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Libro N° 14915. Lo Que Hizo Katy. Coolidge, Susan.


© Libro N° 14915. Lo Que Hizo Katy. Coolidge, Susan. Emancipación. Marzo 14 de 2026

 

Título Original: © Lo Que Hizo Katy. Susan Coolidge

 

Versión Original: © Lo Que Hizo Katy. Susan Coolidge

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/lo-que-hizo-katy/


 

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Portada E.O. de:  

https://ww3.lectulandia.co/book/lo-que-hizo-katy/ 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LO QUE HIZO KATY

Susan Coolidge


 

 

 

 

 

Lo Que Hizo Katy

Susan Coolidge

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un clásico de la literatura infantil inédito en castellano.

 

Una lección sobre el valor de ser positivo y no rendirse ante las desventuras.

 

Katy Carr es una niña aventurera, traviesa, valiente e impulsiva. A sus doce años le encanta saltar vallas, sentarse en los tejados, ir de pícnic con sus hermanos y hermanas aunque a su tía Izzie le horrorice…

 

Un día, un trágico accidente cambia la vida de toda la familia. Entonces Katy deberá encontrar el valor para recordar sus sueños y seguir adelante con los fabulosos planes que alguna vez tuvo.

 

Lo que hizo Katy es una historia fresca, alegre, divertida y conmovedora; y su intrépida protagonista, un personaje entrañable al que miles de lectores llevan en el corazón desde hace casi ciento cincuenta años.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Susan Coolidge

 

Lo Que Hizo Katy

 

Katy - 1

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 07-03-2026

 

  

 

 

Título original: What Katy Did

 

Susan Coolidge, 1872

 

Traducción: Raquel García Rojas

 

Ilustración de cubierta: Quino Marín

 

Colección: Las Tres Edades, n.º 287

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1



 

Página 3



 

 

 

LAS TRES EDADES

 

Y DIJO LA ESFINGE:

 

SE MUEVE A CUATRO PATAS POR LA MAÑANA,

 

CAMINA ERGUIDO AL MEDIODÍA

 

Y UTILIZA TRES PIES AL ATARDECER.

 

¿QUÉ COSA ES?

 

Y EDIPO RESPONDIÓ: EL HOMBRE.

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

CAPÍTULO 1

 

Los pequeños Carr

 

 

 

 

n día, no hace mucho tiempo, estaba yo sentada en la pradera, en un paraje por donde corría un pequeño arroyo. Hacía calor. El cielo era muy azul y había nubes blancas, como gigantescos

 

Ucisnes,que lo surcaban de un lado a otro. Justo delante de mí, entre un matorral de juncos verdes con oscuras y aterciopeladas espigas, se elevaba una única flor de lobelia roja para inclinarse luego sobre el arroyo, como si quisiera ver su hermoso rostro reflejado en el agua, aunque no parecía vanidosa.

 

La estampa era tan encantadora que me quedé un buen rato allí sentada, deleitándome con ella. De pronto, a mi lado, dos vocecillas empezaron a hablar, o a cantar, no sabría decirlo con exactitud. Una de ellas era aguda; la otra, un poco más grave, sonaba firme y contrariada. Era evidente que discutían, pues no dejaban de repetir las mismas palabras una y otra vez:

—Lo hizo Katy.

 

—No lo hizo Katy.

 

—Lo hizo.

 

—No lo hizo.

 

—Lo hizo.

 

—No lo hizo.

 

—Sí.

 

—No.

 

Creo que lo dijeron al menos cien veces.

 

Me levanté para tratar de localizar a tales oradores y, en efecto, allí mismo, sobre una de las espigas de espadaña, descubrí dos diminutas criaturas de color verde claro. Al parecer no veían muy bien, pues ambas

 

 

 

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llevaban anteojos negros. Tenían seis patas cada una: dos cortas, otras dos no tan cortas y dos más muy largas. Estas últimas se doblaban como el compás de la capota de una calesa, entonces, mientras las observaba, empezaron a desplazarse por el junco y comprobé que se movían igual que un viejo tílburi. De hecho, si no hubiera sido yo tan grande en comparación, creo que las habría oído chirriar mientras avanzaban. En el tiempo que estuve allí, no dijeron nada, pero en cuanto me di la vuelta empezaron a pelearse otra vez y en los mismos términos que antes:

 

—Lo hizo Katy.

 

—No lo hizo Katy.

 

—Lo hizo.

 

—No lo hizo.

 

De camino a casa, me puse a pensar en otra Katy, una que conocí una vez, que siempre planeaba hacer un montón de cosas fantásticas y al final no hizo ninguna de ellas sino algo muy diferente; algo que al principio no le gustaba en absoluto pero que, en conjunto, fue muchísimo mejor que cualquiera de esas cosas con las que había soñado. Y, según pensaba, este cuentecillo fue tomando forma en mi cabeza y decidí escribirlo para vosotros. Así lo he hecho y, en recuerdo de mis dos pequeños amigos de los juncos, le he puesto este título. Esta es la historia de Lo que hizo Katy.

 

 

 

Katy se llamaba Katy Carr. Vivía en Burnet, que entonces no era un pueblo muy grande, pero crecía tan rápido como podía. Su casa estaba a las afueras del pueblo. Era una casa grande y cuadrada, blanca, con persianas verdes y un porche en la parte delantera sobre el cual las rosas y las clemátides formaban un espeso enramado. Cuatro grandes algarrobos daban sombra al camino de grava que conducía a la puerta principal. A un lado de la casa había un huerto; al otro, una leñera, un establo y un nevero. Detrás, el jardín al que daba la cocina se extendía hacia el sur, y más allá había un prado con un arroyo, nogales y cuatro vacas, dos pardas, una rubia con cuernos afilados enfundados con estaño y una blanca muy bonita llamada Daisy.

 

Los hermanos Carr eran seis: cuatro chicas y dos chicos. Katy, la mayor, tenía doce años; Phil, el más pequeño, cuatro, y los demás eran de edades intermedias.



 

 

 

 

 

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El doctor Carr, su padre, era un hombre bueno y afable, pero muy ocupado, que se pasaba todo el día fuera de casa, a veces también toda la noche, cuidando a personas enfermas. Los niños no tenían madre. Había muerto cuando Phil era un bebé, cuatro años antes de que empezara esta historia. Katy la recordaba muy bien; para el resto no era más que un nombre dulce y triste que se mencionaba los domingos, y en sus oraciones, o cuando su padre se mostraba especialmente tierno y solemne.

 

En lugar de su madre, de la que se acordaban tan poco, estaba la tía Izzie, la hermana de su padre, que vino a cuidar de ellos cuando su madre emprendió aquel largo viaje del que, durante tantos meses, los pequeños estuvieron esperando que regresara. La tía Izzie era una mujer menuda, delgada y de rostro afilado, un poco aviejada y muy pulcra y exigente para todo. Intentaba ser amable con los niños, pero la desconcertaban demasiado porque no se parecían ni una pizca a ella cuando era pequeña. La tía Izzie había sido una chiquilla discreta y ordenada a la que le encantaba sentarse como lo hacía aquella niña de la canción infantil, en la sala con su labor de costura, y que los adultos le acariciaran la cabeza y le dijeran que era una buena chica. Katy, sin embargo, se desgarraba el vestido todos los días, odiaba coser y le traía sin cuidado que la considerasen «buena», mientras que Clover y Elsie salían corriendo espantadas como potrillos inquietos cuando alguien intentaba acariciarles la cabeza. Para la tía Izzie aquello era insólito y le costaba perdonarles a los niños que fueran tan «incomprensibles» y tan poco semejantes a los niños y niñas que recordaba de la escuela dominical y que eran los chiquillos que más le gustaban y a los que mejor entendía.

 

El doctor Carr era otra persona que le preocupaba. Quería que los niños crecieran fuertes y resueltos; por eso los animaba a trepar y a divertirse con juegos rudos a pesar de que acababan llenos de magulladuras y con la ropa hecha jirones. De hecho, solo había media hora al día en la que la tía Izzie estaba realmente satisfecha con su labor: la media hora antes del desayuno, en la que había establecido como norma que todos debían permanecer sentados y aprender un versículo de la Biblia cada mañana. En ese momento, los miraba con ojos complacidos; estaban todos impecables, con sus chaquetas bien cepilladas y el pelo tan bien arreglado. Pero en cuanto sonaba la campana, se acababa su descanso. Desde ese instante, se volvían, como ella decía, «no presentables». Los vecinos la compadecían mucho. Solían contar las sesenta perneras blancas



 

 

 

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y tiesas de las calzas que tendía a secar cada lunes por la mañana y comentaban entre ellos la impresión que daba la colada de aquellos niños y cuánto esfuerzo debía de suponer para la pobre señorita Carr mantenerlos limpios. Pero la pobre señorita Carr no pensaba que fueran limpios en absoluto; eso era lo peor.

 

«¡Clover, sube a lavarte las manos!». «¡Dorry, recoge tu sombrero del suelo y cuélgalo en el clavo! En ese no… ¡En el tercero desde la esquina!». Cosas así eran las que la tía Izzie se pasaba el día diciendo. Los niños le hacían bastante caso, pero no puede decirse exactamente que la quisieran, me temo. Siempre la llamaban «tía Izzie»; nunca «tita». Los niños entenderán lo que eso significa.

Quiero presentaros a los pequeños Carr y me parece que no tendría mejor oportunidad para hacerlo que en el día en que cinco de los seis estaban encaramados en lo alto del nevero, como polluelos en el palo de un gallinero. El nevero era uno de sus sitios preferidos. No era más que un tejadillo bajo sobre un agujero en el suelo, y, como quedaba en medio de un lateral del patio, a los niños siempre les parecía que el camino más corto para llegar a cualquier parte era cruzarlo por encima. También les gustaba sentarse en el caballete y luego, sin levantarse, dejarse caer despacio sobre las cálidas tablillas hasta llegar al suelo. Aquello era malo para sus zapatos y sus pantalones, desde luego, pero ¿y qué? Los zapatos y los pantalones, y la ropa en general, eran asunto de la tía Izzie; lo suyo era deslizarse y pasarlo bien.

 

Clover, que seguía en edad a Katy, estaba sentada en el medio. Era una niña hermosa y dulce, con gruesas trenzas de cabello castaño claro y ojos miopes y azules que parecían estar siempre a punto de echarse a llorar. En realidad, Clover era la criaturita más alegre del mundo; pero esos ojos y su vocecilla suave y arrulladora hacían que la gente sintiera ganas de acariciarla y de ponerse de su parte. Una vez, cuando era muy pequeña, salió corriendo con la muñeca de Katy y, cuando esta empezó a perseguirla para intentar recuperarla, Clover se aferró a ella y no quería soltarla. El doctor Carr, que no estaba prestándoles mucha atención, solo oyó el tono lastimero de la voz de Clover cuando decía: «¡No! ¡Quiero la muñeca!», y, sin pararse a averiguar nada más, gritó bruscamente: «¡Qué vergüenza, Katy! ¡Devuélvele a tu hermana su muñeca ahora mismo!»; cosa que Katy hizo, muy sorprendida, mientras Clover ronroneaba triunfante como un gatito satisfecho. Clover era risueña y de buen carácter, un poco indolente



 

 

 

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y muy modesta, aunque, de hecho, se le daba bastante bien cualquier tipo de juego; también era muy graciosa y divertida, de una forma discreta. Todo el mundo la adoraba y ella adoraba a todo el mundo, sobre todo a Katy, a quien consideraba una de las personas más sabias de la tierra.

 

El pequeño Phil estaba sentado en el tejadillo junto a Clover, que lo sujetaba firmemente rodeándolo con un brazo. Luego estaba Elsie, una niña delgada y morena de ocho años, con hermosos ojos oscuros y la cabecita llena de rizos cortos y apretados. La pobre Elsie parecía no encontrar su sitio entre los hermanos Carr; no terminaba de encajar ni con las mayores ni con los pequeños. Lo que más deseaba Elsie, con todo su corazón, era que la dejasen ir siempre por ahí con Katy y con Clover y con Cecy Hall, y compartir sus confidencias y que le permitiesen dejar notitas en los buzones que siempre estaban escondiendo en toda clase de lugares secretos. Pero estas no querían que Elsie fuese con ellas y solían decirle que se fuera «a jugar con los niños», cosa que le dolía en lo más hondo. Y, cuando no se iba, lamento decir que eran ellas las que la rehuían y, como tenían las piernas más largas, les resultaba fácil. La pobre Elsie, que entonces se quedaba sola, lloraba con amargura pero, como era demasiado orgullosa para jugar mucho rato con Dorry y con John, su principal consuelo era seguir la pista de las mayores y descubrir sus misterios, sobre todo los buzones, que eran su mayor agravio. Su vista era aguda y ágil como la de un pájaro. Buscaba y rebuscaba, las seguía y las observaba hasta que, al fin, en algún insólito e inesperado lugar, en la horqueta de un árbol, en mitad de la esparraguera o, quizá, en el peldaño más alto de la escalera de mano, descubría la pequeña caja de cartón con su cargamento de cartitas que siempre terminaban igual: «Asegúrate de que Elsie no se entere». Entonces cogía la caja y, cuando llegaba adondequiera que estuviesen las otras, la tiraba al suelo y exclamaba, desafiante: «¡Aquí tenéis vuestro estúpido buzón!», pero al mismo tiempo tenía ganas de llorar. ¡Pobrecita Elsie!

 

En casi todas las familias numerosas hay uno de los niños que se queda un poco apartado. Katy, que tenía los planes más fantásticos para convertirse en una entregada «heroína», no veía, en su errática despreocupación, que ahí mismo, con su desamparada hermana pequeña, tenía esa oportunidad que tanto ansiaba de reconfortar a alguien que necesitaba mucho consuelo. Ella nunca se dio cuenta, y el compungido corazón de Elsie no encontró alivio.



 

 

 

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Dorry y Joanna estaban sentados en los extremos del caballete. Dorry tenía seis años, era un niño mofletudo y pálido, con una expresión bastante solemne, y llevaba la manga de la chaqueta manchada de melaza. Joanna, a quien sus hermanos llamaban «John» o «Johnnie», era una espléndida y robusta muchachita, un año menor que Dorry; tenía grandes ojos de mirada valiente y una boca ancha y rosada siempre dispuesta a reír. Los dos eran muy buenos amigos, aunque Dorry parecía una niña a la que hubiesen vestido por error con ropas de chico, y Johnnie un chico que, para divertirse, hubiera cogido prestado el vestido de su hermana. Pues bien, cuando estaban todos allí sentados, parloteando y riendo, se abrió la ventana del piso superior de la casa, oyeron un grito de júbilo y vieron asomarse a Katy. Llevaba en la mano un puñado de medias y las agitaba triunfante en el aire.

 

—¡Hurra! —exclamó—. Hemos terminado y la tía Izzie dice que podemos irnos. ¿Estáis cansados de esperar? No ha sido culpa mía, los agujeros eran enormes y se tarda un montón en coserlos. ¡Date prisa, Clover, ve a por las cosas! Cecy y yo bajamos enseguida.

Los niños se levantaron de buena gana y bajaron deslizándose por el tejadillo. Clover fue a buscar las cestas a la leñera. Elsie corrió a por su gatita. Dorry y John cargaron con dos grandes haces de ramas verdes. Cuando ya estaban listos, la puerta lateral se abrió de golpe y Katy y Cecy Hall salieron al patio.

Debo ahora hablaros de Cecy. Era muy amiga de los hermanos y vivía justo al lado. Sus patios estaban separados solo por un seto, sin puerta, y Cecy pasaba casi todo el día en casa del doctor Carr, así que era como una más de la familia. Era una muchacha pulcra y ordenada, de piel pálida y rosácea, de modales recatados y formales, con el cabello claro y brillante, que siempre tenía muy suave, y manos delgadas que nunca parecían ensuciarse. ¡Qué diferencia con mi pobre Katy!

Katy siempre llevaba el pelo enredado, no dejaba de engancharse los vestidos, que «se rompían solos», y, a pesar de su edad y su estatura, era tan descuidada e inocente como un niño de seis años. Katy era la chica más larguirucha que se hubiera visto. Qué hacía para crecer así, nadie lo sabía; pero ya le llegaba a la oreja a su padre y le sacaba media cabeza a la pobre tía Izzie. Cuando se paraba a pensar en su altura, se sentía muy torpe y le parecía que era todo piernas, brazos y articulaciones angulosas. Por suerte, tenía tantas otras cosas en la cabeza, planes, ideas y fantasías de



 

 

 

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todo tipo, que no le quedaba mucho tiempo para acordarse de lo alta que era. Era una niña cariñosa y dulce, a pesar de todos sus descuidos, y siempre tenía un montón de buenos propósitos, pero por desgracia nunca los cumplía. Experimentaba arrebatos de responsabilidad respecto a sus hermanos y quería darles un buen ejemplo, pero cuando llegaba el momento se le olvidaba hacerlo. A Katy los días se le pasaban volando, pues cuando no estaba estudiando la lección o cosiendo y zurciendo con la tía Izzie, cosa que odiaba en extremo, siempre había montones de planes maravillosos rondándole la cabeza y solo deseaba tener diez pares de manos para llevarlos a cabo.

 

Esta misma agitación hacía que siempre se metiera en líos. Le gustaba construir castillos en el aire y soñar con el día en que algo que hubiera hecho le valdría la fama y todo el mundo querría conocerla. No creo que hubiese decidido qué iba a ser eso tan maravilloso, pero mientras pensaba en ello a menudo se le olvidaba estudiar o atarse los cordones; entonces obtenía una mala calificación o la tía Izzie le regañaba. En esos momentos se consolaba diciéndose que, en poco tiempo, sería tan guapa, tan querida y tan afable como un ángel. Muchas cosas iban a sucederle a Katy antes de que llegara ese día. Sus ojos, que eran oscuros, se volverían azules; la nariz se le haría más larga y recta, y la boca, demasiado grande entonces para encajar en el papel de heroína, aún tenía que convertirse en una especie de pimpollo de rosa. Mientras, y hasta que aquellos encantadores cambios llegasen, Katy trataba de olvidarse de su aspecto tanto como podía, aunque creo que la persona que más envidiaba en el mundo era la señorita que aparecía en la etiqueta de las botellas de tricófero, con esa magnífica melena que le llegaba hasta el suelo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 2

 

El paraíso

 

 

 

 

l lugar al que iban los niños era una especie de soto pantanoso al final de un prado que había cerca de la casa. No era muy grande, pero lo parecía porque los árboles y matorrales crecían tan juntos

 

Equeno se veía dónde terminaba. En invierno, el suelo estaba húmedo y fangoso y nadie iba por allí, excepto las vacas, a las que no les importa mojarse los pies; pero en verano no había tanta agua y era un sitio fresco y verde, lleno de cosas encantadoras, como rosas silvestres, sasafrases y nidos de pájaro. Estrechos y serpenteantes senderos lo recorrían aquí y allá, abiertos por el ganado cuando iba de un lado a otro. Los niños lo llamaban «el Paraíso», y para ellos era tan salvaje e interminable y repleto de aventuras como cualquier bosque del País de las Hadas.

 

Para ir al Paraíso había que cruzar una cerca de madera. Katy y Cecy la saltaron de un brinco y los más pequeños gatearon por debajo. Una vez pasada la cerca, se vieron en campo abierto y, todos a una, empezaron a correr hasta llegar a la entrada del bosquecillo. Entonces se detuvieron, con una extraña expresión de duda en el rostro. Siempre era emocionante volver al Paraíso por primera vez después del largo invierno. ¿Quién sabía lo que podían haber hecho las hadas mientras ellos no estaban allí para verlo?

—¿Por qué camino vamos? —preguntó Clover al fin.

 

—Podemos votar —propuso Katy—. Yo digo que por el Sendero del Peregrino y la Colina de la Dificultad.

—¡Yo también! —afirmó Clover, que siempre estaba de acuerdo con Katy.

—El Sendero de la Paz es bonito —sugirió Cecy.

 

 

 

 

 

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—¡No, no! ¡Nosotros queremos ir por el Sendero de los Sasafrases!

 

—gritaron John y Dorry.

 

Sin embargo, Katy, como de costumbre, se salió con la suya. Acordaron que irían primero por el Sendero del Peregrino y que luego explorarían con detalle la totalidad de su pequeño reino y verían todo lo que había ocurrido desde la última vez que estuvieron allí. Y así se pusieron en camino, con Katy y Cecy a la cabeza de la comitiva y Dorry, que aún arrastraba el enorme haz de ramas, cerrando la marcha.

 

—¡Ahí está nuestro querido rosal, sano y salvo! —gritaron los niños. Se acercaban a lo alto de la Colina de la Dificultad, cuando vieron el

 

prominente tocón del que salía, cimbreante, un rosal silvestre con nuevos brotes verdes. Este rosal era algo que los fascinaba. Siempre estaban inventando historias sobre él y vivían con el constante temor de que una vaca hambrienta se encaprichara del arbusto y se lo comiera.

 

—Sí —dijo Katy, al tiempo que acariciaba una hoja con el dedo—.

 

Corrió un grave peligro una noche del invierno pasado, pero se salvó.

 

—¿Qué peligro? ¡Cuéntanoslo! —exclamaron los demás. Las historias de Katy eran famosas en la familia.

—Fue en Nochebuena —prosiguió ella con voz misteriosa—. El hada del rosal estaba muy enferma. Había pillado un tremendo resfriado, y el hada del álamo, que está justo ahí, le dijo que el té de sasafrás es muy bueno para los resfriados. Así que se bebió un capuchón de bellota entero, luego se acurrucó en el rincón más oscuro y mullido del bosque y se quedó dormida. En mitad de la noche, cuando ya roncaba a pleno pulmón, se oyó un ruido entre los árboles: un espantoso toro negro se acercaba al galope con ojos feroces. El toro vio nuestro pobre rosal y ya tenía abierta la gigantesca boca y estaba a punto de comérselo cuando un hombrecillo regordete, que llevaba una vara en la mano, apareció de pronto detrás del tocón. Era Papá Noel, por supuesto. Le dio tal azotaina al toro con su vara que el animal empezó a mugir como loco y luego levantó una pezuña para tocarse la nariz y comprobar si esta seguía allí o no. Aún la tenía, pero le dolía tanto que empezó a mugir otra vez y se fue corriendo tan rápido como pudo para esconderse en el bosque. Entonces Papá Noel despertó al hada y le dijo que, si no cuidaba mejor del rosal, tendría que poner a otra hada en su lugar y enviarla a ella a cuidar de alguna zarza llena de espinas.

 

—¿De verdad existen las hadas? —preguntó Dorry, que había estado escuchando la historia con la boca abierta.



 

 

 

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—Pues claro —contestó Katy. Luego, inclinándose hacia su hermanito, añadió con una voz que pretendía ser dulcísima—: ¡Yo soy un hada, Dorry!

 

—¡Bah! —repuso este—. Tú eres una jirafa, ¡lo ha dicho papá!

 

Al Sendero de la Paz le habían puesto ese nombre porque era umbrío y fresco. Los arbustos más altos de uno y otro lado casi se tocaban por encima del camino y los árboles daban sombra incluso en pleno día. Allí crecía una especie de florecilla blanca que los niños llamaban «marietita» porque no conocían su verdadero nombre. Estuvieron un buen rato cogiendo ramilletes de estas flores; luego John y Dorry se pusieron a arrancar un puñado de raíces de sasafrás; de modo que, antes de que hubieran podido recorrer la Avenida de los Hongos Venenosos o ir a ver la Madriguera del Conejo y todo lo demás, el sol ya se había colocado sobre sus cabezas y era mediodía.

 

—Tengo hambre —dijo Dorry.

 

—¡No, Dorry, no puedes tener hambre hasta que terminemos el

 

cenador! —exclamaron las niñas alarmadas, pues Dorry tendía a no hallar consuelo si lo hacían esperar para comer.

Así que tuvieron que darse prisa en construir su refugio. No se tardaba mucho, pues solo había que colgar las ramas sobre varias cuerdas de saltar a la comba que ataban al mismo álamo donde vivía el hada que le había recomendado el té de sasafrás al hada del rosal.

Cuando acabaron, se apretujaron todos debajo. Era un enramado muy pequeño, con el espacio justo para ellos, las cestas y la gatita. No creo que hubiese cabido nadie más; ni siquiera otro gato. Katy, que estaba sentada en el centro, desató y levantó la tapa de la cesta más grande mientras los demás se asomaban ansiosos para ver qué había dentro.

Primero sacó un montón de bizcochitos de jengibre y los dejó con cuidado sobre la hierba a la espera de que llegase su momento. Luego, panecillos de mantequilla, tres para cada uno, rellenos con fiambre de cordero. Y, por último, una docena de huevos cocidos y una bandeja de emparedados de ternera en salmuera. La tía Izzie ya les había preparado el almuerzo para el Paraíso otras veces y conocía muy bien su apetito.

¡Qué bien les sabía todo allí dentro, con la brisa susurrando entre las hojas del álamo, la luz del sol, los dulces olores del bosque a su alrededor y los pájaros cantando sobre sus cabezas! Ningún banquete de los adultos fue nunca ni la mitad de divertido. Cada bocado era un placer, y, cuando



 

 

 

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ya había desaparecido hasta la última migaja, Katy sacó la segunda cesta y de ella, ¡qué fabulosa sorpresa!, siete pastelitos de melaza, con su cobertura dorada y sus bordes crujientes y almibarados, que sabían a caramelo y ralladura de limón y a un montón de cosas ricas juntas.

 

Hubo un clamor generalizado. Incluso la prudente Cecy estaba encantada, y Dorry y John pateaban el suelo con los talones en alborozado tumulto. Siete pares de manos se extendieron al mismo tiempo hacia la cesta; siete dentaduras se pusieron a trabajar sin demorarse un instante. En muy poco tiempo, todo vestigio de los pasteles se había desvanecido y un dichoso empalago se extendió por todo el grupo.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Clover mientras el pequeño Phil trataba de volcar las cestas, como para asegurarse de que no quedaba nada dentro que se pudiera comer.

—No sé —replicó Katy distraída.

 

Había dejado su sitio y estaba medio sentada medio tumbada sobre la retorcida rama baja de un nogal que llegaba casi a la altura de sus cabezas.

—Vamos a jugar a que somos mayores —propuso Cecy— y decimos lo que vamos a hacer.

—Vale —dijo Clover—, tú empiezas. ¿Qué vas a hacer?

 

—Voy a tener un vestido negro de seda y rosas rosas para el sombrero

 

y un chal blanco de muselina —afirmó Cecy—, ¡y voy a ser clavadita a Minerva Clark! También voy a ser muy buena, tan buena como la señora Bedell, pero muchísimo más guapa. Todos los jóvenes caballeros querrán invitarme a pasear, pero yo no les haré caso porque…, bueno, estaré siempre enseñando en la escuela dominical y visitando a los pobres. Y algún día, cuando esté inclinada junto a una anciana dándole de comer mermelada de grosellas, un poeta vendrá y me verá, y luego se irá a su

casa y escribirá un poema sobre mí —concluyó triunfante.

 

—¡Bah! —replicó Clover—. A mí eso no me parece nada divertido. Yo voy a ser una hermosa dama, ¡la más hermosa del mundo! Y voy a vivir en un castillo amarillo, con columnas amarillas en el pórtico y esa cosa cuadrada en lo alto, como la del señor Sawyer. Mis hijos van a tener una casita para jugar ahí arriba. Y habrá un catalejo junto a la ventana, para mirar por él. Llevaré vestidos de oro y de plata todos los días, y anillos de diamantes, y tendré delantales de satén blanco para ponérmelos cuando limpie el polvo o quite cualquier cosa sucia. En el centro del patio trasero, habrá un estanque lleno de perfume y siempre que quiera un poco



 

 

 

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podré salir y llenar una botella. Y no enseñaré en la escuela dominical, como Cecy, porque no quiero; pero todos los domingos iré y me quedaré en la puerta y, cuando sus alumnos salgan para irse a casa, les echaré perfume en los pañuelos.

 

—¡Yo voy a tener lo mismo! —gritó Elsie, cuya imaginación estaba enardecida por aquella espléndida estampa—. Pero mi estanque será más

grande. Y también seré muchisísimo más hermosa —añadió.

 

—No puedes —le dijo Katy desde donde estaba—. Clover ya va a ser la dama más hermosa del mundo.

—Pues yo seré más bella que la más hermosa —insistió la pobrecita Elsie—. Y también seré grande y sabré los secretos de todo el mundo. Y entonces todos serán amables conmigo y nunca saldrán corriendo ni se esconderán y no habrá ningún buzón ni nada fastidioso.

 

—¿Tú qué vas a ser, Johnnie? —preguntó Clover, ansiosa por cambiar de tema pues el tono de Elsie era cada vez más lastimero.

Johnnie, sin embargo, no tenía una idea muy clara sobre su futuro. Empezó a reírse sin parar y apretó muy fuerte el brazo de Dorry, pero nada más. Este fue más explícito:

—Yo voy a comer pavo todos los días —declaró—, y púdines; pero no los cocidos, sino los pequeñitos horneados, con la parte de arriba dorada y brillante y un montón de crema para rellenarlos. Y seré tan grande que nadie dirá: «Tres porciones son suficientes para un niño».

 

—¡Dorry, qué tragón! —gritó Katy. Los demás estallaron en carcajadas. Dorry estaba muy ofendido.

—Voy a contarle a la tía Izzie lo que me has dicho —dijo al tiempo que se levantaba, enfurruñado.

Pero Clover, que era una conciliadora nata, lo cogió del brazo y con sus mimos y ruegos lo consoló tanto que al fin Dorry dijo que se quedaría, sobre todo porque ahora los otros estaban muy serios y prometieron que no volverían a reírse.

—Katy, te toca a ti —dijo Cecy—. Cuéntanos qué vas a ser de mayor.

 

—No estoy segura de lo que voy a ser —repuso esta—. Guapa, por supuesto, y buena si puedo, aunque no tan buena como tú, Cecy, porque sería agradable ir a pasear con jóvenes caballeros algunas veces. Y me gustaría tener una casa grande y un esplendoroso jardín, y entonces podríais venir todos a vivir conmigo y jugaríamos en el jardín y Dorry podría comer pavo cinco veces al día si quisiera. Y tendríamos una



 

 

 

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máquina para zurcir las medias y otra máquina para ordenar los cajones de la cómoda, y nunca coseríamos ni tejeríamos ligas ni haríamos nada que no quisiéramos. Eso es lo que me gustaría ser. Pero ahora voy a contaros lo que voy a hacer.

 

—¿No es lo mismo? —preguntó Cecy.

 

—¡No! —contestó Katy—. Es muy distinto. Veréis, yo voy a hacer algo muy importante. Aún no sé qué, pero cuando sea mayor lo averiguaré. —La pobre Katy siempre decía «cuando sea mayor» y se

olvidaba de lo mayor que era ya—. Tal vez —prosiguió—, iré en un barco y le salvaré la vida a la gente, como la niña de ese libro. O quizá sea enfermera en un hospital, como la señorita Nightingale. O puede que encabece una Cruzada y que monte en un caballo blanco, con armadura y casco, y porte una bandera sagrada. O, si no hago eso, pintaré cuadros, o cantaré, o ascul… escul… ¿Cómo se dice? Ya sabéis, eso de hacer figuras de mármol. En cualquier caso, será algo importante. Y cuando la tía Izzie lo vea y lea sobre mí en los periódicos, dirá: «¡Mi querida niña! Siempre supe que sería un orgullo para la familia». La gente dice eso mucho, y,

 

después, «que siempre supieron» —concluyó Katy con gran sagacidad.

 

—¡Ay, Katy! ¡Qué bonito sería! —exclamó Clover al tiempo que la cogía de las manos. Ella creía en Katy tanto como en la Biblia.

—Yo no creo que los periódicos sean tan tontos como para publicar

 

cosas sobre ti, Katy Carr —terció Elsie, vengativa.

 

—¡Sí que lo harán! —dijo Clover, y le dio a Elsie un empujón. Entonces John y Dorry se fueron brincando a hacer un misterioso

recado.

 

—¿No ha estado Dorry muy gracioso con lo del pavo? —comentó Cecy, y todos volvieron a reírse.

—Si no decís nada —les advirtió Katy—, os enseño el diario de Dorry. Estuvo escribiéndolo durante casi dos semanas, pero luego lo dejó. Lo he encontrado esta mañana en el armario de vuestro cuarto.

Todos lo prometieron y Katy se sacó un cuadernito del bolsillo.

 

Empezaba así:

 

 

12 DE MARZO. E decidido escrivir un diario.

 

13 DE MARZO. E comido rosbif, y repoyo, y patatas y salsa de manzana, y pudin de arroz. No me gusta el pudin de arroz de nuestra casa. El de Charley Slack está muy vueno. Gachas y jalea de merienda.



 

 

 

 

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19 DE MARZO. Se me a olvidado lo que e echo. John y yo nos emos guardado los pasteles para llebarlos a la escuela.

 

21 DE MARZO. Se me a olvidado lo que e echo. Tortitas para desayunar. Debby no a echo vastantes.

 

24 DE MARZO. Es domingo. Ternera en salmuera para almorzar. E estudiado la leción de la Biblia. La tía Issy a dicho que soy un glotón. E decidido no pensar tanto en la comida. Ojalá sería un niño mejor. Nada especial de merienda.

 

25 DE MARZO. Se me a olvidado lo que e echo.

 

27 DE MARZO. Se me a olvidado lo que e echo.

 

29 DE MARZO. E jugado.

 

31 DE MARZO. Se me a olvidado lo que e echo.

 

1 DE AVRIL. E decidido no volber a escrivir en el diario.

 

Ahí terminaban las anotaciones, y parecía que no hubiese pasado más de un minuto desde que dejaran de reírse de ellas cuando las sombras empezaron a alargarse y Mary fue a decirles que tenían que volver y prepararse para cenar. Era horrible tener que recoger las cestas vacías y regresar a casa sabiendo que el largo y maravilloso sábado se había acabado y que no habría otro hasta la semana siguiente. Sin embargo, era un consuelo recordar que el Paraíso siempre estaba allí y que, en cualquier momento, cuando Katy y la tía Izzie estuvieran dispuestas, solo tenían que saltar una cerca —una muy fácil— y, sin temor alguno a que un ángel de espada llameante se interpusiera en su camino, entrar y tomar posesión de su edén.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 3

 

Día de enredos

 

 

 

 

a escuela de la señora Knight, a la que iban Katy, Clover y Cecy, estaba en la otra punta del pueblo. Era un edificio bajo, de una sola planta, y tenía un patio en la parte de atrás en el que las niñas Ljugaban durante el descanso. Por desgracia, justo al lado estaba la escuela de la señorita Miller, igual de grande y conocida, también con un patio trasero. Solo una alta valla de madera separaba los dos jardincillos de

 

recreo.

 

La señora Knight era una mujer robusta y mansa, que caminaba despacio y tenía una cara que te recordaba a una vaca dócil y amistosa. La señorita Miller, por el contrario, tenía los ojos oscuros y unos rizos negros y apretados que le bailaban sobre la frente, y en general era enérgica y vigorosa. Ambas escuelas mantenían una constante disputa en cuanto a los respectivos méritos de las maestras y su forma de enseñar. Las niñas de Knight, por alguna extraña razón, se consideraban a sí mismas distinguidas y a las muchachas de Miller vulgares, y no se molestaban en disimular esta opinión; las chicas de Miller, por otro lado, respondían comportándose de la forma más enojosa que podían. Se pasaban la mayor parte de las pausas y los descansos haciéndose muecas por los agujeros de la valla, y por encima cuando podían subirse, aunque esto último no era fácil porque la valla era bastante alta. Las niñas de Knight también sabían hacer muecas, a pesar de su distinción. Su patio contaba con una gran ventaja respecto al vecino: tenía un cobertizo con un tejado por el que se podía trepar y desde el que había una buena vista de la propiedad de la señorita Miller, y las niñas solían sentarse allí arriba en filas, asomándose al patio de al lado y haciendo rabiar a sus rivales con comentarios burlones. Las «knights» y las «milleritas», se llamaban unas a otras; y la enemistad entre ellas llegó a

 

 

 

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tal punto que, a veces, no era muy seguro para una knight encontrarse con una millerita en la calle; todo lo cual, como puede imaginarse, era sumamente edificante tanto para los modales como para la moral de las jovencitas implicadas.

 

Una mañana, no mucho después del día en el Paraíso, Katy llegó tarde. No encontraba sus cosas. Su libro de álgebra, según decía, «se había escondido», su pizarra no aparecía y a su sombrero se le había descosido la cinta. Empezó a correr de un lado a otro, buscando lo que le faltaba y dando portazos, hasta que a la tía Izzie se le agotó la paciencia.

—En cuanto a tu libro de álgebra —le dijo—, si es ese tan cochambroso que solo tiene una tapa y todas las hojas garabateadas, lo encontrarás debajo de la mesa de la cocina. Philly estaba jugando con él antes del desayuno, haciendo como si fuera un cerdo; sin duda porque no podría parecer otra cosa. No consigo imaginar cómo te las apañas para destrozar tus libros de la escuela de esa manera, Katy. El de álgebra te lo compró tu padre hace menos de un mes y míralo ahora, impresentable. ¡Me gustaría que te dieses cuenta de lo que cuestan esas cosas!

»De tu pizarra —continuó— no sé nada, pero aquí tienes la cinta del sombrero.

—¡Gracias! —dijo Katy al tiempo que cogía la cinta que su tía se había sacado del bolsillo y la prendía al gorrito con un alfiler.

—¡Katy Carr! —exclamó la señorita Izzie casi a voz en grito—. Pero ¿qué haces? ¡Mira que sujetar la cinta al sombrero con un alfiler! Por piedad, ¿qué más te llevará a hacer esa holgazanería tuya? Ahora, ponte recta y no te muevas. No vas a salir de aquí hasta que no te la haya cosido en condiciones.

No era fácil «ponerse recta y no moverse» mientras la tía Izzie seguía rezongando y sermoneándola ni cuando, alguna que otra vez, en un momento de descuido, la pinchaba con la aguja en la barbilla. Katy lo soportó como pudo, apoyándose ora en un pie, ora en el otro, y profiriendo de vez en cuando un leve resoplido, como un caballo inquieto. En cuanto se vio liberada, salió volando a la cocina, cogió su libro de álgebra y se dirigió como un torbellino a la puerta, donde la buena de Clover la esperaba paciente, aunque ya estaba lista desde hacía un rato y angustiada por llegar tarde.

—Tendremos que correr —jadeó Katy casi sin aliento—. La tía Izzie me ha entretenido. ¡Ha estado muy antipática!



 

 

 

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Corrieron tan rápido como podían, pero el tiempo corrió más y, antes de llegar a la mitad del camino, el reloj del pueblo dio las nueve y toda esperanza se desvaneció. Aquello irritó mucho a Katy pues, aunque a menudo llegaba tarde, siempre ansiaba ser puntual.

 

—Ya está —dijo después de pararse en seco—. Le diré a la tía Izzie

 

que ha sido culpa suya. ¡Qué mala pata! —Entonces reemprendió la marcha hacia la escuela de muy mal humor.

Un día que empieza así es muy probable que acabe mal, como se sabe. Durante toda la mañana, las cosas siguieron torciéndose. Katy se equivocó dos veces en la lección de gramática y perdió su posición en la clase. Le temblaba tanto la mano al escribir la redacción que su letra, ya de por sí poco clara, se volvió casi ilegible, y la señora Knight le mandó repetirla entera. Esto hizo que Katy se enfadara más que nunca y, casi sin pensar, le susurró a Clover: «¡Qué odiosa!». Luego, cuando antes del descanso se pidió a todas aquellas que hubiesen hablado sin permiso que se pusieran en pie, le remordió tanto la conciencia que se sintió obligada a levantarse con las demás y vio cómo ponían un signo negativo junto a su nombre en la lista. Lágrimas de amargura empezaron a inundarle los ojos y, temerosa de que las otras niñas se diesen cuenta, salió como un rayo hacia el patio en cuanto sonó la campana, se subió sola al tejado del cobertizo y se sentó allí, de espaldas a la escuela, luchando por contener las lágrimas y tratando de recomponer su expresión antes de que llegaran las demás.

 

El reloj de la señorita Miller iba con unos cuatro minutos de retraso respecto al de la señora Knight, de modo que el patio de al lado estaba vacío. Era un día cálido pero ventoso y, de pronto, una ráfaga de aire levantó el sombrero de Katy, que llevaba atado solo a medias, y lo hizo rodar por el tejado. La niña intentó agarrarlo cuando salió volando, pero no le dio tiempo. Una, dos, tres veces aleteó el gorrito antes de desaparecer por el borde y Katy, que iba persiguiéndolo, vio cómo caía y se quedaba hecho un gurruño de color lila en el mismísimo centro del campo enemigo.

¡Aquello era terrible! No por el hecho de perder el sombrero, pues Katy no se preocupaba mucho de su ropa, sino por perderlo así. Quedaba un minuto para que salieran las niñas de Miller. Ya se las imaginaba rodeando el desventurado sombrero en una danza guerrera, colgándolo de un palo, utilizándolo de pelota, agitándolo por encima de la valla y tratándolo como los indios trataban a los prisioneros de guerra. ¿Habría de soportar tal cosa? ¡Jamás! ¡Prefería la muerte! Así pues, con la actitud



 

 

 

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propia de quien se arriesga a sucumbir con tal de no perder el honor, Katy apretó los dientes, se bajó con rapidez del tejado, llegó a la valla y, de un intrépido salto, se metió en el patio de la señorita Miller.

En ese preciso instante sonó su campana para el descanso y una pequeña millerita que estaba sentada junto a la ventana y que, durante dos segundos, había estado muriéndose de ganas por dar la emocionante noticia, gritó a las demás: «¡Katy Carr está en nuestro patio!».

Todas las milleritas salieron en tropel, mayores y pequeñas. La cólera y la indignación que sintieron por aquella osada invasión es indescriptible. Con clamorosa rabia, corrieron para abalanzarse sobre Katy, pero ella fue más rápida y para entonces ya estaba encaramada a la valla, con el sombrero rescatado en la mano.

Hay momentos en los que está bien ser alta. En esta ocasión, los largos brazos y piernas de Katy le prestaron un excelente servicio. Nada salvo una araña zancuda podría haber trepado tan rápido ni con tanto afán como lo estaba haciendo ella ahora. En un momento había llegado a lo alto de la valla. Justo cuando pasaba por encima, una millerita le alcanzó un pie y casi le saca la bota.

Casi, pero no del todo, gracias al hilo tan resistente con el que la tía Izzie le había cosido los botones. Katy se liberó de una patada y tuvo la satisfacción de ver a su asaltante caer rodando hacia atrás justo antes de tirarse ella misma de cabeza, con un alarido entre triunfante y temeroso, en medio de un grupo de knights. Estas habían escuchado el alboroto estupefactas y ahora asistían fascinadas al asombroso espectáculo que suponía ver a una de las suyas regresar viva del campo enemigo.

No puedo describiros la conmoción que siguió. Las knights estaban fuera de sí, orgullosas de su victoria. Katy recibía besos y abrazos y le pedían que contara la historia una y otra vez. Mientras, varias filas de jubilosas niñas se sentaron en el tejado del cobertizo y empezaron a jactarse delante de las desconcertadas milleritas y cuando, después, estas se reorganizaron para replicarles por encima de la valla, Clover, armada con un martillito de tapicero, se subió a hombros de una de las chicas más altas e iba golpeando aquellos nudillos intrusos según asomaban por el borde. Tanto se aplicó en esta tarea que las milleritas no tardaron en bajarse de nuevo y se contentaron con mascullar su venganza desde una distancia segura. Al final fue un gran día para la escuela, digno de recordarse. Poco después, sin embargo, Katy, entre la emoción de su



 

 

 

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aventura y la de verse elogiada y agasajada por las chicas mayores, perdería toda prudencia y apenas sabría lo que hacía o decía.

 

Muchas de las alumnas vivían demasiado lejos de la escuela como para volver a casa a mediodía y solían llevar sus almuerzos en cestas y quedarse allí toda la jornada. Katy y Clover estaban entre ellas. Aquella tarde, después de comer, alguien propuso ir a jugar al aula y la mala estrella de Katy le metió en la cabeza la idea de inventar un nuevo pasatiempo, que denominó «el juego de los ríos».

Se jugaba de la siguiente manera: cada niña se ponía el nombre de un río y se fijaba un determinado recorrido por el que discurrir a través de la estancia, serpenteando entre los bancos y los pupitres, mientras hacía un ruido grave y fragoroso para imitar el sonido del agua. Cecy era el Platte; Marianne Brooks, una niña muy alta, el Misisipi; Alice Blair, el Ohio; Clover, el Penobscot, y así sucesivamente. Tenían que tropezar unas con otras de vez en cuando porque, según dijo Katy, «los ríos lo hacen». En cuanto a la propia Katy, ella era el padre Océano y, con terribles rugidos, corría de un lado a otro de la tarima donde la señora Knight solía sentarse. Cada cierto tiempo, cuando las demás estaban en el otro extremo de la habitación, gritaba de pronto: «¡Y ahora la confluencia de las aguas!», tras

 

lo cual los ríos —trotando, saltando, bregando, vociferando— se precipitaban hacia el padre Océano mientras este aullaba con más fuerza que todos ellos juntos y subía y bajaba para representar el movimiento de las olas en la playa.

Nunca hasta entonces, ni tampoco después, se oyó en Burnet un alboroto como el de este bonito juego. Era como un bramido de toros de Basán, un chillido de cerdos, un cacareo de pavos y una risa de hienas salvajes todo al mismo tiempo, y, además, se añadían golpes contra los muebles y el taconeo de una multitud de pies sobre el suelo sin alfombra. La gente que pasaba cerca se paraba a mirar, los niños lloraban y una anciana preguntó por qué nadie iba corriendo a buscar a un policía. Mientras, las chicas de Miller escuchaban con malicioso placer y le decían a todo el mundo que era el ruido que las alumnas de la señora Knight «solían hacer en los descansos».

Cuando la señora Knight volvió de comer, se sorprendió mucho al ver aquella muchedumbre reunida delante de su escuela. Según se acercaba, el ruido iba llegando a sus oídos y se asustó en extremo, pues pensó que estaban matando a alguien allí dentro. Fue corriendo hasta la puerta, la



 

 

 

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abrió y, para su consternación, se encontró el aula en un espantoso estado de desorden y confusión (sillas por los suelos, pupitres volcados, tinta derramada…) mientras en medio del estropicio los frenéticos ríos corrían y gritaban y el viejo padre Océano, con el rostro encendido como el fuego, brincaba como un lunático sobre la tarima.

 

—Pero ¿qué es esto? —musitó la pobre señora Knight, casi incapaz de hablar a causa del horror.

Al oír su voz, los ríos se detuvieron y el padre Océano se paró en seco y se bajó corriendo de la tarima. De repente, las niñas parecieron darse cuenta de en qué condiciones estaba la clase y de lo terrible que era lo que habían hecho. Las tímidas se refugiaron tras sus pupitres, las atrevidas intentaron aparentar despreocupación, y, para empeorar aún más las cosas, las alumnas que se habían ido a sus casas a comer empezaron a regresar y se quedaron mirando aquel desastre y preguntándose, entre susurros, qué habría pasado.

La señora Knight tocó la campana. Cuando las niñas se calmaron, les ordenó recoger las sillas y los pupitres mientras ella iba a buscar algunos paños húmedos para limpiar la tinta del suelo. Lo hicieron todo en absoluto silencio y la expresión de la señora Knight era tan funesta y solemne que una nueva pesadumbre cayó sobre el ánimo de los contritos ríos, y el padre Océano deseó estar a miles de kilómetros de distancia.

Cuando todo volvió a estar en orden y las muchachas habían ocupado sus asientos, la señora Knight pronunció un breve discurso. Dijo que jamás se había sentido tan escandalizada, que había dado por hecho que podía confiar en que se comportarían como señoritas cuando ella no estuviera. La idea de que pudiesen actuar de forma tan deshonrosa, armar tanto escándalo y alarmar a la gente de la calle nunca se le había ocurrido y estaba profundamente afligida. Habían dado un mal ejemplo a todo el vecindario, y, con eso, la señora Knight se refería a la escuela rival. La señorita Miller acababa de enviar a una de sus alumnas para preguntar con mucha amabilidad si alguien estaba herido y si ellas podían ayudar en algo, lo cual era desde luego ofensivo. La señora Knight esperaba que lo lamentasen, creía que debían estar arrepentidas y avergonzadas. Ahora seguirían con los ejercicios como de costumbre. Por supuesto, se les impondría algún tipo de castigo por la falta, pero tenía que reflexionar antes de decidir en qué debía consistir. Mientras tanto, quería que todas pensaran en ello seriamente y, si alguna creía que tenía mayor



 

 

 

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responsabilidad que las demás, ese era el momento de levantarse y confesarlo.

 

A Katy le dio un vuelco el corazón, pero se levantó con valentía. —Yo he inventado el juego y yo era el padre Océano —le dijo a la

estupefacta señora Knight, que se quedó mirándola muy seria durante un minuto antes de contestarle con gran solemnidad:

—Muy bien, Katy. Siéntate.

 

Ella obedeció, sintiéndose más avergonzada que nunca, pero de algún modo aliviada. La verdad tiene la virtud de ayudar a quienes confiesan a superar sus peores trances, y Katy acababa de descubrirlo.

 

La tarde fue larga y penosa. La señora Knight no sonrió ni una sola vez, las lecciones se hicieron eternas y Katy, tras el revuelo y la emoción del mediodía, empezó a sentirse desdichada. Se había llevado más de un golpe durante las confluencias de las aguas, contra sillas y pupitres, y se había llenado el cuerpo de moratones casi sin darse cuenta. Ahora le dolían todos, la cabeza le martilleaba tanto que apenas podía ver y sentía un enorme peso en el corazón.

Cuando terminó la clase, la señora Knight se puso en pie.

 

—Las señoritas que hayan participado en el juego de esta tarde deben permanecer en el aula.

Las demás se marcharon. Fue un momento terrible que las niñas nunca olvidarían, como tampoco el desalentador sonido de la puerta cuando la última compañera que se iba la cerró tras ella al salir.

No encuentro palabras para contaros lo que les dijo la señora Knight; fue conmovedor y en poco tiempo la mayoría de las chiquillas empezaron a llorar. El castigo por su mal comportamiento sería quedarse sin descansos durante tres semanas, pero aquello no era ni la mitad de horrible que ver a la señora Knight tan «solemne y afligida», como más tarde le contaría Cecy a su madre. Una a una, las llorosas penitentes fueron saliendo del aula. Cuando la mayoría ya se había ido, la señora Knight pidió a Katy que subiera a la tarima y le dirigió unas palabras a ella sola. Aunque no fue excesivamente severa, Katy estaba demasiado compungida y agotada para soportarlo y pronto las lágrimas empezaron a salirle a borbotones como una tromba de agua, o como el océano que había fingido ser.

 

Al verla así, la bondadosa señora Knight se compadeció tanto que la dejó marchar de inmediato e incluso la besó en señal de perdón, lo cual



 

 

 

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hizo que el pobre Océano llorase con más fuerza que nunca. Lloró durante todo el camino de regreso a casa, a pesar de que la fiel Clover iba a su lado muy afligida, rogándole que dejase de llorar e intentando en vano sujetarle los jirones del vestido, que se le había roto al menos por una docena de sitios distintos. Katy no pudo dejar de llorar y, por suerte, la tía Izzie había salido y la única persona que la vio en tan penosa situación fue Mary, la niñera, que idolatraba a los pequeños y siempre estaba dispuesta a ayudarlos cuando tenían problemas.

 

En aquella ocasión, mimó y consoló a Katy igual que si hubiera sido Johnnie o el pequeño Phil. La sentó en su regazo, le lavó la cara enrojecida, le cepilló el pelo, le echó árnica en las heridas y le puso un vestido limpio, de modo que para la hora de la cena la pobre criatura, salvo por los ojos hinchados, parecía de nuevo ella misma y la tía Izzie no advirtió nada extraño.

Por casualidad, el doctor Carr estaba en casa aquella noche. Aquello era siempre motivo de gran alegría para los niños y Katy se sintió feliz cuando, después de que los pequeños se hubieran ido a la cama, tuvo a su padre para ella sola y le contó todo lo que había pasado.

—Papá —le dijo sentada sobre sus rodillas, cosa que le encantaba hacer a pesar de lo grande que era—, ¿por qué razón algunos días son tan alegres y otros tan desdichados? Hoy todo ha empezado mal y todo lo que me ha pasado ha sido malo y otros días empiezan bien y todo sale bien. Si la tía Izzie no me hubiera entretenido esta mañana, no me habrían puesto una mala calificación y no me habría enfadado, y entonces a lo mejor no me habría metido en los otros líos.

 

—¿Y por qué te ha retrasado la tía Izzie, Katy? —Para coserme la cinta del sombrero, papá. —Pero ¿por qué estaba la cinta descosida?

—Pues… —empezó a decir Katy de mala gana—, supongo que ha sido por mi culpa, porque se me cayó el martes y no la había arreglado.

 

—Entonces, entenderás que hay que ir más allá de lo que ha hecho la tía Izzie para buscar el origen de este día tan desafortunado para ti, pequeña. ¿Alguna vez has oído el viejo dicho «Por falta de un clavo, se perdió la herradura»?

—¡No, nunca! ¡Explícamelo! —gritó Katy, que adoraba las historias tanto como cuando tenía tres años.

De modo que el doctor Carr recitó:



 

 

 

 

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—«Por falta de un clavo, se perdió la herradura; por falta de una herradura, se perdió el caballo; por falta de un caballo, se perdió el jinete; por falta de un jinete, se perdió la batalla; por una batalla, se perdió el reino. Y todo por falta de un clavo de herradura».

 

—¡Papá! —exclamó la niña mientras le daba un fuerte abrazo y se bajaba de sus rodillas—. ¡Ya lo entiendo! ¿Quién iba a pensar que una cosa tan tonta como no coserme la cinta del sombrero podría ser tan importante? Pero no creo que vuelva a meterme en ningún lío porque ya nunca olvidaré que, «por falta de un clavo, se perdió la herradura».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 4

 

La mazmorra tenebrosa

 

 

 

 

iento decir, sin embargo, que la pobre e inconsciente Katy sí lo olvidó y se metió en otro lío el lunes siguiente sin ir más lejos.

 

Los lunes acostumbraban a ser días bastante agitados en casa de SlosCarr. Había que hacer colada general, la tía Izzie siempre parecía un poco más difícil de complacer y los sirvientes estaban mucho más molestos que los días normales. Aunque creo que también era, en parte, por culpa de los niños, que después de la tranquilidad del domingo estaban especialmente revoltosos y alborotados y más dispuestos de lo habitual a todo tipo de travesuras.

 

Para Clover y Elsie, el domingo parecía comenzar el mismo sábado a la hora de acostarse, cuando ya tenían el pelo mojado y enrollado en tiras de papel para que estuviera rizado al día siguiente. El cabello de Elsie se ondulaba de manera natural, de modo que la tía Izzie no consideraba necesario sujetarle los papeles muy fuerte; pero los gruesos y lacios mechones de Clover había que retorcerlos mucho para conseguir el más mínimo bucle y, para ella, la noche del sábado era un calvario. Se acostaba incómoda y no dejaba de dar vueltas para intentar apoyar la cabeza de un lado y de otro, pero, se pusiera como se pusiese, los apretados nudos y las horquillas se le clavaban y le hacían daño, hasta que por fin se quedaba dormida bocabajo, con la naricilla hundida en la almohada, lo cual no era muy cómodo y le provocaba pesadillas. A consecuencia de estos padecimientos, Clover odiaba los rizos y, cuando se inventaba cuentos para los más pequeños, estos siempre empezaban igual: «El cabello de la hermosa princesa era tieso como una vara y nunca se lo rizaba… ¡jamás!».

 

Todos los domingos comenzaban con un relato de la Biblia seguido por un desayuno de judías en salsa de tomate, dos cosas que quedaron

 

 

 

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unidas en la mente de Philly. Después de desayunar, los niños estudiaban sus lecciones de la escuela dominical y luego llegaba el gran carro en el que iban todos a la iglesia, que estaba a dos kilómetros. Era una iglesia grande y antigua, con galerías y largos bancos de altos asientos con cojines rojos.

 

El coro se sentaba al fondo, detrás de una pequeña cortina verde que se deslizaba de un lado a otro sobre una barra. Cuando empezaba el sermón, descorrían la cortina y los integrantes del coro quedaban a la vista, bien dispuestos a escuchar, pero el resto del tiempo la cortina permanecía corrida. Katy siempre se imaginaba que debían de pasarlo muy bien detrás

 

de la cortina verde —comiendo cáscaras de naranja, tal vez, o leyendo los libros de la escuela dominical—, y a menudo deseaba sentarse allí con ellos.

El asiento del banco del doctor Carr era tan alto que ninguno de los niños, excepto Katy, llegaba a tocar el suelo, ni siquiera con la punta de los zapatos. Esto hacía que se les durmieran los pies y, cuando sentían ese extraño hormigueo con el que suelen despertarse los miembros dormidos, se dejaban resbalar del asiento y se sentaban en el reclinatorio para que se les pasara. Una vez allí, ocultos a la vista de todos, era casi inevitable no cuchichear. La tía Izzie fruncía el ceño y negaba con la cabeza, pero no le servía de mucho, sobre todo porque Phil y Dorry estaban dormidos con la cabeza apoyada en su regazo y necesitaba las dos manos para evitar que se cayesen rodando del banco. Cuando el buen doctor Stone decía: «Y, por último, hermanos míos», empezaba a despertarlos. A veces era difícil, pero por lo general lo conseguía y, durante el último himno, los dos permanecían de pie sobre el asiento, enérgicos y descansados, compartiendo un libro de himnos y fingiendo que cantaban igual que los mayores.

 

Al salir de la iglesia iban a la escuela dominical, que les gustaba mucho, y luego volvían a casa para comer, lo mismo todos los domingos: fiambre de ternera en salmuera, patatas asadas y pudin de arroz. Por la tarde no iban a la iglesia si no querían, pero Katy los retenía y los obligaba a escuchar la lectura de El Visitador Dominical, un periódico religioso que editaba ella misma. Este periódico estaba en parte escrito y en parte impreso sobre una gran hoja de papel y en la parte de arriba tenía una orla muy historiada, hecha a lápiz, con las palabras «EL VISITADOR DOMINICAL» en su interior.



 

 

 

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La lectura empezaba con un texto aburrido, de esos que los adultos llaman editorial, sobre temas como el orden, la obediencia o la puntualidad. Los niños siempre lo escuchaban molestos, en parte, creo, porque los enojaba que Katy predicara sobre el papel, como si fuera algo muy fácil, las virtudes que a ella misma le costaban tanto practicar en la vida real. Después venían anécdotas sobre perros, elefantes y serpientes, sacadas del libro de historia natural y no muy interesantes porque ya se las sabían de memoria. Seguían un himno o dos, o una ristra de versos originales y, por último, un capítulo de «La pequeña María y sus hermanas», un cuento espantoso en el que Katy desprendía tanta moralidad y hacía alusiones tan personales a los defectos de los demás que apenas podían soportarlo. De hecho, ya se había vivido una rebelión infantil por este motivo.

 

Debéis saber que, durante algunas semanas, Katy había sido demasiado perezosa para sacar ningún número nuevo de El Visitador Dominical y había obligado a los niños a sentarse en fila y escuchar los anteriores, ¡que les leyó en alto desde el principio! «La pequeña María» sonaba mucho peor aún en grandes dosis, y Clover y Elsie, aliándose por una vez, decidieron no aguantarlo más. Así que esperaron su oportunidad, arramblaron con la edición completa y la arrojaron al fuego de la cocina, donde la vieron quemarse con una mezcla de miedo y regocijo que resultaba cómica. No se atrevieron a confesar su falta, pero era imposible no parecer culpables cuando Katy iba revoloteando de un lado a otro, en busca de su tesoro perdido, y sospechó de ellas, por lo cual se puso furiosa.

 

Las noches del domingo siempre las pasaban recitando himnos para el doctor Carr y la tía Izzie. Era divertido, pues hacían turnos y se peleaban por asegurarse los que más les gustaban, como «Occidente ha cerrado su Puerta Dorada» y «Partir cuando brille la mañana». En general, el domingo era un día apacible y agradable, y así lo creían los niños; pero, al ser mucho más tranquilo que el resto de la semana, los lunes siempre se levantaban revoltosos y llenos de energía, dispuestos a salir disparados en cualquier momento igual que el corcho de las botellas de champán cuando se cortan los alambres.

 

Aquel lunes en concreto estaba lloviendo y no podían jugar fuera, que es el desahogo habitual para los espíritus exaltados. Los más pequeños, encerrados toda la tarde en su cuarto, estaban absolutamente fuera de



 

 

 

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control. Philly no se encontraba bien y tenía que tomar un jarabe. El jarabe se llamaba Elixir Pro. Era la medicina predilecta de la tía Izzie, que siempre tenía a mano una botella. Esta era grande y negra, con una etiqueta de papel alrededor del cuello, y los niños se estremecían solo con verla.

 

Cuando Phil dejó de quejarse y de escupir y retomaron el juego, las muñecas, como es natural, también se pusieron enfermas, incluida Pikery, la sillita amarilla de John a la que esta siempre trataba como una muñeca más. Le había atado un viejo delantal en el respaldo y solía llevársela a la cama, aunque no la metía dentro —eso habría sido muy incómodo— sino que la dejaba al lado, atada a una pata. Ahora, como les dijo a sus hermanos, Pikery estaba también muy enferma. Debía tomar algún jarabe, igual que Philly.

—Dale un poco de agua —sugirió Dorry.

 

—No —repuso John muy decidida—, tiene que ser negro y estar en una botella o no le hará nada.

Tras pensarlo un momento, fue trotando en silencio por el pasillo y entró en la habitación de la tía Izzie. No había nadie, pero John sabía dónde guardaba el Elixir Pro: en la tercera estantería del armario. Abrió un poco uno de los cajones, se subió a él y alcanzó la botella. Los niños la miraron fascinados cuando volvió, con la botella en una mano y el corcho en la otra, y empezó a verter una generosa dosis en el asiento de madera de Pikery, que John llamaba «su barriguita».

—¡Ea, ea, pobrecita! —le decía acariciándole el hombro (esto es, el brazo de la silla)—. Bébetelo y te pondrás buena.

En ese momento llegó la tía Izzie y, para su consternación, vio un largo reguero oscuro y pegajoso que corría por la alfombra. Era el jarabe de Pikery, que no quería tragárselo.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó con aspereza.

 

—Mi bebé está enfermo —titubeó John al tiempo que mostraba la botella.

La tía Izzie le dio un coscorrón con el dedal y le dijo que era una niña muy mala, tras lo cual Johnnie empezó a hacer pucheros y lloró un poco. La tía Izzie limpió el estropicio y se llevó el Elixir de vuelta a su armario mientras decía que «nunca había visto nada semejante» y que «todos los lunes tenían que estar igual».



 

 

 

 

 

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No voy a contaros todas las travesuras que hicieron aquel día en el cuarto de los niños, pero a última hora de la tarde se oyó un terrible grito y, cuando varias personas llegaron corriendo de distintas partes de la casa para ver qué ocurría, comprobaron que la puerta estaba cerrada con llave y que nadie podía entrar. La tía Izzie gritó a través de la cerradura para que abriesen, pero dentro había tanto escándalo que pasó un buen rato antes de que alguien contestara. Al fin Elsie, con violentos sollozos, le explicó que Dorry había echado la llave y que ahora no giraba y no podían abrir. ¿Tendrían que quedarse allí para siempre y morirse de hambre?

 

—¡Por supuesto que no, zopenca! —exclamó la tía Izzie—. Ay, señor, ¿qué diantre será lo siguiente? Deja de llorar, Elsie, ¿me oyes? En cinco minutos estaréis fuera.

En efecto, enseguida vieron moverse las persianas y apareció Alexander, el jardinero, sobre una escalera de mano al otro lado de la ventana y haciéndoles gestos tranquilizadores a los niños. Los pequeños olvidaron sus temores. Corrieron a abrir la ventana y empezaron a brincar y a retozar alrededor de Alexander en cuanto este entró de un salto en la habitación y fue a desbloquear la puerta. Les pareció tan divertido que los liberasen así que Dorry empezó a sentir cierto orgullo por haberlos encerrado.

La tía Izzie, sin embargo, no veía las cosas de esa forma. Les echó una buena reprimenda y les dijo que eran unos niños muy problemáticos a los que no podía perderse de vista ni un minuto y que lamentaba haber prometido ir a escuchar el sermón esa tarde.

—¿Cómo sé —concluyó— que mientras estoy fuera no vais a prender fuego a la casa o a matar a alguien?

—¡No lo haremos! ¡No lo haremos! —gimotearon los niños impresionados por aquel espantoso panorama.

Pero por el cielo que diez minutos después ya se les había olvidado todo.

Mientras tanto, Katy había estado sentada en la repisa de la librería de la biblioteca, absorta en un libro. Se titulaba Jerusalén liberada, de Tasso. Aunque el hombre que lo había escrito era italiano, alguien había traducido la historia al inglés. Era un libro un tanto extraño para llamar la atención de una niña, pero por alguna razón a Katy le encantaba. Había caballeros, damas, gigantes y batallas y le hacía sentir escalofríos mientras leía, como si tuviera que salir corriendo y gritar y asestar golpes de lanza.



 

 

 

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Katy era por naturaleza muy aficionada a la lectura y su padre la animaba. Tenía algunos libros guardados bajo llave, pero por lo demás la dejaba campar a sus anchas por la biblioteca. Leía todo tipo de cosas: viajes, sermones y revistas antiguas. Nada le parecía tan aburrido como para no poder terminarlo y cualquier cosa que fuera realmente interesante la absorbía de tal manera que ya no se enteraba de lo que pasaba a su alrededor. Las niñas que la invitaban a su casa lo sabían y siempre escondían sus libros de cuentos cuando iba a tomar el té. Si no lo hacían, sin duda cogería alguno y se embobaría con él, y entonces no serviría de nada llamarla ni tirarle del vestido porque ya no veía ni oía nada más hasta que llegaba la hora de volver a casa.

 

Aquella tarde estuvo leyendo Jerusalén liberada hasta que había oscurecido tanto que ya no veía las letras. Cuando subía las escaleras, se encontró con la tía Izzie, que llevaba puesto su sombrero y un chal.

 

—¿Dónde te has metido? —le preguntó esta—. Llevo media hora llamándote.

—No te he oído, tía.

 

—¿Y dónde estabas?

 

—En la biblioteca, leyendo.

 

La tía dejó escapar un leve bufido, pero conocía las manías de Katy y no dijo nada más al respecto.

—Voy a salir a tomar el té con la señora Hall y después asistiremos al sermón vespertino —le anunció luego—. Asegúrate de que Clover estudia su lección y, si viene Cecy, como de costumbre, mándala a casa temprano. A las nueve tenéis que estar todos en la cama.

 

—Sí —repuso Katy.

 

Pero me temo que no estaba prestando demasiada atención sino más bien pensando, en su fuero interno, lo estupendo que sería librarse de la tía Izzie por una vez. La señorita Carr se entregaba con mucho celo a sus deberes. Rara vez dejaba solos a los niños, ni siquiera una tarde, de modo que cuando lo hacía estos tenían cierta sensación de novedad y libertad que era tan peligrosa como grata.

Aun así, estoy segura de que en aquella ocasión Katy no planeaba ninguna diablura. Como todas las personas inquietas, ella casi nunca pretendía hacer nada malo; solo actuaba sin pensar demasiado. La cena transcurrió sin incidentes y todo habría ido bien después de no haber sido



 

 

 

 

 

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porque, tras estudiar sus lecciones y una vez llegó Cecy, acabaron hablando sobre la mazmorra tenebrosa.

 

La mazmorra tenebrosa era un juego al que se habían aficionado mucho el año anterior. Lo habían inventado ellos mismos y le habían puesto ese nombre por un viejo cuento de hadas. Era una especie de mezcla entre la gallinita ciega y el escondite, solo que, en lugar de que uno se vendara los ojos, todos jugaban a oscuras. Uno de los niños se quedaba en el pasillo, iluminado por la luz que llegaba de las escaleras, mientras los demás se escondían en la habitación. Cuando ya estaban todos escondidos, gritaban: «¡Carcelero!», como señal para que el que estaba fuera entrase a buscarlos. Por supuesto, al venir de un sitio con luz, este no podía ver nada mientras que los demás veían un poquito.

 

Era muy emocionante quedarse agazapado en una esquina y vislumbrar la oscura figura tropezando por la habitación y tentando a derecha e izquierda mientras, de vez en cuando, alguien que escapaba por los pelos de sus garras se escabullía y llegaba al pasillo, que era el castillo de la libertad, al jubiloso grito de «¡Libre, libre, libre!». Si el que la ligaba pillaba a alguien, este tenía que ocupar su lugar y hacer de carcelero. Durante mucho tiempo este juego hizo las delicias de los hermanos Carr, pero acababan con tantas heridas y moratones, y tiraban y rompían tantas cosas de la habitación, que al final la tía Izzie les prohibió volver a jugar. Eso había sido casi un año antes, pero al hablar de ello de nuevo se les ocurrió que podían intentarlo otra vez.

 

—Después de todo, no hicimos ninguna promesa —dijo Cecy.

 

—No, y papá nunca dijo que no pudiéramos jugar —añadió Katy, para quien su padre era la autoridad y siempre había que respetarlo mientras que a la tía Izzie podían desobedecerla de vez en cuando.

Así pues, subieron todos al piso de arriba. Dorry y John, aunque estaban ya medio desvestidos, se unieron al juego. Philly se había quedado profundamente dormido en otra habitación.

Sin duda lo pasaron de maravilla. Una vez Clover se subió a la repisa de la chimenea y cuando Katy, que era la que buscaba, iba tanteando un poco más a lo loco que de costumbre, le cogió un pie, pero no podía entender de dónde salía. Dorry se dio un buen golpe y lloró, y en otra ronda Katy se pilló el vestido con un tirador de la cómoda y se lo rompió, pero ya estaban demasiado acostumbrados a ese tipo de incidentes en su día a día como para dejar que interfiriesen lo más mínimo en la



 

 

 

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satisfacción de jugar a la mazmorra tenebrosa. La diversión y la alegría parecían aumentar cuanto más rato llevaban jugando y, en su entusiasmo, el tiempo pasó mucho más rápido de lo que cualquiera de ellos podía imaginar. De pronto, en medio del alboroto, oyeron un ruido: el golpe seco y nítido de la puerta de un carro al cerrarse junto a la entrada lateral. La tía Izzie había vuelto del sermón.

¡Cuánta confusión y desconcierto! Cecy se escurrió escaleras abajo como una anguila y corrió como alma que lleva el diablo por el camino que llevaba a su casa. La señora Hall, mientras le daba las buenas noches a la tía Izzie y cerraba tras ella la puerta principal de la casa del doctor Carr, podría haberse extrañado por la peculiar circunstancia de que otro golpe lejano llegó desde su propia puerta como una especie de eco. No era, sin embargo, una mujer suspicaz, y cuando subió las escaleras de su hogar vio la ropa de Cecy bien doblada sobre una silla y a su hija en la cama, profundamente dormida, aunque con las mejillas más sonrojadas que de costumbre.

Entretanto, la tía Izzie subía también las escaleras de su casa ¡y cundió el pánico en la habitación de los niños! Katy lo notó y se escabulló vilmente a su cuarto para meterse en la cama a toda velocidad. A los demás, en cambio, les resultó más difícil acostarse; eran muchos y se tropezaban unos con otros y no había ni una lámpara encendida para ver por dónde pisaban. Dorry y John se metieron bajo las sábanas a medio desvestir, Elsie desapareció y Clover, sin tiempo para hacer ninguna de las dos cosas y al oír a la tía Izzie avanzar por el pasillo, se puso de rodillas, con la cara hundida en una silla, y empezó a decir sus oraciones con auténtica vehemencia.

 

La tía Izzie, que entró con una vela en la mano, se quedó en el umbral atónita por el espectáculo. Luego se sentó y esperó a que Clover terminase, pero esta, por su parte, no se atrevía a llegar al final y seguía repitiendo: «Y ahora que voy a acostarme» una y otra vez, como desesperada. Al fin la tía Izzie le dijo con voz severa: «Con eso bastará, Clover, puedes levantarte», y la niña se puso en pie con sentimiento de culpa, y no sin motivo, pues era mucho peor fingir que estaba rezando que desobedecer a la tía Izzie y seguir despierta después de las diez, aunque creo que Clover aún no lo entendía por entonces.

 

La tía Izzie empezó a desvestirla de inmediato y, mientras lo hacía, la interrogó de tal modo que en poco tiempo se había enterado de todo lo



 

 

 

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ocurrido. Le soltó a Clover una agria reprimenda y, cuando la mandó a lavarse la cara llena de lágrimas, fue hasta la cama donde estaban John y Dorry, dormidos y roncando de forma tan ostentosa como podían. Algo extraño en la apariencia de la cama la hizo fijarse con más atención. Levantó las sábanas y, en efecto, estaban aún medio vestidos y con las botas de la escuela puestas.

 

De tal forma zarandeó la tía Izzie a los pequeños tunantes ante este descubrimiento que habría despertado hasta a una pareja de lirones. En contra de su voluntad, John y Dorry se vieron obligados a levantarse y recibieron un cachete y una reprimenda antes de tener que prepararse en condiciones para dormir, mientras la tía Izzie no les quitaba ojo, como un dragón. Acababa de terminar de arroparlos cuando, por primera vez, echó en falta a Elsie.

—¿Dónde está la pobre Elsie? —exclamó.

 

—En la cama —dijo Clover, sumisa.

 

—¡En la cama! —repitió la tía Izzie con estupor.

 

Entonces se agachó y tiró con fuerza de la cama carriola. Allí estaba Elsie, totalmente vestida, con zapatos y todo, pero tan dormida que ni todos los zarandeos, pellizcos y gritos de la tía Izzie fueron capaces de despertarla. Le quitó la ropa, le desató las botas, le puso el camisón… pero en todo momento Elsie siguió dormida y fue la única de los hermanos que no recibió el rapapolvo que se había ganado aquella infausta noche.

Katy ni siquiera fingió estar dormida cuando la tía Izzie entró en su habitación. Su tardía conciencia había despertado y estaba tumbada en la cama, apesadumbrada por haber metido a sus hermanos en un lío, también a sí misma, y por haber fracasado en su propósito de «ser un ejemplo para los más pequeños».

Tan desdichada era que las severas palabras de la tía Izzie fueron casi una liberación y, aunque lloró hasta quedarse dormida, fue más por la carga de sus propios pensamientos que porque la hubieran regañado.

 

Aún lloró más al día siguiente, pues el doctor Carr estuvo hablando con ella en un tono más serio que nunca. Le recordó el día en que murió su madre y lo que dijo («Cuando crezca, Katy habrá de ser una madre para los pequeños»). Y le preguntó si no creía que había llegado el momento de asumir ese hermoso papel con los niños. ¡Pobre Katy! Lloró como si fuera a partírsele el corazón y, aunque no hizo ninguna promesa, creo que nunca volvió a ser tan irreflexiva después de aquel día. En cuanto al resto, el



 

 

 

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doctor Carr los reunió a todos y les hizo entender con toda claridad que no podían volver a jugar a la mazmorra tenebrosa jamás. Era tan raro que el doctor Carr les prohibiera ningún juego, por muy rudo que fuera, que sus palabras dejaron una profunda huella en la rebelde prole y desde aquel día nunca volvieron a jugar a la mazmorra tenebrosa.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 5

 

En el pajar

 

 

 

 

ero bueno! —exclamó la señorita Petingill dejando a un lado su labor—. ¡Estos niños van a acabar con todo! ¿Qué diantre están haciendo ahora?

PLaseñorita Petingill estaba en el saloncito del pabellón trasero, donde siempre se acomodaba cuando iba a pasar una semana zurciendo y remendando en casa de los Carr. Era la mujer más entrañable y divertida que jamás trabajó cosiendo a jornal. Tenía la cara redonda y de algún modo te recordaba a una rica manzana asada, surcada como estaba por mil simpáticas arrugas. Era menuda y enjuta y llevaba cofia y un copete postizo del mismo color que el lomo de un perro de Terranova gris. Tenía los ojos apagados y usaba gafas, pero, a pesar de todo, era una trabajadora excelente. A todos les agradaba la señorita Petingill, aunque una vez la tía Izzie dijo que iba a quedársele la lengua «seca como a una cotorra». Cuando hizo este comentario, estaba muy enfadada y, desde luego, no esperaba que de pronto Phil se acercase a la costurera para pedirle que le enseñara la lengua, cosa que esta hizo amablemente mientras todos los niños se amontonaban para mirar. No vieron qué tenía esta de diferente respecto a otras lenguas, pero Philly insistió en buscar algo peculiar en ella; ¡tenía que haberlo si iba a pasarle una cosa tan rara!

 

Allá donde iba la señorita Petingill, siempre llevaba consigo toda clase de tesoros. A los niños les gustaba que fuese a su casa porque ver cómo sacaba sus cosas era como escuchar un cuento de hadas o como ir al circo. A la señorita Petingill le daban mucho miedo los ladrones. Se pasaba la mitad de la noche despierta, atenta por si los oía, y nada en el mundo habría podido convencerla de que fuera a cualquier sitio y dejase en casa lo que ella llamaba «su plata». Con esta palabra tan majestuosa, se refería

 

 

 

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a seis antiguas cucharillas de té, muy finas y brillantes, y un cuchillo para la mantequilla en cuyo mango se explicaba que era «Un obsequio en agradecimiento por salvar la vida de Ithuriel Jobson, de siete años, cuando sufrió un acceso de anginas». La señorita Petingill estaba muy orgullosa de su cuchillo. Tanto este como las cucharillas viajaban con ella en una pequeña cesta que siempre llevaba colgada del brazo y que nunca consentía en perder de vista, ni aunque la familia para la que cosiera fuera la más honrada del mundo.

 

Además de la cesta de la plata, la señorita Petingill jamás se movía sin Tom, su gato carey. Tom era una belleza y entendía su poder; gobernaba a su dueña con mano de hierro y, si había alguna mecedora en la habitación, siempre era él el que la ocupaba. Ella podía sentarse en cualquier sitio, le decía la señorita Petingill a todo el mundo, pero Tom era muy delicado y tenía que estar cómodo. También llevaba siempre un gran ejemplar de la Biblia, un acerico especial de merino rojo, varios retratos algo desvaídos (de los ancianos señor y señora Petingill y de Peter Petingill, que se ahogó en el mar, y fotografías de la señora Porter, antes Marcia Petingill, del marido de la señora Porter y de todos los niños Porter). Por último, traía una multitud de cajitas y tarros y una larga ristra de redomas y botellas llenas de medicinas caseras e infusiones de hierbas. La señorita Petingill no era capaz de dormir si no las tenía a mano porque, según ella, ¿cómo podía saber que no iba a darle un patatús y que no iba a morirse por falta de un poco de bálsamo de jengibre o de poleo?

 

Los pequeños Carr armaban siempre tanto escándalo que hacía falta algo fuera de lo común para que la señorita Petingill dejase su labor, como había hecho ahora, y saliera corriendo en dirección a la ventana. De hecho, la algarabía era tremenda. Dorry gritaba hurras, estaban zapateando y había un inmenso clamor de voces chillonas y alegres. Al mirar fuera, la señorita Petingill los vio a los seis —no, a los siete, pues Cecy también estaba— salir en tropel por la puerta de la leñera, que en realidad no era una puerta sino un simple vano en forma de arco, y cruzar corriendo el patio con gran alboroto. Katy iba la primera y cargaba con una botella grande y negra sin tapón, mientras que los demás llevaban lo que parecía una galleta en cada mano.

 

—¡Katherine Carr! ¡Ka-ther-ine! —gritó la señorita Petingill al tiempo que golpeaba con fuerza el cristal—. ¿No ves que está lloviendo? ¡Debería darte vergüenza dejar que tus hermanos salgan y se mojen de esa forma!



 

 

 

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Nadie la oyó, sin embargo, y los niños desaparecieron dentro del establo, donde ya no vio nada salvo un lejano aletear de calzas y pantalones con volantes que subían por lo que parecía una escalera al fondo de la cuadra. Así pues, la señorita Petingill chascó la lengua y echó la cabeza hacia atrás con gesto contrariado, luego se ajustó las gafas sobre la nariz y se puso de nuevo a trabajar en la falda de cuadros de Katy, la de alpaca, que tenía dos enormes desgarrones en medio del paño delantero. Los vestidos de Katy, aunque parezca extraño, ¡siempre se rompían por ese mismo sitio!

 

Si a la señorita Petingill le hubiera alcanzado un poco más la vista, habría comprobado que los niños no estaban subiendo por una escalera, sino por un largo poste de madera con estacas cruzadas más o menos cada treinta centímetros. Hacía falta dar buenas zancadas para trepar de una estaca a otra, y los más pequeños no lo habrían conseguido de no ser porque Clover y Cecy los empujaban con fuerza desde abajo, y Katy, extendiendo el brazo, los cogía desde arriba. Al fin, pues, habían llegado todos sanos y salvos y estaban en el encantador refugio que ahora voy a describiros.

Imaginad un pajar de techo bajo, oscuro, sin ventanas, iluminado solo por la exigua luz que entra por el agujero del suelo al que llega el poste por el cual han subido. Se percibía un penetrante olor a maíz, aunque ya se habían llevado el grano, y había un montón de polvo y telarañas en los rincones y algunos tablones mojados, pues siempre salía alguna gotera en el tejado cuando llovía.

Este era el sitio, por alguna razón que nunca he podido averiguar, donde los hermanos Carr preferían estar antes que en cualquier otro los sábados de lluvia, cuando no podían jugar fuera. A la tía Izzie le sorprendía este capricho tanto como a mí. Cuando ella era pequeña (un tiempo tan vago y remoto que ninguno de sus sobrinos creía demasiado que hubiera llegado a existir), jamás se le habían ocurrido ideas tan extravagantes como colarse por un agujero o esconderse en rincones diminutos y apartados. De buena gana les prohibiría subir al pajar, pero el doctor Carr les había dado permiso, así que lo único que podía hacer era inventar historias sobre niños que se habían roto algún hueso de una terrible caída al trepar por postes y escaleras. Estas historias, sin embargo, no causaban ninguna impresión a los muchachos, excepto al pequeño Phil,



 

 

 

 

 

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así que la terca cuadrilla siguió en sus trece y trepaban por el poste cuando les venía en gana.

 

—¿Qué hay en la botella? —preguntó Dorry nada más poner un pie en el pajar.

—No seas impaciente —le reprochó Katy—. Lo sabrás a su debido tiempo. Pero es algo delicioso; te lo aseguro.

»Ahora —continuó tras haber aplacado a Dorry de esta manera— será mejor que me deis las galletas para que las guarde. Si no, seguro que os las coméis antes del banquete y entonces no habrá nada con lo que hacer el banquete.

Así pues, todos le dieron sus galletas. Dorry, que había empezado a comerse la suya cuando subía por el poste, no lo hizo de muy buena gana, pero estaba demasiado acostumbrado a hacer caso a Katy como para atreverse a desobedecer. La botella quedó así en un rincón, rodeada por montoncitos de galletas.

—Muy bien —prosiguió Katy, que, como era la mayor y la más alta, siempre tomaba la iniciativa en sus juegos—. Ahora, si ya estamos todos listos y colocados, el festival puede empezar. La obra inaugural será Una tragedia de la Alhambra, de la señorita Hall.

—¡No! —exclamó Clover—. Primero El mago azul, o Edwitha de las Hébridas, ¿vale, Katy?

—¿No os lo he contado? —dijo esta—. Ha habido un terrible accidente.

—¿Qué ha pasado? —gritaron los demás, pues Edwitha era muy apreciada en la familia.

Era una de las muchas historias por entregas que Katy siempre estaba escribiendo y trataba sobre una dama, un caballero, un mago azul y un caniche llamado Bop. Llevaban siguiéndola ya tantos meses que todos habían olvidado cómo empezó y nadie tenía la esperanza de vivir para conocer el final, pero aun así la noticia de su prematuro infortunio fue una conmoción.

—Os lo contaré —anunció Katy—. El viejo juez Kirby ha venido esta mañana a ver a la tía Izzie. Yo estaba estudiando en la salita, pero lo he visto entrar y tirar del sillón grande para sentarse y casi grito «¡No!».

 

—¿Por qué? —le preguntaron los niños.

 

—¿No lo entendéis? Yo había metido a Edwitha en el hueco que hay entre el respaldo y el asiento. Era un escondite estupendo porque el asiento



 

 

 

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se mete mucho hacia dentro, pero Edwitha era ya un mamotreto tan grande y el viejo juez Kirby ocupa tanto que temía que fuese un problema. Y así ha sido: apenas ha caído sobre el sillón, se ha oído cómo crujía el papel y el juez ha vuelto a levantarse de un salto, gritando: «¡Cielos! ¿Qué es esto?». Y luego ha empezado a hurgar y a hurgar y, justo cuando ya había sacado todo el fajo de papeles y se estaba poniendo los anteojos para ver lo que era, ha llegado la tía Izzie.

 

—¿Y entonces qué? —exclamaron los niños, que se lo estaban pasando en grande.

—Pues la tía Izzie también se ha puesto las gafas y ha arrugado la frente, ya sabéis qué cara pone, y el juez y ella han leído un poquito (esa parte del principio, ¿os acordáis?, cuando Bop roba las píldoras azules y el mago intenta tirarlo al mar). ¡No podéis imaginaros lo divertido que ha sido oír a la tía Izzie leer Edwitha en voz alta! —Y Katy empezó a retorcerse de la risa al recordarlo—. Cuando ha llegado a lo de: «¡Oh, Bop! ¡Mi ángel Bop!», he tenido que esconderme debajo de la mesa y morder el tapete para no gritar. Poco después la he oído llamar a Debby y le ha dado las hojas y le ha dicho: «Coge este montón de disparates y échalo ahora mismo al fuego de la cocina». Y luego me ha dicho que cree que acabaré en un manicomio antes de cumplir los veinte. Ha sido una pena —dijo al fin, medio riendo y medio llorando— que se haya quemado el nuevo capítulo y todo. Pero lo bueno es que no ha encontrado El hada del arcón, que estaba metido aún más al fondo del asiento.

 

»Y ahora —continuó la maestra de ceremonias—, vamos a empezar.

 

Señorita Hall, por favor, póngase en pie.

 

La señorita Hall, un poco aturullada al oírse llamar de forma tan solemne, se levantó con las mejillas muy rojas.

—Érase una vez —empezó a leer—, cuando la luz de la luna caía sobre los patios de la Alhambra, un caballero que andaba a zancadas y muy impaciente por el corredor, pues pensaba que ella nunca vendría.

 

—¿Quién, la luna? —preguntó Clover.

 

—No, claro que no —replicó Cecy—. Una dama de la que estaba enamorado. En la siguiente frase se habla de ella, pero me has interrumpido.

»Llevaba un turbante de plata con una media luna de piedras preciosas. Mientras bajaba a hurtadillas por el corregidor, la luz chocaba con la joya y la hacía brillar como una estrella.



 

 

 

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»—¿De verdad has venido, Zuleika?

 

»—Sí, mi señor.

 

»Entonces oyeron un ruido como de acero y de pronto entró el padre de Zuleika cubierto con una cota de malla. Sacó su espada y lo mismo hizo el otro. Momentos después, los dos yacían muertos y fríos bajo la brillante luz de la luna. Zuleika dio un grito muy fuerte y se tiró sobre sus cuerpos. ¡Ella también estaba muerta! Y así termina la tragedia de la Alhambra.

—Es precioso —dijo Katy con un largo suspiro—, ¡aunque muy triste! ¡Qué historias más bonitas escribes, Cecy! Pero ojalá no mataras siempre a la gente. ¿Por qué no podía el caballero matar al padre y…? No, supongo que entonces Zuleika no se habría casado con él. Bueno, pues el padre podría haber… ¡Jo! ¿Por qué tiene que morir alguien de todas formas? ¿Por qué no hacer que se den un abrazo y hagan las paces?

—¡Pero Katy! —exclamó Cecy—. Entonces no sería una tragedia. El título es Una tragedia de la Alhambra.

—Ah, bueno —se apresuró a admitir Katy, pues Cecy empezaba a hacer pucheros y la cara de piel clara y rosada se le estaba poniendo roja, como si estuviera a punto de echarse a llorar—. Entonces tal vez era mejor que muriesen todos. Lo decía solo por cambiar… ¡Qué palabra más bonita has utilizado! «Corregidor». ¿Qué significa?

 

—No lo sé —repuso Cecy, bastante consolada—. Salía en La conquista de Granada. Algo por lo que se anda, creo.

—Lo siguiente —anunció Katy tras consultar su papel— es «Yap, un poema sencillo», de Clover Carr.

Todos los niños se echaron a reír, pero Clover se levantó muy serena y recitó los siguientes versos:

 

¿Conocisteis a Yap?

 

Era el mejor perrito,

 

se sentaba en mi falda

 

y ladraba a los sapitos.

 

Sus ojos parecían cuentas,

 

y su rabo una escoba,

 

no podía parar,

 

lo movía a todas horas.

 

Tenía el pelo sedoso,

 

muy brillante y lustroso.

 

Siempre bebía leche

 

y un día se bebió una loción



 

 

 

 

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que guardaba en la cómoda de mi habitación.

 

(¡Este verso es muy extenso!).

 

Se puso muy malito

 

y así acaba mi canción.

 

Porque Yappy se murió

 

hace dos meses nada más,

 

y no está bien que cantemos

 

en un funeral.

 

El poema fue recibido con un inmenso aplauso, todos rieron y gritaron y aplaudieron hasta que el pajar empezó a retumbar. Clover, sin embargo, mantuvo la compostura y se sentó de nuevo tan recatada como siempre, salvo por los hoyuelos que le aparecían y desaparecían por momentos a ambos lados de la boca; hoyuelos en parte naturales y en parte, lamento decirlo, resultado de un puntiagudo pizarrín con el que Clover tenía la costumbre de ahondarlos todos los días mientras estudiaba la lección.

 

—Ahora —dijo Katy cuando el ruido ya se había apagado un poco—, toca «Versos de las Escrituras», de la señorita Elsie y de Joanna Carr. Mantén erguida la cabeza, Elsie, y habla con claridad. ¡Ah! Y Johnnie, ¡no puedes reírte como una boba cuando llegue tu turno!

 

Pero Johnnie no pudo evitar reírse aún más al oír aquello. Se tapaba la boca muy fuerte con las palmas de las manos y los miraba a través de los dedos entreabiertos. Elsie, sin embargo, estaba seria como un pequeño juez y, con gran dignidad, comenzó a recitar:

 

Un ángel con espada de fuego

 

vino para enviar a Adán y a Eva al extranjero

 

y mientras partían, sumisos,

 

contemplaron otra vez el Paraíso.

 

Pensaron en todas las horas dichosas

 

entre pájaros y flores olorosas,

 

y Eva lloró y Adán gritó

 

y los dos al viento lanzaban su lamento.

 

Dorry soltó entonces una risita, pero Clover lo hizo callar muy seria. —No debes reírte —le dijo— porque es sobre la Biblia, ¿entiendes?

 

John, te toca.

 

Pero Johnnie seguía tapándose la boca con las manos y sus hombros regordetes no dejaban de temblarle de la risa. Al fin, con gran esfuerzo, se puso tiesa y recitó su parte lo más rápido que pudo, como un torbellino:



 

 

 

 

 

 

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La burra de Balaam vio al ángel

 

y se paró temerosa.

 

Balaam no vio al ángel,

 

qué cosa más curiosa.

 

Después, volvió a refugiarse tras sus manos, mientras Elsie continuaba:

 

Junto al río los cuervos

 

a Elías traen sustento,

 

que coge de sus picos negros

 

carne y pan como alimento.

 

—Vamos, Johnnie —apremió Katy a la pequeña.

 

Pero su incorregible hermanita estaba otra vez muerta de risa y lo único que entendieron fue:

 

Los osos bajaron y comieron […] y comieron.

 

Estos «versos» eran parte de un gran proyecto en el que Clover y Elsie llevaban trabajando más de un año. Sería una especie de versión de las Escrituras para público infantil y, cuando estuviera terminado, querían publicarlo encuadernado en rojo y con sendos daguerrotipos de las dos autoras en la cubierta. Biblia poética para jóvenes iba a ser el título. El doctor Carr, que se divertía mucho con los fragmentos que había oído por casualidad, les propuso otro: El libro de la cama carriola, pues lo habían compuesto principalmente en ese lugar, pero Elsie y Clover se mostraron muy indignadas y no quisieron considerar la idea ni por un momento.

 

Después de los «Versos de las Escrituras» llegó el turno de Dorry. Le habían dejado que eligiera a su antojo, lo cual fue algo desafortunado pues tenía un gusto un tanto peculiar, por no decir tétrico. En esta ocasión había optado por ese himno tan animado que empieza:

 

¡Escuchad! De las tumbas llega un luctuoso sonido.

 

Empezó entonces a recitarlo con voz lúgubre y gran énfasis, casi relamiéndose en versos como:

 

Príncipes, este barro será vuestro último lecho,

 

a pesar de todos vuestros palacios.

 

Los mayores lo escuchaban con una especie de fascinado horror, disfrutando en cierto modo de los escalofríos que les corrían por la



 

 

 

 

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espalda, y se apiñaban unos contra otros mientras el tono teatral de Dorry hacía eco en los oscuros rincones del pajar. Fue demasiado para Philly, sin embargo. Cuando su hermano terminó de declamar, lo encontraron deshecho en lágrimas.

 

—No quiero es-es-tar aquí arriba y que me gruñan —sollozaba. —¡Mira, bruto! —le recriminó Katy a Dorry, tanto más enfadada

porque era consciente de que ella misma le había encontrado cierto gusto—. Esto es lo que consigues con tus horribles himnos, ¡asustarnos y hacer que Phil se eche a llorar!

Y le dio un manotazo a su hermano. Este empezó a gimotear y, como Phil seguía sollozando y Johnnie también había empezado a hipar, por solidaridad con los otros dos, el Festival del Pajar parecía dirigirse hacia un triste final.

—Voy a decirle a la tía Izzie que eres mala conmigo —anunció Dorry, que ya tenía una pierna en la trampilla del suelo.

—¡De eso nada! —le dijo Katy echándole el guante—. Vas a quedarte aquí porque ahora ¡vamos a celebrar el banquete! Para ya, Phil; y Johnnie, no seas gansa. Venid y repartamos las galletas.

La palabra «banquete» tuvo un rápido efecto sobre los ánimos de todo el grupo. Phil se consoló de inmediato y Dorry cambió de opinión sobre irse del pajar. La botella negra se colocó, con gran solemnidad, en el centro, y Johnnie, que ahora era todo sonrisas, iba repartiendo las galletas. Tenían los bordes festoneados y semillas de alcaravea y estaban muy ricas. Había dos para cada uno y, cuando se las comieron, Katy se metió la mano en el bolsillo y, entre grandes aplausos, sacó la guinda que coronaría aquel festín: siete largas ramas de canela.

 

—¿No es estupendo? —les dijo—. Hoy Debby estaba muy simpática y me ha dejado meter la mano en el tarro, así que he cogido las más largas que había. Ahora, Cecy, como tú eres nuestra invitada, te corresponde el primer trago de la botella.

Ese «algo delicioso» que contenía resultó ser vinagre rebajado con agua. Estaba algo caliente, pero por alguna razón, bebiéndolo allí arriba en el pajar y directamente de la botella, les sabía muy bien. Además, ellos no lo llamaban «vinagre con agua», ¡desde luego que no! Cada uno de los niños bautizó su parte con un nombre diferente, como si la botella fuera la del mago Blitz y pudiera contener una docena de bebidas distintas a la vez. Clover dijo que había tomado «ponche de frambuesa», Dorry lo llamó



 

 

 

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«cerveza de jengibre», y Cecy, que era una romántica, tomó sus tres sorbitos dándoles el nombre de «hidromiel», que según les explicó era algo muy rico hecho, creía, con cera de abejas. Cuando acabaron con la última gota y ronzaron hasta el último trocito de canela, el grupo volvió a tomar posiciones con la intención de escuchar a Philly repetir su obra: «Gotitas de agua», un emocionante poema que había recitado todos los sábados desde que podían recordar. Después, Katy declaró concluida la parte literaria del festival y se pusieron a jugar a la diligencia, lo cual, a pesar del reducido espacio y de llevarse algún que otro coscorrón contra el techo, era tan divertido que todos contestaron a la vez con un «¡Jopé!» generalizado cuando oyeron la campana a la hora de la cena. Supongo que las galletas y el vinagre les habían quitado el apetito, pues ninguno tenía hambre y Dorry dejó asombrada a la tía Izzie cuando miró la mesa con expresión de disgusto y dijo:

 

—¡Bah! ¡Solo dulces de ciruela, bizcocho y panecillos! Yo no quiero cenar.

—¿Qué le pasa a este niño? Tiene que estar enfermo —se extrañó el doctor Carr, pero Katy se lo explicó.

—No, papá, no es eso. Es que hemos celebrado un banquete en el pajar.

—¿Y os lo habéis pasado bien? —le preguntó su padre mientras la tía Izzie dejaba escapar un gruñido de descontento.

Y todos los niños contestaron a la vez:

 

—¡Espléndidamente!



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 6

 

Amigas íntimas

 

 

 

 

na tarde, Katy irrumpió en casa gritando:

 

—Tía Izzie, ¿puedo invitar a Imogen Clark a pasar el sábado con nosotros?

U—¿Quién diantres es Imogen Clark? Nunca te he oído mencionar ese

 

nombre —replicó su tía.

 

—¡Es una niña simpatiquísima! No lleva mucho tiempo en la escuela de la señora Knight, pero somos muy buenas amigas. Y es muy pero que muy guapa, tía Izzie. Tiene las manos tan blancas como la nieve y así de pequeñitas. Y la cintura más esbelta de todas las niñas de la escuela. Y es muy dulce ¡y tan abnegada y generosa! No creo que se divierta mucho en su casa, además. ¡Déjame invitarla!

 

—¿Cómo sabes que es tan dulce y abnegada si hace tan poco tiempo que la conoces? —le preguntó la tía Izzie en tono poco prometedor.

—¡Porque me lo cuenta todo! Siempre paseamos juntas durante el descanso. Lo sé todo sobre ella ¡y es sencillamente encantadora! Su padre antes era muy rico, pero ahora son pobres y a Imogen tuvieron que remendarle las botas dos veces el invierno pasado. Creo que es la flor de

su familia. ¡No puedes imaginarte cuánto la aprecio! —concluyó Katy muy sentimental.

—No, no puedo —corroboró la tía Izzie—. Nunca he podido entender esos afectos tuyos tan repentinos, Katy, y preferiría que no invitaras a esa tal Imogen, o como se llame, hasta que haya podido informarme sobre ella.

Katy juntó las manos desesperada.

 

—¡Tía Izzie! —suplicó—. Imogen sabe que he venido a preguntártelo y ahora mismo está en la puerta esperando a ver qué dices. ¡Por favor,

 

 

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déjame! ¡Solo esta vez! Me dará muchísima vergüenza si tengo que decirle que no.

 

—Bueno —consintió la señorita Izzie, enternecida por la cara de pena de Katy—, si ya la has invitado, supongo que no servirá de nada que te diga que no. Pero recuerda, Katy, esto no puede volver a ocurrir. No puedes ir por ahí invitando a casa a cualquiera y venir a pedirme permiso después. A tu padre no va a gustarle nada. Es muy escrupuloso en cuanto al tema de tus amistades. Acuérdate de cómo acabó lo de la señora Spenser.

¡Pobre Katy! Su tendencia a encariñarse con tanta vehemencia de personas a las que acababa de conocer siempre estaba metiéndola en líos. Desde el momento en que empezó a hablar y a caminar, la broma sobre las amigas íntimas de Katy era algo recurrente en la familia.

 

Una vez, el doctor Carr se propuso llevar una lista, pero el número creció tanto que se rindió, desesperado. La primera de aquella lista fue una chiquilla irlandesa llamada Marianne O’Riley. Marianne vivía en una calle por la que Katy pasaba de camino a la escuela —no a la de la señora Knight, sino a la escuela de párvulos a la que ahora asistían Dorry y John—. Marianne solía ponerse a hacer pasteles de arena delante de su casa y Katy, que tendría entonces unos cinco años, a menudo se paraba a ayudarla. Gracias a esta mutua afición por la repostería, se hicieron tan amigas que Katy decidió adoptar a Marianne como su propio bebé y criarla en algún lugar seguro y escondido.

 

Le contó a Clover su plan, pero a nadie más. Las dos niñas, entusiasmadas con su precioso secreto, empezaron a guardarse trozos de pan y galletas de la cena todas las noches. Poco a poco, reunieron un buen montón de mendrugos y otros refrigerios que iban escondiendo en el desván. También estuvieron dos semanas guardándose las manzanas que les daban y construyeron una cama con una caja grande, colchas y las almohadas de su casita de muñecas. Cuando lo tenían todo preparado, Katy le dijo a su querida Marianne lo que pretendía hacer y la convenció con facilidad de que se escapara de su casa para instalarse en este nuevo hogar.

—No se lo contaremos a papá ni a mamá hasta que haya crecido —le dijo Katy a Clover—. Entonces la bajaremos y verás qué sorpresa se llevan. Tampoco vamos a seguir llamándola Marianne. No es bonito. La



 

 

 

 

 

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llamaremos Susquehanna. Susquehanna Carr. Recuerda, Marianne, no debes contestar si te llamo «Marianne»; solo cuando diga Susquehanna.

 

—Vale —repuso Marianne muy sumisa.

 

Durante un día entero todo fue de maravilla. Susquehanna vivía en su caja de madera, se comió todas las manzanas y las galletas menos duras y estaba contenta. Las dos niñas se turnaban para escabullirse y jugar con el bebé, como llamaban a Marianne, aunque de hecho era bastante más grande que Clover. Cuando llegó la noche, sin embargo, y la niñera cogió a Katy y a Clover para acostarlas, la pequeña señorita O’Riley empezó a sentir que el desván era un sitio terrible. Al asomarse por el borde de su caja, veía bultos negros en los rincones que no recordaba haber observado allí de día. En realidad eran baúles, escobas y calentadores para las camas, pero de algún modo, en la oscuridad, parecían otra cosa (algo enorme y espantoso). La pobre Marianne aguantó todo lo que pudo, pero cuando una rata empezó a arañar la pared cerca de ella, todo su coraje se vino abajo y se puso a gritar a pleno pulmón.

 

—¿Qué ha sido eso? —dijo el doctor Carr, que acababa de llegar a casa y estaba subiendo las escaleras.

—Parece que viene del desván —contestó la señora Carr (pues todo esto ocurrió antes de que la madre de los pequeños muriese)—. ¿Crees que alguna de las niñas puede haberse levantado dormida y haber subido las escaleras?

No, Katy y Clover estaban sanas y salvas en su cuarto, de modo que el doctor Carr cogió una vela y subió corriendo al desván, donde los alaridos eran cada vez más espeluznantes. Cuando llegó al final de las escaleras, los gritos cesaron. Miró a su alrededor. Al principio no vio nada, pero luego una cabecita asomó por el borde de una gran caja de madera y una voz quejumbrosa empezó a sollozar.

—Señorita Katy, no quiero estar aquí más tiempo. ¡Hay ratas!

 

—¿Quién diantres eres tú? —preguntó el atónito doctor.

 

—Soy el bebé de la señorita Katy y de la señorita Clover. Pero ya no quiero seguir siendo un bebé. Quiero irme a casa y ver a mi madre.

 

Y de nuevo la pobre criaturita alzó la voz y empezó a llorar.

 

Creo que el doctor Carr jamás en su vida se rio tanto como cuando por fin llegó al fondo de la historia y descubrió que Katy y Clover habían «adoptado» a una niña. Sin embargo, fue muy amable con la pobre



 

 

 

 

 

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Susquehanna y la bajó en brazos a la habitación de sus hijas. Allí, en una cama junto a las otras niñas, pronto olvidó sus miedos y se quedó dormida.

 

Las hermanitas se sorprendieron mucho cuando se levantaron a la mañana siguiente y vieron a su bebé dormida a su lado. Su alegría, en cambio, pronto se convirtió en llanto. Después de desayunar, el doctor Carr llevó a Marianne a casa con su madre, que estaba muy asustada por su desaparición, y explicó a sus hijas que debían renunciar a su idea del desván. Hondos fueron los lamentos en el cuarto de las niñas, pero, como les permitieron que Marianne fuese a jugar con ellas de vez en cuando, poco a poco se sobrepusieron a su pena. Unos meses después, el señor O’Riley se marchó de Burnet y aquello fue el final de la primera amistad de Katy.

La siguiente fue aún más graciosa. Había una extraña mujer negra que vivía sola en una casita cerca de la escuela. Era muy mayor y tenía muy mal carácter. Sus vecinos contaban historias terribles sobre ella y a los niños les daba miedo pasar por allí. Solían cambiar de dirección justo antes de llegar y cruzaban al otro lado de la calle. Lo hacían tan a menudo que habían abierto un camino a través de la hierba. Por algún motivo, sin embargo, Katy sentía una profunda fascinación por aquella casa. Le gustaba merodear por la puerta, aunque siempre estaba preparada para darse la vuelta y salir corriendo si la anciana saliese tras ella con una escoba. Un día, le pidió a Alexander un repollo grande y lo dejó en la entrada de la casa de la mujer. A esta pareció gustarle y, después de aquello, Katy siempre se paraba a hablar con ella cuando pasaba por allí. Llegó incluso a sentarse en el escalón de la puerta para observarla mientras trabajaba. Sentía una especie de peligroso regocijo cuando lo hacía. Era como sentarse frente a la jaula abierta de un león sin saber en qué momento al rey de la selva se le antojaría dar un salto y comerte de un bocado.

 

Más tarde, Katy se encariñó con una pareja de gemelas, hijas de un joyero alemán. Eran bastante mayores y siempre llevaban vestidos exactamente iguales. Casi nadie podía distinguirlas. Hablaban muy poquito inglés y, como Katy no sabía una palabra de alemán, su relación se limitaba a sonrisas y ramilletes de flores, que Katy ataba y les regalaba cada vez que pasaban por su puerta. Era demasiado tímida para hacer nada más que ponerles las flores en las manos y salir corriendo, pero era evidente que a las gemelas les encantaba, pues un día, cuando Clover



 

 

 

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estaba por casualidad mirando por la ventana, las vio abrir la cancela del patio, atar un paquetito a un arbusto y marcharse a toda prisa. Por supuesto, llamó de inmediato a Katy y las dos niñas salieron volando a ver de qué se trataba. El paquete contenía un sombrero, un bonito sombrero de muñeca de seda azul adornado con flores artificiales, y encima tenía prendido un trozo de papel en el que podía leerse, con una extraña caligrafía extranjera: «PARA LA SIMPÁTICA NIÑITA QUE HA SIDO TAN AMABLE DE REGALARNOS FLORES».

 

Ya os podéis imaginar si Katy y Clover se pusieron contentas o no. Esto fue cuando Katy tenía seis años. No podría deciros cuántos

 

amigos y amigas diferentes tuvo desde entonces. Recuerdo a un basurero y al capitán de un barco de vapor. También a la cocinera de la señora Sawyer, una agradable viejecita que le daba lecciones de cocina y le enseñó a hacer natillas y bizcocho. Luego estuvo la sombrerera, guapa y elegante, a la que, para gran indignación de la tía Izzie, ¡Katy insistía en llamar «prima Estelle»! Y un ladrón encerrado en la cárcel del pueblo, bajo cuya ventana Katy solía quedarse de pie, diciendo: «Lo siento mucho, ¡pobre hombre!» y «¿Tienes alguna hijita pequeña como yo?» de la forma más piadosa. El ladrón tenía un trozo de cuerda que sacaba por la ventana. Katy le ataba pimpollos de rosa y cerezas y él lo subía hasta su calabozo. A la niña aquello le parecía tan fascinante que se sintió muy desdichada cuando se lo llevaron a la prisión estatal. Después vino, por un breve periodo, Cornelia Perham, una niña agradable y bondadosa, hija de un frutero. Me temo que la afición de Katy por las uvas y las ciruelas tuvo algo que ver en este acercamiento. Era estupendo ir con Cornelia a la enorme tienda de su padre y tener cajas enteras de pasas y barriles de higos abiertos para ellas, y que las dejaran subir y bajar en el montacargas las veces que quisieran. De todas las curiosas amistades de Katy, sin embargo, la señora Spenser, a la que acababa de aludir la tía Izzie, fue la más extravagante.

 

La señora Spenser era una misteriosa mujer que nadie había visto jamás. Su marido era un hombre apuesto pero de aspecto hosco que vino de no se sabe dónde y alquiló una casita en Burnet. No parecía tener ningún oficio en particular y siempre pasaba mucho tiempo fuera de casa. Se decía que su esposa estaba inválida, y la gente, cuando hablaba de él, movía la cabeza y se preguntaba cómo podría la pobre mujer apañárselas sola en casa mientras su marido estaba ausente.



 

 

 

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Por supuesto, Katy era demasiado pequeña para entender tales murmuraciones o las razones por las que los adultos no parecían dispuestos a pensar bien del señor Spenser. A ella la atraía muchísimo la historia de la puerta cerrada y la dama a la que nadie había visto. Solía ir hasta allí y quedarse mirando a las ventanas, preguntándose qué ocurriría dentro, hasta que al final le pareció que debía averiguarlo. Así que un día cogió algunas flores y a Victoria, su muñeca preferida, y se adentró con atrevimiento en el patio de los Spenser.

 

Llamó a la puerta principal, pero no contestó nadie. Volvió a llamar. Siguió sin haber respuesta. Intentó abrir la puerta. Estaba cerrada con llave. Entonces se puso a Victoria en los hombros y empezó a rodear la casa hacia la parte de atrás. Cuando pasó junto a la puerta lateral, vio que estaba un poquito abierta. Llamó por tercera vez y, como no acudió nadie, entró y atravesó el pequeño pasillo mientras iba golpeando con los nudillos en todas las puertas interiores.

 

Parecía que no había nadie en casa. Katy se asomó primero a la cocina. Casi no había muebles y estaba muy descuidada. Vio un montón de platos de distintas clases, todos desperdigados. No había lumbre en los fogones. El salón no tenía mucho mejor aspecto. Las botas del señor Spenser estaban tiradas en medio de la estancia. Había vasos sucios sobre la mesa y, en la repisa de la chimenea, un plato lleno de huesos roídos. Una gruesa capa de polvo lo cubría todo, y la casa entera parecía llevar deshabitada por lo menos un año.

 

Katy intentó abrir algunas otras puertas, pero todas estaban cerradas con llave, luego subió las escaleras. Cuando alcanzó el último peldaño, con las flores apretadas en un puño y un poco indecisa sobre qué hacer a continuación, oyó una voz débil que venía de una de las habitaciones.

—¿Quién está ahí?

 

Era la señora Spenser. Estaba tendida en la cama, que parecía muy revuelta, como si nadie hubiera estirado las sábanas aquella mañana. La habitación estaba tan sucia y desordenada como el resto de la casa, y la bata y el gorro de dormir de la señora Spenser desde luego no estaban limpios, pero ella tenía una expresión dulce y un precioso cabello rizado que se esparcía sobre la almohada. Era evidente que estaba muy enferma y, por todo aquello, a Katy le dio más pena que cualquier otra persona en su vida.

—¿Quién eres tú, niña? —le preguntó la señora Spenser.



 

 

 

 

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—Soy la hija del doctor Carr —contestó Katy, acercándose a la cama—. He venido a traerle unas flores.

 

Entonces dejó el ramillete sobre las sábanas sucias.

 

A la señora Spenser parecieron gustarle. Las cogió y estuvo oliéndolas un buen rato, sin hablar.

—Pero ¿cómo has entrado? —dijo al fin.

 

—La puerta estaba abierta —titubeó Katy, que empezaba a asustarse de su propia osadía—, y decían que estaba enferma, así que he pensado que a lo mejor le gustaba que viniera a verla.

—Eres una niñita muy amable —dijo la señora Spenser, y le dio un beso.

Después de aquello, Katy empezó a ir todos los días. A veces la señora Spenser podía levantarse y caminar un poco, pero con más frecuencia se quedaba en la cama y Katy se sentaba a su lado. La casa jamás tuvo mejor aspecto que el del primer día, pero después de un tiempo Katy adoptó la costumbre de cepillarle el pelo y lavarle la cara con el extremo de una toalla.

Creo que sus visitas eran un consuelo para la pobre mujer, que estaba muy enferma y sola. A veces, cuando se encontraba algo mejor, le contaba a Katy historias de cuando ella era pequeña y vivía con su padre y con su madre. Nunca le habló, en cambio, del señor Spenser, y Katy solo lo vio una vez, pero se asustó tanto que durante varios días no se atrevió a acercarse a la casa. Al fin, Cecy le dijo que lo había visto irse en la diligencia con un maletín y Katy volvió a arriesgarse. La señora Spenser dio un grito cuando la vio.

—Creía que ya no ibas a volver nunca —le dijo.

 

Katy se sintió conmovida y halagada de que la hubiera echado de menos y después no volvió a faltar un solo día. Siempre le llevaba las flores más bonitas que conseguía encontrar y, si alguien le daba un melocotón especialmente dulce o un racimo de uvas, lo guardaba para la señora Spenser.

La tía Izzie estaba muy preocupada por todo aquello, pero el doctor Carr no quiso intervenir. Decía que era un asunto en el que los adultos no podían hacer nada y que, si Katy era un consuelo para la pobre mujer, él se alegraba. Katy también estaba contenta y aquellas visitas le hacían a ella tanto bien como a la señora Spenser, pues la profunda piedad que sentía por la enferma la hacía más discreta y paciente de lo que nunca había sido.



 

 

 

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Un día fue a verla, como de costumbre, cuando volvía a casa desde la escuela. Intentó abrir la puerta lateral, pero estaba cerrada con llave, luego la puerta de atrás, pero tampoco pudo. Todas las persianas estaban echadas a cal y canto. Era muy extraño.

 

Una mujer asomó la cabeza por la ventana de la casa de al lado.

 

—No te servirá de nada llamar —le dijo—. Esa gente se ha ido.

 

—¿Ido?, ¿dónde? —preguntó Katy.

 

—Nadie lo sabe. El hombre ha llegado en mitad de la noche y esta mañana, antes de que amaneciese, ha puesto un carro en la puerta, lo ha cargado con los baúles y la mujer enferma y se han marchado. Hoy ya ha venido más de uno a llamar a la puerta antes que tú. Pero solo el señor Pudgett tiene la llave y nadie puede entrar sin pedírsela.

 

Era cierto. La señora Spenser se había ido y Katy nunca volvió a verla. Unos días más tarde, se supo que el señor Spenser era un hombre muy malo y que había estado fabricando dinero de mentira, «falsificado», como lo llamaban los adultos. La Policía lo buscaba para meterlo en la cárcel y por esa razón había vuelto con tanta prisa y se había llevado a su pobre mujer. La tía Izzie no dejaba de lamentarse, mortificada, cuando se enteró. Decía que era una desgracia que Katy hubiera estado visitando la casa de un falsificador. Pero el doctor Carr tan solo se rio. Le dijo a la tía Izzie que no creía que esa clase de delito fuera contagioso y que, en lo que respectaba a la señora Spenser, no podían sino compadecerla. La tía Izzie, sin embargo, no pudo superar aquel disgusto y, de vez en cuando, cuando estaba irritada, recordaba el asunto, aunque ya había pasado tanto tiempo que la mayor parte de la gente lo había olvidado, y Philly y John ya ni siquiera jugaban a meter al señor Spenser en la cárcel, que durante una buena temporada fue uno de sus entretenimientos favoritos.

 

Katy siempre se sentía mal cuando la tía Izzie hablaba con tan poca amabilidad de su pobre amiga enferma. Ahora, mientras se dirigía a la cancela del patio, tenía lágrimas en los ojos y estaba tan seria que Imogen Clark, que seguía allí esperando, le cogió las manos y dijo:

 

—¡Ya sé! Tu aristocrática tía se niega.

 

El verdadero nombre de Imogen era Elizabeth. Era una niña bastante guapa, con boca de piñón, pelo castaño y brillante y dos pequeños bucles en las mejillas. Podría pensarse que los llevaba sujetos con cola o con tachuelas, pues nunca se le movían por mucho que se riera o girara la cabeza. Imogen era despierta por naturaleza, pero había leído tantas



 

 

 

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novelas que le tenían sorbido el seso. En parte era esto lo que la hacía tan fascinante a ojos de Katy, que adoraba las historias y creía que Imogen era una auténtica heroína de novela.

 

—No, qué va —replicó Katy, apenas capaz de contener la risa ante la idea de que se refiriesen a la tía Izzie como un pariente aristocrático—. Dice que le encan… —Pero en ese momento le remordió la conciencia y terminó la frase con un gesto de vacilación—. Bueno… Entonces vendrás, ¿verdad, querida? ¡Estoy muy contenta!

 

—¡Y yo! —exclamó Imogen al tiempo que alzaba los ojos en un gesto teatral.

Desde ese momento hasta que terminó la semana, los niños no hablaron de otra cosa que no fuera la visita de Imogen y lo bien que iban a pasárselo. El sábado por la mañana, antes de desayunar, Katy y Clover se afanaron en construir un precioso cenador de esparragueras bajo los árboles. Todos los juguetes estaban dispuestos y en orden. Debby horneó bizcochos de canela, le pusieron a la gatita un lazo rosa y engalanaron a las muñecas, incluida Pikery, con sus mejores ropas.

 

Imogen llegó sobre las diez y media. Llevaba un vestido de barés azul claro, con cuello bajo y manga corta, cuentas de coral en el pelo, zapatos de satén blanco y guantes amarillos. Los guantes y los zapatos estaban bastante sucios, y el barés, algo viejo y remendado, pero el efecto del conjunto era tan hermoso que los hermanos, que estaban vestidos para jugar, con sus trajes de guinga y sus delantales blancos, se quedaron deslumbrados por el aspecto de su invitada.

 

—¡Imogen, pareces la joven dama de un cuento! —exclamó la inocente Katy, tras lo cual Imogen alzó la cabeza e hizo bailar su falda más que nunca.

De algún modo, con aquella ropa tan elegante, Imogen parecía haber adoptado unos modales refinados, muy distintos de los que solía mostrar a diario. A algunas personas les pasa siempre cuando van de visita. Casi podría creerse que era una Imogen distinta, guardada en una caja la mayor parte del tiempo y a la que solo sacaban los domingos y en las grandes ocasiones. Iba de un lado a otro, dejaba escapar risitas tontas y ceceaba, se miraba en los espejos y se comportaba, en general, como una jovencita frívola. Cuando la tía Izzie se dirigía a ella, pestañeaba y actuaba de una forma tan extraña que a Clover le entraba la risa e incluso Katy, que era



 

 

 

 

 

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incapaz de encontrar defecto alguno en las personas a las que adoraba, se alegró de poder llevársela al cuarto de juegos.

 

—Salgamos al cenador —le dijo cogiéndola por la cinturilla de barés azul.

—¡Un cenador! —exclamó Imogen—. ¡Qué espléndido! —Pero cuando llegaron al enramado de esparragueras se le ensombreció el rostro—. Vaya, no tiene tejadillo, ni pináculos; ¡ni siquiera una fuente!

—Pues claro que no —replicó Clover, que la miraba con curiosidad—.

 

Lo hemos hecho nosotras mismas.

 

—¡Ah!

 

Imogen estaba obviamente decepcionada. Katy y Clover sintieron cierta vergüenza, pero como su invitada no mostraba interés por el cenador, intentaron pensar en otra cosa.

—Vamos al pajar —propusieron.

 

Cruzaron el patio todos juntos. Imogen avanzaba con pasos delicados en sus zapatitos de satén blanco, pero cuando vio el poste con las estacas a modo de peldaños dio un grito.

—¡Yo no subo por ahí, querida; por ahí no! —chillaba—. ¡Ni hablar! —¡Inténtalo! Si es muy fácil… —le suplicó Katy, y subió y bajó media

docena de veces seguidas para demostrarle lo sencillo que era.

 

Pero fue imposible convencer a su amiga.

 

—No me lo pidas —repuso esta con afectación—. ¡Mis nervios no podrían soportar algo así! Y además… ¡mi vestido!

—¿Por qué te lo has puesto? —preguntó Philly, que era un niño muy directo y dado a hacer preguntas.

Mientras, John le susurraba a Dorry:

 

—Vaya niña más tonta. Vámonos a otro sitio a jugar nosotros solos.

 

Y así, uno a uno, los pequeñajos se escabulleron y dejaron que Katy y Clover entretuviesen a su invitada. Lo intentaron con las muñecas, pero a Imogen no le hacían mucha gracia. Luego le propusieron sentarse a la sombra y encadenar versos, un juego que a ellas les gustaba mucho. Pero Imogen dijo que, aunque adoraba la poesía, nunca podía recordar ninguna. Al final fueron al huerto, donde Imogen se comió un montón de ciruelas y manzanas tempranas y pareció disfrutar de verdad. Sin embargo, cuando ya no pudo comer más, un terrible aburrimiento se apoderó del grupito.

 

—¿Nunca os sentáis en el gabinete? —les preguntó Imogen al fin.

 

—¿Dónde? —se extrañó Clover.



 

 

 

 

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—En el gabinete —repitió la otra.

 

—¡Ah, se refiere a la sala! —exclamó Katy—. No, nunca vamos allí, salvo si la tía Izzie recibe visitas a la hora del té. Está oscuro y es incómodo. Además, es mucho más agradable estar al aire libre, ¿no te parece?

—Sí, a veces —replicó Imogen sin demasiada convicción—. Pero creo que ahora también sería agradable ir y sentarnos un rato. Me duele terriblemente la cabeza de estar aquí fuera, bajo este sol espantoso.

 

Katy no sabía qué hacer. Casi nunca entraban en la sala, que la tía Izzie consideraba una especie de lugar sagrado. Tenía todas las sillas cubiertas con enaguas de algodón para que no cogieran polvo y nunca abría las persianas para que no entraran moscas. ¡Como para dejar que los niños entrasen a sentarse allí con las botas sucias! Por otra parte, la cortesía natural de Katy le hacía muy difícil negarle a un invitado cualquier cosa que pidiera. Y, además, era horrible pensar que Imogen pudiera irse y decir que «a Katy Carr no la dejan sentarse en la mejor estancia de la casa, ¡ni siquiera cuando tiene visita!». Con el corazón tembloroso, encabezó la marcha hacia la sala. No se atrevió a abrir las persianas, de modo que la habitación estaba muy oscura. Apenas podía ver la silueta de Imogen sentada en el sofá y a Clover dando vueltas, inquieta, sobre el taburete del piano. No dejaba de prestar atención por si oía acercarse a la tía Izzie y, en general, aquel le resultaba un lugar desalentador; ni la mitad de agradable que el enramado de esparragueras, donde se sentían seguros y a salvo.

 

Imogen, sin embargo, que por primera vez parecía estar a gusto, empezó a hablar. Hablaba sobre sí misma. ¡Qué historias contaba sobre las cosas que le habían pasado! Ni todas las heroínas de folletín juntas habían vivido aventuras más extrañas. Poco a poco, Katy y Clover se interesaron tanto que dejaron sus asientos y se quedaron en cuclillas junto al sofá, escuchándola con la boca abierta. Katy se olvidó de la tía Izzie. La puerta de la sala se abrió, pero no se dio cuenta. Ni siquiera oyó cerrarse la puerta principal cuando su padre llegó a casa para comer.

El doctor Carr, que se había parado en el vestíbulo para echar un vistazo al periódico, oyó una voz aguda que venía de la sala. Al principio no estaba escuchando, pero luego alcanzó a oír lo siguiente:

—¡Fue encantador, chicas, absolutamente delicioso! Supongo que estaba preciosa, pues iba toda de blanco y tenía el pelo suelto con una rosa aquí arriba. Luego se inclinó sobre mí y me dijo en voz baja y profunda:



 

 

 

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«Señorita, soy un bandolero, pero me vence el encantador poder de su belleza. ¡Es libre!».

 

El doctor Carr empujó la puerta para abrirla un poco. No se veía nada salvo varias siluetas indefinidas, pero oyó la voz de Katy que pedía en tono impaciente:

—¡Sigue! ¿Qué pasó después?

 

—¿Quién ha dejado a los niños estar en la sala? —le preguntó a la tía Izzie, que estaba en el comedor.

—¿La sala? —gritó ella, colérica—. Pero ¿qué están haciendo ahí? —Y acto seguido, asomándose a la puerta, los llamó—: ¡Niños! ¿Qué hacéis en la sala? Salid de ahí ahora mismo. Creí que estabais jugando fuera.

—A Imogen le dolía la cabeza —titubeó Katy.

 

Las tres niñas habían salido al vestíbulo, Clover y Katy con expresión temerosa e incluso la hechicera del bandolero bastante cariacontecida.

—Ah —repuso la tía Izzie, forzada—. Lamento oír eso. Probablemente seas de temperamento bilioso. ¿Quieres un poco de alcanfor o alguna otra cosa?

—No, gracias —repuso Imogen con tono sumiso. Pero después le susurró a Katy—: Tu tía no me parece muy amable. Es igual que Jackima, esa horrible anciana de la que os he hablado, la que vivía en la cueva del bandolero y se encargaba de cocinar.

—No creo que sea muy considerado que me digas eso —protestó Katy, muy enfadada por el comentario.

—Olvídalo, querida, ¡no te lo tomes así! —replicó Imogen con dulzura—. No se puede evitar tener parientes poco agradables, ¿sabes?

Aquella visita fue un evidente fracaso. El doctor Carr estuvo muy atento con Imogen durante la comida, pero no dejaba de observarla y Katy vio un destello de hilaridad en sus ojos que no le gustó. Su padre tenía una mirada muy chistosa con la que veía todo y, a veces, parecía decir tanto con ella como con la lengua. Katy empezó a sentirse abatida. Después confesaría que no podría haber soportado la tarde si no hubiera subido dos o tres veces a su cuarto a consolarse leyendo algunos fragmentos del Rosamond.

—¿No te alegras de que se haya ido? —le susurró Clover cuando ya estaban juntas en la cancela del patio y vieron a Imogen alejarse calle abajo.



 

 

 

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—¡Clover! ¿Cómo puedes decir eso? —repuso Katy, pero le dio a su hermana un fuerte abrazo y creo que, en el fondo, sí se alegraba.

 

—Katy —le dijo su padre al día siguiente—, acabas de entrar en la habitación igual que tu nueva amiga, la señorita Clark.

—¿Cómo? No sé qué quieres decir —contestó Katy, roja como un tomate.

—Así —dijo el doctor Carr. Y entonces se levantó, alzando los hombros y doblando los codos, y dio unos pasitos remilgados por la habitación.

Katy no pudo evitar echarse a reír: era muy divertido y se parecía mucho a Imogen. Luego el doctor Carr volvió a sentarse y la acercó hacia él.

—Cielo —le dijo—, eres una niña cariñosa y eso me encanta. Pero a veces uno puede llegar a desperdiciar su afecto. No me gustó nada esa chiquilla de ayer. ¿Qué es lo que tanto te agrada de ella?

—Ayer no me agradó tanto —admitió Katy a regañadientes—. Es mucho más simpática en la escuela, a veces.

—Me alegro de oírlo —repuso su padre— porque me entristecería mucho pensar que en verdad admiras esos modales tan ridículos. ¿Qué era esa tontería que la oí contaros sobre unos bandoleros?

—Le pasó de ver… —empezó a justificarla Katy. Luego vio la mirada de su padre y se mordisqueó el labio, pues tenía una expresión muy

 

burlona—. Bueno —continuó entre risas—, supongo que no le pasó de verdad, pero era muy divertido, papá, incluso si se lo estaba inventando. Imogen es encantadora. A todas las niñas les cae bien.

—Las invenciones están muy bien —le advirtió el doctor Carr—, siempre que nadie quiera hacerte creer que son ciertas. Si lo hacen, me parece que se acercan demasiado a los límites de la falsedad como para seguir siendo honestos o agradables. Yo en tu lugar, Katy, evitaría jurar eterna amistad a la señorita Clark. Puede que sea encantadora, como dices, pero creo que en dos o tres años no te parecerá tan simpática como ahora. Dame un beso, pajarito, y vete corriendo, que ya llega Alexander con la calesa.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 7

 

La visita de la prima Helen

 

 

 

 

n grupito de colegialas caminaban juntas de vuelta a casa una tarde de julio. Cuando se acercaban a la puerta del doctor Carr, Ucamino. Maria Fiske vio un bonito ramillete de flores tirado en mitad del —¡Caramba! —exclamó—. ¡Mirad lo que se le ha caído a alguien!

 

Voy a cogerlo.

 

Sin embargo, al inclinarse a por él, justo cuando tocaba los tallos con los dedos, el ramillete empezó a moverse como si estuviera embrujado. Maria, perpleja, intentó atraparlo. El ramillete se movió más rápido y, al final, desapareció bajo la cancela mientras se oía una risita al otro lado del seto.

—¿Lo habéis visto? —gritó Maria—. ¡Las flores han salido corriendo solas!

—¡No digas tonterías! —replicó Katy—. Han sido esos ridículos críos.

 

—Luego abrió la cancela y llamó a sus hermanos—: ¡John! ¡Dorry! ¡Salid de ahí y dad la cara!

Pero no hubo respuesta y no se veía a nadie. El ramillete estaba en el camino, sin embargo, y al levantarlo Katy mostró a sus compañeras un largo cabo de hilo negro atado a los tallos.

—Es una de las bromas preferidas de Johnnie —les explicó—. Dorry y ella siempre están atando flores y dejándolas en el camino para tomarle el pelo a la gente. Toma, Maria, quédatelas si quieres. Aunque creo que John no tiene muy buen gusto para los ramos.

—¿No es maravilloso estar por fin de vacaciones? —dijo una de las niñas mayores—. ¿Qué vais a hacer vosotros? Nosotros iremos a la costa.

 

 

 

 

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—Papá dice que nos llevará a Susie y a mí al Niágara —contestó Maria.

 

—Yo voy a visitar a mi tía —dijo Alice Blair—. Vive en una casa muy bonita en el campo y cerca hay una laguna. Mi primo Tom dice que va a enseñarme a remar. ¿Vosotros qué vais a hacer, Katy?

—No lo sé, jugar y pasárnoslo de maravilla —repuso esta al tiempo que lanzaba su bolsa con los libros por los aires y volvía a cogerla.

 

Pero las otras niñas la miraron como si no pensaran que aquello fuese divertido en absoluto y como si lo lamentaran por ella, entonces Katy sintió de pronto que sus vacaciones no iban a ser tan agradables como las del resto.

—Ojalá papá nos llevara a algún sitio —le dijo a Clover cuando iban por el camino de grava—. Todos los papás de las otras niñas lo hacen.

 

—Está muy ocupado —contestó Clover—. Además, no creo que ninguna de las otras niñas se lo pase ni la mitad de bien que nosotros. Ellen Robbins dice que daría un millón de dólares por tener hermanos y hermanas tan simpáticos como los nuestros para jugar. Y Maria y Susie se aburren un montón en casa, aunque vayan a sitios. La señora Fiske es muy severa. Siempre les dice que no a todo y no tienen patio ni nada. Yo no se lo cambiaría.

—Yo tampoco —dijo Katy, animada por aquellas palabras tan sabias—. ¡Jo! ¿No es fantástico pensar que mañana no hay escuela? ¡Las vacaciones son maravillosas!

Luego lanzó de nuevo su bolsa, que esta vez se cayó al suelo con estrépito.

—¡Hala! Ya has roto la pizarra.

 

—Da igual, no voy a necesitarla durante ocho semanas —replicó Katy despreocupada mientras subían corriendo los escalones del porche.

Abrieron de golpe la puerta principal y se lanzaron escaleras arriba, gritando: «¡Hurra! ¡Hurra! ¡Vacaciones! ¡Tía Izzie, estamos de vacaciones!». Pero entonces se pararon en seco, pues hete aquí que el piso superior era un absoluto desorden. En la habitación de invitados se oían golpes y sacudidas. Había mesas y sillas desperdigadas por todas partes y una cama plegable, que parecía haber salido a pasear sola, estaba al borde de las escaleras y obstruía el paso.

 

—¡Caramba, qué raro! —exclamó Katy intentando avanzar—. ¿Qué estará pasando? ¡Ah, ahí está la tía Izzie! Tía Izzie, ¿quién va a venir?



 

 

 

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¿Para qué estáis sacando todas esas cosas de la habitación azul?

 

—¡Ah, vaya! Sois vosotras —replicó la tía Izzie, que estaba roja y parecía muy agitada—. Venga, niñas, no os quedéis ahí haciendo preguntas; no tengo tiempo de contestarlas. Deja la cama tranquila, Katy, que vas a estamparla contra la pared. ¿Lo ves? ¡Te lo he dicho! —le gritó cuando Katy dio un impaciente empujón al bastidor—. Ya has hecho un rasponazo en el papel. ¡Qué niña más difícil eres! Bajad ahora mismo las dos, y no volváis a subir por aquí hasta después del té. Ya tengo demasiado de lo que ocuparme hasta entonces.

 

—¡Dinos qué pasa y nos iremos! —exclamaron las niñas.

 

—Vuestra prima Helen va a venir a visitarnos —repuso la tía Izzie, cortante, y desapareció en la habitación azul.

Eso sí que era una novedad. Katy y Clover bajaron corriendo, con gran alboroto, y después de pensarlo un poco se fueron al pajar para hablar sobre ello con tranquilidad. ¡La prima Helen iba a venir! Parecía algo tan raro como si la reina Victoria, con su corona de oro y todo, se hubiera autoinvitado a tomar el té. O como si el personaje de algún libro —como Robinson Crusoe, por ejemplo, o Amy Herbert— se hubiera presentado allí anunciando su intención de quedarse a pasar una semana. Y es que, en la imaginación de los niños, la prima Helen era tan fascinante e irreal

como cualquier personaje de cuento —Cenicienta o Barba Azul o la mismísima Caperucita Roja—. Aunque en este caso un poco mezclada con las historias que leían en el libro de la escuela dominical, pues la prima Helen era muy muy buena.

Ninguno de ellos la había visto nunca. Philly decía que estaba seguro de que no tenía piernas porque nunca salía de casa y se pasaba todo el tiempo tumbada en un sofá. Los demás sabían que eso era porque la prima Helen estaba enferma. El doctor Carr iba siempre a visitarla dos veces al año y le gustaba hablarles de ella y contarles lo dulce y paciente que era y lo bonita que era la habitación en la que vivía. Katy y Clover habían jugado a ser la prima Helen tantas veces que ahora estaban tan asustadas como contentas con la idea de conocer a la auténtica.

—¿Crees que nos pedirá que le recitemos himnos todo el rato?

 

—preguntó Clover.

 

—Todo el rato no —repuso Katy—, porque se cansa y tiene que echarse la siesta por las tardes. Y además, por supuesto, lee mucho la



 

 

 

 

 

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Biblia. ¡Jo! ¡Tendremos que estar muy callados! ¿Cuánto tiempo se quedará?

 

—¿Tú cómo crees que es? —siguió Clover.

 

—Parecida a la Lucy de las historias de la señora Sherwood, supongo, con los ojos azules y el pelo rizado y una nariz larga y recta. Y se agarrará las manos con los dedos entrelazados, así, todo el rato, y llevará batas de volantes y se sentará en el sofá muy quieta, sin sonreír nunca, con paciencia. Tendremos que quitarnos las botas en el vestíbulo, Clover, y subir las escaleras descalzos para no hacer ningún ruido mientras esté aquí.

 

—¡Qué divertido! —dijo Clover con una risita, y la cara se le iluminó con la idea de ese cambio respecto a los himnos.

El tiempo se les hizo muy largo hasta la tarde siguiente, cuando tenía que llegar la prima Helen. La tía Izzie, que estaba muy agitada, no dejaba de darles instrucciones sobre su comportamiento. Tenían que hacer esto y lo otro y no hacer lo de más allá. Dorry, al fin, dijo que ojalá la prima Helen se quedara en su casa. Clover y Elsie, que habían estado pensando más o menos lo mismo en privado, se alegraron de saber que su prima iba de camino a un balneario y que solo se quedaría allí cuatro días.

Llegaron las cinco en punto. Estaban todos sentados en los escalones de la entrada, esperando el carruaje. Al fin este se detuvo en la puerta. El doctor Carr iba en el pescante. Les hizo un gesto a los niños para que se apartasen. Luego ayudó a bajar a una bonita joven que, según les dijo la tía Izzie, era la enfermera, y después, con mucho cuidado, cogió a la prima Helen en brazos y la metió en casa.

—¡Ah, ahí están los niños! —Fueron las primeras palabras que le oyeron decir, con una voz muy alegre y agradable—. Déjame donde sea, tío. ¡Tengo muchas ganas de conocerlos!

De modo que el doctor Carr sentó a la prima Helen en el sofá del vestíbulo. La enfermera fue a buscar un almohadón, y, cuando la acomodaron, el doctor Carr llamó a los pequeños. —La prima Helen quiere veros —les dijo.

—¡Desde luego que sí! —exclamó aquella animada voz—. Así que ¿esta es Katy? ¡Caramba! ¡Qué alta está! Y esta es Clover —añadió, dándole un beso— y esta la pequeña Elsie. Es como si ya os conociera.

 

A todos iba abrazándolos, y no como si tuviese que ser educada porque eran parientes, sino como si los hubiera adorado y necesitado desde siempre.



 

 

 

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Había algo en la expresión y en los modales de la prima Helen que hizo que los niños se sintieran a gusto con ella enseguida. Incluso Philly, que se había apartado un poco con las manos a la espalda, después de mirarla fijamente un par de minutos se acercó a la carrera para recibir su beso.

 

Aun así, la primera impresión de Katy fue algo decepcionante. La prima Helen no se parecía en nada a la Lucy del libro de la señora Sherwood. Tenía la nariz ligeramente respingona, el cabello castaño, sin bucles, la piel tostada y ojos brillantes que parecían bailar cuando se reía o hablaba. Además, tenía el rostro muy fino, pero salvo por eso nadie habría dicho que estuviera enferma. No se agarraba las manos con los dedos entrelazados y no parecía resignada, sino absolutamente dichosa y alborozada. No llevaba una bata de volantes, sino un amplio vestido de viaje de una preciosa tela gris con un lazo rosa y pulseras y un sombrero redondo adornado con una pluma también gris. Todas las fantasías de Katy sobre la santa inválida parecieron criar alas y salir volando. Cuanto más observaba a la prima Helen, sin embargo, más le gustaba y creía que iba a ser más simpática que esa persona imaginaria que Clover y ella se habían inventado.

 

—Parece igual que cualquier otra persona, ¿no? —susurró Cecy, que se había pasado a echar un vistazo a la recién llegada.

—Sí… —repuso Katy sin demasiada convicción—, solo que mucho, muchísimo más hermosa.

Poco después, el doctor Carr llevó a la prima Helen al piso de arriba. Los niños también querían subir, pero él les dijo que estaba fatigada y debía descansar, así que salieron a jugar fuera hasta la hora de la cena.

 

—¡Ay, déjame subir la bandeja! —gritó Katy cuando ya estaban en la mesa y vio a la tía Izzie preparando el menú de la prima Helen.

¡Y qué menú tan delicioso! Pollo frío, frambuesas con nata y té en una preciosa taza de porcelana rosa y blanca. ¡Y la tía Izzie extendió sobre la bandeja una servilleta tan blanca como la nieve!

—Desde luego que no —le dijo su tía—. Lo primero que harás será tirarla.

Pero la mirada de Katy era tan suplicante que el doctor Carr accedió.

 

—Déjala, Izzie. Me gusta que las niñas quieran ser útiles.

 

De modo que Katy, orgullosa de la tarea encomendada, cogió la bandeja y cruzó el vestíbulo con mucho cuidado. Allí había un jarrón con



 

 

 

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flores sobre una mesa. Cuando pasó por su lado, se le ocurrió una idea brillante. Apoyó la bandeja, cogió una rosa y la dejó sobre la servilleta, junto al platito de frambuesas de color carmesí. Quedaba muy bonito y Katy sonrió complacida.

 

—¿Por qué te paras? —gritó la tía Izzie desde el comedor—. Ten cuidado, Katy, creo que sería mejor que lo llevara Bridget.

—¡No, no! —protestó Katy—. ¡Ya subo!

 

Entonces se apresuró escaleras arriba todo lo que pudo. ¡Desafortunadas prisas! Nada más llegar a la puerta de la habitación azul, se enredó con los cordones de las botas, que, como de costumbre, llevaba colgando, dio un paso en falso y tropezó. Se agarró a la puerta para no caerse, pero esta se abrió y Katy, con la bandeja, la nata, las frambuesas, la rosa y todo lo demás, se precipitó en confuso revoltijo sobre la alfombra.

—¡Te lo dije! —exclamó la tía Izzie desde el pie de la escalera.

 

Katy nunca olvidaría lo amable que fue la prima Helen en aquella ocasión. Estaba en la cama y, por supuesto, se sobresaltó muchísimo con el ruido y la repentina caída. Pero, tras el susto inicial, no podría haber sido más cariñosa en su forma de consolar a la pobre y cabizbaja Katy y se rio tanto del pequeño accidente que incluso la tía Izzie apenas regañó a Katy. Recogieron los platos rotos y limpiaron la alfombra, mientras, la tía Izzie preparó otra bandeja tan primorosa como la anterior.

—Por favor, ¡deja que la suba Katy! —le rogó la prima Helen con su melodiosa voz—. Estoy segura de que esta vez tendrá cuidado. Y, Katy, me gustaría que pusieras otra rosa sobre la servilleta. Apuesto a que fue idea tuya, ¿a que sí?

Katy tuvo cuidado. Esta vez todo fue bien. Dejó la bandeja sin ningún percance sobre una mesita junto a la cama y se sentó a acompañar a la prima Helen mientras esta cenaba, con una cálida y tierna sensación en el pecho. Creo que casi nunca nos sentimos tan agradecidos a alguien como cuando una persona nos ayuda a recuperar nuestro amor propio.

La prima Helen no tenía mucho apetito, aunque declaró que todo estaba delicioso. Katy notó que se encontraba muy cansada.

—Ahora —le dijo cuando hubo terminado—, si ahuecas esta almohada, así, y mueves un poco esta otra, creo que me acomodaré para dormir. Gracias, así está bien. Caramba, Katy, querida, eres una enfermera nata. Ahora dame un beso. ¡Buenas noches! Mañana charlaremos un rato.

 

Katy bajó las escaleras muy contenta.



 

 

 

 

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—La prima Helen es encantadora —le dijo a Clover—. Y tiene un camisón precioso, con muchos encajes y volantes. Es como los camisones de los libros.

 

—¿No es indecoroso preocuparse por la ropa cuando uno está

 

enfermo? —preguntó Cecy.

 

—No creo que la prima Helen pueda hacer nada indecoroso —replicó Katy.

—Le he contado a mamá que lleva pulseras y me ha dicho que le

 

parecía que vuestra prima era una persona frívola —insistió Cecy con un mohín.

Katy y Clover se quedaron muy afligidas por este comentario.

 

Hablaron de ello mientras se desvestían.

 

—Mañana se lo preguntaré a la prima Helen —concluyó Katy.

 

A la mañana siguiente, los niños se levantaron muy temprano. ¡Estaban contentísimos de tener vacaciones! De no ser así, los habrían obligado a ir a la escuela sin ver a la prima Helen, pues ella no se despertaba hasta más tarde. Se impacientaron tanto con la espera, y subieron y bajaron tantas veces para escuchar al otro lado de la puerta y saber si estaba despierta, que al final la tía Izzie tuvo que echarlos de allí. Katy protestó contra tal decisión, pero se consoló saliendo al jardín y cogiendo las flores más bonitas que encontró para dárselas a la prima Helen en cuanto la viera.

Cuando la tía Izzie la dejó subir, la prima Helen estaba tumbada en el sofá y llevaba un vestido ligero de muselina azul, con cintas azules, y unas preciosas zapatillas de color bronce con florecillas en las puntas. El sofá lo habían girado y ahora estaba de espaldas a la luz. Había un cojín con una bonita funda acanalada, que Katy no había visto hasta entonces, y varias cosas más dispersas aquí y allá que le daban a la habitación un aire bastante diferente. Aunque toda la casa estaba siempre limpia y ordenada, por algún motivo las habitaciones de la tía Izzie nunca eran bonitas. Los ojos de los niños perciben rápidamente este tipo de cosas, y Katy se dio cuenta de inmediato de que la habitación azul nunca había tenido aquel aspecto.

 

La prima Helen estaba pálida y parecía fatigada, pero sus ojos y su sonrisa brillaban tanto como siempre. Quedó encantada con las flores, que Katy le ofreció con timidez.



 

 

 

 

 

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—¡Son preciosas! —exclamó—. Hay que ponerlas en agua ahora mismo. Katy, querida, ¿te importa traer ese jarroncito que hay sobre la cómoda y ponerlo en esta silla, aquí, a mi lado? Y, por favor, échale antes un poco de agua.

 

—¡Qué bonito! —gritó Katy al coger el elegante jarrón blanco que descansaba sobre una peana dorada—. ¿Es tuyo, prima Helen?

—Sí, es mi jarrón preferido. En casa lo tengo en una mesita junto a mí y creo que el balneario parecerá un lugar más acogedor si me lo llevo allí. ¿Por qué pareces tan sorprendida, Katy? ¿Te parece raro que viaje con un jarrón en el baúl?

—No —dijo Katy despacio—. Solo estaba pensando… Prima Helen, ¿es frívolo tener cosas bonitas cuando uno está enfermo?

La prima Helen se echó a reír de buena gana.

 

—¿Qué te hace pensar eso? —le preguntó.

 

—Me lo dijo Cecy cuando le conté lo bonito que era tu camisón.

 

La prima Helen volvió a reírse.

 

—Bueno, te diré lo que creo yo, Katy. Las cosas bonitas no son más frívolas que las feas, salvo cuando nos corrompen y nos hacen vanidosos o desconsiderados hacia el bienestar de los demás. Y la enfermedad es algo tan desagradable de por sí que, a menos que el enfermo se esfuerce mucho, pronto acaba convirtiéndose en un monstruo para él y para todos los que lo rodean. No creo que un inválido pueda ser demasiado coqueto. Y, cuando

 

a uno le duele la espalda, o la cabeza, o todo el cuerpo —añadió con una sonrisa—, no hay demasiado peligro de volverse vanidoso por un volante más o menos en el camisón o por unas cuantas cintas de colores brillantes.

 

Luego empezó a colocar las flores, acariciándolas una a una con suavidad, como si las amase. Pero de pronto se detuvo.

—¡Qué ruido tan extraño! —exclamó.

 

Sí que era extraño —una especie de bufido o de resoplido—, como si una morsa o un caballito de mar estuvieran paseándose de acá para allá por el pasillo. Katy abrió la puerta. ¡Vaya! Ahí estaban John y Dorry, con la cara roja de tanto aplastar la nariz contra la cerradura en un vano intento por ver si la prima Helen ya estaba levantada y dispuesta a tener compañía.

 

—¡Déjalos pasar! —dijo esta desde el sofá.

 

Así que los pequeños entraron, seguidos, no mucho después, por Clover y Elsie. ¡Qué mañana más divertida! La prima Helen demostró tener un gran ingenio para contar historias y para proponer pasatiempos a



 

 

 

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los que pudieran jugar alrededor del sofá sin hacer más ruido del que podía tolerar. La tía Izzie, que pasó por allí sobre las once, los encontró divirtiéndose tanto que, casi antes de darse cuenta, también ella estaba jugando. ¡Nadie había visto nunca algo así! Allí estaba la tía Izzie, sentada en el suelo, con tres largos canutillos de papel prendidos en el pelo, jugando a «Soy una dama elegante, siempre elegante de una forma que no podía ser más graciosa». Los niños estaban tan fascinados por el espectáculo que apenas atendían al juego y siempre se les olvidaba cuántos cuernos tenían. Clover pensaba para sí que la prima Helen debía de ser bruja y el doctor Carr, cuando volvió a casa a mediodía, dijo casi lo mismo.

 

—¿Qué les has hecho, Helen? —preguntó cuando abrió la puerta y vio al alegre grupito formando un círculo sobre la alfombra.

La tía Izzie tenía el peinado medio caído y Philly rodaba por el suelo muerto de risa. Pero la prima Helen dijo que ella no había hecho nada y pronto el doctor Carr estaba también en el suelo, jugando con tanto entusiasmo como los demás.

—¡Hay que acabar con esto! —exclamó cuando todos estaban agotados de tanto reír y con la cabeza llena de canutillos de papel como si fueran puercoespines—. La prima Helen tiene que estar rendida. Fuera de aquí, todos, y no volváis a acercaros a esta puerta hasta que el reloj dé las cuatro. ¿Me habéis oído, pillines? ¡Fuera fuera! ¡Zape! ¡Zape!

Los niños se escabulleron a toda prisa como un hato de gallinas; todos excepto Katy.

—¡Jo, papá, estaré muy callada! —suplicó—. ¿No puedo quedarme hasta que suene la campana de la comida?

—¡Déjala! —dijo la prima Helen, de modo que el doctor Carr accedió. Katy se sentó en el suelo y le cogió la mano a su prima mientras la escuchaba hablar con su padre. La conversación le parecía fascinante,

 

aunque era sobre cosas y personas que no conocía.

 

—¿Cómo está Alex? —preguntó al fin el doctor Carr.

 

—Bastante bien ya —contestó la prima Helen con un brillo especial en la mirada—. En primavera estaba agotado y todos nos preocupamos un poco, pero Emma lo convenció para que se tomara un par de semanas de descanso y volvió mucho mejor.

—¿Los ves a menudo?



 

 

 

 

 

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—Casi todos los días. Y la pequeña Helen va a casa cada día, para sus lecciones.

 

—¿Sigue tan guapa como siempre?

 

—Sí. Y más, diría yo. Es una criatura encantadora; pasar tanto tiempo con ella es uno de mis mayores placeres. Alex insiste en decir que se parece un poco a mí cuando yo era pequeña, pero es un halago tan inmenso que no me atrevo a adjudicármelo.

El doctor Carr se inclinó y le dio un beso, como si no hubiera podido resistirse.

—Mi querida niña —murmuró.

 

Eso fue todo, pero algo en su tono de voz despertó la curiosidad de Katy.

—Papá —le preguntó después de comer—, ¿quién es ese Alex del que hablabais la prima Helen y tú?

—¿Por qué, Katy? ¿Por qué quieres saberlo?

 

—No lo sé exactamente… Pero la prima Helen parecía tan… y luego le has dado un beso y… He pensado que a lo mejor era algo importante.

—Lo es —afirmó el doctor Carr al tiempo que la sentaba sobre sus rodillas—. Creo que puedo contártelo, Katy, porque ya eres lo bastante mayor para entender lo hermoso que es, y lo bastante prudente, espero, para no chismorrear ni andar haciendo preguntas. Alex es un hombre que, hace mucho tiempo, cuando la prima Helen estaba sana y fuerte, la amaba e iba a casarse con ella.

—¡Ah! ¿Y por qué no lo hicieron? —exclamó Katy.

 

—Ella sufrió un terrible accidente —le explicó el doctor Carr—. Durante mucho tiempo, pensaron que moriría. Luego empezó a mejorar poco a poco y los médicos le dijeron que podría vivir muchos años, pero que tendría que estar siempre postrada en un sofá, inválida.

 

»Alex se afligió mucho cuando lo oyó. Él quería casarse con la prima Helen de todas formas, y cuidarla siempre, pero ella no estaba dispuesta a consentirlo. Rompió el compromiso y le dijo que algún día volvería a amar a otra mujer lo bastante como para casarse con ella. Y así fue, después de muchos años, y ahora él y su esposa viven al lado de la prima Helen y son sus amigos más queridos. Su hija se llama Helen. Discuten todos sus planes con la prima Helen y no hay nadie en el mundo a quien aprecien más.



 

 

 

 

 

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—¿Y la prima Helen no se pone triste cuando los ve pasear y pasárselo

 

bien mientras ella no puede moverse? —preguntó Katy.

 

—No, porque la prima Helen es como un ángel y ama a los demás más que a sí misma. Me alegro mucho de que haya podido venir. Es un ejemplo para todos nosotros, Katy, y no podría desear nada mejor que el que mis hijas la tengan como modelo.

«Tiene que ser horrible estar enferma —se dijo Katy cuando su padre ya se había ido—. Si yo tuviera que estar en la cama una semana… ¡me moriría! Estoy segura».

Pobre Katy. Entonces le parecía, como le ocurre a la mayor parte de los jóvenes, que no hay nada tan fácil como morirse en el momento en que algo les sale mal.

Esta conversación con su padre hizo que la prima Helen se volviera doblemente interesante a ojos de Katy. Era como de cuento estar en la misma casa que la heroína de una historia de amor tan triste y tan preciosa.

 

Los juegos de aquella tarde estuvieron llenos de interrupciones, pues cada pocos minutos alguien tenía que entrar corriendo en casa para ver si ya eran las cuatro. En cuanto llegó la hora, los seis niños subieron trotando las escaleras.

—Ahora vamos a contar cuentos —les dijo la prima Helen.

 

Así que contaron cuentos. Los de la prima Helen eran los mejores. Había uno sobre un ladrón que les hizo sentir escalofríos. A todos menos a Philly. Él se emocionó tanto que se puso en pie de guerra.

 

—¡A mí no me dan miedo los ladrones! —declaró, pavoneándose de un lado a otro—. Si vienen, los cortaré en dos con la espada que me dio papá. Ya vinieron una vez. Y los corté en dos… ¡a tres, a cinco, a once! ¡Ya lo veréis!

Aquella noche, sin embargo, cuando los más pequeños ya se habían ido a acostar y Katy y Clover estaban sentadas en la habitación azul, se oyó un lastimero aullido que venía de la habitación de los niños. Clover salió corriendo a ver qué pasaba. ¡Caramba! Allí estaba Phil, sentado en la cama y pidiendo auxilio.

—Hay ladrones debajo de la cama —sollozaba—. ¡Muchos ladrones! —¡Que no, Philly! —le dijo Clover, y se agachó a mirar bajo los

faldones de la cama para convencerlo—. Aquí no hay nadie.

 

—Sí que hay; estoy seguro —insistió Phil aferrándose a ella con fuerza—. Los he oído. Estaban masticando mi goma de mascar.



 

 

 

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—¡Pobre criatura! —dijo la prima Helen cuando Clover, después de calmar a Phil, volvió para contarles lo que había ocurrido—. Es una advertencia contra los cuentos de ladrones. Pero este terminaba tan bien que no pensé que ninguno fuera a asustarse.

 

Fue inútil, después de aquello, que la tía Izzie intentara poner normas sobre las visitas a la habitación azul. Lo mismo habría conseguido de haberles prohibido a las moscas que se acercasen a un azucarero. Por las buenas o por las malas, los niños iban a seguir subiendo. Cada vez que la tía Izzie entraba a la habitación, los encontraba allí, tan cerca de la prima Helen como podían. Y esta le rogó que no se interpusiera.

—Solo tenemos tres o cuatro días para estar juntos —le dijo—. Deja que vengan tanto como quieran. No me hará ningún daño.

La pequeña Elsie se aferró con pasión a su nueva amiga. La prima Helen era perspicaz y advirtió enseguida la melancólica expresión en la carita de Elsie, de modo que se esforzó por ser especialmente dulce y cariñosa con ella. Este favoritismo hacía que Katy se pusiera celosa. No podía soportar compartir a su prima con nadie más.

 

Cuando llegó la última noche y subieron a la habitación azul después de la cena, la prima Helen estaba abriendo una caja que acababa de llegar en el correo.

—Es una caja de despedida —les explicó—. Tenéis que sentaros todos en fila y, cuando me esconda las manos detrás de la espalda, así, elegís cada uno, por turnos, qué mano queréis.

De este modo, los niños fueron escogiendo por turnos sus regalos. «¿Qué mano prefieres, la derecha o la izquierda?», y la prima Helen, con ademán de hada sabia, sacaba de detrás de su almohada algo bonito para cada uno. Primero fue un jarrón exactamente igual que el suyo, el que Katy había admirado tanto. Katy gritó de alegría cuando lo tuvo en las manos.

—¡Es precioso! ¡Es precioso! —repetía—. Lo conservaré mientras viva.

—Si lo consigues, será la primera vez que algo te dure más de una

 

semana sin romperlo —recalcó la tía Izzie.

 

A continuación, una preciosa carterita de color morado para Clover. Era justo lo que quería, pues había perdido su portamonedas. Después, un bonito guardapelo que pendía de una cinta de terciopelo y que la prima Helen ató al cuello de Elsie.



 

 

 

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—Dentro tiene un mechón de mi cabello —le dijo—. Pero bueno, Elsie, cariño, ¿qué te pasa? ¡No llores así!

 

—¡Es que e-eres tan buena y tan-tan dulce! —sollozaba Elsie—. ¡Y ti-tienes que irte!

Dorry recibió una caja de dominó, y John un tablero de un juego llamado «Uno solo». Para Phil, hizo aparecer un libro: El cuento del gato ladrón.

—Esto te recordará la noche en que los ladrones vinieron a comerse tus gomas de mascar —dijo la prima Helen con una maliciosa sonrisa.

 

Todos se rieron, Phil el que más.

 

No se olvidó de nadie. Había un cuaderno para el doctor Carr y un juego de piezas de marfil para la tía Izzie. Incluso a Cecy la tuvo en mente. Su regalo fue El libro de las grandes hazañas, con todo tipo de historias sobre niños y niñas que habían sido buenos y valientes. Cecy estaba tan emocionada que apenas podía hablar.

—¡Gracias, prima Helen! —exclamó al fin.

 

Cecy no era su prima, pero los hermanos Carr y ella tenían la costumbre de compartir a sus tíos y tías, y a sus parientes en general, como hacían con otras cosas.

Al día siguiente llegó la triste despedida. Los pequeños se quedaron de pie junto a la cancela para agitar sus pañuelos en el aire mientras el carruaje se alejaba. Cuando lo perdieron de vista, Katy se fue corriendo a llorar a solas.

«Papá ha dicho que le gustaría que todos fuéramos como la prima

 

Helen —pensaba mientras se enjugaba las lágrimas— y yo voy a intentarlo, aunque no creo que ni intentándolo mil años llegue a ser nunca ni la mitad de buena. Estudiaré, ordenaré mis cosas y seré cariñosa con mis hermanos. ¡Jo! Si la tía Izzie fuera como la prima Helen, ¡sería mucho más fácil! Pero no importa. Pensaré en ella todo el tiempo y empezaré mañana».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 8

 

Mañana

 

 

 

 

añana empezaré», pensó Katy mientras se quedaba dormida aquella noche. ¡Cuántas veces hacemos todos eso mismo! Y qué pena cuando llega el día siguiente y «mañana» es «hoy» y

 

Mtanamenudo nos levantamos sintiéndonos de una forma muy diferente, despreocupados o impacientes, y nada dispuestos a hacer todas aquellas cosas buenas que habíamos pensado durante la noche.

 

En ocasiones parece como si hubiera unos diablillos que estuviesen atados mientras el sol brilla, pero que se cuelan en nuestras habitaciones cuando estamos dormidos para provocarnos y alterarnos el humor. Si no, ¿por qué, cuando nos retiramos a descansar afables y risueños, podemos levantarnos tan desabridos? Así le ocurrió a Katy. Ya medio dormida, su último pensamiento fue que tenía la intención de ser un ángel de ahí en adelante y de parecerse a la prima Helen tanto como pudiera; pero, cuando abrió los ojos, estaba de malas ¡y tan irritable como un oso! Mary dijo que se había levantado de la cama por el lado equivocado. Me pregunto, por cierto, si alguna vez habrá alguien lo bastante sabio para decirnos qué lado es ese, de modo que podamos optar por el otro. ¡Entonces sería todo mucho más fácil!

 

Ya sabéis que, cuando uno empieza el día de mal humor, parece que ocurran todo tipo de desafortunados accidentes para acrecentar nuestra aflicción. Lo primero que hizo Katy aquella mañana fue romper su querido jarrón, el que le había regalado la prima Helen.

Lo tenía sobre la cómoda, con un pequeño ramillete de rosas rosas. La cómoda tenía un espejo oscilante. Cuando Katy estaba cepillándose el pelo, el espejo se inclinó un poco y dejó de verse en él. Si hubiera estado de buen humor, este incidente no la habría molestado mucho. Pero,

 

 

 

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irascible como se había levantado, hizo que se enfadara. Le dio al espejo un violento empujón. La parte de abajo se levantó, se oyó un golpe y, antes de que pudiera darse cuenta, las rosas estaban tiradas por el suelo y el precioso regalo de la prima Helen hecho trizas.

 

Katy se sentó en la alfombra y lloró tan desconsolada como si fuera el mismísimo Phil. La tía Izzie la oyó lamentarse y entró en su habitación.

—Lo siento mucho —le dijo mientras recogía los trozos de cristal—, pero no esperaba otra cosa. Eres demasiado descuidada, Katy. ¡Y no te quedes ahí sentada como un pasmarote! Levántate y vístete. Llegarás tarde a desayunar.

—¿Qué ocurre? —le preguntó su padre al darse cuenta de que Katy tenía los ojos rojos cuando se sentó a la mesa.

—He roto el jarrón —dijo esta con tristeza.

 

—Fue una tremenda imprudencia por tu parte ponerlo en un sitio tan peligroso —le recriminó su tía—. Tendrías que haber tenido en cuenta que

el espejo podía girarse y golpear el jarrón. —Luego, al ver que caía un lagrimón en medio de su plato, añadió—: De veras, Katy, eres demasiado mayor para comportarte como un bebé. Hasta Dorry se avergonzaría de actuar así. ¡Haz el favor de controlarte!

Aquel desaire no mejoró el humor de Katy. Siguió desayunando ceñuda y en silencio.

—¿Qué vais a hacer hoy? —les preguntó el doctor Carr a sus hijos con la esperanza de levantar un poco los ánimos.

—¡Columpiarnos! —gritaron John y Dorry a la vez—. Alexander nos ha puesto un columpio genial en la leñera.

—De eso nada —repuso la tía Izzie con voz firme—. El columpio no puede utilizarse hasta mañana. Recordadlo, niños. No hasta mañana. Y no hasta que yo os dé permiso.

Aquello fue poco sensato por parte de la tía Izzie. Habría sido mejor que se explicara. Lo cierto era que Alexander, al colocar el columpio, había roto una de las lañas que lo sujetaban al techo. Tenía la intención de ir a buscar una nueva aquel mismo día y, mientras, le había advertido a la señorita Carr que no dejara a nadie utilizar el columpio porque no era seguro. Si ella se lo hubiese dicho así a los niños, no habría pasado nada, pero la teoría de la tía Izzie era que los jóvenes deben obedecer a sus mayores sin explicaciones.



 

 

 

 

 

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John, Elsie y Dorry empezaron a hacer pucheros al oír aquella orden.

 

Elsie fue la primera en recobrar el buen humor.

 

—A mí no me importa —dijo— porque voy a estar muy ocupada.

 

Tengo que escribir una carta a la prima Helen para contarle una cossa.

 

(A Elsie a veces le patinaba la lengua con las eses).

 

—¿El qué? —le preguntó Clover.

 

—Una cossa —repitió Elsie, moviendo misteriosamente la cabeza—. Nadie puede saberlo. Me lo dijo la prima Helen. Es un secreto entre ella y yo.

—No me creo que la prima Helen te dijera eso —refunfuñó Katy—.

 

Ella no le contaría secretos a una niñita tonta como tú.

 

—¡Sí que lo haría! —replicó Elsie enfadada—. Me dijo que podía confiar en mí como si fuese mayor. Y me dijo que era su favorita. ¡Te fastidias, Katy Carr!

—Dejad de discutir —zanjó la tía Izzie—. Katy, tienes el cajón de la cómoda hecho un desastre. Nunca he visto nada tan desaliñado. Sube ahora mismo y ordénalo antes de hacer cualquier otra cosa. Niños, hoy quedaos a la sombra. Hace demasiado calor para que andéis por ahí corriendo al sol. Elsie, ve a la cocina y dile a Debby que quiero hablar con ella.

—Sí —contestó Elsie con tono de suficiencia—. Y luego volveré para escribir mi carta a la prima Helen.

Katy subió las escaleras despacio, arrastrando un pie detrás del otro. Era un día caluroso y lánguido. Le dolía un poco la cabeza y le escocían los ojos, que tenía hinchados de tanto llorar. Todo le parecía aburrido y odioso. Se dijo que la tía Izzie era muy cruel por hacerla trabajar en vacaciones y abrió el cajón de la cómoda con un gruñido de disgusto.

Hay que admitir que la tía Izzie tenía razón. Era difícil encontrar una cómoda tan desorganizada como aquella. Recordaba a la receta de pudin del Caballero Blanco, que empezaba con papel secante y terminaba con lacre y pólvora. Allí había todo tipo de cosas mezcladas, como si alguien hubiera metido un palo y se hubiese puesto a revolverlo. Había libros, cajas de pinturas, trozos de papel garabateados, lápices y pinceles. Las medias se habían desenrollado y estaban enredadas con los pañuelos, las cintas y los cuellos de lino. Los volantes, todos aplastados y deformados, se habían quedado pillados bajo otras cosas que pesaban más, y diversas cajitas de cartón vacías salpicaban la superficie mientras los tesoros que



 

 

 

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una vez albergaron se habían volcado al fondo del cajón y desaparecido bajo el caos general.

 

Hacía falta mucho tiempo y paciencia para poner orden en todo aquel barullo, pero Katy sabía que la tía Izzie no tardaría en subir y no se atrevió a parar hasta que hubo terminado. Para entonces, estaba muy cansada. Según bajaba las escaleras, se encontró con Elsie, que subía con una pizarra en la mano que, tan pronto como vio a Katy, se escondió a la espalda.

—No puedes mirar —le dijo—. Es mi carta para la prima Helen. Nadie sabe el secreto más que yo. Está todo aquí escrito y voy a enviarlo a la estafeta. Mira: tiene un sello.

Entonces le enseñó una esquinita de la pizarra. En efecto, había un sello pegado en el marco.

—¡Qué mema! —exclamó Katy impaciente—. No puedes enviar eso a la estafeta de correos. Trae, dame la pizarra. Copiaré lo que has escrito en una hoja de papel y papá te dará un sobre.

—¡No, no! —gritó Elsie, forcejeando—. ¡No puedes! ¡Verás lo que he puesto y la prima Helen me dijo que no se lo contara a nadie! Es un secreto. ¡Que sueltes mi pizarra! Le contaré a la prima Helen lo mala que eres y entonces no te querrá ni un poco.

—¡Pues hala! ¡Quédate con tu estúpida pizarra! —gruñó Katy, y luego le dio un rencoroso empujón.

Elsie resbaló, gritó, intentó agarrarse a la barandilla, pero no llegó y bajó rodando las escaleras hasta acabar dándose un porrazo contra el suelo del vestíbulo.

Aunque no fue una caída muy grande —solo media docena de escalones—, el batacazo causó gran estrépito y Elsie chilló como si la estuviesen matando. La tía Izzie y Mary acudieron a toda prisa.

—¡Katy me ha empujado! —sollozaba Elsie—. Quería que le dijera mi secreto y yo no quise contárselo. ¡Es mala; una niña horrible!

 

—¡Pero bueno, Katy Carr, debería darte vergüenza! —le recriminó la tía Izzie—. ¡Pagar tu mal humor con la pobre chiquilla! Tu prima Helen se sorprenderá cuando se entere. ¡Ea, ea, Elsie! No llores más, querida. Sube conmigo. Te pondré un poco de árnica y Katy no volverá a molestarte.

Y, así, subieron y dejaron a Katy allí, sintiéndose muy desdichada

 

—arrepentida, indignada, pesarosa y enojada, todo al mismo tiempo—. En el fondo, sabía que no quería hacer daño a Elsie y estaba avergonzada por



 

 

 

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haberla empujado, pero el hecho de que la tía Izzie insinuara que iba a contárselo a la prima Helen hizo que se enfadara demasiado como para admitirlo, ni ante ella misma ni ante nadie.

 

—¡Me da igual! —murmuró tragándose las lágrimas—. Elsie es una llorona. Y la tía Izzie siempre se pone de su parte. ¡Solo le he dicho a esa boba que no podía ir a enviar una pizarra a la estafeta de correos!

 

Salió al patio por la puerta lateral. Cuando pasó junto a la leñera, vio de reojo el nuevo columpio.

«Típico de la tía Izzie —pensó— prohibir que nos columpiemos hasta que ella nos dé permiso. Supongo que creerá que hace demasiado calor o algo así. Pues yo no pienso hacerle caso».

Se sentó en el columpio. Era estupendo, con un asiento ancho y cómodo y cuerdas nuevas muy gruesas. Estaba colgado a la distancia perfecta del suelo. Alexander era el mejor haciendo columpios, y la leñera era el sitio ideal para ponerlo.

Era un lugar amplio, con el techo muy alto. Ya no quedaba mucha leña y la poca que había estaba cuidadosamente apilada en montoncitos a los lados, de modo que dejaba mucho espacio libre. Era un sitio oscuro y fresco, y el movimiento del columpio parecía levantar algo de brisa. Mecía el cabello de Katy como un gran abanico y la invitaba a ensimismarse. Todo tipo de fantasías empezaron a revolotearle por la cabeza. Se balanceaba hacia delante y hacia atrás, como el péndulo de un gran reloj, y subía cada vez más y más alto, dejándose llevar por el impulso de su cuerpo y empujándose con los pies en el suelo en cada vaivén. Ya llegaba hasta el arco de la puerta. Luego, casi podía tocar el travesaño y, a través de un ventanuco, veía las palomas que se posaban y se atusaban las plumas en los aleros del establo y nubes blancas que surcaban el cielo azul. Nunca se había columpiado tan alto. Era como volar, pensaba, y se inclinaba y se arqueaba con fuerza sobre el asiento para tratar de elevarse aún más y rozar el techo con las puntas de los pies.

 

De pronto, cuando más alto estaba, se oyó un fuerte crujido. El columpio dio una violenta sacudida, se volcó y lanzó a Katy por los aires. Ella intentó agarrarse a la cuerda, pero sintió cómo se le escurría entre las manos y luego cayó y cayó y cayó. Todo se volvió negro y no se enteró de nada más.

Cuando abrió los ojos, estaba tumbada en el sofá del comedor. Clover se encontraba de rodillas a su lado, con la cara pálida y asustada, y la tía



 

 

 

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Izzie le ponía algo frío y húmedo sobre la frente.

 

—¿Qué pasa? —musitó Katy con un hilo de voz.

 

—¡Está viva! ¡Está viva! —gritó Clover, que se lanzó a abrazarla y empezó a sollozar.

—Silencio, querida. —La voz de la tía Izzie sonaba desacostumbradamente amable—. Has sufrido una caída muy fea, Katy. ¿No te acuerdas?

—¿Una caída? Ah, sí… En el columpio —contestó ella, como si empezara a recordarlo todo poco a poco—. ¿Se ha roto la cuerda, tía Izzie? De eso no me acuerdo.

—No, Katy, no ha sido la cuerda. Una laña se ha salido del techo. Estaba rota y el columpio no era seguro. ¿No me has oído decir que hoy no podíais utilizarlo? ¿Lo habías olvidado?

—No, tía Izzie… No se me había olvidado. Es que…

 

Entonces Katy se derrumbó. Cerró los ojos y empezaron a caerle grandes lagrimones por debajo de los párpados.

—No llores —le susurraba Clover, aunque también ella estaba llorando—. Por favor, no llores. La tía Izzie no va a regañarte.

Pero Katy estaba demasiado débil y conmocionada para dejar de llorar.

 

—Creo que preferiría subir y tumbarme en la cama —dijo.

 

Cuando intentó levantarse del sofá, sin embargo, todo empezó a darle vueltas alrededor y volvió a caer sobre los almohadones.

—¡No puedo levantarme! —se lamentó con voz entrecortada y muy asustada.

—Me temo que te has debido de torcer algo —aventuró la tía Izzie, que también parecía alarmada—. Será mejor que te quedes quieta un rato, querida, antes de intentar moverte otra vez. ¡Ah, ahí está el doctor! Menos mal.

Y fue a recibirlo. No era el doctor Carr, sino el doctor Alsop, que vivía cerca de allí.

—Qué alivio que haya podido venir —le dijo la tía Izzie—. Mi hermano ha tenido que salir del pueblo y no volverá hasta mañana, y una de las niñas ha sufrido una mala caída.

El doctor Alsop se sentó junto al sofá y le tomó el pulso a Katy. Luego empezó a reconocerla.

—¿Puedes mover esta pierna? —le preguntó.

 

Katy dio una débil patadita.



 

 

 

 

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—¿Y la otra?

 

Esta vez, la patadita fue mucho más débil aún.

 

—¿Te ha dolido? —le preguntó el doctor Alsop al advertir el gesto de sufrimiento en su rostro.

—Sí, un poco —repuso Katy, que se esforzaba mucho por no llorar. —En la espalda, ¿verdad? ¿Te ha dolido arriba o abajo?

El médico estuvo presionándole la columna durante unos minutos y hacía que se retorciese, con molestias.

—Me temo que puede haber algún daño —dijo al fin—, pero es imposible decir exactamente cuál. Puede que sea solo una torcedura o una

ligera distensión —añadió al ver la cara de terror de Katy—. Es mejor que la suban y la acuesten lo antes posible, señorita Carr. Le prescribiré algo para que le den unas friegas.

El doctor Alsop sacó una hoja de papel y empezó a escribir.

 

—¿Tengo que quedarme en la cama? —preguntó Katy—. ¿Cuánto tiempo tendré que estar así, doctor?

—Eso depende de lo rápido que te recuperes —repuso este—. No mucho, espero. Quizá solo unos días.

—¡Unos días! —repitió Katy en tono de desesperación.

 

Cuando el médico se fue, la tía Izzie y Debby levantaron a Katy y la subieron despacio al piso de arriba. No fue fácil, pues el más mínimo movimiento le hacía daño y la sensación de no valerse por sí misma le dolía más que otra cosa. No pudo evitar echarse a llorar cuando la desvistieron y la metieron en la cama. Todo le parecía extraño y espantoso. Ojalá papá estuviera allí, pensó. Pero el doctor Carr había ido al campo a visitar a alguien que estaba muy enfermo y no volvería hasta el día siguiente.

¡Qué larga se le hizo la tarde! La tía Izzie pidió que le subieran algo de comer, pero Katy no pudo probar bocado. Tenía los labios resecos y le dolía mucho la cabeza. El sol empezó a inundar la habitación y hacía calor. Las moscas zumbaban en la ventana y la atormentaban cada vez que se le posaban en la cara. Sentía pinchazos que le recorrían la espalda. Estaba tumbada con los ojos cerrados porque le costaba mantenerlos abiertos y toda clase de pensamientos desagradables le cruzaban la mente.

 

«A lo mejor, si de verdad me he torcido la espalda, tengo que estar aquí tumbada toda una semana —se dijo—. ¡No, no! No puede ser. ¡Las vacaciones solo duran ocho semanas y tenía planeado hacer cosas



 

 

 

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estupendas! ¿Cómo puede alguien ser tan paciente como la prima Helen cuando no puede moverse? ¡Qué triste va a ponerse cuando se entere! ¿De verdad se marchó ayer? Parece que haya pasado un año. ¡Ojalá no me hubiera subido a ese estúpido y horrible columpio!».

 

Entonces Katy empezó a imaginarse cómo habría sido el día si no lo hubiera hecho, pues Clover y ella habían planeado ir al Paraíso aquella tarde. Ahora podrían estar allí, a la sombra de los árboles. Según se le pasaba todo esto por la cabeza, cada vez le dolía más y estaba más incómoda en la cama.

De pronto, se dio cuenta de que la deslumbrante luz de la ventana se había oscurecido y un aire fresco parecía soplar sobre ella. Abrió los ojos con dificultad. Las persianas estaban cerradas y allí, junto a su cama, estaba sentada la pequeña Elsie, agitando un abanico de palma.

 

—¿Te he despertado, Katy? —le preguntó esta con voz tímida.

 

Katy la miró sorprendida.

 

—No te asustes —dijo Elsie—, no te molestaré. Johnnie y yo sentimos mucho que estés enferma. —Le temblaba la boquita—. Pero vamos a estar muy calladas y no vamos a dar portazos en la habitación ni a hacer ruido en las escaleras hasta que te pongas buena otra vez. Te he traído cossas muy bonitas. Algunas son de John y otras son mías. Por haberte caído del columpio. Mira…

Elsie señaló triunfante una silla que había dejado cerca de la cama y en la que había colocado con mucha ceremonia los siguientes regalos: primero, un juego de té de peltre; segundo, una cajita con la tapa de cristal decorada con flores; tercero, una muñeca articulada; cuarto, una pizarra transparente y, por último, ¡dos lápices nuevos!

 

—Es todo para ti; te lo puedes quedar —añadió la generosa Elsie—. También puedes quedarte con Pikery, si quieres. Aunque es muy grande y a lo mejor se siente sola sin mí. ¿No te gustan las cossas, Katy? ¡Son muy bonitas!

Katy sintió como si una especie de carbón encendido le quemara en la cabeza mientras contemplaba los tesoros que había sobre la silla y, luego, la carita de Elsie iluminada por aquella afectuosa abnegación. Intentó hablar, pero en lugar de eso empezó a llorar, lo cual asustó mucho más a Elsie.

—¿Tanto te duele? —le preguntó la pequeña, llorando también en un acto de solidaridad.



 

 

 

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—¡Oh, no! No es eso —sollozó Katy—. Es que estaba tan enfadada contigo esta mañana, Elsie, y te he empujado… Por favor, perdóname. ¡Por favor!

 

—¡Pero si ya estoy bien! —exclamó Elsie sorprendida—. La tía Izzie me ha echado una cossa que tenía en una botella y se me ha quitado el chichón. ¿Quieres que vaya a pedirle que te eche un poco a ti también? ¡Voy!

Y salió corriendo hacia la puerta.

 

—¡No! —gritó Katy—. No te vayas, Elsie. Ven aquí y dame un beso. Elsie se dio la vuelta, como si creyera poco probable que tal invitación

pudiese estar dirigida a ella. Katy extendió los brazos. Elsie corrió hacia ella y las dos hermanas, la mayor y la pequeña, se fundieron en un abrazo que pareció acercar sus corazones más que nunca.

—Eres una niña muy buena y amable —murmuró Katy abrazando con fuerza a Elsie—. Me he portado muy mal contigo, Elsie. Pero no volveré a hacerlo nunca más. Puedes jugar conmigo, con Clover y con Cecy siempre que quieras y dejar notitas en los buzones y todo lo demás.

—¡Qué bien! —exclamó Elsie dando saltitos de alegría—. ¡Qué buena eres, Katy! ¡Voy a quererte la que más, después de la prima Helen y papá! Y… —la pequeña intentaba estrujarse los sesos para buscar una forma de pagar tan tremenda generosidad—, te contaré el secreto, si quieres. Creo que la prima Helen me dejaría.

—¡No! —dijo Katy—. No me importa lo del secreto. No quiero que me lo cuentes. Solo siéntate junto a la cama y abanícame un poco más.

 

—¡No! —insistió Elsie, que, ahora que se había hecho a la idea de compartir el preciado secreto, no podía parar—. La prima Helen me dio medio dólar y me dijo que se lo diese a Debby y que le dijera que le estaba muy agradecida por hacer cosas tan ricas para comer. Y lo hice. Y Debby se puso muy contenta. Y le he escrito a la prima Helen una carta para decirle que a Debby le gustó mucho el medio dólar. ¡Ese era el secreto! ¿No es bonito? Pero no puedes contárselo a nadie nunca… Nunca mientras vivas.

—¡Claro que no! —aceptó Katy con una débil sonrisa—. No lo haré. El resto de la tarde, Elsie estuvo sentada junto a la cama con el abanico

de palma, espantando a las moscas y también a los otros niños cuando se asomaban a la puerta.



 

 

 

 

 

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—¿De verdad quieres que me quede aquí? —le preguntó más de una vez a su hermana.

 

Y sonreía triunfante cuando Katy le decía que sí. Pero, aunque Katy decía que sí, me temo que solo era verdad a medias, pues ver allí a su compasiva hermanita, a la que había tratado de forma tan cruel, le causaba más dolor que dicha.

«Seré muy buena con ella cuando me ponga bien», pensaba mientras se revolvía inquieta en la cama.

Aquella noche, la tía Izzie durmió en su habitación. Katy tenía fiebre. Cuando el doctor Carr volvió al día siguiente, la encontró sufriendo grandes dolores, acalorada y agitada, con los ojos muy abiertos y angustiados.

—¡Papá! —gritó la niña nada más verlo—. ¿Voy a tener que estar aquí tumbada una semana?

—Me temo que sí, cielo —contestó su padre, que parecía preocupado y muy serio.

—¡Jo! —sollozó Katy—. ¿Cómo voy a poder soportarlo?



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 9

 

Días de desaliento

 

 

 

 

i alguien le hubiera dicho a Katy, esa primera tarde, que una semana después seguiría en la cama, sufriendo por el dolor y sin una fecha fija para poder levantarse, creo que prácticamente la

 

Shabría matado. Estaba tan intranquila y ansiosa que quedarse quieta parecía una de las cosas más difíciles del mundo. Pero no poder moverse y que le doliera la espalda todo el tiempo era aún peor. Día tras día le preguntaba a su padre, con labios temblorosos: «¿Hoy tampoco puedo levantarme y bajar?». Y cuando su padre negaba con la cabeza, los labios de Katy temblaban aún más y los ojos se le llenaban de lágrimas. Mas, si intentaba levantarse, le dolía tanto que, muy a su pesar, se alegraba de volver a arrellanarse en los mullidos almohadones sobre el colchón, que tan cómodos resultaban para sus pobres huesos.

 

Luego hubo un tiempo en el que Katy ni siquiera preguntaba si podía levantarse; un tiempo en el que un dolor agudo y terrible, como nunca se había imaginado, se apoderó de ella; días y noches que se mezclaban y se confundían entre sí, en los que la tía Izzie parecía no dormir nunca; un tiempo en el que el doctor Carr estaba siempre en su habitación; en el que otros médicos venían y se quedaban de pie junto a ella y le presionaban la espalda y hablaban susurrando. Era todo como una larga pesadilla de la que no podía despertar por mucho que lo intentara. De vez en cuando se espabilaba un poco y oía voces o se daba cuenta de que Clover o Elsie estaban en la puerta, llorando en silencio, o de que la tía Izzie pasaba de puntillas por la habitación. Luego todo se volvía a desvanecer y se hundía en un lugar oscuro, donde no había nada salvo dolor y sueño, lo que la hacía olvidar el dolor y entonces parecía lo mejor del mundo.

 

 

 

 

 

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Pasaremos deprisa por este periodo, pues cuesta imaginarse a nuestra alegre Katy en una situación tan triste. Poco a poco, el tormento fue disminuyendo y dormía más tranquila. Entonces, cuando el dolor era más soportable, Katy estaba más despierta y empezó a ser consciente de lo que ocurría a su alrededor y a hacer preguntas.

 

—¿Cuánto tiempo he estado enferma? —preguntó una mañana.

 

—Ayer hizo cuatro semanas —contestó su padre.

 

—¡Cuatro semanas! Caramba, no sabía que hubiera sido tanto tiempo. ¿He estado muy grave, papá?

—Sí, querida. Pero ahora ya estás mucho mejor.

 

—¿Qué me hice cuando me caí del columpio? —prosiguió Katy, que se sentía más lúcida de lo habitual en esos días.

—No sé si podré hacer que lo entiendas, cielo.

 

—¡Inténtalo, papá!

 

—Bien. ¿Sabes que hay un hueso muy largo en la espalda que se llama espina dorsal?

—Pensaba que era una enfermedad. ¡Clover dijo que la prima Helen tenía la espina!

—No. La espina es un hueso. Está formado por una serie de huesos más pequeños, las vértebras, y en medio hay una especie de soga de nervios que se llama médula espinal. Los nervios nos sirven para sentir las cosas. Pues bien, la médula espinal está recubierta, para protegerla, por una fina envoltura llamada membrana. Cuando te caíste del columpio, te golpeaste una de esas vértebras y la membrana que había dentro se dañó. Los nervios se inflamaron y eso te provocó una calentura. ¿Lo entiendes?

—Más o menos —dijo Katy, que no lo entendía del todo, pero estaba demasiado cansada para seguir haciendo preguntas.

Cuando descansó un poco, continuó:

 

—¿Y ya se ha curado la calentura, papá? ¿Puedo volver a levantarme y bajar ahora mismo?

—Ahora mismo no, me temo —respondió el doctor Carr, intentando hablar en tono alegre.

Katy ya no preguntó más. Pasó otra semana y luego otra más. El dolor casi había desaparecido. Volvía solo de vez en cuando, durante unos minutos. Ahora podía dormir y comer e incorporarse en la cama sin marearse. Las piernas, sin embargo, antes tan enérgicas, las sentía pesadas y sin vida y no era capaz de andar ni de mantenerse en pie ella sola.



 

 

 

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—Noto las piernas muy raras —dijo una mañana—. Son como las piernas del príncipe que se convirtieron en mármol en Las mil y una noches. ¿Cuál crees que es la razón, papá? ¿Volverán pronto a ser normales?

 

—Pronto no —respondió el doctor Carr. Luego pensó: «¡Pobre niña! Será mejor que sepa la verdad». De modo que continuó en voz alta—: Me temo, querida, que debes hacerte a la idea de que vas a estar en cama mucho tiempo.

—¿Cuánto? —preguntó Katy, asustada—. ¿Un mes más?

 

—No puedo decirte exactamente cuánto. Los médicos creen, igual que yo, que con el tiempo podrás recuperarte de la lesión en la espina dorsal, porque eres joven y fuerte. Pero puede que tarde bastante. Puede que tengas que estar aquí tumbada durante meses, o quizá más. La única cura

para un daño así es el tiempo y la paciencia. Es difícil, querida —añadió al ver que Katy empezaba a sollozar violentamente—, pero la esperanza te ayudará mientras tanto. Piensa en la pobre prima Helen, que ha tenido que sobrellevar todos estos años sin esperanza alguna.

 

—¡Papá! —se lamentó Katy con la voz entrecortada por los sollozos—. ¿No es horrible que solo por subirme unos minutos en el columpio tenga que sufrir tanto? ¡Por una tontería de nada!

—Sí, por una tontería de nada —repitió el doctor Carr, apenado—. También fue una tontería de nada olvidar que la tía Izzie os había prohibido utilizar el columpio. Por falta del pequeño clavo de la herradura de la obediencia, Katy.

Años después, Katy le dijo a alguien que las seis semanas más largas de su vida fueron las que siguieron a aquella conversación con su padre. Ahora que sabía que no había posibilidad de recuperarse de inmediato, los días pasaban terriblemente despacio. Cada uno parecía más aburrido y desalentador que el anterior. Le desfallecía el ánimo y no tenía interés por nada. La tía Izzie le llevaba libros, pero no quería leer ni tampoco coser. Nada la entretenía. Clover y Cecy iban a hacerle compañía, pero oírlas hablar de sus juegos y de todo lo que habían estado haciendo la hacía llorar con tanta amargura que la tía Izzie no las dejaba subir muy a menudo. Sentían mucha pena por Katy, pero la habitación era tan lúgubre y Katy estaba tan gruñona que no les importaba demasiado que no las dejaran ir a verla. Aquellos días, Katy hacía que la tía Izzie tuviera las persianas siempre cerradas y permanecía allí tumbada en la oscuridad,



 

 

 

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pensando en lo desdichada que era y en lo miserable que sería el resto de su vida. Todos eran muy amables y pacientes, pero ella estaba inmersa en una tristeza demasiado egoísta para darse cuenta. La tía Izzie se afanaba escaleras arriba y escaleras abajo y se pasaba el día a los pies de su cama, intentando dar con algo que la agradase, pero Katy apenas le daba las gracias y nunca se daba cuenta de lo cansada que parecía. Mientras estuviera obligada a permanecer en cama, Katy no podría agradecer nada de lo que hacían por ella.

 

Tristes como eran los días, sin embargo, no eran tan malos como las noches cuando, después de que la tía Izzie se durmiera, Katy se quedaba despierta y sufría largos y desesperados arrebatos de llanto. En esos momentos, pensaba en todo aquello tan maravilloso que había planeado hacer cuando fuese mayor. «Ahora nunca podré hacer nada —se decía a sí misma—, solo quedarme aquí tumbada. Papá dice que me recuperaré con el tiempo, pero no es verdad. Sé que no lo haré. E incluso si lo hago, habré perdido años y los niños habrán crecido y habrán avanzado más que yo y ya no podré ser una ayuda para ellos ni para nadie más. ¡Todo esto es horrible!».

Lo primero que interrumpió este triste discurrir de las cosas fue una carta de la prima Helen, que el doctor Carr llevó una mañana y le dio a la tía Izzie.

—Helen dice que regresa a su casa la semana que viene —dijo esta desde la ventana, donde se había acercado para leerla—. Bueno, es una lástima, pero creo que tiene razón en no querer detenerse aquí. Como bien dice, con un inválido ya hay suficiente en una casa. Desde luego yo ya tengo bastante con Katy.

—¡Tía Izzie! —gritó la niña—. ¿Es que la prima Helen va a pasar por aquí cuando vuelva a su casa? ¡Ay, pídele que venga! Solo un día, ¡pídeselo! ¡Tengo muchas ganas de verla! ¡No te imaginas cuántas! ¿Lo harás? ¡Por favor! ¡Por favor, papaíto!

Estaba casi llorando de emoción.

 

—Está bien, querida, si tanto lo deseas —consintió el doctor Carr—. Le supondrá algunos esfuerzos a la tía Izzie, pero es tan generosa que estoy seguro de que no le importará con tal de darte esa alegría. ¿No es así, Izzie?

Y miró expectante a su hermana.

 

—¡Pues claro! —exclamó la tía Izzie de buena gana.



 

 

 

 

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Katy estaba tan contenta que, por primera vez en su vida, extendió los brazos de forma espontánea para abrazar a su tía y la besó.

 

—¡Gracias, tita! —le dijo.

 

La tía Izzie parecía más feliz que nunca. Había un afectuoso corazón oculto tras sus impacientes maneras; solo que Katy nunca había estado enferma para descubrirlo.

Durante toda la semana, Katy estuvo enardecida de entusiasmo. Al fin, la prima Helen llegó. Esta vez Katy no estaba en los escalones de la entrada para recibirla, pero unos momentos después el doctor Carr la subió en brazos y la sentó en un sillón junto a su cama.

—¡Qué oscuro está esto! —exclamó su prima cuando ya se habían dado un beso y llevaban hablando un par de minutos—. No puedo verte la cara. ¿Te haría daño en los ojos que entrara un poco más de luz?

 

—¡Ah, no! —contestó Katy—. No me hace daño en los ojos; es solo que odio que entre el sol. Por algún motivo, me hace sentir peor.

—Abre un poquito la persiana entonces, Clover.

 

Esta así lo hizo.

 

—Ahora puedo verte —dijo la prima Helen.

 

Y lo que vio fue una niña de aspecto melancólico tumbada frente a ella. Katy tenía la cara más delgada y unos círculos rojos alrededor de los ojos de tanto llorar. La tía Izzie le había cepillado el pelo dos veces esa mañana, pero ella se lo había revuelto otra vez, impaciente, y ahora parecía un arbusto desgreñado por el viento. Llevaba una bata de percal que, aunque estaba limpia, tenía un estampado especialmente feo, y la habitación, a pesar del orden, ofrecía un aspecto deprimente con las sillas alineadas contra la pared y una ristra de frascos de medicinas sobre la repisa de la chimenea.

—¿No es horrible? —suspiró Katy mientras la prima Helen miraba a su alrededor—. Todo es espantoso. Pero, ahora que has venido, no me importa tanto. ¡Ay, prima Helen, qué meses tan terribles he pasado!

 

—Lo sé —le dijo su prima, compasiva—. Me lo han contado todo, Katy, y lo siento mucho. Es una prueba muy dura, querida.

—¿Cómo lo haces? —quiso saber Katy—. ¿Cómo logras ser tan buena, afable y paciente cuando siempre te encuentras mal y no puedes hacer nada, ni caminar, ni siquiera ponerte de pie? —La voz se le fue apagando entre sollozos.



 

 

 

 

 

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La prima Helen estuvo unos momentos sin decir nada. Se quedó en silencio, acariciando la mano de la niña.

 

—Katy —dijo por fin—, ¿te ha dicho tu padre que cree que, con el tiempo, acabarás recuperándote?

—Sí —repuso ella—, me lo ha dicho. Pero puede que tarde muchísimo. Y yo quería hacer tantas cosas… ¡Y ahora no puedo hacer nada de nada!

—¿Qué clase de cosas?

 

—Estudiar y ayudar a la gente y hacerme famosa. Y quería enseñar a mis hermanos. Mamá dijo que debía cuidar de ellos y yo quería hacerlo. Pero ahora no puedo ir a la escuela ni aprender nada. Y, si alguna vez me pongo bien, los niños ya habrán crecido y no me necesitarán.

—Pero ¿por qué tienes que esperar a ponerte bien? —le preguntó la prima Helen con una sonrisa.

—¿Y qué puedo hacer aquí tumbada en la cama?

 

—Muchas cosas. ¿Quieres que te diga, Katy, lo que creo que me diría a mí misma si estuviera en tu lugar?

—¡Sí, por favor! —le pidió Katy con curiosidad.

 

—Pues me diría esto: «Bien, Katy Carr, querías ir a la escuela y aprender a ser sensata y provechosa, y aquí tienes una oportunidad. Dios va a dejarte entrar en su escuela, donde Él enseña todo tipo de cosas hermosas a la gente. Quizá solo te tenga un trimestre o puede que sean tres o cuatro, pero sea lo que sea debes aprovechar la oportunidad al máximo porque es Él quien te la da».

—¿Qué escuela es esa? —preguntó Katy—. No entiendo lo que quieres decir.

—Se llama la escuela del dolor —repuso la prima Helen con su sonrisa más dulce—. Y el lugar donde has de aprender sus lecciones es esta misma habitación. Las normas de esta escuela son muy duras, pero los buenos estudiantes, los que mejor las siguen, después de un tiempo descubren lo buenas y acertadas que son. Y las lecciones tampoco son fáciles, pero, cuanto más se estudian, más interesantes se hacen.

—¿Cuáles son esas lecciones? —quiso saber Katy, que empezaba a sentirse atraída por aquello como si la prima Helen estuviera contándole un cuento.

—Bueno, está la lección de la paciencia. Es una de las asignaturas más difíciles. No puedes aprender mucho de golpe, pero cada poquito que



 

 

 

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memorizas hace que lo siguiente sea más fácil. Y también está la lección de la alegría. Y la lección de sacar lo mejor de las cosas.

 

—A veces hay cosas de las que no puede sacarse nada —observó Katy con tristeza.

—¡Siempre hay algo! Todo en este mundo tiene dos asas, ¿no lo sabías? Una de ellas es suave. Si lo coges de ahí, levantarás lo que sea con facilidad, pero, si lo coges por el asa que es áspera, te harás daño en la mano y te costará moverlo. Hay gente que siempre se las apaña para coger las cosas por el asa equivocada.

—¿La tía Izzie también tiene dos asas? —preguntó Katy.

 

Helen se alegró de oírla reír.

 

—Sí, la tía Izzie también tiene dos asas, y una es suave y agradable si haces el esfuerzo de buscarla. Y tus hermanos también tienen dos asas, en cierto sentido. Y todas esas asas son diferentes. Los seres humanos no están hechos todos iguales, como las macetas rojas. Tenemos que tantear antes de entender cómo es otra persona y cómo debemos comportarnos con ella. Es muy interesante; te aconsejo que lo pruebes. Y mientras lo intentas, aprenderás todo tipo de cosas que te servirán para ayudar a los demás.

—¡Ojalá pudiera! —suspiró Katy—. ¿Hay más asignaturas en esa escuela, prima Helen?

—Sí, está la de la esperanza. Esa clase tiene muchísimos maestros. El sol es uno de ellos. Se pasa todo el día al otro lado de la ventana, esperando una oportunidad para colarse y llegar hasta sus pupilos. Es un maestro muy bueno, además. Yo no lo dejaría fuera, si estuviese en tu lugar.

»Cada mañana, nada más levantarme, me diría a mí misma: “Voy a ponerme bien, como cree papá. Puede que sea mañana. Así que, por si acaso hoy es el último día de mi enfermedad, voy a pasarlo estupendamente y voy a hacer de mi habitación un sitio tan agradable que a todo el mundo le gustará recordarlo”.

»Y hay otra lección más, Katy, la de la pulcritud. Las aulas de las escuelas deben estar siempre ordenadas, como sabes. Y una persona enferma debería estar tan fresca y cuidada como una rosa.

—Pero eso es un fastidio —protestó Katy—. No tienes idea de lo latoso que es intentar ser pulcra y ordenada. Tú nunca has sido un desastre como yo, prima Helen; tú naciste cuidadosa.



 

 

 

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—¿Ah, sí? Bueno, Katy, no vamos a discutir sobre eso, pero puedo contarte una historia, si quieres, sobre una muchacha que conocí una vez y que no nació cuidadosa.

 

—¡Sí! —exclamó encantada la niña.

 

La prima Helen ya le había hecho mucho bien. Parecía más animada y menos lánguida que en todo aquel tiempo.

—Era una muchacha muy joven —continuó la otra—. Era fuerte y enérgica y le gustaba correr, trepar, montar a caballo y hacer todo tipo de cosas divertidas. Un día sufrió un accidente y le dijeron que tendría que pasar el resto de su vida tumbada y con dolor y que no podría volver a andar ni a hacer ninguna de las cosas con las que más disfrutaba.

—¡Como tú y como yo! —susurró Katy mientras le apretaba la mano a su prima.

—Un poco como yo, pero no tanto como tú porque esperamos que tú te recuperes tarde o temprano. A la joven, aquello no le importó demasiado la primera vez que lo oyó, pues se encontraba tan mal que estaba segura de que moriría. Sin embargo, cuando mejoró y empezó a pensar en la larga vida que tenía por delante, fue peor que todo el dolor que había sufrido. Era tan desdichada que todo le daba igual; no le importaba el aspecto de nada. Ella no tenía ninguna tía Izzie que cuidara de sus cosas, de modo que su habitación pronto quedó en un estado lamentable. Estaba todo revuelto y lleno de polvo y había cucharas sucias y redomas de medicinas vacías por todas partes. Siempre tenía las persianas bajas y dejaba que el pelo se le enredara de cualquier manera, en conjunto, era un espectáculo desalentador.

 

»Esta joven tenía un padre muy bueno —continuó la prima Helen—, que solía visitarla todos los días y se sentaba junto a su cama. Una mañana, le dijo: “Hija mía, me temo que vas a tener que pasar mucho tiempo en esta habitación y me gustaría pedirte que hicieras algo por mí”. “¿El qué?”, le preguntó ella, sorprendida de oír que aún podía hacer algo por alguien. “Quiero que tires todos esos frascos sucios y que hagas de tu habitación un sitio agradable y bonito para cuando venga a verte. ¡Yo también voy a pasar mucho tiempo aquí! Y no me gustan nada el polvo ni la oscuridad. Quiero ver flores en la mesa y la luz del sol entrando por la ventana. ¿Harás eso para complacerme?”. “Sí”, dijo la muchacha, pero dio un hondo suspiro y me temo que creyó que iba a ser una tarea terrible. “Y

 

otra cosa —continuó su padre—. Quiero que tú también estés guapa. ¿No



 

 

 

 

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pueden los camisones y las batas adornarse para que parezcan vestidos? Una mujer enferma que no se cuida es una visión desagradable. Por favor, manda que te traigan algo bonito y deja que vuelva a verte bella otra vez. No puedo soportar ver a mi Helen convertida en una zarrapastrosa”.

 

—¡Helen! —exclamó Katy con los ojos muy abiertos—. ¿Eras tú? —Sí —admitió su prima con una sonrisa—. Era yo, aunque no quería

 

que se me escapara el nombre tan pronto. Pues bien, cuando mi padre se fue, pedí que me trajeran un espejo. ¡Qué imagen, Katy! Mi pelo parecía un nido de ratones y fruncía tanto el ceño que tenía la frente surcada por arrugas de dolor hasta el punto de que parecía una anciana.

Katy se quedó mirando el suave rostro de su prima y su lustroso cabello.

—No me lo creo —le dijo—. Nunca podrías tener el pelo enredado. —Lo tenía; mucho peor de como lo tienes tú ahora. Pero mirarme al

 

espejo me ayudó. Empecé a darme cuenta de lo egoísta que estaba siendo y deseé comportarme mejor. Después de aquello, cuando me sobrevenía el dolor, solía recostarme y alisarme la frente con los dedos e intentaba que mi rostro no reflejara lo que estaba soportando. Y, poco a poco, las arrugas fueron desapareciendo y, aunque ahora soy mucho mayor, no me han vuelto a salir.

»Al principio me resultaba muy difícil tener que pensar en mantener la habitación y a mí misma con buen aspecto. Pero, después de un tiempo, se convirtió en un hábito y se hizo más fácil. Y la alegría que le daba a mi querido padre lo compensaba todo. Había estado orgulloso de su hija enérgica y saludable, pero creo que aquella nunca constituyó un consuelo tan grande para él como la que estaba enferma y postrada en cama. Mi habitación era su lugar preferido y pasaba tanto tiempo allí que ahora el cuarto, y todo lo que hay dentro, me recuerda a él.

 

Cuando terminó de hablar, los ojos de la prima Helen estaban llenos de lágrimas. Katy, sin embargo, parecía animada y entusiasta. De algún modo fue una ayuda, así como una gran sorpresa, saber que hubo un tiempo en el que la prima Helen no era tan perfecta como ahora.

 

—¿De verdad crees que yo también podría hacerlo? —le preguntó. —¿Hacer qué? ¿Peinarte?

La prima Helen volvía a sonreír.

 

—¡No! Ser buena, dulce y paciente, y un consuelo para los demás. Ya sabes a lo que me refiero.



 

 

 

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—Estoy segura de que puedes, si lo intentas.

 

—Pero ¿por dónde empiezo? —preguntó Katy que, ahora que su mente había adoptado una nueva idea, estaba impaciente por ponerla en práctica.

—Bueno… Yo empezaría por abrir las persianas y hacer que la habitación parezca un poco menos lúgubre. ¿Ahora mismo estás tomando todas esas medicinas?

—No, solo la del frasco grande con la etiqueta azul.

 

—Entonces, podrías pedirle a la tía Izzie que se lleve las otras. Y yo le diré a Clover que coja un ramillete de flores frescas cada día para ponerlo en la mesa. Por cierto, no veo el jarroncito blanco.

—No… Se rompió al día siguiente de que te fueras, el mismo que me caí del columpio —dijo Katy muy apenada.

—No importa, cielo; no pongas esa cara tan triste. Conozco los árboles donde crecen esos jarrones y te conseguiré otro. A ver, cuando la habitación sea un sitio agradable, yo que tú pediría que me trajeran todos los libros de la escuela y estudiaría un par de horas cada mañana.

 

—¡Jo! —exclamó Katy haciendo una mueca ante tal idea.

 

La prima Helen sonrió.

 

—Ya sé que suena aburrido, aprender geografía y hacer sumas aquí sola. Pero creo que, si haces el esfuerzo, con el tiempo te alegrarás. Así no olvidarás lo fundamental, ¿entiendes? Y no te retrasarás tanto en tu educación. Además, estudiar así será como trabajar en el jardín. Las cosas no crecen tan fácilmente. Cada flor que consigas será como un triunfo y la valorarás el doble que una flor corriente que haya nacido sin esfuerzo.

—Vale —aceptó Katy bastante desolada—, lo intentaré. Pero no va a ser ni un poco divertido estudiar sola, sin nadie que me acompañe. ¿Algo más, prima Helen?

En ese momento, la puerta chirrió un poco y Elsie asomó tímidamente la cabeza.

—¡Ay, Elsie, vete! —exclamó Katy—. La prima Helen y yo estamos hablando. No entres ahora.

Katy no le habló de malos modos, pero el rostro de Elsie se ensombreció y parecía decepcionada. No obstante, no dijo nada; solo cerró la puerta y se marchó.

La prima Helen observó esta pequeña escena sin hablar. Durante unos minutos, después de que Elsie se fuera, pareció quedarse pensativa.



 

 

 

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—Katy —dijo al fin—, ahora mismo estabas diciendo que una de las cosas que lamentabas era que, mientras estuvieses enferma, no podrías hacer nada por tus hermanos. Pero no creo que tengas que preocuparte por eso.

 

—¿Por qué no? —preguntó Katy sorprendida.

 

—Porque puedes serles útil. Creo que ahora tienes una gran oportunidad de estar con los niños más que cuando estabas bien y correteando siempre por ahí, como solías. Puedes hacer casi lo que quieras con ellos.

—No se me ocurre cómo —repuso Katy apesadumbrada—. Pero, prima Helen, si la mitad del tiempo ni siquiera sé dónde se encuentran ni lo que están haciendo. Y no puedo levantarme para ir tras ellos.

 

—Pero puedes hacer que tu habitación sea un lugar tan encantador que sean ellos los que quieran venir aquí. ¿No lo ves? Una persona enferma tiene una magnífica ventaja: siempre está a mano. Cualquiera que la necesite sabe dónde encontrarla. Si la gente la quiere, se convierte de forma natural en el alma de la casa.

»Una vez consigas que los pequeños sientan que tu cuarto es el mejor lugar al que acudir cuando estén cansados, alegres, tristes o preocupados por cualquier cosa, y si saben que la Katy que está aquí les va a dar una afectuosa bienvenida, la batalla está ganada. Verás, nunca le hacemos bien a nadie dando sermones, sino solo viviendo con ellos y ayudando un poco aquí y un poco allá para hacerlos mejores. Y, cuando la propia vida se detiene durante un tiempo, como la tuya ahora, es el momento perfecto para dedicarse a los demás, cosa que no podemos hacer cuando estamos afanados en nuestros propios asuntos. Pero no pretendía soltarte un sermón. Me temo que estás cansada.

 

—No, ni un poquito —dijo Katy estrechando con fuerza la mano de la prima Helen entre las suyas—. No te imaginas lo bien que me siento ahora; ¡mucho mejor! ¡Ay, prima Helen, lo intentaré!

—No va a ser fácil —repuso esta—. Habrá días que te duela la cabeza y estés enfadada y nerviosa y no quieras pensar en nadie salvo en ti misma. Y otros días Clover y los demás vendrán, como acaba de hacer Elsie, y estarás haciendo otra cosa y sentirás que su llegada es una molestia. Pero debes recordar que, cada vez que no piensas en ellos y eres impaciente o egoísta, los alejas de ti. Son unas criaturas encantadoras y ahora están muy preocupados por ti y nada de lo que hagas va a



 

 

 

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enfadarlos. Pero, con el tiempo, se acostumbrarán a que estés enferma y, si no te los has ganado como amigos, se distanciarán cada vez más a medida que vayan haciéndose mayores.

 

En ese momento, entró el doctor Carr.

 

—¡Jo, papá! No vendrás a llevarte a la prima Helen, ¿verdad? —se lamentó Katy.

—Pues la verdad es que sí —dijo su padre—. Creo que la inválida grande y la inválida pequeña ya han hablado bastante. La prima Helen parece cansada.

Por un momento, a Katy le entraron ganas de llorar, pero se tragó las lágrimas. «Mi primera lección es la paciencia», se dijo, y consiguió esbozar una débil sonrisa mientras su padre la miraba.

—Eso es, querida —susurró la prima Helen cuando se inclinaba para darle un beso—. Y, una última cosa, Katy. En esta escuela, a la que tú y yo pertenecemos, hay un gran consuelo y es que el profesor siempre está disponible. Él nunca se marcha. Si algo nos desconcierta, ahí está Él, a nuestro lado, dispuesto a explicárnoslo y a hacérnoslo más fácil. Intenta tenerlo presente, querida, y no temas pedirle ayuda si la lección parece demasiado difícil.

Esa noche, Katy tuvo un sueño muy extraño. Estaba intentando estudiar una lección con un libro que no podía abrir del todo. Llegaba a ver un poquito del interior, pero estaba escrito en un lenguaje que no entendía. Lo intentó en vano; no pudo leer una sola palabra. Y, aun así, parecía tan interesante que deseaba continuar.

—¡Ay, ojalá alguien pudiera ayudarme! —exclamó impaciente.

 

De pronto, una mano pasó por encima de su hombro y cogió el libro. Este se abrió de inmediato y se mostró la página entera. Luego, el dedo índice de aquella mano empezó a señalar línea tras línea y, según se movía, las palabras se hacían evidentes y Katy podía leerlas sin problema. Miró hacia arriba. Allí, inclinado sobre ella, había un rostro grande y hermoso. Los ojos la miraron. Los labios sonrieron.

—¿Por qué no me has llamado antes, pequeña estudiante? —dijo una voz.

—¡Caramba! ¡Eres tú, justo como me dijo la prima Helen! —gritó Katy.

Debió de hablar en sueños, pues la tía Izzie se sobresaltó.

 

—¿Qué te pasa? ¿Necesitas algo?



 

 

 

 

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El sueño se interrumpió y Katy se despertó y se vio en la cama, con los primeros rayos de sol luchando por abrirse paso a través de la ventana y la tía Izzie apoyada en un codo, mirándola con una especie de somnolienta extrañeza.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 10

 

Papa Noel y San Valentín

 

 

 

 

ué están haciendo hoy los niños? —preguntó Katy dejando a un lado Noruega y los noruegos, que estaba leyendo por cuarta vez—. No los he visto desde el desayuno.

 

Q                            La tía Izzie, que estaba cosiendo en el otro extremo de la habitación, levantó la vista de su labor.

 

—No lo sé —contestó—. Estarán en casa de Cecy o en algún otro sitio. Supongo que no tardarán en volver.

Su voz sonaba un poco extraña y misteriosa, pero Katy no se dio cuenta.

—Ayer se me ocurrió una idea genial —continuó la niña—. Mañana por la noche, podrían colgar todos sus calcetines aquí, en lugar de en su habitación. Así podría verlos abrir los regalos. ¿Te parece bien, tía Izzie? Sería muy divertido.

—No creo que haya ningún inconveniente —repuso su tía.

 

Parecía como si estuviera intentando no reírse. Katy se preguntó qué le pasaría.

Ya hacía más de dos meses desde que se había ido la prima Helen y había llegado el invierno. Fuera estaba nevando. Katy veía los gruesos copos arremolinándose al otro lado de la ventana, pero esa imagen no le daba sensación de frío. Solo hacía que su habitación pareciese más cálida y acogedora. Ahora era un cuarto muy agradable. El fuego brillaba en la chimenea. Todo estaba limpio y ordenado, el aire tenía un dulce aroma a reseda que venía de un jarroncito con flores que descansaba sobre la mesa, y la Katy que estaba en la cama era una muy diferente a la niña melancólica del capítulo anterior.

 

 

 

 

 

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La visita de la prima Helen, aunque solo duró un día, le hizo mucho bien. No es que Katy se volviera perfecta de inmediato. Ninguno de nosotros podemos hacerlo, ni siquiera en los libros. Pero lo importante es tomar el camino correcto. Katy ya estaba en él y, aunque a menudo resbalaba y daba algún traspié, y muchas veces se sentía desanimada, no se detenía, a pesar de los días malos en los que se decía a sí misma que no estaba avanzando nada.

 

Esos días malos, cuando todo parecía difícil y ella misma estaba enojada y nerviosa y echaba a los niños de la habitación, le costaban muchas lágrimas amargas. Pero, después, se recomponía y volvía a intentarlo con más ganas. Y creo que, pese a los tropiezos, la pequeña estudiante, en general, estaba aprendiendo sus lecciones muy bien.

 

La prima Helen fue un gran consuelo durante todo aquel tiempo. Esta nunca se olvidó de Katy. Casi todas las semanas llegaba alguna cosilla de parte de Helen. A veces era una nota que había escrito a lápiz desde su sofá. Otras, un libro interesante o una revista nueva o algo bonito para su habitación. La bata roja que Katy llevaba aquel día era uno de sus regalos, así como las alegres estampas de hojas otoñales que colgaban en la pared, el pequeño atril para los libros…, todo tipo de cosas. A Katy le encantaba mirar a su alrededor cuando estaba allí tendida. La habitación entera parecía estar llena de la prima Helen y de su generosidad.

—Ojalá tuviera algo bonito para poner en los calcetines de todos

 

—siguió diciendo, pensativa—, pero solo tengo los manguitos para papá y estas riendas para Phil.

Las sacó de debajo de su almohada mientras hablaba. Eran unas alegres riendas de estambre con cascabeles cosidos aquí y allá. Las había tejido ella misma, muy poquito a poco.

—¡Mi ceñidor rosa! —exclamó entonces, de pronto—. Podría regalárselo a Clover. Solo me lo he puesto una vez y creo que no tiene ninguna mancha. ¿Podrías traérmelo para que lo vea, por favor, tía Izzie? Está en el cajón de la cómoda.

La tía Izzie le dio el ceñidor. Estaba muy nuevo y decidieron que a Clover le quedaría estupendamente.

—Yo no voy a necesitar ceñidores durante mucho tiempo —dijo Katy con voz triste—. Y este es una preciosidad.

Cuando volvió a hablar, parecía animada de nuevo:



 

 

 

 

 

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—Ojalá tuviera algo muy hermoso para Elsie. ¿Sabes, tía Izzie? Creo que Elsie es la niña más encantadora que existe.

 

—Me alegro de que te hayas dado cuenta —se sinceró su tía, que siempre había sentido un cariño especial por Elsie.

—Lo que más desea es un escritorio —siguió Katy—. Y Johnnie quiere un trineo. ¡Pero caramba! Son cosas demasiado caras. Y solo tengo dos dólares y veinticinco centavos.

La tía Izzie salió de la habitación sin decir nada. Cuando volvió, llevaba algo doblado en la mano.

—No sabía qué regalarte por Navidad, Katy —le dijo—, porque Helen te envía tantas cosas que parece que no hay nada que no tengas ya. Así que había pensado en darte esto y dejar que eligieras algo tú misma. Pero, si te hace ilusión comprar regalos para los niños, quizá sea mejor que te lo dé ahora.

Entonces, la tía Izzie dejó sobre la cama ¡un billete nuevecito de cinco dólares!

—¡Qué buena eres! —exclamó Katy, sonrojada de alegría.

 

Y en verdad la tía Izzie parecía haberse vuelto maravillosamente buena en los últimos tiempos. ¡Puede que Katy hubiera encontrado su asa suave!

Con siete dólares y veinticinco centavos ya en su poder, Katy podía permitirse ser extremadamente generosa. Le dio a la tía Izzie una descripción exacta del escritorio que quería.

—No tiene que ser muy grande —dijo—, pero debe estar forrado de terciopelo azul y tener una escribanía con tapa de plata. Y, por favor, compra sobres, algunas hojas de papel y una pluma, la más bonita que encuentres. ¡Ah! Y que tenga candado. No te olvides de eso, tía Izzie.

 

—No lo olvidaré. ¿Qué más?

 

—Me gustaría que el trineo fuera verde —siguió Katy—, también que tuviese un nombre bonito. «Surcacielos» estaría bien, si hubiera alguno. Johnnie vio una vez un trineo llamado «Surcacielos» y dijo que era espléndido. Y, si queda suficiente dinero, tita, ¿podrías comprar un libro bonito para Dorry y otro para Cecy y un dedal de plata para Mary? El suyo ya está lleno de agujeros. ¡Ah! Y caramelos. Y algo para Debby y Bridget (una chuchería, ya sabes). ¡Creo que eso es todo!

 

¿Alguna vez se esperó que siete dólares y veinticinco centavos diesen para tanto? La tía Izzie tendría que haber sido una bruja, desde luego, para estirarlos así. Y, sin embargo, lo consiguió y, al día siguiente, todos los



 

 

 

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preciados paquetes llegaron a casa. ¡Cómo disfrutó Katy desatando las cuerdas!

 

Todo era perfecto.

 

—No había ningún trineo «Surcacielos» —dijo la tía Izzie—, así que he comprado el «Seganieves».

—Es bonito; también me gusta —repuso Katy satisfecha. Y, un momento después, gritó con repentino temor—: ¡Ay, escóndelos, esconde los regalos! ¡Viene alguien!

Pero solo era el doctor Carr, que asomó la cabeza por la puerta justo cuando la tía Izzie, cargada de bultos, se escabullía por el pasillo.

 

Katy se alegró de estar a solas con él. Tenía que contarle un pequeño secreto. Era sobre la tía Izzie, para la que aún no tenía regalo.

 

—He pensado que podrías buscar por mí un libro como el de la prima Helen, ese que a la tía Izzie le gustó tanto —le dijo—. No me acuerdo del título exacto. Era algo sobre una sombra. Pero ya me he gastado todo el dinero.

—No te preocupes por eso —repuso el doctor Carr—. Ya lo arreglaremos. La sombra de la cruz (¿era ese?). Lo compraré esta tarde.

—¡Gracias, papá! Y, por favor, que tenga las tapas marrones, si puede ser, porque el de la prima Helen era marrón. Y no dejarás que la tía Izzie se entere, ¿verdad? ¡Ten cuidado, papá!

—Antes me tragaría el libro, con tapas marrones y todo —bromeó su padre, haciendo una mueca muy graciosa. Le alegraba ver que Katy volvía a mostrar tanto interés por algo.

Aquellos gratos secretos ocuparon de tal forma su pensamiento que Katy apenas encontró tiempo para preguntarse por la ausencia de los niños, que por lo general estaban siempre rondando su habitación y, sin embargo, durante tres días casi no habían aparecido por allí. Después de la cena, no obstante, subieron todos juntos y muy felices, como si hubieran estado pasándoselo muy bien en algún sitio.

 

—¡A que no sabes lo que hemos hecho! —empezó a decir Philly. —¡Cállate, Phil! —le advirtió Clover. Luego repartió los calcetines

que llevaba en la mano y cada uno se dispuso a colgar el suyo.

 

Dorry lo colocó a un lado de la chimenea y John justo en el otro extremo. Clover y Phil colgaron los suyos uno junto al otro, en dos tiradores de la cómoda.



 

 

 

 

 

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—Yo voy a dejar el mío aquí, cerca de Katy, para que sea lo primero

 

que vea por la mañana —explicó Elsie mientras sujetaba su calcetín a un poste de la cama.

Luego se sentaron todos alrededor del fuego para escribir lo que querían en trocitos de papel y ver si ardían o subían volando por la chimenea. Si pasaba esto último, era una señal de que Papá Noel los había recibido sin problema y les traería las cosas que pedían.

John pidió un trineo y un juego de té para sus muñecas, además de la continuación de El Robinson suizo.

La lista de Dorry decía así:

 

Un pastel de ciruelas,

una biblia nueva,

Harry y Lucy,

un quelidoscopio,

todo lo que Papá Noel quiera.

 

Cuando ya habían escrito sus listas, las arrojaron al fuego. En ese momento las llamas vacilaron y los papelitos desaparecieron. Nadie vio exactamente cómo. John creía que habían subido por la chimenea, pero Dorry dijo que no. Phil tiró el suyo con mucha solemnidad. Ardió durante un minuto y luego se hizo cenizas.

 

—¡Mira, no te lo va a traer, fuera lo que fuese! —exclamó Dorry—. ¿Qué habías escrito, Phil?

—Nada —dijo el pequeño—. Solo «PHILLY CARR».

 

Los niños se echaron a reír.

 

—Yo he puesto en el mío: «UN ESCRITORIO» —les dijo Elsie muy apenada—, pero se ha quemado.

Katy se rio entre dientes al oír aquello.

 

Entonces Clover sacó su lista y leyó en voz alta:

 

Esfuerzo y prosperidad,

un par de guantes de cabritilla,

un manguito,

¡buen carácter!

 

Luego la arrojó al fuego. Y he aquí que subió volando por la chimenea. —¡Qué raro! —dijo Katy—. Ninguno de los otros papeles ha hecho

 

eso.

 

En realidad, Clover, que era una personita muy astuta, se había escabullido y había abierto un poquito la puerta de la habitación justo



 

 

 

 

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antes de echar sus deseos al fuego. Esto, por supuesto, generó una pequeña corriente y empujó el papel hacia arriba.

 

Pronto llegó la tía Izzie y los mandó a todos a la cama.

 

—Ya sé yo lo que pasará por la mañana —dijo—. Os levantaréis y empezaréis a correr de acá para allá en cuanto amanezca. Así que tenéis que dormiros ya, si es que podéis.

Cuando se fueron, Katy se dio cuenta de que nadie se había ofrecido a colgar un calcetín para ella. Se sintió un poco dolida cuando lo pensó. «Bueno, supongo que se les ha olvidado», se dijo.

Poco después, el doctor Carr y la tía Izzie entraron y empezaron a llenar los calcetines. Fue muy divertido. Todo se lo daban antes a Katy, para que lo pusiera como más le gustara.

Las puntas las llenaron con caramelos y naranjas. Luego iban poniendo los paquetes, de todas las formas y tamaños, envueltos en papel blanco, con sus lazos y sus etiquetas.

—¿Qué es eso? —preguntó el doctor Carr cuando la tía Izzie metía un paquete largo y estrecho en el calcetín de Clover.

—Un cepillo de uñas —contestó ella—. Clover necesitaba uno nuevo. ¡Cómo se rieron Katy y su padre!

—No creo que Papá Noel haya tenido nunca una cosa así —bromeó el doctor Carr.

—Pues será un caballero muy sucio, entonces —observó la tía Izzie con seriedad.

El escritorio y el trineo eran demasiado grandes para meterlos en los calcetines, así que los envolvieron y los colgaron detrás de los otros paquetes. Ya eran las diez de la noche cuando terminaron y el doctor Carr y la tía Izzie se fueron. Katy se quedó un buen rato observando las extrañas formas de los calcetines que colgaban a la luz de las llamas. Luego se quedó dormida.

Le pareció que había pasado solo un minuto cuando algo la rozó y la despertó. Ya era de día y allí estaba Philly, en camisón, ¡trepando a la cama para darle un beso! Los demás, aún a medio vestir, bailaban por la habitación con sus calcetines en la mano.

—¡Feliz Navidad! ¡Feliz Navidad! —gritaban—. ¡Katy, qué cosas más bonitas!

—¡Ay! —chilló Elsie, que acababa de ver el escritorio—. ¡Papá Noel me lo ha traído a pesar de todo! ¡Caramba! ¡Aquí pone «DEKATY»! ¡Oh,



 

 

 

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Katy, qué bonito! ¡Estoy muy contenta!

 

Y la pequeña abrazó a su hermana, sollozando de alegría.

 

Pero ¿qué era aquella cosa tan extraña que había junto a su cama? Katy se quedó mirándola fijamente y se frotó los ojos. Desde luego no la había visto antes de quedarse dormida. ¿Cómo había llegado hasta allí?

Era un pequeño abeto plantado en una maceta roja. La maceta estaba decorada con tiras de papel dorado y estrellas y cruces, que le daban un aspecto muy alegre. De las ramas colgaban naranjas, nueces, manzanas rojas muy brillantes, borlas de palomitas y sartas de coloridas bayas. También había algunos paquetitos atados con lazos azules y rojos, y en conjunto el árbol estaba tan bonito que Katy dio un grito de alborozada sorpresa.

—Es un árbol de Navidad para ti, porque estás enferma —dijeron los niños, que intentaban abrazarla todos a la vez.

—Lo hemos hecho nosotros —le explicó Dorry mientras iba de un lado a otro saltando a la pata coja—. Yo he pegado las estrellas negras en la maceta.

—¡Y yo he hecho las palomitas! —gritó Philly.

 

—¿Te gusta? —le preguntó Elsie, acurrucándose a su lado—. Ese es mi regalo, el del lazo verde. ¡Ojalá fuera más bonito! ¿No te dan ganas de abrirlos?

Por supuesto que Katy quería abrirlos. De los paquetitos salieron todo tipo de cosas. Los niños los habían envuelto ellos solos. No habían dejado que ningún adulto los ayudara ni lo más mínimo.

El regalo de Elsie era un limpiaplumas de franela con un gatito gris. El de Johnnie, una bandeja de té de juguete de hojalata roja.

—¿No es pre-cio-so? —exclamó admirada.

 

El regalo de Dorry, siento tener que decirlo, era una gigantesca araña amarilla y roja que zumbaba como loca cuando la movían con la cuerda que llevaba atada.

—No querían que te la comprara —le dijo—, ¡pero lo he hecho! Creí que te divetriría mucho. ¿Te divetre, Katy?

—¡Sí, desde luego! —asintió Katy, riendo y parpadeando mientras Dorry agitaba la araña delante de sus ojos.

—Puedes jugar con ella cuando no estemos y te quedes sola —observó Dorry muy satisfecho.

—Pero no te has fijado en dónde está subido el árbol —le dijo Clover.



 

 

 

 

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Era una silla, muy grande y extraña, con un respaldo largo y almohadillado y un escabel para los pies.

 

—Es el regalo de papá —continuó Clover—. Mira, se echa hacia atrás para que parezca una cama. Papá dice que pronto podrás sentarte en ella, junto a la ventana, para vernos jugar.

—¿De verdad? —preguntó Katy sin demasiada convicción.

 

Aún le dolía mucho cuando la tocaban o la movían.

 

—Y mira lo que está atado al brazo de la silla —dijo Elsie.

 

Era una campanilla de plata, con la palabra «KATY» grabada en el mango.

—La ha enviado la prima Helen. Es para que llames cuando quieras

 

que alguien venga —siguió explicándole Elsie.

 

Y aún quedaban más sorpresas. En el otro brazo de la silla estaba sujeto un hermoso libro. Era El ancho mundo y tenía escrita una dedicatoria: «PARA KATY, DE SU QUERIDA CECY». Sobre el libro, había un enorme paquete de cerezas pasas de la señora Hall. Esta hacía las cerezas pasas más deliciosas, en opinión de los niños.

—¡Qué buenos sois todos! —exclamó Katy con lágrimas de agradecimiento en los ojos.

Aquella fue una Navidad muy agradable. Los niños afirmaron que fue la mejor que habían tenido. Y aunque Katy no podía decir lo mismo, también disfrutó y se lo pasó muy bien.

Se fueron varias semanas antes de que pudiera utilizar la silla, pero, cuando se acostumbró a ella, resultó muy cómoda. La tía Izzie la vestía por la mañana, echaba la silla hacia atrás hasta que quedaba a la altura de la cama y, entonces, poco a poco y con mucho cuidado, tiraba de ella para colocarla encima. Aunque cruzar la habitación en la silla siempre era doloroso, sentarse junto a la ventana y contemplar las nubes, a la gente que pasaba y a los niños jugando en la nieve era maravilloso. Cuánto, nadie lo sabe salvo aquellos que, como Katy, hayan pasado seis meses postrados en una cama sin poder ver el mundo exterior. Cada día se animaba más y se ponía más contenta.

 

—¡Qué Navidad más divertida hemos tenido este año! —dijo por casualidad un día mientras charlaba con Cecy—. Ojalá viniera otro santo a hacernos una visita. Pero no conozco a ningún otro, excepto a la prima Helen, y ella no puede.

—Está San Valentín —sugirió Cecy.



 

 

 

 

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—¡Pues claro! ¡Qué buena idea! —exclamó Katy dando palmas—. Cecy, ¡vamos a hacer algo divertido para el día de San Valentín! Se me acaba de ocurrir una idea estupenda.

 

De modo que las dos niñas juntaron su ingenio y urdieron una misteriosa conspiración. De qué se trataba, lo veremos más adelante.

San Valentín era el viernes siguiente. Cuando los niños llegaron del colegio el jueves por la tarde, la tía Izzie salió a su encuentro y, para gran sorpresa de todos, les dijo que Cecy iba a ir a tomar el té y que debían subir a su habitación y arreglarse.

—Pero si Cecy viene casi todos los días —observó Dorry, que no veía la relación entre aquella visita y tener que lavarse la cara.

—Sí, pero hoy tomaréis el té en la habitación de Katy —dijo la tía Izzie—. Aquí tenéis las invitaciones, una para cada uno.

En efecto, había una pequeña tarjetita para cada uno en la que se requería el placer de su compañía «en el palacio de la reina Katherine» esa tarde, a las seis en punto.

Aquello le daba un aire muy diferente al asunto. Los niños salieron corriendo escaleras arriba y poco después, todos bien vestidos y peinados, estaban llamando con mucha formalidad a las puertas del palacio. ¡Qué elegante sonaba!

La habitación tenía un aspecto alegre y acogedor. Katy, en su silla, estaba sentada junto a la chimenea. Cecy estaba a su lado y había una mesa redonda dispuesta con un mantel blanco y tazones de leche con galletas, mermelada de fresa y rosquillas. En el centro había una bandeja con un bizcocho glaseado sobre la cobertura del cual se veía lo que parecían letras rosas. Clover se acercó un poco más y leyó en voz alta: «San Valentín».

—¿Por qué pone eso? —preguntó Dorry.

 

—Bueno —repuso Katy—, hoy es el día de San Valentín. Supongo que Debbie se habrá acordado y lo ha escrito en el bizcocho.

 

En ese momento, no se dijo nada más sobre San Valentín. Sin embargo, cuando ya se habían comido hasta la última letra rosa de aquel nombre y habían recogido los platos de la merendola, de pronto, mientras los niños se sentaban junto al fuego, alguien llamó con decisión a la puerta.

—¿Quién podrá ser? —dijo Katy—. Por favor, ve a abrir, Clover.



 

 

 

 

 

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De modo que Clover fue a abrir la puerta. Allí estaba Bridget, intentando con todas sus fuerzas no reírse y con una carta en la mano.

 

—Ha llegado una carta para usted, señorita Clover —le anunció.

 

—¡Para mí! —exclamó la niña muy sorprendida.

 

Luego cerró la puerta y llevó la carta a la mesa.

 

—¡Qué divertido! —dijo mientras observaba el sobre, que era verde y blanco.

Dentro había algo que parecía duro. Clover rompió el lacre y sacó un pequeño acerico verde de terciopelo en forma de trébol (¡como su nombre, que quería decir «trébol»!), con un diminuto tallo de alambre envuelto en seda verde. Sujeto al acerico con un alfiler había un papelito con estos versos:

 

Hay gente que adora las rosas,

 

o los tulipanes, alegres y elegantes;

 

a otros les gustan las violetas olorosas…

 

yo prefiero el trébol.

 

Aunque tiene un aspecto decoroso,

 

aunque no alardea de su gracia,

 

aunque ningún jardinero lo cree hermoso,

 

yo prefiero el trébol.

 

Puede pasar de largo la mariposa;

 

no es más que una vagabunda;

 

yo soy una abeja fiel y afectuosa

 

y prefiero el trébol.

 

Era la primera tarjeta de San Valentín que Clover recibía en su vida.

 

Estaba absolutamente encantada.

 

—¿Quién creéis que la envía? —exclamó.

 

Pero, antes de que nadie pudiera contestar, un nuevo golpeteo en la puerta los hizo brincar en sus sitios. ¡Caramba, otra vez Bridget, con una segunda carta!

—Esta vez es para usted, señorita Elsie —dijo con una sonrisa.

 

Se formó un gran alboroto y en un abrir y cerrar de ojos ya habían abierto el sobre. Dentro había un pequeño sello de marfil, con su nombre, «ELSIE», grabado en letras góticas y estas rimas:

 

Conozco a una chiquilla,

 

muy querida para mí,

 

dulce como la miel,



 

 

 

 

 

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cuando quiere ser así.

 

Su nombre empieza por E y termina por E.

 

Su cabello es castaño,

 

sus ojos hermosos,

 

sus dientes como perlas,

 

sus hoyuelos graciosos.

 

Su nombre empieza por E y termina por E.

 

Sus pies son tan veloces

 

que nadie la ha cogido;

 

si pasa por tu lado,

 

oirás como un zumbido.

 

Su nombre empieza por E y termina por E.

 

¿Preguntas por qué la quiero?

 

Pues deja que te lo diga:

 

porque no puedo evitarlo,

 

pues es una buena amiga

 

esta chiquilla cuyo nombre empieza y termina por E.

 

—Es como un cuento de hadas —dijo Elsie, que tenía los ojos como platos por la sorpresa mientras Cecy leía en voz alta su tarjeta.

 

Volvieron a llamar. Esta vez les traían un puñado de cartas. Todo el mundo tenía una. Katy, para su sorpresa, tenía dos.

—Vaya, ¿qué será esto? —preguntó. Cuando echó un vistazo a la segunda, vio la letra de la prima Helen y se la guardó en el bolsillo hasta que se leyeran todas las demás.

Primero abrieron la de Dorry. Tenía una tarta dibujada en la parte de arriba y…, bueno, antes debería explicar que Dorry llevaba un tiempo yendo al dentista.

 

El pequeño Jack Horner

 

está en la cocina,

 

comiendo un pastel,

 

y de pronto se amohína,

 

le muda la expresión

 

y empieza a llorar a todo pulmón.

 

Su dulce mamá

 

desde lejos oye el grito

 

y rápido corre a consolar a su niñito.

 

«¿Qué le pasa a mi John?»,

 

le pregunta angustiada

 

aunque no quería parecer preocupada.



 

 

 

 

 

 

 

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«¡Ay, mami! —dice el pequeño—.

 

No tengo un diente en la boca

 

que no baile o duela si algo lo toca.

 

Cuando como algo dulce

 

es una tortura,

 

¡pero no puedo tirar el pastel a la basura!».

 

Inútil es describir

 

cómo gritaba y lloraba;

 

parecía un lobezno de tanto como aullaba.

 

Baste, pues, con decir

 

que fueron al día siguiente

 

¡a que el dentista le sacara todos los dientes!

 

Con esta última tarjeta, los niños estuvieron riéndose un buen rato. En el sobre de Johnnie había una muñeca de papel con el nombre de «Caperucita Roja». Estos eran los versos que la acompañaban:

 

Te envío mi retrato, querida Johnnie,

 

para demostrarte que estoy tan viva como tú

 

y que por mi destino ya no tienes que angustiarte

 

como sé que lo hacías antes.

 

El lobo no me hizo ningún daño aquel día,

 

pues pataleé y luché y grité hasta que me escupió

 

y, aunque por el bosque me persiguió,

 

no pudo ver dónde me escondía.

 

Desde entonces vivimos, mi abuelita y yo,

 

en una casita marrón muy pequeñita,

 

y batimos mantequilla y hacemos un queso cremoso, y no hemos vuelto a ver al lobo asqueroso.

 

Así que no llores más ni temas que me coma,

 

pues el lobo malo ha muerto;

 

ven a tomar el té y verás que es cierto

 

y que no se trata de una broma.

 

Johnnie se puso contentísima al oír esto, pues Caperucita Roja era uno de sus personajes preferidos.

 

En el sobre de Philly había un trocito de goma de mascar y la carta estaba escrita con tinta negra sobre una gran hoja de papel:

 

Una vez fui un hombre malo

 

y bajo tu cama me escondí;

 

tus gomas de mascar quería robar

 

y en lugar de eso me las comí.



 

 

 

 

 

 

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Luego me asusté y salí corriendo

 

cuando gritaste: «¿Quién anda ahí?».

 

Y, menos este trocito,

 

todas las gomas escupí.

 

Siento haber sido tan malo

 

y de verdad quiero enmendarme;

 

te devuelvo la goma mascada

 

y ojalá puedas perdonarme.

 

EL LADRÓN

 

—¡Mirad lo que dice la mía! —exclamó Cecy.

 

Había estado fingiendo sorprenderse tanto como los niños y ahora se comportaba como si apenas pudiera esperar a que terminase el turno de Philly. Luego leyó en voz alta:

 

 

 

 

PARA CECY

 

Si yo fuera un pájaro

 

y tú fueras un pájaro,

 

¿qué haríamos?

 

Yo sería grande y tú pequeñita

 

y uno junto al otro, en alguna ramita,

 

juntaríamos los picos y nos arrullaríamos…

 

¡Eso es lo que haríamos!

 

Si yo fuera un pez

 

y tú fueras un pez,

 

¿qué haríamos?

 

Jugaríamos y moveríamos nuestras colitas

 

y gastaríamos bromas a las ballenitas

 

y visitaríamos a las ostras y las animaríamos…

 

¡Eso es lo que haríamos!

 

Si yo fuera una abeja

 

y tú fueras una abeja,

 

¿qué haríamos?

 

Buscaríamos un panal en un fresco bosquecillo

 

y lo llenaríamos con dulce miel de tomillo.

 

Y tú a mí y yo a ti, de comer nos daríamos…

 

¡Eso es lo que haríamos!

 

VALENTÍN

 

—¡Creo que es la más bonita de todas! —exclamó Clover.

 

—Pues yo no —repuso Elsie—. Yo creo que la más bonita es la mía.

 

Además, la de Cecy no trae ningún sello.



 

 

 

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Y la pequeña acarició el suyo, que no había soltado en ningún momento.

 

—Katy, tendrías que haber leído tú primero tu tarjeta, porque eres la mayor —dijo Clover.

—La mía no es gran cosa —aseguró Katy, y luego la leyó:

 

La rosa es roja, la violeta es azul,

 

el azúcar es dulce y dulce eres tú.

 

—¡Qué tarjeta más pobre! —exclamó Elsie, incrédula—. ¡Qué pena, Katy! Tú deberías haber recibido la mejor de todas.

 

Katy apenas podía contener la risa. Lo cierto era que había tardado tanto en escribir los versos para los demás que se había quedado sin tiempo de escribir una tarjeta para ella misma. Así que, como pensó que no tener ninguna levantaría sospechas, había garabateado esa vieja rima en el último momento.

—No es muy bonita —dijo, tratando de parecer lo más reflexiva posible—, pero no importa.

—¡Es una pena! —repitió Elsie mientras la acariciaba con fervor para intentar compensar aquella injusticia.

—¿No ha sido una tarde muy divertida? —dijo luego John.

 

Y Dorry contestó:

 

—¡Sí! Nunca nos lo pasábamos tan bien antes de que Katy estuviera enferma, ¿verdad?

Al oír a su hermanito, Katy sintió una mezcla de alegría y pesar. «Creo que ahora los niños me quieren más —se dijo—, pero ¿por qué no me comporté mejor con ellos cuando estaba sana y fuerte?».

No abrió el segundo sobre hasta que los demás se fueron a la cama. Supongo que alguien escribiría a la prima Helen y le hablaría de la fiesta de San Valentín, pues, en lugar de una carta normal, le había enviado unos versos escritos con su hermosa y clara caligrafía. No era una tarjeta de San Valentín, porque era demasiado solemne, como Katy le explicó a Clover al día siguiente.

—Pero es muchísimo más bonita que cualquier tarjeta de San Valentín

 

que se haya escrito nunca —añadió.

 

Y Clover estuvo de acuerdo.

 

Estos eran los versos:

 

EN LA ESCUELA



 

 

 

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Lugar alegre era mi antigua escuela,

 

donde enseñaban, por vez, Juventud y Travesura;

 

mas yo era alumna perezosa

 

que gustaba de jugar y no aprender

 

y quiso el Gran Maestro disponer

 

que a la Escuela del Dolor asistiera.

 

Estoy aún en clase de párvulos

 

con lecciones cortas y sencillas

 

y, aunque aprenden otras más duras que yo

 

los alumnos del curso superior,

 

se me hacen terribles las mías

 

y entre lágrimas estudio con Dolor.

 

Dos maestros hay en la escuela:

 

uno, de voz dulce y discreta,

 

que sonríe con agrado a sus pupilos

 

cuando pasa silencioso por su lado.

 

Su nombre es Amor; es muy honesto

 

y rehúye al profesor más funesto, Dolor.

 

O eso es lo que pienso a veces,

 

pues otras se encuentran

 

y tanto se parecen uno a otro

 

que me desconcierta decir cómo ocurre,

 

o por qué, este cambio que hace inútil

 

tratar de adivinar quién es quién: Amor o Dolor.

 

Me dicen que, si estudio mucho

 

y domino mis lecciones,

 

pasaré al curso superior,

 

donde el querido Amor enseña siempre.

 

Con la esperanza, pues, de alcanzar tal recompensa, me esfuerzo cada día para alejarme de Dolor.

 

Aunque a veces Dolor es amable y me ayuda

 

cuando estoy muy desanimada;

 

y a menudo le doy las gracias de corazón;

 

Amor es mucho más hermoso

 

y bajo su tierno y gentil reino

 

he de aprender más rápido que con Dolor.

 

Así pues, lo haré lo mejor que pueda,

 

ni reprenderé al reloj ni lo llamaré lento;

 

y cuando el Maestro me llame

 

para ver si estoy preparada,

 

puede que asista a la clase de Amor

 

y me despida de Dolor con un dulce adiós.



 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 11

 

Una nueva lección

 

 

 

 

asó mucho tiempo antes de que los niños dejasen de hablar y de reír recordando aquella tarde tan divertida. Dorry llegó a afirmar que ojalá hubiera un día de San Valentín cada semana.

 

Pero—¿No crees que san Valentín se cansaría de escribir versos? —le preguntó Katy.

 

ella también había disfrutado de la fiesta, y el alegre recuerdo la ayudó a pasar el resto del largo y frío invierno.

Aquel año la primavera se retrasó, pero el verano, cuando llegó, fue muy caluroso, y Katy lo acusó en gran medida. Ella no podía mover la silla de una ventana a otra para ir buscando la brisa como hacían otras personas. Los largos y sofocantes días la dejaban débil y agotada. Dejaba caer la cabeza y parecía marchitarse como las flores de los arriates. De hecho, ella estaba mucho peor que estas, pues Alexander regaba las flores todas las tardes, pero, en cambio, nadie podía llenar una regadera con aire fresco y echárselo a Katy por encima.

 

No era fácil mantener el buen humor en esas circunstancias y habría sido difícil culpar a Katy si en alguna ocasión hubiera olvidado su propósito y se hubiese mostrado enojada e irritable. A pesar de ello, no lo hizo; no con frecuencia. De vez en cuando tenía días malos, en los que se sentía desanimada y triste. Sin embargo, aquel largo año de aprendizaje le había enseñado a dominarse y, en general, soportaba su malestar con paciencia. No podía evitar, en cambio, estar cada vez más pálida y delgada, y su padre veía preocupado que, a medida que avanzaba el verano, parecía demasiado fatigada para leer, estudiar o coser y se pasaba las horas sentada, con las manos cruzadas sobre el regazo, mirando por la ventana con aire melancólico.

 

 

 

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El doctor Carr probó a llevarla a pasear en la calesa, pero el traqueteo del carro y los momentos de subirla y bajarla le provocaron tanto dolor que Katy le rogó que no volviera a pedirle que lo intentara. Así pues, no podían hacer otra cosa que esperar la llegada de un clima más suave. El verano se hizo larguísimo y todos los que querían a Katy se alegraron cuando terminó.

 

Al llegar septiembre, con sus noches y sus mañanas frescas, la brisa, el olor de los pinos y las colinas, todo pareció revivir y Katy también. Empezó a tejer y a leer. Poco después, reunió de nuevo sus libros de la escuela e intentó estudiar, como le había aconsejado la prima Helen. Tras tantas semanas ociosas, sin embargo, aquella parecía una tarea más ardua que nunca. Un día le pidió a su padre que la dejara tomar clases de francés.

 

—Se me está olvidando todo lo que sabía —le confesó— y Clover empezará este trimestre y no me gustaría que me adelantase tanto. ¿No crees que el señor Bergèr estaría dispuesto a venir a casa, papá? A veces lo hace.

—Creo que accederá si se lo pedimos —asintió el doctor Carr, contento de ver que Katy recobraba parte de su vitalidad.

Y así lo acordaron. El señor Bergèr iba dos veces por semana y se sentaba junto a su silla, corregía los ejercicios de Katy y practicaba con ella los verbos y la pronunciación. Era un hombrecillo francés muy resuelto y afable y sabía cómo hacer agradables las lecciones.

—Ahora le pones más empeño que antes, mademoiselle —le dijo un día—. Si sigues así, pronto serás mi mejor alumna. Y, si lesionarse la espalda hace que uno estudie, puede que otras jovencitas que conozco sacaran provecho si les sucediera lo mismo.

Katy se echó a reír. A pesar del señor Bergèr y sus clases, sin embargo, y a pesar de sus esfuerzos por mantenerse alegre y ocupada, aquel segundo invierno fue más duro que el primero. Es algo que les pasa a menudo a las personas enfermas. El propio padecimiento genera una especie de agitación que ayuda a sobrellevarlo al principio, pero, según pasan los meses, cuando la causa va quedando atrás y un día sigue a otro día y todos son iguales y tediosos, el valor tiende a flaquear y los ánimos a decaer. La primavera parecía quedar muy muy lejos cuando Katy pensaba en ello.

 

«Ojalá pasara algo», se decía a menudo. Y algo estaba a punto de pasar, pero poco podía ella imaginarse lo que iba a ser.



 

 

 

 

 

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—¡Katy! —dijo Clover al entrar en su habitación un día de noviembre—. ¿Sabes dónde está el alcanfor? A la tía Izzie le duele mucho la cabeza.

 

—No —repuso Katy—, no lo sé. ¡Ah! Espera, Clover; me parece que Debby vino a cogerlo el otro día. A lo mejor lo encuentras si buscas en su habitación.

«¡Qué raro! —pensó cuando Clover ya se había marchado—. Nunca he oído que a la tía Izzie le doliera la cabeza».

—¿Cómo está la tía Izzie? —le preguntó a su padre cuando este fue a verla a mediodía.

—Pues no lo sé. Tiene algo de fiebre y le duele bastante la cabeza. Le he dicho que se quede tumbada y que no intente levantarse esta tarde. Mary vendrá a desvestirte luego. No te importa, ¿verdad, querida?

—No… —contestó Katy a regañadientes. Pero sí que le importaba. La tía Izzie ya se había hecho a ella y a sus necesidades. Nadie la atendía tan bien.

—Es raro tener que explicarle a alguien cómo debe hacer hasta la cosa más insignificante —le comentó a Clover bastante irritada.

Aún más raro le pareció que pasara el día siguiente, y el siguiente, y otro más, y que la tía Izzie siguiera sin acudir a su lado. Uno no valora nunca lo que tiene hasta que lo pierde. Katy empezó a advertir por primera vez cuánto había aprendido a confiar en su tía. La echaba muchísimo en falta.

—¿Cuándo va a ponerse bien la tía Izzie? —le preguntó en otra ocasión a su padre—. La necesito de veras.

—Todos la necesitamos —contestó el doctor Carr, que parecía preocupado y nervioso.

—¿Está muy enferma? —quiso saber Katy, asustada por la expresión de su rostro.

—Bastante, me temo. Voy a contratar a una enfermera para que cuide de ella.

La afección de la tía Izzie resultó ser fiebre tifoidea. Los médicos dijeron que la casa tenía que estar tranquila y en silencio, de modo que a John, a Dorry y a Phil los enviaron con la señora Hall. Elsie y Clover también iban a marcharse, en principio, pero suplicaron tanto e hicieron tantas promesas de buen comportamiento que al final su padre les permitió quedarse. Las pobres criaturitas andaban por la casa de puntillas, tan



 

 

 

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silenciosas como ratones, hablaban en susurros y atendían a Katy, que habría estado muy sola sin ellas, pues todos los demás estaban pendientes de la tía Izzie.

 

Fueron tiempos de confusión y tristeza. Ninguna de las tres niñas entendía mucho sobre la enfermedad, pero el semblante serio de su padre y el silencio que reinaba en la casa pesaban en sus corazones y, además, echaban mucho de menos a sus hermanos.

—¡Caramba! —suspiró Elsie—. Ojalá la tía Izzie se dé prisa en ponerse bien.

—Seremos muy buenas con ella cuando lo haga, ¿vale? —dijo Clover—. Yo no volveré a dejar mis gomas en el perchero nunca más, porque no le gusta que lo haga. Y recogeré las bolas de croquet y las guardaré en su caja todas las noches.

—Sí —asintió Elsie—, yo también. Cuando se ponga bien.

 

A ninguna de las dos se les ocurrió en ningún momento que la tía Izzie podría no ponerse bien. Los niños tienden a creer que las personas mayores son tan grandes y fuertes que nada puede ocurrirles.

 

Katy estaba más preocupada, pero tampoco era consciente del verdadero peligro. Por eso fue una repentina y violenta conmoción para ella despertarse una mañana y ver a Mary llorando en silencio junto a su cama, tapándose los ojos con el delantal. ¡La tía Izzie había muerto esa noche!

Todos sus tiernos y afligidos pensamientos, sus buenos propósitos, su determinación de obedecerla y no causarle problemas… ¡llegaban demasiado tarde! Por primera vez, las tres niñas, que ahora lloraban y se abrazaban, se dieron cuenta de lo buena amiga que había sido la tía Izzie para ellas. Se olvidaron de sus exigencias. Solo podían recordar las muchas cosas buenas que había hecho por ellas desde que eran pequeñas. ¡Ojalá nunca la hubieran disgustado ni hubieran dicho cosas feas sobre ella! Pero ya no servía de nada lamentarse.

 

«¿Qué vamos a hacer sin la tía Izzie?», pensó Katy aquella noche sin dejar de llorar hasta que se quedó dormida. Y volvió a hacerse esa misma pregunta una y otra vez tras el funeral, así como cuando los niños regresaron de casa de la señora Hall y todo fue volviendo a la normalidad.

Durante unos días, apenas vio a su padre. Clover le dijo que parecía muy cansado y que casi no hablaba.

—¿Ha comido algo papá? —le preguntó Katy una tarde.



 

 

 

 

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—No mucho. Dijo que no tenía hambre. Y el chico de la señora Jackson ha venido a buscarlo antes de que terminásemos.

 

—¡Vaya! —suspiró Katy—. Espero que no caiga enfermo él también. ¡Cómo llueve! Clovy, voy a pedirte que bajes y cojas sus zapatillas y las pongas junto al fuego para que se calienten. ¡Ah, y pídele a Debby que haga tostadas con nata para el té! A papá le gustan las tostadas con nata.

Después del té, el doctor Carr subió a sentarse un rato en la habitación de Katy. Lo hacía a menudo, pero esa era la primera vez desde la muerte de la tía Izzie.

Katy observó su rostro con inquietud. Le parecía que había envejecido y tenía una expresión tan triste que se le partió el corazón al verle. Deseaba hacer algo por él, pero solo podía atizar el fuego y tomarle las manos con ternura. Aunque no era mucho, desde luego, creo que a su padre le gustó.

—¿Qué has hecho hoy? —le preguntó.

 

—No mucho —repuso Katy—. Esta mañana he estudiado mi lección de francés. Y, después de la escuela, Elsie y John han traído sus retales y hemos hecho una abeja. Nada más.

—He estado pensando en cómo vamos a arreglárnoslas para llevar la casa —dijo entonces el doctor Carr—. Por supuesto, tendremos que contratar a alguien para que venga y se haga cargo. Sin embargo, no es fácil encontrar a la persona adecuada. La señora Hall conoce a una mujer que podría hacerlo, pero ahora mismo está en el oeste y pasarán una semana o dos antes de que podamos saber algo de ella. ¿Crees que podrás seguir como estás unos días más?

 

—¡Pero papá! —exclamó Katy consternada—. ¿De verdad tenemos que contratar a alguien?

—Bueno, ¿qué creías que íbamos a hacer? Clover es demasiado joven para encargarse de dirigir una casa. Y, además, está la mayor parte del día en la escuela.

—No lo sé… No lo había pensado —admitió Katy con voz de perplejidad.

No obstante, luego lo pensó, durante toda la tarde y nada más levantarse por la mañana.

—Papá —le dijo cuando volvieron a estar a solas—, he estado pensando sobre lo que dijiste ayer, eso de contratar a alguien para que se encargue de dirigir la casa, ya sabes. Y me gustaría que no lo hicieras. Me



 

 

 

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gustaría que me dejaras intentarlo a mí. De verdad que creo que puedo hacerlo.

 

—Pero ¿cómo? —preguntó el doctor Carr muy sorprendido—. No veo la manera. Si estuvieras sana y fuerte, quizá… pero, aun así, eres muy joven para una responsabilidad como esa, Katy.

—Dentro de dos semanas cumplo catorce años —replicó Katy al tiempo que se ponía tan recta como podía sobre la silla—. Y si estuviera bien, papá, estaría yendo a la escuela y entonces sí que no podría hacerlo. No, voy a contarte mi plan. He estado todo el día pensando en ello. Debby y Bridget llevan tanto tiempo con nosotros que saben perfectamente cómo quería la tía Izzie que se hicieran las cosas y son tan diligentes que solo necesitan una pequeña orientación de vez en cuando. Pues bien, ¿por qué no pueden subir a preguntarme cuando necesiten algo igual que bajaría yo a decírselo? Clover y nuestra querida Mary estarán atentas por si algo va mal. Y a ti no te importará que al principio no sea todo perfecto, ¿verdad? Porque estaré siempre aprendiendo. ¡Déjame intentarlo! Será agradable tener algo en lo que pensar mientras estoy aquí sola, y mucho mejor que ver a una persona extraña en la casa que no conoce a los niños ni nada. Estoy segura de que ello me animará. Por favor, di que sí, papá, ¡por favor!

 

—Es demasiado para ti; demasiado —protestó el doctor Carr.

 

Sin embargo, no era fácil resistirse a los «¡Por favor, por favor!» de Katy y, después de un rato, acabó por acceder.

—Está bien, querida, puedes intentarlo, aunque no estoy convencido de cómo saldrá el experimento. Le diré a la señora Hall que aplace el envío de esa carta a Wisconsin durante un mes y luego ya veremos.

 

«Pobre chiquilla, lo que sea por que deje un tiempo de pensar en su

 

estado —murmuró para sí mientras bajaba las escaleras—. Cuando pase el mes, estará deseando dejarlo».

Pero el doctor Carr se equivocaba. Un mes después, Katy estaba impaciente por continuar, de modo que el doctor Carr se dijo: «Muy bien, puede intentarlo hasta la primavera».

No fue tan duro como pueda parecer. Para empezar, Katy tenía mucho tiempo para pensar con tranquilidad. Los niños se pasaban el día en la escuela y no había mucha gente que subiera a interrumpirla, de modo que podía planificar la jornada detalladamente y atenerse a lo que había dispuesto. Esto es de gran ayuda para dirigir una casa.



 

 

 

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Además, los sirvientes conocían tan bien las regulares y precisas costumbres de la tía Izzie que casi parecía que la casa funcionaba sola. Como había dicho Katy, lo único que Debby y Bridget necesitaban era una pequeña «orientación» de vez en cuando.

 

Tan pronto como terminaba el desayuno y lavaban y guardaban la vajilla, Debby se ponía un delantal limpio y subía a recibir instrucciones. Al principio, a Katy le parecía muy divertido. Después de dar órdenes para la comida un montón de veces, sin embargo, se le empezó a hacer pesado. Nunca veía los platos cuando los cocinaban y, como no tenía experiencia, parecía imposible pensar en suficientes cosas para darles variedad.

—A ver… Está la ternera asada, la pierna de cordero, el pollo hervido

 

—decía mientras contaba con los dedos—. Ternera asada, pierna de cordero, pollo hervido… Debby, a lo mejor podrías asar el pollo. ¡Caramba! ¡Ojalá alguien inventara un animal nuevo! ¡No sé dónde han ido a parar todas las cosas que se pueden comer!

Luego, Katy hizo que le trajeran todos los libros de recetas que hubiera en la casa y los estudió durante horas, hasta que se le quitó el apetito como si se hubiera tragado veinte platos. La pobre Debby acabó por tener pavor a aquellos libros. Se quedaba de pie junto a la puerta, con su afable cara sonrojada contraída en una mueca, mientras Katy leía en voz alta alguna elaboración imposible.

—Esto parece delicioso, Debby; me gustaría que intentaras hacerlo: «Un kilo de ostras, medio litro de caldo de carne, dieciséis galletas de soda, el zumo de dos limones, cuatro clavos, un vaso de vino blanco, una ramita de mejorana, una ramita de tomillo, una ramita de laurel, una chalota en…».

—Disculpe, señorita Katy, ¿qué es eso?

 

—¿No lo sabes, Debby? Debe de ser algo bastante común porque está en casi todas las recetas.

—No, señorita Katy, nunca lo había oído. ¡La señorita Carr jamás me dio ningún achalota para cocinar!

—¡Vaya, hombre, qué fastidio! —exclamaba Katy entonces, pasando las hojas del libro—. Pues tendremos que probar con otra cosa.

¡Pobre Debby! De no haber sentido tanto afecto por Katy, creo que habría acabado con su paciencia. A pesar de todo, soportaba estas pruebas con docilidad, salvo por alguna que otra queja cuando estaba a solas con Bridget. El doctor Carr tuvo que comer multitud de cosas extrañas en esos



 

 

 

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días, pero no le importó, y, en cuanto a los niños, estaban encantados. La hora del almuerzo se convirtió en algo emocionante, cuando nadie podía decir con exactitud de qué estaba hecho ninguno de los platos que había sobre la mesa. Dorry, que era una especie de doctor Livingstone en lo que se refería a alimentos exóticos, solía probarlo el primero y, si decía que estaba bueno, los demás le seguían.

 

Después de un tiempo, Katy fue aprendiendo. Dejó de atosigar a Debby para que probase a preparar cosas nuevas, y la familia Carr volvió a la sencillez de los asados y los hervidos, para alivio de todos los implicados. Pero entonces empezó otra serie de experimentos. Katy se hizo con un libro sobre el estómago y se apoderó de ella el furor por la comida sana. Rogaba a Clover y a los demás que dejaran de tomar azúcar, mantequilla, salsa de carne, cremas dulces, bizcochos de alforfón, tartas y casi todo lo que más les gustaba. El arroz hervido le parecía el postre más prudente y tuvo a toda la familia comiéndolo hasta que al fin John y Dorry empezaron a rebelarse y el doctor Carr se vio obligado a intervenir.

 

—Querida, creo que estás exagerando —le dijo cuando Katy abrió el libro dispuesta a explicarle su punto de vista—. Me alegro de que los niños coman cosas sencillas, pero, de veras, arroz hervido cinco veces a la semana es demasiado.

Katy dio un hondo suspiro, pero claudicó. Más tarde, cuando llegó la primavera, tuvo un acceso de angustia exacerbada y no hacía más que enviar a Clover abajo a preguntarle a Debby si no se le estaba quemando el pan o si estaba segura de que los encurtidos no estaban fermentando en los frascos. También apremiaba a los niños para que se pusieran los chanclos y para que no se quitaran los abrigos y, en general, se comportaba como si llevara todo el peso del mundo sobre sus hombros.

Todo aquello, sin embargo, no era más que la torpeza natural de cualquier principiante. Katy se lo tomaba demasiado en serio como para no mejorar. Mes a mes, aprendía cómo hacer las cosas un poco mejor y luego aún un poco mejor. Cada vez había menos tropiezos. Sus obligaciones dejaron de angustiarla. El doctor Carr, al ver la creciente alegría en su rostro y en su actitud, creyó que el experimento había sido un éxito. Nada más se dijo sobre contratar a otra persona y Katy, sentada en el piso de arriba sobre su gran silla, cogió con firmeza las riendas de la casa.



 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 12

 

Dos años después

 

 

 

 

ra una agradable mañana de principios de junio. Una brisa cálida hacía susurrar las ramas de los árboles, que estaban cubiertas de una espesa capa de hojas a medio abrir y parecían fuentes de

 

Ebrotesverdes lanzados al viento. La puerta principal de la casa del doctor Carr estaba abierta. De la ventana de la sala llegaba la melodía de unos ejercicios de piano y, en los escalones de la entrada, bajo las rosas incipientes, estaba sentada una pequeña figura enfrascada en su costura.

 

Era Clover, la pequeña Clover aún, aunque habían pasado más de dos años desde la última vez que la vimos y ya había cumplido los catorce. Clover nunca estuvo destinada a ser alta. Sus ojos seguían siendo tan azules y dulces como siempre y sus mejillas igual de sonrosadas que la flor del manzano. Las trenzas castañas, sin embargo, las llevaba ahora recogidas en un rodete, y su rostro infantil había adquirido un aire más femenino. Su querida Mary afirmaba que la señorita Clover se estaba convirtiendo en una adorable jovencita, cosa de la que la señorita Clover era muy consciente y por la que se sentía sumamente complacida. Le encantaba recogerse el pelo y era muy puntillosa cuando se trataba de que no le dejaran el bajo de los vestidos por encima de las botas. También había dejado de utilizar volantes y en lugar de ello llevaba cuellos ajustados y puños que se abrochaba con gemelos. Estos gemelos, que eran un regalo de la prima Helen, eran su objeto más preciado. El doctor Carr decía que estaba seguro de que dormía con ellos puestos y, aunque se trataba obviamente de una broma, desde luego nunca se la veía sin ellos durante el día. Con frecuencia, mientras cosía, contemplaba sus queridos gemelos y de vez en cuando dejaba a un lado su labor para colocárselos bien o para acariciarlos con la yema del dedo índice.

 

 

 

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Enseguida se abrió la cancela lateral del jardín y Philly apareció rodeando la esquina de la casa. Había crecido mucho. Llevaba el pelo corto, ya sin sus preciosos rizos de bebé, y los faldones habían dejado paso a pantalones y chaqueta. Llevaba algo en la mano, pero Clover no pudo ver qué era.

 

—¿Qué es eso? —le preguntó cuando llegó a su altura.

 

—Voy a subir a preguntarle a Katy si ya están maduras —contestó Phil al tiempo que le mostraba un puñado de grosellas apenas veteadas de rojo.

—¡Pues claro que no están maduras! —exclamó Clover, que cogió una y se la metió en la boca—. ¿No lo notas por el sabor? Más verdes no pueden estar.

—Me da igual. Si Katy dice que están maduras, me las comeré

 

—repuso Phil con gesto desafiante antes de entrar en casa.

 

—¿Qué quería Philly? —le preguntó luego Elsie, que había abierto la puerta de la sala justo cuando Phil subía las escaleras.

—Saber si las grosellas están bastante maduras para comérselas. —¡Qué quisquilloso se ha vuelto ahora con preguntarlo todo! —dijo

 

Elsie—. Teme que le den otra dosis de sales.

 

—¡No me extraña! —exclamó Clover entre risas—. Johnnie dice que nunca había estado tan asustada como cuando papá los llamó y lo vieron allí de pie, con la botella en una mano y una cuchara en la otra.

 

—Sí —continuó Elsie—. Y Dorry aguantó un buen rato sin tragárselo, ¡hasta que pudo dar la vuelta a la casa y lo escupió! Papá dijo que estuvo a punto de hacerle tomar otra cucharada, pero que después de todo era el que más tiempo había tenido el mal sabor en la boca y por eso no lo hizo. Fue un castigo terrible, ¿no crees?

—Sí, pero funcionó porque ninguno ha vuelto a tocar las grosellas verdes desde entonces. ¿Ya has terminado de practicar? No parece que haya pasado una hora todavía.

—Y no ha pasado; solo veinticinco minutos. Pero Katy me ha dicho que no esté sentada más de media hora seguida sin levantarme y dar un paseo para descansar. Voy a ir hasta la cancela de la calle y a volver dos veces. Se lo he prometido.

De modo que Elsie se fue, dando enérgicas palmadas adelante y atrás según caminaba.

—¿Qué hace Bridget en la habitación de papá? —preguntó cuando volvió la segunda vez—. Está sacudiendo algo por la ventana. ¿Están



 

 

 

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limpiando arriba? Creí que hoy iban a arreglar el comedor.

 

—Están haciendo las dos cosas. Katy ha dicho que era una buena oportunidad, ahora que papá no está, para levantar las dos alfombras de una sola vez. Hoy no vamos a comer más que pan con mantequilla, leche y fiambre de jamón, arriba, en la habitación de Katy, porque Debby también está ayudando para terminar pronto y ahorrarle a papá todo el alboroto. Y,

 

mira —añadió mostrándole su labor—, Katy está haciendo una funda nueva para el almohadón de papá y yo estoy cosiendo el dobladillo de volantes.

—¡Qué bien se te da! —se admiró Elsie—. Ojalá yo también tuviera algo para la habitación de papá. Están mis tapetes para el lavamanos, pero el de la jabonera aún no lo he terminado. ¿Crees que, si Katy me perdona el resto de mis ejercicios de piano, me daría tiempo a acabarlo? Voy a subir a preguntárselo.

—¡Esa es su campanilla! —dijo Clover al oír un tintineo en el piso de arriba—. Se lo preguntaré yo, si quieres.

—No, ya subo yo. Voy a ver qué necesita.

 

Pero Clover ya estaba a medio camino del vestíbulo y las dos muchachitas subieron juntas. A menudo había pequeñas disputas entre ellas respecto a quién debía acudir a la llamada de Katy. Las dos estaban deseando atenderla.

Katy se adelantó a recibirlas cuando llegaron. No andando, claro, pues eso aún no era más que una remota posibilidad futura, sino en una silla con grandes ruedas que utilizaba para moverse por la habitación. Aquella silla era un enorme consuelo para ella. Ahora podía ir a su armario y a la cómoda y coger lo que necesitara sin molestar a nadie. No había podido utilizarla hasta hacía poco tiempo. El doctor Carr creía que era un signo de esperanza, pero no se lo dijo a Katy. Por fin se había acostumbrado a su vida de inválida y era feliz así, y su padre pensó que no era prudente inquietarla con esperanzas que, después de todo, podían acabar en una nueva decepción.

Recibió a sus hermanas con una alegre sonrisa.

 

—Clovy, era a ti a quien quería llamar. Me preocupa que Bridget ande toqueteando las cosas de la mesa de papá. Ya sabes que no le gusta que se las cambien de sitio. ¿Podrías ir y recordarle, por favor, que no mueva nada? Cuando vuelvan a colocar la alfombra, me gustaría que fueras tú a



 

 

 

 

 

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limpiar el polvo de la mesa, para asegurarte de que todo queda en su sitio. ¿Lo harás?

 

—¡Por supuesto! —asintió Clover, que era un ama de casa nata y le encantaba actuar como mano derecha de Katy—. ¿Quieres que te traiga el almohadón también, ya que voy?

—¡Ay, sí, por favor! Tengo que medirlo.

 

—Katy —dijo Elsie entonces—, ya casi he terminado esos tapetes que estaba haciendo y me gustaría acabarlos y ponerlos en el lavamanos de papá antes de que vuelva. ¿Podría dejar de practicar con el piano y subir aquí contigo a coser un rato?

—¿Te quedará tiempo suficiente, si lo haces, para aprender el nuevo ejercicio antes de que venga la señorita Phillips?

—Creo que sí, de sobra. No viene hasta el viernes.

 

—Bueno, en ese caso supongo que puedes. Pero Elsie, querida, ve primero a la habitación de papá y tráeme el cajón de su mesa. Quiero ordenarlo yo misma.

Elsie se fue contenta. Cuando volvió, dejó el cajón en el regazo de Katy y esta empezó a limpiar y a ordenar lo que había dentro. No mucho después, Clover se reunió de nuevo con ellas.

—Aquí tienes el almohadón —dijo—. Ahora podemos pasar un rato tranquilas aquí las tres, ¿verdad? Me gustan estos días en que nadie viene a interrumpirnos.

Mientras hablaba, alguien llamó a la puerta.

 

—Adelante —dijo Katy alzando la voz.

 

Y entró un joven alto, de anchas espaldas, con expresión seria y prudente. Llevaba un pequeño reloj sujeto con delicadeza entre ambas manos. Era Dorry. Había crecido mucho desde la última vez que lo vimos y resultó ser muy inteligente en varios sentidos. Entre otras cosas, había desarrollado una gran afición por la mecánica.

—Aquí tienes el reloj, Katy —le dijo—. Lo he arreglado para que suene a las horas. Solo has de tener cuidado para no tocar el martillo cuando acciones el péndulo.

—¿De verdad lo has arreglado? —exclamó Katy—. ¡Caramba, Dorry, eres un genio! Te estoy muy agradecida.

—Quedan cuatro minutos para las once —continuó Dorry—, así que tiene que sonar muy pronto. Creo que será mejor que me quede y lo oiga,

para asegurarme de que todo está bien. —Pero luego añadió, con



 

 

 

 

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cortesía—: A menos que estés muy ocupada, claro, y prefieras que no lo haga.

 

—Nunca estoy demasiado ocupada para ti, amiguito —le dijo Katy acariciándole el brazo—. Toma, este cajón ya está ordenado. ¿Podrías llevarlo a la habitación de papá y volver a meterlo en la mesa? Tú tienes más fuerza en las manos que Elsie.

Dorry parecía complacido. Cuando volvió, el reloj estaba empezando a sonar.

—¡Ya lo veis! —exclamó—. Es fantástico, ¿verdad?

 

¡Pero, ay, caramba! El reloj no se paró en la undécima campanada. Siguió tocando: doce, trece, catorce, quince, ¡dieciséis!

—¡Madre mía! —dijo Clover—. ¿Por qué hace eso? Debe de ser ya pasado mañana, por lo menos.

Dorry se quedó mirando el reloj con la boca abierta mientras este seguía sonando como si fuera a partirse en dos. Elsie, riendo a carcajadas, llevaba la cuenta.

—¡Treinta, treinta y uno…! ¡Ay, Dorry! ¡Treinta y dos! ¡Treinta y tres!

 

¡Treinta y cuatro!

 

—¡Lo has hechizado, Dorry! —exclamó Katy, que se divertía tanto como las otras dos.

Luego empezaron todas a contar. Dorry cogió el reloj, lo zarandeó, lo golpeó, lo puso bocabajo… pero las agudas y vibrantes campanadas seguían como si el reloj hubiera cobrado viva propia y pretendiera continuar hasta el agotamiento. Por fin, en la campanada ciento treinta, paró de pronto y Dorry, perplejo y con la cara roja, miró a sus hermanas, que no paraban de reír.

—Es muy raro —les dijo—, pero estoy convencido de que no ha sido por nada que haya hecho yo. Seguro que lo puedo arreglar si me dejas volver a intentarlo. ¿Puedo, Katy? Te prometo que no lo romperé.

 

Katy vaciló un momento. Clover le tiró de la manga y le susurró que no lo hiciera. Luego, al ver la vergüenza reflejada en el rostro de Dorry, tomó una decisión.

—¡Sí! Llévatelo, Dorry. Estoy segura de que tendrás cuidado. Pero, si estuviera en tu lugar, yo lo llevaría primero al taller de Wetherell y lo consultaría con ellos. Sin duda, juntos daréis con lo que le pasa. ¿No te parece?

—Quizá —repuso Dorry—. Sí, creo que iré.



 

 

 

 

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Y luego se fue con el reloj bajo el brazo, mientras Clover le gritaba en tono de broma:

 

—¡La comida es a las 132 en punto, no lo olvides!

 

—¡No lo olvidaré! —contestó Dorry.

 

Dos años antes no habría soportado con tan buen humor que se rieran así de él.

—¿Cómo has podido dejar que se lleve otra vez el reloj? —dijo Clover tan pronto como se cerró la puerta—. Lo echará a perder. Y tú piensas lo mismo.

—He creído que se sentiría avergonzado si no le dejaba intentarlo

 

—replicó Katy con tranquilidad—. Y no creo que vaya a romperlo. El relojero de Wetherell lo aprecia y le enseñará lo que tiene que hacer para arreglarlo.

—Has sido muy buena —observó Clover—; creo que yo no hubiera podido hacerlo.

En ese momento la puerta volvió a abrirse y Johnnie entró a toda prisa, más alta después de dos años, pero, por lo demás, con el mismo aspecto de siempre.

—¡Katy! —dijo resollando—. Por favor, ¿no puedes decirle a Philly que no lave a los pollitos en la alberca? Ya ha metido a todos los de Pintitas y está empezando con los de Dama Durden. Creo que uno de los amarillitos ya está muerto…

—¡Caramba, no puede…! ¡Por supuesto que no debe hacer eso!

 

—exclamó Katy—. ¿De dónde ha sacado esa idea?

 

—¡Dice que están sucios porque acaban de salir del cascarón! Está empeñado en que lo amarillo es yema de huevo. Le he dicho que no lo era, pero no me hace caso.

Johnnie no dejaba de retorcerse las manos.

 

—¡Clover! —dijo Katy—. Ve abajo y dile a Philly que venga a verme. ¡Pero sé amable!

—Yo he sido amable… muy amable, pero no me ha servido de nada

 

—repuso Johnnie, a la que los daños a los pollitos le habían causado sin duda una honda impresión.

—¡Menudo diablillo está hecho este Phil! —comentó Elsie—. Papá dice que tendría que haberse llamado «Veneno».

—Hay algunos venenos muy dulces, ¿sabes? —repuso Katy entre risas.



 

 

 

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Poco después llegó Philly, escoltado por Clover. Tenía una expresión algo desafiante, pero Katy sabía cómo manejarlo. Se lo subió a las rodillas, cosa que, aunque ya era un niño muy grande, le encantaba, y le habló con tanto afecto sobre los pobres y temblorosos pollitos que le ablandó el corazón.

 

—Yo no quería hacerles daño; de verdad que no —dijo—, pero estaban muy sucios y amarillos… manchados de huevo, ¿sabes? Y pensé que te gustaría que los limpiara.

—Pero eso no es huevo, Philly. Son sus plumitas de bebé, como las de las alas de un canario.

—¿Ah, sí?

 

—Sí. Y ahora los pollitos tienen tanto frío y están tan asustados como lo estarías tú si te cayeras a un estanque y luego nadie te diera ropa seca. ¿No crees que deberías ir a calentarlos?

—¿Cómo?

 

—Pues… en tus manos, con mucho cuidado. Y luego yo dejaría que correteasen al sol.

—¡Vale! —accedió Philly al tiempo que se bajaba de su regazo—. Pero dame un beso antes, ¡porque no lo he hecho a propósito!

Philly quería mucho a Katy. La señorita Petingill decía que era una maravilla ver cómo ese niño se dejaba gobernar. Mas yo creo que el secreto era que Katy no lo «gobernaba», sino que intentaba ser siempre amable, cariñosa y considerada con los sentimientos de Phil.

Antes de que el eco de las pisadas de Phil en las escaleras se hubiera desvanecido, la buena de Mary asomó la cabeza por la puerta. Tenía una expresión algo angustiada.

—Señorita Katy —le dijo—, quisiera pedirle que hablara con Alexander sobre la necesidad de ordenar la leñera. No creo que se haga usted una idea de lo mal que está.

—Supongo que no —repuso Katy con una sonrisa y, después, un suspiro. No había vuelto a ver la leñera desde el día que se cayó del columpio—. Tranquila, Mary; hablaré con Alexander y la dejará impecable.

Mary bajó trotando las escaleras, satisfecha. Unos minutos después, sin embargo, volvió a subir.

—Ha venido un hombre con una caja de jabón, señorita Katy. Aquí tiene el recibo. Dice que está pagado.



 

 

 

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Katy tardó unos momentos en encontrar su portamonedas y luego quiso sacar su lápiz y su libro de cuentas y Elsie tuvo que moverse de su sitio junto a la mesa.

 

—¡Caramba! —exclamó esta última—. A ver si deja de venir gente a interrumpirnos. ¿Quién será el próximo?

No tuvo que preguntárselo por mucho tiempo. Casi al tiempo que lo decía, llamaron de nuevo a la puerta.

—¡Adelante! —dijo Katy con cierto desaliento.

 

La puerta se abrió.

 

—¿Puedo pasar? —preguntó una voz.

 

Luego se oyó el frufrú de una falda y el taconeo de unas botas e

 

Imogen Clark entró con aire majestuoso en la habitación. Al principio,

 

Katy no la reconoció. Llevaba sin ver a Imogen casi dos años.

 

—La puerta principal estaba abierta —se excusó esta con su voz aguda—, como parece que nadie me ha oído al tocar la campana, me he atrevido a subir directamente. Espero no interrumpir nada privado.

—En absoluto —le dijo Katy muy cortés—. Elsie, querida, acerca esa silla, por favor. ¡Siéntate, Imogen! Siento que nadie haya respondido a tu llamada, pero hoy los sirvientes están limpiando la casa y supongo que no la habrán oído.

Y así, Imogen se sentó y empezó a parlotear, como era habitual en ella, mientras Elsie, detrás de la silla de Katy, escudriñaba su vestido. Era de tela barata, pero estaba muy bien cosido y adornado, con volantes y mangas filipinas, y la joven llevaba un collar de azabache y largos pendientes negros que tintineaban y chasqueaban cada vez que movía la cabeza. Aún tenía aquellos pequeños bucles pegados a las mejillas y Elsie se preguntó de nuevo qué haría para que no se le movieran.

Poco después, salió a la luz el motivo de su visita. Había pasado para despedirse. La familia Clark se volvía a vivir a Jacksonville.

—¿Volviste a ver al bandolero? —le preguntó Clover, que no había olvidado aquel ajetreado relato que les contó en la sala.

—Sí —repuso Imogen—, varias veces. Y me escribe con bastante frecuencia. Unas cartas preciosas. Ojalá llevara alguna encima para poder leeros un poquito. Sé que os encantaría. Un momento… quizá sí tenga una.

Y se metió la mano en el bolsillo. En efecto, llevaba una carta. Clover no pudo evitar sospechar que Imogen lo tuviera preparado desde el



 

 

 

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principio.

 

El bandolero parecía tener una letra gruesa y marcada, y el papel y el sobre eran como los de cualquier otra persona. Tal vez su cuadrilla hubiera asaltado a un buhonero con artículos de escritorio.

—A ver… —dijo Imogen ojeando la página—. «Adorada Imogen…» (esto no va a interesaros… Hmm, hmm, hmm… ¡Ah, aquí!). «En Navidad cené en la Casa de Piedra. Estaba muy solitaria sin ti. Había pavo asado, ganso asado, ternera asada, pastel de frutas, pudin de ciruelas, nueces y pasas. Una cena bastante grata, ¿verdad? Pero nada puede saber exquisito cuando los amigos están lejos».

 

Katy y Clover se quedaron mirándola fijamente. ¡Cómo no hacerlo!

 

¡Vaya lenguaje para un bandolero!

 

—«John Billings ha comprado un caballo nuevo…» —continuó leyendo Imogen—. Hmm, hmm, hmm… «para él». No creo que haya nada más que pueda interesaros. ¡Ah, sí! Aquí, justo al final, escribe unos versos: «Ven, pequeña paloma de alas celestes / y anida en mi pecho». Es muy bonito, ¿no os parece?

—¿Se ha reformado? —preguntó Clover—. Escribe como si lo hubiera hecho.

—¡Reformado! —exclamó Imogen, y los tintineantes pendientitos dieron una pequeña sacudida—. ¡Siempre ha sido de lo más decente!

No había respuesta posible para aquello. Katy advirtió que se le crispaban los labios y, por temor a echarse a reír y ser grosera, empezó a hablar tan rápido como pudo sobre otra cosa. Al mismo tiempo, se sorprendió a sí misma tomándole la medida a Imogen y pensando: «¿De verdad alguna vez me resultó simpática? ¡Qué extraño! Vaya, ¡papá sí que es un hombre sabio!».

Imogen se quedó media hora y luego se marchó.

 

—¡No te ha preguntado en ningún momento cómo estabas! —exclamó Elsie indignada—. He estado atenta y no lo ha hecho, ni una sola vez.

—Bueno, supongo que se le habrá olvidado. Estábamos hablando de

 

ella, no de mí —repuso Katy.

 

El grupito retomó su labor. Esta vez pasó media hora hasta que las volvieron a interrumpir. Entonces sonó la campana de la puerta y luego Bridget subió con cara de preocupación.

—Señorita Katy —dijo—, es la señora Worrett y creo que ha venido a pasar el día porque trae su bolsa. ¿Qué debo decirle?



 

 

 

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Katy parecía consternada.

 

—¡Vaya! —exclamó—. Qué mala suerte. ¿Qué podemos hacer?

 

La señora Worrett era una vieja amiga de la tía Izzie que vivía en el campo, a unos diez kilómetros de Burnet, y tenía la costumbre de quedarse a comer en casa del doctor Carr los días que iba al pueblo a comprar o a hacer algún recado. Esto no ocurría con frecuencia y, de hecho, Katy no había tenido que recibirla nunca.

—¿Le digo que está ocupada y que no puede verla? —sugirió Bridget—. No tenemos comida preparada ni nada.

La Katy de hace dos años probablemente se habría inclinado con gusto por esa idea. Pero la Katy de hoy era más considerada.

—No —reflexionó—, no quiero hacer eso. Debemos sacar lo mejor de la situación, Bridget. Clover, querida, sé una buena chica y baja a decirle a la señora Worrett que el comedor hoy está patas arriba, pero que vamos a almorzar aquí y que, cuando haya descansado, estaré encantada de que suba a acompañarnos. ¡Ah, Clovy! Y antes de nada dale un abanico. Tendrá mucho calor. Bridget, puedes subir el almuerzo como habíamos previsto, pero saca también algunos melocotones en conserva, a modo de postre, y prepara una taza de té para la señora Worrett. Creo que siempre bebe té. No puedo despachar a la pobre mujer cuando ha venido desde tan lejos —le explicó a Elsie cuando las otras se fueron—. Pon la mecedora un poco más hacia acá, Elsie. ¡Ah! Y aparta esas sillas pequeñas hacia la pared. La señora Worrett se cayó de una de ellas la última vez que estuvo aquí, ¿no te acuerdas?

 

La señora Worrett tardó un tiempo en refrescarse, así que pasaron casi veinte minutos antes de que unos chirriantes y pesados pasos en las escaleras anunciaran que la invitada estaba subiendo. Elsie empezó a reírse por lo bajo. La señora Worrett siempre le provocaba esa risita tonta. A Katy le dio tiempo de lanzarle una mirada de advertencia justo antes de que se abriese la puerta.

La señora Worrett era la persona más inmensamente gorda que habían visto. Nadie se atrevía a conjeturar lo que pesaba, pero daba la impresión de que podían ser quinientos kilos. Tenía la cara muy roja. Cuando hacía frío, se la veía acalorada, los días templados parecía que iba a derretirse. Las cintas de su sombrero se agitaban sueltas según entraba abanicándose en la habitación, que temblaba bajo sus pasos.



 

 

 

 

 

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—Bueno, querida —dijo al tiempo que se dejaba caer pesadamente sobre la mecedora—, ¿cómo estás?

 

—Muy bien, gracias —contestó Katy, pensando que nunca había visto a la señora Worrett ni la mitad de gorda que ahora y preguntándose cómo iba a entretenerla.

—¿Y cómo está tu padre? —preguntó esta.

 

Katy respondió con cortesía y luego se interesó por la salud de su invitada.

—Pues, hoy, mareada de dar vueltas como una peonza. —Fue su respuesta, lo cual hizo que a Elsie le diera un ataque de risa detrás de la

silla de Katy—. Debía atender unos asuntos en el banco —continuó la visita— y había pensado que, ya que me acercaba, podía pasarme a preguntarle a la señorita Petingill si querría ir a casa para agrandarme un poco mi vestido de seda negra. Me lo hicieron hace mucho tiempo y he debido de ensanchar un poco desde entonces, porque no soy capaz de abrochármelo. Pero, cuando he llegado, resulta que no estaba, así que me he dado el paseo para nada. ¿Tú sabes dónde cose ahora?

 

—No —dijo Katy, que notaba cómo se sacudía su silla y tenía que esforzarse por mantener la compostura—. Pasó aquí tres días la semana pasada para hacerle a Johnnie un vestido nuevo para la escuela, pero no sé nada de ella desde entonces. Elsie, ¿podrías bajar y pedirle a Bridget que traiga un… un vaso de agua fría para la señora Worrett? Parece acalorada después del paseo.

Elsie, muerta de vergüenza, salió como un rayo de la habitación y se escondió en el armario del pasillo para desahogarse riéndose. Volvió al cabo de un rato, totalmente seria. Luego subieron el almuerzo. La señora Worrett comió bien y pareció disfrutar de todo. ¡Estaba tan a gusto que no se movió de allí hasta las cuatro! ¡Qué larga se les hizo la tarde a las pobres niñas, allí sentadas intentando pensar en algo que decirle a su enorme invitada!

Al fin, la señora Worrett se levantó de su asiento y se preparó para marcharse.

—Bueno —dijo mientras se ataba las cintas del sombrero—, he descansado bastante y me encuentro mucho mejor. ¿No querría alguna de vosotras, jovencitas, venir a visitarme un día de estos? Me encantaría recibiros si os apetece. No todas las muchachas de tu edad sabrían cómo atender a una vieja oronda como yo y hacerla sentir como en casa, como lo



 

 

 

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has hecho tú conmigo, Katy. Ojalá tu tía pudiese verte ahora mismo. Sé que estaría muy orgullosa de ti.

 

Por alguna razón, esta última frase se quedó resonando de forma muy grata en los oídos de Katy.

—¡Vamos! No os riais de ella —les dijo a los niños por la noche cuando subieron a sentarse un rato en su habitación después de haber cenado en el comedor, ya limpio y fresco, y Cecy, ataviada con un bonito vestido de linón rosa y un chal blanco, fue a pasar una o dos horas con ellos—. Es una mujer muy agradable y no me gusta que hagáis eso. No es culpa suya estar tan gorda. Y sabéis que la tía Izzie la apreciaba mucho. Lo menos que podemos hacer por la tía es prestarle un poco de atención a una de sus amigas. Cuando ha llegado no me ha hecho mucha gracia, pero ahora me alegro.

—Se siente uno bien cuando cesa el dolor —observó Elsie con malicia mientras Cecy hablaba con Clover en susurros.

—Qué buena es Katy, ¿verdad?

 

—¡Desde luego! —repuso Clover—. Ojalá yo fuera la mitad de buena que ella. A veces pienso que será una lástima si alguna vez se recupera. Es tan cariñosa con todos nosotros, ahí sentada en su silla, que no creo que fuese lo mismo si estuviera en cualquier otro sitio. Pero sé que es un pensamiento horrible por mi parte. Y no creo que fuera diferente o que se volviese desagradable y antipática, como algunas chicas, ni siquiera aunque estuviese bien.

—¡Por supuesto que no! —contestó Cecy.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 13

 

Por fin

 

 

 

 

ue unas seis semanas después de aquello cuando, un día, Clover y Elsie estaban abajo ocupadas con sus cosas y de pronto se sobresaltaron por el repentino e insistente tintineo de la campanilla

 

FdeKaty. Las dos subieron corriendo las escaleras para ver lo que quería. Katy estaba sentada en su silla, pero parecía sofocada y nerviosa. —¡Chicas! —exclamó—. ¿Os lo podéis creer? ¡Me he levantado! —¿Qué? —gritaron Clover y Elsie.

 

—¡De verdad que sí! ¡Me he puesto de pie! ¡Yo sola!

 

Las otras estaban demasiado asombradas para hablar, de modo que Katy siguió explicándose.

—Ha sido de repente. De pronto, he tenido la sensación de que, si lo intentaba, podría hacerlo, y casi antes de darme cuenta he probado y ahí estaba, de pie al lado de la silla. ¡Aunque no me he soltado del brazo en ningún momento! No sé cómo he vuelto a sentarme. Estaba muy asustada. ¡Ay, niñas!

Entonces Katy hundió el rostro entre las manos.

 

—¿Creéis que podré volver a hacerlo? —les preguntó luego, alzando los ojos llenos de lágrimas.

—¡Pues claro que sí! —dijo Clover.

 

Mientras, Elsie daba vueltas de un lado a otro, gritando nerviosa:

 

—¡Ten cuidado! ¡Ten mucho cuidado!

 

Katy volvió a intentarlo, pero había perdido el impulso. No pudo moverse de la silla. Empezó a preguntarse si no lo habría soñado todo.

 

Al día siguiente, sin embargo, cuando estaba por casualidad en la habitación, Clover oyó de repente una exclamación y, al darse la vuelta, vio a Katy levantada, completamente de pie.

 

 

 

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—¡Papá! ¡Papá! —gritó Clover mientras bajaba corriendo las escaleras—. ¡Dorry, John, Elsie, venid! ¡Venid a ver esto!

 

El doctor Carr estaba fuera, pero los demás subieron en tropel de inmediato. Esta vez, Katy no tuvo problemas en volver a hacerlo. Parecía como si su voluntad hubiera estado dormida y, ahora que se había despertado, las piernas reconocían sus órdenes y las obedecían.

 

Cuando llegó su padre, se mostró tan emocionado y nervioso como los niños. No hacía más que dar vueltas a la silla de Katy, haciéndole preguntas y pidiéndole que se levantara y que volviese a sentarse.

 

—¿De verdad voy a recuperarme? —le preguntó ella con apenas un hilo de voz.

—Sí, mi vida; creo que sí —repuso el doctor Carr al tiempo que cogía a Phil en brazos y lo lanzaba por los aires.

Ninguno de ellos había visto jamás a su padre comportarse como un niño. Enseguida, sin embargo, al advertir que a Katy le ardían las mejillas y le brillaban los ojos, se calmó, mandó fuera a los demás y se sentó para tranquilizarla con palabras de aliento.

—Creo que se acerca el momento, querida —le dijo—, pero llevará tiempo y deberás tener mucha paciencia. Después de ser tan buena chica estos años, estoy seguro de que no desfallecerás ahora. Recuerda: cualquier imprudencia puede hacer que recaigas. Tienes que conformarte con avanzar muy poco a poco. No hay una forma fácil de echar a andar como tampoco la hay de aprender. Es algo que todos los bebés acaban descubriendo.

—¡Papá! —exclamó Katy—. No me importa tardar un año si al final me recupero del todo.

Qué feliz se sintió aquella noche… demasiado feliz para dormir. A la mañana siguiente, su padre vio los cercos oscuros bajo sus ojos y negó con la cabeza.

—Debes tener cuidado —le dijo— o caerás enferma otra vez. Un acceso de fiebre podría postrarte de nuevo en la cama durante años.

Katy sabía que tenía razón y procuró tener cuidado, aunque no era nada fácil con esa nueva vida hormigueándole en las piernas. El progreso fue lento, como había pronosticado el doctor Carr. Al principio, solo se mantenía en pie unos segundos, luego un minuto, luego cinco minutos, siempre sujetándose con fuerza a la silla. Después se aventuró a soltar la silla y mantenerse en pie ella sola. Más tarde, empezó a caminar, un paso



 

 

 

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cada vez, arrastrando la silla delante de sí, como hacen los niños cuando están aprendiendo a utilizar los pies. Clover y Elsie revoloteaban a su alrededor mientras andaba, como madres ansiosas. Era gracioso, y un poco patético, ver a Katy, tan alta, avanzando de forma tan lenta e inestable, y a sus hermanas pequeñas siguiéndola inquietas y con aire protector. Pero a Katy no le parecía ni gracioso ni patético; para ella era simplemente maravilloso, lo más maravilloso del mundo. Ningún bebé de un año estuvo nunca tan orgulloso de sus primeros pasos como lo estaba ella ahora de los suyos.

 

Poco a poco se volvió más intrépida y se atrevió con una trayectoria más arriesgada. Clover, al subir un día a su propia habitación, se quedó estupefacta al ver a Katy allí sentada, con la cara roja y jadeando, pero encantada con la sorpresa que le había dado.

 

—Verás —le explicó en tono de disculpa—, es que me han entrado muchas ganas de explorar. ¡Hace tanto tiempo que no veo ninguna habitación que no sea la mía! ¡Pero, caramba, sí que es largo ese pasillo! Lo había olvidado. Tendré que descansar un buen rato antes de volver.

Aunque Katy descansó, al día siguiente estaba muy cansada. El experimento, no obstante, no le hizo ningún daño. En el transcurso de dos o tres semanas, ya era capaz de recorrer andando toda la segunda planta.

Aquello era un enorme placer. Ver todas las cosas nuevas, y también los pequeños cambios, era como leer un libro apasionante. Siempre estaba sorprendiéndose de algo.

—¡Vaya, Dorry! —decía, por ejemplo—. ¡Qué estantería más bonita! ¿Desde cuándo la tienes?

—¿Ese trasto viejo? Hará más de dos años. ¿No te lo conté? —Puede que sí, pero tal vez, al no haberla visto, no me acuerdo.

Para finales de agosto se veía tan fuerte que empezó a hablar sobre bajar las escaleras. Pero su padre le dijo que esperara.

—Eso te cansará mucho más que andar por una sola planta —le explicó—. Será mejor que esperes un poco más, hasta que te sientas del todo segura de tus pies.

—Estoy de acuerdo —convino Clover—. Además, quiero que la casa esté ordenada y bonita antes de que pongas los ojos en ella, señora gobernanta. ¡Ah, ya sé! ¡Se me acaba de ocurrir una idea estupenda! Puedes fijar un día para bajar, Katy, y entonces estaremos todos



 

 

 

 

 

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preparados para recibirte y organizaremos una celebración. ¡Sería maravilloso! ¿Cuándo podría ser, papá?

 

—Bueno… Yo diría que en diez días podrá ser seguro.

 

—¡Diez días! Eso es el 7 de septiembre, ¿verdad? —preguntó Katy—.

 

Entonces, si puede ser, papá, me gustaría bajar por primera vez el día 8.

 

—Y luego añadió en voz más baja—: Era el cumpleaños de mamá.

 

De modo que así lo acordaron.

 

—¡Qué bien! —gritó Clover, brincando y dando palmadas—. ¡Nunca nunca nunca había imaginado algo tan maravilloso! Papá, ¿cuándo vas a bajar? Necesito hablar contigo urgentemente.

—Ahora mismo… antes de que me tires del faldón de la chaqueta

 

—repuso el doctor Carr entre risas, y se marcharon juntos.

 

Katy se quedó sentada, mirando por la ventana, tranquila y de buen humor.

«¡Ay! —pensó—. ¿De verdad es posible? ¿Voy a poder dejar esta escuela, como decía el poema de la prima Helen? ¿Voy a “despedirme de Dolor con un dulce adiós”? Pero también había amor en el dolor. Ahora lo entiendo. ¡Qué bueno ha sido conmigo el querido Maestro!».

 

Clover pareció estar muy ocupada el resto de la semana. Decía que estaba «haciendo que limpiaran las ventanas», pero esa excusa difícilmente explicaba sus largas ausencias y el misterioso júbilo de su rostro, por no mencionar los ruidos como de sierras y martillos que venían del piso de abajo. A los demás, evidentemente, les habían prohibido contar nada, pues una o dos veces Philly empezó a decir: «¡Ay, Katy!», luego se había callado de pronto, tras exclamar: «¡Casi se me olvida!». Katy tenía mucha curiosidad, pero vio que el secreto, fuera lo que fuese, le proporcionaba una inmensa satisfacción a todo el mundo, salvo a ella, y decidió que, aunque tenía ganas de saberlo, no les arruinaría la diversión haciendo preguntas.

 

Al fin, solo quedaba un día para la gran ocasión.

 

—Mira —dijo Katy cuando Clover entró en su habitación un poco antes de la cena—. La señorita Petingill me ha traído el vestido nuevo. Voy a estrenarlo mañana cuando baje las escaleras por primera vez.

 

—¡Qué bonito! —exclamó Clover examinando el vestido, que era de suave cachemira gris y estaba adornado con una cinta del mismo tono—. Pero, Katy, he venido a cerrarte la puerta. Bridget va a barrer el pasillo y



 

 

 

 

 

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no quiero que se te llene de polvo la habitación, que ya la han limpiado esta mañana.

 

—¡Qué hora más rara para barrer el pasillo! —se extrañó Katy—. ¿Por qué no le dices que espere hasta mañana?

—¡Ah, no puede! Hay que… Tiene que… Quiero decir que mañana tiene que hacer otras cosas. Es mucho más práctico que lo haga ahora. No te preocupes, Katy, querida, pero no abras la puerta. No lo harás, ¿verdad? ¡Prométemelo!

—Está bien —accedió Katy, cada vez más sorprendida, pero rindiéndose a la impaciencia de Clover—. No la abriré.

Aquello despertó aún más su curiosidad. Cogió un libro e intentó leer, pero las letras le bailaban delante de los ojos y no podía evitar prestar atención a lo que ocurría fuera. Bridget estaba armando un alboroto exagerado con la escoba, pero, aun así, a Katy le parecía oír otros ruidos de fondo: pasos en la escalera, puertas que se abrían y se cerraban y hasta una risita ahogada. ¡Qué raro era todo!

—No importa —dijo en voz alta, resuelta a dejar de escuchar—.

 

Mañana me enteraré.

 

El día siguiente amaneció fresco y claro, un día perfecto de septiembre.

—¡Katy! —dijo Clover cuando subió directamente del jardín con las manos llenas de flores—. Ese vestido es una preciosidad. ¡Estás más

 

guapa que nunca! —Luego le prendió un bonito clavel rosa junto al broche y le puso otro en el pelo—. ¡Ea! Ya estás engalanada. Papá subirá en unos minutos para acompañarte abajo.

En ese momento, entraron Elsie y Johnnie. Se habían puesto sus mejores vestidos, al igual que Clover. Era sin duda un día de fiesta para todos los habitantes de la casa. Las siguió Cecy, invitada para que viera a Katy bajar las escaleras. Ella también llevaba un vestido nuevo.

 

—¡Qué elegantes estamos todas! —exclamó Clover al darse cuenta de tanta magnificencia—. Date la vuelta, Cecy. ¡Crinolina y ceñidor! Está usted creciendo mucho, señorita Hall.

—Ninguna creceremos nunca tanto como Katy —repuso Cecy entre risas.

Y entonces apareció el doctor Carr. Muy despacio, bajaron todos las escaleras: Katy apoyada en su padre, con Dorry al otro lado y las chicas detrás mientras Philly iba armando escándalo delante de todos. Allí abajo estaban Debby, Bridget y Alexander, asomándose por la puerta de la cocina para verla, y su querida Mary, que se secaba los ojos con el delantal porque estaba llorando de alegría.

 

—¡La puerta principal está abierta! —exclamó Katy encantada—.

 

¡Qué bien! Y qué hule más bonito. Es nuevo.

 

—¡No te pares a mirar eso! —gritó Philly, que parecía tener mucha prisa por otra cosa—. No es nuevo. ¡Lleva ahí un montón de tiempo! ¡Entra ya a la sala!

—Sí —dijo su padre—; la comida aún no está lista, así que tendrás tiempo para descansar un poco de la bajada de las escaleras. Lo has hecho muy bien, Katy. ¿Estás cansada?

—¡Ni una pizca! —replicó Katy con alegría—. Creo que podría hacerlo sola. ¡Ah! ¡La puerta de la librería está arreglada! Qué bien ha quedado.

—¡No te pares! ¡No te pares! —repetía Phil muerto de impaciencia. Así que continuaron. El doctor Carr abrió la puerta de la sala. Katy dio

un paso hacia la estancia y luego se detuvo. Se quedó pálida y tuvo que agarrarse al pomo de la puerta para no caerse. ¿Qué había visto?

 

No era solo la habitación, con sus cortinas de muselina nuevas y los jarrones llenos de flores. Ni siquiera la enorme ventana que habían abierto para que entrase el sol, o el acogedor silloncito y la mesa que estaban al lado y eran evidentemente para ella. No, había algo más. El sofá estaba adelantado y sobre él, apoyada en grandes almohadones y mirando con ojos expectantes hacia la puerta, ¡estaba sentada la prima Helen! Cuando vio a Katy, extendió los brazos hacia ella.

 

Clover y Cecy estuvieron de acuerdo, más tarde, en que nunca habían pasado tanto miedo como en aquel momento, pues Katy, olvidando su débil condición, se soltó del brazo de su padre y literalmente echó a correr hasta el sofá.

—¡Prima Helen! ¡Mi querida prima Helen! —clamaba.

 

Luego se desplomó junto al sofá, los dos pares de brazos y los dos rostros se encontraron y, durante unos momentos, nadie dijo ni una palabra.

—¿No es una bonita sorpresa? —gritó Philly, que dio una voltereta como para aliviar la tensión mientras John y Dorry ejecutaban una especie de danza de guerra alrededor del sofá.



 

La voz de Phil pareció romper el hechizo de silencio y dio paso a una gran algarabía de preguntas y exclamaciones.

 

Al parecer, la feliz idea de llevar a la prima Helen a la «celebración» fue de Clover. Fue ella la que se lo propuso a su padre e hizo todos los preparativos. Y también, muy astuta, la que hizo que Bridget barriera el pasillo la tarde anterior para que Katy no la oyera llegar.

 

—La prima Helen va a quedarse tres semanas esta vez, ¿no es maravilloso? —dijo Elsie.

Mientras, Clover no dejaba de preguntar, nerviosa:

 

—¿Seguro que no lo sospechabas? ¿Ni un poquito? ¿Ni una pizca chiquitita y diminuta?

—No, claro que no, ¡en absoluto! ¿Cómo iba a sospechar algo tan fabuloso?

Y Katy le dio a la prima Helen otro entusiasmado beso.

 

¡El día se les hizo muy corto! Había tanto que ver, tanto que preguntar y tanto de lo que hablar que las horas pasaron volando y la noche cayó sobre ellos como otra gran sorpresa.

La prima Helen era quizá la más feliz del grupo. Además de la alegría de saber que Katy estaba recuperada casi del todo, pudo disfrutar de ver por sí misma todos los cambios que habían experimentado, para mejor y durante aquellos cuatro años, sus adorados primitos.

Era muy interesante observarlos. Le parecía que Elsie y Dorry eran los que más habían mejorado. Elsie había perdido aquella expresión lastimera y el tono de voz quejumbroso y era la jovencita de doce años más alegre y radiante que se pudiera imaginar. El semblante malhumorado de Dorry se había vuelto más suave y su actitud más jovial y amable. Aún era un chico serio, y no especialmente ágil para captar algunas ideas, pero prometía convertirse en un hombre admirable. Y para él, como para los demás hermanos, Katy era sin duda el sol de su universo. Revoloteaban a su alrededor y confiaban en ella para todo. La prima Helen lo comprobó cuando Phil iba llorando, después de haberse caído, a que Katy lo consolara; cuando Johnnie le susurraba al oído un importante secreto y cuando Elsie le pedía ayuda con sus labores. Vio cómo Katy los recibía a todos con dulzura y amabilidad, sin un ápice de aquella actitud dictatorial de hermana mayor y sin rastro alguno de su antiguo tono impetuoso. Y, lo mejor de todo, vio el cambio en el propio rostro de Katy: la afable expresión de su mirada, el aspecto maduro, la voz agradable, la cortesía, el tacto al aconsejar a los demás sin que pareciese que lo hacía.

 

—Querida Katy —le dijo uno o dos días después de su llegada—, esta visita es un enorme placer para mí; no puedes imaginarte hasta qué punto. Es tan diferente de la última vez que vine, cuando estabas tan enferma y todo el mundo estaba tan triste. ¿Lo recuerdas?

—¡Claro que sí! ¡Fuiste muy buena y me ayudaste mucho! Nunca lo olvidaré.

—¡Me alegro! Pero lo que yo pudiera hacer fue poco. Todo este tiempo has estado aprendiendo por ti misma. Y Katy, querida, quiero decirte lo mucho que me alegro de ver con cuánto valor has recorrido este camino. Puedo verlo en todo, en tu padre, en los niños, en ti misma. Te has ganado el lugar que, si recuerdas, una vez te dije que una persona inválida debía intentar conquistar: ser para todos el alma de la casa.

—¡No, prima Helen; no digas eso! —exclamó Katy, con los ojos de pronto llenos de lágrimas—. No he sido valiente. No puedes imaginar lo mal que me he comportado a veces, lo gruñona e ingrata que soy y cuán lenta y boba. Todos los días veo cosas que debería hacer y no las hago. Es demasiado maravilloso oírte alabarme, pero no debes hacerlo. No me lo merezco.

No obstante, aunque decía que no se lo merecía, ¡yo creo que Katy se lo había ganado!



 

SARAH CHAUNCEY WOOLSEY (Cleveland, Estados Unidos, 1835 - 1905, Newport, Estados Unidos). Escritora estadounidense de literatura infantil que escribía bajo el seudónimo de SUSAN COOLIDGE. Nació en el seno de la acaudalada e influyente familia Dwight de Nueva Inglaterra. Su familia se mudó a New Haven, Connecticut, en 1852. Trabajó como enfermera durante la Guerra Civil Americana (1861-1865), tras lo cual comenzó a escribir. Su editor lo era también de Louisa May Alcott, quien cosechó un gran éxito con su novela Mujercitas. Este sugirió a Susan que probara a escribir esa clase de historia familiar, y de ahí surgieron los tres libros sobre la entrañable y valiente Katy Carr. Susan Coolidge dedicó su vida a la literatura y a promoverla en la sociedad de su tiempo. Además de libros infantiles, escribió poesía y editó la correspondencia de Jane Austen y Fanny Burney.

 


FIN

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