© Libro N° 14914. El Regreso De Trent. Martyn, Wyndham. Emancipación. Marzo 14 de 2026
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EL
REGRESO DE TRENT
Wyndham
Martyn
El Regreso De Trent
Wyndham Martyn
Después de años de ausencia, Antonio Trent, el elegante caballero que antaño fue conocido como el ladrón perfecto, regresa a América decidido a dejar atrás su pasado. Pero el destino no perdona. A bordo de un trasatlántico rumbo a Nueva York, un simple encuentro despierta viejas sospechas y pone en marcha una peligrosa partida donde el ingenio y la astucia serán sus únicas armas. De vuelta en su antigua guarida, Trent se verá envuelto en una trama de chantajes, secretos y venganzas, cuando el hermano de un viejo amigo caído en desgracia le exige pagar una antigua deuda con un acto imposible: arrancar una confesión a un hombre poderoso y despiadado.
Wyndham Martyn
El Regreso De Trent
Antonio Trent - 4
ePub r1.0
Titivillus 28.02.2026
Título original: The return of Anthony Trent
Wyndham Martyn, 1923
Traducción: Alfonso Nadal
Ilustraciones: Joan Pau Bocquet Bertrán
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
CAPÍTULO PRIMERO
EL ÚNICO PASAJERO
Aquella noche desapacible, sólo un pasajero salió de Dover en la Aligera falúa zarandeada por las olas para añadirse a los muchos viajeros del trasatlántico que esperaba en ruta para Nueva York.
Eran las dos de la madrugada y ni un curioso esperó la llegada del correo o la de algún conocido. No más la tripulación y los oficiales de guardia vieron subir a bordo del Brabant, en aquella noche de mar agitado, a Antonio Trent, el cual tuvo que disimular la satisfacción que le causaba encontrarse en cubierta libre de miradas importunas. Después de más de tres años de ausencia, al ir a someterse de nuevo a la jurisdicción de su país, sabía que renunciaba a la tranquilidad en que vivió durante un largo periodo, para reanudar una vida llena de inquietudes y zozobras.
Su extraordinaria emoción pasó inadvertida de los oficiales y el personal de servicio, que no vieron en el que se embarcaba sino un caballero bien vestido y de los más finos modales. Ninguno de ellos se percató de que a la mirada de recelo que les dirigió al llegar seguía un suspiro de alivio.
Pero no le duró su optimismo, porque pensó que si lo esperasen allí para prenderlo, sobrado tiempo tendrían hasta que llegasen al término de su viaje.
Desde el momento en que la falúa silbó en despedida no le quedaba ninguna escapatoria y durante seis días estaría en el barco tan encerrado como entre las cuatro paredes de una celda.
Lo acompañaron al departamento de clase especial que había encargado en la cubierta superior para evitar la vecindad de algún pasajero indeseable, y al momento se quedó dormido.
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Cuando despertó al día siguiente, muy temprano, llamó al mayordomo y le dijo:
—Quiero que se me sirvan aquí las comidas. No me diga usted que hay inconvenientes por los muchos pasajeros a quien hay que atender y por el escaso número de camareros de que dispone. Todos los mayordomos me dicen lo mismo, pero los gratifico tan espléndidamente, que desearían viajar siempre conmigo.
—Afortunadamente contamos con bastante personal para satisfacer sus deseos, señor —dijo el otro sonriendo.
—Me alegro —dijo Trent al tiempo que le ponía un billete de cinco libras esterlinas en la mano—. Desearía ver la lista de pasajeros por si hay a bordo algún amigo. Otra cosa: si en el fumadero preguntan por alguien que quiera jugar al subirse las puestas, recuerde que no me gusta el juego en los barcos.
—Perfectamente, quiere usted que se le deje en paz. Por mi parte no le deseo otra cosa.
—Al contrario —replicó Trent—, está usted intrigado con mis anhelos de soledad y va a darse el gusto de discutir el caso con todo el que quiera escucharle. Allá usted, pero no espere nada más de mí.
El mayordomo adoptó un aire de justa indignación y manifestóse resentido.
—Sin duda se equivoca usted conmigo —se dijo, y añadió para sí—:
Este hombre adivina el pensamiento.
—Así lo espero —repuso Trent con sequedad—. Sólo quiero que tenga presente, cuando me traiga la lista, que no más pago los servicios que se me prestan.
Ni un nombre de la lista despertó el menor recuerdo. Antonio Trent era un desconocido en un barco de desconocidos para él, y esto lo animó. La gran distancia que lo separaba de las llanuras de Brighton, lo ponía a salvo de todo mal y de molestas influencias. Al cabo de una semana podría contemplar las copas de los árboles de Central Park después de cuatro años de ausencia.
¡Cuatro años! Salió de América como soldado. ¡Qué vida tan agitada llevó desde que el Leviathan zarpó conduciéndole con otros mil a Francia! Luchó. Se vio condecorado por su valor en el campo de batalla. Redimió su pasada vida de conculcador de la ley, acabada la guerra se retiró a
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Inglaterra, donde halló la felicidad para perderla en un aciago día. Muerto para el amor, volvía a su tierra natal con anhelos de soledad.
Los pasajeros que vieron a Trent y no lo hallaron luego en el salón a la hora de la comida, se deshicieron en preguntas y comentarios; pero todas las insinuaciones fueron cortésmente rechazadas. Paseaba por cubierta para hacer ejercicio, no porque estuviera ganoso de compañía. A los treinta y cuatro años, Antonio Trent era un joven de distinguido porte, que evocaba a un elegante de los salones. Lo que más impresionaba que su aspecto zahareño no desmentía el íntimo convencimiento de que su sonrisa debía de ser fascinadora.
Un entrenador de atletas hubiera adivinado en su cuerpo cenceño a uno de esos hombres flacos pero con musculatura de acero y nervios resistentes como manojos de alambres capaces de extraordinaria resistencia y de insospechado valor físico.
Y al día siguiente se le ofreció ocasión de poner a prueba estas cualidades. Un hombre corpulento que había intentado en vano hacérsele amigo, se presentó en el gimnasio del barco donde Trent se entregaba a ejercicios físicos entre seis y siete de la mañana, sirviéndose de unas mazas.
—¿Boxea usted? —preguntó.
—De vez en cuando —dijo Trent sin cesar en su ejercicio.
—¿Por qué no ahora?
—Porque no me parece bien.
—¡Bah! Ese ejercicio con las mazas es propio de señoritas —comentó el importuno—. Debe usted de pensar que yo pego fuerte.
—Prefiero no pensar en usted para nada. El hombre corpulento se puso encarnado. Acostumbrado a imponer su opinión cuando le venía en gana, el desaire de Trent lastimaba su amor propio. Ello le ofrecía magnífica oportunidad para castigar al taciturno pasajero.
—Si tanto miedo tiene —dijo, burlón— no hablemos más.
Trent dejó las mazas en su puesto antes de contestar:
—Porque prefiero no ponerme los guantes piensa usted que tengo miedo. Es una razón muy pobre, señor Wells. Sé lo que me hago porque tengo experiencia. ¿Qué sucedería si me pusiera los guantes? Es usted muy corpulento y muy pesado, y sus golpes sin duda serán formidables; pero es el caso que yo no le permitiría que me llegase, e inevitablemente lo dejaría
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tan marcado, que se vería obligado a permanecer en su camarote hasta poco antes de desembarcar.
—¿Y a usted que le pasaría? —preguntó el otro fuera de sí—. ¿Qué cree que haría yo?
—No acertar ni una —contestó Trent sonriendo. Y llamando al empleado añadió—: Este caballero desea boxear. Traiga los guantes.
El espectáculo regocijó al empleado. Pudo observar que el trabajo de uno de los boxeadores era inseguro para un aficionado que se las había con otro avezado sin duda a esa clase de lucha, pero a quien daba mil vueltas en agilidad. Y es que Trent era clemente y se abstenía de castigar sin necesidad. Wells pasaba momentos de angustia, más por las heridas recibidas en su amor propio que por las de su cuerpo. Resultó con un ojo cerrado y con el otro abotagado.
—Ojalá lo hubiese dejado mal herido —dijo el empleado—. Es un fanfarrón. Le he visto maltratar a muchos y se figuraba que le sería fácil dejarle a usted señalado.
—¿Quién es? —preguntó Trent.
—Se llama el señor Wells, de Chicago, durante este viaje, pero es un detective que persigue a los tahúres que trabajan en los barcos más importantes.
—¿Y es éste uno de los más importantes? —preguntó Trent sin perder la serenidad.
—No es de los que atraen a los grandes jugadores. Debe de estar al acecho de algún pájaro de cuenta.
Trent salió a la cubierta sin dar a entender al empleado lo mucho que le interesaban sus noticias.
En sus deseos de no llamar la atención de nadie, se acababa de atraer la enemistad de un detective rencoroso. ¡Qué estupidez la suya! Cuanto más lo pensaba, menos le gustaba aquello. Wells le había echado la vista en su primer paso sobre cubierta. ¿Era mera casualidad o se ocultaba en aquello algún designio? El Brabant era un barco cachazudo, que no ofrecía el menor aliciente para los poderosos hombres de negocios que desean trasladarse rápidamente de Londres a Nueva York, y por ende, ningún atractivo tenía para los jugadores profesionales que se ganaban la vida entre pasajeros adinerados. ¿Qué hacía, pues, Wells a bordo?
Era aquel el primer incidente desagradable del viaje, al que siguió por la tarde el segundo episodio, no menos molesto. A las tres y media fumaba
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Trent una pipa, sentado a la puerta de su departamento, cuando vio que se acercaba el sobrecargo, en quien hasta entonces no se fijara, y notando que venía con ganas de charla, aprovechó un momento en que se detuvo a hablar con un marinero, para cerrar la puerta.
Pero no tardó en oír unos golpecitos que le anunciaron la presencia del sospechado pelma, y aunque sabía lo conveniente de captarse las simpatías de los oficiales capaces de proporcionar todas las comodidades compatibles con un viaje por mar, había decidido prescindir en el presente de toda atención innecesaria.
—Adelante —gritó.
Era el sobrecargo hombre de edad y estatura medianas, con una cara de socarrón jovial y fuerte y un cuello de perro de presa.
—Estaba seguro de que olía a Hankey —dijo sonriendo, con la mirada puesta en la caja encarnada de tabaco que estaba sobre la mesa— y se me va el corazón tras las personas aficionadas a esta exquisita mezcla. Me perdonará usted si me he tomado la libertad…
—Encantado de verle —interrumpió Trent confiadamente—. Siéntese y llene la pipa.
Adoptó la más amistosa actitud insistiendo en que el otro ocupase el asiento más cómodo del camarote. Diríase que se alegraba ante la perspectiva de tener con quien charlar en su retraimiento, pero en realidad, Trent no las tenía todas consigo, pues no estaba seguro de que la visita del sobrecargo se debiese al olor del Hankey y a sus deseos de encender una pipa según él explicaba. Con todo, tampoco había motivos para alarmarse, y si aquel tipo traía alguna aviesa intención mejor sería descubrirla cuanto antes.
—¿Está usted a su gusto aquí? —preguntó el sobrecargo.
—No aspiro a nada mejor. Acostumbro viajar en vapores grandes, porque todo el mundo supone que se ha de ir más cómodo, pero estaba en un error.
—Este viaje es para mí como de vacaciones —dijo el sobrecargo—. Me he pasado en los barcos grandes veinte años y en ellos he envejecido —Y miró fijamente a Trent. Llevo cincuenta viajes en el Poitania.
Y de pronto advirtió que su asiento estaba en la zona de luz, mientras que Trent lo observaba desde la sombra.
—¿Ese es uno de los galgos de mar, verdad? —preguntó Trent—.
Nunca he viajado en él.
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—Un barco es la mejor escuela de la vida. Aun los pequeños como éste, que sólo desplaza 12.500 toneladas, agrupan gente más extraña que una ciudad de diez veces más habitantes.
—Es curioso. Nadie lo diría viendo a los pasajeros del Brabant. —Pero usted no los ha visto, porque come aquí y sólo pasea de noche,
y cuando alguien le habla no responde. ¿Cómo puede usted conocerlos? —No me hace falta hablarles —replicó Trent—. He estudiado
demasiado a mis semejantes para que pueda engañarme. Repito que todos los que he visto a bordo parecen personas normales, y por lo tanto, estúpidas.
—¿Ha conocido usted alguna anciana como la que anoche ayudó a cruzar por la resbaladiza cubierta?
—¿Por qué no?
El sobrecargo se permitió sonreír entre dientes.
—Es la más famosa contrabandista trasatlántica. Si quiere usted ver una cosa curiosa no se aparte de ella cuando estemos a punto de desembarcar. Seguramente se le acercarán dos agentes para llevársela detenida, y no me sorprendería que desde ahora no le perdiese de vista la policía. Pero acaso estas cosas no le interesan a usted.
—¿Qué cosas?
—La delincuencia en general. Siempre me ha interesado el crimen y he tenido ocasión de estudiar muchos casos de cerca. El aficionado como yo acaba por penetrar tanto como un detective. Aun fumaria otra pipa, si usted me lo permite.
Y el sobrecargo se apartó de la zona de luz, yendo a colocarse en un punto desde donde podía observar mejor a su interlocutor.
—Sírvase usted mismo —accedió Trent cordialmente, sin manifestar la menor turbación—. A mí sólo me interesan los crímenes extraordinarios. Eso de pasar contrabando ciñéndose al cuerpo telas de seda u otras cosas me parece una vulgaridad.
—Lo lamentable en la vida de un sobrecargo es que con frecuencia sólo presencia un capítulo de la aventura criminal. Se experimenta la contrariedad de quien, interesado en el desarrollo de una obra teatral, viera bajar el telón con un letrero que anunciase «Se continuará la semana que viene», cuando sabe que no puede volver. Si me hallo en otro puerto cuando acontece el siguiente episodio de un crimen o no puedo volver al teatro me siento estafado.
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—¿Se ha escrito algún capítulo de esos en el Brabant?
—Es muy probable. Tenemos un agente de la secreta con un ojo amoratado y encobando sentimientos de venganza. Durante unos días ha tratado de entablar conversación con un pasajero que en su indiscutible derecho, se ha negado a complacerle. El agente de la secreta, que no quiere verse vencido, sabe que el huraño pasajero va cada día muy temprano, a la sala de gimnasia; lo busca allí y sale con un ojo hinchado, molido a palos y bien aleccionado. Me gustaría abrir las causas ocultas en este episodio y saber quién al final saldrá victorioso.
Trent estuvo fumando un memento en su pipa, atento a que la menor alteración de su semblante no delatase la molestia que le producía aquel relato, que sin duda ocultaba una intención aviesa. Por primera vez en más de dos años se sintió en peligro y apeló a todas las reservas de sus facultades para estar en guardia contra lo que de todo aquello resultase.
—Cuando salga usted de aquí —dijo—, ¿por qué no va al camarote de ese huraño pasajero y se lo pregunta? Seguramente se complacerá en darle explicaciones.
—No tengo inconveniente —asintió el sobrecargo—. A lo mejor es un asunto que carece en absoluto de interés. A veces empieza un capítulo prometiendo mucho y luego resulta que no es nada. Un día en Liverpool…
Se interrumpió para encender la pipa.
—¿Qué?
—Un día en Liverpool, precisamente era en el Poitania, cuando estábamos zarpando, un joven saltó por la borda.
—¿Se ahogó?
—No. De un salto llegó a tierra sin sufrir el menor daño. Fue un caso muy curioso, señor Trent. Había encargado el mejor de los departamentos, lo tenía lleno de maletas y baúles, había elegido ya el puesto en la mesa y gratificado espléndidamente a los camareros. Claro que todo eso pudo haberlo hecho para demostrar luego que su acto había sido impremeditado. Un delincuente listo piensa en todo. Si no fuese un pobre y honrado sobrecargo me gustaría dedicarme a ese arte que podríamos llamar el arte de las precauciones.
—Suerte que no es usted más que un pobre y honrado sobrecargo — comentó Trent con seriedad—. Eso infunde confianza a los pasajeros meticulosos como yo. ¿Y qué es lo que frena su deseos? ¿La conciencia?
El sobrecargo se sentía cada vez más locuaz.
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—La conciencia no es más que la facultad de prever la pena que sigue al delito. La conciencia no me hubiera detenido. Pero volvamos al sorprendente pasajero de Liverpool. Comuniqué por telegrafía sin hilos con las oficinas de la Compañía y supe que estaban satisfechos de sus explicaciones. Había visto la cara u oído la voz de un pariente durante largo tiempo buscado y saltó para cerciorarse.
—Estuvo de suerte —murmuró Trent.
—Una suerte loca. No merecía escapar así de las manos de la justicia. —Me parece que insiste usted en tomar a ese hombre por un pájaro de
cuenta sin prueba alguna.
—No lo niego, pero tal era la impresión general que produjo su acto, y yo me dejé influir por los comentarios. Esa impresión duró hasta que la noticia del robo de los brillantes de Colliver vino a sustituirla. Fue un robo de tipo ordinario. El ladrón se presentó como un profesor de Harvard y estuvo discutiendo de teología. Pero a mí eso no me interesaba tanto como aquel salto mortal y las diversas conjeturas que sugería.
—¿Conjeturas?
—Sí. Decían algunos que se trataba de un delincuente que, al ver a un detective, saltó por escapar; otros, que había oído la voz de la mujer abandonada.
—Supongo que usted tendría la suya.
—Varias, pero las fui eliminando.
—¿Se dio por vencido? —preguntó el joven con ligero acento de ironía.
—En absoluto. Me dije que algún día recogería toda la información necesaria y que llegaría al último episodio de la serie. —Y el sobrecargo se inclinó, puso la diestra en la rodilla de Trent y añadió con cierta solemnidad—: Señor Trent, ¿por qué se arriesgó a quebrarse una pierna aquella tarde, en Liverpool?
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CAPÍTULO II
UN SOBRECARGO AL QUE
INTERESAN LOS CRÍMENES
unque Antonio Trent estaba ya convencido de que en la visita del Asobrecargo había una oculta intención, se dejó sorprender por el súbito cambio que se operó en el semblante de su interlocutor al formular la pregunta. Al aspecto campechano y bondadoso sucedió el de un juez astuto y severo que espera oír las retorcidas excusas de un reo ingenioso.
Mas, sí esperaba que el americano se mostrase confuso o revelase turbación, se llevó un chasco.
—¿Conque estaba usted a bordo del Poitania? —preguntó a su vez Trent con la mayor calma—. Así ya comprenderá lo que quise decir al afirmar que nunca crucé el mar en ese barco.
—Yo presencié el salto que usted dio por la borda —dijo el otro, decepcionado ante el efecto producido.
—Comunicó la noticia por telegrafía sin hilo a su Compañía y… ¿qué sacó en claro?
—Una versión que parece un cuento chino: que oyó usted en el muelle la voz de un amigo y saltó para verlo. Sinceramente, señor Trent: ¿puede creerse semejante paparrucha?
—Si la Compañía la aceptó como buena, ¿por qué no lo hará usted que es su empleado?
El sobrecargo enrojeció ligeramente. Siempre le molestaba que confundieran su elevado cargo con el de un sencillo jefe de camareros y esta era la actitud en que se colocaba Trent respecto a él.
—La Compañía no estaba enterada de tantas cosas como yo.
Trent, siempre en guardia para arrostrar el peligro que veía venir, comprendió lo difícil que le sería evitar el que entonces le amenazaba. El sobrecargo, hombre resuelto y educado, sabía algo que se callaba para
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lanzárselo a boca de jarro en el momento oportuno, pero la sonrisa de
Trent no descubría la menor ansiedad, al replicar:
—Ni yo mismo recuerdo las circunstancias de aquel incidente. Ya hace de eso tres años.
—Menos, bastante menos.
—Quizás esté usted en lo cierto —concedió Trent—. Al menos parece que lo recuerda mejor que yo. ¿Qué sabía usted que ignorase la Compañía?
El sobrecargo contestó con un suspiro de desengaño y su escrutadora mirada se convirtió en una sonrisa benévola.
—Señor Trent —dijo formalmente—, esperaba que intentaría usted sacarme de su departamento a puntapiés. Eso hubiera hecho sin duda quien nada tuviese que temer. Aunque no me crea, deseaba que usted fuese ese hombre. Deseaba que hubiera manifestado su enojo preguntándome con voz airada por qué me he de meter en sus asuntos. En vez de esto, permanece tranquilo, sin encadarse, ante mi descarada actitud, que sin duda habrá usted calificado de estúpida impertinencia. Y ese, señor Trent, es el proceder que adopta el hombre que teme.
—O el que no desea arrojar a puntapiés a los sobrecargos en sus propios barcos.
Trent conservaba la calma, pero le contrariaba el hecho de que el oficial se acercase tanto a la verdad, porque, en efecto, hubiera dado cualquier cosa por poder revelar un sincero enojo, y no comprendía que el sobrecargo lamentase su fracaso.
Como en otras ocasiones, se veía envuelto en una atmósfera peligrosa. Un agente de policía trató poco antes de conquistar su confianza para acabar por enemistarse con él. Ahora, un sobrecargo chiflado por la criminología comparada y erizado de reticencias escabrosas. Y él, reducido a inmovilidad en un barco que atravesaba el Atlántico, donde era imposible toda escapatoria.
—Aun no me ha dicho qué sabía usted ignorase la Compañía. —Sabía lo del capitán Sutton —dijo el sobrecargo con gravedad. Trent aprovechó el momento de encender un fósforo en la suela del
zapato para recobrarse del susto, y aun no estaba seguro de si rebeló alguna emoción en su cara. El capitán Sutton, en cuanto a Trent se le alcanzaba, era el único que tenía una idea concreta de las actividades que le dieron derecho al título de «perfecto ladrón», por una serie de delitos tan
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hábilmente cometidos, que nunca cayó en las redes de la justicia. Otros dos hombres conocían su vida: Austin, el mayordomo que yacía bajo un bosque de cruces en los campos de Francia, y Devlin, el detective, cuyos labios selló la muerte. Trent se sentía seguro, y parecía incomprensible que un sobrecargo viniese a derribar sus esperanzas en una tranquila existencia.
—El capitán Sutton —repitió—. ¿Se refiere usted a mi antiguo ayudante?
—Hablo del capitán Frank Sutton, a quien vio a bordo del Poitania y de quien huyó saltando al muelle.
—¡En el Poitania! —exclamó Trent—. ¿Está usted seguro?
—Recuerde que yo iba de sobrecargo.
Trent guardó silencio un momento. No podía concebir por qué razón había de dudar de la promesa que Sutton le hizo de guardarle el secreto de su pasada vida. Sutton le profesaba un afecto personal. Sutton estaba orgulloso de las menciones honoríficas y de la cruz de guerra que Trent mereció para honor del regimiento, y le prometió no decir nada. ¿Por qué se traía a cuento a su antiguo ayudante? Miró, pues, a su interlocutor y dijo:
—Ni siquiera sé cómo se llama usted.
—Warne —dijo el sobrecargo—. Brunton Warne.
—Pues escúcheme, señor Warne. Cuando afirmo que ignoraba que el capitán Sutton estuviese a bordo, no digo más que la verdad. De saber que era uno de los pasajeros, me hubiera encantado verle. Mi brinco desde la borda fue una de las cosas más impremeditadas que hice en mi vida. Se lo juro por mi honor. Según parece, es usted un hombre de experiencia y un psicólogo. ¿Cómo podría yo convencerlo?
—Me hubiera convencido sacándome a patadas de su cuarto. ¿No comprende que su falta de resentimiento es en sí sospechosa? No le negaré que oyó una voz conocida: el mundo es tan pequeño, que bien puede darse el caso; pero lo que no se explica es que Sutton saliera tan acaloradamente en su defensa cuando se discutieron en el fumadero los motivos que pudo usted tener para escapar saltando. No he de ocultarle que todos juzgaron su acto en el peor sentido, pero el capitán Sutton se constituyó en su abogado defensor y no hubo manera de hacerle cambiar de opinión.
—Pobre Sutton —dijo Trent en tono de agradecimiento—. Se condujo como un buen amigo. Espero que algún día podré corresponderle.
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Notó que el sobrecargo lo miraba de una manera extraña, al replicarle: —Señor Trent, si los que tienen que arreglar cuentas con la justicia prescindieran de sus amigos, no escribieran cartas y renunciasen a la vida
de sociedad, se librarían de la cárcel con más frecuencia.
Era exactamente lo que había hecho Trent: renunciar a las amistades y no tener amigos hasta que hizo algunos, muy pocos, en su visita a Inglaterra, que entonces daba por terminada.
Se permitió bostezar.
—El aire del mar me ha fatigado —explicó.
—¿No será esta conversación?
—No le diré que no se me haga tediosa esta charla insustancial. Llega un momento en que me canso, y con el cansancio siento disgusto. Ha venido usted sin que nadie le llame a hablarme de cosas casi olvidadas, y como estos asuntos a usted no le conciernen en absoluto, me siento mareado.
—Me sorprende mucho —dijo el sobrecargo con cachaza.
—Luego nombra usted en tono de misterio a una persona a quien profeso un grande afecto. Por fin me aconseja que tenga presente las precauciones que ha de tomar un delincuente. No sé por qué.
—Por muchas razones. En primer lugar por el misterioso suceso del Poitania. Luego por el empeño que tuvo el hombre a quien usted zurró de lo lindo, en conocerle.
Trent desfalleció al pensar en el detective.
—¿Y por nada más?
—Por su intimidad con el capitán Sutton. Veo que los criminales se unen en mutua defensa contra la ley y el orden.
Ya no podía dudarse de que Trent estaba encolerizado.
—Si vuelve usted a decir otra palabra contra Sutton —gritó—, va a tener el Brabant por sobrecargo a un ecce homo. El capitán Sutton era mi superior y mi amigo, y como me defendió en el Poitania yo lo defenderé en el Brabant.
—Piense usted —observó seriamente Warne— que si me fijé en él fue por el calor con que salió en su defensa. Le aconsejaría, señor Trent, que fuera usted más cauto cuando se trate de defender a los delincuentes.
—¿A los delincuentes? —exclamó Trent.
—Al llegar al puerto el Poitania, el capitán Sutton, su amigo, fue arrestado. Ahora está en la cárcel de Sing Sing.
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—¡Sutton! —exclamó Trent.
—Presencié su detención y leí la sentencia. Se le acusó de desfalco y de intento de asesinato.
Trent se quedó materialmente anonado. No llegó a intimar con Sutton y no más lo recordaba como a su protector. Sabía que Sutton era hombre opulento, de gran fortuna e inmejorable posición y que estaba a salvo de la tentación inherente a la pobreza. La noticia de que se había hecho culpable de desfalco y asesinato, o intento de asesinato, fue para Trent un golpe moral que lo hería en sus más hondos sentimientos.
—Y ese Wells fue quien lo hizo detener y prestó la declaración que lo llevó a la cárcel. Al ver ahora que Wells se interesaba tanto por usted, he pensado en la defensa de que fue usted objeto por parte de Sutton y he ido fundando mis suposiciones, lo cual no debe sorprenderle, ya que al abogar usted por Sutton se ha establecido una curiosa coincidencia.
Trent notó en la expresión de Warne que éste se desviaba de su primitiva intención, que sin duda era la de arrancar al pasajero alguna declaración comprometedora.
—Ya me hago cargo de su punto de vista —dijo Trent—. Yo le infundía las mismas sospechas que mi amigo. ¿Trabaja usted por Wells contra mí?
—De ninguna manera —contestó Warne—. Detesto a Wells y vi con placer, sin dejarme ver, cómo usted le hinchaba un ojo. No, no, señor Trent. No me gusta confiar nada a los profesionales. Realmente comprendo que no merezco su simpatía por abandonar mis obligaciones para meterme en lo que no me importa.
—Lo cual no me impide dudar de si es usted mi amigo o mi enemigo. —Nada me satisfaría tanto —repuso el sobrecargo— como
persuadirme de que he cometido un error.
Antonio Trent estaba completamente tranquilo.
—Mi querido señor Warne —dijo con toda cortesía—: ha cometido usted un error, aunque en general no creo que vaya desacertado. Mi amistad con el desfalcador, capitán Sutton, y el interés que he despertado en Wells han despertado sus sospechas. ¿Es eso todo?
—Eso y su manera de abandonar el Poitania —dijo el sobrecargo como si quisiera excusarse.
—Ya parte de eso ¿no hay algo más?
—Nada más en absoluto —contestó el otro, conciliador.
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Antonio Trent se acercó un baúl y sacó una fotografía con severo marco. Brunton Warne la examinó con respeto.
—Ese es el conde de Rosecarrel.
Lord Rosecarrel era el ministro de Negocios Extranjeros de Inglaterra, estadista y diplomático de fama internacional.
Trent sacó del marco la fotografía y enseñó al sobrecargo la dedicatoria que decía: «A mi querido amigo Antonio Trent, el más leal y valiente caballero que he conocido».
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Trent sacó del marco la fotografía y enseñó al sobrecarlo la dedicatoria.
—Para ver al hijo de Lord Rosecarrel di aquel sospechoso brinco en Liverpool. Me salvó la vida en la guerra y sencillamente tenía necesidad de verlo. Si quiere estar seguro, escríbale preguntándoselo.
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—No pensaré más en eso, mi querido amigo —dijo Warne, muy impresionado—. Esa dedicatoria me basta. Siento mucho haberle molestado.
—Pueda usted venir a fumar todo el Hankey que quiera, siempre que guste. Pero no me traiga a Wells.
—Será para mí un gran placer notificarle que es usted amigo íntimo de una personalidad como el Conde de Rosecarrel. He de decirle en confianza que vio cómo saltaba usted del Poitania y creyó que huía de él. Precisamente iba entonces en busca del capitán Sutton.
Trent esperó que el otro cerrara la puerta y se sentó a reflexionar. Acababa de pasar una hora de zozobra que nunca adivinaría el sobrecargo; mas por fin parecía que se despejaba el horizonte de su vida.
Pero pensando en la ciudad de Nueva York, donde había realizado la mayor parte de sus hazañas delictivas, temió haber dejado vestigios o barruntos de sus actividades que con el tiempo hubiesen cuajado en una pista. No estaba del todo satisfecho de lo que el sobrecargo le había dicho del detective Wells. Éste podía saber algo que se callaba. Y aunque estaba limpio de los increíbles crímenes atribuidos a Sutton, le contrariaba que pudieran complicarlo en un proceso. Todo lo que construyó tan hábilmente podía venirse abajo si la máquina demoledora de la justicia empezaba a funcionar. ¿No había cogido en su engranaje a Sutton, dando con todo su prestigio de militar, abogado y capitalista, en la cárcel de Sing Sing? ¡Qué golpe para Trent, la noticia de la desgracia de su amigo! Y con todo no pudo menos que pensar que su encarcelamiento favorecía su situación. La única persona que podía denunciarle con fundamento de causa estaba entre cuatro paredes y entre rejas.
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CAPÍTULO III
UN HUÉSPED INESPERADO
ntonio Trent desembarcó sin la menor contrariedad, tranquilizado al Aver que la misión de Wells se limitaba a escoltar a dos señoras, profesionales contrabandistas de ricas telas. Pasado el momento peligroso, se dirigió a las habitaciones que encargara por radio a un hotel de moda.
Cuatro años hacía que esperaba su llegada el piso que tenía puesto en el Central Park. En aquel piso, último de una casa de piedra parda, empezó su punible carrera y en él continuó hasta que se marchó a Francia con su regimiento. Como se enterase poco antes de marchar de que el propietario deseaba vender la casa, la compró, y así volvía como propietario, lo cual le atraería la consideración de los inquilinos y le permitiría vivir indefinidamente en su propio nido de ave de presa.
Los deseos que tenía de volver a ver su casa no le hicieron descuidar sus hábitos de prudencia. Aunque no había de volver al mundo de la delincuencia, pendía sobre su cabeza lo pasado, y si salió de Nueva York en 1917 como el perfecto ladrón desconocido, no sabía si le esperaba al volver alguna desagradable sorpresa.
A medio millón de dólares ascendía el precio de su captura. Ningún hombre desconocido había jamás alcanzado tanta fama. Se acercó a su casa por la parte oeste del parque, precaución tomada con frecuencia en otro tiempo, sin que nunca hubiera sorprendido un grupo de hombres a la puerta ni a nadie parado por las cercanías y mirando a sus ventanas.
Era ya tarde cuando subió los siete escalones y atravesando la puerta vidriera ganó la ancha y alfombrada escalera por la que se deslizó silenciosamente como un gato. Los últimos tramos por los que no subía nadie que no tuviese algún asunto que tratar con el propietario conducían a
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una puerta de caoba, que por la parte interior estaba forrada con una plancha de acero capaz de resistir los envites de la destral.
Se abría la puerta con dos llaves, una de las cuales se introducía por un agujero visible, mientras que la otra nadie más que el propietario y el ama de llaves sabían cómo funcionaba. Trent desconfiaba de las ganzúas que pudieran usar los agentes para sorprenderlo, y por regla inquebrantable jamás se usaba la segunda llave cuando otra persona estaba mirando.
Se comprende que en el rostro generalmente inexpresivo de Trent se pintase cierta curiosidad cuando abrió la puerta. Durante su ausencia, el piso había sido decorado y amoblado con una serie completa de muebles comprados en Inglaterra a una familia venida a menos por la guerra y las contribuciones.
Pasó por el recibimiento una mirada de aprobación. En el color de limón de las paredes resaltaban los tonos de los viejos muebles de roble produciendo un efecto espléndido, y ante el retrato de Jorge Washington, de Stuart, se relajaron sus facciones en una sonrisa, no porque la cara del padre de la patria tuviera nada de risible, sino porque le recordaba una de sus más hábiles hazañas: el robo del célebre Giorgione, una tela de cortas dimensiones, pero de mérito extraordinario que le costó a un inculto millonario la friolera de doscientos mil dólares. En todas las ciudades del mundo se habían movido los detectives, ansiosos de la recompensa ofrecida a quien la encontrase, y la obra no había salido de Nueva York, oculta en el marco que adornaba el recibimiento de Trent y protegida de toda mirada indiscreta por la cara de esfinge de Washington. Y sobre un anaquel, en la habitación de la señora Kinney, volvió a ver el jarrón del rey Senwosri, por el que un senador entusiasta que vivía a la otra parte del parque, en un melodrama de piedra esculpida, pagó una suma increíble. Nadie lo hubiera reconocido con la capa de pintura que Trent aplicó sobre el vidrio que cuatro mil años antes ya era un objeto de arte, único en el mundo.
Pasó por las cinco habitaciones y las halló esmeradamente limpias. Un día al mes iba la señora Kinney, que vivía en Wareham, en el Cabo, para hacer limpieza, en espera de que su amo volviese. Trent le había telefoneado para decirle que fuese aquella semana.
Se dejó caer en uno de los sillones colocados ante las ventanas y se entregó a reflexiones sobre su futura vida. El porvenir le parecía exento de interés, casi vacío. Al menos antes, desde donde ahora estaba sentado,
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contemplaba los suntuosos edificios de los ricos de la Quinta Avenida y trazaba sus diabólicos planes para despojarlos de los objetos de sus vanidades, exasperando a la policía. Ya no podía pensar en aquel entretenimiento que tan agradables momentos le produjo, dispuesto como estaba a no quebrantar sus propósitos de enmienda. ¿Qué haría durante los años que le quedaban de vida? Tiempo atrás soñó con ser un compositor de fama, pero hubo de reconocer que carecía de dotes extraordinarias. Claro que el piano podría aun librarle del aburrimiento, compartiendo esta afición con las diversiones al aire libre, que volverían a incorporarlo a la vida de sociedad, como cuando pertenecía a dos clubs importantes de golf, como destacado socio. Se proponía pasar unos meses en Nueva York y probar el gozo que se experimenta en un ambiente prohibicionista y si aún era un placer ir a comer por los restaurantes.
De pronto percibió un penetrante aroma de café recién hecho. La vigorizante fragancia saturaba el aire y procedía de la cocina, situada al extremo opuesto del piso, de la cocina que apenas una hora antes estaba vacía.
Supuso por un momento que la señora Kinney habría llegado de Wareham, puesto que tenía tiempo para ello, y se alegró ante idea de poder dejar inmediatamente el lleno de gente y de ruidos que le disgustaban. Pero en seguida comprendió que no podía ser el ama de gobierno, porque el del café había entrado mientras él permanecía sentado junto a la ventana, y quien lo hacía debió cruzar el pasillo después de abrir la puerta del piso, lo cual era imposible sin llamar la atención de quien tenía el oído tan educado y alerta al menor ruido. No, Trent hubiera oído a cualquiera que entrase por muchas precauciones que pusiera en deslizarse sin ruido.
La puerta del piso era la única entrada accesible, es decir, la única designada por el arquitecto; pero había otra que seguramente desconocía la señora Kinney, o que, en caso contrario, jamás se hubiera atrevido a usarla.
Sobre las habitaciones de Trent estaba el terrado, adonde se llegaba por una escala, desde un espacioso gabinete que daba al pasillo. El muro posterior del edificio de Trent estaba separado por unos cinco pies de la pared lateral de otra casa, formando un estrecho pasaje entre Central Park y la Avenida de Manhattan. Tiempo atrás había visto en esta disposición de las casas una admirable salida que le permitiría la huida dando un brinco mientras forzasen su puerta, ya que se trataba de un viejo edificio
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sin ascensor ni portero. Y para asegurarse bien, varias veces lo probó, saliendo por la casa vecina sin que nadie lo notase.
La persona que estaba preparando café en la cocina, sólo pudo entrar por un método tan fuera de lo regular. ¿Qué significaba esto? Trent, recostado sobre el respaldo, permaneció inmóvil tratando de reflexionar. En primer lugar, nadie podía introducirse en su casa sin una intención secreta y subrepticia, puesto que nadie sino él y su ama de llaves tenían derecho a entrar. La primera sensación que aquello le produjo fue ese miedo a la ley que hiela el corazón de los que han obrado contra ella. Era posible que le estuviera esperando un detective. Acaso Scotland Yard había cablegrafiado a Nueva York su llegada en el Brabant y le estaban esperando allí, seguros de que volvería a su casa.
Se alegró de no estar fumando, ya que el olor del tabaco pe iría advertir de su presencia al que estaba haciendo el café. El desconocido lo ignoraría por algún tiempo. Si no era un detective, tampoco era admisible que se tratase de alguien respetuoso con la ley, pues nadie tenía derecho a invadir una casa deshabitada y menos de aquella manera. En todo caso sería un ladrón intrépido. ¿Pero cómo un ladrón podía saber que allí había objetos de valor?
Lo más probable era que el intruso estuviera armado, y cualquier indagación resultaba peligrosa para una persona indefensa como se hallaba Trent. Por otra parte, le era fácil escapar sirviéndose de la puerta, ya que el otro no tenía la menor sospecha de su presencia. Pero esto hubiera sido abandonar su casa y confesarse cobarde, y era impropio de Trent. Haría frente a lo que fuese y en caso de necesidad lucharía. Huir del desconocido era el peor de los procedimientos, porque era el más fácil.
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Trent avanzó unos pasos y miró la cara de su huésped.
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Aguzó el oído para recoger cualquier rumor de la cocina. Por lo que oía, dedujo que toda una familia podía estar cenando. No tuvo que poner mucha atención. El ruido de pasos le llegaba muy distinto. Le parecieron producidos por un hombre que no tenía motivos para preocuparse en amortiguarlos ni temía que lo sorprendiesen. Esta circunstancia le quitó de la cabeza la idea de una ocupación de la policía. Los miembros de la Oficina Central no advertirían tan abiertamente su presencia. Los delincuentes tienen mejor concepto de las habilidades de los agentes, de lo que muchos creen. Ya pasaron los tiempos en que liarse a bastonazos con un criminal era un mérito para el ascenso. Hoy día, los jóvenes que trabajan para la Oficina Central, son listos y saben lo que se traen entre manos. Para prender a Antonio Trent mandarían sin duda los más astutos, y éstos se guardarían muy bien de hacer café armando ruido.
Trent se dirigió a la cocina con todo tiento y haciendo mil conjeturas a lo largo del camino.
Sentado a la mesa de mármol y vuelto de espaldas, estaba un hombre envuelto en una bata encarnada, que Trent reconoció como suya. La cocina estaba mal alumbrada por una lámpara de pantalla oscura colocada en el centro de la mesa sobre un periódico.
La cena del desconocido consistía en huevos fritos, pan moreno y manteca y una taza de café. Era un tipo de anchas espaldas, pero la contextura del cuello indicaba a Trent que aquel hombre había perdido carnes. La mano que se levantó para subir la taza a la boca, era blanca y cincelada. Ojeaba el periódico con la tranquilidad de quien no teme que se le interrumpa.
Sobre la mesa no se veía más arma mortífera que un cuchillo de plata y si en el bolsillo llevaba algún arma temible, Trent no le daría tiempo de usarla, puesto que acababa de tomar una posición estratégica que lo hacía invulnerable.
—¿Por qué no cena en el comedor? —dijo Trent en tono afable.
El desconocido dejó la taza sin prisa. No sacó ningún arma ni se volvió a mirar.
—Adelante, señor Trent —invitó cortésmente—. Hace mucho tiempo que le estoy esperando.
Correspondiendo a tan sorprendente invitación, Trent avanzó unos pasos y miró la cara de su huésped. Le era desconocida por completo. La pantalla proyectaba la luz en un círculo ocupado por el periódico y por el
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plato, y en la tenue claridad verdosa que irradiaba, el rostro del desconocido adquiría una exagerada palidez enfermiza. Indicó a Antonio Trent la mecedora en que la señora Kinney se pasaba las horas muertas.
—En un momento acabo mi frugal comida y me parece más conveniente comer aquí.
Su voz tenía un timbre de curiosa afectación, y hablaba con cierta pedantería.
Trent se sentó, lamentando en su fuero interno el haber dejado pasar la ocasión de apoderarse del hombre antes de darle tiempo a sacar un arma mortífera. Pero aunque estaba a su merced no le temía. El aspecto exterior del intruso era de lo más raro que había visto. Con una nariz prominente y fina, sus facciones eran las de un tipo romano; pero presentaban una falta de armonía que impresionaba al primer golpe de vista sin que pudiera concretarse. ¿En qué consistía? Los ojillos pardos y llenos de astucia estaban reñidos con la nariz, que era la de un hombre tardo e irresoluto.
—Según veo, no ha tenido usted en cuenta más que sus conveniencias —observó Trent—. Esa bata, por ejemplo…
Y se interrumpió para encender un cigarrillo y seguir examinando a su visitante. La primera impresión fue que éste conocía a Trent y no temía de él ningún mal, mientras que Trent estaba seguro de no haber visto nunca a aquel hombre. Ciertas inflexiones de voz le despertaron un vago y lejano recuerdo, acaso el de un profesor de Dartmouth que hablaba con parecida petulancia; pero no le fue posible concretarlo.
—Ahora —dijo el desconocido levantándose— vamos al salón, donde cómodamente podremos discutir acerca de los problemas que le intrigan, como el de mi presencia, y sus inmediatos resultados.
Aquella descarada serenidad no pudo menos de molestar a Trent, que replicó:
—El resultado inmediato acaso sea avisar a la policía para que se entienda con usted.
El desconocido no opuso de momento el menor reparo. Era tan alto como Trent y más corpulento y no manifestaba ningún temor, pues volvió la espalda al joven y con la mayor tranquilidad lo precedió a través del comedor hasta el salón, donde luego de encender la lámpara del techo, se acomodó en la butaca donde Trent gustaba de permanecer sentado.
—Como le aventajo en años me concederá usted el derecho de sentarme donde más me acomode —observó—. Afortunadamente, aún
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quedan algunos de sus deliciosos cigarros.
Y con todo descaro, le quitó a un habano la punta con los dientes y lo encendió. Trent lo contempló iracundo.
—¿Cómo le parece —preguntó— que juzgaría la policía su visita? —¡Ah! ¡Sí! ¿Hablaba usted de denunciarme, verdad? No se lo
aconsejo. Una investigación podría ser un arma de dos filos que se volviese contra el que la solicitó. Al principio todo iría bien para usted, pero no tardarían en complicarse las cosas.
—No sé por qué.
—Mientras usted declarase que un tipo de cara pálida ha invadido el sagrado de su vivienda, todos lo escucharían atentos y con ánimos de servirle: pero también oirían a la parte contraria, y yo expondría mis dulas acerca de usted y pediría que se abriera una investigación. Una de dos: o aceptaría usted o se opondría. En el primer caso, estaría perdido: en el segundo, se haría sospechoso. Yo me encargaría de avivar la curiosidad sobre usted, informando a la policía respecto al interés que desde hace años viene Antonio Trent despertando en mí.
Trent bostezó sin exageración, manteniendo un aire de perfecta tranquilidad.
—No lo dudo —opuso sin alterarse—, ero no creo que la policía se aviniese a dar satisfacción a un perillán como usted.
No le cabía duda de que aquel forastero le estaba esperando y anhelando aquel encuentro. La actitud de triunfo que adoptaba era clara prueba de que no esperaba de Trent menor daño ni pensaba en recurrir a la violencia. Se manifestaba completamente tranquilo.
—Quizás la policía no me hiciera caso, pero el público está siempre ganoso de noticias sensacionales. Y yo les daría materia para un folletín que intrigaría a los lectores del periódico, y aún más a las lectoras. Les recordaría el Antonio Trent que escribió las de un ladrón imaginario a quien llamaba Conwy Parker y lamentaría que la muerte de un rico tío de Australia, al dejarle una fortuna, privase a la novela de una pluma tan bien templada.
La serenidad de Trent se conmovió en su misma base.
—Seria entonces en una casa de salud y no en una cárcel donde acabaría usted sus días —murmuró.
La alusión a Australia era inquietadora. Tiempo hacía inventó la leyenda del tío rico para justificar de algún modo su cambio de fortuna, y
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más de una vez hubo de confesarse que tales inventos envolvían serios peligros. Un tío es fácil de encontrar en la genealogía de la familia, y aún más probar que ningún testamento se había otorgado en la gran isla a favor de Antonio Trent de Nueva York.
—Podría declarar que su fío era mi socio y que el dinero que le dejó me pertenece legalmente. ¡Figúrese cómo interesaría esto al público!
—Bien sabe que eso no son más que necedades —replicó Trent procurando dominarse.
—¡Claro! Estoy de acuerdo. Como eso de llamar a la policía. Bien, vamos a charlar ya como buenos amigos. Después de todo, está usted en su casa y le debo toda clase de consideraciones.
—Es usted muy amable —dijo Trent con acento mordaz.
—¿Qué le diré? Eso de amable no me parece lo más justo. Pero es que estoy tan seguro de que me ha de recibir bien, que ya me encuentro en su casa como en la mía. Celebro que no se haya mostrado dispuesto a tratarme con rudeza, como hubiera hecho otra persona menos equilibrada, en cuyo caso me hubiera visto obligado a herirle —dijo, sacando de la bata una pistola automática, que entregó a su dueño—. Suya es, tómela.
Trent se la puso en el bolsillo.
—No me propongo utilizarla —dijo— ni creo que sea necesario: pero va usted a decirme por qué se ha instalado aquí y qué desea.
—Una curiosidad por demás comprensible —convino el otro—. Perfectamente. Es usted Antonio Trent, el perfecto ladrón que robó a Andrés Apthorpe la gran esmeralda de Takawaja, el rubí Mount Aubyn, el zafiro Edgcumb y el diamante de cien facetas de Nizam e innumerables otras cosas de valor. Ha trabajado usted con tal habilidad, que se ha burlado de la policía durante ocho años. Sólo una vez se halló en peligro, y eso fue en Francia, cuando el Teniente Devlin, ex policía de Nueva York, le denunció a su ayudante.
Trent se quedó como petrificado ante aquel capítulo de su vida pasada que creía cerrado para siempre y que se abría ahora para condenarlo. ¿Qué no sabría aquel hombre misterioso?
—Antes de morir —dijo—, Devlin rasgó sus declaraciones, negándose a firmarlas, y yo quedé absuelto.
—Pero no sin que el documento fuese leído y recordado. Su ayudante era abogado y lo retuvo en su memoria.
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¿Era, pues, el capitán Sutton, quien lo había traicionado, el capitán Sutton que, caído en desgracia, sufría en la cárcel de Sing Sing? ¡Y apenas hacía un semana que se había encolerizado contra el sobrecargo Brunton Warne por haber éste tratado de criminal al ayudante! Miró al extraño personaje que tenía delante, decidido a hablar. Al fin no había testigos.
—¿Pero es posible que Sutton me haya vendido? —Y el semblante de Trent se endureció al suponer semejante canallada. Desde que el capitán Sutton, con una mano de protección puesta en su hombro le dijo bondadosamente: «De buena te has salvado, Trent: que te sirva de escarmiento», no había vuelto a transgredir la ley. Y con todo, lo había denunciado.
—Está usted en un error —le dijo el desconocido leyendo su pensamiento—. El capitán no es su enemigo, no abrigue el menor resentimiento contra él.
—Ha faltado a su palabra —replicó Trent, perdida la fe en el hombre que tanto respeto le había merecido—. No lo comprendo.
—Dice usted bien. Cuando lo comprenda, lo compadecerá. Conoció usted al capitán riquísimo y ahora está sin un céntimo y en la cárcel por diez años. Ya no se le conoce por el capitán Sutton ni por su brillante carrera militar. Actualmente no es más que un número.
—Pero me ha entregado a merced de una persona extraña, y si me ha traicionado con usted, Dios sabe en cuantas manos está mi destino.
—Sólo yo conozco lo que Devlin escribió en su declaración. Soy el hermano mayor y único de su amigo. Soy Campbell Sutton.
Trent procuró no revelar su enorme alivio.
—No sabía que tuviera un hermano —advirtió, pensando que no era extraño, puesto que conocía muy poco a Sutton. Un hermano de su antiguo ayudante, aunque infringiendo las reglas de la hospitalidad, ya no era tan peligroso como la policía; pero tampoco se podría deshacer de él con tanta facilidad como de un ladrón.
—Hasta que esta inmerecida desgracia cayó sobre Frank nos veíamos raras veces. Él era aficionado a la vida de club y de los deportes, mientras que yo siempre viví retraído, prefiriendo la paz de mi biblioteca.
—Y es de suponer que le condujo aquí la fama de mis libros — observó Trent, rompiendo una breve pausa.
—Vine por encargo de mi hermano. Estoy aquí para recordarle una ley que, siendo tan antigua como la misma humanidad, nunca se ha recogido
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en un libro. Me refiero a la ley de la recompensa. Mi hermano le salvó de varios años de cárcel, no lo negará. Le tiene a usted en muy buen concepto para suponer que lo admitirá de buen grado.
—En efecto —dijo Trent.
—En circunstancias ordinarias, mi hermano jamás hubiera vuelto a pensar en el favor que le hizo. Le quiere y admira personalmente. Al encontrarse envuelto en la desgracia lamentable que lo aflige, recurrió a todas sus más íntimas amistades, y se vio abandonado, porque todos lo creían culpable. Diríase que había muerto para ellos. Entonces pensó en usted y me reveló cuanto he mencionado.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó Trent. Reconociendo lo mucho que debía al desgraciado Sutton, lejos de pensar en evadirse con excusas, estaba dispuesto a pagar la deuda—. ¿Cómo podría ayudarle en algo? Si necesita dinero para una revisión de proceso, le podré ser útil.
—No se trata de dinero —replicó Campbell Sutton—, pues gracias a Dios no me hace falta. Se trata de algo que de ningún amigo puede esperarse. Mi hermano ha pensado en usted, no como en el mejor de un grupo, sino como en el único en quien puede fiar.
Antonio Trent dejó que se dibujase en su rostro una cierta turbación. ¿Qué cualidades lo ponían tan por encima de sus compañeros? Reconocía que en cultura y en fuerza física lo superaban muchos hombres, pero, aunque a regañadientes, había de admitir que en ciertas habilidades no tenía rival.
—Su hermano tiene de mí un concepto demasiado elevado —dijo. —Al contrario, tiene de usted un justo concepto, al considerarlo el
único hombre, entre los que conoce personalmente o de oídas, capaz de llevar a cabo felizmente lo que él desea.
Antonio Trent se encogió de hombros, temiendo que se esperase de él algún acto ilegal.
—Dejémonos de rodeos y vayamos a lo que importa. ¿Qué quiere que haga por él?
—Antes de tratar de eso, dígame: ¿Sabe por qué condenaron tan injustamente a mi hermano?
—Me dijeron que por intento de asesinato y por desfalco, pero no quise creerlo.
—Pues el juez y los jurados lo condenaron por haber dispuesto del dinero que se le había confiado para cubrir pérdidas de valores. Se probó
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que había falsificado unas partidas.
—¿Y el asesinato frustrado? ¿Tenía fundamento la acusación?
—No intentó asesinar a Grant, sólo quería lastimarlo. Y se comprende, cuando descubrió que el amigo en quien había puesto toda su confianza lo traicionaba. —Campbell Sutton guardó silencio durante un minuto. Era evidente que le repugnaba hablar de la desgracia de su hermano—. La señora Sutton era una mujer muy hermosa y muy alegre. Mi hermano la complacía en todo pródigamente. En el hecho de que no procurase retenerlo a su lado cuando la guerra, como hacían muchas mujeres con su marido, vio él una excelente virtud. Pero como tenía el presentimiento de que no volvería, traspasó a ella casi toda su fortuna, para poder morir tranquilo en cuanto al porvenir de la esposa y para dejarle una prueba de su inmenso amor. No es un cuento, señor Trent, lo que le estoy diciendo. Si ella lo dejó marchar a la guerra era por la inclinación que sentía hacia Payson Grant, y éste, que tenía el control de los asuntos de mi hermano, se propuso arruinarlo. A esto se reduce todo.
Trent reflexionó un momento.
—Generalmente —dijo— la simpatía del público y del jurado se manifiesta a favor del marido, y más cuando éste ha cumplido con su deber y mientras el otro se queda tranquilamente en casa sin correr riesgo alguno.
—Desgraciadamente, mi hermano quiso dirigir su defensa. No pudo haber elegido peor consejero. Al ver a Grant lo olvidaba todo. Insultaba al juez y contradecía sus propias declaraciones. Creo que aquellos días andaba medio loco. Después del proceso juraba que mataría a Grant. Ante una actitud tan torpe y ofuscado, diez años de cárcel fue una sentencia misericordiosa. He traído todos los informes periodísticos referentes al caso que deseo que lea.
—¿En qué estado de ánimo se encuentra ahora? —preguntó Trent, temiendo que su protector hubiera perdido el juicio.
—Hace cuanto puede por acumular pruebas en que basar la petición de un nuevo proceso.
—No creo que le sea fácil.
—Casi imposible, dada la situación en que se encuentra, y casi tan difícil para mí, con mi vida pacífica y retraída, mi aversión a la sociedad y la falta de trato con las personas de mi clase.
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Trent le dirigió una mirada escrutadora. No, aquellos ojos zarcos y penetrantes no eran los de un estudiante contemplativo. Empezó a interrogarlo:
—Es usted su único hermano. ¿También teme a la justicia?
—En la vida de Campbell Sutton no hay nada que tenga que ocultarse.
—La contestación fue solemne, casi ridícula.
Trent se inclinó hacia adelante para mejor observar sus facciones. —¿Pues qué necesidad tiene un hombre honrado de saltar por el
terrado para introducirse como un ladrón?
—Por dos poderosas razones —contestó Campbell Sutton sin abrir esa pausa que hace sospechar de la verdad—. Porque la puerta del piso me impedía la entrada, y porque Payson Grant podía sorprender mis idas y venidas. Es muy capaz de haberse convertido en mi sombra, pues no en vano juré que me las pagaría. En su lugar procuraría yo no perder de vista a un enemigo de peligro.
Aquello no tenía réplica y dejaba bien sentado que el intruso no venía por dinero ni por mera simpatía.
—¿Qué quiere que haga?
—En resumidas cuentas: ha de arrancar usted a Payson Grant una confesión que descargue a Frank del peso de su acusación.
—¿No más eso? —comento Trent con amargura.
—No más —dijo Campbell Sutton como si no hubiera entendido la reticencia del otro.
—Grant no hará ninguna declaración —advirtió Trent—. ¿Por qué habría de hacerla cuando la ley le ha concedido diez años para disfrutar de los bienes robados?
—No hay otra manera. Por mi parte me vería obligado $ abandonar el problema cómo insoluble. Pero tratándose d usted ya es otra cosa, puesto que tiene en las manos la técnica del crimen, y para usted será un mero entretenimiento.
—He renunciado para siempre a lo que usted llama la técnica del crimen.
—Como medio de lucro, está muy bien, y no puedo menos de alabar sus propósitos; pero no se trata de ganancias.
—Pero las pérdidas pueden ser las mismas.
—Nunca lo han cogido, y puede considerársele un perfecto ladrón.
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Aquello era ya excitar el amor propio de Trent. Había obrado siempre con tal impunidad, que parecía que las leyes no le atañían, como si estuviese por encima de ellas. Pero el Antonio Trent de hogaño ya no era el de antaño.
—Todo el dinero que tengo está a disposición del capitán Sutton — dijo con frialdad—, y de una manera legal trabajaré por lograr su libertad con todas mis fuerzas; pero no espere de mí que vuelva a mis antiguos procedimientos.
—Aprecio en lo que valen esos escrúpulos que le honran y no esperaba menos de usted; pero nos interesa sobre manera saber si está dispuesto a pagar cuanto antes su deuda a un hombre injustamente condenado a diez años de cárcel. A más hubiera usted sido condenado si no hubiese sido por él.
—No discuto el favor que me hizo su hermano —replicó Trent, imperturbable—, pero si me obliga usted a ello, le expondré la diferencia entre el que me hizo y el que se me pide. A él no le costó más que ponerse en un momento de acuerdo con su conciencia, y aun lo hizo en unas circunstancias en que todo hombre era necesario, y yo era especialmente útil. Me dieron la cruz de guerra y me ofrecieron un ascenso. Acepté la cruz y renuncié al ascenso, prefiriendo permanecer en filas como simple soldado. Si su hermano hubiera resuelto repatriarme, hubiera perdido un hombre en quien podía confiar, más los hombres que habrían de custodiarme. Hizo la vista gorda, porque estaba convencido de que yo no volvería a las andadas. Y en cambio, se me pide que me arriesgue a coaccionar a Payson Grant mediante chantaje. No puedo aceptar semejantes comisiones.
—¿Quiere decir que se niega usted?
—Me niego a poner la cabeza en el nudo corredizo por servir a otro. —Convendrá usted en que podría encontrarse algún método que nos
permitiese secuestrar a Payson Grant y retenerlo hasta que confesase.
—Sus dificultades tendría, pero supongo que podría hacerse.
—¿Así, pues, admite usted que eso no es imposible, que podría usted
hacerlo sin que lo detuvieran? ¿Siendo así, señor Trent, por qué no lo
acepta como el mal menor?
—¿Menor que qué?
—Que ir a la cárcel por el robo de Apthorpe, por ejemplo.
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Los ojos de Trent se ensombrecieron. Se le amenazaba, y no estaba dispuesto a tolerar aquella actitud.
—¿Sería usted capaz de denunciarme por los hechos pasados después de saber mí firme propósito de no reincidir?
—Lo siento, pero no habría más remedio. Trent rió de tal manera, que parecía advertir al otro del peligro que corría.
—Al principio —dijo Trent— dudé que fuera usted un hombre raro, amante del estudio en su retraimiento y reñido con sus semejantes; mas ahora no tengo la menor duda. Nadie más que un loco vendría a amenazarme con la cárcel si no cumplo sus órdenes.
—¿Es usted quien amenaza ahora? —replico Campbell sin manifestar la menor inquietud y sin que le importase lo que Trent pudiera contestar, lo cual era en si alarmante.
—No amenazo. Hablo así porque usted me obliga. Pensaba haber acabado con todo acto violento y criminal. Dios sabe que quería olvidarlo todo, pero hay un límite más allá del cual ningún hombre será capaz de empujarme. No haré lo que usted quiere ni por su hermano, ni iré a la cárcel porque usted me denuncie a la policía.
—¿Qué recurso le queda?
—Uno al que no quisiera apelar, pero que estoy dispuesto a aceptar antes que lo que usted me propone. Escuche un momento.
Se halla usted en mi piso. En apariencia, al menos, es usted un ladrón. ¿Hay algún motivo para que yo no dispare contra un ladrón?
—Mi hermano pensaba que podría usted sentirse inclinado a la violencia, pero yo no compartía su opinión, y la prueba es que le he devuelto el arma.
—Generosidad muy poco oportuna.
—No lo creo —repuso Campbell sonriendo—. Sería incomprensible que quien tantos escrúpulos siente ante la idea del robo, no titubease ante la del asesinato.
—Se trata de elegir el mal menor, como usted dice.
—No, señor —replicó Sutton—, y le diré por qué. Mi hermano, ante el temor de que pudiera ocurrirle algo malo, me fijó una fecha, pasada la cual, si no me he puesto en comunicación con él por cualquier causa, llamará al director y se lo confesará todo. Claro que reclamará las recompensas que se han ofrecido por usted.
—¡Yo que lo tenía por uno de mis mejores amigos!
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—Y lo es —dijo el otro formalmente—. Precisamente porque piensa que es usted su amigo espera de usted el favor que le pide.
—¡Bonita manera de probar una amistad! Quiere que me exponga a riesgos incalculables para corresponder a los que hizo por mí.
—No cree que el peligro sea tan grande como usted supone. Recuerda la habilidad con que usted sabe evitarlos y cree que para usted será eso un juego de niños. Ha pensado en lo que sus éxitos significan para él.
Trent permaneció un momento apoyado de codos en las rodillas y con la cara hundida en las manos. Pasaba por una de sus crisis más amargas. Se sentía cogido. ¿Cómo dudar de lo que Campbell Sutton le decía? No había escapatoria posible. Sutton, enloquecido por la injusticia de tres años de cárcel, no estaría en disposición de atender a razones que más bien le parecerían pobres excusas nacidas del temor. Pensó que en el mundo no había compasión para los que un día infringieron las leyes. Los Suttons eran personas íntegras y acogerían sus reparos como sensiblerías incomprensibles, como si se propusiera representar ante ellos una comedia ridícula.
—Bueno —dijo Sutton rompiendo el silencio—, ¿en qué quedamos? —Acepto —contestó Trent sin moverse.
Una vez tomada la resolución era preciso adoptar ciertas precauciones. Campbell Sutton propuso trabajar con Trent en el mismo plan, pero no le gustó que volviese el ama de gobierno.
—Estoy convaleciente de una grave enfermedad y se me permite muy poco ejercicio. Ahora que está usted aquí puedo recogerme en un cuarto oscuro como me prescribe el médico, y realmente no tiene nada de agradable la presencia de un forastero.
Trent le dirigió una mirada de observación y no descubrió el menor síntoma que aconsejase aquel tratamiento.
—Aunque no lo parezca, mi vista exige serios cuidados —dijo Campbell Sutton como respondiendo al pensamiento del otro—. Largos años de incesante estudio han provocado la fotofobia. El aspecto del ojo nada significaría pera el profano. Por ejemplo, he de evitar siempre salir a la luz del día.
—No creo que haya necesidad —advirtió Trent, sabiendo que la intervención del amateur en un asunto como aquel más sería un estorbo que una ayuda. Campbell Sutton le suministraría toda clase de pormenores
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respecto a la vida y a la costumbres de Payson Grant y su nueva esposa, y a esto limitaría sus servicios.
—Espero no dará ningún paso sin consultarme.
—Está usted equivocado —replicó Trent sin ocultar el disgusto que aquella intromisión le causaba—. Ya que me veo obligado a meterme en ese berenjenal, quiero una libertad completa de acción; no estoy acostumbrado a obrar al dictado de nadie. —Abrió una pausa breve y añadió—: Parece mentira que no se haga usted cargo de lo delicado de la situación. Es usted el hermano del capitán Sutton, nada tengo que ver con usted, y no obstante, se mete usted en mi casa, se me fuma los cigarros y pretende mandarme, como si estuviera obligado a alterar mi vida a su capricho.
—Es lo mismo —dijo el hermano de Sutton con indiferencia.
—En rigor no es lo mismo —replicó Trent—, y así se lo diré al capitán cuando lo vea.
—¿Piensa ir a visitarlo?
—Desde luego. ¿Por qué no?
—Por qué no quiere que vaya. Ya hemos hablado de eso. Payson teme que mi hermano le haga alguna trastada; no ha olvidado las amenazas de que fue objeto. Sin duda tiene espías en la cárcel que le dan cuenta de las visitas que mi hermano recibe. Yo mismo me refugié aquí para estar lejos de su observación. Su valimiento será nulo si va a ver a Frank y luego obra contra Payson. Eso sería buscar el peligro. Elija cualquier camino menos ese.
Trent se quedó un instante pensativo. No era necesario ver al capitán si la visita entrañaba un peligro.
—Perfectamente —dijo—. Supongo que usted conocerá la vida de Grant.
—Tan bien como mi hermano —dijo Campbell—. No estoy seguro de que se le rueda ver ahora. Se ha convertido en un hombre apartadizo, en un recluso voluntario y precisamente de ciertas expansiones.
Cerca de media noche, Trent daba por terminada la conversación y estaba enterado de todos los pormenores del proceso. Campbell Sutton había contestado satisfactoriamente a todas las preguntas que le hizo sobre Payson Grant. No había duda de que el preso se había confiado plenamente a su hermano.
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—Será mejor que tenga usted las llaves —dijo Trent antes de marcharse—. La otra salida es muy peligrosa para quien no está bien de la vista y puede ocasionarle un disgusto con los inquilinos de al lado. Volveré con mi equipaje poco después del desayuno. Se lo digo para que no se asuste. Ya le enseñaré cómo se abre la puerta.
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CAPÍTULO IV
SE REANUDA EL JUEGO
uando Trent hubo mandado un telegrama a la señora Kinney Cordenándole que no se moviese de Cape Cod hasta que fuese a buscarla, volvió a su piso, donde no permaneció más de diez minutos, y al marcharse el portero, después de subir el equipaje, Campbell Sutton salió del dormitorio en que se había instalado. Llevaba una gran visera de celuloide que le daba un aspecto grotesco y su palidez seguía siendo muy pronunciada. Trent contestó a sus preguntas con monosílabos molestado por el tono petulante de aquel hombre.
—Voy a salir —anunció Trent— y no sé cuándo volveré. He mandado al portero por huevos, manteca y chuletas. Preferiría que usted no se moviera de casa ni se aventurase a llamar la atención de los inquilinos, pues su aspecto produce un raro efecto.
Campbell Sutton se mostró conforme, diciendo:
—Como usted quiera. Después de todo usted es el profesional y yo el aficionado. ¿Se acordará de traerme un diario de la noche?
Cuando el portero llegó con la compra, Trent se echó a la calle rara dar principio a su ardua empresa. En su banco, cuyo cajero le estrechó cordialmente la mano, recogió una importante cantidad y abrió un nuevo talonario.
En la feria de automóviles de Broadway compró a buen precio un coche de segunda mano. En cuestión de automóviles y de indumentaria se consideraba obligado a imponerse cierta restricción. Compró un coche vulgar, para no llamar la atención.
—Lo probaré por las pendientes de Fort Lee —dijo al vendedor— y si no resulta tan bueno como usted dice, volveré por mi dinero.
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De paso entró a ver a un hombre llamado David More, a quien había empleado con frecuencia en otro tiempo, cuando More sufría de dispepsia y de escasez pecuniaria. En aquel entonces estaba ocupado en un almacén de muebles de lujo y tenía a su cargo aconsejar a la rica clientela respecto al estilo conveniente del mobiliario, en vista de las piezas a que se destinaba, ganando en esto crédito por su buen gusto. Luego Trent descubrió que More había perdido su empleo a causa de un incendio y le estableció una pequeña agencia detectivesca cuyo primer cliente fue el mismo Trent. More tomaba a su protector por uno de los jefes de la policía secreta. Pero empezó a sufrir de varices y el negocio se fue al diablo. Entonces recurrió a Trent, quien lo socorrió con largueza, y poco antes de marcharse a la guerra compró una tienda en la calle de Fort Lee, donde se vendía tabaco, caramelos y revistas, y dejó a More instalado allí con su familia.
Ante la tienda, que exteriormente ofrecía agradable aspecto, detuvo Trent su automóvil. Dentro estaba More fumando uno de los cigarros que constituían su negocio y leyendo una revista que vendería en cuanto él se enterase del folletín. La hija mayor estaba vendiendo caramelos a un arrapiezo.
Cuando More vio a su protector dio un brinco para salir a su encuentro a ofrecer un anticipo sobre la propiedad del establecimiento.
—No sea tonto —dijo Trent sonriendo—. ¿Dónde ha visto que se pague un regalo? No me hable más de eso. Vengo a que demos un paseo, si tiene tiempo.
More aceptó encantado y Trent nada dijo del objeto con que fue a buscarlo hasta que estuvieron muy lejos.
—Necesito su ayuda —empezó—. ¿Puede ir a Asbury por una semana?
—Con mucho gusto —contestó More sin titubear—. Todo lo que quiera, señor Trent.
—¡Magnífico! La finca de Guggensohn, en Deal Beach, ha sido adquirida recientemente por Payson Grant. Necesito saber sus costumbres, diversiones, amigos, dónde y cómo pasa el tiempo; cuantos criados duermen en la finca. Entérese y pídame el dinero que necesite. Aquí van cien libras para empezar. Antes de marchar pase por el despacho de Sutton y Merton, en Broad Street, 28. El capitán Frank Sutton fue mi ayudante y
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ahora está en Sing Sing. Haga que algún antiguo empleado hable de él y de su hermano Campbell y vea si creen injusta su condena.
David More se apuntó los nombres en un cuaderno.
—¿Por dónde empiezo? —preguntó.
—Por los Sutton. Deme cuenta del resultado de sus indagaciones antes de marcharse a Asbury. No necesito saber nada del proceso de Sutton, porque estoy bien enterado de todo. Me interesa sobremanera un informe respecto a los íntimos de Frank Sutton, si los tiene. Vea de enterarse en el despacho qué piensan de su culpabilidad.
Al dejar a More en su tienda, Trent estaba seguro de que aquel hombre le traería un informe claramente escrito, al que no se añadiría un sólo dato de cosecha propia.
Al abandonar Trent el periodismo para dedicarse a escribir en revistas vivió durante dos años en la casa de huéspedes de la señora Sauer. Era ésta una mujer laboriosa, cuyos principales defectos consistían en su desacertada elección de cocineras y en la escasa variedad de los platos que servía. Trent la veía luchar contra la fatalidad y sólo podía ayudarla pagándole puntualmente su pensión y arreglando a veces las deudas del matrimonio Clarke. El señor Clarke era el tipo del hombre fracasado, ex director del diario que Trent abandonó para dedicarse de lleno a la novela. El demonio del ron lo llevó a la más completa ruina.
Años después de dejar la pensión de la señora Sauer, se enteró Trent de que esta señora se veía obligada a abandonar el negocio. Fue poco antes de alistarse en el ejército. El espíritu caritativo de Trent lo impulsó en ayuda de aquella mujer digna de mejor suerte y la salvó. Le pagó las deudas, la instaló en un piso más cómodo y le aconsejó asociarse con la señora Clarke. Ésta era una excelente cocinera y el negocio prosperó desde entonces.
Al despedirse de More dirigióse Trent a esta casa de huéspedes, en Chelsea. Trent había sido para su patrona un modelo de pupilos, porque siempre pagaba sin quejarse, y cuando la sacó de sus dificultades económicas lo consideró su providencia, una providencia que se embarcó sin darle tiempo de mostrarse agradecida.
Insistió la señora Sauer en que tomase café y unas pastas con ella y su socia, la señora Clarke, suponiendo que iba Trent a hablarles de lo que debían, pero el joven les dijo sonriendo:
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—No piensen más en eso. Tanto usted como los Clarke fueron siempre conmigo muy bondadosos y estoy contento de haber encontrado la manera de mostrármeles agradecido. Hace pocos días que he vuelto a América y he querido ver cómo estaban ustedes.
Entró la señora Clarke acalorada de la cocina. Era una dama de porte distinguido, de muy buen tipo, que se sentía completamente feliz después de veinte años de sufrimiento. La ley seca se había promulgado a su favor. Su marido no se movía de casa. Por fin la pobre mujer vivía tranquila, sin pensar en tranvías y automóviles y casas de socorro, y sin la humillación de ir de taberna en taberna preguntando por su marido.
—Está escribiendo un libro de memorias —contestó cuando Trent preguntó por él.
—¡Me alegro! ¡Cuánto me gustaría verlo! ¿Está en casa?
—Se encierra y no quiere que se le estorbe mientras trabaja. Usted que ha sido escritor ya sabe lo que es eso, señor Trent.
—Ya lo creo —asintió Trent. Pero no concebía a su antiguo director como escritor, aunque le concedía bastante inventiva y una memoria prodigiosa. Jamás encontró a un hombre con más graciosas e ingenuas excusas cuando necesitaba dinero para beber.
—Está absorbido por completo en la redacción de su libro —dijo la mujer—. Se pasa días enteros sin salir de su habitación.
Trent siguió a la señora Clarke al piso más alto y al llegar a la última puerta, llamaron.
—Siempre se encierra para que no lo estorben —murmuró la mujer con orgullo. Y en efecto, Clarke tardó mucho en abrir. Pero cuando lo hizo, se arrojó materialmente al cuello de su antiguo reportero y lo arrastró a su cuarto como una araña a su presa.
—Necesito hablar con este muchacho una hora —dijo dirigiéndose a su mujer, la cual sonrió y los dejó solos. Nunca el matrimonio estuvo en términos tan amistosos. La prosperidad es una de las piedras angulares de la felicidad conyugal.
—Echa un vistazo por la habitación —dijo Clarke cuando acabó el torrente de preguntas con que inició la conversación— y dime como buen periodista si no ves algo que te intrigue.
Era una pieza rectangular de ocho pies de largo por nueve de ancho. Los muebles carecían de valor y de estilo. Sobre una mesa había un
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montón de cuartillas y varios lápices. En anaqueles se apilaban fajos de periódicos. Trent lo miró todo sin hacer caso.
—Quizá me tengas por muy sensible —dijo Clarke— pero este maldito cordón me parece tan fuera de lugar como una verruga en la rodilla de una «girl» del Follies.
Trent siguió su mirada y vio en efecto un cordel que colgaba por la pared e iba a parar a una especie de trampa que se abría en el techo.
—Mira —dijo Clarke, y tiró de la cuerda.
La trampa se puso en movimiento y bajó sin ruido hasta el suelo una escala. Trent siguió a su amigo y se halló en un obscuro desván. Se encendió una luz y apareció un sillón de mimbres y varias mesas, y todo estaba saturado de un extraño olor de alcohol. Clarke, viendo que Trent olfateaba, le dio con el codo diciendo:
—¡Vinagre! ¡Ah chico!, Soy el rey del vinagre.
Así ya se comprendía que Clarke no se moviera de casa y estuviera inspirado para escribir un libro.
—¿Peligro? Claro que lo hay, pero he tomado mis precauciones para borrar toda pista. Ahora, hijo mío, sabrás lo que es bueno. No temas que te haga mal. Es del puro.
—El Pato Salvaje de Ibsen me inspiró esto —confesó después—. No me ha costado poco trabajo. La escala funciona con un contrapeso. Todo es obra mía. No sospechaba que tuviera tanta habilidad.
Cuando bajaron, y Clarke acabó de hablar y de hacer preguntas, empezó Trent.
—Mi ayudante fue condenado a diez años de cárcel por intento de asesinato y por desfalco. Se llama Sutton y hace de eso tres años. Supongo que se enteraría.
—De todo, hasta de los menores incidentes. Leo la prensa de cabo a rabo. Conocí al padre de Sutton cuando fue consejero del Ferrocarril del Estado de Georgia.
—¿Qué le pareció el veredicto?
—Sutton acusó al juez de proceder de mala fe y eso no está bien. Su criminal conducta con su mujer lo perjudicó. No hay derecho a que un hombre derroche una fortuna con mujeres de la vida mientras su esposa le está zurciendo los calcetines.
—Clarke, no diga usted eso. Sutton se consagraba exclusivamente a su mujer y lo demás son leyendas; créame. Todo lo inventó Payson Grant,
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que se casó con la señora Sutton después que ésta animó a su marido a que fuera a Francia porque estaba liada con un perezoso que tenía una de las cincuenta y siete variedades de pies planos que fueron inventadas en 1917. Amenazó a Grant como lo hubiera hecho cualquiera que tenga sangre en las venas. Grant le teme pero aún puede gozar durante siete años de la propiedad robada. Ha comprado un palacio en la playa de Deal, donde vive con la mujer que sedujo. Siete años es mucho tiempo. Uno de los dos habrá muerto entonces.
—Uno de los dos morirá mucho antes —corrigió Clarke—, si no me equivoco. ¿No sabes que Sutton juró escaparse de la cárcel y matar a Grant?
—Eso le perjudicará en el propósito porque supongo que lo tendrán bajo más estrecha vigilancia.
Clarke se quedó mirando al joven con ceño de extrañeza.
—¿Pero qué estás diciendo? ¿Ya no lees los periódicos?
—Mañana y tarde —contestó Trent—. ¿Dónde te figuras que está tu amigo Sutton?
—Pudriéndose sobre el Hudson.
—¡Un cuerno está allí! —replicó Clarke—. Hace dos semanas que escapó.
Trent se quedó con la boca abierta. No era probable que Clarke, con su prodigiosa memoria para retener los sucesos de actualidad, se equivocase. Más de cien veces había Trent recurrido a él en busca de informaciones como aquélla y nunca salió engañado.
¿Y si Clarke decía verdad, por qué insistió Campbell Sutton en el engaño? La antipatía que le inspiró el intruso le parecía ahora una intuición que le aconsejaba mantenerse alerta, y no un prejuicio.
—Habrá sucedido eso durante mi viaje. No he leído nada en los periódicos.
—El divorcio de Clancy absorbe todo el interés de la prensa esta semana y ha relegado al olvido el caso de Sutton.
—¿Hay alguna pista?
—Muchas, como en todos los casos bien conocidos. Pero ninguna de las señaladas me parece buena.
Trent pensó con temor en el estado mental de Sutton y esperaba que no hubiese apelado a la violencia.
—¿Cómo logró escapar?
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—Con su talento, hijo mío —afirmó Clarke—, aunque no creo que se le hubiera ocurrido leer alguna de las historias que tú escribías. Decidió ir a la huelga del hambre, que se ha puesto de moda en las principales cárceles. Pidió permiso para ver al Jefe de una sociedad de sabandijas que vive con una comida de fruta al día. Luego reducen la comida a una a la semana, luego a una al mes, hasta que se alimentan exclusivamente del nitrógeno del aire. El sumo pontífice de estos desgraciados fue a Sing Sing a explicar sus teorías de ayuno con aquella satisfacción de ganar un adepto. Sutton se negaba a creer que un hombre fuese fuerte con tan absoluto ayuno e hizo que aquel esqueleto se desnudase enteramente para probar que tenía sangre y musculatura. Entonces tu camarada Sutton lo tumbó de un puñetazo, se puso las ropas que el otro se había quitado, se hizo abrir las puertas y escapó. Alguien lo vio en el club al que pertenecía, pero luego se desvaneció.
—¿Eso hizo Sutton? —preguntó Trent, riendo de admiración—. Dos semanas son suficientes para tomar ventajas.
—Lo cogerán —declaró Clarke—. Lo cogerán, porque saben dónde han de vigilarlo. Anda en busca de Grant y éste no duerme tranquilo de noche, créeme.
—¿Por qué no lo han cogido ya? Grant no está tan lejos.
—Sutton espera la oportunidad. Dentro de poco, Grant vivirá menos precavido y entre tanto, su antiguo socio sabe que lo atormenta; porque Grant tiene miedo hasta de su propia sombra. La ventaja siempre está de parte del que ataca, porque puede descansar cuando le plazca, mientras que el otro se ve obligado a vivir en constante vigilancia. Hijo mío, la fuga de Sutton debe de haber alterado los nervios de Grant, cuya existencia será un continuo infierno.
—¿Qué sabe usted de su hermano Campbell?
—Ni una palabra. ¿Sabes tú algo?
—Poca cosa. Parece un profesor pedante, con una manera infatuada de hablar que revienta y una nariz angulosa y prominente que desarmoniza con su palidez de cera. Y no obstante, tiene ciertos rasgos que recuerdan a su hermano. Esta noche voy a verlo. Me parece que lo mandaré a paseo.
—¿Pero es que puede haber alguien en la actualidad que tenga un color sano y no esté fofo de carnes y de ideas? Te digo que pronto podrán dar este país a los perros, si se empeñan en que cada uno se fabrique la
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cerveza. Hoy día se bebe cualquier porquería que se ponga en una botella.
No hablo de mi género, porque tengo el secreto de su calidad.
Trent no pudo dejar aquella casa sino después de tener una larga conversación con la señora Sauer y hasta cerca de la noche no volvió a su piso, pero había sido un dio bien aprovechado.
Al entrar percibió 1 fragancia de su coñac y de su tabaco. Campbell Sutton, que se había apropiado su más cómodo asiento, levantó la vista de un libro para preguntar.
—¿Me trae un periódico de la noche?
—No —contestó Trent—, he estado demasiado ocupado para pensar en eso. He pasado por aquel montón d piedra que la gente llama Sing Sing.
—¿Después de lo que le dije?
—A pesar de todo. Ya ve que no estoy dispuesto a acatar las órdenes de nadie. Su hermano se ha mostrado encantado de verme y me ha dado sus más afectuosos recuerdos para usted. Me pidió perdón por las incorrecciones de usted, diciéndome que su hermano era muy molesto aun en sus buenas intenciones.
Campbell Sutton reflexionó antes de contestar.
—Si empieza usted a desobedecer mis órdenes, vamos a pasarlo mal. —Es la primera advertencia juiciosa que me hace. Lo pasaremos mal y
ya no podríamos empezar peor.
—Claro que no ha podido ver a mi hermano, puesto que no está allí. —No tardará mucho en estar. Según el Evening World, lo han detenido
en Wilmington. Dentro de una semana podrá usted visitarlo en su antiguo domicilio.
Trent examinó a su interlocutor y no pudo descubrir el menor signo de inquietud. Por lo contrario, Campbell Sutton sonrió y dijo:
—Eso sí que no lo creo. Mi hermano permanece oculto en un lugar donde a nadie se le ocurrirá buscarlo y está bastante lejos de Wilmington.
—¿Por qué me engañó?
—Porque lo juzgué necesario. Lo único que me interesa es reivindicar a mi hermano ante el mundo, y para eso estoy dispuesto a sacrificarlo todo. Acaso hubiera valido más decírselo antes, y estuve tentado; mas ahora prefiero mantenerle en la ignorancia —dijo en un tono que parecía querer ser conciliador—. Al principio no estaba seguro de poder confiar en usted. No veo en ello más que una medida de precaución, señor Trent. El
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capitán Sutton lo espera todo de su energía y de su valor. No deje que sufra porque su hermano sea excesivamente cauteloso.
—¿Dónde está?
—Por ahora no se lo diré. Cuando usted haya trazado su plan acaso combinaremos un encuentro.
—¿Por qué no quiere usted que lo vea?
—Porque temo que se muestre débil con usted, dado su buen corazón. Yo no soy tan sentimental como mi hermano, le soy franco, e insisto en que usted llegue hasta donde sea necesario. Va en ello el honor de la familia Sutton, y es usted el único que puede limpiarlo. No atiendo a excusas. Por duro cue le parezca, ha de librar a mi hermano de Sing Sing o irá usted allí. Ni las amenazas ni aun mi muerte pueden alterar el resultado.
—Me hace pensar que no son ustedes de la misma sangre —comentó Trent con amargura.
—No comparto su opinión. Cuando haya satisfecho nuestros deseos verá cómo soy más agradecido de lo que supone.
—No espero su agradecimiento. Me es usted antipático, pero siento un sincero afecto por su hermano y deseo verlo.
—Lo verá. Yo me cuidaré de eso oportunamente.
—Si entre tanto no lo detienen.
—Aunque así sea no se librará usted de la misión que le encomendamos.
—No pensaba en eludirla. La policía lo buscará en la playa de Deal, si aún está allí Grant, esperando que lo atraiga la venganza.
—Esperarán en vano —replicó Campbell Sutton—. Mi hermano no se fugó con la idea de matar a Payson Grant. Tiene la cabeza muy bien sentada y es tan sereno como yo para comprender que un ataque premeditado y alevoso equivaldría a una confesión de aceptabilidad. Frank sabe perfectamente que con sus propios medios es incapaz de arrancar a Payson la confesión de su falso testimonio de desfalco. Sabe que nunca declarará Payson que el revólver que se encontró en poder de Frank se lo puso él mismo o uno de sus asalariados.
—¿Y cree que yo soy capaz de descubrir las pruebas de una conjuración organizada?
—No es eso precisamente. Si se tratase de sacar las pruebas de una caja de caudales, cualquier ladrón de mediano talento bastaría. A usted lo
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necesitamos para un trabajo más delicado. Mi hermano está convencido de que un hombre de tan raro ingenio como usted es capaz de colocar a Payson Grant en tan apurada situación, que se vea obligado a confesar de pleno.
—¿Y han pensado ustedes en el castigo en que incurriría por apelar a semejante coacción?
—Hemos pensado que usted es capaz de apreciar el peligro y sortearlo. ¿Cómo? No lo sabemos. Seguramente encontrará usted a Grant receloso de todo desconocido y bien vigilado contra cualquier sorpresa de sus enemigos.
—Será la empresa más difícil a que me haya lanzado.
Campbell Sutton sonrió mirando a Trent, de cuya cara iban desapareciendo los signos de resistencia a la desagradable tarea que se le confiaba como si, al pensar en las dificultades, se le despertase el espíritu aventurero que en él dormía. Antonio Trent contra Payson Grant y todas sus huestes. La perspectiva de aquella aventura empezaba a interesarle.
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Por ahora no se lo diré.
—Las dificultades han sido creadas para probar el temple de las personas —dijo Campbell Sutton rompiendo el silencio que siguió. Y aunque esta sentencia de Epicteto no aludía a empresas como la que se debatía, su aplicación al caso no dejaba de ser oportuna—. En cuanto a mí, no dudo de que al fin cantará victoria.
—De usted será el triunfo más que mío —replicó Trent viendo que el otro estaba menos agresivo ahora que veía ganada la partida—. Pienso ir a
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pasar unos días a Deal. Aun pertenezco al club de golf, de modo que no iré como forastero. Y si Grant juega, como usted dice, hablaré con él.
—No le será fácil entrevistarse. Se ha vuelto muy engreído, y sólo admite en su casa a los viejos amigos o a sus nuevas relaciones. Usted no se cuenta entre sus viejos amigos, y en cuanto a sus nuevas relaciones, las eligen entre aquellas personas que pueden abrirles las puertas de la alta sociedad. Este es el principal anhelo del matrimonio y si la señora Grant casó con Payson, se debió en gran manera a considerarlo más apto que mi hermano para abrirse paso en los salones. Para congraciarse con ellos debería ser usted muy bien presentado. Será imposible.
—No lo intentaré. En cambio haré que ellos procuren congraciarse conmigo.
—No entiende usted de eso —dijo Campbell Sutton en tono de lástima
—. Esta lucha de sociedad no es un juego cualquiera, es un deporte profesional con todas las martingalas usadas por los profesionales.
—Lo he visto jugar más de lo que usted se figura y conozco más gente de la alta sociedad que su amigo Payson Grant. Sin buscarlo, me he visto metido en lo que podríamos llamar la flor y nata de la sociedad en Inglaterra. He tratado a duques y a marqueses, a condes y a ministros. He comido en la intimidad con nuestro embajador. Me he entrevistado con americanos cuyos nombres me parecían palabras mágicas, y todos, marqueses y millonarios, han sido amabilísimos conmigo.
Antonio Trent mencionó nombres de familias que dejaron boquiabierto a su oyente.
—¡Parece increíble! —murmuró Campbell Sutton.
—Pero es verdad. No dudo que puedo encontrar aquí alguno de ellos y utilizarlo. No les diría que vivo en Central Park. Si hiciera falta cambiaría mis señas. La sociedad tiene sus leyes particulares y de ellas vive. Por ejemplo, Newport no reconoce a Deal como rival, aunque la señora Grant piense que lo es.
—Ya sabe que no sería bien aceptada en Newport. Precisamente le he oído decir que los círculos a que ella aspira están tan celosamente guardados como en la vieja Europa, lo cual no deja de ser uno de los más divertidos triunfos de la democracia. Tengo entendido que desea empezar siendo amiga de una gente que vive en Rumson Road.
—Es una colonia que juega al polo —observó Trent.
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—Exacto. Grant ha estado aprendiendo con asiduidad ese juego. El capitán Sutton se consideraba demasiado viejo para empezar. Supongo que no habrá usted encontrado a nadie de Rumson Road en el extranjero.
—En Hurlingham conocí algunos.
Campbell Sutton lo miró sorprendido.
—Seguro estoy de que mi hermano no sospecha que sea usted hombre de sociedad.
—Y no lo soy —se apresuró Trent a contestar—. Todo ha sido casual. Mi padre fue un médico rural que dio a su hijo la mejor educación que pudo y no le dejó más que facturas que nunca se pudieron cobrar. Jamás he tenido ambiciones de esa índole. Cuando nuestro embajador me contó que algún distinguido americano rechinaba de dientes porque yo, que no figuraba en el Registro de Sociedad, me mezclaba con los títulos y me hospedaba en el castillo de un conde, me reí.
—Me gustaría que me contase eso —dijo Campbell Sutton.
—No lo espere de mí —replicó Trent con endurecido semblante. Cómo iba a contar a aquel intruso antipático la historia de sus buenos tiempos en que conoció la suprema felicidad. ¿Qué diría aquel tipo si le enseñaba el retrato de Lord Rosecarrel con un autógrafo? ¿Acaso creería que en cierta ocasión fue admitido a una reunión de ministros para escucharlo y que el Jefe del Gobierno le dio las gracias por sus servicios? No, ya habló más de lo necesario.
—Si fuera verdad lo que usted dice, no le costaría tanto como yo pensaba entrar en relaciones con Grant.
—No pretendo que me crea —dijo Trent fríamente.
—La señora Grant siempre va en busca de hombres inteligentes que la diviertan. Opina, como Talleyrand, que nunca debe invitarse a la mesa a quien tenga deseos de oírnos. No me figuraba que poseyera usted dotes de sociedad, pero tampoco veo la razón de que no los tenga.
—Gracias —contestó Trent con aspereza—. También Carlos Peace, el ladrón y asesino inglés, tenía fama de violinista y Villon era un poeta de mérito.
—Si alguien le reconociera en casa de los Grant seguramente lo quitaría usted de en medio.
—Hace bien en pensarlo.
La idea no dejaba de preocuparle. En su difícil aventura, sería un cruel sarcasmo que, al llegar al momento definitivo, lo denunciase aquel tipo,
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cosa que no le parecía improbable. Como si le leyera el pensamiento,
Campbell Sutton le replicó muy serio:
—No tema que yo precipite el desenlace. Sé perfectamente el sacrificio que está dispuesto a realizar por un desgraciado. Me gustaría ponerle al corriente de la tragedia.
—No deseo saber más de lo que sé —dijo Trent levantándose—. Voy a dar un paseo en coche y a comer en cualquier parte.
—¡Ojalá pudiera acompañarle! —suspiró Campbell.
Trent le dirigió una mirada desdeñosa.
—Bastante a prueba pone mi paciencia quedándose aquí.
—Algún día se hará usted cargo de todo —replicó el otro, abandonando su acento agresivo—. Mi experiencia me ha enseñado a desconfiar de todo el mundo.
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CAPÍTULO V
LAS NARICES DE CAMPBELL
SUTTON
unque Trent se levantó a las siete y media del día siguiente se Aencontró con que Campbell Sutton había ya desayunado y leído los periódicos que le trajera la víspera.
A las ocho y media sonó el timbre tres veces.
—Si no quiere usted ser descubierto —advirtió Trent entrando en el recibimiento—, lárguese de aquí.
—¿Quién es? —inquirió el otro visiblemente alarmado.
—¿Cómo quiere que lo sepa? Mi vista no atraviesa las paredes. He vivido aquí durante muchos años y no tengo inconveniente en confesar que siempre que oigo llamar se me aceleran los latidos del corazón.
—No lo sabrá usted mientras no abra la puerta —murmuró Sutton—, y entonces quizá sea demasiado tarde.
—No abro sin saber quién hay.
Un agujerito de la puerta le permitía observar a quien llamaba. Era siempre aquél un momento de angustia, pero esta vez respiró con alivio al descubrir a David More.
—Es un amigo —dijo—, pero será preferible que no lo vea.
More entregó un informe a su jefe, pero no quiso sentarse porque tenía prisa.
—Se han arreglado las cosas de tal manera, que he de aprovechar la ocasión que se me ofrece para ir a Allenhurst ahora mismo en un cargamuebles de la casa Tinnlingher, que el mes pasado amobló el palacio de los Grant; el camión va a pasar por allí a la vuelta y entonces aprovecharé la ocasión.
—¡Magnifico! —exclamó Trent con afabilidad—. Siempre ha sido usted un hombre diligente.
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Desde la ventana vio subir a More a la delantera de un enorme camión que desapareció con dirección al Sur. En la situación comprometida de Trent todas las precauciones eran pocas.
Sentóse luego en el sillón que dejó vacante Campbell Sutton y leyó el informe de More, que tenía el don de exponer los hechos en la forma más concisa. Fue en busca de noticias a la antigua oficina de Sutton, pero todo el personal había sido despedido, y el nuevo era adicto a Grant y convencido de que la razón estaba de parte de su jefe. La señora Marta Wilson le dio noticias valiosas. Era la antigua aya de la casa Sutton, donde obtuvo luego el cargo de ama de llaves, quedándose después de mujer de confianza hasta que Sutton se casó con Natica. Sus declaraciones fueron apasionadas pero, en el fondo, verdaderas.
Trent leyó aquel documento dos veces y quien lo conociera podía leer su enojo en la opresión de sus labios, reducidos a una línea, y en el frunce de sus cejas.
Guardó el escrito en el bolsillo y procedió a un arreglo innecesario de los muebles arrimando a la pared la mesa de roble tallado y colocando junto a ella las lámparas de pie; luego empujó hacia los ángulos las butacas, despejando así el centro del salón, que quedó con sólo una extensa y rica alfombra de Bokhara.
Campbell entró cuando todo estaba arreglado.
—¿Por qué me ha quitado el sillón? —dijo con cierta petulancia.
—Ya no lo utilizará más.
—¿Qué hace usted?
—Arreglar el piso.
—¿Para qué?
—Acaso para una tragedia.
—No comprendo.
—Ya se lo haré comprender en seguida —dijo Trent acercándosele—. Por dos razones aceptaba el riesgo de ayudar a su hermano: porque me amenazaba usted con denunciarme a la policía si me negaba y porque profeso un gran afecto a su hermano, a quien debo mucho.
—Dos razones que todavía persisten —le recordó Campbell Sutton. —No en lo que a usted se refiere —replicó Trent con sonrisa preñada
de peligros—. En guardia, amigo, y defiéndase como pueda contra mis puños. El capitán Sutton no tiene hermano que valga y es usted un solemne embustero.
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—¡Espere! —gritó Campbell Sutton, presa de pánico. Trent achacó aquella actitud al miedo, pero lo enfurecía el recuerdo de las revelaciones que aquel hombre le arrancó. Podría perdonárselo al hermano de Sutton, pero nunca al tipo que habiéndose introducido en su casa, le inspiró repugnancia desde el principio; de modo que apenas lo aviso para que se pusiera en guardia, se lanzó contra él con la fuerza y la agilidad de un boxeador entrenado.
Aunque no era un camorrista, Antonio Trent se vio con frecuencia en la necesidad de combatir y a sus puños debió el salir airoso de muchas situaciones apuradas.
Su mano izquierda cayó como un mazo en la nariz de su adversario, en aquella narizota arrogante que tan descarado contraste ofrecía con la palidez de cera de las mejillas. Tuvo la impresión de que golpeaba una cosa blanda, elástica, como si aquella nariz careciese de hueso.
Sorprendido con la idea de haber desnarigado a su enemigo, se miró el puño y lo vio sucio de una pasta grasienta y amarilla que se le quedó adherida. Ni siquiera trató de retener al que se daba el nombre de Campbell Sutton cuando éste se lanzó corriendo a lo largo del pasillo para encerrarse en el baño.
El muy bribón, no contento con apropiarse un nombre, se había desfigurado el rostro. Sin duda adoptaría resoluciones desesperadas, pues no era de esperar que se eternizase en el refugio del cuarto de baño. Trent levantó la pistola que empuñaba en la diestra. Era posible que el desconocido tuviese otra arma. La situación rayaba en lo ridículo. No era prudente estacionarse ante la puerta del cuarto de baño expuesto a que el otro le mandase a través de la puerta unas cuantas balas; tampoco le parecía bien tumbarse a la bartola esperando que el sueño o el hambre obrasen como aliados.
Trent llamó a la puerta manteniéndose a un lado para no ofrecer blanco.
—Espere —gritó el de dentro—. Saldré en seguida si me promete que me dejará explicar antes de atacarme.
—Convenido —dijo Trent, que fue a esperar en el salón con el arma en el bolsillo.
Momentos después oyó que se abría la puerta del cuarto de baño. Por el corredor se acercaban pasos firmes. Antonio Trent volvió la cabeza y
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vio a su antiguo ayudante, el capitán Sutton, que permanecía en el umbral de la puerta receloso de la acogida que se le dispensaría.
—Trent —dijo Sutton—, le debo mil excusas.
—Sí —contestó Trent sin sonreír siquiera—. Me las debe usted.
El alivio que experimentó al ver que el enmascarado no era un detective ni un hombre de malas intenciones, desapareció pronto en el sentimiento de haber sido engañado por el hombre que más confianza podía inspirarle, dando motivo a su actitud fea e innecesaria.
Era el mismo capitán Sutton con ligeros cambios, más pálido y más flaco; pero desaparecida su antipática nariz, tenía su rostro la antigua expresión de bondad y en sus ojos brillaba la misma viveza un tanto socarrona. En nada recordaba al detestable Campbell Sutton, pues hasta el petulante acento de su voz era fingido.
—Iba a decírselo todo —gritó Sutton—. Le juro, Trent, que cien veces estuve a punto de explicarme.
—Pero no lo hizo.
—Me faltó valor. He pasado tres años en Sing Sing y la idea de volver me enloquecía. Sólo en la contrafigura de mi supuesto hermano me encontré tranquilo. Podía remedar perfectamente el acento del doctor Ridgway, a quien había oído largas horas.
—¿Quién es Ridgway? —preguntó Trent, no del todo tranquilo.
—El Presidente de la «Sociedad pro Disminución de las Dietas».
Trent sonrió a su pesar.
—El «Sumo Pontífice de los Flacos» a quien tumbó en la celda.
—El hombre que se me ha hecho más detestable. Dígame sinceramente si no le fastidiaba su modo de hablar.
Trent hizo una mueca de repugnancia y observó:
—Tiene usted un ojo hinchado.
—Lo cierto es que su puño es de hierro. No sé qué hubiera pasado si llega a darme en la nariz verdadera.
Trent se sentó entregándose a una risa en que se mezclaban varios sentimientos. Notábase aliviado de un gran peso al encontrar a Sutton en seguridad cuando lo creía en peligro de caer en poder de la policía, y al propio tiempo se sentía libre de la repugnancia que le causaba el haber de trabajar con el antipático Campbell Sutton. Cogió la mano del capitán y la retuvo entre las suyas largo rato.
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—Deseo saber todo lo referente a su fuga de Sing Sing y a su transformación nasal.
Hizo sentar al capitán en la butaca que ocupara su contrafigura, abrió una caía de cigarros y puso ante su amigo una botella de Scotch que guardaba desde antes que se promulgara la ley seca y por tanto podía ofrecerse legalmente.
—Ridgway nunca halló la menor dificultad para verme. Creo que estaba muy relacionado con las autoridades. Ya usted sabe lo que pasó. En cierta manera fue un acto vergonzoso, pero no le hice daño. Pude estudiarlo durante mucho tiempo y aprendí a hablar y a moverme como él. Mi primer refugio fue un cinema, donde cambié el sombrero de Ridgway por el de un hombre que dormía, marchándome antes que despertase. No lejos de la cárcel bajé al río y tuve la suerte de encontrar un bote con el que me alejé a remo hacia Jersey. A muchas millas me tropecé con una canoa de club, donde me metí para pasar la noche.
—Se ha de experimentar un miedo horroroso de ser detenido — comentó Trent.
—Por eso me convertí en Campbell. Cambié las ropas de Ridgway y el sombrero del durmiente por un «sueter», una camisa caqui y unos pantalones, salté la empalizada y al amanecer me hallaba en Fort Lee, junto a un estudio de cinematografía. Se necesitaban comparsas y me admitieron como a tal. Aquella misma noche disponía de un billete de cinco dólares y de algo mejor que el dinero. ¿Sabe usted algo de los comparsas del «cine»?
—Nada.
—Yo tampoco sabía nada hasta entonces. Un comparsa es en un estudio la cosa más despreciable, pero ha de saber caracterizarse, y cada cual se provee de una caja de pastas y pinturas. Yo carecía de todo, pero tuve la suerte de encontrarme con uno que se estaba maquillando y que me contempló con admiración, diciéndome que tenía una nariz que un poco de arreglo produciría un efecto sorprendente. En aquel momento estaba dando a la suya una forma característica y yo aproveché la lección. ¡Ah, Trent! ¡Con qué interés miraba todas aquellas manipulaciones! Me habían contratado para cinco días y salí del estudio con todos los ingredientes indispensables para desfigurar mi rostro. Me practicaba en su cuarto de baño. No acababa de gustarme la nariz con que usted me sorprendió, pero no podía cambiarla, una vez que usted me la había visto; era demasiado
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abultada y tengo otra más enérgica y más fina. Le sorprendió a usted que no llevara gafas. Tiene razón, pero dejan surcos en la pasta y si se descuida uno se esparce la grasa por los cristales y le borra la vista.
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Su mano izquierda cayó como un mazazo en la nariz del adversario.
—¿Y cómo entró usted aquí? —preguntó Trent.
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—Encontré su nombre y las señas en la lista de teléfonos del director. Traté de abrir la puerta y no pude. Y en cuanto a saltar desde la casa vecina, recordará que en la declaración de Devlin se daba esto como supuesto. No me figuraba encontrar gas, agua y electricidad. Aun no lo entiendo.
—Mi ama de gobierno viene tres veces al mes a hacer limpieza. Lo cierto es que no preví la facilidad con que puede entrar cualquiera en mi casa. Será preferible que se quede usted aquí. Le traeré provisiones y no le faltará nada.
—¿Y usted qué hará?
—Entrar en relaciones con Payson Grant. Sutton presentó sus excusas. —Temo haber representado el papel de mi hermano de una manera
bastante grosera.
Y le habló de sus pasadas aspiraciones, de su vida de casado, de sus gustos domésticos que diferían de los de su mujer, de sus deseos paternales incumplidos, de sus generosidades con la esposa, aunque no compartía las aficiones de ésta, y de cómo había salvado de la cárcel a Payson Grant.
Trent se alegró cuando el amigo pasó a hablar del hombre, dejando a la mujer, porque en la cara de sufrimiento que ponía al referirse a ella descubrió un temperamento sentimental y una delicada sensibilidad, capaz de recibir atroces heridas de las personas en quienes confiaba.
—Me interesa saber de él —dijo Trent—. Cuénteme todo cuanto se refiera a Grant para que yo pueda conocer sus puntos flacos. ¿Qué hizo?
—Toda la historia de Grant se explica por su escasez de dinero. He vivido con él en St. Markas y lo conozco a fondo para comprender cuanto con él ha pasado. Éramos muy amigos. Tiene sus momentos de generosidad y de nobles impulsos. Al principio quedará usted encantado.
—¿Yo? —exclamó Trent—. ¿Yo encantado, después de lo que sé? Empiezo por detestarlo.
Sutton se le quedó mirando y acabó por sonreír.
—Es usted un buen amigo y le agradezco su lealtad, mas a pesar de sus prejuicios quedará usted encantado. Yo creía tener muy buenos amigos y me figuraba que sabrían distinguir entre la verdad y la falsedad. Pensaba que la vida honrada de un hombre constituía su salvaguardia, por muy lejos que estuviese y aun después de su muerte. Pero estaba equivocado, al menos en mi caso. Cuando lanzó la calumnia de mi cruel comportamiento como marido, en vez de negarse a creerlo admiraron a mi mujer por la
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serenidad con que había soportado mis crueldades. Hubo quien dijo que no la debí abandonar nunca, para marcharme a Francia, donde debían ir sólo los más jóvenes.
—No sé cómo puede hablar de él tan desapasionadamente. ¿Es verdad que quiso matarlo?
—Es verdad. Al enterarme de lo que hizo conmigo perdí la cabeza. Gracias a Dios no cometí un asesinato y me he librado de mis insanos deseos, pero no lo perdono.
Trent se daba cuenta de la difícil situación en que se hallaba el capitán Sutton. Incurrió en nuevas faltas al dejar sin sentido y despojado al doctor Ridgway y al apoderarse de las ropas de la canoa de un club, lo que abría una clara pista a la policía.
—¿Cómo salvó usted a Payson Grant de la cárcel?
—Cuando ocurrió el fracaso de su negocio de corretaje lo admití en mi oficina más por amistad que porque creyese en sus aptitudes. Era yo albacea testamentario de la hija de mi buen amigo Mossy, que dejó una cuantiosa fortuna cuya administración era complicadísima y llena de pormenores. Me veía obligado a buscar alguien que se encargase de todo aquello bajo mi dirección y aproveché la oportunidad de ofrecer a Payson un trabajo que justificase un sueldo decente. No hablaba por entonces más que de suicidarse y yo temía que lo hiciese.
Trent vio en aquello otro ejemplo de lo duro que pagan ciertos hombres sus buenos instintos. Sutton había sufrido por la delicadeza y la generosidad con que procedió. Trent ansiaba que llegase el momento de cruzar el acero con el traidor.
—Robó una importante suma del dinero que estaba, bajo mi custodia y hube de reintegrarlo. Creí en el arrepentimiento de Payson. Fui víctima de mi sentimentalismo, pues no concebía que mi compasión pudiera interpretarse como desprecio. Luego he podido comprender que Payson me odiaba por mi negativa a aceptarlo como socio. Recuerdo que me decía que si hubiera perdonado lo que él llamaba una ligereza, no tendría inconveniente en aceptarlo. Yo no tenía hijos ni esperanza de sucesión. Empezó a tratarme de tacaño y miserable, cosa que yo atribuía a su carácter de niño aturdido; pero pronto siguió la táctica de enemistarme con mi mujer, halagándola en todos sus deseos de grandeza, hasta convencerla de que si él estuviese en mi lugar un dólar se le convertiría en dos dólares, como dándole a entender que, por ejemplo, por cada vestido que yo le
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regalaba le regalaría él dos; por cada perla, dos perlas, ya que podía hacerlo si quisiera.
—Y claro, usted no lo desenmascaró exponiendo ante su mujer lo indecente de aquella conducta, y apostaría que ni siquiera lo acusó ante ella del robo de los fondos que le estaban confiados —dijo Trent con acento de ira contenida.
—Le prometí bajo palabra de honor callarme luego que lo hube perdonado. Creí en la enmienda que tan solemnemente me prometió.
Tantas cosas contó Sutton de Payson Grant, que Trent se consideraba armado de punta en blanco contra él.
—Usted echa sus cálculos respecto a Grant sin conocerle personalmente; pero yo que lo conocía a fondo, fui su víctima.
—Escúcheme —dijo Trent después de guardar silencio un momento—. Fingiéndose su hermano, usted me amenazó diciéndome que, si no obedecía sus indicaciones, me denunciaría a la policía. Entendámonos. ¿Mantiene su misma actitud?
—No —dijo Sutton lentamente y moviendo la cabeza—, no tengo el derecho de exigirle nada que pueda llevarlo a presidio. En Francia reparó usted todas sus faltas cometidas contra la ley. Haga lo que quiera. Nunca diré una palabra de lo que sé.
Trent puso amistosamente una mano sobre el hombro del capitán y dijo:
—Bien sabe que voy a lanzarme a la lucha.
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CAPÍTULO VI
MIEDO AL FUGADO
ayson Grant era uno de esos hombres que nunca rebasarían los Plímites de la honestidad si no deseasen más de lo que tienen. Era hijo de buena familia y poseía la educación propia de su clase, esa tolerancia que, confundida con la simpatía, conquista tantas amistades, y una extraordinaria belleza. Sabia tratar a las mujeres con esa discreción que para ciertas casadas, tiene más valor que los sentimientos.
Adquirió la costumbre de derrochar y antes del pánico producido en 1907 poseía lo suficiente para satisfacer sus caprichos. Después de varias vicisitudes cada vez más desastrosas, rehízo su posición asociándose con su íntimo amigo Frank Sutton. Al principio, la mujer de éste apenas se fijaba en él, pues no concedía importancia ni a las mujeres desaliñadas ni a los hombres fracasados, de modo que la guapeza del socio quedaba anulada por la carencia de dinero, y ella sabía demasiado bien lo triste que era la carencia de dinero, por haberla experimentado el año en que su padre hubo de hacer esfuerzos titánicos para evitar una completa ruina.
Frank Sutton acudió generosamente en ayuda del viejo John Barstow, librándole de las garras de sus acreedores y le compró una finca en Virginia donde poder cazar y pescar, olvidado de la catástrofe sufrida en Wall Street. Con la creciente fortuna de Sutton se avivó en la mujer el deseo de codearse con la buena sociedad. Los amigos de Sutton pertenecían en su mayor parte al mundo financiero más sólido, pero si permitían a sus mujeres gastar a manos llenas, se resistían en cambio a vestir de etiqueta para comer en su propia casa.
Pronto se percató Payson Grant de la desavenencia del matrimonio en estos puntos de vista y aprovechaba todas las ocasiones para ponerse de
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parte de Natica, seguro de que esta coincidencia de gustos acabaría por resolver a su favor la contienda establecida entre mujer y marido.
El asunto del dinero robado nunca llegó a oídos de Natica. Payson explicó la tirantez de relaciones existente entre su marido y él como debida a la contrariedad producida por su insistencia en favor de los deseos de ella.
Ninguno de los dos sabía que desde el principio de la guerra europea estaban en peligro los cuantiosos intereses que Sutton poseía en la América del Sur. Grant, más atento a conquistar a la mujer de su amigo que al trabajo, apenas se enteraba de los esfuerzos que Sutton se vio precisado a realizar. Cuando, obedeciendo a presentimientos que no siempre dejan de cumplirse, el patriota puso a disposición de su mujer casi toda su fortuna y encargó a Payson Grant la dirección de la oficina, éste se apresuró a despedir a los contables que habían envejecido en la casa y a éstos siguieron los empleados d más confianza.
Suerte tuvo Grant de que encontrasen en el bolsillo de Sutton una pistola en el momento en que el capitán se arrojó contra él para vengarse de tan infames agravios, pues ya aquello constituía una infracción de la ley de Sullivan, castigada con siete años de cárcel, como pena máxima. El proceso fue un triunfo rotundo para Grant, a quien fue fácil comprar el falso testimonio de una antigua camarera para probar la crueldad de un marido.
Dada la larga ausencia de Sutton y aceptando como artículo de fe el tormento que tuvo que sufrir su mujer durante largos años, el divorcio y casamiento con Payson Grant no parecía por cierto ni precipitado ni injustificado. Los amigos de la víctima se limitaban a mover la cabeza para significar el desengaño que se habían llevado. «¡Quién hubiera dicho que Frank, tan buen muchacho como parecía, tratase con tal crueldad a una mujer tan simpática! Tan recto y leal que lo creíamos y por poco deja sin un céntimo a la hija de su amigo Tom Mossy. Natica será feliz ahora. Dicen que Payson llevaba las riendas del negocio».
Y como no faltaba dinero y Payson Grant no amaba a otra mujer más que a Natica, aquella felicidad parecía interminable.
Y de pronto, Frank Sutton se fuga de la cárcel.
La finca adquirida por Grant ofrecía un refugio seguro a sus propietarios, rodeada de tapias y de verjas como estaba con una gran extensión de terreno que llegaba hasta la playa, en el que constantemente
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estaban trabajando los jardineros durante el día. El chófer principal, desde hacía seis años, era un púgil de peso medio, y el encargado del garaje, hombre capaz de habérselas con el más hábil.
Mas a pesar de tantas precauciones, Grant estaba inquieto.
—Natica —dijo entrando en el dormitorio donde su mujer estaba desayunando en la cama—, Frank se ha fugado de Sing Sing.
Ella no se mostró tan alarmada como su esposo.
—Siempre vuelven a detenerlos —observó. Sabía que Grant tenía miedo a su primer marido, pero creyó que era impropio de una mujer de su esfera manifestar cobardía o aconsejar una lucha a puñetazo limpio. Por considerar de mal gusto los puñetazos, quiso que Payson se procurase un permiso para uso de armas.
—¿Crees que vendrá aquí? —preguntó. La posibilidad de un escándalo de prensa la horrorizaba. No comprendía que Frank hubiera de escapar de la cárcel después de quedar tan clara en el proceso su culpabilidad. Detestaba a su primer marido por haberla complicado en un escándalo, olvidando que fue ella la causa de todo.
—Vendrá a matarme —contestó Payson con lúgubre acento—. ¿No recuerdas cómo me amenazó durante el proceso?
—Nunca lo olvidaré. ¡Qué horror! Yo misma me sentía acusada.
—Tal vez consiga satisfacer sus propósitos de venganza —continuó Payson.
—Si vives prevenido no tengas miedo. Frank es un hombre sin complicaciones, que va al fin que se propone sin andarse con rodeos. No tiene más malicia que un niño, y por eso me resultaba tan cargante. Es capaz de llamar a la puerta y rogarte que salgas al vestíbulo para ajustarte las cuentas.
Payson Grant frunció las cejas ante aquel posible procedimiento, que por su misma sencillez jamás se le hubiera ocurrido.
—¡Diablos, Natica! ¿Lo dices en serio? Frank es más astuto de lo que supones.
—No sé. Nunca pude comprenderle a fondo.
—No hace falta que me lo digas —convino Payson—. Tampoco él comprendió nunca a las mujeres.
—¿Y acaso no es una crueldad no comprender a la mujer con quien uno se casa? A esa crueldad me referí ante el juez. Realmente no quise decir que me pegase.
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—Pero el juez tomó tu declaración en ese sentido.
El estado de ánimo de Grant no era el más a propósito para esta clase de reminiscencias. Se estremecía ante la idea de que el vengativo Sutton pudiera esconderse tras de cualquiera de aquellos biombos importados del Japón a todo coste. Recordó que Sutton era un excelente tirador y que él, Grant, podía en aquel momento estar ofreciendo blanco a un rifle expertamente manejado.
—Valdrá más que avises a la policía —aconsejó Natica— no vayamos a tener que lamentar alguna barbaridad.
—No sé para qué pagamos los impuestos —lamentó Grant acaloradamente—, si han de permitir que los presos salgan de la cárcel cuando les dé la gana. Agredió a una persona respetable, a un misionero o cosa parecida, que no buscaba más que su bien. Lo tumbó a sangre fría y lo dejó completamente desnudo.
—Mira, querido —suplicó Natica—, me estás estropeando la digestión. Tenemos convidados esta tarde y necesito sentirme tranquila. No te preocupes más. A mí me tiene sin cuidado toda esa historia.
—Pues debía preocuparte también, a no ser que creas que estarás más hermosa con los velos de viuda.
—Estoy decidida a no llevar luto por nadie, de modo que no tienes motivo para atormentarte por eso.
—Lo tomas todo demasiado a la ligera —replicó él con la frente ensombrecida. Y se estremeció. Llamaban a la puerta.
—Probablemente es mademoiselle Dupin —le dijo Natica—. Tengo una hora de conversación en francés con ella.
Entró una mujer sencillamente vestida. Él apenas miró a aquella señorita de distinguida familia francesa, que ejercitaba a su mujer en el uso apropiado del elegante idioma de Moliere.
Dirigiéndose al automóvil que le esperaba, se le ocurrió pensar que no tenía a Natica, tan segura como se figuraba o que ella lo tenía más sujeto que nunca en su puño. «¡Diablos! —murmuró—. ¡Se me está volviendo más dura que el granito y más fría que el hielo, bajo su adorable forma exterior!».
Se detuvo a contemplarse en un espejo de luna. Un poco estragado se veía, pero aún guapo. Nadie le atribuiría más de treinta años, y nada amenazaba una prematura obesidad. El juego conservaba su esbeltez y aunque estaba seguro de no acertar aquel día una pelota, por el temor de
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que en cada arbusto que rodeaba el campo le estuviera acechando su enemigo, no se abstuvo del diario ejercicio.
Natica Grant, aunque no quería compartir los temores de su marido, estaba más disgustada de lo que parecía. Ahora que el interés del público se desviaba a otros sucesos y podía esperar que se olvidase la tormenta que desencadenó el proceso de su marido, era de temer que se reprodujese el escándalo con grave detrimento de sus aspiraciones sociales, consistentes en rendir el orgullo de la nobleza con la que pretendía codearse. La señorita Dupin la aleccionaba explicándole los puntos flacos de la aristocracia. Afortunadamente, Payson tenía un conocimiento, siquiera superficial, del francés. Frank Sutton era un inadaptable y detestaba las maneras de la buena sociedad. Natica puso mademoiselle Dupin al corriente de todas las pequeñas diferencias con su primer marido y de todos los defectos de éste, porque sentía necesidad de justificar su conducta.
La profesora la escuchaba en respetuoso silencio, como dándole la razón en todo. La señora Grant decidió que, si su profesora se arreglase el pelo y no desdeñase el uso de polvos y carmín, sería bonita, ya que tenía un talle cimbreante que ella le envidiaba y unos ojazos que brillaban como dos luceros.
—Todos los hombres irían tras de usted si se tomase la mitad de la molestia que yo rae tomo en arreglarse.
Replicó la francesa con tan apasionado gesto de desdén por los hombres, que la señora la creyó víctima de un desengaño amoroso.
—Segura estoy de que tiene usted una historia de las más románticas —dijo Natica, sin sospechar que adivinaba más de lo que se imaginaba. Pero la señorita Dupin se limitó a bajar la vista diciendo:
—Mi historia está terminada.
Transcurridas dos semanas de la fuga de Frank Sutton, confesándose la policía por completo despistada, Natica creyó que había logrado huir a América del Sur, tanto porque Frank vivió allí algún tiempo, como porque lo consideraba capaz de dedicarse a cualquier trabajo manual.
Payson se consumía de miedo, pues para él se debía el fracaso de la policía a una inexplicable listeza, a una sagacidad propia de un loco.
Sospechaba que su antiguo amigo sufría enajenación mental, pues no de otra manera se explicaba sus furiosos ataques contra el juez y la crueldad con que trató al doctor Ridgway para fugarse.
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Sus temores ofrecían alternativas de pánico y de esperanza. Adquirió dos «Airedales» de pura sangre, porque le dijeron que esta casta de perros acometían al hombre que veían solo, y como los soltaba de noche por el jardín, él mismo fue la primera víctima, pues aunque los pagó a buen precio no eran lo suficiente inteligentes para hacer distingos y se le echaron encima cuando iba al garaje a comunicar a Regn que, según le acababa de advertir un oficial de la policía, un hombre de mala catadura andaba por el bosque vecino.
Natica no pudo menos de mostrarse disgustada cuando se enteró de que su marido amenazó de muerte a un pobre infeliz que fue a enterarse de si estaban satisfechos con el mobiliario recientemente instalado en el vestíbulo. Grant se tropezó casualmente con el forastero y se puso a gritar como un loco, diciendo que no comprendía que aquel hombre hubiera podido entrar en una casa tan bien vigilada. Y como su mujer le replicarla con cierto desprecio, repuso él:
—Demasiado sabes que no va contra ti, pero si tú no tienes por qué inquietarte, yo he de tomar precauciones.
—Pero no habías de tomar tantos cocktails entre las comidas. —Quizás tengas razón, pero ¿qué quieres que haga, Natica, si ya me
siento acribillado a balazos? ¡Diablos! Estoy seguro de que Frank ronda a estas horas la finca, disfrazado de mendigo, y alguien va a sufrir.
—El juez lo condenó y no yo —replicó fríamente la mujer.
Tenía Grant por costumbre ir a la oficina una vez por semana, no porque su presencia fuese necesaria para la buena marcha, sino por la importancia que esto le daba. Algunos amigos le preguntaban cómo podía atender a tan complicados asuntos en tan poco tiempo, y él invariablemente contestaba:
—Es cuestión de método.
Ahora veía en estas cortas visitas un serio peligro. No podía apartar el pensamiento de que el mejor día se iba a encontrar sentado ante su mesa escritorio a su antiguo ocupante, y siempre que se imaginaba la escena, Frank se levantaba para cerrar la puerta y volverse a él con una cruel sonrisa de venganza.
Nunca se había mostrado tan decidido como Natica a abandonar su tierra natal por las desconocidas delicias del castillo francés; mas ahora le complació la idea: En su Chateau St. Remy-les-Chevreuse sentiríase más seguro que en la Deal Beach, y tenía la ventaja de estar a una hora de
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automóvil de Paris. Anunció, pues, a su mujer que estaba dispuesto a ir donde ella quisiera.
—Pasaremos aquí el verano —le contestó—. Tenemos demasiados huéspedes y no podemos marcharnos dejándolos plantados. Además he de perfeccionar mi acento. No quiero que se vuelvan a reír de mí.
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—El juez lo condenó y yo no —replicó fríamente la mujer.
Guardaba amargos recuerdos de un banquete al que asistió en Londres, entre personas del mundo elegante. Uno de los comensales era un
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miembro de la Cámara francesa de los Diputados, que hablaba muy poco el inglés y por deferencia al extranjero se llevó la conversación en su lengua, viéndose condenada la pobre Natica al silencio como si fuese una tonta, y menos mal que Payson hablaba con tal desenvoltura, que hizo las delicias de su mujer. No le dijo, sin embargo, que trazaba aquel plan de campaña con el mismo tacto que ponía su primer marido en el desarrollo de un negocio y que era la única manera de conquistar a Newport.
Poco sospechaba en aquel momento la familia ducal de De Luynes, cuyo magnífico castillo era vecino del que había de ocupar Natica, que una señora relativamente humilde trazaba desde un rincón del Estado de Nueva Jersey un plan de ataque a la altiva; fortaleza, que había de tener como consecuencia el reconocimiento social de sus paisanos.
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CAPÍTULO VII
ANTONIO TRENT ES ADMITIDO EN
LA BUENA SOCIEDAD
nte el lastimoso cuadro que ofrecía Frank Sutton, arrastrado por el Afango, vilipendiado, traicionado por la mujer y el hombre en quien puso su confianza, Antonio Trent decidió que se imponía el castigo de los culpables y que había de encaminar sus gestiones, no al logro de la venganza, sino a la reivindicación del buen nombre de Sutton y a procurar por todos los medios devolver el penado a la legalidad.
De esto hablaban los dos amigos cuando llegó More, que esta vez no traía los informes por escrito. Desde una habitación contigua, Sutton escuchó la conversación.
—Creo que el señor Grant se halla en un estado nervioso muy alarmante. Persuadí al chófer con buenas razones en metálico a que introdujese el camión en la finca hasta la puerta trasera de la casa, sin hacer caso del letrero donde se prohibía la entrada de carros. Quería saber qué efecto producía el vestíbulo recién amueblado y el señor Grant me trató como nunca podría esperar de un caballero un hombre como yo. Me amenazó con romperme la cabeza.
—¿Por qué?
—Una de las criadas me dijo que estaba muy nervioso y que bebía mucho, que de noche dejaba sueltos los perros y que en la finca había una excesiva vigilancia, tanto que se quería marchar por miedo a que el día menos pensado la matasen confundiéndola con una ladrona.
—¿No se enteró de nada más?
More bajó un poco la voz al contestar:
—Dicen que tiene miedo de un fugado de la cárcel, que lo persigue; pero no lo creo. De todos modos, ¡pobre del que se atreva a penetrar allí!
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La casa está llena de alarmas contra los ladrones, de vigilantes nocturnos y de perros.
—Ya sé cuánto quería saber —dijo Trent, haciéndose cargo de que las circunstancias no le permitían presentar la batalla desde fuera, y cambiando el plan que tenía preconcebido. Y cuando More se despidió con otros cien dólares guardados en la cartera, salió Sutton preguntando:
—¿Qué ha sabido usted?
—Qué está perdiendo la serenidad. No tenía idea de su manera de reaccionar contra el temor a un daño físico, y hasta cierto punto me ha sorprendido. Creo que ese hombre es incapaz de sentir ese miedo natural que se apodera de quien ha robado dinero.
—Desconoce los escrúpulos de conciencia.
—¿Era bebedor?
—No. Siempre fue templado y se abstenía de beber cuando creía que podría sobrevenirle de ello algún daño. En mi opinión, cuanto ahora le pasa se debe al miedo por los perjuicios que yo pueda acarrearle.
—Ese miedo será mi mejor aliado. Ahora ya sé de qué pie cojea. Los tipos como él son capaces de robar a las viudas y a los huérfanos, y no soportan la menor molestia. Pero ya le daré yo —amenazó Trent, riendo entre dientes al pensar en los momentos de terror que se proponía hacerle pasar.
—Lo más difícil será introducirme en su casa como huésped de honor. Habré de seguir una táctica muy distinta de la que usaba antes para entrar en casa de los ricos. Aquella era mucho más fácil.
—No sé cómo se las arreglará —comentó Sutton, sinceramente intranquilo por conocer la salida del atolladero en que había metido al otro. Considerando el asunto a sangre fría, le parecía abominable lanzar con amenazas, contra la ley, al que tenía el firme propósito de refugiarse en ella.
—Ya he tomado las primeras medidas —dijo Trent—. No se Itere si le digo que he telegrafiado a mi vieja ama de gobierno. No puedo permitir que quede usted aquí solo, viéndose en la necesidad de salir con peligro de ser detenido. Es una mujer de absoluta confianza, jamás pregunta nada, recela de la gente de Nueva York y me ha probado su adhesión. No exagero al decirle que una vez me salvó la vida. Cuidará de usted y la hallará siempre dispuesta a venir en mi ayuda cuando la necesite.
—¿Dónde estará usted?
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—Voy a buscar un piso en un barrio más elegante, no porque me haga falta vivir con más lujo y comodidad, sino porque Central Park está un poco reñido con la aristocracia.
En una agencia que tenía una distinguida clientela, se enteró Trent de la existencia de numerosos pisos amoblados que se alquilaban en la Avenida. Le estaban ofreciendo uno situado en la parte trasera de una casa, a la altura de los números cincuenta, cuando observó:
—Me gustaría que diese a la Avenida. ¿Está ocupado el de enfrente? —Pertenece al joven Stratford Van Boden —dijo el agente—. Yo se lo
alquilé, pero en la actualidad se halla en el extranjero.
Trent conocía a este disipado miembro de una de las más distinguidas familias de América. Van Boden había comido con Trent en la misma casa de una familia inglesa. Recordaba muy bien a aquel mozo que poseía agradables cualidades, pero poco sentido moral, y su enorme fortuna atraía la amistad de las personas mundanas, tan indignas como simpáticas.
—¿Sabe si querría realquilarlo?
El agente tenía sus dudas, porque al muchacho no le hacía falta dinero. —Siempre está entrampado —observó Trent, y el agente lo miró con respeto al ver que su cliente podía ser un conocido de Van Boden—. Le
mandaré un cablegrama.
El cablegrama le costó carísimo, ya que, a más de ser muy extenso, tenía pagada la contestación. Stratford recordó a Antonio Trent y, como necesitaba dinero y las condiciones no podían ser más generosas, aceptó.
Una semana después de su encuentro con Frank Sutton veíase Trent instalado en uno de los pisos más lujosos que conociera, y aunque los gustos de Von Boden estaban muy lejos de satisfacerle y de buena gana hubiese cambiado todos los muebles y la ornamentación, lo cierto era que ocupaba la vivienda de un miembro indiscutible en la alta sociedad, ya que la familia de los Van Boden habían consolidado su fortuna con entronques matrimoniales entre sus iguales en el mundo de los negocios y obtuvieron el respeto y la consideración de la nobleza europea, entrando en parentesco con familias de rancio abolengo. Llegar a ser lo que era la familia Van Boden constituía el desideratum de Natica.
Tal fue el primer paso de Trent. Se instaló en aquel piso como en su cuartel general, y desde allí se proponía lanzarse al ataque. En las habitaciones de su amigo encontró las listas de socios de todos los centros a que seguramente pertenecía el inquilino y en los que Trent no esperaba
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ser admitido más que en calidad de huésped. No tenía sobre ello la menor duda. Viendo los nombres relacionados en aquellas listas pensó que pertenecerían a personas peor dotadas que él de ingenio y de modales, pero que no bastaba el talento y la riqueza para que las puertas de aquellos círculos se abriesen. Algunos miembros pertenecían a ellos por sus propios méritos, pero en general se les admitía por influencia paterna o en calidad de vástagos de nobles familias. Para el ingreso en ciertas instituciones se requerían especiales títulos, pero aquellos a que pertenencia Van Boden daban a sus socios un prestigio indefinible. Por fin encontró lo que buscaba en la lista de un club de jóvenes, uno de los más restringidos y exclusivistas de Nueva York.
Antonio Trent recordaba la primera vez que vio a Swithin Wald en una comida del Bachelors’ Club, en el Park Lane de Hamilton Place, a la que asistió con su amigo Arturo Grenvil. Todos los allí reunidos eran personas de elevada posición y como el marqués creyese que halagaría el patriotismo del americano Swithin Weld la presentación de un paisano, amigo de un aristócrata inglés, le hizo la de Trent, esperando que el otro lo recibiría con los brazos abiertos.
Swithin Weld, que nunca había visto a Trent, cometió la falta de delicadeza de decirlo en un tono que nada tenía de conciliatorio, porque se gloriaba de conocer a todos los americanos dignos de ciertas deferencias y consideraba indeseables a cuantos él desconocía; pero como Antonio Trent era un admirable narrador que sabía hacer brillar su ingenio en una conversación, y en aquella ocasión hizo cuestión de amor propio el destacarse, logró fácilmente ofuscar a Weld y llevarse los honores.
Luego le decía Grenvil que el joven marqués de Launceston consideraba a Weld insolente y mal educado. «Amigo mío —le dijo el marqués, cuando Weld rechazó el cargo que se le hacía—, no está bien que ustedes hagan estas distinciones propias de nosotros, siendo todos los americanos libre e iguales. En cuanto a mí, he de decirle que siento una viva simpatía por Trent y que no necesito otra presentación que su amistad con Rosecarrell».
En dos o tres ocasiones, Weld quiso dirigirse a Trent, pero éste no hizo caso, como si Weld fuese para él una nulidad. ¡Cómo! ¿Era posible que un desconocido americano le hiciese objeto de tal desprecio? Y empezó a pensar que Trent sería uno de esos paisanos geniales que con sus riquezas
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y su talento se atraen las simpatías de todo el mundo y tienen acceso a todas partes, mientras que raramente visitan su propio país.
Y sucedió que una noche, Weld bebió más de lo debido, en un club de Londres, para celebrar la suerte que tuvo en las carreras de caballos celebradas aquella tarde, perdió al juego todas sus ganancias y aun quedó en deuda. Mientras sus contrarios, que eran tres jugadores de oficio, estaban esperando el cheque sobre cuyo libramiento abrigaba el joven sus dudas, por no tener bastante crédito en el banco, acertó a pasar junto a ellos Trent, que con su fino oído se enteró de la mala disposición de aquellos perillanes en aceptar pagarés. Trent, sabía que en Londres constituía una grave ofensa firmar un cheque por una cantidad superior a los fondos disponibles y que, en tal caso, la familia de Weld se vería obligada a pagar a los poseedores del documento. Y se trataba nada menos que de dos mil libras.
Trent se acercó a su paisano y le habló amistosamente, fingiendo no advertir la presencia de aquellos truhanes.
—Ya sé —dijo— que el bayo Leaf ha ganado esta tarde la tercera carrera. No quería apostar, pero me ha parecido que doscientas libras al diez por uno, no estaba del todo mal si ganaba, ni suponían una ruina en caso de perder —y contando un fajo de billetes del Banco de Inglaterra, los alargó al paisano, mientras le pisaba un pie por debajo de la mesa. Weld no estaba tan embriagado para no comprender que aquello significaba: «Acepta y ya hablaremos luego»; pagó, pues, sus deudas y siguió a Trent fuera de la sala de juego.
—No sé cómo darle las gracias.
—No hay de qué —contestó Trent sonriendo—. Desde que vi a esos tipos jugando con usted, estuve seguro de tener que acudir en su ayuda. Son jugadores de profesión, que operan en los grandes trasatlánticos, y ese viejo del bigote blanco me ganó una importante suma en el Lusitania, antes de la guerra.
Luego Trent recibió un cheque firmado por Curtis Weld, el opulento tío de Swithin, y la cuestión quedó zanjada sin más consecuencias, ya que Trent hizo el favor desinteresadamente; mas ahora, en cambio, consideraba llegada la ocasión de servirse del prestigio que el joven Swithin Weld gozaba entre la mejor sociedad americana.
Por el Travellers’ Club se enteró de que estaba en la ciudad, y no le costó mucho trabajo hacerse el encontradizo. Al cabo de una hora de
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pasearse por la Avenida vio a Weld y permitió que fuese el joven el iniciador de su primera aventura.
—Me figuraba que seguía usted en Inglaterra —dijo Weld cordialmente.
—He tenido que venir a cuidar de ciertos asuntos relacionados con una propiedad —contestó Trent diciéndole la verdad—, y durante uno o dos meses ocuparé el piso de Stratford Van Boden con el permiso de éste.
—Ahora iba a comer —dijo Weld—. ¿Por qué no me acompaña, si no tiene nada que hacer?
Aún no había transcurrido una hora, y ya vio Trent que aquel encuentro con Weld le sería de gran utilidad. Por él supo que Mortimer Bentley, uno de sus innumerables primos, vendía algunas de sus jacas de polo porque su mujer no quería que se arriesgase jugando.
—Venderá algunas para darle gusto y luego volverá a jugar como si tal cosa —dijo Swithin—. ¿No lo conoce usted? Posee una magnífica finca junto al campo de polo, en la carretera de Rumson.
—No tengo ese gusto —contestó Trent, y vio que su huésped consultaba una agenda.
—Esta tarde están jugando con las jacas de Mortimer unos de Deal Beach, según creo. ¿Por qué no viene usted conmigo, si le gusta ver jugar? Le prometí a Mortimer que iría para convencer a su mujer de que es el juego más inofensivo de todos. ¿Quiere usted ayudarme con su elocuencia?
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Dos horas Antonio Trent se hallaba sentado al lado de la más elegante de las mujeres.
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Dos horas después, Antonio Trent se hallaba sentado al lado de la más elegante de las mujeres, la señora Juana Bentey, emparentada con las familias más distinguidas. La manera como se llevó a cabo la presentación hubiera dejado asombrado a Frank Sutton. Juana preguntó a Swithin Weld quién era aquel forastero.
—Es un buen amigo mío —dijo Swithin con calor—. Tiene propiedades aquí y ha venido a echar un vistazo. Stratford Van Boden le ha alquilado su piso. Lo conocí en Inglaterra, en los centros más elegantes. Y por cierto, que cuando me lo presentaron por primera vez, hice un poco el burro con él, que es bastante educado para darme lecciones.
Y Weld contó el incidente en todos sus pormenores.
Juana miraba a Trent, que estaba conversando con un grupo, a cierta distancia.
—Supongo que buscará que hagas algo por él.
—¿Qué podría hacer? —contestó Weld—. Tiene suficiente dinero y no
ha de sorprenderte que prefiera ver jugar al polo aquí que en Hurlingham o
Roehampton.
—¿Juega?
—No es mal jugador. Ya quisiera yo jugar como él.
—Tal vez quisiera comprar algunas jacas de Mortimer —insinuó Juana pensativamente—. Ya sabes que quiere desprenderse de ellas poco a poco. El hombre que pese doscientas libras no debe jugar al polo. Oye, Swithin, si compra alguna, tendrás la comisión. Preséntamelo y yo haré la oferta. ¿Por qué pones esa cara?
—Es que no me gustaría que pudiera pensar que lo he traído aquí para que adquiera los desechos de la cuadra de mi primo.
—Ya sabes que son jacas de buena estampa. Mortimer pesa demasiado para montarlas, mientras que tu amigo Trent es delgado.
—Pues llega a las ciento sesenta libras —calculó Weld examinando el buen tipo de su amigo—. ¿Por qué has de temer tanto por Mortimer? Todos tus hermanos juegan.
—Porque temo que le pase alguna desgracia.
Trent quedó prendado de la señora Bentley. No era una belleza, pero si muy interesante y muy chic, y se comprendía que suscitase más envidias que las bellezas de su misma clase. Trent se vio aceptado al momento como amigo de Van Boden y de Swithin Weld, y Juana Bentley, confiada en el rigor que ellos ponían en la elección de los amigos, no dudó que
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Trent pertenecía por derecho propio a los círculos tan estrechamente guardados.
Ella no consideraba aquellas partidas de polo como las reguladas por un club deportivo de buen tono, puesto que se iban introduciendo en ellas elementos indeseables, y aunque se trataba de la más distinguida familia de la vecindad costeña, se mantenía a distancia, prometiéndose no pasar otras vacaciones en aquella finca. Persuadiría a Bentley a vender su magnífica hacienda para comprar otra cerca de Westbury, en Long Island, donde vivían dos de sus hermanos casados.
Las señoras y caballeros, ricamente ataviados, de la costa baja de Jersey, fueron objeto de una cordial acogida, aunque también en la cordialidad hay grados. A las señoras se les permitió admirar a Juana desde lejos, y Juana para ellas representaba Newport, la Quinta Avenida y Park Lane. No era bella, pero poseyendo todo lo demás, ninguna falta le hacía la hermosura.
Ninguna de las visitantes la contempló con tanta envidia como Natica Grant. Atribuía a los hombres que la rodeaban todas las dotes de la más alta sociedad. Conocía de vista a Swithin Weld, pero le inspiraba mayor interés un tipo alto, moreno, de aristocráticos modales, de aspecto un tanto aburrido, al que la señora Bentley dedicaba singular atención. Se lo indicó a su marido.
Payson Grant no tomaba parte en el juego. No se hallaba en buenas condiciones, a causa de los abundantes cocktails que le nublaban la vista, y Natica jamás le hubiera perdonado un papel deslucido. No era muy buen jugador y necesitaba concentrar en el juego todas sus facultades. Mortimer Bentley le estrechó la mano, pero no pensó en presentarlo a Juana, haciéndole objeto de esa sutil diferencia que él mismo practicaba con sus viejos amigos. Se tragó la humillación y miró a Trent con envidia.
—¿Por qué no juega usted? —le estaba preguntando entonces la señora Bentley.
—No pertenezco al club ni tengo jacas —contestó Trent.
—Dos razones bien pobres. Mortimer estará encantado de inscribirlo, y como él tiene demasiado peso para algunas de sus jacas, podría usted comprárselas a un precio razonable. A él le falta agilidad y se ha roto ya todos los huesos menos el cuello, pero tengo el presentimiento de que en el próximo accidente se romperá la cabeza.
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—No había pensado en jugar, y a decir verdad no me considero buen jugador.
—¿No juega usted tan bien como esos? —preguntó ella con el desprecio que las mujeres de su clase sienten por los malos jugadores.
Trent se volvió al campo y estuvo observando el juego. Mortimer era el único jugador aceptable.
—Con esos aun me atrevería.
—A excepción de Mortimer, ninguno de ellos está bien considerado en el Polo Asociación.
Natica Grant se enteró de que Antonio Trent aceptaba la invitación a comer con los Bentleys, y esto corroboró su opinión de que Trent era una persona distinguida a quien aquellos contaban entre sus mejores amigos.
Por su parte, adivinó Trent que aquella hermosa rubia tan elegantemente vestida era la primera mujer de Sutton. Se alegró de no encontrarla simpática, porque así podría llevar a cabo su misión sin complicaciones de orden sentimental.
Reconoció que Payson Grant era un buen tipo y de agradable aspecto, pero muy nervioso; siempre miraba como si recelara de algo.
Al despedirse de Trent, su amigo Weld se mostró un poco desconcertado y hubo de decirle:
—Sentiría que pensase usted que lo he traído para que Mortimer le venda sus jacas.
—Jamás en la vida —le contestó Trent afectuosamente—. Pero estoy contento de que me haya usted traído proporcionándome ocasión de adquirir a un precio razonable tan hermosas jacas.
Trent no pudo menos que sonreír al llegar al piso de Van Boden, pensando en la eficacia de sus primeros pasos. Conocía los puntos flacos del hombre con quien tenía que habérselas y había sido recibido con entusiasmo en la sociedad de polo a que Grant pertenecía, sin él solicitarlo.
—Dentro de una semana me recibirán con palmas en su casa —le dijo a Sutton—, y entonces empezará la comedia.
—¿La comedia? Correrá el riesgo de ser detenido y acaso se encuentre en graves peligros —comentó Sutton.
—A eso le llamo yo comedia. ¿Pero de qué peligros sospecha usted? —No creo que Payson haya descuidado la precaución de poner en su
casa algún detective que actúe como criado o algo por el estilo.
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—Eso no me preocupa. Ya tiene a Regan, el ex púgil, de chófer. En Rumson tuve ocasión de observar al muy bruto esta tarde. Además, la casa está cuajada de precauciones. Pero no pienso emplear la violencia, sino la amenaza mental.
Sutton no acababa de creer el éxito alcanzado por su compañero desde el punto de vista social.
—¿Pero sabe usted jugar al polo? —preguntó con acento de duda, no comprendiendo que hubiera tenido Trent ocasión de ejercitarse.
—Sí. Verá usted cómo aprendí. Desde niño monté a caballo. Mi padre era médico en una comarca montañosa y tenía tres caballos para sus visitas. En el colegio jugué al polo lo suficiente para no ignorar nada de sus reglas, y en Inglaterra casi cada día me ejercitaba con mis huéspedes. Siempre he sido muy aficionado a los deportes y poseo una disposición natural para sobresalir en ellos, de modo que en el polo, aunque no sea un jugador de primera fila, lo hago mejor que Payson Grant y sus amigos.
—Voy de sorpresa en sorpresa. Tiene usted el don especial de hacerlo todo bien y lo único que ya no me sorprende es que nunca lo hayan cogido.
—¿Entonces, por qué preocuparse?
—Por la enorme importancia que tiene el caso para mí. Convencido estoy de que, si no se llegan a poner las cosas en claro ante la ley, se acabará mi deseo de vivir. Si vuelvo a Sing Sing, ya no saldré de allí.
—Aún no ha vuelto, y si se resigna a permanecer aquí unos meses, no volverá usted a la cárcel aunque a mí me detengan. No estaría mal pensado que le cediese yo esta casa con todas las formalidades, de manera que si me pasa algo, sea usted el propietario. Tendrá que adoptar otro nombre.
—¡Qué amigo me conquisté aquel día en Francia! —exclamó con una efusión cordial durante mucho tiempo no sentida—. Pero todo esto le costará mucho dinero —añadió poco después, pensando en el piso de Van Boden, en los caballos de Mortimer Bentley y en los gastos que implica el juego del polo.
—No se preocupe. Poseo más dinero, ganado legítimamente, del que puedo gastar. He tenido una suerte loca en mis negocios. Compré a un precio irrisorio en 1912 una gran extensión de terreno, en Tulsa, y cuando fui a California en busca de la esmeralda de Apthorpe, compré terrenos en el Boulevard Hollywood, junto a la Avenida Cahuenga, a un hombre que pensó hacer conmigo un negocio redondo, y ahora está aquello lleno de
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tiendas… Tendré que gastar dinero, ya lo sé, pero no caerá en saco roto. — Y Trent rió entre dientes—. ¡Qué gracia me ha hecho Juana Bentley acogiéndome como a un amigo de su reducido grupo mientras miraba con desprecio a la flor y nata de Deal Beach! No muestres nunca deseos de obtener lo que anhelas y lo conseguirás… Si Eva hubiese obrado de esta manera, la manzana hubiera caído a sus pies y tal vez Adán hubiese descubierto la ley de la gravedad antes que Newton.
—Parece usted de muy buen humor —observó Sutton, pensando que él, en igualdad de circunstancias, estaría enfermo de los nervios. Aunque el talento de Trent le abriese las puertas del palacio de Grant como a huésped de honor, no sería más que empezar.
—He de comprar un coche más lujoso —dijo Trent. —No tengo nada que decir contra el que compré hace unos días, pero necesito un modelo que sea la admiración del señor Regan. The Times anuncia un Vauxhall que me parece que ha de ser magnífico.
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CAPÍTULO VIII
EN QUE ANTONIO TRENT SE VE
AMENAZADO
os «caddies» de Deal Golf Club comentaban el hecho de que Payson LGrant, que siempre había jugado concediendo ventajas, se condujese ahora como un novato. Esperaba una mañana junto al primer montoncillo al banquero Buckbee, a quien despreciara tiempo atrás como contrincante, cuando salió de su impasible actitud al ver que el banquero se acercaba nada menos que en compañía de Antonio Trent, el envidiado caballero a quien conociera entre el grupo inabordable del campo de polo de Rumson.
Era una oportunidad que ni caída del cielo para una presentación. Buckbee la hizo sin sospechar más que el mismo Grant, que obedecía al plan que Trent se había trazado, y éste pareció no recordar que había visto a Grant en el juego de polo. Tampoco se mostró en extremo complacido, sino que adoptó cierta altivez y reserva que sin duda hubiera molestado a otro menos ansioso que Grant de congraciarse con él. Ahora vería Natica si sabía él distinguir entre clases y clases.
Grant se deshizo en cumplidos y en el calor del momento lanzó la idea de una semana de polo y persuadió a que se dignara participar en la fiesta al amigo de Swithin Weld e íntimo de la señora Bentley. Buckbee se hacía cruces. Sabía que Trent era un buen jugador de golf, demasiado bueno para él; pero no comprendía que un hombre como Payson Grant le hiciese semejante honor. Y esto, no sólo lo pensó, sino que lo dijo, lo cual no logró más que exponer ante los sagaces ojos de Grant la ignorancia de un hombre a quien estaban cerradas para siempre las puertas del gran mundo.
Si Sutton hubiera hecho una apuesta a que Trent no pasaría dentro de una semana las puertas del palacio italiano construido para Guggensohn a fuerza de dinero hubiese perdido. A la semana cabal de decir que entraría, su magnífico Vauxhall atravesaba el jardín de Grant y su chófer lo
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conducía luego al garaje donde hallaba gracia a los ojos de Regan. El chófer era un recomendado de la casa que había vendido el coche, con buenas referencias como mecánico, pero indocumentado respecto a la fuerza de sus puños y a su acometividad en la lucha. Se llamaba John Hubbard y profesaba un gran cariño a los coches de precio, desviviéndose por conservarlos en buen estado. Trent no necesitaba un chófer, pero en el papel que iba a representar le podía hacer falta un auxiliar y en tal caso Hubbard podría serle de gran utilidad. Pronto se convenció Hubbard, por otra parte, que nada podría enseñar a su amo en lo tocante, a conducir un coche.
Natica Grant recibió a Trent con toda la efusión de su alma, lamentando que probablemente no conocería a ninguno de los huéspedes, que en número de una docena, se albergaban en su casa. Todos eran compañeros de negocios de su marido, a quienes debía ciertas atenciones; pero abrigaba la esperanza de que muy pronto su hermoso palacio sería una colmena de gente como la que Trent estaba acostumbrado a tratar.
Lo condujeron a una serie de habitaciones lujosamente instaladas, que miraban al mar; había una sala, un cuarto de baño y un gran dormitorio. La sala se abría a un balcón de hierro desde donde se dominaba el jardín frondoso que se extendía entre la casa y el mar.
Al parecer, los Grant tenían tres criados dentro de casa. Trent pudo ver a un majestuoso mayordomo revestido de dignidad y a dos lacayos. El mayordomo procedía de Newport, por desgracia para él. Trent se alegró interiormente al sorprender la expresión de aquel hombre cuando su amo le ordenó subir las maletas a su cuarto. Con todo el empaque de un mayordomo que se precia de su cargo, transmitió la orden a uno de los lacayos.
Se comía en casa de Grant a las siete y media y cuando Trent fue presentado a todos los huéspedes a quien la dueña había excusado, apenas le quedaba una hora para vestirse. Un criado le preparó la ropa. Trent sacó de un bolsillo el informe de More sobre los criados, así de los que servían dentro de la casa como de los que tenían sus ocupaciones en el exterior. More tenía talento para hacer hablar a la gente.
El mayordomo se llamaba Alberto Thorpe y había servido siempre a los señores de sangre más azul, en su tierra natal, y a los más ricos, en su tierra adoptiva. Pasó al servicio de los Grant desde una de las mejores
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casas de Newport. Trent pudo observar su disgusto por el menage de la casa, pues no hay persona más remilgada que el propio criado.
Los dos lacayos, Jihm Sprowston y Guillermo Carrow, ofrecían el talante de quien se pasa las horas sin hacer nada. Las criadas no presentaban características peculiares, y le eran por completo desconocidas. María Connor tenía a su cargo la cocina, y el nombre de las otras nada le decía, a excepción de la llamada Dupin, que era La doncella francesa de Natica Grant. More, al mencionarla, no concretaba las funciones que ejercía, limitándose a decir que ocupaba un cuarto en el piso superior y comía con el ama de llaves, miss Brewen.
Los huéspedes, que con pasmosa unanimidad se mostraron encantados de conocerle, pertenecían todos al mundo de los negocios, y no aspiraban a más elevada sociedad que la compuesta por ellos mismos. Muchos habían cesado de trabajar, pero ninguno había aprendido aún a jugar. No prometían sostener en la mesa una conversación muy mimada y las señoras tampoco parecían muy divertidas.
Antonio Trent pensó que empezaba su aventura en circunstancias ventajosísimas. Ni había de desvanecer sospechas ni fingir otro papel que el que le atribuían, y seguro estaba de hacer la felicidad de los Grant, si permanecía en su casa un mes, en vez de una semana.
Y en aquel preciso instante, cuando se consideraba en absoluta seguridad, Antonio Trent se retiró del balcón y notó con sorpresa que alguien había introducido un papel por debajo de la puerta.
Antes de pararse a recogerlo, abrió apresuradamente la puerta y salió al pasillo. No vio a nadie. Le habían dejado aquel papel mientras estaba contemplando el océano, soñando en su triunfo.
Nunca, en sus largos años de ilícitas aventuras, en sus más apuradas situaciones, cuando su detención parecía inminente, sintió la amargura de inevitable catástrofe que le produjo aquella nota.
No se explicaba cómo él, tan rápido siempre en sus decisiones, no la abría inmediatamente. Lo paralizaba el presentimiento de que aquel sobre contenía lo que convertiría en derrota sus sueños de victoria.
Estaba dirigido sencillamente a «Antonio Trent», y acaso la letra era falsificada, aunque de puño seguro, no sabía si de hombre o de mujer. ¿Qué huésped se había tomado la libertad de mandarle una carta por semejante procedimiento? Varias mujeres le habían escrito billetitos, y conoció a muchas señoras lo bastante ociosas para entretenerse en intrigas
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de peligrosa indiscreción; pero, exceptuada Natica Grant, que con seguridad no adoptaría aquel método, no había puesto los ojos en ninguna de las señoras con quienes estuvo una hora antes, de modo que lo justificase. Y ninguna le pareció del tipo de las intrigantes.
Rasgó el sobre y leyó las siguientes líneas escritas en un papel sencillo:
Alguien en esta casa sabe quién es usted y los propósitos con que ha venido.
Si no encuentra alguna excusa para marcharse después de cenar y antes de las doce, lo denunciaré al señor Grant. Si hace usted caso de este aviso y obra en consecuencia, nadie le molestará. De lo contrario será entregado a la policía.
Aquello era aún peor de lo que temía. Alguien lo había reconocido y estaba informado del encargo que traía. De todos modos se imponía la fuga.
Al momento se representó al pobre Sutton solo en las habitaciones que práctica mente eran como una cárcel para él, confiado en la energía de su amigo. Y cuando ya estaba preparado el escenario y la obra a punto de empezar, he aquí que todo se venía abajo.
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Rasgó el sobre y leyó las siguientes líneas.
Era difícil conjeturar por aquellas líneas si quien las había escrito estaba enterado poco o mucho, pues aquello que decía de los propósitos no
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le satisfacía, y lo único que no dejaba lugar a dudas era la amenaza. Deseaba saber algo más y especialmente si aquel aviso se debía a que quien se lo daba estaba enterado de sus propósitos de vengar a Sutton.
En este caso no cabía más que abandonarlo todo inmediatamente, por amargo que fuese para un hombre como Trent confesarse derrotado. Al fin, Sutton sería quien saldría perdiendo.
Pero si el desconocido quería dar la impresión de que le eran conocidas todas sus fechorías, ya no podía esperar un momento de tranquilidad, no obstante la promesa de no ser molestado si se marchaba.
Sonrió con un poco de sorna, pensando que al menos se le permitía cenar, que no había de abandonar aquella preciosa costa de Jersey antes de medianoche y que aún tenía tiempo por delante. ¡Qué melodramática era aquella condición de marcharse antes de medianoche! Y él, que previo una cena entre invitados sin ningún interés y aburrida a más no poder, ahora se le presentaba como un acto de intensa emoción. No dudaba que entre los comensales estaría el hombre o la mujer que confesaba conocer sus propósitos. Nunca hubiera creído que una de aquellas personas que no merecieron de él más que un saludo indiferente y casi despectivo, tuviera el poder de aniquilarlo.
El desconocido esperaría a medianoche para denunciarlo o aprovecharía el secreto para hacer revelaciones dramáticas en la misma mesa. Trent se hacía cargo de lo irresistible de la tentación que, con frecuencia, sólo con alusiones parece que se puede frenar, y esperaba descubrir de qué dirección soplaba el viento. Tal vez, como en otras ocasiones, podría sortear la peligrosa situación y tomar ventaja.
Lo sentaron a la derecha de la dueña, quien tenía a, su izquierda un caballero alto y flaco, muy apurado por librarse de la opresión del cuello de la camisa. Se llamaba Gimbert, hombre de grandes viajes y ahora consagrado a la explotación de los yacimientos de petróleo de Tejas. Miraba fijamente a todo el mundo y hablaba sin comprometerse. Trent no estaba seguro de que no fuese una indirecta a él dirigida, cuando afirmó que un hombre le inspiraba simpatía u odio. Si lo primero, Gimbert le daría hasta la camisa; si lo segundo, sería capaz de dejarlo sin camisa. La señora Grant escuchó estas confidencias sin ningún entusiasmo.
A la derecha de Trent sentábase una dama de mediana edad, que lucía unas perlas de gran valor y estaba tan ricamente ataviada como las otras.
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La persona que más interés ofrecía para Antonio Trent era el locuaz señor Gimbert, con sus ojillos penetrantes, quien declaraba a todos los que querían escucharle que era el mejor fisonomista de este mundo y parecía deseoso de entrar en conversación con Trent. Pero lo malo era que éste no lograba adivinar si le daría o le quitaría la camisa.
La dama que se sentaba a la derecha de Trent, una tal señora Fisher, llevó la charla al tema de los robos de joyas, lo cual puso naturalmente en guardia a su vecino.
—Seguramente sabrá usted más de esto que yo —le dijo.
Antonio Trent se mostró sinceramente alarmado, temiendo que había llegado al momento crítico.
—Lo digo —explicó—, porque está usted tan íntimamente relacionado con los Weld y a la señora Weld le robaron hace poco un collar mejor que el mío.
—No hace más que un mes que he vuelto de Europa —dijo Trent—, y no me había enterado.
Aquel tema desató todas las lenguas y Trent escuchaba con gran atención. Un señor moreno y corpulento que ocupaba un extremo de la mesa afirmó que el robo de Weld se debía a una banda de ladrones muy expertos.
—Nada tendría de extraño que fuesen los mismos que robaron el magnífico rubí Mount Aubyn a mi amigo Jerónimo Dangerfield. ¡Este sí que fue un robo misterioso!
Antonio Trent escuchó con hondo interés la versión de una de sus hazañas. El hombre moreno sostenía que por lo menos tres debieron intervenir en aquel hecho. Y se pasó a tratar de las cualidades que se requerían para llevar a cabo un robo como aquél.
—Esa banda encontraría el campo abonado si penetrase en esta casa — comentó.
—No hay miedo —dijo Payson Grant—. Tengo timbres de alarma, perros de presa y toda clase de precauciones. Apostaría cualquier cosa a que no hay finca mejor guardada en toda la costa de Jersey.
—¿Por qué? —preguntó Trent—. ¿Espera que vengan a robar?
—Ni pensarlo —se apresuró a tranquilizar Grant—, pero hay que tomar precauciones. La semana pasada se cometieron ciertos robos en Spring Lake.
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Sutton creía que Grant viviría en compañía de alguien encargado de protegerlo contra el inminente ataque de un preso vengativo, y que esos protectores a sueldo se confunden a veces con los invitados. En cuanto a los tres criados, le parecían unas bellísimas personas dentro de su clase, y pollo tocante a los invitados, no eran otra cosa que lo que parecían: gente bien nutrida, con la cordialidad de las personas adineradas.
Gimbert y Trent eran los únicos que no tenían mujer. Gimbert no acababa de tranquilizarle. Hablaba demasiado para ser un detective, como no fuese de un tipo extraordinario. A excepción de Catalina Holland, a quien viera con frecuencia en la exposición de caballos, todos los invitados le eran desconocidos.
La cena se alargó hasta las diez. Aun le quedaban dos horas para desenmascarar a su enemigo o abandonar la casa, derrotado. Se levantó de la mesa con el convencimiento de que ninguno de los comensales había escrito la carta, aunque, por otra parte, a mitad de la cena ya se sintió descargado del peso de un peligro inminente. Gimbert acabó por tratarlo como a un amigo, la señora Fisher, olvidada de los robos, habló del Club de los Lunes, cuya presidenta era, dejando de ser para Trent un enigma para convertirse en una vulgaridad. El hombre corpulento que trajo a colación el asunto rubí de Danjerfield, resultó ser un viejo amigo del padre de Grant; el hombrecito que emparejaba con una señora cuyo seno resplandecía de una serie de collares de brillantes no era más que el abogado de una asociación a quién le había dado la manía del golf. Los demás eran gente despreocupaba y buenas personas, que no le inspiraban el menor miedo.
Trent se deslizó a su habitación y consultó de nuevo la lista de la servidumbre confeccionada por David More. Cannor, Dempsey, Miller, Davis, Mennon, Dupin, Applegate, Warner y Thompson, que con los tres criados y la señora Brewen, componían el cuerpo del servicio interior. Fuera estaban Regan y dos hombres: Ropes y Sage. Los jardineros vivían en Asbury Park y no encaban para nada en la casa.
Tocó el timbre y anunció al lacayo que acudió, que deseaba hablar con el mayordomo. Trent había estudiado a los mayordomos y los dividía en tres clases, a cada una de las cuales debía tratarse de distinta manera. El mayordomo del país era como un hermano y exigía un trato familiar; el negro usurpaba los privilegios propios de la intimidad y de la familia para aprovecharlas en favor de sus amores; la clase importada no gustaba de
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familiaridades, prefería guardar las distancias a la cordialidad, sentía desprecio por los nuevos ricos y servía a los verdaderos señores con absoluta fidelidad.
Alberto Thorpe, que acudió a las habitaciones de Trent, era de esta clase. Sabía por Grant que el joven americano había sido huésped de honor del conde de Rosecarrel, y entró ardiendo en deseos de servirle. En cuanto Trent se inclinó ante él ligeramente, sintióse lleno de confianza.
—Le he mandado a buscar porque supongo que usted debe de conocer a las criadas y las referencias acerca de ellas, ya que sin duda será usted quien las ajusta.
La encargada de esta función era la señora Brewen, pero a Thorpe le halagó aquel error, y se inclinó con toda su dignidad.
—Le diré lo que deseo saber —continuó Trent—: Tengo razones para creer que alguien quiere cometer conmigo un chantaje por una de mis indiscreciones juveniles. Pero yo no quiero prestarme a ese vil manejo y, por otra parte, sentiría que se enterasen mis huéspedes. Se lo confío a usted, porque es hombre experimentado y sabrá hacerse cargo.
—No lo dude, señor —se apresuró a contestar el mayordomo, refrenando un deseo de desembuchar una serie de fragilidades que conocía de gente de su clase. —¿En qué puedo servirle, señor?
—Desearía saber si hay alguien entre la servidumbre que tenga una letra parecida a ésta.
Trent rasgó de la nota la línea que decía «… después de cenar y antes de las doce, lo…».
Thorpe consultó su reloj. Eran las diez y media.
—¿Cuánto tiempo me concede?
—No más de una hora. He de bajar al salón. Si encuentra algo, viene y me interrumpe, sin respeto a las circunstancias en que me encuentre. Diga que el señor Swithin Weld rae llama a conferencia telefónica y que no ha querido dejar el encargo. Tengo por costumbre pagar todos los favores y estoy seguro de su discreción.
Trent jugaba distraídamente con la señora Fisher contra Gimbert y Catalina Holland cuando Alberto Thorpe se le acercó discretamente.
—El señor Swithin Weld le llama al teléfono —anunció con voz que todos pudieron oír—. No ha querido dejarme el encargo. Dice que ha de hablar con usted personalmente.
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Murmurando una excusa, Trent salió al vestíbulo, donde estaba la cabina del teléfono, y después de cerciorarse de que nadie lo veía, entró, cerró la puerta y fingió escuchar. Si Thorpe no tenía buenas noticias que comunicarle, aquella llamada por teléfono justificaría su precipitada marcha.
Cuando salió después de un tiempo prudente, vio que el mayordomo dejaba una carta en un sillón cercano. Prendida al sobre con una aguja estaba la línea que rasgó de la nota misteriosa. La carta había sido dirigida un mes antes a la señora Payson Grant. El remitente, María Dupin, era por lo visto una profesora de francés y había dado lecciones en casas de linajudas familias. La escritura de ambos documentos era la misma. María Dupin no se tomó la molestia de desfigurar la letra.
Antonio Trent estaba seguro de que ni de oídas conocía a la señorita Dupin y dudaba de haber visto su letra. No obstante le amenazaba.
—¿Cómo podré ver a la señorita Dupin? —preguntó. —Probablemente se habrá retirado ya. Ocupa una habitación encima
de la de usted, señor, junto al ama de llaves.
—He de verla en seguida. ¿Puede usted decirle que la señora Grant la necesita un momento?
—Bastante fácil es eso, ¿pero qué diría la señora Grant?
—Ya lo arreglaré yo —dijo Trent poniendo un billete de cincuenta dólares en la mano del mayordomo—. ¿Dentro de media hora?
—Está bien, dentro de media hora la conduciré a su habitación. Cuando Trent pudo levantarse de la mesa de juego, se excusó de no
hacer otra partida con la necesidad de escribir inmediatamente una carta a su amigo Weld. Diez minutos estuvo esperando en su habitación a la mujer que le amenazaba, diez minutos de mortal impaciencia. More había relacionado entre las criadas a una señora llamada Dupin sin indicar particularidad alguna respecto a ella. Probablemente sería la persona enviada por una agencia de detectives, y en este caso nada bueno podía esperar Antonio Trent. Su fino oído percibió las pisadas del mayordomo que se acercaba a sus habitaciones a la media hora en punto fijada. Sonó un golpecito en la puerta y ésta se abrió.
—Aquí, señorita —anunció Thorpe.
La mujer avanzó unos pasos en la estancia y miró con recelo la puerta que se cerraba.
—Esto es un lazo —dijo.
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Trent se levantó para inclinársele con manifiesta alegría, ya que la presencia de ella desvanecía todos sus temores. La señorita Dupin a quien tenía delante vestía con mucha más elegancia cuando la vio la última vez como dueña de un palacio en Long Island. Entonces se llamaba madame de Beaulieu. Ahora usaba sencillas ropas y su cabello negro presentaba un peinado austero; mas^ si por cualquier razón había adoptado aquel porte de sencillez, no lograba menoscabar la esbeltez extraordinariamente hermosa de su cuerpo, ni le era posible hacer olvidar el encanto de sus grandes ojos verdes.
—Esto es un lazo —repitió.
—Una medida de precaución sencillamente —dijo él tratando de tranquilizarla—. Pienso que tendremos muchas cosas que decirnos. Haga el favor de sentarse.
No manifestó ella el menor miedo al hallarse en tan extraña situación. Siempre lo había cautivado el valor y sangre fría de aquella mujer, la única persona que logró engañarlo en su larga vida de aventuras.
Recordó la noche en que la encontró por vez primera en la Biblioteca de Guestwick, en la Quinta Avenida, sorprendiéndolo cuando ya tenía en la mano el dinero que fue a robar[1]. Antonio Trent, llevado por ese espíritu de caballerosidad que nada exige de un sacrificio, devolvió el dinero a su puesto por complacer a aquella aventurera que traía al retortero a la policía de los dos hemisferios y era conocida en Europa con el nombre de «la Condesa».
Pero no siempre pudo salir victoriosa.
Trent se había vengado cuando la reconoció como madame de Beaulieu, en Long Island. Entró en su casa como huésped de pago, ansioso de competir en el deporte con gente aristocrática, y al salir, llevaba consigo la piedra preciosa de cien facetas conocida en el mundo con el nombre de Diamante del Nizam. Como era demasiado grande para disponer de ella y no quería cortarla en varias piezas, la llevó a su banco, donde la guardaban en una caja de caudales con otras joyas por el estilo.
Trent estaba ya completamente tranquilo respecto a su amenaza, puesto que a su vez podría hacerla detener como la ladrona de los diamantes de la mansión de Rosewarne, cerca de Montauk Point, de donde huyó tan misteriosamente.
—¿Qué desea usted? —preguntó ella.
—¿Que por qué he mandado a buscarla? ¿Y no lo divina usted?
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—Supongo que por haberle escrito.
—¿Pero cómo ha tenido la osadía de amenazarme?
—Porque pensé que no descubriría a la autora. Pensé que el miedo le haría huir inmediatamente.
—¿Y ya que no ha sido así, mantiene usted su amenaza?
En la palidez de aquel hermoso rostro leyó Trent una honda desesperación acompañando a una actitud de reto que él no se explicaba. Aquella mujer ejercía un extraño dominio sobre él, aunque no se había cruzado entre los dos una palabra de afecto.
—¿Cómo puedo amenazar a quien sabe tanto como usted? —contestó. —¿Por qué escribió eso?
La joven hizo un gesto de impaciencia.
—¿Qué puedo decirle? Se reiría si supiese que me gusta vestir como voy porque quiero ganarme la vida honradamente.
—No me reiría si lo creyese —dijo él—, pero no es tan fácil creerlo. Está usted aquí por la misma razón que yo entré bajo un disfraz en su casa de Old Westbury.
—¡Oh! ¡No! —exclamó ella irguiéndose—. ¡Está equivocado! ¿Pero cómo puedo esperar que me crea después de haberme burlado de usted? — Se levantó resuelta y añadió—: Soy yo quien debe marcharse.
Aquella actitud lo dejó perplejo. Adoptataba tal acento de sinceridad, que Trent quedó convencido de que no fingía.
—¿Por qué ha de marcharse?
—Porque me gano la vida honradamente y si pasa algo recaerán en mí las sospechas. Por eso quise ahuyentarle asustándolo.
—No acabo de comprender —dijo él lentamente—, pero si se quiere explicar, estoy dispuesto a escucharla.
—Recordará usted que cuando nos visitó en Westbury estaba yo a punto de casarme con el capitán Monmouth. Como usted, pertenecía yo a la aristocracia del crimen. Tenía dinero y adquirí para él una casa de campo que había pertenecido a su familia. Tenía ante mí una perspectiva de felicidad. Pues, bien; todo se acabó. Ya sabe lo desgraciado que fue él. Era un jugador, un tahúr, que basaba la vida en su hábil manejo de las cartas y en su conocimiento de los caballos. Su familia lo había desheredado y estaba a las puertas de la muerte cuando yo lo encontré. Cuando ya íbamos a casarnos se lo conté todo. ¡Oh! ¡Que estúpida debilidad es contarlo todo al hombre a quien se ama! Ya no quiso nada
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conmigo. Si hubiera sido una jugadora como él hubiese estado contento. ¡Pero, una ladrona murió! Había sido oficial de lanceros, y aunque cojeaba un poco a causa de un antiguo accidente, lo volvieron a admitir. Murió despreciándome. Esa es mi historia.
Antonio Trent se quedó penosamente turbado. Comprendió que aquella mujer había sufrido. Nunca abrigó la menor duda sobre el sincero afecto que guardaba su corazón femenino por aquel inútil oficial de caballería que era el ludibrio de una orgullosa familia.
La creía en el fondo de su alma, seguro de que no representaba una comedia para conquistar su confianza, seguro de que un sincero arrepentimiento lleva a mujeres como aquélla a aceptar el trabajo con alegría, con humildad, en la oscura condición de una profesora de francés.
—Algún día —continuó ella—, si Dios quiere, viviré en un estado de paz y tranquilidad. Se ve que aún no he sido bastante castigada, pero usted comprenderá que no debo permanecer aquí. No resistiría la menor investigación y no me quedaría otra esperanza que la cárcel durante muchos años, y después… la vejez. No tengo fuerza suficiente para eso.
Se veía en una situación apurada. Denunciarlo suponía envolverse en la misma investigación. Lo más prudente, pues, era ponerse a salvo antes que se cometiese algún robo. Persuadida de que la presencia, de Trent se debía a propósitos profesionales, pensaba que sus ruegos no podrían disuadirle.
—No hay motivo para que abandone esta casa si se siente en ella relativamente feliz —dijo él—. En cuanto de mi dependa, puede estar tranquila respecto a investigaciones de la policía, que no haré nada que las provoque.
—No comprendo —balbuceó ella.
Sonrió el hombre ligeramente. Resultaba por cierto muy chocante que los des se encontraran allí por razones tan distintas de las que mutuamente podían atribuirse.
—He venido, en cierto modo, para arreglar un asunto que no tiene la menor relación con mi vida pasada.
—¿Quiere decir que usted, que nunca fue sorprendido, que no está fichado en ninguna oficina de policía, ha dejado aquéllo?
—Por completo —contestó él—, ya nunca más volveré a las andadas. Le parecerá increíble, pero es vedad. No puedo explicarle a qué es debido, pero por primera vez en mi vida, soy el genuino huésped de un rico
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americano, y estoy aquí usando mi propio nombre. Para que vea que me merece confianza, le diré que he venido a castigar, en vez de adular. Voy a castigar a la gente que ha cometido maldades a las que ni usted ni yo nos hubiéramos atrevido en nuestros días de ilegal actividad.
—¿Cómo podría ayudarle? —le preguntó.
—Permaneciendo en su puesto, sin hacer caso de mí y estando segura de que ningún mal le haré.
Este final a la crisis de tensión nerviosa a que se había visto sometida la dejó como trastornada. Sus hermosos ojos se inundaron de lágrimas. Trent estaba profundamente conmovido viéndola en aquel estado; pero le pareció mejor que llorase que no verla retadora con aquellos ojos secos que desafiaban el peligro.
—¡Oh! ¡Qué alegría me da! —exclamó—. Siempre sentí la vergüenza de aquella noche que lo encontré por primera vez y de la amargura que debió producirle mi mentira. Acaso estoy tan dispuesta a creerle porque mis sufrimientos me han enseñado a leer en el corazón de las personas más de lo que dicen los labios. No digo que le haya sucedido lo mismo que a mí, pero algún dolor lo habrá cambiado a usted. Diría que una mujer enamorada de usted ha operado ese cambio.
Antonio Trent volvió su cara a las sombras y miró al mar. Jamás pensó en hablar de aquello a ningún ser humano, pero aquella intuición le conmovía toda la vida, y cuanto le dijese a la triste mujer que tenía delante sería un tributo a la que se fue para siempre.
—Está usted en lo cierto —dijo con dulzura—. Nunca volveré a las andadas, porque la mujer a quien amaba murió creyendo en mi rectitud.
Trent experimentó una sensación de alivio cuando el mayordomo llamó a la puerta y entró después de recibir el permiso.
—Están bailando abajo —dijo Thorpe— y la señora Grant espera que no faltará usted.
—Voy en seguida —contestó Trent.
Y se volvió a María Dupin.
—He de hablarle de muchas cosas. Hay en la vida algo mejor que encerrarse en esta casa. —Trent sonrió—. No conviene obsesionarse en los actos que ya no tienen remedio. La tristeza no es constructiva ni cristiana. Ya pensaré en la manera de vernos sin que la señora Grant sospeche que nos conocemos.
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—¡Qué bueno es contar con un amigo! —dijo ella sencillamente—.
¡He sido tan desgraciada! Todo se paga en este mundo.
Trent le largó la mano y le dijo:
—Pero no es justo pagar dos veces. ¡Anímese!
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CAPÍTULO IX
EL DETECTIVE
atica Grant, que durante la comida juzgó a Antonio Trent parco de Npalabras y reservado, quedó encantada de su cordialidad y agudeza de ingenio cuando bailó con él. Le perdonó el haberla olvidado para escribir una carta a Swithin Weld, y ni un momento dejó de hablarle de los Weld y Van Boden. Los Weld representaban la flor y nata de las familias de Nueva Inglaterra que, habiendo hecho brillantes casamientos en Europa, todavía conservaban el orgullo de sus antepasados americanos. Los Van Boden le producían la misteriosa emoción de prestigio propio de los Knickerboker[2] que sin duda divertiría a la burguesía holandesa de la que descendían los Van Boden.
La señora Grant poseía graciosos modales, no pocos encantos y esa inconsciente ambición que tanto ayuda al buen éxito a quien se decide a subir por la escalera social. Era difícil decidir, bailando y hablando con ella, si había querido perjudicar a Sutton de una manera consciente y deliberada al convencerse de que se oponía a sus aspiraciones. Siempre sorprendió a Trent la falta de piedad en las mujeres. Allí la veía rodeada de lujo adquirido con el dinero de Sutton, tan tranquila, aun sabiendo las penalidades que estaría pasando para evitar el peligro de ser detenido, y acaso sufriese ella tanto como Payson Grant temiendo que de pronto les cortase la digestión una tragedia. Decidió que el perfecto criminal debía de ser una mujer. Su dominio de sí misma era absoluto.
Payson Grant, que bailaba con Catalina Holland, sonreía jovialmente al ir y venir. Tenía momentos en que, desvanecidos los vapores del alcohol, parecía un superhombre, se atrevía a lodo, no temía nada y miraba la vida como un triunfador. Natica estaba intranquila con sus nuevos hábitos, que lo envejecían y le daban modales groseros. Ponía las manos
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sobre los hombros de sus amigos y les expresaba con demasiado calor su afecto. Aquello estaba bien, como ella le había dicho, para un marino, pero de muy mal gusto para el futuro castellano de St. Remy-les-Chavreuse.
Se sabía de memoria los nombres de las damas que habían conquistado títulos en el viejo mundo. Hubo un tiempo en que las más ambiciosas mujeres americanas se consideraban en la cumbre de la gloria al ser admitidas en la nobleza; pero los tiempos estaban un poco revueltos y ya una familia de sangre real de Portugal, los Braganzas, contaba en su seno a una americana. La reciente historia de la familia real de Grecia la llenaba de envidia y de esperanzas. Se rendían honores reales a una dama nacida en América y de menos ilustre cuna y brillante educación que la misma Natica Brestow. Era una lástima que en Europa se juzgase con tan rigurosos prejuicios a las divorciadas. Quizás a ella la perdonasen en atención a las especiales circunstancias de su caso. Aun no hacía una hora le estaba diciendo a Payson Grant que se mataba bebiendo y que lejos de producir un efecto pintoresco con aquel vicio, se hundiría en una vejez prematura.
Permaneció un momento silenciosa y, viendo que Trent miraba con curiosidad a los circunstantes, reanudó con viveza la conversación:
—No es esta la clase de gente que a usted le interesa. Deseo que venga cuando nos visiten algunos amigos encantadores. Esto en nada se parece a un grupo de jugadores de polo. Debe de haber encontrado al señor Gimbert horriblemente curioso durante la comida.
—Me gustan las personas curiosas, porque son las que mejor se revelan. El señor Gimbert, por ejemplo, me ha dado la impresión de ser un detective de afición. ¿O acaso es un profesional?
Y fijó en ella los ojos para ver si mentía en la contestación. Pero no hubo ni pausa ni el menor movimiento en las líneas de su rostro que manifestase inquietud o insinceridad en la contestación.
—Por desgracia es el padrino de Payson —dijo riendo— y hay que complacerle en todo. Me horroriza pensar que quiera quedarse todo el verano. La mayor parte de esta gente son viejos amigos que suponen que hemos de desvivirnos por ellos porque yo o mi marido los pudimos aguantar cuando éramos jóvenes. ¡Qué tonterías llega a decir la gente de los viejos amigos! Fíjese en ese hombre que ahora entra.
El nuevo huésped interesó a Trent. Presentaba el porte serio y agresivo de los que han prestado el servicio en el cuerpo de policía. Movíase
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pesadamente y su mirada oscura y recelosa y la nerviosidad de sus manos contrarrestaban la impresión que producía su figura y su modo de andar.
—¿Otro viejo amigo? —preguntó Trent con aire indiferente.
—Un conocido únicamente por cuestión de negocios.
Al cesar la música, Payson Grant presentó al recién llegado como señor Yeatman, un viejo amigo que venía a ayudarle en unos negocios de la Americano del Sur. Trent notó que Natica fruncía el ceño al oír aquella presentación y que a pesar de su nombre anglosajón, el señor Yeatman tenía un curioso acento que no dejó de intrigarle. Casi hubiera asegurado que no hablaba el lenguaje natal.
Sin duda> Gimbert tendría también sus sospechas, porque se lo llevó a un ángulo y le hizo algunas preguntas que, por lo visto, no debieron ser muy del agrado de Yeatman.
Luego, Gimbert se acercó a Trent y le dijo:
—Ese tipo me tiene intrigado. Payson afirma que es un perito en contabilidad que viene a ponerle en claro ciertas cuentas complicadas y estoy seguro que no sabe ni sumar.
Ya Trent no tuvo la menor duda de que se trataba del enviado por alguna agencia de detectives, pero no quería desenmascararlo inmediatamente.
—No querrá que se le agüe la fiesta hablándole de contabilidad — replicó Trent—. Vea que Grant tampoco le habla de negocios, sino que le indica cada una de las personas aquí reunidas.
Trent, en efecto, oyó su nombre, pero le tenía sin cuidado, ya que ni su nombre ni sus impresiones digitales constaban en ninguna parte; pero temía por la «Condesa».
Si el forastero era un detective, empezaría probablemente su actuación por los criados y la presencia de una extranjera, como la señora Dupin, la parecería digna de una investigación. Trent ya se la imaginaba sometida a un vivo interrogatorio. Sus declaraciones podrían llevarla a tener que explicar cómo llegó a los Estados Unidos y ciertas particularidades que podrían perjudicarla. Si mentía sin vacilaciones saldría airosa de la prueba; pero en aquel estado casi místico de remordimiento, era de temer que no mintiese. De todos modos confiaba Trent que no lo comprometerían sus declaraciones.
Y el distinguido contable fue presentado a Antonio Trent. Éste no estaba acostumbrado a los modismos usados por los peritos en
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contabilidad, pero no podía creer que Yeatman perteneciese a un distinguido cuerpo. No le era fácil adivinar a qué país pertenecía, pero el gutural sonido de la erre y ciertas dificultades para prenunciar otras letras lo hacían sospechar de alemán.
—Nunca hubiera dicho dúo perteneciese usted al mundo comercial — dijo Trent.
Yeatman manifestó un súbito interés y una sospecha le asomó a la cara: pero en seguida adoptó un aire de fingí la cordialidad.
—No estoy para negocios esta noche —dijo—. Mañana atenderemos a eso, mañana.
Cuando se apartó para ir a conversar con Payson Grant, Trent vio claramente que aquel hombre no podía aconsejar ni poner nada en claro. Su cara era la de un hombre cruel y sin conciencia que solapa sus malas intenciones en una sonrisa amable.
Acabado el baile y ya todo el mundo en sus habitaciones, llamaron a la puerta de Trent y entró el viejo Gimbert, alegre como un niño que no puede ocultar su triunfo.
—A mí no me engañan —empezó—. Ya no se acuerdan que he sido un batidor y un atleta en mis buenos tiempos. Ese tipo que no sabe más que yo de la partida doble, es un detective. Natica lo ha traído aquí para evitar un asalto de la banda que opera en la costa.
—Eso interesante —observó Trent—. Fume usted.
—Tengo un temperamento de sabueso —continuó Gimbert cuando hubo encendido el cigarro—. Esta afición se me despertó ya en mi niñez. Y le digo que no me gustan sus ojos. Son unos ojos malignos, señor Trent. Natica afirma que en la mesa había joyas por valor de un millón, y no quiere más escándalos.
—¿Más escándalos?
—Es verdad que usted no sabía —dijo Gimbert, pensando que había hablado demasiado—. Me refiero a ciertos contratiempos de familia que recogió la prensa.
—¿Y cómo ha descubierto usted la verdad acerca de ese hombre? —Investigando. Cuando deseo una cosa me lanzo tras ella hasta
obtenerla —dijo el hombre riendo entre dientes—. Natica está torturando a Payson en este momento. Ese chico bebe demasiado y nunca tuvo semejante vicio. No sé cómo se ha vuelto. Figúrese que acordaron presentar a ese Yeatman como arquitecto encargado de ciertas reformas. El
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pobre se había documentado en un libro y de seguro hubiese representado bien su papel; pero Payson se olvida y lo presenta como contable. No es de admirar que lo haya encontrado pez en cuentas.
—¿Y sospechaba de alguien? —apuntó Trent.
—Seguramente, aunque a mí ha tenido que descartarme. Dice que todos los robos de Spring Lake han sido realizados por gente empleada dentro de las casas. Estaba preguntando a Natica acerca del mayordomo y los dos lacayos. —Y los ojos de Gimbert chispearon—. Me gustaría ser testigo de un robo en una casa llena de invitados.
—No es probable que vea satisfecho su deseo. Son relativamente escasos los robos cometidos en semejantes circunstancias.
—Pero esta casa ha de ejercer una atracción. Si yo fuese un ladrón de los que operan en gran escala, procuraría que me invitasen aquí.
—Sería una ocasión ideal —convino Trent.
—Comprenderá usted —le advirtió Gimbert antes de marcharse— que todo lo que le digo tiene carácter confidencial.
—Desde luego —contestó Trent—. Buenas noches.
Mal cariz presentaban las cosas para la señorita Dupin. Trent deducía de todo aquello que la habían seguido la pista, en cuyo caso nada podría salvarla. Resolvió valerse de Thorpe a la mañana siguiente. Al menos que estuviese advertida.
El admirable mayordomo entró, sin que le llamasen, a saber si el señor Trent deseaba que se le sirviese el desayuno en sus habitaciones. Para Thorpe el americano era un hombre al que podía servirse sin menoscabo de la dignidad.
—Bajaré al comedor —dijo Trent—. A propósito —añadió—, ¿quiere dar este sobre a la señorita Dupin?
La nota estaba escrita en francés, y produjo honda aflicción en la joven.
¡Cuidado! —leyó—. Hay un detective que dice llamase Yeatman y se hace pasar por amigo de negocios del señor Grant. Es preciso que nos veamos. Dígale al dador a qué hora puedo esperarla.
La señorita Dupin se volvió a Thorpe, que aguardaba la respuesta.
—Trataré del asunto con el señor Trent a las diez.
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El mayordomo hubiera jurado que se trataba de algún arreglo monetario. ¡Qué indiscretos eran aquellos caballeros desocupados!
Al entrar Trent en el comedor halló a Gimbert sentado a la mesa y con ganas de hablar. Atisbando por la puerta entornada de su cuarto había visto a Yeatman, insomne toda la noche, recorriendo los pasillos silenciosamente.
—Es un verdadero guardián, celoso de su misión que quiere justificar el dinero que gana.
—¿Qué hace ahora? —preguntó Trent.
—Está sonsacando a los criados que tienen sus ocupaciones fuera de la casa, y ellos lo consideran tan invitado como a usted y a mí. No tiene nada de tonto. Cree que hay una banda que opera por esta costa y disponen de una lancha a motor. También él tiene una escondida en la casilla de baño. Piensa que aprovecharán una noche de niebla para su trabajo.
Trent no creía en la sagacidad de un hombre que revelaba sus planes a un viejo tan indiscreto como Gimbert, y así lo manifestó.
—Hijo mío —le replicó Gimbert riendo—, lo he descubierto, siguiéndolo hasta allá. Me ha parecido sospechosa su manera de deslizarse entre unos matorrales y se lo he dicho. No ha tenido más remedio que explicarse. Es una lancha pequeña, de diez pies, pero muy ligera. Sabe que Payson es mi ahijado y me lo ha contado todo exigiéndome que le guardaría el secreto.
—Y usted lo guarda confiándolo.
Gimbert pareció ofenderse.
—Oye bien lo que te digo, hijo. Conozco a un hombre en cuanto lo veo. Puedes pedirme la camisa. Ya lo sabes. Le dije a Payson: «puedes confiarte sin reserva a tu amigo Trent». No les digas nada a esos borregos que Grant reúne en su casa. Se desmayarían al saber que un detective ronda de noche los pasillos con escarpines.
—Pues cualquiera diría, viéndolo tan pesado, que han de oírle — observó Trent, cada vez más interesado por el señor Yeatman.
—Anda tan silenciosamente como un apache, y además sabe, como los indios ocultarse, en las sombras. Tengo un brillante que me costó mucho dinero cuando las piedras iban baratas. Natica dice que es demasiado grande y que está bien en mis manos de viejo; pero me sentí tranquilo cuando Yeatman se fijó en él. ¡Chist! Entra uno del rebaño. Que se quede esto entre los dos.
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Yeatman no apareció por el comedor. Luego se enteraron los invitados que estaba a dieta rigurosa y que no podía soportar la vista y los olores de unos manjares que el médico le tenía prohibidos. Trent sabía que esto era una excusa que le permitiría rondar con entera libertad por la casa mientras todos se hallasen en la mesa y la servidumbre estuviera ocupada en servirla.
Probablemente habría visitado ya las habitaciones de Trent, pero como no había en ellas nada comprometedor, casi le alegraría que así fuese.
La señorita Dupin entró a verle a las diez. Estaba preocupada, pero menos abatida que la víspera.
—Dentro de veinte minutos —dijo— he de dar la lección a la señora Grant. Su carta me ha producido un susto enorme.
—Sólo quiero que esté sobre aviso. Quizás no haya peligro en que la reconozca.
—Siempre hay peligro —dijo ella con aire de preocupación—. ¿Cuándo ha venido?
—Anoche y no ha perdido tiempo. Creo que se la ha pasado rodando por los pasillos mientras toda la casa dormía. Ignoro la razón de su presencia, señorita, pero no está usted obligada a contestar a sus preguntas, si no quiere. Si lo ha enviado una agencia, no tiene ninguna autoridad.
—¿Cómo lo reconoceré? ¡Hay tantos forasteros en la casa!
—Tendrá cinco pies y nueve pulgadas de estatura y por su corpulencia calculo que pesará doscientas libras. Es moreno, entrecano, dentadura desigual, labios casi ocultos por el bigote, y una oreja más baja que la otra. Anda envarado y firme. Debe tener unos cuarenta años. Produce impresión de mal genio y ciertos ademanes nerviosos se contradicen con su porte grave de ex policía.
—¿Usted cree que ha pertenecido a la policía?
—No estoy seguro de si da esta impresión naturalmente o de si busca darla fingiendo.
—¿Por qué habría de buscar ese efecto?
—Para inspirar confianza en quien ha solicitado su auxilio.
La joven quedó aún más inquieta al ver que Trent se había detenido en examinar al desconocido tan puntualmente.
—Lo hice —dijo Trent— porque me miraba mucho al hablar con mi huésped y porque es uno de los pocos hombres que me han sido antipáticos a primera vista.
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—¿Y eso es para usted una advertencia?
—Es como una indicación subconsciente del peligro, y nunca me ha engañado. ¿Ha presenciado usted el encuentro de dos perros que se miran y no ladran, pero tiemblan de rabia y acaso de miedo? Eso parecíamos nosotros cuando nos presentaron.
Una intensa pena se dibujó en el rostro de la joven.
—¿Teme que haya venido por usted?
—No lo creo, aunque poco importa. Siempre recuerdo que pesa sobre mí la sentencia que leí en un libro de Dumas y que me consuela cuando siento el aviso de que puede haber llegado mi hora: «Los grandes criminales —dice— tienen una predestinación que les ayuda a salvar toda clase di obstáculos y les permite escapar de todo peligro hasta el momento en que la Providencia, ya cansada, resuelve cogerlos en su puño».
—No es muy consolador —observó ella.
—Pero es verdad. Piense, mademoiselle, en mi vida. He cogido cuanto he deseado, ejercitando mis facultades contra la policía, y salí siempre victorioso. Pero acaso hago mal en sentirme seguro, porque nadie sabe dónde nos espera ese puño de que hablaba Dumas.
—Da usted la impresión del hombre que tiene ya trazado su destino, y nadie dina que pueda ser desgraciado. —La joven miró el reloj—. He de marcharme ya.
—Pero no salga usted sin haber visto a Yeatman —dijo Trent—. Está en el jardín y parece que mira aquí.
Trent cogió unos gemelos que había en un escritorio y se los tendió a la «Condesa».
—Se ha vuelto de espalda —advirtió ella—. Sí, es un hombre recio y temible como un policía. No quisiera encontrarme con ese caballero.
Bajó los gemelos y añadió, llevándose la mano al corazón:
—No me tenga por cobarde si le digo que siento aquí una opresión. Si él quiere verme no podré negarme sin despertar sospechas.
Natica Grant solía hablar en francés con la señorita Dupin de las cosas ordinarias, porque deseaba adquirir facilidad en la expresión y abundancia de léxico en el menor tiempo posible.
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La señora Grant sonrió cuando mademoiselle expresó esta opinión.
Que aquel día empezase la conversación eligiendo por tema el robo y el enorme valor de las joyas que podían reunirse bajo su techo no era por cierto muy tranquilizador para mademoiselle; pero le ofrecía una oportunidad para descubrir el objeto de la presencia de aquel hombre. A
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Trent le parecía una exageración tomar un detective para guardar las joyas de unos cuantos invitados. Esas precauciones se tomaban en todo caso cuando se exponían a la admiración regalos de boda durante fiestas de importancia.
La señora Grant sonrió cuando mademoiselle expresó esta opinión.
—¡Pero, qué aburrido es hablar de esto! —añadió la profesora.
—No piense ni un momento que ese hombre va a molestarla para nada ni a registrar sus baúles. Está aquí para vigilar —declaró la señora.
Mademoiselle pasó un mal rato al pensar que, estando ella limpia de culpa, el sospechoso podía ser Antonio Trent. Pero se arrepintió de su conjetura como de una deslealtad a un hombre que no podía hacerse sospechoso por no estar fichado en ninguna oficina de policía.
—¿Y es un detective célebre? —preguntó.
—El único detective inteligente que he conocido. Habla varias lenguas. Me ofreció sus servicios cuando nos instalamos aquí. Los Guggensohns también lo llamaron cuando se les casó la hija el año pasado.
De pronto cogió el teléfono. «Thorpe», ordenó cuando le contestaron, «mándeme en seguida al señor Yeatman. Probablemente lo encontrará usted con el señor Gimbert». Luego se volvió a la desgraciada señorita Dupin, y le dijo:
—Usted que tiene tanta experiencia, me dirá qué le parece ese hombre. De momento, no estaba la «Condesa» muy segura de que la señora Grant no pretendiese cogerla en una trampa. La naturalidad con que todo se había combinado se le hizo sospechosa. Cualquier intento de rehuir
aquel encuentro sería una prueba de miedo.
Llamaron a la puerta y entró el señor Yeatman haciendo reverencias que desvanecieron toda la gravedad del supuesto ex policía. La señorita Dupin, vuelta de espaldas, lo contempló en el espejo y al ver aquellos ojos negros creyó morir de miedo. No recordaba dónde ni cuándo había visto a aquel hombre, pero estaba segura de haberlo visto y juraría que no fue en el terreno de la legalidad.
Al oírlo hablar se forzó su primera impresión, mas tampoco logró identificarlo. ¿Por qué no le dijo Trent que no era americano? Este dato hubiera aumentado sus recelos.
—¿Ya vigila usted a esa persona? —preguntó la dueña de la casa. —Apenas lo pierdo de vista, señora —contestó él—. ¿Tiene usted que
darme nuevas instrucciones?
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—Nada he de añadir a las que le he dado —contestó la señora Grant, y lo despidió con un ademán.
—¿Qué me dice usted? —añadió luego, volviéndose a la profesora.
—No me ha producido una impresión favorable.
—Tiene cara de criminal —convino la señora—, pero todos los buenos detectives empiezan por serlo.
—¿Y está segura de que es un detective auténtico?
—Segurísima. Tiene teléfono en Nueva York, una mecanógrafa y todo lo demás. Yo misma fui a visitarlo.
La señorita Dupin estaba segura de que no tardaría en situarlo en el lugar correspondiente de sus recuerdos más tiempo del que se necesita para encontrar en un cofre revuelto una carta perdida. Lo relacionaba con uno de los muchos incidentes de su vida de delincuencia. Era un aliado de los cabecillas para quienes ella trabajaba. Pero en las alegres ciudades de Europa ella no tenía más misión que la de parecer siempre joven, conservar su belleza y no tener miedo a nada. ¿Habría aquel hombre reconocido en ella a la encantadora muchacha que ocho años antes se hacía pasar por una rica heredera en la Riviera?
La señorita volvió a su aposento profundamente preocupada. ¿No estaría Antonio Trent en inminente peligro? Lo cierto era que también el tiempo contribuía a abatir el ánimo: hacía un calor sofocante y la atmósfera estaba cargada de humedad; pero no se atrevió a pasar aquella tarde en la costa como solía, por miedo a encontrarse con Yeatman. Acaso éste no la reconoció al verla borrosamente en el espejo.
Después del almuerzo, Trent fue con Grant a jugar al polo y más tarde salieron las señoras con la dueña de la casa al campo de juego. El detective no se dejó ver por ninguna parte. Acaso estaría rondando por la casa con el silencio de un gato, y no la sorprendería que en aquel momento estuviese escuchando detrás de su puerta.
Ya eran las cinco cuando volvieron los jugadores. Media hora después se atrevió ella a salir de su habitación y tuvo la suerte de no encontrar más que a Thorpe. ¿Qué pensaría el mayordomo de las frecuentes entrevistas concertadas con Trent? El caso es que aquel hombre la escuchó con mucha seriedad cuando le encargó la misión de pedirle hora y se prestó de buena gana a complacerla.
A las seis estaba reunida con Trent en la sala de éste. La saludó en el juego, porque en realidad estaba contento de no haber quedado mal en el
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juego de polo, a pesar de su falta de entrenamiento. Se le conceptuó en segundo lugar y aumentó el prestigio y el respeto que inspiraba a los Grant, Las jacas de Mortimer Bentley estaban excelentemente criadas y con cuarenta libras menos de peso se sintieron mucho más ligeras. Trent se había divertido de lo lindo.
—La noto muy afligida —observó Trent—, y a lo mejor no será nada. —Me parece que está usted equivocado. Ya he visto a ese Yeatman. La
señora Grant lo envió a buscar mientras yo hablaba con ella esta mañana, y estoy segura de haberlo visto antes.
Trent cambió de expresión.
—¿No recuerda dónde?
Ella hizo un gesto de impaciencia.
—Lo tongo aquí —con esto golpeándose la frente— y no acabo de recordarlo. Sólo puedo asegurar que fue con ocasión de un robo en Montecarlo, antes de estallar la guerra, tal vez en 1913. Apenas vi su mirada en el espejo recordé su tipo. ¿Quién me dice que él no me haya reconocido también?
—Es una lástima que no recuerde si actuaba con la policía o contra ella.
—No, monsieur. En aquel tiempo apenas conocí de la banda más que al jefe, que era mi tutor y el que lo arreglaba todo. Por eso me conocen sin duda muchos más hombres de los que yo puedo reconocer.
—Lo digo porque si es un detective está usted en peligro; si es un criminal y la reconoce, pensará que también usted lo ha reconocido y callará.
—Pero si comete un robo y huye, caerán sobre mí las sospechas.
—Si es un ladrón le impediremos robar.
La señorita Dupin se retorció las manos, lamentando:
—¡Si al menos pudiera recordar!
—Pienso que podré determinar si está al servicio de la ley o contra la
ley.
—Eso es imposible. ¿Cómo se atrevería usted a arrancarle una confesión? ¿Acaso piensa atraer al commissaire depolice local para provocar la investigación que tanto temo?
Trent pareció querer cambiar de conversación cuando dijo:
—Nunca había visto un día tan húmedo como éste y cada vez se pone peor. ¿No ha notado usted que todo está mojado?
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—Esto no es vivir —dijo ella con impaciencia—. ¿Pero cómo quiere obligarlo a declarar contra él mismo? Tanto si es detective como ladrón, no es tan tonto para caer en un lazo.
La respuesta de Antonio Trent la dejó estupefacta.
—La humedad de la atmósfera vendrá en mi ayuda. Es una idea que se me ocurrió hace años y que nunca he puesto en práctica. Le confieso que siempre he temido que alguien lo probase conmigo.
—¡Estoy en un mar de confusiones! —exclamó ella.
—Pronto le demostraré que no hay nada más sencillo. Le aconsejo que vaya a su cuarto y no se deje ver hasta que yo haya hecho la prueba. Mañana a las diez iré a verla. Espere un poco, que dé un vistazo por fuera. —Salió a mirar y a1 instante volvió diciendo—: Salga, no hay nadie.
Telefoneó al garaje ordenando a su chófer Hubbard, que lo esperase con el Vauxhall inmediatamente junto al portal.
Trent dio un paseo hasta la Prensa de Asbury Park, donde compró un papel satinado de color y a la media hora de haber entrado la señorita Dupin en sus habitaciones, testaba él de vuelta.
Cuando se hubo vestido de etiqueta para la comida, forró un ejemplar de «El Jugador de Polo» con el papel satinado y se dirigió al vestíbulo sintiendo el insoportable bochorno saturado de vapor que iba en aumento. Los criados sudaban preparando refrescos para los huéspedes que los rodeaban.
Yeatman, procurando no estorbar, pero siempre vigilante, se mantenía a distancia. Al pasar Trent por su lado, le dijo súbitamente:
—¿Conoce este libro, señor Yeatman? —Y alargó «El Jugador de
Polo» al detective. Este lo tomó:
—He visto ese juego en la Argentina; pero no lo he apreciado bien hasta esta tarde —comentó el otro con una sonrisa que quería ser graciosa.
Y después de mirar algunas láminas devolvió el libro. Trent examinó las cubiertas con curiosidad.
—¿Qué mira usted? —preguntó Yeatman vivamente.
—Parece que lo ha cogido usted con fuerza —observó Trent— y este tiempo le ha humedecido los dedos. ¿Sabe usted, señor Yeatman, que me ha dejado unas magníficas impresiones digitales? —Y notó que los ojillos de Yeatman se fijaban en las huellas tan claramente impresas en la engomada superficie del papel—. ¡Admirable descubrimiento —comentó Trent en tono indiferente— éste de las impresiones de los dedos! No dejan
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lugar a dudas. Si fuese usted un viejo delincuente en vez de ser un respetable hombre de negocios, no dudaría en matarme para apoderarse de estas huellas. Pero, claro, probablemente no comprenderá usted que la Oficina de Investigación criminal, sirviéndose de ellas, en menos de veinte minutos puedan saber quién es usted, si lo han fichado alguna vez. En su caso, verían que estas huellas no corresponden a las de un procesado y carecerían por tanto de valor.
—Sí, es interesante —convino el señor Yeatman—. ¿Cómo sabe usted todo eso?
—Todo lo he leído en un artículo de revista titulado «Las Impresiones digitales y el Inspector Faurot». Es admirable el tal Faurot.
—No lo conozco —dijo Yeatman.
Cuando Trent se acercó con el libro bajo el brazo a un grupo de caballeros que estaban comentando los incidentes del juego de aquella tarde, Yeatman lo examinó con un interés desconocido hasta entonces y con una expresión que hubiera hecho estremecer a Trent, de haberla sorprendido.
La comida transcurrió lenta comentando la partida de polo en que Grant había ganado, consagrándose como jugador, y trazando planes, para formar el equipo de otra en un campo de polo más distinguido.
—El contable de su marido parece que se marcha —dijo Trent a Natica Grant.
—Permanecerá aquí toda la semana —contestó ella.
—Es una persona muy inteligente. Hemos estado hablando del juego de polo en la Argentina.
Y cuando a las dos de la madrugada subía la suntuosa escalera con el libro bajo el brazo, vio a Yeafman escondido discretamente tras una columna y pasó por su lado con el aire de un rendido y bostezante jugador de polo que se había ganado el descanso.
Al llegar a sus habitaciones, se desnudó y echándose una bata sobre el pijama salió del dormitorio y acercó una butaca al balcón de la sala; dejó el libro sobre la mesa, apagó la luz y esperó sentado. La butaca tenía un respaldo muy alto y lo ocultaba por detrás, de modo que nadie podía verlo desde la mesa, aunque la sala estuviera alumbrada.
No se atrevió a fumar. Esperaba que el astuto zorro cayera en la trampa. Era poco más de las tres cuando la puerta, que no estaba cerrada con llave, se abrió con una lentitud que revelaba una técnica profesional.
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Un haz de luz hirió las tinieblas y desapareció. A espaldas de Trent algo se movía en la mesa. Medio minuto después se cerraba la puerta con las mismas precauciones. Trent esperó unos minutos y dio la luz. El libro no estaba en la mesa.
La treta había dado buen resultado. Yeatman no actuaba de parte de la
ley.
Al despertar a la mañana siguiente le esperaba otra sorpresa. Sobre la mesa estaba el libro y en el forro aparecían unas huellas digitales que Trent examinó cuidadosamente, pensando de quién serían. Sacó de debajo de la carpeta las impresiones originales de Yeatman. Las robadas por el detective eran una hábil falsificación de Trent y las que aparecían en el nuevo forro ni eran las falsificadas ni las de Yeatman. No temía que las suyas se registrasen, seguro de que las robó para destruirlas. ¿En quién habría practicado Yeatman la broma que le había enseñado?
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CAPÍTULO X
LA SEÑORA DUPIN EN PELIGRO
— s el menor de los males —dijo Trent a las diez a la señorita EDupin—. Ha venido a robar y no a denunciarla. Lo prueba su visita de esta noche. Es un hombre pródigo en recursos. Sabe que el hurto del forro sólo me hubiera dado que pensar, que hubiera sido menos comprometido el hurto del libro, puesto que un libro puede dejarse descuidado en cualquier parte. Pero ideó algo mejor: ponerle un nuevo forro muy parecido y devolverlo con unas impresiones digitales que me
son desconocidas.
—¿Piensa mandar las de él a la policía?
—No, porque eso sería demostrar un conocimiento más profundo del que conviene al papel que represento sobre procedimientos de investigación. Voy a detenerlo. No me negará que es una empresa emocionante.
—Y peligrosa, estoy segura. No sé lo que daría por recordar a ese hombre.
—No hace falta. Hay cien probabilidades contra una de que no la recordará. ¿Qué, cien? ¡Mil!
—Tengo miedo —confesó ella con desaliento—. Creo en la fatalidad de mi destino.
—Place mal en prestar atención al ruido de las cadenas que rompió hace tantos años. El fatalismo es propio de los débiles. No sé por qué ha de saber ese hombre que está usted en América y mucho menos en esta casa. Y aunque estuviera aquí en calidad de detective y haya hecho desaparecer las huellas por mera precaución, como lo hubiera hecho yo mismo, ¿qué? Dos cosas ha de evitar usted: que la vean conmigo y el riesgo de
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encontrarse con él. Esas señoras enjoyadas no estarán aquí más de una semana, y entonces supongo que se marchará él también.
—No lo sé. La señora Grant tiene el plan de ir renovando las invitaciones durante algunas semanas. ¿Usted cuándo se marcha?
—No pienso despedirme mientras usted no se sienta segura, y eso significa que me quedaré mientras Yeatman permanezca en esta casa. Lo malo es que no sepamos con certeza a qué atenernos respecto al objeto de su presencia. Yo no estoy en condiciones de tirar la primera piedra. También él puede haber cambiado.
—¡De ninguna manera! Basta verle la cara para comprender que continúa siendo un facineroso. Y lo que yo recuerdo a medias sobre él se refiere a algo violento.
—Tome todas las precauciones que pueda —le recomendó Trent cuando ella se levantó para ir a dar la lección— y no olvide que puede avisarme por el mayordomo. Pasaré casi todo el día fuera de casa. Vamos con Grant a Seaside Park, donde tiene una lancha, y estaremos pescando en Big Inlet.
—Siento que ese hombre me envuelve como una nube —dijo ella con un gesto de desaliento—. Estoy segura de encontrármelo con la señora Grant esperándome y no me atrevo a mandarle una excusa. He de caer a sabiendas en todas las trampas que me tiendan.
Trent la cogió de las manos y la miró a los ojos.
—No quiero que hable así, como si ya no quedase la menor esperanza. Al fin y al cabo, aun suponiendo que las cosas se pongan mal, no creo que puedan atrapar a dos personas de tantos recursos como nosotros. Yo no permitiré que nadie la asuste ni la perjudique. No olvide, pase lo que pase, que estoy luchando por usted y dispuesto a usar de toda la influencia de que dispongo, aunque haya de movilizar a todos los Welds y los Bentleys, para que no le ocurra ningún mal.
—Nunca he tenido un amigo como usted —dijo ella sencillamente—. En otro tiempo, cuando ya parecía disfrutar de dinero y posición, hubiera sido otra cosa; pero ahora que nada tengo, su bondad me produce llanto.
Se echó a correr, confortada como siempre que salía de hablar con Trent.
La señora Grant nunca hubiera sospechado por el aspecto de su profesora las terribles angustias que acababa de pasar.
—¿Qué ha descubierto su famoso detective? —preguntó la Dupin.
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—Es lamentable lo que está pasando —dijo Natica—. Si lo hubiéramos presentado como arquitecto encargado de estudiar ciertas reformas, estaría justificado que se le hallase en todas partes trazando planos y tomando medidas, y nadie hubiera tenido nada que oponer. ¿Pero dígame usted cómo se explica que un contable vaya husmeando en las habitaciones de los invitados?
—¿Eso ha hecho?
—Por poco se desmaya anoche la señora Strauss al encontrárselo en su aposento. Claro, le había yo advertido que sus brillantes eran de gran valor y él se figuró que la señora estaría bailando. ¡Cómo se me van a burlar miss Holland y el señor Trent! ¡Tan buen papel que hubiera hecho de arquitecto! ¡Lástima que el señor Grant no tenga la templanza de Antonio Trent!
—¿Por qué se entrega a la bebida, ahora que todo les va tan bien? —¿Que ahora va bien? —inquirió Natica Grant frunciendo el ceño. —Perdón, madame, pero sólo sé lo que Miss Brewen me ha contado:
que usted y él se amaban desde niños y que se casó usted con otro de quien se vio obligada a divorciarse. Quise decir que ahora se veían realizados sus sueños. Goza usted de juventud, belleza, salud, y tiene al hombre que amaba. ¿No son éstas unas condiciones envidiables?
Natica Grant no basaba en esas condiciones la felicidad.
—No sé si conoce usted mucho a los hombres, mademoiselle, pero yo veo en ellos el más enojoso de los males inevitables. Mi primer marido no me dejaba volar porque él carecía de alas. Mi segundo marido se entrega a la bebida cuando yo empezaba a amoldarlo a mis gustos. —Se encogió de hombros y añadió—: Y yo creo que amaba tanto al uno como al otro. Si me vuelvo a casar será para comprar un título, y él lo sabrá.
—Madame es ambiciosa.
—¡Ambiciosa! —exclamó la señora Grant—. Es una palabra demasiado indulgente. A veces pienso que he nacido con varios siglos de retraso. ¿Ha visto posición más envidiable que la alcanzada por las favoritas de los reyes? Recuerde a Luis XIV o a Carlos II, por ejemplo. Los dos dejaron duquesas a su paso. Quizá nuestro tiempo sea mejor, después de todo. Cuando pienso en lo que han hecho mis paisanos… —Se interrumpió como juzgando prudente no exteriorizar su pensamiento—. Estoy diciendo tonterías. No ambiciono otra cosa que hablar bien el
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francés. Los hombres han ido a pescar y tendremos tiempo. Esta tarde la necesitaré.
Mademoiselle recibió esta noticia como un consuelo, porque temía encontrarse sola.
—¿Sabe usted —dijo de pronto la señora Grant— que estoy casi segura de que no pertenece usted a la bourgeoisie?
—Dupin es un nombre bourgeois, madame.
—Pero en usted se revela la sangre. Posee las más bonitas manos que he visto en mi vida.
Demasiado sabía la señorita Dupin que si la señora Grant estaba ansiosa por aprender el francés, aun lo estaba más por ponerse al corriente de la etiqueta propia de las familias francesas que las dejaba en condiciones de no sentirse extraños en su propio ambiente. Durante sus largas conversaciones la señora Grant puso de manifiesto todo el alcance de su ambición. Sabía que podía hablar con cierta libertad, ya que su profesora no tenía con quien murmurar. Una de las ofensas que atribuía al capitán Sutton era el no haberle revelado la inmensa fortuna de que disponía hasta poco antes de embarcarse para Francia.
—Y como no lo sabía —se lamentó— me resigné a vivir mal, a trabajar con gente baja y a cometer bajezas. Si él me hubiese animado, de seguro se me hubiera recibido en Newport. Lo que hubiera sido cosa fácil en mi primer matrimonio, ahora será costosísimo y requerirá toda mi inteligencia y sagacidad.
Natica llegó a cansarla de tal manera con su charla, que hasta el ama de llaves se lo notó durante la comida.
—Es una mujer muy difícil de contentar > —dijo miss Brewen—. No es de admirar que el señor Grant se dé a la bebida aunque no sea ése el motivo.
—¿Pues por qué será, entonces?
—Porque le pesa la conciencia. Teme que el capitán Frank venga a matarlo como juró hacerlo durante el proceso. Hasta los criados hablan de eso, y no es de admirar. ¿Cómo evitar las murmuraciones si regaló una granja a Sofía McKinnon cuando ésta se casó? Se la regaló por el falso testimonio que levantó contra el capitán, jurando que lo había visto mientras maltrataba de obra a su mujer.
Miss Brewen se dejó arrebatar por ese impulso que mueve a veces a las viejas solteronas contra los actos de los hombres.
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—Payson Grant es una mala persona de pies a cabeza y yo estoy aceptando el dinero de Judas. Al pobre capitán Frank lo condenaron a diez años. Nunca he visto mirar a un hombre como él miraba cuando su mujer y su amigo declararon contra él. Y ella parecía una mosquita muerta. Payson parece barro en sus manos, y el barro, bien mirado, ya se sabe que no es más que cieno.
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Se deslizó con su carga por un estrecho sendero.
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Cuando mademoiselle Dupin volvió a su aposento con pasos cautelosos por miedo a encontrarse con Yeatman, sabía muchas cosas que colocaban a Natica Grant en un plano bastante desfavorable.
Cogió un libro y se puso a leer a fin de pasar distraídamente las horas antes de acostarse. Pero no lograba fijar la atención en lo que leía ni librarse de una vaga inquietud. Antonio Trent le prometió acudir en su ayuda, pero estaba abajo mientras que ella se encontraba sola en el piso superior. Apagó la luz y durante una hora estuvo mirando al mar. Pero no le entraba el sueño que solía ganarle a aquella hora, y su agitación iba en aumento. Se confesó nerviosa y le pareció que le zumbaban los oídos al recoger cien ruidos que venían del pasillo.
De pronto experimentó una tensión muscular y se sintió revestida de un valor inesperado, cuando oyó que alguien llamaba a la puerta con los nudillos de la mano.
—¡Ya está aquí! —murmuró. Dio la luz y abrió la puerta.
Allí estaba el hombre que se hacía pasar por Yeatman. Aun se asió a la esperanza de que viniese a preguntarle algunas cosas que es natural quiera saber un detective. El mismo Antonio Trent insinuó que podía estar desempeñando aquel papel honradamente.
—¿Tiene que preguntarme algo? —dijo ella con admirable dominio de sí misma.
—No grite tanto —contestó él llevándose un dedo a los labios—.
También yo he de pensar en mi reputación.
Sin revelar malas intenciones, entró, cerró la puerta, fue a sentarse a una butaca junto a la ventana, encendió un cigarrillo marca Maryland y se volvió a mademoiselle Dupin.
—¿No me conoce? —preguntó en francés y sonriendo.
El cambio de tono y la alteración del semblante alumbraron como con luz de relámpago la memoria de la joven.
—¡Pedro Redlich! —exclamó. Lo recordaba perfectamente. No lo vio más que dos o tres veces, pero se hablaba mucho de él en la asociación. Pedro Redlich no formaba parte de ella, era como un intermediario, encargado de avisar la proximidad de la policía; pero por ningún concepto era admitido a las reuniones de la banda de elegantes damas y caballeros que hacían fortuna en la Riviera. Redlich tuvo la desgracia de llegar a las manos con un gendarme que tenía muy frágil el cráneo. Se lo aplastó como un huevo y Redlich se vio condenado para toda la vida a un rompeolas.
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—No me recuerda como yo a usted —dijo Pedro Redlich rompiendo el silencio—. ¿Qué era yo para usted, entonces? Nada. Un ser despreciable, mientras que la señorita era Madame la Princesse Soniovski. Para ella la adoración de un hombre como yo era un insulto. A pesar de todo, el humilde recadero se atrevió a poner los ojos en la Princesse —cambió de tono y rió brutalmente—. ¿Y por qué no, Madame la Princesse Soniovski? ¿No nos une acaso la misma profesión? ¿En qué es usted mejor que yo?
—¿Ha venido usted a vigilarme? —inquirió ella con el perfecto dominio de sí misma que era su característica en los peligros de momento ya desvanecido del todo su temor.
—Ni siquiera sabía que usted estuviese aquí. Ha sido esa suerte que los necios llaman casualidad. Hablando en confianza, le diré por qué me encuentro aquí usando un inglés correcto después de ingresar para siempre en presidio no sabiendo más que francés y flamenco.
Sacó el paquete de cigarrillos Maryland y lo dejó sobre el velador que había junto a la ventana. Luego se quitó la chaqueta, y al tirarla sobre una silla pudo verse que las hombreras y las mangas estaban exageradamente enguatadas, con lo que el sastre había contribuido a la impostura de su tipo Por fin apoyó los pies en un taburete y se recostó cómodamente.
—Es un gusto poder prescindir del papel que uno se ha impuesto. En compañía de una amiga como usted, no tengo necesidad de fingir.
—¿Por qué me llama amiga?
—Debí llamarla rival.
—Tampoco sería verdad.
—Puede usted mentir cuanto quiera, que no me engañará. ¿Por qué estaría en esta casa sino para robar?
—Estoy ganándome la> vida honradamente. ¿No hace usted lo propio? Pedro Redlich rió, tirando la punta del cigarrillo por la ventana. —¡Qué mujer! —murmuró con admiración—. Ciertamente, soy un
hombre de negocios y puedo demostrárselo, pero el cambio me ha costado dos años de arduo trabajo, y ahora que podría recoger los frutos, me encuentro una rival. Si fuese usted un hombre, mademoiselle, la mataría. No puedo consentir que otra persona me estorbe en mis planes. Pero es usted una mujer muy bonita —añadió con ojos de fuego— y se mostrará agradecida conmigo.
—¿Por qué he de mostrarme agradecida?
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—Porque fui a presidio sin pronunciar un solo nombre de mis asociados. Hice bien, porque tampoco hubiera modificado mi condena; mas para Madame la Princesse Soniovski y los otros hubiera sido muy diferente. En mi poder estaba mandarlos a todos a la cárcel.
—¿Por qué no lo hizo?
—Porque pensé que todos podían serme de alguna utilidad si lograba escapar. El austríaco Graf von Schonbrunn no me negaría dinero, y el inglés que pasaba por tutor de usted, coronel Ogilvie, como jugador, sería conmigo generoso. Era el segundo año de la guerra y los dos se alistaron como voluntarios y fueron enemigos. El diablo acabó con ellos y los demás se desvanecieron como el humo. —Fijó en ella una mirada de espantosa insolencia y añadió—: Pero después de todo he tenido la suerte de encontrarla.
—Si necesita dinero, sepa que no lo tengo. Si necesita ayuda, no la espere de mí.
—No hay duda que los aristócratas son valientes —comentó él—. Escuche: yo pertenezco a les uvriers, fui pescador hasta el día en que seguí a una mujer y la estrangulé porque se burló de mí. No diría usted al verme que tengo tanta fuerza; pero no tema, mademoiselle Dupin, que no tengo intención de estrangularla por ahora.
Y tiró por la ventana otra boquilla de color de escarlata. No daba muestras de tener prisa, antes bien parecía dar a entender que podía esperar.
—Dice usted que no me ayudará. Está bien, no necesito su ayuda y siempre me las arreglé solo. ¿Que no tiene dinero? ¿Y para qué lo necesito? Ya me pagará las deudas. Por atención a las conveniencias tengo una mujer en Nueva York. Es idiota y vieja y con su dinero pude establecerme; ahora ya no la necesito. Tengo gustos aristócratas. En presidio escribía versos cantando a las mujeres como usted, de finas manos y rostro desdeñoso.
—Está diciendo tonterías, Redlich. Nada tiene usted que ver conmigo y no espere que le ayude ni le encubra aun cuando actúe de detective. Si roba me pone en un peligro que he de evitar a todo trance. Abramos una tregua.
—Pero está usted en deuda conmigo. ¿Nada vale haberla salvado de la cárcel en Cannes hace tanto tiempo?
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—Si tuviera dinero se lo pagaría, pero no dispongo sino de lo que gano. ¿Si fue entonces generoso, por qué no lo es ahora?
—Nunca he sido generoso. No doy un paso sin cobrarlo. Las cosas han cambiado. Ya no es usted la mujer de moda a cuyos pies se rendían sus ricos admiradores, sino una sirvienta, mientras que yo he llegado a la cumbre. Ya no he de suplicar a una princesa, sólo he de ciar órdenes a una criada.
Lo contempló con inmenso desprecio y aunque Redlich sentíase inferior a ella, a pesar de su aparente posición, lo envalentonaba el saber que no se le podía escapar.
—No tiene usted ningún derecho sobre mí, no lo olvide.
Cogió Redlich el paquete de cigarrillos y dijo:
—Quedan veinte cigarrillos. Sentado aquí, me los iré fumando y cuando se acaben vendrá usted conmigo.
No entendió ella lo que le decía, pero le asustaba pensar que aquel hombre no amenazaba en vano.
—¿Tantas ganas tiene de volver a Francia*, renunciando a su brillante carrera? Piense que allí no tratan tan bien como aquí a los presos.
—Ya lo sé, pues lo he probado todo. No, madame, no pienso volver allá. Siempre me dio que pensar el hecho de que el coronel Ogilvie saliera bien de todas sus empresas, mientras que yo era pobre y oscuro —y se golpeó la frente, añadiendo—: De aquí, de aquí sale el éxito: de la inteligencia, de la instrucción. Los flamencos tenemos gran facilidad para las lenguas y las he estudiado. Hablo cinco idiomas tan bien como usted, y el español es el que mejor poseo. Por eso iremos a una tierra en que se hable español.
—¿Que iremos? ¡Pero usted se ha vuelto loco!
—No, madame. Ni estoy loco ni he bebido. Digo lo que siento. Desde que la vi la llevo en mi corazón. La reconocí antes que usted me viese en las habitaciones de la señora Grant, cuando estaba leyendo a la orilla del mar, sin pensar en el peligro que se acercaba. Pero sólo cuando la vi en compañía de la señora Grant quedé satisfecho.
—¿Qué quiere decir? —preguntó ella con frialdad.
—Vi que me había olvidado y me alegré; vi que estaba asustada y me alegré aún más.
Miró ella su despertador. Eran las doce.
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—Estoy cansada —dijo—. Si no se marcha pediré socorro. A un lado duerme el ama de llaves y al otro, el mayordomo.
De nuevo se dibujó en el rostro del hombre una sonrisa de suficiencia.
—Madame no me cree cuando le digo que me he vuelto inteligente desde que no nos vemos y se lo probaré. Miss Brewen no está en su aposento, porque cuando entró la asustó tanto una rata, y se marchó a dormir a otra parte. Lo sé porque yo mismo le puse la rata y yo se la maté. En cuanto al mayordomo, sabe que soy el detective de la casa y lo he mandado a dormir al lado de los lacayos para que observe sus movimientos, pues le he dicho que sospechaba de ellos.
Vió ella que no decía más que la verdad.
—De manera que estamos los dos solos en este pasillo, incomunicado con los cuartos de las criadas, puesto que cerré las puertas al pasar, aunque no se fijó usted, en su terror. No hay más salida que la ventana. Si quiere huir, arrójese por ella y encontrará un duro lecho de muerte en la terraza que está a veinte metros de profundidad.
Redlich extremó los medios conducentes a infundir miedo en una mujer, y al ver que no lo conseguía, empezó a recelar que aquel valor podía fundarse en insospechados recursos de fuerza. Si la joven estaba allí para robar, probablemente tendría aliados. ¿No estaría en combinación con aquel pomposo mayordomo que lo miraba siempre con cierta sorna? Redlich desechó la idea. Habiendo tenido el talento necesario para permanecer en aquella casa en tan favorables condiciones, prefería trabajar solo a correr el riesgo que acarrea casi siempre una discusión en el reparto del botín.
Quizá aquella audacia con que le plantaba cara era un don aristocrático que llevaba en la sangre. Deseando agotarlo todo para impresionarla, se levantó y la invitó a que mirase por la ventana. Pero sólo pudo ver una luz blanca que oscilaba lentamente al fondo del jardín.
—Es el fanal del palo mayor de mi nave —explicó él—. Se llama La Belle Alliance, y ahora sé por qué tiene ese nombre que siempre me había chocado. Usted y yo constituiremos la belle alliance. A bordo hay media docena de hombres que yo mando. Ahora la presentaré a ellos diciendo: «Esta es mi amada». Mañana vendré por las joyas, por cuya custodia me pagan.
—¿Cree que podrá llevarme allá sin que lo vean?
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—Estoy seguro. ¿Pero por quién me toma, madame? Usted me conoce de cuando no era más que un salvaje, y entonces la hubiera tumbado de un puñetazo y me la hubiera llevado sin más contemplaciones. Ahora no pienso hacerle ningún daño.
Le pareció que aquello era una advertencia de que toda lucha por su parte sería inútil y se aprestó a demostrarle que estaba equivocado. Pero no tenía a su alcance otra arma que el pesado pisapapel de mármol. Con la rapidez del rayo lo cogió y se lo arrojó a la cabeza. Pero el golpe no bastó a detenerlo.
Le ató las manos a la espalda y la amordazó con una toalla empapada en cloroformo. Se debatió ella por algún tiempo, pero el zumbido de oídos iba en aumento y acabó por abatirse y perder el sentido.
* * *
Antonio Trent estaba contento por haber podido retirarse temprano. A las once, casi todos los invitados se habían acostado. Amante del mar, Trent arrastró la chaise longue de mimbres hasta el balcón y encendió un cigarro. Le llegaba una fresca brisa que era como una bendición en la noche calurosa. Para sentirse más a gusto había apagado la luz y recreaba su vista en la contemplación de las estrellas y en alguna que otra embarcación que pasaba.
De pronto cayó por delante de su balcón la brasa de un cigarrillo arrojado de una ventana superior. Cinco minutos después, otra colilla fue a parar a la terraza. Luego, a regulares intervalos, fueron bajando hasta el balcón o la terraza otras boquillas. A las doce había contado una docena. En el piso de arriba, un hombre estaba fumando cigarrillos a una velocidad de doce por hora… Con la última boquilla coincidió un soplo de aire que la desvió sobre la cabeza de Trent al interior de su aposento.
Trent se levantó para apagarla y evitar que quemase la rica alfombra que él tanto admiraba. La examinó. Era una marca de cigarrillos que apenas usaba nadie más que los franceses. Un día percibió el inconfundible olor de aquel tabaco y vio que el señor Gimbert lo estaba fumando. Gimbert dijo que se lo había ofrecido el señor Yeatman. No era probable que otra persona tuviera provisión de aquel tabaco.
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Tres eran los habitantes del piso superior al suyo y sabía que la señorita Dupin ocupaba el cuarto cuya ventana estaba inmediatamente sobre su balcón. Podría ser que ella fumase, pero aquel maldito tabaco y en tan extraordinaria cantidad delataba a un consumidor masculino. Las circunstancias indicaban a Yeatman. ¿Pero qué diablos podría hacer Yeatman allí? Acaso los presentimientos de la muchacha estaban más justificados de lo que él creía. Si era Yeatman el fumador, ella estaba en peligro. Sólo por dos razones podía haber ido a verle y las dos eran desastrosas.
Trent salió al balcón y escuchó. Alguien hablaba en francés con extraordinaria rapidez; pero no era el bonito francés de madame de Beaulieu.
Un haz de alambres pasaba a pocos pies de su balcón y por la ventana superior, en dirección a la cornisa, donde se perdía. Por los aisladores juzgó Trent que pertenecía a un pararrayos y que un hombre sereno y ejercitado en mantener el equilibrio podría subir y bajar por aquel cable sin gran peligro. Bastaba tener un puño muy fuerte para agarrarse bien.
De pronto, le pareció escuchar la voz algo alterada de la mujer por quien tanto se interesaba y apenas le llegó envuelta en un acento de temor, se decidió a obrar, emprendiendo el ascenso por el cable, después de entrar al dormitorio por unos guantes que se puso. Llegaba cerca de la ventana cuando le pareció que la voz femenina que iba creciendo, se hacía incoherente y por fin cesaba. No creyó que el silencio que siguió se debiese a ningún ruido involuntario producido en su ascenso por el cable.
Difícil se hacía asomarse a la ventana manteniéndose en equilibrio, pero afortunadamente se hallaba en la mejor de las condiciones, y apenas se hubo apoyado en el alféizar percibió un denso olor a cloroformo. Luego pudo ver lo que pasaba dentro.
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Cogió el teléfono y habló con Thorpe.
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La señorita Dupin yacía sin sentido y sobre ella se agachaba Yeatman. La estaba atando con la agilidad de un marinero. Todo indicaba que hubo lucha. Las, sillas estaban fuera de puesto y un jarrón había ido a romperse contra el suelo. De una herida que tenía Yeatman en la frente manaba sangre, y el hombre respiraba con fatiga a efecto de la reciente lucha.
El horroroso espectáculo dejó paralizado a Trent un momento. Suerte tuvo de no hacer ruido, porque, en su situación, un niño podía arrojarlo a una muerte segura. Mientras miraba, Yeatman cogió a la inconsciente víctima, abrió la puerta y apagó la luz.
Antonio Trent se deslizó al interior de la habitación y abrió la puerta. El pasillo estaba a oscuras, y a su fino oído llegaban los precavidos pasos del raptor, amortiguados por la alfombra de la escalera.
Cuando Yeatman abrió una puerta falsa, estaba bien lejos de sospechar que a tres metros le seguía un hombre con andar felino. Se deslizó con su carga por un estrecho sendero que corría junto a la tapia de ladrillo. A un cuarto de milla se balanceaba La Belle Alliance donde estaría en menos de cinco minutos, después de avisar con un sistema especial de señales luminosas. Luego volvería a la casa y arreglaría el cuarto que en tal desorden había quedado, ya que no quería llamar la atención de la policía local.
A mitad de camino, entre la casa y el mar, había un estanque de agua corriente rodeado de unas losas de mármol, sobre una de las cuales dejó a la mujer. Estaba alarmado de su largo desvanecimiento, temiendo que, después de tanto desearla sin esperanza, no encontrase más que un cadáver, cuando tan seguro estaba de su triunfo. Se arrodilló y aplicó el oído contra el corazón de la hermosa joven para cerciorarse de que aun latía. Al agacharse, sintió un tremendo golpe en la nuca y sin tiempo para volverse, quedó sin sentido y cayó como muerto.
Trent desató a la muchacha y con las mismas cuerdas sujetó a su raptor, el cual, en su estado inconsciente, no pudo darse cuenta de que Trent lo levantaba sobre la tapia y lo dejaba caer al otro lado, donde siguió sin sentido casi oculto entre las coles que se criaban en aquel huerto vecino. Mademoiselle se recobró al rociarle Trent la cara con agua fresca, y le pareció que entre las nieblas que la envolvían le llegaba la voz de su protector. Luego la dominó el miedo a Redlich y empezó a forcejear.
—Todo va bien, pobrecilla —le dijo Trent con ternura—. Estoy yo a su lado y él ha huido.
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—¿Es verdad? —dijo ella tratando de sentarse.
—Lo até bien y lo arrojé por encima de la tapia. Procure no hacer ruido.
La apartó de allí y se sentaron en el primer banco que hallaron. Aun daba ella muestras de gran nerviosidad al decir:
—No puedo permanecer un momento más en esta casa. Me ha reconocido y sé que ha venido a robar. Si lo denuncio a la señora Grant se vengará. He de huir’ al momento.
—¿Pero adonde la llevaba? ¿Y por qué la cloroformizó?
Ella se cogió a sus brazos como dominada por todos los temores que acabada de sentir.
—¿Ve usted esa luz encarnada que se mueve suavemente?
A media milla de donde estaban sentados vio él una luz que, según ella, era el farol del palo mayor de un barco.
—Es un vapor volandero que él ha fletado. Quería llevárseme a la América del Sur, y había de aguardarle a bordo hasta mañana por la noche.
—¿Por qué hasta mañana?
—Mañana cometerá el robo y escapará. Todo lo tiene previsto. Temen que hará pronto mal tiempo, y que si tardan no podrían huir.
La retenía con la cabeza apoyada contra su pecho, y la joven suspiró con amargura pensando que no tenía derecho a la felicidad. Acaso no conociese otra que la que sentía tan intensamente en aquel momento.
—No puedo decirle más por ahora. Aún estoy atontada por el cloroformo —dijo levantándose.
—¿Pero adónde va? —le preguntó.
—A ninguna parte —contestó ella con bronco acento—. Pero lo sucedido me destierra, y antes que amanezca estaré lejos de aquí.
—Pero eso es una necedad —replicó él con firmeza—. El primer policía que la encuentre la detendrá.
—Todo lo prefiero a permanecer aquí.
—Se me ocurre un plan excelente —dijo él con viveza—. En Central Park poseo un piso independiente al cuidado de un ama de gobierno de absoluta confianza. Ahora mismo voy a llevarla. Podrá usted vivir allí veinte días o todos los que quiera. Tendrá usted un compañero en el primer marido de Natica Grant, con cuya fortuna adquirió el usurpador todo este lujo que nos rodea. También se oculta en mi casa hasta que yo ponga la verdad en claro a los ojos del mundo.
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—No ha de correr usted peligro por mi causa.
—En mayor peligro estaremos los dos si Redlich la denuncia. El mayordomo puede decir que nos conocemos y entonces me preguntarían por qué nos escribimos. Nuestra salvación depende de que usted desparezca inmediatamente.
—¿Pero cómo? A esta hora no hay trenes ni tranvías y los mozos del garaje advertirían que saca el coche.
—No hay miedo, por poco que la suerte nos ayude. Puedo llevarlo hasta la carretera sin poner el motor en marcha.
Al ver que se detenía de pronto para escuchar, temió ella que pudiera oír a Redlich.
—¿Qué les pasa a los Airedales? —preguntó—. Esos perros no pierden rastro, y los había olvidado por completo. Si ese bruto los ha matado me las pagará.
Trent poseía una llave del garaje, lo abrió e hizo rodar su coche tan silenciosamente, que nadie se enteró. La puerta de la verja que corría a lo largo de la costa, sólo por quien conociera su secreto podía ser abierta; pero Grant lo había enseñado a todos los invitados con orgullo. Ayudó a la señorita Dupin a ponerse un abrigo de pieles, y cuando el motor se puso en marcha le advirtió:
—No podemos ir a gran velocidad, expuestos a que nos detengan por exceso de marcha. El aire fresco de la noche le despejará pronto la cabeza. Cuando se encuentre bien, cuénteme todo lo sucedido. Sólo puedo atar cabos desde que penetré en su cuarto y vi que se la llevaba desvanecida.
—¿Usted penetró en mi cuarto? ¡Si no pudo hacerlo más que por la ventana!
Trent se echó a reír como un niño.
—Fue muy sencillo.
—Se podía haber matado. Me dijo que estaba a una altura de veinte metros.
—No es la primera vez que trepo por cables de pararrayos. Un día, en el extranjero, me salvé subiendo por un pararrayos a doble altura.
Le contó ella cuanto había sucedido desde que Redlich entró en su aposento.
—Tiemblo al pensar lo que puede hacer ese hombre —confesó—. Yo escaparé, pero usted puede ser reconocido.
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—No hay miedo. Nunca sabrá quién le descargó el golpe en la nuca. Estaba de espaldas. Ojalá supiese quien le quitó el sentido. Yo también tengo mi vanidad.
—Jamás podré soportar el olor de aquel tabaco Maryland… Nunca me he sentido más sola y desamparada. ¿Quién me había de decir que las colillas que tiraba por la ventana serían mi salvación? Una vez a bordo ya no me hubiera quedado la menor esperanza.
Procuró él desvanecerle tan horribles recuerdos.
—En casa olvidará todo eso. Estará entre buenos amigos. ¡Ah! Y acuérdese de escribir una carta a la señora Grant diciéndole que la llamaron con urgencia.
—¿Cómo ha de creerlo viendo el estado de mi habitación?
—Yo pondré arreglo en todo y trasladaré a la mía lo que usted hubiera llevado consigo. Antes de las seis estaré yo allí de vuelta.
Desde Jersey telefoneó a la señora Kinney.
—Llegaré dentro de media hora —le dijo—. Me gustaría que el capitán estuviera levantado para recibir a la señora que me acompaña y deseo que tenga usted con ella todas las atenciones debidas a un huésped de honor. Prepáreme café y unos sandwiches, porque habré de volver a Deal Beach casi en seguida.
—Nos esperarán —anunció al subir de nuevo al coche—, y estará usted como en su casa.
En lo que restaba de camino le explicó los motivos que tenía Sutton para ocultarse en su piso.
—Pensará que este contratiempo estropeará los planes que usted había trazado a su favor.
—Pues se equivocaría, porque este contratiempo los mejora.
Al detenerse el coche preguntó ella:
—¿Aquí vive?
—Esta es mi casa —contestó él casi con orgullo—, aunque para relacionarme con gente de sociedad he tenido que trasladarme a la Avenida, como he comprado este coche para ir al palacio de los Grant; pero sólo aquí me encuentro cómodo.
—Ya se han calmado mis nervios —observó ella al subir la escalera—. Experimento como una sensación de paz y creo que después de todo tiene usted razón, señor Trent: aún no ha sonado mi hora.
—Aún le queda una vida llena de horas felices —dijo él.
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Para una mujer como la señora Kinney, era no poco alarmante que la llamasen al teléfono a horas tan intempestivas y le encargasen despertar al capitán Sutton para recibir a una señora afligida.
Pero se había acostumbrado a poner una fe absoluta en Antonio Trent y cuando Sutton se hubo aseado, ya tenía hecho el café y estaba preparando los sandwiches.
—¿Qué piensa usted de todo esto? —le preguntó el capitán con cierta intranquilidad—. ¡Y una mujer, nada menos! —Miró el reloj y añadió—: ¡Y hay que ver la hora!
—Debe de ser algo muy urgente. Lo único que me inquieta es que, según dice el señor Trent, yo he de hacer los honores de la casa.
—La señora no se sentiría a gusto sin eso. Habrá de comer usted con nosotros, y me alegro, señora Kinney. Ya empezaba a aburrirme viéndome tan solo.
—Ya están aquí —dijo ella bajando la voz, y… ¡Oh! ¡Qué dichosa se hubiera sentido de ver a su Antonio Trent felizmente casado con una mujer como aquella que aparecía en la puerta: buen tipo, de facciones perfectas y con unos ojos magníficos! ¡Y como sonreía cuando Trent la preguntó! Lo único que no le gustaba en ella era el vestido pasado de moda. Pero qué importaba si aquello era tan fácil de arreglar. Tampoco llevaba sortijas, y el calzado consistía en unos sencillos zapatos negros.
El capitán Sutton no se fijó en estas menudencias sino en la belleza de la mujer y en sus maneras distinguidas.
—Miss Dupin —anunció Trent— permanecerá aquí hasta que su asunto se ponga en claro.
—Al señor Trent debo la vida —dijo ella simplemente—. Esta noche estaba en peligro de muerte y él me salvó.
—Es su costumbre —dijo Sutton—. Ahora mismo está ocupado en salvarme a mí.
—El capitán Sutton es un exagerado —dijo Trent riendo—. Vamos a tomar café.
—Permitan que vaya antes a arreglarme el pelo —dijo la señorita Dupin mirándose en un espejo.
—Mientras ella se arregla —dijo Trent—, haga el favor de copiar de su puño y letra estas agradables comunicaciones. —Y alargó al capitán un papel con media docena de párrafos de pocas líneas.
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Sutton vio que eran otras tantas melodramáticas amenazas dirigidas a Payson Grant.
—No comprendo —advirtió desconcertado.
—Ya comprenderá él cuando las lea —rió Trent—. Son necesarias para acabar de abatir y trastornar su conciencia.
Cuando Sutton hubo copiado cada párrafo en una hoja sencilla de papel, Trent se los guardó en el bolsillo, diciendo:
—Bueno, por ahora poca cosa puedo decirle; pero dentro de pocos días volveré con todo el plan desarrollado. Entretanto, tenga entendido que miss Dupin está tan en peligro como usted. No le den alientos más que para asomarse a la ventana. Antes que su asunto está el de usted, pero crea que voy a hacer por la muchacha todo cuanto pueda. Si supiera usted lo que le ha pasado esta noche se le pondrían los pelos de punta. Es posible que ella misma se lo cuente. Se lo contaría yo, pero no conviene que nos pongamos nerviosos.
—¿Quiere usted decir que esa joven ha sido una delincuente? — preguntó Sutton, sorprendido.
—Una de las más listas y valientes. Es, Sutton, la única persona encontrada en mi camino que se ha burlado de mí impunemente. Y está tan cansada como yo mismo de su pasada vida. —Se removió intranquilo en la silla y continuó—: No sé por qué le he de decir esto. Pensará usted que he perdido la serenidad, y acaso tenga razón.
Sutton le oprimió el brazo movido de súbito afecto y le dijo:
—Sabe usted, Trent, que los hombres no siempre decimos lo que sentimos por considerar improcedente manifestar las profundidades de nuestra alma. No ha perdido usted la serenidad ni ha perdido nada; al contrario, ha encontrado algo.
Sin duda se alegraron los dos al ver entrar a la señorita Dupin con el cabello arreglado de tal manera, que al mismo Trent le pareció un milagro aquella transformación. Decididamente, la señora Kinney se sentó a la mesa un poco nerviosa, y como Trent quería dejarlos tranquilos, no se habló de los sucesos de aquella noche.
—Antes de marcharme, y no puedo esperar más de diez minutos, escriba la carta despidiéndose.
Y mientras la señorita Dupin estaba en el despacho, fue a ver a la señora Kinney, que se había retirado a la cocina y le habló:
—Me dijo usted un día que había sido modista.
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—Durante tres años.
Sacó Trent un fajo de billetes y prosiguió:
—Tome las medidas de miss Dupin como pueda, sin que ella se entere, vaya a una casa de modas y compre algo que esté bien para que se lo ponga. Ha de ser una cosa sencilla pero buena. Ya sabe usted lo que prefieren las mujeres. No puedo sufrir que vista como ahora va, yo que la he conocido cuando era un modelo de elegantes. Destrócele la ropa que lleva y se verá obligada a ponerse algo mejor. De aquí a pocos días se sentirá más feliz.
—Perfectamente —contestó la señora Kinney, que nunca pedía más explicaciones.
—Es posible que quiera ayudarla en el arreglo de la casa. Déjela. Eso le hará bien. No le consienta estar mucho tiempo sola cavilando.
—No me parece que esté acostumbrada a las tareas caseras —observó la señora Kinney.
—No lo está, pero ya verá cómo se ofrece a ayudarla. Otra advertencia: por nada del mundo la ponga en condiciones de mostrarse agradecida por las atenciones que usted le tenga. Dígale que tiene crédito ilimitado.
Y era verdad, porque no muy lejos estaba el diamante del Nizam, valorado en medio millón, perfectamente guardado.
Entretanto, la señorita Dupin había escrito informando a la señora Grant de su inesperada marcha y anunciándole que le podían dirigir la correspondencia a lista de correo de San Diego, en California.
—El primer contratiempo de Natica Grant —murmuró Trent—, otros peores habrá de lamentar.
Se despidió de sus cautivos tan animado, que éstos no dudaban de su triunfo; pero en la calle su aspecto reveló cierta desconfianza. Le parecía haber traído a la «Condesa» sin que nadie los viera y sin levantar sospechas; pero no estaba seguro de que alguien no espiase y no dudada de que Redlich tenía agentes pagados.
Aquella carrera con aire fresco de la madrugada le tonificó los nervios y ya era de día cuando llegó al palacio costanero. Sin ruido llevó el coche al garaje. No encontró un alma ni vio a nadie asomado a las ventanas.
Pero aún tenía mucho que hacer antes de sentirse completamente a salvo. Sobre la mesa del vestíbulo dejó la carta que la señorita Dupin había escrito. Luego, con la mayor precaución, subió al último piso donde
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dormían los criados. En seguida se percató de la necesidad de poner orden en la habitación de su protegida, pues la disposición de las sillas y los objetos derribados denotan claramente la lucha violenta que allí había tenido lugar. Recogió los efectos de la joven y los trasladó a su propia habitación. Era preciso que la señora Grant, que sin duda se mostraría resentida por la inesperada huida de su profesora, no sospechase ninguna violencia ni llamase a los agentes de la autoridad.
Aun hizo otra cosa antes de concederse el descanso que tanto necesitaba. Por debajo de la puerta del dormitorio de Payson Grant introdujo una de las notas que Sutton había escrito a ciegas. Después de esto podía estar seguro de que aquel día habría en la casa una extraordinaria agitación.
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CAPÍTULO XI
LA CARTA MISTERIOSA
l primero en despertar fue el mayordomo Alberto Thorpe, a quien Eofendía la idea de que sus dos subordinados fueran sospechosos; pero ya que la señora le ordenó que obedeciera a Yeatman sin replicar, se acostó sobre un colchón ante la puerta de los lacayos sin atreverse ni siquiera a refunfuñar, ya que había de mantener el secreto de su misión. Al hacerse de día, considerando que ya no había que temer, se consideró en libertad para entregarse a sus habituales ocupaciones.
Después de echar un vistazo desde la ventana del comedor al Océano, cogió unos pasteles del aparador y salió a la terraza, donde cada mañana esperaban los Airedales el desayuno y las palabras amistosas que los perros gustan de escuchar.
Los encontró en el mismo lugar que otros días, pero los animales no dieron muestras del menor afecto. Al momento adivinó el hombre que los habían envenenado y que se arrastraron en su agonía, hasta el único lugar donde podían esperar remedio. A pesar de su aire empaquetado y autoritario, el mayordomo, que siempre se burló del sistema de alarma de Yeatman, tenía puesto su corazón y su esperanza en los perros. Los ojos se le arrasaron de lágrimas y de deseos de venganza.
Pensó que el detective tenía razón en tomar precauciones, pero que estaba equivocado en sus métodos. No obstante reconocía que era imprudente prescindir de él en las primeras investigaciones. La cólera que sentía por la muerte de los perros le hizo olvidar que presentaba un buen blanco a los tiros de posibles ladrones.
El señor Yeatman no estaba en su cuarto y la cama indicaba que no durmió allí aquella noche.
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El detective dormía en una cama mucho menos blanda y le llegó el sueño cuando menos lo esperaba. Al despertar en las frías horas de la mañana, se sorprendió tan bien atado, que le fue imposible moverse y tan bien amordazado, que no pudo ni quejarse. No tenía idea de donde estaba y un olor de coles le permitió deducir que lo habían llevado a un campo apartado, donde podía morir abandonado por inanición.
Qué mal hizo en fiarse de una mujer que debía de haber entrado en la casa so pretexto de enseñar francés y que estaría seguramente de acuerdo con el que lo derribó, para robar. La perspectiva que se ofrecía a su imaginación no podía ser más desastrosa. Mientras él yacía inmóvil entre hortalizas estarían robando las joyas que tenía el encargo de proteger. Pasaría por un mal detective cuando estaba a punto de obtener un gran éxito como ladrón, y el asunto de las impresiones digitales adquiría una importancia extraordinaria.
Aquel caballero alto y con rostro de ave de presa, de quien se hacía tanto caso, se le presentaba como un individuo temible, como uno de esos detectives de afición que llenaban las revistas, y menos mal que consiguió burlarlo en lo de las impresiones digitales. Redlich obligó a Thorpe a coger el libro.
El mayordomo, sin sospechar que había quedado registrado, llamó por teléfono al garaje y habló con Regan:
—Los dos perros han muerto envenenados y creo que lo han hecho los ladrones. Busque usted por el jardín mientras yo lo hago por la casa.
Despertó a los lacayos y registró con ellos todas las habitaciones desocupadas, sin encontrar nada que llamase la atención. Esperaba tropezarse de un momento a otro con Yeatman, a quien suponía en persecución de los malhechores que intentaron penetrar en la casa y sentía no haber merecido del todo su confianza. Como los lacayos recibieron la orden de ocultar lo que ocurría a las criadas, se entregaron éstas a las tareas ordinarias.
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El monstruo negro avanzó un paso y lo cogió por el brazo.
El golpe más fuerte le estaba deparado a Payson Grant. Se despertó a las nueve de un sueño agitado dando a Sutton 1’ culpa de la intemperancia que se lo producía, y estaba haciendo propósitos de enmienda con el desordenado abandono, propio de los hombres sin carácter, cuando vio un sobre debajo de la puerta. Perezosamente se bajó a cogerlo y al momento reconoció aquella letra angulosa. Pocos como él conocían la firma cuya
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imitación había llevado a Sutton a Sing Sing. Sentóse en una butaca y leyó el mensaje:
«No pienses que por no dejarme ver estás fuera de mi alcance. Me tienes más cerca de lo que te figuras. Te esperan malos días».
«F. W. S.».
Payson Grant se sintió oprimido con una sensación de horror que ahogaba todos los sentimientos hasta entonces experimentados. Por primera vez comprendía el terrible poder y la cólera implacable del hombre a quien infamara. A pesar de sus extraordinarias precauciones, Sutton había llegado a la misma puerta de su dormitorio, y si los cerrojos y trancas de hierro no le hubieran impedido el paso, a buen seguro que lo hubiese asesinado. Aun entonces debía de estar detrás de la puerta esperando dar el golpe cuando la abriese para pedir socorro.
La otra puerta daba a un tocador que comunicaba con las habitaciones de Natica. Acaso en aquel momento las estaba atravesando Sutton, ansioso de venganza.
Cogió el teléfono y habló con Thorpe.
—Mándeme inmediatamente a Yeatman.
¡Qué tonto había sido no contando al detective el caso de Frank Sutton! ¿Para qué preocuparse tanto de guardar las joyas de los demás si no estaba en seguridad la propia vida? Prometería a Yeatman una recompensa extraordinaria por la detención de Sutton. Al fin, éste pagaría con su dinero. Pero quizás no fuese necesario prometerle nada, por encargarle de una misión que halagaría su amor propio de detective. El caso era que la presencia de Yeatman lo animaría como a un enfermo anima la del médico.
—El señor Yeatman no está en casa, señor. Su cama está intacta.
—Debe de encontrarse en alguna parte —replicó Grant.
—Si puede usted indicarme dónde —repuso el mayordomo con respetuosa insolencia—, lo mandaré a buscar. Ahora están registrando los jardines.
—¿Por qué? —preguntó Grant, sorprendido de que antes que mandase a buscar a Yeatman se hubiese iniciado una inspección.
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—Han envenenado a los dos perros esta noche, y sospecho que han sido los ladrones.
—¿Ya ha mirado por toda la casa? —preguntó Grant con voz alterada. —He mirado todas las habitaciones desocupadas, sin que nada me
haya llamado la atención. No creo que hayan entrado.
—Pues han entrado, imbécil —gritó el asustado amo, colgando el aparato con mano temblorosa. ¡Qué estupidez la del mayordomo, pensar que no habían entrado! La muerte de los perros denotaba los siniestros propósitos del criminal, que debía estar paseando de puntillas por el corredor mientras el detective permanecía ausente. Nunca se le ocurrió que el ladrón pudiese haber atacado a Yeatman, hecho como estaba a mirar a la policía y sus aliados como gente resuelta de la que huían los criminales.
Deseaba hablar con Natica, pero era preciso abrir la puerta del tocador y no se atrevía. Tampoco quería permanecer encerrado por miedo en su dormitorio, mientras todos los huéspedes se levantaban, dispuestos a tomar el desayuno. Volvió a llamar al mayordomo: «Venga en seguida a mi cuarto».
—Mire —le dijo—, está usted equivocado al figurarse que nadie ha entrado esta noche en casa. Han entrado y tengo pruebas de ello. Quiero que se registren bien, una por una, todas las habitaciones. Empiece por esta contigua y vea si han forzado la ventana. —Y sus dedos oprimieron la culata del revólver mientras se abría la puerta.
—Todo aparece en orden, señor.
—¿No se encuentra ni rastro de Yeatman por ninguna parte? —Ni el más mínimo.
—¿Está seguro de que han envenenado a los perros?
—Sí, señor —contestó el mayordomo—, y me gustaría pescar a quien lo ha hecho.
—Bien; vigile mucho y se dará ese gusto. —Y estuvo a punto de confesar al mayordomo que era Sutton; pero se contuvo, porque a Natica le daría con ello un disgusto—. Procure que nadie hable del asunto hasta que vuelva Yeatman, y luego mándemelo.
Thorpe se despidió gravemente de aquel hombre lleno de miedo y en el pasillo encontró el ama de llaves, que se encaró con él diciendo:
—¡Es curioso lo que pasa! La señorita Dupin se ha marchado antes de acostarse, llevándose todos sus efectos y dejando esta carta en la mesa del vestíbulo; conozco su letra. Estas noches pasadas la he oído moverse
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mucho por su cuarto, porque tengo un sueño muy ligero, y si no hubiese sido por la rata que me hizo huir anoche del mío…
Natica se quedó sorprendida de la visita de su marido, la inquietó la noticia de la ausencia de Yeatman y se sobresaltó cuando supo que los perros habían muerto. ¿No habría puesto una confianza excesiva en el detective?
—Pero no hemos de inquietarnos por él, porque volverá.
—Es lo que menos rae inquieta —dijo él temblando de miedo—, pero lee esto.
—¡Realmente parece la letra de Frank! —exclamó ella.
—Lo es, no tengo la menor duda. La introdujo por debajo de la puerta mientras yo dormía. ¡Dios mío, Natica! ¿No ves lo cerca que hemos estado de la muerte? De seguro habrá estado forcejeando sin conseguir abrirse paso. Y ya sabes la fuerza que tiene, el muy bruto.
—Bueno, aún estamos vivos —le contestó ella de mal talante.
—¡Y no lo han cogido! Verás cómo pasará algo. No me mires así. Confieso que tengo miedo, pero cualquiera lo tendría en mi lugar. ¿De qué nos sirven tantas precauciones si puede entrar a amenazarme en mi propia casa?
Se volvió ella para atender el teléfono que llamaba, y cuando dejó el aparato vio él que le acababan de comunicar malas noticias.
—¿Qué pasa? —preguntó con ansiedad.
—No lo entiendo —contestó ella con el ceño fruncido—. Mademoiselle Dupin se ha marchado. Ha salido de casa con su equipaje mientras todos dormían. Ahora me traerán una carta que, según miss Brewen, es de mademoiselle y que ha dejado en el vestíbulo.
—¡Dios mío! —exclamó el marido—. ¡Otro misterio! Primero Yeatman, y ahora la francesa. Es cuestión de llamar a la policía.
—Nunca, mientras podamos evitarlo.
Una doncella entró con la carta, en que la profesora se dolía de tener que marcharse sin tardanza y rogaba que se le mandasen los honorarios que le adeudaban, a San Diego de California.
—¿Qué raro que se haya marchado así? ¡Calla! Tal vez se hayan fugado los dos. Yeatman no es americano.
Su mujer palideció. La horrorizaba pensar que su marido acertase, pues si los dos se habían marchado después de ponerse de acuerdo, no lo habrían hecho sin robar a alguno de sus huéspedes.
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—En ese caso ya podría despedirme de todo —murmuró.
—Podrías tomar otra profesora.
Miró ella a su marido con odio.
—Parezco condenada por la fatalidad a tratar con maridos estúpidos — gritó con enojo—. Haz el favor de marcharte en seguida, que he de levantarme.
—Vaya una mujer simpática y amable —replicó él con sorna—. Estoy a dos pasos de la muerte y me llama estúpido. Si tienes un marido estúpido, ¿qué tengo yo por mujer?
—¡No grites, no grites, que siempre es eso una falta de educación! Más valdrá que te vistas y vayas abajo. No sé si lo sabes, pero Catalina Holland se gana bastante dinero mandando historias al Gotham Gossip, y no estoy dispuesta a proporcionarle un éxito.
Payson Grant estuvo dando vueltas por sus habitaciones hasta que se le enfrió el resentimiento y admitió que su mujer tenía razón. Sus huéspedes sólo habían de saber de aquel asunto que los perros murieron envenenados, y aún se les diría que fueron víctimas del veneno puesto para las ratas.
Durante el almuerzo se habló de política, nadie sabía nada sobre la muerte de los perros ni les interesaba el contable hasta el punto de mentarlo, aunque nunca asistía a la mesa debido a su régimen de dieta.
Antonio Trent hubiera querido dormir unas cuantas horas más, pero le convenía enterarse de cuanto pasaba, en especial de si habían encontrado a Yeatman, del efecto que había producido en Grant la nota de Sutton, y si la desaparición de la señorita Dupin era objeto de comentarios. Pero durante el almuerzo no pudo satisfacer su curiosidad. Su huésped se empeñaba en desviar la mirada para ocultar sus preocupaciones. La mayor parte de las señoras permanecieron en sus habitaciones, donde recibieron la visita de Natica, que daba suspiros de alivio al comprobar que a ninguna le faltaban las joyas.
Ya muy avanzada la mañana, un jardinero descubrió a Pedro Redlich. Estaba podando un rosal cuando le pareció oír un ruido inusitado a la otra parte de la tapia y las investigaciones dieron por resultado el hallazgo del detective atado como un fardo. Afortunadamente, los invitados se habían ido a oír la banda al casino de Allenhurst y Antonio Trent se había llevado a Catalina Holland a dar un paseo con su potente coche.
Cuando el detective se hubo desentumecido y aseado convenientemente, hizo una gráfica descripción al dueño de la casa.
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Sospechando que los malhechores estaban en el jardín, se deslizó por los senderos más ocultos con intención de sorprenderlos y cayó en poder de una banda contra la cual sostuvo una lucha heroica, siendo al fin vencido por el número y arrojado a la otra parte de la tapia.
—¿Reconocería usted a alguno de ellos? —le preguntó Grant.
El detective no podía asegurarlo, dadas las circunstancias desfavorables en que se desarrolló la lucha por la vida contra tantos; pero sí podía decir que había un hombre alto como un gigante que tomó parte activísima.
Para Payson Grant indudablemente se trataba de Sutton, que era de extraordinaria estatura. Yeatman pidió permiso para retirarse a descansar unas horas antes de reanudar sus tareas de inspección.
—¡Qué peso nos hemos quitado de encima! —dijo Natica cuando Yeatman se retiró.
—No sé por qué —le replicó de malos modos su marido.
—Porque no creo que Frank haya penetrado en esta casa.
—No podrás negar que aquel escrito sea suyo.
—¿Bueno, pero, quién te asegura que él lo haya dejado?
—¿Pues quién si no él?
—Eso es lo que hemos de averiguar. Hicimos mal en pensar que mademoiselle Dupin se había marchado con Yeatman. ¿Por qué se marchó tan de repente? A lo mejor vino con el propósito de espiarnos. Sabemos que salió cuando todos dormían. ¿Acaso no pudo entonces deslizar una carta por debajo de tu puerta?
—Claro que pudo. ¿Pero quién derribo a Yeatman? Éste describió a Sutton perfectamente y no lo conoce.
—Su descripción conviene a todo hombre alto —replicó ella—. En ese caso me equivocaría en suponer que Frank se marchó a la Argentina.
—No hay duda que te equivocaste. Ha estado en el jardín esta noche, aunque otro se encargase de dejar la nota. Yeatman ha hablado de él.
—Ha hablado de un hombre alto y fuerte. No será tan tonto de decir que un tipo bajo y flaco ha podido con él. Alguien lo ató, alguien envenenó a los perros, y mademoiselle Dupin ha desaparecido. Eso es lo único que sabemos.
—Te digo que siento su presencia aunque no lo vea, y que esto me volverá loco.
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Lo miró ella impaciente. Siempre había considerado que los hombres representaban el sexo débil.
—A ver si harás el tonto esta noche en que los Bixels vienen a comer. —¡Cuánto me alegro que no lo celebremos con baile de máscaras!
Juraría que entonces se las arreglaría para entrar. No está bien amenazarme de esta manera. No rehúyo la lucha si se me obliga a aceptarla, pero la incertidumbre me mata. La señora Strauss se dejó ayer el abrigo junto al estanque y me hizo ir a buscarlo después de comer —contó estremeciéndose—. Ahora figúrate, Nat: podía haberme encontrado cara a cara con él sin auxilio de nadie. Tu idea del castillo empieza a parecerme de perlas. Creo que me convendría un cambio de aires.
—Habrás de esperarte un mes —contestó ella con firmeza—. Yo no puedo entretener sola a toda la gente que venga.
—Siento que voy a perder el juicio.
—Te lo tomas demasiado a pecho. ¿No comprendes que esa carta no tiene más objeto que el de asustarte y que le estás haciendo el juego? ¿Aun suponiendo que hubiera venido, crees que se atrevería a permanecer por aquí cerca después de haber atacado a Yeatman? No seas tan necio. A estas horas y no duda de que hemos avisado a la policía, como hubiera hecho cualquiera. *
Payson se fue calmando bajo la palabra persuasiva de su mujer, cuyo valor admiraba. Durante el almuerzo nadie hubiera dicho que ella tuviera la menor preocupación, y como Natica había declarado que no había peligro alguno, su mismo marido empezó a creerla. La presencia de otros hombres acabó por reanimarlo y los abundantes cocktails le prestaron un valor que no tenía. Confiaba que no se aludiría a crimines durante la comida, pero Trent suscitó la conversación.
—No he visto los perros en todo el día —observó—. Generalmente miran por la puerta vidriera mientras comemos.
El señor Gimbert no pudo callarse más tiempo las noticias de que era poseedor.
—Un granuja los ha envenenado esta noche. Me parece que ha sido obra de una banda de ladrones.
—Me alegro de poder decir que no ha sido nada alarmante —dijo Natica—. ¡La culpa la tiene un jardinero imprudente que puso habas envenenadas en las toperas!
—Los perros no comen habas —advirtió el viejo.
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—Pero se han comido a los topos envenenados —exclamó Natica.
—No es propio de los Airedales —declaró Catalina Holland.
—Ya lo sé —repuso Natica—. Por eso me ha sorprendido tanto. Los quería mucho y parece que han sufrido horriblemente.
Era suficiente para que el corpulento Brewster se lanzara a fondo a su tema favorito. Grant gruñó cuando vio que se le venía encima la tormenta en forma de gritos de aquél desacreditando la idea de que los Airedeles comiesen topos muertos.
—Esto —dijo Brewster, persuadido de que estaba en lo cierto— es lo que yo esperaba. Si mi digno huésped y yo nos dedicásemos al negocio del robo, operaríamos precisamente en una casa como esta.
—¡Tonterías! —exclamó Grant con esperanza.
—No lo dude. Aquí hay un botín que vale la pena. La otra noche decía después de pasar la vista alrededor de la mesa que esta casa debía de ejercer una gran atracción en los ladrones que operan en gran escala. Y la primera precaución es matar a los perros, para abrirse paso. ¿Quiere eso decir que han abandonado sus propósitos? No y mil veces no. Permitan que les explique el aspecto psicológico del caso. Esos ladrones no son unos zoquetes. Muchos son personas educadas que han pasado por la universidad y usan métodos modernísimos. Deben de imaginarse que no los esperamos esta noche porque han fracasado en la anterior. Señoras y caballeros, esta noche es el golpe. —Está usted loco— declaró Grant con toda rudeza.
—Creo que está bien razonado —advirtió Antonio Trent.
—¡Si lo sabré yo! —dijo complacido el charlatán—. Pero si creen que van a pillar desprevenido a Freddie Brewster, se van a llevar el gran chasco.
Su mujer lo miró sorprendida, pues por primera vez se le revelaba un marido tan valiente.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó.
—Voy a llevar todos tus objetos de valor a uno de los bancos de Asbury.
—Buena idea —dijo el señor Straus—. Yo también llevaré algo.
—Te guardarás bien —negó su señora—. ¿Crees que voy a tener miedo de enseñar a la señora George Bixel mis brillantes por una tontería de Fred Brewster?
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—Tampoco te llevarás los míos —dijo la señora Brewster—. Valdrá más que cojas un revólver y dispares contra el primer ladrón que se te ponga a tiro. ¿De qué sirve la erudición de un marido acerca de la vida criminal si no sabe proteger a su mujer?
—Aquí estoy yo, señoras —dijo el viejo Gimbert—. Cuenten ustedes conmigo. Cuando alguno de estos teorizantes estudiaban gramática, ya andaba yo a tiro limpio con los bandidos.
—Francamente —dijo Grant en tono de plañido— esta conversación me pone nervioso. He instalado un sistema de alarma contra ladrones y la casa estará perfectamente vigilada toda la noche. Miren el mayordomo: ¡qué pecho, qué hombros, qué estatura! ¿Y qué me dicen de la corpulencia de los dos lacayos? Natica no los quiere más pequeños. Ninguno de nosotros somos alfeñiques y aquí tienen a mi padrino prometiendo rajar la cabeza a cualquier ladrón que se ponga al alcance de su puño.
—A más de un apache he matado —afirmó Gimbert, satisfecho de haber atraído la atención—. En cuanto a esos ladrones de sociedad, me los como de un bocado.
—¿Quieren cosa más tranquilizadora? —preguntó Grant esforzándose en parecer sereno—. Padrino, usted se encarga de vigilar esta noche los principales pasillos.
—Convenido —dijo Gimbert—. Haré cualquier cosa antes que permitir que las señoras estén nerviosas. ¿Y usted qué dice, joven? — preguntó volviéndose a Antonio Trent.
—Yo vigilaré fuera. Tengo un odio personal contra los que han envenenado los perros.
—¡Magnífico! —exclamó Grant, animándose—. Les cogeré por la palabra.
Para Antonio Trent no podían las cosas haber tomado un giro más favorable. Podría pasear por el jardín sin despertar las sospechas ni causar la extrañeza de nadie. Creía como Brewster, aunque basándose en una información que éste ignoraba, que Redlich daría el golpe aquella noche. Un hombre menos ambicioso aprovecharía el momento en que los invitados estuvieran comiendo y la servidumbre ocupada en servir la mesa; pero Trent no creía que Redlich se resignase a marchar sin la fortuna que en aquel momento estarían ostentando los comensales, sino que aguardaría a que los invitados, cansados de bailar, durmiesen profundamente.
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—Me parece —le dijo Catalina Holland, mirándole con curiosidad— que espera usted de buena fe que alguien entre a robar.
—No lo espero precisamente, pero si entran no quiero perder detalle de una cosa tan divertida.
—¿Cómo, tan divertida? —exclamó Grant—. Usted y Brewster pueden tomárselo a broma, pero yo no estoy tan seguro de que sea cosa de broma.
Tampoco lo estaba el señor Brewster, que después de tanto hablar de crímenes ahora que se veía metido en un caso, temblaba de miedo y veía que otros lo acompañaban en sus temores.
—La policía local debía tomar cartas en el asunto —insinuó con firmeza.
El señor Gimbert se opuso rotundamente, apoyado por Trent. El señor Gimbert decía a todos los que querían oírle que hacía años estaba deseando encontrarse en una espantosa y sangrienta batalla. Su espíritu de batidor revivía en él.
Antonio Trent examinó a los otros hombres, todos acostumbrados a la vida cómoda y a las tranquilas digestiones. En caso de lucha prefería tener a su lado a este hombre flaco y algo encorva® por la edad. Gimbert era valeroso y quizás un buen tirador.
Payson Grant estaba impaciente. Aunque se habían desvanecido muchos de sus temores, no olvidaba que su enemigo estaba aún en libertad.
—Esta conversación altera los nervios de las señoras —dijo—. Si vienen los ladrones nos encontrarán preparados para recibirles; pero hay un millón de probabilidades contra una de que no vendrán. ¡Por Dios, hablemos de otra cosa!
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CAPÍTULO XII
REDLICH ENCUENTRA LA HORMA
DE SU ZAPATO
l señor Yeatman estaba consultando el barómetro en el vestíbulo Eexterior cuando se le acercó Trent.
—Viento de tempestad —leyó Trent. —Mucho me lo temo —asintió el otro. —¿Por qué ha de preocuparle una tormenta? —Porque me produce dolor de cabeza.
Redlich no tenía ganas de hablar. Ya le dolía la cabeza a consecuencia de una noche de tortura y el barómetro no anunciaba más que dificultades. Si se desencadenaba una tormenta, no podría permanecer su nave tan cerca de la costa, ni le sería posible llegar a ella con su lancha. El mar, que empezaba a estar movido, pronto estaría revuelto si no amainaba el viento.
No quería ni pensar en la pasada noche. No era cobarde, pero se le hacía muy desagradable pensar que quien lo redujo a la impotencia podía seguir vigilándole de cerca. Estaba convencido de que la «Condesa» se salvó con la ayuda de uno de la banda reclutada por ella, y era molesto saber que los que venían por los brillantes de los Strauss y las perlas de los Fisher, gente brava y determinada, sospechaban que tenían en él un rival poderoso. ¿Qué procedimientos seguirían?
Se había proporcionado una lista de los invitados al baile de aquella noche, pero era incompleta, puesto que las visitas de más importancia podían acompañarse de sus propios invitados, que ni él ni los dueños de la casa conocían. Y estas invitaciones en blanco podían resultar peligrosas.
Los asociados de la señorita Dupin era gente de mundo que se presentaban como personas de buena posición, o que siéndolo de nacimiento, habían elegido el camino del crimen. Era difícil desenmascararlos y una vez más Redlich maldijo la humildad de su cuna
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que a duras penas le permitía hacer un buen papel con aquellos nuevos ricos.
No creía que sus rivales eligieran el mar como camino para escapar, suponía que se valdrían de automóviles de gran potencia. Serían muchos y él estaba solo, aunque tenía sobre ellos la gran ventaja que le daba la confianza del matrimonio y el poderse mover libremente por la casa. La zona de peligro estaba entre el palacio y el mar, un cuarto de milla de distancia. Debía andar quinientos pasos por la oscuridad con su precioso botín, pasando por donde le había ocurrido el percance. Examinando el terreno aquel día dedujo que su adversario llevaba zapatos del número siete con tacones de goma, pero poco valor tenía este dato, porque entre los invitados más de uno calzaba aquel número, y Gimbert y Trent usaban tacones de goma: a veces también los usaba el mismo Grant.
No se fiaba de nadie. Cierto que un marinero ágil y forzudo como un gorila, que estaba en la embarcación atento a sus señales, podía serle utilísimo en caso necesario; pero demasiado sabía que la participación de otro en un robo redundaba en menoscabo de las ganancias que habían de repartirse.
No deseaba otra ayuda que la de una escolta armada desde la casa a la costa. La tripulación era muy reducida y así era menor el peligro. Una vez a bordo ya nada había que temer. Llevaba cargamento de carbón y no se acercaría a tierra hasta llegar a Río de Janeiro.
Hasta entonces sólo Gimbert había visto su lancha, provista de un motor separable que podía aplicarse a cualquier bote pequeño.
Al ver que se le acercaba Antonio Trent, adoptó el más respetable aire de agente de policía.
—El barómetro baja —dijo Trent—. No creo que tengamos tormenta esta noche. Me alegro mucho.
Redlich sentía por Antonio Trent una antipatía que no se explicaba. —¿Por qué ha de preocuparle una tormenta? —preguntó remedando a
Trent.
—Si le he de ser franco —contestó éste—, me dan miedo los truenos. Un contable como usted no debe de tener miedo a nada, ¿verdad?
—Sólo a la dispepsia —contestó Yeatman recordando que estaba a dieta de conveniencia. Y se volvió a saludar a Gimbert.
—Le aconsejo que oculte usted todos sus objetos de valor —dijo el indiscreto—, porque vamos a tener vista esta noche.
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Trent notó que Redlich vacilaba en contestar.
—No comprendo —dijo por fin.
—Pensamos que esta noche se dará el golpe —explicó Gimbert—. Por eso voy a descansar. Grant quiere que duerma toda la tarde para vigilar mientras descansen las señoras y entren los ladrones. Generalmente, yo no duermo más de cuatro horas por la noche.
—Será cosa seria —observó Yeatman.
—Nada de eso —repuso Trent—. Voy a nadar un poco antes que se estropee el agua.
Y se alejó con fingida indiferencia.
—No sabe, como yo, que es usted un detective —observó Gimbert—. No deseo otra cosa que ayudarle lo mejor que pueda, pues reconozco que usted está más enterado de los ardides que usan los malhechores. ¿Van por parejas?
—Emplean varios métodos. Siempre se queda uno fuera para vigilar. A veces son dos los que protegen su retirada.
—Trent se encarga de vigilar fuera. Grant lo ha comprometido cogiéndole por la palabra.
—Explíqueme eso, si quiere.
Gimbert le contó cuanto se había dicho en la mesa.
No fue el relato muy tranquilizador para Pedro Redlich. Podría tomar el pelo a aquel viejo como se lo tomó al mayordomo, mandándolo a donde no estorbase; pero aquel joven activo y de carácter reservado no le prometía más que disgustos.
Cuando se acercaba pensativo al garaje, Trent salía con su coche. —¿No nada usted aquí? —le preguntó Redlich, que sabía que en la
piscina del Casino de Deal, apenas se bañaba nadie por la tarde.
—Sí —contestó Trent—, pero antes voy a comprarme un nuevo traje de baño en Asbury. ¿Quiere usted acompañarme?
—Tengo mucho quehacer —rehusó Yeatman.
Cuando una hora más tarde se acercó a la caseta de baño que se levantaba al extremo del jardín, vio que, efectivamente, Antonio Trent estaba nadando con un traje nuevo. Estuvo observando con cara burlona sus chapuceos, y Trent se excusó de su torpeza gritando:
—Hay una fuerte resaca.
Redlich le lanzó una réplica gruñosa y se alejó sin ver el cambio que se operaba en seguida en las facultades del nadador, que se adentró en el mar
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y se hundió hasta el fondo varias veces. Al volver rendido a la caliente arena sabía que un barco de quince pies de calado podría llegar sin dificultad a treinta yardas de la costa. Parecía aquello un puerto natural. No sabía que los primeros propietarios de la finca se habían gastado mucho dinero en el dragado para su yate, hasta que se persuadieron de que las corrientes y los vientos no eran allí propicios. Pedro Redlich había encontrado los planos en el desván de la casa.
Entretanto, Thorpe y la servidumbre trabajaban como negros haciendo los preparativos para la fiesta. Sólo el viejo Gimbert rondaba por la casa. Los otros hombres descansaban en hamacas y las señoras se habían retirado a sus habitaciones. Trent se reunió en el prado con Catalina Holland y estuvieron jugando al golf un rato.
—¿Va usted realmente a estar de vigilancia por el jardín esta noche? —Claro que no —contestó él riendo—. Que ronde Gimbert por la casa
tanto como quiera. Yo me cerraré en mi cuarto y me echaré a dormir. —¡Que desencanto! —confesó ella—. Creí que lo tomaba usted en
serio. Si yo fuese un hombre lo haría.
—Si usted fuese hombre le gustaría tan poco como a mí exponerse a que le pegasen un tiro. No huyo nunca de los peligros, pero pasearme por el jardín haciendo de valiente como un chiquillo me repugna.
Ella lo miró con cierto aire de desencanto.
—Me habían dicho que mereció usted en la guerra una condecoración por su valor y que lo destinaban a las acciones de más peligro.
—Cumplía con mi deber —replicó él—, haciendo lo que rae mandaban. Ahora no se trata del deber ni de una misión agradable. Sólo el pensarlo me pone nervioso.
—Lo cual no le ha impedido ganarme.
Estaba punto de revelarle su plan, pero a pesar de la confianza que tenía en su discreción, temió que una sonrisa o una alusión que se le escapase, pusiera en guardia a Yeatman, y en aquella aventura prefería obrar, como en sus buenos días, a solas.
Cuando estuvo vestido, en su habitación, para la comida, examinó las notas que Sutton le escribió y se guardó en el bolsillo la que juzgó más interesante.
Nadie lo vio salir por una puerta lateral a la terraza y ocultarse en un macizo de rododendros del jardín, desierto a tales horas, desde donde, bien sujeta a un guijarro con un sencillo bramante, arrojó la nota por la ventana
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del aposento de Grant, con tal tino, que fue a caer silenciosamente sobre la cama.
Cuando se fijó en ella Grant, en el momento en que se disponía a bajar al comedor, ya Trent estaba de vuelta en su habitación.
La vista de aquella nota, cuya procedencia adivinó antes de tocarla, dio al traste con la confianza que se esforzaba en mantener. Apenas se atrevía a coger el papel, que decía:
«Es inútil que te protejas, pues no te me escaparás. Cuando lo crea oportuno te daré el golpe de gracia. Quizá sea esta misma noche, cuando y donde menos te piensas, al abrir una puerta, al volver una esquina.
»F. W. S.».
Natica se sobresaltó al hacer él irrupción en su cuarto, y la doncella se asustó por la brutal manera con que le ordenó que se retirase.
—Mira esto —gritó el hombre, alargando su mano temblorosa—.
Estaba sobre mi cama.
—¿Cómo ha llegado hasta allí?
—Alguien ha debido arrojarla por la ventana.
—Manda Regan a inspeccionar al momento el jardín. ¿Ya lo has hecho?
—No he podido pensar en nada —confesó Grant, mirando a todas partes como temiendo que su enemigo saliese de cualquier rincón—. Estoy trastornado.
—Demasiado lo veo —dijo ella con desprecio, mientras cogía el teléfono—. Aunque mademoiselle Dupin no estuviera muy lejos dudaría de que fuese ella. Alguien la ha debido de tirar por la ventana.
—Te digo que ha sido el mismo Frank —declaró él con vehemencia—. Está muy cerca y se ríe de nosotros. Dice que no me le escaparé y así parece. Ojalá no le hubiera gastado aquella broma.
—No seas tonto. No le gastaste ninguna broma, como tú la llamas. Lo hallaron culpable y se le condenó. Nada puede pasarnos si no perdemos la cabeza. ¿Sabes lo que podría sucederte si te oyeran hablar así? Cálmate. Uno de los dos ha de bajar a recibir a esa gente. ¿Quieres que les diga que mi marido tiene jaqueca? —preguntó en tono mordaz.
—Puedes burlarte, tú que no recibes notas como ésta.
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—Es imposible que esté en casa y ni creo que se aventure a llegar cerca. La policía lo busca y en todas partes tienen su filiación. Lo único que creo es que la francesa en quien me confié está en el intríngulis. Si tienes miedo saldré a mirar el pasillo.
Grant no era un cobardón en el sentido estricto de la palabra, pero su exaltada imaginación le sugería las cosas más horrendas y la incertidumbre lo amedrentaba. De haber sabido que Sutton lo esperaba detrás de alguna puerta o a la vuelta de alguna esquina, de seguro hubiera ido a su encuentro, revestido de valor. Pero no saber dónde ni cómo se le aparecería, le infundía un miedo que Natica no podía comprender, mujer práctica y materialista como era.
—Bajaré —dijo con aspecto torvo— y quiera Dios que me lo encuentre para acabar cuanto antes de una manera u otra. También yo voy armado.
Un sentimiento rayano en la desesperación se apoderó de la mujer. No quería admitir que su primer marido hubiera sido condenado injustamente. Se negó siempre a colaborar en las falsificaciones de Grant, pero se aprovechó de ellas, y encauzaba todas sus energías al logro de sus ambiciones sociales que el escándalo consiguiente a una colisión entre Grant y Sutton inutilizarían para siempre. Su creencia de que Sutton no iría a provocar a Grant en su misma casa se basaba en el concepto de caballerosidad que tenía de su primer marido, en quien nunca había sorprendido deseos de venganza. Con frecuencia lo culpó ella de demasiado bondadoso.
Pero los hombres bondadosos, cuando se ven sometidos injustamente a tratos que se les hacen más repugnantes que a los malvados, experimentan terribles reacciones, y si Sutton se había escapado de la cárcel preferiría sin duda la muerte a dejarse capturar, y si abrigaba propósitos de venganza, seguramente sería Payson la víctima. Sin duda su marido tenía más motivos de los que ella le concedía para temer.
Antes de salir de sus habitaciones se miró al espejo.
—¡Parezco una cincuentona! —se dijo.
Durante la comida ni ella ni su marido exteriorizaron la preocupación que los embargaba.
Payson entró del brazo de la señora Bixel y con ayuda de varias copitas se mostró con ella comunicativo, haciendo las delicias de Natica,
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que fundaba en la simpatía de su marido sus esperanzas de obtener una honrosa invitación.
Más tarde pudo ver que Antonio Trent absorbía la atención de aquella señora que apreciaba a los hombres de ingenio capaces de entretenerla.
—Swithin comió con nosotros hace unos días, y no llegaba a comprender el motivo de su permanencia en esta casa.
—Para jugar al polo, principalmente —le contestó él.
—¡Pero dice que son tan malos jugadores! —replicó ella.
—He jugado tan poco desde hace tiempo, que pueden competir conmigo.
—¿Sabe —le dijo más tarde— que ejerce usted una gran influencia sobre Swithin? He venido para saber por qué, aunque George me persuadió a que lo acompañara para pagar con una visita el favor que Grant le hizo en un asunto de negocios.
—¿Y qué ha sacado usted en claro?
—Que todo su prestigio se funda en la fuerza y en un cierto sentido de crueldad.
—Tal es el carácter propio de los hombres de negocios que triunfan. —Como el de mi marido, por ejemplo. Si no fuese fuerte y un poco
cruel, yo iría desnuda. Pero no me refería a eso. Quiero decir que parece usted un tipo de la época Tudor. Si me promete vestir al estilo de aquella época le invitaré a un baile en mi casa.
Aquella invitación que hubiera regocijado a Natica lo dejó frío. No le era posible distraer su atención aquella noche en conversaciones frívolas, y las horas se le pasaban con desesperante lentitud. Sabía que mientras no se hubieran despedido todos los invitados al baile, retirándose los que allí se albergaran, Redlich pasearía de un lado a otro su aire fachendoso de detective.
Los Bixels se despidieron pronto y puede decirse que su marcha señaló el final de la fiesta. A las dos se alejó el último coche y a las tres no se veía luz en ninguna ventana. Sólo Gimbert recordó a los timoratos, con su incesante ir y venir por los pasillos, la conversación de la mañana; pero los hombres estaban cansados y las mujeres apreciaban demasiado el valor del sueño para preocuparse.
Gimbert, si había luchado contra los indios, no demostraba haber aprendido gran cosa de sus astutas precauciones, y Redlich se rió al observarlo. No le daba aquel hombre ningún cuidado, pero quería
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cerciorarse de que Antonio Trent se había acostado y no estaba vigilando en el jardín.
Se acercó a la puerta de su habitación y llamó. Al cabo de un rato, una voz de sueño le dio licencia. Redlich vio que Trent tuvo que abandonar la cama y lo recibía en bata en la estancia principal, de no muy buen talante.
—Es usted el tercero que me impide dormir —dijo malhumorada—. Primero fue el señor Gimbert, que vino a rogarme que lo acompañara en su vigilancia nocturna. Luego, Payson Grant pretendía que pasara la noche en el jardín registrando todos los arbustos en busca de ladrones. Y ahora viene usted. ¿Qué quiere de mí?
—Sólo indicarle la conveniencia de que venga a patrullar por fuera conmigo —dijo Redlich sonriendo afablemente—. Voy a bajar ahora mismo.
—Vaya solo —contestó Trent, enojado—. ¿Se han confabulado ustedes para hacer de mí un mártir por una causa que no me interesa ni me concierne?
E hizo una pausa, como si se le ocurriera por primera vez una idea. —¿Y usted qué pitos toca en este asunto? ¿Qué entiende un contable
de robos y ladrones?
—Ha llegado el momento de decirle la verdad —contestó el otro procurando producir un gran efecto—. Soy un detective contratado por la señora Grant para proteger a sus huéspedes.
Quedó satisfecho ante la impresión que manifestó el otro.
—¿Pero usted cree que hay algún peligro?
—No lo creo, pero pasaré la noche en vela vigilando especialmente este piso, porque en todo eso aquí vendrán a robar las joyas. Y no preguntaré a nadie que encuentre espiando, qué busca. Le descerrajaré un tiro sin contemplaciones.
—Mal lo pasaría un sonámbulo que saliese al pasillo.
—Sería una desgracia, pero no quiero exponerme.
—Bueno cerraré la puerta —dijo Trent resueltamente—, y conste que no suelo hacerlo.
Sin perder más tiempo Trent apagó la luz y sacó del maletín uno de los dos trajes de baño que había comprado aquella mañana. Era un traje de punto negro que lo cubría por completo desde el cuello hasta la punta de los pies. Se encasquetó un gorro de aviador al que sujetó una pistola automática y se deslizó por el cable del pararrayos hasta la terraza.
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Grandes nubarrones ocultaban la luna dejando el jardín en tinieblas. Corría un viento salobre. Desde la ventana se veía oscilar el fanal del mástil mayor con más violencia que la víspera, señal de que el mar empezaba a moverse.
Trent, que tenía muy desarrollado el sentido de la orientación, avanzó sin vacilar, resguardándose entre los macizos. Tenía bien tomadas sus medidas y todo consistía en que Thorpe siguiera al pie de la letra sus instrucciones.
Al llegar a la caseta de baño nada le llamó la atención, pero aguzando la vista descubrió detrás de la franja blanca que se formaba en la rompiente una barca que aparecía y desaparecía en la marejada. De manera borrosa pudo ver de voz en cuando un hombre que manejaba los remos continuamente para mantenerse en el sitio, a mitad de camino entre la costa y el vapor. No cabía duda de que estaba esperando a Redlich.
El hombre del bote no observó nada alarmante. Sólo vio las señales que le hicieron salir a esperar y luego otras que ordenaban a la tripulación que lo apercibiesen todo para la marcha dentro de una hora. Y tan fija tenía la vista en aquellas señales, que no se percató del nadador que pasaba a pocas yardas de su bote. Los marineros, con orden de no encender otra luz que la del mástil, estaban tan preocupados como el del bote, viendo que el viento soplaba cada vez más fuerte y que sería imposible acercar la frágil lancha al costado del barco.
Todos estaban mirando ansiosamente en la borda cuando el nadador, vestid a lo Fantomas, se encaramó por la cadena del áncora y pasó por el escobén a cubierta. Como una sombra se deslizó hasta el entrepuente que halló abandonado y subió trepando a la toldilla, donde, sin luz, nadie podía descubrirlo.
Si bien la lancha de Redlich se fue a pique, lograron tras grandes esfuerzos izar el bote que lo esperaba, el cual quedó sujeto al costado de la Belle Alliance.
El capitán recibió con muestras de júbilo la noticia del éxito, dio sus instrucciones y cogiendo el timón puso el barco con rumbo a alta mar. En el camarote, Redlich contó sus proezas, mostrando a sus compañeros algunas joyas de inapreciable valor, pero los brillantes montados en platino de la señora Straus se los guardó en el bolsillo. La parte del león. Traía consigo una botella de vieux cognac, del que apartaron un trago para el timonel.
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—No se lo deis ahora —advirtió—, que es difícil la maniobra y necesita conservar clara la cabeza.
La alegría de la empresa llevada a cabo con tanta facilidad removió toda la jactancia del narrador, y explicó cuanto le había sucedido en aquellos días pasados en un palacio, y entre sus burlas envolvió especialmente el nombre de Trent. Pero lo que hizo reír a carcajada fue la manera de robarle a Gimbert un brillante de cinco quilates que hizo chispear ante todos.
En el palacio de Grant nadie quedó más intrigado que Thorpe, el mayordomo, cuando durante el baile lo apartó Trent a un lado y le dijo:
—Thorpe, estoy sobre la pista del granuja que mató a los perros y no sé por qué me parece que le gustaría a usted darle el mismo trato.
El mayordomo respiró con fuerza y exclamó:
—¡Si cayera en mis manos!
—Yo se lo voy a entregar, pero es posible que tenga que pasar usted la noche en vela.
—Eso no es nada.
—Además hay peligro de que le peguen un tiro.
—Mientras yo pueda disparar también, no me importa.
—Pero vaya con cuidado, no me dé a mí. Estaré literalmente entre el infierno y el fondo del mar. Ahora atienda bien lo que voy a decirle.
Thorpe escuchó con ojos de pasmo cuanto Trent quiso explicarle.
—Eso parece una novela, señor.
—Las novelas no siempre acaban bien —le advirtió Trent—. No las tengo todas conmigo. Recuerde que han de llevar todos armas y linternas sordas. Acaso tengan que disparar, pero es preciso coger a toda la banda o pasaremos por tontos.
—Tendré mucho cuidado —prometió Thorpe—. Toda mi vida he esperado una ocasión como esta. Tengo un corazón de niño, señor — añadió en un arranque de confianza.
—Todos los valientes como usted lo tienen, Thorpe. Aunque llegue a los cien años morirá usted joven. Tenga presente —añadió al cesar la música—, que cualquier movimiento imprudente por parte suya o de sus hombres, la luz de una cerilla o el olor del tabaco, puede acarrearnos un fracaso. Y no quiero pensar lo que se diría de mí si esto nos saliese mal.
El capitán de La Belle Alliance era un marino tan inclinado a la vida holgada, al buen vino y a las muchachas de negros ojos de la América del
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Sur, como su dueño. Estaba reflexionando en los peligros del mar y en los accidentes desgraciados que ocurren con frecuencia, asociando a Redlich con alguna catástrofe mortal, cuando fijó su mirada en el cañón de un arma que se le acercaba. Detrás del arma apareció un ser de configuración sorprendente, en quien creyó ver un monstruo marino que venía de las profundidades a sembrar el terror en la tripulación. El hombre se quedó paralizado y sin aliento y sólo experimento un cierto alivio al ver que se trataba de un ser humano.
Pero un hombre que apunta una pistola no es nada tranquilizador en circunstancias como aquellas, y menos si se acerca con la vista fija y preñada de amenazas. Despavorido, se agarró a las cabrillas del timón y por fin retrocedió hasta el armario donde se guardaban las cartas de navegar.
—Me hago cargo del mando —dijo Trent— ya la primera palabra vas a bajar por donde he subido.
Sin dejar de apuntar contra el marino, le ató pies y manos con una cuerda que halló a su alcance, sin que el capitán ofreciera mucha resistencia, y dejándolo en un rincón se apoderó del timón.
Soplaba un viento del Este y la tan esperada tempestad empezó a agitar las olas.
Sólo el capitán se enteró de que aquel loco alteraba el rumbo. Los maquinistas estaban atareados y los ocupantes del camarote decidieron no guardar ni una gota de coñac para el comandante.
Thorpe, los lacayos y los cuatro hombres del garaje que vigilaban en la orilla eran presa de diversos sentimientos. El mayordomo sólo les había dicho que les amenazaba un peligro y que probablemente serian recompensados monetariamente.
En su esfuerzo por llegar a la situación en que se encontraba, Trent olvidó que su loca aventura podía costarle la vida. En la noche sin luna no pudo ver las marcas por las que confiaba orientar su rumbo cuando ya hubo virado, y dio la señal de poner el vapor a media marcha. Pero apenas sus penetrantes ojos distinguieron la mole del palacio italiano, avanzó a todo vapor, enfilando la boca del puerto abandonado, sintiendo una de las más hondas emociones de su vida en el momento en que La belle Alliance, saltó a los lomos de la marejada como una cabra loca y fue a embarrancar con formidable choque entre las ruinas de madera del hermoso pabellón de
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baño, donde se quedó como un caballo que cae en mitad de la calle sin fuerzas para volver a levantarse.
En aquel momento ya nada le importaba a Trent los peligros que podía correr. Ocho hombres aparecieron tambaleándose sobre cubierta y sin pararse a injuriar al torpe capitán al ver que tenían delante la arena y oyendo a su espalda el bramido de las olas en las rompientes sólo pensaron en salvarse saltando a tierra como ranas asustadas.
La actitud heroica de Thorpe apenas es verosímil en un doméstico. Distribuyó sus fuerzas en una prudente extensión de la costa y con su pistola y linterna sorda ocupó el centro, permaneciendo sentado en las gradas de la caseta de baño y dudando si Trent no estaría burlándose de él.
Las instrucciones que recibiera eran concisas, pero sin más explicaciones que las referentes al falso papel que Yeatman representaba y al peligro de cualquier imprudencia que le infundiese algún recelo.
Sólo, cuando la tripulación, deslumbrada por las luces de las linternas y desconcertada por los gritos de hombres armados, quiso escapar, salieron de su azoramiento Regan y los otros.
Pedro Redlich fue el único de a bordo que no estaba dispuesto a entregarse a autoridades desconocidas. Había demasiadas luces para suponer que se trataba de una reunión casual de hombres, y su primera idea fue ocultar las joyas. Ignoraba dónde había embarrancado el barco, pero comprendía que no podía estar muy lejos de Deal Beach, y como su documentación marítima estaba en regla, confiaba volverlo a poner a flote.
La embarcación yacía de costado y le fue difícil avanzar con el botín, para ocultarlo en un lugar elegido de antemano por si acaso. Luego subió a la cubierta encaminándose a la borda, pero la luna que asomaba ya entre las nubes puso de manifiesto ante sus ojos la silueta de la mansión y la fantasmal configuración de los jardines, haciéndole comprender lo peligroso de su situación.
—¡Fatalidad! —exclamó con desesperado acento.
Y al retroceder apartándose de aquella visión que tan turbado lo dejó, se encontró ante lo que, en su primer sobresalto, creyó que era Satanás en persona, que le esperaba con los brazos cruzados. Era un ser de gran estatura y completamente negro. El bandido, que era supersticioso, pensó que nada podría ayudarle en aquel momento, y dejó caer los brazos.
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—Otra comisión —le dijo cuando se hubieron retirado a la trastienda.
—¡Fatalidad! —repitió, abandonado de todo valor.
El monstruo negro avanzó un paso y lo cogió por el brazo con hercúlea fuerza.
—Dele el nombre que quiera —dijo Antonio Trent. Pedro Redlich no opuso la menor resistencia ni intentó luchar. El cañón de un revólver le oprimía los riñones.
—Venga a enseñarme dónde ha ocultado el botín —dijo Trent—. Al menor movimiento le descerrajo un tiro y crea que tengo muchas ganas de disparar.
—¡Cómo! —gritó Redlich desconcertado al descubrir que el hombre de quien momentos antes se burlaba lo aniquilaba de tan extraordinaria manera—. ¿Me mataría usted?
—Temo que no me dará motivo —contestó Trent con acento de sinceridad.
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CAPÍTULO XIII
UNA NOCHE ESPANTOSA
uando Redlich ordenó al señor Gimbert que permaneciera sentado Cen el solitario vestíbulo y disparase contra cualquier sombra que intentara pasar aceptó con alegría el encargo. Mas era un anciano y no tardó en sentirse molesto por el viento de la noche, de modo que no bien transcurrida media hora, resolvió ir a su aposento en busca de un abrigo.
Llegó en el preciso momento en que el señor Yeatman estaba contemplando a la luz la chispeante sortija de Gimbert y era evidente que había cosechado ya en todas las habitaciones. La sorpresa y la ira paralizaron la mano del viejo batidor un momento que el otro aprovechó para echarle una zancadilla que bastó para derribar al diligente anciano, que al caer dio de cabeza en el borde de una mesa.
Cuando recobró el sentido se halló fuertemente ligado y con agudos dolores en la cabeza. En su exasperación forcejó como una fiera para desatarse, pero las ataduras de un marinero resistieron a todos sus esfuerzos. No obstante, consiguió librarse de la mordaza y sus gritos resonaron en la casa silenciosa como pitos de alarma sembrando el terror en cuantos se despertaron.
La señora Straus, que dormía en la habitación contigua, se incorporó horrorizada. A su lado roncaba tranquilamente su marido. Se levantó y fue a un escriño donde guardaba sus joyas. Todas habían desaparecido.
Natica, al oír aquellos bramidos, se despabiló al momento y corrió al dormitorio de su marido, a quien sacudió violentamente para hacerle comprender algo. Los gritos lo dejaron muerto de miedo.
—¡Payson! ¿Qué puede ser?
Y sin esperar nada del aturdido, llamó a Thorpe sin obtener respuesta.
Del garaje le contestó el mismo silencio.
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—¡Han cortado la línea! —suspiró Grant, en cuya fantasía no cabía más explicación que Frank Sutton.
—Alguien anda ahí fuera —murmuró Natica.
—¡No salgas! —exclamó él cogiéndola del brazo—. Tal vez sea esta noche… Puede estar detrás de la puerta que menos me espere…
—Llaman —dijo Natica en un susurro.
—Fank está esperando ahí detrás a que abramos —dijo Grant pálido como un muerto y anudada la garganta.
—No voy a permanecer cerrada mientras a lo mejor están asesinando a alguno de mis huéspedes —decidió ella desasiéndose del brazo y acercándose a la puerta:
—¿Quién llama?
—Yo —contestó una voz conocida—. Straus que quiere hablarles. Momentos después se enteraba la señora Grant de que casi todas sus
amigas habían sido víctimas del robo y una inspección le demostró que tampoco sus rubíes se habían salvado. Natica y las señoras Strauss y Fisher se mostraron más animadas que sus cautos esposos. Ellas desataron a Gimbert, por quien se enteraron de la infame conducta de Yeatman. Gimbert demostró ser hombre de temple cuando, a pesar de su herida y de las dolorosas contusiones, fue corriendo al cuarto de los criados. «Las camas están intactas», anunció.
Mientras estaban agrupados en el pasillo principal para mejor librarse del miedo, el viento del mar llevó a sus oídos el sordo estampido del pabellón de baño derribado al choque de la nave. Sucedieron gritos de gente, misteriosos destellos de linternas eléctricas y ruido en indescriptible confusión.
Sólo Gimbert demostró poseer valor. Animó a los hombres a seguirle mientras bajaba la escalera a toda prisa, pero nadie le hizo caso. El señor Brewster, no hay que decirlo, había de amparar a su mujer y a todas las mujeres.
—¡Tú te quedas aquí, Joe! —gritó la señora Strauss.
—Voy a ver si echo una carta, cariño —dijo su marido—. Me estoy enfriando.
Todos se sobresaltaron al oír una voz en el vestíbulo. Era el señor Brewster que estaba avisando a la policía local.
—Vendrán al momento —anunció, dándose humos de valiente y mirando a las señoras con aire de superioridad—. Bajen sin miedo.
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Pero su mismo valor fue a menos cuando se acercaron voces hombrunas que no podían ser ya de la policía.
El primero en entrar fue el mayordomo. Tenía una contusión en la cara, pero el individuo que traía bien sujeto, estaba aún más desfigurado por los golpes. Redlich presentaba un ojo tumefacto y le sangraba la nariz. Nunca habían visto a Thorpe tan alegre como entonces.
—¡Yeatman! —exclamó Payson Grant, abriendo por primera vez la boca.
Luego entraron los lacayos y los chóferes, cada uno con su detenido, produciendo en los huéspedes la más desconcertante perplejidad, ya que no adivinaban de dónde habían salido tantos maleantes. Y por último les pareció que llegaba el diablo en persona transportando un cofre que contenía no sólo las joyas del palacio de Guggensohn sino las procedentes de otros robos de la costa.
La señora Strauss abrazó a Trent y le dio un beso.
—¡Pero, hombre de Dios, está usted chorreando! —dijo cuando hubo agotado sus frases de reconocimiento—. Necesita usted un ponche bien caliente como el que sabe hacer mi marido. Y volviéndose a éste le dijo:
—Anda, prepárale uno al señor Trent, que se está enfriando. Un vaso bien grande.
Payson vio que ninguno de los detenidos se parecía a Frank Sutton. Se animó y acompañó a Trent en el ponche.
—¡Cuéntenos, cuéntenos! —exclamó, contento al pensar que lo de las notas había sido cosa de Yeatman y que la policía local estaba a punto de llegar. Le parecía que la amenaza que le quitaba la tranquilidad se alejaría para siempre con el descubrimiento de la complicidad de Sutton en la criminal conducta de Yeatman. Todo se pondría en claro.
—La policía llegará de un momento a otro —contestó Trent a sus impacientes amigos—. Si a ustedes no les parece mal esperaremos.
—Lo que ha de hacer usted ante todo, si quiere librarse de un resfriado —advirtió la señora Strauss, aunque Trent ya se había echado un abrigo por la espalda—, es tomar un baño caliente.
—Ya vienen —gritó Brewster desde fuera. Su vanidad lo llevaba a atribuirse el mérito de haber reducido a nada todos los peligros.
El interrogatorio de la policía ni fue largo ni severo. Trent lo agradeció, pues no estaba muy seguro de que la celebridad alcanzada valiese la pena. Redlich lo miraba como si recelase de él, y realmente se estaba haciendo
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cruces ante la proeza de que había sido víctima por parte de un hombre cuyas cualidades reconocía demasiado tarde.
Advertido por la experiencia del peligro de hablar demasiado, Redlich decidió obstinarse por el momento en el sigilo, circunstancia que dejó a Trent bastante intranquilo.
Este, por su parte, no dijo una palabra acerca de su intervención en el asunto de la señorita Dupin, para evitarse preguntas que podrían conducirle a un paso difícil.
Sólo se prestó a responder a sus amigos cuando se hubo quitado el traje de Fantomas y confortado con un ponche.
—¿Qué por qué se me hizo sospechoso? Verán. —Y relató el episodio de las impresiones digitales—. Esto me hizo sospechar. Luego noté que iba al pabellón de baño y desde allí hacía señales con una linterna eléctrica a las que respondían desde un barco de demasiado tonelaje para acercarse tanto a la costa. Una noche que todos me creían retirado escribiendo cartas nadé alrededor de ese barco y supe su nombre y su matrícula.
—Pero ¿cómo supo usted lo de esta noche? —preguntó Natica—. ¿Cómo estaba tan seguro de que el robo se cometería esta noche?
—Por varias razones, principalmente porque Redlich estaba muy intranquilo respecto al cambio del tiempo. No hay barco del tonelaje <’e La Belle Alliance que pueda mantenerse tan cerca con un mar movido y si no se alejaba esta noche se vería obligado a renunciar a la huida por mar. Observé además que estaba en una tensión nerviosa extraordinaria, y a primeras horas de la noche lo seguí y pude ver cómo repetía las señales.
—Si lo hubiera él visto podía usted darse por muerto —observó el señor Brewster dándoselas de perspicaz.
—No creo que le hubiera parecido que valía la pena. Me las arreglé para inspirarle tal desprecio a mi habilidad, que un asesinato le hubiera parecido demasiado honor para una insignificancia como yo. No respetaba más que al señor Gimbert.
—No lo sé —profirió Brewster, herido en su honor propio—. Huía de mí sin disimular apenas, y no creo que lo hiciese por descortesía, sino por temor.
—¡Bah! —dijo Grant con aspereza—. Porque le molestaba su presencia, Brewster.
—Confieso que el señor Trent me engañó —medió Catalina Holland —. Llegué a creerlo tan cauto como a todos ustedes. ¿Por qué no fue
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sincero conmigo? Me hubiera gustado estar a bordo. ¿No ha sido el momento más emocionante de su vida?
—Uno de los más impresionantes. Pero he tenido suerte.
—Podía usted hundir el barco —observó Brewster. Y viendo que se le reían añadió:
—¿Y entonces dónde estarían los zafiros de mi mujer?
Eran ya las siete cuando los dueños de la casa acompañaron al último de los invitados a su dormitorio.
—No comprendo —dijo Payson que estaba desconocido de alegría al poder andar por los pasillos sin temor alguno— por qué estás tan satisfecha. Creí que te disgustarían los informes de la prensa. ¿No sabes que van a llenar las primeras páginas de todos los diarios con este suceso? Y que tendrán tema para rato. ¿Podrías nunca imaginarte un barco cargado de joyas y un hombre que llega nadando hasta él y lo trae a la costa como ha hecho Trent? Esto no se ha hecho nunca. Todo el mundo lo leerá.
—Mejor. Sólo me molestan las malas noticias —contestó ella sonriendo—; pero has de tener presente que nadie contará lo ocurrido sin referirse a mi comida y a mis invitados, entre los que se cuentan los Bixels. Y como el héroe de esta noche es el amigo particular de Stratford Van Boden, será una historia de alta sociedad. Nos dará un gran renombre. No tardarán muchas horas en invadir esta casa los periodistas. A ver si te portas bien con ellos. Personalmente los detesto, pero no sería diplomático darlo a entender. Ofréceles cigarros de la mejor marca.
—¿Y qué haremos de las escritoras que se dejarán caer como moscas? —Ya cuidaré yo de ellas. Verás cómo me aprovecho. Prefiero la amistad de una de esas que garrapatean en los diarios, que la adoración de un poderoso senador. Éste me amaría en privado, pero aquélla me ayudará
en público.
—Gracias a Dios podré dormir tranquilo —se despidió Grant para retirarse a su dormitorio—. Estoy seguro de que fue Yeatman quien me puso las notas.
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CAPÍTULO XIV
CEBANDO EL ANZUELO
espués de oír las primeras declaraciones de Redlich y su banda, DTrent se despidió de sus huéspedes y salió en su coche para Nueva York. Reprimió sus anhelos de pasar por Central Park y para atender a sus obligaciones sociales fue directamente a su alojamiento de Van Boden, dónde lo recibió un criado japonés, anunciándole que Weld había preguntado dos veces por teléfono.
Llamó por teléfono a Swithin, en su club, y se pusieron de acuerdo para comer juntos al día siguiente. Luego telefoneó a la señora Kinney para pedirle que aquella noche a las nueve lo esperasen en Central Park. Hubo de contrariar su deseo de hablar con la señorita Dupin y a ésta le produjo aquello una cierta desilusión, ya que denotaba una frialdad que no esperaba después de las muestras de tierno afecto que le dio Trent en los jardines de Grant.
Por primera vez tuvo Trent el honor de ver su retrato en los periódicos. Lo representaban a caballo en el juego de polo. También vio una fotografía de, La Belle Alliance embarrancada al pie de los jardines de Grant. Los diarios venían llenos de «intervius» de casi todos los huéspedes. Thorpe contaba todo cuanto sabía, pero tanto él como la señora Strauss, concedían todo el honor a Antonio Trent.
Del viejo Gimbert se contaba hasta sus hazañas entre los indios. Los señores Bixel merecían párrafos destacados en los que se aludía a su viaje e íntima amistad con los Grant. Las reporteras trataban muy bien a Natica.
Antonio Trent se enteró de particularidades desconocidas de su pasada vida, que lo divirtieron no poco. No tenía más que veintinueve años, estudió en Oxford y en Bon y habiendo elegido la carrera diplomática obtuvo éxitos resonantes. Nadie se acordaba de su tío australiano, pero se
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insistía en su gran intimidad con Swithin Weld y Stratford Van Boden. En Europa, Antonio Trent y estos jóvenes privilegiados y compañeros de príncipes, eran inseparables. ¡Oh, la fantasía de Natica! Probablemente aquello divertiría mucho a Van Boden y joven como era, hasta podía esperarse que le halagase el verse mezclado en el asunto de La Belle Alliance.
Trent hubo de confesar al subir a su piso que se aceleraba la marcha del corazón pensando en la señorita Dupin, a quien admiraba como «Condesa» y ante quien se extasiaba como mujer hermosa.
Ella y Sutton lo recibieron entre un mar de periódicos, y Trent bendijo desde el fondo de su alma a la señora Kinney como a un modelo de amas de gobierno. Mademoiselle Dupin estaba más elegantemente vestida y más bella que cuando la conoció como madame de Bealieu, y en todo su continente se revelaba el cumplimiento de sus instrucciones con el mayor tacto. Sus huéspedes se hallaban en su piso como en casa propia y la tranquilidad de espíritu de aquella pareja saltaban a la vista.
Durante una hora estuvo respondiendo a las preguntas que le hicieron y añadiendo pormenores que no recogía la prensa.
—¿Y qué dijeron de mi desaparición? —preguntó la Dupin cuando hubieron agotado el tema.
—No se hizo el menor comentario.
—Eso lastima el amor propio —dijo ella sonriendo.
—O demuestra la perturbación que los sucesos produjeron en aquella casa donde había tantas cosas que disimular. Las cartas misteriosas bastaban para hacer olvidar otras particularidades inexplicables.
—¿Produjeron efecto? —inquirió Sutton.
—Estuvo a punto de enloquecer de miedo. No se atrevía a estar solo un momento. Dejó el golf y se pasaba el día bebiendo. Una tarde, por poco me lo cuenta todo. Había allí un tal Brewster a quien le daba por hablar de crímenes, sosteniendo que todos acaban por ser descubiertos a la corta o a la larga, y Grant se ponía furioso al oírlo. Luego me preguntaba la opinión y, aprovechando la oportunidad, apoyaba todas las estupideces de Brewster, asegurándole que los criminales nerviosos, tardan más o menos, pero siempre acaban por delatarse.
—¿Y no llegó a confesarle nada? —preguntó la Dupin.
—En el preciso momento de ir a confiarme sus penas se interpuso su mujer, que nunca pierde la serenidad. Y después noté que su marido
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evitaba el estar a solas conmigo.
—No es probable que confiese cuando la sociedad organizada le da derecho a gozar de lo que robó al capitán Sutton. Ese hombre además no tiene conciencia.
—Pero lo he desmoralizado por completo.
—Y su confesión, tampoco tendría fuerza tratándose de un borracho —observó la «Condesa».
—Cuando llegue el momento oportuno estará sobrio y en plena posesión de sus facultades —replicó Trent—. Y no le arrancaré la confesión, sino que él mismo rogará que le permitan hacerla.
Mientras Sutton estaba preparando unos pastelillos con la ayuda de la señora Kinney para celebrar la llegada de Trent, éste mantuvo un vivo diálogo con la «Condesa» explicándole ciertas particularidades de su reciente hazaña y prometiéndole que la llevaría en una lancha alquilada a ver el barco.
El capitán Sutton, que estaba animado y hablador como nunca, contó de sobremesa con toda clase de pormenores su aventura de comparsa en el estudio cinematográfico de Fort Lee y cuanto había descubierto durante aquella semana. Tanto habló, que hubo de preguntar a Trent por qué no le atajaba y pidió mil perdones por haberlos aburrido con su charla. Hay que decir que la misma señorita Dupin estaba intrigada al ver la atención con que Trent escuchaba a su amigo, el cual afirmó seriamente:
—Le he oído a usted con el mayor placer, mas ahora he de retirarme a mis lujosas habitaciones.
—¿Por cuánto tiempo las ha alquilado? —preguntó Sutton.
—Van Boden estará aquí para Navidad y hasta entonces las tengo pagadas. Y a propósito —dijo volviéndose a la señorita Dupin—: hay que aplazar esa excursión por un día, porque mañana como con Weld para tratar de un asunto que aún no conoce.
—¿A qué hora he de estar preparada?
—A las nueve vendré a buscarla.
Cuando se hubo marchado Sutton se volvió a la señorita Dupin, diciendo con aire de la mayor preocupación.
—Al principio comprendía que necesitase la ayuda del joven Weld, para demostrar a los Grant que era persona grata; mas ahora no veo para qué. Perdone, señorita, que le hable así, pero no puedo quitarme la idea de la cabeza. ¿Cree usted que se aprovechará de la situación, quiero decir de
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la oportunidad que se le ofrece de entrar libremente en las casas de esos potentados, para hacer lo que antes hacía?
—Segura estoy de que no —contestó ella—. Piense en la ocasión que tuvo para apoderarse de todo lo robado por Redlich y ocultarlo en cualquier sitio haciendo recaer las sospechas sobre el bandido y la tripulación. No, de ninguna manera. Aquello se acabó para él. Cuando una persona como él o como yo tomamos una determinación, no volvemos a las andadas. Hay algo en su sangre y en la mía que nos lo impide.
—Necesitaba tranquilizarme —dijo Sutton—, y no tanto porque dudase de él, como por lo mucho que sentiría, con lo que le quiero, que fuese a parar donde yo estaba.
* * *
Weld se alegró mucho de ver a Trent. Al día siguiente partía para su casa de campo en Pride’s Crossing. Apenas paraba en la ciudad durante los meses de verano y Trent sabía muy bien que si estaba entonces se debía a la atracción sobre él ejercida por una artista que acababa de aceptar un contrato para filmar una película en Hollywood.
—Puesto que se va a California —le dijo el amigo— me voy a las playas del Norte.
—Pensaba que iría usted a pescar a sus posesiones de Adirondack. —Mi madre está de mal humor y yo cada día soy más extravagante. Si
quiere usted pasar una temporada en el campo será bien recibido. —Esperaba que usted también iría —dijo Trent cuyos planes
estropeaban los de su amigo.
Dispuesto a confiársele más o menos pronto, resolvió aprovechar la ocasión que le deparaba la intimidad de aquel rinconcito del restaurante poco concurrido durante el verano.
Weld era un joven rubio, con ojos azules y resueltos y un bigotito recortado sobre la limpieza de sus labios. Era hombre de pocos amigos y lo confesaba con franqueza, pero nunca le parecía mostrarse bastante agradecido por el favor que de Trent recibiera en un club de Londres, favor que le evitó el malquistarse con su tío, hombre meticuloso y rígido, que nunca le hubiera perdonado un escándalo provocado por deudas de juego. Su tío quería que trabajase y le ofreció una buena colocación en su
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banco de Boston, pero como el trabajo empezaba antes que él abandonara la cama, hubo de renunciar. No tenía temperamento para pasar horas en un escritorio. Al aire libre era capaz de cualquier cosa. En la guerra se condujo admirablemente y su familia lo contrarió al no permitirle seguir en el servicio. O le dejarían trabajar a su gusto o no trabajaría.
Trent halló preparado el terreno a su favor en la admiración ilimitada que manifestó su amigo, enterado de su reciente proeza por los periódicos de la mañana.
—Daría cualquier cosa por encontrarme en una aventura como ésta — observó reiteradamente—. Donde yo estoy nunca ocurre nada.
—Si quiere aventuras ha de buscarlas —dijo Trent con calma—. Yo he tenido muchas por el estilo y todas las he buscado.
—Creo que tiene usted sangre de bucanero —dijo Weld t riendo.
—Y usted también —replicó Trent—. Basta verle esos ojos de luchador. Se aburre usted porque no encuentra ambiente a sus anhelos en esta época de paz.
—Figúrese que querían sujetarme a una mesa del banco de mi tío creyendo que sería de mi gusto el trabajo aquél, cuando no deseo otra cosa que moverme.
—Ahora me explico que le hablase usted a la señora Bixel de mi estada entre los Grant, no comprendiendo cómo no me aburría.
—Hizo mal esa señora en recordar mi comentario. Aunque yo no tenía derecho a meterme en camisa de once varas, no comprendía cómo podía usted aguantar tanta gansada. Ahora que he leído los periódicos comprendo para qué fue usted.
—No, no lo comprende —negó Trent. Y acercándose al amigo y bajando la voz, añadió—: Fui por una razón extraordinaria y el mismo Grant no tiene idea del objeto de mi visita.
Weld observó después de vacilar:
—Me produce usted la impresión de que no quiere a los Grant.
—Los odio a entrambos —afirmó Trent—. Nunca he aceptado la hospitalidad de nadie con malas intenciones. Pero las que me llevaron a Deal Beach no podían ser peores. Fui porque había jurado que pondría a Payson Grant entre barrotes.
—¿Qué ha hecho? —preguntó Weld excitado sintiendo vagamente que estaba próximo a una aventura.
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—No tengo tiempo para explicárselo —dijo Trent, viendo que un camarero se acercaba a la mesa vecina—. Cuando llegue el momento, ¿hará usted lo que le diga?
—¿De qué se trata?
—De una empresa superior a las fuerzas de un hombre. Necesitaré gente de confianza y su casa de campo durante una semana.
—¡Puede usted disponer de ella! —exclamó Weld—. ¿No puedo yo intervenir?
—Eso es lo que iba a preguntarle.
—Cuente usted conmigo, aunque no me diga nada más.
Trent le dio las gracias con la mirada.
—¿Cuánto tiempo estará usted en Prides’ Crossing?
—No más de quince días, y menos si usted quiere.
—Me va muy bien. Para entonces lo tendré todo preparado. Le diré lo que hay que hacer. Vaya usted al campo y mándeme un telegrama a la finca de Grant, en Deal Beach, adonde volveré por una semana, rogándome que vaya a pasar unos días. Yo le contestaré preguntándole si puedo llevar conmigo a Payson Grant que está enfermo y le conviene un cambio de aires.
—¿Está enfermo?
—Lo estará.
—Perfectamente. Así lo haré. ¿En qué fecha he de poner el telegrama? —De aquí a quince días, cuanto antes. —¿Y entonces empezará la comedia, eh?
—Más bien la tragedia, que acaso le parecería a usted cruel si no supiera la verdad. No busco divertirme ni vengarme personalmente. Lo hago para sacar a un amigo de Sing Sing.
—¿Y si no lo consigue?
—Entonces iría yo por él.
—Paréceme que habré de intervenir en algo que estará al margen de la
ley.
—Todo podría ser. Está usted en libertad de acción, si no quiere comprometerse.
—Tengo completa confianza en usted —dijo Weld imperturbable—. El que ha llevado a cabo esa complicada hazaña de Deal Beach, saldrá airoso de cualquier empresa por difícil que sea.
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—Gracias, Weld; necesito un hombre de su entereza. ¿Qué situación tiene su finca?
Trent sabía que las fincas en Adirondack solían estar más o menos apiñadas, circunstancia que ofrecía muchos inconvenientes.
—Es una casa vieja que pertenece a mi tío, pero que yo me apropio. Tiene veinte habitaciones y está separada de toda otra construcción por una superficie de varios kilómetros. Hay campo de tennis, piscina, basquet y todo lo que quiera.
—¿Será fácil ocultar en ella a dos hombres?
—Sí, mientras no se le ocurra a Grant explorar la casona.
—Juraría que no lo intentará. No se atreverá a hacer ninguna clase de exploración.
—¿Tan gravemente enfermo cree usted que estará?
—No tema que sea a consecuencia de castigos corporales. Siento no ser con usted más explícito, pero es que aún no sé cómo se desarrollará mi plan. Confíe en mí hasta que nos veamos allí, ¿quiere?
—En absoluto.
Se despidieron. Weld estaba gratamente impresionado y se prometía pasar quince días de playa sin aburrirse, pensando en la aventura que le esperaba.
Antonio Trent fue paseando hasta la calle Cuarenta y Seis, tan conocida por las producciones cinematográficas que en ella florecían. Sabía por la etiqueta de un sobre que recibió en Inglaterra que las «Producciones Horacio Weems» estaban situadas en un gran edificio al lado sur de la calle.
El tal Horacio estuvo con él en Dartmouth, que abandonó sin graduarse. Era de esos hombres que hacen una fortuna o se estrellan irremediablemente. Tuvo un negocio de aceros que le produjo medio millón. Luego quebró y hubo de vender a Trent sus posesiones de Kennebago Lake, en Maine, y desde entonces Trent le había prestado importantes cantidades.
Una carta de Weems recibida en Inglaterra, le anunciaba la posibilidad de pagarle pronto las deudas con la fortuna que esperaba hacer estableciendo las «Producciones Horacio Weems». Pero no era el dinero ni las deudas lo que llevaba a su estudio a Antonio Trent.
Al leer su tarjeta salió corriendo como una bola sudorosa y después de estrecharle la mano, retrocedió gritando: «¡Eh, muchachas, éste es el
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camarada de quien os hablaba!».
Volvió con dos muchachas bonitas a quienes presentó como dos artistas, principales intérpretes de sus comedias. El episodio de Deal Beach lo había entusiasmado y hablaba por los codos.
Trent escuchaba con paciencia. Las artistas, que ni eran tan jóvenes como parecían, ni seguramente gozaban de gran prosperidad ni podían confiar que Weems las llevase a la opulencia miraban a Trent con cierto respeto.
—Hemos de llevarlo a Fort Lee para que vea lo que hacemos — decidió Weems—. ¿Trae su coche?
—Puedo pedirlo —dijo Trent.
Weems lo miró con envidia, pensando que quien podía sostener un coche tan lujoso con un chófer de librea y vivir con los Grant había de ser muy opulento. Mil quinientos dólares serían para él una friolera y lo que le adeudaba debía tenerle casi sin cuidado. No llegaba a comprender a Antonio Trent. ¡Qué hombre! Jamás hacía ostentación de nada y siempre daba sorpresas a los amigos. Cuando le pagó la finca de Kennebago se sacó del bolsillo un fajo de billetes como si tal cosa y nunca hasta entonces le había hecho hombre de tanto dinero.
A veces tenía sus dudas de que llegase a prosperar en aquel negocio y ya que tenía la suerte de ir a Fort Lee en aquel automóvil que lo menos costaría quince mil dólares, cuando no le quedaba ni un céntimo, quiso aprovechar la ocasión.
—Antonio, hijo mío —dijo volviéndose en su asiento—, es usted mi socio capitalista en las «Producciones», no lo olvide. Todo es ganancia y sin ninguna obligación.
Las muchachas vieron el cielo abierto al observar que el dueño del automóvil sonreía, como acostumbraban hacerlo los millonarios que tienen intención de poner dinero en un negocio. Weems siguió exponiendo sus deseos de ir al Oeste a impresionar algunas películas, porque en el Este era imposible trabajar al aire libre y sus comedias eran precisamente de un gran movimiento en un marco exterior. Si Trent quisiera, podría ser uno de los magnates del film y ganar el dinero a espuertas. Habló mucho barajando cifras y calculando las ganancias que pasarían al bolsillo de Trent, pero no lograba adivinar el efecto que producía en éste su elocuencia y cuando ya pasaban por delante de la tienda de David More, después de una pausa gritar:
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—¡Por amor de Dios, Antonio! ¿No dice usted nada?
—Ya lo pensaré. Antes quiero ver cómo se hacen las películas.
Weems se animó.
—Verá usted cuanto se hace en el estudio. Son amigos míos —declaró el otro, contento de que en aquel momento se estuviera impresionando una importante obra en la que tomaban parte famosas artistas y directores de nota. Presentaría a Trent como al héroe de quien se ocupaban en primera página los periódicos, y cuando Trent no pudiera oírle diría que se había asociado con él lo cual bastaría para que le perdonasen el pago del alquiler por otra semana.
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¿Qué ve? —preguntó la joven.
Pero se llevó un desengaño cuando Trent rehusó aquella presentación en grande y habló de ello en son de queja a las muchachas.
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—¿Qué os parece? Lo hubiera presentado a los principales aunque yo no los conozca, y no quiere. ¿No lo veis? ¡Lo que más le interesa es la tramoya! ¡Qué hombre!
¡Trent estaba perdiendo el tiempo en preguntar cosas a un director técnico, en vez de conversar con una estrella!
—Debe de ser rico —dijo una de las muchachas.
—¿Si es rico? Un tío le dejó hará diez años la mitad de Australia. A mí me compró la finca de Kennebag. ¡Ah! ¡Si me hubierais conocido entonces!
—Mire, Horacio. El empresario del estudio está ahora hablándole. —He de decirle que ha ingresado dinero —dijo Weems algo
preocupado respecto a un inmediato porvenir—. Si me aliviase de las cargas que aquí tengo, podría pagar a todo el mundo; pero si me apuran demasiado, lo perderán todo.
El empresario del estudio dijo sencillamente que si el señor Trent tenía participación en las «Producciones Horacio Weems» se haría responsable de las deudas financieras.
—No, señor —dijo Trent lacónicamente—. La Compañía no tiene más que ganancias sin ninguna obligación, según el señor Weems.
—Está atrasado en el pago del alquiler del estudio de la semana pasada. Puede examinar el contrato.
Trent examinó las cuentas, fue al despacho del empresario y saldó la deuda. El empresario era un hombre cordial y le enseñó toda la casa mientras le manifestaba sus anhelos de poner una superproducción por su cuenta tan pronto dispusiera de dinero. Lo malo en aquella industria era el retraimiento del capital, que se extremaba por aquel entonces, de una manera que se podía presentar ocasión más propicia para que un hombre arrojado pudiera hacer una fortuna, ya que el público estaba pidiendo grandes películas… Él le diría las producciones que deseaba y con su conocimiento de la técnica y del negocio saldrían a un coste razonable. Habló de un producción de 185.000 pies de cinta en cinco rollos. El empresario había estudiado la economía. Compadecía a quienes se habían metido en aquel negocio sin experiencia. «¿Y dónde están hoy día?». Repitió la pregunta, y Trent vióse obligado a confesar que lo ignoraba. El empresario afirmó que aquella era la más acertada contestación, pues tampoco él lo sabía.
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—¡Eh! ¿Adónde va usted? —le gritaba poco después Weems, que ignorando que le habían pagado las deudas del alquiler, temía que se le escapase la fortuna.
—Voy al pueblo. Dentro de media hora estaré de vuelta.
David More estaba acabando de leer el folletín de una revista cuando le sorprendió la entrada de Antonio Trent, cuya última proeza lo tenía entusiasmado.
—Otra comisión —le dijo cuando se hubieron retirado a la trastienda
—. Vaya a Tarrytown y tome un automóvil para todo el día. Deseo alquilar por el menor tiempo posible y cueste lo que cueste una casa con muchas tierras a orillas del Hudson. Al norte de Ossining recuerdo haber visto algo que tal vez me convenga. Aquí tiene dinero por si hay que depositar fianza. Yo iré a firmar el contrato cuando usted haya visto tres o cuatro entre las que poder elegir. Recuerde que ha de tener una gran extensión de terreno y ha de quedar muy apartada de toda otra vivienda y que desde ella se ha de gozar de una vista ininterrumpida del río.
Cuando Trent volvió a ver a Weems, le pareció que era otro. Estaba acabando de filmar una comedia que tenía sus momentos de gracia, y el mundo era demasiado pequeño para él. Las dos muchachas que le habían acompañado en el coche parecían «millonas», según frase del mismo Weems. Este dirigía, con lo cual se ahorraba quinientos dólares la semana. Aseguraba que su «cameraman» era el mejor del mundo, de lo cual difirió Trent que los más famosos producers, como Chaplin y Pickford, no tardarían en disputárselo.
—Lo que cuesta más trabajo de las películas —decía Horacio Weems
— es venderlas; pero precisamente en eso me pinto solo. Soy capaz de vender cualquier cosa menos a mí mismo. No se dirá que no soy modesto. Hijo, no puedes apreciar aun la suerte que he hecho. Cuando hayamos terminado estas comedias empezaremos algo de más importancia. Yo no he nacido para director de comedias, aunque éstos se empeñan en que es mi especialidad. En adelante, producciones de gran metraje. El porvenir es de los que producen grandes espectáculos.
—¿Y allá qué película están impresionando? —atajó Trent.
—Una especial de seis rollos. Una historia de ladrones. Vaya a verlo. Diga que es mi socio y le permitirán la entrada.
Pero fue el mismo empresario del estudio quien lo presentó al director y a los artistas y respondió a las muchas preguntas que le hizo. Y hasta le
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presentó, escrito a máquina, un informe de los gastos y beneficios de una producción. Trent pudo comprobar que la atmósfera de los estudios engendraba un optimismo desconocido en otras industrias. También este empresario tenía el mejor cameraman del mundo.
Al volver a las habitaciones de Van Boden, Trent poseía vastos conocimientos de la industria cinematográfica. Aunque su dinero le había costado, le parecía barato el resultado obtenido.
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CAPÍTULO XV
CONFESIONES
rent alquiló para la excursión marítima la misma lancha de que se Thabía servido para llevarse de Long Island el zafiro Edgcumbe, cuyos propietarios lo consideraban un señor adinerado aficionado a la pesca.
Durante las primeras millas del viaje hubo una cierta tensión entre él y la Dupin. Esta había resuelto no pesar más sobre Trent, que ya tenía bastantes obligaciones y aunque no sabía cómo decírselo, pensaba que no se le presentaría mejor oportunidad, y el joven por su parte deseaba saber algo más de la vida de aquella muchacha a quien apenas conocía. Con una esmerada educación, hablando correctamente varias lenguas, se vio envuelta en un ambiente criminal que tal vez influyera en su futuro. Era demasiado encantadora para no llamar la atención y sus divinos ojos no podían olvidarse, una vez vistos. Habría de vivir aceptando ocupaciones humildes, ya que era muy difícil encontrar protectoras como Natica Grant, y Trent estaba seguro de que la joven se negaría a seguir bajo sus auspicios.
No tardaron en divisar un vapor que am rizaba a media marcha.
—¡El Brabant! —exclamó Trent. Y ordeno al maquinista que se acercara todo lo posible—. Hice en él mi último viaje y me encontré con un sobrecargo muy interesante, a quien pienso utilizar dentro de poco. De aquí a veinte días estará de vuelta.
Mademoiselle vio que tomaba nota, y atribuyó los éxitos de aquel hombre a sus procedimientos metódicos.
—Pasé un cuarto de hora infernal en ese vapor cuando me embarqué en Dover —dijo Trent, y luego contó a su compañera las sospechas de que había sido objeto por parte del sobrecargo.
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—Esa es la tragedia de nuestra vida —observó ella pesarosa—: vernos siempre expuestos a temibles interrogatorios.
—Ya lo sé y no puedo librarme de tan terrible preocupación temiendo siempre perder la libertad y viéndome obligado a llevar una vida retraída. Antes gozaba de ciertas expansiones propias del hombre sociable, me gustaba salir, hacerme notar, conocer gente.
—¿Y ya no le gusta esa vida?
—He de refrenar siempre mis deseos y vivir continuamente alerta y sospechando de todo el mundo aun de los hombres en quien debía confiar. Ahí tiene usted el caso de Sutton. Me había dado motivos para poner en él toda mi confianza y dudé de su nobleza.
—¿Y yo no soy digna de confianza? —preguntó ella.
—Usted es diferente —contestó—. Usted puede comprender porque ha sufrido por la misma causa. Por eso podemos ser buenos amigos. Sutton no comprende que yo, con mi pasada historia, pueda conducirme como un hombre honrado en adelante. Probablemente piensa, como el común de la gente, que la cabra tira al monte. Se ha escrito mucho sobre el perdón, pero perdonar no es olvidar, sino tener confianza. En su caso, por ejemplo, yo estoy seguro de que no volverá usted a las andadas. ¿Pero a cuántos hombres de vida más recta que la mía, podría usted convencer? Los prejuicios de la sociedad retienen en la delincuencia a muchos que desean salir de ella.
—Creo que se equivoca usted respecto a Sutton. Me parece que tiene en usted absoluta confianza.
—Lo malo es que yo nunca podré creerlo.
—Y sin embargo dice que cree en mí.
—Es otra cosa. En esto entran varios elementos difíciles de explicar. Trent se calló de repente, asaltado imagen del capitán Monmouth. —¿Se divirtió usted mucho en casa de los Grant?
—Al principio estaba muy intranquilo porque en cada invitado veía un detective y aun me figuraba que el mayordomo era un agente de Scotland Yard que se mostraba solícito conmigo para cogerme en la trampa.
—Expiamos nuestras culpas en la cárcel fuera de ella.
—No hablemos de cosas tristes. La invité a este paseo para animarla y los dos nos ponemos de mal humor.
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—Nada de eso —dijo Trent secamente.
Y esto diciendo enfocó los gemelos.
—¿Qué ve? —preguntó la joven.
—La Belle Alliance, allá en lontananza.
—¡Qué grande parece! —observó ella cuando llegaron mis cerca. —Los periódicos de esta mañana dicen que la tempestad acabó por
dejarlo en seco.
Gran número de canoas rodeaban el barco embarrancado que mostraba la mole de su casco como un colosal monstruo marino que hubiera ido a
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morir sobre la arena. Por tierra andaban muchos curiosos acompañados por un vigilante desconocido, pero no se veía a nadie de la casa de Grant.
—No sé si la señora Grant volvería a tomarme —dijo la Dupin cundo regresaban.
—¿Pero desea usted volver? —preguntó él con extrañeza.
—¿Por qué no? No voy a vivir toda la vida en su piso. Bastante hizo salvándome. Dios quiera que pueda agradecérselo un día.
—No hablemos de eso. Si no quiere usted seguir viviendo en mi casa no puedo oponerme a sus deseos, pero no vuelva aun a Deal, pues podría estropear mis planes y hacerse sospechosa. Quédese con la señora Kenney y con Sutton hasta ver en qué para esto. Se lo agradeceré, ya que su presencia anima al capitán que siempre estaba muy abatido.
—Si puedo ayudarle es otra cosa, pero sospecho que me lo ruega por un exceso de generosidad.
A entrambos les ganó un deseo de confiarse mutuamente. Trent estaba decidido a buscar la manera de evitarle en adelante tener que vivir al servicio de la gente rica.
—A veces —dijo ella— me mira usted como si desease que le contara algo de mi vida.
—No sabe cuánto lo deseo, pero no me considero con derecho a preguntarle.
—Ya me figuraba que le gustaría que le contase algo. Mi padre era ruso y mi madre francesa. Los perdí siendo niña. Me eduqué en un convento de París. Mi tutor era el coronel Ogilvie, compañero de mi padre en el ejército ruso. Nuestra hacienda nos dejó poco dinero cuando nos fue confiscada por las tendencias liberales de mi padre. Pero al reunirme con el coronel Ogilvie y su amigo el conde von Schonbrunn en Cannes, resulté ser una gran heredera. Apenas contaba dieciocho años. Me alquilaron una casa magnifica que en realidad era un establecimiento de juego, aunque yo lo ignoraba, y como en Cannes, en Niza y en Pan hay muchos turistas ricos, se sacaba provecho de la casa, hasta que la cerró la policía. Nos trasladamos a Niza, donde se produjo otro escándalo por razones de juego. Puede usted dejar de creerlo, pero yo ignoraba por completo lo que pasaba y mi educación conventual me enseñó a ser obediente a mi tutor. Antes de los veinte años me casé con el conde de Beaulieu. Me creía rica y a él se le consideraba el heredero de una familia opulentísima. Pero no tenía nada y
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cuando todo se puso en claro, me abandonó. Me enteré de su muerte mientras estaba usted en Old Weastbury.
—Ya recuerdo —dijo Trent, pensando en la extraña manera con que la repudió el capitán Monmouth cuando estaban a punto de casarse.
—Cuando me vi abandonada y supe quién era mi tutor, me junté a la banda sabiendo perfectamente cómo y de qué vivían. Pasé una temporada en Londres y luego vine aquí. Me dominaba un espíritu vengativo contra todos los hombres. Aquí ya pudo usted ver quién era yo. Eso es todo.
Deseaba Trent saber su nombre antes de casarse y se lo preguntó. —Mi nombre de pila es Vera Soniovski. Ya sabe usted que en Rusia no
hace falta ser de sangre real para gozar el título de princesa; basta pertenecer a la más alta nobleza. El príncipe Soniovski, mi padre, era uno de los terratenientes que se atrevieron a ostentar su amistad con León Tolstoi. Por eso perdió su hacienda y me vi en la pobreza.
—Si Natica supiera que es usted una princesa le daría el sueldo que le pidiera.
—Si ella lo supiera también lo sabría la policía.
—¿Vive por aquí alguno de sus asociados de la Riviera que pueda reconocerla?
—Lo ignoro. El coronel Ogilvie y von Schonbrunn murieron en la guerra, y madame de Berlaymont, que vivía conmigo en Long Island, está en la cárcel. Creo que el único peligro es la policía.
Se acomodó bien en su asiento y se quedó mirando al mar. Trent pensó qué particularidad de su pasada vida estaba recordando o tratando de olvidar. Hubiera dado cualquier cosa por saber en qué estado habían dejado su corazón los dos hombres que amó. Probablemente sería una muchacha romántica cuando se casó con de Beaulien, y cuando estuvo a punto de hacerlo con el capitán de lanceros, acaso la amargura de su alma fuese superior al amor de su corazón. De todos modos habían transcurrido cinco años y Dios sabe las cosas que habrían pasado.
—¿Dónde estaba usted antes de entrar en casa de los Grant?
—Vivía en New England con aquella vieja sirvienta que usted debe de recordar. Cuando murió puse un anuncio en los diarios de Nueva York. Y a propósito —añadió tras un breve intervalo—: ayer leí algo referente a usted que me interesó mucho.
—¿Puede saberse qué fue? —preguntó él, adivinando a qué se refería, y más viendo que ella vacilaba en contestar.
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—Temo parecerle impertinente, señor Trent. —¿Después de tantas cosas que le he preguntado?
—Hablaban de cierta señorita aristócrata a quien estaba usted prometido.
—Es verdad —asintió él con calma—. Algún día tendré ocasión de hablarle de las circunstancias que me llevaron a su casa… Es una historia que parece inverosímil si no se conoce toda.
—Dicen que murió de repente.
—Cierto. Jamás he hablado de esto. Cuando lo recuerdo, me parece un sueño. Una de esas familias inglesas retraídas que no se tratan con extranjeros ni abren sus salones a los ricos, me acogió con extraordinario afecto. En su seno experimenté toda la angustia que causa el trato de confianza que uno no merece. En vano hui del amor, era más fuerte que toda mi vida. Me sentía a salvo en aquella casa como un barco que encuentra el puerto después de una tormenta. Nadie sospechaba de mí ni preguntaba nada. Sólo lo hicieron mis paisanos, porque no figuraba en los registros de la alta sociedad americana… Dudo que nadie llegara a entenderme si le dijese que di gracias a Dios de que ella muriese en la más absoluta ignorancia de mi vida. Tampoco lo hubiera creído. Con frecuencia quería hablarle y no me escuchaba creyendo que quería confesarle algunas deudas de juego. No estaba dispuesta a creer que su amado era un ladrón profesional, y no por orgullo, sino porque el amor ahuyentaba de su alma toda duda.
Antonio Trent calló recordando con doler aquel día fatal en cue su novia se desnucó. Luego contó la desgracia con la sobriedad impuesta por la renovada pena.
—Y con todo me alegro de que muriese entonces, porque el saber la verdad hubiera sido para ella peor desgracia que la muerte. Su padre tenía grandes propiedades en Australia, donde hubiéramos ido a vivir. Hombre avisado como era creo que pensaba que yo ocultaba algún secreto. A veces creo que hubiéramos podido vivir sin que una nube ensombreciese el cielo de nuestro amor. Pero su encuentro con Pede Redlich me hace pensar que, por mi parte, nunca hubiera podido estar tranquilo.
No volvieron a hablar hasta que la lancha llegó al embarcadero.
La dejó a la puerta de su casa de Central Park, diciendo:
—No me hallo en buena disposición de subir esta noche a charlar un rato. Le agradezco que me haya escuchado con paciencia.
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Le estrechó la mano y se volvió bruscamente.
—Comme nous sommes organises pour le málheur! —suspiró ella.
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CAPÍTULO XVI
TRENT, EMPRESARIO DE CINEMA
na de las cinco casas elegidas por David More reunía las Ucondiciones convenientes. Era un viejo casón de dieciséis habitaciones, rodeado de veinte acres de tierra y de exigua renta, debido a las reparaciones que estaba reclamando.
Lindaba por Poniente con una escarpadura al pie de la cual pasaba el tren, y una escalera de piedra conducía desde la casa al Hudson, donde se salía por una puerta de hierro. Una de las cosas que más agradó a Trent fue un jardín de una cien yardas de superficie con una glorieta en el centro desde de donde era invisible la casa y la carretera, mientras que se dominaba el ancho río.
—Busco el retraimiento —dijo Trent al agente.
—Aquí lo encontrará —afirmó éste—. Nadie podrá verle ni tendrá vecinos. La finca está rodeada de una verja de hierro y tiene una salida al rió que podrá usted utilizar. Si quiere comprarla se la daré a buen precio. Si desea vivir rodeado de tranquilidad y también de belleza, tómela. En cuanto al servicio de trenes no hay otra cosa mejor.
Trent le alargó un cheque para poner dique a su elocuencia.
—¿Puede usted dejar la tienda por dos semanas o quizás más tiempo? —preguntó a More.
—Por todo el que usted quiera —contestó éste—. Precisamente estoy engordando demasiado por estar sentado y chupando caramelos.
—Es preciso que se instale aquí y arregle un poco esto. Ya hay bastantes muebles y sólo habrá de traerse un colchón. No quiere que venga nadie más, ni siquiera su familia. Vaya a comprar al pueblo lo que necesite y procure que los tenderos no le traigan nada. ¿Está claro?
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—Como la luz del día. No entrará nadie. Además me conviene un poco de ejercicio.
—Y estaré de vuelta dentro de unos días. Mañana por la mañana ha de estar usted instalado…
La cualidad que más apreciaba Trent en More era su falta de curiosidad. Ninguno de sus encargos dejaba a aquel hombre sorprendido.
A las tres de la tarde se detuvo Trent ante la casa de piedra morena donde vivía Clarke. También tuvo que esperar algún tiempo a que el ex director lo recibiese en su piso superior.
—¡Entra, hombre! —exclamó jovialmente. Y rechazó a su mujer—:
He de hablar a solas con este mozo. No nos haces falta.
Bajó una botella del sobrado misterioso y anunció:
—He hallado el secreto del Benedictino. Pruébalo.
Trent hubo de refrenar sus impulsos para no afearle sus deplorables aventuras entre los licores y se resignó a escuchar durante algunos minutos los báquicos elogios del entusiasta bebedor.
—Clarke —observó de repente—, ¿nadie te ha dicho que pareces un polizonte?
—Es una gracia que Dios me ha dado. ¿Por qué?
—¿Quieres ir bajo, por poco tiempo, pero bien pagado?
—¡Ya lo creo! ¡No estará poco contenta mi mujer! Pero un tengo que estarme aquí una semana. Se rata de un experimento para obtener un vino espumoso.
Trent se pus serio como nunca el otro lo viera.
—¿Le he pe ido nunca algún favor?
—No, hijo, nunca me has pedido nada y podías haberme pedido todo. ¿Qué quieres?
Antonio Trent le estuvo hablando diez minutos, interrumpida por frecuentes preguntas del otro, en quien se revelaba siempre el periodista.
—¿Que si lo haré? —dijo cuando Trent acabó de hablar—. ¿Cómo puedes dudarlo?
—¡Qué peso me quito de encima! Cuando todo esté a punto, le telefonearé y le mandaré el coche. Diga usted a su mujer que se va de excursión conmigo, si ha de estar con pena.
—Mucho me temo que se presenten dificultades. Supongamos que no cae en el lazo.
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—Pues me habré fastidiado —confesó Trent—. Ya sé que el asunto no es lo que se llama un acto legal, pero podemos llevarlo a cabo con éxito, y en este caso no hemos de preocuparnos. La gente se echa sólo encima de los que, trasgrediendo las leyes, fracasan. Si tanto peligro hubiese, no les comprometería ni a usted ni a los otros.
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Y vió que su compañero estaba mirando curiosamente una carta.
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—Debe estar hecho un pájaro de cuenta —comentó Clarke—. En el proceso demostró tener la piel dura.
—Está muy cambiado. Se muestra sensible al miedo que le inspira la idea de venganza como un niño. Por el hecho de que Sutton haya logrado burlar a la policía desde la fuga, le atribuye intenciones de criminal y de asesino que Frank nunca ha abrigado. Yo le inculqué la idea de que Sutton lo vigila siempre esperando el momento de dar el golpe.
—¿Bebe mucho?
—Más de lo que puede soportar, pues nunca fue bebedor.
—¿Toma estupefacientes?
—Sí, pero no morfina ni otras drogas usuales. Se queja de insomnio y su mujer se inquieta al verlo desmejorado. Era un hombre guapo.
—Es tan mala como él.
—Puede ser tan culpable como su marido, pero sabe dominarse, y esto me molesta. Pero no se figure que se librará del castigo. No sueña más que en poder entrar en una esfera social más elevada, pero tendrá que apurar el cáliz de la amargura.
Clarke apuró otra copita de licor y se mostró sorprendido de que su amigo rechazara su invitación.
—Te daría una botella para que te la llevases, pero serían capaces de pincharte los neumáticos de ese lujoso automóvil que llevas. Hijo — añadió pensando en la vida de gasto que hacía Trent—, estás derrochando una fortuna estos días.
—He vivido dos años de mi paga de soldado —dijo Trent—, y a mi regreso hallé un balance bastante favorable.
Después de almorzar, Trent se dirigió al estudio Fort Lee, donde halló a Weems muy excitado. Había estado a verle un fotógrafo de «Noticias de la Semana», y al no encontrarle dijo que volvería al día siguiente por la mañana. Ya había tomado fotografías de la casa de Grant y de La Belle Alliance, y ahora le fallaba el retrato del héroe del suceso. Él se pondría al lado de su socio. Al pie de la fotografía se leería: «Antonio Trent, el Héroe de la Aventura de Deal Beach y su socio, Horacio Weems (de las Producciones Horacio Weems)».
—Nada de eso —dijo Trent secamente.
—¿Pero no comprende usted que nos ahorramos diez mil dólares de propaganda?
—No quiero propagandas.
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Weems se quedó tan desconcertado, que pensó morir. ¡Cuándo veía el cielo abierto para acoger en nimbo de gloria y de oro de sus dos comedias! En qué pensaba, pues, Antonio Trent al desprenderse de su dinero.
Antonio Trent no pensaba por entonces más que en hablar con el director técnico.
—¿Cuál de esos carpinteros de quien usted quiere prescindir me recomienda?
—A los cuatro —le contestó el director técnico—: Stafford, Clancy, Cleveland y Dale. Pero no debe de contratar usted a nadie, señor Trent. Cuando su socio alquila el local, lo paga todo: luz, pintura, tramoya, etcétera.
Cuando se volvió a hablar con un «cameraman» pensó que el empresario hacía bien en acompañar con el conserje a un hombre que entendía tan poco de aquellas cosas como Antonio Trent.
Pero cuando los señores Stafford, Clancy, Cleveland y Dale recibieron con la paga la despedida, encontraron al instante en Trent un nuevo amo muy interesante en una producción. Y hasta creyeron que sería una lumbrera en el mundo del film. Como los cuatro vivían en Upper Harlem estaban muy contentos de no tener que volver a pasar el río cada mañana.
Stafford era el capataz, un mecánico inteligentísimo que aspiraba a ser algún día director técnico. Las condiciones del contrato eran tan ventajosas, que nadie se atrevía a preguntar por la clase de trabajo a que se les destinaba.
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CAPÍTULO XVII EL SEGUNDO ASALTO A DEAL BEACE
n la segunda visita de Trent a casa ce los Grant, encontróse con otra Eclase de invitados. De los antiguos sólo quedaba Catalina Holland, que traje consigo a dos amigas de distinguida familia, y el sexo masculino estaba representado por gente joven.
Payson Grant acogió a Trent con verdadera efusión, porque aquellos jóvenes no satisfacían su anhelo de compañía.
La Belle Alliance había sido puesta a flote aprovechando la más alta marea del año y Redlich y sus compañeros aun tardarían en ser juzgados.
Uno de los problemas que más preocupaban a Trent era el modo de hacer llegar a Grant otro mensaje sin despertar sospechas, ya que por un proceso de eliminación podría descubrirse la coincidencia con su permanencia en la casa. No tenía prisa y esperaba que se le presentaría una oportunidad.
Como en su primera visita, le sorprendió el lujo desplegado por sus huéspedes con las riquezas de Sutton. Habíale asegurado un abogado que la posición de Natica era firme, ya que la cesión de bienes se hizo voluntariamente y sin coacción alguna. Trent no creía que el segundo marido estuviera más seguro en la estimación de la mujer que el primero. Natica disimulaba menos cada día su enojo.
Una tarde, después de comer, como Catalina Holland se quejara de dolor de cabeza, Trent la invitó a dar un paseo por los bosques de Lakewezd. Al volver la verja estaba cerrada como siempre y Trent hubo de bajar del coche para abrir. Mientras lo hacía pasó un desconocido y le preguntó por el camino de Ahnelt Hall. Trent le señaló una dirección.
—Pensé que era un vagabundo —dijo Catalina Holland—. ¿Qué quería?
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Y vio que su compañero estaba mirando curiosamente un sobre que tenía en las manos.
—Me ha preguntado por dónde caía Ahnelt Hall, pero creo ha sido una excusa para dejarme esta carta que está dirigida, según veo, a Grant. Ya se la podía entregar él mismo.
Miss Molland indicó un letrero en que se advertía a la gente contra los perros.
—Son muchos los que les temen —dijo con desprecio.
Cuando Trent salió del garaje de dejar el coche vio que Grant le hacía señas desde el portal de la casa. Ofrecía un aspecto lamentable.
—Dice Catalina Holland que le han dado una carta para mí.
Trent se la alargó. Grant la con mano temblorosa y ni siquiera le dio las gracias. Todo salió a pedir de boca y Trent estaba satisfecho de haber llevado la carta encima por si se presentaba la ocasión.
Payson leyó la carta en la biblioteca, donde nadie podía verlo. Era de Sutton, como temía.
»Te me escapaste entonces por la inconsciente intervención de tus amigos. De lo contrario estarías camino de Buenos Aires en “La Belle Alliance”. Si lo dudas, lleva el asunto a los tribunales. Nos veremos el día diecisiete. No tienes más escapatoria que una completa confesión.
»F. W. S.».
El mayordomo llegó corriendo a dar la noticia. Su amo, sofocado por el calor, se había desvanecido en la biblioteca, y deseaba ver un momento a Antonio Trent.
—Voy en seguida —dijo Trent echando a correr.
—Quería hablarle de esta carta —empezó Grant haciendo visibles esfuerzos por aparecer sereno—. No acabo de entenderlo. ¿No se fijó usted en el hombre que se la entregó?
—Lo vi perfectamente —contestó el otro con viveza.
Grant se turbó.
—Es raro —murmuró—. Catalina dice que no podría reconocerlo; sólo vio que era un hombre de gran estatura.
—Miss Holland estaba en el coche y no pudo verlo. Yo pude examinarlo perfectamente porque estaba en la zona de luz de los focos.
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¿Se trata quizá de un chantaje o algo por el estilo?
Grant moví la cabeza y trató de sonreír.
—No mera curiosidad —contestó. Y luego, como reparándose para recibir un golpe, preguntó las señas del desconocido.
—Era un poco más alto que usted y muy ancho de espaldas, pero algo pálido, nariz aplastada y ojillos grises. Tiene un corte en la ceja izquierda. Me pareció un tanto desequilibrado.
Trent observó que se iban demudando las facciones de Grant como si sufriese horriblemente y estuviera a punto de desmayarse otra vez; pero pronto vio que se recobraba y decía:
—El calor me abate y me quita el sentido. No puedo jugar al tennis con esta temperatura. Nunca me ha probado la playa y por mi gusto pasaría el verano en la montaña, pero Natica no quiere escucharme.
—¿Reconoce usted al hombre de la carta? —preguntó Trent, volviendo al tema.
—Deseaba saber si me era conocido —contestó Grant evasivamente
—. En la carta se me pide dinero. No sé por qué ha de permitir la policía que le molesten a uno de esta manera. ¿A cuántos estamos?
—A catorce. ¿Puedo hacer algo por usted? —Si quiere mandarme a Thorpe…
Persuadido como estaba de que si los criados le sirvieran con la debida diligencia ya estaría detenido Sutton hacía tiempo, cuando se le presentó el mayordomo lo miró como una bestia acorralada que se le fuera a echar encima.
—¿Siguen ustedes registrando cada noche el jardín?
—Sí, señor, como toda la casa, desde los sótanos hasta el sobrado. —Voy a tomar una determinación con usted por su falta de celo —
gruñó el amo. Tenga un especial cuidado en la vigilancia esta noche. Diga a la señora que venga en seguida y póngame en comunicación con este número.
Natica entró al momento. Lo único que sabía del asunto era que Trent o la Holland le habían entregado una carta con la que desapareció en seguida.
La leyó y quedó convencida de que Sutton rondaba la casa de cerca. Aunque procuró no exteriorizar su nerviosidad estaba hondamente contrariada y temiendo que de un momento a otro se derrumbasen sus
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castillos de grandeza. Cuando sonó el teléfono no pudo evitar un vivo estremecimiento.
—Llaman de Sing. Sing. Voy a ponerle al corriente de lo que pasa.
Su mujer consideró una imprudencia que su marido explicase sus cuitas por teléfono. Por fin Grant colgó el aparato y se volvió diciendo:
—Se empeñan en que esto es asunto de la policía de Jersey y que el Estado de Nueva York no puede intervenir. Tendré que dejarme asesinar por estúpidos tecnicismos.
—¡Claro! Has de avisar a la policía local.
Pero no quedó más satisfecho cuando puso en conocimiento de la autoridad que rondaba por la vecindad de su finca un hombre por cuya captura se ofrecía una importante recompensa.
—Ya estoy harto de vivir aquí. Todos los hombres me parecen Suttons disfrazados. ¡Vive Dios, Natica! ¿De qué sirve la policía si no pueden cogerlo? Hace un momento estaba a menos de cien metros de mí y acaso ahora esté más cerca. —Y pasó una mirada de temor por la espaciosa sala.
—Todo esto acabará conmigo. Estoy acorralado. ¡Pensar que ha venido a raptarme con un barco! Te digo que Frank ha de tener dinero en algún banco, y mientras la policía va en busca de un pordiosero estará viviendo mejor que nosotros.
—No traces ningún plan hasta mañana —le aconsejó ella— pero si te has de sentir más seguro, trasládate a otra habitación esta noche.
Negó él con la cabeza. La droga que solía tomar sin que Natica lo supiese empezaba a producir sus efectos, consistentes en ahuyentar sus temores. Poco antes de entrar su mujer se había tragado una píldora. Pronto sintió como si de su cabeza se desprendiese toda idea de preocupación y al cabo de un rato ya ni se acordaba de Sutton.
Al día siguiente despertó con la cabeza dolorida y una horrible sensación de náusea, pero la temible noche había pasado. Recelando que cometiese alguna imprudencia, Natica quiso recibir personalmente a la policía enterándose de que habían dado una batida por los alrededores sin resultado alguno.
Esto confirmó a Grant en su creencia de que Sutton no era un vagabundo sino un hombre de recursos y por tanto doblemente peligroso. Estaba muy contento de tener a su lado a Trent, a quien consideraba su salvador y tenía por hombre valiente que lejos de temer el peligro lo
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buscaba; hombre, en fin, en quien podía confiar en caso de verse acometido.
Con él estaba hablando cuando entró un lacayo con un telegrama. Grant retrocedió como si fuese otro mensaje de su enemigo y suspiró con alivio cuando Trent desplegó el papel.
—Es de Swithin Weld —anunció—. Me invita a pasar unas semanas con él en su posesión de Adirondack. La circundan miles de acres de tierra y todo está completamente cercado. A mí personalmente me encanta la quietud del campo. Supongo que usted se moriría allí de aburrimiento.
Payson Grant miró a Trent con aire de reconvención. ¿Cómo podía decir semejante disparate, cuando estaba ansiando aislarse de todo el mundo?
—Hoy estamos a quince —dijo Trent—. Puedo partir mañana dando por terminada mi visita. He pasado unos días muy agradables en su compañía, señor Grant.
Éste recordó la fecha fatal. Trent no estaría el día diecisiete para salvarlo.
—Puede usted considerarse dichoso contando con tan buenos amigos —dijo con amargura—. Yo he de permanecer aquí de grado o por fuerza. Le confieso a usted, Trent, que estoy enfermo. Nadie tiene idea de lo que sufro. Para usted un viaje a las posesiones de Weld significa bien poco, porque puede ir a media docena de fincas como esa donde lo recibirían con los brazos abiertos; mas para mí una invitación como ésta significaría el recobrar mis facultades.
Trent fingió una honda extrañeza.
—¿Es posible? —preguntó—. Verá usted qué voy a hacer. Consultaré con Weld si hay algún inconveniente en que usted me acompañe. ¿Pero podría usted venir? —añadió en tono de duda.
—Nada me lo impide.
Antes de anochecer recibieron un telefonema:
«Encantado de que se traiga usted a Grant; pero se aburrirá aquí solemnemente, porque no hay otros invitados.
»Swithin Weld».
Natica se mostró más contenta que su marido, aunque por muy distintas razones. ¡Con qué orgullo contestaría a los que preguntasen por
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Grant que estaba pasando unos días en la famosa quinta de Weld en Adirondack!
—Sobre todo procura no beber mucho —le recomendó—. Ya has visto lo sobrio que es Trent. Dice que es imposible beber y jugar bien al polo o al golf, y es preciso que estés bien entrenado para cuando vayamos a Francia.
—Demasiado sabes por qué he adquirido un hábito tan feo. Allí será otra cosa. Haré tanto ejercicio, que por la noche caeré dormido como un jornalero.
Lo que más le gustaba era burlar a su enemigo. «Nos veremos el día diecisiete» —murmuró—. «Pues bien, yo me escaparé el dieciséis».
Durante la comida se mostró jovial. La misma Catalina Holland y los demás invitados se mostraron muy bien impresionados de aquel viaje. Grant no pensó siquiera que Sutton pudiera molestar a su mujer y bendecía el día en que Trent llegó a su casa como huésped. Realmente era su salvador. Qué bien hubiera hecho en recordar la tonadilla que dice:
«Los hombres son juguetes de las circunstancias aun cuando con frecuencia las circunstancias parecen ser juguetes de los hombres».
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CAPÍTULO XVIII
EL ASESINATO EN EL BOSQUE
eld salió a recibirlos en Elizabethtown y los condujo a su finca. WNunca se había sentido Payson Grant tan tranquilo y animado, pero aún no estaba bastante fuerte para acompañar a Trent y a su huésped en sus largas excursiones. Eran incansables. Siempre estaban cazando, pescando o jugando al tennis; pero él se pasaba gustosamente las horas en la biblioteca, leyendo novelas modernas y fumando el tabaco que más le agradaba. La idea de Sutton rondando su finca de Deal lo divertía inmensamente. El día diecisiete había transcurrido en perfecta calma.
Como en todas las mansiones señoriales, se conservaban en la bodega vinos añejos y licores exquisitos, y aunque veía que los otros hacían de las bebidas poco uso, a él le era difícil deshabituarse. Transcurrida la primera semana empezó a molestarse de la soledad en que le dejaban, pues sólo veía a los otros durante las comidas; pero no se atrevió a quejarse, pues, en rigor, él mismo había pedido la hospitalidad y Weld accedió a recibirlo por amistad con Trent.
A falta de otro ejercicio físico, daba un par de paseos cada día por los más anchos caminos, pero descubrió en el bosque una quietud y un silencio que le amedrentaban.
Por la noche se quedaba la casa sin criados. Éstos ocupaban una pequeña construcción a un cuarto de milla de distancia con comunicación telefónica. Este descubrimiento lo alarmó, porque instalado en una habitación del extremo opuesto al que ocupaban los otros, se sentía en la más completa soledad y abandono.
Empezó a insinuar la posibilidad de que intentasen entrar a robar en una casa tan poco vigilada como aquella.
—No hay miedo —declaró Weld.
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La intervención de Trent en el asunto no fue tranquilizadora. —Porque a nadie se le ha ocurrido probarlo. Si yo quisiera penetrar en
esta casa para cometer un asesinato, pongamos por ejemplo, no hallaría la menor dificultad. Usted o yo, Weld, subiríamos por estos viejos paredones a la ventana que nos diera la gana sin necesidad de ser hombres moscas.
—Está usted asustando al señor Grant —observó Weld.
—No lo crea. Ya está acostumbrado a pensar en estas cosas después de tener en su casa a un ladrón durante una semana. No es probable que nadie venga aquí, por la sencilla razón de que nadie busca vengarse de nosotros. Si Grant fuese un banquero que hubiera realizado un desfalco, aun podríamos esperar divertirnos.
—¡Caramba! —exclamó Grant—. Que me cuelguen si comprendo su buen humor. Que un criminal le agujeree la piel a uno, no es tan divertido como usted se figura.
—Seguramente tiene alguna historia que contarnos —exclamó Weld
—. Confieso que me entusiasman los relatos de actos violentos de primera mano.
Grant se dijo que aquellos jóvenes no comprendían la molestia que le causaba aquella conversación.
—Temo que voy a decepcionarles —replicó—. No tengo que contar más historia que la de haber confiado durante una semana en un criminal, pensando que era un detective. A eso se debe que esté un poco escamado contra Ms ladrones.
—No es de admirar —declaró Weld—. Y eso que estaba usted rodeado de vigilancia. Aquí se sentirá más seguro, porque nunca verá a nadie, aunque los bosques pueden estar llenos de maleantes. Recuerdo que una vez, en Francia, atravesé una selva que parecía tan solitaria como las de aquí, y no obstante se ocultaba en ella todo el regimiento de Trent.
—Así, digan que ahora mismo podemos ser objeto de observación de forajidos y maleantes.
La contestación de Weld lo dejó atónito.
—Y los hay. Precisamente quería preguntarle si ha visto a alguien que responda a las señas dadas por el guardabosque. Un hombre corpulento de aspecto salvaje, con una carabina. Philbrick, el guardabosque, conoce a todos los que pasan a varias millas a la redonda, pero a ese nunca le había visto.
—¿Y quién dijo que era ese desconocido? —preguntó Trent.
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—Philbrick no se lo preguntó. Sabiendo que estaban conmigo dos hombres de Nueva York, se figuró que era uno de ellos. —Weld sonrió—. No es un cumplido para ninguno de ustedes, ¿verdad?
—Eso no prueba que estuviera haciendo ningún mal —dijo Trent. —Usted no conoce a mi tío Curtis. El que atraviesa su heredad es un
delincuente a sus ojos. Mi tío posee un concepto medieval de las cosas y ha escrito un folleto documentadísimo sobre el «Sistema Feudal». Si ha penetrado en la hacienda, por qué llevaba arma, estando en tiempo de veda.
—La gente penetrará siempre por acotada que esté la tierra. ¿Acaso no lo estaban los Estados Unidos y los conquistamos? ¿Qué dice él Philbrick?
—Que se trata de caminante que viene de paso desde la frontera del Canadá.
—Probablemente será un vago que busca dónde pasar el invierno. En mi finca del Maine se pasó toda una temporada un granuja, leyendo mis libros, y comiéndose todas mis conservas.
Weld movió la cabeza indicando que no le satisfacía la explicación de Trent. Grant sentía obstruida la garganta y apenas podía hablar.
—¿Qué cree usted? —preguntó.
—No sé qué decir. Esos vagabundos constituyen siempre una amenaza. Rechazo la teoría de que los vagos busquen lugar donde invernar. Ya saben que esta casa nunca queda sola. Lo que me intriga es qué diablos buscaría al rondar por aquí a los dos de la madrugada.
—Es interesante —exclamó Trent—. ¿Llegó muy cerca?
—¿Se ha fijado en el árbol que crece delante de su ventana, llamado el roble de Washington? Pues se ocultaba detrás del tronco.
—¿Por qué no le pegó usted un tiro? —gritó Payson con apasionado acento que sorprendió a su huésped—. ¡Necios! Perder tiempo en consideraciones con un hombre que no era otro que Frank Sutton. —¿Por qué no tiró usted?
—Amigo Grant —replicóle Weld enarcando ligeramente las cejas—, no estamos en los tiempos feudales. ¿Y si el hombre no tenía matas intenciones?
—No debía haber estado allí —dijo Grant débilmente.
—Claro que no. ¿Por qué no salimos esta noche en su persecución y le obligamos a confesar qué busca?
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—Magnifico —convino Trent—. No creo que sea muy temible uno contra tres.
—¡Contra tres! —repitió Grant. Por nada del mundo se atrevería a penetrar de noche en el intrincado bosque, pues seguro estaba de que la fatalidad lo pondría frente a frente del desconocido. Mientras los otros se alejaran por senderos tortuosos, él caería en poder de Sutton. Grant se estremeció al pensarlo.
—¿No quiere usted entrar en la partida? —preguntó Weld con cierto timbre de mofa.
—No —contestó Grant de mal talante—. No lo cogerán y no me parece bien ir dando traspiés en busca de un hombre en un bosque tan grande.
—No venga usted si no quiere, pero no es tan difícil atraparlo como se figura. Esperaremos a que se haga de noche y a que vuelva a mirar a su ventana…
—¿A la mía? —exclamó Grant.
—Es la única que da al Suroeste y juraría que estaba mirando a su habitación.
—Si vuelve a mirar lo tumbo de un tiro —dijo Grant con feroz semblante.
—Espero que no hará eso tanto por usted mismo come por mi tío.
Matar a uno porque mira a una ventana nunca podría justificarse.
—Lo mataría en defensa propia —replicó Grant como un necio—. No consiento que se me amenace impunemente.
—¡Ah! ¿Pero usted sabe de qué se trata? —preguntó Trent con súbito interés.
—Tanto como ustedes —dijo Grant pensando que había hablado demasiado—. Ese constante hablar de crímenes es lo que me pone nervioso.
—No tenía idea de que le disgustase tanto —observó Trent pensativo —. Bueno, prescindiremos de usted en la busca de ese hombre.
Trent discutió con Weld los procedimientos de captura y aunque el otro comprendió que su conducta les había disgustado, no le importaba, pues estaba decidido a buscar la seguridad en las grandes poblaciones y entre las multitudes. La cuestión era pasar aquella noche en que se quedaría solo, mientras sus compañeros estarían dando vueltas por el bosque, en
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una casa cuya disposición arquitectónica desconocía por completo. ¡Y Natica le recomendó que fuera sobrio!
—¿No hay perros que guarden la finca? —preguntó.
—Mi tío, cuando viene, se trae algunos setters, pero no quiere dejarlos porque en libertad se volverían salvajes y le matarían los faisanes.
Generalmente, Grant pasaba después de comer unas horas en la biblioteca mientras los otros jugaban al billar, pero aquella noche quiso contemplar el juego, porque necesitaba sentirse acompañado. A medianoche se retiró a su habitación y en vez de encender, como siempre, la araña del centro, limitó la luz a la de la lámpara de la mesita de noche.
Dos o tres veces le pareció oír pasos furtivos en el corredor. Cada ruido lo estremecía de terror, porque se sentía solo, rodeado de los misteriosos peligros de la noche. El viejo roble no estaba más que a unos cien pies de la casa y le parecía oír andar a alguien por allí.
Luego llamaron a la puerta, que no se cerraba ni con llave ni con tranca, y apareció Trent, que dio toda la luz sin hacer caso de las protestas de Grant.
—Es la una —le dijo—. Weld y yo vamos a salir y para nuestra tranquilidad quisiéramos estar seguros de que no se ha de mover de aquí. Pase lo que pase tenga la luz encendida.
Se acercó a los pies de la cama y miró a Grant en cuyo semblante se pintaba el terror de que ni bebiendo se pudo librar.
—Grant —le dijo afablemente— usted no está bien. No sé qué le pasa pero me da la impresión de que se encuentra bajo una influencia horrorosa.
—Es verdad. Estoy pasando por un infierno.
—¿Se trata de algo que pueda usted confiarme? Muchos pierden el juicio, por empeñarse en ocultar sus pesares. Dicen que una confesión sincera salva el alma. Debe usted saber cuál es el motivo de su abyecta cobardía. ¿Acaso vale la pena vivir en esas condiciones? Perdone que le hable así, pero la paz del espíritu está por encima de todas las riquezas y de todas las posiciones sociales…
Era imposible que Trent sospechase lo que significaba una confesión. El resultado sería la libertad de Sutton y su encarcelamiento. No, valía la pena esforzarse por una vida de placer. Al día siguiente partiría para Nueva York y tomaría pasaje en el primer vapor que zarpase para otro país, donde, al menos, se sentiría a salvo.
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—Amigo Trent —replicó afectando un aire de superior tolerancia— no lo comprendería. Usted es un hombre ocioso y yo soy el director de importantes negocios que me proporcionan molestias increíbles. Me hallo en un estado de agotamiento nervioso. Por eso quise venir.
Trent lo contempló en silencio durante unos segundos.
—Usted debe de conocer sus negocios mejor que nadie —le dijo en tono amistoso—, pero no creo que sea los negocios lo que así le aflige.
—Nada más en absoluto —replicó el otro—. Lo único que necesito es dormir bien.
En el vestíbulo, Trent se reunió con Swithin Weld.
—Le he dado ocasión para hablar, pero se ha callado como un muerto. —Me alegro. Prefiero arrancarle una confesión por el otro
procedimiento.
Desde la ventana, Grant vio alejarse a los jóvenes cada cual por distinto camino. Y en seguida se arrepintió de no haber ido con ellos. Se sentía como en una trampa, y realmente no se equivocaba.
Tenía al alcance de su mano la droga contra la cual le advirtió un amigo médico. Producía la ilusión de la energía y una felicidad transitoria, borraba la idea del tiempo y se apoderaba de la víctima con una fuerza que sólo la muerte podía vencer.
Se tomó una píldora, pero aquella noche no produjo su efecto. Se despertó sobresaltadamente y en plena posesión de sus sentidos a las dos de la madrugada. Pensó que la luz le quitaba el sueño. No se atrevía a saltar de la cama para encender un cigarrillo, porque temía que al pasar frente a la ventana podían verlo y disparar desde fuera.
Aunque la primera impresión fue la de un silencio absoluto, sus oídos se acostumbraron a los innumerables ruidos de la noche. Crujían las maderas, cantaban los insectos y hasta el viento que agitaba las ramas de los árboles se le antojaba una amenaza. Se había acostado sin quitarse la bata. Pasó la mano bajo la almohada, cogió la pistola automática, se la puso en el bolsillo y se sentó en el borde d< la cama.
Le parecía oír pasos detrás de la puerta. El viento al moverla, le daba la impresión de que alguien trataba de abrir sin hacer ruido. Un lechuza se detuvo junto a su ventana y al proferir su siseo, le dio la impresión de que alguien le llamaba. Un murciélago entró persiguiendo un mosquito y revoloteó por su aposento como siniestro mensajero. Se consideró perdido,
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en aquella casa completamente abandonada. Los criados estaban lejos y no podía reclamar su ayuda más que por teléfono, que estaba en el vestíbulo.
En la perturbación de sus sentidos, la puerta se movía cada vez con más fuerza, como obedeciendo a una mano torpe que quisiera abrir. Grant la miraba horrorizado, cuando oyó unos pases que se acercaban por el pasillo. Entonces comprendió que en los otros ruidos no intervino ningún ser humano. Los pasos que se acercaban nada tenían de disimulados ni de furtivos. Creyendo que era Trent y deseando no exteriorizar su miedo, cogió un libro y procuró mantener un aspecto de serenidad.
Ni siquiera volvió la vista cuando se abrió la puerta. Bostezó y levantó los ojos.
Frank Sutton estaba al pie de la cama.
Nada en su persona indicaba que se hubiera estaco escondiendo por el bosque. Llevaba un vestido de lana e iba recién afeitado. En su cara no leyó Grant la ferocidad ni el deseo de venganza que esperaba, pero en cambio había una expresión de severa y enérgica resolución que lo asustó más que cualquier otra actitud.
—Decía mi carta que nos veríamos el diecisiete —dijo Sutton—. Eral un error y debía decir el veintisiete.
—¿Qué quieres?
—Ante todo que hablemos. Sal de la cama y siéntate aquí —añadió indicando una butaca a un lado de la chimenea encendida. Él ocupó otra al lado opuesto y encendió un cigarrillo—. La última vez que nos vimos juré que te mataría en el primer encuentro, convencido de que nada más podría dejarme satisfecho; pero los años pasados en la cárcel me han hecho cambiar de idea y ya no me parece la muerte el peor de los castigos.
Grant trató de hablar, pero no pudo. Se le formaba un nudo en la garganta. Nunca hubiera creído que la calma de aquel hombre le diera tanto miedo.
—Has de apurar la amargura que yo he probado por tu causa. Has de saber lo que significa verse privado de la fortuna, perder los amigos, perder la mujer.
—No podrás hacer nada contra mí. Te condenaron los jueces, trataste de que se revisase el proceso y no lo conseguiste.
—Porque no tenía la prueba que vengo a buscar. ¿Para qué crees que he venido sino para obtenerla?
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—No lograrás nada. Y aun te advierto que de un momento a otro estarán aquí dos amigos míos.
—Me están buscando por el bosque a varios kilómetros de distancia. Los he lanzado sobre una pista falsa y no creo que vuelvan hasta que se haga de día. Peyson no esperes ayuda de los hombres. Tenemos tres horas para hablar a solas. Vas a confesármelo todo y permitirás que esos amigos, me sirvan de testigos. Aunque no me conozcan, no creo que se nieguen, cuando lo sepan todo.
—Te mandarán a la cárcel.
—No será para mucho tiempo.
—No te fíes. Si te atrapan aquí te entregarán sin consideración a las autoridades. Aprovecha la oportunidad que te ofrece para huir el hecho de que estemos solos en esta casa. Nadie te molestará. Aunque yo quisiera pedir auxilio nadie me contestaría. Márchate antes que vuelvan y te encuentren aquí.
Grant temblaba, tanto por lo mucho que anhelaba ver atendido su consejo como por la ausencia de expresión violenta de su adversario cuyo probable desequilibrio mental era temible en aquellos momentos. Pero aun tuvo la audacia de encender un cigarrillo y de acomodarse en la butaca.
—Frank —insistió como decidido a agotar su generosidad— no trataré de impedir tu fuga si no tardas; pero considera que a cada momento aumenta el peligro de que te cojan. Mira que puede entrar alguien.
Sutton movió la cabeza negando.
—¿A estas horas? No digas tonterías. Todo el mundo duerme. Nos quedan más de dos horas; no necesito más tiempo.
Grant estaba desconcertado y empezaba a perder el valor y la serenidad que le fue* posible poner de manifiesto. Esperaba encontrarse con un loco ansioso de venganza, y se veía ante un adversario que pretendía hacerle firmar una confesión.
—Vamos a hablar de eso —concedió, esperando entretenerle hasta que llegasen sus amigos. No creía que tardasen tanto.
Por toda respuesta, Sutton se levantó y acercándosele dijo en tono despectivo:
—¡Idiota! ¿Acaso no habré tenido tiempo para pensar en todas las triquiñuelas a que podrías apelar cuando llegase esta ocasión?
—¿Qué piensas hacer?
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—Si no firmas inmediatamente la declaración que traigo escrita, voy a golpearte hasta que caigas sin sentido. ¡Levántate!
—¿Quieres matarme? —gritó Grant, abandonado de tedas sus fuerzas, ante la mirada de cólera que su adversario le dirigía.
—Es posible. De ti depende. Si no me firmas lo que ha de librarme de la cárcel, poco me importa lo que pueda pasarnos a ti o a mí.
La situación se le ofreció a Grant en todo su aspecto trágico. Si se negaba a firmar su propia perdición, aquel hombre lo tundiría, lo magullaría, lo torturaría, y por fin le obligaría a firmar. No había escapatoria.
Su mano apretó la culata de la pistola. En aquel momento decisivo pensó que Sutton era un delincuente de peligro contra el que cualquiera podía disparar sin miedo. Después de todo, poseía varias cartas en que Sutton lo amenazaba y todo el mundo convendría en que lo mató en defensa propia.
Seis disparos hizo en un momento contra el que fue un día su amigo y bienhechor. Los estampidos le asustaron y lo enervó la mirada agónica que Sutton le dirigió al caer, derribando el velador que produjo un ruido espantoso para Grant. Del bolsillo interior de la americana del muerto sacó la declaración, por la que pasó la vista. Firmar aquello era condenarse a sí mismo irremisiblemente. Arrojó al fuego el papel y estaban las llamas consumiéndolo, cuando se abrió la puerta y entró Weld, seguido de Trent.
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Seis disparos hizo en un momento.
—¿Qué es esto? —exclamó aquél, con la vista fija en el cuerpo tumbado.
—Quería matarme y me he visto obligado a disparar para defenderme.
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Trent estaba arrodillado, examinando a Sutton.
—¿Quién es ese hombre? —preguntó Weld.
—Entró y me atacó.
Weld pasó una mirada por la habitación y vio que todo estaba en orden menos el velador.
Trent se puso de pie y anunció con impresionante acento.
—Está muerto. Ha recibido varios tiros y se hallaba indefenso. Me parece esto un asesinato con premeditación.
Cogió un cobertor de la cama y lo echó sobre el cadáver.
—No es asesinato —gritó Payson—, puesto que he tenido que defenderme. Entró amenazándome de muerte. Es el mismo que le dio a usted una carta para mí en Deal Beach y usted me preguntó si era un chantaje.
—No es el mismo. Éste en nada se parece a aquel hombre. Yo de usted, Swithin, avisaría a la policía o a quien aquí la sustituya, para que se hagan cargo. Se trata nada menos que de un asesinato.
—Les digo a ustedes que me amenazó —gritó Payson.
—Valdrá más —le replicó Weld severamente— que guarde sus explicaciones para cuando venga el sheriff. De lo contrario me veré obligado a declarar lo que ha dicho y podría resultarle en perjuicio.
—Van a ver ustedes sus amenazas —porfió él, sacando unos sobres que entregó a Weld con aire de triunfo—. Lean.
—¿Qué he de leer? —preguntó éste al hallar los sobres vacíos.
Le permitieron buscarlas en otros bolsillos, y como no aparecieron pensó y dijo que se las había quitado Sutton.
Trent le indicó que podía buscarlos en el cadáver, pero Grant retrocedió espantado, dejando aquel registro para el sheriff.
—Permutarme que llame a mi abogado por teléfono.
—Ha de pedírselo al sheriff —le contestó Weld.
Decididamente, aquellos amigos estaban llenos de prejuicios contra él.
—No sé por qué se obstinan en creer que he cometido un asesinato.
—Porque así lo parece.
—Escúchenme y les explicaré cómo ha sucedido.
—Ya nos enteraremos durante el proceso.
—Pero ustedes no saben que ese hombre era un fugitivo. Escapó de Sing Sing. Era Frank Sutton, el primer marido de mi mujer, y todo el mundo sabe que me amenazó de muerte.
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—¿Por qué? —preguntó Weld.
—Porque pensaba que era yo el causante de su desgracia.
—A nadie hará usted creer que se vio obligado a vaciar su pistola contra un indefenso —dijo Trent.
—Y además —añadió Weld—, no pidió auxilio. Estábamos los dos fumando en el vestíbulo y no oímos ni un grito.
—Me sorprendió. No me dio tiempo.
—¡Ya, ya! Y no iba armado.
—Yo no lo sabía.
Lo obligaron a permanecer cerrado en una leñera hasta que se presentaron los agentes de la autoridad. Entonces se le invitó a salir.
Vió a tres forasteros, uno de los cuales llevaba la banda del sheriff. El otro era su agente, y el tercero, a quien llamaban «doctor», era un hombre de penetrante mirada, de cuerpo recio y de mediana edad.
—¿Éste es el asesino? —preguntó el último.
—No, doctor —dijo Payson Grant con toda la dignidad que le era dado conservar—. No sé por qué mis amigos, en vez de compadecerme por la triste situación en que me hallo, se empeñan en acusarme de asesinato cuando no hice otra cosa que defenderme de quien entró a matarme.
El doctor se volvió al sheriff para decirle:
—El asunto empieza a complicarse, ¿no le parece?
—Vamos a echar un vistazo al lugar del suceso —contestó el representante de la autoridad. Y dirigiéndose a su agente añadió—: Téngalo aquí. Y usted dese por detenido en nombre de la ley. Será mejor que guarde silencio hasta que volvamos.
El agente amanilló a Grant, que vio con espanto desaparecer a los otros cuatro. Cuando volvieron a bajar, la opresión que sentía fue en aumento.
—Una bala de esas bastaba para acabar con él —declaró el médico— y este individuo ha disparado las seis contra el corazón. ¿Están ustedes seguros, caballeros, de no haber oído un grito pidiendo auxilio ni el menor ruido de lucha?
—Puedo jurarlo —afirmó Weld.
—No hubo tiempo ni para gritos ni para lucha.
—No soy jurista —dijo el doctor—, pero me parece que el asunto presenta muy mal cariz para usted. La premeditación es una circunstancia agravante.
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—La premeditación fue de Sutton y no mía. Puedo probarlo. ¿No han hallado unas cartas en su bolsillo?
—No había nada en ningún bolsillo.
—Mi mujer leyó todas sus cartas de amenaza, Ella corroborará mis palabras.
—Temo que su mujer le servirá de muy poco —observó el doctor—. ¿Qué le parece, sheriff?
—En mi opinión, esas cartas nunca han existido —contestó éste.
Al lado del cadáver hemos encontrado un cigarrillo casi consumido. La boquilla era igual que los de una caja de plata que seguramente cayó al suelo con el velador. ¿Estaba fumando?
—Si —contestó Grant.
—Y usted encendió otro pitillo un poco más tarde, puesto que sólo estaba consumida la mitad del otro que hemos encontrado. Estaba usted fumando, ¿verdad?
—Sí —repitió Grant.
—¿Y querrá hacer creer a los señores jurados que después de estar fumando un rato tranquilamente se vio obligado a matar? Después de sus declaraciones, ya nada más necesitamos para conducirlo preso.
El sheriff se volvió a su agente:
—Tráelo, Esteban.
—¿Adónde me llevan? —inquirió Grant.
—A la cárcel del condado —contestó el agente.
—Supongo, señores, que están ustedes a mi disposición si los necesito en cualquier momento.
—Puede llamarnos por teléfono cuando guste —contestó Weld. Hicieron subir al desgraciado Grant a un enorme automóvil y lo
sentaron entre el doctor y el sheriff. El agente de éste conducía. Durante aquel viaje nocturno lleno de zarandeos, sin hacer caso de Grant, sus dos acompañantes se pusieron a hablar de otros casos de asesinato con el entusiasmo de Brewster.
—¡Dios mío! —exclamó al fin Grant—. ¿Ya no se puede hablar de otra cosa en este mundo?
—Duerma, si no quiere escuchar —le replicó el sheriff.
El coche se detuvo ante un cafetín ambulante, a la entrada de un pueblo desconocido de Grant. Los tres procedieron a beber café mojando muchos buñuelos.
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—¿No puedo tomar un poco de café? —preguntó Grant en tono humillante—. Me siento extenuado.
—Quizá le sentaría bien —dijo el doctor. Le sirvió él mismo una taza llena y vio cómo se la bebía con avidez—. ¿Quiere comer algo?
—Podría hacerme mal —dijo Grant.
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CAPÍTULO XIX LAS PAREDES DE PIEDRA NO HACEN CÁRCEL
n su vida se quedó Payson Grant tan sorprendido y desconcertado Ecomo cuando despertó en aquella ocasión.
Estaba en la celda de una cárcel y cuanto su vista abarcaba le decía que era huésped de la fortaleza de Sing Sing a cuyos pies se deslizaba el Hudson. El olor nauseabundo de los desinfectantes usados en los correccionales ofendía su olfato. Bajo su ventana veía la muralla de piedra por la que de vez en cuando paseaba un centinela con el fusil al hombro. No podía negar lo evidente. Estaba recluido en Sing Sing, como un convicto.
Sentóse en su camastro y se entregó a nebulosas reflexiones sobre el estado de inconsciencia por qué había pasado hasta llegar allí. De nada se acordaba, únicamente acudieron a su memoria las palabras que dijo el doctor al sheriff acerca de su predisposición a sufrir un trastorno cerebral. Luego su despertar. El uniforme de presidario que sólo llevaban los condenados después del proceso le parecía increíble. Diría que la víspera estaba en las posesiones de Weld. Apoyó la cabeza en sus manos y el contacto extraño lo indujo a mirárselas. Sus largas uñas tan bien cuidadas estaban cortadas y sucias como sus manos, que parecían las de un obrero.
Entre la pared de la cárcel y el muro sobre el que paseaba el centinela había presos con el mismo uniforme que él llevaba, trabajando, vigilados por guardianes armados de tercerolas.
Por el pasillo de losas que corría ante su celda se acercaban unos pasos que llamaron su atención. Era un guardián. Un hombre recio de firmes carrillos que mascaba tabaco cuyo jugo le caía por la barba. Se detuvo ante la puerta, la abrió y se quedó contemplando al preso con expresión de crueldad.
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—¡Oye, tú! Cuando acabarás de aprender el reglamento. Recoge la colchoneta y limpia tu celda, idiota. ¿Cuántas veces he de decirte lo mismo?
Grant se encogió como si a las palabras hubiera de seguir el golpe de corrección.
Pero el guardián se contentó con amenazarlo oprimiendo los labios y mirándolo con recelo.
—¿Cuánto tiempo hace que estoy aquí? —se atrevió a preguntar Grant.
—¿Qué sé yo? Sólo hace un mes que presto servicio en esta galería. Ignoro cuándo entraste. Sólo puedo decirte cuándo saldrás —añadió satisfecho de haber encontrado una gracia que expresar. Y viendo que Grant no le preguntaba nada, continuó—: Saldrás con los pies por delante cuando hayas cumplido.
Se volvió a cerrar la celda y Grant cayó en una especie de sopor. Recordó la frase del doctor: «Asesinato premeditado». Frank Sutton había alcanzado la libertad con la muerte que recibió a sus manos y él estaba ocupando su puesto en Sing Sing, de donde saldría con los pies por delante.
Una fila de presidiarios pasó ante su celda. Ni uno se volvió a mirarlo.
Seguramente estarían cerca los centinelas.
Poco a poco se acercaba un preso barriendo el pasillo. Cuando llegó ante su celda pareció detenerse deliberadamente, como si allí hubiera más basura que quitar. Habló moviendo sólo un lado de los labios sin volver la cabeza y sin dejar de barrer. Grant supuso que a cada extremo del pasillo vigilaba un guardián.
—Dice —murmuró el hombrecillo como refiriéndose al guardián invisible—, dice que estás haciendo comedia. Van a traer al médico. ¿De qué se trata? Es imposible engañar a estos condenados médicos. Ya lo he probado.
Y el hombrecito se apresuró en su tarea, como si en aquel momento la mirada del vigilante se fijase en él.
Grant comprendió que se había hecho sospechoso el cambio que experimentaba al despertar de su estado inconsciente.
Se volvió a abrir la celda y entró el guardián gritando:
—¡En pie!
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Y dejó pasar a un caballero que miró al enfermo sonriéndole como si se tratase de un niño o un deficiente mental.
—Procure no alterarse por nada y dígame que es eso de la falta de memoria que experimenta. Como es que no recuerda cuándo entró aquí, por ejemplo.
—Doctor —contestó Grant apelando a su escasa energía—, hoy he recordado por vez primera quién soy. Le juro que al despertar hoy me han sorprendido tanto estas paredes como esta ropa. En realidad, hoy empieza mi vida carcelaria. Me quiere decir por qué estoy aquí.
—Está aquí por haber matado al capitán Sutton.
—A cuánto tiempo me han condenado.
—A cadena perpetua.
—¿Recuerda usted algo de mi proceso?
—Perfectamente, como que fue muy famoso por estar complicados los Weld, en cierto sentido. El negarse usted a declarar le perjudicó, pero el testimonio de Weld llevó el convencimiento de su culpabilidad a los jueces.
Aquella noticia dejó a Grant anonadado. ¿Cómo había perdido la cabeza cuando tanta falta le hacía?
—¿Y no salió ningún amigo en mi defensa?
El médico movió la cabeza.
—Todas las simpatías estaban al lado del desdichado capitán Sutton. Me parece que los amigos le abandonaron a usted en los momentos de más necesidad.
—¿No vino en mi ayuda mi mujer? —preguntó Grant temblando de ansiedad.
El doctor se le quedó mirando con el ceño fruncido.
—Parece increíble que lo haya olvidado. Se divorció en seguida. ¿Qué había de hacer si le condenaron a cadena perpetua?
Lágrimas de amargura y desesperación corrieron por las mejillas del condenado. El doctor dijo al cabo de un rato de silencio:
—El rigor de la sentencia se debió a su propia obstinación. Los jueces querían que usted confesase su crimen. Si —añadió después de reflexionar
— creo que si usted hubiera sido sincero, le hubiesen aligerado la pena. Payson Grant abrió su alma a 1a esperanza. Aun le parecía tener un
medio de reducir el tiempo de su condena.
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—Doctor —gritó excitado—, ¿cree usted que si hiciese una declaración completa estaríamos a tiempo de remediar algo?
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—¡Oye tú! ¿Cuándo acabarás de aprender el reglamento?
—El médico reflexionó un momento.
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—No es tan fácil de decirlo, así, de repente. —Su testimonio podría servir de mucho. —¿Mi testimonio?
—Si, podría usted probar que he vivido hasta ahora sin conciencia del pasado, que no soy el mismo que compareció ante el tribunal.
—Vamos. No sea usted niño. ¿Cree que si hiciera caso de todo lo que me dicen en Sing Sing, ocuparía por mucho tiempo mi puesto?
—¡Dios mío! —exclamó Grant—. ¿Cree acaso que miento?
—¿Por qué no? ¿Se figura que es la primera mentira que oigo? Ha de saber que en Sing Sing se agudiza la imaginación de los presos, y casi todos vienen con cuentos tan ingeniosos como el suyo. Para eso estoy aquí, para ver lo que hay de verdad y de mentira en lo que se alega.
Y el doctor dio media vuelta y se dirigió a la puerta. Grant sintió que la garra de la desesperanza le estrujaba el corazón.
—Un momento, doctor —llamó ansiosamente—. ¿Conoce usted el efecto de una droga llamada bhang en la India?
El doctor se volvió al preso mirándolo con extraordinario interés. —Sí, conozco todos sus efectos. ¿Por qué?
—Adquirí el hábito de tomarla, y creo que podía deberse a ella mi pérdida de memoria.
—¿Ah? ¿Su pérdida de memoria? —replicó el médico en tono burlón. —No recuerdo nada. No recuerdo haber visto nunca ni a usted, ni al guardián, que dice que hace un mes que está de servicio en esta galería.
¿No me cree usted?
—Ni una palabra —contestó el doctor sin piedad alguna—. Si fuese usted sincero haría una declaración escrita debidamente legalizada con testigos y demás formalidades, y se dejaría de excusas que a nada conducen.
—Eso es precisamente lo que deseo —afirmó Grant muy excitado—.
Se lo contaré todo de cabo a rabo.
—No tengo tiempo ni afición para escuchar historias que no me importan. Bastante trabajo me da mi profesión.
—¿No hay justicia en este mundo? —¿Justicia? ¡Porque la hay está usted aquí!
—¿Pero no comprende que no se me juzgó en mi estado normal? ¿Que ante los jueces no hablaba yo sino esa maldita droga? ¿Y usted se tiene por buena persona y se niega a escucharme?
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Esta consideración pareció impresionar al doctor.
—Pero no es a mí a quien debe contar sus cosas, sino al Jefe y al Tribunal de Apelación. Lo único que puedo hacer yo es mandarle el Jefe. Se lo prometo.
Y lo cumplió, pues no tardaron en acudir a la celda el Jefe con su secretario que era también notario, acompañados del guardián y un mecanógrafo. Detrás venia el doctor a quien Grant miró como a un buen amigo.
Les abrió su alma torturada sin callarse nada y el alivio que experimentó fue sorprendente, tanto como la rapidez con que la máquina de escribir recogió todas sus declaraciones en varios pliegos que Payson Grant firmó con la ansiedad de quien espera de la firma su salvación.
Luego el doctor, dirigiéndose al secretario del Jefe, informó:
—Tengo el firme convencimiento de que el preso no recuerda nada en absoluto de lo que pasó durante el proceso y estoy dispuesto a declararlo así ante los jueces y los peritos que intervengan en la revisión de un proceso que será sin duda de los más interesantes.
Al leer Grant el documento que acababa de firmar, se detuvo perplejo ante la fecha. Era la del veintiocho de septiembre.
—Hay una equivocación —advirtió con ansiedad—. Deberían corregir la fecha.
Le asustaba la idea de que semejante error pudiera invalidar el documento. Pero el notario miró el papel y sonrió diciendo:
—Ya está bien así.
—¡Cuernos, está bien! —replicó Grant. Y se volvió al doctor buscando su opinión.
—No se preocupe —le dijo éste—. Cosas peores verá.
Grant iba, en efecto, de sorpresa en sorpresa. Su celda ya no estaba ocupada por hombres endurecidos en la disciplina. El guardián, por ejemplo, descansaba un brazo sobre el hombro del doctor, y su semblante era otro. Pero Grant estaba demasiado preocupado por el error de fecha para fijarse en aquellas familiaridades, en la actitud y en las palabras que se cruzaban.
—Pero, doctor, esto no es correcto.
—Dígaselo al celador y no se preocupe más. Usted ya ha hecho lo que debía.
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Murmuró una palabra al oído del guardián y éste salió de la celda. No había transcurrido un minuto, cuando estaba de vuelta en compañía de Antonio Trent, que se presentó con semblante alegre y satisfecho.
—¡Usted! —exclamó Grant, pasmado—. ¡Usted aquí!
A una señal de Trent todos salieron de la celda. Grant vio que su viejo amigo estaba ojeando su declaración y después de plegarla se la guardaba en el bolsillo.
—¿Pero qué tiene usted que ver en este asunto? —preguntó Grant.
—Le pedí una confesión antes de disparar contra Sutton y me la negó. Luego le invitó Weld a confesar con el mismo resultado. Por fin se ha visto obligado a confesar, pero me ha costado más molestias de las que usted puede imaginar. Supongo que sabe usted donde está.
Grant empezaba a sospechar que le hablan hecho víctima de alguna maquinación diabólica.
—Hay muchas cosas que no acabo de comprender —dijo—, pero sé dónde estoy aunque ignoro cómo entré.
—Permítame enseñarle los secretos de su cárcel —dijo Trent, cogiendo al preso por un brazo y sacándolo de la celda.
Con indescriptible asombro vio Grant que la celda que le parecía una de la serie a lo largo de la galería, estaba completamente aislada, ocupando el centro de un corredor lo suficiente largo para engañar al que la ocupaba, y era de verdadera piedra, con barrotes de hierro. El muro por donde paseaba el centinela era de cartón pintado sobre un andamiaje de madera. Sólo el río era de veras. En el patio donde viera trabajar a los presidiarios, estaban éstos reunidos en alegre camaradería con los guardianes y los centinelas. Los carpinteros procedían ya a derribar las paredes artificiales.
Payson Grant creyó morir de vergüenza cuando lo introdujeron en la sala principal de la casa de campo y se vio entre caras conocidas.
Trent fue haciendo la presentación:
—Su guardián, señor Clarke, antiguo director de un importante diario. El preso barrendero, señor More, que ha trabajado mucho para llegar a este resultado. El doctor, mi amigo y abogado Fleming Dearholt.
—Será un abogado sin pleitos si se ha prestado al papel de doctor — advirtió Grant con sorna.
—Aunque lo fuese, esto me aseguraría la carrera en adelante. Hablando como abogado he de decirle que su declaración ha sido enviada al Gobernador por un propio.
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—¿Y qué me dice usted de las declaraciones que han de hacer tanto el señor Trent como el señor Weld? —preguntó Grant. Y dirigiéndose a Trent con el rostro encendido de indignación, gritó—: Les acuso a ustedes de haber introducido en mi cuarto a Sutton por la noche, sabiendo que yo estaba exasperado con tanto hablar de crímenes.
—¿Es verdad eso? —preguntó el abogado volviéndose a su cliente con rostro severo.
—No negaré que yo introduje al capitán Sutton en su cuarto.
—Y es más —gritó Payson—. Conociendo ustedes mis disposiciones y sabiendo que yo estaba armado, se hicieron cómplices del crimen. Su abogado será de mi opinión y así lo declararé ante los tribunales.
—Está usted algo equivocado respecto a los términos legales — advirtió Dearholt—, pero en el fondo tiene razón.
—¿Qué dice usted a esto? —preguntó Grant volviéndose como una víbora a Trent.
—Tengo muchas cosas que decir. En primer lugar, que mientras usted dormía le quité las cartas que yo mismo le había ido dejando cuidadosamente en Deal Beach, y luego que cambié las cápsulas de su pistola por otras sin balas, como las usadas en el teatro, las cuales descargó usted socarrando un traje perteneciente a Curtis Weld. Recordará usted que me apresuré a tapar el cuerpo con un cobertor. No lo hice por respeto al muerto, sino para que usted no se fijase en el movimiento que imprime la respiración, impropio de un cadáver.
—¡Miente usted! —rugió Grant, intensamente pálido.
—Tengo el gusto de presentarle a Brunton Warne, uno de los más célebres sobrecargos de la navegación trasatlántica. Toda su vida ha suspirado por presenciar el último episodio de una serie, y me he dado el gusto de satisfacer sus deseos.
—No hallaba usted interesantes las anécdotas que yo contaba en nuestro viaje por la carretera de Elizabethown. También pasé mis momentos de ansiedad temiendo haber echado demasiado narcótico en la taza de café que le di.
Payson Grant los miraba a todos como si los quisiera fulminar con su mirada. Se veía acorralado como una bestia salvaje, pero comprendía que ninguno de ellos podría legalmente detenerle, y aun le sería posible escapar.
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—Quiero mi ropa. Yo también tengo mis derechos. No pueden ustedes detenerme.
—Podría dejarlo escapar, pero no quiero —dijo Trent—. Habrá de seguirnos.
—Aun he de advertir otra cosa —dijo Grant deteniéndose en la puerta
—. Han protegido ustedes a un fugitivo de la justicia, sabiendo que era un preso escapado de la cárcel, y la ley castiga a los encubridores.
—Ya lo sé —contestó Trent sonriendo—, lo tenía previsto hace tiempo. Seguramente me dirá el Gobernador que he obrado mal y yo bajaré la cabeza, humillado; pero cuando lea su declaración, no será muy severo conmigo. Ya tiene usted mis señas. Si su abogado quiere entrevistarse con el mío, aquí están las de Dearholt.
Aquella noche, el Gobernador se encerró en su despacho con el Procurador General para deliberar sobre el caso extraordinario de Frank Warren Sutton, de ignorado paradero, que parecía acreedor a una resolución clemente, cuando sonó el teléfono. Su Excelencia cogió el aparato con gesto de preocupación, porque sabía que sólo para un asunto importante se atrevería a molestarle su secretario a tales horas. Sonrió al enterarse de que Curtis Weld y un amigo deseaban verle.
Curtis Weld era un magnate altivo y dominante, pero conocía el momento en que convenía mostrarse afable y condescendiente.
—Señor Gobernador —dijo en tono cordial después de saludar al Procurador General—, acudo a las más altas autoridades, caballeros, en demanda de reparación por daños y perjuicios contra quien se prestó a dejarse matar llevando puesto uno de mis mejores trajes de lana. Vean, señores.
Él Gobernador y el otro vieron, en efecto todo el costado izquierdo de la chaqueta que llevaba el desconocido chamuscado y ennegrecido.
—Tengo el honor de presentarles a mi amigo el capitán Frank Warren Sutton —dijo Curtis Weld.
—Sólo queda pendiente una cosa —advirtió el Procurador General, después de la breve conversación que siguió—. Los malos tratos de que hizo usted objeto a un tal Hiram Ridgway, a quien quitó la ropa y siete dólares con seis centavos. Conozco al tal Ridgway y sé que se trata de un chiflado, pero la ley le ampara, y me parece que va a ser asunto difícil de resolver.
El capitán Sutton sonrió y dijo:
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—No tanto como se figura, señor. He visto al viejo Ridgway y ha convenido en no mantener la acusación.
—¿Es usted un taumaturgo? —preguntó el Procurador—. ¡Ese hombre es implacable!
—Sí, pero le he prometido seguir con todo rigor su régimen dietético durante seis meses.
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CAPÍTULO XX
CAMBIO DE VIDA
caso por las poderosas influencias de personas más o menos Acomplicadas en el asunto, el proceso de Grant se resolvió con extraordinaria rapidez.
Los cómicos procedimientos para obtener la confesión de Grant no constaron en el sumario, pues su abogado, con muy buen criterio, prefirió presentarla como espontánea y voluntaria para aminorar la pena.
Payson Grant ingresó en Sing Sing y Natica pidió el divorcio y pudo dar gracias de haber salido de aquel trance sin más perjuicio que una notoriedad poco recomendable. Renunció a sus aspiraciones de grandeza y se propuso pasar la mayor parte del tiempo viajando.
Hasta después del proceso no volvió Antonio Trent a ver a la señorita Dupin, que seguía viviendo con la señora Kinney. Le hizo aquellas innumerables preguntas sobre la manera de obtener la declaración, y Trent le explicó cómo se llevó a cabo todo un plan lleno de pormenores en cuyo exacto cumplimiento estribaba el éxito.
La joven lo contemplaba con una extraña curiosidad viéndolo dominado por una depresión de ánimo que no comprendía.
—Ha logrado usted lo que parece imposible y en vez de mostrarse orgulloso parece fastidiado y aburrido.
—No estoy más que nervioso. Lo que hice por Sutton fue cosa de juego; mas ahora voy a hacer algo más serio por mí mismo.
—Piense que nunca ha fracasado —le animó ella.
—Pero en el camino que voy a emprender hay demasiados escollos, y además se trata también de usted. Sin dinero y siempre en peligro de que la reconozcan al colocarse para ganarlo, apenas le queda otra perspectiva
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que la cárcel, de donde saldría como un desecho de la sociedad, sin más recursos que los ofrecidos por la delincuencia.
La vio turbada por el cuadro que ponía a la vista. Demasiado sabía ella que era verdad lo que Trent decía.
—Con dinero bien empleado se pueden hacer muchas cosas. Entre los dos poseemos una fortuna que nos permitiría vivir tranquilamente. ¿No ha oído decir a Sutton que me he gastado con él una fortuna? Nunca le di importancia, pero ¿y si le dijera a usted que me he quedado sin un céntimo?
—Lo creería. Y seguramente se ha hundido usted en la ruina por un amigo.
—No del todo. Mire, mademoiselle Dupin. ¿Conoce esto?
Antonio Trent sacó de un estuche de piel la magnífica piedra conocida por todos los coleccionistas del mundo con el nombre de diamante del Nizam. Era la joya que Antonio Trent había quitado a la Dupin cuando ésta pasaba por madame de Beaulieu, aunque desconocía él su procedencia.
La joven contempló en silencio aquella piedra.
—Nos darían por ella medio millón de dólares. Hay diamantes más grandes, pero de aguas tan puras como éste no hay otro. Es tan famoso que nadie se atrevería a venderlo. Pero conozco un joyero llamado Cupy, instalado en la calle Zwanenburger, de Amsterdam, que nos lo cortaría en dos y guardaría el secreto. Aun así pe Iríamos sacarle unos ciento cincuenta mil dólares; setenta y cinco mil para cada uno, lo suficiente para retirarnos a cualquier rincón del mundo y vivir en paz.
Se levantó ella con las mejillas descoloridas.
—Ha sido usted tan bueno para conmigo, que le considero el hombre más honrado que he conocido y el más gentil de los caballeros, y creía que había renunciado usted a su pasada vida con tanta firmeza como yo.
—Así, pues, ¿no quiere usted hacer uso del dinero que podemos obtener con esto? Piénselo bien antes de decidir.
—Ya hace tiempo que lo he decidido.
—Está bien. ¿Qué planes tiene?
—No puedo decirlo porque aún no lo sé. La señora Kinney me ayudará. Sé coser y bordar. Aprendí en el colegio.
—¿Y si pierde la vista? La idea no es aceptable. Piensa usted pasar la vida trabajando como una operaría por prejuicios estúpidos. Yo le
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proporcionaré algo mejor que sus trabajos de costura.
—Ya le debo demasiado para aceptar de usted nada más.
La agradable intimidad de momentos antes estaba rota. Lo miró como a un ser débil, dispuesto a volver a las andadas al primer revés de fortuna, y en sus ojos había una expresión de desprecio.
—No me mire así —dijo Trent—. Olvide lo que he propuesto.
—Será imposible.
No comprendía como en tan críticos momentos podía él mirarla con aquella sonrisa burlona. ¿Cómo no comprendía que aquel desengaño la hería en lo más hondo del corazón?
—Ya me figuro que no se resignará usted a seguir viviendo con la señora Kinney; pero le pido como favor especial que acepte mi hospitalidad durante un par de días más. Esta noche salgo de Nueva York y no regresaré hasta el viernes.
—Prefiero marcharme mañana.
—Si no me hace ese favor me obligará a ser bastante descortés para recordarle que está en deuda conmigo. Ya sé que esto la pone en un apuro. Perfectamente. Puede usted pagarme permaneciendo bajo mi techo cuarenta y ocho horas más. Es lo que exijo.
Ella se conformó de mala gana, sin comprender como podía sonreír aquel hombre de sentimientos tan contradictorios.
—Antes de marcharme, me interesa hacerle una pregunta. Varias veces me ha dicho que las autoridades federales desplegaban más diligencia de la acostumbrada en su busca. ¿Era por ésto? —dijo levantando el diamante del Nizam.
—Sí —contestó ella.
—¿Pero por qué?
—Porque el mismo Gobierno estaba preocupado con su pérdida. Usted no sabe que antes de entrar en la guerra los Estados Unidos, cierto personaje de la realeza hizo una visita en un barco de guerra para recabar personalmente la intervención. Aunque, vivía como un simple oficial en su magnífico acorazado, era huésped incógnito del Gobierno y la piedra que trata como talismán le fue robada en territorio americano. Ni su Gobierno se atrevió a revelar que había estado aquí ni el de los Estados Unidos se atrevió a denunciar el robo. ¿Comprende usted?
—¿Y fue la «Condesa» quien se apoderó de él?
Ella bajó la cabeza. Indudablemente, el recuerdo era desagradable.
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—He de marcharme —dijo Trent levantándose y alargando una mano, que ella fingió no ver—. ¿Por qué no me da usted la mano? ¿Hay dos personas en el mundo a quienes convenga más estrechar su amistad?
—En la vida que estoy dispuesta a llevar no cabe semejante amistad.
Procuraré olvidar.
—¿Y yo he de ser el objeto de su olvido? Eso quiere decir que la he decepcionado.
—¡Decepcionado! —gimió ella—. ¡Si sólo fuera eso! —Y salió precipitadamente.
Trent la siguió con la mirada y la sonrisa en los labios.
—Ni siquiera darme la mano —murmuró mientras bajaba la escalera. La señora Kinney se acercó a consolar a la joven cuyos sollozos le
partían el corazón.
—¿Qué te pasa hija mía?
—No sabía que el corazón de una pudiera destrozarse dos veces — gimió la francesa desconsoladamente.
El ama de llaves, que venía observando hacía tiempo el interés que la Dupin se tomaba por Antonio Trent, supuso que habían reñido por celos.
El viaje de Trent a Washington tenía por objeto visitar a un ministro de gran influencia a quien, siendo éste embajador en Londres, había visto en Circunstancias extraordinarias.
Los ministros del Gobierno son casi inabordables y el secretario de mister Hill se gloriaba de poner dificultades inventando toda clase de escusas, como suelen hacer los secretarios.
A regañadientes pasó la tarjeta de Trent a su jefe diciéndole:
—Le he advertido que no podría verle a usted en varios días, pero me ha contestado que esperará hasta que usted salga y se obstina en no insinuar siquiera el objeto de su venida.
Cuando el ministro vio la tarjeta se volvió a su secretario:
—¿Pero es que nunca conocerá usted las personas a quienes deseo ver y a quienes debo recibir? Haga pasar al señor Trent. Antonio Trent está en camino de ser una celebridad.
Se estrecharon la mano cordialmente.
—¿Qué le trae a usted de los dorados salones de Europa?
—Los negocios principalmente y el deseo de saber si lo que me ofreció usted en Londres lo sostiene en Washington.
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Hill era una persona inteligente y sin haber cursado la carrera diplomática escaló los más elevados puestos. Diez años antes Antonio Trent había colaborado en una de sus numerosas revistas. Se preciaba de conocer a los hombres y no sabía cómo calificar a Trent, pero lo quería y en cierto modo le temía.
—Siéntese y dígame lo que sea.
—¿Recuerda lo que me dijo?
—Lo invité a almorzar.
—No fue eso todo —dijo Trent acercando la silla a la mesa—. Recordará usted que fui yo quien descubrió que Guillermo de Nisselbach se ocultaba en un castillo de Croacia, a pesar de haber sido enterrado con toda pompa.
—Me acuerdo perfectamente. Prestó usted un servicio inapreciable a los aliados. ¿Por qué quería saberlo?
—Porque veladamente me hizo usted una promesa. Hablando de que en nuestro país no se recompensaba aquella clase de servicios como en Inglaterra, me dijo: «Si un día se halla usted en un apuro se le dará una comisión». ¿Lo ha olvidado usted?
—No, aun lo sostengo. ¿Qué clase de apuro es ese? —Ninguno. Vengo a pedirle un favor para un amigo. —¿De qué se trata?
—Cuando estaba usted en Londres en el año 1915, vino aquí, como usted sabe, cierta Alteza Real a instarnos para que nos lanzásemos a la horrible aventura de la guerra.
—¿Cómo diablos sabe eso? —preguntó Hill desconcertado, ya que la visita de referencia se mantuvo absolutamente oculta.
—Su Alteza Real llevaba encima un admirable diamante que le regaló un maharajah indio con quien estuvo cazando tigres. Se suponía que la piedra traía suerte.
—Y la robaron en Washington —advirtió Hill—. Fue un borrón que cayó sobre nuestro servicio de policía secreta. Sabían quién la robó, pero la mujer y la piedra desaparecieron para siempre.
—De eso no estoy seguro —dijo Trent riendo. Y abrió un estuche que acercó al ministro—, pero confío que esto me traerá buena suerte.
Mister Hill miró el diamante como fascinado.
—¿De dónde lo ha sacado?
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—No se lo robé a su Alteza Real. Piense si quiere que lo he obtenido como pago de una deuda de juego o de una manera por el estilo aunque ilegal.
—¿Por qué me lo trae?
—Para proponerle un negocio. Yo le entregaré el diamante si se anulan las órdenes de arresto dictadas contra la mujer que lo robó. Puede usted quedarse con la piedra preciosa si me da en cambio su palabra de que esa persona se verá en adelante libre de toda persecución policíaca.
—O en otros términos: desea usted que se conceda a esa ladrona la libertad de proseguir en sus actividades sabiendo que nadie la estorbará.
—Nada de eso —replicó Trent—. No soy tan necio, para pretender un negocio de esa índole. Quiero que las órdenes de arresto que están en vigor se anulen. Si en adelante conculca la ley, está dispuesta a sufrir las consecuencias, pero puedo asegurarle que nunca volverá a robar.
—Debe tener usted absoluta confianza en ella.
—No podía usted expresar mejor mi pensamiento. La tengo.
—¿No se habrá dejado impresionar por cierta simpatía personal? Comprenderá que no me puedo guiar por sentimentalismos en materia tan importante. ¿Cómo estaré seguro?
—Juzgue usted mismo. Esa mujer a quien la policía llama la «Condesa» está literalmente liquidada. Trata de ganarse la vida cosiendo.
—Habrá perdido sus encantos…
—Es una de las mujeres más hermosas que he visto y está en todo el esplendor de su belleza. No es aquello de «el diablo harto de carne se mete a fraile». Se ha operado sencillamente un cambio en su conciencia. Quizá no pueda usted comprenderlo tan bien como yo. Ayer mismo le propuse partir el diamante de tal manera, que nadie sospecharía nada de su venta y le prometí encargarme yo de todo. Le digo que el diablo no tendrá mejor oportunidad para perder a un alma. No me quiso escuchar. No tiene otra idea que la de restitución.
—¿Por qué la tentó usted? ¿O suele usted poner a prueba a las personas que quiere?
—Deseaba cerciorarme de que era verdadero su arrepentimiento y al propio tiempo poder probárselo a usted. Nunca espero sufrir tanto como cuando trataba de desviarla de su recta determinación, pero jamás me sentiré tan orgulloso de otra persona como de ella cuando me abandonó pensando que yo era un malvado.
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—Debe usted de tomarse un gran interés por esa persona.
—Es verdad. Por eso estoy aquí.
—He de advertirle —dijo el ministro— que se ha metido en la boca del lobo. Verdad es que tiene usted el diamante en el bolsillo, ¿pero quién me impide tocar un timbre y mandarlo detener?
—Se lo impedirán dos razones. Primera: que usted no puede rebajarse a nada innoble. Segunda: que me detendrían a mí pero se perdería el diamante. Estoy sentado junto a la chimenea donde arde un buen fuego y no ignora usted que un diamante no resiste ese calor.
—Es usted un hombre de recursos, pero no quiero que se pierda el diamante, y aun el Gobierno un muy valioso servicio y se merece alguna consideración. Si puedo arreglar este asunto cuente conmigo, pero tenga presente, amigo Trent, que utiliza usted su crédito para pagar deudas ajenas. ¿Vale la pena?
—Sí señor —contestó Trent muy resuelto.
—No olvide que si un día necesita un favor para usted mismo, ya no tendrá con qué negociarlo. ¿Ha pensado usted en eso?
—Comprendo perfectamente.
—¿Cuándo sale de Washington?
—Tan pronto como sepa que he ganado la partida. Espero poder marcharme mañana a mediodía.
—Muy bien. Puede llamarme esta noche entre doce y doce y media — Trent se levantó y puso el estuche en manos de mister Hill.
—Es mejor que lo guarde usted. Y no me crea demasiado optimista, mister Hill. Eso quiere decir que sé con quién trato.
No podía negarse que Trent estaba nervioso al telefonear al ministro a la hora convenida.
—Puede usted despedirse del diamante —dijo Hill.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Trent con vivacidad. —Simplemente que esta misma tarde se ha mandado un cablegrama a
Su Alteza Real. Todo está arreglado según sus deseos. Pero hay que observar ciertas formalidades y convendría que pasara por mi despacho mañana a las diez y media. Hasta la vista y que sean ustedes muy felices.
¡Albricias! Trent se dirigió a la ventana del hotel y estuvo contemplando la noche callada. La misma paz reinaba en su espíritu.
La cita en el despacho de mister Hill, las entrevistas con los miembros de otros departamentos y el triunfo definitivo le hicieron perder el tren de
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mediodía.
Apenas faltaban unos minutos para cumplirse las cuarenta y ocho horas cuando entró en su piso, donde se encontró con la señorita Dupin que esperaba con impaciencia, ya arreglada para salir.
Aunque en el saludo de ella no faltó la gracia, no hubo ni cordialidad ni amistad.
—¿Se marchaba usted ya? —preguntó él mirando el reloj. —¿No podía concederme cinco minutos de gracia?
—La señora Kinney me ha encontrado una colocación y he de tomar el tren.
—¿Va usted de costurera?
—Voy a enseñar francés y piano a unos niños. He estado de suerte. —Desde su punto de vista, quizá sí. Mademoiselle Dupin, no puede
usted marcharse en seguida. Que esperen sus discípulos. Tengo muchas cosas que contarle.
—Pero el tren no espera —protestó ella—, y he de ir a Greenwich.
—Greenwich tiene un servicio admirable de trenes; tome otro.
No comprendía ella el estado de ánimo de aquel hombre que le sonreía al tiempo que le hablaba con imperio. ¿Cómo podía sonreír cuando trataba de marcharse a donde pudiera olvidarlo?
—Va usted a educar los hijos de unos desconocidos para hallar la paz espiritual, pero dudo de que lo consiga. En el nuevo ambiente no se le pasará el miedo a la policía.
—Prefiero hacer esto que lo que usted me sugiere —replicó ella con la frente muy alta—. Si volviese a robar aunque sólo fuese una aguja perdería la última oportunidad de vivir honradamente. Lo siento más por usted que por mí. Lo creí formal y es una verdadera lástima que, con el talento que tiene, quiera volver a su pasada vida.
—¿De modo que no quiere darme la mano en despedida?
—¿Para qué, señor mío? Nuestro camino es divergente. Estoy resuelta a ganarme la vida trabajando. Podré morirme de hambre, pero no robaré. Dice que se ha gastado todo el dinero que tenía. Al menos lo ha hecho generosamente y no me sentiré feliz mientras no pueda devolverle lo que le he costado. Por lo visto quiere usted rehacerse y luego emprender la nueva vida. Le advierto que busca usted su perdición, que ese es el escollo contra el que va a estrellarse.
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—Soy de su opinión —dijo él, pensativo—. No pienso arriesgarme otra vez.
—Tampoco le hace falta —repuso ella con cierto aire burlón—, puesto que posee el diamante del Nizam.
Se la quedó mirando con una sonrisa franca, pueril que pocas veces le había visto, y le dijo.
—Lo he perdido.
—¿Que lo ha perdido?
—Digamos que lo he cambiado —rectificó él poniéndose serio—: Es preciso que me entienda bien. ¿Puede usted imaginarse que yo, Antonio Trent, merecí en una ocasión el agradecimiento de los Gobiernos aliados? Pues es verdad. Fue mi servicio de una índole tan secreta, que ni se hizo público ni se me agradeció oficialmente.
Lo único que saqué fue la amistad con nuestro embajador en Londres y la promesa que éste me hizo de ayudarme si me encontraba un dio en un apuro. Acabo de llegar de Washington, mademoiselle Dupin.
—No veo el interés que eso puede tener para mí —murmuró ella. —Ya lo verá. El embajador que me hizo esa promesa es hoy ministro y
he ido a recordársela. Le he dicho francamente que iba a proponerle un negocio, que le devolvería un famoso diamante que le robaron a una persona real a condición de que se anulasen las órdenes de arresto que están todavía en vigor contra la mujer que lo robó. Quiso saber en qué fundaba mi seguridad de que esa mujer no volvería a cometer semejantes actos.
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—Te amo y sólo por eso te puse a prueba.
—¿Y usted qué le dijo?
—Que la había sometido a la más dura de las pruebas, a completa satisfacción.
—¿Qué quiere usted decir con eso de la más dura de las pruebas?
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—Mi proposición de cortar el diamante y partirnos las ganancias. —¿Así usted me tendió un lazo? ¡No me creía!
—No olvide que si he logrado pasar inadvertido de la policía lo debo a esta suspicaz actitud que me hace dudar aun cuando deseo creer.
—Me deja desconcertada. No acabo de comprender. Si me habló usted de aquella manera para probarme es que no piensa, volver a la pasada vida.
—¡Jamás!
—¡Y yo que dudé de usted! ¡Qué vergüenza!
—No le quedaba otro remedio. Lo que importa es que se hayan anulado las órdenes de arresto contra usted. En los Estados Unidos puede usted vivir ya sin ningún miedo a que la detengan por lo que hizo.
—¿Por haber devuelto usted el diamante?
—La ocasión era única y había que aprovecharla.
—Contésteme a una pregunta —le dijo ella con expresión de ansiedad:
—¿Puede usted volver a ver al ministro, si se descubre algo de su
pasado?
—Eso —contestó él evasivamente— ya lo veremos cuando el caso se presente.
Movió ella la cabeza, y dijo pensativa:
—Ahora lo comprendo todo. Se ha desprendido usted de lo que hubiera podido salvarlo. ¿Cómo agradecérselo? Imposible, ¡estoy confundida!
Se cubrió el rostro con las enguantadas manos. Era libre, libre de ir a donde se le antojase sin que ningún policía tuviera derecho a molestarla.
—No siempre le he dicho la verdad —manifestó Trent—. Tengo aún mucho dinero. No he sufrido más ruina que la de la esperanza.
Sonrió ella por primera vez entre lágrimas. El reloj dio la hora. —¡Perderé mi tren para Greenwich! —¿Ya nada le importa mi ruina?
—Pero no es más que de esperanza —contestó ella—. No es nada serio. Dicen que la esperanza renace siempre.
Sonrió Trent y la miró con un mohín de disgusto.
—Ni siquiera pregunta de qué esperanza se trata —se le quejó—. ¡Qué mal me trata!
—¿Qué esperanzas son esas, vamos a ver?
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Se arrodilló el hombre junto a la silla en que la mujer se sentaba y suspiró más que dijo:
—¡Vera! Te amo y sólo por eso te puse a prueba. Perdóname. Mírame, amor mío, no puedo soportar tu silencio.
—¿Qué quieres que te liga? —preguntó con tanta dulzura que el corazón de Trent se le desbocó en el pecho—. ¿Que te quiero? Te lo diría con toda mi alma, pero… ¿me creerías?
Notas
[1] El emocionante episodio a que aquí se refiere está contado en la novela del mismo autor titulada «Antonio Trent. El perfecto ladrón». Biblioteca Oro. Editorial Molino. <<
[2] Descendiente de una de las primeras familias holandesas que se establecieron en Nueva York. <<
FIN

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