© Libro N° 14889. Los Niños De Humo. Castaño, Aitana. Emancipación. Marzo 7 de 2026
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LOS
NIÑOS DE HUMO
Aitana
Castaño
Los Niños De Humo
Aitana Castaño
Cuando los niños de las cuencas mineras salían de su pueblo no tenían que decir de dónde eran. Todo el mundo lo sabía. ¿Por qué? Su ropa olía a humo. A humo de las locomotoras, de las chimeneas, de los tubos de escape…
Este libro cuenta la historia de esos niños que después fueron hombres y de aquellas mujeres que vivieron en una tierra poco a poco abandonada. Historias entrelazadas, fundidas sobre el negro de un carbón que ya no suelta humo pero sí memoria, lágrimas y carcajadas.
Los niños de humo es una memoria sentimental sobre la minería asturiana. Un libro intenso, crudo, cargado de ternura y humor negro, que recoge el duro testimonio del trabajo en la mina.
Aitana Castaño y Alfonso Zapico, en su condición de niños de humo, han apostado todo lo que son en estas páginas que se funden entre la realidad y la ficción. Sus recuerdos. Su tierra. Su historia. La historia de un territorio y un tiempo de lucha, no solo por la dignidad de los mineros asturianos sino en permanente combate por la libertad.
Aitana Castaño
Los Niños De Humo
ePub r1.0
Titivillus 27-01-2026
Aitana Castaño, 2018
Ilustraciones: Alfonso Zapico
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Escribo nuna llingua que mui pocos falen, que munchos menos lleen. La mio mayor ambición lliteraria ye retratar la vida, como foi o como suañé que yera, d’un llugar que nun tien más de cuarenta habitantes. Vi morrer un mundu y quiero dar noticia d’él.
Hestoria universal de Paniceiros, Xuan Bello
Sursum corda.
Prólogo-Jaula
Alfonso y yo pertenecemos a la primera generación en un siglo de historia de las cuencas mineras asturianas que no tiene un trabajo relacionado con la minería. Somos los primeros, en más de cien años, que no bajamos a las entrañas de la tierra, que no lavamos con nuestras manos la negrura de edificios o ropas, que no temblamos cada vez que el sonido de una sirena irrumpe en los alrededores de algún pozu anunciando la tragedia.
Esto que cuento ahora (y lo que os vamos a contar más tarde) parece épico, ¿a que sí? Quizá lo sea. Al menos para los que no vivieron o no conocieron alguna cuenca minera del mundo (da igual que sea Asturias, Chile, Inglaterra o Alemania) en todo su esplendor o en toda su decadencia, que también la tenemos y también es esplendorosa.
Porque sí, tiene algo de épica, y de aventura, y de novela con héroes y villanos, pensar que existió (y que aún existe en algunos mundos) un lugar concreto de este planeta lleno de hombres y mujeres rudas, de carácter fuerte y manos fuertes, con tendencia a blasfemar (después os enseñaremos una palabra mejor para hablar de blasfemias), sin pudor a la hora de defender sus derechos y que cada día se manchan las manos o los ojos de carbón para sacar adelante sus vidas.
Nosotros, que somos hijos de esas luchas, de esos esfuerzos, de esos caracteres y esos cuerpos ennegrecidos, y los conocemos de cerca, sabemos que no es carbón todo lo que reluce y relució en las cuencas mineras. Pero, como herederos suyos que somos, tenemos la responsabilidad de contarlo. De contarlas.
—Somos los primeros que no bajamos a la mina, ¿te das cuenta? —me dijo Alfonso un día en el que este libro apenas era una idea de esas que parece que nunca llegarán a existir. Como esos cafés que te prometes tomar con los amigos.
—Sí —respondí yo—. Y también somos los últimos que podemos contarlo con testimonios directos —añadí.
El libro, que era un deseo, se convirtió aquel día en una responsabilidad que había que sacar adelante a toda costa. Le dije a
Alfonso:
—¿Qué te parece si…?
No fue necesario terminar la frase…
Y pronto, muy pronto, llegó también el título Los niños de humo, que es el título de uno de los relatos que conforman este libro, pero también es algo más.
Tal vez desvelar el significado de Los niños de humo no deba hacerse en estas primeras páginas, pero lo voy a contar por dos razones. La primera es la posibilidad, o el secreto deseo, de que saber el origen de este título os haga disfrutar mucho más de la lectura. La segunda razón es porque seguro que sois como yo, que me salto todos los prólogos.
En tal caso ya no hay mucho problema…
Allá voy. El título del libro viene de la frase que me dijo un señor de Mieres mientras veíamos unas fotos antiguas de locomotoras de tren. El señor me explicaba una historia de cuando él era pequeño. De repente me cogió por la solapa de mi cazadora vaquera y la acercó a su nariz.
—Los críos de las cuencas, cuando llegábamos a Oviedo, no teníamos que decir que éramos de las cuencas —me dijo—. Lo sabía todo el mundo porque olíamos a humo.
¡No me digáis que no es fascinante! La imagen, el olor, la historia… Que te sepan de las cuencas mineras sin que tú lo digas es algo que
también nos pasaba años después, sin que existiera el humo que lo condensaba todo. A mí me pasó cientos de veces. No tenía que decir mi procedencia cuando íbamos a Oviedo, a Gijón o a cualquier otro punto de los alrededores de las comarcas. Se sabía. Me lo preguntaban: «¿Eres de las cuencas?». Y yo decía: «Sí». Porque en realidad tampoco ponía en duda que nadie lo supiera. Y ellos replicaban: «Tienes acento de las cuencas». Y tú, como al niño al que le sabían de los valles mineros por el olor de su ropa, asentías sin dudarlo.
Puede pasar que, siendo de esas cuencas, nunca te preguntes cómo es posible tener un acento por el que se te reconozca cuando vienes de un territorio formado, en menos de cincuenta años, por miles y miles de personas llegadas de toda España (y Portugal). Miles de acentos de Andalucía, Extremadura, Galicia, Cataluña, País Vasco o León que, de repente (porque cincuenta años en la historia del mundo solo se pueden explicar con un de repente), y de forma espontánea, consiguieron convertir las cuencas en una nación y su carbón en bandera. Nunca te lo preguntarás hasta que salgas de estas comarcas y te des cuenta de que la peculiaridad de esta tierra viene de muchas razones y una de ellas es ese acento cerrado. Si la minería se pierde (si no se perdió ya), ojalá no se pierda la manera única y bella de llamar a las cosas en este negro rincón del mundo.
Y así como Los niños de humo es un cuento que nace de un tirón de solapa, todos y cada uno de los relatos que conforman este libro tienen su origen en una conversación, una frase suelta o un recuerdo al aire de alguno de los hombres y mujeres que aún hoy pueblan estas cuencas y sin los que Alfonso y yo no podríamos haber escrito o dibujado nada de esto.
En la mina hay un ascensor de hierro que lleva a los mineros desde la calle hacia el centro de la tierra (y viceversa), y que en el argot minero se llama «Jaula». Llamemos así a este prólogo. «Jaula», como el medio que os lleve de la vida al centro de las cuencas mineras. Allí (aquí) está oscuro y frío. Pero también, os lo prometemos, hay luz. No en vano en asturiano publicar se dice asoleyar, que no es otra cosa que sacar al sol.
Aitana Castaño
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Teléfonos
Marisa no tenía que levantar el auricular para saber lo que le iban a decir al otro lado del hilo telefónico. Eran las cuatro menos diez de la madrugada y Jaime estaba en el pozu[31]. Pero lo levantó.
—Marisa, oye mira que soy Serafín, ¿tas bien?, vete a buscar a la mi muyer, nun tes sola, ye que mira… Marisa, oye, dime algo…
Marisa colgó el teléfono sin decir nada, arropó a Jacobo, que dormía en la cuna, y comenzó a llorar. Al poco, sonó el timbre. Eran las vecinas. Ellas tampoco dijeron nada.
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«Hace años, cuando taba trabayando nel Pozu Llamas, hubo un derrumbe y morrió un chaval. Tardamos en encontrar el cuerpo siete días. Pienso en ello y veo a aquel padre día y noche, día y noche, esperando agacháu, apoyando la cabeza en les manos, en la enfermería del pozu, esperando y esperando a que se lu sacáramos de allí. Por eso los mineros entendemos mejor que nadie a los marineros, a esta familia que hoy entierra a un chaval de veintiocho años».
El alcalde de Mieres me contó en un susurro esta historia cuando me acerqué a él en el funeral de Marcos del Agua, el joven asturiano fallecido en el Cabu Peñes en el naufragio del Santa Ana. Y a mí, no sé si por la tensión acumulada de días y días de espera que se palpaba en el ambiente o por el orbayu[29] gris que empezaba a arreciar, pero me dio todo una pena terrible.
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Cuatro miradas para Encarnita
(Una). Encarnita tenía el pelo lacio y rubio, casi blanco. Algunos de los mineros que paraban en Casa Cosmen, el bar de su padre, la llamaban «La Rusa». Otros, como Juan Piñeiro, llegado de Cangas do Morrazo hacía tan solo unos meses, apenas le decía un escueto «Hola».
Encarnita era alta y tan guapa que parecía una actriz de cine, de esas con las que el joven Piñeiro y los demás soñaban cada domingo en el Cine Froilán, antes de volver a la pensión. A la Rusa no se le conocía novio ni pretendiente formal, aunque no por falta de candidatos. Todos en el
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pueblo, salvo ella, sabían de la existencia de un hombre moreno que se acercaba cada noche al balcón de Encarnita para recitarle un verso, uno solo, no como los vinos que llevaba encima el trovador, que eran bastantes más.
Encarnita tuvo que esperar a la primavera (fue una tarde de romería en el pueblo) para contemplar los ojos negros que llevaban tiempo rogándola. Esa misma noche Piñeiro le pidió un culete[8] de sidra, dejando de lado su afición al vino blanco. Una afición que caracterizaba al gallego desde que había dejado el mar.
(Dos). Cosme era, además del chigrero[6] más respetado de la comarca, el padre de Encarnita «La Rusa». Ella había heredado de él la prestancia y ese donaire escrupuloso que tienen los taberneros de las cuencas mineras. En lo que a su hija se refiere, Cosme nunca había tenido problemas con la clientela, formada íntegramente por mineros que se acercaban al bar después de dejar el tajo[33]. Pero aquella tarde, cuando vio al capataz Piñeiro mirar con deseo a su Encarna y pedirle un culete de sidra con su voz cantarilla y melosa, sintió que sus piernas muertas —en un accidente de mina años atrás— volvían a la vida para darle su merecido al galleguín. Cosme se acercó como pudo a la barra, exhaló un mecagonrós[25] y dejó pasar la vida.
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(Tres). Julián conocía a Encarnita desde los tiempos del catecismo. Nunca se había atrevido a mirarle a la cara, ni siquiera a decirle lo mismo que, botella en mano, aventuraba cada noche con tres copas encima, junto a su balcón. La tarde de primavera en la que, decidido, cogió la sartén por el mango y acudió al chigre dispuesto a cantarle su amor a la cara, se encontró con un gallego alto, desgarbado y capataz que levantaba la mano con aire complaciente y pedía un culete.
(Cuatro). Juan Piñeiro, nacido en Cangas do Morrazo, huérfano de un padre «que se lo llevó la mar», decidió marchar de su pueblo la misma tarde en que su madre le dijo que tenía que embarcarse rumbo al Gran Sol. Cogió el hatillo que le habían preparado, encaró el puerto y tomó el rumbo contrario, tierra adentro. Primero caminando, después en tren, más tarde en un coche de caballos. Recorrió quién sabe cuántas leguas, y finalmente paró. Ofreció su título de maestría a quien lo quisiera coger y, cuando quiso darse cuenta, estaba bajo el suelo, el mismo que sus ancestros apenas habían pisado.
Desde hacía meses trabajaba de capataz y vivía atento a las miradas de una chigrera rubia que le atendía más bien poco y le servía el vino blanco con un desdén que lo volvía loco. Una tarde de primavera, movido quizá por esa misma primavera, dejó de lado su pinta, alzó la mano y sentenció: «Un culete». No disimuló la mirada de deseo al ver a Encarnita levantar el brazo frente a él y escanciar. Y ella no apartó los ojos de aquella mirada.
Y de ahí a un «Señor Cosme, quiero casarme con ella», a otro «mecagonrós», y después dos gemelos, de nombre Cosme y Joaquín, rubios y rusos como su madre. El único y verdadero Gran Sol que guio a Piñeiro.
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Leopoldo llegó a Asturias después de quién sabe cuántos días y medios de transporte. Su primera casa fue un piso en el que apenas se podía respirar (ahora diríamos «pisopatera»). Y su primera impresión, de altura: «¿No están muy bajas las estrellas aquí en Asturias?», preguntó mientras señalaba al cielo y recordaba su Córdoba natal con una mezcla de tristeza y añoranza. Y también recordaba a Manuela, su Manuela, y a Dora, su Dora, y al pequeño Manuel, al que no conocía pero creía recordarlo igual. «Poldo, eso no son estrelles, fíu, eso son les luces de los pueblos que tan ahí encaramaos en la montaña».
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En la mina se rieron de él por este asunto durante meses. Él también se reía. Hasta que un día dejó de reírse y decidió comprar una casa en las estrellas. Así fue como Leopoldo se fue a vivir a Cabaños (con Manuela, su Manuela, Dora, su Dora, y el pequeño Manuel, al que por fin conoció). Y gracias al cielo (y a las estrellas) años después nacería en Langreo Juan, el mi Juan.
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«El Daglas»
Accésit en el V Concurso de Microrrelatos Mineros «Manuel Nevado Madrid»
Sufría por verle desnudo, cubierto de una pátina de carbón, mientras el resto de compañeros hacía bromas en las duchas. Quería besarle y limpiarle, con delicadeza, la línea negra que le quedaba en los ojos porque nunca tenía tiempo para detenerse a quitarla. Ernesto, que algún día pensó en ser cura —«Dios no lo quiera», decían en casa—, dejó el seminario y entró en la mina para estar al lado de Joaquín, que era también «El Ruso» por parte de madre y «El Daglas» por su parecido con el actor. Y así estuvo cinco, diez, quince años… Fue el padrino de su boda, aguantó estoicamente la temporada que al otro le dio por ir de burdeles —«Ernestín, cagondiós[3], ven conmigo, que no se entera nadie»—, y lo
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abrazó fuerte la tarde que, en el embarque, les sorprendió una ración de grisú que casi no lo cuentan. «¿Qué se te perdió a ti en Alemania, Ernestín? ¡No me jodas!», le replicó pocas horas después en la barra de Casa Cosmen. «En Alemania nada, pero como siga aquí mirándote a los ojos acabaré perdiendo la cabeza», pensó mientras bebía a su lado la última caciplá[1]. No hubo más palabras. Un billete de autobús le dejó en la Zentraler Omnibusbahnhof. Lo primero que vio fue el cartel del último estreno cinematográfico, There was a Crooked Man, protagonizado por Henry Fonda y Kirk Douglas.
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No juguéis ahí
«No juguéis ahí», les repetía el hermano de su abuelo, el tío Camilo, cada vez que veía cómo se acercaban al final de la finca, justo al lado del precipicio desde donde se divisaba todo el valle. «No juguéis ahí, ¡venid para acá!». Y ellos creían que lo que temía el tío Camilo era que, entre la brutalidad del mayor, Iván, el misticismo de Ernestín (que iba, «dios no lo quiera», para cura) y la torpeza del pequeño Fernando, que venía de Madrid cada verano y ni siquiera sabía andar en madreñas[21], se armara alguna gorda y hubiera un accidente. Pero no. Dos años después de la muerte del tío Camilo, Fernando lo entendió todo. Él, que ya había cumplido los cuarenta, y que además de aprender a andar en madreñas también se había convertido en todo un lúcido profesor de Ecología e Impacto Medio Ambiental en la Universidad Politécnica, solo necesitó saltarse una vez la orden del hermano de su abuelo para entenderlo todo.
Había decidido construir un merendero en el balcón natural, al final de la finca que habían heredado él y sus primos. El espacio ofrecía una vista única al valle. Y lo iba a hacer con sus propias manos para enseñarles a sus primos que no era tan torpe como ellos creían. Aprovechando la
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benevolencia de un invierno más suave y menos lluvioso de lo normal, Fernando subió en su coche los aperos y se puso manos a la obra una tarde de domingo de finales de enero. Tan solo pudo clavar una vez la pala en la tierra. Al retirar la herramienta se encontró la evidencia trágica y escuchó, en el fondo de su cabeza, las tres palabras del tío Camilo: «No juguéis ahí».
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Cinco cuerpos. El equipo de voluntarios arqueólogos confirmó que, en aquel pequeño espacio de terreno que «daba al precipicio desde donde se divisaba todo el valle», había cinco cuerpos. «Cuatro hombres y una mujer». Así lo constató el juez tiempo después. Firmó el levantamiento de los cadáveres sin apenas mirar el informe de mil doscientas hojas que habían preparado a conciencia y en el que contaban que los cuatro hombres eran cuatro mineros a los que todo el mundo conocía como El Llargu, El Chore, El Gitanu y El Barrenderu, y la única mujer, Eulalia, posiblemente la maestra más guapa de toda la cuenca minera y cuya foto había estado presidiendo la habitación del tío Camilo hasta el día de su muerte.
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El 13 de diciembre de 1937, a las siete de la mañana, junto a la tapia del antiguo cementerio de Ciañu, al lado de la Iglesia, resonaron cinco tiros de gracia. Cinco disparos que, después de décadas de silencio y también de investigación, se supo que iban destinados a Pablo de Blanco, Manuel Duarte, Alfredo Fernández, José María Suárez y Eduardo Gallo. Sus cuerpos fueron enterrados en una esquina del camposanto. Allí se quedaron solos cuando se trasladaron todos los nichos al nuevo cementerio para construir la Plaza de Abastos. Allí siguen. Ahora los familiares de Pablo, Manuel y Alfredo buscan a los herederos de los otros dos campesinos.
Descartada la exhumación, lo que se busca es poder colocar, al menos, una placa en la pared del mercado que los recuerde, que resarza a las familias después de todo este tiempo de miedo.
En estos años la hija de Duarte, Olvido, que vio cómo lo mataban, nunca quiso entrar en la Plaza de Abastos. La hija de Blanco, Hidelgart, que aún vive, sí lo hizo. Sí entró en el mercado. Y lo hizo a sabiendas de que a pocos metros de ella estaba enterrado su padre, aunque no podía decirlo en voz alta.
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La placa que planean colocar en la zona rezará una frase: «La triste flor del olvido, nunca nacerá en tu fosa».
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Habían estado el día antes en la Güeria de Urbiés. Alguien les escuchó decir que iban a pasar la noche en la cuadra de El Granxu. Y allí los fueron a buscar de madrugada.
No sabían cuántos los rodeaban. Aguantaron la emboscada todo lo que pudieron, hasta que no pudieron más. Salieron de la cuadra gritando: «¡Aquí están las fuerzas leales al gobierno de Negrín! ¡Viva la
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República!». Y murieron en unos minutos víctimas de las ráfagas de disparos, de los estallidos de las bombas. Murieron a unos metros de la cuadra y allí mismo los enterraron. Eran los mineros: El Llargu, El Chore, El Gitanu y El Barrenderu. Dos palos recuerdan dónde se encuentran exactamente los cuerpos de El Gitanu y El Barrenderu. Y hoy, por primera vez en setenta y seis años, la familia de El Barrenderu le pudo llevar flores.
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Era cura en Caleao cuando decidió que no podía aguantar más la situación que vivían muchos de sus convecinos, algunos de ellos amigos, sistemáticamente perseguidos, asesinados y arrojados —en algunos casos aún vivos— a fosas comunes. (La guerra había acabado hacía nueve años). Colgó los hábitos y se fue. Primero a Ginebra, a trabajar, a llorar desde lejos por los suyos y a rezarle a un Dios que, según decía, tendría que acabar haciendo algo bueno por los que sufrían. Pasaron los años y las tragedias y se jubiló en Málaga. Antes de morir y después de toda una vida, dejó clara su última voluntad. Los amigos la cumplieron y así fue como los restos de un cura de Caleao reposan ahora en el Pozu Funeres junto a los de no se sabe muy bien cuántos habitantes de las cuencas mineras, que fueron perseguidos, asesinados, arrojados —en algunos casos aún vivos— a esta sima en los montes de Peñamayor. Una sima donde hoy, como si de algo divino se tratara, un trueno interrumpió el minuto de silencio en memoria de las víctimas. De las víctimas de 1948 en el Nalón y de las de hoy mismo en Siria.
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Intactas
Ataúlfo Rionda se coló entre los mineros de la última fila que, agrupados, miraban al fondo de la casa de aseos taponando la entrada. Al oír la voz de
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Santiago levantó la vista. No solo vio a su primo gritar para que todos pudieran escucharlo, también comprobó que las perchas colgaban del techo con las ropas de trabajo dentro. Intactas.
Nadie había bajado la suya. Y aunque nadie se lo había dicho nunca y no existiera orden escrita, Ataúlfo supo exactamente lo que significaba aquel gesto.
—No bajaremos hasta que se aclaren las circunstancias del accidente en el que dos compañeros han perdido la vida… —escuchó gritar a Santiago Rionda encaramado en el banco, delante de su taquilla. A su primo aún le sangraba la mano del día en que, por sacar a El Alboroto de un derrabe, casi se troncha los dedos con un hacha.
Sonó el turullu[34]. Las perchas seguían intactas.
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Fantasmas
Si los fantasmas tuvieran ojos, seguro que serían azules. Si tuvieran boca, sería carnosa y entreabierta, con una herida en el labio inferior. Si tuvieran voz, susurrarían en un tono grave, como si en realidad hablaran al silencio.
Inés, a sus noventa y dos años, nunca había visto un fantasma, pero se los imaginaba así: altos, guapos, heridos, susurrantes y de ojos azules. Como el joven que en el verano de 1942 se escondió tras los muros de la Iglesia de Santa Cristina y le rogó con la mirada y una voz tremulosa que no lo delatara. Ella no lo hizo. Lo escondió dentro del templo, negó a los guardias civiles que lo buscaban (e incluso a su tío Don Fulgencio) haber visto por la zona a un hombre joven, de ojos claros y con una herida en la boca, y durante dos noches acudió a escondidas a verle para darle de
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comer, para curarle la herida y para enseñarle, desde dentro, la ermita. «Desde la guerra no está en sus mejores condiciones, pero bueno, en realidad, ¿quién está en buenas condiciones desde entonces, verdad? Es preciosa, ¿a que sí?», decía Inés y el joven sonreía. Y sí, lo era, Santa Cristina era igual de hermosa que once siglos atrás, allí colocada como por arte de magia en lo alto de la colina, junto a la casa de Don Fulgencio, el párroco de toda la zona y también el tío de Inés. «Fue construida en el siglo IX, bajo el reinado de Ramiro I, más o menos en el año 852 de nuestra era», le decía ella al chico en voz baja. Eso se lo había enseñado Don Fulgencio de carrerilla. Sola había aprendido otras cosas, que también le contó al fugitivo. Como que si cuentas bien «y tienes paciencia» encontrarás en la iglesia hasta trescientas sesenta y cinco esquinas, «una por cada día del año». El joven la miraba y volvía a sonreír.
—Me tengo que ir, Inés. No sé cómo devolverte el favor… Me has salvado la vida —le había dicho antes de marchar la tercera madrugada.
—No importa —respondió ella al tiempo que sentía cómo la mejilla que él le acariciaba enrojecía de pura vergüenza, y le aparecía un nudo en
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el estómago que no era capaz de explicar.
El fugao[14] desapareció monte abajo. Se esfumó. Solo sabía que se llamaba Arturo Villabrille. Y no porque él se lo hubiera dicho, se lo vio en un documento que guardaba en la cartera y que ella fisgó mientras dormía bajo la escalera de siete peldaños que daba al altar. Así que eso fue lo más parecido a un fantasma que había visto Inés, a sus 92 años.
Al menos hasta aquel día caluroso de julio de 2012 en el que Inés cogió su bastón y se dispuso a desobedecer órdenes, que era lo que más le gustaba hacer en la vida (además de los fantasmas altos, guapos y de ojos azules… pero eso ya lo sabéis). Las primeras órdenes que no acató fueron las de su nieta Claudia que, antes de salir a trabajar bien temprano, le rogó:
—Güelita[16], por dios te lo pido, hoy no te muevas de casa que los mineros cortaron la autopista y seguro que hay jaleo por aquí cerca. ¿Me vas a hacer caso, güeli?
—Bah, bah, bah… Rediós[32]… Tampoco acató el mandato de la doctora:
—Doña Inés, tiene que cuidar esas rodillas y esas caderas. Déjese de subir la cuesta, mujer. Si quiere visitar la iglesia, dígaselo a su nieta que seguro que la acerca de buen gusto. ¿A que sí, Claudia?
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—Claro que sí, doctora, pero ella es muy necia y a la que nos despistamos allí está subida, que si viera usted la pendiente…
Inés no escuchaba los reproches.
—Bah, bah, bah… Rediós —repetía y daba manotazos al aire.
El tercer mandato que Inés rehusó cumplir esa mañana fue el de una voz grave que surgió de la nada al final de la cuesta, casi en lo alto de la colina de aquel caluroso día de julio de 2012.
—¡Señora, agáchese, por favor, agáchese y váyase de aquí! Pero usted no puede estar aquí… Es muy peligroso… Váyase… ¿Qué hace aquí?
Inés no conocía al chico que le replicaba (en realidad no sabía si lo conocía, llevaba la cara tapada). Y claro, no se agachó… «¿A cuento de qué me voy a agachar?», dijo entre dientes…
—Váyase, por dios se lo pido. ¡Váyase! ¿Qué hace aquí? Esto es muy peligroso… Está la policía… Y viene para acá… —El joven, que llevaba en la mano dos docenas de petardos y un tirachinas, los tiró al suelo—. ¡Joder! —No dijo más. La cogió por el brazo y con ternura la empujó hacia el pórtico de la iglesia. Se oyeron más voces. Un grupo de mineros cruzó corriendo. Dos detonaciones más y el silencio. El joven, que olía a pólvora y a dios sabe qué trazas de barricada, se quitó el pañuelo con el que se cubría la cara y sonrió a la anciana. Y entonces Inés, por segunda vez en sus 92 años, vio un fantasma.
—¿Arturo?
—¿La conozco? —dijo el joven sin mirarla, asomado a la puerta y acechando a ambos lados.
—¿Eres Arturo Villabrille?
El chico se giró y la miró extrañado.
—No…
—Ah… —suspiró Inés.
El joven volvió a mirarla y volvió a sonreír.
—Arturo Villabrille era mi abuelo.
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El Alborotu
El doctor Germán Orozco se acercó a la camilla de Manolo El Alborotu y le cogió el mentón.
—Tengo que cortar, Manolo.
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El Alborotu abrió mucho los ojos y escupió la sangre que se le cuajaba en la boca.
—¡Mientras no tengas que cortarme los huevos!
Orozco levantó la vista del minero herido y vio al capataz Rionda y a dos brigadistas echarse a reír con ganas. También él sonrió.
—Tengo que cortar, Manolo. No es ninguna broma… ¿Me oyes? — repitió.
—¡Corta ya, mecagondiós[24]! —gritó de dolor el picador al que la caída de un costero había destrozado el lado izquierdo del cuerpo. Una hora más tarde, El Alborotu entraba en la ambulancia camino del hospital con un litro de sangre y una pierna menos. Las dos cosas las tenía Orozco encima. En su bata blanca y en su mano derecha. Por la puerta entreabierta Rionda se fijó en el aspecto cansado del doctor, que había convertido, como tantas otras veces, el botiquín del pozu en un improvisado quirófano. Se asomó dentro.
—Don Germán. Muchas gracias.
El médico aceptó la gratitud con una inclinación de cabeza y se miró las manos ensangrentadas.
—No me des las gracias, dáselas a tu sobrino Santi que lo sacó de allí y también a los chavales de la Brigada. El torniquete le salvó la vida. —El médico avanzó hacia el capataz limpiándose las manos con un trapo. Le tocó el hombro—. Se va a poner bien, Rionda. Ya verás. No te preocupes. Le pondrán una pata de palo y seguro que podrá caminar. En dos meses lo volvemos a tener por aquí.
—Ojalá. Le va a nacer el quinto neno. Hay muchas bocas a las que dar de comer en esa casa como para quedarse sin sueldo —replicó Rionda agachando la cabeza.
Los pronósticos de Orozco no fallaron. Dos meses más tarde El Alborotu entraba por la puerta del pozu con un hijo y una pata de palo más. Seguiría «currando» para la compañía de minas. Limpiaría los baños y se encargaría de que el agua estuviera caliente para la salida del relevo. O al menos eso era lo que le habían encargado.
—¡Joder, Manolo! Me tienes revolucionado a todo el relevo. Dicen que el agua está fría. Buena gana tienes de escucharlos, anda, mira a ver —gritaba el capataz por el pasillo camino de la caseta de El Alborotu.
Manolo escuchaba las voces, dejaba la novela de turno de Marcial Lafuente Estefanía encima de la mesita y se levantaba renqueante hasta el
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calentador.
—No aguantan nada, Rionda, no me jodas. Yo lo noto «calentino». Mira…
El capataz soltó una carcajada.
—Cagondiós, Manolo. Estás probando el agua con la pata de palo.
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Tuberias
«Clonk».
El sonido de las tuberías de la casa de aseos fue lo primero que Santiago escuchó. O al menos lo primero de lo que fue consciente desde que había salido de la galería y accedido al interior de la jaula[19], y de ahí a la atestada plaza del pozu cargando con la camilla de Manuel El Alborotu. Malherido, muy malherido, casi muerto.
Abrió los ojos dentro de la ducha. Y recordó lo último que había escuchado una hora antes de boca de su capataz, Aurelio Rionda.
—¡Vete de aquí, Santiago! ¡Ahora!
Santiago miró al viejo capataz desafiante, colocó en la boca el tubo del autorescatador y comenzó a respirar su propio aire, cada vez más
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punzante, cada vez menos aire. Se tiró de rodillas y gateó hasta el fondo de saco, agarró al Alborotu por una bota y arrastró su cuerpo inerte hacia él. Hasta le dio tiempo a frenar de un manotazo el hacha que caía de un costero[7].
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Casi escupió el tubo y toda su ira con él, cuando el filo de la hoja le rozó los dedos de la mano.
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«Clonk». Santiago volvió a escuchar tuberías, también unos pasos decididos y una voz: la de su capataz.
—Joder, guaje[15]. Anda buscándote el doctor Orozco, le dijeron que traías mal una mano. Déjame ver…
Santiago levantó el brazo y enseñó su mano destrozada a Rionda, que no pudo disimular una mueca de asco.
—Rediós, se te ven hasta los huesos… Vete a que te la cure Orozco, anda.
Aurelio miró a Santiago salir de la ducha desnudo. El joven refunfuñó algún lamento por lo bajo y alzó la voz.
—Rionda… Estoy bien, de verdad… Entré a sacarlo. No podía hacer otra cosa, joder. ¿Cómo está Manolo? Dime que está bien… ¿Está bien, no?
El capataz apartó la vista de Santiago. No soportaba ver la sangre cayendo por su brazo hasta el suelo. Respiró hondo y se acercó al chaval, le puso la mano en el hombro y habló despacio.
—Mira Santi. Como a ti te pase algo en esta puta mina, a mí mi hermana me mata. Así que la próxima vez que te diga que te vayas te vas, porque si no el que te mata soy yo. ¿Me oyes? Y ahora vete a que te curen.
—Pero…
—¡Ahora!
—Sí —respondió el joven mientras miraba cómo su tío le envolvía la herida con una camiseta.
El capataz caminó hacia las taquillas. Agarró una toalla del banco y se la lanzó a Santiago:
—Limpíate bien esos ojos, anda… ¡Y tápate, que en el botiquín está también la hija de Orozco!
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La línea del ojo
Alicia estaba preparada para muchas cosas cuando llegó a la cuenca minera acompañando a su padre Germán Orozco, «Don Germán», médico contratado por las empresas hulleras. Estaba preparada para las palabrotas y los gritos de los mineros. De unas y otros la había advertido su madre,
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Elvira, que ya había vivido en el valle el primer año de casada. Elvira se negó a viajar con su marido dieciséis años después y abandonar Madrid:
—¿A Asturias otra vez, Germán? Yo ni muerta. Te llevas a la niña.
Y la niña, Alicia, que acababa de tener su primer desengaño amoroso con un primo segundo que durante meses le había prometido amor eterno —cuando en realidad solo quería satisfacer su lujuria—, se encogió de hombros y dijo:
—A mí no me importa.
Alicia también estaba preparada para la lluvia y el barro. En esta suerte había sido fundamental la ayuda de la Señora María, una mujer que acudía cada viernes al piso familiar del Barrio de Salamanca para planchar a los Orozco todo lo que fueran a necesitar en la siguiente semana. María era asturiana y aunque todos la llamaban «Señora» no llegaba a los veinticinco años. La mujer, enjuta y arrugada, le trajo el último viernes antes de partir un calzado de madera.
—Tome, señorita. Son madreñes. A mí aquí no me hacen falta. Allá usted las necesitará. Cálcelas con zapatillas… Y no las mire así, es peor andar en tacones…
La joven Alicia soltó una carcajada y no pudo evitar lanzarle una mirada de desdén al coger con sus delicadas manos aquellos zuecos de madera. Nunca más la vio para decirle lo mucho que se había arrepentido de aquella risotada y de aquellos ojos burlones. Y, sobre todo, para contarle lo mucho que le habían servido las madreñas en las noches oscuras cuando acompañaba a su padre al pozu para atender a los heridos de algún accidente.
—No sé cómo puedes andar tan rápido con esos zuecos, hija mía. Corre a la enfermería, prepárame las cosas. Voy a la boca del pozo y vuelvo ahora. Hay por lo menos cinco heridos… —le dijo Orozco de carrerilla a la joven Alicia. Después el hombre se encaminó decidido, sin volverse para mirarla, hacia el grupo de mineros donde destacaba la presencia del capataz Rionda.
Alicia estaba preparada para la sangre, los lamentos y las carreras de urgencia que últimamente, además, se daban demasiado a menudo. Estaba preparada para todo eso.
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Para lo único que no estaba preparada era para ver el cuerpo semidesnudo de Santiago. El picador llegó a la enfermería con una pequeña toalla a la cintura y oliendo a jabón. Traía una camisa enroscada en la mano y en esa mano una herida tan profunda que se le adivinaban los huesos del dedo pulgar.
—¡A este cóselo tú, Alicia! —gritó don Germán.
—Pero padre…
—Padre nada, acabo de cortar una pierna.
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Santiago no escuchó las palabras de Orozco, se sentó y alargó la mano. Alicia respiró hondo y se concentró en la costura de aquellos dedos gigantes. Solo se detuvo tres veces, cuando adivinó un quejido del herido. Y después, al terminar las puntadas, nunca supo muy bien por qué, sacó el pañuelo de hilo blanco que guardaba en el regazo, lo mojó en sus labios y lo acercó a los ojos del picador para limpiarle la raya negra de carbón que él no se había quitado en la ducha.
—Ya estás listo —le dijo la joven Orozco al minero mientras le sostenía la mandíbula con su mano izquierda. Fue justo antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo y ruborizarse, y justo, justo antes de que volvieran a sus oídos palabras que hablaban de amor eterno y que a ella le sabían a lujuria por primera vez en su vida.
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Xicu
Xicu bajó del camión de la Guardia Civil y miró a su alrededor. Se quitó la boina y con ella el sudor de la frente.
—¿Qué mi madre ye[37] esto?
—Señor Francisco García Abella, tome. —El guardia le tendió un fajo de papeles con su documentación y apuntó a un edificio que tenían enfrente—. Tendrá que pasar todos los días a firmar por el cuartel, que está aquí mismo. Señaló a la espalda de Xicu, que se giró.
—¿Pero qué dices?
—No puede volver a la cuenca.
—¿Cómo no voy a poder volver a casa? Cagondiós… ¿Qué ye esto? —Señor Francisco García Abella, no se violente. Usted tendrá que
pasar todos los días a firmar por este cuartel —dijo el guarda señalando a la casa—. Si falta un día se promulgará hacia usted una orden de busca y
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captura e irá a la cárcel. Si vuelve a la cuenca, irá a la cárcel. Es todo lo que tiene que saber…
Xicu volvió a mirar el edificio, bajó los ojos y apretó el fajo de papeles (un documento en realidad con cuatro dobleces) que le acababa de entregar el policía.
—Pero si no tengo un duro… ¡Si me sacasteis de la huerta, cagondiós! —gritó aún con tono incrédulo—. ¿Qué voy facer[11] yo aquí?
—Procure no meterse en jaleos… —fue la única respuesta del guardia, un chico joven y bien afeitado que podría ser su hijo. El chaval metió la mano en la chaquetilla. Sacó cinco pesetas. Se las dio.
—Es lo que tengo… ¡Quédeselas! Y por favor… No la arme, Don Francisco. Compórtese. Vaya a firmar todos los días al cuartel, por favor… ¡No se meta en jaleos! No intente escapar. Es mejor así —insistió el chaval mirando con disimulo los anchos bíceps de aquel picador del Pozu La Encarná al que habían ordenado deportar a Castilla sin muchas explicaciones.
El guardia caminó hacia el coche. Xicu lo siguió de cerca. Asomó su cabeza dentro de la camioneta…
—Meteime un tiru[26] Si me vais a dejar aquí val más que me metáis un tiru. No me jodáis… ¿Qué coño hago yo aquí solo? Pero si ni siquiera sé dónde estoy.
Ninguno de los dos guardas pareció escucharle. Diez segundos después ya estaba realmente solo. Nadie le escuchaba. Se quedó parado, abrió el documento que le acababa de entregar el guardia. Era un papel en el que aparecía su cara. En la otra mano apretaba las cinco pesetas y, bajo la axila, guardaba la boina. Así entró en la cantina, donde el sonido de la puerta paralizó el tiempo. Todos le miraron y frenaron en seco sus quehaceres. Él también frenó en seco al ver la escena. Se acercó a la barra.
—Buenas noches… ¿Sabe si hay algún lugar para dormir en este pueblo?
Uno de los hombres que jugaba a las cartas levantó la vista.
—Este pueblo tiene nombre…
—Seguramente, pero una pareja de guardias civiles me acaba de dejar aquí con un duro y poca información… Así que yo no sé ese nombre. ¡Póngame un vino! —dijo Xicu apoyando el dinero sobre la barra.
Al escuchar al forastero todo el bar volvió a pararse.
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—Pues el nombre de este pueblo es Arrabal del Portillo —se oyó decir a un tercero.
—Arrabal del Portillo… —Xicu repitió el nombre varias veces y levantó el vaso—. ¡Salud!
Carraspeó tras el primer trago. Miró a su alrededor. Apoyó la boina en la barra, junto a las cinco pesetas que nadie había tocado.
—Disculpen. No me presenté. Yo también tengo nombre. Soy Francisco García Abella, pero todos me llaman Xicu. Picador en el Pozu La Encarná y comunista —dijo bien alto acompañando sus palabras de una reverencia.
Los murmullos se elevaron varios tonos. Xicu bebió un trago largo con tranquilidad y una sonrisa de medio lado que solo contribuyó a agudizar el desconcierto dentro del local.
—¿Minero asturiano? —La voz provenía del fondo del local. El respetable se giró, ya en silencio, hacia un señor gordo y encorbatado que fumaba un puro tan grande como su papada. Con el cigarro apuntó a la silla de al lado—. Siéntese aquí, don Xicu. Hoy es su día de suerte…
Xicu dejó escapar una risotada. Lo de don Xicu tendría que contarlo algún día en casa.
La vida en la cantina volvió a su ritmo, como si el puro de aquel gordinflón fuera en realidad una batuta y aquel gordinflón fuera, en realidad, el director de la orquesta.
—¿Mi día de suerte? ¿Usted cree? —preguntó Xicu en tono jocoso. Recordaba los temblores con los que por la mañana había subido a la camioneta de la Guardia Civil creyendo que esa ya no la contaba.
Bebió otro trago. Cogió la boina de la barra y se acercó a la mesa del hombre gordo de enorme bigotón. Le dio la vuelta a la silla y se sentó a horcajadas.
—¿Y para qué soy bueno si puede saberse?
El gordo soltó el humo y lo miró de arriba abajo. Le tendió la mano. —Yo le necesito a usted y usted me necesita a mí. Soy Leopoldo
Ruisánchez, empresario minero y su salvador… —El gordinflón no dejó de hablar—. Necesito un hombre con experiencia en la mina para comandar una explotación de yeso que tengo aquí mismo, a la salida del pueblo, junto al río. Me has venido como un ángel caído del cielo.
—¿Usted se cree que yo estoy aquí por ser un ángel? —preguntó Xicu antes de acercar el vaso de vino a la boca y darle un gran trago. El último.
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—Pues supongo que no, pero ni usted ni yo tenemos otra opción. No, al menos de momento. Yo le ofrezco trabajo, posada y dinero, ¿qué más quiere? —Ruisánchez rebuscó en el chaleco y le tendió cien pesetas. Llamó al tabernero y con un solo gesto le pidió que rellenara el vaso de Xicu—. Mañana te veo en la mina… a las nueve.
Xicu miró primero el dinero, luego al vino, y empezó a pensar que después de todo algo de suerte sí estaba teniendo en aquel extraño día. Un extraño día que empezó creyendo que sería el último. Se quitó el reloj y le dio cuerda. Miró a Ruisánchez y no respondió, que era lo mismo que decir: «¿Tengo otra opción?».
Aquella primera noche en Arrabal del Portillo, el dueño de la posada dejó dormir a Xicu en la cuadra con dos mulas. Se recostó sobre la hierba y resopló. Tardó en dormirse lo justo para darse cuenta de que la sensación de frío que pese a todo le invadía el cuerpo no se la iba a quitar hasta que pudiera volver a casa con la su Manuela y él su neno. Y esa sensación de frío era, lo supo después, la frialdad del destierro.
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Luciérnagas
Los nenos de Entrebú corrían cada noche, a eso de las nueve, hacia el prado del Tío Pedro para colocarse en silencio en una esquina, bajo el tejo centenario. Se quedaban quietos mirando hacia abajo, a la plaza del Pozu San Antonio que ocupaba el centro del valle. Esperaban. Primero sonaba una sirena. Después, si el viento soplaba del sur, se oía un fuerte golpe metálico y finalmente voces de hombres. Muchas voces. Era el turno de
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tarde de los mineros que salían, como luciérnagas con prisa, de la jaula del pozu a la casa de aseos. Mino, el padre de los Arbesú, miraba hacia arriba y apagaba y encendía la linterna del casco dos veces. Samuel, el padre de las Cascallana, hacía lo mismo, pero tres veces. Camilo, el tío de Ernestín, cuatro. Y Josón Abella, que no tenía hijos ni sobrinos, le dedicaba sus cinco ráfagas de luz a Laura, la hija de Nati la maestra que acababa de ser destinada al pueblo. Abella lo hacía desde el día que escuchó a los nenos de Entrebú reírse de la pequeña porque no tenía padre, porque no tenía una luciérnaga que la saludara cada noche bajo el tejo del prado del Tío Pedro.
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Brigadista
Aquel día sonó el teléfono demasiado temprano. Había un accidente grave en una mina de Narcea. Al menos cuatro atrapados. Los brigadistas tardaron poco en salir de Sama y menos de lo esperado en llegar al destino, tras esas interminables carreteras que solo tiene el Occidente de Asturias. Hicieron el viaje en silencio. El mismo silencio que se encontraron en la plaza del pozu. Y en la jaula que los bajó.
En la galería donde el derrabe había dejado atrapados a cuatro mineros se oían goteras y el sollozo de uno de ellos.
Olegario y sus compañeros brigadistas valoraron la situación muy rápido. Comenzaron a quitar piedras y en cada movimiento los sollozos se
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hacían más evidentes. Una gran masa de carbón atrapaba las piernas del chaval que se quejaba. Y él, al verlos, abrió los ojos y rompió a llorar. Era muy joven. Llamaba a su madre. Lloraba y lloraba y llamaba a su madre. Olegario apretaba los dientes: «¡Guaje, tienes que aguantar, tienes que aguantar que ya estamos aquí!». Pero no había consuelo para el atrapado. Lloraba y gritaba: «Me voy a morir, me voy a morir». Olegario le preguntó al chaval el nombre de su madre. «Telvina», dijo él. Y siguió llorando y gritando que se iba a morir.
Olegario le cogió la cara con las dos manos.
—¡Cangondiós, guaje! ¿Crees que voy venir yo de Sama para ver que el fiu[13] de Telvina se me muerre aquí delante[27]? Y lo sacó de allí.
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Chamizu[5]
Estaba recogiendo castañas y tropezó. Cayó por un gran desnivel y llegó a un claro del bosque que ni conocía. Se cagó en dios. Empezó a trepar por el monte arriba. Se agarraba a lo que podía. Tenía las manos destrozadas y estaba oscuro, pero no lo suficiente como para no darse cuenta de lo que tenía delante. Se volvió a cagar en dios. Aquel pedazo de monte que tantas veces había paseado de niño era, en realidad, una veta de carbón. Bueno, para ser exactos eran tres vetas de carbón bien relucientes, anchas y largas. Volvió al día siguiente. Y al otro. Y al otro. Empezó con cestos, carretillos, algún tractor. Al final se animó y le pidió a Josón Abella la carroceta[4]. Josón no quiso saber nada de los tejemanejes que se traía Fonso, todo el día desaparecido. Y Fonso, que agradeció que no le pidiera explicaciones, fue apuntándolo todo en una libreta roja que compró en Ablaña. Según sus cuentas, en los siguientes años sacó de aquella ladera un total de 857 toneladas de carbón (más o menos lo mismo que 857 vagonetas[35]).
Y en todo ese tiempo, según confesó después a un ingeniero repeinado de Hunosa que le fue a pedir explicaciones, su única preocupación fue:
—No calar al Pozu Nicolasa.
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Patio de Vecinos (I)
Matilde, la viuda, fue la primera que escuchó el sonido del viento en forma de acordes. No tardó ni tres segundos en reconocer la serenata. Se lanzó a la ventana. ¡Era él! ¡Sí!
Al otro lado del patio de luces estaba Armando, preparándose el desayuno. Él la vio y le lanzó un beso al aire. Matilde lo guardó con una sonrisa.
Cuarenta segundos después pasó por delante de la ventana don Faustino el practicante que, al intuir la melodía, dio un frenazo en seco para mirar con descaro hacia la cocina de la que provenía la música. Armando le hizo el saludo militar. Durante esa mañana don Faustino tuvo que pedir disculpas a varios pacientes que le reprendieron por estar silbando «La Internacional».
La canción que una y otra y otra y otra vez silbaba Armando no daba miedo en su patio de vecinos. Todo lo contrario. Al oírla, la viuda Matilde, don Faustino, Nati, la pequeña Laura, Juan Pedro, el viejo maestro del ático y su mujer —la tía Joaquina— exhalaban un suspiro de tranquilidad. El guajón ya ta aquí. Diz que esta vez no fue muy gordo. La cosa ta caliente en el pozu… Que mañana igual se encierren allá.
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Patio de Vecinos (II)
«Ahí vive Matilde, la viuda. Es buena gente. Un poco cotilla, pero puedes contar con ella para lo que quieras cuando yo no esté. Trabaja en las casas de los ingenieros, ahora está con los Ardura. No sabe leer, así que tendrás que bajar de vez en cuando a leerle las cartas de su hermano, que se las manda de Buenos Aires. Léelas primero tú y bueno, ya sabes, se lo pones todo guapo que bastante tiene la pobre…». La tía Joaquina daba vueltas
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sobre sí misma en medio del patio de luces señalando ventanas. Su sobrina la miraba sonriente. «Y ahí está el despacho de Don Faustino, el practicante. Trabaja en la consulta del Doctor Orozco por las mañanas y por las tardes pasa consulta aquí. Mucho más barato… Ya sabes. Bueno, de hecho, a veces gratis. Casi siempre, de hecho… Suele quedarse hasta tarde, así que verás la luz encendida. Él te puede dejar algún libro, pero no te emociones porque casi toda su biblioteca, por no decir toda, es de Botánica». La mujer alzó la mirada y al mismo tiempo la mano derecha apuntando a un ventanuco. «Allí… Allí viven Nati y su hija Laura». Suspiró. Miró hacia su sobrina con ojos tristes, unos ojos que la joven solo le había visto en otra ocasión a su tía. Fue dos meses antes, cuando llegó al pueblo acompañando al féretro de su marido, el tío Juan Pedro, el maestro, al que ella llegaba ahora a sustituir en la atestada escuela de la barriada minera. «A Nati y a Laura me las cuidas mucho. Te las encargo como si fueran algo mío. La chica está estudiando para maestra. Tienes que ayudarla a que se aplique bien. Ya sabes. No tienen a nadie. Me tienen a mí y ahora te tienen a ti. Yo te pasaré algo de dinero de vez en cuando para que les compres ropa». Vio cómo la tía Joaquina miraba de reojo una ventana entreabierta. Dentro se oía silbar. A ella le parecía conocer la canción. No le hizo falta preguntárselo a su tía, supo que era «La Internacional» y le dio una sensación rara, entre miedo y ganas de reír.
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«¿Y ahí quién vive, tía Joaquina?». Puso los ojos en blanco, igual que hacía su madre. «¿Ahí? Pronto lo sabrás, para mi desgracia». Dos segundos después la ventana se abrió y conoció al autor del revolucionario silbido. Era Armando, maquinista del Pozu La Encarná. Y un poco después también conoció su sonrisa y sus manos y su boca y esa manera suya de sentarse como si fuera un aristócrata que acabaría fascinándola.
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La clase de las Comadres
Hartas de andar casa por casa y creyendo que tenían ante ellas la oportunidad del siglo, alquilaron un piso enorme, casi señorial y céntrico, muy cerca de la Plaza de los Chorizos. No les costó dar con él y lo que fue aún mejor, ni siquiera les costó negociar un alquiler barato. El propietario, Armand Favril, era el hijo de un fallecido y reconocido ingeniero belga dueño de minas y fincas. Tenía poco interés en sus vidas y mucho en deshacerse de la carga de la vivienda, así que ni siquiera les pidió explicaciones. «El alquiler son treinta pesetas. Alguien vendrá a cobrarlas el día 8 de cada mes». Fue lo primero y lo último que les dijo antes de entregarles las llaves y esfumarse. Nunca firmaron un contrato. A las 9 de la mañana, cada día 8 del mes, una niña acudía puntual y educada a la academia. Era Laura, la hija de Nati, una joven maestra de las escuelas de Entrebú. La pequeña traía una cartera que abría ante ellas. Allí le metían las treinta pesetas. Volvía a cerrar el macuto y se iba con un «gracias» en los labios.
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Los comienzos fueron caprichosos. Porque un capricho fue que la elegante Señora Mosquera, que residía sola en el tercer piso, quisiera cambiar los muebles del comedor casi el mismo día en que ellas abrieron su academia en el edificio.
—Dígales a las chicas de abajo que si quieren las sillas y la mesa. A mí ya no me sirven.
—¡Pero señora! ¿A esas dos mujeres que están solas les va a dar estos muebles tan bonitos y con esta madera noble tan buena?
—También estoy sola yo, Herminia, y no veo que a ti te disguste tanto. ¡Dígaselo!
Capricho también fue que la primera en pasar por delante de la academia fuera Manuela, la mujer de Xicu, el mejor electromecánico[9] de toda la hullera. «Os digo yo que la instalación os la pone él. Y os lo hace gratis, reinas. Vamos que si os lo hace gratis…».
En cuanto se corrió la voz de que abrían la academia y comenzaban a dar clases, empezaron a recibir matrículas. Y también alguna amenaza. «Dos mujeres solas. Debería daros vergüenza». «Y a vuestros maridos
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más», oían continuamente en la calle a su paso. No les importaba lo más mínimo. Y a sus maridos menos.
Ofrecían buenos precios y un horario flexible. Lo primero les llenó los turnos de mañana y tarde de hijos de familias mineras que necesitaban un empuje para llegar a la tan ansiada formación profesional —y también, por supuesto, a la universidad—. Lo segundo, el hecho de que la academia abriera casi a cualquier hora, completó el turno de la noche con mujeres de todas las edades. Decenas de mujeres que recibían clase de 12 de la noche a 3 de la mañana. Tres horas al día durante el tiempo que fuera necesario hasta conseguir el graduado escolar. Esa era, como aún se recuerda en la comarca, «La clase de las Comadres».
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Veinticuatro palabras
Armando en realidad nació siendo Armand, Armand Favril, y creció en uno de los chalets de ingenieros belgas que se habían construido junto al río. Estudiaba cuarto año de Medicina cuando una carta le anunció la muerte de su padre en un estúpido accidente de mina y el suicidio de su madre dos horas después. La terrible noticia, las terribles noticias, le llegaron al joven Favril en una única cuartilla cuadrada y amarillenta, escrita en francés por algún trabajador de la compañía. «Una tragedia, nena. La carta no era una carta, era solo una frase, dos docenas de palabras. Él me las leyó y decía: “La Compañía Belga de Minas le urge a recoger las pertenencias de sus padres en el menor tiempo posible. Lamentamos la muerte de ambos”. Y nada más. Dos frases. Tal cual te lo
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estoy contando», le explicó la señora Matilde, la del primero, que conocía a Armando desde niño porque ella limpiaba aquellos chalets de estilo inglés en los que vivían los belgas. Y cuando las familias de los ingenieros se trasladaron a los pisos señoriales del centro del pueblo, en la Plaza de los Chorizos, también se fue con ellos. Así que conocía a Armando, claro que lo conocía. Desde niño. Por eso Matilde se acercó al chaval en el funeral de sus padres y le ofreció una habitación donde quedarse antes de volver de nuevo a la Universidad. Y fue precisamente ahí, junto a la tumba de sus padres en el cementerio protestante, con Matilde a su lado ofreciéndole una humilde habitación en la barriada, cuando decidió que era Armando y no Armand, que no volvería a la Universidad y que no pararía hasta averiguar si el accidente de su padre había sido eso, un accidente, o había habido algo más. Todo lo pensó Armando en medio minuto, mientras apretaba con su mano izquierda la cuartilla cuadrada y amarillenta en la que se podía leer, en francés, veinticuatro palabras: La Compagnie Belge des Mines vous prie de prendre tous les effets personnels de vos parents dans les moindres délais. Nous regrettons leur décès.
—Hay una cosa que no entiendo. ¿Cómo un prometedor médico de familia pudiente ha terminado de maquinista en la misma mina que su padre fundó y dirigió?
La tía Joaquina dejó el pincel sobre la mesa y miró a su sobrina por encima de las gafas. Matilde se limitó a sonreír.
—Hay una cosa que no entiendo yo, querida sobrina. ¿Qué te ha dado a ti con Armando que desde que llegaste no me has preguntado por otra cosa que no fuese ese muchacho?
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Boletines
Abrió la lata de pimientos con cara de enfado. Resopló fuerte mientras doblaba todos los números de los boletines «El Minero de la Hulla» que había ido coleccionando y los guardó dentro. También el carnet del Sindicato de los Mineros Asturianos, el del partido y algún que otro documento más de los que lo «comprometían» a él y a toda la familia. Se negó a quemarlos y para ello tuvo que soltar algún cagamento[2] porque en casa querían quemarlos, querían hacerlos desaparecer. Lo guardó todo en la caja de pimientos y casi a la vez que daba por perdida la guerra, lo escondió sin decir dónde. Y murió sin decir dónde. Siete décadas y un dictador después, su nieto le dio un mazazo a la pared de la casa en unas
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obras de rehabilitación que casi lo hacen enloquecer a él y a toda la familia. El golpe de la maza sonó a piedra y a lata de pimientos. Sonó también a historia. La historia de todos los boletines en perfecto estado de conservación de «El Minero de la Hulla».
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«Nunca me despierto temprano y ese día a las siete de la mañana me desperté. A mí no me llegaron a llamar de la empresa. Me llamó una vecina primero. “Vete pal pozu, que pasó algo”. Desperté al mi fíu, que aquel día, justo, taba en casa. Dijei: “Despierta, vida, que algo pasó en Nicolasa”. Y garramos un taxi. El taxista llevaba la radio puesta y en les noticies decíen que yera muy grave.
A la puerta del pozu me encontré al mi cuñáu. “No te preocupes: ta bien, que me lo diz tol mundo”. Y entramos a ver a Luis, el graduado, que nos dijo: “Sentaivos… Ta muertu”. El mi cuñáu decía: “No, Luis, me dicen que no, que ta vivu”. Luis nos miraba a los tres, al mi cuñáu, al mi fíu y a mí. “Bueno… no sé…”. Yo repetía y al mi cuñáu: “Si son los sus chavales, él taba allí. No los dejaba solos. Si son ellos, él taba allí”. Estaba sentada enfrente de Luis, que tenía un folio en la mesa. El mi fíu le dio la vuelta a la hoja y vio el nombre de su padre en la lista. Junto al nombre traía una palabra: “Muerto”. No sé el tiempo que estuve allí sentada sin poder levantarme (…). No sé si me creerás, Aitana, pero desde entonces hay muchos días, sin sentíu, me despierto a las siete de la mañana».
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Le dije que la creía y no pude decirle mucho más. El lunes ella y su hijo irán a la plaza del Pozu Nicolasa al homenaje que han preparado por el aniversario del accidente más grave de la minería asturiana de los últimos setenta años. El lunes hará exactamente veinte años —menos un día— que ella no pisa la plaza del Pozu Nicolasa. «Hay veces que pienso que pasó una vida, y hay otras que siento que fue ayer mismo».
Me dijo que iba a ir a Nicolasa por «él su hombre», por los otros trece que fallecieron aquel 31 de agosto de 1995 y por todos los mineros que murieron en accidente de trabajo. No quiere salir en la tele. «Pero un besu dejarasme date, ¿no?», le pregunté. «Y dos también, ne», sonrió. Porque yo sé que este tipo de mujeres siempre sonríen cuando dicen estas cosas.
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—Te está sonando el teléfono —le dije tendiéndole en bolso que le aguantaba durante la entrevista. Y a ella no le hace falta mirar ni la hora ni el móvil para saber que son las dos y que el que llama es su hermano pequeño—. Siempre llama cuando sabe que sale mi relevo. —Sonríe.
Tamara Espeso tenía quince años cuando su padre, Luis Antonio Espeso «Zape», murió en el accidente del Pozu Nicolasa del 31 de agosto de 1995. Aquel día no sonó el teléfono en casa porque estaban de mudanza y no tenían. Al principio el retraso del padre no les pareció extraño. «Estará con los amigos», decía la madre. Pero después…
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El teléfono sí sonó en casa de Tamara tres años más tarde. Como huérfana de minero y a punto de cumplir la mayoría de edad, tenía derecho a entrar a trabajar en Hunosa. Y entró. «Mi madre y yo hablábamos de a dónde me mandarían. Hunosa tenía talleres, economatos… Hasta que un día me dijeron: “Tienes que venir a hacer análisis”. “¿Análisis pa qué?” “¿Cómo pa qué?… Vas a entrar a la mina”». Y entró. Y poco tiempo después, como ayudante minera, le tocó pasar por la capa octava, entre las galerías cuarta y quinta del pozo San Nicolás, a cuatrocientos metros bajo tierra. Donde Zape y otros trece mineros perdieron la vida. «La cabeza quiere saber y yo a los mineros con los que trabajo se lo pregunté todo. Todo», sentencia.
Tras dieciséis años en la mina, que se dice pronto, esta mujer, pequeña, morena y con una sonrisa en los ojos, habla con firmeza aunque a veces se le cae una lágrima del ojo izquierdo. «¿Que qué opino del homenaje que les quieren hacer por el veinte aniversario a los catorce de Nicolasa? Te voy a contestar de dos maneras, como hija y como compañera. Como hija te digo que todo acto en honor a mi padre me parece bien, porque él se lo merecía. Como compañera creo que todos los mineros fallecidos en
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accidente de trabajo se merecen honores. ¿O es que si mueres tú solo en la mina vales menos que si mueres con otros trece?».
Tamara Espeso tiene treinta y cinco años. Los mismos que su padre cuando murió. El lunes va a ir al acto de Nicolasa con su marido, minero en el Pozu María Luisa, con su madre, que hace veinte años que no pisa Ablaña, y con su hermano pequeño, que siempre la llama cuando sabe que sale su relevo.
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Ablaña es el pueblo que está al pie de la carretera que sube al Pozu Nicolasa. Es el primero que se entera de lo que pasa en la mina. El que ve subir y bajar a hombres como hormigas, a cualquier hora, desde hace décadas. Es el que se estremece cuando suenan las sirenas. Ablaña es la boca de un valle que es bosque y montaña pero que suena igual que una gran máquina. Como un mecano. Suena a jaulas que suben y bajan, a cualquier hora, desde hace décadas, a ruedas de vagonetas que chocan entre sí y espantan si estás cerca. A camiones, a vozarrones que gritan alguna faltosada[12].
Ablaña es el pueblo en el que Raquel me dice: —Pregunta —i a Roberto cómo se llama la su fía. —¿Cómo se llama la tu fía?
—Anhuí. Porque el día que nació, en la provincia china de Anhuí, morrieron en un accidente más de trescientos mineros…
Ablaña es lo mismo que decir mina.
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La bañera
Aun cuando, «gracias a Dios», llevaba meses sin ser usada, Laura fregaba la bañera a conciencia. Con lejía, con amoniaco, con ácido para las tuberías… La fregaba todos los días. Era lo primero que hacía cuando entraba a trabajar. Parecía que la bañera nunca estaba lo suficientemente limpia para Laura. Y era cierto, nunca lo estaba. No desde el día que vio cómo lavaban en ella el cuerpo inerte, ensangrentado y sucio de carbón de Tomás, el pequeño de los Arbesú, el único hombre que a los dieciocho años le había dado un beso y prometido amor eterno. Laura limpiaba con lejía, amoniaco, ácido y también con lágrimas. Lágrimas que si alguien veía ella achacaba a la lejía, al ácido y al amoniaco.
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A Fernando le gustaba trabajar en la mina casi tanto como le gustaba el Sporting o la selección española de fútbol (aunque sobre todo le gustaba el Barça). Le gustaban las motos y la Fórmula l. La conciencia política y la lucha minera. Le gustaban las fiestas de prau[20] y el Grupo Tekila. Le gustaba su novia y restallar los voladores en la Descarga de Cangas. A buen seguro que su Peña El Espolín resonará como ninguna el próximo día del Carmen. Aunque solo sea para acallar el silencio del dolor. Porque Fernando era un guaje… Y anoche murió en la mina.
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Moneda
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Levantó la mano y me enseñó una moneda.
—¿La ves? Me la dio mi padre antes de escapar al monte. Me la dio y no me dio un beso porque los hombres entonces no daban besos. Nunca más volvimos a hablar de él en casa. Mi madre no nos dejaba. Y mi güela menos. Un día me pilló mirando la moneda y me la quitó de la mano de un tortazo. «Nunca más, ¿me oyes? Nunca más. Si te ven…». Estaba tan enfadada que no se dio cuenta de recogerla de debajo de la cama. La cogí y la guardé encima de la viga del desván. A veces me metía en la cama con mi hermana y le preguntaba. «¿Cómo era? ¿Cómo hablaba?». Ella suspiraba y me pedía que hablara bajito. Y me llamaba pesada. «Eres una pesada», me decía. Y después: «Era alto y hablaba muy despacio, contaba muy bien las historias de miedo. ¡Pero quítate para allá, Telvina, rediós! ¡Qué manía tienes de preguntar por él! Como nos pille güelita nos mata alas dos. ¡Eres muy pesada! Además, ¿qué pasa, que tú no te acuerdas? Pues bien que guardas la moneda que te dio, que lo sé yo, encima de la viga del desván, ¿o te crees que no la he visto?». Y entonces era yo la que le rogaba que hablara bajito. ¿La verdad? Me acordaba de él al principio. Después poco a poco me fui olvidando, hasta que su recuerdo solo fueron ráfagas de su voz, de su olor, de su risa. Pero no eran recuerdos consistentes, eran sensaciones… ¿Me explico?
Pues así estuvimos treinta y ocho años en mi casa. Sin hablar de él nunca más. Solo recordándole. En todos esos años nunca supe a qué le tenían miedo los demás. Yo temía que mi güela me volviera a dar una hostia… Y por el medio reíamos, bailábamos, y hasta me casé con uno de los chavales más guapos del valle y tuve dos guajes… El pequeño se llama Arturo, como él.
Bajó la mano y volvió a guardar la moneda en el bolso de bata de boatiné.
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Ventana
—¿Qué haces en la ventana?
—Esperarte, ¡qué voy a hacer! ¿Me los trajiste?
—Que síiiiii, Manolina.
—No me llames Manolina.
—Que sí, güela.
—¿Subes?
—Te los mando por la guaja. ¿Te quedas con ella un poco, que voy a tomar algo?
—Sí, ¿pero me lo trajiste todo?
—Que sí, Manolina.
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—Que no me llam…
—Ya, ya. Vengo ahora. Tomo algo y me llevo a la nena.
—Está bien. De que duerma aquí no te digo nada porque mañana tengo peluquería.
—¿Ah, pero es la cosa hasta de peluquería? —Si ya lo sabes, pa qué me dices ná[30]. —¿El domingo te arreglas bien sola?
—Sí, ne[28]. ¿Y los sobres? ¿Me trajiste los sobres?
—Güela, está todo ahí. Además, en el colegio hay sobres y votos, puedes cogerlos allí, que te lo dije mil veces.
—Si, ho[18]. No veo ni jota, tengo que pararme a mirarlo tó, que fijo que tá allí Pilina y cree que me lo toy pensando. No, no. De casina, ensobraos y pa la urna.
—¡Eres la bomba, Manolina!
—Vuelves a llamarme Manolina… ¡y les lleves[36]! Y tú igual que el difuntu tu güelu, rediós, tol día de bares, ¡anda tira p’allá y no tardes, que mañana…!
—Ya, ya, tienes que ir a ponerte guapa para la cita con las urnas. ¡Pero si ya eres lo más guapo del barrio, Manolina!
Así que el domingo toca ponerse el abrigo de los entierros y los zapatos de medio tacón (que las piernas ya no aguantan más) e ir a hacer cola con la cabeza bien alta y los votos ensobrados ya y el DNI en la mano: «Que nun se me olvide». Después misa y a comer con su hermana y su cuñado, que no es que le apetezca mucho, porque él es imbécil del todo, y de todo sabe, que parez que no se acuerda de cuando al su Xicu lo mandaron deportado a Castilla un año y pico, sin sentido, sin explicaciones, dejándola sola a ella con el pequeño, que era todavía un bebé. Eso sí, el domingo a ella no le quita la alegría nadie, ¡con lo que le gusta!
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Hildemarie
Nadie la llamaba por su nombre. En La Rebollada, Hildemarie Elsembach era «La Alemana». Murió mayor, soltera y hermosa. Exactamente igual que el primer día que llegó al valle. Bueno, no. La verdad es que Hildemarie Elsembach murió veinte años más vieja de lo que había llegado pero igual de hermosa. Eso pensó Santiago Guilhou cuando la vio después de tanto tiempo. Santiago tuvo que desplazarse desde París a Asturias requerido por su hijo Numa «para no sé qué problema» con aquella fábrica que estaba construyendo su vástago entre montañas y minas en los confines del mundo. Santiago dijo que sí y, aunque nunca lo confesó abiertamente, al menos no al principio, buena parte de aquel «sí» fueron las ganas de volver a ver a Hildemarie, de saber cómo estaba.
Ella era alemana, había sido la niñera contratada por su mujer para hacerse cargo de los tres hijos del matrimonio, sobre todo de Numa, el más inquieto. Hildemarie y Numa se adoraban. Él la llamaba «Oma» y ella, aun cuando él ya era el todopoderoso dueño de la Fábrica de Mieres, lo apodaba cariñosamente «Maus» y le decía cosas todavía más cursis como Mein Stern in der Nacht o Engel meiner Traume.
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Santiago, que había aprendido alemán de joven durante una estancia en Frankfurt empezó riéndose de las remilgadas ocurrencias de aquella mujer y acabó prendado de la forma en que sus labios se separaban para decir nacht. Envidiaba a Numa con todo su ser. Por eso, cuando le llegó el aviso de que su hijo necesitaba su ayuda «para no sé qué problema» con aquella fábrica entre carbón y humedad en los confines del mundo, dijo que sí e hizo la maleta a sabiendas de que no volvería nunca a las calles parisinas (aunque eso tampoco lo confesó, al menos no al principio).
Hildemarie murió cinco años después de la llegada de Santiago Guilhou al valle. Cinco años en los que ambos acabaron disfrutando de un amor tan incondicional como esperado durante décadas. Las dudas iniciales de Numa por aquella relación, en realidad más celos que otra cosa, se diluyeron en cuanto su «Oma» empezó a debilitarse con los primeros síntomas de tuberculosis.
Numa y Santiago decidieron enterrar a Hildemarie, «La Alemana», en la parte alta derecha del cementerio protestante de la Fábrica de Mieres. Junto a ella, años después, reposarían los restos del propio Santiago, en un mausoleo al final de la escalera, en un lugar donde la técnica y la lógica dicen que no tenía que haber nada. ¿Pero qué saben la técnica y la lógica del amor?
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Ovación
Rodolfo odiaba su nombre tanto como odiaba a su madrina por habérselo puesto. Claro que a ella también la odiaba por otras cosas. Sobre todo por haberse ido tan lejos, a Alemania.
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Allí se tuvo que ir él con ella para buscarse la vida. «Te vas a casa de tu madrina, que tiene sitio», le dijo su madre. Sin más. Él tenía catorce años y mil pesetas. Se fue del pueblo en una furgoneta que recogió a otros tres chicos por el camino. El frío que sintió en aquel viaje no fue nada comparado con el que sufrió durante los siguientes siete inviernos en la fábrica. Aprendió, eso sí, un oficio. El idioma le costó. Entendía más que hablaba, por eso se pedía siempre el turno de tarde, el de los andaluces, para tener con quién departir, aunque fuera para llorar por la vuelta. Y ganó mucho dinero. Lo ahorró todo. Tanto que al cumplir los veintiuno decidió volver a España. Dijo que se apuntaba a servir al ejército. Era mentira. Solo quería volver.
Rodolfo hizo la mili. Tres años y otros dos de voluntario. Llegó a sargento y, al igual que el día que decidió marchar de Alemania, una tarde se cuadró y pidió permiso para colgar el fusil. Sin más. Quería entrar en la mina. Al ser huérfano de minero lo tuvo fácil. Entró. Casi a la vez que estrenaba lámpara en el pozu, conoció a Blanca, la hija del boticario que le daba clases para sacarse el graduado. Cuatro años de novios y una boda por todo lo alto rubricaron a la pareja, que no tardó en tener descendencia. Primero nacieron los niños, dos. Después la niña, que se llamó Isabel. Y de eso han pasado ya casi cuarenta años.
—¡Cuarenta años! —dijo en voz alta Rodolfo mientras de fondo su yerno rumiaba algo así como: «¡Es un asco, cuando llamas a la empresa de telefónica siempre te coge el teléfono un sudaca! ¡Con el paro que hay en España! Y después están los refugiados… ¿Y el trabajo para los españoles qué?».
—¿Qué dices de cuarenta años, papá? —le preguntó su hija.
—Nada, que me estaba acordando de lo mal que se pasa cuando uno está fuera de casa, y no conoce a nadie, y no le sabe igual ni el pan, ni el agua, ni el arroz. Estaba pensando que es difícil no entender por qué tienes que vivir lejos de los tuyos. Y pensaba también que si después de cuarenta años encima tengo que aguantar al idiota de tu marido, pues apaga y vámonos.
Por la cara que puso, Rodolfo no contaba con llevarse la ovación que se llevó de la mesa contigua en el restaurante.
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Comandante Saito
Cuando en el Cine de Froilán y Adela pusieron El puente sobre el Río Kwai los chavales tardaron diez minutos en empezar a darse codazos. «Meca[23], pero si eso ye cerca Urbiés», comentó uno en plan de risa. Y claro, todos se rieron. «Shhhhh», los riñó Cosme, que era el hermano de Adela, el cuñado de Froilán y el programador del cine de Turón (cargo que llevaba con dignidad, orgullo y algo de pedantería). Los chavales se miraron unos a otros y siguieron dándose codazos cada vez que salía el puente o un soldado japonés. Al día siguiente, cuando cruzaban el Puente de Llano Pomar camino del pozo, cerca de Urbiés, Jesús Castaño, que como siempre iba de brazos cruzados apoyado en la locomotora del tren El Caburnu, giró la cabeza y dijo:
—No hay alambre de púa, ni valla, ni torre de vigilancia. No son necesarios. Somos una isla en la selva. La huida es imposible. Morirían.
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Desde ese día, en Turón, a Castaño lo conocen como Comandante Saito.
La historia ye mentira. El cine de Froilán y Adela en Turón y el Puente de Llano Pomar del tren El Caburnu fueron o son verdad (y el cachín de la línea del ferrocarril que hace curva en el aire y parece en realidad Birmania todavía se puede visitar).
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Pues resulta que en una curva de El Respolón, antes de llegar a La Nueva, hay unas escaleras. Si las subes, van a dar a un cierre amarillo de metal. Si entras, te sorprende la hierba alta y el edificio blanco aún más alto. Si te fijas, ves en una esquina una pequeña taquilla verde que daba acceso a un cine que abrió a finales de los cincuenta, cuando La Nueva era un hervidero de mineros y cerró a mediados de los setenta, cuando el pueblo se fue quedando algo más vacío y los cuerpos de actores y actrices algo más expuestos. Si cierras los ojos, puedes imaginar las miles de historias que vieron y vivieron el dueño, Ricardo (maquinista en la mina), y su mujer Ángeles, que un día se enamoró para siempre del cine en el pueblo de Pinzales. Y también podrás imaginar a María y Jesús, los padres de Ángeles, que dan nombre al cine. O a Rafael, que se acuerda de YonBainey Alaín Delón, de El Zorro, de Tarzán y de todas las de vaqueros que vio en la pantalla grande del Cine María Jesús. Rafael tampoco olvida que bailaba tan bien el tango que Ángeles, encargada de pinchar la música, siempre le ponía dos seguidos.
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Más o menos
La única mina que conocía Fernando Molina cuando lo nombraron ingeniero del Pozu Nespral era la que estaba bajando los escalones, setenta y cinco en concreto, del número 21 de la calle Ríos Rosas, en pleno centro de Madrid. Era la «Mina Marcelo Jorissen». Así la llamaban en la Escuela de Minas de la capital, en honor al director que la había mandado construir para que los estudiantes, futuros ingenieros, pudieran hacer prácticas (más o menos reales) sobre las distintas clases de entibación[10] o sobre cómo el mineral consigue «invadir» la tierra… «Más o menos», insistía el propio Jorissen cuando bajaba con sus alumnos el número 21 de la calle Ríos Rosas. El maestro era conocedor de que sus queridos alumnos iban a tener un trabajo (y una vida) mucho más complicada que todo lo que les pudiera
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pasar a veinticinco metros de profundidad en el Barrio de Chamberí, en un pequeño hueco hecho «más o menos» galería desde donde se escuchaban pasar los trenes de la línea 1 del metro.
Fernando Molina caminó mirando hacia el castillete del Pozu Nespral con seriedad. Se puso el casco, resopló y entró en la jaula. Sintió cómo el corazón se le aceleraba justo en el instante en que un fuerte golpe metálico lo sacó de sus pensamientos y lo hizo pestañear muy rápido.
Con la oscuridad, Fernando cerró los ojos y apretó la mandíbula. Cuatrocientos seis metros de profundidad, le habían dicho. Para concretarle después: «Vas a profundizar la novena planta». Hizo un cálculo rápido y a la vez que se paraba la jaula dijo en voz alta:
—¡Mil doscientos dieciocho!
A su lado Antonio Díaz, al que en la mina apodaban «Sevilla» porque llamaba a todo el mundo «sevillano», sonrió de medio lado y abrió la persiana metálica de un golpe. Fernando lo miró con los ojos muy abiertos:
—¿Mil doscientos dieciocho qué, sevillano? —Escalones —respondió el joven. —¿Escalones que qué, sevillano? Molina titubeó.
—Que habría desde la calle hasta aquí si en vez de jaula bajáramos por una escalera.
El minero frunció el ceño. Cogió con dos dedos el cigarro apagado que tenía en la boca y se rascó la sien.
—Sí. Más o menos…
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Día de paga
—Álvarez Ares, José Manuel.
(Silencio).
—Álvarez Ares, José Manuel.
(Silencio).
—Álvarez Ares, José Manuel.
(Risas).
Vicente Quintana miró por encima de las gafas a los mineros del turno de noche con todas las nóminas en la mano.
—Te estoy viendo, José Manuel. ¿No quieres cobrar hoy o qué? —Llámame como me tienes que llamar.
—Me niego —dijo Vicente muy serio mirando de reojo a la pareja de guardia civiles que vigilaba la puerta de la oficina—. Pues no respondo.
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—Coge la nómina, rediós.
—No cojo nada. Llámame como me tienes que llamar.
—A ver… ¡Trosky!
—Así sí…
José Manuel Álvarez Ares, alias Trosky, se acercó al graduado del pozu con una sonrisa en la boca y la mano abierta. Cogió la nómina y la paga y se fue. Al pasar junto a los agentes de la benemérita se echó dos dedos a la frente e hizo el saludo marcial. Todos rieron.
—Arias Montes, Félix.
Silencio.
—Arias Montes, Félix… —Vicente escuchó en silencio, se quitó las gafas y levantó la voz—. ¿Pero qué coño os pasa hoy?
—Ya sabes lo que tienes que hacer… —¡Stalin! —gritó con rabia Quintana. Uno de los guardias entró en la oficina. —¿Pasa algo don Vicente? —No, no… No se preocupen.
Vicente Quintana resopló y recitó en voz baja los motes de todo el turno: «Maqui[22], Guerrilla, Nureyev, Picolete, Judío…». Y a cada nombre que daba miraba de reojo a la pareja de guardia civiles intentando ignorar las risas que su desazón provocaba entre los mineros.
—¡Más alto! —se oía decir desde el fondo de la oficina.
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Vicente Quintana, alias Tovarich, odiaba que el día de paga cayera un 28 de diciembre casi tanto como odiaba a los cabrones del turno de noche. Pero todo era menos de lo que odiaba al nuevo ingeniero, que se había empeñado en pasar lista para entregar las nóminas.
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Los niños de humo
—Tú no te arrimes a esos —le decía cada mañana su padre antes de que el chófer de la familia lo acercara a la estación del tren de El Vasco.
Íñigo Ardura, que era el primogénito de Gregorio Ardura y el último de una saga de ingenieros, aspiraba a ser eso mismo: un ingeniero Ardura. Y por eso le hacía mucho caso a su padre. Por eso no se arrimaba a «esos».
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«Esos» eran Gerardo Prado, Benjamín Montes y Ataúlfo Rionda. Los tres chicos que aquel año, con gran esfuerzo de sus tres familias y una beca del Arzobispado, habían ingresado en el Seminario de Oviedo para estudiar el Bachillerato. El hijo de una estirpe de ingenieros y los hijos de tres humildes picadores. Los cuatro juntos cogían el tren de El Vasco cada mañana en la estación mierense para ir, junto con el carbón, hacia la capital. El mineral seguía su ruta hasta San Esteban de Pravia. Ellos se apeaban en Oviedo.
«Tú hazme caso a mí y no te arrimes a esos, que solo traen mala cosa. Yo ya no sé ni a dónde podemos enviar a estudiar a nuestros hijos sin que se tengan que juntar con toda esta chusma. Que baje Dios y lo vea», repetía Gregorio los domingos durante las comidas familiares poniendo los ojos en blanco. Tan solo la vieja Matilde, que servía la comida, parecía ofenderse por las palabras de Gregorio y también ponía los ojos en blanco. El resto asentía.
«No te arrimes a esos». E Iñigo le hacía caso a su padre, claro. Al menos se lo hizo durante los primeros dos meses y tres días de compartir tren con la chusma. Lo hizo hasta la mañana soleada de invierno en que Gerardo se sentó frente a él y le preguntó sin miramientos.
—¿Vienes con nosotros?
La cara de Iñigo y los ojos abiertos de par en par lo decían todo. Decían: «¿Ir? ¿A dónde?». Decían: «Dios mío, si mi padre me ve hablar contigo me mata».
Decían también: «No me puedo creer que te hayas acercado a mí y me estés hablando. Tú, nada menos que Gerardo Prado, el chico más valiente de Mieres, que no dudó en enfrentarse a los guardias civiles cuando fueron a detener a su hermano mayor. Tú, Gerardo Prado, casi nada».
Prado chasqueó los dedos justo delante de los ojos de Ardura.
—A ver, neno… ¿Quieres quitar esa cara? ¡Que no te vamos a comer! Solo vamos a ver al maquinista. Hoy está Tasio y nos deja asomar hasta medio cuerpo. Vente con nosotros, anda… Ardurita. No seas tan sieso como tu padre.
—¿Mi padre? ¿Dónde?
Gerardo se rio con ganas al ver a Íñigo asustarse ante la sola mención del todopoderoso Gregorio Ardura.
—Anda vente… Tu padre no está aquí y además… —Gerardo se acercó a la camisa de Iñigo y la llevó a la nariz. Después hizo un gesto
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para que lo siguiera. Al verlo levantarse, continuó hablando—. ¿Tú no sabes que a los de la cuenca en Oviedo se nos reconoce por el olor a humo de la máquina del tren de El Vasco? ¿Cómo vas a ser un buen neno de las cuencas mineras si hueles a jabón? Ya verás… Ven. Asómate conmigo.
Iñigo siguió el paso de Gerardo, al que pronto se sumaron Jamín y Taulfo.
—¿Dónde cojones va este? —le increpó el pequeño de los Montes.
—Calla, Jamín, que lo invité yo.
—Joder, Prado, a ti los curas te están haciendo buenón. ¿Ahora hasta tratas con los hijos de los ingenieros?
Gerardo hizo caso omiso de las palabras de Montes y saludó al maquinista, que con la mano en alto les pidió que esperaran a pasar el túnel. Las nieves del Aramo y la helada de aquella primera mañana en la que Íñigo sacó medio cuerpo fuera del vagón de El Vasco, alzó los brazos y gritó con fuerzas, hacían del aire un filo de navaja sobre la cara de felicidad del joven Ardura. A Íñigo le dolía el aire y sin embargo no quería bajarse de allí. Al hacerlo, con una sonrisa resplandeciente en la boca, vio a Gerardo acercarse a él y olisquear la chaqueta de nuevo:
—¿Ves? Ahora sí, ahora ya pareces de Mieres…
Y así fue como Íñigo Ardura, la última promesa de una estirpe de ingenieros, se convirtió para siempre en uno de aquellos niños de humo.
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Agradecimientos
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Dar tira
Cuando un minero necesita que le pasen madera para apuntalar algo (entibar, ya sabéis a estas alturas) grita: «Compañeru, dame tira». Y esa expresión, dar tira, pronto salió de los pozos para significar, en la calle, nada más y nada menos que «ayudar», pero un ayudar que implica también comprensión, un hombro donde apoyarse y, sí, también solidaridad.
Para que este libro saliera a la luz fue necesario que diera tira mucha gente. Desde mi familia que me trajo a este mundo para enseñarme, después, una parte fascinante de él, hasta todos los que un día me dijisteis: «Tienes que publicar esto» (y reconoce abiertamente que alguna vez te pusiste pesada).
Los niños de humo están aquí porque Rafa lo leyó y llamó a Nati que a su vez llamó a Jorge Salvador. Y todo, siempre, con el cariño y las ganas de Alfonso, que sabe pedir paciencia en varios idiomas (no para).
A los hombres y mujeres que inspiraron los relatos de este libro con una mirada, un gesto, una frase al aire o una historia.
A los que me dais cariño.
Este libro de ceniza envuelto en humo es vuestro.
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AITANA CASTAÑO (Langreo, Asturias, 1980) es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha sido redactora de La Nueva España y La Voz de Asturias y jefa editorial de La Cuenca del Nalón. Ha colaborado en la redacción de A7, Asturias 24 y ha escrito para diversas revistas y publicaciones sobre minería, las cuencas mineras, el movimiento obrero o el periodismo en Asturias y Galicia. Junto al ilustrador Alfonso Zapico, en Pez de Plata ha publicado Los niños de humo (2018) y Carboneras (2020). Con Rastros de ceniza cierra su Trilogía Minera. Como columnista colaboró en el blog satírico Fundición Príncipe de Astucias y en la revista de humor Gurb. Su trayectoria literaria incluye diversos premios de narrativa breve, entre ellos el Concurso de Microrrelatos Mineros «Manuel Nevado Madrid», y ha participado en antologías como Filando Cuentos de Mujer. Actualmente coordina la sección de noticias de Radio Televisión del Principado de Asturias (RTPA) y sigue siendo una niña de humo.
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ALFONSO ZAPICO (Blimea, Asturias, 1981) es ilustrador, historietista y autor de cómic. Trabaja en proyectos educativos del Principado de Asturias y realiza ilustraciones, diseños y animaciones para campañas de publicidad, editoriales e instituciones. Es ilustrador de prensa en diversos diarios y revistas literarias nacionales (La Nueva España, La Cuenca del Nalón, Librújula, El País) e internacionales (Magazine XXI, L’Internazionale). Como autor de cómic ha sido traducido al inglés, francés, alemán, italiano, polaco o griego. Se estrenó con La guerra del Profesor Bertenev en 2006 para el mercado francobelga y su primer trabajo editado en España fue Café Budapest (2008). Desde entonces ha publicado, entre otras obras, Dublinés (2011), La Ruta Joyce (2011), El otro mar (2013), Cuadernos d’Ítaca (2013), los tres primeros tomos de La Balada del Norte (2015, 2017, 2019) o Los puentes de Moscú. Ha publicado junto a la periodista Aitana Castaño Los niños de humo (2018) y Carboneras (2020). Sus libros han sido distinguidos con diversos galardones, entre ellos el Premio Nacional de Cómic en 2012. Actualmente vive en la localidad francesa de Angoulême y sigue siendo un niño de humo.
Lampistería
[1] caciplá. Para que vayáis fijando conceptos, es lo mismo que el culete pero de vino y puede tomarse de varios tragos. <<
[2] cagamento. Blasfemia. Palabra malsonante. Hay ejemplos infinitos. <<
[3] cagondiós. Es exactamente lo que parece, pero solo busca ofender a Dios muy de vez en cuando. Sirve como saludo matinal y también para celebrar un gol ya sea a favor o en contra. <<
[4] carroceta. Un vehículo a motor que, en la clasificación de «vehículos a motor», podríamos encuadrar entre furgoneta y camión. <<
[5] chamizu. Empezó siendo una mina de montaña que se explotaba de manera muy rudimentaria. Y acabó siendo un sinónimo de «chabola», en la que tan pronto tu padre guarda los aperos como tu amiga del alma vive rodeada de gatos. <<
[6] chigrero. El señor de mala leche que regenta un chigre (algo así como un bar). <<
[7]costero. Madera que forma parte de la entibación y también apuntala el respeto a la mina. <<
[8] culete. Medida para beber la sidra. Se escribe culete y se dice «de un solo sorbo». <<
[9]electromecánico. Es el MacGyver de la mina. Si no te lo puede arreglar un electromecánico, tíralo. <<
[10] entibación. Maderas con que se apuntalan las minas. <<
[11] facer. Es «hacer algo» pero con más sentimiento y alargando la fricción de la «f». <<
[12] faltosada. Es una «bordería» que encima proviene de un «faltón» y/o persona detestable. <<
[13] fiu. Hijo, pero arrastrando a la «f» al estilo de «facer» para darle drama. <<
[14] fugao. Guerrillero huido por los montes de Asturias. <<
[15] guaje. Lengua cuenquil de nivel uno. Es la manera de llamar a cualquier persona más joven que tú en edad física o mental. Ejemplos: «Ye una guajina» / «Ye un guajón». <<
[16] güela/güelita. La abuela de toda la vida con marido ya en caja*(ver siguiente) y fartuca de la mina. <<
[17] en caja. Cuando los mineros pasan de estar prejubilados a jubilados pasan a estar «en caja». Otras son las de pino.
[18]ho. Lo mismo que «ne» pero para hombres. Y ojo, no es «oh» ni «o». Es «ho», de «home». <<
[19] jaula. Cuando los mineros suben a la superficie parecen grillos, todos tiznados de negro. Este podría ser el origen del nombre que se da al ascensor a poleas que sube y baja mineros y carbón de la mina al cielo. <<
[20]las fiestas de prau. Evento veraniego normalmente sobre césped (pero puede que no) en el que, lo más fácil, será que acabe diluviando. <<
[21]madreñas. El calzado de madera definitivo que, ojo aquí, permite salir de casa en zapatillas. Sueño cumplido. <<
[22] maqui. Lo mismo que «fugao». <<
[23] meca. Exclamación que se dice cuando algo te sorprende. «¡Meca!» puede incluir también que alguien te responda: «¡Está en Arabia!». <<
[24] mecagondiós. Pues eso. Véase «cagondiós». <<
[25]mecagonrós. Frase típica que elude cagarse en el Altísimo tal y como vemos en el ejemplo que va después en este glosario. Mecagonrós tiene variantes. «Gonrós» es una de las más populares. <<
[26] meteime un tiru. «Metedme un tiro» en castellano. O lo que es lo mismo, un ejemplo de lo que nos va echarle drama a las cosas. DECUMI (Drama Estilo Cuenca Minera). Que también somos muy de siglas. <<
[27]muerra aquí delante. Muerra es «muera». Y la frase, otro ejemplo de DECUMI. <<
[28] ne. Palabra que sirve para apelar a una mujer que se tiene delante mostrando interés por lo que dice. Ejemplos: «Calla, ne» / «Hola, ne, ¿qué ye de tu vida?» / «Déjesme fría, ne». Ojo, que una vez dominado este concepto y su igual en masculino («ho») se accede a un nivel más de lengua cuenquil. <<
[29] orbayu. No, no es «chirimiri». Es algo más o algo menos. <<
[30] pa que me dices ná. Frase que sirve para demostrar la variedad de categorías de DECUMI. <<
[31]pozu. Es pozo, sin sorpresas. Pero puede que te quiten la nacionalidad cuenquil si dices: «Este es el Pozo María Luisa». <<
[32] rediós. Coletilla que sirve para enfatizar todo lo que se dice y dejar clara tu procedencia. <<
[33] tajo. Ubicación espacio-temporal dentro del pozu donde el minero pasa su jornada laboral. Hay que llevarse bien con el capataz. <<
[34] turullu. Timbre característico de las minas que marca relevos y tragedias. <<
[35] vagoneta. Era fácil ponerle «vagonín» a los vagones pequeños de la mina. Pero de repente, para ciertas cosas mineras, también nos va el sufijo —eta. <<
[36] ¡y les lleves! Amenaza, normalmente materna, que puede incluir zapatilla o palo de escoba si se llevara a efecto. <<
[37]ye. Es algo más que la manera de decir «es» como tercera persona del singular del verbo ser. «Ye» es «ye», un signo de distinción de la asturianía. Hasta que lo dices, en tierras «subpajarianas» (por debajo del Puerto de Pajares) pueden pensar que eres gallega. Un «ye» a tiempo es una victoria astur. <<
FIN

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