© Libro N° 14918. Bosques Negros, Cielo Azul. Ivey, Eowyn. Emancipación. Marzo 14 de 2026
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BOSQUES
NEGROS, CIELO AZUL
Eowyn
Ivey
Bosques Negros, Cielo Azul
Eowyn Ivey
Birdie es una joven madre soltera que trabaja como camarera en un hostal de carretera de Alaska. Su pequeña Emaleen se cría entre las mesas del bar y el bosque de enfrente, donde está su cabaña, con el apoyo de los vecinos y con su inseparable Thimblina, su amiga-libélula-hada imaginaria. Birdie adora a su hija, pero también le abruma su falta de libertad: para divertirse, para irse a pescar un día entero sola o para huir de su extenuante trabajo. Entonces un día aparece Arthur Neilsen en el hostal, un ermitaño siniestro de voz suave que solo baja al pueblo tras los cambios de estación. Arthur «el hombre de cuatro patas»; Arthur «el comemiel», lo llaman. Pero a Birdie no le importa lo que diga la gente: se ha enamorado y está decidida a marcharse con Emaleen a la cabaña perdida de Arthur, más allá del río Wolverine, a vivir entre caribús, alces y arándanos azules.
Eowyn Ivey
Bosques Negros, Cielo Azul
ePub r1.0
Titivillus 27-02-2026
Título original: Black Woods, Blue Sky
Eowyn Ivey, 2025
Traducción: Pablo González-Nuevo
Ilustraciones botánicas: Ruth Hulbert, 2025
Corrección de pruebas: Tania Galán Álvarez
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Los bosques ya están negros, el cielo aún azul. Que el cielo sea siempre azul para usted, mi joven amigo; e incluso en el momento, ya próximo para mí, en que los bosques estén negros y la noche caiga presurosa, se consuele contemplándolo, como hago yo.
MARCEL PROUST, Por el camino de Swann
PARTE UNO
CAPÍTULO 1
irdie se dio cuenta de su error en cuanto logró abrir los ojos. Estaba hecha polvo, como si tuviera la gripe o la hubieran apaleado de la Bcabeza a los pies, y en el interior de la cabaña de una sola habitación fue cada vez más consciente de su propio hedor, del olor a humo de tabaco, alcohol digerido y vómito que rezumaba su piel. Sacó el brazo con cuidado de debajo de la cabeza de su hija y la niña se giró hacia el otro lado de la cama pero no despertó. La pequeña Emaleen, con su pelo rubio revuelto y las mejillas calientes y sonrosadas. Birdie quiso acurrucarse a su lado y volver a dormir. Pero el dolor de cabeza iba de mal en peor. Logró sentarse en el borde de la cama y se levantó lentamente. Sintió un sudor frío en las axilas y a la altura de los riñones. Apoyó una mano en la pared cuando notó que le flaqueaban las rodillas, y al bajar la vista se dio cuenta de que aún llevaba puestos los vaqueros azules y la camiseta del día
anterior.
El hostal Wolverine se había llenado la noche pasada. Alrededor de una docena de habituales habían conducido desde Alpine y Stone Creek, un par de camioneros se habían detenido con sus tráileres a pasar la noche y Charlie Coldfoot y sus colegas habían llegado en sus Harleys desde Anchorage en su primera salida de la temporada. Casi veinte personas apretujadas en el pequeño bar de un hostal de carretera con el único objetivo de ahuyentar a la oscuridad. En los altavoces sonaban Billy Idol y Emmylou Harris. Afuera, los charcos primaverales se habían helado y había caído una ligera nevada desde las montañas, pero lo que Birdie recordaba era estar ardiendo. Rozaba con sus caderas las piernas de los hombres mientras iba repartiendo chupitos de licor y botellines de cerveza fría. Todo lo que decía y hacía resultaba espontáneo y natural, como si ella fuera una llama perfecta danzando entre las mesas de madera, una fuente de calor que se reflejaba en los rostros de conocidos y desconocidos. La música reverberaba en sus pies desde el suelo laminado. Había dejado que
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Roy la hiciera girar como una bailarina e incluso Della se había reído.
Hasta el último de ellos, todo el maldito mundo, era espléndido y hermoso.
Resultaba tentador echarle la culpa a Roy, pero lo cierto es que la cocaína no era gran cosa. De hecho, apenas había sentido el subidón, y eso que Roy y ella se habían metido varias rayas. Cada vez que salían riendo del baño Della los miraba con cara de póquer desde detrás de la barra. Birdie recordó cómo se le iba adormeciendo primero la lengua y después la nariz. Luego incluso los dientes, de tal modo que era como si su cara perteneciera a otra persona. Pero el colocón no fue tanto por la coca como por la bebida. Se sentía como si le hubieran regalado un superpoder, la habilidad de tragar tequila como si fuera agua.
Y fue entonces cuando cometió el error. El error de no parar. Cuando debía haber puesto fin a la noche, recogido sus propinas y ayudado a Della a echar del bar a todo el mundo, había continuado la fiesta. Es cierto que Coldfoot o algún otro la había provocado llamándola floja y que no era fácil estar segura de cuánto había bebido por culpa de la coca. Pero el verdadero problema era la extraña sensación de esperanza que la invadía. Quizá esta vez consiguiera preservar de algún modo ese instante perfecto en el que has bebido lo suficiente para levantar el vuelo pero no tanto como para asquearte de ti misma.
En el cuarto de baño, Birdie acercó la boca al grifo y bebió varios tragos de agua y se mojó la cara. Necesitaba una ducha y un café bien caliente, pero antes cogió el mechero y la cajetilla de tabaco de encima de la cómoda y salió de la cabaña descalza. El único escalón de la entrada estaba frío y mojado de rocío. Apretó los brazos contra el pecho para protegerse del fresco mientras fumaba. Tras meses de invierno sin luz solar directa, finalmente el sol estaba lo bastante alto en el cielo como para brillar sobre el hostal. Los picos de las montañas se alzaban nevados en todas direcciones recortados contra el cielo azul, pero el aire olía a fronda, a retoños de álamo, a briznas de hierba y agua del arroyo.
Birdie apagó el cigarrillo, volvió a entrar en la cabaña, se calzó las zapatillas deportivas y se puso una sudadera. Emaleen dormía profundamente y seguiría haciéndolo durante una o dos horas más. Birdie cerró la puerta con cuidado y se marchó.
Las pequeñas cabañas para huéspedes apenas tenían espacio de almacenaje, de modo que guardaba algunas cosas en un cobertizo trasero. Encajada en un rincón, entre la bicicleta y el trineo de Emaleen, estaba la
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caña de pescar que el abuelo Hank le había regalado a Birdie años atrás. Había reparado una de las anillas con cinta adhesiva, el sedal estaba gastado y el carrete se atascaba. Pero en la destartalada caja de aparejos encontró unos señuelos Mepps sin abrir y varios eslabones giratorios. Por más que le doliera la cabeza, Birdie siempre recordaría cómo hacer un buen nudo de pescador. «El mejor remedio para la resaca», decía siempre el abuelo Hank. Birdie salió del cobertizo con la caña y la caja de aparejos y rodeó las demás cabañas y el edificio del hostal, dejando atrás la mesa de pícnic y el anillo para las fogatas. Della aún estaría en la cama, y Clancy probablemente preparando café y calentando la plancha para hacer los desayunos en la cafetería.
El sendero hacia el bosque pasaba por casa de Syd, pero no iba a incordiarlo a esa hora de la mañana. De modo que caminó un trecho a través de los árboles y luego abandonó el sendero y se dirigió al arroyo barranco abajo. Las aves veraniegas —los tordos, las currucas y los reyezuelos de moño rojo— empezaban a regresar después del invierno y aleteaban gorjeando entre los abedules y las ramas de abeto. Birdie tuvo que trepar por encima de un abeto derribado por alguna tormenta, pero la hierba seguía a ras de suelo y los espinosos bastones del diablo aún no habían crecido del todo, por lo que resultaba bastante fácil caminar. Cuando la descubrieron los mosquitos se cubrió la cabeza con la capucha de la sudadera. Incluso con los oídos tapados, empezó a oír el murmullo del arroyo antes de verlo.
Solo se dio cuenta de que había olvidado el rifle mientras se abría paso con dificultad a través de un matorral de aliso. Había perdido la costumbre de llevarlo en sus paseos porque en invierno no era necesario. Pero ahora los osos estarían saliendo de sus madrigueras. Se detuvo entre la densa maleza sin hacer ruido, contuvo la respiración y escuchó. Solo se oía el arroyo y el canto de los pájaros, y un poco más lejos el rugido constante del río Wolverine.
—¡Eh, oso! —gritó, dando palmadas.
Solo por si acaso.
La mayoría de las veces, los osos se comportaban según lo esperado, eso cuando se dejaban ver. Evitaban a la gente y al oír tu voz o captar tu olor te daban esquinazo. Era frecuente ver osos negros en las laderas de las montañas, pastando entre arbustos de sapindácea. Los más atrevidos revolvían los contenedores de basura detrás del hostal, aunque por lo
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general un disparo al aire bastaba para espantarlos. De los osos grizzly, más grandes y peligrosos, rara vez se veía algo más que huellas de sus pezuñas o pilas de excrementos en el bosque. Pero de vez en cuando un oso podía sorprenderte y eran demasiado listos para ser del todo predecibles. Jules vivía carretera abajo cerca del hostal y hacía varios años un oso negro la había acechado mientras recogía arándanos bajo el trazado del tendido eléctrico. Cada vez que se giraba hacia el animal, este avanzaba más rápidamente hacia ella, y cuando le plantó cara el oso se detuvo y empezó a caminar de lado a lado, como si intentara reunir el valor necesario para lanzarse a por su presa. Esto continuó durante más de un kilómetro y medio, y Jules contó que había sido como una versión infernal de un semáforo cambiando entre el rojo y el verde, con el oso acercándose a ella cada vez más. Solo se salvó porque Stan oyó los gritos desde su casa, salió con su 375 y disparó al animal.
Jules había contado esa historia muchas veces y otros habían hecho lo propio. Contar anécdotas sobre osos era uno de los pasatiempos favoritos en el hostal. Parte de la diversión era asustar a los turistas, que abrían los ojos como platos cada vez que oían algo, pero en realidad había que ser idiota para no asustarse al menos un poco. Las historias más aterradoras eran sobre osos grizzly, por su asombroso tamaño y su fuerza. Los cazadores hablaban a menudo de los grizzly que merodeaban en círculo alrededor de sus campamentos en plena noche, chasqueando los dientes y resoplando amenazantes. Un topógrafo había contado que cuando lo atacó una osa cerca de Alpine fue como si hubiera sido arrollado por un tren de mercancías silencioso. Aún tenía en la nuca y el cuero cabelludo las cicatrices de los brutales zarandeos y el zarpazo que le propinó antes de huir con sus dos cachorros. El verano pasado, en la tundra al norte del hostal Wolverine, un oso grizzly había arrastrado fuera de su tienda a un anciano y lo había matado y devorado parcialmente antes de esconder su cadáver bajo un montón de musgo y tierra.
Birdie recordaba nerviosa todas esas historias mientras aguardaba en silencio, escuchando. Pero ¿cuántas veces habría atravesado ese bosque sin encontrarse con nada salvo un urogallo o un puercoespín? Ni una sola vez se había topado con un oso cerca del arroyo. En toda su vida, solo había visto a unos pocos a orillas del río Wolverine, la mayoría a distancia con prismáticos.
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«Que no los veas no significa que no estén por ahí», solía decir la abuela Jo. E insistía en que no había lugar peor para estar sin un arma de fuego que un arroyo en pleno bosque de alisos. La vegetación es demasiado densa para controlar todo lo que hay alrededor y el rumor de la corriente apaga los ruidos. Y no hay nada más peligroso que un oso asustado a corta distancia.
Sin embargo, si hubiera dado media vuelta para regresar a por el rifle, habría perdido la mañana. Emaleen despertaría. Birdie se daría una ducha y luego decidiría ir a desayunar a la cafetería. Y antes de darse cuenta estaría de nuevo en el bar a punto de empezar el turno de noche, con un clavo en la cabeza y el cerebro sumido en la neblina de la resaca.
Birdie siguió caminando. Al dejar atrás los alisos también había menos árboles y el descenso hacia el arroyo era suave. Los brotes de helechos empezaban a abrirse y los helechos hembra parecían flotar sobre sus delgados tallos como encaje verde pálido a escasos centímetros del suelo. Si algún oso se acercaba, lo vería.
El arroyo, que nacía en el lago Juniper y moría en el río Wolverine, era lo bastante estrecho para saltar su cauce mientras Birdie lo seguía corriente abajo. Un mes antes todavía quedaba hielo junto al agua y bancos de nieve en sus orillas. Todo eso había desaparecido y entre el musgo y las rocas florecían pequeñas violetas lanceadas blancas y moradas.
Corriente abajo, Birdie vio el viejo álamo caído años atrás atravesando el arroyo. El agua oscura y profunda se acumulaba en los huecos de la madera antes de saltar en cascada sobre el ancho tronco. Este siempre había sido el mejor pozo para pescar, pero las truchas arcoíris pasaban el invierno en el lago Juniper y Birdie no estaba segura de que hubieran llegado ya al arroyo. De momento no había visto a ninguna nadando en aguas poco profundas.
Se acuclilló en la orilla y abrió la caja de aparejos. Encontró el cuchillo de caza que guardaba en ella y lo utilizó para cortar del sedal el viejo y oxidado anzuelo. Después ató uno nuevo, le enganchó un señuelo y caminó hacia el tronco de álamo, poniendo cuidado en no resbalar sobre la madera mojada y podrida donde había perdido la corteza.
Lanzó la caña un par de veces sin éxito. La primera se enganchó en un sauce y la segunda rebotó torpemente en el agua justo frente a ella. Recogió el sedal y cambió el cebo, probó suerte con un lanzamiento en horizontal desde la cintura y el señuelo aterrizó perfectamente junto a la
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otra orilla. Lo dejó hundirse unos instantes, le dio un suave tirón para hacer girar el señuelo y empezó a recoger lentamente. Sintió el señuelo chocar con algo, aunque probablemente solo estaba rozando alguna rama hundida o el fondo del arroyo.
Probó lanzando a otra parte y variando la velocidad de recogida. Sabía que posiblemente estaba pescando en un pozo vacío pero no le importó. Le bastaba estar allí afuera y dejarse bañar por la luz del sol y el verdor del bosque, el rumor del arroyo y el canto de los pájaros. ¿Y si se quedara allí todo el día, paseando por la orilla y lanzando la caña, pensando únicamente en atrapar alguna trucha? El musgo bajo los pies, las ramas de abedul y el cielo azul sobre su cabeza, sin que nadie le exigiera nada. ¿Por qué no podía ser realmente así su vida? Pero el caso es que no lo era. Al final tendría que regresar y escuchar a Della, que estaría cabreada por lo de la noche pasada. Y tendría que recurrir a la abuela Jo y preguntarle si podía cuidar a Emaleen porque era sábado y de nuevo habría lío en el bar. Tendría que habérselo pedido antes, pero últimamente Jo parecía desganada cada vez que Birdie necesitaba algo. Y, para colmo, Jo tendría que ir en coche al hostal a recoger a Emaleen, pues el coche de Birdie seguía averiado, con un problema en la transmisión que iba a costar más dinero del que ella ganaba en un mes. Por enésima vez, se puso a echar cuentas. El sueldo de treinta días en dos pagas más las propinas de costumbre, menos los gastos mensuales y lo que aún debía al banco por los recibos devueltos… Si además tenía que pagar a una canguro, más le valía dejar el trabajo y empezar a vivir a base de cupones de comida. De todos modos, incluso recortando gastos e intentando ahorrar no veía manera de tener el coche arreglado hasta el otoño. Estaba harta de mendigar dinero y viajes en coche, llevando a Emaleen de un lado a otro como si fuera una maleta. Era como intentar ganar un estúpido y monótono juego que otro había inventado; un juego que, al final, no importaba un carajo. Sabía que era estúpido dedicarse a beber y salir de fiesta, pero era la única manera de sentir un mínimo de emoción por estar viva.
En cuanto dejas de pensar en la pesca es cuando los peces deciden picar. Birdie sintió un repentino tirón en el sedal y al levantar la caña resbaló con el pie derecho y estuvo a punto de caerse. Cuando recuperó el equilibrio soltó algo de sedal al notar que la trucha se resistía. El pez dio un salto salpicando y después nada. Birdie estaba segura de que el viejo sedal se había roto, pero al recoger vio el señuelo deslizándose sobre el
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agua. Simplemente no lo había colocado bien. Recogió el sedal por completo, desató el señuelo para comprobar que el anzuelo no se hubiera doblado ni roto y volvió a lanzar.
En ese momento, el dolor de cabeza empezó a desvanecerse y esa otra sensación —la mezcla de culpa y resentimiento que la hacía querer ahogar un grito, revolverse y pelear— también se esfumó. Era como si su mente al fin hubiera sido capaz de enfocar únicamente el sedal claro sobre el agua fría y oscura. Tiró la caña una y otra vez hacia la otra orilla del arroyo, concentrada para detectar el más mínimo golpe o tirón.
Y no tardó en notarlo, esta vez más fuerte que el primero. El extremo de la caña se dobló pidiendo sedal, pero ella actuó con suavidad, tirando y recogiendo para mantenerlo tenso. «No lo fuerces», le habría dicho el abuelo Hank. «Ya lo tienes, ya lo tienes».
Birdie saltó del tronco y siguió recogiendo el pez hasta la orilla. Era una preciosa trucha arcoíris que mediría fácilmente unos cuarenta y cinco centímetros, con los brillantes colores que adquieren cuando van a desovar, un oscuro e irisado marrón verduzco con motas negras, que a Birdie le hizo pensar en ojos castaños, y una clara línea rojiza en los costados. Desenganchó fácilmente el anzuelo de su boca. Podría haber devuelto la trucha al arroyo para que siguiera nadando, pero decidió quedársela. Hacía mucho tiempo que Emaleen y ella no comían trucha fresca.
Sacó el cuchillo de caza y mató al pez ensartándoselo en la cabeza. Luego se agachó en la orilla para lavarlo. En cuanto lo destripó, moscas y mosquitos empezaron a zumbar a su alrededor y ella los apartó de su cara con el dorso de la mano. Introdujo el dedo pulgar en la cavidad de las entrañas, deslizándolo de arriba abajo a lo largo del espinazo para extraer los restos de riñón rojo oscuro. Luego aclaró de nuevo el pez y se lavó la sangre de las manos.
Cuando miró el reloj, habían pasado casi dos horas. Tenía que regresar. No había llevado mochila ni una bolsa para guardar la trucha —la verdad es que no esperaba pescar nada—, de modo que introdujo el dedo índice entre las branquias, sacándolo por la huesuda boca, y con la misma mano cogió la caña y con la otra la caja de aparejos. Se imaginó entrando sigilosamente en la cabaña y poniendo los fríos labios de la trucha en la mejilla de Emaleen mientras dormía. Emaleen se despertaría de repente.
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—¿Qué tal, bella durmiente? —le diría—. Ahora te convertirás en un sapo.
Y Emaleen se reiría.
—No, mami. Estás confundida. ¡Un príncipe! ¡Un príncipe! Ese es quien besa a la bella durmiente.
—¿Y qué pasa con el sapo?
—Mmm, tienes que… tienes que besarlo y puede que sea un príncipe. —¿Lo ves? Entonces, deberíamos darle un beso, ¿no crees?
Y acercaría de nuevo la trucha a la cara de Emaleen y la pequeña arrugaría la nariz, riendo y meneando la cabeza.
—Vale, vale, no tenemos que besarla. ¿Y si en vez de eso nos la comemos para almorzar? A lo mejor nos la prepara Clancy.
Y Emaleen aplaudiría.
Llevaba un rato caminando en la espesura, entre los alisos, cuando la caña de pescar se enganchó en un arbusto delante de Birdie. Había olvidado llevarla apuntando hacia atrás, como le había enseñado a hacer el abuelo Hank, con la puntera siguiendo sus pasos entre la maleza. Al intentar soltarla, el sedal se enredó en el extremo de una rama. Dejó la trucha y la caja de aparejos sobre una roca y se dispuso a desenredarlo, maldiciendo en voz baja.
Al terminar, se agachó para coger la caja y escuchó por segunda vez un crujido de ramas. Algo grande avanzaba hacia ella entre los alisos.
Antes de que pudiera decidir si corría o gritaba, vio a un hombre salir de los arbustos. Era Arthur Neilsen. También él pareció sobresaltarse, y cuando hizo amago de retroceder tropezó con la rama baja de un aliso y estuvo a punto de caer.
Birdie se rio.
—Los dos nos hemos llevado un susto de mil demonios, ¿eh?
Él no reaccionó ante su risa ni sonrió, y seguía con la misma expresión de querer huir en dirección contraria. Era un hombre grande, que superaba con creces el metro ochenta de estatura, aunque había adelgazado desde la última vez que Birdie lo había visto el otoño pasado. Su desgreñado pelo rubio parecía habérselo cortado él mismo con un cuchillo mal afilado, y una poblada barba le cubría completamente la cara, exceptuando la larga y profunda cicatriz que bajaba desde un lado de su cabeza hasta la mejilla. De la oreja de ese mismo lado solo quedaba un pequeño colgajo. Quizá porque estaba desfigurado o por su torpe comportamiento y su extraña
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manera de hablar, la gente tendía a alejarse de Arthur. Birdie siempre había sentido más curiosidad que otra cosa.
Arthur bajó la vista hacia el pez y se acercó un poco más.
—Las truchas —dijo—. Vengo a ver si han vuelto ya al arroyo.
—Sí, yo también —respondió Birdie—. Pensaba que sería demasiado pronto pero acabé atrapando dos. Aunque la primera la perdí.
Cogió la trucha destripada e intentó limpiar la hierba y las hojas que se habían pegado a su piel casi seca.
—Pero esta no.
Birdie la levantó para enseñársela y su expresión se volvió más intensa de repente, como la de un hombre que se dispone a besar o un gato a punto de abalanzarse sobre un ratón. Birdie se dio cuenta de que estaban en las profundidades del bosque, y si ocurría algo nadie escucharía sus gritos.
—Guay —dijo con una risita—. Bueno, será mejor que regrese. Me esperan.
Él intentó apartarse para dejarla pasar pero no había sitio suficiente entre los exuberantes arbustos. Cuando ella lo rozó, tuvo la certeza de haberlo oído inspirar profundamente por la nariz, como si la olisqueara.
Birdie aceleró el paso, mirando por encima del hombro. En cuanto vio que él continuaba hacia el arroyo, le gritó:
—¡Buena suerte con la pesca!
Sin embargo, pocos pasos después se sintió estúpida por haberlo dicho, pues Arthur no llevaba caña de pescar ni aparejos de ninguna clase.
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CAPÍTULO 2
maleen no sabía qué hacer. Su mamá se había marchado hacía mucho mucho tiempo y ella estaba asustada, aunque no quería pensar en ello, Eenlo asustada que estaba, porque el miedo podía crecer y crecer y estallar convirtiéndose en un gigante. Por eso intentaba contenerlo dentro, como
un nudo diminuto y muy apretado que notaba cerca del ombligo.
De pequeña, a Emaleen le daba miedo la oscuridad, pero ahora, cuando era de noche y se despertaba sola en la cabaña, sabía que su madre estaba trabajando hasta tarde en el bar. Entonces se quedaba bajo las mantas y cerraba muy fuerte los ojos contando hasta cien o le susurraba algún cuento a Thimblina[1] hasta que las dos se dormían de nuevo, y sabía que cuando volviera a despertar su madre estaría a su lado en la cama.
Pero ya no era de noche. Había amanecido y el sol brillaba sobre las montañas e incluso los dientes de león estaban despiertos y empezaban a abrir sus flores. Emaleen había visto a su madre por la ventana cuando se iba sola al bosque. Y luego había seguido mirando y esperando, mirando y esperando, temblando en pijama, suponiendo que su madre aparecería enseguida, pero no lo hizo. Ahora había pasado mucho mucho tiempo, como una hora o puede que diez, y no sabía qué hacer. Y cuanto más esperaba ella más lejos estaría su madre.
Emaleen no debía salir sola de la cabaña. Podía atropellarla un coche al entrar demasiado rápido en el aparcamiento desde la carretera general o podía caerse al río y ahogarse arrastrada por la corriente, porque era un río muy frío y caudaloso. Pero lo que nunca, nunca debía hacer era adentrarse sola en el bosque. Allí había osos negros y osos grizzly y ortigas que picaban y brujas y alces. Los alces no querían comerte, solo les gustaban las flores y las hojas, pero eran muy altos y muy fuertes y a veces gruñones. Si se enfadaban por acercarte demasiado a sus crías o no apartarte de su camino, entonces se abalanzaban sobre ti. Eso fue lo que le pasó una vez al perro de tía Della. Un alce lo pateó hasta matarlo. Había
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ocurrido en invierno y tía Della se había puesto muy triste. Quería mucho a aquel perro, aunque fuera tan tonto como para perseguir a los alces.
Emaleen solo tenía permiso para salir de la cabaña si se trataba de una emergencia, y en ese caso debía ir directamente al hostal en busca de un adulto y entonces la cosa se les iría de las manos y ella y su madre estarían en un lío, porque a tía Della no le gustaba que Emaleen se quedara sola a veces en la cabaña, aunque ya no era un bebé.
Por eso no se puso a llorar y tampoco fue al hostal sino que decidió vestirse. El día anterior había ido con su mamá a la lavandería de Alpine, así que su ropa favorita —la camiseta violeta y los pantalones de pana amarillos que eran del mismo bonito color que los dientes de león— estaba limpia y olía bien. Después de vestirse, abrió el cajón de la mesita de noche y sacó el dedal de plata donde vivía Thimblina. Hacía mucho tiempo había perdido a Thimblina bajo su almohada y estuvo desaparecida durante días, y cuando al fin la encontró el dedal estaba debajo de la cama entre las arañas y los ácaros que no se podían ver, aunque Emaleen sabía que estaban allí abajo y eran asquerosos y le daban miedo y se sintió culpable por Thimblina. De modo que ahora, por las noches, guardaba a Thimblina con cuidado en el cajón para que estuviera a salvo y no se perdiera.
—Está bien —dijo Emaleen a Thimblina. Aunque no lo hizo en voz alta porque Thimblina era imaginaria y podías hablarle dentro de tu cabeza y ella te oía igual—. Voy a preparar chocolate caliente para las dos. No te preocupes, que mamá volverá pronto a casa.
Si no andabas con cuidado te podías quemar con la tetera enchufada en la pared, así que debías ser supercuidadosa. Emaleen abrió la lata de cacao y puso varias cucharadas en su taza, que era muy bonita y blanca con rosas de color rosa. Le habría gustado tener una taza diminuta para Thimblina, pero se conformó con fingir que servía cacao en otra taza invisible, lo que le pareció correcto, porque Thimblina también era invisible.
Emaleen preparó la mesa con el chocolate caliente y una cuchara y una servilleta de papel para cada una, e intentó no pensar en el lugar adonde se dirigía su mamá ni en lo rápido que estaría caminando. Pero no pudo evitarlo. Miró por la ventana hacia la zona del bosque por donde se había marchado su mamá y el nudo de su barriga empezó a revolverse y creció hasta que ya no pudo aguantarlo más. Entonces se levantó y guardó a Thimblina en el bolsillo de los pantalones de pana. Tenía juguetes de
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verdad, como el bebé de plástico o el muñeco de Epi, que decía «Patito de goma, eres genial» al tirar del cordel en su espalda, pero Thimblina era la mejor porque era un secreto. Podías llevarla en el bolsillo a todas partes y hablar con ella en tu cabeza sin que nadie lo supiera. De esa manera, los niños mayores no se burlaban de ti y los adultos no hacían preguntas incómodas como «¿Cómo se llama tu muñeca?».
Emaleen volvió a mirar por la ventana, luego atravesó la cabaña de un solo dormitorio hasta el otro lado de la cama y después regresó a la ventana, ida y vuelta, ida y vuelta, cuatro, cinco y seis. La abuela Jo a eso lo llamaba deambular y era algo que hacían los adultos cuando estaban disgustados o preocupados. Fuera lo que fuese, no funcionaba, pues ella seguía preocupada y si seguía allí dentro yendo de un lado para otro su mamá podría alejarse tanto que quizá no la alcanzara nunca. De modo que se calzó las botas de agua, por si tenía que cruzar charcos o algún riachuelo, y se puso la gorra de béisbol para protegerse la cabeza de los mosquitos. Luego se asomó a la ventana por última vez con la esperanza de ver llegar a su mamá, pero no fue así, por lo tanto, abrió la puerta y corrió tan rápido como un conejo rodeando la cabaña para que no pudiera verla nadie, como tía Della o Clancy, mientras infringía las normas.
La madre de Emaleen sabía hacer montones de cosas. Sabía encender una fogata incluso sin gasolina. Sabía nadar y usar una navaja y disparar escopetas y conducir una camioneta con una palanca, aunque Emaleen no estaba segura de qué significaba eso. Su madre también sabía muchas cosas sobre animales salvajes y nunca se perdería en el bosque porque sabía en qué dirección estaban las montañas y cómo llegar al río o a la carretera.
Emaleen no temía nada de eso. Lo que más la asustaba, la razón por la que necesitaba encontrar a su madre lo antes posible, era un secreto que no le podía contar a nadie —ni siquiera a Thimblina— porque la hacía sentirse avergonzada. Como si estuviera mintiendo o hubiera estropeado algo.
Encontró una rama caída de un álamo, pero al golpearla contra el suelo se partió en tres. De modo que siguió alejándose de la cabaña, en dirección al bosque, hasta dar con un palo mejor que no se rompiera al golpear el suelo. Si se encontraba con un alce haría como el elefante educado, dejándole pasar enseguida. Y si veía a un oso, de ningún modo echaría a
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correr, porque la abuela Jo decía que eso solo sirve para que los osos corran tras de ti. En cambio, debía gritar muy fuerte agitando los brazos, y si el oso intentaba morderla ella debía golpearle con un palo. No se atrevía a pensar en las brujas porque no creía que ser educada, gritarles o pegarles con palos fuera a funcionar con ellas.
Emaleen estaba sin aliento cuando llegó al sendero del bosque, de modo que se detuvo a descansar y se giró para contemplar el hostal a lo lejos. No había nadie fuera y, de haber habido alguien en una ventana, ya no la vería porque la tapaban los árboles. Le gustaba esa sensación. Así debía sentirse Thimblina en su bolsillo, donde nadie puede verte y eres un secreto. Miró de nuevo hacia el bosque y echó a andar siguiendo el sendero. Era silencioso y bastante oscuro porque los abetos crecían muy juntos. Tío Syd había cortado a serrucho algunas ramas para que sus agujas no te arañaran al pasar.
Al estar en el bosque debes mantener la boca cerrada, lo que significa que has de guardar silencio mirando a tu alrededor y fijándote en las cosas, y eso hizo Emaleen. A ratos usaba el palo a modo de bastón para caminar y de cuando en cuando intentaba tocar con él las ramas altas de los árboles. Si veía un escarabajo en el suelo no lo aplastaba con el palo, solo lo empujaba un poquito para apartarlo del camino. En su cabeza hablaba con Thimblina, preguntándose adónde habría ido su mamá y explicándole que si no la encontraban pronto tendrían que volver al hostal y pedir ayuda a tía Della, y eso no sería nada divertido.
—Debemos buscar las huellas de mamá —le dijo a Thimblina, pero ninguna de las dos logró ver nada en la tierra seca ni entre la hierba y las agujas de abeto.
Tío Syd le enseñó una vez cómo, incluso cuando no consigues encontrar huellas, en ocasiones es posible ver dónde ha pisado un animal porque aplastan la hierba y las plantas a su paso. Emaleen empezó a buscar de esa manera. Lo hizo durante mucho rato mientras caminaba, observando las plantas con la cabeza gacha, pero era aburrido y no vio nada interesante y pensó que si seguía mirando a su alrededor con tanta atención avanzaría muy despacio.
Entonces se sorprendió al ver una planta aplastada y con el tallo quebrado, y al levantar la vista descubrió muchas plantas y hierba en las mismas condiciones. Alguien o algo había abandonado el sendero y continuado colina abajo.
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Emaleen estaba pensando. Era una decisión difícil. Si escogía la ruta equivocada quizá no encontrara a su mamá. Si Birdie había ido a casa de tío Syd, probablemente estarían los dos sentados en su jardín bebiendo café. Pero si había ido colina abajo por aquel sendero entonces se estaría alejando cada vez más.
Emaleen abandonó el sendero y tuvo la contradictoria sensación de que estaba siendo muy valiente o quizá muy mala.
Durante un trecho fue fácil seguir el rastro porque había mucha hierba y plantas aplastadas, pero pasado un rato la tarea se complicó. Emaleen miraba y miraba hasta encontrar un tallo quebrado y entonces se acercaba y empezaba a buscar el siguiente. Al pasar junto a un gigantesco abeto vio pelo de bruja enredado en el extremo de una rama. El pelo era largo, gris verdoso y de aspecto estropajoso. La bruja debía de haber pasado volando muy cerca y se habría enganchado. Ya había visto otros parecidos en el bosque. Y también había oído a las brujas riendo y chillando de noche. Su madre decía que probablemente eran coyotes o árboles viejos chirriando zarandeados por el viento los que hacían esos ruidos, pero solo lo decía para que Emaleen no se asustara demasiado.
Emaleen continuó su camino alejándose del árbol porque no quería tocar el pelo de bruja y luego siguió observando el suelo durante algunos metros. Al llegar a los arbustos quiso dar media vuelta y regresar a casa. Aquello estaba demasiado oscuro y daba miedo. Pero tenía que encontrar a su mamá. Se giró para mirar el abeto con el pelo de bruja e intentó memorizarlo para poder encontrar de nuevo el camino a casa.
Era muy difícil caminar entre los arbustos porque los troncos eran gruesos y se entrecruzaban. A veces pasaba por encima de ellos y a veces por debajo. Después llegó a un lugar con gran cantidad de tallos altos y amarillos recubiertos de espinas largas y venenosas. La abuela Jo decía que se llamaban bastones del diablo y Emaleen tuvo que rodearlos caminando de lado y metiendo barriga para no pincharse. Y fue entonces cuando estuvo a punto de pisar algo asqueroso. Parecía un gran pastel de barro con muchas semillas dentro. Emaleen no estaba del todo segura, aunque sí bastante, de que aquello era caca de oso o quizá de lobo. La tocó con el palo. Un adulto sabría a qué clase animal pertenecía y si aquello llevaba allí pocos minutos, muchos días o quizá todo un año, pero Emaleen no tenía ni idea. Saltó el pastel de barro, esquivó las plantas llenas de pinchos y siguió trepando, pasando por debajo y atravesando los
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arbustos sin soltar el palo ni una sola vez, y entretanto seguía pensando en cómo podría golpear en la cabeza al oso o al lobo si se topaba con alguno.
Sin embargo, a medida que se adentraba más y más en la espesura empezó a ponerse nerviosa. Estar escondida allí, entre los arbustos, no era un secreto divertido. Era muy pequeña y estaba sola y tenía frío.
Más adelante parecía que se acababan los arbustos, pero no era así, pues seguían, seguían y seguían. Emaleen tenía la garganta seca y las piernas muy cansadas. Deseó haber llevado consigo la cantimplora de agua de mamá y quizá algo de comer. Aquel nudo tenso y diminuto de su barriga empezaba a retorcerse otra vez. Se sentó a descansar sobre una gruesa rama que se bamboleaba ligeramente a la altura del suelo, lo que seguramente le habría parecido divertido de no haber estado tan cansada y preocupada. Decidió que era hora de volver a casa e ir a buscar a tía Della, porque quizá necesitaba la ayuda de un adulto.
Sin embargo, cuando se levantó del bamboleante asiento no supo en qué dirección se suponía que debía ir. De repente todo le parecía igual a un lado y a otro, como por un truco de magia, obra de una malvada bruja que quería atraparla. Y entonces fue cuando se asustó de verdad. Le ardían las mejillas y empezó a llorar, aunque solo un poquito. No podía correr porque tropezaba y se enganchaba en las ramas, pero siguió avanzando en línea recta sin detenerse ni cambiar de dirección. Incluso cuando los arbustos le arañaban la cara y le golpeaban las espinillas siguió adelante sin detenerse hasta estar libre. Y entonces vio un arroyo y al otro lado había un abeto con pelo de bruja. Pero todo era muy extraño porque ella no recordaba haber cruzado ningún arroyo para llegar hasta allí, aunque estaba segura de que aquel era el árbol de la bruja, lo que significaba que debía cruzar al otro lado y subir aquella colina para volver al sendero de tío Syd.
Cuando Emaleen llegó al arroyo se dio cuenta de que era demasiado profundo para sus botas de goma. Sin embargo, encontró una zona donde el agua se extendía formando numerosos riachuelos más pequeños que fluían rodeando helechos y rocas. Caminó sobre las rocas haciendo equilibrios y saltó hacia los helechos. Cada pocos pasos le entraba algo de agua por la caña de las botas y en una ocasión incluso se cayó de espaldas en el agua fría, pero no era profunda. Cuando alcanzó la otra orilla tenía las botas llenas de agua y el trasero mojado, pero ya estaba muy cerca de casa. Solo tenía que subir la colina hasta el sendero de tío Syd.
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Subió, subió y subió y cuando por fin llegó a lo alto de la colina no vio ningún sendero. Emaleen miró a su alrededor, buscando algún hito reconocible cada vez más lejos del arroyo, pero había tantísimos árboles que no podía ver las montañas, la carretera ni el río. Le costaba mucho ver porque tenía los ojos llenos de lágrimas. Podía seguir sus propios pasos en dirección contraria, aunque para hacerlo tendría que cruzar otra vez el arroyo y volver a adentrarse en aquella siniestra espesura. Y además, ¿no se encontraba ya en el lado correcto del arroyo?
Una vez, la abuela Jo le había contado un cuento sobre un niño que se perdía en las montañas y solamente tenía una bolsa de malvaviscos. Había demostrado ser muy listo porque no se los había comido todos de una vez. Había preparado un lugar para echarse a dormir al pie de un árbol y había comido un solo malvavisco cada mañana hasta que lo rescataron. Eso era lo que había que hacer si te perdías, quedarte en un sitio y racionar la comida. Pero ella no tenía ningún malvavisco y tampoco quería dormir a la intemperie con las arañas y los mosquitos.
—¡Mami! ¡Mami! —gritó tan fuerte como pudo, pues quizá su madre aún no se había alejado demasiado y a lo mejor la escuchaba y acudía en su busca.
Gritó y gritó hasta que le dolió la garganta y su voz sonó rara. —¡Mam…!
Interrumpió el grito a la mitad, pues de repente pensó que también el oso o el lobo podían oírla e ir a buscarla y comerla. Entonces se quedó muy callada.
No le parecía nada divertido sentarse en un sitio a esperar y esperar y tampoco parecía muy buen plan, excepto porque era una idea de la abuela Jo. En varias ocasiones, Emaleen creyó oír pasos caminando, caminando, pero Thimblina dijo que era solo una ardilla. También escuchó un gruñido a lo lejos, pero según Thimblina solo era el río.
Emaleen sacó el dedal del bolsillo. Era de plata brillante y parecía un diminuto y elegante sombrero. La abuela Jo decía que era para protegerte la yema del dedo al coser, pero a Emaleen le gustaba ponérselo en el pulgar porque encajaba a la perfección. Lo sostuvo en el aire para dejar salir a Thimblina y no aplastarla, y luego se puso el dedal en el pulgar. No estaba segura de qué aspecto tenía exactamente Thimblina. Quizá el de una libélula, pero sin los grandes ojos de bicho y las patas espinosas, o quizá fuera como un hada con alas de polilla y largas y flexibles antenas
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graciosamente inclinadas sobre la cabeza. Pero Thimblina también era capaz de convertirse en una luz pequeña y brillante, como una estrella que podías guardar con delicadeza entre las manos. Mientras ella dormía dentro del dedal era muy pequeña, pero luego podía crecer cuando salía volando al mundo porque era mágica.
Emaleen deseó que Thimblina pudiera mantenerla a salvo y ayudarla a encontrar el camino de vuelta a casa. Pero eso era una tontería. Thimblina no era más que un producto de su imaginación. Solo los alces, las brujas y los osos eran reales.
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CAPÍTULO 3
maleen no estaba en la cabaña. Birdie había registrado hasta el último rincón, abriendo incluso el armarito bajo el lavabo del cuarto de baño Eyapartando la cortina de la ducha, en todos los lugares donde la niña solía jugar al escondite cuando era un bebé. Salió gritando, «¡Emaleen!
¡Emaleen!».
Era lo último que quería hacer, pero al final decidió ir al hostal. Della aún estaba durmiendo en el apartamento del primer piso, encima del bar, y parecía vieja y confusa cuando abrió la puerta.
—¿Que no está? ¿Cómo que no está?
—No lo sé. He mirado en todas partes. Estaba durmiendo en la cama cuando me marché…
—¿Te marchaste? ¿Cuándo?
—Esta mañana. Solo bajé un rato al arroyo.
Esperó el estallido de furia, pero en vez de eso Della se puso inmediatamente en modo rescate.
—Dile a Clancy que vaya a casa de Syd. Puede que esté allí. —Su voz era brusca y eficiente. Se vistió sin dejar de hablar, abrochándose los vaqueros por debajo del camisón—. Y si no necesitaremos a Syd para que nos ayude a buscarla.
Della y ella empezaron trazando círculos cerca del hostal, alejándose progresivamente, preguntando uno a uno a los huéspedes de todas las cabañas y buscando en el cobertizo, en cualquier parte, en todas partes. Cuando apareció Syd, dijo que Emaleen no había estado en su casa y tampoco la había visto en el sendero. Se dirigiría al río y volvería buscando desde allí, mientras Clancy cogía la camioneta de Della para ir por la carretera y Della iba hasta las inmediaciones del arroyo. Querían que Birdie permaneciera en la cabaña, pues lo más probable era que Emaleen estuviera cerca y apareciera tarde o temprano.
Un terror helado se apoderó de Birdie. Su mente saltaba de una escena a otra. Si le había pasado algo a Emaleen… si se había ido para siempre…
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Pero no debía dejarse llevar por el pánico. Tenía que mantener la calma. Necesitaba pensar. ¿Adónde iría Emaleen? Volvió a la cabaña con la irracional esperanza de que estuviera durmiendo bajo las mantas y de algún modo no la hubiera visto, o de que quizá hubiera vuelto a casa sin que nadie la viera mientras todos estaban fuera buscándola. Pero la cabaña seguía vacía y Birdie dio un paso atrás, hacia la brillante luz del sol.
Al otro lado del aparcamiento de grava y la pradera de detrás del hostal apareció una figura exageradamente alta entre los árboles. Birdie se protegió los ojos del sol con la mano. Era Arthur Neilsen, y a caballo sobre sus hombros iba Emaleen. Cuando Arthur vio a Birdie, levantó a la pequeña de sus hombros y la dejó en el suelo. Corrieron la una hacia la otra y Birdie se dejó caer de rodillas y abrazó con fuerza a Emaleen. La niña tenía la cara arañada y sucia de polvo y lágrimas, pero parecía encontrarse bien.
—Oh, Emmie. Maldita sea. ¿Estás bien?
—Lo siento, mami. —Emaleen se sorbía los mocos y se limpió la nariz con el brazo—. Siento haberme perdido.
Birdie la estrechó entre sus brazos y la meció suavemente, a pesar de que una parte de ella quería estrangularla.
Miró a Arthur.
—¿Dónde estaba?
—Aparece en el otro lado del arroyo. La oigo gritar y la encuentro.
Ahora está a salvo.
Birdie abrazó a Emaleen, besándola una y otra vez en la frente.
Estalló la furia de Della, tal como Birdie había imaginado, y no tardó demasiado. En cuanto Clancy volvió a la cocina y Syd a su casa, Della instaló a Emaleen en una mesa de la cafetería con un rollito de canela y una taza de chocolate caliente y salió con Birdie al vestíbulo lateral.
—Solo intento entender cómo coñ… —empezó a decir, pero enseguida se contuvo y habló más tranquila—. Estoy intentando entenderlo, pero no puedo. ¿En qué demonios estás pensando? Anoche te pones completamente ciega, ¿y luego te largas de esa manera dejando a la pequeña sola?
—No me largué. Fui a pescar durante una hora o así. Pensé que dormiría hasta que yo volviera.
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«Y ya no soy pequeña», imaginó que respondía Emaleen. Birdie se dio cuenta de que había esbozado una fugaz sonrisa.
—Para ti no hay nada serio, ¿verdad? —dijo Della—. Todo es una gran fiesta.
—Solo necesitaba aclararme un poco las ideas. A veces me hace falta, ya lo sabes. Solo un par de putos segundos para mí, sin que todo el mundo intente controlarme.
—La cosa no funciona así. Tú eres su madre. Te guste o no, eres la persona más importante de su vida. Se supone que has de cuidarla, mantenerla a salvo. Así de fácil —Della chasqueó los dedos—, podrían arrebatárnosla.
Birdie estaba cada vez más furiosa.
—Eres mi jefa, Del. Lo entiendo. Y me dices cómo he de hacer mi trabajo. Puedes decirme cuándo pagar la renta y cuándo entro a trabajar. Pero no me digas cómo debo criar a mi hija. ¿Qué sabes tú de ser madre?
Della reaccionó como si acabara de recibir una bofetada, y Birdie supo que se había pasado.
—Lo siento, Del. No pretendía…
—Lo único que digo es que empieces a comportarte como es debido. —La voz de Della sonaba tensa, inquebrantable, pero luego abrazó a Birdie y dijo más suavemente—: No quiero perderos a las dos.
Birdie entendió lo que implicaban aquellas palabras. Della tenía unas considerables reservas de paciencia y compasión, pero incluso ella tenía sus límites, y cuando terminaba con alguien lo hacía para siempre. Y semejante pérdida podía ir más allá de un sueldo o una renta baja para Birdie y Emaleen. Della había dicho que ver a Birdie vivir su vida era como ver a un trapecista tambaleándose en el alambre, bamboleándose de un lado a otro, y temía que tarde o temprano se precipitara al vacío y no hubiera nadie a su lado para recogerla a tiempo.
Sin embargo, no despidió a Birdie. En lugar de eso la cambió al turno de día, insistiendo en que no era ningún castigo, aunque implicara una merma importante en las propinas que Birdie iba a ganar. Della explicó que últimamente había menos gente en el bar la mayoría de las noches y podía permitirse poner a Birdie a servir mesas y lavar cacharros en la cafetería. Pero Birdie sabía la verdad, que Della quería apartarla de la
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fiesta, y lo cierto es que tampoco a ella le había gustado nunca dejar a Emaleen sola en la cabaña por las noches.
—No quiero ir, mami. Estoy cansada. ¿Por qué no nos quedamos aquí acurrucadas viendo dibujos? Por favor.
Emaleen no hizo nada por ayudarla mientras Birdie intentaba ponerle un jersey y los calcetines. Era como vestir a un muñeco de trapo desafiante.
—Venga, Emmie, ¿no vas a ayudarme? La cafetería abre en un minuto para los desayunos y no puedes quedarte aquí sola.
—¿Por qué?
—Porque no. Eres una niña. Cuando estás durmiendo es distinto, pero cuando estás despierta no puede ser. Te sentirías sola.
—Nunca estoy sola de verdad. Y puedo hacer los deberes sin ayuda de nadie.
—Della me dijo que puedes pintar en una de las mesas, ¿vale? Y Clancy te preparará un gofre.
Birdie cogió un cepillo para peinar a Emaleen, pero los nudos de la parte de atrás eran imposibles y la pequeña logró soltarse e intentó esconderse bajo las mantas.
—¡Maaami! —gritó, con un chillido nasal insoportable—. ¡Pooorfa! Seré muy buena. No volveré a salir sola. Te lo prometo.
—No es eso. No estoy enfadada contigo ni estás castigada. Solamente vamos a cambiar un poco las cosas y de esta manera podré venir a cenar contigo y relajarme por las noches. Estará genial, ¿no crees?
Sacó a Emaleen de la cama y la dejó junto a la puerta, metiéndole los pies directamente en las botas de goma antes de soltarla. Lo único que había salido según lo planeado esa mañana. Tenía la mochila de Emaleen con ceras de colores y papel y ya se habían puesto los abrigos. Apagó las luces. Había que salir pitando. Emaleen no se había lavado los dientes, pero no había tiempo para nada más.
—Venga, será divertido. Puedes fingir que estás en el cole y haces los deberes mientras yo trabajo. Y el viernes te quedarás con la abuela Jo.
Birdie abrió la puerta y salió detrás de Emaleen.
La niña despertó por completo de repente.
—¿Por qué no puedo ir todos los días a casa de la abuela Jo? Le encanta hacer el tonto y nunca se enfada y me deja saltar en el sofá y correr por las escaleras y a veces…
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—¡Chsss!
—Pero ¿sabías que la abuela Jo dice que…?
—¡Chsss! ¿Oyes eso?
Se oyó un balido nasal procedente de algún lugar cercano a la cabaña, parecido al de un bebé humano o un corderito. Mee, mee, maaaa. Mee. Mee.
—¡Lo oigo! —respondió Emaleen, susurrando—. ¿Qué es?
Birdie la cogió de la mano y juntas rodearon la cabaña en dirección al lugar de donde procedía el sonido. Se asomaron desde la esquina. A menos de cien metros de distancia, justo en la linde del bosque, había una cría de alce. Estaba inmóvil sobre sus largas y nudosas patas, mordisqueando unas briznas de hierba. Luego alzó la cabeza y volvió a llamar. Mee, mee, mee.
—¡Es tan mono! —susurró Emaleen, poniendo ambas manos bajo la barbilla como si estuviera abrazándose la cara—. Pero ¿por qué llora? ¿Está buscando a su mamá?
Birdie asintió.
—Tenemos que ayudarla.
—No, debemos dejarla en paz —susurró Birdie—. Ella volverá. —¡Hay que enseñárselo a tía Della!
Sin embargo, cuando recorrieron los escasos pasos que las separaban del hostal, la cría ya había desaparecido entre los árboles.
Durante la primera hora, Birdie atendió cuatro mesas en la cafetería.
Todo el mundo quería desayunos completos, y preparó tres jarras de café.
Mientras anotaba un pedido escuchó un estrépito a su espalda.
—¡Ay, mami! Se me ha caído el chocolate. Uf, está supercaliente. —Oye, Birdie, ¿nos puedes poner más de esas croquetas de patata? —Y me tomaría otro café cuando tengas un momento.
—Ahora mismo estoy con vosotros, chicos. Toma, Emmie, no lo embadurnes más.
Della siempre estaba diciendo que Birdie no sabía lo afortunada que era por tener una hija como Emaleen. Tan lista y tan buena, y fácil de atender. «Tú tráetela al trabajo y ponla a colorear en una mesa». Della tenía muy buenas ideas, pero no era ella quien tenía que vigilar a una niña de seis años mientras trabajaba de camarera.
—¿Por qué no vas a preguntarle a Della si puedes ver la tele arriba? — dijo Birdie, empapando la bayeta de chocolate caliente y recogiendo las
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ceras de Emaleen que habían caído bajo la mesa.
Observó a la pequeña corriendo por el pasillo y escaleras arriba y luego vio el charco de chocolate en el suelo. Secarlo e ir a toda prisa a la cocina a escurrirlo en el fregadero, guardar las pinturas y el cuaderno de colorear detrás de la barra y coger el ticket de la mesa tres, anotar el pedido de más croquetas de patata y volver a salir con otra cafetera. Su mente siempre debía ir dos pasos por delante.
Mientras limpiaba una mesa y preparaba otra jarra en la cafetera eléctrica, Birdie oyó que la puerta de la zona del bar se abría y se cerraba y vio a alguien atravesar el pasillo a oscuras.
—Todavía no hemos abierto —dijo levantando la voz, pero al no obtener respuesta fue directa al bar.
El lugar estaba silencioso y oscuro en comparación con la cafetería y sus ojos tardaron unos segundos en adaptarse. Era Arthur, sentado en la mesa junto a la estufa de leña.
—Ah, eres tú. Es que hasta mediodía solo abre la cafetería.
—Me siento aquí y no causo ningún problema —respondió él—. Por favor, ponme una manzanilla.
Birdie se rio antes de darse cuenta de que hablaba en serio.
—Frena, que todavía es temprano —dijo, burlona—. ¿La quieres con un chupito o algo?
—No, gracias.
—Vale. ¿Quieres azúcar?
Birdie esperó el comentario fuera de tono de rigor, algo sobre remojar alguna parte de su cuerpo en su infusión para endulzarla, pero él se limitó a decir:
—Prefiero miel.
No la miró, solo bajó la vista hacia sus grandes manos entrelazadas sobre la mesa.
—Sí, claro.
Birdie pasó a su lado y, al encender la luz pulsando el interruptor de la pared más cercana, pudo ver de cerca la cicatriz ondulada que bajaba desde un lado de su cabeza atravesando la mejilla, como si la carne y el hueso se hubieran plegado sobre sí mismos, y bajo la densa mata de pelo rubio el tejido cicatricial donde debería haber estado su oreja.
—Puedes dejar la luz apagada.
—Oh —volvió a pulsar el interruptor—. ¿Quieres algo de comer?
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—No, gracias.
Todo aquello resultaba algo irritante. ¿Por qué molestarse en ir al hostal para sentarse a solas en el bar a tomar una infusión? Sin embargo, mientras vertía el agua caliente sobre la bolsita de manzanilla y el aroma a pétalos de flores emanaba de la taza, respiró hondo y la invadió una extraña calma. Cuando Birdie era pequeña y le dolía la barriga, la abuela Jo solía prepararle manzanilla.
Cogió la taza y un tarro de miel, regresó a la tranquila penumbra del bar y dejó ambas cosas sobre la mesa, delante de Arthur, con la repentina necesidad de quedarse un poco más.
—No sé cómo darte las gracias por encontrar a Emaleen y traerla de vuelta como hiciste.
—En casa es donde debe estar —dijo él.
—Así que sigues por aquí, ¿eh? —preguntó ella.
Arthur levantó la vista desconcertado, pero siguió removiendo la miel en la manzanilla y luego chupó la cucharilla.
—Bueno, es evidente que sí… Me refiero a que no te veo a menudo. Vives arriba en North Folk, ¿verdad?
Él tragó saliva, como si hubiera dado por sentado que ya no tendría que decir nada más.
—Sí —respondió, al fin.
Cogió la taza y bebió un trago lentamente. A Birdie le hizo gracia aquel hombre tan grande, con cicatrices y la barba sin arreglar, bebiendo manzanilla.
—Bueno, pues si quieres algo más que agua caliente me avisas. Arthur no respondió. Estaba inclinado sobre la mesa como un hombre
tratando de recuperarse de una noche dura.
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CAPÍTULO 4
ué te pasó aquí? —preguntó Birdie tocándose un lado de la cara, en el mismo lugar donde la cicatriz partía desde la oreja
—deArthurQhasta la mejilla—. No creo haber oído esa historia.
Era la tercera o cuarta vez que Arthur se presentaba en el hostal. Siempre se sentaba solo, en penumbra, en la misma mesa del bar, junto a la estufa, aunque al fin le había permitido encender alguna luz. Ese día la cafetería estaba vacía, de modo que cuando le llevó la infusión con miel y unas tostadas se sentó a la mesa frente a él sin ser invitada. Arthur estaba intentando abrir un minienvase de mermelada de mora con sus manazas. Birdie lo observó mientras lo manipulaba con torpeza y luego se estiró hacia el otro lado de la mesa y abrió rápidamente tres.
Él asintió a modo de agradecimiento, y luego respondió:
—No es nada.
—Parece cosa de una pelea de bar. ¿Un corte con una botella rota? —No.
—¿No ocurrió aquí?
—No.
—¿Por eso ya no bebes?
—Nunca bebo alcohol.
—¿De veras? ¿Nunca? ¿Así que eres un pendenciero sin más?
Arthur cogió la taza de manzanilla y bebió un sorbo. A Birdie le recordó al abuelo Hank, sentado con las piernas cruzadas en el prado de su finca cuando ella era una chiquilla y servía agua del arroyo con su pequeño juego de té de porcelana. El abuelo Hank apenas podía sujetar la taza de juguete con sus grandes manos de trabajador, pero representaba su papel, levantando el dedo meñique mientras bebía una cucharadita de agua. Lo mismo parecía Arthur, un gigante jugando a «la hora del té».
Birdie se dio cuenta de que él la observaba.
—Perdona —dijo—. Estaba pensando en otra cosa. En peleas de bar, en realidad. ¿Llegaste a enterarte de lo que pasó aquí hace un par de años?
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El consejo municipal solía reunirse en el bar. Bueno, pues una noche Burt y Landon Jeffreys se enzarzaron en una pelea. Conoces a esos dos, ¿verdad? Son como el agua y el aceite. Yo no estaba, pero supongo que se armó una de las gordas con todo el mundo dándose de puñetazos y rompiendo cosas.
Asentimiento con la cabeza. Encogimiento de hombros. Una o dos palabras. Así solía responder Arthur cada vez que Birdie intentaba entablar conversación. Quizá le aburría. Pero él no tenía por qué seguir yendo al hostal, o podía decirle sin más que lo dejara en paz si no tenía ganas de charla. La cuestión fundamental era por qué ella seguía insistiendo, pero Arthur era como una cremallera atascada, un nudo irritante que no era capaz de ignorar.
—En un momento dado Landon coge un taco de billar y empieza a usarlo de bate —siguió Birdie—. Y entonces Burt saca un pequeño Derringer, como si fuera a dispararle. Igual que en el salvaje oeste. Della tuvo que separarlos a la fuerza y echarlos al aparcamiento y luego largó a todo el mundo a casa. Por eso el consejo ya no se reúne aquí. —Entonces empezó a reírse—. Y fue por algún asunto del plan municipal, algo sobre la cantidad de cerdos que la gente podía criar en sus parcelas.
Arthur no se estaba riendo. La miraba fijamente. La observaba. Como aquella mañana en el arroyo cuando se encontraron entre los alisos y Birdie no había sido capaz de adivinar qué estaba pensando él. ¿Quizá la deseaba o la admiraba por algún motivo? En cualquier caso, no hacía nada por esclarecerlo. Frunció los labios en lo que podía ser una sonrisa o una mueca y se le arrugó la piel en los rabillos de los ojos, como si estuviera confundido o quizá un poco triste.
Por primera vez, Birdie se permitió mirarlo abiertamente a los ojos. Desde el principio le había parecido que había algo peculiar en su mirada, y ahora pudo verlo: los iris de color castaño dorado estaban bordeados de un negro tan denso que engullía la mayor parte de la esclerótica. Sus pestañas y el borde interior de los párpados eran casi negros, lo cual no encajaba con su pelo rubio. Y en el rabillo de cada ojo había una membrana color ámbar, como si tuviera otro párpado oculto capaz de parpadear también.
Arthur le mantuvo la mirada. Birdie podía oír el tictac del reloj de pared y el goteo del grifo del fregadero de la cocina y se dio cuenta de que
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estaba conteniendo la respiración. Entonces Della bajó del despacho y frunció el ceño en su dirección.
Birdie quería mirar a los ojos a Arthur una vez más, pero él había bajado la cabeza. Ella se fijó en la hora del reloj de pared.
—¡Ostras, tengo que irme! —dijo—. Jo estará más que harta de Emaleen a estas alturas.
Se puso el abrigo de camino a la puerta. Arthur seguía en su mesa con las tostadas y la infusión, mirando hacia otro lado. Tenía la cabeza ligeramente inclinada, de tal modo que ella pudo verle el cuello. Se imaginó volviendo a su lado y acariciándolo suavemente con los dedos mientras observaba cómo se le ponía la piel de gallina.
Desde aquella noche con Roy y la coca, Birdie había dedicado cada día a intentar convencer a Della de que sabía comportarse y pensar con claridad, y de que era capaz de cuidar de su pequeña. Y al parecer lo estaba consiguiendo. Della incluso había insinuado que pronto podría devolver a Birdie el turno de noche en el bar, pues la camarera que había contratado para la próxima temporada de verano no le gustaba demasiado.
Sin embargo, en cuanto Birdie llegó el viernes por la mañana, la oyó decir:
—Oye, tenemos que hablar.
Della estaba muy seria detrás de la barra, llenando la nevera con botellines de Miller y Budweiser. Birdie cogió bruscamente el delantal de la percha, como si estuviera demasiado ocupada para detenerse a escuchar.
—Estamos todos bien —dijo, por encima del hombro.
No estaba dispuesta a soportar otro sermón. Cogió un taco de billar apoyado en una esquina y lo colocó en su estante de la pared; luego sacó una escoba del armario de la limpieza. Iba a ser otra «charla» sobre los peligros de trabajar en el turno de noche o algo relacionado con Arthur.
—¿Qué hace él por aquí? —le había preguntado Della el otro día—.
Nunca lo había visto tantas veces en el hostal.
Della lo conocía desde que era un chiquillo y dijo que siempre había sido raro.
—¿Porque es silencioso? —respondió Birdie—. ¿O porque no trinca cerveza ni me pellizca el culo? Supongo que eso sí es raro.
Pero esa mañana no tenía ganas de discutir, de modo que siguió de espaldas a Della y empezó a barrer.
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—Para un momento y ven a hablar conmigo.
Birdie suspiró.
—Mira, Della… todo va bien. He cogido los libros de texto en la escuela para que Emaleen se ponga al día y ahora pasa más tiempo en casa con Jo. Lo estoy haciendo bien. Puedes verlo tú misma. Soy una niña buena y abstemia.
—Sí, ya veo que lo estás intentando. No es eso. Tiene que ver con Roy. Ha llamado Evelyn. Sabes que ha estado con su familia desde que Lois lo echó de casa.
Della hizo una pausa deliberadamente. Todo el mundo lo sabía. Lois se había enterado de lo de la noche de coca con Birdie. Por supuesto, aquello era una estupidez. Birdie nunca había hecho nada con Roy aparte de salir de fiesta. El tío era un alcohólico escuálido y bobalicón al que no le duraba ni un trabajo. Pero ella también era consciente de la imagen que habían dado, bailando juntos y encerrándose en el baño.
—Bueno, pues su hermana se hartó de sus chorradas y le dijo que fuera haciendo el petate, pensando que acabaría en casa de George o Dwight. A las seis de esta mañana la llamaron por teléfono. Roy está en el hospital en Anchorage. Se iba del pueblo en coche, más borracho que una cuba, y se estampó contra un poste eléctrico.
—Oh, mierda. ¿Se encuentra bien?
—Parece que está bastante hecho polvo, con varios huesos rotos y demás. Y le espera una temporada en la cárcel. No es su primera vez.
Birdie apoyó la mejilla en el palo de la escoba, con la mirada fija en el suelo. No era culpa suya. Todos los que conocían a Roy veían venir algo así. Pero ella también sabía que él había aguantado un mes sobrio, fumando únicamente algo de hierba y bebiendo litros de café, antes de aquel fin de semana con la coca. No debería haberle seguido el juego. Tendría que haberlo largado a casa con su mujer y sus hijos.
—Vamos a hacer una colecta para ellos. Sus únicos ingresos son los cheques del paro de Roy y van a tener que hacer frente a las facturas del abogado y del hospital. Y, maldita sea —exclamó Della—, Lois acaba de hacerse la histerectomía. Lo está llevando mal. Y con todos esos pequeñajos…
Della sacó la garrafa de tres litros de detrás de la barra y Birdie despegó la vieja etiqueta. En octubre habían recaudado trescientos veinte
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dólares, casi todo en billetes de uno y de cinco, para ayudar a Burt cuando se hizo daño en la espalda y tuvo que dejar su trabajo en la North Slope.
—Haré otro cartel —dijo Birdie.
En el despacho de Della, en el primer piso, sacó un folio del escritorio y varios rotuladores de colores. COLECTA PARA LA FAMILIA STANHOPE, escribió en letras de burbuja, y dibujó estrellas y flores en los bordes. Pegó el cartel en la garrafa con cinta adhesiva, sacó su cartera del bolsillo trasero de los vaqueros y metió un billete de diez dólares.
Era otro día tranquilo en el hostal, sin un solo cliente en toda la mañana, así que Birdie estaba compartiendo un plato de tortitas con Emaleen.
—¡Mira, mami! Es el tío Roy montado en una bici.
Emaleen estaba de rodillas sobre la silla y había girado el cuello para mirar hacia el aparcamiento.
—Siéntate. Te vas a caer y vas a tirar el chocolate.
—¡Pero, mami, tienes que verlo!
—¿Te estás burlando de mí?
—No, te lo prometo.
Birdie se levantó de la silla para mirar y ahí estaba Roy pedaleando carretera abajo hacia el hostal, con el brazo izquierdo en cabestrillo y un cigarrillo en la comisura de la boca. Estuvo a punto de caer al llegar a la grava del aparcamiento, pero se bajó de la bici y siguió a pie el resto del camino.
—Buenos días, Roy. ¿Has traído tu triste culo hasta aquí en esa bicicleta? —Birdie oyó a Della saludarlo desde el bar.
—Sabes que ya no tengo coche. Y no está tan mal. No son ni dos kilómetros y vale con dejarse ir colina abajo. Aunque me vendría bien una cerveza fría ahora mismo.
Se oyó el roce de un taburete en el suelo entarimado.
—¿Seguro? ¿Qué tal una taza de café? Tengo una cafetera recién hecha.
—¿Qué tal si me das esa cerveza? —replicó Roy con dureza, pero luego añadió más diplomáticamente—: De veras te lo agradecería, Del.
Birdie oyó cómo se abría una botella y la dejaban sobre la barra.
—¿Cómo lo llevas? —preguntó Della—. No tienes muy buen aspecto.
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—Lo peor es el brazo. También me rompí un par de costillas. Supongo que estoy algo jodido.
—Pensaba que aún te tendrían detenido hasta la vista previa al juicio. —La vista es la próxima semana. Salí bajo fianza esta mañana. Mi
hermana me trajo en coche a casa.
Birdie pensó marcharse en ese momento sin decirle nada a Roy, pero eso tampoco le pareció correcto.
—Quédate aquí, voy a saludar a Roy. Solo será un momento. —¿Puedo ir yo también? ¿Puedo ver su bici?
—Tú acábate el desayuno, ¿vale? Después iremos a casa de la abuela
Jo.
—¿Puedo ir en mi bici? Espera, mami, ¿puedo tener una bici con velocidades como la de tío Roy? ¿Eh, mami?
Roy tenía peor aspecto de lo que Birdie había imaginado, con el ojo izquierdo amoratado y prácticamente cerrado por la hinchazón; y le habían afeitado parte de la cabeza para darle puntos en el cuero cabelludo. Estaba pálido y demacrado —la pérdida de peso le hacía parecer un anciano— y le brillaba la frente perlada de sudor. Tenía suerte de no haber sufrido un infarto montando aquella bicicleta.
—Eh, Birdie. Me alegro de verte.
Se limpió la espuma de cerveza del bigote y saludó con la cabeza.
—Lo mismo te digo, Roy. Tienes un aspecto horrible.
Él apuró la cerveza de un trago y le hizo un gesto a Del para que le pusiera otra, pero ella no se movió.
—¿Podría pagártela con el dinero de la colecta? —dijo Roy señalando la garrafa con la barbilla.
—Por Dios, Roy.
—Bah, solo estaba bromeando, Del. Puedo pagarla.
En la garrafa había un puñado de billetes arrugados sobre una delgada capa de monedas en el fondo. El total aún no llegaba a cincuenta dólares. El cartelito con su decoración infantil de estrellas y flores rosas, que a Birdie le habían parecido alegres mientras las dibujaba, ahora le resultó ridículo. Pero ¿qué más daba?
—Dime una cosa… —empezó a decir Birdie.
—Sí, ¿qué pasa, Birdie? —dijo Roy.
Miró la botella vacía en su mano y la levantó hacia la luz del techo, como si estuviera leyendo la etiqueta.
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—Acabas de salir de la cárcel y volverás en unos días, ¿verdad? Son las diez de la mañana —su tono de voz iba en aumento—, tu mujer acaba de pasar por una operación importante y tiene a tres críos con ella en casa. ¿Y dónde cojones estás tú?
Al principio Roy no dijo nada, simplemente siguió mirando la botella. Cuando se giró sobre el taburete para mirarla, hizo una mueca de dolor y se recolocó el brazo en el cabestrillo.
—Está bien, está bien —dijo levantando una mano, como un fugitivo entregándose a la policía—. Pero deja que te pregunte una cosa. ¿Cuántos años tienes, Birdie?
—Veintiséis.
—Bien, entonces espera quince años y veremos dónde coño estás tú.
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CAPÍTULO 5
l lugar favorito de Birdie en el hostal era la mesa de pícnic, frente a la puerta trasera de la cafetería. Salía a menudo durante los descansos si Ehacía buen tiempo y se sentaba encima de ella, con los pies en el banco, mirando hacia las montañas. Los turistas pensaban que el hostal Wolverine era un lugar en mitad de la nada, pero no era verdad. Al otro lado del río, lejos de la carretera y del tendido eléctrico, muy arriba en las montañas donde los bosques de abetos parecían más azules que verdes y los valles desaparecían tras hileras e hileras de picos de roca, estaba la auténtica naturaleza salvaje. Por lo general, le despejaba la cabeza el mero hecho de
dejar vagar su mirada por los arroyos y crestas.
Pero hoy no funcionaba. Su mente parecía empeñada en zambullirse de cabeza en todos y cada uno de sus peores recuerdos. La mañana de resaca que creyó haber perdido a Emaleen. El hijo de Roy entrando en el bar una noche justo antes del cierre; el chiquillo de ocho o nueve años allí plantado valientemente, con la camisa remangada y las mejillas sonrojadas. «Mami quiere que vengas a casa», dijo, mientras Lois esperaba fuera en el coche con las dos niñas. Después, el accidente de Roy y verlo pedaleando con la cabeza cosida en aquella bicicleta porque era la única manera que tenía de llegar al bar. Y todas las veces que Birdie había fracasado o que alguien le había fallado, como una colección de instantáneas. Maldita sea. Pero su cerebro siguió retrocediendo hasta aquel día, cuando ella y Liz eran niñas. Estaban viendo Romper Room[2] en la tele, sentadas en el sofá mientras la abuela Jo trajinaba en la cocina, y el abuelo Hank, arrodillándose ante ellas, había dicho: «Vuestra madre se ha marchado una temporada a Florida».
Birdie no iba a ser otra Lois. No iba a intentar ganarse a ningún hombre a base de halagos ni a intentar convertirlo en mejor persona de lo que era, y desde luego no iba a enviar a su hija a librar batallas en su lugar. Pero menos aún iba a parecerse a su madre, Norma. Jamás sería como ella.
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Encendió un cigarrillo, soltó una gran bocanada de humo y dejó que el viento del río se la llevara. Últimamente al salir el sol casi parecía verano, pero hoy el cielo estaba encapotado y el aire era frío. Había nieve reciente en las cumbres de las montañas.
Cuando oyó el vehículo deteniéndose en el aparcamiento del hostal se dio la vuelta para mirar.
Era Arthur conduciendo la camioneta de su padre, Warren.
—¡Eh! —gritó cuando él cerraba la puerta de la camioneta—. Déjame acabar este cigarrillo y voy a prepararte la infusión y la tostada —y después de un breve silencio—: A menos que prefieras venir a sentarte conmigo un rato.
Él empezó a caminar hacia ella pero se detuvo.
—No me gusta el tabaco.
—¿Esto? —dijo ella, señalando el cigarrillo—. ¿No fumas?
Birdie apagó la colilla en la suela de su zapatilla y luego agitó una mano a su alrededor como si limpiara el aire. Se movió hacia un lado y Arthur se sentó junto a ella sobre la mesa de pícnic.
—Hay buenas vistas desde aquí, ¿eh? ¿No está tu casa por allí arriba? Señálame el sitio.
—Está demasiado lejos —respondió Arthur.
—Lo sé, pero me refería a la dirección aproximada.
—Está al otro lado del paso de montaña, al norte del monte Soapstone, junto al nacimiento del río North Fork.
—Tiene que ser precioso. Tranquilo.
Permanecieron sentados unos minutos en silencio, contemplando las montañas. Sin el cigarrillo en la mano, Birdie notó la fría humedad atravesando sus finos pantalones y su vieja chaqueta. Se metió las manos en los bolsillos y se encogió tratando de entrar en calor, pero no quería volver todavía a la cafetería.
—Algunos de mis mejores recuerdos son excursiones a la tundra con mis abuelos —dijo Birdie—. Bien al norte. Nos llevaban a buscar caribús cuando éramos niñas. Mi hermana y yo nos volvíamos locas corriendo alrededor del campamento, comiendo arándanos y perdiz frita. Eso fue hace mucho tiempo. Yo era pequeña, tendría seis años.
La misma edad de Emaleen, ahora que lo pensaba.
—Siempre tengo la sensación de que me estoy perdiendo algo — continuó—. Ya sabes, como cuando te mueres por comer una naranja y
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piensas que quizá tu cuerpo necesita vitamina C o algo por el estilo. A mí me pasa constantemente, siempre estoy deseando algo. Y luego me siento aquí a mirar al otro lado del río y pienso: eso es, eso es lo que deseo.
La brisa cambió y pudo oler a Arthur. Parecía el tipo de hombre que apesta a sobaco, a insecticida y madera quemada, el tipo de hombre que vive solo en una cabaña y nunca se baña. Pero no era así. Olía como el bosque. A corteza de abeto, musgo limpio y aire fresco. Pero había otro olor reconocible, como a pelaje húmedo.
—¿Eres feliz cuando estás allí en tu cabaña?
—Lo soy.
—¿A pesar de estar tú solo? ¿No tienes nostalgia de vez en cuando? Arthur inclinó la cabeza hacia un lado y se encogió de hombros casi
imperceptiblemente.
—¿Por eso sigues viniendo por aquí?
Birdie se acercó a él para darle un empujoncito con el hombro, coqueteando, para ver cómo reaccionaba. Pero fue como tropezarse con una roca. Arthur permaneció inmóvil, con las manos sobre las rodillas.
—¿Ves aquel risco ahí arriba en el horizonte? —preguntó ella—. No en las montañas más cercanas a nosotros sino detrás, en ese valle y a la izquierda, justo donde la luz del sol cae sobre esa cornisa de nieve. Cada vez que me siento aquí, imagino cómo sería poder estar justo en ese sitio.
Arthur no dijo nada.
—¿Qué? ¿Te parece una estupidez?
—No —respondió él, sin alzar la voz—. Yo voy allí. Es uno de mis lugares favoritos.
—¿Tú has estado ahí arriba? Ni de broma.
—No es… tan difícil.
—Hablas en serio. En todo este tiempo, nunca había imaginado que alguien lo hubiera hecho. ¿Cómo es?
—La subida es un terraplén de esquisto desmenuzado. Hay senderos de ovejas de Dall, pero yo tengo mi propia ruta. Cuando cruzo la cima hacia el otro lado… es todo campo abierto. No hay árboles. Hay té de labrador y salvia silvestre. Las bayas de cuervo están buenas. Yo como muchas.
—¿Bayas de cuervo? No son gran cosa, ¿no?
—A mí me gustan.
—Cuéntame más, sobre cómo es estar allí arriba.
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Nunca lo había oído hablar tanto. Con sus pausas y esa manera tan formal de hablar, describió cuándo maduraban los arándanos y las nueces de jabón en el lejano valle, y el sabor de la nieve derretida cuando fluye entre las rocas. Contó que cuando el viento sopla en la dirección adecuada se podía oler el aire salado de la ensenada a cientos de kilómetros de distancia e incluso cuando los salmones se están acercando. Hablaba como si en ese preciso instante estuvieran los dos juntos en aquel risco de montaña y pudieran verlo todo desde allí. Las marmotas de pelaje cano tomando el sol en los salientes rocosos, las ardillas frioleras chillando desde sus madrigueras, pequeños grupos de caribús trotando en la distancia. Hablaba en voz baja y ronca, como cuando apoyas la cabeza en el pecho de un hombre y puedes oír sus palabras resonando desde el interior.
De haber sido otro tío, otro día, se le habría subido encima a horcajadas allí mismo, en la mesa de pícnic, y lo habría besado. Le gustaba pillar a un hombre con la guardia baja y ver cómo abría los ojos, sorprendido.
En lugar de eso se conformó con acercarse un poco más a Arthur, separando ligeramente las piernas para pegar su rodilla a la de él. Su voz se volvió aún más baja. Pasado un momento notó que él volvía a relajarse apoyándose en ella con una agradable y cálida presión que provocó en Birdie una súbita oleada de calor.
Quería decirle «Llévame allí. Al otro lado del río, a lo alto de ese risco en la montaña». Pero pensó que si hacía cualquier movimiento brusco podía asustarlo.
—¿Te gusta esto?
—¿El qué, mami?
—¿Te gusta estar aquí?
—Mmm… ¡sí!
Estaban las dos acurrucadas en la cama, Emaleen con la cabeza apoyada en el hueco del brazo de Birdie y media bolsa de palomitas de microondas a su lado. Era día de paga, así que Birdie había alquilado un reproductor de vídeo y la película Heidi en el videoclub de Alpine. Emaleen le había rogado y rogado que se pusieran las dos sus camisones de franela a juego de cuadros navideños rojos y verdes, con volantes de
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encaje en el cuello y los puños, que había hecho especialmente para ellas una amiga de Della. Daban mucho calor y a Birdie le picaba el cuello por culpa del encaje —ella solía dormir en ropa interior y camiseta—, pero al final había cedido.
—Pero ¿qué es lo que te gusta de estar aquí?
—Me encantan nuestros camisones. Son muy muy bonitos. Y me encanta… —Emaleen levantó la cabeza para mirar la habitación en penumbra a su alrededor—. Me gusta la ventana y la tele… —dijo, enfatizando cada palabra con un asentimiento de cabeza—. Y, y, y la tetera y mi taza y la… y la… la verdad es que la tetera no me gusta porque a veces quema.
—Pero me refiero a estar aquí en el hostal, a vivir aquí y que yo tenga este trabajo.
—Mmm, los gofres están buenos. Y las salchichas. Y a veces Della… a veces Della… me pone un chorro de nata montada en el chocolate caliente. ¡Un superchorro! —Emaleen se incorporó y acercó la boca al oído de Birdie—. Aunque a veces no me gusta Clancy —susurró con fuerza.
—¿De verdad? ¿Y por qué?
—Porque se enfada. Recuerdo que una vez dijo… dijo que no se puede correr por la cafetería. Y me miró mal. —Luego, susurrando de nuevo—: Pero no le digas que te lo he contado, ¿vale? No quiero herir sus sentimientos.
—Vale. Pero ¿y si pudiéramos vivir en otro sitio, y quizá no tuviera que ir a trabajar todos los días y pudiéramos salir juntas mucho más?
—Pues me gustaría que nos pusiéramos nuestros camisones. ¿Y puedo llevar mis juguetes?
—Cuando yo tenía tu edad quería vivir en una cabaña muy lejos en las montañas.
—¿Como Heidi?
—Sí, algo así.
—¿Y te gustaba el chocolate caliente con nata montada?
—Sí, probablemente.
—¿Y siempre quisiste volar como un pájaro? Aunque por lo visto no se te daba muy bien. ¿Me cuentas esa historia de la perrita Ángel? ¿La que solo tenía tres patas?
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—¿Quieres que vuelva a contarte esa historia? Pero si ya la has oído mil veces.
—Por favor. Porfi, porfi, porfi.
—Bueno, pues tenía más o menos la misma edad que tú ahora y pensaba que si podía patinar lo bastante rápido a lo mejor conseguía echar a volar, como una cometa o algo así, no sé. Así que me puse los patines y cogí el husky de Big Jake.
—¿Se llamaba Ángel?
—Sí, y le faltaba una pata delantera.
—¿Por qué?
—No me acuerdo. Siempre fue así.
—¿Por qué?
—Ya te lo he dicho, no lo sé.
—¿Era de las que mordían?
—No. Era muy buena. Me seguía constantemente cuando salía a jugar al patio y parecía que me escuchaba de verdad cuando hablaba con ella.
—¿Y tenía alas?
—No de las de verdad. Pero era una husky blanca y tenía esas manchas de color gris y marrón en los hombros que parecían alas, por eso se llamaba Ángel. Le puse el arnés y una correa que me até alrededor de la cintura y entonces salimos al camino de tierra.
—¿Junto a la casa de la abuela Jo? ¿Donde yo voy a andar en bici cuando la nieve se derrite del todo?
—Sí, ahí. Y empecé a gritarle a Ángel «¡Arre! ¡Arre!», igual que hacía Big Jake con su equipo de perros. Y Ángel era realmente fuerte, aunque solo tuviera tres patas, y me arrastraba muy rápido.
—¿Y volaste?
—No, qué va. Me caí y la perra siguió arrastrándome sobre las rocas y la tierra. Pero yo no quería rendirme, de modo que seguí gritando «¡Arre! ¡Arre!». Y la pobre Ángel seguía girando la cabeza para mirarme e intentando correr y arrastrarme, porque pensaba que era eso lo que se suponía que debía hacer. Así que, después de todo, no resultó ser tan buen plan.
—¿Y te hiciste mucho daño? —Emaleen buscó la larga cicatriz blanca en la palma de la mano de Birdie y la tocó suavemente con la yema del dedo.
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—Sí, mucho. Y la abuela Jo empezó a llamarme Birdie. Decía que lo único que yo quería era volar, aunque no se me diera bien.
—Y la abuela Jo es tu abuela, pero también es como una madre para ti, ¿verdad? Porque tú no tienes una mamá como yo.
—Sí, eso es verdad.
Ese día con Ángel fue también el día que Birdie y Liz supieron que su madre las había abandonado para largarse a Florida con un hombre al que no conocían. Las niñas se mudaron definitivamente con la abuela Jo y el abuelo Hank, aunque la nueva situación no supuso un gran cambio, pues ya dormían la mayoría de las noches en su sofá.
Liz se había sentido abandonada y se había vuelto triste y taciturna. Pero Birdie solo deseaba volar más alto. No quería ir a Florida y tampoco quería preocuparse por eso. Lo único que le importaba era subir lo bastante alto para ver por encima de los árboles, con un fuerte cosquilleo de miedo en la barriga.
¿De cuántas formas había intentado volar desde entonces? Aquel día soleado de marzo, cuando tenía nueve años, que había nevado tanto que los caballetes del patio de la abuela Jo habían quedado enterrados. Birdie colgándose de la cuerda que oscilaba sobre la colina desde un abedul. No fue nada premeditado o que hubiera probado antes. En el punto más alto del balanceo, a unos cuatro metros y medio del suelo, se lanzó hacia el cielo azul. Se volvió ingrávida y cristalina. Sus huesos estaban huecos. No tenía límites, sobrevolando una delgada línea entre el terror y la dicha.
Hubo saltos con la bicicleta y desde el tejado del cobertizo. Una carrera con salto y voltereta al lago desde el embarcadero. Y cuando estudiaba tercero de secundaria en el Instituto Alpine se dio cuenta de que podía replicar sensaciones parecidas de innumerables y emocionantes maneras. De pie en la parte trasera de la camioneta de Ben, agarrándose al techo mientras él conducía a toda velocidad por los campos de heno (había una cresta donde alzar el vuelo estaba asegurado). Echando pulsos con los chicos y levantándose la camiseta a modo de penalización cada vez que perdía, sintiendo su mirada en sus pezones desnudos como el escalofrío provocado por una corriente de aire. El licor de menta. Los cócteles Sunny D. Mezclar chicle con tabaco de mascar Copenhague. Los cigarrillos mentolados. Nada de eso sabía bien. Pero mientras daba vueltas borracha y colocada en la casa rodante de Ben, con un viento glacial soplando fuera, volaba igualmente.
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Todo eso tendría que haber acabado cuando nació Emaleen. Birdie ya no era una adolescente y el mero hecho de dar a luz implicaba una promesa de cambio. Ella incluso lo deseaba. Plantaría zanahorias y patatas en el jardín, con la pequeña a su lado al sol en el capazo. Bebería té de hierbas y aprendería a cocer pan de trigo integral y a coser ropa. Tendría los pies en la tierra, por fin sería sensata y feliz.
Al principio hubo momentos así, con Emaleen recién nacida acurrucada en su pecho, las dos calentitas y adormiladas junto a la estufa de leña. Jo le cedió la habitación libre, así que no tenía que asumir un alquiler, y además la ayudaba con el bebé. Quizá eso debería haber sido suficiente para Birdie; una vida arrancada de su útero entre sangre y llantos. Emaleen, con sus dos kilos ochocientos gramos y sus ojitos soñolientos, solo necesitaba y quería a Birdie. Era un apego intenso y desconcertante que las consumía a ambas, absorbía el aire de la habitación y la luz de cada día de tal modo que las dos existían únicamente juntas en un estado de supervivencia simplificada. Respirar, comer, dormir. Y durante un tiempo fue suficiente porque no había espacio para nada más.
Pero aquello no podía durar. La abuela Jo la vigilaba a todas horas chascando la lengua. «No puedes comer de esa manera durante la lactancia». «Cógela así o nunca dejará de llorar». «Haz esto, no hagas lo otro». Y siempre, siempre bajo vigilancia, como si Jo temiera que el abandono fuera algo hereditario en las mujeres de la familia. A medida que pasaban las semanas, empezó a agobiarse en casa de su abuela. A Birdie le repugnaba el olor a leche agria y sudor rancio de su pelo, la orgánica pesadez de su propio cuerpo. Quería volver a sentirse ella misma. Ágil. Libre. Apenas sujeta a la tierra. La maternidad no había podido transformarla. Seguía siendo la misma persona de siempre, pero ahora tenía a su cargo a esa criatura y era como si una tuviera que ser sacrificada por el bien de la otra.
No podía pedirle ayuda al padre de Emaleen; Birdie no habría sido capaz de encontrarlo aunque hubiera querido. Rex era un operario de buldócer de treinta y tres años natural de Oklahoma, o quizá de Arkansas, que solo había pasado unos meses trabajando en Alaska en una cuadrilla de construcción de carreteras. Birdie supo que estaba embarazada cuando él ya se había marchado, aunque de todos modos ella no tenía el menor deseo de atarse a nadie.
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Así que empezó a dejar a Emaleen con la abuela Jo siempre que podía y volvió a trabajar para Della en el bar. Pasados algunos meses, Emaleen y ella se mudaron a una cabaña del hostal y cuando la pequeña empezó a dormir de un tirón, a veces Birdie la dejaba sola en la cuna durante el turno de noche e iba a verla en los descansos. Tampoco era tan terrible, y Birdie se las iba apañando lo mejor que podía.
—Si vas a vivir a la montaña tienes que llevarme a mí también. —¿Qué? Claro —dijo, besando a Emaleen en la cabeza— aunque, de
todos modos, probablemente no vayamos a ninguna parte. No comentes esto con nadie, ¿vale? No son más que fantasías mías. No sé, a veces creo que podría ser mejor, mejor madre para ti.
Emaleen se acercó y puso su manita encima de la de Birdie, dándole palmadas, igual que una anciana consolando a un niño.
—Eres una mamá muy muy muy buena. Eres la mejor mamá del mundo entero.
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CAPÍTULO 6
arren estaba frente al fregadero mirando por la ventana de la cocina mientras la camioneta roja de Arthur se alejaba de la casa prado Wabajo. Al amanecer, una bandada de grullas canadienses se había reunido en un estanque de deshielo y, al pasar la camioneta, las esbeltas aves grises extendieron las alas y saltaron sobre sus largas patas, pero no remontaron
el vuelo.
Arthur no le había pedido permiso, simplemente había cogido las llaves del gancho junto a la puerta delantera y se había largado sin despedirse. Warren llevaba semanas desconcertado. No era habitual que Arthur apareciera en los cambios de estación. Solía visitarlo brevemente en primavera y en otoño, pero nunca se quedaba más de una semana y rara vez salía de casa. Cuando Warren se encontró con Della en la oficina de correos de Alpine, el viernes anterior, empezó a entender mejor lo que estaba ocurriendo.
—Arthur y Birdie se están viendo muchísimo últimamente. ¿Sabes si piensa quedarse más tiempo por aquí? —dijo ella, revisando los sobres y tacos de facturas que tenía en la mano.
Su tono de voz era despreocupado, como si estuvieran conversando sobre la cena del lunes, pero Warren percibió enseguida su preocupación.
Della no era ninguna cotilla. Con el paso de los años la había visto hacerse cargo del hostal y sacarlo adelante sin ayuda de nadie. Era una mujer franca y sensata, lo bastante inteligente para detectar los problemas antes de tenerlos encima; y aun así podía ser sorprendentemente amable con los indolentes y los inadaptados, con gente que a duras penas conseguía comportarse como es debido. La había visto cuidar de Birdie y de su pequeña.
En cuanto a Birdie, no la conocía bien, pero había oído historias. Los de servicios sociales la habían visitado un par de veces, que él supiera; una cuando un turista presenció cierta escena en el bar con Birdie borracha y su hija enferma y febril; y otra un par de años atrás, cuando la niña se
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rompió el brazo. En el hospital se supo que la chiquilla estaba intentando trepar a una cómoda para coger un sobre de sopa instantánea y prepararse la cena cuando se cayó. Con cuatro años, no había tenido más remedio que arreglárselas sola mientras su madre trabajaba.
Pero Birdie no era ninguna villana. A diferencia de algunos funcionarios y fiscales que había conocido a lo largo de los años, Warren no veía el mundo claramente dividido entre agresores y víctimas sino más bien como un complejo intercambio de sufrimiento. Había visto una y otra vez cómo las personas se sentían atraídas por aquellos que tenían más probabilidades de destruirlas.
—Seguramente ya tendrás ganas de volver a casa —le había dicho más de una vez a Arthur, pero él nunca respondía.
La camioneta pasó junto a las vallas de nieve que evitaban que el camino quedase bloqueado en invierno, se detuvo un instante al final del ramal y salió a la carretera. Minutos después de que esta desapareciera y de que la nube de polvo del camino se asentara, Warren seguía observando. La casa estaba silenciosa y tranquila y entonces reparó en sí mismo allí de pie frente al fregadero, mirando por la ventana con el delantal de volantes de Carol puesto y las manos apoyadas en el borde de la encimera. Un viejo preocupado.
Silbó, más para romper el silencio de la casa vacía que para llamar al perro, y la golden retriever de pelaje dorado entró galopando en la cocina desde la sala de estar, dio varias vueltas sobre sí misma y se detuvo abruptamente al borde del linóleo. La perrita aún no había cumplido un año y era todo patas y orejas, pero ella y Warren ya tenían su propia rutina en común. Spinner se sentó con la mirada fija en su amo mientras Warren cogía un puñado de comida seca y le llenaba el cuenco. Con un guante de cocina, cogió la sartén del fogón, vertió un poco de grasa de beicon sobre el pienso y raspó los restos con una espátula. Luego dejó el cuenco en el suelo mientras Spinner lo observaba atentamente.
—Muy bien —dijo en tono tranquilo, y ella empezó a engullir.
«No se puede pedir la luna», pensó Warren. Aunque ¿qué tenía de malo anhelar que las cosas fueran de otra manera? Deseaba que las visitas de su hijo fueran un alivio para su soledad, motivo de alegría y no de aprensión. Deseaba que Arthur pudiera tener una vida feliz en su lado del río, quizá sentando la cabeza con una mujer cariñosa e inteligente que le
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diera nietos. Deseaba que la casa volviera a llenarse de los alegres y bulliciosos sonidos de una familia.
Y entonces, sin poder evitarlo, porque este era el deseo más desesperado de todos, se encontró deseando que Carol siguiera viva. Seguro que se reiría al verlo con su delantal. «No tenía ni idea de que sabías fregar los platos», diría, pinchándolo. Se agacharía y besaría a la perra en la cabeza, aunque no la conociera, y luego se pondría a preparar café. «No te preocupes, mi amor. Resolveremos esto juntos».
¿Qué haría si aún estuviera viva? Ella no permitiría que Arthur se fuera de casa sin mantener una conversación con él, eso seguro, maldita sea. Siempre encontraba el modo de sonsacarle la verdad. Quizá Arthur le confesaría que estaba enamorado de una joven y Carol le sonreiría diciendo: «Qué maravilla, es lo que siempre habíamos deseado para ti». Por la noche, en la cama, quizá Warren y Carol hablarían de la nueva vida de su hijo y de cuánto se alegraban por él. «¿Recuerdas cuando nos enamoramos tú y yo?», diría Carol. Fue aquel otoño en el hospital, hacía tantos años. Alaska todavía no se había convertido en un estado y Warren era un joven agente de la Patrulla de Carreteras. Se había dislocado un hombro intentando echarle el lazo a un caballo sin domar que corría desbocado por el centro de Anchorage, y Carol, con su seria amabilidad, fue la enfermera que lo atendió.
Pero Arthur era diferente. ¿No sería demasiado peligroso, con todo lo que había sucedido antes? «No, no», respondería Carol. «¿No lo ves? Esto es el principio de una nueva vida para él. El amor es la fuerza más poderosa del mundo». A Warren no le costó imaginar a su mujer pronunciando esas palabras. «El amor es poderoso. Nuestro hijo puede ser feliz».
«No se puede pedir la luna…». Carol siempre había tenido un sexto sentido con respecto a Arthur. Ella habría detenido a su hijo en la puerta. Lo habría llevado al sofá y se habría sentado a su lado. Habrían hablado en voz baja, mientras Warren escuchaba caminando por la habitación. Quizá horas después habría convencido a Arthur, tan sutilmente que ni él ni Warren se darían cuenta de lo que estaba sucediendo. «¿Dónde eres más feliz?», le preguntaría. Ella lo escucharía, asintiendo y cogiendo de la mano a Arthur mientras hablaba, y luego diría: «Te queremos mucho. Lo sabes, ¿verdad?». Arthur había llorado antes en momentos así; su hijo, un hombre adulto y fuerte, perdido y roto. Pero quizá Carol podría ayudarlo a
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entender que era inútil fantasear con Birdie, y que había llegado el momento de regresar a su lado del río. «Sabemos que aquello es muy solitario, pero allí es donde eres capaz de encontrar un poco de paz, ¿no es así? ¿No crees que es lo mejor?».
Por la noche, en la cama, en vez de hablar de amor y nietos, quizá la voz de Carol se volviera apremiante. «Debemos hacer algo. No podemos dejar que esto continúe». Y Warren se sentiría como un idiota por no haberse dado cuenta antes. Lo habían comentado entre ellos durante años, que tarde o temprano la situación podía volverse insostenible. Por mucho que quisieran a su hijo.
Warren limpió la encimera de la cocina con un paño jabonoso y devolvió la sartén de hierro a su gancho sobre los fogones. Se quitó el delantal y lo colgó a secar en el respaldo de la silla junto a la estufa de leña, como habría hecho Carol.
En cuanto se puso la chaqueta de trabajo, Spinner empezó a dar saltos a su lado.
—Ahora no. Tú te quedas —dijo en tono tranquilo—. Sé buena. Warren no cogió el rifle de caza ni el revólver. Tenía vecinos a ambos
lados de la carretera, buena gente, y no iba a pasar delante de sus casas empuñando un arma de fuego. Aunque tampoco era nada descabellado. Los osos negros vagaban por allí con frecuencia en esa época del año buscando comida, y de cuando en cuando había una oleada de robos, gente joven y desesperada en busca de televisores y armas. Pero Warren ya no estaba seguro de desear anteponer su vida a la de nadie.
Cuando salió al porche y cerró la puerta delantera, las grullas volvieron a levantar el vuelo en el campo y el eco de su gruir aflautado resonó en el aire. Había algo en ese sonido que Warren encontraba hermoso y melancólico al mismo tiempo, como si sus extrañas voces se filtraran entre la niebla o atravesaran el velo entre este mundo y el otro.
Bajó despacio por la pista de tierra con las manos en los bolsillos, dejó atrás el cenador y salió del campo de heno en dirección a la pista aérea. Habían logrado terminar una segunda siega a finales de otoño y el campo era un rastrojal dorado. Warren ya no criaba caballos y sacaba muy poco dinero de la alfalfa después de pagar a Boot por segarla y empacarla, pero no era eso lo más importante sino el intenso aroma del heno recién segado en verano, el vasto panorama azotado por el viento y cubierto de nieve en invierno, las aves migratorias reuniéndose en los campos cada primavera.
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Para eso estaba allí, se dijo a sí mismo. Para dar la bienvenida a las grullas. Para contemplar la delicada brevedad de la estación, pues pronto los estanques primaverales se secarían y los campos y los árboles serían una explosión de luz y verdor. Mañana o la próxima semana las grullas se habrían marchado, de camino a los lugares donde anidaban, pero de momento allí estaban sobre esas patas delgadas como ramitas, girando sus largos cuellos para mirarlo, con las frentes tiznadas de rojo. Eso era lo que había ido a ver.
En lugar de volver hacia la casa, siguió caminando por la pista aérea recién segada, alejándose de las grullas en dirección al cobertizo prefabricado de la segunda guerra mundial que utilizaba como taller. Introdujo la combinación en el candado, abrió la puerta de acero y miró dentro como si esa fuera su verdadera intención, echar un vistazo. Los bancos de trabajo estaban despejados, aunque algo polvorientos. Había un estante repleto de tarros de potitos de bebé llenos de toda clase de tornillos, arandelas y pernos. Había martillos y sierras distribuidos según su tamaño en un tablero de clavijas. El suelo de hormigón estaba limpio de serrín y arena. Fue incapaz de recordar la última vez que había estado trabajando allí. Todo era diferente cuando Carol vivía. De ese modo cada uno había conseguido su propio espacio, y Carol podía dedicarse a confeccionar edredones en la mesa de la cocina mientras Warren estaba fuera en el taller cambiando el aceite de la camioneta o construyendo una estantería.
Cerró la puerta y el candado, pero tampoco esta vez caminó hacia la casa. Rodeó la parte trasera del cobertizo y pasó junto a su avioneta Piper Super Cub, amarrada a sus anclajes contra el viento. Oyó a lo lejos el eco del canto de las grullas y le pareció algo triste. Un trémulo y gutural lamento.
Al acercarse a los árboles caminó más rápido. Su paso se volvió decidido. Era la misma sensación que lo invadía siendo un joven agente al aproximarse a la escena de alguna denuncia o un accidente; la necesidad de concentrarse, de estar tranquilo y seguro. Se adentró en el bosque.
Durante los últimos días de hambre del invierno, los alces habían recurrido a comer la corteza de los sauces y los álamos jóvenes, y en algunas partes los troncos y las ramas bajas estaban completamente pelados. Warren extendió el brazo y deslizó el dedo índice por los surcos de dientes en la madera. Una liebre americana se alejó dando saltos, con el
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pelaje en pleno cambio del blanco al marrón, atrapada entre el invierno y la primavera. Más adelante, entre los árboles sin hojas, Warren pudo ver el lugar.
Años atrás, un inmenso abeto había sido derribado por el viento y arrancado de raíz casi por completo. El bloque de tierra y raíces enmarañadas tenía una altura de dos metros y medio. En los laterales, los rizomas aún se aferraban al suelo y en la parte superior la hierba colgaba de tal modo que parecía la entrada a una pequeña cueva.
Warren se agachó cuanto pudo y se adentró en el hueco terroso. Sabía que estaba ahí. La tierra a sus pies había sido excavada recientemente y había una pila de musgo, maleza y hierba seca. Cuando Arthur era un chiquillo había cavado un hoyo bajo el porche trasero, pero con el paso de los años se había vuelto más discreto. Solo llevaba a cabo sus idas y venidas cuando pensaba que Warren no lo vigilaba. Esta vez sabría que Warren había estado allí. Vería las huellas en la tierra y olería su rastro en el aire.
Warren se puso de rodillas y empezó a apartar la pila de ramas verdes de sauce, musgo y hojas secas. No llevaba guantes y sus dedos toparon con algo espinoso. Mezclados entre la broza había tallos quebradizos y raíces polvorientas de algunos bastones del diablo del año pasado. Los arrojó a un lado. Había estado a punto de llevar una pala o una espátula pero temió dañar la piel accidentalmente. Al final sintió el roce del pelaje contra la palma de la mano. Apartó la tierra y las hojas hasta que pudo distinguir el contorno erizado. Entonces se puso en cuclillas, agarró un extremo de la piel y tiró. Sintió un dolor agudo en las rodillas, en los riñones y en el hombro que se había dislocado años atrás. La piel de oso, cargada de sangre y vida, pesaba unos cuarenta y cinco kilos. Tiró de ella retorciéndola hasta que finalmente logró sacarla del agujero y alejarla de las raíces del árbol. Estaba mareado y sin aliento. Extendió una mano hasta un abedul cercano y se apoyó en su tronco. Cuando recuperó la compostura, se inclinó y cogió un puñado de hojas marrones. Su respiración se había apaciguado y, mientras se limpiaba la tierra de las manos, percibió el olor del lugar. Tierra mojada y madera en descomposición, el olor de la vida y la muerte. Volvió a examinar las plantas que Arthur había utilizado para enterrarla. Musgo de turbera, ramas de álamo, hojas de sauce, raíces de bastones del diablo. Aquel lugar no era solamente un escondite. El frescor y la humedad, la maraña
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orgánica de raíces y moho, la pila de plantas medicinales; todo era para mantener vivo el pellejo.
Warren se acuclilló de nuevo, apoyando las manos en el fardo de pelo y piel. El pelaje era tupido, con una lanilla interna suave y grisácea y pelos de guarda largos y marrones con las puntas rubias. Warren le dio la vuelta, limpiando con suavidad más hojas y tierra, y se encontró mirando la cara de su hijo. Las cuencas de los ojos vacías y deshuesadas, una nariz negra al final de un hocico largo y estrecho, la oreja desgarrada y la línea de la cicatriz atravesando el pelaje. Levantó la cabeza sin cráneo y la apartó del fardo de pelo y piel para dejarla en el suelo. Le temblaban las manos.
Desde que Arthur era un bebé, Warren se había preguntado si debía destruir aquello. Podía prenderle fuego, hundirlo en el río o cortarlo en pedazos y enterrarlo en alguna parte en lo más profundo del bosque. El escondite le parecía una maldición que ataba al muchacho y Warren quería liberarlo. «Pero en realidad no lo sabemos, ¿verdad?», había dicho Carol, manifestando en voz alta su miedo más profundo. Tal vez la maldición era tener que quitársela.
Warren siguió desplegando la piel, como quien desdobla una manta enrollada. Desenroscó los miembros vacíos hasta dejar a la vista las gruesas pezuñas almohadilladas y las largas garras. Extendió el torso vacío hasta dejarlo tendido en el suelo, con la cabeza hacia atrás, las patas estiradas y el vientre peludo hacia el cielo.
Un desgarrón largo y dentado descendía desde el centro del pecho y la barriga, la piel de ambos lados correosa de grueso tejido cicatricial donde había sanado y vuelto a desgarrarse cientos, puede que miles de veces. Cada transformación, una especie de tormento. Años atrás, de pie en el porche trasero de la casa una noche de otoño, Warren se había sobresaltado al escuchar un espantoso gemido procedente del bosque. Había sido el grito animal del sufrimiento de su hijo.
Warren se desabrochó la chaqueta, se la quitó y la dejó en el suelo, y luego desabotonó un puño de la camisa y se subió la manga todo lo que pudo, hasta el hombro. Bajo la brillante luz del sol apenas reconoció su propio brazo, más delgado y pálido y prácticamente imberbe, no más largo que el brazo de un joven. Introdujo la mano por la abertura de la piel de oso. El interior estaba pegajoso de membranas, grasa y sangre coagulada, pero llegó hasta la pata delantera, empujando y tirando hasta que la piel tocó su hombro envolviendo el brazo como una manga.
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Sintió la piel de oso fría y húmeda contra la suya. Posó el pie almohadillado en el suelo y apoyó el peso de su cuerpo con el brazo en la tierra, las yemas de sus dedos tocando el duro y gomoso cartílago donde comenzaban las garras.
Los árboles estaban en silencio, el aire inmóvil. Las grullas no cantaban y tampoco se oían trinos de pájaros alrededor. Warren se arrodilló en el suelo del bosque e intentó imaginar cómo sería caminar con aquellos pies, qué se sentiría al ser su hijo.
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CAPÍTULO 7
rthur era tímido y torpe, como un buen monaguillo en su primera cita. Birdie podría haber anticipado ese detalle, pero todo lo demás Afueinesperado. Generalmente, cuando tenía la cabaña para ella sola y volvía con compañía era de madrugada y los dos estaban achispados, puede que algo colocados. El sexo era torpe y algo temerario, y un ligero
embotamiento disipaba cualquier recelo o temor.
Esta vez fue a plena luz del día, a las dos de la tarde. No había habido interminables chistes con doble sentido ni cigarrillos compartidos, ni flirteos en la barra bajo el cálido resplandor de las luces navideñas, ni bailes lentos al son de la gramola. Los dos estaban completamente sobrios.
Arthur había seguido apareciendo por el bar, pidiendo siempre la misma infusión con tostadas. Las mañanas de mucho ajetreo Birdie no podía quedarse mucho tiempo con él, pero apoyaba una mano en su hombro al dejar la taza de manzanilla sobre la mesa, o lo empujaba con la cadera al hacer alguna broma. Cuando había poco trabajo en la cafetería, se sentaba frente a él e intentaba entablar conversación. No se parecía a nadie con quien hubiera hablado antes. Daba la sensación de escuchar atentamente y no fanfarroneaba ni hacía chistes vulgares ni la interrumpía, pero nunca preguntaba nada. Básicamente guardaba silencio.
—¿Te llaman Art, o Archie? —le preguntó Birdie una tarde.
—No.
—Entonces, solo Arthur —dijo ella con burlona seriedad, con la esperanza de sacarle una sonrisa.
—Sí. Así es como me llama mi segunda madre.
—¿Por qué hablas así?
—¿A qué te refieres?
—No sé cómo explicarlo.
Pensó en lo que él acababa de decir, «es como me llama mi segunda madre». No «como me llamó» sino «como me llama», como si estuviera sucediendo ahora.
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—¿Sabes qué es? —dijo ella—. Nunca hablas en pasado, ni de algo que va a suceder. Siempre usas el presente. ¿Sabes a qué me refiero?
Arthur meneó la cabeza, aunque a Birdie le pareció que era más para aclararse él mismo que para mostrar su desacuerdo.
—Así funciona mi cerebro.
—¿Qué quieres decir con eso de «así funciona mi cerebro»? —Es lo que tú dices. Siempre en presente.
—Sí, supongo. Pero hay cosas que ya han ocurrido y cosas que podrían ocurrir mañana. Como en una línea temporal, ¿me entiendes?
—Cuando soy joven, mi profesora lo dice. El tiempo es una línea recta desde aquí hasta allí, y nosotros señalamos nuestro lugar en ella. Pero no es tan simple.
—Entonces, ¿qué es?
Arthur vaciló, como si no estuviera seguro de querer mantener una conversación larga, pero entonces respondió:
—Se parece más a los círculos, muchos círculos girando unos dentro de otros. Y no hay nada a lo que agarrarse.
—¿Qué significa eso?
—Todas las cosas, todos los momentos, son ahora —dijo él—. Estoy hablando contigo ahora, pero también recuerdo ese día sentados sobre la mesa que contemplamos juntos las montañas y también sé que algún día estás conmigo allí en las montañas.
Birdie asintió, e intentaba de veras entender lo que él decía, pero el agradable y profundo rumor de su voz la estaba aturdiendo.
Los dos guardaron silencio unos segundos.
—Espera un momento —dijo Birdie—, ¿acabas de decir que voy a ir contigo a tu casa?
—Es posible.
—¿Me lo estás pidiendo?
—No. Digo que todos los momentos, todas las posibilidades, son ahora.
—Mmm, vale. No estoy segura de entenderte. Tío, tú y Syd tenéis que hablar alguna vez. A él le encanta divagar sobre esa clase de cosas, sobre cómo el tiempo y la memoria no funcionan como creemos. Pero qué sé yo, la mitad del tiempo está colocado.
Ella se rio, y al ver que Arthur no sonreía ni la miraba se sintió incómoda. ¿Acaso la consideraba demasiado estúpida para entender su
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enrevesada manera de ver las cosas?
Hubo una larga pausa durante la que ninguno de los dos dijo nada, y su incomodidad estaba dando paso al enfado cuando él dijo algo que ella no entendió.
—¿Qué?
—Me gusta el sonido de tu risa.
Nadie le había dicho eso antes.
Cuando apareció al día siguiente, ella supo que tardaría en volver a tener una ocasión como esa. Era un miércoles con poco trabajo y Della había ido a Anchorage para reponer mercancía. Mientras la cafetería estuviera vacía, Clancy no se daría cuenta de si ella se tomaba un descanso más largo de lo normal. Se sentó frente a Arthur y se desafió a sí misma a decirlo: —«¿Te apetecería? ¿Qué te parece si nos…?»—, pero las palabras se resistían a salir de su boca. Se distrajo jugueteando con los paquetes de mermelada y luego le llevó más agua caliente. El reloj marcaba los segundos en la pared, hasta que finalmente lo consiguió.
—Puedo tomarme un descanso dentro de unos minutos. ¿Quieres… te apetece venir a mi cabaña? Ahora no hay nadie. Mi niña está con mi abuela.
Él la miró directamente a los ojos durante mucho tiempo sin sonreír y luego asintió. Terminó la manzanilla de un trago, como quien apura una cerveza, y salió tras ella por la puerta principal del hostal.
Fuera llovía a cántaros y en la pequeña cabaña de Birdie hacía frío, de modo que encendió el radiador del zócalo.
—Vamos, entra. No te preocupes por las botas.
Él intentaba no salirse de la pequeña alfombra que había justo en la entrada mientras se desataba los cordones.
—¿Me ducho?
—¿Qué? —Birdie se rio—. Dios, no. No cabríamos ahí los dos ni de broma.
Arthur estaba descalzo con los pies mojados. Era demasiado alto para que Birdie pudiera rodearle el cuello con los brazos, de modo que lo cogió de la mano y atravesaron juntos la habitación. Al ponerse de pie de un salto en el borde de la cama ella era cuatro o cinco centímetros más alta. Bajó la cabeza para besarlo, luego deslizó la punta de la lengua lentamente por la suave cara interna de su labio superior, sintiendo el roce de su barba
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áspera en la barbilla. Sabía bien, a manzanilla dulce y tostada con mantequilla. Pero no era gran cosa besando. No movía los labios ni la lengua, y cuando Birdie lo miró vio que tenía los ojos abiertos de par en par.
Birdie se dejó caer de espaldas sobre la cama y se quitó la ropa interior y los pantalones al mismo tiempo y lo tiró todo al suelo. No iba a tener más remedio que tomar la iniciativa. Él era demasiado tímido o demasiado inexperto, pero a ella no le importaba.
Arthur estaba de pie con los brazos pegados al cuerpo. La lluvia golpeaba con fuerza el tejado metálico de la cabaña. Birdie no recordaba haber estado nunca tan excitada. Era aquella claridad, la luz del día colándose a través de las cortinas, su piel desnuda con la carne de gallina. Sin levantarse de la cama se quitó la camiseta y el sujetador, luego se incorporó y empezó a desabrocharle los vaqueros. Él estaba muy callado. No jadeaba ni hablaba ni siquiera abría la boca. El único sonido era el de su fuerte respiración cada vez que inspiraba.
Ella le estaba bajando los pantalones y besando el fuerte vello rubio bajo su ombligo cuando él se abalanzó y se tumbó sobre ella. La cama crujió y gimió bajo su peso mientras él frotaba la cara contra su cuello y su mejilla, igual que un cachorro mordisqueando un juguete de goma. Birdie soltó una carcajada de sorpresa, pero los torpes bandazos y empujones continuaron. Intentó revolverse y maniobrar debajo de él, para mejorar al menos su posición, pero él seguía restregándose contra un lado de su cabeza y ella podía sentir su aliento caliente y húmedo en el cuero cabelludo. Volvió a reírse.
—Creo que así no vamos bien —dijo.
Él se detuvo y bajó la vista hacia ella, con la cara muy roja de repente, y luego la misma expresión que había visto antes, con las arrugas de los rabillos del ojo muy pronunciadas, como si estuviera triste o preocupado.
—No me has hecho daño ni nada de eso —explicó—. Y no lo harás. Lo atrajo hacia ella para que volviera a ponérsele encima, pero el
colchón era demasiado blando y cada vez que él se movía ella se hundía más. Ella se retorció apartándolo hasta que él estuvo de rodillas en el suelo junto a la cama. Empezó a abrocharse los vaqueros.
—No, escucha —dijo ella—. Túmbate, justo ahí.
Ella quería montarlo a horcajadas sobre el duro suelo, con los vaqueros de él frotándole la cara interna de los muslos y sus rodillas desnudas sobre
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la vieja alfombra. Así podría arreglárselas.
—Túmbate —volvió a decir.
Pero él no lo hizo. Seguía arrodillado junto a la cama y apoyó la mejilla en el regazo de Birdie, apartando la mirada. Ella podía sentir su respiración contra el muslo, como si estuviera oliendo su piel.
Birdie apoyó una mano en su cabeza. Su pelo rubio toscamente cortado era más suave de lo que parecía. Deslizó las puntas de los dedos desde su ceja hasta el borde de la cicatriz. Vaciló un segundo y luego, lentamente, tocó la marca y siguió su trazo hasta la barba. La piel era dura y correosa. Vio que había perdido la mayor parte de la oreja y la piel punteada no parecía completamente curada alrededor del orificio del oído, pero no se atrevió a tocarla. De modo que se agachó y lo besó en la mejilla.
—¿Arthur? No pasa nada. No lo has hecho muchas veces, ¿verdad? Ya nos las apañaremos. Será divertido.
Pero él ya estaba de pie, abrochándose los vaqueros y poniéndose las botas.
—Espera. Pero ¿qué…? —dijo ella—. Ni siquiera hemos… no has… Salió sin atarse los cordones de las botas ni cerrar la puerta. —Maldita sea.
Birdie cogió bruscamente el edredón y, envolviéndose en él, salió detrás de Arthur.
—¡Arthur! —gritó a su espalda—. ¿O sea que te marchas sin más?
Él caminaba deprisa y con paso decidido. Cuando subió a la camioneta y arrancó el motor, ella estaba segura de que giraría la cabeza para mirarla, pero no lo hizo.
—Tenemos que hablar. —Della salió de detrás de la barra y dio unos golpecitos en un taburete para que Birdie se sentara.
La suerte de Birdie. Della había regresado de Anchorage antes de lo esperado, justo a tiempo para verla descalza en mitad del aparcamiento embarrado, envuelta únicamente en un edredón y gritando como una loca mientras Arthur se marchaba. Birdie había vuelto a entrar en la cabaña sin reparar en Della. Se había vestido y alargado al máximo los minutos que le quedaban para volver al trabajo, pero sabía que al final no tendría más remedio que escucharla.
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—Bien, quédate de pie si quieres —dijo Della cuando Birdie se negó a sentarse en el taburete—. Tengo que contarte una historia que dudo que hayas oído antes. ¿Te acuerdas de Sarah? ¿Aquella rubia menuda que trabajó de camarera para mí hace un par de veranos? ¿Te conté alguna vez su pelotera con Arthur?
—No, pero eso no…
—Pues ese verano —siguió Della, interrumpiéndola— Warren y Carol la contrataron para cuidar la casa. Carol tenía que ir a Seattle por el cáncer. Una noche Sarah estaba allí sola cuando apareció Arthur. En cuclillas en el porche, desnudo como un chiflado. El viejo pastor alemán que tenían le ladraba y gruñía como si fuera un desconocido.
—Vale.
—Sarah dijo que parecía medio muerto de hambre, herido y cubierto de arañazos, como si hubiera estado corriendo entre zarzas durante días. No llegó a ponerse de pie y cuando habló ella no pudo entender nada de lo que decía. Estaba muy asustada, pero también preocupada por él. Intentó convencerlo para entrar en casa pero no hubo manera, de modo que entró a coger una bata. Cuando volvió a salir él se había marchado. Intentó llamar por teléfono a Warren y Carol, pero no consiguió localizarlos.
—Muy bien. —Birdie se estaba impacientando—. ¿Y luego volvió?
—No, no que ella supiera.
—¿Y eso es todo?
—¿Qué quieres decir con si eso es todo? Un hombre sale de la nada, herido y delirando en mitad de la noche, ¿y solo se te ocurre preguntar si eso es todo? Sarah contó que fue una de las experiencias más terribles de toda su vida.
Birdie no decía nada.
—Y ya sabes lo de aquel crío en su cabaña —continuó Della—. Lo que le pasó.
—Todo el mundo ha oído esa historia, pero no sé cómo puedes culpar de ello a Arthur.
—Puede que sí, puede que no. Pero lo que yo creo es que ni tú ni Emaleen necesitáis más locura en vuestras vidas.
—¿Más locura? ¿Qué demonios se supone que significa eso?
—Yo no… no quiero dar a entender nada con eso. Sé que estás intentando mejorar las cosas para Emaleen y para ti. Lo sé. Pero Arthur no es la mejor manera de conseguirlo.
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—Ya, ¿porque no encaja aquí? ¿No se te ha ocurrido nunca que eso puede ser bueno? ¿Que quizá es eso lo que Emaleen y yo necesitamos, algo diferente a este lugar?
Birdie supuso que Arthur no volvería a aparecer por el hostal en una temporada. Repasó mentalmente la escena una y otra vez, el modo en que ella había forzado la situación desde el principio. Lo había invitado a ir a la cabaña, lo había besado y desabrochado los pantalones, todo lo había hecho ella. Pero ¿se suponía que debía avergonzarse por ello? Si él estaba buscando a una mujercita tímida e inofensiva, entonces no la había entendido en absoluto.
Sin embargo, con el paso de los días, Birdie pensó en el modo en que él se había abalanzado sobre ella, besándola torpemente con la boca abierta y aquel repentino rubor en la cara. Pensó en su aliento caliente en la cara interna de su muslo y en la fuerza con que se agarraba a sus pantorrillas, como si intentara no caerse.
Aquello era ridículo. Estaba tan distraída que tiró al suelo una tarta de merengue de limón, seguía contando mal el cambio e incluso se había hecho un corte en el pulgar con un cuchillo para la carne. «¡Cálmate!», se dijo. Cada vez que oía llegar una camioneta se negaba a mirar por las ventanas de la cafetería. Intentaba ignorar el sonido de la puerta del bar cada vez que se abría y cerraba. Fingía no llevar la cuenta de los días y semanas que habían pasado desde la última vez que lo vio. Della tenía razón, él era extraño y desmañado y no sabía cómo interactuar correctamente con la gente. Probablemente estaría mejor solo en las montañas.
A pesar de todo, se quedó sin aliento cuando Della se lo contó:
—Al final Arthur ha vuelto a su cabaña en North Fork. —Lo dijo afablemente, como si no le estuviera contando una mala noticia.
—¡Ah! No sabía nada.
Birdie siguió colocando en cada mesa los botes de kétchup y mostaza y retirando las pilas de envases de mermelada. Era casi la hora de comer.
Della la abrazó por la cintura.
—Oye. Ya sé que empezaba a gustarte, pero es mejor así… ¿Estás bien?
—Estoy bien. Solo quiero acabar de hacer esto.
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Lo único que había hecho bien con respecto a Arthur era mantener al margen a la peque. Emaleen no tenía miedo ni sentido de la precaución al querer a la gente. Quería que todos formaran parte de una gran familia feliz y llamaba a casi todo el mundo «tío» o «tía». La hacían girar en los taburetes del bar y le ofrecían las guindas confitadas de sus bebidas. Algunos incluso se acordaban de su cumpleaños y le regalaban un billete de cinco dólares o un animalito de peluche. Todo bastante inofensivo. Sin embargo, el verano pasado Emaleen había empezado a llamar «papi» a Pete Anderson. Él la había liado para que lo hiciera, Birdie estaba segura —una manera más de intentar enredarla a ella—. También aparecía por el bar casi todas las noches, haciendo comentarios sobre cómo se vestía Birdie o lo agradable que era con sus clientes. Decía que el hostal no era un lugar para criar a una hija. Una noche las invitó a su casa a cenar espaguetis. Ella se puso alerta nada más ver el mantel blanco y el ramo de rosas en un jarrón. Varias veces durante la cena corrigió a Emaleen sobre sus modales en la mesa y su forma de hablar y luego le había preguntado, volviendo la mirada hacia Birdie, si no les gustaría vivir en una casa de verdad como la suya, donde ella podría tener su propio dormitorio y quizá un cachorrito.
A Birdie no le había costado alejarse de él. Pero para Emaleen no había sido fácil.
—Quiero que sea mi papá —le rogaba—. Y quiero mi cachorrito. Por favor, mami. Por favor.
Emaleen había tardado semanas en superarlo y Birdie se prometió a sí misma que nunca volvería a cometer el mismo error. Sus relaciones eran solo suyas y no había ninguna justificación para romperle el corazón a su niña cada vez que un hombre se convertía en un hijo de puta.
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CAPÍTULO 8
irdie estaba sentada de piernas cruzadas en la cama, cosiendo un remiendo en la axila de su camisa favorita, mientras Emaleen Bcoloreaba dibujos en un cuaderno en la mesa plegable, cuando llamaron a la puerta. Della siempre llamaba una vez y entraba sin esperar a ser invitada, por lo que Birdie se preguntaba para qué diablos se molestaba. Pero esta vez hubo un largo silencio y luego llamaron más fuerte. Birdie dejó la costura sobre la cama, se acercó a la ventana y apartó la cortina. Era Arthur, esperando solemnemente a la puerta sin darse cuenta de ser observado desde la ventana. En una mano llevaba lo que parecía un
montón de hierba.
—¿Qué es ese ruido, mami?
—¿Hola? —dijo Arthur, desde el otro lado de la puerta.
Había oído a Emaleen. Ya no había posibilidad de fingir que no estaban en casa.
—No estás en el hostal —dijo cuando Birdie abrió la puerta. —No, hoy es mi día libre. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Tengo… —le ofreció el terrón que llevaba en la mano—. Esto es para ti.
Era un pedazo de tundra, como si hubiese arrancado del suelo un
puñado de musgo y plantas con las manos desnudas. Las raíces colgaban
entre sus dedos.
—¿Qué es?
—Crecen en el lugar que te gusta.
Birdie no lo entendía. Arthur le entregó el pegote de tierra y plantas.
Era más ligero de lo que parecía, como sostener un cojín de arpillera.
—Es del lugar que te enseñé —explicó.
—Vale, ¿me estás diciendo que subiste hasta ese lugar en la montaña y has venido con esto desde allí?
—El invierno acaba y crecen las flores.
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—¿Flores? ¡Quiero ver las flores! ¿Puedo verlas? —exclamó Emaleen, pero cuando Birdie dejó el manojo de tierra y hojas sobre la mesita plegable, la niña frunció el ceño—. Eso no son flores —sentenció, volviendo a colorear.
—Mira atentamente —dijo Arthur desde la puerta.
Su tono de voz era neutro, sin ningún atisbo de la impaciencia o el entusiasmo con que los adultos suelen animar a los niños.
—¿Por qué? —preguntó Emaleen.
—Las flores, son pequeñas.
Emaleen se levantó de la silla, acercó la nariz a unos centímetros del terrón y dejó escapar un gritito de asombro.
—¡Oh! ¡Oh, las veo!
—¿Qué ves? —preguntó Arthur.
—Veo unas flores chiquititas, chiquititas. Son como campanillas muy pequeñas, como rosas y blancas a la vez.
—Arctostaphylos uva-ursi[3] —dijo Arthur.
—Menuda palabra —replicó Emaleen—. ¿Por qué has dicho eso? —Ese es uno de sus nombres. También se llaman kinnikinnick.
—Kinnikinnik-innik-innik —repitió Emaleen, sin dejar de examinar el manojo de hierbas y tierra, y luego miró a Arthur.
—Sé hacer letras. ¿Quieres verlas? —preguntó.
Mientras Emaleen parloteaba sobre números y letras, Birdie se agachó y tocó una flor más pequeña que la punta de su dedo. En el musgoso terrón también habían sobrevivido varias setas diminutas y algunos talos de color blanco grisáceo de liquen de caribú. Era fácil pensar que la tundra no era más que una alfombra marrón verdosa, pero vista de cerca estaba formada por cientos de delicadas vidas en miniatura entrelazadas en cada metro cuadrado. Un don hermoso y peculiar.
Pero Birdie no iba a tropezar dos veces en la misma piedra. El tío la había dejado plantada como una idiota en mitad del aparcamiento.
—Emaleen, necesito hablar un momento con Arthur —dijo Birdie, indicándole con la cabeza a él que saliera con ella—. Bueno —dijo, cerrando la puerta a sus espaldas—. ¿Qué quieres?
—Quiero verte.
Birdie dejó escapar una risotada.
—¿De verdad? Vaya. Te largas corriendo, te esfumas durante semanas y ¿luego reapareces como si tuviéramos una cita o algo por el estilo?
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—¿Mami? —Emaleen había abierto la puerta—. ¿Podemos ir al río a buscar más flores? ¿Y puede venir él con nosotras?
—Emaleen, dame un minuto, ¿vale? Y puede que Arthur no quiera venir con nosotras.
—Sí quiero —dijo Arthur, sin levantar la voz.
—¡Yupi! ¡Él también viene! Mami, mami, ¿dónde están mis botas? Mis preciosas botas de arcoíris.
La cabeza de Birdie parecía una habitación llena de gente gritando. Quizá si salían a pasear Emaleen dejara de hablar dos segundos y Birdie sería capaz de pensar de forma coherente.
—Sí, supongo que podemos ir. Tus botas están justo ahí. Pero no te alejarás de nosotros, ¿de acuerdo? Y ponte un jersey.
—Pero no quiero jersey, porque es verano.
Emaleen se abrió paso entre los dos hacia el aparcamiento vacío.
—¿Dónde está la camioneta de tu padre? —preguntó Birdie a Arthur.
—Vengo andando.
—¿Todo el camino desde casa de tu padre? Eso serán unos siete u ocho kilómetros.
—Rápido, rápido, rápido —exclamó Emaleen, corriendo hacia ellos y tirando de la mano de Birdie antes de volver a esprintar hacia delante.
Atravesó corriendo el prado detrás del hostal hasta llegar al bosque de abetos, donde se detuvo a esperarlos.
—Mira mis botas de agua —dijo Emaleen, dando una patada al aire con cada pie mientras caminaba junto a Arthur—. ¡Mira! ¿Las ves? Y tienen arcoíris. Puedo pisar el barro y los charcos. Y salir cuando llueve. ¿Tú tienes botas de agua…? —Se giró hacia Birdie y le susurró en voz alta —: ¿Cómo se llama? Lo he olvidado.
—Arthur. Se llama Arthur.
—Arthur. Entonces, ¿quieres venir con nosotras al río? Pero debes ir con mucho cuidado. No te acerques demasiado, ¿vale? Porque te puedes ahogar.
El sendero se volvió demasiado estrecho para que todos pudieran caminar juntos, de modo que Birdie continuó detrás de ellos.
—No pasa nada si no sabes llegar hasta allí —le estaba diciendo Emaleen a Arthur—. ¿Sabías que hay una cría de alce? Tiene la nariz grande y las patas largas, y unas orejas chulísimas. —Levantó las dos manos y se tocó la cabeza donde habrían estado las orejas si fuera un alce
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—. ¿Sabías que tiene el pelo entre rojo y marrón? O mejor dicho entre rojo y naranja, que cuando los mezclas sale marrón. No es mi color favorito. A mí me encanta el morado. A lo mejor podemos buscar flores moradas. ¿A ti te gusta el morado?
Emaleen alargó el brazo por encima de la cabeza y cogió de la mano a Arthur, de modo que él tuvo que encorvarse para seguir caminando a su lado. Entonces ella vio algo en el suelo.
—¡Mira, Arthur! ¡Ven! ¡Son tan bonitas!
Emaleen se puso en cuclillas junto a un pequeño ramillete de orquídeas que crecía entre el musgo.
—Creo que son zapatillas de Venus —comentó Birdie—. No las cojas, ¿vale?
Pero vio que Emaleen ya había arrancado una y la estaba escondiendo detrás de la espalda.
—¿Por qué?
—No pasa nada. No has hecho nada malo. Solo es que esas flores son diferentes. La abuela Jo dice que cuando las arrancas, por alguna razón, se muere toda la planta, y nunca hay muchas. Así que solo esa. Ninguna más, ¿de acuerdo?
Emaleen le enseñó la pequeña flor a Arthur.
—Mira. ¿Ves qué flor tan bonita? —dijo—. Es para ti.
—Gracias —respondió él, dejando que la posara en la palma de su mano—. Calypso bulbosa. Pero no voy a comérmela.
—¡Ni hablar! —exclamó Emaleen—. ¿Quién va a querer comer flores?
Arthur se señaló el pecho con el pulgar.
—¿Tú te las comes? Bah, no me lo creo. ¿Se está burlando de mí, mami?
Birdie se encogió de hombros y miró a Arthur levantando una ceja. —¿La estás provocando o es que comes flores a menudo?
—La mayoría saben bien. Incluso estas —dijo, mirando la zapatilla de Venus—. Las flores no tanto. Pero los bulbos, las raíces bajo tierra saben muy bien.
—Puaj, lo dudo —replicó Emaleen, canturreando.
Habían regresado al sendero y Emaleen continuó abriendo la marcha hacia el río. El suelo del bosque de abetos estaba alfombrado de musgo y
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cornejos enanos con las hojas de color verde oscuro y las brácteas adquiriendo un tono blanquecino.
—¿Estas te las comes, Arthur?
—Sí.
—¿Y qué me dices de esas marrones tan asquerosas? —preguntó, señalando algunos retoños tardíos de cola de caballo.
—Están sabrosas. De esas puedo comer y comer hasta que se me llena la panza —respondió Arthur, dándose unas palmadas en la barriga, y Emaleen se rio.
—¡Qué bobo! —dijo ella, y Arthur también se rio.
Era una risa fuerte, estruendosa y alegre que Birdie no había oído nunca. Estaba perdiendo el control de la situación.
El toma y daca entre los dos siguió el resto del camino hasta el río. Emaleen yendo de un lado para otro a toda prisa, preguntándole si podía comerse esto o lo otro, y Arthur respondiendo sí o no y a menudo diciendo algún nombre que sonaba científico. Birdie no conocía bien todas las plantas, y de todas formas se lo pensaría mucho antes de comer alguna. Más tarde tendría que sentarse con Emaleen y decirle que, a pesar de lo que él hubiera dicho, debía tratar a todas las plantas silvestres como si fueran venenosas. Un puñado de bayas de actea o unas pocas flores de acónito morado podían matar a una niña.
En el río Wolverine, lo que quedaba del hielo había desaparecido y el rápido caudal había crecido adquiriendo un color gris cenagoso. Arthur y Emaleen iban varios pasos por delante y desaparecieron al adentrarse en una arboleda de sauces. Cuando Birdie llegó al siguiente claro no pudo ver a ninguno de los dos.
Cada uno o dos años se ahogaba un perro, un chiquillo o un pescador en algún lugar del río. El verano pasado, sin ir más lejos, el sobrino de Della volcó en canoa cerca de la desembocadura del arroyo Quartz y sobrevivió únicamente porque ella había insistido en que se pusiera el chaleco salvavidas. Y no era solo por su profundidad, también por las fuertes corrientes, el frío glacial y el fino y limoso barro que se pegaba a tus pies, lastrándote hasta el fondo.
—¿Emaleen? ¿Arthur? —gritó Birdie—. ¿Dónde estáis?
—¡Estamos aquí mismo, mami!
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Arthur y Emaleen se habían detenido corriente arriba tras una gran roca, junto a un pequeño estanque de agua de manantial de cuarenta o sesenta centímetros de profundidad rodeado de un canal arenoso del río que se había secado. Emaleen estaba recogiendo guijarros y lanzándolos al agua. El sol había salido de detrás de las nubes y el agua clara resplandecía.
—Ahora inténtalo tú —ordenó Emaleen.
Le dio a Arthur una piedra redonda y plana que hizo un discreto paf cuando él la lanzó al centro del estanque.
—Esa es demasiado pequeña. Vamos a buscar otra más grande —dijo la niña.
Emaleen encontró un gran fragmento de granito que sobresalía entre la arena. Cuando tiró de él y no se movió, dejó escapar un dramático «¡Puf!».
—Esta es demasiado grande, demasiado. —Y luego, mirando a Arthur, añadió—: Inténtalo tú.
Arthur empujó la roca con la bota, luego se agachó, tiró de ella con los dedos y la sacó, dejando un profundo agujero en la arena. El pedrusco era del tamaño de tres pelotas de béisbol y Arthur la sujetó con ambas manos, como si no estuviera seguro de qué hacer a continuación.
—¡Mira, mami! Es supergrande. ¡Lancémosla, Arthur!
Arthur lanzó la roca al centro del estanque y, con una magnífica explosión iluminada por el sol, el agua saltó en todas direcciones salpicando las piernas de Arthur y derramándose sobre la cabeza de Emaleen. Ella escupió y tosió mientras se limpiaba la cara con las manos, y luego se echó a reír sorprendida.
—¿Has visto eso, mami?
Arthur también se rio, en ese tono estruendoso y profundo.
—¡Otra vez! ¡Hagámoslo otra vez! —gritó Emaleen.
Los tres buscaron piedras de todos los tamaños y se turnaron tirándolas al estanque. Y Birdie intentó enseñar a Emaleen a lanzar las piedrecitas pequeñas y planas rebotando sobre la superficie. El sol se alzó sobre las montañas y el aire se volvió templado, como si de repente hubiera llegado el verano. Emaleen se quitó las botas y los calcetines para meterse en el agua. Birdie se sentó cerca de la orilla en un gran tronco arrastrado por la corriente y estiró las piernas, cerrando los ojos. El sol le calentaba la cara y la intensa fragancia de las pegajosas hojas nuevas de los álamos inundaba el aire. No sintió que Arthur se acercaba, pero lo oyó sentarse a su lado en
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el tronco. Durante un instante, todo quedó en silencio salvo por el canto de un carbonero en una rama cercana, el chapoteo de los pies descalzos de Emaleen jugando en el barro y la lenta y acompasada respiración de Arthur. Con los ojos cerrados, Birdie percibía los sonidos más minúsculos, el brillo rojo del sol al otro lado de sus párpados cerrados y la ligera brisa que llegaba entre las ramas de los álamos. Era la clase de tarde que normalmente la volvía soñolienta y perezosa, pero la presencia de Arthur cargaba el aire a su alrededor como una corriente eléctrica. Mantuvo los ojos cerrados y lo escuchó respirar, notando cómo se erizaba el vello de sus brazos. Nunca se había sentido así estando simplemente sentada junto a un hombre, y en ese momento no lo comprendió, pero era una sensación que siempre había amado, esa fina línea entre el miedo y la excitación.
Cuando Arthur se aclaró la garganta para hablar, Birdie se sobresaltó como si hubiera estado a punto de quedarse dormida.
—Quiero decir algo. Sobre tu pregunta, estoy pensando en ello. —Ah —dijo ella—. ¿Qué pregunta? —Si me siento solo.
—¿Sí?
—Es verdad. Puede que siempre.
—No lo entiendo. Entonces, ¿por qué te marchaste? ¿Por qué no te despediste ni me dijiste qué pasaba?
Él volvió a carraspear y empezó a frotarse las rodillas metódicamente. —No estoy a gusto aquí. Lo intento pero no puedo. —Miró hacia el otro lado del río—. Me siento mejor cuando estoy lejos, allí. Siendo joven, pienso que eso es lo que quiero. Estar lejos de aquí. Pero de mayor siento
una cosa y la otra y vuelta a empezar.
Varias veces empezó a decir algo pero luego se detuvo, como si no fuera capaz de encontrar las palabras. Birdie pensó en los turistas extranjeros que pasaban ocasionalmente por el hostal. Arthur no tenía acento pero, igual que les ocurría a ellos, sus frases eran vacilantes e incompletas. Sabía qué quería decir —no era un zoquete como pensaba Della—, pero parecía que necesitaba hacer un gran esfuerzo para traducirlo desde una lengua materna diferente. Y cuanto más lo intentaba, más le costaba.
—Por qué no estoy contento aquí ni allí —dijo—. Es una… una lucha.
Conmigo mismo.
Los dos permanecieron un rato en silencio.
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—Sé a qué te refieres —respondió Birdie—. Emaleen y yo vamos tirando sin más. Es como si me hiciera falta todo lo que tengo para llegar al final de la semana. Y es lo mismo todos los días. No hagas esto, no hagas lo otro, termina eso… Y nunca hay dinero suficiente, nunca hay tiempo suficiente. Y todo el mundo diciéndote que la estás cagando, que deberías hacerlo mejor. Nunca eres completamente libre. Pero ¿qué sé yo, qué significa siquiera ser libre? Y luego te veo a ti. Tú no estás atrapado en todo eso. Cuando estábamos en la mesa de pícnic dijiste que tú haces tu propio camino. Quizá yo debería hacer lo mismo. Quizá necesito salir de aquí para vivir la vida a mi manera.
Durante un buen rato él no dijo nada, y ella se preguntó si de verdad se entendían mutuamente. Miró a Emaleen cogiendo puñados de arena y guijarros para rellenar el hueco de la piedra que había sacado Arthur.
Arthur volvió a carraspear y se levantó de repente, haciendo oscilar el tronco.
—Sí, deberíamos regresar —dijo Birdie—. Emaleen todavía no ha comido y…
Cuando iba a levantarse, él se inclinó sobre ella y posó los labios en su coronilla. No la besó, solo inhaló y exhaló a través de su pelo. Ella pensó darse la vuelta y mirarlo para que pudieran besarse, pero en vez de eso se quedó muy quieta, sintiendo un agradable estremecimiento en la nuca.
Cuando al fin él se apartó, Birdie se puso de pie y recogió las botas de Emaleen y sacudió los calcetines.
—Oye, Arthur. Estaba pensando…
Pero cuando se dio la vuelta él había desaparecido entre los sauces sin seguir ningún sendero.
—¿Adónde ha ido? —preguntó Emaleen.
—No lo sé, supongo que vuelve a casa.
Fue como aquella mañana en el arroyo. La emoción cuando la trucha arcoíris mordió el anzuelo y empezó a saltar y salpicar. Durante un fugaz instante se unieron, Birdie y ese brillo danzante y palpitante de vida, y sintió el agua fría del arroyo corriendo por sus venas.
Eso era lo que sentía con Arthur, al acercarse a él y notar que la miraba. Era como tocar algo oscuro y salvaje y después verlo desaparecer al instante.
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Esa noche, ya tarde, Birdie lo oyó cerca de la cabaña. Estaba viendo en la tele el programa de Johnny Carson sin volumen y Emaleen dormida a su lado cuando escuchó el ruido. No fue un golpe, ni siquiera una suave llamada, tan solo un leve roce al otro lado de la puerta.
Cogió la linterna del cajón de la mesita de noche, giró la llave en la cerradura y abrió la puerta, pero no le hizo falta luz. La luna en cuarto menguante iluminaba el cielo despejado sobre las montañas y él estaba a unos pocos metros de la puerta, acuclillado en el suelo de espaldas a ella.
—¿Arthur? ¿Qué estás haciendo aquí?
Él se levantó y la miró.
—Estoy pensando en ti —respondió—. Todo el tiempo.
Hablaba en voz baja y ronca, como si se hubiera fastidiado las cuerdas vocales gritando.
Birdie miró hacia la cabaña, a Emaleen durmiendo en su cama. Si dejaba la televisión encendida, con el volumen bajo, probablemente no se despertaría.
—Dame solo un segundo —susurró Birdie.
Fue hasta el armario y, lo más sigilosamente que pudo, sacó una manta del estante superior. Junto a la puerta se calzó una zapatilla de deporte y luego se agachó para coger la otra.
—Puedes dejarlas.
—¿Las zapatillas? ¿Sí? —Vaciló un instante, luego se rio, se quitó la deportiva de un puntapié y volvió a salir—. Vamos —dijo, cogiendo a Arthur de la mano y guiándolo hacia el bosque, detrás de la cabaña.
Solo llevaba puesta la ropa interior y la camiseta de dormir y sintió el aire frío en los brazos y las piernas, y el suelo frío y húmedo pinchándole los pies descalzos. Intentaba no reír a carcajadas. Se sentía como una adolescente escapando de casa en plena noche. Siguieron alejándose de la cabaña en dirección a los abetos, con la gruesa alfombra de agujas amortiguando sus pasos. El rugido del río Wolverine se escuchaba cada vez más cerca, pero ella aún podía ver la cabaña entre los árboles. Se agachó para tocar el suelo; parecía bastante seco, de modo que sacudió la manta y la extendió allí mismo. Cuando se levantó, Arthur estaba tan cerca que tropezó con él. Un lado de su cara estaba iluminado por el brillo de la luna, el otro oscurecido por la sombra de los árboles. Bajó la cabeza y posó sus labios en los de ella. Al parecer, había estado pensando en cómo
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hacerlo mejor, pues dejó la boca ligeramente entreabierta e inclinó la cabeza en busca de la de Birdie. Su vello facial le pinchó los labios. Birdie se estremeció mientras se besaban.
—Tienes frío.
—La verdad es que no —dijo ella—. Solo estoy… excitada.
Lo cogió de ambas manos y tiró de él hacia la manta y, casi simultáneamente, él intentó estrecharla entre sus brazos, dando lugar a una torpe y descoordinada coreografía. Ella se rio y se dejó hacer y él la cogió de la cintura. Birdie se giró de repente, soltándose de sus manos, y, sin dejar de reír, corrió alejándose algunos pasos. Arthur se lanzó hacia ella y la agarró del borde de la camiseta, pero ella se la quitó por la cabeza y volvió a soltarse. Corrió, rodeando el tronco de un abeto y cuando lo oyó acercarse volvió a acelerar. La luz de la luna se abría paso entre las ramas, y la fuerte y acompasada respiración de él la impulsaron a seguir corriendo. Se quitó la ropa interior y la dejó caer al suelo. Ahora estaba desnuda, esprintando a la luz de la luna a través del frío aire nocturno, y el subidón de adrenalina le permitió mantener la velocidad mientras se esforzaba en recuperar el aliento. En el fondo de su garganta se estaba formando un grito. Algo iba a sobresaltarla, pero aún no había aparecido. Corrió más rápido. Las ramas le arañaban brazos y piernas y sus pies tropezaban con raíces y arbustos. De repente dio un traspié y cayó de rodillas y él se abalanzó sobre Birdie, con todo su peso presionando los pechos desnudos, el vientre y los muslos de ella contra la áspera tierra. El cuerpo de Arthur irradiaba calor de los pies a la cabeza. Cada vez que exhalaba soltaba un suave gemido, mientras frotaba los labios contra su nuca y sus hombros. La tenía inmovilizada en el suelo y Birdie jadeaba y reía debajo de él. Le pasó la mano por la cintura y la levantó para que se pusiera a cuatro patas, y ella oyó cómo se desabrochaba los vaqueros.
Toda la torpe indecisión había desaparecido y solo quedaba el deseo. Al principio se mantuvo detrás de ella, agarrándola con fuerza por las caderas; luego ambos giraron y forcejearon, llenándose de tierra, hojas y agujas de abeto, y ella se le puso a horcajadas encima apoyando los pies descalzos en el suelo. Él estaba callado y muy concentrado, como si no existiera nada más que el contacto de sus pieles desnudas, sus lenguas y sus dientes; y Birdie alzó la vista entre las ramas hacia el cielo nocturno inundado por la luz de la luna, sintiéndose salvaje y poderosa, elevándose
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desnuda entre los árboles, como una mujer que realmente se había liberado.
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CAPÍTULO 9
staba sucediendo algo importante, puede que emocionante y triste al mismo tiempo, y Emaleen intentaba con todas sus fuerzas averiguar
Equé era.
—Entre los alisos… solo quedaban despojos.
—No he vuelto a ver a la vaca.
—¿Algún otro indicio?
—Un montón de estiércol del tamaño de un maldito plato…
Emaleen fingía estar jugando, acercándose a la mesa de billar y empujando las bolas de un extremo a otro, pero en realidad escuchaba atentamente a los adultos. No estaba segura de por qué motivo podía hoy quedarse en el bar, pero quizá fuera porque había ocurrido algo tan importante que los mayores habían olvidado la norma. No estaban riendo ni vociferando, como solían hacer allí. Fuera lo que fuese, hablaban de algo serio y parecía que el tío Syd había encontrado algo en el bosque.
—Probablemente durante el día de ayer.
—Esa cría estuvo rondando por aquí el otro día. ¿Cuándo sería, Della? ¿El sábado? Emaleen la vio por la ventana.
Al oír su nombre, Emaleen aprovechó la ocasión.
—Mami, ¿qué está pasando?
Emaleen se dio cuenta de que su mamá no quería decirlo. Todos los adultos guardaron silencio mirando a la pequeña.
—Está bien. ¿Recuerdas aquella cría de alce que ha estado viniendo por aquí? —dijo su madre—. Un oso grizzly la mató. Syd vio dónde sucedió, no muy lejos de su casa.
Emaleen tardó un segundo en comprender lo que estaba diciendo su mamá y entonces pensó que iba a echarse a llorar o que quizá debía hacerlo. No estaba segura.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué hizo eso el oso?
—Tenía ganas de cenar —dijo tío Syd, pero lo dijo con delicadeza—. Los osos tienen que comer, igual que nosotros. Pero cuando hay osos
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grizzly merodeando debemos tener mucho cuidado.
—Así que no se te ocurra a ir a jugar al bosque otra vez —dijo tía Della—. ¿Me oyes? Esto es muy serio.
Emaleen asintió obedientemente, aunque no le gustaba cuando tía Della le hablaba así. Quería decir que ella ya no era un bebé, que aquel día no estaba jugando en el bosque y que sabía todo lo que había que saber sobre las cosas malas del mundo. Solo había ido porque no había tenido más remedio.
Emaleen siguió pensando en ello todo el día, aunque no quería hacerlo. No estaba bien que un oso no pudiera cenar y se quedara en los huesos hasta morir. Pero era mucho más horrible lo de la cría de alce. En casa de la abuela Jo dibujó una con sus ceras, esforzándose en recordarla lo mejor posible, y pensó en la trucha arcoíris que se habían comido su madre y ella, en el perro de Della que murió pisoteado por un alce y en el topillo rojo que había matado Clancy con una trampa porque se comía sus coles. La abuela Jo decía que morir era como dormirse, pero eso no le cuadraba. Dormir era algo agradable y tranquilo, pero ser devorado o quedar atrapado en una trampa no era así para nada.
Emaleen solía pensar que Norma había muerto. Norma era la mamá de su mamá, aunque nadie la llamaba mamá ni abuela. Nadie hablaba nunca de ella, y cuando Emaleen reunía el valor necesario para preguntar por ella, su madre se quedaba callada y la abuela Jo se enfadaba y decía: «Para mí está muerta».
—¿Cómo murió? —preguntó una vez Emaleen.
Y su madre le explicó que no estaba muerta de verdad, pero se había marchado cuando ella y tía Liz eran pequeñas a un lugar llamado Florida, donde hacía sol y calor y había mucha arena y muchísima gente.
Ahora que era una niña grande Emaleen lo entendía todo, que la gente y los animales a veces morían y que algunas mamás se marchan. Parecía imposible y horrible, pero también era importante saberlo. En cuanto lo comprendió, Emaleen empezó a observar atentamente a su mamá. A veces, cuando Birdie se apoyaba en la puerta fumando cigarrillos y contemplando el bosque, Emaleen estaba segura de que deseaba marcharse muy lejos sin ella.
Ese era su secreto. El que no le había contado a nadie, ni siquiera a Thimblina. Porque significaba que su mamá era una mala persona capaz
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de abandonar a su hija o que Emaleen era una mala persona por pensarlo.
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CAPÍTULO 10
irdie ya había decidido irse a la cabaña de Arthur al otro lado del Wolverine, pero esa noche en concreto se alegraba de no haberse Bmarchado aún. Era el solsticio de verano, con más de veinte horas de sol al día y sin auténtica oscuridad en el cielo. Después, coincidiendo exactamente con la llegada del verano, los días empezarían a menguar. Mañana el día sería un poco más corto y el invierno estaría más cerca. Una
celebración y un luto a la vez.
Della no dejaba a nadie tirado en vacaciones, de modo que en Acción de Gracias, Navidad, Año Nuevo y Pascua el hostal estaba abierto a la hora de la cena. El solsticio de verano era la única excepción. Della cerraba el local e invitaba a todo el mundo a una cena a la luz de la hoguera en la que cada asistente llevaba algo. Syd y ella habían recogido palés y restos de madera para el fuego durante días. Esa mañana Birdie había ayudado a colocar mesas plegables y sillas de jardín y, por si hacía mal tiempo, también extendieron una lona desde el alero de la parte trasera del hostal para que la gente se resguardara de la lluvia. Tensaron la vieja red de voleibol y Clancy segó la hierba ya muy crecida para facilitar el juego. A primera hora de la tarde la gente empezó a llegar a cuentagotas desde Alpine y Rocky Lake, algunos incluso desde Anchorage, Homer y Fairbanks, e instalaron tiendas y autocaravanas a lo largo de la linde del bosque, pues esa noche nadie iba a conducir de regreso a casa.
A medida que llegaba la gente las mesas se iban llenando de comida. Cazuelas y guisos, las enchiladas de perdiz y jalapeños de Cathy, bolsas de patatas fritas, bandejas de salmón ahumado, salchichas de alce, queso y galletas saladas y una suculenta ensalada en un cuenco gigante tallado en madera. Había una mesa exclusivamente reservada para postres, gelatinas y combinados de frutas, pasteles y galletas, la tarta de natillas y brandi de Boots y dos tandas de brownies de chocolate de Syd, una apta para niños y otra «mágica» solo para adultos que estaba reservada en un estante elevado junto a la puerta trasera del hostal.
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Clancy estaba asando a fuego lento un cuarto delantero de caribú en el tonel de ciento noventa litros que había convertido en ahumadero. También había cortado alrededor de una docena de ramas bajas de sauce para usarlas como espetones para las salchichas de los perritos calientes de los niños. A las seis de la tarde ya había mucha gente y al parecer no iba a hacer falta la lona; el sol brillaba sobre las montañas y no había ni una sola nube a la vista. Della había estado abriendo los barriles de cerveza, y con un chorro de gasolina y una cerilla encendió la hoguera. Los asistentes distribuyeron sus sillas plegables por el patio y empezaron a agruparse en torno a las mesas para llenar de comida sus platos de cartón.
Birdie ayudó a Emaleen a poner kétchup en su perrito caliente, que parecía haber estado demasiado tiempo al fuego y haber caído al suelo varias veces. Antes de que tuviera ocasión de coger un plato con algunas zanahorias y patatas fritas, Emaleen se había marchado corriendo con un grupo de chiquillos.
Warren apareció caminando desde el aparcamiento con una bandeja de galletas compradas en el supermercado. Carol había sido la repostera de la casa y esta era la primera vez que participaba en una de estas comidas después de su muerte. Siempre había parecido fuera de lugar en esas reuniones, al menos diez años más viejo y vestido más formalmente que los demás. Los pantalones chinos planchados, la camisa de manga corta por dentro del pantalón abotonada hasta el cuello y los zapatos de cuero negro recién cepillados y brillantes. El agente de la Policía Estatal de Alaska nunca había llegado a retirarse del todo. Sin embargo, estaba desmejorado desde la muerte de Carol. Parecía más frágil y algo perdido, como si acabara de superar una larga enfermedad y no se hubiera recuperado del todo.
—Hola —dijo Birdie, saludándolo con la mano—. Parece que hará buen tiempo, ¿verdad?
Warren emitió un pequeño gruñido de asentimiento.
—Espero que siga así —añadió— cuando nos lleves en avión.
Él se detuvo y la miró atentamente.
—Emaleen y yo estamos ansiosas. Creo que Arthur también.
Él no dijo nada y Birdie supo que su hijo no se lo había contado. Warren se fijó en el cuello de Birdie. Se le había ladeado el jersey, dejando a la vista un cardenal semicircular. Era uno de los varios lugares donde
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Arthur la había mordido aquella noche en el bosque. Birdie se subió rápidamente el jersey para taparlo, pero Warren ya se estaba alejando.
«No me duele», le había dicho a Arthur cuando este vio las marcas. Él no se disculpó ni dijo que había sido sin querer. Y ella lo prefería así. La ponían enferma los hombres que se lamentaban o ponían excusas por algo que habían hecho.
Warren se dirigió a las mesas de comida y, observándolo, Birdie se dio cuenta de que no tenía importancia. Llegarían allí de una manera u otra. Ella era fuerte y no temía caminar, y mientras avanzaba entre la gente se sintió curiosamente distanciada de cuantos la rodeaban. Habló con sus vecinos, incluso con Lois y Roy. Se ofreció a coger en brazos a su hijo más pequeño para que Lois pudiera preparar platos para los mayores. Cuando Boots tropezó con Birdie, ella lo provocó preguntándole si no se le habría ido un poco la mano con el brandi mientras preparaba su tarta. Cogió un vaso de plástico de cerveza para Clancy y le dijo que el caribú olía delicioso. Desde fuera, probablemente parecía la misma Birdie de siempre, bromeando, flirteando y pasándoselo bien, pero ella sabía que no era así. Dentro de pocos días, Emaleen y ella se habrían marchado. Pensó en las marcas de mordiscos bajo el cuello del jersey. Incluso podría enamorarse.
Pero toda aquella gente no sabía nada al respecto. Por primera vez en su vida se sentía como un misterioso visitante, alguien de paso en el hostal de camino hacia algo mejor. Bebió un sorbo de cerveza. Esta noche no iba a beber gran cosa y evitaría los brownies de chocolate de Syd. Estaba a punto de empezar una nueva vida. Muy pronto no habría cerveza ni cigarrillos ni bizcochitos mágicos, y tenía que aprender a prescindir de todo eso.
—¡Mami, mami! —Emaleen tenía las mejillas manchadas de kétchup y tierra—. ¿Ya puedo comer el postre? Tía Bonnie tiene pastel de ruibarbo. Con merengue y flores y todo. Es el más bonito que he visto nunca. Por favor, por favor.
Birdie la subió en su regazo.
—Espera un poco —dijo—. Creo que la gente aún no está pensando en el postre. Syd ni siquiera ha empezado a cortar el caribú. Querrás probarlo, ¿verdad?
—Quiero pastel, pastel, pastel —respondió.
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—Enseguida, ¿de acuerdo? —Birdie la abrazó, apretando su mejilla contra la de ella—. ¡Uf, estás helada!
Aunque ya era oficialmente verano y el sol seguía en lo alto de las montañas, la noche era fría. Boots echó un gran leño de álamo al fuego y una llamarada de chispas despegó hacia el cielo. A Birdie le habría gustado susurrarle al oído a la pequeña: «Pronto nos marcharemos a las montañas. Tú y yo. Abandonaremos este lugar para ir en busca de algo mejor, algo que todavía no conocemos».
—Pues yo no tengo frío —dijo Emaleen, retorciéndose en su regazo para que la dejara marchar—. ¿Puedo ir al columpio?
—¿Qué columpio?
Emaleen señaló la hamaca colgante que Della y Syd habían atado entre dos abetos cerca del bosque.
—No es un columpio de verdad. Es para dormir la siesta.
—Pero yo no quiero dormir la siesta. Quiero columpiarme —respondió Emaleen, corriendo hacia los árboles.
Pasada la medianoche, Birdie decidió rellenar su vaso de plástico en el barril por última vez y buscó una silla vacía junto al fuego. Mientras contemplaba las llamas, Syd instaló una silla plegable a su lado. Llevaba su sombrero de vaquero de cuero y la larga melena recogida en una gruesa trenza que caía por su espalda. No se había arreglado la barba pero sí peinado, y llevaba unos pantalones muy gastados, aunque limpios, y una camisa de algodón hecha a mano con estampado de cachemira.
Birdie lo observó soltando un silbido.
—¡Pero mírate! —exclamó—. Si estás hecho un pincel.
Syd hizo una pequeña reverencia quitándose el sombrero, como un caballeroso gnomo, y luego se lo puso en la cabeza a Birdie. Cuando se sentó a su lado, cruzó los brazos sobre la barriga y apoyó la cabeza en el respaldo de la silla.
—Mmm. Azul Parrish —dijo—. Precioso.
Birdie alzó la vista hacia el cielo y, al notar que se le resbalaba el sombrero, ajustó el cordón bajo la barbilla.
—¿Qué clase de azul es ese?
—Ya sabes… ¿El pajarito y Los tañedores de laúd? ¿Amanecer y Éxtasis? Pintor neoclásico. De principios de siglo. Aunque, por lo que he leído, él se consideraba más bien un mecánico. Le encantaba saber cómo
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funcionaban las cosas, el proceso de impresión. La iluminación. Ilustró Las mil y una noches, uno de mis libros favoritos cuando era joven. Aunque no creo que fuera la edición de Richard Burton. No me refiero al Richard Burton de Elizabeth Taylor sino a sir Richard Francis Burton — aclaró, pronunciando el nombre con un exagerado acento británico—. El tipo que exploró en busca de las fuentes del Nilo. ¿Y sabes de qué acabo de darme cuenta? Tampoco es el mismo Burton del libro sobre la melancolía[4]. ¿Lo sabías? A esos dos siempre los he confundido, aunque ni siquiera pertenecen al mismo siglo. Este último era del 1600 y el otro del XIX. Solo cambia el nombre de pila. Robert Burton, no Richard. Que yo sepa, no hay ninguna relación entre ambos. Eso sí lo averigüé hace tiempo, en esa librería en la costa. Tienen libros apilados por todas partes en sillas y en el suelo, y las baldas de las estanterías se comban bajo todo ese peso, pero ni una mota de polvo. Y, aunque cueste creerlo, basta señalar un libro cualquiera de la tienda y el dueño es capaz de nombrar el título. —Syd empezó a reírse y sus manos rebotaron sobre su barriga—. Y esto es lo mejor. ¿Sabes cómo se llama? ¿Sabes cuál es el nombre del propietario de la librería? —Su risa se volvió más aguda y le entró hipo—. ¿Sabes cómo se llamaba? ¡Robert! O eso creo. Mierda, o puede que fuera Richard. —Se echó a reír y soltó un gruñido igual que un crío intentado contener una carcajada en clase. Cuando al fin paró, se secó los ojos, incorporándose ligeramente en la silla—. Pero ¿por qué empezamos a hablar de esto? ¿Por dónde íbamos?
—Por el azul, creo.
—¡Azul Parrish! Eso es. Maxfield Parrish. Nunca me ha interesado demasiado la gente de sus cuadros. Ojos sombríos, algo enfermizos. Como fantasmas o esculturas de fantasmas, sin huesos y apenas vivos, que acaban mareándote. ¡Pero esos cielos, Dios todopoderoso! Óxido de cobalto. Las nubes, la fresca sombra de los árboles. Todo en ese azul dorado. Como el principio del fin. El amanecer y el anochecer, ese momento justo antes de que desaparezcan. —Con la cabeza todavía apoyada en el respaldo de la silla, gritó riendo y mirando al cielo—: ¡Yuju! Me ha salido una tanda de brownies cojonuda, si no está mal que lo diga yo. Este año he estado experimentando con un poco de Maui Wowie y de la puñetera Matanuska Tundra y voy de yerba hasta las orejas. —Suspiró satisfecho y giró la cabeza hacia Birdie levantando el vaso de cerveza—. Feliz solsticio de verano —dijo.
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Ella entrechocó su vaso con el de él y ambos bebieron.
Cuando Syd hablaba, ella andaba completamente perdida la mayor parte del tiempo. Probablemente era la persona más inteligente que había conocido. La gente decía que había hecho estudios de posgrado en una universidad del este, algo relacionado con rocas o química, y que si quisiera podría estar ganando un montón de pasta como ingeniero en los campos de petróleo, pero Syd nunca hablaba de ello. Desde que Birdie lo conocía había trabajado como guía en las expediciones de caza de Jim Mahoney, llevando caballos y suministros a las montañas, montando campamentos, buscando ovejas y alces, osos y caribús, y cuando los clientes capturaban alguna pieza, él las despellejaba y cargaba con ellas. Un trabajo muy duro que le reportaba el dinero necesario para poder descansar durante el invierno leyendo pilas de libros sobre toda clase de cosas. Birdie se preguntaba si era ese el motivo por el que hablaba a cien por hora, saltando de un tema a otro, recordando una cosa y olvidando otra media docena. Sin duda se debía a todo el tiempo que pasaba solo leyendo. O quizá fuera por sus bizcochitos mágicos.
Syd volvió a apoyar la cabeza en la silla y contempló el cielo nocturno, inspirando lenta y profundamente por la nariz.
—Los bosques ya están negros, el cielo aún azul. Que el cielo siga siendo siempre azul para ti, mi joven amiga.
Birdie se dio cuenta de que estaba usando su voz de narrador. —¿De quién es eso?
—Del puto Proust. Sí, sí, aún sigo dándole vueltas —respondió, como si ella supiera a qué libro se estaba refiriendo—. He intentado leerlo durante años y cuando ya estaba a punto de rendirme me encontré con esa frase. Aunque no es suya, creo que es una cita de alguien[5].
—Es bonito —dijo ella.
Apoyó la cabeza en el respaldo y pudo contemplar prácticamente toda la extensión del cielo como una gigantesca cúpula de color azul claro, enmarcada por las crestas de las montañas, las dentadas copas de los árboles y el sombrero de Syd. Observó unas chispas de la hoguera ascendiendo más y más alto hasta extinguirse en el frío azul. La luna era una finísima rodaja transparente sobre los árboles, y por el rabillo del ojo creyó haber visto una estrella, pero al mirar directamente desapareció. Esa noche no oscurecería lo suficiente para ver más que un puñado de estrellas.
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—Bueno, confiesa —dijo Syd.
—¿Qué?
—Venga —insistió—. No has abierto ni uno, ¿verdad? Ni siquiera el del gran McMurtry.
Se refería a los libros.
—¿Tampoco Valor de ley? Ese es muy cortito, te lo leerías en un día —dijo—. ¿Horizontes perdidos[6]? ¡Shangri-La! Vamos, mujer. Si lees unas pocas páginas ya no podrás dejarlo. ¿Y esa antología poética? ¿La de los canadienses? Cohen, Margaret Atwood. Los grandes. Hay un verso ahí que dice: «En esa tierra… en esa tierra donde los animales tienen rostros de personas[7]». Algo así. Yo te puedo guiar, Birdie. Pero la que tiene que empezar eres tú.
—Lo haré —mintió ella—. De verdad que sí.
En algún momento de su amistad ella había admitido que, aunque el instituto se le daba bien y se había graduado un semestre antes, nunca le había gustado leer. Syd se había quedado horrorizado, le había roto el corazón. Pero después se lo había tomado como una cruzada personal. Al final, dijo, encontraría un libro capaz de enamorarla.
Syd se incorporó en la silla y cruzó las piernas acercándose a ella como quien va a compartir un secreto.
—Bueno —dijo, y acto seguido juntó los pulgares moviendo las manos como si fueran alas—, ¿así que al fin levantas el vuelo?
Ella tardó un segundo en darse cuenta de que hablaba de su mudanza al otro lado del río Wolverine. Debía de habérselo contado Della.
—Sí, creo que Emaleen y yo necesitamos un cambio. Vamos a quedarnos en la cabaña de Arthur en North Fork. Tú has estado allí, ¿verdad? Donde Arthur.
—Claro. Aunque lo cierto es que… nadie dice su verdadero nombre. Solo eufemismos para referirse a él. ¿Lo sabías? El vagabundo descalzo. El hombre de cuatro patas. El amigo dorado. El comemiel. Es algo siniestro que nadie quiera llamarlo por su verdadero nombre. Nadie quiere juntarse con él. Nos acojona. Y no ocurre solo aquí. Por todo el mundo, en todas las épocas, la gente usaba toda clase de nombres velados.
Syd se incorporó.
—O imagina que estuviera aquí, ¿vale? Ahí plantado delante de nosotros, bloqueándonos el paso —señaló algo invisible entre ellos y el fuego—. Tendríamos que bajar la mirada y pedirle amablemente que por
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favor siguiera su camino. Quizá podríamos llamarlo querido primo. Nuestro querido primo. —Syd tenía una risa aguda y contagiosa que siempre la hacía sonreír, aunque no acabara de comprender por qué le parecía tan graciosa—. «No nos hagas daño, por favor, porque somos tu familia» —añadió con voz aguda y burlona, y después siguió, en tono normal—: Joder, no queremos que nos coma, ¿verdad? Lo sé. Sé qué estás pensando. En inglés es bear. ¿Y sabes qué significaba originalmente? Marrón. Solo es «el marrón». —Se rio, inclinándose peligrosamente hacia atrás con la silla, hasta tal punto que Birdie pensó que iba a caerse, pero volvió sin percances a su posición original—. Si alguna vez llegó a saberse su verdadero nombre, hace mucho que fue olvidado.
—Hay muchos osos al otro lado del río, ¿verdad? —dijo Birdie, intentando olvidar sus confusos pensamientos—. Pero Arthur lleva un montón de tiempo viviendo allí. Estaremos bien.
Syd siguió mirando el fuego sin decir nada.
—Sé que Della piensa que es una mala idea —continuó Birdie—.
Probablemente te lo habrá dicho.
Entonces Syd giró la cabeza hacia ella y sus ojos, de un intenso color azul, reflejaron la luz del fuego.
—¿Has visto alguna vez a uno desollado? —preguntó.
—¿Qué? Ah… ¿dices a un oso? Sí, hace años. Un oso negro. Yo era una niña. El abuelo Hank lo mató de un tiro en su finca.
—¿Recuerdas qué aspecto tenía?
Lo recordaba, incluso después de tantos años. Al ver por primera vez al animal ensangrentado, destripado y sin piel en el porche trasero de casa de sus abuelos había pensado que habían asesinado a alguien.
—Parecía una persona.
—Exacto. Las manos, los pies, los músculos de los brazos y el pecho.
Si le quitas el pellejo podría ser nuestro hermano.
Ella esperó a que dijera algo más, pero se quedó mirando el suelo como si estuviera perdido, hipnotizado o demasiado colocado para recordar de qué estaban hablando.
—¿Por eso no participas en muchas cacerías de osos con Jim? — preguntó ella.
—Hace un par de años leí un artículo sobre un grupo de gente en Siberia —dijo Syd.
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Birdie no lo interrumpió. Generalmente Syd te pillaba por sorpresa respondiendo a algo que casi no recordabas, pero algunas veces se perdía por el camino y olvidaba la pregunta original.
—Para ellos es pecado matar a un oso —continuó—, porque es un ser divino, hijo de la Luna y de la constelación de la Osa Mayor. Dicen que sus ojos son estrellas, sus pezuñas delanteras son manos y las traseras, sus botas. Para ellos no tiene piel o pellejo sino que se cubre con una capa. Pero incluso así se ven obligados a matarlos. Forma parte de cómo perciben su propia supervivencia. Deben darle caza al oso. A veces comen su carne, aunque a su modo de ver es una forma de canibalismo. ¿Quién cojones iba a querer comerse a su hermano? Es una horrible transgresión, por lo que han de darle sentido de alguna forma. ¿Y cómo lo hacen? Igual que siempre hemos hecho los humanos, con rituales. Levantan la cabeza del oso desmembrado y le ofrecen comida, bebida y honores. Es una demostración de miedo, reverencia y temor. Aunque quizá también de vergüenza. Es un hermoso despropósito.
Mientras Syd hablaba, Birdie vio cómo Warren volvía a coger la caja de galletas de supermercado y se dirigía a su camioneta. Se había quedado más tiempo del que ella habría esperado. Syd había dejado de hablar y también estaba mirando a Warren.
—Carol lo supo desde el principio —dijo—. Desde que lo encontraron y se lo llevaron a casa. Pero a Warren siempre le costó aceptarlo.
—¿A qué te re…?
—¡Eh, Syd! —Era Della llamándolo desde la red de voleibol—.
Venga, Syd, nos falta uno.
Era tradición jugar al menos un partido después de medianoche en el solsticio de verano. Había cuatro jugadores a un lado de la red y solo tres en el otro, y Syd era conocido por ser un as sacando.
—Vale, vale —gritó—. Ya voy.
Se levantó de la silla, hizo una ligera inclinación y volvió a coger la mano de Birdie mientras hablaba.
—Te diré una cosa, Birdie. Nadie puede decirnos a quién amar ni dónde buscar la felicidad. La gente siempre lo intenta, pero es gastar saliva inútilmente. Yo era más joven que tú cuando me despedí de mi familia y vine al norte para vivir junto a un río que encontré en un mapa. En un puto mapa. No tenía la más mínima idea de en qué me estaba metiendo. Sin trabajo, sin amigos, sin un lugar donde vivir ni un solo plan. Mi viejo me
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dijo que era un insensato y un egoísta y que probablemente acabaría muerto. Pero en momentos así no escuchamos. Debemos seguir esa brújula más fuerte que llevamos dentro —dijo, golpeándose el pecho con el puño, como si estuviera cerca de su corazón—. La que nos dice a qué lugar pertenecemos. Debemos ser testigos del misterio. Exploradores intrépidos ante la aventura y el amor.
Declamó las últimas palabras con la voz que siempre usaba para recitar, con el puño todavía en el pecho y la barbilla en alto, como si fuera una proclama.
—Vale, Syd, lo que tú digas —respondió Birdie, con una media sonrisa. Se quitó el sombrero y se lo devolvió—. Eh, no te lo olvides.
—Te queda mejor a ti. —Volvió a ponérselo en la cabeza y le dio una palmadita, tapándole casi los ojos—. Te protegerá del sol y de los mosquitos cuando estés al otro lado del río.
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CAPÍTULO 11
maleen tenía las mejillas calientes y sonrojadas de estar junto a la hoguera. Metió su espetón entre las brasas candentes y contó, contó y Eesperó. Cuando por fin el extremo se encendió, lo sujetó como una
antorcha.
—Eh, cuidado con eso —oyó decir a un adulto, pero la pequeña ya se había alejado a toda prisa.
Llevaba el espetón en alto mientras corría y la llama se apagó enseguida, pero el extremo seguía al rojo y soltaba chispas. Corrió alrededor de la mesa de pícnic y luego alrededor de la hamaca, agitando el espetón ardiente sobre la cabeza, y luego en círculos cada vez mayores siguió corriendo hasta llegar a los abetos. Entonces se detuvo y miró hacia el bosque oscuro.
Le gustaba estar allí, justo en el límite entre el prado y los árboles. El aire del bosque era silencioso y frío, pero a su espalda podía oír las voces de los adultos y al volver la vista atrás contempló unos instantes las llamas de la hoguera. Era una noche mágica. Lo había dicho tío Syd. Le había puesto un diente de león detrás de la oreja a Emaleen y la había invitado a bailar con las hadas antes de que desaparecieran, aunque ella no estaba segura de si lo había dicho en serio o no. Pero algo sí sabía con certeza: era la mejor noche de su vida. Estaban todos juntos, como a ella le gustaba. Su madre, tío Syd y tía Della, tío Roy y tía Bonnie y montones y montones de adultos, niños y perros, algunos conocidos y otros no. No quedaba ningún alojamiento libre y había gente en tiendas y autocaravanas, y algunos habían desenrollado sacos de dormir en la hierba, manifestando en voz alta la esperanza de que no lloviera.
Los adultos no dejaban de reír muy alto, bailaban tontamente y jugaban a voleibol, y nadie decía «¡No corras!» o «¡No te ensucies!». Todo el mundo estaba demasiado contento para preocuparse de si los niños cumplían o no las reglas. Emaleen había comido dos galletas de chocolate antes de cenar y cuando no quiso terminarse el perrito caliente le había
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dado los restos a un chucho gris llamado Popper. Había intentado acariciarlo y el perro le había ladrado avanzando como si fuera a morderla. Emaleen había mirado a su alrededor por si ella y el perro se habían metido en un lío, pero nadie los había visto, así que ella le sacó la lengua y volvió a por otro trozo del precioso pastel de tía Bonnie. Poco después, un niño mayor al que no conocía le dijo que tenía merengue en la cara, pero a Emaleen no le importó porque él también tenía la cara manchada de merengue.
Más tarde se hizo amiga de una niña de cinco años un poco mandona con la que jugó un rato. Emaleen le había enseñado a sujetar un diente de león bajo la barbilla y la niña la había llevado a ver la autocaravana donde iba a dormir esa noche con su familia. Luego jugó al pillapilla con los hijos de Roy, hasta que la niña se cayó y se hizo daño en la rodilla y se acabó el juego.
Emaleen incluso llegó a apretar el botón del barril de cerveza para llenar los vasos de plástico de los mayores, y tío Roy le explicó que había que inclinarlos ligeramente para que no se formara demasiada espuma. A ella le pareció que la espuma tenía un aspecto delicioso. Cuando nadie miraba bebió un trago de cerveza directamente del barril, pero sabía asquerosa y olía como el pan mohoso. De modo que volvió a la hamaca a columpiarse un poco más. El cielo azul era precioso y la luna parecía la uña plateada de una bruja, las ramas de los álamos se mecían sobre su cabeza una y otra vez, una y otra vez, y entonces se acordó de Thimblina. No había hablado con ella en todo el día, pero imaginó que estaría revoloteando por la fiesta, metiendo los pies en el merengue de los pasteles y bebiendo espumosa cerveza, porque ella era mayor y pensó que le gustaría.
Emaleen llevaba un buen rato en la linde del oscuro bosque y supuso que su espetón de sauce ya se habría apagado. Sin embargo, cuando sopló el extremo, el gris negruzco empezó a arder de nuevo volviéndose rojo. Lo levantó sobre la cabeza y empezó a darle vueltas para que las chispas volaran convirtiéndose en estrellas. Fue entonces cuando vio una estrella, completamente sola junto a la luna.
Estrella de luz, estrella brillante, la primera estrella que esta noche sale. Ojalá pudieras, ojalá quisieras cumplir mi deseo en este preciso instante. Solo se podía pedir un deseo, pero si eras lista podías incluir varios en el mismo. Por ejemplo, pedir que desapareciera de golpe todo lo
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que daba miedo en el bosque, como los animales salvajes y las brujas y los bastones del diablo. De todas formas, había que ir con mucho cuidado a la hora de pedir deseos, porque podían hacerse realidad y convertirse en algo malo. Emaleen pensó muy concentrada. ¿Y si no hubiera nada salvaje o temible en el bosque? Quizá entonces no fuera tan divertido detenerse ante los primeros árboles. Siempre que pudiera oír a su madre riéndose cerca y ver la hoguera, le gustaba pensar que podía haber una bruja arriba, entre todas aquellas ramas, observándola con sus ojos dorados; o que quizá hubiera un oso merodeando silenciosamente entre las sombras con sus pezuñas de largas garras. Emaleen dio vueltas al palo sobre su cabeza una y otra vez, con el extremo encendido como el cigarrillo de su madre por la noche, y deseó únicamente poder estar con su mamá por siempre jamás.
Oyó a los adultos gritar junto a la hoguera. Ululaban como búhos y aullaban como lobos. Alguien dijo que ya era más de medianoche y que los días serían cada vez más cortos, y que pronto llegaría el invierno. Algunos empezaron a abuchear y otros rieron.
Emaleen no soltó su espetón de sauce porque había que tener cuidado para no incendiar el bosque. Volvió corriendo a la hoguera y lo lanzó a las llamas.
Los padres decían que ya era hora de acostarse y enviaban a sus hijos a dormir, y Emaleen temió que su madre hiciera lo mismo. Ahora era mayor, también más lista, y sabía que si guardabas silencio y no hacías ruido a veces los adultos olvidaban que aún andabas por ahí y no te enviaban a la cama. Así que se sentó en una silla de plástico, sujetándose las rodillas con ambos brazos y mirando al fuego mientras la vara de sauce se combaba y ardía hasta convertirse en una serpiente al rojo vivo. No quería que esa noche acabara nunca jamás, pero empezaba a tener frío y quizá tuviera solo un poquitín de sueño. Podía ir a la cabaña a por una manta gruesa, pero si la veía su mamá entonces diría igualmente que era hora de acostarse.
Ella era la única niña que seguía junto al fuego, todos los demás se habían marchado, y los adultos se volvían cada vez más salvajes. Tía Della tropezó y cayó al suelo, y cuando la gente intentó ayudarla a levantarse se echó a reír diciendo que estaba bien, solo un poco piripi, y tío Roy le quitó el polvo dándole unas palmadas en su culazo y todo el mundo se rio.
Algunos hombres que Emaleen no conocía empezaron a echar muchos troncos y ramas al fuego, pero cuando intentaron arrastrar la mesa de
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pícnic para quemarla también, tío Syd los llamó «putos bárbaros» y les dijo que la soltaran. Luego los ayudó a traer más leña del bosque y, cuando el fuego creció de verdad, los hombres empezaron a jugar a un juego en el que tenían que correr y saltar sobre él sin quemarse. ¡Jack, sé ágil; Jack, sé rápido[8]! Uno de los desconocidos tenía un cuchillo gigante en una vaina de cuero a la cintura y otro llevaba una pistolera bajo el brazo con un revólver. La hoguera crecía y crecía y las caras de los hombres parecían máscaras de fuego. Era emocionante, pero también daba miedo. Emaleen miró alrededor buscando a su mamá. Se había sentado en la mesa de pícnic, quizá para evitar que la lanzaran al fuego.
—Hola, cariño —dijo al ver a Emaleen caminando hacia ella—. ¿Nos vamos a casa?
—Pero no estoy cansada.
—No, claro que no —respondió Birdie—. ¿Te has divertido?
Su mamá la besó en la mejilla y su aliento era dulce como el pastel de tía Bonnie, y su pelo largo y sedoso olía a humo de leña.
—¡Mucho, muchísimo!
En la cabaña, su mamá encendió el radiador eléctrico y las dos empezaron a corretear por la casa, riendo y temblando mientras se ponían el pijama.
—¡Brrr! —exclamó su mamá, mientras se acurrucaban juntas bajo las mantas.
Cuando Emaleen puso los pies fríos en la barriga caliente de su mamá, Birdie chilló y la llamó pies de carámbano frotando los pies de la pequeña con las manos para calentárselos.
Emaleen se estaba quedando dormida cuando su madre habló.
—A que no adivinas una cosa.
—¿Qué?
—Nos vamos a las montañas. Aquello te va a encantar.
—¿De verdad? ¿No me estás engañando?
—No, nos vamos de verdad, puede que mañana mismo.
—¿Y yo iré contigo?
—Por supuesto.
—¿Y vamos a vivir para siempre en las montañas?
—Ya veremos.
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PARTE DOS
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CAPÍTULO 12
ientras ascendían hacia el cielo desde la pista de despegue cercana al hostal Wolverine, Warren ladeó el Super Cub y giró hacia el valle Mdeempinadas laderas. Algunas nubes de aspecto esponjoso se habían agrupado sobre las cumbres de las montañas y el aire era estable y
tranquilo.
—¿Vais bien las dos ahí detrás? —preguntó Warren a través del equipo de auriculares.
Tras una pausa y un chasquido de estática, escuchó la voz de Birdie.
—Estamos bien.
Birdie iba en el asiento trasero sujeta por un arnés, con la pequeña en el regazo y sus pertenencias apretujadas en la parte de atrás del pequeño avión.
—Ahí está el North Fork, justo debajo de nosotros —dijo él, inclinando ligeramente el ala izquierda para que pudieran mirar.
A sus pies se extendía un inmenso entramado de arroyos, precipicios rocosos y frondosas arboledas de alisos. Con un tiempo tan bueno podría haber volado directamente a través de las montañas y llegado a la cabaña en quince minutos, pero decidió ir sobrevolando arroyos y valles para que Birdie pudiera conocer el terreno. Necesitaba explorarlo, pues eran al menos treinta kilómetros y varios días de duro camino si ella y la niña llegaran a verse en la necesidad de echar a andar en busca de auxilio.
Warren había intentado desanimarla tanto como le había sido posible, pero ella había insistido yendo a verlo a casa todos los días.
—Parece que hoy hará buen tiempo, ¿no? Te pagaré el combustible. No quiero causarte molestias. ¿Crees que podríamos salir temprano?
Podría haberse negado. Podría haberle dicho que no era seguro. Sin líneas telefónicas, sin poder contactar con nadie. Sin vecinos ni carreteras, tan solo kilómetros y kilómetros de montaña salvaje. Pero Birdie conocía Alaska tan bien como cualquiera y él sospechaba que era la clase de mujer que no se achantaba ante los desafíos. No tenía autoridad sobre ella. Como
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decía la gente joven, vivían en un país libre, y él no era la única persona con un avión pequeño capaz de volar a ese valle. Quizá le costara trabajo, pero si Birdie lo tenía claro, encontraría el modo de llegar, y un piloto contratado quizá no le diera la oportunidad de cambiar de idea: desembarcaría a madre e hija en la pista de aterrizaje, junto con sus pertenencias, y volvería a despegar antes de que tuvieran ocasión de ver la cabaña.
De un tiempo a esta parte, Warren rara vez volaba ya hasta allí, y cuando lo hacía nunca recorría todo el camino hasta la vieja cabaña. Lo entristecía verla. Sin embargo, esta vez lo haría. Subirían por el sendero desde el arroyo y atravesarían el bosque de abetos, y al llegar a la cabaña esperaría, le daría tiempo a la muchacha de asimilar la situación. Si todo iba bien, ella llegaría por sí misma a la conclusión correcta.
El estrecho banco de arena a lo largo del arroyo sin nombre podía considerarse una pista de aterrizaje solo para los estándares de Alaska. Sin asfalto y sin indicadores de ninguna clase. Una mera extensión de arena y grava con longitud suficiente para permitir el aterrizaje y el despegue de un Super Cub. Mientras giraba hasta situar la avioneta contra el viento, Warren se alegró al ver que Arthur había cortado los arbustos, apartado algunas rocas del camino y colgado un trozo de cinta de topógrafo para que Warren supiera la dirección del viento. Al acercar la avioneta pudo comprobar que Arthur también había rellenado con grava y rastrillado algunos baches. Warren le había pedido muchas veces que despejara la pista, y al fin lo había hecho.
Cuando el Super Cub tocó tierra botó sobre los neumáticos extragrandes, específicos para la tundra, y Warren detuvo el aparato justo ante el lecho rocoso del arroyo. Dio la vuelta al avión para dejar el morro mirando de nuevo hacia la pista con vistas al despegue mientras la hélice levantaba una nube de limo glaciar alrededor, y luego soltó el acelerador, apagó el motor, se quitó los auriculares y los colgó de un gancho sobre el panel de mandos. Mientras desabrochaba su arnés vio a Arthur saliendo de entre los sauces. Estaba más desaliñado que nunca —descalzo, con una camisa de gamuza azul desabrochada ondeando a merced de la brisa, el cabello y la barba como si nunca hubieran conocido un peine—, pero los estaba saludando y sonreía. Warren no fue capaz de recordar una situación semejante.
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En cuanto sacó a la niña de la avioneta y la dejó en el suelo, ella echó a correr hacia Arthur.
—¡Arthur! ¿Nos has visto? ¡Igual que aviotas, volando en el cielo! Tu papá nos trajo en su avión hasta aquí y yo no me asusté, aunque se me revolvió un poco el estómago, pero no vomité ni una vez y mi madre tampoco.
La pequeña lo había cogido de la mano e iba saltando mientras caminaban juntos hacia la avioneta.
—¿Y sabes qué? Vimos ovejas en la montaña y, no sé por qué, pero no se caían. Aunque no pude verlas muy bien. Mi mamá… se llama Birdie, ¿te acuerdas? Ella también las vio. ¡Teníamos que gritar porque la avioneta de tu padre hace mucho ruido! Dijo que parecían nieve, las ovejas parecían nieve, pero yo no lo pude comprobar.
Birdie corrió hacia Arthur y lo abrazó a la altura del pecho dejando escapar un grito.
—¡No puedo creer que estemos aquí!
Arthur se inclinó y la besó en los labios, mientras la pequeña parloteaba y daba saltitos a su alrededor.
Si Carol pudiera verlo. Arthur estaba enamorado.
Arthur se apoyó en una rodilla.
—Trepa, pequeña —dijo, y la niña se subió a sus hombros.
—¡Mira, mami, mira! —gritó, cuando Arthur se levantó—. Soy superalta. Más alta que él.
Arthur fue hacia la avioneta y cogió algunas de las bolsas más pesadas.
—Sujétate bien para no caerte —le dijo a la niña.
Birdie se echó una mochila a la espalda y cogió una caja de leche llena de latas y paquetes de comida. Warren se encargó del resto, una bolsa de lona y el rifle del calibre 375 que había atado en su funda al ala de la avioneta.
Los otros tres estaban a punto de desaparecer entre los arbustos de sauce cuando Warren cerró la avioneta y los siguió. Oyó hablar a los dos adultos y vio a la niña dándole palmaditas en la cabeza a Arthur e inclinarse para decirle algo en la oreja buena, aunque solo entendió algunos fragmentos de la conversación; Birdie explicándole a Arthur qué cosas habían llevado y la niña preguntando si volverían a ver ovejas de nieve.
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Warren experimentó una sensación agridulce al estar de nuevo allí, con el prado salpicado de flores silvestres y la cabaña de troncos al fondo, entre los árboles. El leñero sin puerta seguía lleno de madera que Warren había cortado y apilado hacía muchos años. No muy lejos, tras la cabaña, estaba el viejo cobertizo que hacía las veces de retrete, con la luna creciente y la estrella labradas en la puerta, sobre el tirador de asta de caribú. Bosque adentro, más allá del leñero, se encontraba la cabaña despensa, como una casita de troncos en miniatura alzada sobre pilotes con una escalera hasta su pequeña puerta.
—¿Cómo se llama esta?
La niña le estaba enseñando a Arthur un ramillete de flores azules.
—Mertensia paniculata —respondió Arthur.
Hacía años que Warren no pensaba en ello, pero había sido allí donde Carol había empezado a instruir al muchacho. Delphinium glaucum. Mertensia paniculata. Consuelda y campanilla. En ese mismo prado, sentada sobre la hierba junto a Arthur, Carol señalaba una flor y luego otra, pronunciando lentamente las palabras en latín mientras leía en el libro de botánica. Decía cuáles eran comestibles y cuáles venenosas, y Arthur se acercaba la planta a la nariz o a la punta de la lengua. En el colegio, Arthur era silencioso, retraído, y a menudo se negaba en redondo a ir, de modo que al final lo habían matriculado en la escuela a distancia. Sin embargo, aquí, a solas con su madre y entre las plantas silvestres, había sido un alumno excelente.
—No, no —replicó la chiquilla—. ¿Cuál es el otro nombre? —Campanilla o jacinto silvestre. O también puedes decir pulmonaria. —¿Pulmonaria? ¡Puaj! Es horrible. Campanilla suena más bonito. —Esa incluso a ti te gusta comerla. —No, no. Ni hablar.
Arthur arrancó la pequeña flor de su tallo y se la ofreció a la niña. —¿Estás seguro? —preguntó ella—. ¿No es veneno? Porque mi mamá
dice que no puedo comer flores porque pueden ponerme malita y matarme.
No quiero ponerme malita y morir.
—Se puede comer. Prueba esto blanco, la parte de debajo de la campanilla.
—¡Mmm, está rica! Como las violetas de caramelo.
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Durante todo el camino, la pequeña fue recogiendo campanillas y preguntando cada vez a Arthur si era seguro comerlas.
Al ver la cabaña de cerca, a Warren le pareció más pequeña de lo que recordaba. El césped del tejado estaba vivo y tenía buen aspecto, con hierba alta y verde, helechos cola de zorro e incluso un arbusto de rosa ártica que había florecido junto al tubo de la chimenea. Las dos ventanas seguían tapiadas. Habían sido un lujo en el que Carol había insistido, ventanas de verdad con cristales. Pero cuando Warren sugirió repararlas, Arthur no había mostrado el menor interés.
—Es responsabilidad suya —había dicho Carol—. Ya es hora de que aprenda a arreglar las cosas que rompe.
Y las ventanas habían seguido tapiadas.
Había otros fallos de mantenimiento. La escalera del porche empezaba a pudrirse y hacía falta volver a sellar toda la cabaña con aceite para madera. Había troncos arañados y marcas de zarpas, y aquí y allá se veían mechones de pelo de oso grizzly enganchados en la madera grisácea.
Warren y Carol habían pasado sus años de juventud construyendo este lugar, volando los fines de semana y los días libres que podían conseguir. Sus hijas eran pequeñas —Wendy prácticamente recién nacida y Theresa todavía un bebé— cuando cercaron la propiedad y empezaron a talar los abetos para la cabaña. Carol había pelado los troncos con un bastren y Warren los había medido y marcado con una motosierra. La cabaña medía cinco metros por seis y ni siquiera contaba con un altillo. Se dieron cuenta demasiado tarde de que no era suficientemente grande para todos ellos, pero no les importó. Construyeron una litera para las niñas y la cabaña despensa para ganar espacio de almacenamiento. La mayoría de las veces, Warren iba solo durante la temporada de caza. En familia iban algunas semanas cada verano, fueron un par de navidades, y luego, de la noche a la mañana, las chicas se hicieron mayores y se marcharon de casa. Desde entonces lo habían considerado el hogar de Arthur y era como si se lo hubieran devuelto a la naturaleza.
Al llegar a la escalera, Warren no continuó con ellos hasta la puerta. —Esto está muy oscuro —oyó decir a la niña—. ¿Podemos encender
la luz?
—No hay electricidad. Pero tengo una linterna y algunas velas.
«Dale tiempo a Birdie», se dijo Warren. Puede que no sea ahora, pero al final esta aventura acabará perdiendo su brillo. Verá con sus propios
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ojos cómo es realmente la vida aquí, la soledad y el aburrimiento. Sin música y sin cerveza. Sin ducha ni lavadora.
No obstante, ella era una persona obstinada. Warren lo sabía. Caminando con las manos en los bolsillos y la vista clavada en el suelo, se alejó de la cabaña y del leñero. ¿Qué opción tenía más que dejarlas allí? Podía volver mañana o pasado, si el tiempo lo permitía, y llegado el momento volvería a decirle a Birdie que regresaran con él.
Carol ya habría insistido en que lo hicieran. Ella habría hablado clara pero amablemente con Birdie para hacerla entrar en razón. Cuando todo lo demás hubiera fallado, le habría dicho: «Deja que la niña venga con nosotros hasta que te instales». Warren no estaba en posición de hacer semejante oferta aunque hubiera querido. Pensó en Arthur, inclinándose para besar a la mujer y caminando entre los árboles con la pequeña a hombros. El amor es poderoso. Nuestro hijo puede ser feliz. Carol podría haber dicho esas mismas palabras.
Distraído por sus pensamientos, Warren no se percató de hacia dónde se dirigía hasta que se detuvo un instante y alzó la vista.
No vio indicios del túmulo, pues la maleza y la hierba habían tomado el lugar, pero estaba seguro de que era allí. En septiembre se habían cumplido tres años. El muchacho acababa de cumplir dieciocho; se había graduado en el instituto en Anchorage y era nieto de un viejo amigo de la familia. Danny era un buen chico, inteligente y de mirada despierta; aún no le salía el bigote en condiciones, pero estaba ansioso por convertirse en el próximo Jeremiah Johnson. Quería que Arthur le enseñara a cazar alces y caribús. La preocupación de Carol había quedado mitigada por el entusiasmo de Danny y el cauto optimismo de Warren. Sería bueno para Arthur tener un amigo. Llevó a Danny en la avioneta a la cabaña, pero no pudo quedarse porque Carol tenía citas médicas al día siguiente en Anchorage.
La mañana que Warren regresó había amanecido con mal tiempo y voló con granizo y viento lateral al atravesar el paso montañoso, aunque al aterrizar había salido el sol y el día se había vuelto cálido y agradable. Warren no tenía ningún presentimiento ni la sensación de que algo iba mal. Lo primero que le sorprendió fue el silencio. No se oía nada salvo el zumbido de las moscas. Y luego percibió el olor a putrefacción. Esperaba ver un pedazo de carne colgado en el cobertizo, quizá un par de astas junto al leñero, pero no vio nada que explicara aquel hedor.
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—¡Hola! ¿Hay alguien por aquí?
Warren gritó sus nombres, pero nadie respondió. Se dirigía a la cabaña cuando algo llamó su atención más allá del final del prado. Un arrendajo gris había echado a volar y se había posado en un abeto, graznando ruidosamente. Warren no veía con claridad, pero le pareció que la tierra estaba revuelta en la base del árbol. Al acercarse, el olor a carne podrida fue aún más fuerte. Quizá los chicos habían tenido la suerte de acertarle a un alce tan cerca de la cabaña.
—¡Señor Neilsen! ¿Es usted?
La voz de Danny procedía de la cabaña. Incluso desde esa distancia, Warren supo que el muchacho estaba herido. Se había apoyado en el marco de la puerta, como si las piernas no pudieran sostenerlo, y se sujetaba un brazo contra el pecho. Lo que vio al acercarse era mucho más preocupante. Tenía la ropa ensangrentada y desgarrada, su piel estaba lívida y respiraba de forma rápida y entrecortada.
—¿Qué ha ocurrido? Ven, siéntate. Cuidado, hijo. Con cuidado. Mientras Warren examinaba las heridas y cogía de un estante el
botiquín de primeros auxilios, Danny le contó que había disparado a un alce macho que se había puesto a tiro desde la cabaña. Ya estaba anocheciendo pero, con ayuda de Arthur, había conseguido destripar y vaciar al animal antes de que oscureciera por completo. Danny había querido colgar de los árboles los cuartos traseros y el lomo, para que los animales no pudieran alcanzarlos, pero Arthur había decidido dejarlo donde estaba hasta por la mañana.
Al día siguiente, cuando Danny despertó, Arthur se había marchado, quizá colina arriba a buscar otro alce que habían visto anteriormente. Ansioso por ocuparse de la carne, Danny no había querido seguir esperando. Se había acercado al lugar donde había caído la pieza con un puñado de bolsas para despiece, cuchillos y un hacha pequeña.
—Fui tan estúpido. Debí haber llevado el rifle —dijo Danny.
El chico se sintió desconcertado al llegar donde había caído el alce. Toda la zona estaba cambiada, como si hubiera pasado por allí un buldócer moviendo una gran pila de tierra. Solo en el último momento se dio cuenta de que había un oso grizzly en lo alto del montículo, tumbado y mirando en dirección contraria, puede que incluso dormido. Antes de que pudiera procesar la situación, el oso se giró y cargó contra él. Danny se dio la vuelta para correr, pero el oso lo tiró al suelo y le propinó un zarpazo en la
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espalda. Luego lo agarró del muslo y empezó a arrastrarlo hacia el montículo. Al intentar alejarse a rastras, consiguió alcanzar su hacha y le asestó un golpe al oso en la cabeza. Pero, al parecer, solo consiguió enfurecerlo. Danny se hizo un ovillo, con las manos en la nuca para protegerse. El oso lo mordió una o dos veces, le dio otro zarpazo y luego regresó al montículo.
Danny permaneció tumbado, haciéndose el muerto, durante lo que le parecieron horas pero quizá fueron solo minutos, y entonces el oso volvió a por él.
—Pensé que era el fin, que no lo contaba —dijo—. El oso me estaba empujando con el hocico y de repente empezó a echarme todo eso encima, como si quisiera enterrarme. Intenté quedarme quieto, conteniendo el aliento y rezando, simplemente rezándole a Dios.
Finalmente, el oso pareció perder interés y se marchó, y Danny logró llegar a la cabaña.
—Tenemos que llevarte a un hospital —dijo Warren.
El muchacho tenía varios cortes profundos en el muslo que no habían tocado la arteria femoral por muy poco, además de las heridas de garras y dientes de la parte superior de la espalda y los hombros.
—Pero, Arthur… puede que él también se haya topado con el oso. —Carol te llevará en coche al hospital y yo volveré aquí a buscarlo. No había sitio suficiente para los tres en la avioneta biplaza, pero
además Warren no estaba seguro de qué iba a encontrarse al volver en busca de Arthur, de modo que lo mejor sería hacerlo solo.
Cuando Warren regresó más tarde el mismo día, Arthur estaba sentado en los escalones de la cabaña, desnudo, con la cabeza apoyada en las manos. Tenía las piernas y los brazos manchados de sangre y cuando levantó la vista se le vieron heridas de hacha en un lado de la cabeza. Ninguno de los dos dijo nada mientras Warren ayudaba a Arthur a ponerse unos pantalones y una camisa, igual que a un chiquillo, y le calzaba las botas de montaña sin calcetines y se las ataba sin apretar demasiado los cordones. Warren se echó el brazo de su hijo sobre los hombros y juntos recorrieron a trompicones el largo sendero hasta el avión. No irían al hospital. Carol haría lo que pudiera para curarlo.
La voz de la niña se abrió paso entre los árboles, aguda y alegre como el canto de un pájaro.
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—Arthur, ¿puedes verme? ¿Arthur? Estoy aquí arriba. —Había trepado a un abeto y lo llamaba desde las ramas con las manos a ambos lados de la boca a modo de altavoz—. ¡Aquí arriba! ¡Aquí arriba!
En la cabaña, la joven ya había arrastrado hasta el porche todas las bolsas y las estaba revisando.
—Hola. ¿Sabes si la estufa de leña todavía funciona? —preguntó—. Parece que hace mucho que no se enciende y no querría prenderle fuego a este lugar.
—¿Estás pensando en quedarte?
—Por supuesto —respondió Birdie.
Warren apoyó una mano en un lateral de la cabaña, tocando los troncos cuya corteza había pelado Carol hacía tantos años.
—Quizá… —dijo—. Quizá no sea lo mejor, que tú y tu hija estéis aquí.
—Estaremos bien.
—Las cosas podrían complicarse. Podrías correr riesgos innecesarios, incluso poner en peligro a tu hija.
Birdie levantó la vista y lo miró enfadada.
—¿Qué?
Warren no había sopesado lo que realmente implicaban sus palabras, y se arrepintió de haberlas dicho.
—Ya no hablo como agente de policía, Birdie. Te estoy pidiendo que te pares a pensar en lo que es mejor para ti.
—Pues yo estoy más que segura de que eso no es asunto tuyo.
La niña estaba hablando con Arthur cerca de la cabaña despensa, y durante unos instantes Warren intentó oír lo que decían. Birdie había vuelto a ponerse manos a la obra.
—¿Puedo ayudarte a llevar las cosas a la cabaña? —preguntó él.
—Yo me encargo —respondió ella, sin dejar de darle la espalda.
Birdie tenía un rifle del 30-06 en una de las bolsas de lona.
—¿Sabes usarlo? —preguntó él.
—Disparé con él a mi primer caribú. Me lo regaló mi abuelo Hank. Un H&H del 375 o un 45-70 podían ser mejor protección contra un
oso, pero Warren también sabía que estar cómodo con un arma era casi tan importante como el calibre.
—No te vendrá mal tenerlo cerca —dijo—. Incluso cuando estés trabajando por los alrededores de la cabaña. Basta no tenerlo a mano para
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que lo necesites. Y dentro de la cabaña, en una balda junto a la puerta, debería haber una escopeta del calibre 12. La munición está en el armario. Asegúrate de que la niña no puede alcanzarla, pero tenla a mano.
—No soy idiota, Warren.
Le preocupaba todo lo que no estaba diciendo. Cómo había llegado Arthur a sus vidas, como un cachorro abandonado con dos pieles, la mitad en este mundo y la mitad en otro. Que un muchacho había sido atacado a menos de trescientos metros de esos escalones. O que las heridas de Arthur se las habían hecho con un hacha, y ni siquiera eso había podido pararlo.
No obstante, las circunstancias ahora eran completamente distintas. Danny había sido prácticamente un desconocido y todo se había complicado a causa del alce muerto. No es frecuente que un grizzly macho adulto ataque a un humano, pero cuando lo hace siempre es por comida. Supervivencia. O una posible amenaza. Pero nada de eso estaba en juego ahora.
Después de lo sucedido con Danny, Carol había tomado una firme decisión.
—Por supuesto que nos preocupamos por nuestro hijo, pero hemos de ser sinceros con nosotros mismos. Debemos recordar quién es.
—Pero todavía es joven —había respondido Warren—. Quizá algún día se enamore… Y eso puede cambiar a un hombre, darle la fuerza necesaria para encontrar su camino, aunque ello suponga dejar atrás una parte de sí mismo.
Carol no había discrepado, solo había sonreído un poquito, como si sus palabras fueran enternecedoras aunque también algo ingenuas. Pero si ahora estuviera a su lado para ver a Arthur… Cómo se había inclinado para besar a Birdie. El modo en que la niña lo había cogido de la mano. Los tres juntos como una pequeña familia. Quizá su hijo pudiera tener la vida que siempre habían deseado para él.
El amor es la fuerza más poderosa del mundo. Si no eras capaz de creer en eso, la vida no tenía sentido.
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CAPÍTULO 13
l entrar por primera vez en la cabaña de Arthur, Birdie tuvo una sensación extraña. No fue miedo, conmoción ni repugnancia sino un Afríoestremecimiento en el corazón, como si una ráfaga de aire nocturno hubiera pasado a través de su caja torácica. Caminó lenta y cautelosamente hacia la oscuridad. Los sonidos del exterior —el zumbido de los abejorros y las moscas, las voces de Arthur y Emaleen— se mitigaron y se volvieron distantes. El suelo era blando, y cuando miró hacia la luz procedente de la puerta vio que no había una alfombra bajo sus pies sino tierra, una capa de tierra incrustada de musgo, hojas y ramas. Una pequeña mariposa de color azul plateado aleteó en la entrada, yendo y viniendo entre la luz y la
oscuridad.
Cuando volvió a mirar hacia la habitación y sus ojos se adaptaron a la penumbra, vio que había hojas secas de aliso acumuladas en los rincones y telarañas polvorientas colgando de las vigas de madera. No se notaba el típico olor de una cabaña de soltero, mezcla de humo de chimenea, restos de alubias y beicon y camisas de trabajo sudadas, sino un agradable aroma almizcleño a musgo, tierra y madera. Pequeñas setas blancas crecían a lo largo de las paredes de troncos y la encimera, y los escasos armarios que hacían las veces de cocina estaban cubiertos de polvo. Hacía tanto tiempo que no se usaba la estufa de leña que una hilera de líquenes de color amarillo anaranjado había crecido a lo largo de la parte superior de la puertecilla de hierro forjado, y cuando Birdie extendió la mano para tocarla una típula se escabulló corriendo entre sus dedos. Ella pegó un brinco, soltando un gritito, y luego se rio de sí misma.
Fue entonces cuando Birdie recordó cuándo se había sentido de la misma manera. Siendo adolescente, estaba de viaje en coche por la costa con la abuela Jo y se habían detenido en una vieja iglesia de madera que Jo conocía de cuando era niña. El edificio llevaba muchos años abandonado. Una parte del tejado se había derrumbado y la mayoría de los cristales de las ventanas estaban rotos o habían desaparecido, pero la cruz aún seguía
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de pie en lo alto del campanario de troncos castigado por los elementos. El interior de la iglesia era una estancia estrecha y alargada con filas de bancos de madera, algunos hundidos y partidos, otros volcados por vándalos. Al fondo había un pequeño altar y un piano vertical. Algunos rayos de sol entraban por los cristales rotos, pero la mayor parte de la iglesia estaba en penumbra. En medio del pasillo central, creciendo a través del entarimado del suelo, había un álamo cuyas ramas cubiertas de hojas llegaban hasta el agujero del tejado.
—Yo no me fiaría de ese suelo —le había advertido la abuela Jo, pero Birdie ignoró el comentario y siguió caminando por el pasillo central, sintiendo cómo las tablas se combaban bajo su peso hasta llegar junto al álamo. Saltó sobre los bancos vacíos para rodearlo. Subió al altar y se colocó detrás como si fuera el predicador de aquella vieja iglesia, lúgubre y silenciosa. Apoyó las manos a ambos lados del facistol y, al no ocurrírsele nada mejor que decir, se limitó a gritar «¡Ja!».
—¡Por Dios, Birdie! —había chillado la abuela Jo desde la entrada—. ¿Es que no respetas nada?
Pero Birdie se había echado a reír.
Ahora, en la cabaña de Arthur, había sentido lo mismo; la emoción al cruzar un umbral, al entrar ilícitamente en un lugar sombrío al que no estás segura de pertenecer.
Birdie se sentó en el borde de la cama de Arthur, una simple plataforma construida con una lámina de madera contrachapada sobre un armazón de postes de abeto. No había mantas ni colchón, únicamente un polvoriento saco de dormir de tartán arrugado en una esquina y una almohada reventada por un extremo, como si una ardilla o algún otro pequeño animal se hubiera llevado parte del relleno para hacerse un nido.
Tenía sentido que aquel fuera el hogar de Arthur. Por supuesto, él no iba a dedicarse a cocinar o a fregar, y menos aún a lavar sábanas ni a limpiar el polvo de los muebles. Vivía de forma primitiva. Ella también podía hacerlo. Se preguntó qué supondría. ¿Cómo sobrevivirían? ¿A base de bayas y setas y pescado del arroyo? No era algo tan descabellado. Había llevado su caña de pescar. Enseñaría a Emaleen a encender una fogata y a envolver una trucha en papel de aluminio para asarla entre las brasas. Y después, en los anocheceres de verano, harían pilas muy altas de troncos y ramas de abeto para que las llamas iluminaran el bosque a su
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alrededor. Cuando se cansaran dormirían allí donde estuvieran, y entretanto los ratones de campo y los topillos rojos pasarían correteando a su lado, y los búhos volarían bajo entre las ramas de los árboles. Las dos se despertarían con el sol, con la luz de la luna o como quisieran, e igual que Arthur irían siempre descalzas y despreocupadas. Se bañarían en el arroyo cuando les apeteciera sin comprobar la hora ni mirarse al espejo ni preocuparse por qué día era. Sería como aquellas excursiones al campamento de caza con su hermana Liz, cuando eran niñas y todavía no habían aprendido a desconfiar del mundo. Pero esta vez serían ella y su hija, corriendo libres por el bosque, con las mejillas salpicadas de pecas por los atardeceres al sol y el pelo largo y despeinado. Era lo más parecido a la pura felicidad que nunca se había atrevido a imaginar para las dos.
Y entonces escuchó el avión de Warren, volando bajo sobre la cabaña. Echándoles un último vistazo, probablemente esperando ver a Birdie saludándolo de pie en el patio con los brazos extendidos hacia el cielo. No le gustaba dejarlas allí. Warren, con su ceño fruncido de preocupación, sus pantalones chinos planchados, con eso de «poner en peligro a tu hija». Sin duda volvería y, retirado o no, había insinuado la cruda realidad: que podía hacer que le quitaran a Emaleen.
Al menos durante un tiempo, tendría que vivir según las viejas reglas.
Empezó por el suelo. La cabaña estaba elevada sobre postes de madera, por lo que tenía que haber planchas sólidas bajo la capa de tierra. Entre el armario y la pared había una escoba muy vieja y gastada, pero eso no iba a ser suficiente. Necesitaba un rastrillo o una pala. Después de buscar un rato, encontró algunas herramientas colgadas en la parte trasera del leñero, entre las que había un serrucho, martillos, un rastrillo y varias palas.
Emaleen estaba jugando delante de la cabaña, donde había aplastado la hierba formando un círculo y había colocado campanillas y piñas de abeto sobre una gigantesca hoja de ruibarbo indio.
—Thimblina y yo estamos de picinic —dijo Emaleen—. ¿Qué haces
tú?
—Limpiar la cabaña. ¿Dónde está Arthur?
Emaleen se encogió de hombros.
—¿Te ayudo?
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Birdie le dijo que podía entrar a buscar una bayeta o un paño de cocina y que empezara a limpiar todo el polvo.
—Pero dentro está oscuro y da miedo.
—Por eso he cogido esto —respondió Birdie, levantando un martillo. Se subió a una silla que cogió fuera de la cabaña, pero tampoco así
consiguió alcanzar los clavos de la parte superior de la ventana. De modo que cogió una de las cajas de leche y la colocó sobre la silla.
—Ten cuidado, mami.
Usando la uña del martillo, Birdie empezó a tirar de las tablas que cubrían el hueco de la ventana, haciendo chirriar cada clavo al arrancarlo.
—Pues no sé, la verdad —dijo Emaleen—. Puede que a Arthur le guste la casa así como está.
—Sí, puede, pero si vamos a quedarnos aquí tenemos que limpiarla, ¿vale?
Se preguntó adónde habría ido Arthur. Pensó hacer un descanso para fumar un cigarrillo, ya que él no estaba, pero necesitaba dosificarlos al máximo. Había llevado tres paquetes y una sola botella de whisky, para no tener que dejarlo tan de golpe.
Después de arrancar las tablas, la luz del sol y una corriente de aire fresco entraron por las ventanas sin cristales, pero entonces Birdie pudo ver la cantidad de trabajo que iba a requerir la cabaña. Era como si allí hubieran vivido únicamente ratones y arañas. Solo la tarea de limpiar el suelo le pareció casi imposible, pero después de raspar una pequeña parte comprobó que podía introducir el borde de la pala bajo capas enteras de suciedad para empujarlas por el suelo y levantar bloques desmenuzados de tierra y hojas. Luego los cargaba a paladas y los arrojaba al prado.
—¡Cuánta tierra! —exclamó Emaleen—. ¿Por qué es tan peluda?
—¿Peluda? ¿De qué estás hablando?
—¿Lo ves? —Emaleen cogió un puñado de pelusa grisácea y mechones castaños más largos—. ¿Por qué hay todo este pelo?
—No tengo ni idea.
—¿Igual Arthur tiene un cachorro?
—No, no lo creo.
—Entonces, ¿por qué es así?
—Deja de jugar con la tierra —dijo Birdie, volviendo a la cabaña.
Ya tenía casi todo el suelo despejado. Podía intentar frotarlo, pero decidió dejar que la tierra que quedaba se secara hasta convertirse en polvo
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y entonces lo barrería.
—No creo que esto funcione —comentó Emaleen, mientras frotaba la parte delantera de la estufa con una bayeta vieja que había encontrado.
Necesitaban agua caliente, pero allí no bastaba con abrir un grifo. Junto a la encimera de la cocina había un cubo de dieciocho litros con tapa de madera que parecía haber sido usado para contener agua potable.
—Ven, Emmie.
—¿Adónde vamos?
—A por agua —respondió Birdie.
Al pasar junto a una pila de sus pertenencias en el prado, supuso que Warren tendría razón en una cosa. Cogió su rifle e introdujo cinco balas en el cargador dejando la recámara vacía.
Había un largo paseo hasta la pista aérea y el arroyo, y no sería fácil transportar el cubo de dieciocho litros lleno de agua de vuelta a la cabaña. Emaleen no tenía fuerza suficiente para ayudarla. Birdie deseó haber buscado otro cubo, pues era más fácil llevar uno en cada mano para mantener el equilibrio. Pero cuando aún no se habían alejado mucho por el sendero, al perder de vista la cabaña, Birdie oyó el rumor de una corriente de agua más cerca. Abandonó el camino y se abrió paso entre los arbustos de aliso en dirección al sonido.
—¿Emmie? No te alejes de mí, ¿vale?
Después de caminar un buen trecho entre arbustos encontró un pequeño riachuelo, pero no veía ninguna zona lo bastante amplia para poder llenar el cubo. Colina arriba encontró un lugar donde la corriente fluía con más fuerza entre helechos y rocas y el agua clara caía formando una cascada en miniatura.
—Ve caminando sobre las piedras para no mojarte los pies —le dijo a Emaleen, mientras avanzaba por la orilla del riachuelo—. Mierda.
—¿Qué pasa, mami? ¿Qué es?
Había una huella reciente y perfecta en el barro. Birdie se acuclilló y puso la mano encima, pero ni con los dedos extendidos consiguió abarcarla por completo.
—¿Qué es, mami? —susurró Emaleen.
—Tiene que ser de grizzly. Una madre de gran tamaño…
—¿Es un oso malo?
Birdie se levantó y gritó:
—¡Eh, oso! ¡Hola, oso!
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—Mami, no lo llames —dijo Emaleen en voz baja—. No queremos que venga, ¿verdad?
—No es para llamar a los osos —respondió, hablando aposta más alto de lo normal—. Es para que sepan que estamos aquí y así puedan alejarse. Los osos son listos. Nos dejarán en paz siempre que les demos ocasión de hacerlo. —Birdie dio varias palmadas y siguió gritando y gritando hasta llegar a la cascada—: ¡Eh, oso! ¡Hola, oso!
—Canta una canción y ve dando palmas, muy fuerte —le dijo a Emaleen, mientras metía el cubo en el agua—. Haz mucho ruido.
—¡VALE! —gritó Emaleen—. ¿Así?
—Sí, sigue así. Canta una canción tan alto como puedas.
—¡EL PUENTE DE LONDRES SE VA A CAER, SE VA A CAER, MI BELLA DAMA! —
gritó Emaleen saltando y dando palmas.
Pequeños y agresivos mosquitos empezaron a zumbar alrededor de sus caras y Birdie sintió un manotazo en la cabeza.
—¡IBA A PICARTE! —gritó Emaleen.
—¿Un mosquito? ¿Lo aplastaste?
—Era demasiado rápido —respondió Emaleen, dándose manotazos en los brazos—. ¡EL PUENTE DE LONDRES, EL PUENTE DE LONDRES!
Cuando estaba sacando de la corriente el cubo casi lleno, Birdie vio por el rabillo del ojo algo que se movía entre los arbustos al otro lado del riachuelo. Una figura desapareció entre el follaje, pero las ramas más altas siguieron agitándose ligeramente. Se quitó la correa del rifle del hombro e introdujo una bala en la recámara accionando el cerrojo.
—¡ARTHUR! —gritó Emaleen—. ¡Hola, Arthur! ¿Nos has oído? Estaba cantando una canción MUY FUERTE porque hay un oso por aquí cerca. ¿Lo sabías? Mi mamá dice que es una madre grande. Porque puede que tenga muchos, muchísimos bebés.
Arthur estaba de pie frente a ellas descalzo, con la camisa todavía desabrochada, dejando al descubierto su pecho fornido, y los bajos de los vaqueros azules deshilachados y embarrados.
—Estamos recogiendo agua —dijo Emaleen—, porque no tienes grifo. ¿Lo sabías? Y yo tengo muuucha sed después de tanto cantar y cantar. — Emaleen se tambaleó teatralmente, como si estuviera a punto de desmayarse de sed—. Tendría que haber traído un vaso.
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—Ven, pequeña —dijo Arthur, acercándose a ellas.
Luego se agachó a cuatro patas al borde del riachuelo y, acercando la boca al agua, empezó a beber. Cuando terminó, su pelo y su barba chorreaban y sacudió la cabeza igual que un perro.
Emaleen se echó a reír y se puso a cuatro patas sobre el musgo, justo a su lado, pero cuando intentó beber de la corriente no podía alcanzarla. Arthur la agarró de la camiseta y del trasero de los pantalones y la sostuvo en el aire para que pudiera acercar la cara a la pequeña cascada y bebiera hasta hartarse. Se reía y chillaba mientras el agua le salpicaba.
—¡Bebe tú también, mami! —exclamó cuando Arthur volvió a dejarla en el suelo—. Por favor, por favor, por favor. ¡Es genial!
—Vale, vale —cogió agua con las dos manos y se la llevó a la boca, intentando beber lo más rápido posible antes de que se le escurriera entre los dedos.
El agua estaba tan fría que le dolieron los dientes. Tenía un regusto a granito y hojas verdes, aunque también era dulce, más dulce que cualquier agua que hubiera bebido. Se agachó para recoger otro poco, bebió a grandes sorbos y luego se humedeció ligeramente la nuca con unas palmaditas.
—Has llegado justo a tiempo —le dijo a Arthur—. Puedes llevarme el cubo. Voy a calentarlo en la estufa, si es que consigo encender el fuego.
—Mi mamá está limpiando tu casa. ¿Te parece bien, Arthur? Porque está bastante sucia, la verdad. Pero no te pongas triste porque así va a estar mucho más bonita.
Arthur no dijo nada mientras cogía el cubo y echaba a andar corriente arriba por el agua y entre las rocas cubiertas de musgo.
—¿Por qué no podemos ir con él?
—Porque se nos mojarán los pies.
—¿Y qué pasa con el oso?
—Supongo que tendremos que cantar muchas canciones.
Al llegar a la cabaña, Birdie esperaba que Arthur empezara a partir leña o que encendiera el fuego. Sin duda tendría algo que decir acerca de lo que habían estado haciendo en su casa. Pero había dejado el cubo de agua en los escalones y luego se había tumbado a los pies de un álamo, con la cabeza apoyada en una raíz y las manos entrelazadas sobre la barriga, y pareció dormirse al instante.
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—¿Está durmiendo la siesta? —preguntó Emaleen.
—Sí, supongo que sí.
Eso la tranquilizó. Arthur conocía este lugar mejor que ella. Los osos pasarían por allí de cuando en cuando y una se acostumbraría. Seguiría el consejo de Warren y llevaría consigo el rifle para ir al arroyo, pero tampoco valía la pena preocuparse demasiado.
—¿Ves ese árbol donde está durmiendo Arthur? —le dijo a Emaleen
—. ¿Por qué no vas y pelas un poco de corteza? —¿Para qué?
—Nos ayudará a encender el fuego.
—Pero no sé cómo hacerlo.
—Es fácil. Se parece al papel. Solo tienes que encontrar alguna parte suelta y arrancarla. Después métela en la cabaña, junto a la estufa.
La madera del leñero, apilada en hileras homogéneas, parecía seca y sólida, y aunque el hacha estaba oxidada el corte parecía bastante afilado. Birdie cogió uno de los troncos más grandes para usarlo de tajo, colocó un leño de abeto y le asestó un hachazo tan fuerte como pudo. Calculó mal la distancia y el mango del hacha impactó en la madera derribando el leño. Soltó una maldición y miró hacia donde estaba Arthur.
Nunca había conocido a un hombre que no hubiera intervenido en la misma situación. El abuelo Hank le habría ofrecido algunos amables consejos y luego habría llevado varias cargas de leña a la cabaña. Alguien como Pete Anderson se habría puesto a fanfarronear y habría insistido en cortar la leña él mismo para enseñarle cómo había que hacerlo. Arthur se limitó a espantar un mosquito sin abrir los ojos.
A Birdie le gustaba trabajar así. Sin nadie mirándola por encima del hombro y criticando cada cosa que hacía. «Ya lo hago yo», pensó. Había pasado tiempo, pero sabía cortar leña. Colocó de nuevo el leño sobre el tajo y volvió a golpear, esta vez acertando de pleno, aunque solo logró rajarlo parcialmente por culpa de un gran nudo en la madera. Levantó el hacha con la hoja atascada en el leño y lo golpeó una y otra vez contra el tocón hasta partirlo en dos mitades irregulares y astilladas.
Se aseguró de colocar bien derecha la pieza siguiente y de que no tuviera nudos ni imperfecciones visibles. Cuando la golpeó con el hacha hubo un satisfactorio crujido, y con el segundo corte se partió en dos mitades perfectas. Agarró el mango del hacha un poco más arriba, sostuvo con cuidado una de las dos mitades en posición vertical sobre el tajo con el
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borde de la mano, y con pequeños golpes de hacha fue cortándolo una y otra vez y dejando caer los pedazos al suelo. Minutos después tenía una pila de leña.
—Ya he dejado la corteza en la cabaña —dijo Emaleen.
—Buen trabajo —respondió Birdie—. Recoge esos trocitos y yo llevaré el resto.
Sin gruñir ni quejarse, Emaleen sujetó el puñado de leña con ambos brazos y corrió delante hacia la cabaña. Della tenía razón, era una niña muy buena. E iban a ser más felices allí las dos juntas, disfrutando del aire puro y trabajando duro solo por y para ellas. Tal como había imaginado al principio que era ser madre.
La corteza de abedul prendió fácilmente en la estufa y el fuego empezó a chisporrotear enseguida, pero la cabaña no tardó en llenarse de humo. Birdie cerró la portezuela de la estufa y el humo siguió saliendo a presión por las juntas y alrededor del tubo de la estufa.
Emaleen tosió y se tapó la nariz con la camisa.
—¿Vamos a arder? —preguntó.
—No. Por alguna razón el humo no sube por la chimenea.
—A veces, cuando estoy en su casa, la abuela Jo grita «¡Maldita sea!» y gira esa cosa —dijo Emaleen, señalando el regulador del tiro.
—Claro, claro. Olvidé las palabras mágicas.
Birdie reía y tosía mientras decía «Maldita sea», girando el tiro arriba y abajo para permitir el paso del aire por la chimenea. El fuego se avivó y el humo se disipó enseguida.
Birdie llenó una olla de acero inoxidable con agua del riachuelo y la puso sobre la estufa. Tardaría un buen rato en calentarse, de modo que Emaleen y ella aprovecharon para llenar la caja junto a la estufa con varios brazados de leña. Birdie enrolló el viejo saco de dormir y la almohada y los arrojó al porche. Y luego barrió el polvo y las hojas de la plataforma que hacía las veces de cama.
—¿Es ahí donde voy a dormir? —preguntó Emaleen.
—Esa es para Arthur y para mí.
—¿Y yo qué? ¿Dónde está mi cama?
Birdie señaló las camas estrechas que salían de la pared.
—Eso no es una cama. Es una estantería.
—Arthur dormía ahí cuando era pequeño, y antes sus hermanas. Solo hay que quitar toda esa porquería.
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Poco a poco la cabaña iba tomando forma. El suelo quedó completamente despejado, las telarañas y el polvo desaparecieron y los estantes de la cocina estaban limpios y organizados con todos los paquetes y latas de comida. El aire se llenó de vaho del agua hirviendo y habían fregado todas las superficies con bayetas mojadas y calientes. Las pertenencias de Birdie estaban sobre la cama de Arthur.
A continuación, Birdie quería fregar las ollas y sartenes que colgaban de los clavos a lo largo de la pared y los platos esmaltados apilados en los estantes, cubiertos de mugre y polvo. Encontró otro cubo de dieciocho litros bajo la cabaña y le pidió a Arthur que fuera a llenarlo de agua al riachuelo.
Birdie trabajó sin descanso durante horas en la pequeña y caldeada cabaña. No era de las que disfrutaban con las tareas de casa, pero a veces le daba por limpiar de forma compulsiva y pasaba despierta toda la noche fregando a conciencia el cuarto de baño u ordenando el armario. El sol ya no entraba directamente por las ventanas y la cabaña estaba otra vez en penumbra. Había cada vez más mosquitos zumbando alrededor de su cabeza. Emaleen se quejaba de que la estaban picando en los brazos y Birdie le dijo que se pusiera una sudadera. Entonces Emaleen empezó a lloriquear porque tenía hambre y Birdie le dijo que comiera unas galletas saladas, pues no tardarían en cenar. Si Emaleen dejara de atosigarla podría enfrascarse por completo en el trabajo. Le encantaba esa sensación.
La tierra que quedaba en el suelo se había secado con el calor de la estufa y Birdie empezó a barrer vigorosamente hacia la puerta levantando nubes de polvo. Al salir al porche se dio cuenta de que Arthur no estaba. El sol se había ocultado tras las montañas y, aunque aún no había oscurecido del todo, varias estrellas brillaban en el cielo pálido. Se preguntó qué hora sería, pero entonces recordó que estando allí no tenía importancia. Ahora eran libres de todo eso.
Birdie había dejado apagarse el fuego. Había oscurecido hasta el punto de que ya no se veía bien dentro de la cabaña, de modo que rebuscó en sus bolsas hasta dar con la linterna. Emaleen llevaba un buen rato callada y, cuando Birdie encendió la linterna, vio que se había quedado dormida a los pies de la litera de abajo, entre unas latas de café y una caja de madera
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con munición. Tenía la chaqueta enrollada bajo la cabeza a modo de almohada y la caja de galletas saladas estaba abierta a su lado.
De todos modos, ya era demasiado tarde para preparar la cena. Cogió la manta de Emaleen de una bolsa de lona y la tapó con ella. También había llevado dos sacos de dormir, pero había olvidado las almohadas.
En la cabaña no había cómoda ni armario para guardar su ropa si la sacaba de las bolsas. Por el momento metería las bolsas de lona y la mochila bajo la cama de Arthur, si había sitio. Birdie se agachó a cuatro patas e iluminó el suelo con la linterna. Solo había un par de cajas, así que bastaría con empujarlas hacia un lado. Pero entonces, en una esquina al fondo, vio una pila de objetos blancos, alargados como ramas, y percibió un tenue olor, no rancio exactamente, sino algo parecido a manteca de cerdo pasada. Movida por la curiosidad, se tumbó a la larga en el suelo y palpó a ciegas bajo la cama hasta donde le llegó el brazo, pero no pudo alcanzarlos. Cogió la escoba y la usó para arrastrar uno lentamente. Era un hueso, del tamaño y la forma del brazo o la pierna de un niño pequeño. Birdie hizo cábalas pensando a qué clase de animal habría pertenecido. No estaba manchado de sangre, aunque aún había restos de tendón seco en la articulación. Colocó la linterna encendida en el suelo apuntando debajo de la cama y volvió a usar la escoba para sacar otro hueso, luego otro y otro más. Eran mayormente esquirlas y fragmentos, pero había una breve sección de espinazo con vértebras todavía unidas por tendones, y una pequeña escápula tan delgada en un extremo que la luz brillaba a través de ella. Había mechones de pelo y un pedazo de piel de animal con un suave pelaje castaño rojizo. También una rótula, más pequeña que el puño de un niño, con un extremo áspero y hueco donde algo había succionado la médula. Finalmente, un hueso largo y delgado con una pequeña pezuña todavía unida. Eso sí lo reconoció. Había pertenecido a una cría de alce.
Sacó los huesos de la cabaña y los dejó apilados fuera. —¿Arthur? —dijo, alzando la voz—. Arthur, ¿estás ahí?
Al día siguiente enterraría los huesos en algún lugar del bosque para no atraer a ningún animal. Se le había pegado el olor de los huesos a las manos sucias. Deseó poder darse una ducha, o al menos que quedara agua caliente para lavarse. En lugar de eso fue a por la mochila. Los cigarrillos y el whisky estaban escondidos entre la ropa en el compartimento principal. Bebió un trago de la botella, pero era demasiado fácil dejarse
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llevar de esa manera. Encontró un tarro de mermelada vacío y se sirvió dos dedos, luego otros dos más y encendió un cigarrillo.
Se apoyó en el marco de la puerta contemplando el crepúsculo negro azulado y el extremo de su cigarrillo brillaba más intensamente con cada calada. Habían cambiado las tornas. La cabaña a su espalda era ahora un lugar cálido y civilizado y afuera estaba el bosque frío e infinito, donde Arthur estaría rondando en la oscuridad.
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CAPÍTULO 14
irdie no recordaba haber dormido nada, únicamente los mosquitos atormentándola, zumbando alrededor de su cabeza y picándola en el Bcuello y los brazos. Hacía demasiado calor dentro del saco, pero cualquier centímetro de piel al descubierto era presa fácil para los insectos. Había repartido tortazos a diestro y siniestro, y entonces se le había ocurrido que sin las ventanas tapiadas no solo podían entrar insectos. De modo que había permanecido despierta con los ojos abiertos de par en par,
escuchando cualquier ruido de movimiento fuera de la cabaña.
No sabía qué hora sería. Seguro que horriblemente temprano, pues el aire era frío y el sol aún no entraba por las ventanas, pero unos pocos mosquitos seguían quejándose en sus oídos y picándola en la cara. Más le valía renunciar a conciliar el sueño. Cuando se incorporó, vio a Arthur durmiendo en el suelo, junto a la cama. Debía de haberse quedado dormida en algún momento de la noche porque no recordaba haberle oído llegar.
—Arthur. Arthur, ¿qué haces ahí abajo? Arthur.
Sus ronquidos continuaron ininterrumpidamente. En la litera de abajo, Emaleen se había salvado de los mosquitos tapándose la cabeza con una manta.
Birdie prepararía un buen desayuno para todos. Había llevado mezcla para tortitas Krusteaz, varias barras de mantequilla y una botella de sirope Mrs. Butterworth. A principios de verano, las bayas todavía no estarían maduras, y tampoco había beicon ni salchichas porque había temido que se echaran a perder enseguida sin refrigeración de ninguna clase. Pero prepararía café para ella, té para Arthur y un chocolate caliente para Emaleen.
La abuela Jo había intentado convencerla para llevar el hornillo portátil de la vieja finca. Funcionaba con gas blanco y tenía dos quemadores que se encendían al instante con la llama de un mechero, pero lo había considerado una carga innecesaria, otra manera de dejarse cegar por la misma vida complicada e insatisfactoria. Ahora, sin embargo, casi se
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arrepintió de haberlo dejado. Solo para calentar agua y preparar las tortitas tendría que volver a encender la estufa y esperar a que se calentara el fogón.
Se colgó el rifle al hombro y cogió los cubos vacíos. Una neblina fresca cubría el valle, pero el sol empezaba a abrirse paso entre los árboles y el cielo estaba azul y despejado. Durante todo el camino hasta el riachuelo fue gritando «¡Eh, oso! ¡Hola, oso!», entrechocando los cubos para hacer ruido, y lo cierto es que ese subidón de adrenalina la hizo sentirse más viva. Para cuando hubo regresado a la cabaña con el agua, cortado más leña, encendido el fuego, batido la mezcla y frito las tortitas, estaba entusiasmada.
—¡Arriba, ya ha amanecido! Las tortitas están listas. Vamos, Emmie, antes de que se enfríen.
Cuando Birdie intentó despertarla, Emaleen gimoteó y volvió a taparse la cabeza con la manta.
—Te he preparado chocolate.
Emaleen asomó la cabeza.
—¿Con un chorrito de nata montada?
—No, pero tenemos esos malvaviscos que tanto te gustan. Y mira, ni siquiera has de vestirte porque ya llevas la ropa puesta.
Emaleen se miró, desconcertada, y después sonrió y bajó de la litera de un salto.
—¡Ay, mami! ¿Qué te ha pasado? —dijo, señalando la cara de Birdie. Birdie se pasó la mano por la frente y la mejilla, donde tenía pequeñas
costras de sangre seca.
—Malditos bichos. —Los mosquitos que había aplastado por la noche estaban bien inflados de sangre—. Nos lavaremos después de desayunar.
El fuego chisporroteaba y la cabaña olía a humo de leña, mantequilla derretida, tortitas fritas y café recién hecho. Solo había dos sillas de cocina, por lo que Birdie había traído del leñero un gran tocón redondo de abeto que al colocarlo de pie era casi tan alto como una silla. Había preparado la pequeña mesa con los platitos de camping azules y tazas que había encontrado en la cabaña. El ramillete que había hecho Emaleen con campanillas, geranios violetas y rosas árticas estaba en un gran tarro de cristal lleno de agua del riachuelo. Las flores se habían marchitado un poco durante la noche, pero aun así todo junto formaba un bonito decorado.
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—¡Venga, Arthur! Mi mami ha hecho tortitas. ¡Y chocolate caliente! Emaleen le tocó el hombro, luego se agachó y le dio unas palmaditas
en la mejilla.
—Ya es de día, Arthur. —Pero Arthur no se inmutó, así que Emaleen intentó abrirle los párpados con los dedos y acercó su cara a la de él—. Arthur, ¿estás despierto?
—Por Dios, Emaleen, ten cuidado. No le metas el dedo en el ojo. —Sí, sí, ya estoy despierto —dijo Arthur al fin, y bostezó estirando los
brazos sobre la cabeza.
Para ser un hombre tan grande, comía muy poco y de un modo bastante refinado. Cortó la tortita con el filo del tenedor y se llevó un trocito a la boca cuidadosamente. Luego sopló su té caliente y bebió un sorbo.
—¿Cómo es que no llevas zapatos? —preguntó Emaleen, mirando sus pies grandes y sucios.
—Estoy más cómodo así.
—Pero te harás pupas en los pies.
—No —respondió él, y bebió otro sorbo de té.
—¿Seguro que no quieres más? —dijo Birdie, cuando Arthur se levantó de la mesa—. Hay una pila de tortitas ahí en la encimera.
—No, gracias.
Birdie quería preguntarle dónde había estado, pero cambió de idea.
Recogió los platos.
—A ver qué puedo hacer con los mosquitos —dijo—. Esta noche ha sido terrible. ¿Hay alguna vieja sábana o telas por aquí? Había pensado cubrir las ventanas. Así entraría algo de luz igualmente y mantendría a los mosquitos fuera.
—En la cabaña despensa —dijo Arthur, desde la puerta—. Mi segunda madre guarda muchas cosas ahí arriba.
Cuando él se marchaba, Birdie recordó los huesos.
—Eh, encontré eso —dijo, levantando ligeramente la voz—. ¿Serán de una cría de alce?
Pero Arthur ya estaba lejos de la cabaña y no respondió.
Había pensado en ello durante la noche mientras intentaba conciliar el sueño. Quizá había sido un oso o un glotón. Algo con mandíbulas lo bastante fuertes para quebrar huesos. Lo raro era que estuvieran bajo la
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cama. Los osos y los glotones eran animales muy inteligentes, precavidos, y resultaba difícil imaginarlos arrastrando a su presa hasta una cabaña.
La cabaña despensa era como un ático sobre cuatro postes repleto de tesoros. Birdie encontró varios tarros de miel, sacos de arroz, alubias, avena, harina y azúcar, latas de pimienta negra, sal y levadura. No estaba segura de cuánto tiempo llevaría allí todo aquello, y la miel se había cristalizado, pero todo parecía seco y cerrado, de modo que supuso que seguiría siendo comestible.
—¿Por qué han puesto esto aquí? —gritó Emaleen desde abajo, señalando el recubrimiento de latón que había al pie de cada poste.
—Para que los ratones de campo y las musarañas no puedan trepar y entrar en la despensa.
—¿Porque es demasiado resbaladizo para sujetarse?
—Sí. Ten cuidado, que voy a tirar algunas cosas.
Birdie encontró mantas de lana y varias almohadas en grandes bolsas de basura, y en el fondo de una de ellas un rollo de malla mosquitera.
—¡Bingo! —aulló.
Arrojó la bolsa al suelo y cogió un tarro de miel antes de bajar.
—¿Puedo subir a mirar? —rogó Emaleen—. Por favor, por favor.
La escalera estaba hecha con retoños de abeto y los peldaños estaban atados a los lados con cuerdas.
—¿Dónde están tus zapatos? —preguntó Birdie.
—Es que Arthur no los lleva.
—Puedes clavarte una astilla.
—No, tengo pies duros. Igual que Arthur.
Birdie la siguió hasta lo alto de la escalera y la ayudó a subir a la despensa.
—¡Oooh, es como una casa pequeñita! —exclamó Emaleen—. ¿Puedo dormir aquí?
—No, no lo creo.
—¿Por qué está tan alta?
—Así los osos, las comadrejas y los ratones no pueden entrar a comer la comida. Creo que en los viejos tiempos guardaban el pescado ahumado y la carne en sitios como este.
Cuando bajaron, Birdie dejó la escalera en el suelo y recogió las bolsas y el tarro de miel. En el leñero, junto a las herramientas, había una lata de
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café llena de clavos de distintos tamaños. Birdie cogió un puñado de tachuelas. La malla mosquitera estaba diseñada para colgar como un dosel sobre la cama, pero usó su navaja para cortarla y la rasgó en dos grandes cuadrados que luego claveteó por dentro en los marcos de las ventanas. Pasaría menos luz, pero impediría entrar a los mosquitos. Si seguían sin cristales al llegar el invierno tendrían que volver a tapiarlas.
Recogió los restos del desayuno y Emaleen cogió una de las tortitas que había sobrado.
—Quiero encontrar una ardilla y hacerme su amiga —dijo la pequeña, y salió corriendo con ella en la mano—. A las ardillas les gustan las tortitas, ¿no?
—¡Ponte unos zapatos! —gritó Birdie.
Emaleen había decidido quedarse con la litera de arriba, de modo que Birdie la despejó y colocó en ella su pequeño saco de dormir. Las almohadas y las mantas de la despensa estaban en bastante buen estado, pero olían a cerrado, de modo que las extendió y las dejó ventilando en el porche.
—¡Eh, Emmie! ¿Dónde estás?
—Estoy buscando a la ardilla —respondió, desde cerca del leñero. —No te alejes mucho, ¿vale? Quédate donde pueda verte desde la
cabaña.
La temperatura estaba subiendo rápidamente. No tenía reloj ni termómetro, pero Birdie supuso que la mañana ya estaba bastante avanzada y que habría unos veinte grados. Estaba más fresco dentro de la cabaña y Birdie cerró la puerta y oyó el zumbido de un mosquito. No podía verlo con tan poca luz, así que encendió la linterna. Cuando voló hacia el techo, ella se subió a la litera y lo aplastó con la escoba.
—Pequeños cabrones —dijo, mientras aplastaba a otro tan inflado de sangre que dejó una mancha en la pared de troncos. Difícilmente iba a matarlos a todos, pero quizá esa noche consiguiera dormir mejor.
—Cierra la puerta, rápido, o entrarán más mosquitos —dijo Birdie, al ver llegar a Emaleen.
Sin embargo, al mirar a su hija se dio cuenta de que tenía las mejillas sucias mojadas de lágrimas y le temblaba el labio inferior.
—¿Qué ha pasado?
Emaleen se sentó en la litera de abajo sin responder.
—¿Has pisado una zarza o algo? Te dije que te calzaras.
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Emaleen meneó la cabeza y se limpió la nariz con el antebrazo. Birdie aplastó otro mosquito y siguió en busca de más, pero entonces oyó a Emaleen sollozando de nuevo.
—¡Por Dios! Si vas a estar haciendo pucheros todo el día es mejor que lo sueltes ya.
Emaleen trató de contener el hipo, como hacen los niños cuando han estado llorando mucho.
—Arthur… —empezó a decir, sollozando de nuevo—. Arthur me ha reñido.
—¿Por qué?
—Yo estaba buscando a la ardilla para darle la tortita y encontré un agujero. Como un sitio donde cavas pero yo no lo cavé. Te lo prometo. Solo lo estaba mirando. Y él se enfadó y me dijo que no podía estar allí.
—Sus motivos tendría. Esta es su casa, ¿no? Así que debemos respetar lo que dice. Si no quiere que hagamos algo o que vayamos a algún sitio.
—Pero él… —Emaleen estaba llorando otra vez—. Ya no le caigo bien y nos obligará a volver a casa.
—Oh, vamos, eso no es verdad. Estoy segura de que le caes bien. Tú escucha lo que te dice. Venga, salgamos otra vez. Hace un día demasiado bonito para estar aquí encerradas.
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CAPÍTULO 15
os pasteles estaban casi listos. Emaleen acercó la cara a las tres piedras planas y luego fingió cerrar la puerta del horno. Iba a apilarlos Lcomo si fueran pisos de una gran tarta nupcial y los decoraría con todas las flores que había recogido. Era como si hasta entonces las flores silvestres hubieran estado escondidas, pero ahora que Arthur le había enseñado cómo se llamaban saltaban del prado hacia ella. Cada vez que cogía una y decía su nombre en voz alta y la miraba atentamente era como un conjuro. Los colores se volvían más brillantes y hasta los más pequeños detalles salían a la luz, como las diminutas venas moradas de los finos pétalos o los
pequeños tallos en el centro espolvoreados de oro.
Emaleen deseó tener algo blanco para usarlo como merengue después de colocar los pisos de la tarta, pero al final mezcló agua y tierra en un tarro de gelatina y revolvió la mezcla con una ramita hasta que se volvió de un espumoso color barro. Luego la espolvoreó con algunas agujas de abeto, solo para hacerlo aún más especial.
Le encantaba estar en la cabaña de Arthur, en todos los sentidos. Podía estar día y noche con su mamá y nadie se enfadaba nunca con ellas. Arthur era bueno y algo bobalicón, aunque la hubiera reñido aquella vez, y le permitían usar el leñero para jugar a las casitas de muñecas. Siempre había querido una casita de muñecas. Pensaba que la cabaña despensa sería un sitio aún mejor, pero su mamá había dicho que no porque era muy peligroso. Incluso en el leñero debía tener cuidado. No tenía permitido trepar demasiado alto sobre las pilas de troncos porque su madre decía que podían caérsele encima, y debía estar en todo momento donde pudiera ver la cabaña. Pero, al margen de eso, podía hacer lo que quisiera. Algunas veces el leñero era un orfanato para gnomos huerfanitos que Thimblina encontraba perdidos en el bosque. Emaleen había leído sobre los gnomos en un libro muy grande que tenía tío Syd en la librería de su casa, y cuando ella le había preguntado si existían de verdad o solo eran imaginarios, él le había guiñado el ojo sonriendo.
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Emaleen había hecho camas para los gnomos en los huecos entre los troncos, con hojas como mantas y guijarros a modo de almohada, y les daba de comer bayas rojas que encontraba. Su mamá decía que a veces las bayas rojas podían ser venenosas para los niños, así que ella ni siquiera fingía comérselas, pero eran un buen alimento para los gnomos.
Hoy estaba jugando a algo diferente. Estaba horneando una tarta de boda para su amiga, una reina de las nieves que iba a casarse con Santa Claus.
Una vez, hacía mucho tiempo, mientras jugaba a las cocinitas en la mesa de pícnic detrás del hostal, se le había acercado un hombre desconocido y le había preguntado qué estaba haciendo. Ella no quería decírselo pero él no se marchaba. Al final, solo para que se fuera de una vez, había dicho: «Estoy horneando galletas». El hombre había mirado la hilera de piedras moteadas y la rama que usaba como espátula. «Desde luego debes de tener una gran imaginación», había respondido él, riendo y moviendo la cabeza. Se estaba burlando de ella porque pensaba que era una tontería imaginar que una piedra podía ser una galleta. Emaleen todavía se ponía furiosa al recordarlo y a veces imaginaba que le lanzaba al tipo una piedra-galleta.
Pero aquí no tenía que hablar con desconocidos ni avergonzarse por estar jugando. Arthur pasaba mucho tiempo fuera y cuando volvía a casa nunca le pedía explicaciones. Y su mamá entendía muchas cosas que la mayoría de los adultos no podían entender. A veces salía de la cabaña e iba hasta el leñero diciendo: «Tengo algunas mantas limpias para los gnomos» y extendía las manos vacías, o comentaba «Comeré un trozo de pastel cuando esté listo, pero sin demasiado merengue».
El leñero estaba construido con troncos delgados y solo tenía tres paredes, con la parte delantera abierta. A ella le gustaba así porque no quería estar muy sola ni a oscuras mientras jugaba. Ahora era el mejor momento, cuando la luz del sol llegaba al leñero y ella podía ver a su mamá sentada en el porche de la cabaña. Era la dosis justa de soledad y compañía.
Había grandes hormigas correteando por la madera y el leñero, y cuando Emaleen observaba sus patas torcidas y su brillante y dura armadura sentía escalofríos. No quería hacer daño a las hormigas y, de todos modos, había demasiadas para echarlas a todas del cobertizo. Además, ellas estaban allí primero. Así que decidió fingir que eran las
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mascotas de los gnomos, como sus perritos y gatitos, y aunque no quería que las hormigas llegaran a trepar por su piel jamás de los jamases, procuraba no prestarles mucha atención.
Justo ahora estaba observando a una hormiga mientras trepaba por la pared trasera del leñero. Parecía estar en mitad de una importante misión y Emaleen sintió curiosidad por saber adónde iba. Miró cómo ascendía por cada tronco redondeado, uno tras otro, como si estuviera atravesando los riscos de una cadena montañosa. Entonces, al llegar a la mitad de la pared, atravesó un orificio entre dos troncos y desapareció. El orificio tenía la forma de un ojo. Emaleen se subió a un trozo de madera parecido a un taburete, colocó el ojo a la altura del agujero y miró hacia el otro lado. Aquello no funcionaba, pero cuando se tapó el otro ojo con la mano sí pudo ver. La hormiga había desaparecido, pero desde allí se veía el bosque detrás del cobertizo. Ahora era una pirata con un catalejo y el leñero un gran barco velero en mitad del océano. Miró un buen rato a través del agujero, hasta que recordó los pasteles de boda cociéndose en el horno. No podía dejar que se quemaran. Sin embargo, de cuando en cuando volvía a su posición y miraba por el catalejo como si fuera la capitana de ese barco pirata.
Después de comer, Emaleen estaba adormilada y aburrida. Hojeó uno de los libros ilustrados que le había dado tío Syd y luego coloreó un rato, pero aquello no era divertido y deseó tener algún amigo con quien jugar. Estaba demasiado aburrida para imaginar a Thimblina y a su mamá solo le gustaba jugar un ratito, y siempre tenía que hacer alguna cosa de mayores, como lavar los platos o echar una cabezadita. Entonces Emaleen recordó el agujero en la parte trasera del cobertizo. Ser pirata sí era interesante.
—Tengo que taparme el ojo, así —le explicó a su mamá, tapándose el ojo izquierdo con una mano.
—¿Por qué? ¿Te has hecho daño?
—No. Porque soy una pirata y así puedo mirar desde mi barco. —¡Ah! ¿Como un parche?
Su madre encontró un paño de cocina amarillo y un trozo de cordel, se lo colocó a Emaleen sobre el ojo izquierdo y le ató el cordel por detrás de la cabeza.
—Se supone que tiene que ser negro —dijo Emaleen.
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—No importa. Además, no puedes ver de qué color es si lo llevas puesto. Imagina que es negro.
—¿Puedo llevarme esto? —preguntó Emaleen, cogiendo un cucharón de madera de la encimera.
—¿Para qué?
—Es mi espada, ¿no lo ves? —respondió Emaleen, metiéndola en la cinturilla de los pantalones.
—Claro, cógela. Pero vuelve a traerla, ¿vale?
Las piratas no llevaban zapatos, igual que Arthur. Pero el suelo del cobertizo pinchaba y desde luego no quería pisar una asquerosa hormiga con los pies descalzos, de modo que se calzó y salió corriendo.
Ahora solo le faltaba un tatuaje, porque todos los piratas los tenían. Tendría problemas si se pintaba la piel con bolis o rotuladores, pero había una antigua fogata en un círculo de piedras. Hacía mucho tiempo que no se encendía y habían crecido plantas y hierba en su interior. Sin embargo, después de escarbar un poco encontró lo que buscaba, una rama quemada que se desmenuzaba como el carbón. La usó para dibujarse círculos negros de carbonilla en ambos brazos y en la frente y luego corrió hacia el cobertizo cantando «¡Yo-ho-ho! ¡Una gran pirata soy!». También dibujaría banderas pirata en algunos trozos de madera. Pero antes volvió a subirse al tronco-taburete para mirar a través del catalejo. Imaginaría que había barcos enemigos en el océano de hierba y, blandiendo en el aire la espada-cucharón, gritaría «¡Disparad los cañones!».
Sin embargo, al mirar por el agujero de la pared vio un animal. Era grande y peludo y no era un alce, un perro ni un puercoespín. Era un gran oso de pelaje castaño dorado. Se acercaba caminando cada vez más despacio, y de repente se detuvo.
Emaleen miró hacia atrás por encima del hombro, pero su mamá no estaba en el porche de la cabaña. Volvió a mirar por el catalejo. El oso se había levantado sobre las patas traseras y era alto, tan alto como un gigante, y al mirarlo, Emaleen sintió que le temblaban los brazos y las piernas. El animal estaba de espaldas, por lo que ella no podía ver qué hacía, pero le pareció que se estaba arañando a sí mismo en la panza y en la cara. No hacía mucho ruido, pero no dejaba de gruñir y resoplar.
Una vez, cuando Emaleen era pequeña, había visto nacer a una cabritilla. No recordaba dónde fue ni qué hacía exactamente allí, pero sí que estaba muy emocionada pensando que la cría sería peluda y adorable.
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No fue así para nada. A la mamá cabra le costaba respirar y tenía unas toses horribles, parecía que estaba sufriendo y había un líquido asqueroso por todas partes. La cría salió envuelta en una extraña bolsa viscosa salpicada de sangre y al principio Emaleen creyó que estaba muerta. Más tarde, cuando la mamá lamió a la cabrita recién nacida y esta intentó levantarse, la cosa mejoró. Pero Emaleen deseó no haber visto nada de nada.
Todo aquello se parecía a lo que estaba presenciando ahora. Era como si el oso estuviera pariendo a un hombre. Un hombre salía arrastrándose del inmenso corpachón del oso, todo asqueroso y cubierto de sangre igual que la cabritilla. Intentaba quitarse la piel de animal, pero debía estar muy pegada y al parecer le dolía. Primero usó las grandes pezuñas, dando tirones y arañando la piel de los hombros, los brazos y las manos, y luego siguió con las manos arrancándose el pelaje de la parte trasera de la cabeza. Y el hombre gemía y jadeaba igual que si estuviera corriendo. Cuando se levantó y se dio la vuelta y Emaleen pudo verle la cara, la pequeña contuvo la respiración porque era Arthur. Tenía el pelo mojado y la piel cubierta de una sustancia blanca y pringosa, como manteca derretida, y estaba completamente desnudo por lo que Emaleen vio su gracioso pito colgando. Ya había visto antes las partes de un chico, mientras le cambiaban el pañal a un bebé en el hostal, y no le había llamado demasiado la atención. Pero ver a Arthur así era diferente. Nunca había sentido tanto miedo y tanta vergüenza a la vez, y era como si estuviese petrificada. No podía moverse ni mirar hacia otro lado ni llamar a su mamá.
De modo que siguió mirando. Arthur se agachó todavía desnudo y empezó a enrollar la piel de oso como si fuera un saco de dormir, doblando y enrollando con sumo cuidado en todo momento, solo que seguramente pesaba mucho más. Después se dirigió al agujero en el suelo, el mismo que Emaleen había visto el día que Arthur se había enfadado. Sacó algo de ropa y usó puñados de musgo para limpiarse la sangre y la sustancia blancuzca que cubría su piel. Luego se vistió. Al terminar, guardó la piel de oso en el agujero. Lo hizo lenta y metódicamente, como si no quisiera dañarla, y después la cubrió con tierra, hojas y ramas con delicadeza, como si la estuviera arropando en la cama.
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Había algunos secretos que nunca se contaban y así debía ser, pero con otros no estaba bien callarse. En general, Emaleen entendía la diferencia. Como la vez que rompió accidentalmente la pulsera dorada de su mamá mientras jugaba con ella y la escondió en un zapato en el fondo del armario. Sabía que ese era un secreto malo porque le dolía la barriga todo el tiempo y no fue capaz de dormirse hasta que le contó la verdad a su mamá. Sin embargo, otra vez escuchó a Clancy decir una palabra fea de su mamá cuando no podía oírlo y ella no se lo contó porque sabía que se pondría triste y enfadada. Emaleen nunca, nunca le contó aquello a Birdie, y no se sintió culpable en ningún momento, aunque tampoco volvió a ser amable con Clancy.
Sobre Arthur y el oso, no sabía qué pensar. ¿Era un secreto bueno o malo? Si lo contaba, posiblemente su madre se asustara y se preocupara, y entonces tendrían que marcharse. Eso era terrible. Emaleen y su madre se pondrían tristes y Arthur se quedaría completamente solo. Además, si Emaleen se lo contaba a su mamá quizá ella se enfadara porque todos sus planes se habían echado a perder.
Pero ¿y si no se lo contaba? ¿Qué ocurriría entonces? Después de acostarse, muy quieta en su litera, no podía pensar en otra cosa. Ya había anochecido. Su mamá y Arthur estaban juntos en el porche y se suponía que ella debía dormir. Y ella lo deseaba, porque se sentía sola sin nadie más en la cabaña y no quería seguir dándole vueltas a lo ocurrido ni un minuto más, pero no podía controlar sus pensamientos.
Los osos grizzly tenían dientes muy afilados y garras gigantescas, y devoraban crías de alce aunque estuvieran vivas y llorando por sus mamás. Ella misma había oído a los adultos hablando de ello. Pero también sabía que a veces los osos solo comían hojas y bayas y huían al encontrarse con los hombres. «Debemos tener mucho cuidado», eso había dicho tío Syd. Era imposible que Arthur hiciera daño a la gente. Era cuidadoso y amable y a veces se reía, y ni siquiera aquel día que se enfadó con ella le había dado un azote. Pero un oso grizzly ya era otra cosa.
Era como aquel día en el bosque, cuando no sabía si debía quedarse en el sendero o adentrarse en el bosque de las brujas para buscar a su mamá. Aquel día lo había intentado con todas sus fuerzas, pero había elegido mal, y no quería equivocarse otra vez.
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CAPÍTULO 16
a inquietud de Warren no había hecho más que crecer, y esa noche seguía sentado en la butaca reclinable después de las once, en lugar de Lhaberse acostado cuando debía. Desde la pérdida de Carol, lloraba por las mayores nimiedades: cuando Spinner le lamía la mano con su suave lengua, al ver la taza de café de Carol en el armario de la cocina o al oír el canto de las grullas afuera en el prado. El otro día había tenido que colgar rápidamente durante una conversación telefónica con su hija Theresa porque no era capaz de contener la emoción. Ella solo le había estado hablando de su visita al mercado agrícola de la zona donde vivía, en el norte del estado de Nueva York, pero de repente la había sentido irremediablemente lejos y había recordado cuando ella y Wendy eran niñas pequeñas, su vulnerabilidad y cómo las adoraban. Su corazón se estremeció débilmente en su pecho y llegó a preguntarse si no estaría
sufriendo algún tipo de ataque.
«Arthur es tu punto débil», le habría dicho Carol. «Vamos a dormir.
Mañana nos encargaremos de ello».
Mañana, en cuanto la luz lo permitiera, volaría de nuevo hasta allí y tendría que rendir cuentas ante Dios si había ocurrido algo. Birdie era una mujer adulta y, para bien o para mal, tomaba sus propias decisiones. Pero alguien debía pensar en la chiquilla.
Warren volvió a reclinar la silla hacia atrás y miró al techo. La casa estaba en silencio y la única luz encendida era la del aplique sobre los fogones de la cocina. La perra dormía a su lado en el suelo, dando pataditas en sueños de cuando en cuando. Warren acarició la alianza de matrimonio con la yema del pulgar. Con el paso de los años, sus dedos habían engordado y envejecido, por lo que el anillo se había asentado en un profundo surco en mitad de la falange. En todo ese tiempo solo se lo había quitado una vez, cuando la enfermera que lo llevaba en camilla al quirófano para una cirugía de urgencia de apendicitis dijo que esas eran las normas. Él nunca se había considerado supersticioso, pero al darle la
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alianza de oro a Carol había tenido la certeza de que estaba rompiendo alguna clase de bendición sobre su vida, y que iba a morir durante la operación. Lo siguiente que recordaba era haber despertado en la sala de reanimación, y Carol ya había vuelto a ponerle el anillo en el dedo.
Eran tan jóvenes cuando empezaron: ambos iniciando sus respectivas carreras, con la hipoteca firmada y padres de dos hijas antes de cumplir los treinta. Y los veinte años siguientes habían pasado a la misma velocidad que las horas de un solo día de frenética felicidad. En un abrir y cerrar de ojos, Warren había visto cómo Theresa y Wendy se marchaban a la universidad y cómo Carol y él se quedaban solos sin tener que volver a preocuparse por el dinero y por las necesidades de unas hijas jóvenes. Solo ellos dos y el lujo del tiempo. Podrían terminar sus respectivos proyectos en la casa. Quizá incluso viajar a Europa. Y cuando al fin Warren se retiró, Carol quiso pasar más tiempo en la cabaña de North Fork. Había planeado plantar un jardín, construir una despensa e instalar un generador para poder tener un arcón frigorífico lleno de carne.
—¿Qué vamos a hacer allí todo el día solos tú y yo? —había preguntado él, realmente desconcertado.
—Se me ocurren unas cuantas cosas. —Ella había sonreído y lo había mirado arqueando una ceja.
Pero las cosas rara vez salen como esperamos.
Warren se había quedado dormido en el sillón reclinable en algún momento de la noche. Despertó ya entrada la mañana y la perra daba saltitos junto a la puerta para que la dejara salir. Después de freír unos huevos con beicon, dar de comer a Spinner, ducharse y afeitarse, llenar el depósito de combustible de la avioneta y hacer las comprobaciones técnicas de rutina, ya era más de mediodía. Debería haber dado por hecho que no conseguiría salir de casa a las seis de la mañana. Nunca le habían gustado las prisas y con el paso de los años la cosa no había ido a mejor. Carol siempre decía que era de los que lo aplazan todo. Él prefería considerarse metódico. Lo mejor era estar preparado para cualquier posibilidad.
No obstante, el tiempo era apacible y despejado, y al volar a través del paso y sobre el curso del North Fork vio pequeños grupos de ovejas de Dall en los riscos más altos de las montañas, y también a un solitario alce macho a orillas del río. Luego descendió ligeramente. Había una mancha
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de color que parecía fuera de lugar en la colina y no logró distinguir. Debía ser una tienda de campaña o algún objeto de fabricación humana, pero Jim Mahoney era el único que cazaba a ese lado del río y aún faltaba más de un mes para el comienzo de la temporada.
Al acercarse, la mancha de color se convirtió en tres figuras vestidas de blanco, marrón y morado, esta última más pequeña que las otras dos. Warren estaba a punto de dejarlos atrás cuando se dio cuenta de que eran Arthur, Birdie y la niña. Giró el cuello para mirar y tuvo la sensación de que la escena transcurría ante sus ojos como un sueño a cámara lenta, mientras se alejaba volando. Los tres lo saludaron alegres, y probablemente solo fueran imaginaciones suyas, pero Warren creyó haber visto una amplia sonrisa en la cara de Arthur y a la niña saltando emocionada. Mientras continuaba a lo largo del valle hacia la cabaña, Warren meneó la avioneta a un lado y a otro, agitando las alas en un saludo de piloto.
No recordaba la última vez que la cabaña había tenido tan buen aspecto. El porche estaba impecable y había una ordenada pila de leña junto a la puerta. Habían quitado las tablas de las ventanas, poniendo en su lugar mallas mosquiteras de color blanco. Vaciló un instante en la puerta, pensando que quizá estaba siendo indiscreto, pero luego abrió. Dentro, la transformación era incluso más evidente. El camastro parecía una cama de verdad, con almohadas y mantas. Todo el polvo, las telarañas y las hojas secas habían desaparecido, habían limpiado y fregado el suelo a conciencia y la estancia olía a lavavajillas, tortitas y miel.
Warren entró despacio en la cabaña, como si fuera un espejismo que pudiera desaparecer al instante. Pero la estufa de leña y las ollas y sartenes estaban limpias, y los estantes repletos de comida y suministros. Habían quitado los trastos de la litera de arriba, y ahora había una pila de mantas de pequeño tamaño, libros infantiles y una muñeca envuelta en un edredoncito rosa. Una agradable corriente entraba por las ventanas y las mallas mosquiteras se hinchaban ligeramente a la luz del sol. Warren miró hacia la pequeña mesa de cocina y vio el cuaderno para colorear y un jarro de conservas con un ramillete de flores silvestres.
Cerró la puerta al salir y se detuvo en el porche. Había una larga caminata montaña arriba hasta donde había visto a Arthur y a las chicas, pero el regreso sería más rápido, y quizá al ver el avión habían decidido
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emprender el camino de vuelta. Por bien que parecieran estar las cosas, necesitaba verlos en persona, hablar con ellos, antes de irse.
Warren se sentó en el escalón más bajo del porche. El sol brillaba con fuerza y deseó ponerse a la sombra. Sacó un viejo pañuelo del bolsillo trasero del pantalón y se secó la frente. Había cubos dentro de la cabaña y se preguntó si estarían llenos de agua fresca. Seguiría sentado un rato más e iría a beber. Estaba arrancando un tallo de hierba cuando se fijó en la cuerda atada al poste del porche junto a sus pies. Sin pararse a pensar, la cogió y avanzó sin soltarla entre la hierba enmarañada y las hojas.
Fue el tacto áspero de la cuerda lo que le hizo recordar de repente, y se preguntó cómo podía haberlo olvidado. Continuó tanteando la cuerda, esperando encontrar el collar azul acolchado al final, pero al parecer se había perdido con el paso de los años.
El 19 de septiembre. Ese era el día que acabarían celebrando como el cumpleaños de Arthur, pues era lo único que tenían. Era la primera temporada de caza que Carol y él pasaban solos en North Fork, con las dos hijas ya en la universidad. Warren era un cuarentón todavía ambicioso y lo bastante fuerte para adentrarse a pie en territorio de caribús y regresar con un animal entero, después de haberlo deshuesado, despiezado y repartido su carne en bolsas, todo en un largo día. En la cabaña, Carol empezaría a preocuparse al caer la noche, de modo que él caminaba tan rápido como podía, encorvado bajo el peso de su carga y mirando a sus pies para no tropezar con las piedras a la orilla del río, siguiendo el curso del North Fork hacia la pista aérea.
El sol se había ocultado tras las montañas y apenas había luz. Él caminaba exhausto al ritmo de sus propios jadeos y gruñidos, cuando de repente oyó otro sonido en la distancia, parecido a un llanto. Al continuar valle abajo, los chillidos se volvieron más fuertes. Sonaba como «Mamá, mamá», pero era imposible. Quizá fuera una cría de alce perdida o un lince. A veces emitían sonidos sorprendentemente parecidos al llanto humano. Después de dejar la carga en la cabaña quizá volviera a buscar el origen del ruido, movido por la curiosidad.
Se detenía a descansar con frecuencia, acuclillándose y apoyando los codos en las rodillas, con los cuarenta y cinco kilos de carga a la espalda. Esta vez, al incorporarse, vio algo río abajo. Parecía un animal de pelaje claro. Desenganchó el rifle de un lateral del petate y, al acercarse, se quedó
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atónito al ver que era un niño pequeño, poco más que un bebé, con los brazos y piernas regordetes y una piel de animal sobre la espalda.
—¿Hola? —gritó.
Sorprendido por la voz de Warren, el crío se levantó y corrió hacia la orilla del río, mirando adelante y atrás, hacia Warren y hacia la otra orilla.
—No, no. No voy a hacerte daño —gritó este.
El chiquillo parecía tan atemorizado por él como por el río. Warren dejó la mochila y el rifle en el suelo y avanzó algunos pasos. El crío se adentró más en el agua, que empezó a levantarlo, tirando de él corriente abajo.
Warren corrió hacia él tan rápido como pudo.
—¡No! No te vayas. Es peligroso. No voy a hacerte daño —volvió a gritar.
El chiquillo gimoteaba «Ma-ma-ma» tratando de mantener la cara fuera del agua. Warren estaba en el río con el agua hasta las rodillas, intentando alcanzar al niño, cuando una osa grizzly salió de entre los arbustos de sauce al otro lado del río. Había visto a Warren u olido su rastro. Entonces se detuvo y se levantó sobre las patas traseras con las garras a la altura del pecho y las orejas inclinadas hacia delante. Un pequeño osezno apareció entre los arbustos, detrás de ella.
Warren agarró al crío. No esperaba que el pequeño se resistiera, gimiendo, chillando y retorciéndose en sus brazos, ni la furia que su comportamiento pareció provocar en la osa.
—¡Vete! —gritó Warren— ¡Vamos, largo!
La osa se abalanzó hacia delante y soltó un fuerte rugido. Warren retrocedió hasta la orilla y corrió hacia su rifle, logrando a duras penas sostener al chiquillo, que no paraba de morder y arañar. No se atrevió a dejarlo en el suelo, así que cogió el rifle con una mano y quitó el seguro. Por primera vez, deseó haber tenido uno semiautomático que no requiriera usar el cerrojo, pero al menos solía tener una bala en la recámara cuando caminaba por la montaña.
La osa estaba bajando hacia la orilla y se zambulló en el río. No había tiempo para pensar, solo para decidir. Y, apoyando bajo el brazo la culata del rifle, Warren disparó al agua justo delante de la osa. No quería dejar huérfano a un osezno, pero si el animal seguía acercándose a esa velocidad podría considerarse afortunado si lograba volver a disparar, y tendría que
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afinar la puntería. En cuanto se le echara encima, le resultaría difícil salir airoso, por no hablar del chiquillo.
Ante el disparo, la osa grizzly dio media vuelta y huyó atravesando de nuevo la corriente hacia la otra orilla, junto a su cachorro. Warren hincó una rodilla en el suelo tratando de sujetar al pequeño, que no dejaba de revolverse, al tiempo que deslizaba el cerrojo del rifle. La osa no se había alejado mucho. Caminaba por la orilla, resoplando y chasqueando las fauces mientras largos hilos de saliva caían de su boca. Warren echó a correr siguiendo el rumbo de la cabaña. El chiquillo seguía debatiéndose y aullando entre sus brazos. Cuando Warren volvió la vista atrás, la osa estaba bajando de nuevo por la orilla. Sus bufidos se habían convertido en fuertes gruñidos, pero se movía despacio, con cautela. Volvió a disparar en su dirección, contando mentalmente las cuatro balas que quedaban en el rifle mientras corría más deprisa hacia el bosque con el chiquillo.
Warren pateó la puerta de la cabaña para que Carol abriera el cerrojo, con el pequeño chillando entre sus brazos.
—¡Qué demonios! —dijo Carol.
Él entró a trompicones y se apoyó en la puerta de la cabaña para cerrarla.
—¿Qué… dónde…? —empezó a decir Carol.
—Junto al río.
Warren estaba sin aliento y le flaquearon las piernas, con la bajada de adrenalina.
—¿Completamente solo?
Hablaban a voces para oírse a pesar de los gritos del pequeño.
—No lo sé. No tuve tiempo de comprobar los alrededores. Había una osa grizzly con un cachorro.
Carol se acercó para coger al niño.
—Ten cuidado, es un salvaje —dijo Warren, y mientras lo decía el crío logró zafarse de Carol y corrió hacia la puerta. Arañó la madera como si intentara encontrar el modo de abrirla, emitiendo sonidos irreconocibles. Cuando Warren caminó hacia él, el chiquillo le plantó cara gruñendo como un animal y chascando los dientes.
—Chsss. Chsss. No pasa nada —dijo Carol.
Cogió una manta de la cama y envolvió al niño, sujetándole rápidamente los brazos y las piernas para inmovilizarlo. Se sentó en el borde del colchón y empezó a acunarlo y a arrullarlo.
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—Dejé allí el petate —dijo Warren—. Los osos encontrarán la carne.
—Espera hasta por la mañana para volver, cuando haya luz.
Se turnaron sosteniendo al chiquillo envuelto en la manta. Temían que se hiciera daño o intentara escapar si lo soltaban. Tras varias horas de lucha y llanto, el pequeño se quedó dormido en brazos de Carol y ella abrió la manta para mirarlo.
—¿Qué es esto que lleva puesto? —Alguna clase de piel —respondió él. —Pero es… está pegado.
Warren se inclinó y tiró suavemente, y al ver que no se soltaba tiró más fuerte. El niño gimió sin despertarse, y la zona donde la piel y el pelaje se unían enrojeció al instante.
—Oh, no. Le harás daño —dijo Carol.
Apartaron la manta un poco más y comprobaron que no era solo un trozo de pellejo sino una piel completa con cuatro patas con sus garras y sus pezuñas almohadilladas, y a la altura de la nuca del niño la cabeza sin cráneo y sin ojos de un osezno igual que la capucha de una sudadera. Allí donde el pelaje de animal tocaba la piel del niño, estaba unido a ella como si lo hubieran pegado con pegamento, o como la piel se adhiere a la carne.
—No lo entiendo —dijo Carol, bajando la vista hacia el crío dormido. A la mañana siguiente, después de una larga noche sin dormir, Warren
avivó el fuego y cogió su rifle.
—No quiero dejarte sola de esta manera, pero debería…
—Claro —respondió Carol—. ¿Puede que haya un campamento de caza? ¿Un accidente de avión?
—Es posible.
—¿Será hijo de Althea?
—¿Después de tanto tiempo? Lo dudo.
Cuando Warren abrió la puerta, la osa grizzly estaba en el límite del prado, mirando hacia la cabaña. Era un comportamiento peligroso y desconcertante. Lo más normal habría sido alejarse con su cachorro lo más posible de cualquier indicio de seres humanos.
—Carol —dijo—. Quizá tengamos que matarla.
Retraso en el desarrollo. Después de tantos años, Warren aún recordaba aquellas palabras. Durante las primeras semanas, el pequeño regordete y peleón que Warren había recogido a la orilla del río se volvió
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demacrado y ojeroso. Tras volar de regreso a casa con el niño y notificar lo ocurrido a las autoridades, Warren había vuelto a explorar las colinas y los valles cercanos a la cabaña, pero no había encontrado campamentos ni accidentes aéreos; únicamente rastros de caza. Carol se quedó con el chiquillo. Después de darle muchos baños y aplicarle compresas calientes, logró despegar el pelaje de oso de su piel poco a poco y con muchísimo cuidado. Pero la criatura no quería comer y no hablaba ni se comunicaba de ninguna manera, exceptuando los arrebatos de chillidos, arañazos y mordiscos.
Carol insistió en que debían buscar a Althea, una joven solitaria que había vivido en una cabaña abandonada al otro lado del río, frente al hostal. Todo el mundo había asumido que era pariente del dueño de la propiedad, pero más tarde quedó claro que era una okupa y nadie había llegado a saber de ella nada más que su nombre de pila. La muchacha iba y venía a través del río en un carrito tirado a mano colgado de un cable. Aproximadamente un año después de su aparición, empezó a evitar cualquier clase de interacción con la gente del lugar y algunos comentaron que parecía embarazada. Carol se preocupó por la muchacha y cada semana atravesaba el río en el carrito con una bolsa de comida y vitaminas y la esperanza de ofrecerle ayuda. Althea nunca le abrió la puerta. Decidida a no rendirse, Carol le dejaba suministros y folletos sobre cuidados prenatales. Pasaron los meses y Althea volvió a dejarse ver por el pueblo, haciendo autostop y pidiendo comida en la tienda. Ya no estaba embarazada, pero tampoco había ningún bebé con ella. Warren era la autoridad responsable en Alpine en esa época, y cuando cruzó el río para hacer un control sanitario, ella le dejó entrar en la cabaña. Le preguntó cómo se encontraba, si había tenido un hijo y si necesitaba ayuda. Pero no vio indicios de que estuviera criando a un bebé y ella negó haber estado embarazada. Días después de la entrevista, Althea desapareció. Alguien aseguró haberla visto haciendo autostop al norte del pueblo. Y otro vecino comentó que ese invierno la habían visto en Fairbanks.
Dos años más tarde, lo único que aún sabían de ella era su nombre de pila y su descripción física, pero Carol escribió al dueño de la cabaña donde había vivido y Warren difundió la información entre agentes de policía y amigos por todo el estado. Nadie conocía a la joven ni la había visto. De todos modos, para Warren no tenía sentido. Incluso a vuelo de pájaro, había más de quince kilómetros entre la cabaña de Althea a orillas
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del Wolverine y el North Fork. ¿Cómo iba a sobrevivir un niño pequeño tanto tiempo en esos bosques?
No consiguieron encontrar a ningún pariente del pequeño, por lo que Warren y Carol fueron designados temporalmente como padres adoptivos. Carol recorría la larga distancia a Anchorage cada semana para llevar al niño a pediatras y especialistas que solo sugerían hacerle más pruebas y toda clase de teorías pero nunca una solución. Ella les contó lo de la piel de oso pegada a su piel y que no llevaba ropa de ninguna clase, pero que de otra manera parecía estar sano cuando lo encontraron. Desde entonces, no obstante, el pequeño se negaba a comer y estaba cada vez más débil. Incluso pasando hambre, era capaz de reunir la fuerza necesaria para patalear y chillar cada vez que los médicos lo examinaban. Carol se sentaba en el suelo de baldosas o en el borde de las camillas de examen y abrazaba con fuerza al chiquillo hasta que finalmente se quedaba dormido en sus brazos con la cara sonrojada y empapado en sudor.
Durante uno de los viajes a Anchorage, el pediatra se había mostrado apresurado e impaciente, y no parecía prestar atención a nada de lo que Carol intentaba decirle. No podía hacer nada más por ellos. Aunque ninguna de las pruebas había dado resultados concluyentes, era evidente que el niño sufría algún grave trastorno mental y conductual. Podían hospitalizarlo, sedarlo y colocarle una sonda de alimentación, explicó con actitud indiferente, pero la única solución a largo plazo era enviar al niño a una institución. «Sería diferente si se tratara de su hijo», añadió el doctor.
Carol había vuelto a casa furiosa.
«Jamás», dijo. «Jamás permitiré algo así».
Con sus hijas, Carol había sido una madre dulce y atenta, pero con Arthur su amor era fiero y desconfiado. En aquel momento no lo sabían, no entendían el alcance de las consecuencias de sus decisiones, pero todos sus otros planes quedarían relegados al olvido. Ya no habría vacaciones en el extranjero ni días ociosos en la cabaña para los dos solos. Cuando llegó el momento, Warren pospuso su jubilación, preocupado por la posibilidad de que, si algún día los obligaban a encerrar al muchacho en alguna institución, no pudieran permitirse pagar un lugar aceptable. Y Carol se entregó por completo a cuidar del bienestar del chiquillo, decidida a criarlo sano y fuerte.
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Ya estaba anocheciendo y aún no había ni rastro de Arthur y las chicas. Warren llenó los cubos de la cabaña con agua fresca del arroyo y bebió varios vasos. Caminó por la propiedad, abrumado por sus recuerdos. Era hora de volver. Pero antes de marcharse sacó su navaja y cortó la cuerda atada al poste del porche.
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CAPÍTULO 17
l sol calentaba lo suficiente para tener que espantar mosquitos a la sombra y el día se extendía ante Birdie como cuando era niña en Evacaciones de verano; con el lánguido y apacible aburrimiento de no saber qué hacer a continuación, dentro de una hora o incluso más tarde. Estaba acostada en el porche de la cabaña con la cabeza apoyada en una de las almohadas con olor a humedad que había encontrado en la cabaña despensa. Emaleen jugaba bajo el porche justo debajo de ella, hablando con su amiga imaginaria, mientras Birdie dormitaba espantando de cuando en cuando una mosca o respondiendo a las preguntas de la pequeña con un
perezoso «Ajá».
—¿Mami? Mami, hace muuucho calor.
—Ajááá.
Emaleen estaba de pie frente a ella, bloqueando el sol.
—¿Podemos comer un helado? Por favor.
—Estás de broma, ¿verdad? —dijo Birdie, sin abrir los ojos—. ¿Dónde vamos a encontrar aquí un helado?
—No lo sé. A lo mejor Arthur… igual tiene una nevera. Como Della.
Birdie se rio.
—Lo siento, Emmie. Aquí no hay helado ni neveras. Puedes coger un vaso de agua del cubo.
—¿Puedo echármelo por la cabeza?
—Claro. ¿Por qué no? —Y oyó a la pequeña atravesar el porche dando fuertes pisotones y abrir la puerta de la cabaña—. Pero dentro no, ¿vale? Trae el agua aquí.
Birdie volvió a adormilarse mientras Emaleen entraba y salía corriendo de la cabaña con vasos de agua.
—Es un día caluroso —oyó decir a Arthur—. Creo que vamos a ir al sitio que te gusta.
Birdie guiñó los ojos mirando hacia el cielo brillante y vio a contraluz las siluetas de Emaleen en el porche y de Arthur en la escalera.
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—¿Yo?
Emaleen se acercó más a Birdie.
—Sí, y tu madre también.
—Oh, vale. Pero ¿ahora? —dijo Birdie—. ¿A qué distancia está? —Puede que… un día —respondió Arthur.
—¿Un día? Entonces, ¿estaremos de vuelta por la noche?
—Sí, puede.
Birdie ayudó a Emaleen a ponerse unos pantalones largos, calcetines, deportivas y una gorra, aunque la niña se quejaba de que no quería ir.
—Odio estos pantalones —dijo Emaleen—. No puedo correr rápido.
—No sé de qué estás hablando.
—¿Lo ves?
Emaleen dio varios pasos exageradamente torpes por la cabaña, como si los vaqueros pesaran tanto como el acero.
—Oh, vamos, no es para tanto. ¿Quieres acabar con las piernas arañadas entre los arbustos?
Birdie guardó sus chaquetas y los gorros de invierno en la mochila — el tiempo podía cambiar rápidamente en las montañas— junto con la cantimplora llena de agua del arroyo, un paquete de galletas de salvado y las tortitas que habían sobrado del desayuno envueltas en papel de aluminio. Se echó la mochila a la espalda y el rifle al hombro y cogió el sombrero de vaquero de Syd de la percha junto a la puerta.
—Muy bien, creo que estamos listas.
Arthur no se había movido de donde estaba, en la escalera del porche. —No necesitas eso —dijo, señalando el rifle con un gesto de la cabeza. —¿Qué? ¿Estás seguro? Tu padre dijo… —No es necesario —respondió Arthur.
Así que dejó el rifle en la cabaña, cerró la puerta y lo siguió hacia el bosque.
Durante el primer kilómetro y medio, más o menos, descendieron por la espesura, trepando sobre abetos caídos y atravesando arbustos de aliso. Arthur caminaba en silencio, sin esfuerzo aparente. Sus pasos no eran especialmente largos ni elegantes, pero se movía a una velocidad que obligaba a Birdie a correr de cuando en cuando para no perderlo de vista.
Emaleen parecía enfadada. Caminaba despacio con la mirada gacha y estaba inusualmente callada.
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—Vamos, Emmie. Anímate. Será divertido.
Emaleen asintió, pero su cara era seria.
—Eh, ¿ves ese tronco de ahí? —dijo Birdie—. Te echo una carrera, ¿vale? ¿Estás preparada? ¿Lista?
Emaleen salió corriendo la primera, riendo, mientras Birdie gritaba «¡Trampa, tramposa, cara de osa!».
Después de eso Emaleen siguió corriendo, saltando y parloteando como si pudiera caminar todo el día, pero Birdie sabía que aquello no duraría mucho. Menos de media hora más tarde caminaba detrás de Birdie, quejándose de que tenía calor y sed y estaba cansada. Había maneras de animar a un niño —cantar canciones, jugar a animal, vegetal o mineral, hacer chistes de «toc, toc quién es»—, pero a veces Birdie se agobiaba, pues acababa mentalmente agotada. Solo quería caminar y perderse en sus pensamientos.
«¿Puedo comer esta flor? ¿Y esta?». «Pero no quiero preguntárselo a Arthur», «Tengo calor y me duele la cabeza. ¿Podemos volver ya?». «Mami, mami, mami».
—¡Chsss! Emaleen, por favor. Puede que haya por aquí algún bebé silencioso.
—Pero eso no existe. La abuela Jo dice que eso no es más que un truco para niños pequeños.
Birdie se rio.
—¡Qué chaquetera!
—¿Qué significa eso?
—Significa que puede que ahora la abuela Jo diga que es un truco, pero conmigo de pequeña lo usaba constantemente. Algunas veces creí haberlos visto de verdad.
—¿Y qué aspecto tenían?
—Como bebés gorditos y adorables. —¿Solos en el bosque? ¿Como gnomos? —Sí, supongo que sí. —¡Quiero verlos!
Birdie se acercó un dedo a los labios.
—Entonces tienes que estar muy callada para no ahuyentarlos. Emaleen entrecerró los ojos, escépticamente, pero luego miró hacia los
árboles.
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¿Adónde las llevaba ahora? ¿Directas a una apestosa ciénaga? Llevaban más de una hora caminando y el día se había vuelto aún más caluroso. El aire era denso y olía a gases de pantano. Sudorosa y maldiciendo, Birdie intentaba mantener el equilibrio sobre los montículos de hierba seca sin hundirse en los oscuros charcos de barro. Emaleen tampoco le facilitaba las cosas, tirándole del brazo y gimoteando porque tenía los pies mojados y los mosquitos no la dejaban en paz. Sobre sus cabezas, un pájaro pardo con manchas se abalanzaba en picado sobre ellas cada poco, chillando estrepitosamente.
Arthur ya había llegado a los pequeños abetos negros del final de la ciénaga, ignorando por completo a Birdie y Emaleen. Por primera vez, Birdie estaba enfadada.
—¡Arthur! ¡Eh, Arthur! —gritó tan fuerte como pudo, agitando un brazo—. ¡Nos vendría bien un poco de ayuda aquí!
Poco después, él había desandado el camino hasta ellas. Se puso en cuclillas e hizo un gesto a Emaleen para que subiera a su espalda. Emaleen miró a Birdie y movió la cabeza casi imperceptiblemente.
—¿Qué pasa? Venga, a él no le importa.
—No, gracias —susurró Emaleen.
—No tienes otra opción.
Birdie la levantó y la colocó sobre los hombros de Arthur. Sin duda a Emaleen le ocurría algo. Se comportaba de forma extraña. Antes de que Birdie se apartara, la niña preguntó en voz baja:
—¿Podemos irnos ya? No me gusta estar aquí.
—Todavía no llegamos, pequeña —dijo Arthur.
Se puso de pie y equilibró a la niña sobre sus hombros. Siempre usaba el mismo tono con Emaleen; sin exasperación ni condescendencia, simplemente exponiendo los hechos. Se puso en marcha atravesando de nuevo la ciénaga con Emaleen, y Birdie los siguió saltando de un montículo al siguiente, intentando evitar los charcos más profundos. Cuando volvió a levantar la vista, Arthur desaparecía con la niña entre los abetos negros.
Tenía la esperanza de haber dejado atrás la ciénaga definitivamente al llegar allí, pero cuando alcanzó los primeros árboles enanos y retorcidos, vio un lodazal alargado y estrecho sin final aparente. No había riachuelos ni montículos de hierba sobre los que saltar. Al contrario, parecía un prado
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completamente llano de musgo verde y tupido salpicado de pequeñas flores blancas, como un agradable paseo a través de un césped recién cortado, pero Birdie no se dejó engañar. No veía a Arthur por ninguna parte ni sabía por dónde habían cruzado. No había dejado huellas en la ciénaga, aunque era evidente que tampoco podía haberla rodeado en cualquier dirección, pues eso le habría llevado horas. Balanceándose sobre las raíces de un abeto, tanteó el musgo con un pie, y cuando se decidió a pisarlo era como una esponja empapada. Pantanos de gelatina, así los llamaba el abuelo Hank. Solía contar que había perdido a uno de sus caballos favoritos en un lugar así. Algo había asustado a la recua de caballos y el último se había soltado, precipitándose hacia el centro de la ciénaga. El animal se revolvía presa del pánico y el lodo negro y acuoso lo succionaba cada vez con más fuerza. Poco después el caballo estaba tan hundido que solo se podía ver su hocico y sus ojos desencajados, y los hombres no eran capaces de sacarlo. El abuelo Hank había disparado al caballo en la cabeza antes que dejarlo sufrir una lenta agonía.
Birdie vio aparecer a Arthur a los lejos, entre los arbustos, con Emaleen todavía a la espalda.
—¡Arthur! —gritó Birdie, usando ambas manos a modo de altavoz—. ¡Arthur! ¿Has cruzado por aquí?
Arthur seguía caminando colina arriba a un ritmo constante. Estaban muy lejos y probablemente no podía oírla con Emaleen parloteándole al oído, pero él tampoco se dio la vuelta para ver cómo le iba. Ni siquiera se acordaba de ella. O quizá la había escuchado, tiempo atrás, la tarde en que los tres caminaron río abajo desde el hostal y ella dijo que le gustaba hacer las cosas a su manera.
Apoyó todo su peso en el musgo empapado, formando ondas bajo sus pies como en un colchón de agua. Aguantó la respiración, como si de esa manera se fuera a hacer más ligera, y empezó a caminar rápidamente en línea recta a través de la ciénaga. Cuando dudaba o se detenía a tantear el siguiente paso, empezaba a hundirse en el musgo pantanoso. ¿La oiría Arthur si gritaba pidiendo ayuda y sería capaz de sacarla si se hundía demasiado? A medida que se acercaba al centro de la ciénaga, el musgo se volvía más fino y húmedo, y por el rabillo del ojo pudo ver agua corriente a la izquierda, bastante lejos. Su pie derecho se hundió de repente en el agua fría y negra, pero logró mantener el equilibrio, sacó el pie tirando con fuerza y continuó avanzando en una especie de trote de puntillas. Se le
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había caído de la cabeza el sombrero de Syd, y ahora le colgaba a la espalda sujeto por el cordel a la altura del cuello. Ya estaba llegando. Justo delante había un montículo cubierto de hierba y varios arbustos que le parecieron suelo firme. Cuando le faltaban menos de dos metros corrió más deprisa, y primero con el pie derecho y luego con el izquierdo, aplastó el musgo hundiéndose en el lodo negro y se precipitó hacia delante agarrándose a la pequeña pendiente cubierta de hierba. Ambos pies salieron del lodo con un repugnante sonido de succión y ella sintió que se le resbalaba una zapatilla. Le había parecido buena idea llevar aquellas ligeras zapatillas de deporte, pero ahora deseó haber elegido las botas de montaña.
—Maldita sea.
Trepó a cuatro patas hasta suelo firme y luego estiró el brazo hacia el barro para sacar la zapatilla. Cuando giró sobre sí misma para sentarse estaba empapada hasta los vaqueros. Las zapatillas de deporte cubiertas de lodo negro, los pantalones manchados hasta las rodillas y su brazo derecho hasta el codo. Dejó el sombrero de Syd sobre un arbusto cercano y se quitó la mochila de los hombros. Se secó el sudor y se rascó el barro de la frente con el dorso del brazo limpio. Allí solo estaban Arthur, Emmie y la naturaleza salvaje, y ella llevaba sujetador. Se quitó la camiseta y levantó los dos brazos con la esperanza de que una mínima brisa refrescara su piel, pero solo sintió el sol abrasador. Enrolló la camiseta y la guardó en la mochila.
A la mierda. Abrió la cremallera de un bolsillo lateral y sacó un mechero y un paquete de cigarrillos. Encendió uno y le dio una larga y profunda calada mientras se sentaba volviendo la vista atrás para contemplar el pantano de gelatina. Cuando un enjambre de mosquitos formó una nube alrededor de su cabeza, agitó el cigarrillo encendido hacia ellos con la mano embarrada, con la esperanza de ahuyentarlos con el humo. Se preguntó si Arthur y Emaleen se habrían alejado mucho.
Habían dejado atrás la ciénaga y los árboles y seguían subiendo y subiendo. Birdie era consciente de que estaban ascendiendo la ladera de una montaña, aunque no podía ver la cima. Siempre había otra colina, otra pendiente. El sudor resbalaba por un lado de su cara, tenía la nuca empapada y le dolían los músculos de las piernas. No se había dado cuenta de que estaba en tan baja forma. Los abedules enanos, el té de labrador y
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los arbustos de arándanos eran bastante altos, y el sendero de caza se perdía de tal modo en la tundra que Birdie no podía ver muy lejos en ninguna dirección.
—¡Eh, oso! —gritó—. ¡Hola, oso!
Esperaba que Arthur tuviera razón y no le hiciera falta el rifle. Al llegar a lo alto de una colina a veces lo veía, con Emaleen a hombros, pero cada vez se alejaban más. El terreno se volvió más escarpado, por lo que Birdie tenía que detenerse a descansar con más frecuencia y al mirar hacia abajo veía el valle a lo lejos; la ciénaga marrón amarillenta y el musgo verde, y más allá el bosque de abetos que se extendía hacia el valle del arroyo y subía por el otro lado hacia las faldas de las colinas y luego, en la distancia, los altos picos de las montañas. No había una sola nube en el cielo azul y era un caluroso día de verano típico de Alaska, cerca de los veintidós grados. Sin la camiseta, el sol le quemaba los hombros. Cuando se quitó el sombrero de Syd de la cabeza, una suave brisa del valle le revolvió el pelo y le sentó tan bien como un trago de agua fría.
Siguió caminando y la maleza menguó hasta convertirse en tundra alpina; licopodio, arbustos bajos de arándano rojo y piedras cubiertas de líquenes. Creyó haber oído voces más adelante por el sendero, y al coronar la colina más alta que había ascendido hasta el momento vio a Emaleen observándola desde más arriba con las manos apoyadas en sus pequeñas caderas.
—¡Mami, mami, estoy aquí! ¿Por qué has venido tan despacio? ¿Y por qué estás desnuda?
—Me quité la camiseta porque… —Birdie intentaba recuperar el aliento y los pulmones le ardían con cada respiración—. Porque estoy sudando… como una cerda.
Con una mano en cada rodilla, empujando con los brazos para coger fuerza, Birdie dio los últimos pasos hasta la cima. Arthur estaba tumbado boca arriba en la tundra, roncando y con las manos detrás de la cabeza. Birdie dejó caer la mochila al suelo y se derrumbó junto a él, sintiendo los pinchacitos del musgo y el liquen en la piel desnuda.
—¿Ves esto, mami? —Emaleen se agachó a su lado y le plantó un ramillete de flores silvestres delante de las narices—. ¿Lo ves? ¡Son mis violetas favoritas! Incluso las hojas verdes parecen moradas, ¿lo ves, lo ves? —Rozó una hoja puntiaguda contra la mejilla de Birdie—. ¿Y sabes una cosa? Arthur dice que no tienen nombre. Nadie les ha puesto nombre.
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¿No es raro? Yo quiero hacerlo, pero Arthur dice que no sería su verdadero nombre. Tiene que hacerlo otra persona. Pero yo no entiendo por qué. ¿Y sabes qué? Arthur… Arthur… él contó hasta cien diferentes. Dice que hasta ahora nunca se había puesto a contarlas, pero yo le pedí que lo hiciera. Él se sabía todos sus nombres mientras caminábamos. Son todos distintos y los sabe todos.
—Ajááá —dijo Birdie dejando que se le cerraran los ojos.
Podría haberse quedado dormida allí mismo, pero entonces oyó a Arthur levantarse.
—No, no. Todavía no. —Birdie se cubrió los ojos con el brazo para tapar la luz del sol al incorporarse—. ¿No podemos descansar un rato más?
—¿Por qué estás tan cansada, mami? Yo estoy como nueva.
Era evidente que Emaleen estaba más animada. Birdie cerró los ojos y oyó a la niña y a Arthur charlando mientras se alejaban.
—¿Tú has hecho esto? Es un buen sendero. —Todos hacemos el sendero —respondió Arthur. —¿Quién te ayudó?
—Los osos negros y los alces y caribús. A veces las ovejas bajan desde las montañas para atravesar el valle.
Sus voces sonaban cada vez más lejos.
—¿Y camináis todos por aquí?
—Sí.
—Eso es muy inteligente, porque es mucho mejor caminar por un sendero. Así no puedes perderte.
Cuando dejó de oír sus voces, Birdie escuchó otro sonido, un zumbido grave que al principio le hizo pensar en un abejorro o algún otro insecto. Sin embargo, pronto se hizo más fuerte y se dio cuenta de que era algo más grande y mecánico. Se puso de pie, sacudiendo los pantalones, se echó la mochila a la espalda y siguió a Arthur y Emaleen montaña arriba por el sendero. Estaban parados observando algo, y cuando Birdie los alcanzó pudo ver la avioneta volando sobre el valle.
—¡Mira, mami, mira! ¡Estamos más altos que el avión!
—¿Ese es tu padre? —preguntó Birdie.
Arthur asintió.
—¡Hola, señor Warren! —gritó Emaleen, agitando ambos brazos en el aire.
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La avioneta viró y se acercó a un lado del valle, inclinando un ala en su dirección, como si Warren estuviera intentando verlos mejor.
—No hagas eso, Emmie —dijo Birdie—. No agites los dos brazos. —¿Por qué no?
—Porque eso significa que necesitamos ayuda. Mueve solo uno para saludar.
Emaleen saludó moviendo un brazo sobre la cabeza de izquierda a derecha.
—¡Hola, señor Warren! ¡Hola, señor Warren! ¡Estamos en la cima de la montaña!
Siguieron mirando hasta que la avioneta se perdió de vista tras el risco siguiente, en dirección a la cabaña de Arthur.
Desde que habían salido, ella no se había dado cuenta de adónde las llevaba, ni siquiera mientras subían por la ladera de esquisto, con los fragmentos de roca desmenuzándose y resbalando bajo sus pies y el sol ardiente sobre sus cabezas. Solo podía pensar que deberían haber llevado más agua. Pero entonces llegaron a lo alto del risco y vio el paisaje que se extendía ante ellos.
—Ya conoces este sitio —dijo Arthur.
—¿Estamos en… es este lugar?
Él señaló a lo lejos.
—El hostal de Della. ¿Puedes verlo?
Desde esa altitud, el impresionante río Wolverine parecía un pequeño arroyo, y al otro lado vio el minúsculo brillo metálico de lo que debían ser los tejados del hostal y las cabañas. No pudo distinguir la mesa de pícnic, pues estaban demasiado lejos, pero sabía que estaba allí y de repente tuvo la sensación de abandonar su cuerpo y estar en los dos sitios a la vez: sentada en la mesa de pícnic imaginando cómo sería encontrarse en lo alto de aquel risco en las montañas, y también allí mismo, en lo alto de la montaña, contemplando su antigua vida; y fue como si planeara por el cielo azul entre ambos lugares, emocionada y sin aliento.
—¡Mami, mira, es nieve! ¿Podemos bajar a ese sitio?
La ladera rocosa a sus pies se nivelaba formando una pequeña explanada alpina alfombrada de musgo verde, arbustos de bayas y delicadas flores blancas mecidas por la brisa sobre sus finos tallos verdes. En el otro extremo del llano se alzaba una ladera orientada al norte donde
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aún había algunos restos de nieve blanca y resplandeciente. Arthur ya iba caminando hacia allí y Emaleen lo siguió sin esperar a que Birdie respondiera.
Birdie quería correr con ellos atravesando la tundra alpina, pero tenía las piernas cansadas y le dolía la rodilla derecha, de modo que caminó más despacio. Al llegar, Emaleen lanzaba puñados de nieve al aire. Birdie cogió un poco, se lo metió en la boca y sintió el frío bajando por su garganta. La abuela Jo la llamaba nieve de azúcar, cuando se derretía y volvía a helarse hasta que los copos individuales desaparecían, transformándose en diminutos granos de hielo redondeados.
Arthur se sentó en lo alto de la ladera nevada y empezó a deslizarse de espaldas, levantando manos y pies a medida que ganaba velocidad. A mitad del descenso dio varias volteretas y acabó levantándose con una gran sonrisa en la cara y el pelo y la camisa llenos de nieve.
—¡Yo también quiero hacerlo! ¿Puedo hacer el trineo? —preguntó Emaleen, cogiendo a Arthur de la mano y tirando de él ladera arriba.
Arthur se acercó a Birdie y los tres subieron cogidos de la mano. La nieve granular se coló en las zapatillas de Birdie y no tardó en empapar los bajos de sus pantalones, pero fue un alivio después de haber pasado tanto calor todo el día. Cuando Emaleen resbalaba o tenía dificultades para seguir subiendo la levantaban suavemente entre ambos, columpiándola ladera arriba, y la ascensión también se convertía en un juego.
—¡Otra vez! ¡Otra vez! —animaba Emaleen, mientras la columpiaban como si estuviera en un trapecio.
Arthur resbalaba más rápido cuesta abajo, quizá a causa de su peso, y Birdie intentaba coger impulso con las manos para ganar velocidad. Pero Emaleen se rindió enseguida y empezó a rodar ladera abajo, riendo y chillando encantada.
Jugaron durante horas en la nieve, tirándose bolas, y bebieron agua de un arroyo cercano de nieve derretida, y el calor del sol y el aire de la montaña secaron su ropa. Todos los colores eran intensos y brillantes, el blanco, el azul y el verde, y el sol resplandecía sobre las cimas nevadas de las montañas. Emaleen recogió flores y arándanos rojos, dulces por el frío del invierno, y Arthur y Birdie dormitaron en el esponjoso suelo de musgo de la tundra. Con la cabeza apoyada en el cálido antebrazo de Arthur y su hija jugando cerca, Birdie tuvo la certeza de que aquella era la vida que había soñado para las dos.
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CAPÍTULO 18
irdie empezaba a perder la noción del tiempo, o al menos se estaba convirtiendo en algo distinto. Cuando se mudaron a la cabaña de BArthur, a menudo se despertaba bruscamente por la mañana… como si llegara tarde a algo. ¿Qué día era? ¿No había puesto el despertador? ¿Se había quedado dormida y llegaría tarde al trabajo, olvidando alguna
responsabilidad?
Pero eso ya no sucedía. De cuando en cuando holgazaneaba en la cama hasta que la vejiga llena la obligaba a salir, pero generalmente se levantaba temprano y con calma, sin saber con certeza qué la había despertado; el canto de un petirrojo en un árbol cercano, Emaleen jugando a alguno de sus juegos imaginarios o Arthur roncando a su lado. Eso sucedía las escasas mañanas (y las mejores) que Arthur seguía durmiendo junto a ella cuando Birdie despertaba.
No sabía cuántos días o semanas habían pasado. No tenía calendario ni reloj. En su lugar estaban el amanecer y el atardecer, con los extremos de cada jornada acortándose casi imperceptiblemente a medida que se acercaba el invierno, la luna creciendo noche tras noche convirtiéndose en un perfecto globo luminoso antes de volver a encogerse poco a poco hasta desaparecer en el cielo azul oscuro. Cerca del prado, los pétalos blancos de los altos arbustos de arándano rojo amarilleaban y caían, dejando en su lugar los frutos duros y verdes. En el suelo del bosque, los pedos de lobo estallaban en nubes de polvo marrón que dispersaban sus esporas en la brisa. A orillas del río, las velludas semillas de las dryas se mecían al viento y los sauces perdían sus fragantes flores, y Birdie pensaba en los ciclos de la vida de Arthur; la Tierra girando a través de los días, las estaciones y los años, el Sol, la Luna y las estrellas viajando por el firmamento en un bucle eterno en el que todo el tiempo existía simultáneamente.
No siempre era capaz de distinguir un día del siguiente. Las rutinas se sucedían de forma repetitiva. Cortar leña. Encender la estufa. Preparar la
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comida. Colorear con Emaleen. Leer libros con la pequeña. Encender la estufa. Hacer la cena. Calentar agua. Lavar los platos. Barrer el suelo. A veces echaba de menos la emoción de ver a desconocidos y amigos desfilando por el bar, las bromas, los chismes y los coqueteos, el primer trago de una cerveza fría. Extrañaba los días libres y la mecánica indulgencia de ver la tele tumbada en la cama comiendo palomitas de microondas. También el lujo de las duchas calientes, la ropa recién lavada y las sábanas limpias.
Una tarde fumó su último cigarrillo hasta el filtro. Los días siguientes se notaba irritable y nerviosa, y a punto estuvo de venirse abajo y liarse un cigarro de montañés rellenando un tallo seco de pastinaca con cualquier hoja a su alcance, igual que cuando era niña. En lugar de eso comió más —tortitas fritas con mantequilla, cecina seca, chocolatinas, galletas Sailor Boy Pilot con sirope— y no tardó en notar que le apretaban los pantalones en la cintura y los muslos y que, bajo las nuevas capas de grasa, sus músculos se fortalecían. Dieciocho kilos de agua en cada cubo que cargaba desde el arroyo, los golpes de hacha en cada tronco que cortaba y los brazados de leña que llevaba a la cabaña. Allí no era posible encender la caldera ni abrir el grifo sin más. Incluso las comodidades más básicas requerían trabajo.
Pero entonces Birdie recordaba cómo eran las cosas en el hostal —las resacas, los recibos devueltos y otras cagadas, las horas y los días organizados por Della y todo el mundo juzgando sus decisiones— y se emocionaba. Lo que sentía no era el frenético subidón que siempre había buscado, sino más bien como si hasta entonces hubiera estado encerrada en una cajita sin agujeros para dejar entrar el aire y la luz y ahora hubiera logrado salir y pudiera llenar los pulmones con una fresca brisa de montaña.
Y había momentos perfectos, como el anochecer tormentoso en que había enseñado a Emaleen y Arthur a jugar al blackjack. Habían acercado la mesa a la estufa de leña y habían jugado los tres a las cartas a la luz de las velas, apostando con pasas y galletitas de chocolate. Escucharon el viento sacudiendo las copas de los árboles a través de las mallas mosquiteras y la lluvia en las hojas, pero dentro estaban calientes y secos. Bebieron manzanilla con miel y Birdie echó un chorrito de whisky en su taza.
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Otro día, cuando se levantó la niebla y dejó de llover, Arthur las guio a través de los árboles en busca de setas calabaza y les enseñó a distinguir su sombrero dorado entre el musgo y las hojas, explicándoles que la parte inferior no tenía laminillas sino una textura parecida a la de las esponjas. En cuanto Emaleen le pilló el truco empezó a corretear de acá para allá señalándolas entusiasmada: «¡Aquí y aquí, y allí!». Arthur las iba recogiendo, se las acercaba a la nariz y las lamía (para asegurarse de que estaban comestibles, explicó), y luego las guardaba en una bolsa de papel. Esa noche Arthur desapareció, pero Birdie cortó y salpimentó las setas, las frio con mantequilla vegetal y las sirvió con espaguetis. Emaleen dijo que era lo mejor que había comido en toda su vida.
Hubo otras sorpresas. Una tarde una pareja de cisnes blancos voló tan bajo y tan cerca del valle fluvial que los tuvieron casi a la altura de los ojos, y Birdie oyó cómo batían lentamente sus gigantescas alas blancas. Las mañanas frescas, cuando Birdie y Emaleen bajaban del porche descalzas a lavarse los dientes y escupir en la tierra, a veces veían un alce, un puercoespín o una liebre americana pasar frente a la cabaña. Había una comadreja de cola corta que entraba y salía a menudo a toda prisa del leñero, y Emaleen hizo reír a Birdie cuando dijo que parecía que se había bajado la cremallera de su abrigo marrón dejando a la vista su ropa peluda interior blanca a lo largo del vientre y el pecho. Una descarada urraca se acostumbró hasta tal punto a comer las sobras de la cena que todas las noches graznaba y bailoteaba en el porche. A la urraca la llamaron la Vieja Mags y a la comadreja Señor Huey.
Algunas noches, cuando no hacía demasiado calor en la cabaña, Arthur se quedaba y se tumbaba en la cama con Birdie. Hablaban en voz muy baja para no despertar a Emaleen y no se miraban directamente a la cara sino al techo de troncos. En esos momentos hablaban con más sinceridad que en ninguna otra ocasión. Era como otra forma de hacer el amor. Ella le contó que su madre las había abandonado a ella y a su hermana cuando eran pequeñas y las habían criado sus abuelos. Describió las pocas veces que habían visitado a Norma en Florida siendo niñas. Habían ido a nadar en una piscina de agua clorada al aire libre y habían cazado lagartijas en los alrededores del bloque de apartamentos.
—Cuéntame algo de cuando eras niño —dijo Birdie.
—No es fácil —respondió Arthur.
—¿Lo pasaste mal?
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—No es fácil porque no puedo usar las palabras que uso contigo. Permanecieron largo rato en silencio y ella no esperaba nada más. Pero
entonces él volvió a hablar, como si hubiera estado pensando qué iba a decir.
—Hay sitios a los que voy donde la veo y la huelo. Sitios donde puedo pisar donde ella ha pisado y estoy con ella. Hay sitios donde comemos arándanos juntos y sitios donde pescamos los dos y estoy con ella pero ella se ha ido.
—¿Hablas de tu verdadera madre? ¿Cómo se llamaba?
—Mi primera madre, sí. Pero su nombre… no lo sé. Es un olor y un sabor. Es la sensación de estar cerca de ella.
—¿Es porque eras muy pequeño? ¿Por eso no recuerdas su nombre? Sintió que Arthur se ponía tenso a su lado, como si estuviera enfadado
o más bien frustrado.
—Warren te encontró aquí cerca, en North Fork, ¿verdad? «Cuidado», se dijo a sí misma. «No presiones demasiado». —Sí.
—Pero ¿qué le pasó a tu verdadera familia? —Pasó un rato y él seguía sin responder, pero ella no pudo contenerse—. Quiero decir, ¿no te gustaría encontrarlos?
Él nunca gritaba, ni maldecía ni tiraba cosas al marcharse. Se levantaba lentamente de la cama, abría la puerta de la cabaña y salía hacia la noche.
Incluso cuando no discutían, Birdie solía tener la cama para ella sola la mayoría de las noches. Arthur salía a merodear al anochecer y desaparecía durante horas, a veces incluso días. Cuando regresaba a la cabaña al amanecer y se acostaba a su lado, olía como el bosque y las montañas, y su boca tenía un regusto algo metálico, como el hierro o la sangre.
—¿Adónde vas? —le preguntó en una ocasión—. Quizá alguna vez podamos ir contigo. Emaleen y yo.
—No —respondió, y luego, como si hubiera intuido alguna intención por su parte, añadió—: No podéis seguirme.
—¿En serio? ¿De qué estás hablando?
—Por favor. Es lo único que os pido, dejadme solo.
Birdie sintió la punzada del rechazo, pero también supo que era verdad: él nunca le había pedido nada. Si no preparaba nada de cenar, no
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limpiaba la cabaña ni lavaba la ropa, a él no le importaba. Emaleen podía correr y reír o intentar dar volteretas dentro de la cabaña, y nada de eso le molestaba. Si Birdie se quedaba toda la tarde en la cama o dormitaba al sol durante horas, él no la regañaba por malgastar el día.
Pero ahora que él había puesto ese límite no podía evitar ser curiosa. Cuando se marchaba, nunca llevaba tienda de campaña ni rifle o caña de pescar, por lo que debía tener otra cabaña en algún lugar del valle, igual que hacían los antiguos tramperos. A menudo sentía la tentación de seguirlo para verlo con sus propios ojos, pero entonces recordaba el tono tenso de su voz. «Dejadme solo».
Aprendió a no esperarlo. Cuando las noches eran tranquilas y agradables, llevaba a Emaleen al arroyo a pescar tímalos, o a la charca a ver al castor transportando sus palitos por el agua, sin dejarle una nota a Arthur. Resultaba extraño, que nadie supiera dónde estaban en aquella inmensa naturaleza salvaje. Era como caer en picado.
Birdie necesitaba estar a gusto en su propia piel. Quería ser feliz. Todas aquellas tardes que se sentaba en la mesa de pícnic detrás del hostal soñaba despierta con llevarse a Emaleen al otro lado del río y subir a las montañas. Ahora estaban allí y debería ser absolutamente feliz. Pero las horas daban vueltas sobre sí mismas, serpenteaban y se enredaban, y sentía que la naturaleza ejercía sobre ella la atracción de un peligroso remolino.
—¡Mami, mami! ¡Venga, vamos!
Emaleen había aprendido a reconocer el sonido de la avioneta de Warren al atravesar el paso de montaña. En cuanto oía el motor a lo lejos quería ir corriendo a la pista para verlo aterrizar. Era una niña educada y no lo pedía en voz alta, pero todos sabían que estaba ansiosa por ver qué regalos le había traído Warren del pueblo. Una vez fue un táper lleno de rollitos de canela glaseados horneados por Della y otra una bolsa de chocolatinas variadas.
Esa tarde, Warren había llevado unos prismáticos para prestárselos.
—Así podrás ver mejor esas ovejas de nieve —le dijo a Emaleen.
La ayudó a juntar las dos lentes a la altura de los ojos para poder mirar a través de ellas como si fueran una sola. Birdie pareció dudar. ¿Y si los perdían o se rompían? Pero él insistió en que tenía varios en casa y estos nunca los usaba.
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También había llevado un paquete de hamburguesas de alce, así que Birdie las frio en una sartén en el fogón de la estufa de leña y las sirvió con arroz y una salsa de cebolla en polvo. Los cuatro se habían sentado en el porche con los platos esmaltados de camping sobre las rodillas y Birdie observaba a Arthur. Como de costumbre, dio algunos bocados y luego movió el resto para que pareciera que había comido más. Ella terminó la suya enseguida para poder retirarle el plato antes de que Warren se diera cuenta. Cuando Warren la miró, ella dijo: «Es que esta mañana desayunamos a lo bestia». No sabía por qué había mentido. Le había preguntado a Arthur más de una vez si algo de su comida no le gustaba, pero él se había encogido de hombros diciendo que no era de mucho comer, que no se preocupara. Fuera lo que fuese, él tenía un aspecto saludable y, si acaso, había ganado peso desde la llegada de Birdie y Emaleen.
O Warren no lo había visto o no le importaba. De hecho, Birdie nunca había disfrutado tanto de su compañía. Escuchó con silencioso interés cuando Emaleen le habló de la Vieja Mags, contándole cuánto le gustaban las sobras, y Warren le explicó que las urracas eran tan inteligentes que era posible enseñarles a decir palabras y a hacer algunos trucos.
—¡Yo quiero hacerlo! —exclamó Emaleen.
Después de comer, Warren y Birdie charlaron y rieron recordando a sus amigos comunes y él le contó anécdotas del abuelo Hank y la abuela Jo, algunas conocidas por ella y otras no.
Antes de marcharse, Warren se ofreció a traer suministros la próxima vez. Mientras Birdie hacía la lista, se resistió a la tentación de encargar «tres cartones de Marlboro y un par de botellas de Jim Beam», pero sí le anotó compresas, además de papel higiénico, pan, arroz y jamón enlatado.
—Me resulta algo embarazoso —dijo, al entregarle la lista junto a dos billetes de veinte dólares—. ¿Seguro que no te importa?
Warren le echó un vistazo.
—Recuerda que Carol y yo criamos a dos chicas. He comprado muchas compresas y maquillaje.
—¡Oh! Y de verdad, de verdad, necesitamos helado —intervino Emaleen—. Por favor, escribe también eso. Y batidos. —Warren se rio, y Emaleen insistió—: Pero es verdad. Los necesito.
—Me temo que se derretirían antes de llegar aquí —dijo Warren.
—Oh —respondió Emaleen, en voz baja.
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Pero se animó en cuanto Warren le contó cómo solía lamer su perra los restos de su cubo de helado.
—¿Le gusta el helado igual que a mí? ¿Cómo se llama? ¿De qué color es? ¿Es grande o pequeña?
Emaleen explicó que iba a hacer un dibujo en color de Spinner. Cuando Warren estaba a punto de marcharse esa tarde, Birdie lo oyó
decirle a Arthur: «Me siento orgulloso de lo que estás haciendo aquí, hijo». Arthur lo escuchó impávido, casi como si no lo hubiera oído.
Birdie había estado pensando en la llegada del invierno y en todo lo que iban a necesitar. Tendría que matricular a Emaleen en la escuela a distancia y comprarle un abrigo nuevo y botas para el frío. Tendrían que hacer acopio de más comida para cuando el tiempo impidiera volar a Warren. Y siempre estaba la preocupación por el dinero.
—¿Cuánto crees que costarían los cristales para esas dos ventanas? — le preguntó a Arthur—. Unos doscientos dólares, ¿no? Pero es que no quiero volver a tapiarlas… ¿Arthur? ¿Me estás escuchando?
Él se levantó del tocón donde estaba sentado, en el prado delante de la cabaña, y le dio la espalda. Igual que siempre que se disponía a marcharse, no parecía molesto, solo que prefería estar en otra parte. Y, como en las demás ocasiones, tampoco dijo adiós ni explicó adónde iba, cuándo regresaría o cuánto podían costar las malditas ventanas.
—¿O sea que no vamos a tener esta conversación? ¿Tú decides, y ya está? —dijo ella, alzando la voz.
Arthur caminaba hacia el leñero y ella corrió tras él.
—Eh, ¿adónde vas? —Intentó agarrarlo del brazo y él se volvió hacia ella con tal rapidez y ferocidad que Birdie reculó al instante, dando un traspié—. Pero qué co…
Quería gritarle, pero cuando él avanzó hacia ella se sintió intimidada. Era treinta centímetros más alto y posiblemente pesaba más del doble que Birdie, y había una evidente agresividad en su manera de inclinar la cabeza y erguir los hombros.
—Te lo he dicho —dijo en voz baja—. Necesito estar solo.
Ella corrió hacia la cabaña, cerró de un portazo y echó el cerrojo, más por el enfado que por miedo. Él no iba a seguirla.
Al caer la noche, Arthur seguía sin aparecer y Birdie empezó a limpiar la cabaña presa de una furia desatada, arrastrando la mesa por el suelo para
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barrer donde por lo general nunca lo hacía y arrojando estrepitosamente ollas y sartenes al fregadero, con el deseo de romper cosas. Revolvió entre todas sus pertenencias en busca de algún cigarrillo perdido, y al no encontrar ninguno bebió los últimos tragos de whisky sin servirlo en un vaso. De haber estado sola, habría roto la botella vacía contra la pared.
—¿Qué te pasa, mami?
—Nada —respondió, porque realmente no lo sabía.
Sentía un ansia feroz, pero ¿de qué?
—¿Te hago daño? —preguntó Arthur, en la oscuridad.
Estaban al pie de un gran abeto cerca de la cabaña, donde iban para estar solos por las noches. Estaba nublado y la luna aún no había salido, por lo que la oscuridad era casi absoluta. Ella estaba a horcajadas sobre él, con una manta de lana sobre los hombros desnudos.
—No, ha estado genial. Qué bien sienta, ¿verdad?
El sexo había mejorado con la práctica. Él se había vuelto más curioso y al mismo tiempo más tierno y a veces más dominante, y ella le estaba enseñando cómo funcionaba su cuerpo, dónde le gustaba que la tocara y lamiera. A veces ella empezaba despacio, provocativamente. «¿Te gusta cuando hago esto?», le preguntaba, o se detenía y decía: «No, tienes que preguntarme qué hacer a continuación». Otras veces, como esa noche, el sexo era urgente y agresivo. Ninguno de los dos hablaba, pero los gemidos de ella salían de lo más profundo de su cuerpo hasta convertirse en agudos jadeos con la boca abierta. A ella le gustaba poder sentir que la lujuria de él era tan intensa que se obligaba a contenerse.
—Pero ¿te hago daño? —volvió a preguntar Arthur.
—No tienes que seguir preguntándome eso. Confía en mí, si me haces daño lo sabrás.
—Entonces, ¿qué pasa?
—¿Aún quieres tenernos contigo?
—¿Por qué dices eso? —dijo él.
—Porque la mayor parte del tiempo no estás aquí y no me cuentas nada. Por eso a veces me pregunto si no serías más feliz si te dejáramos solo.
—No —respondió, en un tono casi sumiso—. Por favor, os quiero aquí. A las dos.
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—Vale, eso es lo que dices. Pero esta noche volverás a marcharte, ¿verdad? Lo sé. Se supone que no debo preguntar. Pero no sé adónde vas ni qué haces. Y puede que vuelva a verte mañana o dentro de dos días. Cuando decidas aparecer.
—¿Te sientes sola?
—No, no es eso. No me siento sola. —Se bajó y se sentó en el suelo, envolviéndose más en la manta de lana—. No quiero que cambies ni que te sientas atrapado aquí conmigo. Te vas y duermes a la intemperie bajo un árbol o subes una montaña o lo que sea que hagas y… —La avergonzaba admitir la verdad—. Bueno, vale, quizá estoy celosa. Quizá me gustaría poder hacer lo mismo, irme sin más adonde sea y cuando sea. Tú no tienes que responder ante nadie más. No es que… no sé. Yo adoro a Emaleen. Haría cualquier cosa por ella. Me hace reír y es… ya sé que es de locos, pero es como una amiga, ¿sabes? Nos divertimos juntas. Es algo que nunca pude tener con mi madre. Yo no quiero ser como ella, como mi madre. La forma en que nos abandonó fue tan jodidamente egoísta. Yo nunca podría hacerle eso a Emaleen. Pero a veces echo de menos… a mí misma. Tan solo ser yo. A solas.
—Todos vamos adonde nos apetece.
—No, eso no es verdad. Porque yo tengo que pensar en ella. No sabes cómo es. Yo cargo con toda la responsabilidad. Yo sola. Antes de tenerla no me hacía a la idea de cómo sería. Que no habría descansos. No de ella realmente sino de tener que cuidarla, de preocuparme por su bienestar. A veces me gustaría… irme, solo un ratito. Tú desapareces y yo no tengo ni idea de adónde vas, ¿y se supone que no puedo preguntar? Pero cuando decides volver tú tampoco tienes que preocuparte de dónde estoy, ¿verdad? Porque ¿dónde iba a estar si no?
Él no la escuchaba, o se había quedado dormido. Ella se sacudió las agujas de abeto y la tierra de la piel desnuda, se vistió y se levantó.
—Me voy dentro —dijo. Él no iba a seguirla y eso la enfurecía aún más. Encendió la linterna y se enrolló la manta bajo el brazo—. Buenas noches.
No esperó a que él respondiera.
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CAPÍTULO 19
irdie. Birdie. —Arthur estaba sentado en el borde de la cama y la meneaba con la mano en su cadera—. ¿Estás despierta? —
—susurróB—. Puedes ir ahora.
¿Qué? ¿Ir? —Birdie levantó la cabeza, desconcertada.
Parecía más temprano de lo que solía despertarse.
—Puedes ir ahora.
—¿Adónde?
—Adonde quieras.
Birdie se incorporó.
—¿De qué estás hablando?
—¿Dices que quieres dar un gran paseo?
Ella parpadeó con fuerza y dio un largo bostezo.
—Sí, claro.
—Pues vete —dijo él.
Se puso de pie, la cogió de ambas manos y tiró de ella para que se levantara.
—¿Quieres decir ahora?
—Sí. Vete y vuelve cuando quieras.
La empujó suavemente hacia la puerta.
—Espera. No puedo irme así. Al menos necesito los pantalones y las botas —se rio Birdie, y luego miró a Emaleen que todavía dormía—. ¿Y qué pasa con ella? —susurró.
—Yo me quedo con la niña.
—¿Sabes cómo cuidar de ella? —preguntó, mientras se vestía—.
Bueno, tienes que hacerle la comida y asegurarte de que esté a salvo.
—Sí, le haré sándwiches de crema de cacahuete.
Lo tenía todo pensado, y Birdie esbozó una sonrisa.
—La verdad es que eso le gustaría. Pero no puedes dejarla sola. Tienes que estar con ella todo el día.
—Estoy con ella siempre, mientras tú no estás.
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Era un regalo para ella. Como aquel puñado de tierra y hojas de la tundra que le había llevado desde la montaña. Un regalo que nadie le había hecho jamás.
—Pero ¿adónde puedo ir?
Birdie salió al porche y contempló el paisaje alrededor. El bosque impedía ver gran cosa excepto las cimas de las montañas en todas direcciones, pero su mente empezaba a abrirse a la idea. Podía volver a subir hasta el nevero donde habían estado jugando. A esas alturas del verano la nieve ya se habría derretido, y además parecía la opción más segura, volver a un sitio donde ya había estado.
Bajó la vista hacia el valle en dirección al río North Fork. El verano pronto llegaría a su fin y en las laderas alpinas el verde empezaba a adquirir tonos dorados y ocres. Podía subir por aquellas montañas hacia algún sitio donde no hubiera estado, y de ese modo quizá no llegara a perder de vista la cabaña. Cuando volvió a entrar llenó la cantimplora y guardó los prismáticos, ropa de abrigo y algo de comer en su mochila. Luego cargó el rifle y cogió el sombrero de Syd de la percha junto a la puerta.
—Puede que atraviese el North Fork. Solo por ver algún sitio nuevo.
Volveré antes de que anochezca.
—Vete y vuelve cuando quieras —dijo él.
—Sí, pero ¿y si me ocurre algo? Tendrás que venir a buscarme.
—Te encontraré si me necesitas. Pero no me necesitas.
—¿Cuánto crees que tardaré en llegar hasta allí y subir aquella ladera? —Depende.
—Bueno, sí. Pero ¿crees que puedo hacerlo?
—Por supuesto —respondió él.
—Pero, en serio… —Emaleen se movió en la litera y ella bajó el tono de voz—. No quiero romperme un tobillo y quedarme allí tirada durante días. Si no he vuelto esta noche es porque me ha ocurrido algo malo.
—No volverás hoy. Mañana, quizá.
—De ninguna manera pienso pasar la noche yo sola ahí afuera. No tengo tienda ni saco de dormir.
—No te hace falta.
—Puede que a ti no. —Salió otra vez al porche y miró las montañas con los prismáticos—. Mira, ven aquí. Voy a intentar llegar a esas rocas.
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Parece una especie de precipicio. Subiendo por esa ladera, ¿ves a qué sitio me refiero?
Él no cogió los prismáticos cuando ella se los ofreció.
—Sí —respondió.
—¿Has estado alguna vez allí?
—Sí —dijo, y su sonrisa parecía algo ausente y triste.
Birdie avanzaba a buen paso por el sendero. Quería alejarse lo más posible antes de echarse atrás, antes de que Emaleen despertara y quisiera saber adónde iba.
Atravesó la pista aérea hacia el North Fork, el afluente norte del río Wolverine. Sus heladas aguas azules eran más profundas y rápidas de lo que había esperado. Caminó arriba y abajo por la orilla en busca del lugar idóneo para cruzar. Arthur la llevaría a la espalda hasta la otra orilla si regresara a pedírselo, pero no quería.
No había llevado una muda de repuesto, de modo que se desnudó por completo, guardó toda la ropa en la mochila y volvió a ponerse las botas sin calcetines. El agua estaba increíblemente fría, y tomó aire y empezó a balbucir al adentrarse en la corriente. Cuando el agua le llegaba casi a la ingle creyó que no iba a poder hacerlo, pero siguió adelante.
—La hos… la hos… —No podía acabar las palabras y los sonidos que emitía eran meros jadeos—. La hos… la pu-pu…
Quería moverse más rápido y acabar con aquello lo antes posible, pero la corriente era rápida. Cada vez que levantaba un pie para avanzar el río amenazaba con derribarla, y cuando dudaba y se detenía en un sitio la corriente arrastraba la grava arenosa bajo sus botas. Le dolían horriblemente las manos y los pies a causa del frío y tenía todos los músculos del cuerpo agarrotados.
Al salir a la otra orilla le habría gustado secarse y limpiarse la arena mojada de los pies y las piernas, pero no tenía toalla y estaba helada. Le castañeteaban los dientes y se puso la ropa maldiciendo. Tenía que empezar a moverse para entrar en calor. Al levantar la vista hacia el valle comprobó que la formación rocosa que había visto estaba más lejos de lo que había calculado, corriente arriba. Se mantuvo junto al río y caminó con las botas mojadas sobre la grava y los bancos de arena, sin apartar la vista de aquel punto en las montañas.
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Siendo niña, pasaba mucho tiempo en el bosque, sobre todo en la vieja finca sin alejarse de la casa de sus abuelos. Solía ir a cazar liebres y urogallos después de la escuela con el abuelo Hank y con menor frecuencia habían hecho excursiones más largas a las montañas en busca de alces y caribús. Pero él siempre estaba ahí, unos pocos pasos por delante de ella. Aún recordaba sus caminatas, mirando la parte trasera de las perneras de sus pantalones e intentando pisar donde él acababa de hacerlo.
Esto era distinto. Nadie iba a decirle en qué dirección debía ir y ella no tendría otro remedio que encontrar el camino correcto para volver a casa. Volvió la vista atrás y contempló el río a sus pies. Desde su posición ya no podía ver la pista aérea ni la cabaña, y tampoco la zona donde el arroyo desembocaba en el North Fork.
Cuando estaba justo debajo de la formación rocosa, abandonó la orilla del río y ascendió por un bosquecillo de abetos, luego entre alisos y bastones del diablo y a través de un pequeño riachuelo antes de adentrarse de nuevo en una fronda de alisos, tan densa que llegó a dudar si sería capaz de abrirse paso. Se quitó el rifle del hombro y lo sostuvo delante del cuerpo con ambas manos, preparada para disparar si era necesario.
—¡Eh! ¡Eh! ¿Quién va?
Mientras avanzaba con dificultad entre los matorrales, sin la posibilidad de ver con claridad en ninguna dirección, consideró la posibilidad de regresar. A ese ritmo no conseguiría llegar a ninguna parte. Pero finalmente dejó atrás los alisos y logró ver la ladera de la montaña. La peculiar formación rocosa parecía una hilera de dientes gigantes, grises y torcidos, saliendo de un tobogán a punto de desmoronarse. Si intentaba llegar en línea recta, la ascensión sería casi vertical, pero hacia el sur vio una suave pendiente que quizá le permitiera subir y llegar a la cumbre al otro lado de las rocas.
El camino resultó ser más empinado de lo que esperaba, pero se hizo más fácil a medida que avanzaba. Cada vez había menos arbustos y, después de pasar junto a un último abeto enano doblado por el viento, se encontró caminando por la tundra alpina, entre rocas cubiertas de musgo y líquenes. Pequeños senderos de caza zigzagueaban colina arriba y Birdie continuó el ascenso por ellos, pisando huellas de caribú y excrementos de ovejas de Dall.
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Al llegar a lo alto de un risco, el paisaje se abrió ante sus ojos en un inmenso panorama de colinas rojizas y doradas, valles rocosos, cintas de piedra caliza que se doblaban y combaban con formas imposibles y, en todas direcciones y a distintas alturas, picos de montañas de color gris pizarra. Decenas de metros más abajo, un profundo barranco horadaba la montaña hasta terminar en una estrecha hendidura de rocas oscuras y dentadas. En lo alto del precipicio, de repente Birdie fue intensamente consciente de su cuerpo. Una vida insignificante latiendo bajo una piel fina como el papel. Al final de semejante caída, sus huesos se quebrarían como palillos y las rocas desgarrarían su carne. Sintió los músculos de su corazón bombeando sangre y los pulmones inspirando el aire vagamente enrarecido. Apartó la mirada del barranco y la alzó hacia el pico más cercano con la súbita sensación de que su fuerza de voluntad era lo único que la mantenía anclada a la tierra. Como aquel día siendo niña que se había lanzado al vacío desde lo alto del columpio; la bocanada de aire, la súbita claridad, el suelo escorándose bajo sus pies.
Era a causa de la altitud, quizá algo de vértigo. Se alejó del barranco y se sentó en un montículo cubierto de musgo, bebió varios tragos de agua de la cantimplora y el mareo remitió. Comió unos bocados de cecina, bebió un poco más de agua y luego sacó los prismáticos de la mochila y contempló el panorama hasta la otra orilla del North Fork. Desde aquel promontorio pudo ver de nuevo la pista aérea, un tajo alargado y recto en paralelo al arroyo. Sin embargo, no pudo localizar la cabaña. El bosque era demasiado frondoso y el césped del tejado seguramente la camuflaba. Imaginó a Emaleen jugando fuera, hablando con su amiga imaginaria y mirando de vez en cuando hacia las montañas. Birdie sintió una agradable punzada en el corazón, como si una cuerda recorriera la distancia entre ella y su hija y alguien la hubiera tensado.
Equilibró los prismáticos apoyando los codos en las rodillas y paseó la vista por el valle hasta la ladera más cercana para terminar en lo alto del risco. En un talud a lo lejos vio una mancha de color blanco y luego la perdió de vista. Supuso que se había movido, aunque quizá solo fueran sus manos temblorosas sosteniendo los prismáticos.
Un viento frío azotaba el risco y las nubes se habían agrupado formando una franja oscura a lo largo del horizonte. Quizá en esos momentos la lluvia avanzaba hacia ella, o puede que incluso la nieve. Sacó un jersey de la mochila y se alegró al ver que también se había acordado
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de llevar el impermeable. Ya había pasado medio día. Tenía que avanzar más rápido. Siguió ascendiendo por el risco y cuando el terreno se allanó pudo ver a su espalda una amplia cuenca rocosa de casi dos kilómetros de ancho rodeada de montañas, y justo encima los largos dedos de un glaciar blanco azulado que descendían entre las rocas. Ahora hacía más frío y el viento soplaba con fuerza.
Birdie estaba sacando un gorro de lana y unos guantes del bolsillo delantero de la mochila cuando, por el rabillo del ojo, vislumbró lo que parecían ramas quebradas y ensangrentadas desplazándose por la tundra. Se puso rápidamente la mochila y se agachó para no ser vista. Avanzó en cuclillas y luego se tumbó boca abajo y se arrastró como un soldado hasta que logró ver a cuatro caribús machos caminando en fila a menos de cien metros. Sus astas se alzaban entre noventa centímetros y un metro veinte por encima de sus cabezas. El más grande abría la marcha, con el viento agitando la gruesa piel blanca de su pecho, y en varias ocasiones sacudió la cabeza. Empezaba a perder el pelaje aterciopelado que recubre sus astas en verano, y varias tiras se desprendían y colgaban de las numerosas puntas dejando parcialmente a la vista el hueso de un color rojo sangre.
Birdie permaneció tendida en el suelo boca abajo. El viento soplaba a su favor y el caribú la ignoró. No iban corriendo, aunque parecían viajar con un propósito y atravesaron la colina rápidamente, alejándose de ella y de nuevo en dirección a la cuenca rocosa. Durante un rato siguió viendo sus cuartos traseros de color blanco y sus astas, pero luego, uno tras otro, se fueron adentrando en un angosto pasillo entre rocas y desaparecieron.
«¿Has oído eso, Emmie? ¿El chasquido de sus tendones al caminar? ¿Y sus astas?».
Emaleen habría estado todo el camino lloriqueando y quejándose, y no era lo bastante fuerte para hacer una ruta tan larga. De haber estado juntas, Birdie le habría dicho «Chsss» haciéndole gestos para que permaneciera agachada, y Emaleen se lo habría tomado a mal. Pero al ver pasar a los caribús habría abierto los ojos como platos diciendo «¡Los veo, mami! ¡Los veo! Son como los renos de Papá Noel».
Ir sola a experimentar el mundo según sus propias reglas, tal como quería, era imposible. Pero también lo era querer compartirlo todo con Emaleen.
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Ahora se encontraba sobre la formación rocosa, y lo que desde el valle le había recordado a una hilera de dientes ahora más bien parecía una enorme llanura que hubieran partido por la mitad, dejando un sinuoso sendero verde entre dos paredes de sólida roca. La ladera descendía de forma gradual hasta la formación rocosa. Birdie oyó el agudo chillido de las ardillas árticas alertándose entre sí, y consiguió ver a uno de los roedores regordetes observándola, de pie sobre sus patas traseras, mientras otra soltaba un gritito y echaba a correr de un hoyo a otro.
Cuando encontró un sendero de caza para seguir bajando, dejó que la gravedad tirase de ella y continuó el descenso al trote, con la mochila rebotando sobre su espalda. Sus piernas nunca habían sido tan fuertes ni sus pies tan seguros. Se sentía capaz de seguir corriendo eternamente sobre riscos y valles, y cuando subió de un brinco a una gran roca y saltó al suelo por el otro lado lanzó un grito de entusiasmo.
Al aproximarse a la formación rocosa la ladera de la montaña se volvió más empinada, y continuó la bajada dando largos pasos sobre lo que parecía una escalinata torcida encastrada en el suelo de la tundra. Aquello no era un estrecho sendero de caza en zigzag abierto por ovejas o caribús. Eran pisadas gigantes y pesadas, primero izquierda y luego derecha, y entonces Birdie se dio cuenta de que era un camino de osos. No le costó imaginar a un grizzly bajando de cabeza y tambaleándose de lado a lado. En el centro de cada gran pisada no crecían hierba ni hojas y en algunos puntos podía verse la tierra a través del espeso musgo y los flexibles matorrales, donde habían sido aplastados recientemente. Aquel sendero no había sido abierto por un oso en un solo verano. Las marcas estaban hundidas en la tundra al menos quince centímetros y el mismo suelo parecía adaptarse a cada uno de los pasos. Los osos habían horadado ese sendero en la tierra a lo largo de décadas, quizá cientos o miles de años.
El sendero seguía descendiendo y se abría paso entre dos paredes de roca tan cercanas entre sí que era como bajar por el hueco de una estrecha escalera. Birdie se apoyó en la piedra fría para no perder el equilibrio. No podía ver muy lejos y se preguntó qué habría empujado a los osos a transitar una y otra vez ese camino. Había precipicios y desprendimientos de rocas por todo el valle, por lo que quizá aquella fuera una de las rutas más fáciles para llegar hasta el río.
—¡Eh, oso! —gritó, mirando hacia abajo entre las rocas—. ¡Eh, oso!
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Tras recorrer algunos metros más, las paredes de roca empezaron a distanciarse y el terreno se allanaba formando una planicie. El sendero continuaba a través de un claro alfombrado de musgo. Las rocas se erguían a su alrededor, angulosas y grises, casi como en las fotos de Stonehenge en las revistas del National Geographic del abuelo Hank, y eran mucho más altas de lo que parecían desde lejos, medían casi seis metros. Algunas de las enormes rocas se inclinaban entre sí y otras se habían derrumbado y rajado, pero eso debía haber sucedido mucho tiempo atrás porque el musgo y la hierba habían crecido sobre los cascotes.
La superficie de las rocas estaba marcada con lo que parecían grafitis; puntos y círculos, algunos pequeños como monedas de diez centavos y otros tan grandes como una bandeja con aberturas en el centro, formando espirales, nudos y dianas. Parecían pinturas prehistóricas desconchadas y desvaídas en tonos naranjas y blancos sobre la piedra gris, pero cuando Birdie miró más atentamente y las tocó, notó la textura áspera y costrosa de los líquenes bajo las yemas de sus dedos.
La quietud y el absoluto silencio del lugar resultaban inquietantes. No soplaba el viento y tampoco había ardillas ni gorriones alpinos. Incluso los pasos de Birdie quedaban silenciados por la hierba bajo sus pies. Al girarse un instante hacia el centro del claro, estuvo a punto de pisar una colonia de setas grises que crecían en la tundra formando un círculo perfecto de casi dos metros de diámetro.
—¡Un corro de brujas! —susurró Birdie, sorprendida.
«Ni se te ocurra pisarlo», solía decirle la abuela Jo. Brujas y hadas bailaban en círculo en su interior las noches de luna y las setas brotaban donde sus pies tocaban el suelo. Si entrabas en él, eras castigado. Podían obligarte a bailar hasta morir dentro del círculo o, si lograbas escapar, la maldición te perseguía de vuelta a casa provocando el caos y el dolor durante el resto de tu vida. «¿Estás de broma?», le había preguntado Birdie siendo una niña pequeña. No, no era ninguna broma, y la abuela Jo le había contado la historia de un primo lejano de New Hampshire que había pisoteado un corro de brujas por pura terquedad. «¿Y qué le pasó?», quiso saber Birdie. «Toda clase de barbaridades», respondió la abuela Jo.
Birdie se detuvo y entró en el círculo, con cuidado de no aplastar ninguna seta. Era algo parecido a aquel día en la iglesia en ruinas, cuando subió al altar y soltó una fuerte carcajada mirando al sagrario embargada por la peculiar excitación de estar transgrediendo las normas. Esbozando
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una pícara sonrisa, se quitó la mochila, se sentó con las piernas cruzadas en el centro del corro de brujas y empezó a comer.
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CAPÍTULO 20
uando Emaleen abrió los ojos algo no iba bien en la cabaña. El fuego no estaba encendido, no olía a tortitas o gachas y tampoco oyó a su Cmamá trajinando en la cocina. Arthur estaba sentado en una silla y la
miraba.
—¿Dónde está mi mamá? —preguntó la niña.
—Se ha ido —dijo él.
—¿Ha ido al leñero?
—No. Ya está más lejos.
Emaleen se quedó pensando y quería preguntarle a Arthur si su mamá había ido a buscar agua al riachuelo. Pero entonces recordó algo que la asustó. La noche pasada se había despertado y todo estaba muy oscuro y silencioso, exceptuando la tenue y parpadeante luz roja que escapaba por las ranuras de la portezuela de la estufa con el fuego encendido. «¿Mami?», había susurrado, y nadie había respondido. Pero no iba a tener miedo. Había un pequeño estante junto a su cama donde dejaba cada noche a Thimblina, y tanteando en la oscuridad encontró el dedal y se lo puso en el pulgar.
Fue entonces cuando oyó algo fuera. No sonaba como un búho, un coyote ni nada similar. Parecía una mujer llorando y gimiendo, como si algo le estuviera haciendo daño. Emaleen intentó mirar por la ventana, pero estaba demasiado oscuro. Los gritos seguían y no venían de muy lejos, quizá de donde el gran abeto. Después de un rato, el ruido cesó y Emaleen escuchó muy atentamente y creyó oír voces. No se entendía ninguna palabra, por lo que los sonidos se convertían en cualquier cosa que ella imaginara; su mamá y Arthur charlando, los árboles gimiendo a merced del viento, una bruja del bosque murmurando para sus adentros. Emaleen habría querido levantarse de la cama, encender la linterna y salir a buscar a su mamá, pero sabía que se metería en un lío. No tenía permitido levantarse en plena noche, excepto si de verdad de la buena tenía que ir al retrete y, en ese caso, su mamá la acompañaba. De modo
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que permaneció inmóvil un rato y las voces eran como olas que iban y venían, más fuertes y más suaves, más fuertes y más suaves, y mientras Emaleen intentaba entender las palabras que decían los árboles, volvió a quedarse dormida.
Pero ahora su mamá se había marchado. Recordó el llanto que la había despertado y pensó en la piel de oso enterrada detrás del leñero y en el aspecto que tenía Arthur cuando estaba dentro de ella. Pensó en la cría de alce, devorada por completo, y en los huesos que su mamá había encontrado bajo la cama. Arthur seguía mirándola desde la silla. No estaba sonriendo y tampoco reía. Emaleen permaneció bajo la manta sin mover un músculo.
—Vas a salir de la cama —dijo él.
A veces, cuando Arthur hablaba, Emaleen no sabía con seguridad si estaba haciéndole una pregunta o dándole una orden.
—Pero tengo que vestirme —respondió ella, en voz baja.
—Oh, claro.
Arthur pareció algo avergonzado y salió de la cabaña. Emaleen bajó de la litera de un salto y se puso rápidamente la camisa y los pantalones sobre la ropa interior, pensando, pensando sin parar. «Corriendo solo conseguirás que los osos te persigan». Sus costillas parecían cada vez más tensas y era como si sus tripas estuvieran subiendo por su barriga y pudiera sentir el corazón palpitando contra las amígdalas. ¿Y si el oso había herido a su mamá y ahora estaba ahí fuera sola y necesitaba ayuda? «Debemos tener mucho cuidado». Encontró sus zapatos y se calzó, y de repente se alegró de haber aprendido a atarse los cordones sola.
La voz de Arthur la sobresaltó.
—¿Estás lista? —preguntó desde el otro lado de la puerta.
—Sí —respondió ella, sin tiempo para pensar una mentira.
Volvió a subir a la litera de arriba y se sentó con las piernas cruzadas, intentando permanecer inexpresiva en todo momento. Al ir descalzo por el suelo de la cabaña, los pasos de Arthur eran muy silenciosos.
Emaleen nunca lo había visto hacer nada allí dentro, excepto dormir a veces en la cama junto a su mamá o comer un poquito de la comida que ella preparaba. Sin embargo, ahora estaba cogiendo cosas de los estantes y colocándolas sobre la mesa, dejando el cuchillo de la mantequilla para el final.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó la niña.
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—Voy a prepararte un sándwich de crema de cacahuete.
—Oh —dijo ella, y luego se le ocurrió añadir—: Gracias.
—De nada.
Cuando él se giró de nuevo hacia la mesa y abrió el tarro de crema de cacahuete, Emaleen bajó de la cama muy despacio.
—Mmm, tengo que ir al baño —dijo—. Puedo ir sola, mi mamá me deja.
Sin embargo, cuando estiró la mano para abrir la puerta no vio las botas de su madre, y tampoco la mochila ni la chaqueta que solía colgar allí de un clavo. Y el rifle de su mamá tampoco estaba colgado en la percha.
Afuera, Emaleen buscó en los alrededores, junto al leñero y el gran abeto, y llamó a su mamá levantando la voz lo justo para que pudiera oírla ella pero no Arthur. Nadie respondió. Solo se oía el canturreo de los pájaros. Emaleen se dirigió al retrete, porque de verdad tenía ganas de hacer pis, y se sentó en el banco de madera, asomando el trasero sobre el frío y oscuro agujero. Vio a una araña que se le acercaba cada vez más, bajando desde una esquina del techo por su tela invisible. Por lo general, Emaleen habría dado un grito llamando a su mamá para que se librara de ella. En lugar de eso, cuando tuvo a la araña prácticamente encima, sopló suavemente y el insecto volvió a subir por la tela.
—¿Emaleen?
Se subió los pantalones y salió del cobertizo. Arthur estaba en el porche de la cabaña.
—Tu desayuno está listo.
Había servido el sándwich en uno de los bonitos platos azules, que reposaba sobre la mesa junto a un vaso de agua. El pan con mantequilla de cacahuete estaba algo seco y pegajoso y el agua estaba templada y era del día anterior. Arthur se había sentado frente a ella y la observaba.
Emaleen tragó con fuerza.
—¿Dónde está mi mamá?
—Va caminando hacia las montañas.
Emaleen asintió. El oso no le había hecho daño a su madre. Era aquella otra cosa terrible. Su mamá se había marchado sin ella. Emaleen sintió que le ardían los ojos y los abrió de par en par intentando contener las lágrimas.
Arthur frunció el ceño.
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—¿Por qué lloras?
Era muy difícil no llorar y hablar al mismo tiempo. —¿Por qué… por qué no me ha llevado con ella? —A veces es bueno estar solo. —No, no lo es.
Ahora estaba llorando.
—Sí, sí. A mí también me pasa. —Sonrió, como si pensara en algo por primera vez—. Cuando soy joven, me siento triste por estar lejos de mi primera madre.
Emaleen se sorbió los mocos intentando dejar de llorar.
—¿Cuántas mamás tienes?
—La primera y la segunda.
—¿Dónde están ahora?
—Las dos se han ido.
Emaleen asintió solemnemente y se secó las lágrimas con las mangas. Quizá sus dos mamás habían muerto o se habían marchado a las montañas o a Florida.
—¿Las echas de menos? —preguntó.
—Sí. Mi primera madre, durante mucho tiempo, todavía la veo y quiero estar con ella.
—¿Y si mi mamá no vuelve a casa?
—Ella vuelve contigo.
Emaleen deseaba creerle.
—¿Te gusta el sándwich? —preguntó él.
Aunque un sándwich de crema de cacahuete era algo raro para desayunar y ella no tenía ni pizca de hambre, asintió educadamente y le dio otro mordisco.
Fue el día más largo de su vida, y Emaleen se pasó la mayor parte en la escalera del porche esperando y mirando a lo lejos en busca de su madre. A veces Arthur se sentaba a su lado sin decir nada. Cuando él se levantaba y caminaba por los alrededores, ella se preguntaba si iría a marcharse también, porque era lo que hacía siempre, e intentaba imaginar cómo sería vivir allí sola. Pensó en el chico perdido en los bosques con sus malvaviscos, y en alguna ocasión incluso creyó oír la avioneta de Warren. Pero Arthur no se marchó y siempre se mantenía donde ella pudiera verlo.
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A mediodía le preparó otro sándwich de mantequilla de cacahuete y ella se sentó a comerlo en la escalera del porche. No tenía ganas de jugar en el leñero y tampoco le apetecía leer ni dibujar. Hacía un día ventoso, nublado y frío y solo quería que su mamá volviera a casa, encendiera el fuego en la estufa de leña y preparara unos fideos o arroz para cenar. Quería respirar el olor a humo en la larga melena de Birdie y que ella la estrechara entre sus brazos, y quería apoyar la cabeza en ese hueco entre su barbilla y su clavícula, donde la cabeza de Emaleen encajaba perfectamente.
Cuando empezó a llover entró en la cabaña e hizo su cama lo mejor que pudo, guardó los libros y los juguetes y lavó su plato de la comida, y luego intentó barrer con la escoba grande. No quería que la casa estuviera desordenada cuando regresara su mamá.
A Arthur no parecía importarle que el día fuera frío y nublado o que no hubiera luz en la cabaña y el fuego no estuviera encendido. Emaleen se puso las botas de agua y salió al leñero. El hacha pesaba demasiado y apenas logró moverla. No podía cortar leña como hacía su mamá, de modo que recogió en su sudadera todas las astillas que encontró por el suelo. Las llevó a la cabaña y las metió en la estufa. Volvió a salir y peló corteza del álamo y también introdujo los pedazos. Luego encontró un mechero en la encimera de la cocina y se lo dio a Arthur.
—Tienes que hacerlo tú —dijo—. Yo no tengo permiso para encenderlo.
Él vaciló, pero cogió el mechero y giró la ruedecita con el pulgar. No se le daba muy bien y tuvo que hacerlo varias veces hasta que logró encenderlo. Prendió la corteza y durante unos instantes las llamas se hicieron más grandes y chisporroteantes. Cuando casi todas las astillas se habían prendido, Emaleen metió un leño en la estufa y el fuego se apagó. Pero no iba a llorar otra vez, pasara lo que pasase.
Casi había anochecido y llovía y su madre seguía sin aparecer. Arthur le estaba preparando otro sándwich de crema de cacahuete. Emaleen nunca había comido lo mismo para el desayuno, el almuerzo y la cena.
—¿Puedes ponerle miel también? —preguntó—. Por favor.
Arthur vertió un buen chorro de miel sobre la mantequilla de cacahuete. Le dio otro vaso de agua templada del cubo. La cabaña estaba muy silenciosa, de modo que cada vez que masticaba Emaleen tenía la
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sensación de que hacía mucho ruido aunque intentaba no hacerlo. Bebió un poco de agua.
—¿Tú no vas a cenar? —preguntó.
—No.
Arthur se había sentado a la mesa frente a Emaleen, pero ella no podía ver bien su cara porque estaba oscureciendo.
—¿Sabes? A veces… —Emaleen estaba decidida a ser valiente y decir lo que llevaba pensando mucho tiempo—. A veces los osos… comen pescado, bayas y setas. Y así no tienen que comerse a los bebés de otros animales ni a nadie porque hay muchas otras cosas ricas que comer. Y los sándwiches de crema de cacahuete están muy buenos. Deberías probarlos.
Él no dijo nada y Emaleen se preguntó si su cara estaría alegre o enfadada. Lo oía respirar profundamente por la nariz.
—A los osos les gusta la crema de cacahuete. Y la miel y el pan —dijo
—. Y así no tienen que hacer daño a nadie. —No es asunto tuyo lo que comen los osos.
Ahora su voz sonaba enfadada, como el día que ella había visto el
hoyo en la tierra.
—¿Arthur?
—Sí.
—¿Sigues ahí?
—Sí.
Era noche cerrada y Emaleen no podía verlo porque no había lámpara ni fuego, pero parecía que seguía sentado a la mesa. Ella estaba en su cama debajo de todas las mantas porque tenía frío. También llevaba toda la ropa puesta, incluso los zapatos, por si tenía que salir corriendo muy rápido.
—¿Vas a marcharte? —preguntó.
—No —respondió Arthur—. Me quedo aquí contigo.
—Vale.
Su mamá llevaba todo el día fuera y seguía sin volver a casa. Emaleen decidió que lo mejor era que Arthur se quedara. Si se marchaba podría ponerse su piel de oso, y además ella estaría completamente sola en la cabaña. No quería estar sola.
Pasó mucho mucho tiempo y oyó a Arthur ir hacia la cama y acostarse.
Ella esperó un poco y después dijo:
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—¿Arthur?
—Sí.
—¿Sigues ahí?
—Sí.
—¿Tienes frío?
—No.
—Vale… ¿A ti también te está costando dormirte?
—Sí.
—Si quieres, puedo contarte un cuento. Así podemos dormirnos los dos.
—Vale.
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CAPÍTULO 21
or culpa de los arándanos, Birdie eligió el camino equivocado. Se dejó llevar barranco abajo recogiendo frutos entre tupidos arbustos de Pescasa altura, lejos del corro de brujas y las altas rocas. Algunas ramas estaban tan cargadas que podía coger cuatro o cinco de un solo puñado y estaban tan maduros y llenos de dulce jugo que estallaban entre la lengua y el paladar nada más meterlos en la boca. El único envase que tenía era la cantimplora, de modo que bebió de un trago el agua que quedaba y empezó a llenarla de bayas. Fantaseó con poder llevárselas a Arthur y Emaleen y prepararlas con tortitas y con gachas de avena, bañándolas con miel para postre. Agachándose junto a los arbustos y caminando de rodillas, atraída una y otra vez, siguió comiendo bayas y llenando la cantimplora a pesar de que había empezado a lloviznar. De cuando en cuando, levantaba la cabeza para mirar a su alrededor y a pesar de no ver nada gritaba igualmente: «¡Hola, oso!». Le dolía la espalda, tenía los dedos manchados de morado y los vaqueros cada vez más mojados, pero la cantimplora estaba casi llena. Un poco más allá y basta, un puñado de
bayas más y se acabó.
Mientras caminaba por la tundra mojada, captó una intensa fragancia. Cogió hojas y las olisqueó. Puede que fuera el té de labrador o los arbustos de arándanos. También se topó con una planta pequeña de hojas plateadas que parecían de encaje, con un olor herbal mezcla de salvia y alcanfor.
Era la combinación de todo ello. El olor salvaje de la tundra. Arrancó toda clase de hojas y puñados de musgo mojado, los aplastó entre ambas manos y luego se frotó la nuca y el cuello. Era el aroma de la nostalgia y el hambre. Era el olor que arrastraba a Arthur lejos de ella y el olor que lo llevaba de nuevo a la cabaña. Birdie deseaba tenerlo en su cuerpo y en su piel, como una parte de su piel, de su pelo y su respiración. De ese modo él no sería capaz de abandonarla.
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Había estado nublado, pero ahora un gris mortecino bañaba las montañas extendiéndose hasta el valle. No era solo el clima, la luz del día ya declinaba. Y mientras Birdie seguía los arbustos de arándanos durante el descenso, el tiempo pasaba. Levantó la vista hacia la formación rocosa y se dio cuenta de cuánto se había alejado recogiendo bayas. Si subía la colina para desandar la ruta a través de la montaña se quedaría sin luz. El camino más rápido era bajar en línea recta. Descendiendo llegaría al río y el río la llevaría a casa. Quizá contaba con un par de horas antes de que oscureciera demasiado.
Corrió colina abajo tan rápido como se atrevió, resbalando sobre las piedras sueltas. En las zonas más escarpadas se deslizaba de culo, agarrándose a los arbustos para perder impulso. Pensó en la caída de la noche, en Emaleen esperándola en la cabaña y sintió una súbita punzada de pánico. Al llegar al río, tardaría alrededor de una hora en descender siguiendo su curso hasta la pista aérea, y luego media hora más en cruzarlo y llegar a la cabaña. No pararía hasta estar en casa.
Sin embargo, al alcanzar el fondo del barranco no encontró el bosque de abetos ni los sauces del río, tal como esperaba, sino una vasta superficie rocosa con forma de abanico que se extendía hasta el río. Era como si toda la ladera de la montaña se hubiera derrumbado. Los angulosos fragmentos de piedra caliza eran inmensos, muchos del tamaño de coches pequeños, apilados unos sobre otros, y con bordes de aspecto afilado que parecían recientes. A su espalda, al norte del barranco, Birdie localizó la zona de la ladera donde se había producido el desprendimiento.
No iba a ser fácil atravesar el campo de rocas, aunque si retrocedía no tendría más remedio que pasar la noche allí. Empezó a caminar lentamente, trepando sobre algunas rocas y atravesando otras. Había dado por supuesto que habría una sola capa de piedra cubriendo el suelo, pero a medida que avanzaba se dio cuenta de que había fragmentos de caliza apilados de tal manera que en algunos lugares podía mirar hacia abajo entre ellos hasta tres y cuatro metros sin ver el fondo. A veces oía correr el agua bajo las rocas. Si caía por alguno de aquellos huecos quizá no fuera capaz de volver a salir jamás. Se concentró en cada paso que daba. «No pienses en tropezar. No pienses en caer». Trepaba con cuidado de una roca a la siguiente y cuando era necesario hacía acopio de valor para saltar sobre una grieta.
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Había sido un error ir por ese camino, pero ya era demasiado tarde para dar la vuelta. Oyó el río a lo lejos y sacó la linterna de la mochila. No obstante, cuando empezó a oscurecer, descubrió que era demasiado difícil trepar por las rocas y sostener la linterna al mismo tiempo, e incluso cuando podía hacerlo resultaba confuso intentar avanzar dentro de ese estrecho túnel de luz. Tenía miedo de desorientarse y empezar a deambular en la dirección equivocada.
Al llegar a una losa plana del tamaño de la parte trasera de una camioneta, protegida por varias rocas más grandes que se alzaban verticalmente a su alrededor, se detuvo. Era un lugar terrible —sin el mullido suelo de la tundra para acostarse a dormir, sin ramas ni hierba para encender una fogata, sin árboles que la guarecieran de los elementos—, pero tendría que conformarse. Comió las últimas galletas y el resto de la cecina y entonces recordó que ya no tenía agua, solo una cantimplora llena de arándanos azules. Al menos podría humedecerse la boca seca con su jugo. Se quitó el impermeable para ponerse un jersey debajo y después encajó el sombrero de vaquero de Syd sobre el gorro de lana. Cuando la lluvia arreció, Birdie inclinó la cabeza para dejar gotear el agua helada delante de su nariz desde el ala del sombrero.
Pasado un tiempo, dejó de llover y ella se acurrucó de lado con la cabeza apoyada en la mochila. Al cerrar los ojos, vio arándanos y ramas de arbustos cargados de más arándanos, como si hubieran quedado impresos en sus retinas. Iba a la deriva, flotando. Los arándanos se convirtieron en líquenes naranjas y grises que giraban formando espirales en un agujero negro. Estaba soñando, puede que con corros de brujas. «Son como círculos, muchos círculos girando unos dentro de otros, sin nada a lo que aferrarse». Contempló su propia silueta de color azul oscuro corriendo sobre los riscos de la montaña, con la tierra rocosa rotando lentamente y chirriando bajo sus pies, como si sus propios pasos la hicieran girar, y en el cielo las estrellas en todas sus constelaciones se desplazaban sobre ella con la misma lentitud.
Una criatura gigante, tan inmensa que quizá era la misma Tierra en su totalidad, inhalaba y exhalaba, y sus heladas exhalaciones descendían sobre las rocas envolviendo su cuerpo. Tenía muchísimo frío.
Cambiaba de postura una y otra vez. La losa de caliza era implacable bajo su cuerpo blando, y Birdie intentaba entrar en calor, con las manos unidas entre ambas piernas o encogiendo los hombros hasta las orejas,
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pero el frío se le colaba hasta el tuétano. Cuando se levantó y empezó a dar saltos de tijera sin moverse del sitio, vio que el cielo estaba despejado y habían salido las estrellas. No solo unas pocas, sino millones y millones. Algunas resplandecían y otras ardían de forma constante con visos naranjas y azules. Buscó las dos únicas constelaciones que conocía, la Osa Mayor y el Cinturón de Orión. Al final las encontró, pero no brillaban tanto como la mayoría de las noches. Las estrellas eran tan numerosas y tan densas que formaban una brumosa cenefa a través del cielo. Parecía imposible que desprendieran tal cantidad de luz, pero Birdie podía distinguir los filos incoloros de las rocas a su alrededor y luego incluso las sombrías siluetas de los abetos del otro lado del valle, y en el horizonte las subidas y bajadas de las negras montañas perfiladas contra el cielo negro azulado.
No podía dejar de temblar y la noche se alargaba eternamente. Se sentó acurrucada hecha un ovillo, frotándose los brazos y las piernas con las manos y moviendo los ateridos dedos de los pies. Tenía mojados los pies y las perneras de los pantalones. El abuelo Hank le había enseñado a llevar siempre una muda de calcetines, pero los había olvidado. Se preguntó si sería posible la congelación a temperaturas sobre cero. Se quitó los zapatos y el gorro de lana y metió los dos pies en el gorro, pero no sirvió para nada. ¿Se daría cuenta si llegaba al borde de la hipotermia?
No quería esperar a la salida del sol. Con las primeras luces grises del alba y en cuanto pudo ver lo suficiente, retomó el avance entre las rocas. Siguió estremeciéndose y temblando durante un buen rato, pero después, a medida que empezaba a entrar en calor, la alcanzó el agotamiento. Era como si sus botas fueran de hierro y sus piernas demasiado pesadas para levantarlas.
Durante el parto de Emaleen, después de ocho horas, Birdie le había dicho al médico que ya no podía más. Estaba exhausta, no le quedaban fuerzas y era incapaz de pensar de forma coherente. El médico le había dicho: «Vamos, solo unos empujones más, puedes hacerlo». Y ella: «No puedo. No puedo. No soy lo bastante fuerte». Mejor no pensar en lo lejos que debías llegar ni en lo que habías pasado. Tan solo en este paso de ahora y luego en el siguiente, y en otro más después de ese.
Y luego los primeros rayos de sol se abrieron camino entre las montañas. El calor acarició la piel de Birdie, atravesando la ropa hasta
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llegar a sus doloridos músculos. Al final logró quitarse la chaqueta y el gorro de lana y empezó a sudar ligeramente. Creyó oír una avioneta, pero buscó en el cielo y no vio nada.
Tardó horas en llegar al final del campo de rocas, resultado del inmenso desprendimiento, y pisar suelo firme. El sol ya estaba alto en el cielo y la temperatura era propia de un día de verano. Cuando encontró un pequeño manantial de agua fresca entre las rocas se puso a cuatro patas y bebió directamente del chorro.
Mirando a su alrededor nada le resultaba familiar. Mientras caminaba corriente abajo se esforzó en recordar algún hito del camino, la desembocadura del arroyo o la pista aérea. ¿Ya los había dejado atrás o se había adentrado por error en algún otro valle? ¿Se estaba alejando más y más de la cabaña con cada paso que daba? Si se perdía, ¿cómo iba a saber Arthur dónde buscarla?
Cuando finalmente vio sus propias huellas del día anterior atravesando un banco de arena, gritó: «¡Sí!». En el siguiente recodo del valle, vio la desembocadura del arroyo y el lugar donde había cruzado el North Fork. Ni siquiera se detuvo a quitarse la ropa antes de meterse en el río. Era como si su mente hubiera abandonado su cuerpo y fuera varios pasos por delante, tirando de ella al cruzar la corriente y arroyo abajo, atravesando la pista aérea y ascendiendo el conocido sendero hasta la cabaña con las piernas y los pies entumecidos por el cansancio.
—¡Emaleen! ¡Arthur! ¡Estoy en casa! —Se detuvo entre el leñero y la cabaña, esperando que Emaleen saliera corriendo de alguna parte, pero no hubo respuesta—. ¿Emaleen? Te he traído una sorpresa.
Subió penosamente los escalones del porche, pero al abrir la puerta encontró la cabaña vacía.
Había varias cajas de cartón apiladas junto a la cama. La avioneta que había oído antes debía de ser la de Warren. Y había una nota sobre la mesa, escrita con cera en letras mayúsculas: «EMALEEN DICE QUE DEBERÍA
ESCRIBIR ESTO PARA QUE NO TE ASUSTES Y SEPAS DÓNDE ESTAMOS. ESTAMOS EN LA CHARCA DEL CASTOR». Debajo del texto, Emaleen había añadido «Te quiero, mami», con su caligrafía infantil.
Birdie se descalzó las botas mojadas y sucias a puntapiés, se quitó la ropa húmeda y se dejó caer sobre la cama envuelta en una manta. Lo quería todo a la vez; encender el fuego y dormir durante días, atiborrarse
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de comida y beber tres litros de agua de golpe, y encontrar a Emaleen y a Arthur para contárselo todo. Pero no le quedaba energía para nada de eso. Permaneció un largo rato tumbada, abrumada por el alivio de estar de vuelta en la cabaña. Finalmente se levantó, todavía envuelta en la manta, y bebió varios vasos de agua. Luego abrió una lata de Spam y empezó a engullir con un tenedor la carne fría y gelatinosa, riendo en voz baja, convencida de que aquello era lo más delicioso que había probado nunca. Entre bocado y bocado, buscó ropa limpia y después se sentó en la cama. Tenía los pies arrugados, sudados y doloridos. Al ponerse unos calcetines de lana secos dejó escapar un gemido de puro regocijo. Cuando estuvo vestida, terminó la lata de Spam, comió algunos arándanos de la cantimplora y bebió más agua.
La almohada era blanda, las sábanas cálidas y reconfortantes. Arthur y Emaleen volverían pronto. Lo mejor sería descansar un rato allí.
Sin embargo, cuando intentó dormir, su cerebro seguía zumbando. Aquellos círculos en las rocas, ¿sabría Arthur cómo se llamaban los líquenes? El corro de brujas, los caribús, las ardillas árticas y la cantimplora llena de arándanos azules, la noche que había pasado bajo las estrellas con una roca como cama. Birdie quería contárselo todo a los dos.
Se incorporó y volvió a calzarse las botas mojadas con los calcetines de lana.
Oyó a lo lejos los chillidos de Emaleen y las profundas risotadas de Arthur. La charca estaba en una pequeña hondonada rodeada por un bosquecillo de abetos alfombrado de musgo. En algunas partes la orilla de la charca era cenagosa, pero en el extremo más alejado había una especie de mirador donde la orilla formaba una suave pendiente con rocas cubiertas de musgo. Vio a Emaleen en el centro de la charca, empapada, en ropa interior y camiseta, saliendo del agua y dirigiéndose a la madriguera del castor. Cerca también estaba Arthur adentrándose en el agua, aunque solo se le veía la nariz y la parte superior de la cabeza. Birdie esperó hasta que la niña estuvo a salvo en lo alto de la madriguera del castor antes de gritar.
—¡Emaleen!
La pequeña levantó la cabeza mirando alrededor.
—¡Por aquí! ¡Estoy aquí! —gritó Birdie, agitando los brazos, y finalmente Emaleen la vio.
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—¡Mami! ¡Estás en casa! ¡Mira, Arthur, es mi mamá!
Arthur sacó la cabeza del agua y sonrió mirando a Birdie, como si se alegrara pero no estuviera sorprendido.
—¡Mami, mira esto! ¿Estás mirando?
Emaleen dio un pasito atrás y luego saltó al agua desde un tronco salpicando en todas direcciones, y durante un instante estuvo complemente sumergida. Cuando salió a la superficie, Arthur estaba justo a su lado.
—¡El cohete, el cohete! —gritó la niña, mirando a Arthur—.
¡Hagamos el cohete! ¿Estás mirando, mami? Mírame.
Se agarró al cuello de Arthur y colocó los pies en sus manos para que él pudiera lanzarla al aire mientras ella chillaba encantada. De nuevo se zambulló, salpicando por todas partes, y cuando volvió a emerger se dirigió hacia Birdie nadando como un cachorrito.
—¿Lo has visto? ¿Me has visto? —dijo Emaleen, tartamudeando de frío y emoción, mientras subía por la orilla.
—Sí, pero no sabes nadar.
—¡Sí que sé! Arthur me enseñó y… y dice… Dice que no hay que pensar y pensar, solo hay que… hacerlo. Y me enseñó a nadar como un oso.
Birdie la cogió en brazos.
—¡Oh, estás empapada!
Emaleen estrechó a Birdie por el cuello con sus bracitos fríos y flacuchos y se agarró a ella desesperadamente.
—Te echaba de menos, te echaba de menos, te echaba de menos — repetía Emaleen, y Birdie pensó que la pequeña estaba a punto de llorar.
—Lo sé. Yo también te he echado muchísimo de menos. Adivina qué vi. Caribús, cuatro grandes machos.
—¡Yo quiero verlos!
—Y he traído conmigo algunos arándanos. Están deliciosos. ¿Lo has oído, Arthur? ¡Arándanos azules!
Él aún estaba en el agua.
—¡Me alegro de verte! —gritó.
—Sí, yo también de verte a ti. Tengo muchas cosas que contarte. —Ven a nadar con nosotros, mami —dijo Emaleen, tirando de su mano
—. Por favor, por favor.
—Dios, no. Ahora que por fin estoy seca y caliente, quiero quedarme
así.
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—Por favor, porfi. Ah, espera, mami —Emaleen volvió corriendo hacia la orilla—. Mira esto. Mira lo que hace. Es muy divertido.
El castor había salido de su madriguera y estaba nadando a través de la charca. Emaleen se adentró un poco en el agua y dio una fuerte palmada en la superficie. El animal asomó la cabeza para mirar en su dirección, luego palmeó con la cola y desapareció bajo el agua.
Emaleen y Arthur siguieron jugando en el agua mientras el sol se desplazaba por el valle y al final convencieron a Birdie para quitarse las botas, enrollar las perneras de los pantalones y meterse hasta las rodillas. La charca estaba templada en comparación con las heladas aguas del río, pero no le gustó el modo en que chapoteaban sus pies en el profundo barro del fondo.
—Cuidado no tragues agua —le dijo a Emaleen—. No vayas a pillar la fiebre del castor.
De nuevo en la musgosa orilla, Birdie buscó un sitio seco para tumbarse al sol. Se tapó la cara con el sombrero de Syd y, por primera vez en dos días, durmió profundamente.
Despertó mientras Emaleen le acariciaba una pierna desnuda.
—Eres como una bruja peluda —dijo la pequeña.
Birdie se rio apartándose el sombrero de la cara.
—¿Qué me has llamado? ¿Bruja peluda?
Era verdad que el vello de las piernas y las axilas le había crecido largo y sedoso, e incluso tenía un par de pelillos duros como alambres en la barbilla. No tenía ningún sentido afeitarse y depilarse estando allí. A Arthur no le importaba y no había nadie más de quien preocuparse.
—Pensaba que las brujas eran verdes y feas.
—No —dijo Emaleen, en tono serio—. Las brujas del bosque son peludas y guapas y tienen el pelo áspero y largo, que se les enreda en las ramas de los árboles al volar.
—Pero mi pelo no es áspero.
—Eso es porque todavía no eres una bruja de verdad. —Emaleen se puso en cuclillas y se acercó para observar la cara de Birdie. Le olía el aliento a crema de cacahuete—. Y las brujas del bosque tienen… tienen ojos dorados.
—Vale. Entonces, mírame… no soy una bruja. Mis ojos son castaños.
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—Pero tú… ¿Sabes qué? —Emaleen acercó un ojo al de Birdie, tanto que sus pestañas se tocaron—. Ahí también hay pequeñas manchitas doradas. Puedo verlas.
—¿De verdad? Anda, no lo sabía.
—Primero tus ojos tienen que volverse dorados del todo. Luego el pelo te crecerá más y se pondrá áspero.
—¿Y eso es bueno o malo? Ser una bruja del bosque.
—No lo sé —respondió Emaleen, encogiendo exageradamente un hombro hasta la oreja—. Ya veremos.
Su tono de voz era el mismo que usaba Birdie cuando no quería responder alguna pregunta de Emaleen. «Ya veremos».
Birdie volvió a reírse, pero aquello no dejaba de ser algo perturbador. ¿Cómo se le habían ocurrido esas cosas a Emaleen? ¿Serían los cuentos que leía o solo su desbordante imaginación? Birdie había sido muy diferente a su edad. Demasiado tímida para hablar delante de los adultos, aunque se dejaba provocar con facilidad. Bastaba que el abuelo Hank le dijera: «Apuesto a que no puedes hacerlo» y Birdie picaba al instante, ya fuera para conducir un triciclo a motor, trepar por una escalerilla o disparar un arma. Pero siempre había odiado hacer los deberes. Emaleen era justo al revés. Hablaba con cualquiera que quisiera escucharla. Adoraba sus libros y sus pinturas de colores, sus rocambolescas historias y sus amigos imaginarios. Y si algún crío mayor que ella la provocaba o fracasaba en algún reto físico, Emaleen se encogía de hombros, como si tuviera cosas más importantes en que pensar.
Era algo realmente asombroso. Cuando Birdie estaba embarazada solía imaginar que criaría a una versión de sí misma en miniatura, pero en vez de eso había dado a luz a una extraña a la que apenas empezaba a conocer.
Estaba oscureciendo cuando los tres emprendieron el regreso a la cabaña.
—¿Dónde tienes los zapatos? —preguntó Birdie a Emaleen.
—No los necesito. ¿Lo ves? —Iba justo detrás de Arthur y daba largos pasos intentando pisar exactamente donde lo había hecho él—. Mis pies son duros, igual que los de Arthur. Tú también deberías hacerlo. Es superdivertido.
—No, estoy bien así. Ya los tengo bastante doloridos.
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Incluso después de haber dormitado toda la tarde Birdie seguía agotada, y se fue quedando cada vez más rezagada hasta que al final se sentó a descansar en un árbol caído. No esperaba que Arthur se diera cuenta, pero se dio la vuelta y la vio. Se agachó a su lado apoyando una rodilla en el suelo e hizo un gesto para que Birdie subiera.
—Ay, Dios. Habré engordado seis kilos desde que estoy aquí. Te partiré la espalda.
Arthur sonrió.
—No, no vas a partirme la espalda.
—Espera, yo quiero subir —dijo Emaleen, corriendo hacia ellos—. ¿Puedo subir yo?
—Es el turno de tu mamá.
Emaleen se encogió de hombros dramáticamente.
—Pero yo estoy supercansadísima.
Arthur seguía mirando a Birdie, expectante.
—¿Lo dices en serio? —preguntó Birdie—. Vale, pero lo lamentarás. —Se subió a la espalda de Arthur, que se levantó sujetándola con los brazos por las rodillas, y ella lo besó en un lado de la cabeza—. ¿Estás seguro de que no peso demasiado? —insistió, pero él caminaba como si ella no pesara más que la niña.
Cuando llegaron a la cabaña, a Emaleen se le cerraban los ojos mientras Birdie le servía un plato con cecina, galletas saladas y arándanos de la cantimplora.
—Estoy demasiado cansada para cocinar esta noche —dijo Birdie—, pero por la mañana prepararé tortitas de arándanos. Tendrías que haber visto cuántos había. Era increíble, podría haber llenado cubos y cubos. ¡Eh, me haces cosquillas!
Arthur había aparecido por detrás abrazándola por la cintura y le olisqueaba la nuca.
—Hueles bien —dijo.
El aliento de él en su oreja la hizo acalorarse ligeramente.
Birdie había dado por hecho que él se marcharía en cuanto llegaran a la cabaña —había estado dos días allí atrapado con Emaleen—, y no le habría molestado porque, más que nada, necesitaba dormir. Pero Arthur se quedó. La seguía por la cabaña, tocándole las caderas y la parte de atrás de los muslos, apartándole el pelo del cuello para poder besarla una y otra vez, sin quitarle la vista de encima.
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En cuanto acabaron de comer, Emaleen subió a su litera y, minutos después, estaba dormida. Arthur empezó a tirar de Birdie hacia la puerta.
—Ah, está bien —dijo Birdie, sorprendida—. Déjame coger una manta.
Por primera vez, Arthur lo hizo todo —quitarle la camisa por la cabeza, acostarla sobre la manta, bajarle la cremallera de los vaqueros, introducir su mano bajo las bragas—, y era excitante cederle la iniciativa. Se tumbó sobre ella, besándola apasionadamente en la boca una y otra vez, y después le lamió los lóbulos de las orejas y debajo de la barbilla.
—Tu olor —dijo—. Tu olor. Lo quiero todo.
Birdie se rio.
—Así que funciona.
—¿Qué?
—Nada.
Apenas habían terminado y descansado unos pocos minutos cuando Arthur empezó a besarla y a colocarse para que ella se le pusiera encima.
—¿Otra vez? —dijo Birdie.
—Ajá —respondió él—. Te estoy amando.
Al principio no se dio cuenta, por su manera de decirlo. ¿Se refería al sexo o a otra cosa?
—¿Estás diciendo que me quieres?
—Sí.
—Dilo otra vez.
—Te estoy amando.
«Te estoy amando». Como si el amor, una vez que existía, irradiara hacia detrás y hacia delante, abarcando todo el tiempo.
Birdie siempre había sido de las que tardaban poco en decirle a la gente «Te quiero» —a la familia, a los amigos, a los hombres con los que se acostaba— y siempre lo decía en serio, aunque no de la misma manera. Las palabras de Arthur eran distintas. Sonaban como un compromiso y una promesa.
—Yo también te amo.
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CAPÍTULO 22
ami, mami? ¿Qué palabra es esta?
—¿M Birdie se dio la vuelta sobre el duro camastro. Le dolía todo el cuerpo. Los riñones, las rodillas, los huesos de los pies, la piel quemada de los hombros, incluso sus labios estaban secos y agrietados. Emaleen estaba sujetando algo tan cerca de su cara que era incapaz de distinguir qué era con los ojos llorosos y medio cerrados.
—¿Mami? Lo siento pero tienes que levantarte. Es importante. ¿Cómo se lee esto?
—¿Qué?
—¿Cómo se lee esto?
—Sigue durmiendo, Emmie.
—Estoy demasiado nerviosa. ¿Me lo lees tú? Tío Syd ha enviado montones, montones de libros.
—Más tarde. Déjame despertar, ¿vale?
Birdie nunca había estado tan exhausta físicamente, y era como si hubiera vivido todo un mes en solo dos días. El descenso a pie por la montaña, las horas en la charca, Arthur diciéndole que la amaba. Todo eso había sucedido ayer. Él incluso había regresado a la cabaña para acostarse a su lado en la cama y ella le había rodeado el pecho con un brazo y se había dormido al instante. Las pocas veces que había medio despertado había visto que Arthur seguía despierto, inmóvil y respirando con suavidad, como si no quisiera molestarla. Por la mañana se había ido.
—Mira, estos son para mí porque tienen dibujos y pocas palabras largas —estaba diciendo Emaleen. Había abierto una de las cajas y estaba apilando los libros sobre la mesa—. Y estos son para ti porque son libros de mayores.
—Syd no se rinde, ¿verdad?
—Pero este, este parece intersante, así que igual me lo puedes leer tú. —Más tarde, ¿vale? Deja que me tome el café. —Estiró los brazos
sobre la cabeza y luego se olisqueó una axila—. Puf, apesto. Necesitamos
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un baño.
—Yo no —dijo Emaleen—. Estoy bien limpia.
Birdie levantó una ceja.
—¿De verdad?
Cogió con dos dedos un fragmento de liquen gris del enmarañado pelo rubio de Emaleen e intentó quitarle una mancha de barro seco de la frente.
A primera hora de la tarde, Birdie había calentado suficiente agua en la estufa para llenar varias ollas y cubos y ahora estaban las dos desnudas en el prado, echándose cacillos de agua templada por todo el cuerpo. Era el día perfecto para bañarse al aire libre, soleado y con la brisa justa de cuando en cuando para mantener a raya a los mosquitos. Syd les había enviado un bote de jabón de menta con una nota que decía que servía para lavar cualquier cosa; el cuerpo, el pelo, la ropa. Tenía un olor refrescante y hacía cosquillas en la piel, pero les dejó el pelo seco como la paja.
Después de enjabonarse y aclararse ninguna de las dos se vistió, y Birdie metió su ropa en el cubo de agua jabonosa y empezó a frotarla con ambas manos.
—Ven a ayudar. Imaginaremos que somos la lavadora.
—No, yo quiero corretear desnuda —replicó Emaleen.
—Cuidado, esos pican —dijo Birdie al ver un tábano bien gordo zumbando sobre la cabeza de Emaleen.
La niña le soltó un manotazo y siguió corriendo y girando sobre sí misma, y a Birdie le recordó a un potrillo de largas patas.
Birdie metía y sacaba la ropa del agua jabonosa y luego la aclaraba en un cubo de agua fría limpia y la escurría, levantando la vista de vez en cuando para asegurarse de que Emaleen no se alejaba demasiado. Entonces, en el borde del prado, vio salir a un oso de la oscura fronda del bosque.
Se movía despacio, resoplando hacia el suelo, y el sol brillaba en las puntas rubias de su pelaje. Parecía completamente ajeno a su presencia. Birdie se levantó lentamente, dejando caer la ropa mojada de nuevo al cubo. En ese preciso instante, Emaleen empezó a chillar y saltar, y el oso se detuvo y alzó la cabeza en su dirección. Entonces Birdie pudo ver una de sus orejas caída hacia delante y una profunda cicatriz que bajaba por un lado de su cara hasta el hocico.
—¡Chsss, Emaleen!
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—¡Pero me está picando! ¡El tábano intenta picarme! —volvió a chillar Emaleen, y el oso se levantó sobre las patas traseras.
—Jesús —susurró Birdie. Y luego, con voz tan alta y profunda como pudo, gritó—: ¡EH, OSO! ¡VETE, OSO!
Emaleen corrió a su lado. El oso había vuelto a ponerse a cuatro patas y avanzaba hacia ellas.
—Emmie, no grites. ¿Me oyes? No corras. Solo retrocede. Despacio. ¡EH, OSO! ¡VETE, OSO!
El oso seguía avanzando hacia ellas, zigzagueando lentamente. —¡Vete! ¡EH, OSO! —volvió a gritar Birdie, empujando a Emaleen
escaleras arriba hacia la cabaña.
El oso se detuvo. Ahora estaba a menos de cincuenta metros y sus ojos pequeños siguieron a Emaleen mientras corría hacia la puerta.
—¡Vete, oso! ¡Venga! —gritó Birdie, entrando de espaldas en la cabaña y cerrando la puerta.
Mientras aseguraba el cerrojo, pensó en colocar algo pesado contra la puerta, cuando se acordó de las mallas mosquiteras en las ventanas abiertas.
—¡Joder! —gritó, todavía desnuda, y cogió el rifle.
—Súbete a la silla y mira por la ventana —le dijo a Emaleen, introduciendo balas en el cargador—. ¿Puedes verlo?
—No, no lo veo.
Birdie se acercó a la ventana y miró a través de la malla.
—¡Está ahí! —exclamó Emaleen.
El oso caminaba de lado, como si tuviera intención de volver al bosque, pero entonces rodeó la cabaña y desapareció de su vista. Birdie corrió hacia la otra ventana con el rifle en la mano.
—¡Pero, mami, no puedes dispararle! —Emaleen estaba llorando. Birdie tenía que afinar la puntería, porque herir a un oso grizzly podía
volverlo más peligroso. Sin embargo, al mirar por la ventana, el oso no estaba a la vista.
Birdie se puso rápidamente unos vaqueros y una camiseta con la piel todavía mojada, envolvió a Emaleen en una manta y colocó una silla con el respaldo hacia la estufa para poder ver las dos ventanas y la puerta. Se sentó con el rifle apoyado en el costado y puso a Emaleen en su regazo.
No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaban ahí sentadas. El agua goteaba de las puntas de su cabello chorreándole por la espalda. Escuchó
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atentamente y afuera parecía predominar el silencio, aunque en algún momento creyó oír movimiento. Emaleen dejó de temblar y acurrucó la cabeza en el pecho de su mamá. Y los ojos de Birdie seguían una y otra vez la misma ruta —la ventana, la puerta y la ventana lateral— mientras escuchaba sin moverse de la silla. Cuando volvió a mirar por la ventana lateral, vio la cabeza del oso de perfil a través de la malla mosquitera. Estaba de pie con las pezuñas delanteras apoyadas en el alféizar y cada vez que apoyaba el hocico en la malla inhalaba y exhalaba profundamente como si estuviera oliéndolas.
Birdie levantó el rifle y accionó lentamente el cerrojo. El sonido no era fuerte, pero sí perceptible y metálico. Antes de que pudiera introducir por completo la bala en la recámara y disparar, la cabeza del oso había desaparecido y ella escuchó un suave jadeo cuando sus patas delanteras tocaron el suelo. Birdie bajó bruscamente a Emaleen del regazo y corrió hacia la ventana. El sol entraba directamente a través de la malla y la cegó un instante. Arrancó una esquina de la malla y se asomó justo a tiempo para ver al oso trotando por el prado en dirección al bosque.
Birdie estaba de pie sobre un cubo cuidadosamente colocado boca abajo en lo alto de una silla en el exterior de la cabaña clavando tablas sobre las ventanas. Tenía el rifle colgado del hombro, y martilleaba lo más rápido posible manteniendo el equilibrio e intentando ver al oso.
—¿Estás vigilando? —preguntó a Emaleen.
—Estoy mirando y mirando. No lo veo.
—Dame otra tabla.
Cuando volvieron a entrar, la cabaña estaba oscura con las ventanas bloqueadas. Los quemadores del farol Coleman se habían consumido, pero Warren les había llevado otro paquete. Birdie colocó el repuesto y bombeó el mecanismo una y otra vez con el pulgar hasta que el farol volvió a tener presión. Cuando lo encendió, el quemador resplandeció intensamente bajo el cristal y la cabaña quedó incluso más iluminada que cuando estaban a plena luz del día. Colgó el farol en el centro de la habitación con su asa de hierro. Las paredes de troncos y el techo brillaban en un tono marrón dorado y el farol siseaba suavemente. Volvía a sentirse relativamente a salvo, pero deseó que Arthur volviera a casa.
Con las ventanas tapiadas era imposible saber la hora, y Birdie abría la puerta de vez en cuando para mirar los alrededores de la cabaña. Quería
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encender el fuego, pero no iba a salir al leñero a partir leña.
Comieron tortitas frías sobrantes del desayuno, y luego Emaleen se entretuvo con los libros. Birdie caminó de un lado a otro por la cabaña hasta que acabó sentándose frente a Emaleen, cogió algunos libros y empezó a leer las contraportadas.
—Mira, mami, este es el de Coco. ¿Te acuerdas?, es divertido. Está siempre asustado, pero al final el monstruo es él. Coco bobo… —Emaleen apartó la pila de Pequeños Libros Dorados, con sus lomos brillantes—. Pero estos son libros para bebés. Yo quiero leer este. Es sobre un pirata y un niño. Mira. ¿Por qué no tiene más dibujos? ¿Cómo se llama? Por favor, mami, ¿puedes leérmelo?
Birdie estaba irritable y distraída, pero quizá si se acurrucaban juntas bajo las mantas y ella leía un rato, Emaleen se acabaría durmiendo.
—Vale, dámelo. Vamos a ver. Se llama La isla del tesoro.
Después de unas pocas páginas, Emaleen puso la mano en el libro y lo cerró.
—Es muy aburrido.
—No sé, leamos un poco más. Mira, aquí hay un dibujo del barco pirata.
Birdie siguió leyendo en voz alta y cuando se dio cuenta de que Emaleen estaba dormida, apoyada contra su pecho, le besó la cabeza y leyó el resto del capítulo.
Al día siguiente, Birdie obligó a Emaleen a quedarse en la cabaña con el cerrojo echado, excepto cuando tenía que usar el retrete del cobertizo. Cada vez que salían, Birdie amartillaba el rifle e iba observando a su alrededor, pero no había indicios de que el oso hubiera regresado.
No tenía nada que hacer salvo dormitar, beber café frío y mirar las paredes. Se lo diría a Syd la próxima vez que lo viera, que los libros te pueden salvar la vida. Emaleen fingía ser la señorita Gwin, la bibliotecaria del centro infantil de Alpine, donde la llevaba la abuela Jo los martes por la tarde. Buscaba y rebuscaba entre los libros de la mesa y garabateaba en trocitos de papel, fingiendo sacarlos en préstamo, y luego, pronunciando lentamente, leía en voz alta para su amiga imaginaria:
—«Y ahora», gritó Max, «que empiece el tumul, tumul[9]»… Mami, ¿qué es un tumulto?
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—«La rana entró en la casa. Estaba oscuro. Todos los postigos estaban cerrados». Como nosotras, con las ventanas cerradas.
—«Hace frío. Mira la nieve. Mira cómo cae la nieve».
Más tarde, cuando la cabaña se volvió demasiado silenciosa y el día se hacía demasiado largo, Birdie leyó en voz alta La isla del tesoro, el capítulo donde el muchacho conoce en persona a Long John Silver, pero Emaleen se quejó desde la litera de arriba.
—Ya no quiero oír más ese cuento.
De modo que Birdie siguió leyendo en silencio para ella sola los siguientes capítulos.
No podían vivir así eternamente, acobardadas en la cabaña. Por la mañana, Arthur seguía sin aparecer y el oso tampoco había regresado, y Birdie decidió que ya estaba harta. Fue al leñero y partió un montón de astillas, dejó la leña junto a la estufa y fue al riachuelo a por varios cubos de agua. Después se sentó en el porche y leyó el libro un rato mientras Emaleen jugaba en la hierba entre las flores, sin perderla de vista ni un momento y siempre con el rifle a mano.
—Mami, ¿crees que a veces los osos pueden ser buenos? —No lo sé —dijo Birdie, sin levantar la vista de la página. Estaba pensado que al final Syd había conseguido engancharla. —Porque a lo mejor algunos osos son malos y comen crías de alce y
también a la gente, pero puede que un oso sea bueno y no quiera hacerte daño.
—Ajá.
Pero Birdie no estaba atendiendo a lo que decía.
A la mañana siguiente hacía frío y se habían agrupado oscuras nubes a lo largo de las montañas. A mediodía llovía y siguió haciéndolo toda la tarde. Birdie encendió la estufa y preparó café, y cuando la cabaña estuvo lo bastante caldeada abrió la puerta para dejar entrar el aire fresco y oír el sonido de la lluvia. Emaleen dibujaba en la mesa y ella estaba leyendo el último capítulo de La isla del tesoro cuando Emaleen dijo algo.
—Mami, mami, ¿me oyes? —Y fue como si Birdie acabara de despertar de un sueño.
Dejó el libro con reticencia.
—¡Mira! Es Arthur.
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Emaleen estaba de pie en el umbral de la puerta, y al otro lado Birdie vio a Arthur caminando bajo la lluvia en dirección a la cabaña. Al entrar, se sacudió el agua de la cabeza y se calentó junto a la estufa. Estaba de buen humor. Había pasado los últimos días pescando truchas Dolly Varden y tímalos junto a una presa de castores, dijo.
—Eso está muy bien, Arthur. Porque los peces están muy ricos y son muy saludabes —dijo Emaleen.
—Tendrías que haber traído alguno a casa —dijo Birdie—, lo habría preparado para cenar.
—¡Sí, sí! ¿Podemos ir a pescar algo para cenar? —interrumpió Emaleen—. Mi mamá tiene caña de pescar y todo…
—No sé, con ese oso merodeando por ahí —respondió Birdie, y luego miró a Arthur—. Pues sí, esas son las últimas noticias de la cabaña. Casi le disparo a un grizzly. Parecía un carroñero. Con una oreja prácticamente arrancada y la cabeza llena de cicatrices. El muy cabrón nos persiguió hasta aquí y quería entrar por la ventana. Cuando metí una bala en la recámara se asustó y echó a correr.
Esperaba impresionar a Arthur con el modo en que había resuelto la situación, pero en lugar de eso pareció sorprendido.
—No pasa nada —dijo ella—. No te preocupes. Por eso he vuelto a tapiar las ventanas. Fue todo bastante emocionante y repentino. Pero ahora estamos bien.
—No volverá a pasar —respondió él.
—¿Te refieres al oso? Es difícil saber si volverá. Pero forma parte de vivir aquí. Puedo arreglármelas.
Arthur meneaba la cabeza lentamente.
—Pero, mami, igual no es un oso malo. —Emaleen seguía parloteando a lo suyo—. Igual es un oso que come pescado y bayas y…
—¿De qué estás…? Chsss.
—Pero, si es un oso bueno, igual puede vivir aquí. ¿Verdad, Arthur? Y eso significa que no nos hará daño y que puede ser nuestro amigo.
—Escúchame, Emaleen —dijo Birdie—. Es muy peligroso y si sigue viniendo por aquí puede que tengamos que dispararle. Debes permanecer cerca de mí y hacerme caso pase lo que pase, ¿de acuerdo?
Emaleen asentía con la cabeza, pero parecía que iba a llorar.
—No —dijo Arthur—. Yo me ocupo de esto. No voy a marcharme.
Se sentó en el borde de la cama y subió a Emaleen en una rodilla.
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—Voy a quedarme aquí contigo y con tu madre y ya no os preocuparéis más. ¿Vale?
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CAPÍTULO 23
urante un tiempo, Arthur permaneció en casa sin parecer cansado ni enfermo y la mamá de Emaleen estaba siempre contenta. Aunque el Dinvierno se acercaba y la charca estaba más fría, los tres seguían yendo a nadar con el castor, y Arthur incluso hacía el cohete con su mamá y luego volvían a casa a secarse y calentarse junto a la estufa. Por las noches, Birdie y Arthur dormían juntos en la cama grande y la cabaña era acogedora. Hacía mucho tiempo, algunas veces Emaleen había deseado volver al hostal para poder comer hamburguesas con queso y patatas fritas y helado, e ir a clase en el autobús a Alpine al final del verano. Pero ya no. Ahora quería vivir aquí para siempre con Arthur y su mamá. Incluso
cuando fuera mayor, quería vivir aquí con ellos.
También estaba pensando que quizá más adelante le gustaría ser un oso. Pero como Arthur, para poder ser a veces niña y otras veces osa. Dormiría en la tundra sin tener frío gracias a su cálido pelaje y sería tan fuerte que podría nadar en el río grande y resistir largas caminatas descalza y sin cansarse nunca.
—¿Has estado alguna vez en esa montaña? —preguntó la niña señalando a lo lejos, cómodamente instalada sobre los hombros de Arthur.
Iban colina arriba a recoger arándanos, pero él parecía más cansado de lo habitual y caminaba tan despacio que Birdie los había adelantado.
—¿Has estado? —insistió.
—Ajá.
—¿Y tardaste muchos muchos días?
—No. Ni siquiera uno.
—¿Y en aquella de allí? ¿La ves? Está superlejos.
—Sí, en esa también.
—Pero si ni siquiera has mirado. ¿La ves? ¡Aquella!
—He estado en todas las montañas que ves.
Cuando su mamá estaba cerca no hablaban del oso. Era un secreto entre ella y Arthur, y Emaleen había decidido que quizá, después de todo,
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su secreto era uno de los buenos. Al sujetarse a los hombros de la camisa, imaginaba que iba agarrada a su pelaje mientras Arthur galopaba por las montañas.
—Quizá alguna vez… —le susurró al oído—. Quizá alguna vez pueda estar contigo cuando eres oso y me des un paseo.
—No —replicó Arthur.
—Pero ¿por qué? ¡Será divertido!
—Te digo que no —repitió él, y la bajó de sus hombros y la dejó en el suelo. No parecía enfadado, pero la miraba con una expresión muy seria
—. Es importante, ¿vale? Cuando tenga ese aspecto debes mantenerte alejada de mí.
—Vale —respondió Emaleen, pero solo estaba escuchando a medias porque el suelo de la tundra era tupido y mullido y ella estaba saltando y fingiendo que ahora era una liebre ártica, jop, jop, jop.
Recogieron bayas toda la tarde, aunque era sobre todo su mamá quien llenaba las tazas de café. Emaleen estaba cogiendo muchísimas pero entonces Birdie le dijo que no, que esas eran bayas de cuervo.
—Pero Arthur dice que se pueden comer.
—Bueno, no te preocupes. Si las mezclamos, sabrán bien —dijo su mamá—. ¿Por qué no comemos algo de la mochila?
Emaleen encontró algunas galletas saladas, fue junto a Arthur, que estaba tumbado en el suelo, y se sentó.
—¿Quieres una? —preguntó—. Tengo un montón.
—No.
—¿Por qué casi nunca comes de nuestra comida?
—No es buena para mí.
—¿Crees que nuestra comida no es buena?
—No es igual. No aprecio su sabor y tampoco me engorda.
—Qué bobo. ¿Quieres estar gordo?
—Sí.
Y sonrió dándose palmadas en la barriga, que a Emaleen le pareció más bien flaca.
—Pero cuando eres un… —empezó a decir Emaleen mirando alrededor, pero su mamá estaba recogiendo bayas detrás de una gran roca cubierta de musgo. Aun así, se inclinó hacia delante y acercó la boca a la
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oreja de Arthur—. Cuando eres un oso —susurró— la comida te sabe muy rica y puedes comer mucho y ponerte gordo.
Él asintió.
Emaleen siguió comiendo galletas y observó a Arthur mientras se quedaba dormido. La cicatriz de su cara era interesante porque le hacía parecer triste y con el ceño fruncido incluso cuando sus ojos estaban alegres. Aunque no le gustaba mirar el sitio donde debería haber estado su oreja porque era horrible. Pero a Arthur no le preocupaba. La verdad era que Arthur nunca parecía preocupado ni avergonzado. No le importaba si tenía el cabello despeinado o que su ropa fuera vieja, ni tener los pies callosos y sucios.
Cuando Emaleen terminó las galletas se quitó los zapatos y los calcetines y hundió los dedos en el suelo de la tundra, que era agradable y le rascaba un poco las plantas. Le habría gustado tener los pies tan duros como los de Arthur.
—Arthur. ¿Estás despierto?
—Mmm.
—Entonces, ¿te gusta ser un oso?
Arthur estuvo tanto tiempo callado que Emaleen pensó que había vuelto a dormirse, de modo que empezó a recoger las hojitas entre rojizas y moradas de un arbusto de arándanos cercano. Eran perfectas y chiquititas, más pequeñas que sus uñas. Antes solía pensar que las montañas se ponían de color rojizo y morado en otoño por las bayas, pero Arthur le había contado que eran las hojas de todos los arbustos y las plantas de la tundra, y le había enseñado lo pequeñas y brillantes que eran las hojas de los arbustos de arándanos. Estaba colocando las hojas en la rodilla de Arthur con la forma de una flor con muchos muchos pétalos, y el color entre rojizo y morado resaltaba sobre los vaqueros azules.
—Es difícil recordarlo. Todo es diferente —dijo Arthur—. Los colores y la luz, y también los olores. Durante un tiempo muy breve casi puedo recordar, pero entonces todo desaparece y ya no recuerdo nada y pienso que es todo un sueño. O quizá que el sueño es lo otro.
—¿Es un buen sueño o un mal sueño? —preguntó Emaleen.
—No estoy seguro.
Y entonces Emaleen dejó escapar un gritito de asombro.
—¡Arthur! ¡Mira, mira!
Arthur se incorporó enseguida y miró hacia la ladera.
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—¿Qué es?
—No, justo aquí. ¡Mira! —exclamó, señalando una planta.
Era la flor sin nombre, aunque se le habían caído los pétalos y en su lugar había pequeños ramilletes de aspecto velloso como dientes de león morados en miniatura.
—¿Lo ves? —dijo, cogiendo una—. Lo sé porque las hojas son picudas, verdes y moradas.
Arthur empezó a reír.
—Tienes razón. Es nuestra florecita sin nombre. Por el ruido que haces pienso que es algo muy importante.
Se reía cada vez más fuerte y Emaleen también se echó a reír.
—Pero es triste porque no tiene nombre —dijo Emaleen—. Tenemos que ponerle un nombre. Mmm… Pelusita morada. Así se llama.
Sopló uno de los vilanos y después siguió soplando y soplando hasta que parte de la pelusa se soltó y flotó en el aire.
—Pelusita, Pelusita era una osita —canturreó, y sacudió la planta con fuerza, intentando desprender las últimas semillas—. Y Pelusita se quedó calvita. Parece que al final Pelusita no era tan peludita.
Arthur y Emaleen reían y reían, y cada vez que hacían una pausa Emaleen decía: «Pelusita peludita» y entonces volvían a reír.
—Ay, no puedo reír más —jadeó Emaleen—. Me duele la barriga.
Ese fue el último día feliz. Después Arthur estaba cada vez más cansado, y ni siquiera se reía ni un poco cuando Emaleen decía «Pelusita, Pelusita». Dejaron de ir a la charca y tampoco caminaban descalzos por el bosque ni subían muy alto a las montañas a jugar en la nieve ni a recoger arándanos ni a buscar su flor sin nombre. No hacía sol. Llovía y llovía y hacía frío, como si el verano se hubiera marchado para siempre. Los tres pasaban día y noche en la cabaña, pero ya no resultaba acogedora ni divertida. La mamá de Emaleen no reía ni sonreía, ni siquiera esbozaba sus medias sonrisas de cuando estaba triste, pero quería que Emaleen pensara que estaba contenta. Si Emaleen preguntaba si podían jugar al tres en raya o al blackjack, su madre respondía «Ahora no» de una forma que decía claramente que no volviera a preguntar.
Una noche, Emaleen se despertó y su mamá y Arthur estaban sentados a la mesa y la cabaña estaba a oscuras, salvo por la llama de una vela encendida entre ellos. Arthur tenía los codos apoyados en la mesa y se
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frotaba la frente con las manos, y Emaleen tuvo la impresión de que estaba llorando, lo que le pareció terrible. Era gigante y fuerte y tenía una potente risa, así que si él podía llorar y estar triste entonces cualquiera podía llorar y estar triste. Emaleen fingió que dormía pero estaba escuchando. Quizá Arthur estaba a punto de contarle a su mamá la verdad sobre el oso.
—Yo no te pedí que estuvieras aquí todo el tiempo. —Su mamá hablaba en voz baja, pero sonaba enfadada—. Te lo repito, estamos bien. Puedo cuidar de mí misma y de Emaleen. ¿Qué crees que hacía antes de conocerte?
—No. No es verdad lo que dices. Yo quiero hacer esto.
—Sí, claro. Tienes toda la pinta de ser feliz ahora mismo. Fue una estupidez pensar que podíamos venir aquí a vivir contigo y tener una especie de vida nor… Ya sabes, como una familia. Della intentó decírmelo… No sé, cuando vuelva tu padre quizá deberíamos marcharnos, Emaleen y yo. Volver al hostal o lo que sea. No lo sé.
—No. Por favor, Birdie. —Ahora Arthur lloraba sin ninguna duda—. Por favor, no me dejes. Quiero hacer esto. Quiero hacerlo bien para que estemos juntos. Nosotros tres.
—Ojalá pudiera creerte.
Quizá su mamá también estaba llorando, aunque su mamá nunca lloraba.
No era fácil, pero Emaleen intentaba no hacer ruido dentro de la cabaña. Dibujaba y leía libros y caminaba de puntillas para no hacer crujir el suelo. Arthur estaba tumbado en la cama todo el día y toda la noche, casi siempre dormido, y al despertar no parecía él mismo. Se giraba de cara a la pared sin decir palabra y nunca comía nada. Su mamá probó suerte preparándole toda clase de comidas diferentes, que le servía en cuencos o platos e incluso intentaba dárselo ella misma con el tenedor, igual que a un niño pequeño. Esa mañana su mamá se enfadó y dio un trompazo sobre la encimera con el plato azul metálico diciendo palabrotas: «¿Por qué coño te empeñas en matarte de hambre de esta manera?». Luego salió, como si tuviera intención de ir a dar un largo paseo por las montañas sin Emaleen, pero cuando la pequeña se asomó a la puerta vio a su mamá bajo el alero de la cabaña mirando la lluvia caer.
—Vuelve adentro —dijo, así que Emaleen cerró la puerta.
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Emaleen tuvo que arrastrar una silla hasta las estanterías para alcanzar un tarro de mantequilla de cacahuete, la miel y el pan.
—Arthur —susurró—, voy a hacerte un sándwich. —Cuando estuvo listo, la niña se chupó la miel de las palmas de las manos, envolvió el sándwich en papel de cocina y se lo llevó a la cama—. También tiene miel. Como los que me hiciste tú cuando mamá se marchó. ¿Te acuerdas? Está bueno, de verdad. ¿Arthur?
Él no respondió y ella no sabía si estaba despierto. Subió a la cama y se inclinó sobre su cabeza para acercarle el sándwich a la cara, pero él tenía los ojos cerrados.
—¿Arthur? ¿Quieres un poco? Hará que te sientas mejor. Creo… que incluso —susurró aún más bajo— que incluso a los osos les gusta.
—¡NO!
Giró la cara bruscamente hacia ella como aquel perro, Popper, que había estado a punto de morderla, y su voz sonó tan profunda y furiosa que Emaleen se asustó y casi se cae de la cama.
—¡Emaleen! —dijo su madre desde la puerta—. ¿Qué estás haciendo? Déjalo tranquilo.
—Yo solo… yo estaba…
—No hace falta que trepes por encima de él. ¿Es que no ves que está enfermo?
—Lo sé, mami. Yo solo…
—Es imposible que tu padre vuele hasta aquí. —Su madre se dirigía a Arthur y su voz parecía cansada—. Es imposible atravesar esas montañas, ni siquiera se puede ver el valle. Pero tiene que verte un médico.
—Debo hacerlo —dijo Arthur.
—¿Hacer qué? ¿Morirte de hambre? —Entonces miró hacia Emaleen —. Ve a jugar fuera, ¿vale?
Había niebla y llovía y su mamá había dicho que seguramente estaba nevando en las montañas. Emaleen fue al leñero, pero se limitó a sentarse en un largo tronco moviendo las piernas. No se le ocurría ningún juego divertido. Tenía el dedal en el bolsillo, pero Thimblina no quería salir después de todos los gritos de la cabaña. El ruido había puesto nerviosa a Emaleen y quería volver adentro y decirles que pararan, pero entonces podría provocar otra discusión; o podía huir muy lejos al bosque, donde ya no se oyeran los gritos, pero eso le daba demasiado miedo. De modo que
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se tapó los oídos con las manos, dando patadas a las astillas, e intentó no estar triste. A veces, cuando jugaba fuera después de cenar y los últimos rayos de sol desaparecían, todo se volvía gris, frío y solitario. Así se sentía ella ahora.
Y además estaba aquella peste. Emaleen lo había olido el día anterior, pero hoy era aún peor. Era como aquella vez que su mamá y Della habían tenido que tirar un montón de carne podrida a la basura porque el congelador se había estropeado. Era un olor tan horrible que incluso intentando respirar con la boca tapada podías sentirlo al final de la lengua y tenías que contener las ganas de vomitar.
Emaleen estaba completamente segura de que venía del bosque, detrás del leñero. Se subió al tocón que solía usar como taburete y miró a través del agujerito en la pared de atrás.
—Mami, tengo que contarte algo. Pero, por favor, no te enfades conmigo, ¿vale?
—¿Qué? —respondió su madre secamente.
—Pero tienes que prometérmelo —dijo Emaleen—. Júrame que no te enfadarás conmigo. Júralo por Dios.
—Ahora no estoy de humor para esto.
—Y tienes que prometer que tampoco te enfadarás con Arthur. —¿Qué? —Su voz se volvió tensa y ahora Birdie miraba fijamente a
Emaleen—. ¿Te ha hecho daño? ¿Qué te ha hecho?
—No —respondió Emaleen—. Pero, pase lo que pase, no puedes dispararle, ¿vale?
—Emaleen, ¿de qué demonios hablas?
—Tienes que venir conmigo —dijo, y cogió de la mano a su madre—.
Por favor.
Había dejado de llover, pero el agua aún caía de las ramas de los abetos y el suelo estaba blando y mojado, por lo que Emaleen llevaba puestas las botas de goma con dibujos de arcoíris. Ya no tenía sueño ni estaba aburrida. Su corazón latía con fuerza, pues al fin iba a librarse de aquel secreto malo.
—Vamos, mami. Casi hemos llegado.
Aunque ya no era verano, su mamá no llevaba chaqueta, solo una camiseta, y soltó la mano de Emaleen y siguió caminando con los brazos
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cruzados contra el pecho, como si tuviera frío y estuviera enfadada.
Cuando dejaron atrás el leñero, su madre arrugó la nariz guiñando los ojos.
—¿Qué es ese olor?
—Ya casi estamos.
—Creo que no deberíamos seguir adelante —dijo su mamá. —Tenemos que hacerlo. —Emaleen era la adulta y su mamá la niña
pequeña—. No pasará nada.
Arthur había cavado otro hoyo después de aquel día. Pero cuando lo espiaba por el agujero en la pared del leñero y lo vio quitarse la piel de oso también había descubierto el nuevo lugar donde la enterraba. Estaba segura de que podría encontrarlo. Caminaron entre dos abetos y varios sauquillos altos repletos de arándanos rojos y amargos, y entonces Emaleen vio el montón de ramas.
—No toques eso, Emmie. Hay algo muerto y podrido.
—No, no es eso. Es Arthur. —Emaleen se puso a cuatro patas en el suelo y empezó a apartar el musgo, la tierra y las ramas—. Ven, mira.
—Dios, déjalo ya. Debemos irnos.
—Mami, escúchame. Por esto se ha puesto enfermo. Tiene que volver a ponerse su piel.
—¿Este es otro de tus juegos? Tienes que parar de una vez. Ahora mismo.
—No, no lo es. ¿Te acuerdas, mami? ¿Te acuerdas cuando apareció el oso y nos escondimos en la cabaña y cogiste el rifle? Era Arthur.
—Basta ya. Volvemos a la cabaña.
Birdie la agarró del brazo y le hizo daño, pero Emaleen lloraba porque su mamá no la estaba escuchando.
—Es verdad, mamá. Te lo prometo. No estoy mintiendo.
—No estoy diciendo que… Jesús, Emaleen. Ya sé que tienes mucha imaginación, pero esto, esto es demasiado.
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CAPÍTULO 24
arren la había buscado en las habitaciones de sus hijas, revolviendo los armarios y sacando cajas de debajo de las camas, pero sin Wsuerte. Hacía muchos años que habían crecido y se habían marchado, pero él aún recordaba claramente la casita de muñecas. No era mucho más grande que una caja de munición de madera, de un alegre color amarillo, ventanas verdes y tejas de mentira pintadas en el tejado. Se abría con un par de bisagras dejando a la vista dos habitaciones a cada lado, con planta baja y un piso. Según lo recordaba, Carol y él habían logrado por los pelos terminarla aquel año para Navidad. Él le había dedicado horas de trabajo en el cobertizo prefabricado, pintando los detalles, construyendo pequeños armarios y sillas, incluso colocando trocitos de alfombra y linóleo en las habitaciones. Y Carol había comprado una familia de muñecos en miniatura de alguna clase de plástico moldeado y les había confeccionado ropa de un tamaño asombrosamente pequeño. En Nochebuena, la habían colocado bajo el árbol sin envolver, y a la mañana siguiente la expresión de puro asombro y alegría de las caras de sus hijas había hecho que mereciera la pena cada minuto que le habían dedicado. Wendy tenía seis
años aquella Navidad, los mismos que la pequeña Emaleen.
Cuando telefoneó a Wendy —una cara llamada de larga distancia en pleno día laborable—, ella pareció alarmada al responder:
—¿Papá? ¿Ha pasado algo?
—No, no. Todo bien. He estado buscando aquella vieja casa de muñecas. ¿Te acuerdas, la que mamá y yo hicimos para vosotras?
Tras recuperarse del susto y la confusión, dijo que por supuesto que la recordaba, pero no, no creía que ni ella ni Theresa se la hubieran llevado de casa.
—¿Y para qué la quieres?
Arthur era un tema de conversación a evitar desde hacía mucho tiempo. Wendy y Theresa pensaban que Warren y Carol habían cometido un error al adoptar al muchacho, con su extraña enfermedad y sus
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problemas de crecimiento. A lo largo de los años, cada vez que se comentaba algún incidente relacionado con Arthur, el resentimiento y los reproches salían de nuevo a la superficie. Carol era una mujer buena y paciente, pero esas discusiones solían suscitar en ella una extraña beligerancia. ¿Cómo podían sus hijas, que habían disfrutado de una idílica infancia, ser tan egoístas? Las dos se habían mudado a miles de kilómetros de Alaska y vivían sus propias vidas. Por supuesto, tenían derecho a preocuparse, pero no era asunto suyo a qué dedicaban su tiempo Warren y ella.
Siempre habían sido una familia bien avenida, de modo que, a medida que fue pasando el tiempo, ninguna de las hermanas preguntaba por Arthur, y Warren y Carol tampoco les contaban nada.
—Es para la hija de Birdie, la chica del hostal —le explicó a Wendy—.
Tiene más o menos la misma edad que tú entonces. Podría gustarle.
—Ah, bien pensado, sí —dijo ella—. ¿Has mirado en el desván? Hacía años que no subía allí. Todas sus herramientas y su
equipamiento para el aire libre, tiendas de campaña, rifles y cañas de pescar, estaban en el taller. El desván siempre había sido más bien territorio de Carol, donde guardaba la decoración navideña y los recuerdos, bolsas de ropa vieja, sábanas y toallas o retales de tela que quizá llegaran a hacer falta alguna vez.
En cuanto terminó de hablar con Wendy subió por la escalera y abrió la trampilla del desván. Tiró del cordel para encender la bombilla desnuda y ahí estaba la casa de muñecas, colocada sobre una mesita auxiliar apoyada en la pared del fondo, como si hubiera pasado todo ese tiempo esperando a otra niña. La llevó hasta la trampilla, con la cabeza agachada para no golpearse con las vigas, luego volvió junto a la mesa para coger las muñecas y los muebles. Había pensado llevársela a Emaleen como regalo de Navidad. Por supuesto, todavía faltaban meses. Pero ¿qué le impedía dársela antes? Sonrió en la penumbra al imaginarse volando hasta allí con la casa de muñecas en la parte trasera de la avioneta.
La conversación con Wendy había terminado de la forma habitual. —Tienes que venir a visitarnos, papá, en serio. Nos encanta tenerte
aquí y los chicos te echan de menos.
Warren se había excusado sin demasiada convicción, diciendo que no era un buen momento. Seis horas en uno de esos vuelos comerciales en los que la gente viajaba como sardinas en lata. La gran ciudad y luego los
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suburbios, tan monótonos y anodinos que Warren se había perdido más de una vez yendo en coche al supermercado. Y lo cierto era que, por más que Wendy se esforzara en sugerir temas de conversación para los dos hombres, a Warren no le gustaba demasiado su yerno, que se ganaba la vida con cuestionables negocios inmobiliarios y parloteaba constantemente sin escuchar a nadie. Y luego estaban los nietos, que no tenían el menor interés por él.
Warren los quería, después de todo eran su familia y deseaba que fueran felices, pero eso no equivalía a disfrutar de su compañía. Cuando Carol estaba viva insistía en viajar para visitar a sus dos hijas al menos una vez al año. Warren refunfuñaba por ello, pero al final iba. Sin Carol, en cambio, parecía que iba camino de convertirse en un solitario y miserable ermitaño. ¿Adónde había ido a parar su capacidad de amar, de ser feliz, de planificar el futuro? Por supuesto, la perrita era una agradable compañía, pero la mayoría de los días se hacían tan largos y monótonos que dormir era un alivio.
No obstante, durante el verano había empezado a elaborar una lista en una nota que tenía en la cocina, con cosillas para llevar a Birdie y Emaleen: chocolatinas, quemadores para el farol Coleman o los prismáticos. Observaba el tiempo y la previsión meteorológica con renovado interés, y cuando era propicio a veces hacía un vuelo rápido sobre las montañas sin otra excusa que pasar a saludar. Cada vez que se acercaba a la pista de aterrizaje buscaba a la pequeña, que normalmente iba corriendo por el sendero a recibirlo.
Durante su última visita Emaleen le había regalado un dibujo de su perrita Spinner hecho con ceras y era una de las obras de arte más extravagantes y encantadoras que había visto nunca, con el pelaje a rayas verdes y naranjas en espiral y sonrisa humana. «El parecido es increíble», le había dicho a Emaleen. Y los dos se habían enfrascado en una larga e interesante discusión sobre por qué algunos perros eran amables y otros peligrosos. El dibujo de Spinner estaba sujeto con un imán en la nevera de Warren.
Pero no era solo por la niña. A pesar de cómo habían sido criadas, a Wendy y Theresa nunca les había interesado la cabaña ni todo el trabajo duro que exigía. Birdie, por el contrario, parecía encontrarse allí como pez en el agua, y el cambio le había sentado bien. Siempre había tenido la cara delgada y una expresión dura y preocupada, de estar a la defensiva al tratar
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con la gente, pero se le había suavizado. Ahora irradiaba la saludable luminosidad de alguien que pasa los días trabajando al aire libre, y se reía con facilidad y abiertamente estando con Warren, incluso le pedía consejo. Ella quería reabastecer el leñero antes del invierno —algo que agradó a Warren en varios sentidos— y le había preguntado si podría enseñarle a usar una motosierra. Habían hablado acerca de qué árboles talar y de cómo los árboles muertos que siguen de pie suelen estar listos para quemar antes que los vivos. Para su sorpresa, había descubierto en Birdie una tenacidad de espíritu que le recordaba a Carol.
Mientras rebuscaba entre bolsas y cajas en el desván en busca de las muñecas, a Warren se le ocurrió algo. ¿Y si invitaba a Arthur, Birdie y Emaleen a pasar unos días en casa? Había dos dormitorios libres y un aseo de más. A las chicas les gustaría darse un baño en la gran bañera, y Arthur podía ayudarlo a orientar la antena en el tejado para ver el fútbol. Hacía tiempo que quería enseñarle a Birdie las fotos del álbum de cuando Carol y él construyeron la cabaña. Y, sin duda, Spinner y Emaleen se harían amigas enseguida.
Al imaginar la casa nuevamente llena de risas y cordialidad, Warren sintió una oleada de emoción.
«No te hagas ilusiones, viejo idiota». Aunque esa no era la voz de Carol en su cabeza. Ella nunca habría tenido la falta de delicadeza de llamarlo idiota.
Junto a la mesita donde había encontrado la casa había una pila de cajas de zapatos. Las de arriba estaban llenas de cintas de ocho pistas, pero más abajo había una con la palabra «Wendy» escrita en la tapa con la elegante letra cursiva de Carol, en cuyo interior había toda clase de recuerdos: las huellas de tinta de los pies de Wendy en una cartulina, un ramillete de flores secas de algún baile del instituto, un tarro de canicas y otros cachivaches. La caja de Theresa contenía el gorro de lana que llevaba puesto cuando llegó a casa recién nacida desde el hospital de Anchorage, una pulsera de dijes y varios premios y medallas de concursos de ortografía.
Después vio la caja de Arthur. ¿Qué habría podido guardar Carol de su infancia? Retiró la tapa de cartón y ahí estaba. El collar azul acolchado.
«Ya sé que es difícil de entender, mi amor». Esta vez sí era la voz de Carol. «Pero así son las cosas».
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Ni certificados de nacimiento ni premios de ortografía ni una flor de ojal del baile de graduación. Solo un collar sucio de tierra, con olor a animal salvaje. Un osezno atado con una cuerda a un pilar del porche trasero, como un perro a una correa.
«No te enfades. Es la única manera».
Warren recordó la primera vez que había visto el collar. Fue unas pocas semanas después de que hubieran llevado al chiquillo a su casa desde North Fork, y al llegar del trabajo antes de lo habitual Warren había encontrado a un cachorro de grizzly correteando por el patio trasero atado a una cuerda.
—No te había oído llegar.
—¿Qué es esto?
—Es lo único que lo consuela —había respondido ella.
Warren estaba desconcertado. ¿De qué hablaba Carol y de dónde había salido aquel osezno?
—Es por su propia seguridad, Warren. Sé que es espantoso atarlo de esa manera. Pero míralo. Mira esto.
Había ido a la cocina y al salir llevaba en la mano un cuenco de comida para perro lleno de sobras de estofado de alce. En cuanto lo dejó sobre la hierba, el cachorro había echado a correr hacia él.
—Cada vez resulta más fácil —explicó Carol—. Ahora ya no llora tanto cuando le retiro el pelaje.
El osezno tenía las pezuñas delanteras a ambos lados del cuenco y sorbía y engullía ruidosamente con el morro manchado de comida.
—Santo cielo —dijo Warren, débilmente, y una fría y súbita náusea sacudió todo su cuerpo.
—Al principio no lo entendía —replicó Carol—. Pero ahora sé que puedo ayudarlo.
Warren no lo habría admitido ante nadie, pero culpaba a Carol. Él había querido deshacerse de la piel de oso desde el principio. Sin embargo, ella había consentido a Arthur, cediendo ante sus peores inclinaciones. Como el chico no quería jugar con otros niños ella dejó de llevarlo a fiestas de cumpleaños, y cuando se resistió a ir al colegio lo matriculó en la escuela por correspondencia para dar clases en casa. En vez de obligarlo a adaptarse le había permitido vivir como una criatura salvaje. ¿Y qué
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había hecho Warren? Había mirado hacia otro lado, dejando que Carol cargara con toda la responsabilidad.
Aunque eso no le había librado de las pesadillas. Un osezno mamando ruidosamente del pecho de una mujer y gotas de sangre resbalando por su piel blanca como la leche. Pelo creciendo como el musgo por las suaves mejillas de un niño. El chiquillo acurrucado a oscuras en un rincón, gimoteando y mordisqueando algo de pequeño tamaño.
Con el paso de los años las pesadillas cesaron y Warren ya no solía pensar en ello. Sin embargo, ese verano habían vuelto: está en el bosque con un cuchillo de caza en la mano. Ha cazado un oso y tiene que vaciar al animal, pero cada vez hay menos luz. Enciende una cerilla, la acerca al siseante farol. Tendido en el suelo, a sus pies, no está el cadáver de un oso. Es a su hijo a quien ha matado de un tiro.
Los osos grizzly eran animales misteriosos, inteligentes, Warren no tenía duda, y a veces hacían gala de un comportamiento casi humano. Los osos jóvenes podían correr y resbalar colina abajo sobre la nieve con la misma alegría que cualquier chiquillo. Las osas parecían cuidar de sus cachorros con la misma ternura y exasperación que una madre humana, y cuando eran amenazadas por un oso del doble de su tamaño no dudaban en enfrentarse a él para defender a su camada. Una osa defendiendo a su osezno era el animal más formidable de toda la naturaleza de Alaska.
Visto así, resultaba tentador establecer una conexión directa entre nosotros y ellos, llegando a olvidar el insondable vacío existente entre el raciocinio moral de un hombre y la mente salvaje de un oso.
—¿Sabéis cuál es el modo más rápido de atraer a un gran grizzly? — les había preguntado Jim Mahoney en una ocasión, años atrás.
El guía había pasado una mañana por casa de Warren y Carol a tomar café, y mientras estaban sentados a la mesa de la cocina había sacado del bolsillo de su camisa un reclamo para depredadores. Al soplarlo se oyó una especie de gemido chirriante y agudo.
—Pero hay que estar preparado —había explicado Mahoney, con una risita—, porque lo último que quieres es errar el tiro.
No hacía falta decir nada más, pues cualquier habitante de Alaska sabe que perseguir a un oso grizzly herido significa arriesgar la vida.
—¿Y qué se supone que es ese sonido? —había preguntado Carol.
—Un cachorro en apuros —respondió Mahoney.
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—Oh, qué triste. Entonces, ¿la madre piensa que estás amenazando al cachorro e intenta rescatarlo?
—No, señora. Siento decirlo, pero un oso macho tratará de matar al osezno. Por eso irán hacia él a toda prisa y cueste lo que cueste. Porque están cazando.
Carol se había horrorizado. Aquello no tenía sentido. ¿Por qué iba a asesinar un animal a una cría indefensa de su propia especie? Mahoney respondió que se especulaba que los machos grizzly matan cachorros con el fin de dejar a la hembra bruscamente sin camada, pues de ese modo entra en celo y quiere reproducirse de nuevo. Aunque, en su opinión, dicho comportamiento solo obedecía al poderoso instinto depredador de un oso, que lo empujaba a dar caza y devorar animales más pequeños, incluso oseznos.
En la costa sur de Alaska, donde abundaba el salmón, los osos pardos comían cuanto necesitaban y crecían grandes y bien cebados sin grandes dificultades. Sin embargo, al norte del Wolverine, a orillas del North Fork, las cosas eran bien diferentes. Nunca había demasiados salmones en el rocoso río de aguas heladas y en la región tampoco abundaban los rebaños de caribús, de modo que los osos comían lo que podían encontrar: plantas y bayas, ardillas, castores o crías de alce. Ocasionalmente, uno lograba dar caza a un alce adulto, pero siempre era una batalla lenta y agotadora.
Esa misma mañana, Mahoney les habló de una cacería primaveral en North Fork durante la que su cazador y él vieron a un gran macho grizzly montando a una hembra en una colina orientada al sur. Después de aparearse, los dos osos se tumbaron juntos, cara a cara, en lo que parecía un abrazo entre amantes. El cazador había bromeado diciendo que no iba a poder dispararle a un animal capaz de semejante ternura. Pero a la mañana siguiente la escena había cambiado. El oso macho estaba encorvado sobre algo y había una gran zanja en el suelo. A través de su potente mira telescópica, Mahoney pudo ver la nieve salpicada de sangre y la caja torácica desgarrada y las pezuñas extendidas de un oso muerto medio devorado. El macho estaba arrancando y masticando grandes trozos de carne.
No podían estar seguros de lo ocurrido. Quizá un oso joven se había entrometido y el otro lo había matado y devorado, pero Mahoney no había visto a ningún otro grizzly merodeando por los alrededores. Parecía más probable que el oso muerto fuera la hembra del día anterior. Durante el
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apareamiento, algo había cambiado en el oso. Se había sentido acuciado por otra clase de apetito. Y ella se había convertido en su presa.
Warren no podía creer que, en lo más profundo, su hijo pudiera ser esa clase de criatura. El chiquillo que recogía ramilletes de dientes de león para Carol. El niño que paseaba por las praderas con Warren, nombrando a los pájaros cuando levantaban el vuelo entre la hierba. Durante los últimos días de Carol en cuidados paliativos, Arthur había vuelto a casa para hacerle compañía junto a su cama. Sus lágrimas habían sido tan reales como las de los demás. Arthur era capaz de sentir amor intensamente, Warren estaba seguro. Y tal como él siempre había esperado y predicho, había sido el amor lo que le había dado a Arthur las fuerzas necesarias para dejar atrás su otra piel.
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CAPÍTULO 25
irdie no entendía lo que pasaba. Había hecho todo lo habido y por haber para sacar a Arthur de la enfermedad o la depresión que lo Bconsumía y durante días apenas había dormido y había comido muy poco. Estaba agotada y aturdida, y nada de lo que decían Emaleen y Arthur tenía
sentido.
—Arthur, tienes que contarle a mi mamá lo de la piel —dijo Emaleen
—. Cuéntaselo, ¿vale? Y entonces podremos ayudarte y ya no estarás malito.
—Sí, es verdad —respondió Arthur, pero cuando intentó levantarse de la cama estaba tan débil que le temblaron las piernas y Birdie comprobó lo lejos que había llegado todo aquello.
Tenía la cara demacrada y los ojos vidriosos. —Ya verás, mami.
Emaleen cogió la mano de Arthur y la apoyó sobre su pequeño hombro, como si fuera lo bastante fuerte para soportar su peso. Y entonces los tres salieron de la cabaña, bajaron los escalones y siguieron caminando bajo la lluvia helada, con Birdie sumida en una especie de trance. Arthur arrastraba los pies por el duro suelo, con un brazo rodeando los hombros de Birdie y la otra mano apoyada en Emaleen. Cada pocos pasos tenía que subirse los vaqueros tirando de la cinturilla para evitar que se le cayeran.
Entre los abetos, más allá del leñero, Arthur y Emaleen empezaron a apartar un montón de tierra y vegetación.
—Venga, mami. Tenemos que excavarlo por él.
El nauseabundo olor, la respiración entrecortada de Arthur, la piel mojada que iba quedando lentamente al descubierto… los detalles eran tan extraños y nítidos al mismo tiempo que Birdie se sentía como si estuviera colocada.
—No somos lo bastante fuertes —dijo Arthur a Emaleen—. Desenróllala donde está.
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Birdie no podía apartar la mirada de aquella cosa semienterrada, pero Emaleen debió haberle entendido porque empezó a tirar de un extremo, hundiendo las manos en la piel hasta que logró sacar un poco y desenrollarlo lentamente. Parecía la pernera vacía de un pantalón, pero hecha de pelo marrón y piel, y al final había una pezuña almohadillada y largas garras.
Arthur consiguió agacharse con dificultad y agarró la pezuña, empezó a tirar y arrastró el inmenso pellejo fuera del agujero. El esfuerzo lo dejó agotado, y al soltarlo se tambaleó hacia atrás.
Mientras Birdie observaba, Emaleen y él sacaron las demás patas y la cabeza hasta dejar la piel completamente extendida en el suelo, boca arriba. Había un gran tajo irregular a lo largo de la garganta y el pecho de la piel de oso, y Emaleen la abrió como si fuera un saco de dormir para que alguien se metiera dentro. Luego se volvió nuevamente hacia Arthur y se tapó los ojos con las manos.
—Tienes que ayudarlo, mami —dijo—. Ayúdalo a desnudarse y a meterse dentro.
—¿Qué…? Yo no…
—Por favor, Birdie.
Era Arthur, diciendo su nombre. Se inclinó extendiendo las manos para que ella le quitara la camiseta. No hizo falta desabrocharle los pantalones, de tan flojos que le quedaban, y Arthur se quedó desnudo, sentado encima de la piel de oso, y empezó a introducir los pies por la abertura. Se inclinó hacia un lado hasta quedar tumbado sobre el barro y las hojas mientras intentaba meterse en la piel. Era una visión tan patética que Birdie empezó a sollozar.
—Dejadme solo —dijo él, con voz ronca.
—No puedo.
—Vete.
Emaleen le tiraba de la mano.
—Está bien, mami. Ya verás. Te lo prometo.
Al llegar a la cabaña Birdie permaneció mucho tiempo en silencio, mirando al vacío, mientras Emaleen le pedía una y otra vez que encendiera el fuego y preparase la cena.
—Ahora no —dijo Birdie.
—¿Por qué? ¿Qué estás haciendo?
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—Pensar.
No podía dejar a Arthur solo ahí fuera toda la noche. Pero tenía miedo… del cuerpo desnudo y consumido de Arthur, de la piel de oso putrefacta. Y ahora el bosque estaría a oscuras.
—Yo también quiero ir —dijo Emaleen cuando vio a Birdie coger la linterna.
—No, quédate aquí. Solo voy a ver cómo está. Echa el cerrojo cuando yo salga. Vuelvo enseguida, ¿vale?
Llevaba puesto el sombrero de Syd y el impermeable y el rifle colgado del hombro. Seguía lloviendo, pero el aire otoñal olía a nieve. Mientras caminaba por el prado mojado, dejando atrás el leñero, pensaba en Warren y en que, incluso aunque el tiempo mejorase, aún pasaría una semana o dos antes de que consiguiera volar hasta allí. Podía intentar ir a pie en busca de ayuda, se dijo, pero entonces recordó el viaje de ida en la avioneta sobrevolando ríos y valles. Tardaría días, y algunos de aquellos cañones quizá estaban intransitables. ¿Y qué haría con Emaleen?
Arthur estaría aún peor después de tanto tiempo a la intemperie, bajo la lluvia. Tenía que volver a la cabaña, lavarse y al menos beber una infusión caliente. Ella cuidaría de él lo mejor posible hasta el regreso de Warren. Entonces se marcharía con Emaleen para siempre.
Sin embargo, al llegar al bosque no había nada. Tanto Arthur como la piel habían desaparecido. Birdie iluminó la zona con la linterna. La vegetación estaba pisoteada y vio el montón de ramas y musgo y el hoyo vacío en el suelo.
—¿Arthur? —gritó hacia los árboles—. ¡Arthur! ¿Dónde estás?
Sentada en la tundra, Birdie logró encontrarlo con los prismáticos. Lo había perdido de vista durante un rato después de que desapareciera tras una loma, pero entonces reapareció al otro lado caminando lentamente con la cabeza gacha por la ladera de la montaña.
—¿Qué está haciendo, mami? ¿Lo ves?
—Él… está comiendo bayas, creo.
Él. Porque Birdie lo sabía. No era solo por la cicatriz en el hocico del oso o la oreja herida, ni por el lugar del bosque donde deberían haber estado Arthur y la piel. Quizá lo había sabido siempre. Puede que no hubiera comprendido los detalles más escabrosos, pero su subconsciente había captado cosas aquí y allá: los huesos de la cría de alce bajo la cama,
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los días que desaparecía en el bosque sin alimento ni tienda de campaña, el olor de su piel y el sabor de su boca.
La noche del solsticio, hablando con Syd, también lo había sabido. El vagabundo descalzo. El hombre de cuatro patas. El amigo dorado. El comemiel. Algo siniestro. «Carol lo supo desde el principio». La piel como una capa y debajo los músculos y los huesos, las manos y los pies de un hombre. «Nadie puede decirnos a quién amar», había sentenciado Syd golpeándose el pecho con el puño.
Al salir de noche en busca de Arthur había tenido miedo, y al regresar a la cabaña, tumbada en la cama sin poder dormir, su miedo fue a más. Por la mañana había encontrado ligeras marcas en el suelo del bosque de lo que podrían haber sido huellas de oso, pero no estaba segura. Había buscado entre los árboles y los arbustos en los alrededores de la cabaña gritando su nombre una y otra vez. Fue entonces cuando decidió que tendría que subir con Emaleen a un terreno más elevado para intentarlo con los prismáticos.
Pasaron toda la fría mañana sentadas en la ladera de la colina, detrás de la cabaña, vigilando el valle de un extremo a otro y observando las laderas de todas las montañas. Birdie empezaba a dudar de sí misma. Puede que Arthur estuviera más abajo entre los árboles, donde no podían verlo, o quizá había regresado a la cabaña sin que ellas lo supieran.
Fue Emaleen quien lo encontró.
—¿Qué es eso? —dijo, señalando una figura marrón en una loma cercana.
Birdie había mirado por los prismáticos.
—Es él —susurró, y ya no tenía miedo.
Lo único que quería ahora era acercarse. Caminó delante de Emaleen entre abedules enanos y arbustos bajos de sauce. Ocasionalmente llegaba alguna ráfaga de viento desde el fondo del valle y Birdie tuvo prisa por subir más, hasta lo alto de la loma, donde la corriente de aire no pudiera llevar su olor hasta él.
—Estoy cansada, cansada, cansada —dijo Emaleen, repitiendo la palabra al ritmo de sus pasos—. ¿Por qué no podemos ir a casa?
Birdie levantó un dedo para hacerla callar. A medida que ganaban altura, esperaba poder ver al oso a lo lejos, pero de repente se agachó y tiró de Emaleen hacia el suelo con ella.
—¿Qué? —preguntó Emaleen—. ¿Qué pasa?
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Gesticulando con la boca exageradamente en silencio, Birdie dijo: «Está allí». Indicó a Emaleen que la siguiera sin hacer ruido mientras se arrastraban colina abajo hasta el borde de la loma.
El oso estaba unos doscientos metros más abajo, cogiendo bayas y hojas de los arbustos con la boca. De vez en cuando empujaba una rama hasta el suelo con su enorme pezuña mientras arrancaba las bayas cuidadosamente con la lengua y los dientes. Estaba consumido. Sus patas parecían proporcionalmente demasiado largas, la piel colgaba de su inmensa estructura ósea y se le notaban las costillas y el espinazo. Levantó la cabeza y olisqueó al aire, pero no parecía tener ni idea de que estaba siendo observado y volvió a inclinarla hacia la tundra, moviéndose lentamente mientras comía.
Birdie se sentó y lo observó por los prismáticos, vagamente consciente de que Emaleen apoyaba la cabeza en su regazo, del viento que se arremolinaba por la ladera de la montaña y del brillo aureolado del sol a través de las nubes grises. Las ardillas correteaban entre las rocas y un halcón volaba bajo sobre la tundra como si estuviera en plena caza. Birdie cambió de postura para aliviar un dolor difuso entre la espalda y las caderas y cuando se le cansaron los brazos apoyó los codos en sus costados para estabilizar los prismáticos. Pero todo eso era periférico. En su centro solo estaba el oso. Podía verlo claramente con sus propios ojos, aunque los prismáticos acortaban la distancia, acercándola a él de tal modo que parecía posible alargar la mano para acariciar el pelaje de puntas rubias de su lomo, posar los labios en su hocico. Habría podido vivir así, suspendida en ese instante.
El oso alzó abruptamente la cabeza y desapareció de su campo visual tras convertirse fugazmente en una mancha oscura. Cuando Birdie bajó los prismáticos lo vio remontando a través de la tundra hacia ellas. Se levantó de un salto sujetando el rifle con ambas manos y él se detuvo prácticamente debajo de donde se encontraban. Pero era evidente que miraba hacia arriba, en su dirección. Tenía la cabeza agachada y estaba escarbando en el suelo con las pezuñas delanteras. Birdie podía oír las garras rascando entre los arbustos y la tierra y levantando piedras a medida que cavaba más y más rápido. Entonces se detuvo y permaneció inmóvil, como si estuviera escuchando atentamente, y de repente se abalanzó hacia delante y golpeó el suelo una y otra vez con las pezuñas delanteras.
—¿Qué está haciendo? —susurró Emaleen.
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Birdie meneó la cabeza. «Sin hablar», susurró, y luego señaló con dos dedos desde sus ojos al oso. «Vigila».
El animal golpeó el suelo varias veces más con las patas delanteras, se quedó inmóvil unos segundos y volvió a cavar frenéticamente, lanzando tierra en todas direcciones. Metió el hocico en el agujero y, cuando sacó la cabeza y se sentó sobre sus cuartos traseros, un pequeño animal peludo se debatía entre sus fauces. La ardilla ártica chilló por última vez mientras el oso la mordía y luego se la tragaba entera.
Birdie observó la escena sin reaccionar. El oso estaba de nuevo en marcha, olisqueando el suelo y deteniéndose ocasionalmente a comer un puñado de bayas. Había cierta arrogancia en su manera de moverse, con las enormes articulaciones de los hombros delanteros girando bajo su pelaje. Entonces rodeó el extremo de la loma y desapareció de su vista. Birdie se acercó a rastras intentando no hacer ruido, y ahí estaba, con la cabeza agachada comiendo bayas y hojas, sin dejar de avanzar hacia ellas. Treinta metros, veinte metros.
—Arthur —dijo ella.
Al oír su voz, el oso levantó la cabeza. Ahora la estaba mirando. Abrió la boca ligeramente y sus fosas nasales se agrandaron, y Birdie pudo oírlo olisquear el aire con fuerza.
—Arthur, soy yo. Soy Birdie.
Había percibido algo, el olor humano, la voz humana, y empezó a moverse. Con sus primeros pasos retrocedió por donde había venido, como si fuera a continuar loma abajo en dirección al arroyo, pero entonces empezó a subir.
—¡Vamos!
Birdie cogió de la mano a Emaleen y tiró de ella.
El oso no estaba corriendo, tan solo subía a paso constante, a veces mirando a Birdie, pero acortaba distancias a una velocidad increíble. No lograría mantener el ritmo yendo con Emaleen. Soltó la mano de su hija.
—Quédate aquí.
—Iré más rápido, te lo prometo —dijo Emaleen.
Pero Birdie corrió ladera arriba, dejando atrás a la pequeña. Podía oír sus gritos.
—¡Mami! ¡No me dejes sola, mami! ¡Mami! —Espérame ahí —gritó, sin volver la vista atrás.
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El oso había dejado atrás la musgosa tundra y seguía subiendo entre las rocas. Birdie se detuvo el tiempo suficiente para localizarlo con los prismáticos. Estaba trepando por una pendiente casi vertical y la pizarra suelta se desprendía a cada paso bajo sus pezuñas.
Birdie intentó correr tras él colina arriba durante unos minutos, pero el terreno se volvía cada vez más empinado y rocoso, y se rindió rápidamente. Bajó el ritmo y siguió caminando, vigilando en todo momento dónde pisaba. Cuando volvió a mirar, el oso había desaparecido. Recorrió la ladera de la montaña con los prismáticos y finalmente descubrió su figura recortada contra el cielo gris en lo alto de la cresta de la montaña.
—¡Arthur! —gritó, aunque sabía que estaba demasiado lejos—. ¡Te quiero!, ¿me oyes? ¡Ya puedes volver a casa!
Le pareció que el oso vacilaba y le devolvía la mirada, pero Birdie no estaba segura. Y luego desapareció al otro lado de la cresta.
Iría tras él, lo seguiría de nuevo hasta la tundra, subiendo y bajando valles montañosos, atravesando ríos y arroyos. Lo olvidaría todo para estar con él.
Al girarse de nuevo hacia el valle vio que la loma estaba muy abajo. Se había alejado montaña arriba mucho más de lo que pensaba y no podía ver a Emaleen. Quizá se había tumbado en la tundra a echar una cabezadita o el desnivel del terreno le impedía ver bien. Birdie contempló el horizonte vacío y luego empezó a bajar.
—¡Emaleen! —gritó una y otra vez mientras descendía.
Solo pudo verla al llegar al borde de la loma. La pequeña se alejaba cada vez más, caminando colina abajo.
—¿Adónde vas? ¡Espérame! —gritó Birdie, acelerando el paso y corriendo por el sendero de caza hasta que alcanzó a la pequeña y la agarró del brazo—. ¿No me oyes? Te he dicho que esperes.
Emaleen se soltó bruscamente y siguió caminando.
—¡Me abandonaste, mami! —exclamó—. Me abandonaste.
Emaleen echó a correr ladera abajo con sorprendente velocidad. Tropezó y se cayó, pero al instante se levantó y siguió corriendo, al parecer decidida a no mirar a Birdie ni hablar con ella.
—Debemos seguir por ahí —dijo Birdie, señalando hacia el North Fork.
Finalmente, Emaleen le permitió abrir la marcha.
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—¿Quieres beber agua? —Birdie le ofreció la cantimplora, pero Emaleen negó con la cabeza—. No seas boba. Solo porque estás enfadada conmigo no vas a aguantar la sed.
Emaleen cogió la cantimplora y bebió un largo trago. Al devolvérsela no miró a Birdie a los ojos ni le dio las gracias y se limitó a clavar la vista más adelante con expresión fría. La pequeña nunca le había parecido tan adulta.
Al llegar al bosque se detuvieron a descansar. Era evidente que Emaleen estaba agotada y tenía frío —tiritaba y le temblaba la barbilla—, pero cuando Birdie se sentó e intentó abrazarla ella se apartó. Birdie se quitó la chaqueta y se la puso a Emaleen. Entonces el cuerpo de su hija se relajó y se dejó caer a su lado. La niña lloraba en silencio, pero se calmó enseguida.
Birdie solo podía pensar en Arthur. Al fin había visto su verdadero yo. Él había intentado ocultárselo matándose de hambre, todo para protegerlas a Emaleen y a ella.
Se preguntó dónde estaría ahora. Había atravesado toda una montaña y cruzado a otro valle con gran facilidad. En esos momentos podía estar a kilómetros de distancia. ¿Qué había dicho Syd sobre el amor, el miedo y la valentía? «Nadie puede decirnos dónde buscar la felicidad».
Horas después, cuando ya oscurecía, al fin llegaron a la cabaña.
—Deja la puerta abierta —le dijo a Emaleen.
—Pero mami…
—He dicho que la dejes.
No encendería el fuego ni echaría el cerrojo en la puerta, y tampoco iba a dormir con el rifle al lado. Quería que Arthur volviera a casa. Lo amaba. Y él amaba a Emaleen. Nunca les haría daño.
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CAPÍTULO 26
hora el interior de la cabaña era igual que el bosque. El suelo estaba cubierto de hojas, hierba, ramas y barro que se agrietaba bajo sus Apies, y por las mañanas una escarcha brillante lo cubría todo, incluso las mantas. Emaleen no se lavaba los dientes ni la cara y tampoco se cambiaba de ropa. Hacía frío, casi tanto como en invierno, pero su mamá no encendía el fuego en la estufa de leña. Cuando Emaleen preguntó por qué, su mamá dijo que a Arthur no le gustaba el humo ni las llamas y que debían dejar la puerta abierta todo el rato para que él pudiera volver a casa cuando estuviera preparado. Hacía demasiado frío para los mosquitos y las moscas, pero los escarabajos negros y las típulas entraban y salían
constantemente.
Incluso cuando estaba dentro de la cabaña coloreando en la mesa, Emaleen llevaba mucha ropa. Dos pares de calcetines y las botas de goma con dibujos de arcoíris, sus pantalones más calientes, la sudadera y la chaqueta morada; y a veces se ponía calcetines en las manos porque no tenía guantes, pero aun así seguía teniendo frío.
Su madre miraba a todas horas por los prismáticos en busca del oso. Una vez afirmó haberlo visto muy lejos en una colina. Emaleen quiso verlo también, pero su mamá respondió que ya era demasiado tarde. Había desaparecido enseguida.
Emaleen se preguntaba si el oso se marcharía a otro lugar a pasar el invierno. Sabía que los osos excavaban hoyos en las montañas y se metían dentro a dormir bajo la nieve, y el invierno ya estaba cerca. Había nieve en los picos. Abajo, en el río, las hojas de los árboles se habían vuelto de un color naranja amarillento, y cuando fueron al arroyo a recoger agua había hielo en las orillas.
Sin embargo, ese día al volver a la cabaña el oso estaba dentro y Emaleen vio por la puerta abierta el desastre que había causado. Las ollas, las sartenes, los platos y la ropa de cama estaban desperdigados por todas partes. Había derribado los estantes y muchos tarros de cristal estaban
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rotos. La harina, la miel y el arroz se habían derramado por el suelo y sobre los muebles, y el oso lo estaba lamiendo. Era gigantesco. Parecía mucho mucho mayor que cuando lo habían visto en lo alto de la montaña, de modo que no quedaba sitio en la cabaña para nada más que él.
—Arthur —dijo su mamá, en voz baja y dulce, pero el oso se giró tan bruscamente que volcó la mesa.
Emaleen se escondió tras el marco de la puerta, pero su mamá permaneció inmóvil. El oso sacudía constantemente la cabeza de un lado a otro y respiraba con fuerza.
—Estás en casa —dijo su mamá al oso.
El oso bajó la cabeza y resopló, como el gran lobo feroz. Una espesa baba colgaba de sus labios negros y tenía granos de arroz pegados en su gran nariz del mismo color, y Emaleen pudo ver los dientes blancos y afilados dentro de su boca.
Su mamá se dirigió a la puerta, acercándose al oso.
—Mami, no.
Emaleen quería decirlo bien alto, pero de su boca apenas salió un susurro porque casi no tenía aire en los pulmones. Su mamá dio otro paso y otro más hasta estar dentro de la cabaña. Entonces el oso retrocedió levantando las garras delanteras como si estuviera a punto de levantarse, y durante un segundo Emaleen pensó: «Es tan alto que pegará con la cabeza en el techo». Pero no se levantó sino que se abalanzó hacia delante y golpeó a su mamá con su enorme zarpa. Le pegó tan fuerte que la tiró al suelo. La pequeña no podía gritar ni moverse ni hacer nada porque el oso echó a correr hacia la puerta y salió al porche y todo sucedió tan rápido que Emaleen ni siquiera lo vio, únicamente sintió el aire y la piel del animal pasando a su lado.
Cuando su mamá se levantó del suelo tenía sangre en un lado de la cara, pero no lloraba. Su mamá nunca lloraba. Cogió el pequeño botiquín y le pidió a Emaleen que mojara un paño en el cubo de agua y se lo llevara.
Emaleen no quería mirar, pero aun así lo vio. Se le estaba desprendiendo un trozo de piel de la cara y se veía la carne debajo.
—No pasa nada. Estoy bien. —La voz de su mamá sonaba como si tuviera un puñado de canicas en la boca—. Él no quería hacerlo. Sus garras me golpearon de casualidad.
Se puso un vendaje grande en la mejilla y Emaleen le dio un trozo de esparadrapo. Su mamá tenía otro corte en la cabeza, en el cuero cabelludo,
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que no dejaba de sangrar.
—La cabeza sangra mucho —dijo Birdie— pero no es grave.
Presionó la herida con el paño mojado durante un buen rato y luego la cubrió con otro vendaje. Pero el esparadrapo no se pegaba a causa del pelo, de modo que se puso el sombrero de tío Syd para sujetarlo.
Su madre aclaró el paño de cocina en un cuenco y la sangre formó pequeños remolinos que no tardaron en diluirse tiñendo el agua de rosa, y el único sonido que se oía era el del goteo del agua cayendo en el cuenco mientras su madre lo escurría. La cabaña estaba ahora silenciosa y tranquila y también Emaleen quería estar silenciosa y tranquila, pero todo su cuerpo temblaba. Quería que su mamá la abrazase muy fuerte para dejar de temblar, pero ella había cogido el rifle de su gancho y lo estaba cargando.
—¿Qué ocurre? —preguntó Emaleen.
—Volverá a ser él mismo —dijo su mamá—, cuando haya comido suficiente.
Le explicó que seguía demasiado delgado y no estaba preparado para el invierno, pero que comía bayas y ardillas árticas y muy pronto llegarían algunos salmones a aquellas alturas de las montañas y entonces todo volvería a ir bien.
Casi toda la comida rica de la cabaña —el pan y la miel, la crema de cacahuete y las galletas— había desaparecido. Aún quedaban algunas latas porque el oso no había podido abrirlas y Emaleen ayudó a su mamá a recogerlas, pero el oso las había agujereado con sus grandes dientes. Su mamá abrió una lata mordisqueada de maíz cremoso y otra de carne Spam y lo sirvió todo en dos platos. A Emaleen no le apetecía, pero se comió el pringue frío para no ganarse una riña.
Cuando llegó la hora de dormir Emaleen fue a cerrar la puerta, pero su mamá le dijo:
—No tengas miedo. Déjala abierta. Esta es su casa.
Aquello no estaba bien. Ahora que ellas estaban dentro y el oso fuera, ¿por qué no cerraban la puerta echando el cerrojo?
Esa noche Emaleen tuvo un sueño. Al menos pensó que era un sueño, aunque parecía muy real. Como aquella noche que había soñado que una mujer lloraba y los árboles gemían. Pero en este sueño la luz de la enorme luna entraba en la cabaña y ella veía a su mamá saliendo al porche. Estaba
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completamente desnuda y también descalza. Detrás de ella, fuera de la cabaña, estaba la gran sombra del oso.
En el sueño su mamá se giraba para mirar a Emaleen, con el vendaje de un blanco brillante, y le decía: «No pasa nada. Sigue durmiendo».
Emaleen no quería comer la Dolly Varden. Se suponía que había que cocinar el pescado y ponerle sal y pimienta, pero su mamá dijo que era bueno comerlo así, mientras las hebras de carne fría y húmeda de un color anaranjado y blancuzco le resbalaban entre los dedos. Justo allí, en la otra orilla del arroyo, también estaba el oso pescando, pero él buscaba salmones. Emaleen no sabía por qué su mamá los llamaba salmones plateados, pues eran oscuros, de un color entre rojo apagado y verde negruzco. El oso los perseguía por el agua y cuando los atrapaba les arrancaba las tripas con los dientes y les mordía la cabeza. A veces se abalanzaba corriente adentro hacia Emaleen y su madre, y Emaleen sentía que el corazón se le quería salir del pecho.
«Debemos tener mucho cuidado». Ahora Emaleen entendía a qué se refería. Se refería a que había que moverse muy despacio y sin hacer ruido, y no podías chillar ni gritar porque entonces los ojos del oso te encontraban al instante. Y sobre todo, pasara lo que pasase, no podías echar a correr. Arriba en la montaña lo había visto perseguir a una ardilla, atraparla con los dientes y engullirla sin más. Porque eso es lo único que quería el oso, comer, comer y comer, como si quisiera tragarse el mundo entero. Era perfecto que Thimblina fuera invisible, porque si no el oso podría atraparla en pleno vuelo.
—No te muevas —susurró su mamá—. Nunca huyas de él corriendo, ¿me oyes?
Emaleen ordenó a sus piernas que dejaran de temblar y le dijo a Thimblina: «No te preocupes. Estás a salvo en mi bolsillo. Tú solo quédate muy muy muy callada».
Su mamá pescó otro pez con la caña y lo sacó a la orilla. Dijo que este se llamaba tímalo y era tan bonito y brillante que Emaleen solo quería ver cómo se marchaba nadando. Pero su mamá lo mató clavándole el cuchillo en la cabeza y luego lo cortó todo a lo largo para despellejarlo.
—Toma —dijo, y tenía los dedos cubiertos de escamas brillantes y sangre del pez.
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Su mamá se enfadaría si no comía, así que Emaleen cogió el trocito de pescado más pequeño de la mano de su mamá y lo engulló sin masticarlo ni paladearlo, pero ni así logró contener una pequeña arcada.
El sol se estaba ocultando tras las montañas y el bosque era frío y sombrío a orillas del arroyo. Emaleen deseaba más que nada estar de vuelta en la cabaña. Quería calentarse junto a la estufa, beber chocolate caliente y no tener miedo del oso, pero su mamá dijo que no había motivos para marcharse todavía. Cuando Emaleen dijo que quería comer algo que no fuera pescado crudo su mamá la envió a recoger arándanos rojos de los arbustos más altos, donde las hojas se estaban poniendo moradas. Pero los frutos estaban amargos y sabían a calcetín sucio y tenían grandes pepitas dentro que se veía obligada a escupir, y le seguían rugiendo las tripas.
Estaba cada vez más frío y oscuro, pero Birdie y el oso seguían pescando, de modo que Emaleen se acurrucó en una zona de la orilla donde había hierba. Aquel no le parecía un lugar adecuado para que durmiera una niña pequeña, y tenía las manos y los pies fríos. Pero cuando le preguntó a su mamá si podían irse a casa ella respondió que no, que allí era donde estaban los peces.
Un rato después, Emaleen se despertó con un ruido de chapoteo. Era de noche, pero ya no hacía frío. Su mamá estaba acurrucada contra ella y había tapado a las dos con su gran abrigo. Emaleen escuchó la respiración lenta y profunda de su mamá, como siempre que dormía.
Sin embargo, el oso seguía pescando. Ahora estaba en su lado del arroyo, muy muy cerca de Emaleen y su mamá. Emaleen oía las piedras del arroyo resbalando y haciendo ruido bajo sus pezuñas cuando caminaba. Y si corría detrás de un pez se oía el frenético aleteo de su cola intentando escapar y el fuerte chapoteo cuando el oso lo perseguía y, por último, el ruido de masticar y sorber mientras se lo comía.
Emaleen estaba muy quieta y callada, pero tenía los ojos abiertos de par en par y se fijó en cuatro estrellas formando un cuadrado en el cielo nocturno. Su mamá decía que lo llamaban el Carro porque tenía la forma de una carreta de carga. Emaleen eligió la estrella más brillante y la miró fijamente pidiendo un deseo durante tanto tiempo que el aire nocturno hizo que le corrieran algunas lágrimas por las mejillas. Pero ella no parpadeó ni intentó secárselas hasta haber terminado, porque se trataba de algo muy importante.
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Deseó que el señor Warren, tía Della o tío Syd vinieran a ayudarlas. Su mamá sabía hacer un montón de cosas. Sabía encontrar arándanos azules y pescar y disparar un arma, pero Emaleen estaba preocupada porque no sabía cómo mantenerlas a salvo a las dos.
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CAPÍTULO 27
irdie lo amaba por su hambre. Por la intensidad de su ansia. Se atiborraba, lamía las laderas de las montañas, zambullía la cabeza en
Baguas rugientes y engullía la vida a grandes bocados.
Desde que tenía recuerdos había anhelado algo sin ser capaz de ponerle nombre. Hubo breves instantes, en lo más alto de algún colocón, justo antes de la caída, en que casi había logrado saborearlo, pero al final su desesperación solo la había llevado más y más lejos de ese algo.
Porque lo que ansiaba era la vida misma. Las bayas silvestres, las setas y las raíces, los tímalos que nadaban en aguas claras… Cuando te los llevabas a la boca completamente vivos y mordías su carne, con cada bocado que tragabas, eran como luz concentrada inundando tus venas.
Birdie encontró sus huellas a orillas del arroyo, perfectamente impresas en la arena mojada. Se quitó las botas y los calcetines y las pisó, sintiendo la fría curva de las pezuñas bajo los arcos de sus pies. «Estoy exactamente donde quiero estar». ¿Alguna vez había estado tan segura?
Sabía que era peligroso, el modo en que él miraba a Emaleen. Pero también había habido peligros en su antigua vida; invisibles y traicioneros, como una erosión lenta e implacable. La comodidad era una ilusión, y cuanto más te acomodabas más te estancabas. Podías comer y comer y beber y beber, y entretanto tu yo se hacía cada vez más pequeño.
Era fácil dejarse arrastrar por los pensamientos hacia la vergüenza del pasado y el miedo del futuro, por las expectativas ajenas y el tictac del reloj, pero esta vez logró controlarse. Nunca volvería a vivir de esa manera. El tiempo no era algo a lo que aferrarse.
Tan solo existía este bocado y el siguiente, y la Tierra girando lentamente bajo sus pies.
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CAPÍTULO 28
ra un día alegre. Emaleen y su mamá estaban en la cabaña y él pescando en el arroyo. Su madre dijo que no había muchos salmones Eyeran difíciles de atrapar, de modo que probablemente él pasaría allí todo el día y toda la noche. Emaleen se alegró. Echaba de menos a Arthur, pero
deseaba que el oso no volviera a aparecer nunca.
Su madre estaba contenta e incluso encendió la estufa tras pedírselo Emaleen varias veces. El oso había engullido todo el cacao, los malvaviscos y la masa para tortitas, pero su mamá encontró una lata de leche condensada y preparó dulce de leche mezclándolo con agua y arándanos azules de la montaña, y estaba delicioso y Emaleen sintió cómo le calentaba la tripa.
A la pequeña ya no le gustaba el interior de la cabaña porque estaba muy sucio y oscuro. Afuera hacía frío pero al menos brillaba el sol. Su madre estaba tumbada en el porche con el sombrero de tío Syd sobre los ojos.
—¿Puedo ir a jugar por ahí?
—Pero por aquí cerca.
—¿Puedo corretear muy rápido y hacer ruido?
—Supongo que sí. Pero no te alejes, ¿entendido?
Emaleen tuvo una idea. Iría a pasear con su poni. Aún no le había puesto nombre porque se le acababa de ocurrir lo de tener un poni.
—¡Arre! —gritaba Emaleen trotando por el prado, dando vueltas y más vueltas delante del leñero y de la cabaña.
Thimblina volaba a toda velocidad de acá para allá sobre la cabeza de Emaleen y el poni agitaba orgullosamente su crin. Era del más precioso color morado y su crin y su cola eran rosas como el algodón de azúcar.
Emaleen chasqueó la lengua contra el paladar, sacudiendo las riendas hasta ir al galope y corriendo en círculos por el prado una y otra vez hasta estar tan cansada y sudorosa que no tuvo más remedio que detenerse en el porche a beber agua del cubo. Entonces entró en la cabaña y dejó la
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chaqueta y la sudadera sobre la cama, quedándose solo en camiseta, y también eso la hizo sentirse feliz. El calor del sol en su pelo y el aire frío soplando en su piel. Se estaba preparando para saltar desde el porche a lomos de su poni, igual que un vaquero, cuando escuchó un ruido.
—¡Mami! ¿Oyes eso? Es el señor Warren. Puedo oír su avioneta.
Su mamá se incorporó en el porche, frunciendo el ceño en silencio unos instantes, pero luego dijo:
—No lo creo. Parece un avión más grande volando a mucha altura.
Ven aquí y échate una cabezadita conmigo.
—No, gracias —respondió Emaleen, saltando desde el porche—. ¡Esto es más divertido!
Los vaqueros solían silbar a sus caballos, pero Emaleen lo había intentado montones de veces desde que tenía cuatro años y no era capaz de hacerlo. En vez de eso, puso los labios como quien va a silbar y gritó: «¡Fiu, fiu, fiu!» en un tono muy agudo que casi daba el pego. Cuando su poni no apareció, Emaleen caminó por el prado y siguió silbando a su manera mientras cogía puñados de hierba amarilla y colas de zorro rojizas. La abuela Jo decía que los caballos no debían comer colas de zorro porque les sentaba mal, pero su poni era mágico así que no pasaría nada. También recogió algunas flores de tallo largo bastante bonitas y de intenso aroma. Arthur le había enseñado su nombre, pero ahora no conseguía recordarlo. Cuando se quitara su piel de oso se lo preguntaría.
Finalmente, detrás del leñero, encontró a su poni imaginario. Emaleen chascó la lengua y fingió silbar, enseñándole el ramo de flores y hierba seca.
—Vamos, chica. Vamos, chica.
Y cuando estuvo bastante cerca le echó un lazo invisible rápidamente y se subió a su lomo de un salto.
—¡Arre! —volvió a gritar.
Esta vez iban aún más rápido, tan rápido que la brisa le revolvía el pelo a Emaleen y agitaba en todas direcciones la sedosa crin rosa del poni. Emaleen dio un salto en el aire para tocar las alas de Thimblina, pero ella estaba volando muy alto en el cielo de lo feliz que se sentía.
—Lu-lú, salta mi Lu —cantó Emaleen, al ritmo del trote del poni. Lulú, así se llamaría su poni—. Lu-lú, salta mi Lu. ¡Salta caballito que no hay nadie como tú!
—¡Emaleen!
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—¡Salta, caballito!
—¡Emaleen!
Probablemente su madre le estaba diciendo que era hora de volver a la cabaña o que debían ir al arroyo a pescar más peces. Pero Lulú no escuchaba, solo quería correr y correr. Y siguió galopando por el sendero desde el cobertizo, más y más rápido.
—¡Salta, salta, caballito!
Ya estaba cerca del álamo donde a Arthur le gustaba dormir la siesta.
—¡Emaleen! ¡Para! ¡Ahora! Él está aquí.
Emaleen levantó la vista y vio a su madre de pie en el porche con algo en la mano.
Y entonces, antes de que Emaleen comprendiera lo que sucedía, se encontró cara a cara con el oso. Con su oreja caída en un lado de la cabeza y la fea cicatriz en el hocico. Oyó a su madre gritando a lo lejos, pero ya no pudo entender lo que decía. Todo se había vuelto borroso y mudo de repente. Todo excepto Emaleen y el oso.
Ella no pretendía echar a correr. Se suponía que no debía correr. Pero era como si sus piernas hubieran cobrado vida y ahora tomaran sus propias decisiones, y estaban corriendo y corriendo, tan rápido como podían. Y se suponía que debía estar callada, pero también su boca parecía tener vida propia y gritaba: «¡Mami! ¡Mami!». Por el rabillo del ojo, Emaleen vio al oso bajar la cabeza y correr hacia ella igual que cuando perseguía salmones en el arroyo.
Una ensordecedora detonación sobresaltó a Emaleen, que tropezó y se precipitó al suelo a cuatro patas. El oso resoplaba y rugía, dando vueltas sobre sí mismo, y parecía que intentaba morderse en el costado. Y entonces echó a correr hacia el bosque.
—¿Estás bien? —Su mamá estaba sin aliento y con los ojos muy abiertos. Tenía un arma en la mano y se agachó junto a Emaleen—. Estás bien, estás bien —dijo, apretando los brazos y piernas de la pequeña y pasando las manos por su cabeza y su espalda—. Estás bien. Debemos irnos. Creo que le he dado. Tengo que ver si… Quédate aquí. ¿Me has oído?
Eso fue lo que entendió Emaleen. Que su mamá le había disparado con el arma. Había disparado a Arthur.
—Mami. Mami, lo siento. Lo siento, lo siento.
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Intentó alcanzarla, pero su mamá corría hacia el bosque en la misma dirección que él.
—¡Quédate ahí! —repitió su madre, sin volverse a mirar.
Quizá Arthur solo estaba un poco herido. Su madre sabía limpiar heridas y poner vendajes. Ella lo curaría. Pero cuando Emaleen llegó al otro lado del prado no vio a su madre ni al oso. Se obligó a esperar allí mismo al borde de los árboles, a pesar de que estaba asustada y tenía los brazos respigados y fríos. Escuchó los latidos de su corazón y contó hasta diez, hasta veinte, hasta cincuenta, y luego volvió a empezar.
Su madre volvería en cualquier momento. Todas esas veces había regresado. Cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete…
Un extraño ruido salió del bosque. Era un rugido y un gruñido, pero también un silbido o un canto o un grito, y parecía venir de lejos, aunque no demasiado. Ella nunca había oído nada semejante, y entonces, de repente, el ruido cesó. Todo quedó en silencio. Escuchó y escuchó, tan intensamente que sus oídos se llenaron, como si el silencio se estuviera acumulando en su interior, y en algún momento creyó oír el arroyo a lo lejos y luego un pájaro muy cerca, pío, pío, pío, y después una ardilla, chi, chi, chi. Si se hubiera atrevido, Emaleen podría haber imaginado de nuevo aquel extraño chillido, de principio a fin. Quería escucharlo otra vez, pero también deseaba no haberlo oído nunca.
Emaleen no sabía qué hora era, pero el sol se estaba poniendo. Pronto oscurecería. Entró en la cabaña y se puso unos calcetines más gruesos, la sudadera y la chaqueta. Cogió una cuchara para comer lo que quedaba del dulce de leche con arándanos en el cazo, sobre el fogón de la estufa, aunque ya no estaba caliente ni rico. El fuego se había apagado.
Su madre volvería a casa antes del anochecer. Debía hacerlo. Emaleen no tenía permitido cerrar la puerta de la cabaña y no sabía encender el fuego ella sola. Su preocupación creció y creció, hasta ser como un globo de helio en su interior, y ella sintió que se alejaba flotando.
—¡Mami! —gritó desde la puerta de la cabaña.
Llamó una y otra vez a su mamá. Cada vez había menos luz, por lo que no podía ver si su mamá estaba saliendo del bosque. Dentro de la cabaña estaba incluso más oscuro. Encontró la linterna de su madre y la encendió, pero por alguna razón así daba más miedo, pues solo podía ver donde apuntaba con el haz de luz.
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—Vamos —le dijo a Thimblina.
De ninguna manera iba a seguir dentro de la cabaña, con todos esos rincones oscuros y la puerta abierta.
Afuera aún se podía ver algo. Apagó la linterna porque las pilas se agotarían si no tenía cuidado. Quería ir hasta la linde del bosque para llamar una vez más a su mamá, pero al imaginarse allí sola otra vez volvió a preocuparse incluso más.
La escalera estaba apoyada contra la parte delantera de la cabaña despensa. Debía tener cuidado de no caerse —pues su mamá no estaría detrás para cogerla—, pero sabía que tenía que ser valiente. Subió los peldaños uno a uno y al llegar arriba soltó el pestillo de la puerta y se agachó mientras la abría por encima de su cabeza. Una vez dentro, encendió la linterna y alumbró a su alrededor. Fue de un lado a otro abriendo cajas y bolsas. En una bolsa encontró un saco de dormir marrón que la mantendría caliente. También vio algunas latas de sal y pimienta, varias raquetas de nieve y una motosierra, pero no había comida.
Arrastró el saco de dormir hasta la entrada y se sentó encima con las piernas cruzadas para mirar afuera. Era plena noche y el aire cada vez más frío. No había luna, pero ya se veían algunas estrellas. ¿Por qué no había vuelto aún su mamá? Había un silencio absoluto, ni siquiera se oía a los pájaros y las ardillas cantar sus canciones. Pensó en cerrar la puerta de la despensa, pero cuando su mamá llegara a casa no sabría cómo encontrarla. Aunque estaría más segura sin la escalera. De ese modo no podría subir ningún animal durante la noche.
Emaleen se asomó al borde de la plataforma de madera. Ya no había luz suficiente para ver el suelo, pero sabía que era una caída bastante grande. Llegado el momento de bajar, su mamá volvería a colocar la escalera. Emaleen apoyó los dos pies en el último peldaño y empujó con fuerza, pero la escalera volvió a su sitio con un golpe seco. Empujó más fuerte y esta vez la escalera cayó con estrépito sobre los arbustos.
Emaleen logró dormir un rato acurrucada en el cálido saco, pero se despertó con dolor de barriga. Sería porque no había cenado nada y tampoco había comido, pero al pensar en comida, incluso en patatas fritas y batidos, se le revolvía el estómago. Tenía la misma sensación que cuando rompió la pulsera dorada de su mamá y la escondió, como si hubiese hecho algo malo y se estuviera poniendo malita por ello.
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Se suponía que no debía huir corriendo de él. Nunca, nunca. Su mamá había gritado: «¡Para!» y ella no le había hecho caso, había seguido corriendo y corriendo. Todo era culpa suya.
—Yo no quería, yo no quería —le decía una y otra vez a Thimblina—.
Yo no quería.
Lloró durante mucho tiempo, tanto que acabó agotada. Seguía llorando y estaba a punto de quedarse dormida otra vez cuando una gigantesca sombra pasó volando con un siniestro zumbido. Era mucho más grande que un carbonero o una urraca. La despensa estaba muy arriba, por lo que solo los pájaros y las brujas podían pasar a esa altura, y Emaleen estaba segura de que los pájaros no volaban por ahí de noche. Pensó en el largo y estropajoso pelo de la bruja enredándose en las ramas y escuchó atentamente tratando de oír sus chillidos y risas. Encendió la linterna y, con cuidado de no caerse, cerró la puerta de la despensa. No era como la de la cabaña, pues no había cerrojo por dentro, pero así al menos la bruja no podría entrar volando.
Toc, toc, toc. Toc, toc, toc, toc.
Alguien llamaba a la puerta. Ya había amanecido, la luz del sol entraba por algún lado y durante un segundo Emaleen no cayó en la cuenta de por qué su cama parecía tan distinta. Pero entonces se acordó. Había dormido en la cabaña despensa y la luz entraba por la puerta que no estaba del todo cerrada. Toc, toc.
—¡Mami!
Toc, toc.
—¡Mami! ¿Eres tú?
En cuanto Emaleen abrió, un pájaro entró volando en la despensa. La escalera seguía en el suelo y el golpeteo había cesado.
—¡Mami! —gritó.
Probablemente su mamá había llegado durante la noche y aún dormía en la cabaña. Pero no sabía dónde encontrar a Emaleen.
Había sido una mala idea tirar la escalera porque ahora el único modo de bajar era saltando y el suelo estaba muy lejos. Se haría daño si caía sobre la escalera, de modo que se puso en cuclillas y saltó desde un lateral. Aterrizó directamente sobre los pies, con tal fuerza que sintió un intenso dolor subiendo por los tobillos y las rodillas flexionadas, pero se levantó al instante de un salto y corrió hacia la cabaña. A lo mejor Arthur también
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había regresado y los dos estaban acurrucados en la cama, como antes. Su mamá se levantaría diciendo: «Vamos a hacer tortitas», y Emaleen subiría a la cama y abrazaría a Arthur y no tendría que decirle que lo sentía porque él ni siquiera estaría herido.
Pero cuando llegó no había nadie en la cabaña. La cama estaba vacía y la estufa fría y todo seguía hecho un completo desastre. Emaleen salió al porche y recorrió el prado con la mirada en dirección al bosque.
Su mamá no había vuelto a casa en toda la noche.
Emaleen seguía mirando atrás para asegurarse de que aún veía la cabaña a través de los árboles. No había olvidado lo ocurrido cuando vivían en el hostal y se perdió al ir en busca de su madre.
Lo que estaba claro era que su madre se iba a enfadar. Le había dicho a Emaleen que no se moviera de allí, pero había esperado mucho tiempo, un día entero y toda una noche. Quizá su mamá estaba cuidando a Arthur y Emaleen podía ayudarla, o quizá se hubiera perdido y Emaleen lograra encontrarla y mostrarle el camino a casa.
Había que cantar y dar palmas al caminar por el bosque para ahuyentar a los osos, pero sin su mamá Emaleen no era lo bastante valiente. Era más parecida a un conejito o ratón de campo, calla, calla, escóndete y huye. Pero mientras no perdiera de vista la cabaña seguiría avanzando y avanzando.
—Mami —susurró hacia los árboles—. Mami, ¿dónde estás?
Los bastones del diablo eran cada vez más altos, con sus grandes hojas y sus largas espinas, hasta que la superaron en altura y tuvo la sensación de estar atravesando un tenebroso túnel. Cuando se dio la vuelta, la cabaña ya no era visible. No podía ver nada más que las gigantescas hojas con espinas por todas partes. Pero los animales salvajes habían abierto un sendero y quizá si lo seguía sería capaz de volver a encontrar el camino a casa. Cada pocos pasos se detenía y escuchaba y suspiraba por su mamá.
Pasado un rato, el sendero ascendía por una colina con más bastones del diablo y arbustos de color verde oscuro, y al llegar a la mitad Emaleen pudo ver otra vez la cabaña. Se había alejado bastante, pero no estaba perdida.
En lo alto de la colina un árbol caído bloqueaba el camino y a su alrededor crecían espinosos arbustos. Ella no quería abandonar el sendero, pero el tronco no estaba pegado al suelo y era demasiado alto para poder
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trepar por encima. De modo que se agachó a cuatro patas y pasó arrastrándose por debajo.
Al levantarse vio a su mamá. Estaba al pie de la colina, tendida boca abajo entre hierba y bastones del diablo. Emaleen no podía ver su cabeza, pero aquellas eran sus botas de cordones rojos y también su camisa de franela azul claro, aunque estaba desgarrada y manchada de barro. Los brazos y las piernas de su mamá estaban en una posición muy rara, como si los hubieran doblado en ángulos imposibles.
—¿Mami? —dijo, suavemente.
Avanzó unos pasos despacio colina abajo y vio la cabeza de su mamá.
Su pelo oscuro parecía mojado y revuelto.
—¡Mami! —volvió a decir.
No era normal que estuviera tan quieta y no respondiera ni hiciera ningún ruido. Emaleen avanzó un paso más y resbaló con el pie izquierdo. Miró al suelo y vio que estaba pisando la huella de un oso. Estaba sucia de barro y hojas, pero ahí estaban marcadas las gigantescas almohadillas y las largas y afiladas garras.
Al levantar la vista vio algo muy muy adentro, entre los matorrales de aliso, detrás de su mamá. Una gran sombra. Algo oscuro. Emaleen contuvo la respiración y entrecerró los ojos, intentando distinguir su forma. Quizá fuera el tocón de un árbol o una roca enorme. Pero entonces empezó a ver una cabeza y orejas, pelo y dos ojos brillantes devolviéndole la mirada.
Una gran bola ardiente se arremolinaba y crecía, hinchándose cada vez más en el centro de su pecho. Debía permanecer callada pasara lo que pasara. Debía mantener esa hirviente bola de lágrimas, gritos y patadas controlada en su interior.
Emaleen retrocedió colina arriba un paso, dos, tres, hasta llegar de nuevo al tronco. La hierba seca y las ramas crujieron y se partieron cuando volvió a agacharse a cuatro patas. Se arrastró bajo el tronco, y ya casi había logrado salir del otro lado cuando se le enganchó la chaqueta. Estaba atascada. Tiró con más fuerza y el nailon se desgarró ruidosamente. Emaleen se quedó petrificada. Imaginó los ojos del oso mirando hacia ella colina arriba. Permaneció inmóvil mucho rato esperando, pero no oyó nada. Salió de debajo del tronco y se puso de pie, callada, muy callada, conteniendo la respiración para no hacer ningún ruido. Dio un paso y después otro y entonces echó a correr, bajando por el sendero en dirección
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a la cabaña. «Tengo que ayudar a mi mamá. Tengo que ayudarla». Todo estaba borroso a causa de las lágrimas, por lo que apenas veía hacia dónde se dirigía, pero siguió repitiendo en silencio las mismas palabras. «Tengo que ayudar a mi mamá. Tengo que ayudar a mi mamá».
Al entrar en la cabaña miró a su alrededor. Había un arma en un gancho, pero era demasiado grande para poder dispararla y ni siquiera sabía cómo se cargaban las balas. Estaba el hacha en el leñero, pero no tenía fuerza suficiente para levantarla. Había cuchillos de cocina en los estantes, pero estaba demasiado asustada. Una niña sola no puede enfrentarse a un oso.
Arthur le había contado una vez que todos los arroyos del mundo fluyen hacia todos los ríos del mundo y estos, a su vez, hacia todos los océanos del mundo. De modo que es posible seguir el agua marcha atrás hacia las cumbres de las montañas o hacerlo colina abajo hasta llegar al océano. Ella no necesitaba recorrer todo el camino hasta el final. Pensó en el día que jugaron en la nieve y, mirando al horizonte, pudieron ver el hostal muy lejos, al otro lado del gran río. Emaleen no sabía cómo iba a cruzar el río una vez allí, pero seguiría la corriente hasta encontrar a tía Della y al señor Warren.
Podía tardar mucho tiempo. Quizá tendría que dormir bajo un árbol. No le quedaban malvaviscos ni comida de ningún tipo, pero tenía la cantimplora de su mamá y la llenó de agua del cubo. Sacó la mochila de su mamá de debajo de la cama y guardó en ella la cantimplora, la linterna y una manta. La mochila era demasiado grande para Emaleen, pero se la puso igualmente.
Al salir de la cabaña dejó la puerta abierta. Recorrió el prado con la mirada en dirección al bosque donde había visto a su madre y al oso, pero no apareció nadie. Echó a andar, alejándose de la cabaña, del prado, de la despensa y del leñero, y continuó por el sendero en dirección al arroyo.
—Tengo que ayudar a mi mamá. Tengo que ayudar a mi mamá.
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CAPÍTULO 29
arren estaba de pie en el porche, con su vieja bata y sus zapatillas de piel, bebiendo el primer café del día, y su aliento se mezclaba Wconel vapor de la taza mientras pardillos y trepadores azules revoloteaban entrando y saliendo del comedero para pájaros, y la perra se revolcaba felizmente sobre la hierba. Tras semanas de lluvia y nubes, el tiempo al fin había cambiado. El sol de la mañana caía sobre el valle del Wolverine y las montañas estaban coronadas de nieve fresca. Bajo la línea de nieve, la tundra alpina había adquirido un tono borgoña y al pie de las colinas, los
álamos y los abedules empezaban a perder sus hojas de otoño.
La casa de muñecas estaba lista. La había repintado casi entera y Della le había dado unos trozos de moqueta que él había recortado para cambiar la vieja. Cuando al fin logró encontrar las muñecas en el desván, le parecieron demasiado viejas para regalárselas a Emaleen. Los detalles de sus ojos y bocas estaban borrosos, lo que les daba un aspecto siniestro, y la ropa estaba sucia y raída. Pero dos días antes lo había llamado Anne, del bazar del pueblo, para decirle que había encontrado un juego de muñecas muy parecido.
Arthur y las chicas se estarían quedando cortos de provisiones. Después de ducharse y desayunar, cargó la avioneta con los comestibles que había comprado; varias barras de pan, dos docenas de huevos, una selección de comida enlatada, un buen jamón y otras cosas. La temporada de caza del alce había empezado hacía más de una semana, de modo que metió también su rifle y su equipo de caza. Guardó la casa de muñecas en la parte de atrás.
A mediodía estaba atravesando el paso de montaña y voló a poca altura sobre el North Fork mirando por las ventanillas laterales. En esa época del año los caribús estarían agrupándose por el celo y los machos compitiendo entre sí para aparearse con las hembras. Era ilegal cazar el mismo día que se sobrevolaba una zona, pero si avistaba un macho pasaría la noche en la cabaña, y Arthur y él saldrían a buscarlo a la mañana siguiente.
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En una ancha zona del valle fluvial vio una figura oscura sobre la clara arena gris. Era demasiado pequeña para ser un caribú, pero estaba casi completamente seguro de que la había visto moverse. Retrocedió trazando un círculo en el aire y descendió inclinando las alas para ver mejor. No era más que un gran puercoespín, arrastrándose por una vasta extensión de arena y grava. Warren tiró de la palanca de control para recuperar altura, estabilizó el avión y continuó la ruta siguiendo el curso del North Fork.
Esperaba ver a la niña aguardando su llegada, como había hecho tantas veces. Sonrió para sus adentros, pensando en el momento de sacar la casa de muñecas del asiento de atrás para dársela. Pero ni siquiera después de haber aterrizado apareció nadie. Llevó la caja de comestibles sendero arriba y al acercarse a la cabaña gritó: «¡Hola!».
Habían vuelto a tapiar las ventanas después de su última visita. Probablemente las noches ya se habrían vuelto lo bastante frías como para necesitarlo. Sin embargo, le pareció raro que la puerta estuviera abierta y no hubiera nadie cerca. La ordenada pila de leña del porche había desaparecido, y al subir los escalones en dirección a la puerta vio el cubo de agua tirado de lado junto a la cama.
—¿Hola? ¿Birdie?
La preocupación de Warren aumentó al entrar en la cabaña. El suelo estaba cubierto de barro seco, ramas y hojas, y entonces vio los tarros hechos pedazos y las cajas de comida destrozadas. Los estantes de la cocina estaban vacíos y uno colgaba inclinado como si hubieran estado a punto de arrancarlo de la pared. Warren cogió un bote de sopa de tomate Cambpell y el líquido rojo se derramó por los lados. La hojalata estaba repleta de agujeros.
Sintió un sudor frío en la nuca. Se había descuidado al dejar el rifle en la avioneta. Cogió la escopeta de la pared y encontró una caja de balas en el armario. Después de cargarla, se llenó los bolsillos de munición extra.
El sol lo deslumbró al salir de la cabaña empuñando la escopeta con ambas manos.
—¡Birdie! ¡Emaleen! ¿Podéis oírme?
Necesitaba encontrar el modo de calmarse. Estar alerta. Estar concentrado. Fijarse en los pequeños detalles. No había nadie en el leñero. El cobertizo estaba vacío. En la cabaña despensa la puerta estaba abierta y la escalera tirada sobre la hierba.
—¡Birdie! —siguió gritando una y otra vez.
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Cuando había recorrido la mitad del prado, estuvo a punto de pisar una plasta entre la hierba que no logró identificar a simple vista.
Se agachó y la tocó con las yemas de los dedos. Era sangre coagulada. No mucha, pero suficiente para sugerir una herida importante. Se levantó y recorrió con la mirada el área circundante. La hierba estaba aplastada, como si algo grande la hubiera pisoteado. Varios metros más adelante había una salpicadura de sangre oscura más pequeña. A juzgar por su consistencia y color no era del todo reciente, aunque tampoco le pareció que tuviera más de un día.
Continuó la búsqueda mientras caminaba, avanzando desde un charquito de sangre hasta el siguiente. Cuando llegó al final del prado, el rastro de sangre era casi insignificante. Sin embargo, sus ojos se habían habituado a los tonos marrones y amarillos del otoño y logró encontrar más manchas de color rojo oscuro, a veces poco más que una sola gota en una brizna de hierba amarillenta. Sus ojos iban rápidamente del suelo al bosque y viceversa, sin relajar la posición de disparo y manteniendo en todo momento el dedo en el gatillo de la escopeta.
El rastro de sangre, cada vez más difícil de seguir, lo condujo hasta un transitado sendero de caza que se abría paso entre los árboles y a través de un claro alfombrado de hierba, antes de adentrarse en un denso matorral de bastones del diablo y ascender una pequeña loma. Vio huellas de oso en la tierra húmeda y sobre ellas las pequeñas pisadas de unas botas de niño. Al llegar arriba, un árbol caído bloqueaba el sendero. Se sentó sobre él y, cuando estaba a punto de pasar al otro lado, descubrió varios mechones largos de pelo rubio enganchados en la parte inferior del tronco. Eran de Emaleen. La pequeña Emaleen. Sintió la angustia envolviéndolo con un opresivo velo, pero no tardó en apartarlo. Necesitaba todas sus facultades alerta en esos momentos, aquí y ahora. Bajó del tronco y miró el barranco desde el otro lado.
Y allí, entre arbustos de aliso y bastones del diablo, estaba Birdie. Yacía inmóvil boca abajo, con los brazos en ángulos extraños respecto al cuerpo y el pelo sobre la espalda manchado de sangre.
—¡Birdie! Birdie, ¿puedes oírme?
Tomó nota rápidamente del revoltijo de huellas de Birdie, Emaleen y el oso por el sendero.
—¡Eh! —gritó Warren—. ¡Eh!
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Incluso mientras se acercaba a Birdie tratando de detectar indicios de vida, siguió vigilando el bosque, manteniendo el cañón de la escopeta en su campo visual.
Se esforzaba por registrar cada detalle que observaba como simple información. La parte baja de la pierna fría al tacto, heridas en la cara y el cuero cabelludo, una perforación en el cráneo junto a la órbita ocular. Sin pulso en la carótida. Lentamente y con gran delicadeza, giró el cuerpo hasta colocarlo de espaldas, pero ya no había reanimación posible. Birdie estaba muerta.
Caminó alrededor del cuerpo apartando los tallos de los bastones del diablo con el cañón de la escopeta y la hierba alta con las botas, sin dejar de observar el matorral de alisos. Estaba alterando la escena del crimen, pero tenía que asegurarse. La niña no estaba allí.
—¡Emaleen! —gritó hacia el bosque—. ¡Emaleen!
Cuando llegó a la avioneta, Warren estaba tembloroso y empapado en sudor. Había buscado por el bosque durante más de dos horas, trazando círculos cada vez más amplios en torno al cuerpo de Birdie, y luego alrededor de la cabaña y los cobertizos, pero no había encontrado a su hijo ni a Emaleen. Necesitaba calmarse y pensar con claridad. Podía continuar la búsqueda a pie o intentar encontrarlos desde el aire. Sopesó la posibilidad de ir a por ayuda, pero solo en el viaje de ida y vuelta a través de las montañas perdería una hora o más.
Voló tan bajo como se atrevió sobre la cabaña, girando el cuello para mirar en todas direcciones. Avanzó unos tres kilómetros sobre el arroyo, pero no quería adentrarse en el valle, de modo que dio la vuelta. Voló en círculos una y otra vez sobre la cabaña. Gran parte de esa zona eran bosques frondosos. ¿Qué distancia sería capaz de recorrer una niña pequeña en un día o dos? De repente lo asaltaron las dudas. Emaleen estaba muerta. Pero esa era una verdad que no estaba preparado para aceptar. Todavía no.
Miró su reloj. Faltaban cuatro horas para la puesta de sol, pero solo le quedaban dos de combustible. Suficiente para volar de regreso, avisar a la policía, repostar y volver con Syd. Syd era el mejor rastreador que Warren conocía, y estaba familiarizado con los osos.
Pensó en tomar la ruta más directa hacia el paso de montaña, saltándose el recodo de la desembocadura del arroyo, pero en el último
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momento decidió seguir buscando un poco más antes de abandonar. Siguió su curso brevemente hasta el North Fork y, después de corregir la trayectoria del aparato, continuó a baja altura sobre el río.
Casi al instante, distinguió su chaqueta morada pasando bajo el avión. Hizo un giro completo y vio a la niña de pie y agitando ambos brazos sobre la cabeza mientras atravesaba corriendo un banco de arena a orillas del río. Gracias a Dios. Gracias a Dios. Necesitaba un sitio para aterrizar, unos doscientos metros de suelo llano sin zanjas ni troncos. Comprobó el lecho del río mientras levantaba el mando de dirección para ganar más altura. Río abajo, a menos de un kilómetro, parecía haber un banco de arena seco que podía servirle, aunque no estaba seguro. Lo sobrevoló, dio la vuelta y pasó de nuevo zumbando sobre él. La pobre niña estaría frenética pensando que la había abandonado.
El aterrizaje fue brusco y muy breve, pero logró detener la avioneta frente a una gran mata de arbustos de sauce. Antes de que la hélice se hubiera detenido por completo, Warren ya había bajado del aparato.
Encontró a la niña entre los sauces. La mochila que llevaba era casi tan grande como su cuerpo y cojeaba con las piernas rígidas, como si le doliera algo.
—¿Estás herida?
—Tenemos que ayudar a mami.
—¿Te encuentras bien?
La niña siguió caminando al pasar a su lado, en dirección a la avioneta. —¡Rápido, rápido! —gritó ella—. Iba a buscarte. Tenemos que darnos
prisa.
—Espera —dijo él, quitándole la mochila de la espalda y cogiéndola en brazos con cuidado. Al llegar a la avioneta la sentó sobre un neumático
—. Enséñame dónde estás herida.
—Tenemos que ir a ayudarla. Por favor, señor Warren. Ahora mismo.
Tenía la cara sucia y mojada de lágrimas y los labios agrietados, pero no vio ninguna herida evidente. Cuando empezó a quitarle una de las botas de goma, ella se encogió de repente e intentó apartarlo para soltarse y bajar de la rueda.
—Mi mami.
—Espera. Solo déjame echar un vistazo, ¿de acuerdo?
El calcetín estaba húmedo y mugriento, y al quitárselo vio que el talón estaba manchado de sangre y tierra. Se le había reventado una gran
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ampolla, dejando una herida abierta y sangrante.
—Está bien. Esto podemos curarlo. ¿Estás herida en alguna otra parte? —No. Por favor, debemos irnos.
—Lo sé, lo sé. Voy a ayudar a tu madre. Pero primero tenemos que llevarte a un lugar seguro.
Volvió a ponerle el calcetín en el pie para proteger la herida. La niña sollozaba e intentaba decir algo al mismo tiempo, pero él no logró entenderla.
—Chsss —dijo—. Todo saldrá bien.
La levantó del neumático y la instaló en el asiento trasero de la avioneta.
—Yo… yo… yo…
La pequeña era incapaz de hablar por culpa del hipo y la respiración entrecortada.
—Está bien, está bien.
Él intentaba ponerle el arnés de seguridad, pero no había sido diseñado para niños.
—Yo… yo… lo siento.
—¿Por qué?
—Lo siento, señor Warren. Porque… porque… yo corría de un lado para otro… sin escuchar… y… lo siento, lo siento, lo siento…
—No. Sea lo que sea lo que ha pasado, tú no eres la culpable. ¿Me oyes? Nada de esto es culpa tuya. Pero vamos a buscar ayuda —la estaba mirando directamente a los ojos y le acarició la mejilla suavemente con el dedo pulgar—. Todo irá bien.
La niña asintió.
Era una mentira descarada. Nada iba a ir bien ni ahora ni nunca porque su madre estaba muerta. Sin duda había culpables, pero la niña no era uno de ellos.
Sin embargo, estaba viva. Y dio gracias a Dios por ello.
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PARTE TRES
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CAPÍTULO 30
l lugar vivía dentro de Emaleen como un sueño que se apaga, algo medio olvidado, sombrío y oculto, cubierto por ramas de aliso de Ecolor verde oscuro. Cuando era niña, sin pretenderlo, era capaz de encontrar el camino hacia la luz, las campanillas y las rosas árticas, el alegre rumor del agua del arroyo entre las rocas cubiertas de musgo. Aunque quizá tan solo imaginaba esos detalles para que sus recuerdos fueran más dulces y el escenario menos aterrador. Casi todo era oscuro y frío, con grandes pisadas de pezuñas en el barro y la acre fragancia de los bastones del diablo. A veces aparecía allí nada más quedarse dormida. Otras, su mente iba a la deriva hasta aquel lugar antes de que pudiera impedirlo. Y en algunas ocasiones iba intencionadamente, lo buscaba,
porque podía ser su hogar.
Creciendo en casa de la hermana de su madre en Bellingham, Washington, Emaleen había leído todos los libros sobre Alaska que había podido encontrar. Coleccionaba recortes de prensa, fotografías de revistas y las postales que le enviaba Della King desde el hostal Wolverine, que guardaba en un álbum secreto. Cuando tenía doce años planeó sacar dinero de la cuenta de ahorros de su tía para comprar un billete de avión a Anchorage. Se imaginaba haciendo autostop, saliendo del estado de Washington hacia el norte y atravesando Canadá hasta la frontera con Alaska. Tenía viejos cuadernos repletos de mapas dibujados a mano y complicados itinerarios. Pero no se trataba de huir de nada, era más bien la sensación de haber dejado algo atrás.
Al final no había hecho nada semejante. Incluso en el caso de que alguno de esos planes hubiera sido posible, la idea de decepcionar a alguien, especialmente a tía Liz, siempre la hacía abandonar.
La primavera después de cumplir catorce años, recibió una carta de Della preguntándole si quería pasar unas semanas de vacaciones en el hostal. Al enseñarle la carta a tía Liz esperaba un inmediato y contundente
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«No, de ninguna manera». Pero su tía se limitó a preguntarle en tono tranquilo:
—No querrás volver allí, ¿no? Después de todo lo que ocurrió. Tras observar atentamente el rostro de su tía, Emaleen respondió: —No, claro. Supongo que no.
Si Liz le hubiera dado a Emaleen la menor oportunidad de expresar sus sentimientos, ella habría encontrado el valor para decir: «Sí, por favor, quiero ir. Siempre he querido ir». Ahora solo eran recuerdos de recuerdos, pero sabía que siendo niña sentía una intensa nostalgia de Alaska. Al oler la fragancia de los retoños de álamo a orillas del río Nooksack o escuchar el picoteo de algún pájaro carpintero en el bosque de Sehome Hill, volvía a experimentar la misma agridulce sensación. Al volver a casa caminando desde la universidad, con frecuencia tomaba el sendero del arboreto y se preguntaba cómo sería pasar la noche ahí fuera, al arropo de los cedros y la cicuta. Esta extraña añoranza de Alaska era una traición directa a todo lo que su tía había hecho por ella. Liz se había marchado de casa en cuanto fue lo bastante mayor. Tras completar sus estudios superiores montó su propio negocio de contabilidad y se construyó una nueva vida en Bellingham. En todos los años transcurridos desde entonces solo había regresado a Alaska en una ocasión, para arreglar los asuntos pendientes de su hermana muerta y volver al estado de Washington con Emaleen, su hija de seis años.
Emaleen no recordaba todo lo ocurrido durante la tumultuosa época en que fue a vivir con su tía, pero sí la naturalidad y el cálido afecto con que la había acogido. Recordaba la casa de su tía como un hermoso castillo con moqueta de felpa azul en su dormitorio, asientos con cojines en la ventana mirador de la sala de estar donde podía sentarse a leer libros y un exuberante jardín trasero con altos helechos y un muro de ladrillo cubierto de musgo. En aquella época, Liz vivía de alquiler en una pequeña casa de estilo victoriano con vistas a la bahía de Bellingham, pero más tarde la compró y rehabilitó, y Emaleen la ayudó a pintar las paredes y a escoger la nueva decoración del comedor. Desde el principio, todo había sido orden, limpieza y seguridad. Tía Liz matriculó a Emaleen en un colegio cercano y, durante un tiempo, la llevó a un terapeuta para ayudarla a sobrellevar el luto y las pesadillas.
Emaleen era una niña lista y obediente y se adaptó con rapidez. Aprendió que era inaceptable mear en el jardín delantero porque podían
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verla los vecinos y que no tenía que esconder comida en su habitación porque su tía siempre se encargaría de que tuviera suficiente para comer. Supo que los osos grizzly más cercanos estaban a cientos de kilómetros de distancia y, que tía Liz supiera, ningún oso había matado a nadie en Bellingham. Emaleen podía darse baños calientes de burbujas y llevar ropa limpia todos los días. Y tía Liz nunca le propuso salir a dormir de noche en el bosque.
Emaleen también aprendió a desconfiar de su memoria. Para los niños no es fácil distinguir imaginación y realidad, y por muy real que parezca un recuerdo puede ser mejor no mencionarlo.
—Tienes que llamarme todos los días.
Tía Liz estaba de pie en el camino de entrada, con la capucha del impermeable puesta.
—Lo intentaré —dijo Emaleen, cerrando el maletero del coche. —¿Me lo prometes?
—Te lo prometo, te lo prometo. Pero no te preocupes si no te llamo por algún imprevisto. No estoy segura de que haya cobertura de móvil en todas partes y tampoco será fácil encontrar una cabina.
Liz miró la hora.
—Se está haciendo tarde. ¿Por qué no esperas y te vas por la mañana? Puede que también mejore el tiempo.
Emaleen sonrió para tranquilizar a su tía y la abrazó.
—Te prometo que te llamaré mañana en cuanto tenga ocasión, ¿vale? —Ya sabes que esto me parece bien. De verdad. —Liz tenía lágrimas
en los ojos—. Estoy muy muy orgullosa de ti.
Mientras Emaleen saludaba por última vez desde el coche y daba marcha atrás por el empinado camino de entrada, se preguntó a qué se refería su tía. «Orgullosa» no era una palabra que Liz utilizara a la ligera. Emaleen se había licenciado con honores en la universidad, aunque aquello no había sido una sorpresa para ninguna de las dos. ¿Puede que Liz se refiriera a ese momento concreto, mientras cargaba sus cosas en el coche para marcharse de casa, manifestando por primera vez su independencia? Un mes antes no le había pedido permiso a Liz sino que se lo había anunciado lo más despreocupadamente que había podido: después de licenciarse iría a Alaska en coche. Tras la muerte de la abuela Jo hacía pocos años, un promotor inmobiliario había comprado la antigua finca familiar donde se criaron Liz y Birdie. Emaleen quería verla antes de que
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empezaran a parcelarla, explicó, y esta sería su última aventura antes de convertirse en una adulta de pleno derecho con una carrera y responsabilidades.
Pero quizá para Liz aquello era algo más. Un ajuste de cuentas con sus recuerdos.
Emaleen había imaginado ese día de junio de forma diferente. Haría sol y calor, llevaría pantalones cortos y las sandalias Birkenstock y abriría la capota de su viejo Volvo para disfrutar del aire fresco. No había sido muy sensata. La lluvia azotaba el parabrisas mientras las escobillas rascaban el cristal frenéticamente de izquierda a derecha, y tuvo que encender la calefacción para desempañar las ventanillas.
Solo al cruzar la frontera de Canadá y ver los carteles de bienvenida de la Columbia Británica se dio cuenta realmente de la enormidad de lo que estaba haciendo. Después de todos esos años, iba a regresar.
Cuando vio el camping, ya hacía rato que se había puesto el sol. Abandonó la autopista y condujo despacio por la carretera de grava bordeada de árboles de hoja perenne. Había algo limpio y saludable en aquella parte de Canadá, donde todo era verde, ordenado y libre de basura, que le recordaba a la revista Ranger Rick[10], que le encantaba de niña.
Poco después de cruzar la entrada, dejó atrás la caravana de los gerentes del camping adornada con macetas y banderas de Estados Unidos y Canadá, y una cálida luz brillaba a través de las cortinas de las ventanas. Los faros del coche alumbraban a su paso los puestos de acampada, cada uno con su mesa de pícnic y su aro metálico para fogatas, y todos estaban ocupados por tiendas de campaña o autocaravanas. A Emaleen no se le había ocurrido que los campings pudieran estar llenos a principios de verano. Volvió a hacer el recorrido completo más despacio y finalmente encontró un pequeño hueco para una sola tienda.
El equipo de acampada era un regalo de su tía y Emaleen había entendido plenamente su significado. Sin tantas palabras, Liz le estaba diciendo: «No lo entiendo y me preocupo por ti, pero ve con todo mi amor».
Emaleen sacó la tienda de su funda de nailon y la extendió en el suelo ante los faros del coche. Cuando Liz y ella se habían propuesto montarla en mitad de la sala de estar había sido como una escena de Los Tres Chiflados, tropezando y golpeándose accidentalmente con los postes
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metálicos; a punto habían estado de romper la lámpara del techo. Las instrucciones no tenían sentido y las dos se habían partido de risa al ver el resultado del primer intento. Al final lograron entenderlas y Liz cronometró a Emaleen mientras la montaba lo más rápido posible. «Preparados, listos, ¡ya!». Había sido un juego tonto, pero ahora, en la fría oscuridad de la noche, Emaleen se alegró de haberlo hecho. En cuestión de minutos la tienda estaba montada, toldo impermeable incluido. Sin embargo, tardó una eternidad en hinchar la colchoneta de camping y se sentía más y más mareada con cada soplido. En cuanto terminó de inflarla, encendió la linterna, desenrolló el saco de dormir encima y se tumbó sin desvestirse. Había leído que en la Columbia Británica la temperatura podía bajar por las noches hasta los cuatro o cinco grados, incluso en junio. Se suponía que el saco de dormir era válido hasta los diez bajo cero, aunque ella no estaba tan segura. Sacó una sudadera de la mochila y se la puso.
Dentro del saco, se dio la vuelta como pudo hasta colocarse boca abajo. La linterna iluminaba la tienda como una lámpara y supuso que sus vecinos la verían, pero quería dedicar unos minutos a revisar la guía Milepost que había llevado. Durante los últimos meses, desde que logró reunir el valor necesario para contarle a tía Liz que quería viajar a Alaska al terminar sus estudios, Emaleen había estado planificando el viaje. Se había informado sobre los ríos que debía cruzar, los pueblos que atravesaría en coche y los campings donde podría pernoctar.
Emaleen desdobló el enorme mapa incluido en la guía y lo colocó a su lado en el suelo de la tienda. Recorrió con un dedo sobre el papel los centímetros que había avanzado hasta entonces y luego siguió el resto de la ruta ascendiendo por el valle Fraser, a lo largo de las montañas Cassiar hacia el norte adentrándose en el territorio del Yukón, y finalmente a través de la frontera occidental hasta el interior de Alaska. Usando los gráficos kilométricos, calculó la distancia que le quedaba por recorrer. Tres mil doscientos treinta y cinco kilómetros. Cuatro días de coche, si todo iba según lo planeado, hasta llegar al hostal Wolverine.
Después de guardar la guía y apagar la linterna, se tumbó de espaldas. Era la primera vez que dormía en una tienda de campaña y no se parecía en nada a pasar la noche en la cálida comodidad de un dormitorio con las cortinas cerradas. A la tenue luz gris podía ver las delgadas varillas que se cruzaban sobre su cabeza y el viento agitaba ruidosamente las paredes de nailon. A medida que pasaban los minutos sintió como si el aire del
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ambiente y el frío del suelo se colaran en su cuerpo y se acurrucó aún más en el saco con un respingo de excitación. Hacía mucho tiempo que no estaba así de sola.
—Hola, Della. Sí, soy yo. Emaleen. No, estoy de camino. Salí ayer por la tarde. Te llamo desde una cabina, estoy en un sitio llamado Smithers, creo. ¿Lo conoces? Sí, creo que llegaré el domingo. No, tienes razón. No hay prisa. Lo sé, yo también tengo muchas ganas de verte.
Todos los años, sin excepción, Della le enviaba algún regalo de Navidad y de cumpleaños desde el hostal Wolverine. Un juguete, golosinas o algún libro de parte de tío Syd. También había siempre una nota con la pulcra caligrafía de letra separada de Della, donde le contaba alguna anécdota del hostal; la cría huérfana de castor que un turista había encontrado junto a la carretera y se había llevado a su cabaña o el vendaval que los había dejado toda una semana sin electricidad.
En cierto sentido, Della era como su familia. Pero esta solo era la segunda conversación telefónica que mantenía con ella y se sintió torpe, como quien habla con un completo desconocido. Emaleen se apretujó aún más contra el teléfono para dejar pasar a una ruidosa familia que entraba en el restaurante.
—Ah, Della. Quería preguntarte una cosa antes de colgar. ¿El señor Neilsen todavía tiene la avioneta?
—¿Warren? Claro, claro que sí. —Su voz sonaba muy lejos. —¿Y sigue volando? Quiero decir que ya es algo… mayor, ¿no? —No es ningún jovencito, no. Pero pasó sin problemas los últimos
psicotécnicos del viejo doctor Milner. Dios, hará cincuenta años o más que esos dos se conocen.
—Porque estaba pensando, en fin, si a él no le importa… ¿crees que podría llevarme a la cabaña?
—¿A la cabaña?
—Sí, eh, la de Arthur.
Hubo un largo silencio en el otro extremo de la línea.
—¿Della? ¿Estás ahí?
—Sí, cariño. Estoy aquí.
—Ya sabes, la cabaña donde viví aquel verano con mamá. Sigue allí, ¿verdad?
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—Pues… la verdad, no estoy segura.
—Bueno, lo de menos es la cabaña, ¿sabes? Puede que suene raro, pero me gustaría volver. Es difícil, por lo de mi madre y todo eso… — Emaleen se sorprendió conteniendo un sollozo—. Pero también tengo buenos recuerdos. Creo que me gustaría ver aquello otra vez.
—Oh.
—¿Podría llevarme el señor Neilsen? ¿Puedes preguntárselo? —No sé… Puede que no sea una buena idea.
—Oh, vale. Claro. No quería ponerte en un compromiso. Intentaré hablar con él cuando llegue. Y, si él no puede, probablemente habrá alguien más que vuele hasta allí, ¿no?
—Oh, es posible. Supongo. Pero no lo sé, cariño.
A medida que se aproximaba al territorio del Yukón, notó un gran cambio. Hasta entonces las carreteras eran amplias y bien asfaltadas, y Emaleen había atravesado pueblecitos y pintorescas granjas. Pero poco después de tomar la autopista Cassiar[11] la carretera se estrechó a dos únicos carriles, mezcla de grava y asfalto, que finalmente solo eran grava. Cuanto más avanzaba menos casas veía, menos negocios y edificaciones de cualquier tipo. No podía distraerse pensando en sus cosas porque cada poco había sorpresas en la ruta —un puente de un solo carril, buldóceres trabajando o desvíos que se convertían súbitamente en barrizales—. Era una carretera sinuosa, transitada por tráileres cargados con inmensas pilas de troncos a una velocidad que no parecía segura para ellos ni para los demás conductores. Al salir de una curva se encontró con una autocaravana que iba a cuarenta kilómetros por hora. Durante un rato la siguió manteniendo la distancia, hasta que se atrevió a adelantarla. El Volvo cogió un profundo bache a ochenta por hora y tuvo la certeza de que había dañado el eje delantero o reventado una rueda, pero el coche siguió circulando con normalidad. Emaleen se irguió en el asiento sobresaltada y clavó la vista en la carretera que se extendía ante sus ojos, ascendiendo y ascendiendo, hasta coronar una colina desde donde pudo contemplar las inmensas montañas de un tono azul acero, y el inacabable verdor de los bosques. No se veía otra cosa en todas direcciones. Emaleen estaba exultante, pero al mismo tiempo se sentía diminuta y vulnerable en su pequeño coche.
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La aguja del combustible estaba justo por debajo del cuarto de depósito. Nunca se había tenido que preocupar por quedarse sin gasolina antes de llegar a la siguiente estación de servicio. Intentó recordar cuándo había visto por última vez un indicador de kilómetros en la autopista. Llevaba casi una hora sin cobertura telefónica y de repente se le ocurrió que, si algo iba mal, no tendría más remedio que esperar sola en el arcén.
En un largo trecho de carretera completamente recto, Emaleen vio a lo lejos dos animales negros avanzando por una loma cubierta de hierba. Parecían labradores retriever, pero más orondos y peludos. Emaleen levantó el pie del acelerador y agachó ligeramente la cabeza para mirar por las ventanillas. Tenía que haber alguna casa cerca, quizá los dueños de los perros o algún otro vehículo en los alrededores, pero, hasta donde ella pudo ver, la carretera estaba desierta.
A medida que los animales se acercaban, vio que no eran cachorros de perro sino osos negros. Apagó la música y condujo tan despacio que podía escuchar el crujido de las piedras bajo los neumáticos. Sin duda, de un momento a otro, los animales se asustarían y huirían corriendo, se dijo. Pero no lo hicieron. Siguieron caminando pendiente abajo en dirección a la carretera. Emaleen miró por el espejo retrovisor, pero seguía sin haber más vehículos. Pisó el freno hasta detener el coche.
Uno de los osos parecía más cauteloso y vaciló, pero el otro siguió avanzando desvergonzadamente hacia el lado del conductor, se levantó sobre las patas traseras y apoyó las pezuñas delanteras en el capó. No tenía aspecto de cachorro mientras la miraba a través del cristal de la ventanilla. Su pelaje era largo y tupido y estaba salpicado de barro seco. Tenía el hocico estrecho y marrón, las orejas erguidas y desproporcionadamente grandes para su cabeza, y los ojos tan oscuros que parecían negros.
Emaleen sintió el corazón latiendo cada vez más rápido. Racionalmente, sabía que estaba a salvo dentro del coche. Respiró hondo y despacio y apoyó la palma de la mano en el cristal de la ventanilla.
¿Qué podía empujar a un animal a acercarse a un coche de esa manera? El oso levantó la nariz e inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado, como si intentara oler algo. El hambre, pensó. Busca algo de comer.
Uno de los recuerdos más tempranos y fiables de Emaleen era haber estado en el pasillo de juguetes de una tienda y pedirle a tía Liz que le comprara una pistola de vaquero de juguete. Su tía se la había quitado de
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las manos en su embalaje de plástico y cartón, pero antes de dejarla en el carro había dudado.
—Es de mentira —había dicho Emaleen—. Solo para jugar.
Años más tarde, al reflexionar sobre aquel recuerdo, Emaleen había comprendido que a Liz no le había preocupado el juguete sino su sobrina.
La pistola de vaquero era plateada, brillante y sospechosamente ligera. Incluso con seis años, era consciente de que la empuñadura blanca estaba hecha de plástico y el metal no era como el de un arma de verdad. Pero los pequeños fulminantes de papel olían a pólvora y al apretar el gatillo estallaban produciendo una nubecilla de humo como la de un petardo. En su habitación, Emaleen practicaba bajando el percutor una y otra vez con la palma de la mano izquierda mientras disparaba lo más rápido posible, igual que el Llanero Solitario. No era tonta. Sabía que no se podía matar a un oso con una pistola de juguete, pero quizá sirviera para ahuyentarlo.
Por las noches guardaba la pistola bajo la almohada, junto a un cuchillo para la carne. Y tenía clara una cosa: que la próxima vez no huiría.
Durante esos primeros años, el miedo había sido algo externo y tangible. Emaleen no temía a ningún monstruo imaginario de lunares escondido bajo la cama ni a fantasmas cubiertos con una sábana al otro lado de la ventana, pero todo el mundo estaba de acuerdo en que los osos existían. Aunque, por más real que fuera, su miedo también venía de dentro. Era una sombra amenazante tras la puerta de la despensa que desaparecía en un rincón. Una silueta oscura tras las cortinas de la sala de estar que se desvanecía en cuanto tía Liz las abría. Cuando Emaleen se acostaba de lado en la cama, intentando dormirse, la sentía respirar esperando escondida a su espalda, y cuando se giraba de repente para hacerle frente se derramaba bajo la cama como una cortina de agua y volvía a acecharla —sentía su pelo y su aliento—, en cuanto se daba la vuelta.
En esa misma época, se levantó una vez en plena noche y al bajar las escaleras vio al oso entrando en casa por la ventana del vestíbulo, con las pezuñas delanteras apoyadas en el suelo y sus inmensos hombros atascados en el marco de madera. Recordaba cada detalle: el brillo húmedo de su nariz negra, la profunda cicatriz atravesando el hocico y el trozo de oreja que le quedaba colgando en un lado de su cabeza, cada una de sus afiladas garras cortando el linóleo como la hoja de un cuchillo. Emaleen
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había gritado y gritado hasta que su tía bajó las escaleras a trompicones en camisón y la estrechó entre sus brazos.
—Despierta, Emmie. Estás sonámbula. No pasa nada, Emmie. Estás a salvo.
Las señales de la carretera se habían vuelto algo amenazantes. ESTA ES
SU ÚLTIMA OPORTUNIDAD, COMPRUEBE SU COMBUSTIBLE. PRÓXIMA ESTACIÓN DE SERVICIO A 100 KM. Al salir de la siguiente curva, Emaleen vio una gasolinera que parecía más bien una casa con un surtidor en el patio. Había otro cartel, este anunciando que era la ULTIMÍSIMA OPORTUNIDAD. Salió de la carretera y se detuvo frente al surtidor. Llenaría el depósito y también limpiaría el parabrisas y los faros delanteros y traseros. Comprobaría el aceite y la presión de los neumáticos. Sin duda, su tía Liz se alegraría.
Al salir y cerrar la puerta del conductor vio dónde había posado el oso sus pezuñas sobre la fina capa de polvo en un lado del coche. Acercó un dedo con intención de tocarlas, pero volvió a apartarlo. Las regordetas almohadillas delanteras, la diminuta muesca de cada pequeña garra, cada detalle estaba claramente impreso en el polvo, a excepción de una marca alargada en el lateral que casi parecía la huella de un niño.
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CAPÍTULO 31
maleen no quería volver a acampar en la tienda. Y no solo por su encuentro con los osos negros, aunque la idea de dormir únicamente Econ una capa de nailon translúcida separándola de cualquier animal salvaje le resultaba inquietante. Mientras avanzaba hacia el norte el paisaje siguió cambiando y el frondoso verdor de los árboles y los impecables senderos de los parques naturales pronto se convirtieron en algo más salvaje y accidentado. Condujo decenas de kilómetros sin cruzarse con un solo vehículo ni ver ninguna edificación humana, y al salir del coche el aire era tonificante. Vio moteles en los escasos pueblos que atravesó, pero le parecieron casi tan poco acogedores como dormir en la tienda al lado de la carretera. Según la guía Milepost, el paso fronterizo Port Alcan hacia Alaska estaba abierto las veinticuatro horas. Conduciría día y noche hasta llegar. En una gasolinera llenó su termo de café amargo añadiéndole una docena de sobres de azúcar, y cada vez que le entraba sueño bajaba las
ventanillas y subía el volumen de la música.
A las dos de la madrugada, incapaz de mantener los ojos abiertos ni un minuto más, aparcó en un apartadero de grava vacío paralelo a la autopista e hizo pis junto al coche, volvió a subirse en la parte trasera y bloqueó las puertas. Horas después despertó ligeramente mareada y desorientada con el ruido de un camión de paso y el deslumbrante sol de última hora de la mañana que entraba por el parabrisas.
Sentada en el capó del coche mientras bebía lo que quedaba del café y comía una de las últimas galletas de frambuesa que le había preparado Liz, oyó el rumor de un arroyo o un río cercano. Sería agradable asearse un poco. Vio un sendero entre los arbustos al otro lado de la autovía. Terminó la galleta y cruzó.
Desde una pared rocosa caía una pequeña cascada, y montaña arriba Emaleen vio un sombrío barranco donde aún quedaba algo de nieve y hielo del último invierno. Recogió agua juntando las manos bajo la cascada y se salpicó la cara y el cuello, y de repente metió la cabeza y la
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mantuvo bajo el chorro mientras pudo aguantar el frío. Luego se quitó la sudadera y la usó para secarse la cara y escurrirse un poco el pelo.
Arriba, entre las rocas, un pequeño destello violeta captó su atención. Probablemente serían campanillas de montaña. Dejó la sudadera encima de una roca y empezó a trepar por la empinada ladera. Preciosos polemonios. Juníperos. Flores gemelas. Arbustos de arándano. Adoraba los nombres comunes, con su sencillez y sus particularidades regionales. Pero en latín el verdadero y poderoso nombre de cada planta sonaba como un hechizo. Polemonium pulcherrimum. Juniperus communis. Linnaea borealis. Vaccinium vitis-idaea.
Emaleen aún no sabía cómo iba a ganarse la vida, pero sí que esto la hacía feliz. Una mirada desinteresada solo veía el uniforme verdor del bosque, un prado, una escarpada pared rocosa; pero en cuanto aprendías a reconocer las formas de las hojas, los variados tonos de verde, las flores y los frutos, todo parecía adquirir una intensidad que antes no había tenido. Y ese enfoque reflexivo era al mismo tiempo estimulante y tranquilizador.
En una cornisa de roca cubierta de musgo al alcance de su mano, Emaleen vio una planta de hoja perenne y tallo corto y se agachó para observarla más de cerca. Las delicadas flores con forma de campanilla eran pequeñas y de un color rosa claro.
Arctostaphylos uva-ursi. Kinnikinnick.
«Mira atentamente. Las flores son pequeñas».
Todo lo que le quedaba de su madre eran algunos pequeños detalles. El cabello largo y oscuro que olía a humo de leña y su tacto sedoso en las mejillas de Emaleen. Sus manos, frías y agrietadas, con partículas de tierra bajo las uñas y manchas de arándano azul en las yemas. Las rodilleras deshilachadas de sus pantalones vaqueros. Los cordones rojos de sus botas de montaña y el untuoso aceite de visón que usaba para proteger el cuero. Pero había demasiadas cosas que Emaleen no recordaba. Como su sonrisa y su manera de reír, o lo que sentía cuando ella la cogía en brazos, cuando la abrazaba o la besaba.
Al ir a vivir con su tía, Emaleen había insistido en que no tenía importancia que solo tuviera seis años, podía quedarse sola en casa mientras Liz iba a trabajar. Su tía había respondido de manera firme pero amable: «Aquí no vamos a hacer las cosas de esa manera. Voy a
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mantenerte a salvo porque te quiero». El joven cerebro de Emaleen había captado el mensaje enseguida: su madre la dejaba sola.
Tras la muerte de la abuela Jo, alguien había enviado todos los álbumes familiares a Liz, pero ella nunca llegó a desempaquetarlos y acabaron guardados en cajas de cartón en el garaje. La fotografía favorita de Emaleen era una de su madre, sentada con las piernas cruzadas en un tronco de álamo como una preciosa elfa de los bosques, pero con un cigarrillo y una botella marrón de cerveza Michelob en la misma mano. Tenía la melena lisa y oscura recogida sobre un hombro, brillante bajo el sol, y una media sonrisa sarcástica, como si le diera vergüenza o no le apeteciera que le hicieran fotos. «Stone Creek, 30 de mayo», habían escrito a rotulador por la parte de atrás.
Después de revisar todos los álbumes, Emaleen había encontrado algunas fotos donde aparecían las dos juntas —Birdie llevando a la pequeña Emaleen a la espalda en un portabebés, Emaleen sentada en el regazo de su madre en el porche de la abuela Jo, Birdie empujando a la pequeña en un columpio—. Sin embargo, había una fotografía que le resultaba inquietante. Nadie habría reconocido a su madre de no ser por las palabras escritas a bolígrafo en la parte trasera: «Birdie y Emaleen, Navidad en la finca». Emaleen, un bebé de un año con peto de pana y el pelo rubio y revuelto, estaba aprendiendo a andar, y de su madre aparecía únicamente una mano en el encuadre, como si intentara evitar que Emaleen se cayera justo cuando tomaban la foto. Mirar aquella imagen era como tocar una vieja herida para determinar su tamaño y forma y comprobar si se ha curado del todo.
Había dejado morir a su madre sola en el bosque. Lo único que había hecho era huir.
De Arthur no recordaba prácticamente nada. Era una sombra difusa retroiluminada por el sol. No recordaba su cara ni sus manos, tampoco su olor ni su manera de vestir. Incluso su figura era imprecisa, pero enorme, como vista desde la perspectiva de un niño pequeño sentado en el suelo mirando hacia arriba.
Cuando Emaleen tenía seis años y llevaba solamente un par de semanas en casa de su tía, Liz y ella fueron a pasear juntas por primera vez por el sendero junto al viejo ferrocarril de la bahía.
—¿Cómo se llama esa planta? —preguntó Emaleen.
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—Creo que son moras. Puede que moras Marion, no estoy segura.
—¿Y su otro nombre? El divertido.
—¿Te refieres a su nombre científico? No tengo ni idea. Aunque quizá podamos buscarlo… ¿Te enseñaba tu madre esas cosas?
—Me enseñó Arthur.
Después de aquello, tía Liz compró varias guías de campo para identificar plantas, que empezaron a llevar en sus paseos, y para su octavo cumpleaños le regaló a Emaleen una prensa de flores de madera. Juntas aprendieron cómo recogen las plantas los botánicos y las prensan en papel y cómo registran toda la información posible acerca de dónde las encuentran y cómo crecen. Sus paseos eran lentos porque Emaleen se detenía cada dos por tres, cuaderno en mano, y se agachaba junto a alguna pequeña planta que a la mayoría de la gente le habría pasado desapercibida.
—Eres muy observadora —le dijo su tía.
—Me lo explicó Arthur. Que a veces las flores son tan pequeñas que hay que acercarse mucho para poder verlas.
Hacía mucho tiempo, Emaleen también había descubierto algo más sobre Arthur, pero había aprendido a no decir nada. A los mayores no les gustaba oírlo y pensar en ello la ponía físicamente enferma. Durante la mayor parte de su infancia había conseguido olvidarlo. Sin embargo, al cumplir los dieciséis, una noticia de sucesos llamó su atención. Estaba viendo la tele con Liz mientras preparaban la cena y el presentador del informativo comentó la muerte de una mujer en el este de Washington. Semanas antes habían informado de que la mujer había muerto al ser atacada por sus dos grandes perros y su marido había encontrado el cadáver en un prado detrás de su casa.
—Según la policía, los culpables no fueron los perros sino el marido —decía el presentador—. George Clarke, de cincuenta y siete años, ha sido arrestado acusado del asesinato. Las autoridades afirman que mató a golpes a su esposa y después echó su cuerpo a los perros con la esperanza de destruir las pruebas del crimen.
Una sensación de enfermiza familiaridad invadió súbitamente a Emaleen. ¿Era algo que había soñado o imaginado siendo niña? Necesitaba ver su cara y entonces lo sabría. Salió de la cocina, fue directa al garaje y sacó los álbumes de fotos.
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—La cena está lista —gritó su tía desde la cocina, y al ver que Emaleen no aparecía se dirigió al garaje—. ¿Qué estás buscando?
—¿Tenemos alguna foto de Arthur?
—¿Arthur… Neilsen? Creo que no. Tu madre no estuvo con él mucho tiempo.
—¿Tú lo conoces?
—La verdad es que no. Posiblemente nos cruzamos en alguna ocasión, pero no lo recuerdo. Pero, Emmie, ¿qué te ocurre?
—Es que… no creo que fuera un oso. Lo hizo Arthur. Él mató a mi mamá.
Liz permaneció en silencio, como si estuviera reflexionando.
—Lo siento —dijo Emaleen—. No sé por qué no te lo he contado antes.
—Lo hiciste. Solías hablar de ello cuando eras pequeña.
—¿Qué?
—¿No te acuerdas? Por eso te llevé al terapeuta. Porque parecía que habías mezclado algunos sucesos en tu cabeza. Y es comprensible, después de todo lo que has pasado.
—No, pero a eso me refiero… No me lo estaba inventando. De verdad creo que fue Arthur. Debemos contárselo a alguien. A la policía, no sé.
—Nunca pensé que te lo estuvieras inventando. Solo eras una niña pequeña intentando encontrarle sentido a algo terrible. Mira, déjame enseñarte algo.
Liz la llevó a la habitación de la segunda planta que ella usaba como despacho y sacó un sobre para documentos de un cajón archivador.
—Guardé todo esto porque pensé que algún día, cuando fueras lo bastante mayor, quizá querrías saber más. —Sacó un fajo de documentos del sobre, echó un vistazo a la primera hoja y dejó escapar un largo suspiro
—. Pero no sé, quizá no debería… —¿Qué es?
—Es el informe forense. Pero había olvidado lo explícito que es.
—Déjame verlo. Por favor.
Emaleen tardó un poco en comprender lo que estaba leyendo. «Rebecca Josephine Finney. Autopsia post mortem… múltiples
laceraciones profundas en el pericráneo… fractura del hueso temporal derecho, contusiones en el tejido cerebral… luxación de la columna cervical superior, médula espinal seccionada… Heridas punzantes
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coincidentes con dientes caninos de un oso grizzly adulto… Heridas defensivas de dientes en manos y brazos… los cardenales indican que estaba viva cuando las heridas fueron infligidas… Todas las lesiones coinciden con la mandíbula, la dentición y las garras de un macho de oso grizzly adulto».
Entre la documentación también había un informe del cuerpo de Policía de Alaska que incluía un diagrama de localización y una declaración escrita de Warren Neilsen, describiendo cómo y dónde había encontrado el cadáver.
Las últimas páginas eran recortes de periódicos de Alaska. «Rebecca Finney, 26, resultó muerta en lo que parece ser el ataque de un oso el pasado fin de semana en un área remota del valle del Wolverine. Su hija pequeña fue rescatada sana y salva, pero un hombre de la región sigue desaparecido». Un artículo posterior decía lo siguiente: «Los datos de la autopsia han sido concluyentes. Rebecca Finney, cuyo cuerpo fue encontrado recientemente al noreste de Alpine, murió a causa del ataque de un oso grizzly. Un exagente de la policía de Alaska logró localizar y matar al oso que creen que fue el responsable con la ayuda de un guía de caza local, pero debido a la dificultad del terreno no pudieron recuperar el cadáver del animal. La búsqueda de Arthur Neilsen ha sido suspendida. Representantes de las autoridades han declarado que es posible que lo matara el mismo oso o que falleciera mientras intentaba buscar ayuda».
Estos eran los fríos y simples hechos. Si en el subconsciente de Emaleen rondaban otras ideas —fantasías sobre hadas aladas y pelo de bruja, un pellejo de animal enterrado bajo musgo y tierra o un hombre que también era un oso— no eran más que el producto de la imaginación infantil.
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CAPÍTULO 32
l hostal Wolverine le causó una gran decepción. Emaleen siempre lo había imaginado como un majestuoso y acogedor hotel de montaña Esuizo, con troncos color miel, grandes ventanas y cestos de flores de vivos colores colgados de los aleros. Habría un gran vestíbulo de entrada, vigas de troncos descubiertas en los techos, una alfombra de felpa desde la entrada hasta el mostrador de recepción y una ligera fragancia de pino en
el aire.
Pero aquel deteriorado edificio rojizo y achaparrado de troncos escuálidos y nudosos, con la pintura desconchada y quemada por el sol, parecía más bien un vertedero. En una ventana brillaba un anuncio de neón de cerveza PABST BLUE RIBBON y había media docena de camionetas oxidadas y coches viejos estacionados en el aparcamiento de grava.
Incluso el supuesto «sol de medianoche» resultaba decepcionante. Eran más de las once de la noche y, aunque había luz suficiente para ver, resultaba lúgubre y gris. La niebla cubría el valle y no era posible divisar nada más allá del hostal, ni montañas ni ríos ni nada remotamente majestuoso. Cuando salió del coche, los sonidos apagados del bar se oyeron en el aparcamiento, música rock o country a todo volumen y voces que podían ser risas o gritos de borrachos desconocidos. A lo mejor se había equivocado de sitio, aunque antes de llegar había visto el indicador en la carretera: HOSTAL WOLVERINE, FUND. 1935. Se metió las manos bajo las axilas para protegerse del frío. Aparte de la música y las voces procedentes del hostal, todo parecía tranquilo. Los árboles formaban un sombrío horizonte en todas direcciones. Al escuchar con más atención, distinguió un suave rumor a lo lejos y se preguntó si sería el río Wolverine.
Un aullido entrecortado acalló de repente el rumor del río. Emaleen permaneció inmóvil en silencio y al primer aullido se sumó otro y otro más. Procedían de algún lugar del bosque y no parecían perros. Formaban un coro inquietante y se preguntó si los lobos solían acercarse tanto al hostal.
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—¡Soy Emaleen! —gritó—. La hija de Rebecca Finney, Della me está esperando. ¡E-ma-leen! ¡La hija de Birdie!
Repitió una y otra vez a gritos las mismas palabras al camarero, un tío con pinta de veinteañero con chaleco tejano y camisa fina de vaquero, pero él se señalaba la oreja meneando la cabeza.
—Della. ¿Está aquí Della?
—¿Della? —gritó él—. A ver si puedo encontrarla.
El pequeño bar estaba abarrotado y Emaleen logró entrar abriéndose paso entre la pared y un hombre corpulento con chaqueta Carhartt que no pareció percatarse de su presencia. Sonaba Lynyrd Skynyrd en la gramola, varias personas jugaban al billar al fondo del local y todos se gritaban unos a otros intentando oírse. Detrás de la barra había un cartel que decía:
ENTREGA TUS ARMAS DE FUEGO AL CAMARERO. Y alguien había escrito
debajo a bolígrafo: «Si te portas bien te las devolveremos cuando te marches». Emaleen se preguntó qué parte del cartel sería en broma, si es que alguna lo era.
El hombre se rio de algo que alguien acababa de decir y dio una fuerte palmada sobre la barra con su manaza, sobresaltando a Emaleen. Entonces oyó a alguien llamándola por su nombre. —¿Emaleen? ¡Emaleen! ¡Santo cielo!
Era Della. Solo podía ser ella. Alta y oronda, con el pelo gris recogido en un moño en lo alto de la cabeza.
—¡Eres tú de verdad!
Y abrazaba a Emaleen, rodeándola con sus grandes y fofos brazos y meciéndola como a una niña pequeña. A Emaleen le pareció que casi podía recordar aquel olor, mezcla de cerveza, pachuli y tabaco.
Della retrocedió para verla mejor, sin llegar a soltarla.
—Mírate. Dios mío, cómo has crecido. Mi pequeña mariquita —y sin pararse a tomar aire empezó a gritar, tratando de hacerse oír a pesar del ruido del bar—: ¡Joe, apaga la… apaga esa condenada máquina! ¡Joe!
Della se abrió paso entre la concurrencia, subió al reposapiés de un taburete y se estiró para hacer sonar una gran campana de hierro colgada del techo. Se metió dos dedos en la boca y soltó un estridente silbido.
—¡Mirad quién está aquí! ¡Dan! ¡Larry! ¡Susan! Venid aquí. ¿Sabéis quién es? Es nuestra Emaleen.
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El camarero por fin había encontrado el modo de desconectar la gramola y poco a poco se interrumpieron las risas y los gritos.
—¿Quién es, Della? —gritó alguien desde la mesa de billar. —Emaleen. ¡Nuestra pequeña Emaleen, hecha toda una mujer! —¿Es la hija de Birdie? —gritó otro.
Varias personas rodearon a Emaleen, besándola en las mejillas, abrazándola, estrechándole las manos y farfullando con los ojos brillantes de la emoción o quizá por el alcohol.
—Conocí a tu mamá hace siglos. La pequeña Emaleen… ¿Te acuerdas de mí?
Cathy. Boots. Roy. Ni las caras ni los nombres le resultaban conocidos. —Yo te llevaba a montar en trineo. Justo aquí delante. Eras una cosita
tan pequeña…
—Tu mamá era una belleza.
—Era flaca como un palo, pero podía tumbarnos a todos bebiendo. Todo el mundo quería invitarla a una cerveza o a un chupito de whisky,
pues ¿cuántos años tenía ya? Suficientes para beber cerveza, eso seguro. ¿Y dónde había estado viviendo todo este tiempo? ¿Pensaba quedarse definitivamente en Alaska?
Della debió fijarse en la expresión de Emaleen, porque acabó interviniendo.
—Vale, vale. Vamos, cariño. Voy a llevarte a la cama antes de que te duermas de pie.
Emaleen se despertó sudando en mitad de la noche con la sensación de que estaba teniendo un sueño desagradable, aunque no recordaba los detalles. Apartó las sábanas y dio la vuelta a la almohada por si estaba más fresca del otro lado. Cuando Della la acompañó a la cabaña y la ayudó a hacer la cama habían encendido el radiador del zócalo y ahora hacía un calor sofocante y olía a tabaco rancio y lejía. Salió de la cama, bajó el termostato y se le pasó por la cabeza abrir la ventana o incluso la puerta, pero pensó en los animales salvajes y en los hombres que había visto en el bar. Encendió la luz del baño para poner en marcha el ventilador con la esperanza de hacer circular el aire.
Della le había dicho que aquella era la misma cabaña donde habían estado alojadas su madre y ella. ¿La recordaba? «No», había respondido Emaleen sin vacilar. Sin embargo ahora, con la tenue iluminación del
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cuarto de baño, todo le resultó familiar. La mesa plegable junto a la ventana, el microondas sobre la cómoda, los motivos ondulados de la fea moqueta marrón y naranja, el olor a humedad. Volvió a tumbarse en la cama y casi logró verse allí dormida junto a su madre, pero también estando sola en plena noche escuchando la música y las risas procedentes del bar.
Emaleen durmió y durmió y podría haber seguido haciéndolo durante horas, pero la despertó el intenso resplandor del sol colándose por los huecos de las cortinas, y al mirar el reloj vio que eran casi las once de la mañana. No se duchó ni se cepilló el pelo. Se limitó a vestirse a toda velocidad, presa de una creciente curiosidad.
Al abrir la ventana de la cabaña la asaltó la agridulce fragancia de las hojas de álamo, y de repente había montañas en todas direcciones. Emaleen parpadeó tratando de asimilar la intensa y resplandeciente belleza de cuanto la rodeaba. El tiempo había cambiado durante la noche y el muro de nubes grises se había desintegrado hasta quedar reducido a unos pocos jirones que ahora se aferraban a los picos más altos recortados contra el cielo azul. Escarpadas montañas se alzaban abruptamente a ambos lados del valle, extendiéndose de norte a sur hasta donde alcanzaba la vista. Los valles estaban cubiertos de un verde tapete que ascendía y ascendía hasta deshacerse en el gris violáceo de las laderas rocosas y más arriba, en las montañas más altas y lejanas, brillaba la nieve de un blanco puro y deslumbrante. Era pleno verano y todavía había nieve fresca en las montañas. El verde y el azul, el morado y el blanco, eran tan intensos que Emaleen no podía apartar la vista de aquel panorama.
La cabaña no tenía porche, así que se sentó en el umbral de la puerta con las piernas desnudas extendidas sobre la hierba. Dientes de león de corola amarilla se abrían al sol frente a la cabaña, y de repente sintió que el presente, aquel breve instante de ensoñación, no era más que una película transparente sobre la realidad, y el pasado su base más sólida, como en una doble exposición fotográfica. Era una mujer adulta sentada en el escalón de la entrada, en pantalones cortos y sandalias, pero debajo de todo eso seguía siendo una niña pequeña con sus botas de goma con dibujos de arcoíris.
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—¿Recuerdas el camino? —preguntó Della, apartando la cortina de la ventana de la cafetería y señalando los árboles—. Es por ahí, justo al final del aparcamiento y siguiendo por el sendero.
—¿Puedo ir dando un paseo hasta allí?
—Quizá deberías ir de pantalón largo. O al menos untarte las piernas con repelente de insectos.
—Pero ¿no hay que preocuparse por los animales salvajes?
—No, quédate en el sendero. Es sota, caballo y rey. Algún salto aquí y allá, sin más complicaciones. Casi se puede ver el tejado de su casa entre los árboles. Pero puedes llevar mi pistola, si así vas más tranquila. O si prefieres esperar a la tarde, yo iré contigo.
—No, no te preocupes. Si es como dices iré sola.
El sendero se adentraba en un bosque de abetos sombrío y silencioso, y bajo las sandalias de Emaleen el suelo estaba cubierto de una gruesa alfombra de agujas de abeto, brácteas y trozos de piñas partidas por las ardillas en busca de semillas. Había leído que en Alaska no había ardillas rayadas ni grises, mofetas ni zarigüeyas, pero sí pequeñas ardillas rojas de cola larga y peluda como las de los zorros. Miraba los árboles, con la esperanza de ver una, cuando más adelante vio pelo de bruja sobre un arbusto de escasa altura que invadía el sendero.
Parmeliaceae. Recordó la primera vez que leyó sobre la familia de los líquenes en uno de sus libros de plantas. «Un organismo compuesto de algas y hongos en relación simbiótica… algunos crecen con aspecto de mechones de pelo en las ramas de los árboles… con nombres comunes como barba de viejo, crin de caballo y pelo de bruja».
«Eres como una bruja peluda». Cuando estuvo lo bastante cerca, alargó la mano y frotó con los dedos los hilos ásperos y enmarañados. «Y las brujas del bosque tienen ojos dorados».
Siguió caminando por el sendero, tocando los líquenes de color verde grisáceo y marrón enredados entre las ramas, cuando algo levantó el vuelo estrepitosamente, justo delante de ella. Emaleen retrocedió de un salto exclamando «¡Uy!» y vio un pájaro del tamaño de una gallina pequeña aterrizar torpemente en un abeto cercano. Giró la cabeza hacia un lado para mirarla. Tenía una dramática mancha roja encima del ojo, pero el resto del plumaje del urogallo era de un parduzco gris moteado.
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—Ay, Dios —dijo en voz alta, y se echó a reír—. Me has asustado.
El sobresalto le produjo un subidón de adrenalina y siguió caminando alerta a cada sonido y cada movimiento por el sendero a través de los árboles en dirección al claro. Pronto vio un gran huerto de verduras con pulcras hileras de plantas aromáticas, brócolis, zanahorias, patatas, coles y vides de guisantes en flor que crecían aferrándose a un alambre de gallinero. Cerca había un pequeño invernadero hecho con ramas y plásticos opacos. La puerta estaba abierta y sujeta con una piedra, y dentro crecían tomates, pepinos y lo que parecían varias plantas de marihuana en cubos de color negro. Oyó zumbidos de abejas y justo detrás del invernadero vio apiladas dos cajas de colmena.
Algunos pasos más adelante, al fin encontró la casa. Era la construcción más insólita que había visto nunca. Estaba hecha con troncos, pero tenía la forma de un enorme octógono de dos plantas y un complejo tejado a múltiples aguas que se unían en una afilada arista central. Replicando la estructura de la casa, la puerta principal era una vidriera octogonal con motivos de hojas.
Al principio pensó que el viejo iba desnudo salvo por el sombrero de paja con que se cubría la cabeza. Estaba arrodillado delante de un macizo de flores cerca de la casa, con su bronceadísima espalda al aire, por lo que, algo avergonzada, Emaleen estuvo a punto de dar media vuelta. Pero entonces el hombre la miró por encima del hombro y, cuando se levantó, ella comprobó agradecida que no estaba completamente desnudo. Llevaba pantalones cortos de color arena con los bordes de las perneras deshilachados. Tenía el pecho cubierto de lanudo vello blanco, la barba cana y muy poblada y el pelo largo recogido a la espalda en una gruesa trenza.
—¡Ah, hola! —dijo ella—. Soy Emaleen. La hija de Birdie, ¿me recuerda?
—¡Emaleen Finney! Válgame Dios.
El viejo caminó hacia ella con los brazos abiertos.
—¿Syd?
—No, no —respondió él, abrazándola entusiasmado—. Para ti sigo siendo el tío Syd.
Emaleen sonrió con simpatía, aunque la verdad era que no recordaba a aquel hombre más allá de su nombre escrito en los libros que le había enviado a lo largo de los años.
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—Su casa es asombrosa —dijo—. El jardín, las flores y todo. Y esto… —añadió, señalando el macizo de flores donde él estaba trabajando—. Es precioso.
—Flora Alaskana —respondió Syd—. ¿Recuerdas alguna flor?
—Sí, creo que sí. Veamos, ¿geranio silvestre? Y lupino. —Emaleen iba señalándolas mientras las nombraba—. Rosa ártica. Y eso es acónito, ¿verdad?
—He oído que eres científica. ¿Qué te parece si me dices alguno de sus nombres en latín?
Emaleen volvió a reírse.
—Supongo que puedo intentarlo. ¿Geranium erianthum? Lupinus arcticus. Rosa acicularis. Y el acónito… sé que es algo relacionado con el delphinium, pero ahora no me…
—Yo no tengo ni idea —dijo Syd—, pero bien por ti. ¿Tuviste que aprender todo eso en alguna de tus asignaturas?
—No, la verdad es que no. No sé por qué, pero siempre me ha interesado el tema. Mi profesor favorito contaba cómo fueron modificadas nuestras plantas domésticas para tener esas grandes y llamativas flores. Sin embargo, las plantas silvestres son mucho más bonitas y delicadas. Solo hay que acercarse más a ellas para poder apreciarlo.
—Esa es tu especialidad, según me han dicho. ¿Botánica?
—Sí, biología vegetal. Acabo de licenciarme, así que supongo que ahora me toca encontrar trabajo.
—Oh, claro. Cada cosa a su tiempo.
Se sacudió la tierra de las manos y las rodillas mientras hablaba y luego se puso una camisa vaquera y la abotonó.
—Ese es uno de los motivos por los que decidí venir este verano. Vi algunas opciones aquí y pensé que quizá podría…
—¿Sí? Cuéntame, quiero que me lo cuentes todo. Pero primero tengo que remojar el gaznate. ¿Te apetece té helado? —preguntó Syd, señalando hacia la casa.
El interior era una estancia abierta con ocho paredes y una escalera de caracol en el centro para acceder al primer piso. Dos de las paredes estaban cubiertas de estanterías desde el suelo hasta el techo, y tan atestadas de libros que había algunos apilados por el suelo. En otra pared, extendida sobre los troncos, había una gran piel de color pardo con lo que parecía una crin y una cola negras.
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—¿Eso es… es un caballo? —preguntó Emaleen.
—Es Lady Morgana, reina de las bestias —respondió él, mientras se lavaba las manos en una palangana—. Vivió treinta y dos años. Eso es mucho para un caballo. Un criador de perros de trineo de por aquí me pidió la carne y pensé que sería una pena dejar que se echara a perder. De modo que yo mismo la desollé y curtí la piel. Algo sentimental por mi parte, lo sé.
Syd colocó dos vasos y una jarra de loza esmaltada sobre la mesa, junto a una ventana panorámica. El amplio alféizar de madera estaba repleto de fósiles, piedras de distintos colores y varios cráneos blanqueados de animales de diferentes tamaños y formas. El mayor prácticamente no cabía en el alféizar.
—Eso es un cráneo de oso, ¿verdad?
—Lo es —respondió él, sirviendo té en los dos vasos.
—Es enorme. ¿Lo mataste tú?
—No, no. Lo encontré hace años en North Fork.
—¿Cómo murió?
—No estoy seguro. Llevaba tiempo muerto cuando lo encontré. —Syd había cogido el cráneo y pareció examinarlo—. Pero sí que había algo raro. Los huesos no estaban fijos… en el cráneo. Eran maleables, como los de un bebé. Ya sabes, como las fontanelas que tienen las criaturas en la cabeza para permitir que el cráneo se desplace durante el parto y crezca y vaya cambiando. Era algo así. Como si la cabeza del oso estuviera diseñada para adaptarse a diferentes formas.
Syd la miró fijamente, como si esperara algún tipo de reacción. Sin saber qué responder, Emaleen se limitó a beber un sorbo de té helado. Era de menta endulzada con miel y estaba muy frío.
—Delicioso. Gracias.
Él asintió y volvió a dejar el cráneo de oso en el alféizar.
—Bien —dijo—, háblame de esa prometedora carrera tuya.
—Bueno, en realidad todavía no hay mucho que contar. He buscado algún trabajo temporal. Están llevando a cabo varios estudios biológicos de flora de Alaska este verano, en colaboración entre la universidad y los Servicios Forestales, y hacen falta asistentes de campo, técnicos.
—¿Y has presentado alguna solicitud?
—No, todavía no.
—¿Por qué no?
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—Todos están en sitios muy apartados y hay que acampar en plena naturaleza.
—Entiendo. ¿Y eso es un problema para ti?
—No sé si estoy hecha para eso. Y mi tía, Dios, le daría algo si supiera que lo he pensado siquiera.
—¿No le hace gracia que hayas venido?
—No, la verdad es que no. Creo que tiene la esperanza de que me saque la espina de una vez y vuelva corriendo a casa.
—¿A tu casa en Washington? ¿Y tú qué opinas?
—No lo sé. Si le soy sincera, me siento un poco abrumada al estar aquí otra vez.
—Claro, claro. —Se levantó y cogió una lata de un estante. Emaleen pensó que iba a ofrecerle una galleta, pero en cambio dijo—: Traslademos este tinglado al exterior, así podré fumar. Lleva tu té helado.
Salió delante en dirección a la sombra de un abedul cerca de la casa. Al pie del árbol había dos sillas de jardín estilo Adirondack, pero hechas con ramas trenzadas.
—¿Las ha hecho usted?
—Sí. Son de sauce. Uno de mis últimos proyectos. Aunque tengo que coser unos cojines para ellas. Una advertencia, son un poco duras para el trasero.
Se sentó en una e hizo un gesto hacia la otra.
—Todo esto —dijo ella, mientras se sentaba—, la casa, el huerto, todo… ¿lo construyó usted?
—No lo hice solo. Me ayudó un montón de gente de por aquí. Buenos currantes. Me dije, lo único que tienes que hacer es traer una buena provisión de cajas de cerveza fría y entonces aparecerá todo el mundo. Empezamos con los cimientos, excavando a golpe de pala y carretilla. Mezclamos el hormigón a mano. Toda la piedra salió de una cantera río abajo —explicó, moviendo la cabeza y mirando con aire satisfecho la base de piedra de la casa de troncos.
—Es increíble.
Emaleen se reclinó en el respaldo y bebió otro trago de té helado. Syd lio un cigarrillo con papel Zig-Zag, con la lata de galletas apoyada en el regazo, y al encenderlo con una cerilla el humo olió intensamente a marihuana y tabaco.
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—Bueno —dijo, soltando una gran bocanada en la dirección opuesta a ella—, Della me ha dicho que vas a ir a North Fork.
—No lo sé. Quiero ir, pero no estoy segura de poder hacerlo. Supongo que el señor Neilsen ya no vuela a menudo.
Syd apoyó la cabeza en el respaldo de la silla y dio una calada al cigarrillo. En circunstancias normales, Emaleen se habría sentido incómoda en aquel silencio, pero por alguna razón todo parecía más fácil y sencillo estando allí. Vio a un petirrojo aterrizar en el huerto y alejarse dando saltitos entre los surcos. Soplaba una suave brisa y varias nubes blancas onduladas se desplazaron por el cielo azul proyectando su sombra sobre las lejanas laderas verdes de las montañas.
—Es curioso cuánto se parecen todas esas historias sobre osos a lo largo de los siglos —dijo Syd, de repente. Seguía cómodamente reclinado en la silla, con los brazos extendidos sobre los reposabrazos y el cigarrillo de marihuana humeando entre dos dedos—. Berserkers y metamorfos. Osas salvajes recogiendo a bebés humanos y criándolos como si fueran suyos. Mujeres que se enamoran de osos. Chicas secuestradas por osos dando a luz a sus crías en cavernas de las montañas. En Rusia y en Europa, en Norteamérica y en Japón —continuó, moviendo el dedo en el aire como si señalara puntos invisibles en un mapa—. Lo mismo en todas partes. ¿Sabías que hubo toda una estirpe de daneses que se creían descendientes de osos?
—Oh.
Emaleen estaba desconcertada. ¿Por qué le contaba todo eso? Pero antes de que pudiera ordenar sus ideas, él siguió hablando:
—Yo animé a tu madre a irse. Tampoco es que nadie hubiera podido impedírselo. Era muy suya. Nunca la había visto tan feliz como el día que las dos os marchasteis a North Fork. Ella anhelaba algo más que esta vida corriente, y creo que estuvo a punto de encontrarlo allá arriba, en esas montañas. En Arthur.
Syd la miró, como si acabara de ocurrírsele algo por primera vez. —Es curioso cómo funciona el tiempo —dijo—. Ayer como quien dice
estaba sentado pegando la hebra con Birdie y aquí estás tú ahora casi con la misma edad que tenía ella entonces.
Para bien o para mal, el dolor siempre había alterado la percepción que Emaleen tenía de su madre. Una camarera de bar que bebía como un cosaco. Una madre negligente atraída por el riesgo y el desorden. Y
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Emaleen no había sido capaz de salvarla. Esa era la principal causa de su vergüenza y su remordimiento, y paradójicamente también de una enconada rabia. ¿Qué clase de madre expondría a su hija de seis años a semejante situación?
Sin embargo, oír a Syd ahora describiéndola de ese modo fue como hacer girar un caleidoscopio y enfocar una imagen completamente distinta. Birdie, una mujer joven de una edad parecida a la suya que a duras penas podía mantenerse a sí misma y a su hija, pero que soñaba con algo extraordinario.
—De veras pensé que iba a ser bueno para las dos. «Ve y sé feliz», le dije. Pero no tuve en cuenta todos los factores de la ecuación. —Syd apoyó la cabeza en el respaldo y la movió lentamente de un lado a otro, como sopesando algún argumento, y luego añadió en voz baja, como quien habla para sus adentros—: «No va a hacerle ninguna gracia».
—¿A qué te refieres? —preguntó Emaleen, saliendo abruptamente de sus propios pensamientos.
—Voy a contarte una cosa —dijo Syd—. Warren vuela constantemente a North Fork. Demonios, él lo negará, pero estoy seguro de que puede llevarte allí si quiere. Y debería hacerlo. Si yo fuera tú, me plantaría en su casa para preguntárselo cara a cara. Al menos te debemos eso.
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CAPÍTULO 33
arren se levantaba de la cama por mera costumbre. Ya no ponía el despertador, pero cada condenada mañana se despertaba Wigualmente a las seis en punto y, por más que lo intentara, nunca lograba volver a dormirse. Se levantaba y se daba una ducha, sujetándose a las barras anticaídas que Syd le había instalado hacía pocos años, después de que Warren sufriera una leve apoplejía. Se ponía los pantalones de pinzas y la camisa, porque era lo que había hecho siempre, y luego encendía la cafetera y dejaba salir a la perra. Spinner estaba prácticamente sorda, de modo que tenía que acercarse y darle golpecitos hasta que despertaba
sobresaltada.
—Vamos, vieja amiga. Arriba y a comer.
Normalmente comía un bollo de pan inglés tostado con el café —ya no tenía el apetito de años atrás— y luego encendía la radio, se sentaba en el sillón reclinable y dormitaba un poco hasta que la costumbre lo obligaba a levantarse y hacer algo. Pero hoy era domingo, y si no aparecía por el hostal a desayunar, Della no tardaría en organizar una partida de búsqueda y rescate. Ya lo había hecho antes. Una vez había enviado a Ruby, la nueva cocinera. Y otra fue Syd quien se presentó a aporrear su puerta. Cuando Warren fue a quejarse a Della ella le respondió:
—Si no quieres que te molestemos solo tienes que venir cada domingo. O al menos responde al teléfono cuando te llame y así sabré que sigues bien.
Warren abrió la puerta para dejar salir a la perra y esperó hasta asegurarse de que bajaba los escalones sin tropezar. Se sentó en el banco del vestíbulo a atarse las botas y cogió el bastón de caminar, que dejaba apoyado en la pared de la entrada.
Al salir, Spinner ya estaba esperándolo junto a la camioneta. Era un misterio para él cómo podía saber el perro qué día de la semana era.
—Venga, vamos. Arriba.
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Antes bastaba abrir la puerta del acompañante y dar una palmada en el asiento y Spinner saltaba ágilmente, pero empezaban a fallarle las patas traseras y ya no tenía fuerza suficiente. En lugar de eso, ahora la perra ponía las patas delanteras sobre el salpicadero y esperaba a que Warren la ayudara a subir.
—Vaya una pareja hacemos, ¿eh? —dijo, en cuanto logró subirla a la camioneta—. No estoy seguro de cuánto tiempo podremos seguir así.
Hablar un poco con el perro en momentos así era algo más o menos aceptable, pero ponía buen cuidado en no dejarse llevar por nada parecido a una conversación. Había visto a algunas ancianas en la oficina de correos y en la tienda de comestibles hablando solas sin disimulo, quejándose de la factura eléctrica o debatiendo en voz alta qué iban a preparar para la cena. Era un terreno peliagudo… y probablemente ellas también habían empezado hablando con el perro.
Después de la apoplejía, sus hijas habían intentado que se mudara a alguno de los 48 estados inferiores[12] para tenerlo más cerca. Pero no iba a suceder nada parecido por múltiples razones, algunas de las cuales ni siquiera podía compartir con sus dos hijas. No obstante, logró apaciguarlas asegurando que contaba con toda una comunidad de amigos y vecinos dispuestos a ayudarlo en todo momento y les prometió salir de casa con frecuencia. Wendy le había sugerido volver a asistir a la iglesia de Alpine, pero él no tenía la menor intención de sentarse solo en uno de aquellos bancos. La misa le daba sueño y la cháchara remilgada de antes y después lo incomodaba. Si en el pasado había ido todas las semanas era únicamente porque se trataba de algo importante para Carol.
Los parroquianos del hostal Wolverine tampoco eran santo de su devoción. La mayoría de las noches el bar era un lugar demasiado ruidoso y él vivía muy tranquilo sin necesidad de codearse con borrachos y pendencieros. No obstante, había descubierto que los domingos por la mañana el bar estaba vacío, la gramola en silencio y la cafetería tranquila. Della solía estar en la cocina horneando sus rollitos de canela, por lo que los cristales de las ventanas se empañaban y el aire olía a masa cocida, creando un ambiente bastante acogedor que a Warren le recordaba a cuando era pequeño en Ohio y su madre cocía el pan temprano las mañanas soleadas.
Aparcó a la sombra en un lateral del hostal y bajó unos centímetros las dos ventanillas de la camioneta.
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—Buena chica —dijo, dándole una palmadita en la cabeza a la perra. Estaría encantada durmiendo sobre una manta en el asiento de la
camioneta hasta que él volviera con su sándwich de beicon.
Warren se limpió las botas en el felpudo de la entrada y luego se dirigió a su mesa favorita junto a la ventana, desde donde podía ver cómo se asomaba el sol sobre las montañas y entraba a raudales en la cafetería a través de las cortinas.
—Buenos días, Warren. —Della le dio el menú plastificado y, como todos los domingos, él le echó un vistazo como si estuviera considerando varias opciones.
—Bien, veamos que hay por aquí. —Sacó las gafas de lectura del bolsillo de la camisa y se las puso, mientras Della esperaba pacientemente
—. Bueno, supongo que tomaré lo de siempre.
Café con azúcar moreno, huevos estrellados, tostadas de pan de masa
madre y salchichas de reno fritas y bien crujientes. Si pedía menos, Della empezaría a atosigarlo.
—Ruby ya lo está preparando —le guiñó un ojo y dio la vuelta a la taza dejándola boca arriba sobre la mesa—. Por cierto, ha llegado Emaleen. Uno o dos días antes de lo previsto —explicó, mientras le servía el café.
Warren levantó la vista, esperando ver a la muchacha.
—No, no. Sigue en la cama —dijo Della—. No aparecerá por aquí hasta las diez o así. Ay, quién pudiera ser joven otra vez. Esta espalda dolorida no me deja dormir más allá de las siete.
Llevó la jarra de café a la barra y volvió a colocarla en la cafetera. —No sé si te lo habrá contado Liz —dijo—, pero se ha licenciado esta
primavera. Tiene un diploma en plantas o algo así. No estoy segura de qué clase de trabajo se puede conseguir con eso, pero es más lista que el hambre, eso seguro.
—Siempre lo fue —respondió Warren.
—Y está ansiosa por verte.
No, eso lo dudaba bastante. Warren era la última persona de la tierra que ella querría ver, y él no tenía nada que objetar. Lo había aceptado, en la medida de lo posible.
Se sorprendió cuando Della volvió a la mesa, cogió una silla y se sentó frente a él.
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—Escucha, Warren. Ella… bueno, ha vuelto a preguntar sobre lo de ir a North Fork. Quiere que la lleves allí en tu avioneta.
—Della, sabes que no puedo hacerlo.
—Lo sé, lo sé. Y he intentado explicárselo.
Warren levantó la vista de su taza de café.
—No te preocupes, no le dije por qué. Piensa que tú no quieres hacerlo y ha estado preguntando por otros pilotos. No sé, Warren… no estoy segura de que podamos evitarlo.
A lo largo de los años, Liz Finney había tenido la amabilidad de responder a las preguntas de Warren, contándole que a la niña le iba bien en la escuela y participaba en diversas actividades. En la secundaria formó parte del equipo de natación y fue una de las alumnas más brillantes en matemáticas. En el instituto sus notas fueron excelentes y durante los veranos trabajaba en una cuadrilla de mantenimiento de parques y jardines. Eso fue más que suficiente, saber que alguien se ocupaba de ella y la quería. No sirvió para aliviar la tristeza y la culpabilidad que se habían convertido en una suerte de enfermedad crónica, pero Warren había llegado a aceptar el dolor como el menor de los castigos que creía merecer. Y si pasaba un año sin tener noticias de la muchacha, lo consideraba una buena señal. Eso era todo lo que deseaba para ella, que siguiera con su vida sin tener que mirar atrás.
Sin embargo, cuando esa tarde oyó un coche aparcando delante de la casa y luego alguien llamó suave e insistentemente a la puerta, supo que el día del juicio había llegado. Abrió la puerta y en el porche estaba Emaleen Finney, una mujer joven hecha y derecha. Era más alta y atlética que su madre, de pelo rubio y expresión radiante. Llevaba vaqueros recortados, una sudadera universitaria y sandalias.
—¿Señor Neilsen? Siento molestarle. No sé si se acordará de mí. Soy Emaleen, la hija de Birdie.
Entonces se dio cuenta de que le tendía la mano, expectante.
—Sí, sí, por supuesto —respondió, estrechándosela.
—Intenté localizarle antes por teléfono, pero me saltaba el contestador automático, de modo que decidí venir a ver si estaba usted en casa. Espero que no le importe. Della me dijo que quizá no fuera buena idea. Sin pretenderlo, Warren dejó escapar una tosecilla nerviosa.
—Supongo que es mejor que pases.
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Él se detuvo un instante en el vestíbulo y miró sus pies.
—Oh, ¿quiere que me quite las sandalias?
Él prefería que la gente se quitara los zapatos en la puerta, pero si ella lo hacía tendría que caminar descalza por la casa.
—No, así está bien.
La guio por el pasillo hasta la sala de estar y le indicó con un gesto que se sentara en el sofá.
—¿Te apetece algo de beber? Estoy preparando café.
—No, gracias. Ya he bebido una cafetera entera con Della esta mañana —respondió la joven, esbozando una sonrisa.
—Hay agua. Me temo que no tengo mucho más.
—Oh, claro, con agua me vale.
Era evidente que ella solo quería ser educada, pero él intentaba encontrar cierto equilibrio en los rituales de la cortesía. Cuando volvió con un vaso de agua, la perra se había subido al sofá y tenía la cabeza apoyada en el regazo de la muchacha.
—Spinner, baja de ahí.
—No pasa nada.
—Me temo que de un tiempo a esta parte los dos nos hemos vuelto un poco descuidados con las normas.
—Es un encanto de perrita —dijo Emaleen, acariciándole la cabeza. Warren estaba recogiendo las pilas de periódicos y revistas de la mesa
de café para dejar sitio al vaso de agua, y la muchacha se levantó para ayudarlo.
—Siento de veras irrumpir de esta manera. En realidad solo quería comentarle un par de cosas. Yo…
—Un momento. Un momento. —Temía lo que ella pudiera decirle y quería estar sentado antes de oírlo—. De acuerdo, adelante —dijo, en cuanto estuvo instalado en el sillón reclinable.
—Bueno… sobre todo quería darle las gracias. Ya sabe, por los bonos de ahorro. Fue muy generoso por su parte. Me licencié esta primavera. Quiero decir que sin usted… Mi tía hizo todo lo posible por ahorrar dinero para la universidad… pero gracias a usted no tengo ninguna deuda. Eso es importantísimo. Quiero decir que muchos de mis amigos ya viven estresados por cómo van a pagar sus préstamos estudiantiles. Y yo no tengo que preocuparme por ello. Bueno, todavía necesito encontrar un trabajo y todo eso, pero…
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La chica se calló de repente y Warren se dio cuenta de que había estado frunciendo el ceño mientras la escuchaba. Le había pedido expresamente a Liz Finney que no le contara de dónde habían salido los bonos de ahorro. ¿Por qué lo había hecho? Pero antes de que pudiera procesar aquella información, la muchacha había cambiado de tema y parecía cada vez más nerviosa y hablaba más rápido. Debía intentar tranquilizarla, pero fue incapaz de reunir la energía necesaria para hacerse el despreocupado.
—Quería saber cómo era estar aquí otra vez. Cuando era niña, solía sentir una gran nostalgia de Alaska. Pero, no sé, quizá solo echaba mucho de menos a mi madre o…
La joven bebió un sorbo de su vaso de agua, volvió a dejarlo sobre la mesa y tragó, como si intentara coger fuerzas para seguir.
—Mmm, y también quería comentarle otra cosa. Por qué estoy aquí. Della me dijo que no lo molestara con ello, pero… esperaba ver la vieja cabaña. Syd me dijo que sigue usted volando allí a menudo.
Aquello lo pilló por sorpresa. ¿Por qué iba a decírselo Syd a la chica? Precisamente él, que sabía lo que estaba en juego.
—Eso dijo, ¿eh?
—Pero no querría… Si es mucho pedir, estoy segura de que puedo encontrar a otra persona que me lleve allí en avión —se excusó ella—. Vi algunos anuncios en el corcho del hostal. Para gente que viene por las vistas aéreas y cosas así. Estoy segura de que me las apañaré.
Con la impaciencia propia de la juventud, ella quería una respuesta y la quería ya, pero no entendía lo que le estaba pidiendo. Desde el punto de vista de Warren, aquello únicamente le causaría más dolor, pero ¿acaso tenía otra opción, por no hablar del derecho a negárselo? Quería protegerla, pero esa no era toda la verdad. También se estaba protegiendo a sí mismo.
—Bueno, lo siento. No debería haberle molestado. —Emaleen se levantó de repente—. Mejor me voy ya.
Spinner abrió los ojos y, al ver que la visita se marchaba, bajó del sofá y siguió a la muchacha hasta la puerta principal.
—Espera, espera —dijo Warren, detrás de ella—. Mejor que no salga la perra, que se quede en casa.
Se sentó en el banco de la entrada para ponerse las botas.
—Dame solo un minuto. Tengo algo para ti.
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Warren bajó los escalones del porche con el bastón de caminar en una mano y la otra apoyada en la barandilla. Sin duda a una muchacha joven y sana como ella le parecería que caminaba terriblemente despacio mientras cruzaban el patio en dirección al cobertizo prefabricado. Al llegar a la puerta, se dio cuenta de que no llevaba consigo las gafas de cerca.
—No veo bien —explicó—. Es 24, 37, 12. —Oh, ¿quiere que introduzca la combinación?
Una vez dentro, Warren fue directamente al armario de las armas, sacó un rifle y comprobó dos veces que no estaba cargado antes de ofrecérselo a la joven.
—Era de tu madre —dijo.
—Oh. Vaya.
—Tranquila. No está cargado.
La chica parecía reacia a cogerlo, y por la actitud nerviosa con que lo sujetaba, lejos de su cuerpo, supo que no estaba acostumbrada a manejar armas.
—Es el 30-06 de tu madre —explicó Warren—. Fue un regalo de Hank, tu bisabuelo. Según tengo entendido, Birdie cazó con él a su primer caribú.
—Oh. Vaya —volvió a decir, y tocó suavemente la empuñadura del cerrojo.
—Es un Winchester modelo 70 —dijo—. Con sistema de carga anterior al 64.
Ella sonreía como si quisiera disculparse.
—No sé qué significa eso.
—Es un buen rifle, eso es todo.
Warren lo había cuidado bien todos esos años. La culata de nogal inglés, tallada con hojas y volutas, era bonita y estaba bien engrasada. El mecanismo de carga funcionaba con suavidad. El acero al final del cañón estaba ligeramente gastado por el uso, pero no tenía ni una mella ni una mancha de óxido. La mira telescópica también parecía en perfecto estado, aunque hacía años que no se utilizaba.
—¿Sabes disparar?
—Oh, no. No lo he hecho nunca. Bueno, cuando era niña tuve una pistola de juguete. ¿Eso cuenta? Ya sabe, de esas con fulminantes de papel —explicó la joven, riendo—. Esa es toda mi experiencia.
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—Bueno, esto no es una pistola de fogueo. Pero es bastante fácil de usar y no tiene mucho retroceso. —Le cogió el rifle de las manos, manteniendo el cañón hacia abajo—. Nunca debes apuntar a la gente, aunque sepas que no está cargado.
—De acuerdo, vale.
—Es de carga con cerrojo, lo que significa que debes sacar esto y volverlo a meter cada vez que quieras introducir una bala del cargador a la recámara. Luego bajas la empuñadura, así. Ahora está listo para disparar. Esto de aquí es el seguro. Y al usar la mira giras esta rueda para graduar la visión. A corta distancia, lo mejor es reducir al dos.
Warren devolvió el rifle a la muchacha.
—¿Tienes unos zapatos de verdad? —le preguntó.
Emaleen bajó la vista a sus sandalias.
—Bueno, estas son de verdad, ¿no?
—No sirven para proteger los pies.
—Oh, claro. Bueno, es lo único que he traído. ¿Por qué?
Warren no tenía a mano dianas de papel, pero encontró un trozo de cartón y dibujó con un rotulador varios círculos concéntricos. Cogió una caja de munición del 30-06 de un estante y le dio a la muchacha unos tapones para los oídos.
Años atrás había preparado un campo de tiro de cien metros en la parte trasera del taller y aún tenía una silla plegable metálica y una mesa de tiro de alta precisión de madera por ahí cerca. Indicó a la muchacha que clavara la diana en el caballete con una chincheta al final de la explanada, mientras él colocaba la silla y la mesa.
—Puedes disparar de pie, pero es más difícil mantener el blanco — explicó, mientras enseñaba a Emaleen a cargar el rifle—. Siempre es mejor tener un punto de apoyo si es posible. Adelante, siéntate ahí. Vale, introduce una bala en la recámara. Bien. Ahora apoya con firmeza el extremo de la culata en el hombro. Apoya la mejilla ahí en la culata y levanta la vista hasta tener enfocado el panorama en la mirilla telescópica. Pero no te acerques demasiado o sino con el retroceso te llevarás un buen golpe en la cara. Muy bien, ¿tienes el objetivo a la vista? Entonces, quita el seguro y adelante. —Warren retrocedió y se tapó ambos oídos con los dedos—. Trata de mantener el punto de mira sobre el objetivo y, cuando estés lista, aprieta el gatillo.
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La joven era una aprendiza rápida y atenta, y tras unos pocos intentos logró agrupar varios tiros bastante dignos dentro de la diana.
—Bien. En cuanto aprietas el gatillo debes recargar lo más rápido posible. Que sea un acto reflejo, para no dudar en el momento. Aprietas el gatillo, recargas. Aprietas y recargas. ¿Sabes dónde debes apuntar cuando vayas a disparar a un animal?
—Mmm, no.
—Por lo general debes apuntar a la altura del pecho y por debajo del hombro, pues de ese modo alcanzarás los órganos vitales. Pero si el animal está cargando directamente contra ti, es probable que no consigas esa clase de blanco. De modo que tendrás que apuntar a lo que se conoce como su centro de masa. Pero incluso si solo le aciertas en una pata o en un hombro o yerras el tiro por completo, siempre que recargues el arma con rapidez tendrás otra oportunidad de detenerlo.
De repente, la muchacha tenía una expresión más sombría. —Señor Neilsen, ¿por qué me está contando todo esto? —Está bien saberlo.
Le dio otra caja de munición cuando se despidieron y le dijo que podía practicar a orillas del río, cerca del hostal. Della la ayudaría a preparar un blanco. Si iba a llevarla a North Fork, debía estar seguro de que era capaz de protegerse.
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CAPÍTULO 34
maleen tenía la sensación de que Della llevaba toda la mañana intentado retenerla. Pensaba ir a visitar la finca familiar. Estaba a solo Eveinte minutos en coche y, aunque no tenía recuerdos ni vínculos emocionales con el lugar, quería volver a verlo en persona, pues allí era donde su madre y tía Liz habían pasado la infancia. Según Della, la empresa constructora aún no había empezado a trabajar y a nadie le
importaría que Emaleen diera un paseo por la propiedad.
—Espera hasta esta tarde —dijo Della cuando Emaleen terminó de desayunar en la cafetería—. Y te llevaré yo.
—No hace falta, seguro que podré encontrarlo. Las indicaciones son muy simples.
—Sí, probablemente. Pero antes ayúdame a llevar unas cajas a la despensa, si no te importa.
Liquidaron rápidamente la tarea y Emaleen dijo que, si no había nada más que hacer, se marchaba ya.
—¿Ya has estado en la mesa de pícnic? —preguntó Della—. Por supuesto, no es la misma. La madera se fue pudriendo con los años y tuve que reemplazarla. Pero a tu madre siempre le gustó pasar los descansos ahí afuera.
Parecía improbable que el meollo de la cuestión fuera la mesa de pícnic, pero quizá Della quería hablarle de algo importante. Emaleen podía ir a la finca después, entrada la tarde, o incluso al día siguiente. Le había dicho a Liz que posiblemente estaría una semana en el hostal y luego dedicaría otra a conocer otros sitios de Alaska antes de volver a Washington, pero nada le impedía cambiar de planes.
Della se sentó sobre la mesa de pícnic mirando hacia las montañas, con los pies apoyados en el banco, y dio unas palmaditas a su lado invitando a Emaleen a sentarse también.
—Creo que tu madre pasaba mucho tiempo aquí soñando despierta, contemplando el río.
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—¿Sí?
—Te quería muchísimo —comentó Della casi de pasada, como si realmente no hiciera falta decirlo.
—Mmm.
—¿Qué? Oh, cariño. —Posó una mano en la rodilla de Emaleen y la miró a la cara hasta que ella le devolvió la mirada—. Tu madre te quería más que a nada en el mundo. Lo sabes, ¿verdad? Por ese motivo te llevó allí. Yo quería teneros en el hostal para poder vigilaros de cerca. —Apretó cariñosamente la rodilla de Emaleen—. Así soy yo. Pero también comprendí por qué ella quería hacer algo diferente con su vida. Estaba intentado empezar de nuevo.
—Ojalá pudiera recordar más cosas de ella.
—Era bonita y divertida. Un poco alocada. Se sentía algo desbordada, criándote sin la ayuda de nadie, pero lo hacía lo mejor posible. —Rodeó a Emaleen por los hombros con un brazo y la achuchó—. Y mírate ahora, hecha una mujer. Toda una universitaria titulada. Ojalá tu madre pudiera verte.
Permanecieron un rato en silencio contemplando las montañas, al otro lado del río Wolverine. Pasados unos minutos, Emaleen volvió a pensar en marcharse, pero Della seguía sujetándola con firmeza con el brazo alrededor de sus hombros.
—Por el amor de Dios, ya era hora —exclamó Della, justo cuando Emaleen oyó el zumbido de un motor aproximándose y perdiendo potencia de repente. Era una pequeña avioneta que descendía hacia el hostal—. Venga, Emmie… rápido, rápido. Ve a por tus cosas.
—¿Qué cosas?
—Es Warren. Al final ha decidido llevarte. —Della parecía emocionada y nerviosa—. Os vais a North Fork.
La avioneta aterrizó en una pradera estrecha y alargada que Emaleen había visto en las inmediaciones del hostal, luego giró y retrocedió hacia ellas.
—¿Nos vamos ahora mismo? ¿Qué necesito?
—Ve a ponerte unos pantalones largos y elige algo de ropa extra por si cambia el tiempo. Puedes llevar mis botas de monte, y coge una mochila pequeña del armario. No olvides tu rifle.
Cuando Emaleen volvió, Della y Warren estaban cargando bolsas y cajas en la parte trasera de la avioneta.
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—Me preocupaba que no aparecieras. Ya me veía reteniéndola todo el día para que no se marchara —comentó Della, pasándole a Warren un saco de comida para perros—. Junto a la puerta trasera hay una caja con fruta y verdura —le dijo a Emaleen, mientras le cogía el rifle y la mochila—. Y en la cámara frigorífica hay una bolsa grande de basura. Cógela también.
La caja de cartón estaba llena de hojas de lechuga marchitas, fresas mohosas y zanahorias y manzanas algo pasadas. Nada que pareciera comestible. La bolsa de basura de la cámara frigorífica era sorprendentemente pesada. Movida por la curiosidad, Emaleen desató el cierre y vio lo que parecían huesos de ternera y filetes de pescado ligeramente quemados por el frío del congelador.
—Vas a tener que ayudar a Warren con todo esto —dijo Della, sin levantar la voz—. Por mucho que insista, ya no está para estos trotes.
—Claro, pero ¿para qué es?
—Os he puesto unos bocadillos de mortadela y alguna cosa más para comer. Y hay un termo de café y agua potable, por si el arroyo baja revuelto.
Della abrazó a Emaleen y le dio un beso fuerte en la mejilla.
—Ten cuidado, ¿vale? Warren, ¿llevas el radioteléfono? Nos vemos esta noche.
Warren enseñó a Emaleen dónde apoyarse para subir a la avioneta. Por dentro era incluso más pequeña de lo que parecía, con el ancho justo para un solo pasajero sentado detrás del asiento del piloto. El arnés era complicado y Warren la ayudó a abrocharse. Luego le puso unos auriculares con micro. Cuando él ocupó su sitio también se puso unos auriculares y ella podía oír su voz directamente en los oídos.
—¿Todo listo?
Aún no había respondido cuando la avioneta empezó a alejarse del hostal en dirección a la pista aérea. Emaleen había viajado en unos pocos vuelos comerciales, pero esto era completamente diferente. Nada más girar al final de la pista, Warren revolucionó el motor y la pequeña aeronave empezó a coger velocidad, botando ligeramente sobre los gruesos neumáticos, y antes de que Emaleen se diera cuenta de que despegaban ya estaban en el aire. Minutos después volaban hacia las montañas, casi contra ellas, le pareció, pero enseguida viraron hacia el estrecho valle.
—Hay un rebaño de ovejas de Dall a tu derecha —dijo Warren, señalando por la ventanilla de su lado.
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Y ahí estaban, un puñado de puntos blancos sobre una empinada pendiente, que quedaron atrás tan rápido que Emaleen solo pudo verlas de refilón.
Después de atravesar el paso montañoso, el valle se ensanchó y Emaleen vio el río a sus pies.
—¿Eso es…? —No hablaba lo bastante alto para activar el micrófono, de modo que volvió a intentarlo más fuerte—. ¿Eso de ahí abajo es un alce?
Warren miró hacia la izquierda por su ventana.
—Del otro lado —dijo Emaleen, pero era demasiado tarde, pues ya lo habían dejado atrás.
Menos de media hora después estaban descendiendo, ¿pero hacia dónde? Solo se veía un arroyo, maleza muy densa y lo que parecía un pequeño sendero, pero de repente la avioneta estaba aterrizando allí mismo y se detuvo rápidamente, antes de llegar a las rocas a orillas del arroyo.
Emaleen esperó mientras Warren apagaba el motor y salía de la avioneta. Se quitó los auriculares y los colgó de un gancho en la cabina, luego la ayudó a desabrocharse el arnés y a bajar. Estaba algo mareada después del vuelo a través de las montañas y dio un pequeño traspié al salir.
—Solías esperarme aquí —dijo Warren—, lista para saludar en cuanto aparecía la avioneta.
—Ah, ¿sí?
—Yo siempre llegaba ansioso por ver si estabas. —Sacó el rifle de Emaleen de una funda en el ala de la avioneta y se lo dio—. Vamos, cárgalo. Cinco en el cargador, pero deja la recámara vacía.
—¿También tenemos que llevar eso? —preguntó ella, señalando las bolsas y cajas de la parte trasera de la avioneta.
—No, lo haremos después.
Emaleen observó cómo llevaba Warren su rifle, colgado del hombro con el peso a la espalda y el cañón apuntando al cielo. No le pareció muy práctico, pero hizo lo mismo.
—Me temo que no he vuelto a cuidar de todo esto, pero sé que quieres verlo —dijo él—. Ve tú delante. Irás mucho más rápido que yo. No, ese es otro sendero. El de la cabaña está por ahí.
Aquel lugar había existido durante demasiado tiempo en sus sueños y en sus recuerdos, aunque ahora nada parecía encajar. Había flores
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silvestres —campanillas, geranios violetas y tallos de adelfilla con capullos en plena floración—, pero no era una gran pradera sino un prado minúsculo. La cabaña de troncos era poco más grande que el cobertizo del patio trasero de casa de tía Liz y la parte delantera del tejado estaba hundida.
—Lo aplastó un árbol derribado por el viento —explicó Warren—. Syd me ayudó a levantarlo y quitarlo de en medio, pero nunca llegué a reparar el tejado. De todos modos, tampoco es que hiciera falta.
—¿Es seguro entrar en la cabaña?
Warren subió el primero la escalera y tanteó la madera del suelo del porche con el bastón para comprobar su resistencia. La puerta estaba entreabierta, atascada por el peso del tejado derrumbado.
—Supongo que es mejor no tentar a la suerte —respondió.
Emaleen miró por la rendija. ¿Habría dentro algún recuerdo de su infancia, un juguete o una prenda de ropa? No parecía que Warren se hubiera tomado la molestia de recoger nada. Había varias latas de comida oxidadas tiradas por el suelo.
—¿Qué es ese olor? —preguntó ella.
—Puercoespines. Ya ves cómo han dejado esa cama. Les encanta mordisquear el contrachapado.
Permanecieron un rato en silencio y luego Warren dijo, en tono de disculpa:
—Ya no hay mucho que ver.
—No, supongo que no.
Al dar la espalda a la puerta de la cabaña, Emaleen vio el leñero. No la asaltó ningún recuerdo concreto ni estremecedor, tan solo una vaga sensación de inquietud que no habría sabido explicar. Luego, al dejar atrás el leñero, vio la cabaña despensa a lo lejos sobre sus altos postes. Años atrás, Syd le había enviado un cuento tradicional infantil sobre Piernas Huesudas[13], una vieja que comía niños y vivía en una choza que se alzaba sobre largas patas de gallina. Al verla ahora se dio cuenta de que había combinado las dos imágenes, dando lugar a algo mucho más fantástico.
—Me acuerdo de eso —dijo en voz baja—. ¿No tenía una puerta? —Usé piel de alce como bisagras y con el tiempo se pudrieron. Se
habrá caído en algún momento.
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Junto a los postes de la despensa, cubierta por la hierba y los arbustos, Emaleen encontró la escalera.
—¿Cree que aguantará mi peso?
La levantó y la apoyó en la plataforma de la despensa. Warren tiró de los dos primeros peldaños y sacudió la estructura.
—Parece bastante resistente. Sube con cuidado.
La cabaña despensa no estaba a demasiada altura, menos de tres metros, pero en su mente infantil era una inmensa torre que se elevaba seis, diez o treinta metros en el aire. Cuando empezó a subir la escalera, el momento presente dejó de ser una película transparente sobre la realidad y Emaleen se sintió como si estuviera trepando hacia el escenario de un sueño peldaño a peldaño, y el brillante sol veraniego, los colores de los árboles y el cielo formaran parte de una alucinación.
Recordaba haber estado en el interior de la despensa, mirando el bosque donde volaban las brujas, pero esta vez no entró. Había muy poco espacio y se sintió como Alicia en el país de las maravillas después de haber crecido demasiado. Había un polvoriento saco de dormir justo en la entrada. Más adentro había varios cajones y cajas, pero sobre todo telarañas y polvo. Se disponía a bajar cuando vio algo en el suelo. Era un dedal, caído de lado, como una minúscula taza volcada.
Lo cogió y, sin pensar, intentó ponérselo en el dedo pulgar, pero por supuesto ya no encajaba. Años atrás el dedal era brillante y plateado, pero con el tiempo había adquirido el tono apagado del plomo.
«Thimblina».
Emaleen guardó el dedal en un bolsillo delantero de los pantalones.
—Muy bien.
Warren soltó un largo suspiro, como si se estuviera preparando para algo, y empezó a bajar el primero de regreso al arroyo.
—¿Ya nos marchamos?
—No, tenemos que ocuparnos de otra cosa.
En la avioneta, empezó a descargar los sacos de comida para perros, las cajas y la bolsa de basura de la parte trasera del aparato y fue pasándoselos a Emaleen, que los dejó en el suelo.
—Allí, entre la maleza, hay un par de cubos de dieciocho litros. ¿Te importaría traérmelos?
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—¿Para qué son? —preguntó ella después de encontrarlos.
—Así es más fácil llevarlo todo.
Colocó un cubo de plástico junto a la bolsa de basura y empezó a desatarla.
—Yo puedo llevar ese, si quiere —dijo Emaleen—. ¿Dónde lo dejo? —Pesa más de lo que parece.
Cogió el saco y se lo cargó al hombro.
—No hay problema.
—¿Seguro que puedes, con el rifle al hombro?
—Sí, me apaño.
—Déjalo en el suelo de momento. Esto aún me llevará un rato.
Abrió un saco de comida para perros con una navaja y volcó el contenido en un cubo hasta la mitad. Emaleen podría haber cargado un cubo lleno, además del rifle y la bolsa de basura con huesos y pescado, pero no sabía hasta dónde iban a caminar, y tampoco quería que Warren se sintiera avergonzado por sus limitaciones. Sin duda había sido más alto y fuerte que ella, pero ahora tenía el cuerpo encorvado y frágil de un anciano. Caminaba despacio con una mano apoyada en el bastón y la otra sujetando el cubo por su asa metálica. Al llegar al final de la pista de aterrizaje, dejaron atrás un fuego de campamento hecho con piedras de granito y dos grandes tocones de madera que parecían haber sido usados de taburetes.
—Aquí es donde solemos acampar Syd y yo cuando hacemos noche.
Emaleen bajó el ritmo para mantenerse varios pasos por detrás de él. El trillado sendero se abría paso entre alisos y sauces de altura considerable hasta llegar a una zona boscosa donde crecían abetos y abedules. Fue entonces cuando se fijó en la alambrada de más de un metro ochenta de altura que iba de árbol en árbol, sobre la cual habían instalado otro tipo de alambre sujeto con aislantes plásticos.
—¿Por qué está ahí esa verja?
Warren avanzaba a duras penas cargado con el caldero. Se detenía con frecuencia y lo dejaba en el suelo, apoyándose en el bastón y suspirando sonoramente como si estuviera frustrado, pero no respondió a la pregunta. Al acercarse, Emaleen percibió un desagradable olor cada vez más intenso, como el de un establo o un recinto del zoo que no se limpiaba con suficiente frecuencia, un hedor mezcla de orina, heces y comida podrida.
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—No te preocupes por la verja —dijo Warren—. Hace años que no está electrificada.
Junto a una portilla de hierro había un comedero de acero justo al otro lado de la malla de alambre. Warren inclinó con cuidado el cubo contra la alambrada y volcó la comida para perros; luego cogió la bolsa de basura que llevaba Emaleen, la desató y echó también los trozos de salmón congelado al comedero, pero lanzó los huesos directamente al suelo del corral sucio y embarrado. Al terminar, dio unos golpes con el bastón en el borde del contenedor.
Con el ruido metálico, algo salió de detrás de un gran abeto dentro del corral. Era él. Su pelaje tenía un aspecto miserable y se movía lenta y torpemente, como un animal decrépito o enfermo. Ahí estaba la oreja caída hacia delante en un lado de su ancha cabeza y la cicatriz atravesando el hocico. El animal no levantó la vista hacia Warren o Emaleen, pero cojeó hasta donde se encontraban con la cabeza gacha, resoplando por las aletas de su negra y correosa nariz como si estuviera siguiendo un rastro.
Emaleen se quitó el rifle del hombro y sujetó el cerrojo, tal como Warren le había enseñado.
—No pasa nada —dijo Warren en voz baja—. Estás a salvo a este lado de la alambrada.
Ahora el oso estaba tan cerca que Emaleen podía haberlo tocado alargando la mano, pero él no hizo nada para reconocer su presencia. Metió la cabeza en el comedero y revolvió con el hocico la comida para perros y el pescado congelado.
—No lo entiendo. En los viejos artículos de prensa decían que… —De nuevo aquel antiguo y terrible sentimiento, la furia descontrolada, el dolor y el miedo, retumbaron de tal forma en la cabeza de Emaleen que no podía oír sus propias palabras—. Pensaba que alguien había matado a… creía que estaba muerto.
—Probablemente eso habría sido lo correcto. —Warren miró hacia delante, apretando y aflojando los músculos de la mandíbula.
Emaleen se alejó del corral, se alejó de Warren y echó a andar por el sendero a grandes zancadas, casi corriendo, sin pensar adónde se dirigía, impulsada únicamente por el deseo de estar en otra parte. Salió del bosque y dejó atrás el fuego de campamento y la avioneta, sin ver nada.
Cuando Warren la encontró, estaba en la orilla del arroyo con el rifle todavía colgado del hombro por la correa, tirando piedras al agua, una
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detrás de otra. Se sentó a su lado en una piedra, sin decir nada, y apoyó el bastón sobre las rodillas.
—Cuando era pequeña a veces intentaba decírselo a la gente —soltó ella, poco después—. Todo el mundo decía que me lo estaba inventando. Que estaba disgustada por lo que le había pasado a mi madre. Pero siempre supe que había sido él.
Cogió una piedra de granito con forma redondeada y la lanzó al agua tan fuerte como pudo. Warren siguió callado, como si ella aún no hubiera terminado su turno de hablar.
—¿Alguna vez vuelve a ser… él? —preguntó Emaleen—. Porque es él, ¿verdad? Es Arthur.
Warren asintió.
—Es él. Pero mi hijo… no he vuelto a verlo desde que murió tu madre. Antes tenía la esperanza de que se quitara la piel para poder verlo una vez más. Quizá sea la vergüenza. No es capaz de afrontar lo que hizo. O… no lo sé. Puede que desde el principio fuera así realmente.
Permanecieron un rato en silencio, y ella dejó de lanzar piedras y se limitó a ver correr el agua clara. Warren carraspeó.
—Cualquier cosa que diga parecerá una estupidez en comparación con lo que él te arrebató. Pero yo, de verdad… —Ella percibió la angustia en su voz, pero no lo miró. Él volvió a carraspear—. Lo siento de verdad. Nunca debí permitir que pasara nada de esto.
Emaleen sintió que la invadía un tranquilo agotamiento. Su tendencia natural era evitar el conflicto y la rabia, pero esto era diferente. No se permitiría ser complaciente. Había vivido con el oso durante toda su vida. Siendo niña tenía una pesadilla recurrente en la que corría de noche por un frondoso bosque lleno de zarzas. Tras ella, en las sombras, el animal y su madre se fundían en una retorcida figura de muerte que rugía y chillaba como una sola criatura, y Emaleen seguía corriendo y corriendo hasta que los gritos se iban acallando.
A la luz del día había imaginado una y otra vez un final distinto. Ella no corría. No abandonaba a su mamá. Mataba al oso con un arma de fuego, con un cuchillo, con un cepo alrededor del cuello. Una y otra vez, con la furia y la vergüenza ardiendo en su barriga, había intentado resolver el problema de cómo una niña pequeña podía haber salvado a su madre.
—Deberíamos llevar el resto de los sacos y demás —dijo ella, y se dirigió de nuevo a la avioneta.
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—No hay prisa —replicó Warren, levantándose despacio.
Pero ella ya había cogido otro saco de comida para perros y caminaba por el sendero.
Caminaba mucho más rápido que él, así que tendría tiempo suficiente. Cuando Emaleen llegó al corral, el oso estaba tendido en el barro entre el comedero y el abeto, a menos de cien metros de distancia. Dormía con
la cabeza girada hacia un lado, apoyada en las pezuñas delanteras. Su pelaje era ralo y corto por la espalda, como si se hubiera gastado a fuerza de frotarlo. Emaleen dejó el saco de comida en el suelo sin hacer ruido y se quitó el rifle del hombro. Accionó el cerrojo y cargó una bala en la recámara. El animal no reaccionó ante el sonido. Cinco balas. Serían suficientes si recargaba con rapidez y disparaba una y otra vez hasta vaciar el cargador. Levantó el rifle, acercó el ojo a la mira telescópica y le apuntó a la espalda, luego bajó lentamente el cañón hasta detener el punto de mira en el lugar adecuado. «Debes apuntar a la altura del pecho y por debajo del hombro, pues de ese modo alcanzarás los órganos vitales». Retiró el seguro con el pulgar y puso el dedo índice en el gatillo. Tenía que hacerlo ahora. Warren estaría a punto de llegar y se le estaban cansando los brazos.
—¡Eh! —gritó—. ¡Eh, mírame!
El oso alzó la cabeza. Ella volvió a levantar el rifle y la imagen al otro lado de la mira telescópica estaba perfectamente enfocada. Observó sus ojos pequeños y oscuros en la enorme cabeza, el pelaje de puntas rubias como una aureola rodeando su frente, la nube de pequeñas moscas zumbando a su alrededor. Emaleen bajó el rifle y se secó las lágrimas con furia contenida. Necesitaba ver bien para disparar.
—Puedes echar esa comida en el comedero —oyó decir a Warren. Caminaba hacia ella siguiendo la alambrada, con el cubo en la mano. —Ah, de acuerdo —respondió ella, intentando que su voz sonara
normal.
Warren sacó la navaja y se acercó para abrir el saco. Quizá no la había visto. Quizá él no supiera cuáles eran sus intenciones.
—Parece enfermo —comentó Emaleen—. ¿Qué le pasa?
Estaban sentados en un tronco arrastrado por la corriente, cerca del arroyo. Warren había sacado el almuerzo de Della y Emaleen aceptó el
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sándwich y una bolsa de patatas fritas que él le ofreció, aunque no tenía apetito.
—Es viejo —respondió—. Los osos grizzly no viven tanto como los hombres ni de cerca. Las condiciones de este corral tampoco ayudan. Normalmente en esta época del año lo dejo salir a otro más grande. Así tiene más espacio y yo aprovecho para limpiar todo esto. Pero la alambrada está dañada… hay partes oxidadas, árboles caídos…
—Syd me enseñó un cráneo en su cabaña —dijo Emaleen—. Lo encontró en esta zona y dijo que era blando o algo por el estilo, ¿como si pudiera adaptarse a distintas formas?
—Él lee mucho y tiene montones de teorías —respondió Warren, agachándose y cogiendo una piedra verde entre las rocas erosionadas por el agua—. Aunque eso no me interesa demasiado. Todos los cómos y porqués no cambian nada, ¿no crees? Ni para tu madre ni para ti.
Limpió con el dedo pulgar el polvo que recubría la piedra. Pensaba a menudo en el día que encontró a Arthur junto al río. Tendría que haberlo dejado allí. Debería haber abandonado al bebé y seguido caminando. Sin embargo, para bien o para mal, no es posible huir de quienes somos. Lanzó la piedra al arroyo.
—¿Por qué no atraviesa la alambrada? —preguntó Emaleen—. Podría hacerlo, ¿verdad?
—Supongo que sí. Pero está entrenado. Syd y yo electrificamos todo el perímetro con baterías marinas, pero no fue fácil. Hay que recargarlas y mantener la valla limpia de arbustos. Pasado un tiempo nos dimos cuenta de que ya no lo intentaba. Está bien alimentado y hay un riachuelo que fluye a través del corral, de modo que tampoco le falta agua. Cree que no hay manera de salir y no tiene motivos para intentarlo.
—Pero ¿qué haría usted… si él lograra salir?
—Lo atraería con comida, igual que hicimos Syd y yo cuando lo atrapamos la primera vez.
—¿Y si no lo consiguiera? ¿Y si se negara a regresar?
Warren la miró con una expresión amable y dolida al mismo tiempo. —No le permitiría hacer daño a nadie más, Emaleen, si es eso lo que
me estás preguntando. Le dispararía si tuviera que hacerlo.
Recogió los sándwiches y las patatas que ninguno de los dos había probado y se levantó del tronco.
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Mientras caminaba de nuevo hacia la pista y la avioneta, Emaleen lo llamó.
—¡Eh! Yo podría ayudar. Ya sabe, con la alambrada. Y también a limpiar el corral.
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CAPÍTULO 35
urante varios días no regresaron a North Fork. Emaleen iba en coche por las tardes a casa de Warren, pero él era muy lento y meticuloso y Dellano podía hacer nada para acelerar el proceso. Pasó más de un día poniendo a punto su motosierra, afilando la cadena con una escofina redonda, cambiando la bujía, limpiando el filtro de aire, mezclando gasolina y añadiendo lubricante. Emaleen observaba, acercándole herramientas cuando podía, pero básicamente se limitaba a ver pasar el tiempo. Otra tarde buscó durante horas un arrastrador en particular que al parecer haría falta para tensar la alambrada, clavos con forma de u, tenazas corta-alambre y podaderas. Y entretanto murmuraba para sus adentros yendo de un lado a otro del taller con una lista escrita a mano en una
carpeta de clip.
—Creo que me quedaré una semana más por aquí —dijo Emaleen a su tía desde el teléfono del despacho de Della—. Quiero ayudar al señor Neilsen a hacer algunos arreglos en su casa.
No mencionó a Arthur ni la alambrada, y tampoco el rifle que se había acostumbrado a llevar a todas partes.
Seguía pensando en matar al oso. Había algo de justicia en ello, pero también piedad. Al pasar junto al corral, lo observaba en busca de alguna señal de reconocimiento o raciocinio, pero lo más que hacía él era sacudir la oreja buena para espantar a los insectos molestos o frotarse el hocico con una pezuña delantera, a menudo sin molestarse en abrir los ojos. Sentía la necesidad de provocarlo. Daba palmas y silbaba, incluso pensó en tirarle un palo. Si él llegaba a mirarla con un mínimo de atención y ella detectaba en sus ojos algún indicio del hombre que había sido, ¿sería capaz de apretar el gatillo?
Warren empezó a revisar la alambrada mientras Emaleen descargaba la avioneta. Cuando subía el sendero por tercera vez, cargada con un cubo lleno de herramientas, alambre y clavos, vio al oso ponerse de pie y
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sacudir todo el cuerpo igual que un perro, con la piel floja deslizándose de un lado a otro sobre la espalda y una nube de polvo flotando a su alrededor. Esperó a ver si giraba la cabeza para mirarla, pero él volvió a sacudirse y luego arrastró los pies, arañando el suelo con sus largas garras, y se tumbó de nuevo dándole la espalda.
Emaleen dejó atrás el corral y siguió caminando entre los árboles hasta llegar donde estaba Warren usando las podaderas para recortar la maleza que crecía sobre la alambrada.
—Me temo que hoy no adelantaremos mucho —dijo él.
—Pero si acabamos de llegar.
—La alambrada se ha oxidado por este lado y se está cayendo. Creí que podría volver a tensarla, pero hay que renovar todo esto. Tengo varios rollos de alambre reservados en la ferretería, pero no pensé que fuéramos a necesitarlos tan pronto.
—Vaya usted a buscarlos. Yo me quedaré y seguiré trabajando.
No podía darle la opción de decir que no, porque esta podía ser su última oportunidad.
—Ahora hace bueno, pero es posible que cambie el tiempo — respondió Warren—. O algún contratiempo podría impedirme volver hoy mismo.
—Estaré bien. No estaré sola más de… ¿cuánto, una hora? Puedo adelantar bastante trabajo si me quedo.
Empezó a apartar y apilar la maleza cortada de la alambrada, con la esperanza de convencerlo con una pequeña demostración.
—Creo que tengo un equipo de emergencia en la avioneta —dijo él—. Una tienda de campaña pequeña, un saco de dormir y varias cosas más en una bolsa impermeable.
Emaleen cortó un retoño de abeto con las tijeras de podar y lo tiró a la pila. Oyó a Warren haciendo ruidos con la boca como quien habla solo, carraspeando para decir algo para luego quedarse callado, pero siguió trabajando.
—Bueno, está bien —dijo finalmente—. Dejaré algunas cosas en la pista, por si acaso. ¿Te quedarás aquí hasta que vuelva? Y ten el rifle cerca en todo momento.
—Por supuesto.
En cuanto oyó el motor de la avioneta perdiéndose en la distancia, dejó las tijeras de podar, cogió el rifle y regresó al corral. El corazón le latía con
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fuerza en el pecho. No podía hacer lo mismo que la otra vez. E incluso Warren lo había dicho: si salía del corral podía ser un peligro y tendría que dispararle.
Antes de acercarse a la portilla, preparó el rifle. El grizzly estaba dormido, despatarrado boca abajo con el cuello estirado de tal forma que parecía una alfombra de piel de oso. Lo observó atentamente mientras abría el cerrojo y levantaba el rifle. Cuando rugiera y estuviera completamente levantado, cuando cargara hacia la entrada y se abalanzara contra ella, entonces le dispararía una y otra vez hasta vaciar el cargador.
Pero no se movió. Se limitó a parpadear varias veces y volvió a cerrar los ojos.
—¡Eh! —gritó, todavía con el rifle en posición.
El animal levantó la cabeza. Ella pensó en el cráneo del alféizar de la ventana de Syd y se dio cuenta de que este era incluso mayor. Colocando ambas manos sobre su cabeza con los dedos extendidos no podría abarcarla del todo.
El oso bostezó. Se estaba levantando lentamente y con mucho esfuerzo. Dio unos pocos pasos y ella apoyó con firmeza la cantonera de la culata en su hombro, pero el animal no avanzó hacia ella. Se dirigía al comedero. Metió la cabeza y revolvió la comida para perros con el hocico sin comer nada.
Emaleen se plantó ante la puerta abierta.
—¡Eh! —volvió a gritar—. ¿Es que no me ves? ¡Venga!
«Adelante, maldito hijo de puta, demuéstrame quién eres en realidad», pensó. Ya no volvería a tenerle miedo.
Se movía pesadamente. Aunque no estaba especialmente gordo, su enorme corpachón lo hacía caminar como si rodara de lado a lado. Cuando llegó hasta la portilla abierta, volvió a detenerse y pareció mecerse suavemente sobre las patas. Bajó la cabeza y olisqueó el suelo, luego avanzó otro paso y otro más hasta salir del corral. Emaleen retrocedió. Si le permitía acercarse demasiado no podría verlo con claridad por la mira telescópica.
Pero el oso no avanzó hacia ella y empezó a alejarse de la entrada siguiendo el perímetro de la alambrada. Tras avanzar una corta distancia, levantó la nariz en el aire y cambió de dirección para dirigirse al bosque. Tenía que hacerlo ahora, antes de que se alejara más. Pero no le pareció correcto, con esa actitud tan pasiva y débil. Avanzó unos pocos pasos y
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volvió a detenerse, con la cabeza gacha y la respiración agitada. Miró hacia atrás por encima del hombro, como para comprobar si ella seguía cerca, y continuó caminando. Emaleen lo siguió sujetando el rifle con ambas manos.
La escena era como un sueño primigenio. El inmenso y peludo animal caminando con parsimonia por el bosque de abetos mientras los rayos de sol se abrían paso entre las ramas cayendo sobre los helechos y las rosas árticas. En el aire cálido y tranquilo flotaba la fragancia de la savia de abeto y varias mariposas cola de golondrina de color amarillo revoloteaban erráticamente de flor en flor. Cuando el oso se detuvo a descansar, volvió a alzar la nariz olisqueando a su alrededor. «Dispárale. Tienes que hacerlo ahora». Pero entonces volvió a ponerse en marcha.
Más adelante el terreno se adentraba en un barranco donde en lugar de abetos y rosales proliferaban los arbustos de aliso, los helechos avestruz y bastones del diablo de anchas hojas. Mientras descendía con cuidado por la empinada pendiente, de repente percibió el olor. Tierra fría, madera podrida y el acre aroma medicinal de las plantas. Escuchó el crujido de ramas partiéndose y el chapoteo de las pezuñas del oso en el barro procedente de los arbustos.
Era el lugar de sus pesadillas. En un sombrío barranco como ese él había matado a su madre. De repente quiso dar media vuelta y correr para ponerse a salvo. Pero ya no era una niña. Le había dejado salir y ahora debía terminar lo que había empezado. Lo siguió adentrándose en los arbustos.
Cuando salió de la maleza, vio al oso ascendiendo por un sendero de caza que atravesaba el barranco. Llegó a lo alto de la loma y desapareció. No podía perderlo de vista. Emaleen corrió sendero arriba y al llegar a su cima el oso estaba bajando por el otro lado. Abajo del todo había una pequeña charca de castores. La orilla más cercana era cenagosa, aunque había hierba. Pero del otro lado el pequeño terraplén que descendía hasta el agua estaba cubierto de musgo.
Emaleen también recordaba aquel sitio. Saltar desde la madriguera del castor a las aguas profundas y oscuras para emerger al instante y ver a Arthur nadando hacia ella. «Vamos, pequeña. Adelante».
¿Él también se acordaba? Quizá había ido hasta allí para recordarle los buenos y alegres momentos que habían pasado juntos, como un tácito
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reconocimiento de todo lo que había sucedido entonces y todo lo que él le había arrebatado.
O quizá era solo un viejo animal, incapaz de sentir arrepentimiento o afecto, con ganas de zambullirse en el agua para calmar sus dolores. Emaleen se sentó en la ladera con vistas a la charca. Desde allí tenía un blanco perfecto. Había apoyado el rifle en el regazo. El oso se adentró en el agua entre la hierba alta y las plantas de cola de caballo, mojándose las patas, luego el pecho, hasta sumergirse dejando solo la mitad de la cabeza fuera del agua donde consideró que había profundidad suficiente para nadar. Ella imaginó sus cuatro patas sumergidas moviéndose rítmicamente debajo de aquel corpachón. Parecía una actividad apacible y despreocupada, como si estuviera flotando más que nadando, y entonces metió la cabeza bajo el agua y desapareció. Cuando volvió a la superficie casi había llegado a la madriguera del castor.
—¡Arthur! —gritó Emaleen. Parecía absurdo hablarle, pero no se le ocurrió qué otra cosa podía hacer—. Tenemos que volver, ¿vale?
El oso se giró en el agua hacia ella, reaccionando claramente al sonido de su voz. Nadó en línea recta y al llegar al cenagal caminó entre la hierba hasta que el agua le cubría las pantorrillas. Entonces se detuvo y sacudió la cabeza y el cuerpo entero salpicando gotas de agua en todas direcciones.
Emaleen sujetó el rifle con ambas manos.
—¿Arthur? ¿Me entiendes? Es hora de regresar.
Desde esa distancia era difícil saber si la estaba mirando, pero caminaba lentamente colina arriba hacia ella. No había nada brusco ni agresivo en sus movimientos. Emaleen se apartó del sendero de caza para dejarlo seguir solo.
Al pasar a su lado, a menos de un metro de distancia, el oso giró la cabeza hacia ella y sus ojos se encontraron. La piel de los párpados superiores e inferiores era negra, pero desde ese ángulo Emaleen pudo apreciar el blanco de sus ojos y los iris reflejaron la luz del sol con un cálido brillo ambarino.
—¿Arthur? —volvió a decir.
El animal bajó la vista y resopló por las aletas de la nariz como si suspirara. Luego siguió caminando de lado a lado por el bosque, con la cabeza gacha y sin hacer ruido con sus gigantescas zarpas.
Emaleen no recordaba con exactitud el camino de ida, pero estaba segura de que el oso regresaba al corral —a través del barranco, hacia el
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matorral de alisos y a través de los abetos y los rosales silvestres—. El trayecto de vuelta le pareció mucho más rápido, ya fuera porque el baño había reanimado al animal o porque ella sabía a dónde se dirigían. Al llegar a la alambrada, el oso cambió de dirección y la siguió hasta llegar a la portilla abierta, y entonces entró.
Emaleen cerró la puerta y corrió el cerrojo.
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CAPÍTULO 36
arren miró por la ventanilla lateral de la avioneta y vio a Emaleen esperándolo al borde de la pista. Aún la recordaba de pequeña, Wsaltando y agitando los brazos emocionada, aunque por supuesto ya no era
una niña. Lo saludó levantando una mano.
Además de los rollos de alambrada había traído una chocolatina y un 7Up para ella, pensando que habría estado trabajando duramente en su ausencia. Sin embargo, cuando se lo ofreció al bajar de la avioneta, ella le dio las gracias en tono apocado y él se sintió como un idiota. Probablemente ya era demasiado mayor para emocionarse por un poco de comida basura.
—Señor, Neilsen. Lo siento. Tengo que decirle algo.
—¿Va todo bien?
—Estoy bien. Todo va bien. Es solo que… cuando usted se marchó, yo… le dejé salir, del corral.
—¿Qué? —Warren estaba tan sorprendido y desconcertado que apenas supo qué responder—. Por el amor de Dios, ¿por qué lo hiciste?
—Lo siento mucho. Pero él está bien —continuó ella—. Yo llevaba el rifle y no lo perdí de vista en ningún momento. Lo único que hizo fue ir a la charca. Nadó un rato y luego, cuando le dije que ya era hora de regresar, fue como si supiera a qué me refería. Volvió directamente y cerré la portilla con el cerrojo.
—El riesgo que corriste… podrías haber…
—Lo sé. Lo sé. Pero todo ha salido bien. No volverá a suceder. — Cogió un rollo de alambrada y se lo cargó al hombro—. Y tenemos tiempo suficiente. Aún podemos adelantar mucho trabajo.
Al llegar al corral, Warren entendió por qué había confesado la joven. El cambio en el oso era más que notable. Parecía satisfecho, durmiendo repantigado al sol. Aún tenía el pelo mojado en algunas partes, pero donde se había secado se veía limpio y esponjoso.
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—Supongo que le sentó bien zambullirse en el agua fría —dijo Warren.
—Sí, eso creo.
—Lo que has hecho es peligroso. Pero ha sido amable por tu parte.
—No, no es eso. Pensé… no sé lo que pensé.
Warren quedó impresionado al ver el montón de broza. A pesar de todo lo que había sucedido en su ausencia, ella se las había apañado para limpiar un buen trecho de alambrada.
—Veamos cómo está más adelante. Quizá solo haga falta reemplazar esta sección —comentó.
Ella dejó el rollo de alambrada en el suelo, cogió las tijeras de podar y lo siguió.
—¿Sabía usted que él me enseñó a nadar? —soltó Emaleen—. Fue aquel verano. No estoy segura, pero creo que pudo ser en esa misma charca. Él me lanzaba al aire y yo me zambullía en el agua salpicando en todas direcciones. Lo llamábamos el cohete o algo así.
Warren se detuvo en seco. Era desconcertante lo cerca que podían estar a veces el dolor y la alegría.
—Solíamos hacer lo mismo cuando Arthur era un crío —dijo él—. Lo llevábamos al lago cerca de nuestra casa y nadábamos desde el embarcadero. Yo colocaba las manos bajo sus pies y contaba cuatro, tres, dos, uno y lo lanzaba hacia arriba como un pequeño cohete.
La joven hizo un ruido suave, casi como una risa, aunque más parecido a una exhalación silenciosa.
Warren estaba asombrado por su juventud y energía. Hacía mucho tiempo que no interactuaba con alguien de esa edad, y aunque Emaleen carecía de experiencia trabajando en el bosque, pilló los rudimentos necesarios con la misma facilidad con que había aprendido a disparar el rifle. Había muchas cosas que él ya no era capaz de hacer y sabía de antemano que no tendría más remedio que moverse despacio y con cuidado. Pero le daba vergüenza no poder manejar la motosierra o empujar los troncos.
Emaleen se hizo cargo de la situación respetuosa y pacientemente, ansiosa por aprender. La motosierra Husqvarna la llevó al límite de sus fuerzas y debían arderle los músculos de soportar aquel peso, pero no se amilanó. Warren le enseñó a arrancarla y a usar el cebador, y a encontrar
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los puntos de presión del tronco para evitar atascos de la barra al cortar. «No dejes que la cadena toque el suelo cuando está girando», le dijo, y solo tuvo que hacerlo una vez.
El corral abarcaba más de cuatro mil metros cuadrados, y durante los días siguientes descubrieron hasta qué punto estaba dañado el perímetro. Tres grandes árboles habían caído sobre el cierre, había postes podridos y grandes secciones de la alambrada estaban hundidas y oxidadas de tal manera que eran irreparables.
—No sabía que estaba tan mal —dijo, disculpándose—. Se me ha ido el tiempo.
Solo jamás habría podido hacer nada, y así lo reconoció.
—Me alegra poder ayudar —respondió ella.
Y parecía sincera. Incluso mientras se limpiaba el sudor de la frente y espantaba a los mosquitos, levantando troncos y cavando agujeros para los postes de la valla o peleando con los rollos de alambrada, parecía contenta.
Emaleen llevaba todos los días sándwiches de crema de cacahuete y miel; uno para ella, uno para Warren y otro para el oso. La primera vez arrancó un trozo del suyo y lo lanzó al corral. El oso lo olisqueó y lo lamió, luego lo cogió entre los dientes y con el dorso de una pezuña se lo metió en la boca.
—Parece que le gusta —dijo Warren.
Cuando el oso empezó a caminar hacia Emaleen, ella sujetó el sándwich a través de la alambrada.
—No dejes que lo coja de tu mano —dijo él.
—¡Oh! —exclamó ella, sacando los dedos.
«Recuerda quién es», solía decir Carol. Pero él no fue capaz de decirlo en voz alta.
Emaleen arrojó el resto del sándwich al oso.
—Estaba pensando que quizá podríamos agrandar el perímetro de la alambrada para permitirle llegar hasta la charca.
Él no quiso decepcionarla. Una obra semejante requeriría un verano entero de trabajo y él no estaba seguro de que tuvieran tanto tiempo.
—Primero veamos qué tal avanza esto, ¿te parece?
Warren invitó a Emaleen a alojarse en su casa, aunque estaba seguro de que no aceptaría. Podía quedarse en una habitación de invitados y tendría su propio cuarto de baño con bañera. También podría lavar su ropa sin
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necesidad de ir a la lavandería del pueblo. Pero tampoco heriría sus sentimientos si prefería quedarse en la cabaña del hostal.
—¡Oh, sería genial! ¿Seguro que no le importa? —dijo ella—. No quiero ponerle en un compromiso.
—No, no es ningún problema —respondió él—. Mi hija mayor me visitó hace pocos meses. Lavó todas las sábanas y dejó la habitación preparada antes de marcharse.
—En fin, le estoy muy agradecida a Della, que ni siquiera me cobra por estar allí. Pero aquello es… algo deprimente, con el bar y eso. Supongo que esa clase de sitios no son lo mío.
Al oír sus palabras, su tácita alianza con la muchacha se hizo aún más fuerte.
—Siempre he pensado lo mismo —dijo él.
Esa noche, Warren adobó la pieza de carne de alce que le había dado Syd. Ya apenas cocinaba en condiciones, estando él solo con el perro en casa, y disfrutó haciéndolo de nuevo. Se puso el delantal de Carol para pelar patatas y zanahorias y cortar las cebollas, y lo puso todo en la bandeja del horno junto con la carne condimentada.
—Me gusta su delantal —dijo Emaleen, y él pensó que quizá lo estaba provocando, pero entonces vio su cálida sonrisa.
—Era de Carol —respondió él.
—Lo suponía.
Mientras él preparaba la cena, Emaleen vio una bombilla fundida en la lámpara del techo. Él fingió sorprenderse, pero llevaba así varias semanas. Ya no confiaba en su equilibrio lo suficiente para subirse en la escalera de tijera. Sin ofrecerse ni preguntar, Emaleen encontró la escalera plegable y una bombilla nueva en el escobero y la cambió.
—Listo —dijo alegremente, al terminar—. ¿Qué le parece, señor Neilsen?
—Esto está mucho más luminoso, ¿no? Muchas gracias. —Abrió la puerta del horno, introdujo la bandeja y ajustó el temporizador—. Cuando eras pequeña solías llamarme señor Warren.
—¿De veras? Ya no me acordaba.
—Pero solo Warren está bien.
Durante la cena, él volvió a interesarse por sus estudios y sus planes de futuro. Ella describió los trabajos que había visto anunciados por Alaska, pero le preocupaba no ser lo bastante dura para el trabajo de campo.
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—No hay más que verte ahora —respondió él.
Ella abrió los brazos y se echó a reír. Estaba quemada por el sol y abrasada de picaduras de mosquito, y aunque llevaba manga larga tenía los brazos llenos de arañazos y rozaduras.
—¿Decías que la profesora Lundeen está dirigiendo esa investigación en Fairbanks? —preguntó—. La conozco desde hace años. Si quieres, puedo llamarla y hablarle de ti.
—Oh, eso sería genial.
—Creo recordar que el primer día que tú y tu madre fuisteis a North Fork hacías toda clase de preguntas sobre las flores silvestres del prado junto a la cabaña. Ya te interesaban incluso entonces.
—Fue por Arthur, ¿sabe? Recuerdo la increíble sensación de asombro mientras él me enseñaba nombres de plantas y cómo diferenciarlas. Era como si mis ojos hubieran cambiado y desde entonces lo viera todo de una manera diferente. —Emaleen movió la comida de su plato con el tenedor
—. Resulta extraño al pensar lo que ocurrió, pero yo no sería la misma persona si no lo hubiera conocido.
Los dos guardaron silencio después de eso y Warren temió que la noche se ensombreciera. Pero no duró. Ella enseguida empezó a hacerle preguntas sobre la cabaña de North Fork y cómo la habían construido Carol y él. Warren se levantó de la mesa para coger el álbum de fotos de aquellos primeros tiempos. Mientras pasaba las páginas y describía las fotografías, Emaleen comió una segunda y una tercera ración de carne, disculpándose, aunque Warren estaba encantado. Cuando él le aseguró que no había problema, ella le dio unos trocitos de alce asado a Spinner, que había estado tumbada bajo la mesa con la cabeza apoyada en los pies de Emaleen durante toda la cena.
—Me temo que no tengo nada de postre —dijo él. —No pasa nada. Ya no puedo más… estaba buenísimo.
—¿Sabes lo que tengo? —Fue al frigorífico y empezó a mover tarros de condimentos del fondo de los estantes—. Está por aquí, en alguna parte. Bingo. Hidromiel de diente de león. Lo preparó Della el verano pasado.
—¿A qué sabe?
—No estoy seguro. ¿Lo probamos?
Warren quitó el tapón de la botella con un abridor y sirvió el licor de color miel en dos copas de vino pequeñas.
—Salud —dijo Warren, y entrechocaron las copas y ambos bebieron.
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Era dulce, floral y ligeramente espumoso. Sabía a verano.
—Oh, vaya, esto está delicioso.
—Si quieres podemos tomarlo fuera. Normalmente no hay demasiados mosquitos en la parte de atrás.
Spinner los siguió hasta el porche trasero, donde Warren se sentó en una silla de jardín y Emaleen en el banco balancín. Era la hora del crepúsculo y el sol bajo proyectaba un resplandor que intensificaba todos los colores; el brillante magenta de las flores de adelfilla, el verdor de las hojas de los campos de heno y el verde oscuro del bosque, con sus abetos, álamos y abedules. A lo lejos, la luz del anochecer realzaba las montañas, de tal modo que las paredes rocosas, los barrancos y los picos dentados y coronados de nieve destacaban vívidamente. El aire era templado y agradable y todo estaba en silencio, salvo por el eco del encantador trino del zorzal ermitaño.
—Así es como lo he recordado siempre —dijo Emaleen en voz baja—. Echaba tanto de menos todo esto siendo niña. No creo que haya algo parecido en ningún otro lugar.
Los dos permanecieron en silencio un rato, y era un silencio agradable. Finalmente, Warren entró a la cocina y sacó la botella para servir un poco más de licor en sus copas.
—Creo que me siento mal por él —comentó ella.
Warren supo a qué se refería.
—Debería haberlo matado —respondió él—. Quizá habría sido menos cruel. Pero no pude.
—No —dijo Emaleen—. Yo no pude… no creo que fuera capaz de hacerlo tampoco.
—Tengo tantos remordimientos que a veces ha sido casi insoportable.
Bebieron el hidromiel de diente de león y miraron hacia las montañas.
La joven se mecía suavemente en el banco balancín.
—Yo hui.
Él no entendió a qué se refería. ¿Quizá a que había huido hasta allí desde Washington?
—Mi madre se estaba muriendo y yo la vi y la abandoné. Hui. — Warren iba a decir algo, pero ella lo interrumpió—. No, sé lo que va usted a decir. Que solo era una niña, que no podría haber hecho nada. Pero ni siquiera lo intenté.
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—¿Es eso lo que has creído todo este tiempo? —preguntó él—. ¿No recuerdas el día que te encontré? Yo estaba sobrevolando la zona y te vi a orillas del río. En cuanto aterricé viniste corriendo hacia mí, y ¿sabes lo que dijiste? «Tenemos que ayudar a mi mamá».
—¿Qué?
—Eso fue lo que dijiste. Una y otra vez. Te sangraban los pies, habías caminado durante horas completamente sola. Pero no estabas huyendo de nada. Sabías que no podías salvarla sin ayuda. Y sabías que el curso del río North Fork te llevaría hasta el hostal. Llevabas una manta y una linterna en la mochila porque eras lo bastante lista para saber que iba a ser un largo viaje.
—¿De veras? Yo no… no recuerdo nada de eso.
—Nunca he visto a un niño actuar de forma tan valiente.
Ella dejó escapar esa especie de resuello que era casi una risa pero también un suspiro.
—Nunca me había visto a mí misma de esa manera —respondió ella.
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CAPÍTULO 37
l cielo era de un azul puro cuando regresaron a North Fork, y a las diez de la mañana ya hacía más calor que ningún otro día. Al Eacercarse al corral, dos cuervos y varias urracas salieron volando del comedero. El oso se había tumbado a la sombra de un árbol cercano y las moscas zumbaban alrededor de su cabeza. Tenía los ojos abiertos, pero no
parpadeaba.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Emaleen, observándolo.
—No lo sé —dijo Warren.
Dio unos golpes con el bastón en el comedero y cuando el oso movió ligeramente la cabeza a Emaleen la sorprendió su repentina sensación de alivio. Hacía tan solo dos semanas había estado a punto de dispararle.
—No ha comido nada —comentó ella—. Puede que sea por este calor.
—Es posible.
El calor ralentizaba su trabajo. Emaleen estaba empapada en sudor y tenía que parar con frecuencia para beber agua y descansar. Pero también le preocupaba Warren.
—Yo me encargo de esto —dijo Emaleen, desenrollando la nueva alambrada.
Lo convenció para que se sentara en el tocón de un abeto mientras le explicaba cómo debía extender la alambrada e ir fijándola de árbol en árbol con los clavos en forma de u.
—Tómate tu tiempo —le aconsejó él en más de una ocasión—. No hay prisa.
Pero les quedaba tan poco para acabar… A la hora del almuerzo quizá pudieran dejar pasar al oso al otro recinto más grande. Allí tendría plantas frescas para comer y el sombrío bosque para caminar, y por la tarde ella podría limpiar el comedero y el corral.
A mediodía, Emaleen estaba a punto de empezar con el último tramo de alambrada cuando Warren sugirió hacer un breve descanso. Ella dejó las herramientas y caminaron juntos hasta el corral con el almuerzo. El oso
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estaba frente a la portilla, con la cabeza gacha y los costados subiendo y bajando agitados como si le costara respirar.
—Hola —dijo Warren con suavidad.
El oso no reaccionó, tenía las patas traseras separadas como si intentara mantener el equilibrio.
—¿Qué le ocurre?
—Nunca lo había visto así antes —respondió Warren.
Emaleen sacó un sándwich de crema de cacahuete de su mochila y le lanzó al oso un pedazo, que aterrizó junto a una pezuña delantera, pero él no pareció percatarse. Tiró otro trozo a través de la alambrada, con la esperanza de que lo oliera.
—¿Podemos dejarlo salir para que vaya a la charca? —preguntó ella.
—No lo sé.
—La última vez le hizo sentirse mejor. Y ahora estamos los dos aquí con los rifles.
Warren estaba murmurando de forma casi inaudible, como solía hacer cuando intentaba tomar una decisión.
—De acuerdo —respondió.
Mientras Emaleen abría la portilla, oyó a Warren cargar su rifle. Sin embargo, el oso siguió inmóvil un rato. Cuando finalmente dio un par de pasos, tropezó al cruzar la puerta. Emaleen avanzó hacia él, pero Warren la detuvo con la mano.
—Déjalo solo —dijo—. No podemos hacer nada.
El oso empezó a caminar lentamente a lo largo de la alambrada. Emaleen no estaba segura de que tuviera fuerzas suficientes para llegar a la charca. No obstante, siguió adelante y Emaleen y Warren caminaron tras él con sus rifles. Ahora el paso del animal parecía más firme y decidido.
—¿No debería tomar ya ese camino? —preguntó ella, señalando en dirección a la charca.
Cuando Warren no respondió, ella dio media vuelta y vio que se estaba quedando atrás. Pisaba con cuidado el terreno irregular, apoyándose con fuerza en el bastón.
—¿Se encuentra bien, Warren? —gritó ella.
—Solo voy despacio. Ve tú tras él. Ya os alcanzaré.
Pero el oso no se dirigía a la charca. Continuó a lo largo de la alambrada hasta llegar a un poste que formaba un ángulo en el perímetro y entonces siguió en línea recta hacia el bosque, en dirección a la ladera de
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la montaña. Ahora avanzaba con más rapidez y Emaleen tenía que correr de vez en cuando para seguirle el paso.
—¡Emaleen! ¡Emaleen!
Oyó a Warren llamándola, pero ya no podía verlo. —¡Estoy bien! —respondió a gritos—. ¡Voy tras él! —¡No! ¡Déjalo! ¡No quiero que vayas tú sola!
—¡Estoy bien! Tengo mi rifle. No se preocupe. ¡Tendré cuidado!
Emaleen cruzó el bosque siguiendo los pasos del oso, atravesó una zona cenagosa alfombrada de hierba y un traicionero lodazal donde ambos se debatieron denodadamente para no hundirse en el barro negro y acuoso. Cuando al fin llegaron al terreno seco, el oso se tumbó a la sombra de un abeto negro de tronco retorcido. Emaleen se sentó en un montículo de hierba, se quitó la sudadera y se la ató a la cintura; luego se limpió los mosquitos muertos y el barro de la cara con el borde de la camiseta. Oyó a Warren gritar a lo lejos y supo con certeza que estaría preocupado, pero no podía abandonar al oso.
Había un reguero cerca y siguió el agua hasta encontrar un riachuelo transparente que se abría paso entre musgo y piedras. Se arrodilló en la orilla y bebió con las manos. Había olvidado cómo sabía; a hielo y roca.
—¡Hay agua para beber aquí! —gritó.
El oso soltó un penoso gemido, como si estuviera sufriendo. Intentó levantarse, pero solo consiguió incorporarse sobre las patas delanteras. Permaneció largo rato sentado con la cabeza gacha y las patas delanteras soportando su peso. Volvió a gemir y finalmente logró ponerse a cuatro patas.
—Arthur. Debes beber agua.
Pero el oso se volvió hacia la montaña y retomó la marcha.
La vida es dura. Era algo que le había dicho Syd cuando volvió a visitarlo la noche anterior. Habló de los pequeños carboneros que iban cada invierno a alimentarse a su comedero con el corazón palpitando a toda velocidad y las plumas hinchadas contra el frío. De las crías de alce espantadas por sus madres y abandonadas a su suerte y de las liebres árticas huyendo del constante asedio de linces, búhos y halcones. De todo el hambre y el miedo. Y luego Syd recordó a sus familiares y a los amigos que había conocido a lo largo de los años. A los maltratados y a los
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adictos, a los solitarios y afligidos. Gente como Birdie y Arthur, que lo intentaban una y otra vez sin encontrar nunca terreno firme donde pisar. Era un milagro, no que la vida existiera sino que perdurara. Morir era la parte fácil. Confesó que la frase era más o menos robada, de Hemingway. Se había acercado a una de sus estanterías y le había dado un libro a Emaleen, diciéndole que lo leyera cuando tuviera ocasión.
Habían dejado atrás los árboles, Arthur y ella. El viejo oso se detenía a menudo, jadeando con su gigantesca cabeza tan gacha que la nariz casi tocaba el suelo. ¿A dónde se dirigía? Emaleen se sentó a descansar en la tundra.
Los arbustos de arándano azul y el té de labrador, la potentilla y la espirea, habían florecido. Aquella ladera estaba cubierta de nieve ocho meses al año. Las condiciones eran extremas y allí solo había rocas, viento y poca tierra. Demasiadas cosas dependían de la casualidad y de una increíble capacidad para resistir. Y sin embargo la vida prosperaba, desplegando sus hojas hacia el sol y derramando esperanza sobre sus tiernas y frágiles flores.
Llevaban más de dos horas caminando y Emaleen creyó oír un motor a lo lejos. Warren los estaba buscando. Bajó la vista hacia el valle del arroyo pero no vio la avioneta.
Ahora estaban a gran altura y Emaleen podía ver a kilómetros de distancia en todas direcciones por encima de las montañas. Los arbustos y los abetos retorcidos habían quedado atrás y allí imperaban el musgo y el suelo rocoso, los plateados líquenes de caribú, matorrales que no sobrepasaban la altura del tobillo y flores que ella solo había visto en sus libros. Quería detenerse a examinarlas todas; las hojas dentadas con forma de corazón, los pétalos con delicados tonos morados, amarillos y rosados, el vello diminuto que recubría sus tallos, el polen como polvo dorado en sus estambres. Quería quitarse las botas y los calcetines y caminar descalza por la tundra, pero sabía que las plantas de sus pies eran demasiado blandas.
De todos modos, no había tiempo suficiente. El oso continuaba su lento avance a un ritmo constante y ella lo seguía de cerca. Había un estrecho barranco que ascendía y ascendía hacia un pico, y algo más arriba creyó ver una rama blanca de considerable tamaño caída sobre el musgo verde. Movida por la curiosidad, abandonó el sendero de caza y, al
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acercarse, vio que era un cuerno de caribú. El asta era gruesa, medía casi un metro y tenía numerosas puntas manchadas de color óxido.
Un recuerdo fragmentado y borroso despertó en su cabeza, y quizá ni siquiera era real. Su madre volvía a casa desde las montañas con el rostro bronceado por el viento y el sol y el cabello muy revuelto. La cantimplora rebosante de arándanos azules. Contaba que había pasado la noche sola en lo alto de una roca, bajo miles de estrellas. Hablaba de los dientes de un gigante y de un círculo de setas donde bailaban brujas y hadas. De caribús trotando por el cielo con las astas sangrando.
Ya estaban tan lejos de la cabaña que a Emaleen empezó a preocuparle cuánto tiempo tardarían en regresar. Cuando el oso se aproximó a un terraplén de pizarra que parecía terriblemente empinado y peligroso, ella gritó:
—¡Arthur! ¡Debemos volver!
Pero el oso siguió adelante, tambaleándose por un sendero de caza a través de la ladera de la montaña. Con cada paso que daba se desprendían rocas de un color gris oscuro que rodaban pendiente abajo. «Todos recorremos este sendero. Los osos, los alces y los caribús». Emaleen lo siguió.
Cuando Emaleen tenía seis años, un caluroso día de verano, había subido hasta allí con Arthur y con su madre a jugar en la nieve. Quizá no fuera el mismo lugar, pero el oso estaba cruzando una cuenca alpina de un verde aterciopelado en dirección a un nevero. Sin duda se encontraba demasiado débil para jugar y bajar resbalando, aunque si se limitaba a tumbarse allí un rato quizá llegara a sentirse algo mejor. Pero el oso no se detuvo. Siguió avanzando, dejando atrás el nevero y la cima de un risco.
Habían rebasado una cresta rocosa y ahora estaban en lo alto de otro valle. Abajo, a lo lejos, había un ancho y sinuoso río y al otro lado se oteaba el brillo artificial del metal bajo el sol. Emaleen se sintió mareada, presa del vértigo y del déjà vu. ¿Aquello era el río Wolverine?
El oso se había tumbado de lado, con la cabeza apoyada en la tundra y las pezuñas extendidas hacia delante, mientras su pecho subía y bajaba con dificultad. Emaleen se sentó cerca y lo observó. Había recorrido todo aquel camino deliberadamente para llegar a este lugar en concreto, y ella se preguntó qué recuerdos le traía o qué significado tendría para él.
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Enseguida le diría que ya era hora de regresar al corral. Sería una larga travesía, aunque resultaría más fácil cuesta abajo. Al llegar, ella le daría un sándwich de crema de cacahuete y al día siguiente irían a la charca para que se diera un baño. De momento solo necesitaba descansar.
Pero cuanto más tiempo llevaba tumbado en la tundra, más le costaba respirar. Tenía la boca abierta y la lengua, de un gris rosáceo, reposaba inerte sobre el musgo del suelo. No movía los ojos ni parpadeaba, tan solo seguía jadeando cada vez más rápido. «Debe sentirse como si se estuviera ahogando», pensó Emaleen.
—¿Arthur?
Ella aún le tenía miedo, pero más odiaba verlo sufrir. Dejó el rifle en el suelo y se acercó más a él arrastrándose por la tundra. El oso yacía con la garganta y el vientre expuestos, y ella vio por primera vez la terrible cicatriz, gruesa e irregular, que descendía hasta el pecho desde la parte inferior de la barbilla.
—Arthur.
Él no reaccionó, ni siquiera cuando ella alargó la mano y la posó sobre su pezuña delantera.
Era extraño estar tan cerca de él. Incluso en ese estado de extrema debilidad, irradiaba una fuerza salvaje que a Emaleen le puso la piel de gallina. Las garras tenían varios centímetros de largo y un tono dorado. El pelaje de su pezuña era tupido, más suave de lo que ella había imaginado, y pudo sentir los huesos debajo, como los dedos extendidos de un hombre.
Pareció transcurrir una eternidad. Un abejorro zumbaba sobre los arbustos de arándanos en flor y una ráfaga de aire lo arrastró de repente. Una pequeña pica de pelaje castaño salió disparada de una grieta en una roca para desaparecer al instante. Un ciempiés negro peludo y naranja se arrastraba atravesando una espiral de líquenes sobre una piedra. Un cuervo volaba en círculos sobre el valle del río plantando cara a las corrientes de aire. El viejo oso jadeaba y gemía, y Emaleen sintió frío de repente a causa del aire de la montaña, pero mantuvo su mano sobre la pezuña.
Cuando Warren sobrevoló su posición, ella supo con certeza que Arthur nunca abandonaría la ladera de esa montaña. La avioneta descendió hacia la cima de la cresta donde estaban y Warren inclinó las alas en su dirección. Los había visto. Trazó un círculo en el aire sobre el valle fluvial y volvió hacia ellos. Ella recordó el protocolo de emergencia. Agitar
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ambos brazos para pedir auxilio. Levantó un brazo con lágrimas en los ojos y saludó a Warren. «Estoy bien. Todo va a salir bien».
Ya anochecía cuando todo llegó a su fin. Los frenéticos jadeos del oso alcanzaron un horrible clímax, mientras su cuello y sus piernas se tensaban como cuerdas, y entonces cesaron por completo. El silencio era absoluto. El viento acarició el pelaje de puntas rubias de su lomo, pero él ya no respiraba, y la superficie de sus ojos perdió el brillo y se volvió opaca. Estaba muerto.
Emaleen dejó escapar un trémulo suspiro, como si hubiera estado conteniendo la respiración todo ese tiempo. Ya era muy tarde, aunque el sol no se pondría hasta medianoche. No tenía que dejarlo todavía.
Durante media hora caminó por la cresta de piedra recogiendo fragante artemisia y té de labrador. Bajó a un arroyo formado por la nieve derretida y en sus orillas encontró prímulas, nomeolvides y claveles de aire rosas. Trepó por una ladera rocosa donde crecían saxífragas moradas, hierbas de san Benito blancas y amarillas y kinnikinnicks. Llenó el bolsillo de la sudadera con ramitas y flores y luego volvió junto a Arthur. Sentada a su lado con las piernas cruzadas, sacó con cuidado cada planta y las distribuyó formando una gorguera alrededor del cuello del oso.
Cuando vació el bolsillo se puso de pie, se echó al hombro la correa del rifle y emprendió el camino de vuelta.
Emaleen sabía que estaba irremediablemente unida a ellos dos, y que su peligroso poder determinaría siempre quién era y su manera de actuar en el mundo. Ellos siempre constituirían una misteriosa parte de su persona. Pero su vida solo le pertenecía a ella. Había logrado comprender sus verdaderos nombres y al fin podía decir adiós. Birdie, Arthur. Madre. Oso.
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AGRADECIMIENTOS
He tenido la increíble buena suerte de volver a trabajar con los editores Andrea Walker y Mary-Anne Harrington, y con mi agente desde hace tantos años, Jeff Kleinman. Gracias a todos por vuestras brillantes intuiciones y vuestra paciencia. Fue una auténtica alegría reunir de nuevo al equipo de La niña de nieve.
En Tinder Press en el Reino Unido, gracias a Alexia Thomaidis, Caitlin Raynor, Ollie Martin, Ellie Freedman y Eleanor Wood. En Random House en Estados Unidos, gracias a Carrie Neill, Briony Everroad, Jennifer Rodriguez, Taylor Noel, Virginia Norey y Naomi Goodheart; y estoy especialmente agradecida a Andy Ward y Alison Rich por acudir en mi ayuda con este maravilloso título. También doy las gracias a Lorella Belli de la Agencia Literaria Lorella Belli, y a Sophie Brett-Chin y Chiara Panzeri de Folio Literary Management. Por el asombroso diseño de portada, gracias a la ilustradora Anna Morrison.
Gracias a Karl Braendel y Kiche Braendel, que no solo compartieron conmigo sus vastos conocimientos e historias de primera mano sobre los osos de Alaska sino que me acogieron durante dos semanas en su remoto campamento de caza en la isla Kodiak. Gracias a la ecologista Kathryn Baer y al científico medioambiental Zachary Baer por ayudarme a trazar las perspectivas de futuro de Emaleen y guiarme a través del laberinto de nombres comunes y científicos de las plantas de Alaska. Gracias a Ruth Hulbert por las hermosas ilustraciones botánicas. Gracias a Mary Ann Cockle, propietaria de Fireside Books y extraordinaria correctora. Y gracias a todo el equipo de Fireside Books, que me ayudó a traer al mundo este libro.
Mi padre biológico, mi madre y el padre que me crio ya han fallecido, pero a través de su genética y su manera de vivir la vida, gracias a su apoyo y su aliento, me convirtieron en la escritora que soy actualmente. Siempre los recordaré con amor y gratitud: Gary Kline (1952-1977), Julie Hungiville LeMay (1954-2019) y John Le May (1949-2022).
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Y, sobre todo, gracias a mi marido Sam y a nuestras hijas, Grace y Aurora. Estuvisteis a mi lado durante todo el camino, leyendo y escuchando las reescrituras de cada capítulo, ofreciendo valiosos consejos y, sobre todo, dándome valor. Esta novela no sería lo que es hoy sin vosotros tres. Os quiero con todo mi corazón.
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TERMINÓSE
DE IMPRIMIR ESTA EDICIÓN
DE BOSQUES NEGROS,
CIELO AZUL EN LOS TALLERES DE
GRÁFICAS EUJOA EL 15 DE MAYO DEL 2025, 139 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE EMILY DICKINSON, POETA ÚNICA Y CREADORA DE UN HERBARIO FASCINANTE QUE EN ESTE CUENTO-COLOFÓN ACABA EN MANOS DE
ARTHUR Y EMALEEN.
[1] De thimble (dedal, en inglés) y, como se ve enseguida, en posible alusión a Thumbelina, es decir, Pulgarcita. (Todas las notas son del traductor). <<
[2] Programa infantil dirigido a niños en edad preescolar, emitido por la televisión estadounidense entre 1953 y 1994. <<
[3] Uvas ursi o uvas de oso, frutos de la rastrera o amagüeta. <<
[4] Se refiere a Anatomía de la melancolía (1621) de Robert Burton. <<
[5] Se trata de un verso de Paul Desjardins. <<
[6] Novelas de Charles Portis y James Hilton, respectivamente. <<
[7] Del poemario The animals in that country de Margaret Atwood. <<
[8] De la rima infantil Jack be nimble, Jack be quick, Jack jump over the candle-st
[9] Está leyendo el clásico de la literatura infantil contemporánea Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak. <<
[10] Revista de naturaleza para niños publicada por la Federación Nacional de Vida Silvestre de los Estados Unidos desde el año 1967. <<
[11] La autopista Stewart-Cassiar es la carretera más al noroeste de la provincia canadiense de la Columbia Británica. <<
[12]Estados al sur de Canadá y al norte de México. Conocidos como The lower 48. <<
[13] Se refiere a la adaptación del cuento tradicional por parte de la autora estadounidense Joanna Cole, conocida en el mundo anglosajón. Posiblemente una adaptación de la historia y el personaje de Baba-Yaga.
<<
FIN

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