© Libro N° 14919. Hijos De La Luna. Monreal Landete, Alejandro. Emancipación. Marzo 14 de 2026
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HIJOS
DE LA LUNA
Alejandro
Monreal Landete
Hijos De La Luna
Alejandro Monreal Landete
Brun es un joven, de familia muy humilde, que sueña con ser escultor y tiene dudas sexuales. Vive en un pequeño pueblo del Reino de Aragón y su destino se trunca cuando sufre un ataque epiléptico y es acusado de estar poseído por el demonio.
¿Conseguirá escapar de la hoguera?
Misterio, realismo mágico y aventuras se mezclan en esta historia de supervivencia, descubrimiento y necesidad de poner en duda convicciones y creencias que socialmente se tienen asimiladas como únicas y verdaderas.
Un chico asustado, un hada del bosque, un estudioso con artes curativas, un grupo de leprosos, un amor inesperado y la Santa Inquisición se mezclan en esta historia llena de giros imprevistos.
Atrévete a vivir este cuento de hadas oscuro y tenebroso donde sus protagonistas jamás pierden la esperanza.
Atrévete a leer el esperado regreso de Alejandro Monreal Landete, tras el éxito de El camino inesperado, que consiguió enamorar a la crítica y a los lectores.
Alejandro Monreal Landete
Hijos De La Luna
ePub r1.0
Titivillus 04.03.2026
Título original: Hijos de la luna
Alejandro Monreal Landete, 2025
Ilustraciones: Nareme Melían
Editor digital: Titivillus
ePub base r3.0 (ePub 3)
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Índice de contenido
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Agradecimientos
Sobre el autor
A los diferentes, a los que no encajan, a los que no se conforman con observar la luna porque quieren llegar hasta ella.
En un pequeño pueblo del reino de Aragón, año 1381.
PRÓLOGO
Cualquiera que caminase por los senderos más altos de las montañas que rodeaban el valle y echara una mirada a su interior podría ver en una de las laderas una solitaria casa de adobe, piedra y bálago. Se había construido allá donde la pendiente se relajaba ligeramente formando un pequeño terraplén antes de continuar su descenso hacia el riachuelo que transitaba, brioso y zigzagueante, unas decenas de zancadas más abajo. La casa estaba rodeada de un mar de hierba y fores diminutas que se mecían alegres con la brisa primaveral. Allí donde este pasto encontraba su fn comenzaban los groselleros, frambuesos y arándanos que más adelante motearían con sus rojizos frutos el verde oscuro que anunciaba el principio del bosque espeso, cerca de las laderas más escarpadas y agrestes. Junto a la casa, además, habían construido una empalizada a fn de resguardar el ganado en la temporada de buen clima. No obstante, aunque los inviernos eran más suaves que fuera del valle, más de una vez hubo que utilizar la casa para proteger a los corderos más pequeños de temporales de nieve y ataques de lobos.
También, desde lo alto de la montaña, aquel observador que anduviera por las cumbres podría ver tres pequeñas motas que se aproximaban por la ladera guiando lo que desde allí parecía una nube de decenas de dientes de león. La esponjosa silueta se mecía, estiraba y contraía, sin dejar de balar, como si estuviera dirigida por los dictados del viento, pero en realidad repetía los mismos movimientos de siempre en busca de su refugio del valle. Una de esas motas era el dueño de la casa, un pastor de mediana edad, piel curtida y ojos vivos que, acompañado de su hijo mayor y un perro viejo y lanudo, intentaba controlar los desmanes del rebaño. Ciertamente lo conseguía a pesar de la intransigencia de las ovejas, la vejez del perro y los escasos ocho años del niño.
Pero, además, cualquiera que observara desde lo alto también vería cómo, justo en la dirección contraria, otra mota marrón se perdía a toda velocidad. Esta mota era una persona encapuchada que corría entre los árboles y se dejaba ver de cuando en cuando. Si alguien la hubiera podido observar más de cerca se habría percatado de las continuas y desesperadas miradas hacia atrás y, también, de que no iba sola. En sus brazos, aquella persona que corría veloz y se iba internando en el espeso bosque llevaba un niño que pronto habría de haber cumplido los dos años. En la frente inerte del pequeño se destacaban todavía algunas gotas de sudor que le perlaban la cara, consecuencia de las febres que había sufrido. Aquella mota había oído la noticia de su enfermedad, había ido a observar desde la distancia y, fnalmente, había decidido que la parca se lo llevaría más pronto que tarde presa de terribles dolores, así que, pensó, ese niño sería liberado y serviría para un bien mucho mayor, un cometido tan importante que estos actos, vistos desde la perspectiva del tiempo, serían aplaudidos por su misericordia y su compromiso; al menos eso era lo que el encapuchado quería creer. Sin embargo, antes que todo eso, debía resolver un problema, y era el de correr lo sufcientemente rápido para que los que a buen seguro saldrían en su busca no lograsen encontrar ni rastro de él ni del pequeño bebé que llevaba muerto en brazos.
Y todo eso era lo que cualquiera que caminase por los senderos pedregosos de las cimas de aquellas montañas podría haber visto aquella tarde; sin embargo, nadie lo vio. Como tampoco nadie más que no fuera miembro de la familia que allí moraba escuchó los gritos desesperados de una madre al volver en sí y descubrir que la cuna en la que antes reposaba un bebé enfermo estaba vacía. Al principio fueron unos gritos tenues, apenas balbuceos, pues tras el brutal golpe que el encapuchado le había propinado en la cabeza se sentía confusa; pero a medida que la mujer conseguía recuperar el conocimiento, fue elevando el volumen de sus quejidos hasta que se convirtieron en insoportables chillidos de angustia y dolor.
El encapuchado lo había pensado todo y había dejado atada de pies y manos a la madre del pequeño, que forcejeó inútilmente hasta desollarse parte de las muñecas y los tobillos. No obstante, los gritos de la mujer alertaron al pastor y a su hijo, que corrieron a toda velocidad hacia la casa para averiguar el origen de aquella voz desgarrada. Cuando llegaron a la casa, ya era demasiado tarde y el misterioso secuestrador había conseguido alcanzar el cauce principal al que iba a parar el riachuelo que cruzaba el valle. Allí reposaba escondida una barca rudimentaria en la que subió tras dejar cuidadosamente envuelto en una manta al niño sobre los tablones de la embarcación. Con la ayuda de la corriente y un par de remos, puso todos sus esfuerzos en llegar al que consideraba un punto seguro en el que dejar la barca y desde el que podría seguir a pie hasta su hogar.
Cada vez se le hacía más duro; cada vez se tenía que arriesgar más y viajar más lejos. Solo esperaba que, pronto, todo aquel esfuerzo tuviera la recompensa que cada vez más necesitaba.
CAPÍTULO 1
El bosque, normalmente tranquilo, estaba algo revuelto esa tarde. Con la primavera tocando a su fn y los días cada vez más largos y calurosos, un grupo de muchachos alborotaban mientras jugaban y se refrescaban en el río. Últimamente, algunos de los varones más jóvenes de la aldea cercana de San Rafael habían adquirido el hábito de ir hasta ese pequeño recodo del cauce, un meandro abundante en limo y sedimentos en el que las aguas eran lo sufcientemente tranquilas y profundas como para poder bañarse después de un largo día de trabajo. Allí, a lo largo de la vera, dejaban las ropas tendidas en
los árboles —que se transformaban así en espantapájaros— para, después, meterse desnudos en las frescas aguas del río.
Brun, que desde la entrada del buen tiempo hacía siempre el mismo recorrido, se limitaba a mirar las primeras veces que se había tropezado con ellos. No era por falta de ganas de acompañarlos, pero con la mayoría de los chicos jamás había cruzado más de dos palabras desde que su maestro y él se habían trasladado a las cercanías de aquel pueblo, casi dos años atrás. La construcción de una pequeña iglesia era un buen reclamo para un viejo escultor y su discípulo. Quizá por su vida nómada en busca de pequeñas obras acordes con las habilidades de su tutor, Brun no acababa nunca de sentirse atraído por establecer lazos con nadie. La vida ya le había enseñado que los lazos se rompen con mayor facilidad con la que se crean. Además, con el tiempo, había desarrollado un cierto sentimiento de incomodidad al estar rodeado de otros chicos de su edad, una edad que, para ser sinceros, ni él mismo estaba seguro de cuál
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era, aunque si tuviera que apostar algo diría que quince años. Esa incomodidad había surgido silenciosa, de una manera casi imperceptible, y cada vez se veía más alejado de los demás. Sin embargo, con el trascurso de las jornadas y la subida de las temperaturas, Brun acabó por sucumbir al encanto de unas aguas cristalinas y frescas que conseguían aliviar parte del cansancio y el dolor de trabajar con el cincel y el martillo.
Así, desde una posición alejada de la pequeña muchedumbre y sintiendo cómo las corrientes aligeraban sus articulaciones y se llevaban la suciedad, Brun los miraba reír, saltar y jugar igual que cachorros. De entre todos los chicos, uno de ellos, alto y delgado, de ojos grandes y oscuros, le hizo un gesto con la mano que acompañó con una sonrisa franca. Brun le devolvió el saludo y ambos, como habían hecho otras veces, avanzaron a lo largo del cauce hasta encontrarse en un punto intermedio. Su nombre era Elías y Brun creía que era un poco mayor que él, quizá un año o dos. Elías fue el primero, por no decir el único, que hacía algún intento por entablar conversaciones con él. No los culpaba, porque Brun tampoco lo hacía a la inversa. Siempre que Brun miraba a Elías pensaba en lo bien proporcionado que estaba, con esa espalda ancha y fuerte y esas piernas largas y musculosas; las manos, sin embargo, eran más grandes de lo que le gustaría y a veces estaban manchadas de alguna sustancia que las teñía de rojo o amarillo. Algunos chicos lo evitaban por trabajar tinturas que las gentes del pueblo relacionaban con las artes oscuras, pero eso a Brun le daba igual. Le agradaba su compañía, aunque también lo ponía nervioso; era una sensación extraña y reconfortante al mismo tiempo.
—Hola, Brun —le dijo Elías, ya casi a su altura.
—Hola —contestó este, y observó que Elías se había cortado gran parte del pelo rizado, casi rasurado—. ¿Piojos?
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—Calor. —Sonrió a la vez que le ponía una mano en la cabeza para revolverle la mata de tirabuzones y rizos oscuros—. No sé cómo puedes trabajar así.
Brun se encogió de hombros sonriendo.
—Tampoco tengo quien lo haga, y las manos de mi maestro tiemblan como si siempre estuviera asustado, así que prefero
tener mucho pelo y las orejas justas. —Ambos chicos rieron y se sumergieron por completo.
La sensación del agua deslizándose por su cuerpo mientras el sol bajo de la tarde lo calentaba le pareció maravillosa.
—Podría hacerlo yo si quieres —propuso Elías tras pasarse una mano por la cara para apartarse el agua de los ojos—. Tengo herramientas en el taller y mira —le enseñó las manos, hoy rojizas—: no me tiemblan.
Brun las cogió con frmeza y las giró a un lado y a otro examinándolas. Lo hizo como parte del juego, pero aquel calor le agradó.
—Sí, es verdad —convino, y Elías las retiró con suavidad mientras miraba, inseguro, a uno y otro lado—. Pero solo si algún día me ayudas en el taller.
—¿Yo? Ya me dirás cómo. Solo entiendo de tinturas y de cortar el pelo.
—De modelo —dijo Brun, y su amigo abrió mucho los ojos—. Me gustaría tallar la fgura de un cristo y creo que me servirías muy bien.
Brun esperaba que se sonrojara o que le diera las gracias o cualquier otra cosa, pero Elías se quedó perplejo y se santiguó.
—¿No es eso blasfemia?
—No lo sé, pero siempre se han utilizado modelos para hacer las tallas y los cuadros. —Elías se quedó en silencio, pensativo, y Brun recordó unas palabras que siempre le habían parecido sorprendentes de la Biblia, una de las pocas para bien—. Recuerda que Dios nos hizo a su imagen y semejanza.
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—Es verdad —dijo Elías mirando a los ojos color miel de Brun, que sonrieron; luego desvió la vista y se quedó observando al resto de muchachos, casi todos unos cuantos años más jóvenes que ellos—. ¿No te gustaría volver a ser así?
—Yo nunca he sido así… Dime una cosa —prosiguió Brun, y Elías lo miró con curiosidad—. ¿Por qué a los de vuestro ofcio os miran con tanto recelo? Dicen que las tinturas son artes oscuras, pero ¿por qué?
Elías se quedó serio. Brun pudo comprobar que el aire entre ambos comenzaba a hacerse denso y temió haber metido la pata. Se puso nervioso.
—Yo no creo que hagáis nada diferente del resto. Tú lo único que tienes oscuro son los ojos… y el poco pelo que te queda
—concluyó sonriendo.
Elías recuperó el ánimo y Brun se agachó para beber agua. El tintorero puso una sonrisa traviesa y aprovechó el momento para lanzarse sobre Brun e intentar sumergirlo. A pesar de la fuerza inicial de Elías, Brun también tenía unos brazos y unas piernas robustos que aguantaron la primera envestida. Así, como dos luchadores, forcejearon para ver quién acababa con la cabeza bajo el agua.
Desde el otro lado, uno de los chicos los observó chapotear y agarrarse y avisó al resto, que enseguida se giraron para ver a dos de los mayores intentar hundirse mutuamente. Aquello se convirtió en un espectáculo en el que los más pequeños gritaban y los animaban a «acabar» con su contrario.
—¡Vamos! —voceaban unos.
—¡Por el cuello! —decían los otros.
—¡De las piernas! —propuso uno de ellos, que cogió a un niño más pequeño que él y lo elevó como si fuera un cordero lechal para dejarlo caer al suelo en una de las zonas bajas del río. Al caer, el pequeño se puso a llorar y otro algo mayor dio un capón al que lo había tirado.
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De nada de esto eran conscientes Brun y Elías, que seguían retorciendo sus cuerpos sin que ninguno obtuviera una victoria. Ambos querían ganar, pero ambos querían también que su juego no se acabara nunca, que los roces cálidos de sus pieles se prolongaran hasta el anochecer. Eran dos anguilas agitando sus cuerpos resbaladizos en un combate desesperado, hasta que, en un descuido, Elías quedó horizontal en el agua y Brun saltó sobre su vientre con la intención de aplicar todo el peso de su cuerpo y así sumergirlo; sin embargo, Elías, más rápido, terminó por escurrirse y hundir la cabeza de Brun.
Todos los allí presentes vitorearon al ver la jugada.
—¡Bien hecho, Judas! —le gritó uno de los pocos mayores, que tenía una ceja dividida por una cicatriz y los dientes tan apiñados que parecían un montón de guijarros; Elías lo miró con desprecio.
—Me has engañado —dijo Brun mientras salía del agua con mechones de pelo ondulado pegados en la cara y reía a pesar de haber perdido—. Podías haberme hundido nada más empezar y… —Vio el gesto serio de su amigo y miró hacia los chicos que ahora estaban esperando por si se desataba una lucha, esta de verdad—. ¿Qué pasa?
—¿Tienes algo que decir, Judas? —le repitió de nuevo aquel muchacho desafante.
—Elías —intentó calmarlo Brun.
—¡Judas! —dijo otro chico.
—¡Judas! —Añadió el niño pequeño al que habían tirado. —Aquí tienes la respuesta —dijo Elías—. Es por tener las
manos manchadas, como las del apóstol.
Pronto las voces se convirtieron en un coro. Elías cerró los puños con rabia y, aunque era consciente de que no tenía nada que hacer contra todos ellos, hubiera deseado cogerlos uno a uno y enseñarles lo que sus manos rojizas por los pigmentos
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podían hacer a sus menos desarrollados cuerpos. Brun le puso la mano en el hombro y Elías lo miró.
—¿Sabes que también la tomarán contigo? —le advirtió Elías, y Brun se encogió de hombros a modo de respuesta.
Elías destensó las manos mientras miraba a Brun, que le pedía con la mirada que no hiciera ninguna tontería. Desde el otro lado se seguían escuchando los gritos de «Judas» hacia Elías. Brun pensó en lo estúpidos y viles que podían ser los niños, y los hombres si no se enderezaban con el tiempo. Al aprendiz de escultor le gustaba pensar que la gente era similar a una roca dura y amorfa que la vida esculpía con paciencia para hacer bellos a unos y útiles a otros, y quien conseguía tener ambas cosas podía considerarse el mayor de los afortunados. También los había que no poseían ninguna de estas cualidades y terminaban convirtiéndose, con suerte, en piedras en mitad de un camino, en simples residuos del proceso.
Mientras Brun pensaba en esto, los dos muchachos se dirigieron a la orilla contraria, justo adonde Brun había dejado sus ropas, para lo que tuvieron que nadar un pequeño tramo en el que ya no hacían pie. Del otro lado, los gritos de los muchachos se iban apagando a medida que los dos se alejaban hasta ser sustituidos nuevamente por el jaleo de los chapoteos, los juegos y las bromas entre ellos.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Brun ya lejos de los otros.
—Hasta que me marche de aquí, no. ¿Tú no piensas irte nunca?
—Yo siempre estoy llegando y marchándome, pero sí, me gustaría ver algún día Valencia o Granada. Dicen que son una maravilla.
Elías tenía la mirada clavada en la zona en la que se divertían los muchachos. Si bien había bajado el nivel de ira que se percibía en él, Brun sabía que nunca perdonaría a esa gente,
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pero también sabía en el fondo que ninguno de los allí presentes cambiaría si no era para peor. A pesar de su corta edad, siempre lo había visto así.
—He de irme —comentó Brun sacando de su ensimismamiento a su amigo—. ¿Estarás bien?
—Tranquilo. Yo también me marcho.
—¿Nos veremos mañana? —repuso Brun.
—Y traeré unas tijeras. —Asintió mientras tocaba uno de los tirabuzones de Brun—. A ver si dejas de parecer una oveja.
—Entonces serás mi modelo —dijo Brun sonriendo—. Beee. Elías asintió y le devolvió la sonrisa. Sin embargo, los dos chicos acabaron mirándose intensamente durante un pequeño instante en el que ambos sintieron un estremecimiento ante la expectativa de tocar y ser tocado. Ya ansiaban que llegara el día siguiente. Sabían que dilatarían el proceso solo por sentir el calor del otro un poco más. Quizá Brun soñara esa noche con Elías otra vez. Quizá algo de lo que pasaba en sus sueños se
hiciera realidad. Quizá…
Elías se lanzó a nado hacia el lugar en el que había dejado sus prendas y Brun lo miró una vez más antes de salir. La visión de aquel chico amable y de rostro sereno que se perdía entre el centelleo del sol sobre la superfcie del río volvió a hacerlo sonreír.
Brun se vistió a toda prisa después de comprobar lo bajo que estaba el sol y sentir el viento acariciando su piel desnuda una última vez. No le quedaba mucho tiempo al día, una hora como máximo, y el muchacho tenía que perderse por un sendero que solo él y algunas criaturas del bosque parecían conocer. Brun caminó unos cuantos pasos por la orilla del río hasta que comenzó a oír amortiguadas las voces de los chicos que aún continuaban jugando en el agua. Se plantó frente a una aglomeración de juncos que cualquier otra persona hubiera pasado por alto. No obstante, Brun sabía que tras los espigados
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y bamboleantes tallos se encontraba el camino que debía seguir al caer la tarde. Miró un par de veces hacia atrás esperando que no hubiera nadie observando y, satisfecho, dio un paso hacia adelante a la vez que separaba con las manos las plantas fexibles, que apenas opusieron resistencia. Saltó al interior y puso un pie sobre una piedra plana, luego sobre otra, hasta terminar accediendo a una rambla seca que hacía las veces de sendero cuando las lluvias lo permitían. Volvió a mirar una vez más hacia atrás y respiró aliviado al comprobar que nadie seguía sus pasos, si bien sintió la decepción en su interior: le habría gustado que Elías lo hubiera hecho. Sentía gran aprecio por el muchacho y pensaba que Elías también por él, aunque no dejaba de pesarle cierta sensación de culpa que no sabía explicar. Por alguna razón que ni él mismo entendía, tenía la sensación de que lo mejor que podía hacer era olvidarse de su amistad y alejarse de él. Brun tenía ante él una tarea en la que concentrarse y resolvió que, por el momento, dejaría de pensar en aquello.
Tras un buen rato caminando, ya no se escuchaba nada aparte de pajarillos y chicharras. El jaleo del río había desaparecido y Brun estaba a menos de cincuenta pasos de su destino. Se acuclilló junto al tronco retorcido de un enorme castaño, el mismo en el que siempre se ocultaba para observar aguzando la vista. Hasta entonces nunca había tenido suerte, pero el muchacho no se daba por vencido fácilmente, así que había seguido intentándolo y, después de enfocar su objetivo, sonrió de oreja a oreja. Vio un joven y hermoso conejo que no hacía mucho que habría dejado de ser gazapo y que colgaba bocabajo luchando por escapar del lazo de una trampa. Brun echó una nueva ojeada a su alrededor y se aproximó a la trampa que día tras día había revisado a la espera de que el milagro sucediera y pudieran comer, por fn, algo de carne fresca y no otra tajada de cecina dura como el demonio. Las cosas no
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habían ido demasiado bien en el negocio de su maestro, y el poco dinero que generaban iba a parar a la taberna, en la que, sospechaba, le servían al adusto hombre algo más que vino rancio y estofados de a saber qué desgraciado y famélico animal.
Sonriendo, llegó hasta la asustada presa, que no paraba de retorcerse y emitir pequeños gruñidos similares a los que había escuchado a las ratas. Tras desasirlo del nudo, lo cogió de las patas traseras y lo inmovilizó. Brun se lo acercó para verlo mejor y los pequeños ojos del asustado animalillo se clavaron en los suyos. Casi sintió pena por el conejo. Casi.
—No me mires así, pequeño —comenzó a decir—. Todos tenemos mala suerte, solo que algunos más que otros.
Sin decir nada más, Brun cogió el pequeño animal y lo metió en un saco de arpillera que comenzó a bailar en el aire. Intentó atárselo a la cintura, pero la lucha desesperada del conejo en su interior lo hacía casi imposible. Brun se maldijo por no haber traído cuerda para atarle las patas. Era la primera vez que cazaba uno y no esperaba que fuera tan difcil mantenerlo tranquilo. La única cuerda que tenía a mano era la que utilizaba para el lazo de la trampa, de la que no quería desprenderse, así que resolvió que le retorcería el pescuezo allí mismo o el viaje de vuelta no solo sería incómodo, sino también peligroso: corría el riesgo de cruzarse con alguien, que el saco cobrase vida y tener que explicar la procedencia de su futura cena sin meterse en un lío.
Brun desató el saco y miró una última vez al peludo animal, pequeño e indefenso. El estómago del muchacho emitió un gruñido para avisar de que no aceptaría otra cosa que no fuese aquel conejo estofado o asado.
—Tengo que comer, pequeño —dijo el chico sacando al conejo por las orejas—. Ojalá yo me alimentara de hierba como tú, pero es que está asquerosa…
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—¡Eso no es tuyo! —lo interrumpió una voz que no supo reconocer.
Brun cerró a toda prisa el saco devolviendo al conejo a su interior y escondiéndose tras el tronco de un árbol. Miró en todas direcciones para tratar de averiguar de dónde venía la voz de aquel intruso, aunque sabía que el intruso allí era él.
—Vamos, deja eso donde lo has encontrado y sal de aquí.
El chico respiraba deprisa y era incapaz de pensar. Necesitaba encontrar una salida rápida. Volvió a echar una ojeada a su alrededor y entonces vio una ruta más o menos despejada, pero también vio al guardabosques que lo vigilaba y le apuntaba con un arco corto. Si salía corriendo, sospechaba el resultado; si se quedaba allí, también.
Brun cerró los ojos nervioso y rogó al Altísimo que lo ayudara a salir del lío en que se había metido. Se dejó ver a un lado del árbol. Llevaba una de las manos adelantadas en un claro gesto de ir desarmado y de no tener la menor intención de pelear; en la otra portaba el saco que ya no quería y hasta le quemaba. La sensación de hambre había desaparecido por completo.
—¿Sabes cuál es la pena por cazar en este bosque sin permiso, muchacho? —le dijo aquel hombre.
—Lo encontré así, señor. Estaba moribundo —mintió Brun, sabedor de lo poco convincente que sonaba—. Pensé que si estaba enfermo y medio muerto no le importaría a nadie…
El guardabosques tensó más el arco y el pánico comenzó a abrirse paso a través de Brun. Tenía tanto miedo de morir que creyó sentir que el suelo bajo sus pies se abría y todo a su alrededor giraba enloquecido. Como pudo, se agachó y dejó el saco con cuidado en el suelo, poniéndose nuevamente en pie mientras cerraba los ojos para evitar marearse y caer.
—Por favor… —murmuró para sí y para quien quiera que estuviese observándolo todo desde lo alto—. Solo quería
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comer… perdonadme, señor.
—¡Vamos, acércate! Y no hagas ninguna tontería. Te llevaré al pueblo y allí decidi…
Pero Brun ya había dejado de escuchar. Una sensación extraña se apoderó de él. Era como si un rayo lo atravesase de pies a cabeza y, tras un leve escalofrío inicial, comenzó a temblar. Sintió una agitación incontrolable que lo hizo enmudecer de miedo. De repente, los temblores se intensifcaron hasta convertirse en convulsiones que no le permitían pensar. De manera instintiva y sin dejar de temblar violentamente, Brun abrió los ojos, que se posaron en el infnito como si pudiera ver más allá del bosque; pero el chico ya no veía nada, salvo un mar lechoso. No escuchaba nada, únicamente se agitaba sin control zarandeado por un algo invisible. Tampoco ya sentía miedo. No sentía nada. La luz se fue de su mente y solo quedó la oscuridad de la inconsciencia.
Desde el otro lado, el guardabosques espantado dejó la frase a medio formular. Pudo ver a Brun caer al suelo mientras convulsionaba y expulsaba espuma blanca por la boca. El muchacho parecía poseído por alguna extraña fuerza que el guardabosques desconocía. Jamás había visto algo parecido. Presa de un miedo desconocido para él hasta entonces y que no volvería a sentir hasta el día en que la muerte llamase a su puerta, salió corriendo de aquel lugar rezando por que el mal que se estaba cebando con el aprendiz de escultor no le diera caza a él también.
El bosque estaba sumido en la más absoluta oscuridad y Brun permanecía tumbado en el mismo lugar en el que se había desvanecido horas antes. Abrió los ojos arrastrando unos párpados que le parecieron tan pesados como dos sacos de grano y, tras paladear, notó la boca pastosa y con un ligero
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sabor a tierra. Se incorporó torpemente con un dolor de cabeza tal que creía haberse roto el cráneo. Se palpó los rizos esperando encontrar un rastro de sangre que lo confrmara, pero por suerte no tenía nada más allá de la sensación de haber recibido un martillazo. Le recordó a la única vez que, a escondidas del maestro, decidió beber una copa de vino tras otra hasta caer dormido. Al despertar al día siguiente estuvo buena parte de la jornada mareado, con la cabeza embotada y de mal humor al escuchar las reprimendas, primero, y las burlas, después, de su maestro.
Se quedó un rato sentado mirando a su alrededor. No entendía muy bien lo que había ocurrido, pero en su mente tenía la sensación de haber visto a un hombre asustado que lo miraba como si se le hubiera aparecido el mismísimo Belcebú. Brun intentó buscar con la vista a aquel hombre cuyo aspecto no recordaba. Y se sorprendió por ello. ¿Lo habría soñado todo? En aquel lugar no había nadie más que él; él y… Recordó entonces el motivo de su misión. Vio el saco de arpillera a su lado, sospechosamente quieto, y se lanzó a cogerlo. Lo abrió conteniendo el aliento. Vacío. Para una vez que conseguía cazar algo, va y lo deja escapar.
—Mie… —comenzó a decir, pero se notó la lengua adormecida, rara, y además le escocía; se asustó al percibir, más allá del gusto a tierra, cierto sabor metálico, y supo entonces que se trataba de sangre.
Brun movió un poco más la boca para desentumecerla y experimentó un fuerte dolor en la lengua infamada. Escupió un par de veces tratando de quitarse ese sabor de la boca y lo único que sintió fueron dos punzadas. Tenía sed y no mucha saliva de la que echar mano. Un retortijón le recordó que, además, seguía teniendo el estómago vacío. El hambre había vuelto. Pensó que, después de todo, no tenía por qué marcharse con las manos vacías. Cabía la posibilidad de que el pequeño
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animal no se hubiera ido muy lejos. Quizá si asomaba un poco la luna podría iluminar aquella zona y él daría con el conejo. Así que, decidido, se puso en pie y comenzó a mirar entre los matorrales cercanos hasta que un lobo aulló. Otros lo siguieron a pequeños intervalos y entonces sí, se dijo, sería mejor volver con el maestro antes de que lo echara en falta y tuviera que darle unas explicaciones que no sabría de dónde sacar; o peor aún, podría convertirse en el alimento de un montón de lobos hambrientos.
Brun se fue acercando a la casa y, cuando estuvo lo sufcientemente cerca, pudo comprobar que estaba vacía. No había ninguna luz prendida en el interior ni humo en la chimenea, y a esas horas, de haber habido alguien, ya estaría encendido el hogar. La construcción no era muy grande, pero sí mayor que casi todas las casas de la aldea. Tenía el techo de madera y bálago, como todas, aunque varios de sus muros eran de piedra y argamasa, construidos poco a poco con los restos no aptos para esculpir de las piedras y sillares que iban a parar al taller. Porque además de casa, también era un lugar de trabajo: era el taller donde Brun aprendía el ofcio de escultor. Se consolaba pensando que, en el fondo, había tenido suerte de haber terminado allí. Pese a que su maestro no era demasiado virtuoso en lo que hacía, sí le había enseñado bastantes de los trucos del ofcio para que Brun se pudiera desenvolver. Sabía que, cuando le dejara tallar sus propias fguras y relieves, lo superaría, pero, hasta entonces, solo le dejaba participar en trabajos menores. Mientras su maestro iba a pie de construcción para tallar elementos en lo que sería la nueva iglesia de San Rafael, Brun se quedaba en la casa-taller realizando pequeños elementos que después llevarían a la edifcación con el carro que guardaban en la parte trasera. A ojos de los demás, aquellos pequeños objetos delicados eran obra de su maestro, no suya.
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Aunque al principio le costó resignarse, descubrió que ganaba poco con enfadarse y enemistarse con aquel individuo desagradable. Era mejor dejar las cosas de momento como estaban y cuando tuviera la oportunidad enseñaría a todo el mundo su talento y se alejaría de aquel hombre, que, si bien se lo había enseñado todo, también lo había tratado como si fuera un miserable.
Brun abrió la puerta y dejó tras de sí un par de bajorrelieves de piedra que descansaban en el suelo cerca de la entrada. En uno de ellos había un Jesucristo tosco rodeado de niños y se dijo que pronto podría tallar a aquel muchacho, Elías, para representar al Salvador. La imagen de aquel chico volvió a su mente y por un instante lo vio refejado en la losa que tenía ante él. Junto a esta descansaba otra con unas fguras humanas quemándose en el fuego mientras un demonio los observaba con regocijo, y Brun sintió una punzada.
—¿Maestro? —preguntó casi seguro de la silenciosa respuesta—. ¿Está usted aquí, señor?
Al cerrar la puerta, el interior de la casa quedó prácticamente a oscuras. Brun se acercó a una cesta de mimbre de la que extrajo un manojo de yesca y esparto seco. Se dirigió al hogar y, tras depositar la yesca sobre una zona libre de cenizas, echó mano de un eslabón de hierro y una pequeña piedra de pedernal. Las golpeó con brío repetidas veces, lo que hizo que saltaran chispas rojizas en todas direcciones. Brun se acercó un poco más al pequeño montículo de yesca y, tras repetir la operación unas cuantas veces, consiguió crear varios puntos incandescentes que se deslizaban sobre la superfcie de forma lenta e irregular como si fueran pequeñas lombrices ígneas. Brun arropó la incipiente lumbre y sopló hasta que por fn vio surgir la llama. Puso un par de leños sobre ella de manera gradual dejando respirar al fuego. Poco a poco la luz comenzó a cobrar vida. Vio entonces la tosca mesa, que lo mismo servía
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para comer que para tallar, junto a las sillas. También vio un par de tinajas grandes sobre las cuales había varias estanterías llenas de herramientas y pedazos de piedra con formas a medio terminar, así como otras pequeñas losas con relieves esparcidas junto a la pared e incluso alguna cruz de piedra para enterramientos. Brun pasó a una estancia contigua en la que había dos jergones de paja en el suelo, ambos vacíos. No habría sido la primera vez que se encontraba allí a su maestro yaciendo con una mujer, lo que lo obligaba a él a dormir junto al fuego en la sala grande o incluso al raso si los gemidos y las voces se hacían insoportables. Esperaba, por su bien, que esa noche aquel hombre hiciera todo lo que tuviera pensado hacer en la aldea.
El chico se acercó a una de las tinajas y extrajo una manzana. La notó pringosa y olía a sidra. Al morderla le pareció haberse echado a la boca un puñado de tierra. Sufciente por hoy. La escupió en la lumbre y terminó por coger de un cuenco de barro más pequeño una tira de carne seca como la suela de una alpargata. Con la tira en la boca, cogió una de las sillas y la colocó junto al fuego, que a esas alturas ya crepitaba y lo llenaba todo de un calor agradable. Aunque las temperaturas ya eran altas durante el día, las noches allí eran frescas y no estaba de más reconfortarse un poco antes de dormir.
Se quedo absorto mirando las llamas mientras intentaba rasgar y masticar aquel fallido intento de cecina. Pensó en calentar la carne para ver si así se reblandecía, aunque desechó la idea tras recordar intentos anteriores en los que había terminado teniendo que tirar los pedazos carbonizados. Aquello no tenía arreglo.
Mientras intentaba tragar la correosa carne, Brun volvió a pensar en lo que había sucedido aquella tarde. Trató de recordar cómo había terminado durmiendo junto a la trampa de lazo. Recordaba que había ido caminando por el mismo
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sendero de siempre, se había detenido a ver a los muchachos jugar en el río y, al evocarlo, volvió a ver a Elías. Brun se recreó un momento y sonrió. Volvió a sentir el cosquilleo en el estómago. Aquellos estúpidos nervios al tenerlo delante, al tocarlo y ser tocado… «Mañana», se dijo, y se obligó a concentrarse en lo que sucedió más tarde. Lo siguiente que recordaba era que se fue de allí y llegó hasta el lugar donde preparaba la trampa, junto al castaño, y lo vio. Vio al conejo y lo cogió. ¿Había un hombre? No estaba seguro. Cualquier intento de avanzar en el recuerdo se encontraba con un muro de olvido que le impedía seguir adelante en su historia, un muro de blancura al principio y oscuridad después; y más tarde, él tumbado, con sabor a tierra y sangre en la boca en mitad del bosque oscuro.
Una sensación punzante comenzó a presionarle el pecho. Había algo extraño, un recuerdo al que no lograba acceder. Al mirar el fuego recordó el relieve de los pecadores ardiendo y notó crecer el miedo, miedo a no saber.
Del otro lado de la puerta llegaron los ecos de unos pasos que se aproximaban. Su maestro estaba de vuelta, y por los cuchicheos que se escuchaban y las pisadas superpuestas, no lo hacía solo. Al llegar a la entrada, todo se detuvo. Aquel hombre estaba actuando muy raro, casi más que de normal. Seguramente lo traían borracho otra vez.
Brun se levantó con fastidio para ir a por el maestro y ayudarlo a acostarse. «Por favor, que no se haya vomitado encima otra vez», murmuró para sí. La puerta se abrió de golpe y lo vio. Entonces recordó. Reconoció el rostro del guardabosques, que iba con el maestro y, tras ellos, dos soldados armados los acompañaban.
—Aquí lo tiene —comenzó el maestro apresurado—. ¿Es él? El guardabosques miró a Brun y se santiguó, a lo que el
maestro respondió haciendo lo mismo. Brun los miró
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sorprendidos y echó una ojeada a su espalda asustado, creyendo por un momento que había alguien más allí dentro y que no era él el objeto de su visita. Los soldados, que permanecían detrás se adelantaron y fueron directos a por el muchacho, que estaba perplejo.
—¿Maestro? —inquirió Brun confundido—. Maestro, ¿qué ocurre?
Los soldados lo cogieron uno de cada brazo y lo arrastraron con frmeza hacia la salida. El maestro y el guardabosques, que esperaban en la puerta, entraron también y se hicieron a un lado. Brun miró al escultor esperando encontrar una muestra de apoyo por su parte; sin embargo, aquel pendenciero le retiró la mirada. Había cogido cierta estima al muchacho, pero no como para jugarse el pellejo por él, y más después de lo que le había contado el guardabosques. Ya encontraría a otro; los había a patadas, aunque tenía que reconocer que no con su talento.
Brun consiguió detener la marcha sujetándose a una de las losas con relieves de la entrada.
—Maestro —suplicó Brun sin la más mínima esperanza—. ¡Maestro, yo no he hecho nada! ¡No deje que me lleven, señor!
Los soldados tiraron más fuerte del muchacho y consiguieron que se soltara dejando un rastro de suciedad y grasa sobre el blanco relieve de Jesús rodeado de niños. Brun miró el interior de la casa, iluminada por el hogar, de la que poco a poco se alejaba y en la que permanecían dos fguras temerosas en el umbral.
—¡Maestro! ¡Ayúdeme! —dijo Brun, desesperado, a aquel hombre que había sido lo más parecido a un padre para él.
El escultor, con el perfl de su silueta anaranjado por el fuego, lo observaba dividido entre la vergüenza y el miedo. Y el muchacho reconoció el temor en sus ojos: lo temía a él.
—¡Maestro! ¡Solo fue un conejo! ¡Tenía hambre!
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Pero su maestro ya no lo escuchó más, y Brun solo pudo sollozar presa del pánico mientras era arrastrado hacia la oscuridad.
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CAPÍTULO 2
Esa noche, Brun la pasó en una celda en la torre del puesto de guardia de la aldea de San Rafael, la misma aldea en la que se estaba construyendo la pequeña iglesia. La cámara, excavada
en una cavidad en la roca, no era muy ancha y aún menos alta. No cabía una persona de pie y, para estirar las piernas, el chico se tenía que levantar encorvado o hacerlo sentado en el suelo. De cualquier manera, toda posición era tremendamente incómoda, pero al menos pudo descubrir que no era tan fría como se la había imaginado, aunque apestaba a orines. El muchacho se consoló al saber que, al menos esa noche, estaría solo. Nada más pensar en tener que dormir junto a un ladrón o un asesino hacía que se le erizase la piel, aunque, tras meditarlo bien, él también se había convertido en un criminal. «Por un conejo», pensó. Absurdo crimen el suyo.
No pudo pegar ojo en toda la noche, y su mente comenzó a divagar por la falta de sueño. Los pensamientos iban y venían y ya nada de lo que pasaba por su cabeza parecía tener sentido. Todo por querer comer. ¿Habría alguien más desgraciado que él? Bueno, seguro que los que habían muerto por la peste negra en Valencia hacía unos años, sí, o los leprosos que repudiaban en sus casas y se pasaban la vida penando, o sus padres… Pensó en sus padres por primera vez en mucho tiempo. ¿Seguirían vivos? Le habría gustado volver a verlos para darles las gracias por intentar darle un futuro en el que ellos se ahogaban, o eso quería creer. Si alguna vez salía de allí, puede que fuera a buscarlos; pero ahora se contentaba con salir de aquel lugar y
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volver a su hogar. ¿Su hogar? Antes tendría que encontrar uno, uno de verdad.
En todo esto pensaba Brun cuando la puerta de la celda se abrió y dejó pasar un haz de luz que le hirió los ojos. Sin mediar palabra, dos nuevos soldados, distintos a los de la noche anterior pero igual de rudos y fríos, lo pusieron en pie; sintió un dolor agudo en sus piernas entumecidas. Lo sacaron de la celda y volvieron a arrastrarlo hasta el exterior de la torre. De vez en cuando conseguía dar dos pasos con un andar inseguro. Parecía uno de esos patos de cuello verde brillante que cuando salen del agua pierden toda su gracilidad y caminan balanceándose a un lado y a otro.
A medida que Brun salía del edifcio e iba recuperando la vista, pudo ver una pequeña multitud de aldeanos que se había congregado a las puertas de la torre para ver el espectáculo. Entre todos ellos distinguió a su maestro, al guardabosques y a alguno de los chicos que la tarde anterior disfrutaba jugando en el río. Todos se santiguaron al verlo salir y a Brun lo comió la rabia. Estaba enfadado porque no entendía cuál era el mal tan espantoso que había cometido. Solo tenía hambre. «¡Hambre!», quiso gritar; pero no lo hizo, no pudo.
—¿Podéis decirme por qué estoy aquí? —les suplicó a los soldados en un susurro.
En respuesta, Brun recibió un tirón de uno de ellos para que se callara y subiera a un carro tirado por dos caballos. A pesar de que el muchacho tenía los brazos recios, le pilló desprevenido y sintió que ese hombre podía haberle dislocado el hombro si hubiera aplicado algo más de fuerza. Por el fondo escuchó un leve cuchicheo entre las personas que allí se congregaban, un murmullo entre los mozos del río. A medida que los soldados lo subían a la parte de atrás de la carreta y lo aherrojaban de pies y manos, Brun vio que uno de los chicos de
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la concurrencia iba pasando con una cesta algo a cada uno de sus compañeros.
Uno de los soldados se subió delante del carro para dirigir a los caballos, mientras el otro tomó una montura y se dispuso a seguirlos en la retaguardia. El que hacía de conductor emitió un chasquido y los animales se pusieron en marcha. Brun, sentado en el suelo como si fuera un saco más, comenzó a sufrir el traqueteo del camino irregular y plagado de piedras. Una sensación de alivio invadió al instante a la multitud, que había estado conteniendo el aliento hasta ese momento y, de entre todos ellos, voló una manzana podrida que impactó de pleno en la cara del chico, que no la vio venir.
—¡Endemoniado! —gritó alguien.
A Brun la cara le ardía primero de dolor y después de rabia. Cuando pudo volver a abrir los ojos, vio que hacia él volaban más manzanas y cebollas podridas, que chocaban en su mayoría en el carro, pero también en sus brazos encadenados, en su pecho, en su cabeza. Intentó cubrirse, pero las cadenas eran pesadas y apenas conseguía parar alguno de los improvisados proyectiles. Vencido, optó por tumbarse en posición fetal y apretarse fuerte. Quizá de esta forma pudiera hacerse tan pequeño que llegara a desaparecer. De la nariz le manaba un líquido espeso y caliente que se deslizaba bordeando la boca y la barbilla hasta mancharle la camisa, ya de por sí bastante sucia. No le importó. Nada le importaba. O eso creía.
A medida que los caballos continuaron alejándose de la multitud, Brun pudo volver a incorporarse lentamente y observó a los que hasta hacía poco habían sido sus vecinos: gente a la que conocía y a la que había visto todos los domingos en misa, como buen cristiano, y que ahora lo repudiaba con un odio tan profundo que el muchacho era incapaz de comprender. Los miró a todos para recordar sus caras contraídas en gestos de ira y miedo. Sintió cólera por verlos allí. Quería decirles que él
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no se merecía aquel linchamiento. No había hecho nada más que lo que ellos mismos habían hecho de vez en cuando con mejor suerte que él. Por eso, sobre todo, sintió más rabia al verlos demostrar tal inquina hacia él, que siempre los había ayudado cuando había estado en su mano. Se dijo que, si salía de todo aquello, jamás volvería a confar en nadie más que no fuera él mismo.
Y entonces, después de ver cómo empezaba a dispersarse la muchedumbre congregada, lo vio. Al fondo vio a Elías, que lo miraba con ojos tristes y los hombros caídos mientras el carro se marchaba. Brun lo echaría de menos; quizá fuera lo único que echaría de menos de aquel lugar, además de sus herramientas. Al verlo así, pensó que también Elías lo iba a echar de menos a él y creyó que aún podía haber esperanza entre todo aquello, entre tanto odio, entre tanta locura; que quizá, cuando todo terminase, volvería al pueblo y buscaría a Elías y… entonces también lo vio. Advirtió que el chico de los dientes apiñados y la ceja partida se acercaba sonriente a Elías y, tras mirar hacia Brun de forma maliciosa, le susurró algo al oído que hizo que Elías entornara los ojos mientras contraía los puños. Elías miró al muchacho a su lado, que seguía sonriendo satisfecho y, con una mueca mezcla de disgusto e ira, se agachó para coger algo del suelo. Volvió a mirar a Brun y pareció pedirle perdón con la mirada. Cogió impulso y dejó fuir su brazo con un latigazo: algo volaba imparable hasta donde se encontraba Brun, que cerró los ojos y se cubrió la cara esperando la colisión. Sintió el sonido seco del golpe en la madera, justo a su lado.
Aquella pedrada resonó en su pecho y algo se le quebró dentro. No le importó ver a Elías marcharse con la cabeza baja; no le importó verlo amenazar al chico de la ceja partida; no le importaba nada, salvo recoger aquella piedra que había caído al carro y guardarla como muestra de lo que las personas son
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capaces de hacer y, si era capaz de salir de cualquiera de los futuros que imaginaba que le podrían esperar, la llevaría siempre consigo para recordarlo. Para recordar a Elías. A todos. Y odiarlos.
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CAPÍTULO 3
El sol lamía ya la línea del horizonte, y los colores naranja, rosa y morado se mezclaban en el cielo de manera suave y precisa. En cualquier otra ocasión Brun hubiera encontrado en aquella estampa algo hermoso en lo que regocijarse; sin embargo, llevaba una jornada completa de viaje sobre una carreta y en aquel momento nada de lo que se pusiera ante sus ojos era digno de su atención, ni aunque el mismísimo Señor le mandase a uno de sus ángeles. Bueno, quizá eso sí, siempre que le ayudara a salir de aquel lío en el que no sabía cómo se había
metido.
La carreta no se había detenido más que un par de veces para que los soldados, por turnos, pudieran ir a vaciar la vejiga. El muchacho intentaba descansar tumbado, cambiando de postura cada poco. A veces se le olvidaba que había escondido en la parte interna de los calzones la piedra que Elías le había lanzado sin acertar, hasta que un intenso dolor en el muslo le recordaba su presencia. Y ese dolor siempre acababa por trasladarse al pecho y a la garganta. Quería gritar. Llorar. Pero si ese hubiera sido el mayor de sus males, se habría podido dar por satisfecho. El incesante traqueteo de la carreta hacía que todo él vibrara. Le dolía cada parte del cuerpo, cada hueso, y si cometía el error de no dejar encajadas las mandíbulas, las sacudidas más violentas del carro incluso le hacían rechinar los dientes o morderse la lengua. Otra vez. Y por si fuera poco, el sol se había cebado con él durante todo el día y le hacía sentirse mareado y confuso, mientras las ropas mugrientas y húmedas del sudor se le adherían a la piel.
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—Agua —pidió Brun en un susurro casi inaudible; tenía los labios resecos y notaba las comisuras pastosas y llenas de
polvo—. Agua, por favor —volvió a decir intentando que sonara por encima del martillear de los cascos de los caballos y las ruedas de la carreta.
Sin volverse a mirarlo, el conductor le pasó un pellejo lleno de agua ya caliente. A Brun le dio igual y tragó con ansia.
—Basta —ordenó el soldado a caballo.
De forma inmediata, el conductor extendió el brazo con la palma abierta para recuperar el pellejo. Brun había aprendido durante el trayecto que excederse tenía un castigo y el dolor que aún le palpitaba en las costillas se encargaba de recordárselo.
—Gracias —dijo posando el odre en la mano de su propietario, que no quitó ojo al camino; sin embargo, el muchacho percibió un leve cabeceo a modo de respuesta, lo que, por extraño que pareciera, lo reconfortó.
Al principio, Brun creyó que ese soldado, el conductor, no se diferenciaba del resto, que sentía rechazo por su mera presencia, pero a medida que lo fue observando, comprobó que aquel hombre joven de gesto serio y actitud ausente al que le faltaba media oreja lo miraba de reojo más de una vez, cuando creía que nadie tenía puesta en él su atención. Había oído al otro soldado dirigirse a él por su nombre, Telmo, y este, a su vez, llamaba Ramiro al soldado a caballo con el cráneo rasurado. Fue durante la disputa en la que el tal Ramiro, que era a todas luces el superior, pidió a Brun que parara de beber con un golpe en las costillas. Telmo intentó interceder por el muchacho, pero lo único que consiguió fue ver que la mirada intensa de su superior, que hacía destacar la única gran ceja en su frente, se clavaba en él y lo conminaba a ser el siguiente en golpear al chico. Al menos después de esa trifulca, Brun pudo sentir que, si bien nadie estaba de su lado, al menos había uno
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que lo veía como a una persona y no como a un animal. O eso quería pensar.
Durante las primeras horas de viaje, Brun intentó recordar la ruta por si alguna vez tenía que volver a su antiguo pueblo, aunque fuera para pasarlo de largo… o quemarlo. ¿Qué más daba? A medida que avanzaban y el paisaje iba cambiando, se daba cuenta de lo difcil que era recordar cada cruce, cada viraje, cada arboleda. Además, Brun ya estaba en un punto en el que los pensamientos giraban en su mente confusos y espesos lo mismo que un caldo caliente, igual que el agua del odre. Conforme transcurrían las horas, la idea de volver se había ido diluyendo y se hizo una pregunta: «¿Qué se me ha perdido en aquel lugar?». Se respondió sin pensarlo: «Nada». En ese momento decidió que jamás volvería a aquel pueblo del que lo habían arrancado y sacado como si fuera un criminal. No quería volver a ver a aquella gente y esperaba que alguna de las plagas de las que supuestamente hablaban en la Biblia acabara con ellos; con todos, sin excepción. Este pensamiento asustó a Brun, que dudó de si realmente era tan buena persona como había creído; pero aún lo asustó más comprobar que le daba igual si lo era o no. Solo quería para aquella gente el mismo trato que le habían dado a él, incluso para Elías. Y volvió a sentir que una mano invisible le estrujaba el corazón.
Tan absorto estaba en sus confusos pensamientos que apenas notó cuando la carreta, lentamente, comenzó a desviarse de la vía principal. Bamboleándose al paso de los caballos, salieron poco a poco del camino hasta quedar parados en una explanada contigua en la que aún quedaban restos de algunas fogatas. Los dos soldados bajaron a tierra y, sin mediar palabra, hicieron una rápida comprobación de la zona. Telmo, el que hacía de conductor, se perdió en el bosque, a la vez que el soldado que había ido a caballo se colocaba junto a la carreta para vigilar a Brun. El muchacho se sintió agradecido al dejar
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atrás el traqueteo incesante del carro. Suspiró aliviado cuando por fn sus músculos rígidos y doloridos pudieron relajarse un poco. El soldado a su lado lo miró con una expresión de desdén y Brun pensó que aquel hombre tenía cierto aire animal. Por más que intentara aparentar porte de señor, sus facciones eran más bien lobunas.
Cuando el llamado Telmo regresó del bosque, lo hizo con un hatillo de ramas y hojas secas. Utilizó como base una de las fogatas ya extintas que estaba rodeada por un círculo de piedras en una pequeña hondonada, donde colocó cuidadosamente primero las hojas secas y después, de menor a mayor grosor, las ramas.
Brun, entre tanto, miraba a su alrededor y pensaba en la manera de escapar de allí, pero su posición, sentado en la parte trasera del carro, no le permitía ver demasiado del entorno. Se puso en pie y consiguió ampliar su campo de visión.
—¿Qué haces? —le dijo el soldado con su única ceja otra vez fruncida—. Baja de ahí —le ordenó echando mano a la empuñadura de la espada.
—Necesito estirar las piernas —mintió Brun con cara circunspecta.
El muchacho se tambaleó tratando de mantener el equilibrio. Sintió una de las piernas dormida y comenzó a masajearla. Al verlo así, debilitado e inestable, el soldado se relajó y Brun pensó que eso estaba bien. Era mejor que lo creyeran completamente indefenso, así tendría más fácil escapar si encontraba la oportunidad. A medida que la pierna iba recuperando su sensibilidad, Brun lanzaba miradas a un lado y a otro de manera disimulada. Tenía la esperanza de descubrir algo que le iluminara el camino: un sendero, un arroyo, una ruta que seguir para escapar, un atisbo de salvación; pero solo veía oscuridad. El chico se desperezó para estirarse un poco más.
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—Bueno, ya está bien —dijo el soldado tirando de las cadenas hacia abajo.
Aunque no consiguió tirar a Brun al suelo, este entendió el mensaje y se volvió a sentar. Si iban a pasar la noche en aquel lugar en medio de la nada y rodeados de bosque y matorral, podría tener alguna posibilidad, pero para eso lo mejor sería aguardar a que al menos uno de los dos estuviera dormido, quizá incluso los dos. Lo más importante era ganarse su confanza.
—Gracias —le dijo al soldado, que parpadeó confuso y miró hacia otro lado para, después, alejarse unos pasos de Brun.
Se había hecho completamente de noche y sobre la fogata se mecía un pequeño caldero en el que Telmo había introducido un par de cebollas, un nabo y diminutos trozos de carne seca. El improvisado cocinero era cuidadoso y no paraba de darle vueltas al guiso para que todo se mezclase bien. Lo aderezó con unas cuantas hierbas que a Brun le pareció que había lanzado al buen tuntún al interior. Solo captar el olor de aquel batiburrillo burbujeante hacía que las tripas del muchacho bailasen deseosas de probar un poco.
—Bueno —interpeló el tal Ramiro—, ya está bien de darle vueltas, que lo vas a marear. Repártelo y a cenar.
Telmo lo miró por primera vez con cara de pocos amigos. —Como quieras —contestó sin más—, pero esto lleva su
tiempo para hacer que sepa bien.
—Sí, como si fuera comida de nobles. Reparte y no te des más aires, que no estás haciendo un faisán.
Sin más ceremonia, el tal Telmo sacó tres pequeños cuencos y comenzó a repartir.
—Para el reo, solo caldo —objetó de nuevo el superior al ver al otro, que intentaba repartir la sopa de manera equitativa.
—Hay para todos —repuso el de la oreja cortada.
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El superior no dijo nada más, solo miró a su subordinado y este sacó de uno de los cuencos los trozos de vegetales y carne y los repartió entre los otros dos. Brun suspiró al verlo, pero no dijo nada. Aceptó el caldo, que olía mejor de lo que aparentaba. El sabor del líquido caliente lo reconfortó; lo trasportó muchos años atrás, a cuando él todavía era un crío, al recuerdo de sus padres, sus hermanos… Y sobre sus párpados cayó un sueño pesado que apenas pudo mantener a raya hasta que se acabó la ración y se dejó ir.
Cuando despertó, sobresaltado, todo estaba a oscuras. Lo último que recordaba del sueño era el momento en que sus padres lo entregaron a aquel hombre desconocido. Era apenas un niño asustado que agarraba la mano de su madre, una mujer de rostro famélico a pesar de su juventud, cada vez más emborronado, apenas piel y huesos. Y el olor a muerte en las calles de una aldea que ya no era capaz de situar. Y las manos delgadas pero frmes de su padre separándolo de ella y llevándolo con aquel hombre al que llamaría maestro…
Brun se secó el sudor de la frente y miró a su alrededor. Ya no estaba allí, estaba en la carreta, en mitad de la oscuridad, escuchando los sonidos de los animales nocturnos que salían a cazar al abrigo de la oscuridad. Sintió los hierros en pies y manos. Contuvo la respiración mientras buscaba a los soldados. A Telmo lo vio tumbado sobre una manta en la hierba. Parecía tranquilo. El vaivén acompasado de su pecho hacía pensar que estaba dormido, aunque no podía verle la cara. El otro permanecía sentado, con la espalda apoyada en un árbol y los brazos cruzados, de cara a él, aunque se le había desplomado la cabeza a un lado. Si quería hacer algo, puede que aquella fuese su última oportunidad.
Con cuidado de no hacer ruido, Brun se puso en pie. Al hacerlo, el caballo pateó el suelo inquieto y el muchacho se sobresaltó. Pensó rápido y decidió que, si lo sorprendían así,
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diría que necesitaba orinar; puede que se lo tragasen. Allí, en mitad de la noche, contuvo la respiración un buen rato y comprobó que ninguno de los dos soldados variara su postura. Más cuidadoso, si cabe, se desplazó hasta el borde de la carreta, justo hasta donde la longitud de las cadenas se lo permitían. Tenía que romperlas o conseguir las llaves. El chico estiró los brazos tratando de alcanzar a Telmo, pero aquello era más que imposible y, a pesar de que era el más cercano, harían falta unos brazos al menos tres veces más largos para llegar hasta el cuerpo del soldado. Brun se giró y recorrió la carreta buscando algo con lo que poder romper los eslabones o la unión con la madera a la que estaba adherida. Aquello sería más fácil. Podía forzarla o golpearla hasta que se astillara, aunque, razonó, aquello despertaría a los soldados. Dudaba mucho de que pudiera quebrarlas al primer intento. No tenía ni idea de lo que hacer, no sabía cómo… Pero entonces Brun abrió mucho los ojos: una imagen había cruzado su mente. Quizá no tenía que preocuparse por romper las cadenas ahora. Quizá solo bastase con alejarse de aquellos hombres, lo que no quería decir que tuviera que bajar del carro. Se iría subido en él.
Brun pasó de la parte de atrás al asiento frontal, desde donde comprobó que los caballos continuaban enganchados a la carreta. Echó un vistazo a su espalda y vio que Ramiro se removía intranquilo.
—¡Arre! —susurró Brun a los animales, y volvió a mirar temeroso hacia atrás.
Desde allí, el soldado de la cabeza rasurada lo miraba con los ojos desorbitados y las mandíbulas apretadas por la ira.
—¡Arre! —dijo Brun más fuerte a la vez que sacudía las riendas, que chasquearon en el aire.
—¡Serás desgraciado! —Oyó el chico gritar a su espalda, y el pánico se apoderó de él por completo—. ¡Tú, despierta!
—¿Qué pasa? —Se escuchó la voz aturdida de Telmo.
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—¡Vamos! —gritó desesperado el muchacho—. ¡Arre! ¡Arre!
¡Aaarreee!
Y lo que pasó a continuación fue como si sucediera en una ensoñación, al menos a los ojos de Brun. Los caballos se pusieron en marcha de forma súbita y aceleraron igual que en una carrera. Y se alejaron tanto como la cuerda a la que estaban atados a un gran árbol se lo permitió. Cuando llegaron al límite y frenaron en seco, aún la carreta se desplazó unos metros hasta que volcó y Brun salió despedido. Sintió un latigazo tan fuerte en sus extremidades, todavía sujetas por las cadenas, que creyó que se desgarrarían de cuajo.
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CAPÍTULO 4
La puerta se abrió haciendo chirriar los goznes y ambos soldados lanzaron al interior de la celda a Brun como quien lanza a la boca de un perro un trozo de carne. El muchacho, que seguía aturdido y muy dolorido después del tremendo trompazo con la carreta, hizo lo que pudo para mantener el equilibrio al entrar. Los nuevos grilletes que tenía en los tobillos y las muñecas lo hicieron trastabillar y terminó por caer de bruces y
darse un golpe en la cabeza con el suelo que sonó seco.
—A ver cómo intentas escaparte de aquí —soltó burlón el soldado de pelo rapado.
Desde allí, aturdido y con colores bailando a su alrededor, el muchacho escuchó de nuevo el lamento de una puerta que se cerraba a sus espaldas, llevándose consigo gran parte de la luz que entraba en la celda y, con ella, las pocas esperanzas que le quedaban de salir indemne de todo aquello. Brun se quedó sentado e intentó que las sombras dejaran de girar a su alrededor.
Cuando se levantó, todavía mareado, tuvo que sujetarse a una de las paredes cercanas y se desplazó con difcultad hacia la puerta. Todo estaba prácticamente a oscuras, excepto por un haz de luz anaranjada del atardecer que entraba tímido a través de un ventanuco, situado en lo más alto de la pared y por el que apenas podría haber introducido el puño. Los escasos rayos que se fltraban por aquel agujero parecían formar un objeto sólido en cuyo interior las partículas de polvo se movían danzarinas hasta desaparecer. Aquello le pareció que tenía algo de irreal, como si estuviera en un sueño, o más bien en una pesadilla; una
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pesadilla de la que le gustaría salir. El estómago de Brun se encogió de repente y sintió que incluso se le daría la vuelta. ¿Cómo había llegado a aquello? Quería vomitar.
—¡Yo no he hecho nada! —gritó—. ¡Era únicamente un
conejo! —Golpeó la puerta con el puño—. Por favor, solo quería comer algo… —dijo ya en un susurro que solo él era capaz de escuchar.
—Para de una vez —ordenó una voz masculina rasgada y desagradable que sobresaltó al muchacho—. Por más que imites a un cerdo en la matanza, no te van a sacar de aquí.
Brun no se había percatado de que hubiera nadie más en la celda al entrar y ahora tampoco era capaz de ver al dueño de aquella voz que parecía salida del interior de las paredes. Forzó la vista en aquella oscuridad, pero no consiguió ver a nadie: o estaba escondido o era un fantasma.
—Aquí solo puedes esperar —volvió la voz.
—¿Quién eres? Sal donde pueda verte —inquirió Brun tratando, sin mucho éxito, de esconder su nerviosismo mientras escudriñaba cada rincón de la celda.
A medida que observaba a su alrededor, con la vista ya acomodada a la oscuridad, Brun se fue dando cuenta de que el espacio de la celda era mayor de lo que creía. El chico no lo sabía, pero ese lugar había sido anteriormente la bodega de un palacio que había tomado un nuevo uso al convertirse en un convento dominico tras haber caído su anterior señor en desgracia. No era un cuadrado perfecto, sino que tenía un par de recovecos en uno de los extremos. A lo largo de toda la pared también había varios huecos con los sillares de piedra oscurecidos, seguramente por las llamas de candiles y velas que en su día habrían depositado allí para iluminar la oscura estancia. Pero, aparte de eso y de la exigua y sucia paja que cubría el suelo, en un vano intento por mantener la humedad y el frío de la piedra a raya, no había nada más.
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—Aquí —dijo de nuevo el misterioso inquilino—. Ya te acostumbrarás a esto… o quizá tengas suerte y no te haga falta.
La forma en que aquel desconocido dijo las últimas palabras hizo que Brun sintiera un escalofrío, pero consiguió identifcar de dónde procedía la voz y por fn vio salir a su dueño de entre la penumbra. La primera impresión al verlo fue pensar que aquel mugriento saco de piel y huesos estaba hecho de la misma piedra que conformaba la pared. Era incapaz de adivinarle la edad y, de haberlo intentado, hubiera dicho muchos años más de los que realmente tenía. Los pocos pelos que coronaban su frente caían hacia los lados, tristes y ralos como una cuerda deshilachada por el uso. Pendían sobre una cara de gesto también triste y llena de magulladuras, con dos pequeños agujeros oscuros en los que aún se sujetaban unos ojos amarillentos y enfermos. Más abajo, otra cavidad algo más grande hacía de boca, una boca en la que ya solo quedaba el vestigio de una dentadura. Aquel que antes fuera un hombre y ahora apenas un espantapájaros le regaló una sonrisa destartalada a Brun que le provocó miedo y pena a partes iguales. El muchacho dio un paso hacia atrás y el hombre se acercó otro par de pasos para asegurarse de que Brun podía verlo bien.
—No te molestes, muchacho. No va a venir nadie y, si vienen, no será para nada bueno. —Alzó una de las manos en la que ya no quedaban uñas.
—Pero es que yo no he hecho nada… —se justifcó Brun, horrorizado al ver aquellos dedos incompletos.
—Ni yo, muchacho, ni yo —dijo el otro mirando hacia un lugar que estaba mucho más allá de las paredes, una imagen que ya apenas recordaba, una vida que sabía perdida—. Pero da igual que hayas hecho algo o no. De aquí no vamos a salir
—concluyó volviendo en sí y mirando fjamente a Brun, que
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percibió el rastro que deja la locura en forma de sombra sobre los ojos.
Sin decir nada más y bajo la atenta y turbia mirada de su compañero de celda, Brun comenzó a recorrer la pared tocando las piedras de una en una e introduciendo los dedos en la argamasa que las compactaba. Pensó que, con suerte, podría dar con un pedazo lo sufcientemente deteriorado como para poder desgastarlo con los dedos o con alguna piedra suelta que le permitiera comenzar a pensar en una posible huida. Pero aquella tarea le estaba resultando inútil: todo parecía tan frme y compacto como había cabido esperar de un lugar que sirve para encerrar personas y no permitirles salir.
Mas de una hora después, con los dedos doloridos de rascar y ya completamente sumidos en la oscuridad, Brun continuaba buscando algo que le diera esperanzas de poder fugarse. Su compañero seguía sin quitarle ojo. Aunque Brun no lo viese, estaba seguro de que lo hacía. Podía sentirlo y por eso tenía el vello de la nuca erizado pensando que tenía la mirada de aquel loco clavada justo ahí, en su cuello, a su espalda. Cansado y con los nervios de punta, Brun se giró hacia la puerta y, tras hacer acopio de las pocas fuerzas y determinación que le quedaban, la golpeó con los puños dejándose el alma.
—¡Por favor! ¡Dejadme salir! ¡No he hecho nada! ¡¡¡Dejadme salir!!!
Y al escuchar aquello, el ser que ahora compartía su espacio comenzó a reírse de manera nerviosa y aguda. La actitud del muchacho le resultaba de lo más hilarante y aquello terminó de hundir el ánimo del chico.
—¡Ja, ja, ja, ja!… Estás más ido que yo, muchacho. ¡Ja, ja, ja,
ja!
—Dejadme salir… —repitió sin ningún convencimiento y en voz muy baja— por piedad.
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El loco de la celda continuó riéndose mientras Brun se dejó caer al suelo, donde se quedó sentado abrazándose las piernas con la puerta a su espalda. Absorto, miraba la penumbra en la que aquel ser demente iba apagando la risa lentamente hasta quedar en completo silencio. Brun lo imaginó allí, con la mirada perdida como si estuviera vacío y ya solamente fuese una carcasa hueca y sin vida.
El muchacho había decidido que esa noche no dormiría, que no volvería a dormir mientras estuviera encerrado allí, no con aquel hombre, aunque eso signifcara no hacerlo nunca más.
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CAPÍTULO 5
Un joven fraile ataviado con un hábito blanco y negro, propio de la orden de los dominicos, atravesó el claustro a toda prisa y los gorriones y estorninos que allí se congregaban alzaron el vuelo. Las sandalias, que apenas levantaba del suelo, producían un sonido rítmico que se mezclaba con el ajetreo de
las aves.
El joven golpeó un par de veces una gran puerta de roble y, sin esperar respuesta, entró en el habitáculo donde sabía que encontraría al prior. La corriente hizo parpadear la leve luz que unas cuantas velas semiderretidas proyectaban sobre el gran volumen que tenía tan ocupado a fray Gonzalo.
—Reverendísimo —dijo el discípulo mientras soportaba la indiferencia de su superior, del que solo podía ver la tonsura sobresalir del enorme tomo—: acaban de llegar con el muchacho.
—Muy bien. Uno más.
—Está muy asustado, padre.
—Y yo también lo estaría si anduviera con sus mismas
compañías —apostilló con algo de fastidio al detectar que el joven fraile no se decidía a marcharse; al fnal acabaría por hacerle perder el hilo… y la paciencia—. ¿Eso es todo?
—Verá, padre. Si me lo permite, nadie diría que es un aliado del Falso. Parece solamente un zagal aterrado y muy magullado.
—Hermano Agustín —lo amonestó fray Gonzalo levantando por primera vez de su lectura sus ojos claros y penetrantes—, no se deje engañar por lo que parece. El enemigo es sibilino y muy inteligente, mucho más que usted. Intentará confundirnos con
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sus tretas, pero nosotros tenemos que ser más hábiles e íntegros para llegar a la verdad.
—Lo siento.
—No lo sienta —dijo el prior saliendo de detrás del atril para poner una mano pálida y huesuda en el hombro del afigido e inexperto devoto—. Aún es usted joven y no ha podido ver de lo que Él es capaz; por eso lo llaman el Gran Embustero, el Falso, el Mentiroso… Tiene muchos nombres, pero solo una naturaleza malvada y tenebrosa.
—Sí, padre. Intentaré mantener los ojos bien abiertos para que no me pueda engañar.
—Corren tiempos oscuros, hijo. Cada vez hay más casos como los de ese chico. En las ciudades las gentes mueren de peste, condenados por sus pecados, y en los campos a las madres les arrebatan los hijos de sus brazos. Nosotros debemos mantener encendida la luz que guía el mundo si no queremos que este sucumba a la oscuridad. —El prior presionó el pábilo de una de las velas con el pulgar y el índice y apagó la llama.
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CAPÍTULO 6
La mañana se anunció dejando entrar un pequeño haz de luz por el orifcio que hacía de ventanuco en la pared. Brun había caído fnalmente en los brazos del sueño durante la noche. De nada le había servido intentar permanecer vigilante, con los ojos bien abiertos, y ni el miedo ni el dolor habían sido impedimento para que horas antes del alba se dejara llevar
hacia un mundo mejor.
Había soñado. Había vuelto con sus padres, aunque no estaba seguro de que sus rostros fueran exactamente como los recordaba. El tiempo estaba haciendo estragos y algunos rasgos empezaban a desaparecer. Soñó con una tarde de invierno en la que su padre volvía del monte con un saco de castañas para asar entre las cenizas de la chimenea. Sus hermanos mayores volvían de faenar en el campo y se descalzaban junto al fuego para entrar en calor entre risas y juegos. Mientras, él aguardaba en los brazos de su madre, que olía a romero y manzanilla y le sonreía. Ni siquiera sabía si aquello había pasado de verdad o era un recuerdo construido a lo largo de los años. Hacía tanto… Maldito fuera el maestro que se cruzó en su camino y llenó a sus padres la cabeza de pájaros. Hubiera preferido morir mil veces con ellos por el hambre o la peste que encerrado en la sucia y fría celda en la que se encontraba. Morir solo o, peor aún, con aquel loco que a saber qué crímenes había cometido.
El sonido de los goznes terminó de espabilar a Brun, que aún se recreaba en aquel sueño apacible. Desde fuera, alguien lanzó al interior con muy poca delicadeza dos cuencos con algo de caldo y unos mendrugos de dudoso aspecto. También apareció
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una cuba de madera, que acabó por desequilibrarse y derramar casi toda el agua que contenía.
El loco que compartía celda con Brun apresó lo que quedaba de agua antes de que el chico pudiera reaccionar. Brun, maldiciendo entre dientes, recogió del suelo el pedazo de pan enmohecido, lo olisqueó un par de veces y, fnalmente, lo desechó. Sin muchas ganas, dio un par de sorbos al caldo, que no sabía a nada, y se consoló pensando que, al menos, le calmaría la sed.
—Te acordarás de haberlo tirado, muchacho —dijo su compañero, que recogió el mendrugo desechado por Brun y se lo metió en la boca sin vacilar—. Ya verás como sí —continuó mientras dejaba escapar un reguero de migas.
Y fue verdad que Brun no tardó mucho en arrepentirse de haber descartado aquel pan de aspecto asqueroso. No habían pasado ni un par de horas cuando el estómago ya le rugía pidiendo saldar cuentas. Sin embargo, no era su estómago lo que estaba poniendo de los nervios al muchacho. Allá afuera se escuchaba un incesante trasiego de carretas, golpes y martilleos. Brun se preguntaba qué estaría ocurriendo y le recordó al jaleo propio de las construcciones. Si Brun hubiera podido mirar por el agujero de su celda, hubiera visto que no estaban construyendo ningún edifcio; lo que se estaba levantando más allá de los muros que lo retenían era una estructura de madera con un gran tronco central y cuya base estaba compuesta de leños de diferentes grosores, de más fnos a más gruesos, para que el fuego prendiera sin titubeos.
La puerta volvió a abrirse y Brun reaccionó y se lanzó esta vez presto a recoger la comida que no dejaría que cayera en manos de su perturbado compañero. No obstante, lo que lanzaron en esta ocasión no fue comida, sino una mujer llorosa y llena de mugre que tropezó con el muchacho haciendo que ambos cayeran al suelo de bruces.
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La puerta se cerró de golpe.
—¡Cuidado! —dijo alguien al otro lado de los muros, y el estruendo producido por la caída del poste central sobre el resto de los maderos se fltró hasta el interior de la celda.
Desde fuera llegaron voces precipitadas que se solapaban, sonidos de ajetreo y alguien pidiendo ayuda.
—No importa lo que hayas hecho —dijo el loco mirándolo con intensidad—. Diles lo que quieren escuchar y te ahorrarás mucho.
—Majadero —respondió Brun mientras ayudaba a la desconsolada mujer a levantarse—. ¿Se encuentra bien? —La mujer se tocaba la cabeza y parecía estar desconcertada.
—Majadero sí, pero no más que ellos —apostilló el viejo.
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CAPÍTULO 7
Brun no sabía cuánto tiempo llevaba encerrado en aquel lugar de pesadilla. Intentó ser consciente de los días que habían pasado desde que los soldados lo lanzaron a aquella boca de lobo de piedra y argamasa. Durante algunos momentos de lucidez, creyó que casi podía pensar con algo de claridad. Casi, porque solo hacía falta el murmullo de su compañero medio loco o los sollozos de la última en llegar para sacarlo de sus pensamientos y transportarlo de nuevo a la cruel y oscura realidad. Al menos, lo que quiera que estuvieran haciendo allí afuera hacía tiempo que había dejado de hacer ruido. ¿Cuánto? No lo sabía, pero en la situación en la que se encontraba, cualquier cosa era bienvenida si le proporcionaba el más
mínimo descanso.
Entre tanto, Brun había intentado un par de veces entablar conversación con la mujer, que permanecía aovillada en una esquina, al amparo de la oscuridad, y no hacía más que gemir e intentar taparse cada centímetro de piel que sus ropas sucias y rasgadas dejaban al aire. Por su parte, el loco seguía a lo suyo, murmurando una y otra vez palabras que solo a veces conseguía distinguir. Cuando el muchacho no era capaz de adivinar qué estaba diciendo, se ponía alerta. ¿Quién sabía lo que aquel hombre de mente desquiciada sería capaz de hacer?
La puerta volvió a abrirse y la luz de una antorcha iluminó la estancia. Brun se mantuvo expectante, porque no era capaz de adivinar si lanzarían comida, un nuevo reo o algo peor. La mujer, por fn, dejó de gimotear, lo que proporcionó cierto
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alivio al chico, aunque no el sufciente como para sentirse algo menos que asustado.
—Es la hora —habló el loco, que se acercó parsimonioso hacia la puerta en la que esperaba el soldado.
Brun vio que, en aquella ocasión, el soldado era casi un crío, igual que él, pero en su cara se refejaba una dureza más propia de alguien que había visto demasiadas cosas. Demasiada misera y crueldad. A Brun se le congeló la sangre, porque sus ojos recordaban a los ojos de las gentes del pueblo. El chico se prometió que haría todo lo posible por borrar el nombre de aquel odioso lugar y, con él, el de todos aquellos que formaron parte del despreciable comité de despedida, incluido el único que todavía le dolía de verdad: el de Elías.
Cuando el loco estuvo a la altura del guardia, este le propinó un empujón que apenas encontró resistencia. El viejo cayó de culo, como una hoja seca, y Brun se encontró la llama de la antorcha apuntando directamente hacia él. Tragó saliva.
Por fn el chico había salido de la celda, pero ahora se encontraba en otro lugar extraño y no mucho más tranquilizador. Debido a los grilletes de los pies, a duras penas había podido seguir el paso del joven guardia a través de los pasillos, de cuya cintura pendía una larga y amenazadora espada. Frente a ellos se encontraba un hombre de edad avanzada. No lo había visto nunca y, aunque sus ropas eran las de un fraile, no le infundía el más mínimo sosiego. Fray Gonzalo, el prior, transmitía allí una sensación de poder mucho más pronunciada que cuando se encontraba en el refectorio o en la sala de estudios. Que aquel hombre estuviera repasando una serie de herramientas afladas puestas en un casi perfecto y paralelo orden de menor a mayor tamaño no hacía que Brun se sintiera tranquilo; tampoco conseguía que se sintiera mejor el enorme encapuchado que sujetaba el extremo de una cuerda
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que colgaba en mitad del techo mientras lo miraba a través de los agujeros de aquel pedazo de tela sucia y oscura.
—Magister, attuli flium meum ad te habentem spiritum mutum; et ubicumque eum apprehenderit, allidit eum, et spumat et stridet dentibus et arescit.
Brun lo miró sin comprender, a lo que el fraile levantó una de sus cejas despeluchadas y le tradujo la frase.
—Maestro, te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu mudo, y dondequiera que se apodera de él, lo derriba y le hace echar espumarajos y rechinar los dientes y se queda rígido.
El muchacho recordó entonces el episodio en el bosque y se tensó. Recordó vagamente los temblores, el dolor en la boca, la pérdida de control y, fnalmente, de consciencia. Era eso. Por eso estaba allí y no por un estúpido conejo. Pero únicamente se había desmayado. Había perdido el conocimiento. Él no hizo nada. Él no…
—Yo no…
—¿Cómo lo invocaste? ¿Cómo lo hiciste entrar?
—Es que no sé de qué me está hablando. Yo no hice nada. Le digo la verdad.
—La verdad… Proceda —dijo la voz rasposa del fraile, y el muchacho vio acercarse a aquella mole encapuchada.
Un golpe en el estómago, como jamás lo había sentido, lo hizo doblarse en el suelo. Las lágrimas se le escaparon y a duras penas contuvo el vómito. De no hacerlo, pensó, se le escaparían las tripas también. Mientras boqueaba por el dolor, el guardia le quitó las cadenas de las muñecas y las fuertes manos de aquel hombre de enormes proporciones lo despojaron de la camisa y las botas. Brun trató de oponerse, pero un guantazo que abarcó sien, oreja y mandíbula le dejó un molesto zumbido en el oído, junto a la advertencia de la debida sumisión. Después, entre el verdugo y el guardia, le aherrojaron los pies descalzos al frío suelo de piedra. Le ataron a la espalda las muñecas juntas con la
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cuerda que un instante antes sujetaba aquel gigante y, por medio de una polea que gruñía tanto como la respiración de Brun, lo izaron hasta tensar todos y cada uno de sus músculos. Los hombros giraron a medida que ascendía todo lo que las articulaciones daban de sí y un poco más. ¿Se partirían? Brun respiraba rápido, conmocionado. Suspendido en el aire, sentía el hierro de los grilletes clavarse en sus pies y la fricción de la soga en las muñecas.
—Todo esto que va a ocurrir, muchacho, nos lo podemos ahorrar ahora mismo. Solo tienes que decirme lo que pasó en el bosque.
—Yo… —comenzó Brun asustado y sin poder pensar en algo más que el dolor en los hombros— quería comer y cacé un conejo y…
Los ojos del fraile se pusieron en blanco, con un deje de exasperación, y le hizo un gesto al gigantón que tiraba del extremo de la polea para mantener a Brun suspendido. Este abrió las manos súbitamente y Brun cayó al suelo con un golpe brutal. Las articulaciones crujieron, los huesos chascaron y la cabeza golpeó contra el suelo haciendo que todo a su alrededor se convirtiera en una neblina difusa.
—Vamos —escuchó la voz del fraile como un eco lejano y grotesco—. Nadie quiere esto. Dinos, qué pasó en el bosque. ¿A quién invocaste?
Brun intentó concentrarse para hablar y paladeó un par de veces saboreando el regusto metálico que arrastraba su saliva. Se había mordido la lengua en la caída y comenzaba a hinchársele.
—Me desmayé —dijo aguantando el dolor al vocalizar—. Vi al guardabosques, me asusté y… me desmayé.
El fraile volvió a asentir y Brun se vio estirado de nuevo unos centímetros más alto de lo que solía ser. Gritó y rogó por no romperse. Le recordó al conejo que había atrapado en el
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bosque. Ahora comprendía su terror cuando lo miró a los ojos, igual que aquel fraile de cara enjuta clavaba su cruel mirada en él.
—Sabes que nos estás ocultando algo, muchacho. Sabes que no fue todo lo que ocurrió. ¿Por qué no acabamos ya con esto?
El dolor se marchará así —chascó los dedos.
Brun tragó saliva. Les diría lo que fuera, pero es que no había nada más. La cuerda se tensó otro tanto, cosa que un segundo antes le habría parecido imposible. La piel de los brazos y las axilas se estiró hasta escocer. Los grilletes se clavaron inmisericordes en los empeines provocándole punzadas de dolor, y las vertebras crujieron al separarse. Brun apretó los dientes.
—¡No hice nada! ¡No sé qué quieren de mí! —chilló desesperado al imaginar que si seguían estirándolo se resquebrajaría.
—Está bien, quizá esto te refresque la memoria —comentó el fraile sin un ápice de diversión en sus palabras mientras observaba el instrumental dispuesto en la mesa.
El verdugo ató la cuerda a un hierro clavado en una viga y se acercó al lugar en el que se encontraba el prior. No era la primera vez que procedían así, y el hombre encapuchado había aprendido a leer cada gesto de su superior. Eran muchos años a su servicio haciendo lo mismo una y otra vez.
—Ese —dijo fray Gonzalo señalando algo en la mesa.
A Brun se le aceleró el corazón al ver que el encapuchado se acercaba de nuevo. Llevaba algo en la mano: parecía un mango con un ovillo de cuerdas.
El hombretón giró y se puso a su espalda, y Brun imaginó que le rodearía el cuello con la soga hasta asfxiarlo. El chico intentó desasirse, aunque los músculos apenas cedían para que se pudiera agitar. Se movía como un pez recién sacado del agua
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y solo conseguía hacerse más y más daño en las muñecas y los tobillos.
—No, por favor —suplicaba casi sin poder hablar por la hinchazón en la lengua—. ¡Por favor, por favor!
Algo chasqueó detrás de él. Brun empezó a moverse con desesperación tratando en vano de soltarse. Le pareció percibir por el rabillo del ojo una leve sonrisa en el rostro del fraile y, un instante después, lo sintió: junto a un nuevo chasquido, un dolor punzante en forma de laceraciones en diferentes puntos de su espalda.
—¡Aaah! —gritó.
Algo había quedado enganchado a la altura del omóplato y tuvieron que tirar con frmeza para soltarlo, lo que le provocó más dolor si cabe al desgarrar la piel.
—¡Por favor! ¡Escúcheme! No hice na…
—Otra vez —dijo secamente el fraile sin hacer caso a las súplicas del chico.
Y un nuevo chasquido atravesó el aire creando nuevas heridas en la juvenil piel de Brun, que volvió a chillar.
—Otra. —Esta vez el fraile acompañó la voz con un ademán para que su subordinado se pusiera frente al chico.
Entonces Brun pudo ver que lo que sujetaba la mano del verdugo era algo parecido a un látigo corto con media docena de cuerdas en las que había cuentas y objetos punzantes intercalados. Parecían tiras de dientes deseando morderle la carne. Pero no tuvo mucho tiempo de seguir analizando aquel objeto creado para infigir dolor, ya que una nueva acometida, esta vez en el vientre y en el pecho, lo hizo estremecerse. Poco a poco, el dolor de las laceraciones pasó a convertirse en un escozor constante y, más tarde, sintió el calor de la sangre que se derramaba en fnos hilos de las múltiples heridas abiertas en su cuerpo.
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—Vamos —escuchó la voz del fraile—. Ya has tenido sufciente. Dinos cómo invocaste a tu señor.
—¡Yo solo quería comer! —gritó Brun en un intento de mantener la cordura.
El fraile bufó y el encapuchado hizo un movimiento rápido: un nuevo golpe, esta vez concentrado únicamente en el vientre, que se contrajo de manera instintiva. Brun quería gritar, aunque solo dejó escapar un quejido lastimero. Bajó la cabeza y vio los goterones rojos y densos que caían al suelo y creaban dibujos simétricos en las baldosas de piedra. No fue consciente del leve tintineo que produjo el nuevo artilugio elegido por el encapuchado, ni tampoco de haber visto como sus pies se acercaron más a él. Estaba esperando una nueva acometida. Quería llorar. Quería gritar. Pero únicamente se concentraba en respirar.
—¿Vas a decirme cómo hiciste para contactar con el Maligno?
Brun levantó la vista. Siguió el sonido de la voz del fraile y este lo miró a los ojos, unos ojos que rogaban que parase, que cesase aquel absurdo dolor.
—Me… desmayé… —susurró.
—Hazlo —ordenó el fraile.
Brun se giró justo a tiempo de ver un leve brillo en la mano del verdugo. Sintió el frío sobre la piel del costado; el metal atravesó la carne y mordió las costillas. Algo en su cerebro imaginó aquella cuchilla avanzando hacia las entrañas y el sabor de la bilis trepó por la garganta y todo se volvió blanco y…
El impacto del agua helada despertó a Brun colgado en el mismo lugar en el que había perdido el conocimiento. Deseó que todo hubiera sido un sueño. Fantaseó con que estaba dormido junto al río y los chicos lo habían despertado chapoteando en sus aguas. Pero no, no había sido un sueño. Seguía estirado en una incómoda postura, colgando de una
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rudimentaria polea sujeta a una viga del techo, mientras que unos grilletes tiraban de él hacia abajo. Ante él, el encapuchado sujetaba un cubo vacío que lanzó a un lado sin ningún tipo de miramiento. Recordó el dolor que sufrió tras la caída de la carreta, durante su vergonzante e inútil intento de escapar. Después de aquello creyó que no volvería a sentir un dolor parecido. ¡Qué equivocado estaba! Ahora vivía en el dolor. La tensión de sus hombros y rodillas le hicieron pensar que no tardaría en comprobar lo que se siente cuando todos los huesos se desencajan de su lugar.
El fraile permanecía impasible. A Brun le pareció que casi sonreía al observarlo; y no era una sonrisa malvada o divertida, sino condescendiente. Se le hubiera helado la sangre, pero no podía permitírselo: las heridas en cualquier parte que no cubrieran sus calzones habían dejado escapar demasiada como para andarse con tonterías.
—Basta —creyó escuchar al fraile.
Era una voz autoritaria y lejana que le llegó apenas en un susurro, ya que el dolor de todo el cuerpo se había concentrado en la cabeza y tenía la sensación de que los oídos le iban a estallar. Cualquier sonido le llegaba fltrado por el zumbido de mil abejas.
Brun levitó por una fracción de segundo. Después, lo que sintió fue el impacto al caer de forma brutal contra el suelo, otra vez. ¿Cuánto iba a durar todo aquello? Hubiera gritado y se hubiera quejado por el golpe, pero encontró cierto alivio por permanecer entero todavía, al menos unos segundos más. Mientras se retorcía sobre un charco en el que la sangre y el agua habían formado un barrillo pegajoso, intentaba recobrar el aliento y luchaba por no perder la consciencia. A pesar de estar casi desnudo, apenas notaba el frío en aquella sala despiadada en la que un fuego sofocante se había encendido en algún momento en lo que parecía el horno de un herrero. Sobre
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las ascuas incandescentes reposaba un hierro que comenzaba a enrojecer.
Alguien tiró del brazo de Brun y lo ayudó a que se pusiera de pie a duras penas. El muchacho tenía la vista turbia, mezcla de las lágrimas, el sudor, la sangre y el polvo del ambiente. Empezaba a entrar en un estado de ensoñación en el que ya nada le resultaba real. Todo era como estar en la peor de sus pesadillas. ¿Quizá fuera aquello lo que llamaban el purgatorio? Puede que cuando todo terminase, Brun volviera a ver a los suyos al otro lado de alguna luz brillante como había visto en alguno de los retablos de las iglesias en las que había trabajado, donde el pan de oro dibujaba una aureola alrededor de los santos que acogían en el otro lado a las almas de los hombres y mujeres que podían acceder al paraíso.
—¡Basta! —Brun volvió a escuchar la voz de aquel hombre de Dios.
Pensar en que aquel individuo tenía algo que ver con el Señor lo hizo estremecerse. No quería encontrárselo nunca más, ni en esta vida ni en la otra. Preferiría el inferno. No podría ser peor.
Cuando Brun consiguió enfocar de nuevo la vista comprobó que su torturador se detenía junto a una tinaja en la que colgaba la mitad de un trapo. ¿Qué es lo que vendría ahora? ¿Qué más podían hacer con él? ¿Cómo podía ser todo aquello peor? El muchacho se miró las muñecas hinchadas que notaba ardientes y tomó una bocanada de aire pastoso esperando recobrar cierto valor para lo que se avecinara. Al hacerlo, sintió un pinchazo en el costado e intentó recordar si le habían clavado algo en aquel lugar. No estaba seguro; no podía estarlo. Su cuerpo estaba lleno de heridas y verdugones que le hacían parecer un cristo de los que alguna vez había tallado a escondidas de su maestro, que argumentaba que no estaba preparado para tocar imágenes tan sagradas.
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—Deja eso. Trae el hierro —dijo el fraile.
El torturador dejó caer con un chapoteo el trapo nuevamente en la tinaja y se calzó un grueso guante de varias capas de piel. Sin vacilar, echó mano de la barra de metal incandescente.
—Solo tienes que decirlo, hijo mío —susurró piadoso al oído de Brun; aunque sus palabras eran melosas, su aliento no lo era tanto.
El fraile puso la mano en la mejilla del muchacho. Aquello que trataba de ser un gesto amable lo aterrorizó aún más. El tonsurado le alzó la cara y miró en los ojos acuosos y asustados de Brun.
—Dilo, muchacho… Alguien encargado de tallar las hermosas imágenes de nuestros templos no puede ser un aliado del demonio. Dime qué clase de pacto hiciste. Dime cómo te acercaste a él. ¿Fue por conseguir talento, mujeres, oro?
Brun intentó abrir la boca, pero únicamente pudo mascullar un quejido. Quería decirle que no sabía nada de ningún pacto, que no había hablado con nadie más que con su maestro y con Elías. Por un instante olvidó aquella piedra lanzada contra él y suplicó por que le ayudase. Cualquier dolor que le hubiera producido se había quedado en nada comparado con aquello. No aguantaba más. Estaba a punto de romperse.
—E… lí… as… —balbució Brun.
El muchacho se dejó llevar por su último encuentro en el río antes de todo aquel inferno. Y lo recordó jugando, riendo, tocándose el uno al otro sin preocupaciones, solo sintiendo su tacto y la calidez de su piel. Por un momento voló de allí y se desvaneció el terror. Quería morir y que la otra vida fuera eso: sentirse así.
—¿Qué has dicho? —repitió el fraile.
Brun volvió en sí y quiso repetir las palabras, como si así volviera a evocar su recuerdo, pero en lugar de eso, tosió
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dejando escapar un hilo de sangre que le resbaló por la boca. El inquisidor retiró rápido la mano para no tocarla. Se cuidaba mucho de no tener contacto directo con la sangre de los reos. No era a él a quien correspondía aquel desagradable papel, aunque a veces… Pero no, cada uno tenía su misión y la suya era permanecer en aquel lugar, dirigir los interrogatorios para llegar a la verdad y descubrir a los aliados del Maligno, que se multiplicaban por todas partes. La culpa era de esos pobres desgraciados que caían en el pecado y llevaban vidas impías hasta que el demonio encontraba un lugar por donde penetrar en sus cuerpos, corrompiendo sus almas, y entonces ya era tarde. Solo quedaba hacer que se arrepintieran de sus actos y…
—Va a tomar a Dios —dijo el fraile haciendo un asentimiento al verdugo.
El enmascarado se acercó con el hierro candente hasta quedar frente a Brun, que lo miraba enajenado. Su mente hacía rato que se había marchado de su cuerpo malherido y fotaba por encima de toda aquella escena macabra. Ya no recordaba a Elías, ya no estaba en ninguna parte. Era como si todo se desvaneciera, como si él mismo dejase de existir.
—Si eres capaz de asir este hierro, querrá decir que te acoges a la gracia de Dios. Rechazarás el pecado y a todo ser inmundo. Todo acabará.
Brun miró a aquel hombre de palabras piadosas y acciones crueles. Lo observaba sin ni siquiera reconocer que ante él había un ser humano. Lo que veía más bien le parecía una sombra. ¿No sería en realidad el demonio que había decidido torturarlo para pasar el rato? Pero a Brun ya le daba todo igual. Si con agarrar aquel hierro terminaba la tortura, estaría bien. Si tenía que ir al inferno iría. Rezaría por ir si todos los presentes en aquella habitación no estaban con él. El muchacho alargó la mano para aferrarse al hierro y sintió el calor que irradiaba.
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—Adelante. No tengas miedo.
Brun estiró la mano un poco más y se detuvo. Paró a una distancia en la que el calor comenzaba a ser doloroso. Algo le dijo que aquello no era lo correcto. Mentir era lo que estaba mal. No había hecho nada más allá que intentar comer y, por algún motivo que no comprendía, se había desvanecido. Él no había pactado con ningún diablo. Entonces miró a los ojos a aquel hombre que, después de torturarlo, le pedía que reconociera algo que no había hecho, algo que lo condenaría al mismo sufrimiento durante una eternidad. Y vio sus ojos brillantes y vibrantes, deseosos de salirse con la suya: dos iris mezquinos y sin pizca de piedad a la hora de ordenar infigir mil y un castigos. Aquel hombre sí que parecía el verdadero demonio.
—Serás perdonado de todo mal. Dios te acogerá en su seno y la transición será rápida. No hará falta el fuego. ¿Has escuchado el sonido de los maderos? Allí arden vivos —remarcó
esta última palabra— los condenados que no se arrepienten de haber pactado con el Maligno.
Brun no quería arder en la hoguera. Todo lo que había pasado se le antojaba infnitamente menos espeluznante que acabar asado atado a un poste entre llamas enormes que lo consumirían mientras gritaba de dolor y desesperación y con las fosas nasales impregnadas de su propio hedor al calcinarse. Vencido y agotado, Brun dejó caer la cabeza y deseó con todas sus fuerzas morir en aquel instante.
—¡¡¡Cógelo!!! —gritó el prior, perdiendo los papeles.
Aquel grito del fraile asustó incluso al verdugo, que dio un paso atrás. El mismo inquisidor le arrebató el hierro a su ayudante y lo acercó a la cara de Brun, que se alejó como pudo rechazando el insoportable calor que emanaba de la punta ardiente.
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—¡Cógelo o arderás en el inferno! —continuó el fraile mordiendo las palabras.
Brun levantó la cabeza en un esfuerzo por enfrentarse a aquel ser inmundo y, después de tragar saliva, lo miró a los ojos y sonrió.
—Allí nos veremos —dijo, y esta vez de manera lo sufcientemente clara para que todos los allí presentes lo entendieran.
El fraile, infamado por la ira de escuchar aquellas palabras, lanzó airado el hierro candente contra el suelo, cuyo impacto produjo un chisporroteo de partículas incandescentes. En su cabeza, la imagen de la pira lista para arder en mitad de la plaza fue tomando forma. Y, en cierta medida, aquello reconfortó al hombre, que se persignó e hizo una señal con la cabeza al guardia de la puerta para que apartaran de su vista a aquel ser débil y endemoniado.
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CAPÍTULO 8
Brun permanecía acurrucado e intentaba conciliar el sueño. La mujer, que hasta hacía no mucho no había parado de llorar, se había ido acercando lentamente a él y le acariciaba el
pelo de forma maternal.
—Te lo dije, muchacho —comentó el viejo desde las sombras.
—Déjalo en paz. —La mujer habló por primera vez—. ¿No ves lo que han hecho con él?
—¡Cómo no lo voy a saber, mujer! ¿No tienes ojos en la cara? La mujer entornó los ojos para observar mejor a aquel hombre. Reconoció algunas marcas en él similares a las del muchacho, y por primera vez fue consciente de lo que iba a suceder con ella. La mano se detuvo, suspendida en el aire, en
una última caricia.
—¿Ahora te das cuenta? —dijo el hombre que, acto seguido, rompió a reír—. ¡Ahora se da cuenta! Ji, ji, ji, ji. ¡Tonta, más que tonta! Ja, ja, ja, ja.
—¡Fantoche! —le espetó ella mientras se alejaba del chico para sumirse de nuevo en oscuros pensamientos, unos pensamientos llenos de dolor y de miedo.
Las carcajadas del loco llenaron el eco de aquella habitación de piedra y sufrimiento y a Brun le hubiera encantado apagárselas a golpes. No podía más, no había hueso o músculo que no le doliera. Los cortes le ardían como si durmiera sobre ascuas. Habría llorado, habría reído y, si hubiera podido, habría saltado desde lo alto del más alto campanario para dejar aquel dolor y toda la humillación atrás. Ahora sabía que su
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compañero de celda era un refejo de su futuro yo, del tormento que estaba por llegar. Pero el muchacho no podía hacer nada excepto soportar aquel dolor lacerante y esperar que tardasen el mayor tiempo posible en volver a por él. Y rezó, por primera vez en mucho tiempo rezó por quedarse dormido y nunca más despertar, por sentirse igual que cuando en las tardes calurosas sumergía su cuerpo desnudo en el río y notaba cómo la fresca corriente lo envolvía en un abrazo.
De pronto, la risa cesó y Brun respiró aliviado hasta que escuchó los pasos de varias personas acercarse.
—Por favor, que se vayan; por favor, que no vengan aquí
—murmuró.
La mujer volvió a sus gemidos, consciente y temerosa de que podría ser la siguiente. Los pasos se detuvieron junto a la puerta y todos en aquella sala contuvieron la respiración.
Cuando la puerta se abrió dejó entrar la luz de las antorchas y Brun se encogió todo lo que pudo, como si así pudiera protegerse de otra sesión de tortura.
—Tú, sal de ahí. Te esperan —ordenó el guardia.
En aquella ocasión ya no era aquel soldado joven, sino uno apenas más joven que su compañero preso. En la boca le faltaban la mitad de los dientes, todos del mismo lado.
Brun negó con la cabeza y se pegó todo lo que pudo a la pared. Pensar en otra sesión con aquel hombre… La orina caliente le resbaló por la pierna haciendo que las heridas de los tobillos le escocieran. El soldado, con un evidente gesto de fastidio y repugnancia, entró y agarró con violencia el brazo del muchacho y lo obligó a levantarse.
—No… —Sollozó Brun—. Otra vez no, por favor.
—Calla, inútil.
El soldado arrastró hacia el exterior a Brun, no sin antes pararse a echar una mirada a la mujer, que permanecía quieta como una estatua con la esperanza de no ser vista.
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—Y tú, aguanta un poco, mujer. Aguanta y verás qué bien nos lo vamos a pasar —se carcajeó.
La mujer se estremeció al sentir los ojos hundidos y lujuriosos de aquel hombre repugnante. Ya había soportado a indeseables así y estaba más que cansada. Si tenía la ocasión, le arrancaría la cara a bocados. De hecho, no sería la primera vez que lo hiciera. Había llegado a su límite y el último que intentó propasarse con ella acabó con una oreja menos. Después de lincharla medio pueblo, habían decidido que la culpa era suya, y por eso la llamaron «loca», «bruja» y «endemoniada». Incluso la llegaron a acusar de robar niños; a ella, que no quería más que cuidar de sus sobrinos. Y por todo aquello, se encontraba en aquel lugar de pesadilla.
—Por piedad, señor —intentó zafarse Brun.
—Que te he dicho que salgas, atontao —dijo tironeando del chico.
La mujer, que observaba la escena, creyó ver un atisbo de esperanza, una oportunidad. Se levantó sigilosa mientras el soldado y Brun forcejeaban y se lanzó hacia la puerta a la carrera. A medida que avanzaba era consciente de que tenía la salida al alcance de la mano, cada vez más cerca; solo un poco más y lo conseguiría. Cuando rebasó sus rostros, aún atónitos por lo inesperado, se le dibujó una sonrisa fugaz mientras visualizaba la libertad. Y así se quedó, con la sonrisa congelada en el semblante, cuando sintió el golpe acompañado de un crac en la cabeza que la lanzó directa contra el suelo. No vio nada más, no escuchó nada más. Ya no sería nunca más.
El soldado la miró con cara de fastidio al pensar que tendría que explicar lo que acababa de ocurrir. Los había privado de sus pequeñas diversiones. Ni siquiera habían comenzado a interrogarla. La parte buena era que, si ya no desaparecían más niños, misterio resuelto. Pero para aquel hombre, en el fondo de su oscuro corazón, era una auténtica pena: se lo podrían
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haber pasado muy bien ellos dos entre sesión y sesión con los inquisidores.
—¡Tú!, mira lo que has hecho —le espetó el soldado a Brun.
—¿Yo? Pero yo no he hecho nada.
—Eso ya lo decidirán otros. Pero mejor tú que él —dijo el guardia apuntando al viejo loco, que permanecía inmóvil—. Y tú, guárdame el secreto. ¿O quieres que diga que también la mataste?
El anciano negó con los ojos muy abiertos. El soldado sonrió satisfecho y arrastró de las cadenas a Brun a través de los corredores en penumbra que serpenteaban bajo el edifcio. A medida que giraban por uno u otro pasillo, las llamas de la antorcha los iluminaba y, al mismo tiempo, creaba fantasmales sombras danzarinas que al chico se le antojaron la viva imagen del inferno. Los pasos de ambos y el clankclank de las cadenas rompían la quietud del lugar. Al divisar una puerta que Brun reconoció, la que conducía a la sala de interrogatorios, tuvo que contener un retortijón. No estaba preparado para otra sesión como aquella. Se rompería, se volvería loco.
—No, por favor… —suplicó vomitando las palabras.
El guardia ni se inmutó y siguió empujando a Brun para que avanzase, dejando atrás aquel lugar que solo anunciaba dolor y humillación. El chico suspiró, pero un temor mayor creció y se le instaló en la garganta. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Qué vendría después de aquello? ¿La horca? ¿La hoguera? ¿Sería ya el momento que le había advertido aquel fraile desalmado? Aunque en plena sesión de tortura llegara a desearlo, no estaba preparado para morir. Aún era muy joven y quería ver de nuevo el sol. Él no había hecho nada. ¡Él no había hecho nada!
—No, no, no. —Intentó zafarse justo al llegar frente a una gran puerta—. Yo solo me desmayé. Lo juro, lo juro por lo que más queráis. Solo me…
—¡Estate quieto, chico!
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—Déjame aquí. —Siguió forcejando—. ¡No quiero ir!
El golpe en las costillas le hizo soltar todo el aire de una tacada y paró en seco las protestas. El guardia se agachó y, mientras Brun trataba de volver a respirar, le quitó los grilletes de pies y manos. Se adelantó después y abrió la puerta a la noche. El chico no podía ver mucho, se le había nublado la vista, pero entre bocanada y bocanada, logró observar dos fguras. Una era la de un hombre muy corpulento, la otra la de un encapuchado que se acercaba hacia ellos.
—¿Qué has hecho? —le recriminó aquella fgura desconocida.
—No quería venir —se excusó el soldado—. No hacía más que resistirse y lloriquear.
—¿Y eso es excusa? No se puede tratar a la gente como a animales. ¡Menudos hombres estáis hechos!
Brun sintió que la mano de aquella confusa fgura agarraba la suya. No lo hacía de manera brusca, pero sí frme. Cuando el chico alzó los ojos se encontró con unos iris marrones y serenos que parecían decirle «tranquilo».
—¡Bah! Ya tenéis al crío, ahora dadme mi dinero —le espetó el guardia, y se repasó las encías melladas con la lengua.
El encapuchado podría haberle pedido a su acompañante que le enseñara modales a aquel garrulo que, por llevar una espada al cinto, se creía en posición de abusar de todo el mundo. Pero aquel no era su estilo. Quería evitar por todos los medios que se derramase sangre, a no ser que fuera estrictamente necesario. Era consciente de que cada vez que alguien empleaba la violencia, esta regresaba de manera más virulenta, más injusta, más cruel.
—Lo acordado —dijo al fn el hombre de la capucha mientras desataba una pequeña bolsa de piel del interior de la capa.
La bolsita voló hacia el guardia, que, al escuchar el tintineo que producían las monedas en su interior, mostró su sonrisa
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inacabada. A pesar del miedo y la confusión, Brun estaba tan agotado que se dejó llevar por aquel desconocido. Cualquier cosa era mejor que volver allí dentro. Desde donde estaba, pudo ver la estructura que habían estado construyendo días atrás. La pira estaba lista para ser prendida. La visión hizo que le fallaran las piernas. Sintió que ya no tenía fuerzas para caminar ni para nada más. Se imaginó allí sucumbiendo a las llamas, víctima de dolores inimaginables con la piel derritiéndose por el calor y los pulmones llenándose del humo negro que saldría de la combustión de su propia carne.
—No tengas miedo, muchacho —lo tranquilizó el encapuchado tratando de que se levantara—. No habrá fuego para ti.
Brun lo miró a los ojos y vio sinceridad en ellos. Los dos desconocidos y el chico comenzaron entonces a alejarse en dirección a un trío de caballos que permanecían atados a un abrevadero.
—¡Un momento! —protestó el guardia.
Todos se giraron para ver la cara de aquel soldado que los miraba de forma enigmática.
—Su chico ha matado a otra presa y tendré que dar explicaciones.
El encapuchado miró al muchacho, que negó con un cabeceo.
—Lo acordado es lo acordado —respondió aquel hombre misterioso con voz frme.
—Pero… ¿y si mañana hablara con el prior y le diera una descripción muy clara de lo que ha pasado? Un señor como vos no querría que su nombre fuera mancillado de esta manera, ¿me equivoco?
—¿Eres consciente de lo que dices? —El encapuchado miró torvo a su robusto acompañante—. Tú serías cómplice y también tendrías que pagar por ello.
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—Yo poco tengo que perder. Deme otra bolsa igual a esta y su cara y la de su amigo se me borrarán de la mente lo mismo que una desgracia se pierde entre jarras de buen vino.
El encapuchado sopesó las posibilidades.
—Está bien —convino suspirando.
El guardia sonrió con satisfacción mientras el encapuchado se acercaba a él con la mano al cinto.
—Así se podrá ir tranquilo con su demonio, pero lléveselo
bien lejos. No los queremos por aquí —concluyó escupiendo al suelo.
Brun miraba la escena nervioso, deseando salir cuanto antes de aquel lugar. La pira estaba demasiado cerca como para olvidarse de que, posiblemente, ese sería su destino de permanecer allí el tiempo sufciente.
—Aquí tienes —dijo el hombre misterioso.
Al sacar el brazo, lo que tenía en la mano no era una bolsa de monedas, sino una daga que penetró de lleno en el pulmón de aquel soldado avaricioso. El aire escapó en forma de ligero silbido, haciendo burbujear la sangre al salir. En la garganta del guardia se formaron unas palabras de alarma que nunca llegaron a escucharse y en su rostro quedó grabado el gesto de incredulidad por lo que acababa de suceder.
Brun se quedó de una pieza al ver la escena. ¿Quién era aquella gente? Otra vez vuelta a empezar. Otra vez el lenguaje de la muerte y el dolor. Él solo quería esculpir la piedra. Vivir tranquilo. Que lo dejaran en paz. Formar parte de una familia.
—Señor, yo podría haberle ahorrado el trago. —Habló por primera vez el gran hombre que permanecía frme junto a Brun.
—Es de cobardes ordenar a otros lo que uno mismo ha de
hacer. Yo no soy como ellos —sentenció mirando el gran edifcio que dejaban atrás.
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CAPÍTULO 9
Brun nunca había montado a caballo, pero tampoco le hizo falta saber hacerlo, ya que era el desconocido encapuchado, a lomos de su propio corcel tordo, el que tiraba de las riendas
del bayo que portaba al chico. Su acompañante, a lomos de un orgulloso castaño, cerraba el séquito con la mirada atenta y la determinación del que se sabe cazador.
Mientras avanzaban por caminos envueltos de bosque cerrado, el muchacho luchaba por mantener los ojos abiertos. Quería ver hacia dónde se dirigía, memorizar el camino por si en algún momento necesitaba huir, pero las fuerzas se le escapaban con cada respiración. La vida parecía que se repetía. Llevaba ya rato entre escalofríos y sudores fríos, no sabía si por el miedo o las heridas. El encapuchado lo observaba sin disimulo, volviendo hacia atrás la mirada una y otra vez hasta que, con un lamento que a Brun le salió del alma, aquel desconocido sofrenó su montura y puso pies en tierra, echó mano a las alforjas y se acercó a Brun con algo en ellas.
—Hazte cargo de Asclepio —ordenó el asesino de la daga a su compañero, que recogió las riendas.
Brun lo observaba todo como si estuviera en una ensoñación. La febre provocada por las heridas, el frío y el hambre habían encontrado en su cuerpo maltratado y desnutrido un buen huésped. Lo primero que hizo el encapuchado al estar a su altura fue extraer de una bolsa de tela unas hojas verdes y carnosas que ofreció al chico.
—Toma esto, te aliviará.
Brun las miró con desconfanza y negó con la cabeza.
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—Déjame ayudarte —insistió—. No te harán ningún mal. Te lo prometo.
El muchacho, que apenas tenía fuerzas para resistirse a nada, asintió, y aquel hombre se las metió una a una en la boca. Masticó lentamente y las encontró suaves y ácidas. Le recordaron vagamente al sabor del vinagre. Después, el encapuchado descorchó un diminuto recipiente transparente con una sustancia lechosa en su interior y se lo acercó a los labios. El chico dio un trago al denso líquido con sabor a nueces.
—Solo un poco —dijo el desconocido apartando el pequeño bote.
Mientras aquel hombre volvía hasta su caballo y depositaba todo lo que había extraído nuevamente en las alforjas, Brun comenzó a sentirse más relajado. El dolor y la conciencia se desvanecían a la misma velocidad y sintió que las heridas ya no estaban allí. Los cortes, laceraciones y moretones desaparecían, y sus articulaciones, infamadas por el frío de la celda, se recuperaban poco a poco. Aunque Brun seguía luchando por no dormir, era una batalla perdida y, sin saber cómo, sintió que las riendas se le escapaban de las manos, y su cuerpo sin fuerzas caía sin remedio hacia un lateral de la montura. Sin embargo, las manos frmes del encapuchado lo sujetaron antes de caer.
—Aguanta un poco —dijo aquel hombre, que, después de dar una palmada al caballo de Brun en la grupa, comenzó a andar a su lado—. Ya estamos cerca.
El chico se recostó sobre el cuello del caballo. Lo abrazó lo mejor que su estado se lo permitía e intentó que su cuerpo permaneciera así mientras la consciencia terminaba de abandonarlo.
Lo último que Brun vio aquella noche fue una gran cruz negra de hierro en mitad de una encrucijada. Al verla, al chico le pareció que la mano del inquisidor la sujetaba incandescente frente a él y le dio un vuelco el corazón. ¿Se habría desmayado
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en mitad de un interrogatorio y estaría soñando? ¿Seguiría en aquella sala infernal? Sin embargo, el muchacho volvió la mirada hacia el encapuchado, que seguía allí guiándolos hacia la izquierda y dejando atrás el crucero. Y fue en ese punto donde dejó escapar un largo suspiro que lo entregó por completo al mundo de los sueños. El tormento y la preocupación dejaron de existir y fotó.
Brun corría persiguiendo una sombra entre los árboles del bosque, más allá de la casa de su maestro. Era de noche, pero la luna llena dejaba ver con una claridad que casi parecía la de un día nublado. Brun reía mientras iba en pos de aquella silueta misteriosa que se ocultaba aquí y allá entre carcajadas. El chico, sudado y con la respiración acelerada, sonrió satisfecho, pues sabía que, si su adversario de juegos continuaba por ese camino, saldría a un claro en el que la persecución daría a su fn.
La silueta misteriosa se adentró en el claro y Brun dejó de correr para hacer una entrada mucho más digna de quien se sabe ganador. Lentamente, se internó en la zona despejada, bañada por la luz plateada de la luna, donde vio plantado en el centro a Elías, que, sin un lugar ya en el que esconderse, comenzó a girar, y la sonrisa de Brun se ensanchó mientras iba a su encuentro. Sin embargo, el gesto de alegría se tornó en desconcierto al ver el dedo acusador de su amigo, que lo señalaba con una mirada de terror en los ojos. Brun intentó acercarse para calmarlo y decirle que no pasaba nada, que era él, pero su hasta entonces mejor y único amigo salió corriendo hacia la arboleda como quien ve a un fantasma.
—¡Elías! —gritó, pero nadie lo escuchó, y tampoco escuchó él nada ni a nadie, pues el bosque había quedado en completo silencio—. Soy yo…
A Brun le dolió el pecho y todo giró a su alrededor. Una mano comenzó a temblarle; al principio fue tan leve que ni siquiera fue consciente de ello, pero los espasmos se trasladaron a todo su
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cuerpo y fueron cada vez más fuertes hasta que quedó como un muñeco de paja, sacudido por alguien invisible, en mitad del claro. Los dientes chocaban entre sí y una espuma blanca y densa empezó a llenarle la boca hasta rebosar por las comisuras.
El muchacho sintió que alguien lo abrazaba con fuerza y los temblores comenzaron a remitir. La vista poco a poco se le aclaró y se encontró en el mismo lugar que antes, rodeado de árboles en todas direcciones. Brun intentó voltearse para ver quién lo mantenía abrazado. Quería agradecerle a quien fuera ese gesto de cariño y deseaba con todo su corazón que se tratara de su amigo huido. Sin embargo, por más que lo intentaba, le era imposible girarse. Los brazos de quien quiera que fuese eran demasiado fuertes.
—¿Elías?
Nadie contestó y Brun empezó a sentirse incómodo. Miró hacia el suelo y observó un entramado de raíces que se perdían justo a su espalda.
—¡Allí! —gritó alguien desde el lindero del bosque—. ¡Allí está ese diablo!
Brun forcejeó inútilmente y aquel, o aquello, que lo mantenía sujeto rodeó sus manos y tiró de él hacia el cielo y rodeó sus pies y lo mantuvo pegado al suelo. Entonces el chico pudo ver las enormes y serpenteantes ramas que lo apresaban. Del lindero de árboles comenzaron a salir una multitud de aldeanos, algunos conocidos y otros sin rostro, todos armados con piedras que no tardaron en volar hacia él. Esquivándolas como podía, observó a una fgura que abría esas gentes igual que Moisés lo hiciera con el mar Rojo. Era un hombre con tonsura, vestido de blanco y negro y con una sonrisa desquiciada en el rostro. Ya lo había visto antes y un escalofrío interminable recorrió de arriba abajo el cuerpo del muchacho. La mano huesuda de aquel fraile sujetaba un crucifjo de hierro negro y, cuando estuvo frente a Brun, lo adelantó hasta ponerlo a la altura de sus ojos.
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—Ayúdeme, se lo suplico —dijo Brun desesperado—. Le diré lo que quiera. Confeso. ¡Confeso!
La sonrisa de aquel hombre se ensanchó con satisfacción y el crucifjo prendió en llamas, unas llamas brillantes y nerviosas que crecían y crecían consumiendo al propio fraile y haciendo que el chico tuviera que apartar la cara para no quemarse con ellas.
—¡¡¡Ayuda!!!
Y de repente, todo cesó. Las ramas que lo ataban, las gentes que lo apedreaban y el despiadado fraile que lo acusaba entre las lenguas de fuego. Brun cayó de rodillas, con los ojos anegados de lágrimas y la voz ahogada en la garganta. Ya no quedaba nadie, a excepción de un hombre encapuchado que lo miraba desde arriba con el rostro en sombra y que le tendió la mano.
El muchacho no sabía qué hacer, pero era la única persona de todas aquellas que, aún sin conocerlo, le había brindado ayuda, o eso quería creer.
—Gracias —dijo el chico aceptándola mientras se ponía en pie—. ¿Conozco a vuestra merc…
Las palabras se detuvieron en la boca de Brun cuando sintió el frío acero de la daga hundirse en sus costillas. La capucha de aquel hombre misterioso se deslizó y…
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CAPÍTULO 10
La puerta se abrió de golpe en la pequeña sala de estudios del prior levantando una efmera nube de polvo que inundó el aire fresco y el haz de luz de la mañana que en ese momento entraba por la ventana. El fraile se encontraba concentrado leyendo un enorme volumen ilustrado en la que seres extraños y abominables se enroscaban sobre cuerpos humanos y los llevaban a un reino de fuego y sufrimiento. En la cubierta de piel oscura se podía leer, en letras de oro, la palabra
«Apocalypsis».
—Reverendísimo —dijo fray Agustín antes de que su superior alzara una protesta por la fea y repetitiva costumbre de aquel joven impetuoso; fray Gonzalo pensó que debía corregir aquella falta de respeto cuanto antes, aunque al menos esta vez había agachado la cabeza para dirigirse a él—. Mis
disculpas, padre prior —continuó nervioso—. El guarda yace muerto y… el muchacho ha escapado.
Aquellas palabras consiguieron hacer olvidar la impulsiva entrada de su joven acólito y captaron su atención.
—¿Y el resto?
—Siguen en la celda, pero la mujer yace muerta también. Tiene la cabeza abierta. El anciano dice no haber visto nada. ¡Es obra del demonio!
—Estoy convencido de que no habéis preguntado con la sufciente convicción. El demonio obra por la mano de los hombres.
Y no era la primera vez que ocurría. Ya le habían llegado noticias de que en otros monasterios, conventos y casas de la
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Orden habían desaparecido muchachos con indicios de estar endemoniados. Alguien, o algo, los estaba sacando de allí, lo que les impedía que salvaran sus almas para a saber qué oscuro propósito. Quizá un ejército de servidores del diablo. Era su deber encontrarlos y acabar con todo aquello. Salvar sus almas y evitar que quien quiera que los estuviese apartando de los brazos de la luz siguiera haciéndolo en el futuro. Sabía, además, que no era el único frente que tenía abierto. La desaparición de criaturas casi recién nacidas no lo dejaba descansar. Los simples soldados, merinos o alguaciles no estaban capacitados pasa asumir la tarea. Aquello era cosa del demonio y, contra él, la fe era la mejor de las armas. «¿Qué más pruebas necesitaba esta jauría de pecadores para dejar de lado el cobijo de la sombra y acercarse hasta la luz?», pensó.
—¿Qué haremos padre?
—Intentad que el anciano recuerde; algo, lo que sea que nos ponga en el camino y después preparadlo. Por desgracia para nosotros, y por suerte para él, es el único que podrá expiar sus pecados y salvar su alma.
—Pero…
—No proteste, hermano. Nos ocuparemos del chico más tarde. Lo que va delante, va delante.
Fray Gonzalo sintió el peso de la responsabilidad ante todo lo que se le avecinaba y decidió que era buen momento para ir a la capilla a pedir al Señor que lo guiase en aquel camino tortuoso que se abría ante él. Esperaba, no, necesitaba estar a la altura, pues esa era su labor de vida y el único camino que tenía para expiar sus propios pecados y encontrarse con los suyos en el reino de los cielos.
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CAPÍTULO 11
Lo primero que vio Brun al abrir los párpados fueron unos curiosos ojos azules que lo observaban con la atención con la que un niño observa cualquier novedad. El muchacho se
sobresaltó por lo inesperado, y el niño, de cara pecosa y pelo muy corto y pelirrojo, también. Brun se sintió ridículo al darse cuenta de que se había asustado por un crío que no tendría más de seis o siete años, pero un fuerte pinchazo en la cabeza no le concedió tiempo sufciente para llegar a avergonzarse. En un acto refejo, se llevó las manos a las sienes y cerró los ojos. Al volver a abrirlos, el pequeño se había acercado al otro chico de piel clara y melena dorada hasta los hombros que permanecía sentado en el alféizar de la única ventana que iluminaba la estancia. Le recordó a las imágenes de los retablos, con sus ángeles bañados por la luz tamizada a través de las vidrieras de colores o el blanco alabastro.
—¿Dónde estoy? —preguntó, y la voz le salió tan rasposa que parecía que había comido tierra.
El chico de pelo dorado se incorporó y le hizo un gesto al niño, que salió como una fecha de la habitación. Brun probó a levantarse, pero otro pinchazo y que todo lo que lo rodeaba empezara a moverse fue aviso más que sufciente para saber que era mejor quedarse donde estaba.
—¿Y mis ropas? —inquirió Brun, que se acababa de dar cuenta de su desnudez y de que su jergón no era el único en la estancia: había media docena más.
—Quemadas —dijo alguien desde la puerta—. No te preocupes, te daremos unas nuevas. Las que traías puestas no
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eran más que harapos.
Al principio, Brun no fue capaz de reconocer la voz; sin embargo, al ver la silueta de quien entraba por la puerta supo que era el encapuchado que lo había sacado de aquel agujero. Ahora que se fjaba en él, daba bastante menos miedo. Seguía siendo grande, aunque no tanto como el tipo que lo había acompañado, pero el gesto afable tras su barba lo despojaba de cualquier señal de amenaza. Brun le calculó unos cuarenta y, aunque tenía los brazos fuertes y las manos trabajadas, en sus ojos se leía inteligencia, seguridad y sabiduría.
—¿Cómo te encuentras?
—Mareado.
—Es normal. Se te pasará cuando bebas un poco de agua y te eches algo al estómago.
Entonces quien hizo un gesto fue aquel hombre desconocido, y el chico de piel clara salió de la habitación, cogió de la mano al niño que estaba en el umbral y, en el mismo silencio que habían guardado hasta entonces, se perdieron por un corredor.
—Tuviste mucha febre, pero te pondrás bien. Yo me encargaré de ello, si me lo permites —dijo acercándose a Brun.
En ese momento, la imagen del encapuchado de su sueño se le vino a la cabeza y el muchacho hizo todo lo posible por levantarse y separarse de aquel hombre que no sabía de dónde había salido ni con qué intenciones.
—No debes tenerme miedo, muchacho.
—Pero… lo mataste —le recriminó Brun sin saber muy bien por qué, y la sombra de la culpa enturbió la mirada de aquel hombretón de pelo entrecano—. Mataste a aquel hombre.
—Lo hice, sí. Para salvarte a ti, Brun.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Yo sé algunas cosas de ti que puede que ni tú sepas.
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Aquellas palabras hicieron estremecer al muchacho. ¿Sería ese hombre su rescatador o un aliado del demonio? El chico se sorprendió al pensar en aquellos términos y se pegó todo lo que pudo contra la pared.
—¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar?
—En la celda no, desde luego —rio amable—. ¿No te basta con eso?
—¿Por qué me salvó?
—Entiendo tu confusión. Tienes muchas preguntas que hacer y yo muchas respuestas que darte, aunque, por desgracia, no tantas como me gustaría. Te las daré todas, o casi todas, pero a su debido momento.
—Quiero irme a…
Iba a decir «mi casa», pero ¿qué casa era esa? Estaba solo, completamente solo, más que nunca en su vida y eso ya era difcil.
—Si me dejas, te mostraré qué es este lugar y por qué debes dejar de tener miedo.
El niño pelirrojo entró de nuevo en la habitación portando un fardo que dejó sobre el lecho de Brun.
—Ven, te mostraré mi casa, tu nuevo hogar —dijo el hombre mientras se dirigía al corredor—. Por cierto, mi nombre es Miguel.
Brun observó al niño, que lo miraba sonriente, y pensó que, si aquel pequeño parecía estar sano y feliz, quizá aquel sitio no fuera tan mal lugar. Quizá.
Muy cerca de allí, una campana comenzó a repicar.
Brun, vestido con unos calzones ocres y una camisola blanca y bajo la atenta mirada del niño que lo vigilaba tímido y curioso en la distancia, siguió a Miguel a través de un corredor con arcos abiertos directamente al exterior. Al recibir de pleno la claridad del día por primera vez en no sabía exactamente cuánto tiempo, fue incapaz de abrir los ojos por completo y
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necesitó hacerse sombra con la mano para poder ver algo y no tropezar. Agradeció la semioscuridad de las escaleras que, en dos tramos de sentidos opuestos, los llevaban al piso inferior; también la comodidad de las botas que le habían proporcionado. A pesar de que no eran nuevas, sí que eran mucho más confortables que los grilletes sobre la piel desnuda.
Al asomar de nuevo encontró pared a derecha e izquierda. Esta última se extendía hasta el fnal y allí se podía ver una puerta a la que no llegaron a acercarse, pues a mitad de camino el corredor se ensanchaba a su derecha y daba paso a un espacio más ancho y una nueva arcada por la que adivinaba algunas copas de pequeños árboles frutales. Antes de girar como Miguel, el muchacho escuchó unas voces que no conocía y se detuvo.
—No tengas miedo, Brun.
El muchacho giró y los vio a través de la puerta entreabierta.
—Ca-ri-tate be-ne-vo-lentia que su… subla-ta, omnis e… est e vi-ta sublata iu… iu… ¡Bah! —dijo un joven robusto, moreno, de pelo negro ensortijado y algo mayor que Brun.
No sabía por qué, pero le pareció que aquel era de los que sabían ganarse la vida haciendo lo que fuera.
—Iucunditas —le corrigió aburrido otro, algo más bajo, aunque también parecía mayor; sin embargo, tenía la piel mucho más clara y una corta melena con grandes ondas oscuras. —Si se quita el amor y la bondad, la vida pierde toda su alegría.
—Vamos —lo invitó Miguel.
Fue a abrir la puerta, pero esta terminó de abrirse de golpe y un gato negro salió despedido perseguido por un par de chiquillos a los que Brun calculó unos once o doce años (en realidad no lo sabía muy bien, porque tampoco sabía muy bien la suya). Los críos se quedaron petrifcados al prácticamente chocar con Miguel, que los miraba con desaprobación. Ellos
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intentaron poner cara de no haber roto un plato, pero aquel hombre parecía ser inmune a sus habilidades. Por primera vez en mucho tiempo, a Brun se le escapó una sonrisa.
—Ya está bien, que descanséis. —La puya fue del chico de melena oscura, que levantó la cabeza y reparó por primera vez en Miguel y el recién llegado.
Brun volvió a centrar su atención en la pequeña sala que se abría, ahora sí, completa ante sus ojos. Contó seis mesas con seis banquetas, muy similares a las que había visto en los monasterios cuando había tenido que ir a llevar o arreglar alguna pieza. En dos de ellas se encontraban los chicos que intentaban estudiar lo que creyó latín, con éxito dispar. Las paredes que no daban a la arcada estaban cubiertas con tapices de dibujos extraños y textos en latín y algún otro idioma que no fue capaz de identifcar. No es que supiera leerlos, pero al menos sabía cómo sonaban las palabras por haber asistido tantas veces a misa.
—Lo que deberían hacer es estudiar —les recriminó Miguel, a lo que los pequeños, resignados, respondieron con un asentimiento y una mueca de fastidio.
Con los hombros caídos y un caminar parsimonioso que Brun reconoció como un intento de dar pena volvieron a sus mesas, se miraron de reojo y apareció un brillo divertido en la mirada. A Brun le llegó el sonido de Miguel dejando escapar el aire en una risa casi imperceptible que intentaba disimular por todos los medios. Los dos chicos mayores también tomaron asiento, obedeciendo una orden silenciosa de Miguel.
—Juan, Santiago —dijo señalando primero a uno y después a otro de los pequeños revoltosos—. ¿Qué pensará vuestro nuevo hermano Brun? —Y dio una palmada amistosa en la espalda del muchacho.
Juan encogió sus estrechos hombros y dio un resoplido de indiferencia, lo que hizo que Brun se fjara en lo extraño de su
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labio superior, que parecía partido en dos. Esto, sumado a la delgadez del chico, hizo que viniera a su mente la palabra «lepra». Miguel, que había leído en sus ojos sus temores, lo miró tranquilizador, pero Brun sintió una comezón bajo la piel de su antebrazo y se rascó de la manera más disimulada que pudo.
—Hola —dijo Santiago—. Aunque no lo creas, yo soy el
pequeño de los dos —continuó sin que nadie le hubiera preguntado.
Y en verdad no lo parecía. Era más grande y bastante más rollizo. Tenía una cara divertida bajo el pelo castaño cortado a cazo. Juan le propinó un puñetazo en el hombro con su brazo escuchimizado y Brun creyó que se lo debía de haber roto. Se avecinaba jaleo.
—¿Qué? —preguntó Santiago sin inmutarse.
—Pues que nadie te ha preguntado. —Por encima de la piel aceitunada de Juan, podían ver cómo su cara iba enrojeciendo.
—Niños —interrumpió Miguel—. Aquí, os lo he dicho y os lo diré tantas veces como sea necesario, está prohibida la violencia. La próxima vez que cualquiera de vosotros golpee a uno de vuestros hermanos, iréis directos a la celda. ¿Me he explicado con sufciente claridad?
Los niños se envararon y Brun, sin ser consciente, hizo lo mismo. Se le vino a la mente la noche en la que lo rescataron de la celda y cómo Miguel había acabado con la vida de aquel guardia con total frialdad. No es que el mundo fuese un lugar peor porque aquel hombre dejara de existir, pero eso no cambiaba lo que ocurrió. Miró de reojo a su rescatador sin saber aún qué pensar.
—Vaya par de compañeros cazadores que no son capaces ni de llevarse bien…
—Maestro, ha sido sin querer —comentó Santiago tratando de justifcar a Juan—. No me ha hecho daño, solo jugábamos.
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—Su amigo, en agradecimiento, lo miró poniendo los ojos en blanco—. No podría, aunque quisiera—. Sonrió satisfecho.
—En fn —dijo cambiando de tema para evitar una nueva protesta—. Aquellos dos, aparentemente más civilizados, son Francisco y Manuel.
Manuel, el de pelo oscuro ondulado y piel clara, lo miró con sus ojos tristes, en los que detectó una nota de desconfanza.
—Bienvenido —dijo el otro, Francisco, extendiéndole la mano con una sonrisa pícara.
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CAPÍTULO 12
Al día siguiente, Brun, bastante más recuperado, tomó asiento junto al resto de los muchachos en aquella sala de mesas de estudio y tapices extraños. No había podido ver más de aquel lugar, pues al poco tiempo de hacer su presentación ofcial, volvió a encontrarse débil y mareado y tuvo que regresar a la habitación de los jergones. El cansancio hizo que aquella noche no soñara, y lo agradeció, aunque sospechó que un nuevo trago a aquella sustancia lechosa con sabor a nueces tuvo algo que ver. En cualquier caso, ahora estaba mucho mejor, con el estómago lleno y sentado al lado de Francisco, quien había insistido en que así fuera. A Brun no le importó; parecía que era el único adulto que se alegraba de su presencia, a excepción de
Miguel.
—Decidme —comenzó Miguel de pie en mitad de la sala—. ¿Qué tal os encontráis? ¿Habéis notado algún cambio estos días?
—Anoche me dolía mucho la tripa —soltó Santiago.
—Eso es porque eres un tragapanes —se mofó Juan, que recibió una mirada de desaprobación de Miguel; Francisco y Manuel dejaron escapar una risotada y se ganaron otra.
—¿Y ahora?
—No… bueno, un poco esta mañana, pero ya se me pasó. —Si te vuelve a doler, no esperes. Avísame, aunque sea muy
tarde. ¿De acuerdo? Te prepararé algo para que esta noche te
calme el estómago. —Santiago asintió.
—¿Alguien sabe qué suele ir bien para expurgar el estómago y aliviar el dolor?
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Todos los allí presentes permanecieron en silencio. Miguel se cruzó de brazos, algo decepcionado.
—¿Ni tú, Manuel?
Este negó con la cabeza, y ahí sí se notó la decepción de aquel a quien llamaban «maestro».
—Rabogato. Pero no se os ocurra tomarlo sin mi supervisión. Todo, cualquier cosa que uno ingiera, puede ser bueno en una dosis apropiada. Si nos excedemos, se puede convertir en el más peligroso de los venenos. Hasta algo tan inofensivo como el perejil puede matar.
Brun escuchaba todo aquello, pero no sabía qué estaba haciendo allí ni qué era aquel lugar. ¿Un monasterio? ¿Una escuela? ¿Un asilo para niños huérfanos? —Y tú, ¿cómo te encuentras, Manuel?
El muchacho se encogió de hombros a modo de respuesta. —¿No lo sabes? —insistió Miguel—. ¿Cómo es eso?
El chico siguió guardando silencio. Para la edad que debía de tener, a Brun le pareció casi ridículo su manera de enfurruñarse por una pregunta tan trivial.
—Mira, Manuel. Sé que para ti es difcil de entender. Yo
estoy aquí para ayudarte. —Miguel se fue acercando poco a poco a él—. Llevas mucho tiempo entre nosotros y has visto que en este lugar tan solo cuidamos de la gente o, al menos, lo intentamos.
Manuel lo miraba, y en su interior se debatían demasiadas voces que le impedían hablar. Brun se puso nervioso al ver que aquel hombre se acercaba al muchacho. No sabía qué iba a pasar a continuación.
—No sois demonios, solo estáis enfermos.
Miguel apoyó sus férreas manos sobre los hombros del muchacho. No lo hizo con rudeza, sino de una forma paternalista a la que Brun no estaba nada acostumbrado. Manuel volvió a encogerse de hombros, en parte como
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respuesta y en parte para eliminar el contacto fsico. Sin embargo, al escuchar aquellas palabras que intentaban ser tranquilizadoras, el estómago de Brun le dio un vuelco. Otra vez alguien volvía a pronunciar «demonio» refriéndose a él, otra vez aquella maldita acusación que no llegaba a entender y otra vez aquel miedo atroz a que de un momento a otro alguien se lo llevara, acusado de algo que no entendía, y comenzara a jugar con cuchillos, cuerdas o algo peor.
—Si no somos demonios, herejes o pecadores, ¿por qué nos
persiguen? —espetó Manuel.
—Superstición. Hay quien cree en Dios; yo creo en el conocimiento de gente más sabia que el común de los mortales. —Al escuchar aquello, Manuel se persignó como si fuese la mayor blasfemia jamás escuchada—. Yo creo en Hipócrates, en Galeno, en Abulcasis y Avicena. —El discurso de Miguel iba poco a poco ganando intensidad, y los muchachos, a excepción de Manuel, que seguía escandalizado, escuchaban con mayor atención—. Creo en los estudiosos de otros lugares que buscan la verdad y experimentan para encontrarla; en los sabios olvidados y condenados por hacerlo; en todos ellos creo y, además, en lo que la naturaleza nos regala: en los astros y en todo aquello que muchas mujeres sabias conocen y no pueden decir por miedo a ser acusadas de brujas, cuando solo son sanadoras; creo en lo que aún no conocemos y no hemos descubierto, en la scientia, en eso creo. Y con todo lo que creo y sé y me falta por entender, estoy seguro de que vosotros no sois endemoniados.
Manuel soltó un bufdo para manifestar su disconformidad y Miguel puso los ojos en blanco.
—Yo solo intento enseñaros algo que a mí me costó toda una vida aprender. Os ofrezco una sabiduría por la que yo tuve que viajar centenares de leguas a tierras extrañas, porque aquí, aquellos para los que rezas, la tienen prohibida. —Miguel
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suspiró cansado—. Todos los que estáis aquí lo estáis porque ahí fuera os temen de una manera absurda. Algunos porque creen que portáis una enfermedad contagiosa que haría que se les cayera la carne —dijo mirando directamente a Juan y su labio leporino—. Otros lo estáis porque la naturaleza ha puesto en vosotros un don que solo poseen algunas fores. —Y Santiago agachó la mirada—. Otros porque creen que sois descendientes de brujos.
Brun seguía atento a los vehementes movimientos de Miguel mientras daba las explicaciones. No sabía qué creer de todo aquello. ¿Quiénes eran esos hombres que había nombrado? ¿Scientia? No entendía absolutamente nada.
—Y la mayoría de vosotros estáis aquí por otro motivo. El mal que os afecta no tiene que ver con Dios ni con el diablo. Es la luna la que mueve ciertos fujos en vuestro interior y hace que tembléis y perdáis el sentido. Mi maestro os llamaba «hijos de la luna» por esta razón.
—Blasfemias —respondió Manuel con la boca pequeña. Miguel captó la palabra pronunciada y se acercó a grandes
zancadas hasta Brun.
—Ponte en pie —le ordenó a un Brun cada vez más estupefacto.
—Yo no he dicho nada.
El maestro cogió por el brazo al muchacho y lo ayudó a alzarse sin posibilidad de protesta y, acto seguido, le levantó la camisa. Al descubierto quedaron las marcas de la tortura a la que había sido sometido: aparecieron hematomas, laceraciones y cortes ante los demás, como si hubiera sufrido el ataque de una bestia salvaje.
—¿Crees que esto es lo correcto? —inquirió Miguel clavando los ojos directamente en los de Manuel que, cobarde, agachó la vista—. ¿Así es como se os debe tratar?
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Brun, avergonzado por ser exhibido al estilo de un trofeo de caza, observó que todos los muchachos apartaban la vista de su cuerpo magullado. Todos menos Francisco, que apretaba el puño con la mirada clavada en él. Aunque apenas lo conocía, Brun fue capaz de ver un reconocimiento en sus ojos.
—Levanta la vista, Manuel —ordenó— y mira bien lo que hacen esas personas de Dios a las que tanto defendes. Observa bien estas heridas, porque es lo que os espera ahí afuera.
Y los dedos de Miguel repasaron una larga cicatriz en el costado de Brun.
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CAPÍTULO 13
Unos dedos fnos y pálidos repasaban el borde de la herida en el costado de Brun, que permanecía en pie, vestido únicamente con los calzones, en mitad de una habitación que
no había visto antes.
—Vamos, Lucio —dijo Miguel, que los observaba a unos metros de distancia y que sobresaltó al muchacho de pelo dorado y ojos avellanados—. Aplícalo con cuidado, pero empapando bien la herida.
Brun miró a su alrededor y, a un lado, encontró una estantería repleta de botes de todos los tamaños, formas y colores. En aquellos que eran transparentes podía distinguir solo si se trataba de polvos, partes de plantas o líquidos. Unos pequeños letreros adheridos al vidrio o a la arcilla identifcaban las sustancias que se suponía que contenían. Al girar la vista, halló otro enorme armario con multitud de estantes, en ese caso repleto de libros. Si hubiera sabido leer, habría descubierto que eran tratados de astronomía, el Corpus Hipocráticus, el Methodo Medendi o disertaciones anatómicas o botánicas, entre otros. Jamás había visto tanto conocimiento junto. Tan solo los monjes o los nobles eran capaces de tener una biblioteca como aquella. Los hechos habían dejado claro que no se trataba de un monje, pero ¿un noble? Brun lo dudaba; no tenía la altanería de estos últimos. Además, se había topado con pocos que supieran leer. La fgura de aquel hombre seguía siendo un misterio para él. La vista del muchacho siguió recorriendo la estancia y por todas partes encontró utensilios extraños que no terminaba de reconocer. Algunos de ellos eran demasiado parecidos a los que
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usaron, no hacía mucho, para abrirle la carne y dejarle unas marcas que en ese momento estaban siendo examinadas por aquella gente extraña que parecía querer cuidar de él. También había una gran mesa central coronada por una losa pulida con unas hendiduras en los bordes y unos orifcios aquí y allá que a Brun le resultó de lo más extraña.
El pequeño pelirrojo, ensimismado, no apartaba sus ojillos azules y curiosos de Brun mientras Lucio introducía un recorte de lino en un cuenco para impregnarlo de una sustancia pringosa y oscura. No sabía por qué, pero había algo en aquel niño que Brun no terminaba de encajar y ni él ni el muchacho rubio al que acompañaba a todas partes le habían dirigido una sola palabra.
Pero nada de eso importó cuando el emplasto hizo contacto con la herida y Brun sintió que la zona le hervía. No pudo evitar contraerse y soltar un inesperado quejido.
—Tienes que hacerlo con más cuidado —advirtió Miguel con frmeza, pero sin reproche en la voz—. Deja, te lo mostraré.
Miguel tomó el trapo de las manos de Lucio, que se apartó de Brun un poco avergonzado, y repitió la misma operación de empapar el pedazo de tela.
—Presta atención —dijo Miguel mientras la pasaba sobre la herida.
Brun volvió a contraerse, aunque esa vez no se quejó.
—Esto no está bien —comentó Miguel contrariado a la vez que introducía los dedos en el cuenco para tocar el ungüento directamente con las yemas—. La textura no es la apropiada, y
el olor tampoco —continuó llevándose los dedos a la nariz—.
Hay que hacerlo de nuevo.
Miguel se limpió las manos con gesto preocupado y le tendió el tarro y el pedazo de tela a Lucio, que agachó la mirada. Cogió otro pedazo limpio de lino, lo sumergió en agua y lo pasó por donde el emplasto había estado en contacto con la herida de
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Brun. Cuando quedó satisfecho, le tendió el tejido también al muchacho de pelo dorado.
—Ya puedes vestirte —le dijo a Brun—. Y tú, límpialo todo.
—Estas palabras fueron para Lucio—. Cuando vuelva haremos otra vez el cicatrizante.
Brun se percató de la cara de decepción de Lucio, que miraba el cuenco con el ungüento como si por su culpa hubiera muerto alguien. Le hubiera gustado decirle algo, pero no sabía por qué, aquel muchacho lo evitaba como si de la peste se tratara.
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CAPÍTULO 14
Era una tarde ventosa y también la primera vez que Brun salía al aire libre. Allí se topó con unos cuantos olivos, granados y manzanos repartidos por una considerable extensión amurallada y que se mecían livianos haciendo crepitar sus hojas. También se encontró con el resto de chicos, que estaban dentro de un pequeño vallado. En realidad, no estaban todos. Lucio y el pequeño pelirrojo parecían tener algún tipo de trato diferente, ya que tan solo compartían la
habitación de los jergones y la mesa a la hora de comer.
Brun se aproximó al cercado.
—Esto es para ti —dijo Francisco con sorna a la vez que le tendía un escavillo—. No pensarías que ibas estar a cuerpo de rey sin mover un dedo.
—¿Y qué hago con esto?
—Comértela —bufó Manuel, que, agachado y sudoroso, rozaba con otro escavillo las hierbas que crecían alrededor de las matas de zanahorias, repollos, rábanos y cebollas distribuidas en hileras de caballones.
—¿Me vas a decir que no lo has usado nunca? —se sorprendió Francisco al ver la cara de desconcierto de Brun.
—Te lo digo, sí.
—Otro hijo de noble venido a menos —murmuró Manuel entre dientes con algo de sorna.
—¿Es eso verdad? —preguntó Francisco mientras se dedicaba a encordar unas maderas sueltas de la empalizada que rodeaba los cultivos de hortalizas.
—Ojalá…
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—¿Entonces? ¿No serás juglar o trovador? Me encantan los juglares, aunque no tienes pinta: no hablas demasiado… Pero si lo eres, quiero que me cuentes tus historias. ¿Tienes alguna de
aventuras? O mejor: ¿picantes? —preguntó Francisco con los ojos muy abiertos.
—Lo que faltaba —rezongó Manuel.
—Ja, ja, ja —rió Brun, y esta vez lo hizo de manera abierta; hacía tiempo que no recordaba esa sensación—. No, tampoco. —Y se encogió de hombros disculpándose ante la decepción del muchacho.
—Una pena. Me moría por escuchar alguna cosa que hiciera enrojecer a un cura.
La mirada reprobatoria de Manuel podría haberlo fulminado.
—Pero… ¿y entonces?
—Escultor. Bueno, aprendiz en realidad.
—Ah, artesano. Sabía que algo artista sí que eras. Se te nota en la mirada. No tienes esos ojos tristes de beato como aquí el pequeño obispo —dijo Francisco guiñándole un ojo a Manuel—.
Nos llevaremos bien. —Sonrió.
Brun le devolvió la sonrisa sin hacer caso a un nuevo bufdo de Manuel y vio cómo Santiago y Juan jugaban a perseguirse por turnos el uno al otro entre los árboles. También vio a una pareja de guardias, uno de los cuales había conocido la noche en que lo rescataron, apostados junto a la puerta que, presuponía, daba acceso al recinto amurallado desde el exterior. La sonrisa se le borró de golpe al sentirse de nuevo encerrado.
—Bueno, ¿os vais a poner a trabajar o me voy a tener que
zampar yo todo esto? —Renegó Manuel con hastío—. Tampoco entiendo por qué lo tenemos que hacer nosotros.
—Pues para que no… —comenzó a decir Francisco, y se puso a temblar con la lengua fuera y los ojos en blanco imitando un ataque; Brun se quedó paralizado al ver a aquel muchacho
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hablar tan abiertamente de algo que a él casi le cuesta la vida—. Ya sabes, o eso dice el curandero. Aunque también puede ser una excusa para no pagar a un jornalero.
—¿Y funciona? —preguntó esperanzado Brun.
—Al menos nos mantiene ocupados —dijo Francisco—. Además, después de sudar siempre se duerme mejor. Si no se me vienen las historias picantes a la cabeza y no me dejan dormir, ya sabes. —Y levantó las cejas con cara de pícaro.
Brun, divertido, se agachó para comenzar a rozar las hierbas y en ese preciso instante apareció Lucio, que fue directo a sentarse a los pies de un gran manzano, donde apoyó la cabeza y cerró los ojos. El pequeño pelirrojo, cómo no, lo siguió y se sentó a su lado para ponerse a jugar con diminutas piedras que encontraba por el suelo. Mientras Brun quitaba lo mejor que podía las hierbas, observaba a la extraña pareja desde la distancia.
—¿Y esos dos? —se atrevió a preguntar al fn.
—El mayor es el hijo del curandero —dijo Francisco—. Está casi siempre con su padre haciendo a saber qué en un cuarto lleno de libros y cosas extrañas o en las cocinas. El otro, Damián, es un pobre crío: no habla, no oye y va siempre detrás de Lucio. Aunque eso ya lo habrás notado.
—¡A saber! —Gruñó Manuel.
—Ya estamos —protestó Francisco, que entonces golpeaba con un martillo un clavo con el que terminar de afanzar la básica construcción de maderos alrededor de los cultivos.
—Más te valdría alejarte de él —advirtió Manuel sin levantar la mirada—. Lleva el pecado escrito en los ojos.
Brun observó que Manuel dejó por un momento la labor y sacó de su camisa un cordel en cuyo extremo pendía un pequeño y basto crucifjo de algún metal barato ya oxidado. El muchacho, nervioso, se apartó con un ademán unos mechones de pelo negro pegados a su frente sudorosa y besó la cruz, que
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guardó de nuevo bajo la camisa. Se quedó mirando en dirección a una empalizada al otro lado del patio por la que se vislumbraban partes de una persona que Brun no había visto hasta entonces. Tampoco hasta entonces había sido consciente de la existencia de la empalizada tras la que, aun dentro del recinto amurallado, se extendían unas casetas de adobe y techumbre de paja pequeñas, bajas y encaladas.
El muchacho consiguió ver un trozo de brazo por aquí, un pedazo de pierna por allá, una porción de rostro más arriba. Apenas se distinguía entre las aberturas que dejaba la madera.
—Miradlos ahí.
Francisco dejó de clavar y Brun soltó su escavillo.
—Parecen estar esperándonos para saltar sobre nosotros
—continuó lúgubre Manuel.
—¿Quiénes son? ¿Por qué están ahí encerrados? —preguntó Brun.
El rostro de aquella persona se movía entre los huecos de la rústica valla de madera hasta que encontró un espacio lo sufcientemente grande como para observarlos cómodamente. Brun se percató entonces de que se trataba de una mujer joven. Debajo de una melena negra alborotada que le tapaba media cara, estaba seguro de que había un rostro hermoso. El ojo que quedaba a la vista apuntaba directamente a Francisco, que también clavó su mirada en ella. La chica sacó la mano por uno de los huecos y dejó colgando un saquito de cuero moteado en la parte que daba al patio. Volvió a mirar a Francisco y sonrió.
—No hay que acercarse a ellos —manifestó de pronto Manuel.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Quiénes son y por qué están encerrados así?
—Si nos tocan podríamos acabar igual: pudriéndonos poco a poco. Es una de las dos normas de Miguel.
—No entiendo —dijo Brun.
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No tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo. Sin embargo, miró a Francisco, que parecía triste, y después volvió a mirar a la chica, a la que una ráfaga de viento le apartó el cabello dejando al descubierto los rasgos leoninos con los que la lepra hería los rostros.
Inconscientemente, Brun dio un paso atrás.
—Si tocan las campanas, ellos salen y nosotros nos escondemos.
La chica les sonrió y Francisco le devolvió una sonrisa triste antes de que ella se perdiera de nuevo entre el entramado de maderos.
—¿Cuál es la otra norma?
—No traspasar los muros —intervino entonces Francisco con un tono enigmático.
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CAPÍTULO 15
Bajo la luz del atardecer, fray Gonzalo paseaba abstraído alrededor de un patio interior rodeado de arcos de estilo mudéjar. En el centro, una reluciente fuente heptagonal de azulejos con motivos en verde, azul y blanco hacía brotar un constante fujo de agua a través de su único caño. Aquel lugar, herencia de herejes e infeles, tan alejado del estilo sobrio de las iglesias románicas que al prior tanto le gustaban, había terminado por convertirse en el claustro del convento del que era la máxima autoridad. Ya tendría tiempo de renovar toda aquella parafernalia herética y decorar el lugar más acorde a los designios del Señor. Mientras caminaba pensativo, el hermano Agustín lo seguía retorciéndose las manos, preocupado por el
silencio de su superior.
—¿Dices que el anciano los vio? —Rompió por fn a hablar fray Gonzalo.
—El carretillero afrma que pasaron tres personas a caballo esa misma noche. Una de ellas iba encapuchada y otra parecía un moribundo.
El prior se detuvo y escuchó el sonido de unos cascos de caballos sobre el suelo adoquinado y el traqueteo de las ruedas de un carro alejándose del convento. Los ojos de fray Gonzalo se iluminaron de impaciencia.
—¿Hacia dónde se dirigían?
—Al suroeste, por el camino que se une a la puerta de Valencia.
—¿Y por qué ese hombre no se ha quedado para explicármelo en persona?
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—Padre… —dudó el hermano Agustín— apenas queda para que se ponga el sol y debía comenzar la ronda. Ya sabe que el bosque no da tregua a los extraviados.
—¿Y quién puede haber más extraviado que ese muchacho? —bufó el prior.
—¿Quiere que salga y lo haga traer de nuevo? Aún podría alcanzarlo. Va en un burro viejo y gordo.
—Déjelo. Cada uno tenemos una misión en la vida. La suya es recoger los cuerpos; la nuestra, las almas. Y ninguno de los dos podemos faltar a nuestras obligaciones.
—Como desee.
—Avise al hermano Roque y que preparen los caballos.
Mañana partiremos.
Con un asentimiento, el hermano Agustín se marchó dejando al prior solo en aquel lugar de lujo perdido. El viento se colaba entre los elaborados entramados de mampostería y ululaba un lenguaje desconocido. Fray Gonzalo, como otras veces, lo interpretó como una señal.
—No te fallaré —dijo persignándose con la mirada en el cielo.
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CAPÍTULO 16
El estruendo de un trueno sacó del mundo de los sueños a Brun, que retornó de allí desconcertado en lo que le pareció una eternidad. No era capaz de ubicarse. El recuerdo vívido de la imagen de aquella chica con la mitad de la cara carcomida por la enfermedad le había hecho soñar con cosas que no recordaba. Lo que sí recordaba era la sensación de miedo y angustia con la que se había despertado y que le había hecho sudar como si tuviera calentura. Esperaba no haber gritado ni hablado en sueños de nuevo; por lo que le habían dicho, no sería
la primera vez.
Cuando por fn recordó que se encontraba en la sala de los jergones con el resto de los muchachos, suspiró aliviado. Por un momento creyó incluso que seguía en aquella mazmorra esperando a ser torturado y juzgado. Pero no, en aquel lugar de pesadilla no tenía algo tan mullido sobre lo que dormir.
Brun se giró relajado al saberse a salvo y vio que uno de los postigos de la ventana se había abierto y golpeaba la pared al ritmo de las ráfagas de viento. Se levantó y la habitación se iluminó con un relámpago dejando ver a sus compañeros, que dormían plácidamente. Al resplandor pronto le siguió el trueno, que retumbó como si las paredes fueran la piel de un tambor. Cuando el muchacho se asomó y vio el cielo, aquello le pareció igual que si un manto negro hubiese caído sobre ellos. Se estremeció.
Desde donde estaba, Brun podía ver, a medida que los relámpagos centelleaban surcando el frmamento, el bosque que se extendía hasta el horizonte, más allá del cortado sobre el
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que se había erigido aquel edifcio que ahora le daba cobijo. Si en ese momento se hubiera dejado caer, lo habría hecho sobre la copa de lo que parecía un fresno, aunque era muy probable que desde aquella altura el impacto lo hubiese dejado tullido, si es que no se hubiera abierto la cabeza. No sabía por qué aquel pensamiento le había venido a la mente, aunque no estaba de más pensar en las maneras de escapar de allí si es que se veía en la necesidad de hacerlo. Por muy bien que le pintaran las cosas, la vida le había demostrado que era propensa a torcerse.
Un destello lo sacó de sus cavilaciones. Esta vez no fue un brillo en el cielo, sino entre la oscuridad y las sombras de los árboles. No duró más que un segundo antes de que despareciera. Puede que solo fuese una luciérnaga, aunque razonó que no era muy común verlas volar en noches de tormenta y tampoco solían tener ese tono anaranjado, más propio de la llama de una vela. Brun intentó concentrarse y de nuevo lo vio: se desplazaba rápido y en línea recta hasta que otra vez se perdió en la oscuridad. El muchacho empezaba a estar intrigado y cualquier atisbo de sueño despareció. Decidió entonces quedarse allí, oteando a un lado y a otro hasta que consiguiera volver a ver aquella luz. Y así lo hizo unos segundos después, solo que era otra y se desplazaba al encuentro de la primera. La segunda no llegó a desaparecer, sino que se quedó estática, frente a la copa del árbol que ocultaba a su antecesora, titilando e inmóvil. Brun se concentró y, cuando un nuevo relámpago surcó el cielo, llegó incluso a distinguir una silueta. ¿O sería un juego de luces y sombras con las ramas de los árboles? El muchacho se asomó un poco más. Se apoyó sobre el pulido alféizar de piedra que estaba resbaladizo por la lluvia y comenzó a pasar una pierna cuando…
—¿Echas de menos estar ahí fuera?
Brun se sobresaltó al oír aquellas palabras pronunciadas por una voz que jamás había escuchado. Estuvo a un tris de perder
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el equilibrio, pero logró apoyarse a tiempo y girar para ver quién le había dado un susto que casi lo mata. Al ver a Lucio ni siquiera fue capaz de gritarle. Se quedó mudo por la sorpresa.
—Perdona —se disculpó el hijo de Miguel—. Pensaba que me habías oído al acercarme.
—Te mueves como un fantasma —le reprochó Brun cuando recuperó el habla.
—Pues ya ves que soy de carne y hueso. —Sonrió.
Al observarlo con la luz del cielo relampagueante no acababa de estar seguro. Con su pelo dorado y la piel pálida le pareció que tenía algo de sobrenatural. Sin embargo, se sacudió la idea tan pronto como recordó lo que acababa de ver en el bosque.
—¿Las has visto?
—¿El qué?
—Dos luces, ahí abajo o, bueno, supongo que serían dos personas. Venían cada una de una punta. Se han metido bajo un árbol y ahora ya no se ve nada.
Lucio negó con la cabeza.
—Las tormentas a veces crean sombras y las sombras pueden hacer que las cosas parezcan lo que no son.
Las miradas de ambos se cruzaron por un instante. Los ojos fjos de uno clavados en los del otro. A Brun, la idea del fantasma no le pareció tan descabellada al escuchar todo aquello.
—No creo que nadie salga a estas horas a merodear por ahí.
—Intentó tranquilizarlo Lucio—. Al menos, nadie en sus cabales.
El resplandor de un relámpago volvió a iluminarlos y Lucio le dedicó una sonrisa apaciguadora que a Brun le pareció sincera.
—Deberías intentar dormir un poco —le aconsejó el hijo de Miguel dándole una palmada en el hombro a Brun, que volvió a sobresaltarse por el breve contacto; aunque no le desagradó,
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todavía no se había acostumbrado a que lo tocaran sin la intención de hacerle daño.
Y Lucio se giró, de vuelta a su cama.
Brun se quedó callado mientras observaba cómo el hijo de Miguel se metía bajo las sábanas. Después volvió a poner toda su atención en el bosque, tratando de ver aquellas luces salir de su escondite. De no haberlo hecho se habría dado cuenta de que el hijo del curandero lo examinaba con mirada curiosa, amparado por la oscuridad de la habitación.
Un nuevo relámpago surcó el cielo y, sin apenas pausa, un trueno le respondió con brutalidad. La tormenta estaba justo sobre ellos y la lluvia arreció.
Muy cerca de allí, la cruz de hierro negra que Brun aún no estaba seguro de haber visto o soñado entre los delirios de la febre se retorcía incandescente tras el impacto de un rayo destructor. A su lado, los surcos de unas ruedas difuminaban las huellas de unos cascos de caballo hundidas en el camino embarrado.
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CAPÍTULO 17
Unos pocos días después, no muy lejos de allí y con la luz del amanecer, un grupo de personas comenzó a salir de una pequeña casa en la linde del bosque. Primero apareció un hombre de unos cuarenta años de caminar frme y brazos fuertes, todo él músculo y tendón. Junto a este iba otro, un mozo todavía imberbe, que apenas llegaría a los quince veranos y parecía una copia aún por desarrollar del primero. Bostezaba sin parar mientras rezongaba a cada paso. Los últimos en aparecer fueron una mujer, en apariencia algo más joven que el hombre que abría el grupo, y una pequeña niña de no más de tres o cuatro años a la que llevaba de la mano entre protestas porque no le apetecía caminar recién levantada. Todos ellos portaban útiles de labranza y se dirigían al campo, donde iban a ganarse el jornal. Habrían cogido el carro, pero los bancales que debían trabajar no quedaban demasiado lejos y el asno que hacía de tiro estaba demasiado viejo como para no permitirle
un descanso de vez en cuando.
Cerca de allí, en el mismo bosque, un encapuchado se movía sigiloso entre los árboles. Observaba con cuidado y a distancia cómo los jornaleros bordeaban el bosque. Sabía que encontrar el momento adecuado solo era cuestión de tiempo. Debía permanecer alerta y no precipitarse, y la oportunidad se presentaría ante sus ojos.
—No quiero más —balbució la niña a su madre y se soltó de la mano.
—Tú verás —le reprendió ella—. O vienes con nosotros o te quedas aquí tú sola, y ya sabes lo que hay en el bosque.
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La niña miró asustada hacia el interior de la arboleda, pero no se doblegó y dio una patada de protesta en el suelo.
—¡Tengo sueño! ¡Y quiero dormir!
—¿Qué pasa, María? —dijo el hombre cuando empezaba a desaparecer en una revuelta del camino.
—La chiquilla, que dice que no quiere seguir.
—Menuda señoritinga nos ha salido —se burló el hermano mayor.
—Pues déjala y ya vendrá. Tenemos que estar antes de que llegue el capataz o no nos pagará el jornal completo.
—Ya has oído a tu padre —le advirtió la madre—. O vienes o te tenemos que dejar aquí.
—¡No! —dijo la niña dejándose caer de culo en mitad del camino.
Con el golpe, la criatura se hizo daño, pero prefrió no lamentarse para no mostrarles debilidad.
—Ea, pues ahí te quedas —sentenció la madre divertida.
En el fondo le gustaba que su hija pequeña tuviera ese temperamento. No quería que de mayor se convirtiera en el trapo de nadie. Ella había tenido suerte con su esposo, pero sabía de otras que no, y no quería que su hija fuera una de esas desafortunadas.
María siguió caminando hasta perderse con el resto de los suyos, esperando que la niña apareciera de un momento a otro girando por el camino. No había de qué tener miedo. No eran más que unos cuantos pasos en realidad. Pero la espera se estaba prolongando más de lo que suponía. Era cabezona la chiquilla.
—¿Blanca? —llamó la madre, que había empezado a impacientarse—. Venga, ven aquí, que no podemos llegar tarde.
Pero cuando María se asomó para buscar a su hija, lo que vio fue una capa coronada por una capucha que se interponía entre ella y su pequeña. El individuo, de espaldas, sostenía en la
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mano una brillante moneda de oro que su hija miraba fascinada con los ojos muy abiertos.
—¿Oiga? —dijo la madre tratando de parecer frme—. ¿Se puede saber qué está haciendo?
La fgura no respondió ni se giró. Simplemente dio un paso más hacia la criatura y María comenzó a asustarse de verdad. Aquella no era una ruta muy frecuentada por grandes señores y, por consiguiente, tampoco por bandidos y gentes de mal vivir; sin embargo, siempre había quien acababa perdido.
—Señor —intentó llamar su atención de nuevo—. Es una niña pequeña. Discúlpela si le ha molestado, pero hágame el favor y no me la asuste.
Quien de verdad estaba asustada era María, que no sabía si gritar para pedir ayuda o echarse encima de aquel hombre. No parecía muy grande, desde luego no lo era más que su esposo, pero ¿y si bajo esa capa escondiera una daga o una espada? No lo había visto llegar ni tan siquiera escuchado.
—¿Señor? —Le temblaba la voz.
El encapuchado dio un nuevo paso hacia la niña y María tragó saliva al dar inconscientemente otro paso hacia aquel personaje.
—Mamá —llamó la niña, que había comenzado a inquietarse al ver la cara de su madre.
—Tranquila, cariño. Quédate donde estás.
—¿Pasa algo, María? —dijo el padre desde la lejanía—. ¿Se puede saber por qué tardáis tanto?
El encapuchado se envaró de golpe y una sensación de pánico invadió a la mujer al ver aquel gesto.
—¡Corre, Blanca!
La niña echó a correr, pero en la dirección equivocada, ya que iba directa hacia sus padres. Intentó esquivar al personaje misterioso, que se interponía en su camino y que, con un hábil movimiento, se guardó la moneda en uno de los bolsillos.
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Cuando la niña hizo un torpe zigzag tratando de sortearlo, este solo tuvo que girarse un poco y estirar el brazo para atraparla.
—¡Ayuda! ¡Se llevan a mi niña! —gritó la madre desesperada.
El encapuchado se echó a la niña al hombro y se lanzó a correr a través del bosque sin mirar ni una sola vez atrás.
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CAPÍTULO 18
Los chicos permanecían sentados en lo que Miguel llamaba «sala de estudios». Como venía siendo costumbre, estaban todos excepto Lucio y Damián. Francisco ocupaba el lugar junto a Brun, que era incapaz de concentrarse en las letras que tenía frente a él. Había empezado a aprender a leer y, aunque tenía la impresión de que no le costaría tanto como a Francisco, aún era incapaz de descifrar algo más que monosílabos. Y justamente hoy no sería el día en que conseguiría ir más allá, porque lo único que hacía era doblar una hoja y estirarla, fjarse en los grabados de los bordes, enrollarla y repetir la operación, una y
otra vez.
—Pareces una liebre inquieta —dijo Francisco dándole una palmada en la espalda que lo sacó del trance.
—¡Eh! —protestó Brun sobresaltado.
Manuel, que estaba al otro lado de Francisco, los miró con fastidio, pero no pudo evitar prestar atención a la conversación.
—¿Qué te ocurre?
—Nada, pienso.
—Piensas. Pues si el curandero te ve pensar así, te va a poner a limpiar las letrinas de los leprosos por tratar sus libros como si estuvieras despellejando un ciervo.
Brun miró a Francisco inseguro. Desde la noche de la tormenta había intentado quitarle importancia a lo que vio o lo que creyó haber visto. Sin embargo, no había podido dejar de pensar en aquel misterioso encuentro bajo la lluvia y los truenos. ¿Lo habría soñado? Si no era así, ¿quiénes eran
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aquellas dos personas y para qué se reunirían en una noche tan desapacible?
—Vamos, pequeña liebrecilla —lo incitó Francisco al ver la cara de indecisión de quien ya consideraba su amigo.
Brun se deslizó en su banco para acercarse un poco más al de Francisco, que se inclinó también. Manuel prestaba ya toda la atención a la conversación de ambos y había dejado de lado los escritos; le daba igual lo que hubiera dicho aquel griego sobre la manera en que las personas debían afrontar los hechos y la lógica del pensamiento. ¿Leer a Aristóteles? El debería estar estudiando a Tomás de Aquino o San Agustín o, mejor aún, la Biblia y punto.
—La otra noche, la de la tormenta —comenzó a hablar Brun en un susurro con aire misterioso—, vi a alguien ahí afuera. No sé quién era, pero cargaba con una luz en las manos. Al tiempo, otro más salió a su encuentro.
—¿En mitad de la tormenta? —dijo sorprendido Francisco, a lo que Brun asintió.
—Y se perdieron en el bosque.
—Solo las brujas se pasearían a esas horas de la noche
—intervino Manuel, que no podía permanecer más tiempo con los labios pegados—. O las ánimas.
—¿No puedes parar un momento de ver demonios por todas partes? —lo recriminó Francisco—. Puede… que lo que vieras ahí fuese un hada… o dos. —Y esto último lo dijo como si estuviera imaginándoselas en medio de una de las historias picantes que tanto le gustaban.
—¡Eso sí que es bueno! —protestó Manuel echándose hacia atrás y con los brazos cruzados.
—¿Y por qué tendría que ser una bruja? —se defendió Francisco—. ¿Por qué no un hada? Una hermosa y bella hada de perfecto cuerpo de mujer… —Esto último lo dijo remarcando las palabras a través de sus manos, que repasaban las curvas
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invisibles del volumen de una mujer que solo existía en su cabeza.
—Valiente estupidez —intervino Manuel.
Pero tanto Juan como Santiago lo miraban absortos. Brun, que no sabía qué pensar, se divertía con la interpretación de juglar de pacotilla de su amigo. Sin embargo, en el fondo, sus palabras le provocaron inquietud.
—Cuentan que las hadas son las descendientes de los ángeles
—continuó Francisco cogiendo un ángel imaginario que posó sobre su mano para, después, dejarlo sobre la mesa de Brun.
—¿No puedes parar de blasfemar? —le reprochó Manuel. —No —respondió muy serio Francisco, y él y Brun
rompieron a reír al ver a Manuel enrojecer.
—Sois… Sois… Iréis al inferno.
—Dicen que fue Lucifer —continuó Francisco sin hacer caso a las palabras de Manuel— quien los arrastró con él en la caída y decidieron quedarse en los bosques para cuidar a los hombres
y… —Francisco les guiñó un ojo e hizo un gesto echando un par de veces la pelvis adelante y atrás de forma lasciva.
Los chicos volvieron a reír. Manuel se persignó a punto de estallar.
—¿Qué te parece? —continuó socarrón—. Yo también sé de historias.
—El día que estés ardiendo frente a Belcebú por todos tus pecados y tus blasfemias, ese día te arrepentirás de todo.
—¡Bah! —Y se apartó la idea con un manotazo en dirección a Manuel—. No sé yo ese cielo tuyo… Si todo lo que produce un mínimo de gozo es pecado, solo te vas a encontrar más que tedio. Y tú —dijo, esta vez a Brun—, ¿quieres ver un hada?
—¿Cómo?
—Pues eso, ¿que si quieres ver un hada? —Francisco miró entonces a Manuel y, juntando las manos sobre el pecho, trató
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de imitar a una dama asustada—. Yo sé que a ti sí te gustaría, pero eres demasiado cobarde.
—Ya reiré, ya…
Francisco se giró hacia Brun y, con una media sonrisa pícara, le guiñó un ojo.
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CAPÍTULO 19
Miguel se encontraba en su sala de trabajo o, como la solía llamar, el laboratorium, rodeado de grandes libros, frascos y tarros con sustancias que solo él conocía. También seguían allí los montones de herramientas extrañas y misteriosas, de todos los tamaños y formas. Junto a él estaba Lucio, que observaba ceñudo una serie de ramilletes de hierbas y plantas extendidos sobre la piedra de la alargada mesa
central.
El muchacho adelantó la mano para coger el primero de los manojos y se lo mostró a su padre. Las hojas eran las mismas que Miguel le había dado a masticar a Brun cuando lo rescataron de las garras de aquel fraile fanático: verdes, carnosas y ovaladas. Damián lo observaba todo expectante balanceando las piernas desde una silla en un lateral de la sala.
—Verdolaga. Es buena contra la calentura, las úlceras y el dolor de vientre. —Su padre asintió y, como si fuese una varita, Lucio continuó señalando el resto de los ramilletes mientras los enumeraba—. Hierba de San Guillermo. Ayuda contra la diarrea y la hinchazón en la garganta.
—Especialmente si hay pus —apostilló Miguel. —Especialmente si hay pus. La siguiente es menta de gato,
que resulta muy efcaz para tratar el estreñimiento, la infamación y los calambres del vientre. Como cataplasma o aceite es muy útil para aliviar el dolor de huesos en los cambios de tiempo.
—¿Y para qué más?
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Lucio se llevó dos dedos a la barbilla mientras intentaba rescatar el dato que le faltaba.
—Y también… también para las almorranas —dijo fnalmente.
—Muy bien. ¿Y la última? Es la más fácil de todas.
—Son amapolas. En forma de leche o elixir son perfectas para calmar el dolor, los espasmos y ayudar al sueño, aunque nubla los sentidos y es muy peligrosa si se consume en dosis demasiado elevadas o con mucha frecuencia.
—Perfecto —comentó satisfecho su padre—. Ahora dime:
¿cuántos y cuáles son los humores?
Al escuchar esto último, Lucio no pudo evitar desviar la mirada hacia el cuenco con la sustancia oscura que acababan de preparar y que servía, entre otras cosas, para tratar las heridas de Brun. En esta ocasión ya tenía la composición y textura perfectas. Su padre le había mostrado otra vez cómo hacerla paso a paso, detallando casi todos los ingredientes y pasos para su elaboración.
—Lucio, ¿los humores?
—¿Eh? —dijo Lucio torpemente—. Los humores, sí… Son cuatro: la sangre, la bilis, la bilis negra y la… la… la fema.
—Correcto. ¿Dónde podríamos encontrar la fema en mayor medida?
—En los pulmones —respondió, y acompañó sus palabras posando la mano en aquello que enumeraba—. Y la cabeza.
—Lo estás haciendo bien, hijo.
El chico torció un poco el gesto, inseguro.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Miguel al ver la cara del muchacho.
—A veces creo que todo es demasiado difcil, padre. No sé si podré hacerlo bien. No sé si estaré a la altura.
Miguel sonrió y le puso una de sus manazas sobre la cabeza en actitud paternal.
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—También yo debo estar a la altura y ser capaz de enseñarte lo mejor que pueda para que, cuando ya no esté, puedas seguir aprendiendo y descubriendo cómo curar y cuidar a los que te rodean. Esto es cosa de maestro y aprendiz.
Lucio se relajó un poco al escuchar aquello y su padre le palmeó el hombro.
—Vamos, hijo. Sé que serás capaz.
—Entonces —lo interrumpió— ¿por qué hay libros que no me permites leer?
Miguel lo miró muy serio, soltando el aire, y el chico se encogió en su sitio. No era la primera vez que había salido el tema. Lucio era un chico curioso y eso estaba bien. Eso lo haría querer seguir aprendiendo. Sin embargo, aún no estaba preparado.
—Porque primero has de saber caminar para aprender a correr.
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CAPÍTULO 20
Fray Gonzalo recorría los caminos junto al bosque a lomos de un caballo blanco inmaculado. A ambos lados, algo más retrasados, lo acompañaban en dos alazanes el hermano Agustín y el hermano Roque. Este último hacía sufrir bajo su peso a su montura, que no estaba acostumbrada a tratar con frailes tan entrados en carnes. Aun así, parecía más enfadado el fraile con su cara de perro pachón que el propio animal. El
padre prior se giró al escucharlo refunfuñar por enésima vez. —¿Le ocurre algo, hermano?
—Nada, padre —dijo el hermano Roque tratando de quitar su cara mustia—. Es que no estoy acostumbrado a estas bestias.
—Padre —añadió nervioso el hermano Agustín—. ¿Usted cree que daremos con el chiquillo?
—Dios proveerá, hermano. Debemos confar.
—Yo confo en llegar a algún lugar antes de que me quede sin
posaderas —murmuró el hermano Roque, que se llevó una mirada fulminante del prior—. Perdone, padre.
El bosque se acabó y unos campos dorados se extendieron frente a la comitiva de religiosos. Moteando el horizonte aquí y allá, algunas mujeres vestidas de negro y con un pañuelo en la cabeza para protegerse del sol se afanaban en recolectar el trigo a golpe de hoz. Una de ellas, alertada por el sonido de los cascos de los caballos, se irguió, se secó el sudor que le perlaba la frente y se los quedó mirando.
—¿Padre? —dijo temeroso el hermano Roque—. ¿Sería posible que tomásemos un descanso?
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El padre prior detuvo su caballo para ponerse a la altura de su exasperante subordinado. En qué hora había decidido que sería buena idea que aquel haragán del tamaño de un buey los acompañase. Cuando volvieran al convento tendría una charla con él.
—Hermano Roque —dijo, y el susodicho se contrajo a la mitad sobre su montura de manera instantánea—. ¿Cómo pretende…
—¡Padre! —interrumpió una voz de mujer, lo que todavía irritó más a fray Gonzalo. ¿Quién se atrevía a hablarle mientras intentaba amonestar a sus frailes? ¿Es que nadie le iba a tener respeto ya?—. ¡Padre, por favor, espere!
Cuando los tres se giraron hacia la voz, vieron que una mujer se acercaba corriendo con una hoz en la mano, desesperada. El hermano Roque volvió a menguar, pero el hermano Agustín se aproximó con el caballo cortándole el paso para impedir que se acercase demasiado a su superior. Este observó la maniobra complacido. Fray Agustín era impetuoso, para lo bueno y para lo malo, pero estas acciones lo redimían a los ojos del prior.
—Por favor, aguarden un momento —continuó ella, que se acababa de dar cuenta de la posición defensiva que habían adoptado los tres hombres con sus monturas; avergonzada, bajó la hoz que tenía en la mano e hizo una reverencia—. Perdónenme, padres.
—Creo que las formas de acercarse a tres hombres de Dios a caballo no son las mejores, hija —dijo molesto fray Gonzalo.
Las mejillas de ella se tiñeron de rojo.
—Suerte que has dado con hombres piadosos —continuó el prior intentado aparentar estar menos enfadado de lo que realmente estaba; algo le decía que debía escuchar a aquella desgraciada.
—Lo siento, padre. Es que… verá…
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El hermano Roque y el hermano Agustín se miraron cómplices. Fray Gonzalo emitió un gruñido imperceptible de disgusto.
—Habla de una vez, mujer.
—Mi nombre es María y… —dijo intentando contener las lágrimas— y ayer se llevaron a mi pequeña. ¡Me la robaron!
Y María rompió a llorar ante aquellos tres desconocidos al recordar cómo un encapuchado había raptado a su niña en mitad del bosque.
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CAPÍTULO 21
Miguel se encontraba en una de las construcciones de adobe encalado en la que habitaba el grupo de leprosos.
No eran muy grandes, pero, al menos, eran habitáculos para una o dos personas que proporcionaban cierta sensación de intimidad. Allí vivían y penaban aquellos marginados entre los marginados, pese a los cuidados de Miguel, sabedores de que su situación distaba mucho de poder mejorar.
En aquel momento, el sanador se encontraba afanado aplicando el emplasto oscuro que ya empleara con Brun sobre las heridas en la espalda de una joven; era la misma de rasgos leoninos que se asomó al vallado el primer día que el muchacho tuvo contacto con ellos. Miguel, con unos guantes de cuero enfundados, rebañaba la superfcie del cuenco ayudado con un pedazo de lino y, con el mayor de los cuidados, extendía la densa sustancia sobre la piel llagada.
—¿Cómo te encuentras, Blanca?
—Ahora, aliviada —dijo ella sin abrir los ojos—. ¿Mejora algo por ahí detrás?
—Al menos no empeora —respondió Miguel con voz pesarosa.
Estaba seguro de que debía haber una cura para todo aquello, pero no era capaz de encontrarla.
—Algo es algo. No se preocupe, bastante hace por nosotros. Pero Miguel sabía que no era sufciente y que ellos hacían
más por él que a la inversa, a pesar de parecer lo contrario. Sin embargo, estaba dispuesto a encontrar la manera de ayudarlos.
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El curandero rebañó del cuenco un poco más del emplasto y continuó aplicándolo con mimo.
—¡Venga, vamos! El hada nos espera —susurró la voz de Francisco junto al jergón de Brun, que se sobresaltó al escucharlo en mitad de la noche.
—¿Qué dices?
Brun se incorporó en la oscuridad del dormitorio común y se quedó sentado con la espalda apoyada en la pared. Frente a él, Francisco lo miraba risueño en cuclillas.
—¿Se puede saber qué te ha pasado? —continuó Brun tocándose la cabeza al darse cuenta de que la de su amigo estaba completamente rasurada.
—Nada, que he visto un fantasma y se me ha caído.
—Y seguro que huyó de ti —apostilló Brun mientras se cruzaba de brazos.
—El curandero dice que tenía piojos. Ahora el hada te va a preferir a ti —dijo con fastidio.
—¿De verdad te crees todo eso de las hadas? —Yo creo en mis hadas. ¿Te vienes o no? —Aunque quisiera, no podemos salir.
—Vaya… alguien ha llegado tarde a avisarme —se lamentó con una media sonrisa maliciosa—. Ahora ¿qué vamos a hacer?
—continuó teatral.
—Pero ¿y las puertas, las murallas, los guardias?
Brun temió haber dicho esto último demasiado alto y se giró a un lado y a otro para comprobar que no había nadie escuchando. Tampoco es que en mitad de aquella oscuridad pudiera ver demasiado, pero todo parecía estar en calma.
—Además, ¿qué ocurrirá si nos cogen? No me apetece que me echen de aquí.
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El muchacho se sorprendió de escucharse decir aquellas palabras. No sabía cómo había sucedido, pero, poco a poco, había comenzado a sentir aquel lugar como suyo. Quizá fuera por la infuencia de Francisco, que lo apremiaba a que lo siguiera a buscar un hada, ni más ni menos; o quizá fuera por la idea de saber que no era el único que sufría aquellos temblores y desmayos y que nada tenía que ver con ningún demonio, sino más bien con una enfermedad que quizá Miguel pudiera curar con algún bebedizo.
—Nadie se va a enterar. —Francisco le guiñó un ojo—. Pero debemos irnos ya.
Brun miró hacia la ventana en silencio.
—Quizá me haya equivocado contigo —se lamentó Francisco poniéndose en pie—. Creí que eras de otra pasta. No tan… —Con la cabeza señaló a Manuel, que dormitaba solo unos metros más allá.
—No es cobardía —se defendió Brun y se detuvo.
No sabía cómo seguir. Estaba seguro de que no era por falta de valor. Estar ahí afuera no le daba miedo, lo que le daba miedo era no poder volver a entrar, perderse de nuevo y no encontrar un lugar donde lo acogieran y le enseñaran, donde lo cuidaran y no hicieran preguntas ni lo señalaran con el dedo, donde sus amigos no le lanzasen cosas solo porque alguien había decidido creer que un demonio lo había poseído. Hacía tiempo que había perdido aquella última piedra que le lanzó Elias, pero el dolor que le había producido todavía lo acompañaba.
—Pues si no es cobardía, no lo entiendo. Te estoy ofreciendo
lo que ningún hombre puede rechazar —dijo Francisco acompañándose de un movimiento de pelvis que Brun había visto demasiado a menudo—. Ya me entiendes…
Francisco se levantó y lo miró por última vez antes de salir, esperando ver algún tipo de reacción en su nuevo amigo. Brun
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permanecía con la cabeza gacha, frotándose las manos como si así fuese a eliminar la indecisión de su cabeza.
—Tú mismo —se despidió Francisco, y echó a andar hacia la puerta.
Lo que ambos no sabían era que, desde su jergón justo al otro extremo de la habitación, resguardado en la oscuridad, Lucio los había estado observando en silencio.
En la cocina, Francisco rebuscó en los armarios y alacenas hasta encontrar su objetivo: un par de dulces cilíndricos y achatados de almendra que introdujo en un saquito moteado que hacía de faltriquera.
—Y este, de premio —dijo cogiendo un tercero y metiéndoselo de una vez en la boca—. ¿Quieres uno?
Le tendió un cuarto a Brun, que negó con la cabeza y lo miró inquieto. Aún no sabía por qué había aceptado acompañarlo. No solo iban a escapar de lo que hasta ahora era su único refugio, sino que también se habían convertido en unos ladrones. ¿En qué estaría pensando?
Francisco se encogió de hombros, cogió un candil de la mesa y se perdió por una puerta que daba a media docena de escalones. Estos llegaban a una despensa llena de tinajas, cajas con algunas piezas de fruta, ristras de cebollas, ajos y ñoras colgados de la pared. Allí hacía más fresco que en la cocina y a Brun le dio un escalofrío que no supo identifcar si era por la temperatura o por lo que se proponían hacer. Si Francisco se percató, no dijo nada y avanzó alumbrando por donde pasaba hasta dejar al descubierto algunos toneles al fondo de la estancia. El muchacho descolgó de la pared una bota que rellenó del vino de uno de los barriles con las duelas ennegrecidas.
—Hay que coger fuerzas —comentó antes de echarse un buen trago a gallete—. Toma. —Se la ofreció a Brun con una
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mano mientras con la otra se limpiaba los restos de la barbilla y la boca.
—Me va a hacer falta.
Brun la cogió y le dio un trago largo, lo que provocó la risa de Francisco.
—Sabía que eras de los míos —aseguró dándole una palmada a Brun que casi le hace escupir lo que le quedaba en la boca—. Solo había que apretarte un poco.
Brun le tendió de nuevo la bota a Francisco, que se la guardó bajo la camisa.
—Esto, amigo, nos dará la gloria.
De pronto, a Brun se le ocurrió una idea en la que no había reparado antes.
—Dime una cosa. Si sabes cómo salir, ¿por qué sigues aquí? —¿Y a dónde iba a ir? Ahí afuera lo mejor que nos puede
pasar es que nos maten. Bueno, a excepción de lo que nos va a pasar esta noche. —Le guiñó un ojo y agradeció que no volviera a contonear la cintura igual que un perro en celo—. Aquí me dan de comer, me visten y duermo bajo un techo. Además, aunque a veces nos veas pelearnos, somos como hermanos. Para mí, esto es lo más parecido a una familia, y eso es más de lo que puedo pedir.
Brun se percató de que era la primera vez que escuchaba hablar a su amigo tan serio, casi con pesar, y se reconoció en él.
—Familia —se animó a decir—. Mi familia, mis padres, me entregaron a mi maestro, y mi maestro, que se convirtió en algo así como una nueva familia, me entregó sin dudar a esos hombres que se dicen de Dios. No sé si tengo que farme de mi familia.
—O será que no has tenido una buena.
—Será eso.
—Pues ya tienes una —le aseguró Francisco, y le echó el brazo por los hombros con una sonrisa a todo lo ancho de la
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cara.
Brun no pudo evitar dejar escapar una sonrisa y Francisco le dio un bocado a una manzana que sacó de una tinaja. Brun se la arrebató de la mano y la mordió también.
Miguel seguía tratando las heridas de Blanca, la chica de rasgos leoninos. Con delicadeza, enrollaba tiras de lienzo alrededor del pecho y la espalda de la muchacha para cubrirle las marcas de la enfermedad. No le dijo nada a la enferma, no quería preocuparla, pero juraría que una nueva herida se había generado en la cabeza de aquella desgraciada desde la última vez y se lamentó por ello. No importaba lo que hiciera, que aquella maldita enfermedad era capaz de abrirse paso por donde fuera. Cuando parecía que había dado con algo, que podía controlarla, ¡zas!, allí estaba de nuevo manifestándose implacable, superior a él, a todos los que lo habían precedido.
A través de la pared, unos gemidos lastimeros se fltraban desde la construcción contigua. Blanca bajó la cabeza.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Miguel poniéndose frente a la muchacha, que tenía los ojos acuosos.
Miguel no pudo evitar sentir una punzada de dolor al verlos y pensó en lo hermosa que sería si la lepra no hubiera decidido amargarle la vida y arrasar su carne. Ya ni siquiera podía recordar cómo era cuando llegó, con apenas unas marcas en los pies y la espalda. Pero la enfermedad era cruel y no entendía de belleza, nobleza o buen corazón.
—Dime, niña —la animó.
—Es Pablo. —Y señaló hacia la pared—. No deja de llorar en sueños y me da pena porque solo quiere volver a casa, pero no sé cómo decirle que ya no puede, que esta es su casa.
Blanca se tapó la cara con las manos y comenzó a sollozar.
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—Sabes que es imposible, Blanca —dijo enternecido por aquella muestra de compasión, aunque no estaba seguro de si lloraba más por él o por ella misma.
—Ya, pero es que es tan…
—¿Injusto?
—¡Sí!
—Sí que es injusto. Pero la vida es así: injusta y cruel. Mira a esos nobles, que aun en caso de tener los medios, dejan que su pueblo muera de hambre, de guerra, de enfermedad… Da igual que sean más o menos feles, más o menos buenas personas, o que sus existencias sean más o menos valiosas para el resto. No importa. La vida viene y se te lleva o te condena por cosas que no controlamos y nada podemos hacer, excepto levantar la cabeza y ponérselo difcil.
—Aunque no todos los nobles son así —dijo ella en lo que pretendía ser una sonrisa de agradecimiento; sin embargo, la falta de carne en los labios la transformó en una mueca desagradable para cualquiera que no fuera Miguel.
—No, no todos somos así —asintió, enternecido y agradecido—. Te prometo que haré lo que esté en mi mano para cuidar de él, de todos vosotros. No te preocupes, entrará en razón.
—Dios te oiga.
—Dios no tiene nada que ver aquí y, si esta es su obra, maldito sea.
Miguel volvió a sonreír a Blanca y, con toda la delicadeza de la que fue capaz, comenzó a untar el emplasto ocre por la cara de la chica. También aplicó una pequeña porción a la zona donde había visto la nueva costra y, al hacerlo, desprendió algunos cabellos.
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El cielo de aquella noche estaba lleno de nubes dispersas que, cada tanto, dejaban asomar la luna. Cuando eso sucedía, había sufciente claridad para que quien estuviera observando desde el lugar adecuado del patio pudiera ver asomar por una de las ventanas del edifcio principal la cabeza pelada de Francisco. Era como ver aparecer una gárgola de piedra en mitad de la recta pared del edifcio principal. Pero a esas horas, las únicas personas que se encontraban allí eran los guardias apostados en la puerta de entrada de la muralla y, por suerte, como muy bien sabía Francisco, la ventana quedaba oculta gracias a la perspectiva que tenían desde el punto en el que estaban situados. Así que, sin miedo a ser visto, el muchacho terminó de sacar el torso. Se sentó sobre el alfeizar, a más de tres metros del suelo, y se dejó caer. Al aterrizar se produjo un sonido seco que esperó que no hubieran escuchado los guardias, aunque si lo hubiesen hecho, fácilmente podrían confundirlo con el pateo de alguno de los caballos en las cuadras.
—Date prisa —susurró mientras se asomaba, pegado a la pared, para observar a los guardias, que jugaban a los dados sentados al calor de una pequeña hoguera.
Brun se asomó entonces por la ventana y, sacando el cuerpo, se puso de cuclillas. Miró indeciso hacia el suelo.
—Venga —lo apremió Francisco—. ¡No me digas ahora que te da miedo!
Miedo no le daba, sabía que con una caída así no se iba a matar, pero sí podía torcerse un tobillo o romperse una pierna. Solo le faltaba quedar tullido de por vida. Además, fue consciente de la tirantez de algunas de las heridas ya cicatrizadas que aquellos locos le habían abierto en el cuerpo.
—¡Brun!
Y Brun cerró los ojos, tomó aire y se serenó. Al abrirlos, intentó calcular el salto mentalmente y… ¡pum! No contó con el pequeño desnivel del terreno. El tobillo se le dobló lo sufciente
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para que la pierna se le fuera hacia un lado y perdiera el equilibrio; se dio de bruces contra el suelo. Francisco contuvo una carcajada al verse fulminado por la mirada de su amigo.
—Hubiera sido mejor haber traído panderetas —susurró Francisco en tono jocoso, y se volvió para observar a los guardias, que parecía que esa vez sí se habían alertado.
—Mala burra te cocee —le espetó Brun mientras se ponía en pie y se sacudía el polvo de la ropa.
—Calla.
Brun se acercó a su amigo y, aunque lo que le apetecía era darle una colleja por haberlo convencido de salir y por reírse de su poca habilidad para saltar ventanas, se quedó quieto y contuvo la respiración. Desde allí vio a los hombres de armas levantarse y echar mano a las espadas mientras miraban en derredor. Escuchaban. Trataban de averiguar el origen de aquel sonido. Todo quedó en suspenso el tiempo que tardaron los soldados en sentarse nuevamente. Uno de ellos metió los dados en el cubilete para continuar con la partida y los dos muchachos soltaron el aire a la vez.
—Ahora, silencio —le advirtió Francisco en voz muy baja—.
Solo haz lo que yo haga.
Y Francisco se echó al suelo. Brun se miró la ropa, de la que había conseguido sacudir gran parte del polvo de la caída y, resignado, se tumbó también detrás de su amigo. Ambos comenzaron a desplazarse reptando, bien pegados a la muralla que rodeaba el lazareto. Con ese nombre conocía todo el mundo aquel conjunto de edifcaciones. A ojos de cualquier persona que no tuviera que ver con aquello, lo único que había en aquel lugar eran unos pobres desgraciados carcomidos por la lepra. Los otros pobres desgraciados perseguidos por creerlos endemoniados, por brujos y por a saber qué cosas más no existían fuera de aquellos muros.
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—Ahora tenemos que movernos lo más despacio posible y
sin hacer el menor ruido —murmuró Francisco muy serio antes de quedar totalmente expuesto a la mirada de los guardias—. Primero lo haré yo. Observa bien.
Francisco se desplazaba tan lento que parecía no avanzar. Adelantaba un brazo y una pierna después los contrarios. Brun tragó saliva y se quedó tumbado, escuchando como la sangre le palpitaba en los tímpanos. Advirtió que una gota de sudor le bajaba serpenteando despacio hasta la punta de la nariz.
Miguel salió abatido del barracón de Blanca y cerró la puerta tras de sí. Dentro del vallado, entre la empalizada y las casetas de adobe, aún quedaba un espacio amplio a modo de patio alargado en el que una docena de leprosos estaban sentados en corro. Unos hablaban entre sí, animados a pesar de todo; otros jugaban con los dados y varios de ellos simplemente miraban al cielo, buscando algún tipo de respuesta o consuelo en un lugar indefnido, más allá de donde sus ojos podían ver. Todos ellos tenían zonas vendadas, que era por donde la enfermedad llevaba tiempo devorándolos. También tenían zonas en las que las rojeces y las costras incipientes indicaban que comenzaría a hacerlo pronto. Al ver a Miguel, cada uno de ellos paró de hacer lo que lo tenía entretenido en ese momento.
—Creo que por hoy ya he acabado —dijo él—. Me voy a descansar, y vosotros deberíais hacer lo mismo. El reposo y el sueño es buena medicina para cualquier mal.
—Ya nos gustaría —bufó un hombre espigado de los que estaban jugando a los dados; apenas tenía rasgos de la enfermedad en la cara, pero en la mano izquierda había perdido el meñique y el anular—. Si con esos lloriqueos no hay quien pegue ojo.
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Allá afuera, los gemidos del desdichado que compartía pared con Blanca se hacían más audibles y eran cada vez más persistentes.
—No seáis duros con él. No es tan fuerte como vosotros. —¿Fuerte? —dijo una mujer de ojos cetrinos y mirada
huraña; era pequeña, pero estaba claro que podría haber puesto frme a cualquiera de los que se encontraban allí—. ¡Pero si no levanto dos palmos del suelo! Ya sabemos que estamos enfermos y lo que nos espera, y que moriremos hechos carne picada
—continuó, y Miguel trató de esconder una punzada de culpa por la parte que le tocaba—, pero no por ello necesitamos estar escuchando lamentos a todas horas.
—Cuando digo fuerte, me refero a otro tipo de fortaleza.
—Miguel se tocó la cabeza y el pecho—. Esta de aquí es más importante que la de cualquier músculo.
—Pues será mejor que se calle —volvió el hombre espigado de la mano con tres dedos—. Porque como no lo haga, no solo él perderá la cabeza.
—Intentaré hablar con él, pero tendrá que ser otro día.
Y Miguel dejó escapar el aire de los pulmones y echó la vista al cielo. Allí, en lo alto, vio asomar entre dos nubes algodonadas la silueta plateada y brillante de la luna llena.
Francisco, tumbado en el suelo y con la cara perlada de sudor, permanecía frente a la puerta que daba acceso al vallado de los leprosos. Tras él se encontraba Brun, también con el rostro húmedo por el esfuerzo. Se maldecía por haber accedido a aquella locura.
—Yo no pienso entrar ahí —dijo tajante, intentando no parecer asustado—. No podemos. Acabaremos igual que ellos.
Sin querer, Brun se limpió la mano en la camisa como si hubiera tocado a uno de los leprosos y ahora estuviera
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manchado con la enfermedad.
—No te preocupes. No nos cruzaremos con ninguno. Confa en mí.
—Confa en mí, confa en mí. Si esto me pasa por confar en
ti.
Francisco, desde su posición más adelantada, sonrió divertido sin que Brun pudiera verlo, aunque sí notó un ligero movimiento de su espalda.
—¿No te estarás riendo? —le recriminó Brun—. Porque esto no tiene gracia ninguna.
—¿Pero tú eres brujo o qué? Y habla más bajo que al fnal los acabarás alertando y entonces sí que no nos vamos a reír.
Francisco se puso en pie lentamente y echó mano a la puerta. Al hacerlo vio que la tranca que la debería estar cerrando reposaba ladeada y lanzó una mirada desconcertada a Brun con el ceño fruncido.
—Algo no va bien… —murmuró.
De golpe, la puerta se abrió y casi golpea a Francisco en plena cara. Brun contuvo el aliento mientras veía salir a Miguel de la empalizada. Quería que la tierra se abriera bajo él y desaparecer, o que una espesa bruma invernal se posara de forma repentina y los ocultara. Pero sabía que ninguna de esas cosas iba a ocurrir. La habían pifado y ahora tendrían que pagar las consecuencias.
—Por favor, haga algo con él —dijo la voz del hombre espigado que Brun no conocía—. Así es imposible descansar.
Miguel volvió a mirar al cielo y se quedó pensativo. En aquella pausa, Brun aguzó el oído y pudo escuchar unos sollozos desesperados.
—Está bien, pero os quiero a todos en los jergones ya
—ordenó Miguel dando media vuelta y entrando de nuevo.
La puerta volvió a cerrarse y los chicos resoplaron con alivio. Brun sintió que le temblaban las piernas, como si
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quisieran salir corriendo por su cuenta, solo que el resto del cuerpo no le respondía. Francisco, aunque nunca lo reconocería, pensó que de esa no se iban a librar, y cuando relajó las mandíbulas por la tensión contenida no tenía ganas ni de bromear.
El sonido de otra puerta al cerrarse sacó a Brun de su estado de conmoción.
—Yo me vuelvo a…
—¡Shhh! —lo interrumpió su amigo haciendo un ademán para que aguardara.
Plom, plom, plom. Se escucharon varias puertas más y unas voces amortiguadas. Francisco se giró para ver la cara de su compañero de aventuras, que lo observaba consternado.
—¡Estás loco! —susurró Brun, aunque le hubiera encantado poder gritárselo histérico.
Francisco se encogió de hombros y le sonrió, con el ánimo recuperado.
—Me vuelvo —repitió Brun.
—Ya hemos hecho lo más difcil.
—Me da igual.
—Está bien, nos vemos luego —se despidió Francisco.
Se levantó y dejó pasmado a Brun, que no sabía muy bien qué esperaba.
Francisco abrió la puerta del vallado de los leprosos y se coló en el interior. Brun miró hacia atrás volvió de nuevo la cabeza resignado. Se levantó y, entre susurros de maldiciones, siguió a su amigo, que en aquel momento ya no lo era tanto.
Al entrar en la zona de los leprosos, Brun pudo observar las pequeñas casas adosadas. Francisco se volvió para guiñarle un ojo y el muchacho resopló mientras seguía negando con la cabeza. Ambos caminaron a lo largo del patio rectangular en dirección a la zona de muralla que daba al exterior. A Brun aquel lugar le recordó a las cuadras en las que se encerraba el
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ganado y se entristeció al pensar en la chica de rasgos leoninos.
Vivir así, pensó, no era vida.
Al pasar junto a uno de los barracones, Brun escuchó la voz de Miguel y el muchacho se envaró.
—Pablo —se escuchaba decir al curandero—, cálmate. Sabes que no puede ser, no así. Te pones en peligro tú y pondrías en peligro a tu familia.
Y como respuesta Brun oyó un lloriqueo ininteligible. Francisco lo esperaba ya junto a la muralla y le hacía gestos
con la mano para que se diera prisa, pero Brun se pegó más a la puerta, espoleado por una creciente curiosidad que había desplazado, al menos momentáneamente, la sensación de peligro.
—María —entendió el chico entre sollozos—, solo quiero volver con mi María.
—Creo que te traeré un poco de leche de amapola, será lo
mejor —propuso Miguel.
Brun escuchó pasos que se aproximaban a la puerta y dio un respingo. Sin perder un segundo, fue a paso ligero hasta donde se encontraba Francisco. En la parte baja, pegado a la tierra, había una pequeña trampilla por la que apenas cabría una persona. Brun se preguntó si sería por ahí por donde debían salir, porque además de pequeño, había restos de algo que no identifcaba a la luz de la luna.
—Venga, que el hada nos está esperando —lo urgió Francisco impaciente.
—¡Corre! —susurró Brun, que esperaba que de un momento a otro Miguel saliera por la puerta del barracón y los encontrara con las manos en la masa.
Francisco se agachó con movimientos felinos, con la habilidad que da la práctica, y después de forcejear unos segundos con la portezuela sobre la piedra del muro, consiguió llegar al otro lado. Brun, nervioso, volvió a mirar la puerta que
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se estaba abriendo en ese momento y se preguntó si sería capaz de hacer lo mismo que su amigo a la misma velocidad. Él era algo más ancho de espaldas y no lo había hecho nunca y ¿qué era aquello oscuro que manchaba el suelo? Espoleado por el miedo, se agachó también y, mientras forcejeaba por no quedarse atascado, rezaba para que le diera tiempo a atravesar aquel orifcio que acababa de descubrir que olía a descomposición. Tenía que darse prisa, tenía que hacerlo antes que Miguel terminara de salir, se girase y…
Brun salió a toda prisa a cuatro patas, lanzándose hacia delante con la intención de alejarse lo más posible de la portezuela, pero unas manos lo sujetaron con frmeza y le obligaron a ponerse en pie al otro lado. Francisco lo empujó hasta pegarle la espalda contra la pared de la muralla. Brun, con el corazón acelerado como si un caballo le estuviera galopando en el pecho, lo observó desconcertado. Su amigo, también con la espalda pegada, le hizo un gesto y Brun miró hacia abajo, donde un enorme cortado se abría bajo sus pies. Ambos estaban sobre una cornisa tan estrecha que apenas permitía poner un pie delante del otro. Los dos volvieron a mirarse mientras la madera de la poterna se balanceaba. Y comenzaron a reír excitados y aliviados.
Francisco se metió la mano bajo la camisa y, con disgusto, sacó la faltriquera, el saquito de piel moteada, y miró hacia la portezuela.
—¿Qué pasa? —pregunto intrigado Brun, que no sabía por qué su amigo había puesto esa cara de fastidio.
—Nada, es que…
Y el tablón dejó de moverse de golpe, lo que hizo que Francisco enmudeciera y abriera los ojos como si hubiera visto un fantasma. La puertecilla se abría lentamente hacia afuera y, sin dejar siquiera tiempo a la protesta, el muchacho cogió a Brun del hombro y le hizo que se alejara lateralmente un par de
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pasos. Los dos muchachos pudieron ver que asomaba por la abertura un pedazo de la cabeza de Miguel. Contuvieron el aliento y desearon hacerse invisibles. El curandero forcejeaba para intentar asomarse un poco más, pero sus hombros, demasiado anchos, no se lo permitieron.
Tras unos instantes que a los muchachos se le antojaron eternos, Miguel desistió y volvió a entrar. Los dos amigos se quedaron inmóviles un rato más, no sabrían decir cuánto, pero cuando Brun intentaba volver a ponerse en marcha, le daba la sensación de que la cabeza de aquel hombre volvería a aparecer de nuevo por la trampilla sin previo aviso.
Francisco fue el primero en volver en sí e indicó a Brun que lo siguiera andando lateralmente para bordear la muralla. Al caminar de lado y a oscuras, Brun pisó una piedra que lo hizo trastabillar. La piedra salió volando y cayó al fondo del barranco, lo que produjo un chasquido lejano.
—Ten cuidado. Ahí está toda nuestra mierda.
Brun fue consciente entonces del intenso olor que ascendía hasta allí y se pegó más a la pared.
En el cielo, la luna se escondía tras un nubarrón.
—¿Queda mucho? —protestó Brun, a quien comenzaba a llamar el sueño.
—¡Shhh!
Habían estado caminando un buen trecho a través del bosque y parecía que los árboles no se acababan nunca. Toda la emoción de la escapada se había disipado y el rocío nocturno que caía fresco y empapaba a Brun no ayudaba a mejorar su ánimo; ni siquiera el paso por el riachuelo, en el que aprovecharon para lavarse, lo había espabilado.
Francisco se detuvo sin avisar y colocó las manos juntas delante de la boca.
—No me digas que ahora te vas a poner a rezar.
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Pero Francisco no dijo nada, cogió aire y sopló creando un sonido similar al ulular de un búho. Lo hizo varias veces.
—¿A qué ha venido eso?
—Calla y mira.
Francisco le señaló con la cabeza un lugar entre los árboles. Brun apenas veía más que oscuridad en aquella dirección y comenzó a ponerse nervioso. ¿Y si lo del hada era verdad? ¿Y si Francisco realmente…?
Y una luz prendió en mitad de todas aquellas sombras de los árboles. Brun dio un respingo al verla y echó una mirada de incredulidad a su amigo, que sonreía de oreja a oreja.
—Vamos —dijo Francisco.
Brun lo siguió cuando este echó a andar y, a medida que se aproximaba a aquella luz, el recuerdo de lo visto durante la noche de tormenta se iba haciendo más fuerte. ¿Sería un encuentro similar? ¿Sería el propio Francisco a quien vio aquella noche? Juraría que lo había visto en su jergón, pero… Cada vez estaba más seguro de que iban al encuentro de un ser feérico y un hormigueo le recorrió el estómago.
—Llegas tarde —escucho el muchacho que decía, en susurros, una voz femenina.
—Yo siempre llego puntual —respondió Francisco con frmeza—. Llego cuando he de llegar.
—¿Quién viene contigo? —continuó ella sin hacer caso a las palabras del muchacho.
Brun alcanzó a su amigo y vio que no era más que una muchacha normal y corriente. Más allá de donde se encontraban, se podía ver un pequeño claro y una casa recortada bajo la luz de la luna.
Brun no podía ocultar su desilusión y miró a la chica, que tendría su edad. Era atractiva, de curvas generosas y cara de pícara; sin embargo, la capa de mugre que le cubría el pelo y la ropa restaba algo de belleza al conjunto.
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—¿Y a este qué le pasa? —preguntó ofendida al ver la cara de Brun.
Si hubiera sabido el porqué de aquella expresión se hubiera partido de risa delante del muchacho. Y con toda la razón. Había sido un idiota.
—Te he traído un regalito, Rosa —dijo Francisco sin quitar la sonrisa, y sacó la bota de vino y se la ofreció a la chica.
Rosa cogió la bota y se echó un trago a gallete sin derramar ni una sola gota, y a continuación se dieron un beso con más lujuria que cariño. Francisco echaba mano allí donde había carne y ella no se quedaba atrás. Brun comenzó a sentirse incómodo viendo la escena, más por no pintar nada allí que por otra cosa. Todo se había reducido a eso. Esa era el hada de Francisco: una campesina con la que yacer.
—¿Qué te ha pasado, gorrión? —dijo intrigada Rosa mientras le tocaba la cabeza rapada a Francisco.
—¿No te gusta? Es la nueva moda de los nobles.
La chica se carcajeó. Brun, que sin querer había dado un par de pasos para alejarse de los dos amantes, jugueteaba con los dedos.
—Pareces una gran teta —contestó ella entre risas—. Y el callado que no para de moverse ¿quién es? Me está poniendo nerviosa con tanto trajín que lleva con las manos.
—Brun, un amigo. Le dije que podía venir.
—Buenas noches —dijo Brun cohibido.
—¿Y qué quieres que haga con él? —Rosa lo miró y levantó una ceja.
La muchacha se acercó para verlo mejor. Dio una vuelta en torno a Brun con ojo examinador. Observó sus piernas jóvenes y fuertes, subió la vista hasta el culo y giró nuevamente. Le miró el torso sin pizca de grasa, los brazos trabajados y, fnalmente, quedó de nuevo frente a él para inspeccionar el rostro inquieto.
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—Es más guapo que tú, eso hay que reconocerlo —dijo burlona—, sobre todo ahora que estás calvorota.
—¡Pero no más hombre! —Francisco se hizo el indignado—. ¿O sí? —Y le guiñó un ojo a Brun, que no entendía muy bien lo que estaba haciendo allí, aunque comenzaba a imaginárselo.
—Eso lo veremos —sentenció la chica.
La muchacha se acercó a él y, súbitamente, le echó la mano a la entrepierna. Se pegó todo lo que pudo y con la otra mano le bajó la cabeza hasta hundirla entre sus senos generosos. Brun, aturdido, forcejeo para separarse de ella mientras esta le preguntaba:
—Y yo, ¿qué te parezco?
Brun no contestó y se separó de ella a la distancia sufciente como para que no le pasara una segunda vez. Se le habían subido los colores a la cara y más que a Rosa, Brun miró atónito a Francisco, que le volvió a guiñar un ojo.
—Sí que es verdad que tú eres más hombre —repuso la muchacha entre carcajadas al ver la reacción del chico.
—Pobre, lo has asustado. Es que tú eres mucha mujer y no se lo esperaba. Seguro que si lo haces otra vez le gusta más. ¿A que sí?
Brun continuaba en silencio, avergonzado, pero también enfadado. No sabía a qué había venido todo aquello. ¿Para eso lo había sacado Francisco de un lugar seguro?
Rosa se fue directa a por Francisco, con quien hizo lo mismo que con Brun, solo que este se dejó hacer, disfrutando del momento. El muchacho atrapó los muslos de la chica y la alzó hasta que sus piernas le rodearon la cintura y los brazos de ella el cuello de él. Se besaron con la misma lascivia que la vez anterior mientras reían divertidos, lo que hizo que la vergüenza de Brun se fuera trasformando cada vez más en enojo. ¿Se estaban riendo de él? Y en ese momento, su amigo le recordó a su antiguo maestro, que se decía muy hombre pero que tenía
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que ir con mujeres de la calle, a las que pagaba para que le dieran placer mientras ellas lo miraban con asco y con desidia.
—Va, seguro que tú le ayudas a ser un buen hombre —dijo Francisco en un momento que encontró para respirar y hablar.
—Menudos hombres estáis hechos vosotros —murmuró en voz baja Brun.
—Si tiene algo que ofrecerme —comenzó Rosa— además de manotear como una niña que ha visto al diablo…
Rosa miró con una sonrisa pícara a Brun, que se sentía como un tonto allí en medio observando retozar a la pareja. Cada vez estaba más indignado y cabreado. La muchacha le tendió la mano. Brun apretó las suyas hasta blanquear los nudillos.
—Ven, que yo te enseñaré lo que tienes que hacer.
—Vamos, Brun. Será divertido —lo animó Francisco.
Rosa seguía con una mirada maliciosa en la cara y, tras soltarse de Francisco, comenzó a manosearse los pechos.
Y fue entonces cuando Brun dio media vuelta en silencio y comenzó a sentirse muchas cosas y ninguna buena. Se sentía un idiota por creer, por un momento, que podría ser verdad que Francisco conociera un hada. Aquella chica era lo menos parecido a un hada que había visto. Pero también sentía que había traicionado la confanza de Miguel por acompañar a aquel chico al que conocía de apenas unas semanas. Y eso no era todo, también sentía cierta culpa, una especie de malestar, por no hacer lo que se esperaba de él. ¿Sería de verdad un cobarde? Y a la cabeza le vino Elías. Él sí que fue un cobarde. Y se pellizcó en el mismo lugar en el que llevó su piedra clavada mientras se lo llevaban preso. Lo hizo hasta sentir un dolor parecido a aquel. Un dolor que volvió a subirle a la garganta.
—¡Vuelve, Brun! —voceó entre risas Francisco—. ¡No seas cobarde! ¡Me harás quedar mal delante de mi hada!
—¡No grites, borrico! —le amonestó Rosa en un grito susurrado—. ¿O quieres que te oiga mi padre?
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Francisco negó con la cabeza mientras gesticulaba haciendo el tonto. Rosa, juguetona, se volvió a arrimar al muchacho y volvieron a besarse.
Brun caminaba entre los árboles en mitad del bosque preguntándose si sería capaz de encontrar el camino de vuelta y, de ser así, si tendría la habilidad sufciente para entrar de nuevo en el hogar de Miguel sin ser visto por los guardias y sin que el curandero se enterase. De cuando en cuando, la luna llena asomaba tímida entre las nubes, que se movían lentas. El sonido de un búho lo sacó de sus pensamientos y paró de andar para escuchar. ¿Sería el silbido de Francisco?
El muchacho se quedó un rato prestando atención y volvió a escuchar aquel ulular característico.
—¿Francisco? Francisco, ¿eres tú? Deja de hacer el idiota y sal de una vez.
Se esforzó por parecer sereno porque, en realidad, los nervios se habían apoderado de él. No había sido buena idea internarse solo en el bosque en mitad de la negrura. Podría perderse o, peor, podría encontrarse con lobos, bandidos o… Una rama se partió cerca de allí. Los sentidos de Brun se agudizaron. Sintió cómo su oreja se tensaba por algún tipo de refejo primitivo y atávico. La piel se le erizó y tomó conciencia de todo lo que lo rodeaba. Tan alerta estaba que casi se olvidó de respirar. Y fue entonces cuando pudo escuchar los sonidos propios de un bosque en la profundidad de la noche. A su derecha, pequeñas patitas corrían y saltaban entre las hojas. En otra parte, algo se arrastraba en busca de su presa. Y en algún otro lugar, sobre su cabeza, un par de torcaces se apretujaban la una contra la otra, escondidas en el ramaje, para darse calor en las horas de frío nocturno. Pero Francisco no daba señales de vida. Brun miraba en todas direcciones con la esperanza de verlo aparecer haciendo alguna bufonada y poder volver con él a… ¿casa? Una vez más, ululó lo que quiera que estuviera
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haciéndolo y Brun decidió que debía continuar si quería encontrar el camino de vuelta.
No dio ni media docena de pasos cuando a lo lejos, entre las ramas de los árboles, sobre la elevación de un tolmo de ladera rocosa, reconoció la silueta de aquel orfanato o lazareto o no sabía muy bien aún como llamar al edifcio que les había dado refugio y regentaba Miguel. Por fn, Brun suspiró aliviado y comenzó a sentir que el cansancio se adueñaba de él. No era capaz de calcular cuánto quedaba para el amanecer, pero estaba deseando tumbarse en su blando jergón y taparse con lo que fuera para caer como una piedra durante el tiempo que pudiese.
De repente, Brun vio casi por casualidad morir una estrella fugaz bajo la silueta de las murallas y la sonrisa se le congeló en el rostro. Aquello no hubiera tenido nada de especial de no ser porque la estrella no estaba en el cielo, sino moviéndose sinuosa entre los árboles. Le vino a la mente el recuerdo de las misteriosas luces durante la noche de tormenta y sintió la necesidad de ir tras ella y averiguar de qué se trataba.
Decidido, comenzó a avanzar en la dirección en la que se había perdido aquel misterioso y breve fulgor. Sin embargo, vio aparecer otro, que esta vez se dirigía a donde él se encontraba y, sin pensárselo dos veces, se escondió tras el tronco grueso de una vieja encina. El brillo titilante se balanceaba de un lado para otro mientras se acercaba a su posición.
Brun contenía la respiración. Desde su escondite echaba una ojeada tras otra para tratar de adivinar su trayectoria. No cabía duda: quien quiera o lo que quiera que fuese se estaba aproximando. Brun volvió a asomarse tratando de hacerse lo menos visible posible y, cada vez que lo hacía, localizaba la luz más cerca. Asustado tras el árbol, hizo lo posible por serenarse y pensar la manera de escapar si es que se veía obligado a ello. El sonido de unos pasos se hizo perceptible en el momento en que el suelo se teñía de una luz anaranjada bajo sus pies. El
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muchacho volvió a asomarse con mucho cuidado y, entonces, lo vio. Vio a un encapuchado tras la agitada llama de un candil. Intuyó no solo que había sido visto, sino que bajo aquella capucha había unos ojos que lo observaban. En ese momento quiso gritar con todas sus fuerzas, pero no pudo y el sonido se desvaneció antes de abandonar su garganta.
El muchacho se agachó sudoroso, deseando que en realidad no lo hubiera visto, que hubiera sido una mala jugada de su imaginación: el cansancio mezclado con las historias de Francisco y la completa oscuridad del bosque.
Y con la espalda pegada al árbol, vio el resplandor de aquella luz extenderse en el suelo más y más y cada vez con mayor intensidad. También escuchó el sonido de unos pasos que rozaban la hojarasca y la tierra seca. Brun cerró los ojos como si así él pudiera desaparecer, pero los pasos no paraban de acercarse y, de repente, nada. Silencio.
El muchacho se dio cuenta de la quietud que lo rodeaba. Abrió los ojos con miedo y descubrió que el suelo que se extendía a su alrededor se encontraba nuevamente a oscuras. Se levantó despacio, procurando hacer el menor ruido posible, y volvió a asomarse tras el árbol para comprobar que ya no había nada ni nadie. ¿O quizá nunca hubiera estado allí? Puede que tanta historia con el hada hubiera terminado de…
—¿Quién eres tú? —Escuchó decir a su espalda—. ¿Qué haces aquí, muchacho?
Brun se volvió con el corazón desbocado y, en mitad de toda aquella oscuridad, se encontró con el encapuchado. El chico se quedó paralizado, con la respiración entrecortada. Si hubiera podido trepar de espaldas al árbol y desaparecer lo hubiera hecho sin dudar.
—¿Qué haces aquí? —repitió tras la capucha aquella voz que Brun no supo identifcar.
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El chico miró a un lado y a otro, dispuesto a salir corriendo si el enigmático personaje se acercaba un paso más, pero cuando así fue, las piernas no le respondieron. Solo pensó en lo estúpido que había sido por abandonar la seguridad de las murallas. Odiaba a Francisco por haberlo convencido, se odiaba a sí mismo por haberse dejado convencer. El encapuchado destapó el candil para iluminar la escena y ambos quedaron al descubierto.
Los ojos verdes de ella brillaron a la luz de la llama. Estaba tan asustada como él, pero intentaba no parecerlo; sin embargo, al ver la cara demudada del muchacho, la misteriosa encapuchada se relajó.
—¿A qué viene esa cara? ¿Parece que hayas visto un ánima? —dijo con una media sonrisa que hacía que su rostro, de por sí bello, se convirtiera en algo que no se podía dejar de mirar.
Brun no podía apartar la vista; había dejado de sentir miedo. Era una mezcla de curiosidad y fascinación. ¿Qué hacía una mujer vagando por el bosque a esas horas? Y una mujer como ella. Parecía sacada de un lienzo. Esos ojos que lo llenaban todo, un rostro ovalado perfecto, de piel clara e inmaculada, enmarcado por dos tirabuzones de pelo castaño que caían despreocupados a los lados.
—¿Qué pasa, muchacho? ¿Te ha comido la lengua el gato? ¿Tendría que ser yo la que estuviera asustada? ¿No serás un bandido? O peor: ¿un condenado a la fuga?
Al escuchar estas últimas palabras, el muchacho dio un respingo y buscó la luna en el cielo para tratar de orientarse nuevamente. La localizó muy baja ya, redonda, llena y brillante.
—Tengo que irme… No… No debería estar aquí
—tartamudeó él.
—Está hermosa esta noche, ¿verdad? —dijo ella mirando también a la luna—. Y yo… ¿te parezco hermosa? —le susurró
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mientras le cogía la mano y la deslizaba por su rostro hasta sus labios húmedos.
El muchacho no sabía si estaba más asustado o excitado en mitad de aquella extraña escena. De golpe le vinieron a la cabeza las historias que había escuchado a su maestro sobre hadas y seres del bosque que se les aparecían a los viajeros despistados para seducirlos y llevarlos con ellos al mundo feérico. ¿Sería en verdad un hada? Se decía que no creía realmente en todas aquellas patrañas, y más después del chasco con la idea de Francisco, pero ¿y si…? Por un lado quería quedarse con ella, saber un poco más, verla un poco más. Al fn y al cabo, ese había sido el objeto de la aventura de esa noche: ver un hada. Quizá lo fuera.
Con cuidado de no ser demasiado brusco, Brun le apartó la mano y se separó de ella.
—Tengo que irme —trató de parecer frme.
Ella sonrió y aquel rostro se iluminó. Brun, haciendo acopio de la poca sensatez que le quedaba esa noche, se giró y se marchó en dirección al lazareto. Y aquella misteriosa mujer se quedó observando cómo el muchacho se alejaba, volviendo de vez en cuando la vista atrás, como si quisiera asegurarse de que seguía allí.
Brun logró ascender trepando por el mismo sendero tortuoso por el que horas antes había bajado con Francisco hasta el saliente que daba acceso al orifcio de la muralla. Antes de introducirse por la trampilla, echó un vistazo a los desperdicios que se extendían por el acantilado y miró hacia el bosque una última vez, con la esperanza de ver una luz en mitad de los árboles. Ya no había nada, solo la oscuridad de las horas previas al amanecer.
Con la cabeza aún dándole vueltas por todo lo que había ocurrido aquella noche, se introdujo en el interior del cercado de los leprosos. Sintió que penetraba en terreno conocido y
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experimentó un alivio casi instantáneo. Todo parecía tal cual lo habían dejado horas atrás, a excepción del silencio que reinaba, ya que se había dejado de escuchar el llanto de aquel pobre desgraciado.
Caminó sigiloso por el pequeño patio tratando de asomarse de vez en cuando a través de la empalizada con el objetivo de localizar a la pareja de guardias que protegían la puerta principal del recinto. Estaban sentados con la espalda apoyada en las murallas. Parecían en un estado de duermevela que Brun agradeció.
Al pasar junto a la caseta del enfermo quejumbroso, Brun se detuvo alertado por un sonido casi imperceptible en cualquier otro momento pero que, en aquella quietud, lo hizo envararse. Se agachó y aguardó atento a cualquier nueva réplica. Miró hacia todas partes esperando encontrar algo, pero no sucedió nada y Brun aceleró el paso hasta llegar a la puerta de la empalizada, que estaba tal y como debía estar, cerrada. El muchacho volvió a intentarlo como si la primera vez no hubiera sabido empujar bien y ejerció algo más de presión hasta hacer crujir los maderos. Nervioso, se asomó por las oquedades y suspiró con alivio al ver que los guardias no se habían movido de su sitio.
—¿Cómo lo haces tú, Francisco? —murmuró para sí.
El chico giró sobre sus talones y miró a su alrededor buscando cualquier cosa que le sirviera para volver a su lecho. Tenía que hacerlo pronto porque la claridad del alba no tardaría en llegar. Desanduvo el camino y se encaramó entre la empalizada y la muralla. Apoyó un pie en cada pared y comenzó a trepar. Desde allí los guardias no podían verlo y rezaba por que tampoco lo escuchasen. Quien sí lo hizo fue Pablo, el leproso que había estado lloriqueando mientras intentaban escapar y que acababa de abrir la puerta de su caseta.
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Cuando Brun escuchó gemir los goznes, giró la cabeza hacia el sonido y a punto estuvo de caer al ver a aquel hombre de rostro desfgurado que caminaba hacia él. Presa del pánico, se recompuso y trepó con todas las fuerzas que aún le quedaban. El leproso estaba cada vez más cerca y Brun, que nunca había sido bueno escalando, se vio ágil como un gato, azuzado por el miedo a que alguna de aquellas manos deformes lo tocasen y llegara a contagiarse.
Entró en el dormitorio todavía nervioso. Brun no quería más que dejarse caer en el jergón, cerrar los ojos y desaparecer por unos días de la faz de la tierra. Daba las gracias por que los guardias no se hubieran enterado cuando entró por la puerta principal del edifcio. ¿Pero quién se iba a imaginar que alguien querría escapar atravesando un apartado lleno de leprosos para ir a parar a un barranco plagado de desechos? Habían pasado demasiadas cosas aquella noche y no estaba seguro de querer repetirlas. Aunque quizás…
El muchacho atravesó la habitación, donde los chicos aún dormían. Santiago yacía tranquilo y hecho un ovillo; Manuel emitía un pequeño gorgojeo acompasado con la respiración; Juan, a pesar de parecer una sardinilla, roncaba panza arriba y llenaba el espacio del jergón; Francisco… ¡su jergón continuaba vacío! Los postigos de la ventana estaban abiertos y Brun sintió el impulso de acercarse a mirar por si desde allí podía ver a aquella mujer; sin embargo, la tentación no era tan fuerte como el cansancio y el sueño. Se desvistió y se quedó tan solo con los calzones. Se dejó caer en la cama y se tapó con la manta hasta la barbilla. No es que aquel pedazo de tela fuese la cosa más suave del mundo, pero al notar su tacto rugoso y la calidez que rápidamente lo envolvió, Brun dio las gracias y cerró los ojos deseoso de desaparecer por un tiempo del reino de los conscientes.
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Estaba ya a punto de caer en el mundo de los sueños cuando un sonido nuevo se coló entre el coro propio de una habitación llena de muchachos. Brun abrió los ojos para buscar el origen de algo que identifcó como un ronroneo. Miró a un lado y a otro, pero no conseguía localizarlo. Se incorporó lamentándose por tener una mente tan predispuesta a hacer lo que fuera en lugar de dormir. Pasaron unos segundos mientras la fuente del sonido se movía de un lado para otro hasta que, por fn, consiguió dar con la pequeña sombra oscura que lo emitía y que se acercaba sigilosa hasta el jergón en el que dormían Damián y Lucio. Brun se levantó y vio cómo pasaba de largo del primero y se colocaba junto a la cabeza del segundo. Desde allí, dos ojos verdes se giraron para mirarlo directamente a él. Brun se quedó pasmado. Por un momento creyó que podía ser la misteriosa mujer del bosque, pero pronto se dio cuenta de que no se trataba más que de un gato con el pelaje tan negro como la noche. Brun quiso acercarse un poco más al animal y se movió despacio, recordando sus días de cazador de conejos. Sin embargo, el felino no tenía ningún interés en dejarse atrapar y corrió rápido hasta el alfeizar. Se sentó en el pequeño saliente y se quedó allí, recortado a la cada vez más clara luz nocturna, con los ojos puestos en Brun. Aquella fue su manera de decir adiós, ya que un instante después el animal desapareció.
Brun se preguntaba cómo aquellos animales conseguían moverse con tal agilidad, pero también tenía en la cabeza la imagen de la mujer del bosque cuando miraba a aquel felino. ¿Estaría soñando ya? «El cansancio no es buen amigo de la razón», hubiera dicho Miguel. El chico suspiró y se encaminó hacia la cama, no sin antes detenerse a mirar a Lucio, al que Damián abrazaba por la espalda. Así, con la tenue luz que anticipaba el alba, el hijo del curandero era la viva imagen de un ángel de mejillas arreboladas y pelo de pan de oro. Parecían
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los dos tan tranquilos, tan en paz, que Brun sintió deseos de acurrucarse con ellos, junto a él.
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CAPÍTULO 22
Ala mañana siguiente, todos los chicos fueron tomando posiciones en los dos bancos dispuestos a lo largo de la gran mesa del comedor. No se trataba de una de esas mesas recargadas, llenas de ornamentaciones de metales preciosos en las que los nobles se sentaban cada uno en una punta, sino más bien de una de esas mesas comunales que se podían encontrar en cualquier taberna, donde todos se sentaban hombro como hombro mientras comían y bebían. Eso a Brun le había gustado desde el día que llegó. Le hacía sentir parte de un grupo, de una comunidad, cosa que hasta entonces le había sido negado de una manera u otra. Lo que a Brun no le gustaba tanto era ver que el hueco a su lado, que normalmente ocupaba su amigo Francisco, estaba vacío. Al despertarse, había tenido la esperanza de que la ausencia en su jergón fuera porque estaba trabajando la huerta o dormitando en las escaleras o vete a saber qué. Francisco era capaz de quedarse durmiendo en el techo si hacía falta. Sin embargo, su cita puntual con la comida era algo que aquel desvergonzado muchacho era incapaz de
dejar pasar.
—¿Se puede saber dónde se ha metido ese holgazán? —soltó Manuel.
Brun negó con la cabeza y empezó a temer que le hubiera pasado algo. Quizá alguien lo atrapó o puede que los padres de Rosa los pillaran en pleno retozo y le hubieran dado una paliza o podría haberse marchado con Rosa.
—¿Vosotros lo habéis visto? —preguntó Manuel a los dos pequeños inseparables.
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—No —contestaron al unísono Juan y Santiago sin dejar de comer.
Lucio entró con el pequeño Damián, al que hizo un gesto con la mano para que aguardara cuando tomó asiento en el otro extremo de la mesa frente a una escudilla. El hijo de Miguel se acercó al lugar en el que se encontraba Brun y se sentó junto a él en el lugar del ausente.
—Sabía que no aguantaría aquí. Ese se ha escapado como que me llamo Manuel.
—No digas tonterías —lo recriminó Brun, que percibió una mirada extraña por parte de Lucio.
—Eso tendría que hacer yo —murmuró Manuel, pero se calló repentinamente al ver que Lucio los observaba.
Si el hijo del sanador lo escuchó, no le hizo ni caso. Ya tenía muy presente cómo era Manuel y, para él, cuando hablaba, era como escuchar el rumor del viento, solo que mucho menos apacible y decididamente más molesto.
—¿Dónde fuiste anoche? —le dijo a Brun, que se sobresaltó por la cercanía de sus labios a la oreja.
—A… a ningún sitio.
—Os vi —replicó Lucio, que se percató de que Manuel estaba atento a la conversación—. Ven.
Lucio cogió por el brazo a Brun e hizo que se levantara del banco para llevarlo hacia un apartado con algo más de privacidad, si es que en una habitación con media docena de muchachos podría existir algo similar.
—Entonces, dime, ¿quién se escabulló en mitad de la noche? —¿Qué dices? No, es…
—Si me vas a decir que no es verdad, te lo puedes ahorrar. Os
vi salir y te vi llegar. ¿O no eras tú la persona que se metió en tu cama casi al amanecer?
Brun estaba a punto de farfullar otra excusa que tenía el mismo sentido que decir que había encontrado la fórmula
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alquímica para convertir el plomo en oro, pero no hizo falta, porque Miguel entró con cara de pocos amigos y con los fuertes brazos cruzados sobre el pecho. Todos los presentes se callaron al instante y miraron al curandero, la mayoría con desconcierto; todos excepto Lucio y Brun, que tragó saliva y sintió cómo el estómago se le descomponía y encogía de súbito.
—Vuestro compañero Francisco ha escapado y me gustaría saber si alguno de vosotros tiene idea de a dónde puede haber ido.
Miguel comenzó a andar por la habitación mientras los observa uno a uno estudiándolos con cuidado, atento a cualquier mínimo signo de culpabilidad. Brun, que no sabía dónde meterse, apartó la vista lejos de los ojos de Miguel, aunque en el camino se encontró con los de Lucio que tenían la misma expresión que los de su padre, solo que no conseguían el mismo efecto. Brun le aguantó la mirada unos segundos y terminó por bajar la vista.
—¿No? ¿Nadie sabe nada? —Miguel hizo una pausa—. Debéis ser conscientes del peligro que corre fuera de estos muros. No sería raro que cayera en manos de alguien que pudiera reconocerlo, como a vosotros —dijo remarcando la última palabra— y lo denunciaran. ¿Sabéis que ocurriría entonces? ¿Os dais cuenta del peligro que corremos todos?
Miguel paró en el extremo de la mesa opuesto a donde se encontraba Brun. Desde allí, presidiendo a los muchachos, lanzó una mirada escrutadora a cada uno de ellos.
—Ni más ni menos que nos condenarían a todos —elevó la voz más enfadado—. ¿Qué sería para vosotros ser más afortunados entonces? —Los chicos se miraban cada vez más asustados—. ¿El encierro de por vida? ¿Las torturas constantes? ¿Un ahorcamiento en la plaza pública? O, ya puestos, ¿arder en una pira entre dolores inimaginables
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mientras sientes cómo el cuerpo se consume y respiras aire ardiente que huele a tu propia carne calcinada?
Damián, que no entendía lo que estaba pasando, pero presentía que no era nada bueno, se agarró las rodillas. Santiago y Juan se acercaron el uno al otro de manera instintiva. Manuel comenzó a temblar al escuchar la última parte de aquel aterrador discurso. Brun se atragantó con la culpa y el miedo al imaginar que cualquiera de aquellas opciones pudiera suceder y él fuera uno de los culpables que acabara por sentenciarlos a todos.
—Me decepcionáis —dijo Miguel en un tono mucho más tranquilo, pero dejando traslucir la frustración en la voz—. Mucho.
Sin más, el curandero dio media vuelta y salió del comedor. —Señor —interrumpió la marcha Brun, después de
encontrar el ánimo en algún lugar oculto de su pecho—. Señor… él me dijo que esta era su familia. Que nosotros éramos su familia. No me imagino que Francisco quisiera marcharse de aquí.
Miguel se giró y lo miró con algo parecido a la curiosidad, pero Brun continuó. Una vez había encontrado el valor tenía que decirlo todo de golpe. O casi.
—Puede que le haya pasado algo ahí fuera y por eso no ha vuelto.
El curandero tomó aire y relajó el gesto, pero parecía que acababa de comprender algo y solo Lucio fue consciente de este cambio; ninguno más de los allí presentes lo conocía tanto como para percibirlo.
—Está bien. Pediré a los guardias que hagan una partida y ojalá tengan suerte y lo encuentren sano y salvo. Ojalá todos tengamos suerte.
Dicho esto, Miguel salió de la habitación muy serio. Parecía tan preocupado que Brun estuvo a punto de salir corriendo a
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contárselo todo, pero no lo hizo. Se quedó allí, paralizado, debatiéndose entre la culpa por haber incumplido las reglas poniendo a todos en peligro, el temor a que a Francisco le hubiera pasado algo malo y el miedo a que, al enterarse Miguel, lo expulsara de aquel lugar. ¡Ahora que casi empezaba a sentir que ellos eran su verdadera familia! Y lo peor de todo era la posibilidad de que aquel fraile enloquecido los descubriera.
—No lo encontrarán —habló Manuel sacándolo de sus pensamientos—. Seguro que se ha ido con alguna ramera. Sería capaz de fornicar con alguna de las leprosas si no tuviera donde aliviarse.
Los muchachos se quedaron mirando a Manuel, que parecía ajeno a la rudeza de sus palabras y que, ignorándolos, se llevó a la boca el tazón lleno de un caldo transparente con algunos trozos de zanahoria, col y nabo fotando como barcos aislados.
—¡Puaj! Otra vez esta bazofa.
Lucio puso los ojos en blanco. Brun cogió el suyo y se lo acercó a la cara para examinarlo mejor. Lo olió y le dio un pequeño sorbo. Lo encontró más sabroso de lo que aparentaba.
—Peores cosas habrás comido —dijo Brun sumergiendo un trozo de pan en el caldo.
Manuel lo miró con cara de pocos amigos. Brun lo encontró más cascarrabias que de costumbre. Era como si se hubiera tragado a un anciano harto de la vida.
—¿Por qué no has dicho nada? —susurró Brun al oído de Lucio; ahora era él quien rozaba con los labios la oreja del otro.
—Porque antes me gustaría saberlo a mí y…
Lucio se calló y lo miró un instante, pensando en si debía o no continuar. Parecía avergonzado.
—Y porque me gustaría que alguien me cuente lo que hay
más allá de los muros. —Esto último lo dijo mirándolo fjamente a los ojos.
—¿Se lo dirás a tu padre?
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Lucio se encogió de hombros.
—Puede, aunque ya podría haberlo hecho.
Lucio le sonrió y ese sencillo gesto sirvió para tranquilizar a Brun, al menos respecto a ese asunto. Lo que le hubiera sucedido a Francisco y todo lo que podría acarrear, eso ya era otro cantar.
—Me llevó a través del bosque. Quería presentarme a una
campesina —soltó como quien suelta el aire después de mucho tiempo contenido.
—¿Para qué?
—No sé. Supongo que quería que nos acostáramos con ella —dijo encogiéndose de hombros.
El gesto de Lucio cambió. Seguía mostrando interés, pero parecía de otro tipo, uno que Brun conocía bien.
—¿Y lo hicisteis?
Brun se lo pensó durante un momento. Intentó calcular las consecuencias de lo que diría a continuación. No le gustaba mentir y Lucio… No sabía qué le pasaba con Lucio ¿o sí? Lo que estaba claro es que no quería que la vida le volviera a dar otro revés. Además, tampoco le apetecía quedar como un cobarde, así que mintió.
—Claro.
Brun escuchó el aire que escapaba de la boca del hijo de Miguel al dejar congelada una extraña sonrisa en los labios y se giró sorprendido, pero prosiguió tratando de no darle más importancia.
—Pero… pasó algo extraño.
Manuel, una vez que terminó de sorber las últimas gotas de caldo que habían quedado en su escudilla, se reclinó para acercarse disimuladamente a la pareja, alertado por los cuchicheos.
—Cuando regresaba, en el bosque, me encontré con algo, con alguien más bien. Era extraña. Al principio creía que era
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una aparición… o un fantasma.
Al decir esto, Manuel abrió más los ojos.
—Era como si realmente fuera un ser de otro mundo o… —¿Una bruja? —intervino Manuel, que no podía aguantarse
más—. ¿Era una bruja?
Brun se calló de repente, lamentándose por lo idiota que había sido al hablar junto a Manuel. Por muy en susurros que lo hubiera hecho, su compañero de ojos tristes tenía el oído de un lobo y siempre acababa por enterarse de todo lo que ocurría a menos de veinte pasos a su alrededor.
—Tranquilo, que no voy a decirle nada al curandero. Francisco lo ha hecho un montón de veces, aunque nunca ha
esperado al amanecer para volver. —Manuel se quedó pensativo—. ¡Bah! Seguro que acabará por aparecer borracho, cebado y desahogado.
Lucio lo miró sin mucha convicción y un poco sorprendido por el tono que había usado. Casi creyó entrever que bajo la apariencia de no importarle lo que le pasara a Francisco había cierta preocupación, e incluso admiración, también en Manuel. —Y si no vuelve será porque se ha marchado con alguna
pechugona. Os digo que está obsesionado —bromeó.
Al fnal, el último que esperaba le había conseguido sacar una sonrisa a Brun. Y deseó que ojalá fuese eso lo que había ocurrido. También le alegró comprobar que bajo el aparente desapego de Manuel había una llamada de cierta fraternidad.
—Bueno, entonces ¿era una bruja o no?
—Imposible —prosiguió Brun, que se inclinó más y los dos chicos, cada uno a un lado, lo imitaron para acercarse a él—. Creo que esta sí que era un hada. ¿Quién si no estaría en el bosque a esas horas de la noche?
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CAPÍTULO 23
Tocaron las campanas y los leprosos comenzaron a entrar en su apartado lentamente. Aquella escasa sensación de libertad se terminaba cuando los chicos aparecían en la gran explanada. Los desdichados que sufrían la desgarradora enfermedad no los culpaban por ello, pero sí que los envidiaban. Los muchachos, aunque también eran prácticamente cautivos porque no podían abandonar los muros, tenían al menos un poco más de libertad, unas cuantas fanegas más. Todos eran conscientes de que los que habían sido marcados por la lepra ya no recuperarían jamás la vitalidad. Solo les quedaba rodar cuesta abajo por la vida y marchitarse, esperar el inexorable toque fnal de campanas que les indicase que el paso por el mundo terrenal había concluido y, con suerte, quizá llegar a reencontrarse con sus seres queridos allá donde los sacerdotes dicen que van las almas buenas y sufridoras. Y, aunque en su vida pasada todos habían sido pecadores, está
claro que a sufridores muy pocos los podían superar.
Pablo, aquel que no paró de llorar la noche anterior y que hizo que Brun saliera despavorido de su cercado, fue el último en cerrar el desfle de los leprosos. Su estado de ánimo parecía muy cambiado. Iba mirando sonriente al cielo, como si el anuncio de un nuevo día le hubiera dado una nueva razón para seguir aguantando. Nada más entrar al cercado, los chicos comenzaron a salir deseando encontrarse con la calidez de un sol brillante, a pesar de estar ya bien entrado el otoño. Manuel aún estaba discutiendo con Brun la naturaleza de su encuentro en el bosque y Santiago y Juan los seguían jugando con dos
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ramas caídas que encontraron en el suelo, como si fueran dos diestros espadachines. La fuerza de Santiago, más grande y corpulento, era compensada por la agilidad de Juan, que se movía de acá para allá igual de nervioso que un zorro que jugara con una presa mayor e intentara despistarla. Damián, el silencioso, cerraba la comitiva. En cuanto los chicos entraron en el huerto comenzó a escucharse un pequeño alboroto proveniente del apartado de los leprosos. Uno de los guardias de la puerta dejó su puesto y se encaminó hacia allí. Brun y sus compañeros dejaron de hablar y de jugar para fjar su atención únicamente en lo que estaba ocurriendo más allá de la empalizada.
—¡Ayuda! —gritó una voz.
—¡Para! ¡Por favor! —Rogó otra.
Todos se quedaron desconcertados cuando vieron al guardia internarse en el apartado de los leprosos. Eran muy pocas las veces en las que eso ocurría y, aunque Brun no llevaba tanto tiempo allí como para afrmarlo, estaba convencido de que era así la mayoría del tiempo.
—Seguro que termina como ellos —dijo Manuel.
Poco a poco, todos los chicos se habían ido arremolinando, casi de manera inconsciente, en el lugar en el que estaba sucediendo la escena. Tan cerca estaban ya que se asomaban por los huecos de la empalizada para ver qué era todo aquel jaleo.
—¡Pablo, por favor! —imploró Blanca esta vez.
Y entonces lo vieron: Pablo estaba encajado en la trampilla por la que la noche anterior Francisco y Brun habían escapado del lazareto. Manuel, Santiago y Juan se rieron porque la visión era ridícula: un hombre tan grande intentando escapar por un hueco por el que apenas cabrían ellos. Sin embargo, a Brun aquello no le hizo ninguna gracia. Estaba claro que aquel enfermo los había visto utilizar el estrecho hueco en la pared
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para salir de allí y él, desesperado, quería imitarlos; pero lo que más le preocupaba era que lo pudiera delatar ante Miguel.
—Estás blanco —le dijo Manuel en tono jocoso.
Brun no le contestó y se apartó de allí. Sin querer se colocó junto a Damián, que tampoco se reía, quizá porque no entendía lo que estaba pasando o quizá porque tenía más de eso que llamamos humanidad que el resto.
—¡Venga, sacadlo de ahí! —ordenó el guardia—. ¡Y no os acerquéis a mí! —les advirtió con la espada en alto.
—Vamos, ayudadme —dijo Blanca, que fue la primera en ir a por la fgura encajada en la pared.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó a lo lejos el otro guardia, el que había ayudado a Miguel a rescatarlo.
—¡Nada, un borrico que se cree conejo para irse por una
madriguera! —soltó conteniéndose la risa.
Dos compañeros más del leproso se sumaron a la operación de arrancarlo del marco de la trampilla y dieron varios tirones con la misma repuesta quejicosa por parte de Pablo.
—¡Aaaah! ¡Dejadme ir! ¡Soltadme!
Con un último tirón de los tres compañeros consiguieron desencajar al desdichado, que se quedó sentado junto a la trampilla, sudando y rojo por el esfuerzo y por la ira. Los miró a todos con rabia. El guardia, menos divertido ya al imaginar la reprimenda que le hubiera caído si aquel hombre hubiese conseguido escaparse, se acercó a cogerlo del cuello. Estiró la mano decidido, pero la detuvo poco antes de tocar una porción de piel llagada. No quería que su cuerpo se convirtiera en aquella deformidad.
—Métete ahí y espera hasta que venga el señor —dijo apuntando con la espada hacia la caseta del leproso.
Pablo echó una última mirada retadora al guardia, aunque pronto cambió el gesto y, tras sacudirse infructuosamente la ropa, se encaminó hacia las cuatro estrechas paredes que
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habían pasado a componer su hogar. Pasó junto al guardia con la cabeza gacha y suspirando y…
—¡Hijo de mil putas! —gritó el soldado mientras caía al suelo después de recibir el empujón de Pablo, que salió corriendo todo lo deprisa que pudo hacia la explanada, en un último y desesperado intento por escapar.
El leproso corrió directo hacia la puerta de las murallas sin importarle que allí estuviera el otro guardia que, alertado por los gritos de su compañero, lo esperaba con la espada desenfundada.
—¡Vuelve, Pablo! —gritó Blanca.
Pero Pablo estaba cegado por sus ansias de escapar y, cuando parecía que él solo se ensartaría cual espeto con la mellada espada de aquel soldado, se detuvo de golpe, como si una mano invisible hubiera cogido sus ropas para evitarle una muerte rápida y, seguramente, más piadosa que la que le esperaba. Pero no fue nada de eso lo que le hizo reaccionar, sino el brillo de la espada y la idea de que, si moría allí, nunca más volvería a ver a su mujer; así que Pablo se detuvo y todos los que en ese momento estaban en el patio contuvieron la respiración a la espera de que nadie hiciera una locura que terminase manchando el suelo de sangre.
Pablo, que no quería morir, pero tampoco estaba dispuesto a rendirse a la primera de cambio, miró por encima del hombro del soldado. Movió el cuerpo a un lado y el guardia giró con los pies bien plantados en el suelo, sin dejar de apuntarle con el flo de su arma. Automáticamente se dio la vuelta para mirar de nuevo hacia el apartado donde estaba la trampilla. De allí salía el primer soldado con cara de querer dejarle una nueva cicatriz en una piel que era ya más costra que carne. Nervioso, miró a su alrededor y vio que todos los observaban, pero se fjó en Brun, que no había cerrado la boca en ningún momento. Aquel
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atormentado corrió hacia los muchachos y los guardias fueron tras él.
Manuel no dudó en apartarse, pero Brun no podía apartar la mirada de aquel enfermo asustado y desesperado que se acercaba a toda velocidad. No era capaz de reaccionar y mantenía los ojos clavados en los de Pablo. Ni siquiera sintió la presión de la mano que le estaba agarrando el brazo hasta que esta lo zarandeó con la violencia necesaria para sacarlo de su ensimismamiento, pero ya era tarde y tenía a Pablo con los ojos desorbitados a apenas un par de zancadas.
—Ayúdame. Solo quiero ver a mi esposa. Por favor, ¡dime cómo! —Y volvió a mirar al apartado donde estaba la trampilla.
Manuel se apartó defnitivamente y Brun abrió los ojos horrorizado al sentir el contacto de la piel dura y rugosa de su mano carcomida agarrándole las manos, los brazos, la cara… El muchacho intentó zafarse, pero aquel hombre, poseído por la necesidad y la desesperanza, había encontrado unas fuerzas renovadas.
—Por favor, chico, ¡ayúdame!
Y Pablo levantó el brazo. Parecía que iba a dejarlo caer como un mazo sobre Brun, que solo se pudo proteger para parar un golpe que nunca llegó. De pronto escuchó el sonido de unos impactos: los que los guardias estaban propinando a aquel pobre hombre con unas porras de madera. Por suerte, pensó Brun, habían envainado las espadas. Sentía miedo de la enfermedad que los consumía, pero ellos no le producían más que pena, una pena enorme.
—¡Dejadme salir! —gritó el hombre encogido en el suelo, tratando de protegerse de los continuos porrazos.
—¡Parad! —ordenó Brun.
La palabra salió de su boca como si fuera otro quien las hubiera pronunciado, ya que tenía toda su atención puesta en las partes de su cuerpo en las que había sido tocado.
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—¡Parad! ¡Por favor, deteneos! —Rogó más allá Blanca. —Vamos, Brun —dijo Manuel—. Será mejor que nos
vayamos.
—No me toques —le contestó poniéndole el brazo frente a los ojos—. No… Es mejor que no me toques.
—¡Vosotros! ¿Qué hacéis aún aquí? —dijo uno de los guardias a los muchachos—. ¡Fuera ahora mismo! ¡Y vosotros! —Esta vez se dirigió a los compañeros del herido, que no se atrevían a salir de la empalizada—. ¡Venid a llevaros a este! Lo quiero encerrado en su apartado antes de que cuente diez.
Manuel consiguió arrastrar a Brun con él a la vez que un par de compañeros de Pablo acudían para llevarse al hombre malherido. Los muchachos no habían alcanzado aún el edifcio principal cuando Brun se volvió a mirar la escena y vio la cara de Blanca, en la que detectó los huecos que había dejado la enfermedad. Atónito y asustado, el chico se dejó caer y miró a su alrededor buscando algo con lo que limpiarse antes de que él corriera el mismo destino fatal. Al no encontrar nada más que arena, agarró un puñado y se la restregó por las diferentes zonas, como si aquello fuera el remedio purifcador de algo.
Lucio apareció en el patio en ese instante. Vio a Brun poseído por una extraña locura mientras se frotaba la piel con puñados de tierra que la hacían enrojecer.
—¿Se puede saber qué haces? —le espetó el hijo del curandero, que ya tenía adherido al pequeño Damián.
—Tengo que limpiarme esto… No quiero… No puedo ser como ellos…
—Se le ha echado encima —aclaró Manuel señalando con la cabeza al hombre que a duras penas se desplazaba hacia el interior de la empalizada sujeto por otros dos.
El hijo de Miguel miró con desagrado a los guardias que en ese momento acompañaban en la distancia a los tres leprosos
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para cerciorarse de que fnalmente entraban en sus dominios.
Una vez dentro, los soldados trabaron la puerta con la tranca.
Lucio, que había devuelto su atención al histérico Brun, se agachó junto a él y, con mucho cuidado, hizo que lo mirase.
—¿Qué haces? ¿No me toques? —Deja de hacer eso. Te harás daño.
—Se me ha echado encima y… ¿Me va a pasar lo mismo? Su cara… ¡No quiero!
—Ven —dijo Lucio interrumpiendo el balbuceo nervioso de Brun—. Acompáñame.
Y con cuidado, el hijo del curandero ayudó a levantarse al muchacho, que tenía la piel del brazo, la cara y las manos enrojecida. Habían aparecido también algunas heridas en forma de puntitos en hileras de un rojo más intenso.
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CAPÍTULO 24
Miguel encontró a Pablo tumbado sobre su jergón abrazándose las rodillas como si fuera un niño pequeño.
Tenía moratones y heridas nuevas en porciones de piel por las que la enfermedad aún no había pasado su lengua envenenada.
—Pero ¿qué te han hecho? —dijo para sí, y se volvió hacia la puerta del barracón en la que aguardaba uno de los guardias, que le rehuía la mirada—. No son animales. No se les puede tratar de ese modo.
—Pero quiso escapar —se defendió el soldado.
—Solo quería volver a ver a mi esposa —se excusó Pablo. Miguel lanzó un suspiro. De su zurrón sacó un frasco con
una sustancia blanquecina que vertió sobre un pequeño cuenco de madera.
—Ve a por una palangana de agua de la cocina y unas vendas
de mi laboratorium —ordenó Miguel. El guardia salió de inmediato.
Del zurrón sacó también sus guantes de cuero y se los enfundó antes de ayudar al enfermo a incorporarse. Después cogió el cuenco con el líquido lechoso y se lo ofreció.
—Bebe, te hará bien.
Sollozando, Pablo le dio un sorbo.
—Vamos, acábalo.
Y esta vez, el hombre, con los hipidos típicos de después del llanto, dio un nuevo trago.
—Desvístete. Vamos a ver qué te han hecho estos salvajes. Pablo se puso en pie despacio y comenzó a deshacerse de la
ropa manchada de sangre reseca y pegotes de barro.
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Dentro del edifcio, Lucio llevaba de la mano a Damián mientras guiaba a Brun hasta una habitación poco iluminada llena de grandes tinajas hundidas en el suelo hasta la mitad. Sobre las baldas de unas alacenas que iban de pared a pared había grandes recipientes de barro y frascos de rústico vidrio soplado. En una de las paredes laterales se abría una oquedad en la que se adivinaba una cuba de madera sobre una polea como una extraña campanilla en una boca de piedra.
—¿Por qué me has traído aquí?
Lucio se acercó a Damián, le metió una mano en el bolsillo del pantalón y sacó una pequeña piedra lisa, redonda y casi traslúcida. Después señaló a Brun, que aguardaba desconcertado.
—Ve y busca una de esas piedras tan bonitas —dijo Lucio abriendo mucho la boca para que el pequeño pudiera ver sus labios—. Se la regalaremos a Brun y así se le quitará el susto, ¿de acuerdo?
El pequeño asintió, sonrío y salió corriendo de la habitación dispuesto a cumplir su misión. Brun, enternecido por la disposición de aquel pequeño por ayudarle, lo observó marcharse. Lucio, por su parte, se acercó al pozo, sacó un cubo de agua y lo vertió en el interior de una de las tinajas.
—¿Qué estamos haciendo aquí? —preguntó Brun al ver que Lucio repetía la operación con el cubo varias veces.
—Algo que me enseñó mi padre. Me contó que un tal Avicena lo usó hace muchos años durante una plaga.
—Avi… ¿qué?
—Avicena.
—Tiene nombre de hereje.
—Porque lo era. Se llamaba Abu Ali Ibn Sina. Fue muy famoso en su día, y lo es entre quienes se dedican a estudiar
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ciertas materias.
—No es que me fe mucho de lo que pueda decir esa clase de personas, pero no quiero acabar como la gente de mi aldea.
Lucio lo miró sin decir nada.
—Murieron todos… por la peste. Bueno, casi todos. Yo era muy pequeño y apenas me acuerdo, pero solo sobrevivieron mis padres, dos de mis hermanos y yo, claro. Aún me acuerdo del miedo y el llanto, y ese olor a muerte; eso no se me olvida. Es como si lo tuviera aún incrustado en la nariz. Por eso mis padres decidieron entregarme a mi maestro, o eso decía él: para evitar que muriera con otra plaga o por el hambre. Eran gente muy pobre.
—La peste y la enfermedad en general no entiende de pobres o ricos. De hecho, hay muchos males que afectan principalmente a gente con montones de oro, como la gota.
Brun lo miró sorprendido por lo que acababa de escuchar mientras lo seguía con la mirada. El hijo del curandero se acercó a los estantes y cogió una garrafa de vidrio grande cubierta de esparto trenzado; la destapó y acercó la nariz.
—Aquí está. Vinagre. No vas a oler demasiado bien con esto, pero ayudará a limpiarte.
Al bajar la botella, la balda se balanceó y casi hace que otros recipientes situados en el lado contrario se cayeran. Sin embargo, estos terminaron por encontrar un precario equilibrio. Una idea prendió en la mente de Lucio.
—Ahora que Francisco no está, alguien se tendrá que ocupar de los pequeños arreglos. ¿Qué hacías tú antes de llegar aquí?
Lucio formuló la pregunta mientras se acercaba a la tinaja que previamente había llenado de agua y en la que derramó un generoso chorro de vinagre que llenó la habitación de un olor ácido y dulce a la vez.
—Era aprendiz de escultor.
A Lucio se le escapó una sonrisa.
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—¿Te parece divertido? ¿Crees que miento?
—Estoy seguro de que no —aclaró Lucio, que había notado cierto tono de irritación en las palabras de Brun—. Es que nunca hemos tenido a nadie con un mínimo de talento
artístico. Me ha sorprendido, eso es todo —continuó dejando la botella en el suelo—. Me gusta.
A Brun se le subieron los colores a la cara. Por suerte, pensó, en mitad de aquella oscuridad Lucio no se daría cuenta.
—Iré a por ropa limpia y algo para secarte. Métete dentro.
—Señaló la tinaja—. Y frótate bien. Pero esta vez sin hacerte daño. No es necesario que te arranques la piel.
Lucio emprendió la marcha mientras, a su espalda, Brun se quitaba la camisa y los calzones. El muchacho contempló al hijo del curandero una vez más antes de bajar la vista para quedarse mirando su propio refejo en la superfcie oscura del agua. La idea de que aquel chico extraño y delicado se metiera con él en aquella tinaja de agua fría lo calentó. Y lo avergonzó. Otra vez aquella sensación. Otra vez… Brun hundió las manos y creó multitud de ondas que distorsionaban la imagen que le devolvía el frío líquido. Acomodó las palmas entrelazando los dedos a modo de cuenco y cogió una buena cantidad que se llevó a la cara. A pesar de estar helada, le agradó la sensación. Después de frotarse el rostro, introdujo todo el cuerpo sin poder evitar un primer estremecimiento por la impresión que borró sus pensamientos.
Lo que Brun no vio es que, antes de salir, Lucio se había detenido y se había girado para observar cómo se introducía en la tinaja. Fue algo impulsivo provocado por la curiosidad, pero el hijo del curandero tampoco pudo evitar sentir otro estremecimiento, aunque de naturaleza distinta. Sonrojado y con una presión en el pecho que solo él entendía, bajó la cabeza y se marchó.
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Damián caminaba cabizbajo recorriendo el patio sin levantar la vista. No es que estuviera triste porque Lucio lo hubiera invitado a marcharse, ni mucho menos; es que estaba concentrado buscando la piedra más bonita que regalarle a Brun. Le caía bien el chico nuevo y a Lucio le hacía sonreír. Se ponía contento al verlo y el pequeño lo había notado, aunque también había notado que lo hacía ponerse nervioso. ¡Qué raros eran los mayores! Damián cogió una piedra primero y, aunque su color rojizo era muy inusual, tenía cantos y aristas que no le conferían una forma muy bonita. Aun así, se la metió en el bolsillo del pantalón. Un poco más allá vio otra de un color verde muy vivo. Esta estaba bastante pulida, pero al cogerla comprobó que se había partido y solo era la mitad de algo bonito. Y también la introdujo en el bolsillo. Era mejor tener varias opciones, aunque no fueran perfectas, que no tener ninguna. Y, tan abstraído estaba el pequeño, que casi se choca con un guardia.
—¡Cuidado, niño! —gritó el soldado.
Pero Damián, obviamente, no pudo escucharlo. No recordaba la última vez que había oído el sonido de una voz, el trino de un pájaro, el ulular del viento… Era un recuerdo cada vez más lejano. Sin embargo, el pequeño reaccionó al ver aparecer justo delante de él dos grandes pies calzados con botas de cuero raído. Ágil, como solo se es en la niñez, se hizo a un lado y esquivó al hombre que, junto a Miguel, portaba a Pablo casi a rastras hacia el interior del edifcio principal.
Damián no les hizo caso; solo sonrió a modo de saludo al curandero, que se alejó con cara de preocupación sin reparar en él. Aquello no le importó. Sabía que Miguel siempre tenía cosas que hacer, había mucha gente a la que cuidar y, a veces, se abstraía tanto que terminaba por no ver lo que sucedía a su
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alrededor. Así que, el pequeño decidió afanarse en recolectar su particular tesoro. Sin embargo, antes de localizar una nueva presa brillante o traslúcida, algo colgado en el vallado que los separaba de los enfermos de lepra llamó su atención.
—Ayúdame —dijo Miguel al guardia mientras dejaban caer la fgura de Pablo sobre un jergón de paja—. Con cuidado. No quiero que se haga más daño.
Al decir esta última frase miró de reojo y con evidente desaprobación al soldado que lo acompañaba. Si este se dio por aludido, lo disimuló a la perfección. En cualquier caso, aunque así fuese, no sería él quien contradijera una orden de Miguel. Aquel hombre había hecho mucho por ellos, por sus familias. Por eso, a veces, llevaban al límite su sentido de la lealtad.
—No quiero que esto se repita —advirtió nuevamente al soldado.
—Lo siento, señor.
Miguel suspiró, no tanto ya por lo que había sucedido, sino por lo que sucedería a partir de entonces. Ya no era seguro que aquel hombre durmiera con el resto de los enfermos. Había intentado escapar y lo haría en el futuro, de eso estaba seguro. Era cuestión de tiempo que tratara de repetirlo. Meterlo en la celda que solo usaban para casos excepcionales como aquel no era algo que le agradara. Desde luego, cuando Pablo recuperase totalmente la consciencia, gritaría y protestaría. Su vida había pasado a convertirse en una existencia todavía más penosa que la anterior, si es que era posible. Encerrado entre muros de piedra y con un único ventanuco con barrotes, ahora su mundo se había reducido a una habitación aislada. Sentía pena por él, pero no estaba dispuesto a poner en riesgo a todos los que habitaban allí bajo su protección, ni tampoco su proyecto de encontrar una cura.
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—Míralo bien: no es más que un enfermo que quiere volver a
una casa donde ya no es bien recibido —continuó Miguel.
El soldado agachó la cabeza.
—Nadie se merece esto.
—No, señor —convino el guardia tragando saliva.
Miguel borró el gesto serio, ablandado por la actitud de aquel hombre habitualmente fero e infexible. Al menos así era cuando salían en busca de aquellos muchachos.
—Dejémoslo descansar.
—¡Señor! ¡Rápido, señor! —gritó desde el exterior el guardia que se había quedado custodiando los muros.
Alertados, Miguel y el soldado que lo acompañaba salieron de la celda y la cerraron tras de sí. Se encontraron con el guardia que llegaba a todo correr.
—¿Se puede saber qué ocurre ahora?
—¡Caballos, señor! Por el camino.
El rostro de Miguel se contrajo en una mueca de disgusto. —Ve a la torre —ordenó al primer soldado—. ¡Rápido! Tú,
vuelve a la puerta.
Y de repente, el sonido de las campanas tocando a rebato se extendió por todos los rincones del lazareto. Miguel, que permanecía junto a la puerta del edifcio, cerró los ojos y tomó aire para tranquilizarse. No había salido el sol y el día ya se había torcido. Solo faltaría que… pero no. No debía pensar en ello. «Mantén la calma», se dijo. Ni siquiera sabía quiénes eran los visitantes. Pocas personas se aventuraban a acceder al interior de sus muros sabiendo lo que había allí, al menos sin previo aviso. Por eso las visitas inesperadas le daban muy mala espina. Pero quizá solo fuera un grupo de familiares que había decido traer a un enfermo en busca de ayuda o, quizá, que venían a ver a algún pariente. Sí, seguro que era eso.
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Uno a uno, los muchachos fueron pasando por una trampilla dispuesta en el suelo de la cocina. Primero fue el escuálido Juan; tras él, Santiago, cuyas redondeces parecían haber menguado por el miedo y, cerrando la marcha, Manuel, que se persignó tres veces antes de entrar en el estrecho hueco excavado en la tierra.
—¿Dónde están los que faltan? —dijo el guardia que les sujetaba el tablón.
Los tres se miraron y se encogieron de hombros. El guardia dejó escapar un resoplido ante la perspectiva de ponerse a buscar a los desaparecidos y, con cuidado, dejó caer el tablón y ocultó a los muchachos, que quedaron envueltos en la más completa oscuridad. Por último, antes de marcharse, el guardia colocó de forma apresurada una alfombra de esparto trenzado para camufar el escondite.
—No ha puesto el cajón —observó Santiago.
—¡Shhh! —respondió Manuel, aunque no se podían ver entre ellos.
El soldado que guardaba la muralla abrió las grandes puertas de madera y los tres clérigos montados a caballo traspasaron el umbral. Fray Gonzalo, a lomos de su corcel blanco inmaculado, abría la marcha escoltado por el hermano Agustín y el hermano Roque, que montaban a dos alazanes con bastante menos brío y elegancia que el primero.
Mientras los tres intrusos avanzaban por el patio, todos permanecían en silencio. Fray Gonzalo tenía la vista clavada en Miguel, que lo esperaba a pocos pasos de la entrada del edifcio principal y no hacía caso de las fguras que se movían a su alrededor. Sin embargo, sus dos acompañantes no podían evitar sentir un estremecimiento al ver las marcas de la lepra en las personas que poblaban el espacio. El hermano Roque tuvo
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incluso que hacer un esfuerzo por no agitar a su caballo al hacerle esquivar a uno de los enfermos que se cruzó en su camino tan cerca que creyó que llegaría a tocarlo.
Miguel, al ver a sus visitantes, maldijo nuevamente la suerte que le había deparado el día. Por si no había tenido sufciente, venía a sumarse la visita de la Santa Iglesia. Maravilloso. Sin embargo, se concentró en no dejar entrever algo más allá del sentimiento de recibir a unos invitados molestos y, bajando los escalones como solo lo hace el señor de una gran casa, se aproximó hasta ellos.
—Ata a los caballos y dales comida y agua —ordenó al soldado de la puerta.
Los clérigos detuvieron sus monturas y se bajaron. El hermano Roque, que descendió como lo hacía todo, con desgana, se trastabilló y a punto estuvo de caer y llevarse consigo al guardia que había acudido a recoger las riendas. Fray Gonzalo lo miró de reojo, exasperado.
—Bienvenidos sean los hombres de Dios a esta, mi casa
—saludó Miguel mientras se acercaba a las tres fguras que permanecían expectantes en mitad del patio.
Las miradas de reojo de los dos acólitos del prior eran evidentes y Miguel sonrió para sí. Su idea de dejar a los enfermos campar a sus anchas por el patio cuando recibían visitas indeseadas funcionaba a la perfección. Con suerte, pensó, en no más de una hora estarían de vuelta por donde habían venido.
—¿Qué ocurre? —preguntó Brun desconcertado al ver entrar en la sala a Lucio corriendo con un fardo en la mano.
—Sal de ahí, rápido.
Brun, todavía sumergido, se levantó de la tinaja y salió del agua completamente desnudo; Lucio no logró apartar la mirada
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de su cuerpo. El que fuera aprendiz de escultor no se dio cuenta, más preocupado por la incertidumbre de lo que sucedía fuera y por las caricias del frío en la piel. Sin embargo, al hijo de Miguel le pareció, durante un instante fugaz, que lo que había más allá de aquellas cuatro paredes no importaba lo más mínimo.
—¿Qué pasa? ¿Por qué suenan las campanas así? —dijo Brun rompiendo el hechizo.
Lucio volvió en sí, le tendió una muda limpia y, cuando Brun la agarró, ambas manos se rozaron. Fue algo insignifcante, nimio, como el bamboleo de la llama de una vela ante una corriente de aire. La piel de uno se contrajo con un escalofrío y la del otro entró en un calor instantáneo que se extendió hasta el último rincón de su cuerpo. Pero había cosas más importantes de las que preocuparse. De momento.
—Vístete, rápido. Los frailes están aquí.
Al escuchar aquellas cuatro últimas palabras, Brun se envaró y cualquier otro pensamiento despareció con ellas. Los frailes, aquellos que habían retenido y torturado al muchacho, estaban allí. Lo verían. Se lo llevarían otra vez y toda aquella pesadilla comenzaría de nuevo. Un sentimiento helado se apoderó de él.
—¡Vamos, Brun!
La cara del prior se enmarcaba en el ventanuco que había en la puerta de la celda. A través de ella pudo ver a Pablo, que estaba dormido sobre el jergón, y Miguel lo agradeció. Lo último que necesitaba en aquel momento era un nuevo espectáculo de aquel pobre desgraciado.
—¿Se puede saber por qué retenéis a este hombre? ¿Qué le sucede? Más allá de lo evidente, quiero decir.
Miguel, que había puesto su mejor pose de tranquilidad, dio un paso para acercarse un poco más al curioso fraile.
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—Atacó a uno de los guardias mientras intentaba marcharse —dijo en voz baja tratando de no despertar a Pablo y que todo se complicara.
—Por lo que he visto ahí afuera y lo que me habéis contado
—repuso en voz más alta fray Gonzalo— parece que están muy bien cuidados. ¿A dónde se supone que quería ir?
El enfermo masculló algo en sueños y comenzó a gimotear y Miguel maldijo para sus adentros a aquel hombre que lo estaba poniendo a prueba. El sanador se mantuvo expectante, hasta que, por fn, Pablo volvió a respirar de manera acompasada.
—El pobre echa de menos a su familia —contestó Miguel—. Pero ellos mismos fueron los que vinieron a dejarlo a nuestro cargo hace unos meses. Allí fuera solo le espera la mendicidad, si no algo peor.
Fray Gonzalo asintió. Sabía que lo más probable era que si se presentaba en casa de sus familiares, estos lo repudiarían y, por mucho que insistiera, su fnal sería quedar solo y abandonado en algún lugar remoto fuera de cualquier población que le negaría el paso por miedo al contagio. «Y con razón», pensó.
Los chicos que permanecían en el agujero de la cocina oyeron pasos sobre sus cabezas. También escucharon el roce de la alfombra de esparto. De una manera instintiva, los tres se apretujaron, como si ocupando menos espacio fuera más difcil encontrarlos en aquel diminuto habitáculo. Cuando percibieron que alguien estaba retirando la tabla que los dejaría al descubierto, sintieron la tentación de gritar, pero por suerte no lo hicieron, y cuando vieron asustados la cara de Brun, no sabían si explotar a reír o darle un puñetazo al muchacho por el mal rato que les acababa de hacer pasar.
Brun, que estaba igual de asustado, accedió al agujero sin decir ni mu y se sentó en el suelo junto al resto. Tras él lo hizo
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Lucio, y esta vez el guardia colocó un cajón antes de cerrar la trampilla, lo que hizo que las dimensiones de aquel pequeño escondite fueran todavía más opresivas. Un intenso olor a pescado lo invadió todo.
—¿Se puede saber dónde estabais? —les recriminó Manuel. —No quiero volver —fue lo único que pudo decir Brun, en
cuya mente ahora se formaba un hierro candente sujeto por aquel hombre fervoroso de ojos enrojecidos.
—¿Y Damián? —dijo Lucio cayendo en la cuenta de que no lo había visto al entrar.
—¿No estaba con vosotros? —respondió Manuel.
—¡No! Le dije… —repuso el hijo de Miguel con un hilo de voz—. Maldición, tengo que ir a por él.
Sin pensarlo, Lucio empujó el cajón que había sobre sus cabezas tratando de abrir la puerta.
—¿Qué haces? ¡Estate quieto o nos delatarás! —le amonestó Manuel mientras lo agarraba de la camisa.
—No pueden encontrarlo.
—Ni a nosotros tampoco. Brun, ayúdame a hacerle entrar en razón.
Pero Brun no hizo ni dijo nada y Lucio continuó empujando el cajón que parecía pesar tanto como una losa.
—¡Para! —le suplicó Manuel.
—¿Tan mezquinos sois que vais a dejar que cojan a uno de los nuestros? ¿Al más pequeño?
—Si eso implica que los demás estemos a salvo, sí
—respondió Manuel sin dudar.
—Brun, ayúdame tú —suplicó esta vez Lucio.
Sin embargo, Brun permaneció inmóvil. Su mente estaba lejos de allí, suspendida en mitad de una sala de muros de piedra donde lo alzaban y lo dejaban caer una y otra vez. Podía sentir incluso que los músculos de los hombros se le tensaban y
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palpitaban al recordarlo, las heridas en la carne como mordeduras, el calor, el hambre, el escozor…
Fueron Santiago y Juan los que ayudaron a Lucio a empujar el cajón y así la luz volvió a bañarlos a todos. El hijo de Miguel lanzó una última mirada desdeñosa primero a Manuel y después Brun, que salió de su trance y se encogió asustado.
—Por favor, no salgas. Te encontrarán. Nos encontrarán —dijo con una mirada suplicante.
—Cobardes —masculló Lucio.
Estaba decidido a averiguar el paradero de Damián antes de que fuese demasiado tarde. Así, tras volver a colocarlo todo de manera apresurada, se marchó.
Miguel caminaba por la habitación en la que los chicos solían dormir tratando de disimular el nerviosismo que le provocaba el ir acompañado por el séquito de adustos frailes. El que más nervioso lo ponía era fray Gonzalo, que lo observaba todo con los ojos de un halcón al acecho. Parecía como si de algún modo supiera que había gato encerrado. Solo esperaba que los muchachos hubieran reaccionado rápido y hubieran podido esconderse y quitar de la vista cualquier cosa que los pudiera delatar.
—¿Quién duerme en este lugar? —dijo el prior sin girarse siquiera a mirar a Miguel.
Ese tipo de comportamientos de superioridad le resultaban insoportables al sanador. En cualquier otra ocasión hubiera tenido una charla un poco más intensa, pero Miguel sabía que ni era el momento ni aquel hombre era una persona que conviniera tener como enemigo, al menos abiertamente. Gente poderosa lo apoyaba. No tuvo más remedio que hacer de tripas corazón y contestar con la voz más servicial y a la vez más frme que logró de encontrar.
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—Aquí llegan muchos enfermos con sus familias. Algunos lo hacen de muy lejos y nos gusta ser hospitalarios para que puedan despedirse con tranquilidad. Es probable que muchos no vuelvan a verse nunca.
Los acompañantes del prior parecían no atender a las palabras de Miguel y caminaban examinando cada jergón. Los palpaban, quitaban las sábanas, los deshacían esparciendo la mezcla de paja y lana por el suelo. Aquello no contribuía a relajar el ánimo del curandero, que comenzaba a tensarse al ver el desorden. Fray Gonzalo, que se hacía el distraído, fue consciente del silencio de su interlocutor y se giró intrigado por su reacción. Durante un instante fugaz, el fraile pudo captar la intensa mirada de Miguel hacia los hermanos Roque y Agustín. Y sonrió.
—¿Le ocurre algo? —preguntó con cierto retintín.
Miguel se sobresaltó a la vez que se lamentaba para sus adentros por su falta de inteligencia al dejarse arrastrar por la actuación de aquellos individuos que lo ponían a prueba, y se recompuso.
—La verdad es que siempre que pienso en todas esas pobres familias rotas por la enfermedad me invade una profunda tristeza. Es muy duro para los que se quedan, pero mucho más para los que se van. La culpa, ¿sabe?
—Ya… —respondió el prior—. La culpa.
—Padre —dijo el hermano Roque acercándose—, hemos encontrado esto.
El fraile abrió su mano rechoncha y apareció una pieza de lino con unas fores blancas y rojas bordadas en las esquinas que, de una forma un tanto rudimentaria, intentaban parecerse a unas rosas. El único efecto que aquello provocó en Miguel fue una dilatación de las pupilas que nadie percibió, pero por dentro se debatía entre el miedo y la cólera. Aquel era el jergón
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de Francisco, y la tela, el último regalo de aquel juerguista antes de dejarlos.
—¡Oh, gracias! —Miguel se hizo el sorprendido y cogió el pequeño pedazo de tela—. Blanca agradecerá que hayan encontrado el pañuelo de su madre. La pobre mujer quiso dejárselo como recuerdo antes de marcharse y se fue muy triste cuando no lo encontró pensando que se había extraviado.
Nadie dijo nada, pero todos escucharon el chascar de la lengua del prior.
Lucio aguardaba tras la esquina de uno de los pasillos del edifcio principal. Se asomó con cautela para asegurarse de que no hubiera nadie allí, nadie a excepción de Damián.
—Vamos, pequeño, ¿dónde estás? —dijo para sí al ver que el lugar estaba desierto.
Dobló la esquina que daba a las escaleras de la segunda planta, donde se encontraban los dormitorios, y emprendió la subida. Cuando llevaba un par de escalones, escuchó la voz de su padre.
—¿Y qué es lo que buscan exactamente?
—Nos han alertado de una serie de desapariciones inesperadas —dijo otra persona desconocida—. Alguna nos ha tocado muy de cerca y, no es nada personal, pero nos hemos visto obligados a tomar cartas en el asunto.
Lucio, que se había quedado paralizado en un principio, dio un paso hacia atrás rogando no hacer tanto ruido como para alertarlos.
—Pero, permítanme la indiscreción: ¿tan importantes son esos malhechores que hace que unos frailes dejen su ofcio de predicadores para buscarlos personalmente? ¿No debería ser eso cosa de los soldados del barón?
Lucio dio otro paso atrás, y otro más.
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—No se trata de bandidos o ladrones, mi noble señor. Esta gente que buscamos tiene una mácula en el espíritu y esa mancha podría propagarse como una peste a la gente pía y es a nosotros, los hijos del Dios Padre, a los que nos ha sido encomendada la tarea de velar por las almas. Así que, sí, son muy importantes y no, no puede encargarse de esto un simple hombre de armas. Aunque no dudaremos en hacernos valer de ellos si fuera necesario. Como debe saber, contamos con el beneplácito del barón.
Estas últimas palabras las dijo el prior tan sereno y con una voz tan dulce que Lucio, al fnal de la escalera ya, sintió que la amenaza era más que evidente. Sin perder un segundo, corrió al primer lugar en el que se le ocurrió que podía esconderse. Entró en los baños a toda velocidad. Los ojos le iban de un lado a otro buscando a Damián. Esperaba que hubiera vuelto después de encontrar sus tesoros, ajeno a todo el jaleo. Por los pasillos se oían las voces de los frailes conversando con su padre, al que notaba tenso como la piel de un tambor.
—Al trabajar con esta clase de dolencia, la limpieza de la propia piel es fundamental. Avicena decía que…
—Ese hombre era un hereje, un hijo de Mahoma —escuchó Lucio decir de manera tajante a fray Gonzalo.
El chico no necesitó escuchar nada más. Se acercó al pozo que minutos antes había usado para extraer el agua con la que llenó la tinaja. En un lateral abrió una pequeña portezuela de barrotes por la que se coló y se sujetó a una escala de hierro cuyos peldaños descendían hasta la oscuridad. Allí se quedó protegido por la negrura. No se podía quitar de la cabeza a Damián: solo y perdido y sin oportunidad de ser alertado para esconderse antes de que lo vieran aquellos hombres. El séquito de visitantes entró en la habitación entre sombras y Lucio pensó en lo diferente que parecía aquel lugar con las personas que se hallaban en su interior.
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—Un hereje que salvó vidas. Se enfrentó a plagas en grandes
ciudades de las cuales pudo aprender —repuso Miguel—. Como podrá comprobar, aquí no hay nada excepto agua, yerbas y telas.
—El agua y las yerbas, según sean usados, pueden ir en contra de los preceptos de nuestro Señor.
Lucio vio desde su escondrijo como los dos hermanos más jóvenes se adelantaban para registrar la habitación. También vio que aquel hombre de voz desagradable giraba la cabeza y recorría con sus ojillos de halcón cada rincón de la estancia. Escuchaba cómo desde algún lugar se destapaban tarros, caían objetos al suelo, se abrían y cerraban armarios sin ningún tipo de cuidado.
—No creo que sea necesario todo este desorden —protestó Miguel.
Pero el prior no dijo nada. Simplemente se mantuvo frme, y siguió oteando la habitación. En un momento dado, Lucio sintió que la mirada escrutadora se detenía justo en el lugar en el que él se encontraba y a punto estuvo de perder pie al agacharse a toda velocidad. El muchacho permaneció encogido en la escalera, tratando de controlar la respiración y de hacer el menor ruido posible. Rogaba por no ser visto y por que Damián estuviera bien.
Los chicos estaban cada vez más nerviosos escondidos en aquel agujero bajo el suelo de la cocina. A Santiago le dio un ataque de tos y se cubrió la boca, primero con la camisa y después con la mano, para tratar de amortiguar el sonido.
—¿Justo ahora te tienes que poner a toser como un tísico? —le reprochó Manuel en un grito susurrado.
—¡Shhh! ¿Habéis oído eso? —intervino Juan.
—¿El qué? Si este no pa…
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Pero Manuel no pudo continuar con sus quejas. Juan, con bastante tino para estar completamente a oscuras, le tapó la boca con fuerza. Así, en medio de aquel silencio, escucharon el resonar de un séquito de pasos que se acercaba. Si hubieran podido verse las caras habrían visto el miedo refejado en unos ojos que miraban al techo aguardando, pues aguardar era lo único que podían hacer.
Tac-tac-tac. Y alguien se detuvo muy cerca de sus cabezas. —Carne de cerdo —dijo una voz que ellos no conocían, pero
que correspondía a la del hermano Roque.
Tac-tac-tac.
—Menos de la que nos gustaría —repuso otra voz, y esta vez reconocieron a Miguel—, pero al menos podemos alimentar bien a los enfermos. ¿Quizá vuestra orden quisiera ayudarnos con una donación?
Silencio. Alguien más tosió.
—Aquí solo hay utensilios de cocina, comida… Tac-tac-tac. Los pasos, muy cercanos, terminaron en una
superfcie que los amortiguaba. Sin embargo, si prestabas atención, se podía escuchar también algo parecido a una superfcie hueca. Estaban justo sobre ellos. Tac-tac. Algo se arrastró por el suelo.
—¿Qué hay debajo? —preguntó la voz autoritaria del prior. Los chicos dejaron escapar el aire de golpe y se apretujaron
más entre ellos. Brun había empezado a temblar, y no era el único. Santiago se había llevado las dos manos a la boca para impedir que una tos inoportuna los delatara y Manuel comenzó a rezar el padrenuestro en un bisbiseo.
—Nada —respondió Miguel intentando parecer convincente, aunque los chicos notaron su nerviosismo.
Tac-tac-tac. Tres fuertes pisotones, ya sin la alfombra de esparto, hicieron crujir la madera y ayudaron a que la sensación de oquedad fuese más evidente.
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—Pues si no hay nada, ábralo —ordenó el fraile.
Manuel soltó un gemido que ahogó rápidamente con sus manos. Brun intentó pegarse más a la pared, como si así fuese a encontrar un túnel oculto que lo ayudara a escapar. Alguien retiró la trampilla.
Brun estaba a punto de romper a llorar. Los murmullos de Manuel eran cada vez más frenéticos. Todos miraban hacia arriba esperando que el cajón que los separaba de aquellos hombres crueles, que se decían de Dios, fuese retirado por unas manos inoportunas y los dejara al descubierto.
—Ya se lo he dicho, no es nada, solo pescado.
Los chicos contenían la respiración mientras escuchaban que algo se introducía en otro algo parecido a arena o grava muy fna.
—Sal —dijo el fraile.
Y eso hubieran visto los chicos de haber estado con los intrusos. Un cajón con pescado cubierto de sal. Esa era la última barrera de su escondite: un sistema de conserva que, esperaba Miguel, fuera sufciente para explicar la oquedad en el suelo y para satisfacer la curiosidad del fraile.
—Es la comida más difcil de conseguir y más cara de conservar. Por eso la mantenemos oculta.
En el patio, frente a la puerta, fray Gonzalo miró unos tensos segundos a Miguel, aún con aire receloso. El sanador aguantó la mirada, pero deseaba abrir la puerta y que esa gente se marchase de una condenada vez. De nada había servido dejar sueltos a los enfermos de lepra con aquel hombre. Era duro y sabía que si lo contrariaba le traería problemas. Sin embargo, el prior hizo fnalmente un amago de reverencia.
—¿No quieren comprobar las celdas? —dijo Miguel con cierta ironía, vencido por el orgullo de haber ganado y sabedor
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de que nadie en su sano juicio querría meterse en el lugar en el que dormía un leproso.
El fraile miró a los enfermos que trabajaban el huerto y a sus acompañantes, pensando si merecía la pena correr el riesgo. Los otros dos frailes permanecían en silencio mirándose entre ellos con cara de circunstancias y examinaban a aquellos hombres y mujeres devastados. Blanca, que remendaba unos pantalones sentada en la puerta de los barracones, levantó la cabeza al escuchar las palabras de Miguel y lo miró con los ojos muy abiertos. Parecía como si quisiera decirle algo. De tener un rostro normal, aquel gesto de la chica habría sido muy evidente. No obstante, en una faz como la suya, aquello se parecía más a la locura que a una advertencia. Pero el curandero estaba demasiado pendiente de la reacción de los frailes para advertir nada. El hermano Roque dejaba más a las claras que el hermano Agustín su incomodidad y sus pocas ganas de meterse en aquellos pequeños habitáculos en los que vivían y dormían los leprosos. Miguel comenzó a dudar y se arrepintió de haber hecho aquel comentario estúpido. Aunque no había nada allí que llevase hasta los chicos, no quería tenerlos en su casa ni un segundo más.
—Es posible —dejó caer el padre prior.
En ese momento, Miguel vio a Blanca y un nudo le tensó el estómago. La chica le hacía señas disimuladamente para indicarle que no. Su cara, aun a pesar de tener parte de los rasgos borrados, se volvió muy clara entonces: algo estaba ocurriendo y el curandero no estaba enterado. Miguel apretó los labios en un rictus de desagrado. ¿Qué más podía salir mal aquel día?
—Pero, quizá, en otra ocasión —habló por fn el prior con mirada torva—. Será mejor no molestar más a esta gente. Tenemos otras casas en las que buscar y ellos tienen un trabajo muy loable y arduo aquí.
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Y Miguel dejó escapar el aire en un pequeño e imperceptible suspiro.
—Dígame: ¿por qué no acepta la ayuda de la Iglesia? Esta es una tarea noble. Seguro que hay hermanos que estarían encantados de prestar sus servicios.
—Mi familia nunca ha sido muy rica. Mi linaje es noble, pero parco en bienes. Aun así, conservo las tierras de mi padre. Con ellas me basta para mantener esta pequeña comunidad sin necesidad de condenar a nadie más a una vida tan sacrifcada como la que llevo. Además, creo que ustedes conocieron a mi
maestro —repuso Miguel con una nota de orgullo—. Era un buen hombre y muy sabio y, por desgracia…
El padre prior le lanzó una mirada fulminante y lo cortó.
—Un hereje.
Miguel asintió. Hizo un gesto a los guardias sabiendo que, de seguir con la conversación, no saldría nada bueno. Los soldados abrieron la puerta para mostrar la salida a los visitantes, que entendieron el mensaje y subieron a sus monturas. El hermano Roque no conseguía mejorar su técnica y, tras varios intentos ridículos, terminó por alcanzar la grupa de la suya; nadie se rio esta vez.
—Por suerte —se apresuró a aclarar Miguel antes de que partiesen— yo sigo la doctrina de la Iglesia.
—Por suerte y por el bien de todos —dijo pensativo—. Dígame, siento curiosidad, ¿no ha pensado nunca en desposarse? —Se detuvo tras mirar nuevamente a los leprosos—. ¿No será uno de ellos?
Miguel negó con la cabeza.
—No hay nada más cristiano que traer nuevos seguidores de nuestro Señor al mundo.
—Ya lo estuve una vez y, por desgracia, nos abandonó al dar a luz a mi hijo. Ahora mi vida está dedicada a los enfermos. ¿Qué vida le podría dar yo a una mujer?
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—¿Y su hijo? Tampoco lo he visto por aquí.
—Sobrevivió, pero lo envié con unos parientes al norte,
cerca de Loarre —mintió Miguel—. Esto tampoco es vida para un muchacho, al menos no para uno sano.
El prior lo miró una última vez con sus ojos escrutadores antes de darse media vuelta. Los otros dos frailes lo siguieron y abandonaron las murallas muy lentamente hasta que, por fn, las puertas se cerraron.
Blanca se giró hacia el recinto de los leprosos y, segundos después, apareció con Damián, que caminaba tras ella asustado, con el pelo tiznado y con surcos de lágrimas sobre la suciedad de la cara.
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CAPÍTULO 25
Con gran esfuerzo de Miguel, pero sobre todo de Lucio, que fue el único que había conseguido calmarlo, Damián dormía profundamente sobre su jergón en el dormitorio común. Descansaba agarrado fuertemente a un pedazo de cuero
moteado. El resto de los chicos hacía lo mismo, excepto dos. Una sombra se acercó al jergón de Lucio, que seguía sin
poder conciliar el sueño. Por su culpa casi encuentran a Damián. Él le había dicho que se fuera con el único objetivo de estar a solas con Brun. «Estúpido, estúpido, estúpido», se repetía. Por suerte, durante la tarde, y al menos por unas horas, pudo olvidarse de todo con un poco de trabajo duro, aunque seguía sin estar seguro de si había sido acertado darle la idea a su padre con respecto a Brun. El muchacho lo había decepcionado, sí, pero no era solo por eso por lo que dudaba de hacer su estancia más llevadera al último de los chicos que había recalado en el lazareto.
—No te pude dar las gracias —susurró Brun a su lado.
—No tienes por qué hacerlo —respondió el otro sin volverse. Silencio. Brun sabía que algo no iba bien y creía sospechar
cuál era la causa, aunque no sabía de qué manera arreglarlo. —Tuvimos mucha suerte de que no encontraran a Damián. —Mucha suerte, sí…
—Oye… no fue tu culpa.
Lucio sintió que la punzada de dolor se le clavaba más adentro, más profunda. Y no solo eso: al recordar a Brun paralizado por el miedo, incapaz de ayudarle a salvar a un niño tan pequeño, lo odió. Y se odió también por que aquello le
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importara. Había estado muy bien hasta ahora. O eso quería creer.
—Sí, claro que lo fue. Yo le dije que se marchara.
—¿Pero tú cómo ibas a saber que aparecerían esos hombres?
¿Cuántas visitas ha habido desde que estoy aquí?
Lucio se giró para mirar cara a cara a Brun. Los rostros quedaron muy cerca el uno del otro. Casi se sentían respirar.
—Sería mejor que te marchases de aquí ya —dijo de sopetón. —¿Cómo?
—Lo que oyes. Tarde o temprano lo acabarás haciendo, así que es mejor que te vayas cuanto antes. Todos nos ahorraremos disgustos.
Brun lo miró incrédulo. Intentaba dar con unas palabras que no encontraba hasta que, fnalmente, salieron titubeantes de su boca.
—Perdóname. Fui un cobarde. Es que… no supe reaccionar.
Me quedé paralizado al escucharlos ahí. Tuve mucho miedo.
Y apartó la vista avergonzado. Se sentía pequeño e impotente y no sabía si era por lo que había ocurrido o por la sensación de estar enfrentado así con Lucio.
—Era su voz, ¿sabes? Fue él. Volví a verme allí, a sentir los golpes, el dolor y aquel calor sofocante frente a mí. Ojalá hubiera encontrado el valor de acompañarte, pero no pude… y no estoy orgulloso de ello.
—Ya… No te diré que me esperaba que te acobardases así; tú, que justamente eres casi tan grande como Francisco. Pero no es solo por eso.
—Lo siento.
Brun se sentó de espaldas a Lucio.
—Pero si no es solo por eso, ¿qué más he hecho para disgustarte así?
—Brun, estar aquí solo te traerá problemas. Yo no te haré ningún bien, ni tú a mí tampoco y, al fnal…
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Lucio calló. Ya no dijo nada más. Se giró y cerró los ojos como si así fuese a hacer desaparecer al muchacho cuya compañía tanto anhelaba, pero que, intuía, tantas complicaciones le acarrearía.
—Lo haré si es lo que quieres: me marcharé, aunque no tenga a dónde ir.
Y Brun, sintiéndose rechazado una vez más, se puso en pie y se fue hacia la ventana. Desde allí miró hacia el bosque, oscuro y peligroso, habitado por una misteriosa y hermosa mujer a quien había conocido en mitad de una extraña noche.
Un cuerpo totalmente desnudo descansaba sobre la gran mesa rectangular que dominaba el laboratorium de Miguel. Sobre la piel se extendían las marcas de la lepra y unos cuantos verdugones resecos y amarillentos. El hombre estaba inmovilizado de pies y manos y tenía la cabeza rasurada.
—Ma… María… —balbució Pablo semiinconsciente con la lengua de trapo.
Miguel se acercó y le acarició la cabeza en un gesto paternal.
—Shhh… Duerme.
Pablo intentó girar la cabeza para ver mejor a quien, a su lado, intentaba consolarlo, pero algo le había dado el curandero que hacía que ya no fuera capaz de pensar ni ver nada con claridad. Apenas podía mantener los ojos abiertos para observar fguras borrosas a su alrededor y escuchar voces distorsionadas.
Miguel se giró y volvió a la mesa bajo la ventana, sobre la que tenía dispuesta una serie de instrumentos quirúrgicos. Junto a estos también había una jarra con agua, trapos y un bote de cristal que contenía una sustancia ambarina y en el que se distinguía una marca con números romanos: «XVI».
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Brun no estaba del todo seguro de si aquel era el camino que había seguido cuando escapó con Francisco. Los árboles en mitad de la noche le parecían todos iguales, pero podría ser que se hubiera perdido. Tampoco tenía muy claro que lo que estaba haciendo fuera la mejor de sus opciones, pero no se le ocurría a qué otro sitio podía ir. Francisco, su principal apoyo en lo que parecía su nuevo hogar, había desaparecido, y Lucio… Lucio no querría saber nada de él después de lo sucedido durante la visita de sus torturadores. Ya se lo había dicho. Él se había comportado como un auténtico cobarde, pero es que la idea de caer de nuevo en las zarpas de aquellas bestias con sotana lo aterraba.
—¡Maldita sea, Lucio! Ojalá… —dijo entre dientes.
Pero no sabía qué palabras podrían completar la frase. ¿Ojalá qué? ¿Ojalá no te hubiera conocido? ¿Ojalá en otras circunstancias? ¿Ojalá en aquella tinaja hubiera notado tu tacto sobre la piel? Ya pasó por algo similar y el último recuerdo que le quedó de esa persona fue una pedrada dirigida directamente hacia él. No. Aquello era antinatural y no dejaría que volviera a suceder. ¡No! Debería borrarlo de su cabeza. No sentir. No creer que es posible algo así. Olvidarlo. Alejarse. Quizá Rosa supiera qué le había pasado a su amigo, a dónde se había marchado y cómo llegar hasta él.
—¡Ahí estás! —murmuró al ver aparecer en el claro la casa de la muchacha.
Tal como vio a Francisco hacer días atrás, Brun se colocó las manos sobre la boca y soltó el aire; sin embargo, lo único que consiguió fue un silbido sordo más parecido al sonido que hacía el viento al pasar a través de troneras y chimeneas.
Decidió acercarse un poco más a la casa. Caminaba despacio, con la frme intención de que sus pies hicieran el menor ruido
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posible, pero en aquel lugar todo le daba la sensación de estar colocado adrede para que a su paso crujiera, se arrastrara o saltara golpeando cualquier otra cosa. Cuando eso ocurría, a Brun le parecía que una campana de iglesia sería menos escandalosa. Sin embargo, todo permanecía en una oscura quietud. Brun se metió los dedos en la boca una vez más y, esta vez sí, dejó escapar un silbido largo y agudo. Tras un momento de espera sin respuesta, resolvió que era buena idea acercarse a alguna de las ventanas para ver si al otro lado podía localizar a la muchacha. Se decidió por una al azar, alejada de la puerta principal, pues imaginó que por aquella zona debería estar colocado su jergón, lejos de las corrientes de aire que se fltrarían por la puerta. Intentó ver algo entre los huecos de unos postigos mal encastrados. También había una pequeña grieta en la madera de una de las hojas, pero nada de esto le sirvió para ver otra cosa que no fuera más oscuridad.
—Rosa —susurró—. Rosa, ¿estás ahí? Soy Brun, el amigo de Francisco. ¿Puedes salir? Necesito hablar contigo.
Brun se quedó escuchando en silencio. Esperaba reconocer algún sonido que le indicase movimiento, pero únicamente el bosque le respondía con los sonidos típicos de los animales nocturnos que lo habitan y las conversaciones de sus árboles cuando el viento discurría entre ellos.
—Rosa, por favor, necesito encontrar a Francisco. Necesi… ¡Plom! Y Brun abrió los ojos tanto que cualquiera habría
pensado que se le iban a salir de las órbitas. Un hacha de mano se había quedado clavada justo a un par de dedos de distancia de su nariz y había astillado la madera de una de las hojas del postigo.
Brun, que creía que el corazón le había dejado de latir por el susto, se giró y vio la fgura de un hombre colosal sujetando otra hacha corta.
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—¡Tú! —comenzó con una voz ronca y llena de ira que se fltraba a través de una espesa y rizada barba—. ¡Desgraciado!
El hombre levantó la mano del hacha y las piernas de Brun comenzaron a correr sin que el muchacho fuera consciente de lo que estaba haciendo. Algo silbó tras él y sintió un escalofrío, y también calor en la espalda, junto a la columna, pero no recibió impacto alguno, simplemente su mente había marcado aquella porción de carne como si fuera una diana. Brun corrió con más fuerza, desesperado por salir de allí.
—¡Ven, te digo, hijo de mala madre! ¡Has preñado a mi hija! Brun corría desesperado a través de los árboles y, para él, lo
que estuviera diciendo aquel energúmeno del tamaño de un oso no era diferente de los ladridos de una jauría de perros enfurecida siguiendo a su presa. El muchacho continuó durante un tiempo la misma senda por la que había llegado hasta la casa de Rosa; sin embargo, al escuchar cada vez más cerca los pasos de su perseguidor, decidió que lo mejor sería adentrarse en las zonas más silvestres. Sin pensarlo dos veces y con el corazón en la boca saltó matorrales y ramas caídas, salvó arroyos y zanjas, y zigzagueó entre los árboles con la esperanza de que el padre de Rosa se cansase o perdiera su rastro.
—¡Te voy a despellejar vivo, desgraciado! —gritó aquel gigante enfurecido a su espalda.
Al escucharlo más cerca de lo que esperaba, Brun apretó el paso a la vez que se giraba nervioso para tratar de localizarlo y dejó de prestar atención al suelo. Los pies se le trabaron y salió despedido con fuerza, dando vueltas entre la hojarasca y levantando una nube de polvo y hojas muertas. Sin perder un segundo y sin hacer caso de las magulladuras y los golpes, Brun miró en todas direcciones. Con la caída había perdido la referencia del lugar en el que se encontraba. No sabía por dónde había venido ni por dónde llegaría aquel hombre colérico. Localizó un claro que creía no haber atravesado en la carrera.
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Se levantó a toda prisa y encaminó sus pasos hacia allí, no sin antes observar que las ramas frente a él bailaban.
—¡Ven, cobarde y deja de huir! ¡Fuiste más valiente al aprovecharte de mi pequeña!
Aquellas palabras las pudo escuchar tan fuerte que daba la sensación de que ya le había dado alcance; pero Brun no se detuvo. Sabía que eso era lo último que podía hacer, así que siguió corriendo y corriendo hasta que de pronto vio algo que lo hizo frenar: una luz. Era una luz tenue que se asomaba entre los árboles. Brun miró hacia atrás y observó que las ramas se movían cada vez más cerca.
—¡Maldito crío verriondo! ¡Deja de correr!
Y, de entre los árboles, iluminada por el brillo de aquella luz que ya había visto antes, asomaron dos grandes ojos verdes enmarcados por el rostro de aquella mujer misteriosa del bosque, que iba cubierta con la misma capa oscura que la envolvía por completo. Esa noche, pensó el muchacho, sin duda era más un hada que nunca.
—¡Sal y no te escondas! —gritó iracundo el padre de Rosa, ya apenas a unos metros de él.
La mujer tiró de Brun hacia los árboles y ambos se perdieron entre las sombras del bosque antes de que aquel hombre llegase para encontrar que no quedaba rastro de nadie. Con el hacha en la mano, giró en redondo desconcertado esperando encontrar un indicio, un sonido, algo que lo llevara hasta el indeseable que, estaba seguro, había dejado preñada a su pequeña e inocente Rosa. Pero ya no había nadie allí. Era como si se hubiera esfumado en mitad de la noche, igual que un fantasma.
Brun atravesó el agujero en la pared de roca y quedó completamente a oscuras. A su espalda se escuchaba movimiento de ramas. El muchacho, que aún boqueaba por el esfuerzo de la carrera, estaba comenzando a ponerse nervioso hasta que la mujer, a la que ya había pasado a llamar el hada,
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entró con el candil en la mano y se lo cedió. En ese momento, el interior de la cueva se iluminó y dejó a la vista los restos de una hoguera sobre la que reposaba un caldero de hierro. También localizó utensilios de cocina junto al tiro de la chimenea. Más allá se veía un jergón de paja con mantas y, sobre las paredes, se extendían pieles de animales que cubrían gran parte de la superfcie de roca. Aquí y allá colgaban ramilletes de fores frescas y secas y, esparcidas por el suelo, se veían unas plantas extrañas con hojas gruesas y puntiagudas que Brun no supo reconocer.
El hada se dirigió a donde se encontraban los restos del fuego y añadió algo de yesca. Rascó tres o cuatro veces un pedazo de pedernal con la ayuda de un cuchillo hasta que saltaron chispas. La llama prendió rápido y la mujer se acercó a Brun, que seguía en el umbral sin saber muy bien qué hacía ahí.
—Será mejor que nos ocultemos bien y no vean la luz —dijo ella invitándole a pasar y corriendo una serie de pieles que cubrían por completo la oquedad de la entrada.
—Gracias —consiguió articular Brun.
La mujer se quedó mirándolo con curiosidad y el muchacho sintió que las mejillas se le encendían, no sabía si por la intensidad de aquella mirada o porque la lumbre comenzaba a coger temperatura.
—Acomódate —dijo ella con una sonrisa.
Brun vio que había un taburete, pero la mujer le había señalado el jergón. Ella, por su parte, se retiró la capucha y se quitó la capa, dejando al descubierto una larga melena con tirabuzones castaños. Colgó la prenda de un clavo en la pared y chascó la lengua al comprobar que tenía un pequeño agujero.
—Vamos, siéntate —insistió mientras avivaba el fuego. Brun se sentó inseguro en el extremo más alejado del jergón
y se cruzó de piernas. Ella se acercó un poco a él.
—Estás temblando. ¿Tienes frío?
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Brun no contestó.
—No, lo que tienes es miedo. —Ella se sentó a su lado—. ¿Es verdad lo que dice el leñador?
Brun negó con la cabeza y la mujer lo miró con una media sonrisa desconfada.
—Ni siquiera la toqué. Lo juro. —Y se llevó los dedos a la boca para besarlos y remarcar así sus palabras.
—Te creo.
El muchacho respiró aliviado al sentir que ella no lo consideraba culpable y, por tanto, que no lo delataría. ¿Por qué le importaba la opinión de alguien a quien no conocía de nada? Ni siquiera sabía qué estaba haciendo allí. Se quedaría un rato más para asegurarse de que nadie lo había seguido y se marcharía en cuanto tuviera oportunidad.
—¿No era hermosa?
A Brun le sorprendió la pregunta. Rosa era joven y voluptuosa, pero había otra persona en la que ahora pensaba
—aunque no debía—. Sin embargo, si Rosa hubiera sido como la mujer que tenía enfrente… Finalmente, el muchacho se encogió de hombros como respuesta y ella le sonrió.
—Y yo, ¿lo soy?
Brun, que parecía mudo, afrmó con un cabeceo y la sonrisa del hada se ensanchó. El muchacho no sabía a qué venía todo aquello.
—¿Me temes?
«Sí», le hubiera gustado decir, pero no fue capaz. Por alguna extraña razón la temía y sentía a la vez cierta atracción. Lo único que hizo fue dejar abierta la boca como un pasmarote.
La mujer le acarició el rostro y él reaccionó echándose hacia atrás de la forma menos brusca posible. Volvió a recordar los cuentos y las historias de su maestro. Quizá esa mujer fuera como las náyades que había visto en cuadros: seres que seducían a los hombres y que, después de aprovecharse de ellos,
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los mataban. O quizá sí que era una bruja del bosque con malas intenciones y no un hada dispuesta a ayudarlo. Es posible que se hubiera precipitado al seguirla.
—¿A qué tienes miedo?
—A todo —respondió Brun.
—Eres un muchacho muy guapo. Es una pena que no seas tú el que le haya dado un hijo a esa chica. Los niños serían hermosos.
Brun se sonrojó.
—¿Alguna vez has estado con una mujer?
Brun miró para otro lado. Había hecho cosas, pero no esa clase de cosas. Besos, torpes, algunos bruscos. Había probado con muchachas de su edad. Incluso, en una ocasión, su maestro quiso llevarlo consigo a una de sus noches en la posada. Dijo que debía quitarse de una vez el peso de la virginidad, que no era bueno que un muchacho a sus años continuase sin probar carne de mujer. La gente hablaría y no podría tener de aprendiz a alguien con el estigma de no seguir el camino de Dios. Las iglesias eran su principal fuente de ingresos. Brun le mintió y le dijo que ya había ocurrido, al menos para quitarse de encima al viejo maestro. No había cosa que le repugnase más que compartir aventuras con aquel viejo verde. No obstante, ahora con ella quizá fuese el momento. Había comenzado a experimentar con Lucio las mismas cosquillas, primero en el vientre y luego algo más abajo, que ya sintiera con Elías, puede que incluso con mayor intensidad, y aquello no era bueno. No podía serlo. Con el primero casi creyó que todo terminaría bien, pero no.
El hada lo cogió del mentón y, suavemente, lo obligó a mirarla.
—¿A qué viene esa cara?
—Me he acordado de alguien.
—¿Alguna muchacha?
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—Sí —mintió Brun.
—Aún no me has respondido: ¿crees que soy hermosa? Brun observó los labios húmedos y carnosos de ella y, sin
pensar, se acercó y la besó. Lo hizo lo mejor que supo. Aunque ya lo había hecho antes, nunca con alguien de su belleza y estaba nervioso. Se notaba. Pasados un par de segundos, ella se separó seria y el muchacho la miró, asustado y expectante por su reacción. Había tensado la mandíbula inconscientemente por si su respuesta era una bofetada bien merecida.
—Lo haces bien —le sonrió la mujer al fn.
Brun suspiró aliviado y ella lo abrazó. En el gesto había algo que el muchacho no supo leer, pero era agradecimiento. Aquel beso lo necesitaba tanto el uno como la otra, aunque con fnes distintos. Brun seguía más confuso que nunca, pues hubiera deseado sentir otra cosa. Y entonces ella volvió a besar al muchacho y él decidió seguir el juego hasta donde lo llevara. Con cuidado la echó hacia atrás, como si supiera lo que estaba haciendo, mientras se miraban a los ojos, ella con una sonrisa y él con los nervios del primerizo.
Brun se hizo un pequeño lío al intentar desatar los cordones de la blusa. Ella guio los dedos de él para ayudarlo. No lo apremió; quería disfrutar un momento que hacía muchísimo tiempo que no disfrutaba.
—Lo siento —se disculpó él.
—Tranquilo.
Brun se sonrojó y aquello encendió más las ansias de ella, que se sacó la blusa por la cabeza para dejar al descubierto los pechos bien formados y que aún conservaban el vigor de la juventud. El hada tomó las manos temblorosas de Brun y las llevó hacia sus senos. Después le quitó la camisa y quedaron en igualdad de condiciones. Con un dedo recorrió el torso y la pelusilla del abdomen del muchacho hasta llegar al cordón de la cintura, que desató con habilidad. Brun le agarró la mano, no
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muy seguro de lo que vendría a continuación. No estaba seguro siquiera de desearlo. Ella captó esas dudas.
—¿Me dejas enseñarte?
Brun se quedó mirando cómo aquella mujer de ojos radiantes se erguía ante él con toda su belleza y pensó que era su mejor baza. Si con ella no era capaz de sentir esas hormigas en el estómago, esa puesta del revés de las tripas, no lo haría con ninguna, así que se levantó también e intentó abrazarla. Ella se tensó y le agarró las manos.
—¿Estás bien? —susurró Brun.
—Sí, sí… No es nada. —Y sonrió.
La mujer volvió a guiar las manos del muchacho hasta sus pechos y lo besó de nuevo. Y así se quedaron un rato, hasta que él aceptó con un leve cabeceo lo que vendría después. Ella le quitó los pantalones. Desnudo frente a aquella sonrisa, desvió la cara hacia el techo y cerró los ojos; y se dejó llevar. Entonces, en mitad de la oscuridad de su pensamiento, su rostro se materializó.
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CAPÍTULO 26
Todavía quedaban algunas ascuas en la hoguera. Eran solo pequeñas partículas incandescentes esparcidas en montones de ceniza que apenas radiaban calor. Todo estaba en silencio. Todo estaba tranquilo, excepto Brun, que permanecía sentado contra la pared agarrándose las piernas encogidas y pegadas al pecho para protegerse del frío. No había conseguido conciliar el sueño pensando en lo que había sucedido y en con quién hubiera querido que sucediera. Lo supo en el momento que cerró los ojos para dejarse llevar por aquella hermosa mujer. Era consciente también de la posibilidad de que nunca fuese a ocurrir y, aun así, quería, no, deseaba, necesitaba intentarlo, aunque todo acabase como con Elías. Elías. Parecía
tan lejano…
Con los ojos cerrados, inspiró hondo y se quedó mirando la silueta que las mantas de pieles dibujaban sobre el cuerpo del hada. Ella yacía bocarriba y dormía plácidamente. El muchacho estiró el brazo para apartarle un mechón de la cara, donde aquellos preciosos ojos verdes quedaban ocultos tras los párpados. Dudó un breve instante. No quería perturbar la paz de aquella mujer, que le había dado una gran lección de vida, pero fnalmente lo hizo, necesitaba grabar sus facciones para siempre en su memoria. Ella, al notar el contacto, abrió los ojos y sonrió con esa sonrisa que solo aparece cuando alguien se despierta de un sueño plácido sabiendo que lo que encontrará al otro lado será una realidad igualmente feliz.
—Lo siento. Tengo que marcharme.
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—Te disculpas demasiado para lo poco que has vivido, muchacho.
—Puede ser.
Brun se puso en pie y comenzó a vestirse. Ella se incorporó sin quitarle ojo y las mantas se deslizaron con suavidad hasta dejar parte de sus pechos al descubierto. En un rincón había un cuenco con unas cuantas manzanas y Brun las miró de reojo.
—Puedes coger una si quieres.
Él sonrió agradecido y, tras echar mano de la más pequeña que encontró, la limpió en su camisa y le dio un bocado. Ella se envolvió mejor ajustando las pieles sobre sobre sus hombros y se acercó al fuego. Golpeó con una vara ennegrecida las ascuas y estas empezaron a cobrar vida.
—Gracias —dijo Brun volviéndose casi en la salida de la cueva.
—Solo es una manzana.
El muchacho miró la pieza de fruta que llevaba en la mano y sonrió. Los dos estaban jugando con el signifcado de las palabras y los dos sabían que no era por la manzana, pero así todo resultaba más sencillo. Se le quitaba hierro al asunto. El hada se arrodilló junto al fuego e introdujo un par de leños que comenzaron a humear y no tardaron en prender, ayudados por el aliento que ella le insufaba. Al observar la escena, viéndola allí al contraluz de las llamas, Brun volvió a creer por un momento en lo sobrenatural de aquella misteriosa y hermosa mujer.
—Vuelve a colocarlo todo cuando salgas. Y no, sé que no lo dirás. Tranquilo. Pero regresa al lazareto con ellos. En ese lugar es donde mejor estarás.
—¿Cómo sabes de dónde vengo?
—¿De dónde si no? Anda, corre. Está amaneciendo ya y te echarán en falta.
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Brun apartó la piel que cubría la entrada y se detuvo. Quería preguntarle cómo lo sabía, quería preguntarle si conocía el paradero de Francisco, quería preguntarle tantas cosas.
—Ve y haz el favor de vivir todo lo que puedas. No lo olvides: la muerte no te espera. Es un ser duro y despiadado, así que vive antes de que vaya a por ti.
Aquellas palabras sorprendieron al muchacho todavía más. Quizá la próxima vez que se vieran se lo preguntaría. La situación sería diferente, pero le gustaría volver a ver a aquella mujer que le había parecido extraordinaria.
—No sé tu nombre —se interesó él.
—Llámame como quieras. Un nombre es solo una palabra, pero no signifca lo mismo para todos. ¿Qué signifco yo para ti?
Brun sonrió y salió. La piel cayó tras él.
«Gracias a ti», murmuró ella con lágrimas en los ojos.
Brun miró al cielo mientras atravesaba el bosque por el sendero. El gris del amanecer era cada vez más claro y los naranjas que arrastraba consigo el sol comenzaban a fltrarse en el horizonte. El muchacho apretó el paso. La noche que había pasado con la misteriosa mujer había disipado algunas dudas y había abierto una puerta a otras muchas. Sin embargo, la idea de volver junto a Miguel y los chicos le parecía la más sensata; volver junto a Lucio. ¿Cómo haría para mantenerse alejado como le había pedido el hijo del curandero? Detestaba la idea. Precisamente volvía por él. Quizá, con el tiempo, conseguiría hacerle cambiar de parecer. Quizá. Entre los muros, al menos estaría a salvo de los frailes que iban tras él y de aquel leñador que creía que había preñado a su hija. Pobre Francisco como le echara la zarpa aquel bestia. Aunque, siendo francos, su amigo se lo había buscado. ¿Qué otra cosa podría haber sucedido? Tanto fue el cántaro a la fuente…
Unos sonidos extraños sacaron a Brun de sus pensamientos. Eran voces profundas y graves que elevaban un cántico triste
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que iban acompañadas de un tintineo de cadenas. El chico se escondió tras unos arbustos cercanos y buscó la procedencia de aquellos sonidos desde allí, aunque sin éxito.
Los cánticos se fueron apagando poco a poco y, más calmado, asomó la cabeza desde su escondrijo. Localizó varios candiles que parecían suspendidos en el aire y a Brun se le encogió el estómago al pensar en un desfle de ánimas. Sin embargo, al fjarse un poco más, pudo ver que los sujetaban dos encapuchados que permanecían atentos a un bulto en el suelo. Un golpe metálico sucedió a otro, y a otro y, con ellos, escuchó la tierra removerse. Brun se acercó un poco más, aunque no lo sufciente como para divisar la escena completa; estaba demasiado asustado. Y entonces vio que había más gente y que estaban cavando junto al bulto. Entre los que conformaban el extraño cónclave pudo distinguir a uno de los guardias de Miguel, que miraba en derredor. Por un momento creyó que los ojos se habían posado sobre él; sin embargo, pasaron de largo y Brun soltó el aire que había retenido inconscientemente. Sigiloso, agachado y protegido por la maleza, se fue alejando poco a poco hasta que decidió salir disparado como alma que lleva el diablo.
Los pequeños Juan y Santiago jugaban a hacerse muecas mientras tomaban la primera comida del día. Manuel los miraba con cara de fastidio y Juan, que se había percatado, se colocó en el dedo un trozo de corteza de pan y lo lanzó con un fuerte capirotazo justo a la mejilla de Manuel.
—¡Cada día sois más insoportables! Un día de estos os voy a… Lucio, ajeno a la escena, tomaba una ración de gachas de avena en su asiento de siempre cuando entró Brun. El hijo de Miguel lo siguió con la mirada y vio cómo Brun cogía un cuenco
y se acomodaba en la mesa junto a Manuel.
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—¿Y tú de dónde sales? —preguntó en voz baja Manuel, que ya se había olvidado de la broma de los pequeños—. No has dormido aquí. Otra vez. Si el curandero lo descubra te vas a enterar. Tienes suerte de que no estuviera esta mañana por aquí.
Manuel clavó los ojos en él y siguió la mirada del muchacho, que a su vez observaba a Lucio.
—Ocurre algo —continuó Manuel.
Lucio dio un sonoro sorbo a su tazón para terminar el líquido que contenía. Brun se sirvió en silencio los restos de las gachas que quedaban en la olla con una escudilla.
Poco tiempo después, los chicos salieron del comedor y los dejaron solos a Lucio y a él, que todavía no había terminado su ración de desayuno. Incluso salió Manuel que, aunque estaba intrigado, se había cansado de su silencio.
—Habías hecho lo más difcil —comenzó el hijo de Miguel después de levantarse de la mesa—. ¿Por qué has vuelto?
A Brun le dolieron aquellas palabras y dejó de comer.
—Ya te dije que no tengo a donde ir.
Le pareció que aquella respuesta también hacía daño a Lucio. Sin embargo, no dijo nada más y este salió del comedor justo cuando su padre entraba. Brun dejó de masticar.
—Buenos días, Brun. Ven un momento —le dijo el curandero, que parecía cansado y ojeroso—. Necesito hablar contigo.
El chico se puso frme y observó que Lucio no acababa de marcharse.
—Yo no he hecho nada.
Miguel lo miró con curiosidad y Brun se arrepintió al instante.
—¿A qué viene eso? Ven, anda, que quiero mostrarte una cosa.
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Ambos caminaron por el pasillo. Lucio, que los seguía a distancia, parecía desganado y completamente ausente. Cuando Brun se dio cuenta de que se acercaban a la celda en la que había estado recluido Pablo, el muchacho comenzó a inquietarse y se paró a unos pasos del umbral, desde donde miró nervioso a uno y a otro.
—No te asustes. Hemos limpiado las paredes a conciencia. Brun no entendía lo que estaba pasando, pero al atravesar la
puerta, no sin echar una última mirada al pasillo por si tenía que salir corriendo, vio que ahora ya no había nada en su interior, ni siquiera el jergón en el que, entre delirios, había estado tumbado el leproso que intentó fugarse varias veces; en su lugar se erigía un sillar de piedra.
—Lucio me pidió que te consiguiera algo de material para esculpir —dijo Miguel con una sonrisa que parecía haber borrado el cansancio de su rostro, no así las ojeras—. Ya no será necesario que trabajes tanto en el huerto y podrás seguir aprendiendo tu ofcio. Si quieres, claro.
Brun no sabía qué decir y notó que el curandero le ponía una mano en el hombro.
—Bueno, ¿qué te parece?
—Sí… claro.
Brun se adelantó y fue directo hacia el sillar de piedra. —Nos dejamos aconsejar por el cantero. No sé si es el mejor
de los materiales. Si no es así, dínoslo e intentaremos hablar de nuevo con él. La han traído a primera hora de la mañana.
—Valdrá —sonrió Brun, en cuya cabeza ya había comenzado a formarse una idea de lo que quería tallar—. Pero no tengo con qué…
—Lucio lo ha dispuesto todo. Parece que te ha cogido mucho aprecio, y eso no ocurre muy a menudo. Me alegra que seáis tan buenos amigos.
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Brun escuchó aquellas palabras y se le formó un nudo en la garganta. Decidió que sería mejor concentrarse en lo que tenía ante él y pasó las manos por la superfcie rugosa.
—Tengo ganas de ver en lo que trabajas —se despidió Miguel, y echó una última mirada satisfecha a Brun antes de marcharse.
El chico estaba tan concentrado en la roca que ni se dio cuenta de la marcha de Miguel. Absorto, rodeó la piedra y se sobresaltó al escuchar el maullido de un gato al que casi pisa. Era el mismo gato negro que vio varias noches atrás en los dormitorios. Con un ademán intentó espantarlo y, lejos de asustarse, el animal lo miró desafante con sus dos brillantes globos verdosos hasta que decidió marcharse con toda la parsimonia del mundo. En ese momento fue Lucio quien entró en la celda con una saca. Al quedar a la altura de Brun se detuvo.
—Gracias —le dijo Brun sonriendo.
Lucio no le devolvió el gesto, se acercó al sillar y dejó caer la saca con desgana.
—Si falta algo, díselo a mi padre.
Brun, que quería al menos volver al punto de cordialidad con el hijo del curandero, se lo pensó un momento antes de volver a abrir la boca.
—Sé por qué lo haces, Lucio. Creo que te pasa algo. —Brun intentó encontrar unas palabras que le resultaban muy complicadas de pronunciar—. Y que te da miedo. Creo que a mí también.
—Todos aquí deben tener una ocupación, por eso lo hago —lo cortó—. Es evidente que no eres bueno cultivando la tierra y que tampoco lo serías ayudándome a mí en las cocinas. No le des más vueltas.
Brun se acercó hasta Lucio y lo cogió del brazo.
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—Lucio. ¿Cómo puedo hacer que me perdones, que confes en mí?
Lucio se soltó el brazo con un tirón que no pretendía ser tan brusco como resultó. Y sin decir nada más, se marchó.
Brun se agachó, abrió la saca y sacó de ella un cincel, al que le pasó un dedo por el flo. Al menos ahora podría ocuparse en algo que le apasionaba.
En el interior del laboratorium, Miguel escuchaba los sonidos metálicos del martillo golpeando el cincel y, justo después, las lascas de piedra al caer al suelo. El curandero sonrió satisfecho mientras deslizaba un cajón cubierto con una pieza de tela en uno de los laterales de la mesa. Cuando Miguel lo destapó quedaron al descubierto unos recipientes de cristal numerados del I al XVI. Agarró el último, que aún conservaba la sustancia ambarina en el interior y también había otra cosa: un cerebro. El curandero sacó el órgano con cuidado y lo dejó sobre un plato de loza completamente plano. Allí lo midió con la ayuda de una vara que tenía unas marcas en toda su longitud. Lo hizo a lo largo, a lo ancho y tomando diferentes referencias entre los surcos serpenteantes que se dibujaban en la superfcie del cerebro. Concluida la operación, pasó a anotar los resultados en un libro que descansaba abierto sobre la mesa alargada. Después pesó el órgano con una balanza romana y volvió a anotar la cifra. Se dirigió entonces a una de las estanterías y echó mano de otro volumen en cuya portada tenía grabadas en letras doradas Codex astronomicus. Al abrirlo aparecieron ilustraciones en rojo y plata que representaban variaciones de circunferencias en los que el sol y la luna cambiaban de posición. Pasó las páginas y unos nuevos dibujos mostraron algo similar a un calendario en los que se distinguían las distintas fases lunares: una luna nueva, un cuarto creciente y
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una luna llena con halo rojo sobre la que se leía la palabra eclipsis.
—Hijo mío… —susurró con pena Miguel mientras pasaba un dedo por la ilustración.
Con un suspiro cerró el libro y se fue directo al cerebro, al que, ayudado con un pequeño y aflado cuchillo, le practicó una incisión para dejar al descubierto el interior.
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CAPÍTULO 27
Una mano enguantada en varias capas de cuero, a la que seguía un brazo fuerte, moreno y sudado, agarró por el extremo que quedaba al aire una fna barra de hierro. La extrajo con decisión y dejó a la vista un remate romo que brillaba al rojo vivo. Casi en la puerta de la herrería, alejado del calor de los hornos y envuelto en las sombras juguetonas que creaba el
fuego sobre las paredes, aguardaba un encapuchado. —Primero, el dinero —dijo el hombre de la fragua. Interrumpía cada palabra para hacer una respiración
completa; el calor y los gases que se desprendían a diario en la forja habían ido debilitando poco a poco sus pulmones.
El encapuchado introdujo la mano bajo la capa. Sacó un saquito de terciopelo morado y lo lanzó sobre la mesa. Se oyó un tintineo de monedas. Aquello hizo sonreír al herrero, cuyos dientes no estaban mucho mejor que sus bronquios.
—Te va a doler —continuó mientras se acercaba un par de pasos.
El encapuchado no dijo nada y le dio la espalda. Dejó caer la capa y reveló una espesa cabellera castaña llena de tirabuzones y una blusa ocre, de la que también se desprendió. Se recogió el pelo para dejar a la vista las incipientes marcas de la lepra que manchaban aquella piel fna y tersa. El herrero hizo una mueca de repugnancia al verlas, pero ella no paraba de sonreír. Estaba decidida a hacer lo que fuera por seguir siendo la bella mujer que era, aunque el pago fuese tener que soportar lo que vendría. Lo necesitaba.
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—Será mejor que te ayudes de esto —dijo el herrero tendiéndole con la otra mano una gruesa tira de cuero.
La mujer dudó un instante, pero al ver la cara de aquel hombre curtido decidió que le haría caso y mordió la pieza. Miró al techo de madera y cerró los ojos.
El herrero apretó la superfcie roma e incandescente del hierro sobre la piel de la mujer, que aulló de dolor en un grito ahogado por el cuero entre los dientes. De inmediato se produjo un siseo y volutas de humo propagaron el olor a carne quemada a medida que ascendían. Era un olor dulzón, parecido al de la carne de cerdo, que se mezclaba con los aromas acres de la herrería. El hombre tuvo que taparse la nariz y la boca para no vomitar. Ella apretaba tanto los dientes que creía que se los rompería si no se desmayaba antes por el dolor. Tras unos segundos que se dilataron en la mente de ambos como si fueran eternos, el herrero separó el hierro de la espalda del hada y se desprendieron jirones de piel, que quedaron pegados al metal. La carne de su espalda continuó deformándose; burbujeando por el efecto del calor residual, y los ojos de ella quedaron en blanco.
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CAPÍTULO 28
Los golpes resonaban por todo el edifcio principal del lazareto. Brun, desde que le habían dado la oportunidad de seguir empleándose en su ofcio, no había dejado de martillear, cincelar y pulir la mole de piedra compacta que Miguel había conseguido para él a petición de Lucio. Aquello le ayudaba a tener la mente ocupada y no pensar en Francisco, en lo cerca que habían estado de que aquellos salvajes con hábitos los encontraran, en Lucio… El chico aprovechaba los últimos rayos del día para trabajar la parte superior de su obra, que no es que tuviera una forma demasiado defnida, pero ya podía distinguirse algo similar a unos rasgos humanos. De pronto, Brun dejó de trabajar debido a un creciente alboroto procedente del exterior. De mal humor por la interrupción, el muchacho se asomó al pasillo principal para ver a Juan y a Santiago, que iban lanzándose algo de un lado para otro entre risas. Tras ese algo iba Damián, que correteaba saltando inútilmente para tratar de atraparlo en el aire, mientras dejaba escapar algunos gemidos y
sonidos guturales a modo de protesta.
—¿No os podéis ir a otra parte a hacer eso? —soltó Brun con fastidio.
—No —respondió Juan sin más mientras saltaba para coger
el objeto en el aire—. ¡Ten cuidado! —reprendió a su cómplice cuando casi se le escapa por enviarlo demasiado alto.
—Pues, por favor, hacedlo en silencio o más bajito.
—Mira, como él.
Juan señaló a Damián que, desesperado, seguía correteando de un lado para otro.
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—Encima sigue meando sentado, como si fuera un bebé
—bromeó Santiago.
—Le dará miedo sacársela por si se la muerde un ratón.
Y los dos niños explotaron a reír.
—¡Ya os vale! Dejad de fastidiarlo, que es más pequeño que vosotros.
—¿O qué? —Lo retó Juan—. ¿Vendrás a quitárnoslo? Al menos yo intenté salir a buscarlo y no me acobardé cuando vinieron a por nosotros.
—¡Te vas a enterar!
Brun tensó las mandíbulas y dio un paso dispuesto a hacer que aquel mocoso se tragase sus palabras, pero no tardó en rechazar la idea. ¿Qué iba a hacer? ¿Darle una paliza a un crío? Menudo cretino sería, igual que ellos lo estaban siendo con Damián, que tenía la cara surcada de lágrimas.
—Venga, parad. ¿De verdad os gusta verlo así?
Santiago, que era el último que había recogido el objeto de la discordia, se lo llevó a la espalda con cara de no haber roto un plato. Damián se limpiaba las lágrimas y los mocos con la manga de la camisa. Los señaló con el dedo y después se señaló a sí mismo con fuerza.
—Enséñame qué tienes ahí, vamos —ordenó Brun. —Tampoco es suyo —se quejó Santiago—. Se lo encontró. —Si lo encontró, es suyo. Así que, vamos, devolvédselo. Santiago sacó la mano de su espalda enfurruñado y la abrió,
con lo que dejó al descubierto un saquito de cuero moteado lleno de piedrecitas de formas, colores y texturas diferentes. Al verlo, Brun se adelantó a Damián y se lo arrebató de sus manos regordetas. Los pequeños lo miraron sin entender qué estaba sucediendo.
—¿Dónde lo encontraste? —preguntó a Damián, que lo miraba desconcertado—. ¿De dónde lo has sacado? —insistió
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haciendo un esfuerzo por vocalizar mejor y que el pequeño le leyera los labios.
—¿Ahora lo quieres para ti? —protestó Juan.
Pero Brun no dijo nada y cerró con fuerza la mano que lo sujetaba.
Más tarde, en el dormitorio, Brun no era capaz de conciliar el sueño a pesar de que ya hacía bastante que había anochecido. Tumbado boca arriba, sujetaba el saquito de cuero y lo observaba con la mente ocupada en diseccionar las diferentes posibilidades que representaba aquel hallazgo. Estuvo así un buen rato, ajeno a los ronquidos y las respiraciones de los otros chicos, hasta que un sonido distinto lo sacó de su ensimismamiento: unos pasos ligeros y rápidos que hicieron que se incorporase. Y allí estaba otra vez aquel gato rondando el dormitorio. El minino se fue directo hasta Lucio, que estaba tumbado de espaldas a Brun. Al llegar a la altura del hijo de Miguel, se detuvo ronroneando solícito y lamió la mano del muchacho, a lo que este respondió con una caricia bien recibida a lo largo del lomo. Brun se levantó despacio y se acercó también a Lucio espantando al gato sin miramientos, que salió disparado hasta el alféizar de la ventana. El animal se despidió con una de sus miradas retadoras antes de desaparecer.
—Lucio —susurró.
Pero este no hizo ningún amago de intentar girarse. —Lucio, sé que estás despierto. Tengo que hablar contigo. El chico dejó escapar un suspiro de fastidio antes de girarse
para quedar frente al aprendiz de escultor.
—Creo que Francisco no escapó. Estoy seguro de que volvió a entrar, pero necesito tu ayuda para saber qué pasó.
—Por favor, Brun, márchate. O si no quieres irte, déjame en paz al menos.
—Pero mira —insistió mostrando el pequeño saco—. Esto es suyo. Era su faltriquera y la llevaba la noche que desapareció.
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Damián lo encontró en el patio.
—Te lo repito una vez más, Brun. Lo mejor que puedes hacer es…
—No.
—Está bien. Como quieras —dijo Lucio dando por zanjada la conversación y volviendo a acurrucarse y a cerrar los ojos.
—Tengo que averiguar qué le ha pasado a Francisco.
El hada yacía desnuda, boca abajo, sobre el jergón. Tiritaba y tenía la cara lívida y perlada de sudor. Las diminutas gotas refejaban la luz de las llamas de la lumbre, que trataban de caldear el ambiente de la cueva. En su espalda se dibujaban relieves estriados y rojizos donde el hierro del herrero había lamido la piel. En algunas zonas, además, las quemaduras habían creado tersas ampollas llenas de pus; en otras, esas ampollas habían reventado y supuraban el líquido amarillento, que creaba diminutos regueros en los costados. La respiración entrecortada, acompasada por el castañeteo de los dientes, se detuvo al ver que las mantas de la entrada se movían. La visión de la mujer era borrosa. Entre temblores, trató de incorporarse mientras cubría su desnudez y forzó la vista para distinguir al intruso.
—Aún no me has traído nada —dijo la voz grave del recién llegado.
Y la mujer se tranquilizó y se dejó caer de nuevo en el jergón exhalando un suspiro mitad de alivio, mitad de hartazgo.
—No, Miguel —respondió ella entre temblores—. Como verás, no me encuentro muy bien.
—Pero ¿se puede saber qué te ha pasado?
Miguel no se esperaba ver el macabro espectáculo que tenía ante sus ojos. Decenas de posibilidades pasaron a la vez por su cabeza. ¿La habrían torturado y había huido? ¿Se trataba de un
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ataque? ¿O sería una nueva y más virulenta enfermedad? ¿Quizá algún animal le hubiera mordido? Esperaba que no. Había visto casos en los que el paciente se volvía completamente loco, casi como si estuviera poseído. Pero su instinto de médico se impuso y se arrodilló ante ella para examinarle las heridas cuanto antes.
—¿Por qué no me has avisado?
—¿Cómo? Además, sabía que vendrías antes o después.
—Después podría haber sido muy tarde.
El curandero se levantó y se fue derecho a una jarra con agua, que vertió encima de las heridas. Había reconocido las marcas típicas de una quemadura. Cogió una camisa de la mujer tirada a un lado y la rasgó para hacerla pedazos con los que limpiar las llagas. Cada vez que el rasposo tejido pasaba por encima de una de las quemaduras, el hada tenía que apretar los dientes para no ponerse a gritar.
—¿Te apresaron?
—¡Nooo! —respondió ella aguantando el dolor.
—¿Entonces?
Pero la mujer guardó silencio concentrada en pasar aquel trance con la mayor dignidad posible. Miguel decidió que aquellas cuestiones podían esperar para más tarde y se concentró en intentar aliviarle el dolor.
—¿Aún guardas la zábila?
El curandero echó una ojeada a su alrededor hasta que localizó en un rincón una pequeña vasija con una planta de hojas puntiagudas, grandes y carnosas, cuyos bordes mostraban unas protuberancias que le daban el aspecto de dientes. Miguel arrancó un par de hojas y buscó un cuenco limpio. Sacó de su zurrón un cuchillo y abrió las hojas por la mitad. Las raspó para desprender una sustancia transparente y viscosa en el interior del cuenco, donde la agitó y mezcló hasta que se volvió
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blanquecina y espumosa. Miguel comenzó a aplicar con cuidado aquel emplasto sobre la piel de la mujer.
—¿Quién te lo hizo?
El hada giró la cabeza hacia el curandero con los ojos idos.
—La he vencido —dijo.
—¿Qué dices? ¿A quién has vencido?
—Todo se purifca con agua y con fuego. No importa el mal, no importa el pecado.
—Estás delirando. Te daré algo para la calentura —dijo preocupado por el estado de la mujer.
No hizo mucho caso a sus palabras; estaba convencido de que era la febre la que hablaba por ella. Rebuscó en su zurrón hasta que encontró unas fores de pequeños pétalos blancos y centro grande y amarillo. Arrancó las hojas, similares a las del perejil, y se las puso en la boca.
—Mastica, te hará bien.
—He vencido a la enfermedad… a la descomposición…
—susurró ella entre dientes.
Miguel le tocó la frente y notó que estaba ardiendo. Echó mano a uno de los jirones de tela que aún no había utilizado y lo sumergió en lo que quedaba de agua de la jarra para ponérselo sobre la frente.
—He vencido a la muerte, curandero, y no me has hecho falta.
El hada se giró para mirar de frente a Miguel, que observaba los ojos intensos y fuera de sí de la mujer. En su boca, una sonrisa delirante se mezclaba con la resistencia al infnito dolor de las quemaduras de su espalda.
Damián dibujaba con un carbón sobre la superfcie pulida del suelo de la sala común. Había creado un galimatías de pequeñas fguras sin sentido que, de algún modo, parecían guerrear entre
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sí. Tenía esparcidas, además, unas cuantas de sus piedrecitas de colores, que lanzaba de un monigote a otro, y cuando alguna impactaba sobre los dibujos, le pasaba la mano y dejaba un borrón en la piedra. El resto de los chicos, incluidos Juan y Santiago para sorpresa de todos, también se encontraban allí. El único que faltaba era Lucio. Parecía que todo lo que hacía el hijo del curandero a lo largo del día, a excepción de las comidas, estaba pensado para no cruzarse con Brun. Este, por su parte, tenía delante el libro como bien podría haber tenido un montón de estiércol. Ni siquiera le había echado más de un par de miradas de soslayo mientras daba vueltas con el dedo al saquito de cuero que encontró Damián.
—Así jamás aprenderás a leer como Dios manda —le dijo Manuel.
Brun, que no lo había escuchado, siguió a lo suyo con la mirada clavada en la faltriquera, que giraba una y otra vez.
—¿Me estás escuchando? —Volvió el muchacho exasperado—. ¡Brun!
Brun dejó de girar el dedo con el pedazo de cuero y miró a Manuel como si fuera la primera vez que lo veía.
—¿No te estarás volviendo loco igual que el leproso aquel? Brun sostuvo el saquito en la palma y se lo mostró a Manuel,
que se retiró un poco. Estaba empezando a creer que, de verdad, algo en la cabeza del nuevo no estaba bien terminado.
—Era de Francisco.
Manuel lo miraba sin comprender y Brun soltó un bufdo.
—La noche en que desapareció vi que se lo guardaba.
Salimos y ahora está aquí dentro.
—No pudo volver. Es imposible.
—¿Y cómo ha llegado hasta aquí? Dime. —Y le acercó el saquito hasta ponérselo casi en las narices.
—¿Brujería? —soltó Manuel sin más encogiéndose de hombros.
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Brun puso los ojos en blanco.
—Manuel…
—Ya…
—Ya.
Los dos chicos se miraron en silencio.
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CAPÍTULO 29
Rosa, junto a su padre, inclinó el tronco en una torpe reverencia a los frailes dominicos, que los miraban con curiosidad. El padre prior agitó su mano para que se levantaran. Las cortesías y los modales eran algo que apreciaba, pero la torpeza al realizarlos le exasperaban casi más que el que
no se tuvieran en cuenta.
—Vamos, vamos. ¿Qué es lo que ocurre?
La voz áspera de fray Gonzalo resonó en la pequeña y sobria capilla y los dos visitantes se levantaron temerosos. La luz, que a duras penas entraba tamizada por el alabastro de las ventanas, daba de pleno en el altar en el que se encontraban el prior y los hermanos Roque y Agustín. El padre de Rosa cogió la mano de su hija, que estaba paralizada, y dio un paso al frente. Al notar que no se movía, se giró para intentar trasmitirle con la mirada un «todo irá bien»; pero la chica no estaba tan segura. Verlos con aquella iluminación, bajo la mirada de un cristo que había conocido tiempos mejores, o de los retablos en los que solo había escenas con diablos y personas ardiendo en llamas, no contribuían a tranquilizarla. Sin embargo, el leñador tiró de ella con frmeza y comenzó a hablar.
—Padre, mi hija fue asaltada en plena noche y tiene en su vientre el fruto de ese acto vil.
El prior levantó la ceja. «Otra joven indecente deseosa de yacer con un hombre y ahora se arrepiente. Y que no haya sido el mismo padre el que haya engendrado al hijo y ahora quiera colgarle el muerto a otro», pensó. Pero no quería alargar mucho aquello, aunque, mirándolo bien… Fray Gonzalo echó una sutil
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mirada de arriba abajo a la muchacha y se detuvo en la porción de los pechos que asomaban por un escote que, sin ser escandaloso, sí que era bastante generoso. La carne joven y tersa de Rosa se movía arriba y abajo con cada respiración. Los otros dos frailes se miraron incómodos, conscientes de aquel silencio que se mantuvo unos segundos más de la cuenta.
—Bien, bien —dijo el prior por fn—. Habéis hecho lo correcto al confesar por propia voluntad.
Fray Gonzalo se detuvo para mirar el cuello, en el que encontró un par de lunares alineados que se descubrió deseoso de acariciar. Rosa sintió aquella mirada y se rebulló inquieta, aunque su padre solo miraba a los frailes con ansiedad, realmente preocupado por el futuro de su hija.
—Pero ese hijo que va a engendrar es fruto de un pecado, uno de los peores pecados que puede cometer un cristiano.
Al escuchar aquello, los labios de Rosa se entreabrieron para dejar entrar el aire en sus pulmones.
—Necesitará de penitencia para purifcar su alma, ya que el cuerpo nunca lo volverá a estar. Tiene una mácula imborrable, más allá del pecado original.
Las palabras de fray Gonzalo hicieron encogerse al leñador, que se debatía entre la vergüenza por la mancha que había caído en la familia y la ira por no haber dado caza a aquel desgraciado que se había aprovechado de su hija. Sin embargo, Rosa estaba más preocupada por la palabra penitencia. Había escuchado historias de algunas de las mortifcaciones que los frailes, sobre todo dominicos, llevaban a cabo para estar a bien con Dios y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Hasta entonces había creído que solo eran exageraciones, pero estando allí, de pie ante la mirada de aquellos tres, pero sobre todo ante la de aquel hombre enjuto de ojos claros y taimados, todas las historias, por inverosímiles que pudieran parecer, se habían convertido en realidad.
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—Deberá pagar por él.
Rosa se lanzó a los pies del fraile y le cogió la mano. El prior, aunque no quería demostrarlo, estaba disfrutando con aquello. El tacto de la mano de la muchacha era cálido y suave; a pesar de ser una campesina, no tenía la aspereza de las manos callosas de las mujeres de mayor edad. Bajo las capas de tela del hábito, algo se erguía descontrolado, doliente y excitado.
—¡Padre, me engañó y me sacó de la casa en plena noche!
—dijo sollozando—. Yo… ¡Yo no sabía qué quería aquel demonio!
Al escuchar la palabra demonio, el prior le apartó la mano y volvió la facidez a su entrepierna casi de manera instantánea.
—¿De qué demonio me hablas, hija? Un demonio no te deja embarazada, a no ser que sea un íncubo de aspecto semihumano. ¿Has visto tú a uno?
—Sí, sí… Eso era, padre. —Se agarró a aquello la muchacha con desesperación—. Un ín… un demonio que salió del bosque…
El leñador se arrodilló junto a su hija, que ya estaba llorando a lágrima viva intentando reblandecer el corazón de aquel hombre de voz acre y nariz aflada. —¿El bosque? ¿Qué bosque?
Pero la chica ya no podía articular palabra. Lloraba descontrolada mientras su padre hacía lo posible por calmarla, arrodillado a su lado y abrazado a ella, así que fue el leñador el que continuó.
—Del bosque que está junto a nuestra casa. Por allí se paseaba ese joven o demonio o lo que quiera que sea. Lo hacía por la noche, pasada la hora bruja. Mi hija salía con los sentidos nublados y… aquel ser se presentó. La última noche que lo vimos dijo que su nombre era Brun.
Al escuchar aquello, los tres frailes se pusieron en alerta y en la cara del prior se dibujó una sonrisa que más parecía una
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mueca. Lo tenía, por fn tenía algo de lo que poder tirar. —Y ese joven, Brun… ¿habita en el bosque?
—No lo creo —respondió el leñador—. Conozco cada palmo de ese lugar y nunca lo había visto por allí. —Y recapacitó un momento—. Pero él también debe de conocerlo muy bien, porque desapareció en su interior cuando iba tras él. Lo perseguí con el hacha en la mano hasta que… Fue como si se esfumase.
Fray Gonzalo se quedó pensativo cavilando sobre la manera en que deberían proceder a continuación. Todos en la capilla lo miraban expectantes y vieron que la sonrisa se le ensanchaba aún más.
—Padre, ¿qué será de mi hija?
Y Rosa alzó la cara en la que la suciedad por el polvo del camino se mezclaba con las lágrimas y creaba pequeños surcos irregulares. Así es como realmente le gustaban a aquel hombre las mujeres: bellas y arrodilladas, suplicando piedad y con el temor a Dios dibujado en el rostro. El prior volvió a sentir la excitación bajo los hábitos.
—Deberá ser juzgada en acto público. Quizás recibas unos
cuantos latigazos —dijo dirigiendo aquellas palabras con indiferencia a la muchacha, que lo miraba horrorizada, incapaz de articular palabra.
El leñador asintió y abrazó más fuerte a su hija, que había vuelto a romper a llorar escondiendo la cara entre las manos.
—Aunque… puede que haya otra manera de agradar al Señor con tu obra. Quizá pueda pensar en algo.
Y no sabía si era por el tono o por la sonrisa congelada en el rostro de aquel hombre, que Rosa casi prefería los latigazos a la alternativa que pudiera proponerle.
El fraile dio la espalda a los dos visitantes para mirar abstraído las imágenes de los retablos. Tenía tarea que acometer y debía pensar muy bien qué pasos seguir para atrapar a aquel
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muchacho que ya se le había escurrido una vez de las manos. Lo único que sabía con seguridad es que no dejaría que pasase de nuevo.
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CAPÍTULO 30
Brun daba forma a la piedra en el interior de su improvisado taller. Los martillazos resonaban como campanadas por todo el edifcio y Manuel ya había comenzado a quejarse de aquel «insufrible sonido». Sin embargo, la última vez que el muchacho de ojos tristes se asomó para manifestar su malestar reconoció que aquella masa informe de roca iba tomando forma. En la parte superior sobresalía una pieza angulosa que, sin duda, sería la nariz. Sobre esta se hallaban dos oquedades para los ojos y, más arriba, una serie de surcos serpenteantes que parecían el inicio de una cabellera. Bajo la nariz, la boca apenas estaba esbozada, como tampoco lo estaban las dos irregulares protuberancias a los lados de la cabeza. Y todo lo que iba de cuello para abajo casi no había sido rozado por el
cincel.
Pero en aquel momento, a solas, las manos de Brun recorrían aquel indicio de rostro, con la mirada tan de cerca que parecía que quisiera escuchar a la piedra hablar. Cuando los dedos llegaron a la hendidura en la que debía estar la boca, el muchacho se detuvo y dibujó unos labios con su dedo índice, como si así los marcara en la roca y los fjase, a su vez, en la mente. El chico dio dos pasos hacia atrás y la volvió a mirar, se agachó para coger las herramientas con las que seguir moldeando su escultura y la volvió a ver: la dichosa faltriquera de cuero estaba allí.
Brun salió del edifcio principal hasta el patio y vio a Manuel, que estaba cogiendo puñados de ceniza y esparciéndolos junto a los cogollos de coles y colifores para
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después taparlos con un poco de tierra. Juan, Santiago y el pequeño Damián iban entre planta y planta quitando con pequeñas ramas las orugas de un verde y amarillo intensos que habían decidido alimentarse de la cosecha del lazareto. Al caer se retorcían sobre la tierra hasta que los dos mayores las pisaban o las pinchaban como si fueran un espeto. De vez en cuando se las lanzaban el uno al otro para chincharse y, alguna vez, fue Damián quien sufrió el impacto y la consiguiente picazón en la piel, ya que, como casi todas las orugas, estas eran urticantes. Los dos traviesos amigos se escudaban en que había sido sin querer, pero nadie que los conociera se habría creído una mentira así. Damián, por su parte, las metía en un cubo de madera con la esperanza de que alguien las lanzase más allá del muro y pudieran vivir en el bosque.
Brun pasó de largo de todos ellos y tuvo que esquivar una de las orugas voladoras, que casi le impacta en la cara. La mirada admonitoria que se llevaron los alborotadores les hizo volver al trabajo, al menos durante unos largos dos minutos que para ellos fueron una eternidad. El muchacho se acercó hasta la valla de los leprosos. Junto a la puerta se encontraba uno de los enfermos sin todavía demasiadas evidencias de la lepra, al menos en la parte que quedaba a la vista.
—Hola —dijo Brun dubitativo.
El leproso levantó la mirada para verlo a través de la empalizada.
—Esto… ¿me podrías decir si está la chica por aquí?
Aquel hombre siguió callado y serio. Tenía las cejas gruesas y pobladas y daba la impresión de que había sido fuerte en algún momento, aunque ahora daba una sensación de faccidez generalizada.
—Por favor, es importante. Blanca… ¿está por aquí? Necesito hablar con ella.
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El hombre se levantó sin decir ni mu en el mismo momento en el que aparecía Lucio por la puerta del edifcio principal.
—¿Se puede saber qué haces ahí? —le soltó, intrigado, el hijo del sanador.
Brun se giró y vio al muchacho acercarse. Él le mostró el saquito sin más.
—Por favor, Brun, déjalo. ¿No entiendes que se ha ido? —Más de lo que crees. Eres tú el que no quiere abrir los ojos y
comprender.
Lucio se acercó un poco más rebuscando las palabras ante la mirada irritada de Brun.
—Francisco se fue. No es el primero y seguro que tampoco será el último. Tú mismo has conseguido salir. Varias veces, además.
—Y he vuelto.
—¿Por qué?
—Creía que lo sabías. —Y Brun se ruborizó al escucharse—.
A pesar de repetirme que me vaya de este lugar una y otra vez.
—Sí, porque no tienes otro lugar al que ir. Me ha quedado claro. Y tú sigues sin hacer caso.
Brun negó con la cabeza.
—¿De verdad tantas ganas tienes de perderme de vista? ¿Es lo que realmente quieres, Lucio? Porque yo no.
—Yo…
Brun se quedó mirándolo muy serio y Lucio notó ascender el calor a sus mejillas. El aprendiz de escultor se percató y no pudo evitar que se dibujara una sonrisa en su cara. Lo sabía. Quizá lo había sabido desde el primer momento en que lo vio.
—¿Lo ves? —dijo Brun más relajado—. Por cierto, ¿te he dicho ya que he vuelto a ver al hada en el bosque?
—¿Todavía sigues con eso? Ya tenemos a un Manuel para todas esas fantasías de brujas —se sorprendió Lucio, más animado.
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—Pues sí, para mí, era un hada, y anoche me ayudó a entender.
—¿Qué quieres decir?
Brun le explicó que después de su conversación había ido en busca de Francisco. Le contó que fue al último lugar en el que habían estado juntos y el posterior encuentro con el padre de Rosa. Lucio estuvo tentado de reprocharle su osadía. Los había puesto a todos en peligro nuevamente, pero también era consciente de que él mismo lo había animado a marcharse, así que se calló y continuó escuchando. Cuando Brun comenzó a describir por primera vez a la mujer y la cueva donde se habían refugiado, los ojos de Lucio se abrieron horrorizados y extendió la mano para coger el brazo de su amigo. Aunque se detuvo un instante en el aire, dudando de si debía hacerlo o no, acabó por agarrarlo.
—Dime, ¿qué hiciste con ella?
Y Brun, que miraba la cara de consternación de Lucio, ya no sonreía.
Brun seguía al hijo de Miguel, que avanzaba a grandes zancadas por los pasillos del edifcio principal del lazareto. Al llegar a la puerta del laboratorium se detuvieron. Lucio echó una mirada a un lado y a otro del corredor y golpeó la madera con los nudillos. Brun contenía la respiración; sentía aquello como si estuvieran profanando un lugar santo. El hijo del curandero aguardó un momento esperando una respuesta que nunca llegó. Sacó una gran llave de hierro, la introdujo en la cerradura y la hizo girar despacio para hacer el menor ruido posible. Aun así, el leve chirrido de los metales puso más nerviosos a los dos chicos.
—¡Vamos! —Apremió Lucio.
El hijo de Miguel se fue directo a por un cajón de una de las estanterías. Brun lo observaba nervioso junto a la mesa mientras rebuscaba en el interior.
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—Lucio —comenzó con un hilo de voz—, ¿estás seguro de lo que dices? Yo no le vi nada en…
—¡Shhh!
Y los dos chicos se quedaron paralizados, con los sentidos alerta, intentando reconocer si lo que Lucio creía haber escuchado eran los pasos de alguien que se aproximaba.
—Sí —dijo más relajado, pero sin perder el foco en su tarea de revolver lo que fuera que hubiese en el cajón—, mi padre me ha hablado de ella. Vive sola y le da plantas del bosque para hacer remedios. Si la viera Manuel seguro que la llamaría bruja.
—Manuel llama bruja a todas.
En ese momento, los dos muchachos se miraron y sonrieron. Fue un instante fugaz que no hizo olvidar a ninguno de ellos lo que habían ido a hacer allí, pero, de alguna manera, aquella complicidad los reconfortó.
Lucio echó mano de un pedazo de cuero enrollado y se fue hacia el otro extremo de la habitación. Brun, que no apartaba la vista de él, intentó seguirlo.
—¡Ay! —soltó al tropezar con algo metálico que había tirado en el suelo junto a la mesa.
—Eso no nos ayuda.
—Perdón.
Brun lo miraba todo con ojos curiosos, pero sabía que era más por distraer su mente de lo que acababa de escuchar que por fsgonear. Aquella mujer estaba enferma y habían estado juntos. No podía ser verdad. No tenía la cara carcomida como los otros, ni los dedos. No se lo podía creer. Sintió ganas de vomitar y, cuando Brun bajó la vista al suelo para identifcar con qué había tropezado, vio unos grilletes con cadenas. Se agachó para coger uno y, al levantar la pesada pieza, el tintineo le recordó a aquellos con los que se tropezó en el bosque mientras cavaban.
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—Vamos —dijo Lucio—. Hay que darse prisa. Mi padre regresará del pueblo en cualquier momento.
El muchacho volvió a dejar los grilletes con suavidad en el suelo y se acercó a una de las estanterías repletas de libros. Estaba concentrado en respirar. Necesitaba relajarse, distraerse de todo aquello o empezaría a expulsar todo lo que tenía en el estómago.
—¿Los has leído todos? —preguntó.
—La mayoría.
Brun lo miró asombrado. No conocía a nadie que hubiera leído tantos libros y aquel chico apenas tenía su edad.
—Pero hay algunos que no comprendo. Están en griego o en árabe y sé muy pocas palabras en esos idiomas.
Brun abrió aún más los ojos al escuchar aquello.
—Otros —continuó Lucio, que se dirigió a la mesa alargada bajo la ventana— no tengo permiso para leerlos. Mi padre dice que no estoy preparado y que no los entendería. Los guarda bajo llave.
—¿Y no tienes curiosidad?
Brun había visto en la misma mesa un plato de loza cubierto con un trapo de tela al que se acercó intrigado. Parecía que, poco a poco, iba calmándose.
—¿Tú qué crees? ¡Pero ni siquiera debería haber cogido esta llave!
Brun no lo escuchó. Estaba completamente abstraído sujetando con el índice y el pulgar el pedazo de tela que cubría a saber qué misterio.
—Vamos —le ordenó Lucio.
—¿Sabes qué hay aquí?
—Lo que sé es que como venga mi padre y se entere de que hemos estado aquí sin su permiso ya nos podemos preparar.
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El hada permanecía tumbada boca abajo mientras Miguel le retiraba con cuidado pedazos de tela que ocultaban las quemaduras de su espalda. El curandero examinaba las huellas que el hierro candente había dejado sobre aquella piel nívea. No tenían buen aspecto.
—¿Se puede saber qué fue lo que se te pasó por la cabeza?
La mujer intentó girarse para mirar cara a cara a Miguel, pero el dolor lo avisó de que no era una buena idea.
—La enfermedad. La misma que tú intentas curar.
—Ya lo hemos hablado. Encontraré la cura y…
—El miedo —lo interrumpió ella—. El miedo a que no llegue a tiempo y me devore como a los otros.
—¿Y por qué no acudiste a mí si notabas que estaba avanzando?
—¿Para qué? —bufó—. ¿Para hacinarme con esos pobres desgraciados? No, gracias.
—¿Pero esto?
—El fuego. Tú lo usas para preparar tus herramientas y los curas para acabar con el pecado. Es raro que vuestros dos mundos coincidan en algo y pensé que, quizás…
—Deberías haber acudido a mí —insistió Miguel, y hundió los dedos enguantados en un tarro con el mismo ungüento oscuro que usaba para tratar las heridas causadas por la lepra.
El curandero repasó con cuidado la superfcie rugosa y enrojecida que atravesaba los omóplatos de la mujer.
—Podrías haber muerto. Aún podrías morir a cambio de nada.
Miguel volvió a hundir los dedos en el tarro casi vacío para rebañar los bordes.
—Dime, curandero. ¿Qué harías tú por salvarte de la muerte, por salvar a tu hijo de sus garras?
Ante el silencio de Miguel, la mujer, esta vez sí, se giró y vio que el curandero miraba ausente el tarro vacío en el que solo
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quedaba una pátina oscura y oleosa.
—Iré. En cuanto me sea posible —dijo ella.
Él salió de su ensimismamiento, le volteó la cara con un gesto amable para que se tumbase nuevamente boca abajo y continuó con la tarea de tratar las heridas con lo que le quedaba de untura entre los dedos.
—Iré yo esta vez.
—Tú no estás acostumbrado. Esa es mi labor.
El hada intentó incorporarse nerviosa, pero Miguel le puso una mano en el hombro para tranquilizarla.
—Tú indícame el camino. Pero… ¿estás segura de que no sobrevivirá al invierno?
—Ellas hablaron —respondió seria, casi como si la simple insinuación de no estar en lo cierto fuera el peor de los insultos.
—Hazlo una última vez.
—Yo nunca me equivoco —repuso indignada.
—Necesito estar completamente seguro, por favor.
La mujer se quedó con una respuesta en la boca que no llegó a pronunciar al escuchar el tono de súplica de Miguel, algo a lo que no estaba acostumbrada. Con un gruñido, accedió a la petición.
—Están tras el fuego.
El curandero se levantó y se acercó al hogar.
—En el lateral, busca una hendidura.
Miguel metió la mano en el hueco ignorando el calor de las ascuas que ardían en el suelo y extrajo algo que sujetó en el puño.
—Y dime, ¿por qué tú, un hombre que rechaza la superchería, tiene que tomar en serio lo que digan?
—Tú me has preguntado lo que haría por evitar la muerte, por evitarle la muerte. Aquí tienes la respuesta. Este es mi sacrifcio. Necesito creerlo.
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Miguel se acercó al jergón en el que se encontraba la mujer y le mostró siete pequeñas piedras con unos extraños símbolos grabados en la superfcie. Ella, que se había incorporado ignorando el dolor y su desnudez, se las arrebató. Se las acercó a la boca y les susurró algo que al curandero le llegó como un mero bisbiseo. La mujer las lanzó con decisión frente a ella y las piedras rodaron y chocaron entre sí hasta que se detuvieron y formaron una constelación al azar. Miguel, que hacía tiempo había sacrifcado parte de lo que creía por la necesidad de que aquello fuera real, observaba intrigado cómo la mujer malherida pasaba la mano sobre las runas y se concentraba en leer su signifcado. Quería, no, necesitaba creer con todas sus fuerzas que aquel mecanismo de selección era tan válido como las cifras que se obtienen al pesar objetos en una romana. Necesitaba tener la certeza de que aquello realmente funcionaba o se volvería loco, si no lo estaba ya.
—¿Y bien? —preguntó nervioso al ver que la mujer no se decidía a hablar.
La mujer lo miró con una intensidad que lo aguijoneaba.
—Tan segura como que el bosque es mi hogar.
Lucio entró primero en la habitación de las grandes tinajas.
Tras él lo hizo Brun, que estaba cada vez más nervioso.
—¿Por qué me has traído aquí? ¿Vas a hacer que me bañe otra vez?
Lucio no hizo caso a las preguntas de su amigo y siguió hasta la portezuela que había junto al pozo, la misma en la que se escondió cuando llegaron los frailes. Al abrirla, los goznes chirriaron llenando todo el espacio y los dos muchachos se encogieron.
—Vamos —le indicó el hijo de Miguel—. Aquí podremos estar tranquilos, sin miedo a que ni mi padre ni los guardias nos
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encuentren.
Cuando Brun entró, sintió un escalofrío. No era solo por el absoluto silencio que los envolvía, que hacía que cualquier sonido se multiplicara por diez; tampoco era por el ambiente húmedo y el frío que los rodeaba y les ponía la piel de gallina; era porque se vio en lo alto de una escala de hierro por la que Lucio descendía decidido sujetando al hombro el hatillo con las cosas que había sustraído de la sala de trabajo de su padre, directo hacia la oscuridad. De no ser por la pequeña lámpara de aceite que él mismo llevaba, habría imaginado que las tinieblas los iban a engullir a los dos. Pero, sobre todo, era porque no sabía qué iba a suceder y aquello era lo que más miedo le daba.
—¿Dónde me llevas? —dijo Brun inquieto.
Las palabras reverberaron por toda la estancia y Brun se arrepintió al instante de no haber hablado en un susurro. Parecía que su voz, por lo general sosegada, se hubiera vuelto potente y nerviosa.
—Perdón —murmuró lo más bajo que pudo esta vez.
No tardó mucho en escucharse que Lucio dejaba de pisar escalones de metal y pasaba a poner los pies sobre sobre algo con un timbre mucho más seco. Cuando Brun llegó a su altura, vio la plataforma de piedra y, más allá, el depósito de agua del aljibe. Hasta allí descendía el cubo desde la sala de las tinajas, guiado por una estructura de cuerdas y poleas.
—¿Preparado?
—Si por lo menos supiera para qué…
—Tranquilo —le respondió Lucio con una media sonrisa. La pequeña llama de la lámpara de aceite hacía que los
refejos bailaran a su alrededor y la luz rebotara sobre la superfcie del agua creando destellos fantásticos. El aprendiz de escultor sintió como si hubieran atravesado una puerta a otro mundo, a un mundo mágico. Allí, las sombras de ambos danzaban en un extraño y ancestral ritual en el que las
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proyecciones de sus cuerpos se acercaban y se alejaban hasta tocarse sin reparos. Las envidió.
—Échate —ordenó Lucio rompiendo el hechizo.
Brun, nervioso, se tumbó bocarriba y Lucio se arrodilló a su lado. Abrió junto a él el hatillo, del que extrajo una cuerda que ató al brazo del chico, a la altura del bíceps.
—¿Estás seguro de lo que vas a hacer?
Ahora las sombras que se proyectaban en la pared le parecían a Brun algo más siniestro y oscuro. Ya no era tan mágico aquel lugar; se había vuelto tenebroso.
—Confa en mí —respondió el hijo de Miguel mientras metía los dedos entre la cuerda y el brazo para comprobar que había espacio sufciente para no cortar el riego sanguíneo por completo—. ¿Te hace daño?
Brun negó con la cabeza.
—¿Lo has hecho alguna vez? —preguntó.
Lucio sacó un pequeño recipiente de barro y lo colocó justo bajo el brazo de Brun, más o menos a la altura del codo.
—¿Sabes? Los animales son muy parecidos a las personas. —¿Que qué? —soltó Brun escandalizado, y trató de ponerse
en pie.
Lucio le puso la mano en el hombro para retenerlo y lo miró a los ojos. Quería aparentar serenidad, pero estaba tan asustado como su amigo.
—Lo he practicado centenares de veces, de verdad, Brun. —Sé lo que decía el borracho de mi maestro: «Es más
peligroso un tonto con un cuchillo que un caballero con una espada».
—Confa en mí. Por favor.
Ambos se miraron durante lo que pareció una eternidad, hasta que Brun parpadeó con resignación, puso los ojos en blanco y se tumbó de nuevo en el suelo helado. Soltó el aire para tratar de relajarse, pero aquello se le hacía muy difcil. Si
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accedía era porque el miedo a la enfermedad era mayor que el miedo a lo que podría pasar.
—Toma. —Lucio le ofreció un pedazo grueso de cuero.
—¿Qué hago con esto? ¿Me lo ato? —preguntó Brun medio en broma, aunque la indignación no hacía del comentario algo gracioso.
—Muérdelo.
Brun tragó saliva. Aquello iba en serio. Iba muy en serio. Respiró hondo y se lo llevó a la boca mientras Lucio desplegaba una ancha tira de piel en la que había envuelto pequeños y aflados cuchillos, cánulas, tijeras, pinzas… Al ver todo aquel arsenal, el chico apretó con fuerza los dientes y sintió el sabor acre del cuero a medio curtir. Cerró los ojos y su respiración se fue agitando cada vez más. Ciertos recuerdos desagradables le rondaron por la mente, recuerdos que tenían que ver con frailes, demonios y dolor. En el brazo notaba cómo la sangre se agolpaba palpitando e hinchando las venas.
Si Brun hubiera tenido los ojos abiertos, habría visto que Lucio observaba con cuidado esas mismas venas ensancharse por momentos. También habría visto que cogía un pequeño y aflado instrumento, semejante a un cuchillo, pero mucho más delgado y aflado, y lo sostenía en el aire, con la cara ensombrecida por las dudas. Y, por último, habría contemplado que, después de una larga y profunda respiración para calmar los nervios, le sujetaba con una mano el brazo, mientras con la otra le acercaba el flo hasta tocar la piel de la parte superior del antebrazo, la sangradura. Brun no sintió que el metal se hundía hasta un segundo después, cuando la herida comenzó a arder y un grueso hilo de sangre cálida le resbaló hasta el codo. El chico abrió los ojos y vio el escandaloso riachuelo de color rojo que caía en el cuenco. Frente a él, Lucio lo miraba asustado; le temblaba la mano que sujetaba el cuchillo.
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La diminuta llama de la lámpara de aceite parpadeaba moribunda. Brun, recostado sobre la pared con los ojos cerrados, no sabía cuánto tiempo llevaba así, pero los abrió al notar el tacto de la mano de Lucio, que lo miraba más tranquilo, aunque todavía con el susto en el cuerpo. Del brazo le había dejado de brotar sangre, solo le quedaba un pequeño surco oscuro y reseco.
—¿Te encuentras bien? —dijo el hijo del curandero mientras le apretaba la mano.
—Vivo, al menos —respondió Brun con una sonrisa cansada. Lucio se levantó y se acercó hasta el agua. Tomó en sus manos en forma de cuenco una pequeña cantidad y volvió junto a Brun. Con delicadeza la derramó sobre el brazo manchado de sangre del muchacho que, en un primer momento, al sentir el contacto frío, lo retiró como acto refejo. Sin embargo, pronto volvió a notar la calidez de las manos de Lucio mientras le limpiaban con cuidado la herida junto a los restos de sangre
seca. Aquella sensación lo reconfortó.
Desde su posición de paciente observó la meticulosidad de los movimientos del hijo de Miguel, que se tomaba su tiempo mientras limpiaba las manchas y la herida, quizá algo más de lo necesario. Pero aquello no le desagradó, más bien al contrario. Una vez que hubo terminado, Lucio tomó un emplasto de un verde apagado de un pequeño recipiente de vidrio y se lo aplicó directamente sobre el corte. Esta vez no tuvo que esperar ni un segundo para que comenzara a arder con ganas.
—¡Ay!
—¡Perdona! Te debí advertir primero, pero si escuece es que cura.
—¿Por eso tú eres así conmigo, para curarme?
Lucio lo observó sin saber a qué se refería. ¿Cómo iba a saberlo si no se lo había contado a nadie? Pero Brun cayó en la cuenta de que ya casi no había vuelto a pensar en Elías.
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—Nada, es que a veces solo digo tonterías —dijo Brun con una sonrisa—, pero espero que todas las sorpresas contigo no sean así.
Brun vio cómo el color encendía las mejillas de Lucio, que aplicó un poco más del ungüento. Le gustaba ver aquella piel pálida enrojecer, semejante a los tonos maduros de un melocotón.
—Al menos huele bien —intentó bromear Brun para que Lucio se relajara.
—Es salvia.
Lucio dijo estas palabras nervioso, consciente de la escasa distancia que los separaba mientras extendía la sustancia en movimientos circulares. La temperatura había bajado en aquella estancia y el vaho escapaba de las bocas de ambos con cada respiración. Brun no podía aguantarse más las ganas, así que llevó una mano al rostro del hijo de Miguel, que se detuvo sorprendido y contuvo el aliento. El aprendiz de escultor continuó recorriendo con los dedos el rostro de piel blanca del muchacho. Se fjó en lo mucho que le gustaba un diminuto lunar bajo su ojo izquierdo, como una pequeña lágrima; también en lo curioso de aquellos ojos cuyos iris color ámbar se difuminaban en un gris verdoso. Sus dedos siguieron acariciando la mejilla en dirección a los labios, que aún sentía tensos, y entonces se detuvo. Lucio tomó una respiración profunda con la que dejó ir todo lo que había estado reteniendo desde que lo vio por primera vez, malherido en el jergón.
—¿Qué te pasa? —preguntó Brun, que sentía como sin centenares de hormigas lo recorrieran de arriba abajo.
—¿Y la chica del leñador? —preguntó por fn Lucio.
Aunque no era solo eso lo que le preocupaba, por algún motivo había recordado la conversación con Brun sobre la escapada con Francisco.
—Mentí…
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Brun bajó la cabeza avergonzado. Se sintió un estúpido y un idiota por haber mentido al hijo de Miguel, pero no quería que lo tacharan de cobarde. No era un cobarde.
—¿Y tu hada del bosque? —continuó Lucio.
—Simplemente me ayudó y ahora puedo estar aquí. Contigo. Brun no sabía si aquella respuesta lo complacería o, por el contrario, complicaría más las cosas entre ambos. Habían encontrado un momento de intimidad que, probablemente, terminaría ahí. Sin embargo, Lucio dibujó una sonrisa en los labios. Cogió la mano de Brun y la besó. La piel de ambos se erizó, el estómago se les contrajo y el corazón se les detuvo. Entonces, la llama de la lámpara murió con un último estertor y dejó a los dos en una oscuridad casi total. Tan solo la luz crepuscular que se fltraba desde el pozo de la sala de las tinajas hacía que pudieran distinguir sus propios cuerpos, casi como si
fueran meras sombras que se fundieron en una sola.
Así, envueltos en una noche prematura, las manos de uno palparon el paisaje del cuerpo del otro. Se despojaron de la ropa para sentir la calidez de sus pieles mientras mezclaban sus alientos en un beso sin fn. Colocaron las prendas extendidas en el suelo para amortiguar el frío que ascendía de las losas. Resollaban de vez en cuando para coger aliento mientras el calor se extendía por debajo de sus cinturas, atraído por la sangre que se agolpaba en un único lugar. Brun, que tenía algo menos de líquido vital que horas atrás, se sintió mareado y se apartó.
—¿Te encuentras bien? —preguntó preocupado Lucio. Brun lo miró y le devolvió una sonrisa tranquilizadora. Le
acercó la cara y lo besó de nuevo, lento, consciente. Lucio también sonrió y lo ayudó a tumbarse bocarriba sobre las prendas.
—Has perdido bastante sangre —dijo mientras le acariciaba el brazo con ternura—. No deberías moverte mucho.
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—Ahora es lo que más deseo —jadeó impaciente.
—Entonces, déjame a mí.
Lucio se tumbó sobre él y fundieron fnalmente sus cuerpos con la oscuridad. En ese momento eran todo luz y calor; su sola presencia podría haber encendido las velas del mayor de los castillos. Los gemidos, los jadeos y los contactos de una piel con la otra resonaron y reverberaron una y mil veces hasta desaparecer.
—Debí haber revisado el aceite de la lámpara —se quejó Lucio una hora después al ascender por la escalera con el recipiente que contenía la sangre de Brun.
—¿Crees que funcionará?
—Espero. Si no ha funcionado, ambos estaremos condenados…
Por un momento se hizo el silencio entre ellos.
—Pero lo hará. Funcionará. Si había algo de enfermedad en tu sangre la hemos purgado —dijo con menos convicción de la que le hubiera gustado—. Seguro. Se lo he visto hacer a mi
padre a veces con algunas dolencias —intentó convencerse. Siguieron ascendiendo por la escala del pozo hasta llegar a la
portezuela de los barrotes. Allí, Lucio se detuvo y miró hacia abajo.
—¿Te puedo preguntar una cosa, Lucio?
—Dime.
—¿Por qué me has repetido tantas veces que me fuera? Lucio se detuvo. Dudó un momento.
—Porque todos acaban marchándose antes o después, y sabía, o creía, que esto podía suceder. No me preguntes cómo, pero sentí que podía pasar. Quizá fuera porque los primeros días repetías un nombre en sueños: Elías. ¿Quién era?
—Eso ya no importa.
—El caso es que no quería que después tú también desaparecieras. No después de algo como lo que ha sucedido.
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Brun sonrió feliz. En ese momento, en lo último que pensaba era en marcharse de su lado.
—Pero dime una cosa: si aquí me cuidan, me dan de comer, me enseñan, ¿por qué iba a querer escapar?
—No lo sé.
Y una sombra en forma de duda cruzó la mente de Lucio. Era verdad. Nunca había sabido por qué aquellos chicos entraban en el lazareto y salían huyendo. Desaparecían de un día para otro. Todos menos uno: Brun. Brun había vuelto. No tenía sentido. Un escalofrío lo sacó de sus pensamientos y volvió a ponerse en marcha.
—Espera a que yo te avise para poder salir. Si hay alguien es
mejor que solo me vea a mí —dispuso Lucio mientras continuaba ascendiendo, ya casi en la salida.
—¿Y si es tu padre el que te ve con todo esto?
—No sé… Me inventaré algo.
Sin embargo, no estaba seguro de saber qué podría inventarse.
Lucio desapareció tras empujar la cancela, que emitió un quejido de disconformidad. Brun se quedó allí, esperando en mitad de toda aquella oscuridad, y fue más consciente del frío del lugar. Estaba empezando a ponerse nervioso rodeado de tanta negrura.
—Vamos —susurró Lucio desde algún lugar de la sala de las tinajas.
Brun continuó ascendiendo más tranquilo.
—¿Sabes? Después de todo, lo que ha pasado ahí abajo no ha sido tan…
Las palabras se le quedaron congeladas en los labios y Brun se detuvo abruptamente al escuchar un fuerte golpe seco, seguido de otro que parecía haber hecho añicos algún objeto. Todo volvió a quedar en silencio.
—¿Lucio? —murmuró tímido.
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Ninguna respuesta. Brun subió un par de escalones más. —¿Qué ocurre, Lucio? —insistió subiendo apenas un poco la
voz—. ¿Estás bien?
Más silencio.
—Espero que no sea una broma —dijo entre el escepticismo y la preocupación.
Y entonces lo supo. Aquello no era una broma. Los gruñidos y los golpes resonaron por todas partes y cada vez más rápidos, más intensos. Brun terminó de subir los tres escalones que le quedaban a toda prisa y salió del pozo como una exhalación. Allí, tumbado en el suelo, iluminado por la luz plateada de la luna que entraba ya por la pequeña ventana, estaba Lucio convulsionando, con los ojos vueltos hacia atrás. Junto a él, un gran charco de sangre se extendía escandaloso con los restos de lo que había sido un cuenco de barro. De la boca del hijo de Miguel salía una espuma blanca.
Brun se había quedado paralizado. No sabía lo que hacer. Se arrodilló junto a él y lo sacudió, pero el chico no reaccionó. El aprendiz de escultor hizo lo único que creía que realmente podía hacer para auxiliar a su amigo.
—¡Ayuda! —gritó a pleno pulmón.
Miguel ascendió por las escaleras con Lucio en brazos. No había dicho nada desde que llegó corriendo, alertado por los guardias. Brun había temido que se pusiera a gritar como loco, que lo expulsara del lazareto al encontrarse a su hijo tumbado, sin conciencia, con la boca llena de una espuma blanca y junto a un charco de sangre que en realidad no era suya. Sin embargo, lo único que hizo fue arrodillarse junto a él y, tras comprobar que seguía respirando, lo levantó con ambos brazos como si fuera un niño pequeño. Lo miró, lanzó un suspiró profundo y echó una ojeada rápida a su alrededor que podría haber pasado desapercibida, pero que a Brun no se le escapó.
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Cuando el curandero entró en el dormitorio, depositó a Lucio en el jergón. Brun miraba la escena a unos cuantos metros. Quería ir junto a él y cogerle la mano, y notar su respiración para saber que seguía vivo, que se pondría bien; pero tenía pánico de lo que diría Miguel, que ahora miraba la luna absorto, una luna creciente.
—¿Podrás cuidar de él?
Las palabras del curandero cogieron a Brun desprevenido, por lo que tardó un par de segundos en asentir. Jamás se hubiera esperado que Miguel le diría aquello. Se acercó un par de zancadas más, animado por la actitud del padre, y observó dormir a su amigo. Parecía tranquilo.
—Pronto —dijo Miguel a su hijo dormido mientras le limpiaba con un pañuelo los restos blanquecinos de la boca— esto terminará para ti. Te lo prometo. —Y le apretó fuerte la mano.
Brun sentía cierta vergüenza por estar contemplando aquella escena tan íntima de padre e hijo y bajó la cabeza. De manera inconsciente se llevó la mano a la herida del brazo, aún cubierta por el emplasto verde grisáceo que había hecho costra, y comenzó a rascarse. Cuando levantó la vista, se cruzó con los ojos de Miguel, que lo observaban con interés.
—¿Qué es eso? —preguntó menos afable, y se puso en pie. Brun se sintió en aquel momento como un niño pequeño al
que habían pillado haciendo una trastada y se tapó corriendo la herida.
—No me trates como a un estúpido y déjame que lo vea.
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CAPÍTULO 31
Un encapuchado avanzaba rápido a través del bosque. En sus manos sujetaba a un pequeño bebé que reía y estiraba los bracitos tratando de coger el cordón de la capa que lleva al
cuello. A pesar de lo engorroso de trasportar al niño, aquel personaje misterioso se movía con agilidad y sigilo entre arbustos, troncos caídos y ramas bajas.
—Tranquilo, pequeño —susurró, y le acercó un dedo juguetón que el pequeño cogió tratando de llevárselo a la boca.
—¡Por aquí! ¡Están aquí! —gritó una voz a lo lejos.
El encapuchado abrazó el preciado fardo contra el pecho y aceleró. Dejó de importarle que las ramas arañasen su capa o chocar de repente con un tronco de pino que no había visto al girar. Debía despistar como fuera al grupo de media docena de campesinos furiosos que comenzaba a pisarle los talones.
El bebé, sabedor de que algo no iba bien, arrancó a llorar e inundó con su llanto cada rincón del bosque. Los perseguidores aceleraron la carrera. Daba igual que las hoces y las horcas que sujetaban les difcultaran el paso. El crío estaba cerca y no permitirían que también su pequeño formara parte de las historias de terror que habían comenzado a extenderse por toda la comarca.
El encapuchado corría, sorteaba un árbol, otro y otro más. Se desplazaba en un zigzag veloz y cambiaba de rumbo una y otra vez mientras intentaba hacer callar al bebé con un torpe balanceo, pues no daba para más. Le hubiera cantado una nana, pero los jadeos de la carrera apenas le permitían coger aire para seguir huyendo de quienes, sin duda, lo matarían en cuanto le
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dieran alcance. Y sospechaba que aquello no tardaría mucho en suceder.
Se golpeó el hombro con el tronco de un árbol al torcer bruscamente para tratar de despistarlos, pero no le importó. Siguió corriendo y se dobló el tobillo al pisar un guijarro en un pequeño cauce que apenas llevaba un palmo de agua; tampoco le importó. Ya tendría tiempo de quejarse si aquellos no le daban alcance. Una rama estuvo a punto de golpearle en el ojo. Por suerte, fue rápido de refejos y bajó la cabeza para llevarse el impacto en la coronilla. Seguramente se habría hecho una brecha; nada grave, podría curarla. Y entonces lo escuchó.
—¡Vamos! —gritó uno de los campesinos más cerca de lo que el encapuchado se había imaginado—. ¡Por aquellos árboles!
El perseguido usó el tronco de un viejo roble para esconderse y recuperar el aliento. Aspiró bocanadas de aire como si acabara de salir del mar después de aguantar la respiración durante una eternidad. Miró a un lado y los distinguió por el rabillo del ojo. Casi lo tenían. No se atrevió a asomarse más. Sentía que si se movía lo más mínimo quedaría al descubierto y entonces «¿qué sería de mi hijo?», pensó Miguel.
Uno de los aldeanos levantó el brazo. Hizo unas señas y el grupo se dividió. El curandero miró a aquel pequeño que seguía llorando de manera inconsolable. Una gota de sangre resbaló por la cara de Miguel y acabó manchando la mejilla del niño, que detuvo el llanto en seco y se lo quedó mirando con los ojos muy abiertos por aquel contacto inesperado. Miguel, agradecido por aquella paz momentánea, volvió a sopesar sus posibilidades. Se había quedado sin cicatrizante, el día marcado se acercaba, pero más cerca estaban aquellos hombres sedientos de justicia. Resignado y aún jadeante, tomó una decisión. Depositó al bebé a los pies de aquel árbol.
—Perdóname, pequeño —susurró.
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Y echó a correr de nuevo, esta vez más ligero sin el lastre del crío, que estalló de nuevo en llanto.
—¡Lo he encontrado! —chilló alguien emocionado mientras Miguel se alejaba sin atreverse a mirar atrás.
—¡No lo perdáis! —gritó otro con urgencia.
Miguel aceleró, pero ya no se detuvo a escuchar si alguien lo seguía o no. Estaba concentrado en correr, escapar y despistarlos para que no pudieran darle caza o, peor aún, dar nunca con su hogar. Con los muchachos. Con su hijo. Solo debía alcanzar a Asclepio, su caballo tordo, que había dejado atado no muy lejos de donde se encontraba. No le quedaba mucho, o eso esperaba.
Brun atravesaba el patio portando en sus brazos un montón de leños de distintos tamaños. Estaba sudado, cansado y de muy mal humor. Había empezado con brío, pero después de un par de horas bajo un sol de principios de invierno que parecía más propio de la primavera, había comenzado a hartarse de aquello. Tras él, en el leñero junto al edifcio principal, había dejado un hueco considerable entre los pequeños troncos, como si una bestia enorme le hubiera dado un mordisco.
Resopló y pasó hasta el apartado de los leprosos bajo la antena mirada de uno de los guardias, que lo vigilaba desde el interior con una sonrisa maliciosa. Los leprosos lo observaban de reojo y en silencio mientras avanzaba hasta el lugar en el que antes había una trampilla, la misma que Brun y Francisco tan bien conocían y que ahora había desaparecido bajo la madera que el propio muchacho acarreaba y colocaba con resignación.
—Estás haciendo un buen trabajo, muchacho —comenzó el guardia con guasa—. Así no volverá a escabullirse nadie, ¿verdad? —Y le guiñó un ojo.
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El guardia, satisfecho y seguro de que de allí no se podría escapar, salió del apartado para los leprosos. Brun se dejó caer agotado en el suelo. Allí se quedó a la sombra del nuevo leñero intentando recuperar el aliento. Se pasó la mano por la frente para secarse el sudor y notó una sustancia pegajosa adherida a su mano: resina. Con una hoja aún verde intentó limpiarse los restos, pero no consiguió sino empeorarlo más. Pagó su frustración con una pobre hormiga que tuvo la mala suerte de pasar por allí. La aplastó con la hoja sin piedad, restregándola con frmeza contra una piedra incrustada en el suelo. Al levantar la mano, había quedado un rastro verde y el cadáver destrozado del pequeño insecto.
—¿Se puede saber qué te había hecho? —dijo alguien.
Brun levantó la cabeza y reconoció a Blanca, la chica leprosa.
—No me gustan —respondió con seriedad.
Pretendía parecer una respuesta frme porque no estaba de humor para que le tocaran las narices; sin embargo, la rojez de sus mejillas no ayudó a dar esa sensación.
Brun se puso en pie y la chica dio un paso hacia él.
—No te acerques —soltó el muchacho con la mano en alto—.
Quédate ahí.
Blanca lo miró con una sonrisa triste. No se acababa de acostumbrar a que su sola presencia provocase aquellas reacciones. ¡Ella que, en su día, había sido la chica más solicitada de la aldea!
—Miguel es un buen hombre. Nos cuida y nos protege. ¿Por qué os empeñáis en enfadarlo?
Brun no dijo nada. No le apetecía.
—Puedes estar contento. A ti todavía te permite salir al patio, no como al pobre Pablo, que en gloria esté.
—¡Vamos, chico! —le gritó el guardia desde fuera de la empalizada—. ¡Deja de haraganear y vuelve al trabajo!
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Brun se encaminó hacia la puerta procurando permanecer lo más alejado posible de la chica leprosa mientras se limpiaba la resina de la mano contra el pantalón, y entonces lo notó. Allí, pegado a su pierna, llevaba la faltriquera, el pequeño saco de cuero. Nervioso, lo sacó y se lo mostró.
—Tú conocías a Francisco, ¿verdad? —dijo Brun—. Esto es suyo. Yo te vi dejarlo en la valla una vez.
La chica lo observó con interés.
—La noche en que Francisco desapareció lo llevaba encima.
Lo sé porque yo iba con él.
Blanca asintió.
—Él era bueno conmigo. A veces me dejaba regalos. Esa noche llamaron a mi puerta, casi ya de madrugada, y en el suelo encontré un pequeño saco con pan de higos.
Al escuchar aquello, los ojos de Brun se abrieron como platos.
—Así que volvió —murmuró para sí.
—El hacía esas cosas conmigo. —A Blanca se le quebró la voz—. Luego me dijeron que se había escapado y pensé que… Pero alguien dejó eso para mí. Creí que, quizás, podrías haber sido tú.
—¿Y no viste nada? ¿No pudo ser otra persona? —¡Último aviso! —volvió a gritar desde fuera el guardia. Brun no hizo caso de la amenaza y la chica dejó escapar el
aire en una risa que acabó siendo un bufdo.
—¿Quién? ¿Manuel, el beato? Ese se persigna cada vez que me ve como si yo fuera el mismísimo diablo. ¿O los guardias? Esos nos toleran solo porque es su trabajo. Si fuera por ellos seguro que nos dejarían en mitad de la montaña. Le damos miedo a todo el mundo, menos a Miguel y a Francisco.
—Pero algo tendrías que haber visto u oído…
—Únicamente eso —dijo señalando el saquito de cuero—. Francisco era igual que mi hermano pequeño. Me gustaría
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haberle podido dar las gracias.
—¡Se acabó! —gritó otra vez el guardia, pero esa vez junto a la oreja de Brun.
El soldado lo agarró de la camisa y lo sacó a empujones del apartado de los leprosos.
—De mí no se ríe ni mi padre —decía mientras lo arrastraba. Pero Brun ya no escuchaba lo que le decía. De hecho, aunque hubiera visto un oso ante él no se habría inmutado. Estaba dándole vueltas a lo que acababa de escuchar. Francisco volvió. Él tenía razón. No escapó. Entró al lazareto y después… ¿Qué
pasó después?
Miguel atravesó las amplias puertas de la muralla a grandes zancadas. Con la mano presionaba una herida en el brazo que no había notado hasta que se había sentido lo sufcientemente seguro como para volver a tomar aire antes de entrar en el lazareto. La sangre de la herida en la cabeza ya estaba seca y le había dejado un pegote negruzco de pelo enmarañado. Los guardias intercambiaron una mirada de sorpresa.
—¿Se encuentra bien, señor? —se aventuró a preguntar uno de ellos.
Miguel extrajo del brazo una astilla de la longitud de dos falanges. Lo hizo sin muchos miramientos. Simplemente cerró los ojos, apretó los dientes y tiró.
—No te preocupes.
—Señor…
El guardia que había hablado miró a su compañero con la duda en el rostro. Este negó con la cabeza. Era una advertencia.
—Señor —volvió el primero sin hacer caso a su igual—, no sé si es un buen momento, pero…
—¿Tú qué crees?
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El guardia tragó saliva. Miguel los miraba a ambos más cansado que enfadado, pero claro que no era un buen momento. Sangre seca en la cabeza, pelo revuelto, herida lacerante en el brazo, hombros caídos y respiración acelerada. ¿Cómo iba a ser aquel un buen momento? Y solo sabían la mitad de la historia. Si la hubieran sabido completa, no estaba seguro de que no fuera ensartado por la espada de alguno de ellos. Sin embargo, al ver la cara de preocupación de aquel hombre, Miguel se relajó y volvió a recuperar parte del porte y la dignidad que había ido perdiendo mientras escapaba desesperado por el bosque. Respiró hondo y, con un ademán, le pidió que continuase.
—Mi esposa parece muy enferma. No… no prueba alimento y delira. Le arde el estómago.
A Brun le hubiera encantado estar allí para ver a aquel guardia tartamudeando e inseguro; aquel guardia que horas antes lo había sacado a rastras, que trataba a los leprosos sin ninguna dignidad. Sí, habría pagado por verlo, pero por desgracia no estaba allí.
Miguel tomó aire e inconscientemente se cuadró, como si aquella cuestión le hubiera devuelto la energía.
—¿Comió fruta, carne podrida, alguna planta?
—Setas —asintió el guardia—. Setas silvestres, mi señor.
Pero parecían setas de cardo normales.
El curandero se quedó callado un momento.
—Mi señor, tengo miedo de que cuando llegue, ella esté peor. Los muchachos se han marchado a la ciudad y…
—No te preocupes. Te daré un ramo de hierbas de san Guillermo con la que harás una tisana junto a la for de manzanilla. Le ayudará a vomitar lo que sea que la esté dañando. Hazle sopas para comer con nabo y col. También huevos cocidos. Nada de carne ni frutas que no estén maduras. Castañas, ni pensarlo.
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—¡Gracias, señor! —dijo el guardia perdiendo la compostura y cogiéndole la mano; su compañero se puso muy rígido, escandalizado—. Se lo compensaré o réstemelo de la paga.
Miguel le puso la mano en el hombro y le dio dos palmadas para tranquilizarlo.
—Si me disculpáis, he de retirarme.
El guardia se puso en pie y recuperó la compostura bajo la mirada sancionadora y nada disimulada de su compañero.
—Ahora te enviaré a uno de los chicos con todo. Vete a casa entonces y, si no mejora en unos días, avísame e iré a veros.
El bosque permanecía silencioso, como si estuviera dormido. Parecía mentira después de lo que había sucedido tan solo unas horas antes a unas pocas leguas de distancia, en las que un hombre con un bebé en brazos era perseguido entre gritos y llantos; sin embargo, aquella quietud no iba a durar mucho, ya que unas fguras avanzaban entre los árboles y se adentraban en el corazón de la espesura. El séquito estaba compuesto por fray Gonzalo, Rosa y su padre y, cerrando la comitiva, los hermanos Roque y Agustín. Tras ellos se veía ya minúscula la casa en la que Brun y Francisco se habían visto por última vez.
—Enséñeme su bosque, leñador —le ordenó el padre prior. A grandes zancadas, el padre de Rosa avanzó hasta adelantar
al fraile, que miraba con sus ojos de halcón en todas direcciones, ávido de encontrar algún indicio.
—Cuando vino la última vez —dijo el leñador mirando a su hija, que agachó la cabeza—, lo perseguí hasta aquel claro de allí.
El hombre señaló una zona en la que las copas de los árboles parecían dejar entrar algo más de luz.
—Lo perseguí hasta allí.
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El fraile hizo un ademán para que el leñador se adelantara hasta el lugar. Y la comitiva siguió avanzando hasta alcanzar el pequeño claro. Más allá, el bosque se hacía mucho más espeso, más oscuro y escarpado.
—Aquí fue.
—¿Y después?
—Después desapareció. Como si se hubiera esfumado. Ni siquiera escuché sus pasos alejarse. Nada.
—Desapareció —repitió escéptico el prior levantando una ceja.
El leñador asintió y su hija se encogió mientras miraba incómoda alrededor.
—Veamos cómo pudiste desaparecer.
El fraile hizo un gesto a sus ayudantes, y estos se separaron y comenzaron a recorrer el lindero del claro.
—Le juro que sucedió así.
El prior se volvió muy serio en ese momento.
—No vuelva a jurar ante mí algo que no es verdad.
—Pero juro que… —Los aflados ojos del prior detuvieron las palabras en la boca del leñador—. Le digo que es así como pasó. Este bosque es mi hogar. Lo conozco mejor que la casa desde donde hemos partido.
—¡Padre! —gritó fray Roque de repente—. ¡Por aquí, venga! Entre dos grandes rocas, tras una planta de esparto, había
otra enorme planta de romero que llegaba hasta la cintura. La planta estaba seca y el fraile la levantó para ver que había sido arrancada de la base. Detrás, apenas se intuía un sendero salpicado de redondas semiesferas de tomillo con diminutas fores blancas y violetas.
Fray Gonzalo miró la cara de sorpresa del leñador y sonrió satisfecho. Todos se adentraron siguiendo aquel sendero hasta donde parecía acabarse.
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—Por aquí es imposible que nadie se haya escapado sin que yo lo sepa. Ya le he dicho que conozco este bosque como la palma de mi mano.
El leñador, más seguro de sí mismo, se cruzó de brazos mientras observaba cómo el fraile miraba en todas direcciones en silencio, pensativo.
—A veces —comenzó este con una sonrisa de satisfacción—, por llevarlos perpetuamente con nosotros, ni siquiera somos capaces de reconocer un pequeño lunar que siempre ha estado ahí en nuestra piel.
—¿Qué? —Se miraron todos sin comprender.
El fraile señaló hacia arriba, al entramado de ramas gruesas que había sobre ellos.
—Dijiste que no habías escuchado sus pasos al alejarse. Quizá sea porque no se alejó. Simplemente se escondió y esperó a que tú lo hicieras.
—Pero lo hubiera visto…
—¿De noche, sin luz más allá de la que se fltrase de la luna? Los dos frailes se adelantaron y buscaron alrededor de un tronco, y de otro, y de otro más. Pero fue Rosa quien dio con el jirón de tela que se mecía con el viento, enganchado a una rama
baja, más allá de donde se encontraban.
—Parece que, después de todo, tu demonio no se desvaneció y se estuvo burlando un poco más de ti —dijo con malicia el prior.
El leñador apretó los puños, no sabía si más por la humillación ante aquel hombre desagradable y soberbio o por sentir que, realmente, aquel chico sí se había quedado allí, riéndose de él después de haber preñado a su pobre hija. Si alguna vez lo encontrara, se tomaría su venganza y lo mataría con sus propias manos. De eso estaba seguro.
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En el laboratorium del lazareto, Miguel permanecía sentado sin camiseta, con Lucio sujetando aguja e hilo frente a él. La herida del brazo estaba limpia y a la vista quedaba un surco de trazo irregular.
—Si pudiste abrir esa vía en el brazo de Brun, no tendrás problemas en cerrar esta herida a tu padre.
—Le haré daño… —dijo Lucio inseguro.
—El daño está hecho, hijo. Lo que te pido es que lo remedies. Lucio tomó aire y acercó la aguja a la carne desgarrada del brazo de su padre. Le dio la primera puntada y notó cómo se tensaban los músculos de Miguel y cómo este apretaba los
dientes. El muchacho se detuvo. —¿He dicho yo que te detengas?
Pero el chico se quedó paralizado hasta que su padre lo miró a los ojos.
—Vamos. Hazlo o se infectará y será peor.
Y entonces Lucio asintió y reaccionó. Sabía que, si se infectaba o, peor, si se necrosaba, sería infnitamente peor lo que tendría que hacer que coser una herida. Clavó la aguja una vez más y Miguel volvió a tensarse pero, esta vez, Lucio ya no se detuvo. Decidió hacerlo del tirón, sin prestar atención a las quejas mudas de su padre.
—Dime una cosa —comenzó Miguel—. ¿Por qué creíste que al hacerle una sangría ayudarías a Brun a que no contrajera la enfermedad de aquella mujer?
—Te había visto hacerla cuando la gente sufre de sangre densa y recuerdo que me explicaste los benefcios que defendían los maestros de Salerno… Creí que podría ayudarlo. ¿Hice mal?
Miguel negó con la cabeza.
—No lo sé, hijo. Hay muchas cosas que desconocemos. Ojalá supiéramos que lo que hacemos sirve realmente para salvar vidas, pero la medicina no es como la matemática. Es más compleja que una mera suma de números. A veces,
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encontramos un remedio casi por azar; otras necesitamos hacer muchas pruebas hasta dar con una cura efcaz.
—¿Y qué pasa con la gente con la que hemos probado esos remedios que no han funcionado?
Lucio se detuvo para mirar a su padre a los ojos. El muchacho se sorprendió al ver que era la primera vez en su vida que le rehuía la mirada.
—¿Me preguntas por lo que ocurre con aquellos a los que hemos fallado?
Lucio notó la pena en su voz y se lo pensó dos veces antes de formular la siguiente pregunta.
—¿Es posible que nosotros hayamos empeorado su estado o incluso… —dejó la palabra «matado» en el aire— por creer que estábamos haciendo lo correcto?
—Como te he dicho, esto no es como la matemática. Lo que funciona para uno no tiene por qué funcionar para otro. En cualquier caso, tenemos que vivir con eso. Si hacemos bien nuestro trabajo, fallar hoy a algunos nos ayuda a no fallar a los que vendrán después.
Lucio lo miró con asombro.
—Pero…
—No te preocupes por eso, hijo. Ya hablaremos más adelante. Ahora termina de coserme la herida y piensa que cuanto más formemos nuestras mentes, más fácil será que lleguemos a conclusiones acertadas.
Lucio continuó suturando la herida sin ser consciente realmente de lo que hacía. En su cabeza intentaba repasar la gente a la que, bajo la supervisión de su padre, había tratado. Rogó no haber cometido ningún error con ellos. También comenzó a rondarle una idea por la cabeza. No era la primera vez que aquello le venía a la mente, pero no podía ser real. No quería que fuera real. No podía permitírselo.
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—Está muy bien —lo felicitó Miguel una vez que Lucio dio el último pespunte.
El chico bajó la vista y observó la cicatriz en el brazo de su padre.
—¿Cómo se lo ha hecho?
—Fueron unos bandidos cuando volvía al bosque, pero gracias a Dios me socorrieron unas buenas gentes que estaban trabajando en el campo.
—Padre… —Titubeó Lucio—. Él no pretendía ponernos en peligro.
—Sin embargo, lo hizo —contestó Miguel muy serio. —Él solo quería…
—Únicamente dormirá ahí por precaución, Lucio. Y aunque no quisiera ponernos en peligro escapando y relacionándose con gente fuera de estos muros, lo hizo.
Lucio iba a decir algo más, pero se contuvo cuando su padre se levantó.
—Ahora lo importante es concentrarnos en ti, hijo. Mañana será el eclipse.
El curandero comentó aquello como si aquella frase pesara tanto como para que ambos quedasen callados, mirándose el uno al otro.
Por dentro, la casa donde vivía Rosa con su padre no era distinta de lo que se dejaba intuir por fuera. Una estancia principal hacía de cocina y comedor. Un par de huecos en la pared, a la derecha, daba paso a cada uno de los dormitorios. No había puertas, pero sí unas cortinas de rafa oscura que les permitían cierta intimidad. Desde la mesa en la que aguardaba sentado fray Gonzalo se podía ver el humilde jergón de paja echado en el suelo que había en una de ellas. Por un momento, la imagen de la hija del leñador allí tumbada nubló la vista del fraile, que no
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era consciente de la mirada de disgusto que le estaba regalando el padre de la joven. No sabía si era por el fuego de la chimenea o porque su imaginación estaba yendo demasiado lejos, pero los colores comenzaron a subir a las mejillas de aquel hombre de piel cerúlea.
—Tardan demasiado —dijo irritado el leñador.
El prior creyó escuchar algo, pero no reaccionó hasta que Rosa cruzó ante él para dejar una gran jarra de barro cocido y una generosa bandeja de carne muy hecha.
—La cena —anunció tímida la muchacha.
Desde donde estaba, fray Gonzalo podía oler las notas rancias de aquel brebaje que en esa casa llamaban vino e hizo una mueca de disgusto encogiendo la nariz. Desde luego no disfrutaría de las viandas aquella noche, aunque había otros deleites que lo compensarían.
Al sentir la mirada escrutadora de aquel hombre desagradable, la hija del leñador se alejó todo lo que pudo y fue a sentarse en una silla de anea, en la misma que solía sentarse su madre. Al ver el parecido y recordarla, los ojos de su padre se llenaron de lágrimas. Seguramente, si alguien las hubiera podido comparar con la misma edad, las habría confundido con hermanas. Pero si el tiempo era implacable, la enfermedad lo era todavía más. Se habría disgustado tanto de saber que habían preñado a su pequeña de aquel modo…
—Debería haber ido yo —dijo el leñador con una tajada en la
mano—. Así, en cuanto lo viera… —¡Pum! Golpeó la mesa y los sobresaltó a los dos.
El prior lo miró con cierto disgusto. Al fn le había robado la atención. Estaba claro que la estancia allí no sería agradable, pero esperaba que todo se resolviera pronto.
—Por eso precisamente no has debido ir tú —lo reprendió el fraile como quien reprende a un niño—. Debemos recopilar todos los indicios que nos sean posibles. Los hermanos Roque y
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Agustín son muy competentes —apostilló titubeando un poco, deseando que realmente lo fueran— y conocedores de las leyes del Altísimo.
El fraile cogió con dos dedos una tajada de carne que parecía haber sido tocino antes de ser maltratado y se lo metió en la boca. Pensó que, si masticaba rápido y se lo tragaba pronto sin saborearlo, no se le quedaría el regusto a ceniza; sin embargo, aquello se le fue haciendo una bola en la boca y tardó un buen rato en engullirlo.
Los hermanos Roque y Agustín caminaban por el bosque bajo una noche de cielo raso. Tan raso era y tan quieto estaba el viento que el rocío se les pegaba a la piel y a los hábitos y los hacía tiritar a pesar de lo grueso de las telas. La luna estaba casi llena y cuando se dejaba ver entre los árboles, iluminaba con haces plateados las partículas de polvo que revoloteaban junto a algún que otro insecto nocturno.
—¿Qué forma tendrá? —dijo el hermano Roque rompiendo el silencio.
—¿Pues qué forma va a tener? La de un chico. ¿Es que no lo viste?
—El diablo digo, realmente. En los libros siempre aparece como un ser monstruoso. ¿Crees que será así?
—A veces también aparece con la forma de una mujer.
—No sé yo… El padre prior siempre está con eso, pero ¿una mujer? ¿Por qué haría eso el diablo? Son débiles y para nada aterradoras, bueno, menos mi tía. Tendrías que haberla conocido. Daba miedo verla y más manejar las alpargatas si te pillaba haciendo alguna trastada.
—¡Shhh! —ordenó el hermano Agustín.
—¿Qué?
—¡¡¡Shhh!!!
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Fray Roque lo miraba sin saber a qué tenía que prestar atención, pero no tardó en escucharlo él también. Se trataba de pisadas, unas pisadas ligeras y rápidas. Podría tratarse de un animal, quizá. No sería raro encontrarse con un jabalí, un zorro o incluso un lobo por aquellos bosques. Ojalá no fuera un oso. Pero estaban seguros de que aquello no era nada de eso. Ningún animal era capaz de sostener una luz en el aire y, si lo era, se trataba de un animal enviado por el mismísimo demonio.
El hermano Agustín hizo una seña a su compañero para que fuera tras él, pero el hermano Roque estaba paralizado y se persignó. Sin esperar a su acompañante, fue tras la luz intentando no perderla de vista, y solo cuando fray Roque se dio cuenta que se quedaría solo en medio de todas aquellas sombras, decidió seguirla también.
En el apartado de los leprosos, dentro del barracón de Blanca, Miguel se afanaba en aplicar a la chica un ungüento por las heridas de la espalda. Esta vez el remedio era diferente al que había utilizado en ocasiones anteriores. La sustancia era mucho más oleosa y resbaladiza. Tenía la consistencia propia de un aceite y un color verdoso y brillante. Miguel lo aplicaba con el mismo cuidado de siempre, pero tenía refejado en la cara el disgusto.
—No se lo he dicho antes —comenzó Blanca—, pero quería agradecerle que nos permitiera enterrar a Pablo. Mira que
abrirse la cabeza con la puerta… —Sollozó al recordar la historia que le había contado el curandero.
El aceite resbaló por la espalda de la muchacha y Miguel dejó escapar un chasquido de fastidio.
—¿Le ocurre algo?
—Que esto no… —se lamentó Miguel— no es como el remedio en el que estaba trabajando.
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La chica se volvió con la cara deformada con lo que parecía querer ser una sonrisa comprensiva y amable.
—Lo que más nos calma son sus gestos misericordiosos. No se preocupe. Seguiremos estando igual de bien.
Por primera vez en mucho tiempo, Miguel se sintió un tanto avergonzado por quejarse de aquella manera delante de una mujer a la que la enfermedad le había robado la juventud y probablemente la vida y que, además, le agradecía los cuidados.
—Disculpa. Es que es frustrante no poder hacer más.
Pero Miguel pensaba más en lo que estaba por venir, en aquel momento crucial en el que necesitaba que funcionase sin riesgo a una infección. Ahora todo se complicaba, todo se volvía más peligroso.
—No se preocupe, seguro que esto que nos está aplicando funcionará tan bien como lo anterior.
Blanca sonrió a Miguel una última vez antes de volverse de nuevo para dejar hacer al sanador que, compungido, continuó esparciendo el ungüento.
—¿Por qué no ha podido hacer el mismo remedio que usaba antes?
—Me falta el ingrediente principal, por decirlo así. Sin él no puedo seguir haciendo pruebas para crear el cicatrizante defnitivo.
—Vaya. ¿Y de qué se trata? ¿Es muy difcil de conseguir? Quizá alguno de nosotros podamos ayudarle.
Miguel se quedó callado, incómodo porque jamás había hablado con nadie de qué era aquello tan importante que amalgamaba toda la composición de un cicatrizante que su maestro comenzó a investigar y él continuó perfeccionando. Ni siquiera su hijo sabía cuál era aquel componente fundamental. Y era lo mejor. Lucio era inteligente, pero no creía que fuera capaz de entender, y soportar, la importancia de seguir investigando, de seguir necesitando hacer lo que estaba
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haciendo: un remedio capaz de sanar las heridas más profundas, los cortes más salvajes, sin miedo a la infección.
—Perdón —se disculpó la chica—. Seguro que es un secreto.
No debería haberlo preguntado.
—Es… una manteca especial, solo eso —dijo Miguel al fn queriendo creer sus propias palabras.
Alguien tocó con los nudillos a la puerta. Brun miró hacia allí desde el lecho de paja situado en un rincón de la habitación. No contestó. Le daba igual quien fuese. Prefería mirar cómo la vela que tenía encendida en una esquina se consumía lentamente. Eso, al menos, le hacía no pensar en lo inútil que se sentía y en lo enfadado que estaba.
Toc-toc-toc. Volvieron a golpear.
—¡Márchate! —gritó de mal humor—. Seas quien seas.
—Brun, ¿estás bien? —dijo Lucio al otro lado.
Brun desvió la mirada para ver el pedazo de piedra al que había estado dando forma. Tenía unos rasgos confusos. Al principio, en su mente quiso hacer los rasgos de la mujer del bosque, pero poco a poco, como sucedió aquella noche, los rasgos habían ido transformándose en los del hijo de Miguel. Miguel, el que había ordenado que lo dejaran encerrado en aquella celda, que después fue un taller y que había vuelto a cumplir su función inicial. Estuvo tentado de coger el cincel y golpear con él la piedra hasta transformarla en la cara de alguno de esos leprosos.
—Vamos, Brun. Dime algo, por favor.
Lucio descorrió el ventanuco y se topó de frente con la escultura en la que Brun había estado trabajando. Se sintió un poco raro al observarla. Parecía demasiado familiar y extraña a la vez. El muchacho se echó a un lado y giró la cabeza tratando de descubrir el lugar en el que se escondía su amigo. En una
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esquina, detrás de la mole de roca, localizó unos pies que se encogieron en ese mismo momento, como si sintieran que estaban siendo observados.
—Dime… Dime solo que estás bien.
Brun alargaba su silencio, pero se puso en pie y desde la pequeña ventana de la puerta, Lucio lo vio acercarse.
—No te preocupes, Brun. Lo único que quiere mi padre es estar seguro de que no vuelves a escapar. Lo haré entrar en razón.
Brun lo miraba serio, plantado frente a él. Lucio no sabía lo que hacer para que su amigo reaccionara y hablara con él, así que metió la mano por la apertura y la abrió, con lo que dejó a la vista unos tacos cuadrados de pan de higo y nueces sobre la palma de su mano.
—Te he traído esto.
—Dime por qué está esto aquí —dijo por fn Brun.
Lucio metió la mano de nuevo para poder observar a qué se refería y un par de dulces cayeron al suelo. Volvió a asomarse a través del ventanuco mientras se lamentaba por su torpeza y entonces vio el dichoso saco de cuero. Cada vez estaba más harto de verlo una y otra vez. No entendía la obsesión de Brun, ¿o sí?
—No comprendo —comentó serio esta vez.
—¿No comprendes? Yo te lo explicaré. Esto que ves, como ya te dije en su día, es de Francisco. Esto estaba aquí dentro y lo llevaba cuando salió, lo que quiere decir que volvió a entrar.
—Pero si quería escapar, ¿por qué iba a entrar de nuevo? —No lo sé, pero es que no creo que quisiera escapar. En
ningún momento me dijo que se iba a marchar. Él me aseguró que esta era su pequeña familia. Aquí tenía comida, seguridad y un techo bajo el que dormir. Dime, ¿tú te escaparías sabiendo que fuera hay unos locos que te quieren quemar solo por estar enfermo?
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Lucio, cansado por seguir dándole vueltas al mismo tema, volvió a meter la mano con lo que quedaba de los dulces. Pero no solo estaba cansado, estaba inquieto por lo que supondría que su amigo tuviera razón.
—Anda, cógelos y déjalo ya. Vamos a pensar que ninguno de esos frailes locos dará con él.
Brun, cansado también por la estrechez de miras de Lucio, cogió los dulces. Se quedó pensativo y por su cabeza pasó una idea: ¿podría ser que Lucio supiera el paradero de Francisco y se lo estuviera ocultando? Era el hijo de Miguel. Si algo raro ocurría allí, lo tendría que saber seguro. Aunque, por otro lado, era Lucio. No lo conocía mucho, pero aquel muchacho no parecía… Entonces pensó en Elías y el momento en el que le lanzó la piedra cuando iba preso montado en el carro.
—Arreglaremos esto. Hablaré con mi padre. Confa en mí. Lucio lo miraba con una sonrisa y a Brun se le encogió el
corazón en el pecho. No sabía si sería capaz de soportar sentirse traicionado así, otra vez.
—¿Harías algo por mí? —dijo el escultor intentando esconder el temor y las dudas en la voz.
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CAPÍTULO 32
La luz entraba en la cueva a raudales y hacía que cada rincón del espacio quedase iluminado. Fray Gonzalo parecía un gigante en aquel estrecho lugar mientras observaba con interés unas extrañas plantas de hojas verdes gruesas y puntiagudas. Comprobó que estaban bien regadas. También examinó un caldero en el que aún fotaban algunos trozos de carne en un caldo espeso y de olor apetecible. El prior metió un dedo y se lo llevó a la boca. Lo saboreó. Estaba mucho mejor que la bazofa
de la noche anterior.
—Aquí está tu lunar —dijo este volviéndose para mirar directamente al leñador, que permanecía expectante en el umbral.
El hombre miró curioso al interior y se decidió a entrar.
—Deberíamos adentrarnos en el bosque —propuso— y buscar a ese malnacido. Aquí no hacemos nada.
—Aquí, mi impaciente amigo, buscamos indicios.
Formuló la palabra amigo como si la persona a la que interpelaba ni siquiera fuera una persona, un perro, a lo sumo. Y el leñador lo interpretó como tal. Se sentía cada vez más abrumado por la presencia de aquel hombre enjuto y de tonsura igual de brillante que sus ojos claros.
Fray Gonzalo salió de la cueva y se cruzó con el leñador, que apretó los dientes y los puños hasta dejar los nudillos blancos.
—¿No viene? —dijo el prior desde fuera.
El leñador guardó silencio. Le dio una patada de rabia al caldero y derramó el líquido que quedaba sobre las cenizas moribundas del hogar y alguna de las plantas que el hada
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cultivaba en macetas de barro. Desde fuera, el hombre creyó escuchar la risa del fraile, lo que todavía lo enfureció más.
A Blanca le pareció que alguien estaba tocando a su puerta.
—Pase —dijo.
Creía que se trataba de Miguel. No había nadie más que le hiciera visitas, y el resto de los enfermos sabía que, si alguien estaba en su barracón con la puerta cerrada, lo mejor era no molestarlo. Pero nadie pasó, y quienquiera que estuviera al otro lado se marchó.
—Mejor —susurró para sí.
Ese día Blanca no se encontraba bien. Haber visto a Miguel tan hundido había abatido también su ánimo. Por mucho que lo intentara, por mucho que tratara de creer que, al fnal, aquel hombre encontraría una cura que la libraría de la muerte, no podía dejar de pensar en el horror que causaba cada vez que alguien la miraba. Esa nariz carcomida; los labios que antes eran carnosos y rosados y ahora dejaban ver las encías; los dedos de sus manos, menguados poco a poco. Suerte que no podía verse la espalda. No quería ni imaginar lo que se encontraría allí si pudiera echarle un vistazo.
—Necesito aire…
Blanca se incorporó, alertada por la sensación de estar cayendo en lo mismo que había caído Pablo. Miguel se lo había advertido: no debía darles vueltas a todas estas ideas, aunque supiera que eran verdad, si no quería volverse loca como aquel. Decidió salir a tomar el aire y hablar con los otros para distraerse.
Nada más abrir la puerta, en el suelo, vio un saquito de cuero cerrado, el mismo que había visto decenas de veces antes, y Blanca se asomó un poco más y miró a un lado y a otro; pero allí
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no había nadie. Aquella mañana hacía frío y solo ella había salido.
La muchacha se agachó a cogerlo y, con una sonrisa esperanzada, se acercó a la empalizada.
—¡Francisco! —gritó a través de los huecos que daban al patio—. ¿Eres tú?
Brun estaba acostado en un rincón de su celda o taller o no sabía muy bien cómo llamarlo ya, cuando la puerta se abrió sin previo aviso.
—Espero que comprendas que esto que hago es por el bien común —dijo Miguel nada más entrar—. No espero que estés contento por estar aquí, pero no puedo permitir que te vuelvas a escapar de noche y nos pongas a todos en peligro.
Brun se incorporó en silencio y lo miró con desconfanza.
—Anda, ve a la cocina y come algo. Te sentará bien.
Sin decir nada más, Miguel se marchó dejando la puerta abierta tras de sí. Brun se puso en pie. No sabía qué pensar, pero tenía hambre y quería salir de aquella prisión improvisada.
El hada estaba sujeta por las manos rechonchas, pero fuertes, del hermano Roque. Permanecía tranquila mientras miraba desafante al prior, que se acercaba desde el acceso a la cueva. El leñador también entró.
—Dime —comenzó fray Gonzalo mientras le acariciaba la cara—, ¿cómo alguien tan hermosa como tú vive sola en un lugar así?
La mujer disimuló más mal que bien la sensación de repugnancia. No sabía qué era lo que se la había provocado, si el
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propio contacto con la piel fría de aquel hombre desagradable o el tono meloso que había empleado con aquella voz áspera.
El prior, que se dio cuenta del rechazo que causaba en aquella mujer impía, trató de mantener la calma. Le hubiera gustado propinarle un buen bofetón. Castigarla y hacer que suplicara. Sin embargo, continuó.
—Es más fácil si hablas, porque sabes hablar, ¿no?
La mujer continuó sin decir una sola palabra y la mirada del prior se endureció.
—Hablarás… Por supuesto que hablarás.
Todos los que se encontraban en la cueva se encogieron al escucharlo, todos excepto la mujer, que permaneció frme y le mantuvo la mirada al prior.
Brun entró en el pasillo segundos después de Miguel, justo en el momento en el que Lucio salía de la cocina. Ambos muchachos se observaron, con Miguel de por medio. Lucio, sin decir nada, afrmó con la cabeza.
—Cuando estés listo —dijo su padre al ver al muchacho.
—Sí, padre.
Miguel se perdió escaleras arriba y los chicos se quedaron escuchando cómo se desvanecían sus pasos conforme ascendía. Cuando oyeron que la puerta del laboratorio se había cerrado, se acercaron un poco más y quedaron el uno frente al otro.
—¿Listo para qué? —susurró Brun.
—Hoy es el eclipse.
—¿El qué?
—El eclipse. La luna llena se oscurecerá durante un momento y dejará de verse.
Brun abrió mucho los ojos.
—¿Y eso? ¿Por qué? ¿Qué clase de…?
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—No te preocupes, es solo un fenómeno astronómico, algo cíclico.
Brun lo miró sin comprender del todo.
—No tienes nada que temer, Brun. Es algo normal, simplemente sucede.
—Ah —repuso todavía confundido, pero más aliviado—. Pero ¿por qué esa cara entonces? ¿Qué tiene que ver contigo?
—Pues que, según la teoría de mi padre, hoy mi cuerpo
tendrá el mayor nivel de fema —Brun lo miraba sin saber de qué diablos estaba hablando—. Es el humor por el que enfermamos así, el que provoca nuestras convulsiones, y dice que, si la elimina hoy, me curará y ya no me darán más ataques como el del otro día.
Lucio bajó la cabeza para ocultar su cara a Brun. El hijo del curandero estaba asustado y no le apetecía seguir hablando del tema; solo serviría para sentir todavía más miedo.
—¿Y por qué esa cara entonces? —preguntó Brun—. Deberías estar contento. Ya no tendrás que esconderte. ¿Y crees que podrá curarme después a mí también?
Arriba, los goznes de una puerta chirriaron al abrirse.
—¡Vamos, hijo! —llamó Miguel.
Lucio se pensó la respuesta un momento.
—Tengo miedo —le dijo con una media sonrisa que no engañaba a nadie.
—¿Miedo? ¿Por qué?
—Porque…
—Vamos, hijo. ¿Qué haces? —dijo Miguel asomado a la escalera—. Tenemos que comenzar ya con los preparativos.
—Sí, padre —respondió este agachando la cabeza.
Lucio miró una última vez a modo de despedida a Brun, que se había olvidado por completo del hambre que tenía.
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Había pasado el mediodía cuando una delegación de cuatro soldados a caballo y un carro con una jaula llegó junto a la casa del leñador, acompañados por el hermano Agustín. Alertados por el sonido de los cascos, salieron el prior, el hermano Roque y el señor de la casa a recibirlos. Uno de los soldados bajó de su montura y se quitó el casco, con lo que dejó a la vista una cabeza rasurada y una enorme ceja que cubría ambos ojos. Se acercó a fray Gonzalo y lo saludó con una reverencia.
—A su servicio, padre. Disculpad la demora.
—Habéis llegado bien.
El soldado se irguió de nuevo.
—¿Conocéis su paradero?
El padre prior le hizo un gesto al hermano Roque y este entró en la casa.
—Todavía, no, pero lo haremos —dijo echando a andar—. Si sois tan amables de acompañarme.
El prior entró también en la casa y lo siguió el soldado rasurado. El último en hacerlo fue el dueño de aquel lugar. En medio de la estancia principal se encontraba el hada atada de pies y manos a un poste de madera.
—Que no le confunda la carne —le advirtió fray Gonzalo al soldado—. Empecemos.
Manuel trabajaba en el huerto junto a las coles. Introducía la mano en un cubo de madera lleno de agua mezclado con una sustancia de fuerte olor que Miguel le había dado y, posteriormente, salpicaba varias veces sobre la superfcie de cada una de las plantas dispuestas en hileras. Damián, sentado junto al vallado, lo observaba mientras jugaba con las hormigas. Les hacía diferentes caminos para que serpentearan, fuesen rectas o se desplazaran en ángulos muy marcados. De vez en cuando, encontraba alguna piedra que añadir a su
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colección y la introducía en un saquito de tela rota y algunas, las más pequeñas, terminaban por volver al suelo ante su mirada de frustración. Ya le hubiera gustado conservar el que encontró de cuero, pero los mayores se traían algo entre manos con él. Juan y Santiago, que debían estar haciendo lo mismo que Manuel, se dedicaban a pelear con dos palos como si fueran un par de soldados. El mayor ya los había dado por perdidos. Les había ordenado, suplicado y hasta sobornado para que le echaran una mano, pero nada, así que no quedaba más que saliera Miguel o su hijo y los pusieran a trabajar. Esperaba que fuera pronto, porque estaba harto y aún le quedaba más de medio huerto. Por lo que veía, cada vez menos gente arrimaba el hombro para que de la tierra brotara algo que echarse a la boca.
Brun salió del edifcio principal, se acercó hasta donde se encontraba Manuel y se apoyó en la valla.
—¿Ya te has cansado de darle golpes a esa piedra? —dijo Manuel al verlo mientras se secaba el sudor de la cara y se tomaba un descanso; tenía los riñones doloridos.
—Si pasaras las noches ahí dentro, te aseguro que no querrías pasar el día también.
Blanca los miró a través de la empalizada de los leprosos. Brun la miró y le sonrió. Ella, extrañada, le devolvió la sonrisa. Manuel también la vio y se quedó mirándola con el gesto torcido.
—Necesito irme de aquí —la voz de Manuel sorprendió a Brun—. Este lugar… No sé lo que pasa y no sé si quiero saberlo. Francisco hizo bien en marcharse. ¿De verdad crees que no se marchó?
—Estoy seguro.
—¿Vendrías conmigo? —le preguntó Manuel. Brun lo miró sorprendido por la propuesta. —¿Vendrías?
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—No lo sé. Hay cosas que necesito saber, pero, si puedo, te ayudaré. ¿Ahora te ha dado un ataque de valentía?
Manuel se encogió de hombros. En realidad no sabía si era valentía, hartazgo o hablar por hablar.
—Empieza por ayudarme con esto —dijo con voz cansada—. Creo que no voy a terminar nunca y con esos dos no puedo contar.
Juan había hecho un quiebro a Santiago y este había caído sobre una de las coles, que quedó completamente aplastada.
—¡Verás cuando Miguel vea lo que habéis hecho!
Los dos chicos se pusieron a reconstruir el vegetal, lo que provocó que los dos mayores rompieran a reír. Damián se unió a las risas sin saber a qué se debían, pero feliz por no ser el objeto de burla de los dos aspirantes a soldados. Brun saltó la valla y entró en el huerto.
—Dime qué tengo que hacer —pidió a Manuel.
—Si no me equivoco, una vez que termines con la leche de adormidera, ya debería estar todo dispuesto —dijo Miguel, y a Lucio, que estaba terminando de machacar unas semillas en el mortero, le pareció que la voz de su padre no era tan frme y segura como solía ser habitual.
Padre e hijo habían estado trabajando durante todo el día aflando cuidadosamente el material quirúrgico que después sumergirían durante horas, junto a vendas y pedazos de lino, en una solución de agua y vino. También habían preparado diferentes emplastos y bebedizos y los preservaron de manera meticulosa en diferentes tarros y cuencos, estratégicamente dispuestos por la habitación. Lucio permaneció todo ese tiempo más callado de lo normal. La visión de todo aquel material hacía que se le hiciera un nudo en la garganta: tijeras, pinzas de metal, los pequeños cuchillos, un berbiquí… Por primera vez en
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su vida estaba asustado de verdad. Miguel, por su parte, había aprovechado también para repasar una última vez los pasos de aquella complicada intervención que libraría a Lucio de sus convulsiones para siempre. Tenía que estar seguro de lo que hacía. Nada podía salir mal. No esta vez.
—¿Y el cicatrizante? —preguntó el hijo.
Era lo único que no habían elaborado, y lo habían sustituido por una preparación oleosa, mucho menos densa y oscura.
—Esta funcionará bien también —respondió Miguel nada convencido.
—Pero ha trabajado tanto… Quizá, si supiera cuál es ese ingrediente primordial podría ayudarle.
—El que tenemos no es el mejor, pero funcionará.
Había suplicado a la memoria de su mujer por que así fuera, aunque sabía que sin la sangre y la grasa de los pequeños no sería igual. No podía serlo, y su gran maestro se había encargado de dejarlo bien claro en alguno de los escritos que guardaba bajo llave: las proporciones, la consistencia, las propiedades. Él lo había ido perfeccionando a lo largo de los años y, a pesar de todo, tampoco había resultado infalible. ¿Habrían estado equivocados todo ese tiempo? ¿Serían todos aquellos sacrifcios una larga lista más que sumar a sus pecados? Pero no era momento de pensar en ello. La scientia no tiene pecados, solo experimentos fallidos.
—No podemos lamentarnos de lo que no disponemos. Lo que sí podemos hacer es concentrarnos en hacer lo mejor
posible con las herramientas que poseemos —prosiguió Miguel. Lucio asintió, atravesó el laboratorium y vertió la pasta pegajosa que había quedado en el mortero en un vaso de agua al
que añadió un par de cucharadas de miel.
—Vamos, quítate la camisa y túmbate aquí —le indicó su padre poniendo una mano sobre la alargada mesa central.
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Era el momento y a Lucio el estómago le dio un vuelco. No como cuando besó a Brun —ojalá—; esta vez era diferente, como si alguien lo hubiera abierto en canal y le estuviera revolviendo las tripas sin piedad con un palo. Miguel miraba por la ventana a un horizonte cuyo sol cada vez estaba más bajo. No tardaría en esconderse tras aquella línea irregular para regalar unos últimos destellos anaranjados que cubrirían el bosque con un manto cada vez más fno, hasta desaparecer por completo.
—Vamos, Lucio.
El chico se quitó la camisa y se tumbó boca arriba. Quería parecer tranquilo, pero los nervios no le dejaron tragarse más sus dudas.
—Padre…
Miguel había desenvuelto la misma tira de cuero que empleara su hijo con Brun y había dejado al descubierto una variopinta selección de flos, tijeras y pinzas prestas para ser usadas; se giró hacia él.
—¿Sí?
—¿Qué le ocurrió a Francisco… realmente?
Miguel cerró los ojos y lanzó un suspiro. Estaba tentado de contarle la verdad.
—Nos dejó, ya lo sabes.
Lucio giró la cabeza para mirar a su padre. Este, de espaldas, sostenía una navaja que pasó varias veces por una piedra de amolar, lo que producía un sonido agudo, metálico y grumoso.
—Pero es que… Algunos… dicen que volvió a entrar y yo… empiezo a creer que fue así.
—¿Algunos? ¿Quienes?
—Algunos…
Miguel sonrió. Suponía quién era ese «algunos». Cada vez se arrepentía más de haber traído a Brun a su casa, aunque tampoco lo culpaba: él hubiera hecho lo mismo.
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—Ahora no debes preocuparte por eso —dijo acercándose—.
Estate tranquilo y procura no moverte.
Miguel acercó la navaja a la cabeza de su hijo.
El hada, sudada y con moretones en la cara, estaba sentada en el suelo con la espalda apoyada en el poste y las manos atadas por detrás. Ramiro —así se llamaba el soldado de una sola ceja— se había agachado junto a ella para levantarle la cabeza y ofrecerle su pescuezo a una daga que había desenfundado del cinto y en ese momento besaba la piel de la mujer.
—Detente —ordenó tajante el prior.
El fraile se acercó a la mujer, que respiraba entrecortadamente, y observó como una gota de sudor le bajaba por el cuello hasta perderse por el escote.
—Dime, hija —volvió a poner ese tono meloso que tanto desagradaba a todos—. ¿Por qué te empeñas en proteger tanto a ese chico?
La mujer callaba.
—¿O quizá no es al chico a quien proteges? Hay algo más, ¿no?
—¿Qué sucede, hija? Dímelo.
La mujer continuó en silencio y el prior le hizo un gesto al soldado.
—Pero no en el cuello. Si te equivocas podría desangrarse y no serviría nada más que para darle de comer a los gusanos.
El soldado acercó nuevamente la daga a la mujer, esta vez a la mejilla. La rea intentó zafarse, pero el soldado la agarró fuerte del pelo y con lentitud recorrió el pómulo desde debajo del ojo derecho hasta la aleta de la nariz. El hada sintió el frío del flo y la calidez cuando comenzaron a manar unas gotas de sangre.
—Puedo estar así hasta deformarte la cara por completo —la amenazó.
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El prior asintió satisfecho y el soldado rasurado le puso el cuchillo en la mejilla contraria.
—Tu cara va a parecer una salchicha mal terminada —rio.
—Es una pena —confrmó el prior.
—¡Está bien! —chilló la mujer al sentir que volvía a clavarle el flo en la piel. ¿De qué serviría si no todo su esfuerzo por seguir manteniéndose hermosa?—. Está bien, se lo diré.
El prior sonrió al tiempo que el soldado del cuchillo parecía un poco decepcionado. Le había parecido que aquella pequeña ferecilla era más valiente, pero se había equivocado. Una pena, podrían haber estado jugando un buen rato los dos.
—Pero se lo diré solo a usted. Que se vayan los demás.
La mujer miró a su torturador, desafante a pesar de tener apenas fuerzas para mantener la cabeza erguida, y este sintió el deseo de dejarle un último recuerdo antes de marcharse para que no se olvidase de él. Fray Gonzalo esbozó una de esas sonrisas que se le forman a uno cuando alguien está preparando su plato favorito y se lo llevan a la mesa caliente, sabroso.
—Vamos —dijo fray Gonzalo con un ademán melifuo—.
Salid.
Nadie cuestionó aquella orden. Todos salieron al instante, incluso el soldado de la ceja única, aunque tuvo el detalle de lanzarle al hada un beso desde la puerta. Ya se divertiría con ella más tarde, a buen seguro que sí.
—Acérquese, padre —susurró la mujer, que parecía cansada. El prior se acercó a la presa y le cogió la mano. Casi parecía misericordioso. Casi si no hubiera aspirado el aroma de ella cuando la tenía lo sufcientemente cerca, después de mirarla de arriba abajo. No le importó que se percatara. ¿Qué podía hacer
aquella mujerzuela impía?
—Quiero que solo usted lo escuche…
Daba la sensación de que la mujer se fuese a desmayar y el fraile se acercó más, tanto que podía aspirar su aliento. El hada
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murmuró unas palabras apenas audibles junto al oído del prior y este sonrió; por fn tenía la información que tanto había ansiado. Sintió, justo después, que la cara de ella se apoyaba en su mejilla, cálida, casi ardiendo e inerte. Fue un movimiento sutil. El fraile sonrió más. Era agradable aquel contacto, sentir aquella piel aún joven, tersa y bella.
—¿Te encuentras bien?
El rostro de ella comenzó a resbalar por la cara del fraile hasta que los labios de la mujer toparon con los de él y lo besó. Lo besó conscientemente porque aquella boca estaba viva. Hurgó con su lengua en la boca del anciano, que se dejó llevar hasta que los dientes de ella se clavaron en el labio inferior de él y el fraile se apartó conmocionado por una punzada de dolor inesperado. La mujer rio después de escupir en el suelo como si se hubiera echado estiércol a la boca. La sangre manaba de las fauces del fraile.
—¿Se puede saber qué has hecho?
El prior le dio una bofetada que provocó que su risa fuese aún más fuerte.
—¡Pero si lo estaba deseando! Aunque seguro que ya ni se le levanta. Es de los que se consuelan con mirar, ¿verdad?
—Pecadora sin remedio —masculló el prior entre dientes—. ¡Eres una bruja que me ha nublado el sentido con artes oscuras!
—Ja, ja, ja, ja. Ahora, padre, los dos hemos traicionado a alguien.
—Dios me perdonará. En tu caso, dudo mucho que lo haga incluso si llevases una vida de arrepentimiento lo poco que te queda de ella. Para salvar tu alma solo hay una forma de expiación…
—Si Dios perdona a gente como usted, no quiero vuestro cielo. No sería un lugar muy feliz que digamos.
—¡Herejía!
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Y la mujer volvió a reír al escuchar la exaltación de aquel hombre. Los otros dos frailes, el soldado y el leñador volvieron a entrar en la casa, alertados por los gritos.
—¿Por qué te empeñas en proteger a ese hombre? —dijo el prior enfurecido.
—¿Por qué un hombre se entrega a los hábitos y renuncia a cualquier placer?
—Porque el Señor nos recompensará con la salvación. —Hubo un tiempo en el que él me salvó a mí… de vosotros,
después de que me lo arrebatasen todo.
Y ese todo voló hacia la memoria del hada, a aquellos días, muchos años atrás, en que jugaba con su pequeño pensando siempre que estaban tras sus pasos. Daba igual adonde fueran, daba igual dónde se escondieran; siempre había alguien que daba la voz de alarma y vuelta a empezar. Ella simplemente hacía su trabajo: si alguna campesina o noble necesitaba ayuda para el parto, allí acudía; pero si lo que necesitaba era que ese parto nunca tuviera lugar, también. No disfrutaba haciéndolo, no le reportaba placer, simplemente era su deber. Así se lo habían enseñado. Pero alguien con quien no debió cruzarse nunca quedó descontento y ese fue su mayor error. Los encontraron y le arrebataron a su pequeño, al que acusaron de ser hijo del mismísimo diablo, y a ella de bruja. El niño no se salvó, ella sí. Y ya no encontraría consuelo en nada ni en nadie. Solo quería traerlo de vuelta otra vez, pero por mucho que lo ansiase, se había quedado seca. ¿Las secuelas de las torturas, la edad, una maldición? Le daba igual la causa, pero ella no dejaría nunca de intentarlo, de buscarlo. Para ello tenía que conservar su belleza. Los hombres tenían que caer rendidos ante ella. Únicamente quería volver a ver a su pequeño, abrazarlo y que todos supieran lo mucho que ella había sufrido, que tocasen ese dolor. Solo una persona se compadeció de su situación y la acababa de traicionar.
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Y en ese momento, el último rayo de sol murió en el horizonte.
La luna llena asomaba tímida en un cielo que refejaba los últimos estertores del día. Miguel la podía ver desde la ventana del laboratorium. Allí, el curandero había sumergido la navaja en agua para lavarla. Después la secó paciente con un trapo y se volvió hacia la mesa donde aún permanecía tumbado Lucio con la cabeza completamente rasurada. Su padre le dio una última pasada a todo el cráneo, que ya no emitía el típico sonido del roce con la cuchilla. Fue a por un trapo, lo mojó en una palangana limpia y volvió junto a él.
—Ya está —dijo mientras pasaba el trapo húmedo por la cabeza del muchacho para eliminar los restos y refrescar la zona irritada.
Lucio se incorporó. Durante el tiempo que había durado aquel proceso, el muchacho había conseguido serenarse. El repetitivo vaivén de la cuchilla sobre la piel había logrado que su mente se despejase y solo se concentrara en sentir la fricción cada vez más leve. Se llevó una mano a la cabeza, sorprendido por lo suave que había quedado.
—Tranquilo, volverá a crecer —trató de bromear su padre, pero ninguno sonrió.
Miguel volvió a limpiar la navaja y la dejó junto a la tira de cuero y el resto de los utensilios. Se dirigió entonces hacia el fuego, cogió el preparado de semillas y miel que había elaborado Lucio y lo vertió en una olla que contenía vino caliente. También añadió pedazos secos de setas. Echó mano de una cuchara de madera y comenzó a darle vueltas. Lucio se fjó en que parecía distraído, pensativo, y entonces volvieron los nervios.
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Padre e hijo guardaban silencio. Daba la impresión de que ambos dilataban el momento. Apenas eran capaces de controlar los nervios que se habían apropiado de su ánimo. Sin embargo, una nueva ojeada al cielo cada vez más oscuro consiguió que Miguel saliera del trance. Sacó la cuchara, observó el líquido encarnado y denso y se acercó a su hijo.
—Bebe —le ordenó acercándole la cuchara—. Dormirás. —¿Qué pasará cuando duerma?
—Que quedará solucionado. —Se forzó a componer una sonrisa tranquilizadora—. Y te lo contaré todo.
—¿Cómo sabe que despertaré?
Miguel no dijo nada y se fue directo al material que tenía dispuesto para la operación.
—¿Soy el primero?
—Los animales son muy parecidos a las personas, ya te lo
dije —respondió su padre sin apartar la mirada del instrumental, lamentándose por tener que mentir a su hijo.
Lucio sonrió con la boca torcida. «Sí, son muy parecidos… para algunas cosas». El muchacho estuvo tentado de salir corriendo de aquella habitación, y lo hubiera hecho de no ser su padre la persona que lo iba a intervenir. Tenía que confar en él. Se había preparado durante toda la vida. Había estado estudiando a otros como él. Quizá consiguiera ser el primero de ellos en curarse. Sí, lo sería. Debía verlo de esa forma. ¿Qué otra cosa podría hacer? Resignado, le dio un sorbo a aquel líquido dulce, denso y oscuro que le quemó la lengua. Apartó la cuchara y, tras soplar varias veces, se lo volvió a llevar a los labios y sorbió el resto.
—Toma solo un par de cucharadas más —le advirtió Miguel—. Y despacio.
Miguel salió de la sala y cerró la puerta.
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Siete caballos al trote atravesaron los caminos serpenteantes del bosque. Bajo las cúpulas de agujas verdes de los pinos y las ramas descarnadas de fresnos, tilos, castaños y robles, los tres frailes y los cuatro soldados habían partido de la casa del leñador en busca del íncubo que había dejado embaraza a Rosa. La muchacha se había quedado en casa con el remordimiento de saber que llevaría la desgracia, quizá la muerte, a otra persona por librarse ella misma de ser repudiada por sus padres y condenada por la Iglesia. Un desdichado que, además, era inocente. Pero había comenzado con aquella mentira y no se veía capaz de rectifcar. No sabía cómo sin empeorar las cosas.
La luna llena, que brillaba como nunca, iluminaba la comitiva encabezada por el prior y el soldado de una sola ceja. Cerrando el séquito viajaba el carro tirado por dos caballos y con la jaula encima.
En el cielo, una sombra oscura comenzó a deslizarse sobre el disco plateado.
El hada seguía sentada con la cabeza gacha, exhausta por el esfuerzo de soportar los golpes, las sacudidas y los cortes. Unas marcas moradas alrededor del cuello dejaban claro que también había sido estrangulada. Desde la mesa en la que Rosa y su padre trataban de cenar como si no tuviera lugar nada fuera de lo común y aquel ser maltratado no estuviera allí, la miraban en silencio entre bocado y bocado, a medio camino entre el temor y la culpa. Así, daba igual de qué posada hubieran salido los platos, la comida sabía a tierra y ceniza. En cada mordida había miedo, bilis y espanto. El leñador tenía el hacha apoyada junto a la silla, no porque aquella mujer le resultara peligrosa, sino porque todo lo que estaba ocurriendo lo era. Ya hacía tiempo que circulaban historias sobre desapariciones de niños de teta: algunos habían visto a una mujer, otros a un hombre y otros a
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nadie. Simplemente, habían dejado de estar. Ahora aquel demonio… Y Rosa, normalmente tan parlanchina, había dejado de hablar. ¿Sería su nieto el hijo de un demonio? ¿Estaría convirtiendo a su hija en uno? Si era verdad que esa mujer era una bruja, podría preguntarle cómo… Aunque si hubiera sido una bruja de verdad, una como las que se describen en las historias, ¿por qué no se había desatado y se había defendido? ¿Por qué no había acabado con todos ellos? ¿Y por qué se había dejado capturar?
La mujer levantó la cabeza con un gemido de dolor por el esfuerzo y padre e hija se sorprendieron al ver sus ojos verdes clavados en ellos. Pero no eran amenazantes; parecían ausentes y agotados.
—¿Tienes hambre? —preguntó el leñador en un arranque de caridad.
Aquello era inhumano. No tenía sentido hacer sufrir así a nadie. Y ese despojo de ser vivo que quedaba frente a ellos poco podría hacer contra él.
La mujer trató de tragar saliva.
—Solo agua —dijo muy serena.
El leñador se acercó a una tina con agua en la otra punta de la estancia y llenó una escudilla que acercó a la mujer. Al beber, parte del líquido le cayó por las comisuras debido al ansia.
—Gracias —murmuró acompañando sus palabras con un conato de sonrisa, y volvió a dejar caer la cabeza sobre el pecho.
El padre de Rosa se sentó de nuevo en la silla, le dio un bocado a la carne y se quedó mirando a aquella mujer moribunda. Era imposible comer así. Tenía que hacer algo. Se levantó, fue hacia ella otra vez y comenzó a desatarla.
—Te meterás en un lío con los curas.
—Esto no es piadoso. Mírala. Está más para allá que para acá. Lo entenderán.
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El hada dejó escapar una risa que le provocó un dolor en las costillas.
—Ya, a mí tampoco me lo ha parecido —dijo el leñador, que sonrió con ella.
Cuando la mujer quedó liberada, el padre de Rosa la ayudó a ponerse en pie.
—Acompáñanos a la mesa —le ofreció mientras la llevaba a rastras hacia una de las sillas—. Te vendrá bien comer algo, pero no hagas nada raro. No quiero que acaben jugando conmigo también.
—No creo que pueda masticar esa carne, pero muchas gracias.
—Rosa, trae algo de pan con mermelada y vino dulce.
La joven se fue rezongando hacia una pequeña despensa y se puso manos a la obra para preparar lo que le había indicado su padre. El hada se dejó caer en la silla y sonrió en señal de agradecimiento.
—¿Cómo es posible que llevaras tanto tiempo escondida en mi bosque y yo no te encontrara? —dijo el leñador con curiosidad.
—A lo mejor es que realmente soy una bruja —dijo el hada. Rosa se estremeció al escuchar aquello mientras cortaba la
hogaza de pan. La muchacha no sabía explicar por qué, pero aquella mujer no le daba buena espina. Le parecía que detrás de sus intensos ojos verdes y su sonrisa de agradecimiento había algo oscuro.
—No lo creo —dijo él—. No tienes aspecto de bruja.
—¿Y qué aspecto tiene una bruja?
—No lo sé, pero el tuyo no, desde luego.
—Supongo que es un halago…
El leñador notó que el calor le subía a las mejillas y se sintió un poco estúpido, como si volviera a tener quince años. Desde el principio había reparado en la belleza de la mujer. Incluso en
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ese momento, exhausta y llena de moratones y de cortes, era bella; pero hizo lo que pudo por alejar aquellos pensamientos.
—¿Por qué no hablaste la primera vez que te preguntaron? —dijo para que no se dieran cuenta de su repentino apuro—. Mira cómo te han dejado. Podrías haberte ahorrado mucho sufrimiento.
Rosa, que estaba llenando en aquel momento la jarra de vino, dio un golpe con ella más fuerte de lo necesario al apoyarla en la repisa junto a la tina. ¿Se podía saber qué estaba haciendo su padre con aquella desconocida?
—Perdón —dijo la chica.
Su padre no fue consciente de la intención de Rosa y le sonrió sin darle importancia. Pero el hada, sí.; ella sí lo había entendido.
—Su madre —continuó el padre ajeno a la conversación de pequeños gestos entre las mujeres— hace más de dos años que nos dejó, y por Dios que nunca le puse la mano encima. Esto que te han hecho…
Rosa dejó entonces frente a la mujer la jarra con el vino dulce y varias rebanadas de pan untado con mermelada. Lo hizo sin mucho cuidado y la inesperada invitada captó el gesto.
—Gracias.
—Es casera, la hace mi hija.
Rosa se sentó en silencio. El hada se metió una de las rebanadas en la boca. Miró alternativamente al padre y a la hija y masticó lentamente, notando los lugares en los que aquel soldado de cabeza pelada había puesto sus nudillos.
—Anda, hija —pidió el leñador—, ve fuera y vigila por si regresan. No la pueden encontrar así.
Rosa, irritada por el comportamiento infantil de su padre, echó una última mirada de advertencia a la mujer y cogió una capa ligera colgada junto a la puerta antes de salir al fresco de la noche.
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—Es lista tu hija.
—Como su madre.
El hada dejó de masticar y echó un vistazo al hacha junto a la silla del leñador y después a la tina de agua, al otro lado de la estancia. Dio otro bocado al pan y agachó la cabeza.
—¿Podrías darme un poco más de agua?
—El vino es mejor, te ayudará a calmar el dolor.
—Sí, pero me gustaría beber antes agua. No quiero que, además del cuerpo, se me embote la mente.
—Te saldrán sapos en la tripa de tanta agua —bromeó el leñador mientras se levantaba e iba hacia la tina—. Y dime, ¿cómo consigues alimentarte allá arriba? Porque vivir en el bosque no es para cualquiera. ¿No serás una salteadora de caminos?
El leñador llenó la escudilla de agua mientras esperaba una respuesta.
—¿No quieres decírmelo? —insistió, y se giró para mirar a su silenciosa y magullada invitada.
Al fondo, la puerta de la modesta casa se cerró de un portazo dejando a aquel hombretón solo y con cara de idiota.
—¡Padre! —Escuchó gritar a Rosa—. ¡Se escapa!
El leñador dejó caer la escudilla maldiciendo y echó mano del hacha antes de salir para encontrarse a Rosa tendida en el suelo.
—¿Estás bien, hija? —dijo corriendo hacia ella.
—Sí, sí. Solo ha sido un golpe.
El padre ayudó a levantarse a la muchacha, que le señaló la dirección por la que aquella mujer se había escapado.
—¡Por allí!
Y el hombre fue hacha en mano hacia aquel lado del bosque. Pero ya no había nada. Nada más allá de las ramas de los árboles meciéndose con el viento y una luna cada vez más ensombrecida por una oscura porción de disco. Padre e hija la
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miraron y ambos sintieron un escalofrío. Después de todo, pensaron, quizá sí que fuese una bruja.
La comitiva compuesta por frailes y soldados aminoró el ritmo a medida que se aproximaba a los muros del lazareto. Habían cambiado el trote de los caballos a un paso mucho más lento y silencioso hasta que se detuvieron defnitivamente en una arboleda cercana. Allí descabalgaron y dejaron atados los corceles, ocultos entre la fronda.
El padre prior y Ramiro, el líder de los soldados, se adelantaron al resto hasta la última línea de árboles. Se tomaron su tiempo para observar las murallas de los dominios de Miguel.
—¿Será muy complicado tomar el recinto? —susurró fray Gonzalo con cierta impaciencia.
—No debería. Según hemos averiguado, ni siquiera son guerreros. Son campesinos armados que, por alguna razón, le deben fdelidad a ese hombre. El resto son enfermos de carnes podridas que casi no deberían darnos trabajo. Nosotros somos soldados de verdad —dijo echando mano a la espada que llevaba al cinto—. Se nos ha entrenado y nos hemos curtido en decenas de batallas.
—Bien, bien. —Al prior le brillaban los ojos.
—Pero, de igual modo, no está de más hacer un reconocimiento de la zona y cerciorarnos.
Ramiro se giró y miró directamente a uno de sus hombres apostado unos cuantos pasos más atrás. Levantó el brazo e hizo un movimiento circular con la mano. Después de un asentimiento, el soldado salió ligero y silencioso hacia los muros del lazareto.
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Brun observaba la escultura con la hoja verde machacada en la mano. Analizaba su rostro, tan parecido al de Lucio. El brillo de la luna, ahora atenuado por la sombra que avanzaba inexorable sobre su superfcie, le daba de pleno a la imagen y la hacía parecer sobrenatural. Pensó en aquella mujer, en aquella noche en la que algo mágico había sucedido. La comprensión. Y pensó en Lucio y se sintió nervioso al tratar de adivinar como estaría. Probablemente atiborrado de brebajes de Miguel. Ojalá saliera todo bien. Estaba enfadado con su padre, no con él; pero, aunque lo intentaba, el recuerdo de aquella piedra lanzada siempre terminaba por aparecer como un «recuerda que siempre te traicionan».
El muchacho dejó caer los restos de la hoja machacada al suelo y se acercó a la pequeña ventana de la celda. Se agarró al alfeizar y, alzándose con los brazos hasta quedar con los pies suspendidos en el aire, se asomó al exterior para ver bien la luna medio ensombrecida, que parecía observarlo a él también.
Un sonido metálico captó su atención y Brun trató de alzarse aún más para otear el bosque. En algún lugar entre los árboles creyó distinguir un destello. Se dijo que seguramente sería la luz de la luna al atravesar una hoja mecida por un viento que había ido arreciando desde la tarde.
Aburrido de estar allí, otra vez encerrado, se dejó caer en el suelo bajo la ventana y volvió a pensar en Francisco. No entendía qué había pasado. No le cuadraba nada. ¿Por qué había entrado? ¿Cómo se había esfumado así? Tenía que convencer a Lucio, pero ¿cómo? Lucio… ¡Qué ganas tenía de volver a estar bien con él! ¡De abrazarlo y besarle los labios! ¡De tumbarse junto a él! Dejó escapar el aire en un bufdo de fastidio y decidió que lo mejor que podía hacer era dormirse, dejarse ir al mundo de los sueños hasta que el mundo real le diera una nueva oportunidad de enmendarlo todo. Se acurrucó en el jergón y cerró los ojos.
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Lucio estaba parado frente a la puerta del laboratorium de Miguel. Todavía se sentía extraño con la cabeza completamente lisa y creía que el bebedizo que se había tomado estaba comenzando a hacerle efecto. Pero no tenía tiempo para preocuparse por aquello. Tras él vio abierto uno de los libros que su padre guardaba con tanto celo y que Lucio tenía prohibido leer. La curiosidad pudo más que la obediencia debida y no pudo resistirse a echar un vistazo mientras su padre estaba ausente. Al ojear sus páginas, lo supo. Una sospecha ciega y muda que había sobrevolado decenas de veces su mente había tomado forma y se había convertido en real. Algo que siempre había desechado por improbable, por obsceno, por terrible, se acababa de convertir en realidad ante sus ojos. Tenía que salir de allí. Debía buscar ayuda. Tenía que hablar con Brun.
Decidido, el muchacho empujó la puerta, pero esta se mantuvo frme; ni siquiera se oyó un leve gemido de protesta de sus goznes. Lucio intentó pensar a pesar de que se notaba la cabeza cada vez más embotada. Sentía que la angustia lo ahogaba y se metió los dedos en la boca. Una vez, otra y otra más hasta que se provocó la arcada defnitiva que lo hizo vomitar. Apenas había ingerido nada después del almuerzo de la mañana, más allá del vino mezclado con la leche de amapola que Miguel le había dado a beber y que brotó oscuro entre espasmos de su estómago. A Lucio le pareció que aquello le quemaba a medida que ascendía por la garganta.
Cuando creyó quedarse vacío y notó el amargor de la bilis en los labios, el muchacho se limpió con uno de los trapos y volvió a ponerse la camisa. Estaba sudando por el esfuerzo y la tela se le adhería a la piel. En ese momento, alguien introdujo una llave en la cerradura de la puerta y Lucio contuvo el aliento. No
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solía rezar, pero esa vez lo hizo y deseó que fuera Brun quien estuviera detrás.
—Pero qué… —comenzó Miguel al verlo de pie, sudando y vestido de nuevo; después reparó en el vómito y en el libro abierto en la repisa junto a la ventana—. Hijo…
Lucio intentaba mantener el tipo, mirarlo frme. Otra arcada saboteó su pose y ya no echó nada más. Solo dejó escapar un sonido hueco y gutural que le lastimó la garganta y le dolió en el estómago. Aquello no era nada en comparación con el daño que le había causado saber la verdad.
—¿Qué es lo que les has hecho, padre? —preguntó retador el muchacho—. Pero ¿qué clase de monstruo eres?
Miguel miró hacia la ventana y vio la luna oscurecida casi por completo. Se sintió impotente. Tendría que actuar rápido o ya no habría tiempo para nada. Era el momento. Tantos años de investigación y prácticas. Todo el tiempo, el esfuerzo…
—¡Ahí están todos! —gritó Lucio—. Todos los que ya no están. Todos —e impostó la voz— los que se habían escapado. Francisco…
El muchacho respiraba rápido. La ira se había adueñado de él. La ira y la decepción.
—¿Qué les hiciste? —dijo golpeando con rabia la olla que contenía el resto del vino con leche de amapola, que se desparramó por el suelo.
—¡No!
—¡Dímelo!
—Intenté salvarlos —respondió Miguel con las manos adelantadas tratando de calmar a su hijo.
—¿Salvarlos? ¿Como lo harás conmigo? Asintió en silencio. Tenía los ojos acuosos. —¿Cuántos? ¿Hay más? ¿Cuántos murieron?
Miguel se acercaba poco a poco a su hijo, que intentaba mantener la distancia dando un paso hacia atrás cada vez que su
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padre lo daba hacia delante.
—Debes entenderlo. Hubieran perecido mucho antes de no ser por mí. Los habrían matado los frailes o habrían muerto durante algún ataque, en un accidente o atragantados o…
—¡No! ¡Los mataste tú! Murieron aquí y nos hiciste creer, me hiciste creer, que se habían marchado. ¿Por qué?
A Lucio también se le encharcaron los ojos. No sabía si sería capaz de no romper a llorar al descubrir que su padre era un asesino.
—Tenía que comprobar… prepararme. No podía arriesgarme a intentarlo únicamente contigo. Debía aprender a hacerlo antes con otros. ¡Eres mi hijo, Lucio!
—Entonces… —Comprendió Lucio horrorizado— han muerto por mí. ¡Soy yo quien los ha matado!
Miguel aprovechó el momento de distracción para lanzarse a por su hijo, con el que comenzó a forcejear. Lucio, mucho más débil que su padre, apenas pudo defenderse hasta que Miguel lo dejó inmóvil con un fuerte abrazo.
—Lo siento, hijo. Lo siento mucho.
Lucio, ya sin fuerzas, seguía luchando inútilmente contra los recios brazos de su padre que aún lo estrechó con más frmeza. El curandero tenía los ojos anegados.
—Lo siento. Lo siento. Lo siento mucho.
—¡Me matarás como a ellos!
—No, esta vez no. Esta vez saldrá bien, estoy seguro, pero tiene que ser ahora. El eclipse. Debes ser fuerte.
—¡No! —gritó—. ¡Suéltame! ¡Déjame!
Y Miguel le puso la mano en la boca. Lo levantó y, a rastras, lo acercó hasta la camilla. Lucio luchaba, pero cada vez se sentía más exhausto y, aunque había conseguido vomitar gran parte del vino con la adormidera, el que su cuerpo había asimilado ya estaba haciendo efecto.
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Como pudo, Miguel lo amarró con tiras de cuero a la camilla. Su hijo lo contemplaba con los ojos acuosos y horrorizados por lo que estaba sucediendo, por lo que iba a suceder. El curandero no se atrevió a mirar aquellos ojos acusadores y suplicantes que le provocaban un intenso dolor en el pecho. Después de comprobar una última vez los amarres de brazos, piernas y cabeza, Miguel le introdujo una tira de cuero en la boca que le ató fuerte en la nuca.
—Hubiera sido mejor que te hubieras dormido. No habrías notado nada y te habrías despertado completamente curado.
—Padre —intentó suplicar Lucio, aunque con el cuero en la boca apenas se le entendió.
—Todo irá bien.
Lucio negó con la cabeza. Forcejeó una última vez. Intentó gritar.
—Te quiero, hijo.
Miguel puso una mano en la frente del muchacho y se volvió a por el material quirúrgico. Aquellas últimas palabras fueron las que hicieron que, fnalmente, Lucio se rompiera por dentro. El muchacho fue consciente de la locura de su padre, de que nada lo iba a detener y de que, seguramente, moriría en aquella mesa como ya lo hicieran otros. «Brun, ¿por qué no te creí? Tenías razón», se lamentó mentalmente.
Y Lucio comenzó a llorar en silencio deseando que, al morir, fuera a un lugar en el que tuviera la oportunidad de pedir perdón a Brun por no creerlo, de poder estar con él cada día, de abrazarlo de nuevo.
Los dos guardias apostados en las puertas de la muralla estaban sentados en el suelo dando cabezadas cuando alguien llamó con tres golpes fuertes y secos.
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—¿Quién va? —dijo uno de ellos sin ni siquiera levantar la cabeza.
—¡Un extraviado que busca cobijo! —respondió alguien al otro lado con voz lastimera.
—Esta noche no es posible, peregrino. Inténtalo en la aldea.
No queda muy lejos de aquí. En la posada te atenderán bien.
—Es de noche y todavía hay unas leguas hasta llegar allí. Tengo miedo de que el bosque esté plagado de lobos o, incluso, de bandidos.
—Lo siento, buen hombre. Son órdenes.
—¡Pagaré bien!
El guardia que permanecía sentado, el mismo que acompañó a Miguel cuando este recogió a Brun, se levantó y negó con la cabeza a su compañero, que parecía estar pensándose la propuesta.
—Que tenga suerte —zanjó la conversación y volvió a sentarse.
Miguel respiró hondo y se armó de valor para hacer lo que tanto tiempo había estado preparando, estudiando y ensayando. Soltó el aire y acercó la lanceta a la cabeza de Lucio. El muchacho, que era consciente de todo a pesar del duermevela en que se encontraba, cerró los ojos cuando notó el frío del metal. Pasaron los segundos y nada más sucedió. La mano de Miguel estaba petrifcada sujetando aquel instrumento que le lamía la piel. El chico suspiró. Sus ojos y los de su padre, que lo miraba desde arriba, se encontraron. Quizá hubiera aún esperanza para él. Quizá todavía…
—¡¡¡Aaah!!! —gritó Lucio a través del cuero al percibir cómo se hundía la cuchilla fna y decidida en la escasa carne que le recubría el cráneo.
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El chico notó que la herida en el lateral de la cabeza empezaba a arder, y las gotas de sangre iban resbalando por el cuero cabelludo hasta la espalda siguiendo la curvatura del cuello. Dio un par de tirones sin apenas fuerza en sus extremidades y vio a su padre que se retiraba.
Miguel limpió la herida con suavidad y quedó a la vista una perfecta línea recta. Intentó no mirar los ojos horrorizados y llenos de lágrimas de su hijo, y algo tan aflado como su bisturí se le clavó en el alma. Se fue a la ventana y contempló la luna completamente roja.
—Perdóname, hijo —murmuró—. Debe ser ahora… No debiste expulsarlo. ¡Maldita sea, lo sentirás todo!
Lucio seguía removiéndose, luchando por escapar, pero las fuerzas lo fueron abandonando poco a poco; las fuerzas y la esperanza de salir de allí con vida y disfrutar de un nuevo día, de ver de nuevo a Brun.
—¡Te curaré! —dijo Miguel golpeando con rabia la repisa bajo la ventana.
Los guardias del lazareto habían desenvainado las espadas y las apuntaban en dirección a la puerta. Esta había comenzado a astillarse a medida que el hacha se clavaba una y otra vez en la madera, que no había sido reforzada con metal. ¿Para qué? ¿Quién en su sano juicio querría asaltar el hogar de unos leprosos?
—Intentaré contenerlos —dijo uno de los guardias—. Ve y avisa a Miguel.
El hacha volvió a clavarse en los tablones hasta dejarse ver al otro lado.
—¡Vamos! ¡Corre!
Y su compañero salió corriendo hacia el interior del lazareto. Los enfermos que dormían en los barracones ya
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habían salido a su pequeño patio para curiosear entre los huecos de la empalizada, intrigados por el alboroto que se estaba formando.
Miguel sujetaba frme el bisturí, dispuesto a realizar un segundo corte en la cabeza de Lucio. Lo había marcado un par de veces en el aire para no fallar cuando tuviera que ejecutarlo. Debía hacerlo a unos noventa grados del primero, de tal forma que entre ambos quedara dibujada una especie de ele no más grande que las dos últimas falanges. Al fnal, el resultado sería un cuadrado lo más perfecto posible que debía retirar completamente despegándolo del cráneo.
Esta vez no miró los ojos acuosos de su hijo, se dijo que no tenía tiempo para nada de eso. No podía permitírselo. Su vida dependía de no fallar y las emociones no eran buenas compañeras de las prácticas quirúrgicas. Se concentró solo en lo que tenía que hacer. Dejó a un lado los sollozos del chico y se dispuso a cortar piel y carne.
—¡Señor! —dijo alguien al otro lado mientras aporreaba la puerta.
Miguel miró con desagrado en la dirección de la que provenían aquellos sonidos que tan en mala hora habían ido a distraerlo.
—¡Os dejé sufcientemente claro que no se me debía
molestar! —bramó—. ¡Hoy no!
—¡Señor, estamos siendo atacados!
Miguel levantó el bisturí tratando de pensar qué debía hacer. Miró a su hijo tendido en la mesa, manchado con su propia sangre. Miró la luna roja en la ventana. «Maldito fraile del demonio», pensó.
—¡Contenedlos!
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Y volvió a poner el pequeño cuchillo sobre la cabeza de Lucio.
—Pero, señor…
—¡¡¡Aaaah!!!
Miguel cerró los ojos y chilló. Dejó escapar tanta rabia que tanto a Lucio como al guardia que había tras la puerta se les heló la sangre.
Brun tenía la oreja pegada a la puerta de su celda. Estaba quedándose dormido cuando le había parecido escuchar a Lucio gritar. Después creyó haber oído unos golpes y, más tarde, un grito desgarrador. También había algo ahí afuera. Golpes secos, continuos. Algo estaba pasando en el lazareto y él estaba encerrado. Tenía que buscar a los chicos, a Lucio, y comprobar que estaban bien. Volvió a asomarse a la ventana por si podía ver algo en el bosque. Nada.
—¡Vamos, vuelve y ayuda a contenerlos! —Escuchó decir a Miguel al otro lado de su puerta—. No saldré de aquí hasta que haya terminado. ¡Que quede claro!
—Pero señor, están rompiendo la puerta —dijo la voz de uno de los guardias con urgencia—. Debéis poneros a salvo. Debemos irnos.
—¡Pues haced lo que sea! Matadlos a todos si os veis obligados.
—¿Y los críos?
Hubo un breve silencio en el que Brun creyó que se le detendría el corazón. Jamás había visto así al curandero. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué iban a hacer con ellos?
—¡Despertadlos, escondedlos, ayudadles a escapar si es necesario! ¡Haced lo que podáis! ¡No hablaré más!
Brun escuchó los pasos del guardia, que se alejaba corriendo escaleras arriba, y comenzó a invadirle el miedo a que se
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olvidaran de él.
—¡Sacadme de aquí! —gritó mientras golpeaba la puerta de su celda con los puños—. ¡Dejadme salir! ¡Por favor!
Brun se separó y miró a su alrededor buscando algo con lo que ayudarse a escapar. Tiradas junto a la escultura de piedra estaban las herramientas para esculpir. El muchacho agarró rápidamente el martillo y el cincel y comenzó a golpear la recia puerta, que se astillaba, pero no se abría. Introdujo el cincel todo lo que pudo en las junturas de la madera y volvió a golpear. Probó también a hacerlo sobre los goznes de hierro, lo que le produjo dolor en los dedos, muñecas y codos por la vibración y la violencia de las sacudidas.
—¡Ayuda! —gritó entre golpe y golpe—. ¡Ayuda!
Frustrado, lanzó contra la madera ambas cosas y la pateó con fuerza, poniéndose de espaldas para darle con la planta y no lastimarse más, pero nada. Era imposible que él consiguiera salir de allí. ¿Imposible?
Angustiado y lleno de ira por sentirse olvidado y de miedo por lo que estuviera ocurriendo fuera, por lo que le estuviera sucediendo a Lucio, tomó carrerilla y corrió hacia la puerta para embestirla con todas sus fuerzas. No consiguió más que un dolor punzante en el hombro que le subió a través del cuello hasta la cabeza; incluso le pareció escuchar un crujido. Vencido, se dejó caer de rodillas. Y fue entonces, arrodillado en el suelo creyendo que jamás saldría de allí, cuando vio la puerta abrirse. —Ve con el resto a la cocina —dijo el guardia entre jadeos—.
Ya sabes lo que hay que hacer. Ocultaos. Allí estaréis a salvo.
—¿Y Lucio?
—Preocúpate por ti y por los otros.
Brun vio al guardia correr hacia el patio y dio unos pasos en dirección a la cocina, pero, a mitad de camino, un grito ahogado que procedía de escaleras arriba lo detuvo.
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¡Clank! ¡Clank! ¡Clank! Brun estaba decidido a abrir la puerta del laboratorium. Sabía que Miguel y Lucio se encontraban en su interior y sacaría al muchacho como fuera. No era consciente de lo que estaba aconteciendo en el exterior, pero intuía que, si no escapaban del lazareto, acabarían presos o, peor aún, muertos.
—¡Vamos! ¡Salid de ahí!
Pero nadie hizo nada, nadie dijo nada. Los gritos y los golpes desde el patio eran cada vez más violentos, y por mucho que pegaba la oreja a la puerta no alcanzaba a escuchar nada más allá de la sangre aporreando sus tímpanos.
¡Clank! ¡Clank! ¡Clank! ¡Craaac! Consiguió astillar la madera en la zona de la cerradura. Brun sonrió, en parte sorprendido por haber tenido más éxito con esta puerta que con la de su celda, y volvió a golpear con más ímpetu, animado por el pequeño logro. De repente se escuchó el quejido de algo metálico y la puerta comenzó a moverse lentamente. Brun contuvo el aliento antes de terminar de abrirla del todo. Poco a poco fueron apareciendo las estanterías, la mesa central en las que estaban las correas y una gran mancha roja… A Brun se le heló la sangre. Y cuando abrió del todo la pesada puerta y los vio, solo quiso que aquello no estuviera pasando.
—¡Pero qué…! ¡¿Qué le has hecho?! —gritó conmocionado. Miguel, sentado en el suelo, acunaba a su hijo como si fuera
un bebé. Lucio estaba tumbado, inmóvil y con restos de sangre que le resbalaban por la cabeza rasurada. Brun experimentó unas ganas tremendas de cincelar la cara de Miguel a golpe de martillo y rabia. La vista comenzó a nublársele y creyó que se iba a caer al suelo. Sufrió una enorme presión en las sienes y una arcada le dejó el regusto a bilis en la boca. Nunca había sentido una rabia así, nunca había creído que algo le pudiera doler tanto.
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—Mi pequeño… Mi niño… Yo no… —murmuraba Miguel, aunque la voz de aquel hombre parecía venir de algún otro lugar, un lugar alejado de allí.
Brun, que se creía guiado por un titiritero, se acercó tambaleándose a ellos. Miguel apretó más a su hijo entre sus brazos y miró a Brun parpadeando, como si fuera la primera vez que lo veía. Observó que el muchacho agarraba frme el martillo en una mano y el cincel en la otra a medida que se acercaba.
—¿Qué le has hecho? —repitió Brun furioso.
Miguel pasó la mano por el rostro de Lucio esparciendo una mancha rojiza.
—¿Qué he hecho? —dijo sollozando y, tras ponerse en pie, se tapó la cara con las manos y se fue hacia la ventana—. ¡¿Qué he hecho?!
Brun estaba dispuesto a descargar toda su cólera sobre el curandero, pero al ver el cuerpo exánime de Lucio, no pudo resistirse y se arrodilló junto a él. Dejó las herramientas a un lado tras lanzar una mirada insegura a Miguel, que parecía completamente ido mientras observaba aquella luna roja espectral.
—Lucio, vamos, despierta —dijo Brun con voz suplicante agarrándole los brazos—. Dime algo, por favor, Lucio, vamos… —Y comenzó a zarandearlo—. Por favor, Lucio —continuó acercándole la cara con lágrimas en los ojos—. Por favor,
despierta, por favor, por favor… —Sollozó—. Cuidaré de ti, pero, por favor, despierta.
Lucio no respondió y Brun lo abrazó con fuerza. Sentía su cuerpo aún caliente y cerró los ojos rogando por que no estuviera muerto. Rogó por que alguien lo escuchara, por que él lo escuchara y le dijera que todo estaba bien.
No pasó nada. Aguantó fuerte el abrazo como si así pudiera reanimarlo, pero no pasó nada, y cuando Brun abrió los ojos se
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encontró con los de Miguel, que lo observaban desde la ventana. Brun le devolvió una mirada cargada de odio y volvió a dejar a su amigo tumbado en el suelo tratando la cabeza manchada con la misma suavidad con la que habría dejado el objeto más delicado del mundo. Recogió el martillo y el cincel y, decidido, se levantó directo a por el curandero, que parecía seguir ausente. Sin darle tiempo a reaccionar, el muchacho se abalanzó sobre él y ambos cayeron al suelo mientras forcejeaban. Miguel era mucho más fuerte que Brun y, tras la sorpresa inicial, pudo defenderse de las acometidas del chico. Sin embargo, la rabia que sentía el aprendiz de escultor hacía que cada vez le costase más resistir las acometidas.
—¡Eres un monstruo! —gritó Brun mientras Miguel conseguía sujetarle ambos brazos—. ¡¿Cómo has podido hacerle
eso a tu propio hijo?! —chilló mientras intentaba zafarse—. ¡Asesino!
Y fue en ese último ataque de ira en el que soltó un brazo y golpeó al hombre en el cuello con el martillo. Su objetivo había sido el cráneo, pero Miguel estuvo rápido y giró la cara en un momento de lucidez para que el golpe fuera con el mango y no con la cabeza de la herramienta. Sin embargo, aquello lo desorientó durante unos segundos.
—¿No lo entiendes? —Intentó explicarse Miguel defendiéndose como podía de las embestidas de Brun.
El chico lanzó un nuevo ataque con el cincel directo a la cabeza del curandero. Lo había pillado desprevenido. Acabaría con él.
—¡No he podido salvarlo! ¡Estará condenado de por vida! —gritó el curandero lleno de rabia y dolor.
La mano de Brun se detuvo. El cincel besó la sien de Miguel. Ambos se quedaron así, paralizados, mirándose a los ojos. ¿Había dicho vida?
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—¿Qué has dicho? —inquirió Brun girándose a mirar a Lucio—. Repítelo.
—Que no he podido hacerlo, no he podido curarlo. Soy un cobarde y por mi culpa hemos perdido la oportunidad.
Brun abrió mucho los ojos al observar que el pecho de Lucio subía y bajaba de forma rítmica. La rabia y el miedo no le habían permitido darse cuenta hasta aquel momento.
—¿Está… vivo? —rio con lágrimas en los ojos—. ¡Está vivo! Brun dejó caer las herramientas al suelo. Miguel se levantó
lo más dignamente que le fue posible. Se dio dos palmetazos en la ropa, como si así pudiera quitar las manchas de sangre, además del polvo y la vergüenza, y fue de nuevo junto a su hijo, al que miró desde arriba.
—Creo que se desmayó por el dolor y el terror. —Los ojos de Miguel se humedecieron—. El terror que yo le provoqué. No pude continuar… No me atreví. Perdóname, hijo.
Desde fuera llegó un gran estruendo de algo que se hacía pedazos. Gritos, choques de espadas, violencia.
Los soldados consiguieron atravesar la puerta. Lo hicieron una vez que pudieron pasar dos a la vez, sabedores de que, si lo hacían de uno en uno, estarían siempre en desventaja. Los guardias se defendían como podían. Eran grandes y fuertes. Los leprosos apenas suponían un reto para ellos y a los muchachos era muy fácil intimidarlos. Pero aquellos soldados estaban curtidos en decenas de batallas y ellos tan solo habían participado en alguna leva para asedios entre señores menores que había terminado con pactos y rendiciones; nada comparable al manejo que los hombres de los religiosos demostraban con la espada.
Un par de ataques fueron respondidos por unos cuantos movimientos defensivos, pero bastó solo una estocada más para
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dejar a uno de los guardias tendido en el suelo, herido de muerte. El líder de los soldados pasó por encima y terminó la tarea rasgándole la garganta ante la mirada atónita del otro guardia, que se debatía entre seguir defendiéndose, correr o rendirse. Miguel había ayudado personalmente en el parto de sus hijos, con las febres de su esposa, con cualquier mal que hubiera aquejado a su humilde familia; les había dado trabajo, comida… Finalmente, el guardia miró al soldado con la espada ensangrentada mientras mantenía a raya a su oponente con difcultad. Después fjó la vista en la puerta, por la que pasaba el padre prior, que, al ver el cuerpo aún agonizante del hombre degollado, se acercó hasta él.
—In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sanctis —murmuró haciendo la señal de la cruz en la frente de aquel desgraciado que ya tenía la mirada fja y vidriosa—. Amén.
Y aquel hombre que había acompañado tantas veces a Miguel en sus peligrosas misiones para rescatar y curar a presuntos endemoniados se lanzó a la carrera.
Manuel, Damián, Juan y Santiago estaban escondidos en el agujero bajo la cocina. Desde arriba alguien estaba retirando la alfombra de esparto y abriendo la trampilla. Los chicos, muertos de miedo, se apretujaron todo lo posible. Incluso Manuel, que nunca había tenido una especial afnidad con Damián, abrazaba al pequeño para tratar de tranquilizarlo.
Tras un forcejeo nervioso, la luz volvió a inundar el diminuto habitáculo cegando a los chicos, que se llevaron las manos a los ojos.
—Nos vamos —ordenó Brun a la vez que les tendía la palma para ayudarlos a salir.
—¿A dónde? —preguntó Manuel, aliviado al escuchar la voz de su compañero.
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—¿No querías salir de aquí? —Brun ya estaba ayudando a que subiera Damián, que no se lo pensó dos veces—. Este es el momento.
—Pero… nos cogerán si nos ven —protestó Manuel.
—Y si te quedas aquí, también. ¡Vamos!
Manuel no se movió. Sacó la cruz que llevaba colgada al cuello y la cogió con fuerza. Agachó la cabeza y se puso a rezar. Juan fue el último en salir.
—Vamos, Manuel, si te encuentran estarás perdido. No es como la otra vez. Han venido con soldados. ¡Están tirando la puerta abajo!
Pero Manuel siguió allí, temblando. Ni siquiera levantó la mirada mientras seguía murmurando un padrenuestro. Le hubiera gustado poder alzarse, coger la mano de Brun y salir de allí. Le hubiera gustado que incluso lo hubieran agarrado y obligado a hacerlo. Era un cobarde. «¡Un maldito cobarde!», pensó. El miedo en él era más fuerte que la voluntad.
—Espero que, por una vez, Dios haga caso de tus súplicas —se despidió Brun afigido, y volvió a colocar el cajón, la trampilla y la alfombra antes de marcharse.
Cuando los chicos salieron al distribuidor del pasillo, se encontraron con Miguel sangrando por un costado. Brun no era consciente de haberlo golpeado ahí cuando le atacó, pero poco era capaz de recordar de aquel momento. Únicamente el subir y bajar del pecho de Lucio era lo que se le había quedado como un recuerdo vívido y permanente. Al lado del curandero estaba su hijo, aturdido, con una capa echada sobre los hombros y un vendaje en la cabeza. Tenía la mirada vacía y parecía incapaz de reconocer en qué lugar se encontraba.
—¿Por dónde vamos a huir? —dijo Juan con apuro—. ¡Están en el patio!
Y todos se fjaron en como la mole de piedra que había estado esculpiendo Brun había encontrado otra utilidad: la de atrancar
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la puerta de entrada al edifcio. Aquel rostro parecía mirarlos a todos con los ojos teñidos de verde. A su lado estaba el guardia que aún quedaba vivo recuperándose por el esfuerzo y una carreta de madera tirada de cualquier manera. Damián no esperó para ir junto a Lucio. A pesar de estar todavía mareado, lo agarró del hombro y lo atrajo junto a él. El pequeño lo rodeó con los brazos por la cintura y lo miró desde abajo con ojos turbados.
—No te preocupes —consiguió balbucir Lucio—. Todo está bien. No te preocupes.
Miguel y Brun se observaron midiéndose hasta que el curandero asintió y Brun le devolvió el gesto.
¡Pom! ¡Pom! ¡Pom! Alguien golpeó desde el otro lado. —¡Abrid las puertas! —ordenó una voz rasposa y melosa que
casi todos reconocieron: la del prior—. Todo será más sencillo. —Sin armas las puertas estarían abiertas —respondió
Miguel con voz frme, adelantándose para que pudieran escucharlo bien en el patio—. ¿Creéis que esta es manera de pedir audiencia?
—Vamos, usted es un hombre inteligente y sabe lo que está bien y lo que está mal. No haga como que no sabe por qué venimos. No complacerá así a nuestro Señor.
—Ese señor suyo… ¡No tiene derecho a entrar aquí! —bramó Miguel.
¡Clank! ¡Clank! ¡Craaac! Las hachas comenzaron a morder la madera de la puerta.
—¿Qué hacemos, señor? —preguntó el guardia con la espada en la mano.
Los chicos se miraban confusos. Brun se acercó a Lucio y le apretó la mano con disimulo.
—Brun —dijo frme Miguel—. ¿Serías capaz de guiarlos para escapar del recinto?
Este asintió.
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—Os daremos tiempo.
—¡Vamos! —ordenó Brun a los chicos—. Por las escaleras. Los golpes retumbaban en la puerta y hacían que vibrara
todo el edifcio. Los goznes temblaban con cada acometida y la madera comenzó a astillarse. Mientras los chicos se dirigían escaleras arriba, Miguel fue a la cocina a buscar el cuchillo más grande que pudiera encontrar. Cuando volvió junto al guardia, este seguía apostado allí, pero no le habría extrañado que hubiera salido corriendo en caso de haber tardado cinco segundos más. No lo hubiera culpado.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Crac! Un pedazo de madera cayó al interior. Las hachas mordían la madera sin piedad. Se produjeron varias embestidas hasta que la puerta cedió fnalmente y volcó la escultura, que cayó a al suelo de lado. Cuando los soldados se apartaron, quedó a la vista la fgura de fray Gonzalo. Miguel y el guardia se miraron a sabiendas de lo que iba a suceder a continuación y alzaron frmes sus armas. El prior sonrió satisfecho.
Brun asomaba medio cuerpo por la pequeña ventana que daba al patio y que ya usara con Francisco para escapar. Apenas conseguía sostener a Santiago de las muñecas, que era un peso muerto, para ahorrarle alguno de los metros hasta el suelo.
—¿Preparado? —le dijo, y el niño asintió.
Brun le soltó los brazos y el crío cayó al suelo fexionando las piernas rechonchas con la intención de amortiguar la caída. Fue bastante menos ágil que Juan, que lo esperaba abajo nervioso, y el sonido seco que produjo hizo temer a Brun que se hubiera roto la pierna al caer o que hubiera alertado a los soldados, aunque el jaleo de golpes y choques de espadas que había en el piso de abajo tapaba cualquier otro sonido. Sin embargo, no pudo evitar mirar a un lado y a otro para
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cerciorarse de que no venía nadie. Blanca los miraba desde detrás de la empalizada, en su apartado, y sintió aún más lástima. ¿Qué pasaría con Blanca, con todos ellos?
—Ahora vas tú —le dijo a Lucio.
—Mejor que vaya primero él —señaló a Damián. —Primero tú. Así podrás ayudarlo cuando lo suelte. —¿Y tú cómo lo vas a hacer?
—Yo ya tengo experiencia, ¿recuerdas? —sonrió para tratar de tranquilizarlo, de tranquilizarlos a todos.
Lucio se subió a la ventana de manera bastante torpe y Brun rogó por que no cayera cuando se quedó acuclillado en el alféizar.
—Déjame ayudarte —dijo Lucio.
—Peso demasiado.
Y el hijo de Miguel se descolgó como pudo hasta quedar estirado en la pared y agarrado con las manos en el saliente.
—Si me coges, caeremos los dos.
—Ten cuidado.
Lucio cogió aire para terminar de decidirse y se dejó caer. Brun no habría apostado a que lo haría sin romperse nada, pero, por suerte, así fue.
—Ahora te toca a ti —dijo Brun cogiendo a Damián, que, aunque siguió sin hablar, supo leer la congoja en sus ojos.
Juan vio el cuerpo del guardia muerto a medio camino de la puerta y agarró del pescuezo a Santiago para que él también lo viera. Sonrieron y echaron a correr en dirección al cadáver.
—¡Juan! ¡Santiago! —gritó Brun en un susurro mientras dejaba caer al pequeño con cuidado para que Lucio lo agarrase—. ¡Venid aquí!
Pero los críos no le hicieron caso y Juan intentaba levantar una espada que debía pesar más que él.
—Déjame a mí. —Santiago lo apartó.
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Brun no dejaba de mirar la entrada del edifcio aguardando a que, de un momento a otro, aparecieran los asaltantes y los atraparan. Damián agarró la mano de Lucio y este la apretó con fuerza para trasmitirle que todo iba a salir bien, aunque él mismo necesitase ese mismo apretón multiplicado por diez para creerlo.
—¿Por dónde vamos? —preguntó confuso Lucio.
—Si vamos por la puerta de las murallas, es posible que haya alguien apostado fuera esperando o que nos vean desde la entrada del edifcio principal. Es una línea recta.
—¿Y si cogemos los caballos de mi padre? Puede que así no nos den alcance.
En ese justo momento, Asclepio, la montura gris de Miguel, salió corriendo de los establos entre relinchos seguido de otro rocín castaño y el bayo en el que había llegado Brun al lazareto. La trayectoria de los animales se dirigía hacia Juan y Santiago, que seguían forcejeando con la espada del muerto. Brun contuvo la respiración y Lucio apartó la vista. Aquellos dos pequeños descerebrados iban a ser aplastados por los cascos.
—¡Cuidado! —consiguió gritar Brun.
Santiago, alarmado por los gritos, levantó la espada, y los caballos, quizá asustados por aquel gesto enérgico o por un refejo del flo o por a saber qué bendita cosa, cambiaron el sentido de la marcha en el último momento. Los animales bordearon a los niños, y a estos se les encogió el corazón. Acababan de darse cuenta de lo cerca que habían estado de la muerte y se miraron petrifcados.
—Gracias al cielo —suspiró Brun.
—¿Qué hacemos? —preguntó Lucio con urgencia al ver que los caballos salían del lazareto y, con ellos, una buena oportunidad de escapar.
—¡Volved! ¡Ya! —ordenó enérgico Brun, pero los pequeños parecían seguir aturdidos—. Sígueme. Tengo una idea.
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—No podemos dejarlos ahí.
Brun se fue directo al apartado para los leprosos. Apartó la tranca y abrió la puerta. Lucio y Damián lo siguieron.
—¡Juan, Santiago! —gritó esta vez a voz en cuello Brun, y los chicos parecieron reaccionar.
—¡Están aquí! —vociferó alguien desde la puerta del edifcio principal—. ¡Veo a dos!
Uno de los soldados se adelantó corriendo y cogió a Juan y a Santiago, que ya había dejado caer la espada, antes de que pudieran lanzarse a la carrera. Enganchó a uno con cada mano. Otro de los asaltantes salió en su ayuda y vio a los tres chicos, paralizados, junto al vallado de los leprosos. Se fue directo a por ellos.
Antes de que reaccionaran, una mano agarró a Brun y Lucio del cuello para meterlos en el interior del apartado. Damián, cogido a su vez de la mano del hijo de Miguel, también se vio arrastrado.
—¿Pero qué…? —Fue lo único que acertó a decir Brun, que se calló en cuanto vio a Blanca frente a ellos.
—¡Daos prisa!
Y aquellas palabras actuaron como un resorte en la mente de Brun. Se dirigió al montón de leña y comenzó a quitar los tocones de manera frenética. Lucio tardó un poco más en reaccionar, pero fnalmente se acercó a él y lo imitó. El soldado entró en ese momento en el apartado, pero todo su ímpetu se esfumó cuando vio a media docena de rostros con la cara deformada por la lepra interponerse entre los chicos y él.
—¿Por qué los perseguís? —dijo Blanca acercándose al soldado—. Son solo niños.
—A… Apár… tate y no me toques —le advirtió—. ¡Vosotros, dejad lo que estáis haciendo y venid aquí ahora mismo!
Brun no dejó de quitar leña y giraba la cabeza para tener controlado a aquel hombre armado.
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—¡Que os detengáis os digo!
Los chicos no hicieron caso. El soldado se adelantó con la espada en alto y los leprosos se apartaron, todos menos Blanca, que le cerró decidida el paso.
—No son malos chicos, de verdad —dijo ella tocando el brazo del soldado en un gesto que pretendía ser apaciguador—. Dejadlos marchar.
El soldado se horrorizó al notar el contacto de aquella mano corrompida por la enfermedad y cuando vio que la cara casi sin rasgos de la muchacha se acercaba en lo que era una súplica, su miedo lo transformó en una amenaza. Lo que ocurrió después pasó tan rápido que nadie se dio cuenta hasta que la sangre surgió de la boca de Blanca. El soldado había adelantado la mano de la espada sin pensar, de manera instintiva, y había atravesado el estómago de la mujer, que cayó de rodillas agarrándose a las piernas de aquel hombre.
Los demás enfermos miraron a Blanca horrorizados. Aquella muchacha de corazón bondadoso y siempre dispuesta a consolarlos yacía ahora en el suelo agonizando mientras la vida se le escapaba por la herida abierta en el estómago.
—¡Venid aquí! —amenazó a los chicos, que se habían quedado petrifcados al ver a Blanca morir así.
—¡Ahora!
Y lo que debía ser una orden para que aquellos tres muchachos fueran junto al soldado se convirtió en un grito de los compañeros de penurias de Blanca. Todos los enfermos que había en el barracón se abalanzaron sobre aquel soldado, que fue incapaz de defenderse de una horda encolerizada y sin nada que perder.
—¡Aaah! —gritó mientras lo golpeaban.
—¡Sigue! —ordenó Brun a Lucio para que continuaran apartando leños.
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El hijo de Miguel parecía haber espantado, al menos momentáneamente, la sensación de modorra por el vino de adormidera y, espoleados por el miedo, los chicos continuaron escarbando y quitando ramas, troncos y pedazos de madera que saltaban a uno y otro lado.
—¿Qué ocurre aquí? —Oyeron a su espalda.
Lucio y Brun se volvieron para mirar al nuevo intruso y comprobaron que acababan de entrar no uno, sino dos soldados, entre ellos el que había capturado a Juan y Santiago, aunque los niños no estaban ya con él.
—¡Corred! —dijo uno de los enfermos a los chicos—. ¡Vamos, no os detengáis!
Y los dos amigos redoblaron sus esfuerzos. Hasta Damián iba apartando leños con los dedos llenos de astillas sin quejarse ni una sola vez. Los gritos tras ellos se repetían; golpes, espadazos, cuerpos que caían, se rompían o rajaban; gritos que surgían furiosos y otros que se apagaban con un gorgoteo. Y, por fn, asomó el hueco que los sacaría de allí.
El primero en salir fue Damián, que se coló empujado por las manos de Brun.
—¿Es seguro? —preguntó Lucio preocupado por el pequeño. —Más que esto, aunque debemos tener cuidado, es una
cornisa muy estrecha.
Brun le hizo una señal a Lucio para que fuera el siguiente y, por un momento, pudo volver la vista atrás para divisar el horror: la mitad de los enfermos yacían muertos y otros estaban mal heridos, aunque aguantaban las embestidas de aquellos hombres con espadas gracias a la estrechez del espacio.
Uno de los soldados cayó bajo el peso de uno de los leprosos y se le cayó el casco, mientras otro levantaba una piedra para terminar con él. Entonces Brun lo reconoció: era el soldado de la carreta que lo llevó hasta los inquisidores, al que le faltaba media oreja.
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—¡Vamos, Brun! —dijo Lucio al otro lado—. ¡Damián, espera!
Y Brun se volvió justo antes de que alguien gritara.
—¡¿Me podéis explicar cómo es posible que los hayáis dejado
escapar?! —chilló el prior.
El líder de los soldados salía entonces del barracón de los leprosos alertado por lo que estaba sucediendo. Caminaba lleno de sangre, ninguna suya.
—Se les echaron encima, padre —se excusó mirándose el cuerpo embadurnado por el líquido rojo y denso que parecía picarle al comprender de quién era.
El hermano Agustín sujetaba a Juan, que después de un par de bofetadas había dejado de lanzarle patadas. El hermano Roque sujetaba a su vez a Santiago, mucho más dócil y con los ojos enrojecidos. El prior se agarraba la túnica con rabia.
—Pues que arda todo.
Las sombras del bosque se cernían sobre Brun mientras buscaba desesperado algo entre sus recovecos.
—¿Ves algo? —dijo Lucio a unas cuantas zancadas de distancia—. ¡Damián!
—¡Damián! —gritó también Brun.
Damián había echado a correr nada más salir por el agujero. Lucio intentó ir tras él, pero la estrechez del saliente de roca al otro lado de la trampilla y sus sentidos aún embotados hicieron que esperara a Brun allí agarrado. Aun así, durante un tiempo al menos, observó la dirección que tomaba el pequeño hasta que puso el pie en el bosque, donde se esfumó entre los árboles.
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—Esto es inútil, Lucio. Y lo sabes. No nos escuchará. No puede. Ellos están ahí —dijo señalando las murallas.
—¡Damián! —volvió a gritar y miró apuntando con el dedo a Brun—. No voy a parar hasta encontrarlo. ¡Damián!
—Pero nos van a descubrir.
—¡¡¡Damián!!! —gritó a pleno pulmón, rodeando la boca con las manos para amplifcar el sonido.
El pequeño Damián deambulaba solo por un bosque que no conocía. Nunca había salido del lazareto después de haber llegado y tampoco había tenido ganas de hacerlo. Cuando en el pueblo en el que vivía toda su familia fue apresada, a él o, mejor dicho, a ella, la habían encerrado y torturado igual que a todos. Aún recordaba el trapo mojado bajando por su garganta. Después lo sacaban, a veces de un tirón y a veces lentamente, y así una y otra vez. Le preguntaban cosas sobre algo que no sabía. Era una palabra rara: hereje, y otra que le sonaba más por los cuentos de la abuela: bruja. Por aquel entonces todavía podía oír y hablar. Días después de que le hicieran aquello con el trapo era incapaz de pronunciar un sonido sin que el dolor la atormentase. Un poco más tarde, enfermó y cayó presa de unas terribles febres. Le dolía tanto el pecho, la garganta, los oídos… Todos creían que iba a morir y, poco a poco, los ruidos a su alrededor se fueron apagando y nunca más volvieron. Un día, alguien abrió la puerta de la celda y no eran ellos, los torturadores y los frailes, sino un desconocido. Habló con sus padres, que lloraron, sobre todo su madre y su hermana mayor. Todos eran pelirrojos y cree recordar que aquello tuvo algo que ver con que los cogieran presos. El caso es que, al fnal, ella se fue con aquel hombre que le cortó el pelo como a un chico y que comenzó a llamarla Damián. Lo supo cuando aprendió a leer sus labios. Ya ni siquiera podía recordar el nombre que le
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pusieron sus padres. Si alguna vez venía visita a la casa del hombre que la rescató, procuraba esconderse y, si no tenía más remedio, Lucio le tiznaba el pelo con los restos de madera carbonizada, aunque la última vez no le dio tiempo a esconderse porque Lucio no fue a buscarla y lo hizo ella misma.
—¡Aaaah! —intentó gritar para llamar la atención de Lucio, y sintió de nuevo aquel dolor que había aprendido a evadir permaneciendo callada.
Lucio y su padre eran los únicos que conocían la verdad de todo aquello. Necesitaba encontrarlo. No debió salir corriendo nada más atravesar la trampilla. Si no hubiera recordado lo que aquellos hombres con hábitos le hicieron; si solo hubiera esperado para agarrarle la mano…
—¡Aaaaah! —volvió a gritar, y esta vez lloró; lo hizo para camufar el dolor y el miedo que sentía en el pecho con un dolor más fsico en su garganta, un dolor que podía controlar.
Desde donde estaba, echó la vista atrás y vio las primeras lenguas de fuego sobresalir por los muros del lazareto. La presión del pecho creció y también lo hizo su desesperación por encontrar a la persona que había cuidado de ella. Se había convertido en su hermano mayor. Si la infección no se hubiera llevado por delante sus oídos, la pequeña podría haber escuchado las voces de Lucio y Brun, que la llamaban desesperados a no mucha distancia de allí. Y también podría haber escuchado a alguien que se acercaba sigiloso, pero solo vio una sombra que se cruzó entre dos árboles y, de pronto, una diminuta luz.
Brun puso la mano en el pecho de Lucio para que se detuviera y se llevó un dedo a los labios para que se callara. No muy lejos de allí se escuchaban unos pasos sobre la maleza.
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—Silencio —dijo una voz que ninguno de los dos chicos supo reconocer.
Y de manera instantánea se escondieron tras los dos árboles más cercanos. Contenían la respiración y se giraron a un lado y a otro con mucho cuidado para tratar de localizar a la persona a la que pertenecía aquella voz sin dejar de buscar alguna señal de Damián.
—Vamos, pequeño, ¿dónde estás? —murmuró Brun para sí. Vio que Lucio agarraba la corteza del árbol como si lo fuera a romper bajo la presión de sus dedos. El hijo de Miguel continuaba mareado y Brun temía que de un momento a otro
cayera inmóvil.
Los pasos se acercaron. Brun se giró a un lado y reconoció a uno de los soldados. Estaba muy cerca, más de lo que esperaba, dibujado a contraluz por los rayos lunares que se fltraban entre las ramas. El muchacho contuvo la respiración y miró a su alrededor buscando lo que fuera que sirviese como arma. Sintió la mirada de Lucio, que lo observaba sin saber qué hacer, asustado, perdido. Él tampoco lo tenía muy claro, pero de una cosa estaba seguro: tenían que salir de allí cuanto antes. Tenían que huir de los soldados, de los frailes, de Miguel, y dejar atrás toda aquella muerte, toda aquella locura.
—Corre —vocalizó en silencio Brun para que su amigo lo pudiera entender.
Lucio tardó un momento en reaccionar hasta que negó con la cabeza. No quería dejar a Damián atrás. No quería que lo apresaran. Era ya su hermano o, mejor dicho, su hermana pequeña, algo que en algún momento tendría que contar a Brun si conseguían salir de allí con vida. Al hijo de Miguel le costaba pensar, no solo por el efecto de la leche de amapola que su cuerpo había absorbido antes de vomitar; su padre era un asesino, un monstruo, y el peso de la culpa recaía sobre él. Todos esos chicos muertos por él… ¡A saber qué más cosas le
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había ocultado! ¿Qué otras monstruosidades había cometido con el pretexto de salvar su vida?
—Corre o nos matarán a los dos —volvió a vocalizar Brun.
Los pasos de los soldados se escuchaban cada vez más cerca. Lucio cerró los ojos y Brun se removió inquieto. Tenían que continuar ya. El muchacho tuvo una idea y se agachó para coger una piedra.
—Creo que he oído algo por ahí —se escuchó susurrar a uno de los soldados.
La mente de Brun trajo el recuerdo de él mismo suspendido en el centro de aquella celda bajo las cuchillas del verdugo y se contuvo las ganas de salir corriendo y dejar a Lucio atrás. La determinación de la que hacía un instante se había enorgullecido se acababa de esfumar de un plumazo y daba paso al terror. No podía volver allí. Prefería morir. El muchacho volvió a mirar al hijo de Miguel presa del pánico, pero este parecía ausente. Miraba al cielo como si desde allí alguien los pudiera ayudar. «Vamos Lucio, por favor, reacciona, no puedo irme sin ti. No quiero hacerlo, pero…». Sintió una ligera humedad en los ojos. Lucio no respondía.
—¡Lucio! —susurró—. ¡Tenemos que salir de aquí!
Los pasos se detuvieron. Alguien chistó y a Brun se le heló la sangre. Lo habían escuchado. Los habían descubierto. Miró una última vez a Lucio y se sintió el ser más rastrero por pensar en dejarlo. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? Si no se movía, caerían los dos. Lucio lo miró con los ojos brillantes y asintió. Brun tenía ganas de llorar, aliviado, pero no había tiempo para esas nimiedades.
—Perdónanos, pequeño —rogó Lucio, también con los ojos vidriosos.
Los muchachos se miraron. Brun le mostró la piedra que tenía en la mano y la lanzó a las profundidades del bosque.
—He oído algo por allí —dijo uno de los soldados.
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—Que no escapen —ordenó el otro, y las pisadas se encaminaron veloces hacia aquel sonido.
Y fue entonces cuando los dos muchachos cogieron aire para infundirse un último hálito de valor y fuerzas y, justo en la dirección contraria, se lanzaron a una carrera desesperada para salvar sus vidas.
El laboratorium de Miguel se consumía presa de las llamas. La mesa de operaciones era ya más ascuas que madera. Las estanterías y los libros ardían, los botes con diferentes muestras orgánicas y alcoholes estallaban y avivaban el fuego.
En la cocina alguien golpeaba desesperado la madera bajo la alfombra de esparto, que se consumía en hilos incandescentes. Sobre ella había caído una pesada alacena con cuencos, vasos y platos. A veces subía y bajaba como si sufriera estertores, empujada por la angustia y el horror de Manuel.
En el patio, el padre prior miraba todo con los ojos tan encendidos como el fuego que observaba. Satisfecho, sujetaba el libro en el que Miguel detallaba sus prácticas más secretas y amorales. El soldado de la cabeza rasurada acababa de cerrar el cercado de los leprosos y lanzó una antorcha por encima, justo hacia el techo de madera y paja, que prendió al instante.
—Así debe ser. —Y una enorme llamarada le iluminó el rostro mientras miraba la entrada del edifcio principal.
Allí, tras las grandes puertas de madera que el fuego terminaba de consumir, sabía que los cuerpos del desdichado guardia y el mismo Miguel se estaban reduciendo a cenizas. Ya no desaparecerían más endemoniados. Sin embargo, había algo que aún resistía: la escultura tallada por Brun los observaba desde el suelo ennegrecida por el humo y miraba con sus ojos verdes directamente al prior, que sintió un escalofrío.
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Damián se enjugó las lágrimas con el puño. Intentaba dejar de llorar, pero seguía hipando de manera incontrolable. Una mano femenina le acarició el rostro, y el contacto, cálido y suave, terminó por tranquilizarla.
—No llores, pequeño —dijo el hada acuclillada frente a ella—, yo cuidaré de ti.
La mujer se puso en pie y agarró de la mano a Damián, que le señaló el bosque. En la cabeza de la niña las palabras giraban para encontrar la manera de decirle que tenían que buscar a Lucio y a Brun, que se había perdido, que no estaba sola, pero de su boca únicamente surgió un sonido gutural.
—Sí, hacia allí tenemos que ir.
Damián sabía que no la estaba entendiendo y negó con la cabeza. Suspiró y trató de pensar la manera de comunicarse con aquella mujer desconocida.
—Toma, pequeño. Esto es para ti —dijo la mujer.
Se agachó y puso ante sus ojos una moneda grande y brillante. La niña la cogió y se quedó embelasada mirándola. Era dorada; jamás había visto una cosa similar. Aquello era infnitamente mejor que sus burdos cantos rodados. Damián, aunque desconfada, le sonrió.
—¿Sabes? Hace tiempo pude cuidar de un niño como tú. Mi pequeño… Mi pequeño hablaba y era muy guapo, igual que tú, igual que yo. Esta vez no dejaré que nadie nos separe.
Y en aquel instante, la pequeña fue capaz de ver en los ojos de la mujer la enfermedad que la había estado invadiendo mucho antes que la lepra. Se trataba de algo mucho peor, algo que no se alimentaba de la carne sino de la mente. Y la niña se estremeció.
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—Vamos, Lucio —dijo Brun tirando del brazo del hijo del curandero, aunque ahora pensaba en Miguel como en todo lo contrario—. Hay que seguir, no podemos parar.
—No puedo más —respondió su amigo deteniéndose y apoyando las manos sobre las rodillas—. Necesito descansar.
Brun miró hacia atrás y solo vio el bosque oscuro. Sin embargo, había algo frente a ellos.
—Vaaamos. —Le obligó a continuar a base de tirones en el brazo—. Por allí veo algo, pero necesito que te muevas.
Lucio lo miró suplicante, aunque no hizo efecto en Brun y los dos continuaron hasta aparecer en un cruce de caminos. Justo en el punto en el que ambos se encontraban, había una cruz de hierro negro medio derretida. La parte superior reposaba retorcida en la tierra.
Los chicos caminaron hacia allí y Lucio se dejó caer en el suelo.
—Permíteme, al menos, tomar aliento.
Brun se sentó a su lado renegando. Una mantis que buscaba alimento trepó por el hierro fundido y se detuvo a observar a aquellos dos misteriosos invitados que boqueaban y miraban nerviosos en todas direcciones. El insecto continuó su tarea al comprobar que estaban más interesados por la luna, que había vuelto a recobrar su brillo plateado, que por él.
—No podemos demorarnos mucho tiempo, seguro que
siguen buscándonos —comentó Brun.
—Damián…
Desde donde se encontraban se veía el brillo dorado y rojizo del fuego del lazareto. Volutas de humo negro salían escupidas por lenguas llameantes hacia las estrellas.
—No podíamos hacer nada, Lucio. Lo buscaremos cuando todo esto pase y estemos a salvo. Te lo prometo.
—¿Lo estaremos alguna vez?
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Brun no sabía qué contestar. Todavía estaba aturdido por todo lo que había ocurrido y se acordó de Manuel. Ojalá hubiera salido. Ojalá hubiera ido con ellos. Aunque a veces era un pesado con sus pecados y sus maldiciones, sabía que era un buen muchacho. No se merecía aquello. Dudaba de que alguien se lo mereciera, aunque lo que había hecho Miguel… Aquel monstruo había matado a mucha gente. Quizá hubiera hecho lo mismo con su propio hijo. Y miró a Lucio.
—No lo entiendes: está sola. La cogerán… —¿Cómo dices?
Brun quiso preguntarle, pero Lucio estaba a punto de echarse a llorar. El muchacho lo observaba como si el hijo de Miguel hubiera perdido la cabeza. No le extrañaba. Todo aquello había sido demencial. Él mismo no estaba seguro de no haberla perdido y estar soñando en aquel preciso instante, sumido en una pesadilla. Los días sencillos de trabajo y baños en el río quedaban ahora muy atrás. ¿De verdad que en algún momento llegaron a suceder?
El sonido lejano de unos cascos puso en alerta a los muchachos, que se escondieron entre la maleza. Conforme se acercaban, también pudieron apreciar el traqueteo de las ruedas de un carro. Avanzaba a ritmo lento, cansino, y los chicos se mantuvieron ocultos en silencio con los nervios de punta.
Clac-clac-clac. Silencio. A pocas zancadas de donde se hallaban, el carro se había detenido. Entre los huecos de los matorrales los muchachos observaban las ruedas del carro y las patas de una bestia de tiro protestar por haberse detenido en mitad de aquella oscuridad que no podía gustar a nadie. Silencio.
—¿Necesitáis ayuda? —dijo por fn la voz de un hombre.
Los chicos no se movieron y se miraron nerviosos.
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—Es muy tarde para andar perdido en el bosque. Aunque los bandidos duerman, las bestias no lo hacen y puede que haya cosas peores.
Brun y Lucio asomaron tímidamente la cabeza para encontrarse con un burro tirando de una carreta. No era la de los soldados. Esta era más destartalada y aquel hombre, vestido con ropas humildes y ya entrando en la vejez, no era uno de ellos. Pero tampoco estaban seguros de poder confar en él. Lo que estaba claro es que no tenía sentido quedarse allí cuando ya los habían descubierto.
—¿Cómo sabes que no somos una de esas cosas peores? —Ja, ja, ja, —rio el carretillero—. Si fuerais peligrosos no
estaríais escondiéndoos de un pobre viejo como yo.
Brun se puso en pie y ayudó a su amigo a hacer lo mismo. —Mala noche la de hoy —dijo el hombre mirando al
lazareto—. Vamos, subid. Os llevaré al pueblo.
Brun y Lucio se miraron.
—Si no queréis venir, no hay problema, tengo que seguir haciendo la ronda.
Y era verdad. Todas las noches aquel hombre salía para hacer su trabajo, que no era otro que el de recorrer los caminos del bosque y recoger a personas perdidas en él. Lo había hecho desde que acompañara a su padre siendo todavía un imberbe. Había encontrado de todo, toda clase de personas, toda clase de situaciones, y de todas ellas se acordaba, incluso de dos personas encapuchadas que llevaban a un muchacho inconsciente a caballo. Pero él no juzgaba. Ya serían otros los encargados de hacerlo si es que daba lugar. Él solo las ayudaba a llegar a algún lugar seguro y ahí se acababa todo.
—Será más rápido que atravesar el bosque a oscuras —terció Lucio—. Creo que ya no puedo más.
Brun volvió a sopesar la situación. Él también estaba cansado. Agotado de huir y tirar de Lucio.
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—Está bien —sentenció.
Rodearon la carreta hasta la parte de atrás y se quedaron paralizados al ver un bulto echado a lo largo.
—Este se perdió en el bosque —aclaró el anciano— y las bestias lo encontraron antes que yo.
A veces, muchas más de las que le gustaría, lo que encontraba ya no eran personas, sino sus carcasas vacías. Igualmente, su trabajo consistía en sacarlos de allí. En esos casos se los entregaba a los sacerdotes y frailes para que, al menos, les dieran santa sepultura. Nadie merecía morir solo en el bosque, perdido y olvidado. A nadie se le debería negar el descanso eterno.
—Que no os dé miedo. Los vivos son los únicos que pueden hacernos daño.
—Brun… —suplicó Lucio.
Brun soltó un suspiro. No se faba de aquel hombre. No creía que volviera a farse de nadie nunca más en la vida. Aun así, al ver los ojos cansados y los hombros caídos de Lucio, accedió y ambos subieron a la carreta.
Nada más hacerlo, el hombre chistó unas cuantas veces y el burro se puso en marcha de manera perezosa. Los cascos rompieron la quietud de la noche y la carreta comenzó a avanzar.
—¿Venís de allí? —dijo el hombre, como podía haber dicho cualquier otra cosa. Su trabajo era muy solitario y, por muy solitario que también fuera uno, había que aprovechar los pocos momentos en los que tenía el lujo de hablar con alguien—. ¿Sabéis qué ha ocurrido?
La carreta tomó el camino a la derecha de la cruz. Se alejaban del lazareto, que ardía sin piedad.
—No, no tenemos ni idea —mintió Brun—. Hemos visto las llamas y hemos decidido alejarnos.
Lucio se recostó sobre el regazo de Brun.
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—¿Y hacia dónde os dirigíais?
—El primer pueblo en el que se detenga estará bien. Desde allí retomaremos nuestra ruta.
El anciano no insistió. Había cosas que era mejor dejarlas estar.
—¿Qué haremos a partir de ahora? —preguntó Lucio en voz baja al cabo de un rato; se le notaba la respiración cada vez más pausada.
Brun se sentía incapaz de responder a aquel interrogante, que traía consigo otros tantos más. Solo tenía clara una cosa:
—No lo sé, pero, sea lo que sea, lo haremos juntos —susurró. Y Lucio sonrió. Cerró los ojos y se dejó llevar por un sueño que lo llamaba a gritos. Brun le puso la mano sobre el hombro y trató de imaginar toda una vida así. Los dos. En cualquier lugar alejado de toda aquella locura y muerte. Lejos de toda esa gente que era capaz de lo peor en favor de sus verdades. ¿Hacia dónde tendrían que huir? ¿De verdad existiría ese lugar? De momento, se conformaba con salir del bosque. Así, reconfortado por el frescor de la noche, sintiendo el traqueteo de la carreta y con el calor de Lucio sobre los muslos, deseó que
el tiempo se detuviera en aquel preciso instante.
En lo alto, la luna brillaba llena y plateada.
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AGRADECIMIENTOS
Atodos los que después de El camino inesperado habéis querido seguir leyendo mis historias. A todos los nuevos lectores que, aun sin conocerme, habéis decidido dar una oportunidad a esta locura. A toda la gente que confa en mí, me apoya y me anima a sacar a la luz historias como esta. A mi familia, mis amigos y a Joan, que, por supuesto, es quien más me sufre. A Alejandra Huerga, que me prestó su talento durante un tiempo para tratar de plasmar en imágenes esta aventura. Y, por último, a Ismael y a todo el equipo de Editorial Siete Islas, que me han dado la oportunidad de formar parte de esta gran
familia.
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ALEJANDRO MONREAL LANDETE (Hellín, Albacete, 1983). Tuvo que marcharse a Valencia, donde actualmente reside, para realizar sus estudios en Comunicación Audiovisual y, posteriormente, dos másteres de Guion de Cine y Animación y VFX.
Ha trabajado como supervisor de CFX en las películas Bufalo Kids y Animal Crackers, además de series como Cry Babies, Bloopies o VipPets. También como artista 3D en otras tantas producciones como la Gallina Turuleca, el videojuego Castlevania Lord of Shadows II o el cortometraje ganador del Goya 2013, El Vendedor de humo (guionista).
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Índice de contenido
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
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Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Agradecimientos
Sobre el autor
FIN

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