© Libro N° 14917. El Novio De Mi Hija. Hurst, Daniel. Emancipación. Marzo 14 de 2026
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EL
NOVIO DE MI HIJA
Daniel
Hurst
El Novio De Mi Hija
Daniel Hurst
Creía que era el hombre de sus sueños. Pero su vida está en peligro…
Cuando Ellie me dice que tiene novio, me emociono y tengo ganas de conocerlo. Por fin parece feliz y enamorada.
Pero hay un problema. Ellie no lo ha visto en persona. De hecho, él ni siquiera vive en el mismo país. Nosotras vivimos en Inglaterra, pero Daryl está en Los Ángeles.
Cuando invita a mi hija a quedarse con él en su lujosa mansión durante unas semanas, insisto en acompañarla. Necesito saber más sobre el hombre que la tiene tan enamorada.
Daryl nos recibe en su casa de paredes encaladas, con una impresionante piscina y un jardín bañado por el sol. Pero una mañana descubro un terrible secreto en su sótano que lo cambia todo. Nos ha estado mintiendo desde el principio.
Cuando voy a enfrentarme a él, Ellie y Daryl han desaparecido. La llamo al móvil, pero no responde.
Tengo que encontrarla porque Daryl no es quien dice ser.
Y haré cualquier cosa para protegerla.
Daniel Hurst
El Novio De Mi Hija
El novio de mi hija - 1
ePub r1.0
Titivillus 06.03.2026
Título original: My Daughter’s Boyfriend
Daniel Hurst, 2023
Traducción: Daniel Conde Bravo
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Índice de contenido
Cubierta
El novio de mi hija
Prólogo
Antes de Estados Unidos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Epílogo
Sobre el autor
PRÓLOGO
El cartel de persona desaparecida empezó a moverse y a revolotear debido a la brisa, y finalmente despegó por completo del árido suelo del desierto sobre el que había yacido.
Surcó el aire bajo un cielo azul radiante. Las gruesas letras rojas de la parte superior del cartel eran casi tan llamativas como las montañas del mismo color que rodeaban aquella tierra desértica a varios kilómetros de Los Ángeles.
«¿Alguien ha visto a esta mujer?», podía leerse en el cartel, justo por encima de una fotografía de la persona a la que hacía referencia.
La mujer parecía tener veintipocos años. Era delgada, tenía el pelo largo y oscuro, y parecía feliz, a juzgar por la sonrisa con la que aparecía en la imagen. Pero, por supuesto, la foto había sido tomada antes de que desapareciera y, como nadie conocía su paradero ni lo que podía haberle ocurrido, no estaba claro que la mujer siguiera sonriendo.
Al girar debido a la fuerte brisa, el cartel quedó enredado en un pequeño remolino de polvo, una especie de torbellino que puede formarse en el desierto cuando la temperatura elevada del terreno seco interactúa con el aire más frío que tiene por encima.
El cartel giró y se retorció, sus bordes se curvaron y la imagen que contenía comenzó a aparecer y desaparecer continuamente de la vista, hasta que el remolino terminó escupiendo el cartel, que acabó deteniéndose en el suelo junto a una planta rodadora.
Desplegado en ese lugar, con el sol dándole de lleno, se podían leer las palabras que había debajo de la foto.
«MADRE DESESPERADA BUSCA RESPUESTAS. POR
FAVOR, AYÚDENME A ENCONTRAR A MI HIJA».
Debajo de la frase había un número de teléfono al que podía llamar cualquier persona que tuviera información sobre la mujer desaparecida.
Pero, de momento, nadie había llamado.
Unos instantes más tarde, el viento volvió a levantar el cartel y lo impulsó hacia el desierto, quedando a merced de los elementos; nada más salir volando, una tarántula negra avanzó arrastrándose lentamente hasta ocupar el lugar que había dejado libre. El arácnido se sentía como en casa en aquel entorno salvaje, algo que no se podía decir de muchas de las personas que se aventuraban por allí, dejando atrás la ciudad de hormigón para experimentar la vida en el desierto.
Si para los estadounidenses aquel ya era un terreno complicado de transitar, para los europeos lo era todavía más, pues no estaban acostumbrados a paisajes tan inhóspitos ni a temperaturas tan extremas. Apenas había pasado una hora desde el amanecer, pero el mercurio del termómetro estaba subiendo rápidamente y continuaría haciéndolo durante varias horas más.
Nada que ver con Europa ni, en particular, con el Reino Unido.
Quizá por eso Dawn Andrews, una madre del sur de Inglaterra, habría preferido no haber ido nunca a aquel lugar. Más aún, habría deseado que su hija tampoco lo hubiera hecho.
Todo comenzó con un novio.
La hija de Dawn se enamoró de un americano.
Esa fue la razón por la que fueron a Estados Unidos.
Esa fue también la razón por la que sus vidas jamás volverían a ser las mismas.
ANTES DE ESTADOS UNIDOS
CAPÍTULO 1
DAWN
Puede que sea verano, pero eso no significa que el tiempo no esté frío y lluvioso cuando cruzo la ciudad, rumbo al café semanal con mis amigas, que nos sirve para ponernos al día. Maldiciéndome a mí misma por la estupidez de no haber consultado la previsión del tiempo, tengo que apañármelas sin paraguas, y voy quejándome interiormente de lo gris que es el clima en Inglaterra, incluso durante un mes que debería prometer sol.
Vaya mes de junio. Me siento igual que en lo más oscuro del frío enero mientras voy esquivando charcos, y me subo la cremallera de mi abrigo un poco más para retener algo de calor. Por suerte, no estoy muy lejos y, al cruzar la calle y abrir la puerta que tengo delante, me siento aliviada por disfrutar de un respiro de la lluvia.
Al entrar en la concurrida cafetería, percibo un intenso aroma a café y veo una pequeña cola de clientes ávidos de cafeína esperando a ser atendida por la experta barista que se encuentra al otro lado del mostrador. Pero, en lugar de situarme al final de la cola, me dirijo hacia una mesa grande que hay junto a la ventana del fondo, en la que ya hay otras tres mujeres sentadas.
A medida que me acerco a la mesa, las tres mujeres se percatan de mi presencia y me saludan, ofreciéndome una sonrisa. Pero lo que me produce mayor satisfacción es el café que me ofrecen cuando me siento, porque después de una noche muy larga y una mañana ajetreada, me muero por disfrutar de ese chispazo de magia que hay dentro de la taza de café que ahora sostengo en las manos.
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—Gracias —les digo a mis tres mejores y más antiguas amigas, antes de tomar un sorbo del café, porque no estoy segura de cuál de ellas me lo ha pedido. Pero agradezco mucho no haber tenido que hacer la cola yo, aunque tendré que hacerla la semana que viene para devolver el favor.
—Parece que lo necesitas —me dice Maggie, la amiga a la que conocí en el colegio, pero que, ahora que ambas rondamos los cuarenta y cinco, sigue siendo una parte importante de mi vida.
—Sí —confirmo, dejando mi taza caliente sobre su plato a juego—.
Estoy otra vez con turnos de noche.
Me refiero a mi empleo en un supermercado que abre las veinticuatro horas del día, donde he trabajado durante los últimos años. Un trabajo que nunca he disfrutado, no solo porque el salario sea una basura, sino porque llega un momento en el que la tarea de llenar y ordenar estantes se convierte en una rutina tediosa, interminable y agotadora.
—¡Anda, no, si creía que ya no tenías que trabajar de noche, ¿no era así?! —me pregunta Tanya, otra amiga del colegio, aunque hoy en día pasamos más tiempo hablando de nuestros hijos, nuestros trabajos y nuestros presupuestos mensuales para los gastos del hogar que de los flechazos con los chicos de la clase o de las bromas que gastábamos en el recreo.
—Sí, esa era la idea. Pero luego, con la subida de la factura de la luz, no me ha quedado más remedio que pedir más horas. Me hace falta el dinero.
—¡Dímelo a mí! —se queja Kirsty, la tercera y última amiga de la mesa, que lleva en mi vida desde que nuestros caminos se cruzaron en un trabajo cuando teníamos veintipocos años. Han pasado más de dos décadas y las dos seguimos trabajando tan duro como siempre para llegar a fin de mes, aunque mis circunstancias personales son un poco más complicadas que las suyas, puesto que ya no tengo una pareja que contribuya a hacer frente a las facturas.
—Es una locura cómo están los precios, ¿eh? —exclama Maggie—. ¡La factura de la luz está por las nubes! Además, a mí no me ayuda que mis tres niños se pasen tanto tiempo viendo la tele y jugando a videojuegos.
Me estremezco al pensar en el gasto anual que deben suponerle a Maggie sus trillizos, y, reflexionando sobre ello, me siento en parte aliviada por tener solo una boca hambrienta que alimentar.
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—No te preocupes, pronto se habrán ido de casa —dice Tanya con optimismo, pero también con una dosis de realismo—. ¿Aún piensan ir a la universidad?
—Sí, y ya les he dicho que no puedo pagarlo todo, así que van a necesitar que les den un préstamo para estudiantes.
Las otras dos mujeres asienten ante la decisión de Maggie, y luego comparten sus experiencias en relación con sus propios hijos y cómo cambiaron sus vidas cuando se fueron de casa. Las dos hijas de Tanya también fueron a la universidad y ahora viven de alquiler con sus novios mientras empiezan a construirse una carrera en el mundo laboral. En cuanto a Kirsty, su hijo dejó el instituto cuando tenía dieciséis años y empezó a trabajar como electricista, lo que hizo que rápidamente fuera autosuficiente, mientras que su hija ya está en proceso de comprarse su primera casa a los veintitrés.
Esa es la razón por la que ahora me he quedado un poco callada en la mesa mientras mis tres amigas siguen charlando sobre lo caro que es criar hijos y cómo cambian las cosas cuando crecen y se independizan.
Soy la única que aún no ha experimentado lo que se siente cuando un hijo se va de casa.
Como madre de una hija que es preciosa y brillante, Ellie, soy consciente de que no me puedo quejar de absolutamente nada. Pero, aunque sea así, hay algo que me molesta un poco, y es el hecho de que Ellie tenga veinticuatro años, siga viviendo bajo mi techo y no parezca estar haciendo nada para que esa situación cambie.
No es que odie que viva conmigo, porque no es así. Si no siguiera en casa, yo estaría viviendo sola, y esa preocupación es casi tan grande como el precio de las facturas de la casa. Pero soy una persona realista, y no es ya que sea consciente de que seguramente no podrá vivir con su madre para siempre, es que tampoco me gustaría que lo hiciera. Estoy segura de que la independencia le vendrá muy bien, que será sano que intente forjarse su propio camino en la vida. Comprar su propia casa. Decorarla a su gusto. Tener un poco de paz. Privacidad. Y algún día, tal vez, llenar esa casa con su propia familia.
Pero, por el momento, Ellie no se mueve de casa, algo que no se les escapa a mis amigas.
—¿Cómo está Ellie? —me pregunta Maggie, antes de dar un sorbo a su café americano.
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Sé que Maggie me lo ha preguntado porque se preocupa de verdad por mi hija y por mí y quiere ponerse al día, pero no puedo evitar sentirme presionada mientras mi cerebro busca algo que responder. Pero al final, como siempre, soy sincera con mis amigas.
—Sin novedades —respondo, intentando que mi voz suene relajada y despreocupada, pero sin conseguirlo—. Sigue trabajando en el restaurante, y sigue odiándolo.
—Ya encontrará su rumbo —dice Tanya muy amablemente, consciente de que mi hija aún no tiene ni idea de a qué se quiere dedicar y por ello lleva dieciocho meses trabajando por turnos sirviendo comida italiana a comensales hambrientos—. Al menos está acumulando experiencia, y las propinas deben ser buenas en ese sitio, ¿no?
—No lo sé. Nunca me lo cuenta —admito—. Suele quedarse en su habitación casi todo el tiempo que está en casa. No sé si saldría de ella alguna vez si no tuviera que ir a trabajar. Apenas queda con sus amigos.
Voy a coger mi taza de nuevo, pero miro a Maggie mientras lo hago y veo que hace un gesto a Tanya y Kirsty, una mueca que claramente significa que no estoy pasando por mi mejor momento en lo que se refiere a mi hija.
—¿Has vuelto a pedirle que contribuya a pagar las facturas? — pregunta Kirsty a continuación—. ¿O a preguntarle si estaría dispuesta a pagar algo de alquiler o una cosa similar?
—No, aunque sé que debería hacerlo —le respondo—. Pero la última vez fue tal desastre que me da miedo volver a sacarle el tema.
Llamarlo desastre se queda cortísimo. Hace seis meses le pregunté a Ellie si podía ayudarme con los gastos de la casa, no tanto porque necesitara ese apoyo económico, sino porque quería que entendiera que ser adulto conlleva ciertas responsabilidades. Pero se enfadó conmigo y, tras decirme que gana poquísimo por hora en el restaurante, me acusó de intentar echarla de casa. No era esa la idea; solo quería que comprendiera que no podía pretender vivir conmigo gratis para siempre, y aunque sabía que no ganaba mucho dinero, quizá tener esa conversación con ella podría provocar que intentara encontrar un trabajo mejor pagado para poder ingresar algo más. Pero, como nuestra discusión fue tan acalorada, me ha dado mucho miedo que la situación se repitiera, y por eso Ellie sigue viviendo en casa sin pagar alquiler y aún ajena a la realidad de tener que pagar facturas cada mes.
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—Bueno, al final la cosa se arreglará —me dice Tanya, poniéndome una mano reconfortante sobre el brazo—. Los chicos son difíciles, y especialmente las niñas. Pueden ser muy cabezotas, pero ella aún es joven. Seguro que el año que viene a estas alturas habrá encontrado un trabajo que le guste y estará viviendo por su cuenta con su pareja o con algún amigo, y tú no recordarás por qué estuviste tan preocupada.
Sonrío porque aprecio esa predicción optimista. Pero interiormente no puedo evitar pensar que está muy lejos de la realidad. De momento, Ellie no ha hecho nada que sugiera que esté buscando un trabajo que le guste ni me habla de ningún novio ni nada por el estilo. Sin alguien con quien compartir el alquiler y las facturas de la casa a la que se mude, no sé cómo podría permitírselo. Todo eso me hace pensar que va a seguir en casa durante mucho tiempo, mientras que mis amigas ven cómo sus hijos han comenzado a volar y a prosperar a medida que se han ido convirtiendo en adultos independientes y responsables.
—Bueno, ¿alguien ha reservado ya sus vacaciones? —pregunta Kirsty, llevando la conversación hacia un tema más placentero—. No sé vosotras, chicas, pero yo estoy como loca por alejarme un poco de tanta lluvia.
Tanya nos cuenta que ella y su pareja están pensando en reservar un viaje de última hora a Italia, un lugar que me suena maravilloso y que me encantaría visitar algún día, mientras que Maggie menciona que se va a Tenerife a finales de mes, aunque, como siempre, no sabe si unas vacaciones con trillizos a cuestas serán realmente vacaciones.
—¿Y tú, Dawn? —me pregunta Kirsty mientras le añade otro sobrecito de azúcar a su café—. ¿Te vas al extranjero este año?
Me encantaría tener algo emocionante que contarles a mis amigas. Algo relacionado con una isla soleada a la que me voy a ir para descansar y recargar pilas durante una o dos semanas, donde me voy a hartar de cócteles y de vitamina D. Pero no puedo hacerlo porque no tengo planes de viajar al extranjero este año. Ni ningún otro, para ser sincera.
—No, aún no he reservado nada —contesto, intentando que parezca que hay alguna posibilidad de que eso pueda cambiar—. Quizá haga algo hacia el final del verano. Suele haber buenas ofertas en esa época.
Todas mis amigas dicen que es verdad, aunque no puedo evitar detectar cierta incomodidad, o incluso tristeza, entre ellas. Sé la razón que lo justifica, pero no me molesto en reconocerlo. No tiene nada que ver con que tenga poco dinero, eso está claro. Más bien, está relacionado con el
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hecho de que no tengo a nadie con quien irme de vacaciones, salvo mi hija, que parece odiarme, por supuesto.
Mientras la conversación vuelve a girar hacia otro tema y mis tres amigas charlan animadamente sobre esa serie nueva que nos tiene a todas esperando ansiosas a que salga el siguiente capítulo, hago todo lo posible para estar contenta y disfrutar de su compañía. Pero es difícil, no solo porque siento envidia de todas ellas por sus hijos con ambiciones y sus planes de viaje tan emocionantes, sino porque también tengo celos del hecho de que tengan una pareja con la que poder compartirlo todo.
Yo ya no la tengo.
Lo único que me espera cuando vuelva a mi casa en un rato es una joven temperamental y cabezota que no tendrá ningún interés en hablar conmigo si puede evitarlo.
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CAPÍTULO 2
DAWN
Mi casa está en completo silencio cuando entro en ella, pero sé que no estoy sola. Miro la hora y veo que son solo las cuatro de la tarde, así que aún me quedan unas horas hasta volver al supermercado para mi turno de noche. También sé que a Ellie le quedan un par de horas para volver al restaurante, aunque no es que espere pasar con ella algo de ese tiempo.
Como siempre, está en su habitación, con la puerta cerrada, señal inequívoca de que no quiere compañía. Pero me niego rotundamente a pasarme el día entero sin ver a la persona con la que comparto esta casa, así que, sin dudarlo, llamo a la puerta antes de abrirla e irrumpir en su habitación.
Espero encontrarme a Ellie tumbada en la cama viendo la televisión, que es como suele pasar el tiempo libre que tiene antes de volver al trabajo. Pero esta vez me sorprende, y en vez de parecer absorta frente a la tele, está sentada frente a su portátil.
Un portátil que cierra de inmediato en cuanto me ve entrar. —¡Mamá! ¡¿Por qué entras así de golpe?! —me grita Ellie; me doy
cuenta de que tiene las cortinas cerradas, un plato sucio junto a la cama y un montón de ropa desperdigada por el suelo.
—No he entrado de golpe —aclaro—. He llamado a la puerta. ¿No me has oído?
—¡No, claro que no!
—¿Por qué? ¿Qué estabas haciendo?
—¡A ti qué te importa!
Y así empezamos de nuevo. Un nuevo día, una nueva discusión.
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—Son las cuatro de la tarde —le digo mientras me dirijo a las cortinas y las abro, permitiendo que entre en la habitación la tan necesaria luz del sol.
—¡Mamá! ¡Déjalas cerradas! —grita Ellie, y, de repente, me veo transportada diez años atrás, cuando mi hija era una adolescente de catorce años a la que había que despertar para que llegara puntual al instituto. Juro que había algunas mañanas en las que habría sido más fácil despertar a un muerto que a Ellie. Lo triste es que, varios años después, muy pocas cosas han cambiado.
—¿Qué te he dicho de estar tirada todo el día en la cama? Tienes que levantarte y hacer algo. No es sano que no salgas de tu habitación.
—Sí que salgo. ¡Me tengo que ir a trabajar dentro de nada!
—Pero estoy hablando de tu tiempo libre, Ellie, ¿no quieres hacer algo un poco más productivo mientras no trabajas?
—¡Lo que hago en mi tiempo libre es asunto mío!
—No, también es asunto mío porque vives conmigo, por si no te habías dado cuenta.
—¡Grrr, mamá, vete de aquí!
—¡No, no me voy!
Una vez más, he terminado envuelta en otro enfrentamiento con mi hija. Pero, aunque algunos días intento evitarlos —o, al menos, apaciguar cualquier discusión si llega a producirse—, hoy no estoy de humor para hacerlo. Después de pasar unas horas con mis amigas y escuchar que sus hijos están haciendo cosas maravillosas con sus vidas, no aguanto más viendo cómo mi hija desperdicia la suya.
—¿Cuál es tu plan, Ellie? —le pregunto mientras recojo varias prendas del suelo y las apilo sobre una silla que hay en un rincón.
—¿Mi plan? ¿Qué dices? Esta noche trabajo en el restaurante, como siempre.
—No, no te pregunto por tus planes de hoy, sino a largo plazo. ¿Cuándo vas a poner tu vida en orden y convertirte en una persona adulta? ¡Estoy harta de ir recogiendo tus cosas detrás de ti! El año que viene cumples veinticinco, Ellie. ¿No crees que ya es hora de que madures?
—Quieres decir que ya es hora de que me vaya de casa, ¿verdad? Eso es lo que quieres, ¿no? Quieres que me vaya a vivir a otra parte. Créeme, yo también quiero, ¡pero no tengo dinero! ¿Cómo voy a ser independiente si gano diez libras por hora como camarera?
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—¡Pues búscate otro trabajo! Quizá también podrías pedir trabajar más turnos, ¿no?
—¡No quiero hacer eso!
—¡Bienvenida al mundo real! No se trata de lo que quieres hacer, sino de lo que tienes que hacer.
La verdad es que hasta me duele la garganta de lo mucho que he forzado la voz al gritarle a Ellie, y cuando veo lo impactada que está por mi bronca, me doy cuenta de que puede que me haya pasado un poco.
Dejo en el suelo las últimas prendas que acabo de recoger, me dirijo a la cama y me siento en el borde.
—Lo siento —le digo—. Es que estoy cansada porque me he pasado toda la noche trabajando, y al volver a casa me encuentro más trabajo por hacer.
—Yo también estoy cansada.
Pienso en mi hija, que, algo más de veinte años más joven que yo, no puede conocer el significado de la palabra «cansada», pero me muerdo la lengua e ignoro ese pensamiento antes de continuar la conversación.
—Solo quiero que seas feliz —le digo, esperando que mi hija contestona me crea.
—Pues tienes una forma un poco rara de demostrármelo.
—Ellie.
—Da igual, mamá. Déjalo. Tengo que prepararme para ir a trabajar. Está claro que Ellie quiere que me vaya, y aunque no hemos resuelto
nada, no tengo energías para quedarme más tiempo en esta habitación. Me dirijo hacia la puerta pasando por encima de todo lo que hay
desperdigado por el suelo, pero no me molesto en recoger nada más. ¿Para qué? Mañana estará todo por ahí tirado otra vez.
Pienso en ofrecerle a Ellie una taza de té o un sándwich antes de que se vaya a trabajar, pero al final decido no hacerlo porque quizá eso sea parte del problema. Hago demasiadas cosas por ella, le pongo las cosas demasiado fáciles. ¿Por qué se le iba a ocurrir irse de casa si aquí me tiene a mí corriendo de un lado a otro haciéndolo todo por ella? Cocinando, limpiando, pagando las facturas… Por eso, cierro la puerta de su habitación y vuelvo abajo, aunque, de camino, estoy casi segura de que la oigo hablando con alguien.
Me detengo antes de terminar de bajar, trato de escuchar con atención y, en efecto, oigo la voz de Ellie. Me pregunto con quién estará hablando y
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también cómo ha sido capaz de entablar tan rápidamente una conversación con alguien después de haber discutido conmigo. Me imagino que la bronca no la ha afectado lo más mínimo. Actúa con normalidad, como si no hubiera pasado nada, hablando con una amiga o con quien sea, probablemente por teléfono. O tal vez estaba hablando con alguien con el portátil justo antes de que yo entrara. Está claro que ha cerrado la pantalla a toda prisa, lo que sugiere que no quería que viera lo que estaba haciendo.
¿Estaría hablando con un chico? ¿Tendrá una relación?
Siendo su madre, estaría bien saberlo, debería tener derecho a saberlo, pero la verdad es que no lo sé.
Ellie me lo contará si quiere, pero tengo la sensación de que no lo va a hacer.
Me siento muy desanimada cuando entro en la cocina y me preparo algo caliente para beber, y todo porque estoy desbordada, incapaz de lidiar yo sola con los conflictos con mi hija. Es en momentos como este cuando un progenitor necesita a otra persona en la que apoyarse e, idealmente, esa persona sería el otro progenitor, quien debería asumir la corresponsabilidad del hijo que ambos trajeron al mundo. Pero esa no es una opción para mí, y cuando mi mirada se detiene en la foto de la nevera, mi corazón se rompe una vez más. Como cada mañana cuando, al despertar, recuerdo al hombre que perdí por el camino.
La foto de la nevera, la que está dentro del imán de Disneyland, me muestra como una treintañera de aspecto juvenil, muy bronceada y sexi con ese top corto y unos pantalones también cortos. A mi izquierda está Ellie, una niña de nueve años adorable, con una gran sonrisa en la cara y unas orejas de Minnie Mouse en la cabeza. Y al otro lado está Sean, un hombre atractivo y robusto, con el brazo sobre mi hombro y también con una gran sonrisa, que indica que es consciente de lo afortunado que es por estar en Florida con su preciosa familia.
Tenía razón. Tenía mucha suerte. Todos la teníamos.
Pero, luego, se nos acabó.
Siete años después de aquella foto feliz, Sean empezó a quejarse de unos dolores de cabeza muy fuertes, pero, teniendo en cuenta que trabajaba como peón en una obra muy ruidosa, a ninguno de los dos nos preocupó demasiado. Sin embargo, a medida que los dolores de cabeza empeoraban, afectando a cualquier ámbito de su vida, desde su capacidad para dormir hasta el simple hecho de poder estar concentrado mientras
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tenía una conversación conmigo, empezamos a preocuparnos de que fuera algo realmente malo.
Unos dieciocho meses después, recibimos la confirmación de que, en efecto, era algo muy malo.
Sean tenía un tumor cerebral, un diagnóstico impactante que nos descolocó por completo. Yo pensaba que serían migrañas, y esperaba que el médico acabara encontrando algo que lo ayudara a gestionarlas. Pero era algo mucho peor que eso, y cuando Sean ingresó en el hospital para operarse, me temí lo peor para mi familia.
No podía perderlo. Ellie tampoco. Pero ¿y si pasaba?
¿Cómo nos las arreglaríamos?
Por suerte, la operación fue todo lo satisfactoria que podía ser, y los médicos estaban convencidos de haber extirpado la mayor parte del tumor. El problema fue que no pudieron eliminarlo por completo, y eso significaba que, aunque la operación sirvió para darle algo más de tiempo de vida a Sean, eso era todo lo que tenía, algo más de tiempo. El reloj seguía corriendo y, aunque que yo me negaba a creerlo, nos dijeron que, en el mejor de los casos, en dos o tres años la operación dejaría de tener efecto y su salud se deterioraría hasta el punto de no poder hacer nada para salvarlo.
Mi marido, valiente y brillante, aguantó un poco más de lo que pronosticaron los médicos, casi cuatro años, un hecho del que sé que estaba orgulloso porque era tan testarudo como yo y, desde luego, como nuestra hija, y quiso desafiar las probabilidades todo el tiempo que pudiera. Pero no podía luchar eternamente contra su destino, y, cuando perdió la batalla, siendo arrancado de este mundo de manera cruel poco después de cumplir cuarenta años, me enfrenté de repente a una realidad nueva y aterradora.
No solo era una viuda con el corazón roto.
Era una madre soltera con pocos ingresos y una hija adolescente que seguía dependiendo de mí.
Si para mí ha sido duro sobrellevar la pérdida de Sean, igual de cruel ha sido para la pobre Ellie, que perdió a su padre a una edad en la que todos sus amigos aún disfrutaban del suyo. Sé que el hecho de que mi hija sea consciente de lo cruel y absurda que a veces puede ser la vida podría explicar en parte su falta de motivación y la apatía que parece mostrar ante todo lo que la rodea.
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¿De verdad puedo culparla por no querer salir de casa para trabajar, ganar dinero, enamorarse y comprarse una casa cuando ha visto a su madre hacer todas esas cosas solo para terminar triste, estresada y sola?
La muerte de Sean hace cuatro años me cambió la vida para siempre, aunque acepté que lo haría, y por eso no me ha interesado rehacer mi vida con otra persona. Pero lo que me resulta más difícil de aceptar es que también ha cambiado la vida de Ellie, aparentemente posponiendo el momento en el que madure y se convierta en una mujer hecha y derecha.
Cuando oigo la música en el dormitorio de mi hija, señal de que se está preparando para ir a trabajar, dejo escapar un profundo suspiro, que confirma lo que ya sabía.
Aunque mi familia no era consciente entonces, el momento en el que se tomó la foto que tenemos en la nevera fue el mejor de nuestras vidas.
Aquel viaje a Estados Unidos fue lo mejor que nos iba a pasar.
Desde entonces, todo ha caído en picado.
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CAPÍTULO 3
ELLIE
Subo un poco el volumen de la música, me vuelvo a tumbar en la cama y cojo mi diario. Espero que el ruido que sale de mi habitación disuada a mi madre y que no vuelva a irrumpir aquí de nuevo, aunque no estoy segura de ello porque, como le encanta recordarme todos los días, esta es su casa y yo simplemente habito en ella. ¡Como si fuera algo que pudiera olvidar, y como si fuera a seguir viviendo aquí si no me quedara más remedio! Pero quién sabe, quizá pronto tenga esa oportunidad que ansío tan desesperadamente.
Abro el diario y encuentro la primera página vacía desde la última vez que escribí; cojo el bolígrafo y me pongo a redactar.
Hoy he vuelto a hablar con Daryl… ¡Esta vez ha sido una videollamada!
Se me dibuja una sonrisa en los labios al recordar la conversación que acabo de tener a través del ordenador con el chico del que me estoy enamorando en un abrir y cerrar de ojos.
Ha sido genial verlo en directo y hablar con él como Dios manda, no solo a través de mensajes. Está aún más bueno que en las fotos. Espero que él también piense que yo estoy buena. Me he maquillado un poco para la llamada, aunque tampoco demasiado, porque recuerdo que me dijo que le gustaba que las chicas tuvieran suficiente confianza en sí mismas y se mostraran naturales. Está claro que yo no tengo tanta confianza como para no maquillarme ante un chico que me gusta, pero no creo que se haya dado cuenta de que me había puesto un poco de colorete.
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También reflexiono sobre lo contenta que estoy porque mi madre no se haya percatado de que me he maquillado un poco cuando ha entrado de golpe en mi habitación, porque si se hubiera dado cuenta, me habría preguntado para qué lo había hecho, llevando todo el día tirada en la cama. Pero no lo ha visto. Solo percibe las cosas malas, como el desorden de mi habitación o el hecho de que siga viviendo con ella, cuando está claro que quiere que me vaya de casa.
Volviendo a pensamientos mucho más agradables, me acuerdo de nuevo de Daryl y, mientras recupero la sonrisa, mi bolígrafo se mueve veloz por la página.
Me ha encantado verlo en pantalla. Su habitación parece muy guay, mucho más grande que la mía, y hay una piscina en su casa, así que por supuesto es mejor que la mía. Bueno, es la casa de su padre. Pero, al menos, su padre no está intentando echarlo de su casa…
A pesar de que intento con todas mis ganas olvidarme de mi madre y centrarme en lo que me hace feliz, no puedo evitar sentirme frustrada por cómo me acaba de tratar. Más aún, me frustra que haya entrado así de sopetón mientras hablaba con Daryl, porque no he tenido más remedio que cerrar el portátil de golpe para que no viera lo que estaba haciendo.
Ella no sabe lo de Daryl y no quiero que lo sepa. Empezaría a criticarme, me juzgaría y me diría lo que tengo que hacer; me apuesto lo que sea a que me sugeriría que deje de hablar con él. Sé que lo haría. Diría que es estúpido que esté hablando con un chico de Estados Unidos y que estoy perdiendo el tiempo porque estamos muy lejos el uno del otro. Pero no tiene ni idea. No es una pérdida de tiempo, aunque sea verdad que la distancia entre nosotros es enorme.
Me gusta Daryl, yo le gusto a él, y, sobre todo, me hace feliz. ¿No es eso lo que quiere mi madre? Eso es lo que dice ella, pero tiene una forma muy rara de demostrármelo, y por eso prefiero no contarle nada de esto.
Daryl estaba muy guapo con su gorra de béisbol de los Dodgers. ¡Ojalá estuviera tan morena como él! Dice que allí hace calor todos los días. Yo le he contado cómo es el tiempo aquí. Que llueve todo el rato, hasta en verano. Se ha reído, y luego me ha dicho algo increíble. Me ha dicho que, cuando por fin estemos juntos, tendré que irme a vivir a California, porque es mucho mejor que el soporífero Suffolk.
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Vuelvo a dejar de escribir al notar cómo un escalofrío de emoción recorre mi cuerpo. Es la emoción ante la posibilidad real de estar junto a Daryl y poder tocarnos por primera vez.
Darnos la mano. Abrazarnos. Besarnos.
De momento, solo hemos interactuado a través de Internet, la única forma en la que podemos hacerlo teniendo en cuenta que vivimos a más de ocho mil kilómetros y a ocho husos horarios de distancia. Sí, lo he buscado en Google.
Empezamos a hablar cuando coincidimos por casualidad en una red social en la que usuarios de cualquier parte del mundo pueden conversar de forma privada entre sí. Es una aplicación genial y, desde que me la descargué hace seis meses, he mantenido conversaciones con todo tipo de personas, desde una chica de Argentina hasta la típica señora loca que vive sola con sus gatos en Australia. También he hablado con algunas personas de aquí del Reino Unido, pero todas eran bastante aburridas, y algunos de los chicos que al principio parecían interesantes resultaron ser unos cretinos que querían fotos mías, pero no me enviaban ninguna suya a cambio. Apuesto a que el motivo es que eran bastante mayores de lo que decían en sus biografías, probablemente tendrían cuarenta años o algo así.
Qué asco, vaya reliquias.
Pero entonces empecé a mensajearme con Daryl. Me di cuenta enseguida de que él era diferente, no solo porque su biografía estaba llena de emoticonos de palmeras y soles, sino por el lenguaje que utilizaba cuando empezamos a hablar. Tenía un estilo de escritura desenfadado y genial, como si lo hiciera sin esfuerzo y dijera lo primero que se le venía a la cabeza. No como yo, que me paso horas atormentándome, dándole vueltas a cada cosa que escribo. Algún día me gustaría ser escritora, aunque lo único que he conseguido escribir hasta ahora es mi diario, y no es que sea ninguna obra de arte.
Volviendo al diario, me obligo a escribir de nuevo porque no solo es la mejor manera de perfeccionar mi oficio, sino que también he descubierto que es la mejor forma de ordenar el caos mental que tengo en la cabeza.
Ha sido así desde que murió papá.
Me alegro de haber tenido la videollamada con Daryl, y creo que estaba yendo bien antes de que entrara mamá en la habitación. Hemos estado charlando todo el rato, no ha habido silencios incómodos. Me ha hecho reír, y yo también le he hecho
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reír a él un par de veces, aunque a lo mejor solo se ha reído de lo malas que eran mis bromas. Pero hemos congeniado muy bien, incluso mejor que a través de los mensajes que nos hemos estado enviando en estas últimas semanas. Ojalá estuviera charlando con él aún, pero no puedo arriesgarme mientras mamá esté en casa, así que le he dicho a Daryl que tendremos que hacerlo en otro momento. También me he disculpado por terminar la llamada de forma tan abrupta, pero él ha parecido comprenderlo. Sabe muy bien lo que es no tener mucha intimidad.
Vuelvo a dejar de escribir mientras pienso en lo parecidos que somos Daryl y yo. No solo tenemos la misma edad, sino que ambos seguimos viviendo en casa. Pero quizá la mayor similitud, y sin duda la que me hace sentir más unida a él, es que ambos sabemos lo que es haber perdido a uno de nuestros progenitores.
La madre de Daryl falleció hace tres años, poco después de que él se graduara en la universidad. Me contó que, después de vivir en un campus de Texas entre los dieciocho y los veintiún años, jamás pensó en volver a casa para vivir con su familia de forma permanente. Pero su madre murió repentinamente de un infarto en casa, a los cuarenta y tres años, lo cual es muy trágico. Preocupado porque su padre estuviera solo, regresó a casa, y allí ha permanecido desde entonces.
Una lágrima cae de mis ojos y termina sobre la página abierta de mi diario, pero no la intento borrar, sino que observo cómo se funde con la tinta y vuelve borroso lo que he escrito. Es una imperfección de este diario, pero no importa, porque todo es imperfecto. Desde luego, yo lo soy, y supongo que siempre lo seré porque jamás superaré lo que le pasó a mi padre, igual que Daryl nunca será capaz de superar lo que le pasó a su madre.
O quizá sí que consigamos superarlo.
Tal vez, cuando por fin estemos juntos, las cosas sean más fáciles para los dos y podamos ayudarnos el uno al otro a sanar.
El único problema es que tienen que ocurrir muchas cosas para que podamos estar juntos.
Tenemos que salvar la enorme distancia que nos separa, algo para lo
que va a hacer falta tiempo, dinero y que uno de los dos se aventure a lo
desconocido para ver al otro.
Pero esa es la parte fácil.
Lo más difícil es el primer paso.
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Decirle a mi madre que tengo un novio en América.
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CAPÍTULO 4
DAWN
Mi turno de noche termina a las cuatro de la madrugada, justo cuando el sol empieza a asomar por el horizonte. Trabajar a una hora en la que la mayoría de los seres humanos están durmiendo no es fácil, ni especialmente saludable si nos atenemos a los estudios que existen sobre los ritmos circadianos. Pero a veces no me queda otra, y aunque detesto terminar mi jornada laboral justo antes de que la mayoría de las personas empiecen la suya, me consuelo sabiendo que los cientos de libras adicionales que me proporcionarán estas horas extra me van a ser muy útiles cuando me lleguen al correo las siguientes facturas.
Otra ventaja de trabajar de noche es que, cuando vuelvo a casa, las carreteras están tranquilas. Me ahorro viajar en hora punta. Pero tengo otro gran problema: he de intentar dormir como sea durante el día, cuando sale el sol, sube la temperatura y hay ruidos de todo tipo al otro lado de la ventana de mi habitación.
Mientras voy avanzando por las calles, en su mayoría desiertas, y contemplo un amanecer espectacular sobre esta localidad, pienso en lo cansada que me siento. Pero este cansancio no es solo fruto de un turno de ocho horas llenando estanterías y haciendo inventario en un supermercado. Es también la consecuencia de haberme pasado demasiados años sin descansar ni un momento.
No he disfrutado de unas vacaciones desde que Sean falleció, prefiriendo en lugar de ello dedicarme por completo a cuidar de Ellie y a cubrir las necesidades económicas de ambas. Sean no tenía seguro de vida cuando enfermó, lo que parece estúpido en retrospectiva, pero ¿cuántos
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hombres de treinta años sanos y en forma lo tienen? Sí, seguro que existen algunos hombres sensatos que planifican su futuro, pero la mayoría asumen que les queda mucho tiempo antes de tener que preocuparse por su muerte, y con razón, a esa edad. Como Sean nos dejó muy pocos recursos cuando murió, llevo desde entonces trabajando al menos cinco días a la semana para mantener a mi familia a flote. Y eso, junto con todo el dolor, la ansiedad y el estrés general que produce el simple hecho de ser una persona ocupada en este mundo de locos, me ha llevado a sentirme completamente exhausta.
Diez minutos después llego a mi casa, aparco en la entrada, salgo del coche y cierro la puerta lo más silenciosamente posible. Soy consciente de que todos los vecinos estarán durmiendo, incluida la persona que está dentro de la casa frente a la que acabo de aparcar, así que tengo que hacer el menor ruido posible. No quiero que se repita lo que ocurrió hace unos meses, cuando volví de un turno de noche y, en mi estado de somnolencia, de alguna forme activé sin querer la alarma de mi coche al salir de él, provocando que todos mis vecinos se despertaran bastante antes de que sonaran sus despertadores.
Al entrar en casa, camino de puntillas por el pasillo, me quito el abrigo y los zapatos lo más sigilosamente que puedo y me dirijo hacia la escalera. Me sé de memoria los escalones que más crujen, así que los voy evitando para no despertar a mi hija y, cuando subo, me siento reconfortada al saber que estoy a pocos metros de mi cama, caliente y acogedora.
Pretendo dormir hasta mediodía, levantarme sobre esa hora, comer algo e intentar tener algo parecido a una conversación con Ellie antes de regresar al supermercado para comenzar de nuevo el ciclo.
Así es mi vida.
Trabajar. Comer. Discutir. Dormir. Repetirlo todo.
Pero, justo antes de entrar en mi dormitorio, me doy cuenta de que la puerta de Ellie está ligeramente entreabierta y, al pasar, no puedo resistirme a echar un vistazo rápido hacia dentro. A pesar de lo desastrosa que fue nuestra última conversación, sigo queriendo mucho a mi hija y me gusta saber que está bien, así que espero encontrarla durmiendo a pierna suelta bajo el edredón. Pero me llevo una sorpresa al ver la luz de la pantalla de su teléfono y, cuando observo con más detenimiento, veo que está tecleando algo en el móvil.
Está claro que está despierta.
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—Hola, ¿va todo bien? —le pregunto mientras abro un poco más la puerta y asomo la cabeza en su dormitorio. Cuando lo hago, Ellie se da la vuelta de inmediato y parece muy sorprendida al verme.
—¿Qué haces? —me pregunta, molesta porque la he pillado.
—Acabo de llegar. Iba a acostarme, pero me he dado cuenta de que estabas despierta. ¿Qué te pasa? ¿No puedes dormir?
—No me pasa nada —refunfuña Ellie, antes de volver a darse la vuelta y darme la espalda.
Me planteo dejarlo ahí, pero, en vez de irme a la cama e intentar conciliar el sueño tras otro mal momento con mi hija, me aventuro a entrar más en su habitación.
—¡Mamá, vete! —se queja Ellie.
—Tranquila, no he venido a pelearme contigo. Solo quiero hablar — digo, y le hago entender con un gesto que quiero sentarme en el borde de su cama.
Por un momento, pienso que Ellie va a rechazar la idea y me va a decir que me largue, pero no dice nada. Quizá esté demasiado cansada para hacer algo así, pero de momento me lo tomo como algo positivo y, tras sentarme a su lado, le ofrezco una sonrisa.
—¿Qué tal ha ido el trabajo? —le pregunto—. ¿Mucha gente en el restaurante anoche?
—No ha estado mal —me responde Ellie, con el teléfono aún en la mano, aunque ha bloqueado la pantalla, así que me resulta imposible ver lo que estaba haciendo.
—¿Te han dado buenas propinas?
—La verdad es que no. De todas formas, tenemos que compartirlas con los cocineros. Ya te lo he contado.
—Ya lo sé, era simple curiosidad.
—Pero ¿qué más da?
—Bueno, a mí me importa.
Ellie muestra una expresión de fastidio y parece querer que la deje en paz. Pero yo aún no estoy por la labor.
—¿Por qué no puedes dormir? —le pregunto, preocupada por la respuesta, temiendo que sea por la misma razón por la que yo no puedo hacerlo últimamente. Las noches, largas, oscuras y solitarias, me invitan a pensar en lo que he perdido, y temo que a Ellie le produzcan el mismo efecto. Sé que dormía muy poco durante los años posteriores a la muerte
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de Sean, pero tenía la esperanza de que ya hubiera superado ese problema. Pero, si está aquí despierta de madrugada, eso me hace suponer que quizá no.
—Acabo de despertarme —responde Ellie—. Seguro que me duermo rápido otra vez.
—Ojalá fuera capaz de dormirme mientras estoy trasteando con el móvil —digo, aludiendo al dispositivo que aún sostiene con fuerza en la mano—. ¿Qué estás viendo?
—¡Nada!
Me responde de forma tan brusca que me parece que está ocultándome algo. Porque si no, podría haber dicho simplemente que estaba tonteando por Internet, y yo no le habría dado mayor importancia.
—¿Te estás mensajeando con alguien? —le pregunto, y aunque Ellie niega con la cabeza, el destello que emite la pantalla de su teléfono un segundo después la delata. Es obvio que acaba de recibir un mensaje nuevo. Pero ¿de quién? ¿Quién podría estar despierto a estas horas?
—¿Es una amiga? —pregunto, deseosa de saber algo más sobre mi hija y su vida social, que no es que sea del todo inexistente, pero que dista mucho de lo que cabría esperar para una mujer de veinticuatro años.
—No es asunto tuyo —me dice Ellie.
—¿Por qué no me lo cuentas? —digo manteniendo un tono de voz pausado, porque no pretendo buscar un enfrentamiento; estoy interesada sinceramente en lo que pueda estar pasando en la vida de mi hija, igual que lo estaría cualquier otro padre. Entonces se me ocurre—. ¿Tienes novio? —le pregunto, pensando que quizá esa sea la razón por la que mi hija se está mostrando incluso más reservada de lo que es habitual en ella.
—¡¿Qué?! ¡No!
Ahora está completamente a la defensiva, lo que me hace pensar que me está mintiendo.
—Ellie, no pasa nada si lo tienes. Puedes contármelo —le digo, esperando que lo haga si es que de verdad tiene a alguien especial en su vida. Puede que yo perdiera a alguien a quien amaba, pero me reconfortaría saber que mi hija pueda haber encontrado a una persona que la haga feliz.
—Déjalo ya —protesta Ellie, que a continuación se dispone a dejar su móvil bocabajo sobre la mesilla de noche, en el lado opuesto al mío, para que quede fuera de mi alcance. Pero, mientras realiza el movimiento, logro
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vislumbrar un nombre en la pantalla, justo encima del mensaje que acaba de recibir.
—¿Daryl? ¡Bonito nombre! —exclamo con una sonrisa, porque ahora ya sé que es un chico—. ¿Trabaja en el restaurante?
—¡Mamá, vete ya de aquí! —se queja mi hija.
—¿Por qué no me lo cuentas? No me importa que estés quedando con alguien; me gustaría saberlo, eso es todo.
—¿Que no te importa? Ya, claro. Tú lo que quieres es que yo te cuente
todos los detalles para que puedas juzgarnos, y luego lo más probable es
que me digas que deje de verlo.
—¡Yo nunca haría algo así!
—¡Hiciste eso con Andy!
Ellie tiene algo de razón. Le pedí que dejara de ver a Andy, el último chico con el que estuvo saliendo, aunque había motivos de peso que lo justificaban.
—¡Pero porque no servía para nada! —digo, refiriéndome no solo al hecho de que fuera incapaz de durar algo de tiempo en un trabajo, sino también a que había salido recientemente de la cárcel por una agresión con circunstancias agravantes—. Era un delincuente.
—No era ningún delincuente —dice Ellie, con un tono de voz impregnado de desprecio. Aunque está muy equivocada, no quiero discutir con ella sobre ese tema, así que lo ignoro y trato de continuar la conversación.
—Mira, cariño. Lo único que quiero es que seas feliz. Mientras Daryl te haga feliz, y asumiendo que no es un exconvicto, me parece bien que quedes con él, sea quien sea.
—¿De verdad? ¿Lo único que quieres es que yo sea feliz?
—¡Sí, por supuesto!
Ellie parece reflexionar sobre ello durante un instante y, a continuación, vuelve a hablar.
—Vale, tengo novio —admite.
—¡Estupendo! —digo, feliz porque llevaba bastante tiempo pensando que mi hija se pasaba la vida encerrada en su habitación porque despreciaba su propia existencia—. ¿Cuánto hace que empezasteis a quedar?
—Un tiempo.
—Vale. ¿Cómo os conocisteis?
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—Es complicado.
—Bueno, intenta explicármelo.
Sonrío a Ellie para demostrarle que hay muy pocas cosas que puedan sorprenderme, aunque mi hija está a punto de poner eso en entredicho.
—Empezamos a intercambiar mensajes por Internet.
—Ah, vale —digo, tratando de ignorar unas cuantas señales de alarma que ya suenan en mi cabeza. Pero vivimos en la era de la modernidad, en el mundo de Internet, así que quizá no sea tan raro—. ¿Cómo os pusisteis en contacto?
—Hay una aplicación que, de forma aleatoria, hace que la gente interactúe en conversaciones. La mayoría de las veces no merece la pena, pero en alguna ocasión consigues charlar con alguien con quien podrías llegar a congeniar.
—¿Como las aplicaciones de citas?
—No es exactamente eso, pero supongo que más o menos se parece. —Vale. Entonces, ¿cómo sucedió? ¿Empezaste a mensajearte con
Daryl? ¿Dónde vive? ¿Es de aquí?
—No exactamente.
—Ah, vale. ¿Vive muy lejos? ¿Algo más al norte, quizá?
Mi hija permanece muy callada.
—¿Ellie? ¿Dónde vive?
—En Estados Unidos.
—¡¿Qué?!
Esa no era la respuesta que esperaba, y es obvio que Ellie lo sabe porque enseguida intenta explicarse un poco y matizar.
—¡No es lo que estás pensando! Llevamos un tiempo hablando todos los días, y…
—¿Vive en América? ¿Cómo se supone que va a funcionar algo así?
¿Cómo puede ser tu novio si ni siquiera os conocéis?
—Sí que nos conocemos. Ayer hicimos una videollamada.
—¡Una videollamada no es una forma real de conocerse! ¿Eso era lo que estabas haciendo cuando entré ayer en la habitación y cerraste el portátil? ¿Estabas hablando con él? ¿Quién es ese chico?
—Tiene los mismos años que yo.
—¿Seguro? ¿Cómo puedes saberlo? ¿Y si está fingiendo? Es Internet, cualquiera puede simular ser otra persona.
—Mamá, olvídalo. ¡Sabía que no lo entenderías!
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—¿Entenderlo? Hace un minuto ni siquiera sabía que tenías novio, ¡y ahora me cuentas que estás saliendo con un chico que vive en Estados Unidos! ¿Qué esperas que piense? No es que sea muy normal, ¿no?
—¡Fuera de aquí!
—¡No, quiero que me expliques bien quién es ese chico!
—¡Que te vayas!
Ellie me empuja de la cama, y, aunque quiero tener más información sobre ese misterioso hombre de Estados Unidos que ha estado haciendo videollamadas con mi hija, comprendo que en este momento no voy a averiguar demasiado. Las circunstancias no invitan, es plena madrugada y ambas estamos agotadas por la falta de sueño.
—Me voy a la cama —digo mientras me dirijo ya hacia la puerta—. Pero, cuando me levante, quiero que me cuentes todo sobre ese nuevo novio tuyo.
Enfatizo todo lo que puedo la palabra «novio», y quizá no debería haberlo hecho, pero quería resaltar lo ridículo que suena que mi hija piense que tiene una relación con un tipo que vive en la otra punta del planeta, una persona que lo más probable es que no sea quien dice ser.
Mientras salgo de la habitación de Ellie y entro en la mía, me medio arrepiento de haberme molestado en intentar hablar con mi hija. Pero, a la vez, me alegro de haberlo hecho, porque al menos me he enterado de la existencia de ese americano.
Eso significa que, si veo que ocurre algo extraño, confío en poder ponerle fin antes de que la situación se vaya de las manos.
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CAPÍTULO 5
DAWN
Aunque había planeado descansar bastante tiempo porque lo necesitaba como el comer, no he sido capaz de pegar ojo desde que me he metido en la cama. Otra mirada inútil al despertador y me doy cuenta de que ya son las ocho de la mañana, y, aunque técnicamente podría quedarme en la cama todo el día porque el siguiente turno de trabajo no empieza hasta dentro de casi doce horas, sé que tampoco valdría demasiado la pena porque soy incapaz de quedarme dormida. Tengo demasiadas cosas en la cabeza y, una vez más, mi hija es la causa de mis preocupaciones.
Fue sorprendente, aunque al principio muy reconfortante, descubrir que Ellie tiene novio, y, al enterarme, traté de dejarle muy claro que lo único que quiero para ella es su felicidad. También le mostré todo el interés que pude, preguntándole por el joven en cuestión para saber cómo lo había conocido y dónde vivía. Fue justo entonces cuando las cosas se pusieron raras, y después de que Ellie me admitiera que vivía en Estados Unidos, no pude esconder mi inquietud.
¿Puede culparme Ellie porque algo así me preocupe? ¿Quién coño es ese chico al que ha conocido en Internet? ¿Será quien dice ser, o quizá sea un depravado, o peor, un delincuente, que está intentando aprovecharse de ella? ¿Estará jugando con los sentimientos de mi hija por alguna razón? ¿Querrá en algún momento que Ellie le mande dinero? ¿O tal vez pretenda que vaya a verlo y al final descubra que, en realidad, es un viejo que ha planeado encerrarla en su sótano porque siempre deseó tener a una joven británica como prisionera?
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Vale. Puede que me esté pasando un poco, y quizá la falta de sueño sea la responsable de estos pensamientos, pero incluso aunque hubiera descansado plácidamente, seguiría estando preocupada, porque no se puede negar que esto es una cosa inusual.
¿No podría Ellie haber empezado a quedar a un chico de por aquí, que viniera a cenar a casa y así pudiera conocerlo yo?
¿Por qué habrá tenido que comenzar una relación con un tipo que vive en otro país?
¿Por qué siempre tiene que ser diferente al resto del mundo y hacer que las cosas sean tan difíciles?
Me paso otro cuarto de hora intentando dormirme, hasta que al final desisto y salgo de la cama, me pongo la bata y las zapatillas y bajo a prepararme el desayuno. No tengo ni idea de cómo voy a sobrevivir a mi próximo turno de noche sin haber dormido, pero ya me ocuparé de eso cuando llegue el momento. Ahora mismo, mi única preocupación es Ellie, y cuando la oigo moverse dentro de su habitación, supongo que está igual de despierta que yo.
Llega a la cocina unos minutos más tarde, sin duda tentada por el olor de las tostadas que estoy haciendo. Trato de que reine el civismo entre nosotras el mayor tiempo posible, así que pongo dos rebanadas de pan en la tostadora para ella y le ofrezco un zumo de naranja.
—Gracias —dice en voz baja mientras toma asiento junto a la mesa, y aunque me doy cuenta de que está otra vez con el móvil, seguramente mandándose mensajes con Daryl o quienquiera que sea esa persona en realidad, contengo mi impulso por decir algo y me centro en preparar el desayuno.
—Aquí tienes —le digo mientras se lo pongo por delante; luego, me siento justo enfrente.
—Gracias.
—¿Has dormido algo?
—Sí, sí. ¿Y tú?
Niego con la cabeza.
Ambas nos comemos nuestras tostadas en silencio durante un par de minutos, sin que ninguna de las dos se atreva a decir nada por el miedo a estropear este breve alto el fuego que hay entre nosotras. Pero al final no puedo resistirme más y, tímidamente, abordo el tema de Ellie y el chico americano.
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—Cuéntame algo de él —le pido, prometiéndome a mí misma que no voy a decir nada que juzgue a ese presunto novio hasta que Ellie me haya terminado de detallar lo que tenga que contarme sobre él.
—Vive en Los Ángeles —empieza diciendo, y es obvio, por cómo se le ilumina la cara al decirlo, que ya está cautivada por la idea de cielos azules, palmeras y el letrero de Hollywood. Y normal que lo esté, porque, al igual que yo, es lo único que conoce de ese lugar, gracias a lo que hemos visto en la televisión todas nuestras vidas.
—Vale. Me dijiste que tiene la misma edad que tú, ¿no?
—Sí, veinticuatro años.
—¿Cómo empezaste a hablar con él? ¿Quién inició el contacto?
—La aplicación asigna a dos personas para que hablen en un chat, así que fue aleatorio. Suerte, supongo. O quizá el destino.
Intento que mi rostro no muestre ninguna expresión desagradable ante el uso inocente que Ellie hace de la palabra «destino», porque aunque ella crea en los cuentos de hadas románticos, yo soy ya lo bastante adulta como para saber que casi nunca ocurren en la realidad.
—Bueno, ¿y qué pasó? ¿Empezasteis a mensajearos, sin más?
—Sí, así es como funciona. Le pregunté algunas cosas, y luego me preguntó él a mí. A partir de ahí, todo fue rodado.
—¿Cuándo empezó?
—Hará unas seis semanas.
—¿Y os mandáis mensajes todos los días?
—Sí, prácticamente. Pero ayer fue la primera vez que organizamos una videollamada.
—¿Y quién tuvo la idea?
—Daryl. Bueno, yo también quería, pero lo estuve posponiendo un poco.
—¿Por qué?
Ellie se muestra algo tímida y no me responde de primeras, pero vuelvo a preguntárselo y al final lo hace.
—Me preocupaba que me viera y perdiera el interés en mí.
—¿Por qué iba a ocurrir eso?
—No sé. Es un tío bueno de California. ¿Por qué iba a estar interesado en mí?
—Porque eres guapísima —le digo, pero Ellie tuerce el rostro al escucharme—. ¿Le has preguntado por qué le gustas?
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—Sí, un montón de veces.
—¿Y qué te ha dicho?
—Dice que le hago reír y que le encanta hablar conmigo.
Me parece una buena respuesta, pero aún no estoy dispuesta a darle el visto bueno a ese tipo.
—¿Y de qué habláis? —pregunto, con curiosidad por descubrir cómo ha estado funcionando este intercambio a larga distancia.
—Al principio, hablábamos de la vida en general; ya sabes, de nuestros trabajos y cosas por el estilo.
—¿A qué se dedica?
—Trabaja en una tienda de motos en el centro —responde Ellie. —Vale, ¿y después qué?
—Empezamos a conocernos más en profundidad. Supongo que lo que de verdad me atrajo de él fue saber que también había perdido a uno de sus padres.
—Ah, ¿sí?
—Sí, a su madre.
—¿Te lo contó después de que tú le dijeras lo de tu padre?
—No, me lo contó antes.
Reflexiono durante un segundo sobre ello, pero termino aceptándolo. Me preocupaba que intentara aprovecharse del dolor de Ellie fingiendo haber vivido una situación como la suya, pero, si se lo mencionó antes, es menos probable que fuera así.
Tengo varias preguntas más y las hago todas, una detrás de otra; mi hija tiene respuestas adecuadas para todas ellas. Preguntas sobre la familia del chico, su formación y sus intereses. Al final, creo que a lo mejor reaccioné de forma un poco exagerada cuando me enteré de dónde vive Daryl.
—Vale, está bien, parece que es un buen chico —admito, aunque me reservo mi opinión definitiva porque todavía no lo he conocido como Dios manda, y mi hija tampoco—. Pero está el tema de que él esté tan lejos de aquí.
—Lo sé —admite Ellie con un tono pesimista—. Vive muy lejos.
—Lejísimos.
—Pero ¿y si pudiéramos hacer que lo nuestro funcionara?
—¿A qué te refieres?
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—A que quizá, a pesar de la distancia que nos separa, podamos encontrar una manera de estar juntos. Me hace feliz, mamá, de verdad que me hace feliz. Desde que papá murió, nunca había estado tan feliz como ahora.
Aunque me reconforta escuchar eso, también me hace sentir triste, no solo porque mi hija haya sido infeliz durante muchos años, sino porque ha sentido que tenía que ocultarme su recién descubierta felicidad.
—Eso está bien, cariño —digo, porque, por supuesto, lo está—. Pero, en fin, hay que ser prácticos. Tú estás en Inglaterra, y él, en Estados Unidos. Siendo realistas, no sé si algo así podría llegar a funcionar.
—Probablemente uno de los dos tendría que mudarse —dice Ellie de repente, como si, desde el principio, hubiera tenido un plan en mente.
—¿Qué?
—Uno de los dos tendría que mudarse al país del otro para poder estar juntos de forma realista —continúa Ellie, como si lo que está diciendo fuera sencillísimo y no implicara que una persona lo abandone todo por la otra, con el desarraigo que además conllevaría.
—¿Cómo? Aún no os conocéis, al menos no como debéis conoceros. Y, aun así, ¿ya estáis hablando de que uno de los dos se mude?
—Tendríamos que conocernos primero, por supuesto —dice Ellie, y luego parece que tiene algo más que añadir, pero duda antes de continuar.
—¿Qué pasa? —pregunto, nerviosa.
—Estaba pensando que, tal vez, si te parece bien, podría ir a verlo a Los Ángeles —dice Ellie, mirándome a continuación con ojos llenos de esperanza.
—¿Quieres ir a Estados Unidos a ver a ese chico?
—Sí, ¿por qué no?
—¿Que por qué no? ¡Porque podría ser algo peligroso! ¡Porque no sé quién es! ¡Porque podría pasarte cualquier cosa allí!
—Relájate, no es un asesino psicópata.
—Ah, ¿no? ¿Cómo puedes estar tan segura de que no lo es?
—Porque he hablado con él; si tú también lo hicieras, comprobarías que es un buen tío.
—Vale, pues demuéstralo —le digo, desafiándola para poder comprobarlo.
—¿Cómo quieres que lo haga?
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—Quiero hablar con él. Organiza una videollamada. Es hora de que conozca a ese Daryl.
Ellie parece sorprendida por mi petición, pero me cruzo de brazos para mostrarle firmemente que no voy a aceptar más conversaciones sobre la idea de que vaya a ver a ese hombre hasta que no pueda verlo yo misma con mis propios ojos.
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CAPÍTULO 6
DAWN
He tenido que esperar hasta media tarde para poder satisfacer mi deseo de ver a Daryl en vivo y en directo a través de una videollamada, dada la diferencia horaria que existe entre las partes del planeta en las que vivimos. Pero, ahora que ha salido el sol en la costa oeste de Estados Unidos, Daryl ya está despierto y, sorprendentemente, ha accedido a hablar conmigo cuando Ellie se lo ha pedido a través de un mensaje.
Y aquí estamos, a punto de conectarnos.
—Estoy nerviosa —admite Ellie, mientras se registra en su portátil en la aplicación que suelen utilizar para realizar videollamadas.
—¿Que tú estás nerviosa? Pues ya verás cuando seas madre —le respondo, antes de coger mi taza de té y darle un sorbo con cierta ansiedad.
La verdad es que, aunque a Ellie le preocupe que yo pueda estar a punto de hacer algo que la avergüence delante de su «novio», es absolutamente imposible que esté tan preocupada como lo estoy yo. Es mi pequeña, mi orgullo y mi alegría, y es prácticamente lo único que me queda en el mundo. Con todo eso, ¿cómo no voy a estar nerviosa ante esta situación, que implica que quiera conocer a un hombre que vive a tantos kilómetros de distancia?
Quiero que mi hija sea feliz, pero primero quiero asegurarme de que no está corriendo ningún riesgo.
Me imagino que estamos a punto de averiguarlo.
El portátil emite un sonido y, un instante después, la pantalla muestra la imagen en directo de un joven sentado en un dormitorio.
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Supongo que este es Daryl.
Juzgándolo al instante por las apariencias, porque eso es lo que hace todo el mundo cuando conoce a alguien, me fijo en su rostro bronceado y atractivo, así como en los rizos de su cabello rubio semiocultos bajo una gorra de béisbol azul, y enseguida comprendo por qué a mi hija le gusta tanto este chico. No hay muchos como él por aquí.
También tiene un aspecto atlético, con hombros anchos y brazos tonificados, y al principio sospecho que podría ser el típico jock, un término que los americanos utilizan con una connotación peyorativa para definir a chicos muy populares en el instituto que juegan en todos los equipos a todos los deportes y que es el que todas las chicas persiguen, aunque no brille especialmente por su inteligencia. Pero, en ese instante, sonríe con torpeza cuando se da cuenta de que lo estamos mirando, y tengo la sensación de que, aunque parezca el tío más guay del mundo, es un poco tímido y torpe, y eso lo convierte en una persona a la que se le puede tener más cariño que al típico californiano engreído y orgulloso.
—¡Hola! —dice Ellie.
Miro a mi hija sentada a mi lado y veo la gran sonrisa que inunda su cara al ver a Daryl en pantalla.
—¡Qué tal! —saluda él, y aunque solo hayan sido un par de palabras, detecto el fuerte acento americano que tiene.
—Esta es mi madre —dice Ellie, y supongo que es su indicación para que yo hable.
¿Por qué estoy tan nerviosa?
—Hola, Daryl —intervengo, haciendo lo posible por parecer amable y sin prejuicios.
—Hola, señora Brown —responde Daryl, siendo muy educado al usar mi apellido, aunque Ellie le dice que puede llamarme «Dawn», y supongo que me parece bien.
—¿Qué tal está el tiempo por ahí? —pregunta el chico a continuación, y entiendo que es un tema de conversación tan válido como cualquier otro para romper el hielo y comenzar a charlar.
—Frío y lloviendo, otra vez —se queja Ellie. Luego, Daryl inclina la cámara para que podamos ver a través de la ventana de su habitación y, cuando lo hace, vemos la luz del sol entrando a raudales.
—Aquí va a hacer calor un día más —dice despreocupadamente, como si fuera la rutina en Los Ángeles, que supongo que lo es.
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—¿En qué parte de Los Ángeles vives? —le pregunto, deseando saber todo lo que pueda sobre este joven.
—En Granada Hills. Está al norte de la ciudad, en el valle de San Fernando.
No tengo ni idea de dónde está, pero asiento, como si fuera capaz de señalarlo en un mapa si me viera obligada a hacerlo.
—El sitio parece espectacular —confirma Ellie—. Lo he estado bicheando por Internet. ¡Hay algunas casas enormes!
—Sí, hay gente con bastante dinero en esta zona —confirma Daryl con una sonrisa—. Pero bueno, nuestra casa es bastante modesta.
—¿Modesta? ¿Estás de coña? ¡¡Tenéis una piscina!! —grita Ellie, y si me quedaba alguna duda de lo fascinada que mi hija estaba por la idea de las costas doradas del oeste estadounidense, ya se me han disipado del todo.
—¿Una piscina? ¡Guau! —exclamo, impresionada pero aún escéptica, porque aunque Daryl pueda tener una vida muy distinta a la nuestra, lo único que me importa es su personalidad. Por eso intento cambiar el tema de conversación, para hablar de algo más trascendental.
—Ellie me ha contado que estudiaste en la universidad —le digo, queriendo tener más detalles acerca de su formación.
—Sí, así es. Fui a la Universidad de Texas A&M. ¡El hogar de los Aggies! —dice Daryl, mientras señala una camiseta granate y blanca que cuelga de una estantería que hay tras él. Supongo que se refiere a un equipo de béisbol o algo así, pero Ellie me informa de que se trata de fútbol americano.
—¿Qué estudiaste allí? —es mi siguiente pregunta.
—Ingeniería mecánica.
Suena impresionante, pero, al igual que me ha sucedido con la ubicación de su casa o con la identidad de su equipo favorito, no tengo ni idea de lo que en realidad significa.
—A Daryl le gusta trabajar con coches y motos —me explica Ellie. —Oh, ¿eres como un mecánico, algo parecido? —pregunto, pero Daryl
no parece impresionado con esa suposición.
—No exactamente —me responde—. Supongo que es parecido, pero algo más complicado. Ahora trabajo en una tienda de motos y me encargo de investigar cómo los vehículos que venden pueden ser más eficientes.
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Pero, en realidad, algún día me gustaría trabajar para uno de los grandes fabricantes. Harley Davidson, o algo por el estilo.
He oído hablar de esa marca, así que asiento en señal de aprobación. Da la impresión de que Daryl parece haber definido ya su carrera profesional, lo cual es un comienzo prometedor.
Ellie ayuda a llenar los silencios que se producen de vez en cuando, y le pide a Daryl que me cuente todo sobre su vida en California, desde que creció en el sur de la ciudad, más cerca de la costa, hasta que se mudó más al norte cuando su padre consiguió un nuevo trabajo. Lo escucho hablar de su padre, Harvey, y de su empleo en un centro de investigación cercano, así como de su afición por el equipo de béisbol Los Ángeles Dodgers. Pero es más revelador lo que no oigo. Todavía no ha mencionado a su madre, Jodie, aunque, por desgracia, sé la razón por la que no lo ha hecho. Pero, justo cuando empiezo a pensar que Daryl podría no hacer referencia a ella mientras nos ofrece un repaso detallado de su vida, sin duda previamente preparado por Ellie para que incluya justo lo que yo busco, lo hace.
—Las cosas cambiaron mucho cuando murió mi madre —admite Daryl. Su sonrisa agradable desaparece y, a través de la pantalla, una repentina tristeza emana del chico—. Yo estaba en la universidad cuando falleció y fue un shock enorme. Mi padre y yo estamos mejor ahora, pero me imagino que nunca se llega a superar del todo.
No hacía falta que Daryl me lo explicara, porque yo también tengo experiencia de primera mano en una situación como esa, pero, oyéndolo hablar de ese modo, es fácil comprender por qué este chico, de entre los sin duda numerosos que han enviado mensajes a Ellie a través de la aplicación, se situó a la cabeza de todos. Como mi hija en su mejor versión, es divertido y simpático, y también como ella en los momentos más oscuros, está hecho pedazos y, sin duda, buscando algo que llene un vacío en su corazón.
Igual que yo.
Entonces Daryl aborda otro tema delicado, reconociendo que Ellie y él viven a un mundo de distancia.
—A ver, yo sé que no es normal que dos personas se conozcan por Internet y se enamoren —dice, y esa palabra que empieza por «e» hace que Ellie se sonroje un poco nada más escucharla—. Pero solo quiero que sepa que, pase lo que pase, su hija es maravillosa, y espero que algún día
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podamos conocernos y estar juntos. No me importaría en absoluto ser yo quien vaya allí si así es más fácil para todos.
—¡De eso nada, quiero ver Los Ángeles primero! —grita Ellie, y se vuelve hacia mí para ver qué opino al respecto.
Antes de que tenga la oportunidad de ofrecer mi punto de vista, Daryl añade algo que podría ayudar a convencerme de que la idea de permitir que mi hija vaya a Estados Unidos no tiene por qué ser un problema enorme.
—He hablado con mi padre sobre Ellie y se ha ofrecido a pagarle el vuelo —me explica Daryl, y me parece un ofrecimiento muy generoso por su parte—. Y aquí tendrá alojamiento gratis. Puede quedarse en casa. Iremos a la playa, y quizá a ver un partido de los Dodgers.
—¡Quiero ver todas las mansiones de los famosos! —exclama Ellie, cual turista entusiasmada que ya va de camino.
Pero esa es la cuestión. Todavía no está de camino, porque todavía no he dicho que me parezca bien que vaya. Puede que tenga veinticuatro años, pero vive en mi casa y sigue siendo mi responsabilidad.
Ya perdí a Sean.
No voy a arriesgarme a perder a mi hija también.
—¿Qué dices, mamá? —me pregunta Ellie, con la cara tan resplandeciente como Sunset Boulevard por la noche—. ¿Puedo ir y quedarme con Daryl en Los Ángeles?
Miro a mi hija, al joven que aparece en la pantalla del portátil y otra vez a mi hija, y me doy cuenta de que ya tengo una respuesta para ambos.
—Vale, puedes ir —le digo a Ellie, concediéndole lo que quiere—.
Pero yo voy contigo.
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CAPÍTULO 7
ELLIE
No me lo puedo creer. ¡Me voy a Los Ángeles a ver a Daryl!
¡Estoy tan emocionada! ¡California, allá voy!
Suelto el bolígrafo un momento al sentir otra oleada de adrenalina recorrer mi cuerpo. Estoy eufórica, y así me he sentido desde que terminó la videollamada y mamá dijo que no tenía inconveniente alguno en que fuera a Estados Unidos. Aunque los hubiera tenido, tampoco habría cambiado nada. Ya me habría buscado yo la manera de ir de todos modos. Ni de coña iba a quedarme aquí todo el verano cuando podría estar en América con el hombre que quiero. Pero es mucho más fácil que mamá esté de acuerdo en que vaya, porque eso implica que no estaremos discutiendo al respecto todo el tiempo.
Aunque hay una pega.
Quiere venir conmigo.
Me he quedado de piedra cuando lo ha soltado antes, me ha sorprendido casi tanto como a Daryl. Ambos nos hemos mirado a través de la pantalla sin saber muy bien qué decir. Pero mamá ha insistido en que quería ir, aunque al principio lo ha justificado diciendo que hace mucho tiempo que no tiene vacaciones y que necesita un descanso. Pero después, cuando hemos terminado la llamada con Daryl y él ya no podía escucharnos, me ha contado la verdad.
Quiere venir para cerciorarse de que no corro ningún peligro.
Por supuesto, le he dicho que es absurdo, que no hay nada por lo que preocuparse. Ya ha conocido a Daryl, al menos por Internet, y ha podido ver que es un buen tipo. También lo ha escuchado hablar de su padre,
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Harvey, y no tiene nada por lo que alarmarse en relación con él. Luego está el hecho de que viven en una de las zonas más seguras de Los Ángeles, donde hasta algunos famosos eligen vivir, así que… ¿dónde está el problema? Le he dicho que cabe la posibilidad de que aquello sea más seguro que el sitio en el que vivimos aquí, donde los adolescentes deambulan por las calles armados con cuchillos y los robos son un problema frecuente.
Pero mamá no me lo ha comprado. Dice que, o viene ella conmigo, o yo no voy a ir sola, así que, salvo que me escape de casa para intentar llegar de alguna manera al aeropuerto y coger un vuelo sin que ella me pille, no tengo elección. Y bueno, al menos el hecho de que venga significará que no tendré que hacer todo el viaje sola. Es probable que me perdiera en el aeropuerto o hasta que me equivocara de avión sin darme cuenta, así que no tendré que preocuparme por eso estando mi madre conmigo.
¡Voy a ir a Beverly Hills! ¡Santa Mónica! ¡Sunset Boulevard!
¡¡¡Ayyyyy, qué ganas tengo!!!
Lo último que he escrito en mi diario no es más que un batiburrillo de pensamientos llenos de emoción ante las expectativas de mi inminente viaje a Estados Unidos, y tengo la sensación de que las palabras que van a ir apareciendo en él irán sonando cada vez más estúpidas según se vaya acercando el viaje. Hemos reservado nuestros vuelos para el martes que viene porque, al parecer, es el día más barato para volar, y también porque mamá no podía cogerse días libres en el trabajo antes de esa fecha. En cuanto a mi trabajo en el restaurante, le he dicho a mamá que me han dado unos días de permiso sin remuneración, pero en realidad me amenazaron con que perdería el trabajo si me iba. Me imagino que se creyeron que me estaban poniendo en una encrucijada y que terminaría eligiendo mantener mi trabajo de camarera, pero que les den por saco. Le dije a mi jefe que lo dejaba, y me sentí muy bien al decírselo, al igual que me siento bien sabiendo que no voy a tener que volver a poner un pie en ese maldito restaurante. Vale, todavía no se lo he contado a mamá, pero no tiene por qué saberlo de momento. Y puede que nunca llegue a enterarse, porque, ¿y si decidiera quedarme en Estados Unidos? Si no vuelvo a casa, importaría bien poco que ya no tenga un trabajo aquí.
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¿Podría pasar? ¿Podría quedarme en California con Daryl? Creo que eso sería lo ideal, aunque supongo que tendríamos que casarnos para que yo pudiera conseguir un visado y quedarme allí.
¿A qué distancia está Las Vegas de Los Ángeles?
La vida vuelve a ser divertida de nuevo. ¿Son cosas como esta las que llevo tanto tiempo perdiéndome? Mamá siempre me decía que me levantara de la cama, que abriera las cortinas y que hiciera algo útil durante el día, pero no se daba cuenta de que yo aquí no tengo nada que hacer. Pero en Estados Unidos hay muchísimas oportunidades. Podría hacer cualquier cosa, ser cualquier cosa, experimentar cualquier cosa. Siento que he vuelto a nacer, y sé que en cuanto me baje de ese avión y vea a Daryl, por fin volveré a ser feliz.
Ojalá papá estuviera vivo. Estoy segura de que le encantaría Los Ángeles. Se llevaría genial con Harvey. Beberían cerveza y hablarían de las diferencias que hay entre los deportes ingleses y americanos. Papá diría que no se dice soccer, sino fútbol, y Harvey probablemente intentaría meterle el gusanillo del béisbol. Y a papá también le encantaría el clima de allí. Siempre estaba buscando el sol, le gustaba muchísimo.
También pienso en mamá al desear que papá siguiera vivo y viniera a Los Ángeles. Ambos podrían salir juntos una noche por la ciudad. Me da pena mamá. Debe sentirse muy sola. Yo también me sentía así hasta que conocí a Daryl. Pero al menos ahora tiene la ilusión de estar a punto de hacer este viaje. Tal vez no sea tan malo que venga conmigo. Puede que esta aventura nos una un poco. Tal vez…
Siento cierta ansiedad de que mamá venga conmigo porque odiaría enormemente que todo se estropeara si nos ponemos a discutir cuando estemos ya allí. Quiero estar centrada en Daryl y en conseguir que las cosas vayan bien entre los dos, no voy a tener tiempo para los dramas de mi madre. Por eso le he hecho prometer que no va a montar ningún espectáculo.
Pero eso ya lo veremos.
Dejo el diario y cojo el portátil para echar un vistazo a algunas tiendas de ropa en Internet, mirando bikinis, bañadores, faldas cortas y tops veraniegos. En Los Ángeles vamos a estar a más de treinta grados, mucho más calor del que hace aquí nunca, así que tengo que estar preparada. Hay que pensar en la piscina, la playa y las noches calurosas.
Adiós, chubasqueros y vaqueros.
Hola, vestidos y gafas de sol.
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Tengo ganas de comprarme un armario entero nuevo para el viaje, y puede que hasta lo necesite, pero el problema es la pasta. Tengo algo de dinero ahorrado de mi trabajo en el restaurante, pero no quiero gastármelo todo antes de llegar a Estados Unidos. Soy consciente de que Daryl me ha dicho que me lo pagará todo cuando esté allí, pero no quiero que piense que no soy dueña de mi propio dinero. Soy una mujer fuerte e independiente, o al menos eso es lo que quiero que él piense.
Supongo que podría pedirle a mamá algo de dinero para comprarme ropa, pero ya se está gastando un montón en su billete para Los Ángeles. Ya le he dicho que no tenía por qué venir, pero insistió una y otra vez, aunque eso no le ha impedido repetir sin descanso que allí todo es muy caro. Fue incluso tan imprudente como para obligarme a que le dijera a Daryl que su padre no tenía por qué costear mi billete y que sería ella quien se encargaría de hacerlo, pero, al ver en Internet el precio, terminó retractándose. Así que Daryl, o quizá su padre, va a pagar mi vuelo, y mamá se costeará el suyo. Estoy agradecidísima por ello, pero en cualquier caso va a ser un viaje muy caro, y eso explica que mi madre haya vuelto tan rápido al trabajo hoy para hacer un turno extra. Ese dinero de última hora nos vendrá muy bien.
Está claro que mamá necesita tanto como yo un cambio de aires. No ha parado de trabajar desde que murió papá, y aunque siempre hemos necesitado el dinero, sé que hay otro motivo para explicarlo: estar trabajando hace que su cabeza se mantenga ocupada. Evita que se sienta triste. Provoca que no se pase el día tumbada en la cama con las cortinas echadas, como hago yo.
Puede que mamá sea una persona nueva después de pasar algo de tiempo al sol.
Tiene razón.
Necesita un respiro.
Pero espero que también nos dé un respiro a Daryl y a mí cuando estemos allí.
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CAPÍTULO 8
DAWN
Los aeropuertos siempre me ponen nerviosa y me hacen sentir ansiedad. Pasan demasiadas cosas en ellos. Pasajeros preocupados por la hora, que van con prisas para llegar a tiempo a su puerta de embarque, arrastrando su equipaje tras de sí y chocando con otros pasajeros que llegan igual de tarde a sus vuelos. Los pilotos y el personal de cabina que van paseándose por el medio del caos con sus uniformes inmaculados y parecen tranquilos y serenos, aunque también conscientes de que tienen la responsabilidad de hacer que todas esas otras personas lleguen a sus destinos sanos y salvos. Y luego hay una infinidad de cosas que todo viajero aéreo debe afrontar antes de subir a su avión, desde la facturación del equipaje hasta la obtención de la tarjeta de embarque, pasando por los controles de seguridad. Y todo ello antes de verte obligada a descifrar las pantallas electrónicas gigantescas que muestran todos los vuelos y de qué puerta sale cada uno de ellos.
Que no se me malinterprete, viajar al extranjero es maravilloso.
Lo realmente complicado es salir del país.
—¿Ha hecho usted misma su maleta? —me pregunta un hombre corpulento de mediana edad desde el otro lado del mostrador, después de que Ellie y yo nos hayamos comido media hora de cola para llegar hasta su altura.
—Sí, por supuesto —respondo—. Si hubiera tenido que esperar a que mi hija la hiciera por mí…
Me río de mi propia broma, pero me doy cuenta de que ha sido inoportuna, porque en los aeropuertos no se gastan bromas. Eso se hace
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aún más evidente cuando compruebo que el hombre tras el mostrador mantiene su expresión gruñona; a continuación, me pregunta a dónde vuelo hoy.
—A Los Ángeles —le confirmo—. La Ciudad de los Ángeles, creo que la llaman.
Ese dato curioso le resulta al empleado del aeropuerto tan irrelevante como mi broma anterior, y Ellie me da un codazo para llamar mi atención.
—Relájate —me dice, habiendo percibido con toda certeza que estoy bastante nerviosa. Yo intento seguir su consejo, optando por mantener mi boca cerrada y limitarme a responder a cualquier pregunta futura de la manera más sencilla posible.
Pero, aunque consigo evitar hacer más chistes malos u ofrecer información inútil a gente que no la necesita, me cuesta relajarme. No me solía poner nerviosa cuando volaba, pero hace varios años que no me subo a un avión, así que las mariposas me revolotean en el estómago cuando recogemos nuestras tarjetas de embarque y vemos cómo se llevan nuestras maletas en la cinta transportadora para subirlas al avión. Luego está el hecho de que va a ser un vuelo larguísimo, de más de once horas en total, lo cual significa que será, sin duda, la vez que vaya a estar más lejos de casa. Y, por último, pero no por ello menos importante, está ese conjunto de circunstancias singulares y fuera de lo común que rodean el motivo por el que hago este viaje.
Estas no son las típicas vacaciones. Esto es otra cosa, algo que ni siquiera sé muy bien cómo describir.
¿Será simplemente un viaje corto para que mi hija pueda conocer en persona a un chico que le gusta, y luego volveremos a casa y continuaremos con nuestras vidas?
¿O tal vez sea el comienzo de algo que podría suponer un gran cambio, que desembocaría en una vida muy diferente cuando el viaje haya terminado?
¿Y si a Ellie le gusta aún más Daryl después del viaje? ¿Y si quisiera quedarse en Estados Unidos más tiempo o mudarse allí de forma permanente? ¿Y si mi hija se planteara vivir en California para siempre y este sea el viaje que tenga que hacer cada año tan solo para poder verla?
Es todo muy imprevisible y estresante. Y lo es antes incluso de considerar detenidamente lo imprevisible y estresante que es también
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meterse en un tubo gigante de aluminio y ser lanzada a través del cielo a cientos de kilómetros por hora, a miles de metros sobre el océano.
Sé a ciencia cierta lo que voy a hacer una vez que haya pasado el control de seguridad.
Voy a beberme algo contundente.
Afortunadamente, no tenemos problemas para pasar el control más importante y, una vez que tengo claro que no me van a detener ni a acusar de ser una terrorista internacional que planea llevar la muerte y la destrucción al oeste del planeta, respiro aliviada. Faltan aún un par de horas para nuestro vuelo, lo que significa que tenemos un poco de tiempo para echar un vistazo en el duty free y comprar algún refrigerio, aunque no quiero gastarme demasiado dinero antes de embarcar.
Porque el viaje en sí ya va a ser bastante caro.
Fue un detalle bonito por parte de Daryl, o más bien de su padre, ofrecerse a pagar los vuelos de Ellie, porque yo no tenía manera de pagar los billetes de ambas. No me habría gustado que mi hija fuera sola y se quedara con unas personas en las que todavía no puedo decir que confíe del todo, pero, al hacerse cargo de los pasajes de mi hija, yo solo tengo que pagar los míos. Está claro que no iba a permitir que Harvey me los costeara también, así que utilicé los fondos que tengo en mi cuenta, limitados, para reservar mis vuelos. El problema es que a la vuelta voy a estar sin un duro, al menos hasta que cobre en el supermercado. Aunque tampoco es que vaya a cobrar demasiado.
Estoy intentando mantenerme positiva y recordar lo que me dijeron todas mis amigas cuando les conté que iba a acompañar a Ellie en su aventura a California motivada por el amor. Me comentaron que me merecía hacer algo divertido y que no debía permitir que las preocupaciones económicas dominaran por completo mi vida. Yo, más que nadie, sé que lo que importa son los recuerdos, no el dinero, y después de que las chicas me arengaran al respecto, entendí que necesitaba irme de viaje. Y no solo para asegurarme de que Ellie esté a salvo, sino también por mí misma.
Aún soy relativamente joven y gozo de buena salud. Debería apreciar eso y aprovecharlo al máximo en lugar de pasarme cada minuto de mi vida trabajando como una loca y preocupándome por cualquier cosa en casa. Sé que Ellie espera que este viaje cambie su vida para siempre, pero quizá
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también cambie la mía. Puede que vuelva con una nueva perspectiva sobre el mundo, sintiéndome más positiva o, simplemente, más descansada.
Pero bueno, ya lo veremos.
Consigo pasar todas las tiendas del duty free sin que Ellie me haga abrir el bolso y gastarme parte del dinero que he presupuestado para el viaje, y me siento un poco más relajada cuando nos hemos sentado en la mesa de un restaurante de comida rápida y hemos pedido algo poco saludable pero sabroso. Mi hija es ahora la que está excitada, aunque más por la emoción que por los nervios, y no para de enviarle mensajes a Daryl mientras me enseña fotos de Los Ángeles en su guía de viajes y se llena a la vez la boca de patatas fritas.
Me alegra mucho que ya no esté de mal humor conmigo por mi decisión de acompañarla a Estados Unidos a conocer a Daryl y a su familia. Aunque esperaba cierta resistencia cuando le propuse la idea, tenía la esperanza de que después cediera un poco, y, afortunadamente, así ha sido. Por supuesto, hice todo lo posible para que eso ocurriera, explicándole con todo lujo de detalles qué era lo que me daba miedo: que se fuera sola a América, descubriera que Daryl era un bicho raro o un actor que trabajaba para otra persona y que, en un abrir y cerrar de ojos, se viera encerrada en un sótano de una casa en el desierto, y que nadie volviera a verla nunca.
Vale, quizá he leído demasiadas historias de miedo en Internet y he visto demasiadas películas de terror en mi juventud, pero nunca me perdonaría dejar que mi hija volara por su propia voluntad hasta lo que resultara ser su destino fatal. Así que al menos, estando yo con ella, puedo asegurarme de que todo va bien.
O, tal vez, las dos acabemos encerradas juntas en un sótano en el desierto.
O una cosa, o la otra.
Quizá las circunstancias que rodean la relación de mi hija sean extrañas, pero me alegra verla así de feliz, y me obligo a recodarme a mí misma que el amor juvenil puede ser realmente mágico. En estos momentos, el corazón de Ellie no solo late por ella, también lo hace por otra persona, por alguien a quien se siente unida y sin el cual probablemente piense que no puede vivir. Igual que me pasó a mí cuando empecé a salir con Sean.
El romance. La lujuria. La posibilidad de que todo ello ocurra.
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No puedo culpar a Ellie por enamorarse de alguien.
Pero ojalá fuera alguien que viviera más cerca de casa.
Conseguimos matar el tiempo que nos queda antes de que nos llamen para embarcar y, entonces, mientras me estoy subiendo al avión junto a los otros doscientos y pico pasajeros que abandonan este país, trago saliva y me digo que todo va a salir bien.
La última vez que me monté a un avión para ir a Estados Unidos, Sean se estaba abrochando el cinturón del asiento a mi lado, y Ellie estaba al otro lado de él, junto a la ventanilla, donde quería viajar para poder ser la primera en divisar Florida.
Ahora estamos las dos solas preparándonos para sobrevolar el Atlántico.
Pero… ¿volveremos las dos a casa?
¿O volveré yo sola?
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CAPÍTULO 9
ELLIE
Este vuelo es larguííísimo. Llevamos ya diez horas, y aún no hemos llegado. No paro de mirar la hora en la pantalla que tengo delante, deseando que avance lo más deprisa posible, pero supongo que tengo que ser paciente. Me obligo a recordar que, a cada segundo que pasa, este avión me está llevando un kilómetro más cerca de Daryl.
Una ligera sacudida fruto de las turbulencias me distrae de mi diario, pero levanto la vista por la cabina y veo que no ha sido suficiente para preocupar a nadie, ni siquiera para despertarlos. La mayoría de las personas que van en el avión están dormidas, con los antifaces bajados y las persianas de las ventanillas cerradas junto a ellos, provocando que la cabina esté lo más oscura posible. Estamos volando de día, pero la verdad es que no lo parece, teniendo en cuenta que estamos casi a oscuras en el avión. Puedo ver el diario que tengo ante mí gracias a una pequeña lucecita que tengo sobre mi cabeza.
La apago y decido que ya he escrito suficiente por hoy en el diario. Aunque me ha ayudado a conseguir que el vuelo se me haga un poco más corto, sé que ya no me queda mucho más por contar hasta que lleguemos.
Estoy aburrida de escribir sobre cómo podría ser estar con Daryl.
Lo siguiente que contaré en el diario será cómo es de verdad estar con Daryl.
Guardo mi diario y pliego mi bandeja hasta su posición vertical; me acomodo en mi asiento y reanudo la película que estaba viendo, de entre todas las que ofrecía la compañía aérea. La he elegido a propósito porque es una comedia romántica ambientada en Los Ángeles, así que espero que
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me dé una idea de cómo va a ser mi vida dentro de poco. Mientras me pongo los auriculares de nuevo, intento mantener la calma y no volver a emocionarme demasiado.
Un rápido vistazo hacia mi izquierda me hace percatarme de que mamá sigue durmiendo, con el antifaz puesto y la cabeza apoyada en una pequeña almohada, y me alegra mucho verla así de relajada. Desde luego, está mucho más tranquila que durante las primeras horas de vuelo, cuando no dejaba de parlotear sobre cualquier cosa, desde si habrían subido correctamente nuestro equipaje al avión hasta lo que cada turbulencia podría haber afectado a la capacidad de la aeronave para llevarnos hasta nuestro destino sanas y salvas. Pero se calmó en cuanto las azafatas trajeron el carrito de las bebidas, porque, tras un par de botellas pequeñas de tinto, dejó de estresarse y empezó a disfrutar de la experiencia.
Volar puede ser aburrido e incluso a veces dar un poco de miedo, pero también puede resultar divertido. Tienes películas a tu disposición, te dan comida y bebida, y es uno de los pocos momentos en los que una persona puede mantenerse al margen de la locura de Internet. Este avión no tiene wifi, y, aunque es un fastidio no poder mensajearme con Daryl ni echar un vistazo a mis redes sociales, es agradable no estar pendiente del teléfono cada cinco minutos.
Pero bueno, dicho eso, estar incomunicada durante diez horas ya ha sido más que suficiente, así que ahora mismo me gustaría que el avión aterrizara lo antes posible y tener Internet de nuevo.
La siguiente media hora transcurre muy despacio mientras veo la película, pero la acción en pantalla se interrumpe de pronto cuando el piloto habla a través del intercomunicador para anunciar que en breve iniciaremos el descenso hacia Los Ángeles.
Se encienden las luces de la cabina y todos los que estaban durmiendo antes de que el piloto hablara comienzan a despertarse lentamente, incluida mi madre, que se revuelve en su asiento a mi lado. Se quita el antifaz y mira alrededor de la cabina como si por un momento no supiera donde está; enseguida recuerda que sí, que es verdad, que está volando a unos once kilómetros y medio por encima de Norteamérica.
—¿Cuánto tiempo llevo dormida? —me pregunta, mientras se masajea un poco el cuello e intenta estirarse todo lo que le permite el estrecho espacio que hay entre los asientos.
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—Unas tres horas —respondo, con cierta envidia de mi madre y de muchas otras personas que viajan en el avión porque hayan sido capaces de dormir durante gran parte del vuelo, mientras que yo he estado completamente despierta y pensando en el hombre que me está esperando en nuestro destino.
—¿Ya casi hemos llegado? —pregunta mi madre, aún somnolienta, y yo le confirmo que sí.
Cuando veo a la tripulación ir de un lado a otro asegurándose de que todas las bandejas vuelvan a estar plegadas y las persianas de las ventanas, abiertas, comprendo que la situación se está convirtiendo en algo muy tangible. Ya casi estamos en Los Ángeles, y eso significa que estoy a punto de conocer a Daryl como es debido.
Se acabaron los mensajes. No más videollamadas. Ya no hay distancia entre nosotros.
Nada que nos impida tocarnos.
Casi desearía que quedara un poco más de tiempo de vuelo, porque, de repente, me siento muy tentada de coger una de esas botellas pequeñas de vino del carrito para calmar mis nervios. Pero el personal de cabina ya no está sirviendo ningún refrigerio; ahora ya están todos preparando el avión para el aterrizaje, al igual que los dos pilotos de la cabina de mando estarán empezando a desarrollar las rutinas de aterrizaje en este preciso instante.
Me cuesta creer que alguien pueda ser tan listo como para pilotar un avión desde un país hasta otro, y me alegro de que yo no me tenga que preocupar de eso. Ya tengo bastante con lo de conocer a Daryl, y muy pronto estaré con él. Nos estará esperando en el aeropuerto, al igual que su padre, y el plan es que nos lleven en coche hasta su casa. Luego, supongo que se tratará de charlar y conocernos un poco mejor, lo que puede ser un poco incómodo, especialmente estando mamá a mi lado. Pero bueno, es lo que hay.
Espero que mi madre se lleve bien con Harvey, pero lo más importante es que se lleve bien con Daryl. Necesito que le guste, porque a mí me gusta. Si no es así, el viaje podría volverse muy incómodo.
Mis oídos se taponan cuando el avión comienza a descender, y mi madre me ofrece unos caramelos para masticar, una forma infalible de aliviar la presión que siento en mis oídos. También bostezo un par de
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veces para contribuir a ello y, como seguimos descendiendo, soy consciente de que debemos estar a punto de llegar.
Eso se hace aún más evidente cuando miro por la ventana y alcanzo a vislumbrar la ciudad tan extensa que tengo a mis pies. Los Ángeles se extiende a lo largo de kilómetros y kilómetros en todas las direcciones posibles y, mientras contemplo los edificios que tengo debajo, que desde aquí se ven diminutos, diviso piscinas y pistas de tenis, por no hablar de los numerosos coches que forman atascos en las concurridas autopistas. También observo las montañas que rodean la ciudad, estructuras sólidas de roca que no se parecen en nada a las que tenemos en Inglaterra. Allí todo es verde o gris, pero aquí todo parece tener un tono amarillento, como si el sol intenso que brilla en lo alto abrasara todo lo que tiene debajo. Entonces veo un destello azul y, a lo lejos, logro divisar el mar. No estoy lo bastante cerca como para distinguir las playas, pero sé que hay numerosas extensiones de arena en alguna parte.
Venice Beach, Santa Mónica, Malibú. Esos lugares que he contemplado boquiabierta cuando los he visto en mis programas de televisión estadounidenses favoritos.
Todo aquello parecía el paraíso.
Y ahora soy yo la que está ahí, en el paraíso.
Un zumbido electrónico resuena por toda la cabina, pero es solo el ruido de las ruedas desplegándose bajo el avión, y cuando la aeronave se encuentra bruscamente con el suelo, la cabina se sacude levemente por el impacto. Pero el aterrizaje es perfecto, y cuando el avión empieza a frenar rápidamente, veo por primera vez el famoso aeropuerto de Los Ángeles, que da la bienvenida a los visitantes de esta ciudad bañada por el sol.
—¡Madre mía, estamos aquí de verdad! —le digo a mamá, y por un segundo siento que tal vez tenga que echar mano de la bolsa de papel marrón que hay en el respaldo del asiento de delante. Está en ese lugar por si algún pasajero siente náuseas durante el vuelo, pero no es el vuelo lo que me hace sentir mareada.
No, no es eso. Es saber que Daryl está dentro de ese aeropuerto ahora mismo, esperando verme emerger por la puerta de llegadas.
—Todo va a ir bien —me dice de repente mamá, cogiéndome la mano, pues supongo que percibe que estoy nerviosísima ahora que hemos aterrizado—. Pase lo que pase, yo voy a estar contigo.
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Me alegro de que se ofreciera para acompañarme a Estados Unidos porque, aunque no me molaba mucho la idea y me parecía innecesario que estuviera a mi lado, ahora me siento bastante reconfortada.
Mamá tiene razón. Todo va a ir bien. Aunque ya me dijo eso una vez en el pasado, cuando papá estaba enfermo. Y las cosas no fueron bien al final.
¿Y si estuviera equivocada otra vez? ¿Y si no es verdad que todo va a ir bien? ¿Y si venir aquí ha sido un error enorme? Ya es demasiado tarde para echarse atrás. El avión se ha detenido.
Las puertas se están abriendo.
Estoy a escasos minutos de conocer a Daryl.
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CAPÍTULO 10
DAWN
Cruzar numerosos husos horarios siempre provoca que el viajero se sienta un poco confundido, y así es como me siento por un instante mientras trato de poner mi reloj en la hora de Los Ángeles. Pero es extraño, porque a pesar de salir de casa, subirnos al avión el martes por la tarde y pasarnos medio día volando, cuando nos bajamos aquí sigue siendo martes por la tarde.
—Son ocho horas menos seguro, ¿no? —le vuelvo a preguntar a Ellie mientras camino somnolienta a su lado hacia el control de aduanas.
—Eso es —dice Ellie, sin duda impaciente por que la cola avance más despacio de lo que a ella le gustaría—. Son las tres y media.
—Pronto será medianoche en casa —apunto, pero reconocer tal cosa difícilmente va a ayudarme a lidiar con el jet lag que pueda sufrir en breve.
La cola va muy lenta, pero por fin llegamos al mostrador y, cuando lo hacemos, nos recibe una mujer en uniforme con aspecto serio, que impresiona y asusta a la vez, cosa que probablemente sea justo lo que se pretenda.
—Pasaportes —nos exige la brusca funcionaria estadounidense de aduanas, y Ellie y yo acatamos la orden tan rápido como podemos, entregándole nuestros respectivos documentos de viaje y esperando que todo esté en orden para que no nos manden de vuelta a casa en el primer vuelo que haya. No debería ser así, pero nunca se sabe, ¿verdad?
—¿Cuál es el motivo de su visita? —nos pregunta la funcionaria.
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—Ocio —respondo, porque la otra opción es negocios, y este, ciertamente, no es un viaje de negocios.
Pero Ellie decide desarrollar el tema con nerviosismo.
—Vengo a conocer a mi novio —explica con una sonrisa radiante. Pero la funcionaria de aduanas no le devuelve la sonrisa. En vez de
ello, empieza a formularle preguntas que probablemente nos habríamos evitado si Ellie hubiera mantenido la boca cerrada.
—¿Cómo se llama su novio?
—¿Es ciudadano americano?
—¿Cómo empezó usted a contactar con él?
—¿Cuál es su dirección?
—¿Van a quedarse ahí durante toda su estancia?
La mujer exige a Ellie que responda rápidamente a cada pregunta y, aunque yo intento ayudarla porque parece que a medida que se alarga la conversación está cada vez más nerviosa, la funcionaria solo mira a mi hija y pasa de mí.
Hay un momento, muy breve pero aterrador, en el que temo que tengamos que enfrentarnos a más preguntas en otra parte, posiblemente en una pequeña habitación privada, donde dos hombres que se estarán fumando un cigarrillo nos alumbrarán con una luz potente a la cara y nos preguntarán si somos espías internacionales que venimos a robar secretos de Estado. Pero, por suerte, todo eso solo es fruto de mi imaginación y, apenas un instante después, la inquisitiva funcionaria nos sella los pasaportes, fuerza una sonrisa en su rostro y nos dice que disfrutemos de nuestra estancia.
No sé hasta qué punto era necesaria esa rutina del «agente implacable», pero, en fin, ya ha pasado, y mientras Ellie y yo corremos hacia la cinta de equipajes, nos sentimos aliviadas por haber pasado el control. Supongo que ya estamos oficialmente en Estados Unidos y que ya no tendremos que enfrentarnos a más preguntas, pero antes de salir de este ajetreado aeropuerto tenemos que encontrar nuestras maletas.
Aún seguimos nerviosas mientras esperamos lo que nos parece una eternidad a que nuestro equipaje se desplace lentamente por la cinta. Después de pasarnos veinte minutos imaginándonos nuestras maletas en el aeropuerto de Londres porque alguien no ha hecho bien su trabajo, las encontramos y las cogemos a toda velocidad.
E incluso después de todo este estrés, aún falta lo más estresante.
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Ahora tenemos que encontrar a Daryl y Harvey en la sección de llegadas del aeropuerto de Los Ángeles, uno de los más transitados del mundo.
—Me parece que tengo ganas de vomitar —admite Ellie mientras nos dirigimos hacia las puertas correderas por las que tienen que pasar todos los pasajeros que llegan a la ciudad.
—Tranquila, todo va a ir bien —le digo para tranquilizarla, aunque en el fondo no puedo estar segura de que vaya a ser así. No creo que tengamos problemas para encontrar a los dos hombres que estamos buscando, pero no hay garantías de que las cosas vayan a ir bien cuando lo hagamos.
Cuando se abren las puertas y salimos, me preparo para encontrarme cara a cara con Daryl y su padre. Pero, en realidad, me encuentro cara a cara con cientos de personas, todas ellas esperando ansiosamente la llegada de sus seres queridos. De repente, encontrar a las personas que hemos venido a ver parece igual de difícil que encontrar una aguja en un pajar.
—¿Cómo vamos a reconocerlos? —pregunto mientras escudriño los rostros de numerosas personas, desde abuelos hasta maridos y esposas, niños, taxistas, conductores de autobuses de enlace y un largo etcétera.
—Me dijo que nos esperarían sosteniendo un cartel —responde Ellie, así que empezamos a buscar entre la multitud algo en lo que aparezca nuestro nombre. Pero la tarea es inútil, o al menos lo parece hasta que Ellie me agarra del brazo y suelta un aullido de emoción.
—¡Allí está!
Miro hacia donde señala mi hija y aún tardo un momento en ver el gran cartel de cartón con nuestros nombres. Dos hombres lo sostienen.
Ellie y Dawn Brown. ¡Bienvenidas a Estados Unidos!
Acompañando esas palabras hay todo tipo de dibujos de colores, desde la bandera estadounidense con sus estrellas y franjas rojas, blancas y azules hasta una forma circular naranja, que supongo que es el sol, y una línea azul garabateada, que presumo que significa el mar. El cartel es una forma muy práctica de llamar nuestra atención, pero que hayan incluido dibujos junto a nuestros nombres es algo muy tierno, y hace que la bienvenida sea muy empática. Mientras nos acercamos a los dos hombres que sostienen el cartel, siento que las cosas han empezado con buen pie.
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Aunque todavía no hemos hablado.
—¡Ellie! —grita Daryl cuando nos acercamos. El chico suelta la parte del cartel que sostenía y sale corriendo hacia mi hija, con los brazos completamente abiertos preparándose para darle un abrazo.
Ellie se alegra igualmente de verlo y deja caer su maleta para reunirse con él. Mientras ambos se abrazan, sonrío por un momento porque es obvio, si no lo era ya de antes, que estos dos están locos el uno por el otro.
—El amor juvenil, ¿eh? —dice una voz masculina, y veo a Harvey, el padre de Daryl, caminando hacia mí con la mano extendida—. Tú debes ser Dawn. Es un placer conocerte.
Odiaría no causarle una buena primera impresión, así que rápidamente tomo su mano para estrechársela. Al hacerlo, noto un apretón firme, así como una mirada penetrante, y es la primera vez que me fijo en sus deslumbrantes ojos azules. Con su melena rubia, su piel bronceada y sus hombros anchos, diría que este hombre es muy atractivo, e incluso podría sentir la tentación de flirtear con él.
O quizá lo haría si no existiera la posibilidad de que acabemos emparentados.
—Hola, Harvey. Encantada de conocerte —le digo, con la sonrisa más grande que soy capaz de poner.
—¿Qué tal el vuelo?
—No ha ido mal, la verdad.
—¿En serio? Yo volé a Londres una vez hace años y casi me muero. —Bueno, es verdad. Si te soy sincera, estoy completamente agotada. —¡Claro, es lo normal! No te preocupes, os vamos a llevar a casa y allí
podréis descansar bien.
Harvey, como un verdadero caballero, se ofrece a coger mi maleta y, aunque al principio me resisto, me convence para que se la dé, aligerándome de mi carga.
—Gracias —digo, pero él me responde que no hace falta que se las dé, y luego ambos volvemos nuestra atención hacia la feliz pareja, que sigue abrazada frente a nosotros.
Harvey se aclara la garganta, en una táctica evidente para llamar educadamente la atención de los chicos, y es entonces cuando Ellie y Daryl se separan de su abrazo y recuerdan que las presentaciones aún no han terminado.
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—¡Señora Brown, encantado de conocerla! —exclama Daryl, antes de acercarse a mí para darme un abrazo.
—¡Lo mismo digo! —respondo, y sus fuertes brazos me envuelven. Veo que Ellie y Harvey se abrazan también. Luego, Harvey le hace un
gesto a su hijo para que coja también el equipaje de Ellie.
Así lo hace y, a continuación, con nuestras maletas en las cuidadosas manos de los dos hombres a los que hemos venido a conocer hasta aquí, mi hija y yo los seguimos hacia el exterior del aeropuerto, entre una gran aglomeración de personas, hasta el aparcamiento donde se encuentra el vehículo de Harvey.
En el camino hasta allí, saboreo mis primeros momentos al aire libre en California y tengo tres observaciones iniciales sobre este lugar.
Uno, hace mucho calor.
Dos, no hay nubes en el cielo.
Y tres, me alegro de que vaya a ser Harvey quien conduzca, porque el tráfico parece completamente caótico.
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CAPÍTULO 11
DAWN
¿Qué es lo que menos necesita alguien después haber volado durante once horas?
Que te pille un atasco justo a la salida del aeropuerto. Afortunadamente, Harvey se las ha arreglado para ir sorteando la fila
interminable de coches pegados los unos a los otros en la autopista y, aunque nos ha costado un poco, vamos dejando atrás el congestionado centro de la ciudad y nos dirigimos hacia espacios más abiertos.
Mientras nos abrimos paso por esa jungla de cemento, Harvey y yo charlamos en la parte delantera del coche; Ellie y Daryl viajan atrás, susurrándose cosas bonitas al oído y cogidos de la mano todo el tiempo. Durante casi todo el trayecto, los padres ignoramos a los tortolitos, pero, en un par de ocasiones, Harvey y yo compartimos una mirada cómplice y hacemos muecas ante las muestras de afecto que se producen en la parte trasera del vehículo.
Al salir de otra autopista y tomar una carretera más ancha pero con menos tráfico, noto que las casas que empiezo a divisar son mucho más grandes, y, a medida que avanzamos, las palmeras parecen hacerse más pequeñas.
—Ya casi hemos llegado —me dice Harvey cuando se da cuenta de que intento reprimir un bostezo, aunque, a pesar de ese comportamiento somnoliento, en realidad me siento bastante despierta. Creo que la razón es que estoy impresionada con el barrio por el que estamos transitando en este momento.
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—Madre mía, estas casas son enormes —digo mientras las contemplo al pasar junto a ellas, preguntándome cómo es posible que alguien pueda ganar el suficiente dinero como para permitirse una de estas propiedades. Esto está a años luz del barrio en el que crecí o en el que vivo ahora.
—Sí, no son baratas, pero valen lo que cuestan —dice Harvey, manteniendo una mano firme sobre el volante y haciéndonos avanzar suavemente—. La delincuencia es un gran problema en ciertas partes de Los Ángeles, pero no aquí, y es comprensible pagar altas cantidades de dinero para disfrutar de cierta tranquilidad.
Casi no escucho lo que acaba de contarme, porque estaba contemplando embobada una mansión blanca enorme con unas puertas negras altas en la entrada, desde donde se pueden ver dos coches deportivos aparcados en la propiedad. Pero no importa, porque Harvey continúa dándome más detalles.
—Lo creas o no, esta que estás viendo ni siquiera es una de las mejores urbanizaciones de la zona —me dice mientras gira hacia una calle llena de casas que seguramente sean demasiado grandes para lo que pueda necesitar jamás una sola familia—. Tengo que llevaros a Brentwood. Es un sitio en el que viven muchos ricos y famosos, que hace que esta urbanización, a su lado, parezca el centro de la ciudad en una noche mala.
—Me cuesta creerlo —digo mientras contemplo todas las casas impresionantes—. ¿Cuánto tiempo lleváis viviendo en esta zona?
—Desde que Daryl era pequeño. Nos mudamos cuando tenía cinco años. Es un sitio mucho más seguro para él, y hay mejores colegios que donde vivíamos antes. Es mucho más bonito que el lugar en el que yo me crie; quería darle a mi hijo mejores oportunidades en la vida.
Ese deseo de un padre de querer darle a su hijo una crianza y una educación mejores que las que él tuvo es algo con lo que yo me identifico, aunque está claro que a mí me ha costado mucho más hacerlo con Ellie que a Harvey con Daryl. Una cosa es querer darle a tu hijo o hija lo mejor de lo mejor, pero otra muy distinta es poder permitírtelo en la realidad. A pesar de mis esfuerzos, nunca he podido presumir de brindarle a Ellie la mejor casa en el mejor barrio con los mejores colegios. Pero puede decirse que mi hija es una buena persona, supongo, así que no debería ser muy dura conmigo misma con respecto a eso.
Es una chica educada y sabe distinguir lo bueno de lo malo, ¿no son esas las cosas más importantes? Aunque, claro, mirando a nuestro
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alrededor, tal vez las únicas cosas realmente importantes sea las piscinas, los coches deportivos y las casas con una docena de dormitorios.
En ese instante, de repente, vislumbro algo que me hace pensar que la vida en esta parte del mundo puede no ser tan perfecta como parece. Tiene la forma de un cartel de una persona desaparecida que veo pegado en una farola al pasar junto a ella.
Encima de la imagen de una mujer que parece tener una edad similar a la de Ellie, veo un alarmante titular: «¿ALGUIEN HA VISTO A ESTA MUJER?». Debajo hay escrita una frase inquietante: «MADRE DESESPERADA BUSCA RESPUESTAS. POR FAVOR, AYÚDENME A ENCONTRAR A MI HIJA». Más abajo, veo un nombre, «AUBREE». Luego dejamos atrás la farola y el cartel desaparece de mi vista, aunque aún no he sido capaz de borrarlo de mi mente.
—¿Han encontrado ya a esa mujer? —le pregunto a Harvey al ver otro cartel igual pegado en otra farola.
—Por desgracia, no —responde Harvey, que sigue conduciendo suavemente al mismo ritmo—. Qué pena.
—¿Cuánto tiempo lleva desaparecida?
—No estoy seguro. Ha pasado ya bastante tiempo.
—Tres meses —dice Daryl desde atrás, lo que me hace suponer que no está tan distraído con Ellie como para no escuchar lo que su padre y yo decimos delante.
—¿Vivía por aquí? —pregunto, pensando en que Harvey acababa de referirse a esta parte de la ciudad como un lugar supuestamente seguro, en el que la delincuencia no era un problema.
—No, en otra parte de la ciudad —me contesta Harvey.
—¿Qué crees que le ocurrió? —pregunto cuando pasamos junto al segundo cartel, una señal alarmante que está colocada justo delante de una casa que debe valer al menos cinco millones de dólares, creando un contraste muy llamativo.
—Nadie sabe nada —explica Harvey con un suspiro—. No puedo ni imaginarme lo que tiene que estar pasando la pobre madre. Ha salido un par de veces en televisión. Haciendo llamamientos, ya sabes, cosas de ese estilo. Pero, de momento, nada de nada.
—¿Y por qué hay carteles puestos por esta zona? ¿Desapareció por aquí?
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—Qué va, hay carteles por toda la ciudad —dice Harvey, pero me contesta tan rápido que me hace cuestionarme la veracidad de esa respuesta.
Sin estar del todo segura, sopeso la posibilidad de hacerle algunas preguntas más sobre esa pobre mujer que parece haberse esfumado de la faz de la tierra, pero, antes de que pueda decir nada más, Daryl le dice a Ellie que ya hemos llegado.
—Bienvenidas a nuestra casa —nos dice, y mientras el coche aminora la marcha, contemplo detenidamente la propiedad que tenemos justo delante.
No es tan grande como algunas de las casas por las que hemos pasado para llegar hasta aquí, pero eso no significa que no impresione por sí misma. Es una casa encalada con un muro de piedra muy bonito que la circunda. Me fijo en una fuente pequeña que hay en junto al camino de entrada cuando atravesamos las puertas de la propiedad y el coche se detiene. La casa tiene dos plantas y uno de los dormitorios de la superior cuenta con un balcón; me imagino que se tratará del principal. El balcón es perfecto para que el dueño de la casa pueda tomarse el café por la mañana junto a la ventana de su habitación nada más despertarse.
El césped que queda a mi izquierda está frondoso, exuberante, muy verde a pesar de las temperaturas abrasadoras de este lugar del planeta. Supongo que debe ser gracias al sistema de aspersores que lo está rociando con agua en estos momentos. A la izquierda de la puerta de entrada, que es impresionante, hay un garaje con dos plazas. Mientras salimos del coche, Harvey me explica henchido de orgullo que allí guarda dos motos, «su gran pasión», como las describe, y no me cuesta imaginarme de dónde le viene a su hijo su afición por esos vehículos de dos ruedas.
El goteo de la fuente en el camino de entrada combinado con el sonido del aspersor le otorga al lugar un aire de suma tranquilidad, aunque esa paz se rompe momentáneamente cuando Harvey y Daryl empiezan a hacer rodar nuestras maletas por el hormigón.
Ellie me susurra discretamente la palabra «guau» mientras seguimos a los dos hombres hasta la puerta de entrada de la casa, y yo no me veo capaz de llevarle la contraria. Pero voy a reservarme mi opinión hasta que vea la propiedad por dentro.
Por fuera parece increíble, pero a veces las apariencias engañan, ¿no? Nunca juzgues un libro por su portada, y ese tipo de cosas.
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Entonces se abre la puerta, y veo por primera vez el interior de la casa.
Es en este momento cuando le respondo a mi hija. «Guau».
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CAPÍTULO 12
DAWN
—¡Tenéis que enseñarme la piscina! —grita Ellie en cuanto ponemos un pie dentro de la espaciosísima casa.
—¡Claro! ¡Es por aquí! —responde Daryl, guiándola a través de una sala de estar muy grande y diáfana hacia las puertas dobles de cristal que hay al fondo.
Cuando el chico las abre y sale junto a Ellie hacia el exterior, me quedo a solas con Harvey, que deja nuestras maletas al pie de las escaleras y luego se vuelve hacía mí y me sonríe.
—Te voy a hacer el tour —me dice. Señala los sofás y el televisor de pantalla plana que cuelga de la pared sobre ellos—. Este es el salón. Aquí, como si estuvieras en tu casa. Come patatas fritas, ponte una película, relájate en los sofás… lo que quieras.
—Gracias —le respondo, antes de que abra una puerta y me muestre la cocina.
—¡Vaya, es preciosa! —exclamo, maravillada ante las encimeras de granito, una cafetera enorme y una nevera imposiblemente grande que hay en la esquina del fondo, junto a una ventana que da al jardín.
—¿Eres muy cafetera? —me pregunta Harvey al percibir que fijo la mirada en la máquina, de aspecto muy caro y que tiene botones e interruptores por todas partes.
—Sí que lo soy —confirmo, lo que hace que la sonrisa de Harvey se intensifique, asegurándome que me va a encantar el café que esa máquina es capaz de producir.
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Miro hacia el exterior a través de la ventana y observo a Ellie y a Daryl de pie, junto a una piscina impresionante. Aunque, a decir verdad, viniendo de dónde vengo, cualquier piscina me parece impresionante.
—Por aquí —me indica Harvey cuando se da cuenta de que estoy mirando hacia fuera, y abre una puerta trasera que conduce hacia un patio totalmente inundado de luz solar, en el que hay dos tumbonas acolchadas junto a la piscina.
—Madre mía, qué preciosidad —digo, casi incapaz de creer que esto pueda ser el jardín trasero de una persona.
Si alguna vez me entran ganas de tomar el sol junto a una piscina, tengo que volar a otro país y pagar cientos de libras para alojarme en un hotel; lo único que Harvey tiene que hacer es abrir una puerta y, sin más, ahí lo tiene todo.
—¿Podemos bañarnos? —pregunta Ellie, arrodillándose, y mete la mano en el agua.
—¡Pues claro! Venga, vamos a cambiarnos —dice Daryl; el chico ayuda a Ellie a levantarse y ambos se dirigen hacia el interior de la casa.
—¿Te vas a meter también, mamá? —me pregunta Ellie al pasar junto a Harvey y a mí, ya a la altura de la puerta.
—Eh… esto… creo que no he metido ningún bañador en la maleta — digo, sintiendo algo de timidez ante la idea de quedarme semidesnuda en la casa de un desconocido, aunque soy plenamente consciente de que me he traído un bañador adecuado.
—No pasa nada. Podrías ponerte uno de los viejos de mamá —dice Daryl, pero, según lo hace, noto que a Harvey parece incomodarle un poco esa sugerencia.
—No, no, no pasa nada. No te preocupes —digo—. De todas formas, no es que me encante bañarme. Voy a estar la mar de a gusto en una de las tumbonas.
—No, mujer, no seas tonta. No pasa nada porque te pongas uno de esos bañadores —dice Harvey, aunque la expresión de su cara sigue siendo poco convincente—. Pero primero, voy a enseñaros vuestras habitaciones.
Volvemos a entrar en la casa, cambiando el calor sofocante que hace en el exterior por el fresco que proporciona el aire acondicionado de esta lujosa vivienda. Según vamos subiendo las escaleras, me pregunto cómo de grande será mi dormitorio.
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Obtengo la respuesta en cuanto Harvey me enseña la habitación en la que dormiré durante toda mi estancia. Deja mi maleta sobre una cama de matrimonio, e insiste de nuevo en que me sienta en esa habitación como si fuera la mía. A continuación, me muestra mi baño, que está al final del distribuidor, y, en efecto, es todo lo decadente que me había imaginado: grifos dorados, suelos de mármol y una bañera que es casi tan grande como la piscina del exterior. Pero lo que más me gusta es que, aparentemente, mi habitación es la que tiene acceso al balcón que vi nada más bajarnos del coche.
Abro la puerta que da acceso al mismo, salgo y miro hacia abajo, hacia el camino de entrada de la casa. Desde este lugar con vistas privilegiadas también puedo divisar el resto de la urbanización y las colinas que la rodean.
Este lugar es verdaderamente impresionante.
Tengo curiosidad por ver cómo es la habitación de Ellie, así que voy en su busca y la encuentro en la habitación que está justo enfrente de la mía, aunque no sé si planea pasar mucho tiempo en ella estos días. A pesar de que aún no lo he hablado con mi hija, me parece bastante obvio que vendrá con la idea de pasar tiempo en la cama de Daryl durante el viaje, y la verdad es que no sé qué sentir al respecto. Sin embargo, en lugar de abordar ese tema tan delicado en este momento, me limito a decirle que la casa es increíble. Pero ella prácticamente ni me escucha, porque está deshaciendo a toda prisa su maleta para sacar un bikini que es mucho más pequeño de lo que a mí me habría gustado.
—¿Te vas a poner eso? —le pregunto, aunque la respuesta es más que evidente porque ya ha empezado a desnudarse, cambiando su holgada y abrigada ropa inglesa por un atuendo más acorde con el clima californiano.
—¿Cuál es el problema? —me pregunta, despreocupada.
—No sé. Es bastante revelador, ¿no?
—¿Y?
—Pues que somos invitados a una casa que no es la nuestra. Tal vez deberías cubrirte un poco más.
—Voy a bañarme en una piscina. No tiene sentido llevar puesta mucha ropa para hacer eso, ¿no?
—¡El último que llegue a la piscina pierde! —grita Daryl desde el pasillo. Inmediatamente, lo escucho bajar las escaleras, lo cual provoca
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que Ellie se dé aún más prisa en terminar de vestirse como lo estaba haciendo.
Sigue sin entusiasmarme la idea de que vaya con ese bikini, no solo porque Daryl la vea así, sino también por Harvey. No sabemos todavía demasiado de ninguno de los dos, pero decido morderme la lengua y no decir nada más porque no quiero que el dueño de la casa nos oiga discutir cuando apenas llevamos un rato bajo su techo.
—Nos vemos abajo —me dice Ellie al salir del dormitorio y, cuando baja, vuelvo al mío y deshago un poco mi maleta. Aunque Harvey ha sido todo el tiempo muy amable, insistiendo varias veces en que me pusiera cómoda y que me sintiera como en casa, nunca es tan sencillo cuando te quedas en casa de otra persona, ¿a que no? A pesar de las buenas intenciones del hombre, de la bienvenida tan acogedora que nos ha proporcionado y de la magnífica habitación que me ha dejado, me siento un tanto incómoda mientras voy sacando la ropa de la maleta y buscando dónde colocarla para que no se arrugue aún más de lo que ya está.
Abro algunos cajones y cuelgo algunos vestidos en las perchas del armario, pero mis movimientos son inseguros, los típicos de alguien que se siente como si estuviera caminando sobre cáscaras de huevo metafóricas. La realidad es que nunca podré estar tan cómoda aquí como lo estoy en mi casa, así que es inútil que lo intente. Sí, claro que seré capaz de terminar de deshacer la maleta y sentarme en una tumbona a disfrutar de una bebida fresquita mientras veo a mi hija chapotear en la piscina, pero seguiré estando lejos de sentirme completamente a gusto en este lugar; quizá, nunca lo llegue a estar.
Es una pena porque, por lo que he visto hasta ahora, tanto Harvey como su hijo son personas encantadoras, muy educadas y amables, que se han esforzado en todo momento por mantener conversaciones con nosotras y hacernos sentir cómodas en un entorno desconocido. Pero incluso teniendo todo eso en cuenta, esta situación sigue siendo muy extraña. Normalmente, cuando un padre conoce al novio o la novia de su hijo, el encuentro suele ser muy breve, tal vez dure una hora o dos, el tiempo de una comida o de un café. Después de eso, dependiendo de cómo se vaya desarrollando la relación, puede que pase bastante tiempo hasta que los padres de ambos jóvenes se lleguen a conocer. E incluso si eso llegara a ocurrir, la reunión tendría lugar en un entorno sencillo, posiblemente en un terreno neutral, quizá en un restaurante, y, de nuevo, solo se trataría de un
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rato. Con el tiempo, las partes se irían conociendo mejor e irían intimando, pero el proceso sería lento y constante, abarcando probablemente muchos años. Después, quizá, los hijos un día decidirían casarse y las dos familias se reunirían para celebrarlo, sin que ninguna de ellas se sintiera tensa o incómoda, porque habrían ido entrando gradualmente en la vida de los otros durante el tiempo suficiente como para que todo haya sido natural.
Pero esta es una situación excepcional, y ahora, justo después de conocernos, voy a estar viviendo con el novio de mi hija y su padre las veinticuatro horas del día durante la próxima semana. No conozco a nadie que haya tenido que pasar por algo así. Desde luego, ninguna de mis amigas tuvo que hacerlo cuando conocieron a las parejas y familias de sus hijos. Pero aquí estoy, a miles de kilómetros de mi hogar, en esta casa, intentando encontrarle un sentido a la situación, siendo consciente de que estoy metida de lleno en ella.
Es muy fuerte, todo es muy intenso.
Y, mientras seguía deshaciendo la maleta y pensando en qué ponerme para bajar a la piscina, no tenía ni idea de hasta qué punto las cosas estaban a punto de intensificarse todavía más.
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CAPÍTULO 13
DAWN
Necesito un momento para serenarme un poco y aclarar la mente antes de salir del dormitorio y volver a reunirme con los demás. Cuando voy a hacerlo, todo el mundo está, como sospechaba, en el entorno de la piscina. Ellie y Daryl ya están en el agua, y ambos flotan en ella de forma que sus cabezas y hombros son las únicas partes de sus cuerpos que no están sumergidas. Pero Harvey no está dentro, y yo me alegro de que así sea, porque quizá eso signifique que no tenga que meterme si no quiero.
El hombre de la casa está sentado en una butaca blanca de mimbre junto a una mesa, sobre la que se encuentran dos botellas de diferente tipo. Una es un bote de crema solar, lo que parece sensato, mientras que la otra es un rosé, quizá no tan prudente porque aún estamos en las primeras horas de la tarde. Por eso, tras aceptar la invitación de Harvey a sentarme en la butaca libre junto a la mesa, decido con resolución echar mano del protector solar, ignorando la botella más grande con su contenido afrutado y rosa. Pero eso no impide que Harvey me ofrezca una copa de la botella que aún no he tocado.
—¿Quieres un poco? —me pregunta—. El único problema es que tendrás que beber de un vaso de plástico. Una vez cometí el error de sacar aquí fuera copas de cristal, pero no volveré a hacerlo.
Harvey coge uno de los vasos de plástico con la intención de servirme un poco, pero yo declino cortésmente su invitación.
—Tal vez más tarde —le contesto. Acto seguido, hago todo lo posible por reprimir un bostezo, aunque Harvey se da cuenta.
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—Claro, no te preocupes, debes estar muy cansada —dice, comprensivo—. Ya verás cómo tu reloj corporal pronto se pone en hora.
Entonces se reclina en su silla y se gira para observar a nuestros hijos en la piscina. Yo lo imito y, al hacerlo, observo que tanto Ellie como Daryl ya tienen sus propios vasos con rosé. No es que sea un problema como tal porque ambos son lo bastante adultos como para beber alcohol. Pero, teniendo en cuenta que son dos jóvenes ciertamente llenos de lujuria que acaban de verse en persona por primera vez, ¿es una buena idea añadir alcohol a la ecuación? Como si me leyera el pensamiento, Harvey se inclina hacia mí por encima de la mesa y baja la voz.
—Espero que no te importe que le haya ofrecido un poco de rosé a Ellie —dice—. Es que parece que está muy nerviosa. Al igual que Daryl, para ser justos. Pensé que la bebida podría ayudarlos a tranquilizarse, relajarse y disfrutar un poco más del hecho de estar juntos.
—Ah, de acuerdo, no pasa nada —respondo, aunque no comprendo que Harvey piense que el alcohol es la mejor forma para desinhibirse.
¿No sería mejor para todos que se conozcan hablando mucho el uno con el otro, estando sobrios?
—Admito que yo también estoy un poco nervioso —continúa Harvey, echándose de nuevo hacia atrás en su asiento, pero manteniendo la voz baja para que los que están en la piscina no puedan enterarse de todo lo que hablamos.
—¿Estás nervioso?
—Sí. A ver, obviamente quiero que Daryl y Ellie congenien porque sé lo mucho que esto significa para ellos. Pero también quiero que congeniemos nosotros.
—Ah, ¿sí?
—¿Tú no quieres?
—¡Claro, por supuesto!
Tal vez debería haber aceptado el rosé, porque mientras todos los presentes en esta vivienda alivian sus nervios con él, los míos siguen estando a flor de piel. Pero Harvey me ofrece una cálida sonrisa, sin duda con la intención de tranquilizarme. Luego, intenta encontrar más puntos en común entre nosotros a partir de los cuales podamos conocernos mejor.
—Bueno, a ver, cuéntame, y quiero que seas completamente sincera — me pide con un guiño atrevido—. ¿Qué sentiste cuando descubriste que tu hija estaba enamorada de un americano?
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Me pienso la respuesta durante unos instantes, sin querer ser del todo sincera por si serlo pudiera resultar ofensivo. Si le contara la verdad, tendría que explicarle que me preocupé mucho. Que, al principio, cuando Ellie me lo contó, creí que se trataba de una broma, y que después pensé que era una idea estúpida y que posiblemente no irían a ninguna parte. Pero, por una cosa o por otra, no estoy convencida de que a Harvey le vaya a gustar oírme decir esas cosas, así que apuesto por ser educada.
—Bueno, fue algo inesperado, eso está claro —digo con una carcajada nerviosa—. Pero supongo que, cuando se trata de asuntos del corazón, puede ocurrir cualquier cosa.
—Vale, esa es la respuesta diplomática —responde Harvey con una sonrisa pícara—. ¿Qué tal si ahora me cuentas la verdad?
Dudo, porque no estoy segura de si Harvey me está hablando en serio o no. Por suerte, rompe la tensión rápidamente con una carcajada.
—No te preocupes, conmigo no hace falta que finjas. Si te dio un poco de miedo y pensaste que la idea de que un chico americano y una chica inglesa comenzaran a tener una relación a través de Internet era una locura, no fuiste la única. A mí no me hizo ninguna gracia cuando me enteré.
La sinceridad de Harvey me ayuda a tranquilizarme y, para recompensarla, termino siendo algo más sincera.
—Fue un shock —admito—. Y luego me hizo sentirme preocupada. Quiero que mi hija sea feliz, pero la verdad es que no creía que una relación a larga distancia como la suya pudiera funcionar.
—Yo me sentí igual. Le pregunté a Daryl por qué no podía salir con una chica de por aquí. ¿Por qué tuvo que buscar el amor tan lejos?
—¡Exacto!
—Pero luego me di cuenta de que se trataba de mis propios miedos e inseguridades, que comenzaban a aflorar. ¿Por qué me molestaba que mi hijo se hubiera enamorado? Debería haberme sentido feliz por él, ¿no? Cualquier padre debería serlo. Pero me daba miedo, y supongo que se debía al hecho de poder perderlo si terminaba marchándose a otro país.
Harvey sigue siendo muy sincero conmigo. Me alegra oír hablar de sus preocupaciones, porque son exactamente iguales que las mías.
—Yo estaba igual —admito—. No quería que Ellie se mudara y se olvidara un poco de mí.
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—Es una mierda tener estos miedos siendo ya tan adultos, ¿verdad? — reflexiona Harvey, y compartimos una carcajada.
—Y tanto que sí.
Contemplamos a la pareja de jóvenes felices nadando delante de nosotros durante unos instantes. Luego, Harvey vuelve a inclinarse hacia a mí para hablarme de nuevo.
—Pero lo más importante es que los dos son felices. Dios sabe que Daryl se merece por fin un poco de felicidad después de lo que ha tenido que pasar. Y espero que no te importe que lo mencione, pero creo que Ellie ha sufrido tanto como mi hijo por motivos muy similares.
Harvey aborda con sutileza un tema muy delicado; es algo que aprecio mucho.
—Sí, desde luego que ha sufrido —respondo mientras veo a mi hija sumergirse en el agua, antes emerger de golpe y salpicar a Daryl, que estaba flotando a su lado.
Por un instante, me planteo preguntarle a Harvey por su difunta pareja, pero enseguida me doy cuenta de que prefiero no hacerlo, porque no tengo demasiada confianza con él como para abordar un tema tan profundo e incómodo. Harvey parece sentir lo mismo, porque tampoco dice nada. Noto que está mirando fijamente mis manos y, cuando bajo la mirada, me doy cuenta de por qué.
No paro de girar con ansiedad mi anillo de casada.
Dejo de hacerlo en cuanto percibo que lo estaba haciendo y, para alejar con rapidez nuestras mentes de un tema tan complejo, hago un gesto hacia la botella de rosé.
—Bueno, creo que me voy a tomar un poco —digo con una sonrisa—.
Después de todo, ya es de noche en Inglaterra, así que es buena hora.
La cara de Harvey se ilumina y me sirve rápidamente la bebida. Mientras acepto el vaso de plástico, sigo sintiéndome nerviosa, pero empiezo a entender que no tengo por qué estarlo. Harvey es encantador. Es un caballero. Pero, sobre todo, ha sufrido tanto como yo y, al fin y al cabo, solo intenta hacer lo correcto por su hijo. Independientemente de lo que acabe ocurriendo entre los dos tortolitos de la piscina, voy a intentar que el tiempo que pasemos todos juntos sea cómodo y agradable. Aunque, justo entonces, Harvey vuelve a abrir la boca, y lo que dice provoca que, en un abrir y cerrar de ojos, vuelva a sentirme incómoda.
—¿Qué te parece que los chicos disfruten de algo de intimidad?
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—¡¿Perdona?! —exclamo. El primer sorbo refrescante de rosé casi se me atraganta.
—¡Venga, no fastidies! Siento ser tan brusco y directo y sacar el tema así, pero creo que es bastante obvio que Daryl y Ellie van a querer intimar un poco durante el tiempo que estén aquí juntos.
Los ojos de Harvey se posan sobre los dos jóvenes de la piscina y, cuando dirijo también la mirada hacia ellos, entiendo a la perfección a lo que se refiere. Daryl tiene los brazos alrededor de Ellie y se miran brevemente a los ojos durante un momento que rebosa pasión, antes de que él la sumerja bajo el agua para gastarle una broma.
—A mi modo de ver las cosas, o le damos demasiada importancia, o lo aceptamos con naturalidad —prosigue Harvey, con la voz baja de nuevo, aunque no es muy probable que los chicos lo oigan desde la piscina porque Daryl se está riendo escandalosamente—. Son dos adultos, así que mi opinión es que los tratemos como tales y los dejemos dormir en la misma habitación. Llevan ya un buen tiempo hablando por Internet y ahora que están juntos físicamente, es el siguiente paso natural para ellos.
Supongo que Harvey tiene razón, y la verdad es que no puedo estar en desacuerdo, aunque me habría gustado que Ellie se tomara algo de tiempo con Daryl y se fuera acercando poco a poco a él a lo largo de nuestro viaje, en lugar de irse directa a la cama con él la primera noche.
—Pero solo es mi opinión —se apresura a decir Harvey, levantando las manos—. No voy a discutir contigo si tú crees que deberían dormir en habitaciones separadas. Aunque no puedo prometer que mi hijo no lo haga. Podría molestarle bastante, al igual que a Ellie.
Harvey se ríe antes de servirse un poco más del espumoso, y los dos nos sentamos en silencio durante un rato, disfrutando del entretenimiento que nos proporciona el contemplar a los chicos en la piscina, que están demasiado ocupados divirtiéndose el uno con el otro como para darse cuenta de que sus padres los están observando.
Ellie está feliz, eso está muy claro.
Eso significa que yo también debería estarlo.
Entonces, ¿por qué no se me termina de quitar el nudo del estómago? Hay algo que me dice que no me puedo relajar todavía.
Por si acaso.
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CAPÍTULO 14
DAWN
Al final, nos hemos quedado en la piscina el tiempo suficiente como para pasarme un poco con el rosé y disfrutar del sol de más. Por eso me he pasado media hora en mi habitación dándole largos tragos a una botella de agua y, a la vez, aplicando crema hidratante en mi cara, ligeramente enrojecida. Pero me voy ya para abajo, porque es ya la hora de cenar y es la primera vez que Ellie y yo vamos a hacerlo en esta casa. A juzgar por la comida que hay desplegada sobre la mesa, Harvey y Daryl se han esforzado bastante para ofrecernos una cena que satisfaga el apetito voraz que tenemos.
Veo alitas de pollo, patatas fritas, pizza y botellas de coca-cola, además de salsa barbacoa, kétchup y algunos otros condimentos con etiquetas que no reconozco porque son marcas americanas. Viendo los tentadores manjares tan calóricos que nos ofrecen, es obvio que Harvey quiere que nos deleitemos con nuestra primera comida en Estados Unidos, pero espero que sea solo por satisfacer a sus invitadas británicas y que ni él ni su hijo no coman así demasiado a menudo, porque no es que sea la combinación de alimentos más sana del mundo. Mientras nos sentamos, sin embargo, Daryl me explica por qué su padre ha optado por ofrecernos algo que se parece más cualquier tipo de comida rápida que a algo casero.
—No es que mi padre haya sido nunca un gran cocinero —dice mientras se sirve un vaso de coca-cola, antes de ofrecerle la botella a Ellie.
—Oye, no se me da tan mal, ¿no? —dice Harvey en voz alta cuando sale de la cocina y se acerca hasta la mesa con un plato repleto de aros de cebolla.
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—¡No, esto está genial! —digo, porque tengo tanta hambre que podría comerme cualquier cosa, y de todas formas jamás le he hecho ascos a cierto tipo de comida poco saludable.
—Sí, es fantástico, muchas gracias —dice Ellie desde su silla, justo al lado de Daryl, de quien no se ha separado desde que llegamos.
Harvey parece haber decidido que ya tenemos suficiente comida, porque se sienta a mi lado y todos comenzamos a devorar nuestros platos.
—Jodie solía encargarse de la cocina —explica Harvey mientras pongo un par de alitas de pollo en mi plato—. Tenía un talentazo para cocinar. A mí nunca me interesó demasiado hacerlo. Para mí, la comida es solo combustible, y cuanto antes me la meta en el cuerpo para poder seguir con el resto del día, mejor. Pero Jodie se pasaba horas en la cocina preparando cualquier comida. Solíamos organizar cenas en casa para amigos y vecinos. Era divertido.
Noto un atisbo de tristeza en el tono de Harvey cuando dice esto último, pero decido no darle más importancia de la que tiene y, en lugar de ello, lo felicito por lo que ha sido capaz de prepararnos esta noche, aunque sus mejores habilidades sean otras.
Mientras comemos, la conversación es, en general, bastante básica. Comentamos algunas cosas interesantes que puede ofrecer este lugar y, a continuación, Ellie y yo respondemos a algunas preguntas sobre qué se puede hacer en la zona donde vivimos en Inglaterra. Pero la opinión general de mi hija es que hay muy pocas cosas de interés en el sitio del que somos, mientras que la gente que vive en esta parte del mundo dispone de opciones mucho más emocionantes. Para ser sincera, tengo que estar de acuerdo con ella, aunque me esfuerzo al máximo para hacer que mi vida inglesa, por modesta que sea, suene un poco más interesante de lo que en realidad es.
—Supongo que cada lugar tiene sus pros y sus contras —reflexiona Harvey mientras coge con su tenedor un par de patatas fritas—. Aquí hace mejor tiempo, y está claro que es una maravilla poder ir a la playa siempre que queramos. Pero, por otro lado, existe un gran problema social porque hay muchos vagabundos, hay mucha gente que no tiene un hogar. Y luego está el tema de las armas. Da la sensación de que en cualquier momento va a salir en las noticias otro tiroteo masivo.
Comento que las armas de fuego y la facilidad con la que se puede hacer mal uso de ellas en este país deben preocupar a muchos
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estadounidenses, y luego formulo algunas preguntas sobre cómo Harvey, y también Daryl, se las pueden apañar para convivir con semejante amenaza latente.
—Te acostumbras, no te queda otra —responde Daryl, encogiéndose de hombros—. Aquí hay mucha gente que tiene armas, pero la mayoría las usan correctamente.
—Es verdad. Apuesto a que a vosotros, los británicos, os parecerá una locura que la gente tenga armas, pero aquí que un ciudadano posea una es algo tan normal como el tiempo lluvioso y los campos verdes para vosotros —añade Harvey con una sonrisa.
—¿Tú tienes un arma? —pregunta entonces Ellie a Harvey, y justo antes de responderle, noto que lanza una mirada a Daryl.
—No, yo no tengo armas —contesta. Acto seguido, llena su plato con más patatas fritas y cambia de tema, para comentar posibles planes para mañana. Pero, mientras habla de la posibilidad de visitar Santa Mónica, yo estoy pensando en si ha sido sincero en esa respuesta. No tengo una razón de peso que me impida creerle, pero ha habido algo extraño en esa mirada que ha lanzado a su hijo antes de responder, y eso me hace dudar de si ha tratado de asegurarse de que Daryl no respondiera antes que él y ofreciera una respuesta diferente.
—¿Qué te parece, Dawn? —me pregunta Harvey, y me doy cuenta de que, inmersa en mis pensamientos, me he perdido un poco de la conversación.
—¿Qué me parece? —repito, insegura.
—Me refiero a mañana —dice Harvey, sonriendo—. ¿Hay algo en particular que quieras a hacer?
—Ah… Mmm… No, no tengo ninguna exigencia. Me adapto a lo que surja.
—Genial entonces —dice Harvey.
Seguimos comiendo, y cuando estamos a punto de terminar de hacerlo, noto que Ellie y Daryl están bostezando. Pero ¿estarán de verdad cansados o lo único que pretenden es retirarse de la mesa para poder quedarse a solas?
Una vez más, como parece haber hecho varias veces desde que he llegado, Harvey me lee la mente y aborda el tema de cómo vamos a dormir esta noche, para que los cuatro podamos hablar de ello.
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—Dawn y yo hemos estado conversando —empieza a explicar mientras mira a los chicos, que están al otro lado de la mesa—. Hemos decidido que no vamos a ser demasiado carcas y obligaros a dormir en habitaciones separadas. Estoy seguro de que, si lo hiciéramos, acabaríais encontrando la forma de cruzar sigilosamente el pasillo en mitad de la noche. Pero queremos que seáis sensatos y respetuosos.
Ellie y Daryl parecen felices de haber recibido luz verde para dormir juntos durante esta semana, aunque hay que reconocer que también están un poco avergonzados por el hecho de que sus padres se hayan detenido a charlar sobre ello. A pesar de que Harvey y yo hablamos un poco del tema en la piscina, yo no soy consciente de haber llegado a ningún acuerdo al respecto. Pero Harvey parece creer que sí.
—Intentad dormir un poco —les dice a Daryl y Ellie con un guiño, que no me gusta un pelo porque, la verdad, no me agrada que les insinúe que se podrían pasar despiertos toda la noche haciendo algo que no sea dormir.
Acabamos de llegar a esta casa.
¿No va todo demasiado rápido?
Ellie y Daryl no parecen pensar lo mismo porque, tras volver a bostezar, dicen que han terminado de cenar y se levantan para llevar sus platos vacíos a la cocina.
—No os preocupéis por recoger, yo me encargo —dice Harvey, y ese es todo el estímulo que la pareja necesita para levantarse de la mesa e irse a otra parte a «relajarse».
—Un segundo, Ellie —digo, y me levanto de la mesa para seguirla—. Metí el cargador de mi móvil en tu maleta y necesito cogerlo. ¿Me ayudas un momento?
Ellie parece confundida, como no podía ser de otra manera, porque no he metido el cargador del móvil en su maleta. Pero necesitaba inventarme alguna excusa para tener un momento de privacidad con ella y, una vez en su dormitorio, cierro la puerta para que Harvey y Daryl no puedan oír lo que estoy a punto de decirle.
—Sé prudente, Ellie —le digo a mi hija, que ya me ha preguntado qué estoy haciendo—. Entiendo que sois dos adultos, libres de tomar vuestras propias decisiones, pero no te precipites si no estás preparada. Vamos a estar aquí una semana, así que hay tiempo de sobra si quieres tomarte las cosas con calma.
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—Estoy bien —responde Ellie, resoplando y quejándose, como haría cualquier hija si sus padres trataran de hablar con ella sobre sexo. Aunque yo no soy ninguna puritana ni tampoco una ingenua. Estoy segura de que mi hija ya se ha acostado con otras personas teniendo la edad que tiene, aunque no es que me cuente ese tipo de cosas. Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que no estamos ante un escenario normal.
—Sé que llevas un tiempo hablando con Daryl por Internet —continúo diciéndole, y mi hija sigue con su gesto de desaprobación en la cara—, pero eso no es lo mismo que conocerlo en persona. Así que, antes de precipitarte y hacer algo de lo que luego te puedas arrepentir, no tengas miedo de hablar un poco más, lo que haga falta. Conócelo un poco mejor, ¿vale? Y, por supuesto, decidas lo que decidas, toma precauciones.
—¡Mamá!
Ellie ya ha tenido suficiente e intenta echarme de su dormitorio, pero, en fin, ya le he dicho todo lo que venía a decirle, así que me dejo arrastrar hacia al pasillo. Al salir, veo a Daryl merodeando un poco incómodo junto a la puerta de su habitación y, cuando me ve, esboza la sonrisa tímida de un joven que tiene que fingir que, en realidad, no está deseando acostarse con mi hija.
Todavía es un poco temprano como para quedarme arriba, y además tampoco sería demasiado educado por mi parte porque Harvey tendría que encargarse de recoger él solo las cosas de la cena, así que bajo para ir a su encuentro, dejando a los chicos arriba, libres de hacer lo que les venga en gana.
«Relájate», me digo a mí misma mientras me encamino de vuelta hacia la mesa y veo a Harvey recogiendo los platos sucios. «Ellie ya es mayorcita, tomará decisiones sensatas».
Tengo que confiar en ella, no hay más.
Al igual que estoy teniendo que confiar en Daryl y Harvey.
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CAPÍTULO 15
DAWN
Para tratar de sobrellevar de la mejor forma posible la incomodidad que nos produce imaginar lo que nuestros hijos podrían estar haciendo arriba, Harvey y yo hemos decidido servirnos otra copa de vino y volver a acomodarnos junto a la piscina.
Es una noche cálida, maravillosa, y el sonido de los grillos llena el ambiente mientras estamos sentados cerca del agua, tranquila, y disfrutamos de nuestras bebidas frías viendo cómo el sol se pone al final de mi primer día en el sur de California. Pero, tras un viaje muy muy largo y con mi cuerpo todavía fuera de ritmo por completo, no puedo evitar bostezar un par de veces. Al hacerlo, me siento mal, porque es un poco grosero hacer algo así en compañía de otra persona. Pero a Harvey no parece importarle, aunque, teniendo en cuenta lo que me dice a continuación, no parece aún dispuesto a dejarme ir a la cama.
—Espero que no te haya molestado que les dijera a Ellie y a Daryl que podían dormir juntos —dice mientras degusta lentamente su copa de vino
—. O sea, sé que antes lo estuvimos hablando, pero la verdad es que ni siquiera me dijiste si te parecía bien o no. Debería haberme asegurado de ello.
—No, no te preocupes, me parece bien, de verdad.
—Es que yo sé muy bien lo que significa dormir solo y despertarse solo desde que… bueno, ya sabes a lo que me refiero —prosigue Harvey —. No es que sea algo muy divertido, ¿verdad? Además, dormir con otra persona no significa que todo gire en torno al sexo. Hay otras cosas estupendas, como el mero hecho de sentirte cerca de otro ser humano. La
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intimidad. Tener ese tipo de conversaciones que solo puedes tener cuando estás tumbado al lado de otra persona en medio de la noche.
Harvey parece triste en este instante, seguramente nostálgico al recordar un tiempo en el que contaba con una persona al lado de la cual podía tumbarse y charlar, una persona que era su difunta mujer, que lo abandonó tan abruptamente como Sean me abandonó a mí. Antes vi un par de fotos de Jodie por la casa, pero no quise sacar el tema demasiado pronto. Supongo que este sí que podría ser un momento adecuado para preguntarle por fin a Harvey por la mujer con la que estuvo casado. Al fin y al cabo, si vamos a estar toda la semana juntos mientras nuestros hijos se escabullen una y otra vez para quedarse a solas, vamos a necesitar hablar de tantas cosas como seamos capaces porque, si no, nos arriesgaremos a que se produzcan muchos silencios hasta que vuele de regreso a casa.
—¿Cómo pudiste sobrellevarlo? —le pregunto mientras miro mi copa —. El perder a Jodie, quiero decir.
—¿La verdad? No estoy seguro de que realmente lo hiciera — responde Harvey, y suspira hondo—. Bebí demasiado, dormí muy poco y comí fatal. ¿Y tú?
—Pues igual —confirmo, encogiéndome de hombros con una expresión de tristeza en el rostro—. No sé muy bien cómo sobreviví al mirarlo en retrospectiva.
—Yo tampoco. Supongo que seguí adelante por Daryl, igual que harías tú por Ellie. Pero no fue fácil, y todavía sigue sin serlo.
Aunque no es la primera vez desde que perdí a Sean que estoy junto a una persona que está en duelo por la muerte de su cónyuge, sí que es la primera ocasión en la que me siento preparada para poder conversar sobre ello. La razón que lo explica es que las sesiones de terapia de grupo a las que asistí en Inglaterra se produjeron demasiado pronto para mí, aún lo tenía todo demasiado reciente. Desde entonces, solo me he sincerado con mis amigas, que siempre son comprensivas y se muestran empáticas, pero que, por suerte, no han tenido que pasar por lo mismo que yo.
—Las noches son sin duda lo más difícil de todo —admito—. Durante el día puedes estar más o menos ocupada, así que no te da demasiado tiempo a pensar en ello. Pero por la noche, cuando todo se calma, es cuando me resulta más difícil. Supongo que esa fue la razón por la que empecé a hacer turnos de noche en el sitio en el que trabajo.
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—Los fines de semana también son muy duros —dice Harvey con un hondo pesar—. En general, la semana no se lleva muy mal si piensas en que, en general, todo el mundo está ocupado con sus trabajos. Pero durante el fin de semana se reúnen las familias y los amigos. Es el momento de socializar. Y no es divertido cuando tu mejor amiga no está presente para hacerlo.
Si mi corazón no estuviera ya roto, se estaría rompiendo en este instante al escuchar al hombre que tengo sentado a mi lado junto a esta piscina. Pero, como ya lo está, al final se trata sin más de dos personas heridas compartiendo una bebida mientras el cielo se oscurece cada vez más sobre nuestras cabezas.
—La echo de menos todos los días y sé que eso nunca cambiará —dice Harvey, y yo noto la ausencia del anillo de casado en su dedo; no es la primera vez que me percato de ello desde que hemos llegado. Él se da cuenta de que estoy fijándome en eso, y decide reconocerlo sin más.
—Dejé de ponérmelo hace un par de meses —me dice—. No quería quitármelo, pero era un recordatorio constante de mi mujer que llevaba conmigo a todas partes, así que pensé que dejar de verlo todos los días a todas las horas me ayudaría un poco.
—Lo entiendo —digo, aunque es obvio que no he llegado a la misma conclusión que él por el hecho de que yo todavía me pongo el mío, algo que no pasa desapercibido para Harvey.
—Supongo que en algún momento tendré que intentar hacer el esfuerzo de pasar página —me dice mientras se frota el lugar en el que una vez estuvo colocada su alianza—. Y me imagino que sería bastante incómodo tener una cita con una nueva mujer llevando un anillo de casado. Podría confundirla un poco.
Nos reímos, y es un instante de alivio muy bienvenido tras un rato de mucha carga emocional.
—¿Crees que estás preparado para conocer a alguien? —le pregunto mientras el viento agita las hojas de las palmeras que hay junto a la valla del jardín.
—No lo sé. A ver, yo creo que debería intentarlo. O eso, o me pasaré el resto de mi vida solo —dice Harvey, encogiéndose de hombros—. Daryl no va a vivir aquí conmigo para siempre, y cuando se vaya, me quedaré solo en esta casa. Es bonita, pero no me la imagino muy divertida si tengo que disfrutarla sin ninguna compañía.
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—Supongo que dependerá de lo que te haga sentir bien en cada momento.
—Me imagino que sí. ¿Y tú?
—¿Y yo qué? —pregunto, mucho más cómoda haciendo las preguntas que teniendo que responderlas.
—¿Estás lista para conocer a alguien? —¿Para una cita? Qué va. Creo que no. —¿Demasiado pronto aún?
—Sí. O sea, no. A ver, no estoy segura. Es solo que…
—No te preocupes, solo era una pregunta. No tienes por qué explicarme nada.
—No, no pasa nada —le digo, consciente de que hablar de ello podría hacerme mucho bien de cara al futuro—. Supongo que nunca podré decir que lo he superado de verdad si no me doy a mí misma la oportunidad de enamorarme de otra persona. Tal vez si fuera mucho mayor no le encontraría el sentido, y podría ser lo suficientemente feliz estando sola durante mi vejez. Pero, como te pasa a ti con Daryl, Ellie tampoco va a vivir conmigo para siempre, y no me gusta la idea de estar sola durante los próximos treinta o cuarenta años.
Se hace el silencio entre nosotros y, al cruzar nuestras miradas, las sostenemos durante unos instantes. Al hacerlo, noto que pasa algo entre los dos. Por eso, de repente, salgo del trance y dejo la copa sobre la mesa, antes de decir que ya es hora de que me vaya a dormir.
—Que duermas bien —me dice Harvey, con esa sonrisa cálida y llena de ternura que ofrece con tanta naturalidad cuando me levanto para entrar en la casa.
Le agradezco la hospitalidad tan maravillosa que nos ha ofrecido hasta ahora antes de darle las buenas noches.
El aire acondicionado del interior es un alivio para mi rostro sonrojado mientras voy atravesando la casa y comienzo a subir las escaleras. Sé muy bien que el rosé no es en esta ocasión lo que ha hecho que mis mejillas se sonrojen.
¿Acaba de pasar algo entre Harvey y yo ahí fuera junto a la piscina? Si es así, no solo sería algo un poco incómodo, sino completamente
inapropiado. Nuestros hijos están saliendo juntos, así que entre nosotros no puede pasar nada, y tampoco es que yo quiera que pase en cualquier caso. Este viaje gira en torno a Ellie y Daryl y su romance en ciernes, y no tiene
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nada que ver con los afligidos padres de ambos, que llevan mucho tiempo sin que nadie los ame. ¿Quién sabe lo que les deparará el futuro a nuestros hijos? Ellie y Daryl podrían terminar casándose, y eso significaría que Harvey y yo estaríamos emparentados de alguna forma. Por eso no podemos hacer nada que pudiera provocar que eso fuera algo raro.
Así que nada de sostener miradas durante un rato.
Quizá, nada de charlas profundas a altas horas de la noche con una botella de alcohol de por medio.
Y, desde luego, bajo ninguna circunstancia debemos estar lo suficientemente cerca el uno del otro como para besarnos.
Siento que tengo la respiración un poco entrecortada cuando cierro la puerta de mi habitación y me apoyo en ella, mirando la maleta que tengo sobre la cama y pensando que todo esto no son más que tonterías mías. Es la consecuencia del cansancio y de la falta de sueño. Lo único que necesito es descansar en condiciones esta noche y permitir que mi cuerpo se adapte por fin al horario americano. Entonces comprenderé que Harvey y yo solo somos dos personas que pueden ser amigos porque nuestros hijos están enamorados. En ese momento, dejaré de pensar en su sonrisa agradable o en lo guapo que es, o en el hecho de que ha conseguido que, en apenas unas horas, me abra más acerca de mi duelo de lo que lo ha hecho cualquier otra persona en los últimos años. Algo que obligatoriamente tiene que significar que ya he establecido una conexión bastante intensa con este hombre.
Me olvidaré de todas esas cosas.
¿No?
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CAPÍTULO 16
ELLIE
Llevaba soñando con ello durante un montón de tiempo, y por fin ha pasado. Daryl y yo nos hemos acostado, ¡y ha sido perfecto! Estaba muy nerviosa, y creo que él también, pero no me importa, porque eso es algo bonito. Nos hemos tomado las cosas con calma, no porque mamá nos lo dijera, sino porque era el ritmo que nosotros queríamos llevar. Pero, una vez que empezamos, todo se desencadenó muy muy rápidamente.
Besa muy bien. Mucho mejor que cualquier otra persona a la que haya besado en toda mi vida. Pero sabía que sería así. Lo tenía claro. Siempre he sabido que era diferente al resto de los chicos con los que he estado, y esta noche me lo ha demostrado.
Ha sido raro saber que nuestros padres estaban en la planta baja, pero tampoco es que tuviéramos otra opción. Por lo menos, no nos han obligado a dormir en habitaciones separadas, aunque mi madre parecía tener dudas al respecto. Pero estaba claro que esto iba a pasar, porque yo no he venido hasta aquí solo para hablar con Daryl. He venido para intimar con él, y ahora que lo he hecho, todo es incluso más especial.
No se me quita la sonrisa de la cara mientras me siento a escribir en mi diario, solo ayudada por la luz de mi teléfono móvil. Al margen de esa escasa luz, la habitación está completamente a oscuras, porque aún no ha salido el sol ahí fuera. Llevo despierta desde las tres de la madrugada gracias al jet lag, pero, en lugar de quedarme tumbada en la cama y aburrirme o despertar a Daryl, he decidido poner al día mi diario.
Es lo primero que escribo desde que aterrizamos en Estados Unidos, y tenía muchas cosas que contar. He escrito sobre lo que sentí al conocer por fin a Daryl, al tocarlo y mirarlo a los ojos. También sobre su padre y lo agradable que parece. Otra cosa que era imposible no mencionar era la
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casa en la que viven, porque es increíble, y estoy segura de que no será la última vez que escriba en este diario algo sobre la piscina. Pero ahora he empezado a describir lo realmente bueno. Daryl y yo lo «hemos hecho», y ha sido tan fantástico que estoy deseando que se despierte para que podamos repetirlo. Aunque ahora está profundamente dormido, porque él no sufre ningún tipo de jet lag, así que voy a dejarlo descansar y a continuar escribiendo.
Supongo que cuando conoces a alguien que te gusta, siempre te preocupa un poco el momento del primer contacto físico con esa persona. ¿Cómo será? Sería genial pensar que no es algo trascendental y que lo único que de verdad importa es la conversación o cómo te sientes por el mero hecho de estar a su lado. Pero las cosas no son así. Para que todo fuera perfecto con Daryl, el sexo también tenía que serlo. ¡Y lo ha sido!
¿Y ahora qué? Ha cumplido con todos los requisitos que yo desearía que un posible novio tuviera. Es amable, divertido, sensible, trabajador, pero todo eso ya lo sabía antes de venir aquí. Lo único que desconocía era cómo sería cuando me tuviera entre sus brazos y nuestros labios estuvieran a punto de encontrarse. Pero ahora que lo sé, ¿qué significa eso de cara a nuestro futuro? No se me ocurre una sola razón por la que no quisiera pasar más tiempo con Daryl. Él tiene todo lo que siempre he querido en un hombre, y ahora que estamos aquí, juntos en la misma cama, no quiero dejarlo nunca.
¿Cómo voy a ser capaz de volverme a Inglaterra y separarme de él sabiendo que estamos hechos el uno para el otro? Sería muy estúpido por mi parte. Estamos destinados a estar juntos y, ahora que lo estamos, no voy a dejar pasar esta oportunidad. Quiero que lo nuestro funcione, pero solo puede hacerlo si no nos vemos obligados a mantener una relación a larga distancia. Y eso significa que uno de los dos tendrá que mudarse para estar con el otro.
O él, o yo.
Hemos hablado un poco sobre eso antes de dormirnos y, aunque Daryl me ha dicho que estaba dispuesto a ir a cualquier parte para poder estar conmigo, también me ha contado que tenía algunas cosas pensadas en relación con su trabajo aquí y que para él sería siempre muy fácil encontrar empleo. Por lo que a mí respecta, podría conseguir un trabajo de camarera en cualquier parte, así que ¿por qué no aquí? No tendría sentido arrastrar a Daryl hasta Inglaterra cuando yo podría mudarme a Estados Unidos sin ningún problema. Además, ¿por qué razón de peso no iba a hacerlo? El tiempo aquí es increíble, ¡y Daryl tiene una piscina! Vale, es la casa de su padre, pero algún día podríamos tener nuestra propia casa con piscina, ¡y eso sería una pasada! Mis amigas de allí se pondrían muy celosas. Por
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supuesto, las echaría mucho de menos, pero podrían venir a verme. Unas vacaciones de chicas en Los Ángeles, aunque para mí no serían vacaciones. Sería mi vida cotidiana. Qué lugar para vivir.
Pero ¿qué pasa con mamá?
Dejo de escribir cuando comienzo a considerar el único obstáculo potencial en esta situación. Es imposible que mi madre quiera que me venga a vivir aquí. Tendría que casarme con Daryl para conseguir un visado, cosa que estoy segura de que podría hacer, pero mamá no querrá que viva tan lejos de casa. Lo entiendo, porque si viviera aquí, se quedaría sola en Inglaterra. La echaría de menos tanto como ella a mí. Pero ¿qué se supone que debo hacer? ¿Sacrificar mi felicidad futura para quedarme cerca de ella?
Tendré que vivir mi vida en algún momento, ¿no?
Será muy incómodo abordar ese tema con mi madre, pero es un problema que puedo dejar para un poco más adelante, no hay necesidad de hacerlo de inmediato. Aunque lo haré pronto, puede que incluso la semana que viene, cuando volemos de vuelta a casa.
¿Llegaré a subirme a ese avión con ella?
Noto un movimiento en la cama; Daryl está despierto y se da la vuelta para mirarme.
—¿Estás bien? —me pregunta al ver con sus ojos entrecerrados y somnolientos mi diario y la luz de la linterna de mi teléfono.
—Perdona, ¿te he despertado? —pregunto, apagando rápidamente la luz y sumiendo de nuevo el dormitorio en la oscuridad—. No me podía dormir. Maldito jet lag.
—¿Qué hora es en Inglaterra ahora mismo?
—Casi mediodía.
—¡Uf! Por eso estás tan despierta.
—Sí…
Dejo mi diario y me acurruco contra el cuerpo caliente de Daryl, con una sonrisa en la cara que disimula perfectamente lo agotada que me siento por la falta de sueño. Sonrío aún más cuando siento que me besa en la parte de atrás de la cabeza y, aunque todavía me siento demasiado despierta como para conseguir volver a dormirme, no me importaría en absoluto quedarme aquí tumbada durante horas, hasta que amanezca.
Pero parece que Daryl tiene otros planes.
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—¿Te apetece una aventura? —me pregunta mientras escucho los latidos de su corazón a través de su pecho.
—¿Qué?
—Hay un lugar al que quiero llevarte. ¿Quieres que vayamos ahora? —Estamos en mitad de la noche.
—Lo sé, pero tenemos que llegar antes de que salga el sol para que merezca la pena.
Daryl enciende la lámpara de la mesilla de noche, lo que nos permite vernos bien. Yo me incorporo un poco.
—¿A qué te refieres? —pregunto.
—Hay un sitio al que voy a veces que tiene las mejores vistas del mundo, y el amanecer desde allí es espectacular. ¿Vamos?
—¿Dónde está?
—No muy lejos de aquí. Puedo conducir hasta allí.
Daryl tiene tal sonrisa en la cara que casi me convence de inmediato para que le diga que sí sin pensarlo más, pero de repente escucho la vocecilla interior de la razón, que me recuerda que quizá no sea una gran idea levantarse mientras nuestros padres aún duermen.
—Es demasiado pronto —contesto, pero Daryl se encoge de hombros, echa hacia atrás el edredón, se levanta y comienza a vestirse.
—No pasa nada. No vamos a hacer ruido ni a despertar a nadie. Venga, vamos.
Todavía no estoy segura del todo, pero, mientras Daryl se viste, razono que no querría llevarme a donde quiera que vayamos si no mereciera de verdad la pena. Tal vez lo haya estado planeando desde que supo que yo iba a venir aquí. Podría ser un gesto romántico impresionante. Si es así, no quisiera ser yo quien se lo estropeara, así que también salgo de la cama y, apenas unos minutos después, los dos estamos vestidos y listo para salir sigilosamente del dormitorio.
Daryl se lleva un dedo a los labios mientras abre la puerta y, acto seguido, salimos al pasillo, que está completamente oscuro, pasamos junto a la puerta del dormitorio en el que está mi madre y bajamos las escaleras. Daryl coge con cuidado las llaves de su coche, que están en un gancho en la cocina.
—Vamos —me susurra. Me lleva hasta la puerta trasera y, en un abrir y cerrar de ojos, salimos de la casa y estamos en medio de la fría oscuridad. Pero ni el frío ni la oscuridad durarán mucho tiempo,
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desaparecerán en cuanto salga el sol dentro de unas horas. Y cuando lo haga, Daryl y yo vamos a estar disfrutando de la mejor vista de la ciudad.
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CAPÍTULO 17
DAWN
Algo me acaba de despertar. ¿Habrá sido el jet lag? ¿Tal vez esta cama desconocida y un poco incómoda? ¿O ha sido el sonido del motor de un coche arrancando ahí afuera?
Intento escuchar en busca de más ruidos, pero no oigo nada, así que cierro los ojos y trato de volver a dormirme. Como los he abierto al escuchar el ruido, sé que aún no ha amanecido, así que no quiero despertarme todavía. Pero el problema es que algo me ha alterado y, a pesar de mis esfuerzos, no me resulta nada fácil volver a dormirme.
Dejo escapar un suspiro frustrado, me tumbo bocarriba y contemplo el techo de esta habitación en la que me encuentro, que me resulta extraña, pues está a miles de kilómetros de la mía. A pesar de haber conseguido descansar un poco, esa sensación de extrañeza persiste.
Me pregunto cómo habrá dormido Ellie. O, bueno, si habrá llegado a dormir algo. Pero mejor no recrearme demasiado en ello, así que me doy la vuelta y vuelvo a cerrar los ojos.
Pasa otro buen rato frustrante, y termino renunciando por completo a la idea de dormirme. Decido que necesito beber un poco de agua. Por desgracia, no he sido nada previsora y no me he subido un vaso a la cama, así que tendré que bajar a la cocina a por uno. Pero no pasa nada, porque una de las muchas cosas que me explicó Harvey cuando me enseñó la casa para hacerme sentir como en la mía es que él no enciende la alarma por la noche, así que no tengo que preocuparme de desactivarla si me levanto en algún momento. Supongo que es otra de las ventajas de vivir en un barrio seguro, pero, en cualquier caso, intento ser lo más silenciosa posible
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cuando salgo de mi habitación y bajo las escaleras, porque detestaría ser esa invitada insoportable que despierta al anfitrión cuando se queda a dormir en su casa. Puede que de momento le caiga bien a Harvey, pero supongo que la novedad de mi presencia en su hogar pronto dejará de significar nada si me paso toda mi estancia perturbando su sueño.
Bajo las escaleras sin pisar ni un solo peldaño que cruja, porque me da a mí que en esta casa no hay nada que sea tan viejo como para eso. Entro en la cocina y voy en busca de un vaso. No es fácil encontrar lo que buscas en las estanterías de una casa ajena, así que tardo un rato en dar con lo que necesito. Cuando lo hago, me dirijo hacia el grifo.
Una vez lleno el vaso, bebo un buen trago de agua fría que, aunque me resulta muy refrescante, también sirve para despertarme más todavía, y ahora soy muy consciente de que no tiene sentido que vuelva a acostarme.
Estoy despierta, pero aún es plena madrugada.
¿Qué debería hacer?
Supongo que lo obvio sería comportarme igual que lo haría en mi casa si me despertara en mitad de la noche, lo que significaría ponerme a ver la televisión un rato. No tengo ni idea de lo que pueden estar retransmitiendo a estas horas, pero seguro que pronto empezará algún programa de entrevistas matutino de esos típicos americanos, digo yo.
Estoy a punto de salir de la cocina en busca de la televisión cuando me fijo en una puerta cerrada que hay junto al frigorífico. La había visto antes, pero no tengo ni idea de a dónde conduce, porque Harvey no me lo enseñó en el tour que me hizo esta tarde por la casa. Tal vez sea una simple despensa y no haya nada interesante en ella. O quizá sea el cuarto donde se encuentre la lavadora y algunos enseres domésticos viejos, lo que tampoco sería especialmente atractivo. Pero me pica la curiosidad lo suficiente como para ir a echar un vistazo, así que me acerco a la puerta y, cuando giro el pomo, casi voy con la esperanza de encontrar algo que me apetezca comer mientras veo la tele. Después de todo, Harvey me repitió una y otra vez que intentara sentirme como en mi casa. Pero abro la puerta, y enseguida compruebo que no se trata de un lugar en el que se guarde comida, ni tampoco un cuarto para enseres.
Lo único que alcanzo a ver son unos escalones que bajan hasta lo que presumo que debe ser el sótano.
Parece que ahí abajo todo está muy oscuro, así que lo primero que pienso es volver a cerrar la puerta y quedarme aquí arriba. Pero no dejo de
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preguntarme qué puede haber ahí abajo, y por qué Harvey no me contó que en esta casa había un sótano. Dudo que esté ocultándome nada, pero, teniendo en cuenta las ganas que tenía de enseñármelo todo nada más llegar, debe existir una razón por la que consideró que esta era la única parte de su vivienda que debía seguir siendo un misterio para mí.
Busco un interruptor para encender la luz, pero lo que encuentro es una especie de cuerda que cuelga del techo. Al tirar de ella, se enciende una bombilla al pie de la escalera. Eso me permite ver la profundidad del sótano, así como su contenido.
No se trata de una estancia que tenga demasiada profundidad, pues solo hay seis o siete escalones hasta abajo, pero lo que está claro es que aquí hay un montón de cosas. Observo muchas cajas de cartón, unas apiladas encima de otras, otras solas y unas cuantas abiertas como si las hubieran inspeccionado recientemente.
«Bah. Es un sótano lleno de cosas viejas. Apaga la luz, cierra la puerta y vete a ver la tele».
Eso es lo que me digo a mí misma.
Pero no es lo que hago.
Bajo sigilosamente las escaleras, con cuidado porque estoy descalza y voy andando sobre peldaños de madera llenos de polvo y no quiero pisar un clavo o algo parecido. Pero, cuando llego abajo, ya soy capaz de ver algo más.
O bueno, mejor dicho, lo que puedo ver son más cajas.
Supongo que es aquí donde Harvey guardará todas las cosas que no usa o que en realidad no quiere. Al igual que en el desván de mi casa, este parece ser el lugar que ha elegido para acumular todas las cosas que aún no ha desechado. Mi desván está lleno de fotografías viejas, papeles de todo tipo, libros y juguetes de cuando Ellie era pequeña, y supongo que todas estas cajas estarán repletas de cosas parecidas. No me extraña que Harvey no me enseñara antes este lugar. Probablemente se avergüence de todo el desorden que ha ido acumulando a lo largo de su vida y no quiere que yo piense que es ese tipo de persona que almacena cosas de forma compulsiva.
Me acerco hasta la caja que me queda más cerca y miro en su interior, esperando encontrar documentos variados, marcos de fotos sin usar o alguna otra cosa de esa naturaleza bastante común. Pero lo que en realidad encuentro son varios pares de zapatos de mujer.
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Saco una bota negra muy elegante, la contemplo durante un instante, la guardo de nuevo y abro una segunda caja. En ella hay unos vaqueros desteñidos y un par de camisas, dobladas cuidadosamente e igual de estilosas que los zapatos. Comprendo enseguida de qué se trata.
Todo esto debió pertenecer a Jodie.
Y Harvey aún no se ha atrevido a deshacerse de ello.
Me invade una pena muy profunda; echo un vistazo a un par de cajas más y confirmo mi teoría. Sí, se trata de las pertenencias de Jodie, que ya no se usan ahora que ha fallecido, pero que siguen en esta casa porque me imagino que es el lugar al que pertenecen. Sin embargo, en vez de estar guardadas en los armarios de la planta superior, ocupando espacio en el dormitorio que compartía con su marido, ahora están aquí abajo, relegadas a este sótano oscuro y polvoriento, y todo porque la vida es injusta e impredecible.
Decido que sería una falta de respeto seguir tocando esas cosas ahora que ya sé lo que las cajas contienen, así que me dispongo a salir del sótano, pero, al hacerlo, golpeo accidentalmente una caja que tengo detrás, y todo lo que había dentro de ella termina desparramado por el suelo.
—¡Oh, no! —exclamo, aterrorizada ante la idea de que alguno de los que está durmiendo en la planta de arriba haya oído el ruido y odiando la posibilidad de que Harvey baje hasta aquí y me encuentre toqueteando todos los recuerdos que tiene de su mujer.
Arrodillada, intento volver a meter los objetos en la caja, que en su mayoría consisten en papeles y fotos. Veo un par de imágenes de Jodie con Harvey y Daryl y las deposito de nuevo en la caja, con cuidado pero lo más rápido que puedo. Es en este momento cuando cojo una foto en la que aparece una mujer que no es ella.
La mujer de esta fotografía es mucho más joven, de poco más de veinte años, diría yo, y tiene el pelo oscuro y una bonita sonrisa. Aparece de pie junto a Daryl, que la rodea con el brazo. ¿Será una amiga suya o tal vez una exnovia? Si fuera lo segundo, mejor que haya visto yo esta foto, y no Ellie. Pero, cuanto más miro, más me suena la cara de la mujer de alguna parte, aunque no consigo ubicarla.
Entonces caigo en la cuenta.
Es la joven que aparecía en el cartel de persona desaparecida que vi cuando venía de camino desde el aeropuerto hasta esta casa.
Es Aubree.
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O sea que… ¿Daryl la conocía? Eso debe significar que Harvey también. Pero, si es así, ¿por qué no me comentó nada cuando le pregunté en el coche sobre el cartel?
¿Estaría muy unido a ella y, si es así, le afecta demasiado hablar de ello?
¿O había alguna otra razón por la que no me explicó que tanto él como su hijo la conocían?
¿Sabrán lo que le pasó a esa mujer?
No sé la respuesta a ninguna de esas preguntas, pero tengo claro que es un asunto que querré detallarle a Ellie la próxima vez que nos quedemos solas. Aunque para ello voy a necesitar pruebas. Es por eso por lo que, con mi teléfono, hago una foto de la imagen para poder enseñársela cuando tenga la oportunidad. Nada más hacerlo, un ruido proveniente de la parte superior de la escalera me sobresalta y, al darme la vuelta, veo a Harvey bajando hacia el sótano.
—¿Qué estás haciendo? —me pregunta justo después de que haya guardado mi teléfono, sin que Harvey haya podido verlo.
—¡Nada! —exclamo, demasiado rápido como para parecer inocente. A pesar de intentar guardar las fotos en la caja y volverla a colocar en su posición vertical anterior, el esfuerzo es inútil porque Harvey me ha visto y sabe de sobra que he estado fisgoneando.
¿Debería preguntarle sobre la mujer que aparece con Daryl en la foto?
¿O sería más prudente dejarlo estar?
En un instante, tomo la decisión de no mencionarle nada porque, aunque estoy segura de que no hay nada siniestro en esta situación, más vale no correr riesgos y no interrogar a Harvey sobre un tema potencialmente peligroso teniéndome acorralada aquí abajo, en su sótano.
—Lo siento. No podía dormir. No estaba husmeando, es que me he perdido y he tirado una caja sin querer.
Intento salir del sótano, con la esperanza de dejar atrás Harvey y subir las escaleras ahora que ya he colocado todo en su sitio. Pero es en ese instante cuando se interpone en mi camino y me bloquea la salida. De repente, este hombre me da miedo.
—¿Qué haces? —le pregunto, levantando la vista hacia él.
Harvey me mira fijamente con una expresión muy seria en el rostro. Pero no dice nada, así que vuelvo a intentar pasar. Esta vez, alza las manos y me agarra por los brazos.
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Tal vez sea el cansancio lo que esté alimentando mi paranoia, pero entro en pánico y hago lo único que puedo hacer, que es gritar el nombre de Ellie, esperando poder despertarla y que baje a ayudarme. Sin embargo, cuando lo hago, Harvey se limita a mover la cabeza de lado a lado.
—No te molestes —dice con un tono frío—. No está.
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CAPÍTULO 18
ELLIE
El cielo sigue completamente negro mientras Daryl conduce hacia fuera de la ciudad, y yo reprimo otro bostezo sentada en el asiento del copiloto, preguntándome a dónde nos estaremos dirigiendo.
—¿Cuánto falta para que lleguemos? —pregunto, esperando no sonar como el típico niño irritante cuando hace esa pregunta, pero estoy como loca por saberlo. No porque esté preocupada, solo por curiosidad.
—No mucho —responde Daryl, antes de quitar una mano del volante y encender la radio.
Primero suena una canción country, pero juguetea con el dial hasta que encuentra algo un poco más acorde con nuestros gustos, y cuando en los altavoces suena el bajo de un tema más animado, Daryl me dedica una sonrisa y vuelve a concentrarse en la carretera.
Sus manos tamborilean sobre el volante de su coche, el cual, según me ha contado, le compró su padre cuando cumplió veintiún años. No es que sea el vehículo con más glamour que haya visto en mi vida, y además al interior no le vendría nada mal una buena limpieza, pero Daryl parece estar bastante satisfecho con él, ¿por qué no iba a estarlo? A nuestra edad, nos da exactamente igual qué coche conduzcamos, lo único que nos importa es poder hacerlo.
Reclino un poco el asiento, me quito los zapatos y apoyo los pies en el salpicadero. A Daryl no parece importarle, porque ahora le resulta evidente que estoy relajada, disfrutando del viaje. Me imagino que habrá agradecido que haya dejado de molestarle con preguntas relacionadas con el sitio al que vamos y cuándo llegaremos a él. Todo lo que sé es que tiene
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algo que ver con el amanecer, para el que ya no falta mucho, así que supongo que me estará llevando a algún mirador desde el que podremos ver salir el sol sobre la ciudad.
¿Cuál es el sitio ese que aparece en las películas? Ese al que van los personajes y desde el que contemplan Los Ángeles con los rascacielos a lo lejos y el cartel de Hollywood en una colina cercana… ¿El Observatorio Griffith? ¿Allí nos dirigimos? Podría ser, pero no quiero mencionárselo a Daryl, no vaya a ser que esté en lo cierto y me cargue esta gran sorpresa que me ha preparado. Si no es allí, supongo que iremos a algún sitio parecido.
Un lugar alto.
Un lugar desde el que podamos verlo todo.
Un lugar en el que podamos estar solos.
No puedo predecir con exactitud cómo va a discurrir la mañana, porque aún no hemos llegado a nuestro destino, pero el mero hecho de que Daryl intente hacer algo romántico por mí le sirve para encabezar la lista de chicos con los que he estado en el pasado. Ninguno de ellos intentó hacer nada especialmente bonito por mí. Ni flores ni bombones ni, por supuesto, atardeceres espectaculares. Les bastaba con emborracharme para que hiciera algo más que darles un beso, y, por lo que me han contado mis amigas, así eran también todos sus novios. Pero Daryl no solo está superando mis expectativas —bajas, lo admito— sobre los hombres, sino que está haciendo imposible siquiera imaginar que pueda conocer a un chico que sea mejor que él.
Mientras recorremos las calles oscuras y desiertas, se me ocurre una idea y saco el móvil. Es mediodía en Inglaterra, así que todos mis amigos estarán despiertos, y eso significa que, si comparto ahora mismo algo en mis redes, podrán verlo de inmediato. Consciente de que aún no he subido nada que documente mi viaje, decido grabar un vídeo breve en el que salga en el coche con Daryl para subirlo a Instagram. Seguro que una publicación así hará que todos mis seguidores de allí sientan mucha envidia de que yo esté divirtiéndome en Los Ángeles mientras ellos están viviendo otro día monótono allí en el Reino Unido.
Saco un par de fotos por la ventanilla antes de empezar a grabar, moviendo el móvil por el coche, asegurándome de sacar a Daryl conduciendo.
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—¿Qué estás haciendo? —me pregunta, desviando la mirada de la carretera hacia el dispositivo, que sostengo muy cerca de su cara.
—Grabando algo para mi Instagram —respondo. Dejo de hacerlo, y le echo un vistazo el vídeo. Feliz con el resultado, empiezo a escribir un pie de foto para acompañarlo, decidiendo que «Recorriendo Cali a las cuatro de la madrugada» es una opción que funciona muy bien. Pero, justo antes de subirlo, Daryl manifiesta una objeción.
—No lo subas a Internet si salgo yo —dice, sonando de repente muy tímido, lo cual es raro porque nunca me ha parecido que pudiera serlo.
—¿Qué? ¿Por qué?
—No sé. Es que no me gusta. No soy muy fan de las redes sociales.
—Pero no va a aparecer en tu cuenta, sino en la mía.
—¿Y? La gente lo va a ver de todas formas.
—Sí, esa es la idea de las redes sociales —bromeo.
—No quiero que lo subas.
—¿Por qué no?
—Porque no.
Me siento muy confundida, pero Daryl se gira hacia mí y me sonríe. —Lo siento. No me importa que quieras poner cosas en Internet sobre
lo que estamos haciendo; tendrás muchas oportunidades de hacerlo cuando vayamos a la playa. Pero esto es algo privado entre tú y yo. ¿Podemos mantenerlo así?
—¿Algo privado?
—Sí, solo para ti y para mí. No tenemos que compartirlo todo con el mundo, ¿no?
—Supongo que no.
—¿Qué tal si hacemos alguna foto bonita cuando lleguemos y la subes?
—Vale. Pero también podría subir este vídeo. Creo que está genial. —Vas a poder grabar algo mucho mejor que eso cuando lleguemos, no
te preocupes.
Daryl me guiña un ojo y, justo después, sale de la carretera por la que vamos, y observo que estamos entrando en la autopista.
—¿Cómo de lejos está el sitio este? —vuelvo a preguntar.
—Justo a las afueras de la ciudad —dice Daryl.
—Me suena a que está bastante lejos.
—No, no tanto.
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Mientras Daryl acelera por la autopista, despejada, me da por meditar qué pensará mi madre si se despierta y descubre que me he escapado en secreto hacia algún lugar que está muy lejos de donde se supone que yo debería estar.
—Menos mal que estamos haciendo esto de madrugada —dice Daryl, con el pie todavía pisando el acelerador a fondo y el velocímetro acercándose a los ciento cincuenta kilómetros por hora—. Esta autopista tendrá un atasco enorme en apenas un par de horas, cuando todo el mundo salga de casa para ir a trabajar.
Puede que sea así, pero en este momento tenemos la carretera para nosotros solos, y por eso no tardamos en dejar atrás la ciudad. Las luces brillantes parpadean a lo lejos, los edificios cada vez escasean más, y parece que nos estuviéramos adentrando en el desierto.
Apenas puedo distinguir las cumbres de algunas montañas a lo lejos a través de una penumbra inquietante mientras seguimos avanzando a toda velocidad por una larga recta de asfalto que se adentra en lo que parece un páramo completamente yermo. Es una locura pensar que hace unos instantes estábamos rodeados de cemento y casas enormes, y ahora solo divisamos inmensos espacios desérticos.
Es entonces cuando me doy cuenta de que, aunque quisiera, ya no podría subir nada a mis redes sociales, porque ya no tengo cobertura y, aunque la radio parece seguir funcionando, mi teléfono no tiene demasiada utilidad.
—¿Cuánto nos queda? —le pregunto a Daryl. Ahora estamos avanzando a una velocidad lo suficientemente rápida como para quitar los pies del salpicadero y sentarme un poco más erguida en mi asiento, por si hubiera que pisar el freno en un imprevisto.
—No mucho —responde Daryl, que sube volumen de la canción que suena en la radio—. Ponte cómoda y relájate.
Vuelve a tamborilear con las manos en el volante y, en apariencia, está completamente relajado. ¿Por qué yo no? ¿Por qué no puedo hacer lo que me dice y calmarme?
¿Por qué estoy preocupada?
Se supone que esto es una especie de aventura, ¿no? Un viaje fugaz y divertido por carretera con mi novio. Una travesía por algunos de los rincones más remotos de América. Este es el tipo de emociones que he
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ansiado mientras trabajaba como camarera en ese restaurante de mala muerte de mi ciudad.
¿Por qué, entonces, no estoy emocionada?
¿Será porque de repente me he dado cuenta de que me estoy dirigiendo hacia el medio de la nada con un chico al que no conozco tan bien como me gustaría pensar?
¿Será porque tengo claro que mi madre se pondría completamente histérica si se enterara de que me he dejado poner en una situación que podría ser peligrosa sin haberle contado nada a ella antes?
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CAPÍTULO 19
DAWN
—¿Dónde está mi hija?
A priori, la pregunta es bastante sencilla de responder, pero el hombre al que se la acabo de formular no es capaz de hacerlo. Harvey sigue de pie frente a mí, bloqueándome la salida del sótano, el lugar en el que acabo de ver una foto en la que aparece su hijo junto a esa mujer desaparecida a la que nadie parece saber qué le ha ocurrido.
—¡Harvey! ¿Qué está pasando aquí?
Cada vez me encuentro más alterada, con más angustia, y, al darse cuenta de ello, Harvey vuelve a hablar por fin. Cuando lo hace, me deja atónita.
—No tengo ni idea. Me acabo de despertar y he visto que el coche de Daryl no está.
—¡¿Qué?!
—Me he levantado para ir al baño. Nunca duermo bien cuando he bebido vino por la noche. He mirado fuera y he visto que el coche de Daryl no estaba en la entrada. He ido a su habitación y me he encontrado la cama vacía. Luego he ido buscarte a ti a la tuya, pero tampoco estabas.
¿Me estará diciendo la verdad? —¿Se han ido los dos? —le pregunto. —Sí, eso parece.
—¡Pero si estamos en plena madrugada! —Lo sé, a mí tampoco me hace gracia. —¿Qué le está haciendo tu hijo a mi hija?
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Mi pregunta es muy acusadora, pero, si tengo en cuenta la foto que acabo de encontrar, siendo consciente de que Daryl y Aubree se conocían, la verdad es que en estos momentos me temo lo peor.
¿Y si Daryl le causó algún daño a esa chica y está a punto de hacerle lo mismo a Ellie?
—Cálmate, estoy seguro de que estarán bien —dice Harvey, despreocupado—. Probablemente no podían dormir y se hayan ido a dar una vuelta con el coche.
—¿Una vuelta con el coche?
—Sí, seguramente Daryl le estará enseñando a Ellie algunos sitios de interés. Las carreteras están tranquilas a esta hora, así que puede que hayan intentado acercarse un poco al centro de la ciudad.
—No, Ellie no se iría de casa sin decírmelo.
—Ah, ¿no? Daryl lo hace siempre.
—¡Me da lo mismo lo que haga tu hijo, lo único que me importa es que Ellie esté bien!
—¡Seguro que lo está!
—¿Tú crees? ¿Cómo puedes estar seguro?
Miro a Harvey, pero no me responde.
—Tenemos que ir a buscarlos ahora mismo —digo con determinación, y me dirijo de nuevo hacia las escaleras. Por suerte, esta vez Harvey no intenta detenerme y, mientras salgo del sótano, me siento aliviada por haber vuelto a salir de esa estancia claustrofóbica, donde hay un montón de cajas que contienen las cosas de su difunta mujer. Pero es la foto de Aubree lo que no se me va de la cabeza. Ya en la cocina, una vez que Harvey también sube desde el sótano, me planteo hablar de ello con él.
Pero ¿y si fuera un error hacerlo? ¿Y si tanto su hijo como él estuvieran ocultando algo? De ser así, podrían ser capaces de hacer cualquier cosa para que yo no hablara, y en ese caso no podría ayudar a Ellie a salir de la situación en la que se encuentra ahora mismo, sea cual sea. Por eso decido no mencionar la foto todavía y, en vez de eso, se me ocurre intentar hablar con mi hija por teléfono.
—Voy a llamarla —le digo a Harvey, y él me responde que también va a llamar al móvil de Daryl. No sé si lo va a hacer de verdad o no, pero lo cierto es que cuando me ha contado que se ha despertado y no ha visto a nuestros hijos parecía sorprendido de verdad, así que tal vez sí que haga lo mismo que yo.
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Busco el número de Ellie en mi teléfono y la llamo, rezando para que me conteste y me diga que está bien. Con suerte, estará por aquí cerca y no sumida en una situación dramática; tal vez solo hayan ido un momento a una tienda de esas que abren las veinticuatro horas del día para comprar algo de comer y vuelvan rápido a casa. Si es así, no tendré que preocuparme más. Pero, hasta que no esté segura de que está bien, sí que voy a estar preocupada, y mucho, porque en estos momentos mi hija está desaparecida en un país extranjero con un hombre que puede que no sea lo que parece ser.
Pero nada más llamar a Ellie, oigo un contestador que me explica que no es posible conectar mi llamada a menos que actualice mi tarifa.
Maldita sea mi compañía telefónica y sus normas sobre llamadas internacionales.
Como necesito un plan B urgentemente, le pregunto a Harvey si puedo usar su teléfono para llamar a Ellie. Me dice que sí y me entrega su dispositivo, pero me advierte algo.
—Buena suerte. Acabo de probar con Daryl y, o su teléfono está apagado, o está sin cobertura.
Eso no parece muy buena señal; en cualquier caso, lo intento y tecleo el número de Ellie en el móvil de Harvey. Pero, al igual que con Daryl, su móvil parece no estar disponible.
«El móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento», dice el contestador, un mensaje que no ayuda en absoluto a calmar mis nervios. Ahora, sin forma alguna de contactar con Ellie, me va a resultar imposible saber dónde está y si se encuentra bien.
—Relájate, estoy seguro de que están bien —dice Harvey, que sin duda ha percibido mi angustia por la expresión de mi cara.
—Quiero saber a dónde se la ha llevado —protesto. No me sienta nada bien que me diga que me relaje, porque no es él quien está en un país extraño intentando encontrar a su hija desaparecida. Puede que esté tranquilo porque Daryl conoce bien esta zona. Pero Ellie no. Mi hija no es de aquí. Los Ángeles no es su casa, ni tampoco la mía.
Estamos tan lejos de nuestro hogar, del sitio en el que nos sentimos cómodas, que «relajarse» no es una opción. Para nada.
—Bueno, ya que estamos levantados, ¿qué tal si nos tomamos un café? —sugiere Harvey, como si se tratara de una mañana cualquiera. Pero está muy lejos de serlo, y se lo dejo claro diciéndole que me importa una
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mierda el café. Eso parece ser lo que finalmente le hace darse cuenta del nivel de estrés que siento en estos momentos.
—A ver, te entiendo. Tienes un trastorno de ansiedad por separación con Ellie —dice, como si me conociera a la perfección y lo supiera todo sobre mí—. A mí me pasaba lo mismo con Daryl. Es otra de las muchas cosas por las que tuve que pasar cuando perdí a mi mujer, y supongo que a ti te pasaría lo mismo. Sin embargo, el simple hecho que le haya ocurrido algo malo a tu pareja no implica que le vaya a suceder también a tu hijo. Es imposible estar con los hijos todo el tiempo, no puedes seguirlos a todas partes, y menos con la edad que tienen. Tienes que confiar en que todo va a ir bien, no queda otra.
¿Que todo va a ir bien? ¿De verdad se supone que es eso lo que tengo que creer?
—No es ningún trastorno de ansiedad por separación —le respondo a Harvey, desestimando esa idea de la misma forma en la que desestimo el consejo que acaba de darme—. Esto no tiene nada que ver con la pérdida de mi marido; lo único que quiero es asegurarme de que mi hija está segura en su primer día en un país extranjero con un chico al que acaba de conocer.
—Entonces, ¿cuál es el problema? ¿No te fías de que mi hijo esté con tu hija? —me pregunta Harvey, acercándose de repente a la clave del asunto—. ¿Se trata más de un problema que puedas tener con él, y quizá también conmigo, y no con Ellie?
—Yo no he dicho eso.
—Pues eso es lo que me ha parecido.
Podría serle sincera y reconocerle que sí, que tengo mis reservas sobre Daryl, pero tengo la sensación de que eso no serviría precisamente para convencer a Harvey para que me ayude a buscarlos, así que prefiero no admitirlo. En vez de eso, intento emplear otra estrategia.
—Tienes razón —digo, tratando de mostrarme lo más afligida posible para que Harvey comprenda que estoy asustada de verdad—. Probablemente sea ansiedad por separación, y sé que es algo que en algún momento tendré que aprender a gestionar. Pero, de momento, centrándonos en el presente, por favor, ¿podrías ayudarme? ¿Se te ocurre algún lugar al que Daryl pudiera haber llevado a Ellie?
Miro a Harvey con esperanza y algunas lágrimas en los ojos y, cuanto más lo hago, más atención parece prestarme. Entonces, de repente, parece
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que se le ocurre algo.
—Hay un lugar al que puede que la haya querido llevar —dice mientras se pasa una mano por la barba incipiente de su mentón bien marcado—. Puede que me esté tirando un triple, pero sé que ha estado allí en otras ocasiones, y además podría ser una buena explicación de por qué ninguno de los dos tiene cobertura.
—¿Dónde está ese sitio? —pregunto, dispuesta a salir de inmediato, aunque está claro que no podemos hacerlo porque ninguno de los dos está vestido adecuadamente para salir a la calle, un hecho del que Harvey parece ser consciente.
—Ponte algo más abrigado —me dice mientras se gira hacia las escaleras—. Hasta que salga el sol, va a hacer un poco de frío.
Me apresuro a hacer lo que me dice. En un abrir y cerrar de ojos, ambos estamos vestidos y listos para ponernos en camino, y yo tengo la esperanza de que Harvey esté en lo cierto sobre el lugar al que cree que han ido Daryl y Ellie.
—Entra en el coche. Voy a echar la llave de casa —me dice Harvey mientras pulsa el botón del llavero de su coche para abrirlo desde la distancia. Mientras me subo en el asiento del copiloto, Harvey cierra la puerta de entrada y mete la llave en la cerradura.
Llena de tensión e incapaz de estar parada, mis rodillas se mueven sin cesar arriba y abajo. Mis piernas están inquietas, nerviosas, locas por ponerse en marcha para encontrar a mi hija. Pero, al continuar con el movimiento de mis rodillas, accidentalmente le doy un pequeño golpe a la guantera, que se abre.
Al ir a cerrarla rápido antes de que Daryl se suba al coche, me quedo petrificada cuando veo lo que hay dentro del compartimento, encima de un pequeño montón de documentos relacionados con este vehículo.
Es una pistola.
Justo lo que Harvey me dijo que no poseía.
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CAPÍTULO 20
ELLIE
El paisaje inhóspito que veo a través de la ventanilla del coche no muestra signos de cambiar y mostrarse menos despoblado según Daryl continúa alejándonos de la ciudad. Compruebo el teléfono varias veces más y confirmo lo que ya sospechaba, que sigo sin cobertura y que, por lo tanto, no puedo contactar con nadie y nadie puede contactar conmigo. Solo espero que mi madre siga dormida, porque si no, sé que estará muy preocupada por mí y sentirá un nerviosismo que no hará más que crecer si no puede localizarme a través del móvil.
Hay muchas razones por las que no quiero que se preocupe, pero la principal es que no me gustaría que tuviera ninguna excusa para decidir que es una mala idea que me venga a vivir aquí. Pero, si yo estoy un poco preocupada por esta situación, sé que ella también lo estará, así que solo me queda esperar que aún no se haya dado cuenta de nada.
—¿Va todo bien? —le pregunto al conductor mientras sigue adentrándonos en el desierto.
—¿Eh? Pues claro. ¿Por qué lo preguntas?
—Estamos lejísimos de la ciudad.
—¿Y?
—No sé a dónde vamos.
—Es una sorpresa, ya te lo he dicho. Pero no te preocupes, ya casi hemos llegado.
Justo después de decirlo, Daryl pone el intermitente para indicar que vamos a salirnos de esta carretera tranquila y, tras aminorar la marcha, nos
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desviamos hacia una carretera más pequeña que lleva hacia una de las muchas montañas que parecen rodearnos por todas partes.
El coche tiembla un poco cuando los neumáticos traquetean sobre un terreno ligeramente más irregular. Hemos cambiado el asfalto liso por un camino pedregoso de tierra, pero sigo recelosa, sin saber a dónde podríamos estar dirigiéndonos, porque este lugar parece aún más remoto que el que transitábamos hace unos minutos. Al menos en la carretera principal de vez en cuando nos cruzábamos con otro coche. Pero ahora, en esta, eso parece algo muy improbable, y lo único que veo en kilómetros a la redonda son los faros del nuestro.
«No seas tonta», me digo a mí misma cuando un pensamiento aterrador pasa fugazmente por mi cabeza. Por un momento, he contemplado la idea de que Daryl sea un asesino en serie o algo por el estilo y que me ha traído hasta el medio de la nada para matarme y enterrarme en el desierto. Cuando lleve un tiempo desaparecida, mi foto aparecerá en los informativos de Estados Unidos y el Reino Unido y me convertiré en una persona desaparecida famosa, acaparando la atención internacional. Luego, con el transcurso del tiempo, como nadie encontrará mi cuerpo, todo el mundo se aburrirá del misterio y continuará con su vida.
¿Será ese de verdad mi destino? ¿Leerán todos mis amigos de Inglaterra acerca de mi caso en Internet y especularán sobre lo que me ha pasado? ¿Se verá obligada mi madre a pasarse el resto de su vida buscando cualquier rastro de su hija en este desierto mientras Daryl permanece en una celda con suficiencia y arrogancia, negándose a contarle lo que le hizo a su hija?
Necesito un poco de aire fresco, pero, como Daryl sigue conduciendo, lo único que puedo hacer para conseguirlo es bajar un poco la ventanilla. Cuando lo hago, el aire que entra produce mucho ruido en el interior del coche, pero me hace sentir algo mejor, aunque sea ligerísimamente. Daryl se ha dado cuenta de lo que he hecho, pero se limita a sonreírme y a estar concentrado en la carretera. Yo lo imito, y percibo que el camino que hemos tomado tiene ahora cierta pendiente.
Subimos poco a poco, siguiendo un sendero excavado en la ladera de esta montaña, y, cuanto más subimos, más veces pienso en si alguien habrá estado aquí antes que yo.
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¿Será un lugar turístico? Si así fuera, me sentiría mucho mejor. Pero aún es de madrugada y está todo muy oscuro. Sin nadie a nuestro alrededor, no puedo sentirme segura al cien por cien.
La luz de los faros se refleja en las distintas formaciones rocosas, mostrándome los bordes de rocas rojas que, sin duda, llevan aquí miles de años. Pero, en fin, se trata del presente, del hecho de que me encuentre aquí en estos momentos, así que solo me importa lo que va a ocurrir a continuación, y no lo que tuvo que suceder en el pasado para que se formara este paisaje tan impresionante. Afortunadamente, parece que estoy a punto de averiguarlo, porque después de subir y subir durante un rato, Daryl por fin detiene el coche y apaga el motor.
—¡Ya hemos llegado! —dice con una sonrisa, aunque no está claro a dónde «hemos llegado», porque es imposible apreciar nada en el exterior —. ¡Vamos!
Daryl sale del coche, así que supongo que lo mejor será que haga lo mismo.
Lo sigo y veo que ya está subiendo por un sendero que discurre entre dos rocas imponentes. Dudo un instante, pero Daryl se gira y me hace un gesto con la mano para que me dé prisa.
—¡Venga, rápido, tenemos que llegar a tiempo! —me insta, y a continuación avanza entre las dos rocas. Una vez que las ha dejado atrás, lo pierdo de vista por un momento. Pero estar sola de repente en este lugar, con el silencio tan inquietante que aquí reina, no es una sensación agradable, así que me apresuro a subir por el sendero, pasando las rocas para volver a tener visión de Daryl, que se encuentra de pie en el borde de un precipicio. Al acercarme a él, compruebo la caída tan grande que hay hacia abajo, así que retrocedo un par de pasos, pero a Daryl no parece preocuparle tanto y se sienta en el borde, con las piernas colgando en el aire. Luego, da unas palmaditas en el suelo.
—Siéntate, el espectáculo está a punto de comenzar —dice mientras consulta su reloj, pero a mí me pone nerviosa acercarme tanto al filo.
Daryl se da cuenta de ello porque rápidamente me tiende la mano, invitándome a acercarme e intentando demostrarme que no hay nada que temer.
Pero ¿y si lo hubiera?
¿Y si me caigo por el precipicio?
¿Y si Daryl me empujara?
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Casi avergonzada por la total falta de confianza que parezco estar demostrando en mi novio, me digo a mí misma que me quiere, que nunca me haría daño, y decido dar un paso adelante y cogerle la mano. Una vez sosteniéndomela, Daryl me lleva con cuidado hasta el borde y me ayuda a sentarme. Entonces, cuando ambos estamos sentados sobre el precipicio, con las piernas balanceándose libremente en el aire, Daryl señala a lo lejos el desierto vasto e interminable que se extiende ante nosotros.
—Fíjate bien —me dice.
Cuando miro hacia arriba, veo aparecer un destello muy tenue de luz en el horizonte, y cuanto más lo observo, más color voy viendo. Todo comienza con un rojo oscuro, pero pronto se convierte en un naranja más brillante y, casi de inmediato, en amarillo, a medida que el sol se eleva más y más y va inundando estas grandes planicies con una luz preciosa y brillante.
Solo entonces comprendo lo que Daryl está haciendo por mí.
Me ha traído hasta este lugar para que pudiera presenciar esto.
Un amanecer maravilloso que jamás olvidaré.
Con su brazo a mi alrededor, Daryl me pregunta qué me parece, pero casi no tengo palabras en este momento porque estoy impresionada por el deslumbrante espectáculo de luces que se está produciendo ante nosotros. Cuando me giro para mirar a Daryl, él se inclina rápidamente para besarme, y, mientras nuestros rostros se van calentando gracias a la luz del sol, los dos nos besamos en lo que fácilmente puede constituir el momento más romántico de toda mi vida.
—¡Esto es increíble! —exclamo cuando dejamos de besarnos, y a medida que veo más y más cosas a mi alrededor con la luz incipiente, me siento estúpida por haber temido que Daryl me estuviera llevando a algún lugar peligroso. Me quiere, y lo ha dejado todavía más claro teniendo este gesto tan romántico conmigo.
—¿Cómo encontraste este sitio? —le pregunto mientras alzamos la vista al notar que un pájaro grande vuela en círculos sobre nuestras cabezas, el único ser vivo aparte de nosotros que he visto desde que salimos de la ciudad.
—Este es un lugar especial para mí —explica Daryl, con el brazo alrededor de mi hombro—. Después de la muerte de mi madre, me levanté temprano una mañana y sentí la necesidad de salir de casa, así que empecé a conducir y acabé aquí. En un abrir y cerrar de ojos estaba saliendo el sol,
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y vi un amanecer absolutamente increíble. Desde entonces, intento volver aquí siempre que puedo.
Es una historia conmovedora y otra prueba de lo mucho que sufrió Daryl tras la pérdida de su madre. Seguimos sentados, disfrutando del cálido resplandor de un nuevo día, y se me ocurre otra pregunta.
—¿Has traído a alguna otra chica aquí antes?
No se lo pregunto en plan celoso, sino más bien de coña, pero también como una pequeña prueba, porque tengo curiosidad por saber si Daryl ha compartido o no este lugar tan especial con alguien más o si lo ha estado reservando para alguien a quien quisiera de verdad. Y ese alguien soy yo, claro.
Pero entonces Daryl cambia su lenguaje corporal, le noto incómodo, y me quita el brazo del hombro antes de reírse un poco y decir que no.
—Tú eres la primera —responde, pero no resulta muy convincente, aunque quizá es que le ha entrado cierta timidez porque no quiere admitir que ha traído a otra chica antes que a mí. Pero ¿y qué si lo hubiera hecho? Los dos tuvimos relaciones en el pasado y no tenemos nada de lo que avergonzarnos, ¿no?
Pero mi pregunta parece haberse cargado un poco la magia del momento, aunque quizá tampoco es que sea un gran problema porque ya ha salido el sol, así que imagino que el espectáculo ha terminado y es hora de que volvamos a casa antes de que nuestros padres se despierten y descubran que no estamos allí.
—Supongo que será mejor que volvamos al coche —digo después de un momento de silencio en el que el único sonido es el del pájaro que grazna sobre nuestras cabezas, bajo el cielo azul claro. Pero Daryl me dice que no hay prisa, que me relaje y disfrute del paisaje un rato más.
Me señala un lugar en la distancia, y puedo distinguir las formas de algunos edificios de la ciudad, percibiendo una vez más que está lejísimos. Pienso en que mi madre está allí, espero que todavía en la cama, aunque es probable que no.
—¿Por qué me has preguntado sobre otras chicas? —dice Daryl de repente, demostrando que sigue teniendo en la cabeza la pregunta incómoda que le hice antes.
—¡Anda, estaba de broma! —respondo, pero a Daryl no parece hacerle gracia.
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Se queda muy callado, y justo en este momento el pájaro que tenemos a nuestro alrededor parece cansarse de nosotros y se aleja, dejándonos ahora en un silencio absoluto.
¿Por qué Daryl no dice nada?
¿Por qué se ha quedado callado?
¿Y por qué se ha puesto tan raro en cuanto le he preguntado por otras chicas?
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CAPÍTULO 21
DAWN
Ha salido el sol y, aunque solo llevamos diez minutos en la carretera, ya empiezo a ver señales del tráfico que caracteriza a Los Ángeles. Acaba de amanecer, y los habitantes de esta bonita pero superpoblada ciudad han empezado a salir de sus casas y a saturar las carreteras, lo que está provocando que nos cueste un poco más de tiempo llegar hasta nuestro destino. Y el trayecto es aún más complicado teniendo en cuenta lo que he visto justo antes de comenzarlo.
Sé que hay una pistola en la guantera, y también sé que Harvey me ha mentido acerca ello.
No dejo de preguntarme por qué.
No le he dicho nada cuando se ha montado en el coche y lo ha puesto en marcha porque, al igual que con respecto a la foto que he visto en el sótano, tengo miedo de cuáles pudieran ser los motivos que tenga para ocultarlo, y también me da miedo la posibilidad de asustar a una persona que quizá esconda secretos peligrosos. Pero tampoco es que hubiera tenido oportunidad de preguntarle si hubiese querido hacerlo porque, nada más salir a la carretera, Harvey me ha explicado a dónde cree que pueden haber ido Daryl y Ellie.
—Hay un lugar al que va a veces para ver el amanecer —me ha dicho Harvey—. Está un poco alejado de la ciudad, pero me sé el camino.
Ahora que ya vamos hacia allá, me siento un poco mejor que en la casa, y no solo porque estemos en movimiento. La idea de que Daryl haya llevado a Ellie a presenciar un amanecer bonito no es lo peor que le podría ocurrir, y desde luego es un escenario mucho mejor que todos los
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terroríficos que me he ido imaginando desde que estaba en el sótano. Pero, a medida que aumenta el tráfico que tenemos por delante y Harvey se ve obligado a ralentizar nuestro avance pisando el freno más de lo que me gustaría, la ansiedad empieza a carcomerme de nuevo, lenta pero inexorablemente, yendo a más a cada minuto que pasa.
Sé que la causa principal que explica este nerviosismo es la foto de Daryl con la mujer desaparecida, y, de repente, mientras nos disponemos a coger otra autopista más en una ciudad que parece estar llena de ellas, vuelvo a divisar un cartel donde aparece esa mujer.
Vuelvo a ver la cara de Aubree en una farola que hay junto al arcén, y mientras la miro fijamente, confirmo con total seguridad que es la misma chica que he visto en la foto del sótano.
Está claro que Daryl la conocía, y que ella lo conocía a él.
Eso significa que Harvey también la conocía, ¿no?
—Siento ser tan paranoica —digo cuando entramos en la autopista y avanzamos a buen ritmo por primera vez en bastante rato—. Supongo que he estado un poco nerviosa por haber visto por toda la ciudad esos carteles de la chica desaparecida, que debe tener una edad parecida a la de Ellie.
Necesitaba abordar de alguna forma el tema de la misteriosa desaparición de Aubree sin que resultara obvio para Harvey que he visto una foto en su sótano en la que aparece la chica, y creo que puede que lo haya conseguido.
—Lo entiendo —dice Harvey mientras sigue conduciendo—. No eres la primera madre de esta ciudad que se preocupa por sus hijos, sobre todo con lo que ha pasado últimamente.
—Es que no entiendo cómo ha podido evaporarse sin más, sin que nadie sepa qué le ha sucedido —digo—. Hay carteles por todas partes, ¿nadie la ha visto? ¿Cómo es posible? Alguien debe saber algo, ¿no?
Quizá esté tentando un poco a la suerte, pero quiero ver cómo reacciona Harvey cuando le presiono sobre el tema. Si no tiene nada que ocultar, entonces no debería tener ningún problema en hablar de ello conmigo. Pero si lo tiene, o tal vez, si su hijo lo tiene, lo más probable es que se cierre un poco y se ponga a la defensiva.
—Esta es una ciudad muy grande, que está en un país inmenso —dice Harvey, aparentemente sin inmutarse—. Quizá en Inglaterra sea distinto, pero aquí es dificilísimo encontrar a una persona desaparecida. Hay más de trescientos millones de personas en Estados Unidos, por no hablar de lo
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cerca que están las fronteras canadiense y mexicana. Tanto si a Aubree la secuestraron como si decidió desaparecer por voluntad propia, no va a ser nada fácil dar con ella.
Todo eso tiene sentido, supongo, pero sigo sin creerme que alguien pueda desaparecer del mapa sin dejar ningún rastro. ¿Podría llegar a creerme que Daryl y Harvey no sepan nada de lo que le pasó?
—Pero seguro que alguien debe tener alguna idea, ¿no? Su familia y amigos, por ejemplo… —sugiero, aproximándome de verdad al fondo de lo que quiero transmitirle—. O sea, seguro que la conocía mucha gente en esta ciudad. Deben tener una opinión sobre lo que pasó. Algún indicio, pista o teoría.
—Puede ser, pero las opiniones y las teorías son solo eso, opiniones y teorías, no son hechos —dice Harvey, que incrementa la velocidad del coche. Eso me hace percatarme de que ya estamos saliendo de la ciudad.
Estoy a punto de preguntarle a Harvey más cosas sobre Aubree y la gente que podría conocerla, pero antes de hacerlo, él continúa hablando.
—Entiendo tu preocupación. Harías cualquier cosa por Ellie, y lo comprendo. Yo también haría cualquier cosa por Daryl. Cualquier cosa. Lo único que me importa ahora mismo en mi vida es que esté bien. Ha sido así desde el día en que nació, pero supongo que, ahora que su madre ya no está, es más importante que nunca. Puede que suene un poco egoísta, pero él es todo lo que tengo en la vida, lo único que me queda, como supongo que Ellie lo es para ti. Te estoy diciendo todo esto porque, cuando encontremos a Daryl y a Ellie sanos y salvos dentro de media hora, no quiero que te avergüences o que sientas que has reaccionado exageradamente. ¿De acuerdo?
Escucho todo lo que Harvey me quiere decir, pero lo que más me llama la atención es la seguridad que tiene de que vamos a encontrar a nuestros hijos bien. No parece tener dudas de que aquí no pasa nada, así que quizá sea cierto.
O tal vez solo me esté llevando hasta ese desierto para hacerme daño, igual que Daryl se lo ha hecho ya a Ellie.
«No podrían quedar impunes si nos mataran», me digo a mí misma en silencio mientras seguimos nuestro viaje, aunque más que un hecho concreto, es un anhelo en el que no puedo confiar del todo. «Todo nuestro entorno sabe que hemos venido a verlos a ellos. No sería como con esa mujer de los carteles, porque la policía sabría dónde buscar si
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desapareciéramos, e investigarían sin dudarlo a Harvey y Daryl. Así que cálmate, todo va a ir bien».
—¿Qué te parece el desierto? —me pregunta Harvey cuando nos adentramos cada vez más en un paraje remoto en el que nunca llueve—. Poco que ver por aquí, ¿verdad?
Es un hecho indiscutible si observas las montañas que se ven a lo lejos.
Realmente es un entorno en el que no hay demasiadas cosas.
Pero mi hija está en alguna parte de este lugar inhóspito.
Y no dejaré de buscar hasta encontrarla.
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CAPÍTULO 22
ELLIE
—Vamos, que el otro sitio no está muy lejos de aquí —me dice Daryl, intentando convencerme de que lo siga por otro sendero de esta montaña, la misma desde la que acabamos de contemplar un amanecer absolutamente espectacular—. Estará a unos diez minutos, y te prometo que te va a encantar cuando lleguemos.
—No, yo quiero volver ya a casa —respondo, repitiendo lo que ya le he dicho a mi novio varias veces desde que nos hemos puesto de pie y nos hemos alejado del borde del precipicio en el que estábamos sentados. Sé que el coche está justo al otro lado de las rocas gigantes, y lo único que quiero es volver a subirme a él cuanto antes para poder regresar a la ciudad y ver a mi madre antes de que se despierte y descubra que nos hemos ido. Pero Daryl no quiere; no solo prefiere quedarse aquí, sino que, además, quiere seguir adentrándose en la naturaleza salvaje, y todo por enseñarme otra cosa que podría gustarme.
Quizá, si no se hubiera puesto tan raro y se hubiera quedado tan callado cuando le he preguntado antes por «otras chicas», ahora tendría más ganas de ir con él hasta ese sitio. Pero, cuando lo he hecho, he notado un cambio en él, y por eso en este momento estoy de nuevo bastante incómoda a su lado, igual que cuando veníamos en el coche. Odio sentirme así, sin ser capaz de confiar plenamente en él, pero también es algo normal porque aún nos estamos conociendo. Tal vez, si no me diera razones para preocuparme, todo sería más fácil, pero, de momento, está consiguiendo ponerme cada vez más nerviosa.
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—Venga, Ellie. ¿Qué problema hay? Has viajado hasta aquí para verme, así que déjame que te haga un recorrido por los sitios que me gustan —dice Daryl, y en su voz se refleja cierta frustración. Me hace señas para que me una a él y comience a caminar por el sendero.
—Es que estoy muy cansada —intento argumentar—. He dormido poquísimo. Tal vez podríamos volver otro día en esta semana, cuando esté más descansada y lo vaya a disfrutar más.
Espero que eso funcione, seguro que es mejor que contarle la verdad. La realidad es que me siento nerviosa, no solo porque Daryl esté un poco raro, sino porque en Inglaterra no tenemos desiertos ni pájaros enormes que sobrevuelan a las personas y hacen ruidos extraños. Estoy en un territorio desconocido, y sé que estaría mucho más tranquila si estuviéramos en un lugar con más gente. Estar rodeada de otras personas haría que se rebajara mi nivel de preocupación, pero ahora mismo, incluso estando con Daryl, me siento un poco aislada. Y parece que quiere llevarme a un sitio todavía más tranquilo y remoto que este.
—Pero ya has visto que se tarda un buen rato en llegar hasta aquí. Puede que no nos dé tiempo de venir otro día —dice Daryl—. ¡Venga, vamos!
Entonces se da la vuelta y comienza a caminar por el sendero. Aunque no quiero ir, siento que no me queda más remedio que seguirlo porque él tiene las llaves del coche, así que, sin ellas, yo tampoco puedo hacer mucho. Ni siquiera tengo la posibilidad de sentarme en el coche y esperar, y mucho menos conducir para alejarme de este lugar. Lo único que podría hacer sería quedarme aquí sola, con el sol calentando cada vez más y el reloj avanzando, y con unas posibilidades cada vez mayores de que mi madre se despierte y descubra que no estoy allí.
Tengo que ir con él, ¿verdad?
—¿Cómo es ese otro sitio? —pregunto mientras empiezo a seguirlo lentamente.
—Ya lo verás —responde Daryl.
Otra respuesta imprecisa. Pero entonces se me ocurre algo.
—Solo iré contigo si admites que no soy la primera chica que has traído aquí —digo, y cuando lo hago, Daryl deja de caminar y se detiene, todavía de espaldas a mí. Su ímpetu se ha frenado de repente—. No me importa que lo admitas, quiero que seas sincero conmigo.
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Espero un poco a ver cómo reacciona; tarda un rato en darse la vuelta y responderme, y cuando lo hace, parece tímido, evasivo.
—Vale, no eres la primera chica que traigo aquí —admite.
—¿Ves? No ha sido tan difícil, ¿no? —le digo, encogiéndome de hombros—. ¿Por qué te has puesto tan raro cuando te lo he preguntado?
—Solo quería que este lugar te pareciera un sitio especial y no creía que fuera así si supieras que ya había venido aquí con otra persona.
—Sigue siendo especial —digo, acercándome a Daryl—. Soy yo quien está contigo aquí, ahora, y no ella.
Me acerco hasta él, lo cojo de la mano y le doy un beso, que él acepta, pero aún percibo que sigue sintiéndose incómodo.
Decido intentar eliminar su inquietud avanzando por el sendero a su lado para demostrarle que estoy dispuesta a ir a ese otro lugar ahora que ha sido sincero conmigo, pero, por el camino, se me ocurre otra cosa.
—Bueno, ¿y cuál era el nombre? —le pregunto, y Daryl se vuelve a poner rígido nada más escucharme.
—¿El nombre?
—Sí. ¿Cómo se llamaba la última chica que trajiste aquí?
—Pero ¿qué más te da?
—Creo que es sano hablar de nuestros ex. Son parte de nuestro pasado, ¿no? Quiero conocerte mejor, eso es todo. Puedes preguntarme cualquier cosa sobre mis exnovios si quieres.
Se supone que esa oferta debería hacer que Daryl se relajara durante esta conversación, pero no parece funcionar.
—Prefiero centrarme en esta relación y no pensar en las anteriores — dice Daryl, lo cual es bonito, supongo, pero también una forma muy astuta de evitar el tema.
—Yo también, pero creo que es algo importante. Venga, dime, ¿a cuántas chicas has traído aquí?
—Solo a una.
Bueno, eso es mejor que si me hubiera dicho cinco o seis.
—¿Cómo se llamaba? —vuelvo a preguntar mientras seguimos caminando lentamente por el sendero, alejándonos cada vez más del coche.
—Mmm…
No es una pregunta difícil, pero a Daryl parece costarle recordar el nombre de su última novia. Sin embargo, me quedo callada, para dejar
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claro que tiene que responderme para que continúe caminando.
Finalmente, revela un nombre.
—Rebecca.
No me ha parecido demasiado convincente.
—¿Es su nombre de verdad o te acabas de inventar uno porque no quieres que la busque en las redes sociales? —bromeo, pero Daryl no se ríe.
—No, se llama así de verdad.
—Vale, estamos avanzando. ¿Ves? ¡Es divertido! —exclamo, dándole un codazo de manera traviesa, bromeando con él—. Bueno, ¿y qué sucedió con esta «Rebecca»? ¿Cómo pasó de ser una persona a la que llegaste a traer a este lugar a ser alguien a quien ya ni siquiera ves?
El sendero se vuelve más estrecho en este punto, y tenemos que caminar en fila india. Daryl me invita a andar por delante de él.
Hago lo que me sugiere y, mientras pasamos entre las paredes estrechas de unas rocas que quedan justo a ambos lados de mis hombros, pienso en que se trata de una aventura que se podría torcer en cualquier momento. He visto un montón de películas en las que la gente se queda atrapada en lugares tan remotos como este, así que trato de tener todo el cuidado del mundo para no perder pie y torcerme un tobillo o, peor aún, quedarme encajada en un espacio estrecho y no ser capaz de moverme.
—Simplemente, rompimos —me contesta Daryl, que se ha quedado parado justo detrás de mí, con un tono tranquilo en su voz.
Me detengo y me giro hacia él, pero se limita a animarme a que continúe, así que le hago caso, aunque sigo con mis preguntas.
—¿Por qué rompisteis?
—No sé, rompimos y ya está.
—Debe haber alguna razón.
—Supongo que nos fuimos distanciando.
Me río al escuchar eso, porque no es que sea muy frecuente que dos jóvenes se separen por algo así.
—Lo dices como si hubierais estado casados treinta años —digo con una risa entre dientes. La sonrisa, sin embargo, se me borra de la cara cuando mi hombro derecho roza accidentalmente contra la superficie rugosa de una roca y siento que empieza a escocerme—. ¡Ay!
—¿Estás bien?
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—Sí, no te preocupes —respondo, pero me ha dolido un poco, y empiezo a impacientarme por tener que caminar por este sendero tan estrecho—. Ya estaremos a punto de llegar, ¿no?
—Sí, nos falta muy poco —dice Daryl, y me empuja muy levemente por la espalda, como si quisiera que acelerara la marcha. Aunque lo haya hecho en broma, me hace sentir presionada, y no me gusta nada. Por suerte, me decía la verdad y nuestro destino no estaba lejos, algo que comprendo cuando de repente el sendero vuelve a ensancharse y veo que nos encontramos en una especie de explanada, que está rodeada por las paredes del cañón y en la que, con el sol todavía muy bajo, hay mucha sombra y se experimenta un ambiente bastante lúgubre.
¿Esto? ¿Es esto lo que Daryl tenía tantas ganas de enseñarme?
¿Una explanada árida en medio de un cañón abandonado?
—¿Qué es este sitio? —le pregunto mientras miro a mi alrededor. Estoy pisando un suelo rojizo, y hay unas paredes altísimas que ascienden hacia el cielo azul.
—Esto es lo que hace que este lugar sea tan especial —responde Daryl, contemplando también a su alrededor.
—Creía que me habías traído hasta aquí para ver el amanecer —le digo, escaneando el lugar y sintiéndome aún muy confundida—. ¿Qué es lo interesante de este sitio?
Estoy a punto de averiguarlo, porque Daryl va a hablar de nuevo, pero se queda callado al oír el sonido del motor de un coche en las proximidades.
Yo también lo escucho, y me parece muy raro porque no esperaba que viniera nadie hasta este sitio, teniendo en cuenta lo lejos que está de todo.
Por lo que parece, Daryl tampoco esperaba a nadie, porque ahora parece algo molesto.
Me atrevería a decir que parece hasta enfadado.
Supongo que es porque nos han interrumpido.
Pero ¿quién lo ha hecho?
Y… ¿qué han interrumpido exactamente?
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CAPÍTULO 23
DAWN
Hemos encontrado el coche de Daryl, pero de momento no hemos dado con él ni con Ellie.
Harvey ha aparcado junto al vehículo de su hijo hace un par de minutos. El hecho de que el coche esté aquí demuestra que estaba en lo cierto cuando predijo a dónde podría haber ido Daryl, si es que fue una predicción y no otra cosa.
Una cosa más siniestra, como que me haya traído hasta aquí para, quizá, ponerme también en una situación peligrosa.
Miro a mi alrededor y veo desde este lugar privilegiado el desierto que se extiende ante nosotros. Además, obtengo una mejor percepción de lo lejos que estamos de la ciudad, y me cuesta creerme que Ellie haya aceptado venir hasta aquí a esta hora tan insensata. Son poco más de las seis de la mañana, pero, gracias a que estamos en verano, al menos ha salido el sol y ya hace algo de calor.
Espanto una mosca pesada que anda zumbando alrededor de mi cara, y le pregunto a Harvey dónde se supone que están nuestros hijos.
—Por ahí arriba —dice Harvey señalando hacia una dirección, y yo lo sigo por un sendero entre dos rocas enormes hasta llegar a un lugar con unas vistas todavía mejores del desierto. Pero ahora mismo no son las vistas lo que más me preocupa. Más bien, es el borde escarpado del precipicio junto al que nos encontramos.
—Esto es peligroso —observo. No me gusta ni un pelo la idea de que Ellie haya estado aquí.
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—Es un lugar fantástico para ver amanecer —reflexiona Harvey, pero ya es demasiado tarde para eso. Y, aparentemente, también es demasiado tarde para pillar a Ellie y Daryl en este lugar.
—No están aquí —digo, resaltando lo obvio.
—No, pero tienen que andar por aquí, porque el coche está aparcado ahí al lado —dice Harvey, y luego se dirige hacia otro sendero—. Me imagino que habrán cogido este camino.
—¿Cómo encontró tu hijo este sitio? —pregunto yendo ya detrás de él, y es una pregunta que tiene mucho sentido, porque estamos muy lejos de caminos transitados y conocidos, y por tanto este no es un lugar con el que una persona pueda tropezar por casualidad.
—Lo traje aquí una vez cuando era más pequeño —me explica Harvey
—. Luego Daryl volvió un día cuando intentaba desconectar de todo lo de su madre, y no hay muchos sitios más remotos que este para hacerlo.
—¿Y cómo has sabido que había venido aquí? —Lo seguí un día.
Oír esa confesión por parte de Harvey me hace sentir un poco menos culpable por ponerme tan nerviosa por Ellie y también por querer saber siempre dónde está.
Estoy a punto de preguntarle a Harvey si no le preocupa el hecho de que Daryl tenga cierta tendencia a desaparecer en zonas remotas donde se supone que nadie puede saber lo que está haciendo, pero en ese momento oímos movimiento un poco más arriba y, de repente, encontramos a las personas que hemos venido a buscar.
—Mamá, ¿qué haces aquí? —grita Ellie cuando me ve subir por el sendero.
—Asegurarme de que estás bien —digo mientras la miro rápidamente de arriba abajo para comprobar que lo está. Parece que es así, por lo que ya puedo dejar de estar tan preocupada. Hasta que veo a Daryl detrás de ella y me vuelve a venir a la mente la foto del sótano.
—¡Estoy bien! —exclama Ellie, molesta porque la haya perseguido hasta aquí, y Daryl está igual de cabreado con su padre.
—No me puedo creer que nos hayáis seguido —dice.
—No os hemos seguido —le explica Harvey—. Supuse dónde podríais haberos ido, eso es todo. Los dos nos hemos preocupado cuando, al despertarnos, hemos visto que os habíais ido sin contarnos dónde.
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—No somos niños pequeños —dice Daryl, y Ellie comparte esa opinión, aunque no parece estar tan enfadada como su novio porque los hayamos interrumpido. Una prueba más de ello es que viene hasta donde yo me encuentro, habiendo perdido claramente el interés por lo que sea que estuvieran haciendo en el sitio del que vienen.
—¿Va todo bien? —le pregunto a mi hija en voz baja cuando está más cerca de mí, y ella se limita a asentir con la cabeza.
—¿Qué tal el amanecer? —pregunta Harvey, pero Daryl lo ignora. Tampoco es que Harvey permita que la situación afecte a su hijo demasiado, porque enseguida continúa hablando—: Hace una mañana preciosa. ¿Qué os parece si volvemos a la ciudad y buscamos un sitio para desayunar? Me encantaría comerme unas tortitas ahora mismo.
Comer algo me parece una idea atractiva, al igual que salir de aquí y volver a la civilización, así que acepto la proposición de Harvey y me encamino hacia los coches. Ellie viene detrás de mí y, como Harvey y Daryl nos siguen a cierta distancia, tengo la oportunidad de hacerle otra pregunta en voz baja.
—¿Estás segura de que va todo bien? Con Daryl, me refiero. —Sí, ¿por qué no iba a ir bien?
—No deberías haberte ido así de la casa. Deberías haberme dicho a dónde ibais. ¿Y si os hubiera pasado algo y no os hubiéramos podido encontrar?
—Estoy bien.
—¿Seguro? No lo parece.
Ellie se da cuenta enseguida de que he notado que algo la está inquietando, y me parece un buen momento para contarle lo que me inquieta a mí. Que Daryl tenía algún tipo de conexión con la mujer desaparecida. Un vínculo que hasta ahora ha decidido mantener en secreto, al igual que su padre. Pero, antes de que pueda llegar a decirle nada, Harvey vuelve a hablar.
—Dawn, vente conmigo en el coche. Quedamos con Daryl y Ellie ya en el restaurante. Él sabe dónde está.
Daryl asiente para confirmar sus palabras, pero no me gusta la idea de que volvamos a separarnos. Aunque, ¿qué otra cosa podemos hacer? Ni Ellie ni yo tenemos seguro y así no podemos conducir en este país, así que Harvey y Daryl tienen que ir al volante a la fuerza.
Pero…
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—Yo voy con Ellie —digo, sugiriendo acompañarla en el coche con Daryl, aunque ni a él ni a Harvey parece apasionarles la idea.
—¿Tan mala compañía soy? ¿De verdad? —me pregunta Harvey, fingiendo haberse ofendido.
—No, claro que no. Pero…
—Mira, vamos a ir igual que vinimos. De verdad, no te preocupes, volveremos a estar todos juntos en un santiamén —dice Harvey. Llegamos al coche, y me abre la puerta del copiloto.
Daryl y Ellie se suben en su vehículo, así que yo subo al mío a regañadientes, y todos volvemos a ponernos en marcha. Al menos, ahora puedo tener vigilada a mi hija, o el coche en el que viaja, y así lo hago mientras nos dirigimos de vuelta a la ciudad a través del desierto. No aparto ni un segundo la vista del retrovisor, a través del cual puedo ver el coche de Daryl, que permanece todo el rato detrás de nosotros.
—Bueno, ¿qué te ha parecido tu primera visita al desierto? —me pregunta Harvey—. No es que haya gran cosa que ver, ¿a que no?
—No, la verdad es que no —concuerdo.
—Pero, aun así, es un sitio genial, ¿verdad? Un espacio abierto tan enorme… En fin, no es tan verde como vuestros campos, pero siempre es bueno perderse de vez en cuando por la naturaleza.
—Supongo que sí.
Harvey hace un esfuerzo por mantener una conversación fluida de vuelta a Los Ángeles, pero yo no hablo ni la mitad que él durante todo el trayecto. Salimos del coche frente a un pequeño restaurante con un rótulo de neón amarillo sobre la entrada.
—Ya hemos llegado. ¡Las mejores tortitas de la ciudad! —declara Harvey con orgullo. Daryl aparca su coche muy cerca del nuestro.
Espero a que Ellie se una a nosotros, y entramos los cuatro juntos en la cafetería. Una vez sentados en una especie de reservado que hay al fondo, en una esquina, intento distraerme un rato leyendo el menú, y también con los olores a comida frita y café que reinan en este lugar.
Me muero de ganas de hablar con Ellie en privado y preguntarle si sabe que Daryl y Aubree se conocían, pero tendré que esperar hasta que volvamos a casa para poder hacerlo. Mientras tanto, necesito reponer energías. Pido unas tortitas de arándanos por recomendación de Harvey, y espero a que llegue mi comida mientras Harvey y Daryl nos cuentan historias sobre este restaurante y algunos de los personajes famosos que
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han comido alguna vez aquí. La prueba de ello son las fotos que cuelgan de la pared de este acogedor local, en las que aparecen sus distintos chefs y camareras con diversas celebridades de renombre de épocas anteriores. Mientras Ellie estudia algunas de ellas, yo miro por la ventana hacia el aparcamiento, llenísimo. Al hacerlo, me fijo en algo.
Es otro cartel de esa mujer desaparecida.
Todo el mundo en esta ciudad quiere saber qué le sucedió, incluida yo. ¿Y si los únicos que lo saben son las dos personas que tengo sentadas
frente a mí en este momento?
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CAPÍTULO 24
ELLIE
Está claro que el comienzo del día fue muy extraño, desde que Daryl me llevó a ver el amanecer en el desierto hasta que mi madre apareció por allí de manera inesperada con Harvey. Pero bueno, tras volver a la ciudad y desayunar, todo ha sido más normal. Después de hacerlo, el día sí se ha parecido algo más a lo que me había imaginado antes de volar hasta aquí.
Harvey y Daryl nos han enseñado varios lugares emblemáticos de Los Ángeles, y nos lo hemos pasado en grande.
Hemos estado en Beverly Hills y hemos dado un paseo por Rodeo Drive, una de las calles más caras del mundo, debido a todas las tiendas de grandes diseñadores que hay en ella. He entrado con mi madre en algunas, llenas de glamour, aunque no es que hayamos comprado demasiado, no porque no hayamos visto cosas que nos gustaran, sino porque no podíamos permitirnos gastarnos tanto dinero. Después hemos ido a la costa, y aunque ha sido una pesadilla llegar hasta allí por el tráfico que hemos encontrado de camino, ha merecido la pena nada más llegar a Santa Mónica y dar un paseo por el muelle. Hemos sacado fotos con el mar de fondo, y también de la famosísima Pacific Wheel, la icónica noria de la ciudad. Luego hemos comido algo en un restaurante precioso al aire libre, antes de dirigirnos hasta Venice Beach y ver los canales. De camino, nos hemos detenido de vez en cuando junto a la playa, donde hemos visto a un montón de gente sin camiseta jugando al baloncesto o patinando por el paseo.
Me ha encantado todo, y me habría gustado quedarme un poco más de tiempo, pero mamá se estaba quemando un poco con el sol y Harvey
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sugirió que volviéramos a casa antes de la hora punta, así que nos fuimos de vuelta al coche y ya estamos de nuevo en casa. Siento que ha sido el día más largo de mi vida, pero ya estoy aquí, y es hora de descansar y relajarme un poco.
Y por relajarme me refiero a meterme en la piscina con una copa de vino.
Mi intención es cambiarme rápido en mi dormitorio y bajar a reunirme con Harvey y Daryl, que ya están en el jardín trasero disfrutando de las últimas horas de sol, pero, antes de poder hacerlo, mi madre entra en la habitación y cierra la puerta tras de sí.
—Tengo que hablar contigo sobre una cosa —me dice; yo estoy decidiendo si ponerme el bikini azul o el rojo.
—¿Qué pasa? —pregunto, optando finalmente por el rojo.
—He visto algo en el sótano esta mañana —me dice mi madre, acercándose a mí.
—¿El sótano?
—Sí, hay un sótano. No nos lo enseñaron cuando llegamos, pero yo lo he encontrado.
—¿Y qué hay ahí abajo?
—Principalmente, un montón de cajas que contienen cosas de la mujer de Harvey.
—¿Y por qué estabas fisgoneando por ahí?
—No estaba fisgoneando. Bueno, tal vez un poco. Pero menos mal que lo hice, porque encontré una cosa.
—¿El qué?
—Una foto de Daryl con otra mujer —me dice mamá, no sé si con la intención de que me cause una gran sorpresa. Si lo pretendía, no lo ha conseguido, puesto que ya sé que no soy la primera novia de Daryl, y no es que se me hubiera ocurrido que pudiera serlo, teniendo en cuenta que tiene cerca de veinticinco años.
—¿Y qué? —reacciono, molesta, porque quiero desnudarme ya y ponerme el bikini, pero mi madre sigue dando vueltas por la habitación.
—La mujer con la que está Daryl en la foto es la que aparece en los carteles de persona desaparecida que llevamos viendo por toda la ciudad desde que llegamos. Es Aubree.
—¡¿Qué?!
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Hay que reconocérselo. Ha conseguido captar mi atención, y ahora me importa menos el bikini que lo que me está contando.
—Daryl y la mujer desaparecida están juntos en esa foto. Está claro que la conoce, o que la conocía antes de que le pasara lo que sea que le haya pasado.
Reflexiono sobre ello durante unos instantes, pero no sé qué se supone que debo hacer con la información que acabo de recibir.
—Vale, pues sería una amiga o algo por el estilo. ¿Qué pasa?
—Creo que era algo más que una amiga —me dice, y a continuación me enseña en su teléfono la foto en cuestión. Veo en ella a Daryl con el brazo alrededor de una mujer, y parece que la foto se tomó aquí, en esta casa, junto a la piscina, así que me imagino que sería Harvey quien la sacó.
—Vale, puede que fuera su novia —digo, encogiéndome de hombros
—. ¿Y?
—¿No sabías nada de esto? —No.
—¿No te parece raro que no te haya contado que la conocía? Y Harvey
tampoco. Los dos han guardado silencio al respecto, y hay que tener en cuenta que incluso les pregunté por esa mujer ayer en el coche.
—¿Y?
—¿Qué nos están escondiendo?
—Nada.
—¿Tú crees? Entonces, ¿por qué no nos han dicho que sabían quién era? Tiene que haber una razón por la que no nos lo quieren contar. Deben tener algún motivo para ocultárnoslo.
Es obvio que mi madre le ha dado muchas vueltas al asunto y, sin duda, se le han ocurrido todo tipo de teorías conspirativas, pero yo de momento no he enloquecido tanto como ella, porque estoy segura de que hay una explicación completamente razonable de por qué no nos lo han dicho.
Aunque ¿cuál podría ser? Le he preguntado a Daryl un par de veces sobre sus exparejas, la última vez esta misma mañana cuando estábamos en el desierto, pero no me dijo nada de esa mujer desaparecida. Lo único que hizo fue ponerse raro y parecer incómodo.
¿Será este el motivo?
¿Se pondría así porque no quería hablar de ella?
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¿Será real esa Rebecca o tal vez se trataba de otra persona? Quizá se inventó el nombre para disimular. Puede que me está ocultando algo, como dice mamá. Tal vez fue Aubree la chica que llevó allí.
«Vale, muy bien, mamá, enhorabuena».
Ahora también me siento intrigada.
—Pues vamos a preguntarle —sugiero, pensando que será la forma más fácil de saber algo más acerca del asunto—. También podemos preguntarle a Harvey.
—¡No, no podemos hacer eso! —me grita mi madre, haciéndome sentir confundida.
—¿Por qué no?
—Porque podría ser peligroso.
—¿Por qué?
—¿Y si son ellos los que le hicieron daño a esa mujer?
—¡¿Qué?!
Esa idea me hace gracia porque, aunque sí que tengo ganas de saber algo más y comprobar si Daryl y Harvey conocían de verdad a Aubree, en ningún caso es porque crea que pueden ser ellos los responsables de su desaparición. Pero mi madre sí parece pensar que podrían serlo, lo cual es una locura.
¿Verdad?
—¿Y si Daryl tuvo algo que ver con su desaparición? —me pregunta mi madre—. ¿O Harvey? Eso explicaría por qué no nos han contado que la conocían, ¿no?
—No digas tonterías.
—Piénsalo bien. Si no tenían nada que ocultar, ¿por qué no nos dijeron que sabían quién era esa chica? Si nosotras conociéramos a alguien que ha desaparecido, no tendríamos problemas en reconocerlo, ¿no? Siempre que no fuéramos la razón por la que esa persona desapareció, en cuyo caso nos callaríamos y no diríamos una palabra, ¡justo lo que han hecho ellos!
Aparentemente, mi madre parece sentir que acaba de resolver un caso que ni las mejores mentes de la policía de Los Ángeles han sido capaces de resolver por sí mismas, pero yo sigo pensando que todo esto es absurdo.
—Voy a preguntarle a Daryl —le digo, descartando la idea de ponerme el bikini de momento y decidiendo bajar con la ropa informal que llevo puesta. Pero, antes de que llegue a salir, mi madre me agarra del brazo y me detiene.
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—Ellie. Escúchame. Puede que no estemos seguras en este lugar.
Tenemos que inventarnos una excusa y largarnos de aquí.
—¿Qué? Ni de coña, ¡si acabamos de llegar!
—Pero ahora sabemos que hay algo raro.
—No, no sabemos nada. Has visto una fotografía y te has inventado una historia loca. Puede que ni siquiera se trate de Aubree. Tal vez fuera alguien que simplemente se parece a ella, y por eso no admitieron que la conocían.
Intento soltarme de mi madre, pero ella no me lo permite.
—¡Ellie, por favor! Es la misma mujer de los carteles. La foto, además, estaba en una caja escondida en un sótano, un sótano que no tenían previsto enseñarnos, de cuya existencia se supone que no debemos saber. No quiero que Harvey o Daryl sepan que he visto esa fotografía, y por eso no quiero que les preguntes por ella. Tampoco quiero se pongan nerviosos si perciben que hemos descubierto algo, porque entonces podrían hacernos daño. Tenemos que actuar con normalidad, ya está, pero debemos inventarnos un motivo para irnos de aquí.
—¡Yo no me voy a ir a ninguna parte!
Por fin consigo soltarme de su agarre y voy rápido hacia la puerta, pero ella me sigue a toda velocidad y, aunque llego a abrirla, ella la vuelve a cerrar rápidamente.
—Ellie, por favor. Debemos tener cuidado.
—¡Mamá, estás exagerando!
—¿Tú crees? ¡He encontrado una pistola en el coche de Harvey! ¿Qué me dices de eso?
Eso no me lo esperaba.
—¡¿Qué?!
—Estaba en la guantera.
—Bueno, ¿y qué? Estamos en Estados Unidos; todo el mundo tiene una pistola.
—Pero él nos dijo que no tenía, ¿recuerdas? Le preguntamos explícitamente en la cena, y dijo que no. Así que nos mintió.
Claro que recuerdo esa conversación, así que sí, parece que Harvey nos mintió, pero quizá no sea para tanto.
—Lo más probable es que no quisiera asustarnos —sugiero—. A nosotras el hecho de tener un arma nos parece algo raro, pero aquí es
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normal. Si tiene una, significa que es un hombre sensato que está tomando precauciones para proteger su propiedad o cualquier otra cosa.
Pero a mi madre no le gusta esa respuesta.
—Nos ha mentido. Eso no inspira mucha confianza. De verdad, piensa en ello. ¿Cuánto sabemos realmente acerca de Daryl y Harvey? Solo lo que ellos mismos nos han contado. Pero nos están ocultando cosas, y ahora que estamos aquí, en su casa, debemos mucho cuidado porque… ¿qué más podrían estar escondiendo?
—Tienes que relajarte. Harvey es genial. Y Daryl, desde luego, no puede representar ningún problema. Es encantador.
—Ah, ¿sí? Te ha llevado a un lugar remoto, en medio del desierto, sin decírselo a nadie.
—Ha sido un gesto romántico.
—Quizá hizo lo mismo con Aubree, y tal vez ella también pensó que era algo romántico. ¡Hasta que Daryl la mató y la enterró bajo la arena!
—¡Mamá!
No me puedo creer que mi madre piense que Daryl mató a Aubree. —¿Y si no hubiéramos llegado esta mañana al cañón y os hubiéramos
interrumpido? —me pregunta—. ¿Qué estabais haciendo después de ver el amanecer? ¿Por qué habíais cogido el otro camino? ¿Qué se supone que te estaba enseñando Daryl?
—Me llevó a una explanada.
—¿Una explanada? ¿Para qué?
—Me dijo que era un sitio especial.
—¿Qué tenía de especial?
—No lo sé. Al llegar allí escuchamos el coche, y nos interrumpisteis. —¿Cómo se estaba comportando Daryl? ¿Estaba normal o tal vez algo
raro?
—Estaba normal —respondo, pero no es del todo cierto, y mi madre lo percibe.
—¿Qué pasó? —me pregunta, con la mano todavía sujetando la puerta de la habitación, que permanece por tanto cerrada.
—Creo que se estaba poniendo un poco nervioso e incómodo —admito
—. Le había preguntado si alguna vez había llevado allí a otra chica. —¿Y lo había hecho?
—Sí.
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Mamá parece todavía más preocupada, como si eso le hubiera confirmado definitivamente que Daryl mató a Aubree y la enterró por allí, y que estaba planeando hacerme lo mismo a mí, cosa que habría hecho si ella no hubiera intervenido.
Pero eso no es cierto, ¡es una locura!
¿Verdad?
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CAPÍTULO 25
DAWN
Han pasado un par de horas desde que hablé con Ellie en su dormitorio de la planta superior y le he contado el vínculo que descubrí que existió entre Daryl y la mujer desaparecida. ¿Cómo es posible que todavía no nos hayamos largado ya de aquí y estemos a una distancia segura de esta casa, para así tratar de evaluar la situación y averiguar si de verdad Daryl podría ser una persona peligrosa?
La respuesta a esa pregunta es que Ellie me ha suplicado que no dijera nada, para así disponer de algo de tiempo para intentar descubrir cómo era exactamente la relación de Daryl con Aubree.
No me ha gustado el plan cuando mi hija lo ha propuesto, y me he reafirmado en mi idea de que deberíamos inventarnos una excusa y salir de esta casa, pero Ellie me ha dicho que no se iba a marchar conmigo, así que ¿tenía yo acaso otra alternativa? No voy a dejarla aquí sola, no al menos hasta que no sepa con certeza que es seguro hacerlo. De momento, si ella se queda, yo también.
Por eso en estos instantes estoy sentada junto a la piscina con Harvey. Es la hora del atardecer, y mi estómago ya está digiriendo la cena que nos ha preparado el anfitrión de la casa. Tengo una copa de tinto sobre la mesa que está justo a mi lado, pero apenas la he tocado; no se puede decir lo mismo del hombre que me la ha servido. Harvey ya va por la tercera copa y, si me guiara solo por las apariencias, me atrevería a decir que el alcohol se ha convertido claramente en un apoyo para él desde la muerte de su mujer.
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Creo que el término correcto es «alcohólico funcional», y aunque sé que mientras conducía por la mañana y primeras horas de la tarde estaba completamente sobrio, no ha dudado en darle a la botella cuando el día se iba acercando a su fin. A estas horas ya no tiene que hacer nada más, así que puede sentarse a descansar y revivir recuerdos. Y a eso, precisamente, es a lo que lo que está dedicando ahora, a revivir recuerdos. Está detallándome otra de sus historias vitales que ocurrieron antes de la muerte de su mujer mientras Ellie y Daryl están sentados en el sofá del salón, viendo una película.
—Solía viajar mucho —dice Harvey.
Echo un vistazo hacia el interior de la casa y compruebo que mi hija está ahí, al otro lado de los cristales de las puertas dobles que dan al jardín trasero, sentada junto a su novio. No me haría ninguna gracia volver a perderlos de vista y que se escaparan otra vez.
—Pero viajar siempre era más fácil cuando tenía una compañera a mi lado para hacerlo —continúa Harvey—. Jodie y yo teníamos muchos lugares pendientes de visitar, que aún no habíamos tachado de nuestra lista de cosas que hacer antes de morir. Australia. Perú. Portugal. Sé que podría ir a esos sitios ahora, pero no sería lo mismo hacerlo sin ella. ¿Y tú?
Harvey se gira hacia mí y mi copa de vino sin tocar.
—¿Yo?
—Sí. Seguro que había sitios a los que querías ir con Sean. ¿Crees que todavía podrías ir o sería demasiado duro?
—Psss, no lo sé. El único problema no es lo duro que pueda ser.
También está el tema del dinero.
—Sí, está claro —dice Harvey—. Es mucho más difícil planificar viajes inolvidables con un solo salario.
Harvey vuelve a coger la botella y es evidente que está disfrutando de recrearse en la tristeza. O quizá sea que no está acostumbrado a tener compañía adulta, y no puede hablar de cosas como estas con su hijo. Sea como fuere, creo que a ninguno de los dos nos hace demasiado bien hablar del pasado y de que nuestras vidas de antes eran mucho mejores que las de ahora.
Pero Harvey me sorprende al empezar a hablar del futuro.
—Sí que me gustaría conocer a otra persona —me confiesa—. Tener una relación con alguien es algo maravilloso, y sé que quiero volver a
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experimentarlo, aunque la idea de intimar con otra mujer se me hace aún muy extraña.
Suspira y vuelve a rellenar su copa. Se da cuenta de que la mía no parece bajar.
—¿Quieres que te traiga otra cosa? Hay más bebidas, quizá quieras otro licor, algo que no sea vino.
—No, estoy bien, gracias —le digo—. Es que estoy cansada. Hemos madrugado mucho.
—Y que lo digas.
Harvey vuelve a dejar lo que queda de la botella sobre la mesa; casi se la ha bebido entera él solito. Sin embargo, a pesar de ese breve paréntesis, enseguida retoma la conversación justo en el punto en el que la había dejado, volviendo a hablar de ese tema tan incómodo, de si podría o no ser capaz de pasar página con una nueva mujer.
Mientras reflexiona sobre ello en voz alta, sin duda alimentado por todas las copas que se ha bebido en la última hora, recuerdo que anoche tuvimos una conversación parecida que me dejó un tanto inquieta y nerviosa. Me preocupó que tuviéramos una especie de «momento» durante la misma, algo que sería absolutamente inapropiado teniendo en cuenta que nuestros hijos tienen una relación.
Tengo tanto miedo de que vuelva a pasar lo mismo está noche que prácticamente no aporto nada a la charla con Harvey, dándole así pocas pistas sobre las ideas que pasan por mi cabeza. Y está bien que así sea, porque la que predomina sin ninguna duda es que aún no estoy segura de si su hijo es una persona problemática o no.
Reflexiono sobre lo que Ellie me ha dicho que iba a hacer y, más en concreto, sobre si servirá para algo. Va a intentar enterarse de si la relación entre Daryl y Aubree era muy estrecha, y para ello utilizará los medios disponibles para alguien como ella. Eso implica indagar todo lo que pueda en redes sociales y en Internet en general, cosa que supongo que es aceptable si no pasa de ahí. Le he dicho antes en la habitación que bajo ninguna circunstancia se le ocurriera contarle a Daryl que sabe que tuvo algún tipo de relación con Aubree. Eso podría asustarlo si es que tiene algo que ocultar, cosa que sospecho tras descubrir esa foto tan bien escondida en una caja en el sótano.
Si por mí fuera, ahora mismo estaría sentada en una comisaría de policía en algún lugar de Los Ángeles, ilustrando a un agente que trabajara
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en ella acerca de Daryl y del silencio que parece querer guardar acerca del hecho de que conocía a una mujer que lleva un tiempo desaparecida. Si la policía no estuviera al tanto de ese vínculo, es probable que estuvieran interesados en pasarse por esta casa para hacerle algunas preguntas. ¿Por qué no habrían de hacerlo? Solo podría ser un problema si el chico tuviera algo que ocultar. Aunque, si lo tuviera, quizá esta ciudad y, lo que es más importante, la familia de esa pobre mujer, podrían obtener por fin algunas respuestas sobre lo que le ocurrió.
Es una lástima que Ellie me haya pedido que tenga paciencia. Por no arriesgarme a distanciarla y a exponerla así a un peligro aún mayor, he tenido que respetar sus deseos, y así permanecer en todo momento cerca de ella para asegurarme de que no le ocurre nada malo. Puede que esté sufriendo una grave falta de sueño y que esté desconcertada de más por estar en la otra punta del planeta; quizá sea eso lo que justifique que tenga la descabellada idea de que Daryl podría estar relacionado con la desaparición de Aubree.
Espero de corazón que solo sea eso, una tontería mía.
Pero, por si acaso no lo fuera, no le voy a quitar el ojo de encima a Ellie.
Tiene órdenes estrictas de no irse por ahí sola con Daryl otra vez. Pero, a medida que el cielo se va oscureciendo y se acerca la hora de
irnos a dormir, dudo de si obedecerá los deseos de su paranoica madre o si tal vez volverá a hacer alguna tontería.
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CAPÍTULO 26
ELLIE
Daryl y yo llevamos un par de horas viendo una película, aunque en realidad lo único que me interesaría estar haciendo ahora mismo es buscar información en Internet acerca del vínculo que pudiera haber existido entre mi novio y Aubree.
Hice un intento estando en el sofá junto a Daryl, pero se dio cuenta de inmediato de que estaba con el móvil y supuso que no me estaba gustando mucho la película que él había elegido. Le respondí que no era así, y para demostrárselo, dejé el móvil y me centré en la pantalla de la televisión a partir de ese momento.
Una de las cosas que me gustó de Daryl cuando empezamos a hablar fue saber que estaba haciendo un esfuerzo para intentar usar menos su teléfono. Yo le dije que estaba tratando de hacer lo mismo, por lo que habría estado fuera de lugar estar usándolo todo el rato delante de él. También existía el riesgo de que viera lo que estaba haciendo, o mejor dicho, a quién estaba buscando en las redes sociales, así que lo dejé para un momento más adecuado.
Y ese momento ha llegado.
Nos hemos acostado los cuatro hará media hora. Por eso, estando todos en nuestras habitaciones con las luces apagadas, tengo más intimidad para investigar un poco la actividad de Aubree en Internet. Tengo a Daryl al lado, pero ya está dormido, agotado, lo cual es lógico habiéndonos levantado a esas horas tan intempestivas. Aunque yo estoy igual de cansada que él y bostezo más o menos cada treinta segundos, mi plan es permanecer despierta algo más de tiempo, para poder echar un buen
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vistazo a todas las redes de Daryl y de la mujer desaparecida, a ver si encuentro algún tipo de conexión.
Por supuesto, no ha habido una sola actualización reciente en ninguna de las cuentas de Aubree, por lo que es todavía más probable que haya sufrido algún daño, porque si estuviera sana y salva seguramente habría publicado algo para que sus seguidores supieran dónde estaba y qué andaba haciendo. Pero sus redes no tienen novedades, como tampoco las tienen las de Daryl, lo que demuestra que me ha dicho la verdad y que está intentando usar menos su teléfono. Aunque haya existido este silencio en sus perfiles durante los últimos tiempos, lo bueno de Internet es que puedes tirar para atrás y tener fácil acceso al pasado. Mi padre, antes de morir, siempre me decía que anduviera con cuidado con lo que subía a Internet, porque ahí se dejan huellas que nunca se borran. Yo me reía de eso y le decía que no fuera tan dramático, pero, ahora que soy un poco mayor, comprendo cuánta razón tenía con respecto a eso, igual que comprendo que la tenía en tantas y tantas otras cosas a las que por entonces no les daba ninguna importancia.
Me dirijo a la sección de Facebook en la que puedes encontrar a los amigos de Daryl, y tecleo el nombre de Aubree en el buscador para ver qué aparece. No obtengo ningún resultado. Pero, para ser rigurosa en mi investigación, entro en el perfil de Aubree y hago lo mismo, esta vez buscando el nombre de Daryl en la lista de los amigos de la chica.
Y entonces, bingo.
Aubree sí que tiene a Daryl entre sus amigos de Facebook, lo que demuestra que mi madre tenía razón y le añade más credibilidad a la foto que me enseñó. Se conocían. Pero, si Aubree lo tenía agregado como amigo, ¿por qué no aparece ella en lista de amigos de Daryl? Lo habitual es que la gente se agregue entre sí, ¿no?
A menos que ambos lo hicieran, pero Daryl la haya eliminado después.
Me cuestiono si podría haber sido así, porque de serlo, estaríamos hablando de algo un tanto inquietante. Pero bueno, aún me queda mucho trabajo por hacer. Ahora que he establecido una conexión entre los dos, tengo que averiguar si hay algo más. Y así comienza mi meticulosa búsqueda a través de todos los álbumes de Aubree para ver si Daryl aparece en alguna de las fotos que la chica ha ido subiendo a lo largo de los años.
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Abro varios álbumes, con títulos como «¡Vacaciones de primavera!» o «Me encanta LA», y voy cliqueando una a una todas las fotos que en ellos aparecen. Aunque veo un montón de imágenes de Aubree con distintos chicos, la mayoría de ellos probablemente amigos del instituto o de la universidad, no encuentro rastro alguno de Daryl en ninguno de los álbumes, y desde luego nada que sugiera que pudiera haber sido su novio en algún momento.
Las únicas fotos que encuentro que podrían llegar a insinuar una relación pasada de Aubree son las de un álbum titulado «¡Viajazo por la costa oeste!». En él, hay varias imágenes de Aubree con un chico de pelo corto y oscuro. Lo ha etiquetado en las fotos, por lo que me resulta fácil descubrir que se llama Cody Jones. Ciertamente parece tener un vínculo estrecho con Aubree, pues aparece incluso besándola en una foto, subida hace poco más de un año. No sé qué habrá sido de este tal Cody, así que hago clic en su nombre para entrar en su perfil y, cuando lo hago, echo un vistazo rápido a algunas de sus últimas publicaciones.
Al principio, parece que no hay nada más trascendental que unas cuantas imágenes del chico surfeando, pero luego empiezo a encontrar algunas publicaciones con referencias a Aubree. En una de ellas, la menciona por su nombre y expresa que ojalá la encuentren sana y salva. En otro mensaje, asegura que era una chica estupenda y que no se puede creer que haya desaparecido. Y hay incluso una actualización de estado en la que explica que la policía contactó con él por ser un exnovio de Aubree, pero sin más consecuencias porque él no tiene nada que ocultar y siempre le importará el bienestar de su exnovia, aunque ya no estén juntos.
Si la policía consideró que no merecía la pena seguir interrogando a Cody, supongo que no tuvo nada que ver con la desaparición, así que me salgo de su perfil y vuelvo al de Aubree. Justo cuando lo hago, Daryl se revuelve un poco en la cama y, a pesar de que hago todo lo posible por fingir que yo también estoy durmiendo, me pilla mirando el móvil.
—¿Qué pasa? ¡No me digas que no eres capaz de dormir otra vez! — me dice mientras me rodea con el brazo y se arrima hasta quedar pegado contra mi espalda.
—Sí, ¡qué movida! Tengo el cuerpo loco todavía —le respondo, pero admitirle eso solo sirve para provocar que Daryl decida que quizá necesite cansarme de algún modo, y empieza a besarme el cuello.
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Aunque en condiciones normales me mostraría completamente receptiva ante ese gesto, no me hace tanta gracia teniendo esta carga en mi cabeza, y, cuando Daryl lo percibe, deja de besarme y vuelve a preguntarme si me encuentro bien. Es en este momento cuando tomo la decisión de hacer caso omiso de los consejos de mi madre, haciendo justo lo contrario de lo que le prometí.
—¿Conoces a Aubree? —le pregunto a Daryl, y, mientras lo hago, me doy la vuelta en la cama para verlo mejor.
—¡¿Qué?!
—La mujer desaparecida que llevamos días viendo en esos carteles que están por todas partes. ¿La conoces? —le repito.
—No —responde Daryl con firmeza.
—Entonces, ¿por qué te tiene como amigo en Facebook?
Puede que el dormitorio, con todas las luces apagadas, esté sumido en la más completa oscuridad, pero, incluso a través de la penumbra, soy capaz de distinguir con claridad cómo se levantan las cejas de Daryl, como si le sorprendiera que acabara de decir algo así.
—¡¿Qué?!
—Sois amigos en Facebook —repito—. Así que os debéis conocer, ¿no?
Daryl se queda en silencio, un hecho que, honestamente, no contribuye a creerme la explicación que me ofrece.
—Fuimos al mismo instituto —me dice—. Así que sí, supongo que nos conocíamos. Pero yo no nos llamaría amigos. Creo que no he hablado con ella en toda mi vida.
—¿Nunca hablasteis?
—No, solo fuimos al mismo instituto, hace muchos años. Me imagino que por eso me agregó. Ya sabes cómo funciona eso. La gente se agrega en las redes sociales simplemente por el hecho de haber ido al mismo colegio o instituto. No reconozco a la mayoría de las personas que tengo como amigos en Facebook porque ya no me acuerdo ni de la mitad de ellas, y llevo muchos años sin hablar con muchas. Aubree era una chica que iba al mismo instituto que yo, pero era una más entre los cientos de antiguos compañeros.
—Entonces, ¿por qué me dijiste que no la conocías cuando te pregunté?
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—Porque no la conocía. Te acabo de decir que estuvimos en el mismo instituto, pero nunca hablamos. No la tengo como amiga en Facebook porque no la considero alguien a quien conocía.
—¿Conocía? ¿Por qué usas el pasado?
—¿Qué?
—¿Por qué has dicho «conocía» en vez de «conozco»? Como si ya no estuviera viva.
—¿De qué me estás hablando?
—Has hablado de ella en pasado.
—¿Y qué?
—Que sigue desaparecida. Puede que esté viva.
—No, no lo está.
—¡¿Qué?!
Me quedo petrificada al oír decir a Daryl algo así con tanta frialdad y facilidad, como si lo supiera con certeza. Pero no puede saberlo, porque nadie en esta ciudad parece tener ni idea de lo qué le ocurrió a Aubree.
¿Cómo puede entonces Daryl estar tan seguro?
—¿Cómo sabes que está muerta? —le pregunto, porque se ha quedado callado y no me ha explicado nada más.
—A ver, no lo sé a ciencia cierta, pero a estas alturas podríamos considerar obvio que algo malo le ha tenido que pasar —razona—. Lleva tres meses sin ponerse en contacto con su familia o con sus amigos, así que lo más lógico es pensar que está muerta, ¿no?
Parece que Daryl solo estaba haciendo una suposición y no tenía información real que le proporcionara un conocimiento sólido de lo ocurrido, lo cual, supongo, es un gran alivio. Pero sigue sin gustarme nada que me mintiera cuando me dijo que no conocía a Aubree. Aunque no fueran amigos en el sentido más estricto de la palabra, podría haberme contado que estaban en el mismo instituto sin que yo lo hubiera tenido que presionar, ¿no?
—Entonces, ¿no teníais mucha relación? —le pregunto, con la intención de obtener una última respuesta y dejar de hablar del tema. Después de que Daryl vuelva a negarme rotundamente conocer bien a Aubree, me doy la vuelta en la cama y lo dejo estar.
Daryl me da un beso, me dice que duerma un poco y se da la vuelta para hacer lo mismo.
Pero yo no voy a hacerlo.
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Voy a esperar hasta que él se haya dormido.
Después, voy a intentar largarme de aquí como sea.
Porque me está mintiendo, y la foto que vi en el teléfono de mi madre lo demuestra.
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CAPÍTULO 27
DAWN
Dormir debería resultarme algo bastante sencillo si tenemos en cuenta lo poco que lo he hecho en los últimos días, pero ahora mismo, tumbada sobre la cama, eso es lo que menos me preocupa. No puedo dejar de pensar en lo que estará sucediendo en la habitación en la que están Ellie y Daryl.
Mi hija me ha dicho que iba a indagar un poco sobre Aubree en Internet, y no sé qué éxito estará teniendo. Pero esa no es la razón principal por la que estoy desvelada. Quiero asegurarme de que la desafortunada pareja de enamorados no vuelva a intentar escabullirse de la casa y desaparecer en dirección al desierto, y la mejor forma de hacerlo es estar atenta a cualquier movimiento que se produzca en el pasillo.
Alrededor de la una de la madrugada oigo pasos en el exterior de mi habitación. Estoy a punto de saltar de la cama y cazar a quienquiera que esté merodeando por ahí, pero se abre la puerta y veo entrar a Ellie. Está oscuro, pero reconocería su silueta y sus andares en cualquier lugar del mundo. Una vez que ha cerrado la puerta, enciendo la lámpara de la mesilla de noche y le pregunto qué le pasa. De inmediato, y antes de darme más explicaciones, me suelta algo sorprendente.
—Vale —dice Ellie, y suspira profundamente—. Tenemos que irnos de aquí.
—¡¿Qué?!
Aunque estoy contenta porque ese era el plan que sugerí antes de acostarnos, no sé muy bien por qué mi hija ha cambiado tan súbitamente de opinión, porque en ese momento estaba en total desacuerdo conmigo.
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—¿Qué ha pasado? —le pregunto, temerosa ante la respuesta. Espero que no tenga nada que ver con que Daryl la haya amenazado si sabe que sospechamos algo con respecto a él.
—Le eché un vistazo al perfil de Facebook de Aubree y vi que tenía agregado a Daryl como amigo —me explica Ellie—, así que le pregunté si la conocía.
—Se supone que no le tenías que preguntar por ella —le recuerdo, pero Ellie ignora mi preocupación y me insta a bajar la voz porque Daryl y Harvey están durmiendo todavía.
—Me enseñaste esa foto, así que tenía que preguntarle si la conocía — me dice Ellie—. Tenía que saber si me contaría la verdad o me mentiría.
—¿Y?
—Me ha mentido. Ha admitido que iban al mismo instituto, pero ha insistido en que eso es todo. Él no la tiene agregada como amiga en Facebook, y me ha dicho que apenas la conocía. Pero se le veía muy incómodo hablando de ello, y he percibido claramente que había algo más. Parecían tener una relación muy estrecha si hacemos caso a la foto, así que es obvio que me ha mentido, porque me ha dicho que nunca ha hablado con ella. La fotografía era reciente, no es que la sacaran hace años en el instituto. Hace muy poco tiempo, por tanto, seguían conociéndose y teniendo relación, pero él no lo ha admitido. Por eso me quiero ir ya de aquí.
Ellie parece triste a más no poder, y claro, no es algo extraño, sabiendo que alguien a quien quiere y en quien pensaba que podía confiar le está mintiendo descaradamente. Sin embargo, a pesar de lo desgarrador que debe ser para ella, mejor prevenir que curar, y ahora que quiere largarse de aquí, tenemos que elaborar un plan que nos permita hacerlo.
—He estado pensando un poco. Podríamos decirles que alguien de la familia ha muerto inesperadamente —sugiero mientras Ellie se queda de pie junto a mi cama, con cara triste—. Eso nos proporcionaría una excusa para tener que irnos de inmediato y volar de vuelta a Inglaterra. ¿Qué te parece?
—Querrán saber quién es y qué ha pasado.
—Supongo que sí, así que venga, vamos a darle una vuelta. Podemos decir que era tu tía abuela Maggie y que, cuando eras pequeña, solía quedarse contigo para cuidarte. La adorabas, y se ha muerto de repente, así
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que no quieres perderte el funeral y por eso quieres estar ya con la familia, al igual que yo. ¿Te parece bien?
Ellie piensa en la historia de la ficticia tía Maggie por un momento, y después acepta que podría funcionar. Aunque, acto seguido, plantea un posible contratiempo.
—Vas a tener que ayudarme, yo miento fatal —me dice, y en eso estoy de acuerdo con ella.
—Venga, vamos a hacer mi maleta y luego nos ocupamos de la tuya — la animo, y las dos juntas empezamos a llenar la mía, trabajando lo más silenciosamente que podemos, ya que el objetivo es tener casi todo el equipaje listo cuando les contemos a nuestros anfitriones que nos tenemos que ir. Así habrá menos posibilidades de que nos convenzan para que nos quedemos.
Cuando mi maleta está ya llena y creo que lo tengo todo recogido, le indico a Ellie que vaya a hacer la suya, algo que va a ser más complicado, porque Daryl está durmiendo en su habitación y recoger todo su equipaje sin despertarlo va a ser casi imposible. Además, también sería sospechoso que lo hiciera sin contarle a su novio por qué tiene que irse de improviso. En consecuencia, le sugiero que despierte ya a Daryl y que le cuente lo que está pasando.
—Yo voy contigo —le digo, sabiendo que es bastante probable que necesite mi ayuda en caso de que Daryl le haga muchas preguntas.
Sigo a Ellie hasta su habitación y, mientras lo hago, empiezo a pensar en otro problema complicado; tengo que reservar un vuelo de vuelta para las dos anterior al que habíamos previsto, pero bueno, supongo que tendré que ocuparme de eso cuando lleguemos al aeropuerto. De momento, lo importante es salir de esta casa, porque hemos pillado tanto a Daryl como a Harvey mintiéndonos sobre dos cosas muy preocupantes: Aubree y la pistola.
Empiezo a recoger las cosas de Ellie que están esparcidas por el suelo del dormitorio; mientras tanto, mi hija sacude suavemente a Daryl. Cuando se despierta, nos ve a ella, a mí y la luz del dormitorio, que está encendida; con todo ello, se pregunta, con razón, qué está pasando.
Ellie comienza a relatarle la historia que nos hemos inventado, contándole a Daryl todo acerca de la ficticia Maggie y de cómo su muerte ha supuesto un shock para ambas. Antes de que el chico pueda decir nada, intervengo y señalo que la mujer era una parte fundamental de nuestra
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familia y que nos necesitan en casa en un momento tan difícil como este para que podamos ayudar con todos los preparativos del funeral, una tarea necesaria que será desagradable, pero que se tiene que hacer cuanto antes.
Daryl puede ver claramente que no hay marcha atrás, lo quiera o no, porque en ningún momento dejo de hacer la maleta de Ellie mientras se lo explico. Cuando mi hija empieza a ayudarme a recoger cosas, terminamos entre las dos en un santiamén, y enseguida su maleta se encuentra junto a la mía en el pasillo.
Ahora solo nos queda contárselo a Harvey.
—Ve a buscar nuestras cosas al baño —le ordeno a Ellie, antes de ir en busca del dueño de la casa. Tras llamar a la puerta de su dormitorio y no obtener respuesta, entro en él y lo encuentro tumbado bocarriba, roncando.
Me imagino que todo el vino que se ha bebido lo ha dejado medio inconsciente, pero ahora está a punto de despertarse bruscamente y con un golpe de realidad. Como no me ha respondido tras haberlo llamado por su nombre un par de veces, lo sacudo un poco hasta que se despierta de su profundo sueño. Luego le cuento exactamente lo mismo que a Daryl, y le añado que vamos a coger un taxi para irnos ya al aeropuerto. Le digo que odiamos tener que irnos así, pero que, bueno, estas cosas pasan, por desgracia.
—Lo entiendo —dice Harvey, quien por suerte no trata de discutir nada de lo que le he contado. Sin embargo, en lugar de quedarse en la cama, se levanta, y enseguida me explica por qué—. Pero no hace falta que llames a ningún taxi. Yo os llevo al aeropuerto.
—No, no hace falta, cogemos un taxi. Estamos en plena madrugada.
Deberías dormir.
—Tienes razón, debería, pero me imagino que a mi hijo no le va a hacer mucha gracia que Ellie se vaya antes de tiempo, así que, si no me ofrezco a llevaros yo, lo va a hacer él, y prefiero ser yo quien conduzca por la ciudad a estas horas de la noche.
Harvey parece empeñado en ser él quien nos lleve al aeropuerto, y aunque para Ellie y para mí habría sido mucho más cómodo coger un taxi, no puedo protestar demasiado sin levantar sospechas en él, así que me veo obligada a aceptar la oferta a regañadientes.
Vuelvo a encontrar a Ellie en el pasillo y le cuento el nuevo plan. Los hombres nos ayudan a bajar las maletas. Está claro que a Daryl le molesta que Ellie se vaya tan pronto, e intenta un par de veces hablar con ella en
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privado. Yo evito esa posibilidad tan rápido como puedo, y me aseguro de que Ellie no se descentre y cambie de opinión sobre lo de irnos. Pero no lo hace, y cuando salimos por la puerta de la casa y cargamos nuestro equipaje en el maletero del coche de Harvey, me figuro que ya es una realidad que nos vamos de aquí.
Ellie y Daryl ocupan sus lugares en la parte de atrás, y yo me siento delante junto al conductor, Harvey, que arranca.
Próxima parada, aeropuerto de Los Ángeles.
O, al menos, eso espero.
Siempre que Harvey y Daryl no hayan descubierto que tenemos un motivo oculto para querer irnos así, tan de repente.
En ese caso, me imagino que podrían llevarnos a cualquier parte.
Como al desierto, de nuevo, y esta vez puede que no volvamos de allí.
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CAPÍTULO 28
ELLIE
Sé que a mamá le preocupaba mucho que Harvey nos hubiera llevado a un lugar que no fuera el aeropuerto de haber descubierto que les estábamos mintiendo tanto a él como a Daryl acerca de nuestras razones para salir así de su casa y regresar a nuestro país, pero yo estaba más tranquila que ella.
Sabía que Harvey nos llevaría al aeropuerto de Los Ángeles, porque le habíamos vendido muy bien la historia de mi tía abuela Maggie. Supongo que sí, que siempre cabía la posibilidad de que el padre de Daryl hubiera decidido hacer algo raro, pero, al ver que los carteles de tráfico mostraban indicaciones cada vez más frecuentes para ir hacia el aeropuerto, tuve la certeza de que nos estaba llevando al sitio que le habíamos pedido. Todavía fue más evidente al empezar a aparecer ante nuestra vista decenas de aviones, justo al pasar por una de las vallas que delimitan el aeropuerto, y ya cuando aparcamos bajo el gran cartel que rezaba «Salidas», supe que ya era un hecho que nos íbamos de Estados Unidos. Pero Daryl fue consciente de ello en todo momento, y por eso insistió en mantenerme la mano agarrada durante todo el camino. Cuando me la soltó, juraría que tenía unas cuantas lágrimas en los ojos.
En ese momento, me arrepentí de lo que estábamos haciendo y consideré la opción de ponerle fin a esta pantomima.
Pero luego me acordé de la foto y de cómo me mintió con tanto aplomo. Incluso si existiera una razón para que lo hiciera, por inocente que fuera, no puedo confiar en él, ni ahora ni seguramente en el futuro. Si ha sido capaz de mentirme una vez, ¿qué le impediría volver a hacerlo? Suena disparatado, pero en solo cuarenta y ocho horas he pasado de pensar
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que había encontrado al hombre de mi vida y planear una vida futura en Estados Unidos junto a él a preguntarme si todo esto solo ha sido una pérdida de tiempo estúpida.
¿Y si Daryl ha estado quedando con otras chicas cuando yo estaba aún en Inglaterra?
¿Y si mentir le resulta tan fácil que, simplemente, no puede evitarlo? ¿Y si venirme aquí a vivir para estar con él hubiera sido el mayor
error de mi vida?
Tendré mucho tiempo para pensar en la respuesta a todas esas preguntas, porque tengo por delante un vuelo de once horas. Mientras mi madre y yo nos despedimos de nuestros anfitriones estadounidenses, no me puedo creer que estemos a punto de regresar a Inglaterra.
—La próxima vez, iré yo a verte —me dice Daryl—. Avisadme cuando os venga bien recibir mi visita.
Asiento, aunque en realidad ni siquiera tengo claro que le vaya a enviar un mensaje cuando vuelva a casa, así que ya de organizarle una visita a Inglaterra ni hablamos. Daryl me abraza, me dice que me quiere y me da un beso, y se me parte un poco más el corazón. Si todo fuera tan perfecto como yo creía, podría soportar este momento y seguir estando feliz e ilusionada por el futuro; en lugar de ello, me siento abatida, y me enfrento al retorno a la vida aburrida que tenía antes de conocerlo.
Mientras tanto, Harvey se está despidiendo de mi madre, también dándole un abrazo, aunque en este caso no hay beso. El padre de Daryl parece casi tan triste como su hijo por vernos marchar, pero mi madre mantiene el foco y le agradece que nos haya permitido quedarnos en su casa, fingiendo normalidad al decirle que serían bienvenidos en nuestra casa en el futuro.
Una vez terminadas las despedidas, es hora de entrar en el aeropuerto, así que decimos adiós con nuestras manos a Daryl y Harvey y atravesamos las puertas correderas que dan acceso a una terminal donde la temperatura es agradable gracias al aire acondicionado y que cuenta con muchas pantallas que muestran los diferentes vuelos y compañías aéreas.
Me obligo a mirar de nuevo a Daryl y hacerle otro gesto de despedida con la mano, para que parezca que de verdad estoy rota por tener que dejarlo así de rápido, pero, cuando los hemos perdido de vista y estamos en la cola de uno de los mostradores de facturación, puedo por fin dejar de
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actuar. Es en ese instante cuando siento que me invade de golpe una profunda tristeza.
Mamá tarda un poco en darse cuenta de que estoy llorando porque está ocupada buscando nuestros pasaportes en su bolso, pero, cuando ve mis lágrimas, deja de hacerlo y me abraza.
—¡Ay, cariño! ¡Lo siento mucho! —trata de consolarme cuando me ve hundida en la miseria. Aunque estemos en lugar en el que hay mucha gente, entierro la cabeza en su pecho y lloro durante varios minutos, desolada porque este viaje ha terminado siendo un completo desastre.
No sé cómo les voy a contar a mis amigos lo que ha pasado, porque lo último que supieron por los mensajes que les he ido mandando es que me lo estaba pasando bomba en Los Ángeles. Pero las cosas han cambiado de la noche a la mañana, y ahora me dispongo a volver a casa, sintiendo que soy la misma soltera de siempre.
Cuando me calmo un poco, mi madre se acerca hasta el mostrador de facturación y pregunta amablemente si hay un vuelo de vuelta a Londres que salga mucho antes que el que habíamos reservado originalmente. Una mujer de uniforme, encargada de la facturación, frunce el ceño y luego se pasa un rato interminable tecleando cosas en su ordenador. Termina comunicándonos que puede facilitarnos dos plazas en el vuelo que sale de aquí a las seis de la mañana, pero que nos va a costar dos mil dólares más.
Reacciono con la misma mueca de dolor que mi madre, pero, antes de que pueda decirle que es demasiado dinero y que deberíamos buscar un plan alternativo, saca su tarjeta de crédito, la que solo usa en casos de emergencia, y le dice a la mujer que cargue los vuelos a esa tarjeta. Aunque protesto, me manda callar y, unos minutos después, nos da nuestras tarjetas de embarque y vemos desaparecer nuestras maletas por una cinta transportadora hacia las entrañas del aeropuerto.
Pasar el control de seguridad es pan comido porque no hay casi nadie a estas horas. Aunque es muy temprano y falta mucho para nuestro vuelo, encontramos una cafetería abierta y comemos algo antes del largo viaje que nos espera. Permanezco en silencio mientras lo hago, pensando en Daryl y Los Ángeles y en cómo creía que mi vida estaba ya más o menos resuelta, y de repente ya no lo está. Mi madre también está callada, y por eso le pregunto qué está haciendo con su teléfono, porque no lo suelta. Cuando lo hago, me doy cuenta de que preferiría no haberlo hecho.
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—Estoy buscando cómo contactar con la policía de Los Ángeles —me dice con aire despreocupado, como si fuera lo más normal del mundo decir algo así mientras se desayuna en un aeropuerto.
—¡¿Qué?!
—La policía, Ellie. Voy a intentar contactar con ellos.
—¿Para qué?
—¿Tú qué crees? Para que investiguen a Daryl e intenten averiguar si tuvo algo que ver con la desaparición de Aubree.
—¡No puedes hacer eso!
—¿Por qué no?
—¡Porque podría ser inocente!
—Y también podría no serlo. Solo hay una manera de descubrirlo. Mamá vuelve a mirar la pantalla de su teléfono, hasta que se lo
arrebato de las manos.
—Oye, ¿qué estás haciendo? —me grita; intenta recuperarlo, pero yo lo sigo manteniendo fuera de su alcance.
—Déjalo —le digo—. Ya nos hemos despedido de ellos y mi relación no va a ir a ninguna parte. ¿No te basta con eso, no estás contenta todavía?
—¿Contenta? ¡Pues claro que no lo estoy! ¿Qué dices?
—Se acabó; has ganado. Has conseguido que vuelva contigo. No me voy a venir a vivir a Estados Unidos para poder estar con Daryl. Voy a quedarme en casa contigo eternamente. ¿No es eso lo que quieres? Estando yo en Inglaterra, nunca tendrás que estar sola. Seremos dos fracasadas tristes, juntas para siempre.
—¡Ellie!
—¡Mamá, déjame! —exclamo, y me levanto de mi silla, dejando mi desayuno casi sin tocar, aunque no es que tuviera mucha hambre. Ninguna persona a la que le hayan roto el corazón tiene mucho apetito, y yo no soy una excepción.
—¡Ellie, vuelve aquí! —me grita mamá, atrayendo la atención de los otros pocos pasajeros madrugadores que se van filtrando en esta cafetería poco a poco. Pero la ignoro y me llevo mi bolso de mano y su teléfono, así que se ve obligada a seguirme y a olvidarse también de su desayuno.
Cuando consigue llegar a mi altura, estoy ya casi llegando a nuestra puerta de embarque, y aunque aún faltan más de dos horas para nuestro vuelo, tengo la intención de sentarme junto a la puerta y permanecer en silencio hasta que podamos embarcar. Pero al final me veo obligada a
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devolverle el teléfono, porque no deja de darme la lata para que se lo dé, aunque la vigilo muy de cerca para asegurarme de que no se le ocurra llamar a la policía.
¿No es capaz de darse cuenta de que, si lo hiciera, para nosotras sería una pesadilla? Si le diéramos un chivatazo a la policía, querría interrogarnos también a nosotras, y eso podría significar tener que volver a Estados Unidos. Y, aunque no fuera así, sí que implicaría que Daryl y Harvey supieran exactamente por qué nos hemos ido tan de repente, y yo no quiero que lo sepan. Lo que sea que pasara con Daryl y Aubree y lo que provocara que me mintiera al respecto ya no es asunto mío, y estoy tratando de hacerle entender a mi madre que ella también debería olvidarse ya. Solo nos incumbía cuando estábamos en su casa, pero ahora ya no lo estamos, y nunca vamos a volver a ver ni a Daryl ni a Harvey.
Mamá acaba accediendo a abandonar su idea. Cuando los asientos que se encuentran alrededor de la puerta de embarque se han llenado de gente y el sol ya ha salido sobre el aeropuerto de Los Ángeles, soy consciente de que ya casi es la hora de volar de regreso a casa y de regresar a la vida que tenía antes de conocer a Daryl.
¿Por qué tuvo que mentirme?
Las cosas podrían haber sido maravillosas si no lo hubiera hecho.
Por eso, mientras entrego mi tarjeta de embarque al empleado de la aerolínea en la puerta justo antes de subirme al avión, me resulta imposible no sentir que acabo de perder algo muy especial. Aunque, al acomodarme junto a mi madre en los asientos tan caros que acabamos de comprar, también tengo otra sensación, una muy extraña, porque es imposible saber con certeza si está justificada. Sin embargo, la tengo.
Tengo la sensación de que he tenido muchísima suerte y de que me he librado de milagro.
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CAPÍTULO 29
DAWN
Volver al trabajo después de las vacaciones siempre es duro, y no puedo decir que me sienta demasiado bien durante el desempeño de mis tareas en el supermercado en otro turno de noche largo y solitario. No es solo que esté algo triste por haber pasado en un abrir y cerrar de ojos de las calles soleadas de Los Ángeles a las mojadas y lúgubres de mi ciudad. Hay muchas otras razones que explican mi desazón, y trabajando de noche me sobra tiempo para reflexionar sobre ellas.
Una de las mayores causas de mi infelicidad es que me acabo de gastar dos mil dólares que no tenía en un vuelo anticipado para salir de Los Ángeles cuanto antes. Sí, el desembolso me permitió comprar los billetes y también algo de tiempo, pero me voy a lamentar un poco cuando tenga que empezar a devolverle al banco los primeros pagos. Si miro atrás, podría haber considerado la posibilidad de quedarme en California con Ellie hasta que saliera el vuelo que habíamos comprado originalmente, pero, incluso si hubiéramos reservado una habitación en un hotel hasta que saliera, nos habríamos acabado gastando un dinero adicional que no tenía planteado cuando acepté la idea de ir a Estados Unidos y alojarme con Harvey y Daryl.
El viaje en su conjunto ha acabado siendo una pesadilla financiera, y aunque he vuelto pronto al trabajo, me va a costar muchos meses de turnos extra poder compensar el coste de nuestro flirteo con Estados Unidos.
Pero, aunque tenga esas preocupaciones económicas en la cabeza, hay otras muchas cosas que me atormentan, y una de ellas es que mi hija ha estado de un humor terrible desde que volvimos. Aunque yo no tengo la
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culpa de lo que ha ocurrido, ella parece responsabilizarme a mí. Como ella misma me dijo en el aeropuerto antes de que saliera el vuelo de regreso, le parece que estoy «contenta», porque el hecho de que la ayudara a pillar a Daryl en una mentira me ha servido para garantizar que no se vaya a vivir allí con él y, por lo tanto, que no me quede sola en Inglaterra. Yo no puedo mentir, y está claro que la habría echado muchísimo de menos si se hubiera marchado del país, pero es completamente imposible que yo pueda ser feliz si ella no lo es.
Y no hay ninguna duda de que, ahora mismo, no lo es.
Apenas ha salido de su habitación desde que volvimos a casa, lo cual no es un gran cambio con respecto a la etapa anterior a nuestro viaje a Estados Unidos, pero ahora la cosa es aún más extrema. No les ha contado a sus amigos que ha regresado, y también se niega a retomar su trabajo en el restaurante. Aunque lo que más me preocupa es lo primero; que no quiera pasar tiempo con sus amigos solo puede significar que se siente avergonzada por lo que le ha ocurrido y que no quiere que se rían de ella por cometer la locura de irse hasta California a perseguir su sueño, para volver a casa con el corazón roto y el rabo entre las piernas.
He intentado hacerle ver en varias ocasiones que sus amigos la apoyarán y que no van a disfrutar por verla decepcionada, pero no me escucha; siempre que le digo algo al respecto, me grita para que salga de su habitación. Así que, después de todo lo vivido, no es ya que las cosas con mi hija hayan vuelto a la casilla de salida, sino que parecen estar peor que nunca. He intentado hacerlo lo mejor que he podido, apoyando su relación con Daryl, pero no podía ignorar sin más la foto y las mentiras del chico en torno a Aubree, ni que Harvey tuviera un arma habiéndome dicho previamente que no la tenía. Al final, hice lo que cualquier madre haría: asegurarme de que mi hija no corriera peligro. Ahora está salvo, aunque me odia a muerte, así que me abstengo de considerarlo una victoria completa todavía.
Por si todo eso no fuera suficiente para mantener preocupada a una mujer muy cansada y que todavía sufre las consecuencias del desfase horario hasta bien entrada la noche, hay una tercera cosa que me inquieta y que impide que mi mente esté tranquila, y puede que sea el motivo más importante de todos.
Y es que, de momento, no me he puesto en contacto con la policía de Los Ángeles para transmitirles la información de que Daryl no solo
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mantuvo una relación cercana con Aubree en los meses anteriores a su desaparición, sino que lo ha negado cuando se le ha preguntado específicamente por ello. La cosa merece una investigación, más aún porque parece que la policía no tiene nada con lo que trabajar en este momento, como ha demostrado el hecho de que su búsqueda haya sido hasta ahora completamente infructuosa. Bastaría con una llamada telefónica, un chivatazo anónimo, y un coche patrulla se dirigiría a casa de Harvey para que un par de agentes llamaran al timbre. Entonces no solo le preguntarían a Daryl qué relación tenía con Aubree, sino que le pedirían ver la foto que está en una de las cajas del sótano. Dependiendo de lo que Daryl, o tal vez Harvey, tenga que ocultar, podrían obtener algunas respuestas. Quizá les enseñen la foto, pero, si el joven negara su existencia, yo siempre podría enviarles la imagen que tengo en mi teléfono, aunque la verdad es que espero no tener que hacerlo, porque no quiero que nadie sepa que estoy involucrada en la llamada anónima.
A partir de ahí, le correspondería ya a la policía decidir qué hacer.
Y bueno, entonces, ¿por qué no lo he hecho hasta ahora? ¿Por qué no he llamado a la policía y los he enviado a su casa para que investiguen un poco? ¿Por qué me lo estoy callando?
En realidad, la explicación es bien sencilla.
Le prometí a Ellie en el avión de vuelta a casa que lo dejaría estar.
A ella no le importa que Daryl sea culpable o no, aunque, en realidad, lo que creo es que no quiere saberlo. Una cosa es saber que tenía una relación con un mentiroso compulsivo y otra muy distinta es enterarse de que, además de un mentiroso, era también un asesino. Puedo entender que piense que es mejor no abrir esa caja de Pandora, pero también soy capaz de verlo desde otra perspectiva. ¿Cómo estarán los padres de Aubree? Seguirán desesperados, tratando de encontrar alguna respuesta tanto tiempo después de que su hija desapareciera del mapa. Si fuera yo, querría saber qué le sucedió a mi hija, aunque resultara ser algo terrible. Por lo tanto, si puedo ayudar a esos padres, ¿por qué no iba a hacerlo?
Pero eso significaría romper la promesa que le he hecho a mi hija. ¿Qué voy a hacer?
Finalmente, tomo una decisión al final del primer turno de noche en el supermercado tras la vuelta de mi viaje; cuando salgo del almacén y soy testigo del amanecer de un nuevo día, comprendo qué debo hacer. Ver este amanecer me retrotrae al que presencié en el desierto cuando Harvey me
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conducía hasta allí para intentar encontrar a Daryl y Ellie, y me recuerda el miedo y el pánico que sentí cuando temía que algo malo le hubiera ocurrido a mi hija en aquel paisaje yermo. Vale, al final estaba bien, pero sufrí un breve momento de ansiedad extrema por haber permitido que mi hija estuviera en una situación peligrosa, y por pensar que quizá nunca más la volvería a ver. Eso no es algo que ningún padre quiera experimentar y, por suerte, la mayoría de los padres de este planeta nunca tienen que pasar por algo así. Pero los padres de Aubree sí, y ahora mismo, en este mismo instante en Los Ángeles, siguen pasando por ello.
Ellos siguen en ese estado de angustia extrema.
Y tal vez yo pueda hacer algo para ayudarlos.
Saco el teléfono, intento no preocuparme demasiado por lo que me va a costar esta llamada al extranjero y espero a que me pasen con un operador del Departamento de Policía de Los Ángeles. Cuando lo consigo, decido que no voy a darles mi nombre ni decirles desde dónde llamo, solo que tengo información que podría serles útil en relación con una investigación en curso.
A continuación, les doy esa información.
Les ofrezco el nombre de Daryl y su dirección, así como el nombre de la persona desaparecida con la que podría estar vinculado. También les digo que hay una foto en su sótano que demuestra lo que les digo.
Y luego, cuelgo, sin añadir nada más.
Ahora ya es asunto de la policía.
¿Me tomarán en serio e irán a hablar con Daryl, lo que podría dar lugar a la resolución de un caso que, en la actualidad, tiene a todo el mundo desconcertado?
¿O acabo de cometer un error muy estúpido?
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CAPÍTULO 30
ELLIE
Me despierto porque mi móvil vibra sobre la mesilla de noche y, cuando lo cojo, veo que es mi mejor amiga, Charlotte, que está intentando hablar conmigo. Pero, tal y como he hecho con todas sus llamadas recientes, la ignoro y no contesto. Sé que volverá a intentarlo y, en efecto, lo hace de inmediato.
Me doy la vuelta en la cama y me envuelvo la cabeza con la almohada para dejar de escuchar el sonido incesante de mi teléfono vibrando. Aunque reduzco el nivel del sonido, soy muy consciente de que esa estrategia no va a funcionarme a largo plazo.
El problema es que todos mis amigos saben que he vuelto de Estados Unidos antes de tiempo.
Stacey, una de las chicas con las que salgo de vez en cuando, vive al final de mi calle y, al parecer, debió verme llegar el otro día con mi madre y con todo nuestro equipaje. Supongo que le pasaría esa información a Charlotte y al resto de nuestras amigas, y bueno, ya es vox populi.
He vuelto a casa antes de lo que tendría que haberlo hecho, y eso implica que todo el mundo quiere saber una cosa.
¿Qué ha pasado?
Pero no estoy ni mucho menos preparada para enfrentarme a mis amigos y a las preguntas que quieran hacerme, así que, por el momento, los he evitado con éxito. Eso no les ha impedido llamarme y enviarme mensajes; parece que nada emocionante estuviera pasando en sus vidas y quisieran tener más información acerca de mi drama solo por entretenerse. Aunque claro, lo hacen porque aquí nunca pasa nada, así que lo mío es lo
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más interesante que han vivido en los últimos tiempos. Pero que les den. No tengo que contarles lo que ha pasado si no me apetece hacerlo, y no quiero que se compadezcan de mí ni que empaticen ni que me inviten a ir a una discoteca para buscarme un novio nuevo. Lo único que quiero que me dejen en paz, tanto ellos como mi madre.
Ella ya ha vuelto al trabajo, y aunque me sabe mal que haya acumulado deudas por culpa del viaje a Los Ángeles, yo me siento mucho peor que ella. Alguien de quien estoy enamorada me ha mentido y he perdido la oportunidad de vislumbrar un futuro muy emocionante, y ahora estoy otra vez en esta maldita habitación sintiendo lástima de mí misma, que es lo que llevo haciendo casi todo el tiempo durante los últimos años.
La vida es una mierda; al menos, la mía lo es.
Tengo un pequeño respiro al quitarme la almohada de las orejas y descubrir que mi teléfono ha dejado de sonar. Algo es algo, supongo, pero, cuando lo cojo, leo un mensaje que acaba de un plumazo con mi breve momento de paz. Es de Charlotte y, al leerlo bien, me incorporo de golpe en la cama y casi me da un infarto.
Acabo de ver las noticias. ¡Han arrestado a Daryl en Los Ángeles! ¡Qué coño! Es él, ¿no? ¿Es tu novio? ¿Por eso has vuelto antes de tiempo? ¡Joder, Ellie, tienes que llamarme! Un beso.
No me puedo creer lo que estoy leyendo y no me queda más remedio que devolver las llamadas de Charlotte para intentar obtener algunas respuestas.
—¡Hola! ¿Estás bien? —me pregunta mi amiga cuando responde, pero no hay tiempo para cumplidos.
—¿Qué dices? ¿Han arrestado a Daryl? —le pregunto.
—Sí, pensé que lo sabrías. ¿No es esa la razón por la que has vuelto?
—¡No! ¿Qué ha pasado?
—Me he enterado de que habías vuelto antes de lo que pensabas, pero, como no me contestabas, he echado un vistazo a tus redes sociales y a las de Daryl. He visto que alguien ha publicado algo hace diez minutos en su perfil de Facebook, escribiendo en su muro que sabían que era inocente y que tenía que ser fuerte.
—¿Qué?
—Sí, vaya tela, ¿no? Así que lo he buscado en Google y ¿sabes qué? Hay un montón de artículos que describen que la policía lo ha interrogado
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en relación con una mujer desaparecida. ¿De qué cojones va todo esto?
Es un gesto grosero por mi parte, pero cuelgo sin responderle nada a Charlotte, porque tengo la necesidad de buscar algunos de esos artículos en Internet. Cuando lo hago, me encuentro exactamente lo que ella me acaba de describir. Hay decenas de noticias sobre la repentina aparición de un nuevo sospechoso relacionado con la desaparición de Aubree.
Al hacer clic en el primero, accedo a un medio estadounidense que no solo muestra una foto de Daryl, sino que explica que está siendo interrogado por su relación con la mujer desaparecida. El artículo no menciona que lo hayan acusado de nada todavía, solo que se trata de una persona de interés para el caso. Aun así, esto es impactante, y además no debería estar sucediendo.
A menos que…
Es en este instante cuando me doy cuenta de que mi madre debe de haber roto la promesa que me hizo y se ha debido poner en contacto con la policía de Los Ángeles. ¿Cómo si no se les iba a haber ocurrido ir a interrogar a Daryl? Es su culpa, y no me puedo creer que haya hecho esto. Parece que el daño que le ha causado ya es irreversible, porque Daryl está en el foco de atención mediática, y eso significa que en esta ciudad todo el mundo se va a fijar también en mí, una vez que descubran que yo soy la novia de ese chico.
Supongo que técnicamente todavía lo soy, porque no he cortado oficialmente con él una vez que regresé a casa. Me ha enviado algunos mensajes y yo le he contestado de forma escueta. Le he dicho que me siento muy triste y que estoy ayudando a mi familia a preparar el funeral de mi ficticia tía Maggie. Sé que ya debería haber sido sincera con él y haberle explicado que creo que me mintió, y que hemos terminado porque ya no voy a ser capaz de confiar en él, pero aún no lo he hecho. Además, teniendo en cuenta que él no ha sido sincero conmigo, tampoco es urgente que yo lo sea con él.
Pero no esperaba que ocurriera algo así.
Si mamá estuviera aquí, le estaría gritando ahora mismo, pero no está. Está en el trabajo, pero en teoría debería volver ya mismo, así que pronto tendré la oportunidad de hacerlo. Mientras tanto, continúo leyendo todas las publicaciones que encuentro en Internet, así como algunos de los comentarios que la gente va dejando en ellas.
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Leyéndolos, es obvio que algunas personas ya han tomado partido y consideran culpable a Daryl.
«¡Si lo ha hecho él, merece pudrirse en el infierno!».
«¿Daryl era su novio? ¡Escoria!».
«No me puedo creer que la policía haya tardado tanto en descubrir que estaba liado con ella. ¿Qué han estado haciendo todo este tiempo?».
Pero hay otras personas que se reservan su opinión hasta conocer más datos.
«Inocente hasta que se demuestre lo contrario».
«Conozco a Daryl de la universidad, ¡no sería capaz de hacerle daño ni a una mosca!».
«Esto no tiene ningún sentido. Al final se sabrá la verdad, ¡espero que algunos os disculpéis cuando eso ocurra!».
Supongo que algunas de estas personas conocerán a Daryl personalmente y por eso lo están defendiendo, lo cual es comprensible, digo yo. Pero ¿quién tendrá la razón? ¿Los que confían en él o los que ya están seguros de que es culpable?
Aunque sería horrible que al final resultara ser la persona que provocó la desaparición de Aubree, en parte casi espero que sea culpable porque al menos entonces todo esto habrá servido para algo. Ahora mismo me parece peor la idea de que en realidad sea completamente inocente y, a pesar de ello, esté sometido a una abrumadora atención mediática sin haber hecho nada malo. Pero ¿y si en realidad fuera inocente? ¿Y si todo esto es culpa mía?
No, en ese caso no sería culpa mía, sino de mi madre. Cuando oigo que abre la puerta de abajo, salto de la cama y corro a toda velocidad para ir a su encuentro.
—¿Qué coño has hecho? —le grito apenas ha cruzado la puerta. Parece atónita ante mi repentina aparición, pero, cuando le pongo mi
teléfono en la mano y la obligo a leer el artículo que aparece en la pantalla, comprende a la perfección por qué estoy tan enfadada con ella.
¿Y cómo reacciona mi madre? ¿Cuál es su defensa? ¿Qué puede decirme?
¿Se disculpa y me dice que se arrepiente? ¿Intenta negar su implicación, aunque sería una mentira descarada que yo descubriría
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fácilmente?
¿Me suplica que la perdone y me explica que solo ha hecho lo que creía que era lo más correcto?
No, no hace ninguna de esas cosas.
Lo único que hace es devolverme el teléfono y cerrar la puerta.
Después, tras un suspiro profundo, me dice que lo que tenga que ser, será.
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CAPÍTULO 31
DAWN
Comer sola no es muy divertido, pero es algo a lo que tristemente estoy muy acostumbrada, por dos motivos.
Uno, que mi marido se muriera antes de tiempo.
Y dos, que mi hija se ha pasado la mayor parte de los últimos años enfadada conmigo por diversas causas.
La segunda razón es la que explica que esté sentada aquí sola en el sofá frente a mi portátil, con una bandeja sobre mi regazo que contiene comida precocinada que he calentado en el microondas y un solitario vaso de agua sobre la mesa que tengo al lado. Esta comida es insípida, igual que lo es mi poco imaginativa bebida; sin embargo, algo que no puede calificarse de insípida ni de aburrida es la personalidad del periodista de una cadena de noticias estadounidense que tengo frente a mí en la pantalla.
Es un hombre que va vestido con un traje elegante y que es muy intenso y apasionado; relata con entusiasmo a los espectadores las últimas noticias que ocupan los titulares en Estados Unidos. Aunque me costó encontrar la página web de su cadena, desde que lo hice no he dejado de ver ni un segundo la retransmisión en directo que comparten en ella. Y es que necesito estar al día de lo que ocurre con Daryl al otro lado del Atlántico.
Sabía que mi llamada telefónica a la policía de Los Ángeles iba a provocar una reacción en cadena, pero no tenía ni idea de que iba a convertirse en noticia de primera plana tan rápidamente en Estados Unidos. Me imaginaba que la policía hablaría con calma con Daryl, y aunque empezaran a pensar que podría haber tenido algo que ver con la
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desaparición de Aubree, creía que tendría que pasar bastante tiempo antes de que se hiciera público. Pero parece que los medios de comunicación están muy pendientes de cualquier posible novedad sobre el caso, y por eso, cuando he llegado a casa, me he encontrado a Ellie muy cabreada conmigo porque su novio sale en todas las noticias.
Me siento muy mal por haber roto la promesa que le hice, pero, como he tratado de explicarle cuando se ha calmado un poco, no me quedaba otro remedio porque nunca habría sido capaz de perdonarme a mí misma si estaba en mi mano poder ayudar a dos padres desesperados a obtener respuestas y no lo hacía. A pesar de ello, Ellie ha seguido insistiendo en que no tendría que haber llamado a la policía porque, si Daryl es inocente, quizá le haya arruinado la vida.
Dudo que sea el caso, porque si al final resulta inocente, estoy segura de que toda la atención mediática que ahora mismo está recibiendo se va a evaporar igual de rápido que se generó, y los periodistas en Estados Unidos pronto se cebarán con otra persona. Pero ¿y si no es inocente? Hombre, pues en ese caso la tormenta mediática estadounidense no va a desaparecer de inmediato, pero ¿acaso debería hacerlo si Daryl realmente le hizo daño a Aubree? Si es culpable, se merece todo eso y mucho más. Y bueno, lo que es más importante, en ese escenario, yo habría salvado a mi hija ante una situación en la que estaba en un peligro muy real.
Mastico mi insípida comida mientras sigo viendo las noticias y oigo que hablan de otras historias que no me interesan para nada, relacionadas con corrupción financiera en Nueva York y con algún escándalo en el que está involucrado un político de Wyoming. Pero sé que en breve se hablará del caso de la mujer desaparecida, porque aparece en Internet por todas partes y por la cantidad de carteles que vimos con la cara de Aubree cuando estuvimos en Los Ángeles. Estoy segura de que será la comidilla de esa ciudad.
Como el reportero hace una pausa publicitaria, me veo obligada a esperar un rato más para saber si se han producido novedades en la situación de Daryl. ¿Lo estarán interrogando todavía? ¿Le habrán imputado ya algún cargo? ¿Lo habrá soltado la policía porque el chico les haya demostrado que es imposible que tuviera algo que ver con la desaparición?
Las respuestas a esas preguntas marcarán el resto de la vida de Daryl y Harvey, y tengo la sensación de que también marcarán la mía y la de mi
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hija.
Hay dos opciones. O Ellie está a punto de comprobar que hice bien en preocuparme y me perdonará, o va a descubrir que me equivoqué estrepitosamente y me odiará para siempre.
Tengo un cincuenta por ciento de posibilidades de que mi hija me quiera en el futuro.
Con ese escenario en mente, creo que esta noche voy a necesitar una bebida un poco más contundente que esta maldita agua del grifo.
Justo antes de dejar el plato e ir a la cocina a por una bebida más adecuada para mi estado mental, se termina la publicidad y vuelven las noticias. El periodista parece aún más excitado de lo que estaba antes de la pausa publicitaria. Cuando descubro la razón que justifica ese estado, me alegro mucho de estar sentada. De lo contrario, me habría caído al suelo, sin duda.
«Se ha realizado un arresto relacionado con el caso de Aubree Parker», dice el rótulo que recorre la parte inferior de la pantalla, y mientras el periodista cuenta con entusiasmo a los espectadores que han detenido a un sospechoso, yo me imagino que van a hablar de Daryl y de que han descubierto una prueba definitiva que demuestra que el joven era culpable. Pero no es eso lo que sucede. En su lugar, la cámara muestra imágenes del exterior de una comisaría de Los Ángeles. Puedo observar una enorme aglomeración de medios de comunicación rodeando a varios agentes de policía, y me doy cuenta de quién está justo en medio de todos ellos.
Se trata de un hombre que va esposado.
Pero el detenido no es Daryl.
Es Harvey.
Mientras introducen a Harvey en la parte trasera de un furgón policial que se aleja de la comisaría para trasladarlo a unas instalaciones más seguras, el periodista explica por qué ahora es él y no su hijo el que está metido en un buen lío.
La verdad acaba de salir a la luz, pero no es la que todo el mundo, incluida yo, esperaba.
Harvey acaba de admitir que mató a Aubree.
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CAPÍTULO 32
ELLIE
No hacía falta que mi madre irrumpiera en mi habitación para darme la impactante noticia, porque yo ya lo sabía. A diferencia de ella, no me he enterado por un presentador impersonal de un canal de noticias online estadounidense muy poco conocido. A mí me lo ha contado todo una fuente muy cercana, ese tipo de fuente que cualquier periodista de Los Ángeles se moriría por tener en estos momentos.
Ha sido Daryl el que me lo ha contado.
La noticia ha llegado en forma de mensaje a mi teléfono y, cuando lo he leído, no me lo podía creer. En primer lugar, Daryl me pedía perdón por mentirme sobre Aubree. Admitía por fin haber tenido con ella una relación más cercana de lo que me había hecho creer y me aseguraba que se arrepentía en el alma por no haber sido sincero conmigo. Pero todo eso no ha sido más que un preludio de lo que me ha contado después.
Me ha dicho que su padre ha admitido haberla matado, y que él no sabía cómo gestionar la situación.
Estaba a punto de llamarlo cuando mi madre ha entrado en mi habitación y ha cogido mi portátil para mostrarme un vídeo de una página de noticias, una grabación en bucle en la que aparece Harvey esposado y siendo introducido en la parte trasera de un furgón policial, que arrancaba para trasladarlo a algún sitio. La verdad es que no he prestado demasiada atención al portátil, porque quiero hablar con Daryl lo antes posible para ver cómo estaba.
El caso es que tampoco quería que mi madre supiera que estaba a punto de intentar ponerme en contacto con él, así que he tenido que fingir
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sorpresa cuando me ha contado la noticia. Mi madre me ha dicho que sabía que algo raro pasaba en esa familia, pero que nunca se habría imaginado que pudiera ser algo así.
En situaciones como esta no es adecuado usar el típico «te lo dije», así que le he pedido a mi madre que me dejara sola para intentar digerir la noticia y reflexionar sobre ella. Al ver lo triste que yo estaba, he tenido suerte y me ha dejado en paz. Mi tristeza no tenía nada que ver con el hecho de que mi madre tuviera razón y al final resultara que nos habíamos escapado de lo que podría haber sido una situación muy peligrosa en Los Ángeles. En realidad, se debía a que, a pesar de lo que ha hecho su despiadado padre, Daryl es inocente y ahora, con su padre detenido y su madre fallecida, no tiene a absolutamente nadie en la vida.
A nadie excepto a mí.
He intentado llamarlo varias veces desde que he visto su mensaje, aunque de momento no me ha contestado. Pero no voy a dejar de intentarlo, porque quiero asegurarme de que está bien, si es que fuera posible estarlo en unas circunstancias como estas.
¿Cómo se puede gestionar el hecho de que tu padre, el hombre con el que vives y el único progenitor que te queda en el mundo, acabe de admitir estar detrás de la desaparición de Aubree? Es imposible que Daryl pueda llevarlo bien. Es como si yo descubriera que mi madre ha hecho algo terrible. Puedo tener mis desencuentros con ella, pero, al final, sé que es una persona que siempre estará ahí para apoyarme. ¿Qué haría en el caso de que, en realidad, no lo estuviera porque la hubieran detenido?
Me sentiría completamente desamparada y sin esperanza.
Como Daryl no me contesta al teléfono, le envío varios mensajes, esperando que al menos lea uno de ellos y vea que me importa y que solo pretendo asegurarme de que está bien. Pero, por el momento, no ha leído ninguno, así que no tengo ni idea de si tiene el teléfono encima. Quizá haya tenido que volver a hablar con la policía, o tal vez haya conseguido quedarse a solas con Harvey un momento y le esté preguntando qué coño está pasando. O puede que se haya encerrado en una sala en cualquier lugar, tratando de escapar de todos los periodistas desesperados por conseguir imágenes suyas y preguntarle si su padre es un asesino.
De momento, lo único que parece haber hecho Harvey es admitir que mató a Aubree, pero no han trascendido más detalles. Supongo que, dependiendo de lo mucho o poco que le vaya a contar a la policía, irán
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apareciendo más o menos novedades en los medios en los próximos días. Si no les cuenta toda la historia, supongo que tendrá que producirse una gran investigación y tal vez incluso un juicio. La idea de que Harvey sea el protagonista de la noticia más importante en Estados Unidos me resulta impactante.
No hace nada que estaba en su casa, nadando en su piscina, comiendo lo que él nos preparaba y usando su coche para moverme por su ciudad. En esos momentos, parecía un tío normal y corriente, parecido a los padres de los otros chicos con los que he salido en el pasado. Se mostraba educado, aunque un poco raro, y se le veía claramente nervioso por querer causarme una buena impresión para que su hijo estuviera satisfecho. Aunque algunas de sus bromas no terminaban de funcionar, estaba claro que estaba haciendo un esfuerzo por caerme bien. Se le veía un tipo normal, y la verdad es que le presté mucha menos atención que a Daryl porque yo no fui a Los Ángeles por Harvey, sino por su hijo. Pero resulta que Harvey escondía cosas que no nos mostró ni a mí ni a mi madre. Tenía otro lado, uno que ninguna de las dos podría haberse imaginado, y dudo también que alguien que lo conociera mejor que nosotras pudiera haberlo hecho.
Estoy convencida de que Daryl tampoco.
Mamá hace varios intentos más de entrar en mi habitación y hablar conmigo según va avanzando la tarde, ya adentrándonos en la noche, pero me las arreglo para repeler la mayoría de ellos diciéndole que necesito un poco más de tiempo para procesarlo todo y que ahora mismo no tengo ganas de hablar de ello. Aunque lo cierto es que es solo una excusa, porque lo que en realidad pretendo es estar disponible en todo momento por si Daryl decide llamarme, ya que desconozco si podrá hacerlo, y de poder, cuándo lo hará.
Y es entonces, justo después de medianoche en el Reino Unido, cuando mi teléfono empieza a sonar y compruebo que por fin me está llamando.
—¿Daryl? ¿Estás bien? ¿Qué está pasando? —digo al contestar, bombardeándolo a preguntas desde el primer segundo en que descuelgo, porque no sé cuánto tiempo va a poder permanecer al teléfono, así que tengo que hacerle ver que me preocupo por él antes de que cuelgue. Pero no lo hace, no parece tener ninguna prisa por terminar la llamada. De
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hecho, está muy callado, y, escuchando atentamente, me parece oírlo llorar desde el otro lado del charco.
—¡Daryl! ¿Qué está pasando? ¡Cuéntamelo! ¡Puedes contar conmigo! —exclamo. Hablo con una voz demasiado fuerte para las horas de la noche que son, así que, como era de esperar, mi madre me ha escuchado y ya se dirige hacia mi dormitorio. Pero, aunque esté a punto de entrar, sé que no va a ser capaz de oír lo que me diga Daryl, así que no me preocupa demasiado que irrumpa aquí.
—Es mi padre —dice Daryl en voz baja entre sollozos.
—Ya lo sé —digo, sintiéndome desolada por él—. ¿Qué ha pasado?
¿Qué ha hecho?
Entonces se abre la puerta de mi habitación y aparece mamá, que, al verme al teléfono, me dice con los labios:
—¿Quién es?
Como no le contesto, esta vez verbaliza la pregunta, queriendo saber expresamente si se trata de Daryl.
Asiento, pero le hago un gesto con la mano para indicarle que se mantenga a cierta distancia hasta que escuche lo que tenga que contarme. Por suerte me hace caso, aunque se acerca un poco más, con la clara intención de tratar de captar alguna de las palabras que proceden del otro lado del teléfono. Pero dudo que pueda, porque yo, que estoy con la oreja pegada al dispositivo y además haciendo presión sobre él, casi no puedo escuchar a Daryl, ya que sigue muy callado.
—Creo que él la mató —dice Daryl con resignación.
—No lo entiendo.
Mamá ve mi cara de sorpresa y me pregunta qué es lo que acabo de oír, pero me alejo de ella y le pido más información a Daryl.
—¿Ha dicho por qué? —le pregunto. Se queda un buen rato en silencio antes de responderme.
—No lo sé. Lo único que sé es lo que me ha contado la policía. Ha admitido que la asesinó, y ahora los está llevando a…
Daryl es incapaz de terminar la frase porque se echa a llorar, así que le doy un poco de tiempo; luego, le pregunto a dónde está llevando Daryl a la policía. Cuando me responde, me quedo petrificada.
—Los está llevando al lugar en el que la enterró —responde con miedo y confusión.
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CAPÍTULO 33
DAWN
Es que no me lo puedo creer. El hombre con el que he estado bebiendo vino sentada junto a la piscina, con el que he compartido sentimientos íntimos sobre el hecho de ser viuda, el hombre que era el padre del novio de mi hija… resulta que es un asesino.
Me dan náuseas solo de pensarlo, por muchas razones. Una de ellas es que en al menos un par de ocasiones durante el tiempo que pasé con Harvey sentí que teníamos un momento, una especie de conexión, y él quizá dejó entrever que tal vez podría pasar algo entre nosotros. En aquel instante, pensé que podía deberse a que se sintiera solo o simplemente a que hubiera bebido un poco de más, pero ¿y si estaba intentando ganarse mi confianza?
¿Y si tenía planes nefarios para mí, igual que los que tuvo para Aubree?
Pero esto no va solo de mí. Implica también a todos los que de un modo u otro se han visto envueltos en esta situación tan horrenda. Por supuesto, está Ellie, la persona que más me importa; es duro verla tan conmocionada ante este giro de los acontecimientos. En este momento, estoy completamente centrada en asegurarme de que se encuentre bien. Pero también está Daryl, la persona de la que sospeché en un principio, pero que ha resultado ser más una víctima que un sospechoso. Ahora me siento culpable por pensar mal de él cuando no ha hecho nada malo.
Su padre lo ha defraudado enormemente, y la verdad es que lo siento muchísimo por él, por todo lo que está teniendo que soportar en Los Ángeles. Y luego, por supuesto, está la familia de Aubree. Seguramente
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soñaban con que su hija entrara un día por la puerta de casa y pudieran comprobar que se encontraba bien, pero ese sueño se ha esfumado. Todavía no conocen todos los detalles de la historia, y ni siquiera tienen un cuerpo para conseguir al menos una sensación de cierre. Está claro que las cosas nunca volverán a ser iguales para ellos, pase lo que pase a partir de ahora.
Han pasado veinticuatro horas desde que me enteré de que habían detenido a Harvey, y desde entonces han ocurrido muchas cosas. Escuché a Ellie hablar por teléfono con Daryl y le pregunté qué le estaba contando. No me lo explicó hasta que hubo colgado y, cuando lo hizo, resultó absolutamente aterrador. Al parecer, Harvey había admitido el asesinato y se dirigía con la policía hacia el lugar donde la había enterrado. Por si eso no fuera ya suficientemente impactante, Ellie y yo vimos en Internet imágenes en directo de ese trayecto tan lúgubre porque varios canales de noticias estadounidenses tenían helicópteros sobrevolando la zona para seguir a la procesión de coches patrulla que salía de Los Ángeles y se adentraba en el desierto, lugar hacia el que Harvey estaba guiando a las autoridades.
Para mí, la escena no era especialmente reconocible ni significativa, ya que solo podía ver desde un plano cenital varios vehículos de la policía circulando por una autopista en el desierto antes de desviarse por un camino de tierra y dirigirse hacia las montañas. Pero, de repente, se convirtió en algo mucho más personal el reconocer con exactitud el sitio en el que la comitiva se detuvo.
Era el lugar al que Daryl llevó a Ellie para ver el amanecer, el mismo al que Harvey me llevó a mí cuando fuimos a buscarlos.
A mi hija tampoco le pasó desapercibido y, en cuanto se dio cuenta de dónde estaba Harvey junto a la policía, intentó ponerse en contacto de inmediato con Daryl de nuevo. Pero no le contestó, así que nuestra única fuente de información era lo que estábamos viendo por internet. Manteniendo nuestros ojos fijos en la pantalla como si fuéramos unas espectadoras voyeristas morbosas, fuimos testigos del momento exacto en el que saltaba la noticia de que se había descubierto un cadáver en el lugar que aparecía en la pantalla.
No me había dado cuenta en ese momento porque había estado muy absorta en lo que veíamos en la retransmisión, pero ya era de día en Inglaterra; Ellie y yo nos habíamos pasado toda la noche sentadas ante el
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portátil viendo los acontecimientos en California. Cuando el sol empezaba a ponerse tras otro típico día veraniego en la costa oeste de Estados Unidos, parecía que la familia de Aubree por fin tenía lo que llevaba tanto tiempo buscando.
Por fin conocían el paradero de su hija desaparecida.
Ellie y yo continuamos viendo embobadas los canales de noticias para enterarnos de cualquier novedad, bebiendo café para obtener algo de energía que nos sirviera para soportar ese maratón nocturno, aunque ni se nos pasó por la cabeza picar algo de la despensa. No parecía la ocasión más adecuada para comer palomitas o chocolate, y la verdad es que tampoco es que tuviéramos mucho apetito con lo que estábamos presenciando y lo cerca que nos sentíamos de todo ello.
A pesar de encontrarnos a miles de kilómetros de allí, no solo conocíamos al hombre detenido, sino que habíamos estado en el lugar en el que enterró a su víctima. Al ser consciente de ello, empecé a preguntarme cuánto tiempo iban a tardar en enterarse los periodistas de nuestro país. Si alguna de mis amigas, o algunos de los amigos de Ellie, les daban un chivatazo, seguro que más pronto que tarde vendrían hasta nuestra tranquila calle e intentarían por todos los medios ponernos un micrófono en la cara para conocer nuestra versión de la historia. Querrían saber más del tiempo que pasamos en Estados Unidos con el ahora conocidísimo asesino. Por suerte, hasta ahora no ha aparecido ningún medio británico por nuestra casa a intentar molestarnos.
Pero creo que es cuestión de tiempo que lo hagan, porque no es frecuente que una madre y su hija de un lugar tan tranquilo como Suffolk tengan un vínculo con un famoso asesino de California. Ya puedo imaginarme algunos de los titulares, incluso antes de que se hayan escrito.
¡El novio americano de una inglesa y su padre
asesino!
¡Madre e hija británicas salen ilesas con mucha
fortuna en Los Ángeles!
¡La hija, el novio, la madre y el asesino!
Ni comprendo ni soporto la idea de que el nombre y la cara de Ellie salpiquen todos los periódicos, y no hablemos ya de los míos. Espero que
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no lleguemos a eso, aunque hay que ser muy optimista para pensar que no va a suceder. Me cuesta serlo, y aún más me cuesta con respecto a otros aspectos de la historia. Y es que, a medida que se suceden las noticias, las cosas son cada vez más desalentadoras.
Los medios de comunicación están exponiendo con detalle las historias de las vidas de Harvey y su familia; reporteros, periodistas y aparentemente cualquiera que tiene acceso a una cámara o una cuenta en una red social están hablando del hombre y de sus seres queridos con total impunidad. Cualquiera que esté viendo estos canales de noticias puede enterarse de hasta el más mínimo detalle sobre la vida de Harvey: dónde vivía, cuál era su trabajo e incluso en qué supermercado compraba. Esto último, gracias a un fragmento en el que aparece una anciana hablando con un reportero, explicándole que solía ver a Harvey haciendo la compra cada semana y que siempre pensó que parecía un buen hombre.
Profundizando un poco más, los medios de comunicación ya saben que Harvey era viudo y cuentan la historia de la muerte su esposa. Algunos especulan con que tal cosa podría haber sido el detonante para que perdiera el sentido de la realidad y pasara de ser un ciudadano ejemplar a una figura odiada en todo el país y un futuro asesino convicto. Luego se centran enseguida en Daryl, y se aseguran de explicar que el hijo de Harvey fue inicialmente sospechoso de la desaparición de Aubree, pero ahora es solo una víctima más en esta historia tan terriblemente triste. Se profundiza en la vida personal de Daryl tanto como en la de su padre, y se detalla el instituto al que fue y dónde trabaja actualmente, entre otras cosas. Por suerte, hasta ahora no se dice nada de que tuviera una relación con Ellie.
Pero sí que se menciona el hecho de que Daryl tenía un vínculo estrecho con Aubree, y me quedo sin aliento al ver una foto en la pantalla que reconozco muy bien. Es la foto que vi en el sótano de la casa de Harvey, en la que Daryl aparece con el brazo alrededor de Aubree junto a la piscina de su padre, y supongo que alguien la descubrió durante un registro de la propiedad cuando la investigación se intensificó de verdad. A partir de ella, y al igual que yo, la policía y los medios de comunicación son ahora conscientes de que la mujer asesinada estaba vinculada a esta familia. Aunque Harvey aún no ha ofrecido a las autoridades un móvil concreto, eso no ha impedido que todas las personas a las que les interesa
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este caso especulen al respecto. Al parecer, Twitter está plagado de teorías, pero, de momento, no son más que eso.
Supongo que nadie sabrá lo que pasó en realidad a menos que Harvey decida iluminarnos.
Afortunadamente, aunque de forma impactante, eso estaba a punto de suceder.
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CAPÍTULO 34
ELLIE
Al final, tuve que decirle a mi madre que apagara las noticias porque ya no era capaz de continuar viéndolas. Ahora estamos las dos en la cama intentando dormir un poco después de haber permanecido toda la noche despiertas siguiendo los acontecimientos que se estaban produciendo en Los Ángeles, aunque la verdad es que desearía no haberlo hecho. Haber visto y oído todas esas cosas hace que me sea imposible conciliar el sueño. Cada vez que cierro los ojos, me imagino a Daryl llorando, a Harvey esposado o, aún peor, se me viene a la mente una imagen de Aubree yaciendo en una tumba no demasiado profunda en medio del desierto, rodeada de policías, forenses y detectives.
Qué pesadilla. Es todo tan horrible que incluso estoy contemplando hacer algo que mi madre me sugirió hace un tiempo, algo que nunca pensé que haría.
Terapia.
Siempre ha intentado por todos los medios que vaya a hablar con alguien desde que murió mi padre, no solo para aprender a procesar mi dolor, sino también como una forma de enfocarme en mi futuro y descubrir qué quiero hacer con mi vida. Nunca me ha interesado, pero curiosamente, mientras estoy aquí tumbada pensando en un cadáver y en cómo abracé a un asesino y me alojé en su casa, reflexiono y deduzco que me vendría bien desahogarme con alguien. En estos momentos estoy demasiado agotada para hacer nada al respecto, pero puede que le cuente la idea a mi madre en los próximos días, y estoy segura de que se va a alegrar mucho cuando le diga que quiero sincerarme con un profesional.
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También me gustaría que Daryl se abriera un poco conmigo. No he dejado de enviarle mensajes durante toda la noche mientras estaba sentada con mi madre viendo las noticias, y aunque no siempre ha sido rápido en responder, lo ha hecho de vez en cuando. Pero está siendo muy impreciso, sin darme demasiados detalles. Soy muy consciente de que se está reservando sus verdaderos sentimientos y pensamientos, posiblemente avergonzado por haber llorado antes cuando hablaba conmigo por teléfono y no queriendo volver a emocionarse mientras hablamos. Pero conmigo él puede ser como le dé la gana, porque solo quiero que sepa que yo siempre voy a estar ahí para él, y que lo quiero, independientemente de lo que haya hecho su padre.
Sí. Lo quiero.
Ya no me hace falta coger un bolígrafo y escribir en mi diario para procesar mis pensamientos, porque eso lo tengo clarísimo. Quiero volver con Daryl, quiero que estemos juntos de nuevo, como lo estábamos antes de que se desatara toda esta locura. Me arrepentí de haberme ido de allí dejándolo atrás tan rápidamente, pero, al descubrir que me estaba mintiendo, sentí que no me quedaba más remedio que hacerlo. Sin embargo, las cosas han cambiado mucho desde entonces, y aunque puede que no sea perfecto, es mucho mejor persona de lo que ha resultado ser su padre. Además, puede que yo sea lo único que le queda en el mundo.
No sé qué pasará con Daryl ahora que Harvey probablemente vaya a estar en la cárcel durante el resto de sus días. Supongo que la casa se venderá, ¿dónde vivirá entonces? ¿Recibirá el dinero de la venta para poder establecerse en alguna parte? ¿Irá a parar a su padre? ¿Se lo quedará el gobierno porque no pueden permitir que un delincuente se beneficie de una venta lucrativa de una propiedad? No tengo ni idea, pero lo que sí sé es que Daryl no tiene mucha más familia en Los Ángeles, así que ¿dónde va a ir si no? ¿A casa de un amigo? Tal vez lo acepten, pero eso tampoco podría durar demasiado. ¿Y si le da vergüenza pedir ayuda y acaba tirado en la calle? ¿Y si no puede soportar el horror por lo que ha hecho su padre y empieza a beber o a consumir drogas y acaba muriéndose por una sobredosis bajo algún puente en una zona peligrosa de la ciudad?
¿Y si lo pierdo y nunca más vuelvo a verlo?
No quiero pasar ni un segundo más imaginándome a Daryl al borde de un colapso total allá en California, así que le envío un mensaje rápido, muy sencillo.
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Si así lo quieres, puedes venirte a Inglaterra y quedarte en mi casa. Podemos superar esto juntos. Te quiero.
Lo he invitado sin consultarle a mi madre, pero imagino que no hacía falta. No puede oponerse a algo así, ¿verdad? ¿No sería muy despiadado que se negara a acogerlo aquí y que dejara solo a un pobre chico después de lo que ha ocurrido con sus padres? Mi madre no es un monstruo, no es como Harvey. Ella tiene corazón y querrá ayudar a Daryl igual que yo.
Pero ¿y Daryl? ¿Aceptará él mi oferta?
No recibo respuesta durante un rato, y, de repente, me despierto y han pasado tres horas, sorprendiéndome a mí misma por haber conseguido quedarme dormida. Supongo que estaba demasiado agotada como para seguir manteniendo los ojos abiertos. Cuando me despierto, tengo una llamada perdida de Daryl de hace doce minutos, así que se la devuelvo y me contesta enseguida.
No sé si me llama para hablar de la idea de venirse aquí. Pero, en vez de discutir ese asunto, comienza a detallarme más información sobre su padre.
Más concretamente, sobre los motivos que lo condujeron a hacer lo que hizo.
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CAPÍTULO 35
ELLIE
—Perdona por haber estado un rato sin responderte —empieza Daryl, con un tono de voz todavía muy tímido y pareciendo que está más lejos de lo que la distancia que nos separa sugeriría—. Llevo horas hablando con la policía.
—¿Por qué? Ya no te consideran sospechoso, ¿no?
—No, claro que no. Fue mi padre el que lo hizo, no yo. Pero ahora sé cómo ocurrió todo. La policía me ha explicado lo que él les ha contado.
—¿Y?
Daryl suspira muy profundamente antes de comenzar a detallarme la historia. Al iniciar su narración, aún me ofrece otra disculpa.
—Como ya te he dicho, conocía a Aubree un poco más de lo que te aseguré, y de verdad que siento no haberte sido sincero sobre eso. El caso es que no la había visto desde el instituto, pero un día hará unos tres meses me encontré con ella por la calle cuando volvía a casa de trabajar. Empezamos a charlar y tonteamos un poco. Ese día hacía muchísimo calor, y me dijo que iba a ir a la playa porque no tenía piscina en su casa. Pero la playa estaba bastante lejos y, como en mi casa sí hay piscina, le propuse que viniera a darse un baño. Sé que fue un poco precipitado, pero, como te he dicho, estábamos tonteando, era un día muy caluroso y más o menos nos conocíamos del instituto, aunque hubiera pasado ya mucho tiempo de eso.
—Vale, ¿qué pasó después? —pregunto, sin poder imaginarme cómo transcurrió la historia desde una invitación a una tarde en la piscina hasta que Harvey le mostró a la policía la localización de un cadáver.
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—Fuimos a casa y nos metimos en la piscina —me cuenta Daryl, con un deje inocente en su voz. Eso me entristece un poco, porque sé que aunque esta historia pudo haber empezado de una forma inocente, no fue así como acabó—. Estábamos relajados, tomándonos una copa, hablando del instituto y de con quién manteníamos el contacto. Si te soy sincero, en algún momento se me pasó por la cabeza lanzarme e intentar algo con ella, pero mi padre llegó a casa y nos interrumpió.
No me atrevo a preguntar qué pasó después porque no puede ser nada bueno, así que me limito a seguir escuchando.
—Al principio, creí que se enfadaría porque había traído a alguien a casa sin pedirle permiso —dice Daryl, con la voz un poco más alta y clara que cuando empezó esta conversación—. Pero le pareció bien, y aparentemente se puso contento cuando le dije que conocía a Aubree del instituto. Se ofreció a hacernos unos nachos y entró en casa para traernos más bebida. Supongo que se alegró de que tuviera compañía, porque desde que murió mi madre, no había hecho grandes esfuerzos por estar con gente.
Sé exactamente a lo que se refiere. De nuevo, permanezco en silencio. —Salimos de la piscina para comernos los nachos, y papá se ofreció a hacernos una foto, lo cual me pareció un poco raro porque yo no se lo había pedido. Pero nos la sacó, y esa es la foto que quizá hayas visto en las
noticias.
Le digo que sí, que la he visto, pero no le cuento que en realidad ya la había visto antes de eso, cuando mi madre la encontró en su sótano.
—¿Y qué ocurrió después? —le pregunto, impaciente por saber cómo se empezaron a torcer las cosas de repente.
—No mucho, la verdad. Acabamos con los nachos y nos tomamos un par de copas más. Estaba a punto de hacerse ya de noche, así que Aubree dijo que tenía que marcharse. Yo no podía llevarla porque había bebido demasiado, así que mi padre se ofreció a hacerlo, pero ella rechazó la propuesta. Según dijo, iba a ir a ver a una amiga que vivía cerca, así que le parecía buena idea ir andando. Vivimos en un barrio muy seguro, así que no me pareció algo descabellado. La acompañé a la puerta y, antes de que se fuera, le dije que tendríamos que repetir el plan otro día. Eso fue todo.
—¿Cómo que eso fue todo?
—Ya no volví a verla. Lo siguiente que supe de ella fue a través de las noticias, cuando sus padres denunciaron su desaparición.
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—¿Desapareció esa noche?
—Sí.
Daryl vuelve a ser parco en palabras. No tengo dudas de que se debe a que se siente culpable porque Aubree no habría estado en peligro de no haber ido a su casa aquel día.
—No lo entiendo —digo, confundida—. Si estaba bien cuando se fue, ¿cómo le hizo daño tu padre?
—Pues ahí está la cosa. Yo no tenía ni idea de nada hasta que un policía me lo ha contado hace un par de horas.
Entonces Daryl empieza a llorar, y de repente tengo la sensación de que en cualquier momento me puede colgar sin terminar de contarme la historia. Por eso, le digo que se tranquilice y que puede contar conmigo.
Afortunadamente, permanece al otro lado del teléfono y, tras rehacerse, retoma su relato.
—Mi padre le ha explicado a la policía que salió de casa esa noche poco después de que se fuera Aubree. Debió hacerlo mientras yo estaba arriba duchándome, porque eso fue lo que hice en cuanto me despedí de ella.
—¿La siguió? —pregunto, y Daryl me responde afirmativamente. —Le ha dicho a la policía que nada más ver a Aubree, le atrajo
muchísimo, y como estaba tan solo desde lo de mamá, no pudo evitar intentar algo con ella. Se había tomado unas copas durante esa tarde y la alcanzó en la calle, y como sabía que ella también había estado bebiendo, al parecer trató de besarla.
—¡¿Qué?!
—Ya lo sé, no tiene sentido —dice Daryl. Su tono de voz expresa asombro, asco e incredulidad—. Prácticamente le dobla la edad.
—¿Qué sucedió luego?
—Dice que Aubree lo rechazó y le pidió que la dejara en paz. Pero él no paró y trató de atraerla hacia sí. Forcejearon un poco y, al intentar soltarse de mi padre, ella se cayó hacia atrás y se golpeó la cabeza contra la acera.
Me llevo la mano a la boca para ahogar mi grito tras escuchar esta historia tan terrible.
—Mi padre ha narrado que en ese momento le entró el pánico, porque ella no reaccionaba y no se levantaba del suelo, y, cuando intentó moverla, estaba inerte.
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—¡Dios mío! —exclamo, sintiendo ganas de vomitar.
—La policía me ha contado que mi padre arrastró el cuerpo hasta unos arbustos para que quedara oculto y luego volvió corriendo a casa para coger el coche. Yo recuerdo que subió un momento a la planta de arriba justo cuando yo salía de la ducha y me dijo que tenía que ir a comprar algo que se le había olvidado. Siempre se le olvidan cosas desde que murió mamá, así que no me pareció raro. Luego, salió de casa, pero supongo que no iba al supermercado, sino a trasladar el cuerpo de Aubree.
Ahora pienso que puede que vomite de verdad.
—¿La llevó en el coche hasta el desierto y la enterró allí? —pregunto, aunque a estas alturas sé muy bien la respuesta, y mi frase es más una afirmación que una pregunta.
—Sí —responde Daryl de forma casi inaudible—. Pero lo peor de todo es el lugar que eligió para enterrarla.
—Lo sé. Es el sitio al que me llevaste a ver el amanecer —digo.
—Sí, pero hay algo más —me interrumpe Daryl—. ¿Recuerdas la explanada a la que te llevé, con todas esas rocas a su alrededor? El sitio que te dije que era muy especial.
—Claro.
—Nos interrumpieron antes de que pudiera contarte por qué era tan especial para mí. Mi padre me contó que aquel era el lugar en el que le propuso matrimonio a mi madre, antes de que yo naciera. Allí fue donde ella le respondió que sí, que se casaría con él. Por eso conocí ese lugar. Siendo niño, estuve allí varias veces con los dos, con mi madre y con mi padre, y por eso me gustaba tanto volver de vez en cuando después de que muriera mi madre.
Se me parte el alma por Daryl. La verdad es que no me hace falta que siga contándome nada más, aunque él termina su relato.
—Mi padre enterró a Aubree en el mismo lugar en el que le propuso matrimonio a mi madre —me dice, y ahora noto un tono de voz cargado de rabia—. Me imagino que pensó que allí casi nunca va nadie, así que iba a ser muy difícil que la encontraran.
Muevo la cabeza de lado a lado de incredulidad al oír esta última parte. Daryl y yo compartimos un silencio sobrecogedor durante unos momentos, que yo rompo porque tengo que saber una cosa más.
—¿Por qué ha confesado tu padre todo esto? —le pregunto a Daryl. Cuando escucho su respuesta, me parece que las razones son bastante
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obvias.
—Porque me estaban interrogando al respecto. Me obligó a no decir nada sobre la presencia de Aubree en nuestra casa durante el día en el que desapareció, porque me convenció de que la policía me convertiría en el principal sospechoso si se enteraban de algo. Yo pensé que lo hacía por protegerme y que la policía terminaría cogiendo a quien lo hubiera hecho. Pero, cuando vinieron a interrogarme, supuse que se habían enterado de que Aubree estuvo en casa, así que les conté la verdad, les dije que estuvo durante esa tarde aquí para disfrutar de la piscina. A mi padre debió entrarle el pánico, debió suponer que me iban a acusar de su asesinato y, en vez de arriesgarse a que su hijo tuviera problemas por algo que no había hecho, decidió confesarlo todo.
Es en este momento, y no antes, cuando comprendo que, si mi madre no hubiera llamado a la policía, lo más probable es que Harvey hubiera quedado impune, y Daryl nunca habría sabido lo que le ocurrió a Aubree después de que saliera de su casa aquella noche.
Pero, ahora que la verdad ha salido a la luz, ¿qué va a suceder?
Daryl y yo nos pasamos la siguiente hora al teléfono hablando de eso, y cuando terminamos nuestra conversación, sé que no me queda otra que tener una charla seria con mi madre sobre el futuro.
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CAPÍTULO 36
DAWN
Estoy de nuevo en el aeropuerto, pero esta vez en la zona de llegadas y no en la de salidas. Ellie está conmigo. Observamos cómo montones de pasajeros salen de las profundidades del aeropuerto y desembocan en este lugar, cada vez más abarrotado, y ambas estamos muy pendientes del viajero al que hemos venido a recoger.
Daryl.
El joven viene en el vuelo que salió de Estados Unidos hace unas once horas, y debería estar a punto de llegar a Inglaterra, aunque yo necesité mucho más de once horas para procesar el hecho de que iba a venir a quedarse en mi casa y de que, cuando llegara, mi vida iba a cambiar.
Hace unos dos meses, mi hija me planteó por primera vez la idea de que Daryl se viniera a Inglaterra y se quedara en casa con nosotras. En el momento en que lo hizo, cualquier persona que estuviera al corriente de las noticias aún estaba intentando asimilar el hecho de que el padre de Daryl hubiera matado a Aubree, y yo no era una excepción. Que el momento en el que Ellie me lo soltó fuera tan inoportuno me impidió siquiera considerarlo. Fui muy rotunda con mi hija y le dije que de ninguna manera Daryl podía venirse a casa, entre otras cosas porque atraería sobre nosotros una enorme atención mediática. Pero Ellie fue, como siempre, muy insistente, y en el transcurso de las siguientes semanas, no dejaba de exponerme argumentos para justificar que lo mejor era que Daryl se viniera con nosotras.
—No le queda nadie más en el mundo.
—¿No te da ninguna pena? Tenemos que ayudarlo.
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—Lo quiero y necesito saber que está bien.
—Ten corazón. ¿Cómo te sentirías si yo estuviera sola y nadie me ayudara?
Todas esas cosas me dijo Ellie en algún momento durante nuestras discusiones, y bueno, para ser justos, todos sus argumentos eran de peso. Por supuesto que lo sentía mucho por Daryl, y claro que tengo corazón. También era capaz de ver que Ellie seguía muy enamorada de él, y teniendo en cuenta que al final el chico no tuvo ninguna responsabilidad en lo que ocurrió, la verdad es que no me sentía autorizada para hacerle ver que no debía tener esos sentimientos hacia él. Pero fue quizá una de las últimas cosas que me dijo, justo antes de que yo tomara una decisión definitiva, lo que me hizo ceder y concederle su deseo.
—Si no le dejas venirse a vivir aquí conmigo, me iré yo allí a vivir con él, y entonces será difícil que me vuelvas a ver el pelo.
Ese argumento de Ellie, que en este caso era más bien una amenaza muy poco disimulada, me hizo comprender que ya había tomado la decisión de estar con Daryl, y no había nada que yo pudiera hacer al respecto, más allá de decidir dónde iban a desarrollar su relación.
Aquí.
O en Estados Unidos.
Así que, al final, no tuve mucha elección.
—¿Tú lo ves? Yo todavía no lo veo —me dice Ellie, poniéndose de puntillas y estirando el cuello, en un intento de ver por encima de las cabezas de toda la gente que tenemos delante para buscar a Daryl entre la multitud.
—Ya saldrá. Cálmate —le respondo, pero me siento un poco estúpida diciéndole eso, porque yo soy también un manojo de nervios. Hay muchas razones que explican mi estado, y una de las más destacadas es que no sé cómo se va a desarrollar mi reencuentro con Daryl después de lo que ha hecho su padre. Todo apunta a que va a ser muy incómodo y complicado.
¿Qué hago? ¿Saco el tema tan terrible nada más llegue o intento evitarlo por completo? Me parece imposible no hablar de ello, pero no sé cómo reaccionará Daryl si lo hago. ¿Se pondrá a llorar? ¿Se enfadará? ¿Estará deprimido? ¿Sufrirá aún las consecuencias del shock? Como poco, debe estar sufriendo algún trauma; de hecho, Ellie me ha contado que ya ha acudido a algunas sesiones de terapia. ¿De verdad hace falta que yo también le hable de su padre asesino?
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No solo es que tengamos que aprender a gestionar ese tema del que nadie quiere hablar cuando se venga a vivir con nosotras, sino que también está el hecho de que es obvio que los medios de comunicación van a tratar de enterarse de lo que está pasando e intentarán obtener una primicia al respecto. Hasta ahora, Ellie y yo hemos logrado evitar hablar con ningún periodista sobre Harvey, pero eso no significa que no nos hayan hecho fotos ni hayan aparecido nuestros nombres en las noticias.
Tal y como me temía, una de nuestras allegadas no tardó en vender su historia a los periódicos, y bueno, espero que el dinero le haya merecido la pena, porque ya he dejado de considerarla amiga mía. La culpable resultó ser Kirsty, mi vieja amiga del trabajo y una de las mujeres con las que tomaba un café semanal para ponernos al día de todo. Ahora, en lugar de ser cuatro las que nos encontramos semanalmente para charlar, somos solo tres, porque Kirsty ya no es bienvenida. Me pregunto si le importará algo. Tal vez, pero quizá no, porque lo último que supe de ella es que estaba haciendo obras en su casa, ampliándola, y sospecho que lo costeó con el dinero que sacó al vender su historia al periódico nacional con el que no tuvo reparos en hablar.
«Mi mejor amiga vivió con un padre asesino en Estados Unidos», rezaba el titular de la portada del periódico dominical de hace seis semanas, que casi me hizo vomitar cuando lo vi. Enfadadísima, le mandé mensajes al resto de mis amigas y les dije que, para mí, Kirsty estaba muerta. No era solo el hecho de que hubiera contado nuestra historia, sino que, además, compartió varias fotos en las que salía conmigo tomadas a lo largo de los años, lo que significó que millones de personas en todo el mundo pudieran ver mi cara.
—¿Dónde está? —vuelve a decir Ellie, cada vez más impaciente, y hay un instante en el que me pregunto si Daryl habrá cambiado de idea y tal vez no se haya subido al avión para venir a Inglaterra. Quizá, de repente, decidió quedarse en Los Ángeles para estar cerca de algunos de sus conocidos de allí. Pero, por lo que me ha contado Ellie, estaba como loco por irse de Estados Unidos, y cuando veo que se está dirigiendo hacia nosotras entre la multitud de pasajeros cansados por sus vuelos, comprendo que esto está ocurriendo de verdad.
Daryl está aquí y muy pronto va a estar viviendo en mi casa.
—¡Ahí está! —grita Ellie, y sale corriendo para ir al encuentro de su novio.
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Cuando llega hasta su altura, casi lo derriba, tal es su afán por rodearlo con los brazos para darle un abrazo muy fuerte. Daryl suelta su maleta y los dos se estrujan y se besan. Dejo de mirarlos durante un momento porque quiero escudriñar entre la multitud para comprobar si hay algún periodista haciendo fotos y esperando que este encuentro en el aeropuerto se convierta en un reportaje que salga en las noticias de esta noche. Pero no veo a nadie observando a mi hija y a Daryl, aunque eso podría cambiar rápidamente si alguien reconoce al chico, o también a nosotras, así que me acerco a toda velocidad hasta la pareja de enamorados para decirles que muevan el culo.
—Hola, Daryl —saludo de forma incómoda al americano. Estando cerca de él, puedo ver las huellas que han dejado en el chico estos meses tan difíciles.
Ha perdido peso y, a pesar de vivir en una de las ciudades más soleadas del planeta, está extremadamente pálido, lo que sugiere que ha pasado mucho tiempo encerrado en casa. ¿Quién podría culparlo por ello? El revuelo mediático que habrá vivido allí habrá sido mucho más intenso que el que hemos vivido aquí.
Daryl me sonríe tímidamente y me da las gracias por permitirle venir y ver a Ellie. Aunque aún tengo mis reservas, recuerdo por lo que ha tenido que pasar este pobre chaval y le digo que no tiene nada que agradecerme. A continuación, le sugiero que vayamos rápidamente al coche. Ellie y Daryl me siguen, y llegamos hasta el aparcamiento en un abrir y cerrar de ojos.
La conversación durante el trayecto de vuelta a casa es un poco forzada, aunque solo sea porque no me parece apropiado hacer algunas de las preguntas típicas que le haría a alguien a quien llevo mucho tiempo sin ver.
¿Qué debería decir?
—¿Qué tal todo, Daryl? ¿Estás bien? Qué vergüenza lo que hizo tu padre, pero alegra esa cara, seguro que las cosas van a ir a mejor pronto.
En fin, preguntarle a Daryl esas cosas no me parece lo más adecuado, así que permanezco en silencio mientras conduzco de vuelta del aeropuerto. No me sorprende que Daryl también esté bastante callado, sin duda, nada que ver con lo parlanchín y enérgico que se mostró el día que lo conocí. Pero Ellie se esfuerza mucho por ir llenando los silencios
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incómodos que se producen y es capaz de mantener una conversación que no se interrumpe demasiado acerca de temas poco delicados.
Le cuenta a Daryl algunos de los lugares a los que lo va a llevar, igual que hizo él cuando éramos nosotras las que íbamos en el coche de Harvey después de que nos recogieran en el aeropuerto de Los Ángeles, hace no demasiado tiempo. Nosotros tres seguimos siendo libres de hacer lo que nos dé la gana, pero Harvey está encerrado en una celda, y allí va a permanecer el resto de su vida. No me puedo imaginar lo que debe estar sintiendo. Ya nunca más se bañará en su piscina ni se beberá una botella de vino a altas horas de la noche ni viajará hasta la playa. Lo ha perdido todo, y él es el único responsable de que eso sea así. Pero, en cuanto a Daryl, aunque su vida también se haya hecho trizas, él no tiene ninguna responsabilidad. Tal vez, con el tiempo, pueda dar un giro a su vida y volver a ser feliz. Supongo que yo tengo un papel relevante en que eso suceda, igual que Ellie, porque ahora va a vivir con nosotras. No tengo ni idea de por cuánto tiempo. Mi hija tiene la intención de ayudarlo a conseguir trabajo, y luego los dos supuestamente se van a buscar un sitio en el que vivir juntos. Aunque, de momento, vamos a estar los tres bajo el mismo techo. Mientras aparco ya en la entrada de mi casa, me recuerdo a mí misma que estoy intentando hacer una buena obra.
Pero ¿cómo es eso que se dice cuando una persona intenta hacer lo correcto y luego resulta contraproducente?
«Hacer el bien no significa que te vaya bien».
Solo me queda esperar no me salga el tiro por la culata y mi buena acción no resulte contraproducente para mi familia.
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CAPÍTULO 37
ELLIE
Ha pasado una semana desde que Daryl llegó a Inglaterra y, salvo un par de momentos complicados con algunos medios, las cosas han ido bien.
Siempre fui consciente de que mi novio iba a estar un poco decaído, pero he hecho todo lo que he podido no solo para intentar animarlo, sino también para permitirle tener sus momentos de vulnerabilidad, porque es importante que no reprima sus emociones e intente fingir que no tiene ningún problema y que todo va fenomenal. Hemos pasado bastante tiempo juntos en la cama, pero viendo películas, comiendo pizza que hemos pedido a domicilio y hablando. No ha habido nada físico entre nosotros. Estoy segura de que, con el tiempo, todo llegará, pero por el momento prefiero no presionar a Daryl y me parece que lo mejor es que se tome un poco más de tiempo para procesar lo que ha pasado con su padre.
Tenía claro que salir a la calle juntos iba a ser complicado, y me he sentido completamente paranoica pensado que habría periodistas al acecho escondidos tras algún arbusto que en cualquier momento saldrían de golpe para hacernos fotos. Por suerte, eso aún no ha ocurrido. Hemos ido un par de veces a pasear al parque que hay cerca de casa en las horas centrales del día, cuando todo está tranquilo porque la gente en general está trabajando, y también hemos ido al cine a ver algunas películas, porque lo más probable es que nadie nos reconozca en una sala oscura. Pero me he abstenido de llevar a Daryl al centro de la ciudad o a centros comerciales bulliciosos porque me parece demasiado arriesgado. En esos sitios, sería fácil que alguien nos reconociera, y entonces volveríamos a aparecer en las noticias.
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«¡El hijo de un asesino está viviendo oculto en Suffolk!» rezaría posiblemente uno de los muchos titulares que aparecerían en los medios si alguien se enterara de que Daryl está aquí. Pero, de momento, nadie lo sabe. Yo no se lo he dicho a ninguno de mis amigos, y mi madre también ha guardado silencio con los suyos. Supongo que iremos viendo hasta qué punto somos capaces de mantenerlo en secreto. Sé que no se va a poder prolongar eternamente, sobre todo en el caso de que Daryl decida quedarse conmigo y acabemos construyendo una vida juntos en algún lugar cercano. De momento, solo intentamos centrarnos el uno en el otro, sin distracciones externas.
Mamá se ha portado muy bien con Daryl hasta ahora. No nos ha causado ningún problema, y aunque sé que debe ser raro para ella que el novio de su hija esté viviendo en su casa, no nos ha hecho pasar ni un mal rato desde que llegó. Creo que, al igual que yo, ha visto que Daryl está destrozado por lo que hizo su padre, y por eso sabe que es injusto hacerlo sufrir más.
Le he preguntado a Daryl varias veces si cree que alguna vez irá a visitar a su padre a la cárcel, pero me ha contestado que es demasiado pronto para pensar en algo así. Sin embargo, sí que me ha admitido que fue a verlo una vez, no mucho después de que Harvey lo confesara todo. Me ha explicado que fue porque se negaba a creer una historia tan espantosa a menos que la oyera de boca de su propio padre. Por desgracia, Harvey se lo confirmó todo. Daryl se marchó, y desde entonces no ha vuelto a verlo. Me pregunto si alguna vez lo hará.
Esta tarde estoy tumbada en la cama intentando descargarme una película para ver después juntos en mi portátil. Daryl está en el baño y, cuando regresa a la habitación, me sugiere que vayamos a dar un paseo.
—La tarde está preciosa —me dice—. ¿Vamos al parque a ver la puesta de sol?
Sabiendo lo mucho que le gusta a Daryl todo lo que tenga que ver con los amaneceres y los atardeceres, no puedo decir que me sorprenda que me proponga este plan, aunque estoy tan a gusto aquí en mi habitación que la verdad es que no me apetece demasiado salir. También está el hecho de que mamá está trabajando, y está bien tener la casa para los dos solos un rato antes de que vuelva. Pero Daryl parece tener muchas ganas de salir a la calle. Me recuerda que el verano no va a durar para siempre, y que sabe que los inviernos ingleses pueden ser muy crudos y oscuros, así que
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deberíamos aprovechar al máximo una tarde-noche como esta mientras podamos hacerlo. No tengo argumentos en contra, así que me levanto de la cama. Meto en la mochila una manta, una botella de vino de la colección secreta de mi madre y un par de paquetes de patatas fritas, y ya estamos listos para hacer un pícnic en el parque.
El cielo tiene un color anaranjado precioso cuando salimos de casa y nos dirigimos hacia nuestro destino. Calculo que nos queda aproximadamente una hora antes de que el sol se ponga y caiga la oscuridad. Pero llevamos las chaquetas puestas y es una noche templada, así que creo que estaremos a gusto al menos un par de horas más, aunque tengo que acordarme de mandarle un mensaje a mi madre en algún momento para contarle dónde estamos, porque pronto acabará su turno y no esperará que la casa esté vacía cuando regrese a casa.
Daryl y yo nos cruzamos con unas cuantas familias que vuelven del parque. Vemos niños que van en bicicleta mientras sus padres llevan cosas como balones de fútbol y juguetes de plástico bajo el brazo. Daryl se baja un poco más el ala de la gorra de béisbol sobre la cara mientras cruzamos la calle y pasamos junto a ellos. Cuando estoy segura de que ninguna de las familias lo ha reconocido, me dejo llevar por una idea más agradable. Aunque es algo que aún queda muy muy lejos, me pregunto por un momento cómo sería si Daryl y yo mantuviéramos nuestra relación durante mucho tiempo, el suficiente como para formar nuestra propia familia. Obviamente, no voy a contarle lo que estoy pensando, porque no quiero que se asuste.
«Compórtate con naturalidad, Ellie», me digo a mí misma cuando estamos ya entrando en el parque. Encontramos un lugar tranquilo tras unos árboles, fuera de la vista de cualquier otra persona que pueda transitar por aquí, pero desde el cual se disfruta una vista estupenda del atardecer que se despliega ante nosotros.
Aunque me digo de nuevo que tengo que tomarme las cosas con calma con Daryl, la verdad es que me apetece mucho comprobar si él quiere intimar un poco, como hicimos en Estados Unidos. Por eso, después estar un rato charlando y picando de las bolsas de patatas fritas, y cuando se hace ya de noche y somos las dos únicas personas que quedan en el parque, empiezo a besarlo, con la idea de llevar las cosas un poco más allá si nos apetece. Sé que estamos en un lugar público, pero aquí no nos ve
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nadie, y me siento más relajada que en mi casa, sabiendo que mi madre está en la habitación de al lado.
—Lo siento —se disculpa Daryl cuando, tras un par de minutos besándonos, mis manos han empezado a deslizarse bajo la camiseta que cubre su torso—. Aún no me siento del todo preparado.
Me aparta las manos justo antes de que se acerquen a su cintura, pero yo no me siento molesta ni avergonzada, sino más bien triste por él. Tiene que estar tan afectado aún por lo que hizo su padre que ni siquiera contempla intimar conmigo, como lo hizo en el pasado.
—No pasa nada —le digo, lamentando en silencio haberme dejado llevar por el momento—. Lo siento. ¿Quieres más patatas fritas?
Daryl sonríe al ver lo rápido que he cambiado de tema. Nos volvemos a tumbar y contemplamos juntos el cielo oscuro. El recuerdo de la puesta de sol tan bonita que acabamos de presenciar sigue nítido en nuestras mentes. Mientras estoy aquí tumbada, me doy cuenta de que se me ha olvidado hacer una cosa que sabía que tenía que hacer.
«No le he dicho a mamá dónde estoy», me recuerdo.
Lo más seguro es que ya haya llegado a casa y se esté preguntando dónde estamos, así que debería buscar en mi bolso y coger mi teléfono para enviarle un mensaje. Justo en el momento en el que voy a hacerlo, Daryl vuelve a disculparse por haberme apartado de esa manera hace unos instantes y me dice que quiere volver a intentarlo.
Como no quiero cargarme el momento, guardo el móvil antes de siquiera mirarlo y lo beso una vez más.
Y me olvido de mi madre otra vez.
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CAPÍTULO 38
DAWN
Miro el móvil y compruebo que Ellie aún no ha respondido a mi mensaje preguntándole dónde está.
Sé que ya es mayorcita para salir sola y hacer lo que le venga en gana, pero, mientras viva conmigo, sabe cuáles son las normas. Me gusta que me diga cuándo entra y sale de casa, así que sabe que esto no está bien. Pero, de momento, no parece tener intención alguna de contarme a dónde podría haber ido con Daryl.
Hace solo diez minutos que he llegado a casa, así que, de momento, mi prioridad es comer algo después de otro turno de trabajo agotador. Por eso me preparo otra comida precocinada en el microondas y me siento delante de la tele a comer. El turno de hoy en el supermercado ha sido especialmente extenuante porque teníamos una gran entrega, y he tenido que ayudar a mover algunas cosas muy pesadas debido a que dos de mis compañeros de trabajo no han ido hoy; han llamado muy oportunamente para decir que estaban enfermos. En fin. Pero bueno, ya está hecho, y por suerte mañana tengo un día libre, lo cual es poco habitual. Por tanto, esta noche puedo relajarme e intentar descansar. Sin embargo, hasta que no sepa dónde está Ellie, no voy a ser capaz de relajarme del todo, así que sigo pendiente del móvil mientras como.
Entretanto, veo en la tele un episodio bastante insulso de una serie que hace años que no veía, y le presto atención a medias. Pero mis oídos se agudizan cuando escucho a un personaje decir una frase que hace muy poco tiempo le he oído decir a otra persona.
«Haría cualquier cosa por mi hijo».
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El comentario lo hace una madre autoritaria que aparece en esta serie, y la razón por la que me llama la atención es porque, hace nada, Harvey utilizó exactamente las mismas palabras mientras estábamos sentados junto a la piscina una noche hablando sobre nuestros hijos. Dijo que haría cualquier cosa por Daryl, cualquier cosa, y que lo único que le importaba era que estuviera bien.
¿Por qué se me ha revuelto el estómago al acordarme de eso?
Dejo de hacer lo que estoy haciendo, reflexiono un poco más sobre ello y se me ocurre una idea aterradora.
¿Y si lo que Harvey dijo era literal?
¿Y si realmente fuera capaz de hacer cualquier cosa por su hijo? Como, por ejemplo, asumir la culpa de un crimen que en realidad
cometió su hijo…
Es una idea descabellada, pero pienso si podría ser posible y mi ritmo cardiaco se acelera. ¿Podría Harvey ser en realidad inocente? ¿Podría haberle dado a la policía una confesión falsa para evitar que interrogaran a Daryl? ¿Y si fue su hijo quien le hizo daño a Aubree y Harvey ha asumido la responsabilidad para que Daryl no vaya a la cárcel y pueda vivir su vida libremente? ¿Y si fuera ese el motivo por el que Harvey conocía el lugar exacto en el que se había enterrado el cuerpo? No porque él lo hubiera llevado hasta allí, sino porque Daryl lo hizo, y cuando ese secreto estuvo amenazado, Harvey desvió toda la atención hacia él.
Pasé poco tiempo con ese hombre, pero lo suficiente como para comprobar que era obvio que quería mucho a su hijo, y teniendo en cuenta que es viudo como yo, sé qué la idea de perder a su hijo, que es lo único que le queda en el mundo, podría provocar que fuera capaz de hacer cualquier cosa.
¿Supuso Harvey que Daryl no sobreviviría a la cárcel y decidió ser el que se encerrara en ella?
Es una locura.
Pero ¿podría ser cierto?
Estoy intentando llamar a Ellie para hablar con ella, porque no puedo permitirme no considerar todas las opciones. A pesar de intentarlo una y otra vez, no me contesta, y es entonces cuando vuelvo a sentir ese malestar. Es el mismo que sentí cuando me enteré de que Ellie había desaparecido con Daryl en Estados Unidos, porque odio no saber dónde está. Ahora ha vuelto a desaparecer con él, y me temo que las cosas no van
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a ser tan sencillas como la otra vez porque, a diferencia de entonces, no puedo contar con la ayuda de Harvey para intentar localizarlos.
No sé dónde puede estar Ellie.
Tampoco sé si Daryl es en realidad la persona que mató a Aubree. Pero ¿y si lo fuera?
¿Será esa la razón por la que ha venido a Inglaterra?
¿Habrá venido a terminar lo que intentó hacer en Estados Unidos?
¿Será mi hija su próxima víctima?
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CAPÍTULO 39
ELLIE
Y aquí estamos, besándonos de nuevo. No estoy segura de qué es lo que ha provocado que Daryl cambie de opinión y quiera volver a tener contacto físico, pero me alegro de que así sea porque, con suerte, quizá signifique que las cosas pueden empezar a normalizarse entre nosotros.
Esta vez se comporta de forma más apasionada que hace cinco minutos, y cuando se da la vuelta para ponerse encima de mí, me gusta la sensación de sentir el peso de su cuerpo presionando el mío. En este instante ocurre algo que estropea un poco el momento.
Muevo un brazo para ponerlo alrededor de la espalda de Daryl, pero, cuando lo hago, golpeo accidentalmente mi mochila, y algunos de los objetos que hay en su interior se caen y quedan esparcidos por el césped, junto a nuestra manta. Uno de esos objetos es mi teléfono, y cuando lo miro, veo que la pantalla se ilumina y desde la distancia me doy cuenta de que hay varias notificaciones.
—Un segundo —le digo a Daryl tras interrumpir nuestro beso. Cojo el móvil, y descubro que todas las notificaciones son de mi madre. Tengo seis llamadas perdidas suyas y cuatro mensajes nuevos, y el último es muy tajante.
¡CÓGEME EL TELÉFONO! ¡ES URGENTE!
Me parece obvio que no debería haberme olvidado de contarle a mi madre dónde estoy, porque es evidente que está cabreada conmigo. O puede que se trate de otra cosa; el hecho de que diga que es algo urgente me hace temer que le haya pasado algo malo a ella o a alguien conocido.
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—Perdona, tengo que llamar a mi madre —le digo a Daryl. Él intenta besarme el cuello, y resulta muy notorio que no está de humor para más interrupciones.
—¡Deja el teléfono! —me insta, y aunque estoy seriamente tentada de obedecerlo, mi madre me ha escrito en mayúsculas su último mensaje, y eso es una señal manifiesta de que lo mejor será no hacerla esperar más.
—No tardo nada, de verdad —le digo mientras comienzo a llamarla, pero Daryl me arrebata de repente el teléfono de la mano y lo lanza hacia atrás. Yo lo veo rebotar por la hierba hasta perderse en la oscuridad.
—¡Eh! —le grito, no tolerando que tire mi teléfono, que es muy caro, de forma tan imprudente.
—De verdad, déjalo. Eres una persona adulta. No hace falta que le estés contando todo el tiempo a tu madre dónde estás —me dice, y luego intenta besarme otra vez, pero estoy enfadada con él, así que lo aparto y me pongo de pie. Me siento mal por hacerlo, pero no voy a permitir que me falte al respeto tratando así mis cosas, aunque haya ido siempre con pies de plomo con él desde que llegó y haya intentado mantenerlo siempre de buen humor.
Al principio, pienso que no voy a poder encontrar mi teléfono porque todo está muy oscuro, pero entonces veo, a unos cuantos metros de mí, una pantalla que se ilumina. Mi madre debe estar llamándome otra vez, y en este momento no me importa que lo haga, porque eso me sirve para ayudarme a encontrar el móvil. Cuando me acerco para cogerlo, Daryl vuelve a decirme que lo deje.
Ignorándolo, lo cojo y contesto a la llamada. Cuando lo hago, oigo la voz entrecortada de mi madre al otro lado de la línea.
—¡Ellie! ¿Dónde estás?
—En el parque. ¿Qué pasa?
—¿Está Daryl contigo?
—Sí, claro.
—Escúchame bien, Ellie. Tienes que alejarte de él ahora mismo. —¡¿Qué?!
—Haz lo que te digo. Por favor, aléjate de él.
No tengo ni idea de por qué mi madre se ha puesto así. Si no me da una buena razón para obedecerla, no le voy a hacer caso. Pero no hace falta que me explique nada más, porque oigo a Daryl decirme que cuelgue
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y, cuando me doy la vuelta para mirarlo, lo veo hacer algo que provoca que un escalofrío recorra mi espalda.
Se levanta la camiseta y saca un cuchillo que llevaba escondido en la parte superior de los vaqueros.
En este instante recuerdo lo que ocurrió hace unos minutos y comprendo que quizá esa fue la razón por la que me detuvo antes, cuando mis manos recorrían su cuerpo. No quería que viera lo que tenía ahí oculto. Pero ahora ya sé que Daryl tiene un cuchillo, aunque desconozco lo que planea hacer con él.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunto a Daryl; mi madre aún sigue al otro lado del teléfono.
—Deja el teléfono, Ellie —me ordena Daryl, dando un paso hacia mí. Yo no retrocedo porque estoy paralizada por el miedo, aunque
probablemente debería intentar moverme porque, al ver la hoja del cuchillo gracias a la luz de la luna, me doy cuenta de que ese objeto peligroso no hace más que acercarse a mí.
—¡Ellie! ¿Qué está pasando? —me pregunta mi madre—. ¿Estás bien? Dudo en responder a esa pregunta porque aún no estoy segura de lo que está sucediendo, pero, a juzgar por la mirada de Daryl, me temo que no, que no estoy bien. Entonces mi novio vuelve a hablar, y lo que dice
confirma mi pesadilla.
—No quería hacerte esto —dice Daryl con tono tranquilo y en voz baja, mientras da otro paso más hacia mí—. De verdad, me dije a mí mismo que te dejaría en paz y no vendría a Inglaterra. Estuve a un paso del desastre en Los Ángeles, y pensé que tenía que olvidarme, que no podía empeorar aún más las cosas. Pero no puedo, Ellie. No soy capaz de parar. Necesito hacerlo. Quiero hacerlo.
Daryl empieza a levantar el cuchillo. Según se acerca, comprendo que en pocos segundos me tendrá a tiro de piedra. Pero sigo petrificada, inmóvil, porque además de asustada, estoy confundida.
—¿Qué quieres decir con eso? —le pregunto—. ¿Cómo que no puedes parar?
—¡Ay, Ellie, no te mereces esto! Lo sé. Pero Aubree tampoco. Soy yo, no puedo evitarlo. Me siento obligado a hacerlo. Ojalá pudiera explicarlo, pero no puedo. Siento mucho que esto tenga que pasar.
Ahora el cuchillo está totalmente levantado por encima de la cabeza de Daryl. Es este el momento en el que mi cerebro obliga a mi cuerpo a entrar
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en acción, y me doy la vuelta para huir lo más rápido que puedo.
Daryl me persigue y yo tengo muchas dificultades para saber hacia dónde dirigirme por culpa de la oscuridad. Temo que mi reacción haya llegado demasiado tarde.
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CAPÍTULO 40
DAWN
La llamada con Ellie se cortó hace diez minutos y, a pesar de mis repetidos esfuerzos por volver a hablar con ella, no me contesta. Por lo menos sé que está en el parque, y hacia allí me dirijo ahora, salvando la corta distancia en coche y saltándome todos los límites de velocidad de todas las calles en mi intento desesperado por llegar antes de que sea demasiado tarde.
No he podido oír todo lo que se decían Ellie y Daryl mientras hablaba con ella por teléfono, pero he detectado miedo en la voz de mi hija y he sabido que algo iba mal.
Es espeluznante y aterrador, pero parece que mis peores temores podrían ser ciertos y Daryl es el peligroso, no su padre.
Cojo otra curva demasiado deprisa y veo ya la señal de entrada al parque gracias a los faros de mi coche. Atravieso a toda velocidad el camino de entrada, que está abierto, y bajo por el sendero principal que atraviesa este espacio verde. Afortunadamente, este parque no cierra por la noche. Aunque eso me ha facilitado la entrada, también ha permitido que Ellie y Daryl entraran antes. Tengo que intentar encontrarlos en este espacio tan amplio y oscuro sea como sea.
Hago sonar el claxon con la esperanza de que Ellie me oiga y venga corriendo hacia mí. Si no, espero que al menos le sirva para saber que ya estoy aquí, que está a punto de recibir ayuda. Aunque eso solo sucederá si es capaz de oír el claxon.
¿Y si no puede?
Quizá signifique que ya es demasiado tarde para ayudarla.
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No tengo más remedio que reducir la velocidad porque, incluso con los faros del coche alumbrando, es difícil ver en este lugar, y me preocupa chocarme con algo.
Cuando finalmente detengo el coche, salgo a toda velocidad del mismo y empiezo a gritar el nombre de mi hija, encendiendo a la vez la linterna de mi teléfono para iluminar a mi alrededor. Lo único que veo son arbustos y árboles. Ellie podría estar en cualquier parte, su cuerpo podría yacer en cualquier lugar tras toda esta vegetación frondosa, y siento que intentar localizarla parece imposible. Pero no puedo rendirme y sigo gritando su nombre, desesperada por oír su respuesta y que me diga no solo dónde está, sino también que sigue bien.
Pero sigo siendo la única que está haciendo ruido en este lugar, pues nadie contesta. Mientras avanzo, ilumino el suelo con la linterna para ver por dónde piso y vislumbro algo absolutamente desolador.
Sangre.
Hay gotas de sangre por todo el camino que tengo por delante. Me arrodillo para poder ver más de cerca y, al hacerlo, descubro que también hay sangre en el césped junto al camino.
Mi corazón palpita con violencia. La razón me dice que esto demuestra que ya es demasiado tarde para salvarla, pero me obligo a seguir caminando hacia delante. Siguiendo el rastro de sangre, paso entre dos árboles y me adentro en una zona donde el follaje es más denso.
Me araño el brazo con una rama que sobresale y, para colmo, me araño también la cabeza con otra que cuelga muy baja. Todo eso me ocurre porque estoy no estoy prestando tanta atención a lo que tengo por delante como al suelo, en busca de más sangre. Pero, de repente, ya no necesito seguir el rastro de manchas rojas, porque recibo una pista más evidente de dónde podría estar Ellie.
La oigo gritar.
—¡Ellie! —grito también yo mientras salgo corriendo en la dirección desde la que ha provenido ese sonido, que me ha helado la sangre. Avanzo a toda velocidad y casi pierdo pie en varias ocasiones, tropezándome con tocones de árboles muertos y enredándome un par de veces los pies entre raíces. Al oír otro grito, soy consciente de que ya estoy muy cerca de mi hija y, de repente, me encuentro en un claro en medio del parque y veo dos personas delante de mí.
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Una de ellas es Ellie, que está tumbada en el suelo con las manos por encima de la cabeza, intentando protegerse de algo. La otra es Daryl, que está de pie junto a mi aterrorizada hija, con un cuchillo en la mano y dispuesto a clavárselo en cualquier momento.
—¡¡No!! —grito, y salgo corriendo hacia los dos. Ellie me ve venir, pero Daryl ni siquiera se molesta en darse la vuelta y reconocer mi presencia.
Parece totalmente concentrado en terminar la tarea que tiene entre manos.
Desesperada por llegar hasta él antes de que pueda hacerle más daño a mi hija, le tiro mi teléfono desde la distancia, con la esperanza de golpearlo y que eso lo distraiga. Pero fallo estrepitosamente, y el móvil termina en los arbustos que hay detrás de los dos. Ahora, para colmo, he perdido mi linterna. Las cosas parecen empeorar, porque me tropiezo con algo pesado y duro que hay en el suelo. Me caigo, y temo haber perdido la única oportunidad que tenía de salvar la vida de mi hija.
Entonces descubro con qué me he tropezado. Es una piedra grande. Sin pensar ni un segundo en lo que estoy haciendo, la cojo y me dirijo de nuevo corriendo hacia Daryl.
Veo cómo se abalanza contra Ellie, pero ella consigue esquivar por los pelos que el cuchillo la hiera, aunque su atacante ya está listo para intentarlo de nuevo. Sin embargo, me aseguro de impedírselo golpeándolo con la piedra en la parte posterior de la cabeza, con todas las fuerzas que logro reunir. En cuanto la piedra hace contacto con Daryl, comprendo que un golpe así de contundente lo va a dejar completamente fuera de combate.
El sonido de su cráneo al quebrarse es ensordecedor en este lugar, porque el parque está por lo demás sumido en el silencio. Cuando el chico se cae al suelo ante mis pies, suelto la roca ensangrentada y me centro en Ellie, tratando de asegurarme de que se encuentra bien.
Primero pienso que no lo está, porque veo que tiene brazos y manos llenos de sangre, y mi miedo es que tenga varias puñaladas profundas en el cuerpo que yo aún no haya podido ver. Enseguida, sin embargo, me dice que está bien. Mientras nos abrazamos con fuerza, me doy cuenta de que ella no es la única.
Yo también estoy bien.
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Porque acabo de salvar la vida de mi hija y, por extensión, también la mía.
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CAPÍTULO 41
ELLIE
Las vendas que tengo en las manos y en los brazos cubren las heridas que me provocó mi exnovio, pero, cuando me las quiten, quedarán al descubierto las cicatrices de mis últimos momentos con él. Aunque presumo que las cicatrices más profundas serán las que me resulten más difíciles de tratar a medida que vaya avanzando mi recuperación. Me refiero a las huellas psicológicas, consecuencias del hecho de que casi muero a manos de una persona de la que estaba enamorada, del que solo me salvó en el último segundo la persona que en estos momentos está sentada junto a mi cama en el hospital.
Sé que son esas cicatrices psicológicas y no las superficiales las que más preocupan a mi madre, porque ahora mismo me está enseñando en su teléfono la página web de otro terapeuta al que cree que sería buena idea acudir cuando me den el alta. Aunque ya le he hecho ver que es demasiado pronto para pensar en eso. Solo quiero descansar y recuperarme, pero, como sé que está haciéndolo por mi bien, trato de rebajar sus expectativas con amabilidad.
—¿Podemos hablar de eso mañana? —le pregunto, y extiendo la mano con cierta vacilación hacia el vaso de agua que hay sobre la mesa que está al lado de mi cama.
—Espera, yo te lo doy —me dice mi madre. Me acerca el vaso a la boca y lo inclina con suavidad para que el líquido frío se deslice por mi garganta y calme mi sed, que es más que considerable. Soy muy consciente de que no debería quejarme demasiado por no poder usar las manos con todas las vendas puestas, porque sé que soy una afortunada por
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haber logrado sobrevivir para contar la aterradora noche que sufrí en el parque. Pero sí que es molesto que sean otros los que tengan que hacer tareas tan sencillas por mí, como ayudarme a comer, beber o ir al baño.
Pero las cosas podrían haber sido mucho peores. Aunque Daryl me alcanzó varias veces con el cuchillo mientras yo trataba de repelerlo, ninguna de las heridas que me causó fue mortal. Sin embargo, eso no significa que los cortes que sufrí durante el ataque no sean dolorosos. Me quejo levemente mientras me giro con delicadeza en la cama, y mi madre enseguida me pregunta si necesito más analgésicos; yo asiento, me parece que me harían bien.
Mientras mi madre se acerca a buscar a una enfermera, reflexiono un poco y me noto muy frustrada. Aunque solo llevo cuarenta y ocho horas en este hospital, ya estoy deseando salir de aquí e irme a casa. Solo quiero que las cosas vuelvan a la normalidad, aunque probablemente la normalidad a partir de ahora sea muy distinta a la que estaba acostumbrada.
Ya no seré Ellie Brown de Suffolk, Inglaterra, así sin más. Ahora seré la superviviente de un brutal ataque de un psicópata estadounidense. Estuve a punto de formar parte de las estadísticas de delitos graves. Violencia doméstica. Agresión. Asesinato. Todas esas palabras se podrían asociar a mi persona a partir de ahora, pero yo trato de centrarme en la única palabra que realmente importa en lo que a mí respecta.
Viva.
Daryl consiguió engañarme, pero en última instancia fracasó, teniendo en cuenta que yo sigo viva y él no. Murió intentando matarme. No merecía menos y no pienso derramar una sola lágrima por él, eso seguro. Estoy enfadadísima con él, pero no solo por lo que me hizo a mí, sino también por lo que le hizo a Aubree. Esa chica fue su primera víctima y, a diferencia de mí, no sobrevivió a su encuentro con un chico americano peligroso y letal, que en apariencia parecía completamente inocente, pero que bajo esa fachada albergaba una terrible sed de sangre.
Cuando mi madre vuelve a la habitación con una enfermera que no reconozco, me preparo para recibir más analgésicos. Supongo que tendré que acostumbrarme, porque pasará un tiempo hasta que deje de necesitar medicamentos para volver a sentirme yo misma.
Cuando la enfermera hace su trabajo y consigue reducir la intensidad del dolor que siento, consigo relajarme de nuevo, y una vez que mi madre
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y yo volvemos a estar solas, decido hablarle de algo que me ronda por la cabeza desde que me trajeron aquí y me metieron en esta habitación.
—Es la primera vez que vuelvo al hospital desde que papá estuvo ingresado —digo en voz baja, sabiendo que también es la primera vez que mi madre pisa este sitio desde aquella época.
—Ya… —dice asintiendo lentamente con la cabeza, y las dos nos quedamos un rato en silencio recordando aquellos momentos difíciles, en los que todos los días veníamos a ver a mi padre a su habitación. Estaba conectado a todo tipo de máquinas, tenía cables por todas partes y lo visitaban muchas más enfermeras y médicos de los que me han atendido a mí hasta ahora. A pesar de su estado crítico y de que era evidente el proceso de deterioro progresivo que sufría, palpable cada vez que veníamos a visitarlo, mi padre siempre mantuvo una actitud positiva. Para honrar ese recuerdo, creo que yo debería comportarme ahora de la misma manera.
—Vamos a dar un paseo —le propongo a mi madre, sonriendo para demostrarle que me siento con ganas de hacer tal cosa—. Necesito un poco de aire fresco.
Tardo un poco en convencerla de que puedo pasear y estirar un poco las piernas, e incluso llega a consultar con una enfermera si es sensato hacerlo. Como su respuesta es que no hay inconvenientes en que me levante de la cama un rato, salgo hasta el pasillo con cuidado, con mi madre a mi lado en todo momento.
Mientras caminamos, pasamos por delante de la puerta de varias habitaciones, viendo a muchos pacientes durante nuestro trayecto, hasta que llegamos al lugar al que tenía la intención de venir con mi madre. Es un sitio en el que pasé algún tiempo antes de que falleciera mi padre, al que siempre me dije a mí misma que volvería algún día para rendirle homenaje. Pero me ha resultado dificilísimo reunir las fuerzas necesarias para hacerlo.
Estamos en el jardín conmemorativo del hospital, el lugar donde los familiares dejan flores para recordar a los seres queridos que han perdido aquí, un sitio al que vine una vez justo antes de que papá se nos fuera. Por aquel entonces, intentaba convencerme a mí misma de que él no pertenecía a este lugar y que yo nunca tendría que ser una de las que dejaran flores, pero ahora que estoy aquí, siento que debería haber vuelto hace mucho tiempo.
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—Deberíamos traer flores —le digo a mamá mientras observamos los ramos coloridos que han dejado otros dolientes.
—Sí, eso estaría muy bien —me responde ella, que me abraza y me dice lo orgulloso que estaría papá de la mujer en la que me he convertido.
Tras derramar algunas lágrimas y compartir algunas anécdotas divertidas sobre el hombre al que tanto echamos de menos, ambas abandonamos el jardín conmemorativo y volvemos a la habitación. Me meto en la cama para descansar un poco. Aunque mi madre me asegura que no está cansada y que le gustaría quedarse conmigo un rato más, le pido que se vaya a casa a dormir un poco, y me promete que volverá esta tarde cuando empiece de nuevo el horario de visitas.
—¿Puedes traerme mi diario cuando vuelvas? —le pregunto justo antes de que se vaya.
—¿Crees que es buena idea? ¡Me parece que no deberías intentar escribir hasta que se te curen las manos! —exclama con escepticismo.
—No voy a intentar escribir —la tranquilizo, porque no tengo intención de hacerlo—, solo quiero volver a leerlo. Cuando lo haga, me voy a deshacer de él.
—Ah, ¿sí?
—Sí, eso me ayudará a pasar página. Hay muchas cosas escritas sobre papá y Daryl en el diario. Lo quiero leer todo una vez más, y luego me voy a centrar por completo en el futuro. He estado pensando que voy a buscarme un trabajo administrativo de oficina para poder tener un horario más sociable. Así, podré ver a la gente por la noche y dedicarme a mejorar la calidad de mi escritura. Y puede que les pregunte a mis amigas a ver si quieren alquilar un piso conmigo. Alguna se ha quedado soltera hace poco, así que creo que estarán dispuestas. Creo que a todas nos va a venir bien descansar un tiempo de los chicos.
—¿Quieres decir que puede que algún día te vayas de verdad de casa? —Quizá. Esa es la idea. Pero no te hagas ilusiones todavía.
Las dos nos reímos, aunque acto seguido mi madre me dice que está bromeando y que puedo quedarme en casa toda la vida sí así lo quiero, y lo más bonito es que se le nota en la cara que me lo está diciendo en serio.
—¡Hasta luego! —exclama al salir de mi habitación, y yo le hago un gesto de despedida con una de mis manos vendadas justo antes de que se cierre la puerta. Me acomodo sobre la almohada, apoyo la cabeza hasta encontrar la mejor posición posible y reflexiono sobre lo agradecida que le
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estoy a la mujer que no solo me ha salvado la vida, sino que también me ha ayudado a seguir adelante desde que papá nos dejó.
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CAPÍTULO 42
DAWN
Aunque me muero de ganas de que le den el alta a Ellie y salga por fin del hospital para venir a casa, soy consciente de que debo aprovechar estos últimos momentos en los que la tengo para mí sola, así que eso es lo que pretendo hacer. He puesto música, me he servido una copa de vino, he pedido comida a domicilio y estoy tumbada en el sofá con el mando de la tele en la mano.
La casa está en silencio.
Tranquila.
El paraíso.
Han pasado tres días desde la noche infernal en el parque, y han ocurrido muchas cosas desde entonces, por eso necesito un respiro como el comer. Mi primera preocupación fue, obviamente, asegurarme de que Ellie se encontraba bien, y por suerte lo estaba, aunque los agentes de policía que acudieron al lugar de los hechos tenían una inquietud más apremiante. Querían saber exactamente qué había pasado y cómo había acabado muerto un joven estadounidense que estaba de visita en nuestro país.
No puedo culparlos por querer interrogarme, cosa que hicieron tanto en el hospital como en la comisaría al día siguiente. Entiendo que me hicieran un montón de preguntas y también comprendo que no se limitaran a creer a pies juntillas lo que yo les contaba. No habrían hecho bien su trabajo si no se hubieran mostrado escépticos y no hubieran valorado todas las pruebas antes de llegar a la conclusión de que yo solo actué en defensa de mi hija y que Daryl murió porque intentó matarla.
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Las pruebas en sí eran bastante concluyentes. No solo pudieron comprobar que mi versión de los hechos coincidía sin fisuras con la de Ellie, sino que, además, había muchas pruebas del peligro que supuso Daryl. Ellie sufrió heridas múltiples y había sangre suya por todo el parque. Las lesiones eran consistentes con heridas provocadas por un cuchillo, y, por otro lado, se pudo comprobar que en el mismo solo había huellas dactilares que pertenecían a Daryl, con lo cual era obvio que el chico fue la única persona que lo usó.
Daryl cogió el cuchillo de mi cocina; Ellie cree que debió hacerse con él a escondidas cuando salió de la habitación para ir al baño poco antes de proponerle que salieran a la calle para ver la puesta de sol. Reconocí el cuchillo, aunque hacía mucho tiempo que no lo utilizaba, ya que llevo mucho sin cocinar, calentándome cada dos por tres en el microondas comida precocinada. Finalmente, y tras la intervención de expertos forenses que examinaron el arma, evaluaron la escena y corroboraron minuciosamente tanto mi versión como la de Ellie, la policía decidió que lo que les habíamos contado era cierto, y yo quedé en libertad.
¿Qué se siente al salir impune de un asesinato?
Para nada lo veo como un asesinato.
Yo solo hice lo que cualquier madre habría hecho en una situación como esa.
Yo sería capaz de morir por mi hija, pero también lo sería de matar por ella, y aunque nunca esperé tener que hacer algo tan drástico, cuando el momento lo requirió no dudé ni un instante.
Aunque intento con todas mis ganas no hacer nada que no sea relajarme esta tarde, me resulta imposible evitar hacer algo que probablemente no debería, y casi sin darme cuenta de ello, he vuelto a entrar en la página web del canal de noticias estadounidense que transmite permanentemente en directo. Quiero ver qué se dice de Daryl en Estados Unidos. Aunque sé que los medios de comunicación del Reino Unido no han parado de publicar noticias acerca del ataque en el parque y sobre cómo salvé a mi hija de las garras mortales de un californiano loco, no he tenido mucho tiempo para ver qué se está diciendo por allí.
Reproduzco el directo en la web, me pongo cómoda en el sofá y le doy un sorbo a mi copa de vino mientras escucho al periodista que aparece en pantalla hablar de un posible huracán que se dirige a Florida. Pero
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rápidamente comienzan a hablar de la siguiente historia. Nada más hacerlo, veo la cara del joven al que me vi obligada a matar.
Como era de esperar, la muerte de un estadounidense en el extranjero en unas circunstancias tan dramáticas copa todos los titulares, y aún con más razón debido a la conexión del fallecido con otro hombre que acaba de empezar a cumplir condena también por un crimen atroz. El padre de Daryl ya era noticia, así que ahora que Daryl se ha unido a él, sin duda entre ambos han proporcionado una gran carga de trabajo a los periodistas.
Al ver el último reportaje, me confirman algo que ya sospeché durante la noche en la que le salvé la vida a Ellie. Harvey ha admitido a la policía que mintió, que él no asesinó a Aubree y que solo intentó que su hijo, el verdadero asesino, no estuviera en el centro de atención. Ha explicado cómo se enteró de lo que Daryl le hizo a Aubree, detallando que su hijo se lo contó atacado de los nervios cuando la policía estaba en la puerta de su casa, esperando a que los dejaran entrar cuando yo les di el chivatazo.
Teniendo conocimiento de los crímenes de su hijo y de la ubicación del cuerpo, Harvey fue capaz de pervertir el curso de la justicia, lo cual conlleva una pena larga de prisión, aunque mucho más corta que la que supone el crimen por el que se encontraba entre rejas.
Ellie le ha contado a la policía de Inglaterra que Daryl, justo antes de atacarla en el parque, le confesó haber matado a Aubree, y esa información fue transmitida rápidamente a las autoridades de Estados Unidos. Eso dio lugar a este giro tan dramático de los acontecimientos, que ahora mantiene enganchados a los espectadores estadounidenses, que no se separan de la pantalla. Es un poco de locos pensar que Harvey hiciera algo tan drástico para que su hijo no sufriera las consecuencias de sus actos. Sin embargo, también pienso que cualquier padre podría llegar a empatizar con algo así, y estoy segura de que ahora mismo hay más de uno viendo esta cobertura informativa que siente un poco de lástima por Harvey.
Y, por increíble que parezca, yo soy uno de ellos.
Sí, sus decisiones dificultaron en última instancia que la familia de Aubree conociera la verdad. Y sí, que permitiera que Daryl quedara en libertad casi provoca la muerte de Ellie. Esas son cosas que ni yo ni la mayoría de las personas podríamos perdonarle nunca. Pero también comprendo la situación en la que se encontraba y dónde tenía la cabeza en el momento en el que tomó la decisión trascendental de confesar un crimen que, en realidad, no había cometido. También soy capaz de
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entender la situación en la que se encuentra ahora, con su mujer y su hijo muertos, e imaginar el dolor tan profundo con el que debe estar viviendo, aún en una celda en la cárcel.
Lo ha perdido todo, ¿qué es lo que puede motivarlo a seguir adelante? No se me ocurre nada.
Pensándolo bien, hay una palabra que me viene a la cabeza, aunque intento alejarla rápidamente porque me da mucho miedo.
Venganza.
Harvey tiene que odiarme por lo que le hice a Daryl. Maté a su único hijo para salvar a la mía, y aunque tuve total justificación para hacerlo, ¿lo verá él del mismo modo? Por otro lado, ¿habrá caído en la cuenta de que fui yo quien le dio el aviso a la policía e inició el proceso que lo llevó a tener que realizar una confesión falsa para que su hijo no entrara en la cárcel? Yo me imagino que sí, basándome en que salimos de su casa a toda velocidad y en que la policía apareció por allí muy poco tiempo después para registrar el sótano en busca de la foto.
Si tuviera que apostarme algo, diría que Harvey no tenía ni idea de que la foto estaba allí abajo y que fue Daryl quien la imprimió en algún momento, seguramente como un recuerdo macabro con el que evocar a su víctima. Pero la imagen acabó siendo lo que provocó que todo se derrumbase sobre él, casi literalmente teniendo en cuenta el arma que utilicé para matarlo.
¿Cómo se sentirá por tanto Harvey con respecto a mí? Me siento intranquila por no conocer la respuesta a esa pregunta. Aunque actualmente se encuentra bajo custodia policial a miles de kilómetros de distancia, no va a estar en la cárcel para siempre, porque se han reducido sus cargos. Saldrá mucho antes de lo que iba a salir. ¿Qué hará cuando llegue ese día?
Considero la idea de escribirle una carta, en la que le explique exactamente lo que ha pasado, con mis propias palabras, para que comprenda todo desde mi punto de vista. De progenitor a progenitor. Tal vez funcione, porque, después de todo, llegamos a ser amigos en un momento, por breve que fuera. Podría decirle que entiendo por qué hizo lo que hizo para proteger a Daryl, pero él también tiene que comprender por qué yo me vi obligada a hacer lo que hice para proteger a Ellie.
¿Debería hacerlo?
¿Debería intentar ponerme en contacto con él?
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¿O sería mejor no remover el pasado?
Tengo la extraña sensación de que me va a costar muchísimo tomar esa decisión. Solo el tiempo dirá si resulta ser la correcta.
EPÍLOGO
HARVEY
Estar confinado en una celda de dos por dos metros y medio durante los próximos dos años implica que voy a tener mucho tiempo para pensar. De hecho, eso es prácticamente lo único que puedo hacer aquí tumbado en este colchón incómodo, desde el que miro los barrotes que cubren casi toda la ventana de mi celda.
La cárcel no es un lugar para aquellos que no pueden estar en paz con sus pensamientos, porque eso es lo único que una persona tiene aquí dentro. Me arrebataron todas mis libertades cuando me convertí en un prisionero con un número en la espalda de mi uniforme, y ahora no soy más que un cuerpo al que se le dice cuándo tiene que comer, dormir y trabajar. El único placer del día lo obtengo a través de pensar en el mundo exterior: amplios espacios abiertos, hierba verde, arenas doradas, cielos azules, palmeras y la posibilidad de ir a donde te dé la gana.
Todas esas cosas parecen estar a un millón de kilómetros de donde me encuentro ahora mismo, pero sé que algún día saldré de aquí. Hasta entonces, solo tengo que dejar que el tiempo transcurra.
—¡Correo!
El grito inesperado del alcaide de la prisión frente a mi puerta me sorprende. Mientras observo la carta que acaban de dejar en mi celda, no tengo ni la más remota idea de qué puede tratarse. Aquí no recibo correspondencia con demasiada frecuencia, cosa que a decir verdad es muy lógica teniendo en cuenta que soy uno de los hombres más odiados del país por haber mentido sobre lo que le ocurrió a Aubree y haber provocado un sufrimiento aún mayor a su familia. ¿Quién querría ser amigo por correspondencia de un hombre peligroso como yo?
Dicho esto, las pocas cartas que he recibido desde que me encerraron aquí han provenido de mujeres que podrían considerarse peligrosas porque son del tipo que parecen gravitar alrededor de hombres malvados que han hecho cosas horribles y que van a tirarse un buen tiempo entre rejas. He recibido invitaciones por correo para entablar relaciones con mujeres de estados como Alabama y Kentucky, e incluso una proposición de matrimonio de una señora mayor de Seattle, que me dijo que había oído hablar de mi historia en las noticias y se sintió obligada a aproximarse a mí para ofrecerme esperanza.
Sí, una locura.
Mientras recojo la carta del suelo, me pregunto si será otra de esas extrañas admiradoras que parece que me he ganado desde que me hice famoso. Si lo es, al menos disfrutaré de un pequeño entretenimiento de unos cinco minutos, hasta que arrugue el papel en una bola y lo tire otra vez al suelo. Sin embargo, cuando empiezo a leer esta carta, comprendo que no la ha escrito una mujer solitaria que busca a un delincuente igual de solitario al que amar. La ha escrito una mujer a la que conocí en el mundo exterior antes de terminar aquí.
Es una carta de Dawn.
La leo palabra por palabra dos veces antes de dejarla, pero no la arrugo tal y como esperaba hacer. La dejo con delicadeza sobre mi cama porque soy muy consciente de que voy a volver a leerla, seguramente muchas veces, mientras esté aquí adentro.
Acercándome hasta la ventana, me rasco la barba incipiente, pensando en que no me esperaba que la madre de Ellie se pusiera en contacto conmigo, aunque me alegro mucho de que lo haya hecho. En su carta me intenta explicar por qué no tuvo más remedio que matar a Daryl y también dice que, al igual que yo, hizo lo que tuvo que hacer para proteger a su hija. Supongo que esa es su forma de disculparse por haberle quitado la vida a mi hijo y de aliviar en parte la culpa que podría sentir por haber provocado la pérdida de otro miembro de mi familia, convirtiéndome en el único superviviente.
Sé que Dawn no estaba obligada a escribirme. Podría haber seguido con su vida y haberse olvidado de mí, centrándose en su felicidad futura y en la de Ellie. Imagino que a ambas les quedan muchas cosas por vivir y muchas esperanzas futuras que cumplir, lo cual es mucho más de lo que se puede decir de mí. Pero Dawn ha sacado conclusiones erróneas sobre mí. A pesar de que pueda pensar que estoy languideciendo en esta celda sin que nadie me espere ahí fuera, está equivocada, al menos en una cosa.
Sí que tengo una esperanza futura que cumplir.
Estoy deseando vengarme de ella y de su hija.
Dejo escapar un suspiro profundo, vuelvo a mi colchón y me tumbo de nuevo, oyendo crujir los viejos muelles de la cama mientras encuentro una posición cómoda. Reflexiono sobre que, a pesar de todo, he tenido suerte en cierto sentido. La policía conoce mi delito más reciente, el hecho de haberlos engañado durante la investigación sobre la muerte de Aubree y de haber tratado de proteger al verdadero asesino para que pudiera seguir en libertad. Pero no tienen ni idea del crimen que cometí en un pasado ya lejano.
No saben que maté a mi mujer, la madre de Daryl, e hice que pareciera un accidente.
El forense registró la causa de la muerte de Jodie como un infarto, y aunque eso fue técnicamente lo que la mató, lo que provocó el infarto es algo que solo yo sé.
Envenenamiento con acónito. Así es como maté a mi mujer y quedé impune tras hacerlo, utilizando la «Reina de los Venenos» para matar a la reina de mi familia. Fue muy sencillo hacerlo. El acónito es una planta que aunque parece bonita cuando está en plena floración, puede ser dañina si entra en contacto con los seres humanos, en especial si se absorbe a través de la piel. Por eso, Jodie estaba sentenciada cuando mezclé disimuladamente acónito con su crema para la piel. Después de aplicársela, el veneno hizo su trabajo en su cuerpo en cuatro horas, provocándole un fallo cardíaco. Sabía que los médicos no se iban a dedicar a buscar veneno en su sangre, aunque, para estar seguro del todo, me deshice del bote de crema para que no lo encontraran en casa y averiguaran lo que había hecho.
Me sentí bien arrebatando una vida, no solo porque sentí que llevaba años distanciándome de Jodie, sino porque siempre había tenido una fascinación morbosa por la muerte, y en particular por el asesinato. Siempre sentí el impulso de probarlo algún día y saber qué se sentiría. Dicen que de tal palo, tal astilla, y sin duda eso puede aplicarse con respecto a mi hijo y a mí. Daryl tenía las mismas tendencias asesinas hacia las mujeres que yo, aunque, a diferencia de él, yo era capaz de controlar las mías. Bueno, con una única excepción, aunque fui lo bastante astuto como para salirme con la mía. Pero Daryl era mucho más impulsivo que yo y no se pensaba las cosas, algo que quedó patente por la forma en la que atacó a Ellie estando en el Reino Unido. Debió haberse imaginado que era imposible que no sufriera las consecuencias de ese acto. Pero yo soy más comedido que él, y a pesar de haber querido hacerle daño a mucha gente durante toda mi vida, solo se lo he hecho a una persona.
La mujer con la que me casé.
Maté a Jodie porque cada vez estaba más cansado de nuestra relación, pero no quería pasar por un proceso de divorcio siempre complicado y costoso, que probablemente me habría obligado a dejar nuestra preciosa casa e irme a otra a comenzar una nueva vida. Por supuesto, me sentí mal por dejar a Daryl huérfano de madre, y él nunca supo que yo fui el causante de su muerte. Pero no fui capaz de evitarlo. Tenía que hacerlo, y lo hice, igual que Daryl acabó matando a Aubree y casi también a Ellie. Los hombres de esta familia tienen una vena mortal, y me pregunto si mis antepasados varones eran también hombres sedientos de sangre que quitaron vidas con facilidad en los viejos tiempos del salvaje Oeste, de los forajidos y los vaqueros. Tal vez me venga de ahí, y quizá ese sea el gen tan terrible que también le transmití a Daryl. No sé cuál será la causa, pero ambos somos asesinos.
Pero, a diferencia de mi hijo, yo aún no he terminado.
Todavía falta tiempo, pero en algún momento me pondrán en libertad. Cuando eso ocurra, hay un par de personas a las que quiero hacer una visita; a saber, Dawn y Ellie, allá en Inglaterra. Cuando llegue allí, quiero darles una sorpresa.
Deben pagar por lo que han hecho, y pagarán.
Me ocuparé personalmente de ello.
Hasta que llegue ese momento, releeré varias veces la carta de Dawn y me reiré de cómo la ha escrito, asumiendo que ha quedado en una situación mucho más favorable que la mía. Por supuesto que no es así. No es tan lista como ella se cree.
Debería ser más prudente.
Soy tan peligroso como lo era el novio de su hija.
Y, algún día, puede que se lo demuestre.
O, al menos, moriré en el intento.
DANIEL HURST es un autor de thrillers psicológicos de ritmo trepidante. Entre sus títulos más populares se encuentran Til Death Do Us Part, The Passenger y The Doctor’s Wife, este último alcanzó el número 1 en la tienda Kindle de Amazon Reino Unido en febrero de 2023.
Daniel, que es miembro habitual de KDP Select All Star desde que se convirtió en autor a tiempo completo en 2021, se enorgullece de escribir rápido, publicar historias con frecuencia e interactuar con sus lectores.
FIN

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