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Libro N° 14892. La Voz Del Silencio. Barroso, Xavi.


© Libro N° 14892. La Voz Del Silencio. Barroso, Xavi. Emancipación. Marzo 7 de 2026

 

Título Original: © La Voz Del Silencio. Xavi Barroso

 

Versión Original: © La Voz Del Silencio. Xavi Barroso

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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LA VOZ DEL SILENCIO

Xavi Barroso


La Voz Del Silencio

Xavi Barroso

Barcelona, 1923. Mireia es una mujer libertina que acaba de enviudar, y Pilar, una conservadora con un marido deleznable. Ambas viven en el mismo barrio del Eixample, pertenecen a la alta burguesía e incluso comparten el apellido de la familia Puig —la primera por matrimonio, la segunda por sangre—, pero se detestan.

Sin embargo, cuando una serie de asesinatos y amenazas empiecen a acechar su círculo más cercano, deberán unirse. Mientras todo está cambiando en la ciudad, una nueva voz se alza para revolucionar la ciudad: la primera radio empieza a retrasmitir…

Hilada con la aparición de la radio, esta novela abarca un sentimiento histórico y una fuerza eterna: la de aquellas voces silenciadas que, cuando se alzan juntas, pueden ensordecer.

Tras La avenida de las ilusiones y Nunca serás inocente, La voz del silencio es la tercera novela de Xavi Barroso. Con esta culmina un ambicioso proyecto por retratar la Barcelona convulsa, revolucionaria y efervescente de los primeros años del siglo XX, cuyas ideas cambiaron para siempre la política, el pensamiento y el arte internacional. Hilada con el nacimiento del mundo de la radio, esta novela abarca un sentimiento histórico y una fuerza eterna: aquellas voces silenciadas cuando se alzan juntas pueden ensordecer.

Xavi Barroso

La Voz Del Silencio

ePub r1.0

Titivillus 21.02.2026

Título original: La voz del silencio

Xavi Barroso, 2024

Fotografía de portada: composición a partir de imágenes de Arcangel, Shutterstock e iStockphoto

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

Índice de contenido

Comunicado

1

1923

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Nota del autor y agradecimientos

Sobre el autor

A mi hermana, porque al tomar su propio camino me ha enseñado a trazar el mío; y para agradecerle que haya dedicado su vida a la radio.

A la propia radio, por informarme y acompañarme a diario.

Y a Barcelona, por ser mi hogar

1

—Aquí EAJ-1 de emisiones Unión Radio Barcelona. Hoy, treinta y

uno de diciembre de 1929, doña Pilar Puig se dispone a leer un comunicado en nombre de su familia. Adelante, señora Puig —anuncia Marta Pou ante el micrófono con una mescolanza de orgullo, alivio e incertidumbre.

Pilar se encuentra en el centro del estudio radiofónico más grande de la ciudad, una estancia insonorizada que ha llegado a albergar una orquesta y un coro al completo. Se siente indefensa ante el vacío inefable que la rodea y que todavía la desgarra por dentro. Sostiene los papeles del discurso con las manos temblorosas. Cruza la mirada con Mireia Grau, su cuñada, que asiente para infundirle valor desde la cabina de control.

—Buenas tardes a todos los radioyentes —se aventura finalmente a decir. Trata de serenarse, necesita hablar con más seguridad—. Me dirijo a ustedes con la esperanza de enmendar los errores cometidos por mis predecesores. Espero lograrlo mediante estas palabras —consigue leer con firmeza y contundencia—, pero también gracias a la iniciativa que les revelaré al final de este parlamento. Después de sopesar los pros y los contras minuciosamente, doña Mireia Grau, viuda de mi hermano, y yo misma hemos decidido dar un paso poco habitual por medio de este prodigio de la modernidad, la radio, que, con apenas cinco años de vida, se ha instalado en nuestras casas como un conviviente más.

La señora Puig cierra los ojos y, por un segundo, recuerda el horror que vivió en este mismo estudio días atrás. Es una suerte que todavía siga con vida.

—Sin más dilación, condeno los delitos con los que se relaciona a don Julià Puig —asegura estremecida y en un tono desgarrador—. No es mi cometido, ni tampoco sería de buen gusto, enumerarlos en este momento, pues lo más probable es que ustedes los hayan leído ya en la sección de sucesos de los diarios o que los hayan escuchado en los chismorreos que se propagan por los cafés. Así pues, rechazo las decisiones que mi padre tomó en el pasado y que yo desconocía hasta hace pocos días, en un gesto

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que me gustaría que interpretasen como honesto y humilde. —Se detiene unos segundos para tomar aire—. Asimismo, pido perdón por el sufrimiento causado, no en su nombre, sino en el de mi apellido, que espero que siga asociado a los beneficios que ha aportado a esta ciudad, y también al país.

Pilar levanta la vista del papel y se topa de nuevo con la mirada de Mireia, quien, a pesar de encontrarse al otro lado del cristal, le transmite su calor como si estuviera abrazándola.

—Valgan, pues, estas palabras como el preludio de una serie de iniciativas pensadas para ayudar a muchas mujeres como las afectadas. Tengo el privilegio de anunciar que está en fase de desarrollo la Biblioteca Irene Claramunt para mujeres, donde se ofrecerán clases gratuitas de lectura, de escritura y de cultura general. —Pilar relaja el tono y lo torna algo más distendido—. Invito a todas aquellas interesadas en el proyecto a que acudan a la inauguración, cuya fecha difundiremos a través de la prensa cuando la conozcamos.

»Sin voluntad de robarles más tiempo, les deseo un feliz 1930. También les agradezco que me hayan escuchado y les pido que mantengan sus transistores encendidos para disfrutar de la programación de fin de año de esta emisora que tanto amamos los barceloneses. Buenas tardes.

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1923

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2

11 de septiembre de 1923

«No sé qué hago aquí», piensa Mireia Grau mientras se acaricia la

barriga. Acaba de notar otra patada en el vientre y, a pesar de que semanas atrás las recibía con júbilo, el calor, el gentío que la rodea y la enorme panza que acarrea en las últimas horas de su embarazo no le dejan margen para la alegría. Su reloj marca la una y cuarto del mediodía. Apenas han pasado dos minutos desde la última vez que ha consultado la hora.

—Ya sabes lo que opino. Deberías guardar luto y no vestir así, como una blasfema —le recrimina su cuñada Pilar Puig, que intenta serenarse mientras la coge por el brazo—. A ver, ya sabes que respeto tus decisiones, y que conste que lo hago porque no me queda más remedio — la señora Puig suspira—, pero al menos hoy podrías haber escogido un atuendo más apropiado para tus circunstancias. Todo el mundo nos está mirando.

—Nadie se fija en nosotras, Pilar —asegura Mireia—. Y ya me dirás tú por qué las viudas tenemos que vestir de negro. —Se pregunta si ha escogido un vestido verde y floreado porque le gusta o si lo lleva para fastidiar a su cuñada. En plena calle, y rodeada por una notable cantidad de festivos manifestantes, advierte que estos solo atienden a sus propias conversaciones—. Mira, Josep murió en junio y yo sigo viva. Por eso me niego a dar a luz vestida para un entierro.

Pilar frunce el ceño mientras comprueba que su pelo castaño, tensado como las cuerdas de un arpa y recogido en un moño, se mantiene tan perfecto como antes de salir de casa. Una tercera mujer las acompaña. Se trata de Juana, el ama de llaves de la familia más duradera, que permanece

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cerca de sus señoras cual leona custodiando a sus crías. Otea alrededor en busca de posibles contratiempos mientras ahuyenta una certeza de sus pensamientos: en la vida no ha hecho otra cosa que perder a las personas que aprecia.

Hace más de veinte años que la Diada de Catalunya se celebra con las ofrendas florales a la estatua de Rafael Casanova. Aunque antes estaba ubicada en el Saló de Sant Joan, ahora se encuentra en el cruce de ronda Sant Pere y las calles Alí Bei y Girona, donde hoy no cabe ni un alfiler. Reposa siempre expuesta al sol porque los edificios señoriales que la bordean no llegan a cobijarla con su sombra. Miembros de algunas asociaciones catalanistas, excursionistas, sardanistas, de ateneos y de agrupaciones obreras de lo más variopinto se han congregado aquí junto a varios representantes del Ayuntamiento y de la Mancomunitat, a ciertos diputados catalanes del Parlamento español y a otras autoridades, embriagados todos por el optimismo que se respira en el ambiente. Manifiestan la defensa del catalanismo juntos pero no revueltos, pues cada uno se agrupa con los de su propia casta.

La mayoría de los burgueses que rodean a Mireia, Pilar y Juana lucen trajes almidonados que varían del negro al gris, se protegen del sol con canotiers y gritan «¡Visca Catalunya!» al tiempo que los más mayores golpean los adoquines con unos bastones que soportan el peso de las batallas pasadas. Las contadas mujeres que han acudido al acto dan la nota de color y se dejan llevar por los arrebatos de sus acompañantes. Son doñas barcelonesas que escenifican su poderío mediante vestidos todavía de estética orientalista, cuellos enjoyados y fragancias sofisticadas compradas en las perfumerías del paseo de Gràcia. Algunos de los huéspedes del Palace Hotel, que emerge lujoso en la esquina donde se ubica la estatua, son testigos de excepción del homenaje desde sus ventanas.

—¿Podemos irnos ya? —pregunta Mireia mientras se coloca el cabello azabache tras la oreja—. Ya sabes que las contracciones me importunan desde hace días, y ahora mismo me están molestando.

—Ya no sé cómo decírtelo, de verdad. —Suspira—. Te lo repito una vez más, a ver si así te entra en la cabeza: ahora eres la socia individual mayoritaria de la empresa de mi familia —responde Pilar con tono paternalista—. Por el bien de la compañía y por el de tu futuro hijo, tienes

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que dejarte ver en estos eventos. Barcelona solo te respeta si estás donde debes estar.

—De poco me sirven las acciones que me dejó Josep —dice Mireia al tiempo que apoya la mano sobre la cadera, antes de avispa, ahora con forma de botijo. Necesita llegar a casa para tumbarse y descansar—. Él sabía camelarse a los socios americanos y a los empresarios de esta ciudad, pero a mí no me harán caso ni unos ni otros. Ahora es tu marido el que controla las fábricas: Claudi es quien debería estar aquí.

—Sé que Claudi tampoco es un Puig —afirma Pilar, apesadumbrada

—. Aun así, es el único hombre que nos queda. Mis dos hermanos han muerto y mi padre está senil y postrado en una cama. —Mireia tuerce el gesto dado que Pilar es experta en contarle lo que ella ya sabe—. Mi marido es el único que puede mantener a la familia al frente del consejo de administración de la Puig & Mckey, sí. —Siente un pinchazo en el corazón tan pronto como termina la frase, un pesar que no permite que Mireia advierta—. Si él no quiere codearse con la flor y nata de la ciudad, lo haremos nosotras por él. Y punto.

—A mí me importan un bledo la Diada, la Mancomunitat y la empresa. Solo he venido porque llevas días acosándome para que te acompañe.

La señora Puig suspira y centra su atención en la estatua de Casanova. Contempla a quien fue el último consejero jefe de Barcelona, en 1714, antes de que la ciudad cayera en manos borbónicas. El homenajeado, herido, rodea el pendón de Santa Eulàlia con un brazo y se apoya en la espada con la otra mano en actitud heroica. Pilar desea calmar esa angustia que la gobierna y que se transforma en desdén cada vez que abre la boca, pero esta persiste en su interior como un depredador al acecho constante de su tranquilidad. Aunque muchos piensan que la delgadez de Pilar es equivalente a sus capacidades, la levedad de su cuerpo no se corresponde con su potencial ni con la carga que soporta su alma, que siempre ha sentido tan grávida como la figura de bronce que ahora observa.

Para Mireia, sin embargo, es más interesante el pedestal que eleva la estatua hasta unos tres metros por encima de la acera. Contempla a las dos mujeres plasmadas en el relieve: una de ellas, en el suelo y semidesnuda, parece desvelarse; la otra, firme y de pie, muestra una comprensión profunda de los vaivenes de la vida. Mireia se pregunta con cuál de las dos se identifica más.

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—Señoras, aquí hay mucha gente. ¿Por qué no nos movemos hacia esa acera de allí enfrente? —propone Juana, pendiente de que Mireia no tropiece—. Está menos abarrotada y podremos cobijarnos bajo la sombra de los árboles.

—Es una buena idea —le responde la embarazada.

Mireia tira del brazo de su cuñada mientras guiña un ojo a Juana para que las siga.

—A ver, que conste en acta que yo confío en mi hermano —prosigue Pilar, en movimiento—. Estoy segura de que Josep te dejó sus acciones y todo su patrimonio porque creía que los usarías con cabeza. Además, en el caso de que traigas un varón al mundo, ese treinta por ciento que has heredado allanará su futuro. Por eso debes tomarte estos actos en serio.

—¡Me cago en la hostia! —exclama Mireia, contrariada.

—Querida cuñada, no voy a tolerar blasfemias en mi presencia. —Pilar no ha perdido ni un segundo en responder—. Da igual lo diferentes que sean nuestras opiniones, usa argumentos.

—No es eso, mira.

La embarazada señala la falda de su vestido, que Pilar advierte húmeda en su mayor parte. Por los tobillos de Mireia chorrea un líquido que se encharca en el suelo.

—Cielo, has roto aguas —comenta la señora Puig con dulzura. Mireia se sorprende, su cuñada no acostumbra a tratarla con cariño. —Salgamos de aquí —dice Juana—, tenemos que llevarla al médico. Las tres mujeres oyen una barahúnda procedente del otro extremo de la

calle. Mireia y Pilar no son conscientes de que un grupo de policías vestidos de paisano se han reunido minutos atrás en la esquina de Méndez de Núñez, ni de que el comisario al mando les ha ordenado mezclarse con los manifestantes para caldear el ambiente.

—¡Ese hombre ha sacado un arma! ¡Es un terrorista! —grita un tipo sin saber que el pistolero al que alude es uno de los policías alborotadores.

Pilar, Mireia y Juana se sobresaltan. A su alrededor, todos se mueven de un lado a otro, desconcertados y asustados. El caos se apodera de la calle.

—¡La policía nos ataca! —vocea incrédulo un joven al pasar cerca de Juana.

Gritos, reniegos y maldiciones. Un grupo de guardias civiles de uniforme aparecen en escena con sables y porras y cargan contra los dones

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y las doñas de Barcelona y contra el resto de la población civil congregada. Algunos agentes a caballo provocan pavor entre los ciudadanos, que corren para no ser envestidos por los animales. Mireia interpreta la intervención policial como un intento de dispersar a los asistentes; sin embargo, algunos todavía consideran que las fuerzas del orden los están protegiendo de un peligro ajeno al homenaje. Los agredidos que forman parte de la élite de la ciudad, al contrario que las clases más humildes, no están acostumbrados a que los traten a palos. No hay golpe más duro que el inesperado.

«Por Dios, esto es solo una celebración», piensa Pilar mientras observa a un hombre que, con la cara ensangrentada, se agacha para buscar sus gafas entre los adoquines al tiempo que intenta evitar que lo pisen. Otro se aleja del foco del conflicto con la cara desencajada por el dolor y, posiblemente, con una mano rota. Dos guardias civiles destrozan las coronas de flores depositadas ante la estatua y otros arrean golpes a un grupo de mujeres que tratan de huir. Ni siquiera respetan a los niños. Un pensamiento se repite en la cabeza de los manifestantes: esta misma tarde, el señor Vera, gobernador civil interino, y Miguel Primo de Rivera, marqués de Estella y capitán general de Cataluña, deberán rendir cuentas ante la población.

—Hay que llevarse a la señora Mireia de aquí —concluye Juana a voz en grito en cuanto consigue reaccionar.

Pilar y el ama de llaves escudan la barriga de la embarazada mientras huyen conturbadas junto con el resto de los manifestantes. Mireia jadea por el esfuerzo, se protege el vientre con las manos y avanza doliente debido a una nueva contracción.

—¡Salvajes! —grita Pilar mientras se santigua.

Los ciudadanos de a pie conocen el recelo con el que los militares, el somatén o los partidos como Unión Monárquica Nacional miran al catalanismo, por un lado, y al sindicalismo de corte anarquista, por el otro. «Pero esto traspasa demasiados límites», piensa Pilar.

En este momento, la estampida de personas se descontrola debido a que las cargas se intensifican. Las tres mujeres toman la calle Girona porque la consideran más segura. No pueden evitar los empujones, los codazos y el miedo de quienes las rodean. Al cabo de unos trescientos metros, ya alejadas del foco del conflicto, se detienen para recuperar el aliento.

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—¿Estás bien? —pregunta Pilar a Mireia, más preocupada que resuelta.

—No lo sé, creo que sí. Deberíamos apresurarnos, no quiero dar a luz en medio de la calle.

—Vayamos al piso familiar —se aventura a proponer Juana—. La señora Pilar y yo llevamos unos días instaladas allí para atender al señor Julià. Estamos a pocas calles, no se me ocurre lugar mejor para cuidarla tras el parto.

—Me parece la mejor opción —confirma la señora Puig—. El médico llegará allí en menos que canta un gallo. Voy a buscarlo a su consulta, nos vemos en el piso.

La embarazada acepta la propuesta con un leve movimiento de cabeza y sin estar convencida, forzada por la incertidumbre y las pocas ganas que tiene de discutir. Mientras Juana busca un coche de punto que haga el trayecto más rápido y cómodo para la parturienta, esta tuerce el gesto. Si meses atrás le hubieran dicho que su marido se perdería el nacimiento de su primogénito y que pariría asistida por su cuñada, una de las personas a las que más ha criticado en la vida, no se lo habría creído.

Mireia se encuentra tumbada en la cama de la habitación de invitados del piso familiar que Juana ha preparado en un santiamén. Con las piernas elevadas y las plantas de los pies sobre el colchón, no ve lo que sucede ante sí porque una sábana la cubre desde la cintura hasta las rodillas. «Es mejor así —le ha dicho la señora Puig—, por si acaso». De hecho, Pilar y Juana están situadas una a cada lado de la parturienta y le agarran las manos con fuerza mientras alternan palabras de aliento. Detrás de la sábana, un médico y una comadrona aseguran que el nacimiento es inminente y, acto seguido, anuncian que ha llegado el momento de empujar. Cuatro personas acompañan a Mireia, pero la soledad es una intrusa que se aferra a su piel debido a la ausencia de Josep.

Mireia empuja. Un malestar punzante le paraliza el cuerpo y otro asfixiante, una parte importante del ánimo; pues, tendida en esta cama, a punto de alumbrar con los cuidados que la mayoría de las mujeres de Barcelona anhelan y de los que apenas unas pocas disfrutan, jamás se ha sentido tan desvalida. Recuerda el día de su boda, cómo avanzó a regañadientes hacia un altar del que deseaba huir, forzada por la precaria

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situación económica de su familia y por las escasas alternativas que la sociedad ofrece a una mujer con un potencial tan apabullante como el suyo. Durante los dos primeros años de convivencia, el matrimonio acumuló una serie de divergencias que parecían irreconciliables, discusiones de pareja en las que uno buscaba doblegar la voluntad del otro. Sin embargo, Josep era un diamante en bruto en el camino de brillar como esposo y ella, una artesana de las emociones capaz de dejar marca en la joya más resistente. Así que ambos aprendieron a escucharse, a comprenderse y a respetar los apetitos del otro hasta que se convirtieron en algo más que un equipo, en mucho más que simples amantes. Mireia siempre ha creído que fueron más felices que la mayoría de los matrimonios que los rodeaban, que fueron una verdadera fuerza de la naturaleza; y ahora que esta pelea por seguir su curso a través de sus entrañas, el sudor le empapa la frente, los olores son intensos y desconcertantes y el dolor constriñe toda posibilidad de alivio.

—Ya se le ve la cabecilla —anuncia la comadrona—. ¡Y tiene mucho pelo! Será un rubiales.

—Empuja un poco más, en breve habrá acabado —asegura Pilar con una cara de preocupación que desconsuela a su cuñada.

Mireia empuja mientras bucea a contracorriente por un río de agujas que se le clavan sin cesar en el corazón. Se pregunta si la libertad que Josep y ella se habían concedido para satisfacer las respectivas necesidades extramatrimoniales, así como las horas dedicadas a descubrir los cuerpos y las vidas de otros hombres, no habían sido una cortina de humo epicúrea que tapaba su insatisfacción vital. ¿Debería haber exprimido todas las noches que la vida le había regalado junto a su ahora difunto esposo? ¿Habría sido feliz sin aquel acuerdo al que no fue fácil llegar y que luego les ofreció el paraíso? ¿Podría haber abrazado la hipocresía burguesa, los postulados de la institución del matrimonio y la moral religiosa que limitan los deseos de sus coetáneos? Preguntas tormentosas que se suman al miedo por convertirse en madre primeriza a sus treinta y tres años, y que potencian aún más los gritos que se siente con la potestad y la necesidad de emitir.

—Venga, que la cabeza ya ha salido —sigue relatando la comadrona

—. Ahora llega un último apretón. Doña Mireia, ¡empuje como si le fuera la vida en ello!

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Y sí, la vida le va en ello, porque Mireia no sabe qué habría hecho sin el embarazo. Josep se despidió una mañana y, sin avisar, se esfumó durante dos semanas para luego aparecer muerto, desfigurado y sin explicaciones bajo el brazo. La policía lo achacó a un ajuste de cuentas con algún empresario rival o a un atentado sindical, excusas recurrentes que los agentes ofrecen a las viudas cuando no encuentran al culpable.

Su marido, director de una de las siete fábricas de la Puig & Mckey durante años y presidente del consejo de administración del grupo empresarial familiar tras la renuncia de su padre al cargo, precipitada por una pérdida evidente de sus facultades, no pudo vivir ajeno a las grandes huelgas obreras, a las presiones sindicales o a los grupos violentos de afinidad anarquista, así como tampoco a la corrupción política y policial, a los lockouts patronales que consideraba excesivos e inútiles, a los pistoleros contratados por otros burgueses que dificultaban la toma de decisiones en su propia empresa, ni a los tiranos que movían los hilos en la sombra. Meses antes, se había visto obligado a hacer tratos con uno de ellos, el deleznable Hans Kohen, un supuesto barón que acabó asesinado dos semanas antes que Josep. Era un hombre de tentáculos tan poderosos que Mireia cree que la pueden atacar desde el más allá. Presiente que el final del aristócrata está relacionado con el de su marido; no obstante, no tiene pruebas para demostrarlo. Por eso se ha aferrado a su embarazo, porque es lo único que le queda de Josep.

—Siga, doña Mireia, que ya casi está —informa la comadrona. —Señora Mireia, se está comportando como una valiente —la arenga

Juana—. En un abrir y cerrar de ojos tendrá entre los brazos al último de los Puig.

Mireia empuja atormentada por la sentencia del ama de llaves. Las hijas de Pilar llevan otro apellido; Tomás, el único hermano varón de Josep, falleció sin descendencia; y este, que ella sepa, es el único embarazo fruto de la semilla de su difunto marido. No soporta esta responsabilidad, desea romper vínculos con la familia Puig y, aun así, siente que es cuanto tiene. Empuja, y el cuerpo y el alma le duelen porque la ausencia que ha dejado Josep se le ha enquistado en el corazón y en la garganta. Le duelen porque se sabía una mujer emancipada de los designios de su marido, una dama moderna de los años veinte, culta, leída y libre; tan libre y afortunada que ni siquiera necesitaba trabajar. Le duelen porque el vacío que siente es tan exagerado que no es capaz de albergarlo

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y, aun así, ahí está, en su interior, desgastándole el cuerpo y reclamando el gobierno de sus ánimos. Con Josep lograron que el único lazo que los atara fuera el del amor y el respeto; sin embargo, nunca se ha sentido tan ligada a él como tras su muerte.

El lloro de un bebé la desconcierta.

—Es un niño —dice la comadrona—. Es un niño sano y, a juzgar por la potencia del llanto, fuerte como un toro.

Mireia cierra los ojos relajada y satisfecha.

—Dios mío, ¡qué alegría! ¡Bienvenido, sobrino! —exclama Pilar dando rienda suelta al entusiasmo por primera vez en mucho tiempo.

—Señora, ¡felicidades! —celebra Juana sin soltar la mano de la madre novel.

Cuando Mireia levanta los párpados, observa que la comadrona se acerca con el pequeño en brazos, bañado en sangre y otros líquidos, y cubierto por una mantita. Con una sonrisa de oreja a oreja, Mireia coge al bebé.

—Encantada de conocerte, Josep —dice la madre a su hijo entre lágrimas, al tiempo que contempla al que considera el crío más bonito que ha visto jamás.

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3

12 de septiembre de 1923

«No es el momento», se dice a sí misma cuando la asaltan unas ganas

terribles de agarrar un palo para destrozar cuanto encuentre a su paso. A pesar de la ferocidad del impulso, Marta Pou posee una capacidad extraordinaria para contenerlo, una habilidad imprescindible para sobrevivir a la vida que le ha tocado llevar.

Marta monta guardia a estas horas de la noche sin que le tiemble el pulso. Se encuentra en la calle Reina Amàlia, en el Distrito V, el barrio que agrupa a golfos, canallas y delincuentes de lo más diverso. No le asustan las aceras sombrías, ni las fábricas desiertas que se llenarán de trabajadores antes de que despunte el sol, ni los edificios de varias plantas separados de la acera de enfrente por pocos metros. Tampoco lo hace el hampa, que se pasea a sus anchas por los innumerables negocios que regenta, o los borrachos que se debaten entre continuar con la jarana o retirarse a descansar. Ni siquiera le espanta el estado de guerra declarado esta misma mañana por Miguel Primo de Rivera, capitán general de Cataluña, ni los soldados ni los somatenes que han tomado las calles. «Nada me va a sorprender ya», piensa cada vez que se acusa a sí misma de temeraria. Se pregunta cuándo se acostumbró a que varios hombres aparecieran muertos a balazos cada semana, en qué momento la ciudad se convirtió en una metrópoli sin ley donde los pistoleros de ambos bandos deambulan protegidos por los suyos y atacados sin piedad por sus rivales de clase. Burgueses contra obreros, obreros contra burgueses, policías y matones actuando de la mano, una despiadada guerra de clases que nunca acaba. ¿Qué le importa a ella?

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Marta lleva tres meses vigilando un almacén de la calle Reina Amàlia desde una esquina de la manzana. Llega allí sobre las seis o las siete de la tarde y permanece alerta tanto tiempo como el cansancio y la voluntad se lo permiten. Sabe que alguien aparecerá tarde o temprano, cree que en el interior del local encontrará la respuesta que busca. Sin embargo, no tiene otra opción que esperar a que alguna de las aves carroñeras que trabajaban para Hans Kohen, su antiguo jefe, hagan acto de presencia con el objeto de devorar los restos de su tiranía.

Se pregunta dónde estaría ahora si no hubiera conocido a Kohen. El mafioso levantó un imperio gracias a la conquista de las casas de juego y los prostíbulos del Distrito V. Pronto entendió que sobornar primero a la policía para chantajearla después era una práctica estratégica con beneficios múltiples: no solo le proporcionaba libertad para delinquir y salvoconductos para sus crímenes, sino también la posibilidad de condenar a sus enemigos con pruebas que él mismo fabricaba. De este modo, se convirtió en un maestro del lucrativo negocio de la coacción. Primero identificaba los puntos débiles de empresarios, militares o políticos destacados, y luego los obligaba a concederle favores, unas acciones con las que estos plutócratas cometían otro crimen susceptible de un futuro chantaje. Kohen controlaba Barcelona desde la trastienda gracias a los secretos vergonzosos que había recopilado de los personajes más influyentes. Dicha información es ahora un tesoro que, en parte, se guarda en este almacén de la calle Reina Amàlia.

Marta trabajó como una agente de Kohen, en contra de su voluntad, y a pesar de que nunca mató a nadie con sus propias manos, las considera manchadas de sangre. Cuando los remordimientos la asaltan, se distrae concentrándose en esta maldita puerta a la espera de que alguien la abra para que ella pueda dar al fin con lo que valora tanto como su propia vida.

Los vecinos la toman por loca y a Marta no podría importarle menos. Lustros atrás, decidió que las opiniones ajenas son solo moscas que revolotean a su alrededor sin apenas molestarla. Podría escribir un libro con las anécdotas vividas en las últimas semanas: le han pedido precio, la han acusado de espía y la policía la ha confundido con una ladrona. Y todo porque una mujer permanece de pie en una esquina sin motivo aparente.

Marta empezó a trabajar meses atrás como secretaria en una empresa llamada Calcetería Núñez gracias a la intercesión de un amigo. Ella llama «amigos» a algunos de los antiguos clientes que la trataron con respeto en

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su momento y que ahora aceptan que haya dejado atrás la mala vida y la ayudan en sus nuevas circunstancias. Aunque se comenta que vive desamparada sin la tutela de Kohen, ella se siente más libre y poderosa que nunca. Reside en un piso que perteneció al tirano durante muchos años y que ahora es de su propiedad porque, tras la muerte del criminal, recibió la documentación que la acredita como la dueña del inmueble. Encima tendrá que estarle agradecida al filibustero responsable de la culpa que la atormenta.

Como siempre, esta mañana ha llegado a las ocho a la oficina, y se ha sentado delante del escritorio de roble que la sitúa de espaldas al despacho del jefe, un tipo mayor, descuidado y sin atisbos de malicia, aunque de carácter firme. Por encima de él se encuentra el director de Calcetería Núñez, un tipo llamado Vincent Mckey, de origen estadounidense y de tendencias beodas y libertinas.

Su primer cometido del día ha consistido en redactar un par de cartas en su recién estrenada Underwood con teclado español. Este tipo de tareas la abstraen de las miradas lascivas de los chupatintas que la rodean y que se dedican a la gestión de la confección y a la venta de las medias que se producen en esta fábrica condenada a desaparecer. «El sistema de producción está cambiando», le contaba uno de sus amigos cuando todavía contrataba sus servicios. «Debido a la crisis estructural y al atraso que se perpetúa en este país, las empresas importantes están comprando las pequeñas y están provocando la ruina de los artesanos. El monoproducto ya no tiene sentido, los grandes almacenes consiguen tratos de favor y descuentos de las marcas que ofrecen género variado», recuerda ella mientras escribe una carta a unos clientes de Sevilla que hace tiempo que no realizan un pedido.

Tras terminar la jornada, Marta ha cambiado levemente su rutina. En lugar de dirigirse al almacén del Distrito V que vigila cada tarde, se ha acercado al barrio de Poble Nou para dejar una carta en el buzón de una viuda. Espera que la mujer la lea antes de irse a dormir porque, de ser así, podrá conciliar el sueño por primera vez en mucho tiempo. Acto seguido, ha abierto la libreta con tapa de piel y de tamaño cuartilla que acostumbra a llevar encima y ha tachado el nombre de la viuda de una interminable lista. Quizá otra persona habría sonreído en el acto, pero Marta ha tragado saliva, consciente del enorme trabajo que se ha autoimpuesto. Todavía le quedan demasiadas tareas por cumplir antes de permitirse una mínima

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satisfacción. «Una no puede limpiarse los pecados de las manos —se dice con frecuencia—, aunque puede procurarse unos guantes».

De camino a la calle Reina Amàlia, se ha topado con un cartel que anuncia el nuevo espectáculo de María Green, la famosa actriz del Paralelo, la gran diva de la escena, la mujer hecha a sí misma que muchos admiran y tantos otros odian; y Marta ha recordado el éxtasis que experimentaba cuando ella misma se subía a un escenario, cantaba desde el corazón y recibía los aplausos y los vítores del público. Como de costumbre, ha borrado aquella época de la mente. Hace tan poco que se terminó que todavía quema en su interior.

Por todo ello, hoy ha empezado la guardia más tarde de lo habitual. No puede abandonar el trabajo de secretaria porque necesita el dinero para vivir, y justo por eso descuida la vigilancia varias horas al día. Cualquiera puede entrar en el almacén por la mañana sin que ella se entere, y la única información de la que dispone cuando se ausenta la obtiene de unos críos a los que paga para que estén alerta, pero de los que desconfía. También piensa que su presencia a pie de calle, aunque discreta, podría ahuyentar a aquellos que tienen en su poder la llave que tanto anhela.

El caso es que, pocos minutos después de su llegada, Marta descubre a un tipo que camina inseguro por la calle y que mira a uno y otro lado de la acera, quizá temeroso de que lo reconozcan, quizá vencido por la curiosidad de lo que sucede en un barrio donde no acostumbra a poner el pie. El hombre viste un traje elegante y se detiene enfrente del almacén. Saca una llave del bolsillo interior de la americana y entra en el local del que sale diez minutos más tarde con un archivador en las manos. «Se acabó la guardia», piensa Marta mientras agarra con fuerza la estrella de plata que pende de un colgante del que nunca se separa. Ahora tiene un blanco al que apuntar. Sabe perfectamente de quién se trata y se dice a sí misma que debería haber pensado antes en él. Claro, era obvio que el Trampas podía ser uno de los testaferros de los secretos acumulados por el deleznable Kohen. Marta no desea el poder que heredará el propietario de los papeles aquí guardados; sin embargo, cree que, enterrada entre fotografías y documentos incriminatorios, se halla la dirección que lleva años buscando y que nada tiene que ver con el dinero o las intrigas políticas.

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13 de septiembre de 1923

«Me pregunto qué haría mi madre», piensa Pilar mientras camina por

el pasillo principal del piso situado en la calle Aribau que la vio crecer, al que actualmente llama el piso familiar y en el que solo vive su padre. Lleva una bandeja con el almuerzo de Mireia, un servicio que debería realizar Juana pero del que Pilar se hace cargo como excusa para echar un vistazo a su sobrino. La luz se cuela a través de las puertas de las diferentes estancias y resalta el tono porceláneo de su piel. Ignora los retratos familiares que decoran el pasadizo y que describen las etapas de la vida que atravesó antes de casarse y mudarse a su residencia actual. En la mayoría de los cuadros, don Julià, su padre, y Josep y Tomás, sus hermanos, aparecen de pie y sonrientes; todo lo contrario que Pilar, quien, con frialdad, solía sentarse de la mano de doña Teresa, su madre, en un extremo de la imagen.

La señora Puig lleva una semana instalada en su antiguo dormitorio y permanecerá en el piso familiar unos días más. Lo hace por su padre, o al menos es lo que se dice a sí misma, pues no desea aceptar la verdadera razón, la que oculta tras el papel de buena hija. Don Julià no la reconoce, tampoco se mueve de la cama, y Pilar apenas pisa los aposentos del viejo patriarca. Juana trabaja para ella y desarrolla su cometido allí donde Pilar pernocta, ya sea aquí o en el piso de la calle Provença, donde la señora vive habitualmente con su marido y sus dos hijas.

Tras cruzar la puerta de la habitación de invitados, la señora Puig recuerda por qué, tras la muerte de su madre, desterró aquí el cabezal de la cama en la que ahora descansa su cuñada. Lo considera una frivolidad. De

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madera de roble americano, se levanta recto por ambos lados y se convierte en dos espirales que coronan cada uno de los extremos de la pieza, unidos entre sí por varias ramas de las que brotan flores. El armario de dos puertas encarado al pie de la cama replica motivos parecidos. Después del auge del modernismo, surgió un movimiento en contraposición, el novecentismo, que promovía la razón, la precisión, el orden, la medida o la claridad y que estaba fuertemente relacionado con la identidad y la política catalanas. Ella es hija de dicha corriente: la sobriedad es un imperativo en su vida.

Mireia no se da cuenta de la presencia de su cuñada porque está ensimismada en la edición matinal de La Vanguardia. Pilar otea la habitación y se escandaliza de que la madre primeriza la tenga manga por hombro. De hecho, Mireia no deja que las sirvientas entren a limpiar, un capricho que la señora Puig no comprende. Hay ropa esparcida por todos los rincones de la estancia, como en la barandilla de la cuna donde el pequeño Josep duerme como un angelito, un lecho de madera que Pilar y sus hermanos usaron cuando nacieron y que hizo el fundador de la saga familiar, su abuelo, que resultó ser un as en los negocios y un manitas en su tiempo libre.

—Buenos días, te he traído el almuerzo —anuncia la señora Puig. —Gracias —dice Mireia sin levantar la vista del diario—. ¿Lo has

leído? ¿Te has enterado?

Pilar advierte que su cuñada no va a comer de inmediato, así que deja la bandeja sobre una cómoda baja que se encuentra a su izquierda. Aparta como puede una palangana y una jarra de latón con el objeto de hacer un hueco para el desayuno. Considera prioritario que las saneen, porque deberían haberlas limpiado después de usarlas durante el parto.

—Todavía no he salido de casa —responde Pilar—. No sabía que teníamos el periódico del día.

—Me lo ha traído Juana. Sabe que me aburro. Algo tendré que hacer aquí, ¿no crees? Me ha tocado el niño más tranquilo y dormilón del mundo; si sigo en esta cama, me convertiré en una mota de polvo más — termina divertida y sin referirse al estado de la estancia.

Pilar recibe el comentario como una ofensa. De no ser por las actitudes de su cuñada, la habitación estaría limpia como una patena. Se dispone a dejárselo claro, pero Mireia se adelanta:

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—Mira, te leeré el texto que precede al manifiesto del general Primo de Rivera. Lo habrá escrito algún redactor: «Confirmados los rumores que acogemos en nuestra sección telegráfica sobre importantes acontecimientos políticos acaecidos en Madrid. Esta madrugada, a las dos, se nos ha entregado en la Capitanía General el siguiente manifiesto dirigido al país, para que lo reproduzcamos íntegramente. No nos es posible ser más explícitos y por esto nos limitamos a transcribir el citado manifiesto».

—¿Qué ha pasado? —Pilar empieza a preocuparse—. ¿Qué han hecho ahora esos anarquistas?

—Nada, no han hecho nada. Creo que Primo de Rivera va a dar un golpe de Estado hoy, si no lo ha hecho ya a estas horas —concluye con un gesto de desaprobación—. Espero que el rey no lo secunde.

—Esto es justo lo que necesita el país —espeta la señora Puig—. Llevamos demasiados años amedrentados por los terroristas y por esos obreruchos que paralizan la producción con sus huelgas. Así es imposible prosperar. Ellos tienen la culpa de todo.

—Los obreros defienden sus derechos, Pilar. Tú también lo harías. —Yo seguiría las normas. Además, son peligrosos —asegura con

contundencia—. La CNT ha demostrado ser una fuerza que actúa por encima del poder legalmente establecido. Lo hace con sus huelgas y con sus doctrinas, y eso es inadmisible. Los partidos tradicionales no consiguen imponer el orden. Mano dura, eso es lo que necesitamos, mano dura.

—No sé yo, me huelo que esto acaba en guerra civil. Si no empieza ahora, lo hará en unos años. —La señora Puig tuerce el gesto en señal de desacuerdo—. ¿No me crees? Dale tiempo al tiempo. Mira, además, el manifiesto no dispone nada bueno para nosotras: «Este movimiento es de hombres: el que no sienta la masculinidad completamente caracterizada, que espere en un rincón, sin perturbar, los días buenos que para la Patria preparamos. Españoles: ¡Viva España y viva el Rey!». —Termina de leer y lanza una mirada a Pilar—. Qué quieres que te diga, afirmaciones como esta no me calman; es más, me consternan. Está claro que con él no conseguiremos nunca el sufragio femenino, pero si dan un golpe, ¡no podrán votar ni los hombres!

A Pilar le encantaría ser tan cosmopolita y abierta como su cuñada. Aunque le gustaría creer que las mujeres pueden acometer las mismas

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tareas que los varones, e incluso argumentar que serían mejores políticas que ellos, su familia le tatuó ideas contrarias a estos preceptos desde que tuvo uso de razón. Su madre la preparó para la procreación y la servidumbre y se ocupó de censurar cualquier atisbo de divergencia; la educó constreñida por las cadenas de su propio matrimonio y de su estatus. Sin más, arrebata a Mireia el diario de las manos, comprueba que se trata de la edición del 13 de septiembre y lee el manifiesto en busca de pruebas que respalden su opinión.

—¿Ves? Aquí lo dice —responde Pilar con entonación de sabelotodo

—. Van a constituir un Directorio Militar provisional para restablecer el orden y el buen funcionamiento de los ministerios. Estoy convencida de que luego devolverán el poder a los estamentos civiles. Además, el capitán general Primo de Rivera no va a permitir que se repitan unas cargas como las que sufrimos en la Diada. Ya sabes que goza de una muy buena relación con la Lliga Regionalista. Él defenderá los intereses catalanistas.

—Sí, y también van a declarar el estado de guerra en todas las regiones —dice con preocupación—. El manifiesto pide a los capitanes generales que destituyan a los gobernadores civiles y que los sustituyan por mandos militares. Harán lo que les dé la gana, Pilar. —Mireia niega con la cabeza —. Cuando un hombre se hace con el poder, rara vez lo abandona si no es por la fuerza.

—Patrañas. Mira, aquí cuenta por qué se ha visto obligado a intervenir: «Asesinatos de prelados, exgobernadores, agentes de la autoridad, patronos, capataces y obreros; audaces e impunes atracos; depreciación de moneda; francachela de millones de gastos reservados, sospechosa política arancelaria por la tendencia, y más porque quien la maneja hace alarde de descocada inmoralidad; rastreras intrigas políticas tomando por pretexto la tragedia de Marruecos; incertidumbre ante este gravísimo problema nacional…».

—Está bien, Pilar, está bien —la interrumpe la madre primeriza, todavía débil por los estragos del parto—. No tengo el cuerpo para debates políticos.

La sonrisa de Mireia es una señal inequívoca de que alza la bandera blanca. La señora Puig caza el mensaje al vuelo, así que le devuelve el gesto. Acto seguido, coge la bandeja con el desayuno y se inclina hacia delante para acercársela a su cuñada. Entonces, Mireia se fija en el moratón que destaca por encima de la clavícula de Pilar, que hasta el

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momento había quedado cubierto por el cuello de la blusa. Aunque se dispone a preguntarle por el hematoma, finalmente cambia de opinión, pues sabe que solo recibirá evasivas y que no hará entrar en razón a quien se esfuerza tanto por disimular los pesares.

—En esta casa murió mi madre de tristeza. También aquí, mi hermano Tomás se quitó la vida. —Pilar se detiene para santiguarse—. Y, ahora, mi padre malvive bajo este techo. Creo que estas paredes necesitaban una buena noticia —dice Pilar mientras observa al pequeño Josep.

—Mira, tú y yo nunca nos hemos llevado bien. No me mires así, creo que eso es en lo único en lo que estamos de acuerdo. Por eso me gustaría decirte que os estoy muy agradecida por todo lo que habéis hecho por mí, lo digo de corazón.

La señora Puig observa el trocito de cielo que se vislumbra a través de la ventana y sonríe con la intención de prolongar el tono conciliador que impera en el dormitorio.

—Gracias a ti por compartir estos primeros días conmigo. El agradecimiento es uno de los valores más importantes para las cristianas como nosotras. Ya que nos estamos sincerando… —El semblante de la señora Puig no esconde su preocupación—. Sé que echas mucho de menos a Josep, yo también lo hago. Claro, era mi hermano, ¡pero te veo tan triste y desanimada! No te reconozco, deberías rebosar de júbilo porque acabas de ser madre.

Un nudo retuerce el vientre de Mireia y una explosión de rabia se manifiesta en su pecho. Si bien desea encontrar la manera de entenderse con su cuñada, Pilar acaba de llamar a una puerta interior que Mireia va a mantener tapiada durante años. Por eso espeta una respuesta de la que se arrepiente tan pronto como la enuncia y por la que no va a ser capaz de pedir perdón:

—Tú qué sabrás sobre la alegría. Tú, que vives como alma en pena. «Si las buscaras, encontrarías más afinidades en tus enemigos que en

tus amigos más íntimos», decía el abuelo de Pilar. Como buena creyente, debe promulgar el perdón; por eso, tras la muerte de Josep y por el bien de la familia, se propuso obviar la altivez con la que Mireia la mira desde que se conocieron. No obstante, ahora tiene deseos de estrangularla, así que se levanta y abandona la habitación para no alentar sus diferencias.

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Todavía malhumorada por su encontronazo con Mireia, la señora Puig enfila el pasillo y se cruza con Juana, que le pide que la acompañe al salón. Pilar la sigue y se pregunta por qué se dirigen hacia la estancia donde han transcurrido los hechos más relevantes de la historia familiar.

Sentadas en el sofá, una parece una réplica de la otra a pesar de los años que las separan. Cuando doña Teresa murió, Pilar prohibió a Juana que vistiera de uniforme, y la sirvienta se adaptó al requisito de su nueva señora. Ahora, ambas llevan una falda larga y una blusa gris, aunque de calidades muy diferentes, y van peinadas con un moño tensado y rígido. Proclaman así una austeridad que contrasta con los restos de la decoración de un salón de pasado esplendoroso.

—No sé por dónde empezar… La noticia que me veo obligada a comunicarle es horrible. En fin, iré al grano. —Juana toma aire y prosigue —: Acaba de llamar el marido de la señora Irene. Su amiga falleció ayer por la noche.

Pilar emite un leve suspiro, el preludio de una pena inmensa que está a punto de invadirla. No sabe si debe pronunciarse o mantenerse en silencio. ¿Qué se espera de ella en estos momentos? Es incapaz de articular palabra porque un regimiento de recuerdos la asaltan. Las tardes que disfrutaron jugando juntas en una de las casas de veraneo que sus familias poseían en Vilassar. Las miradas que cruzaban con los chicos en el paseo Marítimo del pueblo y las divertidas impresiones que compartían a posteriori mientras se juraban que ningún hombre se interpondría en su amistad. La fuerte oposición que Irene mostró cuando la señora Puig anunció su compromiso con Claudi Guitart, un prometido que Pilar no había escogido y del que su amiga había oído pestes; así como el abrazo y los mejores deseos que esta le ofreció tras comprobar que la decisión de la benjamina de los Puig era firme e irrevocable. Los primeros artículos que Irene se emperró en publicar en revistas femeninas y que, a pesar de que no los veía con buenos ojos, Pilar apoyaba y alentaba porque su amiga nunca la alejaba o la juzgaba por sus opiniones y siempre la hacía partícipe de sus logros y de sus lágrimas.

El caso es que Juana apoya la mano sobre el hombro de la señora, un gesto que Pilar interpreta con escalofríos. «Lo peor está aún por llegar», piensa.

—Señora, sucedió en el despacho de doña Irene. El hijo de su amiga la encontró ahorcada. Aunque parezca imposible, se ha quitado la vida.

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—Ella…, ella estaba a punto de terminar su primera novela.

Pilar observa los dos destartalados sofás de tapicería verde esmeralda y acabados dorados, los ventanales blancos que esparcen la luz con elegancia, la vitrina que expone los juegos de té y café con los que sus padres habían recibido a una incalculable cantidad de visitas, el reloj de pared circular también obra de su abuelo, los retratos individuales de don Julià y de doña Teresa, situados cada uno a un lado de la chimenea. Hace inventario de cuanto la rodea como si el orden de la estancia aportara cierto sentido a lo que acaba de escuchar. Aunque siente punzadas en varias partes del cuerpo, permanece inmóvil cual edificio a punto de derrumbarse por el peso de la noticia.

Repasa los últimos meses que ha compartido con Irene. No recuerda ni un pequeño indicio de tristeza en los ojos de su amiga, ni tampoco la confesión de cualquier tormento que justifique una decisión tan indecorosa. Se resiste a aceptar que se haya suicidado, tiene que haber algo más tras el suceso. Pilar no se percibe a sí misma como una mujer inteligente y, aun así, confía en su olfato: siempre encuentra mugre en los relatos más impolutos. No en vano, y a pesar de que debería estar suscrita al popular «piensa mal y acertarás», utiliza su propia versión del dicho: «No hay jardín sin espinas, ni espinas sin jardín».

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16 de octubre de 1923

«Ya queda menos», piensa Marta mientras pasea por las Ramblas en

dirección al puerto. El bulevar arbolado con más vida del litoral barcelonés, epicentro de quioscos, comercios, bares, hoteles y teatros como el Liceu, le produce desconfianza. El jolgorio de la calle ofrece un elixir envenenado que atrapa y devasta a los pordioseros y que entretiene a los granujas adinerados que de día imponen el orden burgués y de noche lo traicionan.

Marta se detiene en el número seis de la rambla Santa Mònica. Observa las dos puertas acristaladas, separadas por un ventanal, que dan al vestíbulo del Gran Café Catalán. El nombre se anuncia con un letrero iluminado sobre el que destacan unas luces de neón que dan forma a la palabra DANCING. Las mujeres que no trabajan en el local acuden siempre acompañadas por sus hombres, así que Marta coloca disimuladamente un billete en el pantalón del pinxo de turno para que la deje acceder a la sala de baile.

La presencia de militares y somatenes en las calles de la ciudad es evidente y amenazadora. Ha empezado una dictadura y, sin embargo, algunos locales de música y de baile siguen abiertos como si el país no estuviera sometido al estado de guerra. Obviamente hay voces discordantes: se dice que el ahora exdiputado Ángel Ossorio ha catalogado las palabras del manifiesto de Primo de Rivera como «zafiedades y groserías», y que Unamuno lo ha tildado de «pornográfico». No obstante, hace un mes que el caudillo capitanea un Directorio Militar formado por ocho generales pertenecientes a cada una de las regiones militares y un

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contraalmirante, y no parece que vaya a ceder el poder. Se han disuelto las Cortes, se ha suspendido la Constitución y, al decir de muchos, Alfonso XIII ha apoyado el nuevo Gobierno sin advertir el peligro que corre su corona.

Qué más da, son las diez de la noche y los fieles del Catalán llevan varias horas entregados a las distracciones y las copas a precios desorbitados. Nada más entrar, Marta sonríe porque hoy actúa la orquesta Demon’s Jazz, uno de los grupos musicales más exitosos de la ciudad, que se formó en este mismo café y que ya actúa incluso en el Ritz. La banda está capitaneada por Llorenç Torres Nin, un pianista y compositor menorquín apodado Mestre Demon. Barcelona empieza a considerarse la Nueva Orleans del Mediterráneo gracias a artistas como él y a salas como esta.

Hoy toca la Demon’s, así que hoy es noche de jazz. Sin embargo, cuando la formación se toma un descanso, otros músicos interpretan piezas de tango o de foxtrot para el deleite de los más danzarines. En el local trabajan unas sesenta tanguistas, chicas a caballo entre la camarera y la bailarina cuyo objetivo no es otro que incitar a los clientes a beber. También los sacan a la pista para que se dejen llevar por una milonga que, según la complicidad que surja entre ambos, los acercará al más elevado de los placeres carnales. Ya lo dicen los anuncios publicados en los diarios: «Si su marido no funciona como es debido, báilele un tango». Las chicas son consumidoras férreas de cocaína, una sustancia que llega en barco desde Génova o Marsella y que se considera un hábito cosmopolita; y cuando el Catalán cierra, a las cuatro de la madrugada o seguramente antes, algunas de ellas conducen a los clientes a un lugar más tranquilo. Las novatas lo hacen para comer un plato caliente al día siguiente y las experimentadas, para permitirse un modelito francés que adquieren en los grandes almacenes.

Huelga decir que la sala está abarrotada de clientes y que Marta tiene dificultades para llegar hasta la barra. Pronto, un hombre la invita a una copa de champán que ella acepta para afianzar su coartada. Soporta la retahíla de tópicos que el pretendiente dispara para seducirla mientras, de reojo, localiza al Trampas e inicia el juego de miradas. Él se halla al otro lado de la pista de baile y conversa con una chica que lo ha acorralado contra la pared. Tras un tanteo, el Trampas comprende que Marta destaca entre el resto de las mujeres y que se ha propuesto llamar su atención.

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Los orígenes de Marta son humildes, pero ha sabido adoptar los andares de una reina, la mirada de una leona y esa pose de femme fatale que triunfa debido a las películas americanas. Enrolla un dedo con su cabello rizado y dorado, cuidadosamente acicalado para la ocasión. A veces desearía tener el pelo azabache; un rubio como el suyo es un imán para los hombres que se creen con la potestad de cortejarla sin miramientos y, a menudo, sin educación. El Trampas, por su parte, le devuelve algunas miradas, otras las retira y, cuando se dispone a acercarse, se da cuenta de que la mujer se ha esfumado.

Marta se ha refugiado en el baño, una estrategia infalible. Una vez ofrecido el caramelo, lo retira diez minutos para que su valor aumente. Ahora observa el reflejo que el espejo del lavamanos le devuelve y comprueba que ha puesto toda la carne en el asador. La cara redondeada cubierta en parte por el cabello rubio, el pintalabios rojo que resalta unos labios carnosos y esos ojos almendrados y pardos contorneados con un maquillaje sutil, aunque efectivo, son un cúmulo de virtudes malditas. Lleva un vestido de noche negro sin mangas y de escote discreto cuya falda termina en las rodillas, un atuendo atrevido que realza la delgadez de su torso y la voluptuosidad de sus caderas sin necesidad de llevar un corsé. Marta sabe que, si se abandona a la moda de las formas rectas que empieza a triunfar entre las mujeres más jóvenes, no cumplirá su cometido. Se convence a sí misma de que, una vez consiga la dirección, nunca más se vestirá así para un hombre.

Antes de volver a la sala, repasa mentalmente los pasos que seguirá. Lo buscará, reemprenderá el baile de miradas y dejará que sea él quien se le acerque. Entonces comenzará el coqueteo, las alabanzas, la ingenuidad. Seguramente le entregará su cuerpo más tarde, tal vez se verá obligada a hacerlo en otras ocasiones. Cuando empleaba la estrategia de la carne por órdenes de Kohen, llamaba «trabajos» a ese tipo de misiones, en un intento vano de distanciarse de las decisiones que se veía obligada a tomar. Sin embargo, eran embustes, tretas que llevaba a cabo bajo coacción y que ponían a algún que otro ricachón entre la espada y la pared. Si no obedecía al tirano, si no se camelaba a un hombre y lo sometía hasta que este le revelara los secretos más inconfesables, podía llegarle a pasar lo peor. Así que la idea de acostarse con el Trampas para manipularlo la asquea y, a la vez, la considera un mal necesario porque necesita las llaves del almacén al que lo vio entrar.

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Cuando vuelve a la barra, se encuentra al Trampas en el taburete que ella ha dejado libre cuando se ha cobijado en el baño. Marta sonríe, lo acusa de robarle el asiento y él se lo cede. «Me llamo Afrodita», dice ella. Dos copas de champán después, la complicidad aflora. Llegan las odas a la belleza de Marta, galanterías que ella recibe con ese toque de timidez que desarma a sus presas. «Son tan evidentes», piensa al tiempo que decide pasar a la acción. Es el momento de alabar la hombría de su objetivo, cuya barriga no sería tan pronunciada ni su torso tan ancho si se dedicara a ejercitarlos como hacen los jóvenes. El Trampas es un hombre de su generación: considera que el atractivo radica en el estatus y no en el rostro, el suyo prematuramente agrietado y de papada incipiente.

Son las doce de la noche y Marta calcula que este ingenuo picapleitos no tardará en ofrecerle una habitación en un hotel cercano. «Así estaremos más tranquilos», dicen los educados; «no te arrepentirás», aseguran los desacomplejados. Ella nunca mueve ficha, deja pasar el tiempo hasta que la invitan. De este modo, ellos creen que son los amos de la noche. Sin embargo, y sin que Marta lo vea venir, el clima se tuerce. La cándida expresión que ha imperado en el rostro del Trampas se transforma en una sonrisa maquiavélica que augura una velada desastrosa para ella.

—Mira, sé quién eres y sé lo que quieres de mí, Marta —espeta de repente con un tono paternalista—. Tengo constancia de todos los sicarios y los espías que trabajaron para el barón Hans Kohen. ¡Qué cojones!, ese bastardo no era barón ni era nada. Gracias a Dios que está bajo tierra, así que ya no le debo pleitesía. Le voy a llamar «maldito Kohen» a partir de ahora.

El Trampas alza su copa para brindar mientras Marta empalidece. —¿No dices nada? Pues seguiré hablando yo —anuncia con una

soberbia que enerva a la mujer—. Me lo he pasado de fábula durante este rato, quería ver hasta dónde llegaba tu capacidad de persuasión. Eres buena, sí, señor, no me extraña que fueras la protegida de ese mamarracho. Pero ahora el maldito Kohen soy yo, ¿lo entiendes?

Marta suspira. Ante todo, tiene un talento innato para escapar de los callejones sin salida. Acepta que su tapadera se ha visto expuesta y entiende que debe voltear la situación a su favor. Lo que más la asusta es que ese miserable conoce sus intenciones. No hay duda, vuelve a ser carne de chantaje, así que recompone el ánimo cual actriz tras una función deplorable.

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—Está bien —responde al fin—. ¡Soy culpable! —bromea mientras levanta las manos en señal de rendición—. Dime qué quieres y te lo daré a cambio —propone al tiempo que le acaricia el muslo al Trampas.

—Con eso no vas a pagar ni un octavo del valor de lo que buscas. Si quieres que te dé la dirección, tendrás que trabajar para mí. Te convertirás en una de mis espías.

El cuerpo y la mente de Marta se niegan en redondo. Se prometió a sí misma que iba pasar página, que bajo ningún concepto volvería a caer en tan abyecta situación, que jamás se vería atrapada en el fuego cruzado de los poderosos.

—Muchas gracias por la oferta.

En cuanto responde, se levanta y huye hacia la salida del local. Entonces recuerda el motivo que la ha llevado hasta este dancing y detiene sus pasos. Es superior a ella, necesita saberlo, necesita la dirección. Así que suspira, agarra con fuerza la estrella de su colgante, reprime una lágrima que amenaza con precipitarse y da media vuelta. El Trampas la recibe con una sonrisa de oreja a oreja. Ha vencido, y él ama ganar por encima de cualquier otro placer.

—Acepto la propuesta. Vamos a cuantificarla —dice Marta, dispuesta a negociar su futuro—. ¿Cuántos trabajos debo hacer a cambio? ¿Cinco? ¿Seis? Pongámosle un precio justo.

—No corras tanto. Hoy celebraremos el trato, mañana ya hablaremos de la letra pequeña. Y para sellar el acuerdo…, ¡qué mejor manera de hacerlo que en una habitación del Hotel Oriental! ¿Qué me dices?

No es una invitación, es una orden; y Marta lo tiene claro. Respira hondo.

—Querido, no voy a acompañarte. Kohen era un tipo listo, nunca mezcló los negocios con el placer, nunca me pidió que compartiera sábanas con él. Si quieres que trabaje para ti, lo más inteligente es que mantengamos esta regla.

Contra todo pronóstico, el Trampas asiente, se despide con una leve reverencia y desaparece entre los juerguistas dispuestos a quemar el local. Marta se siente esperanzada, está más cerca que ayer de encontrarlas y, aun así, no puede creer que, unos meses después de librarse de un tipo deleznable, caiga en las garras de otro. Una vez fuera del local, y con la moral por los suelos, coge su libreta del bolso y añade su propio nombre al listado. Supone que algún día tendrá que compensarse a sí misma.

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17 de octubre de 1923

«No te quedes traspuesta», se exige Mireia en plena junta de accionistas

de la Puig & Mckey, al tiempo que se pregunta si su hijo se habrá pasado la mañana llorando, como es habitual. Ella y su retoño abandonaron el piso familiar una semana después del nacimiento del pequeño y volvieron a su residencia de la calle Pau Claris, un hogar plagado de fantasmas que atacan a través de los recuerdos. Josep está presente en cada entresijo de la vivienda.

Durante los primeros días de vida, el crío se comportaba como un bebé modélico, pues apenas lloraba, comía con rapidez y descansaba la mayor parte de la jornada; pero con el tiempo ha desatado un temperamento tan fuerte y arrollador que Mireia no sabe cómo calmarlo ni cómo atender a sus necesidades cuando gimotea durante horas. De hecho, rechazó emplear a un ama de leche porque quería disfrutar de las primeras semanas del recién nacido, y ahora, después de noches en vela tratando de consolar al retoño, tras apenas salir de casa para no parecer una madre incapaz de tranquilizar a su criatura, reprime las ganas que tiene de regalarlo a la primera que pase. Se tortura porque el bebé no le despierta el amor incondicional del que tanto ha oído hablar. De hecho, Mireia tampoco contrató a una niñera, como hacen las mujeres de su condición, porque sentía que pasar más tiempo con el pequeño Josep la acercaba a su difunto marido. Vive resignada a su dolor y confía en ese tiempo que todo lo cura y que, hoy en día, todavía no ha mostrado sus habilidades sanadoras.

Adormilada y con los nervios a flor de piel, Mireia se cuestiona si la asignación de los asientos en la junta que tiene lugar en este preciso

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momento es justa. La sala de reuniones está dispuesta alrededor de una mesa de nogal con capacidad para dieciocho personas, que acoge a los once accionistas varones, los locales y los americanos, y a un empleado. A pesar de que quedan sillas libres, las tres únicas mujeres presentes ocupan un sofá apartado de los hombres. Una de ellas es la propia Mireia, que posee un 30 % de las acciones; la otra es Pilar, que tiene un 10 % heredado de su hermano Tomás; la última es la condesa Carme de Vallespir, una mujer entrada en los sesenta que, a pesar de ser la titular de un mísero 0,2 %, acude a todas las juntas sin excepción. Engalanada con joyas deslumbrantes y ropa comprada en boutiques de París, doña Carme no pierde oportunidad de recordar que es la única con título nobiliario de los asistentes.

La sala, ubicada en las oficinas centrales de la compañía en la calle Balmes, es tan grande que podría albergar un convite de bodas. En un extremo se halla una chimenea en desuso coronada por un espejo abarrocado. Ambos elementos están separados por una repisa de mármol sobre la que reposan un jarrón con flores y dos lamparillas de lágrimas a juego con la lámpara de techo que destaca por encima de las cabezas de los allí presentes. Cinco ventanales deslumbran a los presentes y, aunque a Mireia le gustaría que corrieran las cortinas de felpa verdes para no verse obligada a seguir la reunión con los ojos entreabiertos, los socios americanos aman el sol barcelonés y disfrutan del exceso de luz. Hay que mantenerlos contentos. Además, el ruido de las obras del soterramiento del ferrocarril que llega de la calle es, por momentos, ensordecedor. Detalles nimios que nada tienen que ver con el paripé al que la han convocado.

—Primo de Rivera nos ha traicionado y ahora nos toca pagar el pato a nosotros —dice Andreu, uno de los socios minoritarios de la empresa, un aliado histórico de don Julià, el padre de Pilar. Ejerció una posición de relevancia en el Banco de Barcelona, hasta que quebró en 1920, y ahora la desempeña en el Banco Central. Es bajito, ahusado y setentón, pero tan vital y parlanchín que ocupa el espacio de dos conversadores.

—Tiene razón; además, el marqués de Estella ha asumido demasiado poder, y no es lo que esperábamos —concluye Claudi, el marido de Pilar, mientras se sirve de la única botella de whisky que todavía no se ha terminado. Él capitanea la reunión desde la cabecera de la mesa—. ¡Por el amor de Dios, se ha proclamado presidente del Directorio Militar y ministro único! Se cree un Mussolini a la española —dice con una falsa

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indignación—, y no tiene nada que ver. El italiano estuvo en las filas de los socialistas, por lo que conoce bien al enemigo y, de momento, no ha asumido tanto poder. Primo quiere convertir el somatén en una especie de camisas negras, y tampoco lo va a conseguir. En este país nadie tiene ni idea de gobernar —sentencia sin creer en sus palabras, pues una dictadura es el contexto perfecto para la consecución de sus planes.

Las botellas de agua son las únicas que todavía están llenas y Mireia, que se está muriendo de sed, duda entre levantarse para servirse un vaso o permanecer en su lugar. De hecho, la viuda anda de los nervios. Aunque le gustaría intervenir en el debate, calla para pasar desapercibida.

—¡Jamás pensé que prohibiría el uso de nuestra lengua en los actos públicos y en las escuelas! ¡Y también la bandera catalana en los lugares oficiales! —se queja Eudald Villaròs, vocal del consejo de administración, accionista y excompañero de juergas de Josep—. Tampoco esperaba que el rey firmara un decreto contra el separatismo que castiga con penas severas lo que Primo llama «delitos contra la seguridad y la unidad de la Patria». ¡Por el amor de Dios! No solo nos juzgarán si pedimos más autonomía para Cataluña, ¡también lo harán si izamos una bandera!

—Y ha obligado a disolver la Lliga Regionalista, Acció Catalana y Estat Català, justo lo contrario de lo que prometió —asegura Claudi para meterse en el bolsillo a sus interlocutores.

—Todos sabemos que su siguiente objetivo es la Mancomunitat —le sigue Andreu haciendo referencia a la institución que agrupa las cuatro diputaciones provinciales del Principado y que se erige como la primera de ámbito catalán tras la supresión del Consell de Cent y la Generalitat en 1714—. Además, el general que tenemos al frente del Gobierno Civil, ese tal Lossada, no me da buena espina; y hoy a las once van a nombrar alcalde a don Fernando Álvarez de la Campa. Me indigna que en La Vanguardia lo vendan como un militar ejemplar que acepta el cargo solo porque Primo se lo ha pedido. Han venido a invadirnos y les hemos abierto las puertas de par en par.

«Qué esperabais —le encantaría decir a Mireia—. Los militares están obsesionados con la unidad de España desde que se perdieron las últimas colonias. Además, los primeros que se adhirieron al golpe aquí fueron los Sindicatos Libres de corte conservador, el somatén y la Federació Patronal de Catalunya. Primo también había prometido a los sectores más españolistas que acabaría con el catalanismo, y si os hubierais leído alguno

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de los centenares de artículos que el marqués de Estella ha publicado en los últimos años, habríais advertido que mentía cuando ofrecía a la Lliga una mayor autonomía para Cataluña a cambio de apoyo. Habéis aupado a un egocéntrico que se cree el salvador de la patria y él os considera un peligro para la estabilidad de su Gobierno». Sin embargo, calla. Sabe que de poco van a servir sus palabras.

—Yo le brindé mi apoyo porque nos prometió que pondría orden en esta ciudad —continúa Eudald— y que controlaría a esos malditos anarquistas que nos acribillaban a bombas. Por Dios, ¡había rumores de que se estaban militarizando! Es cierto que, en un mes, ha metido en la cárcel a un montón de cenetistas, que la federación local de la CNT ha pasado a la clandestinidad y que se ha suspendido la edición de su diario. Pero eso no justifica su traición.

—Cuidado —le advierte Andreu—, don Miguel es ahora el máximo poder del Estado. Por mucho que discrepe de él, no es apropiado ningunearle en público, o acabará entre rejas como tantos otros.

—¡Cuánta razón tiene, don Andreu!

—Caballeros —interviene el traductor que permanece al lado de John Mckey, uno de los socios americanos—, por interesante que sea el debate, el señor John Mckey pide que aligeremos la reunión. Desea terminar pronto para probar el arroz a la valenciana —anuncia con cierta ironía en la entonación, aunque no en el rostro—. Le han hablado muy bien del plato.

John es el director general de la Mckey & Mckey, y Mireia cree que sonreiría incluso al ordenar un asesinato. Es alegre, afable, alto y espigado y luce un bigote impecable que complementa su sonrisa, unas gafas que enmarcan unos ojos siempre impacientes y un atuendo informal — pantalones anchos y camisa Oxford con cuello abotonado— que le confiere una modernidad criticada por los socios locales cuando no está presente. En cada viaje aprende un par de palabras típicas de la ciudad a la que acude y las usa para romper el hielo en las reuniones. Con él ha viajado Carlos, un salmantino que emigró a Nueva York años atrás para probar fortuna y que trabaja como traductor. Los Mckey poseen el 49 % de las acciones de la Puig & Mckey, repartidas entre la empresa madre y Calcetería Núñez, otra compañía española que compraron con el objeto de asegurarse la tenencia de ciertos activos locales claves para pedir créditos o conseguir liquidez en caso de necesidad. Por ese motivo, también ha

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acudido su director Vincent Mckey, la oveja negra de la familia, a quien desterraron en Barcelona para que no molestara.

—Tiene razón, Carlos, dígales que procedo con el tema más importante del orden del día. —El traductor cumple con su función y Claudi prosigue—: Como sabrán, hace ya casi cinco meses desde que mi cuñado Josep nos dejó.

Claudi se toca la frente ancha, el pecho de palomo y los hombros demasiado estrechos para un cuerpo sobrado de kilos. Mireia siente una punzada cuando escucha el nombre de su marido y, por primera vez desde que se ha sentado en este sofá que actúa de apartadillo, atiende con preocupación a lo que sucede en la mesa de la junta.

—Entonces, y por petición de mi amada esposa, dejé el bufete de abogados en el que he trabajado tantos años para dedicarme en cuerpo y alma a dirigir el consejo de administración de esta empresa mientras se buscaba a la persona que debía ocupar el lugar de mi cuñado.

Claudi odia los parlamentos ceremoniosos y, además, le aterra meter la pata. Puesto que le sudan las manos, se las seca en el pantalón con disimulo, tocando así unas piernas sorprendentemente atléticas que ha moldeado en las actividades de montaña organizadas por la asociación excursionista de su barrio.

—Esta irregularidad de la que soy protagonista nos ha permitido mantener el orden y los beneficios sin que la producción se resienta. Antes de continuar, debo agradecer el maravilloso apoyo de mi esposa Pilar, aquí presente.

Claudi se gira y sonríe a su mujer, quien le devuelve el gesto. Mireia los observa con recelo, no se cree esta complicidad que, bajo su punto de vista, es una ilusión interpretada para la ocasión. Contempla la mesa y se fija en los siete barceloneses que están sentados a la derecha de Claudi. Todos tienen canas y visten trajes lisos, fuman en pipa porque consideran que los cigarrillos son cosa de imberbes y consultan de vez en cuando los relojes de bolsillo que los diferencian de la plebe. Al otro lado, dos hombres jóvenes procedentes de allende los mares visten de un modo más informal, devoran unos pitillos almacenados en cajas de plata y presumen de sus relojes de pulsera de oro. Aislado está Vincent, que lleva la misma ropa del día anterior.

—Dados los buenos resultados obtenidos con mi gestión —afirma Claudi—, me presento como candidato a presidir el consejo de

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administración de esta fructífera compañía. Como bien saben, tan solo poseo un dos por ciento de las acciones, pero si las sumamos a las de nuestros socios americanos —escenifica una leve reverencia— y a las de mi esposa, disponemos de una amplia mayoría de votos que asegura la estabilidad de nuestras fábricas.

Claudi vuelve a dedicarle una mirada amorosa a su mujer, quien, tiesa como un alfiler y agarrada a su bolso como si le fuera la vida en ello, asiente con timidez. El hombre observa fugazmente a Pilar e intenta disimular el rechazo que ella le despierta. «Podría haber desarrollado la belleza de sus hermanos en atributos femeninos y no conformarse con el palo de escoba que es», ha pensado sobre su cónyuge una infinidad de veces.

—Así pues, sin más dilación, votemos mi candidatura, la única que se presenta. Tal y como hemos acordado en el primer punto de la reunión, se llevará a cabo a mano alzada. Don Alfred, si es tan amable, proceda, por favor.

—Por supuesto —dice Alfred, el secretario ejecutivo del consejo de administración, mientras asiente—. Votos a favor de que don Claudi Guitart Munné se convierta en el nuevo presidente del consejo de administración de la Puig & Mckey.

El resultado es casi unánime. Los varones sentados alrededor de la mesa, así como Pilar y la condesa de Vallespir, se muestran a favor. Mireia, sin embargo, es víctima de un arrebato de rebeldía y no levanta la mano. Su decisión es irrelevante porque no puede decantar la balanza y, además, ninguno de los hombres comprueba lo que ellas han votado. Su insignificancia le despierta una ira inconmensurable. Mira de reojo a su cuñada y advierte esa mezcla de tensión y miedo tan característicos en la mujer. El orgullo con el que Pilar pronuncia su apellido se desangra ante lo que está sucediendo en la junta.

Un aplauso da por zanjada la votación. Acto seguido, John anuncia que ha otorgado poderes a su hermano Vincent para que pueda hablar en nombre de la empresa madre en el caso de que surja una votación urgente, ya que los estatutos determinan que todos los socios poseedores de más de un 20 % de las acciones deben estar presentes cuando se tome una decisión. Mireia se pregunta si es una buena idea, pues Vincent ha llegado borracho y, durante los primeros diez minutos, se ha bebido la mitad del

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whisky que había sobre la mesa. La reunión culmina con un discurso de Claudi que John y el resto de la comitiva americana esperan que sea breve.

—Es una gran responsabilidad montar un caballo de raza como la Puig & Mckey —Claudi empieza así su discurso, aliviado y tranquilo debido al éxito de la votación—. Mi intención es seguir la estela de don Julià Puig, que, como saben, está enfermo, y de su hijo Josep, que en paz descanse. Por eso, quiero iniciar una reorganización de la producción que afectará a las siete fábricas de la compañía. Empezaremos por la de Sabadell, que reduciremos a la mínima expresión para redistribuir la fabricación de sus productos entre las naves más alejadas de la ciudad.

La sangre de Mireia hierve. Lo que su cuñado acaba de anunciar contradice los deseos de Josep; es más, su marido confiaba a ciegas en el centro de Sabadell debido a la localización, al coste reducido de los recursos que emplea y a su plantilla joven y eficiente. Mireia contribuyó en la mayor parte de las decisiones empresariales que Josep tomó en vida y, a pesar de que ahora es la accionista individual mayoritaria, no dispone de influencia alguna con el reparto actual.

—Disculpe, don Claudi —interviene finalmente Mireia, víctima de su vehemencia y captando la atención de la sala—. Me gustaría preguntarle por qué desea prescindir de esa fábrica en concreto, cuando sus rendimientos netos crecen a diario. Mi marido deseaba expandirla, no reducirla.

Carlos traduce la intervención a John y este asiente interesado en la respuesta. Claudi se gira y apuñala a su cuñada con la mirada.

—Doña Mireia —le responde esforzándose por no montar una escena —, he revisado los planes de don Josep y le aseguro que esta era su intención.

—Miente, él me contaba hasta sus intenciones más banales, y le aseguro que no dice la verdad.

—Seguramente lo entendería usted mal, doña Mireia. ¿Por qué no deja que los que sabemos de negocios nos dediquemos a la toma de decisiones? Usted tiene un hijo en casa que requiere de su atención, no gaste energías en asuntos que no le atañen.

La facción barcelonesa de la mesa le ríe la gracia, la americana mira a Claudi con recelo; este reemprende su discurso ante una Mireia carcomida por la impotencia. Cuando por fin logra tranquilizarse, se da cuenta de un

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pequeño detalle: Vincent, la oveja negra de los Mckey, la mira con admiración.

La reunión termina y los convocados se levantan y hablan en corrillos al tiempo que los Mckey se despiden y abandonan la sala. Pilar no se ha movido ni un milímetro, sigue paralizada como si se abandonara a su suerte ante un caballo desbocado dispuesto a embestirla.

—Querida —dice la Condesa a Mireia mientras contempla el cielo a través de la ventana. Las tres mujeres todavía están sentadas—, aunque valoro su gallardía y sus buenas intenciones, debo decirle que nada conseguirá de un hombre si lo contradice delante de su manada. —Mira a Mireia a los ojos—. Es evidente que nosotras influimos en la toma de decisiones de empresas como esta, pero no lo hacemos en las reuniones, sino en los pasillos y en las cenas, y a través de susurros. Hágame caso, le llevo unos cuantos años de ventaja en este mundo.

La señora Puig se levanta y abandona la sala contrariada. Mireia rebate mentalmente el argumento de doña Carme: «Tú qué sabrás, bruja». Tardará meses en darle la razón y años en demostrarle que está equivocada.

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17 de octubre de 1923

«Este portal necesita una limpieza profunda», rumia Pilar al acceder al

edificio de la calle Provença en el que vive con su marido y sus dos hijas. La entrada es alargada y está adornada con varios frescos que simulan un jardín de formas sinuosas y a veces indefinidas. Don Antonio, el portero, la recibe desde la garita de madera que, de lado, parece un confesionario, pero que, de frente, sorprende por la majestuosidad de un mostrador coronado por dos arcos apuntados. A la derecha hay una escalera señorial, enmoquetada y pulcra, cuya barandilla es un sueño modernista: se aprecian conchas, caracolas y peces esculpidos en relieve sobre la madera. Pilar evita tocarla cada vez que sube un escalón.

Pilar se mudó allí tras las nupcias: las primeras de ella y el segundo matrimonio del novio. Al menos durante los meses iniciales, se despertaba cada mañana con la esperanza de encontrarse en otro lugar. Sin comerlo ni beberlo, vivía con un hombre huraño y desconocido y con una niña de seis años rebelde y consentida que echaba de menos a su madre. Esmeralda, la primera mujer de Claudi, se había encargado de la decoración antes de morir. Dado que padre e hija eran reticentes a borrar la huella de Esmeralda, Pilar fue realizando cambios con cautela hasta que consiguió sentirse acogida, al menos, por los muebles y los cuadros.

Nunca pensó que se casaría con un viudo quince años mayor que ella; más bien había soñado con un joven de su edad, acaudalado, seguro de sí mismo y caballeroso. Sin embargo, cuando los padres la obligaron a comprometerse, Josep andaba en pie de guerra con don Julià debido a los cambios que consideraba vitales para el futuro del negocio y que su padre

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se resistía a acometer. Su otro hermano, Tomás, bebía sin freno y no escatimaba los disgustos que regalaba a la familia para llamar la atención. Por eso ella no quiso ni supo protestar, porque no deseaba convertirse en otro quebradero de cabeza para sus padres; de ahí que se limitara a obedecerlos en consonancia con la estela de sumisión que había seguido desde pequeña. Esclavizada por la incansable búsqueda de la aprobación de su madre, Pilar soportaba comentarios como «esos suspiros tras los que te escudas no te van a llevar a ningún lugar», sin entender el significado.

Tras la junta de accionistas celebrada esta mañana, Pilar ha dedicado el día a realizar gestiones y compras pendientes. Ahora, mientras sube a casa por las escaleras, pues los ascensores le parecen poco seguros, decide que volverá a pasar dos semanas en el piso familiar de la calle Aribau con el pretexto de cuidar a su padre. Cuando abre la puerta del hogar, se queda en la jamba observando su llavero de piel, un regalo de su mejor amiga, la difunta Irene. Una persona con una carrera tan notable y unas aspiraciones literarias a punto de satisfacerse, casada felizmente con un marido respetable y madre de un hijo espléndido que la agasaja con buenas noticias, no se quita la vida sin motivo aparente. Irene era una rara avis en una Barcelona donde las mujeres apenas destacan ni tienen opción de brillar.

Pilar cierra la puerta tras de sí, deja la chaqueta de entretiempo en el colgador y observa el retrato familiar que decora el recibidor. Ella aparece sentada junto a sus hijas Eulàlia y Teresa. En realidad, Eulàlia es su hijastra, pero la señora Puig odia esa palabra; la quiere demasiado como para marcar una distancia que le parece injusta. Claudi, de pie, reposa la mano cariñosamente sobre el hombro de su mujer. Los cuatro se muestran sonrientes, felices y unidos. Detesta el cuadro.

Juana rescata a la señora Puig de sus pensamientos cuando acude a su encuentro con un sobre en las manos. Pilar, que todavía no ha llegado ni al pasillo, lo coge con precaución. El semblante del ama de llaves augura nuevas tempestades.

—Señora —dice con un tono neutro—, quiere la casualidad que, a la hora del desayuno, el señor haya acudido al salón para atender una llamada. Don Claudi ha dejado su maletín medio abierto en el comedor y, patosa de mí, lo he tirado al suelo. Sin querer, por supuesto. Del interior ha caído este sobre ya abierto. No he podido evitar darme cuenta de que se trataba de una carta escrita por doña Irene dirigida a usted, así que me he

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tomado la libertad de recogerla para entregársela. Espero no haberme extralimitado.

—Ha hecho bien, querida. Le agradezco esta casualidad.

Pilar saca una hoja del sobre. Al desdoblarla, advierte que la mano le tiembla como el resto del cuerpo. Una primera lágrima le resbala por la mejilla cuando empieza a leerla:

Querida Pilar:

Seré breve, no tengo mucho tiempo. Como bien sabes, hace pocos meses que también escribo para Libertad, el semanario librepensador que te comenté y del que tú siempre reniegas con tu gracia habitual. Durante estos últimos tiempos he estado investigando unos hechos muy relevantes que podrían cambiar el curso de la vida de esta ciudad y, aunque todavía no le he propuesto el tema al director, creo que accederá a publicarlo.

Sea como fuere, temo por mi seguridad. Creo que me he topado con un entramado más vasto de lo que imaginé en un primer momento. Debo confesarte que he recibido varias amenazas. No te preocupes, estoy tranquila. Por si fuera víctima de una desafortunada desgracia, dejo una carpeta en el doble fondo del último cajón de mi escritorio con la información que he recopilado hasta el momento. Sé que, llegado el caso, harás buen uso del contenido.

Nos vemos en la cena del sábado y allí te lo cuento todo.

IRENE

Silencio, miedo, estupor. Irene la escribió el mismo día de su muerte. Pilar tiene dificultades para digerir lo que acaba de leer. Sin pensarlo dos veces, deja a Juana expectante en el recibidor y se dirige al salón claramente enfadada. Cuando entra en la estancia, encuentra a Claudi leyendo La Veu de Catalunya en el sofá Chesterfield importado del Reino Unido.

—Claudi, necesito hablar contigo —le dice a su marido, que permanece concentrado en el diario. Pilar se amilana nada más verle y contiene la rabia—. Sabes que ando muy triste por lo de Irene: ¿por qué no me has dado esta carta?

Tras la mención de la misiva, Claudi deja el periódico sobre la mesita de té y observa a su mujer con esa expresión indescifrable que aterra a Pilar.

—En la carta me dice que tiene ganas de verme —prosigue ella— y me emplaza a una cena que se iba a celebrar poco después de su muerte. Esta no es la carta de una suicida. —Se santigua—. No tiene sentido que se quitara la vida si esperaba el encuentro con ilusión.

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—Mujer, esa gente no está cabal antes de… Quién sabe lo que le pasaba por la cabeza —dice con condescendencia—. Precisamente no te la he dado para que no sufras más.

—Claudi —dice la señora Puig alzando el sobre con cierto desespero —, dice que estaba escribiendo un artículo importante y que temía por su seguridad. Desde que nos dejó, he tenido claro que había gato encerrado en la forma como murió y he acudido varias veces a la policía para pedir que lo investigaran. Nadie me ha hecho caso. —Claudi cierra el puño para controlar su rabia—. Ahora tengo una prueba de que quizá la hayan matado. Por favor, ayúdame en esto.

—¿Has ido a la policía? —espeta turbado.

—Sí, pero no ha servido de nada. Esta vez, el comisario Pérez de Millo tendrá que escucharme —asegura mientras mueve la carta.

A pesar de que está acostumbrada, sucede tan rápido que Pilar no lo ve venir. Él se levanta y le pega una bofetada sonora y violenta. La mujer trastabilla mientras el corazón le da un vuelco. Una vez recupera la estabilidad, alza los hombros y los brazos para protegerse el rostro de un posible segundo ataque. El sobre se desliza de sus manos y cae al suelo.

—Ahora mismo te olvidas de estas tonterías, ¿lo entiendes? No sirves ni para quedarte callada, mujer. Preocúpate por esta casa y por nuestras hijas, y déjate de conspiraciones. —Claudi recoge la carta y se la guarda en la americana—. Te van a tomar por loca y, de rebote, me acusarán de no saber controlarte. Y una cosa más…

El señor Guitart no termina la frase, o lo hace sin palabras: puesto que Pilar se ha cubierto la cara, le propina un puñetazo en el hombro. Ella responde con un grito ahogado y se deja llevar por la certeza de que ha sido una estúpida. No se puede contar con un hombre que no sabe amar.

—Y esto por permitir que Mireia me interrumpa en plena junta. Recuérdale cuál es su lugar en la compañía. Ya veré cómo le quito esa cantidad de acciones que tiene. Hasta que llegue el momento, tienes que meterla en cintura por el bien de la familia.

Pilar se agacha a la espera de más golpes que, por suerte, no recibirá en esta ocasión. Él abandona el salón y, acto seguido, la señora Puig oye cómo se dirige hacia el recibidor y se marcha dando un portazo. A continuación, advierte que le tiemblan las manos y los brazos, así como el resto del cuerpo. En el pasado creyó que se habituaría al trato de su marido; no obstante, cada nuevo porrazo la sorprende en ese rincón del

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alma que, por pura supervivencia, afronta los días con la esperanza de que Claudi cambie. No lo espera por ingenuidad, lo hace más bien por fe, por el convencimiento de que se merece una vida mejor y de que esta llegará de la mano de su marido tal y como su párroco le promete tras cada confesión.

Cada vez que Pilar decide plantar cara a Claudi, recuerda cómo su madre se rebelaba ante los golpes de su padre y cómo aquella actitud agravaba la situación. Así que se levanta apoyándose en el reposabrazos del sofá, comprueba que su peinado sigue tan perfecto como lo estaba cuando ha entrado en el salón y se encamina hacia el comedor donde supone que sus dos hijas estarán cenando. Ya nunca lo hacen en familia. Claudi acostumbra a comer fuera de casa, quién sabe dónde o con quién, y ella apenas prueba bocado por la noche. Se permite recrearse en su desgracia mientras cruza los pocos metros de pasillo que la separan del comedor. Cuando alcanza la meta, levanta la cabeza y empuja la tristeza y la impotencia hacia el fondo de las entrañas. A pesar de los pesares, debe dar gracias a Dios por vivir entre los lujos que la rodean.

El comedor es austero y conecta directamente con la cocina y con el pasillo principal. Pilar, estoica, cruza el umbral mientras alaba el olor de la cena, cumplido que Juana agradece de pie al lado de las hijas mientras la mira con pesar. Eulàlia y Teresa comen en silencio, una delante de la otra en la mesa de roble para doce comensales que la señora Puig compró al carpintero preferido de Irene. Alrededor hay una cómoda, unas vitrinas donde se exponen copas y vasos de cristal italiano y un par de cuadros con bodegones pintados por la primera mujer de Claudi.

—Queridas, ¿cómo ha ido el día? —les pregunta cuando se sienta al lado de Teresa.

—Bien, hoy he aprendido el protocolo de las recepciones reales. Es muy interesante.

—Claro que sí, cariño —le dice al tiempo que le acaricia el pelo—. Y tú, Eulàlia, ¿cómo estás?

—Bien, bien —le responde sin dedicarle ni una pizca de atención. Aunque Pilar no desea reprenderla, no puede pasar por alto que Eulàlia

descansa los codos sobre la mesa mientras come.

—Querida, esos codos. El año que viene cumplirás dieciséis años, deberías comportarte como una mujer.

—¿Y qué más da? Aquí no me ve nadie —le responde con desdén.

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Los ventanales anuncian los estertores del día y reflejan a una Pilar decidida a corregir los modales de su hija mayor.

—Te veo yo, y tu hermana, y Juana también; así que haz caso a tu madre.

—Tú no eres mi madre. Tú no eres nadie. Déjame en paz.

El silencio impera en la estancia hasta que Eulàlia termina la cena y se retira al dormitorio.

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15 de diciembre de 1923

«Con un poco de suerte llegaré pronto a casa», piensa Marta al tiempo

que apura un cigarrillo. Está sentada en una cama de estructura y cabezal de hierro con el torso inclinado hacia delante, los codos apoyados sobre las rodillas y la presa a sus espaldas. Él permanece adormilado, desnudo y boca arriba. No están solos. De reojo, Marta mira al fotógrafo que recoge sus bártulos con una parsimonia que la exaspera. Entonces decide cubrirse los pechos con el sostén negro de transparencias sutiles y encaje de joya, la pieza de ropa que está sustituyendo a los corsés.

Han escogido una habitación sencilla del Ritz porque querían pasar desapercibidos; sin embargo, incluso la estancia más ordinaria de este hotel de la Gran Via derrocha glamour. El ventanal cubierto por unas cortinas majestuosas, la chaise longue floreada a los pies de la cama, el tocador de tres espejos y madera noble, las lámparas de noche de cristales que forman flores de colores y el lavabo privado, que sigue siendo un lujo en diciembre de 1923, son pruebas de esa sofisticación. El Ritz de Barcelona abrió hace cuatro años y ya tiene más de cuatrocientos empleados, una maquinaria perfectamente engrasada que acoge a lo más selecto de la ciudad y de sus visitantes.

Jaume Balcells, el hombre que yace desnudo sobre la cama, pertenece a una estirpe de empresarios textiles muy influyente. Años atrás, soñaba con trascender como dramaturgo; de hecho, escribió varias obras y cosechó un éxito notable, pero su padre, que aprovechaba cualquier oportunidad para comprometerlo con los negocios familiares, lo convenció definitivamente cuando la gran actriz María Green le rompió el corazón y

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él tuvo que alejarse de la farándula para olvidarla. A pesar de que encerró su espíritu libre en las reuniones y los trajes almidonados, el señor Balcells continúa acudiendo al Paralelo, la zona de teatros y cabarets. Por esta razón, Marta tejió su telaraña en el Sótano Bar, un restaurante de poca monta que sirve embutidos y mariscos y que es una parada recurrente entre los asiduos a la avenida de las ilusiones.

Ya en el local, Marta se las arregló para sentarse a la mesa contigua a la de Jaume y escogió el plato más caro de la carta, un detalle que llamó la atención del empresario. Entonces le pidió fuego a su objetivo. El señor Balcells encendió una cerilla de una cajita que había sacado del bolsillo de la americana y acercó la llama al extremo del cigarro que la mujer sostenía con los labios. A continuación, Marta le dedicó algunas miradas coquetas e iniciaron una conversación amena que se interrumpió cuando él tuvo que volver a la oficina.

Coincidieron otro día en el Casino de la Rabassada y ambos se sorprendieron por semejante coincidencia. No fue la única. En cada encontronazo supuestamente fortuito, aunque, en realidad, calculado por Marta con maestría, se saludaron con más efusividad hasta que ella dio el paso que les permitió dar rienda suelta al deseo. Jaume, casado, con varios hijos y amante de los romances fugaces, no le hace ascos a una belleza como Marta, una mujer predispuesta a un escarceo sexual desprovisto del tedioso y largo cortejo burgués.

De esta guisa, Marta ha seguido hoy el método habitual: ha convocado al empresario en la habitación, ha llegado más tarde de lo acordado y se ha lanzado a sus brazos empujada por una pasión que ora finge, ora no. Tras varios besos acalorados, ha servido dos copas de coñac: el suyo, poco cargado; el de Jaume, doble y combinado con un barbitúrico fuerte. Cuando la dosis ha surtido efecto, se ha desplomado y ha caído sobre el colchón. Acto seguido, Marta ha dejado pasar al fotógrafo. Entre los dos han desnudado al señor Balcells y lo han tumbado boca arriba sobre la cama, preocupados por si se despertaba antes de lo previsto. Luego, el artista los ha retratado mientras Ella simulaba varias posturas sexuales sobre el burgués sin que su rostro apareciera en las imágenes, aunque con la cara del hombre bien visible.

Si alguien llega a ver las fotografías, pensará que Jaume aparece con los ojos cerrados porque se ha entregado al placer, una ilusión perfectamente elaborada para que el Trampas consiga sus propósitos, otro

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escenario deleznable al que Marta se ve obligada a subir. El extorsionador usará las imágenes de inmediato si le apremia someter al empresario. Quizá lo chantajee tras esperar unas semanas, o quizá las guarde para utilizarlas en el momento adecuado. A Marta le gustaría saber cómo o cuándo las va a emplear para prevenir a Jaume o para minimizar el daño que puedan llegar a causar; no obstante, sabe que el Trampas no le va a contar nada.

Cuando trabajaba para Kohen, la toma de fotografías era un recurso poco habitual. Por lo general, Marta obtenía informaciones que solo conocía su presa mediante una seducción que terminaba en confidencias indiscretas o gracias al hurto de documentos. Algunos llegaron a importunarla para pedirle explicaciones a posteriori; el destino de otros fue expuesto sin que ella llegara a enterarse. Aun así, y para que su alma no se encerrara en un sótano de remordimientos, evitaba conocer los infortunios que había causado siempre que estaba en su mano. Culpa, culpa, culpa, la culpa la engulle y la embiste, la trastorna y aumenta el desprecio que siente hacia sí misma y, a pesar de lo vivido, ahora no puede parar. Necesita conocer esa dirección como el aire que respira. Su único consuelo es una libreta en la que apunta el nombre de las víctimas de sus acciones con la intención de compensarlas de alguna manera.

Justo cuando Marta termina de vestirse, el fotógrafo le entrega los negativos y abandona la habitación. Ella los mete en una bolsa, revisa la estancia para comprobar que no deja ningún cabo suelto y decide marcharse. Antes de abrir la puerta, se gira y observa cómo el señor Balcells yace ajeno a lo sucedido. Entonces, Marta saca su libreta y apunta el nombre del empresario en la parte inferior de una larga lista. A continuación, lo mira con atención. Rubio y de ojos azules y pequeños, el rostro de Jaume es de una belleza singular. La boca de piñón y la nariz pronunciada lo ratifican. Alto como un vikingo, su barriga acentuada atestigua los excesos a los que se ha sometido desde la juventud. Podría enamorarse de un hombre como él y olvidarse del pasado, claro está; sin embargo, las fieras siempre siguen su instinto.

El Trampas la espera en el salón principal del Ritz, al que Marta accede por unas escaleras esplendorosas que regalan una perspectiva aérea de la estancia. A la izquierda, una pared de dos niveles con cinco palcos en la parte inferior y otros tantos abalconados en el piso superior. Delante, un espejo que cubre la totalidad del muro y crea una sensación de amplitud y

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majestuosidad. A la derecha, ventanales que iluminan el salón de día y, colgadas del techo, cuatro lámparas que lo hacen de noche. Varias mesas circulares de distintos tamaños están repartidas por un espacio que también se utiliza como sala de baile cuando las fiestas o los eventos que el hotel organiza lo requieren.

Marta otea el salón desde las escaleras y encuentra rápidamente al Trampas entre la selva de comensales que disfrutan de las exquisiteces del Ritz. Ella se le acerca altiva y luciendo un vestido verde cubierto por un abrigo a juego.

—Por favor, siéntate —ordena el Trampas.

—Te lo agradezco, pero tengo prisa.

Marta deja los negativos sobre la mesa y apuñala con la mirada a su interlocutor.

—Con esto estamos en paz, puedes darme la dirección.

Ella sabe que jamás se ganará el respeto de un tipo como el Trampas, así que no se anda con chiquitas, no emplea esa dulzura que derrite a los hombres y que allana el camino para sus embustes. Con tipos como él es más efectivo el coraje que el maquillaje.

—Para nada, cariño, para nada. El precio que pagarás será más alto, ya te lo he dicho varias veces. —Marta se dispone a rebatirlo. Él no la deja—. Y no busques excusas, esto no es una negociación. —El Trampas coge un trozo de carne y termina sus condiciones mientras mastica—. Si quieres la dirección, seguirás mis órdenes. Si no aceptas las condiciones, ahí tienes la puerta.

Marta cierra los puños con fuerza y tuerce el gesto. Se da la vuelta y camina hacia la salida para no empeorar la situación. El Trampas debe de tener comprados a los representantes del Directorio en Barcelona, por eso no puede delatarlo al somatén o a los militares. Cuando Marta alcanza las escaleras y se dispone a subir el primer peldaño, se da cuenta de que un hombre que carga la funda de una trompeta las desciende con la mejor de sus sonrisas.

—Buenas noches —le dice él.

—Buenas noches —balbucea ella, sin ganas de iniciar una conversación.

—¿Ya se va? Soy uno de los músicos que tocarán en un rato. —Él la aborda con una ligereza encantadora—. Le recomiendo que se quede. Aunque está mal que yo lo diga, somos muy buenos.

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—Lo siento, tengo prisa.

—¿Sabe? Me acabo de instalar en la ciudad. Toco el chelo, la trompeta y otros instrumentos. Ah, claro, me llamo Eugeni. Le digo todo esto porque me gustaría encontrarme con una cara conocida entre el público — concluye al tiempo que le ofrece la mano para estrechársela.

—Pues bienvenido a Barcelona. No puedo quedarme. Como le decía, tengo prisa.

Marta escruta el físico del hombre. Esmirriado y vestido como un bohemio trasnochado, parece hecho de nervio y ensoñación. Moreno y desaliñado, sus ojos marrones la observan con la ilusión de un niño ante un dulce, y su sonrisa, confiada y descarada, le confiere un atractivo que diez años atrás la hubiera ruborizado. «Otro músico que llega a la ciudad para probar fortuna», piensa Marta con la mayor de las desidias.

—No la molesto más. Con las horas que son, debe estar cansada. ¿Podría ser que me la encuentre por aquí en otra ocasión?

—No lo creo —lo corta Marta—. Que pase usted una buena noche. Eugeni sonríe a pesar de que la mujer continúa con su camino. El

trompetista se despide de ella con un enérgico «nos vemos pronto» del que no obtiene respuesta.

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16 de diciembre de 1923

Mireia atiende a las indicaciones de la médium en una habitación

iluminada solo por unas velas de llama tenue. Se ha incorporado a un grupo de personas que están sentadas alrededor de una mesa circular y que se cogen de la mano con actitud arcana. Aunque la puesta en escena le parece ridícula, el corazón de Mireia necesita esperanza como agua los arrozales; por eso participa en una sesión de espiritismo a la que ha llegado de manera fortuita.

Durante la semana que pasó en el piso familiar al cuidado de Pilar y Juana, aprovechó los pocos días en los que el pequeño Josep se portó como un angelito para refugiarse en la biblioteca de la casa, una de las más profusas y eclécticas que ha conocido. Mireia, férrea lectora de Darío y de Valle-Inclán, entre muchos otros, devoró Los pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán, al tiempo que se preguntaba qué miembro de la familia habría adquirido el ejemplar. Curiosa por naturaleza, abrió cajas y cajones, y encontró varios ejemplares antiguos de una publicación espiritista mensual, La Luz del Porvenir. Tras echar un vistazo a varios artículos dedicados al materialismo y al contacto con el más allá, Mireia preguntó a Pilar cómo había llegado el tabloide a la biblioteca familiar.

—Dios nos salve de esa gentuza —respondió Pilar mientras se santiguaba—. Eran de Irene. Ayer pasé la tarde en su casa, para acompañar a su marido y a su hijo, y me las encontré en su despacho. Las guardaba como un tesoro. Pensé…, no sé qué pensé. —Un incontrolable desasosiego sacudió su hierático rostro. Pilar trató de calmarse en cuanto

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advirtió que se estaba exponiendo demasiado—. Lo que se hace por amistad.

Durante las semanas siguientes, Mireia se informó sobre la revista en cuestión. Descubrió que, creada y dirigida durante años por la periodista y escritora Amalia Domingo Soler, la publicación se centró en lo esotérico, pero que también trató temas sociales y femeninos. Además, desde que inició su andadura en los estertores del siglo XIX hasta que cerró en 1909, dispuso de un importante plantel de defensoras de las libertades y la igualdad intelectual de la mujer.

Mireia se obsesionó con la figura de Amalia, una mujer feminista y espiritista acechada por la enfermedad y la pérdida progresiva de la visión, de infancia menesterosa y vida atolondrada. Nació en Andalucía, vivió en Madrid y terminó desembarcando en Barcelona, donde fluyó gran parte de su obra. Sus escritos en El Criterio, La Gaceta de Cataluña o La Revelación le brindaron una notoriedad que atrajo la censura, pues su espiritismo cristiano era anticlerical y chocaba con los dogmas de un Estado católico. Impartió un sinfín de conferencias, publicó libros y participó en asociaciones feministas como la Sociedad Autónoma de Mujeres y la Sociedad Progresiva Femenina, que luchaban por la emancipación de la mujer propugnando una enseñanza laica y defendiendo la conquista de derechos como el sufragio universal.

De los movimientos feministas que florecieron años atrás, ahora quedan algunos ecos que se ven a sí mismos como gigantes pero que no son más que la estela de un cometa que cada vez brilla con menos intensidad. O así lo cree Mireia, quien ha descubierto en Amalia a una mujer fuerte, tenaz e inteligente, la misma imagen que ella proyecta y de la que la separa una infinitud de pretensión y de culpa. Se pregunta con frecuencia si debería haberse convertido en escritora, tal y como había soñado en la soledad de sus aposentos cuando era una cría; o si debería haber defendido sus ideas feministas desde la acción y no a través de palabras vacías repartidas en los encuentros sociales con amigos adinerados y ajenos al ineludible cambio social que el país necesita. Hasta el momento, Mireia no se había mordido la lengua nunca; sin embargo, ahora se cuestiona si es necesario que intervenga en debates estériles.

Y cuando se cansa de castigarse por las pocas agallas mostradas en el pasado, su mente se desliza hacia otro camino pantanoso, la muerte de su marido. Ha elaborado decenas de conjeturas sobre su final, pero ninguna la

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satisface porque no encuentra pruebas que las respalden. ¿Qué le pasó a Josep? Se ha topado con tantos callejones sin salida que ahora busca respuestas a la desesperada. Por eso está a punto de iniciar una sesión de espiritismo en la que aspira a contactar con él para que le aclare lo que pasó.

Mireia se encuentra en el centro Alma Libre, una asociación de librepensadores donde tienen cabida tanto las doctrinas espiritistas como las corrientes librepensadoras, obreras y feministas, que se mezclan en un piso de la avenida del Paralelo. Lo que más le sorprende es la paridad que hay en la sala y la igualdad con la que se tratan los asistentes. Incorregible, pregunta por ello aun a expensas de ofender a sus nuevos compañeros.

—En Barcelona han calado varias corrientes espiritistas en los últimos cuarenta o cincuenta años —le responde Celia, sincera y agradecida por su curiosidad. Se trata de una mujer de unos cuarenta y pocos, de aspecto saludable, cabello lacio y ojos saltones e inquietos—, aunque ya no queda ningún seguidor de Fourier o de Kardec que sea fiel a los postulados de uno u otro. Todo cambia, todo muta, aprendemos día a día.

—En efecto —asiente un tipo más joven, con traje de rayas marrón, cuerpo desmedrado y mirada ausente—. En nuestro grupo hemos comprobado que las mujeres sois las únicas capaces de actuar como médiums entre nuestro plano y las voces del más allá. Los espíritus hablan a través de vosotras y nos regalan sus experiencias.

«Son las sibilas modernas», piensa Mireia mientras se esfuerza por no juzgar lo que años atrás le hubieran parecido majaderías.

—Por eso, aquí, los hombres nos hacen partícipes de las decisiones del grupo —prosigue Celia con una confianza que deslumbra a Mireia—. Gracias a espacios como este, muchas de nosotras nos hemos atrevido a escribir, a divulgar o a hablar en actos civiles. De alguna manera, los espíritus nos cuentan que otra mujer es posible. Estamos rompiendo las cadenas de la ignorancia que nos atrapan. —De repente, el ánimo de la mujer se tuerce y se torna melancólico—. Una mujer fuerte e instruida contribuye a la mejora de la humanidad, aporta sabiduría a la familia y a los hijos: tenemos que ser un faro en el centro de esta sociedad decadente. —Celia termina su perorata con una lágrima que se desliza por su mejilla y absorta en un profundo pesar.

—Discúlpala —le dice el joven a Mireia, susurrando—. Su hermana es una librepensadora que frecuentaba un centro como este recientemente

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clausurado. Los hombres de Primo la han encarcelado sin motivo alguno. Celia es actriz aquí, en el Paralelo, y está padeciendo la censura del Directorio. Los policías acuden a los bares, los teatros y los cafés para controlar el uso del catalán y para asegurarse de que la moral cristiana prevalece bajo sus techos. Un desastre.

«Primo está censurando el género ínfimo cuando por todos es sabido que él es un putero y un adicto al juego», piensa Mireia, enfadada. De hecho, se queda con las ganas de saciar otras dudas porque la médium entra en la sala. Tras saludar, Constancia se sienta a la mesa que preside la habitación, coge la mano de dos de sus compañeros y, sin más dilación, da por comenzada la sesión en la que ahora Mireia se encuentra atrapada.

Se había imaginado a Constancia engalanada con ropas exóticas, quizá un turbante y telas orientales, y rodeada por un halo de misterio. Para su decepción, la médium lleva un vestido negro entallado acorde con los cánones de la época, luce un peinado sencillo y sus modales son cercanos y cordiales. Los asistentes cierran los ojos y dejan un tiempo prudencial a la conductora de la sesión para que se conecte con los espíritus que deseen comunicarse con ellos. Al entender de Mireia, la mujer ha sido informada previamente de la voluntad de los allí presentes, así que espera que Constancia contacte con Josep sin tener que pedírselo. Si lo que está a punto de vivir es una experiencia mística o un embuste, no lo sabe y, aun así, se abandona al momento y escucha con atención la voz de la médium, que es cálida, aunque firme, imperativa y concreta.

—Un ente de edad avanzada se comunica conmigo —dice—. ¿Alguien conoce a una Antonia nacida en Manresa, con tres hijos y un marido carpintero? ¿O es un ser espontáneo?

—Yo, es mi abuela, creo —responde Celia.

La voz de la médium cambia, envejece, se entrecorta y suena más profunda, visceral, artificiosa. «Ya no habla Constancia —piensa Mireia —, sino Antonia a través de ella». Se establece un diálogo sincero entre la abuela y la nieta, que hablan sobre el abuelo. Mireia contempla el teatrillo como la espectadora de una obra bizarra, irreal y, a la vez, plausible. De repente nota que una mano gélida se posa sobre su hombro, así que mira a su alrededor expectante, confusa. No ve a nadie. ¿Qué ha sucedido? Quizá se encuentra embelesada por la puesta en escena de la médium, por el calor de las velas y por la imperiosa necesidad de contactar con su marido.

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Le aterra haber caído en un pozo tan oscuro en el que solo los locos y los charlatanes puedan brindarle luz.

La sesión prosigue. Otros espíritus conversan a través de Constancia: algunos tienen relación con los presentes, otros simplemente desean comunicarse, ofrecer un consejo, o son tan juguetones que utilizan a la médium para gastar una broma. «¿Qué necesidad tendrán las voces del más allá de molestar a los seres vivientes?», se pregunta Mireia. «La misma que si formulo la pregunta al revés», concluye.

Tras una hora, Constancia da por concluida la velada y, antes de que

Mireia enuncie una queja, la médium le dice:

—Querida, no he podido contactar con su marido. Era Josep, ¿verdad? Pues no se ha manifestado. Quizá está en el cielo, quizá no desea comunicarse con usted o, quizá, todavía no se ha descarnado y sigue en el mundo de los vivos. Nada más puedo decirle.

«Al menos no intentan engañarme», se dice Mireia tras asentir y dar por buenas las palabras de la médium. ¿Vivo? Eso es imposible. Si estuviera vivo, no la habría dejado sola ante el parto ni hubiera permitido que Claudi capitaneara la Puig & Mckey. Descarta la idea y se resigna a pensar que su marido anda en un lugar mejor.

Se despide de las personas que han asistido a la reunión. Tan pronto como cruza la puerta de la estancia y enfila el pasillo, se entristece. ¿Por qué no experimenta la felicidad que la maternidad debería otorgarle? No siente ese estado de bienaventuranza que le han contado desde que tiene uso de razón y se azota con los peores pensamientos. Lo más probable es que el insomnio que disimula tan bien sea un castigo autoinfligido. Lo intenta, sabe Dios que lo intenta; sin embargo, cuando mira a su hijo Josep solo siente ansiedad, miedo y desazón. El pequeño depende de su madre y esta no sabe si será capaz de levantarse a la mañana siguiente. Cada uno de los segundos de angustia que padece los percibe como una traición a su difunto marido, a su género y a su propio retoño. ¿Por qué nadie la ayuda? ¿Es una viuda alunada?

Se dispone a abandonar el piso cuando la arenga de una mujer llama su atención. Cual canto de sirena, sigue la voz hasta llegar a un salón amplio repleto de hombres y de mujeres. Una de ellas discursa sobre un pedestal con la pasión de quien acometería la más imposible de las aventuras para conseguir sus propósitos. Pronto averigua el nombre de la ponente: Caterina Font, mujer de letras, periodista y profesora.

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—Debemos educar antes de que llegue una verdadera emancipación de la mujer —declama con seguridad al tiempo que se arremanga una blusa blanca que le cubre un torso más bien delgado y que acaba en una cintura inexistente—. Me refiero a una educación laica que ya está dando sus frutos. Tras la apertura de las primeras escuelas libres mixtas, así como las femeninas, ha emergido una generación de mujeres que no aceptamos que nos dejen de lado.

Caterina se aparta un mechón de pelo de la cara y advierte que debería ajustarse la goma del cabello. Mireia se fija en sus labios pequeños, sus mejillas algo hundidas y sus ojos grandes y marrones como los chocolates que se venden en la fábrica Amatller de la avenida Icària.

—Porque el sufragio es uno de los horizontes —prosigue mientras señala la ventana con un dedo—. Pero también tenemos que conseguir el respeto de los hombres, que entiendan que nuestro intelecto es equiparable al suyo, que podemos llevar a cabo la mayoría de los trabajos, que podemos ser independientes sin necesidad de su sustento o aprobación. — Ambas palabras las mastica, las emite con una rabia enjaulada tras años y años de caminar a la contra—. La sociedad solo evolucionará con la mujer, y personajes como Primo no son más que unos incautos que se consideran salvadores de la patria pero que al final no sabrán salvarse ni a sí mismos.

Apenas pronuncia el nombre del dictador, un río de murmullos se apodera de la sala. No es recomendable criticar abiertamente a quien ataca toda oposición. El marqués de Estella se considera a sí mismo el «cirujano de hierro» definido por Joaquín Costa y prometió que en tres meses acabaría con el conflicto social en Cataluña, con el caciquismo y la corrupción en España y con la guerra de Marruecos. El plazo acaba de expirar, huelga decir que está lejos de conseguirlo y tampoco parece dispuesto a convocar elecciones a las Cortes Generales en breve.

Sin ir más lejos, cinco días atrás, los antiguos presidentes del Congreso y del Senado, Melquíades Álvarez y el conde de Romanones, respectivamente, se reunieron con Alfonso XIII para pedirle la restauración de ambas instituciones tras finalizar las doce semanas que Primo se dio de margen. El monarca apenas los escuchó y, tras el fallido encuentro, el marqués de Estella anunció que no iba a convocar unos nuevos comicios porque temía que se repitieran el fraude electoral, las falsedades en los censos y la violencia ejercida contra los votantes, tal y

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como había sucedido, al decir de él, en las elecciones celebradas hasta el momento.

De repente, unos gritos provenientes de la entrada del centro interrumpen el discurso de Caterina. La Guardia Civil entra a la fuerza en el piso y proclama su clausura. A pesar de que los policías aseguran que no van a detener a nadie, los asistentes enloquecen y corren hacia la puerta para escapar. Es tal la avalancha de personas que empujan para salir al rellano que la policía no puede detenerlos y decide dejarlos pasar. Mireia, en medio de la muchedumbre, logra huir con la certeza de que su vida está a punto de dar un giro importante.

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30 de diciembre de 1923

Pilar se mortifica cada vez que se imagina a Irene sufriendo hasta el

punto de colgarse de una cuerda. Era su obligación ayudarla en el caso de que se encontrara al borde de semejante abismo. ¿Vivía acongojada? No lo cree. Su amiga disfrutaba de una vida perfecta. Así que el sentido común y la carta que descubrió semanas atrás llevan a Pilar hasta una evidente conclusión: mataron a su amiga y el artículo en el que trabajaba parece el móvil principal.

Tardó varios días en contar a la policía la existencia de la carta de Irene porque tenía miedo de que su marido se enterara de su iniciativa. El comisario Pérez de Millo, responsable del caso, no dio importancia a la misiva ya que, según lo que le había explicado Pilar, demostraba que Irene se encontraba en un estado mental cuestionable que bien podría haberla inducido a su trágico y poco cristiano final. Además, sin el papel en su haber, tampoco podía usarlo como causa para reabrir la investigación. De hecho, Pilar ha hablado una infinidad de veces con él y, aunque percibe que la toma por loca, el hombre no se ha quejado a Claudi de sus visitas a comisaría. Menos mal.

¿Qué investigaba Irene? La señora Puig ha encontrado un par de muertes similares en los periódicos de los últimos seis meses. Se trata de dos mujeres burguesas ahorcadas en sus propios domicilios, mucho más jóvenes que su amiga y también sin motivos aparentes para dejar este mundo. Habló con las respectivas familias y no obtuvo información de provecho. Al contrario, los padres, avergonzados por el suceso y

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desgarrados por el dolor, se cerraron en banda y le negaron toda colaboración.

Fiel a su instinto, Pilar sigue indagando. Tanto es así, que en este momento llama varias veces a la puerta del piso donde Irene vivió y murió. Puri, una de las sirvientas de la familia Puigverd-Claramunt, abre con una sonrisa artificial en el rostro. La chica trabajó primero para la señora Puig y, al decir de esta, Puri era tan desmañada que no daba una a derechas. Pilar no se atrevía a echarla porque era buena persona, así que expuso el conflicto a Irene y su amiga se avino a contratarla para darle una segunda oportunidad. Tres años después, la sirvienta guía a su antigua señora por las entrañas del piso con el cuello del uniforme mal puesto y Pilar se muerde la lengua para evitar comentárselo.

Con una amabilidad espuria, Puri indica a Pilar que puede acceder al que fue el despacho de Irene Claramunt. En su interior la espera Emili Puigverd, viudo de la periodista y gran amigo de la familia Puig. Apoyado en el borde del escritorio, el hombre observa un retrato de su difunta mujer y advierte la presencia de Pilar cuando ella carraspea. Inmediatamente después, sale de su embeleso y recibe a su invitada con una sonrisa sincera.

—Bienvenida, querida amiga —dice mientras se incorpora.

—Gracias, Emili. No quería importunarte.

—No digas tonterías, tú nunca molestas. Prefiero recibirte aquí para no hacerte perder el tiempo con conversaciones de salón —le responde a modo de broma.

—Te agradezco que me permitas pasar otro rato en su despacho. Es reconfortante sentarme a su mesa y… —suspira— observar las cosas que la rodeaban. Me ayuda a no echarla tanto de menos.

—Te entiendo perfectamente.

El buen humor de Emili se desvanece durante unos segundos en los que Pilar es espectadora de la terrible pena que el señor Puigverd disimula con maestría. Su frente ancha se frunce ligeramente, su semblante alargado se convierte en un mapa de sus contradicciones, y su bigote fino deja al descubierto el leve y presto temblor de sus labios que se apaga en cuanto el hombre se recompone y se escuda detrás de su don de gentes.

—Esta es tu casa —prosigue Emili con tono más distendido—. La pérdida de Irene es inexplicable. Todos hacemos lo que podemos. Anda, te dejo a tus cosas. Ven a saludarme antes de irte.

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Pilar asiente y el señor de la casa pasa por su lado dispuesto a apoyarle la mano sobre el hombro; no obstante, se desdice de su intención y abandona el despacho. Por un instante, la mujer anhela un abrazo que no llega porque la señora Puig siempre se ha mantenido distante con sus allegados, y estos han aprendido a respetar la repulsión que ella siente por el contacto físico.

Es la tercera vez que Pilar inspecciona el despacho y en ninguno de sus registros anteriores ha encontrado indicios de lo que Irene se traía entre manos. No comprende por qué su amiga lo arriesgó todo por un artículo. Aunque ha envidiado sana y secretamente los logros de la periodista, hace tiempo que Pilar no se permite desear más de lo que tiene. De camino al altar comprendió que los sueños de hoy son el desasosiego del mañana.

La señora Puig tira del pomo del cajón con doble fondo cuya existencia conoció gracias a la última carta de su amiga. A continuación, retira la tapa del escondite y lo cierra tan decepcionada como en las inspecciones anteriores. ¿Podría Emili ser el responsable de lo que le sucedió a su mujer? ¿Ha cogido él los documentos del cajón secreto? No lo tiene claro. Hace años que lo conoce y sabe que es un trozo de pan. De hallarse en su haber, los habría entregado a la policía, no le cabe duda. Por otro lado, pocos conocen la cara más oscura de Claudi. Es más, sus amigos y conocidos lo consideran un hombre bueno, honrado e inofensivo; quién sabe si Emili es también un lobo con piel de cordero. Sea como fuere, lo más plausible es que el asesino de Irene se llevara los papeles del cajón. ¿Se está volviendo loca? ¿Quién se cree que es, una investigadora? Es la flor barata que se añade de relleno a los ramos.

Los pensamientos negativos no la detienen. Revisa uno por uno los libros que se acumulan en la estantería que cubre gran parte de la pared de la estancia. Comprueba carpetas y documentos ordenados con esmero en archivadores de tapa dura. Busca en el interior de las lámparas, entre las cortinas y en los maceteros que aportan un poco de vida a este espacio lóbrego. Abre la ventana que da a un patio de luces y descarta que haya un escondrijo. Nada. Hasta el momento, lo único que ha obtenido del despacho es frustración y más dudas. Siente que tiene ante sí el mapa del laberinto y que carece de las herramientas para interpretarlo.

Explora por enésima vez los cajones de la mesa y, en esta ocasión, una libreta en blanco le llama la atención. La abre y se da cuenta de que han arrancado varios folios. Entonces recuerda la fuerza con la que Irene

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escribía. «Un día agujerearás el papel», le advertía Pilar desde que eran niñas. Las marcas de lo escrito por su amiga en la última hoja extraída se perciben en la primera página. Agarra un lápiz y, con cuidado, la pinta de gris hasta que el texto aparece. Se trata de un listado encabezado por el enunciado «¿Cuál es la conexión?», seguido de dos nombres: Hans Kohen y Claudi Guitart. Pilar se lleva la mano a la boca. No puede ser, Irene la habría avisado si sospechara de él, ¿no? La cuestión vuelve a la mente de Pilar con más temor que nunca: ¿qué estaba investigando Irene?

Arranca el folio de la libreta, lo guarda en el bolso y sale escopeteada hacia el pasillo. Del ímpetu con el que avanza choca con Marcel·lí, el único hijo de Irene. El joven tiene diecisiete años, con el cuerpo todavía a caballo entre los atributos de un niño y los de un hombre, el pelo de color fuego y la piel tan blanca que podría camuflarse entre las paredes del piso.

—Señora Pilar, qué sorpresa. Disculpe este encuentro tan precipitado. —No te preocupes, Marcel·lí, ha sido culpa mía. Ando despistada y

con prisa.

Él se debate entre preguntarle por su hija Eulàlia u omitir el nombre y, ante la vergüenza que le produce que la mejor amiga de su madre conozca el amor que profesa por la chica, opta por la fórmula más cordial:

—¿Cómo están sus hijas?

—Muy bien, gracias. Teresa empieza a ser una personita muy interesante. Y Eulàlia está guapísima. Deberías venir a verla algún día —le dice con una sonrisa pícara.

Marcel·lí se lleva una mano a la cabeza y Pilar observa sus dedos delgados y alargados. «Manos de pianista —piensa ella—, inútiles si trabajara el campo».

—Gracias por la invitación. Siempre es un placer disfrutar de la compañía de Eulàlia —rápidamente, se corrige—. De la compañía de toda la familia, por supuesto.

Pilar podrá criticar o alabar los escarceos amorosos de los demás, pero nunca se inmiscuye. El caso de Marcel·lí y su hija mayor es una excepción. Los ha visto crecer y compartir tardes de verano en las fincas que ambas familias poseen en Vilassar. Ha presenciado la evolución de sus juegos: infantiles en los años tempranos, competitivos con el paso del tiempo e impregnados por un pudor adolescente en la actualidad. Marcel·lí contempla a Eulàlia con una devoción genuina, un amor cristalino semejante al que Pilar soñaba en su juventud. No le pasan inadvertidas las

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flores que Marcel·lí les regala a ella y a sus dos hijas, y sabe que es Eulàlia la verdadera destinataria del presente. También son evidentes las caminatas en familia que el chico organiza para pasear junto a ella. Las atenciones que le dedica a su hija cuando parece cansada exceden a los deberes de un amigo. Sí, Pilar quiere lo mejor para Eulàlia y, además, hace tiempo que anhela unir su familia con la de Irene, un sueño que ha cogido fuerza desde que esta partió hacia los dominios del Señor.

—¿Sabes? La cautela es una virtud hasta que te aparta de tus objetivos —dice Pilar.

—Esa frase la decía mi madre —responde Marcel·lí, desorientado.

—Lo sé, tu madre era una mujer de grandes observaciones.

Marcel·lí aparta la mirada y la dirige hacia el interior del despacho. Un puñal lo atraviesa en canal cada vez que revive la escena: llega a casa procedente del club de atletismo para darse una ducha. El servicio tiene la tarde libre y su padre ha acudido al Liceu, así que Irene es la única que debería encontrarse allí. «¿Mamá?», pregunta. Nadie responde. Siente una presencia que no identifica, así que avanza por el pasillo e insiste con un «¿hola?». Nadie responde. Deduce que su madre estará trabajando en el despacho tan concentrada que apenas oye lo que acontece a su alrededor, y se planta allí para comentarle un pequeño cambio en el reglamento del club. Cuando atraviesa el umbral de la puerta, el joven no comprende lo que ve. Pregunta: «¿Mamá?». Nadie responde. Aunque sabe que es demasiado tarde, la descuelga con la esperanza de que esté viva.

Marcel·lí abraza ahora a la señora Puig para refugiarse del dolor. La mujer, lejos de apartarlo, como habría hecho en el pasado, deja que su hombro se humedezca y presiona al chaval contra sí con todas sus fuerzas. Si ella se hubiera mudado al cielo antes que Irene, su amiga habría cuidado de sus hijas. Al cabo de un rato, Pilar y Marcel·lí se despiden, incómodos, y se emplazan al siguiente evento social.

Una vez en la calle, el encendido de las farolas avisa a Pilar de que es tarde para deambular sola por la ciudad. Aun así, decide pasear hasta casa porque no le apetece tomar un coche de punto. Camina endiablada por la posible vinculación de Claudi con un escándalo y, a la vez, encandilada por la temperatura apacible que acaricia su piel, una tregua que el clima ha dado a los barceloneses, que llevan semanas soportando un frío atroz.

Como no podría ser de otra manera, a Pilar le molestan las innumerables obras públicas que perturban el orden que debería imperar

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en el centro de la ciudad. Están soterrando el ferrocarril que cruza la calle Balmes y todavía tienen empantanado parte del paseo de Gràcia con los trabajos que hace semanas deberían haber concluido en la inauguración de la primera línea de metro de la ciudad. «El progreso no trae más que molestias», se dice a sí misma.

Enfrascada en sus pensamientos, ignora que un hombre la acecha desde la penumbra. Cuando la toma por los brazos y la estampa de espaldas contra la pared, ya es tarde para que Pilar escape o se defienda. Retenida y atemorizada, vislumbra el rostro del atacante a pesar del sombrero y del cuello alzado de la gabardina que lo cubre parcialmente.

—Olvídate de Irene Claramunt o sufrirás las consecuencias —le susurra el asaltante.

Acto seguido, la suelta y huye a la carrera. Pilar se desploma en el suelo aturdida y con el corazón saliéndole por la boca. Todavía es pronto para prever las consecuencias de lo sucedido, pero comprende que sus sospechas tienen fundamento. Una certeza aflora por encima de las demás, una que ha tratado de desterrar desde siempre. No tiene a nadie a quien pedir ayuda.

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28 de febrero de 1924

La nieve cubre la ciudad emulando un vellón gigante. Las calles,

resbaladizas, recuerdan a los barceloneses que, a pesar de que el Directorio ha llegado para instaurar ese orden tan demandado por los burgueses, un rumor se manifiesta bajo las aceras, entre los árboles y a través del humo que las fábricas emiten: el de la revolución proletaria. «No habrá paz mientras la mayoría de la población viva explotada», defendía Mireia en conversaciones pasadas, acompañada siempre por su marido, que observaba orgulloso cómo su mujer agitaba las aburridas reuniones sociales de la clase alta. Estos argumentos tan radicales enervaban a los presentes, sobre todo porque los emitía una mujer. No obstante, al tiempo que Mireia defendía causas perdidas para sus interlocutores, su marido manejaba la Puig & Mckey con mano de hierro, y si bien es cierto que tomaba decisiones con mayor benevolencia y honradez que el resto de los empresarios, también lo es que contribuía a las injusticias que ella criticaba a diestro y siniestro.

Tras entregar el abrigo al ama de llaves que la ha recibido en el piso de una conocida, en la calle Bailén, Mireia avanza por el pasillo del inmueble con el alma marchita. Lleva meses abrumada por el desapego que siente hacia su hijo. De cara a la galería, sigue siendo una mujer fuerte, irreverente e inmarcesible. En la intimidad, vive sepultada por una inapetencia vital. No se reconoce en el espejo, ni en sus actitudes, ni en la rabia que acumula en el pecho y que contiene a duras penas. Quiere gritar a los cuatro vientos que su vida es un infierno. Desea renacer en otro lugar, con otra identidad y con otros anhelos. Primero fue la hija de Vicenç Grau,

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luego la señora de Josep Puig, y ahora es su viuda. No acepta la influencia que los apellidos ejercen sobre ella.

Ante la puerta del salón en el que se va a celebrar este evento organizado por Caterina, Mireia experimenta una excitación que creyó enterrada. Suerte tiene de haber conocido a esta mujer, de haber acudido a varias de sus charlas y de conocer a las personalidades tan viscerales e inspiradoras que la acompañan. Mireia ha trazado una suerte de amistad con la periodista, una en la que por primera vez escucha y apenas habla, y ha leído con atención su ensayo El camino de la mujer. Cuando accede a la estancia, se da cuenta de que el salón y el comedor están separados por una puerta en forma de arco que han retirado para la ocasión junto con la mayoría de los muebles, que se encuentran arrinconados contra las paredes. Parecen de estilo inglés, Chippendale, cree Mireia, reliquias que destacan por el ébano reluciente de su estructura: sillas con respaldo alto y la pala central de madera calada; bufet con un amplio espejo en la parte superior; vitrinas, mesas y sofá y butacas de patas curvas e inspiración rococó.

El servicio repone unos aperitivos servidos en bandejas relucientes y reparte copas. Alrededor de Mireia se concentran una treintena de mujeres y media docena de hombres aliados de la causa feminista o enamorados de alguna de las presentes. Habrá unas cuarenta personas en el salón comedor y solo dos pequeños grupos despiertan la curiosidad de Mireia. El primero está compuesto por tres chicas que lucen peinados cortos y faldas escuetas, fuman y beben en público y rechazan lo políticamente correcto. Son flappers, mujeres liberadas e influenciadas por la tendencia americana. En parte, Nueva York ha sustituido a París como referente y, dado el cambio de paradigma, el nuevo continente determina la moda de las jóvenes más atrevidas. En Barcelona, la mayoría de las flappers son de origen humilde, mujeres que acuden a los clubes de jazz para vivir desenfrenadamente; algunas son tanguistas, otras, de ideología obrera que abrazan la moda para reafirmarse en su liberación social y sexual. Y, hasta el momento, solo un puñado de chicas pudientes como las presentes siguen esa estética, ora por convicción, ora para sacar a los padres de sus casillas.

El segundo grupo está formado por otras tres mujeres agarçonnadas. Siguen el patrón europeo nacido tras la Gran Guerra con el que la mujer pierde las curvas, se viste con trajes masculinos y usa monóculos o bastones como complementos, un estilo andrógino alejado de la tradición.

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Mireia diferenciará dichos grupos por poco tiempo, pues ambas tendencias pronto se cruzarán, un símbolo de la modernidad de los años veinte.

El resto de las mujeres visten a la moda de las tiendas burguesas, con atuendos adquiridos en el paseo de Gràcia, unos vestidos definitivamente liberados del corsé (servía para el vals, pero no para el tango o el foxtrot) y de las enaguas almidonadas que se teñían con la suciedad de las calles mal adoquinadas. Con la cintura ahora desplazada desde debajo del pecho hasta la cadera, se dibujan siluetas rectas y simples, alejadas de las ropas más tradicionales que se exponen todavía en algunas tiendas de las Ramblas.

Mireia tiene solo unos instantes para fijarse en el resto de las invitadas ya que la reunión, convocada en casa de una de las principales benefactoras de las causas de Caterina, empieza a los pocos segundos de su llegada con la presentación de una invitada muy especial:

—Ella ha escrito teatro, novelas y ha publicado artículos en más de treinta diarios. Ha sido la impulsora, durante muchos años, de El Gladiador, una publicación referente para todas nosotras. Fue una figura clave en la Sociedad Progresiva Femenina y en el sinfín de asociaciones con las que ha colaborado. Republicana activa, defensora de nuestros derechos, ha promovido la educación laica y libre para nuestras jóvenes. ¿Qué más puedo decir sobre ella que no sepáis ya? Doy paso con orgullo y admiración a doña Ángeles López de Ayala.

Los aplausos y vítores preceden al discurso de la mujer. Algunas de las presentes se miran emocionadas, otras apenas la conocen. El caso es que ella no comienza la charla hasta que el silencio impera. Su mirada, contundente, impresiona antes siquiera de que abra la boca.

—Queridas compañeras —arranca, sentada en una silla—, antes de nada, muchas gracias por venir. Con la ciudad sepultada por la nieve y los teléfonos paralizados por los desperfectos que el temporal ha causado, es todo un logro. —Su tono se torna solemne—. En fin, llevo media vida hablando en público. Lo he hecho en fábricas, en ateneos, en círculos masones y ante políticos, y me he encontrado la misma resistencia en cada uno de los lugares en los que he alzado la voz.

Con más de sesenta años cumplidos, Ángeles mantiene la pasión que la caracteriza. Tiene el pelo blanco, los ojos pequeños, la nariz pronunciada y los labios perfilados. Viste una blusa y una falda negras, cubiertas por un abrigo del mismo color que no se ha quitado debido al frío; apoya las

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manos sobre un bastón y frunce el ceño cada vez que hace hincapié en una idea importante. Sus arrugas se han gestado tras miles de horas de escritura y varios días encarcelada por defender sus postulados.

—Y siempre llego a la misma conclusión: la educación de nuestras pequeñas y de nuestras mayores es vital. Mientras la mujer sea vista como un elemento doméstico e incapaz de realizar todo tipo de tareas, mientras ese modelo sea defendido y perpetuado en nuestras casas y por nosotras mismas, nada cambiará. Nosotras podemos traer el progreso, nuevas ideas y una visión diferente de la política. En definitiva, somos el futuro. Y el futuro también pasa por una sanidad adaptada a nuestras necesidades.

El evento se ha organizado con el objeto de recaudar dinero para Nivel Rojo, un consultorio médico público para mujeres que fue creado años atrás y que ha perdido fuelle a raíz de la virulencia del pistolerismo, primero, y de la represión del Directorio, después. La charla se extiende un buen rato y, una vez terminada, las asistentes se agrupan en corrillos y comparten impresiones. Mireia se dispone a saludar a Caterina y al resto de conocidas cuando una voz masculina la detiene agarrándola por el brazo con suavidad.

—Doña Mireia, ¡cuánto tiempo sin verla!

Ella se da la vuelta y se topa con un hombre alto, rubio, de facciones singulares y ojos azules, barba abundante y perfectamente perfilada, y con un pasado atlético corrompido por los excesos de comida y alcohol que su cuerpo no digiere con tanta ligereza como antaño.

—Señor Balcells, ¡qué alegría encontrarle aquí! —responde Mireia, impostada.

—Llámeme Jaume, por Dios, que hace años que nos conocemos. No la veía desde…

—Sí, desde el entierro de mi marido.

—Primero se nos fue Tomás —dice él, desolado. Jaume había sido el mejor amigo de Tomás, el hermano de Josep y Pilar, desde que ambos tuvieron uso de razón. Compañeros de aventuras y de golfeo, grandes amantes del teatro y de las caderas vertiginosas, Tomás, cuya cordura siempre transitó por terrenos pantanosos, se quitó la vida tiempo atrás. Por eso, los ojos de Jaume enlutan tan pronto como menciona el nombre de su compadre—, y luego Josep. Parece que una maldición ha caído sobre los Puig. —Se detiene ensimismado en un comentario que los incomoda a

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ambos antes de proseguir haciendo gala de un cambio de tono—: Por cierto, me he enterado de que ha sido usted madre. ¡La felicito de corazón!

—Muchas gracias —responde Mireia titubeando—. ¿Qué hace usted aquí? —dice con una impertinencia a la que recurre para esconder sus emociones—. No es habitual encontrarse a hombres de su talla en eventos como este.

—Soy un aliado de las causas perdidas —responde pendiente de si ella capta la ironía o se toma el comentario como una ofensa—. Ya ve usted, simpatizo con algunas de las demandas obreras, con la emancipación de la mujer y, a la vez, soy un empresario con centenares de personas a su cargo. Soy la hipocresía vestida de traje, aunque, al menos, no soy tan aburrido como los demás.

Mireia observa con detenimiento a Jaume, un hombre que nunca le había llamado la atención hasta el momento, el primer varón por el que se interesa en meses.

—Entonces, ¿va usted a donar a nuestra causa la plusvalía que debería repartir entre sus trabajadores? —se aventura ella, juguetona. Josep le dedica una mueca risueña, su atrevimiento ha caído con buen pie.

—Por supuesto, tengo que invertirla con cabeza antes de que los revolucionarios me la arrebaten o de que los esbirros del marqués de Estella encuentren la manera de incautármela. Se puede usted imaginar que soy un férreo detractor del Directorio. —Sonríe—. No espero menos de ellos. Ahora que lo pienso, quizá sea masoquista.

—Pues ya lo sabe, búsquese una mujer de armas tomar.

Mireia desprende esa picardía que creía enterrada. Jaume ve el comentario inapropiado con el que ella le responde y dobla la apuesta de la incorrección. El tira y afloja sigue por esos derroteros durante diez minutos más en los que ambos flirtean sin medir las consecuencias.

Caterina los interrumpe cuando rodea los hombros de su amiga con el brazo.

—Disculpa, querida, que no te he hecho ni caso —dice la periodista—. Pedir dinero es una de las inconveniencias más laboriosas y absorbentes. Ya sabes que estoy más cómoda en los ateneos que en estos ambientes. En fin, todo sea por la causa. —Mireia la escucha admirada y pendiente de Jaume—. Anda, ven, que te presento a Ángeles. Te va a encantar.

Caterina tira del brazo de su amiga y se la lleva. Mireia se aleja del señor Balcells mientras, a modo de despedida, le guiña un ojo y se encoge

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de hombros. Él le responde levantando la mano mientras emite un débil «hasta luego». Ni un respiro se da, ni siquiera un par de segundos, porque el miedo y la culpa aparecen en escena cogidos de la mano y abrazan a Mireia con la intensidad de las óperas puccinianas. Josep está muerto: ¿qué hay de malo en dedicar unas palabras amables a un amigo de la familia como Jaume? Si flirtear con otros hombres no era un pecado cuando su marido vivía, ¿por qué la acongoja ahora?

El malestar de Mireia se agrava tanto que apenas atiende a los comentarios de doña Ángeles. Lo último que desea es faltarle al respeto, así que decide retirarse. Mientras se despide de Caterina, esta le pide a su amiga por enésima vez que ponga sus pensamientos por escrito. No es una petición casual, la periodista tiene en alta estima los comentarios que Mireia comparte en las reuniones y más de una vez la ha alentado para que los convierta en artículos. Según Caterina, es habitual que los textos sean insustanciales al principio, pero la insta a lanzarse para que los grandes títulos lleguen con el tiempo. Abrigada hasta las trancas y resiguiendo el pasillo que la llevará hasta la salida, Mireia tiene claro que su futuro como periodista o escritora se presenta tan gélido como las calles de Barcelona.

Sin embargo, cuando llega casa, Mireia vuelca sus opiniones sobre la charla de Ángeles en un bloc de notas. Escribe por inercia más que por voluntad propia. Hace tiempo que la contradicción se ha convertido en una aliada incómoda que la encamina hacia lugares inesperados, así que se abandona a las palabras que fluyen sobre el papel. Cuando termina el artículo, lo lanza a la papelera y, acto seguido, agarra un folio tras otro y los llena de los pensamientos inconexos que hace meses que vagan por su cabeza. Cuando se siente satisfecha, y como acto instintivo, entra en la habitación de su hijo Josep, al que coge en brazos. Por primera vez en semanas, despliega el amor que ha estado conteniendo, uno más maternal y profundo del que ha llegado a concebir jamás, un manantial que la excede y la empuja hacia la primera sonrisa de felicidad que se ha permitido en meses. Quizá ha llegado el momento de vivir al margen del luto.

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15 de abril de 1924

Marta es una mujer de mundo y sabe que la vida se cuece en los bares,

en los cafés y sobre las aceras. De ahí que, si tuviera aspiraciones literarias, saldría a la calle para encontrar las historias de sus novelas. Es más, se congratula cuando una conversación morbosa o interesante acontece tan cerca que la convierte en una espectadora involuntaria. Por ejemplo, acaban de pasar por su lado dos hombres elegantes comentando que los Juegos Florales de la literatura catalana van a celebrarse este año en la ciudad de Toulouse. El comité organizador del certamen lo ha dispuesto así para que no se presente la Guardia Civil durante el evento, en opinión de uno de ellos.

El caso es que Marta está al lado de la frutería que ocupa el 202 de la calle València, en el Eixample. Duda entre llevar a cabo su cometido o esperar un rato más. Ha pasado un par de veces por delante del negocio para asegurarse de que Clara, la dependienta, esté detrás del mostrador. Aunque la mujer no se mueve de la caja, una clienta pesada absorbe la atención de su objetivo y le impide actuar. Hace una tarde soleada, Marta no tiene quien la espere en casa ni un familiar con quien pasar el rato, así que disfruta del color anaranjado que tiñe las calles y los rostros de los transeúntes mientras llega su oportunidad. El niño que la va a ayudar espera sentado y aburrido en el portal del número 200 y, al fin, la espía decide pasar a la acción. Pablo, de doce años, sabe que no tiene que dirigirse a ella en público, así que cuando su jefa se desliza sigilosamente hacia su posición, el crío espera que le guiñe un ojo para ponerse en marcha.

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Sin embargo, Marta se detiene delante del portal en cuestión y se hace la despistada para escuchar otra conversación a pie de calle. Un hombre espigado, de barba frondosa y cejas pobladas, que fuma en pipa, comenta la reunión a la que se dispone a acudir junto a otro tipo bajito, tosco y de sonrisa amable. Por lo que Marta deduce, el primero es miembro de la Asociación Nacional de Radiodifusión, la ANR, cuya sede se encuentra en uno de los pisos del edificio, y el segundo quiere convertirse en socio de la organización.

—Si todo va bien, querido amigo —dice el alto—, este mismo año empezarán las emisiones. Ya se está buscando una estación, un espacio para instalar los estudios y unas antenas lo suficientemente potentes para que las ondas lleguen a toda la ciudad.

—¡Qué maravilla! —le responde el chato—. ¿Se sabe cuál será el programa?

—Pues de momento se está investigando lo que hacen las emisoras de Nueva York, de Londres y de París. Todas empezaron como pudieron y respetan los gustos de sus oyentes. Supongo que nosotros tendremos que hacer lo mismo.

—Ojalá emitan música en directo. ¡Sería como tener a los artistas en casa!

Marta ha oído mil historias sobre el prodigio de la radio. Que esté a punto de llegar a Barcelona le parece un milagro. «Será cosa de ricos, como la ópera», piensa, convencida de que la población no podrá disfrutar del invento. Descorazonada por su conclusión, guiña un ojo a Pablo, que comprende que ha llegado el momento.

Tras suspirar, Marta entra en la frutería y se coloca en la cola para comprar unos nísperos y unas fresas. La clienta pesada todavía sigue en la misma posición. Tiene la tez pálida y unas ojeras prominentes. Marta se da cuenta de que habla entre sollozos y de que Clara trata de consolarla.

—Se lo llevaron hace dos noches y no sabemos nada. Ni en qué prisión está, ni si está vivo o muerto. Le van a aplicar la ley de fugas sin que podamos evitarlo —comenta la clienta, desconsolada.

«Otro al que acusan de anarquista sin pruebas ni delitos cometidos», se aventura a deducir Marta en referencia al marido de la mujer que llora. Hace ya más de dos años que se aplica la ley de fugas de manera perniciosa. Los policías pueden disparar a matar si un reo intenta escapar, así que los agentes simulan huidas de presos como excusa para ejecutarlos

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sin juicio. Primo de Rivera permitía estas prácticas cuando era capitán general de Valencia y de Cataluña, y desde que preside el Directorio mantiene esta sangría con convicción.

—Mi marido militó hace tiempo, pero ahora solo iba del trabajo a casa.

No respetan nada, se lo han llevado igualmente.

—Mujer, no te pongas en lo peor —dice Clara a su clienta sin saber cómo consolarla—. Espera a tener noticias suyas, que nunca se sabe.

La entrada del crío en la tienda interrumpe a la frutera. Sin mediar palabra, Pablo se dirige hacia el mostrador, entrega un sobre a Clara y se va corriendo. La dependienta, desconcertada, lo abre y encuentra en el interior una buena suma de dinero.

—¿Pero esto qué es? —exclama al ver tantos billetes juntos.

Marta observa la confusión de Clara con ternura. Decide comprar la fruta en otro lugar y sale de la tienda. Se encuentra al crío en la esquina y le da unas monedas. Acto seguido, saca la libreta del bolso, tacha el nombre de la frutera y se encamina a su propia casa mientras un recuerdo la asalta: años atrás, Kohen obligó a Marta a sonsacarle información a Ángel, un periodista. El tipo estaba escribiendo un artículo sobre un prostíbulo del Distrito V y Kohen quería saber si el hombre suponía un peligro para sus intereses. Pocos días después de que Marta entregara un informe al tirano, Ángel apareció asesinado y Clara enviudó.

Kohen dejó a Marta una importante cantidad de dinero en la caja fuerte del piso en el que ella vive, billetes de los que la mujer no quiere beneficiarse. Por eso los reparte entre las personas que perjudicó en el pasado y, aunque los muertos seguirán muertos, el gesto quizá facilite el día a día de los vivos. La tranquilidad que le ha producido tachar a Clara del listado dura poco, pues, cuando llega a su hogar, encuentra un sobre con el nombre del siguiente objetivo que el Trampas le impone. Le da lástima: es un buen hombre al que no desea ningún mal.

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12 de mayo de 1924

Bernat, un camarero que solo trabaja para la familia cuando esta organiza

fiestas de altos vuelos, lleva una docena de copas vacías sobre una bandeja de plata mientras enfila el pasillo de la residencia de Claudi y Pilar, el piso de la calle Provença. El joven se encuentra con Eulàlia, que parece horrorizada por el reflejo que un espejo de cuerpo entero le devuelve. Para no importunarla al pasar, el chico se detiene a la espera de que ella termine, pero Eulàlia no advierte su presencia dado que repasa mentalmente las infinitas situaciones que podrían torcerse durante la velada que tendrá lugar en pocas horas. De hecho, ha dedicado la mayor parte del día a holgazanear y a desahogarse con gritos que ha repartido entre Pilar y el servicio.

Claudi se cruza con ambos y Bernat eleva la bandeja para que el señor pase por su lado. Eulàlia dedica una gran sonrisa a su padre, un hombre al que idolatra. Ella jamás lo ha decepcionado, y tantos años comportándose como una hija ejemplar la han llevado a vivir pendiente de las opiniones de los demás. Aunque a Eulàlia le encantaba cantar cuando tenía cinco o seis años e interpretaba canciones inventadas a cualquier hora del día, abandonó la afición porque las melodías molestaban a Claudi. Desde hace años lee novelas de amor y de aventuras a escondidas, ya que su padre considera que la literatura es menester de hombres. De hecho, ella apenas sale de casa porque, a decir del señor Guitart, más allá de estos muros tan solo la esperan inconmensurables caminos hacia la perdición.

Hoy acontece el decimosexto aniversario del nacimiento de Eulàlia, efeméride que la familia celebrará por todo lo alto con una recepción a la

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que también han invitado a amigos y conocidos. Y algo está cambiando en ella. La chica se debate entre dos pulsiones: la infantil, que espera la aprobación de Claudi en cada decisión que toma, y la adolescente, que la empuja a volar, a aprender, a vivir las aventuras que los libros le cuentan, a exigir las mismas posibilidades de futuro que su amigo Marcel·lí. Sea como sea, padre e hija abandonan finalmente el pasillo y Bernat reemprende su tarea con el odio que Claudi Guitart le despierta bien oculto.

Un rato antes, Pilar ha entregado a Eulàlia un ejemplar de Los tigres de Mompracem, la primera de las novelas de Sandokán escritas por Emilio Salgari, uno de los incontables libros que su madrastra coge de la biblioteca del piso familiar de la calle Aribau y que pertenecieron a su hermano Tomás. La chica lo ha aceptado sin apenas agradecerle el gesto. Tan pronto como ha arrebatado el ejemplar de las manos de Pilar y lo ha escondido en la habitación, la cumpleañera se ha arrepentido de la reacción. ¿Por qué le causa tanto rechazo la señora Puig?

Pilar desea lo mejor para su hija, y por ese motivo, gracias a un instinto maternal que la lleva a amarla sin condiciones, intenta complacerla sin esperar nada a cambio. Aun así, no es de piedra, y en la soledad de sus pensamientos desea un abrazo, una sonrisa o un cariño que nunca llega. Es más, se ha pasado la mayor parte del día organizando la fiesta de su hija junto a Juana. Se ha asegurado de que la mantelería de hilo veneciano de color vainilla esté impoluta, ha revisado una a una las piezas de la cristalería de tallado fino y ribete dorado para cerciorarse de que las copas y los vasos se presenten en buen estado, y ha comprobado insistentemente que no faltara ni uno de los ingredientes necesarios para la preparación de las delicias propuestas por Juana. Órdenes y tareas cuyo resultado no cumplirá con las expectativas de Claudi, ya que, por más que Pilar supervise al detalle los pasos que se darán antes y durante la celebración, su marido es un experto en echar en cara errores imperceptibles.

A pesar de la tensión que se respira en el ambiente, Pilar ha encontrado en los preparativos de la fiesta una excusa perfecta para evadirse de los pesares que la reconcomen. Sin nuevas pruebas o evidencias que la ayuden a avanzar en la investigación, la muerte de Irene es la judía oculta bajo el colchón que le niega el descanso. La primavera de 1924 explotó en las calles de la ciudad y ahora, meses después de la última visita al despacho de su amiga, la señora Puig se esfuerza por quitarle importancia al asalto

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que sufrió. La posibilidad de que exista un vínculo entre Claudi y Kohen, como se sugería en la libreta de Irene, es un indicio que la implica personalmente. Por extraño que parezca, que su marido tenga relación directa o indirecta con la muerte de su amiga diluye el miedo que Claudi le infunde. No va a permitir que un delincuente la amedrente, por muy marido suyo que sea.

Esa misma mañana, mientras comentaba con Juana qué cubertería era la más apropiada para la ocasión, una duda indiscreta y fuera de protocolo ha surgido espontáneamente.

—¿Qué opina de Claudi? —ha preguntado.

El ama de llaves se ha recolocado la blusa sin necesidad, ha tomado aire y se ha dispuesto a atajar una situación espinosa para alguien de su condición.

—Señora, lo que yo piense o deje de pensar sobre don Claudi es irrelevante.

—Juana, desde que era una niña, me ha dedicado más atenciones que mi propia madre. Le guste o no, somos confidentes. No es necesario que me responda si no quiere, pero…

—Con el debido respeto, señora, no hay peros que valgan —la ha interrumpido con elegancia—. La conozco casi desde que nació y, gracias a estos años compartidos, comprendo sus pensamientos antes que usted misma. Estoy convencida de que esa habilidad es recíproca, así que puede imaginarse lo que pasa por mi cabeza cuando pienso en el señor.

—¿Usted cree que mi marido podría llegar a hacer algo horrible? —ha insistido Pilar.

Juana se ha limitado a dibujar una sonrisa tan circunstancial que ha respondido a sus dudas.

Por eso ahora, a falta de unos cincuenta minutos para la llegada de los invitados, la señora Puig aprovecha una oportunidad insólita en los años que lleva casada. Claudi dispone en la vivienda de un despacho que cierra con llave. No permite la entrada a nadie, ni siquiera al servicio, y se ha dejado la puerta abierta. Pilar, cual águila precipitándose al vacío para cazar una presa, se cuela en la estancia a sabiendas del peligro que corre. En el interior, otea, rapaz, los muebles que la rodean. No encuentra nada extravagante: una mesa, una silla de cuero, estanterías, cajones, papeles varios… La decoración escasea y destaca solo un retrato de Esmeralda, la primera mujer de Claudi. Pilar no dispone de tiempo para encajar el detalle

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y, en el fondo, no le da importancia porque la difunta sigue presente de innumerables maneras en el hogar.

Abre cajones, separa libros, revisa carpetas. Deshace con cuidado cada acción que realiza para eliminar el rastro de su presencia. Revisa documentos relacionados con el antiguo despacho de abogados en el que Claudi trabajaba y también algunos de los informes y de las actas de la Puig & Mckey, pero no encuentra ni un atisbo de ilegalidad. Busca dobles fondos y escondites en los muebles. Nada. Descubre una cajonera situada bajo la ventana que estaba parcialmente tapada por la cortina, la abre y se topa con fotografías, objetos y cartas pertenecientes a la anterior esposa de Claudi. La señora Puig suspira y cierra las puertas de un armario de recuerdos que más tarde necesitará olvidar.

En la papelera encuentra algo que le llama la atención: se trata de un formulario de inscripción para la Escuela de Bibliotecarias de la Mancomunitat. Rasgado por la mitad, los datos de Eulàlia completan los campos de la solicitud. ¿Así que su hijastra quiere estudiar? Sonríe. Aunque años atrás le habría parecido una mala decisión, hoy considera que es una opción inteligente.

Cuando se dispone a tirar la toalla, descubre una carpeta enterrada en el maletín de Claudi y se sobresalta. El contenido la desconcierta pese a que no guarda relación alguna con Kohen. Se trata de un contrato de compraventa de la fábrica de Sabadell en el que no se detalla el posible comprador. Pilar desconoce los motivos que llevan a Claudi a deshacerse de la segunda fábrica con mayores beneficios netos de la empresa. Pensaba que los americanos habían frenado el tema. El primer y más importante centro de producción, situado en Sant Andreu del Arenal, se apoya en el de Sabadell para producir una parte relevante de las exportaciones. La venta es un acto de autosabotaje y provocaría una pérdida importante de la cuota de mercado en el extranjero.

Las elucubraciones de Pilar se detienen cuando percibe que Claudi está volviendo al despacho. Reconocería los pasos de su marido a la legua. Rápidamente, se esconde en el hueco que se forma entre la librería y la pared. Claudi entra, trastea algunos documentos con celeridad y abandona la estancia sin advertir la presencia de su mujer. A falta de unos treinta minutos para que lleguen los invitados, cierra con llave y Pilar, atrapada en el interior, se sienta a esperar que el destino decida cuál es su penitencia.

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Una copa de champán cruza el salón sobre una bandeja de plata. Bernat, el sirviente que la porta, ha repartido varias entre los invitados que se cuentan por docenas. El chico mira a su alrededor para ofrecérsela a alguno de los señores o señoras que, acicalados y con sonrisas relucientes, conversan a la espera de que aparezca la cumpleañera. Claudi pasa por su lado, agarra la copa con cierta desidia y, con un bufido, ordena a Bernat que corra a la cocina a por más. Este obedece y, cuando nadie lo ve, tuerce el gesto.

Claudi se bebe el champán mientras busca a Juana entre el gentío. El ama de llaves, ataviada con un uniforme de gala, recoge los abrigos de los Carulla y les pregunta por sus nietas cuando el señor de la casa se aproxima histérico hasta su posición.

—¿Dónde está Pilar? ¿Dónde se ha metido esa?

—Lo desconozco, don Claudi, hace un buen rato que no la veo. Me estoy empezando a preocupar.

—Esa mujer… ¡Hará que quede como un estúpido! —El hombre entrega la copa a Juana con desdén y ella la coge sin inmutarse—. Basta, no lo podemos demorar más, voy a buscar a Eulàlia para que haga su entrada.

Claudi desaparece del salón y Juana escudriña la estancia en busca de la señora. Advierte que los dos guardaespaldas de Claudi se pasean vigilantes y frunce el ceño entre desconfiada y preocupada.

Otra bandeja repleta de copas de champán entra en el salón sobre la mano del mismo sirviente. Mireia, que acaba de llegar, coge una al vuelo porque no cree que sobreviva a la velada sin alcohol. Busca a Pilar; lo más probable es que le ordene alguna tarea tediosa que, con suerte, la protegerá de las insoportables y todavía recurrentes preguntas sobre su duelo. Hará casi un año que murió su marido y todavía es la viuda oficial de los eventos. El «cómo estás» protocolario la irrita porque viene acompañado de un total desinterés por la respuesta. Preferiría estar en casa con su hijo, y se pregunta cuándo dejará de ser la viuda de Josep Puig o si alguna vez conseguirá tener entidad propia.

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Tan pronto como se cruza con Jaume Balcells, se cuestiona si el azar nos enfrenta a nuestros mayores miedos con nocturnidad y alevosía. Durante las últimas semanas se lo ha encontrado en otras dos ocasiones, y huelga decir que los recuerdos de sus conversaciones la visitan a menudo, acompañados siempre por una sonrisa. Todavía no ha acariciado a un hombre desde que murió Josep. Todavía se asfixia cada vez que se propone hacerlo.

—Don Jaume, parece usted una de las víctimas del hundimiento de las obras del metro. Aunque creo que mi broma ya está desfasada. ¿Hará ya más de un mes de aquella tragedia? —Termina dando un sorbo a la copa.

—¿Tan mala cara traigo? —le responde con una mueca amigable—. En mi defensa debo decir que he estado resfriado. Aunque, doña Mireia, no debería usted bromear con la catástrofe del metro. Murieron doce hombres y, lo peor de todo, el marqués de Estella deberá guardar unos meses más el uniforme de gala antes de venir a inaugurar el Gran Metro.

Jaume gesticula con más énfasis de lo habitual y Mireia se ruboriza porque su comentario ha carecido de sensibilidad y no se ha ajustado a su decoro habitual. Ha sido una frivolidad más propia de las señoras insulsas de las que habitualmente se mofa.

—Estoy de acuerdo, no debería bromear con semejante desgracia. No crea que lo hago habitualmente —responde mientras juega con su collar de perlas para disimular el apuro—. ¡El mundo está tan trastornado que yo misma estoy perdiendo la cordura! Quizá frivolizo porque no quiero hablar sobre la ilegalización de la Confederación Nacional del Trabajo, otro error de este generalucho que cree modernizar el país dando pasos atrás. ¡Cómo me indigna! —exclama con teatralidad—. Que quite los privilegios a los terratenientes y asegure unas elecciones justas como prometió, y entonces otro gallo cantará.

—Querida Mireia, le doy la razón. Se rumorea que Primo va a crear un partido único como el partido fascista de Italia. Y no es tonto, se ha servido de la reforma del Estatuto Municipal para controlar también el poder local y regional del país. ¡Hasta ha encandilado a una facción de los socialistas, que lo están apoyando!

—Si Josep levantara la cabeza… No se puede ni hablar catalán en público.

La mención del difunto les recuerda las mil y una razones que los separan y que imposibilitan una complicidad que se podría extender hasta

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la cama.

—¿Qué más da si no se puede hablar catalán en el Ayuntamiento? — interviene Margarita, la mujer de Jaume, que se abraza a su marido—. Apenas hay violencia en las calles de Barcelona y las huelgas se reprimen con facilidad. La convivencia es ahora más fácil que hace unos meses.

—Pero las clases humildes sufren más que antes. Primo inventa noticias que le favorecen y los diarios las reproducen como loros. Nos va a llevar a la ruina; si no, tiempo al tiempo —responde Mireia solo para llevarle la contraria.

Margarita coge a Jaume por el brazo y lo aleja apenas unos centímetros de su competencia con la excusa de darle un beso en la mejilla. Acto seguido, desafía a Mireia con la mirada para marcar un territorio que jamás ha sido suyo del todo. Es una mujer robusta como sus opiniones, de curvas destacadas como sus apellidos y tan aficionada al cambio de peinado que sus hijos fingen que no la reconocen cuando vuelve de la peluquería. Hoy lleva el pelo castaño y rizado, una opción pasada de moda. Tiene unos ojos impenetrables y unos labios más bien pequeños.

—Y qué más da, querida, nosotros estamos bien —sentencia Margarita

—. No me mire así, me limito a decir lo que piensa todo el mundo en esta fiesta.

Mireia se dispone a rebatir lo que para ella son una sarta de argumentos cortos de miras cuando Claudi pide atención desde el otro extremo de la sala. Situado de espaldas a la puerta, el anfitrión golpea una copa con una cucharilla al tiempo que da la bienvenida a los invitados. Margarita arrastra a Jaume hasta la primera fila con la excusa de no perderse detalle y este se despide de Mireia con una mirada empañada de anhelos contradictorios. A continuación, Claudi dedica unas palabras a los Puig que han abandonado este mundo: doña Teresa y sus hijos, Josep y Tomás. No menciona a don Julià, pues la familia evita hablar de su verdadero estado. Luego carraspea, pide un minuto de silencio y prosigue:

—Es triste que no puedan acompañarnos, pero hoy es un día para la celebración. Por eso deseo que todos los aquí presentes felicitéis a mi preciosa hija, que, como sabéis, cumple dieciséis años. Adelante, querida Eulàlia.

La pubilla aparece en el salón tan bella como las buganvillas que cubren el cobertizo de su casa de Vilassar. Los invitados alaban las gracias de la chica mientras enuncian acaloradas felicitaciones alentadas por unas

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copas que se vacían a un ritmo vertiginoso. Eulàlia luce un vestido azul de manga corta, entallado en la parte superior y holgado en la inferior, y ha tenido el atrevimiento de marcar su figura con un cinturón del mismo color. Lleva el pelo recogido con un tocado como el que exhiben las actrices que actúan en el Liceu. Los nervios están a punto de traicionarla; apenas puede sonreír porque invierte demasiados esfuerzos en estar a la altura.

Marcel·lí se abre paso entre la multitud con la boca abierta y el corazón disparado. La atracción que siente por ella desde niño y que lo eleva a un estado de gloria y aprensión no es más que amistad, ternura y ese amor tan poderoso que actúa como un torbellino capaz de arrasar los rincones más bondadosos del alma. Marcel·lí intuye la fuerza de tan implacable huracán de emociones y por eso, hasta el momento, ha actuado con cautela.

—Mi pequeña se ha convertido en una mujer, y no puedo estar más orgulloso de ella —prosigue Claudi antes de detenerse a contemplar a su hija y a colocar la mano sobre su hombro.

Marcel·lí sabe que no puede demorarlo más. Esta noche le confesará sus sentimientos a Eulàlia antes de que otro ladrón se lleve la joya de la corona. Tiene claro lo que va a decirle, lo ha ensayado ante el espejo una infinidad de veces. No obstante, el miedo al rechazo acobarda al más bravo de los hombres cuando mide sus posibilidades. Comprueba que lleva el anillo en el bolsillo del frac. Aprovechando que Bernat, el sirviente del champán, pasa por su lado, Marcel·lí le arrebata las dos últimas copas de la bandeja, que ingiere sin respirar.

Bernat se encuentra ante una pequeña encrucijada: debido al tumulto de invitados que se han apiñado alrededor de Claudi y, por ende, de la puerta del salón, su paso hacia la cocina ha quedado bloqueado. El chico sirve esporádicamente para la familia Puig, así que es un testigo privilegiado de sus celebraciones y eventos, los cuales presencia desde la distancia que le otorga su condición y a sabiendas de que jamás será partícipe del lujo que se exhibe ante él. Hasta el momento, se ha sentido afortunado de poder trabajar para familias como la de Claudi ya que, fiel a la educación que ha recibido, no acostumbra a desear más de lo que necesita para vivir. Sin embargo, hoy, tras lo acaecido a su hermana, la rabia no le deja medir las consecuencias de un plan que ha decidido llevar

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a cabo durante la velada: no dudará en apretar el gatillo de la pistola que lleva escondida en el interior del chaleco del uniforme.

Eulàlia, por su parte, se ha relajado por completo cuando ha localizado a Marcel·lí. Él es su norte, su paraguas bajo la tormenta, ese hilo que traza el camino para escapar de los laberintos lúgubres en los que su mente la encierra. Mientras Claudi habla, y gracias a la presencia de su amigo, la chica observa a los invitados con mayor altivez. No obstante, evita la mirada del propio Marcel·lí: si quiere conquistarlo, tiene que hacerse desear.

—Pero déjenme comentarles que este aniversario no es el único motivo que tendremos para alzar nuestras copas durante esta velada. A partir de hoy, mi hija iniciará el maravilloso camino que toda mujer debe seguir hacia el matrimonio. —Claudi se detiene unos segundos, mira de reojo a su hija y comprueba que no le presta ni la más mínima atención—. Me complace anunciar el compromiso entre mi hija Eulàlia y Amadeu Vallespir, nieto del conde de Vallespir y de su mujer, doña Carme, a la que todos adoramos. ¡Demos una calurosa bienvenida a mi futuro yerno!

La estancia explota de júbilo. Se oyen felicitaciones, «¡vivan los novios!» y demás comentarios recurrentes. Eulàlia tarda unos segundos en reaccionar, está demasiado concentrada en ignorar a Marcel·lí para entender la magnitud de la tragedia. Nadie la había informado del compromiso hasta el momento. Se resiste a creer la encerrona orquestada por su padre. Desorientada, busca una mirada cómplice que no encuentra, pues Claudi solo tiene ojos para la reacción del público, Pilar no está en el salón y Amadeu le produce una desconfianza tan feroz que es incapaz de dedicarle las atenciones que debería. Es el momento de sonreír y de estar agradecida por el título nobiliario que recibirá en el futuro; pese a todo, nunca ha sentido atracción por el heredero de los Vallespir, un chico dos años mayor que ahora se acerca del brazo de la abuela que lo ha criado.

Amadeu besa la mano de Eulàlia, estrecha la de Claudi y se gira sonriente hacia los invitados sin soltar a la Condesa, quien presenta sus respetos con un leve movimiento de cabeza. El Conde, conocido por su discreción, permanece a un lado como un espectador más. El futuro novio es alto, delgado, distinguido y con unos ojos tan negros que parecen cargados por el diablo. Lleva el cabello repeinado hacia atrás y emprende un discurso tan previsible como oportunista.

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—Llevo tiempo tras esta belleza de mujer. —«Mentira, hasta el momento he pasado inadvertida ante tus ojos», piensa Eulàlia—. Siempre he considerado que es una persona maravillosa. —«Falso, no me conoces», replica de nuevo mentalmente—. Por eso puedo decir que hoy es uno de los días más felices de mi vida. Espero que recordemos la velada como el inicio de un feliz y fructífero matrimonio. ¡Alcemos nuestras copas!

Los aplausos suceden al parlamento del novio y la condesa Carme de Vallespir se muestra orgullosa de su nieto y feliz por los beneficios que el enlace les acarreará a ambos. La mujer luce un vestido verde grisáceo de tela noble, hombros abullonados y cintura estrecha, pegada al cuerpo gracias a un corsé que ella se resiste a abandonar. La falda llega al suelo y cubre unos zapatos de tacón bajo y puntera afilada, muy al gusto francés de finales del siglo anterior. Es la viva imagen de un pasado que se resiste a desaparecer.

Amadeu apenas mira a Eulàlia y ella lo interpreta como el prolegómeno del matrimonio que le espera. La chica necesita escapar tan lejos como le sea posible, así que trata de escudarse en su amigo Marcel·lí, quien no oculta su decepción. Aunque la cumpleañera pide a gritos sordos que él la salve, el chico no es capaz de pensar con claridad; por eso no comprende el mensaje que su amada le envía desde la distancia a través de una mirada desoladora. Marcel·lí ya no ve personas a su alrededor, sino formas hablantes y risueñas que le dificultan el camino para huir del salón. Considera que Eulàlia está de acuerdo con el matrimonio, que la ha perdido para siempre. Respira con dificultad, la vida se le descuelga poco a poco del pecho y se precipita hacia un desconsuelo de naturaleza catastrófica. Al fin, el chico se topa con la única cara que puede reconfortarlo, la de su padre, quien aterriza en el aniversario tarde y de la mano de una mujer.

Emili Puigverd, viudo de Irene, se ha retrasado porque hace un par de semanas que sale con una exactriz aficionada a la impuntualidad. La trágica muerte de su esposa ha cambiado el modo en que se relaciona con el mundo. Ha decidido que dejará de preocuparse por valores tan inconcretos y asfixiantes como el honor o la posición social; es más, se muestra decidido a hacer lo que le venga en gana sin importarle lo que piensen amistades y conocidos. Por eso llega acompañado por Marta, una mujer de la que apenas sabe algo más que el nombre.

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12 de mayo de 1924

Cuando Pilar advierte que la puerta del despacho empieza a abrirse, corre

a refugiarse en su escondite. Los pasos del intruso son más ligeros y acompasados que los de Claudi y lo llevan hasta el escritorio, donde fisgonea por cajones, carpetas y documentos. ¿Quién más tiene la llave del despacho? O, mejor dicho, ¿qué otra persona se ve con la necesidad de espiar a su marido? A medio camino entre la curiosidad y la preocupación, Pilar descubre la cabeza y alcanza a ver al entremetido, a quien revela su presencia en cuanto lo reconoce.

—¿Se puede saber qué hace usted hurgando en este despacho?

Jaume Balcells pega un salto y se lleva la mano al pecho mientras exclama: «¡Me ha dado un susto de muerte, doña Pilar!». A continuación, toma conciencia de que lo han pillado con las manos en la masa.

—Y ya me dirá usted cómo ha conseguido la llave —dice Pilar, a la espera de respuestas.

—De hecho, no la tengo. —Jaume, más calmado, saca del bolsillo una llave maestra—. Sus padres nos criticaban a Tomás y a mí porque nos mezclábamos con los bajos fondos del Paralelo, pero de todo se aprende —termina con una sonrisa pícara.

—No me va a engatusar con su palabrería. Dígame qué busca o llamo a la policía.

—Verá, Pilar, verá… —Jaume alarga el momento en busca de una escapatoria y, de repente, la encuentra y asiente con la cabeza, un gesto de satisfacción que se dedica a sí mismo—. Creo que no soy el único polizón en este barco —continúa, juguetón—. Si usted se ha escondido cuando he

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entrado es porque tampoco es bienvenida en este despacho. Es más, estaba encerrada, ¿no es así?

La señora Puig se sonroja. No había pensado que el tiro podía salirle por la culata. Ninguno de los dos debería estar allí, así que se dispone a sacar partido de las circunstancias.

—Jaume, algo va mal. No puedo darle detalles, aunque sí le diré que estoy preocupada. Claudi está haciendo movimientos muy extraños en la Puig & Mckey. Él no me cuenta nada. Tampoco me deja entrar en este despacho. Me temo que anda superado por las circunstancias.

El señor Balcells suspira, comprende que las intenciones de Pilar son buenas y baja la guardia. Se encuentra ante la hermana del que fue su mejor amigo, al que echa mucho de menos.

—Está bien, se lo contaré todo sin tapujos, pero debe prometerme que no saldrá de aquí. —Pilar asiente—. Claudi nos quiere vender la fábrica de Sabadell a un precio irrisorio. Por un lado, me hace ilusión, allí está la nave que proyectó Tomás, pero, por el otro, no lo entiendo. Es uno de los mejores recursos de los que dispone la empresa, ¿por qué vendérsela a la competencia? Hay gato encerrado, y me he colado en este despacho para descubrir dónde está la trampa.

La mujer niega con la cabeza al tiempo que comprende la gravedad del asunto.

—Le propongo un trato: si descubro peligro alguno para su familia en esta venta, le avisaré; a cambio, si usted encuentra indicios de que Claudi está actuando con temeridad, dígamelo de inmediato. Sé que somos competencia y, aun así, se lo pido por la memoria de Tomás.

—Por supuesto, así lo haré —le responde Jaume dejando entrever la fragilidad con la que todavía afronta el recuerdo de su amigo—. También lo echa de menos, ¿verdad?

—Ya… ya sabe cómo era mi hermano. Era una persona compleja. Yo veía un gran sufrimiento tras sus excentricidades. Aunque debería haber luchado más por encontrar su lugar, quizá es mejor que descanse en paz a que siga viviendo en guerra consigo mismo.

Los remordimientos acuden a la mente de Jaume: ¿Tomás estaría vivo si él hubiera dicho la palabra correcta en el momento adecuado? Una reflexión idéntica sobreviene a Pilar cuando piensa en su hermano: que no supo ayudarle, que él tiró la toalla porque no tenía a nadie a su lado para

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recogérsela. La posibilidad de que se repita la historia con el caso de Irene es inasumible para la señora Puig.

Sellado el pacto, ambos salen del despacho. Jaume cierra la puerta con la llave maestra y Pilar corre hacia el dormitorio. Se pone el vestido de noche a toda prisa, se da dos trazos de maquillaje y se permite un segundo ante el espejo para comprobar que su moño permanece impoluto. Acto seguido, sale escopeteada hacia la celebración y se coloca sobre la marcha unos pendientes ostentosos que detesta pero que su marido la obliga a llevar.

Cuando accede al salón, trata de apaciguar los ánimos y saluda a los primeros invitados con los que se cruza. Casi nadie la ha echado en falta. Desoye su miseria porque intuye un ambiente enrarecido en la fiesta. Dos conocidas la felicitan por el noviazgo de su hija mayor, y Pilar, confundida y sin saber a qué se refieren, se queda con la duda para no parecer estúpida. Uno de los sirvientes pasa con una bandeja repleta de copas de champán y ella coge una con recelo porque no acostumbra a beber. Se fija en que los guardaespaldas de Claudi pululan por la fiesta y se pregunta por qué andan por su comedor. Entonces localiza a Eulàlia, que está sentada en una de las butacas acompañada por Amadeu Vallespir. Los jóvenes atienden a los invitados juntos, pero sin apenas interactuar entre ellos. Pilar ata cabos y abre la boca, desesperada. Siempre ha percibido un toque de sadismo y de frialdad en los ojos del chico. Recuerda el día que conoció a Claudi, el mismo en que anunciaron su enlace.

—Querida, vamos a ser familia —le dice la condesa de Vallespir, pletórica, que aborda a la señora Puig por detrás y se toma la libertad de colocar la mano sobre su espalda—. Ahora también nos encontraremos en las comidas familiares, además de en las juntas de la empresa.

—Entonces, esto… —balbucea Pilar mientras se gira para hablar cara a cara con doña Carme.

—¿No me digas que te enteras ahora? —le pregunta la Condesa intercalando las palabras en una carcajada—. El anuncio ha sido de lo más sonado, te lo has perdido. Por fin contaréis con otro hombre en el clan.

Pilar la deja con la palabra en la boca y deambula en busca de Juana. La Condesa, lejos de enfadarse por el desplante, se regodea en la reacción de la mujer. La señora Puig localiza al ama de llaves cerca de la puerta del salón y se dirige hacia ella. Por el camino se cruza de nuevo con Bernat, que sigue repartiendo champán. Casi lo embiste y, tras disculparse,

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observa que el chico suda a mares. «No hace tanto calor», piensa cuando se topa con un nuevo obstáculo. Se trata de Emili Puigverd y, en un primer momento, Pilar no se da cuenta de que el hombre ha acudido acompañado al aniversario.

—¡Querida Pilar! Siento el retraso —dice mientras le besa la mano—.

Eulàlia no podría estar más bella.

—Gra… gracias, Emili, gracias por venir.

—Te presento a una amiga, Marta.

La señora Puig tarda unos segundos en reaccionar. Pese a que piensa que Emili está traicionando a Irene con esta intrusa, se esfuerza por disimular la amargura que la remueve por dentro y estrecha sin brío la mano de la impostora.

—Encantada de conocerla, señora. Emili me ha hablado de usted, todo maravillas.

—Pues él no la había mencionado todavía. Cómo… ¿cómo se conocieron?

—En el Royal, hará unas semanas —le aclara él.

—Fue en el salón de fiestas —lo interrumpe Marta—. Verá, soy muy patosa. Caminaba con una copa en la mano y, sin saber muy bien cómo, resbalé y la vertí sobre la americana del pobre Emili. ¡A veces las desgracias unen!

—Sí, claro —murmura la anfitriona.

La señora Puig no confía en Marta. ¿Está celosa? No siente más que amistad hacia Emili. Entonces, ¿qué es? Percibe que la mujer es una cazafortunas, una embustera, una trapisondista que se ha acercado a su amigo para engatusarlo. O algo peor, Pilar teme que la impostora ande detrás del artículo de Irene.

—Pues espero que lo paséis bien. Si me disculpáis, debo atender un asunto urgente.

—Por supuesto.

Mientras Pilar se aleja, las miradas de Marta y de Jaume se cruzan. El encuentro era un riesgo que la espía corría si se presentaba en el cumpleaños. Ella ha intentado librarse de la fiesta por activa y por pasiva y, tras perder la batalla, ha dilatado la llegada cuanto ha podido con la esperanza de que Emili desistiera. Huelga decir que su plan ha fracasado. Y en este momento, tanto Jaume como Marta actúan como si no se conocieran. Ella ignora si el Trampas ha ejecutado ya el chantaje o si

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todavía se guarda el as bajo la manga. También es posible que el señor Balcells se hubiera despertado en la habitación del Ritz tan solo y aturdido que fuera ajeno a la sesión de fotos que acababa de protagonizar; y que ahora esté avergonzado por haberse quedado dormido mientras se acostaba con una mujer como ella. No se habían visto desde la noche en cuestión y Marta aplaude la postura del señor Balcells: que la evite es la actitud más beneficiosa para los dos.

Se relaja del todo cuando el Trampas pasa por su lado y tampoco la saluda. Si alguien les preguntara de qué se conocen, deberían dar demasiadas y peligrosas explicaciones. Así pues, asume que controla todos los frentes que podrían atacarla durante la fiesta y, a la vez, la situación la entristece: el Trampas le ha encargado que encandile a don Emili, pero todavía no le ha mencionado qué necesita de él. El señor Puigverd es un buen hombre y no le desea ningún mal.

Al fin, Pilar alcanza a Juana, quien advierte el malestar de la señora Puig. El ama de llaves intuye que el compromiso de Eulàlia no le ha sentado bien.

—¿Ha pasado algo, doña Pilar? Me tenía preocupada.

—Gracias por preguntar. Me ha surgido un contratiempo que, por suerte, ya he resuelto. ¿Usted sabía que mi marido planeaba casar a nuestra Eulàlia con ese?

—No tenía ni idea, señora, de lo contrario se lo habría contado. Intuyo que usted no está muy contenta con la decisión de don Claudi.

—No se preocupe por eso. Otra cosa, necesito un favor. En el gabinete encontrará mi tarjetero, ya sabe dónde está. Hace tiempo que Josep me facilitó el contacto de un detective privado. No me mire así; en la época de los pistoleros, todos necesitábamos recursos para protegernos, y Josep siempre ha velado por nosotros —dice mientras mira hacia el cielo—. Por favor, llámelo ahora mismo y dígale que se presente aquí antes de que se acabe la fiesta; necesito que descubra los trapos sucios de la mujer que acompaña a don Emili. Se llama Marta y no me da buena espina.

—De acuerdo, señora. Ahora mismo lo hago.

—Antes, una pregunta: ¿es posible que Eulàlia quisiera matricularse en la Escuela de Bibliotecarias de la Mancomunitat? Si es así, ¿sabe si finalmente irá?

—Señora, la chica quería estudiar en esa escuela, sí. Como puede imaginarse, su padre se ha negado en rotundo. Se pelearon a voz en grito

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por este tema y, quizá por eso, el señor ha precipitado este matrimonio. Doña Pilar, ¿de verdad que está bien?

—Mejor que nunca —le responde con una sonrisa quebrada.

Cuando Juana se retira, la señora Puig observa de nuevo a Eulàlia y piensa en su propia madre, en los abrazos que nunca le dio, en los consejos baldíos que la convirtieron en una mujer sumisa, en el horrible segundo plano al que la familia la ha relegado desde que nació. Porque nunca ha sido suficientemente bella, ni simpática, ni elocuente, ni decidida, ni coqueta. Porque su única habilidad consiste en torear el pánico desde que se despierta hasta que se acuesta. El miedo la paraliza, la somete, limita sus posibilidades, su libertad e incluso su ingenio. Entonces mira a su marido y el miedo que le despierta ya no parece tan insalvable. De nuevo atraviesa el salón y aprovecha un instante en que los invitados dejan en paz a Eulàlia.

—Me da igual si me delatas —le dice Pilar con dulzura—. Puedes contarle a tu padre lo que te voy a decir. Sé que no quieres casarte con Amadeu, te conozco más de lo que te crees. Tú no le interesas, le interesan nuestros negocios. A mi modo de ver, tienes dos opciones: obedeces a tu padre o te deshaces de tu prometido sibilinamente. Yo podría ayudarte, si me dejas. Si quieres.

La chica no sabe qué responder. Se encuentra superada por las circunstancias. Lo único que desea es que Marcel·lí la coja en brazos y se la lleve lejos; sin embargo, el chico ni la ha saludado. Aunque siempre ha sospechado que su madrastra esconde segundas intenciones tras cada una de sus acciones, presiente que la propuesta de la mujer es bienintencionada.

Eulàlia intenta rescatar las palabras que se han atascado en su garganta y Pilar se dispone a dejar a su hija con sus pensamientos cuando Bernat lanza al suelo la bandeja repleta de copas de champán que ha estado sirviendo durante toda la noche, desenfunda una Browning destartalada y dispara al techo. El estruendo despierta el caos en el salón. Los invitados se lanzan al suelo o tratan de huir por la puerta. Claudi, que estaba hablando con la condesa de Vallespir cerca del bufet, se da la vuelta y cruza su mirada con Bernat, quien le apunta directamente con la pistola. El hombre no reacciona. Ni en sus peores pesadillas habría pensado que llegarían a dispararle en su propia casa, así que permanece inmóvil ante el chico.

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—Pagarás por lo que has hecho, ¡cabrón! —dice el camarero.

El sirviente se dispone a apretar el gatillo cuando los dos guardaespaldas, que han permanecido vigilantes hasta el momento, actúan con eficiencia y celeridad. Uno de ellos golpea la mano con la que Bernat empuña la pistola, y el arma se precipita al suelo. Sin dejar margen a una posible reacción del asaltante, los dos gorilas lo inmovilizan. Bernat, fuera de sí, llora de rabia mientras Claudi respira tranquilo y comprueba que los invitados están bien.

—Mi hermana no se ahorcó, ¡vosotros la matasteis! —grita el camarero, que sale de la sala escoltado por los guardaespaldas.

En ese momento, los ojos de Pilar se abren de par en par. Su cabeza elucubra mil y una teorías indemostrables, aunque todas posibles tras el comentario del chico. ¿Qué es lo que se le escapa? Ella cree que dará en el clavo si hurga en el pasado de Claudi, pero su marido no sabe a qué se refiere el chico. Solo una persona en este salón está al corriente de lo que le ha sucedido a la hermana de Bernat.

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19 de julio de 1924

Mireia odia los entierros. Se encuentra en el epicentro de la multitud que

se ha concentrado en la plaza del Pi para despedir a Àngel Guimerà. Ahora mismo, el coche fúnebre que transporta el féretro del dramaturgo y poeta por el corazón del Distrito I avanza entre la aglomeración arrastrado por dos caballos de raza. El conductor dirige los animales con cautela y disimula el nudo que se le forma en la garganta debido al silencio y la solemnidad que se respira en el ambiente.

Los diarios dedican hoy sus portadas al tan estimado artista. La Publicitat abre su cabecera con el titular «Cataluña pierde a su poeta nacional», cuya última palabra está tachada por la censura. En La Vanguardia aparece el nombre del autor y los años de nacimiento y muerte. A Mireia le gustan las obras de Guimerà, sobre todo La filla del mar y Terra baixa, y está imbuida por la tristeza colectiva y por el bochornoso calor que acompaña esta mañana de julio. Allí donde mira solo ve cabezas, ciudadanos de a pie y miembros de la élite que se apelotonan desde la puerta de la iglesia del Pi hasta bien entrada la calle Petritxol, donde residía el dramaturgo. La policía ha tenido que cortar el acceso al lugar porque la estrechez de las calles colindantes convierte la plaza en una ratonera.

La mayoría de las personas que la rodean son hombres. Mira a su alrededor y se siente insultada, frustrada, harta de que su presencia sea la excepción y no la norma. Desde el aniversario de Eulàlia, Mireia se ha aislado de los círculos sociales habituales, en parte porque la aburren, en parte para alejarse del pasado y, por qué no admitirlo, de Jaume Balcells.

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Su vida se reduce a su hijo Josep, por el que ahora siente una devoción desmedida, a los encuentros con Caterina y sus amigos cosmopolitas y a las visitas de Pilar. Las argucias del tiempo no apaciguan la tensión existente entre las cuñadas y, aun así, la señora Puig busca excusas para pasar tiempo con ella y con su sobrino.

Aunque Mireia no tolera la autoridad ni el tono severo con el que Pilar le habla, sabe que ella es la única persona que ha permanecido a su lado desde que Josep falleció. Un par de semanas atrás, su cuñada descubrió algunos artículos en los que la viuda ha estado trabajando desde hará unos meses, textos que todavía no había mostrado a nadie y que Pilar encontró por casualidad en el escritorio del antiguo despacho de Josep mientras se dirigía al excusado. Para sorpresa de Mireia, su cuñada no criticó el pasatiempo, sino que pidió permiso para leerlos. Mireia se los dejó a regañadientes y, tras devorar las páginas, la señora Puig se limitó a felicitarla.

Hoy han asistido juntas al entierro de Guimerà, y Mireia no ha podido evitar torcer el gesto al ver que Pilar acudía con su marido. Ahora, mientras avanza por la plaza para seguir el coche fúnebre, Mireia ignora a Claudi, reflexiona sobre la muerte de Guimerà y concluye que, con su marcha, termina una era de la cultura catalana. Se pregunta por la dirección que tomarán las obras de arte que se creen durante la década, por los artistas que pintarán retratos o esculpirán con su talento. ¿Qué le ha pasado a Barcelona? Una ciudad que demuestra tal devoción por sus dramaturgos, piensa ella, debería considerarse a sí misma un paraíso, un lugar de bien donde las diferencias se solucionan a través del entendimiento. Sin embargo, como decía su difunto marido, «Barcelona te ofrece todas las posibilidades que existen excepto la de vivir en paz».

El entierro de Josep se celebró con el ataúd cerrado debido al lamentable estado en el que apareció el cuerpo, así que los amigos y familiares que asistieron a la ceremonia velaron una caja de madera noble y acabados en oro al tiempo que se lamentaban por la enésima pérdida que los Puig sufrían en tan poco tiempo. Mireia recuerda salir de la iglesia de la Mercè tras el féretro, con Pilar callada y ojerosa a su lado, y no reconocer a cuantos la rodeaban. No sabría decir quién acudió y quién no, ni quién fue el párroco que ofició la ceremonia o el tiempo que esta duró. Recuerda llegar al cementerio de Montjuïc y acompañar el ataúd hasta el panteón familiar donde descansan su suegra y su cuñado Tomás; y volver a

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casa, sentarse en la cama, tocarse la barriga y, lejos de sentir la ausencia de Josep, percibir las manos que siempre la acariciaban con delicadeza, la sonrisa traviesa que precedía a un enredo o el arqueo de las cejas, señal inequívoca de que su marido estaba haciendo un esfuerzo titánico por entender sus necesidades.

La muerte de Josep la arrastra hasta la de su padre: Vicenç Grau se fue a Cuba a principios de los años ochenta del siglo XIX a probar fortuna, y la suerte lo acompañó. Creó una marca de ron que triunfó en toda España y en América Latina. Al cabo de una década se desposó con Josefina, la hija de un socio también originario de Barcelona, y poco después nació la única descendencia de la pareja, Mireia, quien pasó los cinco primeros años de su vida hablando en español con los locales de la isla y en catalán con sus padres. En 1897, Vicenç comunicó a la familia que volvían a Barcelona sin dar explicaciones. Se trasladaban con una pequeña fortuna bajo el brazo y una empresa fructífera que funcionaba sola. Los problemas llegaron con la pérdida de la colonia: varios terratenientes locales se apropiaron de las tierras y, con el paso de los meses, el negocio dejó de servir a los intereses de la familia Grau; pero Vicenç se negó a volver a la isla para sorpresa de todos.

Los años pasaron, las deudas se acumularon y la familia estaba arruinada cuando Vicenç le pidió a Mireia que se casara con Josep. El acuerdo era claro: el señor Grau ofrecería sus contactos en ultramar para ayudar a la distribución de los productos de la Puig & Mckey a cambio de una parte del beneficio de las exportaciones y de que el primogénito desposara a su hija. De hecho, Josep tuvo que romper el enlace con la hija de un arquitecto para cerrar el trato.

Meses después de la boda, su padre enfermó y, postrado en la cama, le confesó a Mireia que Josefina se había enamorado en Cuba del dueño de una posada, con el que se veía a escondidas. Por eso abandonaron la isla y arriesgaron así el devenir del negocio, porque Vicenç la amaba con desmesura. El hombre murió y Josefina consiguió un permiso especial para viajar sola hasta la isla, donde se lanzó a los brazos del posadero. Hace años que Mireia no sabe nada de ella y lo único que le reprocha a su madre es que se marchara sin mirar atrás.

Por todo ello, la angustia acompaña a Mireia mientras camina por la calle Cardenal Casañas siguiendo el coche fúnebre de Guimerà. Cuando la comitiva desemboca en las Ramblas, el avance se complica, puesto que

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allí les esperan varios centenares de personas más que, junto a las interminables obras del metro que ocupan todo el centro del bulevar, crean un tapón. Varios tramos de la calle están apuntalados con maderas e invadidos por grúas que trabajan sin descanso. Además, las vallas que delimitan los trabajos dejan un espacio escaso para que circulen los transeúntes, las tartanas y los tranvías por los laterales de la calle.

Mireia observa a Pilar, quien, del brazo de Claudi, también muestra señales de agobio; y luego ve a Jaume Balcells a lo lejos. El hombre la saluda con la mano en alto y ella, sin pensárselo dos veces, se abre paso para llegar hasta él al tiempo que pierde de vista a su cuñada. Necesita alejarse de Claudi, necesita compartir un momento con un hombre que la hace sentirse especial. Desde donde se encuentra Jaume, Mireia parece un personaje de una película de Chaplin, pues a duras penas avanza unos centímetros sin tropezar o causar molestias. El señor Balcells la recibe con una burla:

—¡Qué habilidad para lidiar con las masas, doña Mireia!

—No se ría de mí. Encima que cruzo una trinchera de ciudadanos afligidos para saludarlo…

Jaume sugiere esperar a que pase la marabunta antes de continuar y la mujer se aviene a ello. Cuando la calle se despeja, Mireia se tranquiliza, a pesar de que el bochorno sigue atacándola sin piedad.

—¿Le apetece algo fresco? —propone él—. Las calles son un horno… —¿No va a ir usted al cementerio como el resto de las personalidades?

—dice para eludir la invitación. Desea charlar con Jaume y, a la vez, la idea le produce vértigo—. Seguramente irán Oller, Fabra, Iglesias, Carner, Llimona, Sagarra…

—Veo que se sabe el repertorio…

—Menudo alarde de humor está desplegando hoy —replica, ofendida

—. Usted apenas escribe ya, pero sigue siendo un dramaturgo conocido, por eso se lo pregunto.

—Después de que hayamos hablado varias veces, ¿todavía cree que las convenciones sociales van conmigo?

—Está bien, vayamos al Zurich. Una limonada no hará daño a nadie. Mireia y Josep enfilan las Ramblas por uno de los laterales, en

dirección a plaza Catalunya, y se esfuerzan por sortear coches de punto, tranvías, carros y el resto de la variopinta amalgama de personas que se mueve entre los Distritos I y V y que apenas puede circular debido a las

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obras. Los comercios del bulevar han cerrado en señal de luto, hay lazos negros colgados de las fachadas y las floristas han llenado la calle de ramos y coronas.

—¿Y cómo van los negocios? —formula ella, avergonzada, pues no acostumbra a caer en los lugares comunes. Los nervios la están traicionando.

—Bien, doña Mireia. También podemos hablar del tiempo, si gusta. —No le pida a una dama que sea elocuente con este calor —responde,

más relajada. Le gusta que ese hombre la rete con sus comentarios y, a la vez, no se libra del sentimiento de culpa insolente que la aborda en cada encuentro con Jaume.

Pronto llegan al Zurich, una chocolatería situada en la esquina de la plaza Catalunya con la calle Pelayo, en el lateral de la estación de ferrocarriles. Ubicada en el corazón de la ciudad, se trata de un lugar de paso, una platea perfecta para observar el escenario de la vida. Escogen una de las mesas de la terraza exterior que, cobijada por el emblemático toldo, les permite protegerse del sol y de las miradas curiosas. Mireia observa a una pareja que disfruta de un chocolate a la taza, el clásico del local. Ella no se tomaría algo caliente ni por todo el oro del mundo.

—Yo sigo con esa limonada en mente —dice Jaume—. Dios mío, ¡qué calor! ¿Pido dos?

Mireia asiente y le arranca una sonrisa a su acompañante. Ante el gesto amable del hombre, ella se quita la coraza por primera vez en mucho tiempo.

—Algo me inquieta y… Disculpe si lo importuno con mis problemas, pero no sé a quién acudir. La verdad es que me preocupa la Puig & Mckey. Mi marido luchó tanto para modernizarla, para acrecentar la producción, para convertirla en un referente en el país, y ahora temo que Claudi vaya a tirar por la borda el trabajo de Josep. —Se cruza de brazos para contener la rabia. Mientras la escucha, Jaume carga su pipa con tabaco—. No se crea, nunca me interesó la compañía; yo reflexionaba largo y tendido con mi esposo sobre las decisiones que debía tomar, pero lo hacía más por ayudarle que por las fábricas. Y ahora que él no está, tengo un hijo que no llega al año y poseo el treinta por ciento de las acciones de la empresa — continúa con un atisbo de decepción—. Ya se lo puede usted imaginar, es una importante cantidad que me rinde grandes dividendos y, aun así, no me permite intervenir en la toma de decisiones. ¿Sabe? Soy consciente de

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que compartir mis problemas con usted es un peligro, y debo decirle que en el fondo me da igual, porque creo que Claudi es un imbécil.

—Está bien, está bien —dice Jaume, desubicado—, me gustan las personas directas. Poco puedo hacer para ayudarla, la verdad. — Reflexiona unos segundos mientras saca unas cerillas del interior de la americana—. Solo le diría que, con la cantidad de acciones que tiene, debería tener más peso en las juntas, incluso debería dirigirlas.

—Usted sabe que los socios no van a poner a una mujer al frente de una de las empresas más importantes de Barcelona.

—Podría ser, pero hay muchas maneras de controlar un puñado de fábricas —le responde él mientras se enciende la pipa—. Míreme a mí. Los negocios de mi familia me importan un bledo, la verdad, pero encontré la manera de amigarme con ellos. Soy especialista en tratar con la gente, en solucionar problemas, y a eso me dedico. Mis hermanos se ocupan de los números, la producción y la logística, y yo les salvo el culo y lidio con los clientes. Pregúntese qué puede hacer usted.

Mireia está de acuerdo con su reflexión; sin embargo, no puede contarle a Jaume que está atada de pies y manos. Tres días después del cumpleaños de Eulàlia, Pilar le explicó lo de la venta a los Balcells de la fábrica de Sabadell y ella perdió los papeles. Vehemente y cegada por el afán de mantener el legado de Josep, acudió a la sede de la empresa en la calle Balmes para convencer a su cuñado de que se echara atrás. Quería descubrir si Claudi se guiaba por una agenda oculta o si los americanos estaban a favor de la venta. Una vez en las oficinas, ignoró las advertencias de la secretaria e irrumpió en el despacho de su cuñado hecha una fiera. Tras exponerle sus objeciones con arrogancia, Claudi, que estaba sirviéndose un coñac, cogió el vaso y se sentó en la silla que antaño ocupaba Josep.

—¿Quién se lo ha dicho? —espetó—. Es una operación secreta y todavía está en el aire. ¿Han sido ellos, los Balcells?

—¿Y eso qué más da? ¡Si no sabes contener la información, no es mi problema!

—Lo primero, doña Mireia, siéntese.

Aunque ella no deseaba pasar más tiempo del necesario en el despacho, la mirada firme de su cuñado la cohibió y la llevó a obedecerlo. Rígida y apoyada sobre el filo de la silla, se preparaba para la explicación.

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—Lo segundo —prosiguió él—, dado que no lo hará por voluntad propia, le avanzo que al final de este encuentro retirará lo dicho y me hablará de usted. Ahora entenderá por qué.

—No desvíes el tema, voy a convocar una junta de accionistas para poner sobre la mesa esta idea de bombero.

—Mireia, este no es motivo para convocar una junta tal y como puede comprobar en los estatutos de la empresa. Lleva unos meses tocándome los cojones —Claudi agravó la voz— con comentarios y salidas de tono, y ya estoy harto. Aprenderá lo que es el respeto por las malas.

Un nudo en el estómago constriñó el vientre de Mireia. La amenaza no parecía un farol.

—El destino me ha regalado una información que vale su peso en oro. Tengo constancia de la vida extramatrimonial que usted llevaba al margen de mi pobre cuñado. Más de diez hombres se le atribuyen y, lo que me resulta más placentero, tengo pruebas. Ya lo ve, a no ser que quiera que sus aventuras sean de dominio público, no se meterá más donde no la llaman.

La sangre de Mireia se heló. Pensó en las amistades, en la reputación y en el rechazo que dicha información causaría en Pilar. Si Claudi había encontrado pruebas de su pasado libertino, significaba que alguien las había recopilado, que no estaba a salvo.

—Eso no es verdad. Además, si tuvieras pruebas, me las mostrarías. —Están a buen recaudo, no me tome por necio. Puede creerme o no,

pero usted sabe que las tengo y que las usaré.

—Hazlo público, me da igual lo que se diga de mí mientras el legado de mi mari…

—Deje estar ya a su marido —la interrumpe—, está enterrado y bien enterrado. Piénselo bien, por muchas acciones que tenga, jamás se ganará el favor del resto de los accionistas con semejante fama. También le diré que sería muy fácil esparcir el bulo de que Josep no es el padre de su hijo y que, por lo tanto, al crío no le corresponde herencia alguna.

—Está bien, don Claudi. Se hará lo que usted considere.

El recuerdo se desvanece y Mireia vuelve al presente, a la terraza del Zurich.

—Tiene toda la razón —responde al señor Balcells—, pero hay algo que no puedo contarle y que limita mis posibilidades de enfrentarme a Claudi. —El camarero trae al fin las limonadas, que sirve con discreción

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—. Mi padre defendía que los empresarios no obran para enriquecerse sino para aportar valor a la sociedad, que deberíamos ser el motor de los cambios, los paladines del progreso, los que construyan una sociedad en la que los obreros puedan vivir con dignidad. Somos los responsables del futuro, y personajes como mi cuñado solo piensan en ganar más dinero.

—Está bien, está bien. Entienda que comparto sus ideas, que estoy totalmente de acuerdo con usted. Si me permite que la ayude, podría aconsejarla. Me gustaría ofrecerle mi experiencia en menesteres empresariales; si la quiere, claro está. Mire, debe empezar por las debilidades de Claudi. Encuéntrelas, será el primer paso para descubrir qué se trae entre manos.

—Apenas nos conocemos, usted es la competencia. ¿Qué beneficio sacará de todo esto?

—Primero, una amistad. —Ambos sonríen—. Segundo, como ya debe saber, Claudi intenta vendernos la fábrica de Sabadell y a mí me parece un regalo envenenado. Mis hermanos están convencidos de la compra y yo busco la manera de desencantarlos. Y, tercero, usted ha sacado el tema porque sabe que soy un buen samaritano.

—No sé si debo confiar en usted —dice para sí misma.

—Nunca lo sabrá, comparta conmigo solo aquella información que crea relevante. Le estoy ofreciendo consejo, nada más.

—Está bien, esto es una alianza. Le agradezco su apoyo.

—Entonces, dejemos los formalismos a un lado, que me aburren. Podemos tutearnos.

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5 de noviembre de 1924

Pilar aborrece los espejos, no se lleva bien con el reflejo que estos le

devuelven. «Cómo vas a gustar a los hombres si ni siquiera te miras cuando te sientas ante el tocador», le comentaba su madre siempre que surgía la oportunidad. A decir verdad, el narcisismo nunca ha sido una característica que defina la personalidad de Pilar. Por eso, en este preciso momento, se sorprende a sí misma contemplándose en el espejo de pie del vestidor durante más tiempo de lo habitual. Su rostro manifiesta unas expresiones que no se corresponden con su edad, y no solo debido a las líneas marcadas en su frente prematuramente, sino porque no reconoce a la señora que se encuentra ante sí. «Pareces una vieja —se dice—, pero no lo eres». La señora Puig se suelta el pelo y su imagen la descoloca. Se pregunta si podría vestirse como lo hace Mireia. Desprecinta un pintalabios rojo de la marca Milady, que le regalaron cuando empezó a comercializarse un par de años atrás, y se lo aplica imbuida por la curiosidad.

Juana interrumpe el experimento cuando llama a la puerta de la habitación. El ama de llaves sonríe ante el panorama que se encuentra cuando Pilar le da paso. Entonces, informa a su señora de que ha llegado una carta sin remitente. Este tipo de envíos acostumbran a ser amenazas, y cabe decir que las conminaciones son habituales en el día a día de los empresarios como los Puig; sin embargo, nunca antes había llegado una carta sospechosa con Pilar como destinataria. Así pues, abre el sobre entre expectante y asustada.

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Por suerte, la manda un inspector de la Brigada Criminal, el mismo equipo que ignoró la muerte de Irene. El investigador cita a la señora Puig esta misma tarde en el salón de té del café Royal. La mujer duda: ¿cómo se atreve a convocarla en un lugar público ese tal Gustavo? Sea quien sea, es un agente de la ley, deberían encontrarse en comisaría. Aunque Pilar se dispone a rechazar la propuesta, cambia de opinión. Hace un año que Irene murió y no ha conseguido demostrar o rebatir sus sospechas, y este hombre es el primero que muestra interés por su amiga.

Tras escoger su atuendo y anudar los botones de la blusa negra que conjunta con una falda larga y gris, Pilar empieza a recogerse el pelo en el moño habitual.

—Le quedaba muy bien —le dice Juana, que no se ha movido de su lado.

—¿El qué?

—El pelo suelto le queda muy bien. Y también ese color de labios. Pilar sonríe mientras termina de peinarse y decide que se llevará un

abrigo porque está refrescando. De repente se siente ridícula. El café Royal es un local distinguido situado en la rambla Estudis, al ladito de la plaza Catalunya. ¿Qué dirán si la ven reunida con un desconocido? Pilar aparta las dudas y se convence de que el fin justifica los medios.

En el coche de punto se da cuenta de que todavía le quedan restos de pintalabios. Nunca lleva un espejo de mano en el bolso, así que coge un pañuelo y se lo frota por la boca con la esperanza de eliminar todo rastro de maquillaje. El coche la deja delante del Royal, en la única zona de las Ramblas libre de las obras del metro. Pilar observa el fabuloso toldo que cubre la terraza del café. Un hombre, de pie ante los clientes, toca el violín para amenizar la velada y, como es habitual, un grupo de curiosos se ha apelotonado ante el local para cotillear sobre los famosos e intelectuales que se dan cita en el interior. Cuando el maître los dispersa, Pilar decide entrar.

El Royal dispone de una lujosa sala de fiestas con un entarimado sobre el que se alza un piano siempre preparado para deleitar a los oídos más exigentes; de una pastelería cuyos dulces compiten con la elegancia de las clientas que lo frecuentan, y de un salón de té, característico por el techo de vuelta de campana y por los espejos ovalados de pared que reflejan todas y cada una de las mesas. El café Royal y la Maison Dorée pusieron

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de moda el té de las cinco, que se servía a las siete. Cuando cerró la Dorée, el Royal capitalizó el encanto del centro de la ciudad.

Pilar toma asiento y pide un té al camarero mientras comprueba la hora. El policía llega tarde. Suspira para calmarse, espera que no se trate de un cantamañanas. Tras un par de minutos, el maître se acerca y, con discreción, le comunica que un señor de aspecto poco acertado pregunta por ella. La mujer frunce el ceño, se está comprometiendo más de lo que debería; sin embargo, le responde que ha quedado con él y pide que lo dejen pasar.

—Por supuesto, señora Puig. No es habitual que alguien de ese estilo entre en nuestro café. Haremos una excepción por usted. Disfrute de la tarde.

—Se lo agradezco —responde ella.

Pocos segundos después, aparece un tipo con americana de pana remendada, pantalones gastados, camisa arrugada y una gorra que perdió el brío tiempo atrás. «No tendrá más de veintitrés o veinticuatro», piensa Pilar mientras se sonroja al fijarse en los ojos azul cristalino del agente. Se equivoca. Aunque no lo parezca, hace dos años que cumplió los treinta.

—Doña Pilar, muchas gracias por venir. Me llamo Gustavo Rivas, soy inspector de la Brigada Criminal y hace tres meses que llegué a Barcelona. Espero que le guste el Royal, no sabía dónde citar a una mujer de su posición y, como entenderá a continuación, la comisaría no es un buen lugar para nuestro encuentro.

La sonrisa descarada y las confianzas que Gustavo se toma desagradan a Pilar.

—Está bien —le responde ella a disgusto—. Siéntese, por favor. No es necesario que el resto del local se entere de lo que será una breve conversación, así que baje la voz. Y llámeme señora Puig.

Gustavo obedece y ambos se escrutan desconcertados. Cuando dos mundos tan diferentes entran en contacto, la cautela rige las palabras y la desconfianza las interpreta.

—Dígame usted, ¿para qué quería verme?

El camarero los interrumpe y trata de tomar nota a Gustavo, pero Pilar le pide un té sin consultárselo y, acto seguido, espera expectante a que el inspector proceda. Él, nervioso, saca una libreta desgarbada del interior de la americana y la abre por una marca. La mirada penetrante de Pilar no le da tregua, así que Gustavo habla con la vista clavada en sus apuntes:

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—Verá… Desde que llegué a la brigada, usted ha visitado varias veces al comisario Pérez de Millo, mi superior. Si no me equivoco, una de las veces nos visitó para averiguar qué le había sucedido a la hermana de un tal Bernat Bonavista. —Señala una parte de la hoja con el dedo—. El chico en cuestión había atacado a su marido durante una fiesta. Es curioso que se interesara por la hermana de un don nadie que, además, había atentado en su propia casa, ¿no cree?

Pilar permanece callada y mantiene una mirada gélida y hermética. —En otra ocasión… preguntó por el propio Bernat. El chico había

aparecido muerto en su celda de la Modelo y quería saber qué le había sucedido. Dos cosas le diré: por un lado, le pido disculpas por el trato que recibió por parte del comisario aquel día. Él no debería haberle hablado con semejante desdén. Por el otro, no entiendo cómo se enteró usted del suceso.

—Tengo mis fuentes.

—Claro, lo comprendo. —Gustavo mueve las hojas de su libreta en busca de otro apunte—. Sí, más cosas: usted empezó a acudir a comisaría debido a la muerte de Irene Claramunt, ¿verdad? La mujer se había suicidado, pero usted aseguraba que la habían asesinado, ¿me equivoco?

—No sé dónde quiere llegar con todo esto —le responde Pilar. Está perdiendo la paciencia y cree firmemente que ha cometido un error encontrándose con este personajillo.

—Disculpe si me estoy alargando, doña…, quiero decir, señora Puig. Solo estoy corroborando lo que sé. Conozco estos hechos a través de las denuncias que usted misma ha interpuesto o gracias a lo que pude escuchar desde el exterior del despacho del comisario Pérez de Millo. Solo una última cosa —carraspea—, leí que usted relacionaba la muerte de dos chicas adineradas, que también aparecieron ahorcadas, con el final de doña Irene, ¿no es así?

—Así es.

—Bien, ahora lo va a entender todo. Antes de proseguir, le diré que ocultaron la verdadera declaración de Bernat Bonavista tras su detención. Esta que le muestro —dice mientras saca un trozo de papel doblado de la americana— la he encontrado en el interior del despacho de mi superior. Por favor, no me denuncie, la he tomado prestada sin consultárselo. Puede usted leer la parte subrayada. —Sabe que se olvida de algo y de repente lo

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recuerda—: Ah, y piense que esta declaración la escribió una taquígrafa, no sé hasta qué punto es fiable.

Pilar agarra la hoja y lee el fragmento:

Mi hermana y yo nos criamos en una de las barracas de Sant Antoni. En casa siempre faltaba dinero. Podemos considerarnos afortunados porque yo entré como aprendiz en una sastrería a través de un conocido de mi padre, y gracias a mi tía, que sirve en casa de los Llorens, he podido trabajar como camarero en las fiestas de los Puig. Luego, mi hermana entró a trabajar en una fábrica del Distrito V y, a partir de entonces, cambió. Parecía ida y cansada a todas horas. Nos preocupamos de verdad cuando empezó a llegar a casa a horas intempestivas. Pensamos que se había echado novio, pero ella lo negaba; y cuando le preguntábamos dónde se metía, respondía vagamente. «Un doble turno en la fábrica», decía. A veces nos gritaba para que la dejáramos estar y, bueno, sin padre y con una madre tan blanda como la nuestra, tuvimos que confiar en ella.

Cada vez pasaba menos tiempo con nosotros. Traía cantidades de dinero sin dar explicaciones. Y un día me la encontré colgada en el comedor. En el suelo había una fotografía de varios hombres elegantes, se les veía gente pudiente. Solo reconocí a Claudi Guitart porque he trabajado para él como camarero, no sabía quiénes eran los otros. Necesitaba que alguien pagara y, sí, cogí la pistola de un amigo sindicalista y el resto ya lo sabe.

Pilar termina la lectura, sobresaltada. Ha llegado a pensar cosas terribles de su propio marido, pero cada detalle que descubre en relación con las mujeres ahorcadas la lleva a pensar que Claudi es un monstruo.

—¿Tiene la fotografía? —le pregunta al inspector.

—Me temo que no. Mire, la he convocado aquí porque hace dos semanas me encargaron que investigara la muerte de dos chicas que vivían en la misma zona que la hermana de Bernat, en las barracas de Sant Antoni. Todo apuntaba a que ambas se habían quitado la vida, pero el comisario quiso indagar porque había un detalle curioso… Disculpe, quizá no es muy elegante que utilice la palabra «curioso» en estas circunstancias. El caso es que una de las chicas presentaba signos evidentes de violencia. ¿Me sigue bien?

—Perfectamente —espeta Pilar. De hecho, lo está escuchando con atención. Es el primer policía que le ofrece algo más que desplantes.

—Pues bien, esas dos chicas y la hermana de su camarero se ahorcaron con el mismo tipo de cuerda, una Mitre de esparto que solo puede encontrarse en algunas tiendas de ultramarinos del centro de la ciudad. Ese detalle me sorprendió, así que comprobé la soga con la que su amiga… Y se trata del mismo tipo. La cuerda en sí no estaba entre las pruebas que se guardaron por si se abría una investigación, pero sí que constaba en el

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informe de la autopsia. No he encontrado este detalle sobre las otras dos mujeres de buena familia que usted investigó.

El camarero los interrumpe para dejar los dos tés sobre la mesa. Pilar coge el suyo y le da un sorbo que le escalda la lengua. Ha sido un acto reflejo, un movimiento nervioso para disimular la excitación que recorre su cuerpo.

—Gracias —dice Gustavo con una sonrisa transparente; sin embargo, ignora la taza y prosigue—: Podría ser una coincidencia, pero que las tres mujeres de Sant Antoni y su amiga se quiten la vida con el mismo tipo de cuerda… Actualmente hay más de cuarenta marcas a la venta que usan siete materiales diferentes para elaborarlas. Ya sabe: algodón, lana, yute… Bueno, no es necesario que los enumere todos. He hablado con mi superior sobre esta casualidad y no le da importancia. —Gustavo parece indignado —. No solo eso, me ha ordenado que deje la investigación.

—¿Y usted qué piensa hacer?

—No voy a obedecerle porque todo esto me huele mal, quiero averiguar qué sucede y he pensado en… Usted está preocupada por su amiga, incluso intentó visitar al pobre diablo de Bernat en prisión. Lo sé porque vi su nombre en los registros. Por cierto, si hace ese tipo de indagaciones, no deje rastros, por si acaso. Da igual, que pensé que quizá deberíamos colaborar.

Pilar se observa en el espejo colgado junto a su mesa y este le devuelve una mirada indecisa. Es una locura confiar en este inspector. «No tengo más remedio», se dice.

—¿Cómo quiere que colaboremos? —le responde ella, más amable. —Lo único que le pido es que acuda a mí si encuentra otra pista. Sin

una investigación oficial, yo no tendré acceso a los mismos domicilios y personas que usted. Y otra cosa: no se arriesgue. Si quiere ir a la Modelo, dígamelo e iré yo. Si desea que se compruebe alguna coartada o prueba, acuda a mí y yo lo haré por usted.

—¿Tiene alguna pista de lo que podría relacionar a las seis mujeres? —Solo tengo conjeturas, prefiero tener pruebas antes de compartir una

teoría. Esta es mi tarjeta. —Se la da—. Llámeme cuando lo necesite. —Lo haré —dice mientras guarda la tarjeta en el bolso—, aunque le

voy a pedir algo a cambio, que me mantenga informada sobre lo que usted vaya descubriendo. ¿Le parece bien?

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El inspector asiente y Pilar se dispone a dar por terminado el encuentro. Sin embargo, no puede evitar que se le escape un comentario:

—Tómese el té, se le va a enfriar.

—Aunque se lo agradezco, debo decirle que no me gusta el té. —Entonces ¿para qué se lo ha pedido?

—De hecho, lo ha pedido usted y, bueno, cualquiera le dice que no — le responde con un tono desenfadado.

A Pilar se le escapa una leve carcajada.

—Debería sonreír más, es usted otra persona cuando lo hace. Igual de bella, pero con luz.

—Buenas tardes, señor inspector —espeta ella, ofendida.

Se levanta, coge el bolso y el abrigo y se dirige hacia la puerta. Caminados unos metros, vuelve a sonreír a sabiendas de que Gustavo ya no la puede ver. Al final, su descaro le ha caído en gracia y, justo por eso, sabe que con él debe andarse con pies de plomo.

Juana recibe a Pilar con otra carta, el resultado de un complot que las dos mujeres llevan tramando desde hace semanas y del que no saben si van a salir victoriosas. La señora Puig le da un beso en la mejilla a Juana, que lo recibe con asombro por inaudito, y se dirige, insegura, hacia el dormitorio de Eulàlia.

Encuentra a la chica sentada a su mesa de trabajo y ensimismada en esos mundos literarios que su padre le prohíbe y que ella devora con rebeldía. Desde el cumpleaños de la chica, ha nacido un tímido acercamiento entre ambas. Huelga decir que su complicidad es exigua, pero Eulàlia trata con más respeto a la señora Puig y esta es más flexible con las maneras inadecuadas de la joven. Para sorpresa de todos, mantienen conversaciones durante la cena sobre teatro, sobre arte o sobre el cotilleo del momento. Incluso compartieron una tarde de lectura en el salón durante un fin de semana en el que Claudi se ausentó de la ciudad por negocios. Parece que el matrimonio concertado de Eulàlia ha erigido ese puente que se construye cuando dos personas se unen en la desgracia.

—Querida, ¿tienes un momento?

—Por supuesto. Dime.

—Verás, he conseguido que te admitan en la Escuela de Bibliotecarias. Sé que querías ir y, bueno, yo te la pago. No estás obligada, solo quiero

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que sepas que dispones de esa opción.

—Papá no lo va a permitir —responde Eulàlia con gran pesar—. Y Amadeu tampoco, me lo ha dejado claro. Pronto me casaré y compartiré casa con él, y no creo que sea…

—Les mentiremos —la interrumpe Pilar—. Podemos decirle a tu padre que tomas clases de costura un par de días a la semana y que el resto ensayas piano en casa de Florencia, como hacías antaño. Ya sabes que a Claudi le entusiasma que interpretes a Chopin en las fiestas. No vas a casarte hasta bien entrado el año que viene y, en función de los viajes de Amadeu, quizá se demore un poco más. Tú empieza y, cuando compartas casa con el futuro conde, ya veremos cómo nos las arreglamos para mentirle.

—Pero si mi padre se entera de que me estás pagando las clases te va

a…

—No te preocupes, eso no va a pasar. Seremos las mejores espías del mundo y ellos no se enterarán. Llevo años trayéndote novelas y tu padre ni lo sospecha.

La chica concentra la mirada en un punto muerto y se debate entre aceptar la propuesta o dejar las cosas como están. Está cambiando de bando y lo peor de todo es que disfruta llevando la contraria a su progenitor.

—¿Por qué me ayudas?

—Porque eres mi hija, ¿no es suficiente motivo?

—Tú no eres mi… —Eulàlia se detiene, sabe que su respuesta no tiene lugar en esta ocasión. Pilar la ha acompañado durante la mayor parte de su vida: la ha vestido, le ha dado de comer y la ha llevado al hospital siempre que han tenido que ingresarla por sus problemas respiratorios—. A veces siento que soy una tarea de la casa más, una en un listado que manejas por obligación.

—Querida, sé que no soy una persona muy cálida. —La señora Puig hace de tripas corazón y formula la pregunta que quema en su estómago desde hace años—: Pero… ¿por qué me odias? ¿Qué he hecho mal?

Eulàlia reconoce el sufrimiento, el miedo y la desesperación en la cara de su madrastra y se siente estúpida. Su horrible situación está cambiando la manera como concibe el mundo.

—No te odio, Pilar. Solo que… no sé cómo explicártelo. Perdí a mi madre cuando era muy pequeña y tú… tú me riñes más que me abrazas.

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Siento que jamás seré suficientemente buena para ti, o algo parecido, no sé describirlo mejor. En mi fiesta de cumpleaños me dijiste que me ayudarías si quería deshacerme de Amadeu. No me preguntaste cómo estaba o si necesitaba consuelo, simplemente me dejaste claro lo que tenía que hacer para contentarte.

Pilar necesita unos instantes antes de responder.

—Te entiendo, Eulàlia, te entiendo más de lo que crees. —Suspira con ironía—. Lo único que puedo decirte es que eres perfecta tal y como eres, que no cambiaría ni un ápice de ti, ni de tu hermana. Hago todo lo que puedo para que seáis felices, para que no cometáis mis errores. Siento que me esfuerzo sin descanso y que no consigo nada de lo que me propongo. Así que de nuevo te pido perdón. Te quiero, ¿lo sabes? —Está exhausta, compartir los sentimientos le parece agotador—. Puede que no te haya traído al mundo, pero el primer día que te vi sentí que debía cogerte de la mano y cuidarte. Te quiero y no sé cómo demostrártelo. Sinceramente, no sé cómo se demuestra el amor. Lo único que puedo decirte es que estaré a tu lado hagas lo que hagas, te cases o no te cases con Amadeu. No lo dudes, pequeña, no lo dudes nunca más.

Una gota se precipita por la mejilla de Eulàlia. A esta le sucede otra, y otra, hasta que llora sin medida. Pilar alarga el brazo y rodea a la chica con cierta distancia y cautela. Cuando percibe que no hay rechazo, se deja llevar y presiona a su hija con fuerza contra el pecho. Es la primera vez que la abraza así desde que Eulàlia era una niña, un acto cotidiano que supone una hazaña para ellas. Entonces Pilar se abandona a las primeras lágrimas de alegría que se le escapan en años.

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9 de noviembre de 1924

Mireia y Jaume se arrepentirán del beso tan pronto como sus labios se

separen. Para comprender la magnitud de su consternación, debemos remontarnos a las últimas semanas. Desde el entierro de Àngel Guimerà, ambos se han encontrado periódicamente en el piso de Mireia de la calle Pau Claris para conspirar contra Claudi. Bautizaron sus reuniones con varios nombres porque «trazar un plan» les parecía cómico, pretencioso y anticuado. Tras debatir largo y tendido, inmersos en un alarde de bromas ingeniosas a veces y simplonas con frecuencia, decidieron quedarse con «vamos a echar al capullo de Claudi». «Más prosaico que otras opciones», defendía ella; «más adecuado a los tiempos que corren», completó él.

Al principio, Jaume abogaba por investir a Mireia como directora del grupo empresarial en detrimento de Claudi. Aunque ella agradeció la confianza, consideró que una ciudad como Barcelona no aceptaría a una mujer al frente de la empresa. Además, Mireia era consciente de que la echarían del cargo tan pronto como Claudi hiciera público su pasado libertino. Realmente, el chantaje era una excusa para esquivar una verdad dolorosa: no se sentía capacitada para el puesto, una inseguridad que chocaba directamente con sus ideales feministas. Al mismo tiempo, Mireia sabía y sabe que, haga lo que haga en contra de Claudi, sus indiscreciones saldrán a la luz y busca la manera de minimizar los daños.

Descartadas varias vías más, decidieron morder a Claudi en la yugular. Se propusieron encontrar los trapos sucios del abogado para denunciarlo ante los americanos. Claudi no destaca por sus modales y su buen hacer, por eso fue sencillo encontrar topos entre su equipo más cercano.

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Descubrieron que, durante el cierre contable del año anterior, el valor de las existencias había sufrido una disminución de cerca de un millón de pesetas. De este modo, el beneficio final del ejercicio fue muy inferior a la previsión. Además, ya se había pagado un dividendo excesivo a mitad de año, un error que Claudi debería haber paliado y que no pudieron usar en su contra porque tenía su origen en la gestión de Josep. Asimismo, encontraron también la causa: el sistema de costes utilizado para la valoración de los inventarios no se había actualizado desde la fusión con los socios americanos, de ahí el desajuste. Más que encontrar un motivo para enterrar a Claudi, le ofrecieron la solución a un problema que podría haberle traído muchos quebraderos de cabeza.

Mireia ha bailado con un buen número de contradicciones durante las últimas semanas. Por un lado, ha intentado actuar con sensatez, consciente de la oportunidad única que tiene para proteger el legado de su marido y el futuro de su hijo. Su corazón, en cambio, la ha llevado a preocuparse de su aspecto en cada reunión que ha mantenido con Jaume. Ha cambiado de peinado con frecuencia, ha cuidado el maquillaje y ha lucido una retahíla de vestidos coloridos y encajados, de hombros descubiertos y faldas largas, dignos de las actrices de ese Hollywood todavía incipiente. Y luego están las entrañas, que la han presionado para que huya de esos encuentros ya que, bajo múltiples capas de sentimiento de culpa, obligaciones descreídas y falsos anhelos de un futuro mejor, sabe que Jaume, las fábricas y las acciones le importan un comino.

Sin embargo, cuando se ha propuesto olvidarse de todo y dedicarse a vivir de rentas, Jaume la ha convencido de lo contrario con la idea de un futuro empresarial prometedor. En momentos en que las ensoñaciones y la pasión se han fundido en su alma, Mireia ha deseado lanzarse a la aventura con él cogido de la mano. Asimismo, el recuerdo de Josep sigue presente en cada paso que da. Él la percibía como una mujer de armas tomar que no se amedrenta ante las adversidades, y Mireia se esfuerza por estar a la altura de las expectativas de su difunto marido.

«¿He cambiado? —se pregunta ahora con frecuencia—. ¿La Mireia de años atrás hubiera asumido esta causa con convicción y asertividad?». No lo puede evitar, su cabeza divaga sin control: «Cuando cambiamos, ¿pasamos simplemente de un estado a otro o, con el tiempo, aprendemos a favorecer una parte de nuestro ser por encima de la habitual? ¿Quizá el cambio es solo un proceso de aceptación de nuestra propia naturaleza?».

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Huelga decir que Mireia lleva varias semanas consumida por una lucha interna que la tiene en un sinvivir.

Jaume, por el contrario, se ha revelado como un auténtico paladín de la Puig & Mckey. Su determinación carece de sentido, pues lleva semanas conspirando a favor de una empresa rival. ¿El motivo? Padece una debilidad especial por las causas perdidas y por las mujeres en apuros. Lo que empezó como una alianza con la que podría asegurar o evitar la adquisición de un activo tan importante como la fábrica de Sabadell, ha terminado convirtiéndose en una guerra personal.

Enmarañados cada uno con sus pesquisas, Mireia recibe ahora a Jaume en el salón de su casa, abre una botella de vino, sirve dos copas y pide a su invitado que tome asiento en una de las butacas.

—Creo que me voy a comprar un receptor de radio —comenta Jaume

—. Los venden en la Anglo-Española de Electricidad, allí en la calle Pelayo; aunque me han dicho que cuestan un dineral. —Mireia deja las copas sobre la mesita que separa las butacas y se sienta a su lado—. Quedan cinco días para que empiecen las emisiones de Radio Barcelona. Ay, Mireia, debería dejar el textil para dedicarme a fabricar receptores. — Jaume escenifica su idea con aspavientos—. Bromas aparte, pronto tendremos un metro y un aeropuerto como Dios manda. ¿Cómo te sienta vivir en el futuro?

—Supongo que es mejor que vivir en el pasado. Mira, eso es lo que debería aprender Primo —dice Mireia con el más sarcástico de sus tonos —, que se llena la boca del glorioso pasado español y nos lleva hacia un futuro catastrófico. ¿Y qué me dices del partido único que ha creado? — pregunta, enfadada—. Eso de Unión Patriótica huele a chamusquina.

—Ha unido bajo las mismas siglas a catalanistas moderados y la Federación Cívico-Somatenista, y también a liberales y a miembros de Unión Monárquica Nacional. Es ridículo. —Jaume coge su copa y brinda al aire—. Crea un partido y lo llama «apolítico», a veces también se refiere a él como el «antipartido». —Jaume da un trago y sigue con su perorata—: Dice que agrupa a los españoles de bien para salvar a la patria de los dogmatismos de los partidos tradicionales, pero solo se le han sumado arribistas. ¿Qué sentido tiene eso? ¿Nadie ve que solo dice idioteces?

—Mira, un tipo que se alza como el paladín de la libertad pero que es el mayor represor que ha conocido el país, que esconde sus crímenes bajo la bandera y bajo discursos nacionalistas vacíos y que solo considera

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patriotas a los que le bailan el agua, es un idiota —afirma Mireia con contundencia mientras cruza los brazos con rabia.

—Amén —dice Jaume mientras levanta de nuevo la copa.

—¿Qué libertad defiende cuando mata a opositores sin juicio ni garantías? —Niega ella con la cabeza—. En cada declaración, cambia el significado de las palabras que usa, llama libertad a lo que no lo es, y esas prácticas son propias de canallas que solo miran por su interés. En fin, paro que me enciendo. —Da un trago y cambia de tema—: Quería contarte una cosa. Me he reunido con Vincent, el americano.

—Te estás arriesgando demasiado, Mireia —responde con severidad. —No me juzgues todavía, ¿quieres? Ya sabes lo que pienso, necesito

más accionistas que apoyen mi plan y un hombre a la cabeza de una nueva dirección en la que yo pueda opinar. Ojalá no fueras un Balcells.

—¿Y cómo fue?

—Tal y como esperaba.

Mientras Mireia cruzaba las oficinas de Calcetería Núñez, reconoció a una de las secretarias. Se llamaba Marta, o Marga, no lo recordaba bien, y tampoco sabía de qué le sonaba esa mujer. Entró en el despacho de Vincent, situado en la parte central de la nave. Era una estancia acristalada, una atalaya desde la que controlaba la mayor parte de la planta y, a la vez, un espacio que carecía de la discreción que el americano necesitaba debido a su libertina y trasnochada vida. A Mireia le había costado concertar una visita con él, su secretaria nunca sabía si iba a hacer acto de presencia; no obstante, la insistencia siempre trae sus frutos. Ella conocía a la perfección el tipo de hombre que Vincent representaba. La oveja negra de una familia que lo había desterrado a otro continente para que no estorbara. Un hombre inmaduro y necesitado de atención que quería demostrar su valía y fastidiar a su hermano a partes iguales; y que sentía pasión por la bebida y el sexo, dos elixires que lo seducían porque carecía del amor propio necesario para alcanzar sus objetivos. Mireia sabía que lo iba a convencer porque le concedería el mayor de sus deseos.

—Buenos días, don Vincent, muchas gracias por recibirme.

El hombre la analizaba de pies a cabeza. Ella había optado por un traje chaqueta y falda para que él pensase que necesitaba impresionarle.

—Buenos días. Siéntese, por favor.

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Mireia había comprendido que despertaba la curiosidad de Vincent durante la última junta de accionistas a la que asistió, y no consideraba que se tratase de un interés de naturaleza sexual. Desconocía si el americano sentía simpatía por las mujeres que no tienen pelos en la lengua o si la veía como una posible aliada. Sin embargo, su socio potencial acudió al encuentro sereno y aseado, y en aquellos momentos la observaba desde la distancia.

—Dígame usted a qué debo el gusto.

«Es un hombre inteligente —pensó Mireia—. Su español es perfecto, aunque habla con un marcado acento americano».

—No me andaré con rodeos, no quiero hacerle perder el tiempo. Mi cuñado es un inútil, tenemos motivos para pensar que va a llevar la empresa a la quiebra. Por eso quiero desbancarlo. Ustedes, nuestros socios americanos, poseen el cuarenta y nueve por ciento de las acciones de la Puig & Mckey, un treinta y cuatro por ciento controlado por la empresa madre y el otro quince por ciento por Calcetería Núñez, o sea, por usted, que es el director general. Si restamos su quince por ciento al bloque que apoya a Claudi y sumamos nuestras acciones, obtendremos una mayoría simple. Sé que le estoy proporcionando datos que usted conoce, pero también quería demostrarle que soy buena con los números.

Vincent comprendía la ironía de las palabras de Mireia y le respondió con el arqueo de una ceja. De momento, él no hablaba más de lo necesario y a ella le gustó que actuase con prudencia.

—Si lo desea, podría ser el director de la Puig & Mckey.

—¿Cuáles son las condiciones? —preguntó el americano al tiempo que descansaba el peso de la espalda sobre el respaldo de la silla. Se estaba esforzando por disimular que se sentía sobrepasado por la propuesta.

—Yo formaré parte de su consejo de dirección y tomaremos las decisiones conjuntamente.

—Usted quiere dirigir desde la sombra. ¿Se dice así? —Mireia asintió y él prosiguió—: Ya conoce mi fama: bebedor, mujeriego… ¿Qué le hace pensar que podrá domarme?

—Es lo último que pretendo —le respondió ella—. Le estoy ofreciendo un lugar de responsabilidad que espero que asuma con inteligencia. Si no da la talla, lo único que necesitaré de usted es que aparezca sereno a las reuniones y que firme los documentos que le pida.

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Ahora bien, nadie puede conocer la propuesta hasta el día de la votación.

Y ese nadie incluye a su hermano.

Una sonrisa austera apareció en el rostro de Vincent. Aunque se disponía a seguir a ciegas a esta mujer, un inesperado sentido común lo detuvo. Jamás había ganado una batalla, por eso debía asegurarse de que saldría victorioso de la guerra.

—No lo haré si no tenemos el cincuenta y un por ciento de las acciones a nuestro favor —dijo él—. Si voy a dar un golpe de Estado contra mi hermano, debo tener la total seguridad de que será efectivo.

El simple hecho de que Mireia votase a favor de Vincent podría desencadenar que Claudi revelase su pasado libertino; no obstante, el paso ya estaría dado y no habría marcha atrás. De un extraño modo, se sentía preparada para lidiar con las consecuencias.

—No lo necesitamos, su propio hermano lo nombró representante de sus acciones en la junta. Podemos usar esa ventaja…

—Mi hermano vendría —la interrumpió con cautela— a poner orden en menos que canta un pato y pediría otra votación. ¿Se dice así? —Mireia asintió, no iba a corregirlo—. Él jamás va a apoyarme. Claudi podría demorar el nombramiento hasta que John llegue a Barcelona. Quiero la certeza de que, llegado el caso, vamos a ganar. De lo contrario, no hay trato.

—Entonces, ¿abandonamos también esa posibilidad? —pregunta Jaume. Mireia se termina el vino antes de responder. Jaume, que tras tantas

reuniones ya conoce esos silencios, sabe que ella ha dado con la solución. —Así que vas a pedirle a tu cuñada que se una al complot, ¿no es así?

—se adelanta él.

—No lo hará, es la persona más estricta que existe sobre la faz de la Tierra. Odia a su marido, odia su vida y, aun así, no considerará correcto que arrebatemos la dirección al último hombre ligado a la familia. Y menos para poner a un americano borracho en su lugar.

—¿Confías en él?

Mireia sonríe, deja el vaso en la mesita de té y mira fijamente a Jaume. —¿Puedo confiar en ti?

—Tengo que decirte algo. —Jaume se detiene, preocupado—. Mis hermanos van a comprar la fábrica de Sabadell, no puedo hacer nada para

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evitarlo. Nos ofrecen uno de los principales centros de producción de la competencia a un precio irrisorio. Salimos ganando incluso si la compramos para destruirla. Sucederá antes de finales de enero. Si tienes que actuar, tienes que hacerlo ya.

Entonces Mireia se levanta agitada y camina alrededor de las butacas. No está acostumbrada al riesgo, a las intrigas, al menos a las protagonizadas por ella misma. Él se pone en pie e intenta calmarla con un abrazo, y cuando se separan, Mireia lo mira con detenimiento. Siente que han pasado lustros desde que se perdió en los ojos de un hombre por última vez. Extasiada por un ataque de nostalgia y de deseo, lo besa sin encontrar resistencia. Es un acto descuidado, vehemente, cargado de necesidad y quién sabe si con un trasfondo sibilino. Por un segundo, los quebraderos de cabeza desaparecen, el tiempo se detiene como lo hace en los momentos importantes de la vida.

En cuanto sus labios se alejan, ambos oyen la llamada del peligro porque, a su edad, la experiencia les ha agudizado el oído. Intuyen que las implicaciones del beso trascienden a sus apetencias. En el pasado, Jaume habría disfrutado de la fragancia que de ella emana o de la maestría de sus caricias, y Mireia se habría dejado llevar por la seguridad de los gestos de él o por el brillo de sus ojos; sin embargo, los detalles que antaño los hubieran seducido se ahogan ahora en el pozo de la prudencia al que la madurez te lanza.

La cautela con la que se tratan dura lo que la paz en Barcelona, pues Jaume y Mireia finalmente abandonan de antuvión la sensatez y se dejan embriagar por una pasión adolescente. Se miran. Se acercan. Sus respiraciones se entrecortan. Sus labios se unen de nuevo como si el objetivo prístino de su piel fuera encajar a la perfección. El mundo, los remordimientos, los reparos y los motivos que los distancian desaparecen con cada pieza de ropa que toca el suelo. Sus cuerpos, ahora desnudos, convergen y divergen como si fueran ondas de radio propagándose por un vacío incierto. La contradicción nace cuando la inteligencia y la estupidez se dan la mano.

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11 de noviembre de 1924

—Si esto es una broma, no tiene ninguna gracia —sentencia Pilar tras

escuchar la perorata de su cuñada.

—No, Pilar, no es una broma, sabes que tengo razón.

Pilar y Mireia caminan por el paseo de Gràcia, la gran avenida arbolada símbolo del esplendor burgués de principios de siglo, un lujo arquitectónico que acoge rarezas modernistas como la Casa Batlló y edificios más clásicos como el Hotel Majestic Inglaterra. Cincuenta metros de ancho, aceras grandes para que los más adinerados puedan ostentar y criticar a sus conciudadanos, concesionarios de coches como Vallet i Bofill, tiendas de moda como Bertrán o Pedro Rodríguez, joyerías como Masriera i Carreras o Manuel Valentí Gallard, confiterías, ópticas, tiendas de muebles, de complementos y un largo etcétera de establecimientos que venden productos de primera calidad. Doña Teresa sostenía que, en caso de que el mundo se terminara, cualquiera podría sobrevivir con lo que la avenida ofrece.

Pilar le ha pedido a Mireia que la acompañe a solventar unos recados. Eulàlia necesita medias nuevas y la señora Puig ha visto en un anuncio de La Vanguardia que las venden a 2,30 pesetas el par en la Casa Niza, ubicada en los Jardinets de Gràcia. «Excelentes calidades que no necesitan descuento para que el público las compre», decía la publicidad. Realizada la compra, y mientras bajaban por el paseo de Gràcia rumbo a la peletería La Siberia, situada en el número 15 de la rambla Catalunya, Mireia le ha contado lo que la reconcome por dentro y que hace días que intenta hablar con su cuñada.

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—Pero ¿tú quién te crees que eres para conspirar a espaldas de mi familia? —dice ahora Pilar, visiblemente airada—. ¡Esto es intolerable, inaudito! ¡No me lo puedo creer!

A Pilar le falta el aire, se abanica con la mano y siente que las piernas, demasiado jóvenes para cargar con tanta amargura, le flaquean temerosas de la tempestad que se avecina. La cabeza le da vueltas, no está preparada para que su mundo se ponga patas arriba.

—¡Eres una desagradecida! —sigue gritando—. ¡Una malnacida!

Los transeúntes se giran y comentan la escena con malicia. Mireia se esperaba un enfrentamiento, incluso que Pilar la expusiera ante Claudi, pero jamás había visto a su cuñada enajenada de rabia. La señora Puig, una artista del saber estar que no se despeina tras caminar media hora bajo el granizo, ha perdido el mundo de vista. Mireia la coge por los hombros y la acompaña hacia un lado de la acera, y Pilar se deja llevar mientras espeta una retahíla de improperios. Se sientan en uno de los bancos cubiertos por un mosaico, el trencadís modernista, del que nace una farola de hierro forjado, decorada con el característico coup de fouet, que de noche ilumina tanto la acera como la calzada mediante dos lámparas contrapuestas.

—Escúchame, por favor, respira y cálmate. No voy a hacer nada sin tu aprobación, de verdad. Respira, te lo pido, respira —dice Mireia, desarmada.

Pilar, con los ojos cerrados, se echa hacia delante y coloca las manos sobre las rodillas. Tras unos segundos, se incorpora desconcertada. No es consciente del mal que padece, pues, a pesar de que de primeras rechaza la propuesta, sabe que Mireia lleva razón, una verdad que choca irremediablemente contra sus creencias e ideales. Pasan unos minutos, quién sabe cuántos, en los que el silencio apacigua la tempestad.

—Claudi es mi marido —se aventura a decir Pilar una vez recuperada la compostura. No mira a su cuñada, no se atreve a hacerlo—. Podría llegar a coincidir contigo en una cosa: él no es la persona indicada para dirigir la compañía, pero nosotras no somos nadie para echarlo. ¡Es el último hombre que nos queda! ¿Quieres regalar la empresa a un extranjero?

—No le voy a regalar nada. Yo lo controlaré a él, tendré una silla preferente en la mesa, no me conformaré con un apartadillo. —Se detiene y emplea un tono más persuasivo—. Y tú también podrías; eres una mujer muy inteligente, estoy segura de que tienes mucho que aportar.

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—Nosotras no estamos preparadas para eso —espeta Pilar—. Es más, no nos tomarían en serio, nos arrebatarían el control y seríamos el hazmerreír de Barcelona. Créeme, hay líneas que ni tú ni yo debemos traspasar. Tú misma leíste sobre el tipo de país que quiere Primo de Rivera, un país de hombres. ¿Y qué harás cuando alguno de los socios potenciales quiera cerrar tratos en un prostíbulo, lo acompañarás? ¿Enviarás a ese borracho para que pierda el norte?

—Por el amor de Dios, Pilar. ¿Te crees que no lo sé? Estoy harta de que me recuerden que soy un elemento de decoración en la vida de los hombres. Tu abuelo, tu padre y luego Josep se han desvivido por las fábricas. Ninguno de ellos era perfecto, pero se dejaron la piel por la empresa. Aunque entiendo tus argumentos, aunque soy consciente de que te pido que conspires contra tu propio marido, es un riesgo necesario. No podemos dejar que él tire por la borda todo lo que tu familia ha construido. —Pausa su perorata y toma aire. La conversación está perturbándola más de lo que esperaba—. No será fácil, y tienes parte de razón, por eso necesitamos a Vincent, por eso tenemos que dar más rodeos que los hombres para conseguir lo mismo que ellos.

Pilar baraja sus opciones y duda por unos instantes. Aunque desea echar a Claudi de la empresa, le puede más el sentido del deber. Por esa razón, se centra en los problemas de su cuñada y obvia los propios. Concluye que Mireia camina a la deriva desde que enviudó. No sabe cómo ayudarla y, aunque le gustaría que llegaran a entenderse, Mireia siempre desestabiliza la cuerda que sostiene sus equilibrios.

—No puedo vender así a mi marido. Hice unos votos sacramentales, Dios no me lo perdonaría. Y luego ¿qué?, ¿seguiría viviendo con él como si nada? ¿Tú sabes lo que supondría para mis hijas si él…? Cuando nos casamos, me hizo firmar la cesión de mis bienes parafernales. Es él quien los gestiona, yo no controlo ni los dividendos de mis propias acciones. Si lo echamos, me quedaré sin nada.

De repente, Mireia lo ve claro. Aparte de la salvación del negocio familiar, también le está ofreciendo a Pilar una vía de escape de su propia vida. Luego ya encontrarán la manera de anular esa cesión mediante un juez.

—Pues os venís a casa, venís a vivir conmigo. O podéis mudaros al piso familiar, con tu padre. Dinero no os va a faltar. Eres una mujer con más habilidades y más carácter de lo que muestras. Últimamente, tu

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verdadera fuerza está aflorando. Lo veo en tu actitud, en tus comentarios, en cómo te relacionas con los demás. Es el momento de que te liberes. No le debes nada a nadie. Contrataremos a un grupo de guardaespaldas. No se podrá acercar a ti, no podrá ponerte una mano encima nunca más. Además, tu hermano Tomás te dejó las acciones con una condición: nadie podía quitarte el derecho a voto en la junta. Tu marido se queda los dividendos, pero el voto sigue siendo tuyo.

—Él no hace eso —responde de inmediato—. No sé de qué me hablas, no sé qué esperas.

La señora Puig vuelve a su rigidez habitual, eriza la espalda, junta las manos sobre el regazo y mira a su cuñada a los ojos.

—A ti qué más te da el negocio familiar o lo que hizo mi padre — lanza con amargura—. Tú no eres una Puig, tú no entiendes nada. Solo eres una trepa, una consentida, una aliada del demonio. Así que no, no harás nada de lo que me has contado. En cuanto llegue a casa se lo explicaré todo a Claudi y se acabará esta pantomima.

Mireia enfurece y no ataca para herir, sino para matar:

—A veces pienso que te gusta la vida que llevas.

Pilar propina una sonora bofetada a Mireia, se levanta y se aleja de su cuñada con un par de lágrimas acariciando su desdicha.

La señora Puig se pregunta cuándo se acostumbró a esta sensación. La revive en cuanto abre la puerta y percibe que la miseria anda suelta por su propia casa. Los gritos provienen del comedor. Comprueba la hora. Son las dos pasadas. Se le ha ido el santo al cielo.

Tras discutir con Mireia, ha dado tumbos por el Eixample. Trataba de digerir la conversación, la encrucijada en la que se encuentra. Si delata a su cuñada, las siete plagas caerán sobre ella. Si hace oídos sordos, empezará una guerra en la que tendrá que tomar partido. Se observa en el espejo. Se odia. Odia a sus padres porque la obligaron a casarse con Claudi. Odia a sus hermanos porque lo permitieron. Es una Puig, debería dirigir la compañía. Ella es la primera que no va a permitírselo.

Escucha más gritos. Dos personas se pelean. Reconoce las voces de Claudi y Eulàlia. No distingue las palabras que se cruzan, por eso corre. Su instinto protector la impulsa a intervenir. «Quizá se calmen con mi presencia», trata de convencerse. Cuando entra en el comedor, se

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encuentra la mesa puesta. Una sopa humeante se enfría en cada uno de los platos. Eulàlia y Teresa están sentadas a la mesa. Claudi se levanta y abofetea a su hija mayor con el gesto torcido.

—A mí no me repliques —espeta el padre.

Es el primer guantazo que Claudi le propina a su hija delante de Pilar. La señora Puig se pregunta si ha sucedido en alguna otra ocasión, si es un castigo habitual, si ella podría haberlo evitado, si va a impedir que la pegue otra vez. Hace tiempo que ha dejado de importarle su propio bienestar. El de sus hijas es otro cantar.

—¿Qué ha pasado? —interviene, furiosa.

La presencia de la mujer interrumpe la escena. Teresa se levanta y se esconde detrás de su madre. Eulàlia deja caer una lágrima y se la limpia con la mano. Claudi sostiene una carta que ha llegado esta mañana. No se muestra arrepentido o avergonzado por lo que acaba de hacer. No considera que deba dar explicaciones; sin embargo, la mirada de Pilar es puro fuego y el hombre, por primera vez, se siente cohibido.

—Eulàlia se ha matriculado en la maldita Escuela de Bibliotecarias — se ve obligado a decir—. Se lo había prohibido y lo ha hecho a mis espaldas.

Claudi lanza la carta al aire y esta cae a los pies de su mujer. Pilar la recoge y la lee. Una de las profesoras felicita a su hija por su buen trabajo. El orgullo la embarga y, al mismo tiempo, sabe que sus chicas y ella misma corren peligro.

—No sé quién se lo está pagando, no quiere decírmelo —continúa Claudi—. Seguro que ha engatusado a un pobre diablo para conseguirlo. ¿Qué dirá Amadeu si se entera?

«Eulàlia no me ha traicionado», piensa la señora Puig. El primer acto de amor significativo que recibe de su hija mayor. La mujer contiene una mueca risueña.

—Está bien, padre, no volveré a clase. Dejemos el tema.

—Por supuesto que no vas a volver allí —le responde Claudi junto con otra bofetada. Eulàlia emite un leve grito y se levanta de la mesa para ponerse a cubierto. Teresa abandona el comedor entre lágrimas—. No sé qué te ha pasado, con lo buena niña que eras.

—¡Basta! —grita Pilar—. No vas a ponerle la mano encima nunca más, ¿me oyes?

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El señor Guitart suelta una carcajada sonora. No tolera que se cuestione su autoridad, y mucho menos que la díscola sea su mujer.

—He sido yo. Yo la he matriculado y yo le pago la escuela.

El desconcierto de Claudi dura unos segundos, el tiempo suficiente para que la ira lo arrastre hacia tierras vesánicas. Es el tercer hijo de una familia adinerada, que llegó a la edad adulta escondido en la piel de prostitutas que utilizaba como meros receptáculos de placer y más que perdido en el cortejo de insulsas hijas de la burguesía que no lo consideraban un buen partido. Entregaba a los demás el mismo desdén que había recibido de su familia, unos padres cuya única preocupación era el devenir del negocio y del hereu, el primogénito.

Su vida fue un infierno hasta que apareció Esmeralda. Fue amor a primera vista. Los ojos marrones y terrenales de la mujer lo cautivaron, así como su gracia natural y el buen gusto del que siempre hacía gala. La voz, la voz de Esmeralda lo enloquecía. Todavía no se la ha podido quitar de la cabeza. Despertar junto a ella era un sueño, no comprendía que una diosa de su talla se hubiera enamorado de él. Y así como la vida lo bendijo con su amor, luego se lo arrebató con un parto en el que perecieron tanto la madre como el que debía ser su primer varón. Desde entonces no ha sido capaz de sonreír genuinamente. Se casó con Pilar por conveniencia, un mero trámite cuyas consecuencias no calculó. Odia desayunar con una mujer a la que no ama y que no le llega a Esmeralda a la suela de los zapatos.

—¿Que has hecho qué? —espeta Claudi.

—Ya lo has oído. He sido yo, así que déjala en paz.

Incapaz de contenerse, Claudi se abalanza sobre Pilar y ella, veloz, coge un cuchillo en actitud ofensiva. La amenaza detiene el arrebato de su marido.

—Tócame un pelo y no lo cuentas —dice ella con la voz quebrada.

—No serás capaz.

—No tientes a tu suerte.

No son las palabras de Pilar las que ponen en guardia a Claudi: lo hacen la furia y la rabia que la mujer desprende. Él ha vivido lo suficiente como para detectar a un animal peligroso.

—¿Qué te pasa, Claudi? —Pilar afloja de repente—. ¿Por qué nos odias? ¿Por qué odias la empresa de mi familia? Dime, ¿eh? Dime por qué quieres hundirla, dime por qué quieres vender la fábrica de Sabadell a los

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Balcells. ¡Son la competencia! Si no sabes cómo dirigir la compañía, podemos buscar soluciones, pero…

Las preguntas de Pilar desconciertan y paralizan a Claudi. ¿Qué sabrá ella sobre lo que se trae entre manos? ¿Cómo se ha enterado de la venta? Seguramente se lo habrá contado Mireia. Eulàlia alza al fin la mirada. No entiende por qué su madrastra saca a colación la gestión de la fábrica en estos momentos, ni qué relación tiene con la Escuela de Bibliotecarias. Tampoco sabe qué debería pensar al respecto, así que escucha con atención.

—¿Que no sé dirigirla, dices? —reacciona al fin Claudi, desatando otra carcajada escandalosa—. Sé perfectamente cómo gestionar una compañía, mujer.

Por una vez, el abogado controla su pulsión violenta. Le hará más daño con palabras que con golpes.

—Voy a hacer añicos tu maldita empresa —espeta con soberbia—. La venderé por partes y ganaré mucho dinero. No soy un inútil —afirma con poca seguridad—, tengo mis propias ideas, negocios que financiaré con el dinero de la venta y que multiplicarán por diez lo que genera la Puig & Mckey. ¿Y sabes por qué lo hago? Porque vuestro apellido no merece pasar a la posteridad. Tu padre me llamaba «gordito» y Josep, «el picapleitos». Los dos me ninguneaban.

—¿Cómo? —pregunta Pilar, totalmente desorientada.

—No te hagas la tonta, lo sabes de sobra —responde mientras da un golpe en la mesa—. Me miraban por encima del hombro, me consideraban un don nadie porque no tenía una empresa propia. —Habla salpicando escupitajos a su alrededor—. He soportado humillaciones en comidas y en fiestas. ¿Y qué hicieron ellos más que heredar un negocio de éxito? Tomás se quitó la vida por lo mismo, porque era un segundón al que menospreciaban.

—No te atrevas a mencionar a mi hermano.

—¿Por qué? Él me daría la razón. Tu padre y Josep han cerrado grandes tratos con sus amigotes en cenas y sin ningún tipo de esfuerzo. La policía y los pistoleros los han ayudado a controlar las huelgas. ¡Y considerábamos que eran unos triunfadores! Son unos pelacañas que nacieron en la familia y en el orden adecuados. No merecen que su apellido pase a la posteridad.

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—¡Somos ricos, Claudi! —grita Pilar, desconsolada—. ¡Ellos ya no están y ahora tú controlas la empresa! ¿Te vas a arriesgar a perderlo todo porque te llamaban picapleitos? ¿Eh?

—Nunca has entendido nada. Voy a demostrar al mundo de lo que es capaz Claudi Guitart. Y para eso necesito el dinero que voy a sacar desvalijando la Puig & Mckey. Eres mi mujer —dice a voz en grito—, no vas a hacer nada en mi contra. ¿Lo entiendes?

En ese momento Juana irrumpe en la estancia para anunciar que el segundo plato está listo, pero su verdadera intención no es otra que poner punto final a la pelea. Claudi tuerce el gesto, se recoloca la chaqueta y abandona el comedor sin mediar palabra.

Eulàlia está tan asustada y perdida que abraza a Pilar en busca de un consuelo que la señora Puig le ofrece con caricias.

—Creo que don Julià necesita la compañía de su hija y sus nietas — comenta Juana—. Sería beneficioso para él que las tres se mudaran unas semanas al piso familiar.

Pilar no responde porque está maquinando una alternativa mejor.

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14 de noviembre de 1924

Han pasado seis años desde la reforma integral del Hotel Colón, situado

en la plaza Catalunya. Enric Sagnier, el arquitecto a cargo del proyecto, se deshizo del estilo modernista de la antigua fachada y confirió una estética sobria y novecentista al edificio. Es más, lo convirtió en un portento de siete plantas y más de doscientas habitaciones con baño propio. Hoy, una multitud se ha congregado delante del hotel a la espera de que las dos antenas de más de treinta metros de altura, colocadas en la azotea del inmueble, les cambien la vida para siempre.

Cuando un grupo de empresarios y comerciantes barceloneses empezaron a reunirse meses atrás en el número 200 de la calle València y crearon la Asociación Nacional de Radiodifusión, soñaban con la estación de radio que han instalado en el piso superior del hotel y que, en unos minutos, radiará la primera emisión regular y legal del Estado. Si bien hace días que Radio Ibérica emite en Madrid, es Radio Barcelona la primera en hacerlo con una licencia oficial del Directorio, la EAJ-1. En breve, Radio España de Madrid obtendrá la EAJ-2, igual que se le concederá la EAJ-3 a Radio Cádiz y la EAJ-4 a Estación Castilla.

Eugeni, el trompetista que Marta conoció en las escaleras del Ritz, ha pedido a su nueva amiga que lo acompañe a presenciar este hito histórico con una excitación un tanto infantil. Radio Barcelona, que de momento emitirá conferencias y música en directo, ha creado una orquestina propia y es posible que Eugeni llegue a formar parte del conjunto.

—¿Te imaginas? —le dijo Eugeni a Marta el día en que se lo contó—. Tocaré a diario y me escucharán en directo miles de personas. ¿No te

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parece una locura?

Eugeni corre demasiado. La EAJ-1 tendrá que esperar un tiempo para que haya receptores en miles de hogares. Seguramente porque la radio todavía parece más un experimento que una tecnología revolucionaria y que en estos días no habrá ni medio millar de aparatos en los domicilios de los barceloneses, se han dispuesto altavoces en la puerta del hotel y en algunos de los salones de café y de té cercanos. Con el tiempo, muchos radioaficionados acabarán comprando las piezas y los accesorios por separado y se construirán sus propios transistores porque las tiendas los venderán a precios desorbitados.

Hay quien considera que estas innovaciones son obra del diablo. Con todo, Marta piensa que, desde los albores del vigente siglo, Barcelona ha recibido con los brazos abiertos la electricidad, los automóviles, los ascensores, los tranvías eléctricos, el teléfono y un largo etcétera de ingenios tecnológicos. La radiotelefonía sin hilos, que algunos llaman «radio» y otros «sinhilismo», no será una excepción. De hecho, los diarios han anunciado la emisión inaugural a bombo y platillo, que consistirá en un discurso del alcalde y en el primer radioconcierto oficial en directo, compuesto por varias piezas musicales. A estas horas, las fábricas y los comercios empiezan a liberar a sus soldados, que se están acercando en masa a la puerta del hotel para escucharlo gracias a las potentísimas bocinas de la casa Bell que se han instalado expresamente para la ocasión.

—De momento emitirán de seis a ocho y de diez a doce de la noche — le cuenta Eugeni a Marta, intentando hablar por encima de la algarabía que los rodea ante el Hotel Colón.

—Pero son las seis y cuarto y todavía no han empezado —le comenta ella.

—Bueno, me refería al horario regular que se seguirá a partir de este domingo. Hoy es diferente porque es la inauguración. Se prevé que empiecen a las seis y media.

Los ojos de Eugeni brillan y Marta los observa con una mescolanza de cariño y de recelo. Hace meses que se conocieron en el Ritz, y aquel breve encuentro, que aconteció cuando ella abandonaba el salón principal del hotel tras una discusión con el Trampas, quedó grabado en la memoria de Eugeni. El día en que se reencontraron por casualidad en la calle donde ambos viven, él la reconoció al instante y la saludó con efusividad. Marta no cree en el albur, ella misma ha simulado tantas coincidencias azarosas

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que el acercamiento de Eugeni, y el hecho de que sean vecinos, le pareció sospechoso al principio.

Durante las semanas siguientes, Marta y Eugeni se toparon en varias ocasiones. Siempre educado y simpático, él se interesaba por su estado de ánimo y seguía con su camino. Un día, como cualquier otro, Eugeni la invitó a cenar. Marta ha vivido tantos años subyugada a los engaños del prójimo que siempre apuesta por la desconfianza en los juegos del amor. ¿Debía emplearla en aquella ocasión? Nunca fue una mujer que atrajera a hombres buenos y sinceros, pero aquel parecía genuinamente dulce, un apasionado de la música y las buenas intenciones; así que aceptó sin darle muchas vueltas. Cenaron en una casa de comidas austera y, mientras se despedían ante las puertas del restaurante, Eugeni le pidió que fuera a verlo tocar a la Sala Mozart dos días después. Aunque también dudó aquella vez, finalmente acudió al local, acicalada para la ocasión. Eugeni era miembro de una banda de jazz y su trompeta hizo vibrar hasta la última de las almas de la sala. Acabado el concierto, él le presentó al resto de los músicos y a un grupo de amigos con los que trasnocharon.

Aquel fue el preludio de varias sesiones de música y algazara y de cafés y cenas en los que abundó el júbilo y escasearon los besos. Ella no daba pie a ningún tipo de acercamiento físico; no obstante, cada vez consideraba más ocurrentes las gracias de Eugeni, más interesantes las conversaciones que mantenía con él, y se sentía más halagada por sus galanterías. Eugeni jamás daba un paso en falso ni flirteaba más de lo adecuado y, sin previo aviso, el deseo de Marta floreció. De la suspicacia pasó a la inseguridad: «¿Por qué no me besa? ¿No le gusto?».

¿Podríamos decir que tras el deseo llegó el amor? Es difícil de discernir, porque el romanticismo es una ciencia desconocida para Marta. Eugeni vivía la jarana y la música desde una inocencia y una pureza que la desconcertaban, y trataba a sus semejantes con la sensibilidad propia de un mago de las emociones. ¿Por qué arriesgar una amistad? ¿Por un escarceo que podría terminar en drama? Era agradable disponer de un compañero de juergas con el que divertirse sin ataduras, con el que simular que era una secretaria solterona a quien no le importaba lo que pensaran de ella, con el que olvidarse de la maldita dirección que todavía busca sin descanso y que debería brindarle sosiego cuando la encuentre.

Los trabajos que realiza para el Trampas tampoco han ayudado a que Marta dé rienda suelta al amor. Aunque su nuevo tirano apenas la ha

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molestado durante el otoño, pronto le pedirá que persiga o seduzca a otro hombre. ¿Podría ejecutar una misión y compartir cama con Eugeni? No soportaría engañar así a un bonachón como él; es más, le daba y le da pavor lo que su nuevo amigo pudiera llegar a pensar si la descubre.

El caso es que, en este momento, ante el Hotel Colón, los altavoces emiten un tenue sonido agudo, una distorsión que provoca un silencio sepulcral en la plaza y que devuelve a Marta al presente. La luz incendia los escaparates, corre a través de las farolas y se encarama en unas líneas sobre las azoteas. El anochecer, el frescor de noviembre y los radioyentes están preparados para escuchar el futuro. Las primeras palabras radiadas las pronuncia una mujer, María Sabater, la locutora pionera en la historia de la radio:

«Aquí EAJ-1 de emisiones Radio Barcelona».

Los nuevos radioyentes buscan el origen de la voz. «¿Proviene del último piso?», pregunta uno de ellos. Entonces, Marta advierte que Eugeni la mira fijamente y desea con todas sus fuerzas que el hombre no materialice las intenciones que percibe en sus ojos.

«La estación radiodifusora EAJ-1 de emisiones, Radio Barcelona…», prosigue la voz.

Eugeni acaricia la nuca de Marta y la besa con dulzura y destreza. Ella no reacciona, permanece impertérrita hasta que termina el instante. Son las seis y media de la tarde y, mientras la voz femenina que emerge de la nada da paso al locutor Rafael Caño, Marta se aleja de Eugeni ajena a la multitud que escucha emocionada la emisión. En su mente solo caben sus dos hijas y la dirección en la que viven y que hace años que busca. Se las arrebataron el día en que nacieron, y el Trampas es ahora lo único que la separa de las niñas. «Tiene que haber otra forma de encontrarlas», se dice una y otra vez. ¿De qué serviría entregarse a Eugeni? ¿De qué serviría la felicidad si no puede disfrutarla rodeada de sus hijas?

«Ante nuestro micrófono, el excelentísimo señor barón de Viver, alcalde de Barcelona», anuncia María Sabater a través de las ondas.

«Barceloneses: me cabe el honor de inaugurar la primera estación radiotelefónica de esta ciudad y mis primeras palabras han de ser para transmitir un saludo a nuestro augusto rey…», dice don Darío Rumeu i Freixa, edil de la ciudad desde septiembre, como preludio de su discurso.

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—Este hombre es un adulador, supongo que por eso ostenta el cargo —comenta Claudi con ironía mientras escucha al barón de Viver por el transistor.

Hoy es un día especial en casa de Pilar por dos razones: primera, porque su marido se encuentra de buen humor y, segunda, porque estrenan el receptor que Claudi ha adquirido, un Burndept de cuatro bombillas. No quiso comprarse uno de galena, el sistema más barato, sino que escogió esta marca porque ofrecía el montaje del aparato en casa del cliente y porque, además, le permitirá recibir emisiones americanas. Por si no fuera suficiente, ha adquirido un altavoz regulable Brunet por la friolera de noventa y cinco pesetas.

Claudi se considera un precursor de la radioescucha. Por ese motivo ha invitado a varios amigos, para que sean testigos de los albores del sinhilismo desde su salón. Pilar ha empleado el día en organizar la celebración: se ha encargado de que haya sillas suficientes, ha supervisado la elaboración de los refrigerios que ahora sirven dos camareros y ha alentado a Eulàlia y a Teresa a que presten atención a las peticiones de su padre. Los invitados han acudido excitados y debatiendo sobre el posible éxito o fracaso del prodigio.

Mireia se muestra realmente sorprendida por un motivo diferente a los de la mayoría. Han pasado tres días desde su discusión con Pilar, y ayer su cuñada la citó para esta velada con una carta escrita de su puño y letra. Aunque Mireia quiso declinar la invitación, convino que debía asistir: muy probablemente la señora Puig había revelado el complot a Claudi y estos la habían convocado para comunicarle su penitencia.

Huelga decir que Mireia ha escogido uno de sus mejores vestidos, ha domado su pelo color pantera y se ha presentado en la residencia de sus cuñados preparada para el chaparrón. «No me van a enterrar hecha unos zorros», ha decidido. Y como suele ocurrir con Claudi, este ha actuado contrariamente a lo que se espera de él: la ha saludado pletórico tan pronto como ella ha puesto un pie en el recibidor y le ha dado dos besos. Acto seguido, han llegado dos amigos de la asociación excursionista a la que pertenece y el señor Guitart se ha volcado en atenciones hacia ellos. En el pasillo, Mireia se ha cruzado con Eulàlia y Teresa, que se han desvivido por entretener a un pequeño Josep, que cada día se muestra más sonriente.

Una vez en el salón, y todavía con sus sobrinas pegadas al bebé, Pilar la ha saludado con alegría y como si no hubieran discutido días atrás.

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Luego, Claudi ha dado la bienvenida a los invitados con un breve discurso en el que ha alardeado de haberse convertido en socio de la Asociación Nacional de Radiodifusión. Entre otros beneficios, recibirá semanalmente la revista de Radio Barcelona, que publica la programación de la propia estación y también de las emisoras cuya señal alcanza Barcelona, como las de París y Londres, y narra el día a día de lo que acontece en la radio y de sus avances técnicos.

Emocionado, el anfitrión ha contado que el presidente de la ANR visitó varias emisoras europeas para aprender sobre su gestión y su funcionamiento y, decidido el modelo que se estimó más adecuado para la ciudad, se pidió permiso a la Dirección General de Comunicaciones para instalar la estación pertinente. Suerte tuvieron, ha dicho Claudi, de que el Hotel Colón cediera galantemente todas las habitaciones y azoteas necesarias para la ejecución del proyecto. Pese a ello, el señor Guitart les ha asegurado que la emisora necesita colaboradores con los que hacer frente a una programación que cuesta mucho dinero y ha recomendado a los asistentes que se afilien a la ANR, con cuotas a partir de las tres pesetas.

Cuando ha sonado el pitido que anuncia el inicio de lo que comúnmente se llama «radio», Claudi se ha callado y el hechizo de las palabras emitidas desde la distancia ha encandilado a Mireia. Y ahora, tras los parlamentos, empieza un concierto que contará con el maestro Torné, al piano y al violín, el maestro Oró, al violonchelo, y las señoras Pujol y Escote, que cantarán fragmentos de ópera, la primera, e inspirados cuplés, la segunda. No obstante, las primeras notas de piano de Granada, la pieza de Albéniz, sumergen a Mireia en recuerdos que tenía escondidos tras el velo del olvido.

—No te cases con Josep si no quieres —le dijo su madre, Josefina, muchos años atrás—. Sé que te lo ha pedido tu padre y también sé que el matrimonio solucionará nuestros problemas económicos. Todo eso lo sé. Solo quiero que seas feliz, Mireia.

La conversación tuvo lugar a la hora del desayuno, una mañana cálida de primavera. Mireia, que sentía la llamada de la responsabilidad y no entendía las palabras de su madre, una mujer robusta, de cara redonda y carente de malicia, no pudo darle la razón.

—Madre, voy a ser feliz con ese hombre cueste lo que cueste. No te preocupes por mí, estaré bien.

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Josefina se secó los labios finos con la servilleta y apoyó su mejilla rechoncha sobre la palma de la mano. Cerró sus ojos pequeños y, tras abrirlos, sentenció:

—Te conozco más de lo que te piensas. Eres joven, crees que tienes la solución a todos los problemas, pero no sabes nada de la vida. Llegará un día en el que te sentirás muy perdida, tanto que quizá no encuentres el camino de vuelta. Entonces te acordarás de esta conversación y lo único que te deseo para ese instante es que seas humilde. No mucho, la cantidad exacta que te permita pedir ayuda a las personas de tu confianza.

La serenata, reposada y sensual, desarrolla su rica melodía inspirada en la ciudad de Granada mientras Mireia vuelve al presente como esos péndulos que, incansables, oscilan entre dos mundos. Acto seguido, realiza un barrido rápido de la estancia. Sus ojos se encuentran con los de la señora Puig, que la reta con la mirada a la espera de una reacción. Mireia permanece desconcertada unos segundos, porque, de primeras, no entiende lo que su cuñada trata de decirle. Finalmente descifra el mensaje: Pilar no va a delatarla a Claudi, no va a contradecirla; es más, le está asegurando que formará parte del complot para apartar a su marido de la Puig & Mckey.

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2 de diciembre de 1924

—No voy a volver a trabajar para ti —sentencia Marta con firmeza.

—Soy el único que lo sabe, Marta, no te engañes —argumenta el Trampas.

—No tienes ni idea de dónde están, ahora lo veo claro. He sido una tonta. Tu palabra es la única prueba que tengo de que están sanas y salvas, y no vale ni un céntimo.

Marta y el Trampas se encuentran en la habitación del Ritz que el hombre usa como una suerte de cuartel general. Él la ha convocado aquí en más de una ocasión para ordenarle un trabajo, o una misión, o un objetivo; a ella ya no le quedan eufemismos con los que disfrazar sus delitos. El caso es que el mafioso, que está sentado ante un escritorio enterrado bajo una montaña de papeles, acaba de decirle que pronto le revelará el paradero de sus tres hijas, y Marta ha entrado en cólera. Tuvo dos niñas, y no tres, y el hecho de que él lo desconozca es la evidencia de que no sabe dónde están. Supuestamente, Kohen tenía las partidas de adopción, y si el Trampas les hubiera echado un vistazo, si las tuviera a buen recaudo, sabría que son dos.

—Te he pedido que me demuestres que conoces su paradero y no me has ofrecido nada —prosigue Marta, enfurecida—. No sé cómo te enteraste de que las busco, quizá te lo comentó Kohen en algún momento, pero si quisieras retenerme de verdad como lo hacía él, me amenazarías con hacerles daño. —Marta camina arriba y abajo por la entrada de la estancia. El hombre no sabe qué decir—. Y no lo has hecho porque no sabes dónde viven, y ni siquiera tienes la picardía de manipularme con

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chantajes más imaginativos. —Se detiene y grita—: ¡He sido una estúpida! Te has aprovechado del deseo de una madre. Se acabó, se acabó trabajar para escoria como tú.

El Trampas lleva un traje marrón desvaído a causa de una tortuosa noche en vela que se evidencia en las arrugas de la camisa y en las manchas de la americana que reposa en el respaldo de la silla. La habitación está patas arriba, la cama está desecha y las cortinas, corridas. Hay ropa esparcida por el suelo. Un insoportable olor a cerrado planea en el ambiente. El hombre se muestra airado y Marta, de pie, con los brazos cruzados y de espaldas a la puerta, advierte que el enfado del tipo nada tiene que ver con ella. Con todo, tiene a la vista la pistola que guarda en el bolso.

—Tienes que hacerlo. Te lo ordeno.

—Te he dicho que no. Te deseo todas las desgracias posibles —dice con la intención de abandonar la habitación y, por ende, al enésimo felón que se ha aprovechado de ella.

El mafioso da un golpe sobre la mesa que tambalea los cimientos de Marta. Acostumbrado a salirse con la suya por las malas, se levanta encabritado y camina hacia ella con hostilidad y la cara desencajada. El Trampas parece atrapado entre la espada y la pared por otros motivos y Marta no va a permitir que se desahogue con ella.

—No te acerques —le advierte ella al tiempo que saca el arma con celeridad y apunta directamente a la frente del hombre.

Él se detiene y se amilana. Instintivamente, levanta los brazos en señal de rendición y baja la cabeza. Marta recupera la calma y permanece a la expectativa de su siguiente movimiento.

—Está bien, no dispares —le pide él, convencido de que, llegado el caso, ella apretará el gatillo—. Deja que me vaya. No habrá truco, te lo prometo.

Marta traza con la mirada el trayecto que el Trampas deberá recorrer para cumplir con su palabra. Respira y tarda un parpadeo en tomar una decisión.

—Está bien —accede mientras se aparta de la puerta para que él pueda cruzarla—. Te lo advierto: al primer movimiento sospechoso, te meto una bala en la cabeza, ¿lo entiendes?

Sin arrestos para contradecirla, el Trampas procede de acuerdo con lo pactado y abandona la estancia. Cuando la puerta se cierra, Marta se sienta

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en la cama con el arma en alto apuntando hacia la entrada. Se da cuenta de que el hombre ha olvidado la americana en la silla. «Que se joda», piensa. Enseguida traga saliva, descansa la pistola en su regazo y, a continuación, la guarda en el bolso. Aliviada, se deja caer sobre el colchón y agarra la estrella de su colgante. ¿Encontrará a sus hijas algún día?

Un par de minutos después, la puerta se vuelve a abrir. Marta se incorpora y el bolso se precipita al suelo por culpa del impulso. Su instinto la lleva a recogerlo para sacar el arma tan rápido como le sea posible, pero detiene la búsqueda cuando ve que ha entrado una mujer.

—Necesito hablar con usted —le dice la intrusa, seca y directa.

Marta la repasa de arriba abajo. Parece una señora de Barcelona, conservadora y religiosa.

—Usted es doña Pilar Puig —afirma Marta, sorprendida.

—Y usted, una cualquiera que se acuesta con mi marido —sentencia Pilar, que permanece de pie ante la espía con las manos entrecruzadas por delante de la falda.

—Yo no me acuesto con su marido.

—No me engañe, él acaba de salir de esta habitación. Lo he visto con mis propios ojos.

A Marta no le apetece lidiar con una burguesa despechada. Lo más sencillo, piensa, es seguirle la corriente a la mujer del Trampas para huir lo antes posible.

—En el fondo, eso me da igual —prosigue Pilar para sorpresa de Marta—. Quiero que me diga por qué cortejó a Emili Puigverd.

—Y a usted qué le importa —espeta con turbación.

Marta se cuestiona si la señora Puig es un peligro que tener en cuenta y Pilar la observa altiva mientras mide las palabras que va a utilizar.

—Conozco el tipo de mujer que usted representa —dice, algo cohibida

—. El día en que celebramos el aniversario de mi hija, contraté a un detective para que la siguiera porque usted me dio mala espina. Sé que anda con diferentes hombres y que se encuentra de vez en cuando con mi marido en esta habitación, sé dónde vive y que trabaja en Calcetería Núñez como secretaria. —Se detiene para ganar seguridad—. Lo sé todo sobre usted, así que dígame por qué se acercó a Emili Puigverd.

—No puedo ayudarla, créame —responde Marta, contrariada.

—Si no me lo cuenta por las buenas, se va a arrepentir. El director de la fábrica para la que trabaja, Vincent Mckey, está en la junta directiva de

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la empresa de mi familia. Puedo hacer que la echen con una sola llamada. —Su marido me contrató para que me acercara a don Emili y no me

dio instrucciones hasta semanas después —confiesa a regañadientes ante la amenaza. Percibe que Pilar no se marca un farol—. Me pidió que encontrara unos contratos y se los entregara. Se trataba de unos documentos que establecían la venta de un par de propiedades de la condesa de Vallespir. Una finca de viviendas y un hostal del Distrito V. Los cogí de su despacho, se los entregué y nunca más he vuelto a ver a su amigo.

«Así que Claudi quiere chantajear a la Condesa —piensa Pilar—. Ya le está bien empleado a esa vieja bruja. ¿O quizá le está haciendo un favor?».

—¿Qué más? —pregunta la señora Puig, cada vez más inquieta. —Nada más, se lo aseguro —responde Marta con la mirada perdida en

el suelo.

—No la creo. Es usted una embustera, una vulgar prostituta. ¡Dígamelo todo!

La paciencia de Marta está llegando a su fin y lo demuestra lanzando una mirada gélida que perturba a su interlocutora. La señora Puig no está acostumbrada a tratar con personas como Marta y desconoce el peligro que corre, así que decide irse.

—Mañana no se moleste en acudir a la oficina —comenta con los puños prietos.

Marta suspira agobiada. Podría usar el dinero de la herencia de Kohen para sobrevivir, pero la mera idea de emplearlo en beneficio propio le da asco. Pilar abre la puerta con la intención de abandonar la habitación y se detiene cuando escucha las siguientes palabras de la espía:

—Tengo dos hijas.

El comentario desconcierta a Pilar, quien inspira profundamente y llega a la conclusión de que Marta podría ser una víctima más. No sabe de qué, no imagina por qué; sin embargo, la señora Puig no concibe que una mujer use a su progenie en vano. Cierra la puerta y embiste a Marta con una mirada demoledora.

—Yo también tengo dos hijas. ¿Y qué?

—Yo…, verá, yo trabajaba para Kohen. —Aunque no comprende por qué le está dando explicaciones a esta señora, siente alivio al confesarle su desgracia—. Él me sacó de los bajos fondos y me ofreció una vida mejor. —Agacha el rostro, avergonzada—. Me utilizaba para sus intrigas y, a la

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vez, me cuidaba y me protegía. Además —añade mientras levanta la cara y clava sus ojos en los de Pilar—, me ofreció la posibilidad de actuar en los teatros del Paralelo, un sueño hecho realidad, una situación que él también aprovechaba para sus chanchullos.

A continuación, le relata, a grandes rasgos, los servicios que ofrecía a Hans Kohen.

—Todo parecía en orden hasta que me quedé embarazada por primera vez. Y luego otra. Me convenció para que las diera en adopción y me prometió que vivirían con una familia pudiente, que con ellos llevarían una vida mejor de la que yo podría ofrecerles. Con el tiempo me arrepentí de haberlas entregado, pero Kohen se negó a facilitarme la dirección del domicilio de mis hijas.

Marta necesita unos segundos para tomar una decisión, así que permanece en un silencio que Pilar respeta. Existen otros condicionantes en su historia, sucesos cuyo recuerdo le despiertan un pesar tan inabarcable que no se atreve a verbalizar. Por eso los elimina del relato.

—Al final, él murió sin revelármelo, así que busqué maneras de encontrarlas. Un día vi a su marido entrar en uno de los almacenes donde Kohen guardaba secretos y documentos. Él se enteró de lo que yo buscaba y me obligó a trabajar para él a cambio de la dirección. —Marta da un golpe cargado de rabia sobre la cama—. Claudi había sido uno de los abogados de Kohen, era el rey de las triquiñuelas legales, por eso le llamaban el Trampas… Hoy me he dado cuenta de que no sabe dónde están mis niñas, por eso acabo de decirle que no voy a trabajar nunca más para él. Y aquí estoy, sola y sin una pista sobre mis hijas. Entienda que necesito ese empleo porque, cuando las encuentre, quiero que me vean como a una madre respetable. —Y, con los ojos vidriosos, concluye—: Aunque supongo que, para eso, debería casarme…

Pilar no sabe a qué atenerse. Desprovista del ímpetu y la seguridad con los que ha irrumpido en la habitación, se sienta en la cama al lado de Marta y observa la pared blanca que se encuentra ante ellas. El silencio de dos extrañas que comulgan con un dolor de origen diferente, aunque de consecuencias parecidas, ensordece y sana al mismo tiempo.

—¿Sabe en qué anda metido mi marido? Lleva un mes insoportable, más nervioso de lo habitual. Tuvo un par de días alegres cuando se inauguró la radio, y luego, otra vez…

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—Sinceramente, no tengo ni la más remota idea. Ni me interesa. Pero creo que está intentando sustituir a Kohen. Se está probando un traje que le viene grande.

«Entonces, esta es la conexión que buscaba Irene», piensa Pilar al tiempo que Marta se sumerge en sus propias cavilaciones. «¿Irene llegó a resolverlo? A ver, quizá ella se enteró de todo y Claudi la asesinó para que no lo divulgara en uno de sus artículos. ¿Tan fácil? No puede ser, aquí tiene que haber algo más. ¿Qué pasa con la hermana de Bernat? ¿Y con el resto de las mujeres ahorcadas? ¿Mi marido también anda ahí detrás? Lo que encontré en el despacho de Irene me está despistando más que otra cosa», concluye la señora Puig, que ahora se ha relajado por completo.

Pilar observa a Marta de refilón porque sabe que debe tomar una decisión. O confía en ella o se va de la habitación. Su instinto maternal le indica que se decante por la primera opción, y así se dispone a hacerlo. Además, se ha cansado de juzgar al prójimo con una vara moral tan farragosa y desgastante.

—La mujer de Emili apareció ahorcada. La policía, los médicos, el propio Emili, todos creen que se suicidó. Yo sé que la mataron, y creo que Claudi está implicado de alguna manera.

Marta también baja la guardia tras la revelación de Pilar. En determinadas ocasiones, el sufrimiento ajeno derriba los prejuicios.

—No puedo ayudarla con ese tema, doña Pilar. Conocí a Emili a través de su marido, no tuve el gusto de coincidir con su amiga.

Pilar respira hondo. Piensa en sus hijas. Si Claudi quiere convertirse en un mafioso, Eulàlia y Teresa corren peligro. ¿Quién le asegura que alguno de los enemigos de su marido no las atacará o las secuestrará para perjudicarle? De hecho, ¿qué habría pasado si Bernat hubiera disparado su arma? Inspira de nuevo e intenta inhalar todo el aire de la estancia.

—Doña Marta, usted y yo no nos conocemos de nada. No tenemos ningún motivo para confiar la una en la otra. Aun así, voy a proponerle un pacto. —Pilar asiente para convencerse a sí misma de lo que se dispone a hacer—. Y piense que me arriesgo mucho porque usted podría traicionarme con la misma facilidad con la que yo camino.

Marta duda entre escuchar a esa mujer o dejarla plantada en la habitación. Mira a su alrededor y comprende que no tiene otra opción.

—Dispare, nada me va a asustar a estas alturas. Le prometo que seré una tumba.

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—Está bien. Mi cuñada Mireia y yo estamos intentando echar a Claudi de la dirección de la empresa. De hecho, cuantas más cosas descubro sobre su vida, más segura estoy de que debería alejarlo de nuestras vidas. El caso es que necesitamos una espía, alguien que se acerque a él y que, llegado el caso, nos proporcione información para seguir tejiendo la telaraña que debería atraparlo. Le estoy pidiendo que haga lo mismo que le pedían Kohen y mi propio marido, lo sé, y se me cae la cara de vergüenza mientras le hago la propuesta, pero piense que esta vez lo hará por una buena causa. Tanto si usted acepta como si no lo hace, me comprometo a ayudarla a encontrar a sus hijas. Se preguntará cómo. Pues no tengo ni idea. Solo puedo decirle que Claudi es mi marido y que, tarde o temprano, tendré acceso a papeles o informaciones útiles para su propósito. Disculpe, no sé explicarme mejor, no estoy acostumbrada a esto del espionaje.

Marta alarga la mano para estrechársela a la señora Puig.

—No se preocupe, ha hablado usted muy claro. Pueden contar conmigo.

Sellado el pacto, Pilar inspecciona la habitación mientras Marta vigila la puerta por si Claudi vuelve por sorpresa. No encuentra nada relevante hasta que husmea en la chaqueta de su marido, que cuelga del respaldo de la silla. En el bolsillo interior halla una llave con una dirección escrita en el llavero, la del almacén de la calle Reina Amàlia que Marta vigiló durante tanto tiempo.

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23 de diciembre de 1924

La señora Puig respira tranquila cuando la cerradura en la que acaba de

introducir la llave se abre sin contratiempos. Si no encuentra pronto indicios que la ayuden en la investigación del asesinato de Irene, es posible que desista; y no tirará la toalla por falta de ganas, sino por pura frustración. Por eso ahora, en el almacén de la calle Reina Amàlia, sabe que lo prioritario es hallar los trapos sucios que Claudi esconde para echarle de la empresa; al mismo tiempo, desea que ahí dentro haya algo que la ayude a esclarecer la muerte de su amiga.

Marta y Mireia entran en el local detrás de Pilar. «Qué extraña alianza se ha formado entre nosotras», piensa la primera. De hecho, fue ella misma quien sugirió posponer este allanamiento de morada varias semanas. Ha preferido averiguar los días en los que Claudi aparece por allí y asegurarse de que nadie más tiene acceso al almacén. Esta vez ha contado con la ayuda de un detective privado, pagado por la señora Puig, quien les ha confirmado que hoy es casi imposible que las sorprendan in fraganti. Marta asegura que la mejor y única baza que tienen contra el Trampas es el efecto sorpresa ya que, si él llegara a descubrirlas, arrasaría con toda posibilidad de victoria. Además, Claudi desconoce el paradero de las hijas de su subordinada, así que los recursos de los que Pilar y Mireia disponen son el clavo ardiendo al que ella necesita agarrarse para encontrarlas.

Tras la conversación que Pilar y Marta mantuvieron en la habitación del hotel, la señora Puig contó a Mireia lo pactado con la espía. También le confesó sus sospechas a propósito del final de Irene con la esperanza de

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que su cuñada la apoyara con lo segundo. No tenía sentido que Marta lo supiera y que su cuñada, no. La conversación terminó tal y como ella esperaba y, aun así, se arrepiente de involucrar a más personas en su obsesión. No desconfía de ellas, simplemente teme que se impliquen y que Claudi o quien haya asesinado a Irene vaya también a por sus aliadas.

De esta guisa, las tres mujeres se han citado varias veces en el piso familiar de la calle Aribau, que se ha convertido en un centro de operaciones. «Si mi padre recuperara la lucidez por un momento, creería que hemos enloquecido», ha comentado la señora Puig en varias ocasiones. La primera reunión fue tensa, la confianza no se gana con buenas palabras ni bajo el intenso escrutinio de unas socias incómodas. Sin embargo, pronto vieron que no eran más que una madre en busca de sus hijas, una amiga que intenta resolver el asesinato de la enésima mujer olvidada por la policía y una viuda que lucha por mantener el legado de su marido. Objetivos que las tres comprenden y comparten. Se esfuerzan por escucharse las unas a las otras mientras anhelan que este viacrucis acabe pronto para seguir con sus respectivas vidas.

En realidad, Marta se ha llevado la peor parte porque ha vuelto a trabajar para el Trampas. Se vio obligada a tragarse el orgullo y a pedirle perdón con el rabo entre las piernas. «Fue el arrebato de locura de una madre —le argumentó a Claudi hace un par de semanas sin pensar que el hombre se lo tragaría—. Estoy segura de que tuviste un lapsus. Si dices que tienes la dirección, te creo, y no tengo más remedio que trabajar para ti hasta que me la entregues».

Contra todo pronóstico, la argucia funcionó. Marta ha descubierto un motivo para echar a Claudi con preguntas aparentemente desinteresadas: el hombre se ha reunido varias veces con directivos de la J. & P. Coats, los socios ingleses de la Fabra y Coats, otra de las compañías barcelonesas rivales, para venderles la fábrica principal de la Puig & Mckey, la de Sant Andreu. No saben cómo podría llegar a conseguirlo, porque un trato así debería aprobarse en una junta, pero si pudieran demostrarlo, los americanos lo echarían en un periquete.

El almacén es más pequeño de lo que esperaban. Hay varias hileras de estanterías llenas de cajas, una silla y un escritorio destartalado con una lamparita, la única fuente de luz de la que disponen. No hay ventanas ni ventilación y las tres mujeres maldicen la cantidad de polvo que se amontona sobre los anaqueles y sobre la mesa. Suerte que Pilar, en

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prevención, ha cogido de casa un trapo con el que limpian la superficie de la mesa. En un cajón del escritorio encuentran una carpeta con varias facturas pagadas por la fábrica de Sant Andreu Comtal de la Puig & Mckey. Se trata de reparaciones de maquinaria pesada y de pagos por la construcción de una guardería para las madres trabajadoras. Que Mireia y Pilar sepan, no existe ningún proyecto de guardería, por eso ven gato encerrado tras estos papeles. Cuando Josep tomó las riendas de la compañía, impulsó una sociedad de socorros mutuos que ofrecía cobertura salarial a los trabajadores de fábricas y de oficinas en caso de enfermedad, una pensión de viudedad a sus mujeres y subsidios por jubilación, a cambio de una cuota mensual que la propia empresa complementaba. Mireia lo había convencido para que creara también una guardería como la de la Fabra y Coats, pero la idea se detuvo porque su marido pasó a mejor vida y no cree que Claudi esté preocupado por estos temas.

—Nuestra mañana va a ser fructífera —comenta Pilar, deseosa de encontrar más trapos sucios.

La señora Puig asigna las cajas que cada una tendrá que revisar, y todas se ponen manos a la obra. Mireia y Marta se apoderan de la mesa y, aunque ninguna de las dos se apropia de la silla por respeto a la otra, salen mejor paradas que la tercera en discordia. Pilar habilita un espacio en una de las estanterías para depositar los documentos a medida que los revisa. Con el objeto de disponer de más luz, enciende una vela que ha traído por si la necesitaban. Las horas avanzan y las mujeres diseccionan los papeles y las fotografías acumulados en las cajas, pruebas que incriminan a la mayoría de los plutócratas de la ciudad. Se trata de escándalos económicos, sexuales y de otra índole. Mireia mira de reojo a sus compañeras, teme que allí se encuentren las fotos o lo que Claudi tenga sobre sus antiguos escarceos amorosos. Si fuera creyente, rezaría para que desaparecieran.

Marta se fija en un cuadro que cuelga sobre el escritorio. Se trata de la fotografía enmarcada de dos niños con una casa señorial de fondo. La espía se pregunta por qué Kohen o el Trampas la colocaron ahí. ¿Será un recuerdo de infancia de alguno de los dos? No lo cree; por el estado de la imagen, se tomó hace poco. Los críos aparecen sonrientes y le brindan unos instantes de paz. Decide olvidarse del tema, tiene mucho trabajo por delante.

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—Esto es un polvorín —comenta Mireia mientras revisa el contrato de compraventa de una vivienda a nombre de un concejal y pagado con dinero público—. Si estos papeles llegaran a manos de un periodista, la ciudad ardería.

—Por eso pienso que el Trampas no acabará bien. No creo que tenga la habilidad de usar esta información sin salir perjudicado —confiesa Marta justo antes de tomar conciencia de que habla del marido de Pilar.

—Dios mío, estoy casada con un delincuente —dice Pilar, realmente aterrada.

La señora Puig deja la hoja que está leyendo sobre el montoncito de descartes y se apoya en la estantería para mitigar la flojera que le ha sobrevenido. Desde la posición de Marta y Mireia, parece un espectro lejano iluminado por la tenue luz de una vela. Cuanto más conoce a Pilar, mejor entiende Mireia las contradicciones que sostienen el carácter arisco de su cuñada. Empieza a creer que detrás de la rigidez con la que se enfrenta al mundo se esconde un alma sensible y carente de amor. Para Marta, en cambio, la señora Puig es una floja, una doña adinerada que debería irradiar felicidad porque dispone de los recursos que su apellido le proporciona.

—Tenemos que destruirlo todo —propone Mireia, convencida.

—O entregarlo a la policía —responde Pilar, enfadada—. No me puedo creer que nos gobierne esta panda de chorizos. Y no solo eso, por Dios, ¡mi familia hace negocios con muchos de los empresarios que aparecen en estos documentos!

—Son muy buenas personas —comenta Marta, sonriente—. Muchas otras preferirían usarlo en beneficio propio.

Al cabo de un rato, Mireia se escandaliza. Encuentra unas fotografías en las que Jaume mantiene relaciones sexuales con una prostituta cuya cabeza queda fuera de la imagen. Marta, a su vez, se alarma, no está dispuesta a revelar que ella es la mujer que aparece en las instantáneas y espera que sus socias no se den cuenta de este detalle. Podría contarles que fue Claudi quien la obligó a realizar semejante perversión, pero teme que sus compañeras dejen de respetarla.

—Ese Balcells no es agua clara —afirma Pilar—. Te lo he dicho más de una vez, cuñada. Es un mujeriego, le gusta demasiado la mala vida. Llevó a mi hermano Tomás por el mal camino.

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—Que le guste acostarse con otras mujeres no lo convierte en mala persona —dice Mireia. La señora Puig la reta con la mirada, a lo que su cuñada espeta—: Mira, no voy a discutir ahora. —Se tranquiliza y prosigue tras suspirar—: Aunque su familia es competencia nuestra, Jaume me está ayudando de manera desinteresada. No creo que debamos juzgarlo por estas fotografías.

Los besos de Jaume vuelven a la piel de Mireia por unos instantes y, tan pronto como se da cuenta, frena una punzada que la acalora. No lo ha visto desde el día en que se acostaron. Tampoco han hablado. Ni siquiera se han enviado una nota.

—Por supuesto, es un hombre totalmente desinteresado —responde Pilar con retintín—. Ahora que lo pienso, el día en que celebramos el cumpleaños de Eulàlia, lo sorprendí colándose en el despacho de Claudi. Ahora tiene más sentido, seguro que buscaba estas fotos.

—Venga, sigamos, que todavía quedan varias cajas por revisar — interrumpe Marta para cambiar de tema. Respira aliviada porque no la han reconocido.

—Tiene razón. Aun así…, creo que voy a destruirlas, y no voy a hacerlo solo porque sea un amigo desinteresado —Mireia pone énfasis en la palabra—, sino porque nos está ayudando sin tener por qué. Se lo debemos.

Pilar no responde a su cuñada porque encuentra un detalle que llama su atención. Se trata del título de propiedad, a nombre de Claudi, de unos terrenos ubicados en la antigua carretera de Madrid, la actual calle Creu Coberta, hoy ocupados por algunas de las barracas que se extienden por la zona oeste del barrio de Sant Antoni. Si no anda equivocada, Bernat vivía por la zona, y Pilar decide guardarse la información para sí. También se topa con el contrato de compraventa de los terrenos en cuestión. Descubre que antes pertenecieron a don Julià, quien se los ofreció a su marido por cuatro chavos hace apenas un mes. «Mi padre no está en su sano juicio. Estoy seguro de que Claudi le habrá obligado a firmar los papeles», concluye. Así que memoriza la dirección y sigue como si nada.

«Una mujer de bien no traiciona a su marido», escuchó Pilar en boca de su madre en innumerables ocasiones. La señora Puig lleva esta máxima tatuada en el corazón, y cada vez que su deber como esposa se impone a su propio criterio, descubre otro aspecto bochornoso de la vida de Claudi que debilita su devoción por las obligaciones matrimoniales. Si se ha casado

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con el diablo y lo vence, Dios tendrá que perdonarle el pecado. De hecho, Mireia le ha prohibido que se lo cuente a su confesor, pues quién sabe hasta dónde llega la influencia del señor Guitart.

Pilar sufre porque no sabe cómo se lo va a tomar Eulàlia y, a la vez, no necesita a una vidente para conocer el futuro de su hija. Desde el último evento social al que la chica acudió con Amadeu, el miedo asoma tímidamente en su semblante cuando menciona al heredero de los Vallespir, y Pilar sabe lo que vaticinan esos síntomas todavía leves. Horrorizada, nota el albor de una vida aciaga a la que su hija se lanza sin quejarse, tal y como ella misma hizo en su momento. La impotencia es la peor de las esclavitudes a la que se puede someter a una madre.

Después de descubrir que su primogénita asistía a la Escuela de Bibliotecarias sin su autorización, Claudi la encerró en casa y solo la deja salir para cumplir con los compromisos sociales de Amadeu. Desde entonces, Eulàlia deambula por el piso como alma en pena y ajena a las atenciones que Pilar y Juana se desviven por ofrecerle. En alguna ocasión, la chica ha preguntado por Marcel·lí con una tristeza desgarradora, y su madrastra no ha podido negarle la verdad: el joven está más delgado y melancólico que nunca.

Cuando terminan el registro, intentan dejar el almacén tal cual lo han encontrado. El día no ha sido tan fructífero como esperaban, lo único provechoso son las facturas con las que se toparon nada más llegar. La desilusión de Marta se percibe a la legua.

—¿Está bien? —le pregunta Pilar.

—No lo sé, no hay ni rastro de mis hijas. Siempre acabo como ahora, rota y sin respuestas.

—Nosotras la ayudaremos —asegura Pilar, a pesar de los sentimientos contradictorios que esa mujer le despierta.

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25 de diciembre de 1924

Carece de sentido que Mireia se considere una Judas. Jaume y su cuerpo,

su cuerpo entrelazado con el de Jaume, el recuerdo de una tarde de lujuria que le pasa factura cuando menos se lo espera. Es la segunda Navidad que Mireia celebra sin Josep y el duelo todavía la aflige en días tan señalados. Hace un par de horas que ha dado de comer a su hijo, que ya ha cumplido un año y crece sano y fuerte. Luego se ha preparado un refrigerio porque ha dado el día libre al servicio. Decidió que hoy almorzaría sola, pues lo último que deseaba era compartir mesa con Claudi, y la señora Puig debía pasar la Navidad con su marido para no levantar sospechas.

Mireia es una mujer valiente, pero la idea de guiar al pequeño Josep por la vida la aterra. Se desvive por enseñarle a superar los pequeños obstáculos con los que se topa a diario. El crío es alegre y enérgico, ya no llora a todas horas como meses atrás. Tiene un carácter diligente e impone sus necesidades con las cuatro o cinco palabras que sabe enunciar. Lo primero que aprendió a decir es «no», lo que a Mireia le parece inteligente a la vez que práctico y, por qué negarlo, una declaración de intenciones ante la vida.

Sus contactos en la sede de la compañía la están ayudando a encontrar pruebas de los tejemanejes de Claudi: han verificado que está aumentando el coste final de algunos de los productos mediante la imputación de partidas infladas dedicadas a la reparación de los telares y del resto de la maquinaria, y ha registrado en los libros la proyección de una guardería que no se va a construir. Es una buena jugada por parte de su cuñado, los americanos no van a comprobar si ambos trabajos se han llevado a cabo.

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Evidentemente, es un dinero que ha ido a parar al bolsillo del señor Guitart; es más, ha ingresado en su cuenta habitual las cantidades exactas reflejadas en las facturas en cuestión, que parecen emitidas por unos falsos reparadores y constructores. Aunque no es un hurto a gran escala, sería suficiente para que Claudi perdiera el respaldo de los socios americanos.

Si todo va bien, Vincent convocará una junta a principios de año en la que expondrá los delitos que deberían desencadenar el despido de Claudi. Además, Marta acudirá en calidad de testigo de las conversaciones que el señor Guitart ha mantenido con miembros de la J. & P. Coats, los socios ingleses de la competencia. Entonces, el americano se presentará para el cargo y será secundado con los votos de Pilar, Mireia y Calcetería Núñez. Con un poco de suerte, los Mckey denunciarán a Claudi y este terminará en la cárcel, y mientras tanto, o en el caso de que lo segundo no suceda, Pilar se trasladará al piso familiar con la esperanza de que Eulàlia abrace la oportunidad que le brindan para deshacerse de Amadeu. Con Claudi entre rejas, Pilar podría recuperar el control de sus bienes parafernales, juez mediante.

Mireia sabe que el momento es clave para el devenir de la familia; sin embargo, no se quita a Jaume de la cabeza porque la atrae más de lo que está dispuesta a confesar. Está acostumbrada a que los varones se acerquen a ella por su posición o su belleza, no por la persona que se esconde tras la carta de presentación. A pesar de que el matrimonio tuvo un inicio complicado, Mireia cree que Josep la apreciaba por la compañía, por las opiniones y por los consejos que ella le ofrecía, y también que la consideraba una igual. Ahora piensa que Jaume la está ayudando sin esperar nada a cambio, una caballerosidad insospechada meses atrás que poco a poco cuaja en su corazoncito. ¿Es el momento de lanzarse a los brazos de otro hombre? Aunque en el pasado nunca tuvo dudas al respecto, ¿no es contraproducente hacerlo con un tipo casado que, a la vez, es uno de sus principales competidores?

Así pues, en este preciso y navideño momento, mientras merienda con Caterina en su salón, estas pesquisas emocionales la distraen de la charla que mantiene con su amiga. Ella ha comido con sus padres y otros familiares, quienes han dedicado buena parte de las conversaciones a recordarle la urgencia con la que tiene que encontrar marido, y también a explicarle por qué su vocación periodística ahuyenta al sexo fuerte. Cual

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reo escapando de la cárcel, ha huido de la emboscada y se ha refugiado en casa de Mireia para saludarla y para que pase la Navidad acompañada.

—¿Me estás escuchando? —pregunta Caterina con una sonrisa ante el ensimismamiento de su amiga.

—Sí, disculpa, no sé dónde tengo la cabeza.

Caterina no prestó especial atención a Mireia cuando esta se le acercó por primera vez tras una de sus charlas. De hecho, le pareció la típica señora burguesa que acude a los mítines alentada por la culpa de clase y el aburrimiento vital. De esta guisa, la periodista la invitó a otra conferencia que tuvo lugar la semana siguiente, un ofrecimiento que, por lo general, muchas mujeres aceptan al momento y luego jamás corresponden. Mireia fue una excepción, pues acudió a esa y al resto de las asambleas a las que la otra mujer la convocó. Callada y sonriente al principio, empezó a expresar sus opiniones con el devenir de los días, más fundadas e interesantes de lo habitual en las doñas de su condición. Caterina la consideró una buena amiga al cabo de poco, una aliada que escucha más que aconseja.

—Te decía que me encantó tu artículo sobre el acceso a la educación de las madres de origen humilde. También creo que su instrucción es esencial para que ayuden a sus hijas a creer en sus posibilidades y no tanto para su propia prosperidad, que a ciertas edades ya…

—Gracias, te agradezco tus palabras —la interrumpe Mireia a sabiendas de que se acerca una reprimenda.

—Lo que no entiendo es que no quieras publicarlo.

«¿Por qué sigo enroscada con los besos de Jaume? —se pregunta Mireia al tiempo que mantiene la conversación con Caterina—. ¿Será la Navidad? ¿Será la soledad?». Los labios de Jaume son una trampa en la que caen muchas mujeres, ¿por qué no puede escapar de sus redes? ¿Acaso los hombres ejercen tan alta influencia sobre su carácter? ¿O solo él lo consigue?

—No lo veo claro, Caterina, no lo veo claro. No sé si me interesa exponerme de esa manera.

—Querida, estamos en un momento difícil para la lucha feminista. Evidentemente, no tiene sentido poner énfasis en el sufragio con el Directorio en el poder; y a pesar de que se están mejorando las cuotas de alfabetización femenina, seguimos sin conseguir lo principal: exposición pública, púlpitos desde los que convencer de nuestras posibilidades a las

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compañeras y a los compañeros. Todo lo que siempre defiendes, pero nunca pones en práctica.

Mireia sabe que su amiga lleva razón y por eso calla y otorga. Caterina, junto con otras dos periodistas y activistas, busca financiación para una nueva publicación semanal que aspira a recoger el legado de mujeres como Ángeles López de Ayala o Amalia Domingo Soler, dos de las principales defensoras de las voces femeninas de principios de siglo. Caterina quiere que Mireia escriba en el semanario. Aunque la viuda de Josep Puig tiene ante sí una oportunidad única, sus piernas desfallecen y el corazón se le acobarda cuando piensa en aprovecharla.

—Recuerda que López de Ayala —prosigue la periodista—, una de las grandes damas del republicanismo femenino, creó varias publicaciones que se enfrentaron a la censura y a las críticas más feroces. Ella no se rindió nunca. Cuando tuvo que clausurar El Progreso o la primera versión de El Gladiador, porque acumulaba muchas denuncias, abrió otro semanario. Ahora, más que nunca, necesitamos a guerreras como tú.

—¿De verdad crees que yo…? —balbucea Mireia.

—Deja de infravalorarte o de considerar que no eres capaz de remover las conciencias de tus lectoras. Cuando veas el impacto que tus artículos pueden tener en otras mujeres, te aseguro que no querrás parar.

Cual serpiente mudando de piel, Mireia acepta la propuesta fiel a la vorágine de decisiones espontáneas que ha tomado últimamente. Y como un boomerang que no sabe si viene o va, tan pronto como Caterina sale por la puerta, Mireia llama a casa de Jaume. Por suerte, él mismo coge el teléfono y, en menos de veinte minutos, el señor Balcells entra en su salón y la besa.

Marta y Eugeni se tratan con una espuria normalidad que pone de manifiesto el malestar latente entre ambos. Pese a que la esencia del trompetista concuerda con sus aspiraciones amorosas, la grieta abierta entre el alma de Marta y el amor romántico es tan gruesa y profunda que parece insalvable. Tan solo se han visto un par de veces tras el incidente, y es una suerte que Eugeni no haya sacado el beso a colación porque ella no hubiera sabido qué decirle al respecto. Huelga decir que no sabe cómo detener el veneno que el músico le inyectó, pues el beso caló en su piel más de lo que ella hubiera deseado.

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Cuando Eugeni la invitó a visitar las instalaciones de la radio, Marta aceptó más por pasar la noche de Navidad acompañada y alejada de sus penas que por ganas de ver al trompetista; y ahora, mientras pasea por la sede de la primera estación sinhilista de la ciudad, escucha con atención los datos que su amigo comparte raudo y veloz. Radio Barcelona lleva emitiendo más de un mes, y el director, el señor Guillén García, apenas ha permitido la presencia de visitantes durante los directos. Sin embargo, hoy es Navidad, y el hombre ha autorizado que los músicos traigan un acompañante; así que Eugeni ha citado a Marta una hora y media antes de que empiece la programación para mostrarle los entresijos de la EAJ-1.

—¿Qué te parece? —le pregunta Eugeni con una sonrisa picarona. —Es impresionante. Bueno, no sé si «impresionante» es la palabra —

responde ella.

La estación consta de un estudio o auditórium desde donde se realizan las locuciones y los conciertos. Marta lo considera muy diferente a un escenario porque, aparte de la ausencia de público en vivo, allí no se produce reverberación alguna. Eugeni le cuenta que es debido a los cuatro dedos de virutas finas, sostenidas por una arpillera, que cubren las paredes y el techo. Además, unas elegantes cortinas rodean la sala para potenciar la insonorización, y una alfombra doble aísla el suelo y, a la vez, dibuja unos cuadrados que indican a los músicos dónde deben colocarse.

—Mira, los intérpretes se sitúan a mayor o menor distancia de los micros que ves sobre ese pedestal en función de la potencia de sus instrumentos. ¿Sabes? Los reparten para que el concierto llegue a casa con el equilibrio sonoro adecuado.

Marta se siente insonorizada ante los gritos de la felicidad. Desearía dejarse llevar, poseer la capacidad de confiar en Eugeni o en cualquier otro varón decente que se le acerque. Una parte de ella quiere entregarse al amor, experimentar de nuevo la pasión que vivió tan pronto, tan joven, y por la que acabó en las garras de un tirano. Considera que así desterraría esa soledad que la desarma. Sin embargo, cuando el deseo más férreo florece en las profundidades del miedo, se ahoga en sus aguas sin remedio.

Marta trata de olvidarse de sus dilemas mientras contempla el piano de media cola Feurich que preside el estudio e imagina cómo sonará sin reverberación. Este instrumento es clave porque acompaña determinadas locuciones y llena los silencios provocados por problemas técnicos, como el sobrecalentamiento de los micrófonos que ya ha causado parones en

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algunas de las conferencias radiadas. Pegado al auditórium se encuentra el cuarto del anunciador desde donde el técnico y locutor, aparte de dirigirse al público, maneja los micrófonos y modifica la posición de los intérpretes para afinar la calidad de la emisión en función de lo que oye por un parlante al que permanece atento. Marta deambula por el estudio hasta que Eugeni le pide que lo siga. Entonces la lleva hasta la sala de máquinas situada bajo la cúpula del hotel, un espacio recubierto de madera y poblado por los artilugios que conforman el cuerpo de la radio.

—Esa torre de ahí es la estación propiamente dicha —le explica Eugeni cual experto ingeniero—. Tal y como indica la concesión del Estado, la longitud de la onda con la que emite es de trescientos veinticinco metros.

Marta se pregunta si la radio llegará a transmitir las sensaciones que un beso, una caricia, un desamor o una mirada cómplice despiertan; o si generará la misma distancia que separa a los oyentes del locutor entre los vecinos que ahora comparten charlas en los patios interiores.

—Tiene una potencia en generador de un kilovatio y medio —prosigue Eugeni—. Ha sido fabricado por la S.A. Teléfonos Bell, concesionaria de la International Western Electric Company, que también ha hecho las estaciones de Nueva York o París. ¿Te lo puedes creer? Y pronto nos entregarán la estación definitiva, que tendrá una potencia mayor. —El músico advierte que Marta anda abrumada con su perorata—. ¿Te estoy apabullando con tantos detalles técnicos?

—Así no te la vas a ligar, Eugeni —le comenta el señor Riu, jocoso, mientras manipula la mesa de amplificadores, el aparato de medida y de control del que es el operario oficial como ya lo fue en la estación de La Habana—. Mejor tócale la trompeta, eso les gusta más.

Marta y Eugeni permanecen callados ante el comentario del técnico, que los ignora y sigue a lo suyo. Entonces, Eugeni le cuenta a su invitada que todavía faltan unas cuantas horas para su actuación. El sexteto creado especialmente para los radioconciertos, del que él ya forma parte, interpretará varias canciones al final de la emisión, sobre las diez y veinte de la noche.

—En realidad, los invitados podrán estar en el estudio hasta que comience y, luego, deberán seguirla desde la sala de espera —le confiesa Eugeni—. Pero tú eres una excepción. La verdad es que me he hecho muy

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amigo del anunciador. Si estamos callados, nos dejará estar con él para que veamos en vivo lo que sucede en el auditórium.

Desde su nacimiento, la EAJ-1 se ha convertido en un altavoz de la música y el entretenimiento y radia pocos espacios de divulgación. La mayor parte de la programación consta de radioconciertos interpretados por formaciones de distinta índole que no suelen durar más de una hora y que se suceden a lo largo de la emisión. Las composiciones de Schubert y Mozart son las más recurrentes, seguidas por la música popular, como los cuplés, el jazz, el foxtrot y otros géneros de moda, y por los temas bailables de toda la vida que tocan algunas orquestinas.

Los domingos, la programación comienza con una conferencia sobre temas agrarios en la que se apuntan, además, las noticias más destacables de la bolsa; sobre las ocho se emite un breve boletín con los resultados deportivos. Los lunes a las nueve, el escritor Joaquín Arrarás conduce Charla femenina, un espacio dedicado a las mujeres en el que el locutor aconseja sobre temas que considera de su interés. En una de las primeras ediciones, por ejemplo, reflexionó sobre las mil preocupaciones que se imponen en la vida cotidiana sin que sean esencialmente útiles; más adelante, incluso dará consejos de belleza. Los jueves a las seis, el señor Toresky lee cuentos para niños, como Lenguaje para desdichados.

El resto, música y más música, con algunas piezas de zarzuelas, como La verbena de la Paloma, que se interpretan en el estudio. Los responsables de la estación querían radiar fragmentos de obras desde los mismos teatros, tal y como hacen las emisoras de Londres y de París, pero los empresarios del mundo del espectáculo piden cantidades impagables por retransmitir los textos más populares. Temen que el público se encandile con la radio y deje de acudir a las salas, de forma que reclaman cuantías desorbitadas para compensar las posibles pérdidas.

Un rato antes de la hora fijada para el inicio de la programación, Eugeni invita a Marta a acomodarse en el cuarto del anunciador, no sin antes recordarle que deben permanecer callados. Desde esta privilegiada atalaya, la mujer atestigua los nervios que se viven antes de la emisión. El señor Guillén García prepara el reparto del programa y da las últimas órdenes mientras los músicos entran en el estudio y felicitan la Navidad a quien se cruza en su camino. Cuando el anunciador informa de que quedan diez minutos para el comienzo, el señor Guillén García otea a su alrededor para comprobar que no queda ni un cabo suelto. El silencio es absoluto,

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los músicos y los técnicos permanecen en sus posiciones a la expectativa. Entonces, el director avisa a la sala de máquinas para que, mediante el endómetro, se compruebe la longitud de la onda y, verificada esta, se enciende la luz verde indicadora de que el circuito de micrófonos y el amplificador están listos. Inmediatamente después, se conecta el amplificador con el transmisor y comienza la emisión con las palabras del anunciador: «Esta estación es EAJ-1 Radio Barcelona».

En ese momento, Marta aprecia la tensión en los rostros del Quinteto Maxim’s, que está a punto de tocar. Saben que el más mínimo ruido será radiado, y todos creen que la calidad de la emisión es imprescindible para acallar algunas de las críticas que los han perseguido durante estas semanas. Entonces arrancan con su versión de Le petit amant, de Yvain, adaptada al baile de moda, el one-step. Al cabo de un rato, Toresky lee Romance ciego y Som petits, entre otras narraciones, para luego dar paso de nuevo al Quinteto Maxim’s, que durante una hora interpretará diversas piezas de jazz y foxtrot. Se suceden otras formaciones hasta que, a las nueve y media, el tenor J. Amills canta Celeste Aida, de Verdi, y el racconto de Lohengrin, de Wagner. Y, por fin, llega el turno del Sexteto Radio-Barcelona del que Eugeni forma parte.

Cuando empieza la música, Marta se deja llevar por la suavidad con la que Eugeni toca las notas, por la pasión con la que su amigo interpreta unas partituras en apariencia livianas pero que desatan una agitación que ella lleva meses reprimiendo. Cierra los ojos y, en su imaginación, baila con Eugeni las melodías que él mismo ejecuta. Lo percibe tan cerca que siente su aliento pegado al de ella y cree que, por un momento, él respira por los dos. El foxtrot de Hirsch, Baby Blue Eyes, le despierta unos calores poco cristianos; y con Pack Up Your Sins, de Irving Berlin, Marta capitula ante sus sentimientos: «Si voy a morir emponzoñada, que sea por el veneno de otros labios y no por el que producen mis propios pensamientos».

La actuación termina, la magia de la radio se apaga y Marta sigue bajo el hechizo durante un buen rato. Entonces rechaza amablemente la juerga que el resto de la banda amenaza con correrse y Eugeni decide que también prefiere retirarse a descansar. A pesar de que hace frío, se encaminan hacia sus casas a pie para despejar las ideas tras varias horas encerrados en el Hotel Colón. El silencio se inmiscuye en el paseo: Marta

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calla porque no encuentra el momento de lanzarse a los brazos de Eugeni, y el músico parece perdido en quién sabe qué pensamientos.

—Ha sido muy interesante. Gracias por invitarme —dice Marta cuando llega el momento de separarse.

—No ha sido nada. Quería que vieras los estudios. ¿Sabes? En breve buscarán locutoras para recitar poesía. Algo me dice que lo harías muy bien, aunque, bueno, es poco dinero. Una vez me comentaste que habías sido actriz, así que estas lecturas serán pan comido para ti.

—Esa vida ya no va conmigo.

—No voy a insistirte más por hoy. Estoy seguro de que voy a convencerte. —Sonríe con picardía—. Mañana será otro día.

En ese momento, ella clava su deseo en los ojos de Eugeni y este, quizá tan atemorizado como lo está ella, se despide con celeridad con un beso en la mejilla.

—¿No vas a besarme otra vez? —pregunta la mujer mientras él se aleja—. ¿Fue solo un arrebato?

—Solo voy a besarte si te entregas libremente. Tú tienes el poder, y lo sabes.

Marta maldice las palabras de Eugeni porque son exactamente las que necesita escuchar.

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30 de diciembre de 1924

Es un gran día para la ciudad de Barcelona. En menos de media hora se

inaugurará el Gran Metropolitano, la primera línea de metro cuyo trayecto de dos kilómetros y medio unirá la plaza Catalunya con la plaza Lesseps. Meses después se abrirá también una parada enfrente del Liceu. Alrededor de la boca de la estación de la plaza Catalunya, construida en la frontera con las Ramblas, hay congregados varios grupos de curiosos. Para que la llegada de las diversas comitivas se efectúe sin contratiempos, guardias municipales vestidos de gala y parejas de la guardia montada se aseguran de que el área de acceso se mantenga despejada. Las escaleras están engalanadas con una alfombra roja y con las habituales plantas tropicales.

Claudi se ajusta la corbata cada dos por tres. Se mueve entre los invitados que van llegando cual perro perdido en busca de su amo. Es el primer acto público al que asiste en calidad de empresario. No consigue integrarse en los corrillos ni entablar una conversación con los aquí reunidos. Se ve a sí mismo como un impostor a punto de ser expuesto, un martirio que arrastra desde hace años. Escuchó tantas veces que era un inútil en boca de su padre, y que no le llegaba a la suela del zapato a su hermano mayor en las riñas de su madre, que ha vivido obsesionado con unos estándares inalcanzables para él porque valora más la aprobación de los demás que su propio criterio. Acumula tal animadversión hacia el mundo que aprendió a atacar antes de ser embestido y a culpar a los demás de sus propios errores y de las inseguridades que lo carcomen por dentro. La única persona a la que se entregó, su difunta esposa Esmeralda, desapareció de su vida tan pronto como lo hacen las tardes en invierno.

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Lleva encima un reloj de bolsillo con las iniciales de su mujer grabadas, del que nunca se separa.

Pasado un rato, hace de tripas corazón y comenta el retraso que acumula el evento con un empresario. Se trata de Marcel Balcells, hermano de Jaume, conocido por su indiscreción y por su lengua viperina. Poco después, sobre las once, aparece el infante Fernando María de Baviera y Borbón, primo del monarca, que ha llegado esta mañana a la estación de Francia en un expreso procedente de Madrid para representar a la familia real en la inauguración. Llegado su turno, Claudi presenta sus respetos a su alteza real con una reverencia que ha ensayado con esmero y se aparta para dejar paso al resto de personalidades. A continuación, se procede a bajar a la estación, donde las taquilleras, vestidas con un reluciente uniforme azul, reciben a las autoridades. Los empleados varones, por su parte, esperan alineados en el andén.

Claudi lleva más de un año al frente de la Puig & Mckey y, al mismo tiempo, ha intentado tomar el relevo de los negocios turbios de Kohen, dos tareas que están diezmando su temple. Se siente perseguido a todas horas. Si se cruza con un agente de la ley, cree que lo va a detener. Cuando se topa con un corrillo en el centro excursionista, piensa que lo están criticando. Incluso teme que Eulàlia se haya matriculado en la Escuela de Bibliotecarias para conspirar en su contra con las hijas de otros empresarios. Cada decisión que toma acrecienta su delirio. Se siente atrapado en un pozo al que él mismo se ha lanzado y del que no sale por orgullo.

Ya en el andén, Claudi observa cómo el arzobispo de Tarragona bendice el convoy.

—Por cierto —le susurra Marcel Balcells—, ya sabrá que nuestras empresas están más hermanadas de lo que parece. Y no me refiero a la compra que estamos a punto de cerrar.

—¿Por qué lo dice?

—Pues verá, han visto a su cuñada Mireia y a mi hermano Jaume deambulando juntos por la ciudad. De él me lo esperaba, ya sabe usted que es conocido por su interés en las mujeres de armas tomar, pero de su cuñada, pues no, la verdad. Ella debería aspirar a hombres solteros con más pedigrí que mi querido hermano.

Claudi asiente. El rumor no es de su agrado, sabe que podría perjudicarle en el futuro. Además, intuye que hay gato encerrado tras el

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posible affaire. Jaume y Mireia, Mireia y Jaume. ¿Por qué ellos dos? ¿Es una casualidad?

La comitiva entra en los vagones, que en la parte delantera están engalanados con banderas españolas, palmas y el escudo real. El tren arranca para realizar el primer viaje oficial mientras Claudi repasa las últimas veces que ha visto a su mujer y a su cuñada juntas. «Quedan mucho últimamente —piensa—. Siempre se han llevado a matar, y de repente…». Pilar sabe que los Balcells van a comprar la fábrica de Sabadell, una operación que se ha realizado bajo el más estricto secreto y que él ha negociado con la familia a través de Jaume. De hecho, Jaume lo mareó durante meses y Claudi tuvo que sacarse un as de la manga, unas fotos sexuales que guarda a buen recaudo, que comprometen la imagen del señor Balcells y que lo han forzado a anticipar la firma para principios del año siguiente. ¿Jaume informó a Mireia sobre la venta y por eso acudió a su despacho hecha una furia? ¿Fue Mireia quien se lo contó a Pilar? Esa idea ha pasado más de una vez por su cabeza. Es más, ¿las dos mujeres discuten los pormenores de la compañía cuando se encuentran?

El metro hace una primera parada en la estación de Diagonal, donde se sirve un refrigerio a los invitados. Copa en mano, Claudi continúa con las especulaciones. Sin los americanos, ellas no pueden hacerle daño. Tampoco se imagina a Pilar conspirando en su contra, pero Mireia es otro cantar. «Imposible —considera—, Pilar nunca confiaría en su cuñada, siempre la critica». De repente, cuando sube al vagón que lo llevará hasta la plaza Lesseps, recuerda que Vincent y Mireia se saludaron con familiaridad en la última reunión de la junta y que hablaron largo y tendido tras finalizar la sesión. Aunque entonces no le dio importancia, ahora lo considera un trato insólito. ¿Cuándo nació esta complicidad? Los tres juntos podrían echarle. «No —se dice tras llegar a dicha conclusión—, estás viendo puñales sin afilar».

Tras volver a la plaza Catalunya con el mismo tren, se forma una caravana de automóviles que traslada la comitiva hasta el Ritz, en cuyo salón de fiestas se sirve un banquete. El metro ya está inaugurado y ofrecerá un servicio regular de siete de la mañana a una de la madrugada a partir del día siguiente. Cuando llegan los postres, y con varias copas de más entre pecho y espalda, otro detalle acude a la mente de Claudi: no entiende por qué Marta ha vuelto a trabajar para él. «No sé cómo tienes esto así —le dijo Marta días atrás en referencia al desorden imperante en

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la habitación de hotel que él usa como guarida—. Estoy segura de que tu mujer lo recogería todo en un periquete. Ese despacho que tienes en tu casa, ¿también es una pocilga? —continuó con ironía—. Me imagino a Pilar de los nervios cada vez que piensa que hay un despacho tan desordenado bajo su techo. Y encima no tiene la llave para entrar y ponerle remedio».

Un camarero le trae un whisky, que Claudi contempla absorto. Marta considera que su mujer es una entusiasta del orden. Está bien, eso podría habérselo explicado él mismo; sin embargo, ella no haría un comentario así si no la conociera. Asimismo, ¿cómo sabe que Pilar no puede entrar en su despacho? Que él recuerde, nunca se lo ha contado. Hay más. Le ha preguntado varias veces sobre sus encuentros con los directivos de la J. & P. Coats. Muy bien, Marta lo odia, trabaja como secretaria en la pequeña empresa que Vincent dirige y ha tenido algún tipo de contacto con Pilar. Pero ¿cuándo? ¿Por qué?

Sin más dilación, se acaba la copa de un trago y abandona el Ritz a toda prisa. Hace tres semanas que su mujer duerme en el piso familiar, y es allí adonde se dirige enfurecido, atemorizado y con ganas de desahogarse.

En la radio, el cuarteto Nice interpreta el foxtrot Dancing Honeymoon, de Philip Braham. Es alegre, jovial, tan dulce como los viajes de novios deberían resultar. Pilar ha decidido comprar también un receptor para el piso familiar. Se ha aficionado a escuchar la música y el resto de los contenidos que ofrece la EAJ-1. «Me hace compañía», se dice a sí misma.

Sobre la mesa de té hay tres limonadas cargadas de menta y hielo. Sentadas en el sofá de tapicería verde esmeralda, acabados dorados y cojines antaño de un blanco impoluto, Mireia y Pilar contemplan el vacío mientras esperan que Juana termine de colocar las pastitas que ha comprado en el Foix de Sarrià. Acomodada en una de las butacas, Marta observa el esplendor marchito del salón en el que se encuentra. Todavía la sorprenden los dos retratos que presiden la estancia: uno plasma la altivez de don Julià Puig; el otro retrata a doña Teresa Puig, que desafía al infinito con la mirada. Las tres mujeres se han citado en el piso familiar para ultimar los cabos sueltos del golpe de Estado que se disponen a dar en la Puig & Mckey. Huelga decir que apenas necesitan repasar un paso, todas conocen y controlan hasta el último detalle; no obstante, han fraguado una

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alianza de confianza frágil y, a cinco días de la culminación del complot, la reunión afianza el compromiso de las tres mujeres con la causa y ahuyenta el temor a posibles traiciones o cambios de opinión.

—Mis contactos en la administración no nos ofrecen respuestas — explica Pilar a Marta para romper el hielo—. De momento, he hablado con diferentes orfanatos y no he encontrado ninguna pista. Es complicado porque no conocemos el nombre o los apellidos de las niñas. Ni Kohen ni tú constáis en ninguna adopción realizada en las fechas que nos comentaste, y es imposible comprobar si las madres que aparecen en las fichas existen porque muchas de ellas dan nombres falsos cuando las abandonan. Podría ser que tus hijas hubieran sido entregadas a sus padres adoptivos sin ningún intermediario, y ahí poco podríamos hacer. Tengamos paciencia, querida, Roma no se construyó en un día.

—Muchas gracias, doña Pilar. Está siendo usted muy amable.

—Por Dios, Marta, deja de llamarnos doñas y de ser tan educada —la interrumpe Mireia—. Estamos en el mismo barco, no creo que sean necesarios los formalismos.

—Pues yo estoy cómoda con el trato —le rebate su cuñada.

Juana abandona el salón con una mescolanza de alegría y preocupación porque es consciente del riesgo que corren. Su principal temor no es la reacción del señor Guitart, porque han contratado a varios guardaespaldas que las protegerán de su cólera, sino las repercusiones que ellas puedan llegar a padecer si la artimaña se filtra a la prensa antes o después de su ejecución. Otra duda la inquieta: ¿podrá Mireia manipular a Vincent a su antojo?

Sumergida en estos pensamientos, el ama de llaves enfila el pasillo cuando suena el timbre. Su ensimismamiento es tal que abre la puerta sin preguntar quién se encuentra al otro lado y sin comprobarlo por la mirilla. Apenas baja la manilla y tira de ella hacia dentro, siente un fuerte impulso que la lanza violentamente contra el suelo. Alguien acaba de empujar la puerta desde fuera y ahora entra en el recibidor con agresividad. Se trata de Claudi, que pasa por su lado al tiempo que grita improperios e insultos, la mayor parte dirigidos a Pilar. Juana pone los ojos como platos ante la que se les viene encima, pues sabe que el señor terminará de enloquecer tan pronto como vea a las tres mujeres reunidas en el salón.

Claudi ha visto cómo Juana se precipitaba al suelo y ha pasado de largo sin preocuparse por su estado. Le urge pedir explicaciones a su

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mujer, necesita comprobar que sus sospechas son infundadas. Avanza por el pasillo del piso en el que ha soportado la mayor parte de las humillaciones perpetradas por la familia Puig. Él, un simple abogado, ha ganado la partida, y no está dispuesto a malograr sus esfuerzos por una mujer estúpida y amargada.

Hecho un torbellino y con la cara desencajada, se detiene en la puerta del salón. La imagen con la que se encuentra corrobora lo que viene barruntando durante las últimas horas. Podría respirar hondo y actuar con sangre fría, amenazarlas, sonsacar sus intenciones por la fuerza y, finalmente, poner remedio al entuerto; sin embargo, la sangre le hierve y la pulsión destructiva que acostumbra a guiarlo ha tomado las riendas de sus decisiones. Se odia a sí mismo, un gallo incapaz de controlar el gallinero, otra evidencia de que nadie lo quiere ni lo respeta.

—¿Se puede saber qué pasa aquí? —espeta con un hilillo de voz. Apenas han transcurrido unos segundos entre el primer grito que el

abogado ha emitido en el recibidor y su aparición en el salón, así que las tres mujeres no han tenido capacidad de reacción. Ahora se levantan sin saber a qué atenerse. Temen lo peor, y solo Marta busca un objeto con el que defenderse. Mireia clava los ojos en Pilar en busca de su complicidad, pero su cuñada, horrorizada, permanece atenta a los movimientos de Claudi; así que cruza la mirada con Marta, quien le señala el atizador y la pala de la chimenea con un gesto. Mireia comprende el mensaje y devuelve la atención al abogado.

—¡Sois todas unas hijas de puta! —dice a voz en grito—. ¿Se puede saber qué leches está pasando? ¿Qué hace esa aquí? —pregunta refiriéndose a Marta.

Cuando la aludida se dispone a responder, se da cuenta de que no le salen las palabras. Se ha quedado congelada y no entiende por qué. Es Pilar la que se aventura a hablar:

—Querido, siéntate y te lo contaremos todo. No tenemos nada que ocultar.

Pilar intenta ganar tiempo. Primero debe calmar a Claudi, luego ya se inventará una excusa convincente que salvará la situación. En cinco días convocarán la junta de urgencia. No queda tanto tiempo. Seguro que podrá manipular a su marido hasta entonces. Aguantará, tiene que aguantar. Su mente conjetura excusas a gran velocidad. Podría decirle que ha

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descubierto que Marta es su amante, que la ha citado para ofrecerle dinero a cambio de que lo abandone.

—¡A mí no me digas lo que tengo que hacer! —responde él—. ¡Me sentaré si me da la gana! ¡Has cambiado! —grita, descontrolado—. Lo veo en tus ojos. Ya no me respetas. ¿Por eso quieres joderme?

—Por favor, cuñado, cálmate y atiende a razones. Quédate de pie o siéntate, haz lo que te dé la gana. Solo escucha.

El sudor empapa la frente de Claudi, a quien le tiemblan las manos.

Por sus venas corre la sangre de cien mil sabuesos rabiosos.

—Mireia, tú no eres nadie. Una señorona que lo ha tenido todo en la vida. No me trates como si fuera uno más de tus plebeyos, reina de pacotilla. No eres más que un chiste.

—Tú sí que eres un chiste —espeta Pilar sin poder evitarlo. En cuanto termina la frase, se lleva las manos a la boca. Sabe que ya no hay marcha atrás.

Presa de la furia, Claudi cruza el salón, aparta la mesita de té de una patada y da un puñetazo a su mujer en el vientre. El grito de dolor de Pilar despierta a Marta de su letargo y, a coro con Mireia, le implora a Claudi que se detenga. El abogado hace caso omiso de las súplicas, agarra a Pilar por los brazos, la zarandea y la lanza al suelo. Se dispone a darle una patada, pero cambia de opinión y, acto seguido, coge un florero y se lo arroja contra el pecho. El jarrón se hace añicos al tiempo que la voluntad de Pilar: cree que no sale con vida de esta.

Marta y Mireia se acercan a la chimenea y agarran un arma cada una. Claudi le está dando un puntapié a Pilar en el mismo momento en que Mireia le atiza un golpe fuerte y sonoro con la pala. Le da de lleno en la cabeza, y contra todo pronóstico, a pesar de que la sangre le resbala por la nuca, el hombre aguanta el porrazo estoicamente y se gira para contraatacar. Mientras él se abalanza sobre la viuda con la intención de agredirla, Marta le clava el gancho del atizador en la espalda. El señor Guitart emite un sonido gutural seco y profundo. El útil de la chimenea cae al suelo. Claudi, desorientado, grita de rabia y de dolor. Es un perro de caza con un único objetivo: acabar con sus presas.

Se da la vuelta y propina una bofetada a Marta. Luego la empuja y la mujer se desploma. Mientras tanto, Mireia se acerca a Pilar para comprobar cómo se encuentra y la ayuda a incorporarse. El señor Guitart no les da tregua y patea a Marta.

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—Por Dios, Claudi, déjala estar. ¡La vas a matar! —grita Pilar.

El tango Modabía que suena en la radio no amilana a Claudi, todo lo contrario: sin percatarse de que está perdiendo mucha sangre por el agujero de la espalda, se gira poseído por unas ganas imperiosas de acabar con Pilar y se dirige hacia ella con los brazos extendidos y la boca abierta. Sin embargo, le duele la cabeza y el torso, y no avanza con la fuerza que cabría esperar. Mireia y Pilar, conscientes de la embestida que les espera, se levantan al unísono y empujan a Claudi antes de que llegue a tocarlas. El hombre trastabilla, pierde el equilibrio, se precipita bruscamente hacia atrás y se golpea la nuca contra el canto de la mesita de té. Esta se inclina y los vasos de limonada resbalan e impactan en la frente del abogado. La sangre sale a borbotones de la cabeza de Claudi, que permanece en el suelo sin posibilidad de moverse. Entonces, Juana entra en el salón.

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12 de mayo de 1925

Las ventanas están abiertas de par en par debido al inusual calor que

atiza la ciudad en este mes de mayo, y también porque la sala está llena a rebosar. Un número importante de mujeres y otro más reducido de hombres se han reunido en el centro librepensador Alma Libre para ser testigos del nacimiento de La Luz del Futuro, un semanario que trata temas femeninos y que se define como una herramienta para la liberación de la mujer. Desde que Miguel Primo de Rivera tomó el poder por la fuerza, han cerrado el centro en varias ocasiones dado que alberga reuniones de diversos colectivos que operan en la clandestinidad.

Una voz intenta alzarse por encima de los gritos de los hinchas del Fútbol Club Barcelona que celebran en la calle la victoria del recién proclamado campeón de España. La voz pertenece a Caterina, que presenta con entusiasmo el primer número de la publicación mientras dedica varias miradas de complicidad a su amiga Mireia.

—Durante las últimas décadas, mujeres cultas, preparadas y vinculadas al activismo político, pero también trabajadoras de fábricas y costureras se han pronunciado, se han organizado y se han reunido para demostrar que nos merecemos más, que somos capaces de mucho más.

Desde la primera fila, Pilar escucha sin prestar atención. Se pregunta si es necesario que Caterina se haya subido a una silla para dar el discurso, no procede que una dama como ella se comporte como una cenetista de tres al cuarto. Las organizadoras han apelotonado las sillas y la mesa de la sala contra la pared y han habilitado un generoso espacio para que los invitados sigan el evento de pie. La señora Puig no se ha preocupado por

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disimular con maquillaje sus pronunciadas ojeras o la palidez de su piel, tampoco da importancia a que su cuerpo haya adelgazado de nuevo hasta alcanzar límites que parecían imposibles. No luce su moño habitual, lleva el pelo suelto y algo sucio. Parece que la pulcritud que la caracterizaba se ha esfumado tras años de fidelidad. Se muestra malhumorada, desorientada y abstraída por sus penas durante la mayor parte del día; sin embargo, asegura que se encuentra «mejor que nunca».

—Nuestras compañeras provienen de los más diversos idearios. Tenemos republicanas, socialistas, anarquistas, librepensadoras y monárquicas, diferencias que no deberían ser un obstáculo para nuestros propósitos: la emancipación de la mujer, la educación y, por qué no, la lucha por el sufragio universal tal y como hacen nuestras compañeras de otros países.

Mireia, en cambio, escucha a Caterina con devoción. Lleva el pelo corto como las flappers y luce un vestido de tirantes que le descubre los hombros y le dibuja un escote más generoso de lo habitual, aunque terminado en una falda que le llega hasta los tobillos. Sus pupilas y su alma brillan porque se ha deshecho del corsé autoimpuesto que la constreñía, y ahora, libre de los prejuicios adquiridos, desea dedicar su vida a luchar por sus derechos. Al menos, eso es lo que se dice cada mañana cuando se levanta.

—Ya lo hicieron mujeres de pensamiento tan dispar como Teresa Claramunt, Ángeles López de Ayala y Amalia Domingo Soler cuando crearon la Sociedad Autónoma de Mujeres de Barcelona en los estertores del siglo pasado: separaron sus diferencias por el bien común. —Se detiene, asiente y comprueba que tiene la atención de la sala—. Es más, algunos hombres secundaron sus demandas y las apoyaron, pero en los últimos años hemos dado varios pasos atrás. Les da miedo que conquistemos espacios públicos —continúa mientras hace aspavientos con los brazos para marcar la importancia de cada una de las palabras—, que tengamos voz, que les demostremos que somos iguales a ellos, y todo porque algunas activistas hemos dejado de ser una simple y amable anécdota folclórica y nos hemos convertido en un grano en su culo.

A la derecha de las cuñadas, Eulàlia atiende al discurso cogida de la mano de Marcel·lí. Él no ha dudado en acompañarlas y, de vez en cuando, la pareja se da un beso que incomoda a Pilar. Estas demostraciones públicas de afecto no podrían estar más fuera de lugar. Sin embargo, la

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mujer no emite queja alguna. Meses atrás, el semblante de Eulàlia reflejaba una tensión de la que no queda ni rastro. De hecho, la chica sonríe, se muestra cercana, feliz y de acuerdo con el discurso de Caterina. Se quiere cortar el pelo como ha hecho su tía y busca cómo contárselo a Pilar sin que se enfade.

—Por eso hemos creado La Luz del Futuro, un semanario que hablará sobre todos estos temas. —Sube el tono de su intervención—. Vivimos en una época de represión, el Directorio prohíbe partidos, sindicatos y organizaciones de todo tipo. Pero no nos callarán. —Tras varios aplausos, prosigue—: Quería dar las gracias a la Puig & Mckey por ser la principal benefactora de la publicación y a Mireia por nombrarme su directora. Ah, y por supuesto, también por participar como articulista.

Más aplausos seguidos de otras arengas de Caterina terminan con una invitación a colaborar económicamente con el proyecto. Finalizada la presentación, se reparten ejemplares entre los invitados y se forman los protocolarios corrillos en los que se intercambian impresiones variadas. Se sirve limonada y aperitivos. El ambiente es festivo y Mireia respira tranquila porque, de momento, la policía no ha aparecido.

—No sé por qué me has hecho venir, Mireia —le espeta su cuñada—.

Aquí no pinto nada.

—Sí que pintas, Pilar. Y recuerda todos los lugares a los que me has obligado a ir «por mi bien» —comenta Mireia con ironía—. Ahora es mi turno de devolverte el favor.

—Quizá tengas razón.

Mireia suspira, echa un vistazo a su alrededor y toma conciencia del éxito de la presentación. A pesar de la intensidad con la que vivió el inicio de este año, y de las largas jornadas de trabajo que acarrea a sus espaldas, considera que ha valido la pena hasta el último segundo invertido en la Puig & Mckey y en La Luz del Futuro. ¿Cuántos artículos les censurarán? ¿Les pondrán multas? ¿Les cerrarán el semanario? No lo sabe y le da igual, se guarda las preocupaciones para cuando se materialicen en un problema tangible.

—Esto es increíble —comenta Eulàlia—. Me sorprende que mi padre esté de acuerdo en invertir dinero en el semanario. Parece que su estancia en Argentina le está sentando muy bien.

—No hay nada como ver mundo, sobrina.

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El rostro de Pilar se oscurece cada vez que Eulàlia menciona a Claudi. No puede contarle una verdad que la quema por dentro, que choca con las creencias más arraigadas en su alma, que la convierten en una villana.

—Disculpadme —les dice Mireia—, me toca saludar a muchas de las aquí presentes. Coged un refrigerio, hablad con las invitadas…, disfrutad, vaya.

La señora Puig, Marcel·lí y Eulàlia permanecen en silencio unos segundos con el rumor de las acaloradas conversaciones que se mantienen a su alrededor como telón de fondo. Es Marcel·lí, que se muestra tan feliz como lo puede llegar a ser un hombre de su edad con una madre fallecida en tan aciagas circunstancias, quien se atreve a romper el hielo.

—Doña Pilar, le agradecemos todo lo que está haciendo por nosotros. —La mujer sonríe, es enorme el afecto que siente por el chico—. Pero tenemos dudas: no sabemos si debemos casarnos tan pronto. Quizá podríamos esperar a que Eulàlia sea un poco más mayor.

—Habéis conseguido la bendición de mi marido —le responde Pilar con el corazón en un puño—, y ya lo sabéis, es alguien que cambia muy rápido de opinión. Aprovechad ahora, pues cuando Dios os una, no habrá hombre que os separe.

Eulàlia sonríe, no cabe duda de que el cambio de parecer de su padre la llena de felicidad. No obstante, comprende las palabras de Pilar y asiente conocedora de la volatilidad de las decisiones que este toma. De hecho, a veces se cuestiona si estos meses han sido un sueño. Claudi se marchó precipitadamente a Argentina a principios de año sin ni siquiera despedirse. Pilar le contó que el señor Guitart había encontrado una gran oportunidad para expandir la empresa en Buenos Aires y que se había lanzado a la mar para aprovecharla.

—Ahora nadie me va a separar de este tirillas —afirma Eulàlia, sonriente.

—¡Oye! —se queja él.

A finales de enero, Eulàlia recibió una carta que la dejó asombrada. Estaba firmada por su padre, pero ella no lo reconoció en aquellas palabras ni en el estilo en que estaba escrita. Claudi le contaba que, tras un sinfín de conversaciones con Pilar, y tomando la perspectiva que brinda la añoranza de la patria y de la familia, había entendido que a veces se comportaba de manera injusta. Le dio permiso para romper el compromiso con Amadeu Vallespir y la animó a volver a la Escuela de Bibliotecarias. Además, le

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pidió que cuidara de su hermana pequeña y de Pilar en su ausencia. Un cambio radical que la abrumó tanto como la llenó de alegría. Tras hablarlo con la señora Puig, quien aseguraba que las nuevas opiniones de Claudi eran reales, abrazó la idea sin pensárselo dos veces, rompió el compromiso con el heredero de los Vallespir y se fue corriendo a casa de Marcel·lí para declararse al chico. Aunque obró con una actitud indigna de una señorita de su rango, se dejó llevar por el impulso porque no deseaba más malentendidos ni caminos angostos. El noviazgo con Amadeu había sido un infierno y amaba a Marcel·lí en cuerpo y alma. ¿Por qué arriesgarse a perderlo otra vez? Aquella reflexión se la regaló Pilar entonces y, ahora, la señora Puig usa los mismos argumentos con motivo de la boda.

—Debo decir que la suerte nos sonríe —prosigue Marcel·lí—. Mi padre y usted nos prometen sustento económico mientras estudiamos, y estamos realmente enamorados… —se detiene—, ¿verdad? —Eulàlia lo mira sonriente y lo abraza—. Si le soy sincero, debo confesarle que con tan solo un abrazo suyo me olvido de la dictadura en que vivimos, de los problemas que acechan a Europa y de la ausencia de mi madre.

Pilar esboza una mueca risueña. Ese chico se merece el cielo. Sabe que, si Irene estuviera viva, ambas brindarían e imaginarían el futuro brillante que le espera a la pareja. Sin duda, el amor que se profesan es uno de los pocos combustibles que dan aliento a la señora Puig en estos días.

—Me alegro por vosotros, chicos.

—Muchas gracias, doña Pilar. Lo único que me preocupa ahora es el devenir del país. —Pilar lo escucha con atención, sorprendida por el comentario—. En marzo clausuraron la Mancomunitat, y es una vergüenza porque costó mucho agrupar las cuatro diputaciones catalanas. —«Tú apenas tenías cinco años, chico», piensa la señora Puig—. Dieron la excusa de siempre, que era un peligro para la unidad nacional y que la base del país debería estar en los ayuntamientos. Son unos crápulas, la verdad. La Mancomunitat ha construido infraestructuras —Marcel·lí habla cada vez más airado—, ha modernizado la educación primaria y la asistencia social, ha creado una red de bibliotecas extensa y ha hecho muchas cosas más. ¿Qué más van a cerrar, nuestras propias casas? Ese Primo está cargándose todo lo bueno porque tiene miedo de perder el poder.

«Nunca había escuchado al muchacho expresar sus opiniones políticas —piensa Pilar—. Espero que no se vuelva un radical».

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—Te doy la razón —interviene Eulàlia—. Dicen que van a cerrar también la Escuela de Bibliotecarias y que la van a sustituir por una Escuela de Estudios Superiores de la Mujer. Ahora que había vuelto a reengancharme a las clases… Espero que al menos pueda terminar el curso.

—Pues, la verdad, el año pasado apenas hubo atentados en las calles de Barcelona, y sabéis que años atrás los había a centenares —comenta Pilar.

Marcel·lí prefiere no responder a su futura suegra por respeto al vínculo que los une. La velada transcurre bajo un velo de júbilo mientras diferentes personas se aproximan para saludarlos. Pilar se esfuerza por parecer cordial y entera, pero a duras penas lo consigue. Al cabo de un rato, Mireia vuelve al grupo con una sonrisa de oreja a oreja que irrita a su cuñada.

—Qué, familia, ¿cómo os lo estáis pasando?

—Fenomenal, doña Mireia —le dice el chico—. He aprendido muchas cosas hoy.

—Este mundo necesita más hombres como tú, Marcel·lí —le responde

—. Necesitamos más varones que nos apoyen.

—En efecto, necesitamos más varones con letra uve, pues los barones

que se escriben con be nunca traen nada bueno —dice una voz que se encuentra a espaldas de Mireia y Pilar.

Ambas se giran y descubren que el comentario pertenece a Francisca Romero, conocida en Europa como María Green, la gran actriz y cantante, el fenómeno que ha enamorado a Barcelona y a medio continente. Es una mujer de porte elegante y vestir estiloso, una artista que conquista y apresa con la mirada incluso antes de empezar a actuar. Pilar y Mireia la saludan con cordialidad ante las atónitas miradas de Eulàlia y de Marcel·lí.

—Y ellos son mi hija Eulàlia y su prometido Marcel·lí —dice Pilar sin apenas brío.

—Encantada, señora Green —balbucea la joven, exaltada por la presencia de la actriz.

—Un placer conocerla —dice Marcel·lí, algo más seguro que su prometida—. La verdad es que no sé cómo comportarme ante una artista de su talla. Jamás pensé que llegaría a conocerla.

Francisca sonríe, acostumbrada a este tipo de comentarios, y no duda en responder:

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—No se dejen engañar por la fama, queridos. Tras un nombre tan anunciado como María Green tan solo hay una mujer que necesita acudir a encuentros como este para reivindicar sus derechos. Y que conste que me veo en la obligación de hacerlo a pesar de que tengo más dinero que la mayoría de los hombres de esta ciudad.

—Francisca, le agradezco mucho que haya venido a esta presentación —comenta Mireia con cautela—. Es muy importante que nos apoyen personalidades como usted.

—Por supuesto, querida —le responde sin ni siquiera mirar a Mireia a los ojos—. Me sorprende que una empresa como la Puig & Mckey sea la benefactora de una publicación como La Luz del Futuro. Pero que conste que es una sorpresa positiva.

Eulàlia y Marcel·lí advierten el clima tenso que se respira en el ambiente.

—Siento mucho lo de su teatro del Paralelo —afirma Pilar con sinceridad—. Oí que el incendio fue provocado. Una verdadera lástima.

—Dicen tantas cosas que, al final del día, es mejor parecer sorda — responde la actriz—. Y muda. Verán, ahora soy la artista residente del teatro Olympia de París durante unos meses. Ha sido una bonita casualidad que esta semana esté en Barcelona y que haya podido acudir al evento. Que conste que lo hago convencida por la causa.

—¿Y su teatro? —pregunta Eulàlia con timidez.

—Ahora lo estamos reconstruyendo, pues el incendio se cebó bien con el edificio. Planeo volver definitivamente a la ciudad cuando esté acabado. Ya lo saben, las mujeres nos vemos obligadas a renacer de nuestras cenizas varias veces en la vida. En fin, siempre es un placer saludarlas.

María Green se despide y, tan pronto como se aleja del grupo, Eulàlia les pregunta a su madre y a su tía de qué la conocen y por qué se muestra tan hostil con Mireia.

—¿No os lo hemos contado nunca? —pregunta la señora Puig. Sin esperar a la respuesta, prosigue—: Ella sirvió en casa de mis padres cuando llegó a Barcelona. Era una cría, una buena chica con mucho carácter. El caso es que se llevaba a matar con mi hermano Josep, nunca supimos por qué, y supongo que, por ende, también odia a su mujer — concluye, mirando a su cuñada.

—Tiene que ser eso, porque yo no le he hecho nada —responde Mireia.

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—En otro orden de cosas, ¿puedo hablar a solas contigo?

—Por supuesto, Pilar.

Las cuñadas salen de la sala y buscan un lugar tranquilo al otro lado del pasillo. Se encuentran en una zona escasamente iluminada, así que ambas se sumergen en un espacio de claroscuros que vaticinan los derroteros que la conversación va a tomar.

—Esto está yendo demasiado lejos —dice la señora Puig sin tapujos

—. Me parece perfecto que dediquemos fondos de la empresa a la revista. —Se aparta el pelo de la cara con insistencia, no está acostumbrada a que le moleste—. A Irene le hubiera encantado tener un mecenas como tú, pero no deberíamos dejar que esta contribución sea de dominio público. Para que todo este paripé se sustente —asiente intermitentemente—, tenemos que despejar cualquier sospecha, y todo el mundo sabe que mi familia jamás habría sufragado La Luz del Futuro. Y Claudi, mucho menos.

—Está todo controlado, te lo prometo —la interrumpe Mireia, cansada de mantener la misma conversación—. Deja de preocuparte, tienes que confiar en mí. Las cartas de Claudi están surtiendo efecto, ahora dirijo la empresa desde la sombra con el beneplácito de tu marido. En la oficina me adoran, la producción y las ventas marchan, la vida nos favorece.

—¿Por eso te has cortado el pelo así? ¿Para aparentar qué?

—Hace poco leí un artículo de Carmen de Burgos, en un ejemplar antiguo de la revista Elegancias. Ella defiende el pelo corto como un símbolo de la mujer emancipada y comprometida con la conquista de su derecho al trabajo. No aparento nada, es una decisión política.

Pilar suspira porque se encuentra en las antípodas de entender lo que su cuñada le comenta. Mireia desearía que Marta estuviera presente. En estos meses se ha convertido en una buena amiga de las dos. De hecho, acostumbra a mediar entre ellas con delicadeza y efectividad cuando se enzarzan en una discusión como la presente.

—Debemos pensar otra alternativa —dice la señora Puig con la clara intención de ignorar el comentario anterior de Mireia—, o ir a la policía. Claudi no se puede quedar para siempre en Argentina, en algún momento nos pedirán que vuelva. Nos acabarán descubriendo.

—Verás —ahora es Mireia la que respira hondo para no lanzar la caballería contra Pilar—, hemos mejorado los salarios de los trabajadores, en breve inauguramos guarderías en todas nuestras fábricas, estamos

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revisando la seguridad de todas las salas de producción… y los beneficios apenas se resienten. Nuestras fábricas son ahora un lugar mejor, y todo gracias a nosotras.

—A eso me refiero, Mireia: cambios, cambios, son demasiados cambios realizados demasiado rápido en un país demasiado experto en dar pasos atrás. Y sin el director de la empresa en tierras barcelonesas. Tú ya me entiendes. A veces creo que te estás creyendo esta farsa.

—Esta farsa ha liberado a Eulàlia de las garras de Amadeu, está aumentando la producción de la compañía y está mejorando el mundo, al menos el de nuestros empleados. Ya veremos cómo nos las arreglamos en el futuro, oportunidades así no se presentan nunca para mujeres como nosotras. Y una cosa te diré: en vez de encerrarte en tu casa, podrías venir conmigo a las oficinas y ayudarme, que me estoy encargando yo solita de todo y tú no te preocupas de nada.

Una lágrima cae por la mejilla de la señora Puig, que cierra los ojos y se lleva la mano al corazón. La imagen de Claudi yaciendo en el suelo acude para importunarla por enésima vez. Ante semejante recuerdo, se llama a sí misma villana, asesina, pecadora. Turbada por un intenso tormento, Pilar sale corriendo hacia la puerta del centro y desaparece tras un portazo.

Mireia se detesta en estos instantes, acaba de atacar a su cuñada con crueldad, así que vuela detrás de ella para disculparse. Con cada escalón del edificio que desciende, crece su temor al infierno del que Pilar lleva semanas advirtiéndole: en cualquier momento podría desmoronarse lo ganado durante los últimos meses. Necesita que la señora Puig se lo recuerde, porque ella desoye los peligros de las decisiones que tomaron después del incidente de Claudi. «Lo hago por mi hijo —se dice—, debo concentrarme en el futuro».

En la planta baja, cruza el portal y sale a la calle a la carrera. No queda ni rastro de Pilar; sin embargo, se cruza con el señor Balcells.

—Sabía que te encontraría aquí —dice él, serio y a modo de saludo. —Lo siento mucho, Jaume, pero ahora no es el momento —responde

sin atreverse a mirarlo a la cara.

Mireia lo esquiva y enfila la calle en busca de su cuñada. Jaume tuerce el gesto y la agarra por el brazo para detenerla.

—No me toques —le advierte ella, nerviosa.

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—¿Por qué me tratas así? ¿Qué te he hecho? Si al menos me dieras una razón… —Jaume contiene una lágrima—. Te ayudé en todo lo que pude y, de la noche a la mañana, desapareciste. Dejaste de responder a mis llamadas, de devolverme los mensajes. ¿Qué más puedo hacer sino pararte en medio de la calle?

Mireia se detiene unos segundos y permanece en silencio. No sabe cómo debería tratarlo, por eso centra la vista en el suelo. Luego alza la mirada e intenta sonreír sin éxito.

—Jaume, lo sé. —El aprecio que siente hacia él es inmenso. Aunque le encantaría contárselo, sabe que sería contraproducente—. No me he aprovechado de ti, si es lo que piensas. Las cosas cambiaron, estamos jugando con fuego, y no quiero que te quemes. Es mejor que te alejes de mí.

—No me creo que Claudi esté en Argentina, no me creo que de repente la Puig & Mckey sea el paraíso del obrero. Me ocultas algo y no sé qué es. ¿Le estáis chantajeando?

—Por favor, deja de hacer preguntas —dice, agobiada, y luego con un tono más amable—: Lo siento, acepta mis disculpas y sigue con tu vida.

—Me equivoqué —espeta. Mireia aparta la mirada a la espera de una reprimenda, pero se equivoca—. Nunca te dije lo que siento por ti. Quería dejar a mi mujer y mandarlo todo al garete, pero tú has decidido apartarme de tu vida sin más, sin ni siquiera decirme por qué.

—No me hables sobre lo que es justo y sobre lo que no lo es, Jaume, porque no sabría ni por dónde empezar a contarte por qué mi vida y la de Pilar son injustas.

Dicho esto, Mireia enfila la calle sin tener claro qué dirección debe tomar y Jaume observa a la enésima mujer a la que ama con pasión y que se le escapa como arena entre las manos.

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15 de mayo de 1925

Marta se encuentra de pie ante un micrófono del estudio de Radio

Barcelona. Interpreta una escena de La vida es sueño junto al señor Toresky. El silencio acolchado de la sala la envuelve y la eleva hacia un estadio de concentración y emoción que solo creyó posible experimentar sobre los escenarios. El piano los acompaña para acolchar las palabras que ambos locutores declaman. Desde hace meses, Marta recita poemas y fragmentos teatrales gracias a la mano de Eugeni y, sobre todo, gracias al talento que está demostrando.

Aterrizó en el mundo del teatro para utilizar sus aptitudes como una herramienta al servicio de los propósitos de otros; sin embargo, con el tiempo se enamoró del arte interpretativo. Le parece imposible resumir el conjunto de causas que iniciaron su idilio con los escenarios, pero ella siempre destaca tres: la evasión y la libertad que sentía cuando encarnaba otro nombre, otra piel y otra sensibilidad; el sentimiento de pertenencia que experimentaba cada vez que se integraba en una compañía teatral, y las reacciones que sus actuaciones despertaban en el público.

Acotó su carrera a papeles secundarios, y no por falta de talento, sino por la discreción que su verdadero trabajo requería. En las noches de debilidad, las únicas en las que se permitía soñar con una vida alejada de los barrotes que la retenían, fantaseaba con convertirse en una actriz de éxito como Raquel Meller o María Green, en una artista que encabezara los principales carteles del Paralelo y que encarnara a diario a una de las heroínas más vitoreadas por la audiencia. Dejó el teatro porque no se creía merecedora de la fama y el cariño que los escenarios le brindaban, y se

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volcó en la interpretación del personaje de secretaria resolutiva de vida sencilla.

Ahora, la radio la está reconciliando con una ambición que creía olvidada. Actúa bajo el seudónimo de Señorita Rodríguez, un nombre común, vulgar, que la aleja de su verdadero yo, que la protege de los hombres que podrían reconocerla. La radio la resguarda, el estudio la abriga, los responsables del ente la tratan con respeto. Hoy ha sido Rosaura durante veinte minutos, un privilegio del que jamás creyó llegar a disfrutar. Por las mañanas trabaja en la Calcetería Núñez, y algunas tardes locuta en la radio aquello que le piden.

Cuando el fragmento de La vida es sueño termina, el anunciador presenta al cuarteto Nice, señal de que Marta debe abandonar el estudio para dejar paso a los músicos de la formación. Ella sale del Hotel Colón satisfecha, con la sensación de que la vida por fin le sonríe gracias a un Eugeni que la tiene prendada y a un nuevo medio de comunicación que la ha encandilado. Y es que la radio triunfa de una manera progresiva y sosegada, al mismo ritmo que su amor crece por el trompetista. ¿Se está dando por vencida con sus hijas? Quién sabe, está tan harta de compartir las jornadas con la zozobra que por eso se aferra a los pequeños instantes de paz para salir adelante.

Radio Barcelona está de moda. Los adeptos que capta a diario, así como las férreas críticas que recibe, lo demuestran. «No hay avance sin cavernícolas que intenten sofocarlos», asegura Eugeni cuando hablan sobre el tema. Ella siente que forma parte del futuro, así lo predican los socios y los fundadores de la emisora; y es que la ilusión y la esperanza pueden ser adictivas. La música en directo lidera la programación. La Cobla Orquestra Barcelona interpreta semanalmente un programa de sardanas. Algunos aficionados se reúnen para bailarlas en varios salones de la ciudad. La Orquestra Radio, creada especialmente para el sinhilismo de la ciudad, crece por momentos y asume retos musicales con Eugeni como miembro fijo. Otras formaciones, como la Orquestra Fatxendas, de Sabadell, o el cuarteto Nice, completan la familia del ente barcelonés.

Destacan también varias figuras de la cultura y el espectáculo que se enfrentan a los micrófonos cada semana con contenidos de lo más variopinto, sobre todo el señor Toresky, que recita poemarios, interpreta fragmentos de prosa y lee cuentos para niños. El locutor recibe un sinfín de cartas de admiradores que se muestran apasionados por sus dotes y por

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su voz. Son frecuentes las conferencias musicales y literarias, como la que ofreció Joan Borràs de Palau a principios de marzo con motivo del cincuenta aniversario del estreno en París de la ópera Carmen, de Bizet; pero también charlas de toda índole, como «El arte del detectivismo». Acaban de iniciar un curso de esperanto impartido por Artur Domènech Mas, miembro de la Federación Catalana de Esperantistas, que se emite los miércoles a las nueve de la noche. La radio se construye a partir del ensayo y error, y sus responsables atienden y temen los comentarios que socios y simpatizantes les envían por carta.

Marta enfila ahora el paseo de Gràcia y se fija en el cartel del teatro Novedades, que anuncia que esta noche se proyecta Venganza de mujer, dirigida por Frank Lloyd y protagonizada por Norma Talmadge, la sensación del momento. La locutora camina en dirección a la sala Werner, lugar desde el que se radiará un concierto en directo en treinta minutos. Ella no acostumbra a asistir a este tipo de recitales; sin embargo, Eugeni será el encargado de acariciar las notas del piano. Otra sorpresa que su amigo especial le tenía reservada: también toca el instrumento por el que se conoce a Rajmáninov. Al principio, Marta pensó que era un tipo reservado, pero el tiempo le ha revelado que no es más que un hombre sencillo que ama la música y que no rinde cuentas ante nadie. Eugeni no parece ocultar malas intenciones o pensamientos maquiavélicos; es más, los detalles de su biografía surgen de manera espontánea en las conversaciones, pues él no necesita alardear de sus virtudes ante los demás, y por eso es una caja de sorpresas positivas que se abre de vez en cuando. Hasta el momento, ella sabe que Eugeni se crio en un orfanato de Zaragoza y que tuvo la suerte de caerle en gracia a un lutier que lo tomó como aprendiz cuando era muy pequeño. El hombre le enseñó a tocar y a fabricar varios instrumentos. En el fondo, aquel artesano le regaló una vida y una pasión y, ahora, él devuelve el favor al destino con la música que interpreta para el deleite de los melómanos.

Marta llega a la sala Werner con el tiempo justo, se sienta en la última hilera de sillas y se deja prendar por el concierto. Dirigido por don Federico Longás, con Eugeni al piano y Fernando Guerín al violín, se interpretarán la Sonata a Kreutzer, de Beethoven, y el Nocturno op. 15 n.

º 2, de Chopin, entre otras piezas. La locutora no tiene claro si está realmente enamorada de Eugeni o de su arte, sabe que él la mira con admiración cuando ella ensaya los textos que luego recita delante del

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micrófono. El talento es el tercer miembro de su idilio, pero no actúa como el tercero en discordia precisamente.

Cuando la sonata llega al tercer movimiento, con las notas aceleradas y la exuberante alegría que la pieza desprende, Marta se sorprende de que el incidente de Claudi haya supuesto semejante punto de inflexión en su vida. Cada vez que piensa en los golpes que el Trampas le propinó, o en la sangre que brotó del cuerpo del mafioso, aleja las funestas imágenes de su cabeza, así como la culpa que las acompaña. «Se lo merecía», piensa. En poco menos de cinco meses, ha pasado del total desespero a sobrevolar la vida como si montara un caballo que cabalga por el tercer movimiento de la Kreutzer.

Un hombre la cuida y la mima. Una afirmación que hace poco parecía una utopía es ahora una realidad: Eugeni la considera más que un objeto de uso y disfrute. Marta se siente libre y fuerte, ama los detalles que Eugeni tiene con ella. Él se preocupa por su alimentación e incluso le prepara el desayuno con frecuencia; además, no le exige más de lo que ella es capaz de darle, no la obliga a encamarse con él si no le apetece, la consuela, tolera sus arrebatos y escucha cuando ella le recrimina los suyos propios. Desde sus primeras citas, él le consulta la toma de algunas decisiones y asiente cuando ella comparte su parecer. No opina sobre su forma de vestir y tampoco se enoja si ella habla con otros hombres en una fiesta o en un concierto.

Cuando se para a pensar en las actitudes de Eugeni y reflexiona sobre el calvario que le han hecho sufrir personajes como el Trampas, no comprende cómo ha podido soportarlo tanto tiempo. Recuerda a sus hijas con frecuencia, la necesidad de saber que están bien, su ilusión por recuperarlas, y se pregunta si vive encarcelada en un círculo vicioso del que jamás podrá escapar. Ha aguantado lo indecible por ellas y ahora, quizá, se está tomando una pausa necesaria. Con Eugeni omite tantos detalles de su pasado que se considera una embustera, una tirana que le robará la inocencia cuando él la desenmascare.

Y es que todo idilio tiene sus más y sus menos. Si Marta vive su amor por Eugeni como un vaivén de emociones, la relación entre Barcelona y la radio tampoco ha sido un camino de rosas. Algunos propietarios se niegan a permitir que se instalen antenas receptoras en las azoteas de los edificios en los que residen por motivos descabellados. Artistas de diferente índole y categoría han entonado delante de los micrófonos: desde «intérpretes del

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género ínfimo hasta cantantes que han abordado fragmentos de la más alta lírica», tal y como defiende la propia estación. Sin embargo, empresarios y concertistas han acusado a la EAJ-1 de contratar a personas de poco talento, denuncias a las que los responsables de la emisora responden con comentarios mordaces en su propia revista.

Los teatros y la Sociedad de Autores siguen en pie de guerra contra la radio, no permiten retransmisiones de sus obras ni dejan que se radien fragmentos de títulos cuya propiedad les pertenece. Sienten que el sinhilismo es el enemigo que viene a terminar con el negocio y no comprenden que las obras emitidas por las estaciones de Nueva York y de Londres se convierten luego en éxitos de taquilla. Luego está el Liceu, que gracias a la visión de su director, Joan Mestres, se ha sumado a la aventura de las ondas y, desde enero, permite retransmitir y comentar en directo una ópera a la semana. Es uno de los espacios de más éxito y, aun así, se pudo leer un artículo hace unas semanas en el que se criticaba la emisión de obras ligeras de estructura, como El barbero o Rigoletto, en lugar de otras más filosóficas y de profundas sonoridades, como las de Wagner. Todo el mundo tiene algo que decir sobre la radio.

Marta se pregunta si la radio podría ser el primer medio conquistado por las mujeres y si ella podría tener un papel activo e importante en dicha utopía. Nace un sueño, una esperanza, un anhelo y una ambición que esperan materializarse a través de las llamadas «orejas de acero».

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25 de mayo de 1925

—Desde que papá se fue a Argentina, pareces preocupada a todas

horas. ¿Te pasa algo? —pregunta Eulàlia bajo la atenta mirada de su hermana Teresa.

—No, hija, no me pasa nada. Simplemente estoy cansada —miente la señora Puig.

Las tres desayunan en el comedor de casa. Tés, cafés, pan, embutido, mantequilla y mermelada ocupan la mesa. Parece que va a refrescar y Pilar insiste a sus hijas en que se lleven una chaqueta de punto por si el día no termina de levantar.

—Luego vendrá Marcel·lí. Tenemos un montón de cosas que hablar sobre la boda, y también nos gustaría que nos resolvieras algunas dudas. Te aviso que queremos celebrar el enlace en junio del año que viene.

—Lo que tú quieras, hija. Ya sabes que nada me hará más ilusión que ayudaros —la interrumpe Pilar. Tras tomar un sorbo de té, prosigue—: Total, tampoco tengo mucho más que hacer.

—También es importante que averigües cuándo volverá papá de Argentina —le responde con alegría mientras unta mermelada de naranja amarga sobre una rebanada de pan tostado—. ¿Cuánto tiempo le llevará abrir o gestionar, o como se diga, esos negocios? No entiendo qué mosca le ha picado, jamás vi que se interesara por el nuevo continente. Es raro.

La señora Puig palidece.

—Más rara eres tú, que te declaraste a Marcel·lí como si fueras el hombre —bromea Teresa.

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—La que sea normal de esta mesa, que tire la primera piedra —dice Eulàlia entre risas y le tira un trozo de pan con cariño—. En fin, mamá, a ver si sacamos algo en claro en su próxima carta.

«Me ha vuelto a llamar “mamá” —piensa Pilar—. Últimamente lo hace con más frecuencia».

—No te preocupes, hija. Le escribiré para preguntarle cuándo va a volver —miente Pilar.

En cuanto termina el desayuno, la señora Puig consulta el correo y encuentra un sobre remitido por Gustavo. Desde el día en que se conocieron en el café Royal, se ha encontrado varias veces con el policía. Él se pone en contacto con Pilar mediante carta, a la que ella responde citándole en el gabinete del piso familiar. El inspector entra por la puerta del servicio como si se tratara de un repartidor, para despistar, y, por lo general, informa sobre los tímidos avances de su investigación mientras ella lo escucha, porque es el único policía que le presta atención.

Pilar apenas se arregla el pelo como antes, lo lleva anudado sin gracia ni cuidado. Tras el idilio con los espejos al que sucumbió meses atrás, de nuevo detesta el reflejo que estos le devuelven. Desea confesar lo que sucedió. Terminar los días en casa y no en la cárcel para que sus hijas y su apellido mantengan el estatus que les pertenece. Aunque debería sentirse liberada, la culpa ha sido siempre el mal endémico de su temple. Por eso, cada vez que Pilar recuerda con simpatía las salidas de tono de Gustavo, su estómago se contrae y su pecho arde porque la imagen de Claudi ensangrentado la asalta con alevosía. Mató al padre de sus hijas.

Eulàlia y Teresa no deben enterarse de lo que sucedió por su propio bien. Considera que su cuñada no la entiende ni sabe reconfortarla. Marta se ha alzado como una amiga extraña que ahora forma parte de su vida, pero no considera adecuado molestarla con sus pesares. No debe desmoronarse ante el ama de llaves pese a la confianza que ambas se profesan. Es evidente que la señora Puig necesita consuelo como agua de mayo, y Gustavo, a pesar de que no ha resultado ser un inspector eficiente, la distrae, la anima y la valora; le muestra una devoción tierna y excitante, que a veces despierta la desconfianza de Pilar y otras, las fantasías más prohibidas. Ella no puede revelarle el devenir de su marido y, por lo tanto, él vive ajeno a su congoja; sin embargo, se ha convertido en una pequeña e inocente distracción, en un amigo imposible debido a los valores que antes la constreñían y que ahora le provocan una risa nerviosa.

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Si bien esta mañana no ha sucedido nada notable en la vida de Pilar, ella ha tomado un camino que lleva meses procrastinando. Tras el desayuno, se ha sentado en el despacho de Claudi con la intención de redactar sus pensamientos para airearlos tal y como Mireia le ha aconsejado; y solo ha escrito dos palabras: «Deseo morirme». A continuación, ha abierto el cajón superior del escritorio, ha sacado un papel con una dirección apuntada y ha salido a la calle en busca de un coche de punto. Las personas corrientes se convierten en héroes los días más inesperados.

Ahora, mientras avanza por la zona de barracas del barrio de Sant Antoni, una tenaz sensación de inseguridad la colma de dudas. La incomoda que su vestido cueste lo mismo que varios meses de alquiler de los habitáculos que la rodean. No tolera las miradas de desaprobación que los vecinos le dedican cuando se los cruza por las estrechas e insalubres calles que acumulan capas de suciedad. «Me podría haber disfrazado con ropas humildes para pasar desapercibida —piensa—. No, cada vez que me creo una Mata Hari, las desgracias me persiguen».

Hace muchas semanas que encontró esta dirección en el almacén de la calle Reina Amàlia. Debería habérselo explicado a Mireia y a Gustavo, pero no lo ha hecho. Tampoco se ha atrevido a seguir esta pista porque, en el fondo, la aterra lo que pueda llegar a encontrar. Una parte de Pilar necesita cerrar esta caja de Pandora para luego enterrarla y olvidarla. La otra vive sedienta de verdad y sueña con resolver el entuerto relacionado con la muerte de Irene.

Los solares que se encuentran entre las calles Rocafort y Tarragona, la Modelo y el Paralelo concentran varios laberintos de barracas, levantadas inicialmente alrededor de sectores de huertos. Los vecinos llaman «pasillos» a las callejuelas que separan los habitáculos, y «patios» a la suerte de plazas alzadas en medio de semejante desorden urbanístico. Una parte ínfima de sus habitantes han podido comprar su residencia; la mayoría pagan un alquiler de entre quince y treinta pesetas al mes a administradores de fincas privados tales como La Gran Urbe o el Centro de Defensa Mutua de la Propiedad.

A principios de siglo llegaron masivamente ciudadanos de toda Cataluña para buscarse la vida en una ciudad con un sector industrial que requería mano de obra. En la década de 1910, sobre todo durante la

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Primera Guerra Mundial, cuando Barcelona se convirtió en una de las fábricas de Europa gracias a la neutralidad española, los imitaron un sinfín de personas procedentes del resto del país; sin embargo, la Ciudad Condal no fue capaz de construir suficientes pisos para alojar a tantos recién llegados y, todavía ahora, oleadas de trabajadores siguen acudiendo a una metrópoli que les ofrece residencias indignas. Montjuïc, las periferias del Eixample desde Sant Antoni hasta Poblenou, la playa del Somorrostro, el barrio de Pequín —también en el litoral—, el Clot, la Sagrera y Sant Andreu acogen pasillos y patios de barracas mientras el Patronato de la Habitación de Barcelona busca alternativas desesperadamente.

Miseria, una parte importante del país vive en la miseria, y Primo de Rivera, a pesar de la propaganda y del clima de bonanza que se respira en los despachos y en la prensa, pospone la solución. Crea empleo a través de grandes obras públicas y de algunas empresas estatales actualmente en desarrollo, cuyos beneficios esquivan lugares como el que visita la señora Puig.

La dirección que está buscando carece de sentido en este laberinto de domicilios. Pertenece a unos solares que colindan con una de las calles principales proyectadas en los planos del Eixample de Cerdà, mas no se corresponde con ninguna barraca en particular. Llama a las puertas de los habitáculos que ocupan los terrenos en cuestión y nadie la atiende. Un vecino le explica que llevan deshabitados desde hace tiempo. Repara en uno de color cerúleo, pero no entiende por qué. Se encuentra ante un callejón sin salida que deriva en otra idea. Sin ser consciente del peligro al que se expone, Pilar decide buscar a la madre de Bernat dado que, en su declaración, el chico contaba que vivía en la zona. Sabe que debería visitarla por si saca algo en claro conversando con la mujer.

El vecino le indica la dirección de la barraca de la madre de Bernat y Pilar se encamina hacia allí. «Debería enviar a Gustavo, o a un detective», se repite a cada tanto. Tal y como la señora Puig descubrirá en breve, la mayoría de estas barracas son de obra, no superan los veinticinco metros cuadrados y disponen de una sala, donde también se ubica la cocina económica, y de uno o dos dormitorios. No hay espacio para el lavabo, así que sus habitantes se bañan en una casa de aseo que se halla en algún rincón de la maraña de calles.

Una vez en la entrada, llama y espera unos veinte segundos hasta que una señora canosa, de ojeras portentosas y cierto desgarbo físico, que viste

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un camisón sucio y mal colocado, la recibe. Esta lanza un austero «¿qué?» al que Pilar reacciona contrariada: se dispone a recriminarle sus modales, pero la mirada líquida de la mujer, cubierta por una capa de desesperanza y sostenida sobre una tristeza que ella conoce a la perfección, la frena.

—Buenos días —dice Pilar con cordialidad—. Verá, sé que no me conoce y que no debería estar aquí. Pero quería preguntarle por su hija. Tengo motivos para pensar que…

La puerta se cierra antes de que termine la frase. La señora Puig se exaspera. El recuerdo la asalta de nuevo: de toda la sangre que Claudi expulsó de su cuerpo, no puede quitarse de la cabeza el chorrito que le salía de la boca. Se dio un golpe fuerte en la cabeza, le atacaron por la espalda, ¿a qué herida correspondía tan nimio y rojizo riachuelo? Con el objeto de borrar la imagen de su cabeza, golpea la puerta con firmeza. Pide ayuda a la mujer que acaba de rechazarla, grita que necesita deshacer un entuerto tan laberíntico como las calles que la rodean. Lo único que consigue es una respuesta malhumorada que proviene del interior de la barraca. La madre de Bernat la emplaza a hablar con Herminia, la vecina de la casa de al lado.

—Y déjeme en paz —concluye a voz en grito—, yo no quiero saber nada de nadie, ¿me ha oído? Váyase por donde ha venido.

Pilar acepta la derrota, se dirige al habitáculo contiguo y da dos golpes secos a la puerta de metal oxidado. Esta vez la recibe una mujer de unos cuarenta años, emperifollada, de pelo rizado y exuberante, que se cubre el cuerpo semidesnudo con una bata de motivos orientales tan de moda en la década anterior. Exhibe un maquillaje excesivo y barato, y le dedica una mirada entre felina y curiosa, mejor dicho, expectante por averiguar qué tajada va a sacar de la visita.

—¿Qué quiere? —pregunta Herminia sin ni siquiera saludar como es debido.

—Verá, yo… No me cierre la puerta. Me manda su vecina, la de aquí al lado. —Titubea—. No sé muy bien qué hago aquí, la verdad. La hija de esa mujer murió ahorcada… Su hermano atacó a mi marido en casa…, en mi casa. —Consigue hablar con más firmeza—. Le responsabilizaba de la muerte de la chica y, bueno, descubrí que mi marido posee tres solares en esta zona. Pensé que quizá las propiedades y el ahorcamiento tenían alguna relación, pero no encuentro el hilo que lo conecta todo. Creo que él

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ha hecho algo malo… —Pilar no termina porque se sorprende hablando de Claudi como si estuviera vivo.

—¡Chis!, cállese. No puede decir esas barbaridades en plena calle. — Herminia agarra por el brazo a Pilar y la arrastra hacia el interior—. Dentro hablaremos más tranquilas.

Sin comerlo ni beberlo, la señora Puig se encuentra en una barraca claramente concebida para recibir a hombres de moral distraída. La cocina, una mesa con dos sillas y una cómoda comparten el espacio y Pilar puede vislumbrar, a través de una puerta entreabierta, una habitación con una cama, una pila y un grifo de agua corriente. De colores cálidos y estridentes, tanto las cortinas como la colcha están estampadas con motivos arabescos. Herminia la invita a sentarse a la mesa, le ofrece agua y se acomoda en la otra silla mientras escruta a su visita con la mirada.

—¿Me puede decir quién es usted? —pregunta, firme y preocupada.

Pilar se lo cuenta, y también lo que ha descubierto hasta el momento. Tan solo obvia la muerte de Irene. Aunque no debería mostrar sus cartas tan pronto, considera que no tiene nada que perder.

—Dígame por qué debería confiar en usted. Podría ser una actriz, una interesada o una secuaz que me está poniendo a prueba.

—Míreme. Vengo aquí y me expongo ante usted —responde abriendo los brazos para mostrar que no esconde nada—, porque quiero hacer el bien y enmendar el mal que haya causado mi marido. No tengo más argumentos, no puedo convencerla de otra manera.

—Usted habrá deducido a lo que me dedico —responde retadora—. No es algo que haya escogido, lo hago bajo coacción y no soy la única en esta zona. Tenemos una madama que nos gobierna con mano de hierro y que no duda en enviar a sus matones cuando no nos comportamos como ella desea. Ayúdeme a escapar, proporcióneme dinero y un lugar en el que empezar desde cero, y yo le contaré lo que sé. Usted tiene pinta de tener dinero. No crea —dice mientras abandona su tono soberbio—, no es mi deseo chantajearla, pero no tengo otra manera de salir de aquí.

La señora Puig, que hasta el momento había evitado el contacto con los objetos de la casa, que se ha sentado en contra de su voluntad y en el filo de la silla, y que se aferra al bolso como si fueran a robárselo en breve, alarga el brazo y toma la mano de Herminia. Esta suelta una leve sonrisa seguida de un suspiro, relaja los hombros y espera la respuesta de su visita.

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—Me encantaría ayudarla y me odio por lo que diré. No es que intente negociar, o quizá sí, ya no sé ni lo que hago. El caso es… ¿cómo sé que posee la información que me ofrece?

Herminia se levanta, entra en la habitación y abre un cajón de la cómoda, el único mueble de almacenaje que se ve desde la sala. Coge lo que parece una fotografía y vuelve a la mesa. Se trata de un retrato de varios hombres.

—Mire, cuando la vecina se ahorcó, me refiero a la hija, encontraron esta foto junto al cadáver. Días después, su madre fue a recuperar los efectos personales que la policía se había llevado para la investigación y me los entregó a mí para que los guardara. Ya ve usted, me dijo que no estaba preparada para mirarlos. —Herminia niega con la cabeza dejando claro que no entiende la decisión—. En fin, entre las pertenencias de la chica estaba esta foto. No sé si la devolvieron como aviso, o por error, ya sabe usted lo inútiles que pueden llegar a ser los policías. Ayúdeme y le contaré qué tienen que ver estos tipos con su muerte. Solo le diré que todo esto no es lo que parece.

Pilar se ha quedado muda. En la foto aparecen tres hombres. Claudi, el conde de Vallespir y su propio padre, don Julià Puig. La mujer se levanta poseída por un odio, un miedo y una incertidumbre que la trascienden.

—Está bien, déjeme unos días y la sacaré de aquí —dice algo airada. Herminia no entiende que Pilar actúa bajo el influjo de la fotografía e

interpreta que se ha levantado ofendida por su petición. Por eso intenta justificarse:

—Perdone que sea tan precavida, perdone que la obligue a ayudarme. No soy una mala persona, tampoco soy tan lista como otras. Solo sé que necesito salir de aquí. Hace más de un año acudió una señora adinerada como usted y me hizo preguntas similares. Hice el mismo trato con ella y se lo conté todo antes de que cumpliera su parte —dice con el gesto torcido—. Nunca más supe de ella. Por eso quiero asegurarme de que no me vuelve a pasar lo mismo.

El corazón de Pilar se acelera. La boca se le seca. —¿Esa mujer no se llamaría Irene Claramunt? —Sí, ¿la conoce?

Pilar cierra los ojos. La echa tanto de menos que, cada vez que el pasado de su amiga se convierte en su propio presente, se siente arrollada por un tranvía de emociones.

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7 de junio de 1925

Desde hace décadas se afirma que Barcelona da la espalda al mar, una

expresión que, en parte, refleja una realidad. El puerto, considerado el lugar más peligroso de la ciudad, especialmente la zona de los muelles de la Costa y Sant Beltran, cercanos a Montjuïc, y la playa, que en su mayoría está flanqueada por barracas, han sido áreas poco concurridas hasta hace algunos años. No obstante, cada vez es más común que tanto la población obrera como la del sector comercial se enfunden un traje de baño y se den un chapuzón para aliviar los días calurosos del verano. También es habitual que las clases acomodadas practiquen deportes acuáticos en los distintos clubes marítimos fundados en las últimas décadas.

Ajenas a estas nuevas tendencias, Pilar y Mireia actúan como pez fuera del agua en este momento. Han acudido al Real Club Marítimo de Barcelona, una de las principales y más prestigiosas organizaciones deportivas de Cataluña dedicada al remo y a la vela, cuya sede está situada al final del llamado muelle de Barcelona, allí donde empieza el Paralelo. Un par de días atrás, Pilar le mostró la fotografía a Mireia. Se inventó que la había recibido dentro de un sobre sin remitente y que venía acompañada por una nota que la señalaba como el retrato hallado junto al cadáver de la hermana de Bernat. La señora Puig ocultó el verdadero origen de la fotografía para encubrir su aventura en la zona de las barracas. Mireia cuestionó su autenticidad y las intenciones de la persona anónima que la había enviado; sin embargo, la dio por válida ante la insistencia de su cuñada. Blasfemó al ver a don Julià Puig en la imagen, pero se contuvo porque se trataba del padre de Pilar; asintió en el caso de Claudi, y no

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disimuló su sorpresa al reconocer al conde de Vallespir. También se preguntó por las circunstancias en las que fue tomada, pues la relación entre Claudi y don Julià no fue precisamente buena, y no acostumbraban a encontrarse en situaciones que acontecieran fuera de los eventos familiares.

El próximo paso estaba claro para Mireia: debían buscar la relación existente entre don Julià y los asesinatos. No obstante, lo pospuso para más adelante. Con buen criterio, consideró que Pilar no estaba preparada para enfrentarse a esa opción, y ni siquiera se atrevió a pensar en la posible implicación de su querido Josep. Así que se centró en el otro objetivo: dado que el Conde era uno de los socios fundadores del Marítimo, y que lo frecuenta semanalmente, se ofreció voluntaria para visitar el club y, de alguna manera, espiarlo. También consideró que debería hacerlo sin la señora Puig, pues la relación entre ambas familias no pasaba por el mejor momento debido a que Eulàlia había roto el compromiso con Amadeu. Es más, que los Vallespir intentaran unir su apellido con el de los Puig a través de una boda pactada con Claudi le olía a chamusquina. Pilar no dio su brazo a torcer, no iba a dejar que Mireia se pusiera en peligro sin ella.

—Pilar, ¿estás preocupada por mí? No, si ya sabía yo que acabarías queriéndome.

Tiempo atrás, la señora Puig habría respondido con una sonrisa tímida, o con un cariño, pero los últimos meses la han transformado en una sombra, esta vez de sí misma, que solo reacciona ante el dolor ajeno. Por eso torció el gesto y dio por cerrada la conversación, arrepentida de haberle contado a su cuñada el hallazgo de la fotografía. Pilar esperaba que Herminia se lo explicara todo cuando ligara la contraprestación, y por eso veía innecesario acudir al Marítimo. Sin embargo, se dejó llevar por la iniciativa de su cuñada porque necesitaba una distracción.

De esta guisa, Mireia se ha citado con Pilar en el piso de su cuñada y ha conseguido que se vista y se acicale como solía hacer, aunque sin el moño que la caracteriza. Acto seguido, ambas han tomado un coche de punto que quería dejarlas cerca del Marítimo. Pilar ha pedido al conductor que las lleve hasta la puerta, situada en la punta del muelle, pues «Dios sabe con lo que nos podremos cruzar por esa zona».

Después de echar un primer vistazo al edificio, Mireia ha entendido por qué comparan la sede del club con una botella de Calisay, el licor de hierbas de origen monacal: está coronado por una cúpula octogonal que

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acaba en una torre de vigía, un conjunto que recuerda a la botella. El Marítimo se sustenta sobre un semisótano construido a nivel del mar para facilitar las maniobras de botadura, de embarque y de desembarque, que consta de un hangar, de vestuarios, de duchas y de un almacén de material; una planta baja a pie de calle con un gran salón, una sala de juegos y las oficinas de administración; un primer piso, situado a los pies de la cúpula, que está rodeado por terrazas y que alberga el gimnasio y la sala de armas; y la torre, que ejerce de mirador en la parte más elevada y que dispone de un balcón circular a media altura. Sin duda, un edificio singular que tiene embelesadas a las cuñadas.

En este preciso momento, ambas deambulan por el salón en busca del Conde, desubicadas y con una copa de champán en las manos que Pilar apenas saborea. Dado que no lo encuentran aquí, deciden subir a la primera planta, donde se topan con un gimnasio plagado de boxeadores. Se acercan a la barandilla de la terraza que da al mar, a rebosar de socios que contemplan las regatas que se están celebrando. Ni rastro de don Llorenç Vallespir. El sol alumbra el puerto y el mar con esa luz primaveral que convierte la ciudad en un monumento espectacular.

De refilón, se enteran de que los participantes se están disputando una copa dedicada a un marqués, no han entendido cuál, y, tras presenciar varias tandas, concluyen que es una competición exclusivamente de remo. Divididas por categorías, participan yolas de dos remeros, outriggers y laúdes con más o menos tripulantes, todos ellos capitaneados por un timonel cuya función consiste en guiar la embarcación. A Pilar y a Mireia les llama la atención el esfuerzo que supone mover ese tipo de barcas con los remos, la pasión con la que tanto los participantes como el público viven las pruebas y la rivalidad que hay entre los diferentes clubes.

Ante semejante clima festivo, Pilar se relaja y se da cuenta de que es la primera vez que lo consigue en meses. A su derecha se encuentra el puerto industrial, que queda al pie de la montaña de Montjuïc; y a su izquierda, el muelle de España, con los barcos de pasajeros, las atarazanas y el resto del litoral de la ciudad al fondo. Una tímida brisa se desliza por el rostro de la señora Puig y relaja el calor que la atosiga mientras mira al horizonte en busca de respuestas. Está rodeada de ciudadanos de buenas familias que pasarán el día en el club para practicar deporte o para contemplarlo desde tierra. Qué simple podría haber sido la vida si se hubiera casado con un Marcel·lí de su época. No sabe cuál debería ser su propósito a partir de

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ahora. Tiene dos hijas que adora, pero un día se irán de casa. ¿Qué más puede hacer? Debería entregarse a la policía.

—¿Por qué lo llamarán «regatas»? —se aventura Pilar a preguntar para despejar sus pensamientos—. Parece una palabra más apropiada para el mundo del regadío.

—Pues verá usted, es el nombre que se le da a este tipo de competiciones —le responde un hombre vestido con unas bermudas deportivas y una camiseta de manga corta, aptas para remar y diseñadas con los colores del Marítimo—. Normalmente es una especie de carrera entre embarcaciones del mismo tipo que luchan por recorrer un trayecto en el menor tiempo posible. —Pilar odia a las personas que se toman libertades y Mireia, a los hombres que dan explicaciones que no ha pedido, así que ambas lo miran con una mescolanza de tedio y reprobación. Visto el panorama, el intruso sonríe para endulzar la situación—. Disculpen, no era mi intención molestarlas. Simplemente me ha extrañado que dos mujeres que acuden al club no sepan qué es una regata.

—¿Usted cree que es normal acercarse a dos señoras como nosotras vestido así? —le recrimina Pilar al hombre—. Además, ni siquiera nos ha contado por qué se usa la palabra en cuestión. El significado ya lo hemos deducido nosotras mientras observábamos las carreras acuáticas.

—Les pido disculpas de nuevo, señoras, hoy hay tantas regatas que los vestuarios y las duchas están a rebosar. Yo he competido hace un rato con una yola de dos tripulantes y hemos ganado —dice con orgullo—, pero me tocará esperar antes de poder adecentarme.

—¿Y por qué no espera en el embarcadero a que los vestuarios estén libres? —insiste Pilar para ganar el debate.

—Intuyo que no están acostumbradas a pasearse por el Marítimo, pues aquí se junta la ropa deportiva y la de calle sin que eso suponga un agravio para el decoro —le rebate el tipo con una sonrisa.

Cuando Pilar busca la complicidad de su cuñada para deshacerse del listillo, advierte que esta contempla al deportista con mirada felina y seductora. La señora Puig pone los ojos en blanco y piensa: «Dios nos coja confesados». Mireia, por su parte, ha calado al instante al hombre que tiene ante sí: es una persona segura de sí misma, caballerosa, espontánea, inteligente y leída, que no oculta su sensibilidad como lo hacen los tipos de generaciones anteriores. Sin anillo de casado y con un cuerpo atlético resaltado por la ropa deportiva, le parece un caramelo. Él es el paradigma

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del hombre moderno, el sportsman tan de moda en los años veinte, un prototipo social que nace en oposición a la figura que ha dominado la masculinidad hasta pocos años atrás, la del gentleman que, aparte de rechazar el culto al cuerpo, se definía más por la palabra que por la acción: un animal de salones y correveidiles que siempre ha mantenido las distancias a través de los modales y que ha perpetuado una doble moral tediosa para Mireia. Nada que ver con el nuevo sportsman.

—Para empezar, señor, debería usted decirnos su nombre. Es lo habitual independientemente de su atuendo —ordena Pilar.

En ese momento, Mireia deja de escucharlo porque advierte que el conde y la condesa de Vallespir acaban de subir a la terraza cogidos del brazo.

—Tiene usted razón. Me llamo Manel y soy pediatra. La verdad es que…

—Disculpe, don Manel, ha sido un placer charlar con usted. Tenemos que…, ha sido un placer —le interrumpe Mireia.

Acto seguido, agarra a Pilar por el antebrazo y se la lleva sin que esta entienda a qué se debe un cambio de actitud tan brusco.

—Pero ¿qué te pasa? ¿A qué vienen estas prisas? —pregunta la señora Puig mientras cruzan un corrillo de personas.

—Están allí, el Conde está allí, es nuestra oportunidad. Tú sígueme el truco —le responde cuando están a punto de alcanzar al matrimonio.

—¿Que te siga el qué? —atina Pilar a decir cuando se da cuenta de que su cuñada la está arrastrando directa hacia ellos.

De repente, Mireia embiste a la Condesa como si de un accidente se tratara y Pilar desea que la tierra se la trague.

—Disculpe, condesa, qué despistada que soy. No la he visto hasta que hemos chocado —dice Mireia para romper el hielo. Pilar traga saliva.

—¿Que Eulàlia rechazara a Amadeu no fue suficiente? ¿Ahora buscan nuevas formas de humillarnos? —espeta doña Carme de Vallespir.

—Nada más lejos de mi intención, condesa. Ha sido un accidente, ya sabe lo que se dice de mí, que soy una alocada —responde Mireia con una falsa sumisión.

—No se preocupe —interviene el Conde con una voz dulce y firme—. Estas cosas suceden incluso en los palacios. Nadie ha salido herido, así que demos gracias a la providencia por este cruce casual.

Pilar observa la situación aterrada desde una distancia prudencial.

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—Miren —espeta doña Carme—, no sé a qué juego están jugando, pero una familia de bien no rompe un compromiso sin dar explicaciones y luego actúa como si nada hubiera pasado. Y ahora, si me disculpan, voy a saludar a unos conocidos.

La Condesa se aleja ante la mirada incómoda del resto de sus interlocutores. Don Llorenç, acostumbrado a los desplantes de la mujer, entorna los ojos y luego recupera su sonrisa.

—No se lo tengan en cuenta —comenta—, defiende a su nieto a capa y espada. Es una gran mujer con un carácter tenaz.

El comentario del Conde sorprende a las cuñadas. Si él fuera uno de los responsables de los ahorcamientos, debería ser un monstruo y no un tipo comprensivo.

—Verá, sentimos mucho lo que sucedió —se disculpa Pilar—. Mi hija decidió que Amadeu no era la persona adecuada y, qué quiere que le diga, todos nos hemos casado por conveniencia. Ahora los tiempos están cambiando, por eso decidimos respetar la decisión de mi hija.

—Totalmente comprensible, doña Pilar. Me sabe mal, pero lo entiendo. Es usted una buena mujer, lo he sabido siempre, así que no le dé más vueltas. Su madre estaría orgullosa de usted. —El corazón de Pilar se encoje—. En otro orden de cosas, ¿a qué se debe esta visita al club? Nunca las había visto por aquí.

La confianza con la que don Llorenç y Pilar se tratan sorprende a Mireia porque su cuñada nunca se muestra cercana con personas ajenas a su círculo íntimo, y porque, además, ese hombre podría ser un delincuente y un asesino.

—Mi cuñada está pensando en practicar deporte y creo que este podría ser el lugar adecuado —dice Pilar, adelantándose a la respuesta de Mireia.

—Lo es, y aunque tengo mis reservas, algunas señoritas practican el remo. Fuera de las competiciones oficiales, claro está. Usted es una mujer decente, seguro que no le interesan estos menesteres.

Mireia se siente ofendida y contiene una réplica airada para no echar por tierra el embuste de la señora Puig. Decide retirarse y dejar que su cómplice termine con una misión que se le está dando de perlas.

—Si me perdonan, debo atender un asunto.

—No te preocupes, querida —le responde Pilar. Acto seguido, la ignora y centra su atención en el Conde—. Sobre su pregunta, don

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Llorenç, no, no soy persona de deporte. El mundo ya está demasiado patas arriba para que una mujer como yo haga ejercicio en público.

El conde de Vallespir es un hombre entrado en la setentena cuya mirada refleja los destellos de la juventud y los remordimientos de la vejez. No es ni muy robusto ni muy enclenque, no es talludo ni bajito, sus facciones no destacan en ninguno de sus atributos; se trata de un tipo que solo despunta por su título nobiliario y por la sensibilidad de sus maneras.

—¿Patas arriba? ¿Lo dice por el atentado?

—¿Qué atentado? —pregunta ella para hacerse la despistada. Aunque Pilar no desea hablar de política, comprende que es el único tema con el que podrá alargar la conversación.

—Unos cuantos jóvenes que pertenecen a un grupo hostil llamado La Bandera Negra, catalanista y contrario al Directorio, han intentado colocar una bomba en los túneles del Garraf con el rey como objetivo. Alguien los ha delatado y los han capturado a tiempo. Creo que el grupo está relacionado con Estat Català, que, como sabrá, es un partido que sigue activo en la clandestinidad.

—Dios mío, no me había enterado —miente la señora Puig.

—No se preocupe, el Directorio no ha dejado que se publique en los periódicos, ni lo va a hacer para no dar ideas. —El Conde niega con la cabeza y no esconde su preocupación. Pilar es incapaz de encontrar maldad alguna en este hombre—. Condeno encarecidamente actos como estos, pero también es verdad que no es prudente ignorarlos. Sé que vendrán más. En marzo desmantelaron la Mancomunitat definitivamente. —Don Llorenç expresa su tristeza con una mueca—. Y aunque el estado de guerra se ha levantado oficialmente, no se nota porque hay militares gobernando en todas las instituciones.

Parece que el Conde desea exponer su punto de vista y Pilar lo deja hablar para que confíe en ella. La señora Puig se arrepiente de haber salido de casa con el pelo suelto. Con su moño habitual se sentiría más segura de sí misma.

—Además —continúa el Conde—, los partidos han sido empujados a la clandestinidad y líderes como Francesc Macià, con el que no comulgo, viven en el exilio. Y me parece mal. —La mirada del Conde se pierde en el mar mientras prosigue con su perorata—: Primo de Rivera quiere construir un sistema de orden basado en conceptos tan ambiguos y poco humanistas como la unidad de España y, créame, nada bueno va a salir de

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eso. Este país siempre comete el mismo error: se centra en la bandera y deja de lado a las personas. Y si bien ha neutralizado la CNT gracias a la mano dura, que ya era hora, el sindicato volverá a resurgir porque la población pasa hambre. Tal y como predijo el bueno de Unamuno, es todo un desastre. —De pronto sale de su ensimismamiento—. Discúlpeme, no sé por qué la molesto con estas reflexiones de viejo.

—Es usted el primer conde progresista que conozco —dice Pilar, atreviéndose a bromear y sorprendida por sus dotes actorales.

—Para nada, soy un hombre de orden —responde el Conde con una sonrisa— y, al mismo tiempo, también soy lo suficientemente viejo para entender que la paz, la paz de verdad, la paz duradera, se alcanza con el pacto y no tras una guerra. Esto acabará mal, y espero no llegar a verlo. — De repente abandona el tono solemne—. Mire, si quiere, la invito a la próxima reunión de amigos que celebraré en casa para hablar de estos temas. Así seguro que aprende alguna cosa.

—Mi abuelo decía que el pacto es una bendición de Dios porque el compromiso nos hace libres.

Pilar continúa hablando un rato más con don Llorenç. En realidad, y sin saber muy bien cómo, la señora Puig interpreta el papel de su vida. El conde de Vallespir le produce un asco acérrimo. La propia idea de que esté relacionado con la muerte de Irene la estremece. No obstante, se siente moderadamente eufórica. Le ha demostrado a su cuñada que ella también puede ser persuasiva y ha conseguido lo que querían, meterse en la boca del lobo.

Mireia deambula acalorada por la terraza. Se pregunta si ha sido una buena idea dejar a Pilar a solas con don Llorenç. Apoya los brazos sobre la barandilla y observa la regata que tiene lugar sobre las aguas del Mediterráneo. Para su sorpresa, está protagonizada por mujeres que reciben los ánimos del público con júbilo. Manel entra en su campo de visión con unos modernos pantalones de cuadros, una americana ajustada y unas gafas de sol. Además, prescinde de sombrero y luce el pelo engominado. «A la moda y deportista —concluye Mireia—, todo lo contrario que mi Josep». El hombre sigue la regata sin acompañante, así que Mireia decide acercársele.

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—Esta es una de las pocas cosas que me han impresionado del club, que las mujeres también practiquen el remo en público —le dice a Manel sin mirarle a los ojos mientras, casi pegada a él, apoya los brazos en la barandilla.

—Es curioso, antes me ha dejado con la palabra en la boca y ahora me busca para compartir sus impresiones sobre el Marítimo —le responde con una sonrisa triunfal—. Pues sí, se trata de una regata de canoas de paseo para señoritas, pero ellas participan al margen de la competición oficial. — Entonces, Mireia se dispone a quejarse por la exclusión, pero él logra continuar sin que lo interrumpa—: Aunque en la mayoría de las ocasiones es un hombre el que ejerce de timonel cuando reman las señoritas, es usted espectadora de una excepción, porque hoy navegan solas y a pares. —Se detiene unos segundos, saca una pitillera del bolsillo interior de la americana, coge un cigarro, lo enciende y prosigue—: ¿Es usted una de esas mujeres que consideran que su género no está capacitado para sudar y pasarlo bien?

Mireia detecta segundas intenciones tras la pregunta de Manel y, a la vez, percibe que las palabras del hombre son más inocentes de lo que parecen. Es más, considera que no se ha dado ni cuenta. Su rostro angulado y sereno, sus ojos de color chocolate con leche y cargados de bondad, su mentón tan respingón que lo convierte en alguien fiable y su pelo castaño y repeinado le conceden un aire de no haber roto un plato.

—¡Qué mal me ha juzgado si piensa eso de mí! Cuántos artículos invertidos en difamar nuestras habilidades deportivas, cuánta tinta gastada para verter calumnias y mentiras sobre nosotras. Mire, le voy a rebatir los tres argumentos más usados en menos de quince segundos.

—Soy todo oídos.

—A los que defienden que la mujer no está capacitada para hacer ejercicio les diría que vengan a este club o a cualquier otro y observen lo bien que lo hacemos. Esas mujeres no son una excepción por su físico, lo son solo porque se atreven a subirse a un bote de los suyos. Sobre si las mujeres mantenemos el decoro cuando asistimos a eventos deportivos como parte del público, ya me dirá usted qué tipo de acto impúdico estoy cometiendo ahora mismo. Y sobre la compatibilidad del deporte con la belleza y la feminidad, estoy seguro de que a esas señoritas no se les ha agravado la voz por el simple hecho de remar.

—¿De dónde sale usted? Esa respuesta es digna de…

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—Sí, lo sé, de una articulista. Y sí, ya escribí sobre este tema el mes pasado. Debería usted leerlo en La Luz del Futuro, seguro que le revela alguna idea interesante.

La afirmación viene seguida de unas sonrisas que evidencian su complicidad y de una caída de ojos que ambos llevan a cabo al unísono. El agradable sonido del mar en calma los acompaña junto con la brisa que diluye el calor y que convierten el instante en un momento perfecto. En cinco minutos, Pilar vendrá a buscar a Mireia para llevársela de nuevo al Eixample y esta la seguirá a regañadientes y con la duda de si volverá a encontrarse con Manel.

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8 de junio de 1925

Los días transitan sobre un carruaje de tranquilidad en el que Marta

jamás pensó que viajaría. Sin decir agua va, sus preocupaciones se limitan a llegar a tiempo a su trabajo en Calcetería Núñez, a ensayar sus intervenciones radiofónicas y a calmar a las vecinas que se muestran inquietas porque Eugeni todavía no ha pedido su mano. Los fantasmas más despiadados le han dado una tregua, pero podrían atraparla en cualquier momento. Ella huye del dolor y de la culpa y agarra su colgante con forma de estrella para calmar los pensamientos más hirientes.

Aunque no vive con Eugeni, pasa la mayor parte de las noches junto a él. Compañero de batallas por sorpresa, su galantería y su capacidad de comprensión han desarmado por completo a Marta, quien ha bajado la guardia como lo hacen los guerreros que se retiran a descansar tras ganar la batalla. Ella disfruta desayunando a su lado, incluso se preocupa por tener pan y embutido con el que complacerlo, y cuando los miedos la sobrevienen, él dice esa palabra o le regala ese abrazo que los aplacan cual medicina infalible. Ciertamente, Marta vive en una nube de la que teme caerse en cualquier momento.

Hoy ha acudido a la radio para leer los poemas de un escritor en ciernes que ha pedido específicamente que ella les ponga voz. Su calidez deja huella. Eugeni ha tocado con la Radio Orquestra hace un rato y, después del concierto, el director del ente le ha pedido que se quede hasta el final de la emisión porque ha fallado un dueto que debía interpretar un par de obras clásicas sobre las once menos cuarto de la noche. Así pues, Eugeni ha pensado un repertorio junto con Jordi, el violonchelista que lo

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acompañará, y luego han decidido matar el tiempo en el sofá de la sala de espera. Marta conversa con ellos porque no le apetece irse a casa.

—¿De verdad creéis que esta emisora, o la radio en general, se convertirá en algo importante? —pregunta Jordi, un tipo demasiado joven para la habilidad que demuestra con el chelo, demasiado delgado para las ingentes cantidades de comida que devora, demasiado pecoso para haber nacido en el Mediterráneo y demasiado narizudo para el atractivo que desprende—. O, mejor dicho, ¿relevante?

—No lo sé —responde Eugeni—. Se invierte mucho dinero en la programación y parece que el día a día no se llega a sufragar con las cuotas de los socios. Aun así, acaban de comprar una nueva estación de la casa Bell —afirma mientras se rasca la nariz—. Creo que tendrá una potencia de dos kilovatios y medio en la antena, unos diez kilovatios en el generador, que serán suficientes para que la emisión llegue a toda Cataluña. ¡Tendremos radioyentes en todo el Principado!

—Pensad también que ya han empezado las obras de la nueva sede. Me gusta este hotel, no sé si me apetece que nos mudemos a la calle Caspe —comenta Marta, sentada en una de las butacas contiguas al sofá—. Sea como sea, no se gasta tanto dinero si no se cree en un proyecto.

Marta está cansada de mantener la misma conversación una y otra vez. Es cierto que los cambios son el pan de cada día en la EAJ-1. Parece como si el ente hubiera entrado en una carrera vertiginosa cuya meta se transforma continuamente porque el mismo concepto de la radio es un elemento vivo en vías de exploración, y esta dinámica despierta dudas e inseguridades en la mayoría de los colaboradores. De esta guisa, observa a su alrededor y se pregunta cómo será la sala de espera en los nuevos estudios. Aquí hay un sofá y cuatro butacas que forman una especie de círculo, varias plantas que animan las paredes blancas y una lámpara de lágrimas en el techo.

—A mí me preocupa más la Sociedad de Autores —prosigue Marta—. Me da rabia que hayamos dejado de tocar temas bailables y actuales porque ahora también piden una cantidad desmedida de dinero por esas partituras. No me malinterpretéis, me encantan los clásicos, pero nuestros oyentes se van a cansar de tanto Beethoven, Mozart y Pep Ventura. Y los teatros siguen en sus trece; si se piensan que esto es una máquina de hacer dinero, no han entendido nada sobre cómo funciona el sinhilismo.

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—¿Por qué no le preguntas a aquella exnovia tuya? —pregunta Jordi a Eugeni con total despreocupación—. La que vivía al lado de la mercería de mis tíos, allí en la calle Balmes. Creo que su padre es miembro de la Sociedad de Autores, ¿no? A lo mejor te explica algo.

—Tienes razón —responde Eugeni, impertérrito—, le preguntaré a ver si nos dice algo.

—¿Tuviste una novia en Barcelona? ¿Cuándo? —dice Marta, extrañada.

Jordi entorna los ojos con apuro, no quería provocar un ataque de celos; sin embargo, no es la fidelidad lo que preocupa a Marta.

—Eso fue mucho antes de conocerte, cariño, no tienes por qué preocuparte.

—¡Pero si cuando te conocí acababas de llegar a Barcelona!

—Claro, acababa de llegar, pero esta no es la primera vez que vivo en tu querida ciudad. He vivido aquí durante varias temporadas. En fin, me gusta la idea de combinar repertorio moderno y clásico porque enriquece nuestra oferta musical —se aventura a decir él para cambiar de tema.

Marta deja de lado esta conversación para no mantenerla delante del chelista. Asimismo, sabe que, por mucho que indague y pregunte, poco más va a averiguar. Se encuentra ante una de esas ocasiones en las que descubre un nuevo capítulo de la biografía de Eugeni y su novio pasa por encima de la anécdota. Antes le gustaba su discreción, ahora la inquieta. ¿Eugeni le dijo que era la primera vez que vivía en Barcelona o solo que se acababa de mudar? No lo recuerda. Está claro que la segunda no implica la primera; no obstante, ¿por qué no le cuenta esas cosas? La mayoría de los hombres con los que ha estado solo hablan de sí mismos. Quizá, piensa Marta, ellos utilizan a las queridas como hombros sobre los que llorar porque tratan a sus esposas como a simples floreros. «Cálmate —piensa—, estás buscando maldad donde no la hay. Él es lo mejor que te ha pasado en tiempo. Eres tú la que tiene un pasado turbio».

—¿Y qué me decís del acuerdo con el Semanario Universal? — continúa Jordi.

En ese momento irrumpe en la sala una mujer de belleza indiscutible, entrada en kilos pero no en años, que, además, aparenta menos primaveras de las que realmente ha disfrutado. De cara redondeada, ojos pequeños y sonrisa tímida aunque constante, contornea sus curvas lo justo para mantener el estilo. Mireia se congela en cuanto la ve. Creía que la radio

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era un espacio libre de fantasmas, y parece que estos la persiguen allá donde esté.

—Buenas tardes, ¿es aquí la radio?

—Aunque no lo parezca, es aquí. ¿En qué podemos ayudarla? — pregunta Jordi.

—He quedado con el director y, la verdad, no sé muy bien para qué. Me escuchó recitar poesía en uno de los cafés literarios de Conde del Asalto y me ha convocado aquí. ¿Es algo normal? Perdónenme, que ni me he presentado. Me llamo Clara.

—Totalmente normal, no se preocupe. Ahora mismo estamos en directo y, a veces, no puede atender a las visitas debido a algún imprevisto. Espérese aquí con nosotros y pronto la llamará.

Clara se muestra superada por las circunstancias. Decidió acudir a la cita porque no tenía nada que perder; sin embargo, ahora considera que la situación le va grande. Su difunto marido era amante del arte de las palabras bellas, y ella se aficionó a recitarlas. Quién le iba a decir que terminaría pisando la radio. Se sienta al lado de Marta tras las presentaciones de rigor.

—Estábamos hablando sobre las noticias —informa Jordi a Clara—. Parece ser que periodistas del Semanario Universal leerán las más relevantes de la jornada cada día a las seis y cincuenta. Y se dice que empezarán la semana que viene. Lo van a llamar Últimas informaciones de prensa.

—Es un diario muy conservador —aclara Eugeni— y, aun así, sus artículos no siempre superan la censura. No sé si es el momento de meterse en el mundo del periodismo, no me apetece tener a la policía merodeando por aquí, la verdad.

«¿Por qué? —piensa Marta—. Yo tampoco quiero a los cuerpos de seguridad por aquí porque tengo mucho que ocultar. Y tú, Eugeni, ¿tienes algo que ocultar?». Entonces, mira a Clara, que escucha la conversación con atención. Marta amedrenta sus pensamientos.

—Me da miedo que nos hayamos acostumbrado a la censura como algo normal —dice Jordi, abrumado—. La prensa publica todas las mentiras que Primo divulga como si fueran noticias de verdad. Me pregunto qué es lo siguiente que van a controlar, ¿cómo respiramos?

—Yo insisto, Primo conoce el poder que la prensa ejerce sobre la opinión pública, él mismo ha escrito artículos y ha creado La Nación, el

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diario del régimen —dice Eugeni, ofuscado. Marta desconocía la cara indómita de su novio—. Inunda los periódicos con notas oficiosas que no son más que mentiras oficiales. ¡Pero si ni siquiera se esconde! También controla el Gabinete de Información y Censura que funciona adjunto a su presidencia. No, no le queremos aquí, la verdad.

—¿Os imagináis que nos informáramos a través de la radio? — interviene Marta para salir de su propio ensimismamiento y distender el tono apasionado de Eugeni.

—La radio nunca será equiparable a la prensa, la verdad —asegura Eugeni—. Creo que con la lectura se puede profundizar mucho más que con la escucha. Y si al final la información radiada fuera útil, esto acabaría convirtiéndose en otro aparato de difusión del Directorio.

—La verdad es que también se debería apostar por el radioteatro — comenta Marta—. Deberíamos encargar obras originales para ser leídas en directo.

—Seguro que tú, mi amor, las interpretarías como lo hacen las estrellas —dice Eugeni.

Marta sonríe y disimula la sombra que se cierne sobre su temple. Las dudas la acechan cuando menos se lo espera. Hace unos minutos confiaba plenamente en Eugeni, y ahora, todo lo contrario. No entiende por qué. O quizá sí que conoce el motivo. Se trata de su pasado, de Kohen, del Trampas, del sinfín de situaciones en las que ha temido por su vida, del estado de alerta continua en el que ha permanecido durante tantos años. Por calmada y serena que consiga mantenerse últimamente, no puede evitarlo, una parte de su vientre espera el siguiente infortunio, la siguiente humillación; y la otra vive carcomida por la culpa. ¿Será eso? Cuando la culpa aparece de la mano del miedo, desdibujan el sentido común.

—¿Usted qué opina, Clara? ¿Le gustaría escuchar las noticias por la radio? —pregunta Jordi.

—Qué quiere que le diga —responde ella—. A todo se acostumbra una. Todavía no tengo un aparato de esos en casa, pero seguro que hace compañía.

El malestar de Marta no se debe solo a las dudas que Eugeni le despierta. Se pregunta qué hace esa mujer ahí. Se trata de la frutera a la que trató de compensar con dinero tiempo atrás, la que estuvo casada con un periodista que investigaba un prostíbulo del Distrito V con el objeto de escribir un artículo. Marta no quiere que ella se convierta en su compañera

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de la EAJ-1, no sabe si lo soportaría. Hace poco que se acabó el dinero que Kohen le dejó, y ahora sigue tachando nombres de su libreta por otros medios.

—Insisto, las noticias nos van a traer problemas —asegura Eugeni—. Han cerrado Papitu por un tiempo, L’Esquella de la Torratxa ya no se atreve a publicar chistes provocativos…

—Pues yo creo que la radio debería crear su propia redacción y no depender de un diario —le interrumpe Marta—. Se podría establecer una línea editorial neutra. Y creo que las mujeres podríamos ser buenas lectoras de noticias.

Los dos hombres se ríen a carcajadas por unos segundos. Marta se irrita, especialmente con Eugeni, que casi nunca la trata con condescendencia. Es más, esta es una de las pocas ocasiones en las que no está a la altura. ¿Está siendo muy dura con él?

—Pero ¡qué ideas tienes, mi amor! Dime, si ni siquiera hay dinero para pagar a los músicos, ¿cómo van a pagar a los periodistas?

—A mí no me parece tan descabellado lo que usted afirma —le dice Clara a Marta en un acto que busca claramente su complicidad.

De repente, Marta necesita huir, sentirse segura. Hace tiempo que Mireia y Pilar se han convertido en su refugio. Tras el incidente con Claudi, las mujeres se han seguido reuniendo, primero para solventar algunos temas derivados del incidente con el señor Guitart, y luego por el puro placer de compartir tardes de té. Encuentro tras encuentro, a pesar de la deriva depresiva que ha tomado Pilar y de sus miradas reprobadoras ante algunas actitudes de la propia Marta, ellas son lo más cercano a unas amigas de lo que dispone hoy en día. Sin más, se levanta, se despide ante la desconcertada mirada de Eugeni y emprende el camino hacia casa de Mireia con la simple intención de charlar un rato.

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11 de junio de 1925

Un tipo que conduce una tartana arrastrada por un burro pide paso a la

señora Puig. Aunque ella se aparta, la estrechez de la callejuela dificulta el avance del vehículo, que acaba golpeando ligeramente a Pilar. El conductor no se disculpa y ella decide ignorar el agravio. Entonces se da cuenta de que lleva los botines cubiertos de barro. La lluvia de la noche anterior ha convertido estos pasillos de las barracas de Sant Antoni en un lodazal. Qué más da, en esta ocasión se ha vestido de manera más humilde que en su primera incursión.

Pilar camina deslumbrada por el sol que ahora gobierna el cielo. Se dirige a casa de Herminia, la prostituta a la que prometió ayuda a cambio de información sobre el asesinato de la hermana de Bernat. Ha imaginado tantos escenarios posibles, tantas maldades perpetuadas por su padre, su marido y el conde de Vallespir que, por una parte, no tiene miedo de lo que la mujer le llegue a contar y, por la otra, sabe que la verdad podría sepultar el buen nombre de su familia. Lo tiene todo ligado. Una conocida que vive en Madrid acogerá a Herminia hasta que encuentre trabajo y un hogar en la capital. La mujer deberá presentarse como una viuda sin hijos que necesita huir de Barcelona para olvidar al amor de su vida. Además, recibirá una sustanciosa cantidad de dinero con la que se podrá forjar un buen porvenir si lo usa con cabeza.

Cuando llega a la puerta de la barraca de la prostituta, se detiene unos segundos. Está abierta. Se santigua y cierra los ojos en busca de una paz que hoy la va a sortear. Pronto se siente preparada y entra sin anunciar su presencia. Aunque lo intuye, no termina de ver con claridad lo que ha

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sucedido. La oscuridad, apenas rota por la luz que entra por la puerta, reina en el interior del habitáculo. En cuanto sus ojos se acostumbran a la penumbra, se estremece: la imagen que tiene ante sí es horrible.

El cuerpo de Herminia cuelga de una soga que le rodea el cuello. Su rostro es el mapa del terror que debe haber sufrido unos minutos atrás. Las faldas y el suelo están mojados, lo más probable es que la difunta se haya orinado encima. La señora Puig permanece de pie, impávida, sin respirar. Debería llamar a Gustavo. Debería huir. Nadie está preparado para actuar con dos dedos de frente ante unas circunstancias tan horribles. Intenta decir alguna palabra. Socorro. Ayuda. ¿Estás bien? No puede. Sus cuerdas vocales son incapaces de articular sonidos inteligibles. Se le escapa un grito agudo, largo, feroz y a la vez cargado de miedo e impotencia.

Pilar ahoga el chillido cuando escucha un ruido procedente de la habitación. De allí surge un hombre vestido de negro que no distingue con claridad. El tipo se le acerca y ella entiende que está delante del asesino de Herminia. Iluminado ahora por la luz que entra desde la puerta, la señora Puig ve que es flaco, de pelo moreno y desaliñado; tiene la cara angulada y todo su rostro indica una edad indeterminada. Está convencida de que el criminal se dispone a atacarla, que acabará colgada del techo junto a Herminia. ¿Por qué ha acudido sola? ¿Por qué es tan cabezota? Desesperada, busca una manera de protegerse, pero, contra todo pronóstico, el tipo, que lleva una bolsa en la mano, no la agrede, sino que la esquiva y cruza la puerta.

—Me has visto la cara y eso es inadmisible —espeta desde el umbral, a espaldas de Pilar—. Ya te di un aviso hace tiempo. Esta vez lo pagarás caro.

Ella se gira para responder, pero ya no queda rastro del hombre. Cuando después intente recordarlo, dudará sobre el color de sus ojos. «Es el tipo que me asaltó por la calle tras una de mis visitas al despacho de Irene. Tiene que ser él. Mírate. Mira a esa mujer. Deberías ser tú y no ella», concluye. De repente siente unas ganas imperiosas de salir pitando, así que huye tan rápido como puede sin que nadie la reconozca.

«Lo pagarás caro», recuerda la señora Puig en el pasillo de la residencia de los condes de Vallespir mientras intercambia opiniones contrarias con su cuñada.

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—No vamos a entrar en el despacho del Conde —afirma Mireia—. ¿Qué le vamos a decir si nos descubre? Estamos aquí para ganarnos su confianza, no para que nos tomen por locas.

—No estoy de acuerdo. Esto tiene que acabar ya. Llevo sufriendo casi dos años.

Los remordimientos provocados por la muerte de Herminia, el encontronazo con el asesino de la mujer y las mentiras que ella misma ha esparcido desde el incidente de Claudi conducen a Pilar a una vorágine de sinrazones. Hace horas que se guía por un arrebato irracional que la empuja a tomar decisiones impropias de la señora Puig. No piensa con claridad. No sabe cómo ha llegado hasta su casa tras salir corriendo de la barraca de la prostituta. Cree que ha caminado desde la zona de Sant Antoni hasta su portal en la calle Provença. Revive instantes fugaces en los que se ve a sí misma enfilando las calles del Eixample a la carrera. Lo único que tiene claro es que ha despertado en su cama pasado el mediodía. Unos golpes secos en la puerta de la estancia la han devuelto al mundo. Pilar ha dado el permiso y Juana ha entrado con cautela. Al descubrir a su señora con ropas más humildes de lo habitual, se ha inquietado.

—Disculpe que la moleste, pero doña Mireia ha venido a buscarla. ¿Está usted lista?

—Sí, dígale que ahora voy. O mejor, no, dígale que no iré.

Juana ha observado a Pilar con desasosiego y se ha atrevido a traspasar el decoro necesario e implícito que debe existir entre un ama de llaves y la señora de la casa.

—Doña Pilar, me tiene muy preocupada. Lo que pasó con Claudi debe ser difícil de afrontar, y yo… En fin, me gustaría poder ayudarla.

—Usted me ayuda incluso cuando no tiene intención de hacerlo.

—Mi querida señora, mi querida Pilar… —ha dicho Juana con la atención puesta en las vistas urbanas que la ventana de la estancia le ofrecía—. Cuando era joven, me descarrié tanto que perdí a mi marido y a mi hijo. Es una historia que ya le he contado, lo sé, y ahora es un buen momento para tenerla en cuenta. No deje que la vida la embista, luche por sus hijas; ellas son su prioridad, su vida. No lo digo yo, me lo ha dicho usted un millón de veces.

—Juana, a veces creo que la quiero más que a mi propia madre.

No es habitual que doña Pilar comparta sus emociones con soltura, así que el ama de llaves ha tragado saliva y ha sonreído. Acto seguido, ha

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cogido la mano de la señora Puig y esta le ha devuelto el gesto presionándosela con fuerza. Las dos mujeres han llorado en silencio durante unos minutos hasta que han sido capaces de recuperar la compostura.

—En otro orden de cosas, ¿seguro que no desea acompañar a doña Mireia? —ha dicho finalmente el ama de llaves para restablecer la normalidad.

—Dígale que ahora voy.

La señora Puig se ha arreglado con esmero pues, a pesar de que ya no le interesaba su propia imagen, sabía que debía causar buena impresión para camelarse al Conde, sorprenderle con la guardia baja y averiguar su relación con las muertes de Irene y de la hermana de Bernat. Tras asegurarse de que su moño lucía impoluto, se ha encontrado con Mireia en el gabinete del piso. Una vez en el coche de punto, Pilar ha sido víctima de una incontinencia verbal poco habitual en ella: ha contado que, años atrás, don Llorenç tuvo que deshacerse del palacete que había pertenecido a su familia y que, por esa razón, ahora viven en un piso de corte burgués, en el Eixample. También ha relatado cómo un trágico accidente se llevó al único hijo del matrimonio y a la esposa de este, por lo que los condes han tenido que criar a un nieto que se quedó sin padres muy pronto y que ahora se desvive por los bajos fondos y el hedonismo.

Cuando han entrado en el salón de la familia Vallespir, Pilar y Mireia se han encontrado con una acalorada discusión en curso. El Conde las ha saludado y les ha pedido que tomen asiento. La estancia, de decoración abarrocada, alberga muebles de diferentes estilos y varias vitrinas donde vajillas y ornamentos de precios desorbitados se exponen para que las visitas caigan en el engaño de la ostentación. Cuadros de diferentes generaciones con marcos dorados, una lámpara modernista sobre una mesita velador de nogal cuyos estilos no encajan o un jarrón de porcelana oriental: detalles y más detalles cubren incluso los rincones más imperceptibles de su vergüenza.

Mireia se ha incomodado cuando ha visto que Jaume Balcells formaba parte del grupo de conversadores. Ella detesta el desdén con el que se ha visto obligada a tratarlo y, a pesar de que su actitud es vital para proteger a Pilar, a Marta y al propio Jaume, la culpa la sorprende cada vez que se encuentra con él. El señor Balcells ha ignorado su presencia y se ha centrado en la acalorada discusión que acontecía a su alrededor.

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Monárquicos, republicanos y simpatizantes de Estat Català han discrepado en ideas troncales para el desarrollo del Estado y han valorado con baremos diferentes los resultados políticos y sociales derivados de la gestión del Directorio. No se ha permitido la asistencia a ningún primorriverista. Una sola mujer, aparte de Pilar y Mireia, ha permanecido sentada junto a los hombres de la sala, pues la mayoría de las esposas de los debatientes se han reunido en el gabinete para chismorrear.

«Cómo cambian las cosas», ha pensado Mireia. Aunque en el pasado ha asistido a innumerables encuentros como el presente y ha disfrutado compartiendo sus propias opiniones con pasión y seguridad, hoy se ha planteado la utilidad de estos debates. Según ella, ninguno de estos hombres influyentes mueve un dedo para cambiar la política del país. «El problema de esta ciudad es que tenemos el futuro en nuestras manos y no sabemos qué hacer con él. Quizá es una responsabilidad que les viene grande a estos plutócratas», ha concluido.

Pilar, que hasta el momento había formado parte del grupo del gabinete, ha escuchado el debate con una intensa sensación de impotencia. Pese a la laxitud con la que ha aceptado algunas decisiones tomadas por Eulàlia o por Mireia, y de que sus valores se resquebrajan por momentos, ella se considera una mujer de orden. Sin embargo, los pedazos de su visión del mundo ya no encajan entre sí ni vuelven a la forma original cuando trata de recomponerlos. Ha perdido muchos en las brechas de una sociedad hipócrita que la ha atado a la tradición más conservadora mientras sus principales agentes violan sistemáticamente las normas propias en beneficio del placer y de los privilegios de los hombres. Otros pedazos los tiene clavados en un corazón tan sangrante y desmañado que hoy late incapaz de encontrar sentido al orden burgués.

Tras un rato en el salón, la señora Puig ha advertido que no iba a poder acercarse al Conde tal y como esperaba, pues un anfitrión como él tiene demasiados enemigos a los que atender. Por esa razón ha abandonado la estancia con una idea en mente. Mireia, que hoy no confía en el buen hacer de su cuñada, la ha seguido, una decisión que nos ha conducido a la discusión actual: Pilar está decidida a colarse en el despacho del conde de Vallespir y Mireia no aprueba semejante temeridad.

—Siempre tenemos que hacer las cosas a tu manera —le recrimina la señora Puig a su cuñada en el pasillo—. Respétame, a mí y a mis

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decisiones. Se avecinan cosas horribles. Lo noto. Lo presiento. Así que déjame hacerlo.

Mireia mira a lado y lado y comprueba que no hay espías a la vista. De vez en cuando se les cruza un invitado que podría escucharlas a pesar de que están susurrando. El demonio tiene orejas en los lugares más inesperados.

—Esto no tiene nada que ver con el respeto. Te respeto, creo que te lo he demostrado en más de una ocasión, pero hoy no eres tú misma. Siento que no piensas con claridad.

Pilar se dispone a rebatirle el argumento con un bufido cuando un hombre las interrumpe. Se trata de Manel, el deportista que conocieron en el Real Club Marítimo.

—Vaya, vaya, no nos habíamos visto nunca y nos encontramos dos veces seguidas. ¿Será que el destino desea que nos amistemos? ¿O quizá que nos enemistemos?

Pilar tuerce el gesto y Mireia levanta una ceja. Pese a la reacción de cada una de ellas, la sonrisa de Manel les transmite una mezcla de humildad y divertimento que las relaja.

—No sabía que el Conde también invitaba a los pediatras. No creo que aquí se requiera de sus servicios —sentencia Mireia con mofa.

—Va usted desencaminada —responde Manel con tono jovial—. La verdad es que he venido para acompañar a un amigo, así que podríamos decir que soy un invitado de relleno.

—Me alegra mucho volver a verle, don Manel —dice Mireia con una sonrisa de oreja a oreja—. En realidad, nosotras tampoco sabemos por qué nos han invitado.

Pilar ve su oportunidad y la aprovecha. Se separa poco a poco de ellos y se escabulle por el pasillo que la llevará al ala privada del piso. Manel y Mireia están tan pendientes el uno del otro que no advierten la ausencia de la señora Puig.

—¿Sabe? No me imagino qué ideas defiende usted —prosigue Mireia —. Aunque, siendo un médico de buena familia, puedo imaginármelo.

Manel se toma su tiempo para responder. Del interior de la americana de cuadros escoceses saca una pitillera. Ofrece un cigarrillo a Mireia y, tras su rechazo, se enciende uno con el mechero que coge del bolsillo del pantalón marrón y da una calada.

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—¿Y si le dijera que nací en las barracas de Montjuïc y que, si hoy estoy aquí, en este piso y hablando con una mujer como usted, es por pura suerte? —dice antes de dar otra calada.

—No le creería. Los hombres de hoy en día utilizan cualquier excusa para flirtear —le responde, retadora. «Sí, Mireia, estás coqueteando con este», se dice—. Ustedes saben que ahora necesitan más que un buen apellido y dinero para conquistarnos.

Manel sonríe y da otra calada. Vuelve a tomarse unos segundos para responder, un silencio que inquieta y excita a Mireia por igual.

—Pues le aseguro que es verdad. Siempre he creído que un ángel de la guarda guía mis pasos y me acompaña. ¿No será usted, por casualidad?

—Ya es difícil guiar mi propia vida como para hacerlo también con la de un extraño.

—No soy tan extraño, usted me ha visto medio desnudo. —Tan pronto como dice la última palabra se lleva la mano a la boca, apurado—. Disculpe, eso habrá sonado muy mal. Me refería a que me vio en ropa deportiva. No quería…

Mireia suelta una carcajada. Manel no termina la frase y busca la palabra adecuada mientras niega con la cabeza.

—No sé si usted es un ángel o un demonio, pero tengo ganas de descubrirlo —sentencia ella, jocosa. Entonces se da cuenta de que su cuñada ha desaparecido.

Tras descartar varias habitaciones, Pilar da con el despacho del Conde. Se ha esforzado tanto por entrar en la estancia sin ser descubierta que no ve al hombre que se esconde en su interior. Cuando cierra la puerta con cautela, oye una voz a su espalda.

—Señora Puig, nuestra adicción a colarnos en despachos ajenos no es muy sana, pero nos regala estos deliciosos encuentros.

Pilar se recupera rápido del susto, se da la vuelta y ve que Jaume Balcells se halla en un rincón, justo delante de la ventana. El despacho, abigarrado, no es muy grande. Está lleno de muebles y de estanterías, de libros y de recuerdos en forma de figuras o de fotografías, y de cuadros que ocupan la mayor parte de las paredes. En el centro, un escritorio ordenado, aunque lleno de carpetas, y una silla de dimensiones

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considerables, estructura de madera y acolchados rojos, que podría parecer un trono.

—¿Se puede saber qué hace usted aquí? —pregunta Pilar.

—¿De verdad vamos a jugar a este juego? ¿Realmente debo recordarle que usted tampoco debería pisar este despacho?

La señora Puig se recoloca el pelo como acto reflejo y suspira. Está tan acostumbrada a señalar los errores de los demás que apenas cae en los propios.

—Tiene razón, soy una tonta. Ambos buscamos algo. No tenemos por qué contarnos qué queremos y, por supuesto, no vamos a delatarnos.

Pilar advierte que Jaume sostiene en la mano la fotografía de una mujer.

—Usted siempre tan práctica. Yo ya me iba, así que la dejo husmear en paz.

Él echa un último vistazo al retrato y ella percibe un atisbo de melancolía en el rostro del señor Balcells, como si estuviera despidiéndose de la mujer de la imagen. Sin más tardar, Jaume deposita la fotografía en el cajón del escritorio y sale del despacho sin ni siquiera despedirse de Pilar. Entonces, ella empieza a abrir cajones y a inspeccionar los estantes. Sabe que no debería permanecer mucho tiempo en la estancia, así que se apresura a registrar los lugares más subrepticios del despacho, aquellos que no son perceptibles a la vista: debajo de las ventanas, detrás de los muebles o en el interior de las pantallas de las lámparas. En situaciones como esta desearía que Marta estuviera a su lado. Pese a que la mujer le despierta ciertas contradicciones, se alegra de tener en su vida a alguien tan perspicaz y voluntariosa.

Pasados diez minutos, se desespera, pues solo ha encontrado recuerdos y papeles personales relacionados con la vida del Conde. Finalmente se rinde y, justo cuando se dispone a abrir la puerta para volver a la tertulia, se detiene y da media vuelta. «Lo pagarás caro», recuerda. Pilar coge la fotografía del cajón del escritorio, la mete en el bolso y abandona el despacho.

En cuanto cierra la puerta y enfila el pasillo, se topa con la condesa de Vallespir. Pide a Dios con todas sus fuerzas que no la haya visto salir de la estancia.

—Disculpe, doña Carme, me he perdido. Buscaba el baño y mire dónde he terminado.

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A pesar de que Pilar espera un nuevo enfrentamiento, sobre todo después de su último encuentro en el Marítimo, la Condesa la vuelve a sorprender.

—No se preocupe, querida, acostumbra a pasar en estos pisos tan grandes —dice doña Carme con el tono más amigable que Pilar le ha escuchado nunca—. La velada está siendo muy entretenida, ¿no lo cree?

—Así es. Una gran iniciativa, la de ustedes —responde Pilar, desconcertada ante la cordialidad de su interlocutora—. La invitación de su marido nos alegró mucho. Ya sabe, nos gustaría enterrar el hacha de guerra.

—Eso es agua pasada, querida. No le dé más importancia.

—Se lo agradezco —miente la señora Puig con desconfianza—, este cambio de parecer la honra. Ya lo sabe, los jóvenes son impredecibles.

La condesa de Vallespir se acerca diligente a Pilar y la coge por el brazo con cariño.

—Usted es todavía muy joven, no debería hablar como una vieja — asegura doña Carme al tiempo que Pilar le sigue el juego, atenta por si la Condesa le clava una estocada a traición—. Venga conmigo al gabinete, le presentaré a algunas amigas que seguro que le alegrarán la tarde.

La señora Puig desea irse a casa para encerrarse en su habitación y llorar. La imagen de Herminia se balancea en su mente y la altera. Algo no encaja. Lo tiene delante, pero no lo ve. Se pregunta si ha enloquecido.

Para rematar el día, Pilar y Mireia han quedado con Marta. Por eso ahora viajan en un coche de punto que las dejará en casa de la primera, donde la locutora debe de estar esperándolas.

—¿Seguro que estás bien? —pregunta Mireia.

—Sí, querida. Es una lástima que no haya encontrado nada en el despacho del Conde —miente Pilar. No le apetece compartir su hallazgo porque ya no sabe lo que hace.

Mireia podría escribir varios libros sobre el dolor, por eso siente la imperiosa necesidad de abrazar a su cuñada. Percibe el sufrimiento arraigado tras la mirada perdida de la mujer y, sin embargo, no se atreve a tocarla. Cuando llegan al edificio, la señora Puig abre la boca, aterrada. Varios coches de policía y unos cuantos agentes han acordonado la entrada y deambulan arriba y abajo atendiendo las preguntas y las contrariedades

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de los transeúntes y los vecinos del bloque. «Lo pagarás caro», recuerda. Traga saliva. Tira de la manilla de la puerta del vehículo y baja a toda velocidad. Acto seguido, sale corriendo hacia el portal.

—¡Pilar! —grita Mireia.

La señora Puig no la escucha. No atiende más que a su propio miedo. «Lo pagarás caro —piensa—. Eulàlia, Teresa. No, por favor». Avanza decidida, ningún policía va a detenerla. A medio camino se cruza con Marta, que no esconde su turbación.

—¡Marta! —grita Pilar, desesperada—. ¿Qué ha pasado?

—No lo sé, cuando he llegado, ya estaba montado este circo. No me cuentan nada. Os estaba esperando.

Pilar contempla la entrada del inmueble. Respira con dificultad. Cual atleta a punto de coronar una meta imposible, se encamina hacia el interior. Varios policías le llaman la atención, pero ella hace caso omiso de las advertencias que la interpelan a su espalda. La señora Puig sortea a un agente que intenta impedirle el paso con la habilidad digna de un lince. Llega hasta las escaleras y empieza a subirlas con determinación. «Eulàlia, Teresa», la necesidad de evocarlas no se sacia por más que repita los nombres en su cabeza.

Desea llegar a casa y, al mismo tiempo, sabe que su mundo terminará de desmoronarse cuando averigüe lo que ha sucedido. Cada escalón es un pequeño martirio. Sube otro. Y otro. Y otro. La barandilla de relieve modernista ya no le molesta. Nunca más volverá a importarle. En el rellano se topa con personas que no conoce. Alunada, se detiene ante la puerta del piso. El suelo se mueve como si navegara en un barco a la deriva en aguas bravas. Coge aire. De repente, alguien la agarra por los brazos y le impide que avance. Por más que lo intenta, no puede liberarse.

—Doña Pilar, no entre, se lo pido.

Se trata de Gustavo, el joven inspector con el que ha estado colaborando.

—¡Eulàlia! ¡Teresa! —grita, fuera de sí.

—Sus hijas están bien, no se preocupe. Cálmese, por favor.

Pilar mira a Gustavo y no entiende nada. Él la retiene con tacto, pero firme.

—Entonces ¿quién? —grita la mujer mientras dejar caer su peso sobre los brazos del policía.

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—Cálmese, doña Pilar, se lo pido —le implora—. Ahora se lo cuento todo. No entre, créame, no vale la pena que esa escena se grave en su corazón. Se trata de Juana.

Las palabras de Gustavo evocan otra imagen, la de Claudi ensangrentado en el suelo. Sin ni siquiera desearlo, revive cada instante posterior a la muerte de su marido.

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30 de diciembre de 1924

El cuerpo de Claudi Guitart yace inerte en el suelo del salón del piso

familiar. Pilar no acepta las consecuencias de lo que acaba de suceder, se expulsa los pedazos del jarrón que su marido le ha estrellado contra el pecho y comprueba que su peinado no se haya convertido en una víctima más de la reyerta. Marta se levanta del suelo, dolorida por las patadas que el Trampas le ha propinado, y observa el cadáver con alivio y desconcierto. Mireia se lleva una mano a la frente y otea la estancia en busca de una solución que aparezca por arte de magia.

—¡Joder! —balbucea Mireia—. ¿Qué hemos hecho?

El tango Modabía que suena por la radio termina y da paso a otra canción. Las tres mujeres permanecen impertérritas, todavía a caballo entre los últimos coletazos de un instinto de supervivencia que las ha llevado a luchar por sus vidas y el advenimiento del miedo y la culpa que las arrastrará hacia dilemas de diversa índole. Pilar observa a su marido sin advertir que le tiembla el cuerpo entero. No reconoce el olor, no está familiarizada con la sangre. Mira a Juana, quien acaba de acceder al salón y contempla la escena cual contable ante un balance que descuadra.

—Bien —dice el ama de llaves con voz firme para captar la atención de las aquí presentes—, voy a saltarme todas las normas y protocolos sociales y ustedes tres me van a obedecer a pies juntillas. Ya habrá tiempo para los lamentos, ahora es prioritario que nos deshagamos del cuerpo.

—Pero ¿qué dice, Juana? —exclama Mireia—. Tenemos que llamar a la policía.

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La señora Puig observa al ama de llaves como si hablara en un idioma ininteligible.

—Disculpe, doña Mireia, pero ninguna de ustedes se encuentra en posición o en ánimo de tomar una decisión como la que deben tomar ahora mismo —afirma Juana con contundencia—, por eso les pido que confíen en mí. Piénsenlo bien, si acudimos a la policía, las castigarán sin miramientos. Tres mujeres que han matado a un hombre, a un empresario: será un escándalo suculento para los diarios. Las condenarán incluso antes de que empiece el juicio. En los últimos años, usted se ha quedado sin hermanos y usted, sin marido. No lo duden, después de esto van a convertirse en las viudas negras de Barcelona.

—¿Y qué sugiere? —pregunta Pilar, atemorizada.

—Sí, ¿qué sugiere? Yo no estoy dispuesta a pagar por esto —espeta Marta, airada con la situación y desposeída del autocontrol que la convirtió en la mejor espía de la ciudad.

—No hablo de sugerirles nada. Ya lo he dicho, voy a tomar el control de la situación; después ya habrá tiempo para hablar. Mireia y Marta, ustedes irán a la antigua habitación de doña Teresa y traerán el baúl de viaje. Lo encontrarán a los pies de la cama y lleno de vestidos. Déjenlos sobre la silla con cuidado.

Las aludidas apenas se mueven y Juana reitera:

—Venga, por favor, hagan lo que les pido.

Las dos mujeres despiertan de su letargo. Marta asiente con la cabeza, un gesto que pone en movimiento a Mireia. Cuando ambas abandonan el salón, Juana sigue con su plan:

—Doña Pilar, no puedo imaginar por lo que debe estar pasando. Humildemente, le pido que me acompañe a la cocina; tenemos que traer trapos, cubos de agua y productos de limpieza.

La señora Puig mira a Juana como si no la reconociera, como si anduviera tan lejos de allí que la vista no le alcanzara para vislumbrar la escena con claridad. Se deja llevar por las directrices del ama de llaves, la sigue cual animal manso a la espera de que le encarguen la siguiente tarea. Una vez en la cocina, Juana pide a Pilar que se siente y que espere, y cuando esta obedece, vuelve al salón con lo necesario para borrar el mayor error que ha cometido la familia Puig.

El ama de llaves encuentra a Mireia en el salón con los ojos cerrados y la mano en la frente, y a Marta todavía dolorida por los golpes recibidos

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minutos atrás y con la vista perdida a través de la ventana. Se da cuenta de que la radio sigue en funcionamiento, así que la apaga. El silencio les da un respiro inesperado. Entonces, Juana pide a Marta y a Mireia que la ayuden a colocar el cuerpo en el interior del baúl. A Claudi le sobraban tantos kilos como maldad, así que la maniobra se complica por momentos. Nadie se imagina lo que pesa un muerto hasta que tiene que desplazar un cadáver. Lo intentan alzar sin éxito y el difunto cae de nuevo contra el suelo. El impacto del cuerpo provoca que la sangre las salpique con los consecuentes gritos de horror y de asco. Pasado el susto, cambian de estrategia: Marta y Mireia lo cogen por la espalda y Juana, por las piernas. Esta vez lo consiguen y, una vez introducidas también las extremidades y el reloj de bolsillo con las iniciales de la primera mujer del muerto, que se habían quedado colgando, cierran el baúl y suspiran aliviadas.

—Hoy he dado el día libre al resto del servicio de la casa para que no fueran testigos de su reunión —dice Juana mientras se adecenta la blusa—. Nunca se sabe dónde habitan los delatores. —Niega con la cabeza—. Ha sido un acierto porque ahora nadie va a molestarnos. Ayúdenme a bajar el baúl hasta el rellano del entresuelo. Por allí no pasa nadie que no trabaje para la familia y, además, quedará fuera de la vista de doña Pilar. Voy a llamar a dos pistoleros que hacían trabajos para don Josep, ellos se desharán del baúl sin hacer preguntas.

Marta y Mireia continúan sin cuestionar las decisiones de Juana. El ama de llaves se muestra tan segura y diligente que la siguen a ciegas. El traslado del baúl presenta varias dificultades que solventan como pueden y, una vez lo depositan en el lugar indicado, las tres mujeres vuelven al salón y retiran los muebles con el objeto de despejar y enrollar la alfombra ensangrentada para tirarla.

Mientras Juana, Mireia y Marta eliminan los rastros del incidente, Pilar permanece en la cocina con la vista perdida en la pared. Ha analizado todas y cada una de las grietas de la estancia, ha observado todos y cada uno de los cachivaches que la cocinera usa para preparar la comida y ha sido incapaz de mostrar emoción alguna. Ahora, Pilar baja la mirada y la posa sobre su falda. Allí encuentra un trocito de jarrón que se resiste a desprenderse de sus ropas. Lo coge, lo mira a contraluz y lo lanza lejos de ella en un arrebato de ira. Acto seguido, golpea la mesa varias veces y se levanta furiosa. Cruza la cocina, enfila el pasillo e irrumpe en el salón.

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Sus cómplices están ahora arrodilladas y limpian el sofá, el suelo y la pala de la chimenea. La señora Puig, que permanece cautelosa en la puerta, se encuentra ante una obra de teatro macabra. Respira entrecortadamente. La garganta le arde. Podría desmayarse.

—¿Se puede saber qué estáis haciendo? ¿Nos hemos vuelto locas? Por Dios, ¡hemos matado a Claudi! ¡He matado a mi marido!

Pilar es la primera que se responsabiliza y se enfrenta a las consecuencias de la riña. Alunada, espera impaciente una respuesta, un alivio, la certeza de que Claudi está vivo y de que la pelea forma parte de una pesadilla de la que acaba de despertar.

—Doña Pilar, ha sido un accidente —se aventura a responder Marta—. Era él o nosotras. Créame, lo único que quería hoy era terminar limpiando esto… —No sabe cómo continuar, no es persona de buen consuelo—. Piénselo bien, podría haber sido usted la muerta.

Marta conoce a estas mujeres desde hace apenas tres semanas y se ha visto imbuida en un círculo de confianza en el que se siente una extranjera. No obstante, siempre ha reconocido y asumido el dolor ajeno como propio, una maldición y, al mismo tiempo, una habilidad que la había abandonado y que emerge a medida que toma las riendas de su vida.

—Después de lo que acaba de suceder, no es necesario que me hables de usted. Ya no merezco ningún respeto. Y tienes razón, no…

Pilar desfallece y cae al suelo como un edificio que colapsa sobre sí mismo. Inmediatamente después, Mireia y Juana acuden en su ayuda, la levantan y la sientan en una de las butacas.

—Merecemos ir al infierno —farfulla Pilar—. Merecemos morir.

Un chorro de lágrimas se desliza por sus mejillas y desemboca en la blusa y en la falda de la mujer al tiempo que ahoga todo razonamiento. Pilar repasa los preceptos cristianos sobre los cuales ha construido una vida y por los que ha renunciado al bienestar propio, y estos, sin excepción, le dan la espalda mientras la acusan de asesina.

—Señora, cálmese —le pide Juana con dulzura—. Créame, yo mejor que nadie sé que también esto pasará. No vale la pena que sufra más por él, ni que se atormente. Ellas me han contado lo que ha sucedido, que Dios me perdone por lo que diré: lo prefiero muerto a él antes que a usted.

Pilar permanece perdida por los mundos de la ingravidez emocional. —Desde que la conozco… desde que te conozco —se corrige Marta

tras interrumpir a Juana—, has descubierto que Claudi era un monstruo.

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Tú misma te has santiguado cada vez que has conocido un delito cometido por él, o una actitud reprobable. Puedo deducir que tampoco se portaba bien contigo. No digo que debamos felicitarnos por lo que ha pasado, ni mucho menos, pero hay que reconocer que tan solo nos hemos defendido.

Marta cierra los ojos con la intención de retener una calma que la abandona por momentos. Desea huir de aquí, desea encontrarse con Eugeni, cogerle de la mano y desaparecer junto a él. Ha estado a punto de irse al otro barrio. ¿Alguien la habría echado de menos? De repente escucha un pitido agudo e insoportable y sus ojos se nublan. Siente que va a explotar, o que va a desfallecer. Sin saber muy bien cómo, recupera la compostura cuando escucha la voz de Mireia.

—Ojalá pudiera volver atrás —dice con la mirada concentrada en el suelo. Tras unos segundos de meditación, alza el rostro y clava los ojos en los de la señora Puig—. Se acabó, ¿lo entiendes? Eres libre. Ya no tendrás que vivir con él, podrás criar a tus hijas como te dé la gana, podrás darles la libertad que nosotras no hemos podido disfrutar. El mundo está cambiando. No lo hace tan rápido como me gustaría, eso es verdad, y, aun así, cada día se dan nuevos pasos. Aferrémonos a los avances, aferrémonos a la idea sombría de que su muerte nos allana el camino. —Se detiene unos segundos—. Tengo un hijo al que criar y el legado de un marido al que quise con locura, y Claudi quería arrebatármelo todo.

»Yo no voy a dejarme llevar por la culpa, esta vez no. Pilar, él te tenía sometida a un régimen de terror, te trataba con asco, no te dio ni una pizca de amor. Hazte un favor y no te enroques en la tragedia. Tú lo sabes, nada de esto es justo, tu vida no ha sido justa. Ahora tienes dos opciones: puedes culparte o puedes coger el toro por los cuernos. No es momento de llorar, es momento de pensar cómo vamos a controlar la Puig & Mckey.

—¿La empresa es lo único que te importa?

—Me sorprende que me acuses de algo de lo que tú también pecas — argumenta mientras trata de controlarse—. No es una empresa, es tu apellido, lo que eres, lo que somos, lo que seremos. Si vamos a la policía, lo perderemos todo y las fábricas quedarán en manos de los americanos. No sé qué decirte, quizá… podríamos mentir, decir que Claudi se ha ido a, no lo sé…, a Argentina. Sí, se ha ido porque ha encontrado una posibilidad para expandir el negocio allí. Exacto, no es mala idea —dice convenciéndose a sí misma—, diremos que ha delegado en nosotras la ejecución de sus órdenes, unas órdenes que serán decisiones nuestras.

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Tendremos que encontrar la manera de hacerlas pasar por suyas. Al menos podríamos funcionar así hasta que decidamos cómo lo hacemos desaparecer del mapa. Sería muy fácil seguir con nuestra estratagema y colaborar con Vincent; sin embargo, no le necesitamos. Es ahora o nunca.

Las palabras de Mireia impactan en Pilar como bombas demoledoras. Una voz le susurra al oído que su cuñada tiene razón. Cierra los ojos. Se da cuenta de que llora. Claudi no va a molestarla nunca más. ¿Por qué no siente alivio? ¿Podrá acallar esa voz, la que la llama asesina y mala mujer? ¿Se han vuelto todas locas? «Ha sido un accidente», piensa. Si él la hubiera matado, sus hijas se habrían quedado solas en el mundo con un padre como Claudi. Eulàlia ahora podrá casarse con Marcel·lí. Sí, eso es más importante que los remordimientos. Que sus hijas consigan una buena vida es más importante que el bienestar propio.

—Durante la Gran Guerra —interviene Marta— tuve que intimar con un espía alemán. Él me enseñó a falsificar la letra y la firma de los demás. Podría escribir cartas con instrucciones firmadas por él. Haremos ver que las envía desde el extranjero.

—Perfecto, eso será de gran ayuda, Marta. Te lo agradezco mucho. Piensa cómo podríamos compensártelo. —Mireia se siente más fuerte a medida que va tomando las riendas de la situación—. Yo tengo un amigo en Argentina, Mateu. Le pediré que nos envíe sobres vacíos y los usaremos para sus cartas. Para que una mentira sea creíble hay que cuidar los detalles.

La Pilar de años atrás habría acudido a la policía ipso facto. O regañaría a su cuñada por mostrar una falta de humanidad tan flagrante, y también por ser una mujer que revela su ambición abiertamente; no obstante, ahora se deja seducir por la propuesta de Mireia como si se tratara de una circunstancia común y trivial. «Claudi ha fallecido —piensa —, nada puedo hacer por él».

—Y qué les voy a decir a Eulàlia y a Teresa, ¿eh? ¿Cómo voy a mirarlas a la cara cuando me pregunten por su padre? —declara importunada por sus propios recelos.

—Pues harás como todas las madres, callarás por su bien. Tenemos mucho en qué pensar y sobre lo que pactar. —Suspira—. Todo irá bien. Tiene que ir bien.

Divagan un par de horas sobre los pros y los contras del plan. Durante los días siguientes se reunirán varias veces para afianzar una alianza en la

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que tendrán que confiar. Una vez más, las tres se dejarán hilvanar por el hilo que nos ata a la necesidad de sobrevivir.

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11 de junio de 1925

La nana El noi de la mare se repite una y otra vez en la mente de la

señora Puig. Doña Teresa, su madre, la cantaba a sus hermanos cuando estos eran pequeños, pero nunca la interpretaba solo para ella. Las estrofas se suceden ahora en su cabeza como un ungüento que alivia el dolor. Pilar se ha sentado a la mesa del comedor junto al comisario Pérez de Millo, a Gustavo, a Mireia, a Marta y a Eulàlia. Su piso de la calle Provença está lleno de policías. Ha mandado a Teresa a su habitación para evitarle el mal trago de la declaración.

—Y dice usted, señorita… —el comisario Pérez de Millo consulta el nombre en la libreta que sostiene con las manos—, Eulàlia, que ha ido a buscar a su hermana a casa de una amiguita y que las dos han llegado al domicilio sobre las siete de la tarde. ¿Es así? —Eulàlia asiente con la cabeza—. También ha dicho que, cuando ha entrado usted, le ha extrañado que nadie respondiera a su saludo. Después, su hermana ha ido directa a la habitación y usted ha entrado en el salón para coger un libro. Ha sido entonces cuando ha encontrado el cuerpo de doña Juana colgado de una cuerda que, a su vez, pendía de la lámpara de la estancia. ¿Estoy en lo cierto?

—Por el amor de Dios, es la tercera vez que se lo contamos —espeta Pilar de malas maneras. Da gracias a Dios porque Teresa no ha visto la escena del crimen. Eulàlia ha sido lo suficientemente madura como para evitar que su hermana accediera al salón—. ¿Qué es lo que no ha entendido?

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Se respira crispación y un fragoso desasosiego en el ambiente. El comisario, tan alto que podría escalar un muro sin esfuerzo, de barriga tan pronunciada que podría estar encinta y tan peludo que la barba le cubre las mejillas hasta casi los ojos, tose para distender la propia incomodidad. Gustavo mira a Pilar con la intención de transmitirle calma y Mireia coge la mano de su cuñada en señal de apoyo. Eulàlia se mueve inquieta en la silla, como si el hecho de detenerse agravara su dolor.

—Doña Pilar, es importante que repasemos los detalles —le responde Pérez de Millo—. Es la única manera de encontrar posibles pistas, o cabos sueltos. Me han dicho que esta mujer es… —continúa el comisario, refiriéndose a Marta, mientras busca la respuesta en la libreta.

—Es una vieja amiga de la familia —miente Mireia—. Como ya le hemos comentado, habíamos quedado con ella para ponernos al día. Cuando ha llegado al portal, se ha encontrado a la policía en la calle y no la han dejado subir hasta que hemos aparecido nosotras.

—Está bien, está bien, a ver —prosigue Pérez de Millo—, ¿sabe usted si la señora Juana tenía motivos para quitarse la vida?

Pilar da un golpe a la mesa, se alza y responde al comisario con furia:

—Mire, usted podrá insultarme en comisaría con sus formas y con su habilidad para deshacerse de mí con las excusas más insolentes, pero en mi casa no me va a faltar al respeto. No sé si es usted un inútil o si está compinchado con los asesinos. Si le soy sincera, ya no sé nada. Lo único que le pido es que no me tome por una estúpida.

Pérez de Millo traga saliva, recoge sus cosas y se levanta.

—Señora Puig, disculpe si la pregunta la ha ofendido. Estamos empezando una línea de investigación que les aclarará muchas dudas. Mire, mejor lo dejamos por hoy. Pediré que realicen la autopsia de la señora Juana mañana a primera hora, así podrán enterrarla pronto. Con permiso.

El comisario realiza una breve reverencia y abandona el comedor. —Eulàlia —dice Pilar—, vamos a buscar a Teresa a su habitación. La

meteremos en mi cama, hoy dormiremos las tres allí. En cuanto a ti, hija, por favor, quédate con ella un rato, te necesita. Yo os acompañaré tan pronto como pueda. Primero tengo que hablar con ellas.

Al contrario de lo que cabría esperar, Eulàlia accede a su petición. Ambas encuentran a Teresa acurrucada como un bebé sobre su cama. La convencen para que se traslade a la habitación de Pilar y, una vez allí, la

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arropan en cuanto se tumba aplacada por la tristeza. Eulàlia se lanza a los brazos de su madre cuando esta se dispone a volver al comedor y desata un volcán en sus ojos que parte el corazón de Pilar, quien abraza a su hija como nunca antes, con una fuerza y un amor inconmensurables.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué está pasando? —pregunta la chica.

—Hija, esto acaba hoy mismo —asegura su madre con gran pesar—. Yo tampoco tengo respuestas. Siento que caigo por una escalera sin principio ni final, y que los escalones se me clavan por todo el cuerpo. Estoy agotada. Estoy muy triste. Eso es todo lo que te puedo decir.

Eulàlia se calma y Pilar se encamina hacia el comedor donde la esperan Gustavo, Marta y Mireia. Los encuentra expectantes a su reacción. La mujer toma asiento y Mireia la rodea con el brazo. La señora Puig comprende que, a partir de ahora, el contacto físico será vital para sobrevivir al duelo que se avecina.

—¿Cómo estás? —se atreve a preguntar Mireia con un hilillo de voz. —Hay momentos en que creo que me voy a desplomar y hay

momentos en que nace en mí una rabia que me empuja a salir a la calle, encontrar al responsable y quitarle la vida con mis propias manos. —Se lleva los dedos a la frente—. Que Dios me perdone por lo que voy a decir, pero no sentí tanta pena cuando mi madre murió. No sé qué pensar. Necesito hablar con vosotras. Y contigo, Gustavo. Esperaremos a que se vaya la policía. Ah, otra cosa… Mireia, Marta, ya lo habréis deducido, o quizá os lo ha contado él en mi ausencia: Gustavo es el inspector interesado en resolver el asesinato de Irene del que os he hablado. Podemos comentar con él lo que consideremos oportuno. Ahora que Claudi está en Argentina, nos puede ser de gran ayuda.

Tras un silencio sepulcral que los acompaña durante varios minutos, aparecen temas superfluos que les ayudan a matar el tiempo hasta que la casa se vacía de agentes. Una hora y media después, Pérez de Millo anuncia que se marcha y que recibirán noticias suyas al día siguiente. Aunque le extraña, no pregunta por la presencia de Gustavo en la sala, ni le pide al policía que deje tranquilas a las mujeres. Decide que tendrá que controlarlo a partir de ahora. Mireia acompaña al comisario hasta la puerta, que se va junto con el resto de su equipo; y, cuando vuelve al salón, Pilar no les da tregua y les cuenta que ha estado investigando por su cuenta. No puede expresar con palabras la importancia que Irene tenía en su vida y hace un rato, mientras Eulàlia la abrazaba sumida en un mar de

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lágrimas, se ha dado cuenta de que se ha aferrado a los misterios que rodean la muerte de su amiga porque estos la han mantenido, de un extraño modo, a su lado.

¡Se ha equivocado tanto! Les cuenta cómo encontró la dirección de las barracas, cómo conoció a la madre de Bernat y cómo fue su primer encuentro con Herminia. Pide perdón a Mireia por mentir sobre el origen de la fotografía. Se la muestra a Gustavo y a Marta, y también les explica que, junto a Mireia, han intentado acercarse al conde de Vallespir para investigarlo, sin ningún tipo de éxito.

—Esta mañana he ido a cerrar el trato con Herminia y la he encontrado muerta en su propia casa —confiesa mientras se cubre el rostro con la mano en un intento de apartar el recuerdo del presente.

—Una vecina lo ha reportado a la policía —dice Gustavo ante el bloqueo de Pilar—. Ya nos hemos encargado del cuerpo…

—Por el amor de Dios —le interrumpe Pilar—, soy yo la que os debería haber llamado. No he sido capaz. Hay más. Había un hombre en la barraca, y me ha visto. No os preocupéis, no me ha hecho nada. Aun así, cuando se iba, me ha dicho que pagaría cara mi intromisión. —Desata un sollozo—. Y aquí estamos.

Las lágrimas caen por las mejillas de la señora Puig mientras escucha palabras de consuelo que no alcanzan ni la superficie de su dolor.

—No sé qué decir —comenta Mireia—. No esperes que nos enfademos o que te reprochemos nada. Ya está hecho. Nada de esto es normal. Y sí, a partir de ahora tendrás que compartir lo que descubras con nosotras.

—Lo más probable es que te tortures durante un tiempo —asegura Marta—. Tendrás que lidiar con la responsabilidad de tus actos, lo sé por experiencia; pero no olvides una cosa: los verdaderos responsables de estas muertes son los asesinos.

—Gracias por evitar que haya visto a Juana en el… Gustavo, se lo agradezco, es un buen hombre —prosigue Pilar, haciendo caso omiso de los comentarios de las otras dos mujeres—. Ahora debo contaros otra mentira.

—Adelante —la anima Mireia.

—Hoy, cuando me he colado en el despacho del conde de Vallespir, he encontrado a Jaume husmeando entre sus cosas. —Mireia tuerce el gesto, no sabe muy bien por qué—. Gustavo, cuando digo «Jaume», me refiero a

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Jaume Balcells, el empresario. Él estaba contemplando la fotografía de una mujer y, cuando me ha visto, la ha guardado en el escritorio y se ha ido. Es esta.

La señora Puig saca el retrato de su bolso y lo pone sobre la mesa. —No sé quién es —continúa—. Yo… no descartaría que Jaume tenga

algún tipo de implicación en el caso. No sé si como víctima o como verdugo. Lo digo porque también lo encontré husmeando en el despacho de mi marido hace tiempo, en mi propia casa. Además, tenemos razones para pensar que se apuntaría a una conspiración en contra de Claudi.

Gustavo intenta ordenar la información en su cabeza. Apoya la espalda en el respaldo de la silla y cruza los brazos.

—Disculpe que la interrumpa, doña Pilar —interviene al fin—. Debo apartar ahora mi simpatía hacia usted y debo ponerme las ropas de inspector de la policía. —Coge aire e intenta ser lo más claro y respetuoso posible—: Ustedes no son agentes, ni tienen los conocimientos necesarios para investigar un caso. Y, además, se han puesto en peligro en varias ocasiones. —Pilar baja la cabeza—. Está bien, no se preocupe por eso, solo quería dejar claro este punto. —Termina su reprimenda con una sonrisa—. Ahora, vayamos por partes. Primero, la fotografía de los tres hombres. Es cierto que la encontraron junto al cadáver de la hermana de Bernat; sin embargo, eso no debe hacernos pensar que ellos son los responsables de estas muertes. ¿No han pensado que, quizá, el verdadero asesino la dejó ahí para despistar? —La señora Puig asiente, no lo había pensado—. Tampoco sabemos lo que le hubiera contado Herminia. Están sacando conclusiones que no tienen fundamento. No digo que no lleven razón, digo que debemos demostrar nuestras teorías con pruebas y no con suposiciones.

Pilar cierra los ojos, Mireia le agarra la mano con fuerza y Marta escucha con atención.

—Si el conde de Vallespir es la mente criminal responsable de los asesinatos, lo último que deben hacer es acercarse a él. ¿Lo entienden? — Gustavo no espera a que sus interlocutoras le respondan—. Bien, supongamos que los protagonistas del retrato son unos criminales. Don Julià no está en su sano juicio. Lo único que podemos hacer es controlar las visitas que recibe. Tenemos que centrarnos en el Conde y en don Claudi. Todavía está en Argentina, ¿no es así?

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—Sí —miente Mireia con rapidez—, se fue de un día para otro y se comunica con nosotras por carta. Con Pilar para asuntos familiares y conmigo para temas de la empresa.

Marta observa a Mireia de reojo y se sorprende de las dotes actorales de la mujer. Ha sonado segura y convincente.

—Parece muy conveniente que se haya esfumado de Barcelona justo ahora. —Gustavo no recibe respuesta e intuye que es un tema peliagudo para ellas—. Perfecto —prosigue el inspector—, solo nos queda la fotografía de la mujer. Si me permiten, me la voy a quedar. Trataré de averiguar su identidad y si guarda relación con las muertes. Tengan paciencia, estamos detrás de personas influyentes y en comisaría nadie me presta ayuda.

—Gustavo, usted está implicado personalmente en este caso, ¿no es así? —asegura Pilar con la atención puesta en el vacío. Hace rato que busca el momento idóneo para sacar el tema.

—¿Cómo? ¿Qué quiere decir? —pregunta el policía con desconcierto.

—Lo que oye, tras cada una de nuestras reuniones, lo veo más claro. Usted no investiga este caso solo para hacer justicia —asegura sin mirarle a la cara—. Lo hace también por motivos personales, y si quiere que sigamos confiando en usted, sería bueno que nos los revelara.

Marta y Mireia acaban de conocer al joven inspector y no saben a qué atenerse.

—Como siempre, doña Pilar, lleva razón. —El hombre sabe que le debe una explicación—. Tengo que decirle que mi historia viene acompañada de una teoría que no puedo demostrar. —Se detiene para asegurarse de que va a hacer lo correcto—. Si no le he contado nada hasta ahora es, básicamente, porque dudo de mi teoría y no quería llenarle la cabeza de pájaros. —Se mira las manos, que mueve nerviosamente, y, acto seguido, alza la vista y empieza el relato—: Venga, allá voy. Como sabe, soy valenciano. Mi padre y mi abuelo eran policías, así que seguí sus pasos, quizá para que se sintieran orgullosos, quizá porque tampoco tenía otra vocación. Ya sabe lo mal pagados que estamos, y seguramente por eso hay tanta corrupción en el cuerpo.

»El caso es que, cuando todavía era un crío, me enamoré perdidamente de una chica de mi barrio. Se llama Estrella. Logré conquistarla, incluso le pedí matrimonio, y cuando ella aceptó casarse conmigo, me sentí la persona más feliz del mundo. —Por unos segundos le sobreviene una

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sonrisa que se apaga con rapidez—. Y, de un día para otro, desapareció. Nadie sabía nada de ella, su familia removió cielo y tierra para encontrarla. —Tuerce el gesto—. Nada. Ya se lo pueden ustedes imaginar, fue horrible. Me volví loco. Investigué hasta el más ínfimo detalle de su vida, pregunté a amigos y conocidos, rehíce sus rutinas una a una para averiguar con quién se relacionaba. Tras unos meses erráticos, una mujer que vivía en los bajos fondos de la ciudad me preguntó si yo era el hermano de Estrella. Le mentí, le dije que sí por si prefería tratar con un familiar antes que con un novio. Me explicó que Estrella andaba con un tal Ventura antes de irse. — Cierra los ojos antes de proseguir—: No es verdad. Lo que realmente dijo es que se enamoró de ese Ventura —pronuncia esta última frase con ironía y abre los párpados—, un músico trasnochado que las encandilaba a todas. Según la mujer, no era la primera chica que lo frecuentaba y que desaparecía. Nunca más se supo de ninguna de ellas. Sin embargo, me confesó el rumor que se había extendido por el barrio: el maldito Ventura las engañaba, las traía a Barcelona y las obligaba a prostituirse aquí. — Gustavo apenas puede pronunciar la última palabra. Se detiene y se recompone para seguir con el relato—: Así que pedí el traslado para buscarla y… aquí estoy.

»Llevo tiempo investigando y tengo una teoría: existe una red de delincuentes que secuestra a chicas y las obliga a prostituirse, como le pasó a Estrella. Fuerzan a chicas humildes que traen de todos los rincones de España, pero también lo hacen con chicas pudientes, a las que drogan y obligan a ejercer una primera vez. Luego las chantajean para que repitan cuando un cliente pide a una mujer sofisticada. Al principio deduje que algunas no lo soportaban y se suicidaban, pero ahora pienso que es la manera como ellos se deshacen de las más problemáticas. Las que usted descubrió en los diarios, las que murieron en las barracas, Herminia…, todas podrían formar parte de la misma red.

»También creo que su amiga Irene descubrió la confabulación y que la quitaron de en medio. Así que sí, quiero ayudarla, doña Pilar, y también quiero encontrar a Estrella, o al menos saber qué fue de ella. Creo que fue víctima de esta trama que estamos investigando, que la trajeron a Barcelona y que ahora puede estar atrapada en una vida mísera, viviendo en cualquier barraca de la ciudad. Permítame que se lo repita, se trata solo de una teoría; tenemos que encontrar pruebas, porque, de lo contrario,

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nada podremos hacer contra ellos. Y, por supuesto, podría ser que ambos casos no tuvieran relación alguna.

Pilar se levanta y abraza al inspector. Son unos segundos en los que el comedor se convierte en un espacio de hermandad. Acto seguido, les pide a todos que se vayan. Ha sido un día largo y debe cuidar de sus hijas. Cuando cierra la puerta del piso, camina directa hacia el salón donde han encontrado a Juana y se sienta en el suelo a oscuras. El noi de la mare se repite en su cabeza una y otra vez, sobre todo la primera estrofa. Llora como si tuviera el cuerpo hecho de lágrimas y ella pudiera desaparecer del mundo tras expulsarlas todas. Llora porque la soledad sangra por los ojos cuando habita el alma.

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13 de junio de 1925

La señora Puig se ha mudado con sus hijas al piso familiar por unos

meses, los necesarios para que el recuerdo de Juana sin vida desaparezca de la mente de Eulàlia y el piso de la calle Provença quede libre de recuerdos aciagos. El servicio ha adecentado las partes olvidadas del antiguo hogar de una familia que, aunque se mostraba perfecta de puertas afuera, estaba podrida por dentro. «Quién sabe. Quizá ahora, con mis dos hijas, por fin crezca algo de felicidad entre estas paredes», se convence.

Hoy enterrarán a Juana, y Pilar ha decidido entrar en los aposentos de su padre antes de partir hacia el cementerio de Montjuïc. Don Julià Puig, delgado como una cascada en periodo de sequía, de piel erosionada por las inclemencias de la vida y postrado en un ataúd de comodidades, se ha convertido en un retrato de Dorian Gray de su propio pasado. Pilar se sienta a su lado a sabiendas de que apenas podrá interactuar con el enfermo.

—Sé que nunca entro a verle, padre —confiesa Pilar sin pesar—. Duermo algunas semanas en este piso como si fuera la hija perfecta, pero la verdad es que me dedico a dar órdenes al servicio y apenas le hago compañía.

—Ayer me visitó tu hermano —dice don Julià espontáneamente—. Por la mañana. Está muy desmejorado. —Pilar se compadece de la persona que tiene ante sí porque ya no distingue la realidad de la locura. «Y yo tampoco. No después de lo de Juana», piensa. A veces cree que la realidad es una locura compartida.

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—No le hago compañía porque no quiero, no nace de mí mostrar ningún tipo de conmiseración hacia usted. —Pilar reposa la espalda en el respaldo de la silla y cruza los brazos—. Para usted, la amabilidad era una herramienta con la que cerrar negocios y el cariño, una característica de los débiles. Para usted, la familia no era una institución cristiana con la que fomentar el amor y la prosperidad, era un instrumento para conseguir sus propósitos. —Se levanta—. Esa es la razón por la que no le visito, porque no tengo nada que decirle.

—Josep traía unas barbas largas —prosigue don Julià—. Y el pelo, el pelo también lo tenía largo. Me hablaba de hacer las cosas bien, y yo no entendía nada.

«Esta charla no nos ayuda a ninguno de los dos», piensa la señora Puig.

—No sé si usted tiene alguna relación con el asesinato de Irene —dice, solemne y enfadada—. De hecho, ella murió cuando usted ya había enloquecido. He revisado los documentos y la correspondencia que guarda en su despacho y en la casa de Vilassar y no he encontrado nada más que una colección de amantes a las que escribía sin pudor. Si descubro que tiene la más mínima responsabilidad en este caso, no me temblará el pulso a la hora de delatarle a la policía.

De esta guisa abandona la estancia y deja a su padre atrás. Entra en la cocina para prepararse un té y encuentra La Vanguardia sobre la mesa. Da con el artículo de un primer vistazo, que cae como un jarro de agua fría. Las fuerzas le flaquean. El cuello de la blusa le molesta. Se lo desabrocha. Entonces suena el timbre del piso familiar. Debe de ser Mireia, o Marta, que vienen a acompañarla al entierro. No puede más. Enfila el pasillo. El ambiente es asfixiante. Apoya una mano en la pared para recuperar el aliento. No lo consigue. Abre la puerta que da acceso al salón. Mira los retratos de sus padres situados a lado y lado de la chimenea. Agarra el atizador.

—¿Por qué los ayudaste? —Golpea el cuadro de su madre con el hurgón—. ¿Por qué me obligaste a callar en tantas ocasiones? —Cada vez aporrea el retrato con más rabia—. Soy mejor que todos ellos, y tú lo sabías. —Clava la punta del atizador en el corazón de su madre—. ¿Lo sabías? ¿Sabías que él era un demonio? —No contenta con el agujero, rasga la imagen hasta las piernas—. ¡Me lanzaste a sus garras! —Ahora apalea el cuadro con la punta del atizador. Con cada porrazo aparece un

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nuevo orificio—. Tú también vivías con uno y no hiciste nada para protegerme. ¿Tan poco me querías?

Entonces, Mireia entra en el salón con el pequeño Josep en brazos. Rápidamente comprende que debe intervenir. Sienta al crío en el sofá y agarra a Pilar por la espalda con la intención de contenerla.

—Por favor, tranquilízate, el cuadro no tiene la culpa de nada.

La señora Puig ofrece resistencia durante unos segundos y, acto seguido, relaja los brazos y deja caer el atizador al suelo. Mireia la abraza por la espalda.

—Así me gusta, calma, ya está, ya pasó.

La mujer trastabilla y se precipita sobre Mireia. Esta no es capaz de sostenerla, así que las dos caen al suelo y terminan sentadas. Mireia continúa aferrada a ella.

—Tienes derecho a desahogarte —le susurra—. Hazlo conmigo, cuéntame qué te pasa.

Pilar llora, las lágrimas han sido fieles compañeras en estos últimos días. Eulàlia y Teresa aparecen alarmadas por la escandalera y permanecen de pie, expectantes al lado de la puerta. La pequeña coge con fuerza la mano de su hermana mayor.

—Antes era todo mucho más fácil. Quizá no era feliz, pero sabía cuál era mi lugar. Llevo meses haciéndome la fuerte. Ya no puedo más, ya no sé quién soy ni lo que tengo que hacer cuando me levanto. Y Claudi…

—Contrólate, cielo —le dice Mireia a un volumen imperceptible para sus sobrinas—. Están aquí las niñas, no digas nada de lo que te puedas arrepentir.

Pilar cierra los ojos y halla un atisbo de cordura. «Qué fácil sería echarse a la bebida —piensa—, o largarse, o comprar una cuerda y colgarse».

—Os escucho… —se arranca Pilar—. Os escucho a ti y a tus amigas feministas, lo que decís, lo que buscáis. ¿Y si no lo conseguís nunca? ¿No estás agotada? Deberíamos dar gracias a Dios por haber crecido entre algodones, porque imagina que fuéramos trabajadoras de una fábrica.

Mireia no responde de inmediato, busca las palabras adecuadas para calmar a Pilar.

—Somos la voz del silencio —asegura Mireia—. Y ya es hora de que el silencio se vuelva ensordecedor. ¿Sabes? A mí lo que me agota es que

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me digan lo que tengo que decir o cómo me tengo que comportar. Eso sí que es agotador.

Suena el timbre del piso. No le prestan atención. El pequeño Josep empieza a inquietarse sobre el sofá y Mireia se ve obligada a levantarse y a cogerlo en brazos.

—Pero si tú siempre has hecho lo que te ha dado la gana —replica Pilar desde el suelo.

—Eso no es cierto. Antes miraba a todo el mundo por encima del hombro para disimular lo pequeña que me sentía, y que me siento. — Mireia empieza a caminar por el salón mientras mece a Josep—. La Mireia de años atrás se atrevía a participar en las conversaciones más sesudas y contradecía las ideas más reaccionarias con discursos liberales, incluso revolucionarios, sí; pero no era más que un bufón. Yo era una excepción inofensiva que confirmaba la regla. Qué tonta, las palabras no van a cambiar nada en un mundo de sordos.

Marta aparece en el salón y saluda contrariada. Aunque la sirvienta que

le ha abierto la puerta la ha advertido de que era un mal momento para las

visitas, ella ha decidido aventurarse.

—¿Qué ha pasado? —pregunta.

—Eulàlia, Teresa, ¿podéis dejarnos solas un rato? —les pide Mireia—. Sé que os gustaría… Pero necesitamos hablar. Y también os pido que cuidéis de Josep, está muy inquieto.

Las chicas asienten. Eulàlia coge al crío en brazos, que se queja cuando lo separan de su madre, y cierra la puerta tras abandonar el salón junto a su hermana. Mireia se sienta de nuevo en el suelo, al lado de Pilar, y Marta, tras observar el cuadro rasgado de doña Teresa, se une a ellas.

—¿Y ahora qué? ¿Qué se supone que tengo que hacer? —pregunta Pilar con la mano en el pecho.

—Ahora enterraremos a Juana y mañana será otro día —dice Mireia

—. A partir del siguiente, haz lo que quieras. Ayúdame a pensar cómo hacemos desaparecer a Claudi del todo. O búscate un buen hombre, cásate con él y dedícale tu vida. Todo me parecerá bien, te lo juro por mi hijo. Toma una decisión y sigue adelante. Yo te apoyaré. La vida nos ha unido, la vida es sabia, no le llevemos más la contraria.

—Podéis contar conmigo para lo que queráis —interviene Marta—. Lo digo de verdad. Tengo miedo. Tengo miedo de que mis hijas hayan caído

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en las redes de esa gente y que ahora… Nos necesitamos, y eso es un hecho.

—Gracias, Marta, creo que el sentimiento es mutuo. Seguiremos buscando a tus hijas pase lo que pase.

Las tres mujeres sonríen en silencio hasta que la señora Puig lo rompe:

—¿Habéis leído el diario de hoy?

Mireia y Marta niegan con la cabeza. Entonces Pilar les cuenta lo que se ha publicado en la primera página de la mayoría de los rotativos. El comisario Pérez de Millo ha revelado la existencia de un nuevo asesino en serie que ahorca a las mujeres. Todavía no saben cuál es el patrón que lo lleva a cometer los homicidios, pues ha matado ora jóvenes de buena familia, ora chicas de origen humilde. Han añadido a Juana en el listado y, por suerte, Irene no se cuenta entre las víctimas del supuesto homicida. Aunque es todo un montaje, la señora Puig agradece el detalle, no le gustaría que Marcel·lí viviese con una idea equivocada de lo que le sucedió a su madre. También se muestra indignada, pues han publicado la enésima mentira que tapará los crímenes. Sin comerlo ni beberlo, toma una decisión. Necesita apartarse del caso para recuperarse.

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14 de junio de 1925

El corazón de Marcel·lí quema carbón como una locomotora que alcanza

la máxima velocidad. Los gritos y las arengas de los socios que lo rodean enaltecen el sentimiento de pertenecer a una entidad deportiva como el Fútbol Club Barcelona. No queda ni un asiento libre en el campo de Les Corts, inaugurado tres años atrás, al que más de veinte mil personas han asistido para disfrutar del amistoso entre el Barça y el Júpiter, el equipo de Poblenou que ha subido a lo alto del podio de la segunda categoría del campeonato español. El partido se celebra en honor al Orfeó Català.

Actualmente, el campo de Les Corts es uno de los pocos espacios públicos donde se habla catalán y donde se manifiestan ideas políticas contrarias al Directorio, por lo que el gobernador Joaquín Milans del Bosch se ha mostrado reticente a la celebración del partido. El encuentro se disputa hoy domingo gracias a la presión social ejercida por un importante número de ciudadanos enfurecidos a causa de la clausura de varias instituciones y asociaciones catalanas, como Foment Autonomista Català dos días atrás.

Marcel·lí mira a Eulàlia, que, sentada a su lado, parece un espectro. Emili Puigverd, el padre del chico, no podía asistir al encuentro, así que Marcel·lí ha convencido a su prometida para que lo acompañe. Se arrepiente porque Eulàlia parece abstraída por los pensamientos más oscuros. Quizá no se encuentra en el lugar más adecuado para alejarse de los últimos y aciagos acontecimientos, tal y como él esperaba que sucediera. Lo único que se le ocurre para ayudarla es rodearla con el brazo

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y presionarla con dulzura contra el pecho, en una suerte de abrazo que la chica agradece en silencio.

Ahora mismo, el campo entero pita y muestra otras señales de descontento porque suena la Marcha real. Da la casualidad de que varios barcos de la marina británica han atracado en el puerto, y las autoridades han invitado a su banda militar al campo para que toque antes del partido. Ajenos a los devenires políticos del país, los músicos no entienden el rechazo con el que los asistentes reciben la melodía. Para ellos, la canción debería alentar el patriotismo. Acto seguido, tocan el himno británico, que es acogido entre aplausos y vítores. El gobernador, desde el palco, tuerce el gesto ante una ofensa que tendrá una respuesta contundente.

El partido empieza y Marcel·lí reflexiona sobre sus propios pesares. La noticia del nuevo asesino en serie ha conmocionado la ciudad. Es la comidilla de los corrillos, los cafés y las reuniones. Los padres y los maridos restringen las actividades que las mujeres pueden desarrollar en solitario. Amigas y conocidas del chico piden a esposos y hermanos que las acompañen allí adonde van. Marcel·lí sufre por Eulàlia. Tras el asesinato de Juana, ha convencido a Pilar para que todas las mujeres de la familia cuenten con un guardaespaldas. «El asesino estuvo en su casa — piensa el chico—. Quizá acudió a por alguna de ellas y, al encontrarse solo con Juana, se contentó con la mujer». Aunque no desea alimentar los temores de su amada con sus propios miedos, le aterroriza la idea de perder a Eulàlia otra vez.

El Barça marca el primer gol y estalla la euforia por los cuatro costados. El día ha amanecido grisáceo y, ahora que las nubes se apagan en el horizonte, Marcel·lí contempla el cielo a la espera de que su madre se manifieste y lo guíe. Don Emili confía en la policía. Cree que el comisario Pérez de Millo no ha incluido a Irene en la nueva investigación porque no existe relación entre ambos casos. Marcel·lí advierte el dolor con el que su padre todavía habla sobre la muerte de su esposa y considera que su actitud no es más que una huida hacia delante para no tener que lidiar con la idea del suicidio. Al mismo tiempo recuerda que, durante los meses posteriores al trágico suceso, doña Pilar barajaba la posibilidad de que se tratara de un homicidio y no de un ahorcamiento voluntario. La sangre le hierve cuando le da vueltas al asunto, y la impotencia se convierte en impulsos agresivos. El Barça marca el segundo gol y Marcel·lí aprovecha para vaciar la ira acumulada a voz en grito.

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El deporte ha transformado el ocio de la sociedad catalana en los últimos veinte años. Por un lado, se han creado innumerables clubes y asociaciones que han acercado las prácticas deportivas a las clases más humildes; por el otro, la construcción de campos de fútbol, velódromos, piscinas y otros espacios para ejercitar el cuerpo ha popularizado el fútbol, el boxeo, el ciclismo y la natación, en detrimento de deportes más elitistas como el tenis. Además, la creación de competiciones oficiales y la especialización de una prensa deportiva incipiente están convirtiendo el fútbol en un entretenimiento de masas. La modernidad exige entrenar el cuerpo y sudar. El alma, para muchos, todavía queda en manos de la Iglesia.

El partido termina con un tres a uno a favor del Fútbol Club Barcelona y el estadio felicita a su equipo al tiempo que grita consignas políticas poco favorables para Primo de Rivera. Resulta curioso que muchos de los empresarios que ahora mismo critican al régimen, mañana cantarán sus excelencias en los salones y despachos donde se cierran los negocios. En todo caso, Marcel·lí vocifera como el que más, lo hace en defensa de la cultura en la que sus padres le han educado. Su rabia se acrecienta con cada palabra escupida en contra de un Directorio que limita su libertad. El chico lo tiene claro, la situación no va a mejorar por las buenas. Algunos agentes como Estat Català están encontrando respuestas poco ortodoxas pero que podrían llegar a ser efectivas a los ojos del chaval. El complot del Garraf no ha surtido el efecto deseado; no obstante, quizá la siguiente acción sí que acabe con el rey. O con el dictador.

Eulàlia parece más animada. Se ha dejado llevar por la alegría de unos seguidores que hacen temblar los cimientos del estadio con su euforia. Visto lo visto, la idea de Marcel·lí no ha sido del todo desacertada. El chico se pregunta cómo va a formar una familia en un contexto como el actual, en una sociedad tan moderna como retrógrada, con unos gobernantes tan poco dados a la eficiencia.

Tras el partido, el Orfeó Català ofrece un concierto para el deleite de los presentes. Al día siguiente, Milans del Bosch clausurará el estadio de Les Corts por seis meses debido al efusivo rechazo de la Marcha real; a finales de mes, el Directorio prohibirá toda actuación del Orfeó y amenazará con cerrar sine die el Palau de la Música si la entidad no hace, en palabras del propio gobernador, «terminante y palmaria la manifestación de su adhesión a la unidad de la Patria, única e intangible».

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Cuanto más se prohíbe, más personas piensan como Marcel·lí. Barcelona nunca pone la otra mejilla y es, por enésima vez en lo que llevamos de siglo, un polvorín.

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28 de junio de 1926

Marta sonríe satisfecha tras recitar el último poema del programa que se

está emitiendo ahora mismo y que se estrenó el pasado febrero, el primer espacio de contenido femenino creado por mujeres. Dos escritoras pertenecientes al Instituto de Cultura de la Mujer escriben Radiotelefonía femenina de modas y ciencia doméstica bajo los seudónimos de Pompadour y Maintenon. Entre consejos y reflexiones, el espacio también radia creaciones literarias de las oyentes, todo ello locutado por la Señorita Rodríguez.

Huelga decir que su identidad es uno de los secretos mejor guardados de la ciudad. La voz de la Señorita Rodríguez es conocida entre los adictos al sinhilismo. Concedió una entrevista a la revista Radio Barcelona en la que expresaba su pasión por las ondas y comentaba la incognoscible sensación que experimenta cuando se sienta ante un micrófono a sabiendas de que la están escuchando miles de personas; pero nunca aparece en público ni permite que se publique una foto de su rostro. A diario recibe cartas, regalos y flores en la oficina. Tras el reciente acuerdo con la Sociedad de Autores, ha incrementado su participación en antena porque la EAJ-1 ya emite fragmentos de obras cuyas heroínas necesitan una voz que las interprete.

Hace seis meses que Marta dejó Calcetería Núñez porque el director de la radio le ofreció un trabajo como secretaria en la propia emisora. Sin comerlo ni beberlo, se vio inmersa en el epicentro del ente, por eso vive en una especie de sueño. No obstante, no ha descubierto el paradero o el estado en el que se encuentran sus hijas, la piedra en el zapato que

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dificulta su camino. A pesar de que ha hecho todo lo que estaba en su mano para encontrarlas, no lo considera suficiente. Nunca es suficiente.

En este momento, Marta recoge los papeles que acaba de locutar y cruza el nuevo estudio de Radio Barcelona. Hace meses que abandonaron el Hotel Colón y que se instalaron en la calle Caspe, en el mismo edificio que alberga el teatro Tívoli. La locutora avanza sobre un suelo enmoquetado que, junto con las paredes y el techo, aísla un estudio mejor distribuido y tres veces mayor que el anterior: caben una orquesta y un coro al completo. El sistema de microfonado múltiple permite una calidad antes imposible, se han solucionado algunos problemas técnicos gracias a los consejos de los compañeros de la British Broadcasting Company, con los que mantienen contacto semanal, y han mejorado el sistema de ventilación que tantos quebraderos de cabeza les traía en el hotel. Las nuevas instalaciones contienen dos lujosas salas de espera, una terraza y un fumoir. El espacio del anunciador es ahora una sala de máquinas ocupada por varios técnicos a la que llaman «cabina de control». Mireia y Pilar han escuchado el programa desde la mencionada estancia y andan emocionadas porque han visto a la Señorita Rodríguez en acción y han conocido los nuevos estudios de la radio.

Clara, la mujer del fallecido periodista al que Marta sonsacó información y que ahora locuta de vez en cuando algunos fragmentos literarios y acompaña a la Señorita Rodríguez en algunas lecturas, la aborda cuando esta sale a la sala de espera con la intención de encontrarse con Mireia y Pilar.

—¡Marta! El director me ha ofrecido trabajar como ayudante en el archivo —anuncia Clara mientras abraza a su amiga con fuerza—. Sé que me recomendaste para el puesto, te lo agradezco muchísimo.

—Faltaría más —le responde Marta presionándola contra su torso con cariño—. Hay días que, entre músicos, técnicos y locutores, pasan por aquí más de cien personas, y las mujeres nos contamos con los dedos de una mano. Si no nos ayudamos entre nosotras…

—Entre lo que me dan en la radio, la pensión de viudedad y un dinero que ahorré hace tiempo, podré ir tirando. —Marta se congratula, ella es el origen de la última fuente de ingresos—. Me gusta trabajar aquí: soy más pobre, pero más feliz. ¿Qué tendrá esto que atrapa tanto?

—La verdad es que no lo sé —responde Marta con una sonrisa traviesa —. Creo que ha llegado el momento de dejar de dar vueltas a las cosas y

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de disfrutar de las alegrías que nos trae la vida, ¿no crees?

Ambas mujeres han estrechado lazos a lo largo del año transcurrido. Son compañeras y, en parte, confidentes; y Marta ayuda siempre que puede a su nueva amiga. La locutora considera que no se merece los abrazos o los mimos con los que Clara la agasaja, pues si la viuda supiera lo que ella hizo en el pasado, lo más probable es que le retirara la palabra. Cuando Clara se despide para seguir con sus quehaceres, Marta siente el impulso de sacar la libreta y tachar el nombre de la mujer. Sonríe, ya lo hizo hace tiempo. «Supongo que esto es lo que hacen las buenas personas —se dice—, ayudan a los demás porque sí y no porque necesiten compensar sus errores». De repente se abre la puerta de la cabina de control y aparecen sus amigas.

—Esto es increíble —comenta Pilar cuando se acerca a Marta, con Mireia cogida del brazo—. ¡Gracias por invitarnos! Jamás imaginé que los estudios serían así. ¡Es mágico poner cara a las voces que escuchas cada día!

En este preciso momento, el señor Toresky cruza la sala de espera en dirección al estudio. Marta, que conoce la devoción que Pilar le profesa, aprovecha para presentarlos:

—Don Josep, un segundo, por favor. Me gustaría presentarle a dos amigas, Mireia y Pilar, ambas radioyentes convencidas.

Josep Torres, alias Toresky, se detiene con una sonrisa de oreja a oreja que ilumina su semblante mientras se toca las gafas, que descansan sobre una nariz pronunciada, y alarga la mano para estrechársela a las mujeres que acaba de conocer.

—Un placer, señoras. ¿Es su primera vez en los estudios? —dice el antes actor y ventrílocuo, y ahora locutor principal de Radio Barcelona.

—La verdad es que estamos muy sorprendidas —responde Mireia. —Muchísimo —corrobora Pilar—. Me encantan sus lecturas

dramáticas, pero también los relatos que lee para los niños. Mi hija Teresa no se pierde ni uno. ¡Y los diálogos de El colegio de niños son tan graciosos! ¿Es verdad que usted hace todas las voces de los críos?

—Pues sí —asegura con un atisbo de timidez—, me hubiera gustado ser médico o arquitecto, pero Dios me bendijo con esta habilidad —dice encogiéndose de hombros—. Me alegra que nos escuchen. Si me disculpan, el deber me llama. Tengo que volver al estudio.

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Toresky se despide y Marta lo observa mientras se aleja. Empezaron a locutar más o menos a la par; sin embargo, él se ha convertido en la voz que capitanea el barco y que genera más adeptos. Ella, a pesar del reconocimiento que recibe, se siente prescindible. Mientras Toresky hace gala de su don de gentes y mantiene una relación fraternal con los jefes, basada en noches de copas y debates sobre el futuro de las ondas, Marta no consigue que tomen en serio sus opiniones y tiene que ganarse el respeto de sus compañeros a diario. Lo sabe. Necesita un proyecto propio que interese a todos los radioyentes, un espacio que se convierta en indispensable y cuyo éxito afiance la influencia de la locutora en el ente.

Sale de su ensimismamiento cuando Mireia le pregunta si pueden marcharse. La Señorita Rodríguez asiente y las tres mujeres bajan las escaleras que las separan de la calle en una animada conversación sobre la experiencia en la EAJ-1. Lejos quedan ya los días grises en los que Claudi las amenazaba con su sombra.

—Qué pena que no estuviera Miss Kinder —dice Pilar—. Me hubiera gustado conocerla. Eulàlia y yo escuchamos su curso de inglés. Cada semana nos pegamos a la radio cuando empieza.

—Pues a mí me apena que hayan cancelado la sección de noticias del Semanario Universal —comenta Mireia—. Pero bueno, ya nos contaste que lo hicieron para evitarse problemas con el Directorio.

Marta sonríe satisfecha, la EAJ-1 crece sin pausa. En los últimos meses, Radio Barcelona ha puesto en marcha, entre otros programas, Sección Deportiva, en la que se informa de las victorias de los equipos locales y otras novedades sobre las distintas competiciones; Radiohumorismo, con el primer actor del teatro Romea, Joaquín Montero, que ofrece semanalmente una revista cómica original para las ondas, y Crónica de Cine, en el que se anuncian las películas de próximo estreno.

—¿Te vienes? —pregunta Mireia a Marta una vez que han alcanzado la calle—. Pilar me ha pedido que la lleve de compras. —Y añade con algo de mofa—: Quiere vestidos más modernos, no sé yo si la veo… El caso es que la voy a llevar a los grandes almacenes de la calle Pelayo.

—¿Iremos a Pelayo? Pensaba que compraríamos en alguna de las tiendas elegantes del paseo de Gràcia, las que importan ropa de París.

Mireia y Pilar dan por supuesto que Marta las acompaña y enfilan la calle Caspe en dirección a plaza Catalunya.

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—Cuñada, sigues anclada al pasado —comenta jocosa Mireia mientras la coge del brazo—. Las tiendas más modernas están ahora en la calle Pelayo. Las Ramblas se han quedado con la tradición y el paseo de Gràcia, con el lujo; pero en Pelayo tenemos El Águila. Allí puedes comprarte lo último en Nueva York. O también podríamos ir a los Alemanes.

—Pues ya me dirás tú para qué quiero ponerme lo que visten en Nueva York si vivo en Barcelona —responde Pilar, poco convencida con la propuesta.

—¿La verdad? También quiero pasar por una librería que venden títulos de los que no pasan la censura, ya me entiendes. Así que mataremos dos pájaros de un tiro.

Aunque Mireia espera otra queja de su cuñada, esta permanece callada. La señora Puig tiene sus motivos, pues se dispone a sacar un tema que cada vez es más tabú entre ellas.

—Tengo noticias de Gustavo —dice Pilar, preocupada porque no la tomen por pesada—. Aunque el pobre se deja la piel en el caso, solo da pasos en falso. A veces pienso que todo está en mi cabeza porque es imposible dar con la verdad. Bueno, el caso es que ha descubierto la identidad de la mujer cuyo retrato cogí del despacho del conde de Vallespir. Se llama Carmina, es una madama conocida en Barcelona y nadie sabe dónde vive ni cómo encontrarla. Gustavo no descarta que esté relacionada con todo lo de…

La prudencia endereza los siguientes instantes. A estas alturas, Mireia y Marta ya no saben cómo consolar a Pilar.

—Gustavo lleva meses investigando al conde de Vallespir —continúa

—. Lo ha seguido y ha averiguado la vida y milagros de las personas con las que se cita. Nada. Solo pisa los burdeles para acostarse con chicas, no queda con matones o miembros del hampa, no se le ha visto con Carmina. Nadie sospechoso visita a mi padre. Seguimos tan perdidas como siempre.

Mireia agarra el brazo de Marta con la mano libre y se va por otros derroteros.

—¿Sabes? Pilar quiere parecer más moderna porque Gustavo le dio un beso y él es un poco más joven que ella —confiesa Mireia.

—¿Cómo? —pregunta Marta, divertida—. Pilar, ¡por fin te has soltado la melena!

Marta no lo dice solo en sentido figurado, pues la señora Puig ha dejado atrás el moño. Ahora luce el pelo largo y liso y, como no podría ser

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de otra manera, impoluto. Parece como si la angustia hubiera desaparecido junto con su antiguo peinado. Ha aprendido a sobrellevar los aciagos sucesos del pasado; se nota en su rostro relajado, en su estilo ahora algo desenfadado y en sus maneras más amables. Ha pasado un año desde el asesinato de Juana y, de hecho, no ha aparecido ni una sola mujer ahorcada en este tiempo. Por ello, la opinión pública se ha olvidado de las víctimas y del asesino en serie aupado por la prensa, que llenó páginas y páginas de los rotativos y que no fue más que una invención.

Mireia, en cambio, es la otra cara de la moneda de Pilar. Las ojeras le invaden el rostro. Sus andares desgarbados evidencian un cansancio que se prolonga semana tras semana. Ha dedicado un sinfín de horas a la compañía y no está obteniendo los resultados que esperaba. Para los socios y trabajadores de la Puig & Mckey, Claudi todavía sigue en Argentina, y dicha farsa parece ya insostenible en el tiempo. La compañía anda inmersa en una pequeña crisis que Mireia no consigue resolver, y los accionistas la presionan porque necesitan comunicarse directamente con el todavía director. Además, La Luz del Futuro ha sido clausurada en innumerables ocasiones debido a algunos artículos incómodos para el Directorio, y Caterina ha estado en prisión dos veces por instigación al desorden público. Apenas sabe si la revista está causando el efecto que deseaban y, en el fondo de su corazón, desearía cerrarla y encontrar otra manera de defender sus ideas. Su vida se centra en el trabajo y hoy, como gran excepción, se ha tomado la tarde libre porque Pilar le insistió en que la acompañara a la radio.

—Mireia, ¡no deberías habérselo dicho, te lo conté en confianza! — dice enfadada ante la sonrisa burlona de su cuñada—. Verás, Marta — prosigue más calmada para explicarse—, en uno de nuestros encuentros se sentó a mi lado, muy cerca, para enseñarme unas fotografías de otros casos similares. Él se dejó llevar por la lujuria y me besó. Al menos eso me confesó después. Ya se ha disculpado y me ha prometido que no va a volver a pasar más.

—Estoy segura de que quieres que rompa su promesa.

Pilar miente y niega que disfrutó del beso, porque una mujer de su posición debe rechazar las galanterías de un simple inspector. Sin embargo, las habladurías la tienen sin cuidado. Lo que realmente teme es que Gustavo encuentre a su amada y se olvide de ella. Es más, sobre esta demoledora incertidumbre pesa el miedo a hacer el ridículo, pues ella

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nunca se ha permitido el flirteo y jamás ha sido cortejada por un hombre más joven. Hace años que no se siente atractiva. No, no quiere comprarse ropa para sorprender a Gustavo, lo hace porque sus hijas le repiten una y otra vez que viste como una vieja.

Las tres mujeres bordean la plaza Catalunya, todavía en obras. El proyecto de renovación del espacio, proyectado inicialmente por Puig i Cadafalch, ha sido modificado tantas veces que nadie sabe muy bien cuál va a ser el resultado final. Además, los trabajos se interrumpen cada dos por tres para vergüenza de los barceloneses. Pilar observa a los albañiles y se pregunta qué le sucede a Barcelona. A veces opina que la ciudad podría convertirse en el centro del mundo y otras, que carece de rumbo y de futuro.

—Eugeni me ha pedido que me case con él —confiesa Marta sin venir a cuento.

—Por el amor de Dios, ¿cómo lo sueltas así? ¡Muchas felicidades! — dice Pilar con gran euforia.

—¡Me alegro mucho por ti! Pensaba que lo conoceríamos hoy en la radio, ¿acaso lo escondes? —pregunta Mireia mientras abraza a Marta.

—Muchas gracias a las dos. La verdad es que hoy no actuaba, por eso no ha venido. Y ¿sabéis una cosa? Quizá sea mejor así. Prefiero mantener estos dos mundos separados, ya lo sabéis, por todo lo que nos ha pasado… El caso es que le he respondido que no.

—Pero ¿por qué? —dice Pilar alzando la voz.

—Es difícil de contar. Supongo que no quiero volver a depender nunca de otra persona. Aunque en Cataluña disponemos de la separación de bienes cuando nos casamos, no quiero tener que pedir permiso a un hombre para determinadas cosas. Viviremos amancebados y ya está. Lo importante es que Eugeni lo ha entendido, él lo entiende todo.

La señora Puig se esfuerza por mantener la compostura. Las mujeres que la rodean le han enseñado a valorar el respeto, un bien que no se adquiere si no se concede, que se gana reacción a reacción. Mireia, en cambio, asiente contenta y se pregunta qué haría ella en sus circunstancias.

La calle Pelayo parece un cuadro cubista. A la izquierda, los comercios más modernos de la ciudad reciben las visitas de clientes de todo tipo; a la derecha, la valla que separa las vías del ferrocarril y las todavía aparatosas obras de su soterramiento. Una vez más, el glamour y el caos se dan la mano en Barcelona.

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Marta contempla la calle y se da cuenta de la relevancia de su decisión. No quiere casarse. Asimismo, asume que no le apetece ir de compras, así que se despide precipitadamente de sus amigas y continúa con su camino. Cuando se aleja unos metros, abre el bolso y saca la libreta. Permanece unos segundos ensimismada con una idea. Duda, no sabe si ha llegado el momento. Víctima de un arrebato, tacha su propio nombre del listado. A continuación, observa la libreta durante unos instantes y disfruta de la suave brisa que se acaba de levantar y que aligera el calor del verano. Ya no quedan tantos nombres. Quiere celebrar la proeza. Decide que preparará una buena cena para ella y para Eugeni. No puede revelarle los motivos de su dicha, su pasado sigue siendo un tabú por el que su novio no muestra interés alguno. Decide acercarse a una carnicería del Distrito V cuyo dueño siempre le hace un buen precio, así que se sumerge en el barrio.

Mientras pasea, un hombre llama su atención. Jaume Balcells sale de un hostal acompañado por una mujer y se despide de ella dándole la mano educadamente. Por la ternura con la que se tocan y la mirada que cruzan, Marta deduce que comparten más que conversaciones. ¿De qué le suena ella? Le resulta familiar. No sabe muy bien dónde la ha visto, o si alguna vez han cruzado un saludo. Conecta una idea con la otra y llega a una conclusión: se parece a la mujer de la fotografía que Pilar cogió en el despacho del conde de Vallespir. ¿Está segura de ello? No del todo. Hace ya más de un año que vio el retrato en cuestión y su mente podría gastarle una mala pasada. Sería mucha casualidad que se encontrara con Carmina el mismo día en que Pilar ha mencionado su nombre. Aun así, se parece al recuerdo que tiene de ella. El caso es que Carmina se marcha en dirección contraria y Jaume se dirige hacia donde se encuentra Marta.

—¿Se puede saber qué haces con esa mujer? —pregunta Marta a Jaume a riesgo de parecer una loca.

El hombre, todavía sumergido en la nube de felicidad que lo acompaña tras su encuentro con Carmina, permanece impertérrito ante la pregunta de Marta.

—¿Y tú qué sabes sobre ella? —responde él con cara de póquer. Ante el titubeo de la locutora, el señor Balcells reacciona al fin—: No sabes nada, así que déjame en paz.

—No puedo explicarte por qué —alcanza a decir—, pero estoy segura de que Carmina no es de fiar.

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Jaume tuerce el gesto y, por primera vez en mucho tiempo, pierde los estribos.

—¿Precisamente tú la acusas de no ser digna de confianza? ¿Tú? Te recuerdo que la última vez que quedamos me hiciste unas fotos que Claudi usó para chantajearme.

«Así que el Trampas llegó a usarlas antes de que Mireia las destruyera», piensa Marta. Acto seguido, niega con la cabeza, sus remordimientos no van a impedir que proteja a sus amigas. Otro detalle acude a su mente. Cuando ha mencionado el nombre de Carmina, Jaume no la ha corregido. Es ella.

—Debo contárselo a Mireia y a Pilar, ellas…

—Mira, sé quién eres, sé que eres la Señorita Rodríguez. Tengo muy buenos amigos en la ANR y, si quiero, te echan mañana mismo. Así que no me toques los cojones. Aléjate de mí, y aléjate de Mireia. Y te juro que si les dices algo, ya te puedes ir despidiendo de la radio.

Marta observa cómo Jaume se aleja. Comprende que la felicidad, para ella, es esa frase que un dramaturgo tacha tan pronto como la termina de escribir.

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4 de julio de 1926

Una estela de agua persigue a Mireia mientras cruza el puerto a bordo de

un laúd. Ella disfruta de la brisa que le abanica el rostro con dulzura y se pregunta por qué no había descubierto el remo antes. El verano pasado se inició en el arte de deslizarse sobre el mar y ya ha participado en varias regatas de canoa de paseo para señoritas. En una de ellas quedó segunda, y aspira a ganar alguna en el futuro. No obstante, el propio acto de impeler una embarcación es lo que realmente la llena de satisfacción, pues la paz y la calma que este deporte le brinda son una experiencia sin igual.

Manel hace las veces de timonel, sentado delante de Mireia. Ella se lamenta porque ya es hora de volver al muelle del Real Club Marítimo de Barcelona y, a la vez, agradece la cálida sensación de bienestar que el hombre le brinda. Cuando alcanzan la plataforma, suben el laúd, lo arrastran hasta el interior del edificio y lo depositan en uno de los soportes que ponen orden al embarcadero del club.

La mente de Mireia sigue navegando por aguas felices hasta que toma tierra en el vestuario de mujeres, cuando la crisis le invade el pensamiento: la Puig & Mckey ha tenido que salvar varios inconvenientes en los últimos meses que han afectado a la producción, a las ventas y, por supuesto, a los beneficios. El aumento de precio de algunas materias primas es una de las causas. Además, Mireia ha decidido dejar de pagar determinadas comisiones a los burócratas que intervienen en los procesos de producción o en los trámites que estos conllevan, una medida que la ha enemistado con el Consejo de Economía Nacional del Directorio. En otras palabras, la institución le hace la vida imposible.

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Un sinfín de familias dependen de las decisiones que tome a partir de ahora. La responsabilidad la abruma. Mientras Europa disfruta de una bonanza económica, la Puig & Mckey no levanta cabeza y los accionistas manifiestan su descontento. Exigen que Claudi dé la cara y tome cartas en el asunto, y Mireia es consciente de que su treta hace aguas. Pero ¿cómo continuar? No lo sabe. Apenas duerme por las noches. Apenas le dedica tiempo a su hijo. Solo se permite algunos encuentros con su cuñada y con Manel, y unos cuantos domingos de remo como este.

Tras enfundarse su vestido verde, de hombros al descubierto y falda hasta las rodillas, y peinarse el pelo corto, Mireia se dirige al salón donde se ha citado con Manel. En la puerta se cruza con un viejo conocido, cuya presencia le parece un mal augurio.

—Buenas tardes, don Vincent, no sabía que tuviera interés en los deportes acuáticos.

—No lo tengo, doña Mireia —dice él con desgana—. Estoy aquí por el mismo motivo que usted: el concejal no me coge el teléfono y necesitamos saber por qué no aprueba las obras. —Mireia siente un nudo en el estómago—. Mi hermano está muy pesado con este tema y me pide explicaciones.

—No se preocupe, yo misma hablaré con él y lo pondré al día.

—Ni siquiera tengo por qué ser educado con usted. Ya me la jugó una vez. Me prometió la dirección de la empresa y, de la noche a la mañana, cambió de opinión. No quiero más telegramas de John acusándome de inútil, por eso saldré de aquí con una respuesta. Si me disculpa.

Vincent entra en el salón dando muestras de su enfado con aspavientos. Mireia tuerce el gesto y sigue los pasos del americano. Otea el salón abarrotado de socios y acompañantes que, o bien se han lanzado al mar hace un rato, o bien han acudido al Marítimo para socializar, hasta que localiza a Manel. Él la saluda con un beso en los labios y le propone tomar un refresco. Mientras se acercan a la barra al ritmo de un charlestón, el baile de moda que interpreta una banda en directo, Mireia reza para cruzarse con don Armand Recasens, el concejal mencionado por Vincent, quien debería conceder los permisos de unas obras importantes de las que depende el futuro de la fábrica de Sant Andreu, la principal de la compañía. Hace semanas que el tipo no le coge el teléfono ni la recibe, y ella aprovechará la visita oficial del alcalde, que en un rato se arrastrará hasta el club con don Armand, para pedirle explicaciones.

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Pilar los espera en la barra, limonada en mano. Su cuñada ha acudido hoy al club para ayudarla con el concejal. Parece de buen humor, mueve la cabeza al ritmo de la música y conversa animadamente con Manel. Mireia disfruta del buen entendimiento que existe entre ambos. No lo puede evitar. Una vez más, sonríe al recordar los albores de su historia con el pediatra.

Cuando empezó a frecuentar el Marítimo, coincidió varias veces con Manel. Con el paso de los días, su complicidad floreció como las primaveras más salvajes. Huelga decir que entonces su escarceo con Jaume la había dejado con mal sabor de boca, y Josep seguía presente en las reticencias de Mireia, así como en las grietas de su valentía. Sin embargo, cuando Manel se decidió a invitarla al teatro, la mujer suturó sus reparos, se arregló para la ocasión y se presentó en el Goya cinco minutos más tarde de la hora acordada.

Noviembre había dejado atrás sus primeras jornadas el día en que los tortolitos acudieron al estreno de La máscara y el rostro, obra del comediógrafo Luigi Chiarelli, que no les entusiasmó. A pesar del fiasco, hubo una alegría inesperada sobre el escenario, pues el fin de fiesta estuvo a cargo de Carlitos Gardel, el cantante de tango que llegó a Barcelona para diez días y se quedó en el Goya durante dos meses con un resultado notable. El artista se volvió un habitual de los restaurantes de la Barceloneta, fraguó amistad con varios jugadores del Barça y grabó veintiún temas, utilizando por primera vez la grabación eléctrica con micrófono gracias a la discográfica Odeón. La noche terminó con un abrazo tímido entre los tortolitos y la incertidumbre en el corazón de Mireia: aunque antaño se habría lanzado al barco de Manel sin salvavidas, ahora no tenía el valor suficiente para surcar los mares con él.

La siguiente velada romántica tuvo lugar en las Galerías Dalmau, con motivo de la primera exposición en solitario de un joven artista, Salvador Dalí, que presentó Figura en una ventana, entre otras obras. Manel, inexperto en el mundo del arte, decidió llevar a Mireia porque los diarios definían a Dalí como «uno de los artistas que darán más gloria a la pintura catalana del siglo», y creyó que sería el lugar idóneo para sorprenderla. París es, todavía, un lugar de peregrinaje necesario para los artistas autóctonos; no obstante, muchos de ellos desarrollan su actividad en Barcelona. Siendo ambos poco avezados a los entresijos de la pintura, contemplaron los cuadros y se rieron de sus propios comentarios, por

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banales y toscos. Mireia amaba los momentos en los que su conexión los convertía en un equipo engrasado y preparado para mofarse del mundo. Aquella noche se dieron un primer beso, uno corto y dulce. Ella lo rememora cada vez que pisa una galería de arte.

En diciembre volvieron al Goya, esta vez para disfrutar de la comedia en cuatro cuadros de Santiago Rusiñol, El buen policía. El fin de fiesta fue dirigido por un Gardel cada vez más marchoso. El cantante se convirtió en el favorito de ambos y, con la excusa de escuchar la canción Dolor en el disco que ella acababa de comprar, invitó al pediatra a su casa. A ritmo de tango, la ropa voló por los aires, así como el luto y el desasosiego que la habían apartado de la cama de los hombres. Aquella noche, el recuerdo de Josep destensó la cuerda que la retenía.

De esta guisa nació un amor que Mireia disfruta tanto como cuestiona. Al principio sufría por si surgía un mal encaje entre Manel y su hijo, un miedo que se disipó cuando él le propuso conocer al pequeño. Pilar se lo había advertido: «Alguien que trabaja con críos no va a tener reparos con el tuyo».

También se siente insegura debido a que el tipo de libertad que se concedían ella y Josep no se practica en la mayoría de las relaciones. ¿Será capaz de vivir de una manera convencional? En el fondo, su noviazgo con Manel es como un jardín en flor y, hasta el momento, no ha sentido el impulso de frecuentar otras compañías. A veces cree que sufre de neurosis, el mal de la angustia que define ese Freud del que Caterina tanto habla. Nunca permitas que tus pies vayan por delante de tus zapatos.

Con el charlestón Am I Blue sonando de fondo en el salón del Marítimo y el brazo de Manel rodeándole la espalda, Mireia comprueba que el pasado es una veleta que a veces no encuentra el viento favorable.

—Doña Pilar, doña Mireia, cuánto tiempo sin verlas —dice Jaume Balcells mientras despliega el don de gentes que lo caracteriza.

—Don Jaume, siempre es un placer verle —miente Pilar mientras él le besa la mano.

—Doña Mireia, ¿no me vas a presentar a tu compañero?

La viuda se siente incómoda con la presencia de Jaume, pues todavía no sabe cómo tratarlo y desconoce si él actúa genuinamente o si le divierte incomodarla.

—Me llamo Manel Turull, para servirle —se aventura a decir el pediatra ante la inacción de Mireia—. Es un placer conocerle, señor

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Balcells.

—El placer es mío —responde Jaume mientras le estrecha la mano—. Y dígame —prosigue casi sin respirar—, ¿es usted de los que defienden o de los que atacan al Directorio?

La directora en la sombra de la Puig & Mckey advierte que Jaume apesta a alcohol y se prepara para salvar a su novio de un posible numerito, pero se despista cuando el concejal entra en el salón acompañado por el alcalde y el conde de Vallespir. «Lo que me faltaba», piensa.

—Si le soy sincero —responde el pediatra—, me gusta la gente de palabra, y él lleva casi tres años usurpando el poder habiendo prometido que lo tomaba solo por pocos meses. Así que puede imaginarse usted mi opinión.

Mireia señala la posición del concejal a Pilar y su cuñada comprende lo que debe hacer.

—Hay que decir que Primo es un tipo con suerte —comenta Jaume, ajeno al apuro de Mireia—. Cuando parecía que su Directorio hacía aguas, consiguió aliarse con los franceses y él mismo dirigió un desembarco en Alhucemas que se convirtió en un éxito y que ha supuesto el principio del fin de la guerra de Marruecos. Sin más, ha encontrado la solución a un conflicto que lleva años desangrando este país, y eso que él siempre ha sido abandonista. —Aunque Pilar intenta interrumpir la conversación, no encuentra el momento—. Y luego está lo del Directorio Civil, que no tiene nombre.

«Otra de las maniobras del dictador», piensa Mireia. Ella cree que, el pasado mes de diciembre, el marqués de Estella aprovechó que su popularidad estaba por las nubes, gracias a la victoria en Alhucemas, para dar por finalizado el Directorio Militar en una operación ideada para maquillar el régimen. Para sustituirlo, creó un Gobierno formado por civiles nombrados a dedo y reservó las principales sillas a militares: se adjudicó la presidencia a sí mismo, la vicepresidencia y Gobernación las dejó en manos del general Severiano Martínez Anido —antiguo gobernador civil de Barcelona que alentó el pistolerismo y al que tuvieron que echar porque su guerra sucia era ya injustificable— y el Ministerio de la Guerra se lo concedió al general Juan O’Donnell.

—Cuánta razón lleva usted, don Jaume. Y ahora que Abd el-Krim se acaba de rendir del todo —prosigue Manel—, a Primo no nos lo quitamos

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de encima ni con jabón.

—Querida, ¿me acompañas a saludar al Conde? —propone Pilar con impaciencia.

Su cuñada asiente y ambas dejan a los dos hombres con la palabra en la boca. Mientras cruzan el salón, Mireia advierte que una mano le agarra la muñeca con fuerza y se detiene.

—Un segundo, por favor —le dice Jaume. Ella se dispone a pararle los pies; no obstante, atiende a sus palabras porque él pasa de la ira a la ternura—. Se dice que tu empresa no va bien. Nadie sabe dónde está Claudi y todo parece muy extraño. Si estás en apuros, sabes que puedes pedirme ayuda. A pesar de lo que pasó entre nosotros, te considero una buena amiga.

—Jaume, yo… —le responde Mireia, conmovida y sin encontrar las palabras adecuadas—. Te agradezco mucho lo que me acabas de decir. Sé que no te he tratado bien y quiero que sepas que yo también te considero un buen amigo. La vida a veces es complicada.

—¿Has hablado con Marta sobre mí? —Mireia niega con la cabeza. Jaume no le deja tiempo para responder—: No te fíes de ella, no es una buena persona.

El señor Balcells desaparece entre la multitud del salón sin esperar réplica. El desconcierto de Mireia es tal que no puede más que suspirar y preguntarse de qué se conocen Marta y Jaume. No tiene tiempo para acertijos, así que se une al corrillo formado por el concejal, don Llorenç y la propia Pilar, que se ha adelantado a su cuñada. Por suerte, no hay ni rastro de Vincent.

—Pues si me acompaña —dice Pilar al Conde—, le presento al doctor que le comento. Seguro que podrá ayudarle —concluye con la satisfacción de haber conseguido su objetivo.

El Conde asiente y se marcha con Pilar, quien se esfuerza por no juzgar al hombre hasta que consigan pruebas de su culpabilidad. Aunque hace tiempo que dejó la investigación en manos de Gustavo, no hay día que no maldiga a los que considera responsables de la muerte de Irene.

—Don Armand, es un placer encontrarme con usted. Hace tanto tiempo que no hablamos que estoy empezando a pensar que me evita — dice Mireia para romper el hielo. Acto seguido, alarga la mano para saludar como es debido al concejal.

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—Siempre ha sido usted una mujer inteligente —le responde él con desgana y sin estrecharle la mano, para su sorpresa.

Don Armand Recasens, de cuerpo delgado y tenso como las riendas de un carruaje a la deriva, de pelo color humo y brazos peculiarmente largos, siempre acompañado por su bastón con agarre bañado en plata y por un puro, acostumbra a comportarse de un modo más diplomático y elegante. Por esta razón, Mireia se huele que la conversación terminará con un desavío.

—Mire —prosigue ella—, aprovecho para comentarle un asunto: estamos esperando que se aprueben los permisos de obra para remodelar la nave de Sant Andreu, ¿ha habido algún problema con el trámite?

Armand tuerce el gesto y se dispone a dejarla con la palabra en la boca. No obstante, cambia de opinión y procede a desquitarse.

—Dígale a Claudi que tenemos un montón de asuntos pendientes. Me dejó tirado y ahora espera que le haga favores. ¡Y encima me los pide por carta! —declara con desaire—. Dígame, ¿dónde está? ¿Qué hace todavía en Argentina?

—Va a volver muy pronto, se lo aseguro —miente Mireia—. De hecho, me ha pedido que me ocupe de este asunto personalmente y hace meses que está parado porque no conseguimos el permiso. Usted recibirá su compensación tan pronto como tengamos el papel —susurra asqueada. A pesar de los pesares, sabe que esta es la única vía para agilizar el trámite.

—La gente habla mal de su empresa. Se dice que algunos accionistas se han quejado de que no cobran los dividendos esperados. Le recomiendo que vaya a Buenos Aires, que coja a Claudi por la oreja y que lo traiga lo antes posible.

El concejal le da la espalda y se une a otro corrillo sin despedirse. Mireia no tiene tiempo de digerir la conversación porque se da cuenta de que Vincent, sigiloso, la ha escuchado al completo. Se dispone a improvisar alguna excusa, pero él se le adelanta:

—No comprendo lo que sucede, doña Mireia. Voy a convocar una reunión de la junta a finales de octubre a la que asistirá mi hermano. Tendrán ustedes que darnos muchas explicaciones.

—Le prometo que Claudi se personará en la reunión y que responderá a todas sus dudas —dice Mireia, atrapada por las circunstancias.

—Así lo espero —la amenaza Vincent justo antes de alejarse.

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Mireia está harta de luchar contra los elementos. Siente que está echando a perder su vida, su tiempo, que debería estar trabajando activamente por las causas importantes para ella. Se siente frustrada porque a veces desatiende a su propio hijo en beneficio de la empresa y la revista, y cuando experimenta tan horrible sensación, sus prioridades entran en conflicto. Quiere organizar una gran manifestación que paralice la ciudad en favor de las mujeres, quiere mejorar las condiciones de vida de los obreros cuando ni siquiera en sus propias fábricas tiene margen de maniobra. Poco se alimenta el que mucho quiere morder.

—Ya se lo dije una vez —la sorprende la condesa de Vallespir, tan emperifollada como siempre, por la espalda—, nosotras no servimos para estos trapicheos.

Doña Carme parece que ha escuchado la conversación con Vincent y que viene con ganas de guerra.

—Métase en sus asuntos, señora.

—No sé dónde está Claudi, pero esto huele muy mal. Y usted no puede jugar con fuego si no es inmune a las quemaduras. Pensaba que una mujer tan lista como usted lo sabía.

Mireia no tiene tiempo de responder a la Condesa porque de repente, y como si de una maratón de disgustos se tratara, escucha que Pilar grita «pero ¿qué dices?» desde el otro lado del salón y, alertada, sale disparada hacia allí. La encuentra hablando con Gustavo y Eulàlia, que tiene la cara desencajada y los ojos enrojecidos, síntomas claros de que ha llorado.

—¿Qué pasa? ¿Qué hacéis aquí? —les pregunta a los recién llegados. —Gustavo ha venido a casa para contármelo. Se trata de Marcel·lí —le

responde Eulàlia—: lo han detenido.

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Eulàlia y Pilar acceden a la entrada de la Modelo, la prisión más

importante de la ciudad y de la que se cuentan verdaderas barbaridades. La frialdad de los guardias que las reciben, el desangelado patio de cemento que cruzan para alcanzar el corredor principal y las puertas de barrotes que deben superar antes de llegar a la sala de visitas acongojan a Eulàlia. La joven no comprende por qué su felicidad es una pirámide resguardada por tantas trampas.

Terminó sus estudios hace meses y ahora trabaja en la Biblioteca Popular de la Mujer, situada en el Distrito II e impulsada por Francesca Bonnemaison. Se encarga de poner orden al catálogo y de impartir clases a mujeres adultas en un centro dedicado a promover la ilustración y la cultura de la mujer. El empleo le brinda una sensación de poder y autonomía que antes no imaginaba posible. Al mismo tiempo, cuando termina la jornada y vuelve a casa, la ausencia de los hombres de su vida le agría el dulce sabor de la satisfacción.

No comprende el cambio de prioridades de su padre, que sigue en Argentina y apenas responde ya a sus cartas. A pesar de que la distancia ha mejorado su relación y de que, además, le ha brindado libertad para tomar sus propias decisiones, lo echa de menos. ¿Las ha abandonado? Y luego está Marcel·lí. La boda, que debía haberse celebrado hace un mes, fue cancelada porque arrestaron al novio en julio y su causa todavía está pendiente de juicio. Además, este es el primer encuentro que les han permitido realizar en estos tres largos meses sin verse. Teme conversar con él, mostrarse despechada o demasiado afectada por las circunstancias. Sin

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embargo, ya no derrama tantas lágrimas como semanas atrás; prefiere centrarse en el trabajo en la biblioteca y en las reuniones que mantienen con los abogados de Marcel·lí.

En este momento, sentada en uno de los locutorios que pueblan la sala de visitas y que está dividido en dos espacios separados por un cristal, agradece a Pilar que la haya acompañado. Hace tiempo que la mujer se convirtió en el principal sustento de sus ánimos, y ahora, rodeada de otros reos y de sus familiares, la necesita a su lado.

Cuando Marcel·lí aparece acompañado por un guardia, Eulàlia se queda sin aire. El chico está muy delgado y esconde el rostro tras una espesa barba tan pelirroja como el azafrán. Les dedica una triste sonrisa y se sienta con la cabeza gacha. Las reticencias y los reproches que la joven ha acumulado desde la detención se desvanecen tan pronto como ve a su prometido débil y vulnerable, así como crecen las ganas de abrazarlo.

—Marcel·lí, por el amor de Dios, ¿cómo estás? —dice ella.

—Todo lo bien que se puede estar aquí —responde el chico con un hilillo de voz. Acto seguido, levanta el rostro y la mira arrepentido—. Siento mucho lo de la boda. Ya te lo he dicho en las cartas, pero creo que tengo que disculparme en persona. Te lo juro, nunca creí que esto podría llegar a pasar. Ya veis las bondades de esta dictadura.

Pilar coge la mano de su hija porque percibe el temblor que se ha apoderado de la chica. Eulàlia, que ha dedicado la mañana a prepararse para este momento, desconoce cómo atender a las contradictorias emociones que la apremian.

—No te entiendo, Marcel·lí. De verdad que no entiendo nada. —Eulàlia, te quiero con toda mi alma, y te juro que soy inocente —

dice el chico, con arrestos. Acto seguido, suspira—. Supongo que necesitas escucharlo de mi boca para creerme.

La chica asiente y trata de calmarse. Cree en la palabra de Marcel·lí; sin embargo, tras descubrir dos caras tan distintas en su propio padre, se pregunta hasta qué punto seducimos a los demás a través de las máscaras con las que nos enfrentamos al mundo. Pilar también quiere comprender mejor las motivaciones del chico, así que permanece atenta en un segundo plano.

—No te voy a decir nada que no te haya escrito ya. Soy víctima del odio. Odio en lo que se ha convertido este país. Estudio para ser abogado y no sabría cómo enumerar las injusticias que veo año tras año. Este

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Directorio Civil es una broma de mal gusto que se dedica a prohibir y que se aprovecha de la buena coyuntura internacional. Por mucho que Primo convoque plebiscitos informales y manipulados para demostrar que cuenta con el apoyo del pueblo, se le ve el plumero. Es un lobo con piel de cordero. Si seguimos por esta vía, tampoco se va a conseguir el voto femenino que tanto defiendes —le dice a Eulàlia— y que es imprescindible.

»En fin, aunque podría hablarte horas y horas de todo lo que no me gusta de este mundo, creo que no es necesario. Sabes que me sentía frustrado, así que acudí a varias reuniones clandestinas de Estat Català a tus espaldas, no quería ponerte en peligro. Sé que es un partido ilegalizado, sé que Francesc Macià lo dirige desde el exilio y que han encarcelado ya a varios de sus simpatizantes, pero me pareció una de las pocas fuerzas opositoras que todavía tienen posibilidades de hacer frente a Primo. Y más aún después de la Sanjuanada del pasado junio. Si el coronel Segundo García, junto con otras personalidades políticas, no pudieron restablecer la Constitución de 1876, ya me dirás tú cómo lo van a conseguir otros. ¡Ni un día aguantó su golpe de Estado!

»El caso es que no pensaba acercarme a los partidarios de los atentados porque no quería acabar en la cárcel como los del complot del Garraf. Y, sin saber cómo, aparezco en una lista de sospechosos habituales y me meten entre rejas. Soy inocente, no he hecho nada, y a pesar de que siempre me he mostrado contrario al uso de la violencia, os juro que aquí, encerrado como estoy, tengo ganas de salir y dedicarme a lanzar bombas.

Con un nudo en la garganta, Pilar y Eulàlia escuchan al joven, que se muestra impotente.

—Mi amor —continúa Marcel·lí—, quiero que entiendas que lo hice por ti, por nosotros, para que nuestros hijos vivan en un país democrático, libre y moderno. Pensaba que si había una oposición amplia, el Directorio podría llegar a caer. El partido incluso está negociando con los sindicatos para hacer un frente común. No sé qué decirte, mira de qué sirve actuar de manera pacífica.

Marcel·lí termina su relato con una mescolanza de rabia y tristeza. Pilar piensa que es demasiado joven para acumular tanta amargura y se pregunta si la muerte de Irene en tan aciagas circunstancias lo encerró en un laberinto del que no sabe salir. Eulàlia le devuelve palabras de apoyo, de amor, de comprensión, incluso le riñe levemente por comportarse como

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un temerario. Los amantes se enzarzan en un ir y venir de ruegos y juramentos y se prometen que superarán el trance. Ella le esperará pase lo que pase, él es el amor de su vida. En un momento dado, cuando la apoteosis del romance, todavía tan puro y juvenil, se atenúa, Marcel·lí se dirige a la señora Puig:

—Doña Pilar, debo darle las gracias por todo. Usted ha estado siempre a mi lado, sobre todo después de lo de mi madre, y, de todo corazón, pienso que es una suerte tenerla en mi vida. Usted fue una de las pocas personas que se preocuparon por averiguar si hubo una mano oscura tras la muerte de mi madre, usted siempre ve la bondad en las personas.

Pilar está asombrada por las palabras de Marcel·lí, nadie la había definido nunca como una persona optimista. Maldice la suerte del chico y la mala decisión que ha tomado. De repente repara en un detalle.

—Marcel·lí, has dicho que soy una de las pocas personas que intentaron averiguar cosas sobre la muerte de tu madre. ¿Hubo alguien más?

—Sí, claro —responde el chico, extrañado—. El señor Jaume Balcells también se preocupó por ella. Aunque debo decir que me sorprendió, porque no sabía que fueran tan amigos. Ya lo sabe usted, mamá frecuentaba la intelectualidad de la ciudad y tenía tantas amistades que era imposible conocerlas a todas. El señor Balcells también pidió permiso para inspeccionar el despacho de mi madre. Vino al día siguiente de su muerte por si encontraba algo que se le hubiera pasado por alto a los demás. Mi padre estaba tan mal que decía a todo que sí.

La cabeza de Pilar da mil vueltas en un segundo. En la carta, Irene le decía que había dejado documentos sobre su investigación en el doble cajón de su escritorio. ¿Y si los cogió el señor Balcells? Hace unas semanas, Mireia preguntó a Marta por qué creía que Jaume la había mencionado cuando se encontraron en el Marítimo. La locutora, a riesgo de perder el trabajo en la radio, terminó por contarles que lo había visto con la mujer de la foto, la madama que Gustavo está buscando.

Jaume es conocido por sus líos de faldas, podría tratarse de otra pista falsa. ¿Qué relación tiene él con la alcahueta? Decidieron contárselo a Gustavo y le rogaron que actuara con discreción. Si no establecía una relación entre Jaume y Carmina basada en pruebas, era mejor que no diera un paso en falso para no perjudicar a Marta. ¿Está Jaume detrás de la trama? ¿Qué buscaba realmente en el despacho de su marido? ¿Y en el del

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Conde? ¿Y si la foto en la que aparecen Claudi, su padre y el Conde era realmente una mera distracción, tal y como dijo Gustavo? ¿Y si Jaume las ha engañado? Pero ¿por qué? No parece una persona con ansias de enriquecerse, no parece un demonio. ¿Está en peligro su cuñada? Pilar sabe que Mireia se reunía hoy con el empresario en su despacho. Debe avisarla urgentemente.

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Hasta hace poco, Marta ha vivido para satisfacer las necesidades de los

demás. Jamás ha apostado por una idea propia porque nunca se ha considerado con la posición o la inteligencia necesarias para llevarla a cabo y porque nadie la ha convencido de que podría conseguir cuanto se propusiese. Por lo general, los hombres le han arrebatado lo que de ella necesitaban y luego la han apartado de su camino. Marta hizo lo mismo con las personas a las que engatusaba cuando era espía, pero sus tretas tan solo la ayudaban a sobrevivir y no le aportaban ningún otro beneficio. El teatro es el único ámbito en el que se ha recompensado su valía, y en la radio revive la sensación de pertenecer a una entidad más grande que los anhelos de aquellos que la rodean.

Lleva meses considerando sus opciones y anda en busca del espacio que la consolide en la EAJ-1 de una vez por todas. Su voz es conocida y demandada; no obstante, a lo largo de la semana, sus apariciones son contadas. Tras el fiasco de las noticias, un programa que ansiaba conquistar pese a que nunca dio un paso para conseguirlo, ha puesto sus esperanzas en la literatura creada para ser escuchada a través de las ondas, un género que recibirá el nombre de radioteatro. La posibilidad de perder su posición en la radio por culpa de la amenaza de Jaume le ha insuflado el brío y la valentía necesarios para expresar su punto de vista, el de una secretaria con un talento por descubrir. La vida le ha enseñado a persuadir a través de sus encantos y no de los argumentos y, por ese motivo, se siente indefensa cuando comparte su opinión con un superior. Aunque ha lidiado con asesinos, corruptos y calaña de todo tipo, nunca ha

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experimentado un miedo tan atroz como el que ahora mismo siente ante el director de la radio.

—Se preguntará por qué le he pedido que nos reunamos en su despacho —dice Marta.

La locutora se encuentra sentada al otro lado del escritorio, en un despacho austero y forrado de estanterías. La estancia luce un par de fotografías de los antiguos estudios, enmarcadas y colgadas. El escritorio también es sencillo, alberga una lámpara, varios papeles y útiles de escritura. El director prioriza el ente por encima del lujo.

—Verá, leemos textos clásicos, emitimos música en directo, pero nos limitamos a radiar lo mismo que los espectadores pueden ver en las salas de conciertos o en los teatros —asegura Marta con un nudo en el estómago

—. Los locutores del programa de deportes, por ejemplo, comentan las diferencias que existen entre contar una noticia de un partido de fútbol por escrito y por la radio. Nuestro medio tiene límites, sí, y también muchas posibilidades que no explotamos. Soy consciente de que la economía de nuestra querida Radio Barcelona no pasa por el mejor de sus momentos — dice con el mayor de los tactos—; sin embargo, creo que es el momento de apostar por el futuro.

—Su reflexión es interesante —le responde el director, de semblante afable—. Debo decirle que debatimos sobre estos temas con frecuencia. Me intriga la dirección de su propuesta.

—Deberíamos encargar obras de teatro escritas exclusivamente para la radio. —Marta se ha relajado cuando ha visto que había captado la atención del hombre. No obstante, habla a toda velocidad—: Interpretamos textos clásicos ante los micrófonos, pero no los adaptamos a las características de la radiotelefonía, y una parte de la magia de los escenarios se pierde a través de las ondas. A la gente le gusta el teatro y la literatura; entonces, ¿por qué no aprecian las historias contadas a través de nuestro prodigio? ¿Por qué prefieren la música? Creo que es evidente: el teatro está dotado de palabras y de acción, y el cine ha inventado un nuevo lenguaje que suple la ausencia de las primeras. En la radio nos pasa lo contrario, la palabra se sitúa en el centro de nuestro arte y carecemos de la acción. —Marta se detiene unos segundos para asegurarse de que no se ha dejado nada en el tintero—. Ha llegado el momento de explotar nuestro medio con obras que escondan nuestras carestías y que potencien nuestras virtudes. Sé que el verano pasado se organizó un plebiscito entre los socios

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para conocer sus gustos, y que las dramatizaciones no aparecieron en los primeros lugares. —Hace una pausa, cree que se está repitiendo—. Sin embargo, creo que es así porque no se hacen como Dios manda.

»En resumen, tenemos que encargar textos literarios adaptados a nuestras necesidades. —Marta coge aire, necesita frenar su discurso—. Historias que interesen a nuestros radioyentes, acompañadas de sonidos que expliquen la acción, que escondan los silencios que no aportan nada, que cuenten aquello que debería verse y, a la vez, jueguen con el suspense de aquello que los oyentes no pueden ver. Por ejemplo, si un personaje entra en una habitación, podemos simular el ruido que hace una puerta al abrir y al cerrarse. Y música, deberíamos disponer de músicos que acompañen las emociones que se viven en el estudio con unas melodías ensayadas con anterioridad, y no de un pianista que improvise. Podría ponerle más ejemplos, pero ya me entiende. ¿Qué le parece?

—Es increíble la velocidad a la que llega usted a hablar —comenta el director, intentando asumir la propuesta de Marta. Ella toma conciencia de los nervios con los que ha expuesto unos argumentos que ha practicado en un sinfín de ocasiones delante del espejo—. No va desencaminada, su enfoque es interesante y…

—Una cosa más —interrumpe al director para su sorpresa—. Gracias al plebiscito del pasado verano y a otras fuentes, sabemos que las mujeres somos unas grandes y fieles oyentes. Quizá no pagamos la cuota de socio, pero sí que podemos influir en nuestros maridos para que lo hagan. Por eso debemos tener nuestro lugar propio en estas obras. Algunas de ellas deberían estar protagonizadas por mujeres que…

—Y a usted le gustaría protagonizarlas, ¿no es así? —la interrumpe ahora el director. Ella asiente y sonríe nerviosa, a la espera del veredicto

—. No es la primera persona que me expone una idea parecida, aunque usted lo ha hecho de manera clara y sabia. Ya sabe que este tipo de decisiones no solo dependen de mí. En fin, tomo buena nota de sus argumentos. Ahora debo dejarla porque me esperan en el estudio.

El director se levanta y sale del despacho, y Marta, aún sentada, se da cuenta de que se agarra las rodillas con fuerza.

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Jaume está sentado a un lado del escritorio de su despacho y Mireia, justo

delante de él. Ambos discuten sobre la manera de reducir costes con el transporte de las materias primas. Ella desconoce lo que Pilar ha descubierto en la Modelo y tampoco se espera que ahora mismo esté removiendo cielo y tierra para conseguir el teléfono del despacho del señor Balcells. ¿Acaso no es peligroso advertir a Mireia del riesgo que corre mientras todavía está en la boca del lobo? Pilar no se lo cuestiona, solo piensa en la muerte de Juana y en la necesidad de salvar a su cuñada.

Hace semanas que Mireia y Jaume han recuperado la amistad, esta vez sin que la ropa haya volado de sus cuerpos. Ella lo invitó al café Zurich para pedirle disculpas por su actitud, después del encuentro en el Marítimo. Le contó que, tras la marcha de Claudi a Argentina, la familia se había revolucionado y que Pilar había caído en una depresión difícil de sobrellevar. Además, acontecieron otros asuntos peliagudos que no le revelaría por respeto a su cuñada. Mireia se vio sobrepasada: tuvo que gestionar el día a día de la empresa a las órdenes de Claudi, que recibía por carta, y no sabía qué podía contarle a Jaume y qué no, o cómo debía tratarlo. El tiempo pasó y dejaron de recibir noticias de su cuñado. Creen que ha formado una nueva familia en Buenos Aires y que se ha desentendido por completo de la compañía. Después de su relato, Jaume aceptó las disculpas y se ofreció de nuevo para ayudarla en cuanto estuviera en su mano. Ella es una de sus debilidades, una de las mujeres que lo convencen con una mirada y lo empujan hacia el más intenso de los placeres con tan solo una sonrisa.

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De esta guisa, llegamos a la reunión de hoy, que coincide con la celebración del primer Día del Libro con motivo de la efeméride del nacimiento de Cervantes. Según los diarios, las librerías ofrecerán un 10 % de descuento y podrán exponer ejemplares en la calle. De hecho, Mireia ha pasado hace un rato por delante del tenderete improvisado de la librería Catalònia, en la plaza Catalunya, y se ha visto tentada de escoger algún título. Rápidamente ha cambiado de opinión, pues Jaume la estaba esperando en su oficina del Portal de l’Àngel y ya llegaba tarde.

El señor Balcells ha dado el día libre a su secretaria y, por tercera vez en las últimas semanas, ha recibido a Mireia en su despacho. Ella se mantiene en sus trece; está segura de que no la van a nombrar directora de la Puig & Mckey por ser mujer, y quiere volver al plan original: instaurará a Vincent en el cargo bajo sus órdenes. Por eso necesita un conjunto de soluciones que el americano debe presentar a los socios en la junta que se celebrará en breve y en la que se juegan el control de la compañía. Jaume le disipa algunas dudas y le plantea otras, y juntos trabajan con una complicidad que creyeron perdida entre tantos malentendidos.

Ahora, ambos se encuentran inmersos en un ir y venir de ideas que el señor Balcells trata de acomodar con la realidad de la empresa. De repente, el teléfono suena. Jaume mira el aparato y se debate entre cogerlo o ignorarlo porque odia las interrupciones. Finalmente lo atiende e informa a su amiga de que Pilar la requiere al otro lado de la línea. Mireia coge el teléfono y habla con su cuñada de manera distendida. Pronto se esfuerza por disimular su estupefacción ante las sospechas de Pilar. ¿Es Jaume un asesino? Por su parte, él la mira con atención y advierte que algo no va bien. Percibe que Mireia está recibiendo malas noticias y teme que hayan descubierto su relación con Carmina.

Cuando Pilar cuelga, Mireia simula que la llamada sigue en curso para ganar tiempo. Necesita pensar. Desde que conoció a Jaume, ha obviado un sinfín de detalles que apuntan hacia la teoría de su cuñada. ¿Por qué no les ha prestado atención? Quizá por el aprecio que le tiene, quizá porque se odiaría a sí misma si se hubiera acostado con un hombre capaz de tejer una trama como la que Pilar lleva años persiguiendo. En cuanto devuelve el teléfono al señor Balcells, trata de ocultar el malestar, la rabia y la sensación de desamparo que la invaden. Siente que el despacho está a punto de desmoronarse sobre su cabeza.

—¿Estás bien? —pregunta él.

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Mireia no le responde, mira el enorme ventanal situado a espaldas de Jaume y concluye que debe enfrentarse a la verdad. Y justo en el momento en que se dispone a interrogarlo, recuerda a Juana y a Irene, y las imagina colgadas de una soga. Alarmada, mira a su alrededor en busca de un objeto con el que defenderse. No encuentra nada, la mayoría de las paredes están cubiertas por estanterías repletas de libros, y los libros no la van a ayudar en este instante. Por eso cambia de opinión. Tiene que escapar. Se levanta de la silla y agarra al vuelo la chaqueta y el bolso.

—Lo siento, tengo que irme —espeta.

—Pero, Mireia, ¿qué sucede? ¿Puedo ayudarte?

—¡No! —responde ella al tiempo que abandona el despacho y alcanza la alargada sala de espera—. No te pongas en contacto conmigo nunca más.

Mireia avanza a toda prisa por la sala mientras se da cuenta de que Jaume la persigue.

—Pero, por Dios, ¿qué pasa? ¡Espera!

El miedo la gobierna con mano de hierro. Cruza a la carrera la puerta de entrada. Acto seguido, la cierra tras de sí y desciende los primeros escalones con dificultad, pues la urgencia está reñida con los tacones. Una parte de Mireia no entiende por qué huye, él siempre se ha comportado como un gentil caballero dispuesto a socorrerla. La otra avanza aterrada ante la posibilidad de que su vida corra peligro. Se siente absurda, cinco minutos antes confiaba en él. ¿Se ha vuelto loca? De repente oye un ruido procedente del rellano de arriba. Se trata de Jaume, que empieza a bajar las escaleras tan alunado como lo está ella.

—¡Vuelve ahora mismo! ¿Me oyes?

Al fin, Mireia alcanza la calle, que está inusualmente concurrida para ser un jueves. El Día del Libro ha seducido a muchos curiosos que han acudido al centro histórico para aprovecharse de los descuentos. No duda, ve al guardaespaldas de Jaume a unos metros y corre por el Portal de l’Àngel, en dirección a la catedral, con la esperanza de perderse entre la multitud. La calle, una extensión del paseo de Gràcia, es otro de los puntos neurálgicos de las compras en la ciudad.

—Por favor, ayúdame a detenerla —escucha la voz de Jaume a su espalda.

Sin dejar de correr, ella se gira y ve cómo el señor Balcells da órdenes a su guardaespaldas, que se suma a la persecución. De pronto, debido a

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que avanza a toda prisa sin mirar hacia delante, Mireia choca con un hombre y cae al suelo. El individuo despliega una sarta de improperios que ella ignora. Entonces se da cuenta de que su bolso ha volado hacia atrás con el impacto y no logra alcanzarlo. Decide dejarlo ahí porque Jaume y su adlátere le pisan los talones. Se levanta, se recoloca el zapato derecho con dificultad y continúa sorteando a los barceloneses que disfrutan de un bonito día de otoño. En realidad, se ha convertido en el centro de las miradas de cuantos la rodean, pero nadie se apiada de una mujer perseguida por dos matones.

Zigzaguea entre personas, carros, coches y demás vehículos que forman parte del paisaje de la ciudad moderna. Se escabulle por los huecos que los transeúntes dejan, y cuando se da cuenta de que los tacones la perjudican más que la socorren, se desprende de los zapatos y sigue con su escapada. Si Jaume es un proxeneta a gran escala, ¿por qué se acercó a ella? ¿Qué buscaba? ¿Alguna vez le gustó de verdad o la cortejó por interés? ¿Acudía a reuniones feministas porque defiende la causa o para encontrar a futuras víctimas? ¿Y qué hay de las fotos subidas de tono? Mireia alcanza la plaza Nova y gira por la calle Corríbia. Pasa por delante de la catedral de Barcelona y de la zapatería donde se crio un antiguo amante suyo, un detalle que en el pasado le hubiera despertado una sonrisa y que ahora pasa inadvertido por razones obvias.

Las calles que enfila son ahora estrechas y lúgubres y, aunque se encuentra a plena luz del día, siente que se ha metido en la boca del lobo. Vuela aterrorizada por si la prenden. No debe mirar atrás, debe concentrarse en salvar los obstáculos que encuentra en el camino. Sin embargo, los pasos de sus persecutores se oyen cada vez más cercanos. Necesita comprobar la distancia a la que se encuentran, así que se gira y permanece dos segundos sin vigilar su vanguardia, el tiempo suficiente para chocar con un carro de polos empujado por el vendedor, que no la ha visto venir. Su carrera se ha truncado por culpa de un tentempié veraniego tan de moda que incluso se vende en otoño. Sin comerlo ni beberlo, trastabilla hacia atrás por culpa del impacto. Los dos hombres la alcanzan y la retienen por los brazos.

—Joder, ¡quién lo hubiera dicho! ¡Cómo corres! —dice Jaume mientras recupera el aliento.

—Déjame en paz, déjame ir, ¡asesino! —grita Mireia al tiempo que forcejea, sin éxito, tratando de escapar.

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—Pero ¿qué dices? —pregunta él, desconcertado, mientras se toma unos instantes para reflexionar. Llega a una conclusión—: Está bien. Lo único que quiero es hablar contigo. No quiero más malentendidos, no quiero que vuelvas a desaparecer. —Otea su alrededor. No da crédito a que hayan llegado hasta la calle Llibreteria—. Mira, ahí hay un café —dice señalando el Mesón del Café—. Entremos, sentémonos y tomemos algo caliente. Dentro hay mucha gente; aunque me lo propusiera, no podría hacerte daño. Lo único que quiero es hablar contigo y aclarar por qué me consideras un asesino.

Mireia se calma y recapacita: él tiene razón, en el café podrá pedirle explicaciones y, en el caso de que tema por su vida, alguien la auxiliará. Por ese motivo, se aviene a la propuesta y les pide a los dos hombres que la suelten. Ellos actúan en consecuencia y Jaume entrega a Mireia sus zapatos y su bolso, que ha recogido mientras la perseguía.

El señor Balcells y la señora Grau entran en el café en silencio. Mireia echa un vistazo rápido al lugar y a sus gentes para encontrar a posibles aliados. Se trata de un local alargado, presidido a la derecha por una elegante barra de tamaño considerable y equipado con una fila de mesas a la izquierda. Decorado básicamente con elementos de madera de corte modernista, cuenta con una zona más amplia al fondo; destaca el botellero, que ocupa una pared entera y almacena decenas de bebidas.

Se sientan a ambos lados de una mesa, la única libre, situada al final de la barra, y piden dos cafés. Aunque Mireia ha logrado tranquilizarse, no se atreve a cruzar la mirada con Jaume; por eso él carraspea para llamar su atención. En consecuencia, ella alza la vista y advierte enfado y decepción en los ojos del hombre. El empresario calla a la espera de un guion al que aferrarse para salir indemne de tan extrañas circunstancias. Mireia, como si de una necesidad vital se tratara, quizá para no dejar dudas en el tintero, se desahoga y le relata sus sospechas y sus investigaciones hasta el momento. Tan solo obvia un detalle importante, la muerte de Claudi y las circunstancias que la rodearon. Se arrepiente de su perorata en cuanto calla, pues mostrarle todas tus cartas a tu posible asesino es una mala idea. Ya no hay vuelta atrás.

—Te llamé varias veces tras la muerte de Juana para darte el pésame —dice Jaume cuando consigue reaccionar a la cantidad de información y acusaciones que acaba de escuchar—. Ni siquiera entonces quisiste hablar conmigo.

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—Tienes razón, disculpa una vez más —le responde ella, avergonzada

—. No sé qué decirte, nadie te enseña a comportarte en circunstancias tan complicadas y horribles. —Suspira y coge fuerzas—. Ahora tengo que tratarte injustamente una vez más, y te pido perdón de antemano. Necesito que despejes mis dudas, que me expliques qué relación tienes con este sinsentido.

—Está bien, entiendo que sospechéis de mí. Ninguno de nosotros hemos actuado con dos dedos de frente, pero no entiendo por qué me tienes miedo. Jamás te haría daño.

Mireia desea creerle, y percibe sinceridad en los ojos azul cristalino de él; no obstante, los criminales se visten como ciudadanos de bien para convencer a los jueces de su inocencia.

—A ver, ¿por dónde empiezo? Qué difícil… A riesgo de que te parezca una aclaración estúpida, debo decirte que hace mucho que no soy feliz —asegura Jaume con ironía—. De joven soñaba con ser el nuevo Rusiñol, y no lo conseguí porque la valentía nunca ha sido mi punto fuerte. Acabé atrapado en un mundo de negocios que detesto y me casaron con una mujer por la que apenas siento simpatía. Cedí porque no tuve agallas para enfrentarme a mi padre. No me mires así, tengo motivos para temerlo. Cuando era adolescente, me enamoré perdidamente de una chica que trabajaba en el servicio. Escondimos la relación durante meses hasta que se convirtió en un secreto a voces. Habría hecho cualquier cosa por ella, te lo juro, por eso sonaron campanas de boda. Mi padre, ni corto ni perezoso, la echó de casa y la apartó de mí. Me volví loco. La busqué día y noche, pero no supe nada de ella hasta que, diez meses después, la hallaron muerta en un burdel. Eso me lo contó un policía, yo nunca llegué a ver el cadáver.

»Puedes imaginarte el dolor, la culpa y el horror que sentí entonces. Desde aquel momento he tomado tantas malas decisiones que no sé cómo me soportan los que me rodean. El caso es que hace cinco años vi pasar a mi primer amor a lo lejos, mientras cruzaba el Paralelo. ¿Me habían mentido? ¿Estaba viva? No había duda de que era ella, envejecida pero tan bella como cuando la conocí. Aunque corrí para alcanzarla, se perdió entre la multitud. Ya te lo puedes imaginar, después la busqué hasta en el mismísimo infierno. Aprendí que es difícil dar con quien no quiere ser encontrado. Tú lo sabes bien.

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»Un día en el que me sentía abatido por la melancolía, coincidí con doña Irene Claramunt en uno de los centros librepensadores que frecuentábamos. Nos caíamos bien, la verdad. Aquel día charlamos un rato y, como buena periodista, me sonsacó el porqué de mi desdicha. Ella se interesó por mi situación, me prometió que me ayudaría a encontrarla y, a cambio, me pidió escribir un artículo con la historia. Acepté, ¿qué más podía hacer? Y meses después me contó sus sospechas: que existía una trama infame que comerciaba con prostitutas, y que todo apuntaba a que Claudi y el conde de Vallespir estaban implicados en el negocio de alguna manera. Ella no sabía cómo, pero lo sospechaba. Es más, doña Irene había encontrado a una madama que trabajaba para ellos, Carmina, y que su aspecto coincidía con la descripción que yo le había dado. Eso es lo último que supe de ella, porque poco después apareció ahorcada en su casa. Por eso fui a su despacho, para ver si había dejado alguna pista. Me sabe mal decirte que mi visita fue en vano.

»La chica de la que me enamoré se llamaba Carmen y, aunque los nombres no coincidían, pensé que se lo había cambiado. No podía dejar de pensar en Carmen, tenía que ser ella. Es irracional, lo sé, solo que… si la encontraba, quizá se arreglarían mis problemas. Así me sentía y por eso me colé en el despacho de Claudi en busca de algo que me llevara hasta mi gran amor. Lo sé, no fue una decisión muy inteligente. Qué quieres, estaba desesperado. En fin, tampoco encontré nada allí. Soy el peor detective del mundo. Tiempo después, lo intenté también en el despacho del Conde, donde volví a coincidir con tu cuñada, y di con un sobre, remitido por una tal Carmina. En el interior había la fotografía que luego cogió tu cuñada. Era mi Carmen. Carmen era Carmina.

»Vigilé la puerta del edificio indicado en el remite del sobre y, al día siguiente, Carmen apareció. No pude contenerme, la abordé y, tras su sorpresa inicial, me abrazó como si le fuera la vida en ello. No pudimos separarnos, retomamos nuestro amor con una fogosidad que había olvidado. Le habían prohibido que se pusiera en contacto conmigo bajo amenaza de muerte y me confesó que le había costado mucho reprimirse. No hice preguntas, no quise saber nada sobre su pasado ni sobre su presente, ni tan siquiera le pregunté por qué se había cambiado el nombre. No quería forzarla, prefería que ella me lo contara cuando lo considerara oportuno. Pasó el tiempo y parecía que lo nuestro era genuino, incluso le propuse que huyéramos juntos y empezáramos desde cero, lejos, muy

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lejos. Ella se negó. Al cabo de poco empezó a pedirme dinero y yo se lo di. ¿Qué podía hacer?

»Cuando Marta nos vio, entré en pánico. Por eso la amenacé. Temía que nos delatara, no quería perder a Carmen de nuevo. Eso fue lo que pasó. Y aquí estamos, Mireia; mi único crimen es dejarme llevar por amores imposibles. A veces creo que soy el protagonista de una tragedia eterna y angustiosa. Siento haberte perseguido como si fuera un matón. Sabía que si no lo hablábamos, volverías a evitarme y, la verdad, tampoco quiero perder a una amiga como tú.

Jaume termina su relato cabizbajo y Mireia traga saliva abrumada por el dolor que se desprende de las palabras de su amigo. Se deja llevar por la empatía, así que le toma de las manos en señal de apoyo y le sonríe. Él levanta la vista y la mira agradecido por el gesto. Suspira apesadumbrado, triste, como si así liberara la zozobra que lo engulle. Pasados los primeros instantes, Mireia recapacita sobre lo que acaba de escuchar y llega a una conclusión: Jaume es un egoísta y no se da cuenta, pues no le preocupa lo que Carmina haya sufrido o los delitos que posiblemente esté cometiendo en la actualidad. Solo quiere que ella lo ame, que lo asista, que interprete su papel en el vodevil que él se ha montado en la cabeza. No obstante, Mireia se guarda sus pensamientos, pues él es clave para demoler el entramado. «Quizá yo estoy cometiendo el mismo pecado con Jaume», concluye.

—Me sabe mal que cargues tanta culpa y dolor, de verdad —dice ella con sinceridad—. La vida nunca transcurre como desearíamos, por eso ha llegado el momento de tomar una decisión que te va a partir en dos. De hecho, si quieres que confíe en tu inocencia, tendrás que hacerme caso. Tienes que entregar la dirección de Carmina al policía con el que colaboramos. Si ella se dedica a lo que creemos, debemos detenerla para que nos ayude a dar con los responsables de este tinglado. Si es inocente, seguirá con su vida y, confío, que también contigo.

El empresario no esperaba una petición así, lo único que quiere es acostarse con Carmina en secreto hasta que la muerte los separe. Sin embargo, comprende que Mireia lleva razón. Por eso, una lágrima le resbala por la mejilla, una evidencia más del cúmulo de contradicciones con las que convive. Por último, asiente, y Mireia se emociona ante la gallardía de su amigo.

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—Al final sí que soy un valiente —consigue decir él—. Debo advertirte de algo. Por lo que me has contado, sois amigas de Marta, y debo decirte que esa mujer no es de fiar. Ella es la tipa que aparece en las fotos eróticas de las que me has hablado antes. Me embaucó. Por tu expresión deduzco que no lo sabías, ¿verdad? Claudi me amenazó con publicarlas si yo no aceleraba la compra de la nave de Sabadell. Por eso todo se precipitó. Siento no habértelo contado antes, me daba vergüenza.

Intercambian algunas impresiones más, se despiden con un abrazo y se prometen no volver a poner en peligro su amistad. Sin embargo, después de lo que acontecerá con Carmina, él jamás volverá a quedar con Mireia.

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27 de octubre de 1926

Pilar, Mireia y Marta contemplan la situación como extranjeras en

territorio hostil. Los vecinos y curiosos que las rodean observan el horror que ha acaecido ante sus narices durante los últimos años. El frío de este crepúsculo de otoño y la escena de la que son testigos los calan hasta los huesos con nocturnidad y alevosía.

Las tres mujeres se encuentran en la antigua carretera de Madrid, actual calle Creu Coberta, al ladito del Paralelo y de la plaza de Espanya. Lejos de trazar el límite de varios edificios señoriales, como pedía el Plan Cerdà que articuló la expansión de la ciudad, la vía en cuestión colinda con las barracas que Pilar visitó tiempo atrás. El alumbrado brilla por su ausencia en esta parte de Barcelona, así que la policía ha clavado antorchas en la calzada todavía sin asfaltar. Hay agentes repartidos por la zona: algunos interrogan a los vecinos, otros se pasean sin una ocupación concreta. Sentadas en el suelo, con la espalda apoyada en uno de los habitáculos, siete chicas esperan a que alguien las atienda y se tapan con unas mantas proporcionadas por un par de buenos samaritanos que viven en las chabolas colindantes. Mireia las observa con pena y resignación, no comprende cómo se puede llegar a traficar con personas. Pilar se fija en las heridas y las cicatrices que quedan al descubierto de las mantas y se pregunta qué clase de calvario habrán pasado. Es Marta la que se muestra más circunspecta en aras de mantener la compostura. Apenas se sostiene en pie por culpa de la impresión que le produce la escena y permanece callada e imbuida por un malestar que escapa a su control.

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La policía ha acordonado tres barracas contiguas, la principal de las cuales es de color cerúleo. Gustavo aparece por la puerta y camina directo hacia las tres mujeres, que lo reciben expectantes. El inspector les sugiere que se alejen de la multitud para hablar con más tranquilidad y les indica con la mano una zona algo apartada. Ellas lo siguen, deseosas de respuestas.

—Sé que este no es el lugar ni la hora apropiados para ustedes —dice Gustavo, satisfecho—, les pido disculpas. Las he hecho venir para que sean testigos de lo que han conseguido con su ímpetu. Se lo voy a contar todo.

Hace unos días, Mireia le hizo llegar a Gustavo la dirección de Carmina y, a partir de entonces, el policía montó guardia día y noche delante de su portal hasta que dio con ella. La siguió siempre que sus obligaciones se lo permitieron y, cuando otros asuntos policiales lo reclamaron, pagó a un chico de su confianza para que lo sustituyera. La vieron comprar joyas en Masriera i Carreras o ropa en Furest, ambas tiendas ubicadas en el paseo de Gràcia, entrar y salir de varios burdeles como quien visita a un familiar y reunirse con chicas jóvenes en diversos cafés del centro. No obstante, ayer por la noche, las alarmas del policía saltaron: Carmina llegó aquí en coche de punto y entró en la barraca azul acompañada por dos hombres. Estos transportaron dos baúles de tamaño considerable desde un carro aparcado en el exterior hasta el interior del habitáculo, y luego se fueron. Aunque Gustavo desearía haberlos seguido, estaba solo y no podía perder de vista a Carmina, que abandonó la barraca horas después.

El caso es que hoy se la ha jugado. Dedujo que en cada uno de los baúles había una chica encerrada y, en consecuencia, esta mañana ha decidido dar parte al comisario Pérez de Millo. Sin embargo, ha cambiado de opinión, ha esperado hasta la tarde y le ha mentido: le ha asegurado que uno de los anarquistas más buscados por el Directorio se escondía en la barraca cerúlea. Sin pensárselo dos veces, Pérez de Millo ha montado un amplio dispositivo gracias al cual han encontrado a las mujeres que ahora esperan tapadas con mantas.

—El azar ha querido que Carmina estuviera aquí cuando hemos iniciado la operación, así que la hemos detenido —dice con orgullo—. Las tres barracas contiguas están conectadas por un sótano en el que hemos encontrado a estas pobres chicas en condiciones pésimas. Es mejor que no

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les dé detalles —concluye negando con la cabeza—. El caso es que mi intuición era certera, porque ayer llegaron dos víctimas nuevas en el interior de los baúles. El resto nos han contado que, habitualmente, las vigilan dos hombres que justo se han marchado cuando Carmina ha llegado para impartir una de sus lecciones. En fin, a pesar de lo sombrío del asunto, hemos salvado a siete personas y estoy seguro de que conseguiremos que Carmina confiese y nos entregue a los responsables de este horror. Tenemos que estar contentos porque hoy se han confirmado nuestras sospechas.

Pilar y Mireia felicitan a Gustavo, admiradas por su esfuerzo y tenacidad y contentas de ver un atisbo de luz al final del túnel. Confían en que Carmina cante como los pajaritos a cambio de un trato especial. Lo que no saben es que la mujer aparecerá ahorcada en su celda a la mañana siguiente sin haber proporcionado ni una sola pista. Marta, a su vez, permanece callada. Agarra el colgante con forma de estrella con la mano derecha y suda a pesar del frío. Aunque tiene ganas de gritar, se controla; lo último que quiere es montar una escena.

—Una pregunta… ¿Estaba ella aquí? —pregunta Pilar refiriéndose a la prometida de Gustavo, a la que el hombre busca sin descanso.

—No, no estaba aquí —dice él, compungido—. A estas pobres chicas las han secuestrado en los últimos días. Las trajeron a este sótano para prepararlas y luego asignarles un prostíbulo del que ya no podrán escapar —explica con resignación—. De hecho, solo usan estas barracas de vez en cuando, para que parezcan deshabitadas, y han hecho correr el bulo de que están encantadas para que nadie las ocupe. Estoy seguro de que cayó en las redes de estos malnacidos. El día menos pensado la encontraré —termina convenciéndose de sus palabras.

La señora Puig da un paso adelante y abraza a Gustavo con fuerza. Después de la sorpresa inicial, él se lo devuelve con ahínco. Ambos permanecen entrelazados durante unos segundos en los que se permiten una intimidad que ansían tanto como temen. Luego se separan, el decoro vuelve a reinar entre ellos y Gustavo recupera su papel de policía.

—Doña Pilar, como sabe, estas tres barracas corresponden al terreno que el señor Guitart compró hace tiempo a su padre. Tuvo usted una buena intuición cuando reparó en el detalle. Como comprenderá, necesitaríamos hablar con su marido. Tiene que darnos muchas explicaciones.

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—Sí, claro, le escribiré para que vuelva de una vez y hable con ustedes —asegura Pilar, harta de mentir porque sabe que la treta les va a explotar en la cara de un momento a otro. Hace poco le ha confesado a Gustavo que andan separados y que Claudi no quiere volver. Al mismo tiempo, se arrepiente de haber descartado estas propiedades en su investigación—. También debo decirle que no creo que me haga caso.

—Se lo agradezco. Ahora, si me disculpan, vamos a trasladar a Carmina a comisaría.

Gustavo se dirige hacia las barracas y las tres amigas se incorporan al grupo de curiosos para ver con detalle el rostro de la mujer. En un momento dado, Carmina sale esposada por la puerta de la barraca de color azul. Se trata de una mujer alta y delgada, de pelo moreno y liso, vestida con talante y ropas de corte burgués. Camina altiva seguida de Gustavo y del comisario Pérez de Millo.

—Marta, tengo una pregunta —dice Mireia, ajena al desasosiego de la locutora—. No sé si es el momento más oportuno, la verdad. Aun así, siento la necesidad de preguntártelo. Verás, Jaume me dijo que tú eres la mujer que aparece en las fotografías sexuales que encontramos en el almacén de la calle Reina Amàlia. Suponemos que lo hiciste bajo la coacción de Claudi y, bueno, creo que deberías contarnos por qué lo has ocultado.

Incapaz de contenerse por más tiempo, Marta rompe a llorar. Derrama tantas lágrimas que Mireia y Pilar se alertan. Nunca la habían visto tan vulnerable, tan quebrada. Deciden apartarse de nuevo del gentío de curiosos para ayudarla a reponerse. Pasan los minutos y Marta no responde a razones ni a consuelos. De esta guisa, deciden caminar hacia el Paralelo para tomar un coche de punto que las lleve a un lugar más seguro y tranquilo donde hablar.

—Yo podría haber acabado así —dice Marta en referencia a Carmina

—. Mis hijas podrían acabar así. No puedo más. Necesito contaros muchas cosas que he intentado olvidar.

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Marta tiene quince años y presiona con ahínco el colgante con forma de

estrella. Respira entrecortadamente. Se encuentra en un hostal de mala muerte del Distrito V, desnuda y tumbada boca arriba en una cama destartalada. Su primer cliente destruye los estertores de su inocencia con cada embestida. Para aliviar el tormento, su mente huye de la estancia e imagina que juega a las adivinanzas con su madre.

Ha empezado a trabajar en un burdel ante la necesidad imperiosa de sacar adelante su casa y a sus hermanos; y lo ha logrado gracias a la ayuda de Alberta, una amiga que hace meses que ejerce la prostitución y que tuvo que abandonar el barrio para evitar el desprecio de su familia. José, el padre ausente de Marta, que reparte su tiempo entre la extensa jornada laboral que realiza en la fábrica de Can Seixanta y las reuniones sindicales, participó en los hechos de la Semana Trágica y terminó en prisión por agredir a varios policías y militares. Hace ya varias semanas del encarcelamiento y Marta no ha hallado otra opción para conseguir dinero. El casero que les alquila la barraca de Montjuïc los apremia para que paguen la mensualidad. Los vecinos no tienen un céntimo que dejarles. El resto de la familia vive en la miseria en Castellón. Sus hermanos, bastante más pequeños que ella, tampoco encuentran trabajo. Barcelona está sumida en una crisis económica que parece irresoluble y, aun así, nuevos ciudadanos llegan a sus calles a diario en busca de una vida mejor. Echa de menos a su madre, que falleció en un accidente en la España Industrial, de quien heredó el recuerdo de una época plagada de amor y un colgante con forma de estrella que atesora como si fuera la joya más valiosa del mundo.

Su padre saldrá en seis meses de la Modelo, se enterará del oficio al que Marta ha recurrido para alimentar a la familia y, montado en cólera, la

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echará de casa. Pero ahora Marta no puede llegar a imaginarse semejante destino y, mientras su primer cliente abandona la habitación y se lleva con él su dignidad, se consuela convencida de que estas semanas serán una excepción en su vida, una anécdota que borrará de la memoria.

Tres años después, en un soleado día de marzo, Marta presiona su colgante mientras permanece tumbada en la cama de otro hombre. Por primera vez en su vida, yace entre sábanas por amor. Lo conoció por casualidad en el Edén Concert, un cabaret al que acudía con sus amigas para divertirse y también con la secreta esperanza de trabajar algún día sobre sus escenarios. Como tantas otras chicas en sus circunstancias, Marta soñaba con dejar la prostitución y dedicarse al mundo del espectáculo; quería brillar bajo los focos, que la aplaudieran por su talento y no por los atributos físicos que tantas pasiones levantaban. Una noche cualquiera se cruzaron en la pista de baile. Era alto, guapo, fuerte, cordial, galante, sensible. La respetaba, la trataba con educación. Era estibador en el puerto, un oficio que al empezar no da dinero, pero que, con el tiempo, permite que los más avispados asciendan y mejoren el salario. Ella se enamoró perdidamente del chico, y él la correspondía. Durante un tiempo se citaron en cafés y en bares, y luego frecuentaron la habitación del hostal donde él vivía. Compartían sueños: el estibador deseaba convertirse en médico y la prostituta, en actriz; y, juntos, imaginaban un futuro en el que ambos se realizaban.

Y ahora, tumbada en su cama, una sombra se cierne sobre el final feliz que proyectan. Él no conoce la verdadera profesión de Marta y ella hace todo lo posible para que no se entere, pues cree que la repudiará tal y como hizo su padre. En consecuencia, miente, oculta, omite y alarga este paraíso en la medida de lo posible. No falta mucho para que él lo descubra, y, lejos de rechazarla, la abrazará con fuerza y le prometerá un buen sueldo con el que la mantendrá. Así que Marta, que aprendió a evadirse en la cama para no entregar también su alma a los clientes, le concederá al estibador lo único que no ha obtenido de ella ningún otro hombre.

Cuando la vida te sonríe, los meses se diluyen en una neblina dulce que desdibuja los peligros con los que la realidad acecha, y esta siempre acaba

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arremetiendo. En este preciso momento, Marta se encuentra ante el amor de su vida con el corazón y el colgante en un puño. Muy a su pesar, está rompiendo su relación con el estibador.

Le está mintiendo, no le cuenta que, tras la noche en la que él se presentó en su habitación con la cara desencajada, ella hipotecó su vida para salvarlo. El estibador fue testigo, sin desearlo, de uno de los negocios sucios de Kohen. El crápula importaba ilegalmente pistolas Browning de Estados Unidos a través del puerto junto con un empresario que el estibador no identificó, y luego las vendía a sindicalistas y a pistoleros a sueldo de la patronal. Debido a un malentendido, uno de los matones de Kohen asesinó a su enlace en el muelle, un crimen que el amor de Marta presenció. Tras ser descubierto, Kohen se dispuso a terminar con el estibador para que no quedaran cabos sueltos; no obstante, lo vio tan alto y tan fuerte que decidió perdonarle la vida a cambio de que se convirtiera en otro de sus malhechores. El estibador se lo contó a Marta entre lágrimas, y le juró que deseaba llevar una vida recta y alejada de los bajos fondos por encima de todas las cosas. Conmovida por la situación, ella removió cielo y tierra para encontrar al mafioso y pedirle clemencia. Pese a que no fue rápido ni sencillo, lo logró: muerta de miedo, ejecutó su petición rodeada de matones.

Kohen se sorprendió de las dotes detectivescas de Marta, pues era casi imposible encontrar al rey de las sombras. Conocido por su gran capacidad de discernir y aprovechar las grandes oportunidades, el mafioso le aseguró que dejaría en paz al chico si ella se convertía en una espía a sueldo de su cohorte. Marta, que deseaba con todas sus fuerzas el bienestar de su amado, antepuso la felicidad del estibador a la suya y aceptó con una condición: alguien del entorno de Kohen se haría pasar por un mecenas y enviaría al chico a Madrid para que estudiara Medicina con los gastos pagados; a cambio, Marta se ocuparía de devolverle el dinero a Kohen con su trabajo. Con el trato cerrado, solo quedaba romperle el corazón al chico para que se olvidara de ella y tomara la oportunidad que se le ofrecía en la capital del país. Por eso ahora, ante la atónita y rota mirada del joven, Marta le confiesa que no le quiere, que jamás lo ha amado y que ha sido una mera distracción.

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Otra primavera, la de 1918, trae consigo a la segunda hija de Marta mientras la contradicción se cierne sobre la vida de la espía: se ha acostumbrado a una rutina fundamentada en el engaño y el peligro y, a la vez, debe reconocer que su posición ha mejorado considerablemente. Dispone de dinero y de recursos y ha iniciado una carrera en los teatros que le permite actuar tal y como siempre ha soñado. Por supuesto, es una tapadera más para las misiones que le encarga Kohen, pues los caminos del tirano son inescrutables.

Cabe decir que no se siente mimada por la fortuna. Tiempo atrás, Marta consideró pagada la deuda económica contraída con Kohen. El criminal, ante la posibilidad de que su mejor espía escapara de sus garras, la amenazó con matar al estibador si ella no cumplía con sus cometidos. Poco después, Marta quedó embarazada de su primera hija y, para su sorpresa, Kohen la apartó del albur de sus misiones para que gestara con calma. Qué curiosa estima le profesaba el tirano; la línea entre el abuso y la protección quedaba difusa a cada paso que ella daba a sus órdenes. Así, Marta se mudó con la hermana de Kohen, doña Amàlia, quien la colmó de cuidados hasta que dio a luz. Tras el parto, él le arrebató a su hija sin permitir que la viera y la dio en adopción; y Marta volvió a las andadas como si nada. «Es lo mejor para la niña —se decía—, así crecerá con una familia decente». Llegados a este punto, Kohen disponía de dos chantajes que amilanaban las ansias de libertad de Marta: si un día desaparecía, el Barón no solo mataría al estibador, sino también a la niña.

En los últimos meses, un segundo embarazo, el que acaba de llegar a su fin, ha interrumpido de nuevo las actividades delictivas de la espía. Sin mostrar queja o reproche, Kohen le ha proporcionado las mismas condiciones que la primera vez: los cuidados de su propia hermana, con quien Marta ha trabado una bonita amistad. Ahora, tras un parto largo, Marta reposa falta de brío y de alegría en la cama de invitados del piso de doña Amàlia. En cuanto la cría ha salido de sus entrañas, la comadrona se la ha llevado a otra habitación. Esta vez, Marta ha pedido verla a voz en grito mientras cogía con fuerza su colgante con forma de estrella. Cabe decir que sus deseos no han sido concedidos. Por eso se odia, porque se ha dejado llevar por las circunstancias por enésima vez, porque acepta su destino sin luchar por sus necesidades. Está harta de ser un juguete en manos de los demás, un recipiente, un arma sin espíritu ni beneficio propio.

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A partir de este momento caerá en un periodo sombrío en el que el ánimo desaparecerá de su cuerpo y la eficiencia de sus artes. Kohen, a sabiendas de que una Marta depresiva no le va a servir de nada, le ofrecerá un nuevo pacto que avivará la pericia de la espía: si trabaja unos años más para él, le revelará la dirección en la que viven sus hijas. Marta aceptará porque las necesita a su lado, consciente de que la vida que lleva no es apta para dos crías. ¿Realmente es posible huir de las malas decisiones?

Acomodadas en el salón del piso familiar en el que la señora Puig y sus hijas todavía viven para no enfrentarse al recuerdo de Juana, Pilar y Mireia no saben a qué atenerse tras el relato de Marta. El pasado de su amiga es infinitamente más amargo y desgarrador de lo que las dos cuñadas habían imaginado. ¿Cómo aligerar un dolor cultivado en tantas desgracias? ¿Qué palabras de consuelo podrían ayudar a una mujer con tan acerbo pasado? Llegados a este punto, Pilar agarra con fuerza la mano de la locutora sin importarle lo que acaba de escuchar.

—Cuando he visto salir a Carmina de la barraca —prosigue Marta—, no he podido contener la ira, la rabia y la angustia que me acompañan cuando me enfrento a lo que nos hacen, a lo que nos hacen hacer. De alguna manera, yo fui una de las chicas que estaban cubiertas por las mantas, yo podría haber terminado como Carmina, esposada y juzgada por cuantos me miraran, participando del mismo horror que experimenté en mis propias carnes. No veo el modo de terminar con esta locura, todo se repite una y otra vez sin que podamos hacer nada para detenerlo.

Las palabras se contienen tras lo que Marta acaba de pronunciar. Ahora es Mireia quien coge la mano de su amiga mientras comprueba que su cuñada no se muestra afectada por las circunstancias. Acto seguido, devuelve su atención a la locutora, quien mira a un punto fijo de la estancia para escapar del juicio de sus amigas.

—No os dije nada sobre las fotografías de Jaume y tampoco os había contado nada de todo esto porque tenía miedo de que me odiarais. Sois de las pocas personas que se han preocupado genuinamente por mí, sois de las pocas personas buenas que tengo a mi alrededor.

—Nos tendrás a tu lado cuando nos necesites —le responde Pilar.

El silencio se apodera de nuevo del salón. A Mireia le hierve la sangre de repente. Una idea nace en su interior. Una necesidad de justicia.

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—Ya está bien, sí que podemos hacer algo —afirma con cierto odio en los ojos. Concentra ahora toda la rabia acumulada en los últimos tiempos

—. Hace un año y pico que empecé La Luz del Futuro. Hemos publicado muchos artículos de interés, hemos reivindicado nuestros derechos, nos han censurado quién sabe cuántas páginas y nos han leído cuatro gatos. No sé cómo podemos alcanzar el impacto que nos gustaría. Por eso creo que ha llegado el momento de dar un paso más. —Se detiene en busca de las fuerzas necesarias para expresar sus intenciones en voz alta—. Voy a escribir un artículo que explique el periplo que hemos pasado desde que murió Irene hasta este momento. No hay justicia para los olvidados porque las historias que no se cuentan no existen. —Marta contempla asombrada a Mireia. No está acostumbrada a que la ayuden—. Bien, no mencionaré directamente al conde de Vallespir, porque no tenemos pruebas en su contra, pero espero que alguien lo lea y nos ayude. Caterina me dijo en una ocasión que mis artículos llegarían a impactar en las lectoras, pues que así sea.

Marta sonríe fugazmente y se deja llevar otra vez por las lágrimas.

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7 de octubre de 1926

Mireia observa el sosegado sueño de su hijo mientras repasa las

incontables tribulaciones que ella ha padecido desde que el pequeño nació. El niño duerme ajeno a la ausencia de su padre, con quien nunca llegó a convivir en este piso de la calle Pau Claris, donde Mireia pasó los mejores años de su vida con Josep. Desde entonces, ella ha ejercido el rol de padre y de madre. ¿Acaso desea dirigir la Puig & Mckey?

«Lo absoluto es materia de las personas que no ven más allá de sus propias contradicciones», piensa con frecuencia. Basándose en esta máxima, Mireia sabe que no existe una respuesta única y categórica. La ambición ha sido siempre un ingrediente clave en sus ensoñaciones, así como también la defensa de sus ideales; sin embargo, ¿tenía que ser ella la primera mujer directora de la empresa familiar? Su padre la entregó a Josep, y este, tras dejarle en herencia el 30 % de las acciones, la sometió al devenir de la compañía. Y ella, como buena hija y esposa, se lanzó a ciegas al camino que le habían trazado los hombres de su vida. A pesar de todo, ¿acaso deseaba dirigir la Puig & Mckey?

Desde que se convirtió en el poder en la sombra del negocio, ha mejorado sustancialmente las condiciones de trabajo de sus asalariados tal y como le dictaba su conciencia. No obstante, también ha tenido que ejecutar recortes, echar a trabajadores y sofocar huelgas con la ayuda de un cuerpo de policía que trabaja para el Directorio Civil que ella odia con esmero. ¿Se pide demasiado? ¿O demasiado poco? ¿El futuro que está labrando para su hijo es el mejor posible? A pesar de que conoce la réplica, la esconde tras las obligaciones que guían el día a día.

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Mireia suspira, da un beso al crío, lo arropa y sale de la habitación a hurtadillas para no despertarlo. Acto seguido, se dirige al salón, donde antes la esperaba Josep y ahora lo hace Manel. Su sportsman está sentado en el sofá diario en mano, vestido con una camisa blanca cuyas arrugas evidencian un día de trabajo y con unos pantalones de cuadros que le confieren un toque británico.

—¿Cómo va el peor día de tu vida? —le pregunta él.

Antes de que ella responda, Manel deja el periódico sobre la mesilla y da un par de golpecitos al cojín contiguo para pedirle que se siente junto a él.

—No te merezco —dice Mireia con tono melifluo, y acepta la invitación.

—Cuando me dices esas cosas, me angustio porque siento que jamás voy a poder darte lo que necesitas —comenta él mientras ella se acomoda a su lado.

Acto seguido, Manel la abraza sin añadir nada más. Es un hombre directo, conciso, elegante en sus formas y en sus deducciones. Tuvo un mentor con el que intercambiaba impresiones sobre la profesión y sobre la vida en las noches de borrachera. En más de una ocasión, aquel guía le comentó: «Los hombres arrebatamos demasiadas cosas a nuestras mujeres; por eso, las más inteligentes levantan muros a su alrededor que no deberíamos traspasar». El pediatra recurre a este consejo cuando duda de los sentimientos de Mireia, quien le despierta una atracción fuerte e intensa, así como un instinto de protección arrollador.

Mireia le profesa cariño y amor, comparte cama y pensamientos con él y, sin embargo, se encuentra lejos del amartelamiento con el que lo trataba cuando empezaron a salir. Ella lo introdujo en su vida y en la de su hijo porque lo amaba y disfrutaba de su compañía y, aun así, las dudas resquebrajan la felicidad y la paz que deberían emanar de su corazón. ¿Será que sus sentimientos no son tan profundos como desearía? ¿Será que se siente incapaz de cuestionar sus decisiones sin llegar a extremos enfermizos?

Manel no le ha pedido matrimonio y tampoco que vivan amancebados, Mireia lo agradece porque desconoce lo que debería responder. Una parte de ella no se entrega a su novio como lo hacía con Josep porque ya no sabe en qué punto termina el amor y en cuál empieza el sometimiento. Ha escrito artículos sobre cómo la educación convertirá a las mujeres en

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mejores madres y esposas o sobre que el sufragio femenino traerá una nueva visión a la política; no obstante, son argumentos que no las liberan del matrimonio, sino que las potencian dentro de la institución. Siente que se ajusta al guion establecido, siente que se pudre por dentro, y si comparte sus pensamientos sin tapujos, sabe que incomoda y que genera rechazo.

—Anda, cuéntame con detalle lo que ha pasado —le propone Manel. Mireia le sitúa en la junta de accionistas que se ha celebrado por la

mañana. Claudi estaba vivo la última vez que se mantuvo una reunión con el accionariado al completo, y el encuentro de hoy ha transcurrido con algunas diferencias respecto a sesiones pasadas. Por ejemplo, Mireia se ha sentado a la mesa entre los americanos y Pilar lo ha hecho en el bando de los accionistas autóctonos, justo delante de su cuñada. La condesa de Vallespir, sin embargo, ha preferido mantenerse en el segundo plano que el sofá le brinda y ha observado la sesión desde la lejanía de sus reparos, perdida muchos momentos en las nubes que contemplaba a través de la ventana.

John Mckey, el hermano de Vincent y presidente del conglomerado de empresas de los Mckey, ha llegado menos sonriente de lo habitual y ha pedido explicaciones sobre varios movimientos de la compañía con un tono poco amigable. Por suerte, Carlos, su traductor, ha suavizado la severidad de las palabras del americano cuando las ha trasladado a los locales. Mireia ha respondido a las dudas del señor Mckey, le ha asegurado que las obras de la fábrica de Sant Andreu se están ejecutando sin problemas después de varios tropiezos con la administración y ha revelado las intenciones de su cuñado. En su última carta, Claudi ha anunciado que abandona el cargo para quedarse definitivamente en Buenos Aires. Además, con un acta notarial que un juez ha validado, ha cedido a su mujer el control del 2 % de las acciones que posee. Tras un breve momento en el que la controversia se ha apoderado de la sala de reuniones de la empresa, Mireia ha pedido orden y ha preguntado si alguno de los presentes deseaba ocupar el cargo. Ha sido entonces cuando Vincent, sereno, aseado y con pulcritud en las formas, ha entregado a cada uno de los asistentes una copia de un dosier que, evidentemente, ha redactado Mireia. Acto seguido, se ha sentado en la silla que ocupaba Claudi y ha anunciado su candidatura.

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John ha torcido el gesto tan pronto como Vincent ha declarado sus intenciones. No obstante, el menor de los hermanos ha expuesto con calma y concisión el plan para salvar el negocio y, a medida que argumentaba las acciones plasmadas en las hojas, la cara de John ha mutado de la incredulidad a la sorpresa y, luego, a la satisfacción. Acabada la presentación, y dada la buena aceptación de las propuestas, se ha procedido a la votación y se ha nombrado presidente a Vincent por unanimidad.

Mireia, Pilar y el resto de los miembros de la junta han respirado tranquilos. El americano ha agradecido la confianza a los presentes, así como el trabajo de Mireia como enlace con el antiguo director y, acto seguido, ha dado por finalizada la sesión.

—Qué bien ha ido todo, don Vincent, seguro que formaremos un buen equipo —le ha dicho Mireia en petit comité. Tras reunirse varias veces para repasar el plan, se ha establecido una innegable complicidad entre ellos.

—Totalmente, doña Mireia, y a partir de ahora, todos podemos volver al lugar al que pertenecemos. Por eso le pido que en la próxima reunión se siente usted en el sofá.

—Pero ¿por qué? ¿Qué dice? —ha preguntado ella sin comprender al americano.

—Pues lo que le digo. Me han nombrado presidente, y usted y su cuñada suman el cuarenta y dos por ciento de las acciones. No pueden echarme. A partir de ahora, yo tomo el control. Solo.

—Eso no es lo que habíamos acordado.

—Tampoco acordamos que me dejara tirado la primera vez que usted me pidió ayuda, y así fue. No confío en usted, este es el momento de demostrar a mi familia que sé lo que me hago. No perdamos más el tiempo, tengo varias fábricas que dirigir.

Vincent ha dejado a Mireia con la palabra en la boca para comentar el nombramiento con su hermano. En ese preciso momento, la condesa de Vallespir, que ha escuchado las palabras del americano, se ha dirigido a Mireia con condescendencia:

—Lo siento, querida, pero yo tenía razón.

Esta vez Mireia no ha respondido a doña Carme. Pilar, lejos de atacarla o culpabilizarla por el resultado de la treta, la ha abrazado y le ha agradecido las horas y el esfuerzo que ha dedicado para mantener el

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negocio a flote. Han perdido la Puig & Mckey; no obstante, no les va a faltar dinero en lo que les queda de vida. Después de tanto trabajo, preocupaciones e intrigas, lo que más descoloca a Mireia es el alivio que siente ante la situación.

—¿Por qué no te has presentado tú como directora con tu brillante plan? —le pregunta Manel a Mireia tan pronto como ella termina su relato, sentados ambos en el sofá del salón, sin dejar de abrazarla—. No hay ley que te lo prohíba y, por lo que me dijiste una vez, tampoco te lo impide ninguna cláusula en el estatuto de la empresa.

Mireia, risueña, lo abraza a modo de respuesta. Está cansada de explicar a los hombres por qué no es una decisión tan fácil de tomar.

—Y dime —continúa Manel, consciente de que no va a obtener respuesta—, ¿te apetece explicarme lo que ha sucedido esta tarde con Caterina?

—¿No vas a parar hasta que te cuente todas mis desgracias? —dice ella con guasa.

—Me paso el día atendiendo a niños. Una dosis de realidad adulta fortalece mi espíritu —le responde con una sonrisa pícara.

Ella respira profundamente porque lo acaecido hace un rato la entristece mucho más que el resultado de la votación. Finalmente escribió el artículo que le prometió a Marta. Lo centró en las víctimas y en la existencia de una organización deleznable. No apuntó directamente a los supuestos culpables porque no tenían pruebas contra ellos. En sazón, camufló nombres y situaciones, negó la existencia de un asesino en serie, eludió algunas escenas para que ni ella ni su cuñada, y mucho menos Marta, aparecieran de manera directa en el relato, y dejó pistas con el objeto de que los más avispados pudieran deducir quiénes son los responsables de la trama.

Caterina, como amiga y como directora de La Luz del Futuro, intentó impedir por activa y por pasiva que se publicara la historia. Al decir de ella, unas acusaciones como las del texto les podían comportar una multa y, quién sabe, quizá también el cierre. Al contrario que Mireia, considera que el trabajo realizado por la revista en su corto tiempo de vida ha sido prodigioso, hasta el punto de convertirse en la heredera de otras publicaciones del estilo y de haber alentado debates que favorecen la emancipación de la mujer. ¿Por qué tirarlo todo por la borda por un caso que, a pesar de ser cruel y monstruoso, no pueden demostrar? Mireia fue

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implacable en sus argumentos: ella ponía el dinero y, por ende, tenía el derecho a escribir lo que le viniera en gana. Así socavó la autoridad de Caterina y se salió con la suya.

El caso es que ayer recibieron una carta oficial del Directorio en la que se anunciaba la clausura de La Luz del Futuro. El gobernador justificaba su decisión en el ataque a la moral y a los valores del país en varios de sus artículos, pero las dos mujeres sabían que era el escrito de Mireia el que había provocado el cierre definitivo. Esta tarde, Mireia ha quedado con Caterina para hablar sobre el tema. La periodista, aunque visiblemente enfadada, ha asegurado que solo han perdido otra batalla y ha propuesto empezar desde cero con una nueva cabecera.

—Creo que no vamos a poder sacar una nueva revista —le ha confesado Mireia—. Tampoco creo que, llegado el caso, pudiéramos continuar con La Luz del Futuro.

—Pero ¿qué dices? —ha respondido Caterina, incrédula.

—Esta mañana he perdido el control definitivo de la compañía. Aunque todavía no lo sé seguro, estoy convencida de que el nuevo director cortará el patrocinio de esta o de cualquier publicación que nos planteemos en el futuro. ¡Lo siento mucho, muchísimo! —ha dicho con sinceridad.

—No me lo puedo creer, de verdad, no me esperaba esto de ti.

—¿Por qué me dices eso? Soy la primera perjudicada por lo que ha sucedido. Deberías estar agradecida de lo que he hecho por la revista. Además, dime, ¿qué has conseguido como directora? Lo digo porque no es que tengamos una legión de lectores, que digamos.

—¿Sabes? Tengo la sensación de que para ti esto no ha sido más que un juego —ha replicado Caterina mientras se levanta de la butaca—. No voy a perder el tiempo en explicarte por qué te estás comportando como una rica presuntuosa, espero que algún día llegues a entenderlo.

Acto seguido, la activista ha abandonado el salón y ha salido a la calle.

Pasarán unos cuantos años antes de que ambas vuelvan a hablar.

—Me sabe mal que hayáis acabado así —concluye Manel ahora tras escucharla con atención en el sofá de su casa—. ¿Y qué vas a hacer a partir de mañana? —le pregunta con el objeto de allanar el camino a posibles soluciones.

—Pues la verdad, querido, es que no tengo ni la más remota idea. Mireia no le ha contado toda la verdad a Manel, seguramente para no

preocuparlo. Hace unas horas ha recibido una carta anónima con tan solo

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una frase escrita: TE ARREPENTIRÁS DE HABER ESCRITO EL ARTÍCULO. No sabe

cómo tomarse la amenaza, han llegado muchas desde que empezaron a publicar la revista; sin embargo, esta la ha terminado de hundir. Mireia se pregunta si mordió la manzana a propósito, si ella misma boicotea su estancia en el edén.

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7 de noviembre de 1926

Pilar cruza la salida del teatro Goya acompañada por Mireia y Marta. Las

tres mujeres han acudido al estreno de Mariana Pineda, de Federico García Lorca, protagonizada por Margarita Xirgu, la gran dama del teatro nacional, y con Salvador Dalí como escenógrafo. La señora Puig discrepa de las opiniones de sus amigas, quienes cantan las virtudes de un texto especialmente revolucionario para la situación en la que se encuentra el país. La heroína granadina que encarna la Xirgu se aleja de los deberes que Pilar atribuye a las mujeres, ya que desatiende a sus hijos e incluso da su vida por unos ideales, por una bandera y por un amor. La señora Puig, en cambio, no entiende de qué sirve una victoria si no la puedes disfrutar en vida, o que las ideas sean una excusa suficiente para dejar al margen tus obligaciones. La palabra «revolución» asusta a Pilar porque escenifica un inicio, pero no un desenlace claro. Ella necesitaría conocer de antemano la forma final y las normas concretas del proceso para confiar en un cambio radical de la sociedad. Tampoco le gusta la posibilidad de que el pueblo llano tome el poder, no lo considera preparado ni instruido para la hazaña. Teme que Mireia llegue a seguir los pasos de Mariana Pineda y, por si llegara el caso, cuestiona las motivaciones de su cuñada. ¿Mireia no ha sufrido ya suficiente? ¿Su lucha se basa realmente en la defensa de la igualdad entre los sexos o es pura vanidad? En el fondo piensa: «¿Quizá la juzgo porque representa el ideal que no me atrevo a perseguir?».

La señora Puig acude con más asiduidad al teatro que otrora y lee novelas recomendadas por su hija y por su cuñada. Ahora se deja llevar por la fuerza de la literatura, por la capacidad que tiene de remover y

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cultivar sentimientos e ideas. Aunque busca un sosiego total que no alcanza a través de los libros, las historias le permiten liberar un dolor tan profundo como extenuante. Hoja a hoja, descubre que no se puede superar la pena propia si no se conoce la de los predecesores.

Marta y Mireia proponen tomar una copa y Pilar anuncia que se retira al piso familiar. No ve con buenos ojos que tres mujeres se diviertan solas a estas horas. Además, a pesar de que comprende los motivos que llevaron a Marta a tomar determinadas decisiones en el pasado, no considera oportuno que las vean juntas en un bar. Contra todo pronóstico, acaba acompañándolas gracias a la capacidad persuasiva de sus dos amigas. Mireia sugiere el Pati Blau porque ha quedado allí con Manel más tarde. Se trata de un café situado en el pasaje sin nombre que une la calle Pelayo con la ronda Universitat y que ocupa los bajos de la parte trasera de la Casa Ramon Julià. De hecho, dispone de una terraza situada justo encima del pasaje que cuenta con una barra exterior y una acogedora zona de mesas. Es conocido por su buen café y, desde hace un par de años, también ofrece embutidos y mariscos de calidad. Una vez en el local, deciden sentarse en la terraza pese a que Pilar se queja del frío. Mireia y Marta piden champán y la señora Puig, un café. Tan pronto como el camarero les sirve las bebidas, Mireia alza la copa.

—Quiero proponer un brindis, por dos pérdidas y una victoria. A pesar de que he perdido la empresa y la revista de una tacada, puedo contar con esta extraña amistad que años atrás me habría parecido imposible, pero que nos une de una manera indescriptible.

Las tres mujeres sonríen y chocan las copas y la taza con nostalgia. Pilar siente indiferencia por la situación actual de la Puig & Mckey y se cuestiona por qué vive embargada por la indolencia. De fondo, la orquestina de la casa arranca el concierto con Oh… el charlestón, de Barceló y Creixams. Pilar concluye que el jazz, el tango y el charlestón han invadido la ciudad. Mira a su alrededor y se siente cómoda, las mesas están ocupadas por gente de orden, sobre todo hombres, tal y como el propio local difunde en los anuncios: «Es el punto de reunión de toda la buena sociedad».

—Mireia, ¿cómo estás? —pregunta Marta—. Pese a que está muy bien poner al mal tiempo buena cara, no podemos obviar las dos pérdidas.

—¿Qué te puedo decir? —responde Mireia mientras niega con la cabeza—, supongo que me siento frustrada. Y la revista, ¿realmente nos

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podía ayudar? Lo digo porque no ha sido el revulsivo que esperábamos, y no sé si serviría de mucho continuar por un camino que parece estéril.

Pilar desea animar a Mireia, expresarle la gratitud que siente hacia mujeres como Irene o como ella. También le gustaría asegurar a su cuñada que las ideas que defiende son tan necesarias como el aire que respiran. Aunque se muere por decírselo, sucumbe a la contradicción categórica establecida entre sus creencias y las nuevas ideas aprendidas en los últimos años. Y calla.

—Yo… yo sí tengo una buena noticia —continúa Marta—. Ya os lo he contado, hace meses que intento convencer al director de la radio para que encargue historias escritas para ser radiadas. Hace dos días me confirmó que van a desarrollar un par para luego valorar la acogida del formato entre los radioyentes. ¡Y Eugeni se alegró tanto! Él tiene un montón de ideas para introducir la música en las escenas. ¡El caso es que cuentan conmigo como actriz!

—¡Qué alegría! —dice Pilar.

—¡Me parece que esta noticia se merece otro brindis!

De nuevo levantan las copas y la taza y, en pleno apogeo de la celebración, Mireia comprueba la hora en el reloj de pared que corona la barra de la terraza.

—Manel llega tarde, qué raro —comenta—. En fin, me alegro de que vayas a conocerlo al fin, Marta. Parece mentira que no hayáis coincidido todavía.

—No sé qué decirte —responde la locutora encogiéndose de hombros

—. Tampoco vosotras conocéis a Eugeni. Ya sabéis que lo he invitado más de una vez, pero no ha habido manera de convencerlo para que venga. Dice que hablaremos de cosas de mujeres y que él no hará más que estorbar.

Pilar se pregunta si el amor llamará a su puerta o si ha perdido su dirección postal. Anclada en el desamor, no puede evitar sentirse triste por la boda de Eulàlia y Marcel·lí que no se ha llegado a celebrar. Su hija sabe que el juicio del joven, que tendrá lugar en pocos días, determinará su propio futuro, y ha prometido que lo esperará el tiempo que sea necesario. Dados los últimos acontecimientos, podría tratarse de años.

Días atrás, la gendarmería francesa detuvo a más de un centenar de hombres armados y capitaneados por Francesc Macià, líder en el exilio del partido catalanista Estat Català, cerca de la frontera pirenaica, en concreto,

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en Prats de Molló. El pequeño ejército tenía la intención de tomar el norte de Cataluña para proclamar la República Catalana como paso previo a un alzamiento generalizado. Tal y como sucede después de cada intento de derrocar el Directorio, el Gobierno ha intensificado la represión de los disidentes, y se teme que las sentencias a los reos acusados de crímenes contra la patria serán muy duras para dar ejemplo. «Pobre Marcel·lí», concluye Pilar en el mismo momento en que Mireia alza la mano para saludar a Manel, que acaba de acceder a la terraza del Pati Blau. El hombre se acerca algo turbado y deja La Publicitat sobre la mesa.

—Mireia, cielo… —parece que no sabe cómo continuar—, ¿has leído el diario de hoy?

Entonces, Manel gira levemente el rostro hasta que su mirada se encuentra con la de Marta. Segundos después, la cara de ambos escenifica una tragedia griega de las que Marta ha interpretado tantas veces sobre los escenarios. Los ojos de uno se han clavado en los de la otra como si el tiempo y el espacio carecieran de sentido y linealidad, como si el pasado se mezclara con el presente para aguarles un futuro sosegado.

—¿Marta? —atina a decir él con la voz entrecortada.

Ella aguanta la respiración durante unos sempiternos instantes. —Tengo que irme —anuncia la locutora mientras modera sus ganas de

llorar.

Marta se levanta de la silla con celeridad y vuela hacia el interior del local ante una Mireia y una Pilar que observan la escena sin posibilidad de interpretarla. Manel, lejos de ofrecer una explicación, sale a la carrera detrás de la locutora mientras la llama por su nombre a voz en grito.

—Pero ¿qué…? —se pregunta Mireia mientras contempla cómo ambos desaparecen de su vista.

«¿Debería seguirlos?». Su mente formula decenas de preguntas de diversa índole que pasan a un segundo plano ante el grito de Pilar:

—¡¿Esto qué es?!

La señora Puig lee las páginas del rotativo con los ojos como platos, incrédula, furiosa y sobrepasada por una prosa periodística plagada de lo que entiende que es una sarta de mentiras.

—¡Esto no puede ser verdad!

Mireia interroga a su cuñada con la mirada y esta, lejos de darle una explicación, tuerce el gesto y le cede el diario con desprecio. Mireia lo

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coge temblorosa y, tan pronto como lee el titular, comprende que se ha cumplido la amenaza recibida días atrás.

—Dime que no es cierto —ruega Pilar.

Mireia no sabe qué decir ni qué pensar, ni siquiera se ve capaz de mentir a su cuñada. Con los ojos y la boca abiertos de par en par, niega con la cara a la espera de que las palabras apropiadas acudan en su ayuda; no obstante, estas no llegan. Su verborrea característica la ha abandonado y la ha dejado a merced del silencio.

La señora Puig comprende que la noticia es cierta, se alza aturdida y da la espalda a su cuñada para irse del local. Mientras Mireia contempla cómo Pilar se aleja, un nudo en la garganta detiene el grito que desearía liberar. Decide inspeccionar el diario con más detalle. Su mente lee una letra detrás de otra e identifica las palabras, pero no consigue dotar de sentido al texto que tiene ante sí. Necesita calmarse. Respira hondo, cierra los ojos y vuelve a intentarlo. Un artículo sin firmar asegura que Mireia Grau, viuda de Josep Puig y actual socia individual mayoritaria de la empresa de la familia del difunto marido, le fue infiel repetidamente y con hombres diferentes. Se la asocia con un amigo del respetado empresario, con un abogado y con un deleznable pistolero que vendía sus habilidades delictivas al mejor postor, entre otros. El artículo ofrece testimonios que la vieron con los hombres mencionados en el Hotel Ambos Mundos. La vergüenza la empuja a salir corriendo del Pati Blau para refugiarse en su casa. No sabe qué debe hacer. No comprende las consecuencias de lo publicado. Ni se imagina lo que debe haber pensado Manel cuando lo ha leído.

Pilar ha caminado hasta el piso familiar con el objeto de templar los ánimos. Desde que murió Josep, ha ofrecido a Mireia un cariño y una comprensión inconcebibles en el pasado y ha aprendido a tolerar algunas actitudes de su cuñada que reprobaría en otras mujeres; no obstante, el artículo es la gota que colma el vaso. ¿Cómo pudo dejarse arrastrar por las sendas del vicio y del libertinaje? ¿Cómo pudo traicionar a Josep de esta manera? ¿No estaba enamorada de él? ¿El dolor que vio en sus ojos durante el luto era una farsa? No lo entiende, no puede entenderlo. Da pasos cortos y rápidos y cruza los brazos para contener la ira. ¡Qué falta de respeto! ¡Qué sucia ha sido! ¿Eso es la igualdad? ¿Comportarse como

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ellos? No lo entiende, no puede entenderlo. ¿Con un pistolero? ¿Cómo se ha abierto de piernas tantas veces sin quedarse embarazada? ¿Y si el pequeño Josep no es hijo de su hermano? Y aunque lo sea, ¿no comprende que ahora dudarán de la paternidad del crío? No lo entiende, no puede entenderlo, y lo que más le duele es que no sabe cómo va a vivir sin Mireia de ahora en adelante.

Cuando llega a la calle Aribau y alcanza a ver el portal del piso familiar, advierte, asustada, que hay varios agentes de la ley delante del edificio. No puede más, no va a soportar otra mala noticia y, aun así, corre hasta que llega al grupo de curiosos que no pierde detalle de los movimientos de los policías. Se abre paso con malas maneras y descubre un cuerpo tumbado boca arriba, justo delante del portal. Un testigo cuenta al inspector que un coche en marcha lo ha lanzado allí hará una media hora. El cadáver en cuestión tiene la misma complexión, estatura, color y tipo de cabello que Claudi, y va vestido con un traje que Pilar identifica porque se lo confeccionó un modisto de su confianza; no obstante, presenta la cara desfigurada y las manos llenas de rasguños que harán imposible su identificación. La señora Puig se fija en el reloj de bolsillo que asoma por el pantalón del difunto y vislumbra las iniciales de la primera mujer de Claudi grabadas en la tapa. Lo llevaba el día que Mireia, Marta y ella lo mataron por accidente. Mañana la policía le informará de que han hallado la cartera de su marido en el bolsillo de la americana del muerto.

Es imposible que se trate de él, alguien quiere hacer pasar este cuerpo por el de Claudi. Pero ¿con qué fin? Solo Mireia y ella salen beneficiadas de que su muerte se haga oficial. ¿O se equivoca? ¿Quién anda detrás de estos sinsentidos? Su hermano Josep apareció muerto en el mismo estado, ¿acaso su asesinato guarda relación con esta broma de mal gusto? Por mucho que intenten establecer un vínculo entre el conde de Vallespir o su propio padre y los asesinatos, no lo consiguen. ¿Qué se les escapa? ¿Por qué tiene la sensación de que siempre va un paso por detrás de lo que acontece a su alrededor? ¿Acaso le importa ya? Desde que colgaron a Irene, Pilar se ha tropezado con una incongruencia detrás de otra, un puzle cuyas piezas no encajan porque carecen de forma y de pestañas. Siente miedo. Necesita encerrarse en el caparazón de la rectitud del que nunca debería haber salido. Craso error, pues la paz nunca llega si le das la espalda a la vida.

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19 de noviembre de 1929

Eulàlia ha encontrado un refugio sanador en la natación. Cada brazada

que da la acerca a la fuerza, a la esperanza y a la tenacidad con las que se reconstruye a diario. Mientras se desliza por el agua, a Marcel·lí no le quedan siete años por cumplir de los diez que dictó la condena del consejo de guerra y ella no lo echa tanto de menos que se ahoga en sus propios pesares. Su prometido tuvo suerte, algunos de los acusados del complot del Garraf fueron sentenciados a cadena perpetua. Por supuesto que lo esperará, pero no de brazos cruzados. Ha comprendido que la espera no es sinónimo de quietud. Continúa trabajando en la Biblioteca Popular de la Mujer e imparte las clases para adultas que tanta satisfacción le producen. Ayer leyó en La Vanguardia que en Barcelona se ha pasado de un 75 % de analfabetos a un 25 % desde que empezó el siglo y que, en la actualidad, las mujeres representan una parte sustancial del grupo de iletrados. Eso debe cambiar.

Se siente más libre y cómoda dentro del agua que en tierra firme. Qué misterios los del deporte, qué vital es el confort que le reporta. A pesar de que el Club Natació Barcelona negó a las mujeres el ingreso en sus instalaciones hasta 1926, hoy en día hay más de treinta nadadoras inscritas, de las cuales cinco entrenan cada mañana y compiten en los torneos nacionales. De hecho, Maria Aumacellas y Mercè Bassols, compañeras de Eulàlia, han batido varios récords españoles este mismo año. Ellas compaginan la natación con su trabajo en un taller de modistas y en un comercio, respectivamente.

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«Es el pan de cada día de la mujer moderna —concluye Eulàlia cuando reflexiona sobre las críticas feroces que reciben las deportistas—. Detractores del progreso y abanderados del pasado vilipendian nuestra presencia en los clubes sociales, culturales y deportivos y escriben artículos incendiarios al respecto; sin embargo, la modernidad se abre paso por las brechas del conservadurismo». La sociedad cuestiona la feminidad de las atletas, e incluso la calidad de sus proezas deportivas, pero continúan corriendo, nadando o jugando a tenis o a básquet.

Eulàlia da por terminada la sesión y sale satisfecha de la piscina. Se encuentra en el edificio del Club Natació Barcelona situado en el barrio de la Barceloneta, a orillas del Mediterráneo. Inaugurada en 1924, la piscina de la Escullera es la primera cubierta de España y la primera del mundo que se alimenta de agua templada del mar. Treinta y tres metros de largo, art déco en la decoración de sus instalaciones, dos niveles de gradas a lado y lado del agua y una bóveda en el techo sostenida por columnas hacen las delicias de Eulàlia cada vez que se sumerge en la piscina. Aunque le encanta el Natació, se plantea afiliarse al Club Femenino y de Deportes de Barcelona, la única organización deportiva del país formada íntegramente por mujeres. La tentación llega de la mano de una de sus compañeras nadadoras, Josefina Torrents, hermana de Teresa Torrents, la directora del club, quien siempre le recuerda el lema de la entidad: «Feminismo, deporte y cultura». Eulàlia se ríe al recordar que el papa Pío XI calificó de inmoral el deporte femenino y, a la vez, se agobia cuando se da cuenta de todos los frentes que quedan por conquistar.

Al tiempo que se cambia en los vestuarios, se pregunta qué tipo de vida llevaría si se hubiera casado. Marcel·lí apoya el camino emprendido por Eulàlia; de hecho, la alienta para que ocupe el tiempo entre el trabajo y las reuniones sociales mientras él cumple condena. Sin embargo, es posible que, de haber pasado por el altar, ella hubiese dedicado su vida a la crianza y al hogar como el resto de las mujeres. Aunque lo negará en público y ante su chico, el encarcelamiento de Marcel·lí, de un modo muy pequeño y egoísta, se ha revelado como una pequeña bendición. Incluso su tía Mireia, epítome del discurso moderno, no terminó de ocupar espacios reservados para los varones hasta que falleció el tío Josep. Los hombres ejercen una posesión sobre ellas, sobre su tiempo y sobre su voluntad; una inquisición invisible inyectada en cada comentario que escuchan desde que nacen. En definitiva, Eulàlia tiene una excusa de cara a la corte: su

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prometido está en prisión y, mientras lo espera, desea dedicar el tiempo a ayudar al prójimo.

En el exterior del club, Eulàlia toma un coche de punto que la conduce hasta su casa, un viaje a los recuerdos que desea borrar de la memoria. La muerte de su padre en tan extrañas circunstancias, Juana colgada en el salón, Marcel·lí en prisión o el escarnio público que sufrió su tía Mireia son imágenes que le sobrevienen en bloque en cuanto se descuida y que truncan la paz que la piscina le regala; por eso considera que le hará bien distraerse un rato con su madre.

En 1926 volvió al piso de la calle Provença que la vio nacer, junto con Pilar y su hermana. El motivo del nuevo cambio está claro: las tres dejaron el piso familiar después de que apareciera el cadáver desfigurado de su padre en la entrada. Aunque la vuelta a su habitación de toda la vida no fue un camino de rosas, adonde hay voluntad, mejor es entrarse que llamar.

En el rellano del principal de su actual residencia le espera una sorpresa: Mireia.

—¡Querida! —exclama con dulzura. Eulàlia ha advertido que su tía no se atreve a llamar—. ¡Qué alegría que nos visites! Entremos, que fuera hace más frío de lo que nos pensamos.

—Eulàlia, qué bien se te ve, tú siempre tan enérgica —le comenta mientras la abraza—. Si te soy sincera, no sé cómo me va a recibir tu madre. Quizá sea mejor que vuelva en otro momento.

—De eso nada —responde mientras la coge de la mano y saca las llaves—. Ya me ocupo yo.

Eulàlia abre la puerta y se encuentra cara a cara con el retrato familiar que preside la entrada. Su madre y su hermana Teresa sentadas junto a ella, y su padre de pie; una imagen de otros tiempos. Ha propuesto descolgarlo porque, aunque le parece correcto honrar la memoria de Claudi, no hay que olvidar que las abandonó sin dar explicaciones. Pilar se ha negado en rotundo, seguramente para mantener las apariencias ante las visitas.

Eulàlia conduce a su tía a través del recibidor y del pasillo hasta el salón. Encuentran a Pilar sentada en una de las butacas contiguas a la ventana principal y enfrascada en la lectura de Abel Sánchez. La señora Puig ha mandado montar una librería en la estancia para almacenar los libros que llegan a sus manos o a las de sus hijas. De fondo, la radio ofrece Emisiones de sobremesa, un espacio en el que se reproducen vinilos desde

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la una del mediodía hasta las tres de la tarde. Ahora suena Don Giovanni, de Mozart, interpretado por Fiódor Chaliapin y la Orquesta del Covent Garden de Londres.

—Hola, querida, ¿cómo ha ido la natación? —pregunta con dulzura al tiempo que la chica accede al salón. A continuación, ve aparecer a Mireia y su tono se torna severo—. ¿Qué quieres?

—Hola, Pilar, necesito hablar contigo, es importante.

La señora Puig apoya el libro sobre el regazo e indica a Mireia que puede sentarse. Le advierte de que no le va a ofrecer ningún refrigerio. Cuando su cuñada procede, Eulàlia se acomoda en el sofá.

—Ah, no, no me miréis así —les reprocha la chica con la clara intención de incomodar a su madre y a su tía—. No quiero que me enviéis a mi habitación como si fuera una cría. Si vais a hablar sobre la muerte de mi padre, o sobre la de Juana, o sobre el futuro de la compañía que antes dirigieron mi bisabuelo, mi abuelo, mi tío y mi padre, quiero estar presente. Me parece lo más justo.

Su tía mira a Pilar, que asiente a regañadientes.

—Está bien —dice Mireia para arrancar su perorata—. Supongo que sabrás por tus hijas, o por amigos en común, que decidí apartarme de la empresa, y también del mundo. Lo digo porque apenas hemos hablado en los últimos tres años. Me he dedicado a leer, a acompañar a mi hijo en su camino y a convivir con Manel en mi propia casa. Sí, no me mires así, vivimos en pecado, lo sabes de sobra. ¿Qué más da? Ya no vendrá de uno —concluye con ironía. Pilar no mueve ni un músculo de su rostro y la escucha expectante—. La gente olvida las noticias sobre corrupción en un santiamén, pero jamás perdona a una mujer que se toma las mismas libertades que los hombres. Ni siquiera he acudido a las juntas y, por lo que sé, tú tampoco lo has hecho. —Pilar asiente—. En fin, quería ponerte en contexto para que entiendas que pintan bastos.

Eulàlia escucha a su tía y observa a su madre con atención. Detesta que sus dos mujeres favoritas se repelan la una a la otra. La joven ha afianzado una buena relación con su tía durante estos últimos años. La ha acompañado a charlas, ha compartido con ella sus propios artículos y parece que está heredando el espíritu rebelde y reivindicativo de la viuda.

—La gestión de Vincent es pésima —continúa Mireia—. Tú misma lo habrás notado en los dividendos que percibes. Al principio siguió el plan que tracé con Jaume y todo fue sobre ruedas. Con el tiempo, Vincent

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empezó a implementar ideas propias y todo se fue al garete. Este septiembre tuvo que vender la fábrica de Manresa, ya lo sabes. Conozco la crisis que atravesamos de primera mano porque, durante el periodo en el que Claudi tomaba decisiones allende los mares —Mireia se avergüenza de tener que mentir a su sobrina—, trabé buenas relaciones con el personal de oficinas y todavía acuden a mí cuando detectan un sinsentido. En fin, a lo que iba: Vincent ha vuelto a las andadas, bebe y sale sin freno. Ya te imaginas el resto.

—Nosotras no podemos hacer nada al respecto —la interrumpe Pilar, agobiada por los graves del bajo-barítono que proceden del transistor—. Esto ya lo hemos vivido, ya estuvimos en la mesa de la junta y nos echaron; ya intentamos manejar la empresa desde la sombra y salió mal. Déjalo estar, solo vas a conseguir que te vuelvan a insultar de la peor de las maneras posibles. Eulàlia, ¿te importaría apagar la radio? Molesta más que otra cosa.

La chica asiente y lleva a cabo la petición al tiempo que se figura las dificultades que su madre y su tía pasaron tras la muerte del tío Josep y tras la huida de su padre a Argentina. Mireia dibuja una media sonrisa para disimular el daño que le han causado las palabras de su cuñada.

—Un poco de paciencia —prosigue Mireia—, que son muchas cosas. Ya sabes que, a finales de octubre, la bolsa estadounidense se hundió. Allí están entrando en una crisis profunda y parece que su economía todavía no ha tocado fondo. Yo no tengo ni idea de estos temas, pero he estado hablando con un experto y me lo ha confirmado con rotundidad. —Su tono denota preocupación—. Nuestro país no tiene muchos lazos con su bolsa; sin embargo, la crisis se empieza a notar en nuestro continente. Al margen de esto, ya sabes que la peseta lleva más de un año en proceso de depreciación porque los inversores extranjeros han dejado de confiar en el Directorio de Primo de Rivera. Además…

—Además, nuestros socios son americanos —la interrumpe Pilar. —Exacto. Puedes imaginar por lo que deben estar pasando John y su

corte. Aunque su empresa no cotiza en bolsa, la crisis del país parece tan grave que está afectándolos igualmente. Tu padre y tu hermano escogieron a los Mckey como socios porque eran solventes, y ahora… —Mireia hace una pausa antes de proseguir.

—Supongo que ahora viene la mala noticia —dice la señora Puig con sarcasmo.

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—Sí, todavía no te he contado lo peor. A ver, Vincent no es tonto, sabe que ha fracasado, sabe que John le exigirá pronto que rinda cuentas y que su hermano tendrá que vender las acciones de alguno de sus negocios extranjeros para salvar la empresa madre. Además, Vincent es consciente de que es incapaz de mantener a flote la Puig & Mckey.

—Entonces ¿quién? —pregunta Eulàlia con curiosidad.

—Hay alguien que hace tiempo que lo ronda —responde Mireia, temerosa de verbalizar el nombre—. Se han hecho compañeros de juergas y de confidencias y, según me han dicho, Vincent confía en él para que lo sustituya; así podrá mantener cierto control sobre la compañía. Esa persona es Amadeu Vallespir —termina con un ojo puesto en Eulàlia, quien, lejos de amilanarse, asiente dando a entender que comprende la situación.

—No me gusta un pelo, ese tipo parece tan malvado como su abuelo, pero no sé qué podemos hacer nosotras.

Eulàlia se ve tentada de intervenir. Tienen que actuar, no pueden dejar los negocios familiares en manos de ese perverso cantamañanas. Finalmente decide esperar para ver los derroteros que toma la conversación.

—Esta vez va a ser diferente, vamos a presentarle un plan de salvación infalible a John: lo vamos a hacer juntas y yo me voy a ofrecer como directora.

—No me parece una idea descabellada —interviene Eulàlia, para sorpresa de sus interlocutoras—. Doña Carmen Biada ha sido nombrada presidenta del consejo de administración de la fábrica Elizalde en sustitución de su difunto marido. Las cosas están cambiando.

—Vamos a hacerlo tan bien que no podrán decirnos que no — reemprende el discurso Mireia, alentada por el apoyo de su sobrina—. Créeme que esto es lo último que me apetece ahora mismo. Lo único que puedo decirte es que es nuestra responsabilidad. O lo vendemos todo o nos implicamos. Si no lo haces por tu apellido, hazlo por tus hijas y por tu sobrino. Y si tampoco te parecen motivo suficiente, me lo debes. Te salvé el culo después de lo que pasó en la inauguración de la Exposición Internacional.

Pilar barrunta las diferentes posibilidades que se abren ante sí y duda sobre el camino que debería tomar. De repente mira a su hija a los ojos y comprende lo que la chica espera de ella.

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—La cantidad de libros que mi hermano Tomás compró y añadió a la biblioteca del piso familiar es increíble —dice en referencia al ejemplar que sostiene en el regazo—. Leo y leo y no se acaban nunca. Me gustaría que estuviera vivo para comentar mis lecturas con él. Pero qué le vamos a hacer, la vida nunca nos da lo que pedimos. —Suspira—. Está bien, te ayudaré.

—¿Qué pasó durante la inauguración de la Exposición Internacional? —pregunta Eulàlia, llena de curiosidad.

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19 de mayo de 1929

Un atasco propiciado por centenares de vehículos de motor y por

algunos de tracción animal bloquea la avenida de la Gran Via en dirección a la plaza de Espanya. Mireia y Manel van con retraso y, a pesar de que ella suplica al chófer que haga lo posible por avanzar, es evidente que el hombre no puede apartar los automóviles que les obstruyen el paso. «Tendríamos que haber optado por el metro o el tranvía», piensa Mireia sin saber que no habrían podido montarse en ninguno de los dos transportes, ya que en los convoyes de uno y otro cuelgan los carteles de

COMPLETO.

Manel era partidario de salir con más margen de tiempo, pero Mireia ha dado por supuesto que llegarían a la inauguración de la Exposición Internacional sin contratiempos. Ella está incómoda, considera que se hallan ante un acontecimiento histórico y sin precedentes en los anales de Barcelona y, a la vez, que es un evento ideado para satisfacer las ansias especuladoras de cuatro corruptos. Es cierto que la ciudad se ha transformado para bien, no en vano se han construido inmuebles, calles y avenidas, así como infraestructuras para transportes, y se ha ajardinado y edificado buena parte de la montaña de Montjuïc, donde tendrá lugar el evento. No obstante, se cuestiona si el pueblo llano recibirá beneficio alguno de la Exposición o de los cambios urbanísticos que esta ha comportado. También se pregunta por qué es tan crítica con las iniciativas burguesas cuando ella misma forma parte del estamento. La culpa es un estigma que arrastra a las almas más sensibles.

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Mireia decide recorrer el último tramo del trayecto a pie y lo más rápido posible. Su novio acepta el reto y ambos salen del coche y enfilan la calle rodeados por una multitud que persigue el mismo propósito. Corren al tiempo que ríen como dos adolescentes cometiendo una trastada. Cuando llegan a la plaza de Espanya, se dan cuenta de que no van a poder cruzar a través del gentío que los separa del balcón del Palacio Nacional, pues no cabe ni un alfiler desde su posición hasta el edificio. Ante sí se alzan las torres venecianas que forman parte de la entrada principal y que marcan el inicio de la gran avenida Maria Cristina, flanqueada a ambos lados por los pabellones de la Exposición, engalanada con las banderas de España, de Barcelona y del resto de los más de cuarenta países participantes y escoltada por dos hileras de cuarenta y dos surtidores y dieciséis columnas luminosas de cristal estilo art déco.

Al final de la avenida se alza en una plaza la Fuente Mágica, un manantial magnético y circular. Los asistentes echarán de menos las cuatro columnas de capitel jónico proyectadas por Puig i Cadafalch años atrás, que emulaban la bandera del Principado y que retiraron con nocturnidad y alevosía porque el Directorio no permite la manifestación de símbolos catalanistas. Justo aquí empieza el ascenso por las majestuosas escalinatas que conectan con la plaza de los Reyes, limitada por los dos pabellones dedicados a los monarcas españoles; y tras subir las siguientes escaleras, que rodean la última pero no la menor de las fuentes, se llega al monumental Palacio Nacional. Miles de ciudadanos ocupan las calles y las plazas mencionadas y entonan cánticos festivos ante semejante fantasía constructiva.

Una mujer informa a Mireia de que existe otra puerta de acceso al recinto en una de las calles adyacentes, de pendiente muy pronunciada. Mireia y Manel corren por la avenida del Paralelo en dirección a la calle Lleida y, cuando la alcanzan, deciden que subirán con el tranvía 61. Los dos primeros convoyes que pasan no aceptan más viajeros, así que deben esperar. Cuando se cruzan con un tercero, Manel coge de la mano a Mireia y ambos se agarran a una de las barras exteriores de la puerta trasera del tranvía y circulan con medio cuerpo fuera del vehículo. Por un segundo, Mireia se pregunta si él le despierta más simpatía que amor. Desde que salió a la luz su pasado libertino, se ha dedicado a resguardarse y ha adaptado su vida a las necesidades de Manel, porque la suya carece de propósito y porque él le ofrece una paz que le sienta como agua bendita.

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Se bajan en la parte posterior del Palacio de Alfonso XIII. Ya solo unas escaleras rodeadas de setos los separan del Palacio Nacional. A Mireia le parece una proeza que hayan terminado a tiempo la mayoría de las obras e instalaciones previstas. En las últimas tres semanas se han pavimentado deprisa y corriendo un sinfín de calles por toda la ciudad. El resultado deja que desear para los más exigentes. También se han instalado las nuevas farolas en el Eixample y en algunas calles de la zona antigua, que han cosechado críticas masivas por su disposición y por su diseño poco acorde con el resto del alumbrado. Después de varios años, por fin han finalizado las obras de soterramiento del ferrocarril de Sarrià, y hace dos días que se ha abierto la calle Balmes al tráfico. Se acaba de colocar la fuente monumental en el centro de la plaza de Espanya, a pesar de que la prensa había asegurado que no iba a estar lista para la inauguración. Contratiempos insignificantes ahora, porque, por una vez, la ciudad se vuelca en la celebración y no en la queja.

Una vez en el Palacio Nacional, los guardas de la Exposición, vestidos con el uniforme de gala, reciben a Mireia y a Manel y les invitan a dejar las chaquetas en el grandioso guardarropa instalado junto a las puertas. Una hermosa alfombra marca el camino hasta el salón del edificio donde tendrá lugar la ceremonia. Son las doce menos cuarto y se calcula que sus majestades, el marqués de Estella y el resto de las autoridades, que ahora asisten a una misa privada en el Pabellón de la Electricidad, aparecerán sobre las doce. Mireia respira tranquila, lo han logrado. El salón está presidido por dos tronos reservados para los monarcas, colocados ambos sobre un estrado alfombrado de seda carmesí y cubiertos por un dosel del mismo color. Tapices de la casa real, banderas de España y demás símbolos decoran un espacio cuyos asientos están ya ocupados por el cuerpo diplomático y consular de los países participantes, y por generales, políticos, empresarios y personalidades de la cultura local. Los caballeros visten de frac o de uniforme con condecoraciones y las damas lucen trajes de corte.

Un acomodador acompaña a la pareja hasta las sillas que se les han asignado, bastante alejadas de los tronos. Antes de sentarse, Mireia advierte que han colocado a Pilar a su lado. Su cuñada realiza una leve y fría reverencia para saludarla.

—Hola, Pilar —dice Mireia al tiempo que toma asiento.

—Hola —le responde su cuñada.

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Manel y la señora Puig se saludan incómodos, aunque con más calidez. —No pensaba que vendrías —dice Pilar, rompiendo un silencio que

Mireia esperaba presente durante toda ceremonia.

—Si te soy sincera, este es uno de los primeros actos sociales a los que acudo desde que se hicieron públicos mis desaires. —Mireia duda sobre el trato con el que dirigirse a Pilar—. Hasta ahora no me apetecía rodearme de la gente que me ha dado la espalda. Supongo que la vida continúa — dice mientras emite un leve suspiro—, por mucho que te repudien.

Las dos mujeres miran a la nada. Separadas por un muro invisible, las palabras se encasquillan en sus gargantas como esas balas que se atascan en la recámara de la vida. Pilar se agarra con fuerza al bolso que descansa en su regazo. Mireia busca la complicidad de su novio, pero Manel concentra su atención en el palco situado en la zona opuesta a los tronos. Allí, sentada en una mesa improvisada, con el micrófono y los auriculares preparados y acompañada por varios técnicos, la Señorita Rodríguez se dispone a convertirse en la anunciadora de la retransmisión de la ceremonia que se va a radiar para toda España a través de las emisoras afiliadas a la EAJ-1.

Marta tiene los nervios a flor de piel. A pesar de que goza de una gran popularidad gracias a sus interpretaciones en los innumerables radioteatros que se han emitido hasta el momento, es la primera vez que la Señorita Rodríguez aparece en público. Los temores y los reparos que la atribularon cuando recibió la propuesta no la han privado de convertirse en la voz de un momento histórico. Es más, Unión Radio Barcelona ha instalado altavoces por todo el recinto y en la plaza de Espanya para que, fuera del palacio, se sigan los discursos que van a producirse a continuación. Por suerte, la organización no ha querido que la radio tenga un lugar destacado dentro del salón donde se va a celebrar la ceremonia, y han situado a la locutora en un rincón perfecto para su propia tranquilidad. Se congratula de no estar en el punto de mira y ahora prepara la emisión ajena a la mirada que le dedica Manel.

«¿Cómo es posible que existan casualidades como esta?», se pregunta Mireia cada vez que especula sobre lo acaecido. Manel es el chico por el que Marta se sacrificó, el joven estibador que mandó a Madrid a estudiar Medicina y que, hoy en día, todavía no sabe quién fue su verdadera benefactora. Tras el reencuentro la noche del estreno de Mariana Pineda, Marta desapareció sin dar explicaciones. Por carta, le pidió a Mireia que

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no establecieran contacto con ella a partir de aquel momento y que bajo ningún concepto revelara a Manel la decisión tomada en el pasado. Mireia optó por respetar la voluntad de su amiga, a pesar de que estaba lejos de entenderla, y continuó al lado de Manel. No soporta tener que mentirle. Se muere por explicarle el sacrificio al que Marta se sometió por él; no obstante, teme que la verdad aleje al médico de sus brazos y calla cuando le sobreviene la necesidad de contárselo.

Todo sucedió a la vez: la publicación de sus infidelidades cuando Josep vivía y el reencuentro entre Marta y el pediatra. A pesar de que Mireia y Manel se juraron que no les importaba el pasado, ella siente que apenas lo han hablado, que existe una trinchera que los separa y no los protege el uno del otro. ¿Por qué Manel continúa a su lado? Es algo que no entiende. Prefiere no preguntar. De esta guisa, coge la mano de su novio y observa rápidamente al resto de los invitados para distraerse. Su mirada se topa con la del señor Balcells, que se encuentra unas filas por detrás. Ambos se saludan con un movimiento de la mano. Jaume ha dejado definitivamente el negocio familiar y se dedica al teatro. Sus nuevas obras, protagonizadas por María Green, están cosechando un gran éxito.

—¿Por qué lo habéis hecho? —pregunta de repente Mireia a Pilar en medio del bullicio del salón del Palau Nacional.

—¿Te refieres al artículo? —dice esta.

Mireia asiente. Su cuñada necesita unos segundos para responder. Ella misma se puso en contacto con Caterina semanas atrás. La periodista lleva dos años al frente de una nueva publicación, Feminidad, que sigue la línea de La Luz del Futuro. De hecho, Eulàlia escribe en el semanario sobre deporte y, desde hace poco, también sobre el sufragio en otros países. Pilar convenció a Caterina para que publicara un artículo en el que se apuntaba al conde de Vallespir como el responsable de la red de prostitutas que se ha ido desarticulando en los últimos tiempos. Como pruebas, han aportado la fotografía aparecida junto al cadáver de la hermana de Bernat, con Julià Puig y Claudi recortados, y la de Carmina hallada en el despacho del Conde.

—Sí, me refiero al artículo.

Pilar se dispone a responder, pero la Banda Municipal de Barcelona, dirigida por el maestro Lamote de Grignon, empieza a tocar la Marcha real. La Señorita Rodríguez anuncia a los radioyentes la llegada del rey Alfonso XIII, la reina Victoria Eugenia de Battenberg, las infantas Beatriz

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y María Cristina y el infante Jaime, junto con otros miembros de la realeza europea, el dictador y jefe del Gobierno, el general Primo de Rivera, y los miembros de su gabinete. Describe el orden en el que toman asiento. La megafonía exterior sufre interferencias y los allí congregados no pueden seguir con claridad lo que acontece en el interior del palacio. Mireia observa el estrado y se cuestiona por qué ha decidido acudir a la inauguración. Tiene ante sí lo que considera el cáncer de un país que terminará herido de muerte si no lo reconducen personas ilustradas con voluntad modernizadora, y, aun así, aquí está, aplaudiendo como una más de la corte.

Por todos es conocido el distanciamiento progresivo que se ha producido entre el general Miguel Primo de Rivera y el rey Alfonso XIII. El país sigue sumido en sus propias miserias y el Directorio Civil dispone cada vez de menos apoyos. En vez de tender puentes, Primo acude a la represión ante cualquier atisbo de oposición, y el monarca, consciente de que el régimen ya no se sostiene, intenta distanciarse del general sin saber que su corona está ya demasiado asociada a una dictadura que hasta el momento ha apoyado con devoción.

Interpretada la última nota de la marcha, y en medio de una gran expectación, el rey concede la palabra al marqués de Foronda, director de la Exposición, quien se levanta y lee ante un micrófono unas cuartillas que sostiene con la mano. Mientras alaba al monarca y la colaboración del Ayuntamiento y del Directorio, y canta las excelencias de la Exposición, Mireia no pierde la oportunidad de acorralar a su cuñada.

—Pero ¿por qué? —pregunta susurrando—. ¿Por qué ahora? El artículo pasará desapercibido entre tantas noticias sobre la Exposición. Además, ¿no aprendiste nada de mis errores?

—En estos tres últimos años, Gustavo ha recibido cuatro soplos anónimos de casas y pisos donde se obligaba a mujeres de toda índole a prostituirse. Estas casas funcionan del mismo modo que las barracas donde detuvieron a Carmina.

—Sí, pero eso no significa que…

—Hace un mes y medio que desmantelaron el último —la interrumpe Pilar— y no he podido dejar de preguntarme quién proporciona esa información. —Una mujer tose para pedir silencio a las cuñadas y Pilar prosigue entre susurros—: Y lo más importante, ¿cuántas casas más habrá como esa? ¿Cuántas chicas vivirán obligadas a…? —Cierra los ojos unos

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instantes—. No lo puedo soportar, imagínate que captan a Teresa o a Eulàlia. Si me equivoco, lo lamentaré por el conde de Vallespir, pero por ahora todas las pistas que tenemos lo señalan como culpable. Por eso decidí darle una estocada, para ver si sus negocios caían como un castillo de naipes o si cometía algún error al verse atrapado. Además, Gustavo está seguro de que encontrará a su prometida en uno de estos prostíbulos, y yo… quiero ayudarlo.

El marqués de Foronda termina el parlamento con entusiasmo y Mireia tuerce el gesto. «Es normal que esté contento, el marqués capitanea un proyecto lleno de sobrecostes e intermediarios con el que se está lucrando. Es una vergüenza», piensa. Llega el turno del alcalde de Barcelona, el barón de Viver, quien inicia un discurso edulcorado. El hombre alaba la Exposición Iberoamericana de Sevilla, que se celebra en las mismas fechas que la barcelonesa y que las malas lenguas interpretan como un intento del Directorio de debilitar la propuesta de la Ciudad Condal.

—¿Pero no veis que no va a servir de nada? Ya hemos demostrado en más de una ocasión que no somos heroínas. Pilar, esto no te va a devolver a Irene, ni a Juana, acéptalo.

—No entiendes nada —dice en tono elevado. Las personas que las rodean chistan y Pilar vuelve al murmullo, consciente de que está dando la nota—. Ya no se trata de ellas, se trata de nosotras, de cómo tratan a las chicas. Pensaba que tú más que nadie lo entendería. Incluso Caterina ha entrado en razón. Sé que se negó a publicar tu artículo, pero ahora defiende que hay que luchar contra esta plaga con todas las armas que tengamos. Y son muy pocas. Nadie nos hace caso. Por más que gritemos, solo el silencio nos responde.

Un aplauso tibio da por finalizado el discurso del alcalde. El marqués de Estella toma el relevo y recibe varias miradas de reprobación. Ya no quiere que se le llame dictador e insiste en que los medios se refieran a él como el presidente del Gobierno. Todo el mundo está pendiente de la acritud con la que el rey escuchará su discurso. En todo caso, Primo empieza con elogios a la ciudad y al monarca porque necesita ganarse la simpatía de los ciudadanos.

—No sé qué me pides —espeta de repente Pilar—. Me pides lo contrario de lo que haces bandera, me pides que olvide, me pides que sea perfecta, que no haga nada de lo que me pueda arrepentir, que sea

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coherente… cuando Dios sabe que tú eres la que más cuentas rendirá ante el Señor. No quiero quedarme de brazos cruzados, no me da la gana.

—Pero ¿qué habéis conseguido? ¿Ha cambiado algo?

—Hace cuatro días que se publicó. Gustavo vigila al conde de Vallespir día y noche. Algo va a pasar, estoy segura de ello.

—¿Y por qué no acusas también a tu padre? ¿Por qué no le investigas? Los aplausos impiden que Pilar responda. El rey, seguido de su séquito real, militar y civil, cruza la sala. Se dirigen al balcón del palacio, donde saludarán a la población allí congregada, que tan solo ha podido escuchar frases sueltas de los discursos debido al fallo de los parlantes instalados. Una vez en el exterior, y aunque la familia real cumple con su cometido, no son más que una diminuta mancha para los ciudadanos situados más allá de la Fuente Mágica. Por eso la gente aplaude sin saber muy bien por qué. En este momento pasan tres aviones militares y se encienden las sirenas de la Exposición, que son respondidas con los cañonazos de los buques surtos en el puerto y con las salvas del castillo de Montjuïc. A continuación, se procede al encendido de las fuentes y diversas bandas repartidas por la avenida Maria Cristina tocan la Marcha real mientras vuelan miles de palomas. El público comprende entonces que la Exposición ha quedado inaugurada. Algunos vitorean al monarca y otros,

en señal de rechazo, abuchean el himno nacional.

Al tiempo que las autoridades permanecen en el balcón, muchos de los asistentes a la ceremonia que ha tenido lugar en el salón intercambian impresiones con amigos y conocidos en el gran foyer del edificio. Es el caso de Mireia y Pilar, que participan en corrillos separados. Mireia está alerta, porque en el grupo con el que charla están la condesa de Vallespir y María Green, la gran actriz del Paralelo conocida ya en medio mundo, la mujer que nunca le ha mostrado simpatía alguna.

—Ciertamente, los parlamentos han sabido destacar las virtudes de nuestra ciudad y del proyecto de la Exposición —comenta Andreu Vilalta, empresario automovilístico—. Va a ser un éxito.

—Es un acierto, sí, porque ya se sabe que hoy en día cuesta mucho mantener la virtud —dice la condesa de Vallespir mientras mira de reojo a Mireia para que el corrillo entienda la doble intención.

Mireia, ruborizada, es incapaz de responder al comentario con prontitud. Manel coloca una mano sobre la espalda de su novia en señal de apoyo, pero se queda al margen del comentario.

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—Si pusieran a un periodista en la alcoba de todos los presentes, le aseguro que no habría papel suficiente para escribir todas las noticias que encontrarían entre las sábanas —exclama María Green—. También le diré que tres son las virtudes de muchos de los que han ocupado una silla en este salón: un apellido relevante, la mano larga y la habilidad de caer siempre de pie.

Los murmullos suceden a las polémicas palabras de la actriz, y Mireia no disimula su sorpresa.

—Muchas gracias —le dice a la artista con dulzura y al oído.

—No lo he hecho por usted —asegura María Green—. Al fin y al cabo, sigue siendo la mujer que se casó con Josep Puig.

La artista abandona el corrillo ante el asombro de Mireia, quien se dispone a perseguirla para preguntarle por qué odia tanto a su difunto marido. Pero se desdice de su intención segundos después porque un guardia anuncia que las puertas de la exposición de arte español se acaban de abrir para el deleite de los visitantes y, de inmediato, se escuchan unos gritos desgarradores que provienen de la primera sala de la muestra.

Mireia coge la mano de Manel y corre hacia las puertas que la separan de los gritos. Pilar la sigue y cruza el enésimo umbral a lo desconocido. En el interior de la sala, el conde de Vallespir cuelga de una soga. A los pies del cadáver hay una silla volcada en el suelo. Las miradas de Mireia y de su cuñada se cruzan. Desconcierto. Miedo. Un nuevo detalle llama la atención de Pilar: la condesa de Vallespir observa con desdén el cuerpo inerte de su marido.

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20 de noviembre de 1929

Semanas atrás hubo cambios en la dirección de la EAJ-1, y tanto

locutores como técnicos temieron por su futuro. Todo empezó a finales de 1926, cuando la Asociación Nacional de Radiodifusión, entidad barcelonesa que había impulsado Radio Barcelona, y Unión Radio, que inauguró Radio Madrid en 1925, se fusionaron junto con otras emisoras españolas. En el caso de la EAJ-1, la ANR seguía dirigiendo la programación y Unión Radio pasó a ocuparse de las finanzas. La relación no fue fácil y el pasado agosto, tras un cruce de acusaciones entre ambas entidades, Unión Radio tomó el control de la emisora, que ya se había renombrado como Unión Radio Barcelona después de la fusión. Con el mismo modelo, Unión Radio ha creado una red de emisoras que cubre gran parte del país, que intercambia contenidos y aúna esfuerzos, y desde Barcelona acusan su centralismo y su falta de sensibilidad hacia el trabajo hecho hasta hoy. Una guerra que durará un tiempo y que finalmente no ha afectado a Marta, pues sigue siendo un activo importante y su trabajo no peligra.

De hecho, ahora mismo, Marta llora para enfatizar la encrucijada en la que se encuentra su personaje. Está interpretando a Paz delante de los micrófonos del estudio de la EAJ-1. Se trata de la protagonista de El dilema, un drama en tres actos escrito expresamente para la radio y dirigido por Miguel Nieto, responsable del radioteatro de la emisora. Ella es la actriz principal de la EAJ-1 y, por ello, se encuentra rodeada de grandes artistas, como José Soler, Rosa Cotó o Bartolomé Pujol, todos conocidos ya por el gran número de admiradores repartidos por el país.

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Un sonidista deja caer granos de arroz sobre una superficie metálica para simular el sonido de la lluvia. Se encuentran en el clímax del tercer acto, cuando Paz se debate entre abandonar a su marido infiel y déspota y huir con el verdadero amor de su vida o quedarse para cumplir con su deber como esposa. El desasosiego vertebra la voz de Marta, quien encarna un dilema tan común en estos días como si fuera propio. Sus compañeros de escena toman la profunda emoción que ella transmite y le devuelven la intensidad a través de las palabras. Minutos después, el sonidista lanza unas cazuelas al suelo que ilustran el accidente que acaba con la vida del marido, e imita el sonido de los pájaros cuando la protagonista pasea libre y feliz por el campo.

Cuando la obra termina, los técnicos aplauden desde la cabina. Este equipo de actores crea ambientes y sentimientos tan potentes que traspasan los límites del medio. No en vano, el radioteatro es ahora uno de los programas estrella de la EAJ-1 junto con la ópera y la música ligera. Desde que, en abril de 1927, se emitiera la primera pieza dramática creada para ser radiada, Carmen, muchos son los textos clásicos o escritos para las ondas que se han interpretado a través de la radiotelefonía sin hilos y han cosechado un éxito creciente. La dirección ha reservado un espacio semanal, los viernes a las diez de la noche, en el que se emite una ficción estrella de creación propia, y el resto de la programación está salpicada de fragmentos dramáticos. De hecho, dado que a esa hora se concentra el mayor número de oyentes delante del receptor, cada día a las diez se emite el llamado «programa principal», o más importante de la jornada, en el que invierten recursos y talento.

Marta sale del estudio todavía embriagada por los sentimientos de la protagonista que acaba de encarnar y se refugia en los brazos de Eugeni en la sala de espera. Él la recibe con cariños y felicitaciones y le susurra que se siente orgulloso de ser su marido. Parece que El dilema se va a convertir en otro éxito de la EAJ-1. Cuando los tortolitos logran despegarse, el resto del equipo destaca la maravillosa interpretación de la locutora y la colma de halagos. Hace tiempo que Marta se acostumbró a los elogios, sobre todo a los de Eugeni; no obstante, todavía duda de su merecimiento.

En momentos como este es inevitable que Marta se traslade por unos segundos a la noche del estreno de Carmen, dos años atrás. El equipo al completo celebraba la emisión del primer radioteatro con una euforia

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desatada en un bar situado en la plaza Bisbe Urquinaona. Eugeni se sumó a la fiesta sin pensárselo dos veces. Marta, que todavía no se creía que hubiera conseguido protagonizar una obra escrita para las ondas, se veía superada por el alud de felicitaciones que se sucedían. Se sentía una impostora, un estornino que había perdido el rumbo durante la migración, así que se excusó y huyó del local y de sus compañeros, atribulada. Eugeni, que había percibido el malestar de su novia, la siguió hasta la calle.

—¡Marta! ¿Qué sucede? —dijo él, a la carrera, para alcanzarla—. Todo el mundo está muy contento con tu actuación. Deberías estar saltando de alegría. —Eugeni la agarró por el brazo para detenerla y ella se dejó llevar. Luego él la cogió con suavidad por la nuca y la acercó tanto como pudo hacia su rostro—. Por favor, cuéntamelo.

—No tengo ni idea —le respondió ella, cabizbaja—. No sé qué quieres que diga. Siento que no tengo derecho a saborear este triunfo, es así de sencillo. —Marta alzó entonces la mirada cargada de furia—. Puedes entenderlo o no, me da igual.

Ambos clavaron sus ojos en los del otro a la espera de un atisbo de comprensión, y fue él quien se aventuró a romper el silencio:

—Intuyo que vives con una gran carga, mi amor, pero me importa bien poco lo que hayas hecho en el pasado. Solo veo a una mujer increíble, solo veo a una artista con talento. Sea lo que sea que te ata, tienes que cortar la cuerda.

Marta pensó entonces en sus delitos y en los nombres escritos en la libreta, a los que deseaba compensar con todas sus fuerzas, y luego observó la luz de una farola como si esta pudiera brindarle respuestas. La primavera había llegado suave y apenas necesitaba un abrigo fino; no obstante, tenía las manos frías como las noches más oscuras de invierno. ¿Se puede olvidar a tu propia sangre? ¿Se puede limpiar la que se ha derramado por culpa de tus acciones? ¿Todos tus actos son justificables si se han llevado a cabo bajo coacción?

—Tengo dos hijas —dijo sin mirar a Eugeni a la cara—. Me las arrebataron al nacer y no sé dónde están. Siento no habértelo contado antes. —En aquel momento se odió a sí misma por pedir disculpas—. Las he buscado por todas partes. A veces pienso que han muerto y que yo no merezco seguir con vida. Si supieras algunas de las cosas que he hecho…

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Eugeni comprendió que nada de lo que pudiera decir iba a aliviar el sufrimiento de Marta.

—Estoy orgulloso de ser tu novio y te voy a ayudar a encontrar a tus hijas.

Ella rompió a llorar desconsoladamente y él no pudo hacer más que abrazarla.

—Sé que rechacé tu proposición —dijo Marta entre sollozos—, pero ahora te digo que sí. Cásate conmigo, por favor.

Tan pronto como calló, Manel apareció en su corazón como una ráfaga de viento que vuelca un barco a traición. De inmediato decidió hundirlo en el olvido en beneficio del hombre que tenía delante y que le ofrecía un respeto que la vida le había negado.

—Nada me haría más feliz.

Un beso, luego otro, y después un tercero. Seguidamente, los remordimientos avasallaron a Eugeni.

—Si algún día pasara algo que… —dijo él—. Si algún día llegas a verme como a un demonio, por favor, recuerda que mi amor es real, recuerda que te quiero mucho.

—¿Por qué dices eso?

—No lo sé, mi amor, la vida da muchas vueltas y yo no quiero que olvides nunca lo que sentimos ahora el uno por el otro.

Sin decir «agua va», Marta se lanzó a los brazos de Eugeni con ahínco y este le devolvió el gesto con efusividad. Después de escuchar una y otra vez que irradiaba talento en boca de sus compañeros, y tras comprometerse con Eugeni, se sintió feliz por primera vez en mucho tiempo.

El recuerdo de aquella noche de promesas se desvanece de la mente de Marta, que vuelve al presente, a la sala de espera de la radio, a los elogios tras la emisión de El dilema, al vértigo que todavía le produce el éxito. Eugeni se excusa, pues actúa en un club en media hora y sale volando para no demorarse. Cuando él se marcha, Marta se cruza con Clara en la entrada de la sala.

—¿Estás bien? —pregunta la antigua frutera ante el ensimismamiento de su compañera.

—Sí, gracias. Estoy cansada, solo es eso. Este texto era complejo, hemos ensayado mucho para que estuviera a punto.

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—Tengo que contarte algo, sígueme —susurra Clara al tiempo que mueve la cabeza para pedirle que se desplacen hacia un lugar más discreto. Sigue hablando mientras se encaminan hacia la terraza—: ¿Sabes? He conseguido que algunas editoriales me envíen gratis los libros que publican semanalmente para que los comentemos en la sección literaria. Me van a facilitar mucho la vida.

—¿De verdad? Eres una auténtica joya.

Hace un par de años se empezó a emitir un servicio de meteorología a las once de la mañana, y con el tiempo llegó Emisiones de sobremesa, a la una del mediodía, que ampliaba definitivamente las horas de emisión diarias. Tres meses atrás se iniciaron secciones de crítica de teatro, cine y libros en ese mismo horario, así como una cartelera de todos ellos. Ahora que Marta locuta casi todas las tardes, ya no ocupa el cargo de secretaria; de hecho, fue Clara quien la sustituyó hará muchos meses y, además, se ocupa de recibir las novedades para la nueva sección. Incluso se retransmiten algunos acontecimientos en directo, como los partidos de fútbol que se consideran relevantes, sobre todo después de aquella exitosa experiencia del 13 de noviembre de 1927, en la que se radió por primera vez un encuentro, un Español-Barça.

Cuando llegan a la terraza, y a pesar del frío, Clara habla desbocada:

—Espero que no me juzgues —dice mientras se toca el pelo—. Ayer tuve una cita con el amigo de Eugeni que me presentasteis, el guitarrista. Es un caballero, me llevó a cenar y luego me acompañó hasta casa sin intentar propasarse. Fue una velada muy especial, no me sentía así desde que conocí a mi Ángel, en paz descanse.

—Me alegro mucho —dice Marta mientras abraza a su amiga—. Yo apenas lo conozco, pero Eugeni dice que es un gran tipo. Espero que esto sea el inicio de una bonita historia.

—Otra cosa —continúa Clara, con la duda en el semblante—. Quizá te parezca raro lo que te voy a decir. El caso es que hoy, mientras escuchaba El dilema, no he podido dejar de pensar en mi marido, en el cielo esté.

—¿Ah, sí? —se extraña Marta, con todas las alarmas encendidas. —Sí, bueno, por tu personaje, esa mujer que vive con un hombre tan

mujeriego. Me ha recordado a la condesa de Vallespir.

—¿A la Condesa?

—Verás, justo antes de morir, Ángel estaba investigando un burdel para un artículo sobre no sé muy bien qué. Creo que una pista, o su olfato

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periodístico, lo llevó hasta la Condesa. Una noche, mientras me esmeraba con el zurcido de una camisa, lo escuché hablando por teléfono sobre este tema. Aunque no pude seguir la conversación con detalle, oí palabras como «amantes», «sexo» y «prostitutas». Imagino que el Conde era un mujeriego y que la pobre mujer convivía con las infidelidades. Me pareció extraño, Ángel nunca escribía artículos sobre chismes.

—¿Escuchaste algo más? ¿Algún detalle que te llamara la atención? — pregunta Marta, midiendo sus palabras al milímetro.

—Pues no, y la verdad, quizá todo sea una invención mía. Ya lo decía mi madre, que debería haber sido escritora porque tengo mucha imaginación. —Se ríe de sí misma—. En fin, pues eso, que hoy, cuando escuchaba tus líneas, me has hecho pensar en aquella época y en esta anécdota. Si es verdad que la Condesa es tan cornuda como tu personaje, la pobre habrá aguantado lo indecible.

El recuerdo de Clara lleva a Marta a las semanas en las que se acercó a Ángel. Aunque no consiguió seducirlo, pues era un periodista íntegro y un hombre fiel, logró entablar amistad con él a fuerza de provocar conversaciones cuando se lo encontraba en el Café Español del Paralelo. Una de esas noches, después de ingerir una cantidad de alcohol considerable, Ángel le confesó que estaba escribiendo un artículo sobre un hostal que, en realidad, era un prostíbulo encubierto como tantos otros del Distrito V. Si Marta no recuerda mal, se llamaba La Guarida. Días después de que se lo contara a Kohen, Ángel apareció muerto. ¿Acaso el Conde, o la Condesa, tenían algo que ver con el artículo? Es más, de repente le viene a la mente uno de los últimos encargos de Claudi. Le pidió que le robara a Emili Puigverd, el padre de Marcel·lí, unos documentos de compraventa de un par de propiedades de la condesa de Vallespir. ¿Lo recuerda mal? No, está segura de que una de ellas se correspondía con el edificio donde está ubicada La Guarida. ¿Cómo puede ser que no lo haya conectado antes? Tiene que hablar con Pilar.

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22 de noviembre de 1929

Esta soleada mañana de jueves acompaña a Pilar y a Mireia y les ofrece

un cálido ambiente en el que sincerarse. Los termómetros marcan casi veinte grados, una temperatura atípica en estas fechas, y la señora Puig anda sofocada debido a que va demasiado abrigada para la ocasión. Las cuñadas han acudido a la Exposición Internacional para visitar el Pueblo Español, un conjunto amurallado en el que se hallan reproducciones de edificios de lo más variopinto y representativo de la arquitectura del país. Mientras caminan calle abajo, Pilar decide quitarse el abrigo. Se pregunta si tanta precaución ante la vida habrá alentado su actitud misántropa.

—Qué quieres que te diga, me ha parecido barato —comenta Mireia sobre el Pueblo Español mientras ambas se sientan en una de las terrazas principales del recinto, un chiringuito con mesas de hierro metálicas de estilo modernista y rodeado por arbustos y árboles señoriales.

—Pues a mí me ha gustado. Ha sido como viajar por todo el país. Muy interesante, sí, señor.

El camarero las interrumpe con una carraspera fingida y les pide la comanda. Pilar se decide por una limonada y resalta que la quiere bien fría, y Mireia elige una Coca-Cola. La señora Puig se dispone a criticar la elección de su cuñada. Se sorprende de que una bebida de color negro y de sabor exótico se haya puesto de moda tan rápido. Hace un año y pico que una distribuidora de sodas la comercializa a treinta y cinco céntimos la botella, y ya se ha convertido en un refresco que triunfa en los cafés. Si algo le ha enseñado la vida es a guardarse los comentarios que no han sido solicitados, así que calla.

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—¿Por qué me ayudaste? —pregunta Pilar, seca y arisca. Al darse cuenta de su brusquedad, suaviza el tono—. No tenías por qué y me salvaste después de la inauguración de la Exposición. Te lo agradezco.

La señora Puig disimula el nudo en el estómago que constriñe su voluntad. Está atemorizada ante la conversación que se avecina, y sufre porque sabe que meterá la pata.

—No quería que fueras a la cárcel por culpa del conde de Vallespir — asegura Mireia—. Es así de fácil. Y no, no tienes que darme las gracias. Lo que no entiendo es por qué te investigaron.

—Me sorprende que hayas tardado tres días en preguntármelo, has cambiado —comenta Pilar con amabilidad—. Es fácil de comprender — asegura con una sonrisa agria—. El Conde apareció ahorcado, pero realmente había muerto envenenado la tarde anterior. Eso quizá no lo sabías porque no se ha publicado en la prensa. El asesino quiso dar un golpe de efecto, o alejar sospechas, o quién sabe. El caso es que la causa de la defunción se descubrió durante la autopsia, y el comisario Pérez de Millo, al contrario de lo que ha hecho con el asesinato de las mujeres que llevamos tiempo investigando —aclara negando con la cabeza—, removió cielo y tierra para encontrar al culpable. Eso lo llevó al artículo publicado en la revista de Caterina que apuntaba a don Llorenç como el responsable de los ahorcamientos. Y, bueno, la policía terminó llegando a la fuente, o sea, a mí. Cuando me interrogaron, mentí y dije que había pasado contigo la tarde previa a la inauguración. Tú validaste mi coartada sin apenas haber hablado conmigo en tres años. —Pilar calla unos segundos y prosigue—: Así que sí, tengo que darte las gracias.

Mireia le responde con una expresión jovial al tiempo que comprende que ha echado de menos a esta mujer taciturna y estrecha de miras. Un grupo de historiadores, ajenos al intercambio de impresiones de las mujeres, cruza la terraza. Hoy se celebra la primera de las jornadas dedicadas a la historia de España en el marco de la Exposición, y sus protagonistas se trasladan de edificio para seguir con las conferencias.

Cuando Pilar leyó que los tres temas principales de la Exposición serían la industria, el deporte y el arte, le pareció apropiado que se acotaran los objetivos de una muestra que solo se distanciaba cuarenta años de la anterior. No en vano, los visitantes pueden descubrir los avances técnicos en el pabellón de la Metalúrgica, la Electricidad y la Fuerza Motriz o en el pabellón de Comunicaciones y Transportes, por ejemplo;

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sumergirse en el mundo de los creadores en el de las Artes Gráficas o en el de Arte Moderno, entre otros; y entrenar en los distintos edificios dedicados a la divulgación o a la práctica de los deportes de moda. Además de los pabellones ideados por los diferentes países participantes, entre los que destaca el alemán, proyectado por Mies van der Rohe y Lilly Reich, dentro del recinto también se hallan un parque de atracciones, el teatro Griego, construido al aire libre y al modo clásico, un estadio y el propio Pueblo Español, que se suman al sinfín de distracciones y servicios de los que Pilar y Mireia habían disfrutado por separado hasta el momento.

—Ahora soy yo la que te agradece que me ayudes —dice Mireia—, y te pido disculpas por usar tu coartada como chantaje. Suerte que Eulàlia lo entendió cuando se lo contamos.

Pilar desearía sortear eficazmente los conflictos con los seres queridos; no obstante, ha aprendido que la vida implica riesgos y que, aun ondeando la bandera de la precaución, el daño es a veces inevitable.

—No te ayudo a ti, ayudo a la familia. —Suspira la señora Puig—. Tenías razón, el asunto trasciende a nuestras diferencias. —Se toma unos instantes para pensar—. Me arrepiento de haber dejado la compañía en manos del americano —afirma con pesar.

—Lo siento —balbucea Mireia con sinceridad.

—Nada, no te culpes, cargaste con demasiada responsabilidad en su momento. Vincent se hizo con la presidencia justo antes de que apareciera el cuerpo de Claudi, y yo estaba tan cansada y tan derrotada que tampoco fui capaz de ponerle remedio. Supongo que entonces caí en uno de esos baches del que los hombres huyen con alcohol y mujeres. Yo no he seguido su ejemplo, he visto mi reflejo en un espejo de dolor y me he recompuesto como he podido. Tengo mucha más clase que todos ellos.

—Al final te vas a convertir en una feminista convencida.

—Si ves algún tipo de reivindicación en mis palabras, es porque necesitas que piense como tú, y no porque yo tenga la intención de defender una idea u otra —responde Pilar con picardía.

Hace tres días desde que Mireia visitó a Pilar y, por ende, desde que ambas se reencontraron en el ámbito privado después de tiempo sin verse. Han invertido las dos jornadas siguientes en analizar la situación de la empresa. Pilar se sorprende de la cantidad de información sensible que el personal de oficina facilita a Mireia. Se han arriesgado para ayudarla a pesar de que podrían echarlos por mucho menos, y la señora Puig lo

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atribuye al don de gentes del que su cuñada hace gala allí adonde va. «Debería aprender de Mireia», ha pensado alguna vez. El caso es que la situación de la Puig & Mckey es más catastrófica de lo que esperaban encontrar en los libros y en las actas de las reuniones.

Contra todo pronóstico, Pilar ha aportado soluciones satisfactorias: ha puesto en evidencia que las siete fábricas producen un género similar que se vende con diferentes distintivos y, por ello, cree que sería conveniente reunificar la producción, especializar cada una de las factorías y eliminar las marcas propias que se hacen la competencia entre sí. De esta manera ganarían en eficiencia y rentabilidad y se fabricarían más unidades para cada marca sin apenas echar a un trabajador. Ha sugerido reducir los centros de distribución y repartir el producto en camión para tener un mayor control de los costes del que tienen ahora con el tren. También considera necesario hacer descuentos específicos a los grandes almacenes para que sigan comprándoles. Pero su propuesta principal, que todavía debe definirse con más detalle, es la remodelación de la estructura económica y directiva, pues existen mandos que se repiten en las diferentes fábricas y que se contradicen entre sí. Pilar quiere emular el organigrama de los americanos. Para ello, crearía un comité ejecutivo, cuyo presidente heredaría las funciones del director general del grupo empresarial y cuyos miembros dirigirían, a su vez, uno de los cuatro comités en los que se dividirían los distintos procesos de producción: el de compras, el de producción, el de finanzas y costes y el de ventas. Y un largo etcétera de cambios que deben estudiarse con más detalle.

—Hace años que los americanos plantean propuestas como las tuyas —le dijo Mireia a Pilar al finalizar la jornada de ayer, que pasaron en casa de la primera— y no han conseguido que la empresa o los accionistas cambien de mentalidad. Así, todas en orden, tienen mucho sentido.

—Gracias —comentó Pilar, abrumada por los rendibúes—. Es solo es mi opinión.

—Una opinión mucho más fundada que la de la mayoría de los directivos de la empresa. ¿Cómo has llegado a estas conclusiones?

—Ya lo sabes —dijo arisca ante su incapacidad de aceptar cumplidos —, me he criado entre debates económicos y la toma de decisiones vitales para la compañía. Algo se me habrá pegado.

Pilar ocultó una parte de la verdad. Tiempo atrás, disfrutaba tanto de las lecciones de inglés que Miss Kinder impartía en la radio que buscó un

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profesor particular para profundizar en el idioma. Ni se planteó que estudiar podía estar fuera de lugar para una señora de su rango y categoría, simplemente estaba fascinada por tan exótica lengua. En los últimos tres años, además, ha leído varios libros sobre finanzas escritos por expertos nacionales y anglosajones, y ha aprendido un sinfín de conceptos que desconocía. Por una parte, lo ha hecho por interés propio, en la soledad del despacho que perteneció a su marido y sin que lo supiera nadie más que el librero que se los vendía; y, por otra, para comprobar si una mujer puede realmente hacer el trabajo de un hombre, es decir, si Mireia tiene razón. Ayer no le confesó la verdad a su cuñada porque se avergonzaba de su osadía y por miedo a calzar unos zapatos que le fueran grandes.

En este instante, en la terraza de la exposición, Pilar se aventura a sacar a colación el fantasma que lleva tres días danzando a su alrededor:

—¿Por qué lo hiciste?

Mireia descifra la intención de su cuñada en la mirada, tan vulnerable como inquisidora.

—Nada de lo que diga te ayudará a comprenderlo. No va a servir de nada.

—Da igual si lo comprendo o no, trátame como a una adulta. Por una vez, dime la verdad.

—Nunca me lo preguntaste, nunca salió a colación en una conversación, así que no puedes tacharme de mentirosa. Además, no creo que sea de tu incumbencia, y tampoco lo era cuando tu hermano estaba vivo.

Pilar cierra los ojos unos segundos y los abre con la convicción de que deben hallar la manera de tolerarse.

—Mira, después de trabajar dos días contigo, codo con codo —se aventura a decir—, es evidente que necesitamos más de dos jornadas para preparar nuestro plan empresarial —afirma para convencerse a sí misma

—. Por eso te he hecho venir hoy a la Exposición, para que un entorno neutral nos ayude a enterrar el hacha de guerra. Solo quiero entenderte. Quiero saber por qué lo hiciste. Es la única manera de que volvamos al punto en que dejamos nuestra amistad.

—Lo hice por la misma razón que lo hacen los hombres.

Mireia siente rabia. No le gusta la tesitura en la que su cuñada la pone; no obstante, sabe que lleva razón.

—No me vengas con esas.

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—No, Pilar, no podría hablar más seriamente. Ellos se encaman con quien les da la gana sin tener en cuenta los votos a los que se comprometen ante el altar. Lo hizo tu padre, lo hizo tu marido y lo hacía tu hermano. Lo hace tu vecino y cada uno de los accionistas con los que compartimos mesa en las juntas. No te engañes, también lo hacemos las mujeres, aunque seamos más discretas y no paguemos por ello. ¿Por qué crees que nos gustan tanto las comedias de enredos, o los dramas? Porque parte de la vida consiste en enfrentarse a dilemas, y en un mundo en el que los matrimonios se pactan por conveniencia, todos sufrimos del mismo mal, todos queremos sentirnos queridos y deseados cuando el azar o los padres nos atan a la persona equivocada.

—¿Mi hermano era la persona equivocada? —espeta Pilar, herida. —No, o quizá sí, al principio. Pero hablamos, nos entendimos y

establecimos nuestras propias reglas. Josep era tan responsable como yo de lo que decidimos; es más, él se iba con otras mucho antes de que cerráramos nuestro pacto. ¿Por qué no te enfadas también con él? —Se lleva la mano al cuello como si quisiera alentar las palabras que se le atascan en la boca—. Fui yo la que me adapté a su estilo de vida, y te digo que no me arrepiento. Odio la doble moral: de puertas afuera, adoctrino; de puertas adentro, me salto las normas. Pues bien, nos concedimos esa libertad para no acabar como sus padres, o como los míos. Se odiaban, Pilar, ellos se odiaban. Tú, más que nadie, sabes lo que es eso.

La señora Puig, alterada, comprueba que su pelo, anudado en su ya clásico moño, no se haya corrompido por el electrizante disgusto que la atraviesa de pies a cabeza. Mireia, al comprobar el atoramiento de su cuñada, modera el tono:

—Debo decir que me costó, yo misma me sentía como una cualquiera cuando llegaron las primeras conquistas. Con el tiempo comprendí que los amantes eran la puerta de entrada a nuevos mundos, los únicos que yo podía explorar. Con ellos aprendía, compartía, visitaba facetas de mí misma que desconocía, y luego regresaba a los brazos de Josep con más convicción. —Coge aire y recapitula para asegurarse de que no ha perdido el hilo—. Pese a que muchas amistades me han dado la espalda por esto, te aseguro que todos tenemos esqueletos en nuestro sótano por un motivo u otro.

En el fondo, a Pilar ya no le importa la promiscuidad de Mireia. Lo único que siempre ha deseado con vehemencia es sentirse querida en la

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vertiente romántica, pero también en la familiar, en la social y en la maternal. Tan profundo e hiriente fue el rechazo que sufrió desde que tiene uso de razón, que la única herramienta de la que dispuso para combatirlo fue el orden y la distancia, armas con las que evitaba caer en el pozo de la autocompasión, un camino que la condenó a la soledad. Lo que más teme ahora mismo es que Mireia la desprecie, pues, aunque parezca contradictorio, aunque fuera ella la que construyó el muro que las ha separado durante estos años, necesita que su cuñada la perdone, que la abrace, que la entienda. Después de todo, es la única persona que le ha mostrado apoyo incondicional tras la muerte de Irene. Aunque del dicho al hecho existe una cordillera inexpugnable para la señora Puig.

—No voy a entenderlo nunca —se aventura a responder Pilar—. Aun así, voy a olvidarlo en beneficio de nuestra amistad. Mi madre nunca fue amable con mis debilidades, y ya lo dijo Marco Aurelio, no hay mayor venganza que comportarse de manera diferente a la de aquellos que te hirieron. Jamás pensé que diría esto. —Suspira—. Te he echado de menos. He sido demasiado orgullosa para admitirlo, lo sé. Te agradezco que hace tres días llamaras a mi puerta con una excusa para hablar conmigo. Junto con mis hijas y mi sobrino, eres la única familia que me queda.

—Lo… lo mismo digo, de verdad —musita Mireia, emocionada y descolocada por las inesperadas palabras de su cuñada—. Yo te quiero mucho.

Una lágrima se desliza por la mejilla de Pilar, quien se la seca abrumada porque lo considera una demostración pública de afecto excesiva.

—Y gracias por no preguntarlo —aclara Mireia.

—¿Preguntar qué?

—Gracias por no dudar de la paternidad de Josep —dice con la voz entrecortada—. Te juro que este niño es tan suyo como mío. —Se aguanta las lágrimas—. Y tú lo viste salir de mis entrañas.

«Ha quedado todo claro. Es el momento de decírselo», piensa Pilar. —Tengo que tratar otro tema contigo —anuncia sin dar tregua a su

cuñada, que todavía está recuperándose de las confesiones que ambas han compartido, ni a sí misma, que huye hacia delante para no exponerse más a su propia vulnerabilidad—. Sé que me obsesioné y que mis delirios detectivescos nos han puesto en más de un aprieto. Te lo comento antes de

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que me eches la caballería por encima. En fin, solo quiero comentarte algo.

—Prometo portarme mal —dice Mireia a riesgo de que su cuñada no entienda su broma.

—Marta me ha escrito. —Tan pronto como Pilar enuncia el nombre, el corazón de Mireia recibe un leve pinchazo—. Tiene razones para pensar que existe una conexión entre la condesa de Vallespir y lo que tú ya sabes. No me ha dado más detalles. ¿Quizá conoce la trama? ¿Quizá colaboraba con su marido? ¿Quizá es otra víctima de este horror?

—¿Qué quieres que hagamos? ¿Se lo has contado ya a Gustavo? — Mireia sabe que no va a convencer a su cuñada de que se aparte del caso, así que la acompaña en su testarudez.

—Sí, lo sabe todo. Y no temas, no pienso hacer ninguna imprudencia. —Toma aire—. Cabe decir que, después de leer la carta de Marta, tuve una corazonada. Ayer por la noche fui al piso familiar y entré en la habitación de mi padre para charlar con él. No lo hago muy a menudo, la verdad. — Habla muy rápido para sacarse de encima lo que está a punto de verbalizar.

—Disculpa si alguna vez te he empujado a buscar pruebas en su contra, pero qué quieres que te diga, no tenemos otra opción.

—No te preocupes por eso ahora, Gustavo y yo hemos investigado si él guarda relación con este sinvivir, y nada. En fin, a lo que iba. Le pregunté por la Condesa y se puso hecho una fiera. Me gritó que yo mancillaba su nombre con tan solo mencionarla —dice Pilar, verdaderamente dolida—. Hacía mucho tiempo que no lo veía tan fuera de sus casillas. —Cierra un segundo los ojos—. No sé qué podemos deducir de su reacción. Y también me dice una y otra vez que Josep lo visita y que lo atormenta. Está más para allá que para acá.

—Son cosas de un hombre que ha perdido la cabeza. No lo tomes en serio.

—No sé qué pensar. —Se deja llevar por las emociones y se muestra afectada—. ¿Y qué pasa con Claudi? ¿Quién dejó un cadáver falso en la calle? Por Dios, nosotras lo matamos y luego… —Pilar deja que las lágrimas broten de sus ojos sin pudor alguno, ya no se puede controlar—. ¿Claudi era partícipe? ¿Quién mató al Conde y por qué? Seamos francas, hace mucho que evitamos responder a una pregunta: ¿está nuestra familia implicada o es plenamente responsable de lo que estamos investigando? —

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Ya no puede evitarlo más, tiene que incluir el nombre—: ¿Y Josep?, ¿lo sabía todo antes de morir?

Mireia niega con la cabeza y se termina el último sorbo de Coca-Cola. Sabe que su cuñada se encuentra en un estado frágil y necesita decir las palabras precisas para evitar hacerle daño.

—Sí, tienes razón, quizá hemos mirado hacia otro lado demasiadas veces. Creo que estamos… —duda sobre lo que va a decir—, no sé cómo expresarlo. He defendido tantas veces que las mujeres podemos hacer los mismos trabajos que los hombres que… ¿también podemos ser igual de crueles? Piénsalo bien, siempre hemos dado por supuesto que nuestro villano era un hombre. ¿Recuerdas cómo miró la Condesa al cadáver de su marido? La frialdad de sus ojos… ¿Y si fuera ella la que nos la está jugando? ¿Y si es cómplice? ¿Y si fue ella quien mató al Conde, harta de sus infidelidades?

—Sea como sea, tenemos que hacer caso a Gustavo: sin pruebas no hay delito.

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24 de noviembre de 1929

El brazo de Manel está apoyado sobre el torso de Mireia cuando esta

despierta. Es pronto y ella desea descansar un rato más; sin embargo, el peso de la extremidad de su novio, que duerme a su lado como un lirón, se lo impide. Víctima de los más oscuros entresijos del alma, su cuerpo repudia una carga que la asfixia. Con esmero y sigilo, se libera del arrumaco. «Ahora sí —piensa—, ahora podré descansar un rato más». Se equivoca. La angustia hierve en su estómago y dispara las dudas: «¿Por qué me agobia un simple brazo?». Lo que podría ser una anécdota ligera, cobra importancia porque la rutina que comparte con él la está matando. Este piso de la calle Provença donde vivió con Josep es una trampa para los recuerdos que desea enterrar.

Mireia decide levantarse, se pone el batín y deja la habitación a tientas. Es un domingo de sol exuberante, y la luz delata sus dudas cual foco que persigue a un reo que escapa en plena noche. Manel es un buen hombre; sin ambages, mejor que la media. Encaja en tantos aspectos de su vida que incluso parece sacado de una novela edulcorada. Ella lo sabe, lo valora y lo destaca siempre que puede; con todo, su piel lo rechaza con más frecuencia cada día que pasa. Se han impreso tantos adjetivos impropios e injustos sobre su pasado que las habladurías ya la tienen sin cuidado en este momento. O al menos es lo que se dice a sí misma. Lo que más la asusta ahora son las palabras malsonantes que se repiten en su cabeza cada vez que se plantea abandonarlo. ¿No le quiere? Ojalá esa fuera la razón, porque sí, puede asegurar que le ama. ¿Por qué permanece Manel a su

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lado? Prefiere sortear la pregunta, supone que el amor lo ancla en sus aguas.

Se desliza con sigilo hasta la habitación de su hijo para comprobar que descansa plácidamente. Al verlo dormir como un angelito, sonríe con dulzura y le da un beso en la mejilla. Luego se encamina hacia el salón y se sienta en una de las butacas. Desde la distancia, contempla el retrato de sí misma que Josep le regaló diez años atrás. No reconoce a la mujer plasmada sobre el lienzo, ve a una señora burguesa y altiva a la que criticaría si se la encontrara por la calle. Seguidamente, aparece la misma sensación, un rechazo que esta vez va dirigido a su persona. Manel se desvive por curar a sus pequeños pacientes. ¿Acaso no es motivo suficiente para adorarlo? Hace tres años que va al Real Club Marítimo cuando Manel se lo propone, que cena con los pocos amigos de su novio que no les han dado la espalda y que adapta su vida a los horarios y a los anhelos del pediatra. ¿Será por eso por lo que le rehúsa?

Transcurren unos minutos, no sabe calcular cuántos, y Manel aparece por la puerta del salón adormilado y sonriente. Él percibe el malestar de la mujer con la que vive amancebado pues, tras pasar tantas mañanas a su lado, reconoce el humor agrio con el que se despierta en algunas ocasiones. Así que decide dejarla con sus pensamientos; sin embargo, una propuesta espontánea se contradice con su intención inicial:

—Hace un día maravilloso de domingo. Deberíamos ir a remar un rato al club.

Mireia hace las veces de timonel en un laúd propulsado por los remos que mueve Manel. Él ha tenido una hermosa idea, pues la brisa marina, la libertad que experimenta al navegar y el suave impacto del sol sobre su rostro han cambiado los ánimos de Mireia. Deslizarse sobre el agua es como una caricia que la naturaleza regala al cuerpo del navegante, y más en un día tan apacible como el de hoy. El pediatra, haciendo gala de su tacto habitual, ha permanecido callado durante la navegación para que su amada encontrara la paz que el despertar le ha arrebatado, y ha aprovechado para deslizarse por sus propios pensamientos.

Cuando llegan al embarcadero del Real Club Marítimo de Barcelona y suben el laúd para guardarlo, Mireia deja el temple en el mar y toma tierra acompañada por el malestar. Su padre solía decir que «el desasosiego te

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persigue cuando el alma huye de sí misma», y ella se cuestiona por qué escapa de sus propias emociones y por qué se ha enterrado en una vida insostenible para una mujer de su carácter. Piensa en Pilar y en la animosidad que le despertaba años atrás y se da cuenta de las semejanzas que guardan seres tan disímiles. «Odiamos de los demás lo que no soportamos de nosotras mismas», concluye.

Se cambia y sube al salón del club para reencontrarse con su novio. Desde la distancia, él la saluda con una copa en la mano y una sonrisa radiante, un semblante que embelesaría a la mujer más gélida. Mireia se acerca con pasos firmes al corrillo en el que se encuentra Manel y se deja llevar por el papel que le toca interpretar. Todavía siente el chascarrillo que se esconde tras cada sonrisa de sus interlocutores, y también la burla, la intolerancia y los reproches que reciben las mujeres cuya vida privada se ha convertido en una vergüenza pública. Por cada vez que Mireia huye del qué dirán, se deja apresar otras tantas por las lenguas despiadadas.

—Ahora que nos vamos a sacar a Primo de encima, será el momento de pedir más autonomía y de reinstaurar la Mancomunitat —dice don Blai, empresario metalúrgico espigado y pecoso.

—Todo está por ver —asegura don Joaquim, otro hijo de la burguesía de buena planta que dedica sus horas al ocio y a regalar opiniones que nadie le ha pedido—. El Directorio lleva un año de pega: en enero esquivó por los pelos otro golpe de Estado orquestado por varios estamentos; luego hizo el ridículo sofocando la huelga de estudiantes y se puso la opinión pública en contra, y ahora está perdiendo el respaldo del ejército. Y, pese a todo, él sigue en el poder.

—Pues yo creo que, si no cae este año, lo hará el siguiente. Tiene en contra a monárquicos, a republicanos y a todos los nacionalistas, y los socialistas también lo han abandonado después de que en julio presentara el anteproyecto de una nueva Constitución corporativa y autoritaria. Está más solo que la una.

—A mí lo único que me preocupa es el daño que ha hecho a este país —salta Mireia—. Él caerá, pero el poso de sus ideas, esas doctrinas que van en contra del progreso y de la intelectualidad, va a quedar en la mente de muchos ciudadanos de a pie. Y eso me da mucho miedo.

Mireia no puede más. No le interesa lo que dicen cuantos la rodean; es más, desearía gritarles que son seres soporíferos. Hablan, se quejan y no mueven un dedo para cambiar las cosas. Las conversaciones de café son el

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deporte nacional, la costumbre más inútil que existe para ella. De hecho, los detesta porque considera que encarnan al barcelonismo más hipócrita. Se beneficiaron del turnismo en su momento, luego respaldaron la Mancomunitat porque les favorecía en ciertos negocios y, finalmente, apoyaron el golpe de Estado del marqués de Estella para que impusiera un orden en Barcelona que les permitiera ganar más dinero. Si bien es cierto que se mostraron inconformes cuando el dictador restringió ciertas libertades, le han seguido el juego hasta que el Directorio ha dejado de serles provechoso. Mireia es consciente de que exagera, pues estos pensamientos son el resultado de años tratando de encajar en una ciudad de, según su parecer, pusilánimes.

Instantes después, observa cómo la condesa de Vallespir charla con dos hombres, uno muy alto y enjuto y el otro fornido, vestidos con ropas demasiado humildes para el Marítimo. La Condesa los atiende preocupada. De repente, doña Carme detiene la conversación mientras mira a su alrededor para cerciorarse de que nadie los oye y decide continuar en un lugar menos concurrido. Cuando los tres abandonan el salón, Mireia advierte las intenciones de la noble, se excusa ante Manel y el resto de los conocidos que la rodean y persigue, cautelosa, sus sospechas. Cualquier excusa es buena para huir de aquí.

La Condesa y los dos tipos bajan hasta el embarcadero y, tras asegurarse de que no hay nadie más, reemprenden la conversación. Mireia, que los ha seguido con cautela, se descalza y se encamina a la caza de un escondite que le permita escuchar de qué hablan. Mientras avanza, agachada y a hurtadillas, tiene la esperanza de que el crepitar de la madera del suelo no la delate. Por suerte, el sonido apenas es perceptible. Consigue cobijarse detrás de un laúd cercano a la posición de doña Carme y, sin querer, golpea una escoba maloliente que está apoyada en la embarcación. Evita la caída del escobajo gracias a sus reflejos y respira tranquila.

—Esto no puede seguir así —dice la Condesa—, nos están fastidiando el negocio y al final acabaremos en la cárcel.

—Hacemos todo lo que podemos —le responde el cenceño—, pero no sabemos de dónde salen los chivatazos. Le juro que apenas habíamos usado el piso de la calle Canuda, casi nadie conocía de su existencia. Cuando la policía ha llegado esta mañana, solo hacía una semana que estaba en funcionamiento y solo teníamos allí a dos chicas.

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«Por el amor de Dios —piensa Mireia—, la Condesa es el verdadero demonio».

—¿Han sido las Puig? —pregunta la noble.

El corazón de Mireia se dispara.

—No sé qué decirle doña Carme —responde el corpulento—, podría ser o podría no ser. Si son ellas las que han averiguado el paradero del piso, no sé cómo lo habrán conseguido, la verdad. Quitémoslas de en medio de una vez.

—Ni pensarlo. Le prometí a don Julià que nunca tocaría a un miembro de su familia. Me debo a mi palabra.

«¿Julià?», piensa Mireia, asustada. La mujer pierde el equilibrio de la impresión y, para no caerse, enseguida se agarra a uno de los soportes de la embarcación tras la que se esconde. Con el movimiento del brazo empuja la escoba, que se precipita contra la madera del suelo. El ruido resultante es escandaloso. Enseguida sabe que está perdida: si se levanta y corre, se va a delatar. ¿Qué puede hacer? Cuando alza la mirada y descubre que los dos secuaces de la Condesa están a punto de golpearla, se dispone a pedir ayuda a gritos. No lo consigue porque pierde el conocimiento antes de abrir la boca.

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4 de diciembre de 1929

—No vamos a votar. Doña Mireia Grau tiene que estar presente — asegura Pilar, harta de repetir el mismo argumento.

Se encuentra en una junta extraordinaria de accionistas de la Puig & Mckey cuyo objetivo formal consiste en sustituir a Vincent y cuyo propósito real no es otro que mantener a John Mckey en el accionariado. Dada la situación económica actual, perderlo podría ser peor que mantenerlo en el negocio, pues al margen de que su apellido da nombre a la empresa, o de que Vincent no haya resultado ser un director eficiente, el señor Mckey es un socio de fiar que se ha mostrado diligente con la consecución de los objetivos y los beneficios de la compañía. Pilar se ha armado de valor y se ha sentado a la mesa de los hombres, la primera vez que lo hace sin Mireia. La sala no ha cambiado ni un ápice en los últimos años, todo lo contrario que sus ocupantes.

El aspecto de John está lejos del esplendor y del brío del pasado. Serio y ojeroso, viste un traje descuidado y no se ha peinado con el esmero de antaño. El desplome de la bolsa americana ha afectado severamente al negocio que regenta en Estados Unidos y, por ello, ha iniciado una gira por Europa para decidir qué socios mantiene y cuáles desecha. Su traductor español, Carlos, permanece a su lado, tan fiel como preocupado por el devenir de su jefe.

La tensión se puede medir por las miradas de desconcierto que los asistentes se cruzan. A pesar de que John podría regodearse con la mala gestión de Vincent, tiene demasiados quebraderos de cabeza como para perder el tiempo con viejas rencillas. No le interesa restregarle a su

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hermano que el tiempo le ha dado la razón. Por otro lado, los socios locales están preocupados por sus dividendos y han perdido su capacidad de influencia. Sentada en el sofá apartado, la condesa de Vallespir mira por la ventana mientras espera impaciente a que se efectúe la votación. Va vestida, enjoyada y perfumada como si de una monarca se tratara. Aunque le falta la corona, su porte y su cuello estirado y firme suplen la ausencia del emblema real. A su lado, Amadeu de Vallespir contempla la sesión como el león en la sabana que, sigiloso, elige qué gacela va a servirle de cena. Con un traje exquisitamente escogido y una barba cuidada, escucha con atención el debate que la señora Puig alienta.

—Doña Pilar —interviene Vincent, exhausto—, la suma de sus acciones y las de su cuñada no van a determinar la elección de Amadeu. Es el único candidato que se presenta hoy y que tiene el respaldo del resto de los accionistas. ¿Por qué no votamos y ya?

—Se lo puedo decir en ruso si usted gusta, don Vincent —le responde Pilar, levemente airada—, los estatutos de la empresa dicen que cualquier socio con más del veinte por ciento de las acciones debe estar presente durante la elección de un nuevo director. Doña Mireia no ha podido asistir y tampoco ha delegado su voto. Abandonaré la sesión e impugnaré la votación si deciden llevarla a cabo.

Se oyen murmullos por toda la sala. La Condesa observa a Pilar con impaciencia y desprecio. John da golpecitos nerviosos sobre la mesa con el dedo índice y mira a un punto indefinido para controlar los estribos. La señora Puig tiene la sensación de que el americano está a punto de abandonar la junta y, por ende, la compañía; así que lo interpela directamente:

—Señor John, deje que le comente una cosa —dice en inglés, para sorpresa de todos los presentes—. Ya estará al corriente de que doña Mireia ha desaparecido y, de verdad, soy la primera interesada en que la empresa escoja a un nuevo director. Pero ella tenía otra solución, una mejor que la presente. —Realiza un leve movimiento de cabeza con el que señala a Amadeu—. No sabemos dónde está mi cuñada, ya lo sabe, y estamos sufriendo mucho. Por eso, por favor, le pido tiempo y fe. Sé que usted estará en Barcelona hasta el viernes por la tarde, deje que convoque otra junta en dos días. Le prometo que, si ella no ha aparecido, yo misma votaré a Amadeu. Le acabo de pedir, además, que tenga fe. Usted confió

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en mi padre y en mi hermano; por favor, siga confiando en nuestras fábricas y en nuestro apellido, estoy segura de que podremos reflotarlas.

El desconcierto se propaga por la sala porque ninguno de los presentes esperaba que Pilar Puig conociera la lengua inglesa y porque la mayoría no han entendido ni un ápice. Vincent vacila y espera la respuesta de su hermano, quien, después de reflexionar unos instantes, responde directamente a Pilar con los ojos encendidos por una mezcla de fuego y esperanza:

—Ya desapareció su marido, y ahora lo ha hecho su cuñada. No me dirá que no es extraño… —John recapacita unos segundos—. Tiene usted la misma mirada que su hermano Josep, con quien sabe que trabé una buena amistad. Está bien, tiene dos días. —A continuación, se dirige a Carlos—: Vámonos.

Carlos y John se levantan y abandonan la sala acompañados por los cuchicheos de fondo. Para calmar los ánimos, Vincent aclara al resto de los accionistas lo pactado entre Pilar y su hermano. La indignación sustituye a la incertidumbre tan rauda como el viento enfurecido. La señora Puig se amilana debido a los duros comentarios que oye, así que se levanta con la intención de irse. No lo consigue porque don Andreu, el sesentón bajito y ahusado que mantuvo una estrecha amistad con su padre, la intercepta.

—Doña Pilar, aguarde un momento, por favor —le dice con dulzura—. Piense bien lo que está haciendo. El Gobierno de Primo de Rivera está débil, tiene previsto presentar un plan de transición democrática al rey, si no lo ha hecho ya a puerta cerrada, pero nadie sabe cómo va a reaccionar su majestad o el resto de los militares. La crisis en Estados Unidos se percibe cada vez mayor. Necesitamos un líder y un rumbo, si no, la empresa que con tanto ahínco construyeron su abuelo y su padre se irá al garete. ¿Por qué no da usted paso a las nuevas generaciones?

—Don Andreu, créame que actúo única y exclusivamente en beneficio de la empresa. Ahora, si me disculpa…

Pilar accede al pasillo principal de la Puig & Mckey. «Si hace unos años me hubieran dicho que frecuentaría la sala de reuniones, no me lo hubiera creído», piensa. En un momento dado, nota cómo una mano se posa sobre su hombro con la intención de detenerla.

—Pilar, espere —dice la condesa de Vallespir con voz severa.

La señora Puig se gira con calma. Desconoce si la teoría de Mireia es cierta, y por eso debe actuar con la máxima cautela posible.

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—Condesa —se adelanta Pilar—, no he tenido la ocasión de saludarla antes de empezar la junta. ¿Qué tal está?

—¿Se puede saber a qué está jugando? No quiso que mi nieto se casara con su hija, ahora no lo quiere en su empresa. Por el amor de Dios, me acabo de quedar viuda, y esta es una gran oportunidad para Amadeu. ¿Es que no respeta nada?

Pilar percibe un halo de maldad en los ojos de la noble. ¿Lo está imaginando? Lejos de amedrentarse, mantiene la compostura y decide terminar la conversación.

—Mi padre me enseñó que las decisiones empresariales nunca deben tomarse como algo personal —dice con cierto regodeo en su tono.

—Si su padre pudiera actuar con normalidad, la repudiaría, querida. Pilar frunce el ceño y enfila el pasillo sin ofrecer una réplica a la

Condesa.

—¡A mí nadie me da la espalda! ¿Me oye?

Alcanza la calle con el corazón en un puño. La teoría de Mireia, a pesar de parecer infundada, tiene sentido. Decide no conjeturar, ese ha sido el mal que la ha llevado a cometer grandes errores en los últimos tiempos. Con todo, la Condesa le ha infundido un miedo real, tangible e irracional. Las manos de Pilar tiemblan como los motores que se fabrican en la Hispano-Suiza, su estómago da vueltas como las ruedas de un coche y sus piernas le piden que circule a máxima velocidad. Además, el papel que ha interpretado durante la junta le ha supuesto un esfuerzo titánico: la confrontación es una situación incómoda para ella, pues se siente fuera de lugar, de tono y de sus capacidades. A pesar de los pesares, otra preocupación vuelve a sus pensamientos: su cuñada ha desaparecido.

Hace más de diez días, Mireia acudió con Manel al Marítimo y se evaporó. Él la buscó por todos los rincones del club y luego volvió a casa con la esperanza de encontrarla sana y salva en el salón. Sus expectativas se truncaron nada más llegar y hablar con la niñera, así que telefoneó a amigos y a conocidos preguntando por ella con la pericia necesaria para no alarmarlos. No obstante, cuando Pilar recibió la llamada, se temió lo peor. Por esa razón se presentó en casa de Mireia a la mañana siguiente, donde se encontró a Manel fuera de sí. El hombre parecía desesperado y ella, en un intento de mantener la calma, le ordenó que se visitera con ropa de calle y que la acompañara a la comisaría para denunciar el suceso. Así lo

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hicieron. Gustavo los atendió y les prometió que la encontraría, un propósito que está resultando difícil de alcanzar.

Desde la desaparición, Pilar, sus hijas y Manel han removido cielo y tierra para encontrarla. La señora Puig teme entrar en su casa, en un despacho o en cualquier estancia y toparse con su cuñada colgada de una soga. La simple imagen la estremece. Ha contratado a un detective privado que sigue a la Condesa las veinticuatro horas del día y que informa a Gustavo del más ínfimo detalle. El investigador todavía no ha aportado una esperanza a la que agarrarse.

«¿Dónde estará Mireia?», se pregunta Pilar para no cuestionarse si está viva o muerta. Se ha prohibido mencionar la opción más funesta. Tampoco se permite descansar. En este momento camina por la calle Balmes con el único propósito de alejarse de las oficinas de la Puig & Mckey. Ha ganado dos días, ¿debería estar contenta? «¿De qué sirven si Mireia no aparece?», se cuestiona. Se jura a sí misma que renunciaría a sus derechos en la empresa y al dinero que le proporciona si con ello su cuñada apareciera. ¿Es eso lo que tendría que hacer? ¿Debería darle el control de la empresa a Amadeu a cambio de que la suelten? Podría ser una opción en el caso de que la Condesa sea la responsable y de que Mireia esté viva.

La cabeza de Pilar es un velódromo a pleno rendimiento. De repente cae en Marta. Habló con ella días atrás para ponerla al corriente de la situación. La locutora prometió recurrir a sus antiguos contactos para que las ayudaran en la búsqueda. Ahora, Pilar no sabe adónde ir ni qué más hacer. Ha quedado sobre las once de la noche con Gustavo para que la informe sobre los avances de la investigación. El inspector la ha citado tan tarde porque necesita dedicar todas las horas de las que dispone a la búsqueda de Mireia. Queda una eternidad hasta el encuentro, de modo que Pilar pone rumbo a casa de Marta.

«Camina firme y la hierba crecerá a tu paso», piensa Mireia, incapaz de recordar dónde leyó o escuchó una aserción tan poética como falaz. Desconoce cuántos días lleva encerrada en esta habitación de ventanas enladrilladas, ventilación inexistente y tenebrosidad absoluta. La cuerda que la retiene le presiona la piel y también las postillas de las muñecas, ecos de las irritaciones provocadas por el esparto durante las primeras

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jornadas en las que la mantuvieron cautiva y amarrada. «Al menos, ahora solo estoy atada de manos», se consuela, desprovista de su ironía habitual.

Sus raptores la visitan cada dos días, quizá cada tres; no puede calcularlo con certeza porque el tiempo avanza a hurtadillas en la oscuridad que la aprisiona. Sea como fuere, se trata de intervalos indeterminados que ella percibe como lustros. Tan solo come y se asea cuando los malnacidos acuden a su celda para comprobar si todavía respira. Por lo general, yace en el suelo apresada por una cuerda que, a su vez, está anudada a un gancho indestructible clavado en lo alto de la pared. Hace sus necesidades sobre las baldosas que se encuentran a escasos centímetros de su posición habitual, el lugar más alejado al que la traba le permite llegar; y las limpia en el tiempo en que la puerta se abre y los dos captores se personan para resucitarla por unos minutos.

Tampoco sabe si sigue en Barcelona o si la trasladaron tras aprehenderla a traición. No identifica ninguno de los sonidos que proceden del exterior. Continuamente grita con desazón; no obstante, el mundo parece desentenderse de sus peticiones de auxilio. Incluso el miedo la ha desatendido ya, las emociones emigran de su corazón huyendo de la realidad. Se ha abandonado a su suerte consciente de que su supervivencia depende de la voluntad de unos pelanas que han asesinado a varias mujeres en los últimos años. ¿Será ella la siguiente? No entiende por qué la mantienen con vida, puesto que ninguna de las víctimas anteriores mostraba evidencias de un encierro prolongado. A pesar de que podría figurarse algunos motivos, el avance de los días los desdibuja hasta dejarlos irreconocibles.

«Camina firme y la hierba crecerá a tu paso». De repente recuerda que fue Cristóbal, su mentor, quien leyó esa afirmación durante una de las lecciones de cultura general que siempre acababan centradas en las enseñanzas de los filósofos más relevantes. Sus padres le procuraron una educación impartida en casa de la que se ocuparon una estricta institutriz durante la infancia y un tutor humanista en la adolescencia. «Por mucho que camines firme, la hierba no crecerá a tu paso si eres una mujer de mi generación», se repite hasta la saciedad para justificar su desdicha. «Nosotras, antes de adentrarnos en un jardín repleto de rosas, tenemos que aprender a protegernos de las espinas».

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Marta abre la puerta y se encuentra cara a cara con la señora Puig. Como

consecuencia, un espasmo recorre su cuerpo momentáneamente. Es la primera vez que Pilar pone un pie en su casa. Además, apenas han mantenido el contacto desde la noche del estreno de Mariana Pineda. En la época en la que forjaron aquella extraña alianza a la que llamaron «amistad», Marta se sentía juzgada por la laberíntica mirada de una mujer perdida en sus prejuicios. Huelga decir que la actitud de Pilar es habitual en los tiempos que corren, pero Marta ha comprobado que la señora Puig se distingue por actuar en consonancia con sus valores y sus principios, en la medida en que la vida se lo ha permitido, una fortaleza de carácter que impone un respeto intimidador.

La locutora invita a pasar a su inesperada visita. Prepara café y lo sirve en la sala de estar. Sentadas en el único sofá de la estancia, Pilar y Marta comparten lugares comunes que postergan un tema más urgente. Mientras comentan que ninguna de las dos ha asistido todavía a una sesión de cine sonoro, un nuevo prodigio que llegó por primera vez a Barcelona el pasado septiembre con la proyección de La canción de París, protagonizada por Maurice Chevalier, la señora Puig deja la taza sobre el platito a juego y rompe a llorar.

—Querida, estoy segura de que aparecerá —le dice la locutora al tiempo que la toma de la mano. Pilar mira a un lado y a otro del salón como si quisiera comprobar que no hay nadie más en el piso—. No te preocupes, Eugeni no está en casa. Tenía que ocuparse de no sé qué asunto y luego, por la tarde, tiene turno como técnico en la radio.

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En estos últimos tiempos, Eugeni se ha volcado en la EAJ-1 y ha aprendido los entresijos de su funcionamiento para, además de participar de la programación como músico, hacerlo también desde la cabina de control.

—Hace muchos días ya, y no sé qué hacer. Odio acostarme por la noche porque sé que a la mañana siguiente habrá pasado otra jornada, y eso no presagia nada bueno.

Marta se toma unos instantes para digerir las palabras de Pilar. —¿Sabes? —se aventura a decir la locutora—. En mi vida he visto

muchas injusticias. Muchas las he sufrido en mis propias carnes, algunas las he provocado yo misma, pero jamás he perdido la fe en los tiempos venideros. Me niego a darme por vencida hasta que la realidad me abofetee con su crudeza —asegura con aspavientos—. Me niego a pensar que nunca encontraré a mis hijas, así que vamos a confiar en que pronto tomaremos café con Mireia.

Pilar se seca las lágrimas y se tranquiliza. «Ha sido un arrebato tonto —se dice—. Qué vergüenza, estoy haciendo el ridículo». Libera la mano presa por la de Marta y se toca el cabello para comprobar que sigue intacto. Después abraza una nueva conclusión: «¿Por qué me apuro? Quien comparte sus emociones alcanza la mayor cuota de dignidad posible».

—Gracias. —Pilar toma aire y deja fluir esa sensibilidad que antes le producía urticaria—. No sé a qué viene lo que te voy a decir, la verdad. Siempre me siento cohibida en tu presencia. Sabes que una parte de mí rechaza lo que representas, o lo que representabas en el pasado. No voy a negar lo evidente. La otra, en cambio, te ve como una mujer de mundo que debe de considerarme una estúpida, una mojigata y una cobarde. —Mira al suelo avergonzada—. Y, al mismo tiempo, me siento una hipócrita, porque podremos vestir lo de Claudi con las palabras más amables y, aun así, no debería juzgar a los demás porque soy una asesina.

Ante la confidencia, Marta comprende que ella también ha sido víctima de sus propios prejuicios. Sin mediar palabra, se levanta y sale del salón para volver con la libreta en las manos.

—Mira esto —dice mientras le entrega el cuaderno, abierto por la página del listado de nombres—. Estas son las personas a las que quiero compensar por mis acciones. —Se sienta de nuevo—. Tacho los nombres cuando considero que les he hecho algún bien.

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Pilar echa un vistazo rápido a las hojas y, emocionada, las devuelve complacida. «Al fin y al cabo —piensa—, Marta es una superviviente que tiene un gran corazón». La locutora se da cuenta de que faltan algunas páginas. No sabe qué pensar, la única persona que podría haberlas arrancado es Eugeni.

—Yo también tengo que compensar algunas cosas —prosigue Pilar—. Tengo a mis hijas, sí, y las quiero, y me apoyan, pero todavía son unas niñas. Me he quedado sola por estúpida. —Marta la escucha mientras comprueba de reojo que las hojas sustraídas corresponden a algunas ideas y teorías sobre la muerte de Irene y sobre el resto de los crímenes que en su momento ayudó a investigar—. Alejé a Mireia de mi vida por estúpida, y puede que no la vuelva a ver nunca más.

Marta deja la libreta sobre la mesita. ¿Y si alguien de la radio la ha cogido del bolso y ha arrancado las hojas mientras ella estaba en el estudio? Pero ¿con qué propósito? Se agarra el colgante con ímpetu, se teme lo peor, y más ahora que Mireia está desaparecida.

—Tengo una propuesta: vas a quedarte aquí esta tarde y vamos a charlar un rato. Hoy no tengo que ir a la radio porque hay una programación especial. Se retransmite Tosca desde la Ópera de Madrid y luego hay un especial dedicado a Beethoven desde la Sala Mozart.

La señora Puig acepta con una sonrisa. Las dos mujeres meriendan y conversan sobre infinidad de inquietudes, incluida lo aprendido en la Exposición Internacional. Como si estuvieran unidas por un hilo invisible e irrompible, disfrutan de una complicidad impensable tiempo atrás. Sobre las diez de la noche, el teléfono suena. Se trata de Eugeni, está solo en la radio con otro técnico y se queja de que Santiago, el locutor que normalmente lee las cotizaciones de monedas y valores antes del cierre de la estación, está enfermo. Le pide a Marta que se acerque a los estudios para locutar la sección, y esta accede sin dudarlo.

Cuando Marta se lo comunica a Pilar, los ojos de esta se llenan de una profunda decepción, así que la locutora le propone que la acompañe. Su invitada acepta sin pensárselo dos veces. De repente recuerda que ha quedado con Gustavo a las once. Ante la disyuntiva de su amiga, Marta le sugiere que se cite con el inspector en la misma emisora. Incluso podría enseñarle los estudios, si a él le apetece. No hay más que hablar, Pilar lo considera una gran idea y llama a comisaría para informar del cambio a Gustavo.

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—Por fin vas a conocer a Eugeni —dice la locutora, entusiasmada, mientras salen por la puerta.

Al llegar a la radio, Marta actúa con rapidez dado que dispone de poco tiempo para prepararse. Pide a Pilar que deje el abrigo y el bolso en la sala de espera y le indica que entre en la cabina de control donde se encuentra Eugeni; así podrá presenciar la locución del breve boletín. Acto seguido, coge la carpeta con el texto y vuela hacia el interior del estudio.

Albert, un técnico bajito y barrigudo, da la bienvenida a la señora Puig en el control y le pide que se siente en una silla que está situada en el extremo opuesto a la puerta. De espaldas y en un rincón, un varón alto y delgado trajina unos cables y parece preocupado por lo que escucha a través de unos auriculares. El tipo no advierte lo que sucede a su alrededor y, aunque Pilar no llega a verle el rostro, él le resulta familiar. «Debe de tratarse de Eugeni», piensa Pilar. Decide que lo saludará cuando termine la emisión para no molestarlo. El teléfono suena. Un técnico de la Sala Mozart indica a Albert que les devolverán la conexión en breve. Apenas dos minutos después, Albert da la entrada a Marta con un gesto que esta advierte a través del cristal que separa la cabina del estudio. La Señorita Rodríguez habla para las masas y Pilar siente una euforia difícil de describir que la distrae unos instantes de sus preocupaciones. El espacio que la rodea está plagado de tablas con botones, cables y armarios con conexiones de todo tipo.

Marta lee las informaciones atropelladamente porque no ha tenido tiempo de echar un vistazo al texto, que no está muy bien escrito. Alarmado por un problema con la emisión, Albert da una indicación al otro técnico, que se gira para responder. Entonces, el tipo cruza su mirada con Pilar y tuerce el gesto. Ella lo observa como si de un fantasma se tratara. «No puede ser». La señora Puig reconoce el rostro. Tiembla. Se marea. Está segura de que se trata del mismo hombre con el que se topó en la barraca de Herminia el día que la encontró ahorcada.

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«Espero que mi hijo esté bien», piensa Mireia, atrapada en el sepulcro

en el que los adláteres de la Condesa la han encerrado. Su cuerpo se manifiesta grávido a pesar de que no ha comido en muchas horas. Su alma anda extraviada aun cuando una cuerda la retiene por las muñecas. Su mente es un terremoto aunque el cansancio la venza por momentos. El pequeño Josep protagoniza parte de sus miedos y remordimientos. Se pregunta qué será del crío si la matan. Su instinto de protección se pelea con el de rendición y se hieren mutuamente. Tan pronto como su cordura pende de un hilo, una certeza la calma: Pilar cuidará de su hijo pase lo que pase.

Mireia recurre al recuerdo de otra persona a modo de alivio. Se trata de Cristóbal, el que fue su tutor entre los catorce y los dieciocho años. Vicenç, su padre, encargó la educación de Mireia al profesor con una clara intención: tenía que instruirla para que brillara en las reuniones sociales, pero también debía darle clases de literatura, pues el mismo Vicenç era un ávido lector y quería compartir la afición con su hija.

Cristóbal, alto y de proporciones hercúleas, situado en la plenitud de la veintena, de facciones marcadas y masculinas y de carácter afable revestido de maneras sensibles y consideradas, era propenso a citar a los filósofos. Mireia, víctima de su propia curiosidad y ansiosa por agradar a tan apuesto instructor, preguntaba con frecuencia por los pensadores que habían formulado aquellas reflexiones. Los días avanzaban y la filosofía, la historia del arte o la historia universal tomaban el control de las lecciones.

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Cabe decir que Vicenç desconocía las tendencias revolucionarias de Cristóbal. El tutor militaba en varios sindicatos e incluso tonteaba con los grupos de acción, y vio en Mireia la oportunidad de adoctrinar a una hija de la burguesía. Decidió hablarle de los pensadores que habían fundamentado las principales teorías obreras: Marx, Bakunin, Malatesta. Mireia escuchaba con atención y empatía y analizaba aquellas ideas que debían construir un mundo más igualitario. Tomó conciencia de los privilegios que disfrutaba por su condición y, a la vez, se enfadó consigo misma: Cristóbal había vivido una infancia llena de penalidades debido a su origen extremadamente humilde. El azar le brindó la oportunidad de estudiar y, por aquel entonces, malvivía de las clases que impartía. Por todo ello, se veía en la obligación de luchar por una sociedad más justa. ¿Qué motivos tenía ella?

Por momentos se consideraba una revolucionaria; en otras ocasiones, la primera gran escritora que agitaba el panorama literario, y cuando se sometía a sus ensoñaciones, menospreciaba las barreras que se iba a encontrar en la vida por el hecho de ser mujer. Quizá por eso, y después de que Cristóbal y ella se besaran por primera vez, el profesor se convirtió en su principal objetivo. Sus labios se cruzaron una mañana como otra en la que Mireia ya tenía diecisiete años y acudía a clase con un deseo tan inocente como salvaje. Llevados por el fervor de una discusión, ella se le acercó más de la cuenta y le besó, en parte imbuida por un arrebato de pasión, en parte para que se callara.

De esta manera se inició un periodo de escarceos físicos que subieron de tono con el paso de los días. Sin comerlo ni beberlo, se convirtieron en amantes convencidos, y Cristóbal se entregó a la pasión de aquella chiquilla de pelo azabache que desprendía carisma e inteligencia por los cuatro costados. Mireia llegó a la mayoría de edad, Vicenç prescindió de los servicios del profesor y, a pesar de que los tortolitos continuaron viéndose durante un tiempo, él se prendó de una revolucionaria que conoció en el Ateneo Obrero de Sant Andreu y desapareció de la vida de su antigua alumna de la noche a la mañana. Con el corazón roto y tan enamorada que no dejaba pasar un día sin llorar por su amor perdido, Mireia se relacionó con otros jóvenes de su misma edad. Ninguno le llegaba a la suela del zapato a Cristóbal. Con el paso del tiempo, ella comprendió al fin que su mentor se había aprovechado de una niña que idolatraba su figura y lo que representaba, que el hombre había abusado de

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su poder cada vez que había traspasado la barrera que debe existir entre profesor y alumna. Mireia piensa que lleva toda la vida repitiendo la misma historia.

Los meses se sucedieron, su padre le pidió que se casara con Josep y ella pasó por el altar deprimida, resignada y sin confianza en sí misma. ¿Qué más daba? Su destino consistía en convertirse en la sombra de un hombre, lo amara o no. Vicenç murió, su madre volvió a Cuba y Mireia se quedó sola con una familia política cuya matriarca, doña Teresa, era una mujer fría y distante con su progenie, pero brillante y cálida en los eventos sociales, y cuya hija menor, la que debería ser una aliada, vivía cual fantasma, sin deseos ni brío. Acudió a fiestas y eventos que carecían de un lugar para ella, hasta que una tarde, aburrida y harta de escuchar las mismas monsergas, defendió ciertos postulados anarquistas que conocía bien. Aquel fue un atrevimiento que, dada su gracia y su inteligencia, y la capacidad de atraer a los hombres a su punto de vista sin mermar el ego varonil, cayó en gracia.

Las infidelidades de Josep eran la comidilla de las fiestas y los gabinetes, y Mireia, lejos de actuar airada, observó, conversó con él e intentó caminar con sus zapatos para comprenderlo mejor. Descubrió a un hombre de sensibilidad inesperada que emergía detrás de una hombría tosca y desdeñada, un empresario acomplejado por la sombra de un padre déspota y calculador que lo veía más como una amenaza que como un relevo, un joven acorralado por las exigencias de un mundo que esperaba lo imposible de él. Sé recto, fiel, trabajador, triunfador, varonil, exitoso con las mujeres y devoto. Así empezó todo. Tardaron en tener hijos porque él no quería soportar más cargas, y a ella todo le parecía bien porque se sentía protegida y valorada.

Hasta aquí la historia con final feliz que Mireia se contó a sí misma durante años, un relato en el que ella había conseguido cuanto se había propuesto. En este momento, encerrada sin luz ni esperanza, temiendo por su vida y, sobre todo, por el devenir de su hijo, repasa los acontecimientos más importantes de su existencia y se da cuenta de que se ha olvidado de aquella niña que iba a agitar el panorama literario para impresionar a su padre y de aquella revolucionaria que deseaba encarnar para enamorar a Cristóbal. Se ha olvidado de sí misma hasta tal extremo que ni siquiera recuerda ya las máscaras que se puso en el pasado para gustar a los demás. Cuando murió Josep, finalmente abrazó la causa feminista, la que le

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pertenece por género y por época, y, tras unos años, siente una gran impotencia porque no ve el modo de alcanzar una justicia real para las mujeres. No soporta tanta resistencia al cambio. ¿Tan estúpidos son cuantos la rodean? ¿Qué más puede hacer para convencerlos? ¿Quizá defiende ideas demasiado avanzadas para su tiempo?

Y piensa, y piensa, y piensa, es lo único que puede hacer en este encierro, y sigue sin entender cómo se sostiene una sociedad que hace aguas y que retiene los cauces de sus injusticias con parches de dudosa moralidad. Sin más, comprende que se ha emperrado en controlar la Puig & Mckey por los motivos equivocados. Si no sale con los pies por delante de esta cárcel improvisada, tendrá que dejar a Manel para evitar que la historia se repita, pues, por mucho que lo ame, su espíritu inconformista ha tomado el control de una vez por todas.

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El pecho de Eugeni es una bomba a punto de explosionar. Su corazón

está fuera de control. No hay consuelo que desactive el mejunje de emociones inflamables que se encuentran al borde de prender en su interior. El difícil equilibrio con el que ha jugado durante los últimos años acaba de estallar por los aires. Ha perdido cuanto le importa. Mejor dicho, tiene que escoger. Y no puede. La culpa la tiene la señora Puig. La metomentodo de la señora Puig. ¿Cuántas veces ha pedido permiso a la Condesa para que le deje eliminarla? La noble le profesa lealtad a un viejo carcamal y por eso la mantiene con vida. Eugeni respira con dificultad. Ve ligeramente borroso. Decida lo que decida, la vida que ha conocido hasta el momento termina hoy.

El inesperado incidente ha tenido lugar en un día apenas concurrido para lo que suele ser habitual en la sede de Unión Radio Barcelona. Cuando Pilar ha entrado en la cabina de control, Eugeni no ha advertido su presencia porque se hallaba de espaldas en un rincón de la estancia. Trataba de solucionar una molesta interferencia producida entre la conexión del estudio y el sistema de broadcasting. En un momento dado, se ha topado cara a cara con ella. Han bastado milésimas de segundo para que el músico contemplara varios escenarios, entre los que se encontraba la opción de huir a la carrera con la esperanza de que la señora Puig no lo hubiera reconocido. Sin embargo, la mirada de la mujer la ha delatado. No le quedaba otra opción, ha apagado las luces de la cabina y del estudio y ha dejado a Pilar y a Albert inconscientes de un golpe. Marta ha corrido la

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misma suerte cuando ha acudido al control para preguntar por qué estaban a oscuras.

Eugeni se encuentra en este preciso instante en un extremo del estudio, sentado en una silla con el cuerpo doblado hacia delante, los codos sobre las rodillas y la frente apoyada en la corredora de la pistola que sostiene con la mano derecha. Las lágrimas aparecen tímidas e inconstantes por sus ojos, que permanecen cerrados como si la oscuridad pudiera liberarlo del dilema. Pilar y Albert siguen tumbados e inconscientes en el suelo y están esposados cada uno a una de las patas del piano de cola que tantas sinfonías y cuplés ha interpretado en antena. Eugeni abre los ojos y los observa con rabia e impotencia. ¿Qué va a hacer con Marta? Ella sigue aturdida. La ha atado de pies y manos y la ha sentado en una silla colocada en medio del estudio, con la espalda apoyada en el respaldo. Una soga le rodea el cuello, sube hasta el techo, donde se desliza por el anclaje de un gancho de carga, y termina a los pies de Eugeni. Si quisiera matarla, tan solo debería tirar de la cuerda y levantar a la locutora a peso hasta que sus pies quedaran a unos pocos centímetros del suelo.

En el lapso de tiempo transcurrido entre que ha apagado la luz y ha montado la escena, Eugeni ha llamado a la Condesa para explicarle la situación y recibir órdenes. La mujer ha sido clara: «Deshazte de Marta y del técnico, deja a Pilar sin conocimiento al lado de los cadáveres y luego huye de la ciudad». Como buen secuaz, como hombre devoto de la benefactora a la que debe tanto, ha seguido las instrucciones a pies juntillas. Todas menos una. Es el momento de asesinarla, de terminar con aquello que más quiere en la vida. No puede. No quiere. La ama demasiado. Para qué vivir si ella muere. Jamás pensó que una mujer pudiera despertarle un sentimiento tan profundo, tan genuino, una especie de energía que recorre su cuerpo y lo sacude cada vez que la mira, que la desnuda, que la embiste o que la abraza. Hasta que la conoció, pensaba que su verdadero amor era la música, pero la vida le desenmascaró una cruda realidad: para él ya no hay notas sin el rostro de Marta ni melodías sin sus curvas. No se trata solo de su cuerpo. La propia esencia de su amada es la clave que marca el tono de su felicidad.

Pilar, dolorida y desorientada, recobra el conocimiento a duras penas. Escucha gemidos a lo lejos. Está esposada al piano. No puede levantarse. Entonces recuerda lo sucedido en la cabina y advierte un rastro de sangre en su semblante. «Consecuencia del golpe que me ha dado», piensa.

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Entreabre los ojos y toma conciencia del drama: el dueño de los sollozos es el malnacido del asesino. Vislumbra la silueta de Marta, que está sentada de espaldas a ella. Tiene una soga alrededor del cuello. ¿La ha matado y la ha descolgado? Quiere vomitar. ¿Va a ser ella la siguiente? Reza por su alma y por la de Marta. No soporta la idea de que haya muerto.

—¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! —grita el asesino.

Otra arcada aflora por la garganta de Pilar y se convierte en una tos nerviosa que llama la atención del criminal. Este advierte que la señora Puig ha despertado y se levanta para arrearle otro golpe.

—¿Eres Eugeni? —pregunta la mujer con la esperanza de que se detenga para responder.

—Sí —dice él al tiempo que contiene la agresión.

—La has… ¿la has matado?

Eugeni se gira hacia Marta y, acto seguido, contesta negando con la cabeza. «Gracias a Dios. Todavía hay esperanza», piensa Pilar, sorprendida por la fuerza que la invade súbitamente. La señora Puig ha sufrido lo indecible en los últimos años. La señora Puig tiene derecho a vivir su vida. La señora Puig no va a rendirse.

El asesino gruñe palabras ininteligibles y se dispone a golpearla de nuevo.

—¡Espera! ¡Hablemos! —implora Pilar.

—Déjeme en paz, ¿me oye? —El asesino alza la pistola y quita el seguro—. O se calla de una vez o le meto una bala en la frente, ¿lo entiende?

—¡Eugeni! —grita Marta, desconsolada—. ¡No le hagas daño!

La locutora se incorpora y gime como si con un sonido gutural pudiera liberar parte de la rabia que limita su capacidad de pensar con claridad. Apenas hace unos segundos que ha vuelto en sí y que ha notado la soga alrededor del cuello. Le duele mucho la cabeza. Tiene los pies y las manos anudados, solo una escapista podría huir en estas condiciones. Si se levanta, lo más probable es que no avance ni dos pasos. ¿Está soñando? Parece que Eugeni trabaja para los cabrones que han hecho tanto daño. El bueno y gentil de su marido… Sabía que casarse con él era un error. Desoyó su instinto. Siempre tuvo la impresión de que él escondía un secreto, o una vergüenza, mas nunca imaginó que se tratara de tan alta traición hacia su esposa.

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—¡Cariño, lo siento! —dice él con un tono amable mientras se dispone a acariciar a su mujer.

—¡No me toques! —espeta Marta cuando nota los dedos de su marido sobre el hombro.

Eugeni se agacha y se apoya en las rodillas de ella, quien aparta la mirada con la cara mojada por las lágrimas.

—Perdóname, por favor, no quería llegar a esto, te lo juro —balbucea él al tiempo que le besa las manos.

—Me siento una estúpida, ¡no me lo puedo creer! ¡He caído en la misma trampa que yo misma he preparado tantas veces! —grita a la vez que rechaza los labios de Eugeni con espasmos. Siente un fuerte dolor de cabeza, provocado por el golpe que su marido le ha propinado para dejarla aturdida—. ¿Todo ha sido una mentira? Dime, ¿por cuánto me has vendido? ¿Qué informaciones les has proporcionado sobre mí que fueran tan importantes?

Él se levanta confuso y contrariado, con la atención puesta en su pistola.

—No es lo que parece.

—¿Qué no es lo que parece? —Marta, enajenada, escupe su dolor a voz en grito—. ¿Acaso no vas a matarme? ¿Acaso no tengo una maldita soga alrededor del cuello? ¿Hay algo de lo que me has contado que sea verdad?

Eugeni, cabizbajo, se sienta en el suelo con la pistola a medio levantar. Pilar, desde el rincón, aprovecha que el hombre está distraído para buscar la manera de desatarse. También reza, nunca está de más.

—Dime, ¿qué es mentira y qué es verdad en esta ciudad? Tú misma has trabajado como espía, tú misma has jodido la vida de un montón de personas. Si me odias cuando me miras es porque te encuentras delante de un espejo.

—Yo no he matado a nadie con mis manos —asegura Marta mientras se dice por enésima vez que lo de Claudi fue un accidente. Después de todo, Eugeni conocía su pasado.

—Me acabas de preguntar por la verdad, ¿no? Pues te voy a contar toda la verdad, desde el principio. Mi historia es la de un huérfano que abandonó Zaragoza porque también murió el lutier que lo había apadrinado.

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A Marta le importan un bledo las motivaciones o los pesares de un asesino, sobre todo si los utiliza para dar pena. Él le produce más asco a cada palabra que articula; ahora bien, necesita tiempo para encontrar la manera de liberarse o para barruntar el modo de manipularlo.

—Cuando él se fue, ya nada me quedaba en mi ciudad, así que me mudé a Barcelona —continúa él—. Aquí malviví como pude, dormí en la calle y trabajé en lo que se terciaba, hasta que me convertí en el chico de los recados de un burdel del Distrito V. Una tarde de esas en las que apenas hay clientes, me senté ante el piano que había en el salón principal y me dejé llevar por la música. Quiso la casualidad que la Condesa me escuchara. Me preguntó si estaba dispuesto a hacer lo que fuera para prosperar, le respondí que sí, y ella me llevó a un piso en el que vivían otros muchachos como yo.

Pilar asiente. Mireia tenía razón, parece que la Condesa anda detrás de todo. No soporta escuchar cómo ese hombre se vanagloria de su pasado. «Da igual, que hable mientras se obra el milagro que nos va a sacar de aquí con vida», piensa.

Eugeni se levanta y ahora camina nerviosamente mientras sigue con su perorata:

—Ella me dio una vida, me abrió las puertas del mundo de la música. Gracias a doña Carme, he tocado en bandas y en orquestas, y también entré en la radio. Mis instrumentos han sido la coartada perfecta para colarme en fiestas y en hoteles donde he tenido que mancharme las manos de sangre para devolverle sus favores. La señora Puig sabe de lo que hablo. —Eugeni la mira con sarcasmo y Pilar recuerda el cuerpo inerte de Herminia—. Es el precio que he tenido que pagar para prosperar en una ciudad como esta.

«¿Un precio que pagar? ¿A eso reduces la vida de una mujer?», piensa Pilar. Desearía decírselo a la cara, una idea que, de llevarla a cabo, se volvería en contra suya.

—Hace unos años me pidió que me acercara a ti —prosigue Eugeni— y que estableciera contigo una amistad, o un romance, lo que necesitara para sacarte información sobre Claudi Guitart. —Eugeni suaviza todavía más el tono. Sabe que se aproxima a terrenos pantanosos—. Fue la época en la que trabajabas para él, cuando el muy capullo intentaba abarcar la herencia de Kohen y los negocios ilícitos de don Julià. —Pilar se sobresalta, la peor de las confirmaciones acaba de llegar. Su padre, ¿qué

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otros negocios gestionaba?—. El traje le venía muy grande a Claudi, por eso la Condesa buscaba vías para domarlo. Tú, mi amor, eras la mejor manera de llegar hasta él. Cuando te vi salir por primera vez de tu portal, me di cuenta de que eras la mujer maravillosa que había conocido en las escaleras del Ritz. —El brillo en los ojos de Eugeni evidencia que recuerda el momento con cariño—. Luego Claudi se fue a Argentina y doña Carme me pidió que siguiera a tu lado porque te habías hecho amiga de Pilar y de Mireia. Eras una fuente de información valiosa. Cumplí con mi misión hasta que me enamoré perdidamente de ti.

Marta lo mira con un rencor que creyó extinto en su vida; lo único que desea es levantarse de la silla y volarle los sesos a Eugeni.

—Te quiero tanto que he llegado a hacer locuras para protegerte. Si yo te contara… La Condesa me ha pedido mil veces que te matara, y siempre te he defendido. Pensaba que lo nuestro podía funcionar, que podría llevar una doble vida. Eres mi mujer, nos casamos, deberías apoyarme. — Desesperado, se detiene en busca de argumentos irrefutables—. Incluso he arrancado las hojas de tu maldita libreta para que no las descubra alguno de los compañeros que te siguen sin que yo lo sepa.

—No, si aquí —le interrumpe—, atada y a punto de morir, voy a tener que darte las gracias.

—Entiendo que estés enfadada. —Eugeni vuelve a agacharse ante Marta. Esta vez apoya las manos en los muslos de su mujer y prosigue la perorata en tono de súplica—: Por favor, perdóname. Sí, mira, haremos los siguiente: matamos a Pilar y la dejamos aquí, y luego huimos muy lejos. A Estados Unidos. O a Argentina. —Marta llora. No puede creer que se casara con este loco que parece incapaz de comprender el dolor que sus crímenes han causado y que usa el amor como salvoconducto—. Y allí empezamos desde cero, tú y yo, libres de las cargas que arrastramos, libres de nuestros pecados. ¿Qué me dices? Creo que es una buena idea, ¿no?

Pilar desiste, no consigue liberarse ni con maña ni con fuerza bruta. Se siente indefensa. Mira a Albert, el otro técnico. Todavía está inconsciente.

—Dime, ¿te irás conmigo? ¿Eh? —El mundo de Marta gira demasiado deprisa como para articular palabra—. Ya te lo dije, que si alguna vez llegabas a verme como a un monstruo, tenías que recordar el amor que te he entregado estos años. Me lo prometiste. Por favor, déjame hacer las cosas bien por una vez, dime que sí y esto se acabará.

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—¿Quieres hacer el favor de dejarla en paz? —estalla Pilar—. Pero ¿quién te crees que eres para tratarla así? No eres más que un pelanas con el sentido de la moral de un cerdo. Si quieres hacer las cosas bien, libéranos y entrégate a la policía. No te mereces ser feliz.

Eugeni se levanta y apunta a Pilar con el cañón de su pistola mientras se le acerca.

—¡Cállese! ¡Todo esto es culpa suya! —Pilar nota en su rostro los esputos que salen de la boca del asesino—. ¡Si se hubiera quedado en casa como Dios manda, con sus hijas, y sin tocar los cojones, no estaríamos aquí! ¿Que quién me creo? ¿Quién se cree que es usted? No tiene ni idea de lo que ha jodido a doña Carme. Ya está. —Vuelve a quitar el seguro de la pistola—. A la mierda la señora Puig.

—No, ¡no lo hagas! —grita Marta.

—¡Se lo merece! Ya me inventaré una excusa ante la Condesa.

—Si la matas, me perderás para siempre. No podré volver a mirarte a la cara —asegura Marta con firmeza.

Pilar reza porque sus vidas dependen de un asesino que está fuera de control. Eugeni, con la furia más histérica que ha experimentado, mantiene el cañón de la pistola apuntando a la señora Puig y, acto seguido, dirige el arma hacia Marta. Mira a una y a otra, dubitativo. Tiene sed de sangre, odia a Pilar, la quiere en el hoyo. No podría ahorcar a su mujer, lo sabe de sobra, es el límite de su escuálida moral. ¿Qué le hará la Condesa si no lo hace? O mata a Marta o todos perecerán. No, todos no. Doña Carme salvará a la señora Puig pase lo que pase.

—¿Me has oído? —insiste Marta—. Si le tocas un pelo a Pilar, me perderás para siempre.

Eugeni, atrapado, llora desconsoladamente. Entonces, el asesino dirige el cañón de la pistola hacia su propia sien con la clara intención de apretar el gatillo. No ve otra salida. Pese a que Pilar desea que el tipo se vuele los sesos, su testimonio es la única prueba que tienen para denunciar a la condesa de Vallespir.

—¡No lo hagas, espera! —grita Marta, que ha pensado lo mismo que Pilar.

—Esa tiene razón, no me merezco ser feliz —balbucea él—. Acabaré con esto ahora mismo.

—Por favor, no, Eugeni, escúchame. —Marta busca las palabras adecuadas para que su marido entre en razón—. No dispares. Haremos lo

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siguiente —asiente para convencerse a sí misma de que lo va a conseguir —: me vas a liberar y nos vamos a ir de aquí, juntos. Dejaremos a Pilar atada, y ya mañana la encontrarán los técnicos. Mientras tanto, tú y yo ya habremos huido.

El asesino desea acabar con todo, deshacerse de la tensión con la que ha vivido los últimos años, que sus pecados terminen junto con su vida. Marta y Pilar le suplican que se calme, y él mira por última vez al amor de su vida con la mayor teatralidad posible. Luego cierra los ojos y ordena a su dedo que termine el recorrido del gatillo que lo liberará para siempre. Las dos mujeres apartan la mirada y esperan el estallido del disparo.

Otro ruido las sorprende, uno inesperado. Aunque Eugeni se desploma en el suelo, no es a causa de una bala. Una silla se ha estrellado contra su cogote y lo ha dejado inconsciente. Pilar alza la vista y ve cómo Gustavo aparta la pistola de Eugeni de una patada, saca unas esposas de la americana y se las coloca al músico. La señora Puig abre la boca. Gustavo es su milagro.

—¿Estáis bien? —pregunta el inspector mientras cierra el pasador de los grilletes.

—Sí, eso creo. Por Dios, jamás me había alegrado tanto de verte. Pero ¿cómo…?

—Hace un buen rato que os espero abajo, Pilar —responde él mientras se incorpora—. Hace un frío que te mueres. —Sonríe—. Bueno, quizá no es la expresión más oportuna. El caso es que me ha extrañado que tardaras tanto, y he decidido subir.

—¡Suerte que eres un impaciente!

—Lo soy —responde con una sonrisa—. Aquí arriba me he encontrado la puerta de la cabina abierta, me he asomado y he visto la situación a través del cristal. —Gustavo le quita la soga del cuello a Marta—. Y, bueno, el resto lo habéis visto con vuestros propios ojos. No os preocupéis por él, a este no nos lo matan en una celda como a Carmina. —El policía desata a la locutora—. Lo interrogaré primero en un lugar más discreto hasta que me diga todo lo que necesitamos saber.

—Pues qué suerte hemos tenido —dice Albert, que lleva despierto un rato, pero que ha preferido hacerse el aturdido.

Gustavo libera a Pilar y la ayuda a levantarse. Una vez de pie, se encuentra rodeada por los brazos del inspector, lo mira fijamente y lo besa

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en un gesto de pasión de los que tanto ha temido en el pasado y que ahora desata con valentía.

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6 de diciembre de 1929

Algunos ecos del pasado rodean a Pilar y a Gustavo: la tartana de un

cartonero que avanza entorpecida por las cicatrices acumuladas durante tantos años de arduo trabajo, una vendedora de huevos a domicilio que escenifica su indignación ante las quejas de una clienta y una granja que todavía cría vacas en la trastienda para luego vender la nata y otros derivados de la leche; unas realidades que parecen marchitas cuando se cruzan con los automóviles, con los comercios de útiles elaborados en cadenas de producción y con una ciudad que se ha rendido a la electricidad.

Gustavo ha recogido a Pilar para acompañarla hasta el hospital y, a pesar del viento gélido que atiza las calles, han decidido realizar el trayecto a pie. El inspector quiere mostrar su apoyo a la señora Puig en tan delicado momento. Además, se encuentra en condiciones de revelarle lo que ha descubierto a raíz de la detención de Eugeni o, mejor dicho, en las horas que se tomó para interrogarlo, desde que lo esposó hasta que lo llevó a comisaría, cuyo resultado ha podido corroborar con más o menos pericia. Son averiguaciones sensibles para la mujer, revelaciones que cambiarán para siempre la opinión que le merecen ciertas personas. Huelga decir que Pilar está preparada para recibir el jarro de agua fría.

—Podríamos haber quedado en un lugar más tranquilo —dice Gustavo a modo de preámbulo. La bufanda mal colocada, el abrigo desgastado por tantos días de servicio y su sonrisa descarada son detalles que Pilar encuentra ahora irresistibles—. De hecho, quería llevarte al café Royal, donde nos conocimos.

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—No hay lugar mejor que la calle para descubrir la verdad —le responde ella con ternura—. Me ha costado mucho entenderlo.

El semblante de Gustavo se torna serio. Ha llegado el momento. Los ojos de Pilar le piden que se deje de prolegómenos y que vaya al grano.

—Tu padre y la Condesa eran amantes —afirma—. Lo han sido durante más de cuarenta años.

Carme Huguet, que en aquel instante no podía llegar a imaginarse que se convertiría en la condesa de Vallespir, miraba por la ventana mientras se cubría el cuerpo semidesnudo con una sábana. Con veintisiete años recién cumplidos, la restauración borbónica en proceso de consolidación y Alfonso XII todavía con vida, consideraba que la estabilidad se acercaba a la política española y que, al mismo tiempo, se alejaba de su vida. Aquella noche había compartido cama con un joven Julià Puig, siete años menor que ella, que dormía a su lado en cueros. La mañana traía consigo los estertores de un romance ardiente e irracional que ella jamás terminaría de olvidar, pues él era el único respiro sincero y puro que la vida le permitía tomarse. Con la mirada perdida en las nubes del cielo barcelonés, la mujer no tenía más remedio que claudicar ante la realidad: su historia no tenía futuro. Ella no era un buen partido y, si su diferencia de edad llegara a ser de dominio público, el escándalo los defenestraría a los dos. Mejor dicho, terminaría con la reputación de ella. Así, aquel 20 de marzo de 1884, día en el que el padre de Julià obligaría al chico a casarse con Teresa para apartarlo de la hija de los Huguet y, también, para que su hijo recibiera una generosa dote, el patriarca de los Puig ponía fin a una pasión cuyos protagonistas no supieron extinguir por sí mismos.

Más de un año después, Carme miraba por otra ventana, enfundada en un vestido de novia, cuando una sirvienta irrumpió en sus aposentos para informarla de que Alfonso XII había muerto sin dejar un heredero al trono, pues la reina regente todavía no había dado a luz al que se convertiría en su sucesor. Carme temía por el futuro del país y, a la vez, se sentía a salvo de los posibles infortunios venideros, ya que estaba a punto de convertirse en la condesa de Vallespir. Tras el final de su affaire con don Julià, aceptó que se alejaba de la edad de merecer. Por eso encandiló a don Llorenç Vallespir, un hombre diez años mayor que ella que había enviudado y que no tenía descendencia, con el convencimiento de que, si lo pescaba, se

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aseguraba un buen provenir. Además, adquiría un título nobiliario del que alardear en los cafés. Hija de una familia con apellido ilustre, aunque en la ruina, «aparentar» y «sobrevivir» fueron los dos verbos que guiaron su camino hasta la puerta de la iglesia donde se desposó con el Conde.

Mientras avanzaba hacia el altar segura de su decisión, no podía imaginarse que tardaría dos años en darle un heredero al Conde, un bebé que nacería sano y fuerte y que se llamaría Ildefons. Tampoco sospechaba que, siete años después, contemplaría la calle a través de la ventana del salón del palacete de su marido con el corazón en un puño, consciente de que terminaba la vida de opulencia que había conocido tras la boda. El Conde se había visto obligado a vender el inmueble y, con tan desesperada medida, había revelado a doña Carme su nefasta situación económica. Don Llorenç Vallespir, heredero de un supuesto patrimonio extenso que sus antepasados habían diezmado durante el siglo anterior en una vida de excesos y en las guerras carlistas, pero que seguía intacto de cara a la galería, no resultó ser la fuente de riquezas que la Condesa había esperado. Con la mitad de las joyas y los cuadros en venta, y la otra mitad preparada para su traslado al nuevo domicilio, un piso más pequeño y sombrío que el palacete, doña Carme se asombró de las malas decisiones que había tomado mientras corría las cortinas de la ventana en cuestión por última vez. Comprendió entonces que debía recurrir a la picaresca para fraguarle un futuro a Ildefons.

Las semanas pasaron y el matrimonio dejó de hablarse: la vergüenza de él y la angustia de ella impedían un acercamiento. Con la voluntad de huir de sus preocupaciones, la Condesa se centró en mantener las apariencias en sus círculos sociales. Famosa por ser una celestina de la clase alta, amante de emparejar a posibles tortolitos para que vivieran la vida que ella no había podido disfrutar, doña Carme empezó a cobrar por sus servicios. Puso en contacto a amores no consumados debido a la timidez de los amantes y les consiguió espacios donde dar rienda suelta a la pasión. Emparejó a mujeres casaderas poco agraciadas. Convenció a los padres de enamorados furtivos que no hubieran dado su bendición a la pareja sin la mano de doña Carme. Encontró las amantes perfectas para señores aburridos de sus esposas. Con el curso de los meses, se dio cuenta de que algunos hombres pagaban más dinero por el sexo que por el amor, y la dulce alcahueta se transformó en una madama de mujeres de precio elevado y modales refinados.

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1894 llegó dos años después de que la Condesa abandonara el palacete. Una tarde de mayo, la mujer se hallaba en el rellano del segundo piso de un edificio situado en la calle Conde del Asalto. La vía en cuestión cruzaba el Paralelo, una avenida en la que emergían los primeros teatros y cabarets que maridaban a la perfección con las casas de comidas y los prostíbulos del Distrito V. Doña Carme se disponía a inspeccionar los dos pisos que don Julià Puig, convertido ya en un hombre respetado por la sociedad barcelonesa, le había regalado para que ampliara su negocio. Tras la quiebra de los Vallespir, ella se había lanzado a los brazos de su antiguo amante. Habían retomado un idilio que, de nuevo, mantenían en secreto, una relación que se prolongaría hasta que él quedara senil y postrado en una cama. Conscientes de que el destino no les había deparado el altar, reservaban las palabras de amor para el lecho que compartían una vez a la semana y se las negaban a sus respectivos cónyuges. Así, la Condesa estableció su primer burdel en los dos pisos que don Julià le había proporcionado, un templo del placer en el centro de la Sodoma y Gomorra barcelonesa, donde recibiría a clientes de todo tipo.

La condesa de Vallespir necesitó algo más de un lustro para convertirse en la dueña de varios prostíbulos, que dirigía a través de intermediarios, y de varios cabarets cuyos escenarios eran un escaparate para las profesionales de la carne. El nuevo siglo despuntaba y, el día de la coronación de Alfonso XIII, los generosos beneficios que doña Carme percibía de sus empresas le permitían ya vivir entre lujos y garantizaban la mejor educación para Ildefons. Su relación con el Conde mejoró, pues él se mantenía ocupado con la caza y las carreras de galgos y no preguntaba de dónde procedían los billetes gracias a los que se daba más de un capricho. Y es que, en su estamento, hablar de dinero se consideraba de mala educación. Además, la Condesa le procuraba amantes con pedigrí, así que el hombre no podía pedir más.

Doña Carme comerciaba con el cuerpo de otras mujeres y no veía ningún mal en sus acciones. Moralmente, se situaba por encima de sus competidores porque se preocupaba por las condiciones y la salud de sus chicas. Usaba su don de gentes y la influencia que don Julià le

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proporcionaba como su principal capital de expansión. Uno de sus locales más conocidos, el Cafè Concert Terra Alta, reunía a empresarios, a políticos y a militares relevantes que se corrían juergas con el propio señor Puig y a los que él mismo había puesto en contacto con los servicios que la Condesa ofrecía. Allí, el padre de Josep aprovechaba para expandir su negocio ilegal de armas, con el que se estaba haciendo de oro. El local obtuvo tanto renombre que incluso llegó a albergar la proyección de una de las películas pornográficas producidas por el rey Alfonso XIII, con el monarca presente en la sala. Tras el telón de la abundancia y la lujuria se escondía su hijo Ildefons, un niño sensible y pasional que vivía ajeno a los negocios de la madre y al que ella quería incluso más que a Julià. Quizá lo amaba más que a sí misma.

1907 llegaba a su ecuador cuando la Condesa escuchó el apellido Kohen por primera vez. Aunque el mafioso era un don nadie por aquel entonces, pronto adquirió relevancia en el tablero barcelonés. Huelga decir que doña Carme fue una víctima más de sus chantajes; sin embargo, ella consiguió dar la vuelta a la situación y lo convirtió en un socio preferente: lo hizo partícipe de sus contactos, de su experiencia y de parte de sus beneficios. A cambio, Kohen la dejaba en paz y le proporcionaba matones y más recursos para crecer. La década de 1910 empezó con grandes episodios violentos a pie de calle; algunos empresarios se presionaban entre sí a través de matones y algunos anarquistas volvían a reivindicar sus ideales por la fuerza. La seguridad era una prioridad indiscutible y, por si Kohen decidía volverse en su contra, doña Carme reclutó a sus propios hombres. Con el tiempo, encontró a chicos como Eugeni, a quienes salvó de las calles y manipuló para que se sintieran con una deuda eterna e impagable. Uno de sus fichajes estrella de aquellos tiempos fue Carmina, que terminó convirtiéndose en su mano derecha, en una de las proxenetas de mujeres como Herminia y en un instrumento para controlar a don Llorenç tras consolidarse como la amante principal y más querida del Conde. Tal fue su relevancia en la organización, que la Condesa la obligó a cambiarse el nombre, de Carmen a Carmina, para que no las confundieran.

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El mayordomo entró en los aposentos de la condesa de Vallespir, mientras la mujer leía sobre la muerte del archiduque Francisco Fernando de Austria en la edición de La Vanguardia del 29 de junio de 1914. El sirviente se mantuvo unos segundos en silencio, no sabía cómo decirle a doña Carme que Ildefons, que había cumplido ya los veintiséis años, y su nuera, de la misma edad, habían sufrido un accidente provocado por los pistoleros de un empresario rival. Todo comenzó cuando el dueño de varios burdeles de poca monta se propuso subir de categoría y desafió el poder de la Condesa. Para frenarle los pies, doña Carme mandó quemar uno de los locales de su adversario y este, a su vez, quiso devolvérselo con un susto amenazador. Por eso atacó el coche que transportaba a Ildefons y a su esposa, un atentado que debía quedar en solo dos o tres balas incrustadas en la carrocería del automóvil y que terminó con el vehículo volcado y la mujer muerta. Aquella misma noche, Ildefons, un hombre pasional e impulsivo, se ahorcó cegado por el dolor: no soportaba la idea de vivir sin su esposa. La condesa de Vallespir perdió lo que más amaba en el mundo y, a partir de entonces, se hizo cargo de su único nieto, Amadeu, que quedó huérfano a los siete años.

Doña Carme se sentía responsable del atentado y de sus consecuencias: «Si no hubiera quemado aquel local, si hubiera protegido mejor a mi hijo, si aquella noche lo hubiera consolado más…». La Condesa no soportaba aquellos pensamientos, así que apartó la culpa que la desgarraba por dentro y la volcó en sus negocios. Dejó de importarle el estado de las chicas, los excesos de sus clientes o las personas que tuviera que eliminar para asegurarle un imperio a su nieto, el único destinatario de la poca bondad que era capaz de mostrar, al margen de don Julià. Cualquiera que le hiciera sombra era considerado enemigo, y no olvidemos que fue un enemigo quien acabó con la vida de su hijo.

Desbocada, no tuvo piedad con los pistoleros sindicalistas que amenazaban a Amadeu ni tampoco escrúpulos para quitar de en medio a los matones del hampa que luchaban por ganar territorio en el Distrito V. Ordenó las muertes de unos y de otros mientras expandía el negocio con malas artes. Cuando necesitaba más chicas, las mandaba secuestrar, ya nada le importaba. Empezó a chantajear a hijas de familias adineradas con el objeto de ofrecer sus cuerpos a precios desorbitados. Y ahorcaba a las problemáticas. Se dedicó a comprar y a extorsionar a

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directores de diarios y a policías para que le bailaran el agua. El comisario Pérez de Millo fue uno de ellos.

En aquel contexto, y ya en plena expansión de la gripe española, un periodista de nombre Ángel empezó a investigar uno de sus prostíbulos, La Guarida. La Condesa le pidió a Kohen que averiguara si aquel hombre se estaba convirtiendo en una amenaza para sus intereses. El mafioso usó a Marta para llegar hasta Ángel y cuando se cercioró de lo que el tipo había descubierto, lo quitó de en medio, dejando viuda a la pobre Clara. Y es que uno de los escudos de doña Carme consistía en usar como testaferros de sus negocios a subordinados cuyos destinos estaban controlados por ella misma, y Ángel dio con ese hilo del que la prensa podía tirar para destapar su imperio. Sin embargo, nunca recuperaron el documento de compraventa del burdel que el periodista había conseguido.

La condesa de Vallespir observaba a un grupo de obreros a través de la ventana cuando don Julià se lo pidió. La mujer se giró para mirarlo directamente a los ojos y dio la espalda a los tipos que caminaban rumbo a la plaza de toros de Las Arenas, donde se iba a celebrar una asamblea en la que debía declararse el fin de la huelga de La Canadiense. Sin duda, 1919 empezaba tan convulso como lo estaba su propia vida. Doña Carme le aseguró a don Julià que no debía preocuparse por nada y que sus problemas de memoria eran normales, que solo se estaban haciendo mayores. También felicitó al amor de su vida por la decisión que había tomado; sin duda era el momento de que su hijo Josep tomara las riendas de la Puig & Mckey. Y, finalmente, dio su palabra de que jamás haría daño a un miembro de la familia Puig. Don Julià temía que Josep siguiera el rastro de los negocios ilícitos de ambos y que se opusiera a ellos, y la Condesa le prometió que, llegado el caso, encontrarían la manera de lidiar con la situación sin recurrir a la violencia.

Kohen desapareció del mapa cuatro años después y Claudi intentó sustituirlo sin pericia alguna, así que doña Carme lo mantuvo cerca como una especie de vasallo que actuaba a su merced. Un ejemplo lo encontramos en la compra de los terrenos donde se ubican las barracas de Sant Antoni, que estaban a nombre de un don Julià ya senil. Si este moría, podía heredarlos Pilar y, por consiguiente, la Condesa los perdería. Por eso, ella forzó al señor Guitart para que consiguiera la titularidad de los

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solares. Otro ejemplo nos lleva de nuevo al documento de compraventa de La Guarida. Irene había conseguido los papeles en cuestión y se disponía a usarlos como prueba clave en su investigación, por eso la Condesa ordenó que la mataran. Sin embargo, doña Carme tampoco logró recuperarlos, y le pidió a Claudi que los consiguiera. Este ordenó a Marta que se acercara al marido de la difunta periodista y, al cabo de un tiempo, la espía descubrió que Irene los había escondido entre el resto de los documentos legales que Emili tenía en casa sin que él conociera su importancia. Marta los hurtó y se los entregó a Claudi.

La Condesa atacó con pesadez y cansancio los siguientes años. Ya no tenía la energía del pasado, e incluso su rabia había envejecido. La década se fue marchitando y doña Carme se propuso labrar un futuro diferente para Amadeu. Quería ponerlo al frente de la Puig & Mckey porque su imperio andaba en horas bajas, y lo único que la alejaba de su propósito eran Pilar y Mireia, dos mujeres de la familia Puig que prometió no lastimar.

Así llegamos a la noche pasada, horas antes de que Gustavo le cuente a Pilar lo que ha averiguado sobre la vida y los crímenes de la Condesa, cuando esta ya ocupaba una celda mugrienta de la cárcel de la calle Reina Amàlia, o como la llamaban comúnmente, «la cárcel vieja». Atrás quedaba su época dorada, y la mujer, agotada y hundida, intuía que alguno de sus secuaces la había delatado, pero todavía no había podido averiguar cuál. Qué más daba. Mientras sacaba las sábanas de la cama mohosa en la que no pensaba dormir, miraba a través de los barrotes de la ventana con tristeza, pues daba a un callejón sin salida. Incapaz de ver más allá de sus circunstancias, se subió a una silla, anudó un extremo de las sábanas a los barrotes, se enrolló el otro alrededor del cuello y dio un salto que la alejó de su amargura. Ya no le quedaba nada que aparentar.

—En fin, ella ya ha pasado a mejor vida. Y, bueno, Eugeni ha aportado pruebas de la culpabilidad del comisario Pérez de Millo, así que lo han destituido y encarcelado. Todo está yendo muy rápido —dice Gustavo para cerrar el relato que acaba de compartir con la señora Puig.

Pilar, que continúa caminando acompañada por su policía favorito, se agarra el cuello para contener la rabia y la decepción que siente. Ella, abanderada del apellido y del legado familiar, se muere de vergüenza ante

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lo que ha escuchado, y se pregunta si su madre conocía la relación y la colaboración de su padre con la Condesa, si doña Teresa lo escondió o lo tuvo que soportar, si fue cómplice o víctima, si su frialdad no era más que un muro de protección alzado para que no entrara el tormento.

—Mi padre… ¿mi padre comerciaba con armas?

—Eugeni asegura que tu padre dirigía un negocio de importación ilegal de armas, pero no encontramos prueba alguna sobre ese tema. No temas, no pararé hasta darte una respuesta.

—Gra… gracias.

—También debo decirte que fue la Condesa quien filtró las indiscreciones de Mireia. De hecho, supongo que Claudi le dio esa información en vida.

Un grupo de sindicalistas interrumpe la conversación y llama la atención de Pilar. Se manifiestan por un aumento salarial y en contra del Directorio. Hace unos meses no se hubieran atrevido a tomar la calle, pues la represión ejercida contra sus reivindicaciones habría sido dura y feroz. Ahora, en cambio, no tienen miedo de las consecuencias. Un síntoma más del declive de la dictadura de Primo de Rivera. Pilar se pregunta cómo pasará a la historia el incapaz del marqués de Estella. Espera que en el futuro no se le recuerde como un caudillo campechano. «No te fíes de quien ostenta el poder y parece un campechano», piensa.

—Ayer mismo liberamos cinco prostíbulos más. Y tenemos un listado muy extenso. Sé que es duro, Pilar, pero hemos ganado —concluye el inspector.

—¿Y la fotografía que encontraron junto al cadáver de la hermana de Bernat?

—No lo sabemos, deduzco que la hermana de Bernat consiguió esconder la fotografía bajo el vestido justo antes de morir y que esta debió de caer al suelo sin que Eugeni se diera cuenta cuando la asesinó. Él mismo nos ha dicho que Claudi fue cliente de la chica y que ella, desconocedora de la verdad, lo apuntaba como el responsable de la trama. Cómo la chica consiguió la foto, creo que nunca lo sabremos. ¿Quizá la robó en uno de sus encuentros sexuales?

—No entiendo por qué me la dio Herminia, no ha hecho más que liarnos.

—Supongo que necesitaba darte algo para que confiaras en ella y luego te iba a revelar el paradero y la existencia de Carmina. Nunca lo

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sabremos porque nunca llegaste a hablar con ella.

—Perdona que pregunte tantas cosas. Fue… ¿fue Eugeni quien mató a Irene?

—No, fue un compañero suyo, pero podría haber sido él si se lo hubieran ordenado. Por lo que me dijo, Irene había llegado demasiado lejos y la Condesa decidió quitarla de en medio.

—Esa mujer era un monstruo.

Pilar abraza a Gustavo con todas sus fuerzas, desconsolada por conocer una historia tan cruda; tranquila porque, por primera vez en mucho tiempo, se siente a salvo, y eufórica porque por fin conoce la verdad sobre la muerte de Irene. Cuando se separan, Pilar se da cuenta de que se encuentran delante del Hospital Clínic. Gustavo le pregunta si quiere que la acompañe a la habitación, y ella le confirma que puede enfrentarse sola al estado de su cuñada.

—No creo que podamos frenar la publicación de todo lo sucedido durante muchos días más. Y tu padre aparecerá mencionado en los artículos. También su relación con la venta de armas, aunque no haya pruebas.

Ella se encoge de hombros. Él intenta besarla. Pilar lo aparta con la suavidad y la dignidad que la caracterizan.

—No deberíamos besarnos en público, Gustavo.

—Me lo vas a seguir poniendo difícil, ¿eh? No te preocupes por Estrella, creo que no la voy a encontrar nunca. Quizá, simplemente me dejó por otro y yo he estado buscándola en el lugar equivocado. Lo he aceptado, la he olvidado; ahora solo tengo ojos para ti.

Pilar sonríe y le estrecha la mano. El contacto la estremece.

—Nos vemos esta noche en tu casa —le dice antes de entrar en el hospital.

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6 de diciembre de 1929

Tumbada en una cama del Clínic, Mireia intenta que su cuerpo exhausto

se entregue al descanso. Es un tira y afloja constante, pues los ecos del encierro van y vienen de su mente como fuegos artificiales que explotan en el lugar menos apropiado. Por momentos se plantea si continúa aprehendida y si esta habitación es un sueño que la sorprende en cautividad.

La imagen de sí misma tendida entre las tinieblas y muerta de frío, débil por la escasa comida que ha ingerido en los últimos días, abandonada a su destino a la espera de que los adláteres de la Condesa acudan para asesinarla, pervive en su piel aun cuando duerme. Otro suceso, que no sabe si es un recuerdo o una ensoñación, la sobresalta: la puerta de la celda mugrienta se abre y la deslumbra. «Ya está —piensa—, vienen a matarme. Me voy con Josep». Tras esta desconsoladora conclusión, en su mente solo cabe su hijo. «Pilar, por favor, cuida de él», le pide al vacío. Escucha entonces cómo la nombran a lo lejos: «¿Doña Mireia? ¿Está bien?». Ella no responde, no tiene fuerzas, y tampoco considera que las preguntas vayan dirigidas a su persona. Ya no sabe ni quién es. Nota algo en el cuello. ¿Son unos dedos? No lo comprende. «¡Está viva!», grita una voz que parece muy próxima a ella.

—Traed mantas y una camilla lo más rápido posible. Está débil, pero viva —ordena un hombre—. Doña Mireia —prosigue este con dulzura—, soy Gustavo, el policía amigo de su cuñada. Ya ha terminado todo, por favor, aguante un poco más.

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Tras escuchar las palabras del inspector, se abandona a un sueño profundo y sanador que termina en esta habitación de hospital. En estos momentos, al día siguiente de su liberación, después de pasar horas en un estado somnoliento, ora acepta que está a salvo, ora se deja llevar por el recuerdo de su cautiverio. Sigue débil y, a la vez, se siente abrumada por una vitalidad que no concuerda con el desgaste físico y emocional que ha sufrido. Contempla la situación con una claridad imposible de concebir tiempo atrás, y toma decisiones con facilidad. ¿Sigue enajenada por la horrible experiencia o está más cuerda que nunca? No siente tranquilidad. Ni paz. Solo claridad. Una enfermera la acompaña a realizar una llamada que espera que dé sus frutos.

De vuelta a la habitación, Mireia se encuentra a Pilar sentada en una butaca contigua a la cama. La señora Puig suspira al verla, quizá por el alivio que siente al comprobar que su cuñada está viva, quizá porque teme que se vuelvan a pelear.

—Querida —dice Mireia—, no sabes la alegría, qué digo alegría, la felicidad que me nace al verte…

Pilar, emocionada, se levanta y abraza a su cuñada con ímpetu, y esta, a pesar de que agradece la efusividad y el cariño, le pide que no la presione con tanto ahínco porque todavía está débil. Apurada, la señora Puig se aparta y se disculpa. Mireia le pide que la ayude a tumbarse y, cuando lo consigue, Pilar le cuenta lo acaecido desde su desaparición.

—Y aquí estoy, contenta de que todo haya acabado bien —termina con una sonrisa sincera y deslumbrante.

«Qué valiente has sido —piensa Mireia—, pero todavía hay cabos sueltos». Ella sabe que no es el momento de abordarlos.

—¿Quieres contarme tu experiencia? —pregunta Pilar con toda la precaución del mundo—. Quiero decir, si necesitas hablar sobre lo que te ha pasado, podemos dedicarle todo el tiempo que necesites.

Mireia respira profundamente. Se encuentra en un estado extrañamente contradictorio, quizá consecuencia de la medicación.

—Sí, te lo contaré cuando esté preparada. No sé explicarme lo que he sufrido ni a mí misma, así que… En todo caso, ¿has hablado con Marta? ¿Cómo está?

—Ayer por la tarde fui a verla a su casa. Está mal, no te lo voy a negar. Me dijo que no va a volver a confiar en nadie nunca más, que está harta de todo, que su única motivación es la radio. —Coge la mano de Mireia y

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mira al techo por unos instantes—. Y lloró mucho, lo hizo durante un buen rato, ya lo sabes, por el indecente de Eugeni, y también por sus hijas. Por mucho que intente pasar página, creo que no va a poder superarlo nunca. La entiendo, no te creas, si yo estuviera en su lugar… —Niega con la cabeza—. No sé qué más hacer para ayudarla, a esas niñas se las ha tragado la tierra.

Hablan y hablan, sobre el presente y sobre el futuro, y Mireia percibe una paz inédita en las palabras de su cuñada. Advierte que la resolución del asesinato de Irene brinda consuelo a Pilar, y concluye que las adversidades superadas en los últimos años la han convertido en una suerte de amazona con vestiduras conservadoras. La conversación se dilata durante una hora o más, hasta que dos hombres llaman a la puerta de la habitación. El señor John Mckey y Carlos, su fiel traductor, acceden a la estancia ante el desconcierto de la señora Puig. La convaleciente les pide que se sienten en las dos sillas libres situadas a los pies de la cama y sonríe debido a la mirada inquisidora de Pilar, que pide explicaciones.

—Disculpa, debería haberte avisado —dice Mireia—, se me ha ido el santo al cielo.

La señora Puig, consciente de que su cuñada miente, se resigna a esperar el desarrollo de los acontecimientos y centra su atención en John, que se muestra visiblemente incómodo ante las circunstancias. Carlos ha leído en los diarios el calvario que la señora Grau ha sufrido, y su jefe considera que esta visita al hospital no deja de ser inapropiada y desconcertante. No obstante, cuando hace un rato ha recibido la llamada de Mireia, han convenido que acudir a la cita era la mejor opción para zanjar su relación con los Puig de una vez por todas. En efecto, John ha decidido que venderá las acciones de la filial catalana.

—Carlos, te pido que traduzcas, por favor —dice Mireia con amabilidad—. Verá, señor Mckey, le he convocado aquí porque, como puede comprobar, no estoy capacitada para asistir a una junta. Creemos firmemente que Amadeu no es el candidato apropiado en un momento tan delicado para la economía del mundo civilizado. Y más después de lo que se acaba de descubrir sobre su abuela. —Mireia se detiene unos segundos, los días de encierro le pasan factura—. Conozco a la persona perfecta para el cargo, pero, antes de revelarle el nombre, le pido que nos dedique veinte minutos de su tiempo. Le vamos a contar las medidas que consideramos necesarias para salvar la Puig & Mckey. —Se dirige a su cuñada

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exagerando sus molestias—: Si eres tan amable, cuéntaselas tú, que yo apenas tengo fuerzas.

Pilar accede a regañadientes. Considera que no es el momento de pensar en la compañía; sin embargo, se guarda la queja y concluye, a toda velocidad, que necesitan convencer al americano de que nombre directora de la empresa a Mireia. Es ahora o nunca. De ello depende el porvenir de la familia. Respira hondo y se concentra en su cometido. Empieza con un preámbulo en el que define los principales problemas financieros, logísticos y organizativos de las fábricas, y los describe en inglés y mirando a John a los ojos con una concreción y una seguridad que sorprenden a su cuñada, quien apenas la reconoce. Acabados los prolegómenos, Pilar presenta la batería de medidas que ella misma diseñó días antes del secuestro.

—Bien —retoma Mireia cuando su cuñada da por finalizada su perorata—. Esta es nuestra propuesta, ¿qué le parece?

John no sabe a qué atenerse. Su mente asimila el inteligente y moderno plan que le acaban de presentar y entra en contradicción. Aunque quería romper con los Puig, duda sobre su decisión. Su familia no ha amasado una fortuna a base de desperdiciar ingredientes de calidad.

—Entonces —se aventura a decir John—, entiendo que usted, doña Mireia, sería la presidenta, ¿no? No me malinterprete, parece una persona inteligente… Solo que es usted una mujer.

Carlos traduce con un halo de incomodidad.

—Sí, eso no lo podemos cambiar. —Se detiene para asegurarse de que está convencida de lo que va a decir—. Pero no, yo no soy la candidata que proponemos. —Pilar mira a su cuñada expectante—. Le digo de corazón, y con la mayor de las seguridades, que la persona que debería tomar el relevo de la empresa es doña Pilar Puig.

El silencio cae en la habitación como una gota que se sumerge en el océano y desplaza el agua que la rodea. Pilar se ha quedado sin palabras, no esperaba la propuesta de Mireia.

—El señor Mckey se pregunta si la señora Puig es adecuada para el cargo —traduce Carlos.

—Sí, lo es —responde Mireia—. Y antes de que nos dé su veredicto, déjeme que le cuente los motivos que me han llevado a proponerla. Todas las medidas que doña Pilar acaba de exponer son idea suya. Es una mujer de orden, sabia y trabajadora, se entregará a la empresa con mucho más

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ahínco que cualquier hombre. Su apellido es parte del nombre de la compañía, y le aseguro que va a luchar como una leona para que su linaje se perpetúe en el tiempo. Usted encabeza un negocio familiar, sabe perfectamente el vínculo que se establece entre la sangre y la empresa. Ella es inteligente, voraz, intuitiva. La miro a los ojos y veo a su hermano Josep. Soy consciente de que mi cuñada es una opción demasiado arriesgada para los tiempos que corren, pero hablamos de salvar la compañía, no de cuidar las apariencias. Usted viene del nuevo continente, un lugar moderno; si la mira y ve unas faldas en vez de a un director brillante, lo tomaré como una señal de que es peor empresario de lo que pregona. Lo sabe, necesitamos su voto para nombrarla, no deje escapar esta posibilidad.

Pilar sigue callada. Ella, ¿el nuevo director? Jamás lo hubiera imaginado. No cree que pueda llevar a cabo el trabajo de un hombre. Con todo, Mireia está depositando en ella una gran confianza. ¿Tiene sentido? Desea que su apellido brille por encima de casi todo. A la señora Puig no le interesan las reivindicaciones de postín, es una mujer de hechos y, lo quiera o no, podría demostrar la valía de su sexo en el mundo de los negocios. ¿Acaso se ha vuelto loca al afirmarlo? Por su parte, John continúa en un estado reflexivo que esconde su opinión al respecto.

«No se ha negado en rotundo. Es una buena señal», piensa Mireia mientras observa de reojo a su cuñada, quien parece ensimismada en sus propias contradicciones. De repente, la voz de John la devuelve a la realidad.

—¿Está segura de que usted es la mejor candidata? —le pregunta directamente a Pilar.

—Sí, lo estoy —responde esta en inglés.

Mireia respira aliviada. Acaba de acometer la primera de las dos gestas que se propuso durante el encierro. Pronto llevará a cabo la otra. Cuando deje a Manel y él acepte las excusas que tiene preparadas, Mireia asumirá que jamás va a entregarse a otro hombre.

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28 de enero de 1930

La asertividad con la que Marta se repite que nunca más va a cometer el

mismo error, o la certeza con la que asume que por fin es dueña de su destino, se desvanecen tan pronto como la aflicción toma las riendas de su estado de ánimo. Marta vive ahora a caballo entre la sanación, la culpa y la humillación sufrida tras el desenmascaramiento de Eugeni, un vaivén que ahuyenta los momentos de calma de los que solo disfruta de vez en cuando. La mentira le tendió una mano durante años y, al mismo tiempo, cavó su tumba; y, ahora, solo la verdad la devolverá a la vida. Cuando se cuestiona si vale la pena continuar, recuerda que la radio todavía le brinda un propósito. Bendice el día en que se encontró con las ondas y, muy a su pesar, debe agradecérselo a Eugeni.

Su marido dejará de serlo pronto gracias a un proceso judicial. Él se ha convertido en una suerte de penitencia final y, a estas alturas, Marta se siente una víctima de tipos como él. En efecto, podría haber tomado caminos distintos en tiempos pasados, pero ¿estaba esa posibilidad realmente en su mano? No lo sabe. ¿Cómo habría actuado otra mujer en su lugar?

Marta se encuentra en el interior del almacén de la calle Reina Amàlia y da vueltas a estos sinsabores a la espera de que sus amigas aparezcan por la puerta. Mireia y Pilar han mantenido el almacén intacto hasta el momento porque no sabían cómo gestionar esos documentos tan sensibles que Kohen depositó en su interior. Tras lo ocurrido durante el pasado diciembre, han decidido eliminar los papeles y las fotografías que aluden a delitos cometidos bajo coacción, y también aquellos que desvelen la vida

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personal de sus protagonistas. El resto los están entregando al recién nombrado comisario Gustavo, para que haga con ellos lo que considere oportuno.

Mireia y Pilar llegan al almacén alegres y con retraso. Ya son varias las jornadas que las tres mujeres han dedicado a poner orden en el local, y ahora está casi vacío.

—¡Tenemos que celebrar que el dictador ha dimitido! —Es lo primero que dice Mireia después de los saludos protocolarios—. Y que también lo ha hecho el capullo de Martínez Anido, que tanto daño hizo a Barcelona cuando fue gobernador. —Termina abrazando a Marta, que recibe el gesto con incomodidad.

—¡Totalmente! —responde la locutora con una alegría contenida—. Aunque todo me parece raro. Primo de Rivera se ha ido porque nadie confiaba ya en su Gobierno, y también para evitar el enésimo golpe de Estado que estaba en boca de todos. —Marta se separa de Mireia y se dirige hacia una estantería para coger una caja—. El rey ha asignado el Gobierno a ese otro general, Dámaso Berenguer. No sé yo, a veces más vale lo malo conocido…

Mientras la locutora saca los primeros papeles de la caja, Pilar y Mireia la imitan con un ánimo más festivo.

—Mañana ya lloraremos los problemas de mañana —afirma la señora Puig—. Hoy hay que celebrar que tenemos un tirano menos.

La nueva directora de la Puig & Mckey no hace ese comentario en vano. El país está en crisis, así como la compañía. Además, lleva poco más de un mes tratando de imponerse a los hombres que trabajan bajo su supervisión, una tarea agotadora. Por suerte, está acostumbrada a que la subestimen, así que los desplantes causan un efecto nulo en ella. Cada mañana se propone ganar solo las batallas que podrá afrontar durante la jornada, y confía en que cada victoria sea una semilla que florecerá en forma de respeto.

—Pilar, ¡pero si tú has defendido a Primo a capa y espada! —comenta Mireia, divertida, para chinchar a su cuñada.

—Por una vez que te doy la razón, ¿y me lo echas en cara? —replica Pilar entre risas.

Este cementerio de secretos y cartón absorbe de nuevo la atención de las mujeres. Hacen dos pilas: la más pequeña la entregarán a Gustavo y la enorme la destruirán. Marta no lo puede evitar, se pregunta si estas dos

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mujeres realmente son sus amigas. La adversidad las unió; de hecho, establecieron una relación de confianza en momentos complejos y arduos. Y ahora que todo ha terminado, desconoce si existe un vínculo real y genuino entre ellas, si este perdurará, si una mujer como Pilar Puig la querrá a su lado en tiempos venideros.

—¿Cómo lo llevas? —dice la locutora.

—¿Te refieres a lo de mi padre? —pregunta la señora Puig. Marta asiente preocupada—. Lo enterramos hace ya dos semanas, y debo decirte que me da cierta pena que se le parara el corazón de repente. A la vez, nunca se portó bien conmigo, así que también estoy aliviada, y me siento libre —dice con una sonrisa de oreja a oreja—. La libertad te hace sentir poderosa, la verdad. Ahora entiendo por qué nos la limitan desde que nacemos. Qué sé yo, me despedí de él y he pasado página, la vida me ha enseñado a poner los afectos en las personas adecuadas.

Marta le guiña un ojo a la señora Puig y esta le devuelve una mueca de agradecimiento.

—Oye, ¿qué vamos a hacer con el retrato que está colgado detrás de la mesa? —plantea Pilar para cambiar de tema mientras señala la fotografía, enmarcada con madera de roble y protegida por un cristal, que retrata a dos críos que sonríen felices a la cámara delante de una casa.

—Pues yo qué sé —responde la locutora—. Lo tiramos al salir.

—Me parece una buena idea. Por cierto, Marta, quería preguntarte algo. —La señora Puig inicia su intervención con cautela—. ¿Ha habido más reacciones? —Deja el bloque de hojas que carga con las manos encima de la mesa—. Quiero decir, ¿qué más dicen de mí?

Pilar parece insegura con la decisión tomada un mes atrás. Cuando salieron a la luz las fechorías de su padre, decidió leer un comunicado en la radio para pedir disculpas en nombre de la familia. Consideró que dar la cara, una práctica poco extendida en esta ciudad, era esencial para mostrar su talante como directora de la Puig & Mckey.

—Pues seguimos recibiendo cartas que alaban tu gesto. Los radioyentes agradecen que fueras tan sincera. —Vacila un segundo sobre lo que va a decir a continuación, y finalmente lo suelta—: También debo añadir que muchos comentarios llegan acompañados por críticas hacia tu nueva posición. Ya te lo puedes imaginar, que una mujer dirija una empresa tan importante como la vuestra es una fuente de polémica. Y de odio. —Pilar tuerce el gesto y, acto seguido, su semblante se torna un

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lienzo de preocupación—. No les hagas caso, vas a demostrarles que se equivocan.

La señora Puig se recoloca el pelo con la mano derecha y sonríe. Han dejado de importarle las nimiedades. No tiene miedo a perder, a alzar la voz o a arriesgarse. Todo lo contrario que Marta, que necesita orden y protección como agua de mayo.

—Yo tengo que contaros una cosa —interviene Mireia de repente. Como si cargara un gran peso en la espalda, se sienta en la única silla del almacén.

—Ay, Dios —exclama Pilar mientras suspira y se agarra el vientre con las dos manos.

—No te preocupes. No es nada malo, creo —dice consternada—. En realidad, quiero consultaros una cosa, porque estamos posponiendo algo importante. Preguntas, tengo muchas preguntas. —Mireia cruza los brazos

—. A ver, ¿quién simuló la muerte de Claudi y lanzó un cuerpo falso para que lo dieran por muerto? ¿Quién dio el chivatazo a Gustavo sobre los prostíbulos que él mismo ha cerrado en los últimos años? ¿Por qué no aparece ninguna prueba de la vinculación de don Julià con ese supuesto negocio de importación de armas? —Mireia habla sin freno, no quiere que la interrumpan—. ¿Quién mató al conde de Vallespir? Porque tanto Eugeni como otros secuaces juran y perjuran que la Condesa no tuvo nada que ver con la muerte de su marido, y ella ya no puede confirmarlo ni desmentirlo.

Pilar y Marta escuchan a Mireia en silencio. Saben que la razón la acompaña y, al mismo tiempo, temen caminar otra vez por esas sendas, porque no les han traído más que problemas.

—Sé lo que estáis pensando: «Mejor que lo deje correr» —dice Mireia con retintín—. Pues bien, os voy a decir una cosa: cada vez que me atormentan los recuerdos de los días que pasé encerrada, trato de ocupar mi mente con otros pensamientos para distraer esas horribles imágenes. — Su semblante se torna sombrío. Se lleva una mano al cuello—. Y no lo puedo evitar, pienso, y pienso, y pienso, y aparecen las preguntas. ¿Estamos a salvo? ¿Existe otra mano oscura que podría perjudicarnos? Tengo miedo y… —Coge aire y traga saliva—. Josep apareció en las mismas condiciones que Claudi, desfigurado y con las malditas manos destrozadas. Una parte de mí pensó que aquel no era su cuerpo, pero también me decía a mí misma que me inventaba excusas para no aceptar que se había ido.

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Un leve temblor acecha a Pilar y la previene de la catástrofe que se aproxima. Marta alinea el bloque de hojas aplicando golpecitos suaves al montoncito para disimular su azoramiento.

—Ahora os digo: ¿y si el cuerpo que identificamos como el de Josep tampoco era el suyo? Tenemos que indagar por ahí, creo que ese es el principio de todo —concluye.

Las tres mujeres permanecen en silencio para lidiar con las preguntas cada una a su manera. Marta no está preparada para remover el pasado otra vez, la simple idea la enferma. Para disimular, descuelga la fotografía de los niños y la deja sobre la mesa. También ordena las hojas que tiene ante sí por enésima vez. Ya no puede soportar más intrigas, más maldad, más situaciones que la conviertan en objeto de menosprecio o de felonía.

—Yo no sé qué pensar —responde Pilar, compungida—. Aunque te diría que lo dejes correr, soy la persona menos indicada para darte ese consejo. Si existiera otra opción posible a la que nos ofreció la policía en su momento, yo removería cielo y tierra hasta que se supiera la verdad.

Cual curso de agua que lucha por abrirse paso entre las piedras más agrestes, Mireia les cuenta lo que ha averiguado. Ha enviado una carta a uno de sus antiguos amantes, un pistolero anarquista de nombre Mateu que se tuvo que exiliar porque lo acusaron de varios crímenes que no había cometido. Josep y él eran buenos amigos; además, se traían algo entre manos durante los últimos días de vida de su marido, así que Mireia pensó que Mateu podría aportar algún dato sobre su asesinato. Ayer mismo recibió la respuesta. El pistolero le asegura que no es algo que deba ser contado por carta y, dado que no puede volver a Barcelona, le ha pedido a Mireia que concierte una cita con la actriz María Green para que se lo cuente.

—Hablar con una actriz no tiene nada de malo —opina Pilar.

Marta suscribe las palabras de la señora Puig, contradiciendo sus propias emociones, y Mireia traga saliva porque ante sí se abre una puerta con destino incierto. Asimismo, decide dar un suave portazo a otra.

—Una última cosa, Marta. —Mireia se levanta de la silla, se acerca a la locutora y le coge una mano—. Sabes que hace semanas que Manel y yo nos separamos. En fin, lo que quiero decirte es que nunca me ha mirado como te mira a ti. —Marta libera su mano y se aparta de su amiga. Mireia suspira y continúa—: Entiendo que es un tema que duele mucho, que debes de sentirte culpable por lo que le dijiste cuando lo dejaste y, a la vez,

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¡por él has hecho lo imposible! —La locutora desea con todas sus fuerzas que Mireia se calle. Deduce lo que dirá a continuación, palabras que pondrán el dedo en una llaga que sigue en carne viva—. Dicho esto, si quisieras hablar con él, si surgiera el amor entre vosotros, si, como pienso, os merecéis la vida que os robaron, tendríais mi bendición. Es más, me quedaría a un lado disfrutando de vuestra felicidad.

Marta colapsa. Su amiga tiene razón, pero se olvida del motivo principal por el que ella evita a Manel: le horroriza la idea de que él llegue a rechazarla por su pasado. Es tan simple como absurdo.

Necesita salir del almacén para que le dé el aire. Coge el abrigo y pasa muy pegada a la mesa. Como consecuencia, empuja con la cadera la fotografía de los dos críos. La imagen cae al suelo y el cristal que la protege se rompe en mil pedazos. La locutora maldice su torpeza y se agacha para recoger el estropicio. Sabe que, si se corta, no la van a dejar huir del almacén sin curarla y, además, no soporta permanecer más tiempo en presencia de Mireia; así que decide dejarlo estar. Aunque se dispone a levantarse, una corazonada la detiene. Marta saca la fotografía del marco, expulsa los restos de la superficie y la mira fijamente. El corazón le da un vuelco. En el dorso del retrato encuentra dos nombres escritos a mano, Carles y Frederic, ambos acompañados por una fecha de nacimiento. Kohen escondía a la vista los secretos más codiciados por sus presas para reírse de ellas, para desquiciarlas, un entretenimiento macabro que se ha perpetuado incluso después de su muerte. El día, el mes y el año en los que nació cada niño que aparece en la fotografía coinciden con los de cada una de sus supuestas hijas. Ella jamás llegó a ver a los bebés. No pudo comprobar su sexo. Lo siente. Lo comprende. Llora.

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10 de febrero de 1930

Mireia cruza la platea del reconstruido teatro María Romero, cuya

propietaria, la actriz que ha triunfado ya en Europa y en América, la espera sobre el entarimado.

—A la derecha tiene unas escaleras, querida —le indica María Green. La artista, altiva, se encuentra sentada en un sofá que forma parte del

mobiliario de L’ídol de les dones, la obra escrita por Amichatis y dirigida por Josep Santpere que se representará esta tarde. La puesta en escena de este encuentro desconcierta a Mireia, que camina entre las butacas sin más luz que la del escenario. El silencio de un teatro vacío le parece ensordecedor.

—Disculpe que la reciba aquí arriba —continúa la Green—, pero hemos tenido un problema con el transporte y tenemos el vestuario y el atrezo de diez funciones diferentes repartidos entre los camerinos, los pasillos y los despachos. Detrás de las bambalinas no cabe ni un alfiler.

Mireia sube los escalones y se sorprende por el crepitar de la madera que se manifiesta a cada paso que da. El María Romero se quemó en una ocasión, y semejante infortunio no impidió que la actriz cubriera el suelo y las paredes de tan inflamable material durante la reconstrucción. Mireia leyó en una entrevista que la Green no entendía el Paralelo, avenida donde se encuentran ahora, sin el olor y el ruido de la madera. Según la actriz, es la piel con la que el teatro te acaricia.

Mireia cruza el escenario y se planta ante una persona cuyas palabras podrían cambiar el rumbo de su vida. Huelga decir que es un manojo de nervios.

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—Aunque una cosa le diré, doña Mireia —prosigue María Green mientras le pide con un gesto que se siente a su lado—, quizá sea el escenario más apropiado para encontrarnos ya que, depende de lo que me pregunte, esto terminará como una farsa. O como un vodevil.

Mireia se fija en la silueta delgada de cintura para arriba y voluptuosa de la cadera hasta los pies, en el pelo liso y castaño y en los ojos marrones e inquietos de la estrella que tiene delante. Esta mujer, tan salvaje como cálida, siempre la ha tratado con distancia y resquemor; y Mireia se pregunta si se debe a la época en la que la artista llegó a Barcelona y sirvió en casa de la familia de su marido. Sea como fuere, le parece injusto, pues ella no le ha causado perjuicio alguno.

—Doña María, antes de nada, muchas gracias por recibirme —dice Mireia. La actriz responde asintiendo—. Sé que usted es una persona muy ocupada.

—Si le digo la verdad, deberíamos estar de celebración, porque el desalmado de Primo de Rivera se ha ido definitivamente del país. Tendrían que declarar fiesta nacional. No sabe el daño que la censura de ese dictadorucho nos ha hecho en el Paralelo. Llegué a tener a somatenes ahí dentro —asegura al señalar las bambalinas— tachando líneas del mismísimo Shakespeare. Imagíneselo.

Mireia respira hondo mientras busca el brío necesario para encarar la situación.

—Permítame que le diga que es usted un torbellino, doña María. No me da tregua. —Traga saliva—. Por mal que yo le pueda caer, por favor, le ruego que me escuche, porque lo que voy a preguntarle es vital para mí.

La emoción contenida de Mireia aplaca la actitud defensiva de María Green, que, temerosa por el motivo de la visita, no sabe a qué atenerse.

—Tiene razón. Por favor, cuénteme qué desea.

Mireia cruza las manos y las apoya sobre su regazo mientras las observa. A continuación, levanta la vista tras haber tomado una decisión.

—¿Sabe? Para que entienda lo que le quiero preguntar, le voy a resumir el conjunto de infortunios que hemos sufrido Pilar y yo en los últimos años. Sé que ella tampoco es santo de su devoción, pero…

—Se equivoca —la interrumpe la artista—. Después del comunicado que leyó en la radio, se merece mucho más que mi respeto. Lo digo sin ironía alguna.

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Mireia sonríe y, acto seguido, le cuenta lo acaecido entre su parto y el momento actual. Omite detalles como la muerte de Claudi, claro está. Cuando termina, María Green suspira y mira hacia la platea como si se dispusiera a declamar el monólogo final de una obra en el que la heroína revela una gran verdad.

—Juana fue como una tía para mí, no sabe usted lo mal que lo pasé cuando me enteré de su terrible final. Al fin y al cabo, ella se responsabilizó de mí en los años que pasé sirviendo en casa de los Puig y, como se puede usted imaginar, no fui una joven de trato fácil. Por eso, el foyer de este teatro lleva el nombre de nuestra querida Juana, en honor a una gran mujer.

—Lo desconocía. Su detalle me conmueve de verdad.

—Debo decirle que las tragedias que acontecen en esta ciudad no dejan de sorprenderme. ¡Qué mundo este en el que vivimos! También le diré que ha cambiado por completo la opinión que usted me merece. — María Green deja a un lado su altivez y se relaja. De repente muestra una sinceridad y una cercanía magnéticas, humanas y fulgurantes. Mireia advierte el cambio y se pregunta lo que habrá sufrido una mujer como ella para verse obligada a vivir con la guardia tan alta—. Ustedes son unas heroínas y lo más triste es que nadie se acordará de sus nombres cuando hayan muerto.

—Eso nos lleva a la pregunta que he venido a formularle —retoma Mireia—. Mateu Garriga, el pistolero, me aseguró que usted me iba a contar lo que le pasó a mi marido. ¿Qué puede decirme al respecto?

María Green dibuja una leve sonrisa cargada de apuro. Es víctima de un compromiso que no le pertenece y, al mismo tiempo, desea responder a las lícitas dudas de Mireia.

—Ese Mateu, siempre pidiendo favores —dice la artista, negando con la cabeza, al tiempo que centra la atención en el suelo durante unos segundos. Luego prosigue—: Me pone usted en un aprieto. ¿Sabe? En esta platea hubo un tiroteo y murieron varias personas. —Se detiene como si intentara medir sus palabras para no dar un paso en falso—. Bueno, en esta no, en la del anterior teatro, el que se quemó. Hay un detalle importante, que es la clave de lo que me pregunta y que Mateu desconoce; un embrollo que, a mí, ni me va ni me viene.

—Soy toda oídos.

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—¿La verdad? Contárselo no depende de mí. —Aunque Mireia se dispone a rebatir la afirmación de la actriz, se frena porque sus palabras parecen sinceras—. Y no le voy a negar que tengo dudas al respecto, porque mi silencio supone un favor a alguien que… —Se interrumpe para no seguir por ese camino—. Créame, la miro a los ojos y veo su dolor, su necesidad de saber, lo desquiciante de sus circunstancias. No debe ser fácil vivir con un rompecabezas incompleto como el que me ha expuesto; pero se lo repito, no depende de mí.

—¿Y qué se supone que debo hacer? ¿Continuar a oscuras, sin más? —expone Mireia, derrotada.

—Mire, vamos a hacer lo siguiente. Voy a ponerme en contacto con… un intermediario. Expondré su petición y me dirán qué podemos hacer al respecto. La avisaré en cuanto me respondan, o quizá recibirá noticias suyas directamente. Piense, por eso, que podrían pasar semanas.

—Una última pregunta —dice Mireia con recelo—. ¿Por qué odia a mi marido?

La actriz decide callar por respeto a su difunta hermana; sin embargo, presiente que Mireia atará cabos por sí misma.

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2 de abril de 1930

El miedo es la infección que agrava las heridas del alma. El desasosiego,

el cáncer que devora la paz y la esperanza. Y ahora mismo, ambos recorren el cuerpo de Mireia. ¿Qué habrá en el interior del sobre que sostiene con las manos y que no se atreve a abrir? La pregunta se repite una y otra vez sin darle tregua.

Se encuentra sentada en un banco de la placita dedicada a la estatua de Rafael Casanova, donde años atrás asistió, acompañada por Pilar y Juana, a la celebración de la Diada de Catalunya que terminó con una carga policial. Desea que la tierra se la trague, es la única manera de huir de su circunstancia. Por suerte, la voz de un joven desvía su atención. Se trata de un repartidor de diarios que vocea las noticias para incitar a la venta:

—¡Las mujeres toman la iniciativa! Una representación femenina entregó ayer más de doscientas mil firmas para pedir la amnistía de los presos encarcelados por el Directorio fallido, todas ellas recogidas entre las mujeres catalanas.

Mireia sonríe. ¿Se puede vivir de pequeños pasos? No lo tiene claro. Es obvio que las representantes de la iniciativa son un instrumento al servicio de cierto poder local que desea resurgir después de años de represión; no obstante, la anécdota es también una demostración de la fuerza femenina. Quizá sea tibia, o parezca nimia, pero es otro paso más, al fin y al cabo. ¿Habrá amnistía? Eso espera ella, pues que Marcel·lí salga de la cárcel antes de tiempo depende de la misericordia del rey.

—¡Empieza la actualización del censo electoral! ¿Se celebrarán elecciones pronto? —prosigue el repartidor. «Ojalá», concluye Mireia al

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tiempo que recuerda la carta que reposa entre sus manos. «Tendremos que volver a organizarnos para conseguir el sufragio femenino de una vez. No hay más remedio». ¿Por qué se siente tan cansada?

Decide cerrar los ojos con la esperanza de hallar algo de paz. Con la primavera recién estrenada y el sol masajeando su cara, el día abriga a Mireia y la protege de sí misma. Un atisbo de calma la reconforta durante un par de minutos. Es la voz de Pilar lo que la devuelve a la realidad.

—No sé por qué me has citado aquí —le pregunta a modo de saludo con una sonrisa picarona—. Con lo bien que nos vendría ahora un té.

—Hola, Pilar —dice Mireia con una mueca risueña—. La verdad es que no lo sé. Tengo la sensación de que aquí empezó todo. Nuestra amistad y nuestra odisea. —Suspira—. No quería citarte en mi casa por si mi hijo nos escuchaba a hurtadillas. Tampoco quería que tus hijas supieran lo que tengo que contarte, así que la tuya tampoco era una opción. Y ahora que hemos vendido el piso familiar, nos hemos quedado sin guarida. Así que aquí estamos —asegura mientras asiente—, donde rompí aguas.

Pilar decide aparcar el tema y se sienta al lado de su cuñada, quien le ofrece una expresión indescifrable. Mireia se muestra tan atolondrada como calmada, tan asustada como firme. A continuación, sonríe cuando se fija en el atuendo de Pilar. Considera que la blusa verde eléctrico de su cuñada le sienta de maravilla. «Color —piensa Mireia—, color es lo que siempre ha necesitado esta mujer».

—Pues ya me dirás tú qué hacemos aquí, querida.

Mireia baja la mirada y la centra en el sobre. Acto seguido, se lo da a su cuñada, quien lo coge cargada de curiosidad y expectación. Está cerrado y va dirigido a Mireia. El corazón de Pilar da un vuelco cuando revisa el remitente. Se trata de Josep Puig.

—¡¿Esto es una broma?! —exclama la señora Puig sin dar crédito. —No tengo ni idea. Ayer recibí esta carta y todavía no he sido capaz

de abrirla. —Niega con la cabeza—. No he dormido. No he comido. Te necesito a mi lado cuando la lea. Lo más probable es que solo sea eso, una broma. Aunque no sé, ¿quizá la escribió Josep antes de morir?

—¿Quién querría bromear con algo así?

—A saber. Después de nuestro encuentro, María Green me dijo que movería hilos para ayudarme a conocer la verdad. Quizá esto es lo que ha conseguido.

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La señora Puig se ve tentada de decir «deja de comportarte como una cría, solo hay una manera de saberlo», pero decide desoír sus pensamientos por respeto a su cuñada y abre el sobre para no dilatar más la incertidumbre. Mireia se dispone a detenerla, considera que Pilar se ha precipitado, que debería habérselo preguntado antes de tomar cartas en el asunto; no obstante, calla y observa cómo la mujer desdobla los dos folios que se esconden en el interior de la misiva. Sin mediar palabra, las dos mujeres se dejan llevar por la lectura.

25 de marzo de 1930

Querida Mireia:

Me gustaría empezar esta carta asegurándote que te quiero como nunca he querido a nadie. También necesito aclararte que mi deseo ha sido siempre dejarte al margen de lo que te voy a contar a continuación. Tomé la decisión por tu propio bien, y me ha supuesto grandes sacrificios, mi amor. Ante la pregunta que te debes estar haciendo ahora mismo, sí, estoy vivo. Como supondrás, María Green me hizo llegar, a través de un intermediario, tu necesidad de esclarecer muchas de las cosas que han pasado y que todavía no comprendes. Por eso he decidido romper mi silencio, porque soy totalmente consciente de que no vas a parar hasta que conozcas la verdad. Seguramente por eso te adoro un poco más, si cabe.

Voy a empezar por el principio. Kohen tenía pruebas de nuestro estilo de vida y, durante los dos años anteriores a mi muerte oficial, me pidió favores que tuve que conceder. Lo toreé como pude y, gracias a mi pericia, apenas nos afectó. Hasta aquí, nada que no supieras ya. Sin embargo, yo no fui el único que se cruzó con sus planes. Mi padre fue otra de sus víctimas, pero él no supo lidiar con aquel canalla. El honorable Julià Puig traficaba con armas, sí, pero su negocio era más extenso de lo que nos podemos imaginar, y Kohen se aprovechó de sus debilidades todo lo que pudo. Es posible que en Barcelona no hubieran aparecido tantos pistoleros si él no les hubiera proporcionado las pistolas. Cuando mi padre enfermó y yo me convertí en el nuevo director de la compañía, conocí la existencia del imperio armamentístico de mi padre, y también su vinculación con el entramado criminal de la condesa de Vallespir. El caso es que había pruebas de sus fechorías en cada rincón de la Puig & Mckey —documentos, desvíos de fondos, registros de visitas—, y yo me dediqué en cuerpo y alma a hacerlas desaparecer para desvincular la empresa de los delitos de don Julià Puig. Creo que lo hice bien, porque nadie ha encontrado un cabo suelto en mi ausencia. Aun así, estaba atrapado, solo eliminé aquello que estaba en mi poder; el resto lo almacenaban otros personajes como Kohen. Mi posición me convirtió en un blanco para muchos, en una marioneta que solo tenía las de perder.

Por todo ello, sentía que nuestra vida podía saltar por los aires en cualquier momento y que la familia estaba en peligro. Luego me dijiste que estabas encinta, y eso lo cambió todo, porque el futuro, de repente, cobraba una importancia vital. En fin, por aquellos devenires de la vida estuve presente en un tiroteo en el teatro María Romero. Las circunstancias no importan ahora. El caso es que los allí

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presentes me dieron por muerto porque recibí varios balazos. María Green, que no tuvo nada que ver con el incidente y que llegó al teatro cuando todo había acabado, fue la única que se dio cuenta de que todavía respiraba y me ayudó antes de llamar a la policía. Ella me odia, pero allí, tendido en el suelo, le pedí que no me llevara a un hospital, sino que me ayudara a llegar a un piso que mi padre tenía cerca del Paralelo para sus encuentros amorosos. Supongo que se apiadó de mí porque actuó según mis deseos. También llamó a nuestro médico de confianza. Él me sacó las balas que tenía incrustadas en el cuerpo y me salvó la vida.

Mientras me recuperaba, lo vi claro: era mi oportunidad para desaparecer y enmendar mis errores y los de mi familia. Tenía que protegerte a toda costa, a ti y al bebé que esperabas, así que usé mis recursos para encontrar un cadáver que se pareciera a mí, y el resto ya lo sabes. Si me daban por muerto, os ahorraba muchos de los tormentos que se avecinaban y, desde la sombra, podría dedicarme a desmantelar por completo el negocio ilegal de mi padre. Lo que no calculé bien fue la actitud de Claudi. Siempre lo infravaloré, jamás pensé que tendría las pelotas necesarias para hacer lo que hizo. Sinceramente, pensaba que la junta escogería a otro director y que mi hermana y tú podríais vivir cómodamente de los beneficios.

Debo aclararte también que Juana era la única que sabía que estaba vivo. Aquella santa mujer, en paz descanse, fue mi cómplice. Ella me ayudaba a ayudaros, me lo contaba todo sobre vosotras. De hecho, fue Juana quien me llamó para que me deshiciera del cuerpo de Claudi.

Tiempo después, cuando ocupasteis el lugar de Claudi y lo manteníais en vida a través de sus cartas, estuvieron a punto de descubriros. Por eso repetí la jugada y busqué un cadáver que lo sustituyera, para que salierais indemnes de la farsa que habíais montado. Me hubiera gustado hacerlo antes, pero me costó encontrar a un muerto que se le pareciera en las morgues de la ciudad. Mireia, debo decir que me sorprende la inteligencia con la que tomaste el control de la compañía, y también la diligencia con la que mi hermana lleva ahora la dirección.

Durante estos años, también me he dedicado a eliminar cualquier relación que existiera entre Kohen y nuestra familia y, además, he atacado los negocios de la Condesa en la medida que he podido. Lo he hecho con cautela dado que mis acciones podían llegar a perjudicaros a Pilar y a ti. Para que te hagas una idea, fui yo quien dio los chivatazos anónimos a Gustavo sobre las casas de prostitutas que el propio inspector desmanteló en su momento. También logré cerrar alguna que otra sin la ayuda de la policía. Y, sí, mandé matar al Conde para amilanar a doña Carme. La Condesa os tenía vigiladas porque os responsabilizaba de los chivatazos, y aunque ella había prometido a mi padre que no os tocaría un pelo, no sabía cómo podía reaccionar un perro acorralado. Con la muerte de Llorenç Vallespir, la advertí de que existía una amenaza feroz que se movía en las sombras y que vosotras erais inofensivas. Doña Carme no sabía que yo estaba vivo, y nada da más miedo que un enemigo sin rostro.

Yo podría haber seguido los pasos de mi padre. Si no lo he hecho ha sido gracias a ti, a tus consejos, a tu manera de ver el mundo. Debes comprenderlo, tú me cambiaste para bien, y estos años he luchado por devolverte todo lo que me has dado.

Eso es todo, mi amor. No sabes lo difícil que ha sido para mí estar alejado de ti y asumir que no iba a ver crecer a nuestro hijo. Ahora que todo ha pasado, que

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nuestro apellido está limpio y que Pilar, mis sobrinas, mi hijo y tú tenéis el porvenir asegurado, me he ido lejos de Barcelona. Hice llegar esta carta a un amigo que, a su vez, os la ha enviado desde nuestra amada ciudad. Es mejor que siga muerto para que vosotras tengáis una buena vida. Podría dedicar hojas y hojas a justificarme, podría decirte de mil maneras que te amo. ¿De qué serviría? No quiero ser una carga. Pase lo que pase, siempre seré tu ángel de la guarda.

JOSEP PUIG

Tras la lectura de la carta, silencio. Pilar permanece atónita durante un par de minutos. Tiene que asimilar demasiadas cosas. Considera que Josep cuenta verdades cuestionables y, lo que es peor, la carta desata nuevas dudas. La señora Puig alza el rostro y observa, tal y como hizo años atrás, la estatua de bronce dedicada a Rafael Casanova, así como el pendón de Santa Eulàlia y la espada que lo acompañan. Una sensación de dulce ligereza la embarga esta vez, pues se ha liberado de la gravidez moral que la impedía avanzar hacia la felicidad. Ahora, su alma ondea libre y tenaz sobre un mástil que ya no teme estar a la vista de todos.

Por su parte, Mireia está consternada, desorientada y deshecha. No alcanza a comprender ni una de las razones que ha leído en la carta. Necesita llorar y, a la vez, saltar de alegría. Desea gritar y, al mismo tiempo, dormir durante semanas.

—Tengo en la cabeza la misma pregunta que te planteabas tú cuando Juana murió: ¿qué se supone que tengo que hacer ahora? —dice la hasta hace unos momentos viuda, claramente afligida.

—Te respondo lo que tú me dijiste en aquella ocasión —dice Pilar tras meditar unos segundos—, más que nada porque fue un buen consejo: toma una decisión y sigue adelante. Yo te apoyaré.

Mireia niega con la cabeza mientras cruza los brazos para recogerse el torso.

—Si de algo me he dado cuenta en los últimos años —explica mientras se enfrenta a la mirada de su cuñada— es de que siempre me he sentido sola.

—Conozco la sensación —asegura la señora Puig con una sonrisa amarga.

—Entonces sabrás lo que es vivir rodeada de personas en las que confías, a las que brindas tu apoyo y que solo te quieren porque te comportas según sus estándares, según lo que esperan de ti. Y cuando la vida te atropella, te das cuenta de que nadie te ayuda a levantarte porque

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nadie se ha esforzado por conocerte. Es difícil asumirlo, pero una vida dedicada a gustar a los demás es una vida de soledad.

—Ni yo misma podría expresarlo mejor.

—A tu manera, me haces sentir menos sola. Quién me iba a decir que el amor no siempre es la mejor compañía. Quién me iba a decir que tú serías mi mejor compañía.

Pilar sonríe levemente. Acto seguido, se deja sorprender por una carcajada. Sabe que está fuera de lugar, pero le ha salido del alma. A continuación, pone la carta sobre su regazo y se lleva una mano a la boca en un intento por controlarse, un recurso inútil porque, cual presa que abre sus compuertas, desata una risotada.

—Pero ¿de qué te ríes?

—No lo sé, perdona —dice sumida en el carcajeo—. Es que, míranos, aquí sentadas, después de todo lo que hemos pasado, descubriendo que mi hermano está vivo. Esto es de locos. A estas alturas, prefiero reírme que llorar —asegura invadida por esta hilaridad mientras trata de calmarse—. Te odiaba tanto, y ahora siento que iría contigo hasta el mismísimo infierno. No me dirás que no tiene su gracia.

Sin decir agua va, Mireia se suma a las risas de su cuñada y ambas montan un jolgorio en medio de la calle que no pasa desapercibido a los transeúntes. Tras unos minutos, la algazara se templa y las dos mujeres apaciguan su divertido griterío para retomar la conversación.

—¿Sabes? —pregunta Mireia, más serena—. Quizá debería sentirme feliz, ¡Josep está vivo! —exclama con ironía—. O quizá debería mostrarme agradecida por todo lo que ha hecho por nosotras. Quizá debería pensar que es un héroe. Pero estoy enfadada. Muy enfadada.

—¿Por qué?

—Pues porque, ¿acaso yo no merecía saber la verdad desde el principio? ¿Acaso no podría haberle ayudado todos estos años? ¿Acaso no podríamos haber quedado a escondidas y organizar encuentros clandestinos con nuestro hijo? —dice Mireia mientras se golpea el muslo derecho para descargar la ira que la invade por momentos—. Realmente, ¿desaparecer era la decisión más adulta? Qué sé yo, Pilar, él se hizo pasar por muerto y tomó muchas decisiones sin tenerme en cuenta, y años después, me envía una carta en la que se presenta como un héroe. No ha tenido ni el valor de contármelo en persona.

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—Dice que no está en Barcelona —argumenta Pilar para consolar a su cuñada.

—¿Y qué? ¿Representa que debo leer esto —le arrebata la carta a Pilar y la alza al aire— y maravillarme de lo buena persona que es? Me ha tratado como a una niña que necesita que la cuiden y que no tiene la capacidad de tomar decisiones por sí misma. Lo he llorado mucho, lo he llorado tanto que mis ojos casi se salen de sus órbitas, ¿y todo este tiempo estaba vivo? ¿Y dice que me quiere? ¿Que se ha sacrificado por mí? Eso no es amor. Me parece una sarta de excusas, incluso de mentiras. Quién sabe en lo que andará metido.

Pilar traga saliva y deja la mirada perdida en la única nube que mancha el cielo. Se da cuenta de que comprende a su cuñada.

—No me estás contando el verdadero motivo de tu enfado, y lo sabes. Mireia echa un vistazo fugaz a la estatua de Casanova. Se fija en las dos mujeres que decoran el relieve del pedestal, tal y como lo hizo años atrás. Ignora a la que se encuentra en el suelo, abatida, y se centra en la

que, de pie, consuela a su compañera con vehemencia.

—Me da miedo verbalizar lo que pienso en este instante.

La señora Puig coge la mano de su cuñada y la presiona con dulzura.

—Adelante, no tengas miedo de lo que yo pueda pensar.

—Está bien. Supongamos que todo lo escrito en esta carta es verdad. —Mireia cierra los ojos unos instantes e inspira profundamente—. Démosle la razón y aceptemos que él se ha sacrificado por nosotras a pesar de que ni me da la opción de que nos reencontremos allí donde esté. Quizá lo que me pasa… es que estoy enfadada porque me contenté con vivir a la sombra de Josep Puig mientras gritaba a los cuatro vientos lo válidas que somos las mujeres por nosotras mismas. —Agarra la tela de su falda con todas sus fuerzas—. ¿Sabes lo que entiendo ahora? Pues que cuando me sentía completa a su lado, no hacía más que vivir una mentira. Me sumergía en una ilusión porque mi alma estaba llena, sí, pero de agua podrida en la que me ahogaba mientras simulaba que sabía mantenerme a flote. Él mentía cuando me decía que éramos iguales, porque yo era solo un complemento, un útil más para sus propósitos que ya no le sirve para nada.

Pilar asiente y suelta la mano de su cuñada para, acto seguido, colocarla en su hombro.

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—No sé cómo expresarlo, siento que esculpí una estatua de Josep en mi corazón, y yo, tonta de mí, me coloqué en el relieve de su pedestal. Y realmente pensaba que compartíamos trono. Qué ilusa, una mujer como yo, ¿qué podría haber hecho de otra manera en un mundo como este? Creía que nuestro matrimonio era diferente, que yo vivía por encima del resto de las mujeres, cuando realmente pasaba mis días yaciendo a la sombra de un hombre, como hacemos todas. Mira.

Mireia busca en la carta unas líneas en concreto.

—Él ha escrito: «Me sorprende la inteligencia con la que tomaste el control de la compañía». ¿No me creía capaz? ¿Tan tonta le parezco? Que yo lo he cambiado, dice. Yo no quiero la responsabilidad de cambiarlo, él es responsable de lo que hace y de comportarse como una buena persona allí donde esté y, sin embargo, tuve que colocar los raíles que marcaron su camino. ¿Y yo? ¿Acaso él me ayudó a avanzar? Aunque disfruté de una vida libertina que me trajo grandes experiencias, era solo un entretenimiento concebido para que no molestara; porque una mujer no tiene sueños, ni ambiciones, ni un camino que recorrer, así que debe dedicarse a sus labores y a procrear, o en mi caso, a entretenerme con otros hombres. Porque ellos deciden por nosotras y, encima, tenemos que dar las gracias. —Mireia se toca el vientre—. Había algo esnob en su tolerancia a nuestros propios escarceos amorosos, una actitud que lo situaba en una posición por encima del bien y del mal. ¡Cómo le gustaba eso! Me dejó sola y embarazada. Me abandonó. Me dejó de lado porque consideró que no podía luchar junto a él como una igual. Estoy enfadada porque me he engañado a mí misma durante mucho tiempo.

—Caminemos —dice Pilar tras advertir que su cuñada ha terminado. Mireia guarda la carta en el bolso y ambas se levantan y cruzan la calle Alí Bei sin un rumbo fijo—. Yo no voy a negarte que una parte de mí siente lo mismo que tú. Como hermana, me ha ninguneado. Ni siquiera me ha escrito una carta, ni ha considerado que debía darme explicaciones también a mí. —Hace una pausa para asegurarse de que debe hacer la pregunta que pugna por escaparse de sus labios—. Tú no irás a buscarlo, ¿verdad?

Mireia se detiene y lo niega con la mayor seguridad que ha transmitido en su vida.

—Pues yo sí, y te voy a pedir que no te enfades cuando lo haga. Entiendo lo que sientes y tus motivos. Aun así, es mi hermano y necesito

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preguntarle tantas cosas que creo que no me bastará con una simple conversación cuando lo encuentre.

—Soy la última persona que debería decirte lo que tienes que hacer — sentencia Mireia al tiempo que la abraza y se despide de ella.

—Una cosa te diré —añade Pilar mientras Mireia se aleja—: quizá mi hermano se considera un héroe, pero al final fuimos nosotras las que acabamos con la maldita condesa de Vallespir.

Mireia sonríe y prosigue su camino. Necesita pasear para despejarse. Avanza por las aceras de la ciudad moderna hasta que llega a la parte antigua y se sumerge en sus calles. Quiere viajar y conocer otras culturas, el mundo es mucho más que estos viejos muros. Al llegar a la calle Bisbe, se detiene delante del puente elevado que une el primer piso de los edificios que colindan con la calzada. A pesar de que hace poco que lo han construido, le han conferido un estilo gótico en desuso en la ciudad desde hace siglos. La misma suerte han corrido algunas fachadas o elementos arquitectónicos del barrio, como la propia catedral: los han dotado de una apariencia antigua con el objeto de crear una ilusión para el visitante. Mireia se jura que nunca más va a comportarse como lo que no es.

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10 de junio de 1930

Pilar contempla la escena con los ojos entelados por la emoción. Eulàlia

y Marcel·lí brillan el uno al lado del otro, ella ataviada con un vestido blanco que destaca el fulgor de su alma, él enfundado en un frac que no esconde la felicidad que lo embarga. La pareja se encuentra ante el altar de la catedral de Barcelona.

La señora Puig sonríe con la boca, con el estómago y con el alma. Se considera afortunada por primera vez desde que tiene uso de razón. Tiene a Mireia sentada a su derecha, que le agarra la mano con fuerza, y, a la izquierda, a su hija Teresa, que ya se ha convertido en toda una mujercita; y también a Marta, que participa en la boda con la mayor de las alegrías.

Gustavo ha tomado asiento cuatro bancos más atrás para guardar las apariencias. El hombre luce un traje tan distinguido que le queda como un disfraz. Pilar se rio a carcajadas cuando él se lo probó en la sastrería hace unos días; no obstante, vestir con decoro era una condición indispensable para que el comisario pudiera asistir a las nupcias. Ambos se citan a escondidas en hoteles de lujo, pues sería un escándalo que una vecina viera a un hombre frecuentando la casa de la señora Puig. Ella está loca por Gustavo, pero todavía duda sobre cómo deben formalizar la relación. Sabe que la ciudad no aceptará que la directora de la Puig & Mckey se case con un miembro de las fuerzas del orden. Mientras tanto, se deleita con la emoción tan intensa que le produce vivir un amor en secreto. Por fin comprende por qué su cuñada disfrutaba tanto de sus amantes pasajeros con los que se sumergía entre sábanas en habitaciones de pago. Su confesor desconoce que mantiene relaciones fuera del matrimonio. «Qué

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más da —piensa—, si al final voy al cielo, me encontraré a pocas de las personas que me rodean».

Aunque la Puig & Mckey todavía pasa penalidades, Pilar busca soluciones con la tenacidad que la caracteriza. Se ha ganado el respeto del resto de los cargos de la compañía a base de escucharlos con detenimiento y de demostrar que sus decisiones conllevan beneficios. Además, financia la recién inaugurada Biblioteca Irene Claramunt para mujeres, capitaneada por Eulàlia, Teresa y Mireia, que oferta cursos, equipos deportivos y talleres profesionales. Es un proyecto que propuso su hija mayor y al que dio luz verde sin pensárselo dos veces. Eulàlia ha dado ya varios mítines en ateneos y en círculos librepensadores en los que ha defendido el sufragio universal, y se está convirtiendo en un referente del deporte femenino en la ciudad.

Desde que Marcel·lí leyó en los diarios que la policía había atrapado a los asesinos de su madre, la suerte se ha puesto de su parte. Las firmas de las mujeres catalanas recogidas para pedir la amnistía surtieron efecto, pues, al día siguiente de su entrega, el Gobierno indultó a los condenados por los hechos del Garraf y a otros catalanistas como Marcel·lí. El chico salió de la cárcel poco después, así como también algunos anarquistas. En mayo, los sindicatos volvieron a la legalidad y, justo ayer, el rey derogó un decreto ley que el propio monarca había aprobado en septiembre de 1923. Se trata de la norma que prohibía el uso de banderas catalanas y otras señas nacionalistas en los lugares públicos, junto con el empleo de las lenguas regionales en las instituciones. Mireia defiende que, poco a poco, el país toma el camino hacia la democracia; sin embargo, Pilar se cuestiona si ese camino es posible con un rey en horas bajas que desmantela las bases de la dictadura que él mismo ayudó a instaurar.

Cuando el cura declara marido y mujer a Marcel·lí y a Eulàlia, las lágrimas acarician las mejillas de la señora Puig. Echa de menos a Juana y a Irene en la ceremonia y se congratula de que su difunto marido no esté presente. Ya no siente miedo, ni odio, ni siquiera culpa por su muerte. El mundo es un lugar mejor sin él, salta a la vista. «Solo tengo que rendir cuentas ante Dios. El resto ya me da igual».

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Finales de agosto de 1930

Sentada en el asiento del copiloto, Marta observa a los chicos a través de

la ventanilla del Chevrolet Phaeton que la ha traído hasta aquí. Carles y Frederic, que tienen catorce y doce años, respectivamente, son unos hombrecitos. Hace semanas que Marta pasa algunas tardes ante la puerta de la pequeña mansión en la que viven sus hijos, resguardada a una distancia prudencial para pasar desapercibida. Los ha visto entrar y salir de casa y los ha admirado mientras jugaban al balón en la calle. En este momento se resisten a entrar en su hogar porque no tienen ganas de hacer los deberes, y matan el tiempo debatiendo animadamente sobre la siguiente temporada de fútbol.

Marta no se ha atrevido a hablar con ellos. Kohen los dio en adopción a una familia adinerada que, hasta donde ella ha podido averiguar, los está educando con amor y con respeto. Los chicos parecen felices y tienen asegurado un buen porvenir. Marta piensa: «¿Quién soy yo para perturbar su felicidad?», y al mismo tiempo: «¿Acaso no merecen conocer a su verdadera madre?». Cuando los tiene delante, se siente ante un precipicio sin final perceptible. Desea abrazarlos y colmarlos de besos. Sabe que es una extraña para ellos. Se encuentra en otro callejón sin salida.

Con las manos apoyadas en el volante, Manel espera paciente a que Marta llegue a una conclusión. Desde que Mireia le contó los sacrificios a los que la locutora se había sometido años atrás, no ha podido sacársela de la cabeza. Aquella misma tarde, escribió una carta a su primer amor y se prometió que lo haría a diario hasta que ella accediera a encontrarse con él. Necesitaba agradecerle la extraordinaria oportunidad que le había

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brindado. Al principio, Marta se mostró reticente; sin embargo, un día en el que se levantó con el ánimo templado, aceptó la invitación. Quedaron en la Granja Viader y, mientras Manel escuchaba hablar a Marta, rememoró las mariposas que ya revolotearon en su estómago la primera vez que la vio. Por eso se ha propuesto amarla y respetarla hasta el fin de sus días.

A pesar de que Marta desconfía hasta de su sombra, le permite dormir a su lado cada noche porque él se lo gana a pulso con cada abrazo, con cada caricia, con cada palabra amable y con cada respuesta sensata que ofrece a sus preguntas más impertinentes. Quién sabe, quizá, con el tiempo, ella se vuelva a sentir a salvo en los brazos de un hombre como Manel.

Los chicos entran en la casa y Marta mira el reloj. Debería encaminarse hacia la radio, de lo contrario va a llegar tarde. Se pregunta si en el futuro habrá transistores en los coches. Qué ideas de bombero tiene a veces. Unión Radio Barcelona acaba de estrenar La palabra, el primer diario hablado del país, que se emite cada tarde y en el que se repasan tanto las noticias más importantes aparecidas en la prensa como las que algunos informadores suministran desde diferentes puntos de Barcelona y Madrid. Es más, ella es la locutora de Radio Fémina, un nuevo espacio que se estrenó en julio y que se ha convertido en el primer magazín radiofónico dirigido a la mujer. Se tratan temas religiosos, culinarios, estéticos y de deportes femeninos, pero Marta luchará con uñas y dientes para que se incluyan temas políticos y sociales en el futuro.

—¿Qué quieres hacer? ¿Quieres entrar y presentarte? ¿O lo volvemos a dejar para otro día? —pregunta Manel.

Marta se mira en el retrovisor y sonríe. Se agarra el colgante con la tranquilidad de haber tomado una decisión acertada.

—Ellos tienen su vida, una que parece muy buena. Dejemos que sean felices y vivamos nosotros la nuestra, ¿no te parece?

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Finales de agosto de 1930

Mireia carga dos maletas mientras espera a que por delante de su casa

pase un coche de punto, uno de esos vehículos que ahora llaman «taxis». Se ha pasado los dos últimos días metiendo útiles y recuerdos en cajas repartidas por las estancias del piso de la calle Provença que un día compartió con Josep. Ha tapado los muebles con sábanas y otras telas. Necesita ver mundo para entenderlo mejor. No sabe cuándo va a volver.

Su hijo, adormilado, la agarra por la muñeca. Todavía no ha salido el sol y el pequeño acostumbra a estar en la cama a estas horas. Mireia le ha prometido una aventura y él, pese a que no comprende lo que significa, está contento porque viajará con su madre. De repente aparece una palabra en la mente del crío. La escuchó ayer durante una conversación que Mireia mantuvo con su tía Pilar mientras se despedían, también, de Marta y de sus primas.

—Mamá, ¿qué es una república?

Mireia sonríe y deja las maletas en el suelo porque le pesan. La mayoría de los partidos republicanos españoles se acaban de reunir en San Sebastián con el objeto de trazar una estrategia para echar a Alfonso XIII del trono y proclamar, así, la Segunda República. No confían en la transición hacia la democracia que el monarca y el líder de la llamada «dictablanda», el general Dámaso Berenguer, promueven desde el poder. A Mireia ya le da todo igual.

—Me gustaría decirte que será la solución a todos nuestros problemas, la verdad.

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Un grupo de obreros que se han declarado en huelga circulan en manifestación por la esquina que queda a su izquierda y proclaman sus peticiones a voz en grito. Mireia los mira con orgullo, esta es la ciudad que conoce. Espera que Pilar sea tan justa con sus trabajadores como ella desearía. La corrupción sigue existiendo, la pobreza también, y ese halo populista que actúa para engrandecer una bandera que jamás ha pedido que se hable o que se hagan atrocidades en su nombre, y que Primo ha incentivado, sigue campando a sus anchas entre el poder civil y el militar, y amenaza con expandirse.

Un taxi se detiene al grito de Mireia. El conductor baja del vehículo con la intención de ocuparse de las maletas de sus pasajeros, pero Mireia le exige que vuelva a subirse al coche y que le permita hacerlo a ella misma. Entonces mete en el maletero su equipaje y el de su hijo, el único que necesita cargar para ser feliz.

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Nota del autor y agradecimientos

Querido lector o lectora, espero que al terminar este libro te quedes con

la sensación de haber navegado por una época crucial para nuestro presente. Ciertamente, fueron unos años en los que se gestaron determinados discursos que varios políticos todavía repiten en nuestros días y en los que se practicaron determinadas maneras de gobernar y de usar el lenguaje que todavía hoy dañan la salud de las instituciones. De hecho, en aquella década también se fraguaron algunas realidades sociales y algunos conflictos políticos que han perdurado en el tiempo, así como los prodigios que, como sucede en la actualidad, llegaron para cambiar las rutinas y la cosmovisión de los ciudadanos y las ciudadanas. La electricidad y la radio alteraron nuestros hábitos en el pasado tal y como ahora lo hace la inteligencia artificial, y despertaron reticencias similares a las que las nuevas tecnologías nos provocan en este momento.

El reto que ha supuesto esta novela se complicó cuando decidí estructurarla en días concretos de la vida de las protagonistas. Por esa razón, me vi obligado a concederme algunas licencias para que la ficción y la historia fueran de la mano, como, por ejemplo, situar el estreno de Mariana Pineda el 7 de noviembre de 1926 en lugar de la fecha real, el 24 de junio de 1927, o ubicar la aparición del primer informativo radiado, La palabra, en julio de 1930 en vez del 21 de octubre del mismo año. No confundas estos pequeños deslices voluntarios con los hechos verídicos, como la primera celebración del Día del Libro el 7 de octubre de 1926. El 23 de abril no se estableció como fecha oficial hasta principios de la década de 1930.

Termina aquí una tanda de novelas dedicadas a aquella Barcelona convulsa, revolucionaria y efervescente que empezó con La avenida de las ilusiones y siguió con Nunca serás inocente. Debes saber que las tres

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novelas comparten un universo común y algunos personajes, pero que, a la vez, son tres libros que puedes leer de forma independiente o en el orden que prefieras. Así, si te apetece conocer la historia de la actriz María Green —y descubrir con ella los orígenes del Paralelo, la gran avenida de los teatros y los cabarets—, la de Josep Puig —y meterte en las fábricas del momento— la de Mateu —uno de los amantes de Mireia que apenas se menciona en este relato y que protagoniza una historia de sindicatos y pistoleros— o el pasado de Juana, así como otros episodios de la vida de algunos personajes que has frecuentado en estas páginas, te invito a hacerte con un ejemplar de una de mis anteriores novelas. Y si te apetece comentarme cualquier cosa sobre esta, escríbeme a través de las redes que encontrarás debajo de mi biografía.

Llega el momento de los agradecimientos. Me gustaría empezar por mi antigua editora, Cristina Castro, quien confió en mí al principio de este camino. Gracias por apostar también por La voz del silencio y por aquella Barcelona que nos tiene enamorados.

Seguidamente, deseo dar las gracias a mi familia por la fuerza y el apoyo que me ofrecéis día a día, el mundo sería un lugar más triste sin vosotros; y también a los amigos y a las amigas que me acompañan en todos y cada uno de los caminos que emprendo. Soy un afortunado por tener a personas tan maravillosas a mi lado. Como no podría ser de otra manera, hago una mención especial a la ayuda de Carlos Aguilar, mi siempre a punto lector cero.

Para acabar con el ámbito más personal, gracias a ti, Pau, por acompañarme en estos últimos meses de escritura y revisiones e insuflarme vida.

Como te podrás imaginar, querido lector o lectora, he tenido que documentarme en un sinfín de lugares y he tenido que pedir ayuda a muchas personas, así que me gustaría dar las gracias a las siguientes:

Al periodista Òscar Morè, por ponerme en contacto con el departamento de Documentación de SER Catalunya, y a Xavier Sánchez Mesa, por indicarme las fuentes a las que he acudido para poder explicar el origen de Radio Barcelona.

A Daniel Bolton, por abrirme al mundo del remo en la ciudad, y al Reial Club Marítim de Barcelona, por dejar que me documentara en su biblioteca y archivo en distintas ocasiones.

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Al Arxiu Històric de Barcelona y a la Biblioteca de Catalunya, por la labor de preservación de la memoria y por el gran acompañamiento que brindan a los usuarios en la maraña de información que sus paredes albergan, así como a los bibliotecarios y bibliotecarias de las bibliotecas Poble-sec Francesc Boix y Gòtic-Andreu Nin, por vuestra ayuda en la búsqueda de información.

Me gustaría agradecer de nuevo a Grijalbo y a Penguin Random House por confiar en mí, sin el esfuerzo de vuestros equipos nada de esto sería posible, y en especial a Lucía y a Pablo por el trabajo que dedicaron a las dos anteriores novelas.

Antes de terminar, quiero dar las gracias también a mi nueva editora, Clara Rasero, por su trabajo y su confianza. Espero vivir muchas más aventuras como esta a tu lado y, bueno, es una suerte encontrarse con otra editora de mirada audaz por el camino.

Y, por último, gracias a ti por haber leído este libro. Si te ha gustado, ya lo sabes, recomiéndalo.

Barcelona, 9 de junio de 2023

XAVI BARROSO (Granollers, España, 1984) estudió Comunicación Audiovisual mientras devoraba libros como 1984, La ciudad de los prodigios o El retrato de Dorian Gray. Ha escrito guiones de humor, de divulgación y de ficción para diferentes canales de televisión y ahora trabaja en el ámbito del marketing online gestionando proyectos digitales y creando contenidos. Actualmente, también imparte clases de escritura y de guion.

La avenida de las ilusiones (2020) fue su primera novela, a la que siguió Nunca serás inocente (2022). Aunque se pueden leer de forma independiente, con La voz del silencio, Xavi Barroso culmina una trilogía sobre la Barcelona de principios de siglo XX con la que ha generado un universo de referentes y personajes de profundo calado.



FIN

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