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DICCIONARIO
CRÍTICO DE MITOS Y SÍMBOLOS DEL NAZISMO
Rosa Sala
Rose
Diccionario Crítico De Mitos Y Símbolos Del Nazismo
Rosa Sala Rose
Rosa Sala nos descubre con rigor analítico y pericia literaria la mugre negra del nacionalsocialismo. Es importante asomarse a ella para reconocer, sin misticismo ni renuncias intelectuales, los precipicios del horror. Para no reincidir en la caída no basta con condenar: Lo valiente es comprender.
Rosa Sala Rose
Diccionario Crítico De Mitos Y Símbolos Del Nazismo
ePub r1.0
Titivillus 27-02-2026
Rosa Sala Rose, 2003
Editor digital: Titivillus
Digitalización y OCR para Epublibre
Escaneo y pdf: Armauirumque
OCR y primera edición digital en epub: Elumbriel
Primera edición en Epublibre, 27-02-2026
ePub base r2.1
CONTENIDO
Presentación.
Introducción.
ÁGUILA, ANTORCHA, ARIO, ARMA MILAGROSA, ARMANES, ARTAMANES, ASFALTO, ATLÁNTIDA, AUTOPISTA. CREPÚSCULO DE LOS DIOSES.
DEGENERADO, DIOS.
EDELWEISS, ENRIQUE I, ESPACIO VITAL.
ESPADA, ESVÁSTICA, EXTERNSTEINE.
FAUSTO, FEDERICO EL GRANDE, FUEGO.
GENGIS KHAN, GERMANIA, GLOBO TERRÁQUEO, GOETHE,
GRECIA, GRIAL, «GUILLERMO TELL».
HIELO, HITLER.
JAPÓN, JESUCRISTO, JUDÍO.
LINZ, LOBO.
MEGALITOS, «MEIN KAMPF», MONTSERRAT.
NIBELUNGOS, NIETZSCHE, NUDISMO.
PARACELSO, PARSIFAL, PUÑALADA POR LA ESPALDA.
REICHSTAG, INCENDIO DEL, REVOLUCIÓN.
«RIENZI», ROBLE, RUNAS.
SALUDO NAZI, SANGRE, SANGRE Y TIERRA, SCHILLER,
SIGFRIDO, SOL, SOLSTICIO, STONEHENGE.
TABAQUISMO, TANNENBERG, TERCER REICH, TIAHUANACO,
TÍBET, TULE.
VALHALLA, VEGETARIANISMO, VERSALLES, DICTADO DE,
VICTORIA FINAL.
WAGNER, WESSEL, HORST, WILLENDORF, VENUS DE.
Glosario de nombres.
Bibliografía.
Índice onomástico.
Índice de procedencia de las ilustraciones.
A Rosalinde Rose.
PRESENTACIÓN
Sangre negra.
Una de las dificultades básicas para la comprensión profunda del nazismo ha sido la utilización frecuente, y desde luego nada neutra, del calificativo inhumano para describir su esencia. Casi siempre el uso de este término ha ido acompañado de otro, demoníaco, que lo reforzaba y complementaba. Pero en los dos casos se recurría a una mentira, o a una hipocresía moral, o a una injustificable complacencia intelectual, puesto que lo más auténticamente monstruoso del nacionalsocialismo estriba en su carácter humano y no, pese a la popularidad de la formulación, en su deuda con el demonio —o con el diablo— y mucho menos, por supuesto, con un daimon ajeno a la razón.
El nazismo es un fruto terrestre, y no infernal; humano, y no diabólico; racional, por más que se manifestara finalmente con delirantes irracionalismos. Esto es lo difícil de aceptar y lo imposible de eludir.
Las causas últimas de aquella atribución de inhumanidad, que todo parecía explicarlo, son psicológicas y asimismo políticas. El exterminio judío supuso un cambio cualitativo en la carga sacrificial que podía atribuirse a una guerra o a una revolución ideológica: tras la Segunda Guerra Mundial, y tras el conocimiento directo del horror de los campos de concentración, se extendió la idea de que el Holocausto era un punto de no retorno en la acción del hombre, un cul de sac de la conciencia humana que, por su manifestación extrema, se insinuaba ya fuera de las tradicionales costumbres destructivas del hombre. En cierto sentido, para salvar la imagen misma de lo humano, se consideró imprescindible expulsar de la humanidad todo aquello que concerniera al nacionalsocialismo.
Hubo, sin embargo, también razones políticas que afectaban a ambos bandos. Desde el lado alemán se agradeció, obviamente, el recurso al poder del demonio, ya que esto ponía a salvo a todos aquellos alemanes que consideraban no haber intimado con el infierno. Para los aliados, desprovistos de tiempo para escarbar en las raíces más hondas de lo que había sucedido, entre otras cosas por el inicio de la Guerra Fría que había de dividirles furiosamente, resultó también un alivio considerar que Hitler y los suyos eran criaturas del Averno. Lo inhumano servía admirablemente pare evitar una peligrosa investigación en lo humano.
Es verdad que hubo innumerables estudios e innumerables condenas alrededor del nacionalsocialismo que concernían tanto a su sangriento presente como a un intelectualmente turbio pasado. No obstante, más allá de los ámbitos académicos, pronto se extendió la creencia de que aquel oscuro remolino que había azotado Europa era, simplemente, el mal en sí mismo. Esto debilitó la mirada hacia los orígenes del mal tanto en Alemania como, lo que era todavía más decisivo, fuera de las fronteras alemanas. Nadie recordó seriamente que la hoguera que incendió Alemania se había alimentado en leños muy diversos y de muy diversas procedencias. Ya Thomas Mann en su novela Doktor Faustus, contemporánea a la época de inhumanización del nazismo, advirtió del enorme error histórico y político de tal proceso.
Como producto extrahumano e infernal el nacionalsocialismo se convirtió en un tabú, contra el que se podía hablar pero con el que se debía extremar la prudencia al ahondar en su genealogía. Conjurado el diablo era mejor no penetrar en sus artes, no fuera que en la tiniebla se descubrieran complejidades y complicidades que se extendían por inesperadas regiones de la civilización occidental. Con el paso del tiempo —es decir: para nosotros, a principios del siglo XXI— el nazismo tiene un aura maldita de la que casi todos ignoran el origen.
El libro de Rosa Sala Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo es, en este horizonte, un libro necesario que combate el olvido de ese origen, partiendo, además, creo, de la premisa fundamental de que el nacionalsocialismo, de tan funestas consecuencias, es, a pesar de que nos cueste aceptarlo, una obra del hombre y que, como tal, debe ser analizada sin echar mano de instancias sobrenaturales. En consecuencia, aunque organizado en forma de diccionario, el texto de Rosa Sala es una enérgica tarea de disección en el cuerpo histórico, filosófico y aun psicológico del nazismo. Bajo la piel aparecen entrañas y vísceras que aunque puedan, con razón, presentársenos como repugnantes, forman parte de un organismo que, si se apoderó de una Alemania enloquecida, también encontró favorables afinidades en el resto de Europa y fuera de Europa. Los mitos y los símbolos son la sangre que alimenta todo cuerpo social. También en el caso del nazismo.
Rosa Sala nos descubre con rigor analítico y pericia literaria la sangre negra del nacionalsocialismo. Es importante asomarse a ella para reconocer, sin filisteísmo ni renuncias intelectuales, los precipicios del horror. Para no reincidir en la caída no basta con condenar. Lo valiente es comprender.
RAFAEL ARGULLOL.
INTRODUCCIÓN
I
EL HUMANISTA Y LA CRIADA
E l 14 de septiembre de 1939 apenas hacía dos semanas que el Tercer Reich había iniciado su ataque a Polonia; ese día, el corresponsal de la cadena norteamericana NBC en Alemania, William L. Shirer, mantuvo
la siguiente conversación —transcrita por él mismo— con su criada alemana, que había entrado en su habitación para expresarle lo terrible que le parecía la guerra:
—¿Por qué los franceses nos están haciendo la guerra? —preguntó la criada.
—¿Por qué les están haciendo la guerra ustedes a los polacos? —repliqué.
—Hum —dijo ella, con el rostro inexpresivo—. Pero los franceses son seres humanos —repuso finalmente.
—Y quizá los polacos también lo sean —objeté.
—Hum —respondió ella, inexpresiva otra vez[1].
El universo mental que aquí representa el culto e ilustrado periodista lo conocemos ya: se trata del vastísimo continente de la tradición humanista occidental, firmemente asentado en varios milenios de tradición religiosa judeocristiana. En cambio, el universo paralelo que, oculto tras el torpe hermetismo de la interlocutora, se opone a Shirer en este breve diálogo, todavía permanece rodeado de misterio. El propio Shirer, a pesar de haber pasado varios años inmerso en él, a duras penas supo interpretarlo, como tampoco supieron hacerlo muchos de los que, educados en la tradición occidental tradicional, tuvieron que enfrentarse en su día con la cosmovisión nazi. Aún hoy resulta poco conocida la cartografía del paisaje mental que se extiende, con sus cimas inhóspitas y sus abismos, tras los inexpresivos pero elocuentes «hum» de la criada de Shirer.
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El nacionalsocialismo de las atrocidades y de los crímenes sin nombre, el del Holocausto y la guerra de agresión, es sólo la siniestra punta del iceberg de un universo ideológico que se sumerge en las gélidas profundidades de una parte de la conciencia europea y que, en mayor o menor medida, fue compartido por miles de personas, incluso por muchas de las que torcían el gesto con desagrado ante la simple mención del ubicuo nombre de Hitler. Claramente afín al nazismo, por ejemplo, es la mentalidad que defiende Alma Mahler cuando, en sus memorias, habla de su defensa del «tipo heroico activo y wagneriano de Sigfrido[2]», o cuando acoge a un niño negro, que luego rechazaría, para que distraiga a su hija paralítica[3]; o cuando alude a Marc Chagall diciendo espontáneamente que es un auténtico judío «en el buen sentido del término[4]». De ser cierto lo que dijo de ella la poetisa Claire Goll, incluso habría abortado un embarazo de su tercer marido, el novelista Franz Werfel, por no dar a luz a un «semijudío[5]». Y, sin embargo, pocas personas son tan poco susceptibles de ser políticamente acusadas de nazis como Alma Mahler, casada dos veces con artistas de origen hebreo, ferviente y manifiesta enemiga de Hitler y que no vaciló en compartir con Werfel los peligros y penalidades de un exilio doloroso e incierto.
Casos como el de Alma Mahler no eran infrecuentes. El antisemitismo, el nacionalismo virulento y la idea de una humanidad dividida en razas estaban ampliamente extendidos por Europa y América, hasta el punto de haber contaminado el pensamiento occidental incluso más allá de cualquier ideología política. Podía haber personas —y las hubo, y las hay todavía— afines a lo que cabe llamar cosmovisión nazi que, sin embargo, no votaron ni habrían votado nunca a Hitler. El mérito —ciertamente, más que dudoso— del nazismo consiste en haber reconducido este sustrato ideológico y haberlo convertido en un movimiento político de masas, pero también en haber potenciado y hecho públicos los elementos ya presentes en él hasta el punto de aglutinarlos en una forma de ver al hombre y el Universo que se oponía frontalmente a los principios de la tradición judeocristiana.
No obstante, durante mucho tiempo, este último aspecto fue en gran medida pasado por alto. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, la situación geoestratégica creada a raíz de la guerra fría no favoreció el análisis de la ideología cuya cúspide política acababa de ser vencida en el terreno militar. Ni siquiera durante el célebre proceso de Nuremberg, en el que el humanismo defendido por Shirer había sido oficialmente establecido como el tamiz para juzgar las terribles últimas consecuencias del universo mental ingenuamente representado por personas como su criada, hubo ocasión de desvelar en toda su amplitud las ideas que se ocultaban tras las calladas objeciones de aquella mujer, compartidas por tantos alemanes. En este sentido, no es del todo incorrecto lo que Alfred Rosenberg, uno de los principales ideólogos nazis, dijo durante el proceso: «En estos tres meses de acusación se han expuesto muchas cosas terribles, pero no se ha hablado del nacionalsocialismo[6]». Y no es de extrañar, ya que en este aspecto los fiscales de Nuremberg se movían en un terreno resbaladizo. Cuando el abogado defensor de Rosenberg alegó que «el nacionalsocialismo tiene que ser desmembrado conceptualmente a fin de establecer cuáles son sus componentes[7]», el presidente del tribunal afrontó esta pretensión objetando que «lo que es el nacionalsocialismo le ha sido mostrado ya al tribunal» (en obvia referencia a los crímenes nazis que habían sido expuestos hasta el momento tanto por medio de las declaraciones de numerosos testigos como con imágenes estremecedoras) e impidió con sus interrupciones los reiterados intentos del abogado por exponer lo profundas e intrincadas que eran las raíces del pensamiento de su defendido. El tribunal sabía que al desenterrarlas podían salir a la luz sorpresas desagradables, como ya se había constatado unos días antes durante el juicio a otro acusado, Baldur von Schirach, cuando éste le comunicó al tribunal que el libro que más había influido en él y en sus camaradas hasta el punto de convertirlos en fervorosos antisemitas fue nada menos que El judío internacional, del reputado industrial norteamericano Henry Ford. Si bien el prudente objetivo oficial del proceso de Nuremberg era «debatir crímenes, y no cosmovisiones[8]», se daba la paradoja de que Rosenberg había sido acusado de preparar crímenes precisamente a través de la cosmovisión que él había difundido. Así, el fiscal general del Reino Unido, Sir Hartley Shawcross, no vaciló en determinar en su discurso acusatorio que «la culpa de Rosenberg como filósofo y teórico que preparó el suelo para la semilla del nacionalsocialismo queda fuera de toda duda[9]», y aunque éste no fuera, ni mucho menos, el principal motivo de su sentencia de muerte, el caso es que Rosenberg fue declarado culpable de «desarrollar, difundir y estructurar las doctrinas de los conjurados nazis expuestas en el punto primero de la acusación[10]», [11] titulado «Plan común o conjura». Con la condena de Rosenberg, el tribunal reconocía, tácitamente, la importancia de la ideología en la génesis del mal.
Pero tal y como se vio en el transcurso del proceso, la inmersión en las inexploradas simas ideológicas resultaba no sólo peligrosa en la medida en que sus lodos podían salpicar a los países vencedores, sino también estratégicamente inadecuada, ya que extendía el ámbito de la responsabilidad mucho más allá de los jerarcas nazis que las fuerzas aliadas se habían propuesto juzgar a título representativo. Y es que entretanto se había producido un brusco cambio de prioridades. Todavía en 1945, el general norteamericano George S. Patton, movido por su sentimiento antisoviético, llegó al extremo de proponer la organización y dotación armamentística de un par de divisiones nazis de las SS a fin de combatir a «los rojos»,11 delirante propuesta que fue rápidamente desestimada. Pero aun sin llegar a las armas, Occidente necesitaba a Alemania como aliado en la guerra estratégica contra el bloque del Este, lo cual implicaba cierta indulgencia respecto a la inevitable incorporación de antiguos nazis en la nueva administración del país. Ideológicamente, esta actitud resultaba más fácilmente justificable si se partía de la base de que el pueblo alemán había sido ingenuamente seducido por un dictador oportunista y sediento de poder que si se constataba que el fascinador veneno ideológico del nazismo había calado hondo y que tanto Hitler como las masas a las que éste y sus secuaces habían movilizado actuaban impelidos por una sincera convicción.
Pero más allá de difusas motivaciones políticas y estratégicas, también cierta aversión a «tomarse en serio» el trasfondo ideológico del nazismo, así como el consiguiente riesgo de ser malinterpretado como «explicador» y, por tanto, como «justificador» de sus atrocidades, ha mantenido a los historiadores en gran medida apartados de cualquier intento de análisis objetivo y neutral de esta dimensión del fenómeno nazi. Durante mucho tiempo prevaleció la tesis de Hermann Rauschning según la cual tanto Hitler como su movimiento serían «de naturaleza esencialmente nihilista», y también la postura banalizadora de Martin Broszat según la cual la ideología nazi sería un «fanatismo carente de contenido[12]». Ernst Nolte y Eberhard Jäckel fueron de los primeros en constatar que Hitler disponía de un programa ideológico consistente y que fue aplicado de forma sistemática[13]. Sin embargo, también esta constatación parece a todas luces insuficiente para explicar los pozos más sombríos de la desmesura del nazismo. Como sugiere Klaus Vondung, «el Holocausto sólo puede ser explicado […] mediante el análisis de un síndrome que cabe circunscribir bajo el concepto de religión política»[14], un concepto que, sin embargo, resulta polémico y aún hoy tiende a generar rechazo entre algunos historiadores, especialmente debido a la naturaleza abstracta y en gran medida indefinible de lo que cabe entender por religión. Aun así, en las últimas décadas ha empezado a debatirse este concepto en círculos académicos[15], aunque generalmente en ámbitos más afines a la filosofía o a la historia de las religiones o de las mentalidades que a la historia política propiamente dicha.
Con todo, la prolongada tardanza de la historiografía contemporánea a considerar el concepto del nazismo como religión política y analizarlo como tal resulta tanto más sorprendente si se tiene en cuenta que fueron varias las voces que ya en los años treinta —en cuanto testimonios privilegiados del ascenso del poder nazi— se alzaron para advertir de lo que a todas luces parecía la manifestación pública de un fenómeno esencialmente religioso. Ya en 1930, el filósofo marxista Ernst Bloch — quien, a diferencia de sus correligionarios, sí se tomaba muy en serio los aspectos mitologizantes de las ideologías políticas—, constató con preocupación que «en Rusia se sale al encuentro de los campesinos con fiestas de la cosecha y con la tumba de Lenin; en Alemania, en cambio, todas estas conexiones se dejan en manos de la reacción[16]». Y en marzo de 1936, el escritor suizo Denis de Rougemont, lector durante algunos años en la Universidad de Heidelberg, aún fue más lejos al anotar en su diario, tras haber asistido a una celebración nazi: «Había pensado asistir a un acto de masas, a una proclamación política. Pero ¡están celebrando su culto! Y para ello desarrollan una liturgia, la gran ceremonia sacra de una religión a la que no pertenezco y que me arrolla y me empuja hacia atrás con mucha más fuerza, incluso fuerza física, que todos esos cuerpos terriblemente rígidos»[17].. Dos años más tarde Rougemont añadió, en referencia a «la naturaleza religiosa del hitlerismo», que «esto ya no constituye ningún descubrimiento. Actualmente, hasta los periódicos hablan de ello. Pero me temo que el asunto se trata con excesiva ligereza, en imágenes, por medio de rumores o, simplemente, se comenta. Pero habría que hablar de ello en serio[18]». Ese mismo año (1938), el politólogo y filósofo austríaco Eric Voegelin respondió, sin saberlo, a esta petición de Rougemont al publicar el primer estudio analítico del nazismo entendido como fenómeno religioso en su tratado Las religiones políticas (confiscado por las autoridades nazis inmediatamente después de la anexión austríaca).
El mérito del concepto de religión política acuñado por Voegelin — que, en 1944, Raymond Aron prefirió transformar en «religión secular[19]»— reside en que atribuye la importancia que le corresponde al universo simbólico del fenómeno nazi, más allá de los hechos históricos. Por otra parte, este término reclama un análisis crítico del paulatino proceso de secularización que arranca en Europa con la Ilustración y que, en lugar de haber logrado su propósito de liberar al hombre para siempre de la tiranía del clero y de la sumisión irracional a Dios, parece haberlo conminado en ciertos casos a desarrollar sustitutos capaces de responder a unas necesidades religiosas tal vez inextirpables y que no pocas veces encuentran un pernicioso aliado en la política.
II
LA GRAN CADENA DEL SER
E xaminemos ahora las pistas que, entre vacilaciones, nos ha proporcionado sin quererlo la criada de Shirer. Lo poco que podemos deducir de sus observaciones es que está cuestionando la humanidad de los polacos, a los que, en cuanto eslavos, el nazismo consideraba seres inferiores. Inconscientemente, la criada de Shirer incidía en uno de los puntos neurálgicos de la cosmovisión nazi: el desmembramiento de la gran
cadena del ser.
Anticipada por Platón en cuanto consecuencia inevitable de su teoría de las ideas, fue sobre todo Aristóteles quien sugirió a naturalistas y filósofos de siglos venideros la clasificación de todos los seres vivos en una escala natural ascendente en función de su perfección, desde las criaturas más sencillas a las más desarrolladas[20]. Esta idea, que establecía una jerarquía a partir de un juicio implícito de valor, ya no abandonaría nunca más el imaginario occidental. Con todo, al menos hasta el siglo XVIII, el hombre constituía un eslabón central en esta cadena platónica, ubicándose a medio camino entre la materia inorgánica y Dios en una sucesión perfectamente graduada de criaturas que, tomadas en su conjunto, constituían los moradores del mejor de los mundos posibles.
Todavía Kant pensaba, en 1755, que «la naturaleza humana ocupa, por así decirlo, el escalón intermedio de la escala del ser[21]». Y aunque el hombre aún no creyera conocerlas en su totalidad, vivía en la convicción de que también por encima de él había una cadena de criaturas superiores que constituían la escala cósmica que conducía hacia Dios, obvio encarnador de la perfección absoluta. De este modo, al hombre le correspondía el papel clave de puente entre el mundo visible y conocido y el invisible e ignoto, entre el microcosmos y el macrocosmos, al tiempo que su dominio de la razón lo separaba significativamente de la cadena inferior de las bestias. La autoestima de nuestra especie no parecía amenazada.
Sin embargo, para que el mundo fuera de verdad totalmente perfecto, ya desde Platón se habían impuesto las características de plenitud y
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continuidad. Una naturaleza perfecta no puede dar saltos. Y, sin embargo, del animal al hombre parecía haber dado un salto mortal. A los filósofos y naturalistas del siglo XVII se les hacía cada vez más difícil aceptar este supuesto. Dos fueron los mecanismos compensatorios con que trataron de salirle al paso a la testarudez de los hechos: por una parte degradaron la singularidad cósmica del hombre en la cadena, tendiendo a integrarlo cada vez más en ella, lo cual pasaba por restar relevancia a las características que lo distinguían de los animales; por otra, se emprendió la búsqueda de los eslabones que lo separaban de las restantes criaturas conocidas a fin de poder establecer esa gradación perfecta que pudiera armonizar con su concepción de la naturaleza.
Todo esto no sólo alentó el ferviente entusiasmo por la taxonomía, una de las grandes pasiones de la época, sino que sentó las bases del futuro racismo. Negros, hotentotes, aborígenes: todos los que eran distintos o vivían de un modo distinto parecían haber nacido sólo para ocupar ese espacio a medio camino entre el hombre y el mono, entendido éste como la más parecida al hombre de todas las bestias. El gran clasificador Linneo ya había afirmado que «a juzgar por el contraste entre el europeo y el hotentote, difícilmente se puede llegar a la convicción de que tengan el mismo origen[22]». Y el otro gran taxonomista, el conde de Buffon, afirmó que «de no existir la circunstancia de que negros y blancos pueden tener hijos entre sí, se podría hablar de dos especies distintas; el negro sería respecto al hombre como el asno respecto al caballo; o, mejor dicho, si el blanco es el hombre, el negro no sería un hombre, sino un animal como el mono[23]».
Con el apoyo incondicional del imperialismo económico europeo empezó a resquebrajarse la hasta entonces sagrada unidad del hombre, añadiéndose nuevos eslabones a la cadena del ser que, al menos en apariencia, favorecían un calibrado perfecto de su gradación. El papel privilegiado que le había estado reservado a la humanidad en la tradición occidental pasó a ser ocupado por el hombre blanco, o, en una derivación no muy posterior, por el hombre ario. Si, según Hitler, la aria es la única raza fundadora de cultura, será, asimismo, la única que podremos calificar de verdaderamente humana.
No es éste el lugar para esbozar la infortunada historia ideológica del racismo. Sí, en cambio, interesa ubicar en la estela del pensamiento científico de la Ilustración los orígenes del centro neurálgico de la
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cosmovisión nazi, aunque sólo sea para poner entre interrogantes la tesis, tantas veces aducida, de que el nazismo es una mera consecuencia de una tendencia propiamente alemana al irracionalismo que se habría originado en el período romántico[24]. Que se trata de una cuestión mucho más compleja en la que se mezclan materialismo cientifista y mitologización romántica a partes iguales lo demuestra el caso del biólogo Ernst Haeckel (1834-1919), acuñador del término ecología, principal divulgador del darvinismo en Alemania y, como ha demostrado convincentemente Daniel Gasman, una de las figuras clave de los «orígenes científicos del nacionalsocialismo[25]». Haeckel y sus seguidores llevaron al extremo el proceso de transformación de la gran cadena del ser —iniciado en el siglo XVIII— al destacar lo que consideraban la principal consecuencia social del darvinismo: la naturaleza meramente animal del hombre, que a partir de entonces habría de ser un objeto de estudio más de la zoología. Al mismo tiempo, Haeckel extrajo las máximas consecuencias de las diferencias raciales encontradas en la especie humana: dado que «las razas inferiores (como los veda o los aborígenes australianos) están psicológicamente más cerca de los mamíferos (monos y perros) que de los europeos civilizados, tenemos, por tanto, que asignarles un valor totalmente distinto a sus vidas[26]». De ahí que, para Haeckel, las distintas razas constituyeran, literalmente, especies independientes. Si durante siglos el hombre había configurado un eslabón completo y cerrado en sí mismo en la cadena jerárquica del ser, ahora esa misma idea de jerarquía se había infiltrado en su propia categoría mitológica hasta descomponerla por completo y expulsar definitivamente del concepto hombre algunos de los nuevos componentes así establecidos. Con Haeckel, las leyes irrevocables de la naturaleza se imponían sobre cualquier valoración ética surgida de una tradición judeocristiana milenaria que él se había propuesto superar.
Si para Shirer el ser humano constituye todavía una categoría firme y englobadora de la que se desprende invariablemente una ética, para su criada —aun sin ser consciente de ello— el hombre no es sino un animal abandonado a las leyes de la naturaleza, en el que ya no cuentan las unidades nacionales, sino la pertenencia a una raza excluyente situada a la misma categoría de una especie y cuya cohesión se define por la unidad de la sangre. «Pero los franceses son seres humanos», había objetado. Y es
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que franceses y alemanes deberían ser aliados naturales porque comparten la pertenencia a la raza aria que constituye ahora el único elemento definitorio de humanidad, si bien de una humanidad sin gloria dentro de la monótona cadena de criaturas. La guerra al «infrahombre» polaco constituye una manifestación coherente de la lucha por la vida, una ley natural agotadora e incesante que no establece otro juicio de valor que la fuerza y la adaptación al medio. La distinción esencial entre cultura y naturaleza también ha sido puesta en entredicho. La cultura, que en sus distintas manifestaciones había dignificado al hombre frente al animal y había justificado su situación privilegiada, se convierte en una mera manifestación de un «grado superior de actividad psíquica[27]». Pero ni siquiera existe ya una oposición entre hombre y naturaleza: Haeckel y sus seguidores lamentan que desde la fractura del mundo clásico la civilización europea haya estado operando bajo la ilusión de que el hombre disfruta de una existencia e identidad únicas independientes de la naturaleza, cuando en realidad no es sino uno más de sus incontables componentes. En palabras de Paul Brohmer, un biólogo nazi, «el hombre no es sino un eslabón en la cadena de la naturaleza viva, como cualquier otro organismo[28]». La humanidad y sus logros, en definitiva, son abocados así a la más aterradora humildad cósmica.
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III
LOS VISTOSOS ROPAJES DE LA CIENCIA
S in embargo, esta percepción atrozmente materialista resultaría difícilmente soportable y a duras penas habría logrado imponerse de no haber sido debidamente recubierta de una gruesa capa de
mitologización pseudorreligiosa. Una vez más se manifiesta la complejidad de la separación, frecuentemente pretendida, entre aspectos científicos y mitológicos. Si ya los taxonomistas ilustrados se abocaron a su tarea guiados y confundidos por una idea apriorística que cabe calificar, cuando menos, de supersticiosa, como es la de la continuidad y plenitud necesarias de la cadena del ser, algunos pseudodarwinistas decimonónicos, encabezados en Alemania por Haeckel, iniciaron un proceso inverso al integrar una concepción originalmente científica y materialista en una construcción de naturaleza religiosa.
Este proceso cristalizó en el monismo, una religión secular fundada por Haeckel y que pretendía establecer una nueva forma de panteísmo capaz de sustituir el detestado dualismo que la tradición judeocristiana establecía entre espíritu y materia o, si se prefiere, entre trascendencia e inmanencia[29]. «El monismo no conoce más que una sustancia, que es al mismo tiempo Dios y la naturaleza», había afirmado Haeckel en su celebradísima obra capital, Los enigmas del Universo (1899). La propia cadena del ser, definitivamente temporalizada y ramificada por Darwin y a la que Haeckel incorpora también la materia inorgánica, se convierte en la única manifestación posible de cualquier principio divino, y la unificación monista de todos los fenómenos que ésta contiene se produce gracias a una fuerza vital que reside dentro de la misma materia, en una idea que tiene más en común con el monismo presocrático o con la filosofía romántica de la naturaleza que con el materialismo darvinista del que se supone que procede. Dios es naturaleza y deviene así un ser Ultramundano, en una forma de religión que ha renunciado a la trascendencia. Con la traslación literal de los principios de la naturaleza a la sociedad humana, igualmente incorporada al mundo natural en su conjunto, y que se manifiesta en un darvinismo social extremo, Haeckel confiaba regenerar al hombre
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ofreciéndole al mismo tiempo una alternativa válida para el cristianismo. De este modo, «el monismo haeckeliano como religión constituyó el prototipo de todos los posteriores programas religiosos fascistas[30]».
Desde la Ilustración, la verdad prácticamente había dejado de buscarse en la religión o en la filosofía; se tendía cada vez más a entreverla en la sombra supuestamente objetiva de la ciencia. La verdad se estaba embutiendo a sí misma en el estrecho corsé de la realidad, y el materialismo científico decimonónico parecía estar ofreciendo una realidad incuestionable que los encajes del monismo no hacían sino cubrir decorosamente. Sobre este maniquí a medio vestir iba a extender el nazismo sus vistosos y burdos paños de colores. En un informe secreto de 1942 destinado a minar la influencia del cristianismo en Alemania, Martin Bormann, jefe de la Cancillería de Hitler, puso de manifiesto la confluencia entre religión y ciencia al afirmar que «los conceptos cristianos y nacionalsocialistas son incompatibles» debido a que estos últimos «se basan en fundamentos científicos» y, «si quieren llevar adelante su tarea, tienen que guiarse siempre según los avances de las investigaciones científicas». En esta sentencia se descubre claramente de qué modo la autoridad científica, aceptada como único bastión de una verdad incuestionable, sustituye el espacio anteriormente reservado a los dogmas de fe. En una clara renovación del monismo haeckeliano, para Bormann «lo que llamamos el Todopoderoso o Dios» es «la fuerza que mueve todos esos cuerpos en el Universo, según leyes naturales[31]». Es la energía presente en la materia, el elemento susceptible de ser deificado y que permite darle la espalda al materialismo puro, por otra parte explícitamente denostado por el nazismo, al igual que el mecanicismo. Pero este armazón de panteísmo cientifista constituía únicamente la base sobre la que extender los numerosos aspectos litúrgicos y simbólicos de la cosmovisión nazi que permitirían la cohesión de su comunidad de fieles.
En el punto de engranaje entre esta doctrina teológica y los elementos que la componen se produce la más llamativa paradoja de lo que Robert A. Pois llama la religión de la naturaleza nazi. Y es que esa doctrina, en principio universalista y monista, no impidió la renovación del aborrecido dualismo que Haeckel se proponía aniquilar. Resulta significativo que este nuevo dualismo se desarrollara justo en el seno de ese elemento llamado «hombre» prácticamente reducido a la nada por el panteísmo nazi, precisamente en ese eslabón que antaño había constituido el eje central de
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la cadena del ser. Con este singular proceso, el calibrado de gradación perfecta al que habían creído acercarse los taxonomistas del siglo XVII volvía a descompensarse, hasta el punto de que esta vez la cadena entera estaba a un paso de romperse en dos: el eslabón intermedio entre los animales y el hombre, antes ocupado por negros, hotentotes y otra clase de criaturas consideradas primitivas y de piel más oscura, fue creciendo desmesuradamente en una parte del imaginario occidental hasta convertirse en una amenaza para el eslabón contiguo. Lo judío, ya anatomizado por el antisemita Haeckel en la medida en que lo consideraba el principal responsable de la tradición dualista que habría conllevado la degeneración humana, alcanzó una dimensión tal que lo poco que pudiera haber en él de sustancia material adquirió de inmediato una categoría simbólica. La nueva religión nazi se fundaba en un dualismo inmanente entre lo ario y lo no ario. La realidad materialista de la gran cadena del ser se había escindido, y es en esta escisión donde tienen cabida todos los elementos maniqueos y apocalípticos tantas veces constatados en el nazismo.
En la cosmovisión nazi, el primitivo y atávico mecanismo argumentativo de la polarización pudo desplegar toda su ruda eficacia. Fueran semánticamente antitéticas o no, parejas de términos como luz y oscuridad, campo y ciudad, vigor físico e intelecto, cultura y civilización, entre muchas otras, pasaron a depender de la antítesis principal ario/no ario, adquiriendo connotaciones positivas o negativas en función de si eran asociadas por analogía al primer o al segundo extremo. Si ya el término ario resultaba a duras penas definible, lo no ario era «una figura negativa elástica» que se definía por su negación y en el que tenía cabida cualquier oponente[32], aunque simbólicamente se centrara sobre todo en el término judío, cajón de sastre conceptual en el que cabían a la vez elementos tan dispares, e incluso antagónicos, como el bolchevismo o la plutocracia. Aunque el corazón de la cosmovisión nazi —a diferencia de otros fascismos— es por encima de todo racista, y aunque sus científicos y antropólogos raciales no cesaron de buscar confirmaciones biológicas para esta diferenciación, lo cierto es que la patente indefinición de las dos razas principales, así como su polarización en positivo/negativo y el amplísimo contexto semántico que se atribuía a cada una de ellas, sustituyen a las dimensiones abstractas, de índole ético-religiosa, del bien y del mal que el nazismo estimaba obsoletas. Consecuentemente, constituyó una
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cosmovisión segregadora, empeñada en extirpar de raíz los oscuros elementos judaicos de la luminosa comunidad del pueblo ario. Es sobre la base de esta nueva forma de exacerbado dualismo y de este culto a la pureza —y no tanto por la recepción de tradición alguna— como cabe calificar de espontáneamente gnóstico el nazismo. El miedo a cualquier forma de mezcla, no pocas veces simbolizado en el miedo a la sexualidad, recorre coactivamente el imaginario nazi.
Pero el poder fascinador de este primitivo dualismo desplegó su implacable energía divisora en toda clase de ámbitos. Incluso la ciencia, ese principio de autoridad al que se remitía Bormann como fundamento de la cosmovisión nazi, fue víctima suya. Bajo la premisa de que «el concepto de una ciencia “objetiva y no tendenciosa”, orientada hacia la “verdad absoluta” basada en la pura razón, que apareció en el período liberal, ha perdido hoy toda razón y justificación de existir[33]», la misma ciencia, antiguo paradigma de objetividad, se convierte ahora en una instancia relativa que se escinde entre la ciencia nórdica, espiritual e intuitiva, y la ciencia judía, materialista y racional. Del mismo modo en que hay distintas religiones monoteístas, donde cada una cree que su Dios es el único verdadero, los nazis parecen haber elevado su propia concepción científica a la categoría de verdad única. Sin embargo, con ello no hacen sino minar sin saberlo la base de la autoridad científica sobre la que habían sustentado en primera instancia su visión del mundo.
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IV
EL PAISAJE
L a contemplación de un paisaje desde las alturas sin haber explorado antes uno a uno los accidentes del terreno puede comportar percepciones engañosas en función de la luz que lo ilumine. En el caso de la religión, ya sea secular o no, estos accidentes del terreno son sin duda los mitos, símbolos, dogmas y rituales que lo componen. Como en un paisaje, son distintos los condicionantes que permiten aunarlos: el paso del tiempo es uno de ellos, y la erosión que éste conlleva a menudo tergiversa, difumina y vulgariza lo que pudo haber sido una idea original de afilados picos. Otro puede ser la súbita irrupción de unas circunstancias que dejan rastros de cráteres imborrables. Y otro muy importante es el artificio, que tala o reforesta bosques en función de su propia e interesada conveniencia. Muchos son los elementos que han confluido en la configuración del paisaje de la cosmovisión nazi cuyas coordenadas genéricas hemos tratado de encuadrar muy someramente en las páginas anteriores. Con todo, no se trata aquí de proseguir con las exploraciones a vista de pájaro, ya que en las últimas décadas han aparecido documentados e interesantes estudios dedicados a la dimensión pseudorreligiosa del nazismo. De entre los estudios genéricos destaca por la profundidad de su análisis y por su visión de conjunto el ensayo de Robert A. Pois sobre el nazismo entendido como «religión de la naturaleza[34]», pero también hay toda una serie de ensayos que han analizado el fenómeno bajo iluminaciones concretas. Uno de los primeros aspectos estudiados fue la herencia que, aun a pesar de su orientación manifiestamente anticristiana, el nazismo sustrajo de su principal rival ideológico (el cristianismo), y muy especialmente del catolicismo[35]. También se han analizado a fondo los aspectos esotéricos del nazismo, así como las herencias gnósticas y, en otro lugar, las apocalíptico-cristianas[36]. Y si bien las vertientes neopaganas y la incorporación de elementos de la mitología nórdica han sido objeto hasta el momento de una atención menor[37], los aspectos litúrgicos y ceremoniales del nazismo han recibido una dedicación muy
considerable[38].
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Sin embargo, se echa de menos un análisis pormenorizado de los distintos accidentes del paisaje ideológico nazi que sondee uno por uno los elementos que han contribuido a conformarlo. Ésta es la empresa que se propone el presente libro. Dado que cualquier pretensión de exhaustividad suele ser de antemano una tarea condenada al fracaso —tanto más al explorar una geografía tan enmarañada e inaccesible—, en las páginas que siguen se ha tratado de sondear mitos, ideologemas y símbolos que, aun siendo de naturaleza y relevancia dispar, pueden considerarse, cada uno a su modo, significativos de la cosmovisión nazi a la que pertenecen. La profundidad en la que algunos de ellos hunden sus raíces permitirá redescubrir viejas obsesiones culturales hoy olvidadas, mientras que otros más recientes contribuirán a proyectar cierta luz sobre los mecanismos empleados para generar un mito desde el poder o a la sombra de él; no nos será difícil vislumbrar en alguno de ellos el reflejo de otros mitos políticos o nacionales equiparables y aún muy presentes en nuestros días. En muchos reconoceremos, posiblemente no sin inquietud, elementos familiares de la sociedad actual, algunas de cuyas tendencias, como la Nueva Era, el ecologismo, el esoterismo, el culto al cuerpo, el imperio mediático, el turismo de masas o la publicidad deben a la cosmovisión nazi más de lo que sería de desear; buena muestra de que, a pesar de su naturaleza taciturna, finalmente la criada de Shirer ha logrado introducir una buena parte de su universo mental en el mundo locuaz y algo prepotente de su patrón.
Pero otros vestigios mucho menos sigilosos y considerablemente más aborrecibles han logrado entrometerse igualmente en nuestro mundo y renacer del silencio al que parecía haberlos condenado, aparentemente para siempre, el tribunal de Nuremberg: bajo cabezas rapadas, los uniformes de antaño han dado paso a cazadoras de cuero, mientras que, con el paso de las generaciones y de las circunstancias, el antisemitismo de antes se ha transfigurado en una infortunada xenofobia que no ha tardado demasiado en generar nuevas víctimas. Algunos creen que eso es motivo más que suficiente para mantener silencio en torno a los conglomerados míticos que tanta eficacia demostraron tener en el Tercer Reich y que dichos grupos tratan ahora torpemente de emular. No obstante, estos bienintencionados críticos parecen olvidar que la naturaleza humana siempre ha sentido más interés por lo que se le oculta que por lo que ve.
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De ahí que en las páginas que siguen tratemos de mostrar, con la mirada objetiva de un cartógrafo, los retazos de la geografía delirante y perversa de una cosmovisión afortunadamente derrotada a fin de no seguir perpetuando su misterio, aunque sin olvidar que no todos los paisajes son bellos, y que éste cuya orografía pretende aquí esbozarse está muy lejos de serlo.
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ÁGUILA [al.: Adler].
El águila es desde la Antigüedad el símbolo por excelencia del poder soberano, y como tal ha pervivido en el ámbito europeo hasta el día de hoy. El pico y las garras representan las armas legítimas de que dispone un Estado para su defensa. Este símbolo de soberanía pasó al Sacro Imperio Romano Germánico a través del Imperio Romano, convirtiéndose por esta vía en el símbolo tradicional del Reich alemán. No ha de sorprender, por tanto, que también el Tercer Reich, pretendido heredero de los dos imperios germánicos anteriores, quisiera preservar la tradición de un símbolo que atribuía a su régimen un sello de legitimidad fácilmente identificable, y eso a pesar de que el águila del Reich —si bien ahora se representaba libre de cualquier símbolo monárquico como la corona y el escudo— hubiera sido ya adoptada anteriormente por el sistema democrático de la República de Weimar, tan denostada por los nazis.
No obstante, además de este significado tradicional —más bien superficial— empleado sobre todo con fines propagandísticos, el simbolismo nazi del águila contaba con una segunda lectura menos obvia, vinculada con el simbolismo religioso y mitológico de este animal. Al águila se le ha atribuido desde antiguo una conexión con el ámbito espiritual, ya que era considerada el ave que vuela a mayor altura. Al ser igualmente un ave diurna, solía ser asociada al Sol, el fuego y la luz, así como al principio fecundador y masculino. En opinión de Carl Gustav Jung, el sentido último de este símbolo es la idea de altura. Todos estos significados, de por sí perfectamente coherentes con los ideales de la cosmovisión nazi, fueron incorporados por ésta al viejo simbolismo imperial, generando de este modo un paralelismo de significados oficial y oficioso que se superponen, sin negarse mutuamente, en un procedimiento bastante común al universo simbólico del nazismo. En el diario nazi Vólkischer Beobachter del 6 de setiembre de 1934 se pone de manifiesto este segundo significado pseudorreligioso en la afirmación de que únicamente el águila, «la única ave cuyo vuelo y mirada están dirigidos hacia el sol y la luz, puede convertirse en el símbolo de nuestro movimiento».
En el esquema básico diseñado personalmente por Hitler hacia 1923, el águila nazi sostenía en sus garras una esvástica colocada de punta y rodeada por una corona circular de hojas de roble, lo que generaba una vinculación entre la idea del Reich, representada por el ave, y la del
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Partido nazi, simbolizada por la esvástica laureada. A medida que se fue afianzando el poder de Hitler (uno de cuyos cuarteles generales se llamaba El Nido del Águila), el tamaño del águila fue aumentando significativamente respecto al emblema del Partido del que era portadora. Ello era posible debido a que la configuración del águila nazi, a diferencia de los símbolos de poder anteriores, era versátil y podía ser modificada a su antojo por los distintos artistas que la representaban siempre y cuando respetaran su espíritu. Con esta medida se pretendía evitar la reproducción estereotipada y en serie de este símbolo y permitir que cada artista le insuflara nueva vida al recrearlo, evitando así su petrificación como icono. De ahí que existan cientos de variantes distintas del águila nazi, desde las muy esquemáticas hasta las considerablemente realistas, tanto con las alas extendidas como dirigidas al suelo y a punto de emprender el vuelo. Incluso hubo escultores que, como Kurt Schmid-Ehmen, se especializaron en la representación de águilas y dedicaron a este motivo su atención casi exclusiva.
A finales del siglo XIX, el periódico Ostdeutsche Rundschau del político vienes proanexionista Karl Hermann Wolf, a quien Hitler tenía en muy alta estima, ya ostentaba en su cabecera la imagen de un águila imperial alemana con una serpiente en las garras, en la que la serpiente, símbolo bíblico del mal, representaba al pueblo judío. Este motivo fue ocasionalmente retomado en el arte nazi, como en la escultura El combate, de Fritz Bermuth, y su lectura está en clara consonancia con la opinión de Hitler según la cual el águila sería «el ario del reino animal». Efectivamente, la naturaleza depredadora de este animal frente al parasitismo comúnmente asociado a los judíos, así como la mencionada vinculación del ave rapaz a la luz y a las alturas permiten establecer un nexo común con las características atribuidas a la raza aria en el imaginario nazi.
Otra importante dimensión simbólica de esta criatura es la constituida por el ave Fénix, animal fabuloso parecido al águila que en el antiguo Egipto estaba asociado con el culto al Sol. Según la leyenda mitológica clásica, en el instante en que cree llegada su hora, el ave Fénix se autoinmola en una pira para renacer posteriormente de sus propias cenizas. En el dramático discurso pronunciado por Rudolf von Sebottendorff en la Sociedad Tule el 9 de noviembre de 1918, fecha del estallido de la revolución comunista bávara, se lee: «La runa Aar significa ario, fuego
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primigenio, Sol, águila. Y el águila es el símbolo de los arios. A fin de definir la capacidad de autocombustión del águila, se le ha otorgado el color rojo. […] A partir de hoy el águila roja es nuestro símbolo, que nos recordará que tenemos que pasar por la muerte a fin de poder vivir». En opinión del historiador Goodrick-Clarke, esta resurrección mística del águila denota una inconfundible influencia de las ideas de Guido von List, quien había aludido a la muerte y resurrección cíclica del águila como un símbolo específicamente germánico de renacimiento. De hecho, la necesidad de la muerte sacrificial a fin de permitir la pervivencia de la raza aria constituiría uno de los dogmas centrales de la cosmovisión nazi, a la que sería igualmente afín la concepción cíclica del tiempo representada de este modo por el animal. En este contexto, resulta significativo que en el célebre emblema de las gorras del uniforme de las Waffen-SS figure un águila planeando sobre una calavera con tibias cruzadas, ya que denota simbólicamente la victoria de la raza aria sobre la muerte y, al mismo tiempo, la necesidad de incorporar lo mortal para la propia supervivencia. Es también en esta línea como cabe interpretar el afán de autodestrucción que embargó a Hitler y a muchos de sus más fieles seguidores en cuanto dieron la guerra por perdida [crepúsculo de los dioses].
Por su misma naturaleza, el águila está inevitablemente asociada a la altura, por lo que también denota la idea de poder vigilante y de control. Su presencia en las películas de producción nazi es constante, y suele aparecer en las últimas escenas, significativamente superpuesta a la imagen de las tropas que desfilan. La cineasta Leni Riefenstahl, excelente integradora de la simbología nazi, alude muy hábilmente a ella en El triunfo de la voluntad al iniciar este documental propagandístico con una toma de la avioneta bimotor de Hitler sobrevolando las nubes, seguida de otra que muestra la sombra que la aeronave proyecta en el suelo. La clara alusión metafórica de estas imágenes queda reforzada mediante tomas ocasionales de águilas sobrevolando la ciudad de Nuremberg, seguidas de las grandes masas reunidas para el Congreso del Partido filmadas a vista de pájaro. De este modo, Hitler —quien ya en los poemas nazis había sido ensalzado como «el águila que lleva en las garras la reluciente espada liberadora»— aparece en esta película como la gran águila omnipresente que, gracias a su audaz empleo de la técnica, escudriña desde lo alto al pueblo reunido para rendirle culto. La comparación de los aviadores con las águilas que surcan el cielo que posteriormente retomada en la película
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de propaganda Jóvenes águilas (1943-1944), en la que se buscaba despertar el entusiasmo de los más jóvenes por la aviación y por la técnica.
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Cartel propagandístico: Alemania, país de la música (L. Heinemann, h. 1935). En un gesto protector, el águila nazi acoge en su seno la música alemana, representada por un órgano.
El águila nazi tuvo un papel fundamental en la iconografía del régimen. Solía aparecer en toda clase de carteles, cubriendo generalmente con sus alas el espacio gráfico donde iba el tema del cartel, en elocuente metáfora de la aspiración totalitaria del gobierno de Hitler. El águila con la esvástica remataba el frontón de casi todos los edificios nazis: así, en la Exposición Universal de París de 1937, el águila del pabellón alemán diseñado por Albert Speer parecía erigirse premeditadamente sobre el grupo de trabajadores que coronaban en actitud triunfal el pabellón rival de la Unión Soviética, situado justo enfrente. Y, a doscientos noventa metros de altura, era también un águila la que había de presidir la linterna de cristal de cuarenta metros de diámetro que constituía el remate de la cúpula de la Gran Nave de la nueva Berlín [Germania], En 1939, poco antes de comenzar la guerra contra Polonia, Hitler decidió que esta águila no debía llevar la esvástica en sus garras, sino el globo terráqueo. Y eso a pesar de que, veinticinco años atrás, el joven Hitler se había inquietado supersticiosamente al ver desplomarse el águila del Reich que coronaba el edificio de Correos precisamente en el momento en que estalló la Primera Guerra Mundial.
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El pabellón alemán, coronado por el águila, se enfrenta al pabellón soviético de Iofan.
Exposición Universal de París de 1937.
[Behrenbeck, 427-435; Cirlot, 57-58; Courtade/Cadars, 57, 59,114; Goodrick-Clarke (1992), 145; Hamann, 378; Scholdt, 78; Speer (2001), 151].
ANTORCHA [al.: Fackel].
Viejo símbolo de la verdad y la iluminación, en la era moderna se la ha asociado a la antorcha con la que Prometeo robó el fuego a los dioses para dárselo a los hombres. Éste es el significado por el que la sostiene en alto la estatua de la Libertad, en Nueva York, como símbolo del progreso y del conocimiento humanos.
En el ámbito cultural alemán, las antorchas fueron frecuentemente utilizadas en desfiles nocturnos conmemorativos o de celebración. Goethe, por ejemplo, en su autobiografía Poesía y verdad, recuerda los desfiles nocturnos con antorchas que realizaban los estudiantes de Leipzig en honor de prestigiosos profesores que se hallaban de visita en la ciudad universitaria. En 1930, y ya con connotaciones marcadamente patrióticas, se abrió un desfile de antorchas en el castillo de Heidelberg para celebrar el final de la ocupación francesa de Renania. Desde entonces, estos
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desfiles se reiteraron con una frecuencia inusitada durante todo el Tercer Reich a fin de solemnizar todo tipo de mítines o de ocasiones señaladas, hasta el punto de que llegaron a formar parte de la vida cotidiana de la Alemania nazi. Fue con un desfile de antorchas como Hitler celebró su toma de poder el 30 de enero de 1933; también el entierro de Hindenburg en 1934 recibió el acompañamiento de los portadores de antorchas. El efecto visual que este tipo de desfiles multitudinarios generaban en la oscuridad de la noche, que los testigos presenciales describen como un inmenso río de luz y fuego en movimiento, causaba una profunda impresión en el espectador, por lo que resultaban especialmente apropiados para enriquecer cualquier ceremonial. Sin embargo, este imponente espectáculo no resultaba fácil de ejecutar: un testimonio de la época recuerda que las antorchas eran sintéticas y soltaban chispas que prendían fácilmente en los cabellos, por lo que había que llevarlas separadas del cuerpo y mantenerlas también a una distancia prudencial de los demás.
Estos impresionantes efectos visuales y propagandísticos eran complementados con la extraordinaria riqueza simbólica que tenía la antorcha dentro de la cosmovisión nazi. Su simbolismo moderno como portadora de luz y progreso fue debidamente adaptado a los valores racistas del nazismo después de que, en 1842, el británico Thomas Arnold estableciera una perniciosa vinculación entre raza y progreso al afirmar que la antorcha de la civilización había ido pasando de raza en raza: primero habría estado en posesión de los griegos, después de los romanos, y, finalmente, como cúspide de la cultura cristiana occidental, de los germanos, quienes habrían preservado el legado de la Antigüedad y desarrollado la civilización medieval. La idea del relevo y de la herencia directa del legado griego que Arnold asociaba a la antorcha encontró su manifestación más palpable en las Olimpiadas de Berlín de 1936, en las que, siguiendo una idea de Carl Diem, se escenificó por primera vez el ritual del traslado de la llama olímpica por relevos desde Grecia y la ceremonia del encendido del fuego olímpico. (Aunque en las Panateneas se celebraran concursos de relevos con antorchas cuyo ganador tenía derecho a encender el fuego sagrado de la Acrópolis, y aunque hubiera fuegos eternos ardiendo en la arboleda de Olimpia, la antigua Grecia nunca conoció una carrera de antorchas estrictamente vinculada a los juegos olímpicos). A pesar de su primitiva carga ideológica nazi —hoy
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olvidada—, la tradición del traslado de la llama olímpica ha perdurado hasta la actualidad, en gran medida gracias a que en su escenificación se jugó con la duplicidad semántica del nuevo ritual, pues, bajo la aparente recuperación de una tradición griega original, permitía infiltrar contenidos ideológicos fascistas en unos juegos que teóricamente glorificaban la concordia e igualdad de las naciones.
Para el encendido de la llama olímpica en la arboleda sagrada de Olimpia en 1936 se empleó un espejo cóncavo fabricado por la casa Zeiss de Jena. El traslado de la llama a Berlín implicó a tres mil corredores de relevos, que atravesaron siete países. El barón de Coubertin, fundador de las Olimpiadas modernas, elogió esta ocurrencia, que estimó una oportuna ampliación del ritual olímpico cuyos rudimentos él había instituido. La idea de la herencia de la cultura clásica que habría pasado a Alemania a través del fuego de la antorcha fue especialmente puesta de manifiesto en el célebre documental olímpico de Leni Riefenstahl Fiesta de los pueblos (1938), cuyo prólogo muestra a un muchacho de cuerpo perfecto y vestido a la manera antigua encendiendo la primera antorcha; la carrera de relevos, en la misma estética arcaizante, avanza recorriendo el paso de las Termopilas. Goebbels, quien veía en la llama olímpica el «símbolo de fuerzas cósmicas», orquestó su recepción por las SA en el estadio de Berlín como si se tratara de una de las características celebraciones de solsticio nazis, y en su discurso exclamó: «¡Llama sagrada, arde! ¡Arde y no te apagues nunca!»..
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Willy Metier, El portador de la antorcha. Relieve de grandes proporciones realizado en un muro del Ordensburg de Vogelsang, uno de los selectivos centros de adoctrinamiento nazi para jóvenes. En la pared, apenas legible, figura la inscripción: «Vosotros sois los portadores de antorcha de la nación. Vosotros lleváis la luz del espíritu hacia adelante en la lucha por Adolf Hitler».
El ceremonial olímpico de la antorcha adquiere un significado aún más inquietante si se tiene en cuenta que en la simbología nazi la antorcha representa el complemento natural de la espada. Así lo demuestran las dos esculturas de Amo Breker que flanqueaban la puerta del patio interior de la Cancillería del Reich en Berlín, una de ellas sosteniendo una antorcha y la otra empuñando en alto una espada; fueron bautizadas respectivamente como El Partido y El Ejército. Breker afirmó haber optado «por las dos columnas en que se apoya todo Estado: el hombre de espíritu representado
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por la antorcha y el defensor del Reich simbolizado por el hombre de la espada». Desde esta perspectiva, y frente a la violencia de la espada, la antorcha representa el espíritu ario, como también lo sugiere su vinculación con elementos cósmicos tan positivamente valorados en la cosmovisión nazi como el fuego y la luz. Sin embargo, el fuego y la luz de presentes en la antorcha implican la idea de paso, de traslado de un lugar a otro, de movimiento y de iluminación del camino, y simbolizan así, en su constante asociación con la espada, el paulatino avance del nazismo en el terreno ideológico. De ahí también la importancia de la idea del relevo, presente a título individual, por ejemplo, en las palabras pronunciadas por el científico Robert Koch a sus estudiantes en una película de 1939 que lleva su nombre: «Vosotros, los jóvenes, me entenderéis si digo que no hay vida ni avance hacia grandes metas sin sacrificio. Sé que lo grande y lo bueno sigue viviendo en vosotros, en vuestro espíritu, en vuestros jóvenes corazones. El día en que la antorcha se deslice de nuestras manos, vosotros la alzaréis de nuevo y la llevaréis hacia un día nuevo y más hermoso». En este contexto, la antorcha representa la pervivencia del llameante espíritu ario a través de las generaciones, en una cadena de relevos sin fin.
Como era de prever, también se daba con frecuencia la vinculación entre la antorcha y el propio Hitler, hasta el punto de que esta asociación constituyó una metáfora recurrente en la poesía nazi. Así, el poeta Franz Lüdtke exclama en uno de sus versos, haciendo referencia al Führer: «Antorcha era, incendio en ascuas», mientras Gerhard Schumann compone: «Pero cuando se puso en pie, el fuego / del Elegido llameó en torno a su cabeza / e hizo descender la antorcha hacia la noche». Richard Billinger, en una metáfora que recuerda la resurrección del ave Fénix de sus cenizas y que, por tanto, puede relacionarse con el simbolismo del águila, canta: «¡Aquél cuyo espíritu provenga del fuego / no morirá nunca! / ¡De esta señal arde eternamente / una única resurrección!»..
Con todo, la antítesis entre la antorcha espiritual y la espada violenta no resulta tan nítida como pudiera parecer, no sólo por la violencia del fuego implícita en ella, sino, sobre todo, por la tradicional función bélica de las teas incendiarias. En este sentido, resulta elocuente la afirmación de Hitler según la cual la introducción de la bandera del Partido nazi (esvástica sobre círculo blanco en fondo rojo) habría tenido el efecto «de una tea incendiaria» sobre su entorno.
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[Adam (Breker, 199); Behrenbeck (Hitler, 417); Courtade/Cadars, 86; Hoffmann, 100, 145; G. Mann, 386; Neumann, 57; Poliakov, 261; Schodt (Lüdtke, Billinger, 77); Vondung (Schumann, 47)].
ARIO [al.: Arier, arisch].
El mito ario es sin lugar a dudas el núcleo seminal que estructura la práctica totalidad de la cosmovisión nazi. Originado en el ámbito científico de la lingüística comparada y posteriormente de la antropología racial, el nazismo lo dotó de los elementos necesarios para atribuirle una dimensión de naturaleza inequívocamente religiosa. Su papel vertebrador para el nazismo ha sido de tal importancia que Léon Poliakov, destacado estudioso del mito ario y del antisemitismo en Europa, ha llegado incluso a preguntarse si la carencia del mito de un mismo origen racial común no habrá desempeñado un papel destacado en la relativa debilidad política de otros movimientos radicales de derechas como Action Française.
El espíritu anticlerical de la Ilustración era reacio a aceptar el relato bíblico según el cual todas las razas humanas (semitas, carnitas y jaféticas) habrían descendido de Noé y, por tanto, serían de ascendencia judía. Por lo tanto, prefirió desplazar el origen de la humanidad del Oriente Medio al misterioso Extremo Oriente, concretamente al curso del Ganges. Ya Kant y Voltaire habían declarado la India fuente de toda civilización, aunque fue sobre todo Herder quien contribuyó a expandir la indofilia en el ámbito germánico. Este planteamiento iba a contar con el aval de los estudios de lingüística comparada, iniciados durante la segunda mitad del siglo XVII en el ámbito británico a partir de los tratados de James Parsons y, sobre todo, de Sir William Jones. Jones, estudioso del sánscrito, descubrió sorprendentes afinidades entre éste y las grandes lenguas clásicas europeas como el griego y el latín, y confirmó las certeras intuiciones de su antecesor Parsons en cuanto a la existencia de una familia lingüística indoeuropea. Con ellos quedó demostrado el origen común de lenguas tan dispares como el sánscrito, el griego, el latín, el gótico y las lenguas celtas. Sin embargo, no se ratificó la existencia de una cuna común india para toda la humanidad, tal como habían aventurado inicialmente los grandes filósofos ilustrados, pues ya Parsons había tenido ocasión de constatar que algunas lenguas, como el hebreo, no guardaban la menor relación con la gran familia lingüística recién descubierta. La gran distinción fundamental
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entre ario y judío, que un siglo y medio después iba a constituir el eje principal de la cosmovisión nazi, encuentra su más remoto origen en esta distinción incontestable que parecía dividir la humanidad en dos grandes grupos antagónicos.
El romántico alemán Friedrich Schlegel, conocedor del sánscrito y difusor en Alemania de estas nuevas teorías, contribuyó a profundizar esta distinción al ampliar la definición de indoeuropeo, inicialmente limitada al ámbito lingüístico, con conceptos que eran al mismo tiempo antropológicos y raciales. Convencido, como Herder, del origen indio de toda civilización, Schlegel aventuró la tesis de una gran raza superior formada en el norte de la India, desde donde se habría extendido por todo Occidente aportando sus conocimientos y fundando imperios. Atraída por una «idea sobrenatural de la gran dignidad y del esplendor del norte», esta raza portentosa habría llegado a poblar incluso las inhóspitas tierras escandinavas.
Fue también Schlegel quien en 1819 (más de treinta años antes de que se publicara el Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas de Gobineau, muchas veces considerado erróneamente el acuñador del término) designó la citada raza superior índico-nórdica con el término ario, derivándolo del término griego arioi de Heródoto, previamente empleado por Anquetil-Duperron para designar a medos y persas. Schlegel estableció una vinculación etimológica entre la raíz ariy el alemán Ehre («honor»), una asociación rica en comprometedoras implicaciones futuras en la medida en que favorecía la idea de una legítima aristocracia (del griego aristós, «el más noble») de la raza aria respecto a otros pueblos. El arioi griego parecía derivar a su vez del sánscrito arya, que en los Veda, el conjunto de textos literarios en sánscrito más antiguo que se conoce, es el nombre que se dieron a sí mismos los creyentes en los dioses védicos a fin de distinguirse de sus adversarios.
La etimología de ario ha generado las más delirantes especulaciones. Así, Guido von List pretendió demostrar en 1902 el supuesto origen divino de los arios afirmando arbitrariamente que el sustantivo alemán Arier estaba compuesto de ar («sol»), ri («producir», «engendrar») y er («gente»). Walther Wüst, en cambio, quiso probar en 1942 que los arios habían sido agricultores desde tiempos inmemoriales [sangre y tierra] al afirmar que ario significa «el que avanza en línea recta por el surco del arado». Sin embargo, según la tesis más razonable del indólogo Paul
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Thieme, poco adecuada para la explotación por los devotos del mito ario, en su origen arya habría significado «el extranjero» y habría sido el modo en que los habitantes autóctonos del valle del Indo habrían llamado a los invasores indoeuropeos. Éstos se habrían autodenominado así a fin de poner de manifiesto su dependencia de las normas de hospitalidad del territorio de acogida. De ahí que el dios védico Aryaman fuera, según Thieme, la encarnación divina de la hospitalidad sagrada.
Durante el siglo XIX, la cuestión de la raza aria configuró la base de una extensa serie de estudios y análisis de calidad dispar. A través de su famoso diccionario de la lengua alemana, Jacob Grimm, quien definía en él a griegos [Grecia], romanos, celtas y germanos como el fruto de sucesivas oleadas migratorias de origen asiático, contribuyó en gran medida a dar a conocer las nuevas teorías en círculos eruditos. Con todo, no fue hasta 1845 cuando la raza aria fue explícitamente definida en cuanto antítesis positiva del pueblo judío: aunque el creador del término —el propio Friedrich Schlegel, casado con una judía— estuviera muy lejos de ser antisemita, fue su discípulo Christian Lassen el artífice de dicha polarización. Claro precursor de muchos futuros dogmas nazis, Lassen definió los componentes principales del mito al postular el merecido triunfo del más fuerte, la superioridad de la piel blanca y la naturaleza juvenil y creativa de las especies más recientes, y lo vinculó a los germanos apelando a una mención —que después resultó ser un error de transmisión— del término Arii en la Germania de Tácito. De este modo Lassen creó un conglomerado ideológico que se complementaba óptimamente con el arraigado antisemitismo alemán, cuyo origen es muy anterior, hasta el punto de que no resulta desmesurado afirmar que la idea que se tenía del judío reclamó conceptualmente la invención de una raza aria. De ahí que en algunos casos, como el de Paul de Lagarde, la imagen del otro, constituida por los judíos, tenga un perfil mucho más nítido y definido que la propia identidad indogermánica o aria que la complementa.
Durante el Tercer Reich, se quiso ver en la figura de Christoph Meiners al precursor del concepto, en la medida en que este filósofo antisemita, aun sin emplear explícitamente la denominación ario, ya distinguió en 1811 dos grandes líneas genealógicas que dividían a la humanidad: la raza «clara y bella» y la raza «oscura y fea», anticipando la marcada polarización racial de la cosmovisión nazi, místicamente vinculada a su vez con las ideas de luz y oscuridad. Aun sin ser un racista
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propiamente dicho, Arthur Schopenhauer, filósofo muy apreciado por los nazis, contribuiría tiempo después de manera determinante a ahondar en este maniqueísmo al constatar una diferenciación radical entre las dos formas de pensamiento religioso, la cristiana y la judía, y atribuir un origen indio al Nuevo Testamento, vinculándolo así al concepto lingüístico-racial de lo indoeuropeo.
Hacia 1860, gracias a los libros y conferencias del indólogo Max Müller en el ámbito alemán y anglosajón, y de Ernest Renan en el ámbito francés, el mito ario ya estaba firmemente establecido en los círculos ilustrados de toda Europa, con su lección implícita de que los judíos tenían un origen distinto al de la mayor parte de los pueblos indoeuropeos. Pronto esta tesis se convertiría en un axioma científico indiscutible. A finales del siglo XIX, el mito fue extendiéndose y ampliando su alcance gracias a las aportaciones de la arqueología, que permitió identificar la esvástica como símbolo racial, así como por el gran auge del esoterismo europeo, que favoreció la formación del movimiento sectario racista del ariosofismo, importante fuente de inspiración para la cosmovisión nazi. Es verdad que algunos autores trataron en vano de frenar la perversa evolución del concepto. Así, a medida que el término ario adquiría unas connotaciones cada vez más inequívocamente racistas, Max Müller, principal responsable del empleo de este término en el sentido de indoeuropeo, formuló en 1872 la advertencia expresa de que un pueblo constituía una «unidad ideal […] mucho más fundamentada en factores espirituales tales como la religión y la lengua que en el parentesco y la comunidad de la sangre», por lo que no resultaría científico hablar de raza aria, sangre aria o cráneos arios. A pesar de estas salvedades, a partir de i860 la división entre arios y semitas, aceptada como dogma por todos los estudiosos, había pasado a formar parte de la cultura general de cualquier europeo educado.
Un importante punto de inflexión en la historia del mito fue el desplazamiento del supuesto lugar de origen de los arios: si hasta 1870 se consideraba que la patria primigenia de la raza aria era sin lugar a dudas el ámbito indoiranio, en la década de los ochenta, alentados por el vehemente nacionalismo de los años de fundación del Segundo Reich alemán, algunos autores como Karl Penka (Origines ariacae, 1883) empezaron a sugerir que, en realidad, el origen del hombre ario debía ubicarse en el norte de Europa, y que no habría emigrado al continente asiático hasta mucho tiempo después. La circunstancia de que la casta hindú de los brahmanes
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tenga la piel más clara que las castas inferiores, lo que sugiere una migración posterior, parecía avalar este tremendo desplazamiento geográfico, que pasó a cuestionar de golpe toda la tradición previa de los estudios indoeuropeos. Asimismo, la vieja asociación etimológica schlegeliana entre ario y honor favorecía la creencia de que los habitantes autóctonos de Irán y de la India habrían recibido a sus invasores como a aristocráticos seres superiores a los que se habrían sometido de buen grado.
La idea del origen nórdico de los arios fue rápidamente retomada y difundida por antropólogos populares y por ariosofistas como Guido von List y Lanz von Liebenfels y permitió alejar aún más el mito ario de su ámbito científico originario, dotándolo de una aureola mística. Otto Rahn, por ejemplo, afirmaría en 1937 que la fuerza aria latente en Europa durante los siglos de opresión cristiana reconocía su centro en el Polo Norte, emplazamiento que tendría el poder de unir espiritualmente a hombres que, aun siendo de lugares distintos, compartían una misma raza y linaje «en el alto norte». A pesar de todo, algunos estudiosos más o menos afines al Tercer Reich trataron de continuar con la tradición científica de los estudios indoeuropeos y siguieron apegados a la idea del origen asiático, aunque su actitud les valió el ataque frontal de algunos etnólogos nazis que, como Wilhelm Emil Mühlmann, los acusó de minar la idea nórdica y de difundir propaganda contraria al nacionalsocialismo.
Este desplazamiento geográfico influyó en el empleo del término ario en el ámbito lingüístico alemán. Si en 1867 Arier todavía se define como sinónimo de Indogermane (denominación preferida a Indoeuropäer), a partir de entonces se prefirió esta última opción, a veces incluso simplemente sustituida por Germane, especialmente en los textos literarios. En ello late una reticencia creciente a aceptar un origen racial tan remoto y tan poco identificadle con los valores germánicos como la India. Una vez efectuado el vuelco hacia el norte, el término no tardó en verse desplazado por el versátil adjetivo nordisch, relegándose arisch para los registros de aspiración más explícitamente científica o racial. (Nordisch sería la denominación común más usual durante el Tercer Reich, en especial para referirse a los ámbitos culturales supuestamente arios, mientras que popularmente, a modo de eufemismo, se tendía a preferir deutsch «alemán» para hacer referencia a los arios y distinguirlos de los
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judíos, opción que podía resultar hiriente para todos aquellos judíos asimilados que se consideraban tan alemanes como cualquier otro).
El virulento nacionalismo alemán de finales del siglo XIX también alentó una definición más precisa de las características físicas y espirituales del hombre ario al vestir lo que hasta entonces había sido una desnuda abstracción y sentar así las bases del mito propiamente dicho. Fue en esta época cuando le fue atribuida la cabellera rubia que aún hoy se asocia a su imagen. El nuevo auge de la frenología, reimpulsada por el médico liberal Rudolf Virchow, permitió asignarle un cráneo alargado frente a los cráneos más redondeados de las razas inferiores. Las germinas pretensiones científicas de Virchow lo indujeron a proponer un estudio socioanatómico de los niños europeos, una empresa de dimensiones descomunales que llevó a cabo en un período de más de diez años durante los cuales tomó datos de más de quince millones de escolares. La indiscutible preponderancia de melenas rubias y ojos azules en el norte de Europa parecía avalar la nueva tesis del origen nórdico de los arios, que habrían migrado hacia el este y se habrían mezclado ocasionalmente con las poblaciones autóctonas.
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Georg Kolbe, Pareja (1937). La escultura pública nazi tendía a mostrar la imagen idealizada del hombre y de la mujer arios, estableciendo así el prototipo de lo que debería ser la raza aria pura.
Con todo, ya por entonces se puso de manifiesto la evidente dificultad de definir criterios raciales sobre la base de datos físicos concretos, una dificultad que los futuros antropólogos raciales nazis se empeñarían obcecadamente en combatir. Así, algunos coetáneos franceses de Virchow defendían la tesis diametralmente opuesta según la cual los arios poseerían un cráneo redondo, y veían su encarnación ideal en los antiguos galos. Según parece, la consecuencia lógica de estas llamativas desavenencias científicas —que la existencia de una raza aria es una mera hipótesis en la que cristalizan los anhelos secretos del imaginario europeo— no fue
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formulada hasta 1892 por el arqueólogo Salomon Reinach, quien escribió que la suposición de que una hipotética raza aria de tres mil años de antigüedad pudiera todavía seguir existiendo «es sencillamente absurda». El propio Virchow acabó rindiéndose a la evidencia y admitió que la primitiva raza aria había dejado de existir por completo. Por desgracia, Fue precisamente en el momento en que la ciencia empezó a abandonar su preciado objeto de estudio cuando éste pasó a manos de diletantes y demagogos de variada índole y adquirió su más virulenta dimensión pseudorreligiosa, que culminaría en su adopción como doctrina oficial por el Tercer Reich.
Hacia 1896, al afirmar pseudobiológicamente que «lo igual sólo debe cruzarse con su igual, tanto entre los pueblos humanos como en el reino animal o vegetal», Ludwig Büchner aproximó el concepto de raza a la definición común de especie según la cual ésta se compone de «aquellos seres orgánicos que son capaces de fecundarse entre sí» sin que se produzca una merma en las características de las crías. De la obediencia a esta norma se derivaba un principio ético, por más que se tratara de una ética de corte materialista en la que la naturaleza usurpaba el papel castigador de Dios. Aunque fuera sobre una base supuestamente científica, la mezcla de sangre generaba culpabilidad y había adquirido tintes religiosos de pecado. De esta actitud pasiva de obediencia al intervencionismo activo en pro de la mejora de la calidad racial sólo había un paso, y este paso lo dio en 1899 el ideólogo Houston Stewart Chamberlain, yerno de Wagner y referencia inexcusable en la antropología racial nazi: «Aunque llegara a demostrarse que en el pasado nunca existió una raza aria, nosotros querríamos que en el futuro hubiera una». En este importante aspecto Chamberlain se diferenciaba de Gobineau (comúnmente considerado su inspirador) en la medida en que se rebelaba contra la resignada convicción de su antecesor francés según la cual los arios estaban abocados a la extinción ante el avance irrefrenable de las razas negra y amarilla. Con Chamberlain, la existencia de una humanidad aria ideal dejó de ser el mero vestigio de un pasado remoto para proyectarse hacia el futuro. En la misma línea se situaba Ernst Haeckel, principal representante del evolucionismo en Alemania, quien defendió la tesis de que los individuos arios eran los mejor adaptados al medio, mientras que era preferible impedir la reproducción de judíos y enfermos mentales. Más adelante, durante la República de Weimar, la fe en un
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esplendoroso porvenir ario otorgaría nuevas esperanzas a una Alemania marcada por un profundo pesimismo cultural. Lo ario pasó a convertirse en un paraíso del que Chamberlain fue el principal profeta.
Chamberlain contribuyó a ahondar en las características espirituales que supuestamente diferenciaban a los semitas de los arios: los primeros eran monoteístas, mientras que los segundos creían en la Trinidad, con lo que demostraban haber sabido trasladar al cristianismo el tres como antiguo número sagrado ario. En ello se pondría de manifiesto el fenómeno primigenio que subyace a cualquier experiencia religiosa y que estaría indefectiblemente grabado en lo más profundo de la psique racial. Por estos mismos derroteros avanzaría la distinción sistemática efectuada más adelante por el psicólogo Carl Gustav Jung entre la «psicología germánica» y la «psicología judía». También en el terreno científico se postuló la existencia de diferencias insalvables que derivaron en la diferenciación entre una «física judía», cuyo máximo representante era Einstein, y la «física alemana», que seguía defendiendo la existencia de un universo tridimensional.
Durante el nazismo, estas consideraciones —que pretendiéndose todavía científicas se estaban ya abocando irrefrenablemente al terreno de la especulación— fueron acortando la distancia que todavía las separaba de la tradición esotérica europea, que se había apropiado del mito ario desde que, en 1888, Madame Blavatsky publicara su Doctrina secreta. Según Blavatsky, la raza aria habría sido la quinta de las razas radicales que habrían poblado la tierra desde sus orígenes, su antecesora habría sido la raza cuarta o de los atlantes [Atlántida], seres superiores de poderes prodigiosos cuya sangre seguiría fluyendo parcialmente por las venas de los arios y de su rama germánica. Posiblemente gracias al prestigio científico que lo había precedido, el fascinante mito ario reelaborado por Blavatsky abrió las puertas a la generación de una rama autónoma del teosofismo, bautizada en 1915 como ariosofismo por Lanz von Liebenfels.
Según los ariosofistas (principalmente el propio Lanz y su antecesor Guido von List), la fe en que la raza aria descendía de los atlantes imponía inevitablemente la necesidad de purificar por medio de la eugenesia esa sangre original perdida y constituía un pertinente complemento mitológico a la visión cientifista de Chamberlain. Los ariosofistas creían que los arios eran la única raza creadora de cultura y que, en cuanto cima del desarrollo humano, estaban llamados a dominar el mundo. Según escribió List en
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1911, debían mantenerse estrictas leyes maritales entre los arios a fin de recuperar y conservar su pureza racial frente a las castas inferiores de los no arios, anticipando de este modo el futuro elitismo místico de las SS. En 1925, Lanz von Liebenfels escribió que el mundo entero estaba animado por una energía panpsíquica idéntica a Dios y que encontraba su manifestación más perfecta en la raza rubia y de ojos azules de los arios. Con ello Lanz anticipaba la íntima asociación entre el mito ario y el principio divino que iba a encontrar en Alfred Rosenberg a su principal defensor. El maniqueísmo apocalíptico de la lucha del Bien — representado por la luminosa raza aria— contra el Mal —encarnado por el judío oscuro, traicionero y corruptor— halla su expresión más virulenta en el ariosofismo, cuya actitud místico-religiosa iba a ser retomada sin apenas cambios por los principales ideólogos nazis, con Hitler a la cabeza.
También Alfred Rosenberg creyó ver la necesidad urgente de «despertar a la vida el alma racial» de los arios asignándole el dominio que merece tanto en la política y en el arte como en la religión. Con su paradójica expresión de «alma racial». Rosenberg asume por completo la existencia de un nexo indisoluble entre determinadas cualidades espirituales y la sustancia biológica colectiva a la que supuestamente pertenecen, con lo que el concepto racial ario pasa a invadir definitivamente todos los ámbitos de la vida humana. No es de extrañar, por tanto, que para los nazis la humanidad entera y sus mejores logros dependan, en última instancia, de la supervivencia de la raza aria, ni que el combate contra las razas inferiores adquiera visos apocalípticos cuya trascendental importancia sofoca forzosamente cualquier consideración humanitaria.
También Hitler anuló la diferencia entre raza y alma al afirmar en Mein Kampf que «lo que hoy vemos en cuanto cultura humana, en cuanto a los resultados del arte, la ciencia y la técnica, es casi exclusivamente un producto creativo del hombre ario», donde parece haberse inspirado en Richard Wagner, quien ya había afirmado que sólo los arios podían ser creativos. Unas páginas más adelante, Hitler divide a la humanidad en «fundadores de cultura», «portadores de cultura» y «destructores de cultura». Los primeros serían sin lugar a dudas los arios, quienes emplearían a los segundos como mano de obra forzosa a fin de poder fundar las grandes culturas necesariamente derivadas de su raza. La degeneración de estas culturas se habría producido en cuanto los arios
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dejaron de cumplir el precepto de no mezclarse con las razas inferiores de los portadores. En cuanto a los destructores de cultura, no resulta difícil imaginar que Hitler se estaba refiriendo principalmente a los judíos. Según Hitler, la superioridad fundadora de los arios no reside sólo en sus capacidades intelectuales, sino en su disposición a sacrificarse por el bien de la propia comunidad racial.
Durante el Tercer Reich resultaba paradójica la gran distancia existente entre la imagen ideal del ario alto, rubio y atlético, que dominaba casi por completo la estética nazi, y el aspecto físico de los principales representantes del nazismo. Así, por la Alemania de entonces circulaba un chiste según el cual ario sería aquel que fuera «rubio como Hitler, delgado como Göring, alto como Goebbels y casto como Rohm». No obstante, esta aparente paradoja adquiere sentido si se tiene en cuenta que, en la cosmovisión nazi, el mito ario se proyecta en un futuro ideal. Los ideólogos nazis defendían la tesis de que la raza aria actual se había visto profundamente corrompida por las sucesivas mezclas de sangre producidas a lo largo de los siglos, por lo que asumían como su misión la recuperación de la raza original perdida por medio de la promulgación de leyes raciales, el exterminio de los elementos destructores judíos y las medidas de eugenesia y reproducción controlada. En su origen, las SS de Himmler constituyeron una selección de los alemanes racialmente más puros que pudieran encontrarse a fin de que en un futuro próximo pudieran desempeñar un papel esencial en la regeneración de la raza. Aun sin responder estrictamente a las características raciales arias, los grandes jerarcas nazis liderados por Hitler se veían a sí mismos como los proclamadores y ejecutores de esta misión purificadera que estimaban sagrada.
El aura de misterio que rodea a los antiguos ocupantes del valle del Indo autodenominados arya, de los que aún hoy se sabe muy poco, facilitó sin duda el desarrollo de muchas de las especulaciones aquí descritas en una época en la que la base científica de la antropología racial todavía no se ponía en duda y en la que el imperialismo nacionalista dominaba por completo el terreno político occidental. Actualmente se sabe que esos arios primigenios fueron pueblos nómadas que llegaron al Asia central en el II milenio a. C., y que aportaron su lengua (el sánscrito), la religión védica y una jerarquía social que anticipó el sistema de castas. No obstante, todo parece apuntar a que su lugar de procedencia eran las montañas del
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Cáucaso, un territorio muy alejado del norte europeo defendido por los nazis como patria original de estos pueblos. Contrariando asimismo la tesis según la cual los arios serían fundadores de cultura, la lingüista Ruth Römer afirma que «actualmente está confirmado que los indoeuropeos, si es que existieron, en tiempos de las grandes culturas camiticas, semíticas y sumerias eran bárbaros iletrados que no habían domesticado ningún animal ni cultivado planta alguna». En la actualidad, oscurecido por el peso de una tradición que hizo de esta palabra la bandera de la depuración racial, el término ario ha regresado a sus ámbitos originarios de la indoiogía y la lingüística.
[Goodrick-Clarke (1985), 20, 64, 164, 255; Gugenberger, 11, 53; Hamann, 294; Klemperer (1995), vol. VII, 49; Mehring, 91; Mein Kampf, 317; Michel, 151; Poliakov, 205, 209-226, 242, 280, 288, 296-299, 305, 308,324, 350-352; Rahn, 139; Romer, 79; Rosenberg, 2; See, von (Chamberlain, 292), 299, 301, 314; Siegert; Strohm (Thieme, 73-74); V. V.A. A., 156; Wistrich, 135].
ARMA MILAGROSA [al.: Wunderwaffe].
En la Segunda Guerra Mundial, en el universo recién descubierto de la guerra tecnológica, imperaba el sueño (hoy parcialmente realizado) de una guerra sin bajas propias, en la que las armas actúen por sí solas y determinen de manera rápida y eficaz el resultado del conflicto bélico; este sueño actuó con tanta mayor fuerza de persuasión cuanto más desesperada se volvía la situación militar y mayor era el desencanto de la población ante las muertes masivas de soldados. En el caso de la Alemania nazi, éstas fueron las circunstancias que favorecieron la pronta difusión del mito del arma milagrosa que iba a cambiar de golpe el curso de la contienda e impedir en el último momento una derrota que parecía cada vez más inevitable. El arma milagrosa fue el recurso que, en el imaginario alemán, permitió conciliar la fe ciega en el Führer y en la victoria final con la inevitable constatación de unas circunstancias militarmente desesperadas. Al mismo tiempo, es el testimonio de un culto casi religioso a la técnica, especialmente alentado por los nazis, que se había implantado paulatinamente en todo el mundo occidental contemporáneo. Con la fe en el arma milagrosa, se atribuyeron a los artefactos técnicos las capacidades semidivinas que antaño habían estado reservadas a la figura del deus ex machina que irrumpía milagrosamente al final de algunas tragedias griegas para poner orden y encauzar el rumbo descarriado de las cosas. No obstante, en este caso se trataba de un dios que no tardaría en adquirir
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visos de existencia: el lanzamiento de la primera bomba nuclear en Hiroshima, en agosto de 1945, convirtió en un hecho palpable lo que hasta ese momento, entre la población alemana, había sido una fe en gran medida irracional.
Según el entonces ministro alemán de Armamento, Albert Speer, éste habría mantenido conversaciones en mayo de 1942 con los científicos Otto Hahn y Werner Heisenberg sobre la posibilidad de crear una bomba atómica en Alemania; sin embargo, el odio visceral que Hitler sentía por todo lo relacionado con Einstein y la «física judía» había impedido que el dictador apoyara esta opción, inclinándose finalmente por los cohetes autopropulsados V-1 y V-2 desarrollados en Peenemünde. Por otra parte, los daños que en febrero de 1943 sufrió la fábrica de agua pesada de Vermork (Noruega), a manos de unos saboteadores, así como el hundimiento un año después en los mares de Escandinavia del buque de carga de agua pesada Hydro, entre otros motivos, habían echado al traste el sueño de una bomba atómica alemana, por lo que ya sólo quedaba apostar por los cohetes. Su inicial V era la abreviatura de Vergeltung («revancha»), pretenciosidad de la que se burlaron los británicos en sus emisoras de radio, que argumentaban jocosamente que, antes que Vergeltung, la V debería significar Verzweiflung («desesperación»). El pueblo alemán, por su parte, en vista de la ineficacia que finalmente demostró tener el V-t para poner fin a la guerra, pasó a denominarlo coloquialmente Versager 1 («Fracasado i»), A fin de mejorar la puntería del V-t, la piloto Hanna Reitsch, fanática nazi, insistió en crear una versión pilotada del cohete, lo cual, obviamente, implicaba la muerte segura del piloto. Hitler rechazó la propuesta por poco adecuada para un soldado y por no responder a la mentalidad alemana [Japón].
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Espectacular fotografía de Walter Frenz que muestra una fase del montaje del cohete V-2 en el túnel B del campo de Dora. Forma parte de un reportaje propagandístico encargado por Albert Speer con la intención de tranquilizar a los dignatarios nazis sobre la viabilidad de este campo de fabricación de armamento. La fotografía omite premeditadamente cualquier detalle que pudiera informar sobre las inhumanas condiciones de vida y de trabajo a las que eran sometidos los prisioneros que posan en ella.
El V-2 en cambio, claro precursor de los misiles balísticos actuales, habría podido influir seriamente en el curso de la guerra de no haber sido por los constantes bombardeos aliados sobre las bases de lanzamiento, su escasa precisión de tiro y la carga relativamente pequeña de explosivos que podía llevar (menos de una tonelada). Aunque se atribuye sobre todo a Goebbels y a su lugarteniente Berg la explotación propagandística de la supuesta arma milagrosa —en la que se vio un eficaz medio para alentar al pueblo alemán a la resistencia total frente al enemigo—, lo cierto es que el propio Albert Speer le procuró cierta base a mediados de 1943 al proclamar el críptico lema de que la «cantidad puede verse no sólo
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compensada, sino incluso vencida por una mejor calidad». Más adelante, tras la rápida y exitosa ocupación aliada de Francia en agosto de 1944, un miembro de las SS llamado Hernau escribió un artículo según el cual la retirada del territorio francés habría sido un truco del ejército alemán a fin de permitir un contragolpe secreto tanto más virulento, aludiendo de forma implícita a la posesión de un arma secreta. Es verdad que a finales de 1944, cuando los cohetes V-1 y V-2 ya habían demostrado su relativa ineficacia en su empleo contra Londres y Amberes (aunque los V-1 lanzados en Londres llegaran a matar aproximadamente a cinco mil civiles), Speer quiso desmentir este mito que impedía al pueblo alemán aceptar la derrota y lo alentaba a una resistencia suicida. Sin embargo, fue precisamente por entonces cuando la propaganda en este sentido adquirió mayor virulencia. La radio alemana transmitía la reproducción del impresionante ruido de los cohetes durante el lanzamiento. Se hizo creer a la población que la ciudad entera de Londres había quedado destrozada por efecto de los V-2 y que tanto el gobierno como los habitantes habían huido, abandonando la capital. Aunque, a instancias de Speer, Goebbels se abstuvo de informar públicamente sobre las supuestas nuevas armas secretas, montó un dispositivo especial destinado a difundir rumores sobre éstas, lo cual demostró ser mucho más eficaz en una población que —al menos desde la primavera de 1944— había aprendido a mostrarse escéptica respecto a los comunicados oficiales. Los horóscopos de los periódicos, por ejemplo, fueron manipulados de modo que vaticinaran giros sorprendentes en un futuro inmediato y ofrecieran especulaciones prometedoras.
La fe supersticiosa en las capacidades casi mágicas de la técnica armamentística encontró terreno abonado en el pueblo alemán, al que ya sólo le quedaba cifrar en ella su confianza en una victoria final. Según cuenta el corresponsal británico William L. Shirer, durante los bombardeos británicos de 1940 los ciudadanos de Berlín se mostraron incluso dispuestos a creer que los aviones de la RAF estaban cubiertos de una pintura especial que los volvía invisibles, lo cual permitía explicar el inquietante fracaso de los cañones antiaéreos que defendían la ciudad. A partir de 1944, una vez aceptada la posibilidad de la derrota, tan sólo los nazis más fanáticos se sentían inclinados a representar un absurdo crepúsculo de los dioses. Los alemanes más moderados, en cambio, no podían llegar a comprender una resistencia militar tan encarnizada a no ser
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que el gobierno dispusiera de algún recurso secreto que ofreciera al menos la posibilidad de cambiar la situación de un día para otro. Incluso varios altos representantes del poder nazi, como Walther Funk, vivían ingenuamente apegados a esta fe desesperada, que llegaba a extremos grotescos. El joven Ernst Lorenz, por ejemplo, estudiante de una escuela superior de elite nazi que había caído prisionero en los últimos meses de la guerra, notó un soplo de aire un día soleado de mayo y se dijo: «Éste es el efecto final de la onda expansiva de un arma milagrosa. ¡Esta corriente tiene que venir de alguna parte!».. Y un conocido de Victor Klemperer le habló de un avión monoplaza que supuestamente ya se estaba produciendo a gran escala y que volaba «a una rapidez tan increíble que sólo puede disparar hacia atrás, ya que vuela más deprisa que la bala que dispara», así como de una «turbina que permite aspirar los aviones enemigos y estrellarlos contra el suelo». Todavía en abril de 1945, sólo unas semanas antes de la capitulación incondicional alemana, gran parte de la población creía que la fecha escogida para activar por fin el arma milagrosa iba a ser el 20 de abril, día del cumpleaños de Hitler. Antes de esa fecha, Goebbels había justificado la demora alegando que los efectos del arma eran tan terribles que el Führer aún vacilaba en emplearla.
La ambición por conseguir un bien tan codiciado afectó también a algunos líderes nazis, como Himmler, que en la primavera de 1944 dedicó una sección del departamento científico de las SS Herencia Ancestral (Ahnenerbe) al desarrollo de un arma milagrosa inventada por un charlatán, el coronel de la Luftwaffe Schröder-Stranz, a pesar de que en mayo de 1944 Hitler y Speer habían acordado prohibir la planificación de cualquier arma nueva a fin de evitar problemas logísticos que pudieran afectar el desarrollo de los cohetes V. De ahí que el aparato de radiación del coronel, que ya había sido rechazado por el ejército, no fuera calificado de arma en sentido estricto, ya que los misteriosos rayos que emitía no sólo tenían la propiedad de matar o paralizar, sino también de sanar. Supuestamente, incluso eran capaces de detectar la presencia de petróleo en un momento en que las tropas alemanas estaban más necesitadas que nunca de combustible. Himmler no mandó interrumpir las investigaciones en torno a este singular aparato hasta febrero de 1945, cuando la situación en el frente hizo absurdo cualquier esfuerzo adicional en este sentido.
El mito del arma milagrosa llegó a gozar de una sorprendente pervivencia. El temor a que Alemania, efectivamente, pudiera contar con
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un arma de tales características también afectó a las fuerzas enemigas. La extraordinaria y costosísima reproducción de un enorme laboratorio experimental llevada a cabo por la UFA como decorado de la película de ciencia-ficción Oro {Gold, 1934) incitó a los aliados a sospechar que Alemania habría podido disponer ya en 1934 de un reactor nuclear. Por si acaso, después de la guerra mandaron confiscar todas las copias de la película. También en los círculos esotéricos neonazis o de extrema derecha se sigue creyendo en el arma milagrosa, a veces significativamente vinculada al mito del Grial, que es, en cierto modo, su metáfora más elocuente. Otras veces se la relaciona con el fenómeno ovni, como en las obras del exiliado alemán en Chile Willibald Mattern, quien afirma que algún día miles de ovnis desarrollados por nazis saldrán de sus bases secretas en la Antártida para restaurar el poder alemán en un mundo degenerado por el caos racial. Todo ello demuestra hasta qué punto la tecnología constituye uno de los grandes mitos contemporáneos.
[Benz/Graml/Weiss, 791; Courtade/Cadars, 272; Garriga (1980), 200 201; Goodrick-Clarke (1998), 211; Gugenberger, 125; Kater, 219-220; Klemperer (1975), 293, 345; (1995), vol. VII, 85, 104; Knopp (Lorenz, 260); v. Lang, 375; Nürnberger Prozess, 20 971, 21 631; Sereny, 370, 567; Sigmund (2000), 206; Shirer, 497; Speer (2001), 416-417, 736-739].
ARMANES [A.: Armanen].
Los armanes son una invención de Guido von List, pionero del ariosofismo [ario], que acuñó este término hacia 1890. Para ello reinterpretó un mito teutónico que, según explica Tácito en su Germania, habría sido cantado por los antiguos germanos. Según este mito, el dios Tuisto, nacido de la tierra, y su hijo Mannus habrían sido los fundadores de su raza. Mannus habría tenido tres hijos, Ingwas, Ermnas e Istwas, cada uno de los cuales habría dado nombre a una de las tres tribus de la antigua Germania. Esta división tripartita, habitual en el ámbito de las culturas de influencia indoeuropea, constituye una fórmula habitual no necesariamente representativa de una realidad concreta. Sin embargo, en la interpretación de List estos tres nombres, en lugar de a tribus distintas, corresponderían a los tres estados en los que se dividiría la sociedad de la primitiva nación ariogermánica: el de los agricultores, el de los intelectuales y el de los militares, tesis no muy distinta a la de las tres funciones de las culturas indoeuropeas posteriormente desarrollada por Georges Dumëzil. Al segundo grupo —cuya denominación colectiva germanizó List como
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Armanen— habrían pertenecido los reyes-sacerdotes, responsables tanto de la educación como del gobierno y que conocían la gnosis de la teosofía germánica. El armanismo (Armanenschaft) habría sido la dimensión esotérica de dicha teosofía, mientras que el culto a Wotan, con sus mitos y parábolas, habría sido su variante exotérica o popular. Siguiendo el modelo de la francmasonería y de los rosacruces, List dividió el armanismo en tres grados en función del nivel de iniciación a la gnosis de sus representantes. El grado superior conocería los misterios más extremos, que no podían ser expresados con palabras. Según List, tras la supresión de la vieja religión germánica en Europa a causa de la cristianización, el conocimiento secreto de los armanes habría sido transmitido clandestinamente hasta el presente por medio de diversas sociedades secretas, como los rosacruces, los francmasones y ciertas órdenes de caballería, como los templarios.
Aunque el armanismo de List no desempeñó un papel destacable en el mundo simbólico-mitológico del nazismo, no cabe duda de que con él se anticipó el posterior elitismo místico de las SS. Por otra parte, el concepto acuñado por List prosperó en otros círculos ocultistas de extrema derecha durante la era guillermina, como la Orden de los Germanos, que exigía obediencia y devoción a la causa de un «imperio armano pangermánico» liberado de «razas parasitarias», o la Nueva Sociedad de las Calendas (Nene Kalandsgesellschaft), que en 1928 buscaba «la realización en nuestra propia época de la voluntad de los antiguos iniciados germánicos, los reyes-sacerdotes o armanes» y que, a su vez, inspiraron otras organizaciones sectarias precursoras del nazismo, como la Liga de los Artamanes y la Sociedad Tule. Karl María Wiligut, el principal asesor esotérico de Himmler, recreó fielmente el armanismo de List en lo que él denominó irminismo (Irminenglauben), atribuyéndose la paternidad del descubrimiento. Wiligut, supuestamente dotado de la capacidad de la memoria ancestral, creía poder reconocer las características de la fe secreta de los antiguos germanos. Según Wiligut, la Biblia habría sido un libro en clave escrito en territorio alemán y cuyo mensaje sólo era accesible a quienes, como él, habían sido iniciados en los misterios germánicos.
[Ddbler, 199; Goodrick-Clarke (1992), 56-57; 128; 171; Gugenberger, 991.
ARTAMANES [al.: Artamanen].
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Entre las numerosas agrupaciones y asociaciones naturistas juveniles de carácter más o menos sectario que empezaron a proliferar en Alemania a finales del siglo XIX y principios del XX destaca la Liga de los Artamanes (Artamanenbund), fundada en 192.4 a partir de un proyecto de Willibald Hentschel, para quien el supuesto término germano antiguo Artam, que sería el nombre del dios de los arios, significaba «renovación a partir de las energías primigenias del pueblo: de la sangre, la tierra, el sol y la verdad». Los artamanes, rigurosos antisemitas, formaban una comunidad de agricultores que se reunían para trabajar la tierra y que esperaban obtener por medio del aire del campo y de los prados una depuración de los sentidos [sangre y tierra]. Vivían en alojamientos sencillos, comían frugalmente y salían cantando a trabajar. Entre ellos regían normas casi conventuales: absoluta abstinencia de alcohol, nicotina y relaciones sexuales, obediencia total al Führer («guía») del grupo y aceptación voluntaria de la pobreza a fin de contrarrestar el refinamiento excesivo de un mundo supuestamente corrompido por el materialismo. Únicamente se aceptaba como miembros a las personas racialmente intachables. Llevaban trajes típicos germánicos y practicaban diversas danzas y ceremonias, entre las que destaca la celebración ritual de los solsticios, durante la cual aspiraban a entrar en contacto con las almas de sus antepasados. El objetivo principal de las comunidades de artamanes era que, gracias a su trabajo voluntario y gratuito, se pudiera reducir la llegada de temporeros polacos a las granjas de la franja oriental alemana, evitando así el indeseable encuentro de los granjeros alemanes con trabajadores racialmente inferiores.
A partir de 1925, la Liga de los Artamanes, que a finales de los años veinte llegó a contar con dos mil adeptos, cayó, cada vez más, bajo la influencia nazi. Gran parte de la posterior parafernalia simbólica de las SS, como los uniformes negros, las runas, los rituales de fuego, así como los ideales caballerescos y el espíritu elitista, fueron tomados de los artamanes por Heinrich Himmler, uno de los miembros más destacados de la Liga. Otros artamanes que adquirieron posiciones de relevancia en el Tercer Reich fueron, entre otros, Walther Darré, el comandante de Auschwitz Rudolf Höss y Wólfram Sievers.
[Benz/Graml/Weiss, 376-377; Gasman, 152; Kater, 29; Siinner, 26-28].
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ASFALTO [al.: Asphalt].
En la tendencia a la glorificación del mundo rural que caracterizó a la ideología nazi, el término asfalto y sus variantes constituyeron la polarización negativa del conglomerado simbólico representado por la tierra virgen de la naturaleza o de los campos de labranza [sangre y tierra]. Si bien su empleo figurado se remonta, cuando menos, a la poesía naturalista alemana, en la que ya se empleaba la metáfora «flores del asfalto» para referirse piadosamente a las prostitutas berlinesas, el asfalto adquirió su dimensión simbólica durante los años veinte. Esta simbolización se vio sin duda favorecida por los trabajos de asfaltado de las calles de Berlín, hasta entonces adoquinadas, que se efectuaron durante este período. La película Asphalt (1928), de Joe May, fue probablemente la principal responsable de la vinculación simbólica entre el asfalto, su motivo central y el atractivo caos del universo callejero. La película se inicia mostrando el proceso de fabricación de este material y el modo en que cubre y engulle poco a poco la tierra natural a fin de dar paso finalmente al tráfico urbano.
Durante la Alemania de entreguerras, el término asfalto estaba íntimamente vinculado a la fascinación por la vida en las grandes urbes, reflejada en las numerosas películas de un género bautizado en Alemania como tragedia callejera. Con todo, ya Rosenberg lo utilizó frecuentemente con connotaciones claramente negativas en El mito del siglo XX, connotaciones posteriormente popularizadas por Goebbels en sus campañas propagandísticas hasta el extremo de convertir el término asfalto en una de las palabras clave del Tercer Reich: las configuraciones del asfalto (entre las que cabía incluir desde los periódicos judíos hasta el cabaret o el arte de las vanguardias) abarcaban todo lo relacionado con un entorno urbano y, especialmente, con la gran metrópoli de Berlín, principal centro innovador y de modernidad en territorio alemán; y, como tal, Berlín [Germania] era concebida como el exponente más destacado de lo judío y degenerado. Así, la ciudad entera era un Asphaltungeheuer («monstruo de asfalto»), los periódicos judíos eran Asphaltorgane («órganos del asfalto»), el jazz era una Asphaltkakophonie («cacofonía del asfalto») e incluso llegó a imponerse el verbo asphaltieren con el mismo sentido figurado y peyorativo (lo cual ilustra, entre otras cosas, la gran incidencia de la
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cosmovisión nazi en el lenguaje). La utilización del término llegó a ser tan habitual que invitaba a la parodia: así, en su artículo «Asphalt-Literatur» (Die Sammlung, agosto de 1934), Bertolt Brecht contrapuso irónicamente el «paciente, limpio e útil asfalto» a las «aguas cenagosas» de las que se consideraba orgulloso representante.
Retomando el sentido ya implícito en la impactante secuencia de la película de May, el asfalto es concebido como una cobertura estéril que impide la proliferación de la hierba y la respiración del suelo patrio que yacería oprimido bajo ella. No obstante, en términos conceptuales, la antítesis tierra-asfalto no es sino una derivación más gráfica y efectiva de la antítesis cultura-civilización que estaba siendo objeto de vehementes debates intelectuales en la Europa de entreguerras. La hostilidad neorromántica hacia la vida urbana, acusada de caótica y desarraigada, fue uno de los motores ideológicos que sustentaron el nazismo. Según un texto nazi de 1932, «el hombre del norte no puede subsistir entre los muros de piedra a través de los cuales se alinean las calles que lo privan de toda impresión de distancia; en pocas palabras: no puede vivir en la gran ciudad». Resulta coherente con esta idea que Lina Heydrich, esposa del jefe del servicio de seguridad de las SS, llegara al extravagante extremo de instalar un gallinero en el jardín de su casa de Berlín, a modo de expresa protesta contra la vida de la gran ciudad.
Es significativo que, una vez iniciada la guerra, cuando los aliados efectuaron los primeros bombardeos de las ciudades alemanas, el término perdiera cierta efectividad propagandística: a fin de dar ánimos a los ciudadanos de las urbes atacadas, el pragmático Goebbels se prestó a admitir que no sólo en el campo, sino también en el asfalto vivía firmemente arraigada el alma alemana.
[Blumenberg 112-114, Klemperer (1975) 308-309, Kracauer, 167; Mosse, 99; Sigmund (2000), 83].
ATLÁNTIDA [al.: Atlantis].
Las fuentes originales del mito de la Atlántida nos han sido transmitidas por Platón en el Timeo y en el fragmento del Critias. Según el filósofo griego, la Atlántida era una isla gigantesca de gran riqueza situada frente a las Columnas de Hércules (Gibraltar). Sus habitantes, los atlantes, pretendieron dominar el mundo, pero fueron vencidos por los atenienses
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nueve mil años atrás, antes de que un cataclismo —probablemente un diluvio— se tragara la isla para siempre.
En la actualidad se sigue discutiendo la cuestión de si el mito de la Atlántida se basa en la existencia real de una civilización desaparecida o es pura ficción. Con todo, su poder como configurador de identidades colectivas se puso ya de manifiesto a finales del siglo XVII, cuando el historiador sueco Olof Rudbeck emplazó en Escandinavia la Atlántida platónica (que él identificaba con el Paraíso bíblico), convirtiendo así su propia cultura en la más antigua de toda la humanidad y preludiando algunos aspectos del mito que serían retomados siglos después.
El inagotable poder seductor de este mito, que aumenta al saberlo procedente de una fuente tan respetable como Platón, favoreció que fuera rápidamente absorbido y reinterpretado por la tradición ocultista europea. La precursora de esta tendencia parece haber sido Helena Petrovna Blavatsky, fundadora en 1875 de la Sociedad Teosófica. En La doctrina secreta (1888), Blavatsky adopta una teoría racial de la evolución humana al dividir la historia del hombre en siete grandes ciclos marcados por el ascenso y caída de siete grandes razas radicales. La cuarta raza habría sido la de los atlantes, gigantes dotados de tremendos poderes psíquicos, así como de una tecnología superior obtenida por medio de la explotación del Fohat o energía cósmica. Tras la desaparición de su continente, a los atlantes les habría sucedido la raza quinta o aria. La versión del satanista y ocultista Aleister Crowley, en cambio, ofrece connotaciones más próximas a lo que iba a ser la realidad histórica del nazismo: en El continente perdido (1913), Crowley describe la Atlántida como un infierno habitado por una raza de magos que puebla las montañas y obliga a trabajar hasta morir a unos esclavos de raza inferior.
El ocultismo decimonónico, con sus distintas variantes, influyó profundamente en los pioneros y seguidores del ariosofismo, entre ellos Guido von List, quien trató de vincular las siete razas postuladas por Blavatsky con la cultura nórdica. Así, en La escritura ideográfica de los ariogermanos (1910). List asimila los atlantes con los parientes del gigante Bergelmir, versión nórdica de Noé recogida por Snorri Sturluson en las Edda, mientras que en El protolenguaje de los ariogermanos (1914) afirma que los megalitos prehistóricos de la Baja Austria probaban la pervivencia en plena Europa de una isla que habría formado parte de la Atlántida. Su discípulo Lanz von Liebenfels se hizo eco de estas teorías,
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aunque añadiendo elementos de darwinismo social al comparar el esquema de las razas de Blavatsky con la teoría antropogénica postulada por el paleontólogo Carl Heinrich Stratz en su Historia natural del hombre (1904). Lanz, que también atribuye poderes sobrenaturales a la raza de los atlantes y los considera los primeros ancestros de los que se tiene noticia de la raza actual, ubica su continente perdido en el norte del océano Atlántico. Según Lanz, los atlantes se habrían dividido en subespecies puras y subespecies bestiales, correspondientes a los primeros antropoides y a los simios. La ilícita mezcla racial entre ambas subespecies habría dado como resultado la actual raza quinta de los arios u Homo sapiens. El hundimiento del continente, que Von Liebenfels data en el 8000 a. C., habría sido provocado por los pecados sexuales de los atlantes al unirse con los hombres mono, lo cual habría generado dos grandes corrientes migratorias hacia el este: los atlantes nórdicos, que habrían ocupado las Islas Británicas, Escandinavia y el norte de Europa, y los atlantes meridionales, que habrían emigrado a Egipto y Babilonia a través del norte de África, habrían fundado las civilizaciones antiguas del Próximo Oriente y habrían llegado hasta Asia, lugar de florecimiento del mestizaje ilícito.
Con todo, el mito de la Atlántida, que se convirtió en una verdadera constante del imaginario europeo durante la primera mitad del siglo XX, no limitó su presencia a los tratados esotéricos. Ya Jacinto Verdaguer lo había vinculado a la hispanidad en su poema épico La Atlántida (18771 878), mientras que en 1919 la novela fantástica del mismo título de Pierre Benoit, basada en la leyenda de Tin-Hinan, la reina de los tuaregs, obtuvo un éxito inusitado. En esta última versión basó el cineasta alemán Georg Wilhelm Pabst el guión de su película La señora de la Atlántida (1932)., en la que resuenan ecos de la leyenda de las ciudades subterráneas que más tarde Himmler creyó poder encontrar en el Tíbet. También en la obra científica del famoso etnólogo alemán Leo Frobenius abundan las alusiones al famoso continente, del que procedería la cultura africana de los yoruba, que habría emigrado desde allí a orillas del Atlántico debido a la competencia con las antiguas culturas griega y romana.
El misterio que ha rodeado este mito, continuamente realimentado con nuevas y sofisticadas interpretaciones, generó un sustrato legendario idóneo para apuntalar las tesis de los principales teóricos nazis. Tanto Himmler como Rosenberg se tomaron muy en serio el mito en cuanto testimonio de una patria aria primitiva. Rosenberg apunta con cierta
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prudencia la posibilidad de que la Atlántida pudiera haber sido un centro cultural nórdico, patria de una raza creadora de gran cultura ubicada en lugares «en los que hoy se agitan las olas del océano Atlántico y que son atravesados por gigantescas montañas de hielo». Rosenberg también especulaba con que la actual Islandia pudiera ser un pedazo de este mítico continente hundido [Tule]. También el investigador de las SS Hermann Wirth especulaba con esta misma ubicación: Wirth buscaba la tierra nórdica de Adland —la Atlántida de los griegos— al sudoeste de Islandia, a pesar de que Alfred Wegener hubiera demostrado ya la inviabilidad de una suposición semejante al haber formulado más de diez años antes su teoría de la deriva continental. Y si Heinrich Pudor, en cambio, apostaba, al igual que Himmler, por la isla alemana de Helgoland como el último vestigio del soñado continente —motivo que indujo a efectuar cuidadosas mediciones topográficas de la isla y a buscar fuentes curativas en su territorio—, el profesor Albert Herrmann, corresponsal de Himmler, prefirió ubicar el continente hundido en un antiguo lago salado situado al norte de la actual Túnez, en la desembocadura del mítico río Tritón.
Himmler trató de llevar la leyenda de la Atlántida al territorio científico al someterla a la investigación de un grupo de estudiosos de las
SS. La tesis pseudocientífica de los grandes cataclismos postulada por Hanns Hörbiger [hielo] avalaba la suposición de que la Atlántida habría gozado de una gran cultura, extendida por el mundo entero, que se habría visto fatalmente aniquilada por una catástrofe cósmica de la que serían claros vestigios las visiones apocalípticas de la Biblia y de las Edda. Según Batti Dohm, igualmente inspirado por Hörbiger, la Atlántida habría sido el paraíso descrito en la Biblia; sin embargo, en algún momento la órbita de la Luna se habría aproximado excesivamente a la Tierra, lo que habría ocasionado terribles inundaciones por efecto de la gravedad (el diluvio bíblico y de otras tradiciones) de las que únicamente se habría salvado una pareja de atlantes, antecesores de los arios actuales. Con todo, imperaba igualmente la convicción, probablemente retomada de Lanz von Liebenfels, de que «el pecado contra la sangre y la raza» al que alude Hitler en Mein Kampf como «verdadero pecado original de la humanidad» habría sido el auténtico motivo de la caída de la Atlántida. Resulta evidente el paralelismo entre la versión moderna del mito del continente hundido y el relato bíblico, en especial por lo que respecta a la expulsión del paraíso: tanto el antroposofista Rudolf Steiner como Lanz von
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Liebenfels estaban convencidos de que el relato bíblico del pecado original y de la expulsión del Edén hacían referencia al fin de la Atlántida.
El mito tergiversado de la Atlántida presentaba numerosos atractivos para la asimilación ideológica nazi. Por una parte, ofrecía la posibilidad de ubicar histórica y geográficamente el origen de la raza aria en un universo legendario y ennoblecido por la tradición, lo que constituía en cierto modo su mito fundacional. Por otra, permitía elevar a una dimensión cuasireligiosa el peligro de la mezcla de razas, otro de los dogmas fundamentales del nazismo [sangre]. La idea de una raza superior de atlantes de la que los arios serían descendientes degenerados alentaba la idea de regresar a la perfección perdida por medio de la eugenesia y depuración racial, compensando así el pecado original que habría ocasionado la pérdida del paraíso biológico de la superioridad física que encontraría en la Atlántida su manifestación más perfecta. Finalmente, al tratarse de un continente insular y, por tanto, aislado de posibles influencias externas, resultaba un escenario perfecto para ubicar el ideal de la raza creadora de sangre completamente pura.
[Ehl, 137; Goodrick-Clarke (1992), 20,53-54, 209; Kater, 51, 71; Rosenberg, 24; von See, 68; Strohm, 44, 48, 60; Sünner, 49].
AUTOPISTA [al.: Autobahn].
En Alemania, aún hoy se puede oír de vez en cuando la sentencia de que «Hitler, al menos, nos legó las autopistas». Ello demuestra hasta qué punto las autopistas fueron y siguen siendo el símbolo por excelencia de las bondades y modernidad del Tercer Reich incluso más allá de 1945 y en círculos no necesariamente simpatizantes o neonazis. Efectivamente, la extensa red de autopistas alemanas construida con financiación pública durante el Tercer Reich (3870 Km en nueve años, entre 1933 y 1942) no tenía parangón en ningún otro país del mundo.
La inmediata puesta en marcha de una empresa de tal envergadura obedecía a razones diversas. Por una parte, según el principio keynesiano de «cebar la bomba», la inversión a gran escala de fondos gubernamentales en obras públicas de envergadura durante épocas de crisis permitía generar nueva riqueza e infraestructuras y afianzar la confianza en el gobierno al disminuir el paro y favorecer el consumo. A fin de reforzar aún más estos efectos beneficiosos en la tasa de desempleo
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—efectos de incalculable valor propagandístico—, durante los primeros años de construcción se redujo al mínimo la utilización de maquinaria. Más adelante, una vez estabilizado el mercado laboral, se emplearon excavadoras, mientras que, una vez iniciada la guerra y con la consiguiente carestía de mano de obra alemana, se recurrió a los prisioneros de guerra y a los reclusos judíos. Lo cierto es que, durante los años de paz, la construcción de las autopistas favoreció en gran medida la imagen de Hitler como vencedor del desempleo, lo que incrementó el favor popular y provocó la admiración de los países extranjeros. No obstante, actualmente los estudiosos coinciden en afirmar que se trató más de un efecto psicológico reforzado por la propaganda que de un triunfo real, en la medida en que de los casi dos millones de parados alemanes tan sólo unos ciento sesenta mil obtuvieron empleo en la construcción de autopistas.
En segundo lugar, como temieron desde un buen principio las demás naciones europeas, otra razón para la construcción de esta inmensa red viaria fue de carácter estratégico-militar. Según cálculos demasiado optimistas del ingeniero Fritz Todt, su máximo responsable, la red de autopistas permitiría desplazar, en sólo dos noches y con todo su equipo, a tres cientos mil soldados de la frontera oriental del Reich hasta la occidental. Sin embargo, la pérdida de gran parte del parque automovilístico en el frente oriental y la carencia de combustible acabaron por asignar a la red ferroviaria una importancia estratégica muy superior para el traslado de tropas. Por otra parte, el recorrido de las autopistas, claramente visible desde el aire debido al hormigón de color claro de su versión más primitiva, las convertía en blanco fácil para los ataques aéreos enemigos. Esta circunstancia obligó a pintarlas de negro para volverlas invisibles desde las alturas, medida que apenó profundamente a Hitler: «Quienes saben lo próximas que están las autopistas a mi corazón, sabrán apreciar lo mucho que me duele no poder seguir conduciendo a toda velocidad por estas bellas carreteras blancas». Con todo, no se descarta tampoco la posibilidad de que Todt exagerara premeditadamente la supuesta importancia militar de la red a fin de asegurarse el apoyo de las autoridades nazis a su proyecto.
En tercer lugar, la red de autopistas, junto con la optimización y masificación de la producción automovilística, estaba llamada a desempeñar un importante papel sociocultural. En oposición a los partidos
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de izquierda, generalmente hostiles a la extensión del uso de los coches, el nazismo defendía la idea de que la conducción debía dejar de ser un lujo propio de las clases altas para pasar a ser un bien teóricamente accesible a todos los ciudadanos alemanes, quienes, recorriendo «sin peligro alguno de accidentes» las cómodas autopistas, podrían emprender largos viajes con rapidez y facilidad, conocer mejor la belleza paisajística de su patria y favorecer los contactos con otros alemanes, lo que incrementaría la cohesión de la «comunidad del pueblo». Asimismo, la red de autopistas constituía un símbolo de la unidad alemana, en la medida en que permitía superar las todavía numerosas fronteras internas del país, vestigios de un pasado aún reciente en que la nación había estado dividida en cientos de estados diminutos. Ala autopista se la consideraba, pues, un símbolo perfectamente acorde con la esencia del nacionalsocialismo. En palabras de Fritz Todt, las autopistas eran «una amplia carretera que conduce únicamente hacia adelante y que necesitamos para mantenernos en el límite de velocidad que nos hemos marcado. […] Así es como educamos a nuestro pueblo».
Más que cualquier otra creación del Tercer Reich, en las autopistas parecía darse la difícil conciliación entre la técnica moderna y los valores más tradicionales defendidos por la cosmovisión nazi. Se combinaron ciertos ideales estéticos vanguardistas y de resonancia futurista, como el ensalzamiento de la velocidad, el movimiento y el dominio, con valores reaccionarios, como el apego al suelo patrio y la integración en la naturaleza. De forma coherente con esta concepción, la supuesta belleza de los «ríos pétreos» adquiría dos dimensiones diferenciadas, pero mutuamente influyentes: la impresión estética subjetiva del usuario y la belleza objetiva del entorno natural. Por una parte, el conductor tenía que poder disfrutar durante su marcha de los paisajes más bellos, que le eran debidamente acercados. Así, cuenta Todt que en un tramo de autopista próximo al bellísimo lago bávaro de Chiemsee las características geológicas del terreno hacían más recomendable un trazado que discurriera lejos de la orilla. Sin embargo, ante la insistencia de Hitler en que el conductor tenía que poder disfrutar de semejante paisaje, se halló el modo de superar los problemas técnicos y se consiguió un trazado muy próximo al lago.
Por otra parte, también se hicieron grandes esfuerzos para integrar la autopista en el entorno, para lo que se empleó piedra natural e incluso
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madera en la construcción de determinados puentes, cuyo estilo a veces imitaba los acueductos romanos y otras la arquitectura local. Aunque desde el punto de vista actual resulte difícil de concebir, las autopistas no sólo fueron consideradas un bien estético por sí mismas, constantemente evocado en el arte y publicidad de la época, sino que pretendían convertirse en un símbolo petrificado de la revolución nazi y de su perdurabilidad: «Las nuevas carreteras dan un nuevo carácter al paisaje alemán. Las grandes líneas abiertas que atraviesan el paisaje fuerzan la vista a seguir su dirección y el comienzo y el final están claramente marcados. Los hombres y mujeres alemanes verán en ellas el símbolo de una mayor amplitud de miras respecto al pasado. […] Representan la más viva expresión de la indestructible unidad del Reich». (Todt). Efectivamente, la comparación de las autopistas de Hitler con las pirámides de los faraones, las carreteras romanas o la gran muralla china eran incesantes, tanto en la prensa nacional como, ocasionalmente, en la prensa extranjera. Se esperaba de ellas que constituyeran uno de los principales monumentos legados por el Tercer Reich a la posteridad. De este modo se combinaban en ellas dos tendencias estéticas distintas y aparentemente incompatibles: la armonización y la monumentalización.
Penella de Silva, corresponsal español en la Alemania nazi, recuerda su estupefacción al encontrar a Adolf Hitler en la lista de grandes inventores de la enciclopedia Brockhaus, junto a Copérnico, Gutenberg y Newton, por haber «inventado las autopistas». Efectivamente, fue una leyenda difundida en primera instancia por el propio Fritz Todt, quien las bautizó como «las calles de Adolf Hitler». (Adolf-Hitler-Strassen). Según esta versión oficial, ya durante sus años de encierro en la fortaleza de Landsberg, Hitler habría ideado una red viaria de gran capacidad de rendimiento capaz de unir entre sí las distintas comarcas alemanas. Más adelante, durante los constantes viajes en coche por Alemania que se vio obligado a realizar debido a su campaña política, se habría visto ratificado en la conveniencia de este proyecto que puso en práctica sólo unas semanas después de llegar al poder.
Sin embargo, aunque las dimensiones faraónicas del proyecto fueron sin duda un mérito de Hitler, no lo es la invención de la autopista propiamente dicha, cuya autoría concreta se pierde entre decenas de ingenieros anónimos. Ya en 1909 se había iniciado en Alemania la planificación de las primeras carreteras «sólo para coches», cuyo primer
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tramo, en las proximidades de Berlín, se inauguró en 1921. A partir de entonces varias sociedades trataron de fomentar su desarrollo, pero no lograron contar con el apoyo del gobierno republicano alemán. En 1922, el ingeniero Piero Puricelli desarrolló el proyecto de la autostrada Milán-Langhi, comúnmente considerada la primera autopista del mundo, cuyo tramo inicial se inauguró en 1924 y se amplió bajo los auspicios del gobierno fascista de Mussolini. Por fin, en septiembre de 1933, Adolf Hitler dio la primera palada ceremonial al tramo Frankfurt-Darmstadt que inauguraría la red de autopistas alemanas. Según cuenta Todt, Hitler no se limitó a dar una sola palada, sino que, en su afán de comunión con los trabajadores, dio una tras otra con la intención de nivelar la totalidad de los dos metros cuadrados de tierra que acababa de verter una vagoneta, hasta que los obreros, impresionados, acudieron a ayudarle y terminaron el trabajo en su lugar. Por la tarde se tuvo que cercar la parcela en la que Hitler había estado trabajando, pues los obreros se llevaban a casa saquitos de tierra ocultos en los bolsillos para conservarlos como reliquia del Führer.
La explotación propagandística a la que fueron sometidas las autopistas en el Tercer Reich fue extraordinaria. No sólo en la radio, la prensa escrita y los documentales, sino también en la literatura, cine, libros escolares, calendarios e incluso juegos de mesa, la autopista desempeñó un papel de lo más destacado. Lo mismo sucedió en el caso de las artes plásticas: en febrero de 1936 Fritz Todt invitó a los pintores alemanes a que plasmaran las autopistas en sus cuadros, y ese mismo año organizó una exposición en Múnich con quinientos de los mil doscientos trabajos entregados.
La interpretación ideológico-simbólica de las autopistas fue compleja y a veces parecía presagiar acontecimientos futuros: ya en 1937 Todt las veía como un medio a través del cual se expresa «el increíble placer que causa al hombre nórdico […] la capacidad de dominar el mundo de forma soberana por medio de la superación del espacio». Todt, por cierto, consideró que semejante afán dominador tenía que partir de una predisposición natural inscrita en la propia sangre del hombre nórdico, ya que de lo contrario no se explicaban los tremendos esfuerzos económicos a los que estaban dispuestos los alemanes con tal de adquirir un coche.
[Hitler (1953), 580; Mosse (Todt, 139); Penella da Silva, 99; Reichel, 296-308; Schütz; Todt].
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BATALLA FINAL VICTORIA FINAL.
BERLÍN GERMANIA.
CIUDAD ASFALTO.
CREPÚSCULO DE LOS DIOSES [al.: Götterdämmerung].
Ya en 1934, el historiador de las religiones Mircea Eliade se preguntaba cómo un movimiento político pretendidamente revolucionario como el nazismo podía asimilar una mitología tan pesimista como la germano-nórdica, que concluye forzosamente en el apocalipsis del Ragnarok o Destino de las Potencias (en su día cuestionablemente traducido por Karl Simrock como Gótterdammerung o «crepúsculo —u ocaso— de los dioses»), y que supone la lucha final entre los héroes y los monstruos, con la derrota definitiva de los primeros y la destrucción final del mundo. A Eliade llegó a obsesionarle la paradoja de «cómo puede uno pedirle a una nación que lo siga al tiempo que le asegura que, a medida que ésta comprenda su misión, terminará por desembocar en un desastre».
Efectivamente, en la mitología germano-nórdica la idea de una condena irrevocable del mundo desempeña un papel mucho más importante que en otras mitologías igualmente marcadas por una caída final. De hecho, la mayor parte de los textos de las Edda cumplen la función de recapitular y explicar ese final ineludible, en el que un fuego devastador consumirá el mundo tras la muerte de los dioses. Por otra parte, también el Cantar de los nibelungos acaba con la muerte violenta de todos los héroes, como si el fundamento de la mitología germánica, incluida su épica, fuera en cierto modo un preludio de la inevitable catástrofe final. Ambas sagas míticas, la de los dioses y la del Sigfrido del Cantar, confluyeron dramáticamente en la tercera y última jornada de la tetralogía El anillo del nibelungo de Richard Wagner, llamada precisamente El crepúsculo de los dioses, que culmina con el incendio del Valhalla y la muerte de Wotan y del resto de divinidades. Con todo, aun girando en
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torno a este proceso final de devastación, el final de las Edda deja una vía abierta a la esperanza al anunciar el regreso del dios Baldur y la creación de una nueva casta de hombres. En cambio, el final absoluto de los tiempos marcado por el Apocalipsis bíblico, muchas veces considerado una de las influencias ideológicas del nazismo, carece de la concepción cíclica de la historia, sugerida en la mitología germánica, que constituye uno de los elementos que configuran conceptualmente la cosmovisión nazi.
El determinismo fatalista preponderante en la mitología germánica contó con una especie de reflejo involuntario en el pesimismo cultural de la intelectualidad alemana del cambio de siglo. La decadencia de Occidente (19181 922), la celebrada visión biológica de la historia expresada por Oswald Spengler, constituye un buen ejemplo de ello. Para Spengler, las culturas, como si fueran seres vivos, tienen su ciclo vital propio, y al hombre no le cabe sino aceptarlo tal cual es. La civilización occidental habría agotado su impulso milenario y, frente a la sublevación de las masas y de los «pueblos de color» (eslavos y europeos meridionales), estaba abocada a la barbarie, que vendría precedida por una época de cesarismo. La idea de la historia como caída —que ya había sido denunciada por Wagner y Chamberlain en términos de decadencia racial— también contaba con precursores entre los gnósticos, cuya obra fue recibida con gran entusiasmo en Alemania a finales del siglo XIX, época en la que se descubrieron muchos de sus textos. Algunos de ellos, como el gnóstico Basílides (siglo II d. C)., concebían igualmente la historia como un proceso de decadencia.
Ciertamente, este concepto de decadencia es de naturaleza muy distinta a la gran catástrofe mitológica del crepúsculo de los dioses. En el primer caso se trata de un proceso paulatino aunque irreversible, mientras que el segundo consiste en un gran enfrentamiento entre dos fuerzas antagónicas que acaba en desastre. Con todo, tanto la una como la otra parecen ser muestra de una predisposición al fatalismo profundamente arraigada en la mentalidad alemana y agravada por la crisis económica y de valores de la República de Weimar. Significativamente, Otto Rahn aunó la concepción mitológica con la idea de decadencia racial en su libelo pseudorreligioso nazi La corte de Lucifer (1937), en el que definió el ocaso de los dioses como el ocaso de la sangre, el momento en el que ésta pierde su significación espiritual y el individuo se disocia de la tribu y mezcla su
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raza. Aun sin indicarlo explícitamente, es obvio que Rahn vincula a Hitler con el dios de la luz Baldur, hijo de Wotan —quien, según las Edda, regresará tras el crepúsculo de los dioses—, al definirlo como «el que anima a los hombres que se han ido aislando después de la caída de los dioses a constituirse en comunidad». En esta interpretación, el mítico crepúsculo es el broche final de un largo proceso de decadencia, por lo que ambas concepciones muestran su carácter en cierto modo complementario. Para Rahn, Hitler surgiría de las cenizas del mundo caído [águila] a fin de dar paso a una nueva era de luz. Efectivamente, sobre todo durante los primeros años del poder nazi, nada era más ajeno a cualquier forma de pesimismo histórico que la fe en un futuro glorioso defendida por los nuevos proclamadores de la revolución. De ahí también el distanciamiento público del régimen respecto a Spengler, por mucho que este autor hubiera contribuido, aun a su pesar, a allanarles el camino en la conciencia europea.
Así pues, mientras persistió la fe ciega en la victoria final no hubo lugar para el crepúsculo de los dioses, al menos no mientras éste fuera concebido en términos colectivos que afectaran a la comunidad del pueblo en su conjunto. Sí seguía muy presente, en cambio, en cuanto manifestación simbólica del espíritu de sacrificio individual: ya en 1920 el folklorista Otto Laufer lo había interpretado como «la más convincente expresión» del heroísmo germánico, reflejado sobre todo en Wotan, quien, «incluso previendo el fin del mundo y, con él, su propia caída, sigue avanzando heroica y decididamente junto con los restantes dioses y guerreros». «Cuando el germano no ve ninguna salida, entonces le queda el heroísmo del ocaso, el crepúsculo de los dioses», cita también Franz J. Müller, antiguo miembro de un grupo de resistencia nazi. El crepúsculo de los dioses, así entendido, simboliza el mantenimiento hasta el final de la disposición a la muerte, la idea de resistir a toda costa, por inútil e incluso contraproducente que esta actitud pueda resultar en términos de estrategia militar. El cerco de Stalingrado fue una buena prueba de ello. Inculcada hasta el fanatismo en el ánimo de los combatientes y ajena a cualquier análisis racional, esta disposición pseudorreligiosa acabó dominando gran parte de las tropas alemanas hasta el último momento. De ahí que el corresponsal británico de guerra Alan Moorehead pudiera observar, con sorpresa: «En cambio, el alemán aceptaba la idea de derrota con positivo deleite. Venía a tener la actitud mental de un jugador del tipo épico: “Bien.
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He hecho las apuestas más altas y he ganado. Ahora que pierdo perderé también en grande. Me derrumbaré completa y heroicamente”. Tanto los ingleses como los alemanes adoran las derrotas. […] Pero mientras los ingleses sólo llevan este sentimiento masoquista hasta cierto punto, los alemanes lo extienden hasta el completo fin».
En un discurso de febrero de 1945, ante la perspectiva de una derrota cada vez más cercana, Hitler se consoló alegando que «si el Destino quiere que caigamos, al menos podremos congratularnos de haber vivido en las cimas de la vida. Sin embargo, no caeremos si somos muy valientes. En ese caso, ¡el Destino aún puede cambiar su curso una vez más!».. Pero incluso estos últimos resabios de optimismo no tardaron en desaparecer. Cuando la derrota empezó a hacerse evidente incluso para el cegado Hitler, el crepúsculo de los dioses se pareció más que nunca al relato mítico original. Ya no se limitaba a ser un modelo de heroísmo para cada soldado individual, sino que ahora debía cernirse sobre el pueblo alemán en su totalidad, que no había demostrado tener suficiente valentía. Según la ley natural del más fuerte en la que creía Hitler, los alemanes habían demostrado ser más débiles que sus enemigos rusos y ya no merecían más que la muerte y la total destrucción. Junto con Hitler, repentinamente reencarnado en Wotan, el resto de dioses y todos los hombres debían caer también en una gran catástrofe final que en este caso encontró la manifestación más evidente en la inflexible política de tierra quemada que el dictador ordenó aplicar al agonizante territorio alemán.
Los últimos días del poder del Tercer Reich no fueron sino una gran escenificación consciente del crepúsculo de los dioses. Éste, inicialmente previsto en el refugio que Hitler tenía en las cimas de los Alpes, acabó teniendo como escenario los escombros de la sitiada capital de Berlín. Además de la Sinfonía romántica de Bruckner, el 12 de abril de 1945, por orden de Albert Speer, la Filarmónica de Berlín interpretó también la escena final del Crepúsculo de los dioses de Wagner. Aunque la corriente eléctrica estaba severamente racionada, Speer ordenó encender todas las luces de la sala. A la salida, unos niños de las Juventudes Hitlerianas provistos de unos cestos ofrecían cápsulas de cianuro a los espectadores a medida que iban abandonando el local. El 1 de mayo volvió a sonar la misma música cuando la radio difundió al pueblo alemán la noticia de la «muerte heroica» de su Führer.
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[Eliade, 233; Heer, 469; Knopp (Müller, 264); v. Lang (Hitler, 377); Lixfeld (Laufer, 15); Moller, 73; Moorehead, 154; Rahn, 217-218; Sereny, 585-586; Speer (2001), 827].
CRISTO JESUCRISTO.
CRUZ GAMADA ESVÁSTICA.
DECADENCIA CREPÚSCULO DE LOS DIOSES.
DEGENERADO [al.: entartet].
Aunque de origen muy anterior, el término degeneración (Entartung) —y sus derivados— se convirtió en una palabra de moda en la Viena de fin de siglo y se aplicó a toda clase de fenómenos. Su popularización obedecía al gran éxito que en la segunda mitad del siglo XIX había alcanzado la teoría de la evolución de Darwin, quien empleaba el término para referirse a la degeneración patológica de las plantas y animales y, por extensión, a todas las manifestaciones naturales que se apartaban de la ley de la evolución constante de las especies hacia su propia mejoría (al. Art-. «especie»). Tergiversando el sentido darwinista, la degeneración pronto se asoció a la regresión y, por tanto, a un retorno antinatural a lo primitivo que aparentemente contradecía la ley del progreso biológico. Asimismo, y esta vez retomando otra idea de Darwin, se la asoció con el parasitismo, en la medida en que ciertas especies manifestaban su degeneración renunciando a buscar nutrientes por su cuenta y viviendo a costa de otros seres vivos.
El adjetivo degenerado abandonó muy pronto el terreno de la biología para ser profusamente empleado en los ámbitos de la sociología, de la cultura y muy especialmente del arte, con el que más suele relacionarse. Como hace notar Brigitte Hamann, en este contexto el término debe su popularidad al tratado Degeneración (2 vol., 1892-1893), en el que el médico y escritor sionista Max Nordau arremete especialmente contra las tendencias literarias francesas de su tiempo. Nordau afirma que el arte debe ser sanó y constructivo, y es también el primero en relacionar lo
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degenerado, entendido en términos de regresión, con lo infantil, la locura, la pornografía y lo patológico, introduciendo también el componente racial al atribuir esta clase de arte, por ejemplo, al supuesto primitivismo de los «hombres amarillos» del este asiático. A pesar de la ferviente defensa posterior de esta misma concepción de lo degenerado por parte de los nazis, Nordau no sólo consideraba merecedor de este calificativo a Baudelaire, sino también a los dos grandes ídolos del nazismo Wagner y Nietzsche. Según Nordau, Wagner estaría «cargado de una cantidad mayor de degeneración que todos los demás degenerados juntos», al tiempo que califica el misticismo wagneriano de «expresión de la incapacidad para pensar con claridad y dominar las propias emociones».
El término pronto cambió de rumbo en los círculos reaccionarios de Viena, donde no tardó en ser directamente asociado a los judíos, a quienes el fuerte antisemitismo austríaco solía considerar parásitos sociales y muestras vivientes de la degeneración regresiva de la especie humana, únicamente combatible por medio de una severa eugenesia. Hitler gustaba de emplear el término con frecuencia y lo utilizaba en toda clase de contextos. Así, un sapo no sería sino «una rana degenerada», y un cazador, «un campesino degenerado».
Sin embargo, el contexto que convirtió la degeneración en una palabra clave de la ideología nazi fue el impresionante movimiento de depuración contra la modernidad artística que se llevó a cabo en el Tercer Reich. Ya en 1933 la Liga para la Defensa de la Cultura Alemana había organizado en Karlsruhe una exposición del arte que había sido oficial durante la República de Weimar (sobre todo las obras de las distintas corrientes expresionistas), provocando a la población al poner bajo cada cuadro una etiqueta con el precio desmesurado que el museo que lo conservaba habría pagado por él en tiempos de grave crisis económica. Con todo, la exposición más importante de arte degenerado fue la que se celebró en 19 3 7 en Múnich bajo ese mismo nombre con obras de arte modernas confiscadas a sus propietarios y que fue acompañada de otra gran exposición complementaria, la del «Gran arte alemán», que, en palabras de Hitler, pretendía mostrar «el renacer de una nueva era» y señalar «el final de la degeneración del arte alemán». Como observa Peter Adam, no deja de resultar curioso que las obras degeneradas fueran expuestas siguiendo los mismos procedimientos de los despreciados dadaístas, es decir, mal colgadas, muchas veces sin enmarcar y acompañadas de consignas
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provocadoras que aspiraban a escandalizar al público. Significativamente, la exposición de arte degenerado recibió la visita de más de dos millones de personas, más del triple de las que acudieron a la exposición complementaria. Los nazis justificaron esta desproporción alegando que la población había tratado de compensar de este modo su falta de conocimiento sobre la degeneración artística.
Conscientes, ya que no del valor artístico, sí al menos del valor económico del arte degenerado, los jerarcas nazis vendieron las obras modernas que habían confiscado a marchantes extranjeros, entre ellos a la galería Fischer de Lucerna, donde se celebró una gran subasta de supuesta basura artística (compuesta, entre otros, por obras de Braque, Picasso, Paul Klee, Matisse y Kokoschka) que permitió incrementar en unos quinientos mil francos suizos las arcas del Reich, muy necesitadas de divisas. No obstante, la purga nazi fue la causante de que incontables obras de la vanguardia histórica de valor incalculable se perdieran para siempre. Su lugar pasó a ser ocupado por obras realistas de escaso interés artístico, glorificadoras de la guerra, del Führer, del campesinado [sangre y tierra] y de la belleza del cuerpo ario.
No obstante, este rechazo estético del arte vanguardista no siempre fue tan decidido. Después de todo, existía el precedente de la asimilación del futurismo por parte del régimen afín del fascismo italiano. Los propios Goebbels y Göring, que en 1937 eran enemigos acérrimos del arte degenerado, habían formado parte del comité patrocinador de una exposición futurista en Berlín sólo tres años antes. Por otra parte, algunos artistas alemanes de vanguardia, como Emil Nolde, sintieron en un principio cierta afinidad ideológica con el nazismo y se consideraron representantes de un arte «alemán, vigoroso, duro y ferviente», en términos muy parecidos a como entendió la filiación germánica de las vanguardias la facción de estudiantes nazis que en 1933 se opuso sin éxito a las medidas contra el arte moderno, afirmando que los pintores expresionistas de Die Brücke y Der blaue Reiter trabajaban en nombre de una tradición nacional y del genio nórdico. También Goebbels sintió ciertas simpatías iniciales hacia pintores modernos como Emil Nolde, Ernst Barlach y Erich Heckel. De hecho, en un principio la expresividad colorista de estos cuadros parece responder mucho mejor a la retórica antiintelectual y revolucionaria [revolución] de los primeros discursos nazis que el pseudorrealismo anticuado y kitsch que caracterizaría a la
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pintura del Tercer Reich. No obstante, precisamente el carácter «extático» con el que en 1933 había definido el expresionismo Alois Schardt, director de la Galería Nacional de Berlín, era el que generaba una disonancia amenazadora respecto a un régimen que, pasados los primeros arrebatos revolucionarios, buscaba institucionalizar el poder recién adquirido y reflejarlo por medio de una estética estabilizadora, ordenada e imponente como la ofrecida en el terreno arquitectónico por el clasicismo grecorromano y, en la pintura, por el realismo.
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Hans Severus Ziegler, portada del catálogo Música degenerada de 1938. La incongruencia de dotar de una estrella de David judía a un saxofonista afroamericano demuestra hasta qué punto lo degenerado constituye una concepción abstracta en el imaginario nazi, convencido
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de que los ritmos negros ejercían su pernicioso efecto hipnótico instrumentalizados por una fuerte influencia judía.
Páginas de Arte y raza de Paul Schulze-Naumburg.
Por otra parte, a diferencia del futurismo, las vanguardias alemanas no iban acompañadas de una ideología conciliable con los referentes culturales nacionalistas, al tiempo que carecían casi por completo de una base popular, sobre todo entre la pequeña burguesía que constituía el grueso de los votantes del Partido nazi. El propio artista frustrado que era Hitler tenía dificultades insalvables para comprender una pintura que solía calificar de «obras inacabadas», lo que demuestra que las vanguardias no eran concebidas como una alternativa artística de criterios definidos, sino como una ausencia de identidad artística propiamente dicha, como un arte que se había quedado en el camino hacia el único ideal de perfección posible, consistente en un realismo idealizado fácilmente comprensible para cualquiera. De este modo, el ideal artístico nazi se concibe y trata de un modo muy similar al de su ideal racial. Lo degenerado es asimilado a lo no-ario, y lo ario se convierte en la única categoría, tanto biológica como estética. Hasta qué punto llegaron a mezclarse estos dos ámbitos lo
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demuestra la impactante equiparación realizada ya en 1928 por el artista y teórico nazi Paul Schulze-Naumburg en su libro Arte y raza, en el que enfrenta gráficamente algunos cuadros vanguardistas con fotografías llamativamente similares de enfermos mentales. Con todo, el adjetivo degenerado no se ceñía únicamente a las artes plásticas, sino también a la literatura y a la música, especialmente a los nuevos ritmos afroamericanos como el jazz, en los que la cuestión racial desempeñaba un papel igualmente destacado.
[Adam, 120-127; Hamann, 119-124; Mosse (Hitler, 49); Nicholas, 15-40; Nicolaus; Von See, 26].
DESNUDO NUDISMO.
DIOS [al.: Gott].
Contrariamente a lo que se podría suponer, el hecho de que la cosmovisión nazi defendiera una actitud manifiestamente contraria a las principales religiones monoteístas europeas como el cristianismo y el judaísmo no implica, sin embargo, que se tratara de una ideología que negara la existencia de un ser superior. Aun así, estaba muy extendida la presuposición de que la negación de la religión cristiana por parte de los nazis implicaba necesariamente la negación simultánea de cualquier fe en Dios, lo cual ha dado lugar a numerosos malentendidos. El embajador británico Sir Neville Henderson, por ejemplo, manifestó su sorpresa cuando oyó decir a Baldur von Schirach en un discurso a los jóvenes durante el congreso del Partido de 1937: «No sé si sois protestantes o católicos, pero que creéis en Dios, eso sí lo sé». Henderson observa al respecto: «Tenía la impresión de que cualquier relación con la religión dentro de las Juventudes Hitlerianas había sido eliminada, y estas palabras parecían contradecir mi suposición». De un modo similar, cuando los miembros de las SS tenían que hacer constar su filiación religiosa, en lugar de emplear alguna de las denominaciones más habituales, como ateo, agnóstico, católico o protestante, elegían una expresión singular y de cuño propio: «creyente en Dios» (gottglaubig), al tiempo que juraban por Dios su adhesión a las SS. El propio Himmler afirmó al respecto que «a un hombre que no crea en Dios lo tengo por engreído, megalómano y tonto. No es apropiado para nosotros». No obstante, es preciso tener en cuenta
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que ni el hecho de que exista un concepto nazi de Dios implica que éste tenga gran cosa en común con la visión que, bajo la influencia del cristianismo, se tiene comúnmente de Él en el mundo occidental, ni la fe en Dios tiene por qué significar al mismo tiempo la aceptación de una ética de corte humanista.
El propio Hitler manifestó que «es imposible escapar al problema de Dios». Dado que el ateísmo de los comunistas quedaba necesariamente descartado de entrada, aunque sólo fuera por rivalidad ideológica, la solución al problema de Dios tenía que pasar forzosamente por una redefinición del concepto de divinidad en un sentido lo más alejado posible de la visión cristiana a fin de superarla espiritualmente. Rosenberg había dado ya un importante paso en este sentido al proponer una «religión de la sangre» y del alma racial: «El dios al que honramos no existiría si no existieran nuestra alma y nuestra sangre». En una extraña inversión del mecanismo habitual del pensamiento religioso, que tiende a hacer depender la realidad de la existencia previa de Dios, y no, como aquí, a postular la existencia de Dios en función de una realidad previamente existente, Rosenberg identifica el mismo binomio alma-sangre con lo divino. Con ello, el concepto fundamental nazi de lo ario parece convertirse en la esencia misma de Dios. Un dios, por tanto, que se definiría en función de una supuesta realidad biológica, si bien ello lo dejaría despojado de la virtud de la trascendencia, que constituye, en última instancia, la clave del problema de Dios mencionado por Hitler.
Matthes Ziegler, colaborador de Rosenberg, matiza este aspecto al definir como centro de la cosmovisión nórdica una «conexión pura e ininterrumpida con Dios a través de la vida». Así, la vida (por otra parte indisolublemente unida a lo ario en el contexto ideológico del nazismo) se convierte en un vehículo por medio del cual el hombre nórdico se comunica con un Dios que lo trasciende y que, sin embargo, continúa sin ser definido. Mucho más claramente, en cambio, se expresa el propio Hitler: «El hombre ha descubierto en la naturaleza la maravillosa noción de ese ser todopoderoso cuya ley venera. Básicamente todo el mundo posee el sentimiento de ese poder absoluto al que llamamos Dios (es decir, el dominio de las leyes naturales a través de todo el universo)». Así pues, el dios nazi se define como la convergencia todopoderosa de las distintas leyes naturales que activan el mecanismo del universo. Después de todo, este dios no es un dios creador: para Rosenberg, la religión aria
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compartiría con las religiones hindú y griega la concepción de «un caos que se somete a una voluntad, a una ley», pero nunca la idea de la creación del mundo a partir de la nada que postula la tradición judeocristiana, de un «materialismo blasfemo» en la medida en que establece una separación esencial entre Dios y la naturaleza creada por Él. Esa «voluntad», esa «ley», sería la energía divina e insondable que concede su impulso a una naturaleza preexistente. En este sentido, en palabras de Hitler, el hombre debe intentar «familiarizarse con las leyes que gobiernan la vida, y el conocimiento de las leyes naturales nos guiará por el sendero del progreso. En cuanto al porqué de estas leyes, nunca llegaremos a saber nada sobre ello». Esa dimensión de la naturaleza eternamente desconocida para el hombre es, finalmente, el espacio que le es dado ocupar a Dios. Un dios, por tanto, que representa aquello que todavía escapa al conocimiento del hombre, un nombre con el que bautizar y acotar lo ignoto: «La noción de divinidad les procura a la mayoría de los hombres la oportunidad de concretar su sentimiento de lo sobrenatural».
Así, el espacio ocupado por Dios puede disminuir o aumentar a medida que disminuya o aumente la dimensión de lo científicamente conocido por el hombre: en palabras de Hitler, «el hombre que vive en comunión con la naturaleza necesariamente se encontrará a sí mismo en oposición a las iglesias. Y ésta es la razón por la que las iglesias se encaminan hacia su ruina: porque la ciencia está llamada a ganar». Contrariamente a lo que pueda sugerir la extendida convicción del irracionalismo de la ideología nazi, especialmente desde que Lukács publicara en 1954 su Asalto a la razón, la fe en el progreso científico ocupa un lugar muy destacado en el mismo corazón de la cosmovisión del nazismo, por mucho que a menudo se manifieste en conceptos más bien propios de la pseudociencia y surgidos del conflicto que inevitablemente genera la espiritualización de ideas originalmente científicas. Así, a fin de preservar al pueblo alemán del «peligro de deformidad mental», ya sea «manía religiosa o de cualquier otro tipo», Hitler pretendía que «cada ciudad de cierta importancia cuente con un observatorio, pues la experiencia ha demostrado que la astronomía es uno de los mejores medios de que dispone el hombre para aumentar su conocimiento del universo, lo que lo salva de cualquier tendencia hacia la aberración mental». Un ejemplo claro y extravagante de cómo la astronomía es llamada a sustituir la religión
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tradicional y, por tanto, a ocupar su lugar, lo constituye su proyecto para el observatorio astronómico de Linz.
Por tanto, a ese dios nazi surgido del hueco que deja libre el conocimiento humano hay que contemplarlo a escala cósmica, pues se trata de un dios que reduce al hombre a su mínima expresión. Como supo apreciar tempranamente Denis de Rougemont, en el nazismo «se rechaza al propio Dios porque es el dios de las personas, y se pasa a venerar a un dios cósmico que no se ha revelado, que no se ha hecho carne, que es el instinto sublimado de la masa, el baño templado en el que se disuelve el yo, que hasta ese momento había sido una instancia pecadora y responsable». El dios del nazismo no supone consuelo para el afligido, como el Dios cristiano, ni tampoco una esperanza para el más allá: Hitler afirmó que los soldados bolcheviques, ateos, son buena muestra de que no hace falta creer en Dios para saberse enfrentar a la muerte. No guía tampoco los destinos individuales: «Dios no actúa de forma diferenciada. De repente arroja las masas de la humanidad a la tierra y deja que cada cual se labre su propia salvación. Los hombres combaten unos contra otros y uno se da cuenta de que, al final de todo, el que gana es siempre el más fuerte. ¿Acaso no es éste el más razonable orden de cosas?».. La única redención individual posible es la combinación entre el afán por conocer y la sumisión a aquello que se ha conocido: «El hombre debería saber que la salvación consiste en el esfuerzo que hace cada persona para comprender a la Providencia y aceptar las leyes de la naturaleza».
Si para este dios indiferente al sufrimiento humano no cuenta el individuo, Hitler y su causa tampoco deberían contar para él. Sin embargo, son innumerables las declaraciones de Hitler en las que afirma haber sido guiado por la Providencia, término que parece preferir al de Dios, sobre todo en sus discursos públicos. No obstante, los contornos de esta Providencia parecen confusos, como cuando Hitler afirma la necesidad de sentir respeto por «la Providencia (o lo desconocido, o la naturaleza, o como queramos llamarlo)». Se ha visto ya que lo desconocido y la naturaleza son términos asimilables al dios nazi, como también lo es la Providencia, aunque el uso de este último parece más frecuente en las ocasiones en las que Hitler se refiere a su propio destino como elegido: «Tomo con seguridad de sonámbulo el camino que me ha llamado a seguir la Providencia» (1936), o «cuando veo los cinco años que hemos dejado atrás, no puedo sino afirmar que esto no ha podido ser una obra
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exclusivamente humana. De no habernos guiado la Providencia, muchas veces yo habría sido incapaz de encontrar estos vertiginosos senderos» (1937). En este ámbito, el dios del nazismo parece abandonar su indiferencia cósmica y adoptar algunas llamativas analogías con el Dios cristiano, en las que Hitler, gracias a su «relación especial» con la Providencia, incesantemente recordada en los discursos, desempeñaría un papel no desdeñable en calidad de nuevo Mesías. En Mein Kampf, Hitler definía la misión reservada por Dios al pueblo alemán como «el incremento de nuestra raza y de nuestro pueblo; el sustento de sus hijos y la conservación de la pureza de su sangre; la libertad y la independencia de la patria». Hitler habría sido llamado por Dios como guía (Führer) de este pueblo para ayudarlo a llevar a buen puerto la sagrada misión que se le había encomendado.
La indiferencia de Dios, por tanto, es aplicable al individuo, pero no así a la comunidad del pueblo (Volksgemeinschaft) constituida por él. «Dios ha creado las razas. Él no quería la igualdad, y por eso nosotros nos oponemos vehementemente a cualquier intento de falsear esta unidad racial», dijo Göring en el Reichstag en 1935. Así pues, el objeto de redención, englobado en la abstracción de lo ario, se colectiviza, al tiempo que se perfila en su identidad frente a otros colectivos, convirtiéndose en el elegido de Dios (lo cual no deja de constituir un notorio y paradójico paralelismo con la concepción de pueblo elegido del judaísmo). Sin embargo, en el caso del nazismo la supuesta elección del pueblo ario está lejos de ser un dogma teológico, sino que es una consecuencia de la identificación de Dios con las leyes naturales. Si, según la cosmovisión cientifista nazi, una de estas leyes es el triunfo implacable del más fuerte, la comunidad aria sería la elegida por Dios únicamente en función de su propia superioridad natural. En este sentido, las medidas destinadas a conservar la pureza de la sangre aria pasan a ser una muestra de sumisión a estas leyes y, por tanto, también de sumisión a Dios. «Lo que está en oposición a las leyes de la naturaleza no puede provenir de Dios», dice Hitler, por lo que cada triunfo obtenido en la imposición de la propia superioridad racial, que se interpreta como una muestra de armonización con las leyes naturales —desde la eugenesia hasta el exterminio de las razas inferiores—, constituye al mismo tiempo una demostración más de la superior fuerza natural de la raza aria y, por tanto, una nueva fuente de confianza en su carácter de pueblo elegido.
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El cristianismo, en cambio, sería según Hitler «una rebelión contra la ley natural, una protesta contra la naturaleza. Llevado a su extremo lógico, el cristianismo significaría la culminación sistemática del fracaso humano». Resulta perfectamente coherente con lo anterior que, cuando la derrota alemana en la guerra parecía ya irrevocable, Hitler le dijera a Albert Speer: «Si el pueblo alemán sucumbe en esta lucha, será que ha sido demasiado débil. En ese caso, no habrá superado su prueba ante la Historia y únicamente estará destinado al hundimiento». En ese caso, el papel de elegido por las leyes naturales correspondería a otra raza distinta, y la única acción admisible del pueblo alemán según el dictado de estas leyes simultáneamente naturales y divinas sería contribuir a culminar su propia destrucción [crepúsculo de los dioses].
[Hamann, 307; Hitler (1953), 6, 39, 44, 51, 61, 123-124, 164, 514; Mein Kampf, 234; Lixfeld (Ziegler 83); Nürnberger Prozess (Goring, 25 272; Henderson, 23 792; Himmler, 27 552); Rosenberg, 250, 701; Rougemont, 69; Speer (2001), 707].
EDELWEISS.
Según relata Speer en sus Memorias, cuando, hacia 1934, una delegación de la organización femenina de Berlín quiso recibir a Hitler en la estación de Anhalt y entregarle un ramo de flores, la jefa de la delegación llamó por teléfono al secretario de Goebbels para averiguar cuál era la flor favorita del Führer. Tras efectuar numerosas llamadas, el secretario llegó a la conclusión de que Hitler, poco aficionado a la botánica, no tenía ninguna flor favorita, por lo que decidió nombrar espontáneamente el edelweiss ya que se trataba de una flor poco corriente procedente de los Alpes bávaros, lugar donde se ubicaba el refugio de montaña del dictador. Según Speer, desde ese momento el edelweiss se convirtió oficialmente en la flor del Führer.
La anécdota es interesante en la medida en que revela el carácter azaroso de los mecanismos que intervenían a veces en la elaboración mítica de la imagen de Hitler. Con todo, la ocurrencia del secretario se integra tan óptimamente en la cosmovisión nazi que resulta difícil tenerla por tan arbitraria como Speer la describe. El edelweiss, que sólo crece en lugares recónditos situados a más de 1700 m de altitud, representa a la perfección la idealización nazi de las montañas, al igual que el heroísmo del que antaño tenían que hacer gala los alpinistas para hacerse con la flor. También su rareza encaja óptimamente con la visión del Führer como
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paladín noble y solitario, y su blancura con la inocencia de un líder ascético que rechaza los placeres mundanos [Parsifal], Incluso de haber sido fruto de una decisión propagandística largamente meditada, difícilmente se habría dado con una flor más idónea. Y eso a pesar de que el nombre de esta flor fue igualmente asignado por las autoridades nazis a uno de los grupos juveniles perseguidos tanto a causa de su atuendo como por su negativa a incorporarse a las Juventudes Hitlerianas: los piratas del edelweiss (Edelweiss-Piraten), que llevaban esta flor como distintivo bajo la solapa.
[Knopp, 309; Speer (2001), 86-87].
ENRIQUE I [al.: Heinrich I].
Nacido en 876 y apodado El Pajarero, el sajón Enrique I fue designado sucesor a la corona por el mismo Conrado I y elegido rey de Germania por francos y sajones en 919. Aunque tuvo que recurrir a amenazas militares y a compromisos para ganarse el apoyo adicional de suabos y bávaros, que obtuvo unos años después, su soberanía constituyó la base del futuro Sacro Imperio Romano Germánico que fundaría su hijo Otón I en 962. Enrique I, quien tuvo la osadía de rechazar la bendición papal para su reinado, desarrolló una agresiva política bélica contra los eslavos, que culminó con la victoria sobre los húngaros en 933 gracias a un ejército en el que participaron miembros de todas las tribus germánicas y que contribuyó a consolidar la unidad territorial. Murió en 936.
Ya Richard Wagner había proporcionado un retrato positivo de Enrique I en Lohengrin, cuyo héroe vaticina la futura victoria del rey contra las hordas del Este. Más adelante, la hostilidad antieslava, la firmeza unificadora y el supuesto rechazo de la Iglesia que caracterizaron a este rey lo convirtieron en un óptimo candidato para su transformación en mito histórico por parte del nazismo, al igual que su filiación sajona (los sajones fueron la tribu germánica que más empecinadamente se resistió a la cristianización impuesta por Carlomagno). Alfred Rosenberg, por ejemplo, lo calificó de «profeta de un Reich alemán». Aun así, bien puede decirse que Enrique I fue, por encima de todo, un mito personal alimentado obsesivamente por Heinrich Himmler, por mucho que éste también tratara de contagiar su devoción a otros por medio de pomposas celebraciones. Según parece, la identificación personal de Himmler con el
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rey, probablemente favorecida por la circunstancia de compartir con él el mismo nombre de pila, se inició tempranamente y se desarrolló hasta el punto de llegar a considerarse su reencarnación, lo cual no resulta excesivamente extraño teniendo en cuenta la convicción himmleriana de que el culto a los antepasados y la fe en la reencarnación constituían la esencia de la religión aria y germánica. Todos los años, Himmler visitaba la cripta catedralicia de Quedlinburg, donde supuestamente se hallaban los restos del soberano, y se recluía en ella a medianoche a fin de dialogar en solitario con el espíritu de su vida anterior. Los miembros de las SS llamaban rey Enrique a su líder, con una ironía no exenta de respeto.
Con todo, el encuentro físico de Himmler con su otro yo resultó poco satisfactorio: el 2 de julio de 193 6, fecha en la que se conmemoró el milenario de la muerte del rey, Himmler depositó con gran pompa una corona en la cripta de Quedlinburg y le asignó una guardia especial permanente de las SS. El periódico nazi Der völkische Beobachter calificó esta celebración, en la que Himmler pronunció un elogiado discurso, como una «fiesta de la inmortalidad alemana». Con ella se inauguró la serie de Conmemoraciones a Enrique (Heinrichsfeiern) que Himmler pretendía llevar a cabo cada año. Sin embargo, una vez visitada la tumba propiamente dicha, tuvo que reconocer personalmente que «los restos de nuestro gran Führer [“guía”] alemán ya no reposan en el lugar en el que fueron enterrados. Dónde están, no lo sabemos». Así pues, se imponía la necesidad de salir en su busca. Esta actividad le fue encargada al Dr. Rolf Höhne, quien realizó excavaciones en los alrededores de Quedlinburg y, efectivamente, aseguró haber dado con los restos, lo cual le procuró a Himmler una ocasión perfecta para la segunda Conmemoración a Enrique el 2 de julio de 1937, en la que las reliquias imperiales supuestamente auténticas fueron trasladadas con gran pompa a esa misma cripta de Quedlinburg que debería haberlas contenido, previo dictamen craneológico efectuado por el médico y frenólogo August Hirt.
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Himmler depositando una corona en la cripta de Quedlinburg en conmemoración del milenario de la muerte de Enrique I.
Sin embargo, no deja de ser significativo que, sólo un año después del hallazgo, el Dr. Höhne ya no supiera indicarle con precisión al interesado medievalista Carl Erdmann en qué lugar había encontrado los huesos. En 1941, Erdmann publicó un documentado artículo en el que establecía que, según todos los indicios, la supuesta sepultura de Enrique I descubierta por
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Höhne habría sido en realidad una típica tumba de santo; más probablemente, de una santa. Con ello Erdmann hizo gala de cierto arrojo, pues pocas cosas podían resultarle más enojosas al anticlerical Himmler que haber confundido los huesos de una santa con las de su belicoso y viril alter ego. Después del traslado de los restos, Höhne siguió excavando en los alrededores de Quedlinburg en busca de «víctimas de dignatarios politizantes» de los tiempos del káiser que, según Himmler, debieron de haber sido torturadas y enterradas sin honores por aquella zona.
Después del traslado de los restos mortales en 1937, las celebraciones que Himmler se empeñó en seguir realizando todos los años en honor a su rey ya no tenían mucho sentido. La falta de documentos fiables sobre el personaje histórico frustró la pretensión de Himmler de honrar determinadas ciudades relacionadas con la biografía real otorgándoles el título de ciudad de Enrique. Finalmente, lo único que quedó fue la Marcha del rey Enrique que compuso un suboficial, dedicada al jefe de las SS. Con todo, al menos por lo que a propaganda se refiere, la política expansionista de Enrique I en Europa oriental sirvió en 1939 como justificación ideológica para la recuperación del espacio vital que mil años antes había estado, supuestamente, en posesión de Alemania.
[Kater, 44, 81, 94,119; Rosenberg, 478; Von See, 345; Sünner, 121-122].
ESPACIO VITAL [al.: Lebensraum].
Considerada, junto con la idea de raza, el segundo gran axioma del programa nazi, la teoría del espacio vital es uno de los conceptos clave de la disciplina de la geopolítica, fundada por Rudolf Kjellén a principios del siglo XX y derivada en gran medida de la antropogeografía de Friedrich Ratzel. Ratzel, defensor del determinismo geográfico, postulaba que el desarrollo humano está condicionado en primera instancia por su entorno natural, y superaba así la tradicional escisión entre cultura y naturaleza. Kjellén extremó las teorías de Ratzel al comparar el Estado con un organismo biológico, hasta el punto de colocarlo entre los seres vivos al mismo nivel que las plantas, los animales y el hombre. El Estado, como toda criatura viva, necesitaría espacio vital para poder desarrollarse y alcanzar su plenitud. Antes de la Primera Guerra Mundial, esta tesis fue defendida incluso por los socialdemócratas, quienes, igualmente convencidos de la «superioridad civilizadora» del hombre blanco,
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confiaban en la ampliación del espacio vital alemán «por el bien de los trabajadores alemanes». Por otro lado, la novela Pueblo sin tierra (1926) del escritor nacionalista Hans Grimm, de la que se vendieron cientos de miles de ejemplares a pesar de su enorme extensión, contribuyó enormemente a difundir la tesis de que Alemania vivía en un territorio excesivamente estrecho y necesitaba ganar nuevo espacio mediante la conquista de colonias en los grandes continentes.
Si bien ya Ernst Haeckel había expresado en 1915 la supuesta necesidad de la expansión territorial de Alemania debido a su superpoblación, el principal teórico y defensor del concepto de espacio vital fue sobre todo Karl Haushofer, profesor de Rudolf Hess, quien a su vez transmitió las teorías de su maestro a Hitler, permitiendo así su plena integración en Mein Kampf y en el programa político nazi. Para Haushofer existe una interrelación ineludible entre las imposiciones geográficas y la actuación política. La extensión del espacio vital que precisa una nación vendría determinada en primera instancia por la densidad demográfica, así como por el tipo de interrelación mantenido entre el hombre y el espacio. Aunque el espacio es necesariamente preexistente, la biomasa que lo puebla lo hace en función de las leyes de selección y simbiosis. Al sumarse a él en cuanto tercer elemento, el hombre supera el espacio y se aprovecha de los recursos energéticos que contiene. De este modo, tarde o temprano se produce una carestía de bienes y un aumento demográfico y, por tanto, una necesidad de mayor espacio vital que sólo podrá satisfacerse mediante una lucha de todos contra todos marcada por la ley natural de la victoria del más fuerte. Como escribió Hitler en Mein Kampf, «en esta limitación del espacio vital subyace el impulso forzoso a la lucha por la vida, pero es en la lucha por la vida dónde reside la premisa de cualquier desarrollo».
En un principio, como recuerda Stefan Zweig, este concepto no despertó demasiadas suspicacias, en la medida en que podía ser fácilmente entendido como un complemento de las populares teorías morfológicas de Oswald Spengler. No obstante, la teoría de Haushofer fue la gran coartada ideológica que permitió justificar el agresivo expansionismo de Hitler y procuró una supuesta motivación objetiva de la guerra. En una conferencia pronunciada en noviembre de 1937, Hitler recordó que la población alemana constituye un «núcleo racial cerrado» de ochenta y cinco millones de habitantes que, en cuanto tal, no admite comparación con ninguna otra
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nación europea. Ya en 1919 Hitler se preguntaba si era cierto que «a un ruso le tocaba por cabeza dieciocho veces más territorio que a un alemán», y concluía en Mein Kampf que el movimiento nacionalsocialista debe intentar «reparar la desproporción existente entre nuestro número de habitantes y nuestra superficie». En su opinión, el hecho de que Alemania no hubiera solucionado anteriormente su problema espacial se debía únicamente a causas históricas. Sin embargo, había llegado el momento de resolver urgentemente este problema, en un plazo de como máximo tres generaciones, si se quería evitar la regresión demográfica y la decadencia final del pueblo alemán. Dos años después, el 23 de mayo de 1939 (cuatro meses antes de la invasión de Polonia), Hitler extremó sus argumentos y definió la cuestión del espacio vital —«la base de todo poder»— como una lucha ineludible entre progreso y decadencia que exigía coraje, ya que pasaba inevitablemente por la vulneración de las fronteras y la apropiación de recursos extranjeros. Ya en Mein Kampf había expresado claramente esta idea: el movimiento nacionalsocialista «tiene que encontrar el valor necesario para reunir a nuestro pueblo y hacer acopio de sus fuerzas a fin de avanzar por ese camino que lo sacará de la actual estrechez de su espacio vital y lo llevará hacia una nueva tierra y suelo, liberándolo así del peligro de desaparecer de este mundo o, en cuanto pueblo esclavizado, de tener que dedicarse a servir a los demás». En 1942, durante uno de sus monólogos de sobremesa, despacharía la cuestión con mucha mayor contundencia: «Según las leyes de la naturaleza, el suelo pertenece a quien lo conquiste».
Para lograr estos objetivos, Hitler esperaba obtener una alianza con Inglaterra, país al que estaba dispuesto a garantizar total libertad en el dominio marítimo a cambio de su apoyo político en la conquista del espacio vital terrestre, empresa que, como ya reconocía en Mein Kampf, «únicamente podía suceder a costa de Rusia». Ello era perfectamente acorde con la estrecha vinculación establecida por Haushofer entre la teoría del espacio vital y las tesis de Sir Halford Mackinder sobre el heartland, según la cual la masa continental de Eurasia constituía una unidad que únicamente podía verse amenazada por las potencias marítimas circundantes, si bien gracias a la nueva movilidad que procuraba el rápido desarrollo de las comunicaciones terrestres, pronto constituiría una potencia invencible. Según Mackinder, «quien domine el este de Europa dominará el heartland; quien domine el heartland dominará la isla mundial
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[Eurasia]; quien domine la isla mundial, dominará el mundo». Aunque se desconoce hasta qué punto pudo estar directamente influida por la tesis de Mackinder y Haushofer, lo cierto es que esta teoría encontraría su correlato perfecto en el Drang nach Osten («impulso hacia el este») característico de la estrategia militar nazi y que culminaría con el ataque a la Unión Soviética, por mucho que el propio Haushofer fuera partidario de seguir manteniendo la alianza entre los dos países.
La concepción nazi del espacio vital está directamente relacionada con la ideología de sangre y tierra, en la medida en que por espacio vital se entiende la obtención de nuevos territorios para la explotación agrícola y el asentamiento permanente de la raza aria, buscando la plena integración territorial aun a costa de la germanización, expulsión o esclavización de los pueblos autóctonos. De este modo, la conquista del espacio vital se distingue notablemente de cualquier forma tradicional de colonialismo. Sin embargo, la noción de espacio vital también tiene connotaciones culturales, como ponen de manifiesto los mapas del ambicioso Atlas del folklore alemán, con los que se pretendía hacer palpable la necesidad de integrar en el espacio vital alemán los territorios culturalmente germánicos pero debilitados por el paulatino avance de las culturas extranjeras. Asimismo, tampoco carece de la dimensión mística común a la mayor parte de los ideologemas nazis. Como apuntó Rosenberg, «el concepto impalpable del honor de un pueblo encuentra su arraigo en una realidad que es de lo más firme y material: en la tierra de labranza de una nación, es decir, en su espacio vital».
Resulta destacable que las mismas argumentaciones ideológicas que habían sustentado la idea de espacio vital durante el nazismo volvieran a ser empleadas como argumentos de la defensa durante el proceso de Nuremberg. Así, el defensor de Von Ribbentrop alegó que la integración de la idea del espacio vital en el programa político nazi era una consecuencia directa del estrangulamiento económico impuesto a Alemania tras la Primera Guerra Mundial en el Tratado de Versalles, que habría suscitado en los alemanes el deseo de una autarquía económica únicamente alcanzable por medio de las conquistas territoriales. Por su parte, el defensor de Rudolf Hess y de Hans Frank recuperó el argumento de la extrema densidad de población alemana y de su carestía de materias primas para justificar el recurso de la guerra. No obstante, en realidad la idea de espacio vital no enmascara una cuestión de supervivencia, sino de
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voracidad. En la cosmovisión nazi, el concepto vital está íntimamente relacionado con las leyes naturales que establecen la depredación como principio dominante.
[Fettweis; Gasman, 136; Hitler (1953), 261; Jacket, 38, 40; Mein Kampf, 102, 732; Lixfeld, 20; Nürnberger Prozess, 1726-27, 1754, 22 556, 24 810-11; Poliakov, 339; Rosenberg, 531; Schmidt, 45; Shirer (1941), 586; Zweig, 240-241].
ESPADA [al: Schwert].
Tanto los yacimientos arqueológicos como los cantares épicos han demostrado la enorme importancia práctica y simbólica de que gozaba la espada entre las tribus germánicas desde muy antiguo. Originalmente, las valiosas espadas de bronce constituían tanto un arma como un símbolo de prestigio social y de libertad, y aunque su uso se extendió con el descubrimiento del hierro, su importancia se mantendría inalterable. Adornadas con talismanes, ornamentos y runas mágicas, algunas espadas incluso recibían un nombre propio que las personalizaba y las asociaba a su propietario, como Balmung, la espada de Sigfrido. Desde que a mediados del siglo XIV se redescubrió la Germania de Tácito, se impuso la imagen de los germanos como un pueblo guerrero continuamente armado con escudo y espada y presto para el ataque, imagen que pasó a convertirse en un signo de la naciente identidad alemana, y ello a pesar de que en el imaginario latino la vinculación del germano con las armas era considerado un claro signo de su barbarie. Cuando Tácito afirma que las armas son al germano lo que la toga al romano (Germania, 13) pone de manifiesto el primitivismo de aquél frente al ciudadano culto de Roma. Del mismo modo, cuando Orosio, en referencia a los bárbaros españoles, afirma que éstos han repudiado la espada para entregarse al arado, no hace sino definir un paso civilizador hacia el sedentarismo agrario, que, sin embargo, aún se consideraba anterior a la civilización definitiva representada por el asentamiento en ciudades.
Desde entonces, la espada fue un atributo estrechamente vinculado a todo lo germánico. Según la leyenda, ya Paracelso llevaba siempre consigo una espada de gran tamaño que representaba la aplicación práctica de la sabiduría del espíritu [antorcha] y en cuya empuñadura se encontraría alojada la piedra filosofal. Tiempo después, la idealización nacionalista de la visión de Tácito condujo a la creación de la figura alegórica de
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Alemania, que, bajo el nombre latino de Germania, mostraba a una mujer con escudo y espada desenvainada, en clara oposición a la Marianne francesa, representación conciliadora de la República tocada con el gorro frigio y portadora de un nivel y de una pica con la punta hacia abajo. Desde las guerras contra Napoleón, Germania solía ser representada escudriñando la orilla occidental del Rin, dispuesta a defender el territorio alemán de nuevas incursiones del enemigo francés. En la era guillermina aún se intentaba conciliar el agresivo nacionalismo imperialista simbolizado por la espada de Germania con una concepción adulterada del cristianismo, apelando, por ejemplo, a las palabras de Jesucristo en el Evangelio: «No creáis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada» (Mateo 10, 34). A Bismarck, en cuanto «herrero del Reich alemán», se lo solía representar frente a un yunque, forjando la espada de Germania.
El simbolismo nacionalista de la espada fue retomado y explotado en varias de las óperas de Richard Wagner, quien le asignó una dimensión pseudorreligiosa. La espada del Grial que Lohengrin otorga a Gottfried, el heredero del duque de Brabante, le asegurará a éste la victoria en cuanto combata contra las hordas del Este bajo las órdenes del rey Enrique I, mientras que, en la tetralogía wagneriana, Nothung (la que fuera Balmung en el Cantar de los nibelungos) es el nombre de la espada que Wälse deja clavada en el fresno a la espera de que la encuentre su hijo Siegmund, padre de Sigfrido, y que más adelante será nuevamente forjada por este último a partir de sus pedazos. En el clima de desánimo generalizado que provocó en Alemania la derrota en la Primera Guerra Mundial, la espada Nothung cantada por Wagner se entendió como el último recurso para evitar la opresión definitiva y como el vaticinio de la futura revuelta heroica de la nación derrotada. «Una espada me prometió mi padre, / y me dijo que la hallaría en el momento de mayor necesidad»: estos versos del monólogo de Siegmund en La Valquiria aparecen como ornamento en un número especial de la revista nacionalista Die Sonne («El Sol»), publicado en 1924 con ocasión de la reapertura del Festival de Bayreuth. Según el autor de uno de sus artículos, es en el interior de la propia esencia alemana donde debía buscarse la espada prometida. En cambio, ya en 1933, con la subida al poder del nazismo, se prefirieron estos desafiantes versos del Sigfrido. «Un dios nos creó la necesidad. / La ansiada espada, sin embargo, / nos la crearemos nosotros mismos».
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Resulta perfectamente coherente que la espada se convirtiera en uno de los símbolos principales de la cosmovisión nazi, en la que representaba la agresividad beligerante y la conquista, aunque con un aura supuestamente benefactora. En 1912, el ariosofista Lanz von Liebenfels publica en su revista Ostara un poema, significativamente titulado «La espada sanadora», contra los infrahombres judíos que se habrían erigido en señores de los alemanes y que ahora debían ser castigados por la espada. Y en 1918, la espada sobre la esvástica se convirtió en el emblema de la Sociedad Tule. También el ideólogo fascista Giulio Evola había afirmado en 1934 que «el paraíso se encuentra a la sombra de la espada», una frase muy popular y repetida en el Tercer Reich. A la luz de las hogueras, los muchachos de las Juventudes Hitlerianas se divertían y entrenaban practicando viejas danzas de espadas germánicas previamente rescatadas del olvido por los folkloristas. Y cuando, en 1922, el poeta nazi Hanns Vohst manifestó su furibundo rechazo a Thomas Mann al saber de la inesperada conversión de su antiguo amigo a los ideales republicanos, le dijo: «La espada nos es tan sagrada como a usted y a la gente como usted pueda serles la pluma».
Elemento muy difundido en las monumentales esculturas nazis, en las que era frecuente que un cuerpo masculino desnudo e idealizado empuñara un arma sobredimensionada, la espada aparecía como opuesto simbólico de la antorcha, que representaba los valores espirituales arios. «He optado por las dos columnas en las que se apoya todo Estado, el hombre del espíritu representado por la antorcha y el defensor del Reich simbolizado por el hombre de la espada», escribió al respecto el escultor nazi Arno Breker. Uno de estos hombres portadores de espada fue confeccionado en serie en la fábrica de porcelana que las SS tenían en Allach, cuyas piezas constituían uno de los más valiosos regalos que Himmler tenía a bien hacer a sus dignatarios más destacados. Todos los oficiales de las SS que formaron parte de la guardia de honor apostada con motivo de la visita del duque de Windsor a Berchtesgaden en 1936 recibieron de Hitler una espada damasquina de gran valor confeccionada artesanalmente en el campo de Dachau. La espada llegó a estar tan estrechamente asociada a la parafernalia simbólica del régimen, que incluso permitía algún que otro guiño paródico. Así, el actor Werner Krauss, en su papel como protagonista del Ricardo III de Shakespeare en el Staatstheater de Berlín, se atrevió a ridiculizar al personaje del rey haciéndolo aparecer con una
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espada de proporciones descomunales, a semejanza de las que empuñan muchas esculturas nazis. Hubo algún dirigente nazi que abandonó enojado la sala durante el entreacto.
Georg Kolbe, Monumento conmemorativo, Stralsund, 1935. El joven ario y el adulto, símbolo del relevo generacional, empuñan juntos la espada.
En el ámbito metafórico, ya sea apelando a los autores latinos o recuperando una vieja antítesis bíblica (Isaías, 2-4), la espada solía citarse
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en vinculación con el arado, del que se consideraba precursora, indicando con ello que la conquista del espacio vital por medio de las armas precede necesariamente a la explotación del terreno conquistado. Así, por ejemplo, dice Hitler en Mein Kampf: «Si pretendía ganar territorio en Europa […], el nuevo Reich tenía que ponerse de nuevo en marcha recorriendo el camino de los antiguos caballeros de la Orden a fin de, por medio de la espada alemana, proporcionarle el terruño al arado alemán, y el pan de cada día a la nación». Apelando a la simbología de connotaciones wagnerianas de la fragua, el Partido nazi constituía el fuego «de cuyas brasas iba a surgir la espada que le devolverá al Sigfrido germánico la libertad y a la nación alemana la vida». Evidentemente, el judío no sería capaz de luchar con espada, de ahí su empeño en extender el veneno del pacifismo.
No obstante, el simbolismo de la espada también podía desempeñar una función legitimadora. En 1935, Hitler se hizo regalar en Nuremberg una reproducción de la espada del Sacro Imperio, una de las viejas insignias imperiales cuyo original todavía se hallaba en Viena, agradeciendo este «signo simbólico de la fuerza imperial alemana». En 1938, tras la anexión de Austria, Hitler pudo hacerse también con el original [Tercer Reich]. A Himmler, el regalo de una espada de samurai por parte de una delegación de los aliados del Japón le permitió augurar afinidades entre los cultos japoneses y germánicos [Japón]. La marquetería del imponente escritorio de Hitler en la Cancillería del Reich mostraba representaciones alegóricas de espadas cruzadas a medio desenvainar. Según Speer, este detalle fue muy del agrado de Hitler, quien observó: «Bien, bien… Cuando lo vean los diplomáticos que estén sentados frente a mí en esta mesa, sabrán lo que es el miedo». La espada a medio desenvainar, en efecto, constituye una reveladora alegoría del concepto que Hitler tenía de la diplomacia.
[Adam (Breker), 199; Bauer/Dümotz/Golowin, 336; Dobler, 287 288; Gugenberger (Evola), 181; Hamann, 158, 366; Heer, 721; Knopp, 102; Kurzke (Johst, 360); Mein Kampf, 154, 406; Michalzik, 106; Poliakov, 338; Von See, 22, 41, 109; Speer (2001), 214; Williamson, 96, 99].
ESPARTA GRECIA.
ESVÁSTICA [al.: Hakenkreuzi].
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La esvástica o cruz gamada es un símbolo mágico que se halla extendido por todo el ámbito euroasiático, el norte de África y toda América y cuyas primeras apariciones conocidas se remontan a la pintura rupestre y a algunos objetos de la Edad del Bronce. La más antigua descubierta hasta el momento fue hallada en Ucrania y tiene una antigüedad estimada de doce mil años. El nombre sánscrito swastika significa «gran fortuna», y aún hoy continúa siendo un símbolo muy extendido en la India como invocador tradicional de fortuna y salud. En el budismo representa el ciclo eterno de la migración de las almas o samsara. Las interpretaciones de su posible simbolismo primitivo abundan mucho más que los datos verdaderamente fiables al respecto. Se sabe que entre las tribus germánicas servía como amuleto para ahuyentar a los malos espíritus, pero resulta aventurada la suposición, especialmente extendida durante el nazismo, de que pudo ser un antiguo símbolo solar. Formalmente, las cuatro ramas angulares de la esvástica unidas en un mismo punto central sugieren una idea de rotación axial, combinando así en un mismo signo las ideas opuestas de permanencia y movilidad. Al mismo tiempo, se cree que la presencia de cuatro brazos podría sugerir los puntos cardinales, así como un movimiento repetido de manera cíclica.
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Gigantesca esvástica de 6o × 6o m cerca de Zemikow, no km al noreste de Berlín. Fue plantada a finales de los años treinta en un bosque de pinos por un comerciante local simpatizante del nazismo. Aunque sólo era visible desde el aire, a finales del año 2000 el gobierno alemán ordenó talarla.
El conocimiento de la esvástica estuvo relegado a estudiosos y eruditos hasta 1872-1873, fecha en la que Heinrich Schliemann creyó haber descubierto el emplazamiento de la antigua Troya en Hissarlik (Turquía). Las abundantes esvásticas ornamentales aparecidas en la cerámica que Schliemann encontró en sus excavaciones troyanas le recordaron otras similares halladas en la orilla del río Oder, en Alemania. De este modo creyó haber dado con un importante «símbolo religioso de nuestros remotos ancestros» que le permitió vincular entre sí a los antiguos germanos, los griegos homéricos [Grecia] y la India védica, y unir bajo un mismo símbolo ario las tradiciones religiosas orientales y occidentales. Émile Burnouf, un colaborador antisemita de Schliemann, afirmó que la esvástica reproducía la posición de los fuegos sagrados en la India védica y habría sido posteriormente asimilada por el cristianismo bajo la forma de la cruz. La circunstancia de que no se hubieran encontrado esvásticas en las regiones tradicionalmente semitas (un dato desmentido por hallazgos
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posteriores) llevó a Burnouf a afirmar que este símbolo siempre había sido rechazado por los judíos, lo que permitió reclutarlo para la causa del antisemitismo, una vinculación que ya no iba a abandonar. La profunda fascinación de Schliemann por el símbolo que había contribuido a recuperar del olvido lo llevó a adornar con una franja de esvásticas las paredes exteriores de su gran mansión en Atenas.
El gran efectismo de los hallazgos de Schliemann, así como el gran talento de este controvertido arqueólogo para promocionarlos, pronto permitieron que la esvástica se afianzara en la mentalidad europea como símbolo ario por excelencia. A ello contribuyeron en gran medida el profesor danés Ludvig Müller, quien en 1877 la describió como el emblema del dios ario supremo, y, en 1886, el antisemita polaco Michael Zmigrodzki, a cuyo cargo estuvo la exhibición de más de trescientos dibujos de artefactos decorados con esvásticas en la Exposición Universal de París de 1889, además de la organización de dos grandes congresos internacionales sobre este símbolo.
La fascinación por la esvástica pronto abandonó el ámbito más o menos serio de la arqueología con aspiraciones científicas para infiltrarse en el esoterismo decimonónico europeo. En La doctrina secreta (1888), Madame Blavatsky, familiarizada con las ideas de Burnouf y Schliemann, atribuyó gran importancia a la esvástica, que era para ella un símbolo del martillo de Tor, el dios germánico del trueno. Ya en 1881, Blavatsky había incorporado una esvástica dextrógira al sello de la Sociedad Teosófica. La revista de la delegación alemana de la Sociedad, Lotusblüten («Flores de loto», 1892-1900), fue la primera publicación alemana en lucir la esvástica en su cubierta. En el cauce de la corriente teosofista europea flotaban ya los elementos racistas que iban a formar el afluente del ariosofismo. En 1875, Guido von List, su principal precursor, decidió celebrar el 1500 aniversario de la victoria germánica sobre los romanos enterrando ocho botellas de vino en forma de esvástica cerca del arco de la Puerta Pagana de las ruinas de Carnuntum. En 1897, el escritor Max Ferdinand Sebaldt afirmó que el dios nórdico Mundilföri habría creado el universo a partir del caos inicial, haciéndolo girar en un remolino de fuego, teoría posteriormente recuperada por Guido von List, quien añadió que la esvástica, que él denominaba Fyrfos, habría sido la representación de ese remolino de llamas primigenio y, por tanto, sería un símbolo sagrado de los arios. Significativamente, también Hitler se referiría años después a la
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esvástica llamándola «torbellino» o «herramienta de la generación del fuego». Esta interpretación mantiene afinidades con la de los bonpos tibetanos, que interpretaban la esvástica como el remolino del viento primigenio, de cuyas tonalidades habría surgido la materia. Resulta muy significativo que, en la cosmovisión nazi, ese mismo remolino original fuera asociado con el simbolismo del fuego y con el culto solar [Sol].
Emblema de la Sociedad Teosófica con la esvástica dextrógira (1881).
En La escritura ideográfica de los ario germanos (1910), List interpreta la esvástica en función del sentido de su giro. La sinistrógira representaría distintas etapas en la evolución cósmica en su caída descendiente, es decir, en el transcurso de la unidad a la multiplicidad, mientras que la dextrógira (la esvástica propiamente dicha) simbolizaría el sendero de regreso a la divinidad. Las dos cruces superpuestas crearían símbolos complejos como el hexagrama o la cruz de Malta, que, al abarcar las dos fuerzas antitéticas de toda creación, representarían al hombre-dios ariogerrnánico, la máxima forma de vida jamás conocida en el universo. A partir de ahí, List deduce que los caballeros templarios, cuyo símbolo era la cruz de Malta, al igual que las órdenes posteriores de inspiración templaría, como los rosacruces y los francmasones, habrían sido preservadores de la gnosis armana [armanes] —la dimensión esotérica de la religión germánica primigenia— durante las épocas de persecución y de oscurantismo cristiano. En otras obras anteriores de List, la esvástica ya es interpretada como signo del «invencible» o del «hombre fuerte venido desde lo alto», es decir, del redentor de los germanos. Posteriormente, la Liga de los Artamanes retomó este símbolo, que opuso a la cruz cristiana e
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interpretó como un «signo germánico de salvación» y de «pureza de la sangre y del espíritu». Lanz von Liebenfels, principal sucesor ideológico de List, izó por primera vez una bandera portadora de la esvástica en su castillo de Werfenstein, sede de su museo de antropología aria, el día de Navidad de 1907, año de la fundación de su Orden de los Nuevos Templarios (Ordo Novi Templi).
Movimiento virtual de la esvástica.
En 1891, Ernst Ludwig Krause fue el primero en sustraer la esvástica de los círculos esotéricos e incorporarla a la literatura del nacionalismo racial alemán, glorificándola como una especie de signo del renacimiento germánico y símbolo de lo nórdico por excelencia y calificándola de fósil-guía (Leitfossil) de los arios. Alfred Schuler, quien intentó escribir una tesis sobre la esvástica, la definió hacia 1890 como «símbolo de lo instintivo, lo racial y lo orgiástico», en lo que constituye una interpretación arriesgada que no terminó de asentarse en el ideario nazi. Más adelante, en su estudio Sobre la cruz gamada (1921), Jörg Lechler ubica el origen de la esvástica en el centro y norte de Europa, a pesar de la antigüedad mucho mayor de las esvásticas mesopotámicas, por entonces ya reconocida. Sin embargo, fue a través de la Orden de los Germanos y su organización sucesora, la Sociedad Tule, como la esvástica pasó a ser adoptada como símbolo por el nazismo. La revista oficial de la Orden de los Germanos, la Allgemeine Ordens-Nachrichten, había empezado a mostrar la esvástica en
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su cubierta desde 1916, al tiempo que, en páginas interiores, hacía publicidad de anillos, colgantes y bagatelas decorados con éste y otros símbolos del nacionalismo racial. En 1919, Friedrich Krohn, miembro de ambas sociedades, escribió un memorándum titulado ¿Resulta apropiada la esvástica como símbolo del Partido Nacionalsocialista?, en el que proponía la cruz gamada dextrógira —la adoptada por los teosofistas y la Orden de los Germanos, para él un símbolo del Sol victorioso— como insignia oficial del DAP (Partido Obrero Alemán), precursor del futuro NSDAP (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán). Parece ser que Krohn la prefería dextrógira por la interpretación budista de este tipo de esvástica como talismán de fortuna y buena salud, mientras que su rotación en el sentido contrario simbolizaba decadencia y muerte. Hitler, sin embargo, eligió la sinistrógira y supo imponer su preferencia a la de Krohn. Esta decisión ha dado lugar a diversas especulaciones en los círculos de interpretación esotérica del nazismo, según las cuales esta opción pondría de manifiesto la naturaleza satánica y destructiva de Hitler. No obstante, hay que tener en cuenta que ya la Sociedad Tule, cuna del DAP, había incorporado la cruz gamada sinistrógira a su emblema oficial, y es probable que Hitler decidiera simplemente mantenerla.
Hitler ya había tenido ocasión de familiarizarse con la esvástica durante su infancia, entre 1896 y 1899, cuando fue alumno de la escuela religiosa de Lambach, ubicada en un antiguo monasterio benedictino: en el pulpito, el antiguo abad había hecho grabar su escudo familiar, en el que figuraba una esvástica. Aunque el mito de la esvástica de Lambach y de su supuesta veneración por parte de un Hitler imberbe ya circuló durante el Tercer Reich, ha generado especulaciones bastante más fantasiosas entre algunos autores ocultistas de la postguerra, entre ellas la referente a la fabulosa biblioteca esotérica del misterioso abad, supuestamente visitada por el mismísimo Lanz von Liebenfels durante la estancia de Hitler en la escuela. Con todo, la verdadera familiarización de Hitler con la esvástica se produjo a todas luces durante su estancia en Viena, donde a partir de 1909 era fácil verla en las cubiertas de la revista ariosofista Ostara, editada por Liebenfels. Para entonces ya tenía un claro significado antisemita, y fue como símbolo del antisemitismo como empezó a difundirse incluso antes de su adopción oficial por parte del Partido nazi, algo a lo que contribuyó en gran medida la brigada paramilitar Ehrhardt, cuya orden de disolución en 192.0 desencadenó un intento fallido de golpe
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de Estado (el putsch de Kapp). Sebastian Haffner recuerda cómo poco después de esta fecha, al preguntarle a un compañero de colegio por las extrañas cruces que éste estaba dibujando en un cuaderno y que él aún no conocía, recibió la lacónica respuesta: «Signo de los antisemitas. Lo llevaban las tropas de Ehrhardt en el casco. Significa “judíos fuera”. Hay que conocerlo».
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El hecho de que la esvástica, aun sin estar vinculada todavía a ningún partido político, fuera ya un signo conocido y gozara del prestigio de una tradición milenaria estableció unos precedentes que la hicieron idónea para su adopción por parte del Partido nazi, formalizada por Anton Drexler y Adolf Hitler en mayo de 192.0. Se conserva un dibujo de Hitler de este mismo año en el que se recogen distintas alternativas gráficas para su diseño. Tras analizar diversas variantes, para la bandera del Partido se optó por la esvástica negra (color que, aun en aparente contradicción con la interpretación nazi de la rueda solar, ofrece la ventaja de una gran legibilidad, contundencia y cierto aspecto intimidador) destacada sobre un círculo blanco, representante de la luz y de la pureza, todo ello sobre un fondo rojo. El círculo blanco también permitía resaltar ópticamente la impresión de dinamismo y de giro característico de la esvástica y que constituía una de las ideas primordiales en la cosmovisión nazi, potenciada aún más por su colocación: sostenida únicamente por la punta de uno de sus brazos. Finalmente, la combinación negro-rojo-blanco respondía a los colores del nacionalismo alemán. Nada más terminar el diseño, Hitler sintetizó su significado del siguiente modo: «El rojo es social, el blanco es nacional y la esvástica es antisemita». En Mein Kampf reiteraría esta interpretación, aunque con algunos matices: «Como nacionalsocialistas vemos nuestro programa reflejado en nuestra bandera: en el rojo vemos el pensamiento social del movimiento, en el blanco, el nacionalista, y en la esvástica, la misión del combate por la victoria del hombre ario y, al mismo tiempo, también la victoria de la idea del trabajo productivo, que es y será eternamente antisemita».
Desde un principio, en los círculos nazis la esvástica fue interpretada como un primitivo símbolo solar. De este modo queda vinculada a los mitos solares cosmológicos, que suelen representar una cosmovisión marcadamente dualista compartida por la óptica nazi. La vinculación del sol con la renovación, la primavera y los ciclos naturales se adapta óptimamente a las ideas de vitalidad, dinamismo y naturaleza del nazismo, al tiempo que establece una asociación con el elemento del fuego. Según Otto Wagener, antiguo jefe de las SA y persona de confianza de Hitler, éste habría afirmado que «la idea de que el Sol sea representado como una divinidad que gira alrededor de la Tierra en un carro tirado por fogosos corceles únicamente puede proceder del norte. Sólo allí el Sol gira en torno al círculo del horizonte… Y lo mismo pasa con la esvástica. Se trata
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de la rueda solar que gira de este a oeste en torno a la superficie habitada de la Tierra». En la misma línea, Alfred Rosenberg la define como «símbolo del Sol, de la vida fructífera y ascendente», y se adhiere a la creencia en el origen nórdico de la esvástica al afirmar que, «según está demostrado», desde el 3000 a. C. las «oleadas de pueblos nórdicos» llevaron este símbolo a Grecia, Roma, Troya y la India. La esvástica pasa a convertirse así en una prueba más del origen nórdico de toda cultura. También los libros de texto avalaban la suposición de que la esvástica habría llevado el culto nórdico de la luz hasta Oriente, ya que, debido a causas climáticas, allí difícilmente podría existir un símbolo tan enfático del Sol.
Desde su adopción oficial por parte del nazismo, la esvástica se convirtió en un elemento omnipresente en todo el Tercer Reich. En los grandes actos masivos nazis se creaban esvásticas humanas en forma de ruedas giratorias de fuego constituidas por cientos de seguidores del régimen portadores de una antorcha que avanzaban y rotaban lentamente en círculo, permitiendo que las impactantes llamas en movimiento realzaran la idea de la rueda solar. En algunos actos diurnos, como en una gran concentración juvenil celebrada en Weimar, un gran grupo de gimnastas vestidos de negro formó una esvástica en rotación dentro de un círculo de muchachas de blanco. Profusamente exhibida en toda clase de festejos o actos oficiales, obligatoriamente expuesta en ventanas y balcones de las casas privadas en las ocasiones estipuladas por el régimen, empleada como ornamento arquitectónico o como insignia en medallas y uniformes, la esvástica pronto llegó a ser plenamente identificada con el nazismo, hasta el punto de que aún hoy resulta inseparable de él. Fue explotada propagandísticamente en toda clase de objetos, desde envoltorios de caramelo, cajetillas de tabaco, cajas de bombones, porcelanas e incluso salchichas (Klemperer recuerda haberla visto en pelotas infantiles y en tubos de pasta dentífrica) hasta que la Ley para la Protección de los Símbolos Nacionales del Reich del 19 de mayo de 1933 prohibió expresamente la profanación de los símbolos nazis, que a partir de entonces ya sólo podían ser empleados en objetos dignos, como felicitaciones de año nuevo o adornos del árbol de Navidad.
Los tempranos intentos de contrarrestar este calculado efecto propagandístico por parte de los partidos democráticos o de izquierdas no tuvieron éxito. En 1932, el Partido Socialista Alemán (SPD) diseñó su
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propio símbolo a fin de combatir al enemigo nazi con sus mismas armas, consistente en tres flechas dirigidas hacia el suelo y unidas por una banda horizontal. Esta antiesvástica, cuyas tres flechas representaban la actividad, la disciplina y la unidad, se solía pintar en actitud agresiva sobre las esvásticas de los carteles propagandísticos nazis y pretendía alentar a los trabajadores a que combatieran el fascismo y el capitalismo. No obstante, este símbolo llegó demasiado tarde, no se impuso con la contundencia suficiente y, por añadidura, cuestionaba la pretendida orientación humanista y racional de la socialdemocracia, supuestamente alejada del irracionalismo de la imaginería simbólica del enemigo, por lo que este nuevo símbolo artificial no tardó en caer en el olvido y ser rápidamente aplastado por la omnipresencia de la esvástica.
Con todo, el principal competidor simbólico de la esvástica no fue un símbolo político, sino religioso: la cruz latina del cristianismo. Aunque la disposición a morir por la cruz —de manifiesto durante las cruzadas— constituyó un referente histórico que la esvástica nazi pretendía emular, el sometimiento y la humillación física de —Jesucristo rememorados a través del crucifijo debían ser sustituidos por el luminoso espíritu de victoria del héroe germánico representado por el símbolo solar de la esvástica. Así, el precursor nazi Alfred Schuler ya había contrapuesto la esvástica a la «cruz de tortura» de los cristianos. El juego de asociaciones entre la cruz cristiana y la esvástica era muy frecuente y pueden encontrarse rastros de él en casi todos los ámbitos. Así, por ejemplo, la dedicatoria de un libro regalado a Hitler en 1933 rezaba «al Mesías de la esvástica». También las capillas de las escuelas alemanas eran decoradas con la esvástica durante la celebración de las festividades matinales que sustituían a las oraciones matutinas. También Göring tenía en su casa una capilla bajo el signo de la esvástica, y los conjuntos florales que enviaba a sus familiares políticos suecos o a la tumba de su difunta esposa siempre adoptaban esta forma.
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La máquina del dictador (Le rampart, 193}). En esta viñeta se apela al carácter de rueda giratoria de la esvástica para convertirla en noria esclavizadora.
La antiesvástica artificialmente recreada por Goebbels y considerada como tal por los nazis fue sin lugar a dudas la estrella de David amarilla, llamada estrella judía (Judenstern), que a partir de agosto de 1941 todos los judíos estaban obligados a llevar cosida en la ropa en el costado izquierdo, del mismo modo quedos soldados y dirigentes nazis llevaban el brazalete con la esvástica prendido en la manga izquierda.
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Desde 1933 se han sucedido las interpretaciones de la esvástica desde una óptica antifascista. Su frecuente utilización gráfica en las publicaciones contrarias al régimen pronto supo poner de manifiesto y sacar partido a la agresividad implícita en las formas angulosas de la rueda giratoria nazi, que ya en 1923 Josep Pía había descrito como «cruz con cangilones». Convertida en noria esclavizadora o en instrumento de tortura, la esvástica fue reinterpretada hasta el punto de convertirla, paradójicamente, en un instrumento de propaganda antinazi de gran eficacia visual empleado en viñetas y carteles. En Masa y poder (i960), también Elias Canetti creyó ver una amenaza implícita en la misma esencia de este símbolo: «Su efecto es doble: como signo y como palabra. Ambos tienen algo cruel. El signo mismo recuerda dos ganchos torcidos. Amenaza al observador de manera un tanto insidiosa, como queriendo decirle: espera, ya verás lo que va a colgar de aquí. En la medida en que la cruz garuada contiene un movimiento rotatorio, también éste es de índole amenazadora: recuerda los miembros rotos de los condenados antiguamente al suplicio de la rueda». Algunos analistas también han querido profundizar en la oculta dimensión simbólica de este símbolo aciago para sondear las causas ocultas de su extraordinaria eficacia. Así, por ejemplo, en 1933 el psicoanalista Wilhelm Reich trató de explicar la sugestión que la esvástica ejercía en las masas argumentando que, a un nivel subconsciente, la esvástica reproduce esquemáticamente la silueta de dos cuerpos humanos entrelazados en el acto sexual; de ahí que ejerza un impacto mayor cuanto más intensa sea la insatisfacción sexual de quien la contemple. El historiador de las religiones Harald Strohm, por su parte, ve en ella reminiscencias maniqueas al afirmar que los nazis la concebían como la rueda de cangilones de una noria cósmica que va separando los elementos luminosos de la sangre aria de su mezcla con la oscuridad para proyectarlos hacia el paraíso. Para Strohm, la esvástica nazi es un correlato de la cruz luminosa o sphaira maniquea, proyectada en el cielo por los astros en la intersección imaginaria entre el Ecuador celeste y el eje de la eclíptica. Los maniqueos interpretaban la X que se forma de este modo como la rueda cósmica que impulsaba hacia el universo a las almas que habían logrado redimirse de su vinculación a la materia, y era, por tanto, capaz de distinguir entre el bien y el mal.
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El trabajador en el imperio de la esvástica (cartel electoral del Partido Socialista Alemán — SPD—, 1932). En este cartel se aprovecha el carácter anguloso de la esvástica para
emplearla como si se tratara de un nuevo instrumento de tortura en sustitución del crucifijo cristiano, en el que el nuevo crucificado pasa a ser el trabajador. Esta imagen y la anterior tratan de poner de manifiesto el poder opresor del nazismo apelando a las características de la esvástica.
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Actualmente, la esvástica es un símbolo inseparable de la estela de millones de muertos dejada atrás por el empeño bélico y exterminador del Tercer Reich, hasta el punto de que su exhibición está prohibida en Alemania. Como representación del mal por excelencia, pocos símbolos han visto relegado a tal extremo su significado original. Así, no es infrecuente que los turistas occidentales de visita en la India se sientan provocados y expresen su enojo ante la contemplación de las esvásticas que siguen decorando toda clase de edificios, desconocedores del significado positivo que todavía se le atribuye en la cultura hindú. Más que cualquier razón ideológica, es la intensa capacidad provocadora de este símbolo en las sociedades occidentales posteriores a 1945 lo que ha llevado a que algunos grupos contraculturales, como el movimiento punk o el heavy metal, la incorporen a su vestimenta como señal de rebeldía. Evidentemente, la esvástica sigue siendo el símbolo por excelencia de los grupos neonazis, aunque su simbología negativa haya promovido la reciente aparición de algunos símbolos nuevos sólo para iniciados, como el llamado sol negro, una estrella de doce brazos angulados insertada en un círculo que constituye una variante de la esvástica mucho más compleja, pero menos comprometedora [Sol].
[Bauer/Dümotz/Golowin (Reich, 42); Bédarida, 158; Behrenbeck, 410 415, 417-419; Canetti (2001), 225; Dobler, 149-150; Fahr, 46; Goodrick-Clarke (1992), 25, 35,52,54, 61-62,109,129, 151, 224; (1998), 23-24, 3435; Gugenberger, 21, 23; Haffner, 47; Hamann, 299, 374; Klemperer (199;), vol. I: 14,16; Lurker, 191, 268; E. Mann, 106; Mein Kampf, 557; Masse, 295; Rosenberg, 165, 689; Sigmund (1998), 44-45; Steinert, 27; Strohm, 90-94; Stinner, 28, (Wagener 58), 66, 80, 85-87, 114; Xammar (Pla, 202)1.
EXTERNSTEINE.
Impresionante formación geológica de piedra arenisca situada en Westfalia, cerca de Horn-Bad Meinberg. Las investigaciones arqueológicas e históricas únicamente le atribuyen una función como lugar de culto durante el cristianismo: en la Alta Edad Media fue un lugar de devoción para viajeros de paso por el transitado camino que, desde el Rin, llevaba al este. Posteriormente, los monjes del monasterio de Abdinghof excavaron cuevas en la roca para celebrar oficios religiosos. En 1033, por encargo del obispo Enrique de Paderborn, el abad Wino von Helmarshausen emprendió un viaje a Tierra Santa para buscar información sobre el Santo Sepulcro a fin de construir una réplica en lo alto de una de
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las rocas, réplica que fue consagrada hacia 1036 y a la que se debe la presencia de una oquedad en forma de sarcófago. Las crónicas del siglo XIV se refieren a las Externsteine como un lugar de retiro espiritual para eremitas.
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Externsteine. Fotografía de Kirsten Kaack.
Ya en los años veinte, Wilhelm Teudt empleó su dramática elocuencia para popularizar las Externsteine y hacer de ellas un Stonehenge alemán.
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Sus temerarias investigaciones lo llevaron a postular que estas formaciones rocosas se encontraban en un punto de unión de las fronteras de distintas tribus germánicas, motivo por el que habrían sido escogidas como un lugar de culto común para todas ellas. Las oquedades, altares y escalones que mostraban las formaciones rocosas serían el vestigio de distintas estaciones para la celebración de ritos iniciáticos por parte de los antiguos germanos. Según Teudt, la capilla superior contendría un observatorio solar supuestamente destruido por Carlomagno, mientras que la gruta inferior habría servido para el culto del solsticio de invierno. También por orden de Carlomagno, el impresionante relieve del siglo XII que muestra el descendimiento de Cristo de la cruz habría sustituido anteriores relieves germánicos y mostraría el tronco doblado del fresno Irminsul o Yggdrasil como símbolo de la victoria del cristianismo sobre el paganismo. Karl María Wiligut, principal asesor ideológico de Himmler, desarrolló hacia los años veinte una tesis aún más sofisticada. Según Wiligut, entre los mismos germanos se habrían producido violentas luchas religiosas entre los irministas —defensores del dios germánico Krist [Jesucristo]— y los wotanistas —adoradores de Wotan—. Tras la destrucción de su centro sagrado en Goslar en 1200 a. C. a manos de los wotanistas, los irministas habrían construido un nuevo templo en las Externsteine. También éste habría sido finalmente tomado por los wotanistas en 460 a. C. antes de ser definitivamente saqueado por Carlomagno en sus campañas antipaganas. En cualquier caso, ya antes del ascenso al poder de Hitler, las Externsteine se convirtieron en el símbolo aglutinador de toda una serie heterogénea de corrientes nacionalistas que, de un modo u otro, celebraban el renacimiento de la prehistoria germánica.
Si bien, dada la llamativa apariencia de esta formación natural, no se puede descartar por completo que los germanos la hubieran considerado alguna vez un lugar de culto, en la Germania de Tácito no aparece ninguna alusión a ella, como tampoco en los edictos de Carlomagno. Ni siquiera la gran campaña de excavaciones arqueológicas realizada en 1934 bajo los auspicios de las SS logró encontrar más que restos medievales. Ello no impidió que Himmler, ignorando estos resultados, que no llegaron a publicarse, perseverara en las tesis de Teudt y Wiligut y convirtiera las Externsteine en un nuevo lugar de culto neogermánico. En ellas se llevaban a cabo programas culturales destinados no sólo a los visitantes de fin de semana (que al llegar al lugar se encontraban con un letrero con la
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leyenda «¡Guardad silencio en el santuario de nuestros antepasados!»)., sino sobre todo a las mismas SS, cuyos miembros la visitaban guiados por investigadores especializados del departamento Herencia Ancestral {Ahnenerbe). Himmler también quiso construir cerca de las rocas una casa como residencia para el guardián del lugar, función honorífica para la que se elegiría a un miembro destacado de las SS a fin de concederle un año de descanso bajo el influjo de este lugar sagrado antes de ascenderlo. El celo de Himmler y de las SS respecto a las Externsteine y su exclusividad los llevó al extremo de prohibir, a principios de 1936, cualquier publicación sobre esta formación que no hubiera sido previamente autorizada por ellos.
Sin embargo, después de 1945 han seguido sucediéndose las publicaciones que, sin aportar pruebas concluyentes, insisten en la filiación germánica de las Externsteine. En 1953, durante un viaje de peregrinación a través de Alemania, la ideóloga nazi Savitri Devi, en una especie de arrebato místico autoprovocado, se pasó toda una noche tumbada en el silencio total que procura el sarcófago de piedra excavado en las Externsteine rezando por el renacimiento del nazismo. También el neonazi chileno Miguel Serrano publicó varios relatos de sus experiencias de muerte y resurrección en la Roca de la Tumba. [megalitos].
[Döbler, 107-109; Goodrick-Clarke (1998), 167-169, 220; Kater, 54-55, 70,125; Sünner, 70-72].
FAUSTO [al.: Faust].
En el empeño propagandístico nazi de hacer suyos los principales personajes simbólicos e históricos que constituyeron los pilares de la alemanidad durante el nacionalismo decimonónico, se hacía inevitable que el celebérrimo Fausto de Goethe, clásico alemán por excelencia, fuera igualmente incorporado a su cosmovisión. Objeto de innumerables imitaciones y parodias desde el momento mismo de su creación gracias a sus personajes populares y fácilmente reconocibles, el Fausto, de presencia inexcusable incluso en las más reducidas bibliotecas y tradicionalmente empleado por la burguesía culta alemana como fuente inagotable de citas tan incisivas como sacadas de contexto, se había convertido en un cajón de sastre susceptible de defender toda clase de causas, aunque en su conjunto predominara siempre, en mayor o menor medida, su papel en cuanto símbolo, amado u odiado, de identidad nacional. Como observa Thomas Zabka, el mito fáustico ofreció un
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mecanismo irracional de explicación del aislacionismo creciente de una nación tardía como era Alemania en el tejido cada vez más complejo de las naciones europeas.
En La decadencia de Occidente (1918-1922), Oswald Spengler había tomado a Fausto como símbolo de la alta cultura de Europa occidental, según este autor la más violenta, apasionada y trágica de todas ellas. La cultura fáustica, propia de inventores y descubridores, sería la cultura técnica por excelencia. Su principal empeño residiría en el dominio de la naturaleza, en la que la voluntad de poder habría alcanzado su máxima expresión [Nietzsche], El hombre fáustico, al querer desafiar a Dios y convertirse él mismo en demiurgo, creó la máquina. Sin embargo, esa misma máquina estaría finalmente llamada a esclavizar a su creador. A pesar de este determinismo trágico, resulta evidente la admiración que subyace a la identificación spengleriana del hombre fáustico con el hombre nórdico, al que las inclemencias de su territorio habrían convertido en el más eficaz dominador de la naturaleza. El enorme éxito alcanzado por La decadencia de Occidente contribuyó en gran medida a que la identificación del hombre nórdico con Fausto se afianzara profundamente en el imaginario alemán de entreguerras, aunque el nazismo hiciera lo posible por despojarla del pesimismo determinista spengleriano.
No ha de sorprender, por tanto, que en 1937 un historiador de la literatura declarara que «Fausto y lo fáustico se han convertido en símbolos por excelencia del hombre germánico». Las cualidades particulares atribuidas al personaje de Fausto eran resumidas y generalizadas en el concepto genérico de lo fáustico, en el que se evidencia claramente la paulatina conversión del personaje goethiano en un arquetipo de valor universal. Ya en la obra de Goethe, Fausto, con su ansia de saber continuamente insatisfecha, su orientación hacia el futuro y su búsqueda incansable de nuevos desafíos, representa una antítesis respecto al ideal, cerrado en sí mismo, de la armonía clásica. Por tanto, resulta hasta cierto punto natural que el alma fáustica, en cuanto esencia del hombre nórdico, actuara en manifiesta contraposición al hombre mediterráneo, reproduciendo y exacerbando la antítesis romántica entre lo germánico y lo romano que acabaría por reciclarse, a su vez, en la antinomia ario/judío.
Durante el Tercer Reich, numerosos elementos y pasajes de la compleja obra goethiana parecían ofrecerse como molde idóneo para
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significados extraídos de la cosmovisión nazi. Así, debidamente sacadas de contexto, las palabras de Mefistófeles durante el pacto con Fausto, «La sangre es un fluido muy especial» (v. 1740), parecían constituir una temprana intuición literaria de la mística nazi de la —sangre y se prestaban muy bien como cita en los discursos públicos. El dramaturgo Hans Severus Ziegler afirmó en 1935 que este verso mefistofélico constituye una «verdad elemental […] sobre la que hoy en día se erigen nuevas revelaciones»; según el escritor Johannes Bertram, el verso aludiría a la íntima relación entre la voluntad humana y la sustancia de la sangre. Ni Ziegler ni Bertram parecen tener en cuenta que este sobreinterpretado verso sale de la boca del diablo y precede al pacto con el que éste pretende llevar a Fausto a la perdición.
En la crítica al intelectualismo propia de la cosmovisión nazi se inscribe una de las citas más célebres del Fausto goethiano, «en el principio fue la acción» (v. 1237), palabra con la que el protagonista opta por traducir el controvertido logos del primer versículo del Evangelio de San Juan. La característica idealización nazi de la acción parece haber encontrado aquí su correlato perfecto, en lo que consideraba una clara muestra del activismo irreflexivo y combatiente que ya en Spengler constituía una cualidad del hombre nórdico. Rosenberg calificó el poema de Goethe en su conjunto como «el mayor himno a la actividad humana», y afirmó que habría sido precisamente la acción lo que habría redimido a Fausto. En esta interpretación puede leerse una vez más entre líneas la antítesis ario/judío, en la medida en que, como indica Hitler en Mein Kampf, el ario sería el único pueblo creador, mientras que la raza judía se caracterizaría por su parasitismo y su incapacidad creativa.
Fue sobre todo la segunda parte de la obra goethiana la que, dada su mayor complejidad y su gran polivalencia semántica, se adecuaba mejor a la reinterpretación sesgada a la que la sometió el nazismo. El «imperio de las Madres», el universo místico de las formas puras al que debe acceder Fausto a fin de conseguir a Elena, es interpretado como representación del ideal agrario de sangre y tierra. Incluso la ceguera con que la Preocupación castiga finalmente a Fausto se relaciona con la ceguera transitoria sufrida por Hitler en el hospital de campaña antes de tomar la decisión de hacerse político. Con todo, el pasaje favorito del nazismo es sin duda el que describe el empeño de Fausto por secar pantanos y construir diques a fin de ganar territorio al mar, en lo que constituye la más celebrada de sus
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acciones creadoras. Pronto fue considerada como una visión de la necesidad germánica de conquistar espacio vital y como una representación utópica del futuro de la raza aria en un territorio nuevo. El hecho de que, a fin de llevar a término su utopía urbanizadora, Fausto recurra a la piratería y lleve injustamente a la muerte a los ancianos Filemón y Baucis no se interpreta en la cosmovisión nazi como el peligro de inhumanidad inherente al abuso del poder y a la ambición desmedida, sino como un valeroso sacrifico de la moral individual al servicio de un ideal común. Esta tergiversación ideológica, de gran interés para profundizar en la comprensión de la barbarie del Tercer Reich, parte de la base de que la dimensión heroica de Fausto reside en su aceptación voluntaria de la culpa, con la que carga de buen grado a sabiendas de que su culpa individual beneficiará a la comunidad de la que forma parte. En palabras de un crítico literario de la época, el servicio que presta el superhombre que encarna la figura de Fausto es «volverse culpable por los demás», en una acción en la que la propia culpa resulta redentora. De este modo, Fausto, pecador por el bien de la inocencia ajena, se convierte en una reveladora inversión de —Jesucristo, en cuanto éste, según el dogma cristiano, asume los pecados de los demás siendo inocente. Si bien el titanismo fáustico parece ubicar al personaje en una dimensión ética superior más allá del bien y del mal, en realidad ésta integra y supedita los valores éticos judeocristianos o humanistas en vez de negarlos o sustituirlos. La salvación final del alma de Fausto, en la que los ángeles celestiales redimen «al que siempre se esfuerza» (v. 11 936), parece una aprobación de esta ética superior por parte del impertérrito Dios cósmico venerado por el nazismo.
[Merlio, 108-109; Rosenberg, 2.60; Zabka].
FEDERICO EL GRANDE [al.: Friedrich der Grosse].
De entre todos los mitos nacionales alemanes ensalzados por el nazismo, a Federico II el Grande (1712-1786), rey de Prusia, cabe atribuirle el lugar más destacado. En el imaginario popular alemán se ha relacionado desde siempre a Federico —afectuosamente apodado el viejo Fritz— con una férrea disciplina (la famosa disciplina prusiana), con la burocracia (instituyó una moderna administración) y con un militarismo imperialista, y ha constituido desde antaño una figura de culto para los
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nacionalistas. Resulta fácilmente comprensible que estas características fueran igualmente admiradas por los nazis, si bien otras cualidades de Federico, como su acusado intelectualismo y su ferviente admiración por las ideas ilustradas y por la cultura francesa, constituían un obstáculo ideológico que era discretamente pasado por alto, al igual que fueron vehementemente rechazadas las fundadas sospechas en torno a la homosexualidad del rey.
Ya durante los primeros años de la República de Weimar se empezaron a rodar películas basadas en la vida de Federico, tendencia que los nazis retomaron con fines manifiestamente propagandísticos. La iniciadora de toda esta serie de películas fue Fridericus Rex (1922-1923), de Arzen von Cserépy, un producto de la UFA estrenado en la inmediata postguerra cuyo carácter promonárquico suscitó violentas protestas entre socialdemócratas y comunistas, aunque éstas no llegaron a impedir su sensacional éxito. Este filme, en el que ya se empleaban estéticamente las masas con fines propagandísticos, hacía hincapié tanto en la rebeldía juvenil de Federico como en su sacrificada sumisión posterior a la voluntad de su padre y a los intereses del Estado. Esta evolución de la rebeldía a la sumisión —según Kracauer un rasgo recurrente en la filmografía alemana de entreguerras— fue retomada continuamente en las siguientes películas sobre Federico, al igual que la glorificación casi sagrada del rey por parte de su pueblo, que favoreció una temprana identificación entre el monarca y Hitler provocada de forma expresa a partir de 1933. De entre las películas forjadoras del mito de Federico anteriores al Tercer Reich destacan El concierto de flauta de Sans-Souci (1930) y La coral de Leuthen (1933); mientras que el llamamiento a la obediencia absoluta que constituye El rey viejo y el rey joven (1935), la justificación de la política imperialista que encubre Fridericus (1936) y la exhortación a la resistencia frente a la derrota de El gran rey (1942) forman parte ya, incuestionablemente, del cine propagandístico nazi.
En el caso de El rey viejo y el rey joven, su nivel de propaganda en favor de Prusia era tan evidente que su estreno en Austria generó muchas protestas y manifestaciones. La película sólo logró mantenerse en las carteleras austríacas recurriendo a la amenaza de que, de no ser así, se excluiría del mercado alemán la rica producción cinematográfica de Austria, que por entonces aún no había sido anexionada. Von Papen justificó este chantaje alegando que, gracias al personaje de Federico, la
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película permitía recordar a los austríacos, que Prusia y Austria habían compartido «una gran historia alemana común» debido al importante papel que habría desempeñado Federico en la relación entre ambas naciones; tesis postulada por el historiador pangermanista Heinrich von Srbik. Así pues, tampoco le era ajena al personaje la propaganda proanexionista, aunque se tratara de una idea difícil de conciliar con la conocida rivalidad histórica entre Federico el Grande y la emperatriz María Teresa. En estas películas, el papel del rey era interpretado casi sin excepción por el actor Otto Gebühr, cuyas facciones terminaron asociándose de forma irremisible con la fisonomía de Federico.
Fuera del ámbito cinematográfico, en textos como los del profesor de historia Johannes Kühn, Federico era presentado como un prototipo del hombre nórdico-germánico. Kühn disimulaba el enojoso afrancesamiento estético del monarca alegando que se trataba de una mera manifestación menor de la típica añoranza del sur propia de todos los germanos nórdicos [Grecia].
Aunque durante los años revolucionarios del Partido nazi el culto a Federico fue de baja intensidad, ya que era una figura de identificación más apropiada para los nacionalistas burgueses y reaccionarios que para el hombre nuevo que pretendía traer el Tercer Reich, durante la guerra la devoción por el militarista rey de Prusia alcanzó, de la mano de Goebbels, un grado elevadísimo. En un texto de 1942, por ejemplo, el periodista Wilhelm Ihde se pregunta «si Federico no ocupa en la historia la posición del Prometeo del Estado prusiano» y destaca su frugalidad y su férrea voluntad que lo hicieron sobreponerse a la cómoda existencia real para «dirigir el futuro de su pueblo» atendiendo a la llamada militar.
La vinculación metafórica de Federico el Grande con el Führer no fue sólo un recurso propagandístico ya que suscitó, por parte de Hitler, una identificación real con el personaje que fue en aumento durante el transcurso de la guerra. Ya en Mein Kampf Hitler manifestó una especial predilección por el rey de Prusia, y en sus distintos despachos de campaña solía tener colgado un retrato de Federico el Grande, obra de Franz von Lenbach. Según recuerda el general Guderian en sus memorias, Hitler se lo señaló un día diciendo: «De este retrato extraigo nuevas fuerzas cuando las malas noticias amenazan con hundirme. ¡Vea estos imponentes ojos azules, esta frente tan ancha! ¡Vea qué cabeza!».. Señalando este retrato a los componentes de su círculo íntimo, Hitler solía citar frases célebres del
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rey prusiano, como «¡Quien envíe el último batallón al combate será el vencedor!»., que insuflaban nuevas esperanzas en la victoria final tanto a él como a su entorno. Del mismo modo, durante los últimos meses de la guerra, Goebbels incrementó el uso propagandístico de Federico para levantar los ánimos de la población en vísperas de la derrota recordando que aunque también el rey prusiano tuvo momentos en los que se creyó vencido, siempre había logrado triunfar en el último instante gracias a su brillante estrategia. Con todo, no se trataba sólo de propaganda, sino también de cierta superstición: según una anotación de su diario, el propio Goebbels consideró inquietantemente asombroso el hecho de que una película concebida en 1940, El gran rey, manifestara semejante paralelismo con la situación histórica que se dio dos años después, fecha en la que fue estrenada, cuando ya se habían producido las primeras derrotas importantes del ejército alemán.
Goebbels también recurrió al rey de Prusia para animar a Hitler en los meses de declive y le leía en voz alta largos pasajes de la monumental Historia de Federico II de Prusia (1858-1865) de Thomas Carlyle. La recreación biográfica de las serias dificultades a las que tuvo que enfrentarse el rey durante el invierno de 1761-1762 era escuchada por Hitler con lágrimas en los ojos, lágrimas que se tornaron en un sincero y delirante entusiasmo cuando, en abril de 1945, Goebbels le comunicó, pictórico de alegría, la inesperada muerte de Roosevelt: Hitler la consideró como una repetición en la historia del milagro providencial que supuso para Federico la muerte súbita de la zarina Isabel, que permitió al rey zanjar positivamente la Guerra de los Siete Años cuando ya se creía prácticamente vencido. La paulatina identificación de Hitler con Federico era tan patente que dio ocasión a alguna que otra chanza entre los miembros de su entorno más íntimo; Eva Braun, por ejemplo, tras descubrir manchas de rotulador en el uniforme de Hitler y en alusión al proverbial desaliño del rey, le dijo: «¡Mira, pero si vas muy sucio! Ya no puedes ponerte este uniforme. ¡No tienes que imitar al viejo Fritz en todo e ir paseándote por ahí tan asqueroso como él!».. Es más: según Theodor Morell, el médico de cabecera de Hitler, el repentino dolor que el Führer sintió poco antes de la derrota en la articulación de la pierna izquierda habría sido de origen histérico y habría constituido una imitación espontánea de la cojera real del anciano Federico II. De este modo, Hitler habría establecido de cara a su entorno y frente a sí mismo un paralelismo
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inconsciente entre el destino del rey, llamado a una victoria inesperada, y el suyo propio: cuanto peor fuera su estado físico, más cerca estaría la salvación. No ha de sorprender, por tanto, que el retrato de Federico que Hitler había mostrado a Guderian fuera el único objeto decorativo que se llevó al búnker de la Cancillería del Reich y que lo acompañó durante las últimas semanas de su vida. Poco antes de suicidarse, Hitler lo legó como recuerdo a su piloto Baur, quien lo sacó del marco y lo enrolló para llevárselo.
La veneración por Federico, no exenta de superstición, siempre había estado presente de un modo u otro en la cultura popular alemana, por lo que la propaganda nazi en torno a su figura cayó en terreno abonado y logró calar hondo en el inconsciente colectivo, llegando a adquirir una autonomía de índole casi religiosa que a veces incluso superaba las pretensiones originales. Así, Victor Klemperer rememora cómo, en vísperas del bombardeo de Oresde, unos trabajadores estaban absolutamente convencidos de que la ciudad no sufriría ningún daño, pues habían visto cómo las nubes dibujaban en el cielo el perfil inconfundible del viejo Fritz, signo inequívoco de que el lugar contaba con la protección infalible del mitificado rey.
[Courtade/Cadars (Guderian 68), 68-77; Heer (Morell, 463), 469-470; Junge 176,183, 211; Kater, 19; Klemperer (1975), 125, (1995), vol. II: 126; Kracauer, 125-128; Mosse (Hide, 139-142); Speer (2001), 828; Trevor-Roper (1947), 181-185].
FUEGO [al.: Feuer].
Sin lugar a dudas, el fuego ha mantenido una estrecha relación con el nazismo y ha ido jalonando algunos de sus momentos históricamente cruciales: el 5 de marzo de 1933, en circunstancias todavía confusas, ardió simbólicamente el comunismo alemán con el incendio del Reichstag; el 10 de mayo de 1933, las universidades alemanas hicieron arder el intelectualismo judío en un gran auto de fe en el que, inspirándose en el antecedente de la quema de obras antigermánicas del jubileo luterano de 1817 (fiesta de la Wartburg), los libros de autores de la talla de Erich María Remarque, Thomas Mann, Stefan Zweig o Emil Ludwig fueron pasto de las llamas; entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938, la Noche de los Cristales Rotos, un pogromo incendió las sinagogas alemanas, encarnación por excelencia de la identidad judía. Otro eslabón en la larga cadena de barbaridades fue la incineración, esta vez física, de los judíos en
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los crematorios de los campos de exterminio, y otro más lo hallamos en las recientes actividades incendiarias de los grupos neonazis perpetradas en residencias de inmigrantes o de asilados políticos.
La dimensión simbólica de todas estas acciones debe interpretarse partiendo de la vieja concepción apocalíptica del fuego como elemento purificador, aspecto que se pone claramente de manifiesto en el lenguaje empleado en los discursos y arengas que acompañaron a la famosa quema de libros de 1933, en la que se habló tanto de la «transformación interior del hombre alemán» como de la «caída de la vieja era para anunciar la irrupción de una nueva época». En ellas el fuego se convierte en el elemento ejecutor de la destrucción inevitable de un universo materialista y caduco (los fundamentos intelectuales de la República de Weimar) que va a permitir el advenimiento de un mundo mejor marcado por la cosmovisión del nazismo. El intelectualismo nazi tenía un modelo en el admirado alquimista y curandero Paracelso, quien en 1527, en presencia de sus estudiantes, lanzó simbólicamente a la hoguera de San Juan los escritos de sus antecesores en la ciencia médica, afirmando que «las hebillas de mis zapatos poseen más sabiduría que los propios Galeno y Avicena». Paracelso identificaba el fuego con la vida, que necesita consumir vidas ajenas para alimentarse, lo cual permite asociar el fuego al arrebato pasional liberado de la razón, a la ira legítima, a la vitalidad desatada. Así parecen expresarlo estos versos de Kurt Eggers: «Encended fuego bajo las calderas / y dejad que las llamas se aviven, / las hogueras bajo las calderas, / las hogueras que desatan la fuerza / también nos desatarán a nosotros».
El fuego como elemento sacralizado y su empleo en la celebración de los solsticios había caracterizado ya al movimiento excursionista juvenil de los Wandervogel («pájaros migratorios»), fundado en Berlín hacia 1895, que con su espíritu anticivilizador y vitalista constituye en muchos sentidos un antecedente de la concepción existencial promovida por el nazismo. En la cosmovisión nazi se apelaba sobre todo a la estrecha vinculación con el fuego —distintiva del folklore alemán y de claras reminiscencias paganas— para, a fin de ir minando paulatinamente la primacía del cristianismo en los rituales religiosos en aras de un neopaganismo considerado genuinamente germánico, tratar de recuperar el fuego como elemento simbólico de celebración y culto. Se instituyó la vieja costumbre de hacer rodar bolas de fuego por los valles para celebrar
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los solsticios, práctica a la que llegó a sumarse el mismísimo Heidegger en compañía de sus discípulos desde su aislada cabaña de Todtnauberg. Para las ceremonias matrimoniales neopaganas, celebradas bajo un retrato de Hitler, se sugería colocar sobre el altar un cuenco metálico, preferentemente de hierro, en el que debía arder un fuego sagrado. Las asociaciones juveniles, incluso años antes de la subida al poder de Hitler, habían restituido el salto sobre el fuego a modo de prueba iniciática, que pronto iría solemnemente acompañada de un juramento de fidelidad al nacionalsocialismo. La prueba del salto del fuego a edades tan tempranas ejercía una eficaz labor educativa para la cosmovisión nazi: ayudaba a superar el miedo al dolor, al tiempo que señalaba y humillaba a los cobardes; además, la bendición compartida del fuego acentuaba la sensación de pertenencia a una comunidad; y, finalmente, preparaba mental y físicamente a los muchachos para el futuro bautismo de fuego de la guerra, igualmente concebida como gran lluvia incendiaria y purificadera.
El fuego también mantiene una vinculación simbólica con la raza aria. Ya en 1811 el filósofo de la naturaleza Lorenz Oken asoció los cuatro elementos a cada una de las razas humanas: si el aire y el agua eran propios de las razas mongola e india, la tierra correspondía a la raza negra, debido a la naturaleza opaca de sus cuerpos y a su incapacidad para ruborizarse, prueba de la ausencia de vida interior y, por tanto, de humanidad. No ha de sorprender, por tanto, que el fuego fuera atribuido por Oken a la raza blanca, perfectamente capaz de enrojecer, en una asociación en la que resuenan ecos de la secular identificación metafórica entre fuego y pasión.
Otro aspecto no desdeñable de la dimensión simbólica del fuego en la cosmovisión nazi es el cosmogónico, en el que, partiendo de la Cosmogonía glacial de Hanns Hörbiger [hielo], el universo es concebido como una lucha perpetua entre el principio del fuego y el principio del hielo. Lucha igualmente presente en las Edda, en las que se describe el enfrentamiento antitético (Müspellsheimr) entre el mundo de las tinieblas y del frío con el mundo del fuego. Hitler tenía un gran apego a la visión pseudocientífica, apocalíptica y altamente polarizada de Hörbiger, y se identificaba con el elemento del fuego en la misma medida en que sentía una antipatía casi física por la nieve y el hielo. Ya en agosto de 192.0 describió plásticamente en un discurso cómo en el norte de la Tierra, «en
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los inauditos desiertos de hielo», los ancestros primigenios de los arios actuales habían generado el fuego impelidos por la más pura necesidad.
Varias décadas después, durante sus horas ociosas en la cárcel de Spandau, Albert Speer se preguntó un día si existirían temperamentos subordinados a un elemento determinado. «De ser cierto, yo no titubearía ni un instante en asignar a Hitler el fuego como su indefectible elemento. Ahora bien, […] solamente adoraba su poder destructivo». A continuación, Speer recuerda la exaltación que a Hitler le causó el fuego que, en su imaginación, iba muy pronto a sumir la ciudad entera de Nueva York en un infierno llameante: «Reseñaba la transformación de los rascacielos en inmensas teas encendidas, su estruendoso derrumbamiento, el reflejo de la urbe ardiente en los sombríos cielos, y cuando parecía salir de su éxtasis, manifestaba que [Karl]. Saur debería desarrollar inmediatamente el proyecto de Messerschmidt para el bombardero cuatrimotor a reacción».
Con el mismo obsesivo principio, Hitler encargó el diseño de un enorme lanzallamas giratorio con fines militares estrictamente intimidatorios y que, en su opinión, sería el principal medio para contener la invasión de los aliados, pues, «según sus experiencias en la Primera Guerra Mundial, nada aterraba tanto a los soldados como un rayo ígneo proyectado contra ellos». De este modo jugaba con el terror psicológico que inspiraba la posibilidad de morir entre las llamas, mucho más temida que el impacto inesperado de una bala invisible. Así pues, según recuerda Speer, en la primavera de 1944 se suministraron veinte mil lanzallamas que complementarían la intención de convertir la hipotética zona de desembarco de los Aliados en un gigantesco mar de fuego mediante la voladura a distancia de depósitos de petróleo.
[Bauer/Dümotz/Golowin, 483; Cirlot, 210; Jackel (Hitler, 59); Mehring, 195; Poliakov, 272; Safranski, 154; Speer (1976), 99, 224; Vondung, 44].
GENGIS KHAN [al.: Dschingis-Khan].
El célebre fundador del imperio mongol ofrece un caso claro de la polaridad de significados que podía adquirir un mismo mito histórico durante el Tercer Reich, en función de si su finalidad era propagandística o formaba parte de la ideología secreta del régimen. Así, en los discursos de la propaganda nazi se estableció una analogía entre el antiguo Gengis
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Khan y sus mongoles y las modernas razas infrahumanas eslavas, lideradas por Stalin, contra las que se luchaba en el frente ruso. De este modo, y en relación a la procedencia asiática común, se alentaba la asociación de ideas entre los mongoles (que evocan a su vez la enfermedad infrahumana del mongolismo) y los soldados soviéticos, al tiempo que la amenazadora apelación implícita a la sanguinaria crueldad de Gengis Khan justificaba la necesidad de combatirlos sin compasión. Según Speer, Hitler repetía con frecuencia: «No lo olviden: ¡Stalin es Gengis Khan resurgido de los más profundos estratos históricos! ¡La destrucción de nuestras ciudades no será nada en comparación con lo que sobrevendrá si perdemos!». En esta comparación subyace claramente la admiración que Hitler, a pesar de todo, sentía por su gran enemigo soviético.
En cambio, la función de Gengis Khan dentro de las entrañas del régimen era de corte marcadamente distinto. En 1923 se publicó en alemán el libro de viajes por Mongolia Bestias, hombres y dioses de Ferdynand Ossendowski, muy admirado por Himmler, en el que el autor relata una leyenda según la cual sólo los descendientes en línea directa de Gengis Khan pueden acceder a la cima de cierta montaña sagrada, ya que, gracias a su estatura casi gigantesca, no caen envenenados por el ácido carbónico expelido a través de unas grutas y que tiende a formar en la superficie una capa tóxica de un metro y medio de grosor. Unos años más tarde, en 1934, se publicó en Alemania una biografía en dos volúmenes escrita por el emigrado ruso Michael Prawdin —Gengis Khan: la tormenta que vino de Asia y El legado de Gengis Khan— en la que afirmaba la superioridad racial de los mongoles y presentaba al Khan como un eugenésico que mejoraba los genes de su horda al emparejar a sus guerreros con las mejores mujeres apresadas. Himmler ordenó una edición especial en un solo volumen para las tropas de las SS, movido por la convicción de que el propio Gengis Khan (quien, según Rene Guénon, llevaba la esvástica en su sello) y sus elites mongolas no serían una variedad asiática, sino descendientes de los antiguos habitantes de la Atlántida y posibles antepasados de los arios germanos. Parece ser que Himmler se apoyaba en las momias de rasgos manifiestamente caucásicos que habían empezado a aparecer a finales del siglo XIX en la región china de Xinjiang, en el corazón del antiguo imperio mongol, y que ponían seriamente en duda el supuesto aislamiento histórico de China frente a las influencias culturales europeas previas a la época de Marco Polo. (Actualmente, las dataciones
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arqueológicas han demostrado que las momias de Xinjiang datan del siglo XXI a. C., y que por tanto son muy anteriores a los mongoles de Gengis Khan).
Parece ser que las teorías de Himmler sobre el origen ario de los líderes mongoles tuvieron cierto eco en el propio Hitler, quien en una ocasión afirmó que «¡Si Gengis Khan fue realmente el gran hombre que nos muestra la historia, entonces es que era ario y no mongol!». Era indudable que Hitler sentía fascinación por este inquietante antecedente histórico y no descartaba la idea de emularlo: «Entre los tártaros, yo voy a convertirme en su Khan». (Los rusos llamaban tártaros a todas las tribus mongoles y turcas). Y es que algunas de las características históricamente atribuidas al Khan resultaban de gran interés para el imaginario nazi, sobre todo la supuesta frialdad clínica de los asesinatos mongoles, muy destacada en la biografía de Prawdin, que había de servir de modelo a las tropas de las SS. Así lo manifiesta el discurso secreto que dirigió Hitler al alto mando poco antes de la invasión de Polonia en agosto de 19 3 9: «Gengis Khan hizo morir a millones de mujeres y niños sólo por su voluntad y con el corazón alegre. La historia ve en él solamente a un gran constructor de Estados. Lo que la débil civilización occidental piense de mí no me importa. […] Así, por el momento, he enviado hacia el este sólo a mis unidades Totenkopf [de las SS] con órdenes de matar sin piedad a todos los hombres, las mujeres y los niños de raza o linaje polaco. Sólo así ganaremos el espacio vital que necesitamos». Con sus palabras, Hitler alude directamente a la constatación histórica de que, tarde o temprano, la reputación de todo gran conquistador termina por sofocar el recuerdo de las muertes que deja a su paso. Es de suponer que el recuerdo del destacado papel de Gengis Khan en la historia debía ayudar a las tropas de las SS a inhibir su posible complejo de culpa individual durante las matanzas.
También Alarico y Atila, con quienes Hitler gustaba de compararse antes que con Napoleón, Julio César o Alejandro, desempeñaron un papel semejante al de Gengis Khan en la cosmovisión nazi. Paradójicamente, también algunos destacados enemigos del régimen —Heinrich y Thomas Mann, entre otros— recurrieron al infausto prototipo de bárbara crueldad que seguía constituyendo Gengis Khan en el grueso del imaginario occidental para comparar a Hitler con él. Con ello se pone de manifiesto la insólita polivalencia de significados que pueden llegar a adoptar
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determinados iconos en un contexto ideológico tan complejo como el del Tercer Reich.
[Cirlot, 200; Hamann, 305; Hitler (1953), 203; Pringle, 136-161; R. Breitman, cit. por Rosenbaum, 223-225; Scheldt, 433; Speer (1976), 41; Trevor-Roper (1947), 125].
GERMANIA.
[Como representación alegórica de Alemania (espada)].
Hitler quería darle el nombre de Germania a Berlín una vez se hubiera llevado a cabo la radical reforma urbanística que iba a convertir esta ciudad en la capital del gran «imperio germano-alemán» que, en palabras suyas, «ningún poder del mundo» iba a poder destruir. «Berlín tiene que llegar a ser el verdadero centro de Europa, una capital que para todo el mundo tendrá que ser la capital». Es harto significativo que Berlín — considerada por los nazis un monstruo de asfalto, una ciudad babilónica en la que Alfred Rosenberg creyó percibir el mismo «olor a cadáver» de París, Viena, Moscú y Nueva York y en la que la modernidad, la libertad de costumbres y la mezcla de culturas campaban a sus anchas— tuviera que ser rebautizada. El nuevo nombre no sólo iba a representar una identidad cultural radicalmente distinta para Berlín, sino que en gran medida simbolizaba su transformación arquitectónica en una nueva ciudad. Originariamente, y siguiendo el modelo de Washington, Hitler había jugado con la idea de construir su nueva capital ideal partiendo de cero, ubicándola a orillas del lago Müritz, en Mecklemburgo. Bastaron algunas insinuaciones de este tipo para que la administración municipal de Berlín, hasta entonces reacia a hacerse cargo del costosísimo proyecto, aceptara financiar el grueso de la reforma urbanística. Sabido esto, Hitler desechó su propósito inicial, alegando que «las ciudades edificadas artificialmente siempre han estado muertas». Con todo, para hacer realidad el proyecto de Germania había que derribar tal cantidad de edificios de la vieja Berlín decimonónica que la ciudad apenas iba a ser reconocible, por lo que la asignación de un nombre nuevo seguía estando plenamente justificada.
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Plano de la remodelación de Berlín.
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Hitler no fue un pionero en este tipo de reformas urbanísticas radicales: ya entre 1853 y 1870, el barón Haussmann, a quien Hitler consideraba «uno de los grandes urbanistas de la historia», había perforado el viejo París con grandes bulevares cuya apertura implicó derrocamientos de gran magnitud; no en vano Hitler envió a París a todos los arquitectos que trabajaban en las obras de Berlín para que buscaran inspiración en la capital francesa. No obstante, las inconcebibles dimensiones que iban a adoptarlas avenidas y edificios emblemáticos de Germania y que pretendían dejar en ridículo todos los modelos anteriores, París entre ellos, reducían el urbanismo de Haussmann a un empeño insignificante: «Berlín, como capital del mundo, sólo podrá hacer pensar en el antiguo Egipto, sólo podrá ser equiparable a Babilonia o Roma. En comparación con una capital semejante, ¿en qué van a quedarse Londres, o París?»., dijo Hitler. Y, en otra ocasión: «Antes solía preguntarme si no habría que destruir París. Pero cuando hayamos terminado Berlín, París no será más que una sombra. ¿Para qué íbamos a destruirla?». Significativamente, fue en la noche que siguió al triunfo militar sobre Francia cuando renovó el encargo que ya le había hecho a Speer en 1936 y declaró la remodelación de Berlín «la principal empresa constructora del Reich».
«En cierto aspecto, la atmósfera de necesidad en la que viví no dejó ninguna huella en mí», afirmó Hitler en referencia a los años de pobreza en Viena que precedieron a su carrera política. «En aquellos tiempos yo vivía en palacios de la imaginación. Y fue precisamente en esa época en la que concebí los planes para la nueva Berlín». Es fácil intuir en estas palabras, así como en los bocetos arquitectónicos que dibujó por esta época y que todavía se conservan, la megalomanía nacida de la frustración. Análogamente, Germania también debía ser un medio para que el pueblo alemán, oprimido y acomplejado por su derrota en la Primera Guerra Mundial, adquiriera el orgullo de pertenecer a un gran imperio. La nueva Berlín debía ser un medio de identificación nacional, un nexo de unión. Años después de aquella temporada en Viena, Hitler concretó sus concepciones urbanísticas en algunas páginas de Mein Kampf: «Ninguna de nuestras metrópolis actuales posee monumentos que dominen la estampa entera de la ciudad y que, de algún modo, puedan considerarse un símbolo de su época. En cambio, sí fue éste el caso en las ciudades de la Antigüedad, pues cada una de ellas poseía un monumento
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del que se sentían orgullosas. Lo característico de la ciudad antigua no reside en las construcciones privadas, sino en los monumentos de la colectividad, que no parecían destinados al instante, sino a la eternidad, ya que en ellos no se pretendía reflejar la riqueza de un único propietario, sino la grandeza y la relevancia de la comunidad». La analogía con las ciudades de la Antigüedad —Hitler pensaba sobre todo en Roma, a la que consideraba «nuestro único rival en el mundo»— es ya un claro reflejo de las pretensiones milenaristas de Hitler. La eternidad pesa sobre el presente y la colectividad sobre el individuo. La ciudad deja de ser un lugar de residencia para convertirse en un gigantesco símbolo, en un gran portador de significados relacionados directamente con la imagen del poder: «Deje que un pobre campesino entre en nuestra sala de la cúpula en Berlín. No sólo se quedará sin aliento: a partir de ese momento, el hombre sabrá dónde pertenece». (Hitler a Albert Speer). Speer, el arquitecto designado para llevar a cabo todas las obras de Berlín, era bien consciente de esta función cuando en 1936 calificó su trabajo de «extremadamente político» y afirmó que sus construcciones no sólo habían de expresar la esencia del movimiento, sino que eran prácticamente una parte de él.
Dos grandes ejes, el eje imperial para celebraciones y actos oficiales, de norte a sur (orientación de gran importancia simbólica, al reproducir el sentido de las supuestas migraciones barias), y el eje administrativo y de tráfico, de este a oeste, debían constituir el centro neurálgico del nuevo Reich. El eje norte-sur, el principal, estaba inspirado en los Campos Elíseos de París (de 100 m de anchura y con un Arco del Triunfo de 50 m de alto); Hitler, en cambio, y únicamente con el fin de superar su modelo, proponía una avenida de 120 m de ancho, de una longitud dos veces y media superior y un Arco de Triunfo que, con sus 117 m de altura, doblaría con creces su precedente napoleónico. El punto culminante de este eje había de ser la Gran Nave con cúpula que remataría el extremo de la avenida. Con una altura total de 290 m, este enorme edificio degradaría ópticamente el Reichstag, cuyo punto más alto sólo alcanzaba los 7 5 m, por no hablar de la insignificancia de los 29 m de la Puerta de Brandeburgo. Con su cúpula de 250 m de diámetro, esta Gran Nave albergaría un único espacio con capacidad para ciento ochenta mil personas que se utilizaría para la celebración de actos públicos, constituyendo, en palabras del propio Speer, una especie de lugar de culto. Su notorio parecido con la basílica de San Pedro (que, sin embargo, podría
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albergar diecisiete veces en su interior) pone de manifiesto la competencia de la cosmovisión nazi con el poder tanto espiritual como terrenal del cristianismo representado por Roma. En su interior, bajo una hornacina con un águila sujetando la esvástica, se hallaría el lugar desde el que Hitler hablaría a la multitud reunida ante él. No obstante, como observa Speer, ante aquella ruptura descomunal de cualquier escala humana, la figura de Hitler quedaría perdida en la inmensidad. La megalomanía arquitectónica habría reducido a su propio artífice a la nada.
Fotomontaje con la maqueta de la Gran Nave. En primer plano, la puerta de Brandeburgo junto al viejo edificio del Reichstag.
La construcción de esta cúpula, proyectada por Hitler nada más salir de la prisión militar en 1924, llegó a ser para él una auténtica obsesión, y eso a pesar de las indicaciones de los servicios de protección antiaérea del
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Ministerio de Aviación, quienes lo alertaron de que una construcción tan grande, que asomaría por encima de las nubes bajas, constituiría un reclamo perfecto para la aviación enemiga en tiempos de guerra. Según Speer, cuando Hitler supo que la Unión Soviética también tenía pensado construir, en honor a Lenin, un edificio que superaría los 300 m de altura (el Palacio de los Soviets de Boris Iofan) reaccionó con gran enojo. Sin embargo, años después pudo sentirse aliviado cuando al entrar en guerra contra la Unión Soviética creyó poner fin a tal empresa. (Curiosamente, no era la primera vez que Iofan y Speer entraban en una competencia arquitectónica marcada por la rivalidad de las ideologías: ésta ya se había puesto de manifiesto durante la Exposición Universal de París de 1937, cuando sus respectivos pabellones —el soviético y el alemán—, debido a su situación en el recinto, parecían enfrentarse amenazadoramente [águila]). La Gran Nave iba a estar flanqueada de agua por tres de sus costados a fin de aumentar aún más el efecto causado por el edificio por medio de su reflejo en el agua. La fachada sur, en cambio, asomaría a la plaza Adolf Hitler, en la que se celebrarían los desfiles del 1 de mayo y que tendría capacidad para albergar a un millón de personas.
Hacia 1938, probablemente alentado por las expectativas de poder que le ofrecían sus planes bélicos, Hitler desarrolló el proyecto de un gran palacio que había de servirle de residencia privada y que, con sus correspondientes jardines, ocuparía una extensión de dos millones de metros cuadrados en pleno centro de Germania y que duplicaría las dimensiones de la Domus Aurea de Nerón. Un sistema de galerías la comunicaría directamente con la Gran Nave. Los diplomáticos visitantes tendrían que recorrer quinientos metros de salones hasta llegar a la presencia de Hitler, el doble de la distancia que ya había estipulado para este fin en el edificio de la nueva Cancillería del Reich, en clara analogía con los mismos mecanismos de representación de poder antiguamente empleados por los emperadores romanos. La imagen de proverbial sencillez y modestia de Hitler que Goebbels seguía difundiendo obligó a mantener en el más riguroso secreto estos proyectos. Hitler los justificó alegando que, aunque él mismo no tenía necesidad de imponerse por estos medios, era probable que los necesitara su sucesor: «Es increíble el poder que puede ejercer una mente mediocre sobre los demás cuando se presenta rodeada de tal esplendor. […] Por eso hemos de levantar todos estos
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edificios mientras yo viva: para poder ocuparlos, para que mi espíritu les dé tradición. Bastará con que yo los utilice un par de años».
Germania no sólo habría constituido, por su propia existencia, un símbolo pétreo de poder, sino que los numerosos ornamentos que debían embellecerla ofrecen pistas elocuentes sobre el tipo de poder del que se trataba, desde el empleo simbólico del globo terráqueo en la Gran Nave hasta el uso ornamental de los tanques ganados al enemigo que, sobre pedestales de granito, habían de constituir un complemento escultórico decorativo para flanquear la gran Avenida de la Victoria y darle un aire marcial, en lo que constituiría una singular mezcla de arquitectura clásica con artefactos técnicos. Como capital política del Reich, Germania estaba llamada a representar un nuevo orden europeo, en clara oposición a Múnich, que, además de la capital del movimiento, había de ser sobre todo la capital del arte alemán: «Como metrópoli de poder político y militar, [Berlín] es ideal […]. Pero la atmósfera de Berlín no es la atmósfera de una ciudad artística». La atmósfera opresiva de una arquitectura llamada a ensalzar el poder hasta el mayor de los extremos se segrega significativamente del ámbito artístico. En este caso, la «estetización de la política», como Walter Benjamin definió el nazismo, polariza sus componentes y los ubica en dos centros geográficamente distantes pero complementarios.
El transcurso de la guerra impidió que Hitler llevara a cabo sus megalómanos planes. Según Speer, la reforestación que transformó los pinares de Brandeburgo en bosques de hoja caduca destinados a la creación de los grandes parques urbanos previstos fue lo único que llegó a realizarse de un proyecto tan ambicioso, si bien los derribos necesarios se habían ido sucediendo durante los años de guerra, finalmente ayudados, como registraron cínicamente los jerarcas nazis, por los ataques aéreos a la ciudad. Paradójicamente, los árboles son, pues, lo único que ha sobrevivido de lo que iba a ser una inmensidad de piedra. Con todo, la losa de los megalómanos planes de Hitler sigue pesando mentalmente sobre la nueva Berlín: el 3 de mayo del 2001, en la ceremonia de inauguración de la nueva Cancillería de la capital, el canciller Gerhard Schroder recordó los planes urbanísticos de Hitler y Speer, y afirmó que el Berlín del siglo XXI habría sustituido el gran eje norte-sur, representativo del poder totalitario, por una nueva «banda de la Federación» este-oeste que ha de constituir la antítesis de las ideas nazis. Al mismo tiempo, el ministro de la
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Vivienda, Kurt Bodewig, destacó que el punto más alto de la Cancillería ni siquiera llega a superar la cúpula del Reichstag.
[Adam, 263; Hitler (1953), 41, 45, 81, 361, 458, 657; Mein Kampf, 290; Wilhelm, 242-243; Schlie, 263; Speer (1976), 225; Speer (2001), 141-142, 147, 284, 288-289, 292, 3:13-324; Thamer; Vai].
GLOBO TERRÁQUEO [al.: Weltkugel, Erdball].
En las últimas páginas de Mein Kampf, Hitler ya postulaba dramáticamente que «Alemania devendrá una potencia mundial o no existirá en absoluto». En la perspectiva de la lucha por la existencia característica de la cosmovisión nazi, la obtención de poder se convierte en una necesidad ineludible en la medida en que se trata de un combate a vida o muerte cuyas únicas alternativas son la hegemonía mundial o la propia desintegración. No obstante, tanto esta dimensión apocalíptica como otros elementos consustanciales de la cosmovisión nazi impiden ponerle límites territoriales al propio poder, pues se trata de una cosmovisión universalista que únicamente adquiere coherencia cuando se concibe a escala mundial. «Todos nosotros intuimos que, en un futuro lejano, la humanidad puede verse acosada por problemas para cuya superación sólo podrá ser llamada una raza superior como pueblo dominante, que se apoyará en los medios y posibilidades de todo el globo terráqueo», argumentaba igualmente Hitler en Mein Kampf. Pocas dudas pueden caber sobre la identidad que Hitler atribuía a dicha raza superior y pueblo dominante (Herrenvolk), especialmente si se añaden a las anteriores la sentencia que formuló en un discurso del 13 de noviembre de 1930: «Así como toda criatura aspira a la expansión, todo pueblo aspira al dominio del mundo». Consecuentemente, el 20 de abril de 1939, pocos meses antes de la invasión de Polonia, Baldur von Schirach fue aún más explícito al proclamar ante una delegación de las Juventudes Hitlerianas que «el pueblo alemán está llamado a dominar el mundo».
Ciertamente, sería equivocado equiparar este pretendido objetivo final de la historia con los propósitos inmediatos que se planteaba Hitler en su política exterior, por lo pronto más encaminada a la hegemonía mundial que al dominio del planeta. Con todo, la pretensión de dominar el orbe formaba parte in disociable y necesaria del entramado teórico del nazismo. Significativamente, una vez se lograra la victoria final, Himmler pretendía reunir a todos los científicos del departamento Herencia Ancestral
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(Ahnenerbe) de las SS para que unieran sus empeños en la investigación de la historia geológica de toda la Tierra, a fin de «ubicar al menos a los mejores componentes de nuestra raza en territorios que vayan a ser geológicamente seguros durante milenios». En la cosmovisión nazi, las cuestiones de demografía racial excedían cualquier frontera nacional y adquirían, por su misma naturaleza, dimensiones planetarias. Según uno de sus postulados, en la medida en que los judíos, en su supuesto afán traicionero de desnacionalizar a todos los pueblos poseedores de espacio vital, maniobraban secretamente en el mundo entero, el combate existencial contra lo judío no era una mera cuestión nacional alemana, sino una misión que atañía a la humanidad entera y a la que Hitler se sentía llamado en su papel de redentor [Dios, Jesucristo]. De ahí que, incluso obrando en contra de sus propios intereses militares y logísticos, pusiera tan gran empeño en el exterminio de los judíos, exterminio cuya ferocidad y alcance se incrementaban significativamente al tiempo que disminuía la probabilidad real de que Alemania ganara la guerra.
De manera consecuente con estas aspiraciones, la representación del globo terráqueo desempeñó un importante papel en la arquitectura y en el simbolismo nazis, especialmente en vísperas de la invasión de Polonia y, por tanto, del inicio de la guerra. Ya en su discurso del 9 de enero de 1939, durante la inauguración de la Cámara del Reich, Hitler afirmó que «al entrar en la Cancillería del Reich, hay que tener la impresión de que se está yendo al encuentro del dueño del mundo». Unos seis meses después, Hitler ordenó a Speer que sustituyera el águila con la esvástica en las garras que inicialmente debía coronar la descomunal cúpula de la Gran Nave [Germania] por otra que sostuviera el globo terráqueo: «La coronación de este edificio, el mayor de la Tierra, tendrá que ser el águila sobre la bola del mundo». (Es posible que Hitler se inspirara para ello en el logotipo de la editorial Franz Eher, encargada de la publicación de Mein Kampf, que muestra precisamente a un águila alzando el vuelo con el globo terráqueo entre las garras). Cabe especular también con la posibilidad de que la elección de una cúpula gigantesca para coronar la Gran Nave —que ópticamente se habría percibido, incluso a gran distancia, como una esfera incrustada en el centro de Berlín— pudiera haber sido inspirada por una analogía con la esfera terrestre. Después de todo, el águila agarrando la Tierra no era el único símbolo universalista que decoraba el edificio: también la columnata de la fachada principal
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estaría flanqueada por dos esculturas de quince metros de altura, una de las cuales habría representado al gigante Atlas soportando sobre sus hombros la bóveda celeste. (Significativamente, Atlas es también el nombre del soberano que gobernaba la mítica Atlántida). La otra escultura habría representado a una divinidad masculina, sosteniendo en lo alto la esfera terrestre, que Speer identifica con Tellus, figura mítica poco conocida que responde a la personificación romana de la tierra nutricia. No obstante, es muy probable que Speer se equivoque en este punto y, en lugar de Tellus, esa figura fuera Anteo, un gigante de la mitología griega como Atlas del que se decía que era completamente invencible mientras no perdiera el contacto con su madre, la Tierra (Gea). El propio Hitler hacía frecuentes referencias a Anteo (ya presente, por otra parte, en la iconología personal de Richard Wagner como metáfora de un arte vinculado a la tierra y al pueblo) y recordaba significativamente que este gigante «cada vez que cae al suelo se vuelve más fuerte».
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Fotograma de El gran dictador, 1940. Un dictador prácticamente idéntico a Hitler, encarnado por Charlie Chaplin, coquetea con el globo terráqueo.
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Soldados soviéticos en el gabinete de ministros de la Cancillería del Reich, donde Hitler tenía su globo terráqueo (1945).
Era bien sabido por los periodistas que Hitler siempre tenía en la Cancillería un globo terráqueo del que se servía para sus reflexiones estratégicas sobre el nuevo orden mundial. Tal vez este dato inspirara una de las más célebres escenas de la cinematografía antinazi, en la que un alter ego de Hitler, encarnado por Charlie Chaplin, juega a la pelota con la representación del mundo, convertida en un globo liviano que termina estallándole proféticamente en la cara.
[Behrenbeck, 428; Hamann, 330; Jackel, 77-78, 103, 116; Kater, 355; v. Lang, 237; Mein Kampf, 422, 742; Speer (2001), 285, 299; Wistrich (Hitler, 142)1.
GOETHE.
Aunque a principios del siglo XIX la figura y la obra de Goethe no contaran con excesivas simpatías entre los movimientos nacionalistas alemanes, que siempre privilegiaron a Schiller como gran autor nacional alemán, tampoco fueron demasiado apreciadas en el siglo siguiente por los grupos más progresistas de la República de Weimar, para los que el culto a
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Goethe era un fenómeno característico de la era guillermina que pretendían superar. De ahí que durante el período republicano se le diera una recepción mucho más favorable al romanticismo alemán y a otros autores no tan dotados de una rancia aura de clasicidad como Goethe. Así pues, no fue la escasísima idoneidad ideológica de Goethe, sino la postura vehementemente contraria al espíritu de la modernidad cultural, que con pocas excepciones caracterizó al nazismo, lo que motivó que el poeta fuera nuevamente elevado a la categoría de gloria nacional durante el Tercer Reich. Aun así, hubo quien estimó prácticamente insalvable la distancia que separaba los ideales goethianos de la cosmovisión que el nazismo defendía. Entre los escépticos se cuenta Alfred Rosenberg, quien en su Mito del siglo XX ya vaticinó que Goethe no iba a ser «un líder en la batalla por la libertad y la reconfiguración de nuestro siglo». Con todo, si damos crédito a lo que cuenta Kasimir Edschmid en su autobiografía, Das gute Recht, en 1937 la Cancillería del Reich pidió apoyo a Mussolini en unas investigaciones destinadas a demostrar la ascendencia germánica de Dante. Según Edschmid, el Duce respondió con la amenaza de hacer investigar en el gueto de Roma si entre las numerosas familias judías había alguna que, tal vez con el nombre de Geddes, pudiera haber sido un ancestro judío de Goethe: aun a pesar de las pocas afinidades de la Italia fascista con el pensamiento de Dante o de la Alemania nazi con el de Goethe, ninguna de las dos potencias estaba dispuesta a verse despojada de sus respectivas glorias nacionales.
El cultivado Baldur von Schirach hizo esfuerzos para acercar a Goethe a los muchachos de las Juventudes Hitlerianas —organización que dirigía
— incidiendo especialmente en el pasaje de Los años de aprendizaje de 'Wilhelm Meister en el que aparece un país utópico en cuya sociedad ideal eran los propios jóvenes quienes educaban a la juventud. Sin embargo, los jóvenes protonazis se mostraban más interesados por la leyenda difundida por entonces por las SS según la cual Schiller, el gran rival y amigo de Goethe, habría sido asesinado por éste por medio de un tapiz verde que contenía una disolución de arsénico.
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Engelbert Schoner, cartel para la semana cultural de Turingia (litografía, 1937). Goethe, con una expresión forzada de determinación y virilidad que no se observa en los retratos que se le hicieron en vida, aparece protegido por las alas desplegadas del águila nazi.
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Ciertamente, la apropiación de Goethe por la cosmovisión nazi impuso la necesidad de una profunda reinterpretación de su vida y obra, lo que pasaba por reducir al máximo el peso de su humanismo clásico y acentuar el interés por sus etapas de juventud y vejez, de mayor libertad formal y supuestamente más apasionadas y vitales. Uno de los primeros exégetas de Goethe en este sentido fue el propio H. S. Chamberlain, quien en 1912 publicó una biografía del poeta alemán —marcada por un vehemente antisemitismo— en la que presenta a Goethe como el creador de un culto a la personalidad de tintes casi religiosos y donde se afirma que es la acción artística la que acaba generando al artista.
La interpretación más rica en consecuencias de la obra goethiana, la efectuada en clave vitalista, tuvo su antecedente en Hermann August Korff, intelectual atraído por la filosofía de Dilthey (La idea vital de Goethe, 192.5). Por su parte, radicalizando esta interpretación e identificando al autor con su personaje [—Fausto], Walther Linden presenta a Goethe como «hombre fáustico perpetuamente insatisfecho» y «portador de la infinitud en su interior», y considera que su «pensamiento vital orgánico-dinámico nacido del alma germana nos es más cercano que la fe en la razón de Schiller, influenciada por la Ilustración» (Goethe y el presente de Alemania, 1932, Schiller y nuestro tiempo, 1933-1934). Con todo, el aspecto del pensamiento goethiano que mejor encajó con la cosmovisión nazi no fue tanto su producción literaria como su concepción panteísta de la naturaleza, perfectamente integrable en la adoración del mundo natural característica del nazismo y que se oponía a la concepción cristiana tradicional. También resultaban vagamente afines al concepto racial nazi ciertos aspectos de la morfología goethiana que postulaban la presencia de un tipo primigenio latente y reconocible en todos los seres vivos cuya configuración se manifestaría ocasionalmente gracias a la metamorfosis. Así, Goethe creía que todas las plantas eran manifestaciones distintas de un prototipo esencial o planta primigenia (Urpflanze), teoría que también trató de extender al reino animal. Ya el darvinista Ernst Haeckel había admitido su deuda con Goethe al reconocer que su panpsiquismo derivaba en gran medida de las ideas del poeta, a cuyas teorías biológicas se adhería. Mientras la veneración panteísta por la naturaleza característica de Goethe era asociada por Walther Linden a «la antigua creencia de los germanos en las fuerzas naturales», Gottfried Benn
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destacó positivamente la concepción goethiana de la naturaleza en oposición al espíritu ilustrado y democrático (Goethe y las ciencias naturales, 1932).
En cambio, entre los pecados que los nazis no estaban demasiado dispuestos a perdonarle a Goethe se incluye que, sobre todo en su etapa clasicista, prefiriera el sol del Mediterráneo a los sombríos bosques alemanes. Con ello hace acto de presencia la ambigüedad de la admiración nazi por la cultura griega, ya que Heidegger, por su parte, acusa a Goethe de pervertir la idea de Grecia al afirmar que el clasicismo del poeta pertenecía en realidad a una cosmovisión cristiana que «desvía el camino que lleva al conocimiento de lo griego», desplazando el origen helénico hacia una decadencia comprometedoramente nihilista. «El humanismo alemán —continúa Heidegger— ha mezclado entre sí estas dos cosas incomparables, haciendo que lo griego se vuelva totalmente inaccesible. Goethe es una fatalidad». (Paradójicamente, hubo otros autores de tendencia nazi, como Karl Kynast, que elogiaron precisamente el carácter apolíneo del supuesto anticristianismo goethiano). También la defensa de Goethe de la libertad individual, especialmente patente en las obras de juventud, como el Gotz von Berlichingen, topaba necesariamente con el marcado colectivismo nazi en el que la idea del individuo se disolvía por completo en la unidad del pueblo. De ahí que, por lo que respecta al concepto de individuo, se prefiriera apelar al Goethe tardío, en el que la compensación del carácter individual en favor del bien social estaba más acentuada. El propio Hitler siempre le reprochó a Goethe que durante la invasión napoleónica de Alemania tomara partido por el emperador francés. Según Hitler, el mediocre Dietrich Eckart, poeta oficial del movimiento nazi, habría escrito poemas mucho más bellos que el gran poeta de Weimar. El Ministerio de Propaganda, consciente de los graves problemas de interpretación que ofrecía Goethe, dio a los periodistas la siguiente instrucción (que al mismo tiempo constituía un recurso salomónico para salir del atolladero, en la medida en que la solución del problema suponía al mismo tiempo la desintegración del objeto de litigio): «A Goethe hay que presentarlo como una persona que es más grande que su obra», mientras que a Hitler —al menos según la opinión antiintelectualista de Hermann Lurte— había que verlo como a un ser superior incluso al gran Goethe, en la medida en que era el primero que había sabido captar la naturaleza orgánica (léase racial) del pueblo alemán.
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Con todo, los germanistas lograron encontrar vías de interpretación más sofisticadas y ricas en consecuencias que, además, podían apelar a la autoridad de las nuevas ideas científicas. Fue el caso de la crítica literaria morfológica desarrollada por Günther Müller a partir de mediados de los años treinta e influida por la morfología natural del químico Lothar Wolf y del biólogo Wilhelm Troll, que vieron en las teorías morfológicas de Goethe una prometedora alternativa alemana a la ciencia de corte empírico y positivista. Esta visión ya había sido defendida en 1913 por Georg Simmel, para quien la principal diferencia respecto a la ciencia ortodoxa radicaba en la creencia goethiana en una configuración (Gestalt) primigenia e inmanente a todas las cosas y que, al pugnar por manifestarse, constituye su potencia más efectiva, concepto igualmente retomado por Rosenberg, quien se refería con frecuencia en sus discursos a «la configuración de la idea», en alusión a la morfología goethiana. Es verdad que Goethe trató de aplicar a la estructura de algunas de sus obras de madurez —Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister (1796), Poesía y verdad (1809-1814/1830)— las conclusiones morfológicas a las que había llegado en sus estudios científicos, por lo que su literatura constituía un objeto óptimo para el desarrollo de esta clase de enfoque. La crítica morfológica permitía una interpretación aparentemente objetiva de los aspectos formales y de estructura de la obra literaria al desplazar del contenido a la forma el concepto de naturaleza que constituía una clave en la cosmovisión nazi. Al mismo tiempo, esta metodología de trabajo les procuró una vía de escape a algunos germanistas poco afines al régimen en la medida en que, incluso dentro de un marco ideológicamente sancionado y seguro, les permitía realizar un análisis riguroso sin necesidad de ceder excesivamente a las obligaciones que imponían las interpretaciones políticas al uso. En este sentido, la crítica morfológica constituyó una modalidad de exilio interior. No obstante, este tipo de crítica no dejaba de responder a esa misma voluntad formal que caracterizaba tanto la política como el arte y la arquitectura nazis. Después de 1945, el método de crítica morfológica fundado por Müller siguió el camino que había iniciado en el Tercer Reich bajo la denominación de análisis literario inmanentista.
En términos generales, la complejidad de la obra y de la figura histórica de Goethe siempre ha presentado problemas para cualquier simplificación ideológica sin fisuras. Quien parecía prestarse más
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fácilmente a ello fue su principal personaje literario, —Fausto, que dio lugar al mito del alma fáustica alemana.
[Bédarida, 161; Edschmid, 31; Gasman, 11; Hinton Thomas, 98; Jaeger, 124; Kemper, 136, 142; v.
Lang, 204-205; Mandelkow; Mosse, 151-152; Rosenberg, 515; Ruppelt, 78].
GRECIA [al.: Griechenland].
Para Hitler, la cultura griega expresaba la perfección máxima en todos los aspectos. De ahí que quisiera apropiarse de la antigua Grecia como origen del universo cultural ario: «Cuando nos preguntan por nuestros ancestros, debemos señalar siempre a los griegos». Esta filiación imaginaria tuvo su reflejo más evidente en la influencia del ideal clásico griego que puede apreciarse en muchas de las creaciones arquitectónicas o escultóricas del Tercer Reich. Esta postura helenizante suele suscitar sorpresa, ya que no parece conciliable con el ideal germánico-nórdico promulgado por la cosmovisión nazi. No obstante, esta sorprendente armonización de lo nórdico con lo griego resulta perfectamente coherente si se examina a la luz de la reconstrucción de la prehistoria europea iniciada en la Alemania guillermina, así como de las concepciones raciales vigentes en el nacionalismo étnico alemán.
Ya Gobineau había calificado a los helenos de arios que habrían entrado en decadencia a causa de posteriores mezclas con las razas amarillas y semitas. No ha de sorprender, por tanto, que también los nazis y sus precursores ideológicos se adhirieran a esta idea y se identificaran racialmente con los griegos, especialmente teniendo en cuenta que dicha identificación resultaba extremadamente deseable debido a la generalizada aceptación de la cultura clásica griega como cuna de la civilización occidental en su conjunto. La teoría desarrollada en Alemania a finales del siglo XIX según la cual los arios no serían originarios de la India, sino del norte de Europa, permitía aceptar la suposición de que también la floreciente cultura griega no habría sido más que una aportación de migraciones arias venidas del norte, teoría especialmente seductora para una nación como la alemana, víctima durante mucho tiempo de un complejo de inferioridad colectivo debido a su carencia, a diferencia de otras naciones europeas, de un glorioso pasado nacional con el que identificarse.
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El arqueólogo Heinrich Schliemann creyó encontrar en el uso compartido de la esvástica una prueba que demostraba la filiación común de los antiguos teutones, los griegos homéricos y la India védica. En su libro Troya (1884) avaló esta suposición al identificar a los troyanos con los tracios, a quienes, a su vez, consideraba teutones. En los círculos patrióticos, esta identificación germanogriega se convirtió en una convicción inamovible que aún tardaría mucho tiempo en abandonar el imaginario alemán. En Los nombres de las tribus germánicas y su interpretación (1906), por ejemplo, el ariosofista Guido von List proporciona una detallada lista de todos los pueblos que deben únicamente a la inmigración aria el florecimiento de su cultura; entre estos pueblos están, además de los griegos, los chinos, persas, egipcios e indios. En una publicación de 1909, el antroposofista Rudolf Steiner defendió la tesis de dos grandes oleadas migratorias venidas del norte, de la legendaria Atlántida. La primera, de oeste a este, habría avanzado por Rusia hasta llegar a la India, mientras que la otra, de norte a sur, habría pasado por la costa mediterránea y por España hasta llegar a Egipto. Esta segunda oleada habría dado lugar a la cultura griega, cuyo origen nórdico se pondría de manifiesto en las esculturas griegas más espléndidas, que manifestaban, según Steiner, una «tipología racial propia de las masas del norte». En el mismo sentido, también Hitler afirmó que «el perfil griego y el de los césares es el de los hombres de nuestro Norte, y apuesto a que podría encontrar dos mil cabezas de este tipo entre nuestros campesinos». Con estas palabras, Hitler mostraba al mismo tiempo el estrecho vínculo existente entre la estética nazi y la antropología racial. Hasta qué punto creía que el canon griego de belleza hallaba un reflejo exacto en los mejores especímenes de la raza aria lo demuestra el hecho de que cediera de buen grado un nutrido grupo de los selectos miembros de su guardia personal —Leibstandarte-SS Adolf Hitler- para representar a una milicia de guerreros griegos en la película Anfitrión (1935) de Reinhold Schünzel, basada en la comedia homónima de Heinrich von Kleist.
Este tipo de confusas e indemostrables migraciones, que debido a la carencia de datos concluyentes resultaban fácilmente adaptables a las necesidades de los prejuicios ideológicos del momento, avalaban la convicción nazi de que toda cultura y civilización está indisolublemente unida a la fecundidad espiritual de la raza aria, que, según afirma Hitler en Mein Kampf, sería la única fundadora de cultura. En un discurso de 1920,
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el Führer afirmó saber que «Egipto alcanzó su elevado nivel cultural gracias a inmigrantes arios, al igual que Persia y Grecia». Edmund Kiss, por su parte, cree aportar nuevos detalles en Los cisnes cantores de Tule (1939) al afirmar que esos arios primigenios, promotores de la cultura, habrían sido los habitantes de las tierras de Tule (territorio un poco menos mítico que la Atlántida sugerida por Steiner), quienes, tras una terrible glaciación, se habrían visto obligados a emigrar hacia el sur y mezclarse con pueblos inferiores, a los que habrían esclavizado. A fin de demostrar con precisión las migraciones nórdicas hacia el sur y su impacto cultural, en 1939 el departamento Herencia Ancestral (Ahnenerbe) de las SS ordenó a un grupo de especialistas la redacción de un informe de cara a la fundación de un instituto histórico-racial para la antigüedad clásica. Resulta harto reveladora la respuesta dada por uno de estos especialistas: «Esta tarea debería tomar como principal punto de partida los monumentos, ya que en el ámbito literario, debido al escaso interés demostrado por los antiguos en las cuestiones raciales, podremos recopilar muy poco material».
Las supuestas migraciones hacia el sur contaban con la ventaja de procurar un aval histórico a las pretensiones de expansión territorial del Tercer Reich. Especialmente atrayente a este respecto resultaba la migración doria del segundo milenio antes de Cristo, que, según las investigaciones de la época, habría sido una invasión militar efectuada por un pueblo de origen germánico. Y es que la estructura estatal antidemocrática fundada por los dorios en el Peloponeso y que culminó en Esparta fue, por muchos motivos, el modelo helénico por excelencia de la cosmovisión nazi. En ello el nazismo se diferenciaba notoriamente de la recepción del ideal griego que se había dado durante la etapa nacionalista alemana de la era guillermina y de la República de Weimar, centrado en la democracia y en la polis ateniense y que consideraba el Estado militar espartano como una monstruosidad arcaica. No así Hitler, quien, según recuerda Speer, «cuando hablaba de los griegos, se refería a los dorios», si bien, en términos estéticos, englobaba igualmente en este concepto las obras de arte más desarrolladas de otros grupos helénicos, como los jonios.
Entre los motivos que explican la admiración de los nazis por la constitución política y social espartana se contaba no sólo el hecho de que éstos constituyeran una élite política que mantenía subyugada y esclavizada a la población autóctona (al igual que Hitler pretendía hacer
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con los eslavos), sino también su ascetismo, su aversión por las influencias extranjeras y su estructura altamente militarizada y antiurbana. Otra de las características más admiradas de Esparta fue su papel pionero en la eugenesia racial, tal y como ya había observado en 1906 el darvinista Ernst Haeckel, para quien el aspecto más remarcable de la historia espartana fue «su obediencia a una ley especial» según la cual «todos los niños recién nacidos eran sometidos a un cuidadoso examen y selección» que culminaba con el asesinato de todos los que fueran débiles, deformes o enfermizos. Haeckel, quien aprobaba esta práctica, recomendó a los alemanes que siguieran el ejemplo de los espartanos a fin de perfeccionar la raza alemana.
Otro embarazoso paralelismo entre las costumbres de la antigua Esparta y una importante tendencia de la Alemania nazi se daba en el fenómeno de las ligas masculinas, que en Esparta englobaban a los hombres de la casta militar dominante, que vivían apartados de sus mujeres y practicaban una homosexualidad paidófila con los efebos del grupo. En 1907, el prestigioso historiador Erich Bethe suscitó un enorme escándalo con su tratado La pedofilia dórica al defender este tipo de convivencia y afirmar que «la virilidad, la areté del héroe» era transmitida al niño por medio del acto sexual, cuya función ritual permitiría la incorporación del muchacho a la comunidad de los hombres. Dada la importancia de las ligas masculinas en el nacionalismo étnico alemán — favorecedoras de conceptos tales como la obediencia, la fidelidad y la sumisión a un líder, así como la viril homosexualidad inicialmente practicada en las SA y atribuida por algunos autores al propio Hitler— resulta inevitable percibir una nueva analogía con Esparta, por mucho que en este caso se tratara de una similitud que se prefiriera acallar en la esfera pública.
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Desfile celebrado con motivo del Día del Arte Alemán (Múnich, 1939).
Aun sin ser exclusivamente espartana, también en la implacable formación militar lineal de la falange, que sitúa a la colectividad por encima del individuo, existe un paralelismo con las grandes marchas militares nazis, con su perfecta formación en filas y sus dimensiones inauditas. También la educación de los niños en el Tercer Reich perseguía explícitamente el ideal de la educación espartana: los muchachos eran separados muy pronto del vínculo familiar al ser obligados a dedicar la mayor parte de su tiempo libre a prestar servicio en las adoctrinadoras Juventudes Hitlerianas, lo que permitía formar una juventud obediente y dispuesta a morir en combate. El éxito de esta política pudo apreciarse dramáticamente en los últimos años de la guerra, cuando muchos de los jóvenes y adolescentes que habían sido plenamente sometidos al sistema educativo nazi demostraron un fanatismo suicida en su insensata resistencia contra los ocupantes aliados. Por último, la institución de la krypteía, las razias nocturnas de jóvenes espartanos para la aniquilación por sorpresa de los ilotas, recuerda perfectamente los métodos empleados por las SA o la Gestapo para librarse de comunistas, judíos o disidentes. Con su libro Esparta (1937), Helmut Berve ofreció la pertinente
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glorificación de la estructura social, las costumbres y el inquebrantable espíritu de obediencia de tan admirable modelo, elogiando especialmente la suicida resistencia espartana contra los persas en el paso de las Termopilas, «sin más razón que porque se lo habían ordenado» y añadiendo que: «Al igual que su grandeza, también el efecto de esta acción residió precisamente en su inutilidad». El 30 de enero de 1943, esta batalla fue oportunamente recordada por Göring a fin de animar a los soldados alemanes durante el cerco de Stalingrado, aunque prefirió pasar inteligentemente por alto la supuesta inutilidad tan apreciada por Berve y recordar que el sacrificio de los espartanos había servido para ganar tiempo y cubrir la retirada de los aliados.
Aunque el primero en introducir en el uso filosófico la antítesis apolíneo y dionisíaco fue Nietzsche en El nacimiento de la tragedia (1872), la existencia de pulsiones dionisíacas en la religión griega ya había sido observada con anterioridad. Según la hipótesis formulada en 1839 por el historiador Franz-Joseph Mone, en la brujería europea habría pervivido una buena parte de estos elementos dionisíacos, residuos clandestinos de un culto nacido en las colonias griegas del Ponto que habría sido introducido a Alemania por los godos. A pesar de esta tesis, la cosmovisión nazi rechazó de pleno la dimensión dionisíaca en su visión ideal de Grecia, considerándola un influjo orientalizante. En su estudio racial Apolo y Dionisos (1927), Karl Kynast critica duramente a Nietzsche por rendir culto a un dios bárbaro y asiático como Dionisos, y afirma ponerse de lado de la «piedad no cristiana y apolínea de Goethe». Con este rechazo, el nazismo rompía con la tradición del romanticismo tardío, profundamente atraída por esta dimensión recién descubierta de la cultura griega, que, vinculada como estaba a la ebriedad y al caos, permitía romper con el hieratismo estereotipado de la interpretación neoclásica. Tampoco fue bien recibida por el nazismo la tesis de Bachofen según la cual el matriarcado y el culto religioso a la Madre Tierra habrían constituido la base primigenia de la cultura griega, mientras que el panteón olímpico y la institución del patriarcado constituiría un desarrollo posterior. Rosenberg critica estas teorías en El mito del siglo XX alegando que habrían contribuido a desplazar injustificadamente la importancia del culto al Sol y al cielo de Zeus y Apolo, propio del espíritu nórdico. Es en Homero y sobre todo en su litada donde Rosenberg cree ver la auténtica sustancia de lo helénico, un canto de victoria de la luz y de la vida frente a
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la oscuridad y la muerte. En esta preferencia nazi por el principio apolíneo se percibe claramente una profunda aversión, de tintes patológicos, hacia todo lo caótico y poco definido, asociado a la rica diversidad cultural de la odiada República de Weimar, así como una atracción obsesiva por las ideas y formas de contornos claros y fácilmente comprensibles.
En 1933, Martin Heidegger, siguiendo en ello los pasos de Nietzsche, proclamaba el retorno de lo griego al cuerpo social a fin de recuperar así «el poder de irrupción y apertura de la filosofía griega» y regresar a la inocencia de los presocráticos, que aún no habían sido deformados por el racionalismo posterior. Este punto de vista delata la nostalgia típicamente romántica por una sociedad en armonía con la naturaleza, en la que el mythos y el logos no se hayan escindido todavía. La misma línea sigue Otto Rahn cuando considera el politeísmo griego una manifestación de la fe germánica en las fuerzas primarias de la naturaleza.
La idealización del universo griego, que a partir de 1937 se impuso cada vez con mayor vigor y que contribuyó a una paulatina disminución de la relevancia cultural de la ideología de sangre y tierra, entraba en conflicto con el movimiento de exploración y renovación del pasado germánico del que Himmler era el principal representante. Respecto a las afanosas exploraciones arqueológicas en suelo alemán realizadas por sus SS, Hitler había dicho que «lo único que conseguiremos probar con eso es que todavía luchábamos con piedras y nos acurrucábamos al raso alrededor de las hogueras cuando Grecia y Roma ya habían alcanzado su más alto grado de civilización». Puede que, al pronunciar estas palabras, Hitler tuviera muy presente lo que dijo años antes Mussolini, quien, cuando Italia todavía era un país enemigo, había recordado que «nosotros teníamos ya una literatura imponente cuando los alemanes aún no conocían el alfabeto». La paradoja, tan enojosa como evidente, de que el mayor grado de civilización no se alcanzara en Europa septentrional, supuesto territorio autóctono de los arios, sino en las costas mediterráneas, se explicaba, según Hitler, por razones climáticas: «Los germanos necesitaban un clima soleado para desarrollar sus capacidades. Fue en Grecia y en Italia donde el espíritu germánico encontró el primer territorio favorable para su florecimiento. En el clima nórdico llevó varios siglos crear las condiciones vitales necesarias para el hombre civilizado. En ello nos ayudó la ciencia».
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El ideal clásico griego ejercería una enorme influencia en la escultura del Tercer Reich. Este friso titulado Camaradería, de Amo Breker (1938, modelo), tal vez inspirado en la metopa del templo de Zeus en Olimpia, exhibe exageradamente la expresividad y la musculatura de las figuras, en lo que parece una imitación desmedida de los trazos que se consideraban específicos de la estética dórica.
Esta frase de Hitler alude a la concepción spengleriana de que la técnica había sido la aportación cultural del hombre nórdico o fáustico [— Fausto], mientras que la armonía estética habría sido un logro de la cultura helénica del sur. Esta misma dualidad tendría su reflejo en la arquitectura. Así, tras una visita con Speer a las fábricas Krupp de Essen, Hitler manifestó su admiración por las bellas proporciones de la fachada de cristal y acero de trescientos metros de longitud. Sin embargo, especificó, «aquí no rigen las mismas premisas que para el Foro del Partido. Allá nuestro estilo dórico expresa el nuevo orden. Aquí, por el contrario, la solución técnica marca la pauta». La sorprendente convivencia pacífica en el Tercer Reich de dos estilos arquitectónicos tan dispares como los vanguardistas muros cortina por una parte y el más rancio neoclasicismo por otra es una manifestación de la pretendida conciliación entre «el espíritu helénico y la técnica germánica». (Mein Kampf) que habría alcanzado la nueva cultura alemana. El arquitecto frustrado que era Hitler admiraba especialmente los logros de los grandes arquitectos
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neoclasicistas alemanes del siglo XIX, como Gottfried Semper o el monumental Theophil Edvard Hansen (de cuyo Parlamento vienes dijo que era «una maravilla helénica en suelo alemán»), muchas de cuyas obras había tenido ocasión de admirar durante su estancia de juventud en Viena. En cambio, según recuerda Speer, los celebrados neoclasicistas prusianos Friedrich Gilly y Karl Friedrich Schinkel, cuyas obras principales se hallan en Berlín, nunca suscitaron en Hitler el mismo entusiasmo, probablemente porque su rigor y austeridad resultaban excesivos para el ampuloso Hitler.
Una de las construcciones helenizantes nazis simbólicamente más significativas fue la gran tribuna principal del Zeppelinfeld de Nuremberg, construida entre 1934 y 1937, para la que el arquitecto Albert Speer se inspiró en el altar helénico de Pérgamo y que estaba destinada a acoger a los dignatarios nazis y a las autoridades durante los desfiles masivos del Congreso anual del Partido. Ya el hecho de elegir un altar como modelo pone de manifiesto el carácter sacralizado de estas celebraciones, que por la noche se veía acentuado mediante el empleo estratégico de haces de luz. Significativamente, en 1935, un año antes de las Olimpiadas en Berlín, el acto institucional en el que se recibió a los miembros del Comité Olímpico Internacional se celebró frente al auténtico altar de Pérgamo, en el Deutsches Museum de Berlín.
Las Olimpiadas, una «creación espartana», celebradas en Berlín en 1936, fueron el principal escenario en el que el gobierno nazi trató de conciliar el espíritu olímpico griego con una cosmovisión racial que no hacía sino deformar y pervertir su esencia. Al menos hasta el estallido de la guerra, y contrariamente a lo que se tiende a pensar, el internacionalismo que constituye la premisa fundamental de los Juegos Olímpicos recuperados por el barón de Coubertin no entraba en contradicción con la cosmovisión nazi, siempre y cuando en ellos participaran miembros de naciones vinculadas por la pertenencia a una misma raza aria. (Es bien conocido, en cambio, el profundo desagrado que causó a Hitler la victoria del corredor afroamericano Jesse Owens). Hubo muchos elementos contenidos en el concepto olímpico susceptibles de ser tergiversados por la cosmovisión nazi. También el culto al cuerpo, iniciado a principios del siglo XX entre círculos nacionalistas e intensamente fomentado por el nazismo, halla una óptima expresión en la idea olímpica, mientras que en la competición deportiva se quiso ver la representación de las ideas pseudodarwinistas de la lucha por la vida y la victoria del más
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fuerte. En el prólogo visual del célebre documental en dos partes —Fiesta de los pueblos y Fiesta de la belleza, 1938— que Leni Riefenstahl dedicó a los juegos de Berlín, se aprecia claramente la interpretación racial que se efectúa del canon clásico griego. Mediante una superposición fílmica de atletas desnudos de carne y hueso sobre las estatuas griegas, parece como si el ideal clásico adquiriera vida y movimiento en la figura del deportista alemán, que encarnaría la perfección racial aria. Al mismo tiempo, los más de dos mil años que separan el pasado griego del presente alemán quedan reducidos a la nada en la imaginación del espectador. Después de todo, en palabras de Hitler, «¿qué importan dos o tres mil años en la humanidad? Los pueblos vienen y van, pero las grandes estirpes raciales permanecen».
Sin embargo, la idealización de la «cuna de la cultura aria», como definió Goebbels la Acrópolis en su diario durante una visita realizada en marzo de 1939 (esa misma Acrópolis que Hitler afirmó querer ver antes de que le llegara la muerte), afectaba únicamente al modelo clásico antiguo. La profunda simpatía nazi por la gran Grecia del pasado no bastó para tomar partido por la Grecia del presente cuando ésta fue inesperadamente atacada por Mussolini, aliado de los nazis. Según cuenta Shirer, a principios de octubre de 1940 un ministro griego albergaba todavía la leve esperanza de que Hitler salvaría Grecia «por su admiración por las glorias de Atenas». Esta esperanza se vio profundamente defraudada.
[Gasman, 91; Goodrick-Clarke (1998), 23-24; Hamann (Hitler, 99); Hinton Thomas (Kynast, 98); Hitler (1953), 225, 289, 290; Hoffmann, 31; Later, 99; Klemperer (1995) vol. II: 112; Plainer, 64; Poliakov, 267; Rosenberg, 37-45; Safranski, 312; von See, 131-132, 337-338; Speer (1976), 136-137, 207-208; (1999), 55; (2001), 176,179; Strohm (Steiner, 59); Siinner, 44].
GRIAL [al.: Graal].
Misterioso vaso legendario cuya primera mención conocida se halla en la última novela caballeresca, inconclusa, del autor francés Chrétien de Troyes (h. 1160-1190), Perceval o El cuento del Grial. En esta versión se trata de un resplandeciente recipiente de oro puro cubierto de piedras preciosas en el que se sirve la hostia eucarística a un viejo rey, tío-abuelo de Parsifal (Perceval). El misterioso vaso sagrado no tardó en identificarse con el cáliz en el que Jesucristo instituyó la Eucaristía durante la Última Cena. En una versión coetánea, la Historia del Grial o José de Arimatea, Robert de Boron incrementa este simbolismo religioso al hacer también de ella la copa en la que José de Arimatea recogió la sangre que brotó del
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costado de Cristo crucificado y que le permitió permanecer vivo durante los años que pasó emparedado por los judíos como castigo por haber llevado el cuerpo de Jesús al sepulcro. En la principal versión alemana de la leyenda, el Parzival de Wolfram von Eschenbach (h. 1200-1212), el Grial deja de ser un recipiente para convertirse en una piedra preciosa de poderes mágicos, tal vez debido a un error en la adaptación del texto francés de Chrétien. Uno de los poemas anónimos de la recopilación del «Combate de los cantores de la Wartburg», que data de 1260-1270, afina esta interpretación al ver el Grial como la piedra luminosa que llevaba Lucifer en su corona y que cayó a la Tierra por un golpe del arcángel san Miguel. Esta divergencia en la concepción del Grial como piedra o como cáliz marcará las dos tendencias principales de la interpretación nazi de este objeto simbólico.
La custodia del Grial, únicamente reservada a unos pocos caballeros que hubieran sabido distinguirse de entre los demás por la pureza de su alma, generó un complejo entramado de aventuras novelescas relacionadas con la búsqueda y el merecimiento de este objeto altamente simbólico. Esta rica y compleja tradición medieval que hizo del Grial la reliquia mística por excelencia, símbolo de inmortalidad, se condensó y popularizó gracias sobre todo al gran éxito de las óperas Lohengrin y Parsifal de Richard Wagner, estrenadas respectivamente en 1850 y 1852. Por otra parte, la misteriosa naturaleza espiritual del Grial resultaba muy propicia para convertirlo en un motivo recurrente en la tradición ocultista europea, tendencia a la que contribuyó en gran medida el rosacruz Josëphin Pëladan, un destacado representante y difusor del wagnerianismo esotérico. En un extremo de esta misma corriente se mueve el ariosofista Lanz von Liebenfels, quien pone de manifiesto su carácter de precursor del nazismo al concebir el Santo Grial como «misterio de la religión racial ariocristiana» que procurará al país que lo albergue la sede de un nuevo paraíso racial en el que se preservará la «vieja religión ariogermánica primigenia». Por las mismas fechas que Lanz (1905-1910), Rudolf Steiner deja entrever reminiscencias gnósticas cuando afirma que el Grial (que concebía como la piedra caída de la corona de Lucifer, el portador de luz) es «el yo humano en su plena potencia» que debe «prepararse primero en la oscuridad a fin de poder ver resplandecer con luz digna la estrella de Lucifer en la luminosidad de Cristo». Entre 190071 914, algunos autores neorrománticos que más adelante fueron afines al nazismo, como Erwin
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Kolbenheyer y Friedrich Lienhard, ensalzaron un tipo de heroísmo caballeresco en el que la búsqueda del Grial simbolizaba la persecución espiritual de valores eternos en un mundo materialista y trivializado.
No resulta sorprendente que también los ideólogos y jerarcas del nazismo sintieran fascinación por este símbolo estrechamente vinculado a los conceptos de luz, sangre y pureza, especialmente teniendo en cuenta que, según las distintas tradiciones medievales, este talismán concedía poderes especiales a sus custodios. En su Lohengrin, Wagner los definió como poder e inmortalidad, facultades forzosamente atractivas para el nazismo: «Quien ha sido elegido para servir al Grial / es armado de un poder supraterrenal; / en él se pierde / cualquier malvado engaño; / nada más verlo / se aleja de él la noche de la muerte». Tal vez fuera la promesa de estos atractivos poderes la causante de que algunos ideólogos nazis, quizá tentados por una interpretación literal de las fuentes, pusieran tanto interés no sólo en las investigaciones en torno al Grial, sino también sobre el lugar en el que éste pudiera encontrarse [Montserrat], Las indagaciones de los nazis sobre el Grial se dividen en dos tradiciones interpretativas simultáneas, aunque de carácter muy distinto, en función de la naturaleza física que se le atribuye: una de las tendencias, en la línea cristianizante del esoterismo de raíz wagneriana, es asumir el Grial como el vaso que recogió la sangre de Jesucristo —hombre ario por excelencia según una tradición progermánica decimonónica—, lo que permite vincularlo con la mística nazi de la pureza de la sangre y usurpar algunos eficaces mecanismos de la liturgia cristiana, como el ritual eucarístico. Los indicios permiten suponer que ésta era la interpretación que más placía a Hitler, un wagneriano entusiasta desde su temprana juventud y profundamente marcado, aunque a su pesar, por el ambiente católico en el que se había educado.
La otra línea interpretativa, más genuinamente nazi en la medida en que en ella la tradición judeocristiana no es reinterpretada sino sometida a una marcada polarización negativa, es la defendida por Otto Rahn, un romanista que trabajó bajo la protección de las SS. Según Rahn, el Grial sería un símbolo de la «religión aria primigenia» del catarismo, símbolo al que harían referencia los textos inquisitoriales al hablar del «tesoro secreto de los herejes» escondido en las cuevas de Montségur, en el Pirineo francés. Para esta interpretación, Rahn apela a la tradición medieval germánica que hace del Grial una piedra caída de la corona de Lucifer,
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quien no sería el Maligno, como habría afirmado difamatoriamente el cristianismo, sino el Luzbel cátaro, el portador de la luz. Las cruzadas que enfrentaron al cristianismo con la herejía cátara no fueron sino la guerra de la Cruz contra el Grial. Posteriormente, la Iglesia habría asimilado e incorporado este símbolo hereje al hacer de él el cáliz de la Ultima Cena.
[Goodrick-Clarke (1992), 98, 108; Rahn, 35-36; Strohm (Steiner, 101); Sünner, 22].
«GUILLERMO TELL» [al.: Wilhelm Tell].
Célebre drama en verso en cinco actos (1805) de Schiller en el que se describe el pacto perpetuo contraído por los cantones suizos de Schwyz, Uri y Unterwalden (acto fundacional de la Confederación Helvética) contra la opresión de los Habsburgo, reflejado en la rebelión del ballestero Guillermo Tell contra el baile austríaco Gessler, al que da muerte.
Durante la ocupación francesa de la cuenca del Ruhr en 1923, que desempeñó un papel crucial en la renovación del nacionalismo alemán en el período de entreguerras, Guillermo Tell constituyó un claro referente ideológico, hasta el punto de que las fuerzas ocupantes tuvieron que apostar centinelas en la entrada de los teatros que lo representaban a fin de sofocar posibles conatos de rebelión. Sobre todo el célebre juramento del Rütli («Queremos ser un único pueblo de hermanos / sin separarnos en la necesidad ni en el peligro. / Queremos ser libres como lo fueron nuestros padres, / prefiriendo la muerte a vivir esclavizados. / Queremos confiar en el Altísimo / sin temer el poder del hombre». [II/2]) permitió cristalizar la insumisión pasiva que, en forma de huelga general, unió una vez más a los alemanes contra su histórico enemigo francés. Este antecedente hizo poco menos que inevitable que en los primeros años de la toma de poder nazi Guillermo Tell fuera altamente valorado como drama nacional y se convirtiera, con diferencia, en la obra más representada de Schiller durante los años treinta. Aunque son numerosas las citas que podían resultar oportunas para la cosmovisión nazi, como «¡Sí, somos de un solo corazón y de una sola sangre! / Somos un solo pueblo y unidos queremos actuar» (II/2), el texto más citado de Schiller en 1933 y 1934 siguió siendo el juramento del Rütli, que se interpretaba como un llamamiento a preservar la unidad política y espiritual que Alemania acababa de adquirir a través de Hitler y que se recitaba ceremonialmente en toda clase de actos políticos. De hecho, el papel propagandístico de Guillermo Tell está
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íntimamente vinculado al espíritu revolucionario de estos primeros años, del que la película del mismo título dirigida por Heinz Paul y estrenada en 1934 pretendía ser la expresión por excelencia [revolución]. Walther Darré, el ideólogo de los principios de —sangre y tierra, consideraba este drama de Schiller como «la glorificación del campesinado libre».
No obstante, y a pesar de los referentes históricos de 192.3, las dificultades inherentes a la apropiación ideológica de la obra no tardaron en salir a relucir, sobre todo a medida que el régimen iba consolidando su poder. Después de todo, el drama gira en torno a un nacionalismo de corte separatista por parte de un pueblo ario como el suizo, todo ello muy poco acorde al espíritu unificador e imperialista nazi. Según el autor dramático Eberhard Wolfgang Móller, ya el propio Bismarck habría expresado su disgusto por este «drama del separatismo». La obviedad de tales consideraciones debió de tener su influencia en la nota estrictamente confidencial cursada por Martin Bormann el 3 de junio de 1941 en la que se prohibían todas las representaciones de Guillermo Tell así como la inclusión de esta obra en la materia impartida en las escuelas. Este último aspecto generó grandes dificultades, pues eran numerosas las citas de Guillermo Tell incorporadas a los libros de texto, que tuvieron que ser reeditados en su totalidad. Aunque siguen sin conocerse los verdaderos motivos que dieron lugar a la adopción de tan drástica medida, además de la citada apología del separatismo podríamos hallar un segundo motivo en la justificación política del tiranicidio que se expresa en la obra, ya que Hitler, tras la sentencia de muerte dictada el 18 de mayo de 1941 contra Maurice Bavaud por intento de magnicidio, empezaba a temer cada vez más por su seguridad personal. Otro debe buscarse en las difíciles relaciones políticas con Suiza. Ya Hitler lamentaba que, en lugar de buscar sus temas en la historia imperial alemana, «a nuestro Schiller no se le ocurriera nada mejor que glorificar a un ballestero suizo». Después de todo, mientras el Tercer Reich había anexionado ya todos los territorios culturalmente germánicos de Europa, Suiza persistía tenazmente en la defensa de su neutralidad, incluso por medios militares si era necesario. No deja de ser revelador que la importancia del papel que Guillermo Tell tenía tradicionalmente en Suiza en cuanto símbolo de la independencia nacional aumentara en proporción equivalente al del éxito de las empresas expansionistas nazis, un claro testimonio de la ambivalencia del mensaje político de la obra.
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[Haffner, 54; Hitler (1953), 291; Mosse (Darré, 164); Ruppelt, 40-45, 123; Xammar, 87].
HIELO [al.: Eis].
En la cosmogonía pseudocientífica, neopagana y dualista del nazismo, el hielo y el fuego constituyen los dos elementos esenciales a partir de los cuales se compone el Universo. Ya en la Edda de Snorri Sturluson se relata cómo el Universo salió del caos primigenio gracias al enfrentamiento entre el hielo que cubría Ginnungagap, en el norte, y el fuego que originó el viento que soplaba desde Múspellsheimr, en el sur. Gracias al contacto con el fuego, parte del hielo se fundió y se convirtió en agua, de la que después surgiría el cuerpo de Ymir, engendrador de los gigantes. Este encuentro primigenio se asocia con el enfrentamiento continuo entre la luz y la oscuridad, otra polaridad fundamental de la cosmovisión nazi.
En 1913, el ingeniero Hanns Hörbiger retomó el relato de las Edda en su libro Cosmogonía glacial, en el que expuso en términos muy parecidos, aunque con pretensiones científicas, su teoría sobre el origen del mundo. Según Hörbiger, al principio de los tiempos habría habido una enorme madre de fuego de dimensiones muy superiores a las del Sol. Una imponente masa de hielo habría penetrado repentinamente en esa bola de fuego y habría generado una violenta explosión cósmica de la que habría surgido nuestro sistema solar. Las estrellas y el Sol serían vestigios del fuego primigenio, mientras que los planetas habrían surgido de diversas mutaciones del hielo y todavía estarían, al menos en parte, cubiertos por él. A partir de ese momento, los restantes sucesos cósmicos, ya fuera a pequeña o a gran escala, se remitirían a la influencia mutua entre el elemento del hielo y el elemento del fuego. El granizo, por ejemplo, serían partículas de hielo cósmico y las estrellas fugaces, simples bloques de hielo crudo, mientras que al agua se la define como hielo fundido.
Sobre todo en los años veinte y treinta las teorías de Hörbiger gozaron de una gran popularidad que sobrepasó incluso el ámbito alemán, y fueron muy admiradas, entre otros nazis destacados, por Himmler, Göring, Baldur von Schirach y el mismísimo Hitler. Hörbiger, quien no tuvo reparos en admitir que había llegado a sus conclusiones pseudocientíficas gracias a una inspiración, constituía un valioso ejemplo del espíritu intuitivo que los nazis quisieron atribuir a la ciencia germánica y que debía contrarrestar el
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prestigio de la ciencia racionalista judía, cuyo máximo representante era Albert Einstein. Ciertamente, la cosmogonía glacial de Hörbiger resultaba mucho más fácil de comprender para el público en general que la teoría de la relatividad que Einstein desarrolló por aquellos mismos años. Aunque las teorías de Hörbiger contaron con adversarios incluso entre las propias filas de los científicos nazis, recibieron gran parte de los fondos para la investigación del departamento Herencia Ancestral (Ahnenerbe) de las SS con el beneplácito de Heinrich Himmler, con el fin de que estudiaran la influencia del eterno hielo cósmico sobre el pueblo germánico. Eso se debe en gran parte a que Himmler y algunos de sus investigadores, como Edmund Kiss, habían retomado la tesis de Hörbiger según la cual los embriones de los arios habrían permanecido conservados en este elemento primigenio antes de su caída en la Tierra en forma de protoplasma.
Esta tesis resultaba especialmente bienvenida en la medida en que invalidaba el incómodo evolucionismo que hacía descender del mono a todos los hombres, arios incluidos, idea que repugnaba a la cosmovisión nazi y que constituía uno de los pocos puntos de fricción con las ideas del darvinista Ernst Haeckel. En un artículo de 1927, un discípulo de Haeckel, Raoul-Henri Francé, concilio aparentemente estos dos extremos opuestos al partir de la asunción de que hubo dos razas prehumanas originales — una de ellas altamente desarrollada y otra de homínidos primitivos— que habrían existido simultáneamente. La primera habría alcanzado su momento culminante en la Edad del Bronce, y a ella habría pertenecido el «noble y bello» hombre de Cromañón. Con los años, al mezclarse con los homínidos, habría degenerado hasta dar lugar al hombre actual. Este punto de vista, expresado en términos científicos, permitía una conciliación perfecta con el viejo mito rejuvenecido de la Atlántida tal y como era concebido por la cosmovisión nazi.
El 19 de julio de 1936, con la firma del Protocolo de Pyrmont, el departamento Herencia Ancestral se comprometió a reunir y desarrollar bajo su patronazgo todas las sucesivas investigaciones sobre la cosmogonía glacial y a promover un subdepartamento de meteorología que debía certificar la exactitud de las tesis de Hörbiger por medio de predicciones climáticas. Asimismo, en marzo de 1938, uno de los investigadores de Himmler recibió el encargo de analizar las formaciones minerales austríacas desde esta nueva óptica. Incluso llegaron a organizarse expediciones a Bolivia [Tiahuanaco], Perú y Colombia para
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estudiar restos arqueológicos y sedimentos geológicos, hacer mediciones topográficas y analizar la flora y fauna locales, todo únicamente a fin de encontrar pruebas que demostraran la exactitud de estas tesis, ya que la teoría de las semillas de protoplasma como origen del Homo europaeus permitía aventurar la existencia durante la prehistoria de culturas altamente evolucionadas que podrían haber dejado algún rastro revelador para el momento presente [Atlántida]. La pasión puesta por el departamento Herencia Ancestral en este asunto lo llevó a considerar una de las exigencias más importantes de cara al futuro el establecimiento de una distinción clara entre los estudios científicos sobre cosmogonía glacial y los cientos de publicaciones diletantes sobre este tema que proliferaban fuera del control del departamento. En 1938 se llegó incluso al extremo de querer patentar oficialmente la invención de Hörbiger a fin de evitar el intrusismo.
En cuanto a las aportaciones del propio Hitler, destaca su intención de coronar con las teorías de Hörbiger el observatorio astronómico que había pensado construir en la ciudad de Linz, cuyo piso inferior debía mostrar el Universo ptolomeico, el piso central, el copernicano, y el piso superior, la cosmogonía glacial germánica.
Dada la identificación mítica nazi con el Sol, el fuego y la luz, Hitler siempre tuvo muy presentes los peligros del hielo y su variante, la nieve, a los que atribuía una dimensión cósmica muy en el sentido de lo expuesto por Hörbiger. Según Speer, ya antes del invierno de 1941, en el que la proyectada guerra relámpago alemana contra Rusia fracasó ante la nieve y las heladas, «el elemento frío e inerte repugnaba profundamente a su naturaleza». Una de las manifestaciones más triviales de esta repugnancia era la característica aversión de Hitler por los deportes de invierno y los frecuentes reproches que hacía a sus colaboradores cuando éstos se empeñaban en salir a esquiar. En este sentido, el 19 de febrero de 1942, después del desastre de Moscú, le dijo a Martin Bormann: «Yo siempre he detestado la nieve. Usted lo sabe, Bormann, siempre la he odiado. Ahora sé por qué: era un presentimiento». Por tanto, no es de extrañar que Hitler concibiera en términos cósmicos la derrota de Stalingrado, en la que las fuerzas arias del fuego habrían sido derrotadas por el poder del hielo que, manifestándose bajo la forma del invierno ruso, ya había conseguido derrotar a Napoleón. Esta misma concepción cósmica del enfrentamiento entre los elementos parece explicar, al menos en parte, la temeridad militar
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con la que Hitler, contra todo análisis racional, se empeñó en perseverar en el frente ruso, marcando sin saberlo el inicio de su caída.
[Benz/Graml/Weiss, 801; France; Hamann, 322-325; Hitler (1953), 319; 324; Later, 50,51, 87, 97,124; Nagel; Speer (1976), 100; Sünner, 45].
HITLER.
En el imaginario colectivo del Occidente contemporáneo Hitler se ha convertido, por derecho propio, en la encarnación del Mal por excelencia. Ni siquiera otros líderes genocidas de la dimensión de Stalin han conseguido sustituir a Hitler en su papel de personaje demoníaco en la mitología de nuestras sociedades contemporáneas, en lo que constituye una singular inversión negativa del papel mesiánico y redentor que llegó a desempeñar en vida como líder de masas. En palabras de Joachim Fest, «la gente necesita una figura imaginable a fin de poder clasificar sus infortunios. Hitler ha asumido este papel en un mundo secularizado en el que el Mal bajo la forma del Demonio ya no existe». Hasta qué punto es así lo demuestra el hecho de que, mientras en el Tercer Reich Goebbels bautizó a sus seis hijos con nombres que empezaban por H a fin de asociarlos con Hitler, en la actualidad el nombre de Adolf, antes relativamente habitual, ha desaparecido prácticamente por completo en los países de habla alemana. Ciertamente, la dimensión, la consecuencia y la fría y estudiada ejecución técnica de los crímenes de Hitler le siguen otorgando un lugar indiscutible a la cabeza de los no pocos gobernantes sanguinarios que ha conocido la historia. Sin embargo, más allá de cualquier intento de justificación, no deja de ser cierto que la demonización del personaje ha contribuido a apartarlo de cualquier explicación a partir de parámetros humanos convencionales, lo que ha favorecido que aún hoy se le atribuyan poderes sobrehumanos en la literatura esotérica y ha dificultado notablemente su consideración concreta en cuanto figura histórica.
Entre las causas objetivas cientos de veces alegadas para explicar o justificar el papel de Hitler como sugestionador de masas cuenta su celebérrima mirada hipnótica. Pocos han sido los testigos que, ya fueran seguidores o adversarios, no admitieran el poder de fascinación de los ojos grisazulados de Hitler, que actuaba en un marcado contraste con unos rasgos faciales más bien toscos. Hitler, consciente de ello, supo sacar en
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sus apariciones públicas un gran provecho de su mirada, que ejercitaba en privado poniendo a prueba su efecto mirando fijamente a alguien hasta obligarlo a apartar o bajar la vista. La peculiar penetración de los ojos de Hitler ha dado pábulo a quienes, como Carl Gustav Jung, le han atribuido la mirada del visionario y han afirmado que sus poderes mágicos o sobrenaturales superaban sus poderes políticos. Esa misma mirada también fue ensalzada hasta el delirio por la poesía oficial del régimen, en detrimento de cualquier otra característica física de Hitler.
La combinación de la mirada magnética con un empleo enfático y sincopado de la voz, una gestualidad vehemente muy poco alemana y la sabia intercalación de momentos de dramático silencio (aspectos que Hitler también solía ensayar en casa o en el estudio de su fotógrafo privado, Heinrich Hoffmann), así como el aprovechamiento consciente de los recursos de la iluminación artificial, tal vez expliquen el extraordinario poder que tenía Hitler como líder de masas, por muy difícil de comprender que pueda resultarle al espectador actual a partir de los documentos audiovisuales todavía existentes. El director de cine nazi Veit Harían, quien lo conoció personalmente, escribió sobre Hitler: «Su poder de sugestión no se dejaba fotografiar. Por eso nadie lo veía en las numerosas tomas cinematográficas de Hitler de los noticiarios. Sólo se podía ver frente a la persona de carne y hueso. Pero no es sólo que se viera: era como una corriente eléctrica incesante». También resulta singular la afirmación de Albert Speer según la cual Hitler llegaba a transmitir en sus discursos una sensación de amor: amor por su público y por cada uno de los alemanes presentes. Para el historiador Joachim Fest, el secreto de la eficacia de su oratoria estribaba en la habilidad con la que Hitler sabía combinar la racionalidad y el control con repentinos arrebatos de emocionalidad.
Otra de las peculiaridades de la historia de Hitler que han contribuido a su mitificación como criatura dotada de poderes sobrenaturales ha sido lo que cabría llamar su extraordinaria buena suerte. Al menos hasta la batalla de Stalingrado, el éxito de sus temeridades políticas y militares muchas veces fue inesperado incluso para el propio Hitler, quien, en palabras del general Jodl, su principal asesor militar, acabó dominado por una «convicción casi mística de su infalibilidad como jefe de la nación y de la guerra». Hitler desarrolló la firme convicción de que sus victorias (al igual que su supervivencia al atentado del 20 de julio de 1944) eran la prueba
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incontestable de que contaba con el apoyo de la Providencia [-¿Dios], y llegó a verse a sí mismo como una especie de tótem milagroso cuya sola presencia hacía inconquistable una ciudad. En una ocasión llegó a decirle a Wilhelm Keitel: «Si abandono la Prusia Oriental, ésta caerá; si me quedo, se salvará». Efectivamente, la Prusia Oriental cayó poco después de que Hitler la abandonara, aunque por motivos bastante más objetivos. Con todo, fue esta misma convicción la que llevó a Hitler a permanecer en Berlín hasta el final, confiando en que su mera presencia impediría la toma de la capital.
Ya en 1921 Hitler había empezado a ser comparado con el Mesías. La dimensión mesiánica de Hitler, quien en las clases de religión de las escuelas nazis era continuamente comparado con Jesucristo, era debidamente cultivada por los mecanismos de la propaganda nazi. Mientras los demás jerarcas del régimen podían ser criticados hasta cierto punto, ponerle tachas a Adolf Hitler se consideraba un auténtico pecado y muy pocos nazis estaban dispuestos a caer en él. El propio Hitler no tuvo reparos en referirse a los muertos en el putsch fallido de 1923 como «sus apóstoles». Goebbels, por su parte, siguió cultivando esta imagen mesiánica al presentar al Führer como líder en pos de una misión, dispuesto a hacer cualquier sacrificio por ella; como alguien que, por amor a su pueblo, había decidido renunciar al matrimonio y a la familia y llevar una vida de ejemplar modestia y sencillez [Parsifal]. Himmler, por su parte, declaró en enero de 1937 que con el nacimiento de Hitler —a quien a menudo se refería llamándole hombre-Dios (Gottmensch)— se había producido «uno de esos acontecimientos que sólo suceden cada 2000 años», en clara analogía con el advenimiento del Mesías cristiano. De hecho, en cierta similitud con la liturgia católica del bautismo, las ceremonias de iniciación de las SS se efectuaban frente a un retrato de Hitler colocado sobre un altar decorado con esvásticas. El corresponsal de guerra Alan Moorehead recuerda haber visitado una de estas capillas nazis dedicada a la adoración del Führer junto a los cuarteles del alto mando naval cerca de Hamburgo: sobre el altar y en las paredes había imágenes de Hitler y de otros jefes nazis, ornados de esvásticas e invocaciones a la lealtad y a la guerra.
Con vistas a posibles alianzas políticas y militares, la propaganda nazi también trató de exportar esta dimensión mesiánica de su líder a otras culturas. Así, sobre todo después del estallido de la guerra, se hicieron
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esfuerzos encaminados a presentar a Hitler como un profeta carismático también en el mundo islámico, objetivo para el que Himmler encargó una investigación del Corán a fin de encontrar pasajes que pudieran profetizar el advenimiento de un Führer de sus características, operación que se saldó con escaso éxito. Después de todo, Himmler ya había creído ver profetizado a Hitler en el pasaje del Bhagavad Gita en el que se describe la figura del redentor: «Este pasaje ha sido escrito para el Führer. […] Él surgió de nuestra necesidad más profunda, cuando el pueblo alemán había llegado a un punto muerto. […] El karma del pueblo germánico le ha ordenado que haga la guerra contra el Este y salve a los pueblos germánicos».
El culto a Hitler también arraigó muy fuertemente en la fe popular. Según recuerda Alma Mahler, en la Viena de 1938 la apabullante cantidad de flores depositadas por devotos vieneses (especialmente mujeres) frente al retrato sobredimensionado de Hitler que exhibía la oficina alemana de turismo llegaban a cubrir la calzada, haciéndola impracticable para el tráfico. La manifestación más clara de hasta qué punto la esperanza inconsciente en un mesías redentor se había proyectado en la figura del dictador la constituye la afirmación estereotipada de «yo creo en el Führer Adolf Hitler». Esta declaración, que inicialmente encabezaba una especie de catecismo nazi distribuido entre las Juventudes Hitlerianas, se generalizó y llegó a pronunciarse con especial frecuencia en la etapa final de la guerra, cuando la derrota militar era evidente y ya sólo cabía apelar a la sinrazón de la fe secular en el Führer. También eran muy abundantes las notas necrológicas por los soldados muertos en el frente que concluían con la frase «caído en la fe en Adolf Hitler». En las escuelas, los niños aprendían a cambiar el nombre de Jesús por el de «nuestro Führer» en las oraciones cristianas más populares, y los muchachos de las Juventudes Hitlerianas solían compararlo con Dios. Los llamados Cristianos Alemanes (Deutsche Christen) transformaron el texto de la oración para bendecir la mesa, en la que invocaban el nombre de Hitler en lugar del de Dios, como si el agradecimiento por el pan de cada día se lo debieran al primero. Para muchos alemanes se producía igualmente una identificación casi total entre Hitler y Alemania, cuyas cualidades positivas supuestamente encarnaba. Resulta significativo que, a medida que algunos de los crímenes, errores y fechorías nazis llegaban a oídos de sus seguidores, éstos tendieran a dar por sentado que Hitler no estaba
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informado de ellos. «¡Si esto lo supiera el Führer…!». pasó a convertirse entonces en una de las frases más frecuentemente pronunciadas por el pueblo alemán. El poder del culto a Hitler fue tal que, en una significativa paradoja, su figura terminó siendo disociada del movimiento político nazi que encarnaba y del que era sin lugar a dudas el principal responsable.
El papel de Hitler como icono del pueblo se había iniciado mucho antes de su llegada al poder. Ya en 1923, poco después de su fallido golpe de estado, quioscos y papelerías vendían postales con su retrato y su firma, algunas de las cuales incluso tenían el significativo y por entonces insólito aliciente comercial de brillar en la oscuridad. Su conversión en icono cuasirreligioso fue alimentada por la colocación de su retrato en las escuelas, debajo del crucifijo. Las reproducciones del cuadro de Heinrich Knirr con Hitler en posición marcial en la cima de una montaña se vendieron muy baratas y por millones. Su fotógrafo privado Hoffmann, que disponía de la exclusiva de sus tomas fotográficas, amasó una enorme fortuna comercializando su imagen. Todo el mundo debía poseer un retrato del Führer, cuya profanación era duramente castigada. Ya en 1936 se llevaron a cabo los primeros procesos por este delito, inicialmente penado con varios años de cárcel y, durante la guerra, con el internamiento en un campo de concentración.
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Heinrich Knirr, Hitler, 1933-1934.
Con todo, como ha sucedido con otros mitos pergeñados o sublimados por la propaganda nazi, la dimensión icónica de Hitler, en gran medida impuesta desde el poder, terminó por calar hondo en el subconsciente popular, hasta el punto de convertirse en un factor de auténtica religiosidad sólo comparable a ciertos aspectos de la imaginería católica. Una clara muestra de ello es la creencia, registrada por Klemperer, de que en las
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ciudades alemanas bombardeadas se mantenía en pie únicamente la pared en la que colgaba el retrato de Hitler: la leyenda atribuía a su imagen los mismos poderes protectores que el catolicismo popular asocia comúnmente a las de ciertos santos. Este papel de Hitler como icono religioso no se limitó al territorio alemán: al menos hasta el estallido de la guerra, y a pesar de la temprana entrada en vigor de las leyes antisemitas de Nuremberg, Hitler gozó de un considerable prestigio internacional que en algunas ocasiones traslucía un fanatismo no muy alejado del que suscitaba en la mayor parte de sus seguidores alemanes. Así, la condesa Von Bredow recuerda que durante las olimpiadas de 1936, un gran momento en la consideración internacional de que gozó Hitler, una ciudadana americana recogió del suelo un guijarro que el dictador acababa de pisar, lo besó y se lo guardó en el bolsillo como una reliquia. Lo mismo hacían en Berchtesgaden mujeres histéricas de emoción que recogían las piedras que pisaba Hitler para lucirlas después en una vitrina. En una ocasión, según recuerda Träudl Junge, unas mujeres incluso saquearon para este fin la carga de un camión que llevaba ladrillos a la residencia alpina de Hitler, aun a pesar de que nunca hubieran entrado en contacto con él. Incluso en países tan alejados cultural y geográficamente como la India, la doctrina racial aria y el empleo de la esvástica como símbolo político habían despertado la admiración de facciones nacionalistas en su lucha por la independencia del dominio británico, lo que tuvo como consecuencia que el retrato de Hitler pudiera verse en muchos altares domésticos junto a la deidad familiar. Se creía que Hitler era una reencarnación o avatar de Vishnú, interpretación que tendría considerable éxito en la posterior mística neonazi occidental.
Las mismas características que sirvieron para mesianizar a Hitler, como su mirada hipnótica, sirvieron muy pronto a la facción contraria para demonizarlo atribuyendo a su magnetismo personal unos poderes sobrenaturales de origen maligno. Esta misma consideración sigue vigente en la actualidad en la literatura ocultista sobre el fenómeno nazi, si bien la concepción de Hitler como personaje satánico y encarnación del mal por excelencia también se ha impuesto de manera generalizada en la interpretación popular de su figura a partir de 1945 y ha encontrado un reflejo moderado en la inexplicabilidad última de Hitler que siguen defendiendo algunos estudiosos. Durante los juicios de Nuremberg, el abogado defensor de Hjalmar Schacht citó la célebre definición de lo
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demónico que —Goethe esboza en el capítulo final de Poesía y verdad para explicar el misterioso poder de seducción de Hitler sobre sus seguidores. En este texto, desde entonces inseparable del recuerdo de Hitler, se anticipa con estremecedora clarividencia que las criaturas demónicas «no siempre son las más sobresalientes; no destacan por su espíritu ni por su talento, y raramente por su bondad. Sin embargo, su ser desprende una fuerza monstruosa y son capaces de ejercer un dominio increíble sobre todas las criaturas e incluso sobre los elementos. […] Todas las fuerzas morales unidas no pueden hacer nada contra ellos. […] Nada puede derrotarlos más que ese mismo universo contra el que han emprendido la lucha».
Con todo, el origen de la demonización de Hitler es tan antiguo como el de su mesianización. Según señala Kracauer en su célebre De Caligari a Hitler, ya el Caligari cinematográfico de Robert Wiene de 1919 habría sido un temprano «presagio específico» de Hitler en la medida en que representa a un personaje siniestro que emplea la hipnosis para apoderarse de las almas y subyugarlas a su voluntad. Como presagio fue también todavía Dr. Mabuse el jugador (1922), de Fritz Lang, aunque unos lustros después se tornó denuncia explícita en El testamento del Dr. Mabuse (1933), filme en el que Lang resucita a su hipnotizador criminal para poner de manifiesto su paralelismo con un Hitler a punto de hacerse con el poder; Goebbels logró impedir a tiempo que esta película fuera proyectada en territorio alemán. Aun con toda su dimensión inquietante, la visión de Hitler como hipnotizador aún trata de sugerir una explicación concreta para la incomprensible sugestión de las masas que se estaba extendiendo por Alemania.
La figura de culto en que se convirtió Hitler resulta tanto más chocante cuando se constata lo poco que lo tuvieron en cuenta los demás partidos políticos antes de su toma del poder, actitud que, no sin razón, llevó al historiador Veit Valentin a decir poco después de la Segunda Guerra Mundial que «la historia de Hitler es la historia de su subestimación». Después de todo, más que el apoyo de las masas, fue sobre todo la errónea convicción de Schleicher y de Von Papen de que serían capaces de controlar a Hitler la que finalmente lo aupó al poder. El desprecio hacia su fuerza de sugestión quedó plasmado en incontables caricaturas que contribuyeron a crear una imagen ridícula de Hitler, desarrollada de forma singularmente paralela a su creciente mitificación como figura de culto.
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Para muchos ciudadanos de la República de Weimar todavía empeñados en minimizar el peligro latente del nazismo, la vehemencia artificiosa de la oratoria de Hitler, así como su aspecto algo ridículo y su extravagante bigote, lo hicieron objeto de toda clase de burlas y sátiras que, como es obvio, se acallaron bruscamente con su llegada al poder. Era habitual que las caricaturizaciones de Hitler se hicieran a costa de su apariencia y de la notable disparidad entre sus rasgos y el ideal racial ario que él mismo propugnaba, disparidad que, por otra parte, compartía con la mayor parte de los líderes nazis. Aun así, también en el Tercer Reich, sobre todo en sus últimos años, se aventuraron algunas caricaturizaciones clandestinas destinadas a compensar, por medio del humor desmitificador, el terror que la figura de Hitler inspiraba incluso a quienes lo admiraban. Una de las más célebres, originada hacia 1938, era la de Hitler como devorador de alfombras (Teppichfresser), imagen que no tardó en pasar a la imaginería popular. Se basada en la leyenda según la cual Hitler, en un momento de enajenación furibunda provocado por una diferencia con el presidente checo Benes, se habría lanzado al suelo de rabia y habría llegado a morder —incluso a masticar— el extremo de una alfombra. Evidentemente, la propaganda de las fuerzas aliadas durante y después de la guerra no dejó nunca de recurrir a la caricaturización y a la sátira para combatir el poder sugestivo de su poderoso adversario. Una de las más célebres es la película El gran dictador (1940), en la que Charlie Chaplin, de fisonomía y bigote parecidos, se convertía en antagonista cómico de Hitler al explotar estas similitudes a fin de satirizar a un dictador megalómano y sediento de poder.
Dadas las circunstancias inicialmente confusas de la muerte de Hitler —quien, como hoy es bien sabido, se suicidó el 30 de abril de 1945 en su búnker de la Cancillería de Berlín—, una de las leyendas más extendidas y persistentes que se generaron en torno a él tras la caída del Tercer Reich fue la de que habría sobrevivido y viviría oculto en algún lugar, donde esperaría el momento oportuno para reaparecer. Diversos grupos de resistencia nazi difundieron este bulo en octavillas durante la inmediata postguerra conscientes de que esta convicción podía otorgar nuevas fuerzas a los nazis derrotados que vivían la ocupación aliada como una humillación. Fue a fin de desmontar este falseamiento histórico por lo que, por encargo del servicio de inteligencia británico, Hugh Trevor-Roper escribió en 1945 un informe sobre la muerte de Hitler que dio lugar a su
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célebre libro Los últimos días de Hitler (1947). Sin embargo, Trevor-Roper no consiguió sofocar por completo la fe en una posible supervivencia del Führer. Prueba de ello es que los tribunales alemanes tardaron más de una década en expedirle un certificado de defunción definitivo. También Stalin tenía interés en defender la tesis de que Hitler seguía vivo, muy probablemente en España, bajo la protección de Franco, o en Argentina; de ahí que los rusos ocultaran consecuentemente las pruebas que poseían de su muerte. Las motivaciones que indujeron a Stalin a adoptar esta medida aún hoy resultan confusas, aunque es probable que quisiera asociar el Occidente capitalista con el nazismo, intentando demostrar que los países occidentales estaban ocultando a Hitler.
Las distintas imágenes de la figura de Hitler gestadas antes y durante el Tercer Reich encontraron cierto reflejo en el debate que se desencadenó entre historiadores y filósofos durante la postguerra. El eje principal de este debate perpetuamente abierto consiste en la cuestión de si Hitler era un ser excepcional, ajeno al continuum de la naturaleza humana (Emil Fackenheim), o si era un ser humano como cualquiera de nosotros. Hugh Trevor-Roper, uno de los primeros historiadores de la postguerra que se enfrentó al fenómeno, se cuenta entre los principales defensores de la primera opción e insiste en el inexplicable magnetismo personal de Hitler, única motivación aparente para la incomprensible lealtad que algunos de sus súbditos más inteligentes, como Speer y Goebbels, le demostraron hasta el último momento. La imagen de Hitler como un visionario irracional y demoníaco ganó peso a medida que la dimensión de los crímenes del nazismo fue penetrando en la conciencia colectiva. No obstante, como hace notar Ron Rosenbaum, con el desencadenamiento de la guerra fría los antiguos aliados prefirieron la visión, difundida sobre todo por Hermann Rauschning, de un Hitler aventurero y oportunista, pues este punto de vista contribuía a la legitimación del gobierno de Alemania Occidental, nuevo escaparate de Occidente frente al telón de acero: resultaba preferible la idea de que los alemanes habían sido engañados por un hábil manipulador interesado que aceptar que hubieran compartido las creencias de un visionario. Con su popular biografía Hitler. Un estudio sobre la tiranía, publicado en 1952, Alan Bullock favoreció esta posición al presentar a Hitler como un político racionalista y calculador a escala humana, alejado de la visión común que se tiene de él como encarnación insólita del mal. Esta visión también contradecía la tesis de Trevor-Roper
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—según la cual Hitler era un creyente convencido de su propia rectitud— en la medida en que Bullock prefería presentarlo como un mero actor que hacía un uso oportunista de la ideología para encubrir sus fines. No obstante, el propio Bullock reconsideraría esta visión unas décadas después en su Hitler y Stalin (1991), donde lograría la síntesis entre ambas posiciones al definir a Hitler como «un actor que creía en su papel». Entre los estudios más recientes dedicados al fenómeno Hitler, destaca la aportación de Ian Kershaw, quien en su monumental biografía del dictador ha optado por interpretarlo como un personaje hueco, cuya inexistente vida privada se vería compensada por su agitada vida política. El historiador Lothar Machtan, por el contrario, cuestiona esta tesis al aportar indicios que permiten reinterpretar la biografía del dictador en función de su supuesta orientación homosexual.
En mayor o menor medida, las distintas posiciones adoptadas en la discusión en torno a Hitler parecen ofrecer algún tipo de problema ético: si la visión de Hitler como frío calculador parece disminuir la culpa de sus seguidores, haciéndoles pasar del papel de creyentes al de manipulados, la demonización de Hitler como encarnación del mal radical contribuye a distanciarlo consoladoramente de nosotros. Incluso el propio intento de explicarlo, como defiende el documentalista Claude Lanzmann, llevaría necesariamente a la justificación y, por tanto, sería obsceno en sí mismo. No obstante, como afirma Denis de Rougemont, «rechazar la discusión sobre Hitler significa fabulizarlo, considerarlo un rival sagrado». Por otra parte, no es probable que la cuestión de la explicabilidad última llegue a resolverse nunca, ya sea por la falta de documentos fundamentales sobre algunas de las cuestiones más controvertidas de su biografía (sus posibles antecedentes judíos, la causa de su antisemitismo, su vida sexual, su grado de decisión respecto a la solución final…), o bien porque, como sostienen algunos, Hitler es un fenómeno sencillamente inexplicable.
[Bédarida, 157-158; Von Bredow, 64; J. Fest; Garriga (1983), 210; Goodrick-Clarke (1998), 110, 136; Junge, 96-97; Kater, 357; Klemperer (1975), 85,160,346, (1995), vol. 1:109; vol. II: 58; Knopp, 183; Kracauer, 79, 91; Mahler-Werfel, 230; Maier, 18; E. Mann, 106; G. Mann, 162; L. Marcuse 175; Michalzik (Harlan, 276); Moorehead, 180; Niirnberger Prozess, 23 417; Piper, 119; Pois, 51 (Himmler, 52); Rosenbaum; Rougemont, 107; Shirer (1941), 137; Sigmund (1998), 173, 198; Trevor-Roper (1947), 17, 63,152, 252; Jacket (Valentin, 16)].
JAPÓN [al.: Japan].
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Cuando el 27 de septiembre de 1940 el Reich alemán, Italia y Japón firmaron la alianza tripartita, los periodistas extranjeros, preocupados por el «peligro amarillo» del que ya había advertido Guillermo II a los pueblos de Europa, no tardaron en llamar la atención sobre una obviedad, y es que la alianza de Alemania con Japón constituía una traición manifiesta a los principios raciales nazis. Para responder a esta paradoja hay que tener en cuenta que en la escala de valores raciales del nazismo a la raza amarilla le corresponde un lugar claramente superior a la raza judía o negra. Ya Rosenberg la trataba con condescendencia al afirmar en su Mito del siglo XX que «a Japón y a China hay que juzgarlos de otra manera que a la India, África, etc. Tienen que poder contar con la posibilidad de, al menos, dejar vivir a sus pueblos». Por su parte, Hitler había escrito en Mein Kampf que los japoneses no eran una raza «creadora de cultura», sino sólo «portadora» de ella. Si bien con eso estaba perpetuando en clave racial el viejo tópico de Japón como pueblo de imitadores, no llegaba al extremo de rebajarlo al nivel de pueblo «destructor de cultura», categoría reservada a los judíos.
Sin embargo, una vez establecida la alianza, Hitler expresaría su pesar porque el imparable avance de los japoneses, que amenazaban con ocupar Australia, podía significar la desaparición de la raza blanca en aquellas regiones. Por otro lado, Hitler encaró enseguida su propia contradicción ideológica aduciendo motivos de estrategia militar y alegando que, con tal de ganar la guerra, «estamos dispuestos a firmar una alianza con el mismísimo diablo». Más adelante, Himmler trataría de encontrar una solución más aceptable especulando con la posibilidad de que también China y Japón hubieran sido antiguas colonias fundadas por un Estado ario central que él identificaba con la Atlántida. Los cientos o miles de años en los que los orientales habrían permanecido sometidos al imperio de los «señores atlántidos» habrían dejado una impronta indeleble en la lengua y la cultura de estos pueblos coloniales. Himmler trató de probar esta tesis estableciendo analogías entre las runas y los ideogramas japoneses.
En esta línea, resulta significativo que Hitler le comunicara a Yamashita Motoyuki, jefe de la misión militar japonesa ante las potencias del Eje, que en la nueva era Japón y Alemania iban a perseguir los mismos intereses, ya que ambos estados compartían «una misma base espiritual». Dicha afinidad espiritual parece haber sido lo suficientemente fuerte como para pasar por alto las diferencias raciales, que de todos modos eran de
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índole menor. No en vano los escritos del estudioso japonés y divulgador en lengua inglesa de la doctrina del budismo zen D. T. Suzuki desempeñaron un papel nada desdeñable en el espíritu militar de la Alemania nazi. Suzuki fue un defensor acérrimo del imperialismo bélico japonés y un eficaz ensalzador de la indiferencia ante la muerte, del espíritu de sacrificio y de la obediencia y valentía sin límite, que él hacía derivar de la estrecha relación entre el budismo zen y el bushido o código de los samuráis. Aunque en principio el zen, como el budismo en general, predica la compasión universal y su esencia no es belicista, es cierto que, a fin de encarar los intentos de opresión durante las primeras décadas de la era Meiji, optó por una sumisión al Estado que lo convirtió en cómplice y voluntarioso impulsor del cruento imperialismo japonés. Esta conciliación no resultó excesivamente difícil, pues, como afirmó en 1934 el estudioso budista Yabuki Keiki, el budismo poseía desde siempre el potencial necesario para «convertirse en una de las más eficaces herramientas del Estado». En la misma década, en sintonía con el culto al emperador característico del sintoísmo oficial, también se desarrolló el ködo Bukkyo o budismo del camino imperial, que sometía la ley de Luda plenamente a las leyes del gobernante. Como hace notar Suzuki, el budismo zen «apoya pasivamente» al soldado en la medida en que refuerza su voluntad por medio de la intuición y le permite desarrollar la indiferencia frente a la vida o la muerte. Significativamente, los libros de Suzuki, Introducción al budismo zen y El budismo zen y su influencia en la cultura japonesa, se publicaron en Alemania en 1939 y 1941, respectivamente.
Esta identificación espiritual con los japoneses tenía su principal fundamento en el rechazo de la religión cristiana por la cosmovisión nazi. Así, el 13 de diciembre de 1941, aunque delatando un escaso conocimiento de la compleja historia religiosa del Japón, Hitler afirmó que «desde ese punto de vista, uno puede envidiar a los japoneses.
Tienen una religión [el sintoísmo] que es muy simple y que los pone en contacto con la naturaleza. Incluso han tenido éxito tomando el cristianismo y convirtiéndolo en una religión menos chocante al intelecto». El 9 de abril de 1942 añadiría: «La religión de los japoneses es, por encima de todo, un culto al heroísmo, y sus héroes son quienes no dudan en sacrificar sus vidas por la gloria y la salvación de su país». Del mismo tono es la declaración dirigida a Albert Speer: «Y es que, en definitiva, tenemos la desgracia de que nuestra religión no es la mejor. ¿Por qué no
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será como la de los japoneses, que consideran que lo más elevado es el sacrificio por la patria?». También Goebbels se sumó a esta opinión en un artículo de diciembre de 1942, en el que afirmaba que en Japón «ser devoto significa al mismo tiempo ser japonés» y que «de esta igualdad entre el pensamiento nacional y el religioso surge una fuerza patriótica de tremendo dinamismo», para lamentar finalmente que, «por desgracia», los alemanes todavía no posean «este sentimiento de obligación para con los héroes caídos que bien cabe llamar religiosa» y que permitiría «convertir el heroísmo de los caídos en un mito nacional».
La comunión del hombre con la naturaleza, la renuncia casi absoluta al yo en aras del bien común, la sumisión a la autoridad y el desprecio por la vida individual eran elementos presentes en una espiritualidad japonesa altamente militarizada y que no podían sino constituir un ejemplo a seguir para una cosmovisión que, como la nazi, creía depender todavía en exceso de la tradición monoteísta judeocristiana. El símbolo por excelencia de todas estas supuestas virtudes espirituales tenía su encarnación en la figura del kamikaze o piloto suicida japonés, que, como manifestación extrema del espíritu de sacrificio por la patria, constituía un referente y modelo continuo para los hombres de las SS. Este ideal encontró una plasmación pobre, pero dramática, en la escuadrilla de aviadores Curso de Instrucción Elba (Schulungslehrgang Elbe), que sesgó la vida de unos cuarenta aviadores suicidas alemanes que se empotraron contra las colas de los bombarderos norteamericanos en las postrimerías de la guerra. Asimismo, la fanática piloto nazi Hanna Reitsch impulsó en 1943 una operación secreta llamada Reichenberg, en la que jóvenes de diecisiete años eran formados para sacrificar sus vidas en una versión especial pilotada de las bombas volantes V-1 [arma milagrosa]. Significativamente, cuando ciertos rumores llegaron a la opinión pública, se creyó que iban a ser mil pilotos japoneses, y no alemanes, quienes participarían en la operación. Finalmente, ésta nunca llegó a realizarse.
[Benz/Gramí/Weiss, 530; Hitler (1953), 144, 150, 488; Kater, 51; Klemperer (1995), vol. VI: (Goebbels, id)', Mein Kampf, 319; Rosenberg, 672; Sigmund (2000), 206-207; Speer (2001), 178, (1999), 96; Sünner, 45, 120; Victoria, 161-164,166].
JESUCRISTO [al.: Jesus Christus].
En un principio puede suscitar asombro que, con todos sus esfuerzos por desarrollar un universo religioso distinto al de la tradición
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judeocristiana, la cosmovisión nazi integrara de tal modo en su seno a la figura de Jesucristo. No obstante, los intentos de germanización de Jesucristo son mucho más antiguos: se remontan al romanticismo alemán en el que se impuso la necesidad de conciliar ideológicamente el renovado fervor religioso que relevó al escepticismo ilustrado con los nuevos intereses políticos nacionalistas. Obviamente, para llevar a cabo este proceso de germanización, marcado desde el principio por un virulento antisemitismo, era preciso despojar previamente a Jesucristo de todos los elementos judaicos. En este sentido, Fichte, apoyándose en el Evangelio de San Juan, el único que no reproduce el árbol genealógico davidiano de Jesús, fue el primero en plantear la posibilidad de que Cristo no tuviera ascendencia judía. A partir de entonces, la convicción de que Jesús había sido ario ya no abandonó el imaginario nacionalista alemán, en un fenómeno que adquirió un carácter obsesivo y que carecía de parangón en otros ámbitos culturales. En La ciencia de las religiones (1885), Émile Burnouf defendió la tesis de que Jesucristo, como otros judíos de la Galilea septentrional, era en realidad ario o indoeuropeo, y en sus Fundamentos del siglo XIX (1899). Houston Stewart Chamberlain dedicó más de cien páginas a probar la ascendencia no judía de Cristo. También Ernst Haeckel se adhirió a esta tesis al afirmar en una obra de 1899 que los aspectos positivos de la personalidad de Cristo —siempre y cuando hubiera existido realmente, algo que no daba por seguro— no podían haber sido semíticos, sino arios. De ahí su suposición de que María hubiera sido seducida por un oficial romano, verdadero padre de Jesús.
Ya Richard Wagner había comparado al Mesías cristiano con el dios germánico Wotan, al tiempo que consideraba a Jesús y a Apolo «los dos maestros más sublimes de la humanidad». (Arte y revolución, 1849). Para Wagner, Jesucristo habría intentado salvar a la humanidad indicándole el camino de regreso a la inocencia primigenia del vegetarianismo, en el que los hombres vivían felizmente antes de cometer el pecado original de matar al primer animal. Esta sagrada misión habría quedado simbolizada en la conversión del vino en sangre y del pan en carne durante la Última Cena. No sorprende, por tanto, que Wagner planeara una ópera titulada Jesús de Nazaret, que nunca llegó a componer. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, el propio Rudolf Steiner tuvo a bien señalar que Jesús tenía rasgos tanto semíticos como arios, por lo que era tan bueno como un alemán honorario. En 1915-1916, Lanz von Liebenfels, sobre la base de
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textos cristianos tradicionales, redactó unos salmos ariocristianos en los que paganizaba el cristianismo. En ellos apelaba a Cristo bajo el nombre gótico de Christ-Frauja y le suplicaba la salvación racial y el exterminio de las razas inferiores, pues para Lanz, Jesús era un ario que había fundado su iglesia sobre la base de la unidad racial. Por su parte, Rudolf John Gorsleben creyó poder demostrar la tesis de la existencia de un cristianismo germánico primitivo mediante un complejo análisis de las runas, según el cual el monograma de Cristo ( ), por ejemplo, sería una variante de la runa Hagai ( ). Karl María Wiligut fue aún más lejos al suponer que la Biblia habría sido escrita originalmente en Alemania por los irminitas, que adoraban al dios germánico Krist (posteriormente usurpado por la religión cristiana) y que eran encarnizados enemigos de los wotanistas. Estas singulares teorías pretendían la plena integración de la tradición cristiana en los orígenes germanos a los que la cosmovisión nazi necesitaba apelar.
De entre los precursores del nazismo, tan sólo el político austríaco Georg Schönerer, con su movimiento anticatólico y neopagano Separémonos de Roma (Los von Rom), insistía en que «el fundador del cristianismo, hijo de una judía pura y de un descendiente de David, no es ario» y llegaba al extremo de proponer un nuevo calendario en el que los años no se contaran en función del nacimiento de Cristo, sino de la batalla de Noreia (escenario de una victoria germana sobre tropas romanas), lo que implicaba añadir 113 años al cómputo tradicional. También hubo algunos radicales totalmente contrarios a la integración conciliadora del cristianismo en la religión nazi, como Wilhelm J. Hauer, para el que el palestino Jesús no podía ser de ningún modo la figura central de una religión aria; no obstante, ni siquiera Hauer descartaba que pudiera fluir sangre aria por sus venas.
Algunos autores, como los judíos antisemitas Arthur Trebitsch y Otto Weininger, hablaban de la «plena superación del propio judaísmo» por parte de Jesús, con lo que, al menos, no llegaban al extremo de negar su ascendencia racial judía. Paul de Lagarde ofrece una variante de este punto de vista al afirmar que Dios habría hecho nacer a su hijo en un entorno semita por algún misterioso designio, y que Jesús habría manifestado su genio precisamente en su empeño por demostrar su no pertenencia a la comunidad judía. La obsesión por certificar la aricidad de Jesús llegó a recurrir incluso a la falsificación documental: en su libro Baldur y la
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Biblia (1920), Friedrich Döllinger publicó como auténtica una carta del procurador romano de Judea dirigida al emperador Tiberio en la que Jesús era descrito como un héroe rubio, hallazgo que suscitó el inmediato entusiasmo del káiser Guillermo II y de H. S. Chamberlain.
Siguiendo la larga tradición antijudía del nacionalismo cristiano alemán, Alfred Rosenberg consideraba que la figura de Jesús había sido falseada por san Pablo, quien, a pesar de su conversión al cristianismo, había sido desde siempre un representante de los intereses judíos. Tomando como fuente a san Efrén (siglo IV), Rosenberg afirma que Jesús fue hijo de madre siria y padre romano. Hitler, por su parte, apunta la posibilidad de que Jesús fuera descendiente de uno de los legionarios romanos de origen galo residentes en Galilea, siguiendo con ello las tesis de Himmler, quien aseguraba que la Galilea de tiempos de Cristo era aria. Asimismo, también la cruz cristiana habría sido un viejo símbolo germánico. Una de las pruebas de Rosenberg para la filiación no judía de Jesús era que casi todos los pintores europeos lo habían representado desde siempre con facciones arias, incluso los artistas meridionales. Otra prueba, alegada por el propio Hitler, era que los judíos nunca habrían entregado a alguien de su propio pueblo a los tribunales romanos, pues habrían preferido condenarlo ellos mismos. Desde este punto de vista, la vehemente postura anticristiana característica del nazismo no tenía por qué oponerse a la afirmación que Hitler formuló en un discurso de 1921: «Ahora nosotros somos pequeños, pero hubo un tiempo en que también hubo un hombre solo en Galilea cuya doctrina domina hoy el mundo entero. No puedo imaginarme a Cristo de ningún otro modo más que rubio y con ojos azules, mientras que al demonio sólo con facha judía». Hitler pretendía terminar con «la misión que Cristo inició, pero que no pudo concluir», para cuyo fin no se identificaba con el Cristo crucificado —un Jesús débil y nada apropiado para ser el Mesías alemán—, sino con el Cristo furioso que echó a los mercaderes judíos del templo. De este modo se apela a la imagen de Jesús como guerrero antimaterialista que luchó —y fracasó— en solitario contra la plutocracia judía. Según Hitler, la transformación de este «movimiento local de oposición aria al judaísmo» en una «religión supratemporal que postula la igualdad de todos los hombres» y «que cree en un único Dios» habría sido obra del oportunista san Pablo, deseoso de acabar con el Imperio Romano. De este modo se hace posible armonizar el culto a la personalidad de Jesucristo con la
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característica aversión nazi por el igualitarismo cristiano, supuesto antecedente del comunismo. Y así se entiende que Rosenberg afirmara que «Jesús, a pesar de todas las Iglesias cristianas, representa un punto cardinal de nuestra historia». Al mismo tiempo, la arianización de Jesús permitía romper con el enojoso puente histórico que hacía derivar el cristianismo de la tradición judía.
Sin embargo, al ser tan contraria a las creencias tradicionales, la idea del Jesús ario se impuso con dificultad entre la población alemana, incluso entre los propios partidarios del nazismo, y eso a pesar de que hubo sacerdotes encarcelados por haber proclamado los orígenes judíos del cristianismo. Así, por ejemplo, corrían leyendas espurias sobre miembros de las SS que quitaban el crucifijo de la habitación de la maternidad en la que iba a dar a luz su esposa «para que lo primero qué vea mi hijo no sea a un judío», y diarios nazis afirmaban la inconmensurable superioridad de héroes como Horst Wessel sobre Jesús de Nazaret. Asimismo, los protocolos de los juicios de Nuremberg aluden a un caso en el que se imitó la coronación de espinas aplicando alambre de púas a un sacerdote interno en un campo de concentración. No obstante, el gobierno nazi hizo lo que pudo para inculcar la integración positiva de Jesús en su cosmovisión, incorporándola a su programa educativo oficial. En él se insistía especialmente en la analogía entre Jesús y Sigfrido, pues los dos habrían salido a combatir contra los judíos (el dragón de Sigfrido) para ser finalmente vencidos por ellos. Esta analogía, a su vez, imponía una asociación con Hitler, quien, además, compartiría con Jesús su disposición al sacrificio y su amor por el pueblo.
Posteriormente, durante los procesos de desnazificación, algunos ideólogos nazis emplearon la aparente paradoja del culto nazi a Cristo para hacerse pasar por defensores clandestinos del cristianismo. Así, por ejemplo, Baldur von Schirach alegó en su defensa durante los juicios de Nuremberg que «había proclamado a Cristo como el mayor Führer de la historia de la humanidad», supuestamente con riesgo de su vida, cuando en realidad se trataba de una tesis perfectamente integrada en el programa ideológico oficial del nazismo.
[Gasman, 61, 157; Goodrick-Clarke (1992), 112, 158,180; Hamann, 332, 350, 356; Hitler (1953), 78, 721; Klemperer (1975), 87; v. Lang, 135; Ley, 25; E. Mann, 102-10;; Mosse, 256; Nürnberger Prozess, 3582,17 807; Piper, 118,119,121; Poliakov, 122, 34;, 347, 349, 3;;, 385-386, 423; Rosenberg, 391; Sariol/Arias, 74; G. Wagner, 102-103; Washington, 166].
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JUDÍO [al.: Jude, jüdisch].
Aun con toda la prolongada, desconcertante y compleja historia del antisemitismo en el mundo occidental, no hay otra nación ni momento histórico con el que haya quedado tan estrechamente vinculado en la memoria occidental como con la Alemania nazi. La abrumadora cantidad de judíos muertos en la perversa carrera que, partiendo de los pogromos inducidos de 1938, los fusilamientos masivos de civiles a manos de las SS en el frente oriental, el hambre y el agotamiento causados por inhumanos regímenes de trabajos forzados, culmina en la perfecta y burocratizada maquinaria mortal de los campos de exterminio, ha convertido con todo derecho a los judíos en las víctimas por excelencia de la cosmovisión nazi y sus consecuencias, muy por delante de otros grupos perseguidos, como gitanos, disidentes políticos, testigos de Jehová, inválidos u homosexuales. Tal como observaba Ernst Gombrich en un artículo de 1979 sobre la propaganda radiofónica nazi, «lo que ha permanecido en la conciencia de la gente de esta espantosa guerra y lo que conocen los jóvenes de ella son sobre todo los estragos de Hitler contra los judíos». Si en el Occidente de postguerra estos estragos han entronizado a Auschwitz como un símbolo absoluto del mal que parecía poner fin definitivamente a las utopías ilustradas del progreso, durante el Tercer Reich, en un siniestro paralelismo, fueron precisamente las víctimas por excelencia de Auschwitz las que ocuparon ese mismo papel simbólico: así, para Goebbels, el judío es «el Anticristo de la historia del mundo».
El principal punto de inflexión en la historia del antisemitismo europeo se dio en el siglo XIX, cuando se pasó del odio a los judíos por cuestiones religiosas, tolerándolos una vez se habían convertido —el antijudaísmo tradicional—•, a un odio ontológico en el que se odia al judío por su raza, por su mismo ser, y que no atiende a conversión alguna —el antisemitismo propiamente dicho—. En Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt ha insistido mucho en separar estas dos corrientes, alegando que en la primera, aunque fuera a costa de una conversión forzosa, «el judío nunca había dejado de ser hombre», mientras que en la segunda la «fatalidad de la raza» ya no permitía escapatoria. Una prueba, ciertamente extrema, de la importancia de esta distinción fue el caso de la ocupación nazi de la península de Crimea, en la que las SS dejaron en paz a los miembros de la
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secta judía de los caraítas por no considerarlos de raza semita, mientras que exterminaron a la comunidad de Krimchak, que ya no profesaba la religión judía, por considerar biológicamente hebreos a sus miembros.
No obstante, aun siendo válida en términos generales, esta distinción no resulta tan nítida como pudiera parecer. Ni siquiera la expulsión de los judíos de la península Ibérica en 1492, un momento fundamental de la siniestra historia del antijudaísmo por motivos religiosos, estaba exenta de connotaciones racistas o, en la terminología de entonces, vinculadas a la pureza de la sangre. Según algunos teólogos de la época, el rechazo de Jesucristo por parte de los judíos habría contaminado la sangre de este pueblo, contaminación que se hacía extensiva a sus descendientes conversos o marranos, hasta el punto de que Poliakov llega a considerar la situación de España como el primer caso de racismo institucionalizado de la historia europea, si bien es cierto que el propio Hitler, a juzgar por lo que le contó en 1923 al escritor Josep Pía en una entrevista, no parecía ser consciente de esta afinidad inesperada: «Para España, el problema judío era un problema religioso; para nosotros es un problema de raza».
En opinión de George Steiner, contrario a la tesis según la cual Hitler sería un producto exclusivo del alma alemana que no podría haber surgido en ningún otro lugar de Europa, el antisemitismo francés, por su virulencia, habría podido aupar al Führer al poder con mayor rapidez y eficacia que el alemán. Efectivamente, basta recordar el tristemente célebre «affaire Dreyfus» (1894-1906) para ver que Alemania no era la única nación europea moderna que manifestaba tendencias antisemitas. No obstante, hay algunas peculiaridades tempranas en el antisemitismo alemán que podrían haber favorecido su ulterior instrumentalización por parte del nazismo y que se remontan al siglo XVI y a la reforma luterana. Según observa Michael Ley, en Lotero se aprecia una nueva variante de visión apocalíptica en torno a la figura del Anticristo, con una polarización extrema entre Satán y la «Iglesia verdadera». En el papel de Anticristo, Lotero no sólo ve al Papa y a la Iglesia católica, sino, sobre todo, a los judíos; de ahí que, de un modo siniestramente similar al que emplearía Hitler cuatro siglos más tarde, tache de judaizado todo aquello a lo que es contrario y llegue a recomendar incluso que se proceda con los judíos con dura piedad, «como el cirujano al amputar». En palabras de Ley: «Los puntos de vista de Lotero sobre el Anticristo y los judíos son especialmente apropiados como base de un antijudaísmo sin
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fundamentación teológica, con lo que preparan el camino del odio moderno a los judíos».
En el siglo XIX, aunque la paulatina secularización europea acabó reduciendo el peso de la religión como factor de identidad, la nueva consideración de los judíos en cuanto raza supuso, como rasgo imborrable que era, un gran obstáculo para la asimilación cultural de un pueblo recientemente emancipado. A este respecto resultan elocuentes las palabras del escritor alemán Ludwig Borne, quien ya en 1830 observaba: «Unos me reprochan que soy judío; otros me lo perdonan: el tercero incluso me elogia; pero no hay nadie que no piense en ello. Están todos como hechizados por este círculo mágico de los judíos y no hay nadie que pueda salir de él». Aunque en un primer momento las constataciones pretendidamente científicas sobre la raza judía no implicaran necesariamente la adopción de una postura antisemita, al deshistorizar la cuestión judía y traspasarla a parámetros biológicos se favoreció que las peculiaridades económico-sociales de este grupo dejaran de analizarse desde la causalidad histórica y pasaran a concebirse como cualidades propias de su misma naturaleza. Ciertamente, a la historia no le faltan razones para explicar que un pueblo tradicionalmente oprimido y carente de nación propia como el judío tendiera a militar en las filas del internacionalismo y del pacifismo. No obstante, su definición como raza facilitaba la consideración de estas características como algo inamovible e inherente a ellos.
Con todo, frente al hecho incuestionable de que la comunidad judía ha permanecido históricamente aislada, cabe preguntarse hasta qué punto el pueblo judío puede ser considerado, ya que no una raza, sí, al menos, un grupo étnico consolidado y de origen común. Algunos investigadores contemporáneos del campo de la genética han abordado nuevamente esta espinosa cuestión. Según recoge Nicholas Wade (The New York Times, 14-5-2002), los datos recientemente obtenidos al analizar el cromosoma Y de una serie de voluntarios judíos ha determinado un parentesco genético inesperadamente elevado entre los miembros de sexo masculino de esta comunidad, mientras que el ADN mitocondrial, que refleja la ascendencia materna, muestra una notable diversidad. Ello invita a pensar que los fundadores originarios del judaísmo, procedentes del Próximo Oriente, tendieron a contraer matrimonio con mujeres originarias de sus respectivos países de acogida, hasta que, entre el 200 a. C. y el 500 d. C., el estatus
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judío pasó a definirse por el ascendente materno, lo que incrementó el aislacionismo del grupo. Con todo, se cree que el resto del genoma constituye una mezcla de genes procedentes de todos los fundadores de las respectivas comunidades. La respuesta, por tanto, es compleja y de ningún modo se presta a una simplificación genérica.
Pero si ni siquiera los sofisticados métodos de la ciencia genética contemporánea han logrado verter una luz definitiva e inequívoca sobre este tema, aún menos pudieron hacerlo en su momento la antropología racial nazi y sus antecedentes, que solían dejarse llevar por la intuición, por el prejuicio o, en el mejor de los casos, por imprecisas tendencias estadísticas. La confusión aumenta si se tiene presente que el propio movimiento sionista hizo suya la tesis de la unidad racial judía, a pesar de que los judíos habían negado tradicionalmente ser una raza con el argumento de que aceptaban nuevos miembros por medio de la conversión religiosa. Es evidente que la raza, lejos de ser una mera categoría científica, se había convertido en un importante instrumento político y, en expresión de Poliakov, incluso en un motor de la historia.
En el ámbito científico, la patria del determinismo racial ha de buscarse en Francia. Si durante el siglo XVII aún se consideraba a los judíos como parte integrante de la raza blanca, en 1829 el anglofrancés W. F. Edwards los considera una raza independiente, al igual que su colega Michelet, quien ve la causa de sus históricos sufrimientos precisamente en la circunstancia de que constituyen una raza pura. En 1856, el médico Jean-Christian Boudin atribuyó a los judíos una constitución especialmente resistente, dado que, además de tener una mortalidad infantil muy baja y una escasa incidencia patológica, habían demostrado saber adaptarse a cualquier ámbito geográfico y a cualquier clima. Así pues, mezclando consideraciones fisiológicas con otras religiosas, Boudin concluye que los judíos son «el único pueblo verdaderamente cosmopolita», característica que considera una señal de que se trata de un gran pueblo escogido por la Providencia para el cumplimiento de una misión. Pero la mítica resistencia racial judía constatada por Boudin pronto fue desenmascarada por Anatole Leroy-Beaulieu, quien vio una de las razones de esta resistencia en el cumplimiento de los preceptos rituales mosaicos, que anticipan algunas medidas higiénicas modernas. Leroy-Beaulieu incluso llega a preguntarse «si el autor del Pentateuco no habrá presagiado a Louis Pasteur». Efectivamente, desde finales del siglo XIX la
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proverbial resistencia judía empezaba a asemejarse cada vez más a la cristiana gracias a la unificación generalizada de las costumbres y al progreso de la medicina. Sin embargo, este alarde de racionalidad no logró acabar con el mito, en parte gracias al darwinista social Ernst Haeckel, quien vio en la persecución y las difíciles condiciones de vida de los judíos el medio de una selección natural que habría contribuido a fortalecer su raza. Durante el nazismo era precisamente esta supuesta resistencia la que justificaba la dureza de las medidas emprendidas en su contra.
Con todo, una de las contradicciones ideológicas de la cosmovisión nazi —que ocasionalmente sacaba a relucir algún colegial ingenuo durante el adoctrinamiento en las escuelas— era que se considerara a los judíos una raza inferior, cuando, según las leyes de Darwin, debería de ser la superior, ya que había logrado sobrevivir incólume a más de dos mil años de persecución. Esta paradoja demuestra que la cosmovisión nazi había tergiversado el darwinismo original, en el que muchas veces afirmaba apoyarse, al dotar a la selección natural de una escala equívoca de valores. Para Darwin, la adaptación al medio distaba de ser debida a una superioridad moral tal como la entendía el nazismo. Este conflicto quedaba provisionalmente resuelto en el imaginario nazi por medio de la identificación por analogía de los judíos con las plagas, los parásitos o las bacterias, organismos que, aun habiendo demostrado un éxito biológicamente notable en la selección natural, en términos culturales ocupan una categoría ínfima y vil dentro de la escala de los seres vivos.
Esta analogía, probablemente la más perniciosa a la que fue sometido el pueblo judío, constituyó en gran medida la base ideológica de su intento de exterminio. Walther Buch, juez supremo del Partido nazi, escribió en un artículo de 1938 que «el judío no es un ser humano. Es una apariencia de putrefacción. Así como el hongo no puede penetrar en la madera hasta que está podrida, así el judío pudo introducirse furtivamente en el pueblo alemán y traer el desastre sólo después de que la nación alemana, debilitada por la pérdida de sangre de la Guerra de los Treinta Años, empezó a pudrirse desde dentro». La negación característica del judío culmina en la negación de su pertenencia a la raza humana, desahuciándolo de este modo de su lugar natural en la cadena del ser. Pero en su caída no desciende sólo hasta la categoría de animal, sino hasta el nivel que el ser humano tiende a considerar el más bajo de todos los seres vivos: el parásito. Siendo imaginariamente concebida como una criatura
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que es, aun sin ser nada en sí misma, se afianzó la idea de que el judío existía únicamente a costa de quien sí es, es decir, de los arios. Algunas muestras tempranas del antisemitismo germánico permiten reconstruir algunas etapas en esta siniestra senda argumental, inaugurada en 1850 con una publicación del cirujano británico Robert Knox, quien atribuía a los judíos un parasitismo de índole cultural. Hacia 1899, Franz Stein respondía ya a la objeción de que los judíos son seres humanos alegando que sí, «sin duda: al igual que los judíos son seres humanos, lo son también los caníbales de los mares del Sur». Por las mismas fechas, el alcalde vienes Karl Lueger prosiguió con la cadena de metáforas biológicas al afirmar que «los lobos, leones, panteras, leopardos y tigres son humanos frente a estos depredadores disfrazados de hombre». No obstante, la comparación con depredadores no estaba llamada a tener éxito en la futura cosmovisión nazi, en la que imperaba el amor por los animales nobles [vegetarianismo] y en la que el propio Hitler gustaba de identificarse con un lobo. Más éxito tuvo la comparación con insectos, de siniestra popularidad en toda clase de textos antisemitas de finales del siglo XIX: sanguijuelas, plaga de langostas, arañas que atrapan a la víctima en sus redes invisibles, carcoma, chinches… Ya en el Tercer Reich surgieron algunas variantes de parasitismo vegetal, como el citado ejemplo del hongo que ataca la madera podrida o la ingeniosa metáfora de Darré, muy propia de su mentalidad proagraria, en la que comparaba a los judíos con las malas hierbas que hay que erradicar para que el suelo alemán pueda dar fruto [sangre y tierra]. En la película antisemita nazi El judío errante (1940) se apela a la metáfora de las ratas, ya empleada en Mein Kampf.
Mientras la pantalla muestra grandes grupos de ratas dispersándose en todas direcciones (metáfora de la diáspora), la voz en off declara desapasionadamente que las ratas «causan enfermedades como la peste, la lepra, el tifus y el cólera. Son pérfidas, cobardes y crueles y suelen aparecer en grandes grupos. Entre los animales representan el elemento de la alevosía y de la destrucción subterránea. Exactamente igual que los judíos entre las personas».
Las ratas como portadoras de enfermedades (contaminadoras de la sangre) nos aproximan a la variante más exitosa de la metáfora parasitaria, que, especialmente para Hitler, fue la del judío como bacteria. Tenía cierta pureza aséptica frente a la imagen más repugnante de la sanguijuela o de la
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chinche, y permitía una vinculación con los recientes descubrimientos científicos de la medicina. Por otra parte, la invisibilidad de la bacteria o del microbio nocivo, despojada de su peso despectivo, toleraba que esta metáfora se hiciera extensiva a toda clase de judíos, incluidos los aparentemente buenos. Bajo el peso de esta imagen, se hacía evidente la necesidad de exterminar a los judíos del organismo social ario y de hacerlo de una forma aséptica y desapasionada. Ya Lagarde, en referencia a los judíos, había escrito que «con los bacilos y triquinas no se negocia, sino que se los aniquila». Aún más explícito resulta Hitler al respecto en uno de sus monólogos de sobremesa: «El descubrimiento del virus judío es una de las mayores revoluciones que han tenido lugar en el mundo. La batalla en la que nos vemos inmersos hoy en día es de la misma clase que la mantenida el siglo pasado por Pasteur y Koch. ¡Cuántas enfermedades no tienen su origen en el virus judío! […] Sólo recuperaremos nuestra salud eliminando al judío». Consecuentemente, la lucha contra la tuberculosis de Robert Koch fue debidamente idealizada en la película propagandista Robert Koch, combatiente contra la muerte (1939). La analogía entre el bacilo de la tuberculosis y el bacilo social judío se hace evidente en la solemnidad hitleriana del lenguaje de Koch cuando afirma en la película: «Ahora conozco al enemigo. Por fin puedo forjar el arma que lo exterminará. Y si llegara a caer en el intento, pasaría mi arma a las manos de aquellos que vayan a sucedernos. El combate comienza y no terminará hasta que el enemigo haya sido vencido». Tanto más si se tiene en cuenta que ya en 1919, en una carta a Adolf Gemlich, Hitler escribió que «el efecto de la judería será la tuberculosis racial de las naciones». A la pregunta de Ron Rosenbaum sobre si Hitler tenía conciencia de estar haciendo el mal, el propio Efraim Zuroff, director del Centro Simon Wiesenthal en Israel, exclamó: «¡Por supuesto que no! ¡Hitler se creía un médico! ¡Mataba gérmenes! ¡Eso es lo que eran los judíos para él!».
Por irracional y demagógica que pueda parecer esta analogía, lo cierto es que, debidamente asimilada e interiorizada en el imaginario colectivo nazi, abre el camino para la explicación ideológica de la solución final. En 1908, el diario antisemita Bukowinaer Volksblatt escribía «el enemigo que resulta aún más peligroso para los cristianos que todo lo dicho hasta el momento es el judío; es más peligroso porque todavía no estamos armados frente a él y porque el combate en su contra suele producirse con medios insuficientes. Pues aunque hace tiempo que se emplean tinturas contra las
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chinches y escopetas de cañón largo contra los depredadores, todavía tenemos que inventar una inyección de Zacherlin contra los judíos». La imagen de estar luchando contra una plaga se aviene bien con los métodos finalmente empleados para el exterminio de los judíos, en los que el insecticida Zacherlin fue finalmente sustituido, como es bien sabido, por el gas mortífero Zyklon B. La creencia de estar terminando con una plaga social favorecía la asepsia en la ejecución y minimizaba el conflicto moral. Para Himmler, «por lo que respecta al antisemitismo, es exactamente lo mismo que el despiojamiento. No hay cosmovisión alguna involucrada en quitarse los piojos. Es tan sólo una cuestión de higiene. […] Pronto estaremos despiojados».
La variedad de parásitos y organismos nocivos con que se comparaba a los judíos tenía su reflejo en la multiplicidad de orígenes raciales que se les atribuía. En Los fundamentos del siglo XIX, Chamberlain considera a los judíos como el resultado de un cruce antinatural entre beduinos, hititas, sirios y amorritas arios. Vagamente conscientes de la pecaminosa antinaturalidad de su origen, habrían tratado de compensarla creando artificialmente una raza pura por medio de su milenaria segregación. En esta tesis se manifiesta otra de las abundantes paradojas en torno a la concepción nazi —o prenazi— del judaísmo, sólo a medias resuelta por Chamberlain: el deseo de definir a los judíos como una mezcla de razas, en oposición a la pureza aria, pero, al mismo tiempo, la necesidad ideológica de atribuirles unas características raciales concretas y claramente definidas como tales. El antropólogo racial nazi Hans F. K. Günther encontró otra solución para explicar el mismo dilema, alegando que los judíos serían, en efecto, una mezcla de las razas más diversas, y que si se puede hablar de ellos como una raza única es sólo porque las razas originarias provienen «predominantemente de pueblos no europeos», por lo que constituyen un conglomerado que se distinguiría claramente del ario, supuestamente originario del norte de Europa. La interpretación de Günther, pronto considerada oficial, fue ampliamente difundida e incorporada a los libros de texto. En la gran exposición antisemita «Le juif et la France», celebrada en 1941 en la París ocupada, unos paneles informativos hacían saber a los numerosos asistentes que los judíos son mestizos compuestos por un cuarto de ario, un cuarto de negro y una mitad de mongol. A la presencia de ese cuarto ario (en otras fuentes reducido a un seis por ciento) se
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atribuían las pocas cualidades positivas de esta raza, entre ellas sus ocasionales habilidades artísticas.
Un importante correlato simbólico de este singular caso de racismo sin raza es que, a diferencia de lo que cabría suponer, a los judíos no se los consideraba tanto la antítesis propiamente dicha de la raza aria como su polo negativo, hasta el punto de que en algunas ocasiones eran definidos a partir del no-ser o de la negación. Así, ya Orto Weininger, célebre intelectual vienes misógino y antisemita de ascendencia judía, había afirmado en Sexo y carácter (1903) que «el verdadero judío, como la hembra, carece de yo, y, por lo tanto, tampoco tiene valor alguno en sí mismo» y, en otro lugar, «el judío absoluto no tiene alma». En el mismo sentido, Rosenberg califica a los judíos de «negadores de todo logro cultural» —idea igualmente presente en Mein Kampf— de «antirraza» y de «antítesis metafísica» de los arios. También les niega la capacidad de fundar un Estado en el futuro, ya que, como «enemigos mortales del orden y de la ley», el resultado sería el caos, es decir, «el vacío y la nada». En términos de P. Lacoue-Labarthe y de J.-L. Nancy, en el imaginario nazi el judío es el hombre del universal abstracto frente al de la identidad singular y concreta. No es un tipo opuesto al ario, sino la ausencia misma de tipo.
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Este cartel nazi, que llamaba al reclutamiento voluntario en las SS a los jóvenes de
Langemark (Flandes Occidental’), permite apreciar visualmente la antítesis entre lo ario y lo judío. Los jóvenes soldados aparecen representados de forma realista, en marcado contraste con los rasgos inverosímiles del judío inglés al que combaten. Es un claro indicio de la caricaturización y, por tanto, ridiculización a la que se cree necesario someter a la figura del otro. Curiosamente, la figura del judío recuerda vivamente la gestualidad del cine mudo expresionista, incluido por los nazis entre las formas artísticas degeneradas.
Con todo, los esforzados intentos por establecer una definición clara del otro no cejaron, especialmente en el ámbito propagandístico, siempre necesitado de un reduccionismo nítido. El director de la conocida película antisemita nazi El judío Süss (1940), Veit Harlan, afirmó haber querido mostrar en ella al «protojudío», es decir, a la encarnación más auténtica de esta raza —todavía presente en estado puro en Polonia— frente al judío Süss que da nombre a la película y que sería un claro caso de «judío camuflado». Esta abstracción del judío absoluto adquiere su propia iconografía en la caricatura del judío con barba, caftán, uñas largas, nariz ganchuda y ojos malévolos que muestra el cartel de la película de Harlan. (Según escribe Hitler en Mein Kampf, un personaje similar, «con rizos negros y un largo caftán», se cruzó con él en Viena; esta aparición, insólita para él, habría sido la experiencia crucial que desencadenó su antisemitismo). Debió de ser parecido al judío cuya silueta, gracias a unos oportunos retoques, aparecía configurada por la gran nube de humo que mostraba una fotografía del accidentado zepelín alemán Hindenburg en llamas y que, según Julius Streicher, artífice del hábil fotomontaje, sería un claro indicio de que «detrás de la explosión de nuestro dirigible Hindenburg están los judíos».
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Cartel anunciando la exposición propagandística nazi «El judío errante» en Viena, en 1938. La figura encarna a la perfección el prototipo nazi del judío absoluto. En la mano derecha lleva unas monedas, símbolo del apego judío al capital; paradójicamente, vemos igualmente
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a su izquierda el mapa de la URSS bolchevique. En la otra mano lleva el látigo con el que esclaviza a las naciones.
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Por otra parte, el concepto de judío camuflado al que aludía Harlan, del judío cuya filiación racial, por una causa u otra, no se puede identificar a simple vista, constituyó un argumento comodín que permitía resolver la mayor parte de los malentendidos surgidos tanto por la confusión que reinaba respecto a la definición pretendidamente científica de la raza judía como de la dificultad de reconocer a gran cantidad de judíos a partir del estereotipo que se tenía de ellos. En los relatos de vivencias personales en las escuelas del Tercer Reich, niños procedentes de distintas regiones de Alemania compartieron en la escuela una experiencia común: la visita, con fines de adoctrinamiento, de un experto racial que, con el objetivo de mostrar en la práctica las características ideales de un niño ario, sacaba al estrado a una criatura perfectamente rubia, bien formada y de ojos claros; para perplejidad y vergüenza del experto y regocijo de los escolares, al final de la prolija exposición la ejemplar criatura resultaba ser judía. No en vano se aseguraba que el judío auténtico siempre permanecía latente bajo cualquier camuflaje. Según afirmó Hitler en una de sus charlas de sobremesa: «Ha quedado indiscutiblemente establecido que, en el caso de los judíos, aunque las características físicas de la raza a veces estén ausentes durante una generación o dos, reaparecen inevitablemente en la generación siguiente». No sorprende que estos judíos camuflados fueran considerados los más peligrosos.
En el transcurso del siglo XIX, a medida que se fue consolidando el mito ario, en gran medida como reflejo inverso del mito judío, se crearon paulatinamente dos frentes. Por una parte, los judíos representaban los valores de la modernidad, mientras que, por otra, los arios se vinculaban en el imaginario europeo a la solidez de un mundo tradicional e invariable. En la Viena de fin de siglo, la vinculación entre judaísmo y modernidad no implicaba forzosamente connotaciones negativas. Dada su desproporcionada presencia, en términos estadísticos, en el mundo cultural y científico vienes ser judío significaba tener una mentalidad intemacionalista y abierta que no era ni clerical ni nacionalista. Políticamente, los judíos solían militar en los partidos liberales o socialdemócratas. La misma identificación fue captada, en términos negativos, por Otto Weininger, al afirmar en su libro de 1903 que «lo judío es el espíritu de la modernidad, no importa desde qué punto de vista la examinemos. […] Las hembras y los judíos copulan con la finalidad de
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hacer sentir culpable al ser humano. Nuestra época no es sólo la más judía, sino también la más femenina de todos los tiempos». El mito judío fue invadiendo el lugar que había ocupado en el imaginario romántico el papel ideológico de la sofisticada Roma frente a la supuesta autenticidad de los germanos. No es de sorprender que el antisemitismo europeo se acentuara notablemente hacia el final del siglo XIX, cuando la aceleración del progreso tecnológico, la crisis de la burguesía y el avance de los movimientos obreros provocaron en grandes sectores de la sociedad un sentimiento generalizado de crisis y de cambio que favorecía el desarrollo de un romanticismo tardío, portador de la nostalgia por ese mundo sólido, intacto y genuino que parecía cada vez más amenazado. En términos generales, podría decirse que la lucha entre reacción y modernidad que vivió la Europa de fines del siglo XIX encontró un símbolo fácil y eficazmente reductor en el enfrentamiento entre arios y judíos.
Este miedo latente a la modernidad quedaba encriptado en las características que se atribuían a la raza judía, considerada parasitaria por carecer de un territorio o nación propios en una época en la que el nacionalismo estaba tan exacerbado que prácticamente constituía una religión laica. La prohibición histórica de poseer tierra cristiana mantuvo a los judíos tradicionalmente alejados de la actividad agraria y los abocó a actividades que, como la de prestamista o comerciante, experimentaron un rápido auge a medida que la economía europea avanzaba hacia el capitalismo. La ingenua nostalgia romántica por el universo rural [ sangre y tierra] acentuó la división entre el trabajo supuestamente productivo y las actividades consideradas improductivas (es decir, fundamentalmente comerciales) de los judíos. Efectivamente, a principios del siglo
XX Werner Bombart constató estadísticamente la gran presencia de judíos en la vida económica alemana y llegó a la conclusión de que «no habría habido capitalismo moderno sin la dispersión de los judíos por los países septentrionales de la Tierra». El propio Karl Marx retomó esta idea al hablar de la «emancipación de la sociedad del judaísmo», en la que el término judaísmo sustituye claramente el de capitalismo.
Tanto más sorprendente resulta, por tanto, que la propaganda nazi asociara a los judíos no sólo con el capitalismo, sino también con el bolchevismo. Michael Ley sugiere que el origen histórico de la vinculación entre bolchevismo y judaísmo (especialmente defendida por los rusos exiliados) podría hallarse en la identificación, durante el
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siglo XIII, de los mongoles con las diez tribus perdidas de Israel. Pero fue Rosenberg el principal teórico de este insólito nexo al considerar la Internacional Roja como la encarnación por excelencia del principio capitalista, aunque de distinto signo. En los años veinte, y probablemente por influencia de Rosenberg, también Hitler empezó a mencionar en sus escritos y discursos el dominio judío del bolchevismo. Según Hitler, para quien la idea de la igualdad de los hombres era judía, los judíos habrían empezado por lograr la victoria de la democracia y del parlamentarismo, sustituyendo la personalidad del líder por una «estúpida mayoría»; a continuación, la siguiente etapa habría sido la de sustituir la democracia por la «dictadura del proletariado». En un artículo de 1944, Goebbels resume la cuestión asegurando que «el judaísmo es la encarnación del capitalismo. Lo cultiva, según la situación o las circunstancias, a la manera plutocrática o a la manera bolchevique. Pero el efecto es él mismo en ambos casos».
También el aspecto del internacionalismo judío fue obligado a pasar por el rasero de la raza y de la inevitabilidad biológica. Ya Charcot había atribuido en 1889 a los judíos una predisposición «neuropática» al nomadismo, de la que la figura legendaria del judío errante sería un reflejo revelador. Y en 1911, el ariosofista Guido von List vaticinaba horrores por parte de esos «nómadas parasitarios» que acaban convirtiendo en un desierto la tierra de cultivo de su anfitrión. Otro supuesto defecto racial, a todas luces surgido tempranamente de los prejuicios que generaba el tipo de actividad económica de los judíos, era el de su pragmatismo, materialismo y codicia, que se opondrían a un supuesto idealismo ario. Ya hacia 1845, Christian Lassen les había negado a los judíos la capacidad de filosofar, tesis avalada unas décadas después por Chamberlain, quien los consideraba incapacitados para la metafísica: la fe en lo divino o en cualquier otro ideal la sustituirían por una cosmovisión plenamente materialista. Estas fuentes alimentaron la imagen de los judíos como hombres dotados de una razón fría y calculadora («su arma más dura», según un libro de texto nazi), y llevaron a Hitler a denunciar la religión judía —según él «un simple camuflaje religioso de su propia doctrina racial»— como «carente de toda metafísica y sin otro fundamento que el más repulsivo materialismo». En la misma línea, Rosenberg los acusaba de despreciar todo lo místico y les negaba incluso la invención del
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monoteísmo, que los judíos se habrían limitado a tomar de los parsis durante su cautiverio en Persia [Parsifal].
Son numerosos los supervivientes de los campos de concentración y de exterminio que han relatado el tortuoso proceso de deshumanización al que eran sometidos a fuerza de hambre, vejaciones y agotamiento, hasta el punto de perder toda dignidad humana y verse convertidos en criaturas semisalvajes movidas por instintos primordiales, meras sombras de lo que un día fueron. Obviamente, este pernicioso proceso de inducida deshumanización favorecía que los verdugos de los campos se creyeran, a su vez, en presencia de esos animales o infrahombres con que la ideología nazi buscaba identificar a los judíos. Este proceso da comienzo en cuanto se les arrebata su identidad y se sustituye por un número (proceso que en algunos casos ya se daba en las mismas escuelas, en algunas de las cuales sólo los colegiales arios eran llamados por su nombre, mientras que los judíos eran reducidos a una estadística numérica), y alcanza su perversa culminación al tatuarles en el brazo un número de identificación a su llegada a los campos. Esta negación de la identidad individual se manifiesta igualmente en la estrella amarilla de David que, desde el 20 de agosto de 1941, los judíos estaban obligados a llevar visiblemente cosida en la ropa para hacerlos rápidamente reconocibles y distinguirlos de la población aria; desde ese momento la estrella de David fue, más que nunca, el símbolo por excelencia del judaísmo. Cuenta Viktor Klemperer que, en Dresde, algunos transeúntes arios contrarios a estas medidas antisemitas se detenían a saludar sistemáticamente a todos los portadores de la estrella, aunque no los conocieran personalmente, en lo que constituía una valerosa muestra de apoyo que, no obstante, ponía en grave peligro tanto al saludador como al saludado. Este aislamiento social, que no hizo sino fomentar un sentimiento de identidad judía en muchos casos largamente olvidado por obra de la asimilación y de la conversión religiosa, llegaba a extremos grotescos. Así, por ejemplo, las fábricas en las que operarios arios trabajaban junto con trabajadores forzados judíos estaban obligadas a instalar un lavabo adicional para el uso de estos últimos. Por no hablar de los bancos cuyo asiento estaba reservado exclusivamente a los arios. Pero grotesca era también la interiorización de la paranoia antisemita por algunos nazis: en su cárcel inglesa, Rudolf Hess temía ser envenenado o asesinado, simulando un suicidio, por carceleros ingleses que obrarían bajo la influencia hipnótica de los judíos.
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No sorprende que todo el complejo frente imaginario del antisemitismo europeo, aquí apenas esbozado, acabara teniendo consecuencias concretas en el ámbito político. En Alemania, el origen del antisemitismo político se suele datar en 1879, cuando el prestigioso historiador Heinrich von Treitschke abrió las puertas de la universidad al antisemitismo y acuñó la frase «los judíos son nuestro infortunio», culpabilizando a la comunidad judía de los problemas de Alemania. En Austria, el primer y principal popularizador del antisemitismo racial fue Georg Schönerer, cuyos seguidores colgaron en las calles por primera vez, en febrero de 1884, el cartel con la leyenda «prohibida la entrada a los judíos» que tan habitual se volvería en el Tercer Reich. Poco después, el popular alcalde vienes Karl Lueger daría cohesión a esta tendencia al unificar diversos grupos y movimientos bajo la causa común del antisemitismo militante. En Alemania, por las mismas fechas, también el virulento activista Theodor Fritsch quiso unir en un único frente los diversos partidos antisemitas que habían ido surgiendo; en 1887 exigió la «exclusión legal [de los judíos] del pueblo alemán» (exigencia que no tendría respuesta hasta 1935, con la promulgación de las leyes de Nuremberg), negándoles incluso el derecho a la existencia y anticipando así el antisemitismo eliminatorio. Con ello seguía los pasos de Eugen Duhring, uno de los primeros defensores de la necesidad de exterminar a los judíos y quien en su tratado La cuestión judía (1880) planteaba la necesidad de emplear los medios necesarios para la «separación y exterminio» de todas las «tipologías raciales perniciosas de analogía hebrea».
Todos estos autores y movimientos preludiaron la culminación política del antisemitismo racial que cristalizó en el Partido nazi y encontró su dantesca coronación en el exterminio de aproximadamente seis millones de judíos, encarnación moderna del horror bajo el aciago nombre de Auschwitz. Uno de los debates más vehementes de la historiografía moderna sobre el nazismo, favorecido por la inexistencia, hasta el momento, de una prueba documental que demuestre que Hitler aprobó los campos de exterminio, ha girado en torno a si el Führer tomaba siempre la última decisión sobre las medidas de cierta relevancia adoptadas en el Reich (tesis defendida por los intencionalistas), o si ciertas medidas habían sido fruto de las luchas internas de poder que mantenían sus súbditos y que, en un engranaje fatal de inercias y burocracia, había llevado a
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Alemania al extremo de la solución final (tesis de los estructuralistas). En definitiva, lo que está en juego en este debate es el grado de maldad de Hitler: si su antisemitismo llegaba realmente al punto de planificar fríamente la construcción de los campos de exterminio que iban a terminar con millones de judíos, o si esta medida había sido la desafortunada consecuencia de la misma estructura administrativa y de poder del Tercer Reich que él había edificado. Un pasaje de Mein Kampf (escrito en 192.4) suele considerarse el primer texto en el que Hitler juega con la posibilidad del exterminio judío. En él afirma que la Primera Guerra Mundial habría podido tener otro resultado de haberse gaseado a tiempo a algunas decenas de millares de judíos. No obstante, hasta ahora se ha pasado por alto un documento anterior y aún más explícito: la entrevista realizada a Hitler por el periodista catalán Eugeni Xammar y publicada un año antes (24-11-1923) en La Veu de Catalunya, en un momento en que el futuro dictador no era más que un personaje extravagante a punto de fracasar en su grotesco intento de golpe de Estado en Múnich. En esta entrevista, a la observación de Hitler de que «si queremos que Alemania viva, debemos eliminar a los judíos», Xammar inquiere: «¿A garrotazos?». «Ojalá — responde Hitler—, si no fuera porque hay demasiados. El pogromo es una gran cosa, pero hoy por hoy ha perdido buena parte de su eficacia medieval […]. Pero ahora las cosas han cambiado. ¿Qué sacaríamos de liquidar a la población judía de Múnich si en el resto de Alemania los judíos siguen siendo, como ahora, los amos del dinero y de la política? En toda Alemania hay más de un millón de judíos. ¿Qué quiere hacer? ¿Los quiere matar a todos en una noche? Sería la gran solución, evidentemente, y si eso pudiera suceder, la salvación de Alemania estaría asegurada. Pero no es posible. El mundo se nos lanzaría encima en vez de darnos las gracias». Es bien sabido que la «gran solución» terminaría por encontrarse: las cámaras de gas, eficaz versión fría y tecnificada del asesinato en masa, acabaría sustituyendo los salvajes pogromos medievales. Y se sabe también que esta solución se aplicó muy discretamente, ocultando la mayor parte de las pruebas, a fin de evitar en lo posible la vaticinada conmoción del mundo. De la sincera autenticidad del antisemitismo de Hitler da prueba su testamento, escrito pocas horas antes de darse muerte de un disparo. En él Hitler deja el antisemitismo genocida como principal legado ideológico a su nación al pedirle al derrotado pueblo alemán que, por encima de todo, no desista nunca de la
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«lucha contra los judíos, los eternos envenenadores del mundo». Ninguno de los argumentos aportados hasta ahora por historiadores y analistas, algunos considerablemente extravagantes, han permitido explicar de forma plausible la raíz psicológica del odio radical de Hitler por los judíos. En este sentido, tal vez el más certero haya sido Albert Speer cuando, en sus Diarios de Spandau, apunta que Hitler «sólo odiaba lo que admiraba».
[Bédarida (Rosenberg, 164); Courtade/Cadars, 193, 195 (Harlan, 187); Gasman, 165; Gombrich, 167; Hamann, 113, 415-416, 471 (List, 297; Lueger, 413; Stein, 371; Weininger, 325, 326); Herzog; Hitler (1953), 77, ii8, 332, 474; Kater, 252; Klemperer (1995), vol. IV: 184; vol. VII: 34, (Goebbels, 57); Lacoue-Labarthe/Nancy, 58; Ley, 14-16 (Goebbels, 26; Marx, 22); Mein Kampf, 59, 357; Molau 56, 66, 82 (Duhring, 51; Sombart, 52); Mosse (Buch, 350; Gunther, 92; Rosenberg, 106); Platner 247, (Lutero, 24); Pois, 123 (Himmler, 131); Poliakov, 29, 255, 256, 264 (Borne, 282, Treitschke, 308, Boudin, 315, Leroy-Beaulieu, 318; Charcot, 320; Lagarde, 346); Riedel (Arendt, 61); Rosenbaum 261 (Steiner, 352; Zuroff, 25); Rosenberg, 127; Shirer (1947), 317; Speer (1976), 42; Strohm (Weininger, 53); Von See, 14; V. V.A. A. (Streicher, 182); Wade; Xammar 199, (Pla, 203)].
LINZ.
En abril de 1945, cuando el Ejército Rojo avanzaba irrefrenablemente hacia Berlín y la derrota alemana era ya un hecho incuestionable, Hitler, encerrado en el búnker de su Cancillería del Reich, cuyas paredes vibraban de continuo por efecto de las bombas, pasaba horas enteras contemplando la enorme maqueta que exhibía las radicales reformas que tenía previsto hacer algún día en la ciudad de Linz. Según el arquitecto Hermann Giesler, Hitler miraba aquella construcción ficticia, hábilmente iluminada por focos capaces de simular las distintas horas del día, «como si se tratara de una tierra prometida a la que íbamos a tener acceso». Significativamente, la pequeña ciudad austríaca de Linz, a orillas del Danubio, no sólo había sido el escenario de la juventud de Hitler, sino que era también el lugar escogido por él para pasar sus ansiados años de retiro y que también debía acoger algún día sus restos mortales. En este sentido constituía, en cierto modo, tanto un anhelado paraíso como la ciudad del fin. «Kaltenbrunner —dijo Hitler a mediados de abril frente a la maqueta—, si no supiera que yo, con su ayuda, voy a transformar y reconstruir esta ciudad de Linz, nuestra Linz, en una de las metrópolis más bellas y poderosas de Europa, hoy mismo me pegaría un tiro en la sien».
También los padres de Hitler debían disponer en Linz de una tumba que habría de estar dotada de una torre cuyas campanas tocarían un motivo de la Sinfonía romántica de Bruckner y que, con sus ciento sesenta metros,
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tenía que superar en altura la torre de la catedral de Viena (detalle con el que Hitler trataba de compensar la vieja injusticia histórica por la que Viena habría obligado a Linz a reducir la altura de la torre de su catedral neogótica a fin de que el templo catedralicio de la capital siguiera siendo el edificio más alto del país). Y es que el dualismo radical característico de la cosmovisión nazi se manifiesta también en su concepción de las ciudades: la pequeña, burguesa, provinciana y ordenada ciudad de Linz, escenario de la feliz juventud de Hitler, debía llegar a superar algún día con creces la aristocrática y caótica metrópoli de Viena, odiado hervidero cosmopolita de pueblos, lenguas y culturas, así como el lugar que había abocado a Hitler a una vida de pobreza y desamparo, en una actitud que Albert Speer no vacila en calificar de vengativa. De ahí también que la gran avenida de la ciudad vieja de Linz tuviera que superar en anchura a la célebre Ringstrasse de Viena. Las grandes inversiones previstas para Linz, que debía convertirse en la personificación del Reich y que en cada una de sus construcciones debía llevar inscrita la leyenda «regalo del Reich alemán», contrastaban con los llamativos recortes presupuestarios impuestos a la antigua capital del imperio austro-húngaro. Speer arguye que Hitler, en el fondo, fue siempre un provinciano, aunque pensara y proyectara a escala gigantesca. De ahí que, según él, se sintiera siempre más cómodo en ciudades pequeñas como Linz, que representaban su ambiente social, que en las grandes metrópolis.
Sin embargo, al valor simbólico atribuido a Linz no le faltaban aspectos de índole racial. Así, según dijo Hitler a Speer, la húngara Budapest, por el momento «la más bella ciudad del Danubio», debía ser superada por la ciudad «alemana» de Linz «a fin de demostrar que el sentido artístico de los alemanes es superior al de los magiares». «Diez años después de la guerra, Linz tendrá que haberse convertido en la nueva metrópoli del Danubio». Para ello iban a construirse enormes edificios oficiales a ambas orillas del río, que quedarían unidas entre sí por un puente colgante cuya función también sería la de marcar la diferencia con Budapest, que sólo disponía de puentes tradicionales. Entre los nuevos edificios destacaría un centro del Partido y de administración, con una plaza militar con capacidad para cien mil personas, aunque también se iban a construir un estadio, un museo militar, modernos hospitales, un hotel con capacidad para dos mil huéspedes, un conservatorio de música, un monumento a Bismarck, hogares para los inválidos de las SS y las SA
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y, sobre todo, una enorme pinacoteca a la que hacía tiempo que Hitler destinaba los mejores frutos de sus actividades de expolio artístico y a la que legó todos sus cuadros personales en el testamento que escribió horas antes de su suicidio. La construcción de la pinacoteca y del estadio le había sido encomendada a Albert Speer. Las piedras necesarias iban a proporcionarlas los trabajadores forzados del campo de concentración de Mauthausen, próximo a Linz.
Además de sus cualidades de provincianismo, orden y homogeneidad racial tan caras a Hitler, Linz contaba con otra gran virtud que era, a sus ojos, superior a cualquier arquitectura, por magnificente que ésta fuera: su extraordinaria ubicación natural, que Hitler consideraba verdaderamente única. Como en el caso de las —autopistas, esta valoración del entorno natural es una nueva muestra del irrealizable empeño nazi de conciliar proyectos arquitectónicos generalmente gigantescos con una naturaleza de paisajes imponentes. Es en uno de estos escenarios de las afueras de Linz, en el Pöstlingberg, con su espléndida vista de toda la ciudad y de los Alpes, donde Hitler tenía pensado construir uno de los monumentos más característicos y definitorios de la cosmovisión nazi: un gran observatorio astronómico coronado por una cúpula con un planetario cuyo piso inferior mostraría la concepción cosmológica ptolomeica, el intermedio, la de Copérnico, y el superior, la cosmogonía glacial de Hörbiger, aceptada como válida por el nazismo [hielo]. Significativamente, este observatorio, construido en estilo neoclásico y concebido como un «opuesto a la pseudociencia de la Iglesia Católica» (Hitler, 28-4-1942), iba a sustituir el santuario barroco dedicado a la Virgen María que aún se encuentra en el Pöstlingberg. Cada domingo, «miles de excursionistas» debían llegar «en peregrinación» a este lugar, que llevaría en su frontón la leyenda «Los cielos proclaman la gloria de lo eterno» (Hitler, 20-2-1942). El proyecto de este observatorio es muy revelador, pues no sólo pone simbólicamente de manifiesto el afán de la cosmovisión nazi por sustituir a la religión cristiana, concebida como su principal enemigo ideológico, sino también la autoridad que el nazismo concedía a la ciencia como vehículo de conocimiento, aunque muchas veces fuera a costa de pervertir su metodología y sus principios. Al mismo tiempo, la concepción del observatorio refleja óptimamente la religión de la naturaleza característica del nazismo, en la que el ser humano se diluye en una cadena sin fin de
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leyes naturales totalmente ajenas a su control que ocupan el espacio de trascendencia comúnmente reservado a Dios.
Hitler no escatimó medios para llevar a cabo la titánica empresa de embellecimiento de Linz, que siguió contando con destacados recursos económicos incluso durante la guerra. Aprovechando la circunstancia de que, según la leyenda, Crimilda y sus hermanos pasaron por Linz cuando iban al encuentro de Atila, Hitler hizo construir sobre el Danubio el Puente de los Nibelungos, que iba a ser decorado con figuras sobredimensionadas de estos personajes míticos. Este puente fue uno de los pocos elementos arquitectónicos de la gran empresa nazi de remodelación de Linz que llegó a superar la fase de proyecto. Desafortunadamente, también lo fueron los diez kilómetros cuadrados de las Industrias Hermann Göring (actualmente la fábrica de acero Voest), herederas del ambicioso plan de procurar riqueza a la ciudad agrícola de Linz por medio de la industrialización y con cuyas aportaciones tributarias Hitler pretendía financiar el mantenimiento de las nuevas edificaciones. Ello obraba en contra de los numerosos reparos que se le hicieron en el sentido de que, construyendo esta fábrica tan cerca de la ciudad, iba a convertir su hermosa Linz en una sórdida ciudad industrial y bloquearía asimismo el ensanchamiento de la ciudad hacia el Danubio.
[Hamann, 11-15 (Giesler en 11); Hitler (1953), 322, 445-446, 711; Speer (1976), 114,118, 203, 204, 207; (2001), 182-184].
LOBO [al.: Wolf].
La apelación al lobo para denominar a Hitler y a muchas de sus residencias ha sido demasiado frecuente como para considerarla casual o caprichosa. Wolf fue el pseudónimo de Hitler durante los años de lucha en Múnich, y fue con este nombre como se presentó a Eva Braun en 1929; tío Wolf lo llamaban también Winifred Wagner y sus hijos. Todavía en 1939, Hitler concedió a su ferviente admiradora inglesa Unity Mitford el gran privilegio de poder llamarlo Wolf, reservado en exclusiva a unas pocas acolitas. Durante la guerra, los nombres de sus distintos refugios estaban casi indefectiblemente vinculados a este epíteto: Wolfschlucht («garganta del lobo») era el nombre de su acuartelamiento en Brúly-de-Pesche, en la frontera franco-belga. Su cuartel en Rastenburg, en la Prusia Oriental, se llamaba Wolfschanze («el fuerte del lobo»), y su refugio temporal en Rusia
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recibió el mismo nombre que más adelante tomaría el principal grupo terrorista de resistencia nazi: Werwolf o «hombre lobo». Ya durante la República de Weimar había adoptado este nombre el ala de extrema derecha de las organizaciones paramilitares que proliferaron en la Alemania de entreguerras. La fuente de inspiración fue sin duda la exitosa novela Der Wehrwolf (1910) de Hermann Lóns, que cuenta la historia de una comunidad de campesinos de la Baja 8ajenia que se une para defenderse de los soldados protestantes y papistas después de la Guerra de los Treinta Años y acaba dedicándose a una violencia preventiva. Aunque el título de la novela procede de Wehr («defensa») y Wolf («lobo»), hace una alusión evidente al Werwolf o «licántropo», refiriéndose al doble carácter de los campesinos, por una parte constructores de una comunidad agraria ideal y por otra fieros defensores de sus bienes y tierras, que constituyen así una temprana encarnación del ideal nazi de sangre y tierra.
Aunque sobre el trasfondo de esta notoria predilección por el lobo no cabe sino especular, es muy probable que tenga que ver con el dios Wotan, padre del Siegmund de Wagner, al que el compositor denomina Lobo (Wolf) en La Valquiria, detalle que a Hitler, ferviente wagneriano, no debió de pasarle por alto. Después de todo, Wotan, también llamado Wälse, es el patriarca divino de la estirpe heroica que daría nacimiento a Sigfrido, y Siegmund justifica ante Sieglinde el apodo de Lobo de su padre porque «un lobo era él para los cobardes zorros». Nido del Lobo (Wolfsnest) es el nombre que asigna Siegmund a su casa, mientras él mismo se autodenomina Lobato (Wolfling). Además, según Fricka, el lujurioso Wotan se habría aproximado «lobunamente» (wolfisch) a una mortal. Aunque el lobo encaja con la importancia simbólica atribuida en la cosmovisión nazi a otros animales depredadores, como el águila, no deja de sorprender que Hitler, notorio y ferviente vegetariano, favoreciera una identificación personal con el lobo que fácilmente podía convertirse en motivo de burla clandestina.
La insistencia con que Hitler solía emplear este apodo entre las mujeres podría delatar cierta coquetería no sólo relacionadle con los escarceos adúlteros de Wotan, sino también con el cuento de Caperucita Roja, muy popular en Alemania, y, por tanto, también con el misticismo del bosque. En Mein Kampf, Hitler identifica en varias ocasiones a sus seguidores con lobos. Durante un ataque compara a las tropas de las SA con «lobos que, en manadas de ocho o diez, se abalanzaban una y otra vez
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sobre sus enemigos». En la fase temprana del nazismo, la visión mitológica del lobo como elemento destructor del orden cósmico podría conciliarse con la retórica revolucionaria nazi, que en sus orígenes apelaba a la destrucción del sistema de la República de Weimar [revolución].
También resulta reveladora la apreciación que realizó Sidney S. Aiderman, fiscal de EEUU durante el proceso de Nuremberg, al mostrarle al tribunal un mapa de Europa en el que se había resaltado el territorio de la Alemania nazi anterior a la anexión de Austria. Según Aiderman, tanto en el momento en que se desencadenaron los acontecimientos históricos, como posteriormente, resultaba inevitable ver en la figura que el Tercer Reich dibujaba sobre el mapa la silueta incompleta de una cabeza de lobo. El territorio austríaco, una vez anexionado, constituiría la mandíbula inferior de la bestia, en cuyo interior, presta a ser devorada, se extendería Checoslovaquia. No sería de extrañar que esta analogía gráfica fuera igualmente percibida por los dirigentes nazis.
Dada la manifiesta identificación de Hitler con el lobo, gana peso la tesis de R. von Dassanowsky y Sanders-Brahm según la cual la última película de Leni Riefenstahl, Tierra baja (Tiefland, rodada en 1944 y estrenada en 1954), sería en realidad una declaración cinematográfica de su tardío rechazo a Hitler. Excelente conocedora del mundo simbólico nazi, Riefenstahl inicia la película con una escena en la que el héroe protagonista, Pedro (Manelich en la versión original de Guimerà) da muerte con sus propias manos al lobo que amenaza su rebaño. Hacia el final del film, Pedro reconoce al verdadero enemigo en la figura del cacique Don Sebastián, al que estrangula con las palabras: «¡Tú, tú eres el lobo!». Un caso paralelo podría haber sido el de Siegfried Wagner, quien, preocupado por la entrega desmedida de su esposa Winifred a Hitler, desarrolla en su ópera Walamund el episodio de un lobo aparentemente dócil, pero que un día muestra su verdadera naturaleza al devorar a un corderito.
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Mapa de Europa con la cabeza de lobo del Tercer Reich.
[Dassanowsky; Nürnberger Prozess, 1798; Sigmund (2000), 164, 246; Trevor-Roper (1953), xv-xvi; von See, 13; Wagner, 23-24, 46, 60].
MEGALITOS [al.: Megalithe].
Los dólmenes y las construcciones megalíticas dispersas por todo el continente europeo pronto despertaron la fascinación de los grupos
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nacionalistas interesados en revalorizar el pasado germánico de Alemania. Aunque resulta más que cuestionable que estos vestigios prehistóricos pudieran ser considerados sin más un bien cultural germánico, dado lo poco que se conoce de sus constructores y lo extendida que está su presencia, la imperturbabilidad con la que estas rocas gigantescas han logrado sobrevivir varios milenios constituía un símbolo del ideal de la inmortalidad de la obra humana y encontraba un fácil acomodo en una cosmovisión de corte milenarista y con aspiraciones de eternidad como la del nazismo. Especialmente Himmler y sus SS, con su obsesiva pasión por el pasado germánico, insistieron en destacar el carácter sagrado de estas construcciones, así como el esfuerzo casi sobrehumano que exigía desplazar los bloques de varias toneladas de peso que las conformaban. Su perfecta integración en el paisaje y el hecho de que estuvieran constituidas por unas rocas que la naturaleza ofrecía en estado puro, sin que apenas fueran sometidas a tratamientos ulteriores, se adaptaba perfectamente al ideal de respeto del entorno natural que los nazis aplicaron incluso a la construcción de sus autopistas. A las Juventudes Hitlerianas se les pedía que guardaran el debido respeto en las proximidades de estos santuarios, que en el neopaganismo germánico impulsado por los nazis estaban llamados a sustituir paulatinamente a las iglesias cristianas como lugar de culto. Paradójicamente, el propio Hitler, que no compartía la fascinación himmleriana por el pasado germánico, desmitificaba en privado los monumentos megalíticos al considerarlos «no un lugar de culto, sino más bien lugares de refugio para gente que huía del avance del lodo», en referencia a las inclemencias del tiempo alemán.
Ya en 1919, el prehistoriador Karl Schuchhardt había defendido la presencia de influencias de las pinturas rupestres de Altamira y de los relieves de Laussel en las civilizaciones egipcia y babilónica, estableciendo así el supuesto origen que estas culturas habrían tenido en la Europa megalítica occidental. Según Schuchhardt, las mastabas egipcias serían una recreación de los dólmenes de la Europa septentrional, mientras que la avenida de las esfinges de Karnak habría estado inspirada por las grandes alineaciones de menhires. En esta tesis supuestamente autorizada se basaría la interpretación nazi del conjunto megalítico de Stonehenge. También Rosenberg se afiliaría a estas ideas, en la medida en que consideraba que las construcciones de planta cuadrangular, típicamente nórdicas, tendrían su origen en las construcciones megalíticas y habrían
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sido posteriormente llevadas al sur de Europa, donde habrían constituido la base de la casa ática y del templo griego [Grecia]. Herman Wirth, cofundador del departamento Herencia Ancestral (Ahnenerbe) de las SS, postulaba la existencia de una antigua religión vinculada a las tumbas megalíticas y que se habría desarrollado en las Edades de Piedra y de Bronce; sus figuras religiosas centrales habrían sido la madre tierra y un mesías redentor, hijo del cielo. El investigador Richard Anders centró su atención en la llamada Piedra del Diablo (Teufelsstein) de Bad Dürckheim, en la que interpretó una oquedad que había en su extremo como la pila bautismal de un antiguo culto pagano al sol. Dada la escasez de datos arqueológicos concretos sóbrelas construcciones megalíticas, los estudiosos del departamento Herencia Ancestral se veían obligados a recurrir a las divagaciones etimológicas con los nombres de las rocas, así como a la sobreinterpretación de cualquier grieta o marca que éstas pudieran ofrecer. Esta misma falta de datos también permitía situar la fecha de erección de las construcciones megalíticas tan atrás como resultara conveniente a fin de adaptarla a la idea de una civilización nórdica primigenia que habría sido anterior, incluso, a la construcción de las pirámides.
No obstante, la manipulación ideológica de los megalitos no se limitaba a la tergiversación de los datos: Himmler, con el beneplácito y el apoyo de Rosenberg, llegó al extremo de hacer construir junto a Verden an der Aller un lugar de culto megalítico completamente nuevo con 4500 rocas sagradas verticales recogidas por toda la Baja Sajorna. La construcción se situó justo en el mismo lugar en que, antes de ser destruido por Carlomagno, se habría erigido el templo pagano al gran fresno cósmico Irminsul o Yggdrasil. Aunque el número exacto sea incierto en términos históricos, con cada una de estas 4500 piedras se pretendía recordar a uno de los miles de rehenes sajones que Carlomagno había hecho ejecutar aquí en el año 782, según los ideólogos nazis no por motivos políticos, sino únicamente para imponer por la fuerza la evangelización cristiana y reprimir así la fe germánica primigenia. Bautizada como Arboleda de los Sajones (Sachsenhain), el lugar se inauguró con gran ceremonial durante la celebración del solsticio de verano de 1935 y fue declarado lugar de culto de la memoria nacional. [Externsteine].
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La Arboleda de los Sajones (Sachsenkain) en Verden an der Aller, un simulacro de construcción megalítica inaugurado en 1935. Actualmente pertenece a una comunidad evangélica.
La pasión nazi por los megalitos ha contribuido a convertirlos en tabú para la opinión pública actual y a limitar el interés por ellos a los círculos arqueológicos especializados o a los grupos sectarios. Así, se da el caso de que algunos imponentes grupos megalíticos alemanes no figuran en las guías turísticas y actualmente son de difícil localización.
[Hitler (1953), 289; Kater, 14; Rosenberg, 382-383; Sünner, 67-75].
«MEIN KAMPF».
Durante los trece meses que pasó encarcelado en la fortaleza de Landsberg como consecuencia de su fallido intento de golpe de Estado en Múnich, Hitler dictó la mayor parte del texto de Mein Kampf a. su chófer Emil Maurice y a Rudolf Hess. La mismísima Winifred Wagner, nuera del gran compositor, fue quien le proveyó del papel necesario. El primer
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volumen, supuestamente autobiográfico, apareció en 1925 con el elocuente subtítulo Una rendición de cuentas (Eine Abrechnung}. El segundo, subtitulado El movimiento nacionalsocialista, pretendía esbozar una historia del Partido nazi. (Hitler aún escribiría otro volumen más, conocido como El segundo libro, que no se publicó hasta 1961). Los documentos sobre la infancia y la juventud de Hitler son escasos o han sido destruidos, por lo que muchas veces sus biógrafos han contado con los escasos datos autobiográficos de Mein Kampf como única referencia. Con todo, es bien sabido que muchos de estos datos han sido tergiversados o son claramente erróneos. En realidad, lo que se pretende en Mein Kampf es presentar una evolución coherente e intachable de la vida de su autor, no sin cierta dosis de dramatismo efectista, así como la exposición de su programa político. En este sentido, y a pesar de su supuesta pretensión autobiográfica e histórica, el género literario en el que mejor cabe encasillar Mein Kampf es sin lugar a dudas el de la propaganda política.
Aunque originariamente su título iba a ser otro (Cuatro años y medio contra la mentira, la necedad y la cobardía}, no cabe duda de que la brevedad y contundencia sonora de Mein Kampf, opción finalmente adoptada, contribuyó en gran medida a su popularización y a la configuración de su dimensión mítica, hasta el punto de que se trata de una obra que, fuera de Alemania, se suele conocer mucho mejor por su título original alemán que por sus respectivas traducciones (Mi lucha en nuestro caso). Por otra parte, parece ser que la celebridad del título logró filtrarse incluso en la lengua del Tercer Reich, en la medida en que contribuyó a popularizar el uso de la palabra Kampfen numerosos registros lingüísticos de índole diversa y no necesariamente agresiva. También dio lugar a juegos de palabras, como el que recuerda el agregado de prensa español Ramón Garriga, según el cual el oportunismo militar de Mussolini respecto a los planes bélicos de Hitler habría hecho correr la broma entre los alemanes de que el líder italiano pretendía escribir un libro titulado Dein Kampf mein Sieg («Tu lucha, mi victoria»).
Mein Kampf no sólo fue uno de los libros más vendidos de la Alemania nazi (un millón y medio de ejemplares en 1933), sino, desafortunada y paradójicamente, también uno de los menos leídos. Frecuentemente considerado ilegible por partidarios y detractores debido a su estilo farragoso y repetitivo, su desconocimiento contribuyó en gran medida a la subestimación política del nazismo y de su Führer. El hecho
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de que, desde 1930, el propio Hitler quitara importancia a su obra programática y, en presencia de periodistas extranjeros, negara seguir todavía las líneas expuestas en él, permitió que se pasara por alto el hecho incuestionable de que en Mein Kampf, con su manifiesta exposición de la cosmovisión hitleriana, se expresen de forma inequívoca y con asombrosa consecuencia tanto sus propósitos de expansión imperialista hacia el este como su convicción de que había que deshacerse de los judíos en un combate que, según sus propias palabras, «es y va a ser siempre sangriento». Consciente del efecto admonitorio que su libro podría tener en el extranjero, Hitler evitó la publicación de una traducción fiel al inglés o al francés, hasta el punto de sacar de circulación la versión francesa no expurgada del libro y sustituirla por una versión muy dulcificada titulada Ma doctrine. Con todo, una y otra vez se ha formulado la pregunta de cómo es posible que un libro como Mein Kampf pudiera distribuirse sin impedir para siempre la subida al poder de Hitler. No en vano las citas extraídas de Mein Kampf se emplearon de forma recurrente como prueba acusatoria durante el proceso de Nuremberg, a pesar de que un gran número de los procesados aseguró no conocer el texto o haberlo leído sólo por encima.
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Ejemplar de lujo de Mein Kampf, encuadernado en piel de cerdo.
La circunstancia de ser un libro mucho más comprado que leído es una característica que Mein Kampf tiene en común con la Biblia, pero no la única: por encima de todo comparte con ella el papel de libro de culto. Oficialmente considerado el libro sagrado del nacionalsocialismo, Mein Kampf no sólo fue incorporado a las ceremonias estrictamente nazis — siendo solemnemente enterrado, por ejemplo, bajo la primera piedra de la gran sala de congresos de Nuremberg, junto con el Mito del siglo XX de Rosenberg—, sino también al culto religioso cristiano, en el que llegó a desempeñar un papel claramente sustitutivo de las Sagradas Escrituras. En sus memorias de juventud, el cineasta Ingmar Bergman recuerda que en su visita a un pueblo próximo a Weimar, durante la misa dominical, el pastor protestante «no hablaba basándose en los Evangelios, sino en el Mein Kampf». Del mismo modo, también se entregaba un ejemplar del libro a todas las parejas de recién casados después de la ceremonia.
Esta identificación con la Biblia no obedece a un proceso arbitrario. Ya en 1930 el color oscuro de las cubiertas de la primera edición en un solo volumen hizo sospechar que se estaba buscando premeditadamente una analogía con el principal libro religioso de Occidente. Más explícitamente, el sinónimo característico durante el Tercer Reich para referirse a la obra de Hitler era «la biblia del nacionalsocialismo» o, incluso, «la biblia del pueblo alemán». Con todo, dicha analogía no se limita a cuestiones meramente formales, sino que también se halla presente en el propio contenido de Mein Kampf. Como observa Karin Wilhelm, la propia estructura del libro parece emular la división en Antiguo y Nuevo Testamento: los subtítulos de los dos volúmenes {Una rendición de cuentas y El movimiento nacionalsocialista) hacen pensar en la Vieja y la Nueva Alianza, en el libro sagrado de los judíos y en el de los cristianos. El propio Hitler señala en su libro la importancia de mantener inalterables las directrices programáticas de un partido, puesto que sólo el atenerse rígidamente a los dogmas «le procura al conjunto el carácter de la fe». En consonancia con ello, su tono es con frecuencia el de un visionario convencido de haber sido el elegido de la Providencia [Dios], Tampoco faltan las visiones apocalípticas: «Si venciera el judío con ayuda de su confesión marxista sobre los pueblos de esta Tierra, su corona será la danza de la muerte de la humanidad, y este planeta, como antaño, hace
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millones de años, volverá a orbitar por el éter despojado de todo ser humano». Al igual que san Juan, también Hitler empieza, en Una rendición de cuentas, por hacer una exposición detallada de las catástrofes para después, en El movimiento nacionalsocialista, ofrecer la visión redentora, poniendo de manifiesto una vez más la marcada estructura dualista de la cosmovisión nazi. Como en el Apocalipsis, también las observaciones de visionario de Hitler se dirigen únicamente a sus propios seguidores: «Con esta obra no me dirijo a los extraños, sino a aquellos seguidores del movimiento que pertenecen a él de corazón y cuya razón aspira a una ilustración más íntima».
El hecho de que este libro únicamente tuviera interés para los ya adeptos debió de contribuir al extendido desconocimiento de su contenido. Probablemente su manifiesto carácter programático repugnara de entrada a sus adversarios políticos, mientras que sus seguidores se mostrarían poco propensos a leer las casi ochocientas páginas de su poco atractiva prosa. En una circular de 1941 se trató de mejorar el conocimiento del libro obligando a todos los profesores y maestros a leerlo en un plazo de tres meses, que debía ir seguido de la entrega de una declaración jurada por escrito conforme habían efectuado la lectura. Tal como observa Eberhard Jäckel, incluso entre los actuales círculos académicos especializados en nazismo se aprecia con frecuencia un notorio desconocimiento de lo que debería constituir una de las fuentes principales de investigación. Después de todo, contrariamente a la imagen común de Hitler como nihilista y oportunista que se impuso inmediatamente después de 1945, la lectura atenta de Mein Kampf demuestra que Hitler tuvo desde el principio una visión muy clara, perfectamente delimitada y estremecedoramente coherente de lo que constituía su objetivo, desde sus planes bélicos hasta su proyecto de eliminar a los judíos. Aunque la metodología que se emplearía para llevar a cabo dicha eliminación no se expresara de forma explícita en Mein Kampf, sí se dice aquí claramente que únicamente «por la espada» es posible librarse del «puño» del judaísmo internacional. Otras alusiones adquieren un significado inquietante a la luz de los acontecimientos posteriores: «Si al inicio y durante la guerra se hubiera expuesto alguna vez a gas venenoso a doce mil o quince mil de estos destruye pueblos hebreos de igual modo que tuvieron que soportarlo en campaña cientos de miles de nuestros mejores trabajadores alemanes de
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todos los estratos y oficios, el sacrificio de millones de hombres en el frente no habría sido inútil».
En Alemania está prohibida la reedición y la difusión de Mein Kampf por decisión del gobierno de Baviera, quien obra en posesión de los derechos, con la argumentación de que eso podría perjudicar a la imagen de Alemania en el extranjero. Esta medida resulta polémica en la medida en que dificulta el acceso a una fuente histórica e incluso puede calificarse de censura estatal. El hecho de que otros importantes documentos de la cosmovisión nazi, como los Diarios de Goebbels o los Monólogos de sobremesa de Hitler, hayan sido editados en Alemania y puedan adquirirse sin traba alguna demuestra hasta qué punto pesa todavía en la actualidad la dimensión simbólica de Mein Kampf como libro de culto del nazismo.
[Bergmann, 132; Garriga (1983), 12; Jackel, 13, 25,129, 135, 172; Klemperer (1995), vol. II: 55; Mein Kampf (prefacio, s. p)., 70, 513, 738; 773; Molau, 10; Nürnberger Prozess, 4555, 6927; Rougemont, 43, 44; Shirer (1941), 85; Sigmund (2000), 242; Steinert, 176; Wilhelm, 231-232J.
«MI LUCHA». «MEIN KAMPF».
MONTSERRAT.
Dada la veneración nazi por las montañas, no sorprende que no les pasara desapercibida la notable formación geológica que constituye la montaña catalana de Montserrat, sacralizada por el culto a la célebre imagen de la Virgen negra que, según la leyenda, fue hallada en sus cimas. Así lo demuestra, entre otros, la visita que Heinrich Himmler dedicó a este lugar en octubre de 1940.
No obstante, la fascinación alemana por Montserrat data de más antiguo. Ya el célebre lingüista Wilhelm von Humboldt recorrió en 1800 la montaña, el santuario benedictino y las humildes cabañas de los ermitaños que residían en ella. La vivida y sensible descripción escrita de lo que vio causó una honda impresión en su amigo Goethe, quien pronto integraría Montserrat en su mitología personal, haciendo de ella un símbolo del retiro espiritual y de la paz interior. Gracias sobre todo a estos dos autores, Montserrat no sólo se convirtió en una auténtica moda literaria durante la primera mitad del siglo XIX, sino también en el codiciado destino de numerosos viajeros. Según parece, en un comentario a la obra de Goethe
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de 1847, el filólogo Karl Rosenkranz fue el primero en especular con la posibilidad de que la montaña en la que, según Wolfram von Eschenbach, se encuentra el castillo del Grial, Montsalvatge, situada en el Camino de Santiago, fuera en realidad la ya mítica Montserrat.
La fulgurante celebridad que las dos óperas wagnerianas vinculadas al Grial obtuvieron en toda Europa (y especialmente en Cataluña) a finales del siglo XIX contribuyó de forma decisiva a la vinculación mítica del Grial con Montserrat. Wagner aproxima fonéticamente las dos denominaciones al bautizar su montaña como Montsalvat, transformando así el Montsalvatge original, al tiempo que la ubica en España, para lo que parece seguir al poeta tardomedieval alemán Albrecht, quien en su Joven Titurel localiza el castillo del Grial en Salvatierra, en la vertiente sur de los Pirineos. Bastaron estas coincidencias para que el esoterismo wagneriano, azuzado por Joséphin Péladan y rápidamente enraizado en Francia y Cataluña, alimentara la posibilidad de que fuera en Montserrat donde se hallara el mítico castillo del Grial, que no en vano desaparece a los ojos de los no iniciados. Muestra de ello es la novela Montserrat, roman mystique et féerique, publicada en 1896 por el poeta felibrista Marius André, cargada de complejas reminiscencias ocultistas. Pero también algunos autores del entorno nacionalista catalán trataron de defender con argumentos vagamente filológicos la identificación de Montserrat con el lugar donde estaría oculto el Grial, recordando también que, según la tradición legendaria, este objeto sagrado se venera en una montaña santa custodiada por monjes caballeros: fue el caso de Manuel Muntadas Rovira, quien defendió el «probable origen catalán de las leyendas del Santo Grial» en una conferencia que, bajo este mismo título, dictó en 1910 en el Centro Excursionista de Cataluña.
Debieron de ser los ecos de toda esta tradición los que incitaron al propio Hitler a exclamar, en enero de 1942, mientras hojeaba un libro ilustrado sobre España: «¡Montserrat! La mera palabra hace que reviva la leyenda. Tiene su origen en el encuentro hostil entre los moros y los elementos romano-germánicos. Un país encantador. Uno bien se puede imaginar allí el castillo del santo Grial».
No obstante, no compartían la misma opinión los adeptos a la secta de los polares, un grupo ocultista francés anticristiano que propugnaba la superioridad cultural nórdica y creía en la cosmogonía glacial de Hörbiger [hielo], secta a la que pertenecía la condesa Miryanne de Pujol-Murat,
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protectora del medievalismo nazi Otto Rahn. La condesa, que se creía descendiente directa de la reina cátara Esclarmonde de Foix, negaba categóricamente que una montaña de tradición católica como Montserrat pudiera albergar un símbolo que ella consideraba plenamente catato como el Grial. En su opinión, la montaña que lo albergaba no podía ser otra que la pirenaica Montségur, en cuyo castillo fueron asediados y exterminados los últimos cataros. Según la condesa, secundada por su discípulo Rahn, habría sido la Iglesia la que, tras convertir interesadamente el Grial en un símbolo cristiano, concedió al convento benedictino de Montserrat el ser el templo del Grial. Sin ningún fundamento, Rahn llegó a la conclusión de que san Ignacio de Loyola, quien había guardado armas en 1522 en Montserrat frente a la imagen de la Virgen antes de hacerse caballero de Cristo y fundar la orden de los jesuitas, habría sido el artífice de esta sustitución de Montségur, supuestamente una acción más de la obcecada campaña clerical contra la corte catara de Lucifer que el santo habría presidido. Todas estas especulaciones llevaron a Rahn a exclamar, tras un viaje a Barcelona realizado en los años treinta: «El Grial nunca fue guardado en Montserrat. ¡Jamás!».
Pero Montserrat no sólo había alimentado, aunque de modo distinto, la imaginación de Hitler y de Otto Rahn, sino también la de Heinrich Himmler, protector también de este último. El 23 de octubre de 1940, al parecer por motivos meramente turísticos, Himmler visitó, acompañado de su escolta y de otros miembros destacados de las SS, la ciudad de Barcelona y el monasterio de Montserrat. Que Himmler llevó a cabo su visita bajo la influencia de las tesis de Rahn lo demuestra el hecho de que le preguntara al padre Andreu Ripol, designado para recibirlo, por los documentos que la rica biblioteca montserratina pudiera disponer en torno al Parsifal de Wolfram von Eschenbach, según Rahn un documento cifrado de la herejía cátara o albigense. En cambio, sorprende que, según los periodistas Juan Sariol y Jaime Arias, quienes recogieron el testimonio del padre Ripol, Himmler hiciera la siguiente observación, carente de todo fundamento y al parecer sin obtener respuesta de su interlocutor: «Precisamente en Montserrat se propugnó la herejía albigense, con la que nosotros tantos puntos de contacto tenemos». Es más probable que Himmler, en la línea de Rahn, aludiera a Montserrat como un bastión anticátaro y que su observación fuera mal comprendida por los presentes, especialmente teniendo en cuenta la crítica que pronunció acto seguido:
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«Montserrat, que pretende ser centro de la cultura catalana y es fortaleza insigne de la naturaleza, no reza, por otra parte, con la humildad y espíritu caritativo del cristianismo».
Dejando a un lado el complejo entramado simbólico que Montserrat y el Grial tuvieron para los nazis, lo que queda fuera de toda duda es la relevancia que, de manera acorde con la cosmovisión del nazismo, le fue concedida a esta notable formación geológica en cuanto «fortaleza insigne de la naturaleza»: según Sariol y Arias, cuando el padre Ripol quiso acompañar a Himmler a ver la basílica, el general Wolf lo apartó de un empujón y replicó: «Perdone. Pero a su excelencia no le interesa el monasterio, sino la naturaleza». Una pequeña muestra más del ostensible anticristianismo nazi que aún iba a generar más de una incomodidad diplomática con el régimen católico del franquismo. Y, efectivamente, Himmler tendría ocasión de admirar el bello paisaje desde el funicular aéreo que lo llevó al pico montserratino de San Jerónimo.
[Farinelli; Gugenberger, 114; Hitler (1953), 164; Rahn, 36, 66, 72; Sariol/Arias, 74-79].
NIBELUNGOS [al.: Nibelungen].
Después de haber sido descubierta en 1755 y publicada íntegramente en 1782 por Christoph Myller, la epopeya anónima del siglo XIII el Cantar de los nibelungos fue objeto de una interpretación manifiestamente nacionalista durante el romanticismo alemán. Anteriormente considerada la litada germánica, su interés aumentó cuando, al abrigo de la idealización romántica de la Edad Media, fue vista como manifestación de la unidad política y del esplendor del Sacro Imperio, recientemente perdidos por culpa de la incursión triunfal de Napoleón. Friedrich Schlegel esperaba de esta «piedra angular de la poesía alemana» que, en su opinión, constituía el Cantar, que contribuyera a favorecer la renovación de dicha poesía. Se pensó que los nibelungos representaban un catálogo de las virtudes alemanas que ya Tácito había descrito elogiosamente. Durante las guerras de liberación de 1813-1815, el Cantar fue ensalzado como epopeya nacional y se convirtió en un libro de culto que los soldados llevaban consigo al frente. El tesoro oculto en el Rin se vio como un símbolo de la ansiada unificación alemana, que permanecía bajo las aguas en espera de un Sigfrido capaz de aniquilar al dragón que lo protegía. Con todo, la interpretación nacionalista del Cantar pocas veces hacía justicia a
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su enorme complejidad: en ella, los horrores de la guerra, que en el texto medieval aparecían descritos en toda su crudeza, eran apologéticamente glorificados. Por otra parte, en el Cantar, la tan celebrada lealtad nibelunga (Nibelungentreue) —especialmente puesta de manifiesto en la negativa de los reyes burgundies a entregar a su vasallo Elagen a los hunos
— es continuamente matizada por la traición y perfidia de la que los mismos personajes hacen gala en otros momentos.
Los elementos cristianizantes que el escritor romántico Friedrich Hebbel añadió a la saga en su trilogía dramática Los nibelungos (1862) habían sido ya repudiados por Wagner, quien, en su célebre tetralogía operística El anillo del nibelungo (estrenada en 1876), no se basó tanto en el Cantar como en otras fuentes de la leyenda, entre ellas las Edda y la Saga de los Volsungos, lo que le permitió destacar ciertos aspectos de la historia, como el tesoro nibelungo, el encuentro amoroso entre Brunilda y Sigfrido y la lucha de éste contra el dragón Fafner.
En términos generales, las bases ideológicas de la recepción de la leyenda de los nibelungos no cambiaron sustancialmente hasta la instauración del Tercer Reich. Se siguió insistiendo en la lealtad nibelunga, expresión acuñada el 20 de marzo de 1909 por el canciller Von Büllow en su discurso al Reichstag para referirse a la estrecha relación del Reich alemán con el imperio austro-húngaro (y a la que Hitler, contrario a esta alianza, opondría la consideración de que «únicamente se le puede guardar lealtad nibelunga a la propia raza»). Muchos veteranos de la Primera Guerra Mundial se sintieron identificados con la traición a Sigfrido por parte de Hagen [puñalada por la espalda], de modo que la popularidad de la epopeya experimentó un auge nunca visto, expresado en la nomenclatura de ciudades, marcas e instituciones públicas y privadas. Fritz Lang quiso filmar este santuario espiritual de la nación en las películas Sigfrido (1923) y La venganza de Crimilda (1924), en las que permitió que los acontecimientos aparecieran sometidos al mecanismo insoslayable del destino y ofreció una visión caricaturesca de los hunos, anticipando interpretaciones que no tardarían en afianzarse. El propio Lang admitió que, a pesar de su monumentalidad, con sus películas no pretendía competir con el despilfarro de medios del cine histórico americano, sino crear algo destacadamente nacional, que pudiera tener validez como auténtico testimonio del espíritu alemán. No en vano Hitler
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fue un gran admirador de estas películas, parcialmente inspiradoras de los principios de ordenación de los desfiles masivos del Tercer Reich.
Desde el Puente de los Nibelungos de Linz hasta la mayor fábrica de tanques del Tercer Reich, llamada Nibelungenwerk, la saga mítica tuvo una presencia cotidiana y constante en la imaginería nazi. Los nibelungos se convirtieron en representantes de una raza germánica superior que, siguiendo la ley del más fuerte, se ve impelida a ahuyentar a los débiles en su búsqueda del espacio vital. Su pasión por la lucha, su disposición al sacrificio y su sumisión a los imperativos del destino serían pruebas irrefutables de su filiación aria. Desde este punto de vista, no es de extrañar que la cruenta batalla de los burgundies contra los hunos en la sala del rey Atila que precede al final apocalíptico y desesperanzado del Cantar, en el que ni un solo miembro de la estirpe de los nibelungos sobrevive a los efectos de la venganza de Crimilda, fuera retomada por Göring en un discurso pronunciado el 30 de enero de 1943 con la intención de establecer una analogía con el cerco de Stalingrado. Según Göring, también en Stalingrado, como en la batalla nibelunga, las valientes tropas alemanas habrían sacrificado hasta el último hombre, y su heroísmo iba a permitir la supervivencia del Reich del mismo modo que el Cantar continuaba imperecedero en la memoria de los alemanes. Finalmente la historia quiso que el paralelismo con el final del Cantar terminara siendo mucho menos metafórico de lo que Göring habría deseado. En una carta a su esposa del 18 de marzo de 1945, cuando la derrota alemana era inminente y nadie en su sano juicio podía seguir confiando en la supervivencia del Reich, Martin Bormann escribió: «Cumpliremos nuestro deber hasta el final; y cuando caigamos, como cayeron los viejos nibelungos en la sala de Atila, lo haremos orgullosos y sin doblegarnos» [ crepúsculo de los dioses].
[Hamann, 156; Kracauer, 100; Schulze, 278-294; Sigmund (2000), 49; Speer (1976), 208; Wunderlich, 38, 74, 90].
NIETZSCHE.
Una conocida cita de Kurt Tucholsky reza: «Dime lo que necesitas, y yo te procuraré una cita adecuada de Nietzsche». La gran versatilidad, complejidad y riqueza del pensamiento nietzscheano ha permitido que, desde los anarquistas a los fascistas, tendencias políticas y artísticas de lo
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más dispares se identificaran con el genial pensador. A pesar de ello, el principal estigma que pesa sobre Nietzsche es el de haber sido un precursor del fascismo y, muy especialmente, del nazismo. No es éste el lugar para entrar en el polémico debate de hasta qué punto fue precursor o, como sugieren algunos, un mero diagnosticado: de la convulsión que pronto iba a sacudir Alemania. Lo que sí está fuera de toda duda es que el fascismo en general, y el nazismo en particular, se apropiaron de su obra y figura para sus propios fines ideológicos y convirtieron en lemas muchos de sus aforismos. Con todo, este proceso no se produjo de un modo tan nítido y unilateral como se suele creer.
A esta apropiación ideológica contribuyó en gran medida el empeño de la hermana del filósofo, Elisabeth Forster-Nietzsche, quien había contraído matrimonio con Bernhard Forster, uno de los portavoces del antisemitismo durante la era guillermina y fundador de una colonia racista neogermánica en Paraguay. En 1889, tras el fracaso del proyecto y el consiguiente suicidio de su esposo, Elisabeth regresó a Alemania y cuidó de su hermano, ya enajenado, hasta su muerte en 1900, tras la cual decidió ocuparse de su legado y ponerse al frente del Archivo Nietzsche de Weimar. Dado su acceso privilegiado a los manuscritos inéditos del filósofo, e imbuida por las ideas que había defendido su marido, Elisabeth fue artífice de la que pronto iba a ser una de las obras más conocidas y políticamente instrumentalizadas de Nietzsche, La voluntad de poder (1901), pergeñada a partir de un esquema original nietzscheano, de varios fragmentos auténticos descontextualizados y diversas contribuciones de su propia pluma. A excepción de los libros publicados en vida de Nietzsche, hasta la edición crítica del corpus del filósofo llevada a cabo por los italianos Giorgio Colli y Mazzino Montinari a partir de 1967 no se ha dispuesto de una edición fiable y depurada de los escritos póstumos del autor.
Sin embargo, hasta la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, los nacionalistas alemanes, lejos de identificarse con Nietzsche, lo censuraban por nihilista, inmoral y filosemita. En un libro de 1927, Karl Kynast le reprocha su culto al asiático dios Dionisos [Grecia], ídolo de las clases bajas y de la democracia, jefe de brujas y ménades y totalmente contrario a los valores aristocráticos que Nietzsche afirmaba defender. Para Kynast, Gobineau (del que Nietzsche retoma el concepto de un aristocratismo conservador) habría sido mucho mejor filósofo y poeta que
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el pensador alemán, opinión igualmente defendida por Friedrich Lange en su artículo de 1910 «Gobineau y Nietzsche». Según Ernst Krieck, por su parte, «Nietzsche era enemigo del socialismo, enemigo del nacionalismo y enemigo de la idea de la raza. Si se pasan por alto estas tres tendencias de su pensamiento, quizá podría haber sido un excelente nazi». Y el profesor de filosofía Arthur Drews se mostró escandalizado al saber que Nietzsche empezaba a gozar de cierto predicamento como filósofo del nazismo, ya que lo consideraba «enemigo de todo lo alemán», filosemita, individualista y, en definitiva, contrario en todo a los postulados nazis. De ser cierta la conversación reproducida por Leni Riefenstahl en sus memorias, ni siquiera Hitler habría sido especialmente aficionado a Nietzsche. A la pregunta de la cineasta sobre cuál era su lectura favorita, Hitler habría respondido «Schopenhauer». Al preguntarle, extrañada, por Nietzsche, el Führer le habría dicho: «No, Nietzsche no me va especialmente. Es más artista que filósofo, y no tiene el nítido entendimiento de Schopenhauer.
[…] Naturalmente que aprecio a Nietzsche como genio. Tal vez escriba en la lengua más bella de la que pueda hacer gala hoy en día la literatura alemana, pero no es mi ideal». Esta información parece avalada por la circunstancia de que Hitler apenas nombrara a Nietzsche en sus discursos, tanto públicos como privados.
El primero en integrar a Nietzsche en la base ideológica de la derecha radical fue el teórico fascista italiano Giulio Evola. Para Evola, la visión de Nietzsche aún estaba a la espera de ser comprendida y llevada a la realidad por el hombre contemporáneo. Sus conceptos de la voluntad de poder y del superhombre constituirían valores sobrenaturales, un ideal político cuya realización reclamaba las energías del presente y del futuro. Evola interpretaba a Nietzsche al postular que la decadente sociedad europea debía caer a fin de permitir un nuevo comienzo sobre la base de una sociedad aristocrática. Pero, siguiendo los pasos de Evola, el nazificador de Nietzsche por excelencia fue el filósofo Alfred Baeumler, especialmente por medio de su artículo «Nietzsche y el nacionalsocialismo», publicado en Estudios sobre la historia del pensamiento alemán (1937). Baeumler destacó el activismo de Nietzsche, su énfasis en el poder de la voluntad y su defensa de una comunidad aristocrática, e hizo de él un profeta del Tercer Reich. (Tan sólo el concepto nietzscheano del eterno retorno le resultó difícilmente integrable, por lo que lo calificó de irrelevante). Para Baeumler, tanto Nietzsche como
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el nazismo se oponen a la tradición burguesa alemana y se rebelan contra el concepto judeocristiano de culpa. Nietzsche, «filósofo del heroísmo», «solamente comprende al hombre como luchador contra el destino» y entona «la melodía nórdica de la acción». El «espíritu nórdico» de Nietzsche se opondría «al punto de vista mediterráneo», de ahí su oposición al clero, y reemplazaría «la filosofía de la moral burguesa por la filosofía de la voluntad de poder». «En oposición a la filosofía de la conciencia, Nietzsche arguye la aristocracia de la naturaleza». Finalmente, Baeumler concluye con las palabras «cuando gritamos Heil Hitler, estamos diciendo al mismo tiempo Heil Nietzsche». Así pues, con Baeumler, Nietzsche quedaba oficial y definitivamente integrado en el panteón de los mitos nazis.
Adolf Hitler en actitud reflexiva frente a un busto de Nietzsche, obra de Fritz Roll. Toma realizada por su fotógrafo personal, Heinrich Hoffmann, durante su visita al Archivo Nietzsche de 'Weimar en enero de 1932.
Sin embargo, el aparato propagandístico y ritual de la cosmovisión nazi ya había puesto en marcha unos años antes sus engranajes con la finalidad de constituir un culto a Nietzsche. Los primeros pasos los había dado Elisabeth Forster-Nietzsche, quien a principios de siglo ya había
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fomentado un culto semejante al lanzar, por ejemplo, el rumor de que los soldados alemanes marchaban al frente con una edición del Zaratustra en la mochila, aspecto desmentido por el número relativamente escaso de ejemplares vendidos durante el transcurso de la guerra. En enero de 1932, con ocasión del estreno en Weimar de la obra de teatro Campo di Maggio de Giovacchino Forzano y Benito Mussolini, y a pesar de su alegada preferencia por Schopenhauer, Hitler hizo una visita al Archivo Nietzsche y, tras una conversación que Speer califica de «extrañamente superficial y fallida», le entregó un ramo de flores a la hermana del pensador. Ella respondió a sus atenciones obsequiándole con el bastón de paseo de su hermano. A la muerte de Elisabeth, en noviembre de 1935, Hitler estuvo presente en los pomposos funerales que se le dedicaron. En todos los cuarteles de las SS colgaba un cartel con el célebre lema de Nietzsche «¡Alabado sea lo que nos hace duros!».. Y en 1934, el Así habló Zaratustra de Nietzsche fue solemnemente depositado, junto con un ejemplar del Mito del siglo XX de Rosenberg y otro del Mein Kampf de Hitler, en la cripta funeraria del monumento de ^Tannenberg.
Fue también el propio Hitler quien, en octubre de 1934, impulsó la idea de la construcción de un monumento a Nietzsche en Weimar, para lo que destinó la cantidad de 50 000 marcos. Según Richard Oehler, vinculado al Archivo Nietzsche, la idea era convertirlo en una especie de santuario al que el pueblo alemán pudiera acudir en peregrinación para «despertar y reforzar sus sentimientos religiosos». Las obras, proyectadas por Schulze-Naumburg, se iniciaron en 19 377 quedaron cubiertas un año después, aunque nunca llegaron a terminarse por completo. El proyecto preveía la incorporación de dieciséis bustos de pensadores, poetas y músicos que hubieran influido en Nietzsche, entre ellos Platón, Goethe, Wagner y Schopenhauer, así como una destacada figura central que habría de emplazarse en el ábside, que constituía el sancta sanctorum de este templo secular. El escultor Georg Kolbe, por propia iniciativa, presentó para ello el modelo de su escultura La ascensión de Zaratustra, que, aunque plenamente fiel a la estética nazi, fue considerada «totalmente inapropiada» por Hitler en un comunicado de 1940. Según le explicó Oehler por carta al artista, le daba la impresión de que «Hitler no quiere un Zaratustra simbólico, sino un monumento real a Nietzsche». Avala esa suposición el hecho de que, en 1944, Hitler adquiriera por una suma
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astronómica el monumental busto de Nietzsche realizado por Josef Thorak.
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Modelo en yeso de la escultura La ascensión de Zaratustra, proyectada por Georg Kolbe como elemento central del monumento memorial a Nietzsche en 'Weimar. Según Kolbe, que la consideraba una de sus obras más logradas, para realizarla se inspiró en las palabras finales del Así habló Zaratustra: «¡Asciende ahora, asciende, gran mediodía!». Fotografía de 1939.
Como seguía faltando la escultura que debía ocupar el ábside principal, un miembro de la presidencia del Archivo Nietzsche recurrió a sus buenos contactos con la Italia fascista, que culminaron con un regalo personal del mismísimo Mussolini: por iniciativa del Duce, de entre las piezas del Museo Nazionale delle Terme de Roma se seleccionó un Dionisos barbudo, copia del original griego de Praxiteles, cuyo transporte a Weimar se demoró debido a la caída política y militar del régimen italiano. Tuvo que intervenir el jefe del alto mando militar alemán en Italia, el mariscal Kesselring, para que la estatua pudiera cruzar los Alpes. Cuando al fin llegó a Weimar en enero de 1944, en pleno bombardeo, resultó que el colosal Dionisos romano era demasiado grande para el ábside al que estaba destinado.
Aunque no cabe duda de que la apropiación de Nietzsche por parte de la cosmovisión nazi se fundamentaba en una lectura parcial, manipulada y descontextualizada del autor, no se puede negar que algunos de los elementos asimilados por el nazismo estaban efectivamente presentes en la filosofía nietzscheana. Así al menos lo consideró el tribunal de Nuremberg, quien sentó imaginariamente en el banquillo tanto a Fichte y Hegel como al propio Nietzsche. En su discurso acusatorio, el fiscal en jefe francés, François de Menthon, tras afirmar que con sus palabras no pretendía mezclar de ningún modo la filosofía de Nietzsche con la «brutal simplicidad» del nazismo, sostuvo, sin embargo, que «Nietzsche también cuenta entre los antepasados a los que el nacionalsocialismo se remite con razón, pues fue el primero que ejerció una crítica coherente contra los valores tradicionales del humanismo y, por otra parte, porque su visión del dominio sobre las masas por parte de unos dominadores ilimitados anunciaba ya el régimen nazi. […] La moral de la inmoralidad, la consecuencia de las doctrinas más puras de Nietzsche, considera la aniquilación de cualquier moral convencional el deber más elevado del hombre».
Actualmente, el debate sobre el hipotético papel de Nietzsche como precursor del nazismo sigue abierto. Mientras pensadores e historiadores
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como Gyórgy Lukács y Ernst Nolte, desde distintas posiciones, atribuyen a Nietzsche una responsabilidad ideológica innegable en el advenimiento del Tercer Reich, otros, como su editor Mazzimo Montinari o los filósofos franceses Georges Bataille, Gilles Deleuze o Pierre Félix Guattari lo consideran un claro enemigo de toda forma de fascismo.
[Berger, 184,187 (Oehler, 190); Gugenberger, 173; Hinton-Thomas, 97; Mosse, 119, 120 (Baeumler, 122-126); Riefenstahl, vol. I, 249; Safranski (Krieck, Drews, 336), 337; von See, 290; Simon-Ritz/Ulbricht, 155-176; Speer (2001), 120; Taureck, 79-80 (de Menthon, 81-82), 85; Williamson, 42].
NUDISMO [al.: Nacktkultur, Freikörperkultur].
En la primera década del siglo XX, todavía en la Alemania guillermina cuando la representación del cuerpo desnudo era un completo tabú, nació con fuerza el revolucionario movimiento nudista. (La primera asociación se fundó en Berlín en 1910). Fue uno más de los abundantes movimientos en busca de modos de vida alternativos que proliferaron en la Europa de aquel entonces, cuyo impulso principal solía ser la renovación del contacto del hombre con la naturaleza en una sociedad cada vez más tecnificada. Como muchos de aquellos movimientos, también la filosofía nudista acabó siendo integrada en las corrientes del nacionalismo étnico alemán precursoras del nazismo. El afán de provocar a la sociedad moralista burguesa propio del nazismo, así como su glorificación de un cuerpo humano naturalizado, resultaban perfectamente afines al espíritu nazi. Al mismo tiempo —y aunque ello suponía pervertir el espíritu libertario original del movimiento nudista, que pretendía integrar a todas las tipologías físicas— la hermosura de la anatomía desnuda, constantemente ensalzada por la estética nazi, favorecía un culto tiránico al cuerpo y a la belleza. Aunque la glorificación de la belleza física contaba con la ventaja de alentar la práctica del deporte y de los modos de vida saludables, el objetivo final era despertar la admiración y la identificación del pueblo con una tipología racial idealizada, así como fomentar una buena forma física que resultaría útil en caso de guerra. Por otra parte, al carecer de todo símbolo externo de estatus social, los ciudadanos en estado de desnudez no podían ser asignados visualmente a clase social alguna, por lo que encarnaban colectivamente la comunidad del pueblo (Volksgemeinschaft) que respondía a la singular concepción que Hitler tenía del socialismo. Despojados de los signos distintivos que procura la
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ropa, los nudistas del Tercer Reich eran desindividualizados y asimilados a la masa de un modo similar a como lo hicieron los uniformes, tan prolíficos entonces.
Todas estas razones explican que el nudismo se popularizara especialmente durante los años de ascenso y consolidación del poder nazi. Al tiempo que proliferaban los baños nudistas (Freibader) y las revistas especializadas, en 1929 se celebró un congreso multitudinario que pretendía unificar todas las organizaciones nudistas en un gran movimiento de masas. «Actualmente todo el mundo acude a baños mixtos sin que eso suscite el menor asomo de malicia», proclamó orgullosamente Hitler. «La idea de la desnudez únicamente atormenta a los curas, ya que la educación que han recibido hace de ellos unos pervertidos». Estas palabras están en consonancia con lo expresado en 1940 por Richard Walther Darré, quien había descubierto que los antiguos germanos no se avergonzaban de la desnudez. Según Darré, la culpable de considerar pecaminoso algo tan natural habría sido la tradición judeocristiana.
También la pintura y la fotografía nazis idealizaban constantemente una desnudez pretendidamente natural, si bien muchos de los cuadros de desnudo femenino pintados durante el Tercer Reich encubrían, bajo la máscara de la ingenuidad, una sensualidad del todo evidente. Con todo, el nazismo trataba de establecer una distinción clara entre la desnudez de los cabarets de la odiada República de Weimar, considerada lasciva, decadente y judía, y la desnudez pura e inocente que no hacía sino encarnar una visión abstracta e idealizada del cuerpo y de la raza. En la escultura nazi el cuerpo desnudo se convierte, por su postura o por los objetos simbólicos que porta [espada, antorcha], en soporte abierto e intemporal para toda clase de alegorías reflejadas en el nombre que les asigna el artista: Vocación, Camaradería, Juventud, Elevación, El espíritu de la victoria, Alerta…
Una de las películas pioneras en fomentar el nudismo fue la película de la UFA Vías hacia la fuerza y la belleza, estrenada en 1925. El espíritu voladamente nazi de la película se hace patente en uno de sus folletos de promoción, en el que se afirma que el filme promueve la idea de la «renovación de la raza humana», además de elogiar «el significado ético, casi querríamos decir religioso, de la cultura del cuerpo». Pretendidamente documental, por ella no sólo se suceden toda clase de hazañas deportivas, ejercicios gimnásticos y danzas, sino también la reconstrucción de unas
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termas romanas y de una arena griega [ Grecia], que procuraban la excusa temática necesaria para exhibir los cuerpos de decenas de deportistas completamente desnudos. Aunque estas escenas provocaron un gran escándalo, la UFA las defendió alegando que la perfecta belleza física no podía sino suscitar un placer puramente estético. La ambigüedad inherente a esta pretendida naturalidad se pone de manifiesto en el enorme éxito de taquilla obtenido por una película que, por lo demás, resultaba poco atractiva. Como bien observa Kracauer, la coartada de la evocación del mundo griego queda invalidada por el hecho de que en la Antigüedad el cuerpo no constituía, como aquí, un fin en sí mismo, sino que era concebido como una encarnación simbólica de los héroes y dioses a los que se rendía culto. En el prólogo de su documental sobre los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, Leni Riefenstahl retomaría los recursos ya expuestos en Vías hacia la fuerza y la belleza para elevar la atlética desnudez aria a las cimas de la estética nazi.
Fotograma de la película Vías hacia la fuerza y la belleza (192s).
[Adam, 35; Hitler (1953), 320; Hoffmann, 70; Kracauer, 152, 398-399; Pois, 125].
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PARACELSO [al.: Paracelsus].
Dado el fundamento sobre el que se asienta la cosmovisión nazi, según el cual el hombre es sólo una más de las múltiples criaturas que componen la naturaleza y que viven animadas por un mismo hálito vital, no es de sorprender que en ella lo psíquico y lo biológico se fundan en un mismo todo organizado, perspectiva holística igualmente aplicada a la medicina. De ahí que durante el Tercer Reich la medicina llamada natural o alternativa experimentara un auge nunca visto, a lo que también contribuían en gran medida él antiintelectualismo y antisemitismo nazis, ya que la medicina ortodoxa era considerada fría, racional e intelectualizada; además, en la sanidad de la época predominaban los médicos judíos, generalmente de talante democrático y liberal.
Aunque las terapias médicas alternativas ya habían alcanzado un importante desarrollo en Alemania antes de la subida al poder de Hitler, nunca gozaron de tanto prestigio ni recibieron tanto apoyo público como durante el Tercer Reich. Según recuerda el corresponsal Penella da Silva, el ejercicio de la medicina era libre. Un decreto promulgado en octubre de 193 5 permitía que cualquier ciudadano alemán ario y mayor de edad pudiera autocalificarse de curandero o de médico naturista (Heilpraktiker) y ejercer como tal, siempre y cuando se abstuviera de tratar enfermedades venéreas y de poner vacunas [sangre]. Cuando un miembro de las SS encargado de cuestiones sanitarias quiso emprender medidas contra los «médicos populares», su superior, Himmler, gran apasionado de la medicina alternativa, lo llamó al orden: «En mi opinión, su deber es vigilar que, en nuestra medicina, la necesaria purga de charlatanes sin titulación no sea ejecutada por charlatanes con titulación a costa del exterminio de muchas cosas útiles», añadiendo que no todo lo que fuera en contra de la medicina tradicional tenía que ser tachado de sectario. Según Penella, llegaba incluso a darse la situación de que los médicos ortodoxos fueran acusados de intrusismo por la poderosa corporación de médicos naturistas.
En 1934 se inauguró en Dresde el Hospital Rudolf Hess, el primer hospital enteramente dedicado a la práctica de terapias alternativas que se conoce, en el que el naturismo se complementaba con la hidroterapia, la talasoterapia, la homeopatía, el vegetarianismo y el nudismo, entre otros. En él se trató de trazar un puente entre la medicina ortodoxa y la
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alternativa invitando a los médicos a «venerar las fuerzas curativas presentes en la naturaleza»— en palabras del responsable de medicina del Reich— y a reducir al mínimo el empleo de medicamentos.
El principal representante simbólico de esa medicina alemana considerada genuinamente nórdica fue el médico, naturista y alquimista suizo Theophrastus Bombastus von Hohenheim (1493-1541), más conocido como Paracelso, que experimentó un gran resurgimiento como figura literaria y tema de estudio durante el Tercer Reich. No es de extrañar, dado que la escuela iatroquímica, de la que Paracelso había sido un minoritario defensor, respondía a una tradición especialmente arraigada en Alemania y ofrecía importantes paralelismos con la concepción monista de la naturaleza que sustentaba la cosmovisión nazi. Los iatroquímicos rechazaban la existencia de la materia inerte y postulaban que todas las sustancias, incluso los minerales y compuestos químicos, tienen vida, ya que están impregnadas por una fuerza vital que es responsable de su crecimiento y configuración, en un punto de vista extremadamente similar al posteriormente defendido por el neodarwinista Ernst Haeckel. Para el antievangélico Paracelso, la propia naturaleza era la universidad de Dios.
La rama germánica del teosofismo había sido de las primeras en demostrar interés por Paracelso, y su representante vienés Franz Hartmann publicó en 1898 una destacada biografía del gran alquimista. Con todo, el gran iniciador de la corriente de interpretación filonazi del personaje la inició Erwin Guido Kolbenheyer con su trilogía novelística La infancia de Paracelso (1917), El astro de Paracelso (1921) y El Tercer Reich de Paracelso (1921), que alcanzó tiradas de cientos de miles de ejemplares. En ella, Paracelso aparece como genuino representante del alma fáustica alemana [Fausto], en un paralelismo no del todo descabellado dado que, ciertamente, Goethe se inspiró en él para trazar el perfil de su celebérrimo personaje. En un alemán expresivo y premeditadamente arcaizante, Kolbenheyer revive las tensiones religiosas de la Alemania del siglo XVI y refleja la peregrinación de Paracelso por media Europa. Sus éxitos como médico, adquiridos gracias al estudio de la naturaleza, le valen la envidia de los defensores de la autoridad y la tradición. Significativamente, en el tercer volumen de la trilogía, Paracelso retoma el historicismo teológico de Gioacchino da Fiore y su idea de un Reino del Espíritu Santo [Tercer Reich].
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Prácticamente se sigue el mismo argumento en la película Paracelso (1943) del cineasta Georg Wilhelm Pabst, una de las pocas que el gran director alemán rodó en connivencia con el régimen. Aunque la interpretación nazi de este filme es controvertida y hay quien incluso ve en él algunos mensajes subliminales de resistencia al régimen por parte de un Pabst supuestamente obligado a dirigirla, otros aspectos especialmente destacados no dejan lugar a dudas sobre su orientación ideológica: Paracelso reivindica la lengua alemana como lengua científica en contra del latín; declara su disposición a servir al pueblo, rechazando para ello un puesto en la corte del rey; los médicos tradicionales a los que se enfrenta visten enteramente de negro, lo que recuerda inevitablemente los caftanes de los judíos ortodoxos, al tiempo que su nariz exageradamente ganchuda elimina cualquier posible duda sobre la filiación racial que se les atribuye. La frase que pronuncia Paracelso en un momento de la película, «la medicina es amor», podría considerarse contraria al nazismo de no ser porque, curiosamente, la misma cita aparece también, con valoración positiva, en una película inequívocamente propagandística como es Yo acuso (1941), destinada a justificar el asesinato sistemático de inválidos, enfermos incurables y deficientes, eufemísticamente denominado eutanasia.
Durante su errática vida, Paracelso fue recopilando los métodos de curación empleados por semibrujas y aldeanos en distintos lugares de la Alemania rural. Para enojo de los boticarios, a quienes contribuía a empobrecer, Paracelso defendía el empleo de remedios baratos y de fácil obtención, como las plantas medicinales que crecían silvestres por doquier. Siguiendo los mismos pasos, también la medicina nazi centró su atención en la fitoterapia. Esta nueva orientación no sólo armonizaba ideológicamente con la cosmovisión nazi, sino que, en un país húmedo y de flora muy rica como Alemania, también permitía ahorrar en medicamentos, reducir el volumen de importaciones y aproximarse al ideal de autarquía económica postulado por Hitler, por lo que fue objeto de una considerable financiación estatal. Desde 1937, la fitoterapia fue una asignatura impartida por botánicos en prácticamente todas las universidades alemanas. Al igual que en su día hiciera Paracelso, algunos botánicos, con la ayuda de maestros y escolares, emprendían expediciones por Alemania para tomar nota de los remedios caseros a base de plantas autóctonas que se aplicaban tradicionalmente en las zonas rurales. A fin de
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obtener un gran número de plantas, los niños del Reich eran enviados a recorrer los prados silvestres y a recolectar ejemplares de forma masiva, en una acción concertada a nivel estatal. En algunos casos, estas plantas también se cultivaban en plantaciones controladas, cuya rentabilidad exigía el empleo de mano de obra barata. En 19 3 7 se sembraron junto al campo de concentración de Dachau varios miles de hectáreas de plantas para uso medicinal, como albahaca, comino y mejorana, cuyo cuidado iba a cargo de los prisioneros.
Una de las influencias más perniciosas de las ideas de Paracelso en la Alemania nazi la ejerció la tesis de que la esencia irradiante del archeus o principio inmanente de la naturaleza, cuya actividad hay que estimular para lograr la curación, produce efectos salutíferos o morbosos a través de la imaginación del paciente. De ahí que, según Paracelso, ciertos sentimientos, como la envidia o el odio, puedan provocar enfermedades. La consecuencia que las autoridades sanitarias nazis extrajeron de esta tesis consistió en la demonización de la enfermedad en sí. Muchas personas que, por su constitución débil o sus dolencias crónicas, alegaban incapacitación laboral, eran educadas para responsabilizarse de su propia salud por medio de una terapia de trabajo que habría de efectuarse en las proyectadas casas de salud, que habían de sustituir a los hospitales tradicionales. En estas instalaciones, que nunca llegaron a construirse, los medicamentos iban a ser reemplazados por ejercicios en la naturaleza o por trabajos en talleres o en el campo realizados en beneficio de la comunidad. Entre los pacientes de las casas de salud se efectuarían concursos de rendimiento destinados a estimular la sana competitividad de los enfermos. Se contaba con que esta política no sólo permitiría reducir los gastos de medicación y la incidencia del absentismo laboral, sino que incluso podría resultar económicamente rentable. Con todo, lo que subyace a este singular proyecto no es tanto un cínico intento de explotación de enfermos crónicos, sino la incompatibilidad ideológica entre el concepto de la raza aria y la idea misma de enfermedad.
[Deichmann, 91-92; Kater (Himmler, 100); Penella da Silva, 149-151; Scharsach, 58-61].
PARAÍSO VALHALLA.
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PARSIFAL.
El personaje de Parsifal pertenece a una de las leyendas del ciclo bretón del Grial, cuyo máximo exponente fue la novela inacabada Perceval de Chrétien de Troyes, y entró en el ámbito lingüístico alemán a través de la adaptación realizada a principios del siglo XIII por Wolfram von Eschenbach (Parzival). Eschenbach transformó la trama novelesca de Troyes en una historia de purificación y elevación espiritual que anticipa claramente la interpretación que se daría a esta leyenda en la cultura alemana y que culmina en la ópera Parsifal de Richard Wagner, estrenada en Bayreuth en 1882. A pesar de ello, Wagner tuvo en muy bajo concepto el modelo literario que le procuraba Eschenbach, a quien tachó de «confuso y estúpido» en una carta a Mathilde Wesendonck de 1859 en la que alegaba que su autor no habría llegado «a entender su verdadero sentido». En 1877, Wagner escribe a Judith Gautier que el nombre de Parsifal era de origen árabe; así, parsi significaría «puro» —en recuerdo de los parsis, que adoraban el fuego— y fal equivaldría a «trastornado» o «loco», aunque «en un sentido superior, es decir, un hombre sin cultivar, pero genial», remitiéndose al inglés fellow como palabra «emparentada con las raíces originales». Aunque esta etimología es más que dudosa, engloba las principales características del personaje en la obra wagneriana, ya que Parsifal es el necio puro (reiner Tor) que, según la profecía, será el único hombre capaz de vencer a Klingsor, dueño de la sagrada lanza que abrió el costado de Jesucristo y que causó la herida perpetua a Amfortas, guardián del Grial. A diferencia del modelo de Wolfram von Eschenbach, en el que Parsifal consuma su matrimonio con Condwiramour, el Parsifal wagneriano recupera la castidad, que ya lo caracterizaba en el ciclo artúrico, al resistirse con su ingenuidad a los intentos de seducción de las muchachas flor e incluso de la hábil Kundry. Los largos años de sufrimiento y de errático deambular que la maldición de Kundry impone al héroe y que éste tiene que superar antes de encontrar por fin el camino de regreso a Montsalvat, montaña que alberga el Grial [Montserrat], convierten a Parsifal en un mesías pagano: tras haber culminado su sacrificio por una alta causa simbólica, Parsifal se convierte en redentor de pecadores. La paloma blanca que desciende sobre él al final de la ópera wagneriana, el bautismo que imparte a Kundry, así como la genuflexión de
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Amfortas y Gurnemanz en su presencia, establecen unas analogías inequívocas con la figura de Jesucristo. No obstante, esta representación simbólica del misticismo cristiano (detestada por Nietzsche, quien la consideró «un regreso al Estado alemán, a la Iglesia alemana, al Dios alemán») acabó viéndose como la celebración del sacrificio por una elevada causa racial, interpretación que, por otra parte, no era ajena en absoluto a la mentalidad antisemita de Wagner, que definió a su personaje como un «redentor depurado de cualquier impureza alejandrino-judaico-romano-despótica» y cuya reivindicación de la conversión obligatoria al cristianismo de todos los judíos queda plasmada en el bautismo de Kundry en el tercer acto. «Gobineau dice que los germanos eran la última carta que le quedaba por jugar a la naturaleza», dice Wagner. «Pues bien: Parsifal es la última carta que me queda a mí». Houston Stewart Chamberlain, yerno de Wagner, no hizo sino retomar y extremar estas interpretaciones.
Ya fuera partiendo del propio Wagner o de sus fuentes literarias, la idea de una comunidad de caballeros puros alojada en un castillo inaccesible y que consagra su vida a la defensa y conservación de un símbolo religioso resultó muy atractiva para muchos de los grupos y sectas ocultistas que proliferaron en Europa a finales del siglo XIX y principios del XX. Tanto Rudolf Steiner como Lanz von Liebenfels se inspiraron en el motivo de Parsifal. Walter Johannes Stein, discípulo de Steiner, defendía la teoría de que los personajes de Wolfram von Eschenbach habrían existido en realidad bajo otros nombres durante el imperio carolingio —Parsifal habría sido Luitward de Vercelli, canciller de la corte de los francos— y de que el poema entero sería una alegoría de la batalla perpetua por la obtención de la lanza sagrada que perforó el costado de Cristo en la cruz. Otto Rahn quiso ver el Parzival de Eschenbach como prácticamente el único de los supuestos escritos y cantos nacionales de la secta catara que se salvó de la persecución y quema cristianas, convirtiéndolo así en el principal documento del dualismo gnóstico luz-oscuridad característico de la cosmovisión nazi. De este modo, al reinterpretar como cataros los elementos cristianos de Parzival, Rahn logra salvar este poema del reproche de una sumisión excesiva a los ideales cristianos que tanto Nietzsche como, más adelante, Rosenberg le habían hecho a la ópera de Wagner. Rahn se adhiere a las teorías de Friedrich von Suhtscheck según las cuales la fuente del Parzival habría sido un texto maniqueo de los persas arios que procedería, etimológicamente, deparsi, nombre de una
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comunidad zoroástrica que, a su vez, significaría «flor pura». La constatación de la presencia de elementos persas en el Parzival de Eschenbach efectuada por estudios más recientes avalan algunas de estas suposiciones.
Aunque las declaraciones de Hitler sobre Parsifal son menos frecuentes que sobre otras óperas wagnerianas, una de ellas pone de manifiesto el importante papel que atribuía a este mito: «A partir del Parsifal me construiré mi religión, pues sólo con traje de héroe se puede servir a Dios». Aunque Hitler prohibió cualquier representación de Parsifal en Bayreuth durante la Segunda Guerra Mundial, por considerar inadecuado su contenido para tiempos de guerra, cuando se produjera la victoria final se había propuesto representar la ópera a modo de gigantesca ceremonia de consagración para celebrar el triunfo de la raza aria, y había ordenado a Heinz Tietjen, quien había de ser el director de escena, que sustituyera los elementos de carácter «eclesiástico» por otros más «indefinibles».
Hubert Lanzinger, El abanderado. Es probable que la rasgadura que presenta la tela en pleno rostro de Hitler sea el resultado de un ataque posterior a1945.
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Por otra parte, la identificación del propio Hitler con Parsifal, debidamente cultivada por la propaganda, está fuera de toda duda. Es bien conocido el retrato El abanderado de Hubert Lanzinger, que representa a Hitler montado a caballo, vestido con una reluciente armadura blanca y alzando la bandera nazi. Los poetas afines al régimen, por su parte, lo presentan mirando hacia el «castillo alemán del Grial» o curando «la herida europea de Amfortas». Sin embargo, fueron sobre todo la castidad y pureza sexual definitorias del héroe los elementos más cuidadosamente cultivados por Goebbels y los restantes asesores de imagen del dictador. El temor a la sexualidad femenina, que, aunque atávico, resultó ser una constante de las mentalidades fascistas, encuentra un claro reflejo en esta identificación. El Führer, como Parsifal, sacrificaría su felicidad personal y familiar por el bien del pueblo alemán. Al mismo tiempo, según una convicción expresada por el propio Hitler (significativamente compartida por aquel entonces por los asesores publicitarios de varias estrellas de cine), resultaba conveniente que se mantuviera soltero a fin de que el público femenino pudiera seguir alimentando la fantasía de convertirse alguna vez en la mujer elegida. De ahí que la existencia de su amante Eva Braun se mantuviera oficialmente en secreto hasta que su precipitado matrimonio en el búnker en vísperas de su suicidio procurara a la joven una súbita celebridad.
[Goodrick-Clarke (1992), 61, 221; Rahn, 39-40; Scholdt, 61; Sünner, 92-102; G. Wagner, 104-105].
PUÑALADA POR LA ESPALDA [al.: Dolchstoss].
La solicitud de armisticio por parte del alto mando del ejército alemán a principios de octubre de 1918 cayó como un jarro de agua fría sobre gran parte de la población alemana. Por entonces las tropas todavía estaban estacionadas en el corazón de Francia y de Rusia, y la propaganda, que había augurado la victoria hasta el último minuto, no permitió ninguna preparación psicológica del pueblo en el caso de una derrota.
Aunque la inferioridad militar, la intervención americana en el conflicto y la falta de suministros y de carburantes habían sellado irremediablemente la rendición alemana, el 18 de noviembre de 1919 el mariscal Paul von Hindenburg, jefe del alto mando militar e iniciador de las negociaciones para el armisticio, justificó frente a la comisión
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investigadora de la Asamblea Nacional que la caída militar se había debido a una descomposición secreta y planificada de la armada y del ejército, y que las tropas alemanas habían sido «apuñaladas por la espalda», a traición. En realidad, Hindenburg se había inspirado para ello en la tesis de la «puñalada por la espalda» articulada más de un año antes, el 3 de febrero de 1918, por el pastor protestante Bruno Doehring. Según esta tesis, la culpa de la derrota la habrían tenido los poderes conspiradores nacionales que habían permanecido lejos del frente (básicamente socialdemócratas, pacifistas y revolucionarios de noviembre) mientras el ejército combatía en el extranjero. Estos poderes habrían traicionado a las tropas combatientes, en realidad invictas, al pactar la paz sin su intervención y a sus espaldas. Con ello, Hindenburg no hacía sino trasladar la responsabilidad de la derrota de la esfera militar a la política y civil, perjudicando gravemente desde su mismo origen a la incipiente República de Weimar, y ello en una nación que, por añadidura, carecía de toda tradición democrática.
Si Alemania no hubiera solicitado el armisticio, no cabe duda de que en 1919 las tropas aliadas habrían entrado en Berlín. Como observa Golo Mann, tal vez a la larga eso habría sido lo mejor, ya que habría desprovisto de toda base a la leyenda de la puñalada por la espalda. Para comprender la situación real hacían falta conocimientos y capacidad de reflexión, algo de lo que carecían las masas, manipuladas durante años por la propaganda triunfalista. Por otra parte, el gobierno republicano alemán guardaba silencio, un silencio que favorecía la difusión de la leyenda, en gran medida apoyada en el enorme prestigio del que todavía disfrutaba Hindenburg. Adolf Köster, ministro de Asuntos Exteriores de la República de Weimar, fue uno de los pocos que alzaron tempranamente su voz para combatirla, aunque las publicaciones en sentido contrario por parte de políticos de la derecha o de miembros del ejército se sucedían con gran frecuencia. Uno de los más destacados fue el panfleto publicado en abril de 192.4 en la revista Süddeutsche Monatshefte por Nikolaus Lossman, en el que su autor trataba de dar legitimidad académica al mito y desarrollaba la teoría conspiratoria según la cual algunos de los políticos que habían firmado el armisticio estaban a sueldo del servicio secreto francés y recibieron sobornos del extranjero. La vehemente respuesta del diario socialdemócrata Münchner Post a la investigación de Lossman terminó en
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un largo proceso por difamación que, sin embargo, ganó Cossman gracias a la ideología derechista del tribunal que juzgó el caso.
La «puñalada por la espalda» representada gráficamente en el cuerpo de un soldado alemán. Cubierta del número de la revista Süddeutsche Monatshefte en el que se publicó el panfleto revisionista de Nikolaus Cossman.
La leyenda de la puñalada por la espalda no sólo aglutinó a todas las fuerzas antidemocráticas de la República de Weimar, sino que procuró un excelente apoyo propagandístico al partido de Adolf Hitler. En Mein Kampf, Hitler describe plásticamente la terrible impresión que causó en él, por entonces un joven cabo convaleciente de su ceguera transitoria en un hospital de guerra, la noticia de la rendición alemana. El odio que sintió contra los «causantes de este acto» fue, según Hitler, lo que motivó su decisión de hacerse político [ver, sin embargo, Rienzi]. Una vez llegado a canciller, afirmó frecuentemente que sólo había subido al poder a fin de rectificar la traición de Alemania por parte de los criminales de noviembre.
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No obstante, Hitler amplió considerablemente con su antisemitismo el espectro de la culpabilidad: a sus ojos, los que supuestamente habían apuñalado a traición al ejército alemán —los políticos, revolucionarios, marxistas y pacifistas del frente patrio— compartían, además, la característica común y fundamental de ser judíos. Como era sintomático en la mentalidad acusadamente dualista del nazismo, los acontecimientos históricos complejos quedaban finalmente reducidos a un combate a vida o muerte entre dos razas, mientras la leyenda de la puñalada por la espalda contribuía a su vez a azuzar el antisemitismo popular y a alentar las teorías conspiratorias. Ya en 1921, Hitler afirmó públicamente que Alemania podría haberse salvado de la traición de la puñalada por la espalda «gaseando a algunas decenas de millares» de judíos en 1918.
La leyenda de la puñalada por la espalda pronto fue sublimada al vincularla con la muerte de Sigfrido y el ataque a traición de Hagen, incorporándola así a la gran mitología nacional. Por otra parte, contribuyó a acentuar el dramatismo de los actos celebrados en honor de los dos millones de soldados alemanes caídos en el frente, cuyo sacrificio habría sido inútil e innecesario a no ser que se reemprendieran las hostilidades. Después de todo, para Hitler, los «victoriosos héroes muertos serán los espíritus vengadores del ejército de la Alemania que despierta» (1923). Efectivamente, la puñalada por la espalda invitaba a pensar que, en realidad, la victoria alemana en la Primera Guerra Mundial tan sólo había quedado adormecida o en suspenso, esperando el despertar que terminaría por imponerla definitivamente a las demás naciones, misión para la que Hitler se sentía llamado por la Providencia [Dios].
Con todo, la amplia difusión y aceptación de esta leyenda también tuvo perniciosos efectos en la psicología colectiva alemana que iban a favorecer los propósitos nazis. El motivo de la traición implícito en ella contribuyó a enaltecer colectivamente el valor contrario, la lealtad a cualquier precio. Según Sabine Behrenbeck, la leyenda de la puñalada por la espalda generó cierto síndrome de culpa en una población que, después de haber apoyado fanáticamente la entrada en la guerra en 1914, no había tardado en desalentarse a medida que aumentaba el número de víctimas y se prolongaba la contienda. Gran parte de la población y del ejército se sentía íntimamente culpable de la puñalada asestada tanto por el frente patrio como por las tropas en combate, de modo que, cuando Hitler reanudó la guerra en 1939, quisieron compensar su fallo anterior por medio de una
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lealtad tanto mayor y despojada de todo análisis crítico. En cierta medida, la leyenda de la puñalada por la espalda contribuye a explicar la fanática resistencia del pueblo alemán en los últimos años de la guerra, su sumisión a los designios de la guerra total y su fe irracional en la victoria final.
[Behrenbeck, 89, 186; G. Mann, 168, 366; Mein Kampf, 224-225; Rosenbaum, 103-106, (Hitler, 429); Steigmann-Gall, 16].
REICHSTAG, INCENDIO DEL.
[al.: Reichstagsbrand].
El 27 de febrero de 1933, apenas un mes después de que Hitler fuera nombrado canciller de Alemania, un misterioso incendio destruyó en Berlín el edificio del Reichstag. Sólo un día después, tras haber culpado de esta acción a los comunistas y —oficialmente— a fin de defender al Estado del peligro de otras acciones similares, se promulgó el Decreto del Incendio del Reichstag (Reichstagsbrandverordnung), por medio del cual, sobre la base del artículo 48 de la Constitución y con el beneplácito de Hindenburg, fueron revocados los derechos a la libertad personal, la libertad de opinión, de prensa y de asociación y la inviolabilidad domiciliaria. De este modo, el incendio del Reichstag constituye un elocuente punto de inflexión, en la medida en que con él no sólo ardió un edificio, sino también todo lo que éste representaba. El parlamentarismo, la república, los partidos y, por ende, el entero sistema político de la República de Weimar sucumbieron definitivamente para dar paso al sistema totalitario nazi.
Todavía hoy la autoría del incendio sigue siendo controvertida. Quien pagó por ello con su vida fue el comunista radical holandés Marinus van der Lubbe (1909-1934), ejecutado el 10 de enero. En principio, una sentencia semejante contravenía las leyes en vigor, que para esta clase de delitos sólo preveía unos años de cárcel, por lo que se dictó una ley especial con carácter retroactivo, popularmente llamada «Lex Van der Lubbe», por medio de la cual se imponía esta pena a toda acción incendiaria. Aunque Van der Lubbe, a pesar de los brutales e interminables interrogatorios, aseguró en todo momento haber actuado en solitario, el Partido nazi seguía convencido de que se trataba de un complot comunista, por lo que pretendió implicar en la acción a cuatro hombres más, entre ellos Ernst Torgler y Georgi Dimitroff. No obstante, no fue posible
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encontrar pruebas contra ellos, por lo que fueron puestos en libertad, aunque el tribunal dio por cierta la participación de cómplices comunistas cuya identidad no se había podido esclarecer. Aun así, el incendio del Reichstag, que conmocionó a la población alemana y alimentó el terror al comunismo, no sólo permitió a la coalición de Hitler obtener la mayoría absoluta en las elecciones del 5 de marzo, sino que sirvió de pretexto para la detención y, muchas veces, el asesinato en los campos de concentración y en los calabozos de las SA de miles de comunistas y socialdemócratas (más de 25 000 sólo en Prusia).
La gran oportunidad que el incendio del Reichstag ofreció a Hitler para consolidar su poder y oponerse frontalmente a su principal enemigo político enseguida avaló la hipótesis de que los autores del incendio fueron sin lugar a dudas los propios nazis. Cuenta Stefan Zweig en sus memorias que la película Secreto ardiente, basada en un relato del autor, fue prohibida justo después del incendio sólo por su título, que había generado risas de complicidad entre los transeúntes. No obstante, la culpabilidad nazi nunca ha podido ser demostrada con total seguridad. Según varios testimonios, a Hitler y Goebbels, que en aquellos momentos estaban cenando, el incendio pareció pillarlos por sorpresa. Años después (1941) todavía aparecen en los diarios de Goebbels especulaciones sobre la autoría comunista del incendio de las que se deduce que Hitler, contrariamente a la opinión de Goebbels, culpabilizaba al jefe de la fracción comunista Torgler, liberado sin cargos durante el juicio a Van der Lubbe. Rosenberg, por su parte, declaró a un periodista en el mismo lugar del incendio que «sólo espero que nuestra gente no tenga nada que ver con esto». Al parecer, las SS sospechaban de la autoría de las SA, la Gestapo sospechaba de su jefe Rudolf Diels (despedido en 1934) y Göring sospechaba de Goebbels. Según el testimonio del general Franz Halder, parece ser que Göring se atribuyó el incendio en 1942 durante un desayuno en presencia de Hitler, aunque, de ser así, bien podría tratarse de una fanfarronería más del morfinómano Göring, quien durante el proceso de Nuremberg, en el que no tuvo reparos en admitir otras atrocidades, negó en todo momento su participación en el incendio. No obstante, la responsabilidad de Göring fue muy difundida, sobre todo por parte de la prensa extranjera y de disidentes del régimen como Rauschning. Una ironía del destino quiso que el arquitecto del Reichstag, Paul Wallot, precisamente debido al temor de que su gran obra pudiera ser algún día
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pasto de las llamas, hiciera construir un túnel de 120 m de longitud a fin de alejar del edificio principal las ocho enormes calderas de la calefacción. Casualmente, este túnel desembocaba en el sótano del palacio presidencial de Göring. Según el testimonio del policía secreto Hans Bernd Gisevius, un equipo de las SA instruido por Goebbels y con la aquiescencia de Göring habría empleado este túnel para llevar una sustancia altamente inflamable, compuesta de petróleo y fósforo, hasta la sala de plenos. Sin embargo, el portero, cuya garita se encontraba junto al túnel, afirmó no haber oído nada. El propio Göring, consciente de todas estas sospechas, dijo que «pronto voy a entrar en competencia con el emperador Nerón, pues seguramente no se tardará en decir que, vestido con una toga roja y con una lira en la mano, entoné una melodía mientras contemplaba el Reichstag en llamas», analogía acorde con esta otra sentencia de Hitler del 25 de octubre de 1941: «Estoy seguro de que Nerón no prendió fuego a Roma. Fueron los cristianobolcheviques los que lo hicieron, igual que la Comuna prendió fuego a París en 1871 y los comunistas prendieron fuego al Reichstag en 1932».
Según la tesis del investigador Fritz Tobias, en el caso del Reichstag lo más probable parece ser al mismo tiempo lo más inverosímil: que, efectivamente, sin apoyos externos de ningún tipo, el comunista vagabundo y semiinválido Van der Lubbe se internara en el edificio del Reichstag y prendiera fuego a las sillas de roble de la sala de plenos. Según dijo en el juicio, lo hizo para invitar a los trabajadores a «rebelarse contra el sistema». De ser cierta esta autoría única, nada más inoportuno que esta acción incendiaria para lograr un fin semejante, ya que su consecuencia inmediata fue que el movimiento comunista en pleno fuera prácticamente borrado de la faz de Alemania. Una nueva investigación llevada a cabo por Alexander Bahar y Wilfried Kugel, parcialmente basada en documentos de archivos soviéticos y cuyo resultado se publicó en 2001, ataca duramente la tesis de Tobias y aporta nuevos indicios en pro de la autoría nazi. No obstante, se sigue sin disponer de pruebas definitivas e incontestables.
Hitler fue consciente enseguida de la enorme importancia simbólica del acontecimiento. Según el periodista británico Sefton Helmer, Hitler le habría dicho a Franz von Papen frente al Reichstag en llamas: «Señor vicecanciller, ésta es una señal otorgada por Dios». Y, dirigiéndose al propio Helmer, habría añadido: «Es usted testigo de una nueva época en la
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historia alemana. Este incendio constituye su comienzo». En la madrugada de esa misma noche, cuando Hitler, según su propio testimonio, fue a despertar a los adormilados periodistas de guardia del Vólkischer Beobachter para que redactaran la noticia, les gritó: «¿Estáis locos? ¿No os dais cuenta de que en estos mismos momentos está teniendo lugar un evento de incalculable importancia?». Que esta nueva época se iniciara por medio del fuego, elemento depurador de gran papel simbólico en la cosmovisión nazi, resulta tan significativo como el hundimiento a causa de las llamas de la enorme cúpula de vidrio que coronaba el edificio, plasmación arquitectónica del espíritu democrático que ya había provocado en su día el desagrado del kaiser Guillermo II. En el incendio del Reichstag confluyen todos los fenómenos y motivos que simbolizan la naturaleza apocalíptica de la política de Hitler. De ser cierto que el único autor fue Van der Lubbe, una señal semejante no podía por menos que afianzar la convicción de Hitler de que su programa político contaba con el apoyo incuestionable de la Providencia. El hecho de que un día antes el prestigioso adivino Jan Erik Hanussen le vaticinara patéticamente el incendio de un importante edificio al conde Helldorf, jefe de las SA, no podía menos que incrementar este efecto.
Después del incendio y de la obtención del poder absoluto por parte de Hitler, éste rechazó la propuesta de Speer de derribar el edificio del Reichstag en vistas a la edificación del nuevo centro de Berlín, para cuyos planes el viejo edificio constituía un obstáculo molesto [Germania]. Hitler apreciaba la arquitectura del Reichstag, por lo que pretendía conservarlo y emplearlo como biblioteca y sala de estar para los diputados del nuevo Parlamento que pensaba construir para un número de escaños que triplicaba el del Reichstag original, a pesar de que el sistema de partido único implantado por los nazis convertía cualquier Parlamento en una institución totalmente ineficaz. En opinión de Albert Speer, con esta preservación de cara al tendido del antiguo sistema electoral Hitler quería mantener, por motivos básicamente sentimentales, la tradición que lo había aupado al poder. Elias Canetti, en cambio, es de la opinión de que con ello Hitler pretendió realzar la descomunal diferencia de proporciones entre el antiguo Parlamento democrático y las futuras sedes de su propio poder que Speer iba a construir. En lo que parece otra ironía del destino, fue precisamente el Reichstag lo primero que tomaron las tropas soviéticas a su entrada en Berlín, siguiendo asila orden de Stalin, quien lo consideraba
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erróneamente el centro político del Tercer Reich. Los soldados rusos izaron la bandera roja desde su tejado el 1 de mayo de 1945.
[Canetti (1974), 228; Hitler (1953), 89, 649; Knopp, 415; Niirnberger Prozess, 10 729-10 730, 14 713; Speer (2001), 279; Wiegrefe; Wilhelm, 229, 231, 233; Zweig, 416].
REVOLUCION [al.: Revolution].
Sobre todo durante los primeros años de lucha, la idea de revolución desempeñó un papel muy importante en el ideario nazi, aunque más por su utilidad propagandística para movilizar a las masas que en respuesta a un programa político concreto. En el transcurso de su historia, Alemania había logrado parapetarse con éxito contra los efectos de las dos grandes revoluciones modernas, tanto de la burguesa de 1789 como de la bolchevique de 1917, lo cual no hizo sino incrementar el poder fascinador que el término revolución tenía para ella, más asociado a una seductora y abstracta idea de cambio que a un acontecimiento histórico real, cuyas verdaderas consecuencias apenas había tenido ocasión de experimentar. La interpretación, muy generalizada, de la Primera Guerra Mundial como una ruptura liberadora con el pasado favoreció un clima prerrevolucionario durante los años de postguerra que se manifestó en tendencias políticas de muy distinto sesgo. Por una parte, la actitud claramente antiliberal y, por tanto, antifrancesa de los círculos intelectuales más conservadores de la República de Weimar, así como el miedo generalizado a la difusión del comunismo, se sumaron a la fascinación intrínseca de la idea revolucionaria, cristalizando en la llamada revolución conservadora (1918-1932), entre cuyos principales simpatizantes cabe destacar a Thomas Mann, Edgar J. Jung, Hugo von Hofmannsthal, Ernst Robert Curtius, Moeller van den Bruck, Oswald Spengler y Ernst Jünger. Con todo, estos representantes nunca unieron sus fuerzas en un colectivo institucionalizado, sino que defendieron, cada uno de ellos, una concepción política privada e individualista.
Resulta compleja la determinación del universo social e ideológico que esta revolución, como tal, pretendía derrocar, complejidad que queda claramente reflejada en la propia contradicción inherente al término (revolución más conservadurismo). Al parecer fue empleado por primera vez por Thomas Mann en 19 21 en la introducción a su Antología rusa, donde reclamaba una «síntesis […] de ilustración y fe, de libertad y
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obligación, de espíritu y cuerpo, dios y mundo, de sensualidad y atención crítica, […] de conservadurismo y revolución», convencido de que un conservadurismo inteligente puede ser más revolucionario «que cualquier ilustración positivista y liberal». La búsqueda de una síntesis de contrarios tan utópica como improbable, así como el mero hecho de que Mann considerara a Nietzsche como representante característico de esta clase de revolución, pone de manifiesto hasta qué punto fue un movimiento abstracto, altamente intelectualizado y alejado casi por completo de cualquier posibilidad de plasmación política realista. Los revolucionarios conservadores trataron de defender unos valores tradicionales, distanciándose al mismo tiempo de cualquier actitud reaccionaria, es decir, del conservadurismo rancio y filisteo de la Alemania guillermina, que despertaba una antipatía general que se vio agudizada tras la derrota de 1918. Definiéndose en gran medida por la antítesis de los fundamentos de la revolución francesa, los revolucionarios conservadores cuestionaron la democracia, la fe en el progreso y el pensamiento racional y abstracto, y los sustituyeron, en términos de Ernst Jünger, por «una nueva relación con lo elemental y con la tierra» [sangre y tierra], así como por una organización política basada en el liderazgo de un Führer, por una concepción cíclica de la historia (O. Spengler) y por un discurso en el que primaba lo metafórico sobre lo conceptual. También la guerra tenía para ellos un importante valor simbólico, en tanto el hombre del frente era «el símbolo y la fuerza creativa de nuestra nueva realidad». (Max Boehm), y la guerra, la representación de la ruptura con un mundo estéril (T. Mann, E. R. Curtius).
Si bien estos aspectos de la revolución conservadora fueron retomados por el nazismo, existen también notables diferencias que se pusieron de manifiesto en la circunstancia de que la mayor parte de los revolucionarios conservadores se distanciaran desde un buen principio del Partido nazi. En términos ideológicos, la diferencia fundamental y determinante reside en la ausencia de elementos racistas en el ideario de la revolución conservadora. Aunque tal vez más desde un punto de vista estético que ideológico, cabe considerar también la conciencia altamente elitista de este movimiento frente a la apelación a las masas del nazismo. Por otra parte, la conciencia antidemocrática de la revolución conservadora la llevaba a rechazar las instituciones legales de la república para alcanzar el poder, lo que contribuyó a mantenerla básicamente alejada de la política real.
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El Partido nazi, mucho más pragmático, supo explotar la fascinación ideológica intrínseca del término revolución y empleó el ideario de la revolución conservadora para legitimarse, aunque simplificando notablemente sus contenidos. (No deja de resultar sorprendente la elevada sofisticación discursiva de un movimiento que supuestamente abominaba del intelecto). Así, el propio Hitler afirmaría frente a las Juventudes Hitlerianas en 1936: «Yo soy el revolucionario más conservador del mundo». Además de la retórica antiburguesa y antiindustrial, el nazismo conservó la idea de la ruptura radical con el pasado a través de la guerra revolucionaria. Lo que en la revolución conservadora aspiraba a la síntesis, en Hitler se transformó en paradoja: así, aun con toda el aura revolucionaria de las luchas callejeras de los primeros años, a los ojos de la clase media Hitler representaba, por encima de todo, la defensa de la moral pública, del orden y de las virtudes burguesas, aspecto que se fue imponiendo cada vez más. Sin embargo, muchos fanáticos de la primera hora no dejaron nunca de sentirse revolucionarios: según recuerda Albert Speer en sus memorias, un jefe regional del Partido le justificó la destrucción arbitraria de un edificio alegando que «los palacios e iglesias eran reductos de un pasado reaccionario y no hacían más que obstaculizar nuestra revolución». Como bien observa Speer, este fanatismo revolucionario era propio de la primera época y «se había ido perdiendo debido a los compromisos con el poder». Esta evolución encuentra su reflejo más atroz en la temprana aniquilación de los dirigentes de la facción más políticamente radical y revolucionaria del Partido nazi —las SA lideradas por Ernst Rohm— durante la Noche de los Cuchillos Largos (30 de junio de 1934), aunque también está presente en la poesía oficial del Partido, en la que la imagen de Hitler como revolucionario aparece casi únicamente durante los años previos a la subida al poder y lo hace de una forma abstracta y sublimada: Hitler como destructor de una época burguesa decadente o restaurador de un antiguo orden perdido. Aunque a finales de 1933 Hitler dio oficialmente por finalizada la revolución nacionalsocialista y envió telegramas de felicitación a sus principales compañeros de lucha antes de centrar sus esfuerzos en transformar esos impulsos revolucionarios primitivos en un régimen totalitario, la magia de una revolución gloriosa no abandonó por completo su lugar en los discursos públicos. Con el estallido de la guerra, Goebbels la recuperó como motor ideológico de la Segunda Guerra Mundial a fin de destacar la
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dimensión trascendental que ésta tenía respecto a la guerra anterior, pues los antecedentes históricos del término revolución contaban también con la ventaja de que permitían explicar y justificar el uso de la violencia contra quienes se oponían a ella.
Más allá de lo fascinante que pudiera resultar para muchos alemanes la aparente realización por medio de Hitler de esa revolución que siempre les había quedado pendiente, se ha debatido mucho hasta qué punto el nazismo ha sido realmente revolucionario. En realidad, el término «revolución» resultaría más apropiado si los nazis hubieran triunfado en su fallido intento de golpe de Estado de 1923 en Múnich. Sin embargo, finalmente el Partido nazi no tuvo necesidad de recurrir a una ruptura violenta de la legalidad vigente para llegar al poder, sino que lo hizo a través de los medios que le ofrecía el mismo sistema democrático al que pretendía oponerse. Por otra parte, tampoco llegó a subvertir la estructura de la pirámide social existente, aunque sí la transformó al someterla a un mecanismo totalizador. Si el disidente Hermann Rauschning llega al extremo de definir el nazismo como una revolución nihilista aún más radical que el bolchevismo, el historiador David Schoenbaum (Hitler’s Social Revolution, 1980) sostiene que el Tercer Reich rompió la estructura de clases tradicional, aumentó la movilidad social y reforzó el desarrollo de una sociedad industrial, aunque logrando de este modo justo lo contrario de lo que su retórica revolucionaria postulaba.
Con todo, independientemente de la controvertida cuestión de si se produjo o no una revolución nazi en el ámbito político y social, de lo que no cabe duda es de que, de haber logrado asentarse a largo plazo, el nazismo habría traído a Europa una profunda y perturbadora revolución en el terreno ideológico, filosófico y religioso. La tradición judeocristiana y el humanismo, los dos pilares que estructuran la identidad cultural europea, habrían sido desbancados por completo por una nueva cosmovisión integral en la que la naturaleza habría pasado a ocupar el protagonismo anteriormente atribuido al hombre. En palabras del historiador Robert A. Pois, la revolución nazi fue una revolución del espíritu cuyo principal propósito habría sido «dar consciencia al hombre ario del lugar que ocupa en un mundo natural lleno de enemigos».
[Bullivant; Burleigh/Wippermann, 16; Faye, 20; Gombrich, 150; Hinton Thomas 99; Pois, 86; Scholdt, 69; Speer (2001), 570].
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«RIENZI».
Estrenada en Dresde en 1842, esta ópera wagneriana inspirada en la novela homónima de George Bulwer-Lytton cuenta la historia de Cola di Rienzi (1313-1354), hijo de un tabernero, que, tras hacer carrera política y ser nombrado tribuno en Roma por el pueblo, reunificó la fragmentada Italia en una poderosa república según el modelo clásico y finalmente acabó perdiendo el favor popular y murió asesinado en una revuelta. En tiempos de los grandes nacionalismos unificadores europeos, la temática de Rienzi fue muy popular, hasta el extremo de inspirar para un libreto al propio Friedrich Engels. Wagner tuvo un enorme éxito de público con su versión operística, en la que Rienzi aparece como un inspirado héroe popular con ideales excesivamente elevados para la plebe a la que defiende y que acaba muriendo bajo las ruinas en llamas del Capitolio. Sin embargo, el efectismo y la pomposidad con que la plasmó musicalmente lo llevó a renegar posteriormente de ella y a prohibir su incorporación al repertorio de Bayreuth.
Según cuenta August Kubizek, amigo de juventud de Hitler, a los diecisiete años (en noviembre de 1906) fueron juntos a una representación de Rienzi en el teatro de Linz que tuvo en Hitler el efecto de una experiencia iniciática. Acabada la función, Hitler cayó en una especie de estado de trance y convenció a Kubizek para que lo acompañara a la colina de Freinberg, desde donde se divisaba toda la ciudad, y, tras un solemne silencio, le comunicó con voz ronca que él iba a recibir de su pueblo la misión de conducirlo hacia la libertad. Lo emocionaron especialmente los versos «… mas si me elegís a mí / como defensor de los derechos que os han sido reconocidos, / ¡volved la vista hacia vuestros antepasados / y nombradme vuestro tribuno popular!».. En la ópera de Wagner, estas palabras de Rienzi reciben la significativa ovación: «Rienzi, Heil!». [saludo nazi]. A Kubizek lo sorprendieron especialmente estas declaraciones de Hitler, pues aquélla era la primera vez que su amigo, en principio aspirante a pintor o arquitecto, le manifestó su intención de ser político. Este dato entra en contradicción con lo que el propio Hitler afirma en Mein Kampf respecto a que su decisión definitiva de renunciar a la arquitectura y «hacerse político» se produjo cuando se enteró de la capitulación alemana en noviembre de 1918, durante la ceguera repentina
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por gases que lo retuvo en un hospital de campaña tras haber luchado como cabo. Es probable que Hitler prefiriera asociar su trascendental decisión de ser político a la derrota de Alemania en la guerra antes que a la impresión que había causado en él una simple ópera.
También la viuda de Kubizek afirmó que a partir del día de la representación de Rienzi Hitler manifestó frecuentemente su intención de llegar a ser tribuno del pueblo. En 1939, Hitler invitó a su viejo amigo a Bayreuth, donde, al rememorar sus experiencias juveniles, entre ellas aquella función de Rienzi, le dijo solemnemente: «Fue entonces cuando empezó todo». También Speer recuerda inequívocas declaraciones de Hitler a Robert Ley al respecto: «Mire, Ley, no elijo por capricho la obertura de Rienzi para inaugurar la Asamblea plenaria. Tampoco es una cuestión musical. Aquel hijo de un humilde tabernero consiguió, cuando tenía apenas veinticuatro años, hacerse con el pueblo romano e inducirlo a deshacerse de un Senado corrupto, invocando el grandioso pretérito del Imperio. Pues bien, cuando era joven, escuché cierta vez esa música divina en el teatro de Linz, y entonces tuve el presentimiento de que yo también conseguiría unificar y engrandecer el Imperio alemán». Consecuentemente, la obertura de Rienzi se convirtió en el himno secreto del Tercer Reich y se hizo célebre por inaugurar musicalmente los mítines del Partido en Nuremberg, y no sorprende que en 1939, con motivo del quincuagésimo cumpleaños de Hitler, unos ricos industriales lo obsequiaran con los cuatro cuadernos manuscritos que contenían la partitura original de esta ópera de Wagner.
En vista de los acontecimientos posteriores, se puede afirmar que la analogía identificatoria de Hitler con Rienzi resultó fatídica, en la medida en que también el tribuno de la plebe que fue Hitler acabó renegando de su propio pueblo y sucumbiendo entre las llamas de la sitiada Berlín.
[Goodrick-Clarke (1998), 119-120; Hamann, 39-40, 79; Jäckel, 130; Mein Kampf 225; Speer (1976), 109,127].
ROBLE [al.: Biche].
El hecho de que el roble fuera el árbol más habitual en el paisaje boscoso centroeuropeo en tiempos de los romanos y de la Alta Edad Media puede contribuir a explicar la importancia de su papel como árbol sagrado para muchos de los pueblos del ámbito lingüístico indoeuropeo.
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En la antigua cultura germánica, el roble estaba dedicado a Donar o Tor, dios del trueno y de la agricultura. Precisamente uno de los robles sagrados más importantes empleados para rendir culto a este dios en los bosques de Teutoburgo fue talado en el año 723 por el gran misionero irlandés Bonifacio, acto simbólico que marca históricamente el inicio de la evangelización de Alemania.
En la cosmovisión nazi se consideraba el entorno del roble como el lugar en que los antiguos germanos se reunían a esperar el amanecer y rendir culto al Sol [solsticio]; estos lugares sagrados habrían sido abusivamente sustituidos por los templos y campanarios cristianos. Por tanto, dada la actitud manifiestamente anticristiana del nazismo, no es de extrañar que el roble volviera a encontrar un importante acomodo en la simbología nazi y adquiriera una renovada presencia en diversos ámbitos de la vida del Tercer Reich. Si ya el emblema de la sociedad Tule mostraba dos ramas de roble cruzadas sobre la empuñadura de una espada, también la esvástica que sostenía en sus garras el águila nazi aparecía rodeada de una corona de roble. Albert Speer cuenta que durante el Tercer Reich se proyectó la plantación de arboledas de roble en las ciudades; en ellas debían construirse edificaciones de carácter sacro destinadas a celebrar victorias o a honrar la memoria de personalidades destacadas. En Vogelsang, nombre de uno de los tres Ordensburg (centros de formación para futuros líderes del Partido nazi) que ordenó construir Hitler, el imponente portal de la entrada era soportado por seis columnas talladas en la madera de un roble de setecientos años de antigüedad.
En los libros de texto de las escuelas del Tercer Reich se ensalzaba la gran fuerza y resistencia del roble «en la batalla contra el viento y el agua», considerándolo una elocuente metáfora del ideal al que debía aspirar la juventud alemana. Pero tal vez el simbolismo más elocuente relacionado con el roble en la Alemania nazi se diera durante los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, en los que las clásicas coronas de laurel y ramas de olivo con que anteriormente se había honrado a los vencedores fueron sustituidas por una corona de roble, siguiendo así un viejo uso nacionalista de la tradición gimnástica alemana. El arquitecto Werner March, autor tanto de la construcción original como de la ampliación del estadio olímpico, había afirmado que «el roble alemán sustituye al olivo sagrado que había ante el templo de Zeus». Además de la corona, los ganadores también recibían un plantón de roble que, según los
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obsequiantes, simbolizaba «la esencia, fuerza, energía y hospitalidad alemanas» y en cuya maceta figuraba la inscripción: «Crece en honor del vencedor y proclama acciones futuras». Es de suponer que numerosos robles seguirán creciendo aún hoy, dispersos por todo el mundo, en los jardines que pertenecieron a los vencedores de aquellas Olimpiadas.
Tilly Fleischer, vencedora olímpica en lanzamiento de jabalina por Alemania, tras recibir su corona y plantón de roble.
[Adam (March, 249); Döbler, 103; Hoffmann, 42; Mosse, 304; Sünner, 101].
RUNAS [al.: Runen].
Las runas son signos gráficos que, sobre la base de un alfabeto extranjero cuya identidad todavía resulta controvertida, fueron utilizados
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en el ámbito germánico de la Europa septentrional a partir del primer siglo de nuestra era. Las últimas investigaciones llevadas a cabo por el lingüista americano Thomas Markey parecen avalar la tesis según la cual el alfabeto rúnico sería una derivación del etrusco que habría sido transmitida a la Europa septentrional por los celtas. Según el mito, fue preciso que el dios Odín (Wotan), en una práctica a todas luces chamánica, se colgara durante nueve días del árbol cósmico Yggdrasil y se hiriera con una lanza a fin de adquirir el saber de las runas. Los antiguos germanos las creían dotadas de grandes poderes mágicos. Tácito describe en su Germania una práctica oracular a base de varas de madera con unos grabados que podrían ser runas; por otra parte, se creía que las inscripciones rúnicas en —espadas u otros objetos los dotaban de un poder adicional. El alfabeto rúnico, en cuanto forma rudimentaria de escritura, se desarrolló bajo la influencia de la cristianización y de la confrontación con la Biblia, aunque su uso se limitó a inscripciones breves y de simplicidad extrema.
Cuando los países del norte de Europa lucharon por definir su propia identidad nacional necesitaron hallar el modo de superar su franca desventaja cultural respecto a la tradición grecorromana del sur. Para ello recurrieron a ensalzar la importancia de las runas, que pasaron a convertirse en una antítesis del alfabeto latino y de su hegemonía cultural. En el siglo XV, en el llamado renacimiento escandinavo que constituyó una reacción autóctona al humanismo europeo, las runas permitieron demostrar que el norte no carecía de tradición propia, afianzando así su autonomía cultural. Sin embargo, dado que la complejidad de la tradición rúnica no resultaba comparable en absoluto a las grandes tradiciones meridionales, se compensó esta carencia creando la leyenda de la mayor antigüedad del alfabeto rúnico, leyenda que perduraría hasta el advenimiento del nazismo. Así, el humanista sueco Johannes Magnus afirmó en una obra histórica publicada en Roma en 1554 (y traducida del latín al sueco por orden del rey Gustavo II Adolfo en 1620) que los antiguos suecos habrían dominado el arte de la escritura desde «antes del diluvio o justo después de él». En su Historia de la lengua alemana (1716), Johann Augustin Egenolff se encargaría de trasladar esta tesis a Alemania al hacer derivar el alemán de la lengua celta del norte, cuyo alfabeto rúnico sería mucho más antiguo que cualquier testimonio pétreo griego o romano. Egenolff llegaría incluso a afirmar que el latín habría derivado a su vez de la mezcla de este celta nórdico y el alemán.
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Aunque la difusión de la teoría de Egenolff quedó reducida a un pequeño círculo de eruditos, contó con una pervivencia singular en la figura del ariosofista Guido von List. En 1902, cuando List fue operado de cataratas, sufrió once meses de ceguera transitoria en el transcurso de la cual su ojo interior le hizo vislumbrar una religión germánica y el origen de las runas, revelaciones a partir de las cuales trató de reconstruir la lengua aria primigenia que habría dado lugar a todas las demás. Para ello List trató de interpretar, por una parte, las letras y sonidos de las runas, y, por otra, las inscripciones y emblemas antiguos y expuso sus resultados en El secreto de las runas (1907). El ocultismo rúnico surgido de este empeño constituyó una de las claves del esoterismo de List, que obtuvo cierta popularidad durante la Primera Guerra Mundial. List recibió desde el frente numerosas cartas de soldados que, influidos por la lectura de su obra en trincheras y hospitales de campaña, y tras haber encontrado runas inscritas en piedras muy alejadas de su tierra natal, alegaron haber renovado así su confianza en una victoria final de los ariogermanos. Uno de los «descubrimientos» más singulares de List, que ya había avanzado en 1891, fue el de que la heráldica medieval se basaba en runas mágicas cuyas formas permanecían ocultas tras las convenciones simbólicas y resultaban únicamente visibles para los iniciados. Más adelante, ya influido por el teosofismo, List llegó a la conclusión de que estos signos serían una muestra del legado secreto de los armanes. En 1912, el discípulo de List, Philipp Stauff, extendió la tesis de su maestro a las vigas de madera de las casas tradicionales de paredes entramadas alemanas, en cuya configuración geométrica también creyó ver runas ocultas.
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Desciframiento de las runas ocultas presentes en el escudo de armas de Ernst Lauterer (alias Tarnhari), un admirador y discípulo de Guido von List.
Otro de los estudiosos ariosofistas de las runas fue Rudolf von Sebottendorf, quien a raíz de uno de sus viajes a Turquía en 1908, en el que profundizó en el estudio del misticismo islámico, creyó ver una fuente aria común para esta tradición mística y las runas germánicas. En 1916, tras haber sido informado por un líder de la Orden de los Germanos de que el conocimiento ario del poder mágico de las runas se había visto oscurecido por la degeneración ocasionada por los judíos y de que sólo la depuración racial permitiría recuperar ese saber, Sebottendorf renovó su interés por las runas. Bajo la influencia de los escritos de List, consideró que las runas constituían «el poder esotérico primigenio» por excelencia. Su interés quedaría plasmado en el nombre —Runen— de la revista mensual que publicaría a partir de 1918. En su famoso discurso pronunciado ante la Sociedad Tule el 7 de noviembre de ese mismo año, aludió a la runa Ar ( ) como símbolo del «ario, del fuego primigenio, del sol, del águila».
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Otro defensor del ocultismo rúnico influido por List fue Rudolf J. Gorsleben, para quien las runas constituían el centro de la cosmovisión mágica aria. Gorsleben trató de reconstruir la ciencia espiritual de las runas y de sus poderes mágicos al emplearlas como conductoras de una energía que supuestamente animaría el universo entero y podría influir en el mundo material. Así, las runas pasaban a ser un vínculo entre el macrocosmos y el microcosmos del hombre ario y a ofrecer una unión mística con Dios. Según Gorsleben, la más sagrada de todas sería la runa Hagal ( ) —ya definida por List como contenedora de la potencia creadora de la divinidad primordial—, que se hallaría presente en el hexágono, la flor de lis de la heráldica e incluso en la pirámide de Keops, ya que la civilización aria primigenia habría sobrevivido secretamente bajo toda clase de formas culturales. Para Gorsleben, las distintas formas de cristalización mineral no serían más que proyecciones sólidas y geométricas de las runas, lo que probaría su importancia cósmica. Bajo la influencia de Gorsleben, un miembro de la Sociedad Edda diseñó un reloj rúnico universal que mostraba la correspondencia de las 18 runas con los colores, los signos del zodíaco, los dioses mensuales, los nombres escáldicos y la tríada de nacimiento, ser y muerte que había sido proclamada por List.
El ocultismo de las runas llegó a alcanzar gran popularidad en los círculos esotéricos alemanes. Además de los autores nombrados, hubo otros seguidores de esta tendencia durante la República de Weimar, aunque no todos compartieran el virulento ariosoíismo de sus antecesores. Friedrich Bernhard Marby fundó una escuela mística de ocultismo rúnico en la que se aprovechaban los supuestos beneficios curativos de las runas mediante la adopción de posturas gimnásticas en las que se imitaba su forma. Según Marby, claramente inspirado por el yoga, la práctica de cada una de estas posturas rúnicas al tiempo que se pronuncia —como si se tratara de un mantra— el sonido que le corresponde favorecería la recepción de la energía cósmica. Marby, influido por List, creía que los sitios sagrados de los antiguos germanos eran lugares especialmente apropiados para practicar las posturas rúnicas y que los blasones heráldicos procuraban pistas que permitían localizarlos. En 1932 estos singulares ejercicios rúnicos fueron incorporados al programa de enseñanza de la Escuela Ariosófica, fundada en 1931 en Pressbaum por el ariosofista Herbert Reichstein.
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Clase de simbología rúnica impartida a un grupo de miembros de las SS.
Sin embargo, el principal ocultista experto en runas del nazismo (si bien sobre todo dentro del ámbito restringido de las SS) fue sin duda Karl María Wiligut, el Rasputín de Himmler, quien aseguraba haber recibido estos conocimientos de su abuelo Karl. Para Wiligut, en una teoría que delata claramente la influencia conjunta de los ariosofistas Guido von List y Lanz von Liebenfels, las runas contendrían en su código cifrado la historia entera de la creación del hombre, originada en tiempos inmemoriales en los territorios del Polo Norte. Allí habría residido una raza etérea y luminosa de profundísima sabiduría que, sin embargo, habría ido degenerando con el tiempo a causa de la degradación racial producida por su mezcla de sangre con los pueblos del sur. Sólo los iniciados podrían tener acceso al misterioso lenguaje de las runas, accesible a través de una clave secreta. Himmler encargó a Wiligut el diseño de un anillo con el que honrar los méritos extraordinarios de los miembros más destacados de las SS, el llamado anillo de la calavera (Totenkopfring), que se regalaba acompañado de un certificado que describía tanto la ornamentación como su simbolismo. En este anillo, además de la esvástica (cuya leyenda es «sé uno con Dios, el eterno») figuran tres signos rúnicos cuyo significado ha sido tomado casi literalmente de Guido von List: la runa Hagal ( ) («vela por el universo que hay en ti y dominarás el universo»), la runa Sol ( )
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(«el espíritu creador tiene que vencer») y la doble runa Sig ( ), seguida de
lo que parece una superposición de la runa Tyr ( ) con la Os ( ), seguramente ideada por el propio Wiligut, «la fuerza de tu espíritu te hace libre». (Wiligut empleó una combinación similar en el diseño de un cuenco de madera empleado en la ceremonia del pan y de la sal que acompañaba a las bodas de los miembros de las SS y que él solía oficiar, a modo de sacerdote neopagano, provisto de una vara goda igualmente decorada con runas). En 1938, Himmler declaró que los anillos de la calavera de todos los miembros de las SS debían ser devueltos a su muerte al castillo de Wewelsburg, el principal centro ceremonial de las SS, a fin de que fueran custodiados en un cofre como expresión simbólica de la perdurabilidad de sus portadores en la orden.
Diseño del anillo de la calavera (Totenkopfring) de las SS (1(141).
Aunque el supuesto carácter de experto que Himmler le atribuía a Wiligut fue continuamente desafiado por otros prehistoriadores serios de las SS, Himmler no dejó de confiar en él ni siquiera después de que hubiera sido expulsado del cuerpo. En 1940 le consultó qué runa se
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adecuaría mejor como símbolo a las tumbas de los soldados de las SS caídos en combate: si una runa Tyr ( ), símbolo de un ciclo eterno, o la runa Madr ( ), runa de la vida, que sugería la inmortalidad de los caídos por la patria. Wiligut prefirió el empleo de esta última, ya que significa «la concepción eterna de Dios-Espíritu, es decir, la inmortalidad». El geólogo Batti Dohm, en un libro admirado y recomendado por Himmler, cifra los orígenes de esta primera runa en el momento en que el hombre, tras el diluvio universal, alzó los brazos al cielo para darle gracias a Dios por haberlo convertido en señor de la Tierra. Así habría nacido «la runa de la oración, del agradecimiento para con el Eterno Primigenio, la runa del hombre (Mann) y de la humanidad, del espíritu y del pensamiento». Durante el Tercer Reich, la runa Madr también fue el símbolo de los farmacéuticos y de los panaderos. Según cuenta Victor Klemperer, en las notas necrológicas de los periódicos del Tercer Reich era frecuente que la runa Madr o runa de la vida ( ) apareciera en lugar del tradicional asterisco a fin de indicar la fecha de nacimiento del difunto, mientras que su forma inversa, la runa Yr ( ), era empleada ante la fecha de la muerte en sustitución de la cruz latina. Según nota Klemperer, esta modalidad rúnica empezó a desaparecer paulatinamente de las necrológicas a partir de 1941, a medida que disminuía la confianza en el régimen y había cada vez menos gente dispuesta a caer por el Führer. Es muy probable que en esta runa se viera también el símbolo de la antorcha, que en la mitología clásica representaba la vida o la muerte en función de si el daimon que la portaba la sostenía en alto o en posición invertida. Fue Lessing quien, en su conocido tratado Cómo representaban la muerte los antiguos (1769), insistió en la conveniencia de emplear este símbolo, y no la tradicional calavera cristiana, como identificación de la muerte, que de este modo deja de ser representada como un acontecimiento horrible para adquirir un carácter más amable. Dada la continua invitación nazi a morir por el bien del pueblo, este punto de vista se integraba óptimamente en su cosmovisión.
Con todo, posiblemente la runa mejor conocida durante el Tercer Reich fue la Sig ( ), que ya Guido von List había interpretado como símbolo de la raza aria pura. No sorprende, por tanto, que fuera adoptada individualmente como símbolo de las Juventudes Hitlerianas y, duplicada ( ), como insignia de las SS. Además, fue tan frecuentemente empleada
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que las máquinas de escribir alemanas de la época disponían de una tecla especial con esta versión doble de la runa. Su aspecto anguloso y agresivo, ya presente en otros símbolos destacados como la esvástica, resultaba muy afín a la estética nazi. Por otra parte, su nombre, Sig, es fonéticamente idéntico a Sieg («victoria»), A todo ello cabe añadir el hecho de que ya antes de 1933 el mismo símbolo fuera empleado como señal de «¡Alta tensión, peligro!». debido a su similitud con el rayo. Esta semejanza fue igualmente advertida por el investigador de las SS Karl Theodor Weigel, quien interpretó esta runa como el relámpago que descarga la tensión de la atmósfera, rompe las nubes e invoca la lluvia; según Weigel, sería «el falo celestial que haría florecer la flor de la tormenta».
Klemperer observa que, al ser recuperadas por el nazismo, las runas pasan a ser tanto un pictograma simbólico como un significante abstracto, sobrepasando de este modo la frontera que separa a la letra de lo pictórico y constituyendo así «un regreso a la sensualidad de los jeroglíficos». Probablemente estribe en ello su concisa eficacia y su poder de evocación, ampliamente explotados durante el Tercer Reich, en el que las runas constituyeron un referente cotidiano. En la actualidad, y debido a la prohibición en Alemania del símbolo de la esvástica, los grupos de extrema derecha han optado por recurrir nuevamente a las runas como seña de identidad.
[Döbler, 235-236; Goodrick-Clarke, 41, 47, 132, 138, 142-143, 145, 157 159,161-162,174,180,187, 260; Gugenberger (Wiligut, 106), 49,53, 83, 103; Klemperer (1975), 92-94; (1995), vol. IV, 95, vol. V, 57; Pois, 56, 64; von See, 68-70, 72-73; Sünner (Dohm, 49), (Weigel, 91), 90].
SACHSENHAIN MEGALITO.
SALUDO NAZI.
[al.: Hitler-Gruss, Heil-Gruss, deutscher Gruss].
El saludo efectuado con el brazo derecho alzado y la palma de la mano hacia abajo se remonta al Imperio Romano, donde, a juzgar por bajorrelieves y pinturas murales, se empleaba para saludar al cesar. Fue retomado por el fascismo italiano en su deseo de establecer una analogía entre su movimiento y el pasado glorioso de Italia. No obstante, también había sido adoptado por los movimientos juveniles alemanes de principios de siglo, que, en su búsqueda de formas de vida alternativas, rechazaban el
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habitual saludo burgués del apretón de manos y preferían alzar el brazo derecho al grito de «Heil». La inspiración fascista del nazismo favoreció su posterior adopción como saludo civil nazi, aunque Hitler no tardó en introducirlo también en el ejército en sustitución del saludo militar. Según sus declaraciones, Hitler decidió apropiarse del saludo fascista tras leer que, en la Dieta de Worms, Lutero fue recibido con este saludo alemán, que por aquel entonces indicaba intenciones pacíficas, significado que Hitler buscaba preservar. Afirmó haberlo visto por primera vez en 1921, en el Ratskeller de Bremen, y lo consideraba un vestigio de la antigua forma de saludo de los nobles medievales, que, a diferencia de sus súbditos, no se quitaban humildemente el sombrero. El saludo nazi debía ir acompañado de la exclamación «Heil Hitler!». o, en caso de estar dirigido a Hitler en persona, de «Heil, mein Führer!».. En las celebraciones del Partido se respondía con «Heil!». al grito de victoria («Sieg!»). previamente pronunciado por el líder que dirigiera el acto. Determinadas situaciones políticamente significativas, como el entonar de la canción de Horst Wessel, se acompañaban únicamente del brazo alzado en alto. En los encuentros no oficiales bastaba con levantar el antebrazo. En el ejército se siguió practicando el saludo militar hasta que, tras el atentado fallido del 20 de julio de 1944, Hitler impuso la obligatoriedad del saludo nazi.
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El saludo nazi llegó a formar parte de todos los ámbitos de la vida cotidiana, como se aprecia en la boda de este miembro de las SS. Nótese el libro que el novio lleva bajo el brazo, muy probablemente uno de los ejemplares de lujo de Mein Kampf que durante el Tercer Reich se regalaban oficialmente a todos los recién casados.
Si bien nunca se promulgó una ley que lo hiciera obligatorio para todo el mundo, lo era para los funcionarios públicos y, de facto, para todos los demás alemanes, pues se trataba de un gesto manifiesto de adhesión al régimen; su omisión se interpretaba como un acto de rebeldía contra el espíritu nacionalsocialista y podía originar graves represalias. (Por el contrario, algunos grupos marginados, como los presos, tenían prohibido efectuarlo, lo que simbolizaba su exclusión temporal de la comunidad del pueblo). Durante los primeros desfiles de las SA, miembros de esta organización vestidos de civil vigilaban a los espectadores apostados en las aceras, que podían recibir un golpe en la nuca si no avanzaban tres pasos y efectuaban el saludo. También la actriz sueca Ingrid Bergman recuerda en sus memorias el terror desesperado de su acompañante Carl Froelich cuando ella se negó a alzar el brazo en el estadio durante un acto deportivo en el que se encontraba Hitler. El saludo nazi era lo suficientemente aparatoso para que incluso en una masa de miles de personas con el brazo en alto, una única omisión pudiera ser advertida incluso a considerable distancia. Obviamente, esta característica facilitaba los mecanismos de control totalitario de la población y ahogaba simbólicamente cualquier resistencia ideológica. Pero no sólo su omisión, sino también la intensidad del saludo revelaba la verdadera filiación política de quien lo efectuara. Según recuerda el escritor Günther Gaus, un brazo que únicamente se alzara a la altura de las cejas para volver a caer enseguida o un «Heil Hitler!». apenas musitado podía interpretarse como una señal secreta de disconformidad con el régimen y constituía una de las pocas maneras no excesivamente arriesgadas de expresar rebeldía durante el Tercer Reich. En las cartas y en la comunicación escrita se podía lograr el mismo efecto sustituyendo la despedida habitual «Heil Hitler!». por la variante dulcificada «con un saludo alemán». (Mil deutschem Gruss}. La paulatina sustitución espontánea del saludo nazi por el «buenos días» (guten Tag) que se hizo ocasionalmente perceptible a partir de 1940 constituía un indicativo revelador del creciente descontento de la población con el régimen. Por su connotación cristiana, el grüss Gott («Dios te salude»), tradicionalmente empleado como saludo en el sur de
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Alemania, había quedado vetado por completo, y pronunciarlo podía constituir una toma de posición aún más manifiesta en contra de Hitler. Por otra parte, también el saludo nazi podía constituir una clara provocación, como cuando el ministro de asuntos exteriores Von Ribbentrop lo empleó, con un sonoro «Heil Hitler!»., para saludar en Londres a la reina de Inglaterra durante la ceremonia de coronación.
El saludo nazi también podía considerarse una prueba de resistencia e incluso una muestra simbólica de espíritu de sacrificio. Mantener el brazo en alto durante mucho tiempo, como frecuentemente exigían los actos públicos del Tercer Reich, suponía un esfuerzo considerable y a menudo doloroso que los partidarios más fanatizados del régimen aceptaban con orgullo. El propio Hitler declaraba sentirse orgulloso de ser capaz de mantener el brazo en alto durante horas sin desfallecer ni temblar siquiera, aunque para ello, según recuerda Albert Speer, tuviera que entrenarse expresamente todas las mañanas con unas poleas elásticas.
La partícula Heil ya se empleaba como saludo en tiempos de los germanos, aunque adquirió connotaciones políticas al ser la forma habitual de saludar de los grupos pangermanistas austríacos con los que Hitler simpatizaba durante su infancia en Linz, frente al Hoch! («¡arriba!»). preferido por los partidarios de la casa de Habsburgo. Etimológicamente es un sustantivo emparentado con heilen («curar, sanar»), por lo que puede ser traducido por salud. Sin embargo, su forma también es idéntica al imperativo de este verbo, por lo que al ir acompañado de su segunda parte, como observa Rosenbaum, podía interpretarse como el llamamiento «¡cúranos, Hitler!»., manifestando una ambivalencia que bien pudiera ser premeditada. Por otra parte, el término tiene inequívocas connotaciones religiosas, dado que, en el contexto cristiano, Heil significa «redención» (heilig: «santo»; Heiland: «Mesías»), Con motivo de un saludo multitudinario a Hitler en Sarrebruck, Goebbels, por ejemplo, anota extasiado en su diario que «el heil suena como una oración». Según observa Erika Mann, la usurpación del ámbito religioso queda puesta en evidencia por medio del precepto ministerial del 5 de enero de 1934, por el que se ordena que todas las clases de religión en las escuelas se inicien con la frase «Heil Hitler! Alabado sea Jesucristo para toda la eternidad, amén» y se terminen del mismo modo, aunque invirtiendo los términos de manera que «Heil Hitler!». quede al final. De este modo se evoca también la
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asociación entre Hitler y la interpretación cristiana de Jesucristo en cuanto alfa y omega, principio y fin.
El saludo nazi tiene su más clara antítesis simbólica en el puño en alto del comunismo. Así se pone claramente de manifiesto en la película propagandística Hans Westmar (1933), inspirada en la biografía de Horst Wessel, cuya última escena, de gran efectismo visual, muestra cómo el martirio político del protagonista no ha sido en vano, y, en la comitiva fúnebre, los puños en alto de un grupo de trabajadores bolcheviques convertidos terminan abriéndose con convicción para formar el saludo nazi. En otras ocasiones la propaganda recurrió al falseamiento premeditado de la realidad: así, durante las Olimpiadas de Berlín de 1936, en las tomas realizadas para la célebre película documental La fiesta de los pueblos (1938), Leni Riefenstahl hizo filmar a distancia el saludo olímpico efectuado por los deportistas franceses durante la inauguración de los Juegos (brazo estirado lateralmente con la palma de la mano hacia abajo) de tal modo que el espectador tenía la sensación de que los atletas estaban rindiendo pleitesía a Hitler mediante el saludo nazi.
[Bergmann, 48; Courtade/Cadars, 50; Edschmid, 481, 495; Goebbels, 857-858; Reich-Ranicki (Gaus 250); Hitler (1953), 172; Hoffmann, SS, 146; Junge, 108, 155; Kastner, 152; Klemperer (1995), vol. IV, 106; v. Lang, 99; E. Mann, 24, 100; Niirnberger Prozess, 14 753; Rosenbaum, 215; Speer (1976), 112].
SANGRE [al.: Blut].
La sangre constituye la sustancia mística sobre la que se asienta el pilar de la cosmovisión nazi. La naturaleza simultáneamente simbólica y biológica de la sangre, entendida como portadora de la raza, permite interpretarla tanto desde la óptica cientifista de la antropología racial como, a la vez, trascenderla y sublimarla hasta atribuirle claras dimensiones místico-religiosas. A través de la sangre se pone de manifiesto el materialismo fundamental de la religión secular nazi, que rinde culto a un concepto —lo ario— que, aun siendo abstracto, halla su encarnación biológica en el cuerpo físico de una comunidad. La sangre es el elemento a través del cual se efectúa dicha encarnación.
Si ya Tácito había afirmado que a los germanos les parecía propio de débiles «ganarse con sudor lo que se puede conquistar con la sangre» (Germania, 14), el teórico que más inequívocamente trasladó esta cuestión a la ideología nazi fue Alfred Rosenberg, quien hizo de la sangre y sus
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connotaciones «el mito del siglo XX». En su obra capital, así titulada, Rosenberg criticó a los positivistas decimonónicos que «arrebataron el alma a la sangre al convertirla en una mera fórmula química, tratando así de explicarla», incapaces de percibir la religión que había en ella. «Hoy, sin embargo, despierta una nueva fe: el mito de la sangre, la convicción de que con la sangre también se defiende la esencia divina del hombre propiamente dicha. La fe, encarnada en el más claro conocimiento, en que la sangre nórdica representa ese misterio que sustituye y supera los viejos sacramentos». Sin embargo, las analogías —o usurpaciones— obtenidas de la teología y liturgia cristianas no se limitan a los sacramentos: «Al igual que el mito romano de la representación de Dios a través del Papa ha abarcado y vinculado pueblos muy distintos y corrientes divergentes, también el mito de la sangre —una vez asumido—, a la manera de un imán, terminará por proporcionar una clara ubicación arquitectónica, remitiendo a un mismo centro, y, así, permitirá una fértil incorporación al todo comunitario de personalidades y comunidades religiosas muy distintas, sin atender a sus diferencias». En la visión de Rosenberg la sangre —nórdica, se entiende— no es sólo un misterio sacramental, sino también un elemento aglutinador que, como el Papa para la comunidad católica, permite la cohesión física y simbólica de la comunidad.
Por su parte, Hitler pone de manifiesto en Mein Kampf el determinismo biológico que implica ser de una misma sangre al destacar que es tan sólo ésta, y no una lengua o cultura en común, lo que determina la pertenencia a una comunidad. De ahí que la imperiosa necesidad de conservar la pureza de la sangre se convierta no sólo en el principio ético primordial de la cosmovisión nazi, sino en el eje en torno al cual gira toda su cosmogonía, significativamente inspirada una vez más en el universo judeocristiano: «Pero finalmente los conquistadores [tribus arias] vulneran el principio de la pureza de su propia sangre al que originariamente se habían atenido, empiezan a mezclarse con los habitantes sometidos y, con ello, ponen fin a su propia existencia; pues al pecado original cometido en el Paraíso siempre le sigue la expulsión de éste». La pureza de la sangre (ya idealizada en España desde 1492 por los cristianos puros a fin de distinguirse de los conversos) se convierte en un ideal de perfección absoluta, y recuperarla supone regresar al paraíso perdido del hombre ario, un paraíso «que él mismo se había creado». Y es que, a diferencia esta vez de la teología cristiana, el paraíso en la Tierra no viene dado por Dios, sino
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que ha sido creado por el hombre, por lo que éste tiene en sus manos su recuperación y recreación. En un descenso súbito hacia el materialismo desde estas alturas teológicas, Hitler aduce que, para ello, el hombre ario no tiene más que «compadecerse de su propia sangre» y criarse a sí mismo con la misma dedicación con la que cría a «perros, caballos y gatos». (Ya H. S. Chamberlain había sugerido criar las razas humanas como a los caballos pura sangre ingleses). Y es que «la mezcla de sangre y el descenso del nivel racial que ésta implica es la causa única de la decadencia de las viejas culturas». Al igual que los cataros identificaban la sangre con el alma, en el nazismo se establece una vinculación directa entre la sangre de un pueblo y sus logros culturales: «Tan sólo en la sangre reside tanto la fuerza como la debilidad del ser humano».
Lamentablemente, para llevar a cabo la crianza de sí mismo postulada por Hitler —o, en la terminología más florida de Rosenberg, para «someterse a la eterna ley natural de la aristocracia de la sangre»— no basta con resistir pasivamente, a la manera cristiana, al pecado de la mezcla, sino que se hace inevitable adoptar asimismo una postura activa, consistente en depurar la hermandad de sangre aria de los componentes que son ajenos a ella. De lo contrario, la tentación de la mezcla de sangres podría volver a cernirse sobre alguno de sus miembros más débiles, arrastrando consigo al desastre a la comunidad entera. No es de extrañar que, a fin de incrementar ideológicamente esta amenaza, el elemento de la sangre desempeñara también un claro papel simbólico en el arquetipo nazi del judío. Tres parecen ser los principales sacrilegios de los judíos contra la sangre aria: absorberla, verterla o contaminarla. La calificación de «eterna sanguijuela» con que Hitler los califica en Mein Kampf representa claramente la visión del judío como parásito que absorbe traidora e insidiosamente la energía vital de su anfitrión ario; mientras que Julius Streicher, en su obsceno periódico Der Stürmer, se ocupó de propagar y renovar el viejo infundio de origen medieval sobre los supuestos sacrificios rituales de niños cristianos por parte de los judíos. Estos libelos solían contener detalladas descripciones sobre el modo en que los judíos recogían en un recipiente la valiosa sangre de la víctima sacrificial para tomársela durante la Pascua mezclada con el pan ácimo y el vino. Sin embargo, el aspecto más inquietante atribuido a los judíos en la cosmovisión nazi es su supuesto afán premeditado de contaminar la sangre aria; según Hitler en Mein Kampf, una «empresa planificada» frente a la
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que «cientos de miles de personas de nuestro pueblo pasan de largo como si estuvieran ciegos». La misión de preservar la pureza de la sangre alemana, supuestamente asignada a Hitler por la Providencia, implicaba despertar a la población y alertarla del peligro al que estaba siendo expuesta sin saberlo, ya que «la pérdida de la pureza de la sangre destruye la felicidad interior para siempre, degenera al hombre para toda la eternidad y sus consecuencias ya nunca más pueden eliminarse del cuerpo ni del espíritu».
Fue nuevamente Julius Streicher quien, en un opúsculo pseudocientífico, se encargó de especificar con morboso detalle el modo en que se produce tan indeleble contaminación: «El semen masculino es absorbido totalmente o en parte por la matriz femenina, pasando así a su sangre. Un único coito de un judío con una mujer aria basta para envenenar su sangre para siempre. […] Aunque se casara con un hombre ario, ya nunca más podría tener niños arios puros, sino sólo bastardos en cuyo pecho residirían dos almas». De ahí que, según Streicher, el judío manifieste un interés tan grande por seducir a las mujeres arias, pues de este modo contamina para siempre la sangre de sus víctimas y contribuye a la difusión de su propia raza. Con todo, Streicher contaba con prestigiosos antecedentes en la defensa de estas teorías supuestamente científicas, que hoy nos parecen descabelladas. En 1881, Richard Andrée había postulado ya la fuerza de la sangre judía, capaz de sobrevivir a cualquier mezcla de sangre ajena. Hacia 1900, la tesis de la telegonía o fecundación aplazada todavía era sesudamente debatida en los manuales científicos y se creía demostrada por la observación de que una hembra de perro de pura raza que hubiera sido cruzada una sola vez con un bastardo estaba condenada a parir cachorros impuros toda su vida. El propio Darwin elaboró una lista de estas supuestas formas anómalas de reproducción, y en 1917 Arthur Dinter se inspiró en la telegonía para escribir su novela antisemita El pecado contra la sangre, que en 1934 llegó a los 260 000 ejemplares. Resulta consecuente con esta concepción pseudocientífica que en 1934 Streicher desatara una violenta campaña contra la «diabólica invención judía» de los sueros y vacunas, al estimar que contaminaban la sangre aria al impregnarla premeditadamente de las sustancias extraídas de animales enfermos, poniendo así nuevamente de manifiesto la singular y reveladora combinación de visiones biologistas y místicas que conforman el concepto nazi de la sangre.
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Lógicamente, todas estas consideraciones parten del supuesto de que existen ciertas características comunes e intransferibles en la sangre de todos los miembros de una raza determinada, así como marcadas diferencias respecto a la de otros grupos raciales. Este principio ya había sido expuesto en 1913-1914 por uno de los seguidores monistas de Ernst Haeckel, quien afirmó que «las investigaciones contemporáneas en ciencia racial» habrían demostrado que hay diferencias en la «sangre, albúmina y embriología» entre las distintas razas. De ahí que miembros de las SS trabajaran en laboratorios tratando de aislar la sangre aria pura. Significativamente, las facciones militares de este cuerpo llevaban tatuada bajo la axila la inicial de su grupo sanguíneo, lo cual, además de facilitar las transfusiones en caso de que cayeran heridos, constituía un signo visible de su hermandad de sangre y los distinguía de los demás soldados. Dado que, según Fichte, la sangre de Jesús únicamente se halla contenida en la sangre de los alemanes, no ha de sorprender tampoco la fascinación nazi por el mito del Santo Grial, la copa que habría contenido la sangre pura del ario Jesucristo. De todos los conceptos pseudorreligiosos nazis, el de la sangre es probablemente el que más se aproxima a la idea de trascendencia, en la medida en que en él se encarna la inmortalidad a la que aspira la comunidad de la fe. Ya en 1914 otro seguidor de Haeckel había escrito que «el individuo debe morir, pero su sangre continúa más allá de la tumba». Unas décadas después, a las muchachas de la sección femenina (BDM) de las Juventudes Hitlerianas se les inculcaba el lema: «Mantón tu sangre pura, no es sólo tuya. Llega de lejos, fluye muy lejos, todo el futuro se encuentra en ella. Mantón limpio el vestido de tu inmortalidad».
Este afán por la preservación y la pureza tiene su contrapartida necesaria en los ritos ancestrales del sacrificio por medio del derramamiento de la sangre, concepción, por otra parte, perfectamente inscrita en el biologismo de la cosmovisión nazi. «Toda la vida se paga con sangre —dijo Hitler—, y si a un hombre no le gusta esta noción de la vida, le recomiendo que renuncie a ella por completo, pues habrá demostrado no ser apto para la lucha». La ley de la naturaleza le exige al hombre nórdico la disposición a pagar con su vida la preservación de la comunidad de sangre de la que forma parte. Así, la sangre vertida en sacrificio por los propios alemanes es fuente de nueva vida. En palabras de Rosenberg: «Los muertos de la [primera] guerra [mundial] son las
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víctimas de la catástrofe de una época que había perdido sus valores, pero al mismo tiempo […] los mártires de un nuevo día, de una nueva fe. La sangre que murió empieza a revivir». No ha de sorprender, por tanto, que la historiografía particular del nazismo, en clara analogía con el cristianismo, esté repleta de mártires, como los dos mil jóvenes e inconscientes soldados alemanes que el n de noviembre de 1914, con el himno nacional en los labios, avanzaron de forma suicida hacia las primeras líneas enemigas en la batalla de Langemarck, en Flandes. Bajo el nombre de Nave de Langemarck (Langemarckhalle), Hitler hizo construir en el anillo olímpico de Berlín una torre conmemorativa de la batalla, dotada de una inmensa campana olímpica que fue la mayor campana de acero del mundo. Bajo una de las placas de piedra del suelo se vació un saco de tierra impregnada con la sangre de los caídos que se había hecho traer expresamente desde Langemarck.
Otros mártires nazis aún más celebrados fueron los 14 golpistas muertos en el grotesco intento de putsch de 1923. No en vano la bandera nazi que estos santificaron al salpicarla de sangre durante el golpe fallido que les valió la muerte recibió el nombre de bandera de la sangre (Blutfahne) y se convirtió en el objeto sagrado por excelencia del nazismo. Desde 1926, como si se tratara de una reliquia, los estandartes de las nuevas unidades de las SA y de las SS eran bendecidos ritualmente mediante el roce con esta bandera, al igual que los miembros de las SA durante su investidura. Cada uno de estos contactos sagrados era subrayado por el disparo de un cañón. También las nuevas banderas del Partido eran bendecidas de este modo por Hitler, quien las rozaba con sus dedos mientras en la otra mano sostenía la bandera sagrada, ocupando así una simbólica posición mesiánica de intermediación entre la idea encarnada en la bandera de la sangre y su ejecución práctica a través del Partido nazi. Hitler concedió al por entonces cuerpo de elite de las SS el honor de custodiar este objeto altamente simbólico, honor en el que se perciben reminiscencias del conglomerado legendario del Santo Grial, que también era custodiado por unos pocos caballeros escogidos. Quienes sobrevivieron al intento frustrado de golpe fueron condecorados con la Orden de la Sangre (Blutorden), la insignia de mayor rango otorgada por el Partido nazi. Con la purga de Rohm de 1934, conocida como la Noche de los Cuchillos Largos, se produjo un segundo punto de inflexión en la historiografía simbólica nazi, en el que las SS, al asesinar a la cúpula
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dirigente del cuerpo rival de las SA, había demostrado con sangre su valía. Posteriormente, esta purga recibiría el nombre de purga de la sangre, y quienes participaron en ella adquirieron una posición de privilegio similar a la de los golpistas de 1923.
La mística de la sangre, con sus ecos eucarísticos y las múltiples posibilidades de evocación ritual que ofrecía, era de por sí una muy eficaz herramienta ideológica. No obstante, su principal triunfo era que enaltecía a los burgueses de clase media —que constituían el grueso de los votantes de Hitler— en la medida en que les procuraba la sensación de pertenecer a una nueva forma de elite aristocrática que no les exigía más mérito que el de ser alemán. Al mismo tiempo, sin embargo, el inevitable biologismo de la hermandad de sangre hacía completamente imposible cualquier asimilación. Su lógica insoslayable no admitía para los ajenos a ella más destino que la esclavitud o la aniquilación. Himmler lo expresó claramente en referencia a la germanización de los pueblos conquistados: «O bien ganamos la buena sangre que podemos aprovechar, o bien —pueden llamarlo cruel, señores, pero la naturaleza es cruel— aniquilaremos esa sangre».
[Gasman, 16, 41; Hitler (1953), 262; 146; Hoffmann, 23; Klemperer (1975), 49; Ley, 19; Mein Kampf, 320, 324, 339, 359, 372, 630, 732; Nürnberger Prozess, (Himmler, 1460), (Streicher, 4868-4870); Penella da Silva, 152; Poliakov, 316-317, 415; Rosenberg, 1, 22, 114, 560, 615; von See, 45, 292; Trevor-Roper (1947), 94; Williamson, 18-19,33I.
SANGRE Y TIERRA [al.; Blut und Boden, «Blubo»]
El complejo conglomerado ideológico que subyace tras la expresión nazi de «sangre y tierra». —Blut und Boden, acuñada en 1901 por el escritor naturalista alemán Georg Michael Conrad y pronto ridiculizada por sus detractores bajo el acrónimo despectivo Blubo— hunde sus raíces en una larga tradición directamente relacionada con la configuración de la propia identidad germánica y de su vinculación con el territorio. Aunque Tácito, al igual que Julio César, había acuñado la visión del germano como bárbaro guerrero y cazador, apenas sedentarizado y sin sentido de posesión territorial, el hecho de que definiera a los germanos como indigenae, es decir, como autóctonos sin mezcla de pueblos extranjeros, permitió que durante el Renacimiento el humanismo alemán cargara este término de connotaciones positivas, revalorizando un ideal de pureza de sangre vinculada a un territorio definido que ya se hallaba presente en el viejo
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ideal griego de la autoctonía como instancia legitimadora en las contiendas bélicas. A partir de 1870, la tesis renovada de la autoctonía entró en contradicción con la teoría de la ocupación aria de Alemania, lo cual generó animados debates entre los representantes de cada punto de vista, que se prolongaron hasta entrado el siglo XX.
En el tiempo de la añoranza romántica por los paraísos perdidos se interiorizó la antítesis originaria entre germanos bárbaros y romanos civilizados para convertirla en una oposición entre la primitiva cultura rural tradicional y la denostada forma de vida de las grandes urbes, vinculada a la industrialización y al progreso. Ya en 1768, Justus Möser había favorecido y anticipado esta interiorización al aseverar que la descripción de los germanos formulada por Tácito «aún hoy puede ser aplicada a nuestros campesinos de la Baja 8ajenia». Durante el siglo XIX, la idealización romántica del campesinado como representante de la vida natural encontró un aliado ocasional en el antisemitismo, favoreciendo la identificación de lo genuinamente nórdico con lo sedentario y oponiéndolo al tradicional nomadismo judío, sin tener en cuenta que lo que pudiera entenderse bajo este concepto obedecía básicamente a razones históricas relacionadas con la prohibición secular de adquirir territorio en suelo cristiano. Según escribiría el historiador Julius Lippert en 1886, la prueba de la incapacidad judía para descubrir la agricultura se vería demostrada por la ausencia en su tradición de un mito de la diosa madre, y si en Gobineau los germanos todavía aparecen como espíritus guerreros que no sienten ningún interés por la agricultura, a finales del siglo XIX Ludwig Schemann, introductor en Alemania del autor francés, tergiversa sin pudor su modelo señalando que la fuente vital de los germanos residiría precisamente en el cultivo del terruño patrio.
De todo ello se nutre la corriente ideológica del concepto de sangre y tierra, también presente en otros movimientos fascistas como la Guardia de Hierro rumana, cuyos miembros llegaban al extremo de llevar saquitos de tierra transilvana colgados del cuello. Aunque la expresión sangre y tierra ya hubiera circulado antes en ciertas corrientes nacionalistas de la era guillermina, su principal defensor y divulgador en el nazismo fue Richard Walther Darré. En clara contraposición con otros historiadores de la época, como Fritz Kern, que seguía defendiendo la visión de Tácito de los germanos como tribus esencialmente nómadas, Darré asoció el nomadismo a un parasitismo de comerciantes indigno de la verdadera raza
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nórdica y, más fundamentado en teorías raciales que en consideraciones históricas, asentó la tesis de que los pueblos germánicos habían tenido desde siempre la agricultura como base de su sustento, a diferencia de los celtas y eslavos. Según la visión romántica de la prehistoria de Darré, la unidad mística entre sangre y tierra había sido desde siempre un rasgo esencial primigenio de los germanos y también la causa de su preservación racial, al menos hasta que la vida urbana, contaminadora de razas por excelencia [asfalto], había empezado a amenazarla. Por tanto, era preciso recuperar a toda costa esa unidad perdida. Según Darré, los campesinos germanos habrían desarrollado políticas concretas de depuración racial que era posible recuperar por medio de una política agraria adecuada que el propio Darré no tardaría en dirigir. Contrario a cualquier forma de colectivización, Darré consideraba imprescindible que cada familia de campesinos tuviera una heredad propia que favoreciera la vinculación de las familias a un lugar concreto a través de las generaciones, a fin de disminuir al máximo la movilidad demográfica y afianzar la unificación entre la instancia racial——> sangre —y la territorial —tierra—, haciendo de este binomio indivisible el pilar sobre el que se sustentaría el Estado nórdico-germánico, ya que «la sangre de un pueblo hunde sus raíces muy profundamente en la tierra patria por medio de sus haciendas campesinas, de las cuales recibe continuamente esa fuerza que otorga vida y que constituye su carácter especial». No obstante, para lograr este fin se hacía imperativo evitar el fraccionamiento de las fincas. Esta constatación llevó a revitalizar el antiguo derecho sucesorio germánico (Odal), según el cual, a diferencia de los bienes muebles, las tierras únicamente podían pasar indivisas a un solo heredero varón. Darré, además, añadió la cláusula de que dicho heredero debía contar con un certificado que acreditara su pureza racial aria; por añadidura, el frontón de su casa debía ostentar la runa Odal (^), considerada «la clave de la comprensión de la cosmovisión germánica» y símbolo de los valores de sangre y tierra. Otro principio fundamental del Estado nórdico-germánico era la autarquía o la autosuficiencia en una economía que no dependiera de la importación de alimentos, otra muestra más de hostilidad hacia el comercio, supuesta actividad judía favorecedora de los núcleos urbanos y de la inflación demográfica de personas improductivas.
La exigencia de un equilibrio armónico entre población y territorio casa perfectamente con la política expansionismo del Reich y su teoría del
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espacio vital, ya que el exceso de población alemán exigía nuevos territorios que colonizar y en los que asentarse. No obstante, en este punto divergían las posiciones de Darré y de su protector Himmler: si el primero centraba sus esfuerzos en la permanencia del campesino germánico en su propia tierra, en una actitud más defensiva que conquistadora, Himmler prefería un ideal germánico más dinámico y dotado de un espíritu más belicoso. Estas divergencias quedaron reflejadas en la concepción que se tuvo de la prehistoria germánica en los primeros años treinta y reavivaron el debate de hasta qué punto los antiguos germanos eran esencialmente campesinos sedentarios o, siguiendo a Tácito, guerreros conquistadores. Durante la Segunda Guerra Mundial, este significativo debate cristalizó en la figura del soldado campesino (Wehrbauer), una idea de Himmler nunca realizada que, en cierto modo, constituía la solución salomónica del conflicto: se trataba de asegurar y pacificar el territorio de la retaguardia del ejército alemán creando en los límites orientales del territorio del Reich, bajo los auspicios de las SS, la figura del campesino germánico que, además de labrar sus tierras, fuera al mismo tiempo un soldado de frontera perfectamente pertrechado. A cambio de este difícil papel, el soldado-campesino, aparte de tener asegurado un bienestar económico, tendría derecho a ciertos privilegios exclusivos, como la poligamia. Aunque con algunas diferencias de matiz, también Hitler fue un entusiasta defensor de este concepto himmleriano, que pretendía poner a prueba sobre todo en la colonización de Ucrania dotando a cada soldado alemán que lo quisiera, tras doce años de servicio en el ejército, de una granja completamente equipada y de todas las armas necesarias para defenderla, aunque con la condición de que contrajera matrimonio con una mujer de pueblo, en ningún caso corrompida por las tentaciones urbanas. Según los cálculos de Hitler, el Tercer Reich podría ofrecer más de tres mil granjas de este tipo al año. Con todo, la idea del soldado campesino ya contaba con claros antecedentes en la corriente del ariosofismo austríaco de principios de siglo que probablemente inspiraran a Himmler: hacia 1911, Guido von List había postulado una nueva colonización de los territorios fronterizos austríacos por medio de familias campesinas alemanas, mientras Lanz von Liebenfels reclamaba el derecho a la poligamia y a la posesión de una granja en los territorios conquistados para todos los soldados que se hubieran distinguido en combate. También la Liga de los
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Artamanes, de la que fueron miembros Himmler y Darré, había llevado a la práctica una idea bastante similar.
La revalorización oficial de la agricultura y el campesinado tuvo como consecuencia inmediata el incremento de investigaciones histérico-culturales sobre el mundo rural alemán y su historia. Especialmente el folklore alemán se distanció del campo de estudio que le estaban ofreciendo las importantes transformaciones sociales de los núcleos urbanos, para, en una concepción reaccionaria de la disciplina, seguir la herencia romántica que la enfocaba casi exclusivamente en el mundo rural, entendido como auténtico representante de la esencia invariable del pueblo alemán. Así, tanto el ambicioso proyecto del Atlas de folklore alemán como el Archivo Alemán de Canciones Populares, ambos generosamente financiados con fondos estatales, recopilaban sus materiales casi exclusivamente en el ámbito rural. En la misma línea, Erich Kulke trató de hacer frente al problema de la despoblación del campo analizando «hasta qué punto una casa rural saludable y germina puede ayudar al trabajador del campo o al agricultor —de hecho, al pueblo alemán en general— a adquirir un terreno en el campo que […] lo vincule a su tierra por toda la eternidad». Para ello, Kulke dedicó un gran número de publicaciones a criticar cualquier aplicación de los hallazgos de la arquitectura moderna — especialmente de la Bauhaus— al entorno campestre, y reclamó, en llamativo contraste con la monumentalidad de las construcciones urbanas del nazismo, la recuperación del estilo arquitectónico secular de la Alemania meridional. A partir de entonces, la investigación sobre los modelos de construcción rural tradicional, presentados como prototipos ejemplares, tuvo un auge nunca visto. La casita con tejados a dos aguas y con porticones de madera, al estilo bávaro, se convirtió en el aglutinante simbólico que iba a permitir la adhesión definitiva de la sangre con la tierra. Entre los frutos positivos de la mística agraria de Darré cuenta la prescripción, pionera en su campo, de métodos de cultivo orgánico que no agredieran el medio ambiente y, en particular, que no dañaran el suelo, para lo que se inspiró en las técnicas de cultivo biodinámico previamente propugnadas por Rudolf Steiner.
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Georg Gunther, Descanso durante la siega. Con cuchara de madera, cesta de mimbre y plato y jarra de loza, en este idilio campestre unos modernos campesinos alemanes hacen un alto en su jornada del mismo modo en que debieron de hacerlo sus más remotos ancestros.
Obviamente, los ideales representados por el conglomerado ideológico sangre y tierra también tuvieron su reflejo en la cultura y en la propaganda nazis. Ya en 1933, bajo este mismo título, Sonjevski-Jamrowski dirigió una película, mezcla de documental y largometraje, que oponía la vida supuestamente idílica del campesino actual a la miseria sufrida por los agricultores del pasado e incidía en la importancia del bienestar económico del campesinado para garantizar la bonanza del resto de la sociedad. Aunque también la literatura de la época explotó la idealización de la vida rural, en ningún otro campo del arte se vio tan representada como en la pintura. Los propagandísticos idilios campestres, de un realismo a veces próximo al arte naif, rivalizaban, en paradójico contraste, con imponentes representaciones del campesino luchando épicamente contra las fuerzas de la naturaleza. Esta visión de las actividades agrícolas como combate permite una singular fusión del ideal del germano guerrero con la visión
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pacífica del campesino, que pasa a adquirir visos de héroe. Esta última tendencia constituye una elocuente representación visual del vitalismo nazi propio de la corriente antiintelectualista que glorificaba la naturaleza inmutable frente a la razón humana, un vitalismo que, por otra parte, ya se hallaba presente en varias películas de temática rural que precedieron en pocos años a la subida al poder de Hitler, como El hijo de Hagar (1927) de Fritz Wendhausen. Resulta significativo que en ninguna de las dos visiones idealizadoras del campesinado se tome en consideración la creciente mecanización de las tareas agrícolas: los cuadros de estética «sangre y tierra» representan a campesinos vestidos con trajes intemporales, guiando el arado o atando gavillas de heno con la fuerza de sus brazos. Esto, unido a los ciclos anuales de la actividad agraria, perpetuamente renovados como en un ritual sagrado, procura una idea de eternidad que casa bien con las pretensiones milenaristas del régimen nazi y con su necesidad de apelar a unos valores perpetuamente vigentes, en la medida en que sólo lo inmutable permitiría dar con la verdadera esencia del hombre nórdico. Y es que, según Darré, «a pesar de la voluntad milenaria por desnaturalizar al campesino alemán, el sentido común y la poderosa voz de la sangre le enseñaron a mantener viva su estirpe alemana».
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Heinrich Berran, El segador. Superhombre o gigante mítico, este campesino con la gavilla a
sus espaldas, integrado en un imponente paisaje alpino, representa toda la soledad del hombre que pugna por dominar las fuerzas de la naturaleza en un perpetuo combate por la supervivencia.
La guerra abortó todo intento de llevar a la práctica a gran escala el ideal nazi de sangre y tierra. No deja de resultar paradójico, sin embargo, que Darré no estuviera lejos de ver cumplida su utopía de una Alemania eminentemente agrícola, aunque fuera después de la guerra y por mano de los vencedores: así, al menos, lo pretendía el ambicioso plan del secretario del Tesoro estadounidense durante la guerra, Henry Morgenthau, quien propuso reducir Alemania a una economía exclusivamente agraria a fin de
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impedir en su territorio cualquier rebrote militarista que pudiera dar paso a una Tercera Guerra Mundial. A pesar de haberle prestado ya su firma, Roosevelt decidió retirar el Plan Morgenthau en el último momento.
[Adam, 132-134 (Oarre, 133); Courtade/Cadars, 151; Fahr, 52; Hamann, 297, 312; Hitler (1953), 16, 410; Kater, 25-26, 39-40, 64, 42; Kracauer, 163; Lixfeld, 19, 103 (Kulke, 100); Mosse (Darré, 167); Pois, 27; Poliakov, 125, 308; Von See, 44, 62, 66-67, 291, 312; Staudenmaier].
SCHILLER.
De un modo similar al caso de Goethe, también la recuperación de Schiller durante el Tercer Reich se vio favorecida por causas ajenas a su verdadera idoneidad ideológica. Entre estas causas destacaba la oposición al rechazo de lo clásico que caracterizó a la denostada República de Weimar, así como la necesidad de recuperar una alemanidad cultural en la que Goethe y Schiller eran representantes ineludibles. Frente a Goethe, cuyo teatro, con algunas excepciones, era muy intelectualizado o de difícil representación, Schiller ofrecía la ventaja de que su importante corpus teatral era de gran efectividad dramática, lo que favorecía su mayor difusión en el ámbito popular. Ideológicamente, la llamada a la rebelión política expresada en muchos de sus dramas y sus ideales de libertad y justicia habían propiciado su culto en cuanto mito nacional entre los primeros movimientos nacionalistas alemanes, en cuya estela se hallaba irremediablemente ubicado el nazismo. Dejando a un lado la dificultad que ya por entonces planteaba el hecho de que Schiller nunca se hubiera declarado nacionalista, esos mismos ideales que durante la ocupación napoleónica habían resultado ideológicamente tan oportunos se convertían en un arma de doble filo cuando eran proclamados desde los escenarios de una dictadura totalitaria ya establecida. Así, por ejemplo, algunos espectadores que asistieron en Hamburgo a la representación del Don Carlos, en 1934, recuerdan la interminable salva de aplausos que se produjo en el momento en que el marqués de Posa le reclama al rey: «¡Sire, dadnos libertad de pensamiento!». (III/10), hecho que provocó que, al día siguiente, esta obra fuera retirada de todos los escenarios.
El talante declaradamente humanista, individualista y cosmopolita de Schiller, así como su vinculación a una burguesía tachada de reaccionaria planteaban tantas dificultades para su incorporación a los ideales nacionalistas y racistas del nazismo que los ideólogos más rupturistas, como Walther Linden, llegaron a proponer su exclusión total de la vida
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cultural del Tercer Reich. Según Linden, tan sólo la trilogía dramática de Wallenstein, única obra de Schiller ambientada en la historia nacional alemana propiamente dicha, podía ser de alguna utilidad. No obstante, ya en 1936, Goebbels, gran admirador de Schiller, acalló estas voces arguyendo que resultaba absurdo «evaluar a los genios creadores del pueblo alemán en función de si fueron o no nacionalsocialistas». Por otra parte, Goebbels era consciente del irrenunciable papel propagandístico que a pesar de todo podía desempeñar Schiller en cuanto reconocido icono cultural de la clase media alemana.
Durante los años previos a la subida al poder, cuando el nazismo todavía predicaba la retórica de la revolución, la figura del Schiller joven y rebelde resultaba oportuna en la medida en que cabía la posibilidad de verlo como el gran antecedente revolucionario alemán. Es así como hay que interpretar las palabras de Hitler en Mein Kampf al llamarlo «el principal portavoz de la libertad de nuestro pueblo». El celebérrimo drama Guillermo Tell (1804), el más representado durante los primeros años del régimen, resultaba acorde con esta concepción. Sin embargo, a medida que se iba consolidando el poder y la palabra revolución desaparecía de los textos, se hacía preciso reinterpretar la vida y la obra del poeta desde valores ideológicos más estables. Así, mientras el prestigioso filólogo Ernst Bertram le atribuye a Schiller una conciencia nacional y una virilidad dórica sobre bases más bien difusas, el crítico Herbert Cysarz, en un tratado que pasó a ser una obra de referencia durante el Tercer Reich (Schiller, 1934), le asignó una dimensión mesiánica similar a la que caracterizaba el culto de la personalidad de Hitler al hacer de Schiller, en cuanto nuevo Jesucristo, el fundador de una religiosidad germana de dimensiones cósmicas. Por su parte, Werner Deubel, discípulo de Ludwig Klages, quiso ver a Schiller como un autor dionisíaco y afín al espíritu de Nietzsche hasta su desafortunada caída bajo el logocentrismo del pensamiento de Rant, que lo habría llevado a malinterpretar la verdadera esencia de lo trágico.
A un nivel más primitivo, los libros de texto de la escuela primaria, sacando totalmente de contexto algunas frases sueltas, apelaban al antisemitismo del que Schiller habría hecho gala en su tratado histórico La misión de Moisés (1789). No obstante, estas citas descontextualizadas desaparecían significativamente de los libros de las clases más avanzadas,
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ante el riesgo de que el escolar más maduro pudiera sentir la curiosidad de acudir directamente a la fuente.
En los años previos a la guerra, cuando el régimen nazi todavía se esforzaba por ganar prestigio a los ojos de las demás naciones, las espectaculares festividades que se celebraron para conmemorar el 275 aniversario del nacimiento del poeta en noviembre de 1934 (el mismo año de la masacre de la Noche de los Cuchillos Largos) desempeñaron un importante papel propagandístico como encubridoras de la barbarie del régimen tras la pantalla del respeto por una herencia cultural de corte humanista. Paradójicamente, de este modo se pudo obtener algún beneficio precisamente de esos mismos valores que tanto estaban dificultando la integración de Schiller en la cosmovisión nazi.
También la oposición al nazismo recurrió a Schiller para denunciar los desmanes del Tercer Reich recordando, sobre todo, la severa crítica a la que el poeta alemán somete el Estado espartano en su tratado La legislación de Licurgo y Solón (1789). Sin embargo, con ello se pone una vez más de manifiesto el riesgo de ambivalencia propio de la instrumentalización de los referentes culturales, en la medida en que precisamente el sistema político espartano despertaba especial admiración en Hitler, quien no tenía inconveniente en considerarlo abiertamente como un modelo a seguir [Grecia].
En términos generales puede decirse que, debido sobre todo al fuerte peso de la tradición del nacionalismo alemán, Schiller fue integrado a medias y a la fuerza en una cosmovisión que le era ajena casi por completo. El hecho de que sus obras teatrales fueran tan bien conocidas en el ámbito popular hacía muy difícil la manipulación textual que habría sido imprescindible para adaptar su mensaje a las consignas nazis, mientras que la instrumentalización de los recursos dramáticos no resultaba suficiente para ahogar su verdadero sentido. Más que por su obra, fue por su vida, en particular por la rebeldía de su juventud, como pudo sacarse provecho de Schiller al interpretarlo como un antecesor revolucionario del Führer. Bajo esta óptica se rodó la película Friedrich Schiller (1940), dirigida por Herbert Maisch, uno más en toda una larga serie de filmes nazis dedicados a las grandes personalidades de la historia alemana.
[Mein Kampf, 609; Klemperer (199$), vol. 1:150; Ruppelt].
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SIGFRIDO [al.: Siegfried].
A Sigfrido, el ingenuo héroe solar del Cantar de los nibelungos, se lo ha considerado el representante por excelencia de las supuestas virtudes nacionales alemanas (valentía, heroísmo, lealtad, carencia de malicia) y, como tal, fue durante mucho tiempo una de sus principales figuras mitológicas de identificación colectiva.
Ya durante el romanticismo se quiso ver en Sigfrido un trasunto mítico de la figura histórica de Arminio {Hermann), el jefe querusco que en el año 9 d. C. venció a las legiones romanas de Varo en los bosques de Teutoburgo. Habla en favor de esta tesis el hecho de que uno de los principales episodios de la historia de Sigfrido, su victoria sobre el dragón, podría referirse a la victoria querusca sobre las legiones romanas en la medida en que éstas sustituyeron en los siglos IV y V el emblema del águila por una cabeza de dragón de bronce. Sin embargo, la gran complejidad de la leyenda, así como la falta de coincidencias entre la historiografía romana y el mito germánico, no avalan esta suposición, que se considera puramente especulativa.
En 1810, Friedrich de la Motte Fouqué concluyó su trilogía El héroe del norte, en la que recoge elementos de la historia de Sigfrido propios de las sagas nórdicas y ajenos al Cantar de los nibelungos, trilogía que tendría gran influencia en la posterior versión operística de Wagner. Ya en ella se leen simbólicamente algunos episodios como la lucha contra el dragón, interpretada como el combate contra los enemigos de la unidad alemana. En 1871, tras la victoria en la guerra franco-prusiana y cuando la ansiada unificación alemana se produjo por fin, Sigfrido se convirtió en el símbolo por excelencia de la Alemania triunfante. Desmembrando su nombre en Sieg («victoria») y Fried («paz»), a la manera wagneriana, Sigfrido representaba mejor que nadie el viejo principio militarista de que la auténtica paz únicamente podía llegar después de una victoria en la guerra. Sigfrido no tardó en ser separado del resto de avatares y personajes del Cantar de los nibelungos para convertirse en un símbolo autónomo y descontextualizado del nuevo Reich. Como tal se hizo frecuente la analogía entre Sigfrido y el canciller Bismarck. Por esta época Sigfrido y Brunilda, con su capacidad para afrontar el sufrimiento con orgullo, empezaron a ser considerados como una manifestación de una humanidad
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superior en un mundo regido por la vulgaridad. Con ello se anticipaban la fe fatalista en el destino y la disposición heroica a la muerte que resultaron de gran utilidad ideológica durante la Primera Guerra Mundial. Significativamente, durante esta contienda se dio el nombre de línea Sigfrido a la ineficaz línea de fortificaciones que construyeron las tropas alemanas en la frontera occidental del Reich (parcialmente reutilizada durante el segundo gran conflicto bélico bajo el nombre de Westwall) y de la que, con buenos motivos, las tropas aliadas se burlaban cantando «vamos a tender nuestra colada en la línea Sigfrido». Fue después de la primera gran guerra cuando empezó a destacarse la muerte a traición de Sigfrido: asesinado por la espalda por Hagen, herido en el único punto de su cuerpo que, al haber quedado cubierto por una hoja durante el baño en la sangre del dragón, no se había vuelto invulnerable, la muerte del héroe se convirtió en el trasunto mítico de una de las falsas convicciones que mayor utilidad política tuvieron para Hitler: la leyenda de la puñalada por la espalda. El propio mariscal Von Hindenburg apoyó esta analogía en su Testamento político (1934): «Igual que Sigfrido bajo el traicionero golpe de lanza del malvado Hagen, cayó nuestro fatigado frente». Declaraciones de corte muy similar pueden encontrarse también en Mein Kampf.
En la situación de crisis posterior a 1918, en la que se manifestó más que nunca el ansia del pueblo alemán de una figura redentora, también esta esperanza encontró en Sigfrido un símbolo apropiado. Al igual que el edificio del que es sacado el cuerpo de Sigfrido está en llamas, así el nuevo héroe que ha de venir será llevado en brazos por un pueblo que acaba de superar la catástrofe (A. Gebhardt, El Sigfrido venidero según la Biblia y las profecías, 1919). Ecos cristianos, puestos de manifiesto en la analogía entre Sigfrido y el arcángel san Miguel, así como el mito del ave Fénix que renace de sus cenizas [águila], resuenan en esta interpretación. No obstante, la analogía principal se da entre Sigfrido y el Mesías cristiano, ya apuntada en 1909, cuando Otto Sigfrid Reuter publicó su tratado pseudorreligioso ¿Sigfrido o Cristo?, en lo que constituye una clara antítesis entre el cristianismo y una nueva fe germánica neopagana que Reuter pretendía establecer con su Orden Alemana I--Jesucristo]. Por otra parte, la imagen de Sigfrido como herrero, forjador de su propia espada, busca la identificación con la capacidad de regeneración económica alemana.
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Con la subida de Hitler al poder se cree llegado ese ansiado momento de redención. La identificación de Sigfrido con Hitler pronto se impone. La historia de Sigfrido, representante modélico del espíritu nórdico, se busca mucho más en las Edda que en el Cantar de los nibelungos, muestra de que la identificación nacionalista ha dejado de ser cultural para adquirir una dimensión racial. El dragón contra el que lucha Sigfrido pasa a ser Ahasverus, el eterno judío errante, y es con el dragón retorciéndose bajo el vientre del caballo como el escultor Bernhard von Plettenberg representó a Sigfrido en el Puente de los Nibelungos de Linz proyectado por Hitler. Por otro lado, se retoma también la identificación entre Sigfrido y el victorioso Arminio, ambos representantes de un irreversible orden mundial ario.
[Knopp, 341; Schulze, 283-284; Wunderlich, 43-56, 70-85].
SOL [al.: Sonne].
Según el historiador de las religiones Mircea Eliade, el culto al Sol únicamente alcanzó un pleno desarrollo en las civilizaciones avanzadas, como en el caso del culto a Ra y a Atón en el antiguo Egipto, la hierofanía solar de la antigua Roma o el culto solar de las grandes civilizaciones precolombinas; ello invitaría a establecer una concordancia entre este tipo de cultos y la conciencia histórica de sus practicantes. Lo que tienen en común todas estas civilizaciones es la vinculación del Sol a elementos masculinos, mientras que en el ámbito germánico escandinavo, menos desarrollado, se da la peculiaridad de que el concepto «Sol» se expresa mediante una palabra de género femenino (sunna en antiguo alto alemán, y sol en sueco). Por tanto, resulta coherente que en la mitología nórdica Sol/Sunna sea una doncella, hija del gigante Mundilföri, encargada de llevar las riendas del carro solar. Diversos estudiosos coinciden en afirmar que los antiguos germanos no rendían culto al Sol propiamente dicho, a pesar de cierta temprana fijación por el disco solar, que según R. M. Meyer podría ser de índole fetichista. Incluso la aparición en la mitología germánica de la doncella Sol y de su hermano Máni, registrada en la Edda de Snorri Sturluson (siglos XII y XIII), es relativamente tardía.
A pesar de todo, diversas corrientes del nacionalismo étnico alemán de finales del siglo XIX pugnaron por apropiarse de la gran riqueza simbólica y mitológica que le ha sido atribuida al Sol en otras culturas. En 1885, el filólogo y arqueólogo Ludwig Wilser, por ejemplo, atribuyó un origen
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europeo a los cultos solares de Egipto y Mesopotamia, muy en la línea de las nuevas corrientes que postulaban un origen noreuropeo de la raza aria. Aunque desde una perspectiva distinta, también el darwinista Ernst Haeckel ensalzó el culto al Sol como una forma de religión muy superior al cristianismo. Para Haeckel, «al científico moderno, el culto al Sol le parece la mejor de todas las formas posibles de teísmo, y la que más fácilmente puede reconciliarse con el monismo actual». Dado que toda la vida orgánica en la Tierra depende de la luz y del calor del Sol, Haeckel consideraba que un monoteísmo naturalista centrado en el astro rey resultaba mucho más coherente que el culto a un dios antropomorfo defendido por el cristianismo. Sus seguidores de la Liga Monista aceptaron con entusiasmo esta sugerencia y practicaron diversos rituales de adoración al Sol [^solsticio] en el que se sometían a los poderes sagrados de sus rayos. En esta nueva forma de culto, el Sol simbolizaba el despertar de una nueva vida nacional, y adorarlo era una forma de comunicación con el centro energético y espiritual del cosmos. Esta vinculación del astro rey con la energía vital aparece en incontables dibujos y cuadros creados tanto para los movimientos juveniles alemanes como para otros círculos igualmente vinculados al nacionalismo étnico, y suelen mostrar personas rubias y desnudas [nudismo] recibiendo los rayos solares con los brazos abiertos.
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K. Stauber, ¡Viva Alemania! En este cartel de los años treinta, los rayos del Sol cubren al Führer con su luz. Nótese que el águila ha pasado a ocupar el lugar tradicionalmente reservado en la iconografía cristiana a la paloma que representa al Espíritu Santo.
El culto al Sol resultó ser óptimo para hacer converger una perspectiva pretendidamente científica, que enaltece la energía como principio vital por excelencia y único sustituto posible de Dios, con las corrientes neopaganas del nacionalismo étnico que buscan trazar un puente con un pasado mitificado que habría precedido al odiado cristianismo. Todo ello explica que el Sol estuviera tan estrechamente vinculado a la raza aria en
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el imaginario alemán y que el culto solar fuera considerado la religión oficial de los arios primitivos. En un texto de 1911, el ariosofista Lanz von Liebenfels interpreta las construcciones megalíticas europeas [megalitos] como distintas estaciones en el viaje emprendido por una raza superior rubia que, procedente del norte, habría dejado por doquier el rastro de su religión solar. Y un artículo publicado en 192.4 en una revista significativamente llamada Die Sonne decía: «[El Sol] es para nosotros el portador de toda vida, el corazón y el ojo de Dios, la parte visible del Dios oculto. Nuestros antepasados del norte eran criaturas solares. En las largas noches invernales añoraban el Sol, y cuando éste salía y creaba nueva vida, despertaba también su corazón con nuevo júbilo y fuerza». Rosenberg retoma esta idea al afirmar, en su Mito del siglo XX, que el mito solar de ningún modo se habría «desarrollado de forma independiente en todas partes», como sostienen algunos estudiosos, sino que habría nacido «allí donde la aparición del Sol tuvo que haber sido una experiencia cósmica de enorme impacto: en el norte más extremo». Sólo allí se pudo establecer «una clara división de las dos mitades del año» (lo que favorecía un dualismo luz-oscuridad de reminiscencias gnósticas muy caro a la cosmovisión nazi), y sólo allí el Sol pudo convertirse en «una certidumbre que llega hasta lo más profundo del alma sobre el primigenio contenido revitalizador y creador del mundo».
En la cosmovisión nazi, la vinculación del Sol con el norte geográfico también constituye una constante. Hitler, por ejemplo, en lo que prácticamente es una cita textual de Rosenberg, confió la siguiente reflexión a Otto Wagener: «La idea de que el Sol sea representado como una divinidad que gira alrededor de la Tierra en un carro tirado por fogosos corceles únicamente puede proceder del norte. Sólo allí el Sol gira en torno al círculo del horizonte». Análogamente, también Tule es definida en la cosmovisión nazi como un lugar en el que no se pone el Sol, y el estribillo de una célebre canción de las Juventudes Hitlerianas, Wilde Gesellen, reza: «para nosotros el Sol no se pone». Esta idea de un Sol que brilla de forma permanente está en consonancia con la gran importancia de la luz y del fuego en la cosmovisión nazi. Para Hitler, su encarnación por excelencia es la esvástica, que, en cuanto rueda solar, representa el movimiento rotatorio e incesante del astro. Y para la propaganda nazi, así como para gran parte del pueblo alemán, es el propio Hitler quien lo encarna, ya que, dado que las apariciones públicas del Führer solían
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coincidir con un tiempo inusualmente soleado para el clima alemán, los días de buen tiempo pronto se denominaron Hitler-Wetter («tiempo de Hitler») o, más despectivamente, Propagandawetter.
La singular obsesión de atribuir una filiación nórdica al culto solar parece responder al intento de procurar una dimensión mitológica a percepciones inicialmente surgidas de ámbitos científicos, como demuestra el importante papel que cabe atribuir a Haeckel en su difusión. Asimismo, encuentra un reflejo en la relevancia que se atribuía al concepto de energía en la ciencia alemana, frente al supuesto mecanicismo materialista del que habría hecho gala la ciencia judía. En un libro de 1936 titulado La matemática alemana se lee lo siguiente: «Para Kepler y Newton, como hombres germánicos, era inmediatamente obvio […] hablar de los efectos de la energía. Kepler fue el primero en proclamar la idea de que el Sol era la fuente de una energía que determina la trayectoria de los planetas. […] No es una coincidencia que el semijudío Heinrich Hertz y el completo judío Einstein tratasen de crear una estructura de la mecánica de la que se hubiese descartado completamente el concepto de energía. […] Éste parece ser enteramente extraño al sentimiento judío del mundo y, en consecuencia, el judío se empeña en excluir este fenómeno extraño de su concepción de la naturaleza». Efectivamente, la idea de una energía vital que impregna toda forma de materia resulta esencial en la cosmovisión nazi y se refleja, por ejemplo, en su particular concepción de la medicina [Paracelso].
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Símbolo del sol negro. Fotografía tomada desde el punto central de la cúpula de
Wewelsburg. Cedida por gentileza de Rüdiger Siinner.
Después de 1945, surgió entre algunos círculos neonazis un nuevo símbolo solar, o tal vez cabría decir antisolar: el llamado sol negro. Su representación gráfica reproduce el ornamento del suelo de una sala redonda de la torre del castillo de Wewelsburg, cerca de Paderborn, reconvertido por orden de Himmler en lugar de culto y centro de instrucción para las SS. Este diseño se compone de doce runas Sig (5) unidas en forma de radios desde un punto central. Aunque su significado es incierto y forma parte de la simbología secreta de las SS, no parece probable que haya representado nunca un sol negro; más bien parece estar relacionado con algún grupo de doce miembros elegidos de las SS que habrían pasado por alguna ceremonia iniciática. No obstante, al tratarse de un símbolo poco conocido, resulta óptimo como signo secreto de identificación para los nuevos grupos de extrema derecha, que suelen llevarlo en broches o relojes. Siendo mucho más discreto que la esvástica, su presencia en Wewelsburg permite al mismo tiempo establecer una vinculación directa con el pasado histórico nazi.
Pero resulta mucho más significativa la nueva dimensión conceptual que estos grupos le han asignado: el sol niger es un antiguo símbolo alquímico que representa la primera materia y que responde al estado en el que el Sol se encuentra oculto en el nadir antes de emprender su renovado ascenso hacia el cénit. Con el empleo de este símbolo, determinados grupos de extrema derecha se autodefinen implícitamente como herederos directos del culto solar ario que, aunque ahora esté aletargado y oculte sus rayos en la noche de la cosmovisión humanista que se impuso en 1945, gracias a ellos no tardará en regresar algún día con todo su temible esplendor.
[Cirlot, 416-418; Gasman (Haeckel, 69), 70; Junge, 103; Meyer, 105; Mosse, 228-229; Rosenberg, 25; Siinner, 16,107].
SOLSTICIO [al.: Sonnenwende].
El espíritu anticristiano que caracterizó la cosmovisión nazi, así como el efectismo propagandístico con que el nazismo político trataba de rodear los grandes ceremoniales favorecieron el intento de minimizar el importante papel que todavía desempeñaban las festividades cristianas en
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la devoción popular sustituyéndolas por otras festividades neopaganas equivalentes. Con la cristianización del norte europeo, la primitiva festividad invernal germano-escandinava de Jul, que, según se cree, pudo haber sido una fiesta por las almas de los difuntos, pasó a ser sustituida por la Navidad. En el Tercer Reich, dada la importante función del Sol, se quiso ver en esta fiesta pagana la conmemoración del solsticio de invierno (21 de diciembre) y, por tanto, una muestra inequívoca del antiguo culto germánico al Sol, avalada por la gran proximidad cronológica entre la Navidad cristiana y el momento del solsticio. Sin embargo, no se conoce con precisión la fecha en que se celebraba la fiesta de Jul, al tiempo que algunos estudiosos, como Van Gennep, rechazan cualquier vinculación de la Navidad (y de su equivalente veraniego, la fiesta de San Juan) con antiguas ceremonias solsticiales. La confusa etimología que se atribuye a Jul, que tanto puede responder a «diálogo» como a «rueda», hace incierta la interpretación más favorecida durante el nazismo, según la cual Jul significaría «rueda solar» y, por tanto, estaría vinculada tanto a la esvástica como a la antiquísima costumbre de lanzar ruedas en llamas desde lo alto de las montañas durante el solsticio de invierno [ fuego]. Sea como fuere, los nazis no dejaron de encontrar indicios históricos para justificar la repaganización de las festividades cristianas y la recuperación del culto al Sol en los solsticios. Para Herman Wirth, el conocimiento solsticial habría sido un bien cultural exclusivo de la raza nórdica, ya que los pueblos meridionales no conocen un contraste tan grande entre invierno y verano como el que se da en el norte.
El ariosofista Guido von List fue uno de los pioneros en poner en práctica los rudimentos de una liturgia específica para la celebración de los solsticios. Hacia 1874, durante una excursión estival celebrada en compañía de unos amigos, List abandonó el hostal en el que pernoctaba y, en medio de una gran tormenta, pasó la noche en solitario bajo la lluvia a fin de celebrar el solsticio de verano en plena naturaleza. Un año después repetiría la experiencia —esta vez sin tormenta— en las ruinas romanas de Carnuntum, escenario de la célebre victoria tribal germánica contra las fuerzas imperiales, un tema al que acabaría dedicando una novela. Ya en las primeras décadas del siglo XX las celebraciones solsticiales formaban parte de los diversos métodos empleados por los numerosos partidos pangermanistas austríacos —junto con los clubs deportivos y las sociedades culturales, entre otros— con el fin de incrementar la conciencia
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nacional entre los ciudadanos austríacos de lengua alemana. El extravagante List también formó parte de estos círculos, a los que aportó sus monografías La Navidad alemana en relación con el mito germánico (1902) y La fiesta alemana del solsticio de verano (1903).
Sin embargo, fueron Ernst Haeckel y sus seguidores monistas los principales responsables de la difusión de las ceremonias solsticiales en territorio alemán: en 1905, el editor Eugen Diederichs, afín al monismo haeckeliano, celebró el solsticio de invierno en las ruinas del castillo de Lobdeburg, en lo alto de una de las montañas que rodean la ciudad de Jena. Una cantante noruega amenizó el encuentro entonando primitivas melodías escandinavas. En 1907, Diederichs repitió la experiencia en las rocas de Rothenstein, esta vez con canciones medievales y representaciones de obras de teatro populares. Un año después, la ceremonia, cada vez más exitosa, contaría con el apoyo de la Corporación Libre de Estudiantes de Jena y daría nacimiento a la asociación neopagana del Círculo Sera (Sera-Kreis). Los monistas, en su constante llamamiento a salir al aire libre para disfrutar de la naturaleza, pronto mostraron una manifiesta aversión por las festividades cristianas, que consideraban anacrónicas y llenas de vacua fraseología. De ahí que la Liga Monista fundada por Haeckel organizara excursiones al campo durante los solsticios de verano y de invierno. Las plegarias al Sol constituían el momento crucial de las celebraciones monistas, en las que no sólo se glorificaba al astro como fuente de vida, sino que algunas veces también se aprovechaba la ocasión para jurar lealtad al pueblo alemán.
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Ya en los años veinte, los Artamanes consideraban los solsticios como sus festividades principales, en cuyo transcurso los jóvenes, reunidos en torno a una gran hoguera, creían entrar en comunión con las almas de sus ancestros. Esta implicación de la juventud en las ceremonias solsticiales perduró durante los primeros años del Tercer Reich, en los que fueron precisamente los miembros de las Juventudes Hitlerianas quienes, desde 1933, organizaron con enorme entusiasmo las celebraciones multitudinarias nazis de los solsticios. Según cuenta una testigo de la época, las muchachas uniformadas de la sección femenina de las Juventudes Hitlerianas, por ejemplo, contribuían vendiendo sortijas conmemorativas a los asistentes. El Solsticio de Verano del Reich de 193 5 ya llegó a reunir a más de cien mil personas en grandes estadios deportivos. Para la ocasión se encendieron ochocientas hogueras a todo lo largo de la bahía de Lübeck, lo que permitía apreciar su silueta desde lejos en la oscuridad. En el solsticio de invierno del mismo año se trazaron, desde un punto central ubicado en el monte Brocken, seis radios jalonados por innumerables hogueras que se extendían hasta las fronteras del país y trazaban una runa Hagal ( ) imaginaria. Con el solsticio de invierno se pretendía desplazar el papel de la Navidad en la tradición popular, para lo que, por medio de dibujos, poemas y artículos, se intentó persuadir a la población del profundo significado de esta fiesta pagana, en la que los antiguos germanos habrían escogido la noche más larga del año para celebrar el nacimiento y paulatino incremento de la luz. En las celebraciones del solsticio, el fuego siempre desempeñaba un papel fundamental. Las hogueras eran concebidas como grandes fuegos sacrificiales a las que se lanzaban coronas vegetales o ramas de abeto en honor a los caídos por la causa nazi.
Denis de Rougemont describió una celebración nazi del solsticio de verano de 1936: las masas se reúnen en un espacio iluminado al aire libre en forma de cuadrado, flanqueado por filas de estandartes y de miles de miembros del Partido y de las Juventudes Hitlerianas. Los que están en la primera fila llevan antorchas encendidas. Todo el lugar aparece ópticamente cubierto por los rayos que emiten innumerables focos de gran potencia y que se cruzan en el centro, en una imponente escenografía ideada por Albert Speer para el Día del Partido de Nuremberg que se conoce como catedral de luz. Desde una tribuna, el jefe regional pronuncia un discurso trufado de citas de Hitler, a lo que sigue una obra de teatro
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coral cuyos parlamentos son intensificados por medio de toques de tambor, gritos, ráfagas de ametralladora y solemnes momentos de silencio, coronados por fanfarrias y música popular. A medianoche se enciende una gran hoguera en el centro del cuadrado y se entona la canción de Horst Wessel. Rougemont, quien creía ver una inspiración protestante en la liturgia del acto, recuerda su rigidez y solemne melancolía, tan alejada de la alegre espontaneidad de las verbenas tradicionales de Sanjuan.
En unos pocos años el monstruoso ceremonial masivo nazi había procurado un hieratismo mucho más litúrgico que festivo a lo que, incluso en su versión nacionalista primitiva, había empezado siendo una reunión más o menos espontánea de jóvenes unidos por los mismos ideales. Los centros de adoctrinamiento nazi, como la Ordensburg de Vogelsang, disponían de una plaza especial para la celebración de los solsticios, y el propio Karl María Wiligut acudía a oficiarlos al centro de culto de las SS del castillo de Wewelsburg. Durante el discurso pronunciado con motivo de la inauguración oficial del Sachsenhain [ megalitos], celebrada el día del solsticio de verano de 1935, Himmler calificó estos momentos astronómicos de «símbolo de la alternancia eterna entre la caída y el ascenso». La importancia que Himmler atribuía a los solsticios lo indujo a encargar a los investigadores de las SS un estudio sobre un supuesto sistema de regulación de natalidad empleado por los antiguos germanos, ya que había oído decir que en algunas de estas tribus sólo se practicaba el sexo en unos días determinados a fin de controlar la procreación. Para Himmler, estos días habían tenido que ser forzosamente los de los solsticios.
[Behrenbeck, 325-326; Belmont, 611-612; Döbler, 168; Gasman, 68-69, 71; Goodrick-Clarke, 35, 38,187; Kater, 71; Mosse, 144; Rougemont, 7982; Sünner, 27, 41, 82-83,101 (Himmler, 75)].
STONEHENGE.
Este conjunto megalítico situado 12 km al norte de Salisbury (Gran Bretaña), construido en tres etapas entre el 2400 y el 1700 a. C., es el mayor monumento prehistórico de Europa. La posición de algunas piedras respecto al Sol hace suponer que se trataba de un observatorio astronómico y lugar de culto vinculado a los solsticios. En relación con el ensalzamiento de los megalitos como muestras primitivas de la cultura nórdica, los nazis atribuyeron a Stonehenge un origen indudablemente
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germánico. En el documental Germanos contra faraones (1939) se recurrió a los efectos especiales para mostrar Stonehenge en su supuesto estado original, en el que una circunferencia de piedra cubría el círculo megalítico central y le daba el aspecto de un templo. El documental informa al espectador de que Stonehenge, además de ser la tumba de un rey nórdico, fue también lugar de culto, calendario y observatorio astronómico desde el que un sacerdote anunciaba el renacimiento de la luz durante el solsticio de invierno. La película se inicia con una comparación entre el conjunto megalítico y las pirámides de Egipto, para concluir afirmando que Stonehenge supera a estas últimas en la medida en que, para construirlo, los sabios del norte, aun con la dificultad añadida de tener un cielo Casi continuamente nublado, supieron efectuar complejísimos cálculos astronómicos que a la fuerza tuvieron que haber iniciado milenios antes de la construcción del primer círculo de piedra. Así pues, Stonehenge sería una prueba de la gran antigüedad de la cultura nórdica, tesis muy acorde con la idea de la raza aria como primigenia portadora de cultura y con el complejo de inferioridad cultural de los ideólogos nazis a causa de la incapacidad de encontrar entre los pueblos germanos unas manifestaciones arquitectónicas que igualaran los logros de las antiguas culturas griega, romana o egipcia.
Para la construcción del monumento conmemorativo octogonal de Tannenberg en Prusia oriental, inaugurado en 1927, ya se tomó el santuario germánico de Stonehenge como motivo de inspiración. Cuando en 1934, durante el Tercer Reich, este monumento fue destinado a acoger los restos mortales de Hindenburg, se emuló una vez más a los constructores de megalitos de la prehistoria al hacer traer, con grandes esfuerzos, una enorme roca de 120 toneladas de peso para cubrir con ella la tumba del mariscal.
[Sünner, 73-74, 78].
TABAQUISMO.
[al.: Tabakvergiftung, de uso infrecuente en el contexto nazi. Términos afines más habituales: rauchen «fumar», Rauchverbot «prohibición de fumar»].
Se puede atribuir a la medicina del Tercer Reich el mérito de haber sido la primera en demostrar de manera fehaciente la existencia de una
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vinculación entre el tabaquismo y el cáncer de pulmón gracias a los estudios de Franz H. Müller (1939) y de Erich Schöniger y Eberhard Schairer (1943). Los resultados obtenidos por estos investigadores encajaban óptimamente en la concepción nazi de salud pública, centrada en las virtudes de la comunión con la naturaleza, los beneficios del deporte y la medicina natural y el rechazo de estupefacientes o estimulantes como el alcohol. Los peligros del tabaco también armonizaban con la idea romántica de que los seres humanos habían sido contaminados por la moderna civilización industrial, que los habría alejado de la naturaleza y, por tanto, de su propia salud. La creencia errónea desarrollada por científicos alemanes durante los años treinta, según la cual determinadas mutaciones cancerígenas eran hereditarias, favoreció que los peligros recién descubiertos del tabaquismo adquirieran dimensiones ideológicamente dramáticas en cuanto amenaza a la mismísima sustancia racial aria de los alemanes, muy en la línea del ansia de pureza de la cosmovisión nazi, siempre obsesionada por limpiar al pueblo de los elementos perniciosos que pudieran corromperlo. Después de todo, también los judíos eran vistos significativamente en la retórica nazi como un cáncer que dañaba traicioneramente a la comunidad y que había que extirpar a toda costa.
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Ilustración de la campaña nazi contra el tabaquismo en las oficinas (1941). La imagen está enteramente atravesada por la runa Madr o runa de la vida.
La consecuencia de todo ello fue que los nazis llevaron a cabo la campaña antitabaco más agresiva de la historia moderna. Los carteles de
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«Prohibido fumar», que por entonces aún no formaban parte del paisaje cotidiano, proliferaron de inmediato en todos los edificios públicos, especialmente en las salas de espera, dado que se había intuido ya el riesgo del tabaquismo pasivo. La propaganda no dejaba de recordar que ni Mussolini ni Franco eran fumadores, mientras que Churchill y Stalin lo eran de forma notoria. A las muchachas de la sección femenina (BDM) de las Juventudes Hitlerianas les estaba terminantemente prohibido fumar mientras llevaran puesto el uniforme. La preocupación por los peligros del tabaco en los jóvenes llegó a extremos grotescos. Así, en 1945 a Himmler le preocupaba desmedidamente la salud de los adolescentes y niños a los que el Reich estaba a punto de arrojar sin escrúpulos a la guerra como carne de cañón, y llegó a sugerir «que se lleve a cabo una vigilancia inteligente para que los reclutas se mantengan no fumadores y no aprendan a fumar como consecuencia de la distribución de cigarrillos». El propio Hitler, vegetariano y abstemio, sentía una terrible aversión por el tabaco y no permitía absolutamente a nadie fumar en su presencia, ni siquiera a Martin Bormann o a Eva Braun. Al parecer, que también se prohibiera fumar en presencia de Hitler a Schuschnigg, fumador empedernido, contribuyó a aflojar la resistencia del canciller austríaco durante las negociaciones que concluyeron con la imposición del Dictado de Berchtesgaden. Que Hitler tuviera el tabaco por «uno de los más peligrosos venenos del hombre», mucho peor que el alcohol, era acorde con su miedo irracional a contraer cáncer, miedo que lo llevó a fomentar la investigación oncológica por todos los medios, incluida la donación de fondos de su presupuesto personal. El argumento de estar investigando sobre el cáncer permitió eludir la llamada a filas a muchos biólogos y médicos, e incluso supuso una especie de salvoconducto para algunos investigadores semijudíos como Otto Warburg. [Paracelso, vegetarianismo].
Con todo, la aversión de Hitler hacia el tabaco también tenía connotaciones estéticas, inseparables en el ideario nazi de la obsesión higienista por alcanzar la pureza absoluta de las cosas. En una ocasión le preguntó al fumador Göring «si realmente creía que era una buena idea dejarse fotografiar con una pipa en la boca», y añadió «¿qué le parecería que un escultor lo inmortalizara con un puro entre los dientes?».. Hitler también detestaba el olor a tabaco; en una ocasión, al saludar a la bella actriz austríaca María Holst durante una recepción, le reprochó el olor a
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tabaco que percibió en su cabello al acercarse a ella para besarle la mano. Sin embargo, en los últimos días de delirante supervivencia en el búnker de la Cancillería asediado por las tropas rusas, los pocos que todavía acompañaban al Führer, Eva Braun incluida, fumaron sin recato en su presencia. Hitler ya no tenía nada que objetar.
[Deichmann, 138; Hitler, 361; Junge, 90, 195; Knopp, 143, (Himmler, 346); Nürnberger Prozess, 20 159; Proctor].
TANNENBERG.
Curiosamente, una de las más célebres batallas de la historia militar alemana asienta su nombre sobre una espectacular derrota: el 15 de julio de 1410, Ladislao II Jagellón, rey de Polonia, auxiliado por tropas rusotártaras, venció a los caballeros de la Orden Teutónica en la localidad de Tannenberg, en la Masuria occidental. Poco más de quinientos años después se dio el mismo nombre, por revancha, a la batalla que, celebrada en la misma zona entre los días 23 y 31 de agosto de 1914, acabó con la victoria alemana de Paul von Hindenburg y Erich Ludendorff sobre el segundo ejército ruso, comandado por Samsónov, que se suicidó. Esta victoria, de gran importancia psicológica tras la decepción de la derrota del Marne, marcó el inicio del culto al mariscal Hindenburg como héroe de Tannenberg y favoreció su elección en 1925 como presidente del Reich durante la República de Weimar. Sin embargo, el mérito principal de la victoria cabe atribuírselo al general Max Hoffmann (1869-1927), uno de los estrategas de la batalla, a quien su participación en la guerra ruso-japonesa de 1904-1905 había procurado gran experiencia en las tácticas militares más apropiadas para luchar contra los rusos. En 1932, bajo la dirección de Heinz Paul, se rodó la película Tannenberg, en la que se reconstruía el combate.
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Comparación del monumento de Tannenberg (superior izquierda) con el castillo medieval de Castel del Monte (superior derecha) y el conjunto megalítico de Stonehenge (abajo).
En 1924, inspirándose en Stonehenge y en el castillo octogonal de Castel del Monte (que había sido mandado construir por el káiser Federico II), el gobierno alemán encargó la construcción de un monumento conmemorativo de la batalla de Tannenberg a los arquitectos Walter y Johannes Krüger, que fue inaugurado en 192.7 en presencia de Hindenburg. Esta edificación, por entonces el monumento de mayores dimensiones de Alemania, estaba compuesta de ocho torres de 2.0 m de altura unidas por una muralla de planta octogonal de 100 m de diámetro. El mismo año de la inauguración, el matrimonio Ludendorff fundó la Liga de Tannenberg (Tannenbergbund) para la defensa de una gran Alemania capaz de vincular a su pueblo con la tierra patria y de mantener la pureza de su —sangre. Durante el Tercer Reich, el monumento de Tannenberg fue ampliamente aprovechado para fines propagandísticos y diversos actos de glorificación de la guerra. En agosto de 1934, se enterraron en ella los restos mortales de Hindenburg y de su esposa, lo que en 1935 dio ocasión a Hitler para rebautizar la instalación como Monumento a los Caídos de
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Tannenberg (Reichsehrenmal Tannenberg) y pronunciar un discurso fúnebre de resonancias claramente paganas: «En este lugar, entre los soldados de infantería de sus victoriosos regimientos que aquí dormitan, el fatigado general ha de encontrar su descanso. ¡Difunto general, parte ahora hacia el Valhalla!». También el paisajista encargado de las instalaciones del monumento, Heinrich Wiepking-Jürgensmann, se inspiró conscientemente en elementos del paganismo germánico como las tumbas prehistóricas y el antiguo culto al bosque y a los árboles sagrados. De ahí que para construir muros empleara grandes rocas naturales a modo de menhires, además de plantar una arboleda de mil quinientos robles. En 1945, ante el avance de las tropas rusas, se puso a salvo el sarcófago de Hindenburg en Marburgo y se dinamitó el monumento entero para evitar profanaciones del enemigo.
[Courtade/Cadars, 14; Gugenberger, 163; Pendía da Silva, 308; Sünner, 78-79].
TERCER REICH [al.: Drittes Reich].
Curiosamente, la idea original de un Tercer Imperio que habría de durar mil años no procede de ningún ideólogo alemán posterior a la era de Bismarck, sino de Gioacchino da Fiore (1130-1202), un monje cisterciense todavía integrado en esa ortodoxia cristiana que con tanta hostilidad iba a ser recibida por la cosmovisión nazi. Inspirado por el Apocalipsis, Da Fiore creyó haber encontrado la concordia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento al considerarlos una unidad simétricamente interrelacionada que no sólo servía para explicar el pasado del hombre, sino también su futuro, cuyo correlato iba a ser el Evangelio eterno. Para Da Fiore, la existencia de la Santísima Trinidad permitía presuponer que a la Edad del Padre, reflejada en el Antiguo Testamento, no podía sucederle únicamente la Edad del Hijo (Nuevo Testamento), sino también una tercera Edad del Espíritu Santo en la que nacería un hombre nuevo que habría aprendido a ser libre y a vivir en el amor. Si la primera y la segunda edad habrían estado representadas por los patriarcas y por los clérigos, respectivamente, la tercera tendría por representante una comunidad monástica universal ajena a los lujos y desmanes de la Iglesia. A modo de nuevo Mesías, nacería un papa angelo que gobernaría durante mil años este Tercer Imperio redentor, en coincidencia con el milenio escatológico durante el cual, según el Apocalipsis, Satanás viviría encadenado y se inauguraría el
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Reino de Cristo que precede al Juicio Final y al descenso de la Jerusalén celestial.
La esperanza alentada por Da Fiore de que el hombre pudiera alcanzar una nueva era de bienaventuranza en esta Tierra sin necesidad de esperar a la vida eterna no tardó en abandonar paulatinamente el ámbito religioso que la había acunado para irse adentrando en el terreno secular, al que su realización estaba inevitablemente vinculada. Así, en 1240 circuló una profecía apócrifa de Gioacchino da Fiore según la cual el soberano que se encargaría de repartir entre los pobres los bienes de la Iglesia y provocar así el advenimiento del Tercer Imperio iba a ser el kaiser germánico Federico II, varias veces excomulgado por el Papa y considerado «estupor del mundo» (stupor mundi) por sus coetáneos. Como el káiser murió en 1250, diez años antes de la fecha del advenimiento supuestamente vaticinada por Da Fiore, se gestó la leyenda de su pronto retorno. Varios Federicos falsos hicieron su aparición y tuvieron que ser desenmascarados antes de que, finalmente, el regreso definitivo del rey se proyectara en un incierto futuro legendario. Según esta leyenda popular, el káiser estaría dormido en el interior del monte Kyffhäuser, en Turingia, a la espera del momento adecuado para despertar de su sueño e instaurar el ansiado Imperio de la Justicia. Este mito, muy arraigado durante el nacionalismo alemán decimonónico, acabó siendo transferido a Federico I Barbarroja, abuelo de Federico II.
Con la Ilustración, el mito del Tercer Imperio se secularizó definitivamente y constituyó un reflejo de la convicción de que el hombre avanza por sus propios medios hacia un futuro mejor. Lessing reinterpretó a Da Fiore argumentando que tras la Edad del Padre y del Hijo vendría la edad en la que el hombre viviría en la pureza del corazón y, guiado por la razón, habría aprendido a amar la virtud por la virtud misma. Con su Filosofía de la historia, Hegel, aun sin mencionar explícitamente a Da Fiore, dio el primer paso en la nacionalización del mito al asegurar que el Tercer Imperio habría comenzado con la reforma protestante de Lotero. Con ello, el Tercer Imperio o Tercer Reich quedaba por fin vinculado a la idea de Alemania.
En los círculos conservadores y nacionalistas de principios del siglo XX, el Tercer Imperio constituía una dimensión utópica simbolizada por la victoria de lo germánico sobre lo griego [Grecia] y lo cristiano. Rastros de esta utopía pueden encontrarse en el poeta Stefan George y en
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algunos de los primeros escritos teóricos de Thomas Mann, pero también en ariosofistas de mucho menor calado como Lanz von Liebenfels. Así, en el número 78 (1915) de su revista Ostara, Von Liebenfels apela directamente a Da Fiore al afirmar que la parousía por él postulada iba a consistir en la instauración en Viena de una nueva orden templaría. Con su ubicación en la capital austríaca se daría cumplimiento a la peculiar fe de Lanz en la misión ariosófica de la dinastía de los Habsburgo, que permitiría la victoria de la superior raza aria sobre las inferiores. En otro ámbito, el escritor Moeller van den Bruck, un conservador revolucionario [ revolución] fascinado por Dostoievski encontró en su modelo ruso la idea de que los campesinos que malvivían en torno a Moscú, la tercera Roma, tendrían algún día en sus manos la reordenación del mundo. Probablemente inspirado por esta visión, Moeller van den Bruck la hizo suya y la aplicó al espíritu germánico en su obra capital El Tercer Reich (1923), libro programático de la revolución conservadora en el que describió un utópico imperio germánico del futuro que habría de sustituir la odiada democracia de la República de Weimar y enlazar con la tradición de los dos Reich anteriores, el Sacro Imperio Romano Germánico y el Segundo Reich de Bismarck, encontrando en la unidad nacional la síntesis ideal entre revolución y conservadurismo. Esta esperanza utópica en un futuro de reafirmación nacional procuró consuelo a muchos alemanes afectados por la derrota de la guerra y por el caos económico de la República de Weimar.
El libro de Moeller van den Bruck fue recibido con gran entusiasmo por los nazis, quienes pretendieron convertir en realidad su utopía interpretándola de forma reduccionista y trivializadora y convirtiendo su título en uno de los lemas políticos de mayor perdurabilidad histórica que ha generado el nazismo. Aunque un grupo paramilitar como el Oberland, por ejemplo, llamó a su periódico El Tercer Reich, la concepción de Moeller van den Bruck estaba muy alejada del activismo político, en lo que constituía una actitud habitual en los representantes de la revolución conservadora. La irritación causada por este distanciamiento teórico pronto se puso de manifiesto en la lectura que algunos nazis destacados hicieron de su obra. Así, por ejemplo, Goebbels anota el 18 de diciembre de 1925 en su diario: «Por fin he encontrado un poco de tiempo para leer tranquilamente un libro: Moeller van den Bruck, El Tercer Reich. El autor, prematuramente fallecido, escribe como en una visión profética. Con gran
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claridad y calma y, al mismo tiempo, dominado por una íntima pasión, expresa todo aquello que nosotros, los jóvenes, sabíamos instintiva y sentimentalmente desde hacía tiempo. ¿Por qué no extrajo Moeller van den Bruck […] las últimas consecuencias y proclamó la lucha a nuestro lado? ¿Redención espiritual? ¡No, es preciso combatir hasta el cuchillo!». La misma idea subyace en el lema nazi «nuestro reino sí es de este mundo» (en alemán, Reich puede significar tanto «imperio» como «reino»), en el que mediante una evidente paráfrasis bíblica se hace hincapié en el carácter terrenal del Reich nazi frente a la trascendencia del reino de Cristo. En 1935, en las ceremonias triunfales se pronunciaba solemnemente la frase «habéis resucitado en el Tercer Reich». En las escuelas, en las clases dedicadas a inculcar el espíritu de la cosmovisión nazi, se formulaba a los alumnos la siguiente pregunta-trampa: «¿Qué viene después del Tercer Reich?».; la respuesta, obviamente, no había de ser «El cuarto», sino «Nada, pues es la Alemania eterna».
Aunque en Mein Kampf Hitler no menciona el término acuñado por Van den Bruck ni una sola vez, el 1 de septiembre de 1933 anunció oficialmente que el Estado liderado por él era un Tercer Reich que iba a durar mil años, en clara alusión al milenio escatológico del Apocalipsis que, en la reinterpretación nazi, habría de concluir con la batalla por la victoria final. Por tanto, resulta consecuente que una de las obsesiones de Hitler fuera la de legitimar su gobierno por medio de la tradición histórica del Sacro Imperio: en 1938, tras la anexión de Austria, ordenó sacar de la cámara del tesoro de Viena las insignias imperiales —la corona de Carlomagno, la lanza de Longino y la capa pluvial de Federico II, entre otras— y llevarlas a Nuremberg, donde habían sido custodiadas antes de la invasión napoleónica, cumpliendo así con un viejo deseo de los pangermanistas austríacos. El valor que Hitler atribuía a las insignias como talismán garante de la perdurabilidad de su imperio queda reflejado en Mein Kampf cuando dice de ellas que «cual maravilloso hechizo, parecen seguir actuando como prenda de una comunidad eterna». No en vano dijo Hitler en una de sus conversaciones de sobremesa que «en nuestra ambición por desempeñar un papel en el mundo, debemos consultar constantemente la historia imperial. Todo lo demás es nuevo, incierto e imperfecto, pero la historia imperial es la mayor épica que se conoce desde el Imperio Romano». El 10 de julio de 1939, Goebbels dio instrucciones a la prensa para que en el futuro evitara la denominación
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Tercer Reich y, en su lugar, se refiriera directamente al Gran Reich Alemán (Grossdeutsches Reich).
[Benz/Graml/Weiss, 435; Brentjes, 27-38, 51, 62,117; Bullivant, 84, 87; Goebbels, 212; Goodrick-Clarke (1992), 244; Hamann, 158-159; Hitler, 291; Klemperer (1995), vol. II: 58,104; vol. Ill: 71; Mein Kampf, n]
TIAHUANACO [al.: Tiahuanaco, Tihuanaku].
Según Hanns Hörbiger, fundador de la cosmogonía glacial [hielo], era posible encontrar restos del continente perdido de la Atlántida en los Andes bolivianos. Entre estos restos se contaba el centro ceremonial de Tiahuanaco. A pesar de que las actuales dataciones arqueológicas ubican la cultura de Tiahuanaco en nuestra era, entre el 500 y el 1000 d. C., Hörbiger atribuyó catorce mil años de antigüedad al lugar y creyó que en él se practicaba una religión mística de culto al Sol muy anterior a la del antiguo Egipto. Tratando de encontrar rastros de la Atlántida y confirmar así la tesis de Hörbiger, ya en 1928 el futuro colaborador de las SS Edmund Kiss emprendió un viaje a Tiahuanaco, experiencia que plasmó en diversos artículos y en su libro La puerta solar de Tiahuanaco y la cosmogonía glacial de Hörbiger, de 1937. En cuanto arquitecto, Kiss creyó ver en la forma monumental de las construcciones del centro ceremonial las características de la arquitectura nórdica y halló en ellas un parecido mayor con la arquitectura dórica de Grecia que con el estilo inferior de la edificación de los indios. Además de los rastros de culto solar y de culto a los muertos, Kiss encontró pruebas de la afiliación aria de Tiahuanaco en los rasgos puramente nórdicos de una cabeza de piedra y llegó a la convicción de que aquellos templos constituían un territorio periférico del legendario imperio de la Atlántida.
Aunque en 1940, bajo la dirección de Kiss y los auspicios de Himmler y Göring, iba a celebrarse una expedición a Tiahuanaco de gran envergadura, con la presencia de arqueólogos, zoólogos, botánicos, astrónomos y un equipo de filmación dotado de las técnicas de exploración arqueológica más modernas, como cámaras submarinas y un aparato para tomas aéreas, los vaivenes de la guerra frustraron irremediablemente la empresa.
[Sünner, 46].
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TÍBET [al.: Tíbet].
De entre las espectaculares expediciones llevadas a cabo por los nazis a países remotos y exóticos, la expedición al Tíbet emprendida en 1938-1939 por Ernst Schäfer es probablemente la más conocida. Aún hoy continúa ejerciendo un gran poder de fascinación, sobre todo gracias al documental El secreto del Tíbet (1942), que, aun con su marcada carga ideológica, sigue teniendo un indiscutible valor como testimonio de unos años en los que el Tíbet todavía era un lugar poco menos que ignoto para el mundo occidental.
El propósito original de la expedición fue muy similar al que motivó la de Tiahuanaco y se basaba en la creencia, compartida por los principales asesores ideológicos de Himmler, según la cual las montañas más altas del mundo podrían haber sido el refugio de una raza aria primigenia proveniente de la Atlántida tras el hundimiento de este continente. En un peculiar sincretismo con el mito budista de la ciudad sagrada de Shambala, se suponía que estos arios primigenios habrían creado reinos subterráneos en los que seguirían conservando los secretos más antiguos de su raza. Esta idea se vio avalada por el ingeniero Ferdynand Ossendowski, quien, en un libro muy admirado por Himmler, Bestias, hombres, dioses (1920-1921), describe cómo, en su huida de los bolcheviques a través de Asia central, tuvo noticia del reino subterráneo de Agarthi, lugar en el que se habrían refugiado los supervivientes de grandes continentes hundidos y que sería la sede de un señor del mundo cuya existencia no tardaría en manifestarse en la política mundial. Como tantas otras ideas del ocultismo nazi, también este mito del Tíbet hunde parte de sus raíces en el ocultismo europeo decimonónico, en especial en las doctrinas de Madame Blavatsky, la fundadora de la Sociedad Teosófica. Edmund Kiss se encargaría de vincularlo con los datos científicos sobre el hundimiento de la Atlántida proporcionados por la cosmogonía racial de Hanns Hörbiger [hielo], quien ya apuntaba una relación entre la Atlántida y el techo del mundo, mientras que G. Kirchhoff, probablemente influido por una idea similar de Ossendowski, postuló la existencia de un centro de sabiduría en Lhasa que mantendría su unión con Europa por medio de rayos energéticos. El misterioso asesor ocultista de Himmler, Karl María Wiligut, le habría dicho en estado de trance a uno de los escépticos miembros de la
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expedición que «llegará una nueva era, pues la creación sólo está sometida a una única ley. Una de las llaves se encuentra en posesión del Dalai Lama y en los monasterios tibetanos». El desconocimiento de la época sobre las condiciones reales del Tíbet, que seguía sumido en un aura misteriosa, también contribuía a estimular una fantasía que, sumada a la aparente fiabilidad de unas coordenadas espaciales concretas, contaba con las condiciones necesarias para la formación de un mito de indudable capacidad de fascinación.
Aunque, aun siendo miembro de las SS desde 1933, el expedicionario Schafer era reacio a aceptar esta clase de teorías, su expedición al Tíbet de 1938 recibió una financiación de treinta mil marcos del departamento Herencia Ancestral (Ahnenerbe) de las SS, y no dejó de recalcar en público que se trataba de una empresa de las SS, lo que le supuso dificultades con las autoridades británicas en la India. Únicamente estaban autorizados a participar en la expedición miembros de las SS, entre ellos el antropólogo racial Bruno Beger, gracias a quien se lograron aunar los intereses científicos de Schäfer (verificar la consideración de la meseta tibetana como cuna de la humanidad ya postulada por Kant y Friedrich Schlegel, así como estudiar la flora y fauna y los pueblos autóctonos) con el objetivo principal de Himmler (demostrar que el Tíbet fue el refugio de la raza aria venida del norte). Basándose en el celebrado experto en cuestiones raciales H. F. K. Günther, Beger partía de la hipótesis de una migración original de la raza nórdica desde Europa septentrional hacia China y Japón, pasando por Asia central. A fin de demostrar esta tesis, efectuó numerosas mediciones craneales a los habitantes del Tíbet, actividad que fue cuidadosamente registrada en el documental.
De vuelta de la exitosa expedición, en la que se recogieron numerosos manuscritos, ejemplares botánicos, moldes de escayola de cabezas riberanas y objetos etnológicos diversos, además de un valiosísimo material de rodaje, Schäfer fundó en 1943 el Instituto Sven Hedin para Asia Central {Sven Hedin-Institut für Innerasien), al que, con su permiso, dio el nombre del famoso orientalista sueco, que también era un fervoroso nazi. En una entrevista para la revista de las SS Das schwarze Korps («El cuerpo negro») realizada para la ocasión, Schäfer define a los tibetanos como «los más puros representantes de la raza principal amarilla» y los califica de «valientes, de gran resistencia y muy capacitados», aunque esclavizados por «el yugo de la religión». Según Schäfer, dada la elevada
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mortalidad infantil y la dureza del clima tibetano, únicamente sobreviven los más fuertes y resistentes. De ahí la incuestionable superioridad de las «razas mongólicas del Himalaya» frente a los «indoarios», ablandados por un entorno tropical. Con esta tesis, sin embargo, Schäfer se enfrenta a otra de las principales teorías raciales nazis, que tiende a ensalzar la «herencia aria» del pueblo indio. Este debate racial pronto abandonó el ámbito puramente teórico para adquirir relevancia militar, ya que las campañas bélicas alemanas en Asia hacían necesario determinar qué razas asiáticas disponían de la calidad suficiente para establecer una alianza con ellas y cuáles debían ser reducidas a la esclavitud o aniquiladas. En la conferencia que pronunció Beger por las mismas fechas concluyó que el pueblo tibetano ocupa una «posición intermedia» entre el grupo racial mongol y el europeo, si bien «el componente mongol predomina fuertemente». Según Beger, era sobre todo en la aristocracia tibetana donde imperaba en mayor medida el factor racial europeo. El empleo de la esvástica aria en el Tíbet sería una prueba más del componente racial nórdico de los tibetanos. La humilde afirmación de Beger de que, aun así, todavía hacían falta ulteriores investigaciones a fin de precisar mejor la cuestión, no hace sino poner de manifiesto la enorme confusión en la que se movía la supuesta ciencia racial propugnada por el nazismo.
La expedición de Schäfer logró crear una actitud positiva respecto a Alemania por parte de los tibetanos, cuyo factor racial europeo en principio los hacía dignos de ello. Bajo el lema del «Encuentro» de la esvástica occidental con la oriental lograron establecerse contactos políticos de alto nivel con el gobierno tibetano que se manifestaron, entre otros, en la declaración oficial de amistad que Qutuqtu de Rva-sgren, el regente tibetano, puso por escrito a la atención del «notable señor Hitler, rey de los alemanes, que ha conseguido hacerse con el poder sobre el ancho mundo». También en el documental se ve a una larga cola de tibetanos que acuden a ofrecer regalos a «los primeros alemanes que son recibidos aquí» (lo cual no es del todo cierto, ya que el propio Schäfer había participado anteriormente en dos expediciones al Tíbet realizadas por un equipo germano-estadounidense). Himmler pretendió instrumentalizar militarmente esta amistad a fin de convencer a los tibetanos para que se rebelaran contra sus explotadores británicos. Para ello quiso enviar a Schäfer al frente de una nueva expedición compuesta de treinta hombres de las SS y armamento suficiente para dotar a entre mil
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y dos mil soldados, empresa que fue frustrada en abril de 1940 por el eterno rival de Himmler, Alfred Rosenberg, quien tenía preparada una acción similar con mercenarios afganos.
Las aplicaciones prácticas de la expedición de Schäfer no se agotan en el terreno estrictamente militar, pues en primavera de 1943 Himmler encargó a los investigadores del Instituto Hedin que recopilaran material sobre la herencia biológica, las formas matrimoniales (poliandria, poliginia) y su repercusión en la densidad de población tibetana, mongola y de las regiones próximas, a fin de desarrollar variantes del modelo familiar tradicional europeo que permitieran hacer frente al descenso de la población alemana causado por los efectos de la guerra. También se hicieron experimentos con muestras de grano recogidos en el Tíbet y con la cría de caballos mongoles con la intención de obtener variantes de cereales y de animales de tiro dotados de una resistencia excepcional que los volviera adecuados para su empleo en la futura colonización alemana del Este europeo. También los remedios tradicionales tibetanos estaban en consonancia con el nuevo auge de la medicina naturista promovido por los nazis [ Paracelso]. Así, en su trascendental vuelo a Escocia del 10 de mayo de 1941, Rudolf Hess llevó consigo un elixir de un lama tibetano al que se atribuían poderes curativos formidables contra las enfermedades de la vesícula biliar, así como un amuleto tibetano, ambas cosas obtenidas de Sven Hedin.
El misterio del Tíbet nazi siguió siendo alimentado por la literatura ocultista de postguerra. Entre otros autores, Dietrich Bronder, en su libro Antes de que llegara Hitler (1964), habla de los contactos que la Sociedad Tule habría mantenido con el Tíbet a través de una pequeña colonia tibetana establecida en Berlín, así como de los vitales mensajes cifrados que habrían sido intercambiados entre Berlín y Lhasa durante la Segunda Guerra Mundial y transmitidos gracias a la central de radio que la expedición de Schäfer se habría encargado de llevar a la capital tibetana. No obstante, hasta el momento no se ha encontrado prueba alguna que avale estas especulaciones (Greve, 176). El neonazi chileno Miguel Serrano, por su parte, sospecha que el retiro de montaña de Hitler en Berchtesgaden habría sido el punto de unión energético de la Alemania nazi con el Himalaya, y que por eso Hitler evitó que Berchtesgaden fuera el escenario de la batalla final.
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Actualmente, debido a esta conexión con el nazismo (y apelando, entre otras cosas, a la circunstancia de que el actual Dalai Lama hubiera recibido durante algunos años la instrucción de Heinrich Harrer, antiguo miembro de las SS), el budismo tibetano está siendo objeto de polémica en determinados círculos. Autores como Víctor y Victoria Trimondi, en su libro A la sombra del Dalai Lama (1999), analizan los elementos característicos de esta variante del budismo que lo harían especialmente apropiado para atraer los intereses de las ideologías de extrema derecha, como sus componentes misóginos, apocalípticos y militaristas. Entre otras consideraciones, cabría objetar a esta tesis que difícilmente podrá encontrarse una religión o una mitología completamente exenta de tales componentes.
[Courtade/Cadars, 282; Deichmann, 225; Goodrick-Clarke (1992), 221; Greve; Sünner, 47-51].
TULE [al.: Thule].
En la Antigüedad, Tule fue la tierra más septentrional y lejana de todas las conocidas, descubierta por el navegante griego Piteas en el 330 a. C. a seis días de viaje hacia el norte desde Escocia. Aunque actualmente se cree que podría tratarse de la costa occidental de Noruega o de las islas Shetland, en la Edad Media se impuso la creencia de que se trataría de Islandia. Según cuenta Plinio el Viejo en su Historia natural, Tule es un océano petrificado que carece de solsticio de verano y que está gobernado por las tinieblas, mientras que Tácito y Plutarco destacan la persistencia de la luz solar. El historiador Procopio afirmaba que los habitantes de Tule conocían dioses del aire, de la tierra y del agua, que practicaban sacrificios humanos en honor del dios de la guerra Ares y que su fiesta principal tenía lugar en invierno para celebrar el regreso del Sol tras una noche polar de treinta y cinco días.
Dos aspectos de esta Tule legendaria interesaron especialmente en la cosmovisión nazi: por una parte, la supuesta situación en el extremo septentrional de Europa convertía a Tule en una suerte de símbolo geográfico de lo nórdico. Por otra, sus largos días de verano en los que prácticamente no se ponía el sol permiten relacionarla simbólicamente con la devoción por la luz propia del dualismo neognóstico del nazismo. El principal responsable del desarrollo de este mito nazi fue el ariosofista Rudolf von Sebottendorff, quien calificó la civilización aria de Tule como
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la más antigua de la Tierra. Los habitantes de Tule habrían efectuado importantes observaciones astronómicas mediante construcciones megalíticas como la de Stonehenge, además de inventar las runas que constituirían la base de la escritura. Según Sebottendorff, Tule habría sido la cultura primigenia a partir de la cual se habrían desarrollado todas las restantes civilizaciones del globo dignas de tal nombre. Con esta creencia, el mito de Tule permitió la apropiación aria de los principales logros culturales ajenos, compensando así el complejo de inferioridad que sentían algunos nazis —entre ellos el propio Hitler—, ocasionado por el menor desarrollo técnico y cultural de los pueblos germánicos frente a los grandes logros de sus coetáneos griegos y romanos [Grecia].
En 1933, el mito de Tule adquirió una gran difusión pública gracias a la exposición preparada por Herman Wirth, cofundador del departamento Ahnenerbe de las SS, celebrada en Berlín y Bremen con gran afluencia de público. En ella, siguiendo en términos generales las tesis de Sebottendorff, se trataba de demostrar por medio de fotos, símbolos y maquetas la existencia de una continuidad entre la cultura megalítica de Tule y la tradición popular alemana centrada en el culto a las épocas solsticiales propio de la raza atlántico-nórdica [solsticio]. Según Wirth, los pueblos extranjeros del sur no habrían conocido este culto debido a que en sus tierras el contraste entre el verano y el invierno no era tan acentuado como en el norte. Así pues, la cultura de Tule habría profesado una religión de la luz que los navegantes de los pueblos megalíticos habrían llevado a Oriente, y donde a partir de ella se habría desarrollado la fe cristiana en la muerte y la resurrección.
Aventurando la tentadora posibilidad de que este lugar mítico pudiera ubicarse en Islandia, en junio de 1936 un grupo de veinte altos miembros de las SS emprendieron una expedición a este país en busca de rastros de Tule, entre ellos Otto Rahn, quien habla de ello en su libro autobiográfico La corte de Lucifer (1937). Dejando a un lado el bien recibido detalle de que la compañía naviera del carguero que los llevó a Islandia luciera una esvástica como logotipo corporativo, la degeneración cultural islandesa que pudieron constatar durante aquel viaje, con su música de jazz y sus mujeres maquilladas, hizo albergar dudas a Rahn sobre si Islandia pudo haber sido Tule alguna vez. En otro pasaje de su libro, Rahn aventura la identificación de Tule con Tollan, mítica patria primitiva cubierta de hielo y situada al norte desde la que, según la creencia azteca, debía proceder
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ese dios que acabarían confundiendo con Hernán Cortés. En realidad, las modernas excavaciones arqueológicas han identificado la mítica Tollan Xicocotitlán con el centro tolteca de Tula, en el estado mexicano de Hidalgo, que poco tiene que ver con las míticas tierras heladas del norte terráqueo.
En su novela Los cisnes cantores de Tule (1939). Edmund Kiss plantea la tesis de que Tule pudiera ser un residuo de la Atlántida y la sitúa cerca de la actual Groenlandia, convirtiéndola en un trasunto del mito universal del paraíso perdido. Tule habría sido un paraíso de inviernos suaves y veranos refrescantes poblado por navegantes nórdicos de extraordinarios conocimientos técnicos y astronómicos. Su principal norma moral era el mantenimiento de la pureza de la sangre. Este universo idílico habría encontrado su fin con la llegada de la glaciación, que habría obligado a sus habitantes a desplazarse hacia el sur, permitiendo así que gracias a su cultura se desarrollaran las civilizaciones egipcia, griega y romana.
Volviendo a la realidad histórica, la institución más rica en consecuencias establecida bajo los auspicios de este mito fue la Sociedad Tule (Thule-Gesellschaft}, fundada en 1918 por Rudolf von Sebottendorf como tapadera para la Orden de los Germanos {Germanen-Orden). Constituida al abrigo de un sentimiento generalizado de desilusión e inseguridad tras la derrota de la Primera Guerra Mundial, la Sociedad Tule puede considerarse el principal foco ideológico del nazismo y su más destacada cuna política.
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Emblema de la Sociedad Tule en el que ya aparecen algunos de los principales símbolos del nazismo: la esvástica, la espada, el roble y las aureolas de luz.
Oficialmente consistía en un grupo de estudio de la antigua cultura germánica. Su emblema, una resplandeciente espada sobrepuesta a una esvástica rodeada de una corona de hojas de —roble (aunque anteriormente había sido una cruz gamada atravesada por dos lanzas), dio origen a la esvástica como símbolo nazi. Por otra parte, algunos de los que años después iban a ser los principales jerarcas nazis fueron miembros o visitantes asiduos de esta sociedad, entre ellos Rudolf Hess, Alfred Rosenberg, Wilhelm Frick y Hans Frank. (No así Adolf Hitler, a pesar de algunas afirmaciones en sentido contrario). Las reuniones de la Sociedad Tule tenían lugar en el elegante Hotel Vierjahreszeiten de Múnich, puesto a su disposición para este fin por sus propietarios, los hermanos Waiterspiel, que también eran miembros de la Sociedad. En términos generales, el nivel social de los pertenecientes a la Sociedad Tule era
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elevado, contaba con numerosos aristócratas e incluía a algunas de las personalidades más influyentes de la ciudad.
Durante las turbulencias de la revolución alemana de noviembre de 1918, la sociedad contribuyó por medio de la Liga para la Defensa de Tule (Kampfbund Thule) a reclutar voluntarios para luchar contra la República de los Consejos de Baviera, de inspiración soviética, instalada en Múnich. En represalia, a mediados de abril de 1919 los comunistas tomaron a siete miembros de la Sociedad Tule como rehenes y los ejecutaron el 30 del mismo mes. Esta acción, pronto agravada por la propaganda reaccionaria, que hablaba de supuestas atrocidades y torturas, suscitó una sangrienta rebelión ciudadana que contribuyó a acelerar la caída del efímero gobierno. Al mismo tiempo, el martirio de los rehenes azuzó las iras nacionalistas bávaras y desempeñó cierto papel en la circunstancia de que fuera precisamente esta región el principal foco europeo de difusión del nazismo.
La elevada extracción social de los miembros de la Sociedad Tule hizo ver la necesidad de ganarse también a la clase trabajadora para lograr una mayor penetración de las ideas ultranacionalistas y antisemitas de la Sociedad. Al periodista deportivo Karl Harrer se le encomendó la misión de formar un círculo de trabajadores que cristalizó el 5 de enero de 1919 en el Partido Obrero Alemán (DAP, Deutsche Arbeiterpartei), en cuyos panfletos ya se hacía uso del término nacionalsocialismo. Aunque el DAP se concibió como un partido independiente, mantuvo siempre cierta relación con la Sociedad Tule, quien le proveía de contactos, miembros y conferenciantes, entre ellos Dietrich Eckart. El 12 de septiembre de 1919 Adolf Hitler participó por primera vez en una reunión del DAP. El 24 de febrero de 1920, bajo el liderazgo de Hitler, el DAP se convirtió definitivamente en el NSDAP, el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán.
Rudolf von Sebottendorf cayó pronto en desgracia ante la Sociedad, acusado de haber perdido negligentemente la lista de sus miembros y de haber facilitado así a los comunistas el arresto y ejecución de los rehenes. Von Sebottendorf dejó de asistir a las sesiones de la Sociedad en junio de 1919. En 1933, ya en el Tercer Reich, regresó a Múnich con la intención de dar nueva vida a la Sociedad (aunque ésta aún seguía activa como Asociación para el Cuidado del Patrimonio Alemán) y publicó el libro Antes de que llegara Hitler (1933), en el que insistía, no sin razón, en el
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papel de la Sociedad Tule como precursora del nacionalsocialismo, lo que no sólo le valió el rechazo del régimen, sino también un breve período de arresto a principios de 1934, seguido del destierro forzoso del Reich.
La fantasiosa literatura ocultista posterior a la guerra ha exagerado el papel de la Sociedad Tule como supuesto centro de prácticas satánicas y ocultistas desde el que ciertas fuerzas de lo oscuro habrían movido los hilos más siniestros del nazismo por medio de rituales de magia negra. Aunque sigue habiendo muchos interrogantes sobre el funcionamiento de la Sociedad, cabe verla más bien como un importante centro de difusión ideológica prenazi que aunaba una orientación política antisemita y antimarxista de derecha con el cultivo de una simbología, rituales e ideas ocultistas de corte ariosofista. En cuanto al mito de Tule propiamente dicho, sigue siendo aún hoy una palabra clave de la mitología de extrema derecha.
[Rahn, 73; Strohm, 44, 72; Sünner, 39-44; Goodrick-Clarke (1992), 135 152; Zoller].
VALHALLA [al.: Walhalla].
Al igual que para otros pueblos eminentemente guerreros, como el azteca, el paraíso que aguardaba a los antiguos germanos y escandinavos en el más allá estaba reservado únicamente, a modo de recompensa, a aquellos que hubieran perdido heroicamente su vida en combate. El paraíso germánico recibía el nombre de Valhalla, y el difunto guerrero era guiado hasta él de la mano de una valquiria, doncella divina, que lo llevaba hasta Asgard, el reino sagrado de los dioses, presidido por Wotan. Una vez allí, el guerrero caído podría disfrutar durante toda la eternidad de la carne del jabalí sagrado mientras las valquirias le servían solícitamente una cuerna de met (una especie de cerveza endulzada con miel y bayas). En este lugar primitivamente idílico, los guerreros muertos seguían entrenándose en el uso de las armas a fin de estar preparados para la gran batalla del Ragnarok o crepúsculo de los dioses. Un lobo y un águila (animales sagrados del dios Wotan y de relevancia simbólica en el nazismo) guardaban la entrada occidental de este paraíso.
Como era de esperar, el nacionalismo romántico alemán —que sólo conocía el Valhalla gracias a las odas de Klopstock— lo rescató del olvido e hizo de él una suerte de santuario de alemanes ilustres con resabios arcaicos. Es el caso del Valhalla Alemán inaugurado en 1842, un templo
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monumental construido cerca de Regensburg por Leo von Klenze, en un paradójico estilo neoclásico helenizante, por encargo de Luis I de Baviera. En el interior de este Valhalla artificial, agrupados temáticamente en torno a unas valquirias que usurpan el puesto tradicionalmente reservado a las musas, se erigen los bustos de aquellos alemanes que se han estimado dignos de entrar en él; entre ellos, muy en el sentido del nacionalismo tradicional, no sólo figuran estrategas o militares destacados, sino también pensadores y poetas como Kant o Lessing. (Aún hoy se reúne cada dos años el consejo de ministros de Baviera a fin de decidir qué alemanes se han hecho merecedores de que su busto sea acogido en él). A pesar del trasnochado romanticismo nacionalista de esta construcción, tan ajena al espíritu pretendidamente revolucionario y antiintelectual del nazismo, Hitler la encontró digna de elogio: «Ya sólo la idea y ejecución del edificio del Valhalla demuestra que [Luis I de Baviera] era un monarca cuya visión fue mucho más allá de los confines de su insignificante estado, abarcando todo el horizonte pangermanista». En un acto solemne, Goebbels y Hitler celebraron la incorporación del busto de Anton Bruckner a este Valhalla marmóreo.
Naturalmente, la reinterpretación del viejo paraíso germanoescandinavo desarrollada en la estela del nazismo trató de captar con mayor fidelidad su esencia primitiva. Ya el ariosofista Guido von List había vinculado de nuevo la entrada en este paraíso al mérito exclusivamente militar en un artículo de 1916 en el que postulaba que los soldados alemanes caídos en la Primera Guerra Mundial serían recibidos en el Valhalla. En cuanto a Hitler, se deduce de algunas de sus declaraciones que sentía una simpatía mucho mayor por los paraísos reservados a los bravos guerreros que por la visión del Cielo prometida por el denostado cristianismo: «Puedo imaginar a gente entusiasmada con el paraíso de Mahoma, pero ¡con el insípido paraíso de los cristianos…! Durante tu vida escuchas la música de Richard Wagner. Pero después de tu muerte, ¡no hay más que aleluyas, agitar de palmas, niños de pecho y viejos canosos!». Según parece, Hitler no cree que los hombres en edad de guerrear tengan cabida en un paraíso celestial cristiano que en su sarcástico comentario únicamente está reservado a los más débiles e indefensos. En otro momento, tras recordar que la religión de los japoneses es «por encima de todo un culto al heroísmo», Hitler observa: «La religión japonesa […] eleva al hombre al entusiasmo mediante la
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promesa de las recompensas que le esperan en el más allá, mientras que el infortunado cristiano no tiene más perspectivas que los tormentos del infierno». Con ello, Hitler atribuye significativamente la condenación cristiana a sus héroes militares, con lo que muestra la conciencia de lo inapropiados que resultan los valores cristianos para la ideología defendida por él.
Dado que la cosmovisión nazi excluía cualquier concepto de trascendencia después de la muerte, salvo la de la propia materia como generadora de nuevas formas de vida, y, sin embargo, consideraba al mismo tiempo la muerte en combate como la plenitud de la existencia humana, se imponía la necesidad de dar con unas motivaciones ideológicas que facilitaran la aceptación de este sacrificio individual. De ahí que el nazismo practicara un auténtico culto a la muerte, reflejado en multitud de monumentos y de actos ceremoniales que se celebraban en memoria de los caídos por la causa. De este modo, el activista o soldado nazi contaba con la promesa de que su muerte no sería definitiva, en la medida en que su recuerdo perviviría, tal vez para siempre, en la memoria colectiva. Asimismo, su sacrificio habría servido para instaurar o estabilizar ese Tercer Reich milenario de cuyos ansiados frutos podrían gozar sus descendientes, ya que la pervivencia de la propia estirpe o, empleando la terminología nazi, de la propia sangre, era la segunda forma de inmortalidad ensalzada por la cosmovisión del nazismo.
Sin embargo, estas dos formas de inmortalidad —por la memoria y por la sangre— no siempre resultan plenamente satisfactorias para lanzar a la muerte a sus fieles, especialmente en tiempos de guerra, cuando los caídos en combate se cuentan por millares y la memoria colectiva es incapaz de retenerlos, o cuando quienes acuden al frente son cada vez más jóvenes y no han tenido tiempo de eternizarse por la vía de la sangre. La carencia de un paraíso propio con el que proporcionar a sus combatientes una promesa de trascendencia, por sí misma incompatible con una cosmovisión nazi genuina, abrió una fisura por la que pudo colarse el Valhalla germánico, a pesar de que, según Rosenberg, la antigua mitología había muerto y el Valhalla debía buscarlo cada uno en su propia alma. Con todo, es a partir de esa necesidad insatisfecha como se comprende que en 1937, en el momento culminante del entierro ceremonial del general Ludendorff, Hitler clamara con voz atronadora: «¡Y ahora, difunto comandante, entra en el Valhalla!»., prácticamente la misma exclamación que ya había
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pronunciado tres años antes, durante el traslado ceremonial de los restos mortales de Hindenburg a —Tannenberg. También Himmler aludió al Valhalla en algunos de sus discursos fúnebres, aunque él defendiera una fe particular en la reencarnación [Enrique I]. En la revista de sus SS, Der schwarze Korps («El cuerpo negro»), se hablaba de un alma etérea (Hauchseele) que el viento impulsaba a un paraíso situado en el más allá, al tiempo que se publicaban poemas que ensalzaban el Valhalla como el lugar añorado por todo soldado, al que se dirigía su espíritu al morir como un águila hacia el Sol, a fin de seguir viviendo entre los demás héroes en una luz que no se extingue nunca. Que esta creencia no carecía de cierta eficacia lo demuestra el hecho de que el piloto de combate Heinrich Ehrler, antes de lanzarse en vuelo suicida contra el enemigo cerca de Berlín, le dedicara a un amigo las palabras «¡Nos vemos en el Valhalla!».
Richard Spitz, Visión de grandeza.
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La idea de una vida después de la muerte únicamente para los combatientes queda sutilmente sugerida en algunas de las películas nazis. El primer caso fue la película El rebelde (1932), que en un entorno alpino rememora la resistencia del Tirol a las tropas napoleónicas. Cuando, tras haber luchado valerosamente contra el enemigo francés, el protagonista ya ha sido ejecutado, su imagen aparece superpuesta a la escena final, en que las tropas enemigas desgarran la bandera tirolesa, y, a los sones de una canción patriótica, su fantasma se va elevando poco a poco hasta desaparecer en las cimas de las montañas cubiertas de nubes. (Según una leyenda germánica, la cima de los Alpes tocaba el Valhalla). El mismo recurso se empleó posteriormente, con lógicas variaciones, en las escenas finales de varias películas nazis. Ocasionalmente aparece incluso en las artes plásticas, como en el cuadro de Richard Spitz Visión de grandeza, en el que los espectros de soldados nazis muertos en combate ascienden a través de las nubes hacia un edificio (el templo del Valhalla) que, coronado por una enorme —esvástica, se adivina en la lejanía. '.
[Courtade/Cadars, III; Döbler, 290-291; Gugenberger, 57; Hitler (1953), 143, 419; Rosenberg, 219; von See, 8 5; Sünner, 119,121].
VEGETARIANISMO [al.: Vegetarismus].
La idea de una edad de oro que se distinguía de la degeneración posterior por la renuncia a comer carne entró en el ámbito germánico a través de Friedrich Schlegel, quien, tal vez inspirado por las Metamorfosis de Ovidio (XV, 75-142), postuló la hipótesis de que las grandes migraciones de los pueblos indoeuropeos asentados en la India se habrían iniciado en el momento en que sustituyeron su dieta vegetariana por la carnívora: «¿No habrá sido precisamente esta inquietud la que habrá perseguido incesantemente al fugitivo, al igual que al primer asesino marcado con sangre, empujándolo hasta los extremos de la Tierra?». Son evidentes las reminiscencias bíblicas en estas palabras de Schlegel, en las que el supuesto cambio de alimentación del hombre se concibe como un correlato del episodio de Caín y Abel, el primer crimen de sangre de la humanidad según el relato bíblico.
Richard Wagner retomó esta idea, que desarrollaría ampliamente en sus escritos teóricos. Para Wagner, los hombres, originariamente
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vegetarianos, vivían felices e inocentes en lo alto de las cimas asiáticas hasta que se produjo el pecado original, consistente en la caza del primer animal. Desde entonces, la sed de sangre se había apoderado de la especie humana y ya sólo se sucedieron guerras y asesinatos. —Jesucristo habría intentado redimir a los hombres mostrándoles el camino del vegetarianismo primigenio, simbolizado con la conversión del pan en carne y del vino en sangre durante la Ultima Cena. Sin embargo, la judaización de la Iglesia corrompió el mensaje sagrado de Cristo, y la humanidad, contaminada tanto por la carne de animal como por la sangre judía, siguió adelante en su camino hacia la decadencia. El redentor germánico Parsifal, un segundo Mesías, constituía la única esperanza simbólica de salvación.
Aunque el antisemitismo wagneriano tuvo un éxito muy superior al de su llamamiento al vegetarianismo, esta ideología dietética ya nunca abandonó el universo del nacionalismo étnico alemán. A principios del siglo XX, con el auge en Alemania de los modos de vida alternativos que solían compartir una aversión romántica por la industrialización y la vida urbana [asfalto], se impusieron también las dietas vegetarianas. Muchas de estas nuevas corrientes reformistas estaban estrechamente vinculadas a movimientos de ideología antisemita, como el de Georg Schönerer en Viena. Por otra parte, muchos pioneros de las reformas en el modo de vida sentían afinidad por la política pangermanista, como Gustav Simons, inventor de una célebre y saludable variedad de pan integral, o el pintor Karl Wilhelm Diefenbach, pionero del vegetarianismo y el nudismo, ambos vinculados a la Ordo Novi Templi de Lanz von Liebenfels. También Herman Wirth fue un fanático vegetariano, aunque, al igual que Hitler, de la modalidad defensora del consumo de alimentos crudos. Algunos autores pretendidamente científicos atribuían al consumo de carne un papel estimulante de los órganos genitales; de ahí que la carne, al incrementar el deseo sexual, pudiera contribuir al aumento de relaciones sexuales indiscriminadas, favoreciendo así la anatomizada mezcla racial. Desde este punto de vista, el papel de pecado original atribuido al consumo de carne tendría un claro paralelismo con el pecado primigenio de la unión sexual con criaturas inferiores que ocupa un lugar preponderante en la mitología nazi [Atlántida].
La aversión por la carne era una cualidad compartida por diversas sectas y religiones históricas no cristianas que, como congeniaban en
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algunos aspectos con la cosmovisión nazi, eran muy admiradas en ciertos círculos del Tercer Reich. Así, por ejemplo, los cátaros consideraban diabólico todo lo que tuviera relación con la carne. Por otra parte, la cosmogonía maniquea considera las plantas como surgidas del esperma que los diablos de la oscuridad habrían eyaculado sobre la Tierra ante la visión del Tercer Enviado. De este modo, las plantas contendrían parte de la luz que los diablos habrían devorado previamente, con lo que su consumo podía favorecer la ansiada liberación de la cárcel sombría de la materia. Otto Rahn advierte que los maniqueos tenían prohibido matar animales para no perturbar la ley de la metempsicosis.
Muchos nazis célebres eran vegetarianos convencidos. Según cuenta Albert Speer, Rudolf Hess, por ejemplo, llegó al extremo de decirle a Hitler durante una comida que los componentes de su alimentación tenían que ser de una procedencia biológico-dinámica especial, a lo que Hitler le contestó que, en ese caso, se fuera a comer a su casa. El propio Hitler practicaba el vegetarianismo al menos desde 192.4. Según contaba en sus monólogos de sobremesa, ello se debía a que cuando comía carne sudaba terriblemente y se veía obligado a beber mucho, mientras que, desde el momento en que se hizo vegetariano, le bastaba con un sorbo de agua de vez en cuando. El día de la boda de Baldur von Schirach, Hitler le dio una nota a la novia con las instrucciones culinarias que debía tener en cuenta para cuando fuera a hacerles una visita: «Yo como todo lo que la naturaleza proporciona voluntariamente: fruta, verdura, grasas vegetales. Pero ruego que me sea evitado todo aquello que los animales sólo dan a su pesar: carne, leche y queso. Así pues, de un animal, ¡sólo los huevos!». Hitler estaba convencido de que el vegetarianismo respondía a la inclinación natural del ser humano y que el consumo de carne constituía una degeneración antinatural, tesis que solía probar con el argumento de que cuando a un niño se le daba a escoger entre un trozo de carne o una manzana, siempre prefería instintivamente la manzana. Hitler quedó muy impresionado cuando supo que, según un documento de tiempos de Julio César, el ejército romano seguía una dieta basada casi exclusivamente en frutas y cereales, y recurría a la carne sólo en tiempos de carestía. En su opinión, tampoco los vikingos podrían haber llevado a cabo sus legendarias expediciones si dependieran de una dieta carnívora, ya que no conocían ningún método para conservar la carne. Hitler estaba convencido de que en el pasado el hombre vivía más tiempo y de que el punto de
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inflexión lo constituía el paso del consumo de alimentos crudos a los alimentos cocidos. Hitler sospechaba que, al destruir las bacterias de los alimentos por medio del calor, se reducía la resistencia inmunitaria del individuo, y llegó incluso a aventurar la posibilidad de que el cáncer pudiera deberse al consumo de alimentos cocidos. En su opinión, el incremento de las dietas vegetarianas en Alemania iba a constituir una auténtica revolución y el mundo del futuro sería vegetariano. En ocasiones, según recuerda su secretaria Traudl Junge, Hitler gustaba de amargar a los comensales no vegetarianos el gusto por la carne contándoles con todo lujo de detalles su visita a un matadero de Ucrania, en el que «lindas señoritas con botas altas de goma estaban en una laguna de sangre que les llegaba hasta las pantorrillas». Es verdad que, en otro orden de cosas, el vegetarianismo también resultó muy conveniente durante los años de penuria que trajo consigo la guerra, cuando los libros de cocina recomendaban sustituir la carne, «que de todos modos no es nada sana», por verduras o, en su defecto, por ciertas variedades de pescado. A fin de satisfacer las exigencias nutritivas de Hitler, el mariscal Antonescu le procuró una dietista experta en cocina vegetariana como cocinera personal, aunque pronto tuvo que abandonar el puesto al descubrirse que tenía un ascendente judío.
Hitler siempre llevaba consigo a su cocinera vegetariana, incluso durante las últimas semanas de encierro en el búnker de la Cancillería de Berlín, bajo el asedio de las tropas soviéticas.
Sin duda, la predilección nazi por el vegetarianismo está estrechamente relacionada con una de las características que más perplejidad han suscitado especialmente a partir de 1945, cuando los horrores de los campos de concentración se dieron a conocer en toda su magnitud: el amor de los nazis por los animales. Es bien conocido el desmesurado afecto que sentía Hitler por su perro Blondi, así como el enojo que no cesaba de causarle el notorio entusiasmo por la caza de Hermann Göring, aunque también éste afirmara amar a los animales, convencido de que disfrutaban siendo cazados. La devoción nazi por los animales no fue ajena a la explotación propagandística: en las películas del Tercer Reich, un soldado alemán nunca abandona a su suerte a un perro abandonado. También Heinrich Himmler se sorprendía de que su masajista Felix Kersten encontrara placer en disparar en los bosques a pobres criaturas indefensas, y le recordaba que todos los pueblos indogermánicos comparten el respeto
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por los animales y expresaba su admiración por algunos monjes budistas, que hacen sonar una campanita a su paso para ahuyentar a todos los animales a los que su presencia pudiera dañar.
Por tanto, resulta tanto más paradójico y sorprendente que los altos mandatarios nazis, amantes de los animales, pudieran ser tan crueles con seres humanos a los que consideraban racialmente inferiores. En 1945, Himmler afirmó con orgullo que «los alemanes somos el único pueblo que adopta una actitud decente con sus animales», y añadió que «también adoptaremos una actitud decente con respecto a estos animales humanos [en referencia a mujeres checas y rusas], pero sería un crimen contra nuestra sangre pretender ahorrar la suya o proporcionarles ideales de ninguna clase». La misma expresión «animal humano» ofrece un indicio del perverso desplazamiento de la cadena jerárquica del ser que se produjo en la cosmovisión nazi. La humanidad de las razas inferiores resultaba cuando menos incierta y muchas veces era directamente puesta en entredicho. Así, por ejemplo, el Oberscharführer de las SS Kurt Franz, destinado al campo de exterminio de Treblinka, solía divertirse azuzando a su perro a atacar a los internos en los genitales con la estremecedora orden: «¡Humano, atrapa a ese perro!». La archirrepetida comparación de los judíos con sanguijuelas, ratas u otros animales parasitarios a los que era preciso exterminar por el bien común favorecía la ubicación de las razas supuestamente inferiores en la categoría más baja no ya de la escala humana, sino de la animal. Desde este punto de vista, y aun con todo su horror, el respeto por los animales y las atrocidades contra ciertos seres humanos resultaban ideológicamente conciliables.
[Brandt, 234; Courtade/Cadars, zoo; Goodrick-Clarke (1992), 113; Hamann, Z49,523; Hitler, 114-115; 125; 231, 442; Junge, 78; Kater, 12; Lampen, 239; Mann, Erika, 44; Pois (Kersten, 34); Poliakov (Schlegel, 219), 349; Rahn, 181; Sigmund (1998), 202; Speer (2001), 224; Strohm, 80-81; Trevor-Roper (1947) (Himmler, 92)].
VERSAILLES, DICTADO DE [al.: Versailler Diktat].
El tratado de paz firmado por la delegación alemana en la Sala de los Espejos de Versalles el 2.8 de junio de 1919 puso fin a la Primera Guerra Mundial. No obstante, aunque en gran medida estuvieran motivadas por el tremendo afán de destrucción del ejército alemán durante su retirada del norte de Francia y de Bélgica en 1918, las exigencias que el Tratado de Versalles impuso a los derrotados fueron de una dureza extrema, hasta el
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punto de que pocos historiadores se cuestionan su carácter vengativo: Alemania tuvo que ceder sus colonias y el corredor de Polonia, con sus casi siete millones de habitantes; fueron ocupados el Sarre y los territorios que se extendían al oeste del Rin; se prohibió la posesión de aviones, submarinos, tanques y artillería pesada y se redujo el ejército alemán a cien mil hombres; se prohibió la anexión con Austria; y, por último, se declaró explícitamente a Alemania como la causante de la contienda, exigiéndosele el pago de reparaciones de guerra que antes de 1921 debían alcanzar los veinte mil millones de marcos-oro. Fue sobre todo este último punto, con su explícita acusación de culpabilidad, el que no sólo hundió al pueblo alemán en una grave crisis económica, sino que también le provocó un sentimiento generalizado de humillación. El mismo gobierno republicano provisional, en la única declaración que se le permitió hacer, afirmó que Alemania nunca podría aceptar la cláusula por la que se le atribuía toda la culpa de la guerra.
Las condiciones del tratado tuvieron críticos ilustres, como el economista inglés John Maynard Keynes, quien dimitió de su cargo como jefe de la delegación de la tesorería británica durante las conversaciones de paz por estimar excesivamente elevada la cuantía de las reparaciones impuestas a Alemania debido a los motivos que poco después expondría en Las consecuencias económicas de la paz (1919). Entre los autores alemanes, uno de los más críticos con las humillantes condiciones de Versalles fue el sociólogo Max Weber. Según recuerda Kracauer, durante una de las conferencias que Weber dedicó a este asunto, un escultor de cierta celebridad interrumpió su discurso para exclamar que «¡Alemania debería dejarse crucificar por las demás naciones por el bien del mundo!».. Sin embargo, muy pocos fueron los alemanes dispuestos a aceptar este papel de chivo expiatorio. Al contrario, gran parte de la población llegó al extremo de equiparar la revolución y la democracia con la humillación de Versalles, aspecto que contribuyó en gran medida a debilitar la ya de por sí frágil República de Weimar. La posterior ocupación de la cuenca del Ruhr en 1923, motivada por la morosidad alemana en el pago de las reparaciones de guerra, contribuyó a incrementar la sensación generalizada de humillación, para muchos agravada por la circunstancia de que el gobierno francés enviara para la ocupación a tropas de soldados senegaleses, de raza negra.
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«The Origin»: El partido de Hitler saliendo del Tratado de Versalles. Viñeta del St. Louis Post-Dispatch del 18 de octubre de 1930.
Obviamente, también Hitler quedó profundamente conmocionado por la derrota alemana y las condiciones del Tratado, que no tardaría en llamarse Dictado (Diktat). Ya en un discurso de noviembre de 1919, sólo unos meses después de su firma, Hitler clamó venganza alegando que no tardaría en llegar el día en que «la miseria alemana» sería finalmente quebrada «por el hierro alemán». Consecuentemente, la necesidad de suspender el Tratado constituyó el segundo punto del programa del Partido nazi, proclamado en Múnich el 24 de febrero de 1920. La injusticia del Dictado, considerado obra de los «poderes internacionales judíos», se convirtió en una constante repetida hasta la saciedad en los discursos de Hitler. Según Rudolf Hess, la conspiración judía del Tratado de Versalles habría pretendido con éxito abandonar a la odiada Alemania al hambre y al desempleo, preparándola así «espiritual y organizativamente para el
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bolchevismo». La expresión «¡Librémonos de Versalles!». (Los von Versailles!) fue uno de los principales lemas propagandísticos del Partido nazi. Al caer en el terreno abonado del resentimiento del pueblo alemán, este lema le procuró a Hitler un gran número de votantes que en realidad no compartían el resto de su programa. Por otra parte, también ofreció una justificación histórica para las futuras acciones bélicas de Alemania, claramente expresada en un discurso del ministro de Economía del Reich Hjalmar Schacht pronunciado en julio de 1936: «El espíritu de Versalles ha eternizado la ira de la guerra, y hasta que el mundo no abandone este espíritu, no habrá verdadera paz, ni progreso, ni reconstrucción». Pero ni siquiera durante la guerra el Tratado de Versalles perdió su poder como canalizador del resentimiento nacional, como lo demuestra el hecho de que en mayo de 1940 las tropas alemanas no escatimaran ningún medio para prender fuego y destruir la valiosa biblioteca de la Universidad de Lovaina. Según el testimonio de Van der Essen, la causa única de este sistemático ensañamiento se debía a que la torre de la biblioteca ostentaba un monumento a la Paz de Versalles, representado por una doncella que pisoteaba a un dragón que simbolizaba al enemigo. En la escuela nazi de elite (Napola) de Plön, un nicho llamado «de Versalles» contenía una copia del texto del Tratado atravesado por un puñal encima de un estrado revestido de terciopelo y junto a unas pesadas cadenas que los estudiantes podían ver y aprender a odiar todos los días. El afán de venganza de Hitler no se calmó ni siquiera después de que Francia, la defensora principal de las condiciones del Tratado, fuera derrotada: el 5 de abril de 1942 todavía clamaba que «el destino de Francia va a ser expiar el error de Versalles… durante los próximos cincuenta años».
Para los alemanes de entreguerras en general y para los nazis en particular, el Tratado de Versalles, como ya observó Golo Mann, se convirtió en el símbolo de una derrota que se negaban a creer y a entender. Esta dimensión simbólica tuvo un reflejo en los escenarios que lo jalonaron: si la humillación del Tratado fue dramáticamente acentuada por la circunstancia de que Alemania se viera obligada a firmarlo en la misma Sala de los Espejos de Versalles en la que se había proclamado káiser alemán a Guillermo I en 1871, Hitler trató de devolver el golpe el 28 de junio de 1940, fecha del veintiún aniversario de la firma del Tratado, y planeó un desfile militar frente al Palacio de Versalles que habría culminado con un discurso en la Sala de los Espejos en el que se habría
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proclamado su revocación oficial. Aunque finalmente no se llevó a cabo este propósito, sí se aprovechó el escenario móvil que ofrecía el vagón privado del mariscal Foch, donde, en los bosques de Compiégne, el n de noviembre de 1918 el representante de la delegación alemana había firmado la capitulación. Una vez sacado expresamente del museo parisino que lo albergaba, el vagón fue llevado de nuevo a Compiégne por los nazis para que los franceses firmaran su propia rendición el 22 de junio de 1940. Gracias a una campaña de propaganda radiofónica magistralmente orquestada, el mundo entero fue testigo de la ceremonia en la que la supuesta humillación del pasado era compensada por el genio del Führer. El vagón fue posteriormente conducido a Berlín, donde el Día de los Héroes de 1941 Hitler lo hizo entrar triunfalmente en la ciudad a través de la Puerta de Brandeburgo, y fue finalmente expuesto en uno de los jardines de la ciudad, donde acabó destruido por una bomba aliada.
Durante los últimos años de la guerra, el temor a que una victoria aliada terminara por imponer unas condiciones aún mucho más duras que las dictadas por Versalles contribuyó a que muchos alemanes que en principio eran poco o nada simpatizantes del régimen nazi consideraran que, a pesar de todo, una victoria bajo Hitler era preferible a una segunda derrota. Sin embargo, la Conferencia de Potsdam, en la que las fuerzas aliadas trataron las cuestiones suscitadas por su victoria sobre el Tercer Reich, fue mucho más moderada que su antecedente histórico de 1919. Si bien en Potsdam se ordenó la desmilitarización y la desnazificación de Alemania, el artículo 19, a fin de evitar nuevos resentimientos y de no bloquear la recuperación económica de la nación vencida, determinaba que «el pago de las reparaciones debe dejar suficientes recursos para permitir al pueblo alemán la subsistencia sin necesidad de ayuda externa», sin establecer ninguna cifra en moneda y aceptando el pago en especies.
La flagrante contravención por parte del Tercer Reich de las condiciones impuestas por Versalles fue uno de los puntos de la acusación durante el proceso de Nuremberg, que la interpretó como prueba indirecta de las pretensiones nazis de desencadenar una guerra de agresión. Por otra parte, también la defensa recurrió a la excepcional dureza del Tratado para justificar tanto el auge del nazismo en general como las motivaciones de algunos de los acusados en particular. Aún hoy, los historiadores consideran las condiciones del Tratado y la crisis económica que desencadenó una de las principales causas de la subida al poder de Hitler.
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Con todo, también hay voces críticas que recuerdan que la República de Weimar había pagado ya casi en su totalidad las reparaciones de guerra antes de su caída, y que las crisis económicas no necesariamente abocan al socavamiento de la democracia. Probablemente, más que en sus consecuencias concretas, la verdadera importancia del Tratado de cara al ascenso del nazismo radique en su papel simbólico como catalizador de un poderoso sentimiento colectivo de humillación y resentimiento.
[Benz/Graml/Weiss, 780-781; Gombrich, 149; Hitler (1953), 407; Jackel, 30, 147; Jackson, 50, 90; Knopp, 229; Kracauer, 45; G. Mann, 556; Nürnberger Prozess (Schacht, 13 107), (Van der Essen, 7079); Schmidt (Hess, 73); Shirer (1941) 443,583; (1947) 11, 97].
VICTORIA FINAL [al.: Endsieg].
En una cosmogonía dualista y de reminiscencias gnósticas como la que caracteriza a la cosmovisión nazi, en la que el principio de la luz [fuego] se enfrenta de forma permanente al principio de la oscuridad [hielo], encuentra un acomodo natural la concepción apocalíptica de una victoria o batalla final (Endkampf) entendida como el triunfo del principio positivo sobre el negativo, que los maniqueos concebían como el triunfo final sobre el diablo. Esta conflagración última, auténtico objetivo de la historia, instituiría definitivamente el dominio de las potencias luminosas y sería el origen de una nueva era.
En los textos tempranos del nazismo, la expresión «victoria final» todavía es atribuida al enemigo, posiblemente con la intención de aprovechar el poder de sugestión de este término apocalíptico para exagerar la amenaza que supondría la victoria del bolchevismo: en Mein Kampf, Hitler había empleado la expresión en referencia al triunfo que ansiaban los bolcheviques sobre el «odiado mundo burgués», y en 1936 Hans Frank lo empleó en el mismo sentido al hablar de la victoria final del bolchevismo sobre Europa, que habría sido impedida en territorio alemán. Sin embargo, a partir de la «ansiada cruzada contra el bolchevismo» que constituyó la declaración de guerra a la Unión Soviética, la contienda, entendida ahora más que nunca como una guerra santa, fue trascendentalizada al máximo en sus dos polos y el concepto empezó a emplearse casi exclusivamente en referencia al triunfo alemán. Para Hitler, la salvación del mundo entero dependía de que Alemania alcanzara la victoria final en la batalla apocalíptica del frente oriental, en la que los principios mitológicos de la luz y de la oscuridad encontraban su más
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palpable manifestación en el combate entre las fuerzas del Tercer Reich y la judeobolchevique Unión Soviética que el propio Hitler había definido como la «lucha entre sí de dos cosmovisiones»: «La victoria de Alemania supone la conservación de Europa, y la victoria de la Rusia soviética, su aniquilación». No en vano Hitler concebía cósmicamente la guerra como el combate de los portadores del fuego contra las frías tinieblas del invierno ruso [hielo]. La victoria final alemana supondría, en última instancia, la redención del mundo entero. De su misma importancia trascendental derivaba la asunción de que no iba a tratarse de una victoria fácil: «Muchas veces me parece como si tuviéramos que atravesar todas las pruebas del Diablo y de Satán hasta alcanzar por fin la victoria definitiva», dijo Hitler en un discurso.
Entendida en estos términos, no resulta extraño que la victoria final no consistiera en una expectativa razonable, en función de una supuesta supremacía militar, sino en un auténtico dogma de fe, y que ponerlo en duda pudiera acarrear la condena a muerte. El propio Hitler defendió su fe en la victoria final casi hasta el último momento, y esta fe ciega del Führer logró disipar en no pocas ocasiones las dudas de algunos de los miembros de su plana mayor. A nivel popular, la confianza en la victoria era avivada por Goebbels con estrategias propagandísticas, como la posesión alemana de un arma milagrosa que en el último momento haría girar el curso de los acontecimientos en favor de Alemania. Fue también Goebbels quien pronunció una frase que adquirió celebridad: «Si no vencemos, la Victoria es una ramera». Los supuestos paralelismos históricos, como el triunfo final de Roma en las Guerras Púnicas o la victoria inesperada de Federico el Grande en la Guerra de los Siete Años, cuando todo parecía perdido, contribuyeron igualmente a afianzar, tanto en el pueblo como en su líder, una fe claramente irracional en el triunfo. Resulta revelador constatar que fue precisamente a medida que la situación bélica se volvía en contra de Alemania cuando esta fe irracional desplazó gradualmente la anterior confianza en la estrategia militar. El principal punto de inflexión en este sentido fue la milagrosa supervivencia de Hitler al atentado fallido del 20 de julio de 1944, que Hitler consideró una prueba de que la Providencia le tenía deparada la victoria final. Con ello contribuyó a alentar esta fe supersticiosa entre los jerarcas nazis, muy necesitados de ella dada la desesperada situación en el frente. Así, según recuerda el ministro de finanzas Schwerin-Krosigk, desde el atentado fallido contra Hitler y la
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insólita liberación de sus tropas en el Vístula, Himmler «volvió a creer en milagros» y «le pareció absolutamente seguro un final feliz [de la guerra]».
Por otro lado, también las consideraciones redactadas en noviembre de 1943 por el general Jodl en un memorándum secreto titulado Los motivos de nuestra confianza en la victoria final obedecen más a razones ideológicas y pseudorreligiosas que militares. Según Jodl, dichos motivos se resumirían en tres puntos: La «base ética y moral de nuestra lucha», «el hecho de que a la cabeza de Alemania figura un hombre que, por toda su evolución, sus deseos y esfuerzos, sólo puede haber sido destinado por los Hados a guiar a nuestro pueblo hacia un futuro más brillante» y que la conducta militar alemana muestre una «constante disposición a actuar, la determinación a no dejarse golpear nunca y a perseguir siempre al enemigo». En definitiva, la cosmovisión «ética y moral» nazi en general, la Providencia que habría enviado a Hitler y la mayor capacitación natural (es decir, racial) de los soldados alemanes frente a las tropas enemigas eran, según Jodl, las causas que iban a garantizar la victoria final. Ni una sola de ellas responde a consideraciones estratégicas objetivas.
Con todo, la fe religiosa en la misión redentora de Hitler a la cabeza del pueblo alemán y la convicción de que se estaba produciendo un enfrentamiento apocalíptico entre las fuerzas del bien y del mal entraban en contradicción con las creencias nazis de índole pseudocientífica que, más próximas al nihilismo que a la exaltación religiosa, postulaban la victoria del más fuerte. Dada la elocuencia de los datos recibidos del frente, pronto cupo preguntarse hasta qué punto se podía dar por sentado que, en este caso, el más fuerte fuera verdaderamente el Tercer Reich. La política de tierra quemada impuesta por Hitler en los últimos meses de la contienda fue una consecuencia de la paulatina asunción de la catástrofe en estos términos pseudodarwinistas, pues, como le dijo Hitler a Speer en marzo de 1945: «No es necesario pensar en lo que precisará el pueblo para sobrevivir. Al contrario, es mejor destruir incluso esto, porque este pueblo ha demostrado ser el más débil, y el futuro pertenece en exclusiva a los más fuertes del Este». Con todo, tampoco este empeño en arrastrarlo todo consigo en la propia destrucción carecía de connotaciones mítico-religiosas: la inicial confianza en la apocalíptica victoria final era paulatinamente sustituida por la asunción de la gran destrucción última. La victoria final se convertía así en el crepúsculo de los dioses.
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[Goebbels, 2131; Heer (Hitler, 376, 446, 450), 379, 383; Mein Kampf, 529; Nürnberger Prozess (Frank, 1581); Sariol/Arias, 82; Shirer (1947) (Schwerin-Krosigk, 199), (Jodl, 285); Speer (2001), 786].
WAGNER.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, las corrientes místicas y pseudorreligiosas, que habían ido surgiendo en Europa con tanta fuerza como los nacionalismos, encontraron, junto con éstos, a su principal profeta en el compositor y teórico Richard Wagner. Estéticamente, la aspiración wagneriana de lograr la obra de arte total con sus dramas musicales parecía culminar no sólo lo que, en las artes plásticas y en la arquitectura, había pretendido el Art Nouveau en sus distintas variantes europeas, sino que además lograba integrar en ella las vehementes pulsiones del patriotismo alemán y responder a unas necesidades colectivas de mitificación que el cristianismo ya no lograba satisfacer. Era una época que ansiaba una nueva forma total de comprender el mundo que permitiera integrar en ella todos los elementos que lo componen. La mezcla de elementos musicales, ideológicos, dramáticos y, sobre todo, míticos de su obra respondía perfectamente a este difuso deseo. Así, el drama musical se convirtió en un camino para el entendimiento religioso y adquiría dimensiones sacramentales y litúrgicas, cuyo efecto sobrepasó de inmediato las fronteras alemanas para cautivar durante generaciones y con idéntico entusiasmo a franceses y catalanes. En palabras de un wagneriano insigne, Thomas Mann, «cuando uno escucha a Wagner está tentado de creer que la música no ha sido creada para nada más que para servir al mito». La terminología religiosa empleada por entonces para calificar a Wagner y a su música alcanzaba tonos bíblicos: Wagner era «el anunciador de una nueva religión», su obra, una «nueva Biblia», y su ciudad por excelencia, Bayreuth, una «Jerusalén terrenal».
En el gran encuentro de corporaciones estudiantiles alemanas celebrado en Viena, en 1883, con motivo de las exequias de Wagner, que Georg Schönerer convirtió en un gran llamamiento nacionalista alemán, se puso de manifiesto la estrecha vinculación existente por entonces entre un patriotismo alemán exacerbado y la música wagneriana. El propio Wagner, virulento antisemita, se había convertido en un destacado defensor de la raza aria, concepto que por entonces ya había empezado a contaminar el
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imaginario alemán. No resulta inconsecuente, por tanto, que en 1911 el indólogo vienes Leopold von Schroder publicara un tratado bajo el elocuente título La plenitud del misterio ario en Bayreuth. Bayreuth se convertía así en la Meca del nacionalismo étnico alemán, a la que, por primera vez desde su dispersión más de cinco mil años antes, podían acudir en devota peregrinación todas las tribus arias a fin de contemplar renovados sus viejos misterios.
Ni siquiera es estrictamente necesario apelar al bien conocido antisemitismo de Wagner para constatar que la dimensión pseudorreligiosa y totalizadora del wagnerianismo más exaltado, así como, sobre todo, su notoria comunión entre estética, religión e ideología, anticipan en varios aspectos la cosmovisión nazi, que no en vano se nutre de él. «Hay mucho Hitler en Wagner», reconocería lapidariamente Thomas Mann después de la guerra. El propio Hitler secundaría esta opinión, ya que con ocasión del Festival de Bayreuth de 1925 afirmó que «la obra de Wagner engloba todo aquello a lo que aspira el Nacionalsocialismo». Especialmente los grandes actos masivos orquestados por Hitler en Nuremberg parecen inspirados en la obra de arte total wagneriana. En este sentido, resultan muy elocuentes las palabras de Hitler: «[La perdurabilidad de la idea olímpica] es el resultado, en mi opinión, de un misterio similar al que reside en el origen de Bayreuth. El ser humano siente la necesidad de descansar, de salirse de sí mismo, de entrar en comunión con una idea que lo trascienda. El Congreso del Partido responde a la misma necesidad, y ésta es la razón por la que durante cientos de años la gente va a venir desde el mundo entero para encontrarse de nuevo, una vez al año, en la maravillosa atmósfera de Nuremberg. […] El día que sigue a la clausura del Festival de Bayreuth, y el martes que señala el final del Congreso de Nuremberg, me invade una gran tristeza: como cuando uno despoja de sus adornos el árbol de Navidad».
Aunque con su recuperación de la mitología germánica Wagner traza un claro puente con el neopaganismo característico de ciertas destacadas tendencias nazis, en sus dramas musicales todavía se da una premeditada conciliación ideológica entre dicha mitología y la tradición cristiana [-- Parsifal] que ya no iba a estar presente en el ideario nazi más que ocasionalmente y de forma instrumental. En este sentido, en su pretensión de desplazar por completo al cristianismo, la cosmovisión nazi da un importante paso adicional en cuanto religión secular radical, mientras que
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el wagnerianismo es todavía un manifiesto heredero del espíritu decimonónico. Sin embargo, demasiados factores favorecían que Wagner estuviera predestinado a ser incorporado al nazismo como figura de culto.
Con todo, el wagneriano por excelencia de entre los jerarcas nazis fue sin lugar a dudas el propio Hitler (secundado casi sólo por Goebbels, quien calificaba a Wagner de «prototipo del músico moderno»). Cuenta Speer que, a pesar de que más de mil personalidades del Partido recibían invitaciones, las representaciones de Los maestros cantores con la que se inauguraban los Congresos del Partido de Nuremberg en la Ópera de Berlín solían estar muy poco concurridas, hasta el punto de que Hitler envió a patrullas a buscar a los altos cargos del Partido para evitar que los artistas actuaran en un local vacío. Speer también insiste en que a Hitler le gustaban tanto las operetas como la gran ópera, y que tenía a Franz Lëhar y su Viuda alegre por cimas de la música alemana. Sin embargo, por los diarios de Goebbels se sabe que solía ser la música de Wagner la que amenizaba los largos trayectos en automóvil de Hitler. No obstante, la pasión de Hitler por Wagner iba mucho más allá del mero aprecio por su música. La estrecha vinculación de Hitler con Wahnfried, la casa de la familia Wagner en Bayreuth, y en concreto con Winifred Wagner, nuera del compositor, explica en parte la veneración que sentía por él. (Winifred y Hitler se conocieron en 19 23 junto a la tumba de Wagner, a la que Hitler había acudido para depositar unas flores, y fue ella quien le llevó a la cárcel de Landsberg el papel con el que escribiría Mein Kampf). «¡Qué alegría me ha dado cada una de las obras de Wagner! Todavía recuerdo mi emoción cuando entré en Wahnfried por primera vez. ¡Decir que estaba conmovido sería poco!»., recordaba Hitler.
El origen de esta pasión se remonta a los años juveniles de Hitler en Linz, donde tuvo ocasión de escuchar la ópera Rienzi, que, según su propia declaración, fue el origen de su vocación política. Según August Kubizek, amigo personal de Hitler por aquella época, «para él, escuchar a Wagner no era lo que se puede llamar una visita al teatro, sino una posibilidad de trasladarse a ese estado extraordinario en el que entraba cuando escuchaba la música de Wagner, en ese olvido de sí mismo, ese flotar en un país mítico de ensueño, que necesitaba a fin de soportar las tremendas tensiones de su personalidad eruptiva». Kubizek también cuenta que Hitler leía todos los escritos de Wagner (es de suponer que también su autobiografía y sus tratados de estética), así como todo lo que se escribiera
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sobre él, «como si [Wagner] pudiera llegar a convertirse en una parte de su propia persona», hasta el punto de aprenderse de memoria pasajes enteros de sus textos o cartas. Según otro testimonio de su juventud, Reinhold Hanisch, Hitler «estaba entusiasmado con Wagner y decía a veces que la ópera era la mejor misa posible». Incluso durante sus años de poder, podía llegar a pasar semanas enfrascado en el diseño de la escenografía de Tristán e Isolda o del Anillo del nibelungo. Así pues, Wagner se convirtió en modelo político y guía ideológico de Hitler. El interés del Führer por la mitología y el simbolismo germánicos estaba casi enteramente filtrado por la particular interpretación wagneriana, a diferencia, por ejemplo, de Himmler, cuyo interés por el pasado germánico pasaba por la visión histórica y arqueológica. Ello podía dar lugar a significaciones notablemente distintas de un mismo elemento simbólico de la cosmovisión nazi, como parece ser el caso del Grial. Pero, más allá de la mitología, para Hitler el universo wagneriano parecía encajar en su propia concepción monista del universo [Dios]: «Cuando escucho a Wagner, me parece como si estuviera oyendo ritmos de un mundo pasado. Me digo a mí mismo que algún día la ciencia descubrirá, en las ondas puestas en movimiento por el Oro del Rin, unas secretas interrelaciones conectadas con el orden del mundo». La pasión de Hitler por Wagner contrasta con el escaso entusiasmo que le suscitaba Nietzsche, y no cabe descartar la posibilidad de que en ello influyera la célebre ruptura del filósofo con el compositor, inicialmente un gran amigo suyo.
Este culto hitleriano a Wagner también había de tener su reflejo público. El propio Hitler afirmaría solemnemente que, «mientras viva, siempre haré todo lo que esté en mi mano para mantener el prestigio de la ciudad de Richard Wagner», refiriéndose con ello a Bayreuth. Hitler acudía regularmente a los festivales wagnerianos celebrados en esta ciudad, donde, en los años veinte, se paseaba durante el día con los pantalones cortos de cuero típicos de Baviera y por la noche acudía a la ópera en frac. Con el nazismo en el poder, en 1933 el Festival de Bayreuth pasó a parecer «un Festival de Hitler», según palabras de un crítico del Manchester Guardian. Durante el Tercer Reich, Bayreuth se convirtió en un teatro de la corte de Hitler y en un escaparate del nazismo, enlazando los nombres de Wagner y de Hitler de forma aún hoy imborrable. A cambio, Hitler cumplió su promesa contribuyendo con un fondo privado a la financiación del Festival. En 1934, ante la presencia de Winifred, Hitler
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puso solemnemente la primera piedra de un monumento nacional a la memoria de Richard Wagner en Leipzig, ciudad natal del compositor. Se trataba de un relieve gigantesco encomendado al escultor Emil Hipp, aprobado personalmente por Hitler y que debía construirse con el mejor mármol de Untersberg. En la sala de estar del Berghof, la residencia alpina de Hitler, había una enorme cómoda con altavoces incorporados sobre la que se erigía un gran busto de Wagner, obra del escultor Arno Breker.
En cuanto a la música de Wagner, ya había empezado a acompañar las fiestas nacionales alemanas en los primeros años del siglo XX, varias décadas antes de que lo estipulara Hitler. La obertura de Rienzi, por ejemplo, inauguró en Viena la gran fiesta de asociaciones escolares celebrada en 1909. Pocos años después se fundó la Nueva Asociación Richard Wagner de Viena, con el objetivo declarado de «liberar al arte alemán del falseamiento y de la contaminación judía». Y la Orden de los Germanos, agrupación esotérica ariosofista fundada en Alemania hacia 1910, iniciaba su solemne ceremonia con el canto del coro de peregrinos del Tannhauser, después del cual los hermanos y el maestre trazaban el signo de la esvástica; en otro momento del ceremonial sonaba música de Lohengrin. Ya en el Tercer Reich, Los maestros cantores, representados en la Ópera de Berlín bajo la batuta de Furtwängler, inauguraban los Congresos del Partido. Y, además de la séptima sinfonía de Bruckner, fue también la música de Wagner la que marcó su final, cuando unos compases del Crepúsculo de los dioses acompañaron la emisión por radio de la noticia de que el dictador había muerto en su búnker «luchando hasta el fin contra el bolchevismo».
La música de Wagner también llegó a sonar en los campos de exterminio mientras millares de judíos eran enviados a la cámara de gas. En Israel, la identificación de Wagner con el nazismo ha llegado hasta el punto de prohibir también su música. Tras una agria polémica mantenida en el Festival de Música de Israel de 2001, que concluyó con la suspensión de la representación de Tristán e Isolda, esta prohibición fue desafiada por primera vez por el director argentino-israelí Daniel Barenboim, quien al final del concierto previsto en sustitución de la ópera wagneriana, y tras preguntar al público de la sala si deseaba escuchar a Wagner, interpretó el preludio del Tristán entre abucheos y aplausos a partes iguales. Fue la primera vez que sonó en público la música de Wagner en el país desde 1938. Aunque es cierto que el antisemitismo fue uno de los principios que
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guiaron a Wagner, se trataba de un sentimiento ambiguo, como lo demuestra que Wagner nunca dejara de colaborar con artistas judíos. Por otra parte, aunque el compositor era partidario de la paulatina desaparición de la raza judía por vías tales como la integración, nunca llegó a sugerir el exterminio. Significativamente, Hitler tampoco apeló nunca al antisemitismo de Wagner en sus discursos, aunque sí citara ocasionalmente sus declaraciones antimarxistas.
[Goebbels, 120; Goodrick-Clarke (1992), 130; Hamann (Kubizek, 90), (Hamisch, 243), 95, 96, 344; Hitler (1953), 241-242, 251, 349, 458; Kurzke (Mann, 453); Poliakov, 126, 347 (Mann, 348), 350; Sales; Sigmund (2000), 242; Speer (1976), 128-129, 164; (2001), 112-113, 168; Trevor-Roper (1947), 309].
WESSEL, HORST.
El asesinato en 1930 de este joven Führer («guía») de una de las tropas de asalto de las SA asentadas en Berlín procuró a Goebbels elementos suficientes para la creación de uno de los mitos genuinamente nazis más populares del Tercer Reich. Nacido en 1907 en un entorno de clase media, Wessel, que ya de adolescente había pertenecido a organizaciones paramilitares, hizo carrera en las SA gracias a sus habilidades retóricas y organizativas. En 1929, su apasionado amor por Erna Jänichen, una antigua prostituta, lo llevó a abandonar sus estudios de derecho y a instalarse en un barrio proletario de Berlín. Tras haber sido denunciado por su casera, el anterior amante —y proxeneta— de Erna dio con su rival y lo hirió mortalmente de un disparo.
Aunque en el momento en que se enamoró, Wessel redujo al mínimo sus actividades para las SA, y a pesar de que su asesinato parece haberse debido únicamente a motivos pasionales, Goebbels hizo lo necesario para convertir esta historia en un crimen político y a Wessel en un temprano mártir de sangre (Blutzeuge) de la causa nazi. En su nota necrológica, pasando por alto la relación con la exprostituta, Goebbels estableció notorias analogías entre Wessel y la biografía de Jesús: Wessel, movido por su voluntad y la conciencia de su misión, habría abandonado su hogar y su familia para instalarse a «predicar en el desierto» del barrio obrero. Allí, aceptando el peso de unos pecados que no eran suyos, toleró burlas y vejaciones hasta que una bala traicionera, por amor a su patria, le hizo «beber hasta el fondo el cáliz del dolor». En una versión posterior, Thor Goote, en cambio, sí decidió incorporar a la muchacha, procurándole así
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una nota romántica al personaje que, además, permitía enriquecer la analogía mesiánica estableciendo un paralelismo con María Magdalena. Resulta interesante constatar hasta qué punto, a fin de crear un mito propio, la propaganda nazi utilizó los recursos psicológicos que ofrece el caudal mítico de la figura central del cristianismo. Con todo, aunque de forma velada, Goebbels no se abstuvo tampoco de introducir algunos de los elementos característicos de la versión nazi del mito de Sigfrido, como la lucha contra el dragón del marxismo y la traición a Wessel cometida por su casera comunista, un remedo femenino del mítico Hagen.
Precisamente porque el mito de Wessel es, en cuanto tal, un producto puro y genuino de la propaganda nazi, resulta interesante examinar su gestación. Goebbels conocía personalmente a este joven líder de las SA y estaba fascinado con su biografía: «Igual que en una novela de Dostoievski: el idiota, el trabajador, la prostituta, la familia burguesa, eternos remordimientos de conciencia, eterno tormento», escribió el 19 de enero de 1930 en su diario personal, poco después de que Wessel fuera atacado. «Así ha sido la vida de este soñador idealista de veintidós años. He ido al hospital y lo he visto durante un minuto […] Estoy a punto de llorar». Unos días después (23-2-1930) añadió: «Horst Wessel ha muerto esta mañana. Un nuevo mártir del Tercer Reich. […] Estoy transido de dolor y de aflicción». El interés de estas anotaciones reside en que demuestran que ni siquiera el mito de Horst Wessel, aparentemente una recreación artificial y oportunista construida sobre la endeble base real de un simple muchacho belicoso envuelto en un lío pasional, llegó a gestarse sin una base emotiva auténtica en su creador. En primera instancia, es la propia personalidad de Goebbels la que, tras un proceso personal de identificación, mitifica interiormente al personaje de Wessel, y es sólo en segunda instancia cuando se fabrica el mito propagandístico. Significativamente, en este primer proceso de idealización íntima Goebbels emplea ya la terminología que más adelante acompañaría indefectiblemente al mito al referirse a Wessel como a «un nuevo mártir del Tercer Reich». Constituye una constante en la cosmovisión nazi, en la que la fe germina va íntimamente ligada al oportunismo político, el hecho de que el propio propagandista tenga fe en el producto que está anunciando.
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La popularidad de la Canción de Horst Wessel se manifiesta en la existencia de subproductos como este organillo doméstico que hace sonar la canción al girar la manivela.
La gran difusión de este mito heroico nazi por excelencia se vio favorecida por la Canción de Horst Wessel, declarada himno oficial del Partido nazi en 1930. El texto de esta canción había sido escrito por el propio Wessel a partir de la melodía de la Canción de Königsberg de 1918, compuesta con ocasión de la entrega del crucero Königsberg a los aliados. Esta melodía, a su vez, era casi idéntica a una tonadilla de organillero anterior a 1900. Goebbels había publicado el texto en su revista Angriff; n 192.9, es decir, aún en vida del autor. A la muerte de éste, la reprodujo en portada del Vólkischer Beobachter bajo el titular «Saludo de Horst Wessel a la futura Alemania». Desde luego, la pobreza del texto y su torpe adaptación musical no hacían a esta canción merecedora del éxito que obtuvo: en el primer verso, «Arriba la bandera», la melodía desciende incongruentemente hacia notas más graves. Asimismo, como recuerda el escritor Walter Jens, la falta de coordinación sintáctica de algunas de sus frases permitía que algún maestro de escuela no simpatizante con el
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régimen expresara inocuamente su desagrado por la canción apelando a la autoridad incontestable de la gramática. Aunque Hitler rechazó convertirla en el himno nacional alemán, desde 1933 se hizo normativo añadir la primera estrofa de la Canción de Horst Wessel al himno oficial. Actualmente, tanto la melodía como la canción están prohibidas en Alemania.
Tanto la Wehrmacht como la Luftwaffe contaban con sendas unidades llamadas Horst Wessel, compuestas mayoritariamente por antiguos miembros de las SA. A pesar de la insistencia de Hitler en este sentido, Himmler se resistió casi hasta el final a bautizar una unidad de sus SS con el nombre del principal mártir del cuerpo rival. Finalmente, en 1944, respondió al deseo de Hitler al llamar así a su cuerpo de «voluntarios» húngaros.
Numerosos autores y artistas se apresuraron a sacar partido a la materia que les ofrecía este temprano mito nazi creado por Goebbels y que, a diferencia de gran parte de los mitos históricos del nacionalismo alemán, apenas presentaba fisuras interpretativas. En 1933 se estrenó oficialmente en Berlín la película Horst Wessel, dirigida por Franz Wenzler y basada en la novela homónima de Hanns Heinz Ewers, que contó con la participación en el rodaje de tropas auténticas de las SA. No obstante, el film fue prohibido inmediatamente después del estreno. Probablemente movido por su afán de aumentar la calidad artística de los productos de ideología nazi y evitar el oportunismo fácil, Goebbels justificó esta decisión argumentando que la película no le hacía justicia al mito de Horst Wessel ni como figura histórica ni en cuanto encarnación por excelencia del héroe nacionalsocialista. «Al fin y al cabo —afirmó— en esta película se pretende representar el destino, el profundo acontecimiento histórico y la muerte por martirio del más ejemplar de nuestros hombres de las SA». La consecuencia fue que la película se volvió a estrenar ligeramente modificada dos meses después bajo el título de Hans Westmar, uno entre muchos, aunque las alusiones a Wessel seguían siendo evidentes para cualquiera, y no sólo en las iniciales del protagonista. También en esta película, contrariamente a los hechos, destaca la marcada aversión del héroe por cualquier clase de tentación sexual, muy en consonancia con la imagen de puritanismo parsifaliano que Hitler cultivó rigurosamente hasta su inesperado matrimonio con Eva
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Braun. Significativamente, el héroe del film muere en brazos de su madre, y la palabra «Alemania» es la última que pronuncian sus labios.
[Behrenbeck, 128, 132, 146, 222-224 (Goebbels, 223), 261; Courtade/Cadars, 47-48; Jens, no; Williamson, 125].
WILLENDORF, VENUS DE.
[al.: Venus von Willendorf].
En 1941, Himmler tuvo ocasión de ver por primera vez en un libro italiano las figuras paleolíticas de las denominadas Venus de Willendorf y de Wisternitz. Sin atender a la hipótesis comúnmente aceptada de que estas figuras consisten en ídolos que reflejan una visión idealizada del cuerpo femenino y, por tanto, no constituyen una representación naturalista, Himmler quiso apreciar en ellas una similitud supuestamente evidente con las dos etnias africanas khoisan, mal llamadas hotentotes y bosquimanos. El morboso interés de Occidente por el llamativo desarrollo genital de los khoisan y por el resto de sus peculiaridades venía de muy antiguo. Si ya Linneo había excluido a estos grupos de los Homo sapiens para incluirlos en el apartado de los Homo monstruosus monorchidi («hombres monstruosos de un solo testículo»), ya en el siglo XX fueron sobre todo los científicos alemanes, como Eugen Fischer, los que se interesaron obsesivamente por la semierección permanente del pene de los bosquimanos, que consideraron la característica inequívoca de una raza inferior, llegando al extremo de solicitar el envío desde Sudáfrica de reos khoisan o de muestras de sus genitales preservadas en formol a fin de efectuar los estudios raciales pertinentes. En su variante femenina, lo que se tomó como una muestra de degradación racial —la protuberancia genital y pectoral— se hizo tempranamente popular a través del caso de la célebre Venus hotentote Sara Baartman, joven khoi que hacia 1810 había sido llevada de Sudáfrica a Inglaterra y Francia para ser exhibida como un monstruo de feria y cuyos genitales fueron conservados en formol en un museo de París después de su muerte. No se puede negar que el cuerpo de Baartman, que manifestaba la protuberancia genital y la esteatopigia (abultada masa adiposa en la región del sacro y en las caderas) característica de las mujeres khoi, guardaba un notable parecido con la Venus de Willendorf. En términos psicológicos, bien puede interpretarse esta fascinación por los genitales como una manifestación del miedo y la
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repugnancia por la sexualidad, especialmente por la sexualidad femenina, que alcanza su grado máximo en las sociedades militaristas y fascistas de Occidente y, desde luego, también en el nazismo, según ha estudiado Klaus Theweleit.
La Venus de Willendorf.
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Grabado antiguo que muestra a la Venus hotentote Sara Baartman exhibida en una feria.
Por otra parte, resultaba especialmente apropiado para la cosmovisión nazi la circunstancia de que, ya desde finales del siglo XVII, ciertos autores difusionistas, como el prusiano Peter Kolb (1675-1726), defendieran una vinculación entre hotentotes, trogloditas y judíos. También el reconocido lingüista Karl Meinhof recurrió a la etnología para ver «rastros semíticos en el sur de África» y, muy en esta línea, el teórico racial Hans F. K. Günther comparó en 1931 la fotografía del político judío Benjamin Disraeli con un jefe bosquimano-hotentote de Namibia y propuso una infusión camita común entre ambos pueblos. Siguiendo esta línea, el parecido entre la esteatopigia de las mujeres hotentotes con la amplitud de formas de la Venus de Willendorf, descubierta en Austria en 1908, permitía aventurar que este conglomerado racial camito-semita también podía haber poblado el continente europeo en fechas lejanas. Según la hipótesis de Himmler (entusiásticamente corroborada por Bruno Beger, gran defensor de la tesis del parentesco racial entre hotentotes y semitas), la raza nórdica habría expulsado a sus voluptuosos antagonistas en algún momento de la Edad de Piedra; de poderse confirmar esta hipótesis, se habría dado con una prueba fehaciente de la superioridad racial de los pueblos nórdicos sobre los negros de Willendorf y sus parientes semíticos, en la medida en que los primeros habrían resultado vencedores en la ley natural de la lucha por la vida. De ahí que Himmler tuviera gran interés en que se realizara una cartografía detallada de los lugares en los que se habían encontrado Venus como las de Willendorf y encargara un estudio sobre la posible presencia en territorio europeo de descendientes de los
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hotentotes. Como la guerra hacía difícil efectuar investigaciones en África, Walther Wüst sugirió que, de momento, se recurriera para ello al material humano que suministraban los guetos del Este y los prisioneros de guerra americanos que fueran de raza negra, aunque en un futuro estaba previsto realizar los estudios de campo directamente en las tribus africanas. Bruno Beger, por su parte, propuso que durante el examen al que eran sometidas las mujeres judías desnudas cuando eran internadas en los campos se procurara detectar y fotografiar los posibles casos de esteatopigia, a fin de establecer posibles parentescos genéticos entre éstas y los hotentotes.
Es evidente que las características físicas de la Venus de Willendorf entraban en clara colisión con el culto al cuerpo y el marcado ideal estético de corte helenizante propugnados por el nazismo [—Grecia], que habían sido indisolublemente vinculados al ideal de lo ario. En este sentido, no es de extrañar que los nazis experimentaran una extrañeza rayana en la repugnancia ante una figura que, aun habiendo sido hallada en su propio territorio, invalidaba sus ideales estéticos y provocaba una asociación inmediata con la presencia de razas inferiores.
[Gordon; Kater, 207-208, 355].
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GLOSARIO DE NOMBRES
A modo de instrumento de consulta, se ofrece a continuación una lista de breves esquemas biográficos de los principales personajes citados en el presente diccionario y que están vinculados de un modo u otro a la ideología nazi y su difusión (a veces por usurpación, en algunas ocasiones como precursores involuntarios y, en su mayoría, como decididos propagadores). Muchas de estos bocetos biográficos cuentan con el interés añadido de mostrar la trayectoria vital y las procedencias profesionales y culturales características de numerosas personalidades afines a la cosmovisión nazi. (Agradezco a Petra Graupe, de la Herzogin-Anna-Amalía-Bibliothek de Weimar, su impagable ayuda para la obtención de muchos de estos datos).
ANDREE, RICHARD (1825-1912).
Geólogo, geógrafo y etnólogo alemán. Partidario de la facción germánica en las luchas nacionalistas entre checos y alemanes de 1859. Realizó estudios etnológicos en Bohemia y trató de estudiar el elemento celta de la población escocesa. Junto con O. Peschel llevó a cabo la ambiciosa empresa de preparar un atlas físico-estadístico del Reich alemán, finalmente publicado en 1877. Además de diversos estudios etnológicos de temática muy variada, fue también autor del tratado Sobre el folklore de los judíos (1881), al que, según sus propias palabras, no es ajeno «cierto resabio antisemita».
BEGER, BRUNO (191 1-1998).
Antropólogo racial. Como colaborador del teórico racial H. F. K. Günther, Berger compartía con él la tesis de que la raza nórdica habría emigrado desde el norte de Europa a China y Japón a través de Asia central. En 1937 fue elegido por Ernst Schäfer como uno de los miembros de la expedición al Tíbet. Después de 1940 siguió efectuando siniestras investigaciones raciales, tanto a partir de las mediciones antropológicas
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efectuadas en el Tíbet como de los 115 cráneos de prisioneros de Auschwitz escogidos por él, en su mayoría judíos, que fueron expresamente gaseados para este fin. En febrero de 1944 se alistó en el comando armado Waffen-SS a fin de efectuar investigaciones raciales entredós bosnios del frente yugoslavo. En 1971 un tribunal alemán lo condenó a tres años de prisión por crímenes de guerra.
BENN, GOTTFRIED (1886-1956).
Médico y escritor. Tras unos comienzos poéticos en la estela del expresionismo, Benn fue admitido en 1932 en la Academia de Bellas Artes de Prusia. Con su confianza en un «hombre nuevo» que superara la «decadencia moderna de la realidad», Benn creyó poder hacer frente al nihilismo trágico de su época, aunque ello implicara apoyar la ideología nazi. A finales de 1934, después de la Noche de los Cuchillos Largos, Benn reconoció su ceguera política y buscó refugio en la medicina. En 1938 fue expulsado de la Cámara Literaria del Reich y se le prohibió escribir. Después de 1945, Benn fue una figura muy controvertida debido a su apoyo inicial al nazismo, aunque quedó formalmente rehabilitado con la concesión en 1951 del premio Büchner.
BERTRAM, ERNST (1884-1957).
Escritor y germanista. Amigo de Thomas Mann, afín a la revolución conservadora y discípulo de Stefan George, su espíritu mistificador y su afición por todo lo germánico-nórdico en oposición al «sur romano» lo llevaron a simpatizar con el nazismo. Las teorías raciales de Chamberlain se hacen perceptibles en su poemario El libro de las nornas (1925). Entre sus textos teóricos destaca su tratado Nietzsche: Ensayo de una mitología (1918). En 1933 animó con un discurso la quema pública de libros por parte de los nazis. Más adelante, sin embargo, optó por un ambiguo distanciamiento del régimen. Fue excluido de la Universidad en 1946.
BERTRAM, JOHANNES (1891-?).
Conferenciante y escritor alemán. Autor de varios tratados de temática nacionalista, como Carlomagno y Widukind (1936), así como de
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interpretaciones altamente politizadas de la cultura alemana, como El Fausto de Goethe a la luz del siglo XX (1939). Después de la guerra
publicó Mito, símbolo e idea en los dramas musicales de Richard Wagner (1957).
BERVE, HELMUT (1896-1979).
Helenista alemán. A pesar de su talante básicamente liberal, Berve sintió simpatía por la cosmovisión nazi y solicitó su admisión en el Partido. Fue rector de la Universidad de Leipzig de 1940 a 1943 y catedrático en Múnich de 1943 a 1945. Sus publicaciones marcaron de forma decisiva la visión idealizada de Grecia y, sobre todo, de Esparta, que caracterizó al nazismo. Después de la guerra siguió publicando y ejerciendo la docencia.
BILLINGER, RICHARD (1890-1965).
Deportista y escritor austríaco. Tras una breve carrera como atleta se instaló en Alemania, donde se dedicó a la literatura. Recibió, entre otros, el apoyo de Hugo von Hofmannsthal. Inició sus actividades literarias con poemarios en los que alternaba la devoción católica con elementos paganos y míticos, aunque destacó sobre todo en el género dramático, en el que mitificó la vida campesina de un modo que preludiaba la literatura de sangre y tierra.
BLAVATSKY, HELENA PETROVNA (1831-1891).
Médium, ocultista y escritora de origen germanorruso, fundadora del teosofismo. De infancia y juventud aventurera y de trayectoria incierta, fundó la Sociedad Teosófica en Nueva York en 1875. En 1879 trasladó sus operaciones a la India, donde se familiarizó con las tradiciones hinduista y budista. Sus dos obras capitales son Isis desvelada (1877), en la que impera la tradición esotérica occidental, y La doctrina secreta (1888), considerada la biblia del teosofismo, en la que se imponen las corrientes orientales. En este último libro Blavatsky defendía la sucesión de siete razas radicales durante la evolución humana, la quinta de las cuales sería la raza aria y correspondería al momento actual. Aunque el teosofismo fue
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un movimiento esotérico de pretensiones universalistas, algunas de sus ideas tuvieron una gran influencia en el ariosofismo alemán y austríaco de finales del siglo XIX.
BÜCHNER, LUDWIG (1824-1899).
Médico y filósofo alemán, hermano del escritor Georg Büchner. En su obra capital, Fuerza y materia (1855), que llegó a traducirse a quince idiomas, el darwinista Büchner expuso su manifiesto materialista. Defensor de la existencia de diferencias insalvables y crecientes entre blancos y negros, arios y semitas y hombres y mujeres, Büchner reclamaba la conservación a ultranza de la pureza de la sangre. En 1881 fundó el Movimiento de Librepensadores Alemanes, extremadamente crítico con el cristianismo.
BURNOUF, ÉMILE (1821-1907).
Escritor y orientalista francés. Director hasta 1875 de la Escuela Francesa de Atenas, durante el tiempo que ocupó este cargo encabezó interesantes excavaciones arqueológicas. En 1879 colaboró con Schliemann en las excavaciones de Troya. En su ensayo La ciencia de las religiones (1885), Burnouf califica el monoteísmo de tendencia religiosa típicamente judía y considera que las auténticas culturas europeas se caracterizarían por el politeísmo. Asimismo, ilustra su ensayo con grotescas caricaturas de la supuesta anatomía característicamente semita.
BURTE, HERMANN (1879-1960).
Profesor de dibujo, pintor y escritor alemán. Considerado precursor del expresionismo, fue autor de novelas de inspiración antisemita y nacionalista y se dedicó especialmente a la literatura campesina, de la que se le considera el principal representante. Su novela Wiltfeber, el alemán eterno (1912), inspirada por Nietzsche, en la que Burte estigmatiza los signos de la decadencia que, en su opinión, asolaba Europa, tuvo un gran éxito, sobre todo entre movimientos juveniles como el Wandervogel («pájaro migratorio»). Burte anhelaba una germanización del cristianismo
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alemán que permitiera el regreso a la liturgia de los valores de sangre y tierra.
CHAMBERLAIN, HOUSTON STEWART (1855-1927).
Biólogo y escritor de origen británico. Ferviente admirador del compositor Richard Wagner, contrajo matrimonio con su hija Eva, lo que le permitió obtener la nacionalidad alemana en 1916. Comúnmente considerado un heredero ideológico de Gobineau, Chamberlain se distingue de él por su pragmatismo, que lo llevó a convertirse en un acérrimo defensor de la eugenesia y del intervencionismo en la sustancia racial, así como por su derivación de las teorías del autor francés hacia el ámbito histérico-cultural. En su obra capital, Los fundamentos del siglo XIX (1899), expone una ideología racista y mística basada tanto en conocimientos científicos como en ideas filosóficas que tuvo una importancia capital en el desarrollo de la antropología racial nazi. El libro tuvo un éxito clamoroso desde el mismo día de su publicación y sus ventas pronto alcanzaron los cientos de miles de ejemplares. El mismísimo káiser Guillermo II fue uno de los principales admiradores de Chamberlain, con quien mantuvo una intensa correspondencia. Incluso se cree que algunas de sus decisiones políticas podrían haberse visto influidas por la lectura de Los fundamentos. Durante el nazismo, Chamberlain fue celebrado como visionario del Tercer Reich. Ejerció una gran influencia en su seguidor Alfred Rosenberg.
CYSARZ, HERBERT (1896-1985).
Germanista. Profesor en Múnich de 1938 a 1945. Autor de varios tratados entre los que destacan sus estudios sobre Schiller y Goethe, en los que reinterpreta la literatura alemana de forma afín a la ideología nazi. En 1945 fue excluido de la Academia de las Ciencias de Baviera y se le prohibió ejercer la docencia. Nombrado profesor emérito en 1950, siguió publicando con regularidad a partir de esa fecha.
DARRE, RICHARD WALTHER (1895-1953).
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Ingeniero agrónomo. Simpatizante del Partido nazi desde el intento de golpe de Estado de 1923. En su libro El campesinado como fuente vital de la raza nórdica (1929), influido por las teorías raciales de Hans F. K. Günther, Darré defendió su tesis del sedentarismo originario de los pueblos germánicos, que oponía al nomadismo judío. En 1930 conoció a Hitler, quien se entusiasmó con él y le encomendó enseguida la organización de la política agraria en el NSDAP (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán). En 1931, bajo los auspicios de Himmler, fundó el Instituto Racial (Rasseamt) de las SS, con la pretensión de crear un campesinado alemán de raza pura que pudiera constituir una nueva forma de aristocracia. En 1933 fue nombrado Führer de los campesinos del Reich, con las atribuciones propias de un ministro. En 1938 Darré rompió con Himmler por divergencias ideológicas, aunque siguió en su cargo. En 1949 fue condenado por el Tribunal de Nuremberg a siete años de prisión.
DEUBEL, WERNER (1894-1949).
Escritor y crítico. Afín a la revolución conservadora y seguidor de Ludwig Klages, Deubel era antirracionalista, contrario a la mecanización y defensor de una filosofía biocéntrica. Aunque estrechamente vigilado durante el nazismo y perseguido por Rosenberg, los tratados sobre Goethe y Schiller que escribió durante los años treinta contribuyeron a establecer la visión que se tendría de estos autores durante el Tercer Reich.
DEVI, SAVITRI (1905-1982).
nacida maximiani portas.
Filósofa e ideóloga nazi. Aunque de nacionalidad francesa, Devi fue fiel desde muy pronto a su ascendencia griega y defendió el nacionalismo expansivo de Grecia. De sentimientos germanófilos, se sintió atraída por las ideas sobre la raza aria y simpatizó con el nazismo. Interesada en la jerarquía racial india reflejada en la sociedad de castas, en 1932 viajó a este país, donde apoyó activamente los movimientos hinduistas de liberación anticolonial. Aun con todo su entusiasmo por la subida al poder de Hitler, Devi no viajó a Alemania hasta 1948, donde su modesta participación en movimientos nazis de resistencia la llevó a pasar una
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temporada en prisión. Inspirándose en las reformas religiosas radicales del faraón Amenofis IV (Akenatón), Devi esbozó una nueva religión pagana de la naturaleza que representaría la auténtica cosmovisión aria. Aunque su influencia en el nazismo histórico fue nula, Devi es una figura de referencia en algunos movimientos ecologistas y neonazis actuales.
DIEDERICHS, EUGEN (1867-1930).
Editor alemán. Afín al nacionalismo étnico alemán, publicó en su editorial de Jena muchos de los principales textos que defendieron esta orientación, contribuyendo así a popularizarlos y a procurarles un aura de respetabilidad de la que hasta entonces habían carecido. En 1912, Diederichs fundó la influyente revista Die Tat («La acción»), en la que difundía el monismo de Ernst Haeckel. La publicación tuvo considerable influencia en la formación del Partido nazi. También organizó en Jena el Círculo Sera, dedicado al culto al Sol y a la mitología germánica.
DIEFENBACH, KARL WILHELM (1851-1913).
Pintor simbolista alemán. Además de sus actividades artísticas, en las que se le recuerda por haber sido maestro del pintor teosofista Hugo Höppener (Fidus), Diefenbach destacó como pionero de diversos movimientos reformistas que buscaban un modo de vida alternativo a la sociedad urbana e industrializada, que consideraba degenerada y contraria a las leyes naturales. Apodado irónicamente el apóstol del colinabo, Diefenbach vivía retirado en el campo, andaba descalzo y vestía una túnica de lana. Ferviente vegetariano y defensor del nudismo, fundó en su retiro rural de Höllriegelskreuth, en los alrededores de la denostada Múnich, una comunidad patriarcal presidida por él en la que se rechazaba todo concepto de propiedad privada. Aunque de talante pacifista, Diefenbach fue simpatizante de las tesis ariosofistas de Lanz von Liebenfels, quien lo nombró familiar de su Ordo Novi Templi. Abandonó Múnich en 18 91 y murió en Capri.
DIEM, CARL (1882-1962).
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Teórico alemán del deporte. En 192.9, como cofundador de la Escuela Superior de Educación Física de Berlín, le procuró dignidad académica al deporte, aunque bajo una óptica marcada por el darwinismo social. Diem logró colmar sus ambiciones personales al encargarse de organizar los XI Juegos Olímpicos de Berlín de 193 6, para lo cual se adaptó a las exigencias del régimen nazi. De 1938 a 1945 dirigió en Berlín el Instituto Olímpico Internacional. Entre sus publicaciones destacan La llama olímpica (3 vol., 1942), considerada, junto con los documentales sobre los Juegos Olímpicos de Leni Riefenstahl, la principal obra de propaganda deportiva nazi. En su discurso La idea olímpica en la nueva Europa, pronunciado en París en 1941, defendió la tesis de que la idea olímpica no era irreconciliable con la guerra, que consideraba el deporte por excelencia. Después de la guerra, en 1947, retomó su cargo como rector de la Escuela Superior de Deportes de Colonia que él mismo había fundado. A pesar de su pasado como colaborador nazi, el COI le concedió la Orden Olímpica en 1956. Recientemente se ha descubierto que Diem contribuyó a enviar a una muerte segura a cientos de jóvenes de 13 y 14 años al alentarlos con una soflama a que defendieran hasta el final la ciudad de Berlín, sitiada por las tropas soviéticas.
DINTER, ARTHUR (1876-1948).
Escritor alemán. Notorio antisemita y nazi convencido, Dinter ocupó importantes cargos políticos en Turingia, región de la que fue Gauleiter («jefe regional») en 1933. En 1927 fundó lo que después sería la Iglesia del Pueblo Alemán (Deutsche Volkskirche), en la que buscó el sincretismo entre la cosmovisión nazi y la religión cristiana, renunciando al Antiguo Testamento y depurando los Evangelios de las adiciones judías. Heinrich Himmler prohibió esta organización en 1937. Con todo, Dinter alcanzó la fama gracias a su trilogía novelística anticristiana Los pecados de la época (1917-19 22), de la que destaca la novela antisemita El pecado contra la sangre (1917), un auténtico éxito de ventas que ensalzaba la pureza aria. Terminada la guerra.
Dinter fue juzgado en Offenburg por un tribunal de desnazificación.
DOHM, BAPTIST («BATTI») (¿-?).
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Geólogo y publicista alemán. Su vida y su trabajo como comerciante de fósiles está muy ligada a la ciudad de Gerolstein, en Renania-Palatinado, y al paisaje del macizo del Eifel. Experto en trilobites, entre sus numerosas obras geológicas y ocasionalmente novelísticas destaca la curiosa Stielauge, el cangrejo primigenio. Una crónica de los tiempos primordiales de nuestra Tierra (1933). En ella, Dohm da voz a un trilobite que narra en forma novelada la historia de la creación. Esta obra, muy admirada por Himmler, fue escrita bajo la influencia de la cosmogonía glacial de Hörbiger [hielo] y denota una fe manifiesta en el mito de la Atlántida.
DOLLINGER, FRIEDRICH (¿-?).
pseud. de karl weinlander.
Maestro de escuela. Antisemita y nacionalista, además del pseudónimo de F. Döllinger, bajo el que publicó su obra Baldur y la Biblia. Nuevos y sensacionales descubrimientos sobre la Biblia, la cultura germánica en la Canaán bíblica y en el cristianismo germánico antes de Cristo (1920), Weinländer también empleaba el de Hans Lienhardt, con el que publicó un panfleto contra los Testigos de Jehová. Únicamente empleó su verdadero nombre, ya en 1933, para publicar su tratado nazi Antropología, pedagogía y política racial. El camino natural para el ascenso de Alemania.
DÜHRING, KARL EUGEN (1833-1921).
Profesor de filosofía y economía en Berlín. Socialista, aunque adversario de Marx y Engels, se lo considera uno de los principales representantes del positivismo alemán. Su oposición declarada a las tesis sociales pseudodarwinistas de la lucha por la vida y su defensa de una sociedad sin estructuras de poder no le impidió ser también un virulento antisemita. En este ámbito, su obra principal es La cuestión judía como cuestión racial, cultural y de costumbres (1880), en la que postula la conveniencia de separar a los judíos de los otros pueblos y deportarlos a un Estado creado especialmente para ellos. (Paradójicamente, esta propuesta fue una de las fuentes de inspiración de Theodor Herzl para la creación del movimiento sionista). Duhring, calificado de «profeta solitario» por Rosenberg, buen conocedor de su obra, fue también uno de
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los primeros autores en hablar inequívocamente de la conveniencia del exterminio de los judíos.
ECKART, DIETRICH (1868-1923).
Periodista, poeta e ideólogo. Su escaso éxito como escritor azuzó su paranoico antisemitismo. Formó parte del círculo artístico Die Kommenden («Los venideros»), entre cuyos miembros se contaban Leo Frobenius y August Strindberg, y era un invitado frecuente de la Sociedad Tule como conferenciante. Su traducción del Peer Gynt de Ibsen, publicada en 1914, fue muy leída y admirada. A partir de 1918 editó el semanario antisemita Auf gut Deutsch («En buen alemán»), posteriormente absorbido por Der völkische Beobachter, que desde 1920 se convirtió en el principal órgano del Partido nazi. Considerado el poeta del movimiento, Eckart fue un influyente maestro de Alfred Rosenberg y de Hitler, quien le dedicó la primera edición de Mein Kampf.
EGGERS, KURT (1905-1943).
Escritor y propagandista nazi. Decidió abandonar la carrera eclesiástica para dedicarse exclusivamente a la literatura. Pronto se sintió identificado con el nazismo, bajo cuya óptica trabajó en un programa literario de la emisora radiofónica de Stuttgart. En 1936 entró en las SS, donde alcanzó un rango elevado y fue director del departamento de política racial y colonización. Entre sus novelas de ideología nazi destaca Jacobo, el alemán (1938). Murió en combate en el frente oriental.
EVOLA, GIULIO (1898-1974).
Artista, escritor y teórico del fascismo italiano. Tras una etapa como artista dadaísta que terminó abruptamente en 1922, Evola se entregó al alpinismo y al estudio de autores filosóficos y esotéricos, entre los que destacan René Guénon y Aleister Crowley. La obra de Otto Weininger fue la inspiradora de su antisemitismo. A partir de sus numerosas y variadas lecturas, Evola desarrolló su filosofía del idealismo mágico que lo llevó a fundar en Roma, en 1925, el Grupo de UR, una asociación dedicada al estudio de textos esotéricos y a la ciencia del «yo». Tras la disolución del
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Grupo de UR en 1929, Evola, quien ya había celebrado la llegada al poder de los fascistas en 1924, se dedicó a la política inspirándose en la antigua monarquía romana y se convirtió en uno de los teóricos del fascismo, aunque su glorificación de la tradición primigenia nórdico-solar le valió igualmente la admiración del nazismo. En 1930 fundó la revista fascista La Torre. En su obra capital, Revuelta contra el mundo moderno (1934), Evola, partidario del esclavismo y de la tortura, defiende la futura victoria final de un patriarcado aristocrático sobre el principio degenerador y democrático femenino. Entre 1934 y 1942., Evola pasó largas estancias en la Alemania nazi, donde publicó numerosos artículos, además de entablar contacto con sus admiradas SS. Su germanofilia y su anticristianismo le valieron la suspicacia de los fascistas. Por otra parte, la rivalidad con Karl María Willigut, quien le acusó de «ignorancia respecto a las instituciones germánicas prehistóricas», también le costó el favor nazi en 1941. Con todo, tres de sus obras llegaron a publicarse en alemán durante el Tercer Reich: Imperialismo-pagano (1928) en 1933, Revuelta contra el mundo moderno en 19 3 5 y La doctrina aria del combate y la victoria en 1941. Paralítico desde 1945, a consecuencia de un bombardeo, Evola no dejó de publicar. En 1951 fue detenido y juzgado por glorificación del fascismo, aunque no llegó a perder la libertad. Finalmente Evola, decepcionado, renegó en 1964 de los fascismos y se declaró apolítico. Aún hoy sus escritos siguen siendo apreciados tanto por grupos neonazis como por organizaciones anarquistas.
EWERS, HANNS HEINZ (1871-1943).
Escritor y periodista alemán. Tras publicar poemas patrióticos durante la Primera Guerra Mundial, en el período de entreguerras se convirtió en un celebrado autor decadentista, aficionado al terror gótico y a las historias de criaturas neuróticas y monstruosas, hasta el punto de recibir el sobrenombre de el «Lovecraft alemán». Su novela Alraune (1911) fue un gran éxito de ventas. Aun habiéndose afiliado tempranamente al Partido nazi y a pesar de su ideología claramente fascista, las obras de Ewers fueron prohibidas en 1934 por decadentes. Con todo, en 1932 llegó a publicar dos novelas de inequívoca propaganda nazi, Horst Wessel y jinete en la noche alemana.
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FRITSCH, THEODOR (1852-1934).
Conocido también bajo el pseudónimo de Thomas Frey. Técnico, urbanista y editor alemán. De profundas convicciones antisemitas y defensor de la «sana clase media alemana», Fritsch —célebre por haber ideado el concepto urbanístico de las ciudades-jardín— fundó en 1912 la liga antisemita Reichshammerbund («Liga del Martillo del Reich»), que posteriormente daría origen a las sociedades secretas de la Orden de los Germanos y de la Sociedad Tule. También fue editor de la revista Der Hammer («El martillo») y de una editorial que, bajo el mismo nombre, dio a conocer destacados textos antisemitas, entre ellos los Protocolos de los sabios de Sión y El judío internacional del industrial americano Henry Ford. Tanto Fritsch como Ford fueron acusados de difamación por la familia Wartburg por los juicios expresados en El judío internacional, cuya falsedad fue ratificada por los tribunales. Sin embargo, Fritsch siguió apegado al antisemitismo que lo llevaba a concluir cada uno de los ejemplares de su revista con la frase: «Los pueblos no podrán sanar hasta que los judíos sean expulsados». Su publicación más destacada fue el Manual de la cuestión judía (1887), que fue considerada un catecismo antisemita y alcanzó las cuarenta y nueve ediciones hasta 1933, y en el que se recopilan citas antisemitas de personalidades famosas, además de enumerar los supuestos crímenes de artistas y científicos judíos. El Manual llegó a ser un libro de texto en las escuelas del Tercer Reich, y el propio Hitler afirmó haberlo estudiado detenidamente en sus años de juventud, en Viena. En 1911, Fritsch publicó su tratado El falso dios, uno de los textos antisemitas más radicales de su tiempo, en el que reiteraba su exigencia de privar a los judíos de todos sus derechos y difundió la idea del incurable parasitismo social de esta supuesta raza.
FROBENIUS, LEO (1873-1938).
Etnólogo alemán. Emprendió doce expediciones al continente africano en las que recopiló abundante y valioso material. En 1934 fue nombrado director del Museo Etnológico de Frankfurt en sustitución de Johannes Lehmann, que fue «jubilado anticipadamente». Frobenius dividió las culturas africanas en dos grandes grupos, los hamitas (intelectualizados y
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racionalistas) y los etíopes (culturas agrarias con un estilo de vida religioso y místico). Para Frobenius, las democracias occidentales serían hamíticas, mientras que Alemania sería etíope. Amigo personal de Rudolf Hess, aun sin ser manifiestamente nazi no dejó de obtener en ningún momento un importante apoyo económico y político del gobierno del Tercer Reich.
GEORGE, STEFAN (1868-1933).
Poeta simbolista alemán. A partir de la edición, junto con K. A. Klein, de la revista Blatter für die Kunst («Hojas para el Arte») fue surgiendo lo que se dio en llamar el Círculo de George, una estrecha agrupación de poetas de sexo masculino que constituían una especie de estricto apostolado estético en torno a su líder y que ejerció una gran influencia en numerosos pensadores alemanes. A partir de 192.0, el Círculo de George adquirió una creciente relevancia política. Tanto su aspiración a renovar la Alemania espiritual como su apelación a la instauración de un nuevo Reich fueron retomadas y reinterpretadas por el nazismo.
Aunque George contribuyó a difundir una ideología imperialista y apelaba a la autoridad de un Führer («guía»), se opuso a todos los intentos de integración por parte del régimen nazi, que consideraba una vulgar dictadura del populacho. Como protesta, en 1933 emigró voluntariamente a Suiza, donde murió.
GOBINEAU, JOSEPH ARTHUR (CONDE DE) (1816-1882).
Escritor y diplomático francés. Estableció una jerarquía racial en su obra capital Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (4 vol., 1853-1855), considerado el libro precursor del racismo antropológico moderno. Aunque Gobineau, apelando a supuestas pruebas históricas, etnológicas y filosóficas, situaba la raza aria en la cúspide de la jerarquía racial y consideraba que la raza germánica era la única que, procedente de aquélla, se había mantenido pura, estaba convencido de que los representantes de esta raza no eran los alemanes, supuestamente cruzados con eslavos, sino las poblaciones del norte de Francia y Gran Bretaña. Por otra parte, su enfoque era marcadamente pesimista, ya que postulaba el fin inexorable de la civilización. Su crítica de la raza negra es moderada en extremo, en la medida en que considera que su influjo es el transmisor de
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la creatividad, y tampoco fue antisemita, sino todo lo contrario, un admirador del pueblo judío. Con todo, su obra tuvo un éxito infinitamente mayor en Alemania que en su país de origen, donde en un principio pasó casi desapercibida.
GOEBBELS, JOSEPH (1897-1945).
Principal propagandista nazi, muy influido por Oswald Spengler. Doctor en filología alemana, Goebbels fue el fundador y editor del periódico nazi Der Angriff («El ataque», 1927-1935). En 1933 fue nombrado ministro de Propaganda y presidente de la Cámara de Cultura del Reich, y en 1944 apoderado general para la movilización total. Habilísimo demagogo, Goebbels fue el portavoz oficial del régimen y el responsable de la germanización cultural alemana durante el Tercer Reich. Fiel a Hitler hasta el final, se suicidó con su mujer en el búnker de la Cancillería del Reich en Berlín tras haber dado muerte a sus seis hijos.
GOOTE, THOR (1899-1940).
pseud. de werner schultze von langsdorff.
Ingeniero, piloto y novelista alemán. Nazi convencido, además de confeccionar diversas recopilaciones de experiencias autobiográficas de soldados en el frente escribió toda clase de novelas y panfletos propagandísticos y militaristas, algunos de ellos inspirados en sus experiencias como piloto de guerra. Destaca su novela /Arriba la bandera! (1933). Murió en combate cerca de la costa escocesa.
GORSLEBEN, RUDOLF JOHN (1883-1930).
Publicista alemán. Llegó a Múnich procedente de Alsacia antes de la Primera Guerra Mundial, y, tras una carrera fugaz como autor dramático, se dedicó al periodismo nacionalista y pangermanista como editor de la revista Allgemeine Flugbldtter Deutscher Nation («Boletines generales de la nación alemana»). Tras luchar en la guerra en el frente occidental, fue enviado a combatir contra las tribus beduinas y británicas en Palestina. Acabada la contienda se hizo miembro de la Sociedad Tule y en 1920 adquirió el diario Die Republik, de línea nacionalista, que en 1927 pasó a
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llamarse Arische Freiheit («Libertad aria»). Tras militar en diversos partidos afines al nacionalismo étnico alemán, en 1921 se alió con Julius Streicher. Unos años después abandonó la política para dedicarse a sus actividades como ideólogo y literato y se entregó a un cada vez más virulento ariosofismo. Tradujo las Edda, que consideraba la síntesis de la antigua religión de los arios. En 1925 fundó en Dinkelsbühl, Baviera, la Sociedad Edda, dedicada al estudio de la historia intelectual aria. También publicó: La superación del judaísmo dentro y fuera de nosotros (1920).
GRIMM, HANS (1875-1959).
Escritor alemán. Su larga estancia como comerciante en Sudáfrica determinó la temática procolonialista e imperialista de su escritura, ocupación a la que se dedicó en exclusiva tras instalarse definitivamente en Alemania en 1918. El título de su obra capital, la extensa novela Pueblo sin tierra (1926), proveyó a la propaganda nazi de uno de los principales lemas de su política expansionista [espacio vital]. Gran glorificador de las supuestas cualidades de honradez, capacidad de trabajo y eficacia del pueblo alemán, Grimm fue un autor altamente apreciado por el gobierno nazi, bajo el que ocupó el cargo de consejero presidencial de la Cámara literaria del Reich a partir de 1933. Después de 1945 Grimm trató de relativizar la culpa alemana en la Segunda Guerra Mundial y de disculpar a sus dirigentes.
GÜNTHER, HANS F. K. (1891-1968).
Filósofo, médico y antropólogo racial alemán. Ya en 1930 ocupó una plaza como titular de teoría racial en la Universidad de Jena convocada expresamente para él. Durante el Tercer Reich fue el experto oficial en todas las cuestiones científicas relativas a las razas y su distinción, por lo que la influencia de sus teorías fue enorme. Después de 1945 siguió publicando bajo el pseudónimo L. Winter.
HAECKEL, ERNST (1834-1919).
Zoólogo, biólogo y filósofo de la naturaleza alemán. Principal introductor del darvinismo en Alemania y gran reformador de la biología,
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desarrolló la filosofía del monismo, entendido como nexo entre religión y ciencia, y que culminó con la fundación de la Liga Monista en 1906. Formuló la célebre —y equivocada— ley biogenética según la cual la ontogénesis (desarrollo del embrión) recapitula la filogénesis (evolución de la especie). Creyó que la vida habría aparecido de forma natural a partir de sustancias inorgánicas, en una evolución unitaria que llevaría del átomo al hombre. Antisemita, nacionalista y defensor de la eugenesia, Haeckel mantuvo contacto con muchos de los teóricos afines al nacionalismo étnico alemán. Consecuentemente, Haeckel se convirtió, tras su muerte, en un personaje muy bien considerado en el Tercer Reich, y ciertos indicios permiten sospechar que su obra capital, Los enigmas del universo (1899), pudo haber influido directamente en Hitler.
HARLAN, VEIT (1899-1964).
Actor, director de teatro y cineasta alemán. Partidario declarado del nazismo desde 1933, una de sus primeras películas llamó la atención de Goebbels, quien lo convirtió en uno de los directores de cine más destacados del Tercer Reich. A partir de 1938, las películas de Harlan son manifiestamente propagandísticas e integran numerosos elementos de la cosmovisión nazi. En 1940, Goebbels le encarga la dirección de la película antisemita El judío Süss, que les era proyectada a los comandos de ejecución de Europa oriental antes de proceder a los fusilamientos masivos de judíos. En 1944-1945, cuando la guerra había llegado a su fase más dura, Harlan rodó Kolberg, un llamamiento fílmico a la resistencia suicida de la población frente al enemigo que constituye la película de mayor presupuesto de toda la historia del cine alemán. Varias veces detenido por los aliados después de 1945 y finalmente liberado, entre 1947 y 1950 tuvo que responder varias veces ante el tribunal de Hamburgo por crímenes contra la humanidad por el manifiesto apoyo al genocidio expresado en su película El judío Süss. Harlan, que negó ser antisemita y declaró haber dirigido la película bajo coacción, fue declarado inocente y dirigió varias películas más.
HAUER, JAKOB WILHELM (1881-1962).
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Indólogo e historiador de las religiones alemán. Tras haberse formado como misionero cristiano, fundó en junio de 1933 el Movimiento de la Fe Alemana (Deutsche Glaubensbewegung), que reunió a diversos grupos neopaganos o anticristianos con el objetivo de dar cuerpo a una religión del nazismo. Si bien el Movimiento nunca llegó a tener verdadero peso en la sociedad alemana, en 1936, cuando su existencia ya no resultaba políticamente oportuna, se le prohibieron los actos públicos y se descompuso entonces en pequeñas sectas que competían entre sí. Parece ser que Hauer, anteriormente colaborador y espía de las SS, terminó distanciándose del nazismo y expresó su protesta por los acontecimientos de la Noche de los Cristales Rotos. No obstante, en 1945, un tribunal de desnazificación lo despojó de su cátedra universitaria. Hauer siguió escribiendo artículos de tendencia nazi y en 1956 fundó la revista Ereie Akademie e. V. («Academia libre»), en la que participaron algunos notorios teóricos del nazismo como el antropólogo racial H. F. K. Günther. Entre las obras de Hauer destaca Religión y raza (1941).
HAUSHOFER, KARL (1869-1946).
Militar y geógrafo alemán. Entre 1908 y 1910 fue oficial del ejército en Japón, donde tuvo ocasión de estudiar la política expansionista en el continente asiático. En Geopolítica del océano Pacífico (192.4) expuso las tesis de la geografía política [ espacio vital], de la que fue el principal difusor en Alemania y con la que influyó a Rudolf Hess. Haushofer, casado con una judía, defendió el imperialismo alemán durante toda la Segunda Guerra Mundial. Su hijo Albrecht fue ejecutado por la Gestapo por sus actividades en la resistencia. En 1946, cuando iba a ser sometido a un proceso de investigación por crímenes de guerra, Haushofer se suicidó junto a su mujer.
HEIDEGGER, MARTIN (1889-1976).
Filósofo alemán. Educado en un ambiente católico, sus primeros pasos se encaminaron hacia el sacerdocio, que abandonó en 1911 para dedicarse a la filosofía. Trabajó como asistente de Husserl, a quien sucedió en su plaza de Friburgo; excelente orador, sus clases obtuvieron un éxito inusitado. En 1927 publicó su obra capital Ser y tiempo. Ya en 1931 se
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declaró partidario político del nazismo, y en 1933 fue nombrado rector de la universidad, en cuya administración trató de introducir el principio autoritario nazi. En este mismo año se inscribió en el Partido, aunque tres años después, en 1936, empezó a distanciarse del nazismo, por lo que fue sometido a vigilancia por la Gestapo. Después de la guerra se le prohibió el ejercicio de la docencia hasta 1949.
HENTSCHEL, WILLIBALD (1901-1936).
Zoólogo, escritor e higienista racial alemán. Discípulo de Haeckel, desde 1904 publicó la revista Mittgart, en la que defendía la necesidad de la renovación de la raza germánica. Bajo este mismo nombre, correspondiente a una supuesta patria legendaria de los arios, quiso establecer una colonia rural de nórdicos puros en la que pudiera desarrollarse una elite aria mediante métodos eugenésicos. Sus ideas lo convirtieron en mentor ideológico de los Artamanes. En 1907 publicó su novela Varuna, que tuvo gran éxito. Miembro del Partido nazi desde 1920, decidió abandonarlo en 1934.
HERRMANN, ALBERT (1986-1945).
Geógrafo y orientalista alemán. Corresponsal de Himmler y autor de Nuestros ancestros y la Atlántida. La talasocracia nórdica de Escandinavia al norte de África (1934) y El país de la seda y el Tíbet a la luz de la antigüedad clásica (1938).
HESS, RUDOLF (1894-1987).
Político. Miembro de la Sociedad Tule, en 1920 ingresó en el Partido nazi. Ayudó a Hitler a redactar Mein Kampf en la fortaleza de Landsberg y le transmitió el concepto de espacio vital acuñado por su maestro K. Haushofer. Desde 1927 fue secretario privado de Hitler y desde 1933 su lugarteniente oficial. A fin de sondear las posibilidades de un tratado de paz, en mayo de 1941 emprendió un vuelo en solitario a Escocia cuyas circunstancias exactas siguen sin aclararse y que le valió ser declarado enfermo mental por Hitler. Condenado a cadena perpetua en el proceso de Nuremberg, se suicidó tras 41 años de cautiverio.
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HIMMLER, HEINRICH (1900-1945).
Desde los años veinte fue miembro del círculo de Hitler y del Partido nazi. Dirigente de las SS desde 192.9, fue desde este cargo uno de los principales responsables de la configuración de la ideología nacionalsocialista como religión política. También desde las SS cofundó en 1937 el departamento Herencia Ancestral (Ahnenerbe), inicialmente dedicado a promover investigaciones y expediciones que permitieran probar la veracidad de la cosmovisión nazi. Nombrado jefe de la policía alemana en 1936, acabó siendo el máximo organizador de los mecanismos de represión del Tercer Reich. Tras caer prisionero de los británicos, se suicidó en 1945.
HÖRBIGER, HANNS (1860-1931).
Ingeniero austríaco. Hizo fortuna gracias a la patente de una válvula de su invención y dedicó gran parte de su vida al diletantismo científico en el campo de la física teórica, ámbito en el que desarrolló la llamada cosmogonía glacial (hielo). Los principales jerarcas nazis (entre ellos Himmler, Göring, Baldur von Schirach y el propio Hitler) fueron fervientes defensores de sus teorías, en las que veían un sustituto «germánico» de la ciencia «judaizada» de Albert Einstein. Después de su muerte, su hijo Alfred contribuyó en gran medida a la difusión de sus ideas durante el Tercer Reich.
JOHST, HANNS (1890-1978).
Médico, filólogo, poeta y dramaturgo alemán. Tras unos prometedores comienzos como autor dramático y poeta de la vanguardia expresionista, la búsqueda de valores auténticos situados más allá del afán de lucro y del egoísmo de la sociedad burguesa lo llevaron a presentarse voluntario como combatiente en la Primera Guerra Mundial, y, tras un breve período pacifista, a simpatizar con la ideología nazi. De 1935 a 1940 fue presidente de la Cámara Literaria del Reich. En 1945 fue recluido en un campo de concentración, donde pasó tres años. En 1949 se le aplicó el veredicto de
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«culpable en primer grado» en el proceso de desnazificación y le fue prohibido publicar durante diez años.
JUNG, CARL GUSTAV (1875-1961).
Psicoanalista suizo. Inicialmente discípulo de Sigmund Freud, desarrolló su propia escuela de psicología analítica tras distanciarse de su maestro en 1912. En junio de 1933, después de la subida de Hitler al poder, Jung asumió la presidencia de la Sociedad Alemana de Psicoterapia. Considerado por los nazis el antagonista ario del judío Freud, diversas tesis de Jung, como la teoría del inconsciente colectivo, así como su estudio de las diferencias entre los arquetipos judío y ario y su llamamiento a la necesidad de comprender el alma alemana, permitían una óptima adaptación a la cosmovisión nazi.
KISS, EDMUND (¿-?).
Arquitecto y consejero municipal de obras. Ferviente defensor de la cosmogonía glacial de H. Hörbiger e investigador diletante de la historia de los germanos, trató de vincular ambas corrientes. Desde 1936 realizó sus estudios bajo los auspicios de Himmler y su departamento Herencia Ancestral (Ahnenerbe) en las SS, en el que mantuvo frecuente contacto con Karl María Wiligut. Organizó varias expediciones con la intención de encontrar pruebas de la veracidad de la cosmogonía glacial [ hielo]. Entre sus publicaciones destaca Las causas cósmicas de las grandes migraciones (1934).
KJELLEN, RUDOLF (1864-1922).
Historiador y político sueco, fundador de la disciplina de la geopolítica. Influido por Ratzel, Kjellén veía el Estado como un organismo vivo, dotado de un derecho natural al crecimiento y al espacio vital, lo que favorecía la justificación del expansionismo imperialista. Su obra capital es El Estado como forma viva (1916), en la que desarrolló el término de Folkhemmet («Estado del pueblo»), en el que se vinculaba el territorio geográfico con lo racial. Influyó en Karl Haushofer.
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KLAGES, LUDWIG (1872-1956).
Químico, filósofo, grafólogo y psicólogo alemán. Miembro del círculo de Stefan George y profundamente influido por Spengler y Freud, una de sus principales aportaciones consiste en haber dado a la grafología categoría científica. Klages, hostil a toda forma de materialismo o racionalismo, defendía una filosofía biocéntrica que otorgaba primacía a las fuerzas vitales del organismo frente al raciocinio, que en su opinión mataba las raíces de la vida al romper la unidad primigenia entre cuerpo y alma. Klages proclamó abiertamente su admiración por el nazismo, sobre el que ejercieron cierta influencia las tendencias irracionalistas de su filosofía. Aun así, Klages residió en Suiza durante todo el período del Tercer Reich. De hecho, el departamento Herencia Ancestral (Ahnenerbe) de las SS era decididamente contrario a la cosmovisión extremadamente vitalista defendida por Klages.
KNIRR, HEINRICH (1862-1944).
Pintor alemán. Tras estudiar bellas artes, en 1888 fundó una escuela privada de pintura que alcanzó prestigio internacional, aunque se retiró de la docencia en 1914. Fue miembro de la Secesión vienesa y destacó especialmente como paisajista y retratista. Muy apreciado por los críticos nazis, fue autor de uno de los retratos de Hitler más difundidos durante el Tercer Reich.
KOLBENHEYER, ERWIN GUIDO (1878-1962).
Escritor alemán, máximo exponente de la literatura nazi. Durante los años veinte y treinta propagó la revolución nacional y desarrolló una teoría filosófica de corte vitalista, según la cual el plasma sería la sustancia orgánica primordial de todas las células, que habría alcanzado su máximo desarrollo y diferenciación en las distintas razas, estirpes y pueblos humanos. Para la prosperidad de la raza blanca se haría necesario imponer la capacidad plasmática germánica a la civilización latino-francesa, plasmáticamente envejecida. En este contexto se mueven sus novelas, generalmente históricas, en las que tiende a recrear a personajes de los
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siglos XVI y XVII, al tiempo que trata en ellas la problemática de una técnica despojada de alma. Destaca su trilogía dedicada a Paracelso (1917-1926), escrita en un alemán premeditadamente arcaizante. En 1945, el tribunal de Nuremberg le prohibió el ejercicio de su profesión durante cinco años a causa de su filiación nazi.
KRAUSE, ERNST LUDWIG (1839-1903).
Escritor alemán. Destacado divulgador científico y colega de Haeckel, con quien coeditó la revista Kosmos —principal órgano del darwinismo en Alemania entre 1870 y 1880—. En su obra capital, El país de Tuisko, la patria primigenia de las tribus y los dioses arios (1891), que contiene comentarios de los Veda, las Edda, la litada y la Odisea, Krause ubicó en el norte el origen de los arios y trató de demostrar su importancia en el desarrollo racial de Europa. Fue el primero en incorporar la esvástica como símbolo ario en la corriente del nacionalismo racial alemán.
KRIECK, ERNST (1882-1947).
Pedagogo alemán. Seducido por el nazismo desde muy pronto, ya en la República de Weimar confeccionó las bases de la pedagogía nacionalsocialista. En 1933 se convirtió en el primer rector nazi de una universidad alemana (Frankfurt). Su tratado Educación en política nacional (1932) se reeditó 23 veces. A Krieck, ferviente defensor de la ideología racial nazi, le fue prohibido el ejercicio de la docencia en 1945.
KROHN, FRIEDRICH (¿-?).
Dentista y folklorista aficionado. Miembro de la Sociedad Tule y de la Orden de los Germanos desde 1913, con su informe de trabajo del Instituto del Nacionalsocialismo y del Pueblo Alemán de 1919, titulado ¿Resulta apropiada la esvástica como símbolo del Partido Nacionalsocialista?, parece haber contribuido de forma esencial a la adopción de este símbolo por el Partido nazi.
KÜHN, JOHANNES (1887-1967).
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Historiador especializado en la teología alemana del siglo XVI. Profesor en la Escuela Técnica Superior de Dresde desde 192.8 a 1946 e ideológicamente afín al nazismo, publicó diversos textos pronazis, entre ellos El sentido de la guerra actual (1940). Después de la guerra siguió dando clases en Dresde y Leipzig, pero la disconformidad con el régimen político de la República Democrática Alemana lo llevó a abandonar este país y ocupar una plaza en la Universidad de Heidelberg en 1949.
KULKE, ERICH (1908-?).
Arquitecto alemán. De ideología nazi, Kulke se especializó en la vinculación entre arquitectura y agricultura y se convirtió oficialmente en el encargado de las investigaciones sobre construcción rural alemana durante el Tercer Reich [sangre y tierra]. Después de la guerra siguió publicando numerosos tratados sobre arquitectura rural.
LAGARDE, PAUL DE (1827-1891).
pseud. de paul boetticher.
Orientalista y escritor alemán. Aunque suele recordarse su cita de que «la alemanidad no reside en la sangre, sino en el alma», Lagarde era de talante profundamente antieslavo y antisemita. Extremadamente crítico con la tradición religiosa judeocristiana, Lagarde quiso ser el profeta de una nueva religión alemana de corte nacionalista y defendió la aniquilación del judaísmo en toda Europa a fin de que Alemania recobrara su autenticidad perdida. Propugnó la conveniencia de desterrar a todos los judíos a Madagascar, idea posteriormente retomada (y rápidamente desechada) por el nazismo. Antes de ser glorificado por el Tercer Reich, Lagarde ya contó con admiradores ilustres, como Thomas Carlyle y Thomas Mann (quien lo denominó praeceptor Germaniae), lo cual no ha de sorprender demasiado en el clima intelectual alemán de la segunda mitad del siglo XIX, obsesivamente interesado por encontrar una nueva religión capaz de sustituir al cristianismo. Fue especialmente destacada su influencia en Alfred Rosenberg.
LANZINGER, HUBERT (1880-1950).
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Pintor austríaco. Tras estudiar bellas artes en Viena, en 1911 participó en la exposición de la Secesión vienesa y destacó como pintor de guerra durante la Primera Guerra Mundial. Celebrado como retratista y paisajista, fue muy apreciado en el Tercer Reich, como lo demuestra el hecho de que en 1943 recibiera el premio Wolfgang Amadeus Mozart, concedido por las universidades de Múnich, Graz e Innsbruck a personajes destacados «de etnia bávara residentes en territorio alpino». Autor del retrato de Hitler El abanderado.
LASSEN, CHRISTIAN (1800-1876).
Indólogo noruego-alemán. Discípulo de Friedrich Schlegel y principal conocedor del sánscrito de su época junto con Eugene Burnouf, con quien escribió el Ensayo sobre el pali (1826), Lassen fue también un gran experto en literatura y filosofía hindú. Con su prestigio contribuyó a dar credibilidad a muchos futuros dogmas nazis, entre ellos el triunfo del más fuerte y la superioridad de la raza blanca.
LIEBENFELS, LANZ VON (1872-1954).
Religioso y ocultista austríaco. Educado en una familia fuertemente católica, Lanz von Liebenfels (cuyo nombre real era Adolf Joseph Lanz) ingresó en una abadía cisterciense en 1893. En 1899 fue expulsado por participar en el movimiento Separémonos de Roma de Georg Schönerer y por vulnerar el voto de castidad. Tras ganar una suma considerable de dinero mediante la venta de unas patentes, Lanz llevó a cabo su plan de fundar una orden ariocristiana inspirada en los templarios, a la que llamó Ordo Novo Templi. Una de las funciones de la orden era luchar contra los chandalas, nombre que recibe en la India una casta hindú baja y despreciada, retomado por August Strindberg para referirse a las razas inferiores. Lanz defendía la tesis de que la raza aria habría degenerado al practicar la sodomía con estas criaturas inferiores. Este tipo de teorías lo convertían, junto con Guido von List, en el principal representante de la corriente ariosofista. Entre 1905 y 1918 Lanz publicó la revista Ostara, que probablemente leyera Hitler durante sus años juveniles en Viena. Aunque actualmente la enorme importancia de las ideas de Lanz en el
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pensamiento de Hitler han quedado demostradas, Hitler no quiso saber nada de él una vez estuvo en el poder, e incluso llegó a prohibirle escribir.
LIENHARD, FRIEDRICH (1865-1929).
Escritor alemán. En 1903, respondiendo a su rechazo del naturalismo y de la literatura urbana, se retiró a vivir en los bosques de Turingia. En su panfleto El predominio de Berlín (1900) manifestó su programa cultural, contrario al centralismo de la capital y a la ideología del progreso, y se convirtió en el máximo representante del Heimatkunst o arte de la patria, que posteriormente encontraría su correlato en la literatura de sangre y tierra. En su novela Oberlin (1910), Lienhard clama en favor de una religión popular y trata temas del ámbito histórico y legendario alemán.
También es autor de una trilogía sobre Till Eulenspiegel (1896-1900) y, en 1900, de una obra sobre el rey Arturo.
LINDEN, WALTHER (1895-1943).
Historiador de la literatura. Simpatizante del nazismo, llevó a cabo una interpretación de gran parte de la literatura y filosofía alemanas afín a esta ideología. Expuso sus teorías en Cometidos de una ciencia nacional de la literatura (1933) y Literatura actual propia de nuestra raía (1935). Editó los textos antisemitas de Entero, así como las principales obras filosóficas de Nietzsche. También escribió tratados sobre la obra de Goethe y de Kleist. Murió por las heridas recibidas en combate.
LIPPERT, JULIUS (1839-1909).
Abogado, historiador y filósofo nacido en Bohemia. Tras trabajar como maestro de escuela, emigró a Alemania por motivos políticos en 1872. Se dedicó a la política hasta 1898. Publicó numerosos tratados sobre historia de la cultura y de las religiones desde un punto de vista etnológico, centrándose sobre todo en los territorios de lengua alemana.
LIST, GUIDO YON (1848-1919).
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Escritor austríaco. Muy influido por Madame Blavatsky, se puede decir que List germanizó la teosofía, convirtiéndose de este modo en el principal precursor del denominado ariosofismo. Tras una experiencia mística durante una visita a las catacumbas de la catedral de Viena, List tuvo la iluminación de recuperar el paganismo germánico como religión opuesta al cristianismo, idea reflejada en todas sus conferencias y escritos, tanto literarios como teóricos. Durante una ceguera transitoria que sufrió en 1902, List desarrolló su interpretación de las runas y de la lengua aria primigenia, así como el concepto de una gnosis germánica original, el armanismo, que habría pervivido clandestinamente durante los dos mil años de primacía cristiana. En 1911 su círculo de discípulos fundó la Orden de los Armanes (HAO), entre cuyos miembros se contaba Lanz von Liebenfels. Entre sus obras destacan la novela Carnuntum (1888), en la que describe la célebre victoria germánica contra los romanos, y los tratados El secreto de las runas (1908), La escritura ideográfica de los ariogermanos (1910) y El protolenguaje de los ariogermanos (1914). Las ideas de List siguen difundiéndose en círculos esotéricos y neopaganos.
LÓNS, HERMANN (1866-1914).
pseud. de fritz von der leine.
Escritor y periodista alemán, fue un destacado representante de la literatura costumbrista y patriótica alemana, inspirada en los característicos paisajes de Luneburgo (Baja Sajonia). La obra de Löns, en la que se ensalza la flora y fauna local, así como el campesinado, fue ampliamente divulgada durante el Tercer Reich como expresión literaria de la ideología de sangre y suelo. Su novela más celebrada fue El lobo defensivo (1910), de la que se editaron más de seiscientos cincuenta mil ejemplares y que daría nombre al grupo de resistencia nazi Werwolf («hombre lobo»).
LUEGER, RARE (1844-1910).
Político austríaco. Alcalde de Viena de 1897 hasta su muerte. Tras iniciar su carrera como abogado de los vieneses de clase media-baja, dio el salto a la política en 1875 gracias al apoyo obtenido mediante mítines populistas celebrados en cervecerías y tabernas. Personaje de gran
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popularidad, afirmaba combatir simultáneamente tanto el gran capital como el proletariado, en favor de la pequeña burguesía. Inicialmente fue aliado de Georg Schönerer y de su programa nacionalista alemán. Su defensa de la recatolización de Austria lo llevó a manifestarse contrario a los judíos y a liderar grupos de distintas procedencias unidos por un antisemitismo del que pronto se convirtió en encarnación simbólica. Para Hitler, Lueger fue un modelo por su capacidad de sugestionar a las masas y por emplear eficazmente la propaganda política, tal y como él mismo admite en Mein Kampf, si bien le reprochaba su apego al catolicismo. Después de la anexión de Austria en 1938, el Partido nazi sacó provecho de la gran popularidad que Lueger seguía teniendo en la memoria de los vieneses organizando un pomposo funeral para su hermana y convirtiéndolo en un héroe en la película propagandística Viena 1910.
MACKINDER, HALFORD JOHN (SIR) (1861-1947).
Geógrafo y político británico. Diputado en la Cámara de los Comunes entre 1910 y 1922, gran impulsor de la enseñanza de la geografía como disciplina académica y escolar y cofundador de la Universidad de Reading. En su libro Ideales democráticos y realidad (1904) estableció una oposición fundamental entre las potencias marítimas y las continentales, y desarrolló la tesis del heartland como territorio clave situado en el corazón del continente eurasiático cuyo control permitiría alcanzar el dominio del mundo [espacio vital]. En 1920, de regreso de su estancia en Rusia como alto comisionado británico, trató de conseguir el establecimiento de una alianza antibolchevique y propuso subdividir el Este de Europa en varios Estados a fin de disminuir el peligro que suponía la posesión rusa del heartland. Sus tesis, poco escuchadas en el ámbito anglosajón, fueron difundidas en Alemania por Karl Haushofer y constituyeron una de las bases de la geopolítica nazi.
MARBY, FRIEDRICH BERNHARD (1882-1966).
Impresor, publicista y ocultista alemán. Influido por la obra de Guido von List, Marby desarrolló su propia teoría de las runas, que combinó con su afición por la astrología. En 1924 fundó su propio periódico, llamado Der eigene Weg («El camino propio»), y a partir de 1931 publicó una serie
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de monografías sobre las runas. Wiligut censuró las teorías de Marby ante Himmler alegando que ponían en ridículo la sagrada herencia aria. Probablemente ello influyera en que se le denunciara como ocultista antinazi, por lo que fue internado en varios campos de concentración, entre ellos Dachau, donde permaneció hasta la liberación aliada en 1945. Después de esta fecha, Marby continuó con sus investigaciones y publicaciones ocultistas.
MEINERS, CHRISTOPH (1747-1810).
Historiador y etnógrafo alemán. Profesor universitario en Gotinga. En Esbozo de la historia de la humanidad (1785) e Investigaciones sobre la diferencia entre las naturalezas humanas (3 vol., 1811-1815) defendió la tesis, ya criticada por Herder, de la existencia de una diferencia esencial entre la bella estirpe blanca y los feos pueblos de color. Se le considera un precursor del racismo y el antisemitismo.
MOELLER VAN DEN BRUCK, ARTHUR (1876-1925).
Periodista y escritor. Representante de la llamada revolución conservadora [revolución], recibió la influencia del darvinismo, de Nietzsche y de H. S. Chamberlain. En la obra que le daría fama, el tratado político El Tercer Reich (1923), Moeller desarrolla una utopía histórica alemana marcada por un carácter antidemocrático e imperialista. A pesar de la eslavofilia de Moeller, el nazismo se apropió de las tesis expuestas en El Tercer Reich y las reinterpretó a su modo. El régimen nazi quiso ver su suicidio en 1925 como un acto de desesperación motivado por la situación aparentemente sin salida en la que se hallaba la Alemania de la República de Weimar.
MÖLLER, EBERHARD WOLFGANG (1906-1972).
Escritor y dramaturgo. Estrenó varias obras en el Berliner Staatstheater. Tras alcanzar gran éxito con su drama Donaumont o el regreso del soldado Ulises (1929) se unió a las SA. Desde 1934 fue asesor teatral del Ministerio de Propaganda de Goebbels y uno de los autores dramáticos más representados en la Alemania nazi. Coautor del panfleto
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antisemita El judío Süss (1940), base de la película homónima dirigida ese mismo año por Veit Harlan, Möller siguió escribiendo con escaso éxito después de 1945.
MONE, FRANZ-JOSEPH (1796-1871).
Historiador alemán. De talante católico y conservador, fue profesor de historia en las universidades de Heidelberg y de Lovaina donde se centró sobre todo en los estudios literarios, especialidad a la que dedicó numerosas publicaciones. Destaca especialmente su interés por el Cantar de los nibelungos. Fue director de un importante archivo de 1848 a 1871 y en 1857 publicó sus Investigaciones celtas sobre la historia de Europa central, en la que expone aventuradas tesis sobre las migraciones en Europa.
OSSENDOWSKI, FERDYNAND A. (1878-1945).
Físico, geógrafo y escritor polaco. Fue ingeniero de minas en Siberia hasta que se vio obligado a huir después de la revolución bolchevique. Fue muy celebrado, especialmente en círculos esotéricos, el relato de su huida por Mongolia y el Tíbet, Animales, hombres y dioses (1920-1921), en el que describió vívidamente tanto los excesos revolucionarios de los comunistas como su viaje a través de un territorio por entonces prácticamente desconocido para Occidente, al tiempo que daba a conocer públicamente los nombres de los legendarios reinos sagrados tibetanos de Agarti y Schamballa. Pasó un tiempo internado en Siberia y recreó su experiencia en En el presidio siberiano (1925), libro que fue condenado por el gobierno soviético. Gran viajero, recorrió los continentes de Asia, América y África y describió sus vivencias en numerosas publicaciones.
PABST, GEORG WILHELM (1885-1967).
Actor y cineasta de origen austríaco. Tras una carrera como actor teatral en Viena, decidió dedicarse a la dirección cinematográfica. Su primer éxito le llegó con Ea calle triste (1924), en la que ya analizaba la vinculación entre dinero, sexo y poder que iba a ser una constante de sus películas. A pesar de la orientación crítica, pacifista e izquierdista de Pabst
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y de la gran liberalidad sexual de sus filmes, que hacían de él un representante característico de la cultura de la República de Weimar, acabó trabajando para el cine nazi en circunstancias confusas. Para algunos lo hizo forzado por la situación, mientras otros lo tacharon de oportunista. La película más destacada de esta etapa es Paracelso (1943), que muestra evidentes afinidades con la propaganda nazi. Después de la guerra, Pabst rodó varias películas críticas respecto al régimen entre las que destaca El último acto (1955), que relata los postreros días de Hitler.
PENKA, KARL (1847~?).
Filólogo y lingüista austríaco. Se dedicó al estudio de la lingüística y etnología arias. Fundador de la teoría germánico-escandinava, proclamada en sus libros Origines Ariacae (1883) y La procedencia de los arios (1886), según la cual la raza aria tendría un origen escandinavo, invalidando así la tesis de la procedencia asiática.
PLETTENBERG, BERNHARD VON (CONDE DE) (1903-?).
Pintor y escultor alemán. Junto con Josef Thorak y Arno Breker, uno de los principales representantes de la escultura nazi. Su obra era muy apreciada por Hitler. En 19321 933 esculpió dos figuras para un monumento a los soldados caídos en Hovestadt. Se le encargó la creación de las esculturas sobredimensionadas que debían decorar el Puente de los Nibelungos de Linz.
PUDOR, HEINRICH (1865-1941).
Músico, pintor y escritor alemán. Combinó su carrera como compositor y violoncelista con el estudio de filosofía, historia del arte y arqueología. De vehemente ideología nacionalista y antisemita, escribió diversos tratados sobre música alemana y sobre arte, además de dedicarse a temas diversos como la pedagogía, la historia del vestido o La influencia de la luz en el organismo humano (1905). A partir de los años treinta se aprecia un sesgo cada vez más afín al nazismo en los títulos de sus obras, que culminaría en 1939-194º con su autobiografía Mi vida. Combate contra Judea en pro de la raza aria.
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RAHN, OTTO (1904-1939).
Romanista alemán. Durante su estancia en París en 1930 entró en contacto con las corrientes esotéricas francesas, que reavivaron su interés juvenil por el catarismo y la búsqueda del Grial. En 1931 viajó al sur de Francia para profundizar en sus estudios y allí formó parte del círculo que rodeaba a los Pelaires, un grupo ocultista que creía en la superioridad de la raza nórdica y en la cosmogonía glacial [hielo]. Acusado de espionaje por las autoridades francesas locales, en 1932 regresó a Alemania, donde difundió con éxito sus teorías sobre el catarismo como religión aria primigenia oprimida por el cristianismo; además publicó su Cruzada contra el Grial que recibió una favorable acogida en círculos nazis. No obstante, su francofilia y su homosexualidad le generaron problemas, especialmente después de la Noche de los Cuchillos Largos, en junio de 1934, situación de la que salió airoso gracias a la intercesión de Karl María Wiligut ante Himmler. En 1936 Rähn pudo entrar por fin en su admirada SS, en la que veía una renovación de la orden de los templarios y bajo cuyos auspicios viajó por Europa septentrional. En publicó La corte de Lucifer, que suscitó el entusiasmo de Himmler, quien regaló a Hitler un ejemplar de lujo. El 17 de marzo de 1939 los problemas de Rahn con el alcohol, su homosexualidad y sus incipientes dudas respecto al sistema le valieron la expulsión de las SS. Sin embargo, cuando llegó la orden Rahn ya había abandonado Alemania. En mayo de 1939 se encontró su cadáver en los Alpes tiroleses, donde se había suicidado con una sobredosis de somníferos. Este extraño final, ensalzado por los nazis como manifestación máxima del sentido del honor, ha dado lugar a las más diversas especulaciones en círculos esotéricos.
RATZEL, FRIEDRICH (1844-1904).
Geógrafo y antropólogo alemán. Detractor de la teoría evolucionista y defensor del determinismo geográfico, fundó la disciplina de la antropogeografía, que considera predominante la investigación humano-geográfica sobre la geografía física convencional. Sus principales obras son Las razas humanas (1885-SS) y Geografía política (1897). Sentó las
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bases para el desarrollo posterior de la geopolítica, disciplina en la que se inscribe el concepto de espacio vital.
REICHSTEIN, HERBERT (1892-1944).
Ocultista y publicista alemán. Editor de Lanz von Liebenfels desde 192.5, Reichstein dirigió también una asociación de ocultistas arios afines al nacionalismo étnico alemán que un año después pasó a llamarse Sociedad Ariosófica y que disponía de su propia revista y publicaciones monográficas. Rudolf Gorsleben fue uno de sus miembros. Mediante su Sociedad, Reichstein pretendía poner los conocimientos mánticos de sus miembros a disposición de todos los arios que lo merecieran y cumplir la voluntad de los antiguos armanes. En 1931 la Sociedad pasó a llamarse Central Cultural Ariosófica. Con las múltiples actividades que impulsó — cursos, reuniones y conferencias en numerosas ciudades alemanas, llevadas a cabo por sus distintas asociaciones—, Reichstein contribuyó a popularizar el ariosofismo y a extender su ámbito originalmente sectario. Lógicamente fascinado por el nazismo, en 1933 Reichstein se trasladó a Berlín, donde publicó hasta su muerte, en 1944, un periódico semanal Arische Rundschau («Revista aria»).
REUTER, OTTO SIGFRID (1876-1949).
Telegrafista y escritor alemán. Combinó su trabajo como funcionario de Correos con la redacción de diversos tratados escritos bajo la perspectiva del nacionalismo étnico alemán. Se dedicó a investigar de forma diletante sobre la prehistoria germánica y trató de reconstruir una supuesta religión original aria capaz de sustituir al cristianismo. Entre sus publicaciones destacan ¿Sigfrido o Cristo? Una llamada al combate (1910) y Los enigmas de la Edda y la fe original aria (2 vol., 1922-1923).
RIEFENSTAHL, LENI (1902-2003).
Actriz y cineasta alemana. Inició su carrera como actriz bajo la dirección de Arnold Fanck, famoso por sus películas de alta montaña, quien la introdujo en el manejo de la cámara. Su primera película como directora es La luz azul (1932), en la que también interpreta el papel
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principal. A partir de 1933 realiza dos importantes películas de propaganda de carácter documental por encargo de Hitler, quien siempre la apoyó: La victoria de la fe (1933) y El triunfo de la voluntad (1934), a las que seguiría su documental en dos partes sobre los Juegos Olímpicos de 1936: Fiesta de los pueblos y Fiesta de la belleza. Su extraordinario talento en el manejo de la cámara y su habilidad para captar la atmósfera sugestiva del nazismo la han convertido en la representante más conocida de la propaganda nazi. En los diversos procesos de desnazificación a los que fue sometida obtuvo la categoría de simpatizante. Después de 1945 prosiguió su carrera como fotógrafa, para lo que viajó repetidas veces a África para su reportaje fotográfico sobre los Nuba de Sudán. Con más de setenta años aprendió a bucear y se dedicó a la fotografía submarina. Sus memorias (1987) constituyen un importante, aunque controvertido, testimonio histórico sobre el nazismo.
ROSENBERG, ALFRED (1893-1946).
Político e intelectual alemán de origen báltico. Miembro de la Sociedad Tule desde 1919, se afilió al DAP (Partido Obrero Alemán), antecedente del NSDAP (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán), en 1921. Trató de convertirse en el ideólogo en jefe del nazismo, para lo que publicó su obra capital El mito del siglo XX (1930), que, junto con Mein Kampf, fue uno de los documentos principales en que se basó la cosmovisión nazi, aunque Hitler se negara explícitamente a considerarlo la doctrina oficial del Partido. No obstante, esta obra de Rosenberg fue la lectura más extendida entre los miembros del cuerpo de elite de las SS, sobre el que ejerció una considerable influencia. Rosenberg parece haber escogido el título de su obra en evidente analogía con Los fundamentos del siglo XIX de su admirado antecesor ideológico Chamberlain, probablemente alentado por su éxito. Según Rosenberg, la raza nórdica se habría extendido gracias a tres oleadas migratorias sucesivas: en primer lugar, la de los indoeuropeos, creadores de las culturas clásicas; a continuación, las migraciones germánicas, piedra angular de todos los estados nacionales de Europa; y, por último, la colonización de la nueva época, que acabaría abarcando el globo entero. En 1934 fue nombrado encargado del Führer para la supervisión de la totalidad de la instrucción y educación espiritual e ideológica del NSDAP, y en 1941 fue ministro del
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Reich para los territorios ocupados. Fue condenado a muerte en Nuremberg y ejecutado en 1946.
SCHAFER, ERNST (1910-1992).
Ornitólogo. Hijo de industriales influyentes, pronto se propuso dedicar su vida a la exploración del Tíbet, territorio prácticamente ignoto por entonces. Ya entre 1930 y 1932 y entre 1934 y 1936 pudo participar en las expediciones del americano Brook-Dolan. Su tercera expedición (1938-1939) fue encargada y financiada por el departamento Herencia Ancestral (Ahnenerbe) de las SS. Schäfer fue miembro de las SS desde 1930, y desde 1940 del citado departamento, en el que se hizo con el control de las investigaciones de ciencias naturales y de los estudios orientales. Schäfer hacía público su racismo de forma tan desinhibida que llegó a parecerle políticamente inaceptable al propio Himmler, quien lo conminó a detener la publicación de su libro El secreto del Tíbet. Las SS le encomendaron una misión especial en Afganistán con el objetivo de perjudicar los intereses británicos en la región, así como una exploración del Cáucaso con fines estratégicos, aunque ninguna de las dos llegó a realizarse. Entre 1940 y 1945 centró gran parte de sus esfuerzos en la cría de caballos de gran resistencia con vistas a la futura colonización de Rusia. Después de la guerra trató de distanciarse públicamente del departamento Herencia Ancestral.
SCHÖNERER, GEORG (1842-192 i).
Político austríaco. Ferviente partidario de la anexión de Austria al Reich alemán y defensor del antisemitismo racial. Bajo el lema «Los von Rom!». («¡Separémonos de Roma!»)., fue anticatólico y defensor del nacionalismo alemán de base protestante como sustitutivo de la religión cristiana. En 1888, debido a su ataque con porras al periódico liberal Neue Wiener Tagblatt, fue condenado a prisión y despojado de todos sus cargos políticos en el Reichsrat, aunque los recuperaría en 1897, Hitler admiró e imitó en muchos aspectos a Schönerer, aunque supo reconocer el error político que había supuesto su campaña anticatólica, y en 1941 hizo poner una placa conmemorativa en la casa natal de Schönerer y le dio su nombre a la antigua plaza de los Habsburgo de Múnich.
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SCHOPENHAUER, ARTHUR (1788-1860).
Filósofo alemán. Aunque su obra capital es El mundo como voluntad y representación (1819-1844), en el que desarrolla su influyente concepto de la voluntad como vía de acceso al mundo, fueron sus escritos Parerga y paralipomena (1851) los que, gracias a su estilo más accesible, contaron en un principio con un mayor éxito de público tanto en Alemania como en Francia e Inglaterra. En ellos, Schopenhauer establece una marcada distinción entre las formas cristiana y judía de pensamiento religioso y critica el hedor judío (foetor judaicus) que supuestamente estaría ahogando el mundo occidental con su fe en el bien y en la razón. La regeneración de Europa según su admirado modelo indio no se produciría hasta que todo el continente se viera depurado de todo vestigio de mitología judaica. Estas ideas, así como una interpretación sesgada de su concepto de voluntad, tuvieron gran influencia en la cosmovisión nazi. El propio Hitler declaró que Schopenhauer había sido su maestro, incluso en mayor medida que Nietzsche.
SCHUCHHARDT, KARL (1859-1943).
Filólogo y arqueólogo alemán. Participó en excavaciones arqueológicas realizadas en Pérgamo. Desde 1925 dirigió la sección de prehistoria del Museo Etnológico de Berlín. Escribió varios tratados sobre arqueología e historia del arte, entre los que destaca La vieja Europa en la evolución cultural y estilística (1919). Fue, además, un ferviente defensor de la tesis del origen nórdico de la cultura.
SCHULER, ALFRED (1863-1923).
Conferenciante y escritor alemán. Aficionado a la arqueología, Schuler fue un gran admirador de los antiguos romanos y de las religiones paganas. En su obra principal, Cosmogoniae fragmenta (inédita hasta 1997), Schuler expresó su admiración por Nietzsche, quien por entonces ya vivía enajenado en Weimar. Schuler intentó curarlo mediante una representación fallida de danzas corifeas. Más adelante entró en contacto con el círculo del poeta Stefan George, con el que fundó el grupo poético-
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esotérico Los Cósmicos. Gran enemigo de la tradición religiosa judeocristiana, Schuler confiaba en el advenimiento de un nuevo mundo por medio del secreto de la sangre. Su virulento antisemitismo, mal recibido por los restantes Cósmicos, provocó la ruptura con ellos en 1904. A partir de 1915, Schuler inició su carrera como conferenciante y profeta de una nueva era, y fue volviéndose un personaje cada vez más extravagante. Aunque el propio Schuler no experimentara especial simpatía por el nazismo emergente, al que consideraba un profanador de la esvástica, Hitler asistió con interés a una de sus charlas en 1922. Aun tratándose de un claro precursor de diversos elementos de la cosmovisión nazi, en términos generales Schuler cayó en el olvido durante el Tercer Reich. Tan sólo su admirador y amigo Ludwig Klages trató de mantener viva su memoria, para lo que editó algunos de sus textos y escribió su biografía, aunque depurando el conjunto del antisemitismo y la hemofilia de Schuler. Como poeta, Schuler influyó en los Sonetos a Orfeo de Rilke.
SCHULZE-NAUMBURG, PAUL (1869-1949).
Arquitecto, pintor y crítico de arte. Nombrado director de la Escuela de Bellas Artes de Weimar en 1930, se mostró hostil a la modernidad de la Bauhaus, que consideraba ajena al espíritu alemán. Aunque Hitler no apreciaba particularmente su obra, fue uno de los más influyentes teóricos de la estética nazi y realizó obras relevantes, como el memorial a Nietzsche en Weimar. Entre sus publicaciones destacan Arte y raza (1928) y Belleza nórdica (1937).
SCHUMANN, GERHARD (191 I-1995).
Escritor alemán. Miembro de la Unión de Estudiantes Nazis y posteriormente de las SA, durante el Tercer Reich fue un alto funcionario encargado de cuestiones teatrales. Schumann ensalzó en sus obras la historia alemana y la fidelidad incondicional al Führer y recibió varios premios literarios por sus poemas y dramas. Diseñó las distintas etapas de la fiesta pagana que debía conmemorar a los caídos en el fallido golpe de Estado nazi de 1923. Después de la guerra fundó su propia editorial (Hohenstaufen Verlag), dedicada a la publicación y difusión de textos nazis o filonazis.
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SEBALDT VON WERTH, MAX FERDINAND (1859-1916).
Viajero y escritor alemán vinculado al teosofismo. Inició su carrera literaria como editor de la revista El cristianismo aplicado (1891), afín al movimiento protoecologista de la Lebensreform («reforma vital»). En sus tratados Wanidis (1897) y D. I.S. Religión sexual (1897) escribió la sexualidad religiosa de los arios, centrada en una eugenesia que permitía mantener la pureza de la raza. Sebaldt anticipó el ariosofismo al combinar doctrinas raciales con extravagantes interpretaciones de la mitología germánica. Postulaba que el Universo había surgido de un caos primigenio y se había asentado en un dualismo polar entre el espíritu y la materia y los principios masculino y femenino, manifestando una tendencia gnóstica común en la cosmovisión nazi. Influyó en Guido von List.
SEBOTTENDORF, RUDOLF VON (1875-1945).
pseud. de adam alfred rudolph glauer.
Técnico, viajero y esotérico alemán. Los conocimientos técnicos de Sebottendorf le permitieron encontrar trabajo en las salas de máquinas de diversos transatlánticos y realizar así largos viajes. Fue asesor de un virrey de Turquía, lo que le permitió entrar en contacto con la mística sufí, la cábala judía y la alquimia. En 1913, de nuevo en Alemania, entró en contacto con los círculos ariosofistas que rodeaban a Guido von List. Convertido en un nacionalista fanático y antisemita, Sebottendorf publicó algunos tratados como experto en runas y en astrología. En 1918 fundó en Múnich la Sociedad Tule, considerada la cuna del nazismo. Tras la ejecución de siete de sus miembros por la recién instaurada República de los Consejos de Baviera, de inspiración soviética, Sebottendorf fue acusado por la Sociedad de cobardía ante el enemigo, lo que lo obligó a abandonarla en 1919. Tras una nueva estancia en Turquía, Sebottendorf regresó a Múnich en 1933, alentado por la subida al poder de los nazis. Su libro Antes de que llegara Hitler (1933), donde destacó el papel de la Sociedad Tule en el desarrollo del nazismo, fue muy mal recibido por el régimen y le costó dos períodos de arresto. Nuevamente en Turquía, murió ahogado en el Bósforo en extrañas circunstancias.
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SPEER, ALBERT (1905-1981).
Arquitecto y político. Miembro del Partido nazi desde 1931, Speer logró despertar muy pronto la atención de Hitler gracias a su reforma del Ministerio de Propaganda de Goebbels y a sus escenografías para los Congresos del Partido en Nuremberg. Convertido en amigo personal de Hitler, pronto recibió el encargo de construir la Cancillería del Reich, así como la ambiciosa remodelación urbanística de Berlín (Germania). En febrero de 1942 sustituyó a Fritz Todt, muerto en un accidente de avión en extrañas circunstancias, como ministro de Armamento y Munición. Se cree que la proverbial eficacia organizativa de Speer en este cargo clave contribuyó a alargar el fin de la guerra en más de un año. En los meses que precedieron a la derrota, Speer se opuso a la orden de «tierra quemada» en territorio alemán impartida por Hitler. En los procesos de Nuremberg, Speer fue el único nazi, junto con Baldur von Schirach y Hans Frank, que se declaró culpable. Fue condenado a veinte años de prisión, que cumplió íntegramente. Tras ser liberado escribió sus Memorias (1969), que constituyen un documento excepcional sóbrelas entrañas del régimen nazi.
SPENGLER, OSWALD (1880-1936).
Historiador y filósofo influido por Nietzsche. Muy afectado por la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, fue un representante de la llamada revolución conservadora. Su pesimista teoría histórica de los ciclos culturales, expuesta en su obra capital La decadencia de Occidente (1918-1922), según la cual todas las culturas son como organismos vivos irremediablemente destinados a entrar en decadencia y morir, fue rebatida por Rosenberg, quien afirmaba que una cultura puede hacer frente a ese destino por medio de la voluntad del pueblo que la integra. Con todo, el nazismo también pudo verse en cierta medida legitimado por esta visión que convertía su llegada al poder en una señal inevitable del destino. Sin embargo, y aun a pesar de haber presagiado la llegada de un nuevo César a Alemania, Spengler siempre sintió un gran desprecio por Hitler y los nazis, diana de sus más feroces ironías.
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SRBIK, HEINRICH RITTER VON (1878-1951).
Historiador austríaco, profesor en Graz y Viena. Simpatizante nazi y miembro del Reichstag desde 1938, fue presidente de la Academia de Ciencias de Viena de 1938 a 1945. Ardiente defensor de la anexión de Austria al Tercer Reich, Srbik defendió esta idea en gran parte de los tratados históricos que escribió hasta 1945.
STAUFF, PHILIPP (1876-1923).
Periodista suizo. Editó su propio periódico nacionalista, Wegweiser und Wegwarte («Indicador y observador del camino»), a partir de 1907, tarea que prosiguió en 1910, ya en Alemania, con otro periódico similar. A finales de este mismo año creó una sociedad de autores afines al nacionalismo étnico entre los que figuraba Lanz von Liebenfels. En 1918 fundó unos anuarios cuyo propósito era identificar a los judíos que se habían incorporado con el transcurso del tiempo a la aristocracia alemana, así como a los judíos en activo en la vida pública, lo que le valió un proceso jurídico e innumerables protestas y desmentidos. En 1910 pasó a formar parte de la Sociedad List y participó en las reuniones de la Asociación Armanista [armanes], ala que apoyó económicamente. En 1912 Stauff publicó Las casas de las runas, y en 1913 afirmó haberse comunicado con antiguos sacerdotes de la religión armana en unas sesiones espiritistas. Reeditó las obras de Guido von List, de quien fue el principal discípulo, y se suicidó en 1923.
STEINER, RUDOLF (1861-1925).
Filósofo austríaco, fundador de la antroposofía. Muy influido por la filosofía de la naturaleza de Goethe, cuyos escritos científicos editó, en 1913 se separó de la Sociedad Teosófica —a la que se había adherido en Berlín— para fundar la Sociedad Antroposófica, cuya sede ubicó en Dornach (Suiza), en el edificio Goetheanum que construyó para tal efecto. La antroposofía, aunque se distingue de la teosofía por atribuirle una mayor importancia al ser humano en el cosmos, comparte con ésta su carácter sectario y ocultista. Aunque la antroposofía fue perseguida
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durante el Tercer Reich, muchos aspectos de la doctrina de Steiner influyeron en la cosmovisión nazi, que no tuvo reparos en incorporarlos y adaptarlos. Rudolf Hess, por ejemplo, fue un ferviente steineriano.
STRATZ, CARL HEINRICH (1858-1924).
Ginecólogo y cirujano alemán. Tras ampliar sus estudios en América, China y Japón, desde 1898 trabajó como ginecólogo en La Haya. Además de diversos tratados de ginecología, escribió obras de antropología racial como La belleza racial de la hembra (1901) o La doctrina racial (1924). También redactó monografías, ilustradas por él, como La representación del cuerpo humano en el arte (1914).
STREICHER, JULIUS (1885-1946).
Político y editor alemán. Miembro temprano del Partido nazi (1921) y jefe regional de Franconia desde 1928, Streicher perdió todos sus cargos en 1940, acusado de corrupción y tras haber tenido desavenencias con altos cargos nazis. Su principal contribución ideológica al régimen nazi fue la fundación, en 1923, del periódico antisemita Der Stürmer («El asaltante»), cuya vulgaridad y virulencia llegaron a resultar molestas incluso a algunos nazis convencidos. Esta publicación, de distribución amplia y gratuita, recurría a los relatos morbosos e incluso pornográficos como cebo para atraer a las masas menos educadas y transmitirles su mensaje antisemita. Entre sus temas favoritos se contaban los relatos de la seducción de mujeres arias por parte de judíos sin escrúpulos, así como supuestos homicidios rituales, y llamaba a la población aria a denunciar a los filosemitas. Streicher fue condenado a muerte en el proceso de Nuremberg por crímenes contra la humanidad y ejecutado en octubre de 1946.
TEUDT, WILHELM (1860-1942).
Párroco protestante. Tras abandonar su cargo religioso en 1908, dirigió diversas organizaciones culturales de carácter populista y nacionalista. Desde 1920 se dedicó en exclusiva a los estudios sobre prehistoria germánica, organizados en torno a sociedades sectarias en las que él
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desempeñaba el papel de profeta o visionario. Realizó investigaciones pseudocientíficas en torno a los Externsteine y publicó sus tesis en 1929 bajo el título de Santuarios germanos. Ferviente seguidor del nazismo desde sus inicios, Teudt no tardó en recibir la protección de Himmler. No obstante, en 1936 su centro de estudios germánicos de Detmold fue integrado al departamento Herencia Ancestral (Ahnenerbe) de las SS, lo que implicó que Teudt perdiera el control sobre él y dimitiera como director en 1938. A pesar de la manifiesta mentalidad nazi de Teudt y de su virulento nacionalismo pangermánico, algunas de sus tesis sobre los antiguos germanos no terminaban de encajar con la visión de las SS, a la que por otra parte molestaba el marcado diletantismo científico de Teudt.
TIETJEN, HEINZ (1881-1967).
Director teatral. De 192531 930 fue intendente de la Staatsoper de Berlín, y de 1927 a 1945 intendente general del Staatstheater de Prusia. Winifred Wagner le propuso a este protegido de Göring, con el que terminaría teniendo una duradera relación sentimental tras enviudar de Siegfried, la dirección artística del Festival de Bayreuth. Tietjen se entregó a esta tarea de 1933 a 1944, y se convirtió en un especialista en la puesta en escena de las óperas de Wagner. Después de la guerra siguió trabajando como director operístico en Hamburgo y Berlín Oeste.
TODT, FRITZ (1891-1942).
Político e ingeniero alemán. Miembro del Partido nazi desde 1922, y de las SA desde 1931, Todt se destacó a partir de 1933 por su ocupación como inspector general de la red viaria alemana y se encargó de la construcción de las —autopistas, sobre las que redactó escritos teóricos. La tropa especial que organizó y que llevaba su nombre, la Organización Todt, realizó importantes obras logísticas durante la guerra. Desde 1940 hasta su misteriosa muerte en accidente aéreo, Todt fue ministro de Armamento, cargo en el que lo sustituyó Albert Speer.
TREBITSCH, ARTHUR (1880-1927).
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Escritor austríaco, amigo de Otto Weininger. Abandonó la comunidad judía en 1909 y a partir de entonces negó su filiación semítica. Personaje de naturaleza violenta, frustrado por el escaso éxito de sus escritos, aquejado de delirios de grandeza y de manía persecutoria, tras la Primera Guerra Mundial viajó como conferenciante de ciudad en ciudad alertando del peligro judío, aunque sin ser tomado demasiado en serio. En los años veinte Trebitsch, hombre adinerado, se convirtió en uno de los primeros en financiar el Partido nazi de Hitler, quien sentía gran admiración por él. Trebitsch escribió diversos panfletos antisemitas, entre ellos Espíritu alemán o judaísmo (1919).
WEIGEL, KARL THEODOR (1892-1953).
Archivero, fotógrafo, coleccionista y folklorista aficionado. En 19 37, la Central de Investigaciones Simbólicas que Weigel había fundado un año antes fue incorporada, junto con su valioso archivo, al departamento Herencia Ancestral (Ahnenerbe) de las SS. Aunque sus conocimientos científicos eran escasos y propios de un diletante, Weigel poseía un certero instinto en el campo del coleccionismo, en su caso centrado en la captación fotográfica de símbolos en el territorio alemán. Además de trabajar en la catalogación de las fotografías y muestras obtenidas, a partir de 1939 trabajó como guía de las Externsteine en las visitas efectuadas al lugar por miembros de las SS y del ejército. A pesar de su escasa formación científica, hacia 1944 cumplió al fin su deseo de ser nombrado director del Departamento de Simbología. Entre sus publicaciones más conocidas y vendidas destaca Runas y símbolos (1935).
WEININGER, OTTO (1880-1903).
Filósofo austríaco. Judío convertido al protestantismo en 1880. Alcanzó un enorme éxito con su tesis doctoral Sexo y carácter, publicada en 1903, que tuvo incontables ediciones y fue traducida a todas las lenguas europeas. En ella se oponen los principios positivos de lo masculino, ario y creativo a los negativos de lo femenino, judío y degenerado. Influyó en la cosmovisión nazi por su antisemitismo (especialmente adecuado para la exaltación propagandística por proceder de un judío), su extrema misoginia y su crítica a la ciencia racionalista moderna. Weininger
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escenificó cuidadosamente su propio suicidio, llevado a cabo a los veintitrés años en la misma casa en que murió Beethoven, que se interpretó como la consecuencia lógica de la crisis de identidad que le causaba su ascendencia judía. Hitler dijo de él que era el único judío decente que había conocido y el único que merecía vivir.
WILIGUT, KARL MARIA (l 866-1946).
alias «weisthor».
Militar y visionario alemán. Conocido como el «Rasputín de Himmler», Wiligut desarrolló una brillante carrera militar hasta su jubilación en 1919. Interesado desde muy pronto por el ocultismo, sus primeros textos neopaganos empezaron a publicarse en 1908, fecha en la que aparecieron los nueve mandamientos germánicos, que hizo circular entre los grupos ariosofistas. Víctima de arrebatos de violencia y de delirios de grandeza, en 19 24 Wiligut fue internado en un sanatorio psiquiátrico por deseo de su mujer, quien se divorció de él en 1927. Al salir del sanatorio siguió contando con la fidelidad de sus seguidores ariosofistas, a los que convenció de estar dotado de la capacidad de recordar el saber de sus remotos antepasados germánicos. En 1933 conoció a Heinrich Himmler, a quien impresionó profundamente. Ese mismo año entró en las SS bajo el nombre de Weisthor donde ascendió con gran rapidez. Wiligut fue una especie de asesor ceremonial de las SS, a cuyos miembros casaba según un ritual neopagano creado por él, y fue también el diseñador del anillo de la calavera que se otorgaba a los miembros destacados de la organización. Gran intrigante, fue responsable de la caída en desgracia de sus rivales ideológicos, como Giulio Evola, actitud que le ganó muchos enemigos en las SS. Uno de ellos logró obtener el informe médico de su estancia en el psiquiátrico, lo que provocó su dimisión de las SS en 1939. Con todo, Himmler siguió haciéndole consultas ocasionales y se encargó de proporcionarle un retiro digno. Tras ser internado en un campo de refugiados por las fuerzas británicas en 1945, Wiligut sufrió una embolia que lo paralizó y le dejó sin habla. Liberado del campo, murió en 1946. Algunos de los lemas de Wiligut perviven todavía entre grupos de neonazis y en los textos de algunos grupos musicales de heavy metal.
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WILSER, LUDWIG (¿-?).
Filólogo y antropólogo alemán. Ferviente defensor del nacionalismo étnico y prolífico escritor, fue uno de los numerosos defensores de la tesis de que habría sido el norte de Europa, y no la India, la auténtica cuna de la humanidad. La mayor parte de sus obras, entre las que destaca Procedencia y prehistoria de los arios (1899), trata de probar este supuesto.
WIRTH, HERMAN (1885-?).
Doctor en filología germánica. Pangermanista desde su primera juventud, este holandés nacionalizado alemán se enroló como voluntario en el ejército de Guillermo II en la Primera Guerra Mundial, por lo que el Káiser le concedió en 1916 un título universitario honoris causa. En sus polémicas publicaciones pseudocientíficas, como El ascenso de la humanidad (1928), Wirth defendió la existencia de una religión monoteísta primigenia, originada en el norte de Europa, que él se había propuesto revitalizar a fin de lograr el renacimiento de la raza nórdica, y trató de adaptar a la cosmovisión nazi la idea de un matriarcado original. En 1925 se afilió al Partido nazi. Con su edición y traducción en 1933 de la Crónica de Ura Linda —cuya autenticidad como manuscrito medieval defendía en contra de la fundada opinión académica, que lo consideraba falso y lo databa en el siglo XIX—, Wirth desencadenó un enorme escándalo. En 1934 conoció a Himmler, quien lo tomó por un sabio injustamente perseguido por la ciencia oficial y lo contrató para poner en marcha el departamento Herencia Ancestral (Ahnenerbe) de las SS. Cuando en 1938 el diletantismo de Wirth se hizo demasiado embarazoso, fue expulsado de las SS. No obstante, siguió manteniendo contacto con Himmler, quien lo apoyó económicamente. Después de la guerra, Wirth trató de excusar su papel en el Tercer Reich alegando falsamente que su destitución se había debido a graves diferencias ideológicas.
WÜST, WALTHER (1902-?).
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Experto en cultura indoeuropea. Profesor universitario en Múnich desde 1926 y temprano simpatizante del nazismo, contaba con el prestigio de un intachable curriculum académico. En 1936 conoció a Himmler y pasó a formar parte del departamento Herencia Ancestral (Ahnenerbe) de las SS, donde conspiró hasta acabar sustituyendo a Herman Wirth. En 1941 fue nombrado rector de la Universidad de Múnich. En 1950 fue juzgado y absuelto por un tribunal popular de desnazificación en Múnich. La responsabilidad por las actividades criminales del departamento Herencia Ancestral, de las que era parcialmente responsable, fue atribuida al gerente Wolfram Sievers, ejecutado en 1945.
ZIEGLER, HANS SEVERÜS (1893-1978).
Director teatral. Desde 1924 fundó y dirigió el semanario Der Völkische («El nacionalista étnico»), posteriormente rebautizado Der Nationalsozialist. De 1925 a 1931 fue responsable del Partido nazi en Turingia. En 1932 publicó un folleto sobre la forma en que se había de enfocar la cultura bajo la perspectiva nazi. En 1933 fue nombrado director artístico del Nationaltheater de Weimar. Aun sin tener formación musical, en 1938 organizó en Düsseldorf la exposición «Música degenerada», en la que fue especialmente vilipendiada la música negra del jazz.
ZIEGLER, MATTHES (1911-1993).
Folklorista y teólogo alemán. Convencido seguidor de la ideología nazi, ocupó cargos destacados en la dirección del Partido, de cuya revista mensual fue redactor jefe. Fue un importante colaborador de Alfred Rosenberg y como folklorista llevó a cabo estudios sobre el papel de la mujer en el cuento popular alemán. Entre sus publicaciones destaca El folklore sobre una base racial (1936). .
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Página 389
ÍNDICE ONOMÁSTICO
Adam, Peter, 96.
Ahasverus, 351.
Akenatón (Amenofis IV), 432.
Alarico, 158.
Albrecht, 265.
Aiderman, Sidney S., 253.
Alejandro Magno, 158.
Amfortas, 289, 290, 292.
Anders, Richard, 257.
André, Marius, 266.
Andree, Richard, 331, 425.
Anquetil-Duperron, 52.
Anteo, 171.
Antonescu, Ion, 396.
Apolo, 185, 219.
Arendt, Hannah, 225.
Ares, 382.
Arias, Jaime, 268.
Aristóteles, 22.
Arminio, 348, 351.
Arnold, Thomas, 46, 47.
Aron, Raymond, 20.
Aryaman, 53.
Atila, 158, 250, 271, 272.
Atlas, 169,171.
Aton, 351.
Avicena, 152.
Baartman, Sara, 421, 422.
Bachofen, Johann Jakob, 185.
Baeumler, Alfred, 274, 275.
Baldur, 89, 90.
Barlach, Ernst, 97.
Basilides, 90.
Página 390
Bataille, Georges, 279.
Baudelaire, Charles, 94.
Baur, Hans, 150.
Bavaud, Maurice, 196.
Beger, Bruno, 378, 379, 422, 425-426.
Behrenbeck, Sabine, 297.
Benes, Eduard, 211.
Benjamin, Walter, 166.
Benn, Gottfried, 175, 426.
Benoit, Pierre, 79.
Bergelmir, 78.
Bergman, Ingmar, 261.
Bergman, Ingrid, 324.
Bermuth, Fritz, 41.
Bertram, Ernst, 346, 426-427.
Bertram, Johannes, 144, 427.
Berve, Helmut, 184, 427.
Bethe, Erich, 182.
Billinger, Richard, 50, 428.
Bismarck, Otto von, 118, 195, 249, 349, 370, 372.
Blavatsky, Helena Petrovna (Madame), 61, 77, 78, 125, 377,428, 456.
Bloch, Ernst, 19.
Bodewig, Kurt, 167.
Boehm, Max, 305.
Bonifacio, San, 311.
Bormann, Martin, 29, 30, 32, 195, 200, 271, 266.
Borne, Ludwig, 227.
Boron, Robert de, 190.
Boudin, Jean-Christian, 229.
Braque, Georges, 96.
Braun, Eva, 150, 251, 293,366, 367, 420.
Brecht, Bertolt, 76.
Bredov, Use von, condesa, 208.
Breker, Arno, 49,120,414,462.
Brohmer, Paul, 27.
Bronder, Dietrich, 381.
Brook-Dolan, 467.
Broszat, Martin, 18.
Página 391
Bruck, Moeller van den, 303, 372, 373, 374, 460.
Bruckner, Anton, 93, 247, 389, 414.
Brunilda, 270, 349.
Buch, Walther, 230.
Büchner, Georg, 428.
Büchner, Ludwig, 59, 428-421.
Buffon, George Louis Leclerc (conde de), 24.
Bullock, Alan, 213.
Büllow, Bernhard Heinrich Martin (príncipe von), 270.
Bulwer-Lytton, George, 308.
Bumouf, Emile, 124,125,219,429 Burte, Hermann, 176, 429-430.
Canetti, Elias, 134,302.
Carlomagno, 109,140,257,374.
Carlyle, Thomas, 149, 453.
Chagall, Marc, 14.
Chamberlain, Houston Stewart, 59, 60, 61, 90, 174, 219, 221, 234, 241,
290, 329, 427, 430, 460, 466.
Chaplin, Charlie, 171, 211.
Charcot, Jean Martin, 241.
Churchill, Winston, 366.
Colli, Giorgio, 273.
Condwiramour, 289.
Conrad, Michael Georg, 335.
Copérnico, Nicolás, 86, 249.
Cortés, Hernán, 384.
Cossman, Nikolaus, 294, 295.
Coubertin, Pierre de (barón), 47, 189.
Crimilda, 250, 271.
Crowley, Aleister, 78, 437.
Cserépy, Arzen von, 146.
Curtius, Ernst Robert, 303,305.
Cysarz, Herbert, 346, 430-431.
Dante Alighieri, 172.
Darré, Richard Walther, 74,195, 231, 281, 337, 338, 340, 341, 343, 431.
Darwin, Charles, 28, 94, 230, 331.
Dassanowsky, Robert von, 253.
Deleuze, Gilles, 279.
Delmer, Sefton, 301.
Página 392
Deubel, Werner, 346, 431-432.
Devi, Savitri, 141, 432.
Diederichs, Eugen, 359, 432-433.
Diefenbach, Karl Wilhelm, 394, 433.
Diels, Rudolf, 299.
Diem, Carl, 47, 433-434.
Dilthey, Wilhelm, 174.
Dimitroff, Georgi, 298.
Dinter, Arthur, 331, 434-433.
Dionisos, 185, 273, 278.
Disraeli, Benjamin, 422.
Dohm, Batti, 81, 320, 435.
Dollinger, Friedrich, 221, 435.
Dostoievski, Fiodor, 372, 417.
Drews, Arthur, 273.
Drexler, Anton, 130.
Dühring, Karl Eugen, 244, 436.
Dumézil, Georges, 72.
Eckart, Dietrich, 176, 386, 436-437.
Edschmid, Kasimir, 172.
Edwards, William Frédéric, 229.
Efrén (san), 221.
Egenolff, Johann Augustin, 314.
Eggers, Kurt, 152, 437.
Ehrler, Heinrich, 391.
Einstein, Albert, 60, 66, 197, 198, 356, 448.
Eliade, Mircea, SS, 351.
Engels, Friedrich, 308, 436.
Enrique 1,108-112,119, 391.
Erdmann, Carl, 111.
Ermnas, 71.
Eschenbach, Wolfram von, 191, 265, 267, 289, 291.
Esclarmonde de Foix, 2 66.
Essen, Van der, 187, 402.
Evola, Giulio, 119, 274, 437-438, 479.
Ewers, Hanns Heinz, 419, 438, 439.
Fackenheim, Emil, 212.
Fafner, 270.
Página 393
Fanck, Arnold, 465.
Federico I Barbarroja (kaiser germánico), 371.
Federico II el Grande (rey de Prusia), 146-131, 406.
Federico II (rey de Sicilia y kaiser germánico), 368, 371, 374.
Fest, Joachim, 201, 202.
Fichte, Johann Gottlieb, 219, 279, 332.
Fiore, Gioacchino da, 286, 370, 371, 372.
Fischer, Eugen, 96, 421.
Foch, Ferdinand, 402.
Ford, Henry, 16, 439.
Forster, Bernhard, 272.
Forster-Nietzsche, Elisabeth, 272, 276.
France, Raoul-Henri, 198.
Franco, Francisco, 211, 366.
Frank, Hans, 116,385, 405, 472.
Franz, Kurt, 398.
Frick, Wilhelm, 385.
Fricka, 252.
Fritsch, Theodor, 244, 433-440.
Frobenius, Leo, 79, 436, 440.
Froelich, Carl, 324.
Funk, Walther, 69.
Galeno, 152.
Garriga, Ramón, 260.
Gasman, Daniel, 25.
Gaus, Gunther, 324.
Gautier, Judith, 289.
Gebhardt, A., 350.
Gebiihr, Otto, 148.
Gemlich, Adolf, 233.
Gengis Khan, 135-158.
Gennep, Arnold van, 358.
George, Stefan, 372, 426, 440, 441, 450, 469.
Giesler, Hermann, 247.
Gilly, Friedrich, 188.
Gisevius, Hans Bernd, 300.
Gobineau, Joseph Arthur (conde de), 52, 59,178, 273, 290, 336, 430, 441.
Página 394
Goebbels, Joseph, 48, 63, 67, 68, 69, 75, 76, 96, 97, 107, 133, 148,149,150,165,189, 201, 203, 209, 212, 217, 225, 241, 264, 292, 299, 300, 306, 326, 345, 373, 374, 389, 406, 411, 415, 416, 417, 418, 419, 441-442, 444,460, 472.
Goethe, Johann Wolfgang, 45, 142, 143, 144, 171-178, 185, 209, 265, 278,
285, 344, 431, 432,456, 474.
Gombrich, Ernst, 224.
Goodrick-Clarke, Nicholas, 41.
Goote, Thor, 416, 442.
Göring, Hermann, 63, 96,105, 133,184,197,250,271, 299, 300, 367, 375, 397, 448, 476.
Gorsleben, Rudolf John, 220, 316, 442-443, 464.
Grimm, Hans, 112, 443.
Grimm, Jacob, 53.
Guattari, Pierre Félix, 279.
Guderian, Heinz, 149,150.
Guenon, René, 157, 437.
Guillermo II (rey de Prusia y kaiser de Alemania), 214, 221, 301, 430, 480.
Guillermo I (rey de Prusia y kaiser de Alemania), 402.
Guimerá, Angel, 254.
Giinther, Hans F. K., 234,378, 422, 425, 431, 443-444, 446.
Gurnemanz, 290.
Gutenberg, Johannes Genfleisch, 86.
Haeckel, Ernst, 25, 26, 27, 28, 29,30,31, 60,113,175,182, 198, 219, 229, 285,332,352, 355, 359, 433, 444,447,451. Haffner, Sebastian, 129.
Hagen, 269, 270, 296, 349, 350, 416.
Hahn, Otto, 66.
Halder, Franz, 299.
Hamann, Brigitte, 94.
Hanisch, Reinhold, 412.
Hansen, Theophil Edvard, 188.
Hanussen, Jan Erik, 302.
Harlan, Veit, 202, 235, 236, 238, 444-445, 460.
Harter, Heinrich, 381.
Harter, Karl, 386.
Hartmann, Franz, 385.
Página 395
Hauer, Wilhelm J., 221, 447-446.
Haushofer, Albrecht, 446.
Haushofer, Karl, 113, 114, 115, 441, 447, 450, 459.
Haussmann, Georges (barón), 160.
Hebbel, Friedrich, 270.
Heckel, Erich, 97.
Hedin, Sven, 378,380.
Hegel, Georg Wilhelm Friedrich, 279,371.
Heidegger, Martin, 153, 175, 185, 446.
Heisenberg, Werner, 66.
Helmarshausen, Wino von, 138.
Henderson, Sir Neville, 100.
Hentschel, Willibald, 73, 447.
Hercules, 77.
Herder, Johann Gottfried, 51, 52, 459.
Herodoto, 52.
Herrmann, Albert, 80, 447.
Hertz, Heinrich, 356.
Herzl, Theodor, 436.
Hess, Rudolf, 113,116,243, 259, 284, 380, 385, 395, 401, 440, 446, 447, 475.
Heydrich, Lina, 76.
Himmler, Heinrich, 63, 70, 73, 74, 79, 80, 101, 109, 110, 111, 120, 122, 140, 141, 156, 157,168,186,197,198,199, 204, 215, 221, 234, 255, 257, 265, 267, 268, 284, 318, 319, 320, 335, 338, 339, 340, 356, 362, 366, 375, 376, 377, 378, 380, 391, 397, 407, 412, 419, 420, 422, 423, 431, 434, 435, 447, 444-49, 459, 463, 467, 476, 479, 480, 481.
Hindenburg, Paul von, 46,293, 294, 297, 350, 363, 367, 369,391.
Hipp, Emil, 413.
Hirt, August, in.
Hoss, Rudolf, 74.
Hoffmann, Heinrich, 202, 207.
Hoffmann, Max, 368.
Hofmannsthal, Hugo von, 303, 428.
Höhne, Rolf, 111.
Holst, Maria, 367.
Homero, 185.
Höppener, Hugo, 433.
Página 396
Hörbiger, Hanns, 80, 81, 154, 197, 198, 199, 200, 249, 266, 375, 377, 435, 445, 449.
Humboldt, Wilhelm von, 265.
Husserl, Edmund, 446.
Ibsen, Henrik, 436.
Ihde, Wilhelm, 148.
Ingwas, 71.
Iofan, Boris, 164.
Isabel (zarina de Rusia), 150.
Istwas, 71.
Jackel, Eberhard, 18, 263.
Jänichen, Erna, 416.
Jens, Walter, 418.
Jesucristo, 118, 133, 140, 145, 168, 190, 193, 203, 218-224, 225, 289, 290,
326, 332, 546, 350, 393.
Jodi, Alfred, 203, 407.
Johst, Hanns, 448-441.
Jones, William (Sir), 51.
José de Arimatea, 190.
Julio César, 158, 335, 396.
Jung, Carl Gustav, 39, 60, 202, 449.
Jung, Edgar J., 303.
Junge, Traudl, 208, 396.
Jünger, Ernst, 303, 304.
Kaltenbrunner, Ernst, 247.
Kant, Immanuel, 22, 51, 346, 378,388.
Keiki, Yabuki, 216.
Keitel, Wilhelm, 203.
Kepler, Johannes, 355.
Kern, Fritz, 337.
Kershaw, Ian, 213.
Kersten, Felix, 397.
Kesselring, Albert, 278.
Keynes, John Maynard, 399.
Kirchhoff, G., 377.
Kiss, Edmund, 180, 198, 375, 377, 384, 449-450.
Kjellén, Rudolf, 112, 450.
Klages, Ludwig, 346,431,450,470.
Página 397
Klee, Paul, 96.
Klein, Karl August, 440.
Kleist, Heinrich von, 180, 456.
Klemperer, Victor, 69,132,151, 207, 243, 320, 321.
Klenze, Leo von, 388.
Klingsor, 289.
Klopstock, Friedrich Gottlieb, 388.
Knirr, Heinrich, 207, 452.
Knox, Robert, 231.
Koch, Robert, 49, 232, 233.
Kokoschka, Oskar, 96.
Kolb, Peter, 422.
Kolbe, Georg, 278.
Kolbenheyer, Erwin Guido, 192, 285, 451.
Korff, Hermann August, 174.
Koster, Adolf, 294.
Kracauer, Siegfried, 147, 209, 283, 399.
Krause, Ernst Ludwig, 127, 451-452.
Krauss, Werner, 120.
Krieck, Ernst, 273, 492.
Krist, 140, 220.
Krohn, Friedrich, 128,129, 452.
Kriiger, Johannes, 369.
Kruger, Walter, 368.
Kubizek, August, 308, 309, 412.
Kühn, Johannes, 148, 442-433.
Kulke, Erich, 340, 453.
Kundry, 289, 290.
Kynast, Karl, 176,185, 273.
Lacoue-Labarthe, Philippe, 25n, 235.
Lagarde, Paul de, 54, 221, 232, 455-454.
Lang, Fritz, 209, 270.
Lanzinger, Hubert, 292, 454.
Lanzmann, Claude, 213.
Lassen, Christian, 54, 241, 454.
Laufer, Otto, 91.
Lechler, Jorg, 128.
Lëhar, Franz, 411.
Página 398
Lehmann, Johannes, 440.
Lenbach, Franz von, 149.
Lenin (Vladimir Ilich Ulianov, llamado), 20,164.
Leroy-Beaulieu, Anatole, 229.
Lessing, Gotthold Ephraim, 320, 371,388.
Ley, Michael, 226, 240.
Ley, Robert, 309, 310.
Liebenfels, Lanz von, 56, 61, 78, 79, 81, 119, 127, 129, 191, 220, 290, 317, 339, 354, 37L 394, 433, 454'455, 457, 464, 474. Lienhard, Friedrich, 192, 455-456.
Lienhardt, Hans, 435.
Linden, Walther, 174,175, 345, 456.
Linneo, 24, 420.
Lippert, Julius, 336, 456.
List, Guido von, 42, 53, 56, 61, 71,72, 73, 78,126,127,179, 241, 314, 315,
316, 317, 318, 320, 339, 358, 359, 389, 455, 456-457, 459, 471, 474.
Lohengrin, 118.
Longino, 374.
Lons, Hermann, 252, 457.
Lorenz, Ernst, 69.
Loyola, San Ignacio de, 267.
Lubbe, Marinus van der, 298, 299, 300, 301.
Ludendorff, Erich, 367, 369, 391.
Lüdtke, Franz, 50.
Ludwig, Emil, 151.
Lueger, Karl, 231, 244, 457-458.
Luis I (rey de Baviera), 388, 389.
Lukács, Gyórgy, 2;n., 103, 279.
Lutero, Martin, 226,322, 371, 456.
Machtan, Lothar, 213.
Mackinder, Hallord John (Sir), 115, 458-459.
Magnus, Johannes, 314.
Mahler, Alma, 14,15, 205.
Mahoma, 389.
Mani, 352.
Mann, Erika, 326.
Mann, Golo, 394, 402, 409.
Mann, Heinrich, 158.
Página 399
Mann, Thomas, 25n, 120, 151, 158, 303, 304, 305, 372, 410, 426, 453.
Mannus, 71.
Marby, Friedrich Bernhard, 317, 459.
March, Werner, 312.
María Magdalena, 416.
María Teresa (emperatriz de Austria), 148.
Markey, Thomas, 313.
Marx, Karl, 240, 436.
Matisse, Henri, 96.
Mattern, Willibald, 71.
Maurice, Emil, 259.
May, Joe, 75,76.
Meiners, Christoph, 54, 459.
Meinhof, Karl, 422.
Menthon, François de, 279.
Messerschmidt, Willy, 155.
Meyer, R. M., 352.
Michelet, Jules, 229.
Mifford, Unity, 251.
Moeller van den Bruck, Arthur, 303, 372, 373, 460.
Möller, Eberhard Wolfgang, 195, 460.
Mone, Franz-Joseph, 184, 460-461.
Montinari, Mazzino, 273, 279.
Moorehead, Alan, 92, 204.
Morell, Theodor, 150.
Morgenthau, Henry, 344.
Moser, Justus, 336.
Motoyuki, Yamashita, 215.
Motte Fouqué, Friedrich de la, 348.
Mühlmann, Wilhelm Emil, 56.
Müller, Franz H., 364.
Müller, Franz J., 91.
Müller, Günther, 176,178.
Müller, Ludvig, 125.
Müller, Max, 55.
Mundilföri, 126, 351.
Muntadas y Rovira, Manuel, 266.
Mussolini, Benito, 87, 172, 186, 190, 260, 276, 278, 366.
Página 400
Myller, Christoph, 269.
Nancy, Jean-Luc, 25n., 235.
Napoleón 1,118,158, 200, 269.
Nerón, 165, 300.
Newton, Isaac, 86,355.
Nietzsche, Friedrich, 95, 142, 184, 185, 272-279, 290, 291, 304, 346, 413,
429, 456, 460, 469, 470, 473.
Noé, 51, 78.
Nolde, Emil, 97.
Nolte, Ernst, 18, 279.
Nordau, Max, 94, 95.
Oehler, Richard, 276, 278.
Oken, Lorenz, 154.
Orosio, 117.
Ossendowski, Ferdynand, 156, 376, 377, 461.
Otón 1,108.
Ovidio, 393.
Owens, Jesse, 189.
Pablo (san), 221, 222.
Pabst, Georg Wilhelm, 79, 286, 461-462.
Paderborn, Enrique de (obispo), 138, 356.
Papen, Franz von, 147, 210, 301.
Paracelso (Theophrastus Bombastus von Hohenheim, llamado), 118, 152, 283-288, 356, 366, 380.
Parsifal, 108, 190, 204, 242, 288-293, 393, 410.
Parsons, James, 51.
Pasteur, Louis, 229, 232.
Patton, George Smith Jr., 17.
Paul, Heinz, 195, 368.
Péladan, Joséphin, 191, 266.
Penka, Karl, 55, 462.
Peschel, Oskar, 425.
Picasso, Pablo, 96.
Piteas, 382.
Pla, Josep, 134, 226.
Platón, 22, 23, 77, 278.
Plettenberg, Bernhard von (conde de), 351, 462.
Plinio el Viejo, 382.
Página 401
Plutarco, 382.
Pois, Robert A., 30, 34, 308.
Poliakov, Léon, 51, 226, 228.
Polo, Marco, 157.
Prawdin, Michael, 156,157.
Praxiteles, 278.
Prometeo, 45,148.
Pudor, Heinrich, 80, 462-463.
Pujol-Murat, Miryanne, 266.
Puricelli, Piero, 87.
Ra, 351.
Rahn, Otto, 56, 90, 91, 186, 193, 266, 267, 268, 291, 383, 384, 395, 463-464.
Ratzel, Friedrich, 112, 450, 464.
Rauschning, Hermann, 18, 212, 300,307.
Reich, Wilhelm, 134.
Reichstein, Herbert, 317, 464-465.
Reinach, Salomon, 58.
Reitsch, Hanna, 66, 218.
Remarque, Erich María, 151.
Renan, Ernest, 55.
Reuter, Otto Sigfrid, 350, 463.
Ribbentrop, Joachim von, 116, 325.
Riefenstahl, Leni, 42, 47, 189, 253, 254, 274, 283, 326, 434, 463-466.
Rienzi, Cola di, 308,309,310.
Rilke, Rainer Maria, 470.
Ripol, Andreu, 267, 268.
Rohm, Ernst, 63,306, 334.
Romer, Ruth, 64.
Roosevelt, Franklin Delano, 344.
Rosenbaum, Ron, 212, 233,325.
Rosenberg, Alfred, 15,16, 16n., 17, 61, 62, 75, 80, 101, 102, 109, 116,
131, 144,159, 172, 177, 185, 214, 221, 222, 235, 240, 241, 242, 256, 257,
261, 276, 291, 299, 327, 328, 329, 333, 354, 380, 385, 391, 430, 432., 436,
437, 454, 466-467, 473, 482.
Rosenkranz, Karl, 265.
Rougemont, Denis de, 20,104, 213,361.
Rudbeck, Olof, 77.
Página 402
Rva-sgren, Qutuqtu de, 379.
Samsonov, Alexandr Vasilievich, 367.
Sanders-Brahm, Helma, 253.
Sariol, Juan, 268.
Saur, Karl, 155.
Schacht, Hjalmar, 209, 401.
Schafer, Ernst, 376, 377, 378, 379, 380, 381, 426, 467.
Schairer, Eberhard, 364.
Schardt, Alois, 97.
Schemann, Ludwig, 336.
Schiller, Friedrich, 171,174,194, 195, 196, 344-348, 431, 432.
Schinkel, Karl Friedrich, 188.
Schirach, Baldur von, 16,100, 168, 172, 197, 223, 395, 448, 472.
Schlegel, Friedrich, 52,53, 269, 378, 393, 454.
Schleicher, Kurt von, 210.
Schliemann, Heinrich, 123,124, 12.5,179, 429.
Schmid-Ehmen, Kurt, 41.
Schoenbaum, David, 307.
Schönerer, Georg, 220, 243, 394,409,455,458, 468.
Schöniger, Erich, 364.
Schopenhauer, Arthur, 54, 274, 276, 278, 468-469.
Schroder, Gerhard, 166.
Schroder, Leopold von, 409.
Schroder-Stranz, Herbert, 70.
Schuchhardt, Karl, 256, 469.
Schuler, Alfred, 128, 133, 469-470.
Schulze-Naumburg, Paul, 99, 278,470.
Schumann, Gerhard, 50, 470 471.
Schünzel, Reinhold, 180.
Schuschnigg, Kurt von, 366.
Schwerin-Krosigk, 407.
Sebaldt von Werth, Max Ferdinand, 126, 471.
Sebottendorf, Rudolf von, 315, 316, 384, 386, 471-472.
Semper, Gottfried, 188.
Serrano, Miguel, 141,381.
Shakespeare, William, 120.
Shawcross, Hartley (Sir), 17.
Shirer, William L., 13, 14, 15, 22, 26, 36, 68,190.
Página 403
Siegmund, 119, 232.
Sievers, Wolfram, 74, 481.
Sigfrido, 14, 89, 117, 119, 122, 223, 252, 269, 270, 296, 348-351, 416.
Silva, Penella de, 86, 284.
Simmel, Georg, 177.
Simons, Gustav, 394.
Sombart, Werner, 240.
Sonjevski-Jamrowski, 341.
Speer, Albert, 45, 66, 67, 68, 70, 93, 106, 107, 122, 154, 155,156,161,162,163,164, 166,169,171,181,187,188, 200, 202, 212, 217, 246, 248, 249, 276, 302, 306, 309,311, 325,361,395, 408, 411, 472-473, 477.
Spengler, Oswald, 89, 91, 114, 142, 144, 303, 304, 441, 450, 473.
Spitz, Richard, 392.
Srbik, Heinrich Ritter von, 148, 473.
Stalin (Josip Vissarionovich Yugachvili, llamado), 156, 200, 211, 212, 302, 366.
Stauff, Philipp, 315, 474.
Stein, Franz, 231.
Stein, Walter Johannes, 290.
Steiner, George, 226.
Steiner, Rudolf, 81, 179, 180, 181,192, 220, 290, 341, 474 475.
Stratz, Carl Heinrich, 78, 475.
Streicher, Julius, 238, 330, 331, 443, 475.
Strindberg, August, 436, 455.
Strohm, Harald, 135,137.
Sturluson, Snorri, 78,196,352.
Suhtscheck, Fridrich von, 291.
Suzuki, Daisetz Teitaro, 215,216.
Tácito, 54, 71, 117, 118, 140, 269, 313, 327, 335, 336, 337, 339, 382.
Tellus, 169,171.
Teudt, Wilhelm, 138, 140, 141, 476.
Theweleit, Klaus, 422.
Thieme, Paul, 53.
Thorak, Josef, 278, 462.
Tieyen, Heinz, 292, 476.
Tobias, Fritz, 300, 301.
Todt, Fritz, 83, 84, 85, 86, 87, SS, 472, 477.
Página 404
Tor (Donar), 125,311.
Torgler, Ernst, 298, 299.
Trebitsch, Arthur, 221, 447.
Treitschke, Heinrich von, 243.
Trevor-Roper, Hugh, 211, 212, 213.
Trimondi, Victor, 381.
Trimondi, Victoria, 381.
Troll, Wilhelm, 177.
Troyes, Chretien de, 190, 289.
Tucholsky, Kurt, 272.
Tuisto, 71.
Valentin, Veit, 210.
Vercelli, Luitward de, 291.
Verdaguer, Jacinto, 79.
Virchow, Rudolf, 57,58.
Vishnu, 208.
Voegelin, Eric, 20.
Voltaire (Françoise-Marie Arouet, llamado), 51.
Vondung, Klaus, 18.
Wade, Nicholas, 228.
Wagener, Otto, 131, 355.
Wagner, Richard, 59, 62, 89, 90, 93, 95, 108, 118, 119, 171,191,192, 219, 252, 265, 270, 278, 289, 290, 291, 308, 309, 310, 349, 389, 393, 408-414, 430, 476.
Wagner, Winifred, 251, 259, 411, 476.
Wallot, Paul, 300.
Wälse (Wotan), 119, 252.
Warburg, Otto, 366.
Weber, Max, 399.
Wegener, Alfred, 80.
Weigel, Karl Theodor, 321, 477-478.
Weininger, Otto, 221, 235, 239, 437, 477, 478.
Wendhausen, Fritz, 342.
Wenzler, Franz, 419.
Werfel, Franz, 14,15.
Wesendonck, Mathilde, 289.
Wessel, Horst, 223, 323, 326, 361, 414-420.
Wiene, Robert, 209.
Página 405
Wiepking-Jürgensmann, Heinrich, 369.
Wilhelm, Karin, 262.
Wiligut, Karl Maria, 73, 140, 141, 220, 317, 318, 319, 361, 377, 449, 459, 463, 479, 480.
Wilser, Ludwig, 352, 480.
Windsor, duque de (Eduardo VIII), 120.
Wirth, Herman, 80, 256, 358, 383, 394, 480-481.
Wolf, Karl Hermann, 41.
Wolf, Lothar, 177.
Wotan, 72, 89, 90, 91, 92,140, 219, 252, 253,313,388.
Wüst, Walther, 53, 423, 481.
Xammar, Eugeni, 245.
Ymir, 196.
Zabka, Thomas, 142.
Zeus, 185, 312.
Ziegler, Hans Severus, 144, 481-482.
Ziegler, Matthes, 102, 482.
Zmigrodzki, Michael, 125.
Zuroff, Efraim, 233.
Zweig, Stefan, 25m, 113, 151, 299.
Página 406
ÍNDICE DE PROCEDENCIA DE LAS ILUSTRACIONES
Archivos de la autora: p. 43, 48, 98, 99, 110, 125, 127, 135, 136, 173, 206, 236, 237, 292, 295, 315, 319, 353, 365, 368, 385, 392, 400, 418, 421.
Ullstein Bild: p. 44, 67,163,183.
Müller-Mehlis, Reinhard. Die Kunst im Dritten Reich, München (1976): p. 58,121,187, 260.
Reuters / Cordon Press: p. 124.
Cedida por cortesía de Kirsten Kaack: p. 139.
Landesarchiv Berlin: p. 160, 323.
The Great Dictator © Roy Export Company Establishment: p. 170 (superior).
Deutsches Historisches Museum, Berlin: p. 170 (inferior).
Roger Viollet / Cordon Press: p. 254.
Ilustración de Nacho Guilera: p. 258.
Bayerische Staatsbibliothek München: p. 275.
Stiftung Weimarer Klassik und Kunstsammlungen, Weimar: p. 277 Filmmuseum Berlin Deutsche Kinemathek: p. 282 Bundesarchiv: p. 312.
SV-Bilderdienst: p. 318.
Ernst Reinhold ARTOTHEK: p. 342.
Bildarchiv Preuhischer Kulturbesitz, Berlin: p. 343.
Cedida por cortesía de Rüdiger Sünner: p. 356.
Página 407
Página 408
Rosa Sala Rose (Barcelona, 1969) es licenciada en filología alemana y doctora en filología románica. Como germanista ha traducido y comentado obras de Goethe y Thomas Mann. Estudiosa del papel político y social de los mitos, en la actualidad está preparando para Acantilado las conversaciones entre Goethe y Eckermann.
Hija de padre español y madre alemana. Licenciada en filología alemana por la Universidad de Barcelona y doctora en Filología Románica por la misma universidad con una tesis titulada Civilización y barbarie en la tradición del mito de Medea, dirigida por Rafael Argullol.
En 1999 inicia su actividad como traductora literaria con su versión comentada de la autobiografía de Goethe Poesía y verdad, seguida de numerosas ediciones de clásicos alemanes, especialmente de Goethe y Thomas Mann. En 2003 publica su primer libro, el Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo, muy elogiado por la crítica y traducido a varios idiomas. En el 2006 vio la luz su edición castellana de las extensas Conversaciones con Goethe de Johann Peter Eckermann.
Página 409
En abril de 2007 publica un ensayo sobre las peculiaridades de la cultura alemana moderna titulado El misterioso caso alemán. Un intento de comprender Alemania a través de sus letras, por el que ha obtenido el I Premio Qwerty al mejor libro de no-ficción y la mención especial de ensayo del Premi Ciutat de Barcelona. En su ensayo Lili Marleen. Canción de amor y muerte (2008) analiza los orígenes de la famosa canción alemana, un auténtico fenómeno sociológico de la Segunda Guerra Mundial que fascinó tanto a nazis como a Aliados. Su siguiente libro, La penúltima frontera. Fugitivos del nazismo en Españ (2011), parte de material inédito de archivos para reconstruir la historia de veintitrés desconocidos que al tratar de huir del nazismo por los Pirineos quedaron atrapados en cárceles y campos de concentración españoles.
Su última publicación es El marqués y la esvástica. César González-Ruano y los judíos en el París ocupado, escrito en coautoría con Plàcid García-Planas Marcet. En este libro situado a medio camino entre el ensayo y la crónica periodística, se analiza sobre la base de material de archivo el turbio papel del periodista español César González-Ruano durante la Ocupación, además de explorar la llamada leyenda negra andorrana.
Notas
[1] W. L. Shirer, Berlin Diary, Nueva York, 1941. Pág.209. <<
[2] Alma Mahler-Werfel, Mein Leben. Frankfurt, iy6z (i960). Pág.197. <<
[3] Idem, pág. 209. <<
[4] Idem, pág. 273. <<
[5] Claire Goll, Ich verzeihe keinem. Múnich/Zúrich, 1980 (1976). Pág.173.
<<
[6] Der Nürnberger Prozess. Das Protokoll des Prozesses gegen die Hauptkriegsverbrecher vor dem Internationalen Militargerichtshof (14. November 1945-1. Oktober 1946). Berlín, 1999. Pág.13 807 (15 de abril de 1946). <<
[7] ídem, pág. 13 810 y s. (15 de abril de 1946). <<
[8] En palabras del Dr. Alfred Thoma, defensor de Rosenberg. ídem, pág. 23 024 (15 de julio de 1946). <<
[9] ídem, pág. 25 127 (27 de julio de 1946). <<
[10] ídem, pág. 391 (texto de la acusación). <<
[11] Ramón Garriga, El ocaso de los dioses nazis. Barcelona, 1980 (1945).
<<
[12] H. Rauschning, The Revolution of Nihilism, Nueva York, 1939, y M.Broszat, Der Nationalsozialismus, Hannover, i960. <<
[13] E. Nolte, Faschismus in seiner Epoche, Múnich, 1963, y E.Jackel, Hitlers Weltanschauung, Tubinga, 1969. <<
[14] K. Vondung, «Die Apokalypse des Nationalsozialismus», en Der Nationalsozialismus ais politische Religion. Michael Ley y Julius Schoeps (ed)., Bodenheim, 1997. Pag.33. <<
[15] Véase, por ejemplo, Jean-Pierre Sironneau, Sécularisation et religions politiques, París, 19 823Robert A.Pois, National Socialism and the Religion of Nature, Londres y Sydney, 1986; Hans Maier, Politische Religiones Die totalitären Regime und das Christentum, Friburgo, 1995; entre otros. Entre los primeros en incorporar el marco conceptual de la «religión política» en un discurso decididamente histórico cuenta Michael Burleigh con El Tercer Reich. Una nueva historia. Editorial Taurus. Madrid, 2000. <<
[16] Ernst Bloch, Erbschaft dieser Zeit, Frankfurt, 1962 (1935). Pág.68. <<
[17] Denis de Rougemont, Journal aus Deutschland Berlín, 2001 (1938). Pág.60. (La cursiva es de la autora). <<
[18] Idem, pág. 87. <<
[19] En «L’avenir des religions séculières», La France libre, julio-agosto 1944. <<
[20]Véase Arthur O.Lovejoy, La gran cadena del ser. Historia de una idea. Icaria, Barcelona, 1983. <<
[21] En Allgemeine Naturgeschichte und Theorie des Himmels. Pág.133. (Cit. por Lovejoy, ob. cit., pág. 247). <<
[22] Amoenitates Academicae. (Lit. por Léon Poliakov, Der arische Mythos. Zu den Quellen von Rassismus und Nationalismus, Hamburgo, 1993 (1971), pág. 185). <<
[23] Histoire naturelle générale et particulière. (Lit. por León Poliakov, ob. cit., pág. 190). <<
[24] Durante los años del Tercer Reich lo percibieron así numerosos coetáneos, como Stefan Zweig, Thomas Mann y Max Scheier. Gyórgy Lukács procuró una base teórica a esta percepción en su tratado El asalto a la razón (Barcelona, 1972 [1962]), con algunos planteamientos posteriormente retomados, entre otros, por Isaiah Berlin en 196; (Las raíces del romanticismo, Madrid, 2000). Si bien el irracionalismo puede ser efecto de la asimilación a ultranza de la cosmovisión nazi y reflejarse, por ejemplo, en el vitalismo que de ella deriva, la cosmovisión nazi en sí no puede ser calificada de irracional. Philippe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy apelan incluso a una «lógica del fascismo», en Le mythe nazi, La Tour d’Aigues, 1998 (1991), pág. 25. <<
[25] Daniel Gasman, The Scientific Origins of National Socialism. Social Darwinism in Ernst Haeckel and the German Monist League, Londres y Nueva York, 19'71. <<
[26] E. Haeckel, Die Lebenswunder (cit. por Gasman, ob. cit., pág. 40). <<
[27] E. Haeckel, Ewigkeit. Weltkriegsgedanken über Leben und Tod, Religion und Entwicklungslehre. (Cit. por Gasman, ob. cit., pág. 33). <<
[28] «La nueva biología. Ensayo de ciudadanía racial», en GeorgeL.Mosse, La cultura nazi. La vida intelectual, cultural y social en el Tercer Reich, Barcelona y México D.F., 1973 (1966). Pág.114. <<
[29] Daniel Gasman, Haeckel’s Monism and the Birth of Fascist Ideology, Nueva York, 1998. Pág.15 y s. <<
[30] Daniel Gasman, ob. cit., pág. 16, n.44. <<
[31] «Los conceptos cristianos y nacionalsocialistas son incompatibles», en GeorgeL.Mosse, ob. cit., pág. 262-265. <<
[32] Reinhart Koselleck, Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, Barcelona, 1993 (1979). <<
[33] Hanns Löhr, «El médico tiene que ponerse de acuerdo con lo irracional», en GeorgeL.Mosse, ob. cit, pág. 247. <<
[34] National Socialism and the Religion of Nature. Londres y Sydney, 1986. <<
[35] Friedrich Heer analizó detalladamente este aspecto en Der Glaube des Adolf Hitler, Múnich y Esslingen, 1968. Véase también Hans Maier, Politische Religionen. Die totalitären Systeme und das Christentum, Friburgo, 1995. <<
[36] Véase, respectivamente, Nicholas Goodrick-Clarke, The Occult Roots of Nazism. Secret Aryan Cults and their Influence on Nazi Ideology, Nueva York, 1985; Harald Strohm, Die Gnosis und der Nationalsozialismus, Frankfurt, 1973; Claus-Ekkehard Barsch, Die politische Religion des Nationalsozialismus. Die religiöse Dimension der NS-Ideologie in den Schriften von Dietrich Eckart, Joseph Goebbels, Alfred Rosenberg und Adolf Hitler, Múnich, 1998. <<
[37] Aunque puede encontrarse cierta información genérica al respecto en Rüdiger Sünner, Schwarze Sonne. Entfesselung und Missbrauch der Mythen im Nationalsozialismus und rechter Esoterik, Friburgo de Brisgovia, 1999; así como en los estudios monográficos dedicados a Himmler y a las investigaciones de las SS, como Josef Ackermann, Heinrich Himmler ais Ideologe, Gotinga, 1970; o Michael H.Kater, Das «Ahnenerbe» der SS 1933-1945. Ein Beitrag zur Kulturpolitik des Dritten Reiches, Múnich, 1997. <<
[38] Nos limitaremos a citar aquí a Klaus Vondung, Magie und Manipulation. Ideologischer Kult und politische Religion des Nationalsozialismus, Gotinga, 1971, y Sabine Behrenbeck, Der Kult um die toten Helden. Nationalsozialistische Mythen, Riten und Symbole, Vierow bei Greifswald, 1996. <<
FIN

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