No es muy amiga, sin embargo, de banquetes y corteses entretenimientos (XII), ocasiones en los que hombres y mujeres entran en rivalidad, movidos por la envidia (XXVII). Frente a ellos, Cavendish destaca los sanos entretenimientos de su vida retirada, que son «inofensivas diversiones» (XXIX, LXXXII, CLVIII). Con mirada nostálgica rememora la autora las celebraciones organizadas por William en Welbeck y Bolsover para agasajar al rey a inicio de los años 30 (CLXIV), ahora ya solo un recuerdo.
También será ya un ejercicio de la memoria la contienda civil que desmembró Inglaterra diez años más tarde, y que aún permanece vívida en la retina de la autora: el motivo del destierro (XCIX), el poder destructor de las guerras (CXIII), la ruina fratricida (CXX), la pobreza inevitable (CXXI), motivos todos alejados de la visión heroica asociada a lo masculino. Frente al trauma de lo vivido, Cavendish recuerda que a las mujeres no se las considera provechosas en las guerras, ya que se las priva de su condición de ciudadanas (XVI). Por ello, parece señalar con cierta ironía, que no debe ser un tema de conversación entre mujeres, a pesar de su recurrencia constante en las cartas (LXXXVIII, CLXXVIII). Ante la barbarie y la injusticia que promueven las guerras, Margaret Cavendish se
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refiere a la impotencia y la resignación femeninas, a las que suma la denuncia que como mujer realiza por medio de la escritura.
BREVE CRONOLOGÍA DE LA AUTORA
1623 Nace Margaret Lucas, octava hija de Thomas y Elizabeth Lucas, en St. John Abbey, Colchester, Essex.
1625 Muere Thomas, padre de Margaret.
1625 Muerte del rey Jacobo I y ascenso al trono de Carlos I, que se casa con Henrietta Maria de Francia.
1642-1649 Guerra civil en Inglaterra.
1643 William Cavendish, conde de Newcastle, es nombrado marqués.
1643 Margaret Lucas se dirige a Oxford para ser dama de compañía de la
reina.
1644 Batalla de Marston Moor. William Cavendish abandona Inglaterra y se exilia a Francia.
1644 La corte de Henrietta Maria deja Inglaterra y se traslada a Francia.
1645 Margaret Lucas y William Cavendish se conocen en la corte parisina
(St. Germain). Se casan en diciembre.
1647 Fallecen una hermana y la madre de Margaret Cavendish, Elizabeth Leighton.
1648 Sir Charles Lucas, hermano de Margaret, es ejecutado tras el sitio de Colchester.
1649 El rey Carlos I es decapitado.
1649-1660 Período del interregno, república de corte puritano.
1651 Margaret Cavendish viaja a Inglaterra para solicitar el perdón para su esposo y la devolución de sus propiedades, confiscadas por el gobierno; su petición es rechazada.
1652 Margaret Cavendish permanece en Inglaterra. Escribe Poems and Fancies.
1653 Margaret Cavendish escribe Philosophical Fancies y publica Poems and Fancies. Vuelve a Amberes.
1654 Muere Sir Charles Cavendish, hermano de William.
1655 Publicación de The Worlds Olio y The Philosophical and Physical Opinions.
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1656 Publicación de Natures Pictures, que incluía la autobiografía de Margaret Cavendish, «A True Relation of My Birth and Breeding».
1657 William recibe el título de príncipe durante su exilio, y Margaret por extensión el de princesa.
1658 Muerte de Oliver Cromwell.
1660 Restauración de la monarquía en Inglaterra y vuelta de Carlos II.
1662 Publicación de Playes y Orations of Divers Sorts.
1662 Fundación de la Royal Society.
1664 Publicación de CCXI Sociable Letters, Philosophical Letters y la segunda edición de Poems and Fancies.
1665 William Cavendish es nombrado duque de Newcastle.
1666 Publicación de Observations upon Experimental Philosophy y The Description of a New World, called the Blazing World.
1667 Margaret y William pasan la primavera en Londres. Visita de Margaret Cavendish a la sede de la Royal Society.
1668 Publicación de Plays Never Before Printed.
1671 Publicación de la segunda edición de Nature’s Pictures y The Worlds Olio.
1673 Muerte de Margaret Cavendish en diciembre.
1674 Entierro de Margaret Cavendish en Westminster Abbey.
1676 Publicación de Letters and Poems in Honour of the Incomparable Princess, Margaret, Dutchess of Newcastle.
1676 Muerte de William Cavendish.
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ESTA EDICIÓN
Como texto base para la traducción y estudio de las Cartas sociables se ha tomado la única edición original de 1664 que se conserva de CCXI Sociable Letters, Written by the Thrice Noble, Illustrious, and Excellent Princess, the Lady Marchioness of Newcastle (Londres, Printed by William Wilson, Anno Dom. M.DC.LXIV), que se encuentra en la British Library[174]. Cartas sociables se publica pocos años después de la Restauración de la monarquía en Inglaterra, y a la vuelta de los Cavendish a su hogar. De hecho, cuando el texto ve la luz, el matrimonio se encuentra lejos de Londres en su retiro en el campo, sufriendo aún estrecheces económicas. No obstante, este texto fue publicado en folio, lo que da la medida del interés de William por publicar la obra de su esposa, por un lado, y por otro, de seguir utilizando la visibilidad que proporciona la obra literaria como parte del patronazgo propio de la nobleza, que había practicado durante su vida.
Asimismo, se ha revisado la copia digitalizada de este texto, contenida en la base de datos Early English Books Online (EEBO), tomada de la que se conserva en Harvard University Library. Se han detectado algunas enmiendas realizadas a mano en la copia digitalizada —erratas, como la repetición de «should» (31), signos de puntuación (59, 319), sustitución de términos («or» en el original por «and», 88; «some-» por «sometimes», 89; «Plain-Behavior’d» por «Plain-Behaved», 221), posiblemente realizadas por los dueños de las mismas, que no aparecen en la edición conservada en la British Library. En su artículo «Margaret Cavendish on Her Own Writing: Evidence from Revision and Handmade Correction», James Fitzmaurice justifica la importancia que esta copia de las Cartas sociables tuvo muy probablemente para la autora, en comparación con otros anteriores y posteriores a la publicación de las cartas, a través de un análisis de las correcciones que Cavendish llevó a cabo. La uniformidad de
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estas revisiones a mano, y posiblemente por la misma mano, contrasta con la menor atención prestada a obras como Playes Never Before Printed (1668), donde las correcciones no imitan la tipografía original, como sí sucede en Sociable Letters[175]. Margaret Cavendish donó ejemplares de esta edición, así como del otro epistolario publicado el mismo año, Philosophical Letters, a numerosos colleges y bibliotecas de las universidades de Cambridge y Oxford, fundamentalmente. Otros fueron enmendados posiblemente de su puño y letra, pero no así otras copias que se conservan en la British Library, arriba mencionada, o en otras bibliotecas, como Clark, Folger, Harvard, Huntington, Newberry o Edinburgh, donde las correcciones no se hicieron de modo tan uniforme, debido, como afirma Fitzmaurice, a que habrían sido realizadas por los propietarios de los ejemplares antes de donarlos a las distintas bibliotecas[176]. En este sentido, se ha comprobado que numerosas páginas se repiten en la copia digitalizada de Harvard, muy probablemente resultado del propio proceso de digitalización, y que no figuran en el original de la British Library; estas corresponden a los siguientes rangos de páginas: 266-267, 268-269, 272-273, 274-275, 276-277, 290-591, 292-593, 294-295. En cuanto a las ediciones contemporáneas, hemos revisado también la de Fitzmaurice, Sociable Letters, para Broadview de 2004, reeditada para Routledge en 2012.
En la presente traducción hemos optado por modernizar la puntuación del texto original, muy alejada del inglés actual, y desde luego del español, así como modernizar también el uso de la cursiva por regla general. Para llevar a cabo este trabajo se han consultado una serie de diccionarios, que enumeramos a continuación: Diccionario de Autoridades, primer repertorio lexicográfico del español con ejemplos de diversas etapas de su historia, publicado entre 1726 y 1739; Tesoro de la lengua castellana o española, de Sebastián de Covarrubias, de 1611; Corpus del Diccionario Histórico de la Lengua Española, DHLE (Versión 3.1.), y el Oxford English Dictionary, todos ellos en sus versiones electrónicas. Al margen de estos, el trabajo de edición no hubiera sido posible sin el acceso a base de datos de textos electrónicos como Early English Books Online, o a catálogos como English Short Title Catalogue (ESTC).
AGRADECIMIENTOS
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La realización de esta traducción y edición de las Cartas sociables de Margaret Cavendish fue facilitada, especialmente en lo que recopilación de materiales y revisión de los textos se refiere, por la ayuda concedida por el Ministerio de Economía, Industria y Competitividad y fondos FEDER para el Proyecto de Excelencia, «Los orígenes de la novela en Inglaterra, 1660-1700: Base de datos y edición de textos» (FFI2017-82728-P). Gracias a este apoyo pudieron realizarse estancias de investigación en la Cambridge University Library y la British Library. Agradezco también las inestimables aportaciones y sugerencias de Elaine Hobby (Loughborough University) y Ros Ballaster (Mansfield College, University of Oxford) sobre cuestiones de interpretación textual.
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BIBLIOGRAFÍA
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— The Worlds Olio, Londres, Printed for J. Martin and J. Allestrye, 1655.
— Natures Pictures Drawn by Fancies Pencil to the Life, Londres, 1656.
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— «A True Relation of My Birth, Breeding, and Life», en Natures Pictures Drawn by Fancies Pencil to the Life, n. p., 1656, 368-391.
— Playes Written by the Thrice Noble, Illustrious and Excellent Princess, the Lady Marchioness of Newcastle, Londres, 1662.
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— Philosophical Letters, Londres, 1664.
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— Sociable Letters, 1664, ed. James Fitzmaurice, Nueva York, Routledge, 2012.
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CCXI
CARTAS
SOCIABLES
Escritas por la
Noble, Ilustre y
Excelente
PRINCESA
La Señora
MARQUESA
DE
NEWCASTLE
LONDRES,
Impreso por WILLIAM WILSON, Anno Dom.
M. DC. LXIV
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LA SEÑORA MARQUESA
DE NEWCASTLE
SOBRE SU EPISTOLARIO
Si todos los epistolarios que habéis leído, y conocéis,
Que se han escrito en latín, griego, inglés o francés[177],
Cosas tan lamentables que solo
Para tapar la olla de mostaza sirven, al lado de vuestro ingenio,
Más aún, si vivos sus autores siguieran, creo
Que quemarían sus libros y arrojarían su tinta,
Haciendo mondadientes de sus plumas, y quedaría su papel
Solo para prender tabaco y el pabilo de las velas encender.
Habéis acabado con el comercio, los espías, el mercadeo,
Nadie osa ya escribir una carta
Por temor a ser visto como un necio, y es la maldición del mensajero Encontrar flaco su bolsillo, y vacía su saca.
Aún más, la oficina del correo[178] se ha arruinado y lamentará
Que de sus amplios ingresos ahora no obtengan utilidad.
Todo es ahora el boca a boca, y lo que se habla
O nueces moscadas de oro[179], o de taberna moneda[180],
Varas de conteo de mercaderes[181], ¿por qué sois vos
Vuestra propia ruina y la del mundo entero con ella?
Después de mis elogios sentidos,
El estilo de los estadistas es aún aplaudido.
Puede que vuestras llamas de ingenio este tiempo las crea un pecado, Una proclama entonces puede convocarlo.
W. NEWCASTLE
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SU EXCELENCIA, EL SEÑOR MARQUÉS
DE
NEWCASTLE
MI SEÑOR,
Puede que se me diga, como alguien dijo a una dama, Trabajad, señora, trabajad, no escribáis libros, porque de seguro mujeres más sabias nunca escribieron ninguno[182]. Pero vuestra excelencia nunca me ordenó trabajar, ni que dejara de escribir, excepto cuando me persuadíais para que pasara largo tiempo lejos de mi estudio y tomara el aire por mi salud. La verdad es, mi señor, que no sé trabajar, me refiero a esos trabajos que consumen el tiempo de las damas, y si supiera, los avíos para tales trabajos me costarían más que lo que el resultado mereciera, además de todo el tiempo y el esfuerzo que les dedicara. Me preguntaréis a qué trabajos me refiero; os respondo, labores de costura, hilado, conservas, y también de panadería y cocina, para hacer pasteles, tartas, púdines, y otros, que no conozco. Y tan ignorante soy en estas tareas, como lo soy en el juego, el baile y el jolgorio. Pero pido vuestra venia para decir que no soy tan necia en todos los quehaceres, porque conozco el cuidado de las ovejas y el gobierno de una granja[183] medianamente bien, aunque no me dedico mucho a ello, ya que mis garabatos roban la mayor parte de mi tiempo. Tal vez algunos digan que, si mi conocimiento es mayormente de ovejas y de granjas, es un conocimiento salvaje; yo les respondo, ojalá los hombres fueran tan inofensivos como la mayoría de las bestias, así el mundo sería más pacífico y feliz de lo que es, porque entonces no habría tanto orgullo, vanidad, ambición, codicia, facción, perfidia y traición, como hay ahora. En verdad, uno bien podría decir en sus oraciones a Dios, «Oh Señor, os suplico que, en vuestra infinita misericordia, hagáis al hombre como a los animales, y que gobernéis su mente, pensamientos, pasiones y apetitos, para que puedan ser templados, sociables, laboriosos, pacientes, prudentes,
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previsores, fraternales y amigables, todo lo que los animales son, pero la mayoría de los hombres no». Pero dejando la mayoría de los hombres a las bestias, vuelvo con vuestra Excelencia, que sois uno de los mejores hombres, a quien Dios ha colmado de heroica fortaleza, noble generosidad, genio poético, honestidad moral, amor natural, amabilidad, gran paciencia, fiel lealtad, y piedad celestial, y ruego a Dios con ardor y gran fervor que os bendiga con una perfecta salud y una larga vida, como corresponde a
La honesta esposa y
humilde sierva
de vuestra Excelencia,
M. Newcastle
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TODOS
LOS PROFESORES
DEL
SABER Y EL ARTE[184]
Muy ilustres sabios,
Ojalá pudiera escribir tan sabia, ingeniosa, elocuente y metódicamente como para ser merecedora de vuestro examen, pero si alguno de vuestra noble profesión se rebajara tanto como para leer mis obras o parte de ellas, ruego que tenga en cuenta mi sexo y crianza y excusará de buen grado aquellas faltas que inevitablemente encontrará en mis obras. Porque, aunque no tengo erudición, permitidme admirarla y desear ser una de vuestra academia, porque sin duda, si yo fuera emperatriz del mundo[185], favorecería a aquellos que tienen más conocimiento e ingenio, gracias a los cuales creo que la Tierra sería realmente un paraíso, ya que tanto los hombres como el gobierno serían celestiales, porque confío en que la sabiduría y en la mayoría la virtud son inherentes a aquellos que son maestros del saber y están dotados de ingenio. Y a este tipo de personas ofrezco mis obras, aunque sea para condenarlas en el altar de su censura, y quedaré satisfecha con el honor de que las consideren dignas de ser juzgadas. De este modo, tanto si mis obras perviven como si perecen, viviré para ser
Vuestra servidora M.N.
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EL
PREFACIO
Nobles lectores,
Espero que no convirtáis una palabra errónea en un delito de mi ingenio, como ya otros lectores han hecho, porque en mis Poemas[186] criticaron que la medida no era exacta, y que no todos los versos tenían una rima perfecta. Pero puedo responder por ese libro, que haya tales errores en él, y otros como si fuera por azar. Además, algunas lenguas como el latín y el griego, que se toman por las principales, no contemplan la rima en sus poemas, sino solo el número exacto de pies y medidas. Sin embargo, las rimas y la medida son solo como la vestimenta y no como el cuerpo del ingenio. Pero he sido más precisa en mi otro libro Natural Descriptions[187], donde la mayoría de los poemas se ajustan tanto en la medida como en la rima. En cuanto a mi obra The Worlds Olio[188], puede que digan que algunas palabras no están bien dispuestas, lo que confieso será muy probable, y no solo en esta, sino en el resto de mis obras puede haber tales errores, porque no fui educada en una universidad o en una escuela[189] en el arte de la palabra. Tampoco lo tomo como un menosprecio a mis obras que encuentren errores en las formas, los términos, las palabras, las medidas o las rimas, siempre que no los encuentren en la variedad de temas, o en el sentido y la razón, el ingenio y la imaginación, porque dejo la parte formal y la palabrería a los necios, y la parte material y sensible a los sabios. Con respecto a mis Philosophical Opinions[190], algunos dijeron que era yo demasiado oscura, y no suficientemente clara para su entendimiento. Debo confesar que empecé a escribir ese libro al mismo tiempo que escribía mis poemas, pero a mi juicio era tan claramente como me era posible escribir, y si algunos lectores no pudieron entenderlo, no soy yo la Naturaleza para darles ingenio o entendimiento; aunque desde entonces no solo he revisado y corregido ese libro, sino que he añadido mucho también, por lo que creo que esta vez he mostrado con claridad su sentido y significado, con lo que
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aquellos que no lo entiendan no solo serán criaturas irracionales, sino también insensibles. En cuanto a mi libro de Obras dramáticas, algunos consideran que no están hechas con exactitud, ni las escenas situadas adecuadamente, como también que en algunas obras no he conseguido que todos los actores se conozcan entre sí, pero este mismo error encuentran que he expresado en una de las epístolas al inicio del libro que lanzan contra mi obra[191]. Sobre mis Oraciones[192] he escuchado que algunos me censuran por hablar con demasiada libertad, y por ser demasiado condescendiente con el vicio, pero les pediría que no se apresuraran tanto al juzgarme sino que consideraran, primero, si hay razón suficiente que les lleve a censurarme de ese modo, porque en verdad soy tan enemiga del vicio como amiga de la virtud, y persigo el vicio con odio tan firme como persigo la virtud con un amor completo y puro, lo que es sabido suficientemente por aquellos que me conocen; y, por tanto, no es por amor al vicio por lo que abogo por él, sino solo por ejercitar mi imaginación, porque de seguro los oradores más sabios y elocuentes no se han avergonzado de defender los vicios por tales motivos. ¿Y por qué no puedo yo hacer lo mismo? Porque mis oraciones son en su mayor parte declamaciones, donde hablo a favor y en contra, y no concluyo nada. Y en cuanto a esa parte que contiene varios alegatos, es justo y legítimo que ambas partes presenten sus argumentos tan bien como puedan, para defender sus casos. Pero no me importa su censura, porque sería un problema inacabable para mí responder la necia recusación de cada uno; un caballo de espíritu noble desprecia el alboroto de un pequeño chucho, y yo hago lo mismo. En cuanto a este libro de cartas, no conozco todavía las calumnias con las que lo atacarán, pero temo que dirán que no están escritas a la moda, esto es, en un estilo cortés y romántico, con palabras grandilocuentes y con expresiones místicas, como la mayoría de nuestros escritores suelen hacer. Pero, nobles lectores, no es mi intención ofreceros aquí largos cumplidos en breves cartas, sino breves descripciones en largas cartas. Lo cierto es que son escenas más que cartas, porque he procurado bajo la apariencia de cartas expresar los temperamentos[193] del ser humano, y las acciones de la vida de los hombres a través de la correspondencia entre dos damas que viven a poca distancia la una de la otra, que hacen de ello no solo su principal deleite y pasatiempo, sino un vínculo de amistad, una conversación epistolar como la que mantendrían si estuvieran juntas en persona, de tal modo que estas cartas son una
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imitación de su encuentro y conversación, que estoy segura de que es mejor —y sin duda más provechosa— que esas conversaciones que son una imitación de las cartas románticas que son solo palabras huecas y vanos halagos. Pues la razón por la que las he descrito en forma de cartas y no de obra teatral es, en primer lugar, porque ya he presentado veinte obras[194], un número que consideré suficiente; después, porque observé que la variedad de formas complacía más a los lectores; y, por último, porque les agradará más la brevedad de las cartas que la formalidad de las escenas y de las obras completas, cuyas partes y argumentos no pueden entenderse hasta que la obra se lee por entero, mientras que una carta breve les dará plena satisfacción de lo que leen. Y así pensé que era el mejor modo o forma de escribir esta obra, con la que, si dais vuestra aprobación, ya tengo mi recompensa.
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SOBRE SU
EXCELENCIA
LA
AUTORA
Esta dama solo escribe para sí,
Y todas sus cartas a sí misma dirige; Porque en ella a tantas criaturas rige
Como a naciones[195], aunque todas en armonía.
La cabeza es como un mundo, donde los pensamientos nacen y se crían[196],
Y soberana es la razón en cada una.
Pero no en todas un César procura,
No tienen un sabio Augusto todos los sesos
Y la razón en algunos es expulsada del gobierno
Por locos, rebeldes pensamientos, y facciosa compañía[197].
Y gran turbación habrá en tales sesos,
Ni un solo pensamiento con la razón armoniza, Pero bien en su sesera la razón gobierna,
Ni un solo pensamiento contra ella se rebela,
Sino que obedece lo que la razón le dicta.
Cuando es su voluntad, viaja por tierra y mar,
Como algunos a lejanos reinos llegar anhelan,
Y guiados por la estrella de la observación
Traen información de cada estado:
Si en paz o en guerra, si en odio y contienda.
Y por cada ciudad libremente viajan,
Describiendo sus costumbres, su comercio y su estado,
Observando las caras solemnes de cada magistrado,
Y el puesto o la autoridad que detentan,
Si extorsionan con miseria,
O si son ambiciosos, ofreciendo en la corte sobornos
Para acceder a puestos, o para esconder su crimen doloso,
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Porque esto hacen los hombres para conseguir riqueza y posición. Y algunos entran en las iglesias para ver
Quién busca compañía, quién se arrodilla en oración, Quién venera a su señora con sentida devoción,
A quién implora su favor, y a quién cuenta sus cuitas De amor, o a quién sus ojos vuelve
Para despedir a un amante, o para mostrar su semblante.
Y algunos acuden a bailes, mascaradas, y comedias,
Y para ver una procesión[198] se apiñan,
Y otros consiguen un puesto en la corte,
Observando la grandeza y el refinamiento
De palacio, la ceremonia y el esplendor:
Sus comedias, bailes, mascaradas y toda clase de diversión,
Y todos los cortejos amorosos que hacen,
Y cómo cada dama se muestra galante,
Las poses anticuadas de los jóvenes amantes:
Sus ademanes remedados, y su paso afectado,
Sus amorosas sonrisas, y sus lascivas miradas de soslayo, Todo aquello que odian y desprecian las almas amables. Y algunos acceden al Consejo Privado,
Donde príncipe y nobles alrededor de una mesa se sientan,
Escuchan lo que aquellos dicen, observan sus debates acalorados,
Y registran cuál de ellos habla por la facción, o cuál se enfrenta
A algún señor que goza de mayor favor que él,
Porque rara vez se ponen de acuerdo en asuntos de estado.
Y así sus pensamientos, de su mente las criaturas,
Viajan por el mundo entre los hombres,
Y retornan luego, trayendo con premura
Toda relación de cada cosa;
Y la observación los devuelve de nuevo
A la razón, su gran monarca, que está en la sesera.
Entonces, la contemplación invoca de inmediato a los sentidos, Que prestos, esperan diligentes,
Ordenando a dos de ellos escribir estas cartas:
El tacto a la mano, y así también la vista,
Estos dos son los que escriben, oficiales del alma, Y, sin aceptar soborno, anotan todo con veracidad.
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AL LECTOR
SEVERO
Creeréis acaso, lector, mi entendimiento errado,
Como la carne en salmuera y pasada de sal,
Pero mejores poetas de lo que yo he sido
Con más agudeza y mayor inquina han escrito, Aunque por escribir así han sido elogiados,
Y por las guías[199] de la fama han crecido.
Pero mis pobres escritos no conocen la maldad,
Ni torcidos han prosperado:
No ofendo a nadie en particular,
Lo que es de provecho, mi ingenio dicta
Para que los hombres puedan sus necedades y sus faltas ver, Sus errores, vanidades y ociosidad,
No porque piense que no los conocen bien,
Sino, me atrevo a decir, para que no los puedan olvidar,
Para recordarles que, como aquellos que cabalgan,
Pueden resbalarse, sin pensar por dónde van,
O caer en una zanja. Así yo por temor
Les pido que hagan caso, que estén atentos y con cuidado, Porque hay tocones, o profundos pozos,
O peligrosos caminos donde se apostan ladrones
A esperar, o donde bestias voraces acechan a su presa,
O un callejón donde la senda es sucia y mugrienta,
Y así también con el agua y cada peligroso lugar.
Pero no escribo para avergonzar a nadie,
Por ello, no halléis falta en mi satírico ingenio Ni en que esta epístola haya escrito en verso.
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CARTAS SOCIABLES
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I
Señora,
Os ha complacido pedirme que, ya que no podemos conversar en persona, lo hagamos por carta, como si estuviésemos hablando la una con la otra, comentando nuestras opiniones, descubriendo nuestros planes, pidiendo y dándonos consejo la una a la otra, y también contando las diversas circunstancias, y los diversos quehaceres de nuestra vida doméstica, y las visitas que recibimos, o los entretenimientos que disponemos, y a quién visitamos, y cómo nos reciben, las conversaciones que tenemos en nuestras reuniones, y las noticias que nos llegan de los asuntos públicos, y de gente en particular, y otras cosas así; de tal modo que nuestras cartas puedan mostrar nuestros encuentros y compañías. En verdad, señora, disfruto tanto de vuestra sabia, ingeniosa y virtuosa conversación, que no podría pasar mi vida de manera más grata y placentera, por lo que nada me complace más que leer vuestras cartas y escribiros las mías, porque es entonces cuando mi mente y mis pensamientos están con vos. Lo cierto es que mi mente y mis pensamientos viven siempre con vos, aunque mi persona esté lejos, por cuanto que, si las almas no perecen como los cuerpos, mi alma os visitará cuando mi cuerpo yazca en la tumba; y cuando ambas hayamos muerto, albergaremos la esperanza de que conversen nuestras almas[200], donde la vuestra y la mía estén unidas doblemente, primero en vida y luego después de la muerte, cuando seré eternamente,
Señora,
Vuestra fiel amiga y
humilde servidora.
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II
Señora,
No debería reprochársele a Lady C.E. lamentar la pérdida de su belleza, porque la belleza es la luz de nuestro sexo, que se eclipsa en la madurez y se apaga en la vejez, donde nuestro sexo se sienta en oscura melancolía y el recuerdo de la antigua belleza es como un desagradable sueño. Lo cierto es que un rostro joven y hermoso es como un amigo, mientras que un rostro marchito es un enemigo: uno provoca amor, el otro aversión. Aun así, no comparto el temperamento de Mrs. U.R., que prefiere morir antes que su belleza a que su belleza muera antes que ella, porque preferiría yo morir arrugada que morir joven, y tener el rostro cubierto del triste luto del tiempo antes que del pálido tinte de la Muerte, y de seguro sería mejor ir tras la sombra de la belleza antes que esa belleza acompañe al cortejo hasta la tumba. Y creo que Mrs. U.R. haría como la mujer del cuento, que deseaba y rogaba morir antes que su marido, y cuando vino la Muerte, le suplicó que la perdonara y se llevara a su marido, de tal suerte que prefería vivir sin él que morir en su lugar. Pero dejando este triste discurso sobre la vejez, las arrugas, la destrucción y la muerte, quedo,
Señora,
Vuestra muy fiel amiga
y servidora.
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III
Señora,
No me extraña que haya grandes bandos entre las tres familias C. Y. O. a causa de que no tienen oficio ni quehaceres en los que ocupar sus mentes, y sus sirvientes y adeptos tienen tan poco que hacer que esto los lleva a censurar, criticar, y envidiarse mutuamente, porque la ociosidad y la pobreza son el origen de la facción, y el orgullo y la ambición los perturbadores de la paz. Por ello, la ociosidad debería desterrarse de toda familia, lo que también será un medio para librarse de la pobreza, porque el trabajo es el camino a la prosperidad. Además, cuando los hombres tienen algo que hacer tendrán menos tiempo para hablar, porque las muchas palabras de los descontentos acrecientan el odio y crean desavenencias. Lo cierto es que la mayoría de las veces las palabras provocan más la discordia que la unión y ganan más enemigos que amigos. Por todo lo cual, el silencio es más recomendable que el hablar mucho, porque el atrevimiento de la lengua expresa más la estupidez de los hombres que manifiesta su ingenio. Tampoco las muchas palabras indican mucho juicio, porque como dice el antiguo refrán, A mucho hablar, poco obrar, porque se es más capaz de hablar con animosidad que de obrar maliciosamente. Otro dicho afirma que El taciturno medita cómo hacer el mal, antes que contemplar el bien[201]. Aunque yo no soy de esa opinión, porque si los hombres pensaran más y hablaran menos los seres humanos serían más honestos y sabios de lo que son, pues los pensamientos engendran reflexión, la reflexión engendra el juicio, el juicio templanza y la templanza sosiego en la mente y bienestar en el cuerpo; porque cuando a los hombres les falta templanza son propensos a apetitos insaciables, pasiones rebeldes y deseos erráticos, lo que causa codicia y ambición, y estas a su vez, envidia y odio, que crean división y conflictos, conflictos que dejo a los de naturaleza inquieta, mentes obstinadas, vanidosos temperamentos y a los ociosos necios, y quedo,
Señora,
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Vuestra leal amiga
y servidora.
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IV
Señora,
El otro día vinieron a verme Lady J.O. y sus tres hijas, a las que llaman las tres Gracias; una es morena, otra castaña y la tercera rubia, bellezas todas ellas de diferente color. También tienen rasgos, estaturas y figuras diferentes, pero las tres son tan igualmente hermosas que ni el juicio ni la razón puede elegir a una antes que a otra. También sus conductas son diferentes: una es majestuosa, la otra alegre y despreocupada, y la tercera dócil y vergonzosa, aunque las tres elegantes, dulces y atractivas. Su entendimiento es también distinto: una enuncia bien, otra argumenta bien y la tercera sentencia bien, todo lo cual crea armonía en un discurso. Estas tres damas han decidido no casarse nunca, lo que entristece a muchos pretendientes, pero cuando estuvieron aquí, llega Lord S.C. y, conversando con ellas, al final les pregunta si estaban decididas de verdad a no casarse nunca, a lo que contestaron que lo estaban. «Pero, señoras», les dijo, «considerad que el tiempo consume la juventud y marchita la belleza, y entonces no seréis ya las tres jóvenes y hermosas Gracias». «Decís verdad, mi señor», le contestó una de ellas, «pero cuando dejemos de ser las jóvenes y hermosas Gracias seremos entonces las ancianas y sabias Sibilas». Por esta respuesta habréis advertido que, cuando las de nuestro sexo no pueden fingir ser bellas, fingirán ser juiciosas. Pero no importa lo que aparentemos ser si somos realmente virtuosas, lo cual deseo que sean todas las de nuestro sexo, y quedo,
Señora,
Vuestra leal amiga
y servidora.
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V
Señora,
En mi opinión, el matrimonio entre Sir A.G. y Mrs. J.S. es del todo inconveniente, y por tanto no es probable que sea bendecido con una feliz unión, aunque probablemente ella será la más dichosa de los dos, porque es mejor tener un vejestorio complaciente que una lozana y joven necia. Aunque él será muy infeliz por los celos, con lo que la chochez de uno y la libertad de la otra serán como el fuego y el aceite, que prenderá la llama en la mente de él y consumirá el candil de su vida. En verdad me sorprendió oír que se habían casado, conociendo la naturaleza de ella y el temperamento de él, porque a ella le encanta la compañía de los jóvenes y a él solo la compañía de una muchacha, con lo que él no puede gozarla a menos que ella misma evite al resto de hombres por bien de su marido, lo que creo que no hará, porque no va a enterrar su belleza, ni a silenciar su ingenio por él; porque, si no me equivoco, ella amará a un joven sirviente antes que a un marido viejo. Más aún, si su marido fuera joven, preferiría varios sirvientes antes que un único marido, por cuanto que, si a ella la hubieran creado cuando existía un solo hombre, Adán, habría hecho como su antepasada Eva cuando fue cortejada por el diablo, y traicionaría a su marido por él antes de quedarse sin pretendiente. Pero, abandonando este discurso sobre los celos, la vejez, el cortejo y el diablo, quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. & s.
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VI
Señora,
En vuestra última carta me hicisteis saber que Sir F.O. se había retirado para escribir su vida, porque dice que no sabe por qué razón, pero que podría escribir su propia vida como la del Guzmán[202], y ya que pedís mi opinión sobre la obra que se propone, solo puedo decir que su vida, por cuanto sé al respecto, ha sido tan malvada como la de Guzmán, pero si su ingenio es tan bueno como el de Guzmán lo desconozco, aunque me temo lo peor, y escribir una vida pérfida sin ingenio no será sino una historia sosa y tediosa, de hecho tan tediosa y sosa que no creo que nadie se esfuerce en leerla, a menos que él mismo quiera leer sobre su persona. Pero cabe esperar que se aburra de sí mismo y que desista así de contar su propia historia. Y si al final escribe su vida, será como un falso delfín[203], o alguna otra cosa parecida, donde el exterior es de cartón pintado o de lienzo y el interior está lleno de tiras de papel, trapos sucios, recogidos de un estercolero. Y si coloca su retrato como portada a su libro, será como una repulsiva máscara[204]. Pero si tuviera amigos, de seguro le persuadirían para que empleara su tiempo en otra cosa; aunque algunos son tan desdichados que no tienen nada en qué emplear el tiempo: pueden perder el tiempo, pero no emplearlo, y al desaprovechar el tiempo, el tiempo los consume[205]. Hay un dicho, Los hombres nacen para vivir, y viven para morir, aunque creo que algunos solo nacen para morir, y no para vivir, ya que no sacan partido de la vida y la vida los desaprovecha, de tal modo que en la práctica estaban listos para la tumba tan pronto como salieron del vientre materno. Por tanto, si Sir F.O. continúa con su obra, cavará su tumba contando su vida y su ingenio desalmado allí recibirá sepultura. Pero dejando su difunto ingenio en su ataúd de papel y sus inútiles trabajos al luto de su tinta, quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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VII
Señora,
Lamento oír, tan poco se conoce y se entiende el ingenio, que a Sir W.T. se le debería tomar por loco por tener más ingenio que otros hombres. En verdad, el ingenioso debería conversar siempre con otro igual y el necio con otro necio, porque el ingenioso y el necio nunca se pondrán de acuerdo, no se entienden el uno al otro. El ingenio vuela más allá de la vanidad y el entendimiento del necio, porque el ingenio es como un águila, que tiene alas poderosas y vuela alto y lejos, y que cuando desciende golpea al necio en la cabeza, como un águila a un chorlito o a una chocha[206], o a algún pájaro parecido. Y ciertamente en el mundo nunca hubo tantos necios como en esta época, ni ha habido mayores errores, ni se han cometido más burdos disparates que en nuestro tiempo. No es esta una época como la de Augusto César, cuando reinaba la sabiduría y florecía el ingenio, que era causa de la abundancia y la paz en todo el mundo, sino que en esta época la indecencia se toma por ingenio y la facción por sabiduría, la traición por política y las riñas entre borrachos por valor. En realidad, el mundo es tan tontamente cruel y tan vilmente insensato, que son más felices quienes más pueden apartarse de él. Pero cuando me refiero al mundo quiero decir el mundo de los hombres, o más aún sus cuerpos, porque no parece haber muchas almas racionales entre ellos, son hombres sin alma, cuerpos que tienen solo sentidos y apetitos, o apetitos de los sentidos. Pero decís, todo individuo se queja del mundo como hago yo en esta carta, aunque ninguno ayuda a arreglarlo. Permitidme deciros, señora, no está en la mano de cada individuo ni en varios de ellos, sino que las personas principales deben arreglar el mundo, a saber, aquellos que gobiernan el mundo, o de otro modo el mundo estará en harapos. Pero en algunas épocas el mundo está más harapiento y desgarrado que en otras, y en otras épocas el mundo está remendado y a pedazos, y rara vez nuevo y a la medida, y más a menudo se viste con atuendo de bufón que con sobria casaca. Por lo cual, dejo la botarga[207], y quedo,
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Señora,
Vuestra fiel servidora y amiga.
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VIII
Señora,
Habéis tenido el gusto de invitarme a un baile para distraer mis pensamientos melancólicos, pero no son dignos de vuestra caridad porque están demasiado hundidos en la melancolía como para disiparse; como cuerpos que pasan necesidad, y que casi mueren de hambre, tan débiles que no pueden alimentarse, cuando menos que necesitan fuerza para nutrirse y digerir, sin suficiente energía para reavivar el fuego vital que la falta de comida casi ha apagado. Por eso, señora, no rechazo vuestra caridad, aunque no soy digna de recibirla. Además, mi mera apariencia exterior sería un obstáculo para vuestra alegría más que una añadidura a vuestro gozo y, a mi parecer, sería muy impropio. Porque un corazón apenado, ojos llorosos, un semblante triste y ropa de luto no casan con pies bailarines. En verdad, mi ánimo plúmbeo ha entumecido tanto mis articulaciones que no se moverán con la agilidad que requiere el baile. Me veo más capaz de sentarme sobre una tumba que de marcar los pasos en una alfombra, y hay tal aversión en mi mente a los suaves aires[208] que antes embotará mis oídos su disonancia que sentirán su armonía. De hecho, mis sentidos están tan ajenos y alejados del mundo y mi mente tan sumida en la tristeza que no tengo ni un solo pensamiento brillante: todos se apagan con el recuerdo de mi pérdida. Por ello, señora, el recuerdo ha creado un olvido, y aunque ha enterrado por ahora las alegrías mundanas de mi vida, con todo no ha sepultado mi sentido agradecimiento por vuestros favores, por los cuales soy,
Señora,
Vuestra s. más humilde.
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IX
Señora,
En vuestra última carta percibo que Lady N.P. es una agente en alguna intriga de estado, o al menos eso parecería, porque las de nuestro sexo en esta época tienen la ambición de ser estadistas, para que se las considere sabias; pero, aunque hagamos lo que podamos, demostraremos nuestra necedad, porque la sabiduría es enemiga de nuestro sexo, o mejor dicho, nuestro sexo es enemigo de la sabiduría. Es cierto, rebosamos planes y conjuras, y estamos dispuestas a apoyar a un bando, pero intrigas, planes, facciones, no pertenecen en nada a la sabiduría, porque la sabiduría no interviene en ellas ni está con ellas, sino que reniega de ellas; solo el oficio del engaño y la sutileza las dirigen. Y en cuanto al arte del engaño, las mujeres tienen larga experiencia en él, y la mayoría pueden considerarse políticas, porque no hay duda de que las mujeres pueden, saben y a menudo provocan guerras, especialmente guerras civiles. Fijaos en nuestra última guerra civil, donde las mujeres eran importantes pero no buenas artífices, porque, aunque ellas no pueden luchar con armas de guerra, pueden enardecer las mentes de los hombres contra gobernadores y gobiernos, en lo que los hombres son muy hábiles incluso sin la persuasión femenina, para innovar por medio de la envidia y la imitación, deseosos de un ascenso en su título, fortuna y poder, que las mujeres ambicionan tanto como los hombres; pero deseo por el honor de nuestro sexo que las mujeres pudieran procurar la paz tan fácilmente como la guerra, aunque es más fácil hacer el mal que el bien, porque cualquier necio puede provocar un alboroto y un escandaloso desorden que los más sabios apenas pueden de nuevo enderezar. Pero las mujeres en los asuntos de estado pueden obrar como hacen consigo mismas, que saben y se hacen a menudo las enfermas, pero que cuando están enfermas, no mejoran; por lo que trastornan un estado como hacen con sus cuerpos, pero ninguna puede conceder paz a uno, o salud al otro, sino que sus mentes inquietas y sus apetitos insaciables causan las más veces ruina a uno, y muerte al otro,
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porque la templanza y el silencio son ajenos a nuestro sexo. Pero dejando a Lady N.P. con sus pequeñas intrigas y sus frágiles conjuras, quedo,
Señora,
Vuestra muy fiel a. y s.
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X
Señora,
En vuestra última carta habéis tenido el gusto de contarme la nueva de que C.U. acaba de ser nombrado Lord. En verdad lo merece, y si comparáramos su título, sería muy inferior a su valía, aunque es mayor honor tener más valía que título que más título que valía. En efecto, el título debería ser como un letrero, como el escudo de armas del rey o su retrato para una tienda de valiosa mercancía; así el título debería ser solo para que se supiera que hay una persona respetable, llena de nobles cualidades, virtudes morales, dulces encantos, influencias divinas, docta ciencia, sabios consejos y tales otros que deberían emprenderse y negociarse en el mundo, para sí y para el bien, beneficio y placer de otros. Porque las riquezas de la mente deben ser como el resto, esto es, que se diseminen, y no permanezcan ocultas inútilmente y se acumulen sin darles uso, sino que deberían ser como mercancías esenciales, y no como bagatelas de la vanidad, que se desgastan o se desechan cuando los hombres mudan su talante, más por moda que por beneficio. Pero algunos hombres parecen ser más ricos de lo que son y otros más pobres de lo que son; aquellos que parecen más ricos de lo que son se colocan a la puerta de las tiendas y aquellos que parecen más pobres en los almacenes interiores: aquellos que están de cara a la galería son personas vanidosas, mientras que los que quedan en los almacenes son personas magnánimas. Pero las mentes o las almas de las mujeres son como tiendas de abalorios, en donde algunas tienen bonitos adornos, pero nada de gran valor. Imagino que me reprenderéis por esta opinión, y me lo merecería si todas las mujeres fueran como vos, pero vos sois solo una y yo me refiero a todas las mujeres y no solo a una, y por ello ni soy injuriosa contra vos ni injusta con nuestro sexo; pero deseo con todo mi corazón que todas las de nuestro sexo fueran como vos, de tal modo que yo pudiera aspirar a ser una copia vuestra, y aunque sois un ejemplo inimitable, me esforzaré en emularos tanto como pueda, con lo que pueda yo ser aún más digna
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De Vuestra señoría
Humilde servidora.
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XI
Señora,
He oído que Lady B.A. y Lady C.D. se marchan a la corte, pero creo que ni encajarán en la corte, ni la corte con ellas; porque a la una la han educado más para el convento que para la corte y a la otra la han criado para ser buena ama de casa, más adecuada para el campo que para la corte. Lo cierto es que el ahorro es contra natura para el cortesano y la oración poco habitual, pero a las damas hermosas se las convierte allí en santas y los hombres son sus devotos, que les hacen promesas, plegarias, alabanzas y en algunas ocasiones acción de gracias, y muchas veces son penitentes; mas cuando la belleza de las damas decae, los hombres se vuelven apóstatas. Así podéis comprobar que muchas de las de nuestro sexo se convierten en santas, aunque sean pecadoras, pero se las santifica por su belleza y no por su piedad, por su apariencia externa, no por su gracia interior. En verdad, son santas mundanas, y la corte es su cielo, y la naturaleza su diosa, que las dota de atractivos encantos, a los que las confío y quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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XII
Señora,
He oído que Lady D.C. organiza banquetes y entretenimientos políticos, agasajando a los miembros de la corte y entreteniéndolos con bailes y naipes, ante los que pierde políticamente su dinero y hace que su marido les preste dinero como política, y es muy probable que consiga arruinar políticamente a su marido, porque ella es más política con su marido que con los cortesanos, y ellos más políticos con ella que su marido. Aunque muchas esposas convencerán a sus maridos para convidar, fingiendo algún interés, cuando su principal interés es tener compañía. Y ellas se portarán libre y alegremente con sus invitados, haciendo creer a sus maridos que son así solo por intrigar, o para procurar sus planes, de tal forma que hacen de sus maridos chulos y cornudos, que creen a sus esposas sabias mujeres, tanto en sus consejos como en sus acciones. Estas y otras parecidas son las excusas que ponen las esposas para tener compañía, y debe observarse que esas esposas a las que les encanta la libertad y la compañía serán tan atentas con sus maridos cuando llevan compañía a casa o disfrutan de la compañía que les gusta, que no solo los extraños sino también sus maridos las consideran entonces las mejores esposas del mundo, mientras que cuando están solas con sus maridos las Furias no son más violentas, ni de peor carácter que ellas. Pero cuando están acompañadas todo es lo que complazca a sus maridos, ya sea bailar o jugar; sus buenas palabras y comportamiento modesto entusiasman tanto a sus maridos que todo es lo que complazca a sus esposas; es más, ruegan a sus esposas que hagan lo que les plazca y aprueban todo lo que dicen o hacen. Otras esposas, para conseguir o disfrutar de compañía, halagarán falsamente y convencerán a sus maridos de que ellos son los hombres más sabios o los más sagaces del mundo, y de que no hay quien sepa complacer a sus invitados como ellos; que ellas por su parte detestan tener visitas, que nada hay tan tedioso y molesto, y que solo les agrada ver cómo sus maridos complacen a sus invitados, y les encanta escucharlos conversar con extraños, ya que su ingenio y conducta superan con mucho
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los de los otros. Y para animar a sus maridos, o para halagarlos aún más, recordarán sus conversaciones cuando están juntos, lo bien que resolvieron esa o aquella cuestión, o lo inteligentemente que respondieron a esto o a lo otro, y cosas así; tras lo cual el marido recibirá asiduamente, solo para que su esposa oiga su extraordinario ingenio, sus sabias máximas, y que vea sus solemnes entretenimientos, mientras que su esposa se ríe por dentro al oír lo necio y al ver qué formal presumido y qué engreído es. Así, la mayoría de los maridos o son engañados por sus políticas mujeres, o son obligados a obedecer, o bien consienten a sus violentas y malhumoradas mujeres, o bien son burlados por sus insinuantes y aduladoras esposas para traicionarse a sí mismos. Pero como temo revelar demasiado sobre la naturaleza de nuestro sexo, concluyo aquí, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. & s.
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XIII
Señora,
La mayor parte del discurso de Mrs. L.A. es sobre sí misma. En verdad, cada cual tiende a hablar de sí mismo, henchido de amor propio, lo que lleva a la mayoría a conversar sobre un único asunto; pero su asunto es contar lo buena esposa que será cuando se case, aunque la prueba se presentará solo después de casarse, si es que consigue marido; porque creo que quiere uno, y que lo desea, porque habla tanto de tener marido y se las promete tan felices. Realmente, es un hecho probado, que a todas las doncellas les encanta hablar de maridos, a todas las viudas de pretendientes y a todas las esposas de amantes, porque los hombres pueden casarse, más aún, lo hacen a menudo, pero no por amor sino por interés y por la descendencia, o cosas así; y los pretendientes pueden cortejar, pero no por amor, sino por interés y riqueza, o cosas tales. Pero cuando los apasionados amantes ruegan, no es por otro motivo sino para yacer con la mujer a la que se declaran, y las casadas tienden a ser más complacientes que las doncellas o las viudas, al tener una capa para cubrir su vergüenza y su culpa y un marido como padre de sus hijos, y les gustan más los cortejos amorosos que a las doncellas o a las viudas porque encuentran más impedimentos, al estar obligadas por los lazos del matrimonio; además, necesitan de mayor discreción y dificultad, ambas del gusto femenino. Pero cuando las doncellas, viudas y esposas hablan de maridos, pretendientes y amantes, les complace mucho su discurso, lo que podéis percibir no solo por su conversación, que se hace más viva y su ingenio más agudo, y sus palabras más fluidas, sino también por su apariencia, sus ojos más vivaces, sus semblantes más amables y su actitud más alegre y descarada que en ningún otro discurso, especialmente si trata de personas concretas que les placen o creen que a ellas les placen. Pero en cuanto a Mrs. L.A., que conversa tanto sobre un marido, en verdad creo que se convertirá en una esposa excelente, no porque ella lo diga, sino porque ha sido educada de forma estricta y retirada, y es de naturaleza sobria y contenida, que no se inclina a caer en extravagancias, ni desea variedad de
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compañías, sino que es casera y ahorradora y de un comportamiento humilde y obediente, y no solo atiende a los buenos consejos, sino que es dócil y los lleva a la práctica, todo lo que la hace merecedora de un buen marido, y le deseo uno de todo corazón. Pero debe aceptar su suerte, tanto si tiene como si no, mala o buena, porque muchos buenos solteros resultan ser malos maridos y mucho loco seductor se convierte en un buen marido. En cuanto a los viudos, muchos hombres que fueron buenos maridos con sus primeras esposas son malos maridos para las segundas, o las terceras, o las cuartas, o para algunas buenos y para otras malos; y algunos que han sido infames y crueles maridos para sus primeras esposas son muy buenos y amorosos con las segundas. Lo mismo sucede con las doncellas, las esposas y las viudas, de tal modo que ninguna puede elegir sabiamente al azar, porque el azar, como la suerte, excluye la prudencia de la sabiduría, le venda los ojos, al no conocer la suerte; así también un necio cegado por la ignorancia puede elegir en la rifa de los maridos y las esposas como el más sabio, al estar cegado por la inconstancia del ser humano. Pero dejando a Mrs. L.A. a la rifa, y a sus meditaciones y discursos sobre el matrimonio, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XIV
Señora,
Soy de vuestra opinión, que filósofos y poetas[209] ciertamente deberían ser los hombres más sabios, porque al tener un conocimiento tan profundo que penetra incluso en los secretos de la naturaleza, debería ser sencillo para ellos conocer los propósitos, opiniones y acciones de los hombres y prever los efectos de las cosas; porque pueden juzgar las causas ocultas e invisibles y pueden averiguar sus efectos, pueden juzgar con facilidad las acciones visibles o los asuntos de los hombres; y no hay hombre alguno que pueda ser sabio, que no tenga un profundo entendimiento, una clara previsión para imaginar y prever lo que es y lo que probablemente será; porque no es la historia la que hace sabios a los hombres, ni la ley, ni la lógica, ni ser erudito en todas las ciencias, sino tener un ingenio natural como para concebir racionalmente, para juzgar firmemente, para entender perfectamente, para percibir prontamente, para distinguir claramente, para comparar apropiadamente, para buscar detenidamente, para examinar rigurosamente, para observar completamente, para considerar seriamente, todo lo que ha sido, es o no es, y lo que será o no podrá ser, en todo lo que los filósofos[210] y los poetas son los más ingeniosos de los hombres. Pero este tipo de hombres no abundan en el mundo, en realidad son tan pocos que el resto de la humanidad no los entiende, porque los consideran más necios que sabios; porque, aunque los sabios distinguen a los necios, sin embargo, los necios no reconocen a los sabios, más aún, los necios no distinguen a otros necios, pero los sabios sí reconocen a otros sabios, porque ¿cómo va un necio a reconocer a otro si no se conoce a sí mismo? Pero si hubiera algún defecto en los poetas y filósofos naturales sería que se complacen tanto en la trascendencia que no se rebajarán a considerar o examinar las acciones y designios de los hombres, no, ni las obras externas u ordinarias de la naturaleza; son el consejo privado de la naturaleza, por lo que desprecian formar parte de consejos terrenales o humanos: son estadistas naturales, y no estadistas terrenales. Tampoco forman parte del séquito de príncipes
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terrenales, al ser los principales cortesanos de la naturaleza, y cuando tienen ocasión de observar las acciones y el rumbo de otros hombres los miran con una sonrisa altiva, al ver sus flagrantes errores, sus ridículas locuras, sus dolorosos placeres, sus estúpidos vicios y su improductiva labor. Además, los filósofos y los poetas no son solo los más sabios, sino también los más felices de los hombres, no ya porque se complacen en su vasto conocimiento, extraordinario ingenio, percepción sutil, deliciosa imaginación, y curiosa fantasía, al tener todos los encantos del intelecto y los placeres del pensamiento, sino también en tanto que pueden conquistar sus ingobernabless pasiones, sus apetitos insaciables, y rigen sus mentes según su fortuna. Son felices en toda condición, al tener siempre la felicidad con ellos y dentro de ellos, y no fuera de ellos, mientras que la felicidad de los otros siempre está fuera y la infelicidad en su interior, sus mentes son siempre como aguas procelosas y cualquier contrariedad puede acabar en tormenta, cuando las mentes de los poetas y los filósofos son como las estrellas fijas[211], que solo brillan; o más aún como el sol, que mantiene un curso constante, y nunca lo altera, sino que se mueve velozmente por el mundo y ve cada rincón, y penetra en las mismas entrañas de la tierra, y sus mentes, como el sol, son la luz de sus pensamientos que, al igual que los planetas reciben la luz del sol, así los pensamientos la reciben del intelecto; y como el sol tiene luz y calor, así también la mente razón y conocimiento; y como el sol anima a las diversas criaturas, así su mente concibe diversas causas y efectos y crea distintas fantasías; y como el sol se muestra al mundo, y al mundo de las criaturas, así también la mente encuentra y muestra la verdad de las cosas. Pero dejándolos en manos del verdadero conocimiento, la sabiduría, el ingenio y la felicidad, quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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XV
Señora,
Ayer vino Lord N.W. a visitarme y entre otras conversaciones hablamos de Lady T.M. Tan pronto se mencionó su nombre él pareció arrebatado al tercer cielo[212], y de ahí descendió para proclamar sus virtudes[213]; y para repetir sus expresiones, eran tan extraordinarias que difícilmente se borrarán de mi memoria, de tal modo que las conoceréis palabra por palabra. Primero dijo que era una dama digna de ser la emperatriz de todo el mundo[214] porque, aunque la fortuna no le había concedido una corona imperial, rango o título, ni por herencia o victoria, ni por elección, ni la había elevado a un trono imperial, ni sostenía un cetro imperial, con todo, fue coronada al nacer como la emperatriz de su sexo; porque, aunque la fortuna no haya coronado su cuerpo, la naturaleza ha coronado su alma con corona celestial, hecha de fulgor poético, en lugar del oro terrenal que corona el cuerpo; y en lugar de diamantes, perlas y otras piedras preciosas engarzadas en coronas de oro, su corona celestial lleva incrustados entendimiento, juicio e ingenio, también claro discernimiento, alegorías orientales, y chispeante fantasía, una corona más gloriosa que la de estrellas de Ariadna[215]; y aunque no ascendió a un trono imperial terrenal, sin embargo, la situaron aún más alto, en un trono de alabanza, y aunque no poseía un poder imperial temporal ni ostentaba un cetro imperial temporal, no obstante, gozaba del poder de la persuasión y de la lengua de la elocuencia; y aunque no la adornaba el atuendo imperial, sin embargo, la adornaba una natural belleza, y aunque no tenía guardia terrenal e imperial, la protegía la virtud; y aunque no la asistían, acompañaban y servían cortesanos terrenales e imperiales, con todo, era atendida, acompañada y servida por dulces Gracias, y sus damas de honor eran las Musas, y la casa de la Fama[216] era su magnífico palacio. Así nació de cuna regia, y fue ungida y revestida, y celestialmente coronada, y reinará en la memoria de todo tiempo y nación hasta el fin del mundo; y no solo reinará, sino que reinará feliz, gloriosa y con gran fama. Pero
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cuando hubo dicho lo que he relatado no pude sino sonreír al oír los encomios poéticos de una mujer, y dudaba de que ninguna de nuestro sexo fuera merecedora de tales grandes e inverosímiles alabanzas. Me preguntó por qué sonreía; le dije que sonreía al comprobar cómo la pasión del amor había comprado su lengua. Contestó que no era culpable de aceptar parciales sobornos, pero que la justicia había inspirado su lengua a decir la verdad. Le dije que me alegraba descubrir, o al menos oír, que había justicia en los hombres y mérito en las mujeres, la una para elogiar, el otro para ser elogiada; pero le rogué que me permitiera, o que me dispensara, si le decía que su discurso no lo mostraba, o lo representaba como un cortesano terrenal e imperial, al elogiar a una dama delante de otra, y al conferir tantos elogios a una dama ausente y no guardar ninguno para la dama presente. Él me rogó que perdonara su error y que en adelante elogiaría a la dama que estuviera presente. Pero, señora, si yo hubiera sido propensa a la envidia, esos elogios a Lady T.M. me habrían avinagrado, o disuelto en vitriolo, aunque al ser inocente y libre de ese sucio vicio, me colma de alegría el oír que una de nuestro sexo es tan excelsa como para merecer una alabanza celestial. Y dejándoos con esa misma alegría, concluyo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XVI
Señora,
Espero no haber dado a Lady D.A. motivos para creer que no soy su amiga, porque, aunque ella ha estado del lado de P. y yo del de K., sin embargo, no veo por qué razón eso debería crear diferencias entre nosotras como para convertirnos en enemigas, no más que los casos de conciencia religiosa, porque una puede ser una buena amiga y aun así no ser de mi opinión; la conciencia de cada uno está entre Dios y uno mismo, y no pertenece a nadie más. Es cierto que me encantaría que mi amiga fuera de mi opinión o que, si yo pensara que la opinión de mi amiga es más acertada que la mía, fuera yo de la suya; pero no debería romper nuestra amistad el que nuestras opiniones fueran distintas, ya que solo Dios puede juzgarnos. Y en cuanto a las cuestiones de gobierno, las mujeres no las comprendemos pero, incluso si lo hiciéramos, no se nos permite interferir en ellas, y casi ni ser súbditas; no estamos atadas, ni obligadas a estado o corona; somos libres, no hemos jurado lealtad, ni hemos hecho el Juramento de Supremacía[217]. No nos han hecho ciudadanas de la Commonwealth[218], no tenemos cargos, ni ostentamos ninguna autoridad en ella; no se nos considera útiles en períodos de paz ni provechosas en la guerra, y si no somos ciudadanas de la Commonwealth, no sé por qué debemos ser súbditas. Y lo cierto es que no somos súbditas a menos que sea de nuestros maridos, y no lo somos siempre, porque a veces usurpamos su autoridad, o halagándolos conseguimos su beneplácito para gobernar; pero si la naturaleza no nos hubiera obsequiado con belleza y con otros tiernos dones para ayudarnos a ganarnos los afectos de los hombres, seríamos las criaturas más sometidas de la naturaleza. Pero gracias sean dadas a la naturaleza, que ha sido tan bondadosa con nosotras, ya que somos nosotras las que la mayoría de las veces sometemos a los hombres, más que los hombres nos someten a nosotras; ellos parecen gobernar el mundo, pero somos nosotras las que realmente lo hacemos al gobernar a los hombres. Porque, ¿qué hombre hay que no esté gobernado por una mujer en mayor o menor grado? Ninguno, a menos que sea un aburrido
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estoico, o un viejo y mísero usurero, o un frío, viejo y mustio soltero, o un famélico ermitaño, y otros así, que alguno de esos hay aquí y allá. Y no solo las esposas y las amantes tienen un poder notorio sobre los hombres, sino también las madres, las hijas, las hermanas, las tías, las primas, incluso las sirvientas tienen muchas veces el poder de persuasión sobre sus señores, o una dueña con su inquilino, y una posadera con su huésped. Pero los hombres no lo creerán, y para nosotras es mejor así, porque de este modo gobernamos como si fuera por medio de un poder inconsciente, de tal forma que los hombres no perciben cómo el sexo femenino los maneja, los guía y los domina. Pero sea como fuere, señora, los disturbios en el país no han quebrantado nuestra amistad, porque, aunque ha habido una guerra civil en el reino y una guerra universal entre los hombres, sin embargo, no ha habido ninguna entre las mujeres, no han luchado en batalla campal; y si lo hubieran hecho, no habría ninguna riña en particular entre vos y yo, porque sigo apreciando a vuestra señoría igual que si el reino hubiera disfrutado de serena paz, en cuya amistad siempre permaneceré vuestra, Señora,
De vos, la más humilde
y devota servidora.
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XVII
Señora,
La dama pura, o Lady Puritan[219], es tan devota como para seguir a todos esos ministros que ella piensa que han sido llamados y elegidos por el Espíritu Santo para proclamar la Palabra de Dios, mientras que esos ministros predican más sus propias palabras que las de Dios, porque interpretan la Escritura a su manera, o más bien a la de sus rebeldes conductas y propósitos, y después de sus sermones sus feligresas chismorrean sobre la Escritura, visitándose mutuamente para comentar sus notas y para repetir los sermones, y también para explicarlos y exponerlos. Porque primero el ministro explica la Escritura y después su feligresía explica el sermón, de tal modo que hay explicación sobre explicación y prédica sobre prédica, hasta el punto de que hacen tal mezcla y revoltillo de la Escritura que ciertamente el sentido y la verdad están tan escondidos y ocultos que nadie puede encontrarlos; y seguramente el Espíritu Santo, del que tanto hablan, no sabe lo que quieren decir y predican, porque hay tanta necedad en sus sermones, que ni el mismo Dios les puede encontrar sentido. Pero como quiera que en algunas tiene un efecto beneficioso y causa mucha devoción entre muchas de ellas, como si predicaran con erudición, elocuencia y correcta interpretación, y en un sentido y significado verdaderos; porque muchas lágrimas afligidas y penitentes se vierten, aunque no sé si se recogerán en el cielo. Sin duda, María Magdalena no pudo llorar más en su tiempo, o dar más profundos suspiros ni más fuertes gemidos por sus pecados que ellas, lo que demuestra que han sido dolientes pecadoras; pero si sus pecados eran de la misma clase de los de ella no sé decir, y creo que nunca lo confesarían, pues la confesión la consideran papista. Pero en verdad, ciertamente la Lady Puritan que ha venido esta tarde a visitarme me ha cansado tanto con su homilía que creo que no recuperaré mis agotadas fuerzas y mis oídos ensordecidos en dos días, a menos que me consiga sanar un plácido sueño; más aún, ha llenado de tal forma mi cabeza con sus palabras que dudo que
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no entorpezca mi silencioso descanso. De cualquier modo, lo intentaré, y así me despido para irme a la cama, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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XVIII
Señora,
Observo que hay una rivalidad entre Lord V.A. y Lord G.V. por su mérito y valía, en pugna por ver quién superará al otro en virtud, nobleza, habilidades, erudición, ingenio poético y cosas así; en cuanto a la justicia, la templanza, el valor, la fortaleza, la generosidad, la gratitud, la fidelidad y la lealtad, así como la cortesía, la sociabilidad, y las obligaciones; en cuanto a las sabias predicciones, el gobierno prudente, la inventiva diligente, el mando noble, y la obediencia honesta y dócil; así también las conductas elegantes y el porte digno; también así la esgrima, la equitación, el salto, la lucha, y otros más; en cuanto a las ciencias propias y adecuadas que la nobleza debe aprender y conocer, como la estrategia militar, la navegación, la astronomía, la cosmografía, la arquitectura, la música, y la historia; y en cuanto al ingenio, el teatro, canciones, poemas, y otros así. Y esta rivalidad les hace admirarse, apreciarse, respetarse y elogiarse mutuamente, y buscar toda oportunidad para complacerse el uno al otro, creyendo y considerando un gozo poder hacerlo; porque los efectos de la rivalidad son muy distintos de los de la envidia, ya que la envidia está llena de reproche y difamación, encubierta o abiertamente, y busca toda ocasión para hacer el mal y para obscurecer la belleza de la virtud, y la elegante y apropiada conducta de los virtuosos[220]; mientras que la rivalidad se alegra cuando la virtud se hace visible y es justamente elogiada, y los virtuosos son muy encomiados. En verdad, la sana rivalidad habita en las personas más respetables, la envidia en las más viles. Pero, señora, es asombroso que en una época tan despreciablemente malvada haya dos personas de tanta nobleza y bondad; que cuando la mayoría de los hombres pierden el tiempo de forma tan ociosa e inútil, ellos empleen el suyo tan prudente e ingeniosamente; que cuando el vicio gana terreno y la virtud cae en desgracia, ellos eviten su ascenso y abracen la virtud; que cuando se recompensa la traición y se castiga la lealtad, ellos sufran lealmente y no traicionen vilmente; que cuando se escucha la lisonja y se reniega de la verdad, ellos prefieran el silencio o decir lo que piensan. No
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ambicionan cargos, autoridad ni riqueza, ni procuran con ambición el poder, pero cuando tienen el mando no se enorgullecen de su autoridad y puesto, ni se enriquecen aceptando sobornos; ni favorecen a sus amigos con parcialidad, ni son injustos con sus enemigos. No hacen uso ni de la malicia ni del favor, sino que son íntegros y justos; y cuando están al mando en la guerra o en los gobiernos durante la paz, aunque son cuidadosamente estrictos, no son autoritarios ni crueles, sino que, en pocas palabras, procuran servir a su rey lealmente, a su país fielmente y a todo hombre generosamente, si está en su mano. Pero dejando estos dos nobles a su gloriosa rivalidad, quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. & s.
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XIX
Señora,
Como la rivalidad entre Lord V.A. y Lord G.V. era encomiable, y merecedora de gran elogio, así también la envidia entre Lord P.R. y Lord M.A. debe ser denostada, y merece ser censurada, porque se empeñan no ya en imitarse como iguales, o superar al otro en mérito y valía como muestra de cortesía y sociabilidad, por valor y generosidad, por conocimiento y arte, sino que se empeñan en imitarse mutuamente, o incluso en superar al otro en gastos y valentía solo por ostentación y vanagloria, por puestos y honor, por vicio y vanidad, para ver quién celebra las fiestas más lujosas, los más deliciosos banquetes, las mascaradas, los bailes, las funciones más divertidas, así como los magníficos atuendos, los coches pomposos, las libreas bordadas, los muchos pajes, lacayos, caballos de raza[221], y hermosas amantes; también pugnan por ascensos en la corte, cada uno aspiraría a todos los puestos y honores, aunque, posiblemente, ninguno podría cumplir en un cargo o puesto juiciosamente, de hacerlo honestamente, ni merecer el menor de los títulos que ambicionan. También procuran ser adulados y mantienen a sus aduladores a un alto precio, y para lograr sus lucrativos y ventajosos propósitos se rebajarán de forma despreciable, halagarán burdamente, sobornarán con generosidad, esperarán diligentemente, observarán con cuidado y asistirán con paciencia. Pero vislumbro su destino, que no es otro que morir como viles mendigos, porque si consiguen sus propósitos, serán unos fracasados, porque los sobornos que pagan por ellos, y sus regalos y entretenimientos cuestan más de lo que valen sus propósitos, y aún más de lo que ganarán con ellos, si los consiguen; pero si fallan sus planes, fracasarán doblemente, además de los gastos de sus alegres vanidades; así que con el exceso de bravuconería, de sobornos y de gasto, ambos perderán pronto sus haciendas, porque si gastan sus reservas, o sus créditos, o ambos, no tendrán nada más para gastar, y cuando ambos sean pobres puede que la envidia los una en amistad, como sucede ahora, que son ricos enemigos; porque, aunque la envidia es una enemiga que
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persigue a la riqueza y la prosperidad, sin embargo, es amiga de la pobreza, y habita casi siempre con la pobreza, a la que dejo a estos dos envidiosos, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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XX
Señora,
Recuerdo que me habéis dicho que, antes pensabais que el tiempo era molesto, y todo lugar aburrido, como cuando en primavera anhelabais el verano, y cuando llegaba el verano deseabais el otoño, y en el otoño ansiabais el invierno, un frío deseo; más aún, cada día, cada hora, cada minuto, lo considerabais largo y tedioso. En verdad, el tiempo corre tan rápido en la juventud que la oprime y le hace desear que se acabe, y aunque el movimiento del tiempo es veloz, el deseo de la juventud lo es aún más, y los movimientos de la mente superan a los movimientos del tiempo, como el movimiento del tiempo supera al movimiento de la arquitectura de la naturaleza[222]. Así, la juventud con su intenso, insaciable y voraz apetito devora el tiempo, como el cormorán engulle al pez, porque como él no se detiene nunca a masticar, sino que se traga peces enteros, así también la juventud se traga, como si fuera, días enteros, semanas, meses, años, hasta que se sacia con el hábito o queda satisfecho con la experiencia. La misma razón hastía a la juventud de todo lugar y compañía, porque no le satisfacen; al no haber adquirido suficiente conocimiento, no saben cómo utilizar el tiempo de manera provechosa, del uso improductivo de la vanidad, de los incansables cambios de la inconstancia, ni conocen los engaños, los abusos y las traiciones de los de su especie, la raza humana, ni conocen su propia naturaleza y temperamento; no saben qué elegir, ni qué descartar, qué buscar, ni qué rehuir; ni han sentido la pesada carga de las preocupaciones, ni la opresión de las penas por las pérdidas y la aflicción; ni les ha acuciado la necesidad, ni padecido una larga enfermedad, ni les ha picado el resentimiento; no han sentido el horror en sangrientas guerras, ni han sido privados de los amigos primeros, ni han sido traicionados por los falsos amigos; no les ha sido arrebatado todo su sustento, ni han sido expulsados de su país[223]. Así, en la más tierna juventud les oprime la constante repetición del tiempo, y al agudizarse sus sentidos y su insaciable apetito devoran el tiempo con avidez, aunque al final el tiempo los devora, la comida, el
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comensal. También el ansia de conocimiento vuelve cada lugar y cada compañía tediosos, porque la juventud se complace en lo nuevo, al serlo ellos también, porque la juventud es como las prendas recién hechas, y al ser ellos nuevos, se deleitan y se inclinan por lo nuevo, como nuevos trajes, nuevas casas, nuevas baratijas, nuevas distracciones, nuevos países, nuevas compañías, nuevos amantes, nuevos amigos, y cualquier otra cosa que sea nueva para ellos, de tal modo que preferirían a un nuevo enemigo antes que a un viejo amigo. Y así hará la juventud hasta que el tiempo le vuelva la espalda, sobre la que se escriben las necedades de la juventud, necedades que no podían leer cuando el tiempo les precedía, ya que cuando tienen el tiempo de cara solo ven sus infantiles deseos, que el tiempo lleva escritos en el pecho. Pero, señora, creo que el tiempo, tan molesto que os parecía, os complacería ahora que se quedara; pero el tiempo hace como todos los enamorados durante el cortejo, que corren a abrazar la juventud aunque la hastían con su molesta amabilidad, pero cuando el brillo de la juventud se pasa, abandonan sus amoríos, más aún, aborrecen a aquellos a los que cortejaban y se afanan para apartarse de ellos tan rápido y lejos como pueden. Justo así hace el tiempo, que a todos corteja y luego abandona a todos a los que ha cortejado. Pero, señora, acaba de volveros el rostro a vos, pero os volverá el cuerpo entero; al principio parecerá apartarse lentamente de vos, pero enmendará su paso y al final se alejará de vos. Sin embargo, no lo dejéis correr sin lamentaros o sin afligiros por su abandono, porque no habrá forma de persuadirlo para que se quede. Pero, señora, seréis más feliz cuando el tiempo os abandone en sus brazos, y sacareis más partido de los talones del tiempo que de su cabeza, porque la cabeza del tiempo está llena de vanidad y la experiencia está en sus talones. No obstante, aunque el tiempo huya de vos, la sabiduría se quedará con vos, porque la Sabiduría es la hija del Tiempo[224], y se volvió sabia tras los errores de su padre, que están grabados en su espalda; porque la sabiduría espera siempre detrás de su padre, y ni Sabiduría, la hija, ni el padre Tiempo, se encuentran frente a frente, y encontraréis más felicidad en compañía de la sabiduría que en los galanteos del tiempo, porque la conversación de la sabiduría es amable y placentera, habla con la lengua del orador, el ingenio de un poeta y el consejo de un amigo. Entonces, ¿a quién le preocupa el comportamiento excéntrico, los actos extravagantes, los discursos lisonjeros, y los sutiles engaños del Tiempo? Pero a menos que esta carta sea tan tediosa para vos
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como antes lo era el tiempo, me detendré aquí, y quedo,
Señora,
La fiel a. y s. de vuestra señoría.
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XXI
Señora,
Siento que Mrs. P.L. haya perdido tanto a las cartas hasta el punto de que el dolor por la pérdida la haya hecho llorar; porque los jugadores son como los trotamundos, y en su mayoría corren su misma suerte al morir en la ruina, porque más son los empobrecidos por sus pérdidas que los enriquecidos por sus ganancias; pero nuestro sexo femenino no ha practicado nunca tanto el juego como en esta época, y por sus pérdidas (no sé si por su habilidad) parecen jugadores varones, y creo que discuten tanto como ellos en el juego, solo que no se baten en duelo, excepto con sus lenguas. Pero observo que las cartas son uno de los principales pasatiempos de nuestro sexo y su mayor placer, porque a pocas o a ninguna de las de nuestro sexo les gusta o disfrutan de la poesía, a menos que sea un libro de poemas escrito en su honor, donde por lo general hay más halago que ingenio; tampoco nuestro sexo disfruta o comprende la filosofía, porque sobre filosofía natural no estudian más fenómenos naturales que sus rostros, y su mayor ingenuidad es hacerlos más hermosos de lo que eran por naturaleza; y en cuanto a la filosofía moral, la consideran demasiado aburrida para aprenderla, y demasiado estricta para practicarla. Sin embargo, no discuto que hayan oído hablar de la templanza, aunque pocas la conocen, y menosprecian la compañía de la prudencia, la desprecian como a una mala y corriente mujerzuela, y a la fortaleza no la dejan entrar porque sus grandes miedos no la dejan pasar; en cuanto a la justicia, considero que nuestro sexo representa solo el emblema o la máxima, ya que a la justicia la ciega una venda para huir de la parcialidad y nuestro sexo está cegado por la ignorancia, que aleja al conocimiento; y aunque las de nuestro sexo no blanden una espada para vengar ofensas, sin embargo, tienen un arma afilada en sus bocas para acabar con el buen nombre y ofenderán más de lo que la espada de la justicia puede cercenar; y en cuanto al equilibrio de la justicia, que es el juicio, nunca lo usan, porque rara vez sopesan algo; y en cuanto a la fe, la esperanza y la caridad, solo tienen fe para creer en sus halagos, y su única
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esperanza es en la preeminencia de la belleza o el título, en la posición o la riqueza, y en la vanidad; en cuanto a la caridad, emplean tanta para sí mismas que nada les queda para los pobres; y tanto distan de dominar sus pasiones y apetitos como sus pasiones y apetitos gobiernan y rigen el curso completo de sus vidas. Tampoco nuestro sexo se complace demasiado en la historia verdadera, porque por naturaleza nuestro sexo es demasiado perezoso como para recordar tiempos pasados y no tiene la aguda clarividencia para ver el futuro, solo le importa el presente. Nuestro sexo tampoco se complace en la música armoniosa, solo en los violines para llevar el compás. La verdad es que el principal estudio de nuestro sexo son los romances[225], con los que leyendo se enamora de héroes ficticios y díscolos caballeros con quienes cometen adulterio de pensamiento, y en su conversación y su actitud, o en sus formas o sus expresiones al hablar, imitan a las damas del romance. Y el pasatiempo más importante de nuestro sexo es toda clase de juego, pero sobre todo las cartas, en las que pierden más dinero que ganan reputación; en verdad, su ocupación son las cartas, porque lo convierten en un oficio sentadas largas y tediosas horas de meticuloso juego y desagradable sufrimiento y desesperación, en lugar de placer y recreo. Y el ejercicio más importante de nuestro sexo es el baile, no en solitario o entre ellas mismas, porque lo odian, sino en compañía masculina, y esto les gusta tanto como para bailar con una apasionada vehemencia, si no con frenesí; y sus únicos deleites son el amor y el cortejo, y su único placer el lujo, ya que comen casi todo el tiempo, estén sentadas, caminando o bailando. Pero dejando nuestro sexo a sus banquetes, cortejos, bailes y juegos, quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. & s.
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XXII
Señora,
Dijisteis en vuestra última carta que Sir G.A. presume tanto de sus nobles acciones que le ahorra a su vecino el trabajo de relatarlas. Me parece lamentable que los hombres valientes tengan que presumir de sus acciones porque la fanfarronería le quita el brillo a su valor; porque como el tiempo arrebata la juventud o el natural color a la belleza, así también el elogio a uno mismo se lleva la estima y el honor del mérito. Pero mientras que algunos alardearán de su propia valía, otros lo harán de su propia vileza, de los sutiles engaños que han llevado a efecto, o de a quiénes han traicionado, o de lo ingeniosos que fueron al mentir, o de los muchos robos que han cometido; como también de su desobediencia, su deslealtad y cosas así. Otros alardearán de sus perversiones, como cuántas veces han contraído el mal francés[226], a cuántas mujeres han pervertido, cuánto pueden beber antes de emborracharse y cuánto tiempo son capaces de estar bebiendo, el dinero que han ganado o perdido en el juego, lo vanidosos y costosos que son, o que han sido, y otras muchas cosas parecidas que me asombra que los hombres se gloríen y enorgullezcan de aquello que es vil y necio. Pero esto explica que algunos hombres tengan pobres almas y ridículos sesos, llenos de discursos inútiles, con escasez de juicio e ingenio; también de vidas improductivas, y cuando mueren bien empleado les está, porque eran la escoria de este mundo, que la muerte, como trabajadora honesta y entregada, recoge como boñigas y los arroja a la tumba, y los entierra en el olvido, al no merecer ni un monumento a su memoria, en cuya tumba dejo a esos que han muerto, y deseando a los vivos que perfeccionen su pureza, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XXIII
Señora,
No es extraño que Lady L.T. y Lady A.M. se pelearan como si fueran enemigas, a pesar de que eran amigas tan afectuosas que les disgustaba estar lejos la una de la otra, pero la amistad que está compuesta de cariñosos temperamentos rara vez dura mucho, especialmente cuando se vive y se comparte, porque primero, el cariño se desgasta con el uso y el trato, después, porque al convivir, se cometen fallos y descuidos, y se realizan ofensas; al amor propio de uno se servirá primero, y el amor propio del otro no lo soportará. Además, muchos enojos, y a veces pequeñas rencillas, aparecerán entre iguales que viven juntos, especialmente mujeres, y aún antes, si las dos tienen maridos o amantes, porque las mujeres tendrán antes celos de sus maridos o amantes por parte de sus amigas que los hombres de sus esposas y amantes por sus amigos. Pero los que comparten hogar son a menudo amantes del hogar, es decir, el amigo hace el amor a la esposa, o la amiga es cortejada por el marido, y si ambos están casados es muy probable que se engañen el uno al otro; y así, por ejemplo, estas damas se han enemistado por los celos, porque aunque Lady L.T. declaraba que apreciaba muchísimo a su amiga Lady A.M., aun así, por lo que parece, no le permitirá compartir el amor y las atenciones de su marido, aunque Sir T.O., el marido de Lady L.T., fuera no menos que un sirviente de la querida amiga de su esposa. Además, es una tentación para un marido ver el abrazo entre dos amigas, y besarse, y bromear y jugar, lo que hace que a él le apetezca hacer lo mismo, no con su esposa, sino con la amiga de su esposa, porque la tentación viene de aquello a lo que los hombres no están acostumbrados, o de lo que ven que otros hacen. Pero es probable que, cuando el temperamento celoso de Lady L.T. desaparezca, sean amigas de nuevo, hasta que sus celos regresen. Entonces puede que sean amigas y enemigas toda su vida, y quizás lo disfruten, porque las mujeres en su mayoría se complacen en hacer amistades y después en pelearse y reconciliarse otra vez, de acá para allá, que es más un pasatiempo y una diversión para ellas, como viajar y quedarse en casa.
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Pero ojalá todas las amigas fueran tan constantes como vuestra señoría y yo, que estamos inseparablemente unidas, porque mientras viva seré,
Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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XXIV
Señora,
En vuestra última carta percibo que los galanes del momento, me refiero a galanes por juventud y valentía, por vicio y vanidad, por gasto y liberalidad, por estúpidas peleas e impulsivos duelos, estos galanes, parece, condenan la vejez por ser incompetente para los asuntos de estado, como también para gobernar, mandar, dirigir o aconsejar; aunque ciertamente esos estados o reinos que tienen jóvenes gobernadores y consejeros tendrán más rebeliones y desórdenes provocados por su ignorancia y su necedad que los de más experiencia y edad pueden enmendar. En verdad, tales reinos y estados son gobernados más por el azar que por la sabiduría. Es cierto que los necios a veces tienen buena fortuna, pero no tanto como mala, lo que demuestra que no tienen ni un político Ulises, ni un consejero Néstor, porque, aunque los jóvenes pueden luchar como Aquiles, no pueden ni aconsejar como Néstor ni hablar como Ulises[227]. No es que algunos ancianos no puedan ser necios, pero es contra natura para los jóvenes ser sabios, por lo que están más preparados para obedecer que para mandar y para recibir consejos que para darlos, porque es asombroso cuando los consejeros jóvenes preservan la paz, o cuando los jóvenes generales son conquistadores; y los hace más célebres, porque no es habitual, especialmente cuando les favorece la fortuna, como hacen a menudo en sus temerarias aventuras, o en sus arrogantes y ambiciosas empresas, porque la buena fortuna hace que los jóvenes parezcan más gloriosos que los viejos. Pero la fortuna muchas veces favorece a la juventud al igual que favorece a los necios, durante un tiempo, y al final los deja a su suerte; pero donde la fortuna tiene poco o nada que hacer, como en los sabios consejos, ahí aparecen su ignorancia y sus necedades, pasiones y parcialidad, facciones y rivalidad, especialmente en el acierto de sus consejos. Por tanto, a los jóvenes se les puede confiar mejor y más prudentemente un ejército que una ciudad, porque es más seguro dejarlos a su fortuna que confiar en su prudencia; porque los jóvenes pueden decidir mejor cómo hacer la guerra que cómo preservar la
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paz, al ser más fácil comandar un ejército que gobernar un reino, luchar en batalla que organizar el gobierno, repartir el botín que hacer justicia, porque la fortuna tiene más poder que derecho en la victoria. Es cierto que a veces hay tal conformidad y confluencia en los asuntos de estado como también en los ejércitos, que los hombres más sabios y valientes no pueden hacerlo mejor, ni los necios ni los cobardes peor, que muchas veces es la causa de que, a los sabios o a los valientes, o ambos, se les tome por necios y cobardes, y a necios y a cobardes por sabios y valientes; y en muchas ocasiones los necios son demasiado abrumadores para los sabios, a causa de que hay gran número de necios para pocos sabios, mejor dicho, gran número de necios por un solo sabio, que puede ser enterrado en la inmundicia de los necios. Pero si el sabio no es dominado, pisotea sus necedades y triunfos en paz y prosperidad; pero los ancianos son a menudo ayudados y atendidos por Mercurio y Palas, y los jóvenes por Marte y Venus[228]. Lo cierto es que va en contra del sentido común y la razón que los jóvenes puedan ser tan sabios y apropiados para los asuntos de gobierno, ya sea para mandar, gobernar, o aconsejar, como los ancianos, que han tenido larga experiencia y gran poder de observación, al haber visto, oído y conocido mucho, de tal modo que no hay nada nuevo o desconocido para ellos, ni diferencias, cambios u oportunidades, porque la naturaleza, la fortuna y el tiempo son sus antiguos camaradas, gracias a lo cual conocen los apetitos, las pasiones, los temperamentos, las disposiciones, las conductas y las acciones de los hombres con sus defectos, errores e imperfecciones; también las revoluciones del tiempo, las víctimas del azar, el cambio de la fortuna, y el curso natural, las causas y los efectos de variados asuntos del mundo, todo lo cual hace a los ancianos sabios, y la falta de esa experiencia y observación hace a los jóvenes necios en comparación con los ancianos; porque los jóvenes pueden tener un conocimiento relativo y no vivido, no pueden obtener mucho de oídas o por medio de la lectura, al no haber tenido tiempo suficiente para la instrucción y el estudio, mientras que los ancianos han leído, oído, visto, conversado y actuado con y en diversas épocas, sociedades, naciones, hombres y empresas; también en diversos lugares de distintos asuntos, y diversas materias, a diversos hombres, en tiempos distintos. Pero los jóvenes son tan engreídos y pagados de sí mismos que creen que no necesitan ni ingenio, ni juicio, entendimiento, o conocimiento, y que los ancianos chochean más que conocen; pero,
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aunque los jóvenes no pueden ser sabios por naturaleza, a no ser por inspiración, sin embargo, los más próximos a la sabiduría han sido criados, instruidos y educados por sabios ancianos, y son mucho mejores y más sagaces que los que han sido criados, instruidos y educados por pedantes o gobernadores jóvenes, porque los primeros serán como los ancianos, aunque jóvenes, y los otros serán como niños cuando son jóvenes y como jóvenes cuando sean viejos, o más bien como niños toda su vida aunque vivan mucho tiempo; de tal modo que uno puede decir, «Feliz la juventud que convive con la ancianidad». Pero dejando tanto a los ancianos como a los jóvenes, al conocimiento y la ignorancia, a la sabiduría y la necedad, a la prudencia y la fortuna, quedo,
Señora,
Vuestra muy fiel amiga y servidora.
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XXV
Señora,
Lady P.R. fue a visitar a Lady S.I. y a otras damas que con ella estaban, cuya conversación y discurso eran conforme a sus capacidades y entendimiento femeninos, y cuando todas se habían ido el marido de Lady S.I. le preguntó a su mujer por qué ella no hablaba como hacían el resto de las damas, especialmente Lady P.R., tan alto y de forma tan impertinente. Ella contestó que no tenía ni el temperamento, ni el aliento, la voz, o el ingenio para hablar tanto tiempo, tan alto y tanto sobre nada. Él le dijo que le complacía mucho su respuesta porque no toleraría que su esposa fuera tan atrevida, tan grosera, y que hablara tan neciamente. Así, señora, podemos entender cómo se juzga el discurso en la conversación, y en su mayor parte es censurado por los oyentes, cuando tal vez las damas imaginan que son aplaudidas y elogiadas por su ingenio y su comportamiento altivo. Porque el amor propio piensa que todo está bien dicho y hecho, que es él mismo el que habla o actúa, de tal modo que aprueba siempre lo propio y menosprecia lo ajeno. Pero dejando el amor propio a la admiración de uno mismo y esa admiración a la condena de otros, quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. & s.
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XXVI
Señora,
No nos llegan noticias aquí a menos que sea que Lady C.R. ha pegado a su marido, y para tener suficientes testigos le pegó en medio de pública asamblea, más aún, al no ser una mujer de pequeño tamaño, sino de las más aventajadas, y añadiendo el enfado a su fuerza, le golpeó con insistencia, y se dice que él no opuso resistencia, sino que lo soportó con paciencia. Si lo hizo por miedo de mostrar su propia debilidad, al no ser capaz de encararse, o por la noble naturaleza de no golpear a una mujer, no lo sé; pero creo lo mejor, y seguramente, si él no lo hace, o no puede domeñar sus impulsos, o atarle las manos, o si no la abandona por amor, si ella le pega a menudo él tendrá una vida dolorosa. En verdad, lo sentí cuando me enteré, no solo por nuestro sexo, sino porque los dos son personas honorables, siendo de mujeres de baja cuna y linaje cometer acciones tan antinaturales; porque ciertamente, una mujer que ataca a su marido es tanto, si no más, como un hijo que le pega a un padre. Además, es una violación del régimen matrimonial no obedecer todas las órdenes del marido. Pero esas mujeres que golpean o engañan a sus maridos son traidoras al matrimonio, por lo cual deberían ser duramente castigadas; por los golpes, deberían ser desterradas de la cama de sus maridos, de la casa, la familia, y por el adulterio deberían padecer la muerte y su verdugo debería ser su marido. Es cierto que la pasión causará gran indiscreción y que las mujeres están sometidas a violentas pasiones que las llevan o las hacen errar frecuentemente en palabras y acciones, con lo que cuando la pasión acaba se arrepienten. Pero las pasiones rebeldes son solo la causa de palabras soeces y de acciones groseras, si bien el adulterio es causado por apetitos descontrolados; por eso, las mujeres deberían ser educadas e instruidas más diligentemente, con más cuidado y prudencia, para atemperar sus pasiones y gobernar sus apetitos que los hombres, porque procede más deshonra de sus rebeldes pasiones y apetitos que de los de los hombres. Pero en su mayoría las mujeres no son educadas como deberían, me refiero a las nobles, porque su educación es solo bailar, cantar, tocar el
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violín, escribir cartas de cortesía, leer romances, hablar algún idioma que no es el propio, lo que es una educación del cuerpo pero no de la mente, y demuestra que sus padres se preocupan más por sus pies que por su cabeza, más de sus palabras que de su razón, más de su música que de su virtud, más de su belleza que de su honestidad, lo que me parece extraño, que sus amigos y padres se preocupen más, que se encarguen más de adornar sus cuerpos que de dotar sus mentes, de enseñar a sus cuerpos destrezas y no de instruir sus mentes con entendimiento[229]. Porque esta educación es más para la galería, que para su valía interior, hace del cuerpo un cortesano y de la mente un bufón, y algunas veces hace de su cuerpo una madama y de su mente una cortesana, porque aunque el cuerpo obtiene amantes, sin embargo, la mente es la adúltera, porque si la mente fuera honesta y pura nunca serían culpables de ese crimen. Por tanto, las mujeres mejor criadas son aquellas cuyas mentes son más civilizadas al haber sido bien instruidas y gobernadas, porque la mente será salvaje y tosca a menos que la confine el estudio, la instruya el aprendizaje y la gobiernen el saber y el entendimiento, porque entonces los habitantes de la mente vivirán pacíficamente, feliz, honesta y honorablemente, gracias a lo cual regirán y gobernarán sus apetitos asociados con soltura y estabilidad, y sus palabras, como sus sirvientes, trabajarán con eficiencia. Pero dejando a Lady C.R. y a su marido a la pasión y la paciencia, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
X
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XVII
Señora,
Ayer ocupé mi tiempo en leer Historia y descubrí en mí misma una envidia, o más bien una rivalidad hacia los hombres, por su valor, prudencia, ingenio y elocuencia, como para no temer a la muerte, regir los estados, y hablar en defensa de un amigo o para calmar la tristeza de un amigo, declarar en derecho propio, o defender su propia causa mediante la elocuencia de su discurso; aunque esto no sucede a todos los hombres, porque algunos tienen valor y no ingenio, y algunos, ingenio, pero no gobierno, y algunos no tienen ni ingenio, ni valor, ni gobierno. Pero no me interpretéis mal, porque no envidio ni imito una tozuda obstinación, ni una imprudencia desesperada, ni una política que esclavice, ni hermosas palabras y selectas expresiones, sino luchar con valentía, sufrir con paciencia, gobernar con justicia, hablar razonablemente y con sentimiento, oportuna y adecuadamente según el propósito, todo de lo que me temo que las mujeres no son capaces, y el desánimo por ello me lleva a envidiar y rivalizar con los hombres. Pero, aunque amo la justicia por encima de todo y confío sobremanera en el valor, no obstante, admiro la elocuencia y elegiría el ingenio como entretenimiento. En verdad, los oradores naturales que pueden hablar repentinamente y ex tempore sobre cualquier asunto son los músicos de la naturaleza, armonizando las pasiones, haciendo consonancias de las disonancias, tocando en el alma con placer. Y de todos los hombres que leo, admiro sobre todo a Julio César porque era un hombre excelente en todo, el valor, la prudencia, el ingenio y la elocuencia, en gran perfección, de tal modo que cuando leo sobre Julio César no puedo sino desear que la naturaleza y el destino me hubieran hecho como él, y algunas veces me atrevo a pensar que no debería temer su destino si con ello pudiera obtener su gran fama[230]. Pero estos deseos descubren mis ambiciosos anhelos, y todos esos anhelos son vanos si no pueden realizarse; pero, aunque no puedo aspirar a la fama de Julio César me basta con haber conseguido vuestro favor, y el honor de subscribir la presente,
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Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XXVIII[231]
Señora,
En vuestra última carta os complacisteis en censurarme por admirar tanto las palabras como para preferir la elocuencia antes que cualquier otra melodía; pero, os lo suplico, señora, no me interpretéis mal, porque no admiro las palabras sino el sentido, la razón, y el ingenio, que se expresa y se comunica por medio de las palabras. Tampoco admiro a los oradores formales, que hacen discursos premeditados, sino a los oradores naturales, que pueden hablar de repente de cualquier tema y cuyas palabras son tan dulces y tiernas como el maná del cielo, y su ingenio tan disperso y refrescante como un viento apacible, cuyo entendimiento es tan nítido como el sol, impartiendo la luz de la verdad a todos los que escuchan, que, para persuadir, hablan dulcemente, para reprender, oportunamente, y en todos los casos, eficazmente. Y, señora, si lo pensáis bien, no podéis sino admirar y maravillaros ante el poder de la elocuencia, porque hay un extraño y oculto misterio en ella: tiene un poder mágico sobre la raza humana, porque cautiva a los sentidos y hechiza la mente, y tiene tal autoridad que obliga a la voluntad a dominar las acciones del cuerpo y el alma, para obrar o para sufrir más allá de sus habilidades naturales, y hace a las almas de los hombres esclavas de la lengua; porque tal es el poder de un discurso elocuente, que amarra el juicio, ciega el entendimiento, y engaña a la razón; también ablanda los corazones obstinados, y provoca el llanto, y seca las lágrimas; también perfecciona los temperamentos perezosos, pule las abruptas pasiones, frena los apetitos rebeldes, reforma las conductas groseras, y calma las mentes atormentadas; puede cultivar la vida por medio de la virtud, e inspirar al alma con devoción. Por otro lado, puede irritar los pensamientos hasta la locura, y provocar la desesperanza del alma. Lo cierto es que puede hacer de los hombres dioses o demonios, al tener un poder más allá de la naturaleza, la costumbre y la fuerza, porque muchas veces la lengua ha sido más fuerte que la espada y a menudo se ha llevado la victoria; también ha sido demasiado aguda para las leyes, como para desterrar el derecho y condenar la verdad; y
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demasiado dura para las naturalezas de los hombres, haciendo de sus pasiones sus prisioneras. Y como la elocuencia tiene tal poder sobre las armas, y las leyes, y los hombres, como para conseguir la paz o hacer la guerra, para constituir o disolver gobiernos, para disponer de las almas y los cuerpos de la raza humana; por esto, aquellos que están dotados de tal elocuencia y de desbordante ingenio, deben ser temidos y amados para ser grandemente favorecidos o del todo desterrados; porque aquellos cuyo elocuente ingenio aventaja a su honestidad deben ser castigados, pero aquellos que aprovechan su elocuente ingenio y sus refinados dones para servir al gobierno deben ser apreciados, respetados y considerados los pilares del gobierno. Pero para concluir, el ingenio construye una escalera de palabras para subir a la alta torre de la Fama, y la lengua conduce a los hombres más lejos que sus pies y les construye un palacio más majestuoso y duradero que sus manos y su ingenio, que sus riquezas lo adornan. Pero ahora, dejando las palabras y el ingenio, confío en el amor y la amistad, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XXIX
Señora,
He sabido por vuestra última carta que Lady S.P. iba a visitaros cuando, entre otras de sus conversaciones, habló sobre mí y gustó de censurarme y condenarme, como para censurar la causa y condenar mi modo de vida, diciendo que, o bien me retiro debido a un temperamento excéntrico, o bien por imposición, al carecer de la libertad de la que gozan otras esposas para salir y recibir visitas como les place[232]. Pero si ella conociera los dulces placeres y las inocentes diversiones que disfruto en este retiro, no habría dicho lo que dijo; y contestando a lo que dijo, este modo de vida es por mi propia y voluntaria elección, porque tengo libertad para hacer cualquier cosa, o para ir a cualquier lugar, o para tener cualquier compañía que permita la discreción y que apruebe el honor; y aunque pueda equivocarme en mi sentido de la discreción, no así en cuestiones de honor, porque si tuviera no solo libertad sino que estuviera seducida y tentada por todos los encantos del mundo, o estuviera amenazada de muerte para hacer o actuar en algo en contra del honor, o para hacer algo o actuar en algo que el honor no aprobara, no lo haría, más aún, antes preferiría morir. Pero en aquello que llaman honor hay muchos ingredientes, como la justicia, la castidad, la verdad, la confianza, la gratitud, la constancia, y otros muchos. Diré a continuación que no es por un temperamento excéntrico que llevo una vida retirada, que consiste en quedarme en casa más que salir, sino por aprecio a mí misma y no por terquedad, y que es justo y natural para cualquiera amarse a sí mismo. Por tanto, por mi placer y diversión, mi bienestar y sosiego, vivo una vida retirada, una vida casera, libre de las ataduras, del confuso estruendo y del ruido atronador del mundo, porque yo gracias a este retiro vivo en un tranquilo silencio, en el cual mis meditaciones están libres de trastorno alguno, y mi mente vive en paz y mis pensamientos a gusto, disfrutan y se recrean, no los afligen las preocupaciones o los deseos mundanos, no codician la riqueza del mundo, ni ambicionan vanos títulos; no serán atrapados por los anzuelos de los placeres sensibles, o mejor dicho, por las
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necedades de los sentidos, porque atraen los míos hacia ellos y no huyen de los sentidos; no tienen disputas airadas entre ellos; viven juntos amistosa y cordialmente; su único gozo está en sus propios entretenimientos y en sus inofensivas diversiones. Y aunque personalmente no asisto a mascaradas, bailes y comedias, no obstante, mis pensamientos deleitan a mi mente con tales placeres, porque algunos de mis pensamientos conciben obras y otros representan esas obras en el escenario de mi imaginación, donde mi mente acude como espectadora. Así, mi mente se entretiene tanto con poetas como con actores, y disfruta grandemente como Augusto César hacía cuando su Mecenas[233], patrón de los poetas, se sentaba y oía a Virgilio y Horacio leerles sus obras; así también mi mente se complace en su querido Mecenas, que es la reflexión, y en tener sus pensamientos poéticos, aunque no como Virgilio u Horacio, aunque tal como ellos se complace en escucharlos repetir sus poemas y otras de sus obras. Y aquellas que mi mente prefiere las envía a los sentidos para que las copien y las devuelvan luego a la vista del mundo; y muchas veces los sentidos envían objetos a la mente, que inmediatamente ordena a sus pensamientos poéticos hacerlos argumentos de comedias, u origen de profundos pensamientos filosóficos para discutir sobre ellos, o sus reflexiones sobre oratoria para practicar con ellos la elocuencia, o sus pensamientos críticos para debatir y argumentar con ellos, que una vez hechos todos sus diversos discursos, debates, razonamientos, poemas, comedias, y otros así, creados a partir de esos objetos, son devueltos a los sentidos para que los reproduzcan, de tal modo que la mente y los pensamientos utilizan a los sentidos, y los sentidos utilizan a la mente y los pensamientos, y así me complazco tanto en mi interior, si no más, como Lady S.P. fuera de sí misma[234]. En verdad, nadie disfruta verdaderamente de sí mismo sino aquellos que viven para sí como hago yo, y es mejor amarse a uno mismo en una vida retirada que ser un egoísta de temperamento errante, como un vagabundo, porque van de un lugar a otro, de una compañía a otra, y nunca descansan ni en sus mentes ni en sus cuerpos. ¿Y cómo podría ser de otro modo? Porque se pierden en la compañía, y rodeados de muchos no saben dónde encontrarse a sí mismos; porque, en cuanto a su morada, se aseguran de echarla de menos. Pero en realidad no tienen una única casa al estar mucho fuera, viven en todas partes, y, sin embargo, para decirlo metafóricamente, en ninguna. Pero los gustos de cada uno son distintos, porque Lady S.P. disfruta en compañía
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de otros y yo me complazco conmigo misma. Algunos disfrutan con el alboroto, yo me complazco en la tranquilidad, y sin duda demasiada compañía y conversación no pueden sino ser molestas, porque en la mucha compañía hay muchas excepciones, mucha envidia, mucha sospecha, mucha difamación, mucha división, mucho ruido, y mucho sinsentido, y es imposible, al menos improbable, para alguien en particular complacer a las diversas compañías que frecuenta, o que le visitan, si lo hacen a menudo, debido a que todos tienen temperamentos tan diferentes como rostros hay, por lo que algunos estarán descontentos si otros están complacidos, y muy frecuentemente distan tanto de complacer a todos, que ninguno es complacido; porque si alguna persona en particular halagara a todos se consideraría lisonja, si no alabara a ninguno se pensaría que es envidia, si halagara solo a algunos se consideraría parcialidad. Lo mismo con el discurso: si uno dirige su discurso a uno en particular, o a unos más que a otros, se tomaría como un desprecio, si lo hace en general a toda la concurrencia se consideraría orgullo, al tomarse uno mismo como a una persona excepcional que debe tener una gran audiencia. Tampoco puede una persona adaptar su discurso al temperamento, la imaginación, la capacidad, el entendimiento, el conocimiento o el gusto de cada uno, más aún, lo más frecuente es que aquello que se dice se interprete en el peor sentido, al menos que se rebata, y cuando se separen, sus palabras o su discurso se repitan en su contra y se comenten e interpreten en el mal sentido. Y si no dicen nada, o muy poco, se les considera de mal carácter o se piensa que son necios, y, sin embargo, no les gusta oír a nadie hablar sino a ellos mismos; todo el mundo desea ser oído, pero se lleva a mal que no se dirijan a ellos. También si personas concretas organizan un entretenimiento, si no invitan a aquellos que no conocen al igual que aquellos que conocen, si están a una distancia razonable lo toman por una afrenta, pero si dejan fuera a algún conocido es una brecha para siempre y se convierten en sus enemigos. También si personas concretas se atavían atrevidamente, son envidiados, si se visten con prendas sencillas y pobres, se les desprecia, y si alguna mujer es más hermosa de lo que comúnmente es el resto, si se muestra públicamente de seguro tendrá más detractoras y difamadoras que arruinen su reputación que soldados monarca alguno para combatir sus enemigos, y si alguna mujer es mal parecida se menciona como un reproche, aunque sea culpa de la naturaleza y no de ella, y si es de mediocre belleza dirán que es insignificante; si es entrada en años dirán
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que está más dispuesta para la tumba que para tener compañía; si es joven, que está más preparada para la escuela que para la conversación; si es de mediana edad sus lenguas serán el heraldo de su decadencia; si tiene riqueza y no títulos, es como la carne, toda grasa y sin sangre, y si tiene un título importante con poca riqueza, dirán que es como un pudin sin grasa, y si tiene ambos, riqueza y título, la evitan como a la plaga, odian verla, como las lechuzas odian la luz, y si no tiene ni riqueza ni título, menosprecian su compañía y ni la mirarán; y así lo general es a lo particular. Por tanto, es imposible para nadie en particular complacer toda condición o evitar las calumnias o los reproches de la mayoría, porque cada uno está en contra de otro. En verdad, cada uno está en contra de todos y todos en contra de cada uno, y, aun así, por el deseo de la conversación, el lujo, la sensualidad y la vanidad, se relacionará en compañía, o más bien diría, se reunirán en compañía y frecuentarán las casas de cada uno, mientras que aquellos que se esfuerzan por ser verdaderamente felices no se preocuparán por esas necedades, ni se molestarán por esas trivialidades. Pero yo no vivo tan retirada como para privarme de la compañía de mis buenos amigos, o de tales libres de excepción, como para no traducir palabras inofensivas y simples en un mal sentido o significado, o tales que son tan nobles como para no desaprobarlas, o alejarme de aquellas personas que han querido tomarse la molestia de venir a visitarme, o de aquellas que no tomarán como un descuido si no les devuelvo puntualmente la visita, o quizás no les visite en ningún momento, sino que excusarán o perdonarán mi ánimo perezoso y no lo considerarán un desprecio, porque en verdad no lo es, ya que yo respeto y admiro a toda persona sociable, valiosa y honorable, y siempre estaría dispuesta a servirlos lealmente. Pero esta vida retirada me resulta tan agradable que no la cambiaría por todos los placeres del mundo exterior, es más, ni por ser dueña del mundo, porque no desearía ser dueña de algo que fuera demasiado grande como para dominarlo, demasiado terco para ser regido, demasiado rebelde para ser gobernado, demasiado desordenado como para vivir en paz, y las guerras me atemorizarían, o al menos me apenaría que los hombres fueran tan violentos y crueles como para destruirse los unos a los otros. En conclusión, soy más feliz en mi retiro doméstico de lo que creo es Lady S.P. en sus visitas, al tener un marido noble y amable, que es una compañía ingeniosa y sabia, una mente serena y discreta, y amenos pensamientos que gozan de inocente libertad.
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Y todo esto os he declarado, para que le hagáis saber a Lady S.P. que mi retiro de la concurrencia y del ejército del mundo y de los regimientos de conocidos, no es ni por obligación ni por ningún temperamento extravagante, sino por un amor a la paz, la tranquilidad y el placer, todo lo que vos disfrutáis, que es la plena felicidad de esta fiel amiga y servidora de vuestra señoría.
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XXX
Señora,
Ayer, como no estaba de humor para escribir, cogí las Vidas de Plutarco, o como algunos las llaman, las mentiras de Plutarco[235], pero vidas o mentiras, o una mezcla de ambas, leí aquel libro durante gran parte del día, y casualmente leí la vida de Pericles el ateniense, historia en la que es elogiado por su seriedad, su gobierno y su sabiduría. Admiré profundamente a este Pericles mientas leía su vida hasta que leí donde se mencionaba su matrimonio con Aspasia, una famosa cortesana, y ya no me pareció un hombre tan sabio como antes, porque no fue capaz de dominar mejor sus pasiones, al casarse con una prostituta. La seriedad y la lascivia no encajan bien juntas, porque a mi parecer un cornudo serio parece aún más ridículo. Y aunque ella le era fiel, sin embargo, la obscenidad de su vida anterior no sería sino una gran deshonra para él, al casarse con los desperdicios y las sobras de otros hombres. Pero parece que ella tenía un poder de atracción, especialmente sobre aquellos que llaman sabios, estadistas, filósofos y gobernantes, y todo ese poder residía en su lengua, que era una madama para el otro fin; más aún, se dice que sabía hablar tan bien, que no solo los hombres ya mencionados venían a oírla para aprender a hablar elocuentemente, sino que muchos traían a sus esposas para que la oyeran, lo que en mi opinión era peligroso, en caso de que pudieran aprender su vicio junto a su retórica. Pero parece que los griegos no eran como los italianos en lo que concierne a sus esposas, aunque eran como ellos en lo que se refiere a las cortesanas; pero las mujeres honestas no se preocupan por hablar bien tanto como por hacer aquello que es virtuoso. Y así, dejando a Aspasia y a Pericles en la historia de Plutarco, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XXXI
Señora,
No me sorprende oír que los hombres que ascienden al poder y la autoridad deberían ser despreciados, porque es lo habitual; pero más bien me extrañaría si oyera que elogian y aplauden a esos hombres, aunque sus vidas y acciones sean intachables, más aún, sabias y honestas, porque he observado que si un hombre tiene más riqueza, valía, poder, o ingenio que su vecino, puede estar seguro de que lo odiarán en silencio, y públicamente lo recriminarán y se manifestarán en su contra, y mostrar su odio y su desprecio va en contra de su valía, su riqueza, su poder, y su ingenio, y cosas así; si este hombre perdiera estos favores de la fortuna o la naturaleza no sería solo compadecido, sino también profundamente estimado y largamente alabado; y esta inconstante naturaleza y temperamento son tan habituales en todas las épocas y naciones que será muy fácil creer que fue creado en la esencia de la raza humana, toda vez que si los hombres hubieran sido creados antes de que los ángeles cayeran en desgracia, ellos habrían envidiado su gloria y acusado a Dios de parcialidad, al establecer tal diferencia entre los hombres y los ángeles, pero cuando esos ángeles fueron expulsados del cielo al infierno por su vileza censurarían a Dios por ser tan severo en su castigo. No obstante, señora, no me interpretéis mal, creyendo que todos los hombres son tan envidiosos y de mal carácter, sino solo algunos; porque de seguro, aunque muchos ángeles cayeron por orgullo espiritual, envidia y ambición, sin embargo, muchos permanecieron en el cielo, tan puros como cuando fueron creados, y así también muchos hombres, por la misericordia de Dios, son criados en la virtud y bendecidos con la piedad, con la que los dejo, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XXXII
Señora,
Sir D.D. y su señora habían invitado a muchos de sus amigos a un gran festín, y una vez dispuesto, empezaron a comer y poco después a conversar, porque la conversación acompaña al yantar y al beber, especialmente en un banquete. Pero entre otros discursos, estuvieron hablando del matrimonio, de los esposos y las esposas, en lo que Sir D.D. dijo algo que su esposa tuvo gran razón en tomarse mal, sabiendo que su virtud habría merecido más expresiones de cariño por su parte, especialmente en público en medio de todos, por lo que su crueldad hizo que le brotaran las lágrimas a los ojos, pero eran lágrimas favorecedoras, porque no le desfiguraron el gesto, quedando su rostro dulce y admirable, como si no tuviera ningún malestar en su mente, ni tampoco mostró ningún descontento en sus palabras o su comportamiento, porque ni se quejó, ni reprendió a su marido, ni discutió con él, ni se levantó de la mesa enfurecida molestando a los invitados, como la mayoría de mujeres habría hecho, y a menudo hacen cuando están disgustadas o enfadadas, sino que enjugó las lágrimas de los ojos y se dispuso, como hiciera antes, a entretener a sus amigos civilizada y cortésmente, y cuando todos hubieron cenado y recogida la mesa pidió perdón a sus amistades por sus lágrimas, diciendo que sus lágrimas habían hecho parecer su reunión un funeral más que un alegre banquete. «Pero en verdad», dijo, «no lo he podido evitar, porque no he podido detenerlas por mucho que lo intentase, porque algunas de las cosas que dijo mi esposo provocaron una tormenta de tristeza en mi mente que alzó oleadas de lágrimas que desbordaron mis ojos; no obstante», dijo, «los más queridos y amados amigos lo entenderán y me dispensarán, porque no hay hombre ni mujer tan perfecta que no se equivoque». Y así su discreción no permitió que su emoción molestara a sus invitados y su buen corazón disculpó el desatino de su marido, y su amor perdonó su falta de respeto para con ella. Pero Lady C.C. no se comportó del mismo modo, porque su marido, Sir G.C., y ella habían invitado a muchos de sus amigos a un banquete, y ella, como anfitriona,
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para encargarse de todos los detalles que corresponden a una esposa, se hizo cargo de organizar el festín, y siendo una dama a la moda, quiso celebrar un festín a la moda, pero el cocinero, sabiendo que a su señor le encantaba el asado, envió un espinazo de asado a la mesa, y cuando sus invitados estuvieron todos sentados y empezando a comer, ella descubrió el espinazo de ternera, con lo que se enfadó mucho al haber envilecido, pensó, su banquete con una antigua costumbre inglesa, y no solo antigua, sino una costumbre campestre, servir el asado en la mesa. Por eso, para parecer un miembro de la corte en lugar de una campesina, ordenó a uno de los mozos que retirara el asado de la mesa. Sir G.C., su marido, no deseaba que lo retiraran, porque decía, «Me gusta la ternera más que ninguna otra cosa», pero ella para demostrar que tenía el delicado estómago de una dama, o más bien que tenía el estómago de una delicada dama, dijo que el asado era desagradable a sus ojos y que la fatigaba. Su marido le pidió que mirara alguna otra vianda y que le dejara comer lo que quisiese, pero ella no accedía, porque, decía, el olor mismo le era desagradable, y que por eso quería que se lo llevaran. Él dijo que no lo hicieran hasta haber comido tanto como quería, pero al final sus palabras se sucedían y se agolpaban en un tumulto escandaloso, elevando sus voces en gran alboroto, y entonces de las palabras pasaron a los golpes, arrojándose el uno al otro lo que tenían a mano. Sus invitados, que temían ser alcanzados, se levantaron de la mesa, y Sir G.C. y su señora también se levantaron y llegaron a las manos, pero sus amigos pronto los separaron, y la señora se fue llorando a su aposento, y se puso enferma porque no se había salido con la suya, o al menos fingió estar enferma. En cuanto a sus invitados, fueron convidados a ayunar más que a darse un banquete[236], como al final sucedió, porque todas las menudencias elegantes se estropearon y se arruinaron en el barullo, pero el asado era tan considerable y excepcional que permaneció firme en el lugar en el que los invitados lo podrían haber comido, pero el sobresalto, el ruido y el alboroto les habían quitado las ganas de comer. De este modo, señora, he referido estos banquetes y diversiones, para que conocierais los diferentes caracteres y comportamientos de estas dos damas, la primera, que teniendo motivos para estar enojada, obvió paciente y discretamente su ofensa, pareciendo un ángel, la otra de temperamento engreído, se precipitó a una pasión incontrolable. Lo cierto es que se mostró como una necia y se comportó como una loca. Pero dejando que la dama angelical sea un
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modelo para su sexo, quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. & s.
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XXXIII
Señora,
No me extraña que Lord C.R.[237] se complazca en los entretenimientos femeninos, como bailar, tocar el violín, hacer visitas, ir a banquetes, ataviarse, y cosas así, porque es un hombre afeminado, más dispuesto a bailar con una dama que a luchar contra el enemigo. Tampoco me asombra que Lord N.W.[238] practique la equitación, la esgrima, el salto, el tiro, la caza, la estrategia militar, la navegación, y otras ocupaciones parecidas, porque es un hombre heroico, más preparado para conquistar una nación que para bailar una gallarda o una corrente[239]. Tampoco me extraña que Lord A.M. se emborrache, vaya con prostitutas, juegue, y demás, porque es un hombre degenerado, más presto a la reyerta que al combate. Tampoco me admira que Lord L.U. estudie, lea, escriba, viaje, investigue y busque el bien y la verdad, porque es un hombre sabio; ni me extraña que Lord F.O. prefiera los galanteos amorosos, porque es un hombre ocioso. Tampoco me asombra que Lord C.H. rece a Dios, asista al enfermo, y alivie al pobre, porque es un hombre bueno; ni me deja perpleja que Lord W.I. extorsione, exija y engañe, porque es un hombre malvado. No me extraña que Lord C.C. visite al honorable, aplauda al digno y ayude al industrioso, y cosas parecidas, porque es una persona generosa; ni me asombra de Lord G.R. que hable falsedades con su lengua, que disimule con su rostro, o que traicione con sus acciones, porque es un hombre ruin. Así, señora, podemos dividir a la humanidad en ocho partes o más bien en cuatro, porque esos cuatro, los afeminados, los ociosos, los malvados y los ruines, son sino el lodo y la escoria de lo humano, y solo los heroicos, los sabios, los buenos y los generosos son el alma y el cuerpo de la humanidad; los primeros no sirven como ciudadanos, como magistrados o como gobernantes, sino que son adecuados para situarse en la vanguardia en la batalla para ser destruidos, o para rellenar las zanjas, porque son solo desechos. Pero entonces diréis, de esta forma acabaremos con la mayoría de los hombres del mundo; lo cierto es que, si no fuera por
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tales hombres y fieras voraces, el mundo sería más un paraíso que un mundo. Pero dejándolos a ellos y a las bestias, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XXXIV
Señora,
Os complació contarme en vuestra última carta que habéis estado en el campo para visitar a Lady M.L.[240], que parece melancólica desde que se casó, lo que es prueba de que no goza con su condición. Creo que una de las causas de su melancolía es que está en el campo, donde hay pocas visitas, especialmente de seductores galanes, porque a la mayoría de las mujeres les gusta la variedad de compañía, y mucha compañía, además, tanto las mujeres casadas como las solteras; ni si quiera todas las viudas huyen de la compañía. En cuanto a las solteras, tienen la excusa de conseguir marido, y las viudas la libertad de hacer una segunda, tercera o cuarta elección cuando sus maridos mueren, pero las casadas no tienen excusa para buscar la compañía de galantes devotos y de alegres reuniones, sino es por la bilis[241], que nada puede curar sino la compañía y la alegría, para distraer la melancolía y para eliminar obstrucciones biliares y vapores crudos, para lo cual el baile, la fiesta, el juego y demás, son la mejor cura, Probatum est[242]; mientras que la única compañía del marido está tan lejos de procurar cura alguna que las más veces es la causa del mal. Pero si su melancolía procede de la falta de variedad de compañía me compadezco de su marido y de sus visitas, porque muy comúnmente un malhumorado descaro acompaña a esa melancolía: pelearán por cualquier cosa y no les complacerá ninguna, discreparán a cada palabra, se quejarán de estar enfermas, aun sin saber de dónde les viene el sufrimiento, tan cansadas de sí mismas están que hacen que sus maridos lo estén de ellas y para disipar la pena de las tribulaciones de sus mujeres se consuelan con sus doncellas, que son una compañía más agradable, porque ellas no sufren de bilis al no tener marido, más aún, cuando se casan sus mentes están tan enfrascadas en buscar su subsistencia que no tienen tiempo de pensar en su bilis; además, están obligadas a esforzarse y trabajar para ganarse la vida, lo que les evita tales obstrucciones y males, y la bilis es un mal que solo se da entre los nobles y los ricos, cuya riqueza
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los hace ociosos, y su ociosidad engendra un deseo de alimentos, vestidos y compañías variadas, mientras que los trabajadores pobres no conocen ese mal. Pero dejando este asunto, permitidme que os dé la bienvenida del campo y que os comunique que muy pronto os serviré personalmente, como es el deber,
Señora,
De vuestra fiel amiga y servidora.
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XXXV
Señora,
Sabéis que la esposa de Sir W.C. tiene una agudeza sociable e ingeniosa, aunque al no ser muy hermosa su marido ha tomado una amante, que es muy bonita y bien parecida pero que es una necia. Un amigo de él le preguntó por qué elegía a una necia por amante. Él le dijo que no la cortejaba por su ingenio sino por su belleza, porque, le dijo, «Ahora tengo una amante para disfrutar y una mujer para conversar; tengo una amante para contemplar y admirar, y una mujer a la que escuchar y con quien debatir, y a ambas las gozo como me place». «Pero», dijo su amigo, «si vuestra esposa se enterase de que tenéis una amante no disfrutaríais mucho de su conversación, a menos que consideréis que sus dolosas lamentaciones por vos, o hacia vos, las protestas y los insultos contra vos, los enojados discursos, las contrarias acciones, y el abominable ruido, son cordiales y placenteros. Porque lo cierto es», le dijo, «que las palabras de vuestra esposa serán tan ácidas, agudas y amargas, que corroerán vuestra mente, corromperán vuestros pensamientos y harán vuestra vida desagradable». «Mi esposa», dijo Sir W.C., «no sabrá que tengo una amante». Su amigo respondió, «Vuestra continuada ausencia os delatará, o puede que algún otro se lo cuente, porque el adulterio es como el asesinato, que rara vez se escapa de ser descubierto». Y desde entonces, la señora de Sir W.C. ha oído lo de la amante de su marido, pero ella no parece enojada, sino que habla de ello con gran paciencia, diciendo que si a su marido le gusta la variedad encontrará más placer con su ingenio que con la belleza de su amante, y se cansará antes de contemplar un solo objeto que de oír variados debates y diversiones del ingenio, el sentido, la razón, el juicio, la imaginación, y la plática. «Además», dijo ella, «el ingenio atrae a la mente más al amor que la belleza a la admiración, y si mi marido me prefiere», dijo ella, «estoy satisfecha con que admire más su belleza y que la goce todo lo que quiera, porque estoy tan complacida y unida a mi ingenio que no me importan los amores ni los goces de mi esposo, porque el ingenio es espiritual y no corporal, vive en la mente y no
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en el cuerpo, no está sometido a las bajas pasiones; porque aunque el ingenio», dijo, «se muestre en las palabras y las acciones, no obstante, esas son solo los retratos de sus obras, no el ingenio mismo, porque no puede representarse, supera a cualquier bosquejo. Y tanta diferencia hay», dijo, «entre la amante de mi marido y su esposa como entre un retrato y un espíritu invisible, que puede ayudar y herir, complacer y aterrorizar, condenar y glorificar. Sin embargo», dijo, «mi ingenio no será la plaga de mi marido, ni para reprocharle, ni para avergonzarle, reprenderle, engañarle, o enojarle, sino que estará siempre presto a defenderle, alabarle, instruirle, complacerle y, si pudiera, reformarle». «Pero creo», dijo ella, «que se escapa del poder de mi ingenio, porque es difícil asunto separar a la naturaleza de la libertad, especialmente de los deseos, porque las pasiones de la mente son más fácilmente gobernables que los apetitos del cuerpo, que son sensuales y salvajes, por lo que el tiempo es mejor reformador de los apetitos que la razón». Pero, señora, con esto quiero que conozcáis el ingenio, la discreción y la templanza de Lady W.C., que son superiores a los de la mayoría de nuestro sexo; y así, dejándola con su ingenio, a su esposo a que se reforme y la belleza de su amante al paso del tiempo, quedo,
Señora,
Vuestra más fiel amiga y servidora.
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XXXVI
Señora,
Os complació en vuestra última carta manifestar cómo Mr. P.C. es acosado por la querida de otro hombre, lo que no es habitual porque, aunque muchos hombres son acosados por sus queridas, tanto en cuerpo como en mente, en el discurrir de su vida y en su patrimonio, enfermando al primero, irritando a la segunda, oponiéndose al tercero y gastando el cuarto, aun así, no es habitual ser acosado por la querida de otro hombre sino por las propias, o al menos por las que crea que son solo suyas. Pero creo que Mr. P.C. no se librará tan fácilmente de ella porque las cortesanas cuentan a menudo con el apoyo de los poderosos, de tal forma que en cualquier pleito o demanda serán oídas y su petición será aceptada, aunque vaya en contra de toda ley o derecho; tal poder y favor tiene la concupiscencia como para corromper a magistrados, sobornar a jueces, acudir a abogados, adular a cortesanos y verdaderamente para seducir, cautivar y persuadir a la mayoría de los hombres. Pero, aunque haya en toda época y nación cortesanas y hombres susceptibles de ser tentados, no obstante no han sido frecuentemente tentados, persuadidos o cautivados para desposar cortesanas, excepto en esta época, donde las cortesanas son tan comunes y afortunadas que no solo se procuran maridos cuando la belleza y los amantes comienzan a abandonarlas, sino que se casan con más lujo y dignos honores que viudas honestas y castas, o vírgenes puras e inocentes, lo que probablemente lleve a las mujeres honestas y castas a poner en duda si su honestidad y castidad no han sido bendecidas con la misma buena fortuna que la falta de honradez, en tanto que aquellas que no son honestas simplemente y por ninguna otra razón que por amor a la honestidad, puedan corromperse por la esperanza de tener buena fortuna. Pero allí donde la virtud ha tomado rigurosa posesión nunca abandona esa morada; sin embargo, muchos de los que han llevado vidas despreciables, indignas y crueles, pueden reformarse y convertirse en personas muy honestas, admirables y puras, y aquellos que se han recuperado deberían ser apreciados y respetados, porque no tengo el temperamento de Mrs.
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F.R., que detesta a un reformado. Pero algunos hombres tienen ese ánimo, al detestar a las mujeres honestas y castas, no solo porque no confían en gozarlas, sino porque disfrutan de la compañía y la conversación de mujeres lascivas y libertinas, de tal manera que una cortesana tendrá un poder mayor y más firme para procurar y persuadir a los hombres a actuar no solo en perjuicio de sus posesiones y sus familias, sino para arruinar su honor y reputación, aún más, para hacerlos inhumanos, excéntricos o despreciables, que una esposa honesta y casta para convencer a su marido de que conserve su patrimonio, su honor, o su honestidad; porque muchas personas admirables y honorables han renegado de su cuna y crianza, de su valor natural y su generosidad, de su lealtad y deber, de sus innatos afectos y sus votos sagrados, de su honor y reputación por la persuasión de sus queridas. Más aún, muchos hombres aman a su querida mucho más que a una mujer honesta y casta, ya que muchos son mejores maridos y son más devotos y cariñosos con sus esposas si son libertinas que si fueran honestas y fieles en el lecho matrimonial. Pero dejando a tales hombres con sus cabezas[243], y a sus esposas en las camas de sus vecinos, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XXXVII
Señora,
Gustasteis de contarme en vuestra última carta que había una importante y airada disputa entre O.G. y C.O. sobre teología, por demostrar muchas cosas que son más fáciles de creer que de ser probadas; porque, aunque la prueba lleva al conocimiento, no obstante, la fe no hace la prueba; porque, aunque muchos miles de hombres crean al unísono una o muchas cosas mil años, no obstante, ni el número de hombres ni el de años confirma su veracidad, solo prueba que tantos hombres lo creyeron durante muchos años. Porque, aunque haya muchas cosas en la naturaleza que pueden ser concebidas y demostradas por la razón, o al menos pueden ser probables según la razón, aun así, no pueden demostrarse por los sentidos, porque los conceptos confunden más a menudo, no solo a la razón, sino a los sentidos, de lo que los sentidos confunden a la razón o al concepto, porque, aunque los sentidos pueden equivocarse y engañar a menudo, son, sin embargo, los guías e informadores más certeros e infalibles que tenemos. Pero la teología está por encima de todo sentido y razón y también de toda demostración, por lo cual la fe es imprescindible en todas las religiones, porque lo que no puede ser concebido o comprendido debe ser creído, y si el principal pilar de la religión es la fe, los hombres deberían creer más y discutir menos, porque las disputas manifiestan la debilidad de la fe, más aún, debilitan una fe firme, porque todas las discusiones en teología son enemigas de la fe y tienden, por medio de contradicciones y opiniones distintas, a destruir la religión, volviendo a los pensamientos y a la mente ateos, y a las palabras sofistas, al pasar los hombres más tiempo discutiendo que rezando, esforzándose por mostrar su ingenio más que por aumentar su conocimiento, porque los misterios divinos van más allá de la capacidad natural y los eruditos han enseñado a los hombres más contradicciones que verdad y los clérigos más división que unión. Pero todas las disputas y razonamientos en teología son solo adecuados para los clérigos, cuya profesión es ser maestros e instructores de las leyes divinas, y no para los legos, a menos que
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pretendan ser clérigos. Porque, al igual que todas las leyes de una nación tienen jueces, sargentos, abogados, juristas, y otros parecidos, para interpretar y cumplir el derecho común y el civil, que han sido aplicados prudentemente para el bien y el beneficio de la persona y de la nación, así también hay obispos, rectores, deanes, párrocos y curas, para interpretar y cumplir las leyes divinas, que han sido aplicadas espiritualmente para la salvación de las almas de los hombres; y al igual que los abogados son informadores de las leyes de una nación, y defensores de causas, también los ministros son informadores de las leyes divinas y maestros del buen vivir, y todas las causas espirituales deberían ser resueltas por los obispos, al igual que todas las causas nacionales y humanas por los jueces, de otro modo se crearía confusión tanto en la iglesia como en el estado. Por tanto, aquellos que no pertenecen a una profesión no deberían inmiscuirse en ella, o discutir sobre ella, sino someterse a lo que nuestros antepasados consideraron oportuno promulgar, ordenar, y disponer para el bien de sus descendientes y de tiempos venideros. Y así, dejando a O.G. y a C.O. para que se pongan de acuerdo si pueden, quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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XXXVIII
Señora,
Quisisteis pedirme que uno de mis sirvientes preguntara por Sir N.G. y que le entregara una carta o la dejara en su hospedaje. Señora, debo contaros lo que he oído, que es que puede que lo estén buscando, pero que antes de que lo encuentren o de que se sepa dónde para habrá salido de la ciudad. No es que oculte su hospedaje, sino que no permanece en ninguna parte, porque es como una sombra o un fantasma: cuando pensáis que está tan cerca que podéis hablarle, de repente se aparece muy lejos o se desvanece. Y no es solo en esta ciudad, sino en todas partes, porque viaja de ciudad en ciudad, como los pájaros vuelan de un árbol a otro, y su único oficio es su diversión y bienestar, por lo que su vida es como si llevara el correo; pero dejémosle que huya de la muerte tan lejos como pueda y hacer lo que pueda para evitarla, aunque la muerte lo encontrará al final de su viaje y allí lo arrestará y encerrará su cuerpo en la tumba, porque el tiempo ha abierto una causa por agresión contra él y le ha citado para que aparezca durante quince años y sesenta días, pero aún se mantiene oculto y así será todo el tiempo que pueda, tal y como vemos por cómo cabalga y por el corto tiempo que pasa en cada lugar al que llega. En verdad, la naturaleza ha sido su amiga, y aún parece serlo, y en tanto le proteja la muerte no lo atrapará; es más, ella le ha favorecido más que a muchos de sus vecinos o conocidos, porque nunca se queda mucho en un lugar como para hacer vecindad, sino que tiene conocidos en todas partes. Tampoco incordia a sus conocidos con largas visitas, sino solo para preguntar cómo están y luego se despide; no se queda lo suficiente para comprobar la prosperidad de un viejo conocido, ni para hacer tediosos cumplidos a uno nuevo, ni se queda para interesarse por aquellos conocidos que no ve, sino que hará amigos de inmediato; y esta ventaja que tiene al viajar a distintos lugares, si alguna hay, es que se entera de más nuevas que cualquier otro hombre, porque las conoce en cada ciudad y su memoria las lleva consigo como un baúl de viaje, y como en cada ciudad se entera de algo nuevo también en cada ciudad deja algo. Pero esa
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vida de mensajero, si yo fuera un hombre, sería agotadora para mí, porque pronto consumiría mi vida, o me llevaría de este mundo, al menos según me parece, aunque para él es una diversión y un placer, o de otro modo no lo haría, ya que no está obligado a ello. Por lo tanto, en cuanto a vuestra carta, deben remitírosla de nuevo, o debe quedarse aquí como un centinela hasta que pase, porque es imposible que lo alcance, ni puede nadie decir dónde encontrarle, excepto aquellos que se encuentran en el mismo lugar que él, que pronto cambia a «No está», que uno podrá decir, «Está», y «No está», como la bola de un malabarista, ahora lo ves, ahora ya no. Pero no es un malabarista, porque he oído que es una persona muy respetable y su honesto e inofensivo esfuerzo de prolongar su vida demuestra que es un hombre sensato. Así que dejándolo a él y a vuestra carta para que ambos se encuentren, aunque no sé cuándo, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XXXIX
Señora,
Le deseo mucha felicidad a Lady F.L. en su segundo matrimonio, porque he oído que se ha casado otra vez. Pero me temo que se le atribuirá lo que se dice de otra dama que se casó en primeras nupcias muy provechosamente por título y riqueza, siendo su marido avanzado en años, pero ella muy pobre, y en muchos corrillos se dijo que ella parecía una mujer astuta e ingeniosa al conseguir tal marido. «No», dijo un hombre, «no eran el ingenio o la astucia de la dama los que le consiguieron tal marido, sino la necedad del hombre que desposó tal mujer». Y cuando él murió y la dejó en la abundancia, ella se casó con un joven sin fortuna, y entonces dijeron que parecía que su segundo marido era un hombre sabio al haber conseguido una esposa tan rica. «No», dijo el primero, «no fue la sabiduría del hombre sino la necedad de la mujer la que fraguó el casamiento». Así que ella estuvo en paz con su primer marido en cuanto a su necedad, porque él fue un necio al casarse con ella, y ella también al casarse con su segundo marido. Así, la mayoría de la raza humana se equivoca, porque lo que atribuyen al ingenio de algunos hombres es la necedad de otros, pero en cuanto a los matrimonios, lo cierto es que la necedad produce más matrimonios que la prudencia; por ejemplo, como Mr A.B. se ha casado con una vulgar cortesana, si ella hubiera sido especial, tendría una disculpa. Pero no todos los hombres son tan necios, porque he oído que Sir W.S. preferiría soportar la persecución de su querida antes que casarse con ella. Pero dejando a Lady F.L. con su nuevo esposo, y a Mr. A.B. con su nueva esposa, y a Sir W.S. con su pertinaz ramera, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XL
Señora,
He observado que en tiempos de paz la mayoría de los hombres estudian a los eruditos y a los Padres de la Iglesia, y en tiempos de guerra estudian a los militares y a los poetas, o más bien practican lo que antiguos militares han enseñado y repiten lo que antiguos poetas han escrito, porque cuando están en los cuarteles, o tienen tiempo libre lejos de la contienda, el asalto o la defensa, prefieren leer a Homero, Virgilio, y Luciano, antes que a San Ambrosio, San Jerónimo, San Agustín, San Crisóstomo, y otros, o en lugar de leer libros de controversias, como los de Escoto, Tomás de Aquino, y otros parecidos, leerán los comentarios de César. Lo cierto es que, aunque los eruditos y los libros de controversias no se enfrentan en combate, no obstante, originan discusiones y disputaciones, de tal modo que hay mayor número y más frecuentes y continuas guerras en las escuelas que en el campo de batalla, con la diferencia que las armas que usan en las escuelas no son tan mortíferas como aquellas que se usan en el campo, porque hay una gran diferencia entre la lengua y la espada, las palabras y los golpes. La verdad es que los eruditos y las mujeres discuten de forma muy similar, siguiendo el mismo método, en el que hay más alboroto que peligro y más rencor que daño. Pero, aun así, las diferentes opiniones en religión y en las leyes del estado causan crueles guerras civiles, creando facciones y partidos, con disputaciones y debates, y nada decidirá el combate sino la sangre y la muerte, ni concluirá la guerra sino la destrucción de todo o la conquista victoriosa de una de las partes sobre la otra, de lo cual las recientes guerras en este país son un lamentable ejemplo, llevando a la confusión con la prédica y el alegato; por un lado, predicadores y defensores se convirtieron en soldados; por otra parte, los soldados se hicieron predicadores y defensores, de tal forma que la palabra y la espada causaron grandes disturbios y penosas calamidades en estas naciones, y aunque ha habido mucha sangre derramada, muchas vidas perdidas, hombres desterrados, y familias arruinadas, no obstante, todavía
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hay divisiones[244]. Pero dejando la guerra y el conflicto, y orando por la paz y la tranquilidad, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XLI
Señora,
Se ha convertido en una moda que los hombres presuman de sus fortunas y propiedades para conseguir crédito, para pedir préstamos, o para demorar una deuda, porque piensan que si los comerciantes creen que son capaces de pagar estarán dispuestos a confiar y, si consiguen su confianza, gastarán en tanto que les dure el crédito, y cuando más deben, más soportan, porque los comerciantes por miedo a perder lo que han confiado o prestado, confiarán o prestarán más con la esperanza de que al final se les pague, de tal modo que lanzan el mango detrás del hacha[245]; y mientras que al principio los deudores son humildes para conseguir crédito, al final los acreedores se convierten en humildes solicitantes de lo suyo, y esperan una respuesta con los sombreros en sus manos, y el deudor, como un orgulloso ganador, a duras penas se le encontrará, o podrá preguntársele, más aún, cuando se digna a aparecer y a responder, les da palabras como pago y promete más de lo que es capaz de cumplir, y a veces obtienen disgustos y reprimendas por ser tan presuntuosos como para venir antes de ser convocados, o tan descarados como para pedir lo que justamente se les debe. Pero ciertamente los acreedores merecen buenas palabras por sus buenas acciones, aunque no puedan conseguir dinero por sus mercancías. Pero en estos tiempos de necesidad los comerciantes tienen que arriesgarse a confiar, o de otro modo no se separarán de sus mercancías, porque donde uno paga dinero al contado, cinco, no, veinte, demoran su deuda; el motivo es que no hay mucho dinero in specie, ni en toda Europa, es más, ni en el mundo, como para pagar al contado por todo lo que se compra, porque hay más mercancía que dinero, diría yo, más papel que moneda, porque el papel y el pergamino pagan más que la moneda[246]. Unas pocas monedas esparcidas entre muchos billetes y bonos mantienen el comercio y el mercadeo por todo el mundo, más de lo que hace el intercambio de mercancías. Pero los que viven con más desahogo son los que no piden prestado, y aquellos que prestan no tienen demasiados amigos, porque hay un antiguo dicho,
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«Presta tu dinero y pierde a tu amigo». Lo cierto es que un hombre perderá antes a un amigo por una deuda, que conseguirá un amigo mediante un regalo. Pero dejando las deudas y los regalos a los pobres y a los ricos, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XLII
Señora,
Siento que Sir F.O. se haya rebajado tanto en su cuna y riqueza como para casarse con su moza de cocina[247], pero era un signo de que tenía un apetito voraz o de que vivía una vida solitaria, de que no frecuentaba mejor compañía, o de que no conversaba con mujeres de alcurnia; o bien de que ha sido muy cariñoso en privado y que no estaba dispuesto a que se conociera públicamente; o bien ha puesto a prueba su virtud y se ha casado con ella por su castidad, aunque algunas mujeres dirán que no a unos y se entregarán a otros; o bien se ha casado con ella por su belleza, o por su ingenio, o por ambos, aunque la gente de inferior o menor condición, especialmente las mujeres, más a menudo poseen belleza que ingenio, y si tienen alguno, solo está en las agudas respuestas, que son un tipo de reprimenda; y he oído que la forma o el modo de cortejo entre la gente de inferior condición en I.[248] es la regañina: se regañan mutuamente hasta el matrimonio, o al menos, se cortejan en un estilo tosco y grosero. Pero acaso Sir F.O. se casó con su moza de cocina con la esperanza de que fuera una esposa lista y obediente, lo que temería que una de su misma condición no fuera. En verdad, él ha elegido a una de entre los oficios, o de los trabajos domésticos, más humildes, porque la cocina es en la mayoría de los casos la estancia inferior de la casa. No obstante, no escribo esto porque crea que él no va a ser feliz con su elección, porque es probable que el casamiento sea más feliz que honorable, y si él no lo considera una deshonra, o no le importa la deshonra, está bien, porque solo le concierne a él, al no tener padres vivos a los que afligir o enojar, ni descendencia anterior que sufra por ello. Pero, aunque su oficio y su cuna fueran la pringue y el asado, sin embargo, la honorabilidad y la riqueza de él la han convertido en una alegre dama. Y así dejándolo a su jarra cervecera[249], concluye,
Señora,
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Vuestra fiel amiga y servidora.
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XLIII
Señora,
Os complació pedirme que os diera mi opinión sobre el ingenio de Mrs. R.E. En verdad, no puedo juzgar su ingenio hasta que no la conozca más, porque hay muchos grados y distintos tipos de ingenio, de una pinta a un tonel, o de un barril a una pipa[250], todos los cuales pueden secarse, y ser sus seseras como barricas vacías. Y algunos tienen ríos, o mares de ingenio, que algunas veces bajan y otras suben, en donde algunos tienen dobles mareas[251]; y otros tienen manantiales de ingenio, que discurren por pequeñas corrientes, pero provocan gran flujo, debido a que fluyen constantemente y sin descanso. Pero no hay muchos mares, ni ríos, ni corrientes, ni manantiales de ingenio, porque hay más botellas que manantiales, más barricas que mares de ingenio. En cuanto al manantial de ingenio, es fresco, dulce, apacible, calmo, puro, brillante y claro, mientras que el mar de ingenio es salado, triste, espumoso, agitado, embravecido, cambiante y a veces peligroso. Y al igual que hay distintos grados de ingenio en cuanto a la cantidad y de clases de ingenio según la calidad, también los hay de distinto peso, porque el ingenio salado es denso e inquisitivo, empuja hasta el centro y penetra hasta el fondo, y abre las obstrucciones del mundo de los hombres, como las aguas minerales hacen con el bazo, o con otras partes parecidas del cuerpo, mientras que el ingenio de un nuevo manantial es delicado y vivo, y fluye con un movimiento suave y ligero, refrescando el mundo de los hombres, inundando el alma, limpiando los pensamientos y aplacando la sequía del tiempo, que se recalienta al correr. Pero a menos que mi pluma se seque al escribir, al no tener suficiente ingenio para empaparla, me despido, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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XLIV
Señora,
Como era antes la moda o la costumbre de aquellos que recibían visitas, si se cansaban de sus invitados, mirar sus relojes, o embobarse, o bostezar, ahora lo es tener siempre, o casi siempre, pluma, tinta y papel sobre la mesa de su cuarto, con la excusa de que están escribiendo cartas. En cuanto a lo primero, es grosero, y lo segundo es en su mayor parte falso, por lo que creo que sería una costumbre más honesta y noble decir la verdad, como que no desean tener visita, en aquellos momentos en los que no quieran tener compañía, o la de aquellas personas que no les importen, o para ser sinceros, que no los pueden recibir, porque tienen circunstancias que requieren su atención y oficio, o que no se encuentran bien y la compañía sería molesta para ellos. Pero recibir visitas y no atenderlos con generosidad, con educación, ni cortesía, sino con engaños, descuido y faltas de respeto, no es propio que las personas de bien lo hagan con compañía alguna, si los consideran dignos de recibir una visita de su parte; tampoco es propio que personas de bien lo sufran por parte de otros. Pero anfitriones e invitados no siempre saben cómo comportarse, porque personas de noble nacimiento pueden tener una pobre educación; porque algunos son de alta cuna y pobre crianza, y otros son de humilde cuna y noble educación, y algunos son de alta cuna y noble educación, aunque esos son pocos, y otros ni tienen un noble nacimiento ni una noble educación, y estos son muchos, pero muy pocos son los que han sido educados correctamente como para saber en cada momento cómo comportarse con cada persona en particular, y con cada compañía, mucho menos en cada hecho de sus vidas, que son casi innumerables y muy diferentes. Por tanto, esos son los que merecen mayor elogio, los que pueden conducirse en el transcurso de su vida cometiendo muy pocos errores. Una naturaleza inquieta tiende a comprometerse mucho, y aquellos que menos se enredan en los asuntos del mundo y son parcos en palabras se comprometen muy poco. Porque es cierto que todo hombre se compromete en parte, aunque son dichosos los que pueden llevar cuenta de
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sus errores y no se exceden. Pero si alargo esta carta, añadiré un error más a esos que ya he cometido, aunque estoy segura de que perdonaréis aquellos en los que os haya ofendido, al saber que no han sido cometidos a propósito, sino de forma inconsciente, señora, por
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XLV
Señora,
Desde que os escribí esa carta a inicios del mes pasado he conversado varias veces con Mrs. R.E., y he descubierto que su ingenio fluye en partes, como en la música, donde debe haber varios intérpretes para tocar o para cantar las diferentes partes; ella sola no hace un conjunto, ni puede tocar los bajos del ingenio, pero aun así puede esforzarse por subir una nota. Y debe observarse que el ingenio en algunas personas discurre en varios temas, pero pocos tienen inteligencias universales como para tocar musicalmente todos los temas, especialmente sin cometer errores, porque he conocido a algunos que en algunos temas particulares serán extraordinariamente inteligentes y en otros meros zoquetes e idiotas. Y en cuanto a las partes del ingenio, algunos tienen para chismorrear, como el de la comadrona y el ama, también otros de oblea e hipocrás[252], de cerveza y empanada, como en los bautizos, los servicios religiosos, después del parto, y demás celebraciones. Otros tienen un ingenio nupcial, un ingenio de jarana, y también un ingenio de juego, de taberna, de burdel, y algunos tienen un ingenio de corte, que es un ingenio de burla y mofa, aunque todos estos no son sino el espumarajo y la escoria del ingenio, solo que el espumarajo flota en lo alto, que enseguida se desborda, mientras que la escoria se queda en el fondo y apenas se remueve con un leve movimiento para que suba. Así, distintos tipos de ingenio circulan entre la raza humana y el de Mrs. E.R. es un ingenio platónico[253], como en una entrañable amistad y en la conversación de las almas, pero apartadla de los platónicos y está perdida, tanto de ingenio como de entendimiento, o son ellos los que la abandonan. Y así, dejándola consigo misma, y su ingenio a su admirador platónico, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XLVI
Señora,
He observado que en todas las revueltas y las guerras aquellos más favorecidos y que obtienen mayor beneficio son los que entran los últimos, porque los que están desde el principio en su mayoría pierden, o bien sus vidas, sus posesiones, o ambas, y son los menos favorecidos por parte de aquellos para los que luchan o por los que se arriesgan[254]; más bien, muy frecuentemente son reprobados. Por lo tanto, si el honor y la honestidad lo permitieran, si yo fuera hombre no entraría en guerra hasta el curso final, porque es el más dulce, como en un banquete. Pero como el honor y la honestidad clamarían contra mí por preferir el beneficio y el ascenso antes que a ellos, así un hombre debería realizar su cometido en una causa justa por honor y honestidad aunque estuviera seguro de perder su libertad, sus posesiones o su vida. Pero dejando la guerra, la pérdida, la reprobación y la preferencia a las personas respetables, y a los gobiernos injustos y los príncipes, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XLVII
Señora,
El otro día Lady S.M. vino a visitarme y la felicité; ella dijo que sería verdaderamente feliz si fuera un varón. Le dije que yo la felicitaba por su matrimonio, porque no la había visto desde que se convirtió en esposa y se casó, lo que sucedió hace unas cuatro semanas, por lo que no sabía que estaba encinta. Pero ella eructando, como las embarazadas hacen normalmente, poniendo cara pálida y enferma para reflejar las náuseas, respirando agitadamente, apoyando el cuerpo, agachando el cuello, y de pie con una pose débil y decaída, como las embarazadas a punto de parir cuando llevan un gran peso en su interior, me dijo que estaba encinta hacía una quincena, aunque por su comportamiento uno no pensaría que le quedase más de una semana, o que salía de cuentas. Pero ella está tan contenta con la idea de estar encinta (porque creo que no puede saberlo, como mucho sabe que está lista para tener hijos), al aparentar o creer que está más hinchada de lo que parece, y dice que se le antoja todo bocado que es difícil de conseguir, y come y bebe de la mañana a la noche, con muy breves descansos, y algunas veces durante la noche; con lo cual le dije que, si esto hacía, creía que tendría una tripa más grande y un cuerpo más robusto, tanto si estaba encinta como si no; además de que el comer mucho la haría enfermar si no estaba embarazada. Ella contestó que las embarazadas podían comer de todo y tanto como quisieran o pudieran, y que no les haría daño. Pero he observado que normalmente las mujeres disfrutan más cuando están preñadas que cuando no lo están, no solo porque comen más y se alimentan más exquisitamente, sino porque se enorgullecen de sus grandes tripas, aunque sea el efecto natural de una causa natural; porque al igual que las mujeres se enorgullecen más de su belleza que del placer o de la sustancia de su virtud, así también se enorgullecen más de estar encinta que de tener un hijo, porque cuando llega el parto y después de paridas, no parecen tan satisfechas, ni tan orgullosas como cuando estaban embarazadas; y lo que demuestra que están más orgullosas y que disfrutan más al estar encinta y en la
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cuarentena que al tener el niño es su preocupación, molestias y gasto en conseguir, elaborar y comprar el delicado y costoso ajuar para el parto, los pañales[255], las mantillas, y demás; como también las delicadas camas, cunas, cestos, y otros enseres para sus alcobas, como cortinas, armarios, cuadros, flores contrahechas, espejos, pantallas[256], y muchas cosas parecidas de gran valor y precio, además de sus festines de confites y otros dulces, como tartas, barquillos, galletas, jaleas, y otros así, como también bebidas fuertes, que me parece que el mero olor enfermaría a una parturienta, como el hipocrás y el aguardiente de vino, con especias, ponche, cerveza negra y tostada, con muchas especias, y acompañadas de numerosas tartas, y demás, todo lo cual es más caro que criar un niño cuando nace. Más bien, preferirán dotes para sus hijos cuando se conviertan en hombres y mujeres, o suficientes medios para pagar su aprendizaje y educación, que estas extravagancias de lujo y vanidad al nacer; y cuando sus hijos se bautizan son como novias y novios, que están tan elegantes en el día de su boda que después se ven obligados a vestir harapos el resto de sus vidas, lo que considero muy extraño, que, por la vanidad y apariencia de un día, gasten tanto como para ser mendigos el resto de sus vidas. Pero como he dicho, esto demuestra que las mujeres se enorgullecen y complacen más de estar encinta que de tener hijos de buena educación, y bien dotados y alimentados cuando son adultos; y lo que me asombra aún más es que hombres sensatos soporten que sus necias esposas sean tan necia e imprudentemente gastosas, por lo que tales hombres que soportan la vanidad de sus esposas merecen arruinarse, porque se demuestra que son mejores esposos que padres, más benévolos con sus esposas que esmerados con sus hijos, y los muestra más afectuosos con sus esposas que amorosos con sus hijos, porque arruinan la posteridad de sus antepasados al empobrecer a sus sucesores, y eso solo para complacer los gustos de sus esposas y para pagar por sus caprichos[257]. Pero dejando a Lady S.M. criando su orgullo o con el orgullo de criar, con su placer enfermizo o su placentera enfermedad, con su exquisita alimentación y su caprichoso acopio, y deseándole un buen comadreo, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XLVIII
Señora,
Requiere experiencia, habilidad y práctica en los hombres entretener y acompañar atenta, pero cortésmente a las mujeres en sus visitas, o cosas por el estilo. Deben sentarse a una respetuosa distancia, quitarse el sombrero y empezar a hablar, pero permitiendo que la mujer continúe, lo que harán hasta quedarse sin aliento. Tampoco deben interrumpirlas en su charla, sino dejarlas hablar cuanto o tanto tiempo como quieran, o mejor dicho cuanto puedan, porque nuestro deseo de hablar excede a nuestro control, pero aunque no nos faltan las palabras, sin embargo, nos faltan el juicio y el conocimiento para hablar constantemente. Tampoco deben los hombres contradecir a las mujeres, aunque hablen naderías, lo que a menudo sucede, sino que debe parecer que aplauden y dan su aprobación, asintiendo y haciendo delicadas reverencias a todo lo que dicen. También deben contemplar sus rostros con miradas de fascinación, aunque no sean bien parecidas, pero en aquellas que son hermosas deben clavar sus ojos, o de otro modo parecer deslumbrados. Asimismo, deben aparentar sobresaltarse ante sus llamadas, y correr con temerosa premura para obedecer sus órdenes. Estas y otras muchas ceremonias y bufonadas de este tipo hay de los hombres hacia las mujeres, aunque son más bien de parte de extraños que de conocidos. Por lo tanto, dejando a un lado las tonterías de antaño, no obstante, un respeto y una consideración corteses son debidos al sexo femenino por parte del masculino, incluso de los más grandes a las más insignificantes. Y así, dejando a los hombres a sus obligados cumplidos y a sus fingidas adoraciones, me despido,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XLIX
Señora,
No me extraña que C.R. no confíe en E.D. en ningún negocio de gran relevancia, aunque sea un hombre capaz de abordar grandes asuntos, por el motivo de que ha sido falso, aunque ahora parezca fiel y sincero. Pero los sabios tienen tanto recelo de aquellos hombres que han sido deshonestos en asuntos de confianza, como de aquellas mujeres que han sido deshonestas en asuntos amorosos; porque aunque puedan ser verdaderos conversos, no obstante, aquellos que sean precavidos temerán que finjan, porque los que han sido malvados no se vuelven buenos tan fácil ni tan rápidamente, al igual que aquellos que son buenos tienden a volverse malvados, porque aunque el arrepentimiento expulsa la parte que fluye de la maldad, sin embargo, muchas veces quedan los posos, que están al acecho en la mente o el alma, que con el tiempo, con la ayuda de la ocasión y el ascenso, puede abundar de nuevo en su anterior malignidad; y los sabios saben que hay menos peligro en confiar en un necio honesto que en un astuto bribón. Lo cierto es que es una pena que la honestidad y la ingenuidad o la capacidad no convivan, porque en su mayoría viven por separado, como la capacidad y la ingenuidad con la falsedad, que prepara y capacita a los hombres a cometer grandes atropellos, porque el ingenio astuto y la bellaquería se deleitan en hacer lo que es peor, y la fortuna muchas veces los favorece en lo mejor, y los que actúan se glorían más en sus malvadas acciones. Pero dejando a C.R. con su sabiduría, y a E.D. con la verdad o el disimulo, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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L
Señora,
No puedo extrañarme de que Mrs. F.G. desee tanto un marido, porque observo que todas las solteras, doncellas y viudas son parecidas, en tanto que hay más clientes que van a los mercados de Himeneo, que son iglesias, teatros, bailes, mascaradas, bodas, etc., que maridos se ofrecen, y todos los precios se pagan allí, como belleza, cuna, educación, ingenio y virtud, aunque la virtud es una moneda que no abunda. Pero los maridos son tan escasos, especialmente los buenos, y están a precios tan altos, que una cantidad mediocre no comprará ninguno, por lo que aquellas que los compren deben ser tan ricas como para poder ofrecer una porción extraordinaria de belleza, cuna, educación, ingenio o virtud, y no obstante, después de mucho ruido para comprar uno, además algunos no pueden conseguirse sin todo lo anterior. Pero los mercados de Venus, que son también reuniones públicas (porque todos los mercados lo son), están tan bien provistos de todo tipo y condición de títulos, profesiones, edades, y cosas así, que son tan baratos como una caballa maloliente, y todas las monedas están allí en curso excepto la virtud, con lo cual nunca se ofrece. Es cierto que los mercados de Himeneo y Venus están en la misma ciudad o lugar, sin embargo, Himeneo y Venus venden por separado, como cuando los ganaderos traen a sus animales a un mercado o una feria[258]; los llamo diversos mercados, para distinguir los que pertenecen a Himeneo y los que son de Venus, pero para distinguirlos mejor los colocaré en distintos comercios, o en tantos bancos como hay en una iglesia, o los compararé con las distintas escenas de una mascarada, con los diferentes actos de una comedia, porque como puestos y comercios hay en un mercado y magistrados en una ciudad, tantos comercios tienen Himeneo y Venus en un solo mercado. Pero lo más barato que se vende en los comercios de Himeneo son las jóvenes novicias; y aunque hay mucha escasez en las tiendas de Himeneo, no obstante, el oro u otras riquezas así, si se ofrecieran, comprarían cualquier hombre que se vendiera, que son solteros y viudos, porque no hay casados en los comercios de Himeneo, a menos
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que no se sepa que ya han sido comprados antes, y una vez descubiertos se les castiga, porque los casados no pueden ser comprados ni vendidos por Himeneo ni por su clientela hasta que estén viudos. Pero en las tiendas de Venus hay tantos hombres casados, si no más, que solteros y viudos. Pero tanto en los comercios de Himeneo como en los de Venus los hay de todas las clases, mejores y peores, tanto gente humilde como personas de alcurnia, bien parecidos y deformes, viejos y jóvenes, y de mediana edad. Y en cuanto a las mujeres, se venden pocas en los comercios, porque ellas son las que compran, y las casadas son las mejores clientas que tiene Venus, y aunque las casadas van al mercado y se dejan ver en público, vestidas tan magníficamente como pueden y a vista de todos, con la excusa de reunirse allí y hablar con amigas suyas que son clientas de Himeneo, y también para ayudar a esas amigas a escoger y regatear por un marido, o para acompañarlas. Sin embargo, cuando van a las tiendas de Venus lo hacen cubiertas con sus velos, o más bien con sus necedades, por miedo a ser reconocidas por sus maridos que están allí para ser vendidos, porque aunque vayan sin velo a las tiendas de Himeneo, como si acompañaran a sus amigas para ayudarlas, no obstante, a las tiendas de Venus van ellas solas. Así, casadas y solteras aprovechan la ocasión de estar en el mercado, y así hay más negocio, venta y comercio en este mercado que en cualquier otro. Pero aquellas personas que viven solas y en castidad nunca van allí, a excepción de algunas, y este tipo de personas en su mayoría viven en la corte de Diana[259], que son los claustros y los monasterios; tampoco algunas casadas que viven en retiro frecuentan este mercado, pero si lo hacen nunca entran en ninguna de estas tiendas, sino que se quedan en la mitad del mercado para que se sepa que no compran nada. Pero, señora, voy a acabar este discurso, porque aunque soy una de las súbditas de Himeneo, al ser una mujer casada, sin embargo, no soy clienta de Venus, sino,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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LI
Señora,
Ayer Mrs. P.I.[260] me hizo una visita y me rogó que os presentara sus respetos, pero desde que la visteis por última vez se ha convertido en otra mujer, en un alma santificada, una hermana espiritual[261], ha dejado de rizarse el pelo, los lunares se han vuelto detestables para ella[262], los zapatos de cordones y las galochas[263] son los peldaños del orgullo, ir con el cuello descubierto lo considera peor que el adulterio: abanicos, lazos, colgantes, pañuelos, y otras prendas así, son tentaciones de Satán y signos de perdición. Y ella no solo ha cambiado en su indumentaria, sino en su apariencia y su lenguaje y en todo su discurso, tanto que no la reconoceríais si la vieseis, a menos que os dijeran quién es. No habla sino del cielo y de la purificación, y después de cierta conversación me preguntó qué postura pensaba yo que era la más adecuada para la oración. Le dije que creía que ninguna era más adecuada, ni era más apropiada para la devoción, que estar de rodillas, porque esa postura de alguna manera reconocía de dónde venimos y a dónde volveremos, porque dicen las Escrituras, «De la tierra venimos y a la tierra volveremos[264]». Después habló sobre las oraciones, porque está a favor de rezar a todas horas. Le dije que cuantas más palabras usáramos al orar peor eran aceptadas, porque pensaba que una adoración silenciosa complacía más a Dios que un murmullo engreído. Entonces me preguntó si no pensaba que alguien podía purificarse templando las pasiones y los apetitos, o desterrando lo peor de ellos del alma y del cuerpo, hasta tal extremo de ser una deidad, o tan divina como para trascender la naturaleza humana. Le dije que no, porque llegado el caso los hombres podrían convertir latón o hierro, u otros metales vulgares en oro, y refinar ese oro hasta su mayor grado de pureza, aunque todavía seguiría siendo un metal. Así también el hombre más purificado seguiría siendo humano, seguiría siendo un hombre y no un dios. Más aún, elegid al más santo de los hombres, como aquellos que han sido purificados por la gracia, la oración y el ayuno hasta llegar a ser
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santos, pero todavía serían humanos y hombres mientras que el cuerpo y el alma estuvieran unidos, pero cuando se separaran, lo que sería el alma, un dios, un demonio, un espíritu o nada, no podía decirlo; a lo que ella levantó sus ojos y se alejó de mí, creyendo que yo era una de los malvados y que estaba condenada, incapaz de recibir la gracia salvadora, así que no creo que se acerque a mí de nuevo, para que su pureza no se corrompa en mi compañía. Creo que lo siguiente que oiremos de ella será que se ha convertido en una hermana predicadora; desconozco con qué oratoria la inspirará el Espíritu, porque de otro modo creo que no dará sermones elocuentes, pero pienso que los de su vocación desafían la elocuencia, porque cuantas más sandeces dicen más admirados son por su piadosa fraternidad. Pero dejándola a su abnegación, vuelvo a declararme,
Señora,
Vuestra muy fiel amiga y servidora.
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LII
Señora,
No me extraña que haya proxenetas y madamas, porque los bajos vicios y la pícara bajeza son demasiado habituales en este tiempo como para extrañarse, y sin duda alguna lo mismo sucede en cada época, porque la naturaleza del ser humano no es tan pura, sino que hay en ella escoria y cieno, las cuales son en su mayoría la clase más baja, pero lo que me sorprende es que Lord P.B. sea un proxeneta y que Lady B.B. sea una madama, gente de alta alcurnia, cuando era más probable que los de clase más baja fueran proxeneta y madama para ellos que ellos fueran tan viles como para ser proxeneta y madama para otros. Pero acaso algunos puedan decir que ellos utilizan a esas personas de inferior rango para su extravío, como ellos lo son para el extravío de otros. Sin embargo, las acciones de este don y su dama demuestran que sus nacimientos eran mejores que su crianza, o que la fortuna los ha favorecido más con títulos de lo que la naturaleza les ha concedido nobleza, y así tener más honor por fortuna que por naturaleza, más abolengo por nacimiento que virtud por crianza, es la razón por la que la práctica de sus vidas no se corresponde con el grado de su grandeza. Pero en su mayor parte tales viles acciones se producen por extrema pobreza, o por codiciar regalos, o por ambicionar privilegios, porque el trabajo de la madama o el proxeneta rara vez se hace gratis. Pero aquellos que son verdaderamente nobles, es decir, que tienen almas nobles y naturalezas honorables, no pueden ser obligados, persuadidos o incitados a cometer una acción vil, en tanto que preferirán realizar una acción más cruel (como la consideramos) que no se mezcla con la bajeza, como suicidarse heroicamente antes que vilmente traicionar la castidad y procurar salvajemente impúdicos amores, porque allá donde el honor y la virtud toman completa posesión nunca abandonan esa morada, no más que mi amistad por vuestra señoría, porque soy, y siempre seré,
Señora,
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La más fiel y más humilde servidora
de vuestra señoría.
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LIII
Señora,
Mrs. W.S. no aprueba a Sir C.R., lo rechaza totalmente como marido. Dice que es afeminado y que ella odia a un hombre afeminado como la naturaleza rechaza la nada. Dice que antes preferiría a un libertino por marido, porque la inmoralidad implica algo de arrojo, aunque su peor parte, porque tiene que enfrentarse a fiebres, gota, piedras, viruela, y otros muchos males, y no es que el afeminamiento y el inmoralidad no se concentren a veces en la misma persona, pero no es lo común. Pero ella dice que nunca se casará, a menos que pueda encontrar un hombre valiente y sabio, un hombre que no se meta temeraria y ridículamente en pelea, sino que luche con cautela y resolución, que no solo mida su espada, sino su pelea, según el largo y el ancho del honor; un hombre que no sea formal por fuera, sino racional por dentro, que no considere sus palabras por su número sino por su sentido, cuyas acciones se igualen a las normas de la honestidad y la prudencia, un hombre así tomará por marido. Al oírla, Lady P.E. dijo que ella podría ayudarla a encontrar un marido que tuviera la reputación del valor y la sabiduría, pero que sería severo. Mrs. W.S. dijo que ella prefería un sabio severo que un necio tolerante. «Pero», dijo Lady P.E., «si elegís un hombre así os someterá estrictamente a la obediencia conyugal». Ella le dijo que estaba conforme, siempre que no fuera tan severo, es más, aunque su severidad llegara al límite de la crueldad, porque preferiría ser azotada por un hombre prudente que besada por un necio. Pero dejándola ahora sin los besos o los golpes de un marido, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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LIV
Señora,
El otro día Lady D.C. y Lady G.B. vinieron a visitarme, y al encontrarse las dos juntas como invitadas se enfrascaron en un discurso sobre la historia, y sobre los tiempos pasados y las personas de ambos sexos. Al final acabaron hablando de las mujeres casadas, dando sus opiniones sobre las buenas y malas esposas que habían vivido en otros tiempos, y Lady D.C. dijo que Lucrecia era la mejor esposa que se mencionaba en la historia, en tanto que acabó con su vida para salvar el honor de su esposo, al ser una deshonra para un marido tener una mujer injuriada y violada, porque, aunque su esposo no era un cornudo por voluntad de ella, sí que lo era por su violación, que era una deshonra en segundo grado. Lady G.B. dijo que aunque ella creía que Lucrecia era una mujer muy casta y una esposa virtuosa y amorosa, no podía juzgar si acabó con su vida para salvar el honor de su marido o el suyo propio, a menos que ella tuviera el don de un dios para penetrar en las mentes y los pensamientos de las criaturas humanas, porque tal vez Lucrecia sabría, o en verdad creería, que cuando su esposo supiera el deshonroso abuso al que había sido sometida, él mismo habría acabado con su vida, no tanto por celos o desconfianza sino por la deshonra o la vergüenza del abuso, y si fuera así, entonces la causa de que Lucrecia acabara con su vida fue más por prudencia y sabiduría que por virtud, porque al inmolarse ganó una fama inmortal, ya que al morir por su propia mano pareció inocente, mientras que si hubiera muerto a manos de su marido o por orden suya el mundo la habría censurado y considerado una criminal. Por lo cual, como Lucrecia debía morir, eligió el mejor modo al morir por voluntad propia, pero si no hubiera estado casada, dijo, y hubieran abusado de ella, habría sido necia si se hubiera matado antes de procurar acabar con su abusador, porque sería mayor justicia haber acabado con el asesino de su honor que haber asesinado a una inocente, solo que la venganza debería haberse llevado a cabo honorablemente en algún lugar y asamblea pública, y luego haber declarado el abuso privado, si no se hubiera conocido ya[265]. Pero
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estas dos damas que debatían acerca de si Lucrecia acabó con su vida por el honor de su marido o por el suyo propio, al final discutían tan vehementemente que acabaron enfrentándose la una a la otra, y se enfurecieron tanto que estuvieron a punto de pegarse, más aún, temí que podrían haberse matado, y por miedo a ese perjuicio me vi obligada a defenderlas a ambas, interponiéndome entre ellas y rogándole primero a una y después a la otra. Finalmente, les supliqué que templaran sus pasiones y que calmaran su furia. «Permitidme, señoras», les dije, «¿qué era Lucrecia para cualquiera de vos?, ¿era conocida o pariente, o amiga, o vecina, o paisana? Y si no era ninguna de estas, como muy probablemente no lo fuera, al vivir y morir en una época tan anterior a esta, más aún, tan lejana que la verdad podría ser cuestionada razonablemente, si no el personaje al menos el modo de la acción, porque tal vez nunca se documentó una verdad clara, ya que mentiras se han escrito de tiempos muy posteriores al de Lucrecia. Por ello, calmad vuestras pasiones, porque, ¿por qué deberíais dos damas reñir y enemistaros por culpa de Lucrecia, a la que no habéis conocido o de la que no habéis oído, sino por un cuento de vieja, que es una antigua historia? Pero sea como fuere, queridas señoras», les dije, «dejad que Lucrecia viva y muera en la historia y sed amigas en el presente. No os maltratéis con rabia por el libidinoso maltrato de Tarquinio a Lucrecia». Hablándoles de este modo, finalmente apacigüé sus pasiones y conseguí reconciliarlas, pero procurando la paz entre ellas empleé más aliento y energía de lo que la paz entre dos necias y coléricas damas merecía, porque, aunque el viejo proverbio dice, «Feliz aquel que procura la paz», no obstante, me alegro de haber dejado ahora su compañía y de poder declararme,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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LV
Señora,
Os complació contarme en vuestra última carta que habíais estado en el campo, y que casi envidiabais a los campesinos por vivir tan alegremente; es un signo, señora, de que son felices, porque la alegría rara vez habita entre preocupaciones y descontento, ni las riquezas o la grandeza viven de forma tan sencilla como esa despreocupada libertad que se encuentra en las pobres fortunas y las personas corrientes, porque la ceremonia de la grandeza se encuentra limitada y sujeta a reglas y normas, y una gran hacienda y una amplia fortuna no se administran tan fácilmente como una más pequeña; lo poco se organiza con facilidad, pero lo mucho necesita la consideración del tiempo, el cuidado, la sabiduría y el estudio. Pero los campesinos pobres y corrientes que viven de su trabajo son en su mayoría más felices y agradables que los muy ricos, que viven en el lujo y la ociosidad, porque el tiempo de ocio es tedioso y el lujo es malsano, mientras que el trabajo es saludable y ameno, y de seguro las campesinas disfrutan más ordeñando a sus vacas, haciendo mantequilla y queso, y alimentando a sus gallinas que las grandes damas pintándose, acicalándose y arreglándose. También son sus mentes y pensamientos más sencillos y apacibles, porque nunca, o rara vez, contemplan sus rostros en un espejo; no les preocupa su apariencia ni se fijan en su deterioro, desafían el paso del tiempo de su belleza; no son irascibles ni presuntuosas si un día no tienen tan buen aspecto como otro; no les tortura un grano o un lunar en la piel, no les asusta la luz del sol, más bien desafían el poder del sol; no pierden el sueño pensando en adornos, sino que trabajan duro para dormir profundamente; no se angustian por purificar sus cuerpos, sino que sudan para alimentarlos; sus apetitos no se fatigan con los excesos, sino que se avivan con el ayuno; saborean con más gusto sus platos habituales que aquellos que se miman con exquisiteces. Y en cuanto a sus placeres y pasatiempos, disfrutan y se deleitan más, y están interiormente más satisfechos y exteriormente más alegres en sus desvelos que las grandes damas en sus bailes, y aunque no bailan con tanta técnica ni compás, no
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obstante, lo hacen con más gozo y deleite, sin lanzarse miradas envidiosas ni aviesas, sino amables y afectuosas. Pero las grandes damas no disfrutan en realidad cuando se reúnen públicamente, porque su envidia hacia la belleza y el valor de las demás arruina su diversión e impide su alegría; se vuelven irascibles y presuntuosas por la envidia antes que cariñosas y amables por la compañía, de tal modo que mientras que los campesinos se congregan con corazones bondadosos y despreocupada libertad al reunirse en afable gozo, y se despiden con cariñoso afecto, las personas de alcurnia se reúnen con estricta ceremonia, conversan con seriedad, y las más veces se despiden con hostilidad. Y esto no solo sucede entre las mujeres, sino entre los hombres, porque entre los más nobles se da una mayor rivalidad por el valor que por la cortesía, por la posición más que por la amistad, y en sus círculos hay más vanagloria que diversión, más orgullo que alegría y más vanidad que verdadera dicha. Pero en una cosa los mejores, como los nobles y otros de alta cuna, deben ser elogiados, que aunque se emborrachan más a menudo y se envilecen más que los campesinos, al tener más medios para mantener sus vicios, no obstante, en ocasiones como las grandes reuniones se mantienen más sobrios y moderados que los campesinos, que en su mayor parte están bebidos cuando se van. Pero dirimiendo la felicidad de campesinos y nobles, creo que por cada noble que es plenamente feliz hay cien campesinos que lo son; no es que haya más campesinos que nobles sino que son más felices en todos los casos, porque no tienen la envidia, ni la ambición, ni el orgullo, ni la vanagloria que los enfrente, los moleste o los irrite, como tienen los nobles. Cuando hablo de los nobles me refiero a aquellos que han sido enaltecidos por el tiempo tanto como por el título, como los señores. Pero, señora, no puedo juzgar adecuadamente los distintos tipos o modos, o trayectorias, o acciones de los hombres, como para decidir quién es más feliz, porque la felicidad no se muestra por fuera, sino que habita en el interior de la mente y las mentes de los hombres son demasiado oscuras como para ser penetradas, y demasiado distintas e inconstantes como para creerlas a pies juntillas, y como no podemos conocernos a nosotros mismos, ¿cómo podríamos conocer a los otros? Además, el gozo y el verdadero deleite se encuentran en el gusto de cada uno, pero permitidme que os diga que mi gusto es ser merecedora de ser,
Señora,
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Vuestra fiel a. y s.
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LVI
Señora,
En vuestra última carta escribisteis cuánto admira Lord N.O. a Mrs. B.U. y cómo se dirige a ella, porque al ser entrado en años ha visto mucho mundo y muchas bellezas diferentes, y ha conversado con muchos ingenios diferentes, y ha encontrado y observado muchos temperamentos diferentes, y ha cortejado de muchos modos diferentes a muchas mujeres diferentes. Sin embargo, he observado que los hombres mayores parecen pretendientes y admiradores, pero no lo son, y que los jóvenes son pretendientes y admiradores, y no lo parecen. Los hombres entrados en años[266] elogian a todas las jóvenes con las que se encuentran, pero no piensan en ellas cuando no están en su presencia, pero los jóvenes elogian a algunas, y cuando están ausentes, tienen más ilusión y están más enamorados que cuando están presentes físicamente; y es evidente que la principal ocupación de la mayoría de los hombres es cortejar, no porque estén realmente enamorados, sino que fingen estarlo, y los cortejos amorosos son las acciones más habituales del mundo y los pensamientos más habituales en las mentes de los hombres; y lo mismo sucede entre las mujeres, de tal modo que la mayoría de la humanidad son amantes apasionados, porque el amor es el tema de sus pensamientos, y su noble discurso el objeto de su tiempo y la principal ocupación de sus vidas. Pero si fuera un amor desinteresado sería meritorio, porque entonces su tiempo, su afán y las acciones de sus vidas se emplearían en actos de caridad, de amistad, humanidad, liberalidad, generosidad, y otros así, pero al ser apasionados amantes malgastan su tiempo inútilmente en acicalarse, engalanarse, en adulaciones, declaraciones y falsos juramentos; además, los enamorados son inconstantes, desprendidos, irracionales, y cosas así. Pero abandonándolos a sus cumplidos, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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LVII
Señora,
No hay nada nuevo, solo que leí una gaceta que hablaba de una cortesana que había sido la ruina de las haciendas de muchos caballeros y nobles hombres, porque le hacían regalos costosos y la mantenían con ostentación, y es probable que ella haya arruinado sus cuerpos, si no sus almas, como ha hecho con sus haciendas. No obstante, espero que no todo lo que se publica en una gaceta sea verdad, porque es palpable que las gacetas están repletas de mentiras más que de verdades, lo que lleva a que algunas historias que aparecen impresas y publicadas últimamente contengan tantas falsedades, al estar recogidas y concebidas a partir de gacetas[267]. Pero si esta parte de la gaceta es verdad, en lo que se refiere a la cortesana, significa que tenía un extraordinario talento para la seducción, no solo para atrapar a uno o dos, sino a muchos, un talento con un poder mágico para transformar a hombres sensatos en feroces adúlteros, necios asnos, y bobos manirrotos, porque, sin duda no puede ser solo la belleza la que ostente ese poder, porque la mera belleza atrae más a menudo el ojo que el corazón, tiene más admiradores que amantes entregados, y el regalo más grande que la belleza ha concedido son los halagos, halagos que no duran mucho porque la belleza pronto decae. Pero cuando a la belleza la acompañan las artes de persuasión, como el comportamiento de la persona, la agradable conversación, una voz armoniosa, y también el talento para la música, el baile, el atuendo, y otros así, se convierte en ganadora y triunfa en muchos corazones, al igual que en muchas naciones. Pero muchas veces esos talentos vencen sin necesidad de belleza, mientras que la belleza rara vez o nunca vence sin ellos. Verdaderamente las mujeres que son hábiles en estas artes son como los magos, que burlan al sentido y la razón, haciendo aparecer algo que realmente no existe; y así la mayoría de las de nuestro sexo juegan con los hombres, los engañan con artificiosas exhibiciones y con provocadores halagos, y es su principal inclinación y afán hacerlo. Pero pocas llegan a esa artificiosa perfección, como la cortesana que se menciona en la gaceta,
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con lo cual sería bueno que las esposas contaran más con esa habilidad para conservar el afecto de sus maridos o al menos para evitar que busquen la novedad; y que las cortesanas tuvieran menos para que no atrajeran y separaran a los maridos de sus honestas esposas, ni a los solteros o viudos del sagrado matrimonio. Pero en su mayoría las cortesanas con sus artes usurpan los derechos de las esposas y las esperanzas de las doncellas; y así dejando a la famosa cortesana a sus amantes y a los amantes a su desgracia, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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LVIII
Señora,
En vuestra última carta me hicisteis saber que no erais de mi opinión acerca de que los hombres deberían portar su espada en todo momento, y en todos los lugares y compañías, porque decíais que no era apropiado que los borrachos, o los locos, o los enamorados, llevaran espada, porque los borrachos usarán sus espadas para herir a otros al ser pendencieros e injuriosos, y los locos usarán sus espadas para herirse a sí mismos, bien por un trastorno o por una idea extravagante, y los enamorados asustarán a sus damas con ellas. Señora, habéis olvidado dos o tres palabras que añadí al respecto, porque dije que todos los hombres nobles deberían llevar espada en todo momento, y en todo lugar y compañía, pero los borrachos y los locos, aunque fueran caballeros, no obstante, no pueden considerarse nobles mientras que estén locos o bebidos, porque necesitan que su razón discierna, porque la nobleza de la mente o del alma son el valor, la generosidad, la humanidad, la justicia, la fidelidad, y cosas de esta guisa, todo lo que no se encuentra, al menos no en efecto, en las criaturas irracionales, como los locos y los borrachos son durante un tiempo. Y en cuanto a los enamorados, es necesario que lleven espadas para proteger a sus damas, porque solo una dama necia se asustará de su seguridad. Pero un hombre noble lleva la espada por su honor, su rey y su país, porque su país supone la piedad, la amistad y el afecto natural; su rey, la fidelidad y la lealtad; su honor, la verdad, el derecho, el amor, la generosidad y la humanidad. En verdad, la generosidad y la humanidad son como el sol y el aire, porque la humanidad como el aire se distribuye igualmente entre todos, entra por doquier, y llena todo lo que está vacío; y la generosidad, como el sol, brilla en todo lugar, y sobre toda criatura, aunque no sobre todas al mismo tiempo, si no a un ritmo tal que tiene fuerza y movimiento para extenderse; sus beneficios son también universales, ya que no discute quién o qué merece su luz o calor, sino que sabe que su luz y calor son beneficiosos para todas las criaturas, que si los malgastan, no es culpa suya. Así, la generosidad brilla en el aire de la humanidad y la fortaleza es
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como el cielo, al que no puede entrar ningún enemigo; defiende y protege a los afligidos; y el valor es la espada de la justicia, que acuchilla a los malhechores, y la espada del valor es una hoja de afilado metal que los nobles caballeros siempre deberían llevar con ellos, y tener habilidad para manejarla, y juicio y discreción para saber cuándo y con quién usarla. Pero, señora, para que la mención de la espada no os asuste, la dejaré, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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LIX
Señora,
En cuanto a Lady P.Y.[268] que, según decís, pasa casi todo su tiempo orando, me cuesta creer que pueda complacer a Dios con tantas palabras, porque ¿para qué necesitamos decir tantas palabras a Dios, que conoce nuestros pensamientos, mentes y almas mejor que nosotros mismos? Cristo no nos enseñó oraciones largas, sino una corta; más aún, si fuera lícito para los hombres comparar a Dios con sus criaturas (que creo que no lo es) Dios se cansaría de las peticiones largas y tediosas o de las repeticiones. Pero, señora, las buenas obras son mejores que las buenas palabras, de modo que una buena obra es mejor que mil buenas palabras, como, por ejemplo, una acción de recta justicia o de sencilla caridad es mejor que un libro repleto de oraciones, una vida moderada es mil veces mejor que una vida de oración; porque podemos ser desmedidos incluso en nuestras oraciones y ser supersticiosos o idólatras. Ciertamente, cada buena obra es una oración, porque hacemos el bien por amor a Dios, para complacerlo, porque una vida casta, honesta, justa, caritativa, moderada, es una vida devota, y el trabajo terrenal es pío, porque se gana honestamente mediante el esfuerzo, y se prospera por la prudencia, que uno debe tener para poder darla; porque no hay un pobre pedigüeño que no prefiera un penique a una bendición, porque os dirán que morirán de hambre con Dieu vous assiste, pero que les aliviaría un denario[269]. Por tanto, Lady P.Y. con su mucho ayuno y su larga plegaria pasará hambre y malgastará su vida antes de tiempo, lo que será una clase de suicidio, y consideramos el suicidio el mayor de los pecados, aunque se cometa de una forma o un modo pío; pero ayudar a un amigo en dificultad es mejor y más aceptable que orar por él; aliviar a un mendigo que pasa necesidad es mejor que rezar por él; asistir al enfermo es mejor que orar por él. Pero diréis que las dos cosas están bien, y admito que está bien cuando se dice y bien cuando se hace, pero uno no debe impedir lo otro, por lo que no deberíamos abandonar el mundo para rezar, sino vivir en el mundo para actuar, y actuar para hacer el bien, y no es suficiente dar limosna al pobre,
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sino asegurarse de que no le arrebaten sus donativos, por lo que deberían distribuirlos ellos mismos y esforzarse por conocer y encontrar a los que verdaderamente y no por fingimiento pasan necesidad. Tampoco deben sus limosnas volver ociosos a los pobres, sino ponerlos a trabajar, y en cuanto a aquellos que no pueden hacerlo o valerse por sí mismos, como los ancianos, los enfermos, los que tienen achaques y los niños, deben ser mantenidos por aquellos que tienen los medios, la fuerza y la salud para asistirlos. Pero tal vez si Lady P.Y. me escuchara, diría que yo era una de esas que dicen más buenas palabras que hacen buenas obras, o que ni ocupo mi tiempo en rezar ni en obrar piadosamente. En verdad, no puedo, como el orgulloso fariseo, jactarme y presumir de mis buenas obras, pero con el pobre publicano diré, «Señor, ten misericordia de mí, que soy un miserable pecador», no obstante, admitiré una verdad sobre mí, que nunca tuve mucho para dar, porque antes de las guerras de este país yo era demasiado joven como para ser rica, para tener los medios en mi poder para disponer, y desde las guerras todos mis amigos se arruinaron tanto, y mi esposo fue expulsado de su tierra natal y desposeído de las propiedades que había heredado[270]; más bien he necesitado recibir, que dar. No obstante, no he hecho mucho de lo uno ni de lo otro, porque verdaderamente estoy tan feliz de no recibir como triste de no poder dar, porque lo recibido es una carga tan grande para mí como el no ser capaz de devolverlo una gran desdicha, no ya porque considere una gran desdicha estar en una situación tal como para poder recibir, sino por recibir en la situación de no ser capaz de devolver lo recibido, porque lo cierto es que preferiría pasar necesidad que aceptar que me socorran. Pero agradezco a Dios no haber tenido muchas de esas cargas y compromisos; unos pocos he tenido, pero eran de mis amigos y parientes cercanos, no de extraños, lo cual es una bendición doble, no, triple. Pero mi situación es más apropiada para el rezo, porque no tengo medios suficientes para hacer buenas obras, al habérsele robado a mi esposo todas sus propiedades, que la de Lady P.Y., que ha podido salvar todo lo que pudo reclamar. Por lo tanto, dejándola con sus oraciones de acción de gracias y a mí con las súplicas, quedo,
Señora,
Vuestra muy fiel amiga y servidora.
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LX
Señora,
Siento oír que existe tal desavenencia entre Lady F.O. y su esposo como para estar a punto de separarse. Desearía que sus personalidades y temperamentos fueran más acordes, y sus acalorados arrebatos menos violentos. No puedo condenar a ninguno, ni disculpar a ambos, porque si enojan al otro, ambos tienen motivos para enojarse, y ambos son culpables de ello, y por eso ambos deberían ser condenados, pero cada uno por separado debería ser disculpado. Pero el matrimonio es una vida muy desdichada cuando la afinidad no une a la pareja de esposos, porque de otro modo no sería mejor estar recluido tras las puertas de un monasterio que estar ligados por los lazos del matrimonio. Pero cuando la afinidad acompaña a las almas y los cuerpos en el matrimonio, entonces esos lazos son como las cadenas de diamantes, que adornan pero no los esclavizan, y el honor heroico y la castidad son los dos tronos donde se sienta la pareja de esposos: el honor heroico es el trono del marido, y la castidad el trono de la esposa, sobre los cuales el amor corona sus vidas con la paz, y los reviste y los engalana con felicidad, felicidad que vos disfrutáis, que es también la felicidad,
Señora,
De vuestra fiel amiga y servidora.
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LXI
Señora,
Siento oír que habéis perdido a tan buena sirvienta como era E.L., porque era fiel, leal, cariñosa, humilde, obediente, industriosa, ahorradora y discreta, inocentemente alegre y franca y, sin embargo, llena de respeto y sentido del deber, lo que pocos sirvientes tienen en este tiempo, porque la mayoría son ociosos, embusteros, derrochadores, deshonestos, atrevidos, groseros, chismosos, sectarios y traicioneros, y cualquier otra cosa dañina. Pero en verdad, señora, la culpa debería imputarse a sus señores y señoras, que o bien dan malos ejemplos a sus sirvientes por su vida infame y ociosa, o bien les otorgan una ingenua confianza, que es una tentación para un pobre sirviente, y como dice la oración, «No nos dejes caer en la tentación»; o bien por un mando negligente, porque hay un verídico refrán que dice, «El ojo del amo alimenta al caballo»; o bien por un miedo pusilánime a mandar, porque hay muchos señores que temen mandar a un sirviente altivo, al tener más respeto por el sirviente que el sirviente por el señor; o bien por un exceso de clemencia, concediéndoles a sus sirvientes tanto su voluntad que descuidan sus deberes; o bien por su liberalidad, cuando para beneficiar a sus sirvientes ellos se empobrecen, de tal forma que el sirviente se engrandece más que el señor, lo que los vuelve tan orgullosos que desatienden sus órdenes y descuidan sus obligaciones, olvidando quién los benefició, y se dedican a rebelarse contra ellos, como demonios, cuando eran ángeles que, percibiendo que eran criaturas tan celestiales, se rebelaron contra su Creador y querían ser como el mismo Dios[271]. Así son los sirvientes pobres, cuando su señor les regala lujosos ropajes para que se vistan, o dinero para que enriquezcan, o puestos para que prosperen, serían sus propios señores, es más, envidiarán a su señor si ven que tienen algo mejor que ellos. Esto lo sé por experiencia[272], pero ellos no lo sabrán hasta que se conviertan en demonios, es decir, en una mísera condición, que merecen por su ingratitud. Pero un buen sirviente es como un tesoro, dice Salomón, y así también considero que es un buen señor para un sirviente, si el sirviente tuviera inteligencia para percibirlo;
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pero un buen señor debe saber cómo mandar, cuándo mandar, y qué mandar; también cuándo favorecer, con qué favorecer y cuánto favorecer a un buen sirviente; también asignar sirvientes a las tareas y tareas a los sirvientes; también saber cómo y cuándo refrenarlos y cuándo darles libertad; también decidir qué sirvientes son adecuados para administrar con austeridad y rigor, y cuáles con clemencia, y a recompensar y castigarlos adecuada, oportuna y justamente. Así también cuándo ponerlos a trabajar y cuándo dejar que disfruten o se diviertan; también cuándo mantenerlos a distancia y cuándo relacionarse con ellos. Y en verdad elegiría antes disfrutar de la compañía de mis sirvientes, si tuvieran buena crianza, o fueran capaces de aprender e imitar lo que pertenece al buen comportamiento, que con extraños, porque los buenos sirvientes son amigos tanto como sirvientes, más aún, los sirvientes son los protectores de sus señores, porque los sirvientes buenos y fieles morirán por proteger las vidas de sus señores y soportarán cualquier tormento antes que traicionar a sus señores; y es la obligación de los sirvientes hacerlo, porque los sirvientes se deben a sus señores, como los hijos a los padres, o los súbditos a su príncipe correspondiente, porque los sirvientes no solo deben recibir órdenes, sino ser instruidos, alimentados y mantenidos. ¿Qué mayor crimen hay que ser un traidor al que les gobierna, dirige y alimenta? Y todo señor, incluso el peor que haya, es un padre y un rey en su propia familia, por lo cual a mi juicio son insensatos los que abandonan sus dominios y, dejando a sus obedientes súbditos, que son sus sirvientes, viajan a otros reinos, que son otras familias, donde no tienen poder ni se les debe obediencia, dejando a sus propios sirvientes sin gobierno o guía, porque cuando un señor está lejos de casa su familia es como un cuerpo sin cabeza, como cuando un rey debe viajar a otros países, y deja a sus súbditos, a su reino y a los asuntos de estado a su suerte, o a un sustituto, es probable que sus súbditos se rebelen contra él por no aprobar al sustituto, porque rechacen ser dirigidos y gobernados por uno de ellos, o bien el sustituto les arrebatará el amor de su príncipe y luego se empeñará en echar al legítimo dueño[273]. Lo mismo sucede con un señor y sus sirvientes, por lo que un señor sensato y amable se quedará en casa y no se ausentará más de lo que la ocasión lo requiera, sino que se complacerá con su propia familia, y su familia lo agasajará con diversiones y pasatiempos, como los súbditos hacen con sus príncipes, y cuando un sirviente se rebele, aunque el señor no tenga poder para desterrarlo del país o del reino como
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los príncipes tienen, sin embargo, tiene el poder de prescindir de su servicio y expulsarlo de su casa si su falta así lo merece. Pero algunos podrán extrañarse de que haya tan pocos señores que sepan gobernar sus familias sabiamente, como reyes que sepan reinar sus reinos con rectitud, aunque no es extraño, primero, porque donde hay un rey de un reino hay miles de cabezas de familia, y un rey es el señor de todas esas familias, en tanto que un rey tiene más señores a los que gobernar y dirigir, que el más rico de los señores de su reino tiene sirvientes. Pero si los sirvientes fueran como debieran, los señores no solo prosperarían gracias a las nobles obras de sus sirvientes y los sirvientes gracias a la riqueza de su señor, sino que los señores y los sirvientes vivirían cómodamente, gracias a la diligencia de uno y la prudencia del otro; también vivirían agradablemente, gracias a las diversiones y los pasatiempos, en los que el señor se sentaría como un regio espectador mientras que sus sirvientes serían amenos actores, por todo lo cual tanto señores como sirvientes serían muy felices, con lo que este mundo sería un paraíso terrenal. Pero, señora, si escribo algo más estaré muy cerca de convertiros en sirvienta de vuestra sirvienta, en una laboriosa lectura de su extensa carta, aunque fue instrucción vuestra en vuestra última carta que os escribiera largas misivas, y creo que en este particular os he obedecido cumplidamente, lo cual es mi deseo en todos vuestros preceptos para demostraros que no hay más sincera y fiel servidora de
Vuestra señoría
Que yo.
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LXII
Señora,
Mrs. C.R. está muy agitada con dudas y miedos, ya que ha oído que Lady S.P. la ha elogiado en público y en privado, porque dice que teme que Lady S.P. haya observado algún error en su comportamiento, o haya oído que hablaba torpemente, o descubierto algún defecto de la belleza de su cara, o alguna deformidad en su figura, o que alguien del sexo masculino haya criticado su belleza, inteligencia, persona o comportamiento, y cosas parecidas; de otro modo, dice, está segura de que nunca la habría elogiado, porque, dice, es tan inusual que una mujer elogie a otra, como antinatural. Por lo tanto, le desagrada ser elogiada por su propio sexo, y desde el momento en que recibió vuestra última carta se sienta en una actitud silenciosa y pensativa, considerando y examinándose, como buscando cómo descubrir sus fallos, o los crímenes de los que sea culpable para que Lady S.P. la elogie, y tan irritada e impaciente está por ello que creo que nunca reposará, ni se calmará, ni su mente estará en paz hasta que oiga que Lady S.P. ha hablado de ella con desprecio o la haya criticado de un modo u otro. Lo cierto es que esto es lo que admite, porque dice que nunca se considerará hermosa, sociable, ni virtuosa, sino mal parecida, necia, indigna o malvada, a menos que la critique su sexo, por lo que, si oís, lo que no podéis evitar a menos que os tapéis los oídos, cualquier crítica femenina sobre Mrs. C.R., os ruego se lo hagáis saber, con lo que la complaceréis infinitamente, y entretanto procuraré apaciguar sus pensamientos, y devolver la paz y la tranquilidad a su mente, quedando,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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LXIII
Señora,
He observado que entre la raza humana hay a menudo frases de moda en su discurso, como modas en la indumentaria y el comportamiento, y tan en boga están que su discurso está tan adornado con esas frases como su ropa con lazos de diversos colores, o sombreros con plumas, o cuerpos con fingidos ademanes, y cualquiera que hable sin seguir la moda recibe tal desprecio que, como si su indumentaria o su comportamiento estuvieran anticuados, se les considera necios o personas de mala educación. En verdad, la mayoría de los hombres y mujeres de esta generación, en la mayoría de naciones de Europa, no son nada sino la moda, como mentes a la moda, cuerpos a la moda, deseos a la moda, comportamientos a la moda, vestidos a la moda, pasatiempos o vicios a la moda, discursos y conversaciones a la moda, porque es extraño que las mentes sigan la moda, y que tengan un juicio a la moda, porque todos emitirán sus juicios y opiniones según la moda, y aman y odian según la moda, son valientes o cobardes según la moda, dan su aprobación o reprueban según la moda, más aún, su ingenio es según la moda para las burlas, chanzas, bufonadas, y demás, porque un gran ingenio no está habitualmente de moda, al estar anticuado entre los galanes de moda, pero el juicio bueno y verdadero habita en los ancianos de la época, que no aprecian la moda, sino que eligen o prefieren lo mejor y no lo que está más en auge, a menos que lo mejor esté en auge, lo que rara vez se conoce, porque aquello que es lo mejor o es bueno no es universal, especialmente el ingenio, porque el verdadero y mejor ingenio se ciñe a lo particular, porque lo entienden los particulares. Algunos de los que siguen la moda muestran más ingenio en sus lenguas que en sus cerebros, es decir, hablan del ingenio de otros, pero no tienen el suyo propio. Pero los sabios con sensatez y experiencia imparten su juicio y su opinión, no según la moda o la costumbre sino según la probabilidad, el sentido y la razón; tampoco dicen esto o aquello ocurrirá, o es así, ¿por qué?, porque es el sentir general, sino que dicen, o esto o aquello pueda ser, o es probable que sea o será, ¿por qué?, porque
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hay una probabilidad o una razón para ello. Tampoco el justo y el sabio odian o aman, aprueban o reprueban porque esté de moda, como odiar lo que no es universalmente amado, o amar lo que es universalmente odiado, o como para despreciar lo que es universalmente rechazado, o admirar lo que es universalmente elogiado, sino que odian lo que es realmente nocivo, malvado o vil, y no lo que se piensa que lo es; y aman lo que es realmente bueno, virtuoso y valioso, no por el sentir general, sino por la verdad, y admiran y elogian, desprecian o desdeñan, rechazan o reprueban lo que es despreciable, o censurable o criticable, y así con todo lo demás; tampoco son valientes o cobardes según la moda, sino que son valientes o precavidos según la causa o la disputa. No luchan por bravuconería sino por honor, o por una disputa de honor; no ignoran los agravios, u ocultan un enfado o una ofensa con una burla o una mofa, sino porque la persona que agravió o hizo la afrenta era un borracho, un loco o una persona indigna, más adecuada para la riña de un sirviente que para la suya propia. Y en cuanto a los sabios, no hablan con frases a la moda, sino que emplean palabras tales que pueden comprenderse con claridad, y los que mejor presentan y declaran el sentido y la razón, y sus comportamientos son los más humanos y los menos extravagantes, ilusorios y forzados, y sus atuendos son los más apropiados, sencillos y favorecedores. Tampoco sus gustos se recrean en alimentos o bebidas a la moda, porque tienen el haut gôut[274] de moda, sino que gustan más lo que es más agradable y sabroso a su paladar, y así también con las bebidas elaboradas, como el chocolate, la limonada y otras así, no las beben por moda. Ni les conmueven las canciones o los estilos de moda porque sea costumbre cantarlos o tocarlos, sino porque son melodías bien entonadas, o música excelente, o canciones ocurrentes, o bien interpretadas por buenas voces, o por instrumentos. Tampoco siguen los vicios y las vanidades por moda, sino por placer, o por su propio gusto o apetencia. No practican los ejercicios que están de moda, sino aquellos que más les placen. Así un hombre sensato no sigue la moda, sino su propio criterio, porque si fuera la moda jugar al tenis o al paille-maille[275], o algo parecido, si prefiere montar a caballo o saltar, dejará a un lado los ejercicios de moda y practicará los de su elección; si el pasatiempo de moda fuera jugar a las cartas o a los dados, y le gustara más escribir o leer, abandonaría ese pasatiempo y seguiría su gusto; y si fuera la costumbre de moda comer y cenar y verse en fondas[276] o tabernas, y él prefiriera cenar y comer solo en casa, no iría a fondas ni a tabernas. Si
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estuviera de moda cortejar y le gustara o le complaciera una dama en particular, no seguiría la moda; ni haría de recadero porque fuera la moda, sino porque sus asuntos así lo requirieran. Tampoco viajaría de un lugar a otro sin motivo porque fuera la moda, sino que se sentaría y reposaría en su propia casa, porque es más cómodo, agradable, tranquilo y prudente, y no tan costoso. Pero dejando a los que siguen la moda con sus atuendos, juramentos, frases, cortejos, comportamientos, su guisa y ademanes a la moda, a sus comidas, bebidas, pasatiempos, ejercicios, placeres, vanidades y vicios a la moda; a sus canciones, melodías, bailes, sus violines y sus voces a la moda; a sus juicios, opiniones e ingenio a la moda; a sus disputas y amistades a la moda, a sus engaños y disimulos a la moda, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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LXIV
Señora,
Es habitual que los hombres fanfarroneen, solo que algunos lo hacen más oscura o más claramente, y algunos más burdamente que otros. Y es natural para las mujeres presumir, pero la fanfarronería procede del orgullo, para codiciar la buena consideración, estima y respeto del mundo, porque por miedo a pasar desapercibidos los hombres revelan su propia valía, riqueza, cuna, cualidades, habilidades, favores y gracias, y aquellas acciones que consideran dignas de alabanza. Pero en su mayoría toda fanfarronería se acrecienta por virtud de la parcialidad hacia uno mismo y por el amor propio más allá de la verdad, de tal modo que las fanfarronerías son como los romances, la base es cierta, pero el encomio es falso. Verdaderamente, una fanfarronería está más próxima a la mentira que a la verdad, porque decir toda la verdad no es tanto fanfarronería sino vanagloria, al menos una vanidad que a la mayoría de los hombres deleita, aunque el que habla se complace más que el que escucha, porque pocos o ninguno se complacen en oír a uno que se da aires, a menos que sean aquellos que tengan parientes cercanos, como padres, hijos, hermanos, hermanas, esposos y esposas, cuyos afectos se complacen en las perfecciones y la buena fortuna de los seres queridos, pero a los extraños y los que están de visita les desagrada esa vanidosa verdad, y pronto se cansan de ese relato, es más, desprecian el sonido de una lengua presuntuosa, no de la propia, porque ningún discurso les complace más que el que versa sobre sí mismos, sino de la lengua de los otros, que engendra envidia y rencor en los que oyen más que amor y admiración. Pero dejando este defecto natural y este vanidoso efecto, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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LXV
Señora,
No me extraña que varias ciudades y pueblos en N.[277] no gusten de sus gobernadores y de su gobierno, por motivo de que los plebeyos se esfuerzan por superar a los nobles en sus construcciones, ornamentación, mobiliario, adornos, y magnificencia en oropel y esplendor, porque incluso a un bracero en esta ciudad, y creo que en el resto, se le tolera que tenga coches, lacayos, pajes, damas de compañía, y que se vista con prendas costosas y magníficas, siguiendo en todo la moda de los nobles, lo que provoca envidia entre la nobleza y orgullo entre la plebe, los primeros al ver a sus inferiores eclipsándolos, los otros porque pueden igualar o aventajar a sus superiores[278]. Este orgullo y envidia causa rumores, y los rumores facción, que un día puede llegar a mudar el estado y el gobierno, porque cuando los plebeyos llegan tan alto como para desplazar a la nobleza, mil a uno que los nobles caen, y con ellos la realeza, por motivo de que son los pilares de la realeza o del gobierno de los reyes[279]. Por lo cual, a los plebeyos se les debería encerrar como al ganado en pastos cercados, y cuandoquiera que alguno se escapara de su confín se le debería confiscar, esto es, los plebeyos deberían ser controlados estrictamente para no sobrepasar su rango o título en apariencia o esplendor, y que vivan según sus atributos y no según su riqueza; y aquellos que sean tan presuntuosos deberían ser encarcelados y multados con grandes sumas por esa presunción, lo que los mantendría temerosos, y a los nobles con poder para apoyar el gobierno real, que es sin duda alguna el mejor y más feliz gobierno, al ser el más unido, en virtud del cual la gente se hace más civilizada, porque la democracia es más cruel y bárbara que la monarquía. Pero esto es más adecuado que lo sopesen los monarcas a que lo comenten las mujeres, y dejando el uno al otro, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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LXVI
Señora,
Me quedé tan sorprendida con la carta de Lady A.N., como perpleja de que fuera una carta tan amarga y airada; aunque tenía motivos para estar airada, porque he cometido una gran falta por error, porque un día que estaba meditando con mis pensamientos, considerando y reflexionando sobre la naturaleza del ser humano, y preguntándome por qué la Naturaleza hacía a todos los hombres imperfectos de un modo u otro, o en el cuerpo, o en la mente, o en ambos, prueba de lo cual elegí a una que consideré la más libre de imperfecciones, en mente, o cuerpo, que era Lady A.N., y tomé papel y pluma y escribí todos los defectos que se me ocurrían o que había observado en ella, y en otro todas las virtudes de las que estaba dotada por naturaleza, don divino y educación, lo que tanto me complació que decidí enviarle una copia por carta. Pero cuando iba a enviarle la carta, al estar ambos papeles juntos sobre mi escritorio, confundí el papel correcto con sus alabanzas, y le envié el que contenía sus imperfecciones, sin leerlo cuando lo envié, y cuando lo recibió parece ser que ella estaba tan desconcertada como yo con su respuesta, pero después montó en cólera y en ese estado escribió una carta en respuesta, que yo abrí con gran alegría pensando lo mucho que le había complacido la mía, pero cuando la leí, y me di cuenta de mi error al enviarle la carta equivocada, fue como si me hubiera golpeado un rayo, la sangre se me agolpó bruscamente en la cara, de tal modo que creí que mis ojos relampagueaban, y después de eso se precipitó tal torrente de lágrimas que estoy segura de que vertí más lágrimas que letras había escrito, en lo que deseé que cada carta se hubiera sepultado en el seno o el lecho marino de cada lágrima, pero todo fue en vano, al estar demasiado prendidas como para hundirse, porque estaban grabadas en su memoria, y así también en la mía, pero, aun así mis lágrimas pueden lavar mi falta y mi estima le pedirá perdón con las palabras más humildes y contritas que pueda pronunciar. Por todo ello, señora, interceded si podéis, id hasta ella y habladle en mi favor, y hacedle saber lo que ocurrió, (porque no oso escribirle de nuevo),
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y así en mi nombre suplicadle que me perdone, porque me atrevo a jurar por Dios, en defensa de mi inocencia, como prueba de la verdad y salvación de mi alma, que no soy culpable de ninguna afrenta hacia ella, porque no me movían el rencor ni la envidia, ni ninguna otra malvada intención cuando la escribí, y no solo no albergaba ningún mal hacia ella, sino que estaba llena de estima y admiración por ella, y espero que me perdone, ya que solo escribí como un filósofo[280] y no como una enemiga, ya que no hay nadie en este mundo que no tenga algunas faltas o defectos, aunque tenga los menores y más insignificantes que cualquier otra criatura de la naturaleza, y es un cumplido tener tan pocos. Pero ya que todo somos culpables de un modo u otro, rogadle que perdone mi error y mi reflexión filosófica sobre ella, y así esperando el éxito de vuestra petición en mi nombre, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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LXVII
Señora,
Quisisteis en vuestra última carta pedir mi opinión, mi parecer y mi consejo sobre aquello que me contasteis la última vez que os vi. En verdad, cuando alguien pide mi opinión sobre causas o efectos, o mi parecer sobre un asunto, o en alguna cosa relacionada con las acciones del mundo, como sus efectos para bien o mal, o desea mi consejo sobre algún particular, permitid que os diga, de primeras, en cuanto a las causas y los efectos, mi razón estudia y mi percepción observa, para encontrar la causa a través de los efectos, o predecir los efectos a través de las causas; y en cuanto al resultado de las diversas acciones y asuntos del mundo, coloco en una balanza todas las posibilidades y todos los impedimentos, o al menos las improbabilidades en otra, y los sopeso, y a aquella balanza que se inclina otorgo mi juicio. Y en cuanto a aconsejar a particulares, analizo sus medios, habilidades, fuerza, poder, derecho, verdad y justicia, según los cuales doy mi consejo, porque examino el fondo, removiendo los mismos posos, o los sondeo con minuciosidad; como los marineros que tiran el cabo y la plomada para sondear el mar, por miedo a bancos de arena, arrecifes u otros obstáculos, y luego izan la cuerda para ver la profundidad, o al menos para observar cuánto se hunde el cabo, así hago yo también con mi opinión, mi juicio o mi consejo. Pero debéis perdonarme si no doy mi opinión o mi juicio en una carta pública sobre asuntos públicos, en los que no debería entrometerme, al ser una mujer. Tampoco deberían los del sexo viril dar sus opiniones, juicios o consejos públicamente, a menos que se les propusiera o se les requiriera expresamente, ni tampoco entrometerse o censurar o hablar de forma impertinente, insistente o entrometida de aquello que no les va ni les viene, o al menos que no pueden remediar o arreglar. Pero creedme, os ruego, no soy tan presuntuosa como para creer que puedo razonar, juzgar o aconsejar sabiamente, no, solo me empeño, o al menos deseo hacerlo, y ya que no habéis mencionado de vuestro puño y letra aquello sobre lo que deseáis mi opinión, juicio o consejo, tampoco lo escribiré yo, sino que lo dejaré para
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cuando nos veamos, porque las amigas pueden hablar con tanta liberalidad como piensan, al no temer traición alguna, y así quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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LXVIII
Señora,
Siento que haya muerto Sir C.A., y también que V.A. lo haya matado[281], porque dicen que ambos eran personas dignas y muy honorables, lo que me lleva a preguntarme cómo tales personas hayan podido reñir, porque de seguro eran hombres de tal valía que habrían sido tan incapaces de provocar una ofensa como de ofenderse, y si la ofensa hubiera sido sin intención, como por casualidad, al ser hombres de honor y mérito no les habría afectado, o al menos no se hubieran enfadado por ello. Pero muchas veces un tercero provocará un conflicto entre otros dos y los dejará para que ellos lo resuelvan. Me diréis que a veces las disputas no pueden evitarse, aunque sean entre personas nobles como, por ejemplo, dos duques, acerca de la preferencia entre ellos, al no saber cuál de ellos tendría el primer puesto, y sin ceder ninguno, deben batirse para decidirlo; pero casos así no son llevados a juicio muy a menudo, o no deberían serlo, porque los heraldos[282] son jueces para ese fin. Pero estas dos personas nobles que mencionasteis en vuestra última carta, cualquiera que sea su disputa, uno está muerto y el otro desterrado. Y ahora para referirme a esas disputas que generalmente ocasionan duelos entre particulares, son o sobre insultos, o mujeres, o halcones, o perros, o prostitutas, o sobre cartas o dados, u otras causas frívolas, inútiles e indignas; no digo que todas las disputas, pero la mayoría, porque algunas son más honorables, pero de todos los tipos y causas de disputa, las peleas entre borrachos son las más insensatas. En cuanto a la manera y la costumbre de luchar, los duelos no son apropiados en mi opinión, porque en este tiempo en la mayoría de las naciones se baten en duelos privados, en cierta manera como en una batalla, de tres contra tres, o al menos de dos contra dos, también luchan con pistolas y espadas, con sus jubones, que les sirven de armadura, y en su mayoría a caballo. Primero, se disparan con sus pistolas y luego pasan a la espada, si es que no han muerto por un disparo antes de pasar a batirse, porque disparar no es una lucha cuerpo a cuerpo, porque deben estar a cierta distancia para apuntar, lo que en mi opinión parece una cobardía,
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tirarse el uno al otro, como si temieran acercarse entre ellos. Además, un niño puede tener tanta habilidad y coraje como para disparar una pistola y puede llegar a matar a un hombre, pero un niño no sabe cómo usar la espada, o dominar a un caballo. También puede un campesino u otro de tal ralea, disparar pistolas, o carabinas, o mosquetes, pero no tienen la habilidad de blandir la espada, ni de manejar el caballo, a menos que sea uno de tiro, y eso más fácilmente en coche que montándolo. Es cierto, los campesinos y los soldados lucharán con garra y fiereza como animales, y matarán al enemigo gracias a su fuerza, pero no con verdadero valor, porque luchan alborotadamente y se derribarán el uno al otro a golpes, o con la culata de sus mosquetes, que se parece más a la farsa de un bufón; y si tienen espadas, luchan con la empuñadura, no con la punta, porque no saben cómo usarla, ni tampoco es adecuado que lo hicieran, por lo que los caballeros son demasiado fuertes para ellos, porque la punta de la espada de un caballero es más poderosa que el palo de un bufón, y el único pesar de caballeros nobles y valientes el día de la batalla o el duelo es el miedo de que los mate una bala, contra la cual no pueden demostrar su enérgico valor o su adquirida destreza. La última observación sobre el combate en duelo de esta época es la elección de los padrinos, y la función oportuna de los padrinos en todas las épocas de las que tengo noticia, a excepción de esta última, es la de ser supervisores, testigos y jueces, por lo que deberían ser personas honradas, honestas, juiciosas y capaces, y dignas y honorables, porque deberán juzgar si la disputa exige derramamiento de sangre y no puede pasarse por alto sin deshonra; también deben asegurarse de que cada hombre esté armado con equidad, y que no haya ventajas inconvenientes de uno con respecto a otro; también deben ayudar o asistirlos cuando reciben una herida, para vendársela, y deben ser testigos ante el mundo de cómo lucharon. Pero en esta época, los padrinos, lejos de ser jueces, supervisores, testigos o amigos serviciales, se convierten en duelistas, luchando por la compañía, no por el daño o el agravio que se hayan hecho, o por moda, que es una costumbre o una práctica injusta, irracional, inhumana e infame. Tampoco es viril o noble, sino vil y salvaje, luchar sin motivo o injuria, por lo que las pistolas y los padrinos que se baten en duelo no deberían existir. Pero, señora, si alguien además de vos leyera esta carta me lo censuraría, al no ser adecuado, ni apropiado en una mujer debatir o escribir sobre duelos o guerras, ni tampoco de caballos o espadas, ni de nada parecido, pero os ruego, que si oís a alguien diciendo
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eso, le digáis que tengo mayor privilegio que otras mujeres para hablar de ello, porque mi marido ha sido general de un ejército de 30,000 hombres, y ha luchado en batallas; también que es experto en esas dos artes, el manejo de la espada y la doma, porque no hay hombre alguno, ni lo ha habido, tan reconocido, hábil y diestro como él, de tal suerte que es el mejor jinete y espadachín del mundo[283]. Dos de mis hermanos fueron también soldados[284], o capitanes en la guerra, con larga experiencia en la profesión, y mi padre era un buen espada que sufrió el destierro durante un tiempo por matar a un caballero en un duelo de honor[285]. Así he nacido, crecido, vivido y me he casado con espadachines, y para mayor gloria, todos hombres valerosos, y así dejando este discurso, quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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LXIX
Señora,
Os complació saber mi opinión sobre las obras de Lord Bs. En verdad parece por sus escritos que era hombre erudito, elocuente, ingenioso, y sabio, adecuado para el Consejo de Estado y para aconsejar, para defender causas, resolver disputas, y otros casos así, y sus obras o escritos se han propagado y abonado las mentes de muchos otros hombres. Lo cierto es que sus obras han demostrado ser como algunas clases de carne, que, con el paso del tiempo, o la mezcla con alguna substancia flatulenta o húmeda, se pudren y crían larvas o gusanos; así, sus obras han dado lugar a otros libros. Lo mismo sucede con las obras de Homero, aunque eran distintas a las suyas. Pero diréis que escribo más sobre la transmigración que sobre la formación del primer principio, más sobre los efectos que sobre la causa. Confieso que mi pluma ha esquivado vuestra pregunta, y os pido disculpas por mi transgresión y con todo mi apasionado afecto, me declaro,
Señora,
La más humilde y fiel sirvienta
de vuestra señoría.
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LXX
Señora,
Para daros cuenta, como deseáis, de Mrs. H.O. quien, decís, se comenta que es persona muy ingeniosa, todo lo que puedo decir es que no percibo ningún exceso. Sus palabras fluyen a mi parecer como las de otras de su sexo, pero una de sus amigas, que vive en su misma casa, me ha dicho que para algunos hombres ella bromea y se divierte con las palabras, porque todo su discurso, o su mayor parte, va dirigido a los hombres, y para algunos repite varios pasajes y parlamentos de los romances, y varios discursos y fragmentos de comedias, o apasionados diálogos, y si son románticas, entonces vuelve los ojos y gime quejumbrosa, y eleva las manos a la francesa[286]. También está dispuesta y presta para dar respuestas agudas, por las que los galantes cortesanos que tiene alrededor la aplauden efusivamente, y lo que quiera que diga, ellos vociferan, «Por Dios, que creo que está bien dicho», y luego se ríen y bromean con ella. Entonces ella se distrae y se complace en divertidas e inofensivas burlas, y baila mucho, aunque no bien, pero habla francés como una nativa; además, es muy instruida en los vocablos masculinos y femeninos, como los eruditos los llaman, a saber, en el género de las palabras. En cuanto a acompañantes, en la corte ha tenido muchos, pero ahora está fascinada con uno. Esto es lo que he oído de ella, y más de lo que habría repetido, si no hubiera sido a vos. Y así dejándola a ella y a su ingenio, quedo,
Señora,
Vuestra querida amiga y servidora.
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LXXI
Señora,
Sobre las cinco damas de las que deseáis tener noticias, no puedo daros cuenta por mí misma porque las conozco poco, pero puedo contaros lo que se dice. En cuanto a la mayor, se dice que no carece de experiencia, aunque la experiencia le venga más por desgracia que por edad, porque no es vieja; también que tiene buen juicio, pero que no lo usa adecuadamente, porque a menudo se deja llevar por la persuasión de otros más que por su propio juicio; tampoco le falta ingenio, sino que se expresa bien, y promete honestamente, aunque sus hechos y sus palabras no responden a sus promesas, ni tampoco sus actos, porque habla más que hace y promete más que cumple. Es muy cortés y humilde ante todos para ganarse su aprobación, pero no distingue entre los más nobles y los más viles, los ilustres y los vulgares, los honestos y los falsos, sino que entre los dos prefiere a aquellos más humildes, ya sea por nacimiento, crianza o mérito, pero con algunos es muy parcial, tan parcial incluso como para acometer acciones injustas por ellos, o por su persuasión. Sus confidentes han sido desleales en el pasado, pero ella cree que ahora son tan honestos que solo merecen su confianza, aunque en todos sus asuntos ha fracasado, porque todos sus secretos propósitos se conocen antes de llevarlos a la práctica; pero el tiempo la hará más sabia. En cuanto a la segunda dama, de primeras parece ser de naturaleza bondadosa y generosa, pero poco después se descubre su naturaleza promiscua y vulgar en lugar de pura, buena o generosa, una imprudente afabilidad, y una infantil prodigalidad, dominada, gobernada y conquistada por el halago; ella admira y otorga, pero no sabe por qué ni para qué; es también apasionada, y está tan enamorada que se dice que se casará con uno que es tan modesto y tan inferior a ella en rango, que el matrimonio no solo deshonrará a la familia de la que ella procede, sino también a los que vengan después de ella. Tampoco tiene su amado apariencia ni talento, riqueza o fama. Sobre la tercera dama, es orgullosa y ambiciosa, y parece más obstinada que vulgar, y si su fortuna estuviera a la altura de su cuna, en mi opinión induciría a
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error a muchos al hacer esas cosas que serían dignas de una persona de su altura y dignidad. La cuarta dama es simple, Dios sabe que pasa la mayor parte de su tiempo bailando y comiendo, y en diversiones y pasatiempos tontos e infantiles; es tan inconstante como puede serlo su sexo; también es apasionada, y tendría admiradores si no le asustaran aquellos que tienen algún poder y autoridad sobre ella, que la reprimen, pero se cree que ella acabará con esa represión. En cuanto a su situación, solo piensa en el presente, pero nunca tiene en cuenta el futuro, lo que la hace menesterosa y con el tiempo se hará mendiga. El tiempo la quinta dama solo lo emplea en visitar y recibir visitas, en bailes, danzas y entretenimientos así, pero no sé nada más de ella. Así, señora, he escrito lo que dicen aquellos que bien las conocen, así como sus sirvientes y adeptos, no porque pregunte por los temperamentos, naturalezas o asuntos de esas personas con las que no tengo relación, sino que no puedo evitar oír acerca de muchos actos, personas y hechos en el mundo, a menos que cierre mis oídos. Pero en esta carta he cumplido solo mi deber al deciros lo que oigo sobre aquello que deseáis saber, y mientras viva obedeceré todas vuestras órdenes, y afanándome en satisfacer todos vuestros deseos, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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LXXII
Señora,
La última vez que escribisteis os complació enviarme un poema que habíais compuesto vos, y pedíais mi opinión sobre él, opinión que, si no fuerais amiga como para no hacer excepciones, no declararía, porque, aunque no mentiré para no ir en contra de mi conciencia, no obstante, podría ocultar o sepultar mis pensamientos, opinión, o juicio en silencio. Pero sé que vuestra intención es que yo cuente o escriba libremente lo que pienso, y siguiendo vuestros deseos, permitidme que os diga que el poema es digno de su género, aunque no me guste ese género de poemas, que son solo cumplidos y alabanzas escritas en verso, poemas en los que rara vez hay ingenio o imaginación, solo halagos, rima y medida[287]; por tanto, permitidme que os persuada de cambiar el tema de vuestro poema, y elegir otro que permita desarrollar el ingenio y la imaginación; también deseáis mi opinión sobre los poemas de G.V.[288], pero no puedo alabarlos, porque la agudeza y las expresiones son robadas de distintos excelentes poetas, solo que él aplica sus gustos y expresiones a otros temas, de tal forma que solo añade variaciones a las agudezas de otros pero no produce nada propio, y tales poetas deberían llamarse traductores más que autores. En verdad, la mayor parte de lo que se escribe hoy en día, no solo en verso sino en prosa, son solo variaciones y no creaciones[289]. Pero dejando a los ladrones del ingenio ajeno, vuelvo a vuestro poema, que no es una copia, sino solo un tema mal elegido que desearía que cambiarais. Afirmando lo cual, y también declarando mi amistad, al ofreceros mi opinión libre y sincera, quedo,
Señora,
Vuestra amiga y servidora más fiel.
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LXXIII
Señora,
Estuve leyendo hoy algunas sátiras de varios famosos poetas, en las que encuentro que se alaban a sí mismos y desprecian a todos los demás, lo que demuestra una gran presunción, y una naturaleza vil. Además, parecen más codiciosos que generosos, al desear todos los halagos y no reservar ninguno para el vecino. En verdad, los escritores nunca deberían hablar de sí mismos, sino en las epístolas dedicatorias o en una historia de sus vidas, en las que pueden libremente hablar de sus propios actos y opiniones. Pero, señora, desearía que todos los escritores usaran sus plumas como vuestro noble señor y esposo dispone su discurso al hablar, para decir lo mejor sobre todos los hombres y enterrar sus errores en silencio, lo que haría imitar la virtud y hacer de los errores tal novedad que los hombres se avergonzarían de cometerlos, mientras que declarar antiguos errores no convierte a los errores precedentes en extraños, al contrario, los hace más confiados y activos. Pero, señora, sois tan inocente y pacífica que los errores de los demás no os resultan familiares, por lo que soy,
Señora,
Vuestra más humilde servidora,
y fiel amiga.
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LXXIV
Señora,
Ayer un consorcio de eruditos y sabios vinieron a visitarme, pero al final terminaron desafinando. El consorcio era de filósofos, estudiosos de teología y poetas, y su conversación era su música, los filósofos eran el bajo, los teólogos el tenor y los poetas el tiple, voces todas en una armonía en la que había diversidad y placer, pero los poetas, que aman cambiar de lugar, compañía y entretenimiento, se fueron y abandonaron a los filósofos y los teólogos, que iniciaron un solemne debate que era anodino y un tanto tedioso, porque se refería al alma y también a su inmortalidad. Algunos teólogos dijeron que las almas de los hombres participaban del espíritu de Dios, otros que las almas de los hombres eran el aliento divino, otros que eran la luz que procedía de Dios, y todos ellos concluyeron que las almas eran una forma inmaterial e incorpórea, pero los filósofos dijeron que las almas de los hombres o cualquier alma eran esencia, que era la materia más pura, o la quintaesencia en o de la naturaleza, pero los teólogos contravenían esa opinión y decían que los filósofos eran unos ateos, a lo que los filósofos dijeron que los teólogos eran unos ignorantes, llenos de falacia y sofismo, porque, dijeron, «¿Cómo es posible que la materia no tenga forma o existencia o ser? Y si las almas son el espíritu de Dios, no pueden ser viles de ningún modo, y si son el aliento divino, no pueden corromperse, ergo las almas de los hombres no pueden estar sujetas al pecado, y si no lo están, en justicia no eran merecedoras de castigo, y si las almas de todos los hombres provenían de Dios, como los rayos de la luz del sol, aunque los rayos podían ocultarse tras oscuras nubes o densos vapores, sin embargo, no perdían ni su pureza ni su propiedad; más aún, aunque los rayos del sol fueran capaces de perder su pureza o su propiedad, no obstante, los rayos que procedieran de Dios no podrían, porque lo que quiera que procede directamente de Dios no puede ser cambiante ni impuro». Al final los teólogos y los filósofos se volvieron tan violentos y escandalosos que temí que se habrían batido si alguno hubiera tenido algún arma más hiriente que sus lenguas, pero gracias al cielo no
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llevaban mortíferas espadas, con lo que no se causaron ningún daño los unos a los otros, pero una vez que la violencia de su disputa hubo pasado, me aventuré a hablar, diciendo, «Nobles caballeros, habéis conversado con más erudición que convicción, y más por vanidad que con sabiduría, porque dice Salomón que no hay cosa que se conozca por completo y que todo es vanidad bajo el sol, tanto lo que ha sido, como lo que es, y lo que será, y, no obstante, su sabiduría procedía de un singular don de Dios. Por lo tanto, dejad la necia costumbre de discutir y abrazad la devota costumbre de la oración, dejando vuestras almas en manos de Dios, sin importunarlas con inútiles discusiones»[290]. Y al oírme hablar de forma tan sencilla, se rieron de mi inocencia, y en su gozo se hicieron amigos y sociables compañeros[291], y poco después se despidieron y me dejaron para que pudiera referir su discurso en una carta a vuestra señoría. Así que, dejándoos a vuestras propias meditaciones, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y humilde servidora.
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LXXV
Señora,
Pocas veces se conoce si un poeta o un filósofo perfecto y famoso fue cruel alguna vez; David y Salomón eran los más sanguinarios, pero eran reyes, y parece que la razón de estado se impuso a la bondad natural, y no hay regla que no tenga alguna excepción. Pero si yo tuviera hijos me esforzaría con todos los argumentos razonables e ingeniosos discursos de los que fuera capaz de convencerlos de que disfrutaran de la poesía y la filosofía, para que fueran corteses, generosos y justos, lo que sería un honor más grande y duradero para ellos que la riqueza o los títulos[292]. Además, el placer de los pensamientos y la serenidad de mente serían como un cielo en la tierra, todo lo que la silenciosa meditación les confiere, porque la meditación conlleva consideración, y la consideración conlleva el juicio, y el juicio razón, la razón verdad, y la verdad trae la paz. También la consideración conlleva las ideas, y las ideas la imaginación, y la imaginación conlleva el ingenio, y el ingenio deleite. Pero me diréis que la Naturaleza no ha hecho a toda la humanidad apta para la buena instrucción, es cierto, pero permitidme que os diga que creo que es más responsabilidad de los educadores que de la naturaleza; pero, señora, no tengo hijos, y por ello no tengo tutora, y si tuviera hijos, es probable que hubiera hecho como la mayoría de los padres, educarlos en la vanidad y no en la virtud. Pero, señora, vos tenéis hijos, que estoy segura de que tendrán una dulce disposición, como vos, porque vos los educáis con delicadeza, con la razón más que con los palos, en lo que actuáis con sabiduría y bondad, y deseo que todos los padres y tutores tomen ejemplo de vos, que sois una dama tan perfecta como yo me considero honrada de ser,
Señora,
Vuestra humilde y devota servidora.
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LXXVI[293]
Señora,
Desde la última vez que os escribí, he ido a oír a Mrs. P.N. predicar, porque ahora es, como pensé que sería, a saber, una hermana predicadora. Había un gran número de hermanas y hermanos consagrados en reunión, donde muchos se turnaban para predicar, porque al igual que tienen libertad de conciencia, así también tienen libertad de prédica, pero había más sermones que conocimiento y más palabras que razón. Mrs. P.N. empezó, pero su sermón no lo recuerdo bien, y después de que ella hubo suspirado y exaltado su devoción, un hermano consagrado se levantó y predicó así, como os referiré brevemente:
Muy amados hermanos y hermanas, nos hemos reunido aquí en presencia del Señor con pureza de espíritu para predicar su Palabra entre nosotros. Somos los elegidos y los hijos predilectos de Dios, que tenemos espíritus glorificados y almas santificadas. Tenemos el Espíritu de Dios dentro de nosotros, que nos inspira a orar y a predicar, como también a pedir en su nombre y a recordarle su promesa de unirnos y reunirnos en la Nueva Jerusalén, separándonos de los malvados, para que no nos corrompamos con su presencia, porque vosotros, queridos hermanos, sabéis por el Espíritu que no son los Hijos de Dios, sino los hijos de Satán; son los hijos de la oscuridad y nosotros los Hijos de la Luz; hemos sido glorificados y santificados por la gracia sobrenatural; somos un pueblo singular y los santos profetas del Señor, para prever, predecir y declarar su voluntad y su complacencia. También debemos animar y reconfortar a los santos en sus aflicciones y en momentos de tribulación y consuelo, y ayudarlos a presentar sus santos suspiros, lágrimas y lamentos al Señor. Pero el Espíritu me invita a orar y a acabar mi predicación, por tanto, oremos al Señor.
Así que después de que el hermano hubo hecho su oración, Mr. N.N. que estaba allí, se quitó la peluca y se puso el gorro para dormir, en lo que
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se parecía tanto a un santo hermano que lo tomaron por uno de su secta, y predicó el siguiente sermón:
Muy amados hermanos, nos encontramos aquí congregados, algunos para enseñar, otros para aprender, pero ni el que enseña ni el que aprende puede ser de modo alguno sino natural y según la capacidad humana, porque no podemos ser celestiales mientras que seamos de este mundo, ni podemos ser glorificados mientras que seamos mortales y estemos sometidos a la muerte, ni tampoco podemos alcanzar la pureza de los santos o de los ángeles mientras que estemos sometidos a imperfecciones naturales, tanto del cuerpo como de la mente. Pero hay algunos que creen que lo son, o que al menos pueden ser tan puros de espíritu por la gracia salvadora como para ser santificados, y para llenarse de tal modo del Espíritu Santo como para tener visiones espirituales, y para mantener normalmente una conversación con Dios, creyendo que Dios es un vulgar compañero de sus vanas fantasías. Pero esta opinión procede de un egoísmo extraordinario, del orgullo y la ambición propias, como para creer que son los únicos compañeros adecuados para el mismo Dios, y que ninguna otra de las criaturas de Dios es o era digna de obtener este favor, sino ellos; mucho menos de formar parte del consejo privado de Dios, como creen que lo son, como para conocer su voluntad y su gozo, sus decretos y su designios, que en verdad no pueden conocerse, porque el Creador es demasiado poderoso para que una criatura pueda abarcarlo[294]. Por lo cual, oremos humildemente por aquello que no podemos comprender.
Pero antes de que hubiera terminado su sermón, el sagrado rebaño empezó a agitarse y al final abandonó totalmente la estancia, con lo que él podría haber orado para sí mismo si no hubiera sido porque yo y dos o tres damas más que estaban conmigo nos quedamos, y cuando hubo terminado su breve oración, nos dijo a mí y a las otras damas que había hecho lo que el gran Consejo de Estado no podía hacer, porque gracias a un breve discurso había dispersado a todo un grupo de sectarios sin ruido ni altercado, pero al final nosotros nos dispersamos a nuestras propias casas, aunque Mr. N.N. nos habría ofrecido un banquete después del sermón, pero yo estaba tan cansada con el primero que no me sentía preparada para el otro, porque estuvimos de la mañana a la noche escuchándoles predicar.
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Sin embargo, cansada y fatigada como estoy no podía sino repetir dos de los sermones más breves que he oído, y así declararme,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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LXXVII
Señora,
Os complació que os leyera el romance de A., como también el romance de C., lo que he cumplido leyendo el romance de A., pero como todavía no he leído ningún fragmento de C. y para daros cuenta de mi lectura, creo que hay más amor que razón en él, y más ingenio que verdad o probabilidad de verdad[295]. Y ciertamente es deplorable que tanto ingenio y elocuencia se desperdicie en una historia de amor, como también al incluir toda la escolástica, como la teología, la física, la lógica y otros argumentos, disputas y discursos parecidos dentro del tema amoroso, un amor que está entre el apetito o el deseo y el goce de los sexos de hombres y mujeres[296]. Pero advierto que los escritores de romance se esfuerzan por hacer creer a sus lectores que los dioses, la naturaleza, el destino, los designios y la fortuna se dedican y se ocupan solo de las aventuras de afectuosos amantes, lo que es un afán o un asunto muy ordinario. También advierto que los aficionados al romance son muy reumáticos, porque, si todas las lágrimas que los romances obligan a derramar a los amantes se concentraran o reunieran, ocasionarían un segundo diluvio en el mundo. Parece que el amor pasional se compone más de agua que de fuego, y más de deseo que de goce. Pero abandonando a los apasionados amantes a la necedad más que a la discreción, para perder más tiempo que para recibir amor, y deseándoles sanos pulmones para suspirar y húmedos ojos para llorar, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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LXXVIII
Señora,
En vuestra última carta me comunicasteis que le habíais regalado a C. un libro con los escritos de G. Me pregunto si la razón de haberle regalado a C. ese libro sea que es un galán del placer, y no un estoico del estudio. También dijisteis que le habíais enviado uno a D., el estudiante. Permitidme que os diga, señora, que me atrevería a jurar que nunca llegará a leerse ni la mitad, no por el tamaño del volumen sino por la novedad del estilo y de la época, porque la mayoría de los estudiantes desprecian todas las nuevas obras y solo se complacen en los viejos y carcomidos volúmenes. Lo cierto es que pocos libros se leen en la juventud, y bueno es si llegan al final en la vejez, especialmente en la misma nación de la que el autor es autóctono, porque como dice nuestro Salvador, «Nadie es profeta en su tierra», e incluso en otro pasaje dice, «Los conoceréis por sus obras»[297]. Por lo tanto, la mejor forma para que se conozcan y se aprecien las obras de un autor en vida es hacer que viajen a naciones extranjeras, porque en casa recibirán pocos aplausos[298], no ya los romances, que encandilan al mundo, porque la distancia del espacio es la que sigue a la distancia del tiempo, o al menos se le parece. Pero si alguno ofrece sus obras a personas de su propia nación, debe hacerlo a aquellos que sepa que se complacen en los temas que tratan sus libros, y entonces con suerte lean una o dos páginas y por ellas juzguen el libro completo. Pero temiendo que me juzguéis mal por escribir una carta tan larga, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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LXXIX
Señora,
Ayer me regalaron un libro traducido del francés al inglés, en el que descubro que el autor del libro condena a aquellos que incluyen retratos suyos precediendo a sus obras[299], o que consienten que sus amigos den su opinión sobre sus libros en epístolas, o que escriban muchas, o algunas, o unas pocas cartas al inicio de sus libros, mientras que él escribe una epístola tan larga, encontrando errores en las de otros, y se congratula cortésmente de no tener su imagen o las loas de sus amigos, por cuanto esa epístola o prefacio es tan largo, si no más, que muchas epístolas breves, y tan vanidosa como los elogios de sus muchos amigos. Pero estoy tan alejada de la opinión o la modestia de esa noble persona que deseo, mientras tenga un amigo que alabe mis obras, aunque sea con parcialidad, tener un millar, o mejor diez mil millones, o más aún, que su número fuera infinito, para que la criatura de mi mente, fama y nombre pudiera vivir eternamente si fuera posible; tampoco considero o creo que sea un pecado desearlo, por motivo de que procede puramente del amor hacia uno mismo, que es la raíz y el fundamento del amor a Dios y de todas las virtudes morales. No me refiero al vicioso egoísmo, sino como he dicho, al puro amor a uno mismo, por el que Dios y la naturaleza crearon y ordenaron el mundo, o la materia infinita. Pero, señora, permitidme que os diga que esta época corrompe todo el ingenio y la sabiduría con sofismas, y como no saben escribir más allá de los Antiguos, procurarán deshonrarlos, aunque la mayoría de los escritores los imiten[300]. Pero en cuanto a este autor francés, dejando a un lado su epístola, su libro está lleno de ingenio y razón, como bien interpreta el traductor, y deseando que todos los escritores puedan llenar sus libros de ingenio y razón, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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LXXX
Señora,
Por medio de la analogía, la lectura y la observación, encuentro que toda época difiere en la disposición, el juicio y el ingenio, aunque se parecen en la especie, la vida y la muerte, porque algunas épocas son tan heroicas que todas sus ideas son sobre la guerra y todos sus actos disputas; en otras épocas todas sus ideas son sobre la razón, y sus actos experimentos; en otras épocas todas sus ideas son supersticiosas, y sus actos sermones; en otras épocas todos sus pensamientos son sobre el amor, y sus actos adulterios. Y así en muchas otras cuestiones, como el temperamento, la pasión, los deseos, las costumbres, así también en los alimentos, los pertrechos, el comportamiento, el discurso y otras cosas parecidas, sobre todo lo cual he reflexionado con seriedad, sobre cuál debería ser la causa de que los hombres siendo de la misma naturaleza, es decir, humanos, difieran tanto en distintas épocas en el transcurso de sus vidas. Pero no puedo encontrar más explicación que por las distintas enfermedades en distintas épocas, como, por ejemplo, una enfermedad llamada la enfermedad del sudor[301], que se extendió por Inglaterra, y después por Alemania, y muchas otras enfermedades que predominan en una época y no en otra, lo que se produce sin duda alguna por la influencia de los astros. Pero debe observarse que los males pueden proceder de los astros, pero que lo que es bueno para el cuerpo y la mente procede de un poder celestial superior. Y en cuanto a esta época en la que vivimos, es pródiga con sus enemigos e ingrata con sus amigos. Pero, señora, aunque esta época esté tan contaminada en lo general, sin embargo, algunas excepciones escapan a esa contaminación, porque vos y yo somos tan constantes en nuestra amistad como la luz al sol, que es la dicha,
Señora,
De vuestra humilde servidora.
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LXXXI
Señora,
En vuestra última carta me pedisteis que escribiera algunas cartas de felicitación, así como algunos panegíricos, pero debo rogaros que me disculpéis, porque mi estilo por escrito es demasiado aburrido y simple para palabras tan corteses. Además, permitidme que os informe de que soy una servidora de la verdad y no del halago, aunque confieso que prefiero perder que ganar en el servicio de mi señora, porque es pobre y necesitada y no tiene los medios para elevar a sus sirvientes como hace el halago, que confiere muchas palabras y es pródigo en elogios, y se reviste de un estilo rimbombante, adornado de oratoria. Pero mi dueña, la Verdad[302], no necesita de tales adornos, ni confiere muchas palabras, y rara vez algún elogio, de tal forma que sus sirvientes no tienen con lo que vivir o alimentarse, sino solo la Honestidad, que antes prefiere pasar hambre que alimentar a criatura alguna. No obstante, como quiera que me he criado a su servicio desde mi juventud, nunca la abandonaré hasta que la muerte me lleve, y si puedo serviros al servirle a ella, pedidme algo y con honestidad os obedeceré, y así quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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LXXXII
Señora,
En vuestra última carta me censurasteis por llevar una vida campestre[303], diciendo que me entierro en vida, y os extrañáis de que sabiendo cómo amo la gloria, viva una vida tan solitaria como la que llevo. Reconozco, señora, tanto mi forma de vida como mi ambiciosa naturaleza, si una vida solitaria fuera no vivir en la metrópolis, cubierta indefectiblemente de vanidad y casi ahogada por una muchedumbre de acreedores y deudas[304]. Y al igual que reconozco mi soledad, así también reconozco mi gloria, que es despreciar tales vanidades, que serán más un reproche a mi vida que causa de mi fama para los años venideros, y mis lágrimas me inundarían si no pudiera tener otra fama que la de los caros carruajes, los lacayos, y lo que el rango y la ceremonia pudieran ofrecer, porque mi ambición vuela más alto, hasta la valía y el mérito, no hasta el rango y la vanidad.[305] Preferiría ser conocida por el mundo por mi ingenio, no por mi necedad, y que mis acciones fuesen juiciosas y justas como para no avergonzarme ni temer oír sobre mí misma. Pero, señora, como censuráis mi vida, también censuro yo la vuestra, porque los nobles que viven en la metrópolis viven como ciudadanos, y los ciudadanos que viven en el campo viven como nobles, con menos gastos y más libertad, con grandes extensiones de tierras, y no encerrados en una casa, y sus entretenimientos son más variados y nobles, no pierden el tiempo en inútiles visitas, sino en prudente supervisión. En pocas palabras, señora, hay tanta diferencia entre los dos tipos de vida que una es como el cielo, llena de paz y bendición, y la otra está llena de dificultad y vicio. Y así, viviendo en el dulce aire de la dicha, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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LXXXIII
Señora,
En vuestra última carta me reprendisteis por amar demasiado fervientemente, diciendo que el amor extremo consumía mi cuerpo y atormentaba mi mente, y que aquellos que aman hasta tal punto son unos necios. Si es así, confieso, señora, que soy tan necia como produjo vez alguna la naturaleza, porque donde pongo mi amor se asienta para la eternidad, y es tan pleno como el infinito[306]. Mi amor no arraiga de repente, porque necesita experiencia y reflexión que le ayuden a fijarlo, que han sido mis guías y mis consejeros para amaros, lo que me hace amaros mucho, y me hará amaros largamente si nuestras almas no mueren, y así seré siempre y en toda ocasión[307],
Señora,
Vuestra constante amiga
y humilde servidora.
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LXXXIV
Señora,
Ahora que ambas hemos vuelto a nuestro país natal, veámonos para regocijarnos juntas, porque, aunque nuestros esposos han perdido mucho, sin embargo, los fragmentos de sus propiedades, que han recuperado gracias a las justas leyes de este reino, nos proporcionarán algún divertimento, pasatiempo e inocentes entretenimientos. En cuanto al lugar de nuestro encuentro, si puedo sugerirlo, será N., propiedad de M.N.[308], una persona que ha perdido lo más esencial y, sin embargo, es el más dichoso, y por ello el más feliz, porque nunca se preocupa por la riqueza mundana, especialmente cuando no sabe honestamente cómo reparar su patrimonio. Y aunque él sea sabiamente prudente, no obstante, no es groseramente mezquino como para ahorrar mezquinamente, sino que nos recibirá con cortesía, cordialidad, con generosidad, agrado y placer. Esperando así que designéis el momento, quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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LXXXV
Señora,
En vuestra última carta me reprendisteis cordialmente por mi vehemente enojo y por las palabras que dije en ese arrebato. Reconozco mi falta, pero debéis saber, no obstante, que mi cólera provenía de un amor extremo innato y honesto, como para estar enojada de mente, y amarga y mordaz en mis palabras hacia aquellos que por experiencia y práctica sé que son envidiosos, resentidos, malintencionados, y desagradecidos con aquellos a los que amo profundamente, y esto me hizo decir lo que la discreción acaso no permitía o aprobaba, aunque la honestidad no podía prohibir. Porque si hubiera sido mi propia causa o mi persona, no me hubiera enfadado ni amargado, ni en pensamiento ni de palabra, porque puedo pasar por alto fácilmente todo odio o enfado, ya sea en palabra o acción hacia mi persona, de tal forma que no resulten contumaces, o dañinamente deshonrosos; los unos no pueden proceder sino de mis superiores, los otros de ningún otro sino de salvajes rufianes. En cuanto a mis superiores, no considero a ninguno mi superior sino a los que me superan en virtud, gracia, sabiduría y excelencia de mente, con la excepción de mis padres, y en cuanto a los zafios rufianes, tengo tal abolengo, como para no frecuentarlos, ni para estar sin la compañía de los sirvientes que me atienden, o que están cerca de mí. Pero confieso mi indiscreción, porque los arrebatos violentos no obtienen justicia, derecho o verdad de la malicia, la vileza y la falsedad. No obstante, os estoy agradecida por vuestro amor, porque me habéis demostrado una amistad más verdadera en vuestro reproche que los falsos amigos con sus halagos, por lo que soy,
Señora,
Vuestra fiel y más humilde servidora.
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LXXXVI
Señora,
He leído el libro de R., que habéis tenido la bondad de enviarme, y está escrito con erudición, elocuencia, ingenio y devoción, por todo lo cual el autor debe ser aplaudido y admirado, en lo que concierne a la autenticidad, el método, y la sencillez de la obra, y si él hubiera sido un teólogo ordenado y por profesión, el asunto del libro, que versa sobre las Escrituras, hubiera sido más digno de aplauso, pero al ser un lego y no un ministro consagrado de la Iglesia, las Escrituras no eran un tema adecuado para expresar con su pluma, al menos no a mi juicio, porque aunque me mantengo estrictamente fiel a la Iglesia de Inglaterra, no obstante, no considero que sea apropiado para un lego ocupar su pluma con las Escrituras[309]; porque solo compete a los ministros de la Iglesia estudiar, interpretar, exponer, enseñar y predicar las Escrituras, y es una usurpación para los legos enredar con la profesión de los ministros de la Iglesia, a menos que se dé por hecho que un lego tenga más ingenio, razón, erudición e inspiración que todos los ministros de la Iglesia. Pero en verdad, señora, el libro es excelente entre los de su clase. Permitidme solo deciros que defender las Escrituras es en parte admitir que contiene errores, y debatir sobre las ambigüedades de las Escrituras es disputar sobre la verdad de las mismas. Pero dejando las Escrituras a los ministros de la Iglesia, y el autor a la fama, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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LXXXVII
Señora,
Siento que Mrs. D. esté tan desesperadamente melancólica que no encuentre consuelo, y todavía siento aún más que la razón de su desesperanza sea la Biblia y sus ignorantes intérpretes, que más confunden las verdades manifiestas que aclaran los misterios y la mística. Pero muchas personas piadosas han caído en el mismo mal por falta de profundas capacidades, claro entendimiento y sano juicio para interpretar las Escrituras, o para comprender el escrutinio espiritual y la inspiración de la pureza de la religión cristiana, y todos los juicios sobre ella. La Iglesia de Inglaterra es la más pura, pero aun así ha padecido que las Escrituras se hayan interpretado vulgarmente, lo que ha ocasionado muchos trastornos, no solo a personas concretas, sino a la propia Iglesia, y se ha perdido gran parte de la dignidad de los ministros de la Iglesia, es más, se ha deteriorado tanto el gobierno de la Iglesia que es un milagro que haya recuperado su influencia de nuevo[310]. Pero los ministros de la Iglesia dicen que permiten a los legos leer las Escrituras, pero no interpretarlas, aunque el primer permiso autoriza el segundo. Pero, señora, estas razones no son para ser debatidas por nuestro sexo, por lo cual mejor rezaremos por nuestra afligida amiga Mrs. D. y así, despidiéndome de vos, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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LXXXVIII
Señora,
No me sorprende que la guerra en E. contra O. no tenga mejor resultado, ya que hay mezquinos comandantes y pésimos gobernadores, y me temo que las estrategias militares de G. no tendrán mejor fortuna, porque los generales, que son comandantes en jefe, no son mucho mejores que aquellos a los que mandan, ni por destreza, conducta, fama, título, amigos, riqueza o poder, en todo lo cual un general debería superar a aquel al que manda, porque pueden ser buenos soldados para formar parte de una tropa, un regimiento o una brigada, y no ser hábiles o adecuados para ser general, porque ser un buen general no solo requiere habilidad y valor, sino también una conducta juiciosa, y el buen juicio no se encuentra en la mente de todos los soldados. Además, un general debe ser un hombre de valía, porque alguien inferior difícilmente será obedecido, porque si no es un hombre de renombre, título, valía y mérito, todo el que esté por debajo se considerará a sí mismo tan bueno y adecuado para ser general como él y rechazará recibir órdenes de un igual. Por tanto, solo los superiores son aptos para ser comandantes y gobernadores. Además, un general o un gobernador debe estar lleno de generosidad, libre de codicia, porque la generosidad rara vez habita con la pobreza o con personas inferiores; también deben ser justos, tanto en el castigo como en la recompensa, resueltos para ejecutar el primero y dispuestos para emprender la segunda. Pero los oficiales, gobernadores y comandantes son en su mayoría elegidos por medio de sobornos, facción o favor, y no por aptitud, valía y mérito, lo que origina muchos desórdenes, quejas y rebeliones, porque pocas naciones viven en paz por mucho tiempo, y la mayor parte del mundo, al menos toda Europa, está en este momento sumida en una sangrienta guerra, y la mayoría de las naciones son obligadas a enfrentarse las unas a las otras para evitar que sus ciudadanos sean presa de contiendas civiles[311]. Pero la guerra no es un tema de conversación apropiado para nuestro sexo[312], aunque padezcamos las penurias de la guerra igual que
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los hombres. Por lo cual, abandonando el discurso de la guerra concluyo con la paz, porque soy,
Señora,
Vuestra fiel amiga y humilde servidora.
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LXXXIX
Señora,
Siento oír que Mrs. C.L. está casada con alguien a quien aborrece tanto como para admitir que no puede amar a su marido, y quejarse de sus padres por haberla obligado a ese casamiento bajo amenaza de repudiarla, pero es de esperar que el amor nacerá y crecerá con el conocimiento y el trato, y su cortesía para con ella, porque se dice que es un hombre de naturaleza buena y honesta, y entonces ella se lo agradecerá a sus padres, porque debe observarse que los afectos de los amantes más apasionados cuando se casan se enfrían, y al final hay tanta frialdad que mueren por apatía, de tal modo que el lecho matrimonial se convierte en la tumba del amor, me refiero a la ferviente pasión amorosa, porque sin duda los amantes tienen imágenes idealizadas uno del otro, y se imaginan no solo por encima de lo que son, sino superiores a lo que dicta la naturaleza. Pero ese conocimiento matrimonial demuestra que su amor se basaba en fantasías y no en realidad; se casan con criaturas mortales, no con dioses o diosas, ni con las respetables o fieles damiselas que simulan los romances, con lo que su amor se desvanece como fantásticos castillos en el aire, o como torres encantadas, y ningún amor persevera, pero si lo hiciera, sería solo como una cabaña con techo de paja, un amor sencillo y doméstico, mientras que el amor de aquellos que se casan con discreción y no por inclinación, es como el de los pobres principiantes, que no tienen nada o muy poco de lo que vivir, pero que al ser honrados e industriosos, consiguen algo, y al ser prudentes y ahorradores, con el tiempo se hacen ricos, más aún, tan ricos que construyen magníficos palacios, y tienen el respeto y el honor de aquellos que los conocen. Así, en esos matrimonios donde la discreción une a los esposos, la honestidad concibe el amor y la frugal templanza lleva a la constancia, que construye la felicidad y la paz el resto de sus vidas, y todos los que los conocen u oyen sobre ellos los honran y los respetan por su valía y su mérito, por su sabiduría y verdadero amor. Pero como el tiempo une a las mentes honestas y a las personas templadas por medio del amor, así también el tiempo separa las
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vanas fantasías y a los enamorados con aversión, y algunas veces con odio. Y así, dejando a C.L. al tiempo, la realidad, la templanza, la discreción y la honestidad, quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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XC
Señora,
Siento que la peste haya llegado a la ciudad en la que estáis, por lo que sé, y temo que permanecer allí ponga en riesgo vuestra vida, porque la peste es una enfermedad que se propaga con tal violencia como un contagio maligno, y se extiende por toda una ciudad, más aún, muchas veces de una ciudad a otra, por todo un reino, y entra en cada casa y alcanza a cada uno con la muerte, o al menos les produce dolorosas úlceras[313]. En verdad, las grandes pestes son la cosecha de la muerte, donde recoge vidas como mazorcas de maíz; por lo cual, señora, permitidme convenceros para que os marchéis, porque sin duda la vida es tan valiosa como para no arriesgarla; no hay honor que ganar en el peligro, porque la muerte parece terrible, al menos lo es para mí. No hay nada que yo tema como la muerte; no me refiero a los estertores, ni a los dolores, sino al olvido que supone la muerte. No temo tanto el dardo de la muerte como su mazmorra, porque podría de buen grado decir adiós a mi vida presente si la multiplicara en el recuerdo, y de buen grado moriría en mí para poder vivir en mis amigos. Tal vida es la que tengo con vos y vos conmigo, al estar una alejada de la otra, que vivimos verdaderamente como si estuviéramos muertas, porque la ausencia es la muerte del presente como el recuerdo es la vida futura; y tantos amigos como me recuerdan, tantas vidas tengo. En verdad, tantas mentes como me recuerdan, tantas vidas tengo, ya sean amigos o enemigos, solo que me complazco más en las mentes de mis amigos. Y esta es la razón de que me ausente tanto de la mirada del mundo, por el amor a la vida y el miedo a la muerte, porque ya que la Naturaleza ha dispuesto que nuestras vidas sean tan breves, que si viviéramos toda una vida sería como un relámpago, que cesa y que en su mayor parte deja tras de sí el oscuro olvido; y como la Naturaleza gobierna la vida del cuerpo y no podemos vivir para siempre, ni alargar los límites de la Naturaleza, me afano en ganar tanto favor de ella como para ser capaz de producir alguna obra donde pueda dejar mis ideas, o vivir en una, o que mis ideas puedan vivir en muchas mentes,
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porque entonces viviré como la naturaleza vive entre sus criaturas, que solo vive en sus obras y no se conoce de otro modo que por sus obras; no podemos decir que viva personalmente en sus obras, sino espiritualmente en ellas. Y soy naturalmente tan ambiciosa que estoy impaciente por vivir, como hace la Naturaleza en todo tiempo y en toda mente, pero, aunque no puedo aspirar a hacerlo, no será negligencia mía. Y como deseo vivir en todo tiempo y en toda mente, así también deseo vivir en cada corazón, especialmente en el de vuestra señoría, donde creo que ya estoy y deseo poder vivir por mucho tiempo. Por tanto, por mi propio bien, y también por el vuestro, permitidme que os ruegue que abandonéis la ciudad pestilente, porque si morís, todos los amigos que dejéis, o en los que penséis o recordéis, en parte mueren con vos, es más, algunos quizás para siempre, si ya habían muerto antes, y solo viven en vuestro recuerdo. Por lo cual, como sois una noble dama, cuidad de vuestros amigos, y salid de la ciudad tan pronto como podáis, en lo que complaceréis a vuestros preferidos, o a los que os aprecian, entre los cuales no hay ninguno más sincero, leal y ferviente que vuestra amiga y servidora,
Señora,
Yo, M.N.[314]
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XCI
Señora,
En vuestra última carta decís que Lady G.P. llevaba una carta que recibió de Mrs. O.B. de reunión en reunión para burlarse, porque no estaba escrita en lenguaje de la corte, sino a la manera y el modo antiguo, que empieza así, Luego de mi afectuoso saludo, Deseo que al recibo de la presente os encontréis bien, yo bien, a Dios gracias; permitidme que os haga saber, etc. Pero no sé por qué alguien debería burlarse, porque es prueba de amistad enviar sus saludos y desearles con ellos salud, y sin duda son preferibles las expresiones amistosas y amables a los cumplidos de cortesía; los primeros suenan a auténtica verdad, los segundos pueden resultar fingidos, porque todos los cumplidos superan la realidad. Es cierto, el estilo de las cartas muda y cambia como la moda en el vestir, pero las modas no siempre cambian por prendas más apropiadas y favorecedoras, sino por mor de la variedad, porque una antigua moda puede ser más práctica y elegante que una moderna[315]. Pero creo que Lady G.P. llevaba la carta de Mrs. O.B. con ella con la excusa de visitar a sus conocidos, como las alcahuetas hacen tartas y otros dulces para sus vecinas, los dulces acrecientan la compañía, y la compañía los dulces, así que Lady G.P. llevaba la carta por un capricho de cháchara y compañía, como otras alcahuetas por un capricho de cháchara y viandas, para entretener a sus muchos conocidos y para conseguir otros nuevos; y si ella no hubiera tenido esa carta, es probable que hubiera encontrado otro pretexto antes que quedarse en casa. En verdad, puede decirse que en esta época existe la odiosa plaga del chisme, porque no solo una mujer infecta a otra, sino que las mujeres infectan a los hombres, y luego un hombre infecta a otro, más aún, se extiende de tal modo que se apodera incluso de los niños pequeños, tan violenta y maligna es esta infección. Pero si alguien lo consigue evitar, debe purificar cada mañana las suelas de su calzado con el ungüento de la pereza, y lavar cada miembro en el baño del descanso, luego deben aplicar en sus oídos unas gotas de silencio para robustecer su mente contra el insustancial ruido, y cerrar sus oídos con un
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vellón de sordera, para no dejar entrar la inútil conversación. También deben lavar sus ojos con el agua de la opacidad, para que la resplandeciente luz de la vanidad no los debilite, y deben tomar el electuario[316] de la contemplación, que es soberano para reconfortar el espíritu, y deben beber refrescantes julepes de prudencia, que son eficaces contra la fiebre de las visitas, y si toman algo de gelatina de moderación lo encontrarán un remedio excelente contra este mal, solo que deben cuidarse para no ser demasiado indulgentes con la persuasión, sino al contrario tan estrictos como para empecinarse en rechazar la concurrencia; porque no hay nada más peligroso en todas las enfermedades malignas que un gentío o una multitud. Y este es el mejor preventivo contra la plaga del chisme. Pero por miedo a que al escribir una carta demasiado larga contraiga yo la enfermedad, me despido, y quedo,
Señora,
Vuestra muy fiel amiga y servidora.
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XCII
Señora,
En vuestra última carta os complació contarme que Sir A.M. iba a haceros una visita, y al oír que Lady B.V. iba a veros, se levantó del asiento y se fue a toda prisa. En mi opinión fue extraño que lo hiciera, ya que declara amarla tanto que el exceso lo hace infeliz, porque, aunque algunos salgan corriendo por miedo, no sucede así con el amor, porque lo que es amado y apreciado se persigue, y de lo que asusta huyen los hombres y a lo que aman, acuden; así que el amor persigue, y el odio o el miedo son como si fueran perseguidos. Pero, acaso él sea un amante desesperado, y la desesperación supera a las demás pasiones; además, la desesperación procede del miedo, porque el miedo es el padre que engendra la desesperación; o tal vez él temía que su presencia junto a ella pudiera mancillar su reputación, al saberse que era su enamorado; o podría temer que su presencia le disgustara, y los amantes prefieren penar antes que herir o enojar a sus amadas; o quizás temía que al verla se acrecentaran sus tormentos, o su tormentoso amor. Pero, sea como fuere, sin duda el miedo fue la causa de su repentina partida, y debe preocupar que su amor se una a un deseo ilícito, porque temía ver a una dama a la que no tenía esperanzas de gozar. Pero dejando a Sir A.M. a su desesperación, y a ella a su casta virtud, quedo,
Señora,
Vuestra muy fiel amiga y servidora.
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XCIII
Señora,
Deseabais en vuestra última carta explicarme la razón de la melancolía de Lady D.S. y Lady E.K., que no era otra que el no tener hijos. No puedo culpar a Lady D.S. porque su esposo será el último miembro de su familia si no tiene hijos, pero el marido de Lady E.K., siendo viudo cuando se casó con ella, y teniendo hijos que reciban su herencia y que continúen con la línea familiar, no entiendo el motivo por el que le preocupa no tener hijos, porque aunque sea misión de toda buena esposa desear hijos para preservar el recuerdo del nombre y la familia de su marido para la posteridad, no obstante, una mujer no tiene motivos para desear tener hijos por ella misma, primero porque ella pierde su nombre al casarse, al abandonar el suyo y tomar el del marido[317]; también pierde a su familia, porque ni su nombre ni su herencia revierten en su familia según las leyes y las costumbres de este país; además, arriesga su vida al traerlos al mundo, y pasa grandes dificultades para educarlos. Tampoco pueden asegurarles a las mujeres bienestar y felicidad cuando se hacen adultos, porque su nombre vive solo en sus hijos varones, que continúan la línea de sucesión, mientras que las hijas son solo las ramas que se separan al casarse de la raíz de la que brotaron, y se injertan en el tronco de otra familia, con lo que las hijas se consideran solo bienes muebles o enseres que se desgastan, y aunque a veces se quedan con las tierras, al no tener herederos varones, no obstante, ni conservan el apellido ni la línea sucesoria tras de sí, porque estos son enterrados en la tumba de los varones, porque la línea, el apellido y la vida de la familia acaban con la descendencia masculina. Pero en muchas ocasiones las casadas desean tener hijos, como las doncellas marido, más por honor que por bienestar y felicidad, al pensar que es una deshonra vivir como viejas doncellas, y así también ser estériles, porque en la época de los judíos era una deshonra ser estéril, de tal modo que la mayoría de las doncellas y las esposas desean marido e hijos a toda costa, antes que vivir como doncellas o estériles. Pero no soy de esa opinión, porque creo que un mal marido es mucho peor
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que no tener ninguno, y tener hijos crueles es una desgracia mayor que no tener ninguno, y por un esposo bueno, cariñoso y prudente, hay mil que son malos, iracundos y derrochadores, y por un hijo que sale bien, obediente y sensato, hay mil que son desobedientes y necios, y sus acciones procuran la deshonra y la ruina de sus familias. Además, he observado que las mujeres en edad fértil, especialmente aquellas que llevan casadas un tiempo y que han tenido hijos, se comportan como recién casadas, cuyo comportamiento y palabras son tan formales y forzados, tan alejados de su ser natural, que resultan ridículas; porque las recién casadas reprimirán de tal modo sus actos, o agacharán la cabeza con tal sencillez, y no por verdadera modestia, como si se tratara de una vergüenza obligada; y con sus maridos se comportan tan tímidamente, o tan fervientemente afectuosas y tan embarazosamente cariñosas, que repugnaría a los que las vieran, como el exceso de comida al estómago. Y si los recién casados fueran hombres juiciosos, podrían convertirse en malos maridos, al menos para tener aversión a la vida matrimonial, porque no pueden abandonar a sus amorosas y cariñosas esposas tan fácilmente como a una amante. Pero, en verdad, esa disposición no dura mucho, porque después de uno o dos meses son como los cuerpos saciados, que prefieren cualquier otra comida antes que aquella que tanto les apetecía, con lo que en poco tiempo aborrecen la compañía de sus esposos más que la de cualquier otro. También las mujeres en la crianza de sus primogénitos ponen caras de malestar, aunque a menudo el malestar se queda solo en sus rostros, aunque no es que algunas no lo sientan, pero no son todas. De esa forma, fingen toses, y toman aliento de forma entrecortada, con fingida apatía, y tantas quejas inútiles que al oírlas o al verlas agotarían al marido más paciente; además, son tan costosas en sus caprichos y en su constante apetito por viandas exquisitas que destruirían a aquel que no tuviera suficientes bienes. Pero para añadir a sus gastos, si no consiguen lo que se les antoja para la ropa de cuna, los mantos, la cama para el parto[318], con los enseres necesarios para su cuarentena, se inquietan y se disgustan tanto que corren el peligro de que se malogre. De nuevo, para aumentar el gasto, debe haber comadreo, no solo con costosos banquetes en el bautizo y en la ceremonia de acción de gracias, sino que se reúnen durante toda la cuarentena, porque entonces esta práctica es más establecida y formal que en otros períodos ordinarios. Pero me temo que, si esta carta es leída por las de nuestro sexo además de por vos, me
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arrojarán más palabras airadas y maliciosas que los incrédulos judíos piedras a san Esteban[319]. Pero lo mejor es que no pueden matarme con sus reproches, porque cuento la verdad de lo que he observado entre muchas de las de nuestro sexo. Por ello, señora, os ruego que me ayudéis a defenderme, como amiga mía y yo vuestra, porque seguiré siendo mientras viva,
Señora,
La más fiel y humilde servidora
de vuestra señoría.
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XCIV
Señora,
Puede observarse que la ausencia enfría los afectos y la presencia los aviva, y la larga exposición los achicharra, como el sol a las criaturas terrestres, que están frías en su ausencia, cálidas en su presencia y abrasadas en su prolongación. Pero algunos afectos viven para siempre, como en los polos, helados, y como en un perpetuo crepúsculo, donde nunca se les puede ver con claridad, y las naturalezas de esos hombres son en su mayoría como las de los osos, pesadas y voraces, lo que demuestra que los osos son de constitución fría, al vivir siempre en los climas más fríos, porque el frío hiela el aliento, endurece la piel, atonta los sentidos, pero agudiza el apetito. Y los diferentes extremos en su mayoría tienen efectos parecidos, porque el calor extremo exhala o agota el aliento[320], apaga o debilita los sentidos, endurece la piel, y aviva el deseo de beber, y quemarse y helarse es igualmente doloroso, y los dolores son muy parecidos, penetrantes y punzantes, como si el frío y el calor fueran extraordinariamente afilados. Pero un amor ardiente es mejor que uno frío, aunque el frío es probable que dure más tiempo, como aquellos que viven en países cálidos, que no viven ni la mitad del tiempo que los que viven en países fríos, y esto porque el aliento se exhala del cuerpo, y la vida se lleva la vida con él, mientras que, si el aliento meramente se hiela, permanece aún dentro del cuerpo, y la vida con él, y vive en él, porque el aliento es vida. Pero dejando el amor ardiente y el frío, que es tibio, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XCV[321]
Señora,
En vuestra última carta gustasteis de contarme lo magníficamente que vive Lady F.O., tanto por su ropa lujosa como por sus costosos enseres y su gran carruaje. En verdad, para aquellos que tienen un patrimonio suficiente para mantenerlo y un noble título para mostrarlo, es cosa muy loable y honorable vivir con esplendor, de otro modo es despilfarrador, presuntuoso, vil e insensato: despilfarrador, por vivir por encima de sus posibilidades y su riqueza; presuntuoso, al hacer un alboroto con el derroche de su patrimonio; vil, al usurpar la grandeza de los títulos nobles y principescos; e insensato, al ganarse enemigos que envidien su ostentación, al triunfar sobre su pobreza, pobreza que conlleva necesariamente el innecesario derroche, si no tienen una reserva de lo básico, con lo que ellos necesariamente se arruinan y caen en desgracia, condición por la que se les despreciará, y cuanto más envidiados son por su vana presunción y odiados por su vil usurpada grandeza, más se les humilla en su pobreza, y más se burlan de su desgracia. En verdad, es una estampa ridícula ver a alguien vivir por encima de su riqueza y su rango; son como actores a sueldo, que representan el papel de los príncipes, pero que no reciben de los espectadores ni el respeto ni el honor que se les debe a los grandes príncipes, sabiendo que son solo malos actores y personas inferiores. Pero los verdaderamente nobles, ciertamente, como no prescindirán de nada que pertenezca a su rango, tampoco usurparán nada que no les pertenezca por el suyo, y cuando personas de esta clase caen en desgracia, no son objeto de desprecio, sino que les servirán la piedad y la compasión, o les recibirán con respeto. Pero en toda condición, título y rango es más recomendable vivir con prudencia que con magnificencia, y vivir sabiamente es gastar con moderación, para vivir en abundancia, con tranquilidad, en paz y agradablemente, y con ello, felizmente; gastar con moderación es mantenerse dentro de los márgenes de su patrimonio, sin superar los límites de sus ingresos. Vivir en abundancia es no gastar inútilmente, ni prescindir de nada útil, o adecuado para su posición. Vivir
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en paz es vivir privadamente, libre de incómodas compañías, como ociosas visitas y convidados aprovechados que censuran cada palabra o acto con la peor intención y sentido, y calumnian a cualquiera que sea mejor que ellos. Vivir con tranquilidad es mantener a la familia en armonía y obediencia, y todos sus asuntos ejecutados cuidadosamente; vivir agradablemente es disfrutar de los placeres que sus bienes les permitan y de tales entretenimientos que sean acordes a su temperamento, y la compañía de amigos sociables y cordiales; también desterrar las pasiones perturbadoras, y los apetitos extravagantes, todo lo cual lleva a vivir con sabiduría, como hace vuestra señoría. Pero si Lady F.O. vive con sabiduría o no, lo dejo a vuestro juicio, pues vivís muy cerca de ella, y yo a mucha distancia, aunque no de vuestra señoría, porque mis pensamientos y mis afectos están siempre con vos, con lo que os acompaña y asiste el alma,
Señora,
De vuestra fiel amiga y humilde servidora.
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XCVI
Señora,
Me sorprende que Sir F.E. le vuelva la espalda a su enemigo, como habéis oído que ha hecho, cuando antes se enfrentó a ellos. Por tanto, sin duda o bien pensó que la causa de aquellos a los que se enfrentaba era más justa, o tenía algún cargo de conciencia del que no se había arrepentido, o sabiendo que, al no estar preparado para morir en ese momento, se ocupó de salvaguardar su vida huyendo; o quizás pensó que podría hacer un mayor servicio si conservaba su vida, mientras que en ese combate moriría inútilmente; o bien fue un ataque de pánico, que algunas veces sobreviene a los hombres de gran valor, aunque los hombres sinceros, formales, y valerosos rara vez, si acaso, son presas del pánico, por razón de que no ponen en riesgo sus vidas sino por honor, y el honor prohíbe una furtiva huida, aunque no una noble retirada, porque es tan loable hacer una prudente y noble retirada como luchar en un justo combate. Pero he observado que, al igual que algunos son prudentes, honestos y valientes, o valientes un tanto por impulsos, así también algunos son valientes y cobardes en diversas causas o casos, como, por ejemplo, algunos tienen valor para arriesgarse a la horca por robar o hurtar, pero temen al garrote, a pelear con los puños. Otros tienen valor para traicionar a un amigo, pero no se atreven a ayudar o a ocultar a un amigo al que persiguen; otros tienen valor para cometer traición, y sin embargo no se atreven a combatir al enemigo, y muchos otros así. También algunos se envalentonan en el ardor del momento, y son meros cobardes cuando el ardor se pasa; también el miedo hace más fuerte y valiente a unos, y a otros los vuelve cobardes, y así también sucede con la bebida, y cosa parecida. También la codicia de las riquezas vuelve más intrépidos que ninguna otra cosa o causa, porque los soldados de un ejército, si saben que se enriquecerán con la victoria, lucharán sin miedo, más aún, hasta que muera el último hombre, pero proponedles honor, o la defensa del país, o el derecho de su rey, y en su mayoría se escaparán, a menos que crean que los van a ahorcar por ello, y entonces acaso lucharán por su vida antes que escaparse para de
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seguro perecer, porque si se quedan hay alguna esperanza, mientras que si se fugan no hay ninguna. Pero si no temen que se les alcance, huyen. Pero los capitanes que luchan más por honor que por el botín, lo más habitual es que permanezcan en la lucha, al temer más la deshonra que la muerte, y amar la fama más que la vida. Pero lo cierto es que generalmente hay más hombres cobardes que valientes, y más con el arrojo de ser bellacos que de ser hombres honestos, porque se necesita prudencia y valor para ser verdaderamente honesto e íntegramente justo, pero pocos tienen esa educación noble y prudente, como para saber lo que es verdaderamente justo, honesto y valiente, hasta tal punto que muchos cometen errores y crímenes, y sufren deshonra, meramente por ignorancia, mientras que si hubieran sabido y comprendido adecuadamente los fundamentos y los principios de la honestidad y el honor, no se hubieran arriesgado a la infamia. Pero hay más de los que no tienen la crianza que les corresponde por su condición que los que tienen condición acorde con su crianza, porque ¡cielos!, el mundo necesita buenos maestros, que es la causa de las necedades, los errores, las faltas, y los crímenes de los hombres y sus acciones. Pero dejando a un lado la generalidad, siento la deshonra de Sir F.E., aunque es de esperar que se recupere de este reproche por medio de alguna acción extraordinaria, honorable y valiente, que será como una tumba para sepultar su deshonra, porque hay formas y medios para que los hombres recuperen el honor perdido, pero ninguno para las mujeres, porque si pierden una vez su honor, se ha perdido para siempre sin remedio, por tanto, cada uno debe considerar sus propias acciones. Pero para no cometer un error o una falta al agotaros con una carta tan larga, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XCVII[322]
Señora,
Lady G.R. y Lady A.N., durante una visita, conversaban sobre grandes príncipes y miembros de la nobleza, en lo que Lady G.R. dijo que los grandes príncipes y los nobles deberían o tendrían que mostrar grandeza en sus comportamientos, apariencia, conversación, presencia, vida y reputación, como en su persona, el atuendo, el discurso, la ceremonia, las acciones y la fama, según su título, cuna y fortuna. «En absoluto», dijo Lady A.N., «no según su fortuna, porque la desgracia o el infortunio derriban la grandeza y hacen que yazca como muerta, y también la edad la reduce». Lady G.R. respondió, «La verdadera grandeza cabalga triunfante sobre el lomo de las desgracias, porque, aunque el infortunio pueda destituir a los nobles de su riqueza, y la pobreza los prive de ceremonia, sin embargo, la verdadera grandeza de las personas verdaderamente nobles se vislumbra entre los harapos, y su disminuida situación es como el sol, que aunque no pueda resplandecer con claridad y brillo a través de las espesas y oscuras nubes, no obstante, trae el día al hemisferio que alumbra, porque un día sombrío no es la noche. Así, aunque el infortunio pueda oscurecer la grandeza de las personas nobles, no puede ignorarla; y en cuanto a la vejez», dijo, «está tan lejos de mermar la grandeza que la intensifica, porque las sombras mismas de las personas verdaderamente nobles y heroicas se revelan con majestuosa grandeza, y su fama resuena como solemne reputación, que generan el respeto, la devoción y el honor en los ojos, los oídos y las mentes de todos, a pesar de la fortuna o el tiempo, porque la grandeza», dijo, «vive tanto en las cenizas como en la fama de personas nobles, dignas y gentiles». Pero dejando su discurso junto con su visita, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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XCVIII
Señora,
He recibido vuestra carta, que está escrita en un estilo tan elocuente, manifestando tales elogios, que si fuera yo vanidosa tendría tal orgullo al haberla leído que debería haberme negado a mí misma, pensando que yo no era la misma que soy; más aún, tan lejos estaba de este orgullo y abnegación que tenía una mejor opinión de mí misma cuando leía vuestra carta de la que tengo normalmente. Pero al pensarlo de nuevo me descubrí la misma que soy, y que vuestro elogio provenía simplemente de vuestro cortés respeto y vuestro gran afecto y no de ningún mérito mío para merecerlo. Por lo cual, mi deuda es aún mayor, porque menos los merezco, deudas que siempre os deberá,
Señora,
Vuestra más humilde y fiel servidora.
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XCIX
Señora,
He oído que hay muchos nobles señores que han ido con sus damas a F.[323], lo que demuestra que en este tiempo hay muchos maridos complacientes, porque normalmente cuando los maridos viajan dejan atrás a sus esposas, o al menos consideran que serán un trastorno en sus viajes, y sopesando que el trastorno será mayor que el placer de su compañía, las dejan en casa. Pero yo creo que este viaje a la moda solo se da en esta, y no en otras naciones, porque nuestros compatriotas resultan ser esposos más complacientes que los de otras naciones. Pero desde nuestras guerras, algunos pasan necesidad y se han visto obligados a viajar a países extranjeros, al ser desterrados de su país natal, y las esposas de los desterrados se ven obligadas a viajar con sus maridos y lejos de ellos, para buscar medios de subsistencia, para mantener o aliviar sus menesterosas vidas, al necesitar sustento que los alimente y ropas que los cubran[324]. No obstante, no hay en esta condición de destierro tantos por número como por valía, porque la mayoría son personas de grandes facultades o distinción, y tenían grandes bienes, al vivir antes en gran esplendor y abundancia y ahora en la denostada humilde pobreza y la insensible caridad, lo que convierte su condición o fortuna en más triste y lamentable; solo sus almas y sus espíritus no concuerdan con su fortuna, porque sus nobles almas y sus espíritus heroicos no se rinden ante la esclavitud de la fortuna, sino que como conquistadores cabalgan triunfantes sobre el lomo de la orgullosa fortuna, espoleando sus costados con desprecio porque, aunque la fortuna mate de hambre o subyugue los cuerpos, sin embargo, no puede dominar sus mentes. Pero en esta época hay más mujeres que viajan por mor de la moda que por necesidad, más las que viajan por crianza que por pan, por compañía más que por obligación; gastan más en viajes innecesarios para ver lejanas naciones y gentes, de lo que otros pueden conseguir para viajar a sus propios países natales y a sus familiares más cercanos, porque estos viajan no por curiosidad sino por subsistencia, no hacen de sus viajes jolgorios y gozo,
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sino compungidas despedidas, sus mentes nadan en lágrimas de desazón y son empujados por los suspiros en las barcazas de sus cuerpos, mientras que navegan el proceloso mar en barcazas o barcos de madera propulsados por ráfagas de viento[325]. No arriesgan la vida por diversión o por moda, sino por amor y caridad. En verdad, mientras que otras mujeres, por curiosidad o moda, pueden viajar por todo el mundo con sus padres, maridos o hijos, aquellas deben viajar por necesidad como pueden, sin tener elección. Y así dejando a nuestro sexo en casa o fuera de ella, en su país natal o en el extranjero, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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C
Señora,
Me extraña lo que mencionasteis en vuestra carta, que Sir C.K. no ayudara a su amigo, Sir O.R., que está en apuros, por lo que la necesidad de O.R. demuestra que Sir C.K. nunca fue un verdadero amigo, sino uno solo en apariencia, como un amigo de palabra pero no de obra, porque, aunque el amor anida en el corazón, sin embargo, la verdadera amistad habita o se manifiesta solo en las obras. Pero he observado que son más los que son descorteses con sus amigos, incluso con los de la infancia, que vengativos con sus enemigos, y aunque ambos son reprobables, no obstante, el no proporcionar un servicio caritativo y oportuno a un amigo es peor que hacerle daño a un enemigo, porque el afán de protección puede obligarlos a lo primero, al menos es un quid pro quo, como vengar una afrenta, pero nada sino una naturaleza traidora puede hacer o evitar que se le haga un servicio a un amigo, si está en su mano hacerlo. Porque es contra natura no comportarse oportuna y gentilmente con un extraño, más aún, con un enemigo en apuros, porque una persona noble no se aprovechará de su enemigo, sino que lo ayudará si lo necesita, aunque consuma su venganza cuando aquel esté preparado para valerse por sí mismo. Pero no ayudar a un amigo que pasa necesidad es de una condición peor que la del diablo, porque de seguro un diablo ayudará a otro, aunque solo sea porque lo conoce. Pero hay muchas clases de amigos, si es que los puedo llamar así, porque algunas amistades se forjan en la adversidad, y en su mayor parte se rompen en la prosperidad, bien por envidia o por orgullo; y algunas amistades se forjan en la prosperidad, y se pierden en la adversidad, por desprecio o miedo; algunas amistades se forjan en la alegría, que en su mayor parte se pierden en el duelo, bien por el rechazo a la melancolía o a un espectáculo lamentable, o por inclinación a la alegría, o por el deseo de olvidar; algunas amistades se forjan en la opulencia y se rompen en la enfermedad; algunas amistades se forjan en el peligro, para ayudarse el uno al otro, y se pierden en la seguridad, y algunas se forjan en la seguridad y se pierden en el peligro, para evitar el peligro de cada uno.
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Algunas amistades se forjan en la pasión y se pierden en el hartazgo; otras se crean por la facción y la unión y se rompen por la división, y muchas otras amistades parecidas, que se forjan y se rompen. Pero las amistades verdaderas, indisolubles, se forjan gracias a la fe, el amor, la confianza, la gratitud, la fortaleza y el honor, porque siempre se muestran valientes ante la seguridad de sus amigos, diligentes ante la necesidad de sus amigos, solícitos ante la seguridad de sus amigos, confidentes de la confianza de los amigos, fieles en el servicio a los amigos, resueltos en los asuntos de sus amigos, suplicantes en las causas de sus amigos, hablando en su defensa, luchando en los duelos de sus amigos, muriendo por las causas de sus amigos, más aún, preparados para soportar tormentos por el sosiego de sus amigos, o problemas por la paz de sus amigos, y no puede haber entre los verdaderos amigos impedimento para hacer el bien o procurarlo para el beneficio del otro. Tal amistad, señora, es la que hay entre vos y yo, y los amigos de verdad creen firmemente en el amor y la fidelidad del otro, por lo que es mera ceremonia deciros que soy,
Señora,
Vuestra fiel amiga y humilde servidora.
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CI
Señora,
En vuestra última carta mencionasteis que Sir S.P. había perdido 500 libras[326] al tenis y 2000 a las cartas y los dados, y ahora ha resuelto no jugar más a esos juegos, sino solo al ajedrez (aunque el zorro y los gansos era un juego más adecuado para él, en mi opinión)[327], porque aunque pueda perder sumas muy grandes al ajedrez, no lo hará tan rápidamente como a los dados, las cartas o el tenis, porque el juego del ajedrez requiere tiempo para pensar antes de despedirse de su dinero, además, necesita del buen juicio, que Sir S.P. no ha demostrado tener en sus anteriores andanzas, en las que ha obtenido grandes pérdidas. En verdad, los hombres prudentes arriesgarán tan poco a la fortuna como puedan, por motivo de que nunca ofrece garantía y es demasiado inconstante para fiarse de ella sin avales ni obligaciones de amigos o tierras, pero no sé de nadie que lo haga, pues ella no confraterniza con nadie, ni permanece mucho en el mismo lugar, con lo que no puede ser denunciada, arrestada o llevada a prisión. Por tanto, los prudentes no se fiarán de ella, excepto por necesidad. Pero, sin duda es una ambiciosa inclinación la que lleva a los hombres a arriesgarse tanto en el juego, como los avaros mercaderes, que arriesgarán toda su mercancía a los vientos cambiantes y las violentas aguas procelosas con la esperanza de una próspera vuelta. Y temo que Sir S.P. haya perdido su mercancía en esta aventura, como les sucede a muchos mercaderes, y que caiga en la ruina. Pero la prueba de que el juego proviene de la codicia y no sirve al entretenimiento o el ejercicio es que el tenis es un movimiento demasiado violento para considerarse un ejercicio saludable, porque los que juegan mucho al tenis perjudican su salud y su fortaleza al desperdiciar sus espíritus vitales por el mucho sudor, y al debilitar sus nervios al fatigarlos en demasía. Tampoco puede ser el tenis un pasatiempo porque es demasiado complicado para serlo, cuando debería ser solo un entretenimiento, y no puede haber entretenimiento en una fatigosa tarea, porque se ha dispuesto como una maldición para los hombres que vivan del sudor de su frente, pero aquellos que pierden,
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pasarán necesidad, y serán pobres por el sudor de su frente. Por tanto, el entretenimiento que es agradable y placentero disfruta del bienestar y la prosperidad, y así es por una inclinación a la codicia que los hombres juegan a las cartas y a los dados, y no como pasatiempo o ejercicio, porque como el tenis necesita de mucho movimiento y ejercicio, jugar a las cartas y a los dados necesita muy poco, puesto que cuando los jugadores concluyen el juego, sus miembros están rígidos, entumecidos, e insensibles por falta de ejercicio; lo cierto es que caen rendidos por la holgazanería, al no darles uso. Tampoco lo considero que sea un entretenimiento, por motivo de que las cartas y el ajedrez necesitan más estudio que la aritmética o la lógica, o cualquier otra ciencia que ponga el cerebro en movimiento, y hay tan poco entretenimiento en el esfuerzo de la mente como en el del cuerpo, en el trabajo de los pensamientos como en el de los miembros. Además, sus apuestas son recibidas con tanto recelo como esperanza, y ambos son dilemas de la mente, porque las esperanzas se construyen sobre las dudas. Y para aumentar su riqueza, los jugadores son como los alquimistas[328], que buscan la piedra filosofal, y esta búsqueda les lleva a la ruina, al perder más oro del que consiguen, tanto es así que cuando mueren no dejan riqueza alguna tras de sí, solo su necedad, que dejan a su muerte, porque la muerte no se preocupará por eso. Pero de las riquezas mundanas son tan pobres como Lázaro, aunque si yacerán en el regazo de Abrahán, lo desconozco. Y si los jugadores son como Lázaro por la pobreza, así los borrachos son como Dives[329] por la sed, siempre están secos, porque el fuerte licor causa calor y el calor causa la sed, y así beben hasta agostarse, y muchas veces en una febril embriaguez anhelan una gota de agua para refrescar sus resecas lenguas al tener un calor abrasador en su interior, de tal modo que su vino, o la calentura que el vino provoca, es al cuerpo como un fuego infernal y a sus mentes como una rabiosa locura. La diferencia radica solamente en que se dice que en el infierno el fuego nunca decae ni acaba, pero en el calor del vino el cuerpo se consume poco a poco, o de repente se abrasa por la fiebre, y entonces perece. También los borrachos comparten la suerte de los jugadores y los alquimistas, que es la pobreza, porque al igual que los alquimistas se arruinan por un fuego que se extingue[330], así los borrachos se empobrecen por un vino que abrasa. También los borrachos son culpables de codicia, no tanto de la riqueza como de la bebida, pues tienen tanta ansia por beber como los otros por el oro. Y los putañeros pueden
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acercárseles por codicia y pobreza porque, aunque nunca ambicionaran ni el oro ni la bebida, desearían, sin embargo, a las esposas, hijas, hermanas, tías, sobrinas y sirvientas de otros hombres, y arruinarían sus haciendas, bien ofreciéndoles regalos a las recatadas, como sobornos para tentarlas, o conservándolas para uso propio. Además, sus vidas son tan cortas como las de los borrachos o las de los enfermos, y tan llenas de achaques, dolores y debilidad. Por eso, algunos desechan sus haciendas y sus vidas por un banquete, otros desprecian sus haciendas y sus vidas a los dados, algunos despachan sus haciendas y sus vidas por una baraja de cartas, otros vomitan sus haciendas y sus vidas con el vino, otros despiden sus haciendas y sus vidas con sus amantes, y así con la bebida y la degeneración, los banquetes, las cartas y los dados, los hombres dedican todo el tiempo de sus vidas, o realmente malgastan todo el tiempo de sus vidas, junto con sus vidas. Y ni en una de estas acciones hay honor, ni en lo que puedo percibir, placer, porque no puede haber placer en el miedo a perder, ni en el acto de vomitar, ni en la penosa putrefacción, ni hay ningún honor en estas acciones, porque no es honorable golpear una pelota, sino vencer a un enemigo, ni repartir cartas, sino capitanear soldados, ni tampoco es honorable estar borracho perdido en una taberna, sino ser herido en el campo de batalla, porque una pelea de borrachos no es un combate honorable, y el furor de la taberna no es el valor de la batalla. Estar en los tiernos brazos de las amantes no es yacer en el duro suelo, expuesto a todos los estragos de los elementos. Tampoco ganarán los hombres fama eterna por emborracharse, jugar y putañear, sino que antes conseguirán infamia eterna, aunque la mayoría son tan felices como para morir en el olvido, donde les dejaremos descansar. Pero si mi carta hubiese sido mucho más larga, se convertiría en un problema como una riña de borracho, un tahúr pendenciero, un adúltero impaciente, o una mujer impertinente, de lo cual me consideraréis culpable después de esta carta, donde hay más palabras que ingenio, más verdad que razón. Por lo cual, no escribiré más, solo permitidme que suscriba la presente,
Señora,
Vuestra muy fiel amiga y servidora.
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CII
Señora,
Iba a visitar a Lady C.H. en su casa de campo, pero la casa es demasiado buena y elegante para su situación, porque el aire que la rodea es espeso y nebuloso, el terreno es profundo y pantanoso en algunos lugares, y abrupto y pedregoso en otros; también es tan frío que los frutos no maduran ni crecen en él. Lo cierto es que ella vive como si estuviera en los polos, y sin embargo, está contenta y alegre, lo que demuestra que una mente resplandeciente no se apaga por días nublados, no más que una mente nublada, o un carácter taciturno y melancólico, se complacen en días soleados, sino que todo lugar es grato para una mente jovial y de vivaces pensamientos, que alegra la vida, porque la verdadera felicidad vive en la mente o en el alma, no fuera de ellas, y el que quiera que construya su felicidad lejos de ellas, la añorará cuando la busque, más aún, esas construcciones son como castillos en el aire[331], que se desvanecen en la nada, o aún más como el vapor malsano y dañino, o como cuando se apaga una vela, que se extingue, y deja un molesto olor tras de sí. Así que aquellos que ponen su felicidad fuera de ellos, como en la opinión de los hombres, o en las vanidades del mundo, no obtendrán nada sino pérdida, disgusto y aflicción, en lugar de paz, descanso y contento. Y la diferencia entre un sabio y un necio es que el sabio lleva dentro de sí su felicidad, y un necio la busca siempre fuera de sí mismo, y rara vez o nunca la encuentra, el otro nunca la busca, porque siempre la tiene. Un sabio obra como un experto alquimista, que puede sacar tónicos del veneno, pero un necio convierte el tónico en veneno al usarlo mal. Pero dejando al necio a su mente enfermiza, y su errónea práctica, y al sabio a su mente saludable y a su avezada prudencia, quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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CIII
Señora,
Ya que deseáis que nos escribamos la una a la otra, como si estuviéramos conversando en persona, o debatiendo sobre lo que pensamos, decimos o hacemos, y de las diversas ocupaciones de nuestro tiempo, debo deciros que me invitaron a ser madrina del hijo de Lady B.R., que acaba de dar a luz, y en el bautizo había muchas señoras y damas, y al ser la mayoría casadas, como es habitual en tales reuniones, su conversación versaba sobre todo del parto y la maternidad, de hijos y nodrizas, y de sirvientes domésticos, y de conservas, y otros discursos parecidos que las casadas y las madres de familia normalmente tienen. Al final acabaron hablando de los maridos, quejándose de los malos esposos, y así de los maridos en general y de los suyos en particular, en lo que una dama dijo que su marido era el hombre más ingenuo que ha concebido la naturaleza; otra dama dijo que su marido se convertiría en mendigo por el juego; otra que su marido era el más putañero de la ciudad, y que pervertía a todas las doncellas, porque si entraban doncellas a su servicio se iban dejando de serlo; otra dama dijo que su esposo tenía hijos y después se quejaba del coste de mantenerlos y criarlos; otra dijo que su marido tenía tantas faltas que sería una tarea interminable nombrarlas, porque sus faltas superaban todo recuento. Finalmente, cuando hubieron criticado largo tiempo, yo, para mostrar la naturaleza de nuestro sexo (que es que no podemos reprimir nuestra lengua, aunque sea sobre aquellos temas que no comprendemos, o de tales asuntos o causas que no nos interesan y no nos competen), me dirigí torpemente a las nobles damas diciendo que me extrañaba oír cómo criticaban a sus maridos y cómo los menospreciaban en público, porque si ellos tenían faltas era el deber de las esposas hacer la vista gorda, o al menos no airearlas, y si sus esposos hablaran de ellas, y contaran sus faltas, probablemente igualarían las faltas de sus maridos, si no las superarían. Pero las damas enardecidas por el vino, y después por mis palabras, se enojaron conmigo con tal furia que me atacaron, no golpeándome, sino con palabras, y sus lenguas como espadas procuraron
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herirme; con lo que, percatándome de mi necedad al hablar innecesariamente y lamentando mi indiscreción, quedé en silencio como muerta, y solo me moví para mostrar que estaba viva, porque me despedí silenciosamente, con una reverencia, y salí y me asusté de tal modo que no acudiré precipitadamente a una reunión de comadres de nuevo, como aquellos que se acobardan al ensordecedor bramido de los cañones, así yo, a las regañinas de las mujeres. Pero bien puede una mujer tener miedo de otras muchas, mientras que un hombre temerá solo a otro. Y dejándoos para que holguéis, como sé que haréis, por mi segura liberación o huida, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CIV
Señora,
No me sorprende que Mrs. S.P. se presentara como la causa o el artífice de la unión entre vuestro noble marido y vos, aunque no sabía nada de vuestra inclinación o de vuestras intenciones de casaros, hasta el día mismo de vuestro enlace. Pero es preferible que la perdonéis, porque es pobre e inferior a una persona de la altura de vuestra señoría, y una mentira en ese caso, y un alarde de tal honor, puede favorecerla mucho, como creo que ha sucedido, porque algunos al oír y creer lo que cuenta, que ella es la acompañante y asistente de vuestra señoría, jóvenes galanes y muchachas acuden a ella, para que les consiga maridos y esposas, creyéndola una mujer afortunada y poderosa, que puede conseguir que personas excelentes como vos y vuestro noble esposo se conozcan, se enamoren y se casen. Por lo cual, ella puede quizás disponer de personas de más baja condición a placer, y al proponer los casamientos obtiene ganancias de ambas partes, porque las mujeres le pagan para que les consigan maridos, y los hombres para que les consigan esposas ricas, de tal modo que se convierte en charlatana o comerciante de hombres y mujeres, y sin duda a veces los tima, ya que no siempre encuentran los mercados o las mercancías tan ricas o ventajosas como ella finge que son. En verdad, es una celestina del matrimonio, y no sé si ella hace como he oído de otras celestinas, que muchas veces hacen pasar malogradas doncellas por virtuosas vírgenes, pero si ella comercia con honestidad, una le desea que prospere en su negocio, porque el matrimonio es honesto y los que lo procuran pueden serlo también, si aportan información verdadera de cada uno y a cada cual, de otro modo son solo granujas, y los sobornos son grandes tentaciones para la pobreza. Pero el amor, la belleza, el honor, el título, y la riqueza no necesitan procuradores y todos se bastan para emparejarse, por lo cual vuestra señoría y vuestro noble esposo, que tenéis todos ellos, no necesitáis de nadie sino de vos mismos, para unir vuestros afectos, que obraron un matrimonio, y sin duda el vuestro fue concebido por la naturaleza, y dispuesto en el cielo, en el que los divinos
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ángeles fueron testigos y convidados invisibles, para bendecir y regocijarse en vuestra unión y vuestras nupcias, que os hace tan felices que es la alegría de,
Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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CV
Señora,
Vinieron algunas damas a visitarme, entre ellas había una tan rubia como nunca había visto otra igual, pero permitidme que os diga que eso era todo lo que podía admirarse en ella; y Mrs. F.W., que como sabéis es una persona ocurrente, dijo que su ingenio era como su complexión, débil y pálida, recordando el viejo proverbio, Rubia y necia, y después cantó un verso de la antigua canción, «¡Oh la encantadora morena, tal como es cómo avergüenza a los lirios!» Le dije que hablaba por envidia, y ella dijo que no, porque las mujeres rubias rara vez eran hermosas. Le contesté que el dicho decía que los hombres morenos prefieren a las rubias. Ella dijo que entonces los morenos eran tan necios como las rubias. Así podéis comprobar cómo una mujer es propensa a menospreciar a otra, porque si hubiera sido castaña o morena, aunque muy bien parecida, no obstante, es probable que ella hubiera dicho algo en su contra, porque nuestro sexo no ama o aprueba a ninguna otra que sea extraordinaria, ya sea por ingenio, belleza, gracia, comportamiento, o virtud. Pero dejando a Mrs. T.W.[332] con su envidia, opinión, o imaginación, y la belleza de Mrs. E.D. a la admiración, quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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CVI
Señora,
No sé si os debiera dar las gracias por el regalo de las frutas que me habéis enviado, por el cual, permitidme que os diga, me tentasteis a comer una fruta prohibida, como la serpiente en el Paraíso hizo con nuestra antepasada Eva, porque, aunque Dios no me había prohibido comer de esa fruta, sin embargo, la naturaleza me lo prohibió, diciendo que pasaría de la salud a la enfermedad, y me condenaría al penoso trabajo del físico. Pero me ha dado conocimiento como para conocer y comprender mi propia debilidad, tanto por la constitución del cuerpo, como por la razón de la mente, que no pudo dominar mi deseo con templanza, y yo habría sufrido los tormentos de una alta y ardiente fiebre si la sangría no me hubiera salvado y redimido de ella[333]. Por eso, señora, vuestra afable amistad ha sido como un demonio para mí, solo que carecíais de demoníaca intención, que es un deseo hiriente el mentir, y a vos os falta la maldad, aunque no el efecto maligno. Pero algunos pueden pensar que este es un estilo o una conversación extraña sobre la amistad, llamar demonio a mi amiga, pero al ser ella de naturaleza divina y de sabiduría celestial, sabe que un efecto maligno puede proceder de una buena intención como demuestra su regalo. También sabe que como su amiga, yo adoro y honro su intención, aunque critique y clame contra el efecto, de forma que en el efecto y la intención de la amistad somos tan magníficas y queridas amigas como siempre hemos sido; las verdaderas amigas no se ofenden por las palabras, porque saben que sus almas están tan unidas[334] que no pueden separarse en vida ni después de la muerte. Pero, os ruego, señora, si me enviáis más fruta, enviadme con ella buenos consejos, como el que no coma tanto como para enfermar. Comoquiera que sea, lo dejaré a vuestro mejor juicio, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CVII
Señora,
Siento oír que Mr. C.D. ha muerto, y también lo siento por Mr. E.A. y R.G., quienes decís que eran muy indiscretos, o mejor dicho muy fastidiosos con él durante su enfermedad, al intentar persuadirlo de que hiciera testamento y liquidara su patrimonio. Debo confesar que me asombra que se entrometieran en los asuntos privados de alguien sin que se les requiriese, o sin tener ningún interés en ello, porque, aunque alguien honorable no rehusará ayudar allí donde puede hacer un noble servicio y sea requerido para ello, no obstante, no insistirá en proporcionarlo, porque sería un mal servicio. Pero ser ansiosamente entrometido e indiscreto en los asuntos de un moribundo, como al escribir o incitar la escritura de testamentos, o al aconsejar o asesorar a un hombre enfermo en asuntos concernientes a su patrimonio, o acerca de deudas, legados, rentas y otras cuestiones parecidas, sin ser invitados o requeridos para ello por el enfermo, se parece más al rostro de la codicia que al corazón del amigo, porque aunque la intención pueda ser honesta sin fines propios, sin embargo, la apariencia es otra, porque parece como si deseara, o esperara, que el enfermo lo hiciera su ejecutor o su administrador, al menos para dejarle un legado por sus cuidados, su relación y su amistad. Pero el mundo es tan codicioso y ávido por los zapatos del muerto[335], como reza el dicho, que si un hombre tiene un patrimonio que le suceda, cuando está enfermo o moribundo, todos sus amigos y conocidos se reúnen en torno a él como una bandada de buitres carroñeros alrededor de un cadáver, todos para devorar la riqueza que deja, cuando si un hombre estuviera enfermo y muriera, nadie se acercaría a ayudarle. Así, podemos discernir por el curso del mundo que no es un acto de caridad al enfermo, ni de afecto por la persona lo que atrae a las visitas o les hace ofrecer el servicio, sino el amor a la riqueza. Pero si todos fueran de mi condición, los ricos son los que deberían recibir menos visitas, porque yo, por miedo a que alguien me imagine como uno de estos buitres humanos, o mejor dicho, inhumanos, no visitaría nunca al enfermo a menos que fuera tan pobre que necesitara
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auxilio. Por lo tanto, señora mía, cuidad de vuestra salud, si deseáis mi compañía, para que cuando estéis enferma no os visite, aunque si lo hiciera, no llevaría letrados o notarios para que os molestaran, sino que os llevaría el físico más experimentado y reputado que encontrara, para que os curara, porque mientras haya vida, no se debe reparar en el esfuerzo, al ser el deber de un amigo preservar la vida, no indagar en el patrimonio, y cuando un amigo se muere, cumplir sus deseos en lo que esté en su mano, y obedecer puntualmente todas las órdenes que dispuso en vida, y no permitir que se entierre antes de comprobar que nada se puede hacer por él, ni que yazca en el frío suelo hasta que su cuerpo esté más frío que la tierra en la que yace. Pero, señora, es más probable que viváis para hacerme este cordial servicio que yo para hacéroslo a vos, porque estáis sana y yo soy enfermiza, y la enfermedad es el sargento de la muerte para arrestar a la vida y la tumba es la prisión. No obstante, mientras viva, siempre demostraré ser,
Señora,
La fiel amiga y servidora
de vuestra señoría.
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CVIII
Señora,
Gustasteis de contarme en vuestra última carta que Lady F.L. está tan celosa de su marido que la disposición a los celos la lleva algunas veces a una furia apasionada, o a una enfurecida pasión, hasta tal punto que no solo impreca y se queja de las damas que él visita, sino de su marido, lo que no es decoroso ni decente, porque las mujeres deben aceptar las excentricidades de sus maridos y hacer la vista gorda ante sus errores, si no pueden enmendarlos, ni tampoco el camino de la reparación es la queja y la imprecación, sino la dulce persuasión, la dócil sumisión y la sutil sugerencia. Pero digamos que todo esto no los reforme, ¿habrá por ello una esposa de multiplicar sus agravios, primero al ser agraviada por la inconstancia de su marido, y después por su propia tristeza, ira y furia? Esto solo convertiría sus errores en sus tormentos, que impedirían a la mente, los pensamientos, o el cuerpo descanso o paz. Y ¿por qué debería una esposa penar por la inconstancia de su marido, si no obtiene deshonra por ello? Es más, si fuera por la pérdida del afecto de su marido, sería sino una ingenua que se preocupa por alguien que no la ama, y por aquel que favorece a otra mujer con su afecto antes que a ella; tampoco debería ella envilecerse con acciones indiscretas, deshonestas o deshonrosas para vengar sus agravios, sino en vez de eso procurar y esforzarse para parecer más virtuosa. Pero en su mayoría las mujeres tienen más celos por la envidia hacia su propio sexo que por el amor a sus maridos, porque toda mujer sería la primera en ingenio, belleza y tales atractivos, y en cuanto a mí, me asombra que los hombres ansíen la variedad, ya que todas las mujeres son parecidas, porque un hombre puede tener a una mujer; en cuanto a la belleza, es solo para admirarla, y el ingenio para deleitarse, pero no para disfrutarlo amorosamente. Pero si todas las esposas fueran como son algunas, los maridos podrían libremente tomarse sus libertades y sus esposas nunca lo desaprobarían. Y en su mayoría las esposas despreocupadas tienen los esposos más fieles, entiéndase despreocupadas
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como libres de celos. Pero dejando a Lady F.L. al paso del tiempo, la costumbre y la discreción para aplacar sus celos, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CIX
Señora,
En vuestra última carta gustasteis de contarme que le mostrasteis las admirables obras de A.B. a L.C. y que a él no le parecieron admirables, lo que era un signo de que no las comprendió. Sin duda, hay en el mundo tan poco entendimiento que, si el mundo de los hombres se dividiera en cuatro partes, tres partes y media de las cuatro serían zopencos ignorantes, que es la razón por la que las cualidades excepcionales, las doctas ciencias, las extrañas artes, y las visiones divinas no son más apreciadas o admiradas; porque si el entendimiento fuera común, los hombres correrían, buscarían y suplicarían para ver a una persona que tuviera la inventiva para concebir artes, o descubrir nuevas ciencias, o que tuvieran el don de la poesía, o los profundos conceptos de la filosofía, pero en su mayoría, estos no entran dentro de su capacidad, y al no ser de su capacidad, no puede ser de su gusto o agrado, y por tanto tampoco de su consideración. Y como prueba, léanse a varios hombres los poemas más extraordinarios, o profunda filosofía, e instrúyaselos sobre alguna nueva ciencia, o muéstreseles algunas obras de arte excepcionales o útiles, y comprobareis cómo manifiestan que les hastían, por sus bostezos, canturreo, carraspeo y salivazos, o se sientan como si fueran estatuas, sin vida o sentido, como si fueran insensibles a todo ello; pero leedles algo que comprendan, según su obtusa naturaleza, como obscenidades, una canción o una escena grosera, o cosa parecida, aunque no tengan ingenio ni sentido, y los oiréis reírse y hacer elogios, jurar que nunca han oído nada mejor, y proclamar al autor como un grandísimo genio; o mostradles cualquier pieza de arte vano e inútil, y la admirarán aunque sea un anillo de cristal, y se asombrarán de cómo fue creado, y admirarán al creador como persona de mente ingeniosa; pero si fuera pieza extraordinaria y útil, la despreciarían, y volverían la cabeza, no por envidia, sino por ignorancia. Por tanto, señora, aquellos bien cualificados e ingeniosos son admirados solo por unos pocos, que son sabios y sagaces, y esos pocos valen por todos los demás; porque los sabios y sagaces en verdad representan a la humanidad, el resto
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son mestizos, criaturas lascivas, a saber, mitad hombres y mitad bestias, o personas aburridas, ignorantes, mitad hombres y mitad piedras o bloques, más aún, en su mayoría son tres partes de bestia o piedra, y una parte hombres. Así, entre todas las obras de la naturaleza los verdaderos hombres son los que más escasean, al ser los menos comunes, como las más extraordinarias obras de la naturaleza. Esta es la razón por la que las obras más extraordinarias de la naturaleza no sean admiradas por la gran masa, de modo que no es de extrañar que L.C. no apreciara ni alabara las obras de A.B. Pero, señora, no solo las habéis visto y leído, sino reconocido y elogiado, que es suficiente recompensa para su agudo ingenio, y un honor para su persona, como también un honor para todos aquellos que consideréis dignos de favor, de los cuales soy una, aunque la menos digna, pero me esforzaré por serlo, para que no os avergoncéis de reconocerme,
Señora,
Vuestra fiel y humilde servidora.
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CX
Señora,
Me alegra oír que Lady U.S. y su marido viven tan felizmente, solo el uno para el otro, y que se aman tanto el uno al otro que rara vez se separan por la ausencia, y me alegra que ella y él sean tan sensatos como para no alejarse del amoroso y agradable transcurso de sus vidas. Pero percibo por vuestra carta que sus vecinos y conocidos procuran mediante sus pequeñas e insignificantes burlas, chanzas y cosas parecidas, desunirlos, diciendo que el marido era un ujier para su esposa, y que no era costumbre en un marido viajar con su esposa, y que su marido tenía más riqueza que cuna, y que era un hombre corriente y no un galán, y que un hombre de humilde cuna y vulgar educación era despreciado y ridiculizado entre los hombres de renombre, y que ella había perdido su noble cuna al casarse. Pero responderé en su defensa, al ser mi amiga, que al igual que ella debiera regirse por la antigua costumbre, que es apropiada, natural y práctica, y no seguir una moda nueva, inútil e inapropiada, así también es más correcto, digno y apropiado que el marido de una mujer esté siempre con ella, para ser testigo de sus acciones honestas, antes que provocar la sospecha tanto de su esposo como del mundo, al anhelar ausentarse de él y de su vista, para tener más libertad para comportarse de forma impúdica; porque nadie puede imaginar que una esposa injurie a su marido en su cara, como a sus ojos, a menos que el marido esté loco, borracho, o sea un idiota, como los necios, y ella no solo una prostituta, sino una prostituta insolente; y al ser la riqueza de él mayor que su alcurnia, parece que los padres y amigos de ella fueron juiciosos al casarla prósperamente, porque la desavenencia vive sobre todo con la pobreza, y parece que ella fue dócil y obediente al aceptar la elección de sus padres en lugar de la suya propia; y muestra que ella era sensata, al preferir la honestidad antes que la vanidad, a un hombre de conducta sencilla antes que a un fantástico adulador. Y en cuanto a su nacimiento, el título del que carece por fortuna, favor y tiempo, la naturaleza le ha dado el título de la dignidad, que supera a los títulos que otorgan los reyes o el tiempo, porque los títulos externos son inferiores al
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mérito y la dignidad interior. Y en cuanto a la posición, la virtud y la dignidad ocupan la primera y mejor posición en el castillo de la fama, aunque no en las reuniones de comadres, en los vanos espectáculos, y en los banquetes caros y lujosos; y por ello dicen que su marido no recibirá respeto de parte de los hombres de alcurnia, de posición y autoridad, dice Salomón, que el esposo de una mujer casta y virtuosa se siente a las puertas entre los ancianos con honor, para que la dignidad de él y la virtud y la castidad de ella no solo le preserven del desprecio, sino que le aporten honor, estima y respeto, aunque fuera tan pobre de fortuna como humilde de nacimiento. Pero al tener fortuna, si no tuviera ni valía interior ni título externo, sería respetado, porque todos se inclinan y adoran al becerro de oro o a una imagen, y como innatamente el ser humano aprecia el oro y otras riquezas, así también de forma innata se inclinan hacia el mal, por lo que es por envidia por lo que los vecinos y conocidos de Lady U.S. menosprecian o desdeñan a su marido, y su nacimiento y educación, y se mofan de su sólida unión, y no por afecto, porque el verdadero afecto elogia la verdadera valía y la honesta unión. Pero como las mujeres envidian a otras mujeres por su belleza, esplendor, conquistas y situación, así los hombres envidian a otros hombres su poder, autoridad, honor y posición. Por lo cual, dejando a la mayoría a la envidia y el rencor, y a Lady U.S. y a su marido al amor y la felicidad, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXI
Señora,
El otro día Lord N.N., discutiendo con otros que le acompañaban, dijo que era de la opinión que todos los astros eran soles, y que cada uno de esos soles tenían planetas por encima y por debajo de ellos, igual que tiene el sol que le da luz a la Tierra[336]. Otros dijeron que entonces esos planetas se verían, y él contestó que no podían verse porque esos soles que llamamos estrellas fijas estaban a una distancia tal que parecen sino estrellas, y sus planetas al reflejar la luz de esos soles no podían ser percibidos, por motivo de que la luz que se refleja es tenue y débil en comparación con su luz propia. También era de la opinión de que existían muchos mundos, y que esos mundos eran inalterables e inmutables, y por tanto, eternos. Dijo además que distintas clases y tipos de criaturas de esos mundos, como de animales, vegetales, minerales y elementos, eran eternos, pero que los individuos de cada clase o tipo eran capaces de transmigración y de transformación, con lo cual otros de la concurrencia dijeron que no podía ser que esos mundos fueran eternos, porque si lo fueran, entonces no tendrían principio, y eso no sería posible, por razón de que el mundo parece estar compuesto, creado y ordenado por una sabiduría infinita, que origina el método y las medidas, las proporciones, los atributos, el orden, la exactitud, el mando, los grados y los decretos, todos los cuales no podrían existir sin un propósito, y por casualidad. N.N. dijo que, si el mundo era eterno, no había sido creado por azar, porque el azar procedía de alguna alteración o cambio de algunos movimientos, y no de la eternidad, porque la eternidad no estaba sometida al azar, aunque el azar podría estar sometido a la eternidad, y para probar que el mundo y los mundos eran eternos, dijo, la estructura fundamental, las partes, los movimientos, y la forma, no eran susceptibles de cambio, porque continúan de igual modo sin ninguna alteración. Así, señora, debatían los sabios, pero al darse cuenta de que yo seguía atentamente su debate, preguntaron mi opinión. Contesté que no habían dejado margen alguno para otra opinión, porque el mundo era eterno o no eterno, y ellos habían
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dado sus opiniones de uno y otro lado. Entonces quisieron que fuera yo quien juzgara sus opiniones, y dije, «Mujer tan ignorante como yo no será juez apropiado, y aunque todos sois hombres eruditos y sabios, sin embargo, no sois capaces de resolver la cuestión, porque es imposible para una parte minúscula comprender o concebir el todo, y ya que ni vos, ni el resto de la humanidad, aunque estuvieran unidos en una misma alma, cuerpo o mente, podríais conocer si el mundo tenía o no un principio, o si lo tuvo cuándo se creó, ni de qué estaba hecho, ni para qué se creó, ni qué poder lo creó, ni si durará o desaparecerá». «Por lo cual», dije, «lo mejor es abandonar este debate, y discutir algún otro asunto que sea más sociable, y con ello más comprensible». Entonces se rieron, y dijeron que conversarían sobre mujeres. Yo dije que creía que encontrarían que las mujeres eran tan complicadas de conocer y de comprender como el universo, pero que, no obstante, pensaba que las encontrarían más sociables, ante lo cual se divirtieron mucho, pero al ser amigos muy cercanos, me tomé bien su alegría, como espero que vos hagáis con esta larga carta, sabiendo que la longitud de mi carta pretende declarar mi obediencia a vuestros preceptos, ante los cuales me haré merecedora,
Señora,
Vuestra fiel servidora.
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CXII
Señora,
Escribisteis en vuestra última carta que yo le había dado a nuestro sexo valor y confianza para escribir y para divulgar impreso lo que escriben; pero permitidme que os diga humildemente que no es un elogio darles valor y confianza si no puedo darles ingenio. Pero, señora, observo que nuestro sexo está más dispuesto a leer que a escribir, y muy a menudo cuando una de nuestro sexo escribe, escribe oraciones, o romances, o recetas medicinales, recetas de cocina o de dulces, o cartas de agradecimiento, o uno o dos poemas, todo lo cual se parece más a sumarios que a volúmenes, que expresan nuestro corto ingenio en nuestras breves obras, y para expresarme según el ingenio de nuestro sexo, concluiré esta carta, solo permitidme que me declare, lo que en verdad soy,
Señora,
La fiel servidora de vuestra señoría.
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CXIII
Señora,
En vuestra última carta os complació contarme que os invitaron a una reunión en la que estaban muchas damas y caballeros, y entre sus diversas conversaciones, Lady M.L.[337] habló sobre mí, diciendo que yo llevaba una vida anodina, inútil y desgraciada, y que empleaba mi tiempo en construir castillos en el aire[338]. En verdad, si fuera de su condición, sería infeliz, pero en mi caso, no intercambiaría el transcurso de mi vida con el de su señoría, aunque tuviera además los años de Matusalén, y en cuanto a la arquitectura de la mente, como los castillos en el aire, o los castillos etéreos, que son conceptos poéticos y solitarias meditaciones, que producen poemas, canciones, comedias, mascaradas, elegías, epigramas, anagramas, y otros así, perdurarán más que los castillos de madera, mortero y piedra, y su arquitectura, si está bien diseñada y construida, alcanzará mayor fama, y su fama se extenderá más que la de aquellos de piedra, a saber, hasta la vista y el alcance de diversas naciones, si son traducidos a distintas lenguas, mientras que los castillos de madera, mortero o piedra no pueden trasladarse o traducirse, si están construidos en el terreno. Tampoco la arquitectura y los castillos de la mente están expuestos a la ruina, como los castillos de piedra, que están expuestos al paso del tiempo, los accidentes y el furor de las guerras que los destruyen, o se desmoronan hasta quedar en el polvo, y se entierran en el olvido, mientras que los castillos poéticos se sitúan en el palacio de la fama; su construcción no empobrece ni arruina a la familia del constructor, como los castillos físicos de madera, mortero o piedra, porque la mayoría lo hacen, malgastando tanto su fortuna terrenal, que no dejan nada para sus sucesores, sino pobreza, que los lleva las más veces a actuar deshonrosamente, de tal modo que la fama que consiguen construyendo magníficos y suntuosos castillos, casas, panteones, y otros más, la pierden por las acciones viles, usuras, engaños, robos y maldades, y así, en lugar de fama consiguen infamia. En el mejor de los casos, a esos constructores se les tiene por vanidosos y despilfarradores, mientras que la arquitectura
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de la mente, que ella llama castillos en el aire, proporciona reputación, no solo al edificio, sino a los sucesores del constructor. Tampoco necesita el constructor ningún otro monumento o panteón que sus propias obras etéreas, que si se componen escrupulosamente y se adornan con imaginación, símiles, metáforas y otras parecidas, y se escriben y se imprimen con esmero, son más gloriosas, majestuosas, y duraderas, que los panteones o los monumentos de mármol, lujosamente dorados y tallados, más aún, más duraderos que la tumba de Mausoleo, porque las obras de Homero viven y están a la vista pública, mientras que un monumento famoso se consume y solo se menciona que una vez existió, y aun así fue una de las maravillas materiales del mundo. ¿Qué hay del gran Coloso? ¿y qué ha sido de las pirámides de Egipto? Con esto vemos que los castillos poéticos son más rentables y duraderos, y que serán recordados cuando Lady M.L. sea olvidada. Pero tanto como menosprecia los castillos poéticos, le complacería mucho tener un epigrama escrito a su favor, y se rodeará de gente y se sentará mucho tiempo en un andamio en un teatro, hasta estar incómoda en su asiento y entumecida de estar sentada para ver una mascarada, y dará su dinero para ver una comedia, y se sentará dos o tres horas como cualquier espectador, y llorará o reirá, según el poeta prefiera; también será tan amorosa como cualquier amante que el poeta pueda crear. En verdad, el poeta la convierte en amorosa amante, su ingenio conduce a su mente al amor y el cortejo, o a los cortejos amorosos; pero, aunque se deleite en las obras del poeta, aun así le desagrada la vida del poeta y carece del ingenio del poeta para construir castillos poéticos. Y así dejándola con su poco juicio y sus muchas palabras, a su vida de chismes y a su ligereza de cascos, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXIV
Señora,
En vuestra última carta manifestasteis que Lord G.P. estaba totalmente dominado por uno de sus hombres de confianza, lo que demuestra que el hombre es el señor, y el señor el sirviente. Pero hay distintos modos de dominación, porque los súbditos son gobernados por las leyes, los hijos por un amor y un temor natural, los sirvientes por el provecho y los esclavos por la fuerza, pero pocos son gobernados por la razón, y aún menos por el honor. También muchos son gobernados por el halago y la parcialidad, y más por el lujo, porque los apetitos sensuales del cuerpo tienen un poder más contundente para la mayoría que la razón y la templanza tienen en el alma, y las nobles pasiones o las virtudes del alma se convierten en esclavas de los vulgares apetitos del cuerpo, algunas veces por la fuerza, pero más a menudo por la maliciosa persuasión y por la seductora tentación, como Lord G.P., que está dominado por su lisonjero y malintencionado sirviente, mientras que los apetitos deberían ser sirvientes a los que gobernar, no señores que dominen, y aunque deberían ser asistidos cuando enferman, apreciados y estimulados en su debilidad, empleados cuando están fuertes y sanos, no obstante, deben ser corregidos en sus extravagancias y castigados por los desórdenes causados. Pero un hombre de honor, un caballero, debería ser libre como para liberar su mente de la esclavitud de los sentidos corporales, o de los apetitos sensuales, como también de las circunstancias externas, fortunas u objetos, que significa tener su juicio, entendimiento, opinión, justicia, prudencia, fortaleza, templanza, y cosas así, libres de parcialidad y de tentadora persuasión, y permitid que la razón, el honor y la honestidad sean jueces para decidir y determinar las causas sobre las acciones vitales, porque aunque las causas o las acciones externas deben convertirse en jueces o gobernadores de la razón, el honor y la honestidad, sin embargo, la razón, el honor y la honestidad deben ser soberanos y gobernadores de las causas y las acciones externas, que si no pueden dominar, puedan condenarlos, y si no pueden castigarlos, puedan decidir emplearlos. Así,
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los hombres pueden ser señores y príncipes de sí mismos, porque es indigno, más aún, vil, para un hombre de honor, un caballero, ser tratado como un esclavo, o bien ser conducido como una bestia. Pero un hombre de honor, un caballero, no debería renunciar a ser instruido y guiado por la luz y la verdad, por lo cual la alabanza y el elogio, el amor y el respeto le seguirán, como sus lacayos, y le asistirán y acompañarán, guías y asistentes que les deseo a todos los hombres, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXV
Señora,
Las noticias de aquí son que hay muchas ciudades y multitud de personas ahogadas en H.[339] No puede extrañarme, por motivo de que viven bajo el agua, como los peces, solo que no nadan, de tal forma que podría decirse que son peces domésticos, o peces en esclusas. En verdad, están rodeados, o cercados por el agua, y por mi parte, creo que sería más seguro vivir en una barcaza, o un barco, sobre el agua, como en los ríos o los mares, que en una casa fija bajo el agua, porque en la mayoría de los lugares el agua está por encima de sus casas. Pero, aunque viven como peces, por la forma o la materia del agua, sin embargo, no son del carácter de los peces, por la forma o la materia de la naturaleza, porque, en cuanto a su diligencia, son como hormigas u obreras, prudentemente previsoras, aunque no totalmente como ellas en su forma de gobierno, porque su gobierno está entre una república y la aristocracia[340]. Pero por su gobierno y diligencia no parecen ser fríos ni bobos, sino calientes y activos. No les falta coraje ni fuerza, discreción o diligencia, riqueza o alegría. Son tan felices, de momento, en su apariencia externa, como cualquier otra nación, no, más felices que la mayoría de las naciones, porque ahora viven en paz, solo les falta planicie o terreno firme. Sus barcos les traen todas las mercancías que son útiles, beneficiosas o deliciosas. Y en cuanto a su ingenio, no sé si es agudo y vivo como en los climas más secos, sin embargo, parece por su forma de gobierno que tienen tanto sentido común y tan sagaz entendimiento como cualquier otra nación. En verdad, parecen tener la sutileza de la serpiente, la astucia del zorro, la fuerza del león, la prudencia de la hormiga, la visión del águila y la sabiduría de los hombres sensatos; por lo cual observo que los hombres no son según la temperatura de los climas donde han nacido y crecido, sino según el capricho de la naturaleza al crearlos, o según la fortuna, el azar o la crianza, la formación, la adaptación, la corrección, el orden o la disposición. Pero, señora, no soy juez idóneo de naciones, pueblos, o multitudes, al ser del sexo femenino, que rara vez son nombradas jueces,
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por falta de juicio, y viviendo muy retirada en mis propios pensamientos, necesito esas impresiones que las personas que viajan y comercian tienen, o pueden tener, aunque la mayoría de las personas de los dos sexos se atreven a dar sus opiniones, sean estas sensatas o necias, y tienden a censurar, ya sea con la verdad o falsamente, generosa o maliciosamente. Pero, señora, para que no me censuréis por ser una tediosa escritora, me despido, y quedo,
Señora,
La fiel amiga y servidora
de vuestra señoría.
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CXVI
Señora,
Vino aquí a verme Lord W.N.[341], cuya conversación es, como vos decís, como un fuelle que aviva el fuego en una chimenea, en la que hay carbón o madera, porque como esta chispa antes se apagaría que prender la madera si no se sopla, así su conversación aviva la mente de los que la oyen con una tenue llama, que calienta el ingenio y enciende el entendimiento. Lo cierto es que grandes sabios podrían considerarse o parecer necios si no añadieran el ingenio a sus palabras, pero los sabios más grandes que existen, o que existieron alguna vez, no saben conversar con agudeza, a menos que se imaginen, o que tengan un rival realmente ingenioso con el que conversar con ingenio, como aquellos que practican con destreza la esgrima no pueden hacerlo a menos que tengan un contrincante con el que hacerlo. O como aquellos que pueden jugar al tenis hábilmente, no pueden jugar a menos que tengan un rival diestro; pueden lanzar la pelota, pero no jugar. Lo mismo sucede en la conversación y el discurso: no hay quien pueda disertar bien, sabia e ingeniosamente, sino con oponentes sabios e ingeniosos, de otro modo su discurso será extravagante y, por así decirlo, fuera de tiempo o lugar. Pero el genio de Lord W.N. es un genio bien experimentado, tanto por el sentido común, el tiempo y la compañía, a los que lo dejo, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXVII
Señora,
El otro día, en casa de Mrs. D.U., oí una música armoniosa y melódica, de instrumentos y voces, pero en mi opinión no hay música tan dulce y conmovedora como la oratoria, porque las dulces palabras son mejores que una dulce melodía y, cuando se juntan, cautivan al alma. Por tanto, la lírica tiene ventaja sobre el resto de la poesía, porque tanto el sonido como el sentido son armoniosos, por lo que los antiguos escribían tanto sus poemas heroicos, y comedias y tragedias, en verso, y melodías compuestas para ellos, y cantadas, tanto en sus teatros de la guerra y la paz, como en los campos de batalla y en los escenarios, uno eleva los espíritus a la acción, el otro suscita más atención. Pero, tal vez digáis que la oratoria es prosa elegante y no verso elegante. Sin duda, hay tanta oratoria en verso elegante como en prosa elegante, porque como la oratoria, que acaso algunos consideren solo prosa elocuente, estimula la pasión y hace que todo el auditorio sea de la opinión del orador, así también los versos elocuentes, porque ¿quién estimula las pasiones, como el amor, el odio, la rabia, la tristeza, la pena, la piedad, y cosas parecidas, más que los poetas? ¿O quién puede persuadir más elocuentemente que los poetas? Porque tal inmenso poder tienen los poetas en su poesía como para hacer creer a las mentes de los hombres ficciones por realidad, y ¿puede haber mejores oraciones, argumentos y discusiones que en Homero, Virgilio y en las obras de otros muchos poetas? Pero la oratoria en prosa y en verso conmueven la mente y despiertan el espíritu, como también calman la mente y sosiegan el espíritu; solo esta ventaja tienen los poetas sobre los oradores, que no hay poeta bueno o excelente que no sea un orador nato, mientras que ha habido, y puede haber, muy buenos oradores que no sean poetas. Pero, sin embargo, tanto la prosa como el verso elocuente son armoniosos y agradables a los oídos y a la mente. Y así, dejando esos dones a los favoritos de la naturaleza y al ejercicio del tiempo, quedo,
Señora,
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Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXVIII
Señora,
No me sorprende que algunas personas que parecen ser tan generosas, como para estar, por así decirlo, dispuestas a entregar sus vidas por aquellos a los que nunca vieron ni conocieron, antes de su afable encuentro, sin embargo, en la siguiente ocasión se esfuerzan por ofender a aquellos a los que hicieron o profesaron tales servicios, amor, y aventuras, y si no se esfuerzan en hacerles afrenta, no obstante, los mirarán o pasarán por delante como si nunca los hubieran visto o hablado con ellos. Tampoco me extraña que otros en puestos de gran autoridad y poder favorezcan a algunos, cuando tienen de ellos solo un breve conocimiento, o menos aún, cuando solo los han visto, para que ocupen un lugar o un puesto, y antes de que se establezcan en sus cargos los desplacen de nuevo, sin razón o sin fundamento, ni para ascenderlos ni para destituirlos. No me asombro tampoco de que algunos se enamoren durante dos o tres días, de tal suerte que suspiran hasta quedar sin aliento por sus anheladas pasiones, y uno o dos días más tarde reprochan o se mofan de aquellos a los que tanto amaban, que deseaban su favor más que cualquier otra cosa. Nada de esto, digo, me extraña al observar y considerar la naturaleza inconstante del ser humano. Pero me asombra conocer o encontrar a alguien que sea constante siete años, o un año, más aún, que sea constante toda su vida, porque la constancia es tan inusual o se divisa tan rara vez como una estrella resplandeciente[342]. Verdaderamente, la constancia en este mundo es de algún modo como una estrella resplandeciente, que dura un tiempo y después se apaga, porque no es como las estrellas fijas, sino como planetas errantes, aunque en verdad yo estoy firmemente decidida a ser,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXIX
Señora,
Os doy gracias por vuestro consejo, y vuestra recomendación sobre mi salud, porque sin duda alguna una mente consumida por el estudio debilita el cuerpo, que es la causa en su mayor parte de que los estudiantes concienzudos estén delgados, porque la mente se nutre tanto del cuerpo como el cuerpo del alimento. Pero en verdad, a veces estoy en pugna conmigo misma acerca de si es mejor vivir una vida larga y ociosa que una breve pero provechosa, esto es, emplear una parte del tiempo adecuadamente, o desaprovechar mucho tiempo sin propósito alguno, y concluyo que un pequeño provecho es mejor que ninguno, o mejor que una suma de males; porque es mejor dejar con el trabajo propio un poco a las generaciones venideras, que morir tan pobre como para no dejar nada, ni tan poco como para que generaciones venideras puedan decir, «Allí vivió aquel en épocas pasadas», que morir y ser totalmente olvidado. Y así, si yo viviera al margen del transcurso natural, o pudiera vivir tanto como Matusalén, cuando el tiempo hubiera pasado sería como si nada, y tal vez sería reacia a morir entonces, como si hubiera muerto en mi juventud, así que una larga o una corta vida son una y la misma cosa. Es cierto, es terrible pensar en la muerte, pero una vez muertos no existe el terror, de tal forma que es la vida la que es dolorosa para el cuerpo y la mente, y no la muerte, porque la mente tiene miedo en vida y el cuerpo rara vez se relaja. Pero sea como fuere, me esforzaré, señora, por dividir el tiempo de mi vida terrena, y dedicarlo en parte a mi bienestar y en parte a la reputación, y todo por la gracia de Dios, y cuando muera, entregaré mi alma al cielo, mi reputación al tiempo y mi cuerpo a la tierra, para que allí se disuelva y se transforme como le plazca en la naturaleza, porque a ella pertenece. No me preocupa en demasía, ni perturba mis pensamientos pensar dónde me enterrarán cuando muera, o en qué parte de la tierra será arrojado mi cuerpo, pero si pudiera cumplir mi deseo, desearía que mis cenizas se guardaran en una urna y se mezclaran con las cenizas de aquellos a los que amo, aunque no creo que permanecieran juntos mucho
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tiempo, porque he observado que en esta última guerra las urnas de los muertos fueron profanadas, sus cenizas dispersadas y sus huesos desperdigados, y supongo que en todas las guerras civiles o domésticas se cometieron tales actos de crueldad[343]. Por tanto, es un desatino preocuparse y angustiarse por dónde se enterrarán, o por sus sepulturas, o emplear mucho gasto en sus tumbas, ya que no solo el tiempo, sino las guerras las destruirán. Pero, señora, para no provocar vuestra melancolía al hablar de asuntos tan tristes como la muerte y los sepulcros, los huesos y las cenizas, os dejo a pensamientos y conversación más animados y agradables, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXX
Señora,
Os agradó contarme en vuestra última carta que muchos han deseado vuestra caridad, que se ha arruinado por estas últimas guerras civiles, y que aquellos que antes de eso pudieron aliviar a muchos con su riqueza, ahora necesitan ellos mismos ese alivio, por lo cual podemos comprobar que ni la riqueza ni la paz son permanentes; y muchos no solo han perdido sus haciendas y han sido desterrados de su país natal, sino olvidados por sus amigos, lo que es una gran desgracia. Pero la desgracia y los amigos rara vez permanecen juntos, y puede observarse que una guerra civil no solo abole leyes, disuelve el gobierno y destruye la riqueza de un país, sino que deshace el nudo de la amistad y disuelve los afectos naturales, porque en la guerra civil, hermanos contra hermanos, padres contra hijos, e hijos contra padres, se convierten en enemigos y derraman la sangre del otro, marchando triunfantes sobre sus tumbas. Porque cuando un reino se enciende por una guerra civil, las mentes de las gentes arden de la fiebre de la rabia, o de la rabiosa fiebre de la crueldad que nada la cura sino la sangría del cirujano de la guerra, y no solo un poco, sino que debe sangrar en abundancia antes de encontrar la cura perfecta. Es la plaga de la mente tanto como la plaga del cuerpo, porque las mentes de los hombres se contagian de ávidos deseos y de planes ambiciosos, de traicioneras intrigas y de propósitos criminales, y tan extendido es que pocas mentes evitan contagiarse, lo que demuestra que procede de la malignidad del aire o de la influencia de algún planeta enfurecido, y si es así, procede de una causa natural, aunque sea una guerra antinatural; o bien que procede de un gobierno imprudente, donde los muchos errores se han unido en una masa, o tumor maligno, que crece en ampollas de descontentos y luego estalla en una guerra civil; o bien el cielo la envía para castigar los pecados del mundo. Además, puede observarse que los vicios aumentan en una guerra civil, por motivo de que el gobierno civil está en desorden, los magistrados civiles corruptos, las leyes civiles abolidas, el comportamiento civil y las costumbres decorosas desterradas, y en su lugar, rapiña, robos,
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apuñalamientos, traición y falsedad, todas las bajas pasiones y los depravados apetitos se desatan para conseguir su libertad. Pero eso es tan universalmente conocido para aquellos que han vivido una guerra civil que no debería haberlo mencionado, aunque aquellos que han vivido siempre en paz no lo creerán, pero yo he sufrido tanto por ello, como la pérdida de mis más cercanos y queridos amigos y la ruina de aquellos que quedaron, que deseo poder olvidarlo. Por tanto, dejando este triste discurso, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXXI
Señora,
En vuestra última carta gustasteis de contarme que Lady E.E. y Lady A.A. están siempre en disputa la una con la otra cuando se encuentran y se vilipendian la una a la otra cuando están separadas, y sus maridos hacen lo mismo en nombre de sus esposas. Pero me pregunto por qué lo hacen, cuando ambas sufren una desafortunada condición, al ser esposas de desterrados. Y para hacer su condición aún más desdichada, su destierro se une a la pobreza, que es doble, más aún, al vivir en guerras con compañeros en la misma condición, triple desgracia. Tampoco es habitual, porque, aunque sus conocidos, vecinos, y amigos estén dispuestos a pelear, recriminar y odiarse los unos a los otros en tiempos de prosperidad por la envidia y el orgullo, no obstante, en la adversidad los hombres están dispuestos a unirse en afectuosa y agradable compañía. Pero ellos tienen esta excusa, que sus desgracias los envalentonan, y en verdad, las grandes desgracias nos preparan para luchar contra nosotros mismos, porque la paciencia y la desgracia rara vez habitan juntas. Pero dejando a las dos damas a que se reconcilien, quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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CXXII
Señora,
No puedo culparos si no podéis entretener conversando a aquellas de vuestro mismo sexo como para complacerlas con un discurso conforme a sus temperamentos y capacidades, porque si vuestro discurso es conforme a vuestra capacidad e ingenio, conversaríais solo con vos, porque tal discurso sobrepasa su entendimiento. Pero si las entretenéis conversando, necesitáis descender de vuestra propia altura y hablarles llanamente, lo que significa que debéis hablar tan torpemente como ellas. La cuestión será entonces si podéis hacerlo o no. Hay otro remedio, como he oído de una de las de nuestro sexo, que tenía buen juicio y que no le gustaba el comadreo; cuando tenía alguna visita femenina, después de un tiempo, comenzaba a alardear de sí misma y contaba las maravillas que tendría, o tenía, con lo cual las otras sentían rencor y enojo, y pronto se despedían y se marchaban. Pero si usaréis o no este remedio, no sé decir, porque creo que va en contra de vuestra naturaleza. Sin embargo, debéis o usar este remedio o aprender a chismorrear, y a entretener a chismosas, aunque creo que seréis una alumna incapaz y torpe para aprender. Pero la mejor maestra que conozco, si queréis aprender, es Mrs. T.W., y si no podéis despedir educadamente a las visitas, debéis tomar la medicina de las fanfarronadas de Mrs. M.N.[344], o las instrucciones de Mrs. T.W., a cuya instrucción o medicina, os dejo, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXXIII
Señora,
No entiendo cómo esa persona que mencionáis en vuestra carta tuvo el conocimiento o la confianza para censurar las obras de Shakespeare, como para decir que solo contienen bufones, bobos, centinelas, y otros personajes parecidos[345]. Pero para contestar a esa persona, aunque el ingenio de Shakespeare habla por sí mismo, diré, que parece por su juicio o su censura que no entiende las obras o el ingenio, porque expresar adecuada, justa, general y naturalmente el temperamento, las frases, el atuendo, las expresiones, los modales, las acciones, las palabras y el transcurso de la vida de un bufón o de un bobo, es tan inteligente, prudente, juicioso, ingenioso y agudo, como escribir y expresar las expresiones, las frases, la vestimenta, los modales, las acciones, las palabras y el transcurso de la vida de reyes y príncipes; y representar de forma natural cómo es una humilde muchacha del campo, cómo una gran señora, una cortesana, una mujer virtuosa, un loco, cómo un hombre en sus cabales, un borracho, un hombre sobrio, un granuja, cómo un hombre honesto, y también un bufón, cómo un hombre de educación, y un bobo, cómo un sabio; es más, representa y manifiesta un mayor ingenio representar y ofrecer a la posteridad las extravagancias de la locura, la agudeza de los granujas, la ignorancia de los bufones y la simpleza de los idiotas, o la habilidad de los bobos fingidos, que representar las cualidades, la franca honestidad, el atuendo elegante, o los discursos sensatos, porque es más difícil expresar el sinsentido que el sentido, y las conversaciones cotidianas, que aquellas que son inusuales; y es más difícil y requiere más ingenio representar a un bufón que a un importante hombre de estado. Sin embargo, Shakespeare no estaba falto de ingenio para representar fidedignamente a todo tipo de personajes, de cualquier condición, profesión, rango, crianza, o nacimiento; tampoco le faltaba el ingenio para representar las diversas y diferentes condiciones, naturalezas, o las variadas pasiones del ser humano. Y de forma tan excelente ha representado en sus obras todo tipo de personajes que uno pensaría que se
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ha transformado en cada uno de esos personajes que ha descrito, y de tal modo que a veces uno pensaría que él era realmente el bufón o el titiritero que simula, de tal forma que él era también el rey, el consejero; también que alguien pensaría que era realmente el cobarde que imita, uno pensaría que era el soldado más valiente y experimentado. ¿Quién no creería que había sido un hombre como su Sir John Falstaff? ¿Y quién no creería que él había sido Enrique V? Y sin duda Julio César, César Augusto, y Antonio nunca representaron mejor sus papeles, o al menos tan excelentemente como él los ha descrito, y creo que Antonio y Bruto no se dirigieron mejor a la gente, que lo que él ha imitado; es más, uno creería que se ha metamorfoseado de hombre a mujer, porque ¿quién podría describir mejor a Cleopatra de lo que él lo ha hecho, y muchas otras féminas de su creación, como Nan Page, Mrs. Page, Mrs. Ford, la doncella del doctor, Bettrice, Mrs. Quickly, Doll Tearsheet, y otras, demasiadas para contarlas?
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Y en esta vena trágica presenta las pasiones con tal naturalidad y las desgracias con tanta probabilidad que atraviesa el alma de sus lectores con tal auténtico sentido y sentimiento que hace brotar lágrimas a sus ojos, y casi los convence de que son realmente parte o al menos de que estuvieron presentes en esas tragedias. ¿Quién no juraría haber sido un noble amante, si podía cortejar tan bien? Y no hay ninguno que haya descrito en su libro que sus lectores no crean conocer bien. En verdad, Shakespeare tenía un juicio preclaro, un agudo ingenio, una fantasía arrolladora, una sutil percepción, un profundo entendimiento, y una elocución de lo más elocuente. Verdaderamente, era un orador nato, así como un poeta nato, y no era un orador para hablar bien solo de algunas materias, como los abogados, que pueden hacer elocuentes discursos en el estrado, y suplican sutil e ingeniosamente en casos legales, o los teólogos, que pueden predicar elocuentes sermones, o disputar sutil e ingeniosamente en teología, pero sacadlos de ahí y sometedlos a otras cuestiones, y estarán perdidos. Pero el ingenio y la elocuencia de Shakespeare eran universales y sobre todas las materias, porque al necesitar materias en las que su ingenio y elocuencia se pudieran basar, tuvo que tomar algunas de las tramas de la historia, de donde solo tomó el diseño principal, siendo el ingenio y el lenguaje todo suyo; y en tanto superaba a los demás, que aquellos que escribieron después de él necesariamente lo imitaron, o más aún se apropiaron de lo suyo. Podría mencionar diversos pasajes que otros de nuestros famosos poetas han imitado, o de los que se han apropiado,
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pero, para no descubrir a las personas, no mencionaré los pasajes o las partes, sino que los dejaré a aquellos que lean sus obras y a otros para que los averigüen. No necesitaría haberos escrito esto, porque sus obras habrían declarado la misma verdad. Pero creo que aquellos que desprecian sus obras lo hacen más por envidia que por ingenuidad o ignorancia, porque aquellos que leyeron sus obras no fueron tan necios como para condenarlas, a menos que su excelencia les provocara envidia. Por esto percibimos que la envidia no abandona al hombre en su tumba, sino que le sigue después de muerto, a menos que sea sepultado en el olvido, porque si deja algo para ser recordado la envidia y la malicia aún le calumniarán y le arrastrará la maledicencia. Pero dejando que las obras de Shakespeare sean su propia defensa, y a sus detractores a su envidia, y a vos a vuestras ocupaciones, más nobles que leer mi carta, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y humilde servidora.
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CXXIV
Señora,
Aunque no conozco a mis vecinas, sin embargo, a veces las oigo, y conozco a algunas de vista cuando a veces salen. Pero una de ellas notoriamente celosa de su marido; el resto, si son celosas, no es públicamente conocido como sí lo es esta dama. Si es solo su carácter o la inconstancia de su esposo, o ambos, lo desconozco. Es una mujer discreta, hermosa, y si su temperamento y las condiciones de su mente fueran parejas a la belleza de su persona, su marido no tendría razón para buscar fuera teniendo tal esposa, ni tendría ella motivo para tener una mala opinión de sí misma, como para creer que su marido se cansara de ella, especialmente tan pronto después de casarse, porque no ha estado casada más de dos años, aunque puede que para algunos cuenten, o algunos crean que dos años son como veinte dentro del matrimonio[347]. Pero esta dama es tan celosa que cree que su marido corteja a las más grandes bellezas de la ciudad y que todas ellas reciben las atenciones de su marido. Entre ellas se contaba una de mis damas de compañía, que ciertamente es muy hermosa, y creo que tan honesta como hermosa. Pero os cuento, que hay una desafortunada ventana, y una puerta (y solo puedo decir que lo son para la esposa). Esta ventana comunica su casa con nuestro jardín, y la puerta pertenece a nuestro jardín, pero se abre al jardín de este vecino, puerta que está claveteada, pero por la ventana parece que su marido miraba a veces, y vigilaba para ver a mis doncellas pasar, que muchas veces por la mañana caminaban por allí para su recreo. También en la puerta hay un agujero, me dicen, porque yo no lo he visto, y tal agujero él llenaba de flores, que ellas solían coger, sin saber quién las había puesto allí. Pero al enterarse su esposa, se irritó extraordinariamente con su marido, y parece que tuvieron tal altercado que se diría que iban a separarse, después del cual ella envió a un clérigo a mi marido para quejarse del suyo, de mi doncella y de la puerta, solicitando que se tapara el agujero. Mi marido dijo que si había tal agujero él daría órdenes de que lo taparan, y si eso no la satisfacía, de que quitaran la puerta y tapiaran el
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paso, y en cuanto a las doncellas de su esposa, no sabía qué cosa decir, porque él nunca se entrometía, pero que se lo diría a su esposa. Así que una vez cegado el agujero de la puerta, ella quedó moderadamente satisfecha, aunque no con su marido, porque él y ella, se decía, vivían como enemigos, no en concordia en su matrimonio. Pero ella al oír otras historias (porque cuando se supo de su carácter, sus vecinos disfrutaban irritándola, al ser natural al ser humano añadir malestar al malestar, y aflicción a la aflicción, no complaciéndose más que cuando se obra o se habla mal, para el perjuicio de los otros), después de seis semanas envió una carta a mi marido, en donde, después de los saludos, presentó grandes quejas de su marido, y nombró a la doncella por la que sentía celos, diciendo que había recibido regalos de su marido, como confites y telas, y muchas más palabras que no conozco, o no recuerdo, aunque me leyeron la carta, porque al estar en otra lengua no pude leerla yo, sino que mi esposo me la leyó. Y cuando la hubo leído, «Ahora», dijo, «¿qué me decís de esta carta?» «En verdad», dije, «a mi parecer ella debe ser conquistada por otro que no sea su marido, ya que él ha dejado de conquistarla y dirige sus atenciones a otras; después, que soy de la opinión que ella tiene a las esposas de sus vecinos, o al menos a algunas, y particularmente a mí, por mujeres tan celosas como ella, de otro modo nunca os habría escrito a vos, sino a mí, especialmente en un caso que atañe a las mujeres de mi casa, y si yo fuera de su talante celoso, escribiría a su marido acerca de cómo su esposa ha escrito una carta al mío, irritándolo (porque los celos siempre agravan e irritan) con que ella y vos os comunicabais por carta, y por cuanto yo sabía, que manteníais encuentros secretos, pero al no ser celosa, consiento su elección de escribiros, por lo cual mandad llamar a aquella a la que acusa y preguntadle». «Yo, de ningún modo», dijo mi esposo, «no soy confesor, aunque creo que los confesores se complacen considerablemente en las confesiones de las jóvenes doncellas». Así que mi esposo me hizo preguntar a mi doncella si había recibido algún regalo de C.K. Ella dijo que nunca había recibido nada de él en su vida, ni había tenido ninguna relación con él, sino de vista, como con la mayoría de los vecinos de la ciudad, de verlos en la calle. «Pero», dijo ella, «creo que estos confites y estas telas que menciona en su carta son un pañuelo con confites, porque al ser el tiempo caluroso, normalmente tenemos la ventana del aposento abierta, hasta que nos vamos a la cama, y cuando mi compañera y yo nos desvestíamos una noche, alguien arrojó hacia la
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ventana del patio un pañuelo con botones de lino, atado con dos o tres nudos, con confites dentro de él. Al principio nos asustamos, al ver un bulto blanco que entraba volando, eso pareciera, dentro de nuestro aposento, y cayendo con gran ruido al suelo; pero al final lo recogimos y descubrimos que era un pañuelo lleno de confites. Al principio, decidimos devolverlo, pero después de considerarlo, resolvimos llamar por la ventana y preguntar quién lo había arrojado, con lo que llamamos, pero nadie nos respondía, y entonces pensamos que, si lo lanzábamos de nuevo, algún extraño lo recogería». «¿Y preferisteis», dije yo, «quedároslo y comer los confites sobre los que teníais tantas dudas?» «Así es, señora», dijo ella, «los comimos poco después, pero no sabíamos qué hacer con el pañuelo, al no conocer a su dueño, pero estábamos decididas a preguntar a todos nuestros conocidos si de alguno era el pañuelo. Y preguntando por el dueño, un conocido nuestro nos dijo, una quincena más tarde, que era de C.K., que cuando lo supimos, no nos atrevimos a devolverlo, por miedo a su esposa, ni nos atrevimos a dárselo o a lanzarlo de vuelta, no fuera a quererlo de nuevo, y esta, a fe mía», dijo, «es toda la tela o los confites que recibimos de su parte. Ni supimos que eran de él hasta la siguiente quincena». Ahora bien, si se la hubiera juzgado por la carta, sin ningún interrogatorio, podría haber sido condenada por ser criminal, mientras que su propia confesión y otros testigos, la libraron. Pero los celos y la sospecha, en su mayor parte, son falsos denunciantes y crueles jueces. Con esto vemos qué inquietos y turbados están algunos esposos, siempre sometidos a la tortura de sus propios pensamientos, sus mentes atormentadas por el potro de la sospecha. Pero mi marido mandó llamar al clérigo que antes había venido de su parte, y le contó lo de su carta y lo de la confesión de mi doncella, y que ella no tenía causa alguna de tener celos de ella, porque era muy virtuosa y no tenía relación alguna con su marido. Así que el clérigo medió y medió, no para reconciliar a dos falsos amantes, porque él era hombre muy digno y sabio, sino para apaciguar una mente agitada y para traer amor y unidad entre un marido y su esposa. Y así, dejándolos para que se arreglen, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXXV
Señora,
No puedo culparos si estabais furiosa, como declarabais estar en vuestra última carta, porque no hay nada que prenda tanto la llama de la furia en mi mente, o que incendie mi espíritu, como recibir un desprecio de mis superiores, o una grosera osadía de mis inferiores, a menos que la flemática discreción y la elegante prudencia puedan sofocar ese espíritu ardiente en paciencia indolente y apagada. Cuando hablo de superiores, quiero decir superiores en cuanto al título externo y no por su valía interior. Pero debéis considerar, señora, que la descarada grosería o el desprecio negligente proceden de la ignorancia o la envidia, o bien por ignorancia de las costumbres sociales, al estar emparentado con salvajes; o bien por envidia, al no tener valía o mérito en sí mismos, y si llamáis a consulta a vuestra razón, y a vuestro juicio a que decida la causa, los dejarían pasar, al no ser dignos de consideración y de respeto. Porque la razón y el juicio nunca considerarán el rebuzno del asno, el ladrido del perro, o el zumbido de la mosca, un ocioso zángano, el discurso del necio, los disparates del granuja, ni la envidia del malvado. Pero, señora, vuestra valía y mérito son tan supremos que la lengua maliciosa o el ojo envidioso nunca pueden alcanzarlos, no más que el ciego puede ver la luz del sol, o el sordo impartir el verdadero conocimiento. Y me alegra saber que soy,
Señora,
Vuestra humilde y devota servidora.
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CXXVI
Señora,
En vuestra última carta os complació contarme que las obras de W.T. eran tan admiradas, que muchos ansiaban ver al autor y oírle hablar, pero que después de haberlo visto y oído, no admiraron sus obras tanto como habían hecho antes, así que por lo que parece estimaban menos las obras por el autor, y no al autor más por sus obras, lo que en mi opinión es injusto, y un signo de que o no habían leído las Escrituras, o no creían lo que estaba escrito en ellas, esto es, que a un hombre lo conoceréis por sus obras, y admiramos al Creador a través y por medio de sus obras. Pero la parte necia del mundo, que es la mayor parte, cree que el saber de un hombre, o su ingenio, o inventiva está grabado en su rostro, y espera que hable más allá de las palabras conocidas y tales excelsos arrebatos que no puedan comprender. En verdad, tan necios son la mayoría, especialmente las mujeres, que cuando ven un hombre célebre y docto, o un ingenioso poeta, o alguien así, dirán enseguida, «¡Dios mío! ¿Es este el hombre instruido que es tan célebre y que escribió tal y cual libro? Qué ingenuo parece». O, «¿Es este el célebre poeta que escribió tales versos, escenas y canciones? Qué mezquino parece», dice otro, «Nada ingenioso le he escuchado, sino que ha hablado tan mediocremente como los otros hombres». Pero todos estos hombres tan célebres, si sus obras no fueran menos consideradas por su presencia y mediocre conversación, y fueran admiradas por la mayoría, que son los ignorantes, deberían llevar un atuendo afectado, y hablar algo ininteligible que no suene como una lengua natural, o que digan algunas expresiones que ellos no entiendan, y entonces serán admirados tanto por su conversación como por su consideración, que son sus obras; o deben enclaustrarse lejos de los ojos del mundo, porque la humanidad tiende a despreciar aquello que conoce, o ha visto, y solo admira lo que no comprende. Pero ya he hablado de este asunto en una carta que precede a mi libro de comedias[348], por lo cual no os molestaré con ninguna otra diatriba sobre él, sino quedo,
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Señora,
Vuestra muy fiel amiga y servidora.
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CXXVII
Señora,
No puedo censurar a los poetas históricos o heroicos antiguos, porque si lo hiciera me reprobarían como a un necio, al no tener ni juicio ni entendimiento, no obstante, puedo afirmar que mi razón cree que escribían de forma imprudente, no solo de sus falsos dioses, sino de sus falsos combates y de sus falsas fortunas o logros. Lo cierto es que en su mayor parte son romances, que contienen más falsedades que verdades, más imposibles que probabilidades, porque aunque el artificio es la base de la poesía, no obstante, considero que esa clase de poesía no debería tener tal artificio, porque meditar sobre ella no puede ser grato ni provechoso, ya que la razón se deleita en las probabilidades, no en los imposibles, porque aunque el fundamento o el asunto de una historia o un poema heroico puede ser el artificio, con todo, las diversas acciones deberían ser naturales, no trascender al poder de los hombres, ni ser excepcionales a sus habilidades; tampoco puede ser provechoso, porque lo que no puede realizarse, no puede ser imitado. El modo de escritura puede ser imitado, pero no así las acciones, porque ¿qué hombre puede descomponer, o aplastar a un ejército, con su sola fuerza o coraje? Más aún, ¿qué hombre puede descomponer, o aplastar a una brigada, o mejor, una compañía de un centenar? Lo cierto es, que es muy poco habitual enfrentarse cien contra uno, y son demasiados para que un solo hombre los venza. Tampoco puedo concebir que cien hombres tengan miedo de uno solo, aunque fuera tan robusto y fuerte como Goliat, como para escapar, a menos que comprendan que tiene adeptos, pero aun así, cuando recuerdo la historia de Sansón, no oso decir, es imposible, sino que me atrevo a decir que no puede ser sino un milagro, por lo que la mayoría de los poetas heroicos procuran que sus héroes principales reciban la ayuda de dioses o diosas concretos, para atribuirles poderes por encima de los fenómenos de la naturaleza. Pero de todos los poemas heroicos que he leído, prefiero el de Sir W.D.[349], al ser mayor y más cercano a la naturaleza, la condición, las acciones, las habilidades, los designios, los efectos, las facultades y los
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poderes naturales, y las capacidades de los hombres o de la vida humana, al no contener ni imposibles ni cosas improbables. En verdad, se trata de un poema heroico de tal calibre que no puede encontrársele falta alguna, a menos que sea que el autor ha sido demasiado cuidadoso y precavido en la expresión de sus descripciones, porque la lengua es un sello tan cuidadoso y delicadamente grabado que uno no puede ver fácilmente la figura grabada en él sin una lente de aumento, o como en muchas y variadas figuras, cuidadosamente talladas, como para caber en un hueso de cereza, donde no pueden distinguirse sin la constante búsqueda y el estricto examen, y una vista aguda y dispuesta. Pero si la expresión hubiera sido tan sencilla como refinada, y si esas selectas expresiones no hubieran sido tan extraordinariamente complejas, sino que fueran tan corrientes como naturales sus descripciones, sin duda hubiera sido un precedente para todos los poemas heroicos. En verdad, su estilo o las expresiones de sus descripciones son como el oro que es demasiado puro y delicado para ser labrado, y necesita alguna aleación para adecuarlo y prepararlo para ser usado. Lo cierto es que un lenguaje muy pulcro o unas frases extraordinariamente escogidas hurtan el placer del lector, al ser más tediosas que agradables, mientras que las expresiones extraordinarias y refinadas, y las frases escogidas y bellas deben ser muy elogiadas, en comparación con las expresiones o el estilo de bufones y rudos, como las que hay en Homero, no sé si serán así en el original, aunque de seguro en la traducción están en muchos pasajes, donde no solo los hombres hablan como rudos y bufones, sino que hace que los dioses hablen también así. Por lo cual, por mi parte, preferiría leer la obra de Sir W.D. diez veces antes que dos veces la de Homero, tal como ha sido traducido. Pero dejaré de juzgar esos poetas excelsos que mi juvenil ingenio no puede entender, porque si viviera hasta la edad de Matusalén mi ingenio no sería sino un novicio, mi juicio un necio ignorante y mis opiniones erróneas, porque las mujeres no están preparadas para ser jueces, tutoras, ni litigantes, ni tampoco para ser comandantes o gobernantes; siempre estamos más preparadas para aprender que para enseñar y en la disposición de obedecer más que de mandar, más hábiles para disputar que para refutar, para parlotear que para predicar. Y así dejando de escribir por ahora, quedo,
Señora,
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Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXXVIII
Señora,
Me tomaría como un favor, si os complaciera enviarme esa nueva prenda a la moda que mencionasteis en vuestra última carta, no porque piense hacer uso de la moda, porque me es más placentero idear una moda que seguirla[350], pero solo para satisfacer mi curiosidad, vería si era una moda útil, cómoda, favorecedora, o elegante. Porque las modas útiles son para las diversas estaciones del año, y también para diversas acciones, porque aquellas modas que son convenientes para bailar, no lo son para montar; como, por ejemplo, las zapatillas no se usan para montar a caballo, ni las botas o las espuelas en una gallarda o una corrente[351], a menos que sea para rasgar el vestido de las damas con las que baila el hombre, porque él no puede dar una cabriola aceptablemente en botas y espuelas, ni un caballero espolear un caballo en zapatillas, porque las espuelas serían como los cascabeles de un halcón en el baile, especialmente si fueran espuelas tintineantes. Aun así, ya sea montando a caballo o bailando sobre una alfombra, los hombres podrían llevar plumas en el sombrero, porque la cabeza no se emplea de igual modo en esas acciones que los pies, solo que una pluma es una moda que no es útil, sino elegante y favorecedora. Muchas otras modas podría enumerar para el uso y la acción, pero sería demasiado tedioso. En cuanto a las modas para las estaciones del año, en invierno, las pieles de marta, o de algún cuero inferior, para llevar alrededor del cuello, y manguitos, son tan elegantes como útiles, porque la libran a una del frío. Y para el verano, abanicos para aliviar el bochornoso calor y para ensombrecer el rostro del sol, que parece ser un enemigo de la belleza y que se esfuerza por quemarla, por lo cual podría pensarse envidioso. Estas y muchas otras modas hay según las diversas estaciones del año. Además, hay modas para la comodidad, que usan las personas religiosas, como una prenda suelta, atada holgadamente alrededor de la cintura, en donde no hay mucha aplicación en la confección, ni trabajo en el vestir, ni es penoso de manejar, y presto de poner, y tan presto de quitar, una prenda perfecta para una vida solitaria y
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de contemplación, en donde no debe haber estorbo en el cuerpo que obstruya o entorpezca las meditaciones de la mente. También hay modas majestuosas, que son más para la elegancia y el adorno que para la comodidad y el uso, como vestidos con largas colas, de cuerpos ceñidos, de pesados bordados y lazos, pendientes en las orejas, y otros más, zapatos de tacón alto, botas altas, plumas, rosas, cintas de sombrero, y muchas más, que son requisitos de la elegancia y el adorno. Además, hay modas para diferenciar a las personas, para distinguir un cura, un abogado, un alcalde y sus concejales, un alguacil, y muchas otras diversas profesiones y oficios; y así debería haber también grados para distinguir a los nobles de los comunes, pero los comunes han usurpado tanto los privilegios de la moda de los nobles que todas las modas tienen ahora en común entre ellos. También hay modas para tiempos de júbilo y modas para tiempos de duelo, para reuniones públicas y para nupcias, como también para compungidos funerales. Pero las modas majestuosas son solo oportunas para la corte, en mascaradas, obras, bailes y espectáculos gloriosos; las modas de caballería son adecuadas para el campo de batalla en tiempos de guerra, como para comandantes y generales. Las modas de las distinciones son propias de las ciudades, como las de magistrados, oficiales, profesionales, oficios, y otras así. Las modas de comodidad son más propias para los conventos, y para una vida retirada en el campo; y las modas para el uso son propias para toda suerte de grados, profesiones o situaciones. Pero las modas que no son ni útiles, cómodas, apropiadas, favorecedoras, ni elegantes, deberían ser desterradas, si hubiera alguna. Pero, señora, discutiré tan largamente de las modas que olvidaré vuestra paciencia, y os enfureceré de tal modo como para arrojar esta carta al fuego, y quemar con ello todas las prendas de moda de mi carta, en lo que, si todas las modas pudieran consumirse tan fácilmente como mi carta, dejaríais este mundo desnuda, a menos que os cubrierais con pieles de animales, o con hojas de higuera, lo que pronto se convertiría también en una moda, aunque se usara una vez. Por tanto, para no ser despojada de vuestro favor, abandono la repetición de las modas, y quedo,
Señora,
Vuestra muy fiel amiga y servidora.
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CXXIX
Señora,
Gustasteis de contarme en vuestra última carta que habéis pasado gran parte de la mañana leyendo una nueva obra, que es muy valorada, esto es, una paráfrasis sobre la vida de algunos santos profetas y reyes. No estoy segura, pero puede ser gustosa de leer, aunque dudo si será apropiada de escribir, porque aquel que realza las Sagradas Escrituras mediante expresiones poéticas, las trasmuda a la naturaleza de un romance, porque el fundamento de un romance es en su mayor parte verdad, pero sobre esas verdades se construyen falsedades; y ciertamente la Escritura y las falsedades no deberían mezclarse, porque tan sagrada verdad no debería expresarse de forma fantástica. Con lo cual, en mi opinión no hay asunto tan impropio para las invenciones poéticas como la Escritura, porque, aunque la poesía es divina, aun así no debería obstruir u oscurecer la verdad de la prosaica Historia Sagrada. Es cierto, los arrebatos poéticos divinos, como los Salmos de David, son encomiables y admirables, al ser un efecto del alma devota y del espíritu fervoroso, que se abrasa en arrebatos poéticos, y es inspirado por una influencia divina, que se expresa por medio de medidas armoniosas, rimas agradables, frases elegantes, y lenguaje elocuente, todo lo cual se presenta a Dios desde el corazón, como una ofrenda o un sacrificio de acción de gracias, o una súplica de misericordia, o un humilde reconocimiento de los pecados y una promesa de enmienda, que los poemas sacros se expresan en una vena trágica respecto de los pecados y en una vena cómica respecto de las bendiciones, y los poetas en los himnos de la mañana son como las alondras que inician el día y en los himnos de la tarde como los ruiseñores que inauguran la noche. Así, los divinos poetas son las aves del cielo, que cantan a Dios, y sus divinos poemas son sus crías, que guardan en la jaula de la memoria, y cantan las notas de sus padres a las generaciones venideras. Pero, señora, acaso pensareis que soy muy imperativa, al dar mi opinión sobre la obra de los poetas antes de verla, pero doy mi opinión solo sobre el fundamento de su obra, que es la Escritura, proclamando que no debería ser parafraseada;
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además, la doy desde mi conciencia, no desde mi engreído cerebro, y acaso cambie de opinión con los argumentos más racionales de aquellos que son más doctos y sagaces que yo, y si vuestra opinión difiere de la mía, os ruego me la hagáis llegar en vuestra próxima carta, porque de buen grado sería de vuestra opinión, porque creo que no podéis errar, ni tampoco yo al declararme,
Señora,
Vuestra muy fiel amiga y servidora.
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CXXX
Señora,
Aquí está Lady V.R. en esta ciudad, que es tan estricta en su casto matrimonio y tan temerosa de deshonra o escándalo que no tendrá ninguna conversación al uso con ningún hombre, exceptuando a aquellos que son sus más cercanos, o a los que la obliga el deber o la gratitud[352]. No, no solo es casta, sino que su vida y todas sus acciones se dedican al casto matrimonio; lo cierto es que vive como una monja de clausura aunque esté casada, y su marido es su único confesor e instructor, o más aún su santo, a quien adora, y venera, y reza, para que le perdone sus pecados de omisión (porque no es culpable de pecados de comisión, a menos que la omisión sea la comisión), y el mayor pecado de omisión es el descuido de su salud, que él considera pecado mortal y que difícilmente perdonará a menos que ella se enmiende; porque aunque promete enmienda, como hacen todos los penitentes, sin embargo, tan pronto como lo promete, comete de nuevo el mismo pecado, de tal suerte que la mejor parte de su vida la dedica, podría decirse, a lo prometido, y no a lo conseguido. Y cuando enferma, lo hace como el hombre que estaba en medio de una tormenta, que cuando corría peligro prometía a la sagrada Virgen María ofrecerle en el altar una vela tan grande y alta como el mástil de un barco, si es que llegaba a puerto; así también Lady V.R. cuando enferma, promete, si se recupera, que tomará el aire y hará ejercicio, pero una vez recuperada la salud, se olvida de su promesa, o solo mira por la ventana una o dos veces y da dos o tres vueltas al día en su aposento, que es el poco ejercicio que puede hacer. Lo cierto es que se equivoca tanto en llevar una vida demasiado retirada, como otras damas en callejear demasiado y muy a menudo, en lo que ella pierde tanta salud como aquellas el tiempo, si no la reputación. Pero dejándola a su vida retirada y a sus prometedoras palabras, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXXXI
Señora,
Quisisteis que os enviara los dieciséis libros que escribí en mi juventud, a mi entender suenan como los doce trabajos de Hércules, solo que hay cuatro trabajos más; pero aunque los míos no fueron tan provechosos para el mundo, ni tan difíciles de conseguir, ni tan peligrosos de afrontar, con todo encontrareis mi obra como la infinita naturaleza, que no tiene ni principio ni fin, y tan confusa como el caos, donde no hay ni método ni orden, sino que todo se mezcla sin separación, como la luz vespertina y la oscuridad, así en mis dieciséis libros hay razón y sinrazón, conocimiento e ignorancia confundiéndose, de tal modo que no sabréis qué hacer con ello; o en una comparación más humilde, encontrareis que cada libro es como una fruslería, o como la tienda de un buhonero, donde no hay nada sino restos, trozos y retazos de distintas cosas, o como los retales del sastre, que no puede dárseles uso. Por lo cual, no puedo imaginar para qué las queréis, a menos que por amistad, las veréis y queméis antes de que yo muera, temiendo que olvide sacrificarlas yo misma, porque vos no gustáis de que os envíe una, sino las dieciséis. Pero supongo que creeréis que son tantos pliegos de papel doblados en cuartos, o en octavos, como en los libritos infantiles, porque las escribí en mis primeros años, y hubiera sido bueno que no hubieran sido mayores que los libritos infantiles, aunque de estos libros los menores son dos o un pliego[353]. Tampoco podréis leerlos cuando los tengáis, a menos que tengáis la habilidad o el don de leer letras desconocidas, porque las letras no son solo ilegibles, sino que cada una está tan cobardemente alejada de la otra que las líneas de vuestra vista no pueden trazar o transformar en palabras, más aún, antes se harán pedazos[354]. Además, agotará vuestra vista ir de una letra a otra, será casi como una gran travesía para vuestros ojos, como lo fue para los pies de Coriat[355], que viajó a pie a Mogorr; no sé si su viaje los lisió, pero de seguro los cansó; así harán mis libros con vuestros ojos, si es que no los ciegan, no sé, si al leerlos, o al esforzarse en
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leer pintarrajos por letras. Además, hay borrones tan enormes que los asemejaría a anchos mares, o a vastas montañas, que en una línea similar fatigarán vuestros ojos al extenderse por el horizonte, como a los pies caminar a lo más alto de los Alpes. También hay grandes, complicados garabatos, que serán tan nocivos para vuestros ojos como los caminos largos y pedregosos serían para vuestros pies. Por tanto, permitidme persuadiros como amiga vuestra a no aventuraros a leerlos a la desesperada, ya que ni podéis obtener beneficio ni deleite en la labor. Si hubiera alguna posibilidad de acrecentar vuestro conocimiento o de enriquecer vuestro entendimiento tendríais alguna razón para aventuraros, pero estaréis tan lejos de ampliar vuestro conocimiento, al entrar a una inmensa selva y a un complicado laberinto, donde perderéis vuestra paciencia, y estaréis tan lejos de enriquecer vuestro entendimiento que empobreceréis vuestra memoria presente. Y dejadme que os diga que mis dieciséis libros son tan tediosos, molestos y peligrosos para vuestro entendimiento como los secos, vastos, arenosos y estériles desiertos de Arabia para los viajeros, y tal espesa niebla de sinrazón y nubes de ignorancia se elevarán ante vuestro entendimiento que no solo lo cegarán, sino que estarán prestas a sofocarlo, parecidas a las nubes, o las dunas de arena, que se elevan y ciegan y a veces ahogan a aquellos que cruzan esos desiertos. Pero si no hay persuasión que os convenza, sino que estáis resuelta a verlos, decídmelo en vuestra próxima carta y os los enviaré, aunque muy en contra de la voluntad de
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXXXII
Señora,
Lady S.K. os presenta sus respetos. Ciertamente no está bien, aunque no tan enferma como para obligarla a estar en cama. No sé cómo juzgar su enfermedad, porque está delgada y rolliza a un tiempo, como el ídolo mencionado en la Sagrada Escritura, que era en parte de barro, en parte de piedra, y en parte de hierro, solo, tal y como recuerdo, sus pies y piernas estaban hechas de barro[356], mientras que los pies y las piernas de ella son todos de hueso porque están tan consumidos que no los cubre la carne, pero sus caderas, el cuerpo y los pechos son tan carnosos y rollizos que uno podría pensar que no tiene huesos, por motivo de que no se ven o se sienten; y sus brazos, manos, cuello, y cara son tan pálidos y delgados que parecen blancos como la plata, y por falta de sangre y carne están tan secos que están tan ásperos como la piedra sin pulir, y con su enfermedad se ha vuelto tan melancólica que parece como una imagen sin vida o un ídolo impasible. Pero su verdadera virtud y su noble alma, y su vida honorable, la han hecho más merecedora de humana adoración que el importante ídolo o imagen, antes mencionado, su idólatra y divina adoración, y es más digna de estar instalada en un altar de la fama que tales ídolos en un altar religioso, y de recibir alabanzas, aunque no oraciones. Por eso, puede ser adorada como una diosa, sin supersticiosa idolatría, y tener virtuosos devotos; pero aun así ella desea tener el consejo de los mejores doctores para su salud, por lo cual os suplica que le enviéis los más afamados doctores en medicina que hay en vuestra ciudad; no ahorrará ningún gasto, si son personas capaces, sino que les pagará por su consejo; porque los doctores venden su conocimiento y los pacientes compran su salud, y su conocimiento es un bien principal, porque cuanto más conocimiento venden los doctores en medicina, más obtienen de la experiencia de las enfermedades; y así todas las cosas llegan más por la práctica que por el estudio, y la salud gana más por la templanza, el ejercicio, y el aire libre, que por la medicina. Y así añadiendo mis oraciones a su templanza, a la habilidad del doctor, y a la medicina, quedo,
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Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXXXIII
Señora,
Quisisteis contarme las quejas de Mrs. W.A. sobre las descortesías de Sir A.M.; no es digna de lástima, ya que fue culpa suya estar en compañía de hombres descorteses, pero ciertamente él estaba bebido, o ella lasciva, bien en su comportamiento, o en su discurso, o en ambos, de otro modo no puede creerse fácilmente que una persona de su condición sea tan descortés con una persona de su excelencia, porque los hombres honorables son o deberían ser centinelas de la honra de las mujeres, para protegerlas de todo mal y no para traicionarlas con sus descortesías. Por tanto, lo más seguro para las mujeres es no estar en compañía de un solo hombre, ni en solitario, sino cuando haya más que ellas mismas, a menos que sean sus parientes, como maridos, hermanos, padres, hijos, tíos, y otros así; porque las mujeres están tan lejos de rehuir las compañías masculinas que van de un lugar a otro para encontrarse con ellos, y los invitarán a jugar a las cartas, a bailar, o a otras reuniones, y parecen aburridas, melancólicas e indispuestas cuando no están en compañía de hombres, y en su mayoría, cuanto más bárbaros son los hombres más complacidas están las mujeres, o al menos lo parecen. Pero, tal vez Mrs. W.A. tenga celos de otras mujeres, porque los celos albergan quejas, y sus lenguas tienden a hablar con brusquedad de aquellos a los que más aprecian, y lo que me lleva a pensarlo es que Mrs. W.A. ha estado a menudo en compañía de Sir A.M. y nunca se ha quejado, sino que parecía más complacida cuando él estaba con ella. Por lo cual, cuando el carácter celoso se aplaca, ella tal vez se arrepienta de sus quejas temiendo que lleguen a sus oídos, y con ello que se enfade y que no acuda a visitarla, y entonces es probable que ella lo elogie más de lo que se ha quejado o hablado en su contra, para invitarlo de nuevo; porque algunos elogios son más para atrapar o para atraer, como las alabanzas insinuantes, que las justas alabanzas para recompensar el mérito. Pero dejando a Mrs. W.A. con sus quejas, o sus quejas con Sir A.M., quedo,
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Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXXXIV
Señora,
Gustasteis de contarme en vuestra última carta que habíais oído sobre las siete maravillas del mundo, pero que solo habíais visto esa que puede considerarse la octava, que son los libros que os envié. Pero, señora, me sorprende más que os tomarais las molestias de examinarlos que el que yo los haya escrito, o gastado tanto papel, porque las muchachas siempre se ocupan sin un propósito, y se deleitarán en arañar una pared blanca con un carbón, o un papel con tinta y pluma, mientras que consideran un tormento aprender una hermosa caligrafía o el arte de iluminar; y en mi opinión, no hay mejor argumento para el libre albedrío que observar cuán contrarias son la obligación o la fuerza para la naturaleza humana. Pero cuando considero que la humanidad en su mayor parte desea lo que es peor y más dañino para ellos mismos, o para su especie, entonces tiendo a pensar que la humanidad está predestinada a hacerlo así, de otro modo sería extraño que los seres humanos se hieran deliberadamente, cuando tienen lo que se denomina razón, que les previene de que aquello que desean es dañoso según ellos, o para ellos. Pero en cuanto a mis libros, pensaríais que estoy ligada a la profesión del escribiente, no para escribir con claridad sino para gastar papel, porque al cobrar en su mayor parte por el número de hojas, y no por las letras[357], ponen tan pocas en una hoja de papel como sutilmente pueden, dejando un gran espacio entre líneas, y hacen sus letras tan grandes y holgadas como pueden, para no deformarlas, también con grandes florituras; pero mi libro es un beneficio para vos, que no pagáis nada por lo escrito sino vuestra vista, aunque la vista es ciertamente más valiosa que las riquezas de Pluto[358], porque es la joya más curiosa, espléndida y preciosa en el tesoro de la naturaleza. Pero, señora, para no duplicar o triplicar el cansancio de vuestra vista con mis libros, y después con esta tediosa carta, me despido y quedo,
Señora,
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La más fiel amiga y servidora
de vuestra Señoría.
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CXXXV
Señora,
No soy de la opinión de que los planetas tengan una influencia o poder sobre las fortunas, o cualquier accidente externo de los hombres, como es que tales serán esclavos y tales reyes, tales serán ricos y tales pobres, tales perecerán en las guerras y tales se ahogarán, o morirán al caerles una piedra sobre sus cabezas; tales serán quemados, tales ahorcados, y tales escaparán de esos y otros peligros; tales hombres y mujeres se enamorarán y se casarán, y tales no, también cuántos maridos tendrá tal mujer y tales otras no tendrán ninguno, y así también para los hombres, amantes y esposas, por ascenso y deshonra, honores y dignidades, puestos y autoridades, y por toda clase de fortunas o accidentes, digo, creo que los planetas no son las causas de estos efectos externos; pero como creo que las estrellas y los planetas tienen una influencia sobre los cuerpos de los hombres, como sus cuerpos tienen sobre los planetas y los elementos, así también pueden tener una influencia sobre los humores corporales, como sobre la flema, la cólera, la melancolía, la sangre[359], y otros parecidos, y pueden obrar efectos para la salud, la enfermedad, los dolores, las úlceras, las legañas, y demás. Pero estoy en lucha conmigo misma, acerca de si también tienen influencia u obran varios efectos sobre las mentes de los hombres, como sobre sus cuerpos; y cuando considero las variadas alteraciones y los cambios que se producen en las mentes de los hombres, estimo que son movidos y alterados según los movimientos, influencias y efectos de cada planeta o estrella. Porque si observamos, no solo sus pensamientos, pasiones y afectos varían y cambian al minuto, cada hora, cada día, cada semana, mes y año, sino también sus capacidades, conceptos, juicios, entendimientos, opiniones e ingenio; porque la mayoría tiene más profundas capacidades, más elevados conceptos, juicios más sensatos, más puro entendimiento, opiniones más probables e ingenios más vivos, en algunos más que en otros momentos, y a veces pueden considerarse sabios y otras veces meros necios, a veces hablarán con mucho ingenio y otras veces mera necedad, o al menos palabras sin
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ingenio; a veces darán sabio consejo como Néstor, Ulises, o Aquitofel[360], otras veces, no serán capaces de dar ni de aceptar consejo; algunas veces considerarán y entenderán fácilmente y con claridad aquello que es concebible y comprensible para el ser humano, otras veces parece como si no tuvieran sentido o razón. Lo mismo sucede con las propiedades, las pasiones, los afectos y las virtudes de la mente, que a veces son muy valientes y otras, meros cobardes; a veces noblemente generosos, otras veces viles codiciosos; a veces honradamente justos, otras veces erróneamente injustos; a veces muy compasivos, otras veces muy crueles, o desalmados; a veces tan enojados que de tan furiosos nadie osa hablarles, otras veces tan pacientes que consienten que cualquiera les time; a veces aman hasta la muerte, y a veces odian a muerte, una y la misma cosa; y esto es algo habitual y universal entre los hombres, lo que me hace inclinarme hacia la opinión de que las estrellas y los planetas tienen una influencia sobre las mentes de los hombres; pero soy absolutamente de la opinión de que no tienen influencia o poder alguno sobre la educación de los seres humanos, no más de la que tienen sobre las fortunas o las desgracias de la humanidad; porque en aquellos hombres que han recibido una buena y sabia educación, los efectos de la educación son demasiado poderosos para la influencia de las estrellas o los planetas, de tal modo que algunos hombres pueden ser constantemente prudentes, justos, valientes, generosos, benévolos, judiciosos, ingeniosos y sabios. También los efectos de la educación y los efectos de los planetas pueden cruzarse y enfrentarse entre sí, y entonces los efectos más fuertes se llevarán la victoria para bien o para mal; y esta es la razón de los dilatados debates, dudas, y consideraciones antes de que los hombres lleguen a conclusiones o resoluciones; y en verdad, creo que los sentidos tienen una gran influencia sobre la mente, como tienen las estrellas y los planetas, ya que los objetos hermosos, los sonidos melodiosos, los dulces sabores y el tacto agradable tienen tan gran influencia sobre la mente y causan efectos tan variados y firmes, como hacen, o pueden hacer, las estrellas y los planetas. Pero dejando las estrellas, los planetas, la educación y los sentidos a sus influencias, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXXXVI
Señora,
Gustasteis en vuestra última carta pedirme que os enviara mi opinión sobre la enfermedad o la debilidad de Lady S.K.[361], pero ciertamente, yo no debería ser tan presuntuosa de mi propio juicio como para daros mi opinión, si no me lo pidiera, o deseara que lo hiciera vuestra señoría, que tenéis poder para mandar sobre mi mente y mi cuerpo hasta sus últimos esfuerzos para serviros y obedeceros. En cuanto a Lady S.K. creo que su mal viene de la obstrucción del mesenterio[362], y de las venas del hígado, que cuando se obstruyen, bien por humores fríos o por sequedad, o por acidez, no puede sacar o sorber suficiente alimento para extenderse o dilatarse hasta las extremidades, porque los humores fríos y viscosos obstruyen las venas, al pegarse en su boca u orificio; y lo ácido o lo amargo seca las venas, y así las encoge o las arruga, y cierra la boca de las venas, de tal modo que no pueden abrirse con facilidad por sí mismas, para sacar o sorber suficiente alimento, por lo cual las extremidades desfallecen y el cuerpo se vuelve sucio e impuro, y provoca un desbordamiento en el cuerpo, haciendo que se hinche por falta de paso o conducción, o bien causa un impropio ardor, que seca el cuerpo en una fiebre agitada, abrasando las entrañas y las nobles partes vitales con un calor sofocante que seca esas partes, como la lengua de ternera, el tocino, o la carne en salazón se seca ahumándola; o prende esos humores, reunidos y apilados en un fuego, como una pila de heno mojado o un arcón lleno de sábanas húmedas, que necesitan ventilarse para que exhale el vapor. Así, el cuerpo de Lady S.K. es rollizo, y sus piernas y brazos, cuello y rostro, delgados, porque esas partes que están junto a la boca de las venas, se alimentan y crecen demasiado, al tener más que lo que la naturaleza necesita, porque las partes internas reciben doble alimento, teniendo el sustento, no solo el que les pertenece, o es suficiente para ellas, sino también el que pertenece a las extremidades, como piernas, pies, brazos, manos, cuello, y rostro, de tal modo que una obstrucción de las venas causa la inflamación del cuerpo o la hinchazón externa, como cuando los labios están cerrados, y el vapor
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que asciende, o el aire oprimido, llena la boca, los carrillos, y toda la cara se hinchará y se inflamará tanto como para ser tan grande como una cara y media. Lo mismo sucede con el cuerpo, cuando las bocas de las venas que succionan se obstruyen, también origina vómitos, o flujos, porque cuando las venas están demasiado llenas de aire, o de sangre, o se obstruyen por un humor o sequedad, el cuerpo se llena demasiado del humor, se desborda, y fuerza una salida, bien por uno o por ambos extremos del cuerpo, porque las venas al estar rebosando no pueden recibir más líquido dentro de ellas que cuando el estómago está repleto de comida o bebida, sino que se ven forzadas a expulsar lo que quiera que se les ofrezca, así las venas se convierten en un estómago sobrecargado, y cuando se obstruyen es como si se asfixiara la garganta o se estrangulara el cuello, y no puede recibir nada, porque ninguna cosa pasará que no le obligue a arrojar lo que quiera que se les ofrezca, de tal forma que el efecto es como si uno, tanto de saturación como de vacío, obstruyera las venas, solo que las venas saturadas hacen que el cuerpo se hinche y se inflame, por todas las extremidades, así como por los órganos internos, o las partes contiguas, mientras que las venas vacías, secas, causan solo la inflamación o la hinchazón de los órganos internos y de las partes pegadas a la boca de las venas; pero se parecen, bien porque arrojan de ellas, o porque oponen resistencia. Por ello, señora, he obedecido vuestras órdenes, al escribiros mi opinión; y rogando vuestro perdón por ser tan tediosa al explicarla y manifestarla, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXXXVII
Señora,
Os complació contarme en vuestra carta cuánto os habéis desconcertado, al ser sorprendida por una visita que no esperabais. En verdad, señora, soy muy sensible a vuestro dolor, en tanto que creo que siento lo que sufristeis, porque yo misma he estado, y todavía estoy, tan turbada con esa imperfección (si puede llamarse así), que he estado tan a menudo tan avergonzada que no solo me he compadecido de mí misma, sino que otros se han compadecido de mí, que no es una condición que yo elegiría, y los razonamientos que esa timidez deja en la mente son tan grande aflicción como la mente puede albergar para un inocente defecto, porque no es un crimen ser tímida, ni una deshonra ni para la vida, ni para el alma, aunque sea un inconveniente para la persona, porque la timidez produce efectos diversos en el cuerpo y la mente. En cuanto a la mente, perturba tanto los pensamientos, que los pensamientos se disponen en confuso desorden y ninguno de ellos discurre en proporción; tampoco consentirán que las palabras salgan de la boca, o si lo hacen, son pronunciadas sin sentido, más aún, a veces no en lengua conocida, siendo solo partes de palabras, o partes de las letras de las palabras; y otras, muy al contrario, hablarán tanto y tan rápido que nadie puede entender lo que dicen, o lo que querrían decir; en verdad, tan rápido que no hacen pausa ni distinción. Por otra parte, otros serán tan chillones y escandalosos al hablar que ensordecen los oídos de los que los escuchan, y otros tan delicados y bajos que no puede oírse lo que dicen, y algunos cuando se avergüenzan se ríen de cada palabra que hablan, o que les dirigen, aunque el asunto sea tan triste y lamentable que sea adecuado acompañarlo de lágrimas. Y en cuanto al cuerpo, cuando la mente es tímida tiene diversos y variados movimientos poco apropiados, como que a algunos el labio inferior les tiembla tanto que se torcerá, como en medio de una convulsión, y a algunos les bizquearán los ojos tanto que no podrán ver nada con claridad, y algunos sacudirán tanto la cabeza como si tuvieran los temblores; y en algunos sus piernas temblarán tanto que apenas pueden aguantar al cuerpo
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para que no se caiga; y, para algunos, todo su cuerpo será como si tuvieran los sudores fríos de la fiebre; y, para otros, cuando están avergonzados tienen tal falta de espíritu, que se ven obligados a susurrar para estimularlos; y otros, cuando se sienten avergonzados, palidecerán tanto como si partieran de este mundo, y al contrario, a otros les saca el rubor de tal modo, como si un torrente de sonrojos le vinieran al rostro, que parece que estén borrachos, y que fuera el licor del vino el que les crea ese color fuerte y encendido, y muchas otras caras inapropiadas, y varios e inapropiados atuendos, posturas, movimientos y palabras sin sentido que no vamos a describir. Pero sea como fuere, un rostro tímido representa una mente sensata y una naturaleza modesta, y no la culpabilidad de los crímenes, porque a aquellos que son tan temerarios como para cometer un crimen, no les falta confianza para afrontarlo. Por lo cual, señora, no permitáis que vuestra tímida conducta sea un trastorno para vuestros inocentes pensamientos y vuestra vida virtuosa, a cuyo pensamiento y vida os dejo, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXXXVIII[363]
Señora,
Una vez, antes de vuestra última carta, me pedisteis que os diera mi opinión sobre la influencia de los astros; lo hice, y ahora deseáis de nuevo mi opinión, que, si os la diera, quizás podría contradecirme. Pero en verdad, creo que los planetas o astros no tienen mayor influencia sobre los cuerpos, las mentes, y las naturalezas de los hombres que una criatura tiene sobre otra, o varias criaturas sobre una, o una sobre varias; porque aunque los cuerpos, los ánimos, las constituciones y las mentes de los hombres están sujetos a la alteración y los cambios, sin embargo, procede de su principal naturaleza, como de la naturaleza humana, y vemos por experiencia y observación que los planetas no tienen poder sobre las leyes, las costumbres y la educación, que están más firmemente arraigadas, como para alterarse por los distintos efectos de los astros y planetas, que leyes, costumbres, y educación tienen poder sobre los apetitos, las pasiones y las constituciones de los hombres. Pero podemos observar que los efectos de los planetas varían permanentemente, porque si fueran constantes en sus efectos, no habría cambio ni alteración, y si tuvieran un poder absoluto sobre el resto de las obras de la naturaleza, como muchos consideran o como dicen otros, sino solo sobre la humanidad, sus efectos o influencias opuestas crearían tal confusión que provocarían una completa destrucción de aquello sobre lo que ejercen su poder, que serían obstrucción y obstáculo de los metódicos procesos de la naturaleza, y de ciertas reglas y decretos por los que se rige, a menos que dijerais, «Los astros, o planetas, son la suerte y el destino de toda la humanidad»; si fuera así, no habría necesidad de educación, leyes, o justicia. Pero los astros y los planetas son demasiado inconstantes y cambiantes como para decretar y determinar cualquier cosa, porque no hay seguridad ni certidumbre en los efectos o la influencia de los astros y planetas, hay más seguridad en la educación y las costumbres de los hombres, y la costumbre y la educación tienen efectos más poderosos, porque la costumbre y la educación pueden alterar la ineptitud en las capacidades naturales y el entendimiento, las torpes, tercas
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disposiciones, o las maliciosas pasiones de la mente; también a veces templa los desiguales humores del cuerpo, y puede reprimir los insaciables apetitos del cuerpo y los sentidos, y la larga costumbre muda la naturaleza de los hombres. Además, las constituciones sanas y fuertes se tornarán enfermizas y débiles con los desenfrenos y las irregularidades, y las enfermas y débiles constituciones se harán fuertes y saludables con la templanza y la regularidad. También la educación hace del hombre un ladrón y de un ladrón un hombre honesto, y es la fortuna la que hace a los reyes y los mendigos, y no los planetas, porque todos los que nacen en un mismo momento no tienen la misma suerte, como cuando nace un rey, o de otro modo habría miles de reyes, al nacer tantos niños al mismo tiempo. De igual modo, todos los que nacieran en tal momento serían poetas, filósofos naturales, y otros así, mientras que hay tan poco de ellos como de reyes. También todos los que nacen en un momento determinado serían hombres sabios, justos y prudentes, según la influencia de los astros, pero si fuera así creo que habría hombres más sabios y justos de los que hay, mientras que ahora por un sabio hay miles de necios. Además, demostraría que los astros tienen más poder y mayor influencia para producir necios, bribones, esclavos y mendigos, que sabios, justos, libres y nobles ricos. Y si los planetas no tuvieran poder sobre la fortuna ni sobre las mentes de los hombres, sino sobre sus cuerpos, entonces la influencia que tiene el alma sobre el cuerpo desmentiría la influencia de los planetas, y la influencia de los planetas desmentiría la influencia del alma, de tal suerte que por su oposición el cuerpo sufriría perpetua tortura y la mente inquietud; y si los planetas tuvieran influencia sobre el alma y el cuerpo, entonces seríamos buenos y malos, malvados y piadosos, valientes y cobardes, enfermos y sanos, hambrientos y sedientos, o de otro modo no tendríamos apetito, según fuera voluntad de los planetas y según su influencia. También todos los hombres serían buenos o malos, enfermos y sanos, sabios y necios, valientes y cobardes, en un momento dado, según fuera el signo o la influencia, de tal forma que todos los hombres bajo el dominio de tales astros o planetas serían iguales en un mismo momento, y si a todos los hombres les gustara o amaran a una mujer, en el mismo momento, o todas las mujeres a un hombre, esto es, tantos como la vean o lo vean, esa mujer tendría más servidores y pretendientes de los que le complacieran o pudiera corresponder, y el hombre más damas que el Gran Turco. También, si todo estuviera bajo el dominio de los planetas, miles a la vez
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serían inspirados por poético arrebato, y poco después serían torpes y estúpidos bobos cuando la influencia cambiara. Pero creo que hay una mayor influencia de una nación sobre otra, según el interés, la fuerza y la potencia, y así también de un hombre sobre otro, conforme al interés, el poder y la autoridad, que las que los astros y planetas tienen sobre las diversas naciones, y sobre diversos y particulares hombres, que produce mayores efectos que los que los efectos e influencias de los planetas pueden hacer; no porque yo crea que los planetas pueden obrar efectos repentinos, más aún, mucho más repentinos e inmediatos, como vemos por los efectos del calor y la luz del sol. Pero creo que la belleza y la inteligencia tienen una mayor influencia sobre las pasiones de la mente, y los sentidos, y los apetitos del cuerpo, que los astros. Y ¿por qué no podemos pensar también que las acciones, especialmente las acciones universales de los hombres, pudieran tener tan gran influencia o poder sobre los astros y planetas como se piensa que los astros y planetas tienen sobre los hombres? Porque no veo razón para lo contrario, ya que son nuestros semejantes y no dioses. Pero sin duda, toda parte y partícula de la naturaleza tiene una influencia sobre otra, de lo que se derivan los diversos efectos, y estos efectos tienen influencia sobre otros efectos, unos sobre algunos, y otros sobre otros, o acaso tienen todos un efecto preciso sobre otro, como los muchos granos de maíz que son la base para una hogaza de pan, muchos y diversos materiales para una casa, muchas y diversas familias para un gobierno, muchas y diversas naciones para un mundo, y muchos y diversos mundos para un universo. Así, señora, he obedecido vuestra segunda orden, sobre las influencias de los astros y los planetas, como hice con la primera, pero en este último discurso no pareciera que creo en la influencia de los astros sobre los cuerpos o las mentes, no más que los cuerpos o las mentes tienen sobre los planetas, y con ello sobre la fortuna, la educación, las leyes, la costumbre, y cosas parecidas, mientras que en mi anterior carta dije que la tenían sobre el cuerpo y que estaba dispuesta a creer que la tenían sobre la mente. Pero desde que escribí la anterior carta sobre este asunto he pensado más de lo que lo había hecho antes, y creo que toda criatura tiene alguna influencia sobre otra. Pero dejo ambas cartas y las opiniones y argumentos escritos en ella a vuestro mejor juicio, y quedo,
Señora,
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Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXXXIX
Señora,
Siento oír que Sir S.K. está tan hinchado por la hidropesía que se está muriendo; en verdad la hidropesía es una enfermedad que apaga el fuego, o la llama de la vida, como una antorcha, vela, o lámpara, que tiene más agua que aceite, o calor vital, de tal modo que uno puede decir que aquellos que están hinchados por la hidropesía tienen un río o un mar en su cuerpo están ahogados, no por el agua exterior sino por la de su interior, como un diluvio interno; y un cuerpo hidrópico es como el diluvio de Noé, donde las partes internas son las distintas naciones, y los espíritus animales los que se ahogaron allí, pero el alma, como Noé, está a salvo en el arca del cielo, y en el Día del Juicio será devuelta al mundo corporal otra vez. Pero dejando la comparación, la hidropesía procede de diversas causas, a veces de una sequedad, a veces de un ardor, y a veces del frío; algunas hidropesías de una debilidad, a veces de una obstrucción, y a algunas de un exceso. En algunos pueden curarse los efectos, al alterar o eliminar las causas; en otros, la causa es esencial, no puede eliminarse sino por la muerte, y por ello no puede curarse en vida. Pero cualquiera que sea la causa, tanto si es curable como incurable, el mejor remedio para prolongar la vida del cuerpo enfermo, o para curar lo que puede ser curado, es hacer sangrías[364], que como esclusas vacían el agua del cuerpo, tanto como para evitar que se desborde, o son como los grifos de los barriles llenos de licor, que corre por los orificios. Pero no debe haber solo una esclusa, o un orificio, sino dos o tres, para descargar el exceso del agua que entra o que crece en el cuerpo. Ciertamente, he oído que aquellos que tienen sangrías, digamos, se sienten un tanto molestos; sin embargo, no tanto como un bulto hinchado y pesado, o un cuerpo enfermo e indispuesto. Pero por vuestra carta percibo que Sir S.K. está tan desbordado que no puede vaciarse tan velozmente como para salvar su vida, sino que se ahogará, sumergido en el remolino de la muerte. Y así dejando su alma a Dios, quedo,
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Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXL
Señora,
Escribisteis en vuestra última carta que Lady G.D. toma refrescantes julepes por la mañana y licores cuando se va a la cama para digerir los crudos humores; pero mi razón me dice que se equivoca, porque, por ejemplo, la madera seca y la mojada, o la marchita y la verde, aunque se le prenda mucho fuego a la madera verde, o a la mojada, no se quemará con rapidez. Más aún, esa madera apaga el fuego más a menudo que el fuego prende la madera, porque los vapores húmedos que emiten, o que provoca el calor del fuego, destruyen el calor que produjo esos vapores, mientras que, por otra parte, la madera seca o marchita, cuando prende en una llama abrasadora, arrojad solo un poco de agua sobre ella y apagará el fuego llameante. Así son los cuerpos de los hombres, se enfrían más fácilmente cuando están encendidos, aplicando refrescos como julepes, tisana, agua de cebada, y otros así, que calentándolos con licores cuando están llenos de humores crudos, brutos y acuosos; porque las fiebres, aunque sean intensas, si no proceden de causa alguna sino del calor sobrenatural, se curan más rápido y fácilmente que la fría parálisis y otras enfermedades frías. Por lo cual, es mejor tomar primero lo caliente y después lo refrescante, que tomar lo caliente después de lo refrescante, porque lo caliente después de lo refrescante provoca más un calor asfixiante que el calor de la cocción, la digestión o la exhalación, ya que solo llena el cuerpo de vapores, como la leña mojada o verde llena una estancia de humo, pero un cuerpo saludable no debe estar ni demasiado caliente, ni demasiado frío, ni demasiado seco, ni demasiado húmedo. Y así, dejando a Lady D.G. a sus julepes y cordiales, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXLI
Señora,
Siento oír que tenéis intención de volver a I.[365] porque sé que nada sino la pura necesidad podría haceros volver allí, aunque sea vuestra tierra natal, habiendo sido inhumanamente privada de todo vuestro sustento por el ávido saqueo de vuestros inhumanos compatriotas, abandonada a buscar, de forma errante, el favor de la fortuna, que es tan inconstante como ellos crueles, pero percibo por vuestra estancia en el viaje que la fortuna, que tan inconstante es generalmente, sin embargo ha tenido más piedad y compasión de vuestros sufrimientos que aquellos que os protegen del extremo de la miseria a la que os han expuesto; con todo, los que tienen vuestros bienes no pueden ser mucho más dichosos, aunque nunca los recuperéis, porque no van a disfrutarlos mucho tiempo; la vida más longeva es corta, y hay un antiguo dicho, «No podemos llevarnos nuestros bienes materiales a la tumba». En verdad, la muerte no hará uso de ellos, ni la vida será tan placentera, sino penosa para ellos. Lo cierto es que es mejor no tener más que lo necesario, el exceso muy a menudo lleva al lujo, que causa dolorosos males al cuerpo, inquietos deseos a la mente y estorba el dulce reposo de la vida que tendría en la satisfactoria templanza y en una fortuna modesta; y ciertamente, la mejor vida y la más feliz es no estar oprimido por las riquezas, ni angustiado por la pobreza, y si el cielo nos bendice librándonos de la desgracia de una, no tendremos motivos para quejarnos por la pérdida de la otra; así, es probable que aquellos que os han robado vuestra gran hacienda sufran más por sus conciencias opresoras y acusadoras y por sus inestables posesiones que vos, que os han robado todo, excepto aquello que no pudieron conseguir, como vuestra naturaleza virtuosa, vuestra mente honorable, vuestros pacíficos pensamientos y la protección del cielo, a la cual os dejo, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXLII
Señora,
Puede observarse que la mayoría de los hombres y las mujeres están tan ocupados descubriendo las faltas de otros hombres y mujeres que olvidan las propias, y cuando perciben alguna falta en otros se regocijan de tal modo que sus lenguas parecen trompetas, que hacen sonar sus reproches. También se ocupan de indagar las desgracias de otros, pero nunca consideran que las mismas u otras desgracias puedan caer sobre ellos; también se ocupan en indagar los asuntos privados de cada persona, como su fortuna, la organización de sus familias, sus placeres o sus malestares, más aún, de cada persona o cosa que no les concierne; pero estas naturalezas y condiciones inquietas habitan en personas ociosas, como la mayor parte de la gente de alcurnia, y no con los diligentes, no, con los más necios, no con los más sabios, porque los sabios nunca indagan los asuntos de otros hombres que no les conciernen, ni se entrometen en las faltas de otros hombres si no les tocan; a todos desean lo mejor, no se preocupan por nada sino sus propios asuntos, dejan que otros hombres sufran por sus propios crímenes, y se cuidarán de no ser culpables de crímenes por los que deban sufrir; averiguarán cuánta provisión se vende cuando tienen que comprar, no de lo que gastan sus vecinos; no van a sesiones o juicios para oír las acusaciones o las condenas a menos que se les ordene o se les convoque, ni preguntan qué ladrones o cuántos de ellos son ahorcados, pero se cuidan de que ningún ladrón les robe; y si son terratenientes y no cortesanos no indagan qué mascaradas, banquetes y comedias hay en la corte, sino qué halcones y galgos hay en el campo, para sus propio disfrute y ejercicio, y si fueran sabios cortesanos (aunque no hombres sabios) no preguntan qué veladas y qué ferias hay en el campo, sino por qué cargos o puestos deben suplicar; tampoco los sabios ciudadanos preguntan por los halcones o los galgos del campo, ni por las reverencias de moda que se hacen en la corte, ni por amoríos cortesanos, sino que se preocupan por sus mercancías, y por cuánto pueden liquidar de sus almacenes, y a qué feria enviarlas; en verdad
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preguntarán por un cortesano, si les debe dinero. Tampoco los granjeros sensatos preguntarán por el precio del satén, sino por cómo está el mercado del maíz, ni sus esposas preguntarán por cómo se vende la pintura, sino por los queseros a los que comprar sus quesos y sus ollas de manteca; por lo cual, en mi opinión, las sociedades deberían separarse de propio acuerdo, como si de varias naciones se tratase, los cortesanos deberían tratar solo con cortesanos o con gente de la corte, y los terratenientes con terratenientes, los ciudadanos con ciudadanos, los granjeros con granjeros, y creo que así lo hacen, al menos les complace más la conversación con sus iguales. También los hombres de estado deberían tratar con hombres de estado, los eruditos con eruditos, los ingeniosos con ingeniosos, o de otra forma perderán el ingenio; verdaderamente, las sociedades deberían seleccionarse y no mezclarse, y cada sociedad debería moverse dentro de su propia esfera, porque lo cierto es que en las sociedades mixtas hay una confusión de lenguas, ingenios, capacidades, y cosas de este modo[366]. Pero para no enredar con las palabras en esta carta, me despido de vos, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXLIII
Señora,
He oído que se ha hundido el barco en el que el hombre que estaba al cargo y cuidado de mis obras las llevaba a I. para ser impresas, estando yo entonces en A.[367], lo que cuando llegó a mis oídos me turbó grandemente, y si no hubiera tenido conmigo los originales, en verdad me habría afligido mucho y considerado la pérdida de mis veinte obras como la pérdida de veinte vidas, porque en mi mente habría muerto veinte veces, lo que habría sido un gran tormento, o habría seguido el destino de esas veinte obras, casi ahogada en saladas lágrimas, como aquellas en el salado mar; pero están destinadas a vivir, y espero que yo en ellas, cuando mi cuerpo muera y se convierta en polvo. Pero soy tan prudente y cuidadosa de mi pobre labor, que son mis escritos, que siempre conservo conmigo copias sanas y salvas hasta que pasan por la imprenta, y luego arrojo los originales al fuego, como los padres que están dispuestos a morir cuando tienen la certeza de la vida de sus hijos, sabiendo que cuando envejecen, pasada la juventud, son inútiles para el mundo. Pero de qué manera sus cuerpos de papel se consumen, como los emperadores romanos en piras funerarias, no sé si un águila sale al vuelo, o si se convierten en una estrella incandescente, aunque producen una gran luz brillante cuando se queman; y así dejándolos a vuestra aprobación o condena, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXLIV
Señora,
Explicasteis en vuestra última carta que Sir O.B. había contado a un conocido vuestro que no comprendía mis Philosophical and Physical Opinions[368], y yo doy fe, porque él no tiene un cerebro filosófico, y por tanto no puede comprender las razones filosóficas, pero si hubiera dicho que no había sentido ni razón en esas opiniones no le habrían creído, a menos que lo hubiera probado, lo que estoy segura de que no puede. Porque es imposible esperar que mi libro sea comprendido por todo el que lo lee, porque se necesita un entendimiento más poderoso para comprenderlo que para comprender el alfabeto[369]; además, es más difícil, porque hay opiniones nuevas nunca antes divulgadas; como, por ejemplo, si un hombre hizo una oración en una lengua que sus oyentes no habían oído antes, por no entender la lengua, ¿condenarían esta oración? Eso sería no solo injusto, sino necio, condenar lo que no pueden juzgar porque no lo comprenden. ¿O dirían que no pueden comprenderlo porque nunca han aprendido esa lengua? Si todos fueran de esa opinión, no habría lenguas que enseñar o aprender, sino que cada uno se limitaría a su lengua nativa; es más, todas las lenguas desaparecerían, porque no se las enseñarían a sus hijos al ser un trabajo perdido[370], y así olvidarían lo que quiera que ellos mismos hubieran aprendido, o de otro modo esa opinión no duraría; por tanto, lo que quiera que se invente debe enseñarse y aprenderse por los mejores medios. Pero esto es solo para explicar qué ligeramente juzgan algunos, o censuran por despecho, y creo que las opiniones o las doctrinas de los filósofos naturales anteriores no fueron más comprendidas al principio, que si las hubieran escrito o explicado en lenguas desconocidas, hasta que poco a poco su lengua se aprendió, esto es, sus opiniones fueron entendidas por aquellos que hicieron de su oficio estudiarlas, y con ello comprenderlas, pero ellos tenían esta ventaja, al ser hombres, ya que tenían la libertad no solo de escribir sus opiniones, sino de predicar, enseñar e instruir a otros para que los comprendieran. Pitágoras imponía
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cinco años de silencio a sus alumnos, porque no consentía que la conversación les apartara del estudio u obstruyera su entendimiento, y no hay ningún filósofo de renombre del que yo haya oído que no enseñara o explicara sus propias opiniones, además de inscribirlas en letras, formas, cifras, o de otro modo. Por lo cual me temo que es probable que la verdadera comprensión de mis opiniones filosóficas se pierda por falta de una correcta explicación, porque pueden ser interpretadas no como las concebí, esto es, no según mi sentido o significado, porque no es adecuado para mi sexo ser oradora en público, para declarar o explicar mis opiniones en escuelas, y si fuera así, no obstante, no tendría ni la confianza ni el conocimiento para hablar a una asamblea, ni las formas o frases que usan los maestros del conocimiento. Tampoco es apropiado que sea tutora para enseñar e instruir a alumnos, aunque solo sea sobre mis opiniones filosóficas, ni creo que tenga tanta paciencia, al ser una mujer, para esa profesión, como para martillear o golpear la comprensión en torpes capacidades o cerebros obtusos; por tanto, debo dejar mi obra sin ser explicada en palabras, aunque la he escrito tan sencillamente para su entendimiento como la naturaleza, o la materia, o el asunto permiten, o dan lugar. Pero dejo a la protección del cielo y a la recompensa de la naturaleza el favorecer y bendecir mis inofensivos trabajos, y recompensar mis estudios naturales con certero entendimiento y debido elogio, que ni el resentimiento ni la ignorancia puedan condenarlos, sino que el tiempo los guarde y la fama los divulgue para que puedan vivir en edades venideras, de tal modo que esta obra que Sir O.B. no entiende sea comprendida cuando Sir O.B. ya no viva, y que viva cuando Sir O.B. muera y sea olvidado. Pero, señora, para que yo no me olvide de mí misma al escribir una carta tan larga que importune vuestro entretenimiento al leerla, quedo,
Señora,
La muy fiel amiga y servidora
de vuestra señoría.
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CXLV
Señora,
Siento que, cuando estuvisteis por última vez en esta ciudad, me vi obligada al estar enferma a negarme el honor de vuestra compañía, pero lo hice más por respeto a vos que a mí misma, porque vuestra compañía habría sido una recompensa por la ausencia de mi salud. Pero, aunque vuestra presencia habría sido como un tónico para mí, y podría haber refrescado y alimentado mi débil ánimo, no obstante, yo habría sido para vos como un trago de agua sucia, porque la enfermedad está llena de dificultad, y un cuerpo enfermo no puede tener una mente sociable ni una conversación placentera; vuestros oídos no se habrían llenado sino de quejas y gemidos, vuestros ojos se habrían sumido en una cámara oscura, en la que se ha apagado la luz. Así, habríais estado como en una tumba, porque el aposento de un cuerpo enfermo es en cierto modo como el sepulcro de un cadáver, y sus gemidos como las campanas que tocan a muerto, que no habría sido del agrado del ánimo de vuestra señoría, que tenéis una constitución saludable que hace de vuestra mente una primavera y de vuestros pensamientos ruiseñores, cantando placentera y delicadamente en ella. Y así, si hubiera recibido vuestra caritativa visita habría sido yo como una nube oscura para el sol de vuestra alegría. Pero como ya he recuperado la salud, iré a la ciudad en la que estáis para dar a vuestra señoría las gracias por vuestros favores, y para expresar cuán soy en realidad,
Señora,
La más humilde servidora
de vuestra señoría.
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CXLVI
Señora,
Quisisteis en vuestra última carta pedirme que os enviara mi opinión sobre Virgilio y Ovidio, acerca de cuál era mejor poeta. En verdad, señora, mi razón, habilidad o conocimiento de la poesía y los poetas no es suficiente para ofrecer un juicio de dos poetas tan notables y de su poesía, porque aunque soy poetisa, no obstante soy una mala poeta, o una poetisa insignificante, pero, de cualquier modo, soy una legítima hija poética de la naturaleza, y aunque mis poemas, que son el cuerpo del alma poética, no son tan hermosos ni agradables como son el resto de los cuerpos de los hijos poéticos, soy, no obstante, su hija, aunque solo sea una baronesa. Pero podéis decir que habéis pedido mi opinión sobre dos excelsos poetas y que hablo de mí misma; en verdad, señora, me veo obligada a hacerlo para obedecer vuestras órdenes, al menos vuestros deseos, porque mi voluntad es obedeceros, y primero haceros saber que, aunque no soy juez docta o suprema, aun así soy una oficial menor en la corte poética, y por ello no del todo ignorante en las causas o casos poéticos. Pero, señora, estoy en una lucha conmigo misma, acerca de si sería justificable que yo, una persona anónima, diera mi juicio en causa tan pública, porque aunque esas dos personas, si vivieran, me habrían nombrado de mutuo acuerdo juez entre ellas, con todo, una tercera persona, como vuestra señoría, no puede hacer de juez sin su conocimiento o consentimiento, a menos que fuerais un César, y tuvierais el poder de nombrar jueces o hacer las leyes que quisierais. Pero aun así, por la razón de que sois mi César para reinar, gobernar, y ordenarme como gustéis, os obedeceré, y como espero, sin parcialidad, porque ni soy de su país, ni de su familia, ni he aceptado sobornos de ninguno de ellos, ni espero obtener recompensa de alguno, sino que temo la censura como castigo. Sea como fuere, por vos me arriesgaré, y así os doy mi opinión, que Virgilio es el más habilidoso, pero Ovidio el más ingenioso, que Virgilio era el mejor adulador, pero Ovidio el mejor poeta, que Virgilio era el más afortunado y Ovidio el más desgraciado. Y para demostrar la habilidad de Virgilio, halagó al
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emperador y a las familias más nobles de Roma; y en cuanto a sus halagos, creó la base de sus poemas o de su poesía, la antigüedad y el origen del emperador y de las nobles familias de Roma; si era falso o verdadero, lo dejo a su propio juicio y conocimiento, aunque la poesía en su mayor parte es fingimiento, al menos para ilustrar que el fin es falso; sin embargo, comoquiera que ganara el aplauso de César y de todos los principales romanos, y el elogio de un grande y de personas ilustres es el fundamento de las recomendaciones, admiración, estima, y fama o renombre de cien personas inferiores. Además, para mostrar su buena fortuna, era tanto del favor del emperador que era honrado con su compañía, su intimidad, consejos, afectos y era agasajado con sus regalos, mientras que Ovidio fue desterrado de sus amigos y su país a un lugar dañino[371], aunque su falta no era tan infame como para ser visible, o conocida públicamente, con lo que uno podría juzgar que el destierro de Ovidio fue causado por la envidia arbitraria de César en favor de Virgilio, y no por ningún crimen, porque él desterró a Ovidio temiendo que eclipsara a Virgilio, su adulador favorito y adorador, al menos glorificador; pero Ovidio era demasiado rico y de noble cuna para ser un adulador, al menos uno tan burdo como Virgilio, él prefería ser adulado que adular. Tampoco tenía una habilidad para la insinuación con la que conseguir riqueza y aprobación, porque era franco y libre, no estaba condicionado por la astucia. Y en cuanto a su ingenio, se decía que su prosa era solo verso suelto, y su poesía era breve, y aun así satisfactoria, llena de imaginación, pero también de descripciones naturales, morales y humanas, estaba llena de variedad, aun siendo concisa, de tal modo que su poesía expresaba su juicio, entendimiento, erudición, ingenio, elocuencia, e imaginación. Tampoco malgastaba su razón, juicio, ingenio, e imaginación en una tediosa y fingida historia, sino en cientos de ellas, y se expresaba en su Metamorfosis[372] como un gran filósofo moral y natural, un amante cortés, un heroico soldado, un comandante valiente y prudente, un público hombre de estado, un gobernante y un soberano justo, un sabio y magnífico príncipe, un leal ciudadano, un navegante, un ingeniero, un arquitecto, un astrónomo, y otros así, también como un erudito, y con visión para las artes y la agricultura, tanto como Virgilio en sus Geórgicas, no, más aún, porque tiene más variedad. Tampoco era un imitador tan palmario como Virgilio; lo cierto es que, a mi juicio, Ovidio fue con mucho el poeta más sabio, inteligente, ingenioso y noble, y gracias a su
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poesía podemos percibir que aunque no era uno de los favoritos de Augusto César, aun así era el favorito de la naturaleza y era amado por todas las Musas, y aunque César le arrebató su derecho de humana herencia y su tierra nativa, no obstante, no pudo arrebatarle su naturaleza poética, porque tuvo su pago merecido en el lugar al que lo habían desterrado, teniendo, tal y como he oído, honores divinos otorgados después de su muerte y gran respeto y afecto durante su vida por parte de aquellos entre los que vivía, debido a lo cual podemos decir, «Feliz Ovidio, en infeliz condición». Y en cuanto a la lengua, en lo que se alaba tan grandemente a Virgilio, no puedo percibirlo en la traducción, pero sí que Ovidio es tan enteramente prolijo, expresivo, dulce, elocuente, e ilustre como Virgilio; no sé decir lo que aparece en latín. Pero para concluir, si el plan de Ovidio hubiera sido el favor y su poesía el halago, de acuerdo al genio, el humor, o el orgullo de esos tiempos en los que vivió, Virgilio habría sido sepultado en su fama; pero puede observarse, que no solo los inferiores de la misma época siguen, imitan, o creen, según lo que dicta uno que es grandemente superior, sino que las siguientes épocas hacen lo mismo, tan poderosas y duraderas son la estima, el favor y la opinión de este. Y así, señora, he aportado mi juicio, al menos mi opinión, en favor de Ovidio, no porque no admire grandemente y reverencie a Virgilio, aunque no tanto como al dulce Ovidio, cuya imaginación, ingenio y lenguaje son como su nacimiento, delicado, tierno y noble, racional, atento, comprensivo y juicioso, diligente, ingenioso y placentero, hermoso, gentil y arrebatador, o conmovedor, heroico, generoso y magnífico, elocuente, elegante y espontáneo, peculiar, afín, y que da forma, envuelve, compone, inventa y unifica, todo lo cual dejo a su poesía y su fama a la vida eterna o a la memoria, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXLVII
Señora,
El otro día la hija y la sobrina de Mr. H.U. vinieron a visitarme, y yo, intentando entretenerlas amable y amigablemente, hablé tanto que creerían muy posiblemente que mi lengua estaba en continuo movimiento, en particular al no conocerme y no saber de mi carácter solitario y silencioso, que habla tanto solo cuando entretengo a extraños, lo que no hago casi nunca, de tal modo que mi conversación es como ataques de malaria[373], y tan difícil de curar, porque la mucha conversación es como una enfermedad o un defecto natural, o mejor dicho un efecto en el sexo femenino, y los defectos y efectos de la naturaleza pueden ser ocultados pero no alterados, de tal suerte que es muy improbable, si no imposible, que una mujer permanezca en silencio. En verdad, va en contra de su naturaleza, de tal modo que una mujer callada sería como un engendro de la naturaleza; pero sea como fuere, prefiero ser un engendro por ser silenciosa que alguien común en el hablar; por lo cual, para no cometer una doble falta al escribir demasiado sobre mi mucha conversación, me despido de vos, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXLVIII
Señora,
Os doy las gracias por la copa que habéis enviado, pero no consigo adivinar si es de cristal, metal o de piedra, porque parece demasiado ligera para ser de metal, demasiado fina para ser de piedra, y demasiado robusta como para ser de cristal, pero supongo que es de una naturaleza mixta, como son otras muchas cosas; como por ejemplo, las plumas parecen estar entre el pelo y la lana, porque se parecen a las almas delicadas, al ser huecas, y dentro de ellas una médula, en cierto modo como el cerebro, y las pequeñas ramitas de las plumas son como el cabello que crece de ellas y que brota hacia fuera, y la parte lanosa de las plumas que crece hacia abajo, o la raíz de las plumas, son de naturaleza semejante a la lana; así las escamas de los peces parecen estar entre los tendones y los cartílagos, y la piel, porque son como cartílagos al ser duros y viscosos, y como la piel, al ser suaves, lisos, y más delgados que los tendones. También los cuernos de las bestias, las pezuñas, las garras, y los picos de las aves, y las uñas de los hombres, están entre los huesos y los cartílagos, al ser más duros que los cartílagos y más blandos que los huesos. También hay muchas y diversas criaturas que parecen ser de una forma mixta, como un murciélago parece estar entre un animal y un pájaro, al tener el cuerpo de un ratón y alas como un pájaro, y una lechuza parece un poco como un gato, y tiene la naturaleza de un gato, al atrapar ratones, y muchas otras criaturas podrían citarse como ejemplos, que sería demasiado tedioso en una carta. Pero para volver a vuestro regalo, que es ahora mi copa, me complace tanto como para pensar que mi bebida no será tan exquisita en ninguna otra como en ella, porque si bebo de algo que es de metal, creo que mi bebida sabrá salobre, como si estuviera mezclada con aguas minerales, aunque fuera oro; y de cualquier cosa hecha de tierra, me parece que mi bebida tendría un sabor rancio, aunque fuera de porcelana; y si fuera de cristal, es tan fría en el invierno que mata tanto el sabor, como si no tuviera ninguno. Pero estas faltas existen solo desde que tengo la copa que me enviasteis; por lo cual, por esta razón podéis comprobar que una nueva relación es
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preferible a una antigua, como los hombres que encuentran muchos dulces encantos en una nueva amante, al menos así lo consideran, y tantas execrables faltas en una esposa, porque la esposa es desdeñada y la amante solo se usa. Pero es más probable que me complazca tanto la copa porque era vuestra, y ahora es mía aunque es todavía vuestra, porque lo que quiera que es mío es vuestro, porque yo misma lo soy como,
Señora,
Vuestra muy fiel amiga y servidora.
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CXLIX
Señora,
Lamento oír, por vuestra última carta, que Mrs. B.U. esté tan enferma. En verdad, creo que toma demasiado licor; si hubiera un término medio entre su dieta y la mía creo que sería mejor para ambas, porque yo apago mi espíritu con bebidas refrigeradas y calmantes, como el agua y el suero clarificado, ella abrasa el suyo, con licores demasiado fuertes y secos, como el agua caliente. Pero el fuego de la vida no debería encenderse, ni apagarse, aunque apagarlo es menos peligroso que encenderlo, porque si el combustible de la vida se quema hasta las cenizas, no hay esperanzas de reavivar ese fuego de nuevo, por motivo de que esas cenizas están apagadas, y no producen ningún sustento, ni aceitosa llama, pero si solo se apagase, y quedara combustible, es probable que pudiera prender otra vez con unos carbones encendidos, que son dos o tres cucharadas llenas de licor, de tal forma que aquello que la mataría, si toma demasiado, podría curarme a mí en último extremo, si tomo un poco; el combustible de la vida son los órganos vitales, el fuego de la vida es el principio vital, el combustible de los órganos vitales es la comida, el combustible del principio vital es la humedad radical[374], que es una sustancia aceitosa o balsámica; cuando esta humedad radical es demasiado escasa, apaga el espíritu, y cuando es consumida por un calor excesivo, como al quemarse o evaporarse, el espíritu carece de alimento. Así, la humedad radical es la prolongación o la descomposición de la vida, es el aceite de la lámpara de la vida. Pero Mrs. B.U. no bebe licor porque le apetezcan las bebidas fuertes, no más de lo que a mí me gusta la insípida agua. Pero al ser estudiosas las dos, somos arrogantes, porque todos los estudiantes son más o menos arrogantes especialmente en lo que respecta a su dieta, porque las personas de vida contemplativa o cambian más a menudo en el curso de su dieta que las personas extravagantes el estilo de su vestimenta, o de tal modo se obstinan en una dieta en particular, que ni el sentido ni la razón los persuadirá de abandonarla, más aún, preferirán morir por su obstinación. Pero espero que Mrs. B.U. se deje gobernar, y nadie tiene tal
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poder para persuadirla como vuestra señoría, ni nadie es tan capaz de darle consejo; y así dejándola a merced del consejo de vuestra señoría, y a la protección del cielo, quedo,
Señora,
La fiel amiga y servidora
de vuestra señoría.
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CL
Señora,
Mis pensamientos, aunque no mis acciones, se han ocupado con tanto afán en el gobierno del hogar estos tres o cuatro días, que no he podido pensar en nada más, porque al oír que mis vecinos decían que mis doncellas se habían echado a perder por holgazanería, al no tener nada que hacer, sino vestirse, rizarse el pelo y acicalarse, y se disculpaban culpándome a mí, porque no les daba ocupación, pero que mientras que ellas estaban siempre dispuestas a obedecer mis órdenes, yo era tan poco diligente en ordenarles que rara vez reparaba en ellas, o me dirigía a ellas, y lo cierto es que sabían más a menudo de su señora de lo que la oían o la veían ellas mismas, al llevar yo una vida de tanto estudio que no me veían más de una vez a la semana, es más, muchas veces ni una vez en la quincena. Por tanto, cuando se me relataron sus quejas hice llamar a mi ama de llaves, y le pedí que diera orden de comprar lino y ruecas, porque yo, junto a mis doncellas, me sentaría a hilar. El ama al oírme decir esto sonrió, le pregunté la razón, y me dijo que sonreía al pensar las hebras tan desiguales que hilaría, porque, dijo, «Aunque la Naturaleza os ha hecho una hilandera en la poesía, sin embargo, vuestra educación no os ha hecho una hilandera en el gobierno de la casa, y arruinareis más lino que telas que podáis obtener hilando, al ser una técnica que requiere práctica para ser aprendida». «Además», dijo, «el ruido que hacen las ruecas al girar será ofensivo para vuestros oídos». Me turbó mucho oír aquello que dijo, porque pensaba que hilar era sencillo y no se necesitaba mucha habilidad para estirar y enroscar el hilo, más aún, tan sencillo pensaba yo que era que me imaginé que podría haber hilado una hebra tan diminuta y uniforme como para hacer un paño de lino finísimo, también, que mis doncellas y yo hilaríamos tanto que no habría necesitado comprar ninguno, ni para para ropa de casa, ni para enaguas. Después le pedí que me dejara, para tener en consideración otro tipo de tarea y cuando estaba yo sola, me vinieron a la mente diversas suertes de trabajo refinado, la mayoría de los cuales, aunque tenía voluntad, no tenía habilidad para hacerlo, por lo cual
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me quejé en mi interior de mi educación, de que mi madre no me hubiera obligado a aprender el trabajo de la aguja, aunque siempre me encontró inútil para él. Al final me decidí a hacer flores de seda, porque recordé que cuando era niña veía a mis hermanas hacer flores de seda y yo hice algunas, aunque de mala manera; por lo cual, mandé llamar de nuevo a mi ama de llaves y le dije que quería que comprara varias sedas de diversos colores, porque había resuelto emplear mi tiempo haciendo flores de seda; ella me dijo que obedecería mis órdenes, pero, dijo, «Señora, ni vos ni nadie a vuestro servicio sabe hacerlas tan bien como aquellos para lo que es su oficio, ni podéis hacerlas tan baratas como para que las puedan vender en sus tiendas, por tanto, mejor será que compréis esas baratijas, si las deseáis, porque será una tarea inútil perder el tiempo con un doble gasto de dinero». Entonces le dije que haría conservas, porque era verano y la fruta estaba fresca y madura en los árboles. Me preguntó para quién las haría, porque rara vez comía yo confites ni hacía banquetes para extraños, a menos que quisiese alimentar con ellos a mis sirvientes. «Además», dijo, «podéis mantener a la mitad de vuestra servidumbre con el dinero que se emplea en azúcar y carbón, que sirve solo para poner en conserva unos pocos confites que no sirven para nada, sino para crear obstrucciones y para pudrir los dientes». Todo lo cual cuando lo oí pensé que tenía razón; al menos consideré que yo y mis doncellas haríamos mejor en estar ociosas que en emplear nuestro tiempo inútilmente y gastar nuestro dinero en vano; y después que había reflexionado algún tiempo, le dije cómo había oído a mis vecinos criticarme por dejar que mis sirvientes estuvieran ociosos sin tareas, y que mis doncellas decían que era culpa mía, porque ellas deseaban que se les encargaran trabajos de la casa; ella dijo que mis vecinos encontrarían falta donde no la había, y que mis doncellas se quejarían más si las tuviera trabajando que si tuvieran libertad para entretenerse. «Además», dijo, «nadie necesita ocupación en tanto haya libros que leer, y nunca enriquecerán vuestra fortuna mediante su trabajo, ni por ellas mismas, a menos que hagan del trabajo su oficio, y entonces tal vez podrían subsistir, pero no enriquecerse con aquello que hacen, mientras que por medio de la lectura enriquecerán su entendimiento y aumentarán su conocimiento, y avivarán su ingenio, todo lo cual traerá felicidad a sus vidas, al estar satisfechas con cualquier fortuna que no está en su poder mejorar, o si lo está, administrar una abundante fortuna con prudencia, o soportar una humilde fortuna con paciencia, y por ello no
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pueden emplear su tiempo mejor que en leer, ni vuestra señoría mejor que en escribir, porque cualquier otro curso vital sería tan desagradable y contra natura para vos, como la escritura es placentera; además, tenéis una inclinación natural a enfrascaros con la pluma, la tinta y el papel». «Pero», dije yo, «no con ingenio, porque si la Naturaleza me hubiera concedido tanto ingenio para escribir como la fortuna me ha dado tiempo libre, mi escritura podría haber sido de alguna utilidad, pero ahora mi tiempo y mi papel se han gastado inútilmente en la escritura, como mi tiempo y mi lino se gastarían en el hilado, pero ya que no soy adecuada para ninguna otra tarea excepto para arañar papel, dejadme esa tarea y que mis doncellas tengan libros que leer». Así, señora, durante un tiempo se turbó mi mente, y ocupé mis pensamientos sin propósito alguno, pero me obligué a volver a mis escritos de nuevo al no saber qué otra cosa hacer, y si hubiera estado tan lejos de mi marido como Penélope lo estuvo de su esposo Ulises, no podría nunca haber empleado mi tiempo como hizo ella, porque su labor solo ocupaba sus manos y sus ojos, sus oídos estaban abiertos a súplicas amorosas, y su lengua era libre para responder a sus pretendientes, mientras que mi tarea emplea todas las facultades y los poderes de mi alma, mi mente y mi ánimo, tanto como mis ojos y mis manos, y mis pensamientos ocupan de tal forma mi cerebro que ni observan ni prestan atención a lo que entra por sus oídos; en verdad esos conductos están tan cerrados o tan obstruidos, que si los oídos de Penélope lo hubieran estado, las peticiones, las demandas y las súplicas de sus pretendientes se habrían quedado afuera, como una compañía de mendigos, podrían haber llamado pero no entrado, ni nadie de la familia de la mente les habría preguntado qué se les ofrecía[375]; tampoco la lengua, la limosnera de la mente, les habría respondido una sola palabra, y entonces probablemente los apasionados pretendientes se habrían marchado y no se habrían quedado alimentándose a su costa, como hicieron. Pero, señora, permitidme que me disculpe por escribir una carta tan larga, aunque haya sido deseo vuestro que así fuera, no os cansaré más, sino que me subscribo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLI
Señora,
Quisisteis contarme en vuestra última carta que habíais visto a Lady C.C. y que su rostro parecía joven, aunque avejentada en años; pero, señora, una juvenil apariencia es como el musgo verde en los árboles centenarios, y no como el verde de los brotes de primavera o las hojas que florecen; lo cierto es que algunos cuerpos son dichosos en su lozanía, y de constitución duradera; porque como el acebo, la hiedra, las bayas, o el laurel permanecen verdes todo el tiempo, no solo en el verano, sino también en invierno, así algunos hombres y mujeres tendrán una apariencia juvenil en el invierno de sus vidas, con un color lozano y vivo, y tan tersos y libres de arrugas como si el tiempo no tuviera poder sobre ellos. Pero no hay muchos cuerpos, o rostros, que puedan presumir de resistir al tiempo, y aunque sean victoriosos durante un tiempo, sin embargo, el tiempo a todos los arruina al final. Y así, dejando a Lady C.C. con sus muchos años y su juvenil rostro, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLII
Señora,
El mensajero que enviasteis, vuelve a vos de nuevo, y con él os he enviado algunos muñecos, y otros juguetes que se encuentran en la ciudad, como regalo a vuestra hija; no los he enviado como sobornos, para apartarla del edificante conocimiento y de las sabias enseñanzas, porque no querría que se educara en el gusto por los juguetes y los placeres infantiles, sino que se los envío como obsequios, para atraerla a aquello que es más útil y dichoso para su vida, porque es más fácil persuadir a los niños con brillantes baratijas y con palabras amables para que atiendan a las sabias enseñanzas, para que estudien las artes y las ciencias útiles, para que practiquen el bien, el comportamiento refinado y la conducta civilizada, que forzarlos a ello por medio de terribles amenazas y crueles golpes. Es cierto, se les puede obligar a las formas externas, o a los actos de instrucción, pero no al entendimiento, el beneficio, el refinamiento, lo apropiado, porque la fuerza destroza el entendimiento, acaba con la ingenuidad, porque el miedo al castigo confunde a la inteligencia, e inquieta tanto a la mente que la hace incapaz de las impresiones oportunas, mientras que la esperanza del premio deleita a la mente y regula los movimientos del cerebro, y los hace tan suaves que la más ligera impresión del conocimiento se graba tan fielmente en ella, y con tanta claridad, que pueden recordarlo con el paso de los años; además hace sus pensamientos y acciones diligentes para merecer esos premios, y sus esfuerzos serán más activos, por medio de un ávido deseo de aumentar esos premios, de tal modo que esos juguetes que se dan a los niños en sus tiernos años pueden ser un medio para enseñarles, cuando hayan crecido, a saber y reconocer que todas esas baratijas son bagatelas, y que nada es tan precioso y apreciado sino lo que es útil y mejor, bien para el presente o bien para la vida futura, como la vida de su recuerdo o reconocimiento. Por eso, señora, el regalo infantil es por un buen propósito y puede resultar en un buen fin, que es el deseo,
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Señora,
De vuestra fiel amiga y servidora.
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CLIII
Señora,
El otro día Lady M.L.[376] vino a visitarme y por su triste semblante advertí que estaba llena de melancolía, dispuesta a liberarse de la carga, como para desahogar su pena hablando, pero al observar que no podía declarar sus lamentos abiertamente, hice como una comadrona, los ayudé a salir, preguntándole cuál era la causa de su tristeza. Con ello, las lágrimas brotaron de sus ojos, como ujieres a sus lamentos; dijo, «Aunque yo era una novia dichosa, sin embargo soy una esposa desgraciada, porque en el día de mi boda me alegré porque me había casado con un hombre que había demostrado ser valiente, generoso, y sabio, todo lo cual yo creí que era un honor mayor, ser la mujer de un hombre tan respetable, que si hubiera sido rico, agraciado, y honrado con títulos, aunque no le faltaban, lo que era un gozo añadido para mí; ni me creía infeliz, porque él me hubiera desposado no por su propia elección, sino por la persuasión de sus amigos, o porque él no pareciera amarme, porque pensaba que cuando el tiempo hubiera demostrado mi virtud, deber y obediencia, la justicia lo habría persuadido de que me amaba. Tampoco me creía infeliz cuando se esforzó por hacerme una criada, más aún, una esclava de su amante, porque pensé que él quería por este medio alejarme de los celos y enseñarme paciencia. Tampoco me creí infeliz cuando él me torturaba, más aún me amenazaba de muerte para obligarme a servir a sus concubinas, porque encontraba gran consuelo en que mi determinación era firme, y que ni el dolor ni el temor a la muerte podía cambiarla, y me gloriaba más en mis sufrimientos que me afligía por mi dolor, de tal modo que prefería morir que cometer un acto vil, como ser una madama para las prostitutas de mi marido. Pero mi desgracia es que mi marido va a divorciarse de mí, divorcio que es peor que la muerte o los dolores del cuerpo en vida, porque en la tumba descansaré en paz, y si no me recuerdan con honor, con todo no muero en desgracia; y en cuanto a los dolores en vida, me enseñan a practicar la filosofía moral; pero estar divorciada es vivir en desgracia y el ridículo, que es peor que cualquier
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dolor o la muerte, porque al tener él la reputación de un hombre respetable, el mundo creerá que soy una mujer indigna si él me rechaza y que él sabe que soy culpable de errores manifiestos, pero que él no los publicará por temor a su propia deshonra, o por respeto al sexo femenino. Así, por un divorcio estaré a merced de la censura y el escándalo del mundo, mientras que a él se le considerará un hombre sabio por separarse de mí, al no ser honroso para él vivir conmigo». Al decir esto, lloraba, como si sus ojos fueran dos fuentes perpetuas que quisieran inundar con sus lágrimas, y al verla mis ojos comenzaron a manar también. Al final le dije que creía firmemente que su marido fingía el divorcio, solo para asustarla con lo que le haría, y que no pensaba divorciarse para mortificarla, porque aunque era un nombre que se tomaba libertades con toda una variedad de mujeres, sabiendo que la libertad no podía considerarse una deshonra para el sexo masculino, y aunque a él le gustaba una amante lasciva, con todo lo cierto es que no era tan injusto o imprudente como para despreciar a una casta esposa, o como para separarse de una esposa virtuosa por una amante viciosa, y por tanto que yo creía que ella debería consolarse, y que el mejor remedio, al menos, el tónico para la tristeza era la paciencia, porque aunque su esposo era libre en el amor, con todo era ortodoxo en el honor y la integridad moral, solo le faltaba algo de templanza, a lo que ella sonrió, por lo que percibí que sus lamentos y mi opinión habían quitado la pesada carga de la melancolía, y después de un tiempo se despidió, dándome las gracias por haber oído el discurso de su pena y por reconfortarla, y por medio de este relato vos habéis recibido la misma visita, como también una visita mía, de tal forma que ambas hemos estado con vos, solo una carta nos lleva a vos en lugar de un coche. Pero ahora creo que es tiempo de dejaros, y quedo,
Señora,
Vuestra muy fiel amiga y servidora.
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CLIV
Señora,
Escribisteis en vuestra última carta que Mrs. P.C. bebe leche nueva en el ayuno de la mañana, para alimentarse y para aumentar la humedad natural; en verdad, creo que mejor haría bebiendo la nata, porque al igual que la leche tiene un suero fino, así también tiene una cuajada dura y seca, porque por naturaleza la leche está compuesta de tres sustancias, el suero de mantequilla, la cuajada y el suero de leche, esto es la parte aceitosa, terrosa y acuosa, mientras que la nata tiene solo la parte aceitosa y la acuosa, porque la nata espesa no puede convertirse en cuajada dura, lo que la hace mucho mejor, porque la cuajada seca es como de cuerno, como podemos observar en esos quesos que están hechos con leche en lo alto, que son consistentes, duros e insípidos, mientras que los quesos de nata son solo mantequilla prensada; verdaderamente, no se hace como se hace un queso, o requesón, solo de nata espesa, a menos que haya agua o leche ligera mezclada con ella. Es cierto, el suero de la nata, que es suero de mantequilla, se cuajará, esto es, cuando la parte aceitosa se saque, y esta es la razón por la que digo que la nata es más nutritiva y húmeda que la leche; pero válgame reivindicar los efectos beneficiosos de la nata y echar fuera los nocivos, como hice una vez con el pan moreno, que era que el efecto del pan moreno era mucho más refrescante que el blanco, mi explicación era que la parte de la harina al tamizarla, en lo que radica su fuerza, y con ello por consiguiente el calor, lo que sobra, la parte del salvado, es como de grano, que es la parte insípida de la cebada, de tal forma que el pan moreno en efecto es como una pequeña cerveza, y el pan blanco como una cerveza fuerte, y por esta razón comía yo pan moreno, pero mi delicado estómago pronto empezó a enfermar, porque aunque mi razón descubrió el efecto frío, sin embargo, no se dio cuenta de que la grasa provocaba una digestión pesada hasta que la experiencia lo mostró. Así, algunos podrán objetar que la nata, al ser más espesa que la leche, puede que no pase por el estómago con tanta facilidad, pero de seguro que, si la leche se cuaja en el estómago, como ciertamente hace habitualmente,
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ese cuajo no solo será más difícil de digerir, sino que creará grandes obstrucciones, mientras que la nata, que es como mantequilla, se desleirá en el cuerpo. Con todo, aunque abogo por ella, la tomo muy poco, por motivo de que la naturaleza de la nata es caliente y mi dieta es en su mayoría refrescante; algunos podrán decir, como la leche alimenta a los niños, alimentará a aquellos que tienen muchos años, pero la experiencia nos dice que la naturaleza del ser humano, en su mayor parte cambia con el tiempo, y que aquello que es natural para un niño puede ser contra natura para un hombre. Pero tal vez algunos tengan constituciones infantiles toda su vida, y lo cierto es que la dieta se adapta bastante a la constitución, porque, aquello que les viene bien a algunos será perjudicial para otros, y en cuanto a la leche, les sienta mejor a las constituciones delicadas que a las fuertes, sin embargo, la leche materna y la de las burras sientan mejor que ninguna otra leche, por motivo de que esas leches son más ligeras y no tienen tanto cuajo. Pero dejando a Mrs. P.C. con su leche, quedo,
Señora,
Vuestra muy fiel amiga y servidora.
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CLV
Señora,
Hace dos o tres días que Lady M.L.[377] vino a visitarme con un rostro tan feliz como anteriormente había sido triste. Le dije que estaba muy contenta de ver ese cambio en su rostro, lo que demostraba que su mente estaba más animada de lo que había estado; dijo que era cierto, porque esperaba ser tan feliz como creía haber sido desdichada, «Porque mi esposo ha confesado», dijo, «que su crueldad hacia mí era más apariencia que realidad, más para probar mi virtud que por aversión a mi persona o mi carácter, y que si no estuviera casado, y libre para elegir cualquier mujer del mundo, me elegiría como su esposa, y dice que no se separaría de mí aunque estuviera seguro de ser el amo del mundo, por ser pérfido o por divorciarse de mí, y en adelante se esforzaría en ser tan buen esposo como la esposa que soy». Y con este feliz relato la sangre le subió a las mejillas, lo que demostró que sus pensamientos fríos, oscuros y melancólicos se habían disipado, como cuando el sol apunta a través de nubarrones oscuros y dispersos, nubes que cuando se unen oscurecen su luz y aplacan su calor; lo cierto es que su alegría era tanta que puedo decir que era contagiosa e infecciosa, porque me conmovió de alegría verla y observarla, y si todos sus vecinos estaban igualmente conmovidos, ella podría hacer como el hombre que llamó a sus vecinos y amigos para que se alegraran porque había encontrado la oveja perdida[378], aunque el afecto de su marido no estaba tanto perdido como escondido, u oculto a su conocimiento. Y verdaderamente ella merece ser amada por su virtud, castidad, amor y honor, porque hay pocas mujeres que sean tan buenas esposas como ella, porque muchas esposas tienen aversión a sus maridos, no por aversión a sus faltas sino por amor a la variedad, y algunas odian a sus maridos porque odian sus faltas, no haciendo distinción entre el hombre y sus faltas, más aún, algunas tienen aversión a las virtudes de sus maridos y a sus buenas cualidades, por medio de una aversión a sus personas, y muchas esposas no se preocupan por si sus maridos las aman o las odian, por si viven separadas o con ellos, no, en su mayoría prefieren la
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ausencia de sus maridos antes que su presencia, y reñirán para separarse. Pero Lady M.L. no es una de esas esposas, porque ama a su marido, un amor que la hace cerrar los ojos a las faltas de su marido. Es paciente con su cólera, se regocija en su presencia, está orgullosa de sus actos amables, es obediente a sus justas órdenes, y preferiría morir o sufrir tormento antes que separarse o divorciarse de él, todo lo cual toda buena esposa debería hacer. Pero dejando a Lady M.L. a su virtud, gozo y felicidad, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLVI
Señora,
Siento oír que no estáis bien, pero si vuestra enfermedad es solo un mareo, o una debilidad, cuando os quedáis quieta durante un tiempo, ya que podéis caminar toda una hora y no encontráis cansancio sino más bien alivio, no hay peligro de muerte, porque estar cansada cuando os quedáis quieta hasta estar a punto de desmayaros, y encontrar descanso y alivio cuando camináis, es el efecto natural de una causa natural. La razón es que cuando estáis de pie, los nervios y los músculos se extienden por entero, pero cuando uno camina o se mueve tienen libertad, al estar relajados y sin estirar; como por ejemplo, cuando un hombre está de pie, sus piernas, muslos, nalgas y espalda están derechos, como en una línea recta, pero cuando marcha sus piernas se doblan, primero una pierna y después la otra, que al tirar, o al doblarse, suelta todos los nervios y músculos, desde la espalda hacia abajo, y esto produce alivio; porque no es solo el cambio lo que produce alivio, sino también la holgura de los nervios y los músculos, que son como si se les estirara en un potro cuando se estiran del todo al estar de pie, pero demuestra que vuestros músculos y nervios no son muy duros y fuertes, sino más bien blandos y débiles, que se cansan pronto al estar erguidos, porque los nervios y los músculos son como cuerdas, o cordones, que atan, o entrelazan las diversas partes del cuerpo, donde algunos son más fuertes, otros más rígidos, y no se estiran fácilmente; como el alambre, o las cuerdas de laúd, o las cuerdas de un arco, algunos son tan duros que antes se romperán que estirarse; otros son tan flexibles que se estiran hasta la pequeñez de un cabello, lo que no los hace ni tan firmes ni tan sólidos, sino propensos a temblar y estremecerse al menor toque o movimiento del aire, mientras que aquellos que son duros y sólidos necesitan de más fuerza para moverlos. Lo mismo sucede con los nervios y los músculos, aquellos que son débiles y blandos, cuando se estiran, son propensos a moverse, que es la razón por la que muchos cuando permanecen mucho tiempo de pie tiemblan y se estremecen hasta estar a punto de caerse al suelo, al no ser capaces las extremidades
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inferiores de su cuerpo de sostenerlos, al estar, por así decirlo, sueltos, o desatados, o demasiado estirados; y esta es la razón por la que cuando las personas sensibles y delicadas cogen un gran peso, o sostienen un peso algo por encima de sus fuerzas, sus brazos, o manos, o cuerpos serán como si tuvieran los temblores una hora después[379], porque el peso estiró en exceso sus músculos y nervios. Pero, señora, me aqueja la misma debilidad, de tal modo que me es fatigoso en mi vida, y ciertamente el mejor remedio será esforzarnos por fortalecer nuestros músculos y nervios, el único daño será que lo que es bueno para fortalecer nuestros músculos y nervios es doloroso y tiende a obstruir el hígado, el bazo, y las venas, de tal suerte que el remedio puede ser peor que la enfermedad, porque las comidas golosas son buenas para los músculos y los nervios, pero no así para las obstrucciones. Pero los médicos tal vez puedan dar remedios, porque puede que yo no esté sino equivocada en la causa, y no conozca la cura, por lo cual os dejo al consejo de los que tienen el conocimiento, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLVII
Señora,
Aquellos que se ofenden por mis opiniones filosóficas, como por ejemplo, cuando digo que no existe tal cosa como la materia primera, ni tal otra como el primer motor, son o ignorantes en filosofía o malintencionados con la filosofía[380]. En cuanto al poder infinito, está en Dios, y Dios no tiene principio, ni tampoco su poder, al ser infinito y eterno, por lo que no puede haber primero, o principio, en cantidad o cualidad[381]; y en cuanto a la materia, o substancia, aceptemos lo que se cree, que la materia o la substancia fueron creadas de la nada, esto es, que Dios era el primer productor de la materia que creó el mundo, pero que el poder que Dios tenía, y tiene, para crear la materia, era infinito y eterno, y la materia al estar en el poder infinito y eterno es también infinita y eterna, sin principio ni fin, de tal modo que lo producido no tiene más principio que el productor; lo mismo sucede con la forma, la figura y el movimiento. Pero responder a cada torpe objeción, o instruir a cada vulgar entendimiento sería infinitamente penoso y tedioso, si no imposible; y no hay muchos que lean y discutan con una profunda consideración, o con claro entendimiento, porque cuando discuten, discuten según un nebuloso entendimiento, que crea muchas objeciones con las que la razón tropieza y produce tantas palabras que confunden a la razón y al sentido común, y cuando leen u oyen a cualquier otro discutir, o debatir sobre la naturaleza, leen o escuchan superficialmente, oyendo el sonido más que prestando atención, observando o considerando el sentido y la razón, o el fundamento y la redacción; como aquellos que apenas miran un cuadro, pero no saben nada de arte, con todo criticarán la habilidad del pintor, y muchas veces por una presuntuosa opinión de su propio entendimiento proporcionan el juicio de Midas[382], prefiriendo, no solo en su opinión sino en su encomio, letreros, o carteles, antes que las piezas más excepcionales y curiosas, retratadas con exactitud. Pero dejándolos a su torpe entendimiento y a sus necios juicios, quedo,
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Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLVIII
Señora,
Os apeteció contarme en vuestra última carta que Lady D.M. y vos estabais enfadadas por algunas palabras que dijo en vuestra contra, y aquellas, cuando no estabais para responder por vos misma. En verdad, señora, no puedo imaginar qué falta encontraría en vuestra señoría para censuraros, a menos que la envidia tenga poder para hacer de la virtud vicio, de la belleza deformidad, y para convertir a las Gracias en Furias; pero, señora, vengo observando que rara vez las mujeres se ponen de acuerdo con otras mujeres, porque nuestro sexo tiende de tal manera al amor propio que no podemos soportar una competidora, mucho menos una superior, especialmente en belleza, ingenio, y valía; cuna, título y riqueza son algo más fáciles de soportar, pero nada tan benignamente que no estemos dispuestas a mirar de soslayo a aquellas que nos superan en ello, y por tanto, cuanto menor relación tengamos unas con otras, mejor, a menos que sean elegidas por pura e impecable afinidad, y que el honor entrelace el nudo de la amistad; de otro modo cuanto más conozcamos, más enemigas tendremos. Por tanto, vivir tranquila, pacífica y sencillamente es ser extrañas a nuestro propio sexo, y vivir honradamente es ser extrañas al sexo masculino, porque el conocimiento de los hombres las más veces causa desconfianza, y la amistad masculina nunca está falta de calumnia; por lo cual, una vida retirada es la más feliz, al estar más libre de crítica, escándalos, disputas y riñas femeninas. No me refiero a separarnos de aquellos más cercanos, por naturaleza, nacimiento, matrimonio, educación, obligación, etcétera, porque eso sería ser enterradas antes de tiempo, sino lejos de aquellos a los que llamamos extraños, como con los que no tenemos relación u obligación; pero nuestro sexo es tan reacio a la vida retirada que buscan cualquier ocasión, y no dejan escapar ninguna oportunidad por las que poder asistir a reuniones públicas, o a visitas privadas, o a entretenimientos domésticos; arruinarán a sus amigos, sus fortunas o su buen nombre antes que perder o que les falte compañía. Pero si esta carta no se escribiera para vos sino para otra dama, es probable que
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esa dama se convirtiera en mi enemiga en este asunto, al hablar tanto en contra de nuestro sexo; por lo cual, hay chismes y cháchara entre hombres tanto como entre mujeres, y hay más hombres afeminados que mujeres masculinas, esto es, hay pocas mujeres tan sabias como deberían ser los hombres, y muchos hombres tan necios como pueden ser las mujeres. Pero ahora debéis pensar que soy como el cura de una parroquia, que clama contra los pecados de sus parroquianos pero que nunca menciona los propios, o quizás tiene las mismas faltas, pero piensa ocultarlas al condenarlas en otras personas; y, por lo tanto, siendo consciente de mi falta al escribiros una carta tan larga, os pido perdón, solo suscribiéndome,
Señora,
La fiel amiga y humilde servidora
de vuestra señoría.
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CLIX
Señora,
Deseáis que os explique ese capítulo de los átomos[383], que precede mi libro Philosophical Opinions, pero en verdad no puedo explicarlo más claramente de lo que lo he hecho, que es, que yo consideraba que este mundo no estaba hecho de átomos, sino que estaba hecho por átomos, deben ser tanto los arquitectos como los materiales, que tampoco pueden llevar a cabo su tarea, a menos que cada átomo reciba el estímulo de la vida y el conocimiento, porque una sustancia animada es una sustancia viva, inteligente, que la vida y el conocimiento son el sentido y la razón; y así cada átomo debe tener un cuerpo, que es una sustancia, y esa sustancia sentido y razón, y con ellos es muy probable que pasiones y apetitos, al igual que ingenio e imaginación, para crear mundos y las criaturas que los habitan, así como pasiones y apetitos que atraen y repelen, no solo para crear, sino para descomponer las formas que han creado, que la atracción y la repulsión podrían ocasionar la continuidad del mundo, porque si siempre coincidieran no habría cambio, y si siempre difirieran, habría gran confusión. Pero he escrito tanto sobre los átomos en mi libro de poemas que no puedo seguir escribiendo sobre esa minúscula, aunque infinita, sustancia; por todo lo cual, dejándolos a juicios más preclaros, a la erudición y a argumentaciones más racionales que la mía, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLX
Señora,
Me habéis pedido que os de la explicación de por qué demasiada nata hace una tarta pesada, esto es, la misma razón por la que demasiada mantequilla hace una masa pesada, porque es una gran cantidad de humedad la que hace que tales cosas sean pesadas, como la pasta es mucho más pesada que cuando está bien amasada, porque el fuego reseca la humedad, la hace ligera; así también cuando el sol consume la humedad de la tierra, la deja polvorienta, y el polvo es más ligero que el agua, y mucho más ligero que el barro, que es la mezcla del agua y la tierra, porque aunque el agua purificada es tan ligera que puede ascender, sin embargo, cuando el agua es un cuerpo unificado es densa, incluso tan densa como para descender pesadamente. En verdad, puede decirse que el vapor es la parte polvorienta del agua; pero dejando el polvo y el agua, volveré a la tarta y la masa, la nata y la mantequilla[384]; cuantas más tartas y empanadas se horneen, más ligeras serán, y mucho más ligeras si la harina se seca antes de mezclarla, y como la nata y la mantequilla son de naturaleza húmeda, cuando hay un exceso de ellas en las tartas y en otras viandas así, no se secan fácilmente, lo que hace que necesiten mucho más horno y cocción. Pero muchas buenas amas de casa lo achacan a la nata y la mantequilla cuando es culpa del horno, y muchas otras impacientes sacarán la tarta antes de que esté horneada, no esperarán su tiempo, al ser sus apetitos más calientes que sus hornos; pero hay un viejo dicho, «Demasiados huevos arruinan un pastel», y en mi opinión es la premura la que lo arruina, porque buenos ingredientes bien dispuestos no pueden malograrse. Pero, señora, al no tener práctica, no soy muy hábil con estos manjares y es probable que mi cocinera pueda daros mejores razones que yo, aunque, de cualquier modo, para obedecer vuestras órdenes, os he dado mi opinión, y quedo,
Señora,
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Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLXI
Señora,
Pedís mi opinión acerca de si existe el vacío o no; he escrito sobre ello en mis anteriores libros, como en mis poemas, en Olio, y en mis Philosophical Opinions[385], y no puedo escribir más, ni mejor, de lo que lo he hecho ya allí, a menos que ganara más erudición, o juicio, o ingenio, o razonamientos, o entendimiento; pero aun así, para satisfaceros, os haré llegar esta misma opinión, o un poco diferente, que es, que si no hubiera vacío, sino que todo el universo estuviera lleno, solo los cuerpos macizos se moverían dentro de los cuerpos ligeros, como muchos sostienen que lo hacen, entonces el espacio de cada cuerpo sólido o voluminoso debe ajustarse a sus medidas, y deben tener espacio, para que cuando se muevan, los cuerpos líquidos o fluidos puedan contraerse y dilatarse, según el movimiento de esos cuerpos voluminosos, para rellenar el espacio que ocupaban, o el que van a ocupar, y para contraerse, hacer hueco y proporcionar espacio para esos cuerpos sólidos y más macizos, de otro modo habría un vacío, o una interrupción de todo movimiento natural. Pero no puedo entender cómo la materia ligera o escasa puede contraerse o dilatarse si no hubiera vacío, porque en mi opinión, debe haber espacio para dilatarse y en el que contraerse, de tal modo que las partes escasas deben ser porosas para contraerse, y debe haber espacio libre, o espacio para dilatarse, y si dicen que el espacio es el lugar en el que estaban los cuerpos sólidos, que rellenan tan pronto como comienzan a moverse, con todo el espacio o el lugar deben estar libres antes de que entren los cuerpos fluidos, porque dos cuerpos no pueden ocupar un mismo espacio al mismo tiempo, y si los cuerpos grandes, sólidos, no dejan espacio, sino que siempre se mueven en completa materia, no puedo imaginar cómo se moverían si todo el espacio estuviera lleno, aunque se movieran en materia escasa o ligera, porque como he dicho, la materia ligera debe ser porosa para contraerse y dilatarse, para abrir paso, o rellenarse, porque si no hubiera poros, o espacios esponjosos o huecos, aquello que es líquido y fluido sería tan duro como el metal o el cristal, no, aún más, porque no hay
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duda de que esos son porosos, porque si no hubiera vacío, todas las partes se presionarían, y se unirían a un cuerpo o sustancia dura, es más, de seguro se generaría una gran confusión entre todos los productos de la naturaleza. ¿Pero por qué la dilatación y la contracción no causan a veces más vacío y otras veces menos? Porque cualquiera pensaría que no hay vacío en la naturaleza, porque la naturaleza está obligada, o parece estarlo, a abrirse paso a la vida por medio de la muerte, como si no tuviera sitio o espacio para la vida, sino lo que es causado por la muerte. Pero dejando estas opiniones sobre estas vacías opiniones y estas opiniones de relleno, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLXII
Señora,
Recordad que, cuando éramos muy jóvenes, discutíamos un día acerca de los enamorados, y las dos coincidimos en confesar quién nos declaraba su amor, y a quién amábamos, y yo confesé que solo estaba enamorada de tres hombres muertos, que llevaban muertos largo tiempo, uno era César, por su valor, el segundo Ovidio, por su ingenio, y el tercero era nuestro compatriota Shakespeare, por su sentido cómico y trágico; pero poco después ambas nos desposamos con dos hombres de valía, y os confiaré a vuestro esposo, puesto que sabéis mejor que nadie cómo es. En cuanto a mi marido, sé que tiene el valor de César, la imaginación y el ingenio de Ovidio, y la habilidad para la tragedia, y especialmente para la comedia, de Shakespeare. En verdad, él está tan por encima de Shakespeare en la habilidad para la comedia, como Shakespeare está por encima de un poeta corriente a tal respecto. También es el mejor poeta heroico de esta generación, no solo a mi juicio, sino al de cualquiera, porque lo he visto escribir veinte canciones sobre un tema o asunto, al igual que la música, y ni una canción parecida a la otra; y en cuanto a la comedia, critica, aprueba, o imita las inclinaciones de los hombres con tal exactitud que parece igualar a la naturaleza[386]. Verdaderamente es una persona de tal valía que me vanaglorio más de ser su esposa que Livia de ser la esposa de Augusto, o si hubiera sido yo la esposa de Tito, a la que llamaban el encanto de la humanidad, aunque nunca oí que tuviera ninguno; porque en mi opinión es un hombre tan sabio como Augusto, y de tan dulce naturaleza como Tito[387], todo lo cual es mi felicidad en cualquier condición de fortuna material, en cuya felicidad sé que os regocijáis, y esta alegría demuestra que somos amigas inseparables.
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CLXIII
Señora,
Os complació solicitarme que mi mayordomo recibiera quinientas libras para vos aquí en la ciudad, pero debéis tener un poco de paciencia, porque no pagarán dinero alguno, aunque se deba, hasta que no pasen estos días festivos de Navidad. No sé si son tan estrictos como para no recibirlo, a mi entender estarían dispuestos a aceptarlo, porque están enfrascados con entretenimientos, comiendo, bebiendo y banqueteando. Pero observo algunas cosas que me asombran, por ejemplo, que el dinero circule o se mueva tan lentamente en cuestiones o asuntos de justicia y derecho, como las deudas, las recompensas y las ofrendas, o en lo que se refiere al honor, como la generosidad, o por amor de Dios, como la caridad, mientras que en casos de injusticia y abuso, como en los sobornos, o en las guerras, o por vicio y vanidad, como en los amores ilícitos, el juego, la bebida, o en insaciables banquetes, muestras de vanidad y extravagante bravuconería, circula a tal velocidad que no hay quien lo atrape para que se quede; pero parece ser la mente de los hombres la que lo retiene para que se dirija a usos nobles y recomendables, y los apetitos de los hombres los que lo impulsan a propósitos viles, malvados, inútiles e imprudentes, con lo que podemos advertir que los apetitos tienen mayor poder para hacer el mal que la razón voluntad para hacer el bien. Pero, señora, mi voluntad se ha propuesto serviros, aunque carezca de los medios o del poder para hacerlo, con todo en lo que pueda, vuestra señoría siempre encontrará en mí,
A su más fiel amiga y servidora.
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CLXIV
Señora,
En vuestra última carta escribisteis que vuestra ocupación era leer la historia del rey Carlos I, escrita por S.A. Permitidme que os diga, señora, que perdéis vuestro tiempo leyendo ese relato, porque se trata solo de un número de diarios semanales compilados en una Historia, donde hay más falsedades que verdad[388], porque al ser pobre y humilde no tenía ni riqueza ni poder para informarse de forma fidedigna de cada hecho en particular y mucho menos de sus propósitos. Pero, decidme, él menciona un entretenimiento que mi señor organizó para el rey, donde dice que costó 5000 libras o algo así, censurando a otro escritor del mismo asunto por decir que costó más. Permitidme que os diga, señora, que ninguno de los dos fue mayordomo de mi marido, ni su tesorero, para conocer los gastos, sino solo aquello que habían oído decir y, por tanto, en esto no puedo decir que S.A. escriba falsedad o verdad, porque es un error, porque cuando el rey vino a Escocia a ser coronado, en el camino tuvo a bien cenar en una de las mansiones de mi señor, en concreto en Welbeck, lo que costó entre cuatro y cinco mil libras, y el siguiente verano, como oí decir a mi señor, el rey le hizo saber que él y la reina viajarían a las tierras del norte, y habiendo disfrutado del anterior entretenimiento, deseaba que mi señor hiciera los preparativos, lo que él acató, porque, cuando el rey vino con la reina hasta allí, mi señor, para demostrar su amor, deber y lealtad, organizó un entretenimiento, una cena y un banquete que costó quince mil libras esterlinas en su mansión de Bolsover, que está a cinco millas de distancia de la ya mencionada Welbeck, entretenimiento que por lo que parece S.A. confundió, haciendo pasar el primero por el último, o por ambos[389]. Pero este no es el único error en su historia, porque hay muchos, y no solo burdos errores sino relatos muy falsos, lo que puedo demostrar; como por ejemplo, con respecto a la guerra en las tierras del norte, conozco cada detalle del principal protagonista, que fue mi señor, y él es un testigo veraz, al ser persona muy noble y un hombre justo y honesto, que todos los que lo conocen deben, si hablan en conciencia, reconocerle. Pero, señora,
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queréis que pregunte a mi señor acerca de su ejército, por ejemplo, su número, y con qué autoridad congregó a tantos hombres, así también como sobre las diversas victorias y sobre cuántos ejércitos había en su contra. Ruego me disculpéis si no os envío una relación, por motivo de que me propongo escribir la historia de la vida de mi señor[390], si vivo para ello, y él desea informarme, como ha prometido que hará, una historia en la que pretendo escribir todos los diversos pasajes y las batallas concretas por aquellas tierras, donde mi señor era el paladín del rey, como general para comandar todo el reino de ese frente, y lo escribiré con sinceridad, honestidad e integridad, sin exageración alguna o fingidas explicaciones, porque mi señor y yo creemos que el mayor principio de la religión, el honor, y la honestidad es decir la verdad y actuar rectamente en todas nuestras acciones, y tomo al cielo por testigo que no he observado en él ni encontrado en mí misma ni la menor inclinación a hacer lo contrario, sino siempre deleite y placer en la verdad y lo correcto. Pero, señora, para volver a nuestra conversación sobre las historias en general, son en su mayoría meras fábulas, y es casi imposible que sean otra cosa, a menos que cada autor en particular escriba su propia historia, aún más, estas pueden ser falsas debido a la vanagloria y la parcialidad, a menos que sean personas tan nobles y dignas como para hacer de la justicia, el honor, y la honestidad el principio y el fundamento de los relatos sobre los que construyen su historia. Y señora, como queréis conocer algunos pasajes y asuntos en particular sobre las acciones de mi señor, pondré aún más empeño en que me dedique su tiempo para relatarlos; entretanto, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLXV
Señora,
En lo que respecta a la vuelta de nuestros esposos a su tierra natal de forma gloriosa, como me contasteis en vuestra última carta que esperabais que hicieran, permitidme que os diga que tengo la firme esperanza de que volvamos a nuestro país natal, pero que dudo de la gloria, porque las pérdidas de nuestros nobles maridos eclipsarán ese esplendor, ya que solo encontraremos ruinas, nos enfrentaremos a nuestros oponentes y tendremos deudas a nuestro cargo. En verdad, creo que disfrutaremos de mejor situación a nuestra vuelta que durante nuestro destierro, pero no mucho mejor, a menos que se nos devuelvan nuestras tierras y nuestras pérdidas sean resarcidas, y nuestras deudas pagadas, lo que dudo, porque es probable que aquellos que fueron los primeros actores honestos serán los últimos honestos sufridores. Si nuestros compañeros hubieran sido tan prudentes como honestos habrían hecho como dice el refrán, «Los primeros en llegar a la fiesta y los últimos a la guerra»[391], pero nuestros compañeros, al estar al inicio de la guerra no disfrutarán de la fiesta. Pero dejando a un lado nuestras pérdidas, nuestros suplicios y desgracias, nuestra concordia nacional nos hará felices a vos y a mí, aunque no devuelva las riquezas a nuestros maridos, porque disfrutaremos entonces de la mutua compañía, donde conversaremos de palabra con más libertad de lo que hacemos ahora por carta. Entretanto me conformaré con la esperanza de la felicidad, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLXVI
Señora,
Siento oír que se lanzan acusaciones contra la honorable castidad de Lady H.R.; en verdad, creo que no se lo merece, pero el mundo es tan maledicente que ni las doncellas, las casadas, ni las viudas pueden escapar a su calumniosa lengua, ya sean viejas, mal parecidas, pobres o enfermas, mucho menos aquellas que son jóvenes, hermosas, ricas y sanas, más aún, ni las mujeres en clausura, que han hecho votos de virginidad, escapan a esta difamación; creo que solo las niñas de pecho no se someten a esta desconfianza; y no solo son los hombres los que difaman a las mujeres, sino que una mujer difama a otra; cierto es que las mujeres son las primeras que afrentan a las de su propio sexo, no tanto por sus faltas, como por lo que se reprochan cada una, algunas por envidia y otras por celos; pero siempre es regla cierta que aquellas que son culpables no cejarán en acusar a la inocente, creyendo que esconde sus errores, o al menos que los alivia, al pensar que todas las mujeres son tan malvadas como ellas mismas; algunos dirán, no tiene entonces sentido vivir una vida rigurosa, ya que ni el claustro puede protegerlas de una lengua injuriosa. Por mi parte respondo que los calumniadores no pueden desanimar a las mujeres virtuosas de su comportamiento y su vida prudente, sino que deben esforzarse por medio de sus acciones y su vida sobria a probar que sus calumniadores lo son. Y pongamos que todas las mujeres fueran calumniadas y que ninguna se librara, no quiera Dios que las mujeres virtuosas sean consideradas culpables, no, sus vidas virtuosas las exonerarán, y engendrarán pensamientos de respeto y estima en todas las mentes, incluso en las de sus enemigas, porque aunque las mentes desnaturalizadas tienen lenguas viperinas, con todo no creen lo que dicen si no tienen fundamento, ni hay probabilidad de que las crean. Por ello, las mujeres deberían obrar para ganarse una buena opinión si no pueden conseguir una buena reputación, pero si se comportan como para levantar sospecha, les estará bien empleado si las censuran de palabra y de pensamiento. Y comoquiera que la reputación de las mujeres virtuosas
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sufre por la envidia, los celos y por otras cosas semejantes por parte de su propio sexo, así también por la vil vanagloria de algunos hombres, que consideran un honor que se les vea como siervos de hermosas damas, especialmente si son personas ilustres, declarando delante de todos cuánto las aman, y acudiendo a todo lugar y reunión en los que están, donde cada uno se dirigirá a alguien de la que dice estar enamorado, y se insinuará, y la halagará solo a ella, con lo cual toda la reunión concluirá inmediatamente que ella le ha dado algunas muestras o favores para alentar sus esperanzas, porque si no las tuviera, cesaría o desistiría en su cortejo, y a él le agrada que se piense así, aunque sabe que es todo lo contrario; y cuando está con sus acompañantes hará chanzas y se divertirá con sus fingidas pasiones amorosas, y si se le nombra a la dama, se encoge de hombros, suspira y eleva los ojos, declarándose un desgraciado, pero procederá de tal forma para hacer creer a la reunión que no está desesperado. Además, la mera relación de los nombres de un hombre y una mujer engendra con el tiempo la sospecha, especialmente en aquellos que son ajenos a la dama, cuando tal vez la dama odia al caballero más que a la muerte, por miedo a dañar su reputación por la vana necedad de aquel; más aún, en muchas ocasiones hombres así fingirán estar enamorados de esta o aquella dama, aunque ni siquiera la conozcan; y algunos son tal viles como para contar que obtienen favores de esta o aquella dama cuando todo lo que dicen es falso. Con todo, estas son personas de baja ralea, mientras los primeros que he descrito están a menudo entre los más eminentes. Pero entonces para el consuelo de la mujer virtuosa, las opiniones, o las sospechas que son levantadas por personas tan indignas se desvanecen como el vapor o el aliento sobre un cristal, que no deja mancha tras de sí; porque el carácter vil del hombre es percibido enseguida, y después los que crédulamente sospechan y opinan precipitadamente censuran al hombre y elogian a la mujer, desprecian al hombre y honran a la mujer, lo que borra todas las sucias acusaciones, y así también espero que sea la acusación de Lady H.R., empañada durante un tiempo; pero cuando desaparezcan esas etéreas opiniones, ella aparecerá tan pura y brillante como siempre fue. Pero mi preocupación por ella me ha hecho olvidar que estaba escribiendo una carta que debería ser breve, por lo tanto, os ruego me perdonéis, querida señora, y os prometo que la próxima será más corta, aunque no así mi amistad, porque seré hasta el fin de mis días,
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Señora,
La fiel amiga y servidora
de vuestra señoría.
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CLXVII
Señora,
Podéis reñirme por mi discurso inútil y vano cuando vinisteis a visitarme la última vez, pero aunque para entretenerme puedo hablar en vano de vanidades, no obstante, no las hago el objeto ni el asunto de mis pensamientos, ni ocupo con ellas mi mente, ni tampoco soporto que habiten ahí, puede que se asomen alguna vez, pero son expulsadas de inmediato por mentirosas y embusteras; porque si visitaran mi mente a menudo ocasionarían tales problemas y descontento con sus inútiles deseos que mi vida sería desgraciada; porque aunque soy ambiciosa, no es por fruslerías así, como la riqueza mundana, los alegres espectáculos, y los títulos vacíos, sino por la valía personal, las acciones justas, y la fama externa, para los que no flaquearán mis esfuerzos, mientras dure mi vida, tampoco renunciaría a los favores o las bondades de la fortuna, pero no los ambiciono; lo cierto es que mi lengua es más vanidosa que mi corazón, y mis formas y mis adornos externos más para el vano mundo que cualquier placer que obtenga por ellos, porque el mundo no respeta sino una apariencia dorada, mientras que mi felicidad consiste en que me conformo con cualquier fortuna, con que el cielo perdone solo la vida de mis amigos, porque la Fortuna no puede asustarme ni sorprenderme, aunque sea tan poderosa como para ascender y arruinar a los que le place. Pero aunque tiene poder sobre el cuerpo y las posesiones de los hombres, no obstante, no tiene poder alguno sobre las almas, o las mentes de algunos hombres, y digo algunos, como los hombres sabios y honestos, porque los granujas y los necios cambian de parecer según la mala o la buena fortuna; pero la constancia y la paciencia de mi noble esposo no puede cambiar ni por lo uno ni por lo otro, porque él es el mismo en la prosperidad y la adversidad, de cuyo ejemplo he cultivado mi paciencia, y soy a perpetuidad,
Señora,
Vuestra fiel y sincera servidora.
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CLXVIII
Señora,
Si Lady P.R. tuviera el favor del cielo, al igual que tiene el de la naturaleza y la fortuna, sería no solo feliz sino también dichosa, porque la naturaleza le ha dado belleza e ingenio, y la fortuna riqueza y honor, y si el cielo le da capacidad para usarlos bien, será coronada como la gloria de su sexo; pero como la belleza, el ingenio, el honor y las riquezas son como imanes para atraer el amor, la admiración y el respeto, así también la envidia y la maldad. Tiene muchos pretendientes, pero no estoy segura de si todos son amantes, aunque sin duda todos juran que lo son, porque los pretendientes y los amantes corteses no vacilan en hacer juramentos. Por lo tanto, si su juicio es parejo a su ingenio, elegirá marido con sensatez y no ingenuamente, un hombre por mérito más que por su persona o su riqueza, por su ingenio más que por su título; porque una mujer que se casa con un necio, con un granuja, con un estafador, es tan desgraciada como un hombre que desposa a una descarada, a una prostituta, o a una mujer descuidada. Pero podréis decir, estas tres últimas están entre las mujeres de inferior condición. Yo os digo, desearía que las de más alta condición estuvieran libres de esos vicios; pero habrá muchas mujeres limpias, pacientes y honestas que son pobres y de humilde nacimiento, cuando esas de alta cuna y gran riqueza no lo son, porque todas las prostitutas no lo son por ser pobres sino por una despreciable ambición, y algunas por pereza; en verdad, nunca he oído que llamen descaradas a personas eminentes, sino arrogantes, pero las arrogantes tienen lenguas afiladas; y en cuanto al adulterio, la ociosidad y los deliciosos manjares tienden a hacer progresar a las mentes rebeldes, más que el penoso trabajo, y una dieta ligera y corriente las empobrece. Pero dejando este discurso, así como a Lady P.R. a sus enamorados y ellos a su fortuna, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLXIX
Señora,
Os complació contarme en vuestra última carta que ahora se hace tanta mofa y menosprecio de los eruditos como se hacía de los poetas y los soldados hace veinte años; es un signo de que ha ganado la ignorancia, y de que el conocimiento ha sido desterrado de las escuelas y los colegios, y no sorprende, ya que los defensores del conocimiento, como la realeza, la nobleza y los señores han sido desterrados del poder; pero estos reciben ahora el castigo por menospreciar a los poetas y los soldados, un poeta y un capitán eran objeto de mofa, consideraban a un poeta como a alguien despreciable, y a un comandante como a un hombre anticuado, lo que era prueba de que habían vivido en paz mucho tiempo. En verdad, un poeta y un capitán eran títulos acreedores de tal reproche, porque los hombres consideraban una deshonra dejarse ver en su compañía, especialmente los jóvenes e inquietos galanes, que los rehuirán más que a la viruela, y vuestros serios formalistas les dedicarán una sonrisa de desprecio, y los atareados hombres de estado pensaron que era más oportuno que se les desterrara que vivir dentro del estado, aunque un estado no tendría ni distracción ni seguridad sin ellos, y en situación de peligro habrían deseado, más aún, halagado a los soldados para que les protegiesen con su valor, y que los dirigieran y aconsejaran con su pericia. También habrían suplicado al poeta adornar sus triunfos; y si no fuera por el poeta, no tendrían ni mascaradas para complacer sus ojos y sus oídos, ni obras para alimentar sus pensamientos y ocupar su tiempo; pero aunque despreciaban al poeta, con todo le arrebatarían su ingenio, aunque no podrían arrebatarle su valía, para cortejar a sus damas, o para entretener a las visitas. Así robaron tan vilmente, desdeñaron orgullosos, despreciaron inútilmente, desmerecieron maliciosamente, se rieron neciamente de poetas y soldados, que con todo son personas más honorables por su renombre, mejor consideradas por la fama, acomodándolos en las mejores estancias de su palacio, porque los soldados y los poetas son los nobles de la fama, y por ello hombres eminentes para la posteridad, y más distinguidos que los
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títulos vacíos en nuestra época; y de todos los grados ha habido y habrá poetas y soldados, del palacio a la cabaña, y tanto los estima la fama que esta hace avanzar a aquellos a los que los poetas favorecen; pero aquellos que desprecian, o no infunden digno respeto a aquellas personas en las que habita el ingenio y el valor, que vivan atemorizados y mueran en el olvido, y creo que vuestra señoría dirá amén a eso, al ser no solo amante del mérito, sino también su dueña, por lo que soy,
Señora,
La devota admiradora
y sirviente de vuestra señoría.
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CLXX
Señora,
Mistress D.O. y Mistress G.B. vinieron el otro día a visitarme, en lo que Mistress D.O. contó la noticia de que Sir B.C. había cambiado de fe, después de lo cual G.B. dijo que ella lo lamentaba, porque creía firmemente que él no podía cambiar a una mejor de la que antes profesaba. Después le preguntó D.O. a qué religión se había convertido, porque había solo cuatro de las que ella había oído, esto es, la de los gentiles, la de los judíos, la cristiana y la mahometana, y, dijo, en cada una de estas religiones había diferentes opiniones, y esas opiniones casi innumerables, con todo no eran religiones diferentes; por lo cual D.O. dijo que ella se había equivocado, porque era solo una opinión diferente de la que antes profesaba. G.B. dijo que no le sorprendía, porque muchos cambiaban de partido por interés, y podía observarse que la opinión que un rey o un gobernador principal profesaba, la mayoría de sus súbditos hacían lo mismo, y así también tantos extranjeros que habitaban en sus tierras, bien por seguridad, o por comercio, o siguiendo su ejemplo, pero los nativos se convertían por una esperanza de conseguir privilegios, algunos por honores, cargos, y autoridad, otros para disfrutar de sus propiedades, y para evitar multas o impuestos, o cosas así, algunos por la persuasión de sus amigos, algunos por moda, y algunos por el miedo al destierro y la muerte. Así, algunos por miedo y otros por aprobación, algunos por codicia y algunos por temperamento, cambiaban sus opiniones religiosas, pero pocos lo hacían por conciencia y ninguno por la razón, porque las opiniones en la religión se construyen sobre la base de la fe, donde la razón no tiene cabida, al menos no fundamento; pero si alguno se convertía por conciencia, dijo, serían los más viles e ignorantes, los más temibles, porque la conciencia moral, dijo, es el efecto más amable de una temerosa pasión, pero la conciencia divina es un efecto de la gracia, de la que la gente corriente carece. Después de lo cual Mrs. D.O. le dijo a Mrs. G.B. que su discurso procedía de una mente poco compasiva. Mrs. G.B. respondió que su discurso procedía de la observación del proceder del
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mundo y de las acciones de los hombres, que ella pensaba eran los mejores confidentes de sus propias disposiciones, pero si D.O. había observado lo contrario, deseaba que se lo dijera. D.O. dijo que ella no reparaba tanto en el mundo de los hombres, a lo que dijo G.B., «No hacéis bien en juzgarme»; y en esto D.O. le pidió su opinión sobre si pensaba que Sir B.C. no estaba en peligro. G.B. le preguntó si se refería al peligro del alma, del cuerpo o de su hacienda; D.O. le dijo, «A la salvación de su alma». «En verdad», contestó G.B. «considero que Dios omnipotente es bueno, sabio, poderoso, conocedor, prudente y justo, como para no condenar a un hombre por aquello que no le es posible conocer, o por aquello a lo que le abocó la naturaleza, tampoco era ajeno como para no prever lo que el hombre podría o haría, y si el hombre no pudiera hacer nada sin el permiso de Dios, la misericordia de Dios no permitiría que el hombre sufriera o que se condenara él mismo, porque eso sería hacer al hombre con ese propósito, a sabiendas, como si lo previera, y si Dios dio al hombre el libre albedrío, que fue renunciar a uno de sus atributos, y con ello engrandecer al hombre y hacerse de menos Él, y solo para darle poder para condenarse a sí mismo, o que Dios hiciera al hombre para luego condenarlo, para a través de ello mostrarle su poder, no encajaría con la justicia de Dios ni con su bondad. Pero ciertamente Dios puede mostrar su poder de otras formas que condenando a las criaturas que ha creado, o que crea; y es que es un dogma extraño que un Dios sea tan, si no más, glorificado por los que condena como por los que salva, que la gloria de Dios surja de los tormentos, como si Dios no tuviera otro modo de ser glorificado, lo que no expresaría justicia tanto como severidad, si no crueldad, en primer lugar para prever el mal, después para concebir a la criatura, y finalmente para que sufra ese mal y condenar a su criatura por ese mal. Tampoco», dijo, «puede esa parte racional que Dios me ha dado percibir cómo encaja con su bondad y misericordia, o con su sabiduría y gloria, para soportar a más demonios que a hacer santos; tampoco encaja con su sabiduría y poder tener más enemigos que amigos, porque se dice que los malvados y los demonios son enemigos, y los bondadosos y los santos amigos y servidores de Dios; pero la mayoría de los hombres tienen opiniones blasfemas, que conciben a Dios como un ser cruel o ignorante, que no es capaz de conocer de antemano sino de provocar condena». Pero Lady W.N. [392], que también estaba presente en su discusión, rogó a Mrs. G.B. que parara, ya que el ser humano era tan ignorante que no se conocía a sí
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mismo, aunque pretendería conocer a Dios y sus atributos, consejos, leyes, reglas y decretos, también a los que Él amaba y a quién aborrecía, quiénes deberían ser condenados y a quiénes debería salvar, qué ángeles estaban en el cielo y qué demonios en el infierno, quién le servía bien y quién lo hacía equivocadamente. El ser humano era también tan presuntuoso como para compararse con Dios, así como para pretender saber lo que Dios dice, haciendo que hable como un hombre, también que admita tener pasiones; pero si Dios es absoluto y fuera de la comprensión humana, es una gran presunción comparar a Dios con cualquiera de sus criaturas. Además, es absurdo y ridículo comparar aquello que no puede ser comprendido, porque si no puede ser concebido, ¿cómo podrá representarse? También lo es decir que la bondad y la humanidad de Dios es tal como para inclinarse ante el hombre, ya que el hombre no puede alcanzarlo completa y conscientemente, porque es ridículo pensar que la gran omnipotencia de Dios, o su inconmensurabilidad, puede inclinarse, someterse o humillarse; porque Dios no puede degradarse, ni tampoco elevarse, porque no puede ser ni más ni menos, no hay categorías en Dios, ni contracción, ni dilatación, porque es todo perfección. En verdad Él es lo que ninguna otra criatura puede expresar, algo que es demasiado grande e inmenso para ser explicado, sus obras son solo un destello de su poder; con todo, los orgullosos se llaman a sí mismos los amigos de Dios; ¡Oh, necios y engreídos! ¡Oh, Dios grande e inconmensurable! Así, señora, reproduzco los diversos discursos que mantuvieron estas tres damas, por medio de los cuales, yo y mis tres visitas hemos, por así decirlo, venido a visitaros; pero para evitar que nuestra larga estancia sea molesta para vos, me despido por ahora, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLXXI
Señora,
Mi vida es tan solitaria, mi mente tan sosegada, mis pensamientos tan íntimos y mis sentidos tan perezosos, que no tengo nada que escribiros, sino solo deciros que estoy bien y que espero que vos lo estéis también, siguiendo el antiguo estilo epistolar. Es cierto que si mi vida fuera activa, mi mente estuviese ocupada, o fuera rebelde, mis pensamientos errantes, mis sentidos curiosos, encontraría algún asunto, o me esforzaría en escribir, pero ya que no soy rebelde, ni estoy ocupada, ni soy curiosa, ni activa, mis cartas serán como una vejiga llena de viento y no como un bolso lleno de oro y plata; o será como el papel lleno solo de cifras, sin imágenes. Pero, aunque mis cartas sean como cifras, con todo vos, a quien escribo, sois la principal imagen de mis pensamientos, que representáis a miles de ellos; en verdad, sois como el infinito, porque vuestros méritos son incontables, y vuestra bondad no tiene fin, por lo que la felicidad eterna será vuestra recompensa en el cielo. Pero, señora, me tengo en tal alta estima que no querría dejaros aún, porque quisiera teneros conmigo en este mundo mientras viva, que sin vos sería para mí como la descripción del infierno, mientras que ahora vuestra vida es para la mía como el cielo, que es el gozo y la alegría,
Señora,
De vuestra fiel servidora.
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CLXXII
Señora,
Estoy llena de temor al escribir esta carta con gran dificultad porque la ciudad entera ha estado en medio de un alboroto, y todo por una división facciosa entre el Cabildo y aquellos que llaman los Señores, que son los altos magistrados; el pueblo se reúne en multitudes, alegando el derecho a sus privilegios, pero se piensa que su intención es saquear las casas de los mercaderes y las iglesias, por lo que parecen preocuparse y ambicionar más los bienes de este mundo que los del cielo. En verdad, el mundo prepara a los hombres para desatender el cielo, amando a Mammón más que a Dios[393]; lo cierto es que han saqueado a uno de los altos magistrados, y apenas se evitó que saquearan al obispo, un acto que manifiesta su codicia y revela sus intenciones; y estos disturbios hacen que suenen las trompetas, que repiquen los tambores, que se armen los soldados, y que lloren las mujeres, y para hacerlo aún más espantoso, la gran campana, que solo suena cuando hay peligro, en caso de fuego, o de guerra, o de motines, o de situaciones parecidas, doblan a muerto, todo lo cual me hace temblar de espanto, y lo que acrecienta más mi miedo es que mis doncellas, presas del miedo, se presentan ante mí a menudo con caras de confusión, y me traen varios y diferentes rumores, unos, que el ejército avanza para destruir la ciudad, y otros, que los soldados gozan de libertad para abusar de todas las mujeres, otros, que pasarán a toda la ciudad a cuchillo. El mejor de los rumores es que van a saquear todo, pero en cuanto a este último, mi marido y yo estamos a salvo, porque estamos libres de ello, al haber sido confiscados todos nuestros bienes y propiedades en nuestro propio país, de tal modo que ahora no tenemos tales bienes ni riquezas que merezca la pena tomar; lo cierto es que nuestra condición es más la de saquear que la de ser saqueados, con lo que si nos perdonan la vida no temo por nuestros bienes, la única desgracia es que no podemos abandonar definitivamente esta ciudad, por motivo de que tenemos algo de crédito para conseguir sumas de dinero o provisiones en caso de necesidad, porque mi esposo ha vivido aquí tanto tiempo que
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puede solicitar el privilegio de un burgués, y por tanto podemos sublevarnos con los amotinados y gritar rebelándonos por nuestros derechos y privilegios. Pero estoy terriblemente asustada por todo esto, hasta el punto de que cada ruido que oigo, si no estoy en compañía de mi esposo, corro a buscarlo, con lo que estoy escribiendo esta carta con sobresalto, aunque mi esposo se esfuerza por calmar mis miedos, diciéndome que el repicar de los tambores y el toque de las trompetas, y las armas de los soldados son la forma y el medio de apaciguar este motín y de mantenernos en paz y seguridad, pero a pesar de todo esto oigo decir a mi marido que es un asunto canallesco y un peligroso ejemplo. Sin embargo, dejo todo a su prudencia y cuidado, porque creo que, si él percibiera algún peligro de importancia, me sacaría de la ciudad, aunque él tendría que venir conmigo, porque no me separaré de él, sin tener en cuenta mi seguridad cuando él esté en peligro, y preferiría antes morir con él que vivir sin él. Pero, señora, con la esperanza de que la siguiente carta para vos sea más amable y que todo esté tan tranquilo y apacible como estaba antes, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLXXIII
Señora,
Os pareció apropiado en vuestra última carta explicar cómo Lady C.D. había leído algunas de las obras de M.N., y que ella recitaba las partes de triste pasión tan quejumbrosamente que donde debería haber provocado la compasión, causaba aversión; en verdad, señora, las mujeres en su mayoría arruinan la buena escritura con una mala lectura, y no solo las mujeres, sino la mayoría de los hombres, porque he oído que un hombre que era un gran erudito y una persona instruida, habiendo leído mucho, y alguien que pretendía ser un buen poeta y un elocuente orador, recitó las excelentes obras de W.N.[394] del todo impropia e inoportunamente, no acomodándose ni al sentido ni a las palabras, sino siempre insistiendo en la misma melodía, que era aburrida y plana, y que hastiaba mi oído tanto como su lectura, pero, no obstante, era preferible que si hubiera hecho gran aspaviento al recitar, porque eso habría acabado con mi paciencia, irritando e hiriendo mis oídos, lo que habría trastornado sumamente mis pensamientos, porque mis pensamientos viven tan pacífica y silenciosamente y se deleitan de tal forma en ello que odian cualquier ruido; pero en verdad nunca he oído a nadie que recite bien excepto mi esposo, y le he oído decir que nunca había oído a nadie recitar tan bien como a B.J. y, no obstante, había oído a muchos en su época; pero sé que mi marido recita tan bien que es como los diestros maestros de música, que pueden cantar y tocar sus partes a primera vista, así también mi esposo en la primera lectura se acomoda de tal forma al sentido y las palabras de la obra como si él mismo la hubiera hecho y escrito; más aún, le he oído recitar algunas obras que han sido piezas menores y simples tan bien que le aporta elegancia al propio autor y hace que su obra suene armoniosamente, como un mal instrumento bien tocado, mientras que otros hacen desafinar los más extraordinarios instrumentos. Por lo tanto, sabiendo la diferencia que hay entre una lectura armoniosa y una discordante, tengo tanta aprensión de los lectores inexpertos de mis pobres obras que cuando los observo, no puedo sino lamentar el peligro de su
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descrédito; aunque para calmar mi pena imagino que cada persona prefiere su propia forma de leer, y que no aborrecerá mis escritos por no leerlos bien. Pero por miedo a irritar vuestra paciencia al leer una carta tan larga, me despido, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLXXIV
Señora,
Lady F.N. y su joven y hermosa hija tuvieron una pelea el otro día hasta tal punto que su madre tenía intención de azotarla, pero tan bien discutió en su favor que su madre perdonó su falta, y la principal causa de su perdón fue que le dijo a su madre que preferiría ser torturada por traidora antes que ser azotada como una esclava. «Aunque», dijo, «ni he cometido traición, ni merecido cautiverio ni esclavitud. Además», dijo, «tengo diez años, demasiado mayor para ser azotada, casi demasiado mayor para casarme». Pero mientras que la hija y la madre discutían, llegó el padre, y Sir W.S., que la encontró llorando, pero la consolaron, diciendo que habían venido con el propósito de salvarla; ella les dijo que hasta que estuviera bajo la autoridad de su madre, estaría a merced de los azotes. Sir W.S. le preguntó si ella querría vivir con él, ya que estaba a disgusto con su madre; ella dijo que sí si a él le complacía acogerla; pero su padre dijo que él no lo aprobaba, a menos que la hiciera su esposa. Sir W.S. dijo que ella era demasiado joven para convertirse en esposa. El padre, que en tres o cuatro años sería suficientemente mayor; él dijo que no para él, porque no querría ser niñera, ni tutor, porque él sabía que no se podía instruir a las mujeres hasta que tenían trece o catorce años, y después necesitan un tiempo para aprender, al menos siete años, tampoco se controlan como debieran; «Pero cuando me case», sentenció, «me casaré con una mujer de esa edad, que haya recibido instrucción para distinguir el bien del mal, para conocer el mal de oídas y el bien de práctica; una mujer que pueda ser una compañera, y no un niño de pecho; una con la que pueda conversar razonablemente, y no una que pueda pronunciar una o dos palabras ingeniosas por azar, como hacen los niños; una que pueda darme hijos fuertes y sanos, no hijos que serán niños durante toda su vida, si viven, porque sean endebles, débiles y enfermizos; o bien que mueran nada más nacer, y que vayan del vientre materno a la tumba; y para tener una esposa preparada para la crianza y la conversación, debe tener al menos veintidós o veintitrés años. Lo cierto es», dijo él, «que antes me casaría con una
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mujer de cuarenta que con una de catorce, porque estaría más satisfecho de admirar la ancianidad, o de escuchar a una sibila entrada en años, o de leer una vieja crónica, que de jugar con una niña, de escuchar un loro, o de leer un alfabeto, tal es la diferencia entre el joven y el adulto. Pero cuando me case», dijo, «lo haré con una esposa cercana a mi propia edad, porque si me caso con una mujer mucho más joven que yo tendré celos de ella, y si me caso con una mucho mayor que yo ella tendrá celos de mí, de modo que en cualquier caso seremos desgraciados; además, los hombres y mujeres de edades desiguales procurarán reprocharse la edad del otro, pero cuando su edad es pareja no tendrán motivo para aborrecerse, y en su mayoría los de edades semejantes son de amores semejantes y de vidas tranquilas, ya que ninguno de ellos tiene celos, y si somos de fuerza y constitución semejantes, ninguno sobrevivirá mucho al otro, ni deseará la muerte del otro, ni se cansará de la vida del otro; pero yo, si vos estáis de acuerdo, cuidaré de vuestra hija como de una niña, o un juguete en su caja, pero no la tomaré como esposa para gobernar mi casa y mi familia». «Por fe mía», dijo su padre, «ella no será un juguete, si puedo yo evitarlo, pero si la tomáis por esposa le daré diez mil libras, y si no tengo más hijos, lo duplicaré, o lo triplicaré». Dijo Sir W.S., «Estoy de acuerdo, porque aunque ella sea demasiado joven para gobernar mi familia, yo soy suficientemente mayor como para disponer de su riqueza, y para compañía y conversación no conozco a mejor compañero, ni mejor amo, ni mejor amigo que el dinero, es querido por todos, pero no estima a ningún hombre, de modo que no temeré que el dinero me ponga los cuernos, antes se prostituirá por mí, y por ello, por amor al dinero, tomaré a vuestra hija por esposa», a lo que el padre dijo que podía desposarla, y también a todo su dinero. Y así, dejándolos para concluir el casamiento, quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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CLXXV
Señora,
En vuestra última carta me aconsejasteis escribir un libro de oraciones[395], pero ¿cómo podría escribir oraciones, yo que no sé de las reglas de la retórica, ni nunca fui a la escuela, sino que solo aprendí a leer y escribir en casa, instruida por una anciana y decrépita dama que mi madre mantenía para ese fin?[396], de lo que doy fe suficientemente (como reza el dicho). Aunque de cualquier modo, para seguir vuestro consejo intenté escribir oraciones, pero he descubierto que me falta ingenio, elocuencia, y erudición para tal obra, y aunque tuviera ingenio, elocuencia y erudición no encontraría tantos temas como para escribir tantas oraciones como para llenar un libro, porque las oraciones son en su mayor parte acerca de la guerra, la paz, los asuntos de estado y los negocios del estado, de todo lo cual no soy capaz al ser una mujer, que ni tiene conocimiento, ni habilidad, ni capacidad en los asuntos de estado, y hablar cuando escribo de lo que no sé no sería aceptable para mis lectores. Sin embargo, para haceros ver cuán poderoso efecto tiene en mí vuestra persuasión, os enviaré dos o tres oraciones que he escrito de prueba, si las aprobáis, escribiré tantas como temas pueda encontrar para hacer oraciones de ellos, y si puedo lograr tantas como para hacer un libro los llevaré a la imprenta, aunque no tengo esperanzas, ni confianza en esa obra, porque temo que será trabajo perdido y tiempo malgastado, pero soy en todo momento,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLXXVI
Señora,
Algunas damas me visitaron el otro día y en su conversación hablaron del duque de D., el marqués de C., el conde de F., y el vizconde G., pero observé que en su discurso solo les dieron el título de Lord[397]. Es cierto, un Lord es un noble título, pero los títulos antes mencionados son de más alta categoría, por lo que deberían ser mencionados o nombrados; en verdad, en mi opinión esos hombres o mujeres que no les dan a cada persona sus mejores títulos, o son maleducados, o necios, o malintencionados, porque es por envidia, o por una naturaleza baja y vil empañar o quitar a cualquiera el mérito de sus justos derechos y merecimientos, pero las personas nobles, generosas y heroicas darán más de lo que corresponde antes que reducir los derechos debidos, lo que demuestra que tales personas tienen más cortesía que otros justicia. Lo cierto es que es una clase de estafa, o de robo, retener la mejor parte de un título, como mencionar varias categorías de personas, y no darles sus debidos títulos honoríficos; pero si fueran tan descorteses con caballeros y doctores, como lo son con duques, marqueses, condes y vizcondes, habría muchos conflictos en esta nación; porque un caballero tomaría por afrenta ser llamado maestro y no señor, y así también un doctor; pero lo más ridículo en esta nación es que cuando alguien pregunta a un pobre mercader, o a un zapatero, dirá, «Por favor, señor, ¿cómo está vuestra señora?», o, «Dad mis recuerdos a vuestra señora», refiriéndose a la mujer del zapatero, que es tan descabellado como lo otro; pero esta nación es propensa a llegar a los extremos, a los que los dejo, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLXXVII
Señora,
Os complació decirme o explicar en vuestra última carta que yo había sido acusada por algo que dije sobre G.K. y L.O.[398], palabras que fueron perjudiciales para sus importantes asuntos y peligrosos planes como para dudar de su éxito y menospreciar sus acciones. Confieso que dudé de su éxito y que no aprobé sus acciones, pero aun así no las menosprecié, porque entonces no las habría mencionado; y en verdad esas palabras que dije no fueron por un mal propósito, o una naturaleza maliciosa, sino por una profunda consideración del daño que resultaría tanto para su honor como perjuicio para sus asuntos y para la situación presente y futura de sus más prestigiosos amigos y fieles sirvientes; y en cuanto a dudar de su éxito, en verdad el miedo era el motivo de mis dudas, porque al no percibir ninguna autoridad evidente, sino al oír sobre la actual situación y sobre peligrosas empresas, y sobre el riesgo para sus personas, temí más una traición que albergué la esperanza de la victoria, y declaré mi opinión, por motivo de que me unía a ellos una estrecha relación, con la esperanza de que fueran circunspectos y cautos en sus empresas, como para tener en cuenta su propia debilidad y el poder de sus enemigos, y que no se aventuraran de cabeza y apresuradamente, o precipitadamente, sino que se dejaran aconsejar por la Sabiduría antes de que luchara la Valentía, porque aunque las furias infernales o la malintencionada fortuna puedan perturbar la sabiduría humana durante un tiempo, con todo la constante obediencia a la sabiduría humana acaba fascinando a las furias infernales, ciñéndolas dentro de un círculo de miedo, y hace que la rueda de la Fortuna se mueva al albedrío de la Sabiduría. Pero si hubiera dicho palabras duras y bruscas bien deberían perdonarme, porque las causó el amor y no el odio, porque muchas veces los falsos corazones producen palabras engañosas en un estilo lisonjero, mientras que un corazón auténtico arroja palabras tempestuosas, movido por la violenta pasión del miedo; por lo cual, apelo a su justicia para que me libren de una malvada interpretación de mis buenas intenciones. Tampoco estas palabras fueron pronunciadas en
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pública asamblea, sino en la privacidad de mi casa, y a algunas personas concretas, y la casa de cada uno es, o debería ser un lugar de privilegio, de la que los informadores deberían ser desterrados, antes que los propietarios fueran condenados o acusados; pero lo que dije yo deseaba que se dijera por las razones arriba mencionadas, para que mi opinión o mis palabras pudieran alterar sus propósitos, porque no deseaba que mis palabras fueran, como dice el antiguo proverbio, un secreto en un oído insensible. Pero a veces algunos pueden hablar de tal modo que no solo deseen que su secreto repose en oído insensible, pero que se entierre bajo una muda lengua, y que esos discursos no sean desenterrados por la memoria para que sus fantasmas errantes e inquietos, o sus espíritus (pues las palabras son inmateriales) asusten a estos tiempos, o a algunas personas en particular, que, si su naturaleza inmaterial no fuera acosada repetidamente, reposaría en silencio en el pozo o la tumba del olvido; pero si he dicho algo que haya disgustado a esas personas que mencionáis, que son mis queridos amigos cercanos, rogadles que me perdonen, ya que fue un exceso de cariño el que desbordó las riberas de la discreción, e hizo flotar mis palabras en los mares del afecto, sin el lastre del juicio o la guía de la prudencia que, al ser sacudidos por las olas del miedo y las tormentas del peligro imaginado, es probable que me ahogue en la pena y las lágrimas, al ser empujada contra su desagrado, a menos que su amistad y su cercanía me salven y me traigan al puerto de su favor, lo que mi fe me dice que harán, o de otro modo les diré que no les creeré ya más. Pero sea como fuere, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLXXVIII
Señora,
No os molestaré ahora para comprar la corona de plumas que vino de Francia[399], porque yo mandé hacer una en esta ciudad más barata y mejor que aquellas; pero he enviado muchos mensajes, o cartas, sobre la capa y las plumas, como he oído que una dama hizo a su marido, al estar en la capital y ella en el campo, que le envió a comprarle un sombrero y una pluma; la semana siguiente le envió a comprarle un sombrero, pero no una pluma; la tercera semana, que le comprara una pluma pero no un sombrero; la cuarta semana no tenía ni sombrero ni pluma. Pues he comprado una capa y muchas plumas, no solo porque están de moda, sino por utilidad, porque las plumas que cuelgan o caen protegen mi rostro del ardiente sol y abanican con un aire suave mi cara, que refresca el bochornoso calor, de tal suerte que, si no fuera una moda general, sería mi costumbre particular en verano. En verdad, las plumas, en mi opinión, sientan mejor a mujeres que a hombres, porque las mujeres se asemejan más a la naturaleza de las aves que de las bestias, no solo por sus saltos y sus bailes, que recuerdan al vuelo, sino porque son criaturas más inútiles, porque la mayoría de las aves no sirven para nada sino para cantar, y algunas para parlotear, no son útiles para el trabajo ni para la guerra, como son la mayoría de las bestias; es cierto, buitres, cuervos, cornejas, y pájaros así, aparecerán al final de la batalla, pero solo para alimentarse de los cadáveres de los caídos en batalla, como aquellas que se alimentan de las difamaciones de las de su sexo. Las plumas son también ligeras, no porque brillen, sino en el peso, y así las mujeres son de naturaleza ligera; las plumas son inestables e inquietas, y así son las mujeres de cuerpo y mente. En verdad, las plumas y los manguitos no son tan apropiados para los hombres como para las mujeres, porque ¿cómo puede un hombre montar su caballo, o usar su espada, cuando guarda sus manos en un manguito? Sin embargo, era la moda el pasado invierno que los hombres llevaran manguitos, atados a una larga cuerda a sus cuellos, los manguitos colgaban en el extremo inferior de la cuerda, y cuando tenían ocasión de
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dejarlos al lado, se los arrojaban a la espalda, lo que recuerda a las mochilas de los pobres y miserables soldados, o a las alforjas del calderero, y la cuerda alrededor de sus cuellos parece como si se les fuera a ahorcar por robar algo de pan y queso, o por hurtar un manzanar, o por robar el lino deshilachado de los arbustos, o alguna otra cosa pequeña o sin valor. Pero los hombres son tan inconstantes en la moda como las mujeres, si no más, así que es esperable que cambiarán a una prenda más masculina que los manguitos, y a una moda más favorecedora que las botas altas atadas a los calzones[400], botas que alrededor de las rodillas parecen tumores y como úlceras inflamadas listas para ser punzadas, para dejar salir la podredumbre que se acumula dentro. En verdad, para mí es más apropiado que las mujeres lleven espada que los hombres lleven manguitos, porque las mujeres, aunque sean débiles e inexpertas en el manejo y el uso de la espada, con todo, si tuviesen valor, harían algún movimiento para ayudar a una amiga en apuros, o para proteger su honor en una violación, mientras que un manguito ata, por así decirlo, las manos de los hombres, y es un inconveniente tanto para atacar como para defenderse. Pero las mujeres no tienen ocasión de llevar la espada, porque están bajo la protección de las leyes civiles de todas las naciones; además, todos los nobles caballeros son guardianes del sexo femenino, y en cuanto ayudar a los allegados, hay muy pocas que sean atacadas en sus propias casas, y no se consiente que las mujeres luchen en la guerra, ni se las elige como padrino, ni es adecuado que entren en peleas de borrachos; y en cuanto a los ladrones, hay un viejo dicho, «Los ladrones son demasiado fuertes para los hombres de verdad», porque los ladrones rara vez atacarán a uno, a menos que sean dos o tres, y las mujeres deberían esforzarse por ayudar a un amigo en apuros, aunque estuvieran seguras de no hacerle bien alguno, pero sus esfuerzos en ayudar no debe producirles ningún daño que les impida ayudarse a sí mismas; como por ejemplo, las mujeres que vean a un enemigo atacar a sus maridos, hijos, padre o hermano, o están cerca cuando ellos pelean con otro hombre, por miedo agarrarán a sus allegados, pensando librarlos de un daño cuando esa acción puede ser la causa de que los maten, al no consentirles que se defiendan por sí mismos. Así puede su devoto temor ser la causa de su muerte; pero he vagado demasiado lejos, de las plumas y las mujeres a las espadas y la muerte; por tanto, dejando todo al destino y la moda, quedo,
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Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLXXIX
Señora,
He sabido por vuestra última carta que Lady H.W. mantiene a una doncella que había servido últimamente en mi casa, y por tanto desea que me escribáis para contarle si era una buena sirvienta cuando estuvo conmigo, y si era casta y de confianza. En primer lugar, debe perdonarme, porque no difamaré a una sirvienta que ya no está a mi servicio, a menos que fuera como castigo a algunas faltas manifiestas; porque los sirvientes pueden ser mejores o peores en distintos servicios, según sus diversas ocupaciones, o lugares, o trabajos para los que se les requiere; porque algunos sirvientes pueden ser muy correctos y aptos trabajadores, y prudentes en algunos lugares y trabajos, siendo sirvientes excelentes, y en otros ser malos sirvientes, de tal forma que puede ser error del señor o la señora no emplearlos adecuadamente, o que quizás los lugares que son apropiados para tal sirviente estén ya provistos; y acaso un sirviente pueda ver sus propios errores y arrepentirse de las faltas cometidas en un servicio, como para no hacer lo mismo en otro, con lo que sería una injusticia en un señor o una señora reprochar a un sirviente, lo que puede conllevar su ruina, al impedirle acceder a un buen puesto. Tampoco deberían un señor o una señora darle a un sirviente un elogio inmerecido, porque eso sería faltar a la verdad; además, sería una estafa preferir a un sirviente con un informe falso, o engañar a un señor con el elogio inmerecido a un sirviente, como cuando los comerciantes se deshacen de bienes defectuosos al decir que son buenos, y el comprador, confiando en la palabra del vendedor y pensando que dice verdad, resulta engañado. No, si la mercancía es buena debe elogiarse, aunque los vendedores deben hacer elogio solo de aquello que han encontrado de bueno y servicial en ellos. Por tanto, el mejor modo para que cada señor o señora ponga a prueba a sus sirvientes es por sus servicios. Lo siguiente es que Lady H.W. querría saber si es casta y de confianza. En cuanto a la confianza, confío a mis sirvientes lo menos posible, solo aquello que debo por necesidad, porque hay un antiguo dicho que reza «En la confianza está la traición», y
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no voy a tentarlos, o a permitir que sean traidores, si puedo evitarlo. En cuanto a la castidad de mis sirvientes, no pregunto cómo son, sino para qué servicio son aptos en mis asuntos domésticos; tampoco soy una portera, o una espía de las partes bajas de mis doncellas, es un oficio o un trabajo demasiado repugnante para cualquier señora; pero si oigo que no se rebajan, como debería hacer cualquier buena y honesta sirviente en una casa honorable y bien administrada, se les avisa para que se vayan, pagándoles el salario acordado. Pero lo cierto es que, aunque mi marido se complace en hacerme señora de su casa y de los criados, con todo rara vez tomo sirvientes o los despacho, porque tengo un suboficial como mi teniente general, que es mi ama de llaves, y ella recibe todas mis órdenes y ejecuta los asuntos domésticos particulares, lo que pertenece a la administración de una señora que tenga un señor, que es su marido. Esto, señora, es lo que os he contado, aunque creo que vos lo sabéis bien y podéis relatarlo a Lady H.W., y así despidiéndome de vos por ahora, quedo,
Señora,
La fiel amiga y sirviente
de vuestra señoría.
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CLXXX
Señora,
Hay una dama en esta ciudad que es hija única de sus padres, y tan bella, que cuando vinimos aquí la primera vez la miraban tanto como si fuera un cometa, y las iglesias que frecuentaba estaban siempre llenas de gente, con lo que parece que iban a la iglesia para ver más que para rezar, más por la admiración a una criatura que por la devoción al Creador, y demuestra que ella era la única santa a la que consideraban, porque así la admiraban y seguían. Pero como los cometas desaparecen pronto, así la belleza se desvanece, aunque la suya era probable que perdurara, al tener más a su favor que el color, porque en verdad era tan extraordinariamente bien parecida y de rasgos muy agradables en su rostro, pero ahora han cambiado, y eso en pocos años, lo que demuestra que el tiempo fue más malintencionado y malicioso con su rostro de lo que normalmente es con otros, y como el tiempo la había tratado mal también lo había hecho la fortuna, porque estaba aún soltera, y ahora empieza a sentir melancolía, dicen algunos, por falta de un marido. Porque verdaderamente la mayoría de las doncellas consideran un gran infortunio vivir mucho tiempo solteras, parece que no saben, o no quieren creer las preocupaciones y los problemas que acompañan a la vida de casadas. Pero acaso su melancolía pueda proceder del deterioro de su belleza, al verse desatendida y no admirada, porque ahora cuando va a la iglesia nadie le presta especial atención, por lo que podemos observar que las bellezas notables son como los favoritos notables, admiradas, aduladas y seguidas durante el tiempo que son las favoritas; o como exitosos generales, famosos mientras cosechan victorias, pero si la Fortuna se tuerce se les descuida, si no se les desprecia, lo mismo con la belleza cuando se desvanece; y la fortuna en su mayor parte es la enemiga de la belleza, porque no asciende a los que la poseen, sino a aquellos que le son indiferentes. Pero dejando la belleza a la juventud y la dama al cuidado de sus padres para que le consigan un rico y bondadoso marido, quedo,
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Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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CLXXXI
Señora,
Lady B.D. vino el otro día a visitarme y mientras que estaba conmigo vino Lady A.B., cuyo cabello es tan blanco como la nieve, no blanco de nacimiento sino por el paso del tiempo; no obstante, su rostro se ve joven, lo que es asombroso; pero el cabello de algunas personas se vuelve blanco, antes de hacerse viejas. Pero si es vieja, o está en su madurez, o es joven, no lo voy a cuestionar, aunque tenía una apariencia elegante, y en mi opinión parecía muy hermosa, y su plateada cabellera le sentaba bien, porque rizaba su cabello tan cuidadosamente como la más joven podría haberlo hecho, y ciertamente Lady B.D. pensó que parecía demasiado hermosa, porque nunca vi a una mujer parecer más envidiosa y rencorosa en mi vida, tanto su cara como su comportamiento, o sus palabras, que Lady B.D. con Lady A.B., y Lady A.B., percibiendo que Lady B.D. no estaba de buen humor, se esforzó en ganar su favor con todas las atenciones y cortesías que pudo, pero nada de ello servía; por lo cual comprobamos que nada puede curar o disminuir esa condición malhumorada y egoísta, desear estar por encima de las de su sexo, sino la abnegación causada por un don celestial infundido en el alma por un poder divino, al cual dejo a nuestro sexo, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLXXXII
Señora,
He oído que Lord D.D. declara que retará a Lord E.E. a batirse en duelo, con lo que declara su miedo de ahora más que su intención futura, de otro modo sus vecinos habrían oído de sus acciones antes de haber oído sus arrogantes palabras; pero supongo que la bebida produjo esas palabras, y no su voluntad. Lo cierto es que la bebida fuerte, o más aún, el vapor que origina no solo tiende a producir discursos inútiles, sino absurdos, y a veces acciones desesperadas, porque el exceso de bebida llevará muchas veces a los cobardes a luchar, y entonces la furia ocupará el lugar del miedo. Pero dejando a Lord D.D. a su esperado duelo, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLXXXIII
Señora,
No me sorprende que aquellos que están dotados y adornados con los generosos dones de la naturaleza, busquen y se esfuercen por publicarlos; lo cierto es que no sería apropiado ni bueno que esos dones, como el valor, el juicio, el ingenio, y la belleza, fueran sepultados en la oscuridad; pero hay muchos que creen por un parcial egoísmo (porque todos los seres humanos lo tienen) que están dotados y adornados con tales dones, cuando todos sus vecinos y amigos ven que no cuentan con tanto favor, sino que son desfavorecidos con defectos, porque cada hombre ve los defectos del otro, aunque no los propios. Pero he observado que hay un desacuerdo entre la naturaleza y la fortuna, porque aquellos a los que sonríe la naturaleza en su mayoría la fortuna les es desfavorable, como si la fortuna tuviera envidia de las bondades de la naturaleza, porque aunque el destino y la suerte a veces entorpecen la adversidad de la fortuna, sin embargo, la asisten las más veces, o más aún, la fortuna los asiste, porque la fortuna es la servidora del destino, por lo que podemos percibir que la naturaleza tiene enemigos poderosos, o potencias reinantes. Pero dejando la suerte, el destino, y la fortuna a sus dictámenes, poder y suerte, quedo,
Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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CLXXXIV
Señora,
Expresasteis en vuestra última carta que Sir W.N. iba a visitaros, y que acabasteis hablando del carácter y la naturaleza del ser humano; lo cierto es que la naturaleza del ser humano es como un interminable laberinto, que nunca se puede resolver. También dijisteis que acabasteis hablando de gobiernos, y puedo deciros lo que he oído de mi esposo, esto es, que la mayor parte de los seres humanos del mundo se rigen por las mentiras y las fábulas, lo que significa que todo el mundo se rige por la religión, y ciertamente no hay verdad sino en la religión cristiana, por lo cual, todos los paganos, judíos y turcos se rigen por mentiras y fábulas, y ellos son más de las tres cuartas partes del mundo, lo que demuestra que la mayoría de los seres humanos son unos necios, y, con todo, todos los hombres se consideran a sí mismos sabios, porque aunque toda la humanidad es ambiciosa y codiciosa, y no queda nunca satisfecha, no obstante, todos los hombres están satisfechos con su sabiduría y su ingenio, pensando que tienen suficiente, porque cada hombre piensa que tiene más ingenio y que es más sabio que su vecino, y se engríe por ello, y con todo cada hombre ve los disparates de su vecino; (porque es fácil ver los disparates, pero el ingenio y la sabiduría yacen en la oscuridad) mientras que si todo hombre tuviera ingenio, y fuera sabio, no habría necios. Pero la humanidad no solo es necia, sino falsa, me refiero a la mayoría de los hombres, en verdad no hay esperanza en ellos, sobre lo cual he oído decir a mi esposo que lo más inteligente para este mundo es creer tan poco como pueda el hombre y en el mundo venidero creer tanto como pueda. Ciertamente, la docilidad y la credulidad en este mundo son los grandes enemigos del individuo porque a menudo los conducen a la desgracia y la desdicha, al menos a grandes errores y disparates, por los cuales nunca le compadecen, sino que es despreciado. Pero os escribiré el discurso de mi marido sobre la naturaleza de los hombres en sus mismas palabras. Dijo, «La disposición del ser humano en su mayoría es tal que rara vez los veréis sonreír o reír sino de los disparates o las desgracias de otros hombres, lo que demuestra que se
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aman demasiado a sí mismos y no tienen espacio para otros, más aún, difícilmente conversareis con alguien hablando de otros que no encuentre alguna falta que otra en ellos, porque dar con la falta demuestra que pueden repararla, y de esa forma piensan que se ensalzan a sí mismos por ser más sabios; más aún, conoceréis a pocos hablando sobre otros que no exageren, a veces hasta el insulto, aunque sin ofenderlos nunca, lo que muestra la más vil naturaleza, y si los elogiaban era con frialdad, diciendo que comete faltas en todo para sí mismo y para otros, y el epílogo de su discurso es, “Es un hombre de talentos excepcionales, excepto por esto, y por aquello, y por aquello otro”. Pero si oyen algo en perjuicio de un hombre, cómo se alegran, y lo creerán al momento aunque no sea probable, y darán razones para fortalecer su prejuicio; y si hay algo a favor del honor y la reputación de un hombre, lo derribarán al instante quitándole importancia, diciendo que es imposible que así sea, y fortaleciéndolo con las mejores razones que tengan. Ciertamente piensan que las faltas de otros hombres los hacen virtuosos, aunque ellos mismos tengan diez veces más faltas; pero de seguro sus faltas no los glorifican, a menos que sirva para que a otros les avise para no hacer lo mismo, que me atrevo a responder que no harán. Pero todo hombre tiene sus debilidades y sus fortalezas, y si se compara a sí mismo con otro no lo hace en justicia, porque compara sus fortalezas con las debilidades del otro, y parece que es cierto cuando lo hace, y le hace enorgullecerse, pero si comparara sus debilidades con las debilidades del otro, y sus fortalezas con las fortalezas del otro, en verdad dudo que estuviera muy desconcertado. Pero algunos no tienen fortalezas que comparar, y aun así insultan a los otros, y esto lo hacen con gran habilidad para echarlos por tierra, para hacerlos iguales a ellos mismos, y entonces parecen tan excelentes como cualquiera. Pero», dijo, «concluiré mi discurso con un dicho del noble Sir Philip Sidney acerca de los que encuentran faltas en otros»; decía él, «¿Tiene un hombre algo bueno? Amadle por ello, porque hay muchos que no tienen nada, y una virtud, o una buena cualidad, vale por mil vicios, y puede obtener beneficio de su único don, y dejadle sus vicios para que los repare sin tener que ejercer como su maestro»[401]; lo que está sabia, noble y honrosamente dicho. Así, señora, podemos percibir que, aunque el ser humano es generalmente malvado, no obstante, algunos de ellos son sensatos, ingeniosos, buenos y nobles, y deseo por su bien que todos lo fueran, pero aunque esto no es esperable, con todo soy,
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Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLXXXV
Señora,
Es probable que la guerra continúe, y siento gran pesar por nuestro sexo, no solo porque las mujeres son impotentes en tiempos de miseria, como en las desgracias, sino porque viven atormentadas, no solo en el cuerpo sino en aquello que es mucho peor, en su mente, porque el miedo es el tormento de la mente, por cuanto que es mejor estar muerto que vivir con miedo, destroza la mente, e inquieta al cuerpo, y este miedo al que me refiero no es tanto por ellas como por los suyos, que ponen en peligro sus vidas en las guerras. Porque aunque los hombres de valor van a las guerras con alegría, esperando alcanzar el honor, las mujeres se despiden de ellos con pena, porque temen su muerte y en su ausencia no disfrutan de un momento de descanso o de sosiego, porque no se libra solo una guerra en sus mentes, entre la esperanza y la duda, sino porque está un tirano que es el miedo, porque el miedo es un conquistador absoluto y el tiránico dueño de la mente, robando a la mente de toda satisfacción y felicidad, desterrando toda esperanza, y después habitándola solo con las peores pasiones, como son la tristeza, la pena y la impaciencia, nombrando a la desesperación su soberana. Y esto lo digo, señora, por la lamentable experiencia en la que me he encontrado, rezando para no volver a tenerla, porque preferiría vivir como vivo, en un pacífico destierro con mi esposo, aunque acompañados de la mísera pobreza, que ser poseídos por el miedo en nuestro país natal; pero aquellos que nunca tuvieron la dulzura de la paz, o no han conocido la tristeza de la guerra, no pueden ser realmente y con razón sensibles a ellos. Por tanto, dejando por ahora lo pasado y haciendo el mejor uso del presente, quedo,
Señora,
Vuestra muy fiel amiga y servidora.
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CLXXXVI
Señora,
El otro día Lady E.E. y Lady A.A. vinieron a verme, y conversando sobre distintos asuntos, al final acabaron hablando de la vileza y la maldad. Lady E.E. dijo, «Yo antes elegiría ser malvada a ser vil, porque preferiría robar la bolsa a un hombre que robarle su ingenio, y preferiría renegar de un amigo que traicionar a un enemigo, y luchar por mi pan antes que halagar por mi comida, matar a un hombre, que desmerecer su nombre; también preferiría ser una prostituta que una madama, aunque supiera que enfermaría de la viruela por mi salario». Dijo la otra dama, «No soy de vuestra opinión, pero preferiría ser grosera que vil o malvada, porque elegiría decir una verdad impertinente antes que una mentira piadosa, denegar abiertamente antes que prometer fingidamente; y si me preguntaran qué pensaba, diría, que preferiría no ser malvada, ni vil, ni grosera, pero que no me ofendería, sino que ofendería a un grosero si pudiera». Dijeron, «Imaginemos que os obligaran a ser malvada, o vil». Yo contesté que no me obligarían, ni el dolor, ni la muerte. Dijeron, «Es fácil decirlo, pero difícil hacerlo»; yo respondí, «Es cierto, pero con todo ha habido ejemplos de que la determinación y la paciencia han vencido al tormento y la muerte», y dije yo, «Me tengo en alta estima, aunque la prueba se encuentra en el juicio». Por ello, señora, pasamos nuestro tiempo hablando más que obrando, porque no hicimos sino hablar; y para no cansaros repitiendo nuestra conversación, me despido, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLXXXVII
Señora,
Mi labor continúa hasta el momento, que es leer las Vidas de Plutarco, y entre ellas encuentro la descripción de la vida de Cato Uticensis[402], cuya historia, si bien cierta, me hace admirar la memoria de Cato por su valentía, honestidad y sabiduría, y por el amor hacia su país; pero aun así no puedo aceptar su muerte por amor a su país, porque de seguro erró el principio y el motivo de su amor; porque pongamos por caso que Filipo, rey de Macedonia, hubiera estado vivo cuando su hijo conquistó Persia, y viendo que su hijo seguía las costumbres de los persas se hubiera suicidado por su cambio de costumbres, de las de los macedonios a las de los persas (aunque era de peor a mejor), o se hubiera suicidado si las leyes y costumbres de Macedonia hubieran cambiado a las leyes y las costumbres de los persas, aunque hubiera hecho florecer aún más al reino de Macedonia, haciéndose más dichoso y pacífico. O pongamos el caso de un hombre que habiendo nacido y crecido en este país, y hubiera sido casualmente llevado a Turquía para vivir allí, se suicidara por cambiar de país, aunque ni cambiara de religión ni viviera con menor seguridad, paz, o abundancia, y tuviera cerca a todos sus amigos, en torno a él; o si uno de los estados se convirtiera en rey, todos los demás deberían suicidarse, teniendo tanta abundancia y prosperidad, y más seguridad de la que tenían; esto parecería extraño y una locura, como un imperfección de la razón, en verdad una locura manifiesta. Lo mismo sucede con Cato, porque él percibiendo que su país iba a ser gobernado por una monarquía en lo que era antes una república, se suicidó, aunque sabía que el antiguo gobierno era corrupto, que había causado grandes disturbios, tumultos, sediciones, divisiones, y matanzas, muertes y asesinatos incluso en la plaza pública, de tal forma que no podía ser peor lo que podría suceder, sino que era probable que un cambio de gobierno lo hiciera más pacífico y seguro; con lo que no se suicidó por la paz y la seguridad de su país, sino por el gobierno, prefiriendo que fuera gobernado injustamente a la antigua usanza que ser gobernado adecuadamente de otra forma. Pero si el cambio
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de gobierno hubiera cambiado su religión para destruir a los nativos, para torturar a sus amigos, para dispersar las cenizas de sus antepasados y para derribar sus monumentos[403], y su país fuera gozado, poseído, regido y gobernado por extraños, habría elegido bien haber muerto voluntariamente antes que vivir para ver esas desgracias, calamidades y destrucción. Aunque sabiendo él que su país se rendía al gobierno de un noble nativo, que había conquistado muchas naciones para engrandecerlo, y traído mucha abundancia para enriquecerlo y muchos vasallos para servirlo, y tuviera no solo el valor, sino el poder y la habilidad para protegerlo, prudencia y justicia para regirlo y gobernarlo, y clemencia y piedad para amarlo, y aun así Cato se suicidara porque Cesar iba a proclamarse líder, sería algo extraño; con todo, sea como fuere, Cato fue más noble al suicidarse que aquellos que asesinaron a César, porque la muerte de Cato mostró solamente su aversión al cambio de gobierno y no odio hacia el hombre que gobernaba, mientras que los asesinos de César demostraron más su envidia al gobernante que una aversión a su gobierno. Pero los hombres más sabios a veces pueden errar, y así hizo Cato con su muerte en mi opinión; por tanto, dejando al honesto Cato a su honorable fama, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CLXXXVIII
Señora,
Para daros una relación de las cuatro viudas ricas, como me pedisteis en vuestra última carta, diré que una de ellas parece seria y formal, la otra divertida y alegre, la tercera triste y quejumbrosa, la cuarta no parecía ni formal, ni alegre, ni muy triste. La primera pasa el duelo con gran ceremonia y toda su familia, la segunda lo pasa a la francesa, la tercera se duele con aflicción, sentándose a oscuras, a la cuarta no le preocupa el luto que lleva. La primera demuestra hospitalidad y entretiene a las visitas, la segunda va a las reuniones públicas y la entretienen, la tercera recibe visitas de condolencia, la cuarta sigue la voluntad de su marido y se empeña en ejecutar los deseos de cuando estaba vivo, aquello que quería que se cumpliera después de su muerte. La primera finge ser una prudente viuda, la segunda una viuda valiente, la tercera una viuda doliente, la cuarta una buena viuda. Daros ahora mi opinión sobre ellas no puedo, porque no se puede juzgar a las mujeres, sus naturalezas son un misterio, porque una mujer no puede conocerse a sí misma, aunque estudiara durante toda su vida; la verdad es que nuestro sexo es tan voluble e inconstante que ni todo el tiempo puede entendernos, ni la propia muerte, porque una mujer puede morir con un estado de ánimo, que si hubiera vivido habría sido otro. Pero dejando a las cuatro viudas a sus diferentes humores y a nuestro sexo a sus inconstantes naturalezas, quedo,
Señora,
Vuestra muy fiel amiga y servidora.
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CLXXXIX
Señora,
Las cuatro ricas viudas que ya os mencioné en una carta me han dado permiso para contaros que una de ella se ha casado de nuevo y otra ha muerto; la quejumbrosa y compungida viuda se ha casado con un hombre que era un subordinado de su primer marido, aunque no sé por qué se casaría con él, a menos que fuera por caridad, porque es miserablemente pobre, y no tiene ni la valía ni el mérito que tenía su anterior marido; también se dice que es depravado, y si es así, es probable que prefiera sus placeres a los de su esposa, y que los mantenga con su hacienda. Por tanto, es probable que ella tenga tanto motivo para llorar y lamentar por su segundo matrimonio como por la muerte de su primer marido. Pero la buena viuda se ha muerto, y cuando estaba enferma fui a visitarla, y estando con ella le dije que lamentaba que estuviera tan enferma. Ella me respondió que no estaba bien desde que su marido murió, «Porque me tengo por buena», dijo, «cuando mi mente está libre de desasosiego, aunque mi cuerpo esté enfermo; porque cuando mi cuerpo estaba sano, mi mente estaba enferma con pensamientos pesarosos, de por qué la naturaleza me diera una vida más larga que la de mi marido, pero ahora», dijo, «tengo casi una salud perfecta de mente y cuerpo, porque no existe la enfermedad en la muerte, y este cuerpo enfermo mío no es sino una medicina para una cura perfecta». Le dije que demostraba que el amor a su marido era firme, como para continuar después de la muerte. «Espero», dijo, «que continúe en la muerte si no hasta la muerte; pero», añadió, «el amor a mi marido no era un amor conyugal, como el de un hombre y su esposa, sino un amor natural, como el de los hermanos, padres, e hijos, también un amor fraterno, como el amor a los amigos, también un amor de conveniencia, como el amor a los conocidos, y amor leal, como el de un súbdito, un amor obediente, como el de un siervo, un amor moral, como el amor a la virtud, un amor de unidad, como el del cuerpo y el alma, un amor piadoso, como el amor al cielo, todos los cuales se encuentran y se entremezclan, haciendo un único universo amoroso, pero la muerte
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capturó este tesoro de amor, y me dejó menesterosa, y el no tener ya esa reserva de amor hizo que mi vida se consumiera, como aquellos que se mueren de hambre por falta de sustento, aunque ahora», dijo, «la muerte me ha convidado a un festín de placeres»; con lo que volvió la cabeza y murió. En cuanto a las otras dos viudas, esto es, la formal y seria, y la divertida y alegre, ni se han casado ni han muerto, prefieren el cortejo antes que el matrimonio y evitarán por todos los medios la muerte; a la viuda formal le encanta ser cortejada de incognito, la viuda alegre se enorgullece de sus públicos cortejos, ambas se complacen en una pléyade de amantes, o mejor aún de aduladores. Con esto podéis reconocer que una viuda actuó con necedad, otras dos de modo inmoral, la última murió amorosamente. Pero dejando a aquellas dos a sus amorosos abrazos, la tercera al arrepentimiento y la cuarta a la muerte, quedo,
Señora,
Vuestra muy fiel amiga y servidora.
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CXC
Señora,
Permitidme deciros que escribo esta carta no sin dificultad, porque aunque estoy sentada junto al fuego, tanto que he quemado parte de mi ropa, con todo, el frío es tan feroz, que no solo hiela la tinta en el tintero, sino también la pluma con la que escribo, de modo que no soy sino una fría escritora, más aún, mis propios pensamientos se congelan en mi cabeza, porque circulan muy despacio, como si estuvieran aturdidos, solo mi amor a vuestra señoría se mantiene cálido en mi corazón. Ciertamente, vuestro amor me ayuda a preservar el fuego de la vida; no sé qué frío hace en los Polos, porque nunca he estado allí en persona, sino solo en mi imaginación[404], pero no puede hacer más frío que el que hace ahora aquí. Por mi parte, pensaría que este frío ha viajado desde los Polos hasta aquí, pero este pensamiento mío sería desmentido por dos razones, una, que el frío se mueve despacio, aunque para oponer una razón a otra, parece probable que el frío sea muy veloz, porque atrapa al hombre por los dedos y por la nariz tan pronto como se acerca a ellos, incluso tan rápido como haría el fuego abrasador, e incluso más rápido; la otra razón es que el frío en su largo viaje ganaría calor, y así se perdería por el camino. Pero dejando estas razones, aunque los sentidos no sepan de qué lugares, o de qué partes, viene el frío, o qué lo causa, no obstante, saben que ahora lo tenemos con toda su poderosa fuerza, como un ejército de copos de nieve, con munición de granizo como balas y de viento como pólvora, también enormes barcos de hielo, que flotan en medio del mar y que bloquean todos los estrechos ríos; también el frío y su ejército disparando sus dardos puntiagudos, que vuelan tan abundante y rápidamente, y son tan afilados, que entran por cada poro de la piel de todas las criaturas, por lo cual a muchos animales les afecta un entumecimiento y mueren poco a poco, aunque el ser humano reúne las fuerzas que puede para combatir el frío, como un ejército de pieles, donde cada pelo sobresale como un escuadrón de picas para resistir el ataque del frío; y una munición de carbón sirve de balas y las cenizas como pólvora, con grandes troncos por cañones, leños
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por mosquetones y carabinas, haces de leña por pistolas, donde los fuelles, como pestillos, hacen que salte una llama; también grandes trozos de carne por barcos de guerra, con repollos por velas, salchichas por jarcias, zanahorias por pistolas y tuétanos por mástiles, con lastre de pimienta y con mostaza como pez y brea, los útiles de costura por el caldo y las lenguas de vaca, los timoneles, cocineros, además de muchas pinazas[405] de cerdo, cordero y ternera, y veleros como pavos, capones, gansos y otras aves, todos los cuales nadan en un ancho mar de vino y cerveza. Con todo, por esto se nos arroja al rincón de la chimenea, y allí nos sentamos temblando y tiritando como una reunión de cobardes que no se atreven a moverse de su refugio. Y muchos se han ahogado en el combate naval, de donde algunos han sido recogidos totalmente borrachos y después llevados y sepultados en un colchón de plumas, donde, después de un sueño reparador, pueden resucitar, pero de cómo serán juzgados cuando se levanten, si condenados con dureza o salvados con indulgencia, no sé decir. Por ello, señora, he creído que era mi obligación como amiga vuestra daros una relación veraz de nuestra fría condición, pero en toda condición o extremo siempre seré,
Señora,
Vuestra fiel amiga y humilde servidora.
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CXCI
Señora,
Si estuvierais en esta ciudad, ahora que todo el suelo en las calles está cubierto de nieve, veríais a los jóvenes y a sus damas montar en trineo a la luz de las antorchas, las mujeres y los hombres vestidos a la antigua, como a sus caballos que tiran de los trineos, y al lado todos los trineos portando una bella dama, al menos a juicio de sus enamorados, sentada en un extremo del trineo, vestida con plumas y exquisitos ropajes, y su pretendiente como un cochero, o mejor un carretero, espléndidamente ataviado, conduciendo a los caballos con el látigo, que guía el trineo por la nieve al galope, mientras que los lacayos corren con antorchas para alumbrarlos; pero muchos de estos amantes, no acostumbrados tanto a conducir caballos como a cortejar a las damas, por falta de habilidad vuelcan el trineo, y con ello hacen caer a sus damas sobre la nieve, después de lo cual en temerosa precipitación, las recogen del frío lecho, y entonces la dama parece un pálido fantasma, o un cadáver envuelto en un sudario, al estar toda cubierta de blanca nieve, y el trineo, cuando la dama vuelve a sentarse, en lugar de un carro triunfante parece el coche fúnebre de una virgen, llevada y enterrada a la luz de las antorchas, y sus plumas parecen una corona de plata, que normalmente llevan encima, también el trineo es conducido a paso lento, fúnebre, por miedo a una nueva caída. Según esta costumbre y práctica debéis imaginar que aquí tenemos diversiones en cada estación del año, y como dice el antiguo proverbio, «El orgullo no tiene nunca frío en invierno», así puede también decirse que el amor no tiene nunca frío en invierno. En verdad, como he dicho, el amor es abrasador, y en mi opinión debe ser una pasión amorosa abrasadora para no pasar frío en este tiempo. Pero dejando a los ardorosos enamorados en la fría nieve, quedo, al amor de la lumbre,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXCII
Señora,
Aunque estoy tan poco dispuesta a apartarme de la chimenea en este tiempo helado como los criminales a ir a su ejecución (porque en verdad el frío penetrante es para mí como un hacha afilada y esos movimientos punzantes como puntas de espada), la persuasión de mi esposo, que es tan poderosa sobre mí como la más poderosa autoridad del estado sobre los individuos, me hizo salir de la ciudad, fuera de las murallas, para ver a los hombres deslizarse por el helado foso, o el río, que corre o discurre cerca de las murallas como trinchera y protección de las mismas. Y al estar yo abrigada, envuelta en un manto y sentada cómodamente en mi coche, empecé a disfrutar al verlos resbalar por el hielo, hasta tal punto que deseé poder hacerlo yo, deslizarme como ellos hacían, pero aun así yo me deslizaría como la más hábil y experimentada y con la seguridad de que el hielo era tan firme como para no romperse. Pero como no tenía ni la agilidad, la destreza, el valor, ni la libertad, volví a casa muy complacida con el espectáculo, y estando en soledad descubrí que tenía un río, un lago, o un foso helado en mi mente, dentro del hielo liso y vítreo, sobre el que se deslizaban mis variados pensamientos, de los cuales algunos se deslizaban temerosamente, otros como si estuvieran bebidos, haciendo mucho alboroto para mantenerse sobre sus incorpóreas piernas, y algunos perdieron el equilibrio y cayeron en el frío y duro hielo, de los cuales algunos que se deslizaban sobre zapatos imaginarios de una imaginaria caída fueron lanzados al aire de mi mente, aunque la mayoría de mis pensamientos se deslizaban con gran elegancia y agilidad, con un movimiento rápido y ligero. Pero después de estar sentada junto a la chimenea durante un tiempo, el hielo imaginario empezó a derretirse, y mis pensamientos se retiraron prudentemente, o desaparecieron, por miedo a morir ahogados en el río imaginario de mi mente. Y así dejando esta fantasía, me declaro sinceramente,
Señora,
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Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXCIII
Señora,
El otro día me trajeron a un hombre que era considerado un prodigio, que al tener más de cien años tenía todos sus sentidos libres de los defectos de la edad; pero creo que se hacía pasar por más viejo de lo que era, al ser pobre, y conseguía dinero exhibiéndose, y para parecer mayor se dejó crecer la barba hasta la cintura, así que era un charlatán por la barba, como los italianos lo son por las medicinas. Lo cierto es que su barba era la reserva de su sustento, porque se alimentaba y se mantenía gracias a ella; su barbilla, como tierra fértil producía una considerable cosecha de pelo, pero mientras que las cosechas de maíz o de otros cultivos deben segarse y recogerse antes de obtener un beneficio, su beneficio era dejarla sin recoger ni segar, que es, no afeitarse. Pero en mi opinión, no hay nada tan poco atractivo como que un hombre se deje una gran barba, no es ni favorecedor ni pulcro, sino inadecuado y descuidado, y es como el cestillo de la limosna, o algo parecido, para las migajas, o como un cubo para las gotas de líquido. En verdad, los hombres que tienen grandes barbas necesitan perfumarlas bien, o si no olerán a sobras, a caños y a grasa después de comer y beber, y si son apasionados a duras penas conseguirán una dama con besos; además, las largas barbas hacen que los hombres parezcan cabras. Aunque, sea como fuere, una barba poblada y larga trajo beneficios a este pobre anciano, y así, dejándolo con ella, o a su barba con él, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXCIV
Señora,
Mi angustioso malestar me impide disfrutar como solía hacer del carnaval, que es Carnestolendas, porque es la época más agradable y alegre de todo el año en esta ciudad para el banquete, la diversión y la mascarada; en cuanto al banquete, la causa es el ayuno, por motivo de que la Cuaresma es un tiempo dedicado a la abstinencia. La gente en estos lugares y en otros muchos abastecen sus estómagos, como aquellos que se abastecen de provisiones previniendo la escasez, por cuanto no comen según su apetencia, sino según la época, por motivo de que en la Cuaresma solo hay pescado, u otras comidas frías y sobrias, y por tanto prudentemente se sacian de carne en las Carnestolendas, para no anhelar comerla, por tener un ávido deseo de ella. También su diversión sigue el mismo principio y busca el mismo fin, porque tienen que rezar al igual que ayunar, como aquellos que consideran legal cometer todos los pecados que puedan, o deseen, antes de confesar, del perdón y la penitencia. Pero en verdad, estas son solamente inofensivas diversiones, consistentes solo en diversos atavíos, o arreos, como llevar máscaras y demás, y algunas de las mujeres se atavían con vestimenta masculina y los hombres más jóvenes con ropa de mujer, lo que parece complacer gratamente a las mujeres, y las enorgullece vestirse como los hombres, aunque los hombres parecen más desconcertados al vestirse de mujer, al considerarlo una deshonra a su hombría, aunque no lo parecen, vestidos con el vestido menos favorecedor que puede imaginarse, para imitar a los demonios. Pero si los imitan bien externamente, no sé decir, porque creo que nunca han estado en el infierno para aprenderlo, o conocen cómo los demonios se forman, se encarnan o se atavían; creo que podrán imitar más rápida y apropiadamente su maldad que su aspecto. Pero salí a ver estos entretenimientos, persuadida de prodigarme por el buen tiempo y los días de sol, aunque a sentir mío, tenía escarcha y nieve dentro de mí, o me sentía como si el frío viento del norte me hubiera sacudido, teniendo un frío ataque de gota, que la indisposición fría y tormentosa del cuerpo embotó y oscureció la alegría de la diversión,
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como hacen las nubes oscuras con la luz del sol, porque la salud y la enfermedad son como los días buenos y los malos. Pero las clases o modos de diversión se hacen para esta época del año, y a todos los hombres, mujeres y niños se les grabó en la frente, al ser Miércoles de Ceniza, con una funérea cruz negra, no sé si para borrar sus pecados anteriores o como una barricada para protegerse de los venideros, aunque me temo que la cruz no tiene poder para refrenar los pecados, no sé qué puede hacer para reprimir el castigo, pero todos parecen ser muy devotos al frecuentar las iglesias. No obstante, esto es solo el principio de la Cuaresma, pero hacia el final supongo que serán como si estuvieran la mitad de cansados, o tres cuartas partes, no tanto con el ayuno como con la oración porque, aunque no comen carne, comen más a menudo buenos alimentos, como pescado, sopas, dulces y demás; también tienen libertad para beber más vino. En verdad la mayoría de los cristianos viven todo el tiempo de Cuaresma, como en tantos otros días de ayuno a lo largo del año, siguiendo la dieta de los pitagóricos o los gentiles[406]. Pero yo, que no estoy bien de salud, tengo la libertad de comer lo que quiera o pueda, y así dejando a la mayoría a su dieta de Cuaresma, quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXCV
Señora,
Para contaros los pasatiempos que hay en esta ciudad, existen varias espectáculos y funciones, que pueden verse por dinero, porque incluso el entretenimiento se compra; porque varias veces al año vienen hasta aquí funámbulos, volatines, juglares, actores de teatro, charlatanes, monstruos, y diversos animales, como dromedarios, camellos, leones, babuinos de circo, y monos, y muchos otros así, que sería tedioso por mi parte tanto de relatar como de ver, porque no me tomaría la molestia de verlos, a menos que fueran solo unos pocos. Entre el resto me trajeron una mujer, que era como un perro lanudo, no en la forma sino en el pelo, que le crecía por todo su cuerpo, una visión que permaneció en mi memoria, no por ser agradable sino por ser extraña, y perturbó mi mente durante largo tiempo, pero al final mi mente arrojó su imagen, pidiéndole que se fuera, como si de un perro se tratase; y aunque soy de naturaleza tan sosa y perezosa como para tomarme la molestia rara vez de ver objetos inusuales, no obstante, al venir hasta aquí un charlatán italiano, que llevaba con él diferentes artistas para bailar y actuar en un escenario, también uno que hacía el papel de bufón, y todo eso para atraer la compañía de la gente, para que le oyeran contar las virtudes, o mejor, las mentiras de sus medicamentos, sus curas, y su talento, y para tentarlos y persuadirlos para que compraran, y para estafarlos y engañarlos, tanto de palabra, como con sus elixires y su dinero. Vi cómo el bufón hacía su papel tan bien que muchos compraron más por el bufón que por el falso médico, que era el charlatán. En verdad, señora, el papel de bufón, al ser el más divertido, es también el más difícil de representar, quiero decir, para hacerlo bien, porque necesita más inventiva e ingenio que cualquier otro papel que se represente en escena; porque, aunque el mundo está lleno de necios, con todo, no hay muchos falsos bufones en el mundo, porque la mayoría de los hombres se afanan en parecer más sabios de lo que son, y los falsos bufones se afanan por parecer más necios de lo que son. Pero donde hay un falso bufón en el mundo, hay un millar de falsos sabios, y donde hay un
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charlatán profeso, o un juglar, hay miles que lo son, pero no se conocerán o no se pensará que lo sean. Sobre el escenario de este charlatán profeso había dos bellas actrices, ambas hermanas, una de ellas era la del charlatán, la otra la esposa del bufón, y como dice el refrán que los necios tienen suerte, su esposa era mucho más bella y mejor actriz, y bailaba mejor que la otra. En verdad era la mejor actriz que yo haya visto, y haciendo el papel de hombre lo representaba de forma tan natural como si fuera de ese sexo y, no obstante, tenía una figura elegante y esbelta; pero al llevar el jubón y las calzas, y una espada que le colgaba de un lado, una hubiera creído que nunca había vestido unas enaguas y que estaba más acostumbrada a manejar la espada que la rueca; y cuando bailaba vestida de hombre, brincaba más alto y más seguido de lo que lo hacían los hombres, aunque fueran maestros del arte de la danza, y cuando bailaba como una de su propio sexo, lo hacía con corrección, suavidad, y elegancia; por lo que con esta mujer y con el bufón de su marido, disfruté tanto al verlos actuar en escena que decidí alquilar una estancia en la casa que estaba al lado del escenario e iba todos los días a verlos, no a escuchar lo que decían, puesto que no entendía su idioma, pero sus acciones complacían grandemente mi vista, porque creo que eran mejores que su ingenio, que, como suponía, eran solo algunos chistes viejos y vulgares, unos retazos o discursos sin sentido, tomados de los romances o de algún otro libro ridículo. Pero después de que estuvieran en la ciudad durante un poco de tiempo (porque así me lo pareció), para mi gran pesar el magistrado los echó de la ciudad por miedo a la plaga que estaba entonces allí, aunque algunos decían que los galenos por envidia del charlatán los habían sobornado. Lo cierto es que tenían razón, porque el charlatán estaba tan solicitado que la mayoría de la gente lo hicieron su doctor, y Faen Potage (que así se llamaba el bufón) era su boticario. Pero al irse, me preocupó la pérdida de ese entretenimiento que tenía al verlos actuar, así que para complacerme, mi imaginación levantó un escenario en mi mente, y sacó varios elixires incorpóreos para enfermedades incorpóreas, para ser comprados por gente incorpórea, y los pensamientos incorpóreos eran los distintos actores, y mi ingenio representó al bobo[407], lo que me gustó tanto como para hacerme reír con fuerza de las actuaciones en mi mente, mientras que de otro modo rara vez río con ganas, como se suele decir. Pero después de que mis pensamientos hubieran actuado, bailado y representado al bufón, algunas formas de contemplación, mis opiniones
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filosóficas y físicas[408], que son como las doctoras de mi mente y en mi mente, acudieron al juicio, la razón, la discreción, la consideración y demás, de los magistrados, y les dijeron que era inútil permitir tal ociosa compañía en mi mente, que robaba multitud de mis pensamientos, de mi tiempo y de mi fortuna; después de lo cual los magistrados de mi mente ordenaron retirar el escenario imaginario, y que se fueran los actores del pensamiento para no soportar más sus estafas o sus necedades por más tiempo. Y así liberando mi mente de tales extraños,
Señora,
Vuestra fiel a. y s.
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CXCVI
Señora,
No hay nada nuevo, sino que Lord N.N.[409] vive noble, abundante y agradablemente, lo que significa vivir felizmente, aunque no hay ningún hombre que sepa de los medios de los que vive, que no se sorprenda de que viva tan bien teniendo tan poco para ello. Lord C.R. le preguntó cómo era posible que viviera y mantuviera a su familia de forma tan honorable, al estar arruinado en su hacienda y su fortuna. Él contestó que tenía el bolso de Fortunatus[410]. Dijo Lord C.R., «Si tenéis el bolso de Fortunatus, podéis ir a la guerra, y conquistar reyes y reinos porque tiene el don de nunca quedarse vacío, sino que lo que quiera que salga de él es repuesto otra vez». Lord N.N. dijo que era cierto, pero, añadió, «La naturaleza del bolso es que cuando se ofrece una cantidad de dinero para ir a la guerra, las pistolas de oro[411] se vuelven balas de acero, y las balas sin escopetas, pólvora, armas y hombres no pueden usarse». «Entonces», dijo, «podéis socorrer a todos los pobres y a los que pasan necesidad, que son muchos en esta época». «Sí», dijo Lord N.N., «más que aliviarlos, porque ese bolso», añadió, «tiene otro don, porque si alguno se ofrece a sacar dinero para darlo o prestarlo sin el permiso de su dueño, se vuelve invisible, porque aunque el dueño sepa que lo tiene, con todo no puede encontrarlo, y el bolso es un bolso prudente, porque conoce, además de a su dueño, cómo se usarán sus haberes». «Pues», dijo Lord C.R. «mantenéis a vuestros sirvientes, y vuestros amigos más cercanos». «Sí», dijo Lord N.N. «pero los sirvientes son para mi uso, e hijos, hermanos, hermanas son parte de mí mismo, como si una pieza de tela se dividiera en muchas partes aun siendo la misma tela, porque la división no cambia ni su naturaleza ni su calidad». Pero lo cierto es, señora, que el bolso de Fortunatus significa prudencia y buen gobierno, que mantiene a la pobreza lejos de la familia y hace que el hombre prospere, haciendo gran aspaviento de poca sustancia, y con ello, un bolso que todos los hombres sensatos deberían dominar. Pero dejando a Lord N.N. y a su bolso, quedo,
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Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXCVII
Señora,
Queríais en vuestra última carta que os escribiera mis reflexiones que, si las expresara, comprenderíais que son inútiles; porque Salomón dice, «Todo es vano bajo el sol», que si es así, nuestras más pías y devotas reflexiones lo son. Pero mi última reflexión tenía toda la medida de la vanidad, en la que me imaginé emperatriz de todo el mundo, un mundo que era gobernado por mi imaginación, opinión y aprobación; y en primer lugar, tendría mi consejo de estado, y magistrados, filósofos, tanto naturales como morales, y mis oficiales de justicia y mis acompañantes, poetas de todas las clases, para poder gobernar con juicio y vivir agradablemente, por medio de lo cual imaginé que el mundo de los hombres estaría tan unido en paz, concordia y tranquilidad, como sería armonioso. Pero dejando estas inútiles fantasías[412], soy en realidad,
Señora,
Vuestra muy fiel sirvienta.
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CXCVIII
Señora,
En vuestra última carta me explicasteis que Mr. F.R. iba a visitaros, y su discurso estuvo enteramente dirigido contra las mujeres, diciendo que la mayoría de sus acciones estaban dedicaban a ataviarse y sus pensamientos a concebir e inventar modas, y que no estaban hechas sino de vanidad y maquilladas con destreza, de tal modo que por su vestimenta podrían considerarse que eran criaturas artificiales más que naturales. Pero le respondisteis acertadamente, cuando le dijisteis que él era más artificial por su formalidad que las mujeres por su vanidad, y que todos los hombres eran tan artificiosos como las mujeres, y no teniendo otra cosa que hacer, después de leer vuestra carta, he copiado unos versos sobre el motivo de su discurso; confieso que no son buenos, pero tal y como son, os los envío, como sigue:
Vos, hombre que sabio parecéis, ¿qué os importa, Si para complacerme, me visto como quiero? ¿No debe una ataviarse
Con lo que hermosea el cuerpo?
Si no debemos llevar nada que artificial sea,
Entonces, desnudo el cuerpo, vayamos en cueros,
Porque si vistieseis de harapos, aun con vestir tan sencillo,
Artificial seguiréis siendo.
Aún más, si de hojas de parra hacéis vuestras calzas,
También serán de artificio, si las coséis;
Si os afeitáis la barba, o cortáis el cabello,
O arregláis vuestras uñas, o las durezas de vuestros dedos, Arte es, ¡vive Dios!
Pero si consideráis que lo artificial es vano,
Entonces quedaos en los bosques y en los campos inhumanos, Y alimentaos del pasto sin segar, y de las silvestres hierbas,
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Y de fruta salvaje, si la podéis cosechar,
Porque la naturaleza no puede tan abundantemente dar Para a todas sus criaturas suministrar.
Porque si ese artificio no acrecienta lo que abastece El mundo pobre será, de seguro
Los animales pasarán hambre, y los hombres de hambre perecen,
Si el arte no hace uso del trabajo o la habilidad.
Pero el arte y la naturaleza congenian tan bien
Como el marido y la mujer, padre y madre los dos,
Y así los eruditos, como los gramáticos, no lo ven
Al decir que ambos femeninos son.
Pero, ¡Dios! Qué necios son estos que parecen sabios,
O aquellos que son estrictos, y ni se visten,
Ni consentirán que nadie porte
Lo que pueda embellecer el cuerpo,
Sino que censuran a los que siguen de la moda lo nuevo,
Y no admiran sino las vestimentas de antaño,
Cuando en esas antiguas vestimentas y modas también,
Como en lo nuevo, el artificio tuvo parte.
Cuando las mujeres visten bien, rizan su cabello,
Las critican, y dicen que son artificiales,
Que no son hermosas porque son artificiosas,
Que se engalanan con lazos de variados tonos,
Que solo merece ser admirada
Aquella que se atavía con su atuendo natural,
Y cosas de este modo; pero si ese su vestido fuera, Desnuda iría como su madre, Eva.
¿Qué podría decir de la conversación de estos respetables necios Que con su paso artificial caminan,
Y con todo recriminan el artificio femenino
Y piensan que en eso de la naturaleza abusan?
Deberían también recriminar el oficio del marido,
Que abona sus tierras para hacerlas de labor,
O a los jardineros que plantan, o siembran hermosas flores, O construyen de frescas y sombrías parras bellos cenadores;
O los cocineros que aliñan sus alimentos con asombrosa maestría, Que nutren el cuerpo, y lo hastían;
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O los boticarios, que preparan las medicinas, Para asistir a la vida, y sanar el cuerpo;
O los estados, o los gobiernos, que proporcionan
Lo que hace las leyes justas para guiar al pueblo,
Para que los hombres puedan morar en paz y armonía,
En las que la humanidad prospere y viva.
Pueden también llamar necios a todos los necios predicadores,
Porque predican y enseñan por la lógica de la guía.
Ellos, sin embargo, proclaman desde sus púlpitos
En contra de los artificios en el vestir y a todo nuestro sexo culpan
Por las trenzas, los pendientes, el pelo ensortijado,
Y todas las prendas que nos cubran.
Un abanico de plumas, aunque calma el sofocante calor,
Con terribles amenazas baten en nuestro derredor,
Contra los lunares de nuestro rostro claman,
y marcas de orgullo los llaman cuando esconden la viruela. Y en verdad ante cada cosa que llevamos Arrancándose la garganta, exclaman.
De seguro querrían que fuésemos Adamitas[413], aunque pensad, En contra de los escotes arrojan sus violentas palabras,
Con ello, sin lugar a dudas concluyo, Y es que no estamos del todo desnudos.
Pero dejad que clamen contra vestidos y tenacillas,
Lunares postizos, abanicos, y otras cosas parecidas;
Nos hemos vengado, porque con sus lenguas enfurecidas
Lastiman sus pulmones y gastan sus energías.
Porque de seguro un hombre no puede demostrar por la razón, Ni tiene ingenio para averiguar,
Si a Dios le disgusta tanto nuestro atavío
No menos, como la condenación de un necio, u otro desvarío. ¿Crearía almas para ser poseídas por demonios Y ninguna para bendecir su bondad?
No son un abanico emplumado, o el pelo ensortijado, Lo que al llevarlos le enoja,
Porque las oraciones pueden llegar al cielo
De parte de almas inocentes con el mismo celo
Que de cuerpos hermosos y bellos,
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Con prendas útiles, elegantes, ricas y extraordinarias, Porque las prendas lujosas no contaminan el alma,
Ni pueden las ropas humildes combatir el mucho pecar;
La devoción puede vivir en la prosperidad,
Agradeciendo a Dios los dones que concede;
Como hizo Job en su condición de bienaventurado,
Era tan devoto, como cuando era desgraciado,
Cuando era rico y todo de púrpura vestía
A menudo a su Dios recurría;
Y el rico Abrahán, que vivía como un rey,
A Dios sus muchas ofrendas elevaba fiel.
Así, sean los ricos tan devotos como aquellos
Que humildes y pobres, son más feos que hermosos[414].
La devoción puede encontrarse en un castillo
Tanto como bajo tierra en una celda,
O en una cabaña pobre, de paja, en lo humilde y lo sencillo,
Donde sus habitantes no conocen ninguna religión,
Porque al no tener medios para aprenderla,
Ni la buscan, ni la practican como debieran.
Y el pecado mortal anida en el corazón de los pobres Tanto como en el de los ricos excede la demasía,
Y si los pobres riqueza tuvieran, en poco se volverían
Tan orgullosos y altaneros, como para no saber cuándo ni dónde.
Y si los ricos pueden servir a su Dios tan religiosamente
Como aquellos que viven en la humilde pobreza,
¿Por qué deberían renunciar a su riqueza y elegir vivir En la carestía, que no tiene nada que ofrecer?
¿Es que toda devoción habita en tonsuradas cabezas?
¿No hay forma de llegar al cielo sino a través de una celda? ¿Deben las tinas, como púlpitos, servir solo para orar,
O a nuestros fervorosos atuendos para dormir debemos retornar? ¿No tienen la gracia, o el espíritu sobrehumano solo aquellos Que se visten con hábitos puritanos?[415].
Su apariencia y porte con artificio se atavía,
La imagen por excelencia de la hipocresía.
Lo que hace divina al alma no es el exterior,
No más que la tierra hace brillar al sol.
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En todas las religiones los extremos no son buenos, Alejan del cielo y empujan al infierno.
Pero ahora que os envío estos versos, señora, no debéis dejar que F.R. los vea, ni sepa de ellos, porque si llega a saber que fueron compuestos sobre su discurso, omitirá la recriminación al común de nuestro sexo y la hará caer solo sobre mí, de tal modo que volcará toda su malicia sobre mí, por motivo de que he respondido a favor de todas; además le he llamado un sabio en apariencia, lo que le enfadará aún más, porque es casi tan terrible como si le llamara necio, porque un hombre toma como una gran afrenta que se le llame necio tanto como una mujer cuando se dice que no es hermosa. Pero sea como fuere dejo mi poema a vuestra discreción, para que dispongáis de él como gustéis, y quedo,
Señora,
Vuestra fiel amiga y servidora.
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CXCIX
Señora,
Gustasteis de pedirme que os enviara unas letras sobre cómo se celebraba a los poetas, y yo misma entre ellos, lo que ocurrió de esta forma. La Naturaleza envió a las Musas a invitar a todos los poetas a un banquete de ingenio, y también me invitó a mí como poetisa, o mejor como coplista; fui, y entré en la gran estancia de la imaginación, adornada con las colgaduras imaginarias de la concepción, donde estaban las imágenes de las ideas. En dicha habitación se encontraba un buen número de poetas, como convidados de la Naturaleza, que cuando los vi, me quedé desconcertada en extremo al ser todos varones, y ninguna mujer sino yo, por lo que no sabía cómo comportarme, pero al final, irguiendo la cabeza, que inclinaba a mis pies por timidez, vi a mi señor, uno de los invitados principales entre ellos, una visión que me dio confianza, por lo que fui hasta él y permanecí a su lado. Pero las Musas para complacer a una de las de su sexo se me acercaron y me saludaron, y me dieron la bienvenida, y después de que me hubieran saludado, coronaron a todos los poetas con el laurel de la poesía, y situaron a cada uno en un trono de fulgor celestial, que si los hubierais visto habríais pensado que habíamos estado en carros de fuego prestos para ascender a los cielos. Después todos nos sentamos alrededor de la mesa, ocupando nuestros puestos según la inspiración poética de cada uno, pero la mesa donde nos pusieron era extraña, porque nunca se había visto nada igual, estaba compuesta de toda la escuela de antiguos y afamados poetas, y el mantel o la cubierta estaba hecha de sus cerebros, cerebros que eran tejidos por las Musas, porque son las hilanderas de los cerebros de los hombres, como las Parcas lo son de las vidas de los hombres[416]; pero las mentes de estos antiguos poetas estaban tejidas en telas de araña, tan suaves y finas como el aire, y después urdidas en una sola pieza o red, y el viejo Tiempo era el tejedor que tejía la red como damasco o lienzo, con bordados y figuras de dorados números. Vimos entonces que la Naturaleza transforma las almas en mesas, y las mentes en manteles; las servilletas eran de un inmaculado y magnífico
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papel blanco, todo labrado con letras negras y los bordes de alrededor eran dorados; también había sobre la mesa, platos, saleros, cuchillos y tenedores, los platos estaban hechos de las películas o tímpanos de los oídos sensibles, y los cuchillos que iban a trinchar la carne colocados sobre ellos eran las lenguas de los oradores; los saleros, situados al lado de cada plato, estaban hechos de la parte cristalina de ojos atentos, y la sal que tenían dentro estaba hecha de agua marina o de lágrimas, que fluyen normalmente de una vena trágica; los tenedores que iban a sostener la carne para el gusto del entendimiento eran plumas para la escritura. La mesa así cubierta y dispuesta y los convidados colocados alrededor, preparados para el banquete, entraron las Musas con vasijas de agua, recogida del pozo, o fuente de Helicón[417], para que los poetas se lavaran antes de comer, y después de que se hubieran lavado las Musas se llevaron esas vasijas y después trajeron muchas fuentes de alimentos poéticos, dejándolos en la mesa. La primera era una gran fuente de poemas, excelentemente aderezados, y una esmerada salsa hecha de metáforas, símiles y fantasías, y a los lados o bordes del plato se situaban números y rimas[418], como los que usamos en las fuentes materiales y los alimentos, para colocar dátiles, o flores, o rodajas de limón, o cosas así; después llegó una fuente de canciones, traída por los poetas líricos, era una comida muy deliciosa y tenía un sabor muy dulce, aderezada con una salsa compuesta de diversos aires[419], notas y compases. Después llegaron dos fuentes de epigramas, creo que uno de los cuales era de Marcial[420], porque estaban salpicados o muy remojados en sal satírica, la otra fuente era tan dulce con halagos, que no pude comer mucho de ella; después llegó una fuente de epitalamios, pero el aderezo de la carne era tan fuerte y potente que me parecía nauseabundo; después había un picadillo de anagramas, letras, y nombres, cortados finamente, o picados, pero no me gustó; después una fuente de elegías funerarias bien aliñadas, pero era un alimento muy triste y abrumador, y no comí mucho de él; después había una fuente de comedias, excelentemente aliñadas con escenas, la salsa era una mezcla, pero muy sabrosa, compuesta de diversos humores[421], y la fuente estaba adornada y aderezada con sonrisas y carcajadas. La siguiente fuente era de tragedias, pero estas estaban preparadas como preparamos los lomos de cordero materiales, o de venado, en su sangre, rellenos de suspiros, como los otros de hierbas, y salteados con lágrimas. Después vino un cocido[422],
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o una sopa de personajes, y después de él una fuente de obras morales, que son un alimento más sano y agradable, la salsa principal era la templanza, pero con otras variadas virtudes y pasiones. Después había una fuente de filosofía natural, un plato del que gustaba comer, aunque la carne estaba muy dura y nada fácil de digerir; estaba aderezada con diversos compuestos e ingredientes, como los cuatro elementos, y toda clase de vegetales y minerales, el oro era el elixir, y el hierro y el acero el tónico, como para abrir obstrucciones, lo que es muy saludable; después vinieron animales en piezas, o podría decirse a tajadas, como la sangre, los huesos, y la carne, todo en porciones, guisado, hervido y horneado en su propio jugo o grasa. Esta fuente era tan grande y estaba tan llena, que podría haber alimentado a una multitud, en verdad era una picada infinita, y una cantidad infinita de carne; después había una gran celada de retórica, con aceite de elocuencia, también un budín de ciencias, hecho de crema matemática, huevos de lógica, y especias astronómicas, que lo cubrían tan espesamente como las estrellas el cielo. Así también una gran tarta de artes, confeccionada, o elevada por aprendices, y horneada en el horno del tiempo, calentada con el fuego del trabajo, y después de siete años de horneado la costra estaba dura, fuerte y espesa; después había un manjar de chanzas, pero lo que quiera que fuera la carne, la salsa no era nada, porque estaba hecha de ingredientes tan malos como los que usan los pobres para su carne material, como parafina, vinagre agrio, pimienta podrida y ajo maloliente, como burdas chanzas, respuestas sosas y maliciosas, grosera familiaridad, a menudo repeticiones, y reproches, de tal forma que había dulce, salado, amargo, y todo mezclado; de este plato no probé bocado, me ponía enferma solo mirarlo. En cuanto al postre, era música de todas clases, dulce, y armoniosa. La bebida que tomamos durante el banquete era de licores animales, en lugar de un seco, y licores vitales en lugar de vino del Rhin, pero cuando hubimos comido tanto como quisimos o pudimos, nos levantamos de la mesa dando gracias a la Naturaleza y con intención de marcharnos, pero las Musas nos persuadieron de que subiéramos a la cima del Monte Parnaso para digerir el festín, para no saciarnos, y cuando llegamos a la cima de la montaña, vimos a nuestro alrededor la más cautivadora imagen de las obras de la Naturaleza, pero como deberíamos ver más allá de su obra corriente, las Musas nos dieron a todos un cristal de aumento[423] con el que vimos otros mundos, criaturas, y estrellas celestes, pero algunos no vieron tan lejos, o
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tanto como otros, no porque los cristales no fueran todos de igual valía, sino porque algunos no tenían tan buena vista como otros. Y después de haber bajado del monte, todos se despidieron de las Musas y se fueron, pero la Musa Lírica y la de la Comedia abrazaron y besaron a mi señor de tal modo, que casi sentí celos, porque aunque todas las Musas se dirigieron cortés y atentamente a él, sin embargo, ninguna fue tan amable ni tan galante como estas dos, y por ello me apresuré a marcharme, para poder apartarlas de mi señor, y así volviendo a mi hogar, quedo,
Señora,
La fiel amiga y servidora
de vuestra señoría.
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CC
Querida hermana Pye[424],
La distancia en el espacio, que no el paso del tiempo, no puede disminuir mi afecto natural, o mejor, sobrenatural, hacia vos, porque verdaderamente mi amor por vos va más allá del amor entre hermanas, más aún, tal amor, como cuando vivía con vos, no podía sino ser un tanto penoso, por motivo de que estaba acompañado de tal aprensión que no os habría dejado descansar, rezar, o comer en paz, porque aunque era un amor vigilante, con todo era un amor temeroso; porque recuerdo haberos despertado a menudo de vuestro sueño cuando dormíais plácidamente, con respiración tranquila, temiendo que hubierais muerto, y aún más a menudo he colocado mi cara sobre vuestra boca, para sentir que respirabais, hasta tal punto que me he quedado velando, para ver que dormíais. Y tan molesta he sido para vos con vuestra alimentación como era para vuestro sueño, porque temía que aquello que os alimentaba pudiera mataros, y recuerdo que tenía reservas de toda comida que tomabais; como solíais decirme, yo era el doctor de Sancho Panza[425]. Tampoco os dejaba rezar en silencio, porque a menudo llamaba a vuestra puerta cuando creía que estabais orando más tiempo del habitual, o al menos así me lo parecía, de tal modo que no podía reprimir preguntaros cómo estabais y si os encontrabais bien, y otras muchas impertinencias parecidas con las que mi extraordinario amor os molestaba, cuya molestia ya ha acabado, al vivir tan lejos la una de la otra. Pero, aunque estoy demasiado lejos para vigilaros, con todo rezo para que tengáis salud y larga vida, y aunque pensé que era imposible amar a ninguna criatura más que a vos, no obstante, encuentro por experiencia que lo hago, porque desde que me he casado amo a mi esposo un grado por encima de vos. Con todo, sin embargo, mis diversos afectos son como Dios y la naturaleza, que ambos son infinitos, y si el amor vive en el alma y el alma nunca muere, mis diversos afectos pueden ser eternos. Pero podréis decir, si mi amor era tan molesto para vos, ¿cómo es el de mi esposo? Debo deciros que ahora tengo algo más de discreción de la que tenía entonces, y aunque un amor
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extraordinario apenas permite o admite clase alguna de discreción, con todo, la razón convence al amor y trae muchos argumentos para no ser impertinentemente molesta. Pero, aunque no hago a mi marido tantas preguntas impertinentes como os hacía a vos, no obstante, mi amor por él no es menos protector, solícito y temeroso, sino aún más, si eso es posible, y toda la fuerza y el empeño de mi vida están dispuestos para servirle a él y a vos, lo único es que debo servirle primero a él, lo que estoy segura no os ofenderá, sino que lo aprobareis, porque vos sois esposa y conocéis cómo es el amor a un marido, y así dejándoos a vuestro querido esposo, quedo,
Vuestra muy afectuosa hermana.
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CCI
Querida hermana Anne[426],
No puedo aconsejaros que os caséis, a menos que las almas, las mentes y los apetitos de los hombres fueran tan visibles a vuestro conocimiento como sus personas a vuestros ojos, porque, aunque hay mucho engaño incluso en las formas o los aspectos externos, con todo, no hay tanto, pero (si hay defectos) tendrán alguna apariencia. Pero los defectos de la mente, el alma, o los apetitos, pueden estar tan ocultos que no se perciban hasta que os deis cuenta de que os hacen infeliz. Verdaderamente es tan peligroso casarse que me asombro de que alguien se atreva a probar; con todo, hay menos riesgo para las mujeres que para los hombres, por motivo de que un hombre puede recibir una deshonra constante, tanto para él como para sus descendientes, por el adulterio de la esposa, en lo que la mujer no puede recibir deshonor alguno si es honesta y casta. Pero aunque ella no puede recibir ninguna deshonra por el adulterio de su marido, no obstante, puede ser muy infeliz por su contraria disposición, su condición malhumorada y sus indomables pasiones, cuya antipatía no será solamente un obstáculo para una vida pacífica, y para la tranquilidad de la mente, sino que arriesgará la gloria de la vida futura, porque el ser humano tiende por las preocupaciones de la mente a maldecir su fortuna y a murmurar contra el cielo, a menos que tengan una paciencia sobrenatural. Además, los hombres se inclinan más a caer en vicios cuando están descontentos, y siempre están vagando fuera para distraerse de sus preocupaciones domésticas, no es que necesiten salir para buscar el vicio, porque el vicio vive en la mayoría de las casas y de las familias, pero al entrar en muchas casas o en muchas familias, pueden llevar la infección de una a otra, porque el vicio muchas veces se multiplica por medio de la familiaridad, me refiero a la familiaridad general, no a las reuniones particulares. Pero no digo esto porque crea que podáis infectaros, segura como estáis con el antídoto de la virtud, el espíritu de la gracia y el bálsamo del honor, que la naturaleza, el cielo, y la educación os dio. Aunque no podéis infectaros, con todo, si buscáis entretenimiento en la mucha compañía, al ser del sexo
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femenino sospecharán de vos. Tampoco querría que pensarais por mi discurso, como si yo no aprobara el matrimonio, porque si lo hacéis me malinterpretáis, al no haber vida que yo apruebe más que la vida matrimonial, en la que la mucha afinidad une a las almas y el afecto a los corazones, como la ceremonia une las manos; pero vivir con aversión debe ser muy desgraciado, y si vos lo fuerais, no habría forma de ayudaros, porque una vez que os hayáis unido con los lazos del matrimonio, no puede haber divorcio honorable sino por medio de la muerte, porque los otros divorcios están marcados con alguna deshonra, más o menos, y la menor de ellas es excesiva; y por tanto, si os casáis, elegid un marido más con el oído que con el ojo, porque el mundo rara vez da un elogio inmerecido, sino que a menudo quita mérito al que se lo merece, porque rara vez otorga el mérito que debe. Aunque lo más seguro es vivir una vida de soltera, porque todas las esposas, si no son esclavas, no obstante, son sirvientas, aunque ser sierva de un digno marido es tanto un placer como un honor, porque el verdadero afecto se complace más en servir que en ser servido y es un honor obedecer al que lo merece, pero cuando hay peligro en la elección, y no hay seguridad al elegir, lo mejor es ser dueña de vos misma, lo que sois de soltera. Pero tanto si os casáis como si no, mis deseos y oraciones son que podáis ser tan feliz como os pueda hacer este mundo, y yo lo compartiré con vos, al ser
Vuestra muy amorosa hermana.
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CCII
Dulce señora Eleonora Duarte[427],
La semana pasada vuestra hermana Catharina y vuestra hermana Francisca vinieron a visitarme, y estaba yo tan complacida con su amable y amistosa visita que su deliciosa compañía me puso de un humor festivo, y como entretenimiento les canté algunas piezas de antiguas baladas; después de lo cual me pidieron que cantara una de las canciones que mi señor había compuesto, vuestro hermano la afinó, y a vos os complació cantar. Al principio les dije que no podía cantar ninguna de esas canciones, pero que si podía, les rogaba me perdonaran, porque ni mi voz ni mi destreza eran las adecuadas, o las apropiadas para ellas, y al no tener destreza ni voz, si me ofreciera a cantar alguna de ellas, perjudicaría tanto el ingenio poético de mi señor como la composición musical de vuestro hermano, que la imaginación se ocultaría en uno y el arte en el otro, más aún, en lugar de música, yo desafinaría, y en lugar de ingenio, cantaría necedad, al no saber cómo adecuar las palabras, ni cómo cantar las notas, mientras que vuestra armoniosa voz dota a sus obras de elegancia y gusto, e invita y mueve al alma desde todas las otras partes del cuerpo, con todo el amoroso y apasionado sentimiento, a sentarse en la hueca caverna del oído, como en una estancia abovedada, donde escucha con gozo y le cautiva la admiración. Por todo lo cual, sus obras y vuestra voz son apropiadas para ser reconocidas por el alma y no para ser cantadas a unos oídos lerdos, distraídos, mientras que mi voz y esas canciones serían tan discordantes como vuestra voz con las antiguas baladas, porque cuanto más vulgar y sencilla sea la voz, mejor se adecúa a una vieja balada; porque una voz dulce, con trémolos, y vibratos, y otros parecidos, sería tan chocante para una antigua balada como lazos dorados en un vestido de harapos, hebillas de diamantes en zapatos parcheados y remendados, o una pluma en la capucha de un hábito. Tampoco deberían cantarse las antiguas baladas con melodía sino en tono, un tono entre la palabra y el canto, porque el sonido es más que la sencilla palabra y menos que el sonoro canto, y el traqueteo y el zumbido de una rueda deberían ser la música
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para el tono, porque el zumbido es el sonido que hace la rueda al rodar, que no es como la música de las esferas; y las baladas son solo propias para que las canten las hilanderas, y solo en las frías noches de invierno, cuando acompañadas de buenas amas de casa hilan el lino. Pero al igual que ellas hilan el lino, así también el tiempo hila la vida, igual que con su tela hacen camisas, así también la tela del Tiempo les hace sudarios, con los cuales, como con la muerte, esas buenas amas de casa se desposan y reposan en el lecho de la tierra, su casa es su tumba, y su morada está en la región del olvido. Y este es el destino de las pobres hilanderas[428], y de los que entonan baladas, mientras que una cantante como vos, un compositor como vuestro hermano, un poeta como mi señor, están revestidos de gloria, desposan a la fama y viven eternamente, donde la muerte no tiene poder, ni el tiempo límite, y las tijeras del destino son inútiles; pero aunque quiera cantar una antigua balada, no quiero vivir en el olvido, porque aprecio tanto vuestra compañía que viviría eternamente con vos y me vestiría como vos de gloria, porque no hay otra prenda que me complazca tanto, y aunque la materia o la substancia no es la misma que la vuestra, al ser las sustancias tan diferentes como las diversas cualidades, facultades, propiedades, virtudes y dulces gracias, y otras así, con todo tendré lo mejor que pueda conseguir, buscaré en el mercado de la naturaleza, en su tienda, y aunque no puedo comprar una pieza o medida de plata pura, o de brocado, sin embargo, ciertamente espero conseguir una pieza o una medida de exquisita filosofía, o de florida imaginación, porque aunque mi señor ha adquirido muchas y diversas piezas o paquetes del mercado de la naturaleza y ha subido los precios, no obstante, no debe reservar para sí esta última mercancía. Es cierto, ha reservado dos mercancías, las armas y la equitación, de la tienda del Arte, la doncella de la Naturaleza; no obstante, de seguro no será capaz de hacerse con todas las clases de variadas mercancías que la Naturaleza y el Arte tienen en sus depósitos. Pero percibo que los tres, mi señor, vuestro hermano y vos, comerciáis tanto con el Arte y la Naturaleza que yo seré solo un buhonero. Sea como fuere, es mejor tener algún comercio que ninguno en absoluto, y prefiero mercadear con baratijas que morir de hambre por no tener de qué vivir, y para ser competente me he hecho aprendiz de mi señor y estoy dispuesta a servir mi tiempo, pero mi señor es tan generoso como para concederme la libertad, y yo debo también desearos que me deis ahora tanta libertad como para firmar la presente como,
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Señora,
Vuestra muy fiel amiga y servidora.
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CCIII
Señora,
No debéis tomar a mal si no obedezco vuestras órdenes al hablar con A.F. para concederos lo que pedís, por motivo de que creo que esas peticiones os perjudicarían, si fueran concedidas, de tal forma que si hablo como deseáis, rogaría en vuestra contra y mi propia conciencia, lo que nunca haré aunque estuviera segura de ganar vuestro odio, porque preferiría que me odiarais por el amor y el afecto que os tengo que me amaseis por hacer un papel o un acto hostil, porque prefiero vuestro bien antes que vuestro afecto. Tampoco debéis tomar a mal que os devuelva otra vez un regalo, porque me pareció un soborno; además, deseo liberarme de esas obligaciones, vuestro afecto es todo lo que deseo, y lo considero más valioso que todo el servicio de mi vida, si tuviera una vida larga y plena. Pero si pensáis que he omitido vuestras órdenes con algún oscuro propósito o por maldad, cólera, o rencor, seréis injusta conmigo, porque no me encontraréis, si pudiera serviros, ni enojada, ni negligente, ni poco voluntariosa, sino la más aplicada, dispuesta, y gozosa en vuestro servicio, más aún, empeñaría mi vida en ello. Por lo cual lo que quiera que penséis de mí, con todo, tengo esta satisfacción en mi conciencia, de que soy, he sido y seré mientras viva,
Señora,
La fiel amiga y servidora
de vuestra señoría.
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CCIV
Dulce señora C.H.,
Siento oír que os habéis alejado de vuestros padres por un disgusto, que está en el camino de la desobediencia, y permitidme que os diga que un acto de crueldad contra natura es en muchas ocasiones la muerte del innato afecto. Nuestros padres son nuestros hacedores y ¿os rebelaríais contra vuestro Creador? Vuestro padre es Dios en la tierra y vuestra madre es la diosa de la tierra, ante los que debéis rebajaros, rezar, adorar y obedecer, y no murmurar, enojaros y descuidarlos. Todos los afanes de vuestra vida a ellos lo debéis hasta que consigáis marido, aún más, un marido no debe impedir que los asistáis en todo lo que esté en vuestra mano, un poder que será acorde a la voluntad de vuestro marido, pero una buena esposa las más veces tiene autoridad sobre la voluntad de su marido, y muy mal marido sería si no condescendiera a las razonables peticiones de su esposa, porque una buena esposa no pedirá nada sino lo que está dentro de los límites de lo razonable. Así que casada o soltera debéis afanaros en el bien y la felicidad de vuestros padres, de otro modo levantareis nubes de pesar en las mentes de vuestros padres, de las cuales podrían caer aguaceros de maldiciones en vuestra vida, que podrían ocasionar riadas de desgracias, donde se ahogaría toda vuestra felicidad futura; porque puede observarse que en las maldiciones, especialmente las que provienen de los padres, reside un oscuro pero potente poder del que vuelan flechas, de las cuales cada una está cargada con una maldición, y allí donde hiere, deja atrás la punta. Por tanto, para evitarlas volved de nuevo a vuestros padres, pedid perdón por vuestra falta, prometedles obediencia y buscad su bendición, y al hacer esto seréis vuestra propia amiga y un consuelo para ellos, y sabed que este consejo os lo da alguien que es
Vuestra muy afectuosa amiga.
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CCV
Noble señor,
Soy de vuestra opinión en que la mayoría de los seres humanos son de perezosa disposición y no gustan de preocuparse de los asuntos públicos, pero aunque sean perezosos con el bien público, con todo son activos y aplicados para con su placer individual o con sus propios designios; y aunque sean negligentes con el bien común, no obstante son con frecuencia diligentes con el daño común, bien por sus fines de ambición y codicia, o muchas veces por envidia y malicia para con alguna persona concreta que sea más excelente que el resto, porque antes de consentir que uno se sitúe por encima de todos arruinarán a todos para arrastrar a ese. Lo cierto es que los hombres no son como los animales, que trabajan en pos del beneficio general, sino como zánganos, que se apropian de los trabajos particulares en el estado. Tampoco las relaciones entre seres humanos son como las relaciones entre animales, porque entre ellos hay más abejas que zánganos, pero entre los humanos hay más zánganos, podría decirse, que abejas, es decir, hay hombres más improductivos que buenos ciudadanos. Pero la naturaleza parece tener la culpa de que la humanidad sea tan perniciosa, porque si fuese solo costumbre el mal se encontraría solo en algunas naciones, y no a lo largo y ancho del mundo como está. Pero como la naturaleza no ha hecho iguales a todas las criaturas, porque las moscas no son como las abejas, ni los gusanos como la hormiga, ni todos los animales son como las ovejas, ni todos los pájaros como el ruiseñor. Así en verdad la humanidad es de una naturaleza mixta, y como si fuera un conjunto de todas las demás criaturas animales, porque uno puede percibir que la naturaleza de las otras criaturas animales está mezclada en el hombre, y no hay movimiento que pertenezca más adecuadamente a otras criaturas que el hombre no pueda imitar, más aún su misma forma es una forma mixta de todas las demás criaturas, porque aunque no tiene justo cuatro patas como los animales, con todo, sus brazos son parecidos a piernas, y los pájaros tienen dos patas, solo que las patas de los pájaros se sitúan en la mitad de sus cuerpos, y las de los hombres debajo de su
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cuerpo. Y aunque el hombre no tiene aletas como los peces, sin embargo sus brazos le sirven para el mismo uso, para nadar, y así de cada parte del conjunto podéis encontrar alguna mezcla, en unas más y en otras menos, de todas las formas animales, así como en sus temperamentos; y por medio de esta mezcla natural y composición del hombre podéis comparar con él a cualquiera otra criatura; y como el hombre es una criatura compuesta de todas las otras criaturas animales en cuerpo y mente, como en sus pasiones, condición, apetitos, sentidos y forma, no es de extrañar que sea más cambiante que las otras criaturas. Pero algunos hombres tienen una composición más insigne que otros, al tener mezcla de partes, ingredientes o influencias celestiales, con las terrenales, aunque esas son unas pocas y un grado más cercano a la naturaleza de lo divino que otros hombres, y entre esos pocos, señor, vos os encontráis, por lo que os admiro, y quedo,
Señor,
Vuestra humilde servidora
y afectuosa cuñada[429].
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CCVI
Señora Eleonora Duarte,
La última vez que fui a visitaros, acabamos hablando del elixir y la piedra filosofal, siendo vos de la opinión de que el oro podría hacerse gracias a la ciencia de la alquimia, y mi parecer que no podría crearse de ninguna otra forma que por el medio natural, como en la tierra. Pero puede ser discutible si el oro puede ir aumentando, o si se creó todo de una vez y que no hay más que el que existía cuando el mundo se creó, porque no puedo encontrar ninguna razón en contra, sino solo que el oro puede ser como el sol, que es inagotable, y que no puede crecer, porque puede observarse que lo que no es perecedero no puede aumentar, de otro modo se encontraría en número infinito en el mundo o en el universo, un mundo y un universo que no tendrían espacio o lugar para el infinito, y el sol, que es inagotable, no produce otros soles, ni se multiplica, ni sufre cambio alguno. Lo mismo sucede con el oro, no podemos hacer que el oro no sea oro, porque el oro puro no puede transformarse en escoria, o en alguna otra clase de sustancia, mientras que las demás criaturas, como los minerales, y también los vegetales y los animales, pueden transmigrar y lo hacen, excepto el sol, la luna, y las estrellas, y creo firmemente que es tan imposible preparar el elixir como fijar el sol. Pero la diferencia entre el sol y el oro, en cuanto a su forma externa, así como sus diversos efectos, es que el sol es un solo cuerpo, que es esférico, y el oro está en muchas y variadas partes y se encuentra en muchos lugares dentro de la tierra. Pero las estrellas, que son de una naturaleza inagotable como el sol, tienen también diversos cuerpos, y están a diversas distancias, y con todo, no obstante, son estrellas, y todas parecen ser de una misma clase o forma, solo que algunas son fijas y otras se mueven. Así, el oro es oro aunque esté en diversas partes y a diversas distancias; solo creo que ninguna de ellas es fija, sino lo que no puede encontrarse, porque aunque el oro no puede moverse por sí mismo, sin embargo puede ser movido, y así también las estrellas fijas, porque no he oído lo contrario. Y en cuanto a los efectos e influencias, como el sol y las estrellas tienen diversos efectos e influencias
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sobre otras criaturas, con todo no podemos percibir que otras criaturas tengan efectos o influencias sobre las estrellas o el sol. Así el oro tiene influencia y produce diversos efectos sobre las otras criaturas, pero ninguna de ellas sobre el oro, me refiero a alterar o cambiar su naturaleza, de tal modo que el oro me parece que es como el sol, o las estrellas de la tierra que los hombres en esta época adoran, como los paganos hacían con el sol, y por su costumbre uno creería que los hombres cometen idolatría; y comparados con el oro, el resto de los metales son como meteoros, que brillan como estrellas, pero cuya luz a menudo se apaga, dejando una jalea, o una baba, como escoria. Así otros metales pueden transformarse de lo que eran, como de un metal a otro, o de ser metal, pero el oro no ha podido hasta ahora cambiar por la acción del hombre, con lo que parece que el oro es de una naturaleza tan duradera como el sol o las estrellas. Tampoco puedo creer de buen grado que el oro pueda aumentar o multiplicarse, no más que el sol o las estrellas, por lo que podemos percibir; tampoco puedo creer fácilmente que el oro pueda aumentar por la acción del hombre, como por la alquimia, por motivo de que los alambiques artificiales no son como los alambiques naturales de la tierra, ni el fuego que usan los alquimistas es como el fuego del sol, o el fuego constante del centro de la tierra. Por tanto, no es probable que la ciencia pueda aumentar el oro por medio de un pequeño alambique artificial y un fuego débil, vacilante, que siempre hay que avivar y aventar, y si es improbable que la ciencia logre aumentar o multiplicar el oro, es menos probable que pueda crear oro o cualquier otra criatura, aunque los alquimistas finjan que pueden; consiguen imitar la naturaleza por medio de la ciencia, pero no crear como lo hace la naturaleza. En cuanto a los poetas naturales, que están a mucha distancia de los alquimistas artificiales, las fantasías que crean lo hacen por el medio natural, no el artificial, y si el oro pudiera ser creado como las fantasías los alquimistas serían ricos y no tan pobres como los poetas, pero de seguro es imposible para la ciencia hacer lo que hace la naturaleza, porque ni sabe, ni comprende, al menos en la práctica, los movimientos sutiles e intricados, los diversos temperamentos y las sustancias combinadas; tampoco conoce la ciencia el tiempo de movimientos y mezclas, para crear como hace la naturaleza, porque algunas criaturas de la naturaleza requieren más aplicación que otras, y algunas más variadas y sutiles mezclas que otras, y algunas requieren más tiempo y esfuerzo que otras, así que al igual que el hombre
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puede del mismo modo creer que puede crear un mundo, como crear oro o cualquier otra criatura, como animales y vegetales, los alquimistas creen que lo pueden hacer por medio de su ciencia. Los hombres, como los pintores, pueden crear con exactitud las figuras de las criaturas, pero no crear criaturas vivas o criaturas reales. En verdad, el arte puede obstruir, o enfrentarse, o apresurar las obras de la naturaleza a una maduración sobrevenida, pero no contra natura; y en cuanto a enfrentarse, u obstruir a la naturaleza, el hombre puede plantar un esqueje, o una pepita, o una semilla, y cuando ha agarrado y ha echado raíces, el hombre la puede arrancar y destruirla, para que no sea capaz de crecer y reproducirse; más aún, el hombre la puede separar de su naturaleza, y transformarla, no obstante, es natural para tales criaturas transformarse en otras cosas, con lo que no es sino algo natural. Pero el hombre no puede crear artificialmente, porque eso iría contra natura, el hombre puede aumentar y reproducir, no solo a los de su especie, sino a aquellas cosas que pueden multiplicarse, pero deben hacerse siguiendo a la naturaleza o de otro modo no podrá aumentar ni multiplicarse. Algunos, como los alquimistas, conciben, o imaginan (porque puede imaginarse) que hay semillas, o esquejes, o ramas de oro, que pueden producirse como las plantas, pero no sé dónde las encontrarían, ni creo que si las buscan puedan encontrarlas, primero, porque no saben dónde están, porque ¿quién puede buscar por toda la tierra, o sondear la tierra, o cavar hasta el centro de la tierra? Segundo, no saben cuáles son esas ramas, esquejes, o semillas. Tercero, si las hubieran conocido y las tuvieran, con todo no sabrían cómo, o cuándo, o dónde plantarlas, o injertar esos esquejes o ramas, o sembrar esas semillas, o colocarlas en sus alambiques; pero considero que harían de sus alambiques sus tierras de labor y cada alambique sería como un acre de terreno, o un campo; en verdad cada destilador valdría un señorío, más aún, un reino. Cuarto, el hombre no conoce el tiempo que esos esquejes, ramas, o semillas, necesitan para llegar a madurar, porque no todas las criaturas llegan a la madurez en el mismo espacio de tiempo, como por ejemplo, los animales, algunos se gestan en un mes, otros en no menos de un año; así con las plantas, algunas alcanzan la maduración en unas pocas horas, o al menos en días, y otras en no menos de cien años, como los robles. Así que, por lo que sabemos, el oro no puede llegar a su maduración por menos de cien años, no, de mil; que apresuren a la naturaleza lo que quieran, y nada puede precipitarse contra natura. No, en algunas criaturas la ciencia no
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puede apresurar a la naturaleza, como los animales no pueden precipitar su desarrollo antes de su tiempo, la ciencia puede provocar abortos y hacer que el vientre arroje su carga antes del tiempo necesario para el nacimiento, pero no para llevarlo a término, y si el hombre, que puede perecer y crecer, con todo está diez meses, o digamos siete, antes de llegar a madurar, bien puede el oro, que parece de una naturaleza inalterable e imperecedera, estar siete años. Y aunque los elementos parecen ser tanto perecederos como reproducibles, como el ser humano, no obstante, no así los elementos fijos o celestiales, porque aunque el fuego engendra fuego, cuando se le añade combustible y se apaga por falta de él o puede sofocarse, (porque si aumentara y no disminuyera, abrasaría el mundo entero), y aunque el agua pueda aumentar (aunque no tanto como el fuego) tanto como acabarse, como cuando se evapora, porque de otro modo inundaría el mundo, no obstante, no considero que el sol o la tierra puedan aumentar o perecer, porque si el mar y la tierra se multiplicaran el orbe terrestre crecería tanto que no podrían rodear al sol en un año, y crecería tanto como para no dar la vuelta al sol en muchos. Pero podemos observar por el movimiento del sol que ni perece ni aumenta, porque si pereciera la circunferencia sería menor, como para rodear la esfera terrestre en menos de un año, pero lo que quiera que no es perecedero, tampoco aumenta, y aquello que crece es perecedero; y como sabemos por experiencia que el oro no es perecedero, al no cambiar de su principal naturaleza, esto es, la de ser oro, puede considerarse con exactitud que no puede aumentar, de otro modo habría un mundo de oro, no, varios mundos. Así, señora Eleonora, no puedo considerar en mi explicación que el oro pueda crearse o multiplicar por medio de la ciencia, con lo que, en mi opinión, los alquimistas bien pueden romper sus alambiques y sofocar su fuego, y esforzarse en conseguir oro de la naturaleza de forma previsora y no empobrecerse con la ciencia. Pero dejándolos a sus frágiles alambiques, y a su fuego que se sofoca y perece, a sus grandes gastos y poco beneficio, quedo,
Vuestra muy afectuosa a. y s.
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CCVII
Reverendo señor,
Os doy las gracias por vuestra visita, aunque saqué poco provecho de ella, porque aunque debía haberme sentado y escuchado vuestro discurso, del que habría aprendido mucho y bien tanto para mi conocimiento como para conducir mi vida; estaba yo misma tan enfrascada en mi propio debate que casi no os permití hablar, ni a mí misma oíros. En verdad no fue tanto un debate como solo palabras, porque en un discurso hay coherencia, mientras que un número de palabras pueden ser pronunciadas sin coherencia alguna. A ese ritmo creo que os entretuve, por lo que os pido disculpas, que bien podríais concederme, al ser yo una mujer y está en nuestra naturaleza hablar más de lo razonable, y tanto nos gusta hablar que los hombres podrían pensar que deberíamos estar malditas, o al menos condenadas por hablar, antes que ser elogiadas o salvadas por el silencio. No obstante, permitidme que diga algo en defensa propia; aunque me sobran palabras cuando hablo, con todo no me concedo a menudo la libertad de hablar, porque si dividiera los años de mi vida, ni un cuarto de ellos los habría pasado hablando. Pero sea como fuere, hablo demasiado, porque la verdad es que las mujeres no deberían hablar sino para hacer preguntas prudentes o para dar una respuesta discreta a una pregunta que se les haga, a menos que sea sobre sus tareas domésticas, y entonces podrán tener licencia para hablar tanto como quieran, o en los chismes entre comadres pueden tener el privilegio de usar la lengua, pero de otros modos o en otros momentos deberían evitar hablar, especialmente en compañía de los hombres, pero lo cierto es que nuestro sexo no gusta de morderse la lengua. Pero para evitar explicar abiertamente la naturaleza de nuestro sexo al hablar demasiado de él, aunque ahora solo hablo a vuestros ojos, no a vuestros oídos, porque las cartas son más un discurso para los ojos que para los oídos, me despido en esta ocasión, solo para suscribirme,
Señor,
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Vuestra muy afectuosa
amiga y servidora.
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CCVIII
Honorable señor,
Pensareis que es presunción y una usurpación de vuestra profesión dar mi opinión sobre la enfermedad de Mrs. T, pero ni es presunción ni confianza en mi propio juicio lo que me lleva a escribiros, sino el afecto por vuestra paciente, que merece mi preocupación por su dolencia, lo que me obliga a daros por escrito mi opinión, que es que creo que su dolor y lo que lo acompaña, es causado por un calor interno que aclara sus humores en una fluida destilación, también aclara la sangre, haciéndola fluir, o desbordarse, porque el frío no es tan activo, sino que congela y espesa, como veremos en una sangría. La sangre, mientras está caliente, corre libremente salida de las venas, y permanece ligera y fluida cuando está caliente, pero cuando ha pasado algún tiempo y comienza a enfriarse, se espesa y se congela como en una masa, así que cuando ha realizado un ejercicio que acalora y aclara la sangre aparece el color en la piel, causado por el flujo al exterior. Lo mismo sucede cuando hace calor, mientras que cuando hace frío, o cuando no se calienta la sangre, la piel se ve pálida y lánguida. Por tanto, mi opinión es que su mal procede del calor, porque puede observarse que todas las inflamaciones son dolorosas, como las úlceras y los bultos que se inflaman, mientras que las úlceras que no están inflamadas, o esos bultos que llamamos bultos blancos[430], no son dolorosos; también en la gota, el dolor es causado por la inflamación. Pero no me malinterpretéis, me refiero a los dolores agudos, porque hay muchos otros dolores, como algunos causados por un aire, y esos dolores son como punzadas, causados normalmente por los humores calientes, como la cólera de la bilis, o la salada flema; también jaquecas causadas en su mayor parte por vapores calientes, o reúmas, las piedras de riñón y la vesícula son causadas por el calor, de tal modo que la mayoría de los dolores son causados por el calor, excepto los dolores de parto, y otros así. Y estas consideraciones me llevan a pensar que el dolor de espalda que tiene Mrs. T está causado por el calor, porque aunque sea un dolor intermitente, y no constante, con todo, sin embargo, puede venir producido
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por el calor; como, por ejemplo, la gota no produce un dolor continuo, sino que es dolorosa solo cuando el humor que se inflama se sale de la articulación, pero la mayoría del tiempo cae o recurre al mismo lugar, por lo que creo que las medicinas refrescantes deben ser su remedio, porque no considero que esa purga, ese sudor y esa estricta dieta, que son caloríficas, le hagan ningún bien, sino que parece estar peor, y la prueba es la piedra angular de la experiencia. Pero podéis recordarme el viejo dicho «Médico, cúrate a ti mismo»; os responderé que todos los predicadores no practican lo que predican, y algunos darán mejor consejo del que toman para sí mismos, también como dice Salomón, que las palabras prudentes pueden salir de la boca del necio, y los mejores médicos, cuando enferman, no confían en su técnica con ellos mismos, sino que llaman a otros médicos, porque ningún hombre puede juzgarse a sí mismo adecuadamente, ni en la salud ni en la enfermedad, ni en ninguna otra cosa, por motivo de que el egoísmo, las recelosas dudas, las vanas esperanzas sobornan, corrompen o aterrorizan el entendimiento. Pero dejando a un lado mi propio juicio por su debilidad hacia mí o hacia otros, y confiando en el vuestro en el caso de vuestra paciente, quedo,
Vuestra muy afectuosa amiga.
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CCIX
Noble señor,
He recibido vuestra carta y estoy dichosa de ver lo que escribís, de que no dudáis de curar la dolorosa enfermedad de Mrs. T. En cuanto al entumecimiento en su mano, muslo, pierna y pie, permitidme que os de mi opinión, que es, que no procede de un enfriamiento sino de una sequedad, porque si fuera solo un adormecimiento por el frío, su sudor habría aclarado o evaporado ese frío helado, o su purga se habría llevado o habría expulsado ese humor desagradable y frío, o su seca y estricta dieta habría consumido ese frío obstructor o esa fría obstrucción, pero ella ha sentido ese entumecimiento después de usar esos remedios, al menos, es más aparente, lo que demuestra que no procede del frío, sino de la sequedad, que el calor interior y la sequedad producen un efecto externo frío. Porque el entumecimiento o adormecimiento de miembros procede de diversas y diferentes causas, como del frío, bien cogido externamente, como el tiempo frío, o el clima, o la ropa, o cosas así, bien por un frío interno, como por la comida o las bebidas demasiado frías, o por una obstrucción fría, o falta de sangre, o por humores demasiado acuosos, que enfrían el calor natural, y este entumecimiento puede curarse fácilmente. Otro entumecimiento procede de obstrucciones de órganos internos, o de venas, bien por humores húmedos o por humores quemados y ardientes; otro entumecimiento se produce por una sequedad de algunos órganos específicos, que, al ser insípidos, no tienen actividad, o se mueven según sus funciones, o facultades, o propiedades, y el cese del movimiento es la muerte; otro entumecimiento procede de algunos humores fríos, densos y espesos, que afectan a los nervios o a los músculos; otro entumecimiento está causado por un calor excesivo, que ha quemado el calor natural; otro procede de la podredumbre de algunos órganos nobles, y es incurable. Pero la razón por la que pienso que el entumecimiento de Mrs. T. procede de la sequedad es que ha llevado una dieta muy austera durante tres o cuatro años, comiendo y bebiendo una vez al día y no mucho, su alimento la mayoría de las veces cordero asado, y cuando estaba encinta comía tan
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poco y tan pocas veces que en ocasiones no lo hacía en dos o tres días, con lo que me preguntaba cómo podía subsistir y alimentar al niño que llevaba dentro, que el ayuno excesivo debe necesariamente secar, y con ello calentarla, porque aunque el ayuno puede enfriar después de una comilona, acabando con los excesos, que de otro modo podrían acarrear demasiados vapores, o daño, daño o vapores que podrían causar un calor inusual y contra natura, sin embargo, en la escasez, o donde no hay excesos, el ayuno calienta, lo mismo hace el sudor; y así Mrs. T., al tener el estómago débil, o de mala digestión, para fortalecerlo o aliviarlo, ha sobrecalentado, o secado algunas partes de su cuerpo, y lo ha llenado, o mejor sus capilares, de un humor ligero, agudo, salado y amargo, un humor que procede del calor, y el calor y la sequedad muchas veces proceden de esos humores. Por lo cual deberían aplicarse remedios tales que expulsaran esos humores nocivos que corroen, queman y secan, y por ello, os ruego que uséis remedios refrescantes y húmedos, para que al esforzaros en curar una enfermedad no se origine una peor; pero el frío y la humedad no solo curarán su entumecimiento, sino el desbordamiento de su flujo natural, que es provocado por el calor, que aclara en exceso la sangre, y la hace fluir cuando debería menguar, como en las mareas dobles. Pero os dejo a vuestro mejor juicio, técnica, práctica, observación y sabiduría, y quedo,
Vuestra muy afectuosa amiga.
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CCX
Señora,
Espero que no os enfadéis porque no haya seguido vuestro consejo de dejar el campo y vivir en la ciudad, porque tengo tantas razones que me persuaden de que no lo haga que esta carta no las puede contener; con todo para no ofenderos, os pondré por escrito solo algunas. La primera es que es más acorde a mi condición vivir en el campo porque por naturaleza mi carácter es un carácter solitario, pensativo y contemplativo, y mi deleite es escribir esas fantasías e ideas que produce la contemplación; todo lo cual se vería interrumpido por los distintos sonidos que hay en las ciudades populosas. La segunda razón es el cuidado de mi salud, porque no tengo un cuerpo muy fuerte ni una constitución muy saludable[431], aunque, gracias a Dios, no tengo ninguna enfermedad en concreto, no obstante, soy de tal modo que no me encuentro tan sana como quisiera, y por ello una ciudad grande y populosa no iría bien con mi salud como el aire dulce y fresco del campo, donde el sol y el aire tienen libertad y poder para dispersar, o con ello destruir los vapores malignos. La tercera razón es que mi esposo tenía una casa en la ciudad, pero durante las guerras civiles su patrimonio fue hecho pedazos, dividido en muchas partes que le fueron arrebatadas a él y a su descendencia, esta casa es una de ellas, con lo que no tenemos casa en estos momentos en la ciudad donde vivir[432]. Pero si tuviera una, en verdad, señora, no me gustaría vivir allí, porque disfruto tanto la vida solitaria del campo que no puedo encontrar razones que puedan inducirme o persuadirme a vivir en la ciudad, que no es sino una vida de vanidades y habladurías, donde se dicen más palabras inútiles que se hacen buenas obras y se gasta más dinero que pueden soportar sus haciendas; y si yo viviera allí y no hablara inútilmente y gastara en vano como otros hacen, no iría a la moda, y hay un antiguo dicho, «Es mejor estar fuera del mundo que alejado de la moda». Pero vuestro principal argumento para convencerme de que viva en la ciudad es que en una ciudad grande y populosa hay muchos eruditos y personas de ingenio con
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los que podría conversar[433], cuya conversación aumentaría mi conocimiento, mejoraría mi entendimiento, agudizaría mi ingenio, y con la práctica puliría mi habla o expresión. Verdaderamente, señora, la ventaja sería mucha si yo pudiera cambiar la naturaleza de nuestro sexo, como para no hablar tanto, pero eso es imposible, porque todas las mujeres, y yo entre ellas, tenemos más disposición a hablar que a aprender con atención, de tal modo que preferiría descubrir mis imperfecciones por un exceso de mi discurso que ganar el aplauso por mi ingenio, porque yo, en mi conversación, hablo sin pensar, o mejor, sin reflexionar, pero cuando escribo pienso sin hablar; por tanto, lo más sensato para mí es escribir más que hablar, porque entonces mis palabras no deshonrarán mis obras. Porque la mayoría de los hombres juzgan a sus conocidos por sus palabras más que por sus obras, y los más aplaudidos son los menos conocidos, porque el menor error en el discurso o el comportamiento hace a la persona no solo de menor estima, sino a todas las obras de su vida si no fueran tan consumadas, sabias, o heroicas. Por ello, es una locura desear conversar con mucha concurrencia, especialmente para aquellos que desean mantener un nombre una vez conseguido, a menos que sea en acciones o actividades públicas; tampoco duran, a menos que sus acciones sean como las pirámides que se levantan más y más alto. Pero en su mayoría, la naturaleza del hombre es tan ambiciosa que desean hacer maravillas, no contentándose con la media, y entonces su construcción resulta como la torre de Babel, llena de confusión. Pero, señora, yo solo deseo conservar esas pequeñas toperas que he hecho, es decir, la reputación de mis libros, mientras que, si me diera a conocer al mundo, me descubrirían como una criatura ciega como el topo, no ciega de los ojos, sino del entendimiento, lo que es peor. Y en cuanto a la conversación y la compañía, dejadme que os diga, señora, que no quiero una compañía sabia e ingeniosa mientras viva mi esposo, ni tampoco necesito amigos mientras que vos viváis, que ruego a Dios sea muchos años, porque estas son las perseverantes oraciones de,
Señora,
Vuestra fiel amiga
y humilde servidora.
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CCXI
Señora,
Como empecé este libro con cartas para vos así lo concluiré, con la esperanza de que me perdonéis por mezclar otras cartas con aquellas dirigidas a vos, porque la certeza y la convicción de vuestro perdón me convenció para hacerlo; son solo para mis queridos y cercanos parientes, y para amables y atentos amigos. Pero, señora, sé que vuestra naturaleza y amistad es tal que lo que es apropiado y conveniente que haga lo aprobaréis, y desde ese convencimiento estoy segura de que no os enfadaréis conmigo porque no añada a este libro las respuestas a esas cartas en las que quisisteis proponerme varias cuestiones filosóficas para que yo las resolviera, porque en verdad, señora, son tantas y mis respuestas a ellas tan largas, que si las hubiera unido a las primeras habría sido como una imagen o una semejanza de la infinita naturaleza, y me cuido de no ser demasiado tediosa, o pesada para mis lectores. Además, esas cartas, que no contienen sino preguntas y respuestas filosóficas, no son adecuadas o apropiadas para este libro, donde solo se describen temperamentos; por ello he decidido incluir vuestras preguntas filosóficas y mis respuestas en un libro propiamente dicho. Es cierto, muchas de vuestras preguntas son más sutiles de lo que mi ingenio puede responder, pero respondiendo a mi deber y a las leyes de la amistad, he hecho todo lo que he podido y confío en que no esperéis más y, por tanto, aunque no las he contestado tan bien como debiera y tengo más motivos para temer que las censuréis que esperanzas de aplauso por publicarlas, con todo me satisface haber respondido a vuestro deseo, porque preferiría que el mundo me condenara por necia que vos por romper o descuidar nuestra amistad, porque mientras viva, os demostraré que soy,
Señora,
Vuestra leal amiga
y fiel servidora.
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FINIS
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MARGARET CAVENDISH (1623-1673), Duquesa de Newcastle, fue una aristócrata inglesa además de una prolífica escritora, filósofa y científica. Se la conoce a veces como Mad Madge —La loca Madge; Madge es una forma familiar de Margaret— por sus excentricidades, en opinión sus contemporáneos.
Desafió los roles de género y criticó la nueva ciencia y las costumbres de la sociedad de su época.
Era la hija menor de Thomas y Elizabeth Lucas, una familia adinerada, pero desprovista de títulos. Fue educada con tutores privados y no recibió una educación formal en disciplinas como matemáticas, historia, filosofía o lenguas clásicas, aunque tuvo acceso a librerías escolares y fue una ávida lectora.
Aunque no podía hacerlo en público, mantenía conversaciones intelectuales en privado con su hermano John, estudiante de leyes, filosofía y ciencias naturales, y conocedor de varios idiomas.
En 1642 fue a vivir con su hermana a Oxford, lugar en el que residía la corte real. Se convirtió en dama de honor de la reina Enriqueta María de
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Francia (esposa del rey Carlos I de Inglaterra), a la que acompañó al exilio en su país en 1644, viviendo cierto tiempo en la corte de Luis XIV.
En París conoció a su futuro esposo, William Cavendish (1592-1676), Marqués —más tarde Duque— de Newcastle, con el que se casó a finales de 1645: fue su segunda esposa.
Probablemente, algunos de sus escritos fueron publicados gracias a las influencias de su marido. Además, su matrimonio le permitió asistir a los encuentros del Círculo de Cavendish, que su marido organizaba en los años 1640: allí pudo conocer a filósofos y científicos como Thomas Hobbes (1588-1679), René Descartes (1596-1650), Marin Mersenne (1588-1648), Pierre Gassendi (1592-1655) o Kenelm Digby (1603-1665), aunque no llegó a intercambiar correspondencia con ellos.
Margaret Cavendish participó en discusiones sobre la materia, el movimiento, la existencia del vacío, la percepción y el conocimiento. Sus aportaciones más notables son sus escritos, que incluyen poemas, obras de teatro, críticas literarias, cartas y ensayos sobre filosofía natural y ciencia. Ella se refería a sus manuscritos como cuerpos de papel.
Una de sus obras más famosas es The Description of a New World, Called The Blazing-World, en la que una mujer viaja a través del Polo Norte, adentrándose en un extraño mundo. Se convierte en la emperatriz de una sociedad compuesta por varias especies animales que tienen la capacidad de hablar.
Esta novela se publicó en 1666 acompañando su obra Observations upon Experimental Philosophy y se publicó de nuevo en 1668. Se la considera como un ejemplo de las primeras novelas de lo que hoy en día llamamos ‘ciencia ficción’ —aunque también es un libro romántico, de aventuras y autobiográfico— y la primera obra de ficcion utópica rubricada por una mujer en Europa.
Margaret Cavendish vivió y escribió en plena revolución mecanicista del siglo XVII, aunque muchos de sus puntos de vista —concepción de la materia, naturaleza de la explicación científica e inteligibilidad de lo divino— parecen casi contemporáneas. Fue la primera mujer en ser recibida en la Royal Society: consiguió asistir a una sesión de experimentos del científico Robert Boyle (1627-1691) en 1667.
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Sus escritos de filosofía —y filosofía natural, es decir, física— incluyen Philosophical and Physical Opinions (1656), Orations of Divers Sorts, Philosophical Letters (1664), Observations Upon Experimental Philosophy (1666) y Grounds of Natural Philosophy (1668).
Falleció el 15 de diciembre de 1673, y fue enterrada en la Abadía de Westminster de Londres, como reconocimiento a su obra.
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Notas
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Samuel Pepys, The Diary of Samuel Pepys, Londres, Everyman, 2018, pág. 481; John Evely, The Diary of John Evelyn, Londres, Everyman, 2006, pág. 461; Dorothy Osborne, Letters from Dorothy Osborne to Sir William Temple, 1652-54, Oxford, Oxford University Press, 1928, pág. 29.
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Página 451
Virginia Woolf, Una habitación propia, trad. de Laura Pujol, Barcelona, Seix Barral, 2008, pág. 45. <<
Página 452
Muchos archivos fueron destruidos durante las guerras civiles en Inglaterra, que se iniciaron cuando Margaret contaba apenas veinte años.
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Página 453
Margaret Cavendish, A True Relation of My Birth, Breeding, and Life, en Paper Bodies: A Margaret Cavendish Reader, Peterborough, Ontario, 2000, págs. 42 y ss. <<
Página 454
Kathleen Jones, A Glorious Fame: The Life of Margaret Cavendish, Duchess of Newcastle, Londres, Bloomsbury, 1988, pág. 7. <<
Página 455
Cavendish, A True Relation, pág. 42. <<
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̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ᰀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ᰀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Será en la segunda mitad del siglo XVII cuando el discurso proto-
feminista de Bathsua Makin, en obras como An Essay to Revive the Ancient Education of Gentlewomen (1673), o después de ella de figuras como la de Mary Astell en A Serious Proposal to the Ladies for the Advancement of their True and Greatest Interest (1694), cuando comience a cristalizar la defensa de la educación femenina. <<
Página 457
John completó su educación en Francia a mediados de los años 20. A su vuelta a Inglaterra, hablaba hebreo, latín y griego y era diestro en leyes. Fue también un estudioso de la filosofía y las ciencias y en 1660 se convirtió en uno de los fundadores de la Royal Society, Whitaker, Mad Madge: The Extraordinary Life of Margaret Cavendish, Duchess of Newcastle, The First Woman to Live by the Pen, Nueva York, Basic Books, 2002, pág. 11. John fue siempre fuente de inspiración y conocimiento para su hermana Margaret. <<
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Quizás la hermana más querida fue Catherine, casada con Sir Edmund Pye, a los que nombra en una de sus cartas. Véase la carta CC en este volumen. <<
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Jones, op. cit., pág. 15. <<
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En los primeros escarceos de la guerra, la corte se desplazó a Oxford, donde Carlos I contaba con gran apoyo. Sin embargo, cuando el curso de los acontecimientos fue adverso para los partidarios del rey, los miembros de la familia real y la corte se trasladaron a Francia, hogar natal de Henrietta Maria, una travesía también compartida por Margaret. <<
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En su comedia The Presence, la autora realiza su crítica de la vanidad de la corte. En un parlamento con Monsieur Conversant, Monsieur Mode explica la falta de espiritualidad de la corte: sus miembros solo viven entregados a los placeres de este mundo y ajenos a las cuitas del alma (I.ii). En Plays, Never before Printed. Written by the Thrice Noble, Illustrious, and Excellent Princesse the Duchess of Newcastle, Londres, 1668. <<
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Cavendish, A True Relation, pág. 46. La autora reconoce que estas circunstancias agravaban su natural timidez y la hacían aparecer como una necia en la corte. <<
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̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ⸀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ⸀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ El favor real, manifestado especialmente en la persona de John, al que Carlos I nombró gran alguacil de Essex en 1636, fomentó la hostilidad de los habitantes de Colchester hacia la familia Lucas, Whitaker, op. cit., pág. 35. <<
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En A True Relation, la autora recuerda esa traumática experiencia así como el «espíritu heroico» de su madre, uno de los principales rasgos de su carácter (48). <<
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Ibíd., pág. 48. <<
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Esta imagen heroica de la monarca acompañando a sus huestes fructificaría en la imaginación creativa de Cavendish en su obra Bell in Campo, incluida en Playes Written by the Thrice Noble, Illustrious, and Excellent Princess, the Lady Marchioness of Newcastle, Londres, 1662. Se trata de una obra alegórica en la que dos reinos, el de Facción y el de Reforma, se declaran la guerra. La esposa del General, Lady Victoria, manifiesta su intención de acompañarlo junto a un ejército compuesto por mujeres. A pesar de la oposición de los hombres, ellas insisten en entrar en batalla, acción gracias a la cual salvan a muchos soldados y consiguen derechos sociales y domésticos. <<
Página 467
La estancia de Margaret en Oxford fue más amable que la de otros muchos cortesanos, pues recibía fondos de su madre (Whitaker, op. cit., pág. 47). Allí estaba en disposición de prestar y no de pedir prestado, una situación que cambiaría dramáticamente durante su vida con William Cavendish en el exilio. Gran parte de las experiencias vividas en Oxford como nueva dama de compañía de la reina fueron expuestas por la autora en algunas de sus obras dramáticas, concretamente en The Presence y The Lady Contemplation. <<
Página 468
La corte, y Margaret como parte de ella, dejó Oxford el 17 de abril de 1644, y pocos meses más tarde, a inicios de noviembre del mismo año, se trasladó de nuevo a París, donde la esperaban otros exiliados ingleses como John Evelyn, Whitaker, op. cit., págs. 56-57. <<
Página 469
Su hermana Mary murió en 1647 de tisis, pocos meses antes que su madre, A True Relation, pág. 51. <<
Página 470
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 䀀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 䀀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Véanse las cartas XXXIII, en la que Cavendish se refiere por sus iniciales a su esposo (Lord N.W.) y su interés por la equitación, y LXVIII, nota 108, sobre los manuales que este escribió sobre la doma. <<
Página 471
Whitaker, op. cit., pág. 67. Oliver Cromwell (1599-1658), opositor al rey, fue líder del ejército de los parlamentarios y posteriormente de la Commonwealth (1649-1658). A su muerte fue sucedido fugazmente por su hijo Richard, depuesto poco después de asumir el cargo de Lord Protector.
<<
Página 472
Margaret Cavendish ofrece una pormenorizada descripción de la experiencia de su esposo durante la guerra civil en su biografía, The Life of the Thrice Noble, High, and Puissant Prince William Cavendishe (1675), para celebrar su carácter heroico y su inquebrantable lealtad al rey. Véase la página 69 en esta biografía sobre el relato del exilio de William Cavendish. <<
Página 473
Cuando Newcastle llega a París, a pesar de las estrecheces económicas que ya padecía, regala a la reina siete de los nueve caballos Holsteiner que había adquirido por valor de 160 libras, The Life of the Thrice Noble, High, and Puissant Prince William Cavendishe, Londres, 1675, págs. 69-70. <<
Página 474
En esos términos lo manifiesta la autora en su autobiografía, al tiempo que define el sentimiento que le unía a Cavendish como un afecto más fuerte que la propia pasión o la ambición de título, riqueza o poder: «mi amor era honesto y honorable, al estar basado en el mérito», A True Relation, pág. 47; trad. propia. <<
Página 475
Newcastle intentó convencer a su prometida de consumar el matrimonio antes del enlace, pero el recuerdo de las penurias por las que su madre había pasado en su juventud probablemente la convencieron de lo errado de esta propuesta, Jones, op. cit., pág. 49. <<
Página 476
The Life of the Thrice Noble, High, and Puissant Prince William Cavendishe, Londres, 1675, págs. 71-72. La autora lamenta a menudo este hecho en las propias Cartas sociables, por no haber podido complacer a su esposo. Véanse a este respecto las cartas XLVII (nota 82) y XCIII. Los dos hijos varones de William estuvieron a punto de morir de viruela y sarampión en el viaje a Hamburgo, Whitaker, op. cit., pág. 71. <<
Página 477
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 刀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 刀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ En Poems and Fancies (1653), Margaret describe su libro como su progenie: «No me condenéis por hacer tanto alboroto / porque mi libro, Ay es mi hijo. / Como un pájaro, cuando sus polluelos están en el nido, / entra y sale, y salta y no tiene descanso» [A8v; pág. 47; trad. propia]. <<
Página 478
Varias son las cartas en esta edición en las que Cavendish vierte sus opiniones sobre el matrimonio. Véanse, por ejemplo, XXXIX, acerca de los matrimonios concebidos imprudentemente; LXXI, sobre los casos de desigual condición de los cónyuges; LXXXIX, acerca de la felicidad de los esposos; o CCI, en la que aconseja a su hermana Anne sobre la elección de marido. Véase también su juicio desfavorable acerca del matrimonio en A True Relation, pág. 47. <<
Página 479
En Welbeck Abbey, William y su hermano Charles, el erudito de la familia, crecieron rodeados de las figuras más relevantes del conocimiento de la época. A ella acudió, por ejemplo, el filósofo Thomas Hobbes, y mantuvieron correspondencia con René Descartes, Marin Mersenne, o John Pell. En Bolsover Castle, William también llevaba a cabo experimentos en el laboratorio, Whitaker, op. cit., págs. 64-65. El propio Cavendish fue poeta, dramaturgo y patrón de las artes, protegiendo a autores de primer nivel como William Davenant. <<
Página 480
A este tipo de amor se refiere la autora en la carta LXXXIX en esta edición. <<
Página 481
Joan DeJean, Tender Geographies: Women and the Origins of the Novel in France, Nueva York, Columbia University Press, 1991, pág. 223, nota 19. <<
Página 482
Las estrecheces económicas que asolaban a la pareja les obligaron a prescindir de parte de sus sirvientes, entre ellos también el secretario y hombre de confianza de Newcastle, John Rolleston, que permaneció en Inglaterra, Whitaker, op. cit., pág. 84. <<
Página 483
Jones, op. cit., pág. 59. <<
Página 484
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 搀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 搀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Whitaker explica que existían en la época academias para la instrucción de jóvenes aristócratas en equitación (op. cit., pág. 89). <<
Página 485
Whitaker, ibíd., pág. 88. <<
Página 486
A menudo en las cartas Cavendish se refiere a esta cuestión, reivindicando el derecho de las mujeres (o al menos de ella misma) a conversar sobre temas tradicionalmente considerados masculinos, como la guerra o los asuntos de estado, a un tiempo que deplora la falta de privilegios en este sentido. Véanse, por ejemplo, la carta XVI, sobre esta situación desigual, o la XXVI, en la que reclama el derecho a la educación femenina. <<
Página 487
En la dedicatoria a la Fortuna en The Worlds Olio la autora ansía que su obra sea inmensamente conocida y le procure fama [A1v], a un tiempo que se excusa por los posibles fallos cometidos en ella por la debilidad de su sexo («The Preface to the Reader», [A4r]). Como la propia Cavendish explica, escribe esta obra en el exilio, pero la revisa y publica cuando vuelve a Inglaterra. <<
Página 488
Jones, op. cit., pág. 62. <<
Página 489
En la carta VIII, Cavendish agradece a su amiga el haberla invitado a un baile para ayudarla a disipar sus pensamientos melancólicos. <<
Página 490
Se conoce a la Fronda como las revueltas ocurridas en Francia entre 1648 y 1653 durante la minoría de edad de Louis XIV, motivadas por la deriva absolutista de la monarquía. <<
Página 491
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 瘀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 瘀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Jones, ibíd., pág. 70. <<
Página 492
Ben Van Beneden, «Introduction», Royalist Refugees. William and Margaret Cavendish in the Rubens House, 1648-1660, Antwerp, Rubenshuis & Rubenianum, 2006, págs. 8-12, 9. <<
Página 493
Ibíd., pág. 61. <<
Página 494
James Knowles, «“We’ve Lost, Should We Lose Too our Harmless Mirth?”», Royalist Refugees, págs. 71-72. Los teatros ingleses fueron clausurados en 1642 por orden del Parlamento. <<
Página 495
Una de ellas fue puesta en escena en la Rubenshuis con motivo de la visita de Carlos II en 1658. Una completa descripción de los entretenimientos cortesanos que el entonces conde de Newcastle organizó para esta ocasión aparece en Calendar of State Papers-Domestic Series, 1657-1658, Londres, Longmans, 1884, xxiv. Fue una reunión social de gran transcendencia, no solo por la presencia del rey, sino también por la de figuras relevantes como la princesa real María, hermana del rey, su hermano Jacobo, duque de York, y otras personalidades como Béatrix de Cusance (1614-1663), primero amante y después esposa de Carlos IV, duque de Lorena, y protectora de Huygens, y los Duarte. <<
Página 496
Algunas de las obras de William Cavendish incluyen The Variety y The Country Captain. <<
Página 497
Véanse las cartas XII y XIX sobre el baile y los banquetes, eventos que la autora rechaza de plano en XXIX, al preferir la vida retirada; en CCXXIV Cavendish evoca el jardín de la casa de Rubens. <<
Página 498
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 蠀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 蠀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ilja Van Dame, «A City in Transition: Antwerp after 1648», Royalist Refugees, pág. 66. <<
Página 499
Cavendish escribe la carta CCII a Eleonora, una de las Duarte, que murió, al igual que sus hermanas Catharina y Francisca, víctima de la peste en Amberes en 1678. <<
Página 500
En la década de los 40 en Inglaterra el Parlamento estableció dos comités o comisiones, el Sequestration Committee y el Committee for Compounding with Delinquents, el primero de los cuales se encargaba de confiscar las propiedades de los opositores y el segundo permitía a los monárquicos a los que se habían confiscado sus tierras la oportunidad de saldar sus deudas. Margaret Cavendish elevó la petición de devolución en nombre de su esposo, pero el Comité denegó su solicitud, Whitaker, op. cit., pág. 134. <<
Página 501
En la carta XVI de Cartas sociables, la autora lamenta la exclusión femenina de los asuntos de estado, al no considerar a las mujeres no ya miembros de pleno de derecho, sino ni tan siquiera súbditas. <<
Página 502
En la carta LI en este volumen Cavendish hace mofa de una de estas predicadoras, abominando las «sandeces» que su «piadosa fraternidad» les llevaba a profesar. <<
Página 503
A pesar de no profesar con la misma intensidad el gusto por el conocimiento científico que su hermano Charles, William Cavendish fue uno de los miembros fundadores de la Royal Society, Jones, op. cit., pág. 118. <<
Página 504
James Fitzmaurice desarrolla esta cuestión en su contribución sobre el contexto cultural de Amberes durante la estancia de los Cavendish, «Margaret Cavendish and the Cultural Milieu of Antwerp», en Lisa Hopkins y Tom Rutter (eds.), A Companion to the Cavendishes, Leeds, ARC Humanities, 2020, págs. 161-179. Para una reflexión sobre la relación de Margaret Cavendish con las corrientes científicas y los miembros de la Royal Society, se puede consultar «Margaret Cavendish and the Royal Society», de Emma Wilkins, Notes & Records: The Royal Society Journal of the History of Science, 68 (2014), págs. 245-260. <<
Página 505
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 騀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 騀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Este es el propósito de Philosophical Letters, publicadas en 1667, que constituye una reelaboración de Philosophical Fancies, que habían aparecido en 1655, durante el período del exilio. <<
Página 506
Véase el artículo de Sarah Hutton al respecto, «In Dialogue with Thomas Hobbes: Margaret Cavendish’s Natural Philosophy», Women’s Writing, 4.3 (1997), págs. 421-432, especialmente 423-424 sobre la posición materialista de Hobbes. En págs. 425-426, Hutton recoge el particular homenaje de la autora al filósofo en The Blazing World, donde aparece nombrado. Irónicamente, Cavendish compartió con Hobbes el dudoso honor de haber sido excluidos como miembros de la Royal Society. Aunque ambos recelaban de los métodos de investigación defendidos por la institución, al primero lo repudiaron por sus ideas, mientras que a la segunda se añadía la desventaja efectiva que suponía su género. <<
Página 507
En el prefacio a The Blazing World, Cavendish afirma que tanto sus opiniones filosóficas como los productos de su imaginación provienen de sus facultades racionales (1666, pág. 125). Como prueba de ello, publica en el mismo volumen Observations on Experimental Philosophy y su fantasía sobre el mundo incandescente. <<
Página 508
John Evelyn en su diario describe al detalle el fastuoso entierro de Cromwell, en la entrada correspondiente al 1 de noviembre: «Fue llevado desde Somerset-house en un lecho regio de terciopelo tirado por seis caballos enjaezados del mismo modo: el sudario en alto levantado por su nuevo señor, Oliver postrado en efigie ataviado con ropajes reales, y coronado con una corona, el cetro y el orbe, como un rey», op. cit., pág. 360; trad. propia. <<
Página 509
Jones, op. cit., pág. 129. <<
Página 510
Aunque en sus Cartas sociables cuando habla de traición se refiera específicamente a los sirvientes que contravienen a sus señores, Margaret Cavendish condenaba la traición y el cambio de bando como modus vivendi, de lo cual el ejemplo perfecto fue el general Monck: partidario del rey en sus inicios, apoyo de la causa parlamentaria en los años de la Commonwealth, y finalmente artífice de la vuelta de Carlos II a Inglaterra y miembro destacado de su corte. Véanse al respecto el material prefatorio de esta obra, donde la autora se dirige a su esposo y lamenta que los hombres no sean inofensivos como los animales, que viven ajenos a la codicia, la perfidia y la traición, y también las cartas VII, XVIII, XCVI y CXX. <<
Página 511
Jones, op. cit., pág. 135. <<
Página 512
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 가 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 가 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Carta CLXV en este volumen, «[P]ermitidme que os diga que tengo la firme esperanza de que volvamos a nuestro país natal, pero que dudo de la gloria, porque las pérdidas de nuestros nobles maridos eclipsarán ese esplendor, ya que solo encontraremos ruinas, nos enfrentaremos a nuestros oponentes, y tendremos deudas a nuestro cargo». <<
Página 513
En el volumen de las Cartas, Cavendish justifica repetidas veces las bondades de la vida retirada del campo. Véanse las cartas XXIX, CXXVIII, CLVIII, y LXXXII. <<
Página 514
La propia autora anticipa en su dedicatoria a Newcastle en el volumen de obras dramáticas el rechazo (o la envidia) que estas creaciones podrían recibir por parte del público —«sibilantes serpientes» (A3r; trad. propia) —, aunque a ella le baste la aprobación de su esposo [A3v]. <<
Página 515
Jones, op. cit., págs. 160-161. <<
Página 516
Ibíd., págs. 171-172. Margaret Cavendish fue acusada de mantener una relación con Francis Topp, al servicio de la duquesa. Aunque el instigador de la acusación, John Booth, confesó formalmente la falsedad de la misma, el incidente siguió asociándose a la figura de Cavendish. <<
Página 517
Trad. propia. <<
Página 518
Como indica Robert Adams Day en Told in Letters (Ann Arbor, University of Michigan Press, 1966), en el siglo XVII se produce un
verdadero fenómeno en torno al género epistolar y las cartas, en las que prácticamente cualquier tema tenía cabida, y estas adquieren una popularidad inusitada. En Inglaterra, el servicio postal se hacía cada vez más efectivo, y la creación del Penny Post facilitó aún más, a través del uso de los sellos, el intercambio epistolar (1966, págs. 48-49). <<
Página 519
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 븀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 븀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Line Cottegnies y Nancy Weitz, «Introduction», en Authorial Conquests: Essays on Genre in the Writings of Margaret Cavendish, Madison, Fairleigh Dickinson University Press, 2003, pág. 10. <<
Página 520
En el prefacio de The Blazing World, Cavendish destaca su originalidad e idiosincrasia como creadora, adoptando el título de «Margarita I» (Margaret the First). El título que se da a sí misma no es resultado de su ambición política, sino de sus aspiraciones poéticas (The Blazing World and Other Writings, 1666, ed. Kate Lilley, Harmondsworth, Penguin, 1992, pág. 124). <<
Página 521
Ibíd., págs. 186-187, trad. propia. <<
Página 522
En «Dismantling the Myth of “Mad Madge”» Hero Chalmers argumenta que el uso de la voz literaria por parte de Cavendish puede explicarse como parte de las obligaciones de una esposa hacia su marido en un contexto aristocrático: como Newcastle era considerado un traidor en Inglaterra y las penurias económicas marcaron también su vida en el continente, la imagen pública de Margaret Cavendish realzaba el estatus perdido del marido, a un tiempo que podía considerarse un acto subversivo. <<
Página 523
Véase nota 17 en esta Introducción. <<
Página 524
Chalmers, op. cit., pág. 324. Los actos organizados por Lawes, servidor del rey Carlos I, en los años 50 reunían a un gran número de monárquicos. <<
Página 525
Poems and Fancies, Londres, 1653, A3r; trad. propia. <<
Página 526
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 퀀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 퀀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ibíd., A3v. <<
Página 527
Chalmers, op. cit., pág. 326. <<
Página 528
Véase nota 30 en esta Introducción. <<
Página 529
Philosophicall Fancies, Londres, 1653, B6r-B6v; trad. propia. <<
Página 530
Véase carta CXLIII en este volumen. <<
Página 531
The Worlds Olio, Londres, 1655 [A3v]; trad. propia. <<
Página 532
Ibíd., [A5r]. <<
Página 533
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ En A True Relation Cavendish afirma que para Elizabeth el atuendo debía no solo ser pulcro y elegante, sino que tenía que parecer caro y lujoso, «manteniéndonos a la altura de su condición, pero no más allá» (pág. 42; trad. propia). Mona Narain analiza este aspecto en «Notorious Celebrity: Margaret Cavendish and the Spectacle of Fame», especialmente págs. 71-72. <<
Página 534
Esta imagen había sido empleada también como frontispicio en la edición de 1653 de Poems and Fancies. James Fitzmaurice estudia estas auto-representaciones de Cavendish en «Fancy and the Family: Self-charaterizations of Margaret Cavendish», Huntington Library Quarterly, 53 (1990), págs. 199-209). <<
Página 535
Natures Pictures, Londres, 1653, B2r; trad. propia. <<
Página 536
Ibíd., [B2v]-[B3r]. <<
Página 537
Playes, Londres, 1662, A3r; trad. propia. Atendiendo a la complejidad del material prefatorio de este volumen —una epístola dedicatoria a Newcastle, nueve prefacios al lector, una dedicatoria de Newcastle a la autora, y un prólogo general—, Cavendish parecía estar especialmente preocupada por la recepción de sus obras teatrales. <<
Página 538
Ibíd., [A4v]. <<
Página 539
Judith Peacock se concentra en esta cuestión en su capítulo dedicado a la dramaturgia de la autora, «Writing for the Brains and Writing for the Boards: the Producibility of Margaret Cavendish’s Dramatic Texts», en A Princely Brave Woman, editado por Stephen Clucas, Londres, Routledge, 2003, págs. 87-108. <<
Página 540
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ A pesar de que Peacock argumenta que el comportamiento de muchos personajes de Cavendish supone un abandono radical de los modelos de conducta y organización social establecidos, frente a la propuesta de Behn, que no «dinamita» el orden social ni sus instituciones (87), recelamos de uno y otro extremo al considerar que, por un lado, Cavendish hace un uso literario e imaginativo de los modelos de conducta con un afán subversivo y en respuesta a la experiencia de la guerra y el posterior exilio y, por otro, Behn intenta superar los convencionalismos en torno a la conducta femenina con un efecto igualmente rompedor. Véase, por ejemplo, la caracterización de Florinda, la mujer virtuosa tomada por prostituta, Hellena, la joven que se resiste a entrar en el convento y que busca conocer el amor, y Angelica Bianca, la prostituta virtuosa, en El aventurero, una de sus obras más representadas, ed. María José Coperías Aguilar, Madrid, Cátedra, 2006. <<
Página 541
Peacock afirma que Samuel Pepys asistió en 1667 a una representación de The Humorous Lovers, de William Cavendish, y pensaba que podía ser de su esposa, lo que la lleva a concluir que, a pesar de la confusión, muy posiblemente algunos de sus textos dramáticos pudieron ser representados, op. cit., pág. 89. <<
Página 542
Bell in Campo, en Playes, I.ii, pág. 58; trad. propia. <<
Página 543
The Female Academy, en Playes, I.i. pág. 653. <<
Página 544
Esta es probablemente una de las obras con más dificultades para su representación, debido fundamentalmente a la extensión de los parlamentos de los personajes. Elaine Hobby ha definido el teatro de Cavendish como «closet drama», concebido para ser recitado (y no representado) por parte de un lector de forma privada, Virtue of Necessity: English Women’s Writing 1646-1688, Londres, Virago, 1988, págs. 110-111. <<
Página 545
En su comentario sobre la ficción de Cavendish incluida en la edición de The Blazing World & Other Writings, Kate Lilley ve la figura de William Cavendish, que recibe la herencia familiar tras la muerte de su hermano, y al que, tras una vida disoluta y la muerte de su primera esposa, se casa en segundas nupcias con Margaret Lucas (xvii). <<
Página 546
Véase nota 53 en la presente edición de Cartas sociables. <<
Página 547
La primera vez que se deja ver en la corte, la muchacha aparece toda vestida de negro, un guiño a la vestimenta que la reina Henrietta Maria eligiera en su exilio tras la muerte del rey, y que la propia Margaret vistió en más de una ocasión. En «The Contract», véase pág. 12. <<
Página 548
«Assaulted and Pursued Chastity», op. cit., pág. 47. <<
Página 549
Emma L. Rees compara a la protagonista con la figura de Penélope, en su afán por permanecer fiel frente al acoso de sus pretendientes durante la ausencia de su esposo, pero también con el modelo de Ulises, el eterno viajero que desea volver al hogar, «A Well-Spun Yarn: Margaret Cavendish and Homer’s Penelope», op. cit., pág. 177. <<
Página 550
Rees, Emma, Margaret Margaret Cavendish: Gender, Genre, Exile, Manchester, Manchester University Press, 2003, pág. 2. <<
Página 551
Margaret Cavendish and the Exiles of the Mind, Lexington, Kentucky, Kentucky University Press, 1998, pág. 13. <<
Página 552
The Worlds Olio, A2r; trad. propia. <<
Página 553
Grant, Margaret the First, Londres, The Nonesuch Press, 1954, pág. 159. Véase también nota 81 en esta introducción. <<
Página 554
En la portada de la edición de Philosophical and Physical Opinions de 1668, se cita al impresor, William Wilson, pero no a los editores o libreros, al igual que en el caso de la edición de 1675 de su biografía de Newcastle, impresa por A. Maxwell. Emma L. Rees indica que la única versión de la obra de Cavendish de la que no se encargó Allestrye fue su opus, publicada en inglés con un índice en latín bajo la supervisión de la misma autora. La edición fue presentada a la Universidad de Leiden por mediación de Constantjin Huygens, op. cit., pág. 25. <<
Página 555
El primer establecimiento de Allestrye, en asociación con John Martin, fue The Bell, donde ejercería entre 1652 y 1664, para después mudarse a The Rose & Crown, también en St. Paul, entre 1664 y 1666. El incendio de Londres lo dejó en la ruina, aunque volvería a iniciar su negocio poco después hasta su muerte en 1670, Henry Plomer, A Dictionary of the Booksellerss and Printers Who Were at Work in England, Scotland and Ireland from 1641 to 1667, Londres, Printed for the Bibliographical Society, 1907, págs. 2-3, 123. <<
Página 556
En la dedicatoria a la Fama que abre Philosophicall Fancies, Cavendish se refiere precisamente al uso intelectual y erudito del término «opiniones», pero también reclama la creatividad de la naturaleza (Fancies), como parte de su infinitud (A2v). Como también explicará en el material prefatorio de The Blazing World, su fantasía con base científica, imaginación (Fancy) y razón (Reason), son productos de la mente, efectos y acciones de la materia racional («To the Reader», págs. 123-124). <<
Página 557
Philosophical and Physical Opinions, Nn. <<
Página 558
Ibíd., Nnn. En esta epístola al lector, Cavendish reclama la misma libertad que otros disfrutan para expresar sus ideas, porque de otro modo se la estaría tratando injustamente. Este mismo aspecto ha sido señalado por Lisa T. Sarahson en «Margaret Cavendish and Patronage», Endeavour, 23.3 (1999), 130-132, pág. 131. <<
Página 559
Poems and Fancies, [A7v]; trad. propia. <<
Página 560
Ibíd., [A6r]; trad. propia. <<
Página 561
The Worlds Olio, B1v, F1r, [H4r], [I4r]. <<
Página 562
Natures Pictures, [B4r]; trad. propia. <<
Página 563
Ibíd., C2v, trad. propia. <<
Página 564
Como señalan Cottegnies y Weitz, Cavendish adopta las categorías genéricas como una estrategia consciente encaminada a insertarse en una tradición y a representarse como «autora completa», Introduction, op. cit., pág. 10. <<
Página 565
Ibíd., pág. 11. <<
Página 566
Chalmers, «“Flattering Division”: Margaret Cavendish’s Poetics of Variety», Authorial Conquests, 123-144. A pesar de celebrar la original propuesta de Cavendish en su poesía, la crítica admite las limitaciones de su técnica poética (pág. 123). <<
Página 567
Rees subraya la herencia de Lucrecio, autor de De rerum natura, en Poems and Fancies, quien también utilizó el verso para su estudio de la filosofía natural, op. cit., págs. 54-79. <<
Página 568
Battigelli afirma que, siguiendo a Epicuro, el interés de Cavendish por el atomismo debe interpretarse como reflejo de una posición filosófica, más que como parte de la teoría de la materia, op. cit., pág. 40. <<
Página 569
Ibíd., pág. 125. Chalmers también destaca el uso de recursos y figuras literarias para desarrollar una temática ajena a esta disciplina, al menos inicialmente: el símil y la alegoría. <<
Página 570
Op. cit., pág. 40. <<
Página 571
Poems and Fancies, A2r; trad. propia. <<
Página 572
Ibíd., A4r, [A5r]. <<
Página 573
Ibíd., [A6r]. <<
Página 574
Ibíd., págs. 5-6, 43-46. En el largo poema que inaugura el volumen, «Nature calls a Councell, which was Motion, Figure, matter, and Life, to advise about making the World», concibe incluso su particular relato de la creación del mundo (1-4). <<
Página 575
The Blazing World, pág. 121, trad. propia. En la Teogonía de Hesiodo, Prometeo es el bienhechor de la humanidad. Desobedeciendo a Zeus, roba semillas de fuego para regalarlo a los humanos, transgresión por la que será castigado por el padre de los dioses. Véase Pierre Grimal, Diccionario de mitología griega y romana, Barcelona, Paidós, 1981, pág. 455. <<
Página 576
The Blazing World, pág. 123. <<
Página 577
Ibíd., pág. 124, trad. propia. <<
Página 578
Íd. Véase al respecto nota 71 en esta Introducción. <<
Página 579
Nicole Pohl abunda en esta asociación en «“Of Mixt Natures”: Questions of Genre in Margaret Cavendish’s The Blazing World», A Princely Brave Woman, págs. 51-68. <<
Página 580
The Blazing World, págs. 133-134. <<
Página 581
El texto de Cavendish alude no ya a su amistad platónica, sino a su «amor platónico», ofreciendo con ello una lectura aún más transgresora, que recuerda a la discusión sobre las relaciones de amor y amistad platónica presentes en obras como The Convent of Pleasure. <<
Página 582
La duquesa de Newcastle conduce el alma de la emperatriz hasta Inglaterra, que intenta resurgir de las consecuencias de la guerra civil, una de las cuales es la situación desfavorecida en la que se encuentra su esposo. Ambas, como espíritus del aire, observan a Newcastle, e incluso se introducen en su cuerpo, en una particular representación de la Santísima Trinidad —«tres almas en un solo cuerpo»— o, como acertadamente señala la voz narradora, «un serrallo platónico», The Blazing World, pág. 194; trad. propia. <<
Página 583
Robert Adams Day recoge en Told in Letters, que el primer contacto de la obra ovidiana en Inglaterra tuvo lugar en 1540 con la traducción de Lord Berners, The Castell of Love, de la obra de Diego de San Pedro, Cárcel de amor (1492). Posteriormente, ediciones de las Heroides se publican en Inglaterra en latín, y también en inglés a través de las traducciones de Turberville en el XVI y de Wye Saltonstall en el XVII.
Además de estas, John Dryden edita esta obra ovidiana, fruto de varios traductores, en 1680. Aunque no una traducción en sí misma, England’s Heroical Epistles (1597) de Michael Drayton supuso un tributo a sus cartas en verso (págs. 13-14). <<
Página 584
Además de Heroides, Ovidio escribió otras obras desde la perspectiva del exilio, las Tristezas (Tristia) y las Cartas desde el Ponto (Epistulae ex Ponto) con el propósito de conseguir el perdón y volver a Roma, Heroides, ed. Antonio Ramírez de Verger Jaén, Madrid, Akal, 2010, pág. 13. <<
Página 585
En sus orígenes, la prosa de ficción se acerca a los propósitos de la escritura de Historia, en un intento por reproducir la verosimilitud, desdibujando conscientemente los límites entre realidad y ficción. Véase, por ejemplo, Kate Loveman, Reading Fictions, 1660-1740: Deception in English Literary and Political Culture, Aldershot, Ashgate, 2008. <<
Página 586
Day, op. cit., pág. 6. <<
Página 587
Janet Gulkin Altman, Epistolarity, pág. 43; trad. propia. <<
Página 588
Gary Schneider, The Culture of Epistolarity, pág. 56. <<
Página 589
Schneider define este concepto en relación con la recepción de las cartas en un contexto político y económico, aunque también en el privado (y ficcional), ya que todo intercambio epistolar supone la involucración de al menos una tercera parte: la persona que actúa de mediador y entrega la carta (27). <<
Página 590
Altman, Epistolarity: Approaches to a Form, Columbus, Ohio State University Press, 1982, pág. 19. <<
Página 591
Godfrey Frank Singer, The Epistolary Novel: Its Origin, Development, Decline, and Residuary Influence, Nueva York, Russell & Russell, 1963, págs. 20-21. <<
Página 592
Day, op. cit., pág. 20. <<
Página 593
Natascha Würzbach detalla en The Novel in Letters que una quinta parte de la ficción publicada en el siglo XVIII es ya epistolar («Introduction», ix). <<
Página 594
James How desarrolla este argumento ampliamente en su estudio Epistolary Spaces: English Letter Writing from the Foundation of the Post Office to Richardson’s Clarissa Epistolary Spaces: English Letter Writing from the Foundation of the Post Office to Richardson’s Clarissa, Aldershot, Ashgate, 2003, págs., 1-ss. Otros hitos que favorecieron el género fueron el monopolio del sistema de correos por parte de Oliver Cromwell en 1654 y 1657, la promulgación de la Post Office Charter en 1660, pero sobre todo el posterior establecimiento del Penny Post —que inauguraba los envíos por un penique de cartas y paquetes de hasta una libra de peso— en Londres en 1680, extendiéndose posteriormente en 1683 al resto del país, y el uso de los sellos, Day, op. cit., pág. 49. <<
Página 595
Ibíd., pág. 3. How argumenta que las figuras que participan en el intercambio epistolar no buscan tanto mostrar una visión alternativa o novedosa de sí mismos, como la creación de un espacio favorable para hablar del yo. En este contexto, como en la obra que nos ocupa, las cartas se convierten en el puente de comunicación entre participantes separados por experiencias como la guerra civil o el exilio. <<
Página 596
Robert Beaumont, Loves Missives to Virtue with Essaies, Londres, 1660, A2; trad. propia. <<
Página 597
Ibíd., A3r; trad. propia. <<
Página 598
Ibíd., [A4v]; trad. propia. <<
Página 599
Schneider, The Culture of Epistolarity: Vernacular Letters and Letter Writing in Early Modern England, 1500-1700, Newark, University of Delaware Press, 2005, pág. 42. <<
Página 600
Day, op. cit., pág. 58. <<
Página 601
Ibíd., págs. 60-61. Como ejemplos podrían citarse Letters of Affaires Love and Courtship (1657) de Monsieur de Voiture, The French Lucian Made English (1693), diálogos de Fontenelle, y Letters from the Dead to the Living (1702) de varios autores. <<
Página 602
La crítica de inicios del siglo XX probó que Guilleragues era muy
probablemente autor, y no traductor, de las cartas de amor portuguesas, atribuidas a la monja del convento de Beja Mariana Alcoforado, unas misivas llenas de sentimiento y despecho dirigidas al oficial francés Chamilly. Aún hoy en día, el debate entre Marianistas y anti-Marianistas, esto es, entre los partidarios de la veracidad de las cartas y los defensores de su ficcionalidad, sigue alimentando la leyenda de las cartas portuguesas y el debate sobre su autenticidad. <<
Página 603
Thomas O. Beebee, Epistolary Fiction in Europe, 1500-1850, Cambridge, Cambridge University Press, 1999, pág. 103. <<
Página 604
Philosophical Letters comprende cuatro secciones, dedicadas la primera de ellas a Thomas Hobbes y René Descartes, la segunda a Henry More, la tercera a Francis Mercury Van Helmont, y la cuarta a Galileo Galilei, William Harvey y Walter Charleton. Véase Diana Barnes, Epistolary Community in Print, 1580-1664, Farham, Ashgate, 2013, especialmente el capítulo 5, «Epistolary Restoration: Margaret Cavendish’s Letters», págs. 174 y ss. <<
Página 605
Gérard Genette, Paratexts: Thresholds of Interpretation, Cambridge, Cambridge University Press, 1997, págs. 1-2. <<
Página 606
Ibíd., pág. 2. <<
Página 607
En la mitología griega, se rendía culto a las Musas en el monte Helicón y a Apolo, dios de la música y la poesía, se le representaba en el monte Parnaso, Grimal, Diccionario de mitología griega y romana, págs. 23 y 37, respectivamente. <<
Página 608
Philosophical Letters, «To His Excellency the Lord Marquis of Newcastle», A1v; trad. propia. <<
Página 609
Ibíd., [A2r]. <<
Página 610
Barnes, op. cit., pág. 162. <<
Página 611
Ibíd., pág. 137. <<
Página 612
The Kings Cabinet Opened: or, Certain Packets of Secret Letters & Papers, written with the King’s own Hand, and taking in his Cabinet at Nasby-Field, June 14. 1645, Londres, Printed for Robert Bostock, 1645, A3r. Este modelo de la historia secreta en la que se interceptan cartas y en la que la información privada se transmite a través de estas prosperará hasta finales del siglo XVII, como en The Cabinet Opened, or, the Secret
History of the Amours of Madame de Maintenon, with the French King, Londres, 1690. <<
Página 613
Barnes, op. cit., pág. 140. <<
Página 614
Ibíd., pág. 147. <<
Página 615
Como expone Barnes, es cierto que, para algunos autores del período como James Howell en Epistolae Ho-Elianae (1645), las cartas son útiles en manos masculinas especialmente en lo que respecta a los asuntos de estado, mientras que la relación de las mujeres con el fenómeno epistolar se reduce a su seducción a través de las cartas de amor [A4r]. <<
Página 616
Algunos de estos textos serían los de Ruth Perry, Women, Letters and the Novel, Nueva York, AMS Press, 1980; y James Daybell, Women Letter-Writers in Tudor England, Oxford, Oxford University Press, 2006, y Early Modern Women’s Letter Writing, 1450-1700, Londres, Palgrave, 2001. <<
Página 617
Ejemplos relevantes de ello son Five Love-Letters from a Nun to a Cavalier (1678), atribuidas al francés Guilleragues, o Pamela, or Virtue Rewarded (1740) y Clarissa, or, the History of a Young Lady (1647-1648) de Samuel Richardson. <<
Página 618
Earle, «Introduction: Letters, Writers and the Historian», en Epistolary Selves: Letters and Letter-Writers, 1600-1945, Londres, Routledge, 1999, 1-12, pág. 2. <<
Página 619
Barnes, op. cit., pág. 181; trad. propia. <<
Página 620
Whitney Sperrazza, «Intimate Correspondence: Negotiating the Materials of Female Friendship in Margaret Cavendish’s Sociable Letters», Women’s Writing, 26.4, 2019, 456-472, pág. 458; trad. propia. <<
Página 621
Barnes, op. cit., pág. 151; trad. propia. <<
Página 622
En una de sus misivas a William escritas durante este período, Margaret aclara a su prometido su deseo de respetar lo «moralmente correcto» y de que él atempere su pasión: «Me lord, you are a parson I may be very confeedently one unless morell meret be a scandal; but, me lord, ther is a custtumare law that must be sineed before I may lawfully call you husband. If you are so passhonit as you say, and as I dar not but belefe, yet it may be feared it cannot last long, for no extrem is parmenttary», (The Phanseys of William Cavendish Addressed to Margaret Lucas and Her Letters in Reply, pág. 111. Reproduzco aquí el original inglés, que permite observar la a menudo considerada pobre ortografía de la autora. <<
Página 623
Como se ha mencionado anteriormente (véase nota 103 en esta introducción) los editores habituales de las obras de Cavendish eran Martin y Allestrye, y su impresor de confianza el monárquico William Wilson, cuyo negocio, Three Foxes, se encontraba en Long Lane. En él trabajó desde 1640 a 1665, Plomer, op. cit., pág. 196. <<
Página 624
James Fitzmaurice, «Margaret Cavendish on Her Own Writing», Papers of the Bibliographical Society of America, 85.3, 1991, 297-308, pág. 305. <<
Página 625
Ibíd., pág. 300, notas 8, 9 y 11. <<
Página 626
Robert Adams Day traza los orígenes de la novela epistolar en Inglaterra y se refiere a la traducción de modelos epistolares continentales durante la Restauración, prestando especial atención a la obra ovidiana, Heroidum epistulae o Heroides. En Inglaterra, Michael Drayton en England’s Heroical Epistles (1597) sigue este modelo (Told in Letters: Epistolary Fiction Before Richardson, Ann Arbor, The University of Michigan Press, 1966, pág. 13). <<
Página 627
En Epistolary Spaces: English Letter Writing from the Foundation of the Post Office to Richardson’s Clarissa, Londres, Routledge, 2018, James How sitúa el origen de la conciencia de «espacios epistolares» en Inglaterra en los años 50 del siglo XVII, coincidiendo con la fundación de la Oficina de Correos pocos años antes. <<
Página 628
En la comedia Trabajos de amor perdidos (1598) de William Shakespeare se hace referencia a una «nuez moscada de oro» («gilt nutmeg»), una exquisitez que Marte ha regalado a Héctor. Véase esta traducción de Luis Astrana Marín para la edición de Obras Completas de William Shakespeare, vol. II «Comedias y poesía», Madrid, Aguilar, 2003, pág. 390. <<
Página 629
Moneda de pequeño valor que se utilizaba como cambio en las tabernas, posadas y coffee-houses en la Inglaterra del siglo XVII. Aunque el
control sobre las patentes para acuñar moneda (farthing tokens) era estricto, en muchos casos, aun a riesgo de multas importantes se falsificaban o se acuñaban sin permiso, aumentando la circulación ilegal y depreciando su valor. Para más información sobre la historia de esta práctica, véase A Descriptive Catalogue of the London Traders, Taverns and Coffee-house Tokens Current in the Seventeenth Century, por Henry Benjamin Hanbury, Londres, 1853. <<
Página 630
En la época medieval se popularizó en toda Europa un sistema de conteo que prescindía de la moneda y que consistía en realizar una serie de muescas talladas en unos palos, denominados tally sticks, que utilizaban los mercaderes para llevar cuenta de sus transacciones. <<
Página 631
Las invectivas contra la mujer escritora eran comunes en la época. Cavendish hacer referencia aquí a la dura crítica que Lord Denny escribió a una autora precedente, Lady Mary Wroth, en la que la acusaba de libelo por exponer a su hijo al oprobio público. El poema de Denny, «To Pamphilia from the Father-in-Law of Seralius», fue contestado por la propia autora con «Railing Rhymes Returned upon the Author by Mistress Mary Wroth» (MSS Cl, LM 85/3). <<
Página 632
Los Cavendish vivían en Colchester, uno de los condados más prósperos de Inglaterra, debido a la agricultura y el ganado, con los que comerciaban en el mercado londinense. Asimismo, destacaba por su industria textil, Katie Whitaker, Mad Madge: The Extraordinary Life of Margaret Cavendish, Duchess of Newcastle, the First Woman to Live by Her Pen, Nueva York, Basic Books, 2002, pág. 2. <<
Página 633
Esta dedicatoria se dirige a uno de los colectivos de referencia para la autora: los miembros de la Royal Society de reciente creación (1662-1663), una sociedad de la que, a pesar de su inclinación por la ciencia, fue excluida por ser mujer. <<
Página 634
Poco después de la publicación de Sociable Letters, la narrativa fantástica The Blazing World (1666) ve la luz, publicada junto a Observations Upon Experimental Philosophy, un tratado de naturaleza científica. En este mundo incandescente de su invención, la protagonista se convierte en emperatriz y regula la actuación de las sociedades científicas del lugar. Véase la edición de Kate Lilley, págs. 135 y ss. <<
Página 635
En Poems and Fancies (1653), Cavendish escribe en pareado y pentámetro yámbico. <<
Página 636
En Natures Picture Drawn to the Life (1656), la autora incluye historias en verso, «Her Excellency Tales in Verse», además de otras muchas historias en prosa. <<
Página 637
En la epístola dedicatoria a los lectores de The Worlds Olio (1655), Cavendish se anticipa a las críticas de la «rudeza» o el «poco lustre» de sus palabras, a las que ha preferido lanzar al mundo en lugar de seguir puliéndolas (A3v). <<
Página 638
En la segunda mitad del siglo XVII, el número de escuelas públicas,
denominadas free-schools o free gramar schools, subvencionadas en la mayoría de los casos a través de donaciones de particulares, había aumentado considerablemente. En algunos tratados de la época, como Considerations Concerning Free-Schools, as settled in England (1678), se prevenía del peligro de mantener a la juventud alejada de los oficios que les eran «naturales» para dedicarse a estudios más «sedentarios» (A3r, 5).
<<
Página 639
Philosophical and Physical Opinions (1663), dedicado en palabras de la autora a la filosofía natural, que basa su estudio en el sentido común, la razón y la observación (B2v). <<
Página 640
En su dedicatoria de Plays (1662) a su esposo, William Newcastle, Cavendish explica que sus obras difieren de las de su marido y que carecen de la vivacidad de las de este, son meras «frías estatuas», razón por la cual las consideró adecuadas para su publicación, aunque no para su representación (A3r). En el segundo de los prefacios al lector, además de lo anterior aduce también el hecho de la censura teatral en la Inglaterra puritana de Cromwell. Como la obra se publica después de la Restauración donde dicha censura ya no operaba, debemos suponer que la autora comenzó a escribir este volumen años antes. <<
Página 641
Orations of Divers Sorts, Accommodated to Divers Places (1662) incluye oraciones que muestran las dos caras de un mismo argumento. Algunos ejemplos son: «An Oration Against Excess and Vanity» y «An Oration Against the Former», o «An Oration Against the Liberty of Women» y «An Oration for the Liberty of Women». En el mismo sentido, resulta interesante su defensa del sexo femenino en la sección «Female Orations», en la que adopta una posición de clara beligerancia con respecto al modelo social y familiar prevalente. A pesar de las críticas recibidas, Cavendish demuestra seguir los modelos retóricos aristotélicos con soltura, Susan James, Political Writings, «Introduction», Cambridge, Cambridge University Press, 2003, pág. xxiii. <<
Página 642
Humours, en el original en inglés. Esta es la primera de muchas referencias en las Cartas sociables a la teoría hipocrática de los humores. Esta teoría fue llevada al escenario literario primero por el poeta y dramaturgo Ben Jonson, en obras como Everyman in His Humour (1598) y Everyman Out of His Humour (1599), en las que desarrolla la relación entre los cuatro humores y su aplicación a las formas y el temperamento de sus personajes. Siguiendo el estilo de Jonson, el escritor irlandés Richard Head, en su única comedia Hic et Ubique: or, the Humours of Dublin (1663), desarrolla también esta teoría con un propósito satírico. <<
Página 643
El volumen de Plays, publicado solo dos años antes que las Cartas sociables, incluía veintiuna obras: Loves Adventures (I y II), The Several Wits, Youths Glory, and Deaths Banquet (I y II), The Lady Contemplation (I y II), Wits Cabal (I y II), The Unnatural Tragedie, The Publick Wooing, The Matrimonial Trouble (I y II), Natures Three Daughters, Beauty, Love, and Wit (I y II), The Religious, The Comical Hash, Bell in Campo (I y II), A Comedy of the Apocryphal Ladies, y The Female Academy. <<
Página 644
Cavendish utiliza el término Commonwealths, que se refiere al modelo político que comprendía durante la república de Oliver Cromwell (1649-1660) las naciones de Inglaterra, Gales, Irlanda y Escocia. <<
Página 645
En su poesía, Cavendish desarrolla la idea de la pluralidad de los mundos, propuesta por Giordano Bruno en Del universo infinito y los mundos, publicado en 1584. Véanse, por ejemplo, «A World Made of Atoms», «It is Hard to Believe, that there are other Worlds in this World» o «A World in an Eare-Ring». En 1686 ve la luz el tratado Entretiens sur la pluralité des mondes de Bernard de Bovier de Fontenelle, traducido al inglés entre otros por Aphra Behn (A Discovery of New Worlds, 1688). <<
Página 646
La experiencia de la guerra civil marca la biografía y en gran medida la obra de Cavendish, que detalla sus recuerdos y vivencias en su autobiografía, A True Relation of My Birth, Breeding, and Life, incluida como una adenda a Natures Pictures (1656). <<
Página 647
Pagan show en el original, una referencia a pageant, que durante las festividades religiosas designaban los ciclos teatrales que representaban escenas de la Biblia y de la vida de Jesús. <<
Página 648
Con Advancing Stigues, o sticks en el original, la autora indica el tutor o guía de la planta, representando la fama como una planta en crecimiento.
<<
Página 649
En su obra The Blazing World, Cavendish imagina la conversación y el amor platónico entre su alter ego, Margaret Cavendish, duquesa de Newcastle, y la emperatriz del mundo incandescente, véanse págs. 181 y ss. <<
Página 650
Cavendish se refiere aquí al pensamiento de Nicholas Maquiavelo en El príncipe (1532) en torno a la natural inclinación del ser humano al mal.
<<
Página 651
Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, cuyas dos partes se publican originalmente en 1599 y 1604, y cuya edición inglesa, The Rogue: or the Life of Guzman de Alfarache, the Witty Spaniard, aparece en 1656. La picaresca española gozó de gran predicamento a lo largo del siglo XVII en
Inglaterra, como demuestran no solo las recurrentes publicaciones del Lazarillo, sino también la publicación de obras autóctonas como The English Rogue (1665) de Richard Head, posteriormente revisado y extendido por el propio autor y por Francis Kirkman, y Don Tomazo, or the Juvenile Rambles of Thomas Dangerfield (1680), entre otros muchos ejemplos. <<
Página 652
Cavendish parece evocar aquí uno de los espectáculos que el conde de Leicester, Robert Dudley, organizó en honor de la reina Isabel I con motivo de su estancia en Kenilworth Castle en 1575. Durante los diecinueve días que la monarca se hospedó allí recibió de su anfitrión toda suerte de desfiles, mascaradas y fuegos artificiales, entre los que se encontraba un espectáculo con un delfín mecánico que emergía de las aguas, llevando en su interior a músicos que tocaban sus melodías a la vez que avanzaba hacia la concurrencia. El hecho, que fue recordado durante mucho tiempo en el mundo isabelino, es reproducido por William Shakespeare en El sueño de una noche de verano veinte años más tarde en boca de Oberon, el rey de las hadas (II.i.153-60): «Ven acá, gentil Puck. ¿Te acuerdas de cuando me senté en un promontorio y oí a una sirena, sobre el dorso de un delfín, entonar un aire tan armonioso y dulce que el turbulento Océano se apaciguó a su canto y determinadas estrellas se apartaron bruscamente de sus órbitas para escuchar la música de la virgen de los mares?» (Obras completas de William Shakespeare, vol. II, pág. 58). Oberon se refiere también aquí a cómo Cupido (Dudley) divide su atención entre la ‘hermosa vestal’ (Isabel I) y la ‘florecilla occidental’ (María, reina de Escocia). La trascendencia de los festejos de Kenilworth Castle ha resonado en textos posteriores como la novela de Walter Scott, Kenilworth (1845). Para acceder al relato completo de las fiestas en honor de Isabel I en Kenilworth Castle, véase Letter Describing the Magnificent Pageants Presented Before the Queen Elizabeth at Kenilworth Castle in 1575 de Robert Laneham (Londres, 1821). <<
Página 653
El término visard o visor en el original en inglés es arcaico y designaba en el siglo XVI una máscara, normalmente de cuero o terciopelo,
con unos pequeños orificios para los ojos que se rellenaban con cristales, y que llevaban las damas en sus viajes para protegerse del sol. En The Anatomy of Abuses (1595), Philip Stubbs pone en boca de sus personajes, Spudeus y Philoponus, la descripción de esta práctica, haciendo referencia a la repulsión que las máscaras producían. Muy probablemente por el hecho de llevar cubierta la cara, el uso de estas piezas se relaciona con la voluptuosidad femenina, al considerar que «profanaban» el nombre de Dios (pág. 50). <<
Página 654
En Ricardo II de Shakespeare, el rey Ricardo afirma en el Acto V: «He abusado del tiempo, y ahora el tiempo abusa de mí», Obras completas de William Shakespeare, vol. I, pág. 1066. <<
Página 655
El dotrel, dotterel o chorlito hace referencia a una persona boba y a la que se engaña con facilidad. Etimológicamente procede de dote, que en una de sus acepciones designa un comportamiento estúpido y senil. En la comedia The Devil is an Ass, Ben Jonson llama a uno de sus personajes Fabian Fitzdottrell, un terrateniente fanfarrón y engreído. Lo mismo sucede con la chocha (woodcock), que designa en lenguaje figurado a una persona necia. La expresión «springes to catch woodcocks» indica precisamente lo sencillo que es atrapar a este ave. En Hamlet, Polonio utiliza esta idea cuando se dirige a Ofelia y critica lo que considera su torpe interpretación de las intenciones del protagonista: «¡Sí, lazos para coger chochas!» (I.iii.123). Véase la edición de Astrana Marín de las Obras completas de William Shakespeare (vol. I, pág. 115). <<
Página 656
Cavendish recupera el personaje del bufón (fool), de gran fuerza dramática, que alcanza altas cotas de popularidad en el teatro isabelino. En las tragedias y comedias de Shakespeare, por ejemplo, al bufón se le considera una figura de relevancia, situado siempre por sus palabras y también por su indumentaria, en los límites de la sociedad. Su vestimenta llamativa y su discurso a contracorriente le dotaban de cierto grado de libertad a la hora de manifestarse, al estar al margen de lo establecido. William Kempe y Robert Armin representaron este papel en las obras shakesperianas. En este sentido, la referencia a la «botarga», o «vestido ridículo de varios colores, que se usa en las mojigangas y en algunas representaciones teatrales» (Diccionario de la lengua española, RAE, t. I, pág. 316), puede interpretarse como la función bufonesca que la autora asume como propia y que, por un lado, la presenta como un personaje excéntrico, pero que, por otra parte, le permite criticar los errores de la sociedad del momento. <<
Página 657
Los «aires» (ayres en inglés) eran canciones para solista, acompañadas frecuentemente por el laúd, que se pusieron de moda en la Inglaterra de finales del siglo XVI y principios del XVII. El compositor e
intérprete más relevante en este género fue el músico John Dowland (1563-1626), cuyo primer libro de canciones, First Booke of Songes or Ayres (1597), supuso un hito en la música cortesana del momento. Dowland había viajado por Alemania, Italia y Francia, donde se inspiró en el modelo musical del air de cour, muy popular hasta mediados del XVII, para crear un estilo netamente inglés. Véase A History of Baroque Music, de George J. Buelow, Bloomington, Indiana, 2004, pág. 306. <<
Página 658
La autora hace referencia a ambos en la dedicatoria al lector en The Blazing World, situando al mismo nivel el trabajo de ambos, al ser en cada caso «different motions of reason» (pág. 123). <<
Página 659
En la época de Cavendish, la «filosofía natural» correspondía, siguiendo precedentes clásicos, al estudio de los fenómenos naturales y el universo, con lo que el término «filósofo» designa al que se ocupa de estos fenómenos. Cavendish añade un apéndice «filosófico», Observations upon Experimental Philosophy, a su obra utópica The Blazing World. <<
Página 660
En sus escritos sobre filosofía natural, pero también en sus poemas, Cavendish dio muestra de su interés por el estudio de los astros. Véase en Poems and Fancies ejemplos como «The Attraction of the Sun» o «Several Worlds in Several Circles». <<
Página 661
San Pablo menciona el caso de un joven que fue arrebatado «al tercer cielo» (2 Corintios, 12: 2-3), que se identifica con el paraíso. <<
Página 662
Cavendish parece jugar aquí con las iniciales de los nombres de su marido (William Newcastle) y con las letras de su nombre (Margaret), invirtiéndolas para representar a Lord N.W. y a Lady T.M. El texto de la carta parece apoyar esta identificación, ya que reproduce la relación ideal entre ambos. <<
Página 663
En su ficción utópica The Blazing World, la autora imagina que su heroína se convierte en emperatriz del mundo incandescente y rige con sabiduría los destinos de sus habitantes. La propia Cavendish fantasea con la idea de gobernar el mundo conocido en varias ocasiones en su producción, aunque siempre en el ámbito de la fantasía. La autora, fuertemente influenciada por el pensamiento de Thomas Hobbes, se interesaba por el mantenimiento del orden público, ya que en su experiencia el desgobierno y la disensión conducían al desastre (op. cit., pág. 83). <<
Página 664
Abandonada por Teseo poco después de ser liberada del laberinto del Minotauro, Ariadna se casó con Dioniso, que como regalo de bodas le entregó una diadema de oro, obra de Hefesto, que más tarde pasaría a convertirse en constelación, Pierre Grimal, Diccionario de mitología griega y romana, Barcelona, Paidós, 1981, pág. 51. <<
Página 665
The House of Fame, Geoffrey Chaucer. Poema medieval de finales del siglo XIV de tema alegórico y visionario, en el que el poeta imagina el
recorrido por las estancias de un templo de cristal, reflexionando sobre la fama. <<
Página 666
Desde que en 1534 el Parlamento aprobó el Acto de Supremacía que reconocía al rey Enrique VIII como cabeza de la Iglesia de Inglaterra, los miembros de la nobleza y cualquier súbdito que fuera a ocupar un cargo público o eclesiástico debía jurar lealtad al rey mediante el denominado Juramento de Supremacía (Oath of Supremacy). <<
Página 667
El término Commonwealth se refiere al período comprendido entre 1649, año que da por finalizada la Guerra Civil en Inglaterra, y 1660, fecha en la que se restaura la monarquía en el país. En un sentido lato, Commonwealth identifica el gobierno del estado. Véase nota 19 en esta edición. <<
Página 668
Margaret Cavendish, Duquesa de Newcastle, al igual que su marido, fueron siempre fervientes partidarios de la causa real, marchándose al exilio en los Países Bajos como tantos otros nobles durante la Guerra Civil. Con esta referencia a Lady Puritan, la autora parece ridiculizar al sector puritano, partidario del Parlamento y adversario de los Estuardo. <<
Página 669
El término virtuoso, también tomado del italiano virtuosi, designaba en el siglo XVII a personajes relacionados con las ciencias y el
conocimiento, tan dispares como Francis Bacon, John Evelyn o el propio monarca Charles II. Henry Peacham lo usó por primera vez en 1634 en Peacham’s Complete Gentleman, donde hacía referencia a las antigüedades clásicas y a aquellos que velaban por ellas. Pronto se aplicó también al estudio de las humanidades en un sentido amplio, incluyendo las artes poética, musical y pictórica. Desde 1660, con la fundación de la Royal Society en Inglaterra, virtuosos pasaron a designarse sus miembros. En 1676, Thomas Shadwell puso en escena The Virtuoso, comedia en la que satirizaba a dichos miembros, con gran éxito entre el público. Para una contextualización del término, véase «The English Virtuoso in the Seventeenth Century», de Walter E. Houghton, Jr., Journal of the History of Ideas 3.1 (1942): 51-73. <<
Página 670
En el texto original la autora se refiere a los caballos de la raza Hackney, autóctona de Inglaterra, caracterizada por un trote elevado y elegante. Estos caballos eran utilizados frecuentemente para tirar de los coches, precisamente por su aspecto distinguido. <<
Página 671
En Philosophical Fancies (1653), Cavendish define el movimiento (motion) como infinito y eterno (pág. 1). Preside cualquier aspecto de la vida, ya sea físico, filosófico o moral. <<
Página 672
Cavendish recuerda con amargura las experiencias de la guerra y el exilio, reproducidas en su autobiografía, y cómo afectaron en concreto a su familia, privados de sus posesiones y medios de subsistencia e incluso profanando las tumbas del panteón familiar, en Paper Bodies: A Margaret Cavendish Reader, págs. 48 y ss. <<
Página 673
Hemos optado aquí por feminizar a la Sabiduría, como de hecho sucede en los libros sapienciales. En el texto original, Cavendish se refiere a Wisdom como «the Son of Time». <<
Página 674
En The Worlds Olio, Cavendish se refiere a la lectura femenina como aquella de carácter privado que tiene lugar en sus gabinetes, frente a las serias especulaciones que ocupan generalmente el tiempo de los hombres (A5r). En numerosas ocasiones, como en las historias incluidas en Natures Pictures, la autora abomina de los romances. <<
Página 675
Denominado «sífilis» alrededor de 1530, se habla por primera vez de mal francés cuando las tropas francesas lo introducen en Nápoles a finales del siglo XV. <<
Página 676
Personajes centrales de la Ilíada y la Odisea, de Ulises se destacaban sus dotes de reconciliación, representado a menudo como un hombre juicioso y prudente; Aquiles era el héroe guerrero, frecuentemente llevado por su cólera, mientras que Néstor era el prototipo de anciano prudente, excelente en el consejo. Véase Diccionario de mitología griega y romana de Pierre Grimal, op. cit. <<
Página 677
Mercurio y Palas Atenea eran considerados protectores de comerciantes y viajeros, y de las ciudades, respectivamente. Marte y Venus eran las deidades romanas de la guerra y el amor, pasiones más relacionadas con la juventud. Pierre Grimal, op. cit. <<
Página 678
En «The Contract», un anciano caballero intenta casar a su sobrina dotándola de una educación completa y alejada de la banalidad de su sexo, instruyéndola en la filosofía moral y no en la lectura de los romances (págs. 324-325). También en «Assaulted and Pursued Chastity», una joven rechaza la lectura de los romances, porque al ensalzar la virtud generan envidia en los que no la tienen y también porque al mostrar cosas imposibles resultan insultantes a la razón y generan vanos deseos y amorosos afectos (pág. 407). Ambas pertenecen al volumen Natures Pictures Drawn by Fancies Pencil to the Life (1656), en el que la autora incluye «feigned stories» (historias fingidas) tanto en verso como en prosa con un importante carácter moral. Véase nota 49. <<
Página 679
En su biografía sobre William Cavendish, The Life of Thrice Noble, High, and Puissant William Cavendishe (1671), la autora lo idealiza diciendo que lo tiene en mayor consideración que a Julio César, especialmente en su faceta de estratega (págs. 150-51). <<
Página 680
Cavendish dedica esta carta al uso de las palabras, objeto al que consagró gran parte de su vida adulta. No solo fue una escritora incansable desde mediados de la década de los 50 hasta el final de sus días, sino que ambicionaba con ello ganarse un lugar de privilegio y fama en el futuro, como vislumbraba, por ejemplo, en The Philosophical and Physical Opinions (1655), donde exponía que «hay poca diferencia entre el hombre y la bestia, excepto lo que consiguen la ambición y la gloria» (B3r; trad. propia), aspirando así a alcanzar el parnaso literario. <<
Página 681
Anna Battigelli concluye en su estudio sobre Cavendish, Margaret Cavendish and the Exiles of the Mind (1998), que el interés prioritario de la autora era la exploración de la naturaleza de la mente humana, y no tanto del mundo físico, de ahí que sus analogías con respecto al comportamiento y los límites de la primera fueran frecuentes en su producción. Battigelli explica que Cavendish se dedicaba en sus escritos al estudio de su vida interior, más que el del mundo externo que exploraban organicistas y mecanicistas. Era su propósito imponer las reglas y los ideales que regían el intelecto en el mundo exterior (págs. 114-115). <<
Página 682
Cayo Mecenas (c. 70-8 a. C.) fue un noble romano, confidente del emperador Augusto. Protector de los grandes poetas de la época, el nombre de «mecenas» se aplicó desde el Renacimiento a los que con su patrimonio salvaguardaban las artes. <<
Página 683
En The Worlds Olio (1655), Cavendish reflexiona sobre el empleo de los sentidos y su responsabilidad en la creación de ideas. Mantiene el argumento de que no hay nada anterior a los sentidos, sino que es a partir de las percepciones de estos como los objetos son divididos por el cerebro y hechos figuras que después formarán parte de la imaginación, la opinión o el conocimiento (págs. 20-21). Véase también sobre esta discusión de los sentidos en su producción, Cavendish (2016) de David Cunning, págs. 35 y ss. <<
Página 684
La autora juega en el original con la similitud entre los términos «lives» (vidas) y «lies» (mentiras). <<
Página 685
De nuevo, Cavendish hace uso de un juego de palabras basado en la similitud de los términos fast (ayunar) y feast (festejar, o darse el banquete). <<
Página 686
Katie Whitaker identifica las iniciales C.R. con Carlos II (Carolus Rex). Algunas de las actitudes y comportamientos asociados a este personaje en la carta XXXVIII recuerdan a las diversiones de la corte en Amberes durante el exilio (op. cit., pág. 215). <<
Página 687
Como en la carta XV, Cavendish parece referirse a su esposo, usando el acrónimo de sus iniciales N.W. (Newcastle, William), y atribuyéndole en esta misiva un carácter heroico y esforzado, así como enumerando sus ocupaciones y pasatiempos preferidos. Entre los más reconocidos estaba la doma, sobre la cual escribió dos manuales. El primero de ellos en francés, La Methode Nouvelle et Invention extraordinaire de dresser les Chevaux, se publicó en Amberes en 1658, y el segundo en inglés, A New Method, and Extraordinary Invention to Dress Horses, apareció en Londres en 1667. En «‘But not laughing’: Horsemanship and the Idea of the Cavalier in the Writings of William Cavendish, First Duke of Newcastle», Hero Chalmers estudia estas obras en su contexto literario e iconográfico, según los cuales se presenta al cavalier como una figura monstruosa, híbrido entre hombre y caballo (The Seventeenth Century 32.4, 2017, 327-50). <<
Página 688
La gallarda (inglés, galliard; francés, galiarde) y la corrente (inglés, courrant; francés, courant), fueron formas musicales y de danza cortesana muy populares en el Renacimiento. La primera se originó en Italia en el siglo XVI, y se extendió por toda Europa, llegando a su apogeo en torno a la década de los 20 del siglo XVII. La segunda, también se inició en el siglo XVI, con mucha probabilidad a partir de una danza popular italiana, aunque su influjo llegó hasta el primer cuarto del siglo XVIII. <<
Página 689
Cavendish puede estar utilizando aquí sus iniciales de soltera, M.L. (Margaret Lucas) para presentarse como persona melancólica. Otros ejemplos en las que la autora puede identificarse por sus iniciales aparecen posteriormente en las cartas CXIII, CLIII y CLV, en las que aparecen claves biográficas que refuerzan esta relación. <<
Página 690
El término en el original es spleen. Desde la anatomía, y según la teoría hipocrática de los humores, heredada por Galeno y transmitida durante el Renacimiento, cuatro sustancias componen el cuerpo humano: la bilis negra, la bilis amarilla, la sangre y la flema. El hecho de que el bazo contuviera la «bilis negra», el más vil de los humores corporales, explicaba el origen de la melancolía, y de otras pasiones como la ira y la cólera. En 1653, William Harvey publicó Lectures on the Whole of Anatomy, donde describía las distintas funciones que desempeñaban órganos como la vesícula y el bazo (spleen). Siguiendo la tradición anterior, Harvey definía este último como el receptáculo de la melancolía, de la forma de una lengua de buey o de la suela de un zapato. La capacidad para la risa y la alegría se consideraban síntomas del equilibrio de la bilis en el bazo. Véase la edición traducida y anotada de 1961 de C. D. O’Malley, F. N. L. Poynter y K. F. Russell (pág. 100). La mencionada teoría de los humores explicaba la generación de una serie de enfermedades a partir del intercambio de vapores y de calor en los distintos órganos. Véase el estudio de Josep Lluís Barona, Sobre medicina y filosofía natural en el Renacimiento, Valencia, Universitat de València, 1993. En él destaca la obra de Bernardino Montaña de Monserrate, Libro de Anothomia del Hombre, de 1553, donde define a la melancolía, o bilis negra, como «un humor bermejo espeso tanto que tira a negro a manera de sangre quajada de sabor acedo y de complexión fría y seca» (pág. 58). En el ámbito inglés y desde una perspectiva filosófica y literaria, Robert Burton publicaba The Anatomie of Melancholy, originalmente en 1621. Burton menciona la soledad, entendida como ausencia de variada compañía, y la ociosidad —propia de la nobleza— como causas del mal de la melancolía (1652, págs. 84-85). <<
Página 691
Algunos remedios que propone la autora para aliviar la melancolía son también causas de la misma, véase Burton, The Anatomie of Melancholy, 1652, págs. 117 y ss, lo que nos lleva a leer irónicamente la frase latina que reproduce Cavendish, Probatum est, máxima frecuentemente utilizada por la escolástica para hacer referencia al saber racional. <<
Página 692
El término heads en el original puede referirse aquí a la cabeza de los cornudos. <<
Página 693
El trauma de la guerra recurre no solo en el texto de las Cartas sociables, sino en toda la producción de la autora. Especialmente relevante es la referencia a la ruina traída por la guerra a sus dos familias, la propia y la que formó con William Cavendish (A True Relation, 1656, pág. 48). Las diferencias religiosas fueron una de las primeras causas que desembocaron en la contienda civil en Inglaterra. Los predicadores tuvieron gran protagonismo en uno y otro bando. Entre los cavaliers destaca la figura de Matthew Griffiths (c. 1599-1665), cuyos sermones apoyaban incondicionalmente las fuerzas monárquicas y en el bando puritano Christopher Love (1618-1651), que fue ejecutado por esta causa en 1651.
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Página 694
La expresión to fling the handle after the hatchet, o to send the helve after the hatchet, significa tomar una decisión precipitada después de encontrar un obstáculo. <<
Página 695
Durante su exilio europeo, los Cavendish incurrieron en numerosas deudas, especialmente porque el patrimonio del duque se encontraba retenido. Con la Restauración, y mientras que Newcastle viajó a Inglaterra para conseguir el favor del nuevo rey, su esposa permaneció en Amberes como prenda por las deudas contraídas (Jones, op. cit., pág. 135). En Londres, el propio Cavendish se encontraba también sin dinero y tuvo que pedir prestada una importante cantidad a un comerciante de Amberes y Margaret otra menor a un pariente del primero del mismo gremio. Véase carta CLXIV al respecto de este viaje y a la situación de desamparo económico vivida tras la guerra. Véase también una referencia a este asunto y a Sir Joseph Ash, comerciante de la ciudad holandesa, que dio crédito a los Cavendish, The Life of the Thrice Noble, High, and Puissant Prince William Cavendish, 1671, pág. 111. <<
Página 696
Las mozas de cocina o kitchen-maids, ocupaban la parte baja del escalafón entre los sirvientes en los siglos XVII y XVIII. Ayudaban en tareas
menores en la cocina, con la esperanza de ascender algún día al puesto de cocinera. El hecho de que Sir O.F. se hubiera casado con una de ellas habría sido muy probablemente objeto de mofa en su círculo social. En su edición de Sociable Letters, James Fitzmaurice recuerda el caso del dispar matrimonio entre George Monck, duque de Albemarle y una costurera, Nan Clarges, que le asistió cuando estaba encarcelado y que posteriormente se convirtió en su esposa. En poemas satíricos de la época, Clarges es descrita como «the monkey Duchess», véase «Third Advice to a Painter» de Andrew Marvell, l. 171, en Poems on Affairs of State: Augustan Satirical Verse, 1660-1714, vol. I: 1660-1678, editado por George de F. Lord, New Haven, Yale University Press, 1963. <<
Página 697
Desde el exilio, Cavendish menciona las prácticas del cortejo en E., que interpretamos como I. (Inglaterra). <<
Página 698
La autora utiliza en el original un juego de palabras mediante el término brewess, que puede leerse como «cerveza» o como «mujer que sirve cerveza, cervecera». La traducción ha pretendido mostrar ambas acepciones, respetando el juego de palabras. <<
Página 699
Se nombran cuatro unidades de medidas inglesas, especialmente para el vino: tun, o tonel, con una capacidad de 950-960 litros, pipe, o pipa, equivalente a medio tonel, tierce, o barril, una sexta parte del tonel, y pint, o pinta, que mide una capacidad de 0.568 litros. Las unidades de medida de volumen se unificaron en Inglaterra en 1707, adoptando las medidas imperiales durante el reinado de la reina Ana, que fueron más tarde usadas en las colonias americanas, especialmente el «galón imperial». En el texto se citan algunas de las específicamente utilizadas para expresar distintas medidas de capacidad del vino anteriores a esta fecha. <<
Página 700
Se refiere aquí la autora al fenómeno de las mareas dobles o grandes mareas (double high waters) que se dan en algunas zonas en Inglaterra como Southampton, donde las mareas bajas tienen una corta duración con respecto a las altas. De hecho, Cavendish incluye una breve referencia a estas dobles mareas en Philosophical and Physical Opinions (1663), que se forman «cuando las líneas convexas de la marea rompen más rápidamente de lo que retroceden, con lo que vuelven con doble fuerza, lo que origina una marea doble» (pág. 201; trad. propia). <<
Página 701
El hipocrás, o vino hipocrás, era una bebida muy popular desde el medievo hasta el siglo XVIII, que además de vino contenía miel y especias.
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Página 702
Cavendish imaginará en The Blazing World la relación ideal entre su personaje homónimo, la Duquesa de Newcastle, y la emperatriz del mundo incandescente, cuyo vínculo se describe como el de dos «amantes platónicas» (pág. 183). En la corte de la reina Henrietta Maria se estableció un culto al amor platónico, basado en la contemplación y las ideas, y no tanto en el disfrute carnal. Será celebrado por los poetas y asociado a la figura de la monarca (Lesel Dawson, Lovesickness and Gender in Early Modern English Literature, Oxford, Oxford University Press, 2008, pág. 138). Cavendish relata en su autobiografía cómo, poco tiempo después de empezar la guerra, pidió a su madre que le permitiera ir con la reina a París para convertirse en una de sus damas de compañía. Pronto, sin embargo, y a pesar de los atractivos de la corte, la distancia de sus seres queridos empezó a hacer mella en la joven Margaret, que tenía entonces veintiún años (A True Relation, pág. 46). <<
Página 703
Esta carta ilustra el pobre trato recibido por William Cavendish por parte de la corona, después de arriesgar su vida y su patrimonio por la causa monárquica. Véase introducción a las Cartas sociables al respecto.
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Página 704
En el original la autora se refiere a swaddling-cloths, la práctica de inmovilizar a los recién nacidos con vendas y paños alrededor del cuerpo para evitar el movimiento de las extremidades. Esta costumbre cayó en desuso a finales del siglo XVII. <<
Página 705
El término screen, o «pantalla», hace referencia a un panel tapizado en un soporte de madera que servía para proteger del calor de la chimenea.
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Página 706
Margaret Cavendish murió sin descendencia. De un matrimonio anterior con Elizabeth Bassett Howard, su esposo tenía hijos mayores: Jane, Charles, Elizabeth, Henry y Frances. Cuando el primogénito de William, Charles, murió en la treintena, la herencia estuvo en juego y Margaret se sintió culpable por no haber dado hijos a su marido (Whitaker, op. cit., pág. 225). <<
Página 707
En la mitología romana Himeneo es el dios que precede el cortejo nupcial. Aunque su leyenda tiene distintos orígenes, a menudo se le celebraba y se le invocaba como protector de los ritos matrimoniales. Asimilada a la Afrodita griega desde el siglo II a. C., Venus se asocia
frecuentemente al amor fuera del matrimonio, por su vínculo con Marte, dios de la guerra. En la interpretación platónica de la diosa Afrodita, esta es asociada al amor vulgar (Grimal, op. cit., pág. 11). <<
Página 708
Como su equivalente griega Artemis, Diana es el símbolo de la eterna doncella, siempre virgen, y dedicada solo a la caza. Artemis era considerada protectora de las Amazonas, independientes de los hombres (ibíd., págs. 53-54). <<
Página 709
Katie Whitaker indica en su biografía de la autora que estas iniciales corresponderían a Lady Catherine Pye, cuyo hábito de oración diaria exasperaba a Margaret Cavendish (2002, pág. 215). No obstante, esto no parece probable al tratarse de su hermana. <<
Página 710
Cavendish se mofa del extremismo religioso, especialmente asociado en esta carta a las mujeres. En obras como en su romance utópico The Blazing World, la emperatriz del nuevo mundo censura a los ministros de la religión por haber excluido a las mujeres de sus misterios y cultos, y organiza un culto solo para ellas. Gracias a su «ingenio», su «entendimiento» y su «sólido juicio», pronto se convierten en devotas practicantes (The Blazing World, pág. 162). <<
Página 711
Introducidos por la corte francesa, los lunares postizos, o black patches, se convirtieron en una moda en la Europa de los siglos XVI y XVII.
Hechos de tejidos nobles como el tafetán, el terciopelo, la seda o el cuero, los lunares podían cortarse en formas simples (corazones, círculos, lunas o estrellas), o a veces más caprichosas (un coche tirado por caballos, barcos, etc.) y comunicaban la predisposición al galanteo. En Beauty and Cosmetics 1550-1950, Sarah J. Downing nombra los lunares más habituales, según la parte del rostro a la que estuvieran destinados y su significado, Londres, Shire, 2012, pág. 22). <<
Página 712
Las galochas, o galoshoes, eran cubiertas diseñadas para proteger botas y zapatos del barro, la lluvia o la nieve en la época. Podían hacerse de cuero, como en Inglaterra, o de madera a modo de zuecos, práctica habitual en el norte de España. <<
Página 713
La referencia que reproduce Cavendish aquí puede encontrarse en Génesis 3:19 y Eclesiastés 3:20, 12:7. <<
Página 714
Cavendish recurre en esta carta al personaje de Lucrecia, hija del noble romano Espurio Lucrecio Tricipitino y casada con Colatino, que por su belleza fue violada por Sexto Tarquinio, hijo del rey etrusco Tarquinio el Soberbio a inicios del siglo VI a. C. Como resultado de este ultraje,
Lucrecia se suicida. Cavendish había reparado ya en la relevancia de su ejemplo en una obra anterior, The Worlds Olio, donde incluye una pequeña semblanza del personaje, mostrándola como ejemplo de esposa honesta, y a su marido como hombre imprudente, porque la alababa en público y provocó en cierta forma el exceso de Tarquinio, 1655, pág. 132. En la literatura clásica, Tito Livio narró este relato en su Historia de Roma desde su fundación, I, capítulos 56-60; Madrid, Gredos, 1997, y muchos son los textos que evocan la figura de Lucrecia en el Renacimiento inglés, como en el poema de Shakespeare, The Rape of Lucrece (1594). <<
Página 715
Cavendish y su marido tenían una diferencia de treinta años entre ellos, a pesar de los cuales la autora confiesa su total devoción por él. En su autobiografía se refiere al férreo vínculo entre ambos en términos muy parecidos a los que aparecen en esta carta, explicando que el suyo no es un «amor pasional», lo que considera «una enfermedad», sino basado en su honorabilidad, su capacidad y su ingenio, en Paper Bodies, 2000, pág. 47.
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Página 716
Esta idea acerca del peligro que suponen las gacetas es compartida por William Cavendish, como refleja su esposa en su biografía, porque «excita las mentes de la gente, y les hace descuidar sus asuntos, al sobrecargarlos con los asuntos de estado», The Life of the Thrice Noble, High, and Puissant Prince William Cavendish, 1671, pág. 226; trad. propia. <<
Página 717
Véase carta LI en esta colección. <<
Página 718
Cavendish elige el francés Dieu vous assiste —«Que Dios os ayude»—, probablemente por su experiencia francesa. Cuando con solo veintiún años acompaña a la reina Henrietta Maria en su exilio a París, la escritora se siente aislada del mundo al no dominar la lengua francesa. El denario representa aquí simplemente una moneda, originalmente romana, acuñada entre el siglo III a. C. y el siglo IV. <<
Página 719
En su autobiografía se refiere a cómo el apoyo de los Lucas a la causa del rey los desposeyó de todo lo que tenían, y lo mismo le sucedió a su marido, que fue acusado de traición por el Parlamento y tuvo que abandonar Inglaterra, en Paper Bodies, 2000, págs. 47-48. Véase al respecto la carta XL, nota 68. <<
Página 720
Una de las obras cumbre de este período, El Paraíso perdido de John Milton (1667, 1674), ofrece la perspectiva contraria. Como opositor a la monarquía de su tiempo, Milton concibe una extensa épica bíblica tomando el Génesis como punto de partida. En él, Satán, después de su acto de rebeldía y oposición a Dios, y expulsado del Paraíso, intenta reunir a sus secuaces, un ejército de demonios y otros seres infernales, para levantarse contra su Creador. <<
Página 721
Kathleen Jones recuerda en su biografía de la autora que, en los albores de la guerra civil, Colchester, hogar de los Lucas, respaldó al bando de los parlamentarios y que en su propia casa no todos apoyaban la causa real. De hecho, fue un miembro del servicio («a treacherous servant») quien les traicionó ante la milicia puritana (op. cit., págs. 16, 19).
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Página 722
La analogía entre el señor y sus sirvientes y el rey y sus súbditos se encuentra en el centro de la lectura hobbesiana del poder político en la obra y el pensamiento de Margaret Cavendish, como en el caso de otros monárquicos como el propio William Davenant, protegido de su marido. Sobre la influencia de Hobbes en la obra de la autora, véase Battigelli, op. cit., págs. 62-84, y Hutton, «In Dialogue with Thomas Hobbes: Margaret Cavendish’s Natural Philosophy», Women’s Writing 4.3, 1997, 421-32. <<
Página 723
Haut gôut, o haut goust, como aparece en el texto, se refiere desde inicios del siglo XVII a un sabor picante y especiado que se puso de moda
en Inglaterra por influencia francesa y se estilaba sobre todo en la carne de caza. <<
Página 724
El paille-maille o pall-mall era un juego en el que se golpeaba una pelota con un mazo. <<
Página 725
En el original, «ordinaries» eran un tipo de tabernas en las que se ofrecían comidas y alojamiento. <<
Página 726
Puede referirse a los Países Bajos (Netherlands). William y Margaret Cavendish se trasladaron a Amberes en 1648, después de una visita de William a La Haya, y permanecieron allí, hospedados en la casa del pintor Rubens, durante doce años. En su biografía sobre su esposo la autora explica cómo, a excepción de Amberes, cuyos habitantes eran los más civilizados que había visto, el resto de las ciudades en las que no vivía la nobleza eran poco recomendables, The Life of the Thrice Noble, High and Puissant Prince, William Cavendishe, pág. 84. <<
Página 727
En la segunda mitad del siglo XVII, inmigrantes franceses empezaron a
trabajar como sirvientes, tutores o transmisores del savoir-faire en los Países Bajos. Este puede ser uno de los motivos por los cuales Cavendish percibe esa ambición entre aquellos a los que considera miembros de la plebe. Ibíd., pág. 61. <<
Página 728
Cavendish reproduce aquí las ideas de su esposo sobre la gente de inferior condición. Véase también el Libro IV de The Life of the Thrice Noble, High, and Puissant Prince William Cavendishe, acerca de cómo los que imparten justicia y ostentan el gobierno deberían ser solo nobles (pág. 223). <<
Página 729
El término «filosofía» aquí se refiere a la habilidad de observación del mundo circundante, tanto de los fenómenos naturales como del comportamiento individual y social. Así, en Philosophical and Physical Opinions (1663), Cavendish se encarga de la «filosofía de la Naturaleza», que incluye, como apunta en la «Epístola al lector», «el alma infinita, la vida y el cuerpo […] y las diversas acciones de ese cuerpo infinito, de la vida y el alma» ([b3v]; trad. propia). <<
Página 730
Como es práctica habitual en algunas cartas de Cavendish, las iniciales de los personajes a los que se refiere esconden personas reales. En su edición inglesa de esta obra, James Fitzmaurice indica que Sir V.A. podría ser Lord Aubrey de Vere y C.A. el coronel Slinger, cuya inicial no se conoce. Sir Edward Hyde, consejero de Carlos I y Lord Chancellor durante el reinado de Carlos II tras la Restauración, envía desde su exilio francés una carta a William Cavendish agradeciéndole su mediación en el conflicto entre de Vere, conde de Oxford, y Slinger, que pretendían batirse en duelo. Hyde achaca esta disputa a la situación de exilio y desgobierno durante la república de Oliver Cromwell, Historical Manuscripts Commission. Thirteen Report, Appendix, Part II, vol. II, Londres, Printed for Her Majesty’s Stationary Office, 1893, pág. 14). <<
Página 731
El término «heraldo» se refiere aquí al oficial que en las cortes medievales transmitía mensajes y ordenaba las ceremonias, entre ellas los duelos o torneos (Diccionario de la Lengua Española RAE). <<
Página 732
La batalla de Adwalton Moor en la campaña de 1642-43 fue la más exitosa de la carrera militar de William Cavendish. El interés por los caballos y la equitación era palpable en el caso del duque de Newcastle, que en 1667 publicó la versión inglesa de un libro anterior que había escrito en francés durante su exilio en Amberes, A New Method and Extraordinary Invention to dress Horses, and work with them according to Nature, Londres, Printed by Tho. Milbourn, 1667. El arte ecuestre formaba parte esencial de la filosofía aristocrática, reproducida en esta carta por la autora. <<
Página 733
En su autobiografía, Margaret Cavendish habla sobre sus hermanos, Sir Thomas y Sir Charles Lucas, «soldados excelentes, y de gran disciplina marcial», A True Relation, en Paper Bodies, pág. 44; trad. propia). Cavendish explica cómo, en lugar de permanecer al cargo de sus haciendas, arriesgaron sus vidas para combatir en las guerras contra los estados holandeses. <<
Página 734
También en A True Relation of my Birth, Breeding, and Life (1656), Cavendish se refiere al duelo en el que su padre acabó con la vida de un tal Mr. Brooks, un favorito de la corte, por una afrenta de honor que no pudo resolverse sino con la espada. Por este hecho, Thomas Lucas, victorioso en el combate, fue desterrado entre 1597 y 1603. Al morir la reina Isabel, Lucas fue restituido por su sucesor Jacobo I, en Paper Bodies, págs. 41-42.
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Página 735
En la segunda mitad del XVII, la moda y el gusto francés, por
influencia de la corte de Luis XIV, se extienden especialmente entre la aristocracia y las clases más pudientes, no solo en Inglaterra, sino también en Holanda, situación de la que fueron testigos los Cavendish en su exilio. Aunque conocían los nuevos usos franceses, los Cavendish preferían el estilo más sobrio de su Inglaterra natal. La única concesión en este sentido era la influencia francesa de William Cavendish en el arte de la doma ecuestre, tomada de Monsieur St Antoine y su Méthode et invention nouvelle, Ilja Van Damme, «A City in Transition: Antwerp after 1648», en Royalist Refugees, págs. 55-56. Véase también nota 107. <<
Página 736
La versificación en lengua inglesa difiere de la española en que se cuentan pies en lugar de sílabas. Cada pie está compuesto de una sucesión de sílabas tónicas y átonas. Un número determinado de pies hace un verso.
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Página 737
Como señala Fitzmaurice en su edición contemporánea de las cartas de Cavendish, estas iniciales pudieran muy probablemente estar referidas a George Villiers (1628-1687), segundo duque de Buckingham, miembro prominente de la Cábala, el consejo privado de ministros de Carlos II. Al margen de su vida política, Villiers escribió obras de teatro, poemas, sátiras, ensayos y cartas. En su obra satírica The Rehearsal, representada en 1671, ofrece una parodia del teatro de su tiempo, y en sus poemas, lejos de asociarse al concepto contemporáneo de originalidad, demostró un gran talento para la imitación. <<
Página 738
En su colección Poems and Fancies (1653), Margaret Cavendish elige temas muy inusuales y poco «poéticos» en el sentido tradicional. Ya en la epístola dedicatoria a su cuñado, Sir Charles Cavendish, la autora afirma que en lugar de «hilar con sus dedos», como corresponde a su sexo, en sus poemas ha «hilado con su mente» (A2r; trad. propia). Al contrario de lo que parece en esta carta, Cavendish estaba a favor de que las mujeres escribieran poesía, como demuestra su cita al poema satírico que Lord Denny dedicó a Lady Mary Wroth: «Trabajad, señora, trabajad, olvidaos de escribir libros, / Porque, de seguro, mujeres más sabias nunca escribieron uno» (A3v; trad. propia). <<
Página 739
En Grounds of Natural Philosophy (1668), Cavendish reflexiona sobre la imposibilidad de conocer el fenómeno de Dios por completo porque, si así fuera, no existiría variedad de religiones (pág. 240). <<
Página 740
En el original, Sociable Companions, en Plays, Never Before Printed (1668), Cavendish incluye su obra homónima, The Sociable Companions; or the Female Wits, escrita muy probablemente después de la Restauración de Carlos II, acerca de los efectos devastadores de la guerra en el sexo femenino, que tuvo que sufrir las consecuencias de la pérdida de sus esposos y hermanos, partidarios del rey. No solo en esta referencia directa sino en todo el epistolario, Cavendish muestra su interés por el concepto de «sociabilidad», muy probablemente porque las cartas fueron en todo o en parte escritas durante el exilio, lo que, sumado a su elección de una vida retirada, puede explicar la importancia que le concede. <<
Página 741
Véase carta XLVII, nota 82. <<
Página 742
Kathleen Jones explica que, aunque a los predicadores anglicanos les estaba permitido dirigirse a sus adeptos, compartían púlpito con otros predicadores laicos, cuyo mensaje era más político que religioso. En esta carta, Cavendish recuerda la ocasión en la que asistió a uno de estos servicios religiosos durante su estancia en Inglaterra entre 1652 y 1653 (op. cit., pág. 78). <<
Página 743
Véase carta LXXIV, nota 114. <<
Página 744
En 1652, y posteriormente en 1661 y 1664 se publica la edición inglesa de Cassandra de Gautier de Coste La Calprenède, uno de los romances franceses más influyentes del período, y en 1653 la primera edición traducida de Artamene, or le Grand Cyrus de Madeleine de Scudéry. Otra posibilidad es la publicación en 1660 del romance inglés Aretina de Sir George McKenzie. La C. y la A. a las que Cavendish hace referencia en su carta podrían apuntar a estos textos, aunque teniendo en cuenta el carácter amoroso del primero y la discusión en favor de la educación femenina que incluyen, las dos primeras opciones parecen más posibles. Acerca de la opinión de la autora sobre el género, véase carta XXVI, nota 53, en esta edición. <<
Página 745
No es habitual que Cavendish hable abiertamente acerca de las costumbres y usos sexuales como en esta carta. En su obra teatral The Bridals, Plays Never Before Printed, Londres, 1668, la autora describe las celebraciones nupciales de Lady Coy y Lady Virtue, personajes que representan el recato y la honra femenina. En otra obra, The Presence, Cavendish se identifica con Lady Bashful, la joven tímida y modesta, que finalmente se casa con Lord Loyalty, su propio esposo William, al que describe como hombre fiel. <<
Página 746
Lucas 4:24 y Mateo 7:16. <<
Página 747
Cavendish publicó la mayoría de sus obras desde su exilio continental. Aun así, no pudo evitar la crítica feroz de muchos de sus contemporáneos hacia sus escritos y hacia el mismo hecho de que se dedicara a escribir siendo mujer. Dorothy Osborne, John Evelyn y Samuel Pepys, por ejemplo, censuraron a Margaret Cavendish por lo que publicaba y a William Cavendish por permitirlo y fomentarlo. <<
Página 748
Cavendish a menudo incluía una imagen suya en la página inicial de sus libros, y también epístolas dedicatorias, frecuentemente escritas por su marido, como sucede en la presente obra. El frontispicio de tres de ellas iba precedido de imágenes de la autora, flanqueada por estatuas de Minerva y Apolo, patrones del conocimiento y las artes, sentada a su escritorio, o en compañía de su esposo y de los hijos de este en confidencias al calor del fuego, Whitaker, op. cit., 2002. <<
Página 749
Como la inmensa mayoría de las mujeres de su tiempo, Cavendish carecía de formación en los clásicos, que se consideraban la base del conocimiento. Esta incapacidad para entender el latín parece haber sido uno de los motivos por los que quedó excluida de la Royal Society, en la que se debatía la conveniencia de que los escritos científicos se escribieran en esta lengua y no en la vernácula, Lewis, «The Legacy of Margaret Cavendish», Perspectives on Science, 9.3, 2001, 341-365, pág. 362. <<
Página 750
La enfermedad del sudor, o sweating disease, fue una enfermedad que asoló Inglaterra desde 1485 en distintos brotes epidémicos hasta entrado el siglo XVI, y que posteriormente se extendió por Europa continental —
Alemania, Escandinavia, Lituania, Polonia, Rusia y los Países Bajos—. Habitualmente el período crítico de la enfermedad era de unas veinticuatro horas y, si los pacientes superaban este límite, se recuperaban en la mayoría de los casos. Véase el ejemplo magistral de literatura científica al respecto, A Boke or Counseill Against the Disease Commonly Called the Sweate, or Sweatyng Sicknesse (1552), del inglés John Caius. Cavendish reflexiona sobre ella en el capítulo XXIX (Parte VII), «Sweating Diseases», en Philosophical and Physical Opinions (1662). <<
Página 751
Como en esta carta, Cavendish escribe a menudo en términos alegóricos, ensalzando valores como la verdad. En el poema «Poets have most Pleasure in this Life» imagina que el parnaso poético es como el jardín del Edén, donde la Verdad es la dueña (Poems and Fancies, pág. 152). Al abandonar el jardín, los poetas se adentran en un bosque, en el que los cantos de los pájaros se escuchan como una ilusión solo durante un tiempo y que abandonan poco después: «Aquí los Pájaros de la Elocuencia se posan, y cantan / construyen sus Nidos, la Lógica, para poner en ella sus Razones. / Algunos Pájaros del Sofismo allí incuban / alados con los falsos Principios, de allí parten en vuelo. / Aquí el Poeta halcón, caza y se precipita en Planeo, / Hasta que, fatigado, abandona este Lugar» (pág. 153; trad. propia). <<
Página 752
Amante de la vida retirada, Margaret Cavendish abominaba del exceso de interacción social y los entretenimientos mundanos y disfrutaba de la vida campestre, probablemente un recuerdo de su infancia en Colchester, una ciudad eminentemente ganadera y en contacto con la vida rústica, Grant, op. cit., pág. 44. <<
Página 753
Sobre el tema de las deudas de los Cavendish en el exilio y sus acreedores, véase también la carta XLI, nota 70. <<
Página 754
Cavendish continúa aquí con el tema de la fama literaria iniciado en la carta LXXIX. <<
Página 755
Aunque recibió mucha oposición ante la idea del matrimonio con William Cavendish, incluso por parte de los hijos de este, y aunque ella misma sentía gran aversión hacia el casamiento, en varias ocasiones manifiesta la autora el amor inquebrantable por el que se convirtió en su marido (Jones, op. cit., pág. 51; Grant, op. cit., págs. 82 y ss.) <<
Página 756
Aquí reproduce Cavendish el concepto de amistad-amor platónico, muy en boga en la corte francesa de la reina Henrietta Maria, con el que se familiarizó en sus años de juventud como dama de compañía. La amistad platónica entre mujeres es desarrollada también por la autora entre las dos protagonistas de The Blazing World, la emperatriz del mundo incandescente y la doble ficcional de Cavendish, págs. 217-218. <<
Página 757
Como en cartas anteriores, las iniciales M.N. hacen referencia al marqués de Newcastle, y N. representa Nottinghamshire, el condado donde se situaba una de las posesiones de William, Welbeck Abbey. En agosto de 1660, William Cavendish, aún miembro del Consejo Privado de Carlos II, presentó junto a otros nobles, el duque de Buckingham y el conde de Bristol, una petición ante la Cámara para reparar las pérdidas sufridas durante la guerra civil y el exilio, Whitaker, op. cit., pág. 228.La petición se resolvió favorablemente, al menos en parte, y los Cavendish pudieron recuperar algunas de las posesiones perdidas. En el otoño de 1660, el matrimonio volvió a Welbeck Abbey, que encontraron en un estado lamentable. <<
Página 758
Durante la república de Cromwell se prohibieron los actos de fervor de la iglesia anglicana y los que participaran en ellos corrían el peligro de ser arrestados. Aun así, Cavendish muestra aquí su adhesión a la Iglesia de Inglaterra y sus preceptos, como la libre interpretación de las Escrituras, Jones, op. cit., pág. 78. Véase carta LXXVI sobre el mismo asunto. <<
Página 759
Una de las principales prerrogativas de William Cavendish tras la Restauración de Carlos II fue la regeneración de la Iglesia de Inglaterra, maltratada a su juicio durante los años de gobierno puritano. En opinión de Cavendish, esto reforzaría la autoridad del monarca, cabeza efectiva de la Iglesia, sobre sus súbditos y sobre el resto de las potencias extranjeras, Whitaker, op. cit., pág. 223. <<
Página 760
En los años sobre los que escribe Cavendish, se desarrollan en Europa una serie de guerras internacionales y civiles, como la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), las Guerras Civiles en Inglaterra (1642-1649), la Guerra Hispanoportuguesa (1640-1668), la Guerra entre Inglaterra y España (1654-1660) y la Guerra Anglo-Holandesa (1652-1674). <<
Página 761
En The Life of the Thrice Noble, High, and Puissant Prince William Cavendishe (1671), la autora reivindica su papel de escritora de asuntos de guerra a pesar de ser mujer, al reproducir los hechos acaecidos, no en las lejanas Grecia o Troya, ni en los conflictos entre cristianos y turcos, sino en las guerras civiles de Inglaterra, en las que su marido desempeñó un papel activo entre los partidarios del rey ([C3v]-[C4r]). <<
Página 762
A inicios de la década de los 60 del siglo XVII, llegaron noticias a
Inglaterra de los crecientes contagios en Europa de la peste bubónica (Black Death), que se instaló en la ciudad de Londres en 1665. El fuego que asoló gran parte de la ciudad en 1666 contribuyó a acabar con este brote, aunque seguiría siendo una amenaza intermitente en diversos países europeos hasta bien entrado el siglo XVIII. <<
Página 763
Excepcionalmente Cavendish firma esta carta con sus iniciales, M.N. (Margaret Newcastle). <<
Página 764
Margaret Cavendish tenía fama de excéntrica en el vestir y ella se vanagloriaba de ello al considerarlo una muestra de personalidad e individualidad. <<
Página 765
Traducción literal del término electuarium en el original. Según el DRAE, el electuario es un «medicamento de consistencia líquida, pastosa o sólida, compuesto de varios ingredientes, casi siempre vegetales, y de cierta cantidad de miel, jarabe o azúcar, que en sus composiciones más sencillas tiene la consideración de golosina». <<
Página 766
A Margaret Cavendish le mortificaba no haber podido darle descendencia a su esposo, a pesar de que este tenía ya varios hijos de su primera esposa. Después de dos años sin dar señales de quedar embarazada, Newcastle escribió al doctor del rey, Sir Theodore Mayerne, para consultar el caso de su esposa. En la época, la incapacidad para procrear se interpretaba como una consecuencia de su dedicación a la escritura y los libros, Jones, op. cit., pág. 63. Véase también al respecto carta XLVII, nota 81. <<
Página 767
En el siglo XVII, el período de posparto, o cuarentena, se extendía
alrededor de un mes después de dar a luz, tiempo en el que la mujer guardaba cama para recuperarse del esfuerzo del parto, o hasta que estuviera «bien», un eufemismo con el que se designaba el final del sangrado menstrual (Leah Astbury, «Being Well, Looking Ill: Childbirth and the Return to Health in Seventeenth-Century England», Social History of Medicine 0.0, 2017, 1-20). Al final de este período se realizaba una ceremonia religiosa a modo de acción de gracias en la que la mujer gozaba de cierto protagonismo. Esta práctica se extendió a lo largo de todo el siglo XVII, a excepción de los años del interregno. <<
Página 768
San Esteban murió mártir, apedreado en el año 343 por predicar el evangelio a los judíos, Hechos de los Apóstoles 6, 8-15; 7, 1-2; 44-60; 8, 1.
<<
Página 769
Cavendish reproduce aquí la teoría galénica sobre el funcionamiento de los espíritus vitales. Según su visión fisiológica, el pneuma —referido al aire y la respiración—, podía tomar tres formas principales y desempeñaba tres actividades y funciones diferentes, una de las cuales eran los espíritus vitales (o pneuma zoticon), que desde el corazón, regulaban el flujo de la sangre y la temperatura corporal. <<
Página 770
Una vez más, la presente carta hace referencia a la situación desfavorecida de los Newcastle en el exilio. La nobleza y heroicidad natural de William brillan por encima de los excesos de los que tienen una vida disipada. <<
Página 771
Una vez más Cavendish se refiere a la situación de indefensión de su esposo William a resultas de la guerra civil y el exilio. <<
Página 772
Probablemente Francia, donde se exilió gran parte de la corte inglesa durante la guerra civil y el período de la Commonwealth. <<
Página 773
Una vez más, Margaret Cavendish se refiere aquí al destierro de Inglaterra provocado por los desmanes de la guerra civil, así como a la experiencia de permanecer en el exilio después de la Restauración de la monarquía en 1660, cuando su marido viajó a Inglaterra para reclamar sus propiedades incautadas durante los años de la república de Oliver Cromwell. Véase carta XLI, n. 70. <<
Página 774
Los textos de Cavendish eran enviados a Inglaterra para su publicación una vez escritos. Algunos de ellos se perdieron durante el viaje al naufragar alguno de los barcos que los transportaban. <<
Página 775
En el original l. representa a libra esterlina (pound sterling), que a mediados del siglo XVII convivía con chelines y peniques. Alrededor de
1700, un sirviente percibía de su señor un salario de entre 2 y 3 libras al año. <<
Página 776
Se trata de un juego de tablero muy popular desde el siglo XIV, y
especialmente en el período Tudor y durante la guerra civil en Inglaterra. Es un juego de estrategia de dos jugadores con unas reglas muy sencillas, en el que uno de ellos desempeña el papel de zorro que debe atrapar a los gansos, y el otro se ocupa de las fichas de los gansos, que deben arrinconar al zorro sin ser comidos. Cuando Cavendish explica que le parece un juego más adecuado para Sir S.P., en contraste con el ajedrez, puede que irónicamente se esté refiriendo a su falta de habilidad o inteligencia para un juego de estrategia más sofisticado. <<
Página 777
Cavendish utiliza chymist en el original en inglés, un término que durante parte del siglo XVII se usa para designar al alquimista y al químico.
La química comienza a establecerse como ciencia y a ganar terreno y prestigio a la alquimia precisamente por estos años. Véase Ferdinando Abbri, «Alchemy and Chemistry: Chemical Discourses in the Seventeenth Century», Early Science and Medicine 5.2, 2000, 214-226. <<
Página 778
Del latín, significa «hombre rico», y aquí se refiere al nombre asociado comúnmente con el hombre rico de la parábola de Jesús sobre el pobre Lázaro, recogido por el evangelio de san Lucas (16:19). <<
Página 779
Los alquimistas distinguían cuatro grados o tipos de fuego para llevar a cabo su tarea desde los más materiales (Fuego Elemental y Fuego Secreto) a los más espirituales (Fuego Central y Fuego Celestial). Véase, Jennifer M. Rampling, The Experimental Fire: Inventing English Alchemy, 1300-1700, Chicago, University of Chicago Press, 2020. <<
Página 780
Expresión recurrente en la obra de Cavendish y en concreto en la carta CXIII. Asociada despectivamente a la búsqueda de imposibles, la autora parece reivindicarla como propia de su actividad de creadora de mundos imaginarios. Años atrás en Poems and Fancies (1653) ya reflexionaba sobre el concepto de imaginación (fancy): «Pero a todo lo demás dejad que la Imaginación vuele, / Y, como un Águila Imponente se eleve al Cielo. / O como el Sol gire velozmente alrededor del Mundo, / o como el Oro puro que se encuentra en la Tierra. / Pero un Ingenio somnoliento, enterradlo, / Bajo las Ruinas de toda la Memoria» [A7v; trad. propia]. Véase sobre el mismo concepto a Harold Weber, «“Building Castles in the Air”: Margaret Cavendish and the Anxieties of Monumentality», en Memory, Print, and Gender in England, 1653-1759, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2008, págs. 27-64. <<
Página 781
Probablemente un error en el original, en el que se han intercambiado F.W. por T.W. <<
Página 782
La sangría era una práctica habitual para tratar gran número de dolencias y fue uno de los remedios prescritos por el Dr. Mayerne para ayudar a Margaret Cavendish a concebir un hijo. Véase nota 141 a la carta CVI. <<
Página 783
Visión platónica de la amistad de Cavendish que se refleja en otras obras como The Blazing World. <<
Página 784
The deadman’s shoes, expresión que explica la codicia que se desata entre los que esperan ávidamente una herencia. <<
Página 785
Cavendish reflexiona sobre la multiplicidad de los mundos a lo largo de varios poemas pertenecientes a Poems and Fancies (1653), como en «Nature Calls a Councell», «If Infinite Words, Infinite Centers», «Of Many Worlds in this World» y «Several Worlds in Several Circles», una cuestión a la que volverá en su obra utópica The Blazing World. <<
Página 786
Fitzmaurice arguye que las iniciales M.L. pueden relacionarse con Margaret Lucas, el nombre de soltera de la autora, que fue reprendida por el Obispo John Wilkins por construir castillos en el aire. El propio Wilkins, uno de los fundadores de la Royal Society, publicó en su juventud el tratado The Discovery of a New World (1638), en el que argumentaba, siguiendo las teorías de Galileo y Kepler, que la tierra era un planeta, y que la luna guardaba una importante analogía con él. Curiosamente, Cavendish utiliza la ironía para acusarse encubiertamente a sí misma de algo que llevaba a gala: desarrollar la imaginación. <<
Página 787
Acerca de la imagen de los castillos en el aire o castillos poéticos, véanse las cartas LXXXIX y CII en esta colección. <<
Página 788
Esta inicial puede indicar Holanda. <<
Página 789
Desde el inicio de la conocida como República Holandesa (1579-1795), el país reunía una confederación de siete provincias, con sus gobiernos independientes liderados por los conocidos como Estados Generales. No se trataba de una democracia en el sentido contemporáneo, sino que eran gobernadas por un regente, perteneciente a la clase dominante de la república. <<
Como en cartas anteriores, en esta ocasión W.N. se refiere a William Newcastle, esposo de Cavendish, al que una vez más idealiza por sus capacidades intelectuales. <<
Cavendish se refiere aquí a un cometa. Hasta las primeras décadas del siglo XVII, se consideraban a las estrellas fijas, o stellae fixae, aquellas que
no se movían, como sí hacían los planetas. Las estrellas fijas además tendían a brillar, cosa que no hacían los planetas, denominados estrellas errantes, o wandering stars. En 1718, Edmund Halley descubrió que las estrellas fijas sí contaban con movimiento. <<
Cavendish cuenta este episodio luctuoso en su autobiografía. Los enemigos de la causa monárquica irrumpieron en sus propiedades, alzaron todos sus bienes y después profanaron el panteón familiar, A True Relation of my Birth, Breeding, and Life, 1656, pág. 48. <<
M.N. representa a Margaret Newcastle. <<
Esta carta de Cavendish constituye el primer ejemplo de crítica sobre la obra de William Shakespeare, y ha sido incluida varias veces en la edición de G. Blakemore Evans para The Riverside Shakespeare. Como Ann Thompson y Sasha Roberts señalan en su edición Women Reading Shakespeare, 1660-1900. An Anthology of Criticism, parece que Cavendish, muy probablemente en los años de exilio, estaba más familiarizada con las obras de Shakespeare como lectora que como espectadora, Manchester, Manchester University Press, 1997, pág. 12. <<
Se citan aquí variopintos personajes de dos comedias de Shakespeare, la farsa The Merry Wives of Windsor, escrita en 1597, aunque publicada en 1602, y la obra Much Ado About Nothing, escrita entre 1598 y 1599, y publicada en el folio de las obras completas de 1623. A la primera pertenecen Mistress Page y Mistress Ford, las alegres comadres de Windsor del título, perseguidas por John Falstaff para conseguir su dinero, y Ann Page, o Nan Page, hija de la primera. A esta obra también pertenece Mistress Quickly, la sirvienta del doctor Caius. El personaje de Beatrice (o Bettrice) pertenece a la segunda de las comedias mencionadas, joven de agudo ingenio, sobrina de Leonato y prima de Hero. Finalmente, Doll Tearsheet representa a una prostituta, amiga de Mistress Quickly, que vuelve a aparecer en la segunda parte de Henry IV, escrita muy probablemente entre 1596 y 1599. <<
Uno de los primeros biógrafos de Margaret Cavendish, Douglas Grant, reproduce con exactitud y literalidad este episodio que la autora cuenta en la carta, y que tuvo lugar durante los años en que los Cavendish vivieron en Amberes, en la casa del pintor flamenco Peter Paul Rubens, op. cit., pág. 139. A la muerte de este, su viuda, Helena Fourment, alquiló la casa familiar a estos distinguidos exiliados ingleses y, una vez que la pareja volvió a Inglaterra en 1660, vendió la casa, actualmente la Rubenshuis, el museo dedicado a la obra del pintor. Grant afirma que Anne Hyde era vecina de los Newcastle, pág. 184. <<
La autora se refiere a este asunto en la epístola dedicatoria de su libro Plays (1662), quejándose de aquellos que censuran sus obras por envidia (A3r). <<
Muy probablemente Cavendish menciona aquí a William Davenant (W.D.) en referencia a su poema heroico Gondibert, de reminiscencias homéricas y virgilianas, escrito durante su estancia en la Torre de Londres en 1651. <<
En la entrada correspondiente al 26 de abril de 1667, Samuel Pepys recuerda en su diario el encuentro con Margaret Cavendish, Lady Newcastle, y su llamativo aspecto que llega a tildar de «extravagante»: una capa de terciopelo, el cabello sobre las orejas, multitud de lunares postizos alrededor de la boca, el cuello desnudo, y un abrigo largo y ajustado, todo lo cual la hacía a sus ojos atractiva, The Diary of Samuel Pepys, Nueva York, Everyman, 2018, pág. 481. <<
Anteriormente, Cavendish ha nombrado estos bailes en la carta XXXIII. <<
Muy probablemente la autora se esté refiriendo una vez más a sí misma y a su inclinación hacia a una vida de estudio solitaria, que pone en peligro su salud. <<
Un pliego o mano de papel (quire) equivalía a un conjunto de veinticuatro hojas. Véase Encyclopedia of Scientific Units, Weights and Measures, Londres, Springer-Verlag, 2003, pág. 51. Leah Orr explica que cada pliego, o mano de papel, se doblaba o se cortaba en páginas después de imprimirse: cuatro si se trataba de un folio, ocho para los cuartos, dieciséis para la publicación en octavo, y veinticuatro para el formato en duodécimo, Novel Ventures: Fiction and Print Culture in England, 1690-1730, Charlottesville, University of Virginia Press, 2017, pág. 29. <<
Cavendish parece incidir en sus problemas para editar de forma eficiente sus escritos. Era conocida su dificultad con la ortografía, como sus cartas privadas a William Newcastle demuestran, Grant, op. cit. <<
Thomas Coryate (c. 1577-1617) fue un aventurero inglés que viajó a pie por gran parte de Europa y Asia. A mediados de julio de 1615 llegó a Agra, la capital del reino Moghul. Dos años después murió en el noroeste del subcontinente indio. Desde 1616, sus cartas desde la India llegaron a Inglaterra, en parte publicadas en Hakluytus Posthumus, or Purchas his Pilgrimes, Contayning a History of the World in Sea Voyages & Lande Travels, by Englishmen and Others (1625) de Samuel Purchas. <<
Daniel 2, 31-46 reproduce el sueño de Nabucodonosor que el profeta Daniel interpreta; el ídolo con los pies de barro anticipa la división entre los distintos reinos y la caída del imperio de Babilonia. <<
Página 806
Dada la dificultad de Cavendish con la ortografía, sus manuscritos eran copiados por escribientes antes de enviarlos a publicar. <<
Pluto designaba en la mitología griega la Riqueza, y en la Teogonía de Hesíodo aparece como hijo de Démeter y Yasión. Se le representaba como un joven portando un cuerno de la abundancia, Grimal, op. cit., pág. 436.
<<
Cavendish reproduce los cuatro humores principales según la teoría hipocrática: el flemático, el colérico, el melancólico y el sanguíneo. Véase también el capítulo V (Parte VII) de Philosophical and Physical Opinions (1662), «Of the Four Natural Humours of the Body, and those that are Inbred», págs. 313-315. <<
Para apoyar su argumento, Cavendish menciona a figuras asociadas al buen consejo. Néstor y Ulises pertenecen a la mitología griega, el primero hijo de Neleo y Cloris, rey de Pilos, uno de los aqueos que combatió en la guerra de Troya y famoso por su sabiduría, y el segundo por su buen juicio y su sagacidad. Aquitofel era el consejero del rey David, y sus palabras se tomaban como juiciosas y venidas directamente de Dios (2 Samuel 16, 23). <<
Cfr. carta CXXXII acerca de la misma paciente y tema. Véase también posteriormente la carta CXXXVII sobre el marido de Lady S.K. y sus achaques, a todos los cuales Cavendish intenta responder con conocimientos médicos. Estos conocimientos se incluyen tanto en The Worlds Olio (1655), Libro III, Parte III, como en Philosophical and Physical Opinions (1662), Parte VII. <<
El mesenterio es un repliegue del peritoneo, formado por tejido conjuntivo, que une el estómago con las paredes abdominales (Diccionario RAE). En esta carta, Cavendish demuestra su conocimiento anatómico, un interés que ya había aparecido en su poema «The Motion of Blood», incluido en Poems and Fancies (1653), págs. 42-43. Tanto el formato del verso como el de la carta en el texto que nos ocupa ofrecen a Cavendish un contexto «seguro», muy distinto del de la prosa científica elegida por los miembros de la Royal Society, en el que declarar su interés por la ciencia.
<<
Esta carta es una reelaboración de la anterior CXXXV, desde la cual, como la propia autora afirma, ha cambiado su posición acerca de la influencia de astros y estrellas en los seres humanos. <<
Cavendish desarrolla este tema en el tercer capítulo (Parte VII) de Philosophical and Physical Opinions (1662), «Of the Several Ways of Bleeding Physically», págs. 311-312. <<
Cavendish reproduce aquí una experiencia muy cercana a la propia, cuando recuerda el viaje que realizó a Londres para solicitar en nombre de su marido la devolución de sus propiedades, confiscadas durante el período de la guerra civil. Véase al respecto la nota 51 en la Introducción a esta edición. I. representa a E. (England) en el original. <<
La emperatriz del mundo incandescente en la fantasía utópica de Margaret Cavendish se propone ordenar las distintas sociedades que lo integran, todas ellas formadas por seres de naturalezas mixtas, una situación de desconcierto y desgobierno que la protagonista decide corregir. Véase nota 130 en la Introducción a esta edición. <<
Cavendish informa acerca de la pérdida de las obras que enviaba desde Amberes (A.) a Inglaterra (E.) para ser impresas. <<
Aquí se refiere la autora a su obra homóloga, publicada en 1662. En ella, como se ha citado anteriormente, se distinguen siete secciones o partes, dedicadas a diversas áreas del conocimiento, pertenecientes a la física y la fisiología. <<
Material educativo para niños (hornbook, en el original), consistente en una tablilla, cubierta con una fina capa de hornblenda o mica, y con un mango en la que se inscribía habitualmente el alfabeto y una oración para la instrucción de los más pequeños. En uso en Inglaterra ya desde mediados del siglo XV, su popularidad se extiende por otros países europeos durante los siglos XVI y XVII. Una vez instruidos en estas
«destrezas» básicas, las niñas se dedicaban a coser muestras en telas de algodón, Jones, op. cit., pág. 10. <<
En la comedia Trabajos de amor perdidos de Shakespeare, a la que Cavendish parece referirse veladamente, el personaje de Moth menciona uno de estos alfabetos, lo que indica que muy probablemente eran moneda habitual entre los niños de la época, Obras Completas, ed. Luis Astrana Marín, vol. II, Madrid, Aguilar, 2003, pág. 375. <<
Ovidio murió desterrado en Tomis por el emperador Augusto en el año 17. Allí escribió dos obras muy relevantes: Tristias y Epistulae ex Ponto, en las que imploraba sin éxito la clemencia de César para que le permitiera volver a Roma. <<
Obra de madurez ovidiana, concluida en el 8 a. C., año de su expulsión de Roma, que constituye una explicación de los mitos y leyendas de la antigüedad, a través de las transformaciones de dioses y humanos desde el origen del mundo, contadas a lo largo de quince libros. Véase la edición de Consuelo Álvarez y Rosa Mª Iglesias, Metamorfosis, Madrid, Cátedra, 2005. <<
También conocida como quartan malaria, o quartan ague, tal como aparece en el original, en referencia a una fiebre que recurre a intervalos (Oxford English Dictionary). <<
La teoría de la humedad radical proviene de la medicina árabe y se refiere a una humedad innata en el interior de los seres vivos. A menudo se utiliza la metáfora de la lámpara de aceite, como en esta carta, que se consume por el calor innato. La extrema sequedad o calor conducen irremediablemente a la desaparición de esta humedad y con ello a la muerte, Encyclopedia of Renaissance Philosophy, ed. Marco Sgarbin, Springer, 2022. <<
En su edición de Sociable Letters, Fitzmaurice afirma, siguiendo a la autora en esta misiva, que ya en The Worlds Olio (1655) Cavendish había sugerido que Penélope habría alentado con su comportamiento a sus pretendientes en ausencia de Ulises: faltó a la castidad, no por engañar a su marido, sino por dilapidar su fortuna (pág. 133). <<
Las iniciales M.L. se relacionan a menudo en las cartas con el nombre de soltera de la autora, Margaret Lucas, aunque irónicamente el contenido de la carta no puede asociarse a su vida de casada con Newcastle. <<
Esta carta responde a una anterior (CLIII) en la que la autora se refiere a M.L. probablemente en un guiño irónico a su nombre de soltera, Margaret Lucas. Parece que Cavendish aprovecha la ocasión una vez más para dejar patente el amor y el respeto que sentía por su marido, William Cavendish. <<
Referencia a la parábola que Jesús relata a sus discípulos acerca del hombre que sale al encuentro de su oveja descarriada (Lucas 15, 3-7), y que arriesga todo por ella aun dejando atrás al resto de su rebaño. <<
Véase la explicación de la autora sobre los temblores, o shaking palsies en Philosophical and Physical Opinions, 1662, pág. 381. <<
Página 829
Philosophical and Physical Opinions, Capítulo I, Parte I, «Of Only Matter», págs. 1-2. <<
Página 830
Ibíd., Capítulo XIII, Parte I, «Of the Knowledge and Power of Infinite Matter», págs. 11-12. <<
El juicio de Midas, también conocido por representaciones pictóricas como la de Cima da Conegliano, de la escuela veneciana, La sentencia de Midas (1507-1509), indica la opinión o el juicio emitido por el rey de Frigia, Midas, sobre la disputa que mantuvieron el dios Apolo y el sátiro Marsias para dilucidar quién tocaba mejor, si Apolo la lira o Marsias la flauta de Atenea. El concurso lo ganó Apolo, que desolló y colgó de un pino al sátiro, Pierre Grimal, op. cit., pág. 37. En la versión de las Metamorfosis de Ovidio (Libro XI, vv. 248-51), Midas es también designado como juez entre Apolo y Pan. El rey se pone de parte de Pan, cautivado por su melodía, y Apolo lo corona con unas orejas de asno. Ovidio explica que el dictamen de Midas era insuficiente y que su juicio era vulgar. Cavendish parece indicar que el juicio de los neófitos en arte es como el de Midas, que dictó su sentencia sin tener una opinión formada o certera. <<
En su poemario Poems and Fancies (1653), Cavendish dedica un buen número de poemas a la naturaleza y el comportamiento de los átomos, aunando de forma muy original el asunto científico y el lenguaje poético. En el más citado de ellos, «A World Made by Atoms», la autora habla acerca de la capacidad de los átomos para crear nuevos mundos, págs. 5-6. <<
En cartas como esta, Cavendish aúna su conocimiento de los procesos de la materia junto a temas más «femeninos» y propios de su sexo, como la repostería, reivindicando con ello en cualquier caso el derecho a expresar su saber científico. Parte de estas inquietudes aparecen reflejadas en los capítulos correspondientes a la Parte V de Philosophical and Physical Opinions. <<
En Poems and Fancies, Cavendish reflexiona sobre el concepto de vacío en poemas como «Of Vacuum» y «Vacuum in Atomes», en el que se refería a los átomos huecos (hollow atomes), 1653, pág. 19. También en Philosophical and Physical Opinions incluye el fragmento «Of Vacuum», donde una vez más habla de la existencia del vacío en la materia, que permite el movimiento, 1662, pág. 5. <<
William Cavendish no solo escribió poemas sobre un gran número de temas y motivos, conservados en la actualidad en los Portland Papers de la Universidad de Nottingham, sino también varias comedias: Witts Triumverate, or, The Philosopher (1635), The Varietie (1639-1641), The Country Captaine (1641), estas dos últimas se representaron en Blackfriars’ Theatre entre 1639 y 1642; The Humorous Lovers (1677) y The Triumphant Widow, or The Medley of Humours (1677). Asimismo, Cavendish promocionó y sufragó el teatro público en los años anteriores a la guerra civil. Entre otras figuras de la escena, fue patrón de Ben Jonson. Muy probablemente de esta relación con Jonson procede su interés por la exploración de los humores o las inclinaciones humanas. Véase The Encyclopedia of English Renaissance Literature, eds. Garrett A. Sullivan, Jr. y Alan Stewart, Oxford, Blackwell, 2012, pág. 169. En sus propios poemas, su esposa alabó su habilidad como poeta, [«No soy Poeta de nacimiento, o crianza]/ Pero me casé con un Poeta de ingenio», Poems and Fancies, 1653, pág. 214; trad. propia]. <<
The Historie of Twelve Caesars (1606) es la traducción de Philemon Holland de la obra de Suetonio, De vita Caesarum, y con probabilidad la fuente de Cavendish en sus observaciones acerca de los emperadores romanos Julio César (Libro I), César Augusto (Libro II) y Tito (Libro VIII). <<
Las iniciales S.A. corresponden a William Sanderson, autor de la obra A Compleat History of the Life and Raigne of King Charles from his Cradle to his Grave (1658). A pesar de que el autor era considerado en alta estima por figuras relevantes del momento, como Samuel Pepys en su diario, que en su entrada del 9 de mayo de 1660 describe a Sanderson como «a very knowing man», y por la propia epístola dedicatoria en la Historia, escrita por James Howell, Cavendish critica la inexactitud de sus fuentes, al tratarse fundamentalmente de información tomada de gacetas y diarios. Esta opinión es corroborada por el Dictionary of National Biography, 1885-1900, vol. 50, en la entrada de Charles Harding Firth correspondiente a Sanderson. <<
Cedric C. Brown dedica un artículo a los entretenimientos que a petición de William Cavendish preparó Ben Jonson para estas dos estancias reales en Welbeck y Bolsover, respectivamente. La primera de ellas, que recibió solo al rey Carlos I como invitado de camino a su coronación escocesa, tuvo lugar el 21 de mayo de 1633, mientras que la segunda, preparada para el rey y la reina Henrietta Maria, fue el 30 de julio de 1634. Cavendish pretendía prosperar en el favor real, y por ello no tuvo reparos en gastar unas 3000 o 4000 libras esterlinas en la primera ocasión, y unas 14 000 o 15 000 en la segunda, entretenimientos y agasajos que se extendieron a lo largo de seis días. La propia Margaret Cavendish recoge ambos eventos y el gasto que generaron en The Life of the Thrice Noble, High, and Puissant, William Cavendish, 1675, págs. 103-104. Véase Brown, «Courtesies of Place and Arts of Diplomacy in Ben Jonson’s Last Two Entertainments», The Seventeenth Century 9, 1994, 147-171. <<
En su biografía sobre William Cavendish, Margaret Cavendish dedica gran parte del Libro I a una detallada revisión de las acciones de guerra y auxilio de la monarquía que llevó a cabo su marido desde 1642 hasta su exilio a inicios de julio de 1644. <<
En la primera parte de Henry IV, las palabras de Falstaff reproducen esta idea; en la traducción de Luis Astrana Marín, «[E]l último fin de una batalla y el comienzo de un festín confortan a un combatiente tranquilo y a un invitado avisado», Acto IV, escena ii, vv. 81-83; Obras completas, vol. I, pág. 627. <<
Como en anteriores cartas, muy posiblemente Lady W.N. sea la propia autora, señora de William Newcastle, la más sensata y prudente de las tres damas de las que se habla en esta misiva. <<
Del latín mammona, riqueza, es el título que recibe el deseo desordenado de dinero en el Nuevo Testamento. Véase Mateo 6, 24. <<
Cavendish menciona por sus iniciales en esta carta a su esposo, William Newcastle (W.N.) y a Ben Jonson (B.J.), poeta y dramaturgo que colaboró en muchas ocasiones con Newcastle y escribió bajo su protección. Véase carta XX sobre las mascaradas con las que Newcastle agasajó antes de la guerra a Carlos I y a su esposa Henrietta Maria. <<
Referencia al libro Orations of Divers Sorts, Accommodated to Divers Places (1662), un compendio de quince partes dedicadas a un variado número de motivos: sobre la guerra y el campo de batalla, sobre el tiempo de paz, de carácter funerario, matrimonial, oraciones femeninas y escolásticas, entre otros. <<
Véase la introducción acerca de la falta de educación reglada de Margaret y sus hermanas. <<
A lo largo de su vida, William Cavendish fue recibiendo títulos, cada vez más ilustres, por parte de la corona. En 1610 fue nombrado caballero de Bath, vizconde de Mansfield en 1620, conde de Newcastle-upon-Tyne en 1628 y posteriormente el primer duque de Newcastle. <<
En la edición inglesa de Sociable Letters, Fitzmaurice identifica las siglas como pertenecientes a Lord Ogle, hijastro de Cavendish, y Kingston, Henry Pierrepont, cuñado de Ogle. <<
Entre otros complementos, las plumas se impusieron en Inglaterra como moda venida de Francia durante el reinado de Luis XIV (1643-1715). Véase Ulinka Rublack, «Befeathering the European: The Matter of Feathers in the Material Renaissance», The American Historical Review 126.1, 2021, 19-53. Desde el siglo XVI en toda Europa, llevar plumas,
especialmente las de avestruz, era signo de distinción, cortesía y estatus (pág. 33). <<
Después de un gusto fugaz por los zapatos, venido de Francia, con Carlos II se impuso de nuevo la moda de la bota militar y la bota alta, un calzado que se identificaba con las clases más nobles. <<
En Defense of Poesy (ca. 1579), Sir Philip Sidney presta atención a cómo la poesía, al ser el género más perfecto, puede contribuir a la exaltación de la virtud y al castigo del vicio, Boston, Gin and Co., 1800, pág. 21. <<
Cavendish cita aquí la trágica y heroica historia de Cato Uticensis (95-46 a. C.), o Catón el Joven, que aparece en el volumen VIII de las Vidas, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1955. Su decisión de suicidarse una vez que Julio César le aventaja en la batalla de Thapsus, que da paso al imperio, es interpretado por la autora como un error, no comparable con otros «errores» lamentables de la historia como el asesinato de César a manos de los suyos. <<
Aprovecha la autora una vez más el motivo de su carta para hacer aflorar las experiencias traumáticas vividas a resultas de la guerra civil, cuando el ejército irrumpió en la mansión familiar, profanó las tumbas de sus antepasados y destruyó todo lo que encontró a su paso. Véase también sobre el mismo tema la carta CXIX. <<
La protagonista de The Blazing World llega a los Polos después de un naufragio. <<
Según el Diccionario de la Real Academia Española, la pinaza es una embarcación de remo y velas que normalmente asistía a navíos y barcos de mayor calado. <<
La dieta pitagórica consistía en la ingesta austera y en la prohibición de consumir carne, e iba encaminada a conseguir una vida longeva. <<
Jack Fool en el original, o el bobo. <<
Philosophical and Physical Opinions (1662). <<
Como en cartas precedentes, las iniciales N.N. corresponden a William Newcastle, y C.R. se relacionan con Carlos II (Carolus rex). <<
La historia de Fortunatus circuló por varios países europeos durante el medievo y el Renacimiento. En 1599, Thomas Dekker eligió al personaje para una de sus obras, The Pleasant Comedie of Old Fortunatus, y posteriormente apareció en diversos formatos y versiones en prosa hasta el siglo XIX. Muy conocida es la publicada por Thomas Churchyard en 1676, The Right, Pleasant, and Variable Tragical History of Fortunatus. <<
Moneda de oro en uso en varias naciones europeas desde finales del primer tercio del siglo XVI hasta inicios del siglo XIX, procedente de una
moneda española de plata y con el valor de dos escudos (Oxford English Dictionary). <<
Una vez más, la descripción del mundo imaginario de Cavendish coincide con su fantasía utópica The Blazing World (1666). <<
Movimiento religioso del siglo II de naturaleza gnóstica que prescribía
el acercamiento a Dios a través de una vuelta a la inocencia adánica. Sus adeptos, tanto hombres como mujeres, debían mostrarse desnudos en público, en un intento por recuperar el estado beatífico de Adán y Eva en el paraíso. Los Adamitas recibían a menudo críticas y eran objeto de mofa y escarnio, de lo que da fe la novela The Adamite: or, the Loves of Father Rock and his Intrigues with the Nuns (1683), traducción al inglés de un original francés anónimo. <<
En el original «rather Foul than Fair». «Fair is foul, and foul is fair» es una de las citas más recurrentes de la tragedia Macbeth (Acto I, Escena i y siguientes) de William Shakespeare, que en esta obra hace referencia, entre otros aspectos, al contraste entre la apariencia agradable (fair) y la cruda realidad (foul). Hemos adoptado la traducción de estos términos propuesta de por Luis Astrana Marín en su edición de Obras Completas de William Shakespeare. <<
Como en cartas anteriores, Cavendish aprovecha la cita a los puritanos para investirla de crítica política. <<
En la mitología griega, las Moiras o Parcas —Átropo, Cloto y Láquesis— eran la personalización del destino. Regulaban la vida de los humanos, trabajando una hebra que la primera hilaba, la segunda enrollaba y la tercera cortaba, Pierre Grimal, op. cit., pág. 364. <<
A las Musas de Beocia se las situaba en el monte Helicón, bajo la supervisión de Apolo. Ibíd., pág. 368. <<
En la prosodia inglesa, numbers hace referencia a una subdivisión del verso, menor que el pie (metrical foot). <<
Los «aires» fueron unas composiciones de naturaleza amorosa y melancólica en boga durante el Renacimiento en Inglaterra, que se cantaban con el acompañamiento del laúd. Uno de sus principales compositores e intérpretes fue el músico John Dowland (1563-1626). Algunas de sus composiciones aparecieron en tres volúmenes, Books of Songs or Ayres, que vieron la luz respectivamente en 1597, 1600 y 1603.
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Marco Valerio Marcial (38-41 y 100-101), nacido en Bílbilis, dedicó en el año 80 un libro de epigramas al emperador Tito, Liber de spectaculis.
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Ben Jonson, uno de los poetas protegidos y admirados por William Cavendish fue el artífice de las comedias de los humores a inicios del siglo XVII, escritas con un propósito satírico, y basadas en la teoría científica medieval y renacentista de los humores. <<
Olio, en el original, en referencia a su obra que lleva por título The Worlds Olio. Véase el Prefacio a los nobles lectores en esta edición. <<
En el original prospective glass es un término obsoleto que hace referencia al telescopio, o los binoculares. Tanto en su obra utópica, The Blazing World, como en su obra científica, la autora muestra su interés por herramientas visuales como el telescopio o el microscopio. Con Robert Boyle, uno de los fundadores de la Royal Society, mantuvo una polémica por el uso de este último, que potenciaba la visión de forma artificial y no natural, Emma Wilkins, «Margaret Cavendish and the Royal Society», Notes & Records 68, 2014, 245-260. <<
Cavendish dedica esta carta a Catherine Lucas (1612-1702), una de sus hermanas mayores y su favorita. Cuando aún Margaret era muy joven, Catherine se casó con un rico londinense, Edmund Pye, Whitaker, op. cit., págs. 26-27. <<
En la Segunda Parte del Quijote, capítulo XLVII, «Dónde se prosigue cómo se portaba Sancho Panza en su gobierno», Sancho es prevenido por un doctor a no comer de ninguno de los manjares que están delante de él, con el pretexto de cuidar de su salud. <<
Anne Lucas, otra de las hermanas mayores de Margaret Cavendish, permaneció soltera hasta el final de sus días, Whitaker, op. cit., pág. 74. <<
Hija del comerciante y banquero portugués Gaspar Duarte, Eleonora, o Leonora, conoció a la autora durante su estancia en Amberes. Las cuatro hermanas Duarte —Leonora, Catharina, Isabella y Francisca— pertenecieron al círculo de los Cavendish en estos años. Se menciona también en la carta a Gaspar, hermano de las anteriores. Especialmente con Eleonora, Cavendish compartió algunas de sus aficiones, como la música, su interés por la ciencia y los debates intelectuales, ibíd., págs. 119, 169. <<
Cavendish utiliza la metáfora de las hilanderas para evocar a las figuras de las Parcas, tomadas de la mitología romana, una triple repre-sentación del destino correspondiente a las tres etapas del nacimiento, la vida y la muerte. Véase carta CXCIX donde estas se mencionan. <<
Muy probablemente la autora dirige esta carta a su cuñado, Sir Charles Cavendish, hermano menor de su esposo. Aunque escritos de la época lo presentan como un hombre afectado con una grave deformidad, acompañó a William en sus campañas durante la guerra, y fue descrito en otros aspectos de su persona como poseedor de una noble mente y un gran intelectual, Whitaker, op. cit., págs. 81-82. A él se debe la recuperación de las mansiones de Welbeck y Bolsover al finalizar la guerra. <<
En referencia a los edemas y la hinchazón producida por la artritis. <<
Página 880
Véase nota 141 en la carta XCIII sobre el Dr Mayerne, médico de la autora. <<
Página 881
James Fitzmaurice considera que la ciudad de la que Cavendish habla en esta carta no es Londres, sino que está escrita desde Nottinghamshire después de la Restauración, Sociable Letters, pág. 285. <<
Página 882
La visita de Cavendish a la Royal Society parece estar detrás de esta referencia. En ese caso, la casa a la que hace referencia la carta sería la de Clerkenwell, utilizada por el matrimonio en sus visitas a la capital londinense. <<
FIN

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