© Libro N° 14890. Las Mujeres Del Bosque Negro. Stewart, Michael. Emancipación. Marzo 7 de 2026
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://ww3.lectulandia.co/book/las-mujeres-del-bosque-negro/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de:
https://ww3.lectulandia.co/book/las-mujeres-del-bosque-negro/
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
LAS
MUJERES DEL BOSQUE NEGRO
Michael
Stewart
LA ÚLTIMA LOBA DE INGLATERRA QUIERE CAZAR. AGOTADA, HAMBRIENTA Y SOLA, TEME POR LA VIDA DE LA CAMADA QUE ALBERGA EN SU VIENTRE, Y HUYE DE LOS HOMBRES QUE PRETENDEN ANIQUILARLA.
Yorkshire, 1649. Desde que huyeron de Irlanda, Caragh y su familia han ocultado su verdadera identidad a fin de emprender una nueva vida en Inglaterra. Pero, cuando sus padres son brutalmente asesinados a manos de un protestante que quiere acabar con los católicos de la zona, Caragh se ve obligada a huir de nuevo. Pone rumbo al este y llega a un bosque donde conoce a un aquelarre de mujeres que llevan el pelo suelto y rehúsan seguir las normas de los hombres.
Rodeada por fin de personas que la aceptan, Caragh desconoce que las mujeres del bosque negro son víctimas de una persecución muy distinta y de que sus días allí están contados.
Michael Stewart
Las Mujeres Del Bosque Negro
ePub r1.0
Titivillus 09.01.2026
Título original: Black Wood Women
Michael Stewart, 2024
Traducción: Carlos Ramos Malavé
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
A Claire O’Callaghan
Inglaterra 1649
1649 fue un año crucial en la historia inglesa e irlandesa. El 4 de enero, el rey Carlos I fue acusado de traición a la patria por anteponer sus intereses personales al bien de Inglaterra. El 27 de ese mismo mes, fue declarado culpable y decapitado tres días más tarde frente a Banqueting House, en el palacio de Whitehall. Se constituyó entonces un gobierno republicano. En marzo, se abolió la Casa de los Lores y, en mayo, el Parlamento remanente aprobó una ley que declaraba a Inglaterra una Commonwealth. Con un renovado sentido del poder, Oliver Cromwell invadió Irlanda en agosto y así comenzó su conquista. Llegado septiembre, Cromwell había ejecutado a los últimos 2550 defensores católicos irlandeses originales y a su líder. A finales de aquel año, Cromwell regresó de Irlanda habiendo asesinado a más de cincuenta mil hombres, mujeres y niños inocentes, además de deportado a muchos más, que fueron enviados como esclavos a las Indias Occidentales. Inglaterra quedó dividida en dos, con los monárquicos a un lado y los parlamentarios al otro. Esta división dio pie al núcleo de nuestra identidad: los padres se enfrentaban a los hijos, las hijas se enfrentaban a las madres, abriendo fuego unos contra otros.
En medio de tanto caos y calamidad, aumentaron los grupos radicales y disidentes: los Levellers, los Diggers, los Ranters, los Fifth Monarchists, los Quakers[1]… Todos ellos proponían nuevas formas de replantear la sociedad. Los miembros de la Familia del Amor creían que el Cielo y el Infierno se encontrarían en la Tierra. Se atacó a la Iglesia establecida: altares profanados, pasamanos arrancados, estatuas destrozadas, cruces rotas. Determinadas zonas de Inglaterra se encontraban en un estado de caos, sin ningún dominio real del poder. Durante esa época, se revirtió y cuestionó severamente el statu quo. Se desafiaron los antiguos valores y creencias. El viejo mundo se estaba «consumiendo como el pergamino en un incendio»[2]. Cualquier cosa parecía posible, no había ninguna certeza, y las viejas costumbres se hallaban cuestionadas. Durante este caos, mujeres inocentes fueron acusadas de brujería, perseguidas y ahorcadas.
La región más anárquica de todas era North Country, el rincón más oscuro del país, donde merodeaban miles de proscritos: personas que no rendían cuentas a nadie. En particular, las ciénagas de Yorkshire, habitadas por los nómadas de los pantanos, que se valían por sí mismos en ausencia de leyes que aplicar.
1649 fue, además, un año de cosechas desastrosas: el precio de los alimentos subió considerablemente y los salarios cayeron en picado. La gente debía escoger entre tener comida o techo. Algunos morían de hambre. Prosperaron el pillaje y las fechorías. Muchos salían impunes de un asesinato. La población temía viajar debido a la amenaza de los atracadores. Los ricos vivían aterrorizados en sus casas. El sirviente se rebelaba contra su amo, el inquilino contra su señor, y el comprador contra el vendedor.
Pero este libro no cuenta esa historia. Este libro trata de la última loba de Inglaterra: de los hombres que pusieron precio a su cabeza y de las mujeres que trataron de salvarla.
Primera parte
La última loba
Luna roja de lobo
Yorkshire, Inglaterra, 1649
El sol va retirándose de la hondonada de Lowe Dene. Las hojas han caído al suelo y alfombran el bosque con su manto dorado y cobrizo. A través de estos bosques avanza una loba, sigilosa como un gato. Sus pasos son lentos y silenciosos. Se detiene a olfatear el rastro de un ciervo. Intenso. Almizcleño. Fresco. Tendrá quizá una hora. El olor le da hambre. Nota los jugos brotar de las glándulas de detrás de los dientes con tal fuerza que le duele. Traga saliva y le ruge el estómago. Está buscando a su pareja; a cualquier otro lobo, en realidad. Hace varios días que no ve a su pareja. Y, antes de eso, cuando estaban juntos, no veían a ninguno de los suyos desde hacía varias estaciones más. No puede creerse que la haya abandonado. Debe de estar en alguna parte. Lo encontrará. Su vientre acoge el comienzo de la vida. La vida que han creado juntos. Aún no tienen tiempo suficiente para empezar a moverse en su tripa, pero los siente crecer en su interior. Seguirá buscando a su compañero. No sabe que ha muerto. Ya solo quedan ella y sus cachorros nonatos. Es la última loba de Inglaterra.
Tiene tres años. La piel de su cadera derecha luce una cicatriz causada por los colmillos de un jabalí. Antes de que su manada y ella lograran reducir a la bestia, esta le mordió con fuerza la carne. Hoy no ha comido, tampoco ayer. Debería parar a descansar un poco, pero ha de continuar. Ha de cazar. Ha de alimentarse. Solo entonces dormirá. Después retomará la búsqueda de su compañero. Su última comida, un conejo raquítico, fue asquerosa y patética. Más hueso que carne. Entregó su vida sin gran resistencia, pero supuso un desayuno amargo. Ella se lo comió todo, sorbió la bilis y la sangre caliente, masticó la carne, las entrañas, los nervios y el pelaje, hizo trizas los huesos entre sus muelas traseras. Lo único que dejó
Página 10
fue la cabeza, perfectamente intacta. Ni un rasguño. Alcanza a oler a las garcillas y a las chochaperdices, a los tejones y a las martas. Alcanza a oler los avellanos y los olmos, y a lo lejos, la peste de las minas de carbón, donde sabe que no debe ir, pues allí se encuentran los hombres. Hombres con cepos, cuchillos, arcos y perdigones.
Cazar en soledad reduce sus probabilidades de atrapar presas de gran tamaño, de modo que ha de conformarse con conejos, martas y liebres. Los ciervos, los jabalíes e incluso las ovejas no son más que un recuerdo lejano. Aúlla sentada sobre sus patas traseras. Una única nota aguda que se eleva hacia el cielo. Lo hace de forma periódica, rompiendo el silencio. Sabe que su aullido no despertará a la manada, aunque confía en que al menos llegue a oídos de su pareja. Había visto mermar a su manada, retrocediendo hacia el interior del bosque, lejos del mundo de los hombres. Hombres que habían perseguido y asesinado a su madre. A veces, cuando aúlla, lo hace solo para romper la soledad que parece habérsele filtrado hasta la médula. Al oír su propia voz lastimera, las rocas le devuelven el eco, y ella imagina que se trata de la voz de otro.
Prosigue su camino, adentrándose en el bosque. Olfatea los helechos y la hierba. Se agacha para mear junto a un sargatillo. Está famélica. Los pinchazos que siente en la tripa son constantes. La apuñalan y muerden. Como si el hambre que lleva dentro estuviera tratando de abrirse paso a zarpazos. Tiene que comer, pero se siente débil. Y con su debilidad se reduce su capacidad de cazar. Al principio, el hambre aguzaba sus sentidos —el sentido del olfato y la agudeza visual—, pero ahora se los nubla. Va más despacio, está menos alerta. Si pudiera encontrar algo de carne. Los restos de la presa de un halcón. Las sobras de la cena de un zorro. Incluso una rata.
Emerge a un claro del bosque, donde el sol asoma por encima de un oscuro peñasco. Distingue un cuervo posado en la rama de una haya. Se detiene y observa al pájaro. Agradece la compañía de los cuervos. En ocasiones, los cuervos la siguen para alimentarse de sus sobras. Pero a veces también la conducen hasta una presa. La invitan a que coma ella primero, para que pueda abrirles el cadáver. A veces solo quieren jugar. Ella no está de humor para juegos. Confía en que el cuervo lo note. El pájaro vuela de la rama hacia el suelo, hasta quedar posado a pocos metros de distancia, grande y orgulloso. Sus suaves plumas iridiscentes resplandecen bajo el sol con tonos negros, azules y verdes. Agacha y ladea
Página 11
la cabeza, se queda mirándola antes de volver a alzar el vuelo y posarse en una rama más baja. Abre su enorme pico y grazna; un sonido rasgado y grave. Apunta con el pico hacia el este y sale volando otra vez. La está guiando. Así que ella lo sigue hasta un barranco, una pronunciada pendiente que conduce a un arroyo, más allá de unas rocas escarpadas y de matojos de aliagas; entonces, el cuervo planea sobre un cuerpo antes de posarse en un árbol cercano. El pájaro la contempla desde su atalaya, una rama ancha, pidiéndole que se ponga a trabajar.
Se trata de una oveja que se ha despeñado desde lo alto de un promontorio rocoso. Se ha roto las patas y la caja torácica. Está casi muerta. Ella olfatea el vellón para descubrir si la oveja está enferma. Huele a limpio. Abre el hocico y le clava las mandíbulas en el cuello al animal. Este se estremece, pero ella aprieta con más fuerza, sujetándolo. Siente su calor y el pulso de sus venas en la boca. Muerde con más fuerza, saborea el gusto férreo de la sangre. El animal renuncia a luchar y ella siente cómo se relaja. Sus dientes atraviesan la carne y los tendones. Desgarra el músculo de la carne y sorbe los jugos del interior. La sangre le gotea por la barbilla y resbala por su pecho tiñendo su pelaje de rojo. La carne está tibia; la sangre, caliente. La necesidad de comer y darse un festín es tan fuerte que se olvida de todo lo demás y de cualquier sensación de peligro. Ahora mismo, lo único que existe en el mundo son ella y la carne de esta oveja. Mastica y traga hasta quedar saciada.
El cuervo permanece posado allí cerca, esperando su turno. Grazna para llamar a su compañero. Y la llamada la saca de su ensoñación. Se relame los labios y se escabulle hasta la sombra de un sicomoro. Observa mientras el cuervo, acompañado de otro, desciende volando y se abalanza sobre sus sobras. El compañero del cuervo baila encima del cadáver. Tienen más que suficiente, van picoteando y engullendo pizcas de carne y bocados de nervio. A estas aves les debe la vida. Es ahora cuando, tendida allí al lado, relamiéndose, con el estómago lleno y el hambre sustituida por la satisfacción, se da cuenta de lo cerca que ha estado de la muerte. Se lame la sangre de las patas.
Página 12
Miedo, hambre y miseria
Mar de Irlanda, 1642
Viajábamos por el mar de Irlanda a bordo de una embarcación abierta que crujía y chirriaba. Era una travesía que nadie debería tener que hacer. El mar estaba picado y el viento arrancaba copetes blancos de las olas. Me quedé contemplando aquel terrible abismo y me pregunté qué monstruos de afilados colmillos acecharían bajo su superficie. El océano bramaba y yo vomitaba por la borda, vomitaba terriblemente, vaciando todo lo que tenía dentro hacia las oscuras profundidades. Pero seguía teniendo arcadas, hasta el punto de pensar que iba a acabar por salírseme el estómago por la boca. Me atenazaba el miedo. En mitad de aquella purga inmisericorde, fui consciente de las voces que se alzaban sobre los chillidos alborotados de las gaviotas y el bramido incesante del viento marino. Sabía que había cierto enfrentamiento entre mis padres, pero era demasiado joven para entender el motivo de la hostilidad.
Mamá estaba diciéndole a papá que había sido un error abandonar Irlanda y acudir a tierra enemiga. Papá decía que no les quedaba otra opción. El hombre que los perseguía no se detendría hasta encontrarlos, y ni en un millón de años se le pasaría por la cabeza que hubieran sido tan temerarios como para huir a Inglaterra. Para vivir entre asesinos. «Vamos de mal en peor», fue la respuesta de mi madre. Según parecía, el asunto se había ido de las manos. Los odios enterrados largo tiempo atrás se habían reavivado, y papá había hecho una cosa terrible. Discutían sobre un individuo llamado Phelim. Mamá decía que era un hombre viperino que buscaba sangre. Papá le gritaba que esas cosas que se decían sobre aquel hombre no eran ciertas. Mientras gritaba, las olas embistieron la embarcación y esta se balanceó con violencia. Traté de disimular el
Página 13
agónico terror que me invadió las venas. Era como si el mar y mi familia formaran parte de un mismo peligro.
—Por amor de Dios, ¿por qué no buscaste una embarcación con los laterales más altos, hombre?
—Verás, mi amor, por si lo has olvidado, te recuerdo que no es que tuviéramos dónde elegir.
—Si casi estamos en el agua. Me siento como una rana.
Mamá estaba intentando restarle importancia, pero alcancé a ver la ansiedad en su mirada. Habíamos viajado durante días por parajes helados para llegar al mar, durmiendo bajo la misma manta en cualquier refugio que pudiéramos hallar, comiendo lo que hurtábamos por el camino, arrebatándoles los nabos a las ovejas y el heno a los caballos. El terreno era pedregoso y el cielo estaba neblinoso. El grueso manto de la niebla lechosa nos ocultaba de nuestros enemigos, nos protegía del daño. Dormíamos en camas destinadas al ganado, nos despertábamos antes del alba para volver a ponernos en marcha, rumbo al este, donde la tierra se une con el mar. Encontrábamos huesos desechados y sorbíamos hasta el tuétano. Estábamos macilentos y consumidos tras varios días de inanición. Pero papá tenía un plan: el hombre que estaba en deuda con él poseía tierras al otro lado de esta vasta masa de agua. Si lográbamos llegar al otro lado y localizar a la familia del hombre, ellos saldarían su deuda y podríamos así volver a empezar. Nos desharíamos de nuestro acento y adoptaríamos nombres ingleses. Ya no tendría que responder al nombre de Caragh. En su lugar, me haría pasar por una tal Kate. Urdiríamos una historia que explicara nuestro pasado y saciara la curiosidad de quienes nos rodearan. Lo único importante era que permaneciéramos juntos: mamá, papá y yo.
A medida que las olas batían contra la embarcación, salpicando hasta irrumpir en la cubierta, lacerándonos como cuchillas, mamá y yo buscamos cobijo bajo las mantas y lonas, mientras papá trataba de mantener derecha la quilla. Mamá me besaba la cabeza diciendo: «Todo irá bien, mi niña, todo irá bien». Nos aferramos al lateral, temiendo que la barca fuese a volcar, abocándonos a una muerte sin remedio en el frío océano. Papá nos cantaba canciones y nos narraba anécdotas de su infancia. Nos contó que había corrido más rápido que Angus a lo largo de tres campos enteros y había comido más manzanas que Brennan el Gordinflón. Desde luego que podía cruzar nadando este ancho mar de un
Página 14
extremo al otro de una tacada, claro que sí. Ni siquiera necesitaba una embarcación. No teníamos nada que temer. Tenía clarísimo hacia dónde ir, desde luego que sí. Contaba con el sol y las estrellas como guía. Había pescado en aguas peores que estas y gobernado un barco mucho menos apto para navegar. Era un buen remero y un experimentado marinero. No debíamos preocuparnos. Dios estaba de nuestro lado, sin duda. Estábamos dejando atrás los problemas y seguro encontraríamos algún lugar al norte del país donde la gente nos dejara en paz.
«Dicen que torturamos a mujeres y ahogamos a niños, pero es una tontería. Los asesinos son ellos. Mis palabras son ciertas, así que ayúdame, Dios». Y, al decir aquello, mi padre miró hacia el cielo para dirigirse a su creador, rogándole justicia para nosotros y para nuestro pueblo. Se quedó callado durante un rato, pero yo me daba cuenta de que seguía agitado. Llevaba semanas despotricando de vez en cuando. Pasaban horas de silencio y entonces empezaba otra vez. «Las cosas que dijo sobre nosotros ese mentiroso, hay que ver, que la muerte era el mínimo de los castigos que merecíamos. Que nuestra crueldad sin sentido no podía saciarse. Mira quién fue a hablar. Lo que ese desgraciado le hizo a nuestro pueblo…». Mi madre toleraba aquello durante un tiempo y luego intervenía: «¿Quieres controlarte delante de la chiquilla? ¿No te parece que ya tiene bastante disgusto encima como para que tú contribuyas a su nerviosismo? Y ese lenguaje… ¿Es que buscas la condenación eterna? De ahí no puede salir nada bueno. Así que muérdete la lengua. Limítate a llevarnos de una pieza hasta el otro extremo de este condenado mar, Conall O’Fealin, eso es lo único que te pido».
Tras concluir mi madre sus recriminaciones, oí el restallar de un trueno y los bajos nubarrones negros se abrieron sobre nuestras cabezas. Del cielo empezó a caer una lluvia dura como el plomo. La sentía salpicar sobre mi frente y resbalar por mi nariz. Cada gota era como un témpano de hielo. La lluvia me caló la capa y se filtró hasta la manta, y mamá nos tapó la cabeza con la lona, dejando a papá a merced de los elementos. La lluvia salpicaba sobre la lona. Daba la impresión de que estuvieran bombardeándonos con piedras. Oí a mamá murmurando avemarías y me sumé a ella mientras me tendía parte del rosario para que me aferrara a él. La embarcación se balanceó con violencia, primero hacia un lado, después hacia el otro. Oí maldecir a papá. Me aferré a mi madre, asiéndola de la cintura y hundiendo la cara en su chal.
Página 15
No sé cómo, pero en algún momento debí de quedarme dormida en aquel estado de miedo, hambre y angustia, aunque se trató de un sueño superficial e insignificante, y me desperté sintiéndome peor que antes de dormir. Me dolían los huesos y la lengua se me pegaba al paladar. Me asomé desde debajo de la lona. Se atisbaba luz en el horizonte oriental, empezaba a despuntar el día, y la lluvia se había convertido en una leve llovizna marina. Mamá me preguntó cómo estaba y me acarició la cabeza. Papá remaba lo mejor que podía, pues el agua seguía aún bastante revuelta y la embarcación oscilaba arriba y abajo. Sin embargo, debí de acostumbrarme a ello, porque se me habían pasado las náuseas. Se me habían quedado la lengua áspera, la boca seca y las tripas vacías.
—El impresentable del conde y el lord ese de pacotilla han estafado a nuestro pueblo, les han robado sus hogares. No se detienen ante nada con tal de machacarnos y expulsarnos de nuestra tierra. ¿Qué alternativa teníamos?, me gustaría a mí saber. —Papá había empezado a despotricar de nuevo, aunque su voz sonaba baja y cansada esta vez. Mamá lo dejó hablar. Me estrechó la mano y me dio un cariñoso apretón—. En Santry, en Clontarf, en Bullock, en Carrickfergus. Todos con sus discursos grandilocuentes. Que Dios acabe con ellos por lo que han hecho.
Procedente del norte, se levantó un fuerte viento que hizo a papá perder el equilibrio. Cayó al suelo y se aferró al lateral de la embarcación, pero al hacerlo dejó escapar un remo. Trató de alcanzarlo, pero el remo se hundió.
—Santo Dios, ¿qué vamos a hacer ahora? —Mamá estaba horrorizada y papá se asomó a la negrura del agua, tratando de discernir a dónde habría ido el remo. Sumergió un puño, pero lo sacó vacío. Mamá se santiguó y murmuró una oración—: Por favor, Dios, no permitas que muramos aquí.
Había empezado a llorar; era un llanto bajo y contenido. Trataba de disimular sus sollozos bajo el chal, pero me di cuenta de que se le llenaron los ojos de lágrimas, que después se derramaron y resbalaron por sus mejillas. Enseguida empecé a llorar yo también, emitiendo sonoros sollozos ahogados, berreando sin control. Mamá me estrechó entre sus brazos y juntas lloramos. El viento arreciaba cada vez con más fuerza, haciendo zozobrar la embarcación con sus envites hacia un lado y otro. Restalló otro trueno y la tormenta comenzó de nuevo, solo que con mayor virulencia esta vez; el viento nos arañaba y las gotas de lluvia nos cortaban la piel. Papá cogió un cabo, ató un extremo al agujero vacío del remo y
Página 16
anudó el otro extremo en torno a nosotros tres, asegurándolo con un doble nudo. Ahora los tres rezábamos y nos santiguábamos. Pero la lluvia y el viento no daban tregua.
La barca dio una vuelta completa, después otra, lanzándonos por los aires antes de volver a caer en su interior. Las olas rompían contra el casco y la embarcación fue llenándose de agua. Yo sentía la gelidez del agua calándome las botas y la ropa. Me hizo ahogar un grito. Me embistió el agua oceánica y tragué un poco por error, pero traté de escupirla toda antes de atragantarme. Me aferré a mamá con toda la fuerza que me quedaba mientras la barca se hundía. Acabamos entonces los tres en el agua, con la barca volcada, y nosotros aferrados a ella para salvar la vida. El frío me entumecía la piel y me robaba el aire. Apenas podía respirar. Papá gritaba: «¡No os soltéis, patalead con los pies!», y yo le obedecí, pero de poco sirvió; noté que se me iban entumeciendo las piernas. Íbamos a morir todos ahí, a medio camino entre el hogar que con tanta crueldad nos había tratado y el lugar donde pretendíamos empezar de nuevo. Era inútil. Sentía que mi cuerpo iba cediendo, rindiéndose a las indiferentes fuerzas de la naturaleza que nos rodeaban. Perdí toda sensación corporal, como si flotara sobre mi cuerpo, como un espíritu incorpóreo que dejaba atrás la carne. «Al menos los peces tendrán algo que comer», fue lo último que pensé, y todo se volvió negro.
Aunque pueda parecer un milagro, no morimos, y volví en mí quizá una o dos horas después de haber perdido el conocimiento. Seguíamos todos juntos, amarrados a la barca con la cuerda y cogidos a su armazón. Papá me tenía sujeta bajo uno de sus fuertes brazos, y mamá y él pataleaban. La tormenta había cesado, el cielo estaba cubierto de nubes de un pizarroso tono gris, y el mar más tranquilo de lo que jamás lo había visto. Yo temblaba con tal violencia que notaba cómo se me agitaban los huesos. Volví a perder el sentido. Al recuperar la consciencia por segunda vez, habíamos alcanzado la orilla y papá me llevaba a rastras. Habíamos abandonado la barca y mamá ayudaba a papá a arrastrarme por el agua somera en dirección a la arena de la orilla. Por algún motivo, la escena me parecía irreal, como si yo no estuviera allí, tendida bocarriba, mientras mi padre presionaba con fuerza contra mi pecho y después me ponía de costado para permitirme expulsar el agua salada por la boca. Sin saber
Página 17
cómo, seguía viva. Dios había respondido a nuestras plegarias. Nos había salvado. Cogí una bocanada de aire y mamá se dejó caer encima de mí y empezó a besarme y a llorar sin descanso. «Gracias a Dios, ¡gracias, Señor! Creí que la había perdido».
Página 18
La balada de la manzana podrida
Yorkshire, Inglaterra, 21 de junio de 1649
Estábamos en el solsticio de verano y papá tenía un plan. Él siempre tenía un plan. Dicho plan implicaba vender su mejor cerda, y con el dinero comprar más gallinas, de las que ponían un huevo al día. Tendríamos más huevos de los que podíamos comer. Los que no nos comiéramos nosotros los venderíamos en el pueblo o los cambiaríamos por pan, leche, carne y queso. Así pasaríamos el invierno. Y, si las gallinas dejaban de poner, podríamos comérnoslas. Papá conocía a un hombre en otro pueblo que pagaría un buen precio por la cerda y a un granjero que nos llevaría hasta el pueblo. Aprovecharíamos para pasar el día fuera. Podríamos ir a la feria. Papá le compraría a mamá un vestido nuevo y a mí una muñeca. Yo acababa de cumplir trece años, ya era un poco mayor para juguetes, pero no dije nada. Nos invitaría a comer pastel y patatas. Se tomaría unas cervezas. Sonaba todo muy emocionante, aunque a mí me entristecía ver marchar a la cerda. Papá decía que nunca deberías ponerle nombre a un animal que tal vez acabes comiéndote, pero yo le había puesto un nombre en secreto: Caragh. Era como si así protegiera mi propio nombre, o más bien era la cerda la que lo protegía, y era yo quien le daba de comer.
Ahora, tanto mamá como papá me llamaban Kate, incluso en la intimidad de nuestro propio hogar, decían que así era menos peligroso. Nunca se sabe quién podría estar escuchando. Por lo general, no nos relacionábamos con nadie. A mamá no le gustaba que me juntara con los niños del pueblo, de forma que me alegraba poder pasar el día fuera. Se notaba que mamá estaba emocionada también. Iba canturreando una canción mientras recogía las cosas del desayuno. Yo la ayudé con las tareas mientras papá limpiaba a la cerda y la preparaba para la venta.
Página 19
Habían transcurrido siete años desde que llegáramos a orillas de este nuevo mundo. Al principio, fue terriblemente duro empezar de nuevo, en un país extranjero, pero habíamos logrado adaptarnos bastante bien. Ahora teníamos cada uno un nombre inglés y ocultábamos nuestro acento lo mejor que podíamos. Yo era la que con mayor facilidad se había acostumbrado al nuevo acento, y mamá me decía que parecía nativa. El acento de papá era pasable, aunque había una o dos palabras que no pronunciaba correctamente. A mamá, incluso después de siete años, seguía costándole colocar la lengua para pronunciar los sonidos ingleses y, en público, guardaba silencio, a fin de no delatarnos. Sin embargo, en casa podíamos ser nosotros mismos, celebrar nuestras tradiciones lo mejor que podíamos. Mamá me peinó el cabello cien veces. Luego me puse mi mejor vestido y ella me ató un lazo en el pelo, del mismo azul claro que el vestido.
—Si pareces una princesa.
—¿Me casaré, pues, con un príncipe? —pregunté.
Se rio, aunque yo sabía que algún día me casaría con un hombre rico y viviría en una casa grande con sirvientes y un establo lleno de caballos. No recordaba gran cosa de mi vida anterior en Irlanda, pero sí me acordaba del hambre y de la ropa andrajosa, y estaba decidida a forjar una vida mejor para mi familia y para mí.
Mamá se puso su precioso vestido rojo con volantes blancos y escogió una rosa blanca del jardín para prendérsela en el pelo.
Fuimos andando los tres juntos, con la cerda atada a una cuerda, hasta la casa del granjero, situada al final del camino. En la colina, a nuestra espalda, había un fuego encendido para dar la bienvenida al sol. Ayudamos al granjero a cargar su mercancía para vender en el mercado: cajas de salchichas y pasteles, tarros de mermelada y encurtidos. Ayudamos después al granjero y a papá a subir a la cerda a la parte trasera del carro y, a continuación, nos montamos junto a ella. Iba a echarla de menos. Le ofrecí la punta de una zanahoria que había estado reservando especialmente para la ocasión. Cuando la agité frente a su hocico, abrió la boca y se la coloqué sobre la lengua. En las comisuras de la boca, tenía cuatro dientes delanteros que eran como colmillos, retorcidos hacia fuera. Dos dientes pequeñitos entre medias, uno arriba y otro abajo, como los de un bebé. Tenía el hocico gris, rosa y mojado. Devoró la zanahoria y abrió la boca pidiendo más, pero a mí ya no me quedaba nada. Le acaricié la
Página 20
cabeza. Era casi toda picaza, con pelos cortos y gruesos de color blanco y negro, y calvas en el lomo, por haber estado frotándose contra un árbol. Hacía una mañana agradable, con un cielo azul despejado con algún hilo de nubes blancas aquí y allá, y el trayecto de cuatro horas pasó deprisa. Papá iba contando anécdotas de su infancia, y mamá se le sumó. Cuando no íbamos hablando, había muchas cosas que observar por el camino. Jamás habíamos estado en aquel pueblo. Estaba más alejado que al que solíamos ir. Era el granjero quien se había encargado de la venta, y papá dijo que le daría algo por las molestias.
Pasamos frente a una casa grande con columnas blancas a ambos lados de su inmensa puerta, que unos hombres estaban sustituyendo. La puerta parecía bastante sólida y le pregunté a papá qué estaban haciendo los hombres.
—Fortificaciones. Aquellos que son ricos viven con miedo a los pobres. ¿Ves esa campana que hay en lo alto del tejado? —me preguntó, señalando con el dedo—. Es para dar la alarma en caso de que les roben.
Lo que decía papá era cierto: allá donde mirases había indicios de tensiones entre quienes tenían dinero y quienes no. El día anterior había subido hasta el brezal que había encima de la casa, porque me gustaba estar allí arriba. Había visto a un esmerejón posarse sobre una rama mustia y desplumar a la bisbita que llevaba entre las garras. Algo tenía que morir para que otra cosa viviese. Después, ese mismo día, me había topado con un nido de víboras. Una de las crías de serpiente estaba comiéndose a la otra. Volví a pensar en la tierra donde nací. Las cosas allí andaban igual de mal para la gente como nosotros, incluso peor, pero al menos en Irlanda no había serpientes. San Patricio las había expulsado todas al mar.
Tras haber viajado en silencio durante un rato, mamá me preguntó si quería que me contara una historia. Asentí con la cabeza. Me preguntó si conocía la historia del árbol de la manzana podrida, y sacudí la cabeza en respuesta, aunque sí que la conocía.
—De acuerdo, entonces. Allá va… Érase una vez un hombre y una mujer que tenían una casa preciosa con un jardín, y en el jardín había un manzano. Era invierno y la mujer dijo: «Estoy deseando que llegue el próximo otoño para disfrutar de todas esas manzanas». Y aguardaron durante todo el año. En verano, empezaron a crecer y, llegado el otoño, eran manzanas muy grandes, pero con formas raras y manchas negras en la superficie, de modo que la mujer quedó profundamente decepcionada. El
Página 21
hombre dijo: «A lo mejor, si las cortamos por la mitad, por dentro están deliciosas. Solo tienen mal aspecto por fuera». De manera que arrancaron las manzanas del árbol y se las llevaron a casa. Las cortaron por la mitad, pero sabían a rancio.
—¿Qué significa «rancio»? —quise saber.
—Que no está muy rico —respondió mamá—. El hombre dijo: «Puede que sean manzanas para cocinar y solo estén ricas cuando les hayas echado azúcar, una vez horneadas». Así que la mujer peló todas las pieles feas y cortó en rodajas las manzanas. Las colocó en una fuente para hornear, espolvoreó azúcar por encima y las asó en el horno para hacer un pastel. El aroma resultaba tentador, pero, al cortar una porción de pastel, sabía horrible. La mujer sugirió: «Dejemos las manzanas que quedan en el árbol para los pájaros, a lo mejor a ellos les gustan». Pero los pájaros no se las comieron, y las manzanas no se cayeron. En su lugar, se pudrieron en las ramas, hasta que solo quedó una manzana. Un día nevó, y la nieve lo cubrió todo salvo esa única manzana roja. En el árbol se posó entonces el cuervo más grande que habían visto en su vida y se comió la manzana. Después cayó al suelo, muerto. La mujer y el hombre salieron a verlo. El cuervo era, en realidad, una capa negra y, debajo, había una mujer. La desconocida de la capa negra se puso en pie y abrazó a la mujer. «Muchas gracias. Me habéis liberado. Hace muchos años, una bruja me encerró en el cuerpo de un cuervo, y he tenido que comerme esa manzana podrida para liberarme». A continuación, introdujo la mano en la capa y de allí sacó una manzana roja perfecta. «Plantad esta manzana y jamás pasaréis hambre», les dijo. Y eso hicieron, y la manzana se convirtió en un árbol que daba las manzanas más deliciosas que jamás habían probado. Y vivieron todos felices para siempre. —Mamá sonrió—. ¿Te ha gustado la historia?
Respondí que sí con la cabeza. De hecho, ya había oído esa historia varias veces antes, pero me gustaba tanto que deseaba volver a oírla. Siempre disfrutaba con la parte en la que el cuervo se convertía en la mujer.
Era casi mediodía cuando llegamos a la linde del pueblo, y alcancé a oír el ruido de la multitud conforme nos aproximábamos al mercado, pasando de largo casas y cabañas, ascendiendo por un camino adoquinado hasta llegar
Página 22
a una plaza rodeada de comercios y tabernas. Había una iglesia con su chapitel en un extremo de la plaza y, en el otro, un ayuntamiento. La plaza estaba plagada de puestos, abarrotada de gente que se arremolinaba en torno a ellos. Alcanzaba a oír una alegre melodía que tocaba algún grupo en la distancia. El granjero detuvo su carro y nos bajamos, después ayudamos todos con la cerda. Pesaba un montón, pero no le importó que la levantáramos. Gruñó un poco cuando la depositamos en el suelo. Mi tarea había consistido en alimentarla, así que me conocía bastante bien y echaba a correr todo lo que le permitían sus cortas patitas cada vez que me veía desde lo alto del campo. Tras haberle dado de comer, siempre pasaba algún tiempo con ella. Iba a por el cepillo y le rascaba el lomo, cosa que siempre le gustaba, también le contaba cómo me había ido el día y qué tenía pensado hacer más tarde, y ella me escuchaba con atención. Le hacía cosquillas detrás de las orejas y ella gruñía de placer. Tenía una mirada tan limpia y tan humana, con esas largas pestañas blancas, que me daba la impresión de que me entendía. Aun así, como decía papá, no era buena idea encariñarse demasiado con algo que algún día acabarías zampándote.
Le di un abrazo y un beso en la coronilla. Después le susurré al oído: «Adiós, Caragh». Papá la llevó atada a su cuerda hasta la parte posterior del mercado, donde guardaban a los animales en un redil. El granjero y él se pusieron a hablar con el hombre al que habían acudido a ver. Me fijé en que este se ponía a contar dinero, se lo entregaba a papá y le estrechaba la mano. El granjero se quedó charlando con el hombre mientras papá regresaba hasta donde estábamos nosotras.
—Bueno, pues ya está hecho. Tenemos casi todo el día para nosotros. El granjero ha dicho que se reunirá con nosotros aquí a las seis en punto. Eso nos concede siete horas. Llevo bastante dinero en el monedero. Vamos a divertirnos un poco. —Nos sonrió a ambas—. ¿Qué os apetece hacer primero?
Deambulamos por el mercado. Mamá compró jabón y cintas. Pero en general nos contentamos con contemplar los preciosos puestos y las hermosas mercancías que tenían expuestas. Vimos a un miserable mendigo con su única mano extendida rogando piedad. Papá le dio un penique de su monedero. Había una mujer que vendía galletas y tartas especiadas de día festivo, y mamá compró un bollo de azúcar y lo partió en tres pedazos, pero papá me dio el suyo, para que pudiera comer más. Estaba tan dulce que hizo que me doliera la mandíbula. Más adelante, pasada la plaza,
Página 23
había un campo abierto y en él una feria. En el centro se alzaba una carpa y, a su alrededor, había varias casetas y diferentes juegos. Había un hombre alto y escuálido de melena larga y enredada que sostenía un enorme mazo en la mano. Se aproximó a papá y le dijo: «Tú eres un tipo grande, ¿a que sí? ¿Quieres ganar un chelín?». Le explicó a papá que, si lograba lanzar el martillo más allá de una línea trazada en el suelo, le entregaría un chelín. ¿Era suficientemente hombre? Papá cogió el mazo. «No tan rápido, hombretón, primero ponme un penique en la palma de la mano».
Papá hurgó en su monedero y le entregó la moneda. Después lanzó el martillo con todas sus fuerzas, pero se quedó a medio camino de su objetivo. El hombre esquelético fue a quitarle el mazo. «Mala suerte, no eres tan fuerte como creías, ¿eh?». Le guiñó un ojo a papá, pero este le entregó al hombre otro penique, volvió a agarrar el martillo con más fuerza y lo lanzó con mayor vehemencia. Esta vez aterrizó al otro lado de la línea. El hombre esquelético pareció sorprendido, pero le entregó a regañadientes el prometido chelín.
—¿Qué os había dicho? Mi brazo más fuerte es el izquierdo. ¡Con el derecho estaba solo calentando!
Se rio como si hubiera contado un chiste. A mí me alegró el corazón ver a papá tan contento. Mamá sonreía también. Papá le dio un beso y le revolvió el cabello.
—Sé que hemos atravesado una mala época, mi amor, pero tengo la impresión de que nuestra suerte está a punto de cambiar. De ahora en adelante, las cosas nos irán mejor, te doy mi palabra. Hay días en que todo parece ir a las mil maravillas. El sol brilla, las botas no aprietan, el trabajo sale bien e incluso la vieja arpía del final de la calle te dedica una sonrisa. Hoy es uno de esos días, desde luego que sí.
Seguimos adentrándonos en la feria, paseándonos frente a puestos que vendían joyas, peltre, pan, sellos, aperos de granja y alfombras. Todos parecían estar pasándoselo bien, riendo y sonriendo. Había un hombre haciendo trucos con cartas. Le pidió a papá que escogiera una carta que por arte de magia acabó en su bolsillo. Vimos a un trilero con tres vasos. Parecía fácil encontrar el guisante, pero media docena de personas perdieron su dinero al pensar que sabían debajo de qué vaso se escondía el guisante. Debíamos de llevar horas yendo de aquí para allá cuando papá
Página 24
sugirió que fuéramos en busca de una taberna a tomar empanada y algo de cerveza.
Había tres tabernas ubicadas en torno al perímetro de la plaza, y papá anunció que la segunda tenía mejor aspecto, pues era la más concurrida. «Fíate siempre de la multitud», dijo mientras abría la puerta para que entráramos. El interior era un lugar bullicioso, con un denso manto de humo de pipa suspendido como una nube de niebla sobre las personas sentadas a las mesas y aquellas reunidas en torno a la barra. Papá pidió pastel de carne para los tres, cerveza para él y un vaso de brandi para mí y otro para mi madre. Nos sentamos a la única mesa que quedaba libre, situada junto a la ventana, lo cual nos brindaba una agradable imagen de la feria y del mercado.
Nos llevamos la bebida y esperamos a que nos sirvieran la comida. Junto a la chimenea había un violinista tocando a gran volumen una melodía, y papá empezó a tabalear con el pie al ritmo de la música. Levantó su jarra de cerveza:
—Salud. Brindo por vuestra buena salud. Sois las personas más importantes de mi vida.
Nosotras levantamos nuestros vasos y los chocamos contra su jarra.
—Salud, papá —dije yo, y mamá agregó:
—Salud, mi amor.
Di un sorbo al brandi y me pareció dulce y agradable. Papá sorbió de su jarra y después se limpió la espuma de la boca con la manga de la camisa y nos sonrió:
—Hoy hemos ganado un buen dinero. Nos han ofrecido un buen precio por la cerda, y el chelín que he ganado en la feria ha sido la guinda del pastel.
La tabernera se acercó con nuestros pasteles de carne y los dejó sobre la mesa frente a nosotros.
—Aquí tienen, espero que les gusten. Los ha hecho mi madre esta mañana.
Papá pareció satisfecho con ellos y le dio un penique a la mujer por las molestias.
—Toma, para ti, no se lo des al dueño. —Le guiñó un ojo—. Bonito sitio tenéis aquí, y ese hombre toca el violén de maravilla. —La palabra «violín» era una de esas que papá nunca lograba pronunciar sin acento.
Página 25
La tabernera se guardó el penique en el bolsillo del delantal y respondió:
—Ah, es usted irlandés, ¿verdad?
—No —repuso papá sacudiendo la cabeza—. Desde luego que no. —Pues podría haberme engañado. He estado en Irlanda y reconocería
ese acento en cualquier parte —comentó la tabernera antes de desaparecer de nuevo entre la concurrencia.
—Amor mío, por favor, ten cuidado. Casi nos delatas —intervino mi madre, azorada, agarrándolo del brazo.
—Lo siento, querida. Ha sido un descuido —se excusó él con una sonrisa avergonzada—. Cómete el pastel antes de que se enfríe. —Cortó una porción del suyo y vio el vapor que salía de dentro—. Pensándolo mejor, ¡quizá sea mejor esperar a que se enfríe!
El aroma del pastel me llegó hasta la nariz y me rugió el estómago ante la expectativa de comérmelo. No me había dado cuenta de lo hambrienta que estaba. Corté mi pastel a fin de que se enfriara y, mientras lo hacía, distinguí a un tipo grande y fornido que se aproximaba entre la multitud. Miraba hacia nosotros. Se plantó frente a papá y le dio una palmada en el hombro.
—La tabernera me ha dicho que son irlandeses —lo acusó—. Pues en esta taberna no servimos a irlandeses.
Papá miró a su alrededor para ver si el resto lo había oído.
—Señor, no buscamos problemas —le dijo—. Solo hemos venido a saciar el estómago y calmar la sed.
—¿No me ha oído?
—Por favor, señor, si nos deja tranquilos, comeremos y nos iremos. —Lo diré una última vez. Nada de irlandeses en este pub. ¡Quiero que
se larguen de aquí, AHORA MISMO!
Papá se puso en pie y, bajando la voz, nos dijo a mamá y a mí:
—Venga, vámonos de aquí.
Alguien gritó:
—¡Basura irlandesa!
Otro agregó:
—¡Asesinos! Mirad quién lleva ahora ventaja, ¿verdad? Según creo, estamos dando a vuestra gente su merecido.
Una jarra voló por los aires y a punto estuvo de alcanzarle a mi padre en la cabeza. Se hizo añicos contra la pared a nuestra espalda. El violinista
Página 26
había dejado de tocar y todos los clientes habían interrumpido sus conversaciones. La taberna al completo nos miraba con ojos hostiles. Tratamos de marcharnos sin armar jaleo, pero un hombre le lanzó un puñetazo a papá y le alcanzó en el lateral de la cabeza, justo debajo de la oreja, haciendo que se desplomara sobre una mesa, que a su vez se volcó, derramando las jarras de cerveza. Se produjeron gritos y abucheos. Papá era un hombre de peleas, había ganado muchos premios por sus combates, pero sabía que teníamos que salir de aquel lugar lo más rápido posible. Nos cogió a mamá y a mí con gesto protector y se abrió paso a empujones. Alguien le dio una patada en el trasero, empujándolo hacia delante y llevándonos a nosotras con él. Papá mantuvo la cabeza agachada mientras trataba de esquivar las patadas y los puños, hasta llegar a la puerta y empujarnos a nosotras primero antes de cerrarla de golpe a nuestra espalda. Nos alejamos corriendo de la taberna y de la plaza, hasta estar a salvo en la distancia. Nos quedamos debajo de un árbol, papá sacudiendo la cabeza, mientras mamá intentaba curarle las heridas.
—¿Por qué motivo, cuando las cosas van bien, los problemas persiguen al hombre? Parece como si no se acabara nunca.
—Por lo menos no nos han perseguido. Me ha parecido que estaban tan enfadados que podrían haberlo hecho.
No habíamos hecho nada malo, pero la concurrencia del pub quería vernos muertos. Sus miradas estaban encendidas de odio. Nos sentamos en un banco bajo el árbol y aguardamos a que llegara el granjero. Mientras esperábamos, vimos pasar de largo un caballo que tiraba de un carro donde iba montada Caragh, atada a una cuerda. Miró hacia donde estábamos sentados y me dedicó la mirada más triste del mundo. Aquellos ojos, tan humanos, registraron la traición. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no empezar a llorar con desconsuelo. Tragué saliva para aliviar el nudo que tenía en la garganta y parpadeé para secarme las lágrimas.
Página 27
Enemigos de Dios
Yorkshire, Inglaterra, 1 de noviembre de 1649
Era la mañana del Día de Todos los Santos del año 1649 de Nuestro Señor. Yo estaba tumbada en la cama contemplando el cielo desde mi ventana. Ya había abierto los postigos y había vuelto a acurrucarme bajo las sábanas. Se me formaba vaho al respirar, pero bajo las sábanas estaba calentita. Las nubes presentaban un apagado tono gris peltre y, por una vez, no llovía. Había llovido casi sin parar durante tres semanas y el río se había desbordado por las orillas y había inundado una granja cercana. Nos habíamos quedado incomunicados durante dos días al quedar cortado el camino principal que conducía al pueblo. Vi el campo del viejo Connor convertirse en un lago, también lo vi abrir las cancelas para que sus caballos pudieran correr en libertad. Vi a un cerdo nadar en su pocilga. Los abedules y los olmos habían sido arrancados y bloqueaban el camino que llevaba al sur. Hizo falta un equipo de hombres durante todo un día para apartarlos. Incluso el clérigo se remangó la túnica y prestó ayuda.
Yo llevaba un rato despierta, plenamente consciente de que había trabajo que hacer, y ese trabajo consistía en cocinar y hornear. No soportaba cocinar. Y hornear menos aún. Preferiría limpiar el gallinero o lavar el chiquero del viejo Connor. Tenía cierta negrura de pensamientos. Mamá me había permitido quedarme levantada hasta tarde la víspera, pues papá estaba fuera ayudando a reparar los destrozos de la tormenta.
Mi padre había sido marinero durante un tiempo en Irlanda, pero aquí destacaba por su trabajo en la granja, siendo tan fuerte como era. Mi familia estaba bien orgullosa de todo lo que había logrado, y agradecida por todos los problemas de los que había podido librarse en Irlanda. Aunque se trataba tan solo de una cabaña de dos habitaciones hecha con
Página 28
leños, para nosotros era un palacio. A mamá le encantaba estar en casa, y la mantenía limpia y ordenada. Cada superficie brillaba y cada objeto resplandecía. Mi padre también se enorgullecía sobremanera de los troncos que, seis inviernos atrás, había cortado, arrancado y serrado de los árboles que circundaban nuestra parcela. A menudo alardeaba de ser el único hombre de su familia que poseía algo más que el sombrero en la cabeza, la camisa en la espalda y las botas en los pies.
Algunas mañanas me levantaba de la cama dando un brinco, en cambio aquel día notaba los pensamientos densos y, aunque no me encontraba cansada, no me emocionaba la jornada que tenía por delante. Seguía inquieta después del mal sueño que me había despertado.
Mi padre estaba llamándome. Le dejé gritar cuatro veces antes de responderle que ya me estaba levantando. Recé mis tres avemarías y me levanté de la cama. Ahuequé el colchón de paja y me eché agua fría en la cara. Descolgué mi blusa del respaldo de la silla y me la puse. Había que lavarla, pero estaba más limpia que la otra blusa que tenía. Luego, iría con mamá al río a hacer la colada. Me puse la falda gris y un delantal blanco, el que tenía esas flores tan bonitas que mamá le había bordado en las esquinas, y me recogí la larga melena negra en un moño. Necesitaba un buen cepillado, desde luego, pero no me noté ningún nudo.
Cuando bajé a la cocina, vi a mi padre sentado a la mesa, afilando su cuchillo en una piedra. Ya llevaba puesto su jubón de cuero, listo para un día de duro trabajo, sin importar el Día de Todos los Santos, pues a nuestros Espíritus Santos los alabábamos en secreto. En el color del cabello me parecía a mi padre, aunque su pelo negro se asemejaba más a la lana de oveja, tanto en la barba como en la cabeza. No había forma posible de pasarle un peine. Papá sacó su cuchillo y probó la dentellada de la hoja sobre el adorno de Todos los Santos que tenía al lado: una pequeña cruz. La cortó limpiamente. Mi madre estaba junto al fogón, cocinando tortas de avena. Llevaba su linda melena casi oculta bajo el gorro. En la habitación hacía calor y estaba llena de humo. Mi madre se limpió las manos en el delantal al volverse hacia mí:
—¿Has dormido bien?
—He tenido un sueño.
—No me vengas con tus extraños sueños, Kate. No me interesan. ¿Qué te ha dado a ti con los sueños?
—Dicen que puedes aprender muchas cosas de los sueños.
Página 29
—Sí que lo dicen, mi amor. Sí que lo dicen. —Retiró la sartén del fuego y se sentó a la mesa frente a papá—: Tu padre y yo hemos estado hablando, Kate. Siéntate, ¿quieres? —El tono de su voz sonó de pronto agorero.
Obedecí y me senté en el único lugar que quedaba libre a la mesa, entre los dos.
—¿Qué sucede? —pregunté.
—No es que suceda algo, mi amor. Bueno, en cierto modo sí, pero… —Lo que tu madre intenta decir, Kate, es que vamos a tener que
abandonar este lugar.
No lo entendía. Nos habíamos esforzado mucho por adecentar la casa y el terreno circundante, y mis padres se mostraban muy exigentes con respecto a todo lo que habíamos logrado juntos.
—Pero si este es nuestro hogar.
—Lo es, amor mío. Pero es peligroso.
Miré en torno a mí y contemplé las pesadas vigas de madera y la gruesa puerta de la entrada, que cada noche atrancábamos con un robusto madero. Pensé en el lugar del que procedíamos, una endeble choza en la que tiritábamos ateridos de frío en torno a una exigua lumbre, mientras el viento se colaba entre los listones.
—Aquella excursión que hicimos al pueblo el pasado junio… — comenzó a explicar mi padre—, parece ser que se ha corrido la voz. Hay un hombre que vive por aquí cerca. A unos veinte kilómetros hacia el sureste, en el distrito vecino. Es un mal hombre que desea hacer daño a gente como nosotros, Kate. Está poseído por el diablo.
—¿Quién es ese hombre?
—Responde al nombre de señor Lane. Acuérdate de ese nombre —me advirtió mamá agitando el dedo.
—Pero ¿y todo el dinero que nos ha costado?
—Hay cosas más importantes que el dinero, Kate —repuso mamá. —¿Y a dónde iremos?
—Hay un lugar del que ha oído hablar papá. Al noreste de aquí. Es un sitio al que podemos ir y donde nadie nos perseguirá.
—Pero… ¿cuándo nos iremos?
—Mañana.
—¿Mañana?
Página 30
Miré primero a mamá y después a papá, esperando que sonrieran y me dijeran que estaban tomándome el pelo. Sin embargo, ambos asintieron con gesto adusto. Papá me contó más cosas sobre aquel lugar, un asentamiento junto a la costa, donde pueblos de todos los credos vivían en armonía. Un lugar construido sobre el amor y la confianza. Sin miedo ni injusticias. Había un movimiento de personas que pensaban diferente, y ese movimiento iba en aumento.
—¿Y qué pasa con Mary? —pregunté—. ¿Volveré a verla alguna vez? Mary era la única amiga que tenía. Me llamaba Kate como todos los demás, pero le había contado mi secreto, le había hablado de mi pasado; sabía mi verdadero nombre. Era la única a quien le había confiado la
verdad.
—Puedes ir a verla esta tarde para despedirte. —Pero… no quiero marcharme. ¿Tenemos que hacerlo? Mamá miró a papá y después de nuevo a mí.
—Me temo que sí, amor mío. Si hubiera otra manera, créeme que… A veces, en la vida hay que tomar decisiones difíciles —me explicó sacudiendo la cabeza con pesar.
—Pero no hay por qué disgustarse —intervino papá.
No sé si sus palabras iban dirigidas a mí, a mamá o a las dos. Mamá se llevó a los ojos una esquina del delantal y se enjugó las lágrimas.
—Escúchame con atención, Kate —me dijo papá—. Si algo nos pasara…
—¿Algo como qué?
—Por favor, escúchame. Si algo sucediera, dirígete hacia el este hasta que llegues al mar. Te llevará como mínimo tres días llegar hasta allí. Cuando lo hagas, dirígete hacia el norte durante otros tres días. Al final llegarás a un lugar que…
—¿Qué lugar?
—El lugar del que ha oído hablar tu padre —aclaró mamá.
—Recuérdalo bien, Kate —dijo papá, que se rascaba la barba—. Cuando lleves tres días recorriendo el camino de la costa, en dirección norte, pregunta por la Casa de las Ovejas de John Beck. Dile a la gente de allí que estás buscando el lugar seguro. Ellos podrán ayudarte.
Nos quedamos sentados en silencio. No sabía qué decirles. Sentía que todo mi mundo se acababa de hacer pedazos ante mis ojos. Volví a contemplar las cuatro paredes y las vigas de madera que sostenían el
Página 31
tejado sobre nuestras cabezas. Había visto a papá construir este hogar con sus propias manos. Las paredes carecían de decoración alguna y el suelo era de tierra, pero era nuestro hogar. Era de nuestra propiedad, junto con el terreno sobre el cual se levantaba. Nuestra era la mesa en torno a la que nos hallábamos sentados, y la sillas sobre las que reposábamos. Nuestros eran el fogón y, junto a él, la alacena. Nuestros los platos, las tazas, los cuencos y las cestas. Nuestros los cuchillos, los tenedores y las cucharas. Las velas y los faroles. En la habitación de al lado, una cómoda con cajones y dos camas: la mía y la otra mayor, que pertenecía a mis padres. Las mantas y la palangana para lavarnos. Era todo nuestro. Por primera vez en nuestra vida, no le debíamos nada a nadie.
¿Íbamos a dejar todo esto atrás? ¿Todas las cosas que tanto nos había costado conseguir? Hechas o compradas, eran nuestras pertenencias. Recuerdo a papá negociando con el granjero al final del camino. A mamá y a él cargados con la cómoda de cajones a través de su campo, y yo tras ellos, tambaleándome mientras trataba de que no se me cayeran los tres cajones que habíamos sacado del mueble.
Mamá se puso en pie y se acercó al fogón. Devolvió la sartén al fuego. —Esto está casi listo, ¿puedes ir a por huevos? Tu padre ya ha dejado
salir a las aves.
Miré a mi padre, que volvía a estar absorto en la tarea de afilar su cuchillo. Solo entonces, cuando orientó la cara hacia la luz, me percaté de que tenía un corte encima del ojo.
—¿Eso te lo hiciste anoche, papá? —le pregunté, señalando la herida.
—Me golpeó una rama. No es más que un rasguño.
—Vamos, niña, ¿quieres ir a por los huevos de una vez? Las tortas de avena por sí solas son una manera insignificante de comenzar el día.
Saqué la cesta de la alacena y salí al jardín. El sol se alzaba sobre el bosque de Hanging Fall, pero una neblina se aferraba a los árboles remedando un encaje. Pasé de largo el seto de espino, salpicado de telarañas y bayas rojas. El gallinero se hallaba a la sombra de un sicomoro, más allá de un bancal de verduras y de una pila de leña cortada. El pestillo de la puerta estaba quitado. Durante la noche, manteníamos a las gallinas encerradas, a salvo del señor zorro. Un zorro siempre matará a todas las gallinas que haya, ya sean una docena o setenta cabezas, a Reynard[3] eso le daba igual, no importaba que tuviera apetito o no. Pero no tenía sentido mantenerlas encerradas una vez había salido el sol, porque se ponían
Página 32
nerviosas y empezaban a picotearse las unas a las otras. Se las oía dentro, montando un escándalo tremendo. Entonces, quitabas el cerrojo a la puerta y las dejabas salir, y lo hacían todas una detrás de otra, cacareando y pavoneándose, orgullosas como ellas solas. Siempre sonreía al verlas hacer aquello. Caminé hacia ellas agitando la cesta. Cuando me vieron acercarme, algunas pavonearon en mi dirección. Otras me ignoraron, prefiriendo en su lugar escarbar y picotear en la tierra. Les gustaba voltear trocitos de madera o de piedra, con la esperanza de hallar algún bicho o una larva debajo. Les gustaban las lombrices y las babosas, pero solo las pequeñas.
Dentro del gallinero hacía frío y estaba oscuro. El aire era húmedo y agrio. Alcancé un saco de maíz. Metí la mano y les lancé un puñado a la docena de gallinas que se pavoneaban por allí.
—Aquí tenéis, chicas. Que os aproveche.
El maíz se dispersó y ellas revolotearon para alcanzar los granos. Me dispuse a recoger los huevos. Había unos diez, dispuestos sobre el lecho de paja. Sostuve el primero en la mano. Seguía caliente. Llené la cesta de huevos. El último era raro, muy pequeño y con una forma extraña. No merecía la pena cocinarlo, pero lo metí en la cesta de todas formas. A mamá le gustaba mirar esos huevos malos. Los colocaba en el alféizar de la ventana. Decía que traía mala suerte que pusieran tres de esos seguidos, y que siempre debía llevárselos a ella. Decía que nunca se debe romper un huevo malo el primer día. Era tremendamente suspicaz. Se santiguaba cuando veía una urraca solitaria, y no se calmaba hasta que el animal hubiese encontrado a su compañero. Se agitaba si por su camino se cruzaba un gato negro. Si se le caía la sal, se pasaba el día entero esperando a que sucediera una desgracia. Decía que Judas Iscariote tiró un salero durante la última cena.
Fue entonces cuando la realidad volvió a asestarme un puñetazo en el pecho. Jamás volvería a ver a esas gallinas. Aquella sería la última vez que recogería sus huevos. ¿O acaso habría tiempo para una recolecta más? Deseaba saber qué íbamos a hacer con ellas. Quizá pudiésemos dárselas a Mary y a su familia. A las suyas se las había comido un zorro en verano y no las habían sustituido. Mis chicas eran unos especímenes sanos. Buenas ponedoras todas. Cuando regresara, les preguntaría a mamá y a papá si les importaría que le preguntase a Mary si las quería cuando fuese a su casa a
Página 33
verla más tarde. Esparcí un poco más de maíz y después cerré la puerta del gallinero. Recogí nuevamente la cesta y regresé al sendero.
Mientras caminaba por él de camino a casa, oí primero un grito y después un sonoro disparo. En ese instante, supe que había sucedido algo terrible. Dejé la cesta en el suelo y, he aquí la cuestión, no salí corriendo. Ganas me dieron, desde luego, pero no podía. Caminaba como si tuviera las piernas metidas en arenas movedizas. Como camina uno en los sueños.
Al entrar en la casa, lo primero que vi fue el cuerpo de mi padre tendido sobre el suelo de tierra. Tenía los ojos abiertos y miraba al techo. En torno a él iba acumulándose la sangre que brotaba de sus heridas. Se encontraba tirado bocarriba y su silla se había volcado. Seguía empuñando su cuchillo. Ahogué un grito. Entonces vi a mamá; estaba atada a una silla y amordazada. Tenía las manos amarradas con una cuerda. En la estancia, a su alrededor, había siete hombres con mosquetes, pistolas y cuchillos. Cuán extraño me pareció ver a esos hombres apretujados en nuestro diminuto hogar, y por un horrible instante, me dieron ganas de reír ante la absurda imagen que proyectaban. No entendía nada.
Uno de los hombres destacaba sobre los demás. Era, de lejos, el más alto. Más alto incluso que papá. Más parecido a un oso que a un hombre, con el pelo oscuro y muy corto y, al igual que mi padre, una nariz que visiblemente se había partido en algún momento de su vida. Vestía ropa sobria. Un traje negro de mala factura y una camisa blanca con un volante sencillo. Supe que aquel debía de ser el hombre del que me había advertido papá: el señor Lane. Se volvió hacia mí y dijo:
—Condeno la celebración de Todos los Santos. —Levantó de la mesa la cruz de paja y la tiró al suelo—. Esto es una reliquia de la superstición pagana. Un hombre ha de enfrentarse a solas a su creador, sin nada más que su conciencia. Sin efigies que obren milagros, ni cánticos, confesiones o cualquier otro fraude devoto. —Se volvió entonces hacia sus hombres—: Solo necesitáis vuestra biblia y a vuestro predicador para que os guíe. Sin inventos ni rituales. Convertid vuestros hogares en pequeñas iglesias. —Se giró de nuevo para dirigirse a mí—: Caragh, tus padres son enemigos de Dios. Y, como enemigos, deben pagar el precio con su vida. Tu padre ha muerto. Vamos a disparar también a tu madre.
Me quedé paralizada por el miedo y el estupor. Mi sangre se convirtió en agua helada. Una mano invisible me agarró del cuello. Sus dedos me apretaron con fuerza, hasta hacer que la sangre me palpitara en el cerebro.
Página 34
Mi madre me miraba con ojos suplicantes. Yo no podía moverme ni hablar. Estaban arrancándome el corazón del pecho. Una náusea terrible. Un pánico que me provocaba arcadas. Era incapaz de asimilar la magnitud de aquello. La estancia comenzó a dar vueltas a mi alrededor. Me costaba respirar. Como si se me hubieran encogido los pulmones. Era demasiado. El capitán cogió la pistola y apuntó con ella a la cabeza de mi madre.
Noté algo húmedo y caliente en la mejilla. Me había puesto a llorar. Las lágrimas me resbalaban por la cara y el cuello. Unas lágrimas ardientes que me escocían la piel. Cerré los ojos cuando el hombre apretó el gatillo. Se oyó un fuerte estallido, la salpicadura caliente de la sangre. Abrí de nuevo los ojos y vi que mi madre estaba tirada en el suelo y, del agujero de su frente, manaba la sangre. Bajé la mirada. Tenía la falda gris y el delantal blanco manchados con salpicaduras de la sangre de mi madre.
—Es peligroso que te quedes aquí. Márchate. Y dile a quienquiera que te encuentres que nuestros enemigos serán ejecutados. Nuestra intención es librar a este país de la basura papista. Lo que tu gente le hizo a mi familia en Irlanda…, con mi hermana a punto de dar a luz. Le rajaron la tripa y le arrancaron al bebé del vientre. Queremos su sangre. Queremos ver la cabeza de todos los papistas clavada en una lanza. Como católicos, la tierra de tu familia es ahora nuestra tierra. Puede que la situación se haya descontrolado, pero volveremos a enderezar este mundo, y rodarán cabezas. Enviaré a más hombres aquí hoy mismo para asegurar este lugar. Asegúrate de haberte ido para entonces. No puedo garantizar tu seguridad si te quedas.
Entonces, fueron desfilando por la puerta de la casa. Mientras salían, el líder del grupo agarró una de las tortas de avena de la sartén y dio un bocado.
Y me quedé yo sola en la cocina con los cuerpos de mamá y papá. Me senté a la mesa y lloré. Mis padres yacían asesinados en el suelo. Su sangre iba formando un charco a su alrededor. Aún alcanzaba a oír el disparo de la pistola reverberándome en los oídos, olía la pólvora acre en el aire, la saboreaba en mi propia lengua. Apoyé la cabeza en la mesa y cerré los ojos. No podía pensar. Tan solo sentía un peso abrumador que me aplastaba.
No sé cuánto tiempo me quedé así, pero al final volví a abrir los ojos. Los cuerpos seguían allí. No era una pesadilla. Lo que había presenciado era real y ahora me había convertido en huérfana. En esta tierra no tenía a
Página 35
nadie a quien recurrir. El resto de mi familia se hallaba al otro lado del agua, en Irlanda, en Ballina, pero les había prometido a mis padres que jamás regresaría. Llegamos aquí sin nada. Mi padre había trabajado de sol a sol para poder cuidarnos, para poner un techo sobre nuestras cabezas y un plato de comida en la mesa. Traté de pensar con prudencia. Me había quedado sola. No tenía a nadie. Dentro de poco volverían los hombres. Si me encontraban, me matarían. Lo único que sabía era que tenía que marcharme de allí. Debía encontrar el lugar seguro del que me había hablado papá. La ruta me conduciría a través del bosque de Hanging Fall, después hacia el este, hasta alcanzar la costa, donde pondría rumbo al norte.
Saqué una pala del cobertizo y empecé a cavar un hoyo más allá de la cerca del jardín. La tierra estaba pedregosa y pesada después de tanta lluvia. Tuve que parar varias veces para aflojar una roca, sacarla del suelo y echarla a un lado. Apilé las rocas en un extremo del hoyo y seguí cavando. Una lombriz cayó en la pala, retorciéndose en su búsqueda de una vía de escape. Conforme cavaba, la tierra fue volviéndose más pesada y oscura. Sentía su frialdad y me llegaba su olor a humedad. Me dolían los brazos por el esfuerzo, me palpitaban las palmas de las manos, me salieron ampollas en la piel. Me estaban dando calambres en los músculos de la espalda, pero seguí cavando. Mi vida entera se había esfumado.
Cuando ya no podía seguir cavando más, salí del hoyo y descansé. Había cavado algo más de un metro de profundidad y tenía la ropa manchada de tierra.
Entré en la casa y sujeté a mi madre por las manos. Las tenía ya frías y sin vida. Unas manos que, en tantas ocasiones, habían sostenido las mías. Esas manos ya no se aferrarían a nada. Pesaba mucho, y me costó un gran trabajo arrastrar el cuerpo hasta el jardín y el lugar donde había cavado el hoyo. La arrastré hasta el borde y la empujé dentro. Su cuerpo emitió un golpe sordo al caer al fondo. Descansé, deteniéndome para recuperar el aliento. Me quedé mirando su cuerpo sin vida, tendido sobre la tierra negra, con las lombrices como única compañía. Pensé en lo viva que había estado tan solo unas pocas horas antes. La vi frente al fogón, cocinando las tortas de avena, pero ahora su espíritu había abandonado su cuerpo. ¿Estaría ya ahí arriba, contemplándome? Capté un olor fuerte en el aire.
Regresé a la casa, agarré a mi padre y me abracé a su cuerpo frío y rígido. Tenía su sangre en mi delantal. Traté de no mirar el agujero de su
Página 36
pecho. No sé cómo, pero parecía haber encogido. Le cerré los párpados y le besé el corte que tenía sobre los ojos.
Me llevó horas recorrer con él a rastras la corta distancia que separaba la cocina del campo situado detrás de la casa, unos pocos centímetros cada vez. A mitad de camino, me palpitaban las muñecas del esfuerzo y sentía doloridos todos los músculos de los brazos. Me detuve a descansar largo rato. Finalmente logré alcanzar el hoyo y allí se unió a su esposa bajo tierra. Me quedé mirando ese hoyo durante un buen rato, contemplando los dos cuerpos tendidos uno junto al otro, como en la vida, solo que inertes y fríos. Estaba enterrando a mis padres. Estaba enterrando todo lo que alguna vez había conocido. No había vuelta atrás.
Me miré el delantal, que tenía manchado de tierra, sudor y sangre. Me sacudí las manos en los trozos que seguían limpios, cogí la pala y esparcí un montón de tierra sobre ellos. Después otro. Levanté una palada tras otra hasta que, al fin, el hoyo entero se llenó. Aplané la superficie con el reverso de la pala. Encontré dos palos, los sujeté con un cordel para formar un crucifijo improvisado y clavé el extremo afilado en la tierra, a la cabeza de la tumba, antes de dar un paso atrás y murmurar una oración.
—En el nombre de Dios, padre todopoderoso, en el nombre de Jesucristo, en el nombre del Espíritu Santo, descansad en paz, con Dios en el Cielo. Amén.
Arranqué algunas ramas de los serbales del jardín, que estaban cargados de bayas rojas, las até para formar un ramo y lo coloqué en el suelo, al pie de la tumba. Me fui al dormitorio y llené una bolsa con algo de ropa, me quité el delantal sucio y me cambié la sobrefalda. Saqué del cajón el rosario con el pequeño crucifijo colgado. Era un regalo de mi madre; a ella se lo había regalado su madre. Me colgué las cuentas alrededor del cuello y me las puse a modo de collar. En la cocina, retiré de la sartén las tortas de avena, ya frías, y las envolví junto con un cuscurro de pan y un pedazo de queso, utilizando un trapo cuadrado. Saqué unas nueces del tarro de arcilla y las envolví en otro trapo, coloqué después ambos fardos dentro de mi bolsa, llené un odre con agua de la jarra y me aseguré de cerrarlo bien con el corcho. A continuación me acerqué a la mesa, donde resplandecía el cuchillo de mi padre, y lo sostuve entre mis manos, calibré su peso, lo guardé en su funda y me lo metí debajo de las faldas, atándomelo a la pierna con un cordel. Me anudé un gorro en la cabeza y me cubrí los hombros con un chal grueso.
Página 37
Apilé los muebles en mitad de la estancia, cogí un trapo empapado en aceite del farol y le prendí fuego con un pedernal. Cuando el trapo estuvo ardiendo, lo empleé para prender fuego a la pila de muebles. Vi cómo las llamas empezaban a devorar la mesa y las sillas. Lloré lágrimas ardientes.
Una vez fuera, fui hasta donde se encontraban las gallinas cacareando y pavoneándose, agarré a la primera y, con cuidado, la lancé por encima de la cerca, para que quedara en libertad. Hice lo mismo con las demás, hasta que quedaron todas libres. Cogí el saco de maíz y esparcí el contenido también por encima de la cerca. Luego me quedé un poco retirada, viendo cómo se quemaba la casa hasta quedar reducida a cenizas. Vi colapsarse el tejado envuelto en llamas. Después me ceñí el chal alrededor de los hombros, cargué con mi bolsa y empecé a caminar en dirección opuesta al incendio medio extinguido. El cielo iba oscureciéndose en torno a mí.
Atravesé el bosque de Hanging Fall, siguiendo las indicaciones de papá. Las hojas se habían tornado rojizas y doradas. Caían oscilando de las ramas hasta posarse en el suelo del bosque y yo iba pisándolas con las botas. El bosque estaba plagado de ardillas, que recolectaban frutos de cara al invierno, y de arrendajos que descendían de las ramas, haciendo reflejar la luz en las franjas azules de sus alas. Los pinzones y los paros daban saltos a mi alrededor. Una chochaperdiz se escabulló entre la maleza. Pensé en Mary y en su familia, pero sabía que debía hacer lo que me había ordenado papá. Debía honrar su deseo. Según su ruta, si caminaba hacia el este llegaría a la costa. Tres días, dijo papá, y alcanzaría el mar. No tenía hogar. No tenía a nadie. Y no era nadie.
Incluso sumida en esa gran angustia, mi instinto de supervivencia debió de ponerse en funcionamiento, pues hallé un lugar seguro, un claro en el bosque, y recolecté ramas secas y leños. Utilicé el pedernal para encender un fuego, me senté en un leño y aticé las llamas con un palo. Saqué el cuscurro de pan y el trozo de queso, di un bocado a cada uno y ayudé a bajar la comida con un trago de agua del odre.
Después vomité. El contenido caliente de mi estómago me salió por la boca y quedó esparcido a mi alrededor. Volví a sentarme, llevándome las manos a los costados. Pensé en las gallinas. ¿El zorro se las habría comido ya? ¿O lograrían encontrar un lugar seguro? Era algo que ahora ya escapaba a mi control. Solo Dios conocería su destino. Cuando las llamas se extinguieron hasta dejar unas ascuas rojas, me ceñí el chal con más fuerza y me acurruqué hasta quedar hecha un ovillo. Cerré los ojos y pensé
Página 38
en el incendio que había dejado atrás y en los hombres que habrían encontrado la casa reducida a cenizas. Aquello me proporcionó una calma amarga. ¿Tratarían de seguirme? ¿Rastrearían mis pasos? Me quedé tumbada en la oscuridad, temblorosa, aferrada a las cuentas del rosario, rezándole a un dios indiferente.
Página 39
Las calladas
Cuando me desperté al día siguiente, tenía la mente en blanco. La luz del sol se filtraba a través del tamiz de las hojas otoñales, los frutos y las bayas que cuajaban las ramas de los árboles, los petirrojos, los chochines y los zorzales. Pensé en lo bonito que era todo aquello. Y entonces se me cayó el alma a los pies al darme cuenta de quién era y de qué hacía allí.
Tendida en el suelo del bosque durante un rato, aclarando mis ideas, sentí el dolor por todo el cuerpo; estaba aterida y húmeda. Era como si el frío se me hubiera colado hasta la médula. Quise que me tragara la tierra hasta lo más profundo de sus entrañas. ¿Cómo era posible que yo hubiera sobrevivido y ellos hubieran muerto? ¿Qué había hecho mi pueblo para merecer acabar en la tumba? No tenía ganas de vivir. Me quedé allí tumbada, doliéndome por dentro y por fuera, maldiciendo a los hombres y llorando la pérdida de mi familia.
Finalmente, me puse en pie y me sacudí de la ropa las hojas y la tierra del bosque. Estaba temblando. Recogí mis cosas y volví a guardarlas a buen recaudo en la bolsa, luego comprobé que seguía llevando el cuchillo amarrado a la pierna, recordé una vez más la ruta de papá y dirigí mis pasos hacia el sol. Había jabalís buscando setas y bellotas entre las hojas secas y los helechos rojizos.
La espesa vegetación boscosa dio paso a un campo abierto. Caminé junto a la linde, pegada a un muro de piedra seca. Lo habían arado y plantado, de cara a la primavera. Los cuervos buscaban lombrices en la tierra, uno de ellos graznó sobre las ramas de un olmo, los conejos brincaban a mi alrededor y un erizo buscaba a tientas larvas que comer. A mi alrededor, la vida se preparaba para recibir al invierno, haciendo acopio para abastecer sus provisiones y llenándose el buche. A mí me quedaba comida suficiente para una vez más y, a pesar de no tener hambre, tendría
Página 40
que encontrar víveres. Me agaché y llené el odre en un arroyo, después atravesé varios campos hasta que mi camino comenzó a ascender hacia los páramos. El brezo había florecido, pero todavía quedaban algunas flores púrpuras por esta zona.
Seguí caminando hacia el este conforme el sol ascendía frente a mí, hasta llegar a su cenit. Vi milanos reales y ratoneros comunes alzar el vuelo formando en remolino bajo el calor de mediodía. El sendero que atravesaba los páramos era arduo, pedregoso e irregular, surcado de raíces y matas de hierba. Los vientos me agitaban el gorro y me revolvían el chal. Llevaba caminando toda la mañana y parte de la tarde cuando, a lo lejos, oteé un chapitel que se elevaba por encima de una hilera de árboles.
El camino volvía a ser descendente, atravesaba lodazales y praderas, campos y granjas, pasando de largo el hedor que desprendía una curtiduría, hasta hallarme en un camino rural que conducía hacia un pueblo. De vez en cuando me cruzaba con personas. Unas a pie, otras a caballo. Algunas circulaban en carro y en carruaje. Sentí un dedo frío en el cuello, después otro en la mejilla. Alcé la vista. Las nubes habían ido apelmazándose sobre mi cabeza y ahora comenzaban a descargar. Unas gotas grandes y negras de lluvia caían como piedras desde las nubes. Mi chal no tardó en quedar empapado. Poco después, el resto de la ropa que llevaba puesta. Me encontraba ahora en la linde del pueblo. Pasé junto a un patíbulo cuya jaula se balanceaba suavemente con un cuerpo medio alquitranado y medio comido en su interior. Le habían arrancado los ojos de las cuencas y una grajilla asomaba su pico negro y brillante a través de los agujeros vacíos.
Me detuve a un lado del camino para descansar un poco y me senté bajo la copa de un árbol que aún conservaba algunas de sus hojas; observé a la gente ir y venir, sus mulas cargadas de fardos de lana, jarras de loza, sacos de nabos y patatas. Tras haber descansado, volví a ponerme en pie y caminé fatigosamente un tramo más del camino. Mientras avanzaba, un hombre montado a lomos de un caballo capón de color gris me pasó de largo, tan cerca que a punto estuvo de tirarme al suelo.
—¡Largo del maldito camino!
Caí al suelo, pero luego me levanté y traté de sacudirme el barro de las rodillas. Me pesaban los brazos y las piernas, mas proseguí mi camino. Me hallaba ahora recorriendo la calle principal del pueblo. Había allí un zapatero, un carnicero y un tonelero. Los puestos flanqueaban ambos lados
Página 41
del camino y los vendedores anunciaban sus mercancías. Mi alma se vio invadida por el agotamiento. Vi un banco allí cerca y fui a sentarme. Había escampado ya. Frente al calcetero había un violinista, y me quedé un rato escuchando su melancólica melodía, como si escuchara el sonido de mi propio corazón. Recordé esas noches en las que papá tocaba su violín y mamá bailaba al ritmo de la música. En ocasiones venía acompañado de otros hombres, trabajadores itinerantes de granja, y mamá sacaba la jarra de whisky. Pero esta no era una canción para bailar. Junto al violinista, había un hombre con los tobillos encadenados a un cepo de madera. Tenía la mirada perdida y triste, la cara y la ropa cubiertas de heces, orines y vísceras podridas. Un poco más adelante, había otro desdichado que pedía peniques con el único brazo que le quedaba. Vestía aún su uniforme de parlamentario[4]. Pensé en el lugar seguro y recordé las indicaciones de papá, pero no me acordaba del nombre. El nombre de un hombre. Pero ¿cómo se llamaba? «No te asustes —me dije—. Ya te acordarás del nombre cuando hayas descansado un poco».
Vi a un hombre bien vestido que se abría paso entre la multitud y se aproximaba a mí. Vestía un jubón anticuado y unas calzas, con el cuello ornamental rígido y almidonado. En los zapatos lucía brillantes hebillas plateadas. Llevaba el pelo bien cortado bajo la boina. Sin preguntarme si me molestaba su compañía, se sentó a mi lado. Yo estaba demasiado fatigada para dejarme sorprender por aquella actitud, demasiado cansada para ponerme en guardia; sin embargo, al sentarse allí en silencio, tan cerca de mí, recuperé los sentidos. Me acordé del cuchillo que llevaba bajo las faldas.
—Buen día, señorita.
—Buen día tenga usted, señor.
Sacó una pipa y golpeó la cazoleta contra el lateral del banco. Empezó entonces a llenarla de tabaco.
—Me encanta el bullicio de un buen mercado, ¡pero qué precio tiene todo últimamente! Hasta una hogaza de pan se ha convertido para algunos en un auténtico lujo. Sin embargo, no es culpa de estos buenos y honrados mercaderes, sino del estado en que se encuentra este país.
Yo asentí sin mucho afán.
—¿Es usted nueva por aquí?
—Así es, señor. Soy del distrito de al lado.
—Eso me parecía.
Página 42
Apretó el tabaco, se guardó la lata en un bolsillo, sacó un encendedor e hizo varios intentos hasta que el tabaco ardió y él empezó a soplar el humo.
Bajó la voz, se inclinó más hacia mí y dijo:
—¿Sabe alguien que se halla usted aquí?
No tenía claro a qué se refería con eso, pero no me gustó la pregunta. Sabía que algunos distritos rechazaban a los forasteros. Y me pregunté si tal vez se referiría únicamente a si había pedido permiso a un funcionario del distrito.
—No tengo a nadie, señor.
—Entiendo.
Me dio la impresión de ser un caballero próspero. Su jubón lucía elaborados brocados, de modo que no le faltaban dinero ni medios para conseguirlo, y pensé que tal vez podría hacerme algún bien. Necesitaba ganar algún dinero si quería llegar hasta la costa sin perecer de hambre.
—De hecho, tal vez pueda usted ayudarme.
—¿Y eso por qué?
Me daba vergüenza preguntárselo, pero mi madre siempre decía que quien no llora no mama. De manera que me armé de valor y dije:
—Estoy buscando trabajo.
—¿Qué clase de trabajo?
—Puedo echar una mano con casi cualquier tarea. Sé cuidar aves de corral, hago recados de todo tipo, tengo buena mano para remendar. Soy una excelente zurcidora. Coso con eficacia. Sé hacer mantequilla, tortas de avena, queso. También sé limpiar.
Terminó de fumarse la pipa y se la guardó en el bolsillo del jubón. —Casualmente, puede que tenga un trabajo para usted. Sígame. —Se
puso en pie y me tendió la mano.
Caminamos por la calle principal, esquivando a los comerciantes y vendedores ambulantes, con sus puestos y sus mesas, antes de doblar por un angosto sendero.
—Estaba buscando una muchacha como usted. El trabajo está bien pagado.
Cruzamos la plaza del mercado y atravesamos un callejón adoquinado situado a un costado del pub. Junto a la puerta, alguien había vomitado y un perro estaba dándose un festín con los restos. El callejón daba a un camino de tierra que discurría en paralelo a la parte posterior de las casas,
Página 43
hasta alcanzar un edificio bastante destartalado y ubicado al final del camino. El hombre se aproximó a una puerta sin número ni adorno de ningún tipo y llamó con fuerza tres veces. La puerta se abrió tan solo una rendija. No alcancé a ver quién la había abierto; la rendija era demasiado estrecha. El hombre se inclinó hacia la abertura y dijo en voz baja:
—Soy yo. Abre.
La puerta se abrió lo suficiente para dejarnos entrar, y el hombre me hizo pasar a través del umbral, luego cerró a nuestra espalda. Nos hallábamos en una sala oscura. Las ventanas tenían cerrados los postigos. Había mesas, sillas y una barra de bar. La estancia estaba iluminada con un faroles y velas, y llena de hombres y mujeres. Las mujeres iban ligeras de ropa. Miré a mi alrededor. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, las distinguí con mayor claridad. Algunas iban en ropa interior, y otras no llevaban nada en absoluto. Fue entonces cuando me di cuenta de dónde estábamos. Mi madre me había hablado de tales lugares: nos hallábamos en un burdel, y esas mujeres eran meretrices. Me aparté del hombre, retrocediendo hacia la puerta.
—¿Adónde va?
—Creo que ha habido un malentendido —contesté.
—No se preocupe, yo cuidaré de usted. —Me agarró con firmeza del brazo y me guio a través de la habitación—. Vamos, quiero presentarle a alguien.
Traté de zafarme, pero me sujetaba con fuerza.
—Suélteme.
Intenté de nuevo liberarme, pero en vano, pues me apretó más fuertemente.
—No hay por qué desconfiar.
Su puño era como un cepo. Me arrastró por un oscuro pasillo hasta llegar a otra estancia donde había una mujer en el rincón, junto al hogar de la chimenea, observando. Lucía un vestido dorado con mucho escote, y el pecho levantado para enfatizarlo. Tenía la melena larga y rizada en tirabuzones, llevaba los labios pintados de rojo, colorete en las mejillas, enormes y llamativos pendientes de aro y unas perlas a juego que adornaban su cuello. Me pareció demasiado mayor para vestir de ese modo. Su nariz respingona me recordó a un cochinillo. Sonrió, y, al hacerlo, las patas de gallo surcaron sus ojos. Se le notaba una prominente papada por debajo de la barbilla.
Página 44
—Buenas tardes, Annie. Te traigo a otra.
La mujer se acercó hasta donde estábamos y me miró con atención.
—Entonces, sonríe un poco —me ordenó.
Yo estaba decidida a no quejarme en modo alguno. Apreté los labios con fuerza. El hombre me metió el pulgar entre los labios y le mostró mis dientes.
—Veo que tiene todas las piezas.
La mujer me rodeó, escudriñándome de arriba abajo.
—Tienes una cara bonita. Unos ojos preciosos. Un cabello fuerte y lustroso. Aunque hay que cepillártelo, desde luego. No tienes muchas tetas, pero a algunos hombres les gusta eso. —Me dedicó otra mirada dura antes de volverse hacia el hombre—: ¿Dónde la has encontrado?
—En la calle, cerca del mercado. Dice que no tiene a nadie. Empezaron a charlar sobre dónde nos habíamos conocido y cómo
había llegado a hacerme la proposición. —¿Y dices que viene de otro distrito? El hombre asintió.
—Pues nunca antes la había visto.
—No tienes por qué conocer a todas las chiquillas de la zona.
—A mí me parece que sí. —Volvió a mirarme—: Habrá que engordarla un poco. A ningún hombre le gusta metérsela a un saco de huesos.
—Lo que creas que es mejor, Annie. Eso es cosa tuya.
—Y habrá que darle un buen baño. Parece que haya estado durmiendo entre cerdos.
—Lo que tú digas, querida.
—Llévala arriba, al almacén, ¿quieres?
Noté que me apretaba con más fuerza, me empujó por un pasillo y subimos un tramo de escaleras sinuosas que terminaban en una sencilla puerta con un pasador y un candado. Se buscó la llave en los bolsillos. Mientras lo hacía, yo vi la oportunidad de huir. Me zafé de su mano, pero, con la velocidad del rayo, me golpeó con fuerza en la nuca. Caí al suelo y un dolor intenso y cegador me recorrió la columna hasta el cuello. Volvió a agarrarme.
—Si vuelves a hacer eso, te parto la cabeza.
Abrió el candado y, a continuación, la puerta, luego me empujó hasta obligarme a entrar en una diminuta habitación abarrotada de cubas,
Página 45
barriles, cestas y cajas, con baldas en lo alto abastecidas de botellas y jarras. El olor era a un tiempo rancio y dulzón, como a fruta en descomposición.
—Annie te tratará bien, siempre y cuando sepas comportarte.
Cerró la puerta tras de mí, echó el pasador y bloqueó el candado, después sus pasos se alejaron escaleras abajo. Me quedé envuelta en la oscuridad. Traté de abrir la puerta empujando con todo el peso de mi cuerpo, pero fue inútil, pues no cedía. La golpeé con más fuerza y oí que me crujía un hueso. Me retorcí de dolor. Buscando a tientas a mi alrededor, encontré un barril y me senté encima. Aguardé y, mientras lo hacía, se me acostumbraron los ojos a la oscuridad. Reparé en una delgada franja de luz que bordeaba el marco de la puerta, pero no bastaba para poder distinguir en condiciones ninguna otra cosa. Solo era consciente de que unas cosas eran más negras que otras y algunas eran menos negras.
No sé cuánto tiempo permanecí esperando en aquel repugnante almacén, con el corazón desbocado como única compañía. Conforme aguardaba, mi miedo iba en aumento. Finalmente, oí pasos acercarse y la puerta volvió a abrirse. Al principio me cegó el rectángulo de luz grisácea que inundó la habitación. Distinguí la silueta de una mujer. Era Annie, que entró en la estancia con una bandeja y la depositó sobre un barril.
—Ahí tienes carne, queso y caldo caliente. Más vale que te lo comas todo. Si lo haces, te daré también pan y pudin de mantequilla.
Contemplé la bandeja. Había un plato con un pedazo de pan, unas rodajas de jamón y una porción de queso gris. Junto a esto vi un cuenco con un líquido marrón y una cuchara que asomaba por encima.
Annie abandonó la habitación y cerró la puerta, y la oí volver a echar el pasador y alejarse por las escaleras. Volví a quedarme a oscuras. Busqué a tientas el cuenco. Al localizarlo, me lo acerqué y busqué la cuchara. No sé cómo, conseguí comer sin derramar demasiado del caldo. Estaba caliente, aunque no hirviendo. No sabía a gran cosa, pero me lo bebí todo. Cuando terminé, busqué el plato y me comí su contenido. Después esperé. Tenía que orinar. La presión de la vejiga estaba matándome. El dolor se convirtió en un pinchazo agudo, como si tuviera una cuchilla de afeitar entre las piernas. Me quedé allí sentada, retorciéndome de dolor, atenta a cualquier pisada, aguantando todo lo posible, pero al final no pude aguantar más. Busqué a tientas el cuenco del caldo, me lo coloqué debajo, me levanté las faldas y oriné dentro. Al hacerlo, el alivio que sentí fue
Página 46
sustituido enseguida por una sensación de pánico. Annie me castigaría por esto. Pero peor sería lo que me tuvieran reservado para después. Tenía que escapar de allí. Busqué el cuchillo de papá, me lo solté del muslo y lo así con fuerza. Después esperé. Y esperé.
Hasta que volví a oír los pasos de Annie por las escaleras. Me puse en pie con el cuchillo a la espalda, preparada para atacar, y oí el ruido de la llave en la cerradura oxidada. La puerta se abrió y me abalancé sobre Annie con el cuchillo, pero ella me esquivó y yo caí al suelo, sin soltar aún el arma. Sentí la fuerte patada que me propinó en la muñeca y grité de dolor mientras me arrebataba el cuchillo.
—¡Qué mujerzuela tan desagradecida! Te doy de comer, cuido de ti y así me lo pagas.
Sentí la puntera de su bota mientras me pateaba las costillas y la tripa.
Una y otra vez.
Debí de desmayarme porque, cuando volví en mí, ya no estaba en el almacén. Me hallaba tendida en una cama, la más grande que había visto nunca, y el hombre del traje elegante que me había traído aquí se encontraba sentado en un sillón al pie de la cama, fumando su pipa.
—Llevas horas dormida.
Se puso en pie y se acercó a la puerta. La abrió y pegó un grito a través de la abertura:
—Annie, se ha despertado.
Regresó a la habitación y se sentó otra vez.
—Te advierto que no está muy satisfecha contigo.
Aspiró su pipa y expulsó una nube de humo gris azulado. No articuló palabra después de aquello. Yo volví a recostarme sobre las almohadas, con el cuerpo dolorido tras la paliza. Annie no tardó en entrar, cerrar la puerta a su espalda y volverse hacia el hombre.
—He estado pensando —anunció.
—Calma —dijo el hombre.
—Necesita que la domen. Una doma salvaje, esa es la mejor cura. Quiero que me ayudes a desvestirla, a asearla y a prepararla para la diversión de esta noche.
—Me necesitan en otra parte.
—Solo será un momento.
Página 47
Ambos me miraron como si estuvieran contemplando a un perro rabioso, y a mí el miedo me produjo náuseas.
—Yo la agarro de los brazos —declaró Annie—. Tú agárrale las piernas.
Traté de resistirme, pero eran demasiado fuertes para mí. Un miedo abyecto me atenazó los huesos cuando me sacaron medio a rastras medio en volandas de la habitación, yo sin dejar de patalear y chillar, y me trasladaron por otro pasillo hasta una estancia con una bañera en el medio. Me quitaron la ropa y me sumergieron en el agua tibia de la bañera.
—La has dejado hecha unos zorros, Annie. No se la puede alquilar así. El hombre señaló los hematomas provocados por las patadas de Annie. —Ya he pensado en eso. La ofreceremos barata. Tengo un par de
clientes habituales que seguro se muestran interesados.
—Bueno, si estás segura de que querrán comprarla.
—Confía en mí, conozco a mis clientes. Con moratones o sin ellos, una virgen es una virgen. En realidad es una pena. Si no estuviera tan magullada, haría una fortuna. Ni tú tendrías lo que algunos hombres estarían dispuestos a pagar por la virginidad de una meretriz.
—Deberías haberlo pensado antes de perder los nervios con ella. Annie se aproximó con una pastilla de jabón en una mano y una
esponja en la otra.
—¿Qué es esto? —preguntó, dejó a un lado el jabón y la esponja y agarró las cuentas de mi rosario—. ¡Malditas baratijas papistas!
—Por favor, deje que me lo quede —le supliqué.
Me tiró con fuerza del collar y me lo arrancó. Las cuentas se desperdigaron, algunas cayeron al agua, otras al suelo, y rodaron en todas direcciones. No alcanzaba a ver dónde había caído el crucifijo.
—¿Qué clase de hombre querría mirar a Jesucristo clavado a una cruz mientras se la mete a una meretriz? —se preguntó la mujer.
—Pues uno muy malhumorado —comentó el hombre entre risas. —Los hombres así pueden ir a divertirse a otra parte. Esto no es un
lupanar. Yo regento un establecimiento respetable.
Traté de ponerme en pie. La mujer me dio un bofetón en la cara y yo me estremecí de dolor. El hombre me sujetó los brazos a la espalda para que no pudiera atacarlos. Ella me frotó con tosquedad. Las cerdas me lastimaban la piel. Me cubrió de agua todo el cuerpo y siguió frotándome un poco más. Después, me aclaró con agua limpia de una jarra.
Página 48
—Con eso bastará.
Fue a por una toalla y el hombre me sacó del agua. Me quedé temblando mientras ella me secaba. A continuación, descolgó una bata de un gancho situado detrás de la puerta y me envolvió con ella. Me condujeron de vuelta al dormitorio y hasta la cama. El hombre se acercó a la puerta.
—Mira, Annie, tengo otro compromiso. No seas dura con ella, ¿quieres? —Y cerró la puerta tras él.
—Muy bien, si sabes comportarte, podrás llevar una buena vida aquí. Tendrás comida y bebida de sobra. Un techo sobre tu cabeza. Ropa buena. Tú sola por ahí fuera te morirías de hambre. Este mundo no es lugar para una cría como tú. Lo único que tienes que hacer es tumbarte bocarriba y mirar al techo. Como coser y cantar. Enseguida le pillarás el ritmo. Ahora descansa, volveré dentro de un rato para ver cómo te encuentras. —Sin más, se volvió para irse y cerró la puerta con llave tras ella.
Me tendí en la cama. En realidad, me sentía adormecida. No entendía el evento que me aguardaba. Ni todo lo que me había sucedido en tan corto espacio de tiempo. Me notaba desgarrada. Me temblaban las puntas de los dedos. Mis huesos eran como de cristal. Estaba exhausta, no me quedaba energía para luchar. Hundí la cabeza en la almohada y lloré en silencio hasta quedarme sin lágrimas.
Me acerqué a la puerta y probé suerte con el pomo, pero no giró. Me aproximé entonces a la ventana y descorrí la cortina. El cristal estaba cubierto de mugre. Utilicé la esquina de la cortina para limpiarla, y solo alcancé a distinguir la copa de un árbol y un cuadrado de cielo gris. Me planteé hacer añicos el cristal, aunque el hueco era tan pequeño que apenas me cabría la cabeza. Estaba atrapada. No tenía escapatoria. Me dejé caer sobre la cama una vez más y me quedé contemplando el cuadrado de luz de la pared hasta que oscureció y adquirió el color de la tinta derramada.
Oí movimientos fuera y el giro de la llave en la cerradura. Annie entró con un candil en una mano y una bolsa en la otra. Volvió a cerrar con llave a su espalda, dejó el candil sobre la mesa y la bolsa en el suelo. Después, regresó a por la bolsa y empezó a vaciar su contenido sobre la cama.
—He traído varias cosas diferentes. Todas mis chicas son bastante más grandes que tú, así que me ha costado mucho encontrar prendas que te sirvan. Toma, pruébate esto. —Me lanzó un vestido azul claro con el dobladillo de encaje blanco.
Página 49
—No pienso ponerme eso —repuse.
—Harás lo que se te diga. Ya he tratado antes con muchachas caprichosas, ¿sabes? No es nada que no haya visto antes. Si quieres que vuelva a darte una paliza, lo haré, eso depende de ti. O podemos hacerlo por las buenas.
Yo seguía magullada, también dolorida, y no podía hacer frente a otra paliza, de modo que me quité la bata y me puse el vestido.
—No está mal. No digo que estés preparada aún para cobrar mucho, pero a uno tacaño le gustarás. Y conozco al hombre indicado. Un hombre encantador. Llegará de un momento a otro. Es puntual como un reloj. Además, es de los rápidos. Así que no será demasiado difícil. Acabará en un santiamén. —Volvió a abandonar la estancia, llevándose el candil consigo y cerrando de nuevo con llave.
Me quedé sentada en la oscuridad, al borde de la cama, y todo a mi alrededor no era más que una imprecisa sombra gris. Me sobrevino el pánico al pensar en lo que sucedería a continuación. Sentía como si las ratas estuvieran dándose un festín con mis entrañas. No paraba de temblar. Me planteé ponerme a gritar, aunque sabía que con eso solo me ganaría otra paliza.
Cuando Annie regresó, no venía sola. Oí voces al otro lado de la puerta mientras sacaba la llave.
—Es nueva, como ya te he dicho. Estaba viviendo en la calle. Está un poco descuidada.
—¿Y seguro que conserva su flor?
—Claro, está intacta. No te preocupes por eso, querido.
Se abrió la puerta y allí estaba Annie con el candil. Lo depositó sobre la mesa al pie de la cama. El hombre entró detrás de ella. Parecía viejo. Era calvo, con una barba gris. No era mucho más alto que Annie, de complexión delgada. Caminaba cojeando y utilizaba un bastón de empuñadura ancha para estabilizarse.
—Buenas tardes —dijo cuando alcanzó a Annie. Sonrió débilmente y sus labios finos se tensaron en torno a una hilera de dientes amarillentos.
—Dale las buenas tardes a este amable caballero, niña. ¿Dónde están tus modales?
Ambos se quedaron de pie junto a mí, esperando a que dijera algo. El hombre dejó el bastón detrás de la silla.
Página 50
—¿Se te ha comido la lengua el gato? —Se volvió hacia Annie—: ¿Es de las tontas?
—Lo que pasa es que es tímida. Es su primera vez. Ya entrará en calor cuando te pongas con ella. Ya lo verás.
El hombre asintió y se desabotonó el abrigo. Se lo quitó y lo colgó del respaldo del sillón.
—Bueno, pues os dejo solos. Nos vemos abajo dentro de un rato. Annie se volvió y abandonó la habitación. A mí me daba vueltas la
cabeza. ¿Cómo iba a poder librarme de aquello? El hombre empezó a desatarse los cordones de la camisa con dedos torpes que se le enredaban.
—No me molestan las calladas, así que no te preocupes. Mi esposa nunca cierra la boca. Es agradable tener un poco de paz y tranquilidad. No tienes que decir nada.
Se quitó la camisa y la colocó sobre el abrigo. Aunque era esquelético, tenía colgajos de piel y largos pelos grises que le crecían del pecho y por encima de los hombros.
—Los pequeñajos ya se han ido de casa, así que estamos solos ella y yo. Cuando se fueron, pensé: «Estupendo. Mi vida podrá volver a empezar». Había muchas cosas que quería hacer. Pero ella tenía otros planes, ¿sabes? Haz esto, haz lo otro. Cada mañana me entrega una maldita lista de tareas. Es como si fuera su esclavo personal. —Dejó de hablar y se sentó para quitarse las botas.
Yo quería que siguiera hablando. Al menos mientras lo hacía me encontraba a salvo de sus garras. Dejó las botas debajo de la silla y empezó a desabrocharse los pantalones.
—Hace años que ella y yo no jugueteamos juntos. No sé por qué, pero a ninguno de los dos nos apetece. Yo jugueteo aquí con otras muchachas. Pero con ella no. Ojalá las cosas nos fueran bien en ese sentido, ¿sabes a lo que me refiero? Pero no es así, yo ya me he rendido y no trato de solucionarlo. Las cosas son como son. En ese aspecto, las cosas nunca fueron bien. Aunque, claro, tú no lo sabrás hasta que te cases, y entonces será demasiado tarde.
Se había quedado ya completamente desnudo. Traté de no mirarlo cuando se aproximó a la cama. Lo único que veía era su piel arrugada y su pelo gris y grasiento.
—Pero, en fin, un hombre tiene sus necesidades, ¿a que sí? Es la naturaleza humana, ¿sabes a lo que me refiero? Hasta las hormigas tienen
Página 51
sus apetitos.
La cama crujió cuando se sentó en el borde.
—Según tengo entendido, es tu primera vez. No te preocupes, bonita. Lo haré con cuidado. ¿Quieres quitarte ese vestido y así podemos empezar?
Yo no podía moverme, paralizada como estaba por el terror. Todos los músculos de mi cuerpo me gritaban que no.
—Te ayudo a quitártelo, si quieres. —Se me acercó y empezó a tirarme del vestido—. Venga, no lo pongas más difícil de lo que es. Me estoy haciendo viejo, ¿sabes? Así que tendrás que ayudarme.
Empezó a tirar del dobladillo para levantármelo. Yo tenía el pie debajo de sus partes íntimas, de modo que le di una patada con todas mis fuerzas justo en las pelotas, tal como me había enseñado a hacer mi madre en caso de que alguna vez me sucediera algo así. El hombre soltó un grito de dolor y se dobló hacia delante. Volví a golpearle los testículos y me levanté de la cama de un brinco. Agarré el bastón y estampé la pesada empuñadura contra su nuca. Él se desplomó sobre la cama. Volví a atizarle y lo alcancé justo en lo alto de la calva coronilla. Quedó tendido sobre la cama, hecho un guiñapo, como un trapo mojado.
Corrí hasta el rincón de la habitación, donde se hallaba mi chal, y me lo eché sobre los hombros. Busqué mi bolsa, pero no había ni rastro de ella. No tenía tiempo para ponerme las botas, de modo que las cogí y las llevé conmigo. Salí de la habitación, recorrí el pasillo y bajé corriendo las sinuosas escaleras. Había tres puertas. ¿Cuál sería la mejor? Abrí la primera y atravesé corriendo la estancia, pero, mientras lo hacía, el hombre que me había traído hasta aquí entró por el otro extremo.
—¡¿A qué viene tanto alboroto?! ¿Qué crees que estás haciendo?
Lo aparté de un empujón y me lancé hacia la puerta por la que había entrado. Se le quedaron los ojos como platos. Puse pies en polvorosa, corrí hacia la siguiente puerta, la abrí y atravesé a toda prisa la sala del bar. El hombre me perseguía.
—Que alguien agarre a esa ramera, ¡se escapa!
Los parroquianos dejaron lo que estuvieran haciendo y se quedaron mirándome. Una mujer, vestida solo con un collar, se lanzó a por mí, pero esquivé sus brazos. Salté por encima de las piernas de un hombre que tenía a su puta tirada encima. Intentó ponerme la zancadilla, aunque no alcanzó con la pierna. Volqué una mesa llena de vasos de licor y oí el estruendo del
Página 52
cristal sobre las baldosas de piedra. Alguien maldijo a gritos. Aparté de un empujón a un hombre grande y gordo que intentaba abrocharse los pantalones. Trató de alcanzarme, mas lo esquivé. La sala entera se hallaba ahora en un completo estado de caos, pues todos tropezaban y se chocaban en su intento de apresarme. Entre el tumulto, el hombre seguía persiguiéndome.
—¡Detenedla! ¡Por amor de Dios! —gritó.
Llegué hasta la puerta de fuera y agarré el picaporte. El hombre casi me había alcanzado cuando le cerré la puerta en las narices. Corrí veloz por el sendero. Él iba tan solo unos pocos metros por detrás de mí y parecía estar comiéndome terreno, pero no me atrevía a mirar hacia atrás. Corrí todo lo rápido que pude, con el corazón a punto de estallar por el esfuerzo. Mientras huía, se me cayó el chal al suelo, pero tuve que dejarlo allí. Gradualmente, el hombre fue quedando atrás; para cuando llegué a la calle abierta, se había detenido por completo. Me volví para comprobarlo. Se había rendido, estaba agachado, con las manos en los muslos, jadeando por el esfuerzo. Yo seguí corriendo.
Al alcanzar a la calle principal, recorrí su superficie adoquinada en sentido contrario a aquel por el que había entrado al pueblo. Me escabullí por unos peldaños donde había un tullido sin piernas que pedía peniques y un perro rascándose. Ya había puesto suficiente distancia de por medio, de manera que aminoré el paso. Me detuve para calzarme las botas, después salí caminando del pueblo, pasando de largo columnas y postes; recorrí un camino lleno de baches y flanqueado por una hilera de robles. Había comenzado a llover de nuevo y fui esquivando los charcos de agua de lluvia. Para cuando me hube alejado en torno a un kilómetro y medio del pueblo, me hallaba de nuevo calada hasta los huesos. Me notaba exhausta. Cada paso que daba me costaba un triunfo, las botas me pesaban más y más conforme avanzaba. Resbalé en un charco de barro y caí de espaldas al suelo. Mi caída fue amortiguada por la suave senda cenagosa, y no tuve fuerzas para volver a levantarme. Me quedé un rato allí tirada, en un charco de barro, temblando de forma incontrolada. Contemplé el cielo negro como el carbón sobre mi cabeza y, tendida en aquel agujero embarrado, pensé en mi madre y en mi padre. Pensé en mi casa reducida a cenizas y en las gallinas comidas por los zorros. Me llevé la mano al rosario que llevaba colgado, pero descubrí que mi cuello estaba desnudo. Ya no contaba tampoco con su consuelo. Dejé caer la cabeza hacia atrás y
Página 53
cerré los ojos. Me quedaría allí hasta que la rueda de algún carro me aplastara el cráneo.
Página 54
La tierra del surco de las ruedas
Cuando Lemuel Lane se bajó de su yegua y la ató al poste junto a los establos, creyó ver una figura moverse entre los árboles. La silueta de un villano o de un demonio, y sintió que un escalofrío le recorría la columna, como si un lagarto o un tritón le trepara por la espalda. Sin embargo, al mirar con mayor detenimiento, comprobó que se trataba tan solo de un viejo harapo que colgaba de una rama partida, formando una silueta casi humana. Se rio. Estaba volviéndose un blandengue, y eso que ni siquiera se acercaba aún a los cuarenta. Se preguntó si debería haberles dado más indicaciones a sus hombres, pero estos sabían bien lo que había que hacer: regresar a casa de los O’Fealin antes del crepúsculo y asegurarle la propiedad. Él tenía las escrituras y los testigos. En cualquier caso, ¿qué hacía un granjero con su propia parcela de tierra? El mundo se había vuelto loco. Los irlandeses, los católicos. Y lo que le había sucedido en Irlanda a su familia, masacrada por una guerra sangrienta desde la rebelión. Los malditos confederados y los viejos católicos ingleses se habían aliado para derrotar a los colonizadores protestantes. Su pueblo. El pueblo de Dios. Él había servido en el ejército parlamentario contra el rey Carlos durante los años cuarenta y dos, cuarenta y tres y cuarenta y cuatro. Ya en aquel entonces había puesto en duda la sensatez de ir a la guerra durante la cosecha. Los cultivos iban antes que los reyes. Pero aun así. Había tenido que subsistir con una ración diaria compuesta por una pinta de alubias, una onza de mantequilla y un panecillo. Esa guerra le había endurecido, le había convertido en el hombre que era hoy, y por ello estaba agradecido.
Había luchado con tesón y había sido recompensado por su coraje y su lealtad. Figuraba entre los soldados que habían bautizado a un caballo para burlarse del sacramento, y con ellos había orinado en la pila bautismal.
Página 55
Habían compartido el mismo ideal: demoler Babilonia[5]. Habían matado al rey, pero ¿qué fue de los obispos, los arzobispos y el resto de ratas inmundas del clero, capaces de arrancarte el alma? Librar a la nación del papismo. Ese era el objetivo. En cambio, ahora se trataba de una cuestión personal. Cortar partes pudendas, orejas, dedos, manos, arrancarles los ojos, hervir las cabezas de los niños pequeños frente a sus madres. Arrancarles las entrañas a sus madres, desnudar a las mujeres, matar a los niños según nacían, rasgándoles el vientre a sus madres, violar a mujeres frente a sus maridos y a vírgenes frente a sus padres. Y a su hermana, la más pequeña, casada solo desde hacía dos años. Fue un baño de sangre, que nadie se equivocara. Ahora él iba a regar la tierra con su sangre. Sabía que lo que estaba haciendo era poca cosa; hacía solo unos meses que Cromwell había asesinado a miles de personas en Irlanda, había vaciado todas las fincas al este del río Shannon, y doce mil individuos, en su mayoría niños, habían sido trasladados a las Indias Occidentales como esclavos; pese a todo, él iba a hacer su parte. Les demostraría que era capaz de llevar a cabo actos aún más atroces. No era ningún caballero descendiente de nobles familias y grandes herencias, pero, mediante la ganadería, la industria textil y otras artes florecientes, había logrado una gran fortuna y se había convertido en un hombre de posibles. No tendría piedad. O le juraban vasallaje o acabarían masacrados como perros.
Dejó al mozo de cuadra atendiendo a su caballo y atravesó el patio adoquinado hasta la puerta trasera de su mansión. Antes de abrirla, echó otro vistazo a la finca. Desde aquel punto se gozaba de una bonita vista, se trataba de una agradable morada, que él había librado de sus enemigos. Un edificio de tres alturas con una torre almenada en un extremo. Había residido en ella desde el cuarenta y cinco, cuando regresó del frente. Lo primero que había hecho era ordenar a Jacob, su sirviente, que retirase todas las baratijas e imágenes paganas y las quemara en el patio. Lemuel y su familia habían visto cómo se reducían a cenizas. Menudo hedor soltó aquella hoguera.
La finca estaba rodeada de jardines amurallados, uno para las flores y otro para las verduras. Había un huerto de árboles frutales y un establo de tamaño considerable. También una vaquería y un edificio anexo más pequeño que otrora fuera chiquero, pero que ahora Lemuel utilizaba para almacenar su pólvora. Más allá de los jardines, poseía ocho hectáreas de tierra de labranza. En las praderas pastaban terneras y vacas lecheras,
Página 56
también cultivaba cosechas: trigo, maíz y cebada. En efecto, constituían sus dominios un agradable regalo para la vista.
Levantó el cerrojo de la puerta. Había ordenado sustituir la vieja y endeble original por esta de roble macizo y tachonada con clavos de cabeza cuadrada. No pensaba correr riesgos. ¡Una bala de cañón rebotaría al impactar contra ese mamotreto! Dentro encontró a su esposa y a sus hijas esperándolo a la mesa del comedor. A Elizabeth, su mujer, diez años más joven que él, la había conocido siendo prácticamente una chiquilla y la había amado casi desde entonces, y sus gemelas, Catherine y Olivia, que contaban catorce años, estaban ya preparadas para desposarse. Lemuel consideraba su deber buscarles candidatos adecuados. Hombres de gran corazón e hígado sano. Ya tenía a algunos en mente, pero aún no estaba convencido de su carácter. Tenía pensado poner a prueba su entereza. Una cosa era su estrato social, otra su riqueza, pero la verdadera vara de medir era la firmeza de su valentía.
Su hijo, un año más pequeño que las gemelas, no estaba por ninguna parte. Al muchacho le gustaba vagabundear, era un niño reservado, como lo llamaba su madre. Siempre con las hadas, decía su abuela. Pero, en esta ocasión, la culpa de su ausencia era de Lemuel. El chaval había querido acompañarlo esa mañana y él se había negado. Al entrar en la estancia, vio que su esposa levantaba la mirada y le sonreía. Era agradable volver a casa y encontrarse con esa sonrisa. Como un arcoíris al final de una tormenta. Siempre le provocaba ternura en el corazón. Catherine hizo lo mismo, pero Olivia parecía enfurruñada por algo.
—Estábamos esperándote, Lemuel. Olivia se muere de hambre, pero le he dicho que no puede comer hasta que estés sentado a la mesa. ¿Cómo ha ido? —Elizabeth se levantó para retirarle la silla.
Él le dio un beso en la frente y se sentó a su lado.
—Tenemos todo el papeleo. Mis hombres regresarán más tarde para asegurar la propiedad. Será un bonito nido para Catherine u Olivia, aún no he decidido quién se la quedará —bromeó, poniéndose la servilleta al cuello.
—Yo no quiero vivir en la choza de un papista —declaró Olivia sin levantar la mirada. Estaba ensartando un panecillo con el tenedor.
Lemuel se rio. Jamás se le ocurriría darle a su hija las cosas usadas de una criatura tan insignificante. Le dio por pensar que, ahora que tenían ambas catorce años, les iría bien adquirir un poco de refinamiento. Había
Página 57
un internado para chicas a unos cincuenta kilómetros hacia el oeste. Lo habían inaugurado recientemente y presumía de poder proporcionar a las damas la destreza social necesaria para atraer a un marido. También recibían clases de bordado, costura, diseño con cortes en papel, lacado japonés, labor con retales, decoración con conchas, con musgo y con plumas, además de conversación cordial. Un año en un lugar así les iría muy bien. Ambas se beneficiarían de tener un habla más elocuente.
—Deja de jugar con el pan. Espera a que bendigamos la mesa. Elizabeth se levantó y alzó un perol del centro de la mesa. Se acercó a
Lemuel. Entonces a él le dio por pensar, como ya le ocurriera en otras ocasiones, que deberían contratar a una doncella, además de a una cocinera. Una mujer que viviera con ellos y pudiera ayudar a Elizabeth a cualquier hora. Ya podían permitírselo. No correspondía a su esposa hacer las veces de sirvienta. Lemuel concertaría una entrevista con la doncella sin mayor dilación.
—Esta mañana he visto un topo, padre —dijo Catherine—. Estaba rebuscando en la hierba. Se ha acercado hasta donde yo estaba, muy descarado por su parte. Me ha mirado a los ojos, como si fuera un hombre en miniatura.
Que Dios le librara de todo ese parloteo femenino. Le encantaba su hogar y amaba a su familia, pero a veces anhelaba la cháchara subida de tono de los hombres de la guarnición.
—¿Dónde está Thomas? —preguntó Lemuel, ignorando a su hija—. ¿Sigue enfurruñado? —Quizá debería haberle permitido acompañarlo, pues ya tenía edad suficiente.
—Ha salido a pescar. Dijo que ya tenías hombres suficientes sin él — contestó Olivia.
—Pasa demasiado tiempo pescando.
Su hija le pasó la olla del estofado, él metió el cazo y se sirvió una ración en el cuenco.
—No te quejas cuando ves el pescado en tu plato.
Elizabeth tenía razón, el muchacho debía aprender a manejar los asuntos de la finca.
—A lo mejor lo llevo donde los Cote. Se está hablando de sanación y acuerdos[6]. No son más que un puñado de escoria.
—¿Por qué no puedo aprender yo los asuntos de la finca, padre? — preguntó Catherine—. Sé leer y escribir.
Página 58
—Yo escribo mejor que ella —intervino Olivia.
—No es mal muchacho —prosiguió Elizabeth.
—No digo que sea mal muchacho. No he dicho eso. En realidad no da problemas. —Lemuel le tenía cariño al chaval, pero le preocupaba que fuera demasiado blandengue. Se volvió hacia las chicas—: ¿Cuál de vosotras quiere bendecir la mesa?
—Yo —respondieron al unísono.
—Catherine, creo que te toca a ti.
Esta le dedicó a su hermana una mirada victoriosa antes de juntar las palmas de las manos y agachar la cabeza:
—Señor, bendícenos a nosotros y a tus alimentos, que estamos a punto de recibir por tu generosidad. Por Cristo, Nuestro Señor. Amén.
—Amén. —Lemuel sopló el estofado para enfriarlo y después se lo llevó a la boca. Sujetaba la cuchara como un enterrador agarraba la pala.
—Te vendría bien otro par de manos —volvió a intentarlo Elizabeth—.
Ya es hora de que el chico aprenda el oficio.
—Qué aburrido es ser mujer. No hay nada que hacer. Deja que vaya contigo a la granja de los Cote —le pidió Olivia, desgarrando un pedazo de pan.
—Yo soy la mayor. Debería ir yo, no ella —se quejó Catherine, con cierta justificación.
Pero a Lemuel siempre le hacía sonreír el hecho de que jugara su mejor carta alegando que había nacido tan solo unos minutos antes que su hermana, todavía con la membrana amniótica en la cabeza, lo cual había quien decía que traía buena suerte.
—Te he visto con el muchacho de los Levers —comentó Lemuel. —Se tienen mucho cariño, o eso he oído —replicó Olivia con una
mueca de suficiencia.
Lemuel sabía que, si había algo que le gustaba más a su hija que una rica cena, era provocar a su hermana.
—No metas las narices donde no te llaman —le espetó Elizabeth.
—Yo solo lo digo. Les gusta darse la mano.
—¡Que te calles!
—Siempre y cuando solo se toquen las palmas de las manos y nada más —respondió Lemuel.
—Te juro que no ha ocurrido nada.
Página 59
Lemuel devolvió la atención a su cuenco, tomó una cucharada y se la metió en la boca. Mojó pan y se comió la corteza reblandecida. Bromas aparte, no quería pensar en Catherine con el chaval de los Levers. No era lo suficientemente bueno para ella. Era un muchacho de porte recio y nada tonto, pero él tenía en mente a otra persona con un poco más de estatus social. No había llegado tan lejos para ahora permitir que su familia volviese a retroceder. Había nacido en la más absoluta pobreza y no había más que ver dónde estaba ahora, en una maldita mansión con cocinera, sirviente y mozo de cuadra a su entera disposición. Le lamerían las condenadas botas si se lo pidiera. Miró a su esposa, quien también estaba entretenida con la comida que tenía delante. Era una mujer valerosa; había pescado a una buena, de eso no cabía duda. Lo que pasaba es que no era guapa; aunque los donaires de su cuerpo no pasaban desapercibidos, pues a menudo advertía las miradas libidinosas de los hombres fijas en ella, recorriendo su silueta. Además, era lista. Bajo aquella cascada de tirabuzones cobrizos se escondía una mente astuta e incisiva. Pero no era regañona. Él jamás había tenido que levantarle la mano, aunque, desde luego, aprobaba el derecho de un marido a disciplinar a una arpía díscola, siempre y cuando lo hiciera sin excesivo ruido ni brutalidad.
Había trabajado muy duramente desde la guerra, ganándose el favor de hombres poderosos y adquiriendo una gran riqueza; ahora era el momento de empezar a disfrutarlo. Deseaba más caballos, caballos de carreras. Hacía poco se había hecho amigo de un comerciante de seda, un hombre llamado Mitchell, otro aficionado a las carreras. Este estaba pensando en construir un refugio de caza en el angosto valle vecino. Deseaba que fuese un edificio digno de calendario, con doce miradores, cincuenta y dos puertas y trescientas sesenta y cinco ventanas. El tipo quería que Lemuel invirtiera en su proyecto. A él le atraía la osadía del plan. Elizabeth no estaba tan segura. Decía que Mitchell era un rufián y lo reprendió por su actitud disoluta. Pero, desde luego, un hombre que había empezado sin nada y había amasado una gran fortuna tendría derecho a tirarse a la bartola y disfrutar de las comodidades de la vida.
Volvió a pensar en el trabajo de esa mañana. No le gustaba la idea de crear más huérfanos en el mundo, pero algo había que hacer con respecto a esos papistas. Habían violado a su hermana ante los ojos de su marido, después le habían rajado el vientre, donde llevaba a su bebé, a él le habían cortado el miembro y se lo habían dado de comer a un perro antes de dejar
Página 60
que se desangrara hasta morir. ¿Qué clase de depravados llegaban a esos extremos? Había sido un error por parte de su hermana ir a Irlanda en un primer momento. Él había anticipado los problemas que se avecinaban mucho antes de la rebelión. Las señales estaban ahí. Sin embargo, el imbécil de su marido se había creído más listo. No quiso hacer caso a Lemuel. Para cuando entendió lo que sucedía, ya era demasiado tarde. El rey había muerto. Los legisladores se peleaban unos con otros. El mundo estaba patas arriba. Era el momento adecuado para actuar sin esperar a instancias superiores. Él, Lemuel Lane, libraría al país de su escoria.
Miró a sus hijas. Estaba preocupado por ellas, porque no se sentirían adaptadas hasta que estuvieran casadas. Mientras que el ausente Thomas, pese a ser el más aberrante de sus hijos, era el que menos le preocupaba. Era normal que un muchacho vagabundease, fuese de pesca y de caza. Tenía el mundo a sus pies para explorarlo y conquistarlo. El mundo natural era suyo para perseguirlo y capturarlo. Algún día se lo cedería todo a su hijo. Lo que le preocupaba más que su espíritu itinerante era su aislamiento. No era bueno que un joven careciera de amigos con los que poder ir de caza, con los que poder hacer trastadas. Recordaba su propia infancia llena de juegos: trepar a los árboles, construir cabañas, hacer presas, cazar conejos y un millón de sanos entretenimientos más, pero siempre seguido de un puñado de amigos. Después de cenar, lo llevaría donde los Cote. Le diría a Jacob, su sirviente, que fuese a sacarlo del arroyo en el que estuviese metido hasta los costados. Había muchos arroyos llenos de truchas en el valle.
Pensaba que había sido un poco blando con Thomas. No como su propio padre, que le había curtido para que dejara de ser un cachorro. Todas las noches regresaba ebrio de la taberna y le daba al joven Lemuel una buena paliza. La necesitara o no. En su momento, Lemuel odiaba a su padre por ello, pero ahora se daba cuenta de que aquello le puso en el buen camino. Si prescindía de la vara, malcriaría al niño. Tendría que endurecer a su hijo.
Elizabeth había querido llamar al niño Lemuel, como su padre. Pero Lemuel se llamaba así por su propio padre, y deseaba romper aquella tradición patronímica. Había sugerido Henry o James, en honor a los últimos grandes reyes de Inglaterra. Pero a Elizabeth no le gustaba ninguno de esos nombres. De manera que se decantaron por Thomas.
Página 61
Terminó de comer y se excusó de la mesa. Fue a buscar a Jacob, que estaba en el patio, barriendo.
—Jacob, quiero que vayas a buscar al chaval.
—¿Dónde está, señor?
—Si lo supiera, no tendría que pedírtelo, ¿no? Está pescando truchas.
Eso dice Liz.
—¿En qué arroyo, señor?
—No lo sé. Tú tráemelo.
Volvió a entrar en la casa. Sus hombres no tardarían en llegar. Irían todos a caballo hasta la granja de los Cote. Cuando el diablo no tiene qué hacer, con el rabo mata moscas, y en cambio Dios recompensa el trabajo honesto. Tenía una mancha de sangre en la manga, de modo que fue arriba a cambiarse de camisa. El trabajo sucio correspondía a Ezekiel y a Gad. Ahora él se encontraba en posición de poder ofrecerles mayores responsabilidades. Ezekiel llevaba cuatro años trabajando para él de forma intermitente, cuando acudió a él tras abandonar el ejército. Lemuel no podía dejarlo tirado; estaba en deuda con él. De no haber sido por Ezekiel, sería hombre muerto. Mientras que el tal Gad era nuevo. Había llegado con Ezekiel hacía unos pocos meses, cuando Lemuel necesitaba mano de obra extra para la cosecha, y vino con recomendaciones de los propietarios rurales para los que había trabajado con anterioridad. Era primo de Ezekiel o algo así. Él siempre estaba dispuesto a darle a un hombre una oportunidad. Si este la desaprovechaba, era problema suyo. Que no se dijera nunca que Lemuel Lane era un hombre injusto.
Ezekiel estaba tomándose un descanso entre cavar y cavar. Se acarició la barba pelirroja, apoyado en su pala mientras veía a Gad esforzarse con el azadón. La tierra estaba sorprendentemente dura, habida cuenta de la gran cantidad de lluvia que habían tenido en los últimos días. Había llovido tanto que las únicas cosas que prosperaban eran el moho y las babosas. Cavar tumbas era una tarea ardua. El año anterior se había fastidiado la espalda cavando tumbas y había tenido que permanecer dos días en cama, muerto de dolores. La pobre Kate, su esposa, estaba todavía dándole el pecho a su hija, y encima tenía que cuidarlo a él. Pero últimamente Ezekiel se tomaba las cosas con más calma; además, Gad era cinco años más joven que él, y bastante más alto. No más ancho de hombros, pero de huesos
Página 62
largos y músculos tonificados. Era un currante. Ezekiel cumplió su palabra. Recomendarle a alguien al señor Lane suponía una responsabilidad considerable. Podía ser un arma de doble filo. Si la cosa salía bien, el señor Lane siempre lo recompensaría, pues era así de generoso; mas si la cosa salía mal, el señor Lane nunca perdonaba. Pese a todo, había tenido amos peores. Algunos incluso te golpeaban. Algunos que decían que te pagarían, pero luego encontraban un motivo para no hacerlo. Era aserrador de profesión, había pasado muchos años felices arrancando y serrando madera en el aserradero, ligado a su amo por contrato durante cinco años a la edad de trece, lo que restringió sus libertades. Pese a ello, trató de aprovecharlo al máximo. Se las apañaba bien como hombre libre y también como siervo. Su padre siempre decía: «Haz lo que se te ordena, agacha la cabeza y cumple tu condena. Así es como se pasa la vida».
Vio a Gad dejar el azadón y coger su pala, manejando sus herramientas con la destreza que solo se alcanza con la fuerza, el trabajo duro y la práctica, con la bota apoyada con firmeza sobre el borde de la pala, hundiendo la hoja hasta el fondo. Fue sacando paladas de tierra y apilándolas junto al resto, se agachó y arrancó del terreno una enorme piedra, con las manos negras de barro.
Ezekiel confiaba en Gad. La hermana de este había traído a su hija al mundo, y Gad era familia en cierto modo. Estaba emparentado con Ezekiel por parte de su padre. El padre de Gad era el marido de la hermana pequeña de la madre de Ezekiel. No, no era así. El marido de la hermana pequeña de su madre tenía una hermana cuyo marido era el padre de Gad. No, tampoco era así. Era la hermana del marido de su hermana. Intentó entenderlo, pero le empezó a doler la cabeza. El caso: era de la familia. Con eso le bastaba. La sangre tira más que el agua, aunque no quisieras bebértela en un día caluroso.
—Ya casi estamos. Treinta centímetros más —le dijo a Gad a modo de aliento. Después recuperó su pala y lo ayudó a cavar el resto del agujero.
—Venga, vamos a por el primero.
Ambos hombres volvieron a entrar en la casa y salieron de nuevo cargando con un hombre gordo, grande y desnudo que, cuando estaba vivo, hacía más o menos una hora, respondía al nombre de señor Cote.
—Jesús. Pesa un montón.
Página 63
Mientras recorrían el irregular terreno que separaba el jardín de la tumba que acababan de cavar, el cuerpo se le resbaló a Ezekiel de las manos y se les cayó al suelo. Acordaron intercambiarse los extremos.
—Se me sigue resbalando entre los dedos.
—Escurridizo como una anguila.
Lograron cargar con él hasta aproximarse a la tumba recién cavada, pero, según avanzaban, se les volvió a caer.
—Joder. Maldito gordo cabrón. ¿Cuánto crees que pesa? —Seguramente más que tú y yo juntos. Vamos a llevarlo rodando el
resto del camino.
Se agacharon y fueron haciendo rodar el cuerpo unos pocos metros hasta depositarlo al borde del agujero. Entonces Ezekiel, empleando el talón de la bota, le dio una patada para empujarlo. Se quedó mirando el interior del hoyo, satisfecho con el resultado. Los otros dos cuerpos no supondrían un gran esfuerzo en comparación. Siempre era más aconsejable cargar primero con los pesos pesados. Regresaron a la casa y entraron. Cuando volvieron a salir por segunda vez, llevaban el cuerpo de una mujer desnuda. Se trataba de la señora Cote.
—Esta no pesa tanto.
—Es ligera como una pluma.
—Como Jack Sprat y su esposa[7].
—Qué va, eso era al revés. La gorda era ella, y el esmirriado, él.
En esta ocasión lograron llegar hasta la tumba abierta sin dejar caer el cuerpo. La lanzaron al interior con facilidad, y allí quedó tirada sobre el cadáver de su marido. Descansaron durante un minuto. Ezekiel advirtió que Gad estaba más callado de lo habitual. Lo vio contemplar el interior de la tumba como si estuviera en trance. Pero hacía demasiado frío para quedarse allí parados. Además, aún les quedaba trabajo por hacer.
—¿Estás bien? —le preguntó finalmente a Gad.
Este asintió.
—¿Seguro?
Gad asintió de nuevo, pero Ezekiel no se quedó convencido. Con esta clase de trabajo, tenías que mantenerte en guardia. No podías pensar demasiado en ello o al final empezabas a darle vueltas a la cabeza. Se había hecho justicia. Eso era lo único importante. Gad aún era joven e inexperto. Tenía fuerza y vigor, aunque quizá no el temple necesario para un trabajo como aquel.
Página 64
—Escucha. Con el tiempo se vuelve más fácil.
—¿Puedes hacerlo tú? —Levantó la cabeza y miró hacia la casa para indicar a qué se refería—. Yo no creo que pueda.
—Venga, Gad. Sé un hombre.
—Solo esta vez. Por favor.
Ezekiel echó la vista atrás y recordó la primavera de 1642, en Hull, donde había participado en el polvorín de armas más grande del país. El rey Carlos había establecido un tribunal monárquico en York donde los cortesanos conservadores y adinerados habían corrido a jurar su lealtad. Aun así, el primer golpe militar de Carlos terminó en fracaso, tras intentar atacar el polvorín del que formaba parte Ezekiel, a las órdenes de Lemuel Lane. Gracias en parte a sus esfuerzos, el Parlamento se hizo con el control de Hull. Fue allí donde mató a su primera víctima, degolló a un dandi de pelo lacio, vio cómo intentaba contener el flujo de sangre que brotaba de la herida, llevándose ambas manos a la garganta mientras la sangre se escurría entre sus dedos como si fuera un vino de Burdeos recién descorchado. Recordaba que la primera vez le había pesado en la conciencia. Había tenido pesadillas durante semanas. Tal vez debería ser un poco más comprensivo con Gad. Su hermana y él habían sobrevivido a un trauma reciente. La peste se había llevado por delante a los padres y a los hermanos y hermanas de Gad, salvo a una única hermana que sobrevivió también. La epidemia prácticamente acabó con el pueblo entero. Se habían encerrado en su propia casa, tapiando puertas y ventanas, con una cruz roja pintada en la puerta; era un milagro que siguieran vivos.
Le permitió quedarse allí mientras él regresaba a por el último cuerpo. En cualquier caso, no hacían falta los dos para trasladarlo. Era el cuerpo de un bebé. Podía levantarlo con una sola mano. Regresó con él en brazos y se plantó frente a Gad al otro lado del hoyo. Le lanzó una mirada a su primo antes de tirar el cadáver a la tumba. Ambos se quedaron allí en silencio durante un rato, contemplando el abismo del agujero que habían cavado juntos.
—¿Por qué hemos tenido que hacer eso? No iba a chillar. La pobre criatura ni siquiera sabía andar. Aún se cagaba encima.
—Mira, tal como yo lo veo, a largo plazo es lo más amable. Habría acabado muriéndose de hambre sin su madre y su padre.
Pero Gad no respondió y ambos siguieron contemplando el hoyo en silencio. Al fin, Ezekiel cogió su pala y empezó a llenar el agujero. Gad se
Página 65
sumó a él, juntos no tardaron en ocultar su obra. Era mejor no pensar en ello. El trabajo físico podía ser duro, aunque el trabajo que se te metía en la cabeza era aún más duro. Lo mejor que podían hacer ahora era sacudirse la tierra de los pantalones y marcharse a tomar una cerveza.
El Cordero de Dios era una popular cervecería que carecía de las pretensiones taberneras que ostentaba El Urogallo. Aunque era un establecimiento bastante mugriento y oscuro en su interior, a Ezekiel le gustaba la atmósfera. Las ventanas con mainel eran pequeñas, de forma que la principal fuente de luz procedía de una gran lumbre que dominaba la pared del fondo. Unos robustos leños ardían bajo la gruesa repisa de piedra. Colgada encima, sobresalía la cornamenta de un ciervo. Había también varios faroles y velas de sebo encendidas en cada mesa. Unos sencillos bancos sin adornos constituían la única forma de asiento. El suelo era de baldosas de piedra. Había poco más en cuanto a decoración se refiere. Ni cuadros ni adornos. Y tan solo dos cervezas a elegir: una oscura con sabor a artemisa y otra más clara con sabor a mirto de turbera.
Ambos hombres se habían tomado dos cervezas cada uno y se hallaban de pie en torno a la barra. Ezekiel cogió las jarras de peltre rellenas y condujo a Gad hacia una mesa vacía. Tomaron asiento y le entregó a Gad su jarra.
—Aquí tienes. Bébetela toda.
Gad asió la jarra y dio un sorbo. Ezekiel alzó la suya.
—¡Dios salve a la cerveza! —gritó antes de brindar con Gad.
Aún era bastante pronto, pero aquellos días de finales de otoño atraían a los parroquianos hasta la taberna. A las cuatro ya estaba oscureciendo, era entonces cuando la mayoría de los clientes dejaban sus herramientas y dirigían sus pasos hacia la cervecería. Currantes de manos curtidas, comerciantes y artesanos, con las botas embarradas y mugre bajo las uñas. Había grupos de granjeros de pie o sentados. Junto a ellos, el herrero del pueblo bebía a sorbos junto al molinero y al panadero, relajándose por primera vez aquel día, tomándose unas cervezas antes de volver a casa con la mujer a cenar.
—Ya te dije que te sentirías mejor. Despachar el trabajo rápido y después a divertirse. Así me tomo yo la vida, y así deberías tomártela tú. ¿Cierto?
Página 66
—Cierto.
—En esta taberna sirven la mejor cerveza de todo el distrito. También preparan un borrego y un pastel de patata bastante decentes. Por si te apetece.
—Qué va, no tengo hambre.
—Como prefieras.
Gad se quedó mirando al vacío de su jarra de cerveza:
—No creo que esté hecho para esto.
—Como ya te he dicho antes, con el tiempo se vuelve más fácil. — Ezekiel estiró el brazo y le dio una palmada a Gad en la espalda—. Ya lo verás.
—Yo soy albañil y cavador. Levanto muros y cavo zanjas. Arrastro trozos de roca de un lado a otro. A eso es a lo que me dedico.
—Hay muchos muros que levantar, no te preocupes por eso. El señor Lane tiene pensado cercar todos los ejidos al norte de la finca… Mira, corren tiempos difíciles para todos, no solo para ti, ¿sabes? Todos tenemos que arrimar el hombro. Hacer lo que nos corresponde. La vida es así. A veces tienes que hacer cosas que no te apetece hacer… Ya lo verás. Lo superarás.
Gad asintió con la cabeza. Después, levantó la jarra y se terminó lo que le quedaba de la cerveza de un solo trago. Ezekiel lo observó. Se daba cuenta de que no había alegría en sus movimientos. Pobre hombre. Debía de ser duro perder a tu familia de esa forma, encerrado en tu propia choza. Todos esos cuerpos amontonados, sin tumbas suficientes para enterrarlos a todos. Volvería a ser él con unas cuantas cervezas más.
Regresó a la barra y pidió otra ronda. A nadie le gustaba enterrar a niños, pero corrían tiempos extraños; no había pasado ni un año desde que el rey perdiera la cabeza en Whitehall. Nunca pensó que viviría para ver al monarca con el cuello bajo el hacha. Los tiempos en los que vivían carecían de sentido. En otra época, creía en la causa, pero el Parlamento Remanente no era mucho mejor que Carlos. Lo único que habían hecho era cambiar un tirano por otro.
Los dos hombres habían tenido intención de informar al señor Lane de la compleción de su tarea, pero, tras haberse bebido cuatro litros de cerveza cada uno, se les había ido la idea de la cabeza. No había estrellas que guiaran su trayecto de vuelta a casa, tampoco luna. El cielo nocturno era denso y estaba cubierto de nubes negras. Iban caminando por una
Página 67
senda de tierra con dos surcos formados por el trasiego de los carros. Ezekiel iba delante, seguido muy de cerca por Gad. Llovía y el agua caía en gotas frías que se estrellaban en los sombreros y les resbalaban por el cuello hasta empaparles la ropa. Iban borrachos y se tambaleaban sin control al caminar.
—¿Sabías que se puede curar la herida de una flecha de elfo con tierra del surco que forman las ruedas[8]?
—Claro que sí. ¿Por quién me tomas? No soy idiota. Y he oído que también cura la mordedura de una musaraña.
Gad asintió sabiamente.
—¿Seguro que no hay problema con que me quede en tu casa?
—Ya te he dicho que no.
—¿A ella no le importará?
—Estará dormida.
Ezekiel no dijo nada más, pero, desde que Kate, su mujer, se había quedado encinta de su segundo hijo, no se encontraba muy bien.
—Probablemente logre encontrar el camino hasta mi casa.
—No es necesario.
—Mi hermana se preguntará dónde me he metido.
—No es tu guardiana.
Ambos daban tumbos por el camino. El aire frío de la noche había tejido un denso manto de niebla que lo envolvía todo y se pegaba a las ramas y a los ladrillos. Dos topos ciegos se revolcaban entre el barro y la niebla. Los surcos de ruedas que habían estado usando como guía se habían terminado. Gad se detuvo y miró en torno a sí. Se hallaban envueltos en una cortina de plomo.
—¿Dónde estamos?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes? Pensé que eras tú quien guiaba —se quejó Gad.
Ezekiel también se había parado y estaba mirando a su alrededor rascándose la cabeza. ¿Cómo era posible que no lograra encontrar el camino a su casa? Era un trayecto que había realizado incontables veces, pero, por muchas vueltas que daban perdidos en la lechosa niebla, estaba demasiado oscuro para ver nada. Tan solo alcanzaba a distinguir la vaga forma de los árboles y un muro de piedra seca. Charcos negros. Hilos plateados de lluvia.
Página 68
Gad esperaba a que Ezekiel dijera algo y, en vista de que guardaba silencio, comentó:
—No tienes idea de dónde estamos, ¿no?
—¿Y qué más da? —respondió Ezekiel riéndose—. ¿A quién coño le importa?
—Mira, a mí me importa. Vamos a morirnos de frío aquí fuera. Nos va a dar una fiebre. Volvamos por donde hemos venido y empecemos otra vez.
Ambos miraron a su alrededor una vez más. Se dieron cuenta entonces de que no sabían por dónde habían venido. Habían dado vueltas y más vueltas, y ya no estaban seguros de en qué dirección miraban.
—No importa —declaró Ezekiel, riéndose de nuevo—. No importa. Gad estaba a punto de decir algo. Sentía el frío trepándole bajo la piel,
helándole la médula. Estaba tiritando, aunque, al abrir la boca para hablar, se oyó un sonoro aullido no lejos de allí que rasgó el denso manto de la noche.
—¿Qué ha sido eso?
—Parecía un…
—No puede ser. Si no queda ninguno.
Ambos permanecieron quietos en mitad del camino, envueltos por el abrigo de la niebla, a la escucha. Sin embargo, el aullido había cesado.
—Vamos, tenemos que regresar. Debes de tener alguna idea de dónde estamos.
De pronto, Ezekiel se mostró decidido.
—Por aquí —ordenó.
Siguieron caminando por el sendero. Entonces, Ezekiel se detuvo de nuevo.
—¿O era por aquí? —Se volvió en dirección contraria. Se encogió de hombros y empezó a reírse como un maniaco.
Página 69
Un niño reservado
El sol del alba brillaba sobre dos figuras mojadas y embarradas, tendidas en una zanja. Ezekiel abrió primero los ojos y emitió un quejido. Se puso en pie gradual y dolorosamente, con el cuerpo entumecido. Se llevó las manos a la cabeza: notaba un martilleo dentro del cráneo. Miró a Gad y le dio una suave patada en la barriga.
—Gad, despierta, ya es de día. Tenemos que llegar a casa del amo.
Vamos.
Al abrir los ojos, Gad también se quejó. Miró entonces a Ezekiel:
—¿Dónde diablos estamos?
—Parece que hemos llegado hasta el otro lado del pueblo. No sé cómo. ¿Cuánto bebimos?
—No digas esa palabra. Tengo la cabeza como si me la hubieran aporreado con un mazo. Y la boca como el interior del guante de un arriero.
—Tenemos que asearnos. Nos va a matar. Deberíamos haber informado al amo anoche. Venga, levanta.
Ezekiel ayudó a Gad a ponerse en pie y juntos recorrieron la carretera hasta un abrevadero de caballos abastecido por un arroyo. Ezekiel se quitó la chaqueta y la camisa. Puso las manos en cuenco y bebió del manantial, después metió la cabeza bajo el chorro y dejó que el agua le cayera por el pelo y el cuello. El frío le entumeció el cuello. Se frotó la cara y las manos para limpiarse el barro y advirtió que tenía un roto en la rodillera de los pantalones. Por suerte, su mujer era buena costurera, pues no podía permitirse unos pantalones nuevos con el dinero que ganaba; debía de haberse caído la noche anterior. Mas, en fin, no era nada grave. Le dio un codazo a Gad. Era su turno.
Página 70
Cuando llegaron a la mansión del amo, Ezekiel se dirigió al mozo de cuadra y este salió a buscar al amo. Ambos aguardaron junto a la puerta trasera.
—Está tardando una eternidad.
—Deja de inquietarte. Ya vendrá.
Ambos guardaron silencio hasta que oyeron aproximarse los pasos del señor Lane. Ezekiel se volvió hacia Gad:
—Déjame hablar a mí.
Se irguieron cuando se abrió la puerta trasera y Lemuel Lane se acercó a ellos con el ceño fruncido.
—¿Y bien?
—Señor, ya está hecho, señor. Tal como nos dijo el señor.
—¿Cuándo?
—Anoche, señor.
—¿Por qué no vinisteis a decírmelo entonces?
—Mis disculpas, señor. Era tarde. No queríamos molestarle.
—Os dije que vinierais a informarme, fuera la hora que fuera.
—Pensé que le molestaría, amo. Era tarde.
—Ya me lo has dicho. Mira, ya no importa. ¿Salió todo según el plan?
—Sí, señor.
—¿Y los cuerpos?
—Está todo arreglado, señor.
—¿Seguro?
—Desde luego, amo.
Lemuel se metió la mano en la chaqueta y sacó un monedero. Lo abrió y contó el dinero. Se lo entregó a Ezekiel. Le explicó que Thomas aún no había regresado a casa y que iba a salir a buscarlo. Tenía otro encargo para ellos mientras no estuviera. Uno con el que Gad pareció sentirse mucho más cómodo. Cruzaron los tres el patio y dejaron atrás el campo situado en la parte posterior de la vivienda. Lemuel les mostró dónde deseaba que construyeran un muro. Allí cerca había una pila de piedras de diferentes formas y tamaños. Se despidió de ellos y los dejó para que se pusieran manos a la obra.
Los dos hombres trabajaron duro toda la mañana, moviendo las piedras, construyendo el muro poco a poco. Eran ambos experimentados albañiles, pero no se podía correr con un encargo como aquel. Se tardaba lo que fuera necesario. Aunque Ezekiel había empezado su vida en un
Página 71
aserradero, jamás había vuelto después de la primera guerra, eligiendo en su lugar trabajar para el señor Lane. Mientras trabajaban, el cielo se despejó e incluso dejó ver algo de azul, aunque, hacia última hora de la mañana, se levantó viento y, para cuando empezó la tarde, el cielo se había oscurecido y volvía a estar encapotado. El señor Lane había dejado claro que el muro debía estar terminado al finalizar la jornada, pero, a juzgar por el ritmo que llevaban, aquello no iba a suceder. Eran currantes, albañiles experimentados, pero no sabían hacer milagros.
—¿Te he hablado alguna vez de un milagro que presencié?
Gad negó con la cabeza.
—Fue hace tres años. Se trataba de un curandero itinerante. Yo acababa de abandonar el ejército. Antes de conocer a Kate. Pues el hombre curó a un ciego.
—¿Cómo lo hizo?
—Le untó los ojos con barro que había mezclado con su propia saliva.
—Solo el hijo de Dios puede obrar ese milagro.
—Te aseguro que lo vi. A las afueras de York. Le retiró el barro con un trapo, entonces el ciego abrió de nuevo los ojos y podía ver.
En ocasiones, Gad dudaba de Ezekiel. Pese a ser el mayor y más experimentado de los dos, sí que le parecía que algunas de las cosas que decía rozaban la mentira. En cambio, mantuvo la boca cerrada y buscó una piedra de forma extraña para rellenar un hueco en el muro. Había empezado a llover y el viento soplaba entre las ramas de los árboles, arrancando las hojas rotas que quedaban. Los grajos graznaron al pasar volando sobre sus cabezas.
—¿Qué tal está Kate? Ya debe de estar casi a punto de salir de cuentas.
—Aún le queda un mes más.
—¿Y cómo va la pequeñaja?
—Sigue con cólicos. No podemos permitirnos el agua para los cólicos. —¿Habéis probado a envolverla?
—Sí. Pero aun así se pasa el día gritando.
—Mi hermana dice que algunos niños nacen así. Ella utiliza unas hierbas. Creo que es alcaravea. Hace una tintura con las umbelas. Iré a buscarte un poco, si quieres.
Ezekiel asintió mientras removía el montón de piedras en busca de una apropiada para el muro.
—Estas piedras son una mierda.
Página 72
Pararon para comer algo. Lemuel le había ordenado a Jacob que les preparase un poco de pan con queso, unos trozos de manzanas y peras, también una jarra de cerveza floja, y se lo comieron y bebieron todo. No obstante, no se atrevieron a tomarse un descanso demasiado largo. Era imprudente holgazanear. Ezekiel le había hablado a Gad de una ocasión en la que vio cómo el señor Lane le daba una paliza a un hombre por insubordinación. Acabó con la espalda llena de heridas y no era capaz de levantarse. En cuanto terminaron de comer, siguieron construyendo el muro.
—¿Sabías que a una mujer que tiene la regla no se le permite encurtir ternera ni salar la panceta? —preguntó Ezekiel.
—Lo he oído comentar, sí.
—¿Y qué pasa con aquellas que están encintas?
—¿Y yo qué sé? Si quieres, se lo pregunto a mi hermana.
Ezekiel se encogió de hombros.
—Échame una mano con eso —dijo.
Levantaron una enorme piedra de unión y la colocaron de tal forma que conectara ambos lados del muro. Era importante salvar la distancia a intervalos regulares, a fin de que el muro no perdiera su fuerza.
—No queremos tentar al destino. ¿Sabes que perdió un bebé?
—Lo lamento. Pensé que te preocupaba más que la ternera se echara a perder.
—Mocoso insolente.
Ambos se rieron. Ezekiel no habría tolerado aquello de ningún otro hombre, pero sabía que su primo no lo decía con mala intención.
Era media tarde cuando vieron un caballo y, montado encima, la familiar silueta osuna de Lemuel, que se aproximaba a ellos campo a través. Todavía les quedaba una hora de luz decente, pero Ezekiel sabía que no era tiempo suficiente para terminar el trabajo. Habrían trabajado más rápido si la calidad de la piedra hubiese sido superior, pero algunas no eran más que lutita. De forma que, a medida que Lemuel se acercaba, Ezekiel se preparó para una regañina. Tenía su excusa preparada. Su amo tenía el gesto adusto y se temió lo peor. Sin embargo, cuando llegó Lemuel, no dijo nada sobre el muro ni sobre su falta de evolución; de hecho, ni siquiera se fijó en el muro.
Página 73
—Necesito que ensilléis dos caballos.
—¿Para qué?
—He rastreado todos los riachuelos en busca de mi chaval, pero no lo encuentro por ninguna parte. Tengo a otros dos hombres rastreando Bluebell Clough y a otros en Dale Edge. Quiero que vayáis a Lowe Dene y rastreéis esa zona también. No dejéis roca ni tocón sin levantar. Yo buscaré en Sheep Brink. Vosotros podéis ir montados en los palafrenes.
Ezekiel aguardó más órdenes, mas estas no se dieron. Vio a su señor coger las riendas y tirar de la correa. Después, dio la vuelta al caballo y se alejó al galope por donde había venido. Los dos hombres dejaron las herramientas y dirigieron sus pasos hacia los establos.
—Ha dicho que nos llevemos los palafrenes, ¿verdad?
Ambos se miraron. Eso era lo que había dicho su señor, pero necesitaban que el otro se lo confirmase. Ensillaron los caballos y montaron. Ezekiel se preguntó dónde estaría el mozo de cuadra. ¿Por qué tener un perro y tener que ladrar tú mismo? Pero imaginó que también lo habrían reclutado para ir a buscar al tonto de Thomas.
—No es de extrañar que nunca podamos terminar nada. En cuanto empiezas con una cosa, te encarga otra. Como si no tuviésemos ya bastante con lo nuestro como para tener que ir a buscar a muchachos estúpidos —se quejó Ezekiel mientras agarraba las riendas.
—Tengo una idea de dónde puede estar.
Espolearon a los caballos y salieron por la cerca principal, se dirigieron hacia el sur de la finca, atravesaron los pasos llanos, donde pastaban algunos de los jóvenes cabestros de Lemuel, antes de aproximarse al bosque de Lowe Dene. Era una de las arboledas más densas de la región, con la mitad de tamaño que Sheep Brink y Long Royd, pero lo suficientemente grande para perderse. Se caracterizaba por una profunda garganta donde crecían altas hayas, olmos y fresnos. Abundaban por allí los ciervos, pues era un lugar demasiado empinado para cazar. El riachuelo que serpenteaba al fondo llevaba agua limpia, con un lecho de grava dura. Era el mejor lugar de la zona para pescar truchas.
Cuando llegaron a la linde del bosque, desmontaron de los caballos, los ataron a un árbol y siguieron por el bosque a pie, utilizando las ramas bajas para no perder el equilibrio durante el descenso. Casi todo eran hayas, y el suelo del bosque estaba cubierto de vainas de semillas que crujían bajo sus pies.
Página 74
—He oído decir que una vez hubo ahí abajo una trucha blanca. Nadie había visto nunca una trucha blanca, así que no sabían qué hacer con ella. Entonces desapareció. Se la llevaron las hadas —explicó Gad.
—Creo que estás confundiendo este bosque con Black Clough.
El agua era bastante somera en aquella parte, y caminaron un poco más hasta donde el arroyo se volvía más angosto y profundo.
—Y al año siguiente regresó. Alguien la pescó, pero, cuando intentó freírla en su sartén, el pez saltó, gritando como una niña.
—Deja ya de hablar de truchas, ¿quieres? Es en Black Clough donde viven las hadas.
Siguieron los recodos y ondulaciones del arroyo hasta llegar al lugar que Gad tenía en mente, donde el agua corría rápida y limpia sobre el lecho de grava dura. Buscaron indicios de la presencia de Thomas, mas no hallaron nada. Gritaron su nombre; a su grito solo respondió el eco. Al trasladar la búsqueda un poco más arriba, Gad distinguió algo apoyado sobre el tronco de una haya muerta: una caja de cebos. La levantó y la examinó con más detalle.
—Debe de ser la caja del señorito Lane. Ha estado usando gusanos. Son un buen cebo. Se quedan mucho tiempo clavados al anzuelo. Pero ¿sabes cuál es el mejor cebo?
Ezekiel lo ignoraba mientras rastreaba la zona en busca de más indicios de Thomas.
—El mejor cebo son las huevas de salmón. Si consigues hacerte con ellas. A las truchas les encantan.
Ezekiel se agachó hacia el suelo.
—Mira esto —dijo, y señaló algo que su primo no alcanzaba a ver. Gad dejó la caja de cebos y se acercó hasta donde estaba Ezekiel: —¿Qué? —Se agachó para echar un vistazo.
—Es sangre. —Ezekiel tocó la mancha escarlata y se llevó el dedo a los ojos para examinarlo con más atención, después le ofreció el dedo a Gad.
—Es sangre, sin duda.
Ezekiel se la limpió en los pantalones.
—Mira, ahí hay otra gota. —Señaló una mancha situada un poco más adelante—. Y otra.
Poco a poco fueron siguiendo las manchas de sangre, que los alejaban del arroyo, adentrándose más en el bosque, hasta perder de vista la senda.
Página 75
Decidieron que Thomas debía de estar por esa zona y empezaron a buscar entre las zarzas y los escaramujos con creciente preocupación. Ezekiel rompió la rama de una haya, le arrancó las ramitas más pequeñas y confeccionó un palo para remover la maleza. Gad se alejó en dirección contraria, localizó una rama recta de avellano, donde el árbol había sido podado, e hizo lo mismo que Ezekiel, golpeando con el palo los helechos y las plantas espinosas. Despejaron la zona inmediata a ellos y empezaron a ampliar el círculo.
—No parece que haya más —anunció Gad—. Debe de ser de algún conejo. O de un ciervo.
Ezekiel esperaba que Gad llevase razón. ¿Pues acaso no tenía una consistencia similar la sangre de cualquier animal? Mientras inspeccionaba la zona, reflexionó sobre la similitud de la sangre. La de un hombre no se diferenciaba de la de un perro o una rata. Ya había seguido antes un rastro de sangre humana: un pasatiempo siniestro. Los hombres que iban perdiendo sangre por la herida de una espada, una carabina o una pistola podían desangrarse durante kilómetros. En una ocasión, una caballería emboscó a su tropa con picas de cuatro metros y medio. Quienes quedaron en pie huyeron de allí manchando de sangre todo lo que tocaban.
—¡Zeke!
—¿Qué?
—Mira.
Ezekiel se acercó hasta donde se encontraba Gad. Este señaló otra mancha de sangre:
—Por aquí.
Caminaron despacio y con cautela, con la espalda agachada, en busca del reguero de gotas rojas. Ezekiel albergaba la esperanza de que fuese la sangre de cualquier otro animal, e incluso de cualquier otro animal humano, siempre y cuando no fuera la sangre del hijo de su señor. Llegaron a una bifurcación en el camino. Gad tomó la primera; Ezekiel, la segunda. Ninguno de los dos veía más sangre.
—¡Zeke, ven aquí!
—¿Qué sucede?
—Ven y verás.
Ezekiel dejó su palo y corrió hacia Gad. Allí, entre la maleza, yacía el cuerpo maltratado y ensangrentado de Thomas, el único hijo varón de Lemuel Lane.
Página 76
—¿Sigue vivo?
Gad se agachó y examinó al chico.
—Por poco. Ha perdido mucha sangre. Ven a echarme una mano. Ambos levantaron a Thomas por encima de las zarzas. Lo tumbaron
después en una zona despejada de maleza. Ezekiel se rasgó un trozo de la camisa y le envolvió al chico el cuello con la tela, cerca de la herida, asegurándose de no apretar demasiado. Tenía mucha experiencia en el campo de batalla conteniendo las hemorragias. La guerra había convertido en cirujanos improvisados a muchos zagales sin experiencia. El chico estaba sangrando, pero el torniquete había disminuido la hemorragia. Intentaron hacerle andar, pero no respondía.
—Necesita un médico.
—Vamos a llevarlo de vuelta a la casa.
Lo sujetaron de un extremo cada uno y empezaron a atravesar el bosque a cuestas con él en dirección al árbol donde habían atado a sus caballos. Ezekiel iba ofreciéndole a Thomas palabras de aliento, tales como «aguanta, chaval» y «ya casi estamos». Regresaron hasta donde los caballos pastaban pacientemente la hierba del prado. Gad montó en el suyo y Ezekiel enganchó al señorito Thomas al lomo del caballo, amarrando una cuerda entre Thomas y Gad para que el joven no se cayera al suelo.
A Ezekiel le preocupaba que, por algún motivo, fuesen a culparlos de aquello. Con demasiada frecuencia, al mensajero le disparaban junto con el mensaje. En su mente vio al soldado con las muñecas atadas, sin su coraza ni su camisa, con un entramado de cortes dibujados en la espalda a causa del látigo, y el señor Lane sudando del esfuerzo por haber estado golpeándolo hasta casi matarlo. Recordó la mirada del hombre, unos ojos que otrora estuvieran llenos de vida y juventud, y que en aquel momento eran el vivo reflejo del miedo. Al día siguiente el hombre murió víctima de las heridas.
Conforme regresaban montados a caballo, fueron hablando sobre la clase de animal que podría ser responsable de aquello, pero la única conclusión a la que llegaron tras descartar a cada uno de los sospechosos carecía por completo de sentido. Según avanzaban, las cuerdas comenzaron a aflojarse y el cuerpo fue resbalando. Se detuvieron para ajustar a Thomas y apretar de nuevo los amarres. Ezekiel le buscó el pulso al chaval; lo tenía débil, aunque aún latía. Habrían de darse prisa si querían
Página 77
salvarle la vida. ¿Qué le haría su señor si regresaba con el cadáver de su hijo?
Entonces, mientras atravesaban la vieja cantera, Ezekiel vio a la criatura emerger de entre las aliagas y correr por la colina.
—¡Ahí! —gritó.
Gad se volvió para mirar.
—¿Lo ves?
Gad asintió:
—No puede ser… Es imposible que…
—Lo has visto igual que yo —le espetó Ezekiel—. Era un lobo. ¡Un maldito lobo! Ambos lo hemos visto, ¿verdad?
Gad se quedó pasmado, mirando hacia la distancia como si esperase que la bestia fuese a regresar. Sacudió la cabeza y murmuró para sus adentros.
Lemuel recibió las noticias de los demás. Nadie había encontrado ni rastro de su hijo. Ya solo faltaban Gad y Ezekiel por regresar, pero se aferraba a la esperanza de que ellos fueran portadores de mejores noticias. Fue a la cocina, cortó una loncha de ternera, le puso sal y se la comió acompañada de una jarra de cerveza suave. Fue en busca de Elizabeth. La halló arriba, sentada junto al ventanal con vistas al huerto de los frutales. Se volvió expectante hacia él, hasta que le vio sacudir la cabeza.
—Nada. Sigo esperando a que lleguen los dos últimos.
—No es propio de él.
—El chico se ha perdido, nada más. Ya lo verás —la tranquilizó, con una certeza en su voz que en realidad no sentía.
—Desde ayer. Y hoy también.
—Ya lo sé, mi amor. Estoy haciendo todo lo que puedo.
—Pero si es que conoce muy bien la zona.
—Eso depende de lo mucho que se haya alejado. —Inspeccionó la estancia en busca de una botella de brandi a medio beber que sabía que había allí. La encontró en la repisa donde guardaba su biblia. La alcanzó.
—¿Te parece buena idea? —preguntó Elizabeth.
Lemuel sopesó las palabras de su esposa. Volvió a dejar la botella en su sitio y se sentó junto a ella con un nudo en el pecho. Pensaba que el licor le ayudaría, pero Elizabeth llevaba razón, tenían que permanecer
Página 78
alerta. Se levantó de nuevo, anduvo dando vueltas de un lado a otro frente a la chimenea y después regresó al ventanal. Elizabeth lo observaba.
—¿Quieres dejar de hacer eso, por favor?
Se acercó de nuevo a la lumbre y la avivó vigorosamente, después volvió a sentarse junto a ella. Se sentía impotente. Tal vez debería hacerse con una antorcha y volver a salir en busca del chico. Quedarse allí sentado de brazos cruzados era inútil. Pero ¿qué alcanzaría a ver en la oscuridad, ayudado solo de una luz tenue? Miró a su esposa. La conocía lo suficientemente bien para saber que, a pesar de su apariencia serena, aquello no hacía sino enmascarar su agitación interna. Le buscó la mano y se la apretó con cariño. Un gesto que confiaba en que pudiera tranquilizarla. Mientras lo hacía, llamaron tímidamente a la puerta. Era Jacob.
—Mis disculpas, señor. Son sus hombres, señor. Acabo de verlos atravesar la verja. Y…
Lemuel no esperó a que su sirviente terminara la frase. Lo pasó de largo y corrió escaleras abajo hasta el recibidor y la puerta tachonada. Al abrirla, encontró en el umbral a Gad y a Ezekiel con su hijo en brazos. El muchacho estaba inerte. El trapo que llevaba alrededor del cuello estaba manchado de rojo, igual que el cuello de su camisa.
—Señor…, lo han atacado.
—¿Cómo? Hacedlo pasar. Voy a echarle un vistazo —dijo Lemuel.
Tuvo que hacer un gran esfuerzo para que no le temblara la voz.
Los hombres trasladaron al joven hasta un banco tapizado y lo tumbaron allí. Cuando Lemuel le levantaba la cabeza al chico, Elizabeth llegó corriendo.
—¡Mi hijo! —gritó Lemuel, incapaz de hacer otra cosa.
—¿Qué le ha ocurrido? —preguntó Elizabeth.
—Ha perdido mucha sangre, señor —declaró Gad.
—Lo hemos encontrado en el bosque de Lowe Dene, cerca del arroyo —explicó Ezekiel.
Elizabeth se volvió hacia Jacob, que estaba en pie detrás de ella.
—Ve a buscar al médico —le ordenó con un grito.
—Sí, señora —repuso Jacob, y abandonó la estancia a toda prisa.
—Ayúdame —dijo Lemuel, volviéndose hacia su esposa.
A su hijo le habían mordido y arañado. Le brotaba sangre de una herida en el cuello. Mientras lo atendían, se les sumó primero Olivia y
Página 79
después Catherine. Elizabeth se giró hacia Catherine.
—Ve a por un cuenco con agua caliente y un trapo —le dijo. Catherine corrió a la cocina mientras Lemuel le pedía a Olivia que
fuese a buscar la botella de brandi. Catherine regresó con el cuenco y Elizabeth le aflojó la túnica a Thomas y le lavó la herida. La pérdida de sangre había desprovisto su tez de todo color.
—¿Quién…, qué le ha hecho esto?
—No lo sé con certeza, señora, pero creo que podría haber sido un lobo —se aventuró a responder Ezekiel.
—¿De qué estás hablando? ¡En Inglaterra no quedan lobos!
—Lo hemos visto con nuestros propios ojos, señor. Gad y yo, señor. ¿A que sí, Gad?
Gad asintió con la cabeza.
—¡Pero si no hay lobos!
—Sin duda conoceréis la historia de la última caza, se cuenta mucho por estos lares —les dijo Elizabeth a los hombres de Lemuel.
—Así es, señora.
—Y eso fue hace años. Antes de los tiempos de mi padre.
—Era un lobo, señora. Estoy seguro.
—¡No puede ser! —exclamó Lemuel.
—Tiene la respiración muy débil.
Llegó Olivia con el brandi. Lemuel le quitó la botella, la descorchó, dio un trago y después se la acercó a Thomas a los labios.
—Toma, hijo. Bebe un poco de esto.
Sin embargo, su hijo estaba demasiado débil para beber.
—¿Crees que se pondrá bien? —le preguntó Olivia.
—Lo superará, estoy seguro —respondió Lemuel, a fin de convencerse a sí mismo tanto como a su hija—. Toma, sostén esto contra la herida. — Lemuel vio a Elizabeth acercar el trapo a la frente de su hijo.
La observó intentar obtener una respuesta por su parte, pero el chico seguía inconsciente. Aún respiraba; tenía que aguantar un poco más hasta que llegara el médico. Lemuel hizo presión sobre la herida, asegurándose de que su hijo no perdiera más de su valiosa sangre.
Había visto desangrarse a muchos hombres y niños. Él mismo había formado parte del equipo de artillería, disparando semiculebrinas y cañones. Puede que las corazas que llevaban sus hombres fuesen a prueba de balas, pero no servían para defenderse de una semiculebrina. Y había
Página 80
visto hombres con las extremidades del cuerpo arrancadas, los había visto rajados, apuñalados, víctimas de hachazos, de alabardas y de disparos. Había visto la cabeza de un soldado partirse por la mitad como una castaña, y la sangre brotar como si fuera vino de Burdeos. Sin embargo, contemplar la sangre de su propio hijo era un asunto bien distinto. La sangre de su hijo valía más que la sangre de todos ellos.
Se volvió hacia sus hombres:
—¿Estáis totalmente seguros de que habéis visto un lobo? ¿Seguro que no era un perro grande?
—Sí, señor. Tenía el doble de tamaño que un perro normal, estaba junto a la vieja cantera —aseveró Ezekiel.
Lemuel miró a Gad.
—Y tú ¿también lo has visto? —le preguntó.
—Sí, señor, era un lobo. Ambos lo hemos visto.
—Un lobo. ¡Un lobo! ¡Dios mío! ¿Cómo es posible que…? —Pero Lemuel no terminó su frase. Se quedó mirando la herida de su hijo y se santiguó.
Página 81
Por valles tenebrosos
Pasé otra noche más bajo un cielo frío y negro, deseando poder estar en el mismo hoyo que mamá y papá, pero al día siguiente el hambre me obligó a continuar. Seguía sin recordar el nombre del sitio, pero continué avanzando hacia el este, como me había ordenado mi padre, por un camino serpenteante que discurría bajo las ramas casi desnudas de saúcos, alisos y olmos, hasta que me aproximé a una enorme granja. Alcancé a oler el aroma del pan recién horneado que salía de las cocinas, lo que me hizo salivar como un perro. Pasé de largo las pilas de piedras que habían amontonado junto al sendero y me abrí paso por la verja hasta la parte trasera del edificio. No había nadie por allí, de modo que reuní el valor para llamar a la puerta. Me abrió una doncella. Le dije que venía pidiendo limosna, que me había perdido y que llevaba días sin comer. Ella reparó en mis mugrientos ropajes y en el barro que cubría mis botas.
—Lo siento, pero he recibido órdenes estrictas del señor de la casa.
Aquí no se da limosna.
—Solo un trozo de pan. Algo de requesón. Una ración de leche.
Agradecería cualquier cosa. Se lo ruego.
—Lo siento, chiquilla. He recibido órdenes.
Antes de tener ocasión de intentar razonar con ella, me cerró la puerta en las narices. Me quedé mirando la aldaba de hierro. La puerta volvió a abrirse entonces furtivamente y la doncella me entregó un chal comido por las polillas.
—Toma, llévate esto —me dijo, y volvió a cerrar la puerta antes de darme tiempo a agradecérselo.
Me envolví los hombros con el chal y seguí caminando. Fui siguiendo los contornos del terreno, dejando que la forma del valle determinara mi trayecto. Por fin llegué a un granero abandonado situado en la linde del
Página 82
páramo. Le quedaba solo la mitad del tejado, y me acurruqué en el rincón más seco, donde me ceñí el chal con más fuerza. En la penumbra distinguí algo que pasaba correteando por delante de mí. Era una rata. Una grande y marrón con la cola larga como una lombriz. Encontré el mango de una escoba rota y aguardé a que regresara. Poco después, se me acercó y olfateó el aire. Intenté atizarle un golpe, mas salió corriendo. Me llevé la mano a las cuentas del rosario, pero recordé que las había perdido. «Dios bendito, Señor Jesús, Madre de Dios, María, llena eres de gracia, protégeme». Me agazapé con el palo en la mano hasta que regresó la rata y volví a darle. Me convencí a mí misma de que se había marchado y volví a tumbarme. El manto de la noche había cubierto el cielo dejando tan solo unas pocas estrellas y un fino tajo de luna. Me quedé allí temblorosa, aferrada al chal, mirando hacia el cielo a través del agujero del tejado, deseando poder llevar conmigo el rosario, para que me consolara y protegiera. Al final me sumí en un sueño inquieto.
Al día siguiente, me aproximé a una bonita casa de piedra y me asomé a la ventana de la cocina, donde vi un enorme pastel enfriándose sobre la mesa. La ventana estaba abierta y el intenso aroma llegaba hasta donde yo me encontraba. Anhelé poder comerme aunque fuera una pequeña porción de ese pastel. Llamé a la puerta y una anciana dama me respondió, pero, al pedirle una limosna, me cerró la puerta en las narices. Seguí caminando a duras penas por el camino y adelanté a dos mujeres que llevaban cestos de mimbre. Al pasarlas de largo, le rocé el brazo a una de ellas. La miré. Tenía una cara roja y rolliza.
—Mira por dónde vas —me dijo, y chasqueó la lengua.
No sé por qué había pasado tan cerca de ella, pues había anchura de sobra en aquel camino. Me detuve y las dejé pasar. Sentí la extraña necesidad de hacerle daño a esa mujer, de patearla o abofetearla. Lo que de verdad tenía ganas de hacer era agarrarla del pelo y tirarla al suelo. Volví a alcanzarla y la adelanté, me di la vuelta y me quedé mirándola, pero me ignoró, comportándose como si no existiera, y siguió charlando junto a su amiga sobre esto y lo otro.
—¿Sabías que eso se cura con mantequilla de una vaca roja? —Yo había oído que tenía que ser una vaca blanca.
Página 83
—Creo que funciona con ambas, siempre y cuando la vaca sea del todo roja o del todo blanca.
Vi que llevaba algo de pan en una cesta y anhelé poder comerme esa hogaza. Corría rápido. A lo mejor podía arrebatarle el pan antes de que pudiera detenerme. Eran ambas mujeres rollizas, y estaba convencida de ser más rápida que ellas. Sin pensármelo dos veces, corrí hacia ellas; al alcanzarlas, eché mano al pan. Pero sus reflejos eran mejores de lo que había anticipado, y apartó la cesta con un giro rápido, gritando:
—¿Qué estás haciendo? ¡Zorra ladrona!
Su rechoncha amiga me empujó, yo trastabillé y a punto estuve de caer. Logré recuperar el equilibrio y me fui corriendo por otro camino que salía a mi izquierda. Un perro grande y negro se puso a ladrarme y, por un momento, pensé que la mujer lo había enviado tras de mí. Pero entonces vi a un anciano más adelante.
—Tranquilo, muchacho —dijo el hombre, y su perro cerró la boca. Seguí caminando con dificultad, poniendo rumbo ahora en dirección
noreste. Llegué a un grupúsculo de casitas y a un abrevadero de piedra. Allí cerca, aunque apartada del camino, había una casa más grande que parecía formar parte de una finca. Presentaba una puerta negra y cuadrada tachonada con clavos y ventanas de finos cristales. Una chica estaba limpiando una de las ventanas. En una mano sostenía un cubo de agua; en la otra, un paño mojado. Limpiaba el cristal sin mucho afán, y me di cuenta de que le molestaba tener que hacerlo. Llevaba un pañuelo de tejido bueno alrededor de la cabeza, también parecía estar bien alimentada, de forma que decidí que le pediría algo de comida y cerveza a cambio de trabajo. De buena gana le limpiaría esas ventanas si me pagaba con un poco de pan. Según avanzaba hacia ella, se volvió y frunció el ceño, y de pronto me quedé paralizada. Tenía un rostro enjuto y contrariado, una nariz respingona y picuda y unos labios finos. No pude decir las palabras que llevaba preparadas. Era como si me hubieran cosido los labios.
Por fin logré tartamudear:
—Si quiere, señorita, puedo limpiarle yo las ventanas.
Dejó lo que estaba haciendo, puso el cubo en el suelo y, acuclillándose sobre él, escurrió el trapo.
—¿Y por qué ibas a hacer eso?
—A cambio de un poco de comida. Tengo hambre, señorita.
Página 84
Volvió a escurrir el trapo a la vez que deliberaba sobre mi ofrecimiento. Después volvió a coger el cubo, se acercó a mí y, entregándome primero el trapo y luego el cubo, dijo:
—Muy bien. Pero asegúrate de hacer un buen trabajo.
Le di las gracias. Casi no podía creerme la suerte que había tenido. Me puse a trabajar de inmediato. El agua que me había dado estaba sucia, pero hice todo lo posible con lo que tenía y froté el cristal mugriento. Fui trabajando alrededor de la casa de forma sistemática, limpiando un panel detrás de otro, asegurándome de no olvidarme ninguno. Con cada uno de ellos empezaba por la esquina superior izquierda e iba limpiando en horizontal, después hacia abajo, a fin de asegurarme de que todo el cristal quedara limpio. Tenían bastante mugre y tuve que frotar con fuerza. Sentía los ojos de la chica clavados en mí mientras trabajaba. Me notaba mareada del esfuerzo y me di cuenta de lo mucho que necesitaba comer algo. El hambre comenzaba a afectar a mi concentración, y tenía que detenerme cada poco rato para comprobar que había realizado la tarea debidamente.
Tardé un par de horas en terminar el encargo, pero, para cuando acabé de limpiar la última ventana, me sentía satisfecha con el resultado. Todos los cristales estaban mucho más limpios y, cuando captaban la luz, brillaban. Llamé a la puerta y esperé. Cuando la chica me abrió, le expliqué que ya había concluido. Salió a inspeccionar las ventanas y fue revisando un cristal tras otro, rodeando la casa, hasta haberlos escudriñado todos.
—¿Puedo comer algo ya, por favor?
—No —me respondió sacudiendo la cabeza—. No puedes.
—Pero… Pero… —tartamudeé—. Dijo que podría.
—Dije que tenías que hacer un buen trabajo.
—Y lo he hecho.
—No es verdad. Has dejado manchas por todas partes. Has hecho una chapuza.
Señaló algunas manchas que habían quedado, no por descuido mío, sino debido a la porquería del agua que me había dado.
—No… No podía… —traté de razonar con ella—. He hecho lo mejor que he podido. El agua estaba sucia.
—Entonces, deberías haberme pedido agua limpia, ¿no crees?
Me quedé sin palabras. El peso de su crueldad me resultaba abrumador. ¿Acaso no me había dado ella misma el cubo y me había visto
Página 85
sudar y trabajar durante horas, sabiendo que estaba utilizando el agua? Noté que me subía la rabia por dentro y, antes de darme tiempo a pensar en ello, le había tirado el cubo de agua mugrienta a la cara.
Se quedó paralizada por la sorpresa. Gritó. El agua le empapó el pañuelo que le cubría la cabeza y le pegó el flequillo a la frente. Unas gotas grises le caían desde la punta de su respingona nariz. Me reí en su cara y me alejé corriendo de la casa y de ella lo más rápido que pude. Me detuve a poco menos de un kilómetro camino arriba y me dejé caer al suelo. Me ardían los pulmones. Me imaginé a la chica chorreando agua sucia, con la boca abierta y los ojos como platos. Me dieron ganas de reírme y llorar al mismo tiempo. Qué sensación tan peculiar.
Mientras caminaba bajo el sol de mediodía, llegué a un campo donde había dos chicos jugando a tirar palos a un poste. Uno de ellos tendría quizá diez u once años, el otro unos doce o trece, parecían hermanos. Ambos lucían el mismo pelo castaño y ondulado, también la misma nariz ancha. Los vi turnarse para tirar los palos contra el poste. Cuando el mayor estuvo a punto de tocar el poste con su palo, soltó un grito de júbilo al ver su suerte o su destreza. El hermano más joven pareció impresionado. El mayor le dijo algo al otro y ambos se carcajearon. Debieron de percibir mi envidia cuando el mayor le dio un codazo al joven, señalándome, y le dijo algo que no alcancé a oír. Los dos adoptaron un gesto malicioso, así que retrocedí, me di la vuelta y seguí por el camino.
Mientras caminaba dando tumbos, me crucé con otras personas cuyos ceños no estaban fruncidos, personas que agitaban los brazos como si estuvieran a punto de ponerse a bailar. Ni una sola de las miradas con las que me crucé mostraba dolor, no vi hombros caídos, ni un solo pensamiento gris en aquellas mentes alegres. Caminaba junto a ellos, pero no era una de ellos. Ya no recordaba lo que era la felicidad, apenas entendía la injusticia que había sufrido, todo el mal que me habían hecho. El dolor de mi corazón era una herida abierta. No tenía nada ni a nadie. Hasta mi dios me había abandonado.
Me dolía todo, por dentro y por fuera. Caminaba débilmente, sin apenas tenerme en pie. Pensé de nuevo en Dios. Miré al cielo sin nubes y grité:
—¿Por qué? ¿Por qué me has hecho esto? ¿Y ahora por qué me has abandonado?
Página 86
Y me dio igual si molestaba a alguien. ¿Qué más me daba lo que pensaran de mí? No eran nada para mí y yo para ellos menos aún.
Un poco más adelante me dejé caer. Lo que quería sobre todo era llorar, aunque no me salían las lágrimas. ¿Me odiaba Dios? ¿Habría hecho algo terrible y ahora este sería mi castigo? Reflexioné sobre mi vida, tratando de identificar algún acto deleznable. Pero ¿qué había hecho yo? Salvo nacer y decir mis oraciones y obedecer a mis padres y hacer lo que me ordenaban.
Me devané los sesos. Recordé que Mary me había enseñado una palabra malsonante y yo me la había guardado durante todo el día, anhelando poder decirla. Había esperado hasta después de cenar, luego salí a acostar a las gallinas y, cuando me hallaba a una distancia considerable de mi hogar, la grité, emocionada por poder al fin sacármela de dentro. Pero mi padre me había seguido y, al oírme, me llevó a rastras de vuelta a casa y me dio una buena paliza. ¿Sería ese pecado el motivo por el cual estaba sufriendo ahora? Pero sin duda ya había recibido mi castigo por aquello.
Traté de recordar alguna otra falta. En una ocasión, mamá me pilló robando una galleta. Me golpeó los nudillos por eso, y juntas nos arrodillamos y rezamos pidiendo perdón. «Uno de los ladrones se salvó. Uno de los ladrones se salvó. Uno de los ladrones se salvó», murmuraba mi madre en voz baja. Echó mano a su rosario y me hizo rezar diez avemarías. Por mucho que me esforzara, no lograba recordar ningún otro pecado de magnitud significativa.
Me sentía como Job. Nadie salvo Job entendería por lo que estaba atravesando. ¿Pues acaso Job no lo había perdido todo y luego había seguido sufriendo? Deseé poder conocerlo, justo allí en mitad de ese camino, para que pudiéramos acompañarnos en nuestra desgracia. Compartir nuestro dolor. Solo Job sabía y sentía lo que sabía y sentía yo.
Regresé mentalmente a mi infancia, a los sermones que había escuchado en misa. «Dios mío, ¿me has abandonado? ¿Por qué estás tan lejos de mí? Lloro y tú no me oyes. Nuestros padres confiaron en ti y tú los salvaste. ¿Por qué no me salvas ahora a mí? Soy un gusano. Me desprecian. Me vierten como si fuera agua. Tengo los huesos desencajados. Mi corazón es de cera. Se ha derretido. Mi fuerza se ha secado como un trozo de cerámica. La lengua se me pega al cielo de la
Página 87
boca. Me has llevado hasta el polvo de la muerte. Por favor, Dios, sálvame de la boca del león».
Me tumbé en la cuneta y cerré los ojos. ¿No decía el sacerdote que los mansos comerían? Junté las manos y murmuré una oración:
—El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes pastos me hace descansar. Junto a tranquilas aguas me conduce. Aun si voy por valles tenebrosos, no temo peligro alguno porque tú estás a mi lado. Oh, Señor, no permitas que mis enemigos triunfen sobre mí. Acuérdate, Señor, de tu misericordia y tu bondad, que son eternas. Acuérdate de mí, Señor.
Pero Dios me había abandonado. Yo era peor que Job, pues a él Dios nunca lo abandonó. Y por fin las lágrimas brotaron de mis ojos como ríos de fuego y azufre, amargas y ardientes.
Página 88
La madera de la que está hecha la cruz
Al día siguiente me desperté en la cuneta. Me puse a cuatro patas como un perro y después me tambaleé hasta ponerme en pie como pude. El día anterior había pedido ayuda a mis semejantes y no la había recibido, había rezado a mi dios y había sido ignorada. Tenía solo el vestido sucio del burdel y un chal comido por las polillas, pero debía continuar, por el recuerdo de mi madre y de mi padre, debía continuar. Mi padre había encontrado un lugar para nosotros y me había dicho que, si algo sucedía, debería hallarlo sola. Tenía que hacer lo que me había dicho mi padre y encontrar la manera de salir de este atolladero. Me sentía consumida por la pena, vaciada por dentro, pero tenía que localizar comida y buscarme la vida. En algún lugar, las cosas debían de ir mejor. Esto no podía ser todo lo que la vida podía ofrecerme, ¿no?
Mientras caminaba, no miraba el camino que tenía delante, sino que me miraba las botas, el cuero gastado y las arrugas que se formaban cuando levantaba los pies y volvía a posarlos sobre la superficie irregular del camino. Había algo casi humano en esas grietas, como las arrugas que se forman en los laterales de un rostro que sonríe. Mientras me miraba las botas, iba hablándoles.
—Buenos días, ¿cómo estáis? —les dije.
Y ellas me respondieron.
—Hemos tenido días mejores —dijeron al unísono—. ¿Por qué no nos cuidas más? No piensas en nosotras.
—Conseguiré más comida. Encontraré trabajo. Ganaré algo de dinero. Entonces, compraré betún y un cepillo. Os sacaré brillo hasta dejaros como nuevas. Ya lo veréis.
Les hice promesas que no sabía si podría cumplir.
Página 89
—Os compraré unos bonitos cordones y os llevaré a un zapatero para que os arregle.
—Más te vale. No podemos seguir tolerando esto.
—Me dirijo a un lugar donde son bien recibidas las botas de cualquier tamaño y forma.
—Bueno, si fuéramos tú, no nos creeríamos a pies juntillas las palabras de tu padre.
—Mi padre era un buen hombre.
—Era un estúpido campesino irlandés.
—Era fuerte y fiel. Mi padre era un hombre honorable. —Era un irlandés palurdo con la nariz aplastada. —¿Acaso no tenéis respeto por los muertos recientes?
—No diremos nada más por el momento, pero nuestras opiniones al respecto son un asunto de dominio público. Tú mira por dónde vas y cuidado con no rozarnos contra esas piedras.
Fuimos charlando y discutiendo así durante un rato, no sé cuánto, pero cuando volví a levantar la cabeza vi que ya no estaba en el camino principal. Ahora vagaba por un sendero de tierra que atravesaba un campo de cultivo. No tenía idea de hacia dónde conducía, aunque, a juzgar por el sol, supe que caminaba en dirección este, como era mi intención. El sol estaba casi encima de mí. Supuse que debían de ser en torno a las once de la mañana. Frente a mí se levantaban dos árboles nudosos con ramas como los dedos de una vieja bruja. Me entretuve mirándolos, pensando que se trataba de una pareja que llevaba junta mucho tiempo, pero que ahora estaba separándose. Me reí de mi propio chiste. Ese era el espíritu. Intentar mantener la barbilla levantada, encontrar humor en las pequeñas cosas, no permitir que el peso de la situación me aplastara y pisoteara. Me imaginaba que estaba con mi amiga Mary. Nos íbamos juntas a correr una de nuestras aventuras. Nos habían enviado a hacer un recado, o estábamos de pícnic. Hacía un día caluroso e íbamos en busca de una poza en la que poder nadar. Me consolé pensando que algún día volvería a ver a Mary y jugaríamos a las canicas con su hermano pequeño, a quien a menudo dejaban a su cuidado. Tendría mucho que contarle, tantas cosas que me habían sucedido que seguramente no se creería ni la mitad.
Me puse a pensar en el lugar seguro. Cuando hubiera comido y dormido en condiciones, recordaría el nombre y encontraría a gente
Página 90
amable y buena que me quisiese sin juzgar. Ellos se asegurarían de que no me sucediera nada malo.
En el cielo se habían formado algunas nubes de color gris peltre y el aire se había vuelto frío. Me ceñí el chal en torno a los hombros mientras ascendía, pasaba por encima de la granja, dejaba atrás una hilera de abedules blancos como el hueso y discurría bajo las copas de unos fresnos de ramas frágiles. Árboles como coronas, como animales, como esqueletos, como personas. Las raíces que sobresalían de la tierra se alzaban como brazos retorcidos. La corteza de una haya había sido tallada formando un corazón que ahora había cicatrizado como una costra. Mi padre me lo había enseñado todo sobre los árboles. Cómo reconocer el aliso que crece junto al agua gracias a sus hojas en forma de raqueta. Que el sicomoro es el primero en florecer en primavera, y que sus hojas verde pálido cuelgan como uvas. Que el grueso tronco aflautado de un tejo y su densa copa proporcionan cobijo frente a los elementos. Que el mirlo se come sus arilos en otoño. Que el fresno es un árbol curativo y que es el último en cobrar vida. En Ballina, papá trabajaba como descortezador. Se relacionaba con curtidores, torneros y carboneros. Me habló de Tom Bell, el hombre salvaje que vivía en el bosque cerca de la fundición de hierro. Me contó que fabricaba carbón y se sentaba en un taburete con una sola pata para evitar quedarse dormido durante la quema.
Entonces, volví a sentirme embargada por la sorpresa. Una bofetada de realidad: jamás volvería a ver su rostro. Me sentía exhausta y vacía por la pena. Notaba un dolor duro en el pecho que era incapaz de aliviar. No podía respirar, me envolvía la rigidez en torno a las costillas.
El cielo se oscureció y se enfrió. Alcé la vista y vi un gavilán sobre mi cabeza, lo observé descender desde lo alto y lanzarse sobre un paro. Se quedó posado sobre el cadáver del pequeño pájaro, mirándome desdeñoso con sus ojos negros y dorados, inmovilizando a su presa con sus patas amarillas. Le desgarró la carne con el pico. Su pechera color crema presentaba rayas de color marrón. Seguí ascendiendo por el páramo. Era un terreno turboso y cenagoso, y debía ir con cuidado para no perder el equilibrio. El barro pegajoso me succionaba. Crucé chapoteando charcos de agua negra estancada. Tenía los pies helados. Después se me entumecieron.
—No nos apuntamos para esto —me decían mis botas una y otra vez.
Página 91
Me convencí a mí misma de que no necesitaba comida en absoluto. De que podría mantenerme solo con el aire que respiraba. ¿Por qué no se me habría ocurrido antes? El aire tenía sustancia. Si podía mantener a las moscas y a los pájaros, podría alimentarme a mí.
—Ese es el espíritu, Kate. —Era Mary. Iba junto a mí, atravesando el lodazal conmigo.
—¿Seguro que eres tú? —le pregunté.
—Tan seguro como que el cielo es azul.
—Justo estaba pensando en ti.
—¿De verdad?
—Me preguntaba si volvería a verte alguna vez.
—Qué tontería, Kate. Si estoy aquí, ya puedes dejarte de sensiblerías. Piensa en cosas bonitas. ¿Te acuerdas de aquella vez que encontramos un claro al otro lado de Hanging Fall y vimos a las crías de zorro jugando?
Me acordé de aquello. Fue una tarde de abril, y el aire venía cargado con el aroma dulce del prado, de la madreselva y las flores de saúco. Habíamos estado jugando en el bosque cuando emergimos a un claro verde iluminado por el sol, y allí encontramos una zorrera con una pareja de zorros y sus cuatro crías, todos jugando y saltando. Nos acuclillamos junto a una morera y observamos como si aquel momento no fuese nuestro y lo estuviésemos robando. Eran unas criaturitas pequeñas con pocas semanas de edad, caminaban dando tumbos unas contra otras, mordiéndose y peleándose. Sus padres los observaban con despreocupación.
—Las crías parecían mucho más vivas que sus padres —me dijo Mary.
—Tenían el pelaje prácticamente negro.
—Las crías de zorro nacen negras y ciegas. La zorra estaba flacucha, ¿te acuerdas?
Asentí. La recordaba con claridad.
—Tú llevabas contigo esa preciosa muñeca.
Mi padre la había tallado de un fresno por mi octavo cumpleaños. Era delgada y bonita. Había logrado tallarle unos delicados rasgos. Unos pómulos definidos y una preciosa nariz recta. Noté que se me llenaban los ojos de lágrimas y tragué saliva para aliviar el nudo que tenía en la garganta.
—Tu padre era muy habilidoso, para ser un tipo tan palurdo.
Página 92
—Creía que me sorprendería al regalarme esa muñeca, pero yo había estado espiándolo a veces, cuando se marchaba al bosque para tallar después del trabajo. Le llevó semanas terminar de tallarla. Mamá le hizo un vestido, un chal y un sombrero a juego.
—Era una muñeca preciosa. La trajiste a mi casa. Era más bonita que mi muñeca. Jugamos juntas durante horas. Fue fantástico.
—Desde luego. Me encantaba la casa que les hicimos en el hueco de aquel árbol.
—Jugamos a que vivían allí y eran hermanas.
—Dijiste que algún día viviríamos juntas como hermanas.
—Es verdad.
—¿Qué fue de mi muñeca, Mary? —Me detuve y miré alrededor—.
¿Mary? ¿Mary? —grité, pero no había nadie allí.
La busqué, pero nada. Me había abandonado.
El viento iba ganando fuerza, y deseé conservar aún mi gorro, pero al menos el viento no era lluvia. No quería volver a mojarme, pero nada más pensar aquello, casi como si las nubes me hubieran oído, sentí una gota fría en la mejilla, después otra en el dorso de la mano. Ahora que Mary había desaparecido, no tenía a nadie que me hiciera compañía mientras caminaba. Me planteé volver a hablar con mis botas, pero eran unas acompañantes demasiado malhumoradas. Confiaba en que Mary regresara para poder seguir hablando de nuevo de los viejos tiempos. Los únicos seres vivos con los que me crucé fueron dos ovejas. «Espero que no estéis demasiado mojadas», les dije, pero no me respondieron. Un cuervo pasó volando, después un cernícalo. Se quedó suspendido sobre mi cabeza como si estuviera clavado en el cielo. Los páramos eran sombríos y estériles. Brezo áspero y matas de hierba marchitas. Había trozos de piedra arenisca dispersos por la pendiente, un majuelo torcido, una aliaga marchita. Parecía como si el paisaje fuese a tragarme, y tuve que espantar aquel sentimiento desolador. Traté de recordar las canciones que me había enseñado mi madre, canté los versos que conocía y tarareé las palabras que había olvidado. Cantaba fatal, casi tan mal como mi madre, pero ahí fuera daba igual, y canté a todo pulmón, sin molestar a nadie salvo a las ovejas.
El camino de arrieros que iba siguiendo viró hacia el norte. Parecía no conducir a parte alguna, desapareciendo en el horizonte. Decidí, pues, seguir rumbo al este, viajando todo lo que pudiera en la misma dirección. Allí fuera, en alguna parte, había un santuario. Debía llegar a la costa y
Página 93
dirigirme al norte. Me ceñiría a esa idea. No obstante, resultaba arduo avanzar sin un sendero, y hube de aminorar mucho el paso a fin de no caerme o torcerme el tobillo. A lo lejos distinguí un bosque, no tardé mucho en llegar hasta su linde. Dejé atrás el páramo y me adentré en una pendiente boscosa. Una senda discurría por lo alto de un desfiladero y al fondo, a lo lejos, serpenteaba un riachuelo entre las laderas. Encontré unos Boletus edulis en la tierra, esas rechonchas setas marrones que solía recoger con mi madre. Eran las únicas setas que toleraba. Solíamos cortarlas en láminas y ensartarlas formando una hilera que colgábamos en la cocina. Las secábamos y las utilizábamos después en estofados y sopas. Nunca antes los había comido crudos y tenían una textura viscosa, pero el hambre pudo más que mis remilgos y mastiqué los tallos y los sombreros hasta tragármelos todos. Estaban llenos de gusanos, y deseé haber podido conservar el cuchillo de mi padre para cortar los trozos donde los gusanos habían llegado antes que yo. Encontré unas bayas marchitas en un arbusto y me las zampé. Ya no contenían mucho zumo, pero sabían mejor que las setas viscosas atestadas de gusanos. Arranqué unas serbas de un rojo intenso y me las comí. Sabían agrias y, con cada bocado, puse cara de asco. A veces teníamos ramas de serbales cargadas de frutos junto al umbral de la puerta con el fin de mantener alejadas a las brujas. Mi madre me contó que servían para ahuyentar a todos los espíritus malignos, no solo a las brujas. Yo jamás me había encontrado con un espíritu maligno. Todos los peligros a los que me había enfrentado hasta la fecha habían sido obra de personas, no de trasgos. De modo que no les tenía miedo, tampoco a las brujas. Mi madre siempre guardaba un palo de serbal para remover la leche y que no se agriara.
Mientras me comía las serbas, fui acostumbrándose a su sabor agrio. Mi madre y yo solíamos preparar mermelada con los frutos, pero solo estaba buena si le agregábamos montones de azúcar y una manzana o dos. A mí como más me gustaba era untada sobre una rebanada de pan con una jarra de cerveza caliente. Me comí la fruta agria e imaginé que era una deliciosa y dulce mermelada. Un acto de transustanciación. Me vino a la mente una tarde del otoño anterior. Yo estaba con mis padres en el jardín. Mi padre estaba cortando leña y yo lo ayudaba mientras el sol brillaba entre las algodonosas nubes que parecían ovejas y una brisa suave agitaba las hojas. Mi padre se había quedado en camiseta. Mi tarea consistía en colocar cada leño con firmeza sobre el bloque de cortar, después me
Página 94
apartaba cuando él dejaba caer el hacha y partía el leño en dos. «Tú los apilas, yo los parto», decía mi padre guiñándome un ojo. Yo recogía la madera partida, allá donde hubiera caído, llenaba la carretilla y luego, más tarde, apilaba la leña en el almacén. Para los leños más grandes utilizábamos un cortador, una sierra metálica que primero había que clavar con un martillo en el centro del leño. Yo debía sujetar el leño con firmeza hasta que mi padre hundía la sierra lo suficiente, entonces me apartaba y él empuñaba el enorme martillo y golpeaba con fuerza el cortador. Era un trabajo sencillo, pero había que permanecer alerta. Yo confiaba en mi padre. Un golpe mal dado con aquel martillo y acabaría con el cráneo partido por la mitad como un huevo. Mi padre había adquirido un buen ritmo. Gotas de sudor perlaban su frente, y, en las axilas, se le habían formado manchas de humedad. Yo ya casi había llenado mi carretilla con los trozos de madera partida. Mi madre se acercó con pan, mermelada y cerveza caliente. Nos paramos, nos sentamos junto al montón de leños y estuvimos degustando la dulce mermelada de serba y la sabrosa cerveza.
Ahora, sumida en la indigencia, esos recuerdos adquirían un nuevo significado y me colmaban de emoción. No quería pensar en mamá y papá con vida, pues ello solo me conduciría a recordar sus cuerpos muertos tendidos en la somera tumba que yo misma había cavado. Pero tampoco es que no quisiera pensar en ellos. Lo único que me quedaba de ellos eran esos recuerdos. De modo que regresé a aquel día de finales de septiembre y a la dulce mermelada de serba, me acordé de mi padre bebiendo cerveza y zampándose el pan, lo vi secándose la frente con la camiseta. Después, observándome mientras yo apilaba la leña, él tendido bajo el sol, diciéndome que había hecho un buen trabajo.
Más tarde, aquel mismo día, sangré por primera vez, y mi madre me dijo que ya era una mujer. La maldición de Eva, lo llamó. Me ordenó lo que debía hacer. Conforme recordaba todo aquello, los ojos empezaron a llenárseme de lágrimas. Parpadeé y me las sequé con la manga, desterrando de mi mente aquel recuerdo. Ahora estaba sola. No tenía ni a mamá ni a papá.
No llevaba mucho tiempo comiendo cuando creí haber oído algo. Alcé la vista, pensando que sería un zorro o un ciervo, mas descubrí la cara de una chica por encima de los arbustos. Al principio pensé que se trataba de Mary, que había vuelto, con la misma melena larga, lisa y castaño claro, con aquella cara en forma de corazón, pero al acercarse pude ver que la
Página 95
chica no era tan linda y alta como Mary, y me di cuenta de que me encontraba en peligro. Me agaché y me hice un ovillo. Oía a la chica abrirse camino entre los helechos y las zarzas, murmurando para sus adentros. De repente dejé de oírla. Me pregunté si habría seguido su camino y, con gran cautela, levanté la cabeza para ver. Se hallaba de pie justo delante de mí. Dio un salto, sorprendida, al igual que yo.
—¿Qué estás haciendo aquí abajo? ¡Menudo susto me has dado! Ahora alcanzaba a ver sus rasgos de cerca. Habría sido guapa de no ser
por sus dientes largos y finos, demasiado grandes para su boca, y sus orejas puntiagudas, algo que acentuaba recogiéndose el pelo.
—¿Qué te pasa? ¿No sabes hablar?
No debía de ser mucho mayor que yo, tal vez dieciséis, no más. Llevaba chal, pero no sombrero. Portaba también una canasta de mimbre. Mi padre decía de cualquiera que estuviera tan mal proporcionado que le habían golpeado con el palo de la fealdad. Sin embargo, mi madre siempre decía que no debía uno burlarse de los afligidos. Al principio pensé en salir corriendo, pero la chica me cortaba el paso. No era más grande que yo, calculé, y mi padre me había enseñado a librar mis propias batallas. Me enseñó a cerrar la mano formando un puño y a ocultarlo a la espalda para después asestar el golpe en el momento más inesperado. El que da el primer golpe gana la pelea, me decía. La chica se me acercó más aún, entonces me di cuenta de que iba descalza y llevaba los pies negros de barro.
—Lo siento, no pretendía asustarte.
—No estarías comiéndote eso, ¿verdad? —me dijo, señalando las serbas que tenía en la mano. Yo también las miré, como si no las hubiera visto antes—. Te provocarán dolor de tripa. Hay que hervirlas primero. No se pueden comer crudas, tonta.
—Ya lo sé —repuse—. Mi madre solía preparar mermelada de serba. Yo la ayudaba. Mezclábamos los frutos con las manzanas que cultivábamos en el jardín.
—Entonces, si lo sabes, ¿por qué te las comes crudas?
No respondí, tan solo me encogí de hombros.
Ella ladeó la cabeza con gesto inquisitivo.
—Debes de estar muerta de hambre —me dijo—. ¿Cuándo comiste por última vez?
—No me acuerdo.
Página 96
—¿Has comido hoy?
Me encogí nuevamente de hombros.
—¿Comiste ayer?
Otra vez levanté los hombros.
Se acercó más a mí y me miró con dureza:
—No queda nada de ti. Te estás consumiendo, muchacha.
Me sonrió, mostrando de nuevo sus dientes largos y finos. Yo estaba tan acostumbrada a que me cerraran la puerta en las narices y me profirieran insultos que, al principio, me pregunté si vendría con intención de engañarme. Después pensé: «¿Acaso está aquí realmente? ¿Me la habré imaginado?». Tenía el sol a su espalda y su silueta aparecía bordeada por un fino halo de luz dorada. Me convencí a mí misma de que me lo estaba inventando. Debí de quedarme mirándola, pues se rio por vergüenza y se colocó un mechón de pelo suelto detrás de la oreja.
—¿Qué llevas en tu cesta? —le pregunté a modo de distracción. No había pretendido hacer que se sintiera incómoda.
Se acercó más y me tendió la cesta para que pudiera ver en su interior. Llevaba setas venenosas rojas y blancas. «Setas de mosca», las llamaba mi madre, y las utilizábamos para matar a las moscas azules de la cocina. Mi madre desmenuzaba la carne en un platito de leche y lo dejaba en el alféizar de la ventana. Las moscas comían del plato y morían inmediatamente. Mi madre decía que las moscas podían metérsete en la cabeza cuando dormías y te volvían loca. Contemplé la cesta de setas venenosas. Mi padre las llamaba «sombreros de diablo».
—Pero si no hay moscas —comenté.
—¿Qué tiene eso que ver? —Me dedicó otra mirada de incredulidad. —¿No las recoges para matar moscas? —¿Por qué querría hacer tal cosa?
—¿Por qué entonces las recoges?
—Son para Alice.
—¿Quién es Alice?
—Bueno —me dijo, pensando la respuesta—. Alice es una persona.
—No pensé que fuese un cencerro —contesté.
La chica se rio.
Le devolví entonces la cesta. Aunque ella tenía algo de peculiar, no me daba miedo. Pese a su curiosa vestimenta y a su extraña actitud, presentaba un rostro atractivo y sus ojos marrón claro me parecieron amables.
Página 97
—Son las últimas de la temporada. Las mejores salen al final. ¿Adónde vas?
—Solo viajo.
—¿Para qué?
Me encogí de hombros.
—Te has perdido, ¿verdad?
Negué con la cabeza.
—Sí, te has perdido. —Aguardó a que respondiera, pero yo me limité a agachar la mirada y me mordí la lengua—. Seguramente vayas hacia algún lugar, ¿no es así?
De nuevo, me encogí de hombros.
—Entonces, estarás volviendo de algún lugar.
Otra vez un encogimiento de hombros.
—Muy bien, como quieras. No tienes por qué contármelo. Haces bien en cuidarte de lo que cuentas a la gente. Hay por ahí mucho truhan.
Se irguió y me escudriñó con la mirada, ladeando la cabeza como haría un pájaro. Mientras lo hacía, mi tripa emitió un sonoro rugido. La chica se rio.
—Parece que necesitas comer urgentemente. Alice dice que deberíamos cuidar a aquellos que son como nosotros. También dice que deberíamos tener cuidado con los desconocidos. Pero me doy cuenta de que eres una pobre criatura. Estás en los huesos.
Percibí que estaba burlándose de mí.
—Bueno, ha sido un placer conocerte —le dije—, pero debo seguir mi camino.
—¿Tu camino hacia dónde? Todavía no hemos aclarado adónde vas. —Viajo rumbo al este —le expliqué. Y hasta eso me pareció
demasiada información.
—Yo también voy hacia allá. ¿Por qué no caminamos juntas? Así me harás compañía.
—No sé.
—Escucha, ¿has recorrido antes estos bosques?
Me encogí de hombros.
—Bueno, pues deja que te diga que te aguarda un gran peligro. —¿A qué te refieres?
—A estos bosques. Pueden ser muy peligrosos para alguien que no conozca bien el camino. Hay ciénagas que te tragarían entera. Y se acabó.
Página 98
¡Morirías!
Pareció disfrutar con aquella advertencia. Yo no sabía si me estaba tomando el pelo o si debía seguir su consejo. Sopesé sus palabras. ¿Qué podría tener de malo caminar con ella durante un trecho? Yo corría rápido. ¿Acaso no había logrado huir ya de numerosos problemas? Me encogí de hombros.
—Asunto zanjado entonces. Venga, es por aquí.
Señaló hacia un sendero serpenteante que parecía más bien una ruta para conejos. La seguí, aunque una parte de mí seguía preguntándose si sería producto de mi cabeza. Apenas me parecía real. Caminaba dando ligeros saltitos a cada paso y, cuando se echó el cabello hacia atrás, sobre los hombros, vi que la melena le alcanzaba hasta la mitad de la espalda.
—Me llamo Jenny. —Se volvió, se detuvo y me tendió su mano izquierda. Yo se la estreché de manera algo torpe con mi derecha—. Siempre saludamos con la mano izquierda. Lo dice Alice.
Me rugió el estómago una vez más.
—Madre mía. Nunca había oído un rugido de tripa semejante. En casa tenemos un caldo muy rico. También hay pan, mantequilla, mermelada, galletas y tortas de avena.
Al oír mencionar la comida, sentí un dolor en la boca, justo encima de los dientes posteriores. Tragué saliva. Traté de calcular cuándo había comido decentemente por última vez. Anhelaba algo de comer. Dulce o salado, caliente o frío. Me imaginé un tazón de caldo caliente acompañado de una fuente de pan con mucha mantequilla encima, como hacía siempre mi madre. Me imaginé doblando una rebanada y mojándola en el tazón. La sensación en la boca cuando el caldo caliente y el pan suave me tocaran la lengua. La mantequilla salada al derretirse.
—¿Tenéis mermelada y galletas?
—Alice conoce un sitio. Oye, ¿por qué no vuelves conmigo y así comes algo? Puede que Alice se muestre un poco reacia, pero déjame eso a mí. Puedo convencerla. Si no comes pronto, morirás. Ya estás a las puertas de la muerte, ¿no te das cuenta, muchacha?
Hasta el momento, no me había ido muy bien aceptando las invitaciones de desconocidos, pero ¿qué opción tenía? Me hallaba en mitad de un bosque. Llevaba días sin comer y ella tenía razón, estaba al borde de la inanición. Asentí con la cabeza. Ella me condujo a través del corazón del bosque, bajo los tilos y los sauces, los tejos y las píceas. Yo
Página 99
intentaba ir memorizando el camino, por si acaso tenía que darme la vuelta. Pasado un tramo de arbustos, un agateador fue trepando en espiral por un majestuoso castaño de Indias que presentaba unas inmensas hojas de un naranja intenso. Tomé nota mental de un curioso cuenco de piedra cubierto de musgo que se sostenía en equilibrio sobre un costado.
—¿Y a dónde vamos, por cierto?
—No queda lejos. Lo encontró Alice. Yo llevo allí ya más de un año. Una de las que más. Nosotras mismas construimos las cabañas. Alice tiene hachas y sierras. Puede conseguir cualquier cosa.
Me explicó que eran siete, pero que a una de ellas la habían expulsado. Ivy, Holly, Thorn y Heather. Y Alice, por supuesto, además de ella misma. Hice un comentario sobre sus nombres, pues me parecieron graciosos[9]. No me parecían nombres de mujer, sino más bien el nombre que uno le pondría a una mascota. Jenny me explicó que era Alice la que les ponía esos nombres.
—Puede que a ti también te ponga uno. Espera y verás.
Pero yo no quería que me pusieran un nombre. Me gustaba el nombre que me habían puesto mis padres.
—A mí me puso el mío porque, cuando la conocí, tenía una araña en el cabello[10]. Alice me la quitó y dijo que ese sería mi nombre: Jenny. Alice lo tiene todo controlado. Nos turnamos para cocinar y buscar alimentos. También hay otras tareas. A veces tenemos que arreglar cosas o fabricarlas. Pero no es como un trabajo de verdad. De vez en cuando discutimos, pero Alice lo resuelve todo. Somos todas fugitivas. Incluso Alice.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, yo hui de mi pueblo el verano anterior al último.
—¿Por qué huiste?
—Porque me acusaron. Por eso.
—¿Te acusaron? ¿De qué?
—De brujería.
Había oído hablar de personas a las que acusaban de hechicería. Mi madre me había contado un caso de hacía treinta años o más, en el condado vecino, en el que se acusó a once personas. Diez de ellas fueron declaradas culpables y ajusticiadas en la horca, pero nunca me había topado con ello personalmente, y era algo que me intrigaba.
—¿Por qué te acusaron?
Página 100
—Todos mis hermanos y hermanas están muertos. Soy la última de mi familia. Soy la séptima hija de un séptimo hijo. Hay quien dice que eso me convierte en bruja.
—¿Y por eso te acusaron?
—Mi padre se ganó la simpatía del propietario rural que le daba empleo. Hasta tal punto que este le legó algo más de una hectárea de terreno. Pero durante la noche de Lammas, en la Fiesta de la Cosecha del 1 de agosto, nos reunimos todos en el terreno. Trajimos el trigo. Los aldeanos llevaron hogazas de pan a la iglesia y después lo celebramos en nuestra granja. Había allí un granjero que me pidió ayuda para cuidar de sus vacas. Pensando que eso nos reportaría más dinero, accedí. Pero discutimos y, dos meses después, dos de sus vacas murieron.
—¿Y por eso te llamaron bruja?
—Todo el pueblo se puso de su parte. Era un hombre importante. Daba trabajo a muchos aldeanos de por allí. Lo que decía iba a misa. Les contó a los aldeanos que me había oído recitar el padrenuestro del revés.
—¿Y lo hiciste?
—No. ¡Si ni siquiera sé recitarlo del derecho!
Me contó que la tiraron al río para ver si flotaba y estuvieron a punto de ahogarla. Que la desnudaron y le afeitaron todo el pelo en busca de la marca del diablo. Que le tocaron sus partes íntimas. Que ella había logrado engañar a su carcelero y huir. Había seguido corriendo. Yo me preguntaba por qué estaría contándome todo aquello. Tanto mi madre como mi padre siempre me habían aconsejado que midiera mucho mis palabras a fin de evitar riesgos. «No le digas nada a nadie, niña, no es de su incumbencia», me decía mi padre si creía que me había ido demasiado de la lengua. Mientras hablábamos, nos adentrábamos más en el bosque. El sendero que seguíamos era tan poco visible que a veces parecía que no existía. De no haber sido porque Jenny me guiaba, no habría sido capaz de distinguirlo. Seguía intentando tomar nota mental del camino, pero cada vez resultaba más y más difícil.
Conforme nos internábamos en el bosque, todo a nuestro alrededor adquirió un tono verde brillante. Los árboles que no pierden sus hojas: pinos, tejos y píceas. Pese a la época del año, y a las ramas desnudas de algunos de los árboles que habíamos dejado atrás, aquello era un bosque verde, compuesto de inmensos y exquisitos acebos, gruesas enredaderas de hiedra que trepaba por los troncos y las ramas. La corteza de aquellos
Página 101
árboles estaba cubierta de una vistosa lana verde compuesta por la densa capa de musgo que crecía por todas partes. Recorrimos un hermoso manto de agujas de alerce, de un amarillo anaranjado. Nunca antes había visto un bosque tan verde en aquella época del año. Nunca antes había visto árboles de acebo tan altos y gruesos, ni hiedra tan lustrosa. En algunos lugares, las enredaderas de hiedra eran más gruesas que los troncos de los árboles. Los arbustos de acebo lucían cuajados de brillantes frutos rojos que el sol hacía refulgir aún más, como si fueran faroles colgados del extremo de las ramas. Las píceas formaban densos muros de bosque impenetrable. El efecto que producía aquello era el de convertir un paisaje boscoso otoñal en algo más parecido a un día de verano lleno de flores. Costaba imaginar que, muy cerca de allí, todo estuviera marchito y muerto. El lugar entero rebosaba vida. Los pájaros revoloteaban entre las ramas de los árboles y trepaban por los troncos. Agateadores, trepadores, carpinteros rojos y verdes, arrendajos, zorzales y palomas de pechera roja. Jilgueros, camachuelos, hermosos y azules herrerillos. Percibía destellos dorados, rosas, rojos, amarillos y azules; de hecho, de todos los colores del arcoíris.
—¡Dónde tengo la cabeza y los modales! Si ni siquiera te he preguntado cómo te llamas.
—Me llamo Caragh —respondí casi sin pensar.
Había bajado la guardia. Por algún motivo, me parecía mal mentirle a esa chica que me había confiado sus secretos.
A medida que seguíamos avanzando, tuvimos que sortear densas charcas negras y barrizales. Las charcas se volvieron tan grandes que apenas quedaba sendero para pasar entre ellas, y yo me fijaba en dónde apoyaba Jenny los pies, poniendo especial cuidado y atención, para colocar los míos justo en la misma posición. Mientras lo hacía, el sol convirtió las negras charcas en espejos refulgentes que reflejaban todos los colores, pero en especial el verde del bosque. Me fijé en los capullos rojos de un abedul cuyas ramas extendidas se asemejaban a las astas de un venado. Un olmo de montaña retorcido. Mi padre decía que los olmos de montaña no servían para nada más que para hacer portones y ataúdes. Todo el tiempo que anduvimos por el bosque, fui escuchando a Jenny contarme cosas sobre su vida allí, pensando que lo que decía parecía una locura. Pero, si lo que contaba era cierto, entonces me esperaba en aquel lugar una buena comida. A decir verdad, era la necesidad de comer lo que me impulsaba, volviéndome temeraria con aquella chica desconocida. Me
Página 102
interesaba oscuramente la excentricidad de su relato. Traté de no concentrarme en el nudo de inquietud que iba formándoseme en la tripa, porque deseaba ver con mis propios ojos aquel lugar del bosque donde vivían todas. Deseaba conocer a las otras chicas de las que me había hablado, con esos nombres tan peculiares. Más que nada, deseaba conocer a esa tal Alice con la que Jenny parecía estar tan fascinada.
—Los hombres no llegan hasta aquí —me dijo.
—¿Y eso por qué?
—Es demasiado peligroso. Muchos hombres han muerto. Succionados por las ciénagas. Primero se te quedan atascados los pies, pero, antes de que te des cuenta, ya estás metido hasta la cintura. Luego ya es imposible salir. Incluso aunque te agarres a una rama. La fuerza de la succión es demasiado potente, y te hundes lentamente en la ciénaga hasta que no queda ni rastro de ti. Esta parte del bosque no es propiedad de nadie y ningún magistrado se responsabilizará de nada. Así que, técnicamente, aquí no hay leyes. Somos libres de tribunales y sesiones judiciales. Las únicas leyes que obedecemos son las que nosotras mismas establecemos.
Nos aventuramos más aún en lo profundo del bosque, donde el denso musgo verde se aferraba a todas las superficies. El sendero era precario, pero me quedó claro que Jenny conocía bien el camino a través de la ciénaga y la seguí sin dudar. Aun así, prestaba aún más atención para colocar los pies justo donde los había colocado ella. Avanzábamos a paso de tortuga.
—Y luego está la gente que se niega a venir aquí porque cree que el lugar está maldito.
—¿A qué te refieres?
—Dicen que en estos bosques hay espíritus malignos que te atraen hacia las ciénagas. También bestias cornudas que caminan sobre dos patas como los hombres, pero el doble de grandes.
—¿Y es eso cierto?
—Nosotras no lo vemos de ese modo.
Seguimos caminando y la ciénaga se tornó más profunda a ambos lados, de modo que hube de concentrarme para no resbalar y caer en sus viscosas aguas negras. De haber ido yo sola, me habría dado la vuelta. Pero entonces me paré a pensar que no encontraría el camino de regreso. Ya estaba demasiado metida en el bosque y no había manera de recordar cómo volver al lugar donde había empezado. Los huesos y las plumas de
Página 103
una garza muerta. Noté una creciente sensación de inquietud. Necesitaba comer. Si no lo hacía, aquel sería mi final. La zona parecía infranqueable, pero Jenny iba recorriendo con pericia las franjas de tierra firme y conseguimos sortear con éxito las embarradas charcas negras y las pozas profundas e impenetrables. Los árboles se habían desarraigado y aparecían caídos a nuestro paso. Tuvimos que treparlos para poder pasar.
Llegamos a una zona de ciénaga boscosa que constituía menos agua que tierra, entonces las charcas empezaron a disminuir de tamaño y a reducirse en cantidad. Jenny me explicó que ya habíamos dejado atrás la zona de peligro. El resto del camino fue mucho más sencillo, aunque yo seguía prestando atención a sus pasos. Me contó que el motivo por el cual Alice había escogido su lugar de residencia era precisamente que los hombres evitaban ir hasta allí. Si conocías bien el camino, las ciénagas te protegían.
—¿Y qué te ha ocurrido a ti? —me preguntó.
—Ah, es una larga historia —respondí.
—Venga, yo te he contado la mía. Es lo justo.
Pensé en mis padres. Oí de nuevo las palabras de mi padre: «No le cuentes nada a nadie, niña. Evita riesgos». Pero aquella chica me había contado su historia. Me había confiado sus secretos más íntimos. ¿Por qué?, no lo sabía, pero eso me otorgaba la libertad de compartir con ella más de lo que haría habitualmente. Quizá fuera efecto del hambre. Me notaba mareada. Una parte de mí se preguntaba si la muchacha sería real o no, si algo de aquello lo sería, así que me sinceré. Empecé a hablar y ya no pude parar.
Le hablé de los hombres que habían disparado a mi madre y a mi padre. Le hablé de la tumba que cavé y del incendio que provoqué. Le hablé del hombre del jubón y las calzas, y de Annie, la dueña del burdel. Le conté mi intento fallido de conseguir comida y trabajo. Y ella me escuchó con atención.
—Todas somos fugitivas de un modo u otro. Sabemos lo que supone no tener a nadie a quien recurrir.
Finalmente dejamos atrás el bosque y llegamos a un claro muy verde. A lo lejos distinguí tres chozas construidas con ramas. Parecían haber sido levantadas a la carrera, en un santiamén. No había a la vista ni una sola línea o ángulo rectos. Estaban dispuestas alrededor de un pozo para hacer fuego: un agujero ovalado con rocas y piedras apiladas en torno al borde.
Página 104
Vi ropa mojada tendida de las ramas de los árboles. Clavados al suelo por encima del fuego había unos hierros cruzados y, colgado de la cadena, un caldero humeante. Un poco apartada de todo aquello, en una zona elevada, se levantaba una cabaña de mayor tamaño. Estaba pintada de verde y rojo brillantes, y decorada con símbolos dorados y rizados. Una escalerita de mano amarilla conducía hasta una puerta roja y verde. Frente a la cabaña había una mecedora de madera azul con un cojín rojo en el asiento. Parecía algo sacado de uno de los cuentos de mi padre sobre la gente menuda. Cuentos que había llevado consigo desde Ballina. En alguna parte había oído que el hambre extrema puede provocar alucinaciones, haciendo que aparezcan cosas y después se desvanezcan sin dejar huella. Me pregunté si aquella estampa sería una de aquellas alucinaciones.
Había una mujer removiendo el caldero con una cuchara larga. Al acercarnos, me di cuenta de que rondaba la edad de Jenny, tal vez un año mayor. De complexión ancha, con el pelo corto y oscuro y unos ojos demasiado pequeños para su cabeza. Parecía haberse cortado el pelo con unas tijeras de esquilar. Nos vio aproximarnos y preguntó:
—¿Quién es esta?
—Mira esto —contestó Jenny, inclinando su cesta para que la chica pudiera ver el contenido.
—Jenny. ¿Con quién has venido? Ya sabes lo que dijo Alice.
—Te presento a Caragh. No te preocupes por Alice. Yo hablaré con ella.
—¿Y quién es Caragh?
—La he encontrado en el bosque. La pobre criatura está medio muerta de hambre.
—Pero…
—Déjalo estar. —Asintió con la cabeza y se volvió entonces hacia mí
—: Caragh, te presento a Ivy. No le hagas caso, es un poco airada.
Vi que Ivy miraba a Jenny con dureza y me pregunté dónde me había metido.
—¿Dónde están las demás? —quiso saber Jenny.
Sin dejar de mirarme con desconfianza mientras hablaba, Ivy le explicó a Jenny que las otras chicas seguían buscando alimentos.
—¿Y Alice?
—No anda lejos.
Página 105
Ivy continuó mirándome con suspicacia cuando retomó la tarea de remover el caldero. Qué extraño me resultó todo aquello, encontrarme con aquel curioso enclave en las profundidades de un bosque rodeado de ciénagas aparentemente infranqueables. No era capaz de decidir cómo sentirme al respecto. Me pregunté qué clase de persona podría ser esa tal Alice como para que todas quisieran quedarse allí y seguir sus órdenes. La única vez que había visto a alguien obedecer de esa manera, se trataba de niños con sus padres, o ciudadanos que obedecían a aquellos que ostentaban autoridad legal sobre ellos, como el regidor, el alguacil o el sacristán. No se les obedecía de forma natural.
Pocos minutos más tarde, se abrió la puerta de la cabaña elevada y salió una mujer que, según pude observar, incluso de lejos, era mucho mayor que nosotras, tal vez unos veinte años. Puede que incluso más. Llevaba puesto un sencillo vestido rojo, sin zapatos ni medias. Tenía el cabello largo y negro, y lo llevaba suelto al igual que Jenny e Ivy. Se le veían algunas canas. Era de piel muy oscura, como la corteza de un roble.
Cuando entró en nuestro círculo, me di cuenta de que, en una mano, sostenía una pipa de arcilla, de la que ahora chupó, expulsando el humo blanco azulado. Alrededor del cuello presentaba una profunda cicatriz. Alice se acercó a mí y me evaluó con la mirada. Se volvió entonces hacia Jenny:
—¿Y bien?
—Te presento a Caragh. Me la he encontrado en el bosque, cerca de donde me hallaba buscando alimentos. Tenía tanta hambre que estaba comiéndose las serbas crudas. La pobre muchacha lleva días sin comer. Ya sé lo que dijiste, pero no podía dejarla allí abandonada. Pensé que tal vez permitirías que comiese algo del caldero.
—¿Y la has traído aquí? ¿Sin pedir permiso?
—No sabía qué otra cosa podía hacer. Se hallaba en el mismo estado que yo cuando me encontraste.
Alice me escudriñó de nuevo. Me estremecí, incómoda, y me sorprendió lo verdes que eran sus ojos. Como los de un gato.
—Los hombres vinieron a por ella. Mataron a su familia.
—Ya hablaremos luego —respondió Alice. Después se giró hacia mí, se limpió la mano izquierda en el vestido y, como ya hiciera Jenny, me la tendió—: Es un placer conocerte.
Página 106
De nuevo, no tuve claro si ofrecerle la mano izquierda, como había hecho ella, o la derecha, como tenía por costumbre. Vacilé brevemente antes de ofrecerle la siniestra. Nos la estrechamos.
—No le queda familia.
—No aceptamos desconocidos, pero puedes quedarte por esta noche, Caragh. Y eres libre de comer con nosotras. Puedes compartir cama con Jenny, si gustas. Pero mañana deberás proseguir tu camino. Jenny te llevará de vuelta al lugar donde os habéis conocido. Tú sola no lo encontrarías.
Agradecí el ofrecimiento de comida y cobijo. Lo único en lo que podía pensar era en tener algo en la tripa y un lugar donde reposar la cabeza. Alice me ofreció la cuchara y me ordenó que removiera el caldero. Se llevó la cesta a la cabaña grande y desapareció en su interior.
—Le caes bien —me dijo Jenny.
—¿De verdad? A mí me ha parecido justo lo contrario.
—Si no le cayeras bien, lo sabrías.
Nos situamos alrededor del caldero y fuimos turnándonos para remover. Mientras yo hacía esto, el aroma del caldo se intensificó, y ya solo podía pensar en comida. Creía poder comerme el caldero entero yo sola. Vi que Alice volvía a salir de la cabaña y se acercaba hasta Jenny. Asintió con la cabeza y ambas volvieron a entrar en casa de Alice y desaparecieron en su interior. Me daba cuenta de que mi presencia había provocado cierta tensión, de modo que traté de entablar conversación con Ivy. También llevaba un sencillo vestido, aunque el suyo de un color leonado y con muchas manchas. Sus pies descalzos también estaban cubiertos de barro, tenía las uñas mordidas hasta la carne y leves rasguños en el dorso de las manos, como si hubiera estado recogiendo moras.
—Supongo que no recibís muchas visitas —comenté.
—La verdad es que no.
—¿Llevas aquí tanto tiempo como Jenny?
—No tanto.
—¿Cuánto?
—Tienes que remover con más fuerza o se te pegará al fondo.
Hice lo que me pedía.
Página 107
—A finales del pasado invierno —respondió, una vez satisfecha con mi manera de remover.
—¿Cuándo estará listo? —pregunté, señalando el caldero con la cabeza.
—Aún tiene que espesar.
Le pregunté qué llevaba y fue enumerando los ingredientes:
—Lepistas, agrillas, rebozuelos, berros amargos, musgo de roble,
llanegas y aquilea.
Yo no tenía ni idea de lo que eran todas esas cosas, pero desprendía un olor intenso y sabroso, como la salsa de carne que solía preparar mi madre los domingos.
—Trae, deja que te enseñe.
Me quitó la cuchara y siguió removiendo mientras apoyaba todo su peso.
—Aviva el fuego —me ordenó.
Encontré un palo allí cerca con la punta quemada. Acerqué más los leños entre sí y aticé las ascuas. Se elevaron por el aire motas de fuego naranja. Nos quedamos en silencio durante un rato, después dijo:
—Siento lo de tu familia. ¿Cómo ocurrió?
Me puse a llorar contándole los detalles; después, nos quedamos calladas de nuevo. Me llegó otra vez el turno de remover con la cuchara y pregunté:
—¿Qué me dices de ti? ¿Te queda familia?
—No sé. Me da igual.
Trajo algunos leños de una pila que había allí al lado y los situó sobre las llamas, debajo del caldero. Empezó a contarme cómo había llegado a parar allí. Que la habían expulsado del pueblo.
—Fui a ver al camero y le rogué que me diera un poco de leche. Pero me la negó. Me enfadé porque sabía que tenían mucha y mi madre y yo no teníamos ninguna. Me dieron ganas de decirle algo, pero no lo hice, me limité a resoplar y me marché. Me enteré de que, poco después de aquello, al camero le entró un dolor en el tobillo. Pero entonces yo eso no lo sabía. Acudí al mozo de cuadra y le pedí un poco de mantequilla, pero me respondió que no tenía limosnas que darme. Me enteré de que, poco después de aquello, el mozo de cuadra padeció un agudo dolor en la baja espalda. No se le iba, de modo que acudió a un sabio que le dijo que lo habían embrujado. Aquella noche, en la taberna, se lo contó al camero, a
Página 108
quien aún le dolía el tobillo, y decidió que a él también lo habían embrujado.
—¿Y así fue como te expulsaron del pueblo?
—Dijeron que me vieron dar de beber a mi gato leche mezclada con mi propia sangre.
—¿Hiciste eso?
—¡Por supuesto que no! ¿Por qué iba a hacerlo? —Se rio amargamente—. Unos hombres se presentaron en mi casa y les dijeron a mi madre y a mi padre que pensaban que era una bruja. Dijeron que habían recibido órdenes de llevarse una teja de la parte del tejado bajo la que yo dormía. Uno de ellos trepó al tejado y arrancó la teja. Después, encendieron un fuego y la echaron dentro. Esta chisporroteó y zanjaron que eso debía de significar que yo estaba compinchada con el diablo.
Jamás había oído algo tan estúpido. Pensé que mi madre creía en algunas ideas idiotas, pero nada tan absurdo como aquello, aunque Ivy me explicó que no era ninguna broma. Los hombres iban muy en serio. Supo que, si se quedaba, moriría a manos de ellos. La observé mientras contaba su historia, contemplé sus ojos pequeños y marrones; sus palabras eran ciertas.
—¿Y qué hay de tu familia?
—Me da igual. —Dio una patada a un leño y saltaron las chispas rojas
—. Se pusieron de su parte.
Supuse que, al igual que yo, ella también había perdido a su familia,
solo que sus padres yacían en la tumba de su imaginación, no en un hoyo que ella misma hubiera cavado. La vi ocuparse del fuego, removiendo trozos de madera, avivando las llamas. Continué removiendo el caldero. Me seguía doliendo la muñeca por haber cavado tanto. Mi familia se había ido. Jamás volvería a ver a mamá cocinar tortas de avena, ni a papá afilar su cuchillo. Una vez más, la agonía de la pérdida me retorció las venas y los huesos, dejándome débil y temblorosa.
Se nos unió otra muchacha, de cuello corto y brazos pequeños, que caminaba arrastrando los pies de manera curiosa. Traía pan y patatas, y colocó la fuente sobre una mesa, antes de introducir las patatas en las cenizas.
—Están cocidas, solo hay que calentarlas. Lo ha dicho Alice. ¿Quién es esta? —Me señaló, mirándome con desconfianza.
—Es Caragh. Caragh, te presento a Heather.
Página 109
Esperamos a que Heather me tendiera la mano, mas no lo hizo.
—Va a pasar la noche con nosotras.
—¿Lo sabe ella?
Ivy dirigió a Heather una mirada como diciendo: «¿Por quién me tomas?».
—La ha traído Jenny. No ha comido.
—Yo ve —respondió la otra, mirándome ahora con menos suspicacia
—. Si Alice dice, de acuerdo.
—Estaba contándole a Caragh lo de mi familia —le explicó a Heather
antes de volverse de nuevo hacia mí—: Heather comparte mi cínica opinión sobre la familia.
Heather sería tal vez un año mayor que Ivy. Llevaba faldas grises y una blusa plisada y deshilachada por los puños. Su larguísima melena rubia parecía no haber visto un cepillo desde hacía meses.
—Ahora esta mi familia. Yo tiene dos familias. La que yo nace y la que yo elige —dijo Heather.
—La familia de Caragh murió —explicó Ivy.
—Yo siente. Yo habla fuera de lugar.
—Lo que le sucedió a Heather le dejó un sabor amargo. Muy amargo, ¿verdad, Heather?
—Mi padre y mi madre me echaron.
—¿Por qué harían tal cosa? —quise saber.
—Yo no quiere decir.
—No pasa nada. Suéltalo. Estamos aquí para ayudarte.
—Los chicos de la granja… —A Heather empezó a temblarle el labio inferior y se le llenaron los ojos de lágrimas.
Ivy le pasó un brazo por los hombros.
—Tranquila. No sirve de nada que te disgustes.
—Pagarán por lo que hicieron. Pasarán mucho tiempo en el infierno.
—Desde luego. Satanás tiene un sitio especial para ellos.
Pareció recuperarse con la misma rapidez con la que se había disgustado y me ofreció el mismo saludo con la mano izquierda. Después, se sentó junto a la lumbre y empezó a juguetear con sus mechones enredados. Me di cuenta de que la pobre muchacha era lo que mi padre denominaba un poco corta. Poco después se nos unió otra chica. Se trataba de Thorn. Al igual que las otras, me observó con desconfianza al principio, hasta que Ivy la tranquilizó.
Página 110
Thorn era mayor, tendría veintipocos años, de melena rizada y del color de las llamas. Llevaba un chal negro sobre los hombros. Cuando Ivy terminó su resumen, Thorn parecía más serena en mi compañía.
—Bueno, siempre y cuando Alice diga que no importa.
—No es que seamos de natural hostiles, Caragh —me explicó Ivy volviéndose hacia mí—. La experiencia es la que nos ha vuelto cautelosas.
—No somos malas, queremos estar seguras —agregó Heather.
—Lo comprendo —les aseguré.
No era de extrañar su conducta, habida cuenta de lo que habían vivido, de lo que todas habíamos vivido. Éramos como gatos desconocidos que, al principio, se rondan unos a otros y erizan el pelo hasta que se calman. Hablamos de esto y de lo otro, y vi que Thorn se relajaba aún más. Al final me contó por qué había huido de casa.
—Di a luz a una criatura con seis dedos. Se dijeron cosas. Mi madre dijo que Hag-seed[11] tenía seis dedos. Otra mujer dijo que mi criatura había sido cambiada al nacer. Mi bebé. Mi dulce niña.
—¿Qué fue de ella?
—No hablamos de eso, Caragh —respondió Ivy en su lugar.
—Perdón. No debería haber preguntado.
—No podías saberlo.
Thorn prosiguió con su relato:
—Vinieron unos hombres. Encontraron una figurita debajo de mi cama. Era para que jugara mi chiquilla. Dijeron que era cosa de hechicería. —Sacudió la cabeza, incapaz de continuar con su historia.
A medida que el cielo se oscurecía, fuimos echando más leños a la lumbre y acercándonos más a las llamas. Un murciélago revoloteaba entre los árboles. Después el inquietante chillido de un chotacabras. Mi padre me contó que les robaban la leche a las cabras. Al final, se había reunido todo el grupo: Ivy, Jenny, Holly, Thorn y Heather. Alice se acercó con cuencos y cucharas y sirvió la cena. Había bastante cantidad en el caldero y se mostró generosa con el cazo. Yo tenía más hambre que en toda mi vida, pero intenté no parecer demasiado ansiosa. Sumergí mi cuchara en el cuenco y me llevé el caldo a los labios. Estaba caliente y tuve que soplar primero antes de comérmelo. Vertí la densa salsa dentro de mi boca y saboreé la sal, las hierbas y los pedazos terrosos de setas. La sensación me resultó abrumadora. Mastiqué y tragué. Me invadió la intensidad de los sabores. Por un momento, todo lo que me rodeaba en aquel bosque
Página 111
desapareció; solo estábamos el cuenco de caldo y yo. Lo único que me importaba en el mundo era ese caldo. No presté ninguna atención a nadie y me lo comí sin levantar la mirada. Cuando al fin emergí de mi ensoñación y miré a las demás, me di cuenta de que se habían quedado todas mirándome. Debió de notárseme la sorpresa en el rostro, pues las seis mujeres prorrumpieron en carcajadas. A mí se me arrebolaron las mejillas. —Vaya, vaya, me alegra que te guste nuestra comida —comentó Alice
—. Hay más, por si quieres. —No esperó mi respuesta, me quitó el cuenco y me lo rellenó—. Me recuerda a ti, Jenny, la primera vez que te di de comer. Pero incluso tú te parabas para coger aire. —Me devolvió el cuenco, sacó una patata de las ascuas, la cortó por la mitad, la untó con mantequilla y la depositó en un plato. Después colocó el plato junto al lugar donde yo estaba sentada—. Es para ti, cuando termines.
Me apresuré a vaciar el segundo cuenco y me lancé sobre la patata. —Más despacio, Caragh. Cuando hace mucho tiempo que no comes,
se te encoge el estómago. Puede hacer que te sientas indispuesta.
Más despacio ahora, fui arrancando con la cuchara tiernos trozos calientes de patata con mantequilla. Cuando hube terminado, me limpié la boca con el dobladillo del vestido.
—Gracias —les dije a Alice y a las demás.
Nunca antes me había sentido tan agradecida por una comida. Las demás seguían comiendo cuando Alice se dirigió al grupo:
—Quiero que todas deis la bienvenida a Caragh a nuestro círculo. — Su voz sonó profunda y grave, agradable al oído.
Hablaba con un acento extraño que no lograba ubicar. No sabía si era del norte o del sur, o de otro distrito. No era común como el mío. Se mostraba cautelosa con las palabras, pronunciaba despacio y con claridad. Aunque las chicas ya me habían sido presentadas, se volvieron todas hacia mí. Prosiguió entonces Alice:
—Como nosotras, ella procede de un lugar peligroso y ahora está en un lugar seguro. Aquí, en estos bosques, más allá de las ciénagas, los hombres nos dejan en paz. Rechazamos su mundo. Rechazamos su violencia. Rechazamos su tiranía del mal. Vivimos de la tierra y veneramos el mundo que nos da de comer. Aquí es donde se abre la puerta. Estos bosques son nuestro hogar. Quien enseña con la teoría y no con la unción no es un verdadero ministro. Dios nos habla mediante las piedras y los árboles. Son los huesos de las cosas.
Página 112
Nos conminó a elogiar la comida de nuestros cuencos, pese a que el mío ya estuviese vacío.
Las demás chicas asintieron, como si aquella oración pagana fuese algo habitual. Yo no sabía qué pensar de Alice ni de las otras. Me pregunté qué pensaría mi madre: que eran las subordinadas del diablo. Le horrorizaría su atuendo, por no hablar de su forma de vida y, peor todavía, de su manera de hablar y de pensar. Pero mi madre ya no estaba allí, y, aunque quería respetar sus deseos, ahora debía encontrar mi propio camino en este mundo. Un mundo que había asesinado a mis padres. Un mundo que había intentado convertirme en meretriz. Un mundo que había rechazado mis súplicas de ayuda. El mundo que yo conocía estaba al revés y no me quedaba otro remedio que recuperar el equilibrio con la voz de mi madre dentro de mi cabeza diciéndome que aquellas mujeres iban en contra de Dios. Porque, aunque fueran en contra de Dios, estaban ofreciéndome algo que últimamente me costaba encontrar: amabilidad. Contemplé el campamento que me rodeaba, las viviendas improvisadas, la lumbre acogedora y a las chicas reunidas en torno al fuego. Parecían todas muy tranquilas y en paz consigo mismas. Se hallaban lejos de los hombres que juzgaban y castigaban, y de un mundo que infligía crueldad y sufrimiento.
Pensé en mi padre y en lo que él diría. Era un hombre a menudo parco en palabras, pero su forma de pensar era sencilla. Siempre decía: «Dale a la gente una oportunidad, sin importar lo diferentes que sean a ti. Un abrigo se compone de muchos hilos».
Miré a la chica llamada Holly. Envuelta en un fino chal, había sido la última en llegar a la reunión y la que menos había hablado. Bajaba mucho la cabeza, pero cuando alzó la vista me di cuenta de que era bizca. Quise saber su historia. Mientras las demás charlaban, me serví un poco más de guiso en el cuenco, utilizando esto como excusa para acercarme a ella.
—Lo siento si has pensado que me había quedado mirándote —le dije.
Ella se encogió de hombros.
—No era mi intención quedarme mirando. Mi madre siempre decía que era de mala educación.
Volvió a encogerse de hombros.
—Es que no… —Me di cuenta entonces de que no me salían las palabras, después de haber sido yo quien iniciara la conversación.
Página 113
—Estoy acostumbrada —respondió, se miró los pies y no estableció contacto visual conmigo.
—Me estaba preguntando cuál sería tu historia. Cómo llegaste a parar a estos bosques. He oído la historia de todas las demás.
Siguió mirándose los pies, pero yo insistí:
—Venga, yo te he contado mi historia. Me parece justo —le supliqué, repitiendo las palabras que me había dicho Jenny antes.
Me miró a los ojos por primera vez y yo le sonreí. Me devolvió la sonrisa. Fue una sonrisa fugaz que apenas le arrugó el rostro, pero una sonrisa al fin y al cabo.
—Seguro que tienes una sonrisa preciosa cuando no te importa arrugar el rostro —le dije, y según hablaba me di cuenta de que eran las palabras de mi madre.
Se rio.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—No mucho. Fue Ivy quien me trajo, a finales de verano.
—¿También eres fugitiva?
—Más o menos.
Me costó sonsacarle la historia, pero mi madre siempre decía que yo era como un perro con un hueso cuando se me metía algo entre ceja y ceja, de modo que perseveré. Y al final cedió. Me contó que había vivido bajo sospecha toda su vida debido a su aspecto.
—Algunos me llamaban la hija del Diablo, incluso desde el día en que nací. Me lo contó mi madre. Las demás niñas se metían conmigo, incluso mis hermanas. Solo Tom, mi hermano mayor, me defendía. Y murió a causa de unas fiebres cuando yo tenía trece años. Me insultaban, me escupían, me pegaban y apedreaban. —Se quedó mirándose los pies de nuevo. Pensé que había terminado de hablar, pero entonces retomó su relato—: Cuando tenía dieciséis años, conocí a un hombre. Era un juglar que viajaba por el país cantando canciones a cambio de dinero. Tocaba el laúd de maravilla, lo hacía sonar como el canto de un ruiseñor. El caso es que a mí siempre se me había dado bien afinar. Mi madre decía que no podía ser hija del diablo porque tenía la voz de un ángel. El hombre me oyó cantar un día cuando me hallaba junto al arroyo haciendo la colada. Me preguntó si quería sumarme a él esa noche. Me dijo que tenía una canción que podríamos cantar juntos. Estuvimos ensayando y, esa noche, cantamos y vino gente a vernos. Les llegamos justo aquí. —Se golpeó el
Página 114
pecho con el puño—. Cuando terminamos, aplaudieron a rabiar. Él pasó el sombrero y enseguida se llenó de monedas. Yo era el centro de todas las miradas, pero esta vez disfrutaba con la atención, porque era una atención buena. Volvimos a cantar juntos la noche siguiente, y la siguiente a esa. Ensayamos algunas canciones más. Una noche, tras beber juntos un poco de brandi, se inclinó y me besó. Y yo no intenté impedírselo.
Por un momento pareció distante, pero enseguida continuó:
—Me dijo que tenía que irse, trasladarse al siguiente pueblo. Me dijo que deseaba que me fuera con él. Al principio pensé que estaba bromeando, pero siguió diciéndolo. El caso es que yo nunca me había sentido bien recibida en aquel pueblo. Deseaba tener la oportunidad de empezar de nuevo. Así que al día siguiente preparé una bolsa con unas pocas cosas y, sin decirle una sola palabra a mi familia, me marché con él. Viajamos de pueblo en pueblo, de aldea en aldea, congregando multitudes allá donde íbamos. Aquello que, en mi pueblo natal, me señalara y me convirtiera en objeto de insultos y cosas peores, ahora, en los pueblos, jugaba a mi favor. A la gente le producía curiosidad mi aspecto, y querían escuchar mi canción. Jamás me había sentido tan feliz.
—¿Y cómo se llamaba el juglar?
—Se llamaba Carlow. —Se quedó mirando el fuego—. No era como los demás hombres.
—¿En qué sentido?
—No creía en el matrimonio, ni en las iglesias, ni en ninguna de las convenciones en las que yo había sido educada. Le encantaba el hecho de que yo fuera tan distinta de las demás muchachas.
—¿Y por qué no estás con él ahora?
—A finales de primavera, murió. Me desperté una mañana y allí estaba, tumbado a mi lado como de costumbre. Solo que no respiraba y tenía la piel fría. —Dejó de hablar de nuevo y se quedó contemplando fijamente las llamas.
Me dio la impresión de haberme inmiscuido demasiado en su vida. Su tragedia, a fin de cuentas, no era asunto mío.
—Lo siento —le dije al cabo—. No debería habértelo preguntado. —Sabía lo que diría la gente. Sabía que me culparían, porque él no
tenía ninguna señal en el cuerpo. Y pensé que tal vez llevaran razón, que tal vez estuviera maldita. Hasta mis propias hermanas lo pensaban. Él era joven, estaba sano. No había motivo para que enfermara y muriera.
Página 115
—¿Y qué hiciste?
—Sabía que me echarían la culpa. Dejé su cuerpo en la cama que habíamos compartido y me puse en marcha.
—¿Y te encontró Ivy?
—Semanas después. Yo era entonces una vagabunda. Me vio robando huevos de una granja y me dijo que a ella le habían negado limosnas y la habían acusado de hechicería. Me trajo aquí.
Esperé a que dijera algo más, pero guardó silencio.
Jenny se acercó hasta donde estábamos sentadas. Parecía nerviosa por algo.
—He estado hablando con Alice —dijo.
—¿Va todo bien?
—Alice tiene motivos de sobra para recelar de los desconocidos. Asentí. Compartía las suspicacias de Alice respecto de los demás,
pero, por alguna razón, aquellas chicas, aquel campamento, aquel lugar perdido en el bosque, los árboles, todo se parecía a uno de esos sueños míos tan extraños y que tanto irritaban a mi madre.
—Alice cree que deberías sumarte a nosotras esta noche, en nuestra ceremonia.
—¿Qué clase de ceremonia?
—Esas setas venenosas que estaba recogiendo antes. Alice prepara con ellas una poción especial. Dice que puedes tomar un poco.
—¿Tú tomarás?
—Sí.
—¿Y las demás?
—Sí.
—¿Duele?
—No. En absoluto. Todas la tomamos porque nos conecta. Alice sabrá de ese modo si puede confiar en ti.
Me intrigó a qué se referiría, también me asustó un poco la idea de tomarme una poción extraña.
—¿La toman todas?
Jenny asintió con la cabeza.
—Pero no nos acompañes si no quieres. A nadie le importará. Aunque Alice cree que eso ayudará.
Decidí que las observaría y vería cómo les afectaba a ellas.
Página 116
No mucho después de aquello, Alice desapareció de nuevo en el interior de su cabaña y regresó al cabo con una plancha para cocinar. La depositó sobre el fuego. Vi entonces que estaba llena de las setas venenosas que Jenny había recogido antes, solo que cortadas en láminas finas y colocadas en hileras, unas al lado de otras. El calor del fuego las hizo sudar y el jugo no tardó en empezar a gotear y acumularse en los surcos laterales de la plancha. Alice coló el líquido en una taza y, gracias al fulgor de las llamas, distinguí que el jugo era de un color rojo sangre. Retiró la plancha del fuego, dio un sorbo de la taza y luego se la pasó a Ivy. Esta dio un sorbo y se la pasó a Heather. Y así siguieron hasta que me llegó el turno.
—Caragh va abstenerse esta vez —anunció Jenny.
Pero, en su lugar, cogí la taza y bebí. Alice no dijo nada, se limitó a asentir sabiamente, después fue pasando las láminas deshidratadas, que ahora eran como galletas, y nos las fuimos comiendo. Alice empezó a tocar un tamboril y las demás se pusieron a cantar.
—Si queréis vomitar, podéis —dijo Alice transcurrido un rato.
Y yo no había sentido náuseas, pero, en cuanto lo sugirió, nos pusimos todas a gatas y vomitamos el veneno. Uno que yo ni siquiera era consciente de llevar dentro de mí.
—Esta es la forma original de la sagrada comunión —explicó Alice—.
Habéis bebido la sangre y comido la carne del espíritu del bosque.
Tamborileó una melodía que coincidía con el ritmo de mi corazón. Vomité. Sin embargo, al incorporarme, me sentía emocionada. Me sentía renovada. Estaba revitalizada. Mientras contemplaba el fuego, me embargó una sensación de intemporalidad. Me sentía como una vikinga que asiste a una pira funeraria. Tuve la impresión de que aquel fuego no solo contenía todos los fuegos a los que me había arrimado en mi vida, sino que en realidad contenía cualquier fuego al que cualquiera se hubiera arrimado en su vida. Me sobrevino la abrumadora certeza de que aquel fuego encendido era una de las cosas que habían permanecido imperturbables desde los albores de la humanidad. Reunidas en torno al fuego, comulgábamos con todo aquel que hubiera habitado alguna vez la Tierra. Me invadió una potente sensación de temeridad. Me notaba como una estatua, sólida e inamovible. O como un árbol que hunde sus raíces profundas en la tierra. Al pensar aquello, de pronto medía quince metros de altura. Era tan alta como el más alto de los árboles. Veía con claridad,
Página 117
como si fuese de día. Después pasé a medir quince centímetros. No más que un gorrión. Vi las cosas más pequeñas del mundo. Las vainas de las hayas eran como alforjas. Las bellotas eran del tamaño de un barril de cerveza. Luego volví a mi tamaño habitual. Y pensé: «Aquí estoy». Al observar la taza, la vi como el barro y la arcilla de los que estaba hecha. A continuación, alcancé a ver el fabricante de la taza. Me hallaba en el umbral de una verdad inmensa. Alice nos pasó más jugo y bebimos una vez más de la taza.
Dejó de tocar el tamboril y se volvió hacia mí:
—Lo que tengo que decirte, Caragh, es lo que todas aquí ya saben. Todo lo que te han contado hasta ahora es mentira. Has de saberlo. No existe el pecado original. —Las chicas asintieron decididas—. La serpiente no llevó el veneno. La serpiente llevó la verdad. El jardín era una cárcel. Eva abrió los ojos. Nada de lo que hagas, si es verdad, será un pecado. El único pecado es negar tu verdadera identidad. María Magdalena no era una ramera. —De nuevo, las chicas asintieron al mismo tiempo—. Era una sacerdotisa. Ungió la cabeza de Jesús con aceite de nardo. Eso es un símbolo del sagrado matrimonio. Una ceremonia oficiada por una sacerdotisa del templo. Jesús se refirió a ella como la «mujer que lo sabe todo». Era la novia de Cristo y engendró a su hijo…
Mientras escuchaba a Alice, me quedé embelesada, primero por su voz, después por sus palabras. Su voz parecía emanar de los árboles y de la tierra. Hablaba despacio y con cautela. Sus palabras tenían color y forma. Las veía salir de su cuerpo y bailar sobre las llamas del fuego como polillas.
—¿Qué es lo que sabes, Caragh? —me preguntó Alice volviéndose hacia mí—. ¿Qué puedes contarnos?
¿Qué podía contarles? Pero entonces las palabras hablaron solas.
—Sé de árboles —respondí.
—¿De árboles?
—Lo que me enseñó mi padre.
—¿Y qué te enseñó?
—Sé que el avellano es un árbol mágico cuyos frutos son las nueces de la sabiduría. Sé que el aliso sangra cuando lo cortan porque con esa madera se fabricó la cruz en la que crucificaron a Jesús. Sé que el olmo tiene la mejor madera para hacer una tabla de cortar. Y que con la madera de pícea se hacen violines que cantan como los ángeles.
Página 118
—Los árboles son pulmones —dijo Alice asintiendo sabiamente. Empecé a reírme. Algo estaba liberándose dentro de mí. Todo el miedo
y el dolor que llevaba en mi interior se elevó y se evaporó. Alice se rio también. Su risa sonó cálida y suave. Me envolvió. Miré a mi alrededor. Estábamos riéndonos todas. Éramos una sola persona, riéndonos juntas. Éramos los helechos, éramos los pájaros, éramos los árboles. Riéndonos de pura alegría, de placer absoluto, con la certeza de que éramos libres.
Página 119
Ojos negros como el cañón de una pistola
Finalmente los hombres de Lane regresaron a casa de los O’Fealin después de que hubiera llegado el médico y encontraron solo cenizas, escombros y madera calcinada. Ahora iban siguiendo el rastro de la muchacha, atravesando a caballo el bosque de Hanging Fall, desmontando cuando los árboles se volvían más frondosos y guiando a sus bestias con las riendas. Castigarían a la chica por quemar la propiedad del señor Lane.
Los hombres eran Neb, Meth y Gibbs. Neb y Meth eran gemelos, como dos gotas de agua, y, aunque Lemuel no era capaz de distinguirlos y con frecuencia llamaba a Neb Meth y a Meth Neb, confiaba en ellos. La primera vez que se cruzó con ellos, trabajaban para el lord y la dama a quienes había ejecutado y de cuya mansión se había apropiado; había pensado entonces que tendría que matar también a los gemelos, hasta que descubrió que defendían secretamente la República. Los gemelos lo habían convencido. Gibbs era más despiadado. Pero se necesitaban hombres así. Era fácil reconocerlo entre la multitud, pues presentaba varios rasgos distintivos: le habían recortado las orejas y llevaba dos letras marcadas a fuego en las mejillas; una S y una L. El efecto combinado que producían estos dos rasgos solía ser el de perturbar al observador.
Llegaron al primer pueblo en el que Caragh había descansado. —¿Qué te hace estar tan seguro de que pasó por aquí? —preguntó uno
de los gemelos.
—Es lo razonable —respondió el otro—. Si salió del bosque en esta dirección, habría tenido que dirigirse hacia este pueblo. Es la población más cercana. Iría buscando comida y cobijo. Quizá incluso trabajo.
—Propongo que preguntemos por ahí —sugirió Neb—. Para comprobar si alguien la ha visto.
Página 120
Llegaron a las calles del mercado y preguntaron a los mercaderes de los puestos ambulantes. Entraron en la calcetería, en la carnicería, en la cordelería, en la herrería y en la zapatería. Pero nada. Encontraron una taberna y dejaron descansar allí a sus caballos.
—Estoy seco —comentó Gibbs. Para él, beber era una vocación. Convinieron que deberían beber algo de cerveza para recuperar las
fuerzas.
—Vamos a pedir algo de comer. Mi tripa cree que me han degollado. El mozo de cuadra los ayudó a atar los caballos, pero los miró
nervioso. Los gemelos eran rechonchos, mas no fue su imponente altura o anchura de hombros lo que desconcertó al mozo. Tampoco sus prominentes frentes ni sus bocas crueles. Fueron sus ojos, tan negros como el cañón de una pistola. Gibbs le inquietó por un motivo bien distinto. Además de llevar las orejas recortadas y las mejillas marcadas, era enjuto y tenía unos brazos demasiado largos para su cuerpo, y sus ojos recordaban a los de una serpiente.
Una vez dentro, pidieron una cerveza cada uno, un pastel de cordero y tripas de buey. Gibbs se terminó la comida y la bebida deprisa, se lamió la salsa de los nudillos y, viendo que los hermanos seguían aún con mucha comida en el plato, anunció que iba a seguir buscando y que regresaría en breve. Los hermanos asintieron y devolvieron la atención a sus platos y jarras.
Tras haber finalizado, echaron un vistazo en torno a sí. Vieron a los hombres habituales, granjeros en su mayoría. El trabajo en aquella época del año escaseaba en el campo y los días eran cortos. Había toneleros y herreros, braceros y carpinteros, aserradores y molineros. Si andabas buscando un faenero cualificado que te hiciera un trabajo, siempre encontrarías a uno en una taberna por las tardes.
Gibbs regresó una hora más tarde sin ninguna novedad. Los hermanos se preguntaron si, en realidad, no habría encontrado otra taberna donde beber, pero no le dijeron nada. Pidieron más bebida y decidieron pasar allí la noche. Preguntaron y les indicaron que disponían de habitaciones libres.
Al día siguiente, anduvieron preguntando por el pueblo. Nadie parecía capaz de darles información alguna, hasta que interrogaron a un comerciante que creía haber visto a un hombre acompañando a una chica que respondía a esa descripción. Descubrieron que el hombre trabajaba
Página 121
para la dueña del burdel. Aquel día estaba fuera, pero regresaría por la noche.
Gibbs los persuadió para tomar un bocado mientras esperaban. Cuando llegó la tarde, Gibbs regresó al burdel, dejando a los hermanos en la taberna. Transcurrido un rato, volvió con un caballero vestido elegantemente con un anticuado jubón, unas calzas y un cuello ornamental almidonado.
—Es posible que este hombre pueda ayudarnos.
—Buenas tardes, caballero. A cambio de un penique, puede que me acuerde.
—Primero, dígamelo. Si me gusta lo que dice, le daré el penique — respondió Neb.
El caballero miró a los gemelos con desconfianza:
—Su amigo me estaba diciendo que andan buscando a una chica de unos trece o catorce años. De pelo oscuro y rizado. Ojos oscuros. Alguien sin familia que podría estar buscando trabajo. Que podría incluso estar algo desesperada.
—Esa misma. ¿La ha visto? Se llama Caragh, pero responde al nombre de Kate.
—Sí, de hecho, la he visto.
—¿Y bien?
—Como ya le he dicho, la memoria es una cosa curiosa. Un penique podría ayudarme a recordar. Y una moneda de cuatro peniques sería como romero para la memoria.
Net cogió al hombre por el cuello y apretó.
—Resulta que ya empiezo a recordar.
—¿Qué es lo que sabe? —preguntó Neb, aflojando un poco la presión de la mano.
—Como pensaba usted, iba buscando trabajo, de modo que le ofrecí uno. Un buen trabajo, además. No solo limpiar y frotar. Lo único que tenía que hacer era tumbarse bocarriba y contar las vigas de madera. —Se rio sonoramente de su propio chiste.
—¿Y qué ocurrió?
—Parece ser que no le gustó esa clase de trabajo. Lesionó a uno de nuestros clientes más fieles. No creo que vuelva a ser el mismo. Es como si estuviera ebrio. Arrastra las palabras y va dando tumbos. Hay personas
Página 122
que no son nada agradecidas. La muchacha huyó. Traté de alcanzarla, pero corría como un zorro.
—¿Por dónde se fue?
—Hacia el este, en dirección al arroyo de las Truchas. Si vienen conmigo, puedo indicarles la dirección correcta.
Los hombres lo siguieron hacia el exterior. Señaló entonces más allá del zapatero y del carnicero, en la dirección por donde había huido Caragh. Les estrechó la mano y les deseó buen viaje.
No era una pista muy valiosa. Tal vez debieran pasar otra noche más en la posada, sugirió Gibbs. No estaba de humor para andar buscando una aguja en un pajar. Detrás de la barra había visto una botella de brandi que llevaba su nombre. Los hermanos sacudieron la cabeza.
—Ya habrá tiempo de sobra para comer y beber cuando hayamos encontrado nuestra aguja.
Página 123
Los restos de una marta
La loba estaba excavando en busca de lombrices y el suelo estaba frío y duro. Tenía las patas débiles. Utilizaba las garras delanteras para raspar la capa congelada que cubría el mantillo. La tierra oscura lucía blanca por la escarcha. Conforme cavaba, la tierra fue ablandándose, volviéndose húmeda y arcillosa, después volvió a endurecerse. Una pequeña lombriz retorcía la cola, tratando de volver a enterrarse en un lugar seguro. La loba utilizó el hocico a modo de garra para remover los gránulos de tierra y arena. Al hacerlo, mordió la carne rosada, cogió el cuerpo gordo y musculoso de la lombriz con los dientes delanteros, lo justo para conseguir sacarla de su agujero. Esta se estiró, volviéndose más fina, antes de terminar de salir del agujero y colarse en la boca de la loba, que empleó los dientes traseros para masticarla antes de tragársela. Sabía a tierra y a lluvia.
No tenía nada más en el estómago. Justo debajo, su vientre iba creciendo con la vida que albergaba. Los días se habían tornado fríos. Las noches, más frías aún. La comida escaseaba. Captó con el olfato el escondite de un cuervo, pero ya había sido saqueado por las ratas. Cavó junto a la raíz de un árbol y halló un montoncito de nueces y bellotas. La despensa de una ardilla. Masticó lo que pudo y se lo tragó.
Fue entonces cuando, en la escarcha, vio una cadena cubierta de grasa. Un aro y un pesado cierre. En la mandíbulas del cepo, los restos de una marta. Alguien se había comido la carne, probablemente un zorro, pero quedaban algunos restos secos aferrados a los huesos. Los mordisqueó hasta soltarlos, después mordió los huesos y los hizo pedazos. Succionó el cráneo, aplastándolo entre sus enormes molares traseros. Escupió los dientes de la marta. La trampa estaba diseñada para lobos. La marta no
Página 124
había sido la presa deseada. Pero, gracias a que lo había sido, ella viviría un día más. Habían intercambiado una vida por otra.
Página 125
Tan oscuro como las manos de un curtidor
El cortejo fúnebre era pequeño, tan solo su esposa, sus dos hijas, su criado y dos de sus hombres: Gad y Ezekiel. Y, por supuesto, el coadjutor del pueblo. Habían hecho todo lo posible por salvar a Thomas, el único hijo varón de Lemuel. Habían logrado frenar la hemorragia, aunque, para cuando llegó el doctor Stoker, Lemuel se dio cuenta de que a su hijo se le escapaba la vida con rapidez. Stoker había intentado reanimarlo. Al principio se había espabilado, había abierto los ojos y bebido una taza de vino blanco[12]. Después su estado había empeorado. Stoker había utilizado todas las medicinas y tratamientos que había, pero fue en vano. Thomas había muerto en brazos de Lemuel. Este había sostenido su cuerpo conforme languidecía. Había contenido las lágrimas para que sus hijas y su esposa no vieran su debilidad, y ahora se hallaba de pie frente al hoyo donde estaban bajando el ataúd. Tuvo que hacer un gran esfuerzo por mantener la compostura y no perder los nervios. Los caminos del Señor eran, en efecto, misteriosos. Y, por mucho que lo intentara, nunca lograría entender el plan de Dios. Trataba de aferrarse a la idea de que Él veía todo en su conjunto y que algún día volverían a reencontrarse en el cielo, pero era incapaz de entenderlo. Ni tenía fuerzas para bregar con ello.
También se preguntaba si habría alejado a su hijo de sí. Si no hubiera sido tan estricto con él, tal vez Thomas lo habría acompañado en lugar de irse a pescar truchas. Dios había establecido alianza con Abraham y le había arrebatado a su hijo. ¿Pretendería así poner a prueba su fe?
Recordó a su chico aquella mañana. Había estado observándolo mientras dormía, tan tranquilo e inocente, su carne lisa e inmaculada, carne de su carne, sangre de su sangre. Lo había observado dormir antes de despertarlo con ternura. Ahora veía cómo el féretro descendía hacia la tierra. Contempló la tapa de madera. Apretó los músculos que rodeaban
Página 126
sus ojos para contener el torrente de lágrimas que se acumulaban para demostrar su fragilidad. Tragó saliva para aliviar el nudo de la garganta y se mordió el puño apretado. Su hijo jamás volvería a despertarse.
Le había dicho al coadjutor que quería decir unas palabras; en cambio, ahora, de pie frente al hoyo, con su esposa llorando junto a él y sus dos hijas allí al lado, sumidas en la desgracia, no le salía la voz y le hizo un gesto al coadjutor para que tuviera él la última palabra. Un hombre que apenas conocía a su hijo.
Una cosa sí sabía, y era que, si había por ahí un lobo y ese era el culpable, se aseguraría de cazarlo y hacer justicia. Pensaba que todos los lobos se habían extinguido; todos lo pensaban. Pero los bosques y barrancos constituían buenos escondites. Pondría un precio a la cabeza de ese lobo que atraería hasta su puerta a los mejores cazarrecompensas de la región. Rastrearían cada ciénaga y bosque. Cada páramo y lodazal. Cada barranco y cada valle. Haría que colgaran a ese lobo. Se haría un sombrero con su cabeza y una capa con su pelaje. Convertiría sus dientes en un collar.
En el comedor principal, descorchó una botella de brandi y sirvió copas para todos. Jacob sacó su violín y tocó una melodía melancólica. Lemuel estaba sentado solo, alejado del resto, viéndolos hablar, beber y reír. ¿Qué motivos tenían para reír? Su hijo había muerto. Su chaval. No deberían estar allí sentados, deberían estar fuera, buscando al lobo.
Había oído hablar de cacerías de lobos en Escocia y en Gales. También allá en Irlanda. En otras partes de Europa, la cacería de lobos formaba parte integral de la vida rural. Había oído hablar de pozos para lobos escondidos entre el follaje, también de trampas que se colocaban en los bosques. Hombres que seguían el rastro del lobo durante varios kilómetros. ¿Por qué esperar el permiso de quienes estaban por encima de él? ¿Quién era aquella gente, ahora que el rey había perdido la cabeza? Y al lord de aquellas tierras él mismo le había dado muerte. ¿Debía acudir a Cromwell y arrodillarse ante él? ¿Por qué buscar la bendición de un consejo bastardo? No necesitaba consentimiento para cazar al enemigo acérrimo del hombre. ¿Pedían los hombres acaso permiso para matar a una rata o a un grajo? Arrancaría el cráneo del asesino de su hijo. Lo limpiaría
Página 127
y blanquearía, lo colgaría en su pared, junto a los cráneos de jabalí y de oso que ostentaba en su salón.
Cuando los invitados se hubieron marchado y su esposa e hijas se hubieron retirado a dormir, se volvió hacia Jacob, que estaba recogiendo los restos del banquete funerario:
—Mañana quiero convocar una reunión a primera hora. Voy a poner precio a la cabeza de ese lobo.
—Ruego me perdone el señor, pero ¿le parece sensato al señor actuar con tal precipitación? ¿No debería hablar primero con…?
—¡No tengo que hablar con nadie! Está todo hecho un lío, y creo que los lobos pueden desplazarse varios kilómetros seguidos.
—Sí, yo también he oído lo mismo, señor.
—Pues no deberíamos retrasarnos.
—Se comenta, señor, que diciembre y enero son los meses de los lobos.
—¿Y por qué se comenta eso?
—Porque, señor, cuando los lobos vagaban libremente por estas tierras, la gente siempre corría más peligro de ser devorada en esa época del año. A causa del frío extremo y de la nieve, esas hambrientas bestias no logran encontrar criaturas suficientes para alimentarse.
—Ese animal ha encontrado la horma de su zapato, Jacob. Antes de que termine noviembre, tendré su cráneo en esa pared. Antes de que lleguen los meses de los lobos.
Anduvieron organizando todos los preparativos. Lemuel se terminó la copa y dejó a Jacob limpiando. Fue a las cocinas, cogió otra botella de brandi y la descorchó. Salió al patio. Unas nubes negras tapaban la luna y casi todas las estrellas, y sus ojos tardaron unos instantes en acostumbrarse a la oscuridad. La noche era fría, pero la botella le había anestesiado los sentidos. Atravesó el patio, cruzó los jardines y entró en el huerto de árboles frutales. Se sentó en un banco y dio un trago al brandi. Estaba cansado, pero sabía que el sueño no le visitaría hasta haber llegado al fondo de la botella. Se preguntó si Elizabeth estaría dormida o si se quedaría esperándolo levantada, como a menudo hacía. A sus pies, sobre la hierba, había manzanas. Algunas estaban agujeradas y medio comidas por bichos y pájaros. Otras, en cambio, perfectamente lisas y redondas. Un aroma rancio y dulzón a fruta podrida. Alzó la mirada, tratando de localizar la estrella polar. O cualquier estrella. Una nube se disipó y él
Página 128
alcanzó a ver la cola de la Osa Mayor. En verano, había estado sentado con Thomas señalando las constelaciones. Hacía entonces una agradable noche despejada, con estrellas que brillaban como joyas tachonadas en la cortina azul marino del cielo. Entonces la habían visto, una estrella fugaz que viajaba del oeste hacia el este, rasgando la piel de la noche antes de consumirse. Tenía un brillo blanco y dorado, rojo, verde y azul. Habían contemplado su trayectoria, ambos callados. Compartiendo en silencio aquel momento. Lemuel había señalado otras constelaciones: el Pastor, el León, la Serpiente. Igual que hiciera con él su padre cuando tenía la misma edad que Thomas. Bebió un poco más de la botella. El licor le quemaba en la garganta. Nunca antes había visto tantas manzanas caídas en el suelo. Pronto habría que recolectarlas. Era Thomas quien salía en otoño, cesta de mimbre en mano, a recoger la fruta. Pero este año no. Ni ningún otro. La idea fue como una puñalada. Le atravesó el corazón. Se puso en pie y salió del huerto dando tumbos.
Llegó hasta el extremo norte de la finca. Hasta el alto muro y la puerta de madera. Retiró los cerrojos y deambuló por el primer campo, recorrió el prado hasta llegar a orillas del arroyo Mickle. Alcanzaba a distinguir la oscilación de los juncos. Se sentó en la hierba húmeda y engulló el brandi. Su garganta estaba anestesiada ya y la botella casi vacía.
Algo se movió a su izquierda. No lo vio con claridad. En el agua. Una criatura que emergía de la oscuridad y trepaba por la orilla cercana. ¿Un zorro? ¿Un perro? Agachó las patas traseras, estiró el cuerpo entero, después se incorporó y sacudió su pelaje. Miró a Lemuel. Sus ojos se cruzaron. Lo reconoció como lo que era. Ni un perro ni un zorro. Era una bestia demasiado grande. Era un lobo. Su lobo. Y estaba allí.
Permanecieron ambos un instante mirándose. En ese momento gélido, Lemuel alcanzó a ver el alma de la bestia, tan fría y antigua como el tiempo. Se levantó de un brinco. El lobo corrió hacia los árboles. Lemuel lanzó la botella de brandi contra su figura a medida que se desvanecía. Aterrizó a poca distancia de su objetivo, sobre las aguas negras. Entró de un salto en el arroyo, hasta las rodillas, después hasta la cintura. El agua helada le robó la respiración. Alcanzó el otro lado y subió con dificultad por la orilla. Corrió tras el animal. Mientras lo hacía, resbaló y cayó al barro. Debía de estar más borracho de lo que pensaba y le costó volver a levantarse, peleándose con la ribera embarrada del arroyo, tratando de aferrarse a los juncos y a las raíces de un aliso. Finalmente se asió a una
Página 129
rama, después a otra, hasta conseguir salir. Corrió hacia la linde de árboles por donde había huido el animal. Miró a su alrededor. No veía nada. El manto de nubes se había vuelto más denso en el cielo, velando aún más la noche. El lobo se había esfumado. No había ni rastro de él.
Cuando se despertó al día siguiente con dolor de cabeza, la lengua pegada al paladar y la garganta seca, lo primero que pensó fue: el lobo. Se había encontrado con su enemigo. Se hallaba en casa, en la cama. Sin saber cómo, había logrado regresar. Seguía vestido, mojado y cubierto de barro. Su mujer dormía junto a él, salvo que ella yacía bajo las sábanas. Se levantó, con cuidado de no despertarla, y se quitó la camisa y los pantalones. Se lavó en la otra habitación y encontró ropa seca. Elizabeth entró cuando estaba abrochándose los botones.
—Anoche anduve buscándote —le dijo—. Me quedé preocupada.
—Lo siento. Necesitaba tiempo para estar solo. Lo vi, mi amor.
Anoche, junto al arroyo.
—¿Qué viste?
—Al asesino de nuestro hijo. Al lobo. Estaba saliendo del agua. Me vio. Me miró a los ojos. Era como una bestia del averno. Corrí tras él, pero huyó.
—¿Por qué no me despertaste?
—Era demasiado tarde. No podíamos hacer nada, pero no llegará muy lejos. He convocado una reunión. Ya lo verás, mi amor. Atraparemos a nuestro asesino, te lo prometo. —Le dio un beso en la frente.
Ella lo rodeó con los brazos y se quedaron así de pie, aferrados el uno al otro, sin desear ninguno ser el primero en romper el contacto.
Pocas horas más tarde, los hombres se dieron cita en la reunión que él había convocado. Sus hombres y también algunos agentes del pueblo. Lemuel daría la impresión de estar siguiendo los procedimientos oficiales. Al menos algunos de ellos. El sacristán, el pregonero, el oficial; las pocas figuras oficiales que quedaban. Pues el año que habían tenido, con la muerte del rey y la disolución de lo que quedaba del Estado, había dejado al mundo del revés y sin gobierno. Gad y Ezekiel también acudieron, igual que los hombres a quienes había enviado a buscar a Caragh, después de
Página 130
tener noticia de que la muchacha había reducido a cenizas su propia casa. La casa que realmente le pertenecía a él. Ahora, las escrituras que guardaba en su caja fuerte carecían de valor. Lo único que quedaba de su propiedad eran unas ascuas humeantes. Se dirigió a Neb:
—¿Cómo que la habéis perdido?
—Sabemos qué dirección ha tomado, señor, pero tuvimos que regresar.
—Soy yo quien ordena cuándo cancelar la búsqueda.
—Le ruego al señor que me disculpe. Podemos volver a partir hoy mismo, señor. Hace mejor tiempo y no tardaremos en darle alcance montados a caballo; mis hombres conocen bien la zona. Si la muchacha va hacia donde se dirigía antes, es posible que haya llegado hasta las ciénagas. De ser así, no llegará viva al otro lado.
—El barrizal se la tragará, o algo peor.
—Podríamos contratar a un guía para que nos indique el camino. —Escuchad, ya no importa. Mis prioridades han cambiado. —Lemuel
llamó a todos los hombres a la mesa—: Por favor, caballeros, tomen asiento. —Les concedió tiempo para acomodarse—. Como ya saben, ayer enterré a mi hijo. Ningún hombre debería tener que enterrar a su propio hijo. Va contra natura. Un hijo debería sobrevivir a su padre y llevar su nombre. Pero esa no es…
De pronto se atragantó. Se detuvo para dar un sorbo al buen vino de Burdeos que había dispuesto para la reunión. No quería que aquellos hombres le vieran disgustarse, de modo que tragó saliva para aliviar el nudo que sentía en la garganta.
—Pensábamos que no quedaban lobos. Por desgracia, parece que cometimos un error. Pues fue un lobo el que asesinó a mi hijo.
—Discúlpeme el señor —intervino el oficial—, pero ¿cómo puede estar tan seguro?
—Estos dos hombres lo han visto. —Señaló primero a Ezekiel, después a Gad—. También yo lo he visto con mis propios ojos. Por eso estoy tan seguro. —Le contó su encuentro nocturno—. Y estoy decidido a atrapar a ese lobo y hacerle pagar, ojo por ojo, diente por diente, vida por vida. Y voy a poner un precio de cien libras por su cabeza. —Lemuel hizo una pausa para permitirles asimilar la importancia de su oferta.
—¿Cien libras? ¿Por un lobo? —preguntó el dueño de El Urogallo—. ¿Seguro que lo ha pensado bien, señor?
Página 131
—Mi hijo. Mi chaval. ¿Qué precio se le pone al hijo de un hombre? — Se quedó mirando al tabernero con tal determinación que este no pudo por menos que agachar la mirada y murmurar una disculpa.
—Cien libras para aquel que consiga traerme al lobo intacto. Quiero el cuerpo entero; el cráneo sin dañar. Le tengo reservado un sitio de honor en mi pared, entre el jabalí y el oso.
—¿Y qué hay de los perdigones? —preguntó Gibbs—. ¿Cómo podemos estar seguros de que no le acribillarán el cráneo?
—Eso es asunto vuestro. Pero no quiero ni una sola marca en esa cabeza. Quiero que el mensaje sea claro, que se reconozca la gravedad del asunto, y deseo atraer a los mejores cazarrecompensas de la zona.
—Pero, señor, atraerá a forasteros de más allá de la frontera. Habrá bandas por todas partes. Será una carnicería —se quejó el sacristán.
El oficial le dio la razón con gesto afirmativo:
—Tendremos que hablar con el regidor y con el alguacil.
—Sí, hablad con el regidor si queréis. Y con el alguacil. Por mí como si habláis con el mismísimo Ironside[13], siempre y cuando yo tenga el cadáver del lobo.
Se plantearon más preguntas, pero Lemuel las zanjó con un gesto del brazo. Se apartó de la mesa y se quedó en pie junto a la ventana contemplando su finca. Miró las copas de los árboles y, más allá, los campos donde hasta hacía pocas semanas habían cultivado los cereales. Había recorrido esos campos con Thomas, explicándole cómo funcionaba la cosecha. Cuándo arar, cuándo sembrar, cuándo segar. Vio que una de sus gatas se escabullía cruzando el seto hasta donde había unos pinzones revoloteando. Era astuta esa gata. Le llevaba un regalo cada mañana: una musaraña un día, una curruca el día anterior. Interesante animal.
—Señor… Amo… —Era Ezekiel.
—¿Qué sucede?
—Gad y yo deseamos enseñarle dónde lo vimos.
Gad le lanzó una mirada a Ezekiel. Había levantado demasiado la voz. Los demás hombres estaban escuchando lo que decía. Deberían haberse guardado esa información, pues tal vez eso les concediera algo de ventaja.
—Estos dos hombres y yo empezaremos con la búsqueda de inmediato —anunció Lemuel—. El resto, quiero que hagáis correr la voz. Tú — señaló al pregonero—, quiero que redactes carteles. Colócalos en las zonas concurridas. Frente a la iglesia, en la calle principal, junto a las dos
Página 132
cervecerías. —Se volvió después a su sirviente—: Jacob, dile al mozo de cuadra que ensille tres caballos.
—¿Cuáles, señor?
—¿Cuáles? ¡Los más rápidos! ¡Venga, vete a que los preparen!
¡Espabila!
Su sirviente salió apresurado de la habitación.
A Gad y a Ezekiel les dijo:
—Venid conmigo, los dos.
Los condujo hasta el armario del almacén donde guardaba su mosquete alemán de llave de mecha. Metió algunas balas en una bolsa junto con cierta cantidad de pólvora.
—¿Señor?
—¿Y ahora qué sucede?
—Disculpe, señor, pero pensaba que quería tener el cráneo intacto — dijo Ezekiel casi en un susurro.
Lemuel dejó lo que estaba haciendo. No pensaba con claridad. Volvió a dejar la bolsa y el mosquete.
—Es verdad. Ni una marca. —En su lugar, alcanzó su ballesta y una bolsa de flechas.
Los tres se pusieron sus respectivas capas y salieron a esperar a los caballos. Jacob atravesó el patio con los animales ensillados. Cada uno de ellos se hizo cargo de uno y después montaron.
—Primero vayamos donde encontrasteis a mi hijo —ordenó Lemuel. ¿Acaso no volvía siempre el criminal a la escena del crimen?
Salieron a caballo de la finca de Lemuel y pusieron rumbo al este, atravesaron Lowe Lane y recorrieron un sendero de cascos de cerámica hasta detenerse en Lowe Dene, donde ataron sus caballos en el lugar donde los helechos bermejos y las zarzas de color bronce impedían el paso a los equinos. Se abrieron paso entre la maleza y siguieron el curso irregular del arroyo hasta emerger al claro donde sus hombres habían encontrado a su hijo. Ezekiel y Gad le mostraron a Lemuel el sitio exacto, buscaron huellas recientes, pero no había rastro del lobo. Cabalgaron hacia el norte siguiendo el curso del río, cruzaron el puente, después bordearon el arroyo Mickle, donde Lemuel se había encontrado cara a cara con su enemigo la noche anterior.
—Fue aquí —anunció—. Ahí se aprecia el lugar donde tuve problemas con la orilla embarrada.
Página 133
El margen seguía removido con huellas de botas y puños. La botella de brandi subía y bajaba en el agua, atrapada por una haya caída. Lemuel bajó del caballo y se agachó:
—¡Mirad! ¡Huellas de lobo!
Anduvieron un trecho siguiendo las huellas, bajo unos imponentes peñascos y a través de una senda de frágiles abedules, con la corteza como pergamino. Retoños de fresno. Treparon por encima de un roble cortado, a partir del cual el camino se volvía más irregular y pedregoso, hasta perder el rastro de las huellas.
—¿Y ahora qué? —preguntó Lemuel—. ¡El muy cabrón debe de estar en alguna parte!
Ezekiel lo guio hasta el lugar donde habían visto al lobo.
—Fue aquí, junto a este promontorio. —Señaló una piedra enorme en forma de diente que sobresalía del campo junto a un seto de endrinos.
—Junto a esa arboleda —agregó Gad, indicando la aglomeración de árboles de Dale Edge.
Lemuel miró en torno a sí. Se trataba de un lugar bien expuesto. Salvo por la boscosa arboleda, eran todo campos y prados. ¿Qué haría un lobo vagando por esos lares a no ser que estuviera desesperado? Juntos cabalgaron hasta la arboleda y ataron los caballos a un árbol. Exploraron la zona. Había una agrupación de árboles que crecían en torno a un empinado barranco. Estaba claro que el granjero solo les había permitido crecer porque el terreno era demasiado inclinado para su arado. Examinaron la maleza y alertaron a un faisán, que emitió un ruido de advertencia antes de salir volando hasta posarse en las ramas de un olmo de montaña. Buscaron huellas de lobo. Nada. En mitad de la arboleda había un claro y restos de una fogata. Habían colocado algunas piedras formando un círculo y, en el centro, se apreciaban trozos de carbón.
—Niños, probablemente.
—O cazadores furtivos.
—¿Qué van a cazar por aquí, salvo un faisán o dos?
—Señor, conozco a muchos hombres que se darían por satisfechos con un par de faisanes. Sería una buena cena.
—Este es el terreno de Eddie. A lo mejor podríamos preguntarle si lo ha visto. —Lemuel ordenó a sus hombres subir hasta la granja de Eddie y preguntarle.
Página 134
Estaba claro que ya no había rastro del lobo, de modo que sería mejor separarse. Él seguiría investigando.
—Toma, llévate esto. —Le entregó a Ezekiel su ballesta—. No la pierdas. Yo volveré a por otra y seguiré buscando por allí. —Señaló en dirección contraria a la granja de Eddie.
No le caía bien Eddie y preferiría no tener que tratar con él. Unos años atrás, al regresar del campo de batalla con ganas de expandir su finca, había tratado de comprarle su terreno, pero se trataba de uno de esos hombres con los que no se puede negociar, y no tenía tiempo para hombres así. Aunque lo más importante era que estaban los tres perdiendo el tiempo. Los lobos se movían deprisa. Él mismo lo había visto la noche anterior al presenciar el sigilo y la velocidad del animal.
En el camino de regreso, distinguió algo a un lado del sendero de cascos de cerámica y detuvo su caballo con un grito. Se bajó, se acercó al lugar y se agachó para examinar el objeto que había llamado su atención. Lo levantó de una de sus orejas; era la cabeza de un conejo. No había cuerpo, tampoco huesos, ni ningún otro rastro del animal, tan solo la cabeza, perfectamente intacta. Un cuervo o un grajo le habrían arrancado los ojos y habrían picoteado el cerebro. Un zorro habría dejado la columna. Supuso que podría ser obra de un perro grande, pero, sabiendo lo que ya sabía, lo más probable era que fuese obra del lobo. Se llevó la cabeza de vuelta a su caballo y la metió en la alforja.
Pensó en las diferentes formas de matar al lobo. Si supieran en qué bosque se escondía, podría ordenar a sus hombres que lo rodearan y fuesen acorralándolo lentamente. Pero probablemente fuese más difícil de localizar. El último lobo asesinado en aquel distrito[14] databa de hacía un siglo. Él había viajado mucho, aunque nunca más allá de las costas de su país. Jamás había matado a un lobo, ni siquiera había visto uno hasta la noche anterior. Había matado zorros, muchos. En una ocasión mató a un macho que era casi tan grande como un mastín. Pero aquello no era comparable. Al igual que el lobo, el zorro era taimado, de eso no cabía duda. Además de una criatura estúpida, ni la mitad de lista que un perro de granja. Pero un zorro jamás había matado a un niño humano, que él supiera. Había cazado a aquel zorro macho cuando se le enganchó la pata trasera en un cepo de hierro. Este se había quedado allí, mirándolo fijamente con sus tres patas. Lemuel siempre había creído a los zorros unos animales cobardes, pero aquel lo miró a los ojos. Sin miedo.
Página 135
Se había plantado frente al animal, con toda su peste, le había colocado el cañón de la pistola entre los ojos y la criatura ni se había estremecido. Tenía unos ojos ambarinos delineados de negro. Un hocico negro y húmedo. Bigotes y orejas negras. Pelaje naranja rojizo. Mofletes y barbilla blancos. Tristeza en aquellos ojos ambarinos, también actitud desafiante. Había apretado el gatillo, la pólvora había explotado y el cráneo del zorro se había hecho pedazos. Sintió en ese momento casi cierto respeto por el animal. Se había sentido pequeño en su presencia, como si matarlo fuese por su parte un gesto débil y mezquino. Aunque había muerto, el zorro le había vencido. El zorro era más que él. Puede que se denominase a sí mismo señor de aquellas tierras, pero, comparado con aquel zorro, era un mendigo y el animal era el rey. Había odiado a aquel zorro por lo pequeño que le hizo sentir en su presencia. Se había limpiado la sangre caliente de las manos y había desterrado aquella idea diciendo: «No seas estúpido. Un zorro es un animal miedoso y sobornable. Un bellaco amilanado». El hombre se hallaba por debajo de Dios, aunque por encima de los animales; ese era el orden natural de las cosas.
Al aproximarse a la aldea, vio un cartel pegado a un poste frente a la iglesia. Decía:
SE BUSCA
LOBO
RECOMPENSA DE 100 £
Sus hombres no habían perdido el tiempo. Sabía que pocos serían capaces de leer el cartel, pero aquellos que sí pudieran harían correr la voz entre los analfabetos.
Gad y Ezekiel tomaron la vereda para caballos de carga que recorría Low Fold y atravesaron el arroyo Mickle por su parte más ancha y somera. Incluso allí, no obstante, había más profundidad de la que les gustaba a los caballos, a causa del aguacero intenso que habían sufrido. A Ezekiel le aliviaba que hubieran cesado las inundaciones. En un momento dado, temió que el agua del margen desbordado llegase hasta su casa. Lemuel
Página 136
era un casero decente y le había alquilado la casa con muebles; aun así, las inundaciones provocarían daños siendo él el dueño o no. El viento, que soplaba del norte, estuvo a punto de arrancarles el sombrero de ala ancha de la cabeza. Pasaron por debajo de nudosos fresnos y atravesaron matorrales de camino a la granja de Eddie. Al llegar montados en sus caballos al patio trasero, vieron a Meg, la esposa de Eddie, tendiendo la colada. Era de complexión ancha, con un gran busto, melena rizada castaño rojizo y piernas como cuchillos de carnicero. Junto a ella yacían dos perros, ambos de caza; uno parduzco, el otro berrendo. En aquella zona, estaba prohibido que la gente común y corriente tuviera perros lebreles. Cualquier plebeyo al que pillaran con uno sería castigado con el cercenamiento de las patas del animal, aunque la mayoría resolvía aquel problema cruzando a los lebreles con otros perros que cazaran con el olfato. Meg los vio acercarse, dejó la cesta de la ropa y se acercó con andares de pato. Los canes se pusieron en pie y salieron corriendo y ladrando hacia ellos.
Gad detuvo a su yegua.
—Controle a sus perros, ¿quiere?
No le gustaban los sabuesos de ninguna clase, en especial los grandes y enfadados.
—No les harán daño, salvo que les den lametones hasta matarlos. Perros ladradores, poco mordedores —dijo ella, volviéndose hacia los animales con el ceño fruncido. Ambos perros se acobardaron—. Callaos ya —les ordenó antes de girarse de nuevo hacia los hombres—. ¿Qué buscan?
—No es ese el recibimiento que esperábamos, señora —respondió Ezekiel, tocándose el sombrero con gesto sarcástico.
—No se trata de una visita de cortesía, ya me lo imagino. Les envía su amo y señor, ¿a que sí?
¿Cómo era posible que siempre lo supiera todo? Eso era lo que Ezekiel deseaba saber.
—Deseamos charlar un momento con su marido. No le robaremos mucho tiempo.
—Esperen aquí.
Meg regresó a la granja y entró por la puerta trasera.
—Déjame hablar a mí —dijo Ezekiel.
—Siempre lo hago —repuso Gad.
Página 137
Cuando volvió Meg, iba acompañada de Eddie, un hombre calvo y corpulento que vestía paño burdo y unas calzas caídas.
—¿Qué quieren?
—Qué encantadores ambos —murmuró Ezekiel—. Verá, supongo que ya se habrá enterado de lo del hijo del señor Lane.
—Un asunto terrible —confirmó Eddie con gesto afirmativo—. Era tan solo un año mayor que mi chaval. Pensé que nos habíamos librado de los lobos hacía mucho tiempo. ¡Casi no me creo que sea cierto!
—La otra noche, Gad y yo lo oímos aullar desde la arboleda situada justo detrás de su granja. Después lo vimos, más tarde, cuando llevábamos al zagal de vuelta a la finca. —Señaló hacia el grupúsculo de árboles que acababan de explorar.
—Ah, sí. ¿A qué hora fue eso?
—Era tarde cuando lo oímos la primera vez, la hora de cierre del pub.
Cuando lo vimos al día siguiente, se había ocultado ya el sol.
—A mí no hay nada que me despierte, ¿verdad, amor? —preguntó Eddie, volviéndose hacia su esposa.
—Duerme como un tronco —confirmó esta chasqueando la lengua—.
Ojalá yo pudiera hacer lo mismo.
—¿Oyó usted entonces algo, señora?
—No, la verdad es que no.
Ezekiel asintió:
—¿Y no ha visto ningún indicio? ¿No molestó a sus aves de corral o a cualquiera de los demás animales?
—Los encerramos bajo llave por las noches. En cualquier caso, los perros lo ahuyentarían.
—Permiten que campen a sus anchas, ¿verdad?
—No podemos correr riesgos habiendo zorros por la zona.
—¿Y los faisanes?
—¿Qué les pasa?
—¿No ha visto que hayan atacado a ninguno, o algún otro indicio de la presencia de un lobo?
—Un lobo no haría daño a un faisán. A no ser que no tuviera otra cosa que comer.
Ezekiel les dio las gracias por su tiempo y ambos se marcharon en sus caballos por la misma dirección, por encima de la granja, hacia el bosque más cercano.
Página 138
—¿Les crees? —preguntó Gad cuando ya se hallaban a cierta distancia.
—No.
—Son cien libras. Querrán quedárselas ellos. Y no me extraña. —Te das cuenta de lo que significa esto, ¿no? —preguntó Ezekiel. —¿Qué significa?
—De ahora en adelante, no podemos confiar en ningún hijoputa.
Una cantidad de dinero semejante los volvía a todos unos contra otros. Desde ese día, deberían ir con cuidado. Ser tan astutos como un zorro y tan arteros como una comadreja. Mientras cabalgaban hacia el bosque, iba pensando en cómo se gastaría él esas cien libras. Una suma como esa te cambiaba la vida. Hasta entonces, nunca antes había pensado realmente a lo grande. Para los hombres como él, no traía cuenta pensar a lo grande. El truco consistía en mantener los pies en el suelo. Contentarse con lo que Dios te había dado y no envidiar a aquellos que tenían más, ni dejarse llevar por la ambición. Pero cien libras… Eso sí que marcaría la diferencia para su esposa, sus hijos y él. Podría comprarle a Kate todos los vestidos y sombreros caros del mundo. Tendrían sus propios caballos. Quizá incluso alquilarían una casa más grande, ahora que tenían otro bebé en camino. Pero eso ni siquiera haría mella en la recompensa. ¿Qué deseaba de verdad? ¿Qué? No sabía por dónde empezar a pensar.
—¿Qué harías tú? —le preguntó al fin a Gad.
—¿Eh?
—Con cien libras.
—No sé.
—Alguna idea tendrás.
Cabalgaron en silencio, aunque Ezekiel casi alcanzaba a oír los engranajes del cerebro de Gad.
—Venga, piensa.
—Es mucho dinero.
—Así es.
—No sé.
—Venga, hombre, piensa un poco más.
—Me iría al pub. Invitaría a todos a una ronda.
—¿Y luego qué?
Gad se rascó la cabeza mientras pensaba.
Página 139
—Me buscaría a las tres mejores rameras de toda la cristiandad — declaró al cabo.
—¿Y ya está?
—¿A qué te refieres? Te estoy hablando de tres rameras de postín. De esas que hacen todo lo que les pidas.
—Todas hacen eso.
—Pero, con cien libras, puedes hacer lo que quieras —respondió Gad encogiéndose de hombros.
—No sé yo. Es que no sé.
Habían llegado a la linde del bosque de Hazel Hirst. Bajaron de los caballos, los ataron al poste de una cerca y buscaron huellas de lobo. Las encontraron de ciervo, de zorro y de jabalí, mas no de lobo. El terreno seguía húmedo y conservaba las huellas de los animales casi como si fuera un molde de arcilla. Vieron unas que podían ser de lobo, o de perro. Era difícil de saber.
—Si son huellas de lobo, tendremos que cavar una trampa.
—Sí.
—Pero ¿sabes qué?
—¿Qué?
—No hemos traído palas.
Ezekiel se enfadó consigo mismo por no haberlo pensado antes. Kate siempre decía que se precipitaba mucho en sus decisiones. También le fastidiaba que no se le hubiera ocurrido a Gad. Tenía que pensar por los dos. Pues el muy atontado podría esperarle allí. Era culpa suya.
—Espera aquí. Voy a volver a por unas palas.
Gad vio a Ezekiel retroceder, desatar a su caballo, montarse y partir al galope. Se preguntó, demasiado tarde, si debería haberse ido con él. Esperó. Hacía frío cuando uno se quedaba quieto, de modo que se ciñó el cuello de la gabardina. Ezekiel debía de haberse marchado haría casi una hora, y Gad estaba sentado contra un árbol, masticando una brizna de hierba, cuando divisó a su amigo en el horizonte. Lo vio cabalgar campo a través hasta alcanzar el punto donde estaba amarrado su caballo. Desmontó y ató al suyo al lado, después sacó dos palas de un fardo que llevaba a la silla y alcanzó la bolsa con dos conejos muertos.
El bosquecillo tenía forma de cabeza de flecha, grueso y ancho por el este, aunque se estrechaba en dirección oeste, hasta acabar en una punta afilada. Comenzaron en esa punta, ciñéndose primero al sendero, pero
Página 140
después se alejaron y fueron siguiendo las veredas practicadas por ciervos y conejos. El terreno era húmedo bajo las copas de los árboles medio desnudos. A veces machacaban con los pies avellanas viejas, y otras veces chapoteaban sobre la capa de hojas podridas que cubría el suelo del bosque. Conforme se abrían paso entre la maleza, vieron paros y currucas revoloteando de rama en rama. Mirlos y palomas dieron la voz de alarma. Media docena de ciervos huyeron hacia un tramo más frondoso del bosque. Gad y Ezekiel pasaron de largo la madriguera de un tejón. La entrada principal era amplia, y alrededor vieron otras entradas y salidas más pequeñas. Debía de ser una madriguera muy antigua, pensó Ezekiel. Se tardarían años en construir algo tan grande. Siguieron caminando entre helechos y zarzas hasta alcanzar un arroyo. Un árbol caído hacía las veces de presa; según pudieron ver, pese a estar en otoño, aún prosperaba algo de vida en el lento flujo del agua. Ezekiel se detuvo y miró a su alrededor. Nada.
Ascendieron un tramo más junto a la orilla del río, después siguieron el sendero de vuelta hacia el interior del bosque, donde el musgo cubría troncos y ramas, y un pájaro carpintero picoteaba en las rendijas de la corteza arrugada de un olmo.
—Mira esto. —Ezekiel se agachó y examinó una huella del suelo.
Gad se acuclilló sobre él.
—Puede que sea la pezuña de un lobo.
—¿Y cómo sabes que no es de uno de los perros de Eddie?
—Es demasiado grande.
Miró a su alrededor en busca de alguna otra huella. Al encontrar una, después otra, las siguió, hasta que el terreno se volvió pedregoso y ya no alcanzó a ver por dónde discurrían. Regresó hasta donde estaban antes, donde el suelo era blando.
—Este es un buen lugar.
—¿Tú crees?
—Hay por aquí bastantes ciervos y tejones. Conejos, turones y martas. Si yo fuera un lobo, tendría mucho donde elegir. Ya ha pasado por aquí antes. Cabe la posibilidad de que vuelva a pasar. Quizá al caer el sol. Las huellas son recientes.
Ezekiel sabía muy poco de lobos, salvo por las historias que le habían contado de niño, pero quería que su primo lo tuviera en alta estima.
Página 141
Sacó las palas y le entregó una a Gad. Hundió la suya en el margoso terreno y comenzó a cavar. Estuvieron trabajando hasta que tuvieron un hoyo de alrededor de metro ochenta de diámetro y metro y medio de profundidad.
—Con eso debería bastar.
Se ayudaron el uno al otro a salir del hoyo, luego dieron un paso atrás para admirar su obra. Los laterales eran inclinados y lisos, demasiado empinados para que un animal o un hombre pudiera salir trepando. Si un lobo caía allí dentro, no volvería a salir, pero, solo para asegurarse, cortaron unas ramas de sauce bien gruesas y rectas y las clavaron al fondo ayudándose de una roca. Después, afilaron los extremos con sus cuchillos hasta dejarlos bien puntiagudos. Volvieron a salir del agujero y admiraron el resultado.
—Bonita trampa nos ha quedado.
—Cualquier cosa que caiga ahí estará perdida.
Arrancaron algunas ramas que todavía conservaban sus hojas y cubrieron el hoyo con ellas. A continuación, cogieron puñados de mantillo y lo esparcieron por encima. Por último, Gad sacó uno de los conejos muertos de la bolsa y, utilizando una rama partida, lo depositó con cuidado en medio de la cubierta del agujero.
—Vamos a cavar otra también en el otro extremo del bosque.
Gad asintió. Juntos se abrieron paso entre las zarzas con ayuda de unas ramas que habían seleccionado a tal efecto, hasta volver a emerger a una especie de sendero. Recorrieron el bosque hasta llegar a su base, donde más ancho era. Los árboles allí, en su mayoría alisos, crecían muy juntos y ello había provocado que fueran muy altos y delgados, superándose unos a otros en busca de la mejor luz. No había ramas bajas, y eso hacía que resultara fácil serpentear entre los troncos, atravesando el manto de piñas y nuececillas.
—Creo que deberíamos poner dos más aquí. Una por allí y la otra allá —explicó Ezekiel, señalando los dos enclaves que había seleccionado.
—Pero solo nos queda un conejo —razonó Gad.
—Bien pensado. —Ezekiel asintió y ambos cogieron sus palas una vez más.
—¿Tendríamos que dejar alguna señal?
—¿A qué te refieres?
Página 142
—Si vamos a cavar estos hoyos por todas partes, ¿cómo vamos a recordar dónde estaban?
—Podríamos atar una cinta de colores por aquí cerca.
—Demasiado caro.
—¿Cuerda?
—¿Tienes cuerda?
Ezekiel sacudió la cabeza.
—Bueno, en ese caso, no podemos hacer nada.
Tras regresar a la aldea a lomos de sus caballos, entraron en la mercería y compraron una bolsa de paños rojos. Decidieron parar a beber algo y amarraron sus caballos frente a la taberna El Urogallo. Una vez dentro, Ezekiel pidió dos cervezas.
—Solo voy a tomarme un par. Estoy hecho polvo, joder. Quiero regresar. Pronto será de noche. Y mi mujer se preguntará dónde me he metido. —Ezekiel no quería reconocer que estaba preocupado por ella.
Había dejado de comer y se quejaba de diversos dolores. No deseaba pensar en ello, pero así era como estaba la última vez, cuando perdió al hijo que esperaba. Su hijo. Su hija tenía solo dos años. Mucho trabajo para una mujer enferma.
—Una cosa se me ocurre —comentó Gad—. ¿Y si atrapamos a uno de los perros de Eddie?
—Los perros de Eddie no deberían estar allí. Ese bosque no es de Eddie. La arboleda de abajo sí es suya, pero su terreno termina en la cerca limítrofe. Mañana a primera hora revisaremos las trampas. No le digas a nadie dónde están, ¿vale?
—No soy tonto. Claro que no diré nada.
Ezekiel asintió con la cabeza, mirando con desconfianza a los demás clientes. Reconoció a la mayoría, aunque en el rincón había un grupo compuesto por tres hombres a los que no había visto antes, y estaba convencido de que habían acudido a la aldea atraídos por la recompensa del lobo. ¿Qué iban a estar haciendo allí si no? Se había corrido rápido la voz. No tenían tiempo de andar echando el rato por las tabernas. Ya habría tiempo de sobra para tomar cerveza cuando hubieran cobrado su recompensa. Le dio un codazo a Gad y señaló con la cabeza a los hombres sentados:
Página 143
—¿Los ves?
Gad miró hacia allá tratando de disimular.
—¿Qué les pasa?
—¿Crees que podrían ser cazarrecompensas?
—No seas estúpido. Si acaban de colgar los carteles. Serán nuevos peones. He oído que en la curtiduría están contratando a gente. Mírales las manos.
Ezekiel se fijó en las manos de los hombres. Lucían las manchas oscuras características de los curtidores. Gad llevaba razón. Aun así, los forasteros no tardarían en llegar al pueblo en manada. Tendrían que darse prisa.
Página 144
Nata en lugar de leche
Estaba ahogándome en una ciénaga negra y espesa, tratando de coger aire mientras el barro se me metía por la boca y me bajaba por la garganta. Me estaba asfixiando. Me hundía. No había salida. No podía levantar los brazos. Intenté gritar pidiendo ayuda, pero no me salía sonido alguno. Entonces, surgió ante mí una bestia que no era ni hombre ni mujer, algo completamente blanco. Supe que pretendía hacerme daño, pero no podía moverme. La bestia colocó su mano ardiente sobre mi cabeza y me empujó hacia abajo.
De pronto me hallaba tendida en una cama de paja, musgo seco y hierba algodonera. Había tenido una pesadilla. Miré hacia donde dormitaba Jenny, con su cabello castaño asomando por encima de las mantas bajo las que dormía. Tan solo una pesadilla, pensé. No me hallaba en una ciénaga, sino en una cama más parecida al nido de un zorzal. Volví a pensar en la noche anterior y en el potente brebaje que había servido Alice. Las palabras que había pronunciado, las cuales parecían mucho más que palabras. Apenas me resultaba real, como si lo hubiera soñado todo. Retiré las mantas y vi el vestido que Annie me había ofrecido para ponerme, pero mis botas estaban junto a la puerta. Caminé hasta ellas, me las puse y me anudé los cordones.
Estaba saliendo el sol y unos haces de luz verdosa se filtraban a través de los árboles cubiertos de musgo, de la vibrante hiedra y de los matorrales de acebo. Una ardilla marrón rojizo trepó a un árbol antes de saltar a otra rama. Un trepador correteaba por la lisa corteza gris de un sauce cabruno, deteniéndose en una franja mordisqueada por los ciervos para buscar bichitos con el pico. Los bichos se mostraban lentos en esa época del año, algunos porque habían alcanzado el final de su ciclo vital, y otros en busca de un lugar donde dormir durante el invierno. Un arrendajo arrancó una
Página 145
baya de un arbusto y salió volando con el brillante premio rojo en el pico. El agua estancada de la ciénaga reflejaba las verdes copas de los árboles y el sol dorado. La escena al completo parecía un cuento de hadas, y, por un instante, me sentí como el personaje de una de esas historias que inventaba mi padre. Al pensar en él, me invadió de nuevo su pérdida y hube de aferrarme al tronco de un árbol. Su recuerdo era nítido y volvió a dolerme una vez más.
Me acerqué a la hoguera todavía humeante y la removí con un palo, revelando los rescoldos dormidos de debajo. Desprendían un brillo anaranjado al ser acariciados por la brisa de la mañana. Coloqué encima unos leños pequeños. La noche anterior, cuando se pasaron los efectos de las setas venenosas, bebimos vino de abedul que Alice y las demás habían preparado a comienzos de año. Me contaron que, en marzo, cuando aumentaba la savia, sangraban el abedul y recolectaban el jugo. Era un líquido fuerte y dulce, y todas nos reímos y charlamos. Alice sacó su violín y algunas cantaron y bailaron una giga. La velada había transcurrido entre risas y alegría, y me paré a pensar en que yo no me había reído así, ni de ninguna otra manera, desde la fatídica mañana en que los hombres habían asesinado a mi madre y a mi padre. Por un momento, la escena de cuento de hadas y la sensación de felicidad se vieron amenazados por un acceso de culpa abrumadora, pero la rechacé. Me planté en pie frente a los restos del fuego; mientras seguía removiendo los rescoldos con el palo, cerré los ojos y traté de imaginarme a cada uno de los hombres que habían formado parte de la matanza de mi familia. Mi querida y dulce madre; y mi padre, amable y grandullón. Empecé por el líder, Lemuel Lane, un mostrenco de hombre, de pelo corto y oscuro y nariz ancha, después fui repasando mentalmente a los demás. Algunos aparecían borrosos, pero recordaba a la mayoría. Un hombre robusto de barba pelirroja. Unos gemelos de ojos negros como el carbón. Luego estaba el hombre que tenía las orejas cortadas y letras grabadas a fuego en la cara. No era fácil olvidar a alguien marcado de semejante forma.
—¿Llevas mucho tiempo levantada?
Alcé el rostro. Jenny estaba de pie junto a mí.
—Estaba pensando en anoche —respondí.
—Alice dice que la ceremonia nos ayuda a conectar con los espíritus del bosque. Tiene también otras pócimas.
—¿Para qué?
Página 146
Enarcó las cejas y sonrió.
—Échame una mano para volver a encender el fuego.
Nos acercamos a la pila de leña y cogimos unos cuantos leños. Primero utilizamos algo de fajina para prender las llamas, después añadimos los troncos más pequeños, antes de situar los de mayor tamaño en lo alto: roble, fresno y abedul. Las llamas fueron ascendiendo entre los troncos, devorando primero la corteza, antes de ennegrecer el duramen.
—¿Qué hacéis si se apaga el fuego por completo? —pregunté. —Nunca dejamos que se extinga. Lo mantenemos encendido —me
explicó.
Volví a pensar en Tom Bell, sentado en su taburete de una sola pata. Con los dedos negros por el carbón. Observamos alzarse las llamas como lenguas naranjas. El único sonido, el silbido y el crepitar del fuego. Un zorzal arrancó el fruto de un acebo y salió volando.
Jenny entró en una de las cabañas que usábamos como almacén. Dentro había jarras, barriles, cestas y toneles. Alcanzó dos jarras grandes. Las llevó a la mesa y las colocó encima. Después, estuvo buscando unos cuencos de madera. En cada uno de ellos vertió una mezcla de frutos secos y fruta deshidratada, después me pasó uno. Tenía una forma torcida, pero funcionaba de igual modo. Pensé en mi padre y en lo bien que tallaba él la madera.
—Nueces, semillas y fruta. Alice dice que son el botín del bosque. Nos servimos nosotras mismas el desayuno, pues todas nos levantamos a horas diferentes. Normalmente yo soy la primera. Alice suele ser la última. Se queda levantada hasta más tarde que el resto.
—Toca muy bien el violín —observé mientras masticaba parte de la fruta. Aunque mi padre tocaba mejor, pensé.
—Escribe sus propias canciones.
A mí me parecía que sus canciones eran demasiado largas y les faltaba melodía —las de mi padre siempre te hacían llevar el ritmo con el pie—, pero no dije nada.
Asentí y comí algo más de fruta.
—Lo que me contaste ayer, sobre cómo llegaste aquí, ¿cuándo fue? —¿Cuándo hui? Fue a principios de otoño. Hace poco más de un año. —¿Cómo encontraste este lugar?
—Cuando me escapé, no sabía adónde iba. Caminé durante días hasta toparme con un pueblo al sur de mi aldea. Traté de buscar trabajo, pero no
Página 147
había nada para mí. Dormí en un viejo edificio abandonado que no tenía puerta. Acudí a la iglesia y pedí al coadjutor si tenía limosnas que dar. Me dio gachas de avena con leche agria y bizcocho rancio. Me encontró una manta y dijo una oración, pidiendo a Dios que acudiera en mi ayuda. Recorrí todos los comercios y granjas y pregunté si tenían trabajo que ofrecerme. Abordé también a los comerciantes del mercado. Pero no tenían nada.
»Transcurridos unos pocos días, me hallaba desesperada. No había comido nada salvo lo que me había dado el coadjutor. Me senté sobre los adoquines de la calle principal y extendí la mano, pidiendo peniques. Me quedé allí durante horas. Por toda recompensa obtuve dos medios peniques. Al final reuní lo suficiente para comprarme una manzana en la tienda. Estaba magullada y con agujeros, pero me la comí de todos modos. La mujer que trabajaba allí sintió pena por mí y me dio una galleta rota. Viví así durante más de un mes. Mendigando peniques durante el día, durmiendo en un edificio que se caía a pedazos durante la noche. Una tarde, una mujer de pelo negro se me acercó y empezó a hablarme. Estaba interesada en mí. Me preguntó cómo me llamaba, de dónde era, cómo había llegado hasta allí.
—¿Alice?
Jenny asintió:
—Me llevó a una pastelería y me compró una tartaleta de huevo y cebolla y una taza de refresco de bardana. Fue la primera comida sustanciosa que tomaba desde hacía días y la devoré sin dejar nada. Me contó que ella también era fugitiva y que tenía un lugar en el que podría vivir y donde estaría a salvo.
—¿Y te trajo aquí?
—Por entonces solo éramos cuatro. Alice, Holly, Thorn y yo. Holly es la que más tiempo lleva aquí, han estado juntas desde otoño de hace dos años. Había otra, pero tuvo que marcharse.
—¿Por qué?
—Lo dijo Alice.
Comimos en silencio. Pensé en mi propia indigencia y en lo cerca que había estado de morir de inanición.
Vi que Ivy se aproximaba y nos daba los buenos días.
—Toma —le dijo Jenny, entregándole su cuenco vacío.
Ivy se sirvió fruta y nueces y se sentó a nuestro lado.
Página 148
—¿Crees que Alice dejará que me quede? —le pregunté a Jenny. —Cuesta saberlo —respondió encogiéndose de hombros y se volvió
hacia Ivy—: Estaba contándole a Caragh cuándo llegamos aquí. Tú viniste en primavera, ¿no?
—Tú estabas recogiendo ajo de oso del suelo del bosque. Llevabas cestas hasta arriba. Recuerdo que el bosque estaba inundado de su aroma.
—Alice dice que fortalece la sangre.
Allí sentadas, mientras nos terminábamos el desayuno, me vinieron dos voces a la cabeza. La voz de mi madre, diciendo que aquellas mujeres eran paganas e iban en contra del Dios cristiano, y mi propia voz, que decía que no importaba lo extraño que fuese aquello, pues era mejor que lo que había experimentado hasta el momento. Por primera vez desde que había escapado, tenía la tripa llena. No tenía otro lugar al que ir. Traté de nuevo de recordar el nombre del lugar seguro, mas hube de aceptar que se me había ido de la cabeza. Intentaría quedarme allí, con esas mujeres salvajes, en su bosque cenagoso, donde ningún hombre se aventuraba jamás.
—Cuando no crece otra cosa, solo hay acedera, aquilea y berros amargos. Alice sabe dónde están las raíces comestibles. Les hace una marca en primavera para poder encontrarlas en invierno.
Era extraño el tipo de libertad de la que gozaban aquellas chicas, pensé. Tenían la libertad de hacer lo que quisieran, siempre y cuando Alice les diera permiso. La voz de mi madre volvió a hablar en mi cabeza: «No puedes fiarte de esta gente. Están aliadas con el diablo, tan seguro como que el cielo es azul». Pero razoné que todas ellas cumplían las órdenes de Alice por voluntad propia. Ella no las obligaba a nada, por lo que yo veía, y no parecía haber ningún tipo de castigo infligido a aquellas que desobedecieran. «Tú qué vas a saber, Caragh. Todavía no has visto que nadie la desobedezca, tontaina». De nuevo la voz de mi madre. Me la saqué de la cabeza. Como si no tuviera ya bastante sin su constante contumelia.
—El invierno pasado, nos echaron un maleficio, el suelo se congeló. Se helaron todas las ciénagas. La nieve congelada cubrió todas las ramas de los árboles. Fuimos al pueblo con Alice. Cantó y tocó, Holly se le sumó, y en torno a ellas, en la plaza del mercado, se arremolinó una multitud. Alice puso su sombrero en el suelo y, al finalizar el día,
Página 149
habíamos reunido dinero suficiente para subsistir el resto de la semana.
Compramos mucha comida en el mercado y la trajimos aquí.
Mientras hablábamos, se nos unieron primero Holly, después Thorn. Al final acabamos todas reunidas en torno al fuego a excepción de Alice. Me pregunté si alguna vez la despertaban o si permitirían que durmiese hasta que se despertara de forma natural. Hablamos un poco más sobre el funcionamiento de su familia. Mantuvimos el fuego encendido mientras Jenny sacaba un hacha y empezaba a cortar leña. Yo la ayudé, del mismo modo en que solía ayudar a mi padre, colocando verticalmente los leños de mayor tamaño, antes de apilarlos cuando estuvieran cortados. Jenny me explicó que, en el bosque, había mucha madera muerta, debido a todos los castores.
—Alice dice que los castores son los custodios del bosque.
Me encogí de hombros, pues desconocía qué quería decir con aquello. —La vida prospera en las aguas que discurren despacio. Los castores reducen la velocidad del río. Así pueden crecer las plantas, pueden los bichos poner huevos y los peces comerse las plantas y los bichos. De no ser por los castores, el río sería un lugar estéril. Este es el único bosque
que queda donde aún viven castores.
Me sentí confusa. Mi padre decía que ya no quedaban castores. Los cazadores los habían extinguido cuando él aún era un niño. Decía que su padre solía coleccionar su piel y comerse su carne, también me contó que otrora sus glándulas odoríferas se utilizaban en la fabricación de perfumes.
—Pero si yo creía que ya no quedaban castores.
—Alice trajo algunos consigo.
—¿Desde dónde?
—Nunca nos lo ha dicho.
—Alice encuentra cosas.
—La importancia de los castores para nosotras no radica en lo que nos ofrecen sus cadáveres, sino en la vida que pueden crear al construir presas a lo largo del río. Eso es lo que dice Alice.
—Alice lo sabe.
Mientras hablábamos, vi que se abría la puerta de la cabaña de Alice y aparecía esta en el umbral, estirándose y bostezando como un gato. La observé ponerse su chal rojo alrededor de los hombros. Caminó hacia nosotras y se detuvo junto a la lumbre para calentarse las manos:
—Buenos días a todas.
Página 150
Le dimos todas los buenos días. Se frotó las manos para entrar en calor y se ciñó más el chal:
—Hay dos fuegos que debemos alimentar. El fuego que nos calienta y el fuego que nos guía.
Todas asintieron sabiamente.
—Debemos aprovechar al máximo este clima seco. No durará. Mañana va a llover. Y al otro también. Quiero que Heather y Holly vayáis a buscar más madera. Jenny, llévate a Caragh contigo y trae la cosecha del otoño. Recolecta todo lo que haya.
Jenny asintió.
—Ivy, Thorn, hoy trabajaréis conmigo.
De nuevo, me paré a pensar en que todas parecían satisfechas de recibir órdenes de ese modo, pero me pregunté qué sucedería si se negaban a hacer lo que Alice les pedía. El diablo que había en mí quiso poner a prueba aquella idea, aunque la pragmática que llevaba dentro la dejó correr. «Aquí estás a salvo, aquí te dan de comer, ¿qué más da si eso exige tu subordinación? ¿Acaso no cumplías felizmente los deseos de tus padres sin rechistar?».
Cuando hubimos terminado de cortar nuestra pila de leña, seguí a Jenny hasta su cabaña y nos hicimos con dos cestos.
—Tendremos que alejarnos por el campo —me explicó—. Los alrededores ya los hemos dejado limpios.
Ascendimos por las ciénagas y recorrimos el curso del arroyo para llegar a un claro llano y cubierto de hojas secas. Rebuscamos entre ellas hasta encontrar los sombreros blancos amarillentos de los rebozuelos. Creciendo en la base de una haya, vimos una seta que Jenny denominó ciruelas y natillas. No obstante, pese a aquel apetecible nombre, me explicó que no era comestible. Localizamos varias setas ostra que crecían del tronco de un árbol muerto. Les arrancamos el sombrero y dejamos la raíz en la corteza. Encontramos unos hongos grises y retorcidos que crecían en unos penachos herbosos, y Jenny me explicó que, a pesar de su apariencia tan poco apetecible, se trataba de níscalos, una setas muy ricas para comer.
—Alice dice que no hay que recogerlo todo. Siempre hay que dejar los más pequeños para la gente del bosque.
—¿Quién es la gente del bosque?
—Están a nuestro alrededor, solo que no podemos verlos.
Página 151
—¿Y cómo lo sabes?
—Alice nos da una cosa que nos permite ver.
Me pregunté a qué se referiría, y si Alice me daría a mí lo mismo. En caso de hacerlo, si yo me lo tomaría. Recordé las historias que contaban mis padres sobre las hadas de Ballina.
—Mira esto.
Jenny se acercó a un claro situado junto a un agua estancada, donde yacían dos árboles muertos. Junto a estos, se acuclilló y, con el cuchillo, rebanó una seta rechoncha por la base de su tallo.
—Hongos blancos. El verdadero tesoro del bosque.
Había media docena, apretujados los unos junto a los otros. Eran lo que yo conocía como boletus. Lo que estaba comiendo cuando ella me encontró al borde de la inanición. La ayudé a recolectarlos y a limpiarlos, antes de transferirlos a la cesta. Sus tallos eran gruesos, de un blanco lechoso. Los sombreros presentaban un color caramelo. En lugar de láminas, bajo el sombrero tenían una especie de esponja anaranjada. Estaban más frescos que los que había encontrado yo el día anterior. No tan llenos de larvas. Ya había ido a buscar boletus antes. A mi padre le gustaban en su estofado de liebre, aunque mi madre desconfiaba de cualquier seta. Decía que estaban hechizadas y que no podía una fiarse de ellas.
—¿Qué vamos a hacer con todo esto?
—Cuando volvamos, las cortaremos en finas láminas y las ensartaremos en un hilo. Luego las dejaremos secar colgadas.
Retiré una cortina de helecho. Justo en el medio crecía un enorme boletus, con una base aún más gruesa que su grueso sombrero.
—¡Mira qué grande es ese! —dijo Jenny—. Tienes buen ojo.
Limpié el tallo con el cuchillo que me había dado y lo eché a la cesta junto con los demás. Nos adentramos por una parte más frondosa del bosque y encontramos también varias setas lenguas de vaca. Jenny me mostró la parte inferior de los sombreros, que no tenían láminas ni esponjas, sino unos pinchitos, como la lengua áspera del animal que les daba su nombre.
—Estas también están ricas si las comes —me aseguró.
Debíamos de llevar buscando menos de una hora, pero ya habíamos llenado dos cestas de comida.
—Creí que Alice había dicho que escaseaban.
Página 152
—Y así es. Hay que tener buen ojo, como ya te he dicho. Encontramos un claro donde crecían acederas y arrancamos unas pocas
hojas.
—Has de tener cuidado de no confundir esto —me advirtió Jenny. —¿Por qué?
—Se parecen a los aros. Los aros son mortalmente venenosos. Pero mira.
Me acercó la hoja para que pudiera verla.
—Ambas tienen lóbulos que apuntan hacia atrás. Pero los aros tienen la punta del lóbulo redondeada, mientras que en las acederas el lóbulo es puntiagudo. ¿Lo ves? ¿O era al revés? —Debió de verme la cara de preocupación, porque añadió—: No me hagas caso, estoy bromeando. — Recogió algunas hojas más y las metió en la cesta.
Llevábamos horas buscando alimentos y ya emprendíamos el camino de vuelta cuando oímos voces a lo lejos. Jenny se agachó tras un matojo de aliaga y yo la imité.
—¿De qué nos escondemos? —susurré.
—Hay hombres que tratan de impedir que vivamos aquí.
Aguardamos en silencio. Los hombres se acercaron; ahora alcanzábamos a oír su conversación.
—He perdido el rastro. Por aquí el camino está demasiado seco. —Espera, ¿qué es eso?
Los hombres se acercaron. Entonces, me di cuenta de que uno de ellos calzaba unas botas negras y llevaba un sombrero alto y negro. Los otros dos vestían paño de mala calidad y sombreros de granja.
—Esa huella es de lobo, no cabe duda.
Eran tres hombres y se habían detenido a examinar la huella. —Vamos a cavar un hoyo. Es un lugar tan bueno como cualquier otro. Sacaron unas palas y empezaron a cavar. Jenny se llevó el dedo a los
labios para indicar que debíamos guardar silencio. A través de la aliaga les vimos cavar un hoyo.
—¿Cuántos más crees que van detrás de las cien libras?
—No sé, pero ya se ha corrido la voz, eso seguro. Así que debemos atrapar al puto lobo antes que cualquier otro.
—Cien libras. ¿Cuánto es eso dividido entre tres?
Página 153
—No se divide.
—¿Cómo que no se divide?
—No es par.
—Treinta y tres libras para dos de nosotros y treinta y cuatro para el otro.
—¿Y quién se lleva las treinta y cuatro? No es justo.
—Lo echaremos a suertes.
—Un momento. Sí que se divide. Treinta y tres libras, seis chelines y ocho centavos para cada uno, ¡cabrón embustero!
—Dejad de discutir. Celebraremos una fiesta y las bebidas correrán de nuestra cuenta.
—Con todo ese dinero, podremos celebrar fiestas hasta esta misma época del año que viene y seguiremos teniendo mucho.
—Cerveza, carne y meretrices.
Continuaron cavando su hoyo en silencio. Me pregunté cuánto tiempo tendríamos que esperar hasta estar fuera de peligro. Acuclillada detrás del matorral, empezaban a dolerme las piernas.
—Dicen que el cerebro de un lobo aumenta y disminuye con la luna. Si un lobo tiene el cuello corto, entonces es de naturaleza traicionera.
—Todos los lobos son de naturaleza traicionera, zopenco.
—Si un viajante o un bracero se pone la piel de un lobo sobre los pies, sus zapatos nunca le harán daño.
—Eso lo oí en la granja de Hook. En su día, atraparon a un lobo atando a un poste a la perra guardiana en celo del granjero. La perra atrajo al lobo. Y, mientras copulaban, no podían separarse, así que el granjero y su amigo molieron a palos al muy cabrón.
—¡Así se hace!
Los hombres se rieron.
—Con eso debería bastar.
—No hace falta que sea profunda. Lo justo para cubrirlo.
—¿Tienes los cepos?
—Este es el último. Vamos a dejarlo por hoy.
—¿Estás de broma? Si ni siquiera es mediodía. Volveremos a buscar más.
Se oyeron pasos arrastrados; a continuación, los hombres guardaron las palas en el saco.
—Esta vez no pienso cargar yo con ellas.
Página 154
—Tampoco es mi turno.
—Os quejáis como si fuerais unas putas chiquillas. Ya las llevo yo.
Venga. Que tengo que mear.
El hombre del sombrero negro se acercó hacia donde estábamos agachadas. Nos ovillamos más aún, tratando de hacernos más pequeñas. A través de un claro en el matorral, alcancé a ver el miembro rosado y carnoso del hombre y el arco de líquido ambarino, que golpeó el suelo junto a mis pies. El arco cesó, el hombre se sacudió las gotas y volvió a abotonarse el pantalón.
—¿A dónde vamos entonces?
—Mejor no avanzar más en aquella dirección. Son todo ciénagas. —Dicen que las ciénagas están malditas. He oído que hay allí duendes
del bosque que intentan ahogarte. Hay hombres que han muerto tratando de atravesarlas.
—Yo no me arriesgaría.
—Además, a los lobos no les gusta el agua. No creo que haya seguido avanzando hacia el este. Venga entonces, vayamos por aquí.
Los tres salieron del bosque por el mismo camino por donde habían llegado.
—Han venido a por la loba. Tenemos que volver a decírselo a Alice.
A mí me daba vueltas la cabeza. Primero castores y ahora lobos. Animales que yo creía extintos. Recuerdo que mi padre me habló de los lobos de Irlanda. Él mismo había formado parte de un grupo que había dado caza y matado a uno de ellos. Me contó que mi madre dijo: «Que se vayan todos al infierno». Había sacado una jarra de whisky de la alacena y sirvió un trago para cada uno. Mis padres brindaron entonces y dijeron: «Por el fin del lobo».
Jenny se acercó a donde los hombres habían enterrado la trampa bajo ramitas y hojas y la destapó. Sujetó el cepo y colocó un palo en su boca para activar las mandíbulas. Estas se cerraron de golpe sobre la madera, que se astilló entre los dientes negros y violentos del artilugio. Jenny se metió en su bolso la trampa y regresamos andando al campamento.
—¿A qué te referías antes cuando has dicho que habían venido a por la loba? Si ya no quedan lobos.
Jenny se encogió de hombros. Nos agachamos para pasar por debajo de las ramas más bajas de un sauce cabruno.
Página 155
—Esos hombres deben de estar equivocados —proseguí—. Puede que sea un perro. Un perro rabioso puede ser muy feroz.
—No es un perro.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo sé.
Había oído que el último lobo fue capturado en Wraysholm, en los tiempos del reinado de Eduardo. El rey había puesto precio a su cabeza y se organizó una partida de caza. Una cacería con lores y sabuesos para seguir el rastro olfativo, y perros loberos para dar caza al animal.
—Es como dice Alice —se limitó a decir Jenny—. Todo lo que crees que sabes no lo sabes. —Me miró y enarcó las cejas.
Cuando regresamos al campamento, era pasado mediodía. Junto al fuego solo estaba Ivy.
Dejamos las cestas sobre la mesa y Jenny se acercó a ella:
—¿Dónde está Alice?
—Ha ido a la zona norte del bosque a pelar adelfillas.
La encontramos junto a una inmensa colonia que crecía sobre el arroyo. Las cápsulas de las semillas se habían abierto y las cabezas de la flor aparecían blancas y algodonosas como el plumón. Alice estaba pelando las plantas con sus propias manos, después usaba un cuchillo, abría los tallos y extraía la parte blanca. Mientras lo hacía, nos vio acercarnos.
—¿Sabéis que de esta planta se puede utilizar todo? Las hojas, las flores, las vainas de las semillas. Si sabéis dónde mirar, encontraréis a Dios en todas las cosas. —Me pasó un trozo de la parte blanca—. Pruébalo, sabe un poco como el pepino.
Cogí el trozo de piel blanca y rizada que me ofrecía en la palma de la mano y me lo puse en la lengua. Lo mastiqué con cautela. Asentí. Nunca había probado el pepino.
—Con las hojas hacemos infusiones. —Alcanzó su cesta y empezó a meter dentro la piel blanca que ya había recolectado—. En primavera, recolectamos las adelfillas jóvenes. Se puede comer entera cruda. Pero el mejor bocado es la raíz primaria. Tienen unas raíces impresionantes. Con unas pocas, te llenas.
Les sacó la parte blanca a unas cuantas plantas más. En un saco, iba recolectando las semillas algodonosas.
—¿Qué tal os ha ido?
Página 156
Jenny explicó que habíamos llenado dos cestas de setas comestibles. —El caso es que, cuando regresábamos, nos hemos topado con un
grupo de hombres. —Metió la mano en su bolsa y sacó el cepo, que le entregó a Alice—. Eran tres.
—¿Cazadores?
—Saben lo de nuestra loba.
—¿Cómo es posible? —Alice examinó la trampa—. ¿Estás segura de que no irían buscando ciervos?
—Los hemos oído, ¿a que sí, Caragh?
Yo asentí.
—Hablaban sobre una recompensa. Ofrecen cien libras por la cabeza de la loba.
Alice no comentó nada. Asintió lentamente, perdida en sus pensamientos.
—Han dicho que lo dividirían entre tres: treinta y tres libras, seis chelines y ocho centavos para cada uno.
—¿Quién ofrecería esa cantidad de dinero por la cabeza de un lobo? —No lo sé, pero sabes que, si piden tanto, habrá conflicto. Alice examinó de nuevo el cepo. Lo giró entre sus manos.
—¿Has reconocido a esos hombres?
—No.
Alice recogió sus cosas y regresamos caminando las tres juntas. Al llegar, a Ivy se le había sumado Thorn. Cocinaban patatas, removiendo las cenizas a su alrededor. Alice sacó unas alubias secas y las agregó a un humeante caldero de caldo. Después, cogió un puñado de hojas secas de una bolsa y las dejó caer también en el caldero, moviéndolo un poco, antes de pasarme la cuchara de madera.
—Toma, sigue removiendo. —Comprobó cómo estaban las patatas clavándoles un fino pincho metálico y después se dirigió al grupo—: Imagino que Jenny y Caragh ya os habrán contado esto.
Levantó el cepo y lo depositó sobre la mesa para que todas lo vieran. —Parece ser que ofrecen recompensa por la loba. Además, es
cuantiosa. ¿Sabéis lo que significa eso? —Miró a su alrededor esperando una respuesta.
—Hombres.
—Cazadores.
Página 157
—Sí, los hombres vendrán buscando a la loba; si la atrapan y la matan, algo en este bosque morirá. Si la matan, algo en nosotras morirá. La fuerza que mantiene vivo este bosque es más potente en su sangre y en sus huesos. Nuestro deber para con este bosque es protegerla de esos hombres. Debemos detenerlos cueste lo que cueste. Eso significa sabotear sus trampas, llenar sus hoyos, alejarlos del rastro y hacer todo lo posible.
Alice fue a su cabaña y regresó con una corona y una túnica negras. Acercó un taburete y se sentó junto al fuego. Las demás llevaron sus taburetes y formaron un círculo a su alrededor. Salvo Jenny. No había ni rastro de ella. Alice se puso la túnica alrededor de los hombros y se la ató al cuello. Se colocó la corona en la cabeza y entonces me di cuenta de que estaba hecha de plumas. Arrancó una y se la llevó a la boca, respirando sobre ella, deslizándola entre sus labios. Comenzó a susurrar algo a través de sus barbas. Echó la pluma al fuego y vimos cómo las llamas la consumían. Luego apareció Jenny con una taza. Alice sacó una bolsita y, de ella, vertió en la taza unos copos marrón grisáceo, antes de que Jenny agregara parte del caldo con un cazo y lo removiera. Alice sopló el caldo para enfriarlo, después bebió. Hizo aquello hasta que hubo vaciado el recipiente, acto seguido empezó a murmurar algo. Las demás se le unieron. Jenny se sentó a mi lado.
—¿Qué está haciendo? —pregunté.
—Tiene un familiar. —Debió de notárseme la perplejidad en el rostro, pues añadió—: Es un cuervo. Ella entra en su cuerpo y puede volar allá donde le apetezca.
Ya había oído antes la palabra «familiar». Mi madre decía que era lo que tenían las brujas y que es una clara señal, junto con la marca. Cuando le pregunté por esa marca, me respondió: «El diablo bautiza a la bruja con sangre de la marca que le deja cuando le muerde la carne. El Señor nos protege de las brujas y de los seres de nariz larga».
—Puede ver a través de los ojos del cuervo.
Yo jamás había oído cosa semejante. Mi madre nunca mencionó que las brujas pudieran meterse en el cuerpo de un animal y ver a través de sus ojos; por un momento me pregunté si Jenny estaría tomándome el pelo. Cuanto más tiempo pasaba con aquellas mujeres, más extraño me parecía su mundo. Aunque, por alguna razón, había algo en mí que lo aceptaba sin más, que seguía la corriente, pese a que la voz de mi madre me gritara:
Página 158
«¡Bruja!». Oía su voz en mi cabeza citando el Éxodo: «A la hechicera no dejarás que viva».
Las chicas habían empezado a corear, pero yo no sabía qué era lo que decían. Podría haber sido otro idioma o tan solo palabras inventadas. Me pregunté si habrían abandonado sus sentidos. Los cánticos se volvieron más sonoros, hasta unificarse en una única nota grave. Mantuvieron la nota durante varios minutos. Por algún motivo, aquel sonsonete resultaba relajante. Parecía reverberar con el bosque. Alice alzó los brazos lentamente por encima de su cabeza, con las palmas de las manos extendidas. Al hacerlo, la nota que armonizaban las chicas subió de volumen. Después las bajó y el sonido se fue apagando. Situó las manos sobre sus rodillas y cerró los ojos. Nada. Silencio. Miré a mi alrededor. Las chicas estaban sentadas como Alice, con las manos sobre las rodillas. Solo que ellas tenían los ojos abiertos y la observaban con atención. Aun así, nada. Oía el susurro del viento entre las ramas de los árboles, agitando aquellas que aún conservaban sus hojas. Los desechos de los olmos de montaña flotaban en el aire en torno a nosotras. Una hoja revoloteaba de un lado a otro como si bailara en una espiral invisible de aire. Aun así, nada. Me quedé sentada y aguardé. ¿A qué? No lo sabía. Aquello era una locura, sin duda. Yo era la invitada en la fiesta de una loca. Pasaron los minutos, y seguía sin suceder nada. Una chochaperdiz zigzagueó entre los serbales. Me daban ganas de decir algo, lo que fuera, con tal de romper el silencio. Deseaba preguntar cuánto tiempo íbamos a permanecer así sentadas. Entonces, el cielo se oscureció y se enfrió, algo se movió por encima de mí.
Alcé la vista y vi un enorme pájaro negro que pasaba volando y aterrizaba en un árbol cercano. Se trataba de un cuervo. Se posó en una rama desnuda y escudriñó a Alice. Agachó su negra y brillante cabeza en dirección a ella, abrió su pico grande y graznó. Alice abrió los ojos y miró directamente al ave. Extendió el brazo y el pájaro se acercó planeando y se posó en él. Agachó de nuevo la cabeza y graznó con más fuerza. Alice agachó la cabeza y encorvó los hombros. Cerró los ojos y emitió un graznido similar al del cuervo. Nada. El pájaro salió volando y ella se desplomó en el suelo, como si se hubiera desmayado. ¿Qué estaba pasando?
—¿Se encuentra bien? —le pregunté a Jenny, tratando de aparentar calma en la voz.
Página 159
—Esa no es ella. Es solo su cuerpo. Ahora Alice está en el cuerpo del cuervo.
El pájaro se elevó sobre los árboles y desapareció.
Una vez más, a mi mente estaba costándole asimilar lo que acababa de ver. Una persona no podía entrar realmente en el cuerpo de otro animal, ¿no? Pero, si no podía, ¿qué acababa de presenciar? Aguardamos junto al fuego a que regresara el cuervo. Jenny y Holly contaron que la primera vez que supieron de la existencia de la loba fue gracias a que Alice se introdujo dentro del cuervo. Que el cuervo y la loba habían formado un vínculo. Hablaron también de la recompensa que ofrecían por la loba. Dijeron que vendrían los hombres. Cazadores. Traerían cepos, ballestas, pistolas y mosquetes. Cavarían trampas para lobos y dejarían trozos de carne envenenada como señuelo.
Mientras hablábamos de la loba, observé que el cielo se oscurecía y el cuervo regresó de nuevo. Se posó cerca de donde yacía el cuerpo de Alice y agitó la cabeza tres veces arriba y abajo, graznó y otra vez alzó el vuelo con la misma velocidad con la que había descendido. Nos acercamos todas al cuerpo de Alice. Holly le estrechó una de las manos y se la apretó.
—Alice, ¿estás ahí? ¿Alice?
Al principio, el cuerpo no se movía. Entonces la mano se agitó y la cabeza se volvió. Alice abrió los ojos y miró a Holly. Permitió que esta la ayudara a ponerse en pie y la condujera hasta el taburete. La ayudó también a envolverse con su chal rojo. Jenny fue a por un cuenco de caldo y se lo ofreció a Alice, quien sonrió y le dio las gracias. Lo sopló antes de acercarse el borde del cuenco a la boca. Bebió del caldo.
—¿Has encontrado a la loba? —le preguntó Holly.
Alice asintió con la cabeza.
—¿Corre peligro? —quiso saber Jenny.
—La loba es la monarca del bosque. Sin la loba, los corzos y los gamos tomarán el control. Los tiernos tallos de los árboles serán devorados antes de poder tener la oportunidad de crecer, y la vida en esta tierra se verá mermada. Otrora, hombres y mujeres vivían en armonía con los lobos; sin embargo, cuando adoptaron el modo de vida de los granjeros, los lobos dejaron de ser sus aliados. Empezaron a ser para ellos una amenaza. Cuando el hombre enjauló su comida, el lobo se convirtió en su enemigo. Durante cientos de años, el hombre ha cazado al lobo. Antes de
Página 160
que el hombre enjaulara su comida, vivía junto con la naturaleza. Ahora se ha distanciado de ella. Y hay que pagar el precio.
—Yo entrega a ti todo mi dinero —dijo Heather.
Me dieron ganas de reírme, pero ninguna de ellas lo hacía.
—Debemos proteger a la loba.
—¿Y cómo lo hacemos? —preguntó Thorn.
—Comeremos. Después os contaré cómo hacerlo. —Agarró el cepo y lo levantó—: Quiero que me traigáis todos los que encontréis de estos. Los calentaremos en nuestro crisol y con martillos los convertiremos en palas. Buscad hoyos y, cuando los encontréis, los llenáis. Estad atentas a señuelos envenenados y traédmelos para que podamos quemarlos en las llamas.
Yo estuve removiendo el estofado mientras Jenny agregaba hojas de trébol y cabezas de flores. Cogió raíces de bardana y peló la piel externa con su cuchillo, antes de trocearlas en pequeños pedazos y añadirlas también al caldero. Mientras lo removía, volví a pensar en lo que acababa de presenciar. ¿Qué había visto? Alice. El cuervo. La loba. ¿Era aquello brujería? Cuando el líquido se espesó, Jenny sirvió el caldo con el cazo. Cada una asió un cuenco y se tomó el estofado y bebió infusión de agujas de pino. Holly cogió una damajuana de vino de abedul. Bebió de ella y la fue pasando. Todas dimos un buen trago de aquel dulce licor.
Alice dijo:
—Tengo edad suficiente para recordar una época distinta. Hablo de una época anterior a que vosotras nacierais. Mi madre y mi padre formaban parte de una secta. ¿Cómo lo llamaríamos? Digamos un grupo religiosamente poco ortodoxo. Existía un acuerdo entre los propietarios vitalicios y los señores feudales para cercar y dividir un ejido. Mi madre y mi padre formaban parte de una congregación que se oponía al cercado. Se presentaron cincuenta cargos contra mi familia. Mis padres creían que el cielo y el infierno no eran mundos que existieran más allá del nuestro, sino que más bien se ubicaban aquí, en este mundo. Negaban la importancia de la ordenación y ponían al espíritu por encima de la palabra. Mi padre predicaba que Dios habitaba en el hombre y en la naturaleza, y localizaba el cielo y el infierno en el corazón de los hombres. Me enseñó que los milagros no han cesado, sino que nuestros ojos ahora están ciegos, y somos nosotros quienes no podemos verlos. Decía que las oraciones eran peticiones para los serviles. Éramos contrarios a todos esos consoladores
Página 161
molestos[15]. Nosotras, como la loba, somos las odiadas del mundo. Nosotras, como la loba, somos perseguidas por los hombres. Somos una única carne, una única materia.
Contemplé a las demás chicas a mi alrededor. Parecían embelesadas con las palabras de Alice, como hechizadas. Yo también percibía su poder, la verdad de sus palabras, pese a saber que eran profanas. Blasfemas. ¿Me hallaba ahora en compañía de brujas? ¿Éramos, en realidad, un aquelarre? De ser así, ¿en qué me convertía eso a mí? «A la hechicera no dejarás que viva». La voz de mi madre dentro de mi cabeza.
—Dios está en todas las personas y en todos los seres vivos: hombre y animal, pez o ave de corral, y en todo lo que se arrastra, en todo lo que es verde, desde el más alto de los cedros hasta la hiedra que se aferra a los muros. Él es yo. Yo soy él. El día del juicio es un tormento para tener a los hombres impresionados. No hay vida después de la muerte. Incluso aunque un arroyo del océano sea único en sí mismo en tanto que arroyo, cuando regresa al océano es absorbido por este y se convierten en uno. De forma que el espíritu que hay en vosotras, mientras habita vuestro cuerpo, es distinto de Dios, pero, cuando os llegue la hora de la muerte, vuestro espíritu regresará a Dios, y de ese modo os convertiréis en uno, seréis el propio Dios. El espíritu de la loba es Dios. Y más aún, este espíritu ocupa un lugar de honor en nuestro mundo. Nuestro deber es proteger ese espíritu y salvar a la loba de la avaricia de los hombres viles. Esta noche, cuando me vaya a dormir, mi mente reflexionará una y otra vez cuál es la mejor forma de proteger a la loba y honrar su espíritu y el espíritu de este bosque, también de todas las cosas verdes.
Las chicas vitorearon a Alice y yo me sumé a ellas.
—Juntas somos fuertes. Cuantas más seamos, más fuertes seremos. — Alice se volvió hacia mí y agregó—: Si te quedas aquí, nos gustaría que te unieras a nosotras.
Miré a Alice, después a las demás. Estaban animándome a aceptar. Me embargó una extraña sensación de horror y deseo al mismo tiempo, como si mi corazón entero se viera arrancado del mundo que hasta ahora había conocido. Asentí, y ellas se arremolinaron en torno a mí, colocándome las manos sobre los hombros. Empezaron a corear de nuevo en un idioma que no entendía. Me rodearon siete veces, hasta que Alice puso fin al ritual:
—Caragh, ahora eres una de nosotras.
Página 162
Nos pasamos la damajuana una vez más. Me honraron. Me dijeron lo importante que era ahora para ellas. Sentí la verdadera aceptación por primera vez. Yo era ellas. Ellas eran yo. Me pregunté cómo era posible que, habiéndose mostrado Alice tan hostil ante la idea de que me quedara con ellas, ahora me hubiera aceptado de esta forma. ¿Qué había cambiado? Desterré esa idea. Alice me puso un nombre. Fui bautizada de nuevo. Me puso el nombre porque había estado comiendo las bayas del serbal cuando Jenny me encontró. Ya no era Caragh. Ya no era Kate. Mi nombre era Rowan, «serbal» en inglés. Alice me salpicó la coronilla con vino de abedul y las chicas corearon mi nuevo nombre.
Los búhos y los chotacabras cobraron vida cuando la oscuridad descendió sobre el bosque. Alice se volvió hacia Jenny y le preguntó si deseaba pasar la noche con ella. Las vi caminar de la mano hacia la cabaña de Alice.
Me pregunté por qué preferiría dormir con Alice a pasar la noche en su propia cabaña, aunque tal vez la cabaña de Alice fuese más acogedora. Me encogí de hombros. Aquello solo significaba que yo tendría más espacio para estirarme en la cabaña de Jenny. A mí me daba igual quién durmiera dónde, porque me habían aceptado en el grupo. Era una de ellas. Vi a Alice y a Jenny llegar hasta la puerta. Jenny se volvió para mirar a Ivy. No a mí. Era una mirada que no había visto antes. Salvo en un gato al que le dan nata en lugar de leche. Alice abrió la puerta pintada de verde y rojo y juntas ascendieron por los peldaños amarillos. Alice le rodeó a Jenny el cuello con un brazo y ambas entraron en la cabaña. Ivy se quedó mirándolas. Se mordió el labio y atizó el fuego con un palo.
—Pásame la damajuana —me dijo.
Página 163
Lenguas de lobo
A Ezekiel le encantaban las arañas, su aspecto, el hecho de que a algunas personas les provocaran repelús, y solían ser personas hacia las que él, de por sí, sentía poco o ningún respeto. De modo que la forma en que reaccionaban a las arañas no hacía sino confirmar su impresión. Luego, estaba la cuestión de que tejían telarañas. Había pasado muchas horas en su vida viendo cómo una araña tejía una red con su seda, desplegando los delgados hilos sobre un abismo, fabricando un laberinto complejísimo en el que atrapar a su presa. Las había visto bailar ligeras sobre las finas líneas que habían confeccionado, esconderse después en un rincón, con una pata apoyada en el hilo, esperando como espera el pescador con su caña en el agua mansa. Minutos, a veces horas, hasta que la presa mordía el anzuelo. Le encantaba el hecho de que comieran moscas. Y ni siquiera de manera inmediata. Le gustaba que las envolvieran como al ganso de la tradicional cena del Día de San Miguel y las reservaran para más tarde. Que les succionaran las entrañas, dejando solo el cascarón, el fantasma de una mosca, como un tótem de su fuerza y su poder. Le encantaba el hecho de que fueran silenciosas. No zumbaban a tu alrededor ni se te metían volando en la sopa. No se ahogaban en tu cerveza en verano ni se quedaban atrapadas en la mermelada.
En una ocasión había visto una avispa y una araña peleando. La avispa era fácilmente el doble de grande y había aterrizado de lleno en mitad de la tela de la araña. Él la había visto luchar por liberarse. Su baile frenético había alertado a la araña, quien, siendo más lista, no se acercó corriendo de inmediato. Para nada. Lo que hizo la araña fue quedarse donde estaba, mirando a la avispa con voracidad. Conocía el valor de la paciencia. Dejó que se agotara, empleando toda su energía en tratar de escapar de las cuerdas sedosas que la araña con tal minuciosidad había tejido. Al cabo,
Página 164
exhausta ya la avispa y sin fuerzas para luchar, la araña se acercó despreocupada y comenzó a envolverla, haciéndola girar y girar como una mera bola de Navidad, encerrándola por completo dentro de su trampa.
En todo eso andaba pensando mientras observaba cómo una araña abordaba las reparaciones en la tela que había tejido en la cara exterior de su ventana. Estaba esperando a que Gad llamase a su puerta para ir a revisar las trampas. Llevaban ya más de una semana buscando al lobo, pero no se hallaban más cerca de su objetivo. Habían llegado hombres de fuera de la aldea, forasteros con solo una cosa en mente: la recompensa que ofrecían por cierta bestia esquiva. Mientras esperaba y veía trabajar a la araña, pensó en lo que podrían aprender de ella. Tenían una presa que atrapar, desde luego, un maldito lobo enorme. Pero ¿qué pasaba con los hombres que habían acudido a la aldea? Y luego estaban todos los hombres de la aldea en sí, los aserradores, los cavadores, los toneleros, los curtidores, los herreros y los granjeros, quienes empezaban a pasar necesidades. Quienes tenían familias y bocas hambrientas que alimentar. Quienes se habían visto afectados por las recientes inundaciones. Habían visto arruinados sus sacos de cereales y demás alimentos. Quienes estaban preocupados por el inminente invierno. La cosa se ponía difícil. Diciembre era llevadero siempre y cuando uno hubiera almacenado suficientes provisiones, pero, llegado enero, la situación se tornaba complicada. Y ya en febrero era cuando empezaban en verdad las penurias. Uno no podía contar con comer a diario, y lo que comía podía ser una cantidad exigua. Era entonces cuando las escasas raciones que recibía en el ejército le parecían de pronto abundantes. Cuando anhelaba poder comer un panecillo, una onza de mantequilla y una pinta de alubias al día. Los malos tiempos como esos forjaban hombres duros. Si Gad y él querían tener alguna posibilidad de embolsarse la recompensa, iban a tener que comportarse como la araña. Saber cuándo atacar y cuándo estarse quietos.
Se quedó mirando a la araña mientras esta daba los últimos retoques a su tela. Las arañas eran buenas madres. No dejaban a sus retoños solos ante la vida, los llevaban a cuestas y se aseguraban de que estuvieran a salvo. Como había hecho con él su propia madre. Y como Kate, su querida esposa, hacía con su hija. No como las moscas, que abandonaban a su progenie en ríos y lagos, o en los cadáveres de otros animales, o, peor aún, en la mierda de esos mismos animales, para que se los comieran los pájaros, los peces y demás depredadores. Esa no era forma de criar a un
Página 165
retoño. Pensó en Kate, enfermiza pero estoica, hecha de otra pasta. Esa misma mañana la había encontrado junto al muladar, con las manos en la tripa y cara de dolor. Le parecía que estaba peor de lo que quería aparentar.
Distinguió a Gad aproximándose a la casa, se puso en pie y abrió la puerta.
—Llegas tarde —le dijo.
—No dijimos ninguna hora.
—Pasa. Primero tenemos que hablar.
—No me importaría tomar una taza de té si me lo ofreces.
—Hay infusión de cebada en la tetera.
Ezekiel sirvió una taza para cada uno y después se sentaron ambos a la mesa.
—¿De qué quieres hablar? —le preguntó Gad.
—Me lo han confirmado.
—¿El qué?
—Lo de los forasteros. Han venido por la recompensa. Me lo ha dicho Kate. Se entera de toda clase de cosas al hacerle la colada a otra gente.
—Ya me lo parecía. Entonces, será mejor que nos pongamos en marcha, ¿no?
—Esa es la cuestión. ¿Qué crees que van a hacer todos?
—¿Atrapar al lobo? Pondrán trampas, dejarán veneno.
—Exacto. ¿Y cómo sabrán dónde poner trampas o dejar el veneno? —Buscarán las huellas del lobo.
—Correcto. Pero ¿y si esas huellas de lobo no los condujeran hacia el lobo, sino hacia otra cosa?
—No te sigo.
—He tenido una idea.
—Continúa.
—Hacemos huellas de lobo falsas. Dejamos rastros equivocados. Y tapamos los verdaderos. Siempre y cuando nosotros sepamos hacia dónde van sus huellas y los demás hombres no lo sepan, llevaremos ventaja.
Gad reflexionó sobre aquello al tiempo que daba sorbos a su infusión de cebada. Estaba algo amarga. Alcanzó un cuenco situado en mitad de la mesa, sacó un poco de miel con una cuchara y se la echó en la taza. La removió en su interior y la infusión caliente la disolvió, entonces volvió a probarlo. Mucho mejor. Cuando tuvieran su dinero, lo endulzaría todo con miel.
Página 166
—Es una buena idea. ¿Y cómo vamos a hacer las huellas falsas? —Termínate la taza.
Ezekiel lo condujo hasta el cobertizo de detrás de la casa, donde guardaba sus herramientas y el torno que se fabricara hacía tres veranos, cuando Kate y él se casaron en la capilla de la aldea y se fueron a vivir juntos. Le mostró un juguete que había hecho para su hija. Un cerdito de paño que había confeccionado cosiendo dos retales de tela y llenándolos de arena. Le explicó cómo podrían adaptar ese método, llenar saquitos de cuero con arena, coserlos para que se asemejaran a las almohadillas de las patas del lobo y tallar en madera figuras que parecieran las zarpas del lobo. Pegarlo todo en la cara inferior de una tabla de madera. Y después colocar un asa en dicha tabla.
Se pasaron la mañana entera trabajando en el artilugio, después lo sacaron para probarlo en un tramo embarrado del sendero. Retrocedieron para contemplar el resultado.
—Nunca se darían cuenta de la diferencia —declaró Ezekiel con una sonrisa.
—Es perfecto.
Justo entonces regresaba Kate de casa del molinero con un cubo de madera lleno de ropa sucia. Desde que la mujer del molinero muriera de forma repentina el otoño anterior, Kate había estado encargándose de hacerle la colada. No pagaba gran cosa, pero, en época de necesidad, toda ayuda era poca. También le remendaba la ropa, le zurcía los calcetines y le cosía botones en los jubones. Además de dinero, el molinero la obsequiaba con sacos de harina: de centeno, de trigo y de maíz. La cantidad que ella quisiera. Ezekiel vio que tenía dificultades con el cubo, así que se lo quitó y lo depositó sobre la mesa.
—No hace falta que hagas eso. Descansa.
—Estoy bien.
Se dio cuenta de lo sonrojada que estaba.
—Escucha, cuando consiga las cincuenta libras, ya no tendrás que hacer coladas.
—Si las consigues —matizó Kate.
—No te preocupes, he tenido una idea.
Ezekiel le mostró el invento y ella lo examinó.
—Has hecho un trabajo bastante decente, pero ¿no se te olvida algo? Ezekiel miró a Gad, que se encogió de hombros.
Página 167
—¿Qué?
—Necesitáis una izquierda y una derecha, no solo una derecha, pedazo de zopencos.
Ezekiel se sonrojó. ¿Cómo no se le había ocurrido? Miró de nuevo a Gad, que sacudió la cabeza, a punto ya de ponerse del lado de Kate.
—Sí, bueno, íbamos a fabricar otra. Solo queríamos comprobar si funcionaba —mintió.
Volvieron a entrar y, esta vez, trabajaron con más premura. Cuando hubieron terminado, cargaron sus bolsas y ensillaron a sus caballos, después cogieron los cepos que Gad había comprado en la herrería. El herrero les había dicho que tendrían que esperar si querían más, pues ya tenía pedidos para los siguientes dos meses. Todos los herreros del distrito estaban trabajando horas extra para hacer frente a la demanda. Gad y Ezekiel echaron también a la bolsa algo de conejo para usar como señuelo y dos palas de sepulturero. Regresaron al lugar donde habían cavado el día anterior los hoyos para el lobo. El primero seguía inalterado y decidieron dejarlo así. Cuando llegaron al segundo, no obstante, vieron que el conejo había desaparecido y la techumbre del pozo estaba removida. Se acercaron más con cautela, Ezekiel empuñando su hacha. Pero, cuando se asomaron al agujero, lo que vieron empalado en los pinchos no fue un lobo, sino un zorro. Estaba en mal estado, apenas podía moverse. Por el costado le asomaba una estaca de madera. La sangre manchaba el blanco de su vientre. Debía de llevar allí unas horas. Les enseñó los dientes y les gruñó, pero ambos sabían que poco podría hacer el animal por defenderse. Ezekiel agarró el hacha y acabó con él. Retiraron el cadáver y repararon la trampa. Utilizaron el cuerpo del zorro como cebo y lo depositaron cuidadosamente sobre el techo del hoyo.
—Un cadáver de zorro, buen manjar para un lobo hambriento. Partieron algunas ramas de pino y las utilizaron a modo de escoba para
barrer cualquier rastro de huellas de lobo. Después Ezekiel sacó el artilugio con las huellas falsas y trazó un rastro en la dirección contraria al hoyo.
—La cuestión con el lobo es que no es como nosotros. Para empezar, no tiene nuestro cerebro, pero confía en sus amigos y familiares para la supervivencia. Este es el último lobo que queda en los distritos de Yorkshire, podría ser el último lobo de Inglaterra, que nosotros sepamos, y eso le hace vulnerable. ¿Entiendes lo que quiero decir? —Gad asintió—.
Página 168
Dicen que el lobo no disfruta de la vida. Que siempre está enfadado y solo quiere venganza. He conocido a hombres así. Y he oído que a los lobos no les gustan los zorros, así que a nuestro lobo le gustará la idea de poder comerse a uno de sus enemigos. —Ezekiel había empezado a divagar en un intento de parecer versado en lobos.
—¿Y ahora qué?
—Vamos a ver si podemos rastrear sus huellas un poco más y utilizamos algunos de estos cepos.
Salieron del bosque y volvieron a montarse en los caballos de Lemuel, cabalgaron algo menos de un kilómetro hasta el siguiente tramo boscoso: abedules de ramas desnudas y fresnos de extremidades flexibles. Atravesaron trabajosamente charcos negros y el manto de hojas en descomposición, sacudiéndose la mugre de las botas, atentos a cualquier indicio, pero no encontraron ningún rastro del lobo.
—Vamos a adentrarnos un poco más. Es probable que haya pasado por aquí. Un lobo a la fuga vería este lugar como un refugio.
Abandonaron el sendero y siguieron una vereda de ciervos, utilizando palos para retirar las zarzas y los helechos que se metían en el camino. Al cabo, llegaron a una zona más despejada y Ezekiel se agachó:
—Mira, son de lobo. —Señaló unas huellas demasiado grandes para pertenecer a un perro.
Gad sacó uno de los cepos y cavaron un hoyo poco profundo en el que colocarlo, de manera que sus mandíbulas de hierro quedaran a ras del suelo del bosque. Lo abrieron para ponerlo en posición, después lo cubrieron con hojas y helechos. Gad sacó un conejo muerto y, empleando el hacha, le cortó una pata trasera, que colocó junto a la trampa.
—No tiene sentido desperdiciar un conejo entero. Tenemos que racionarlos o acabaremos quedándonos sin conejos si no tenemos cuidado.
Ezekiel sacó el invento y dibujó con diligencia un rastro falso. Gad extrajo un trapo rojo y lo ató alrededor del tronco de un árbol cercano, en la parte más baja, donde no pudiera verlo ningún hombre que no supiera dónde buscar. Mientras lo hacía, Ezekiel se adentró más aún en el bosque, buscando indicios del lobo. Localizaron otro conjunto de huellas y colocaron una trampa allí cerca, utilizando como señuelo la otra pata trasera del conejo.
—Te diré otra cosa que se me ha ocurrido —dijo Ezekiel cuando dieron un paso atrás para comprobar que las mandíbulas del cepo
Página 169
estuvieran bien camufladas.
—¿El qué?
—El chaval del señor Lane.
—¿Qué pasa con él?
—Pues que no entiendo por qué se fue a pescar. Piénsalo. En teoría debía trabajar con nosotros. Imagina que fuéramos tú o yo y, en lugar de presentarnos en el trabajo, nos fuéramos a pescar truchas.
—El señor Lane no quería que lo acompañara a la misión, o eso he oído —respondió Gad encogiéndose de hombros—. Pero, bueno, el asunto es distinto cuando se trata de un padre y un hijo.
—Pues te digo una cosa: cuando mi chaval llegue a esa edad, trabajará conmigo. No pienso dejarle campar a sus anchas como si fuese el señor de la mansión. Honrarás a tu padre. ¿No es eso lo que dice la Biblia?
Siguieron explorando las profundidades del bosque, pero decidieron que sería mejor cabalgar hasta Long Royd para colocar allí las demás trampas. No servía de nada poner todas tus trampas en un mismo bosque. En su lugar, dieron un rodeo tomando una ruta de circunvalación hasta el lugar donde habían atado sus rocines. Ezekiel sacó un hatillo de la alforja y desenvolvió una gruesa porción de torta de avena. La rompió en dos trozos y le entregó uno a Gad.
—¿Sabes una cosa? Creo que ahora es solo cuestión de tiempo que atrapemos al lobo y cobremos la recompensa.
Gad se rascó la barba de tres días. Ezekiel se dio cuenta de que no parecía muy convencido.
—En serio, piénsalo. Hace mil años, había lobos correteando por todas partes, robaban ovejas, se comían las aves de corral y cosas así, incluso mataban a chiquillos humanos. Un lobo mata cualquier cosa. Pero nosotros somos más listos que el lobo. Ahora no se ven todos esos lobos, ¿a que no?, porque los hemos matado a todos. Mira a tu alrededor, ¿qué ves?
Gad se encogió de hombros.
—Cercas, casas, campos arados, muros. Señales de vida humana. No de vida de lobo.
—No sé yo. He oído que los lobos pueden ser muy listos. Más listos que un perro o un zorro.
—Escucha, cuando un lobo pueda levantarse por la mañana, ir a trabajar, currar durante todo el día, ganarse una moneda de cuatro peniques
Página 170
e ir a la cervecería por la noche, entonces podrás decirme que el lobo es un animal listo.
Gad se rascó la barbilla.
—Somos los mandamases. El lobo está por debajo de nosotros. Dios nos entregó a todos los animales. Nuestro trabajo es administrarlos y sacrificarlos. Estamos cumpliendo con la voluntad de Dios.
—El caso es que, en aquella época, no teníamos pistolas, ni flechas, ni cepos. Habríamos tenido que trabajar en grupos grandes, no solos tú y yo, para acercarnos al animal lo suficiente para apuñalarlo.
—Exacto, ¿lo ves? Hemos aprendido, hemos mejorado nuestros métodos con el tiempo. Hemos inventado las pistolas y la pólvora. Pero el lobo no ha aprendido. El lobo sigue haciendo su vida como siempre la ha hecho.
—¿Y es por eso por lo que ya no quedan lobos?
—Bueno, cuando hayamos sacrificado a este. Toquemos madera. — Ezekiel miró a su alrededor en busca de un árbol que golpear—. El lobo siempre ha sido nuestro enemigo. No piensa en nada más que en matar y comer. Esos son sus únicos pensamientos. Eso es lo que es un lobo: una máquina de matar.
—No por mucho tiempo, ¿verdad?
Ambos se carcajearon.
—Escucha una cosa, cuando consigamos ese dinero, me voy a ir directo a El Urogallo y voy a pedirnos a los dos un trago de ese whisky especial que el tabernero guarda en la balda de arriba. Siempre me he preguntado a qué sabrá un chupito de eso.
—A la mierda. Yo compraré la botella entera.
Se terminaron la torta de avena y volvieron a montarse en sus rocines. Cabalgaron por los campos propiedad de la granja de High Cragg y atravesaron unas praderas que, hasta hacía bien poco, habían sido un ejido. Cabalgaron a los pies de la cresta del páramo de Broadhead, hasta divisar a lo lejos el bosque de Long Royd. Llegaron hasta la linde del bosque, donde los árboles se alzaban diseminados y pudieron pasar entre medias con los caballos. Los robles de las afueras del bosque habían extendido sus ramas a lo ancho, dejando espacio de sobra entre ellos. Ataron a sus caballos y continuaron a pie, abriéndose paso entre helechos amarronados. Mientras caminaban, asustaron a una comadreja y vieron su cuerpecillo escurridizo cruzar corriendo el sendero y esconderse bajo las zarzas, veloz
Página 171
como el agua. Encontraron una senda algo irregular que habrían hecho los ciervos, los conejos o incluso el hombre, y se ciñeron a esa ruta durante un trecho, hasta llegar a una bifurcación.
—¿Izquierda o derecha?
—Qué más da.
—Vamos por la izquierda, damos un rodeo y regresamos por la de la derecha.
—¿Y cómo sabes que regresa aquí?
—¿Y cómo sabes que no regresa?
El terreno estaba suave bajo sus pies y en el aire se respiraba el olor húmedo y mohoso de las hojas en descomposición. Poco a poco el sendero fue embarrándose más y el esfuerzo de tener que atravesar el barro entorpecía su marcha. El sendero se abrió un poco, después los condujo hasta un arroyo. Un pito real pasó volando. Las aguas discurrían revueltas sobre las piedras gris verdoso y describían remolinos entre los guijarros del arroyo. Ezekiel sacó su cantimplora y le quitó el tapón. Colocó la boca de esta bajo una corriente de agua y la llenó hasta arriba, después se la llevó a los labios y dio un trago de agua fría.
—¿Quieres un poco? —Le tendió la cantimplora a Gad, que estaba mirando hacia su derecha y no le prestaba atención—. ¿Quieres o no? Agua limpia y fresca.
Gad se había quedado mirando fijamente algo que Ezekiel no había visto.
—¿Qué pasa?
—¿Ves eso de ahí? —Gad señaló hacia una parte llana del suelo del bosque que aparecía cubierta de hojas de helecho, y tal como incidía allí la luz, ambos se dieron cuenta de que el terreno estaba ligeramente hundido, trazando un rectángulo.
—Parece una trampa.
Se acercaron al claro. Gad agarró su bastón y lo introdujo con cuidado entre las hojas de helecho. Al apartarlas, vieron que descansaban sobre unas ramas. Siguieron retirando los helechos hasta dejar al descubierto un cepo.
—Parece que alguien se nos ha adelantado.
Hablaron sobre si era mejor hacer saltar la trampa o dejarla tal cual para ver si atraía al lobo.
Página 172
—El caso es que los lobos tienen un gran sentido del olfato —mintió Ezekiel. Realmente no sabía nada acerca de la capacidad olfativa de un lobo. Estaba recordando un cuento de su niñez en el que un lobo olfateaba a un bebé desde un pozo—. Si nos escondemos aquí, incluso aunque nos embadurnemos de mierda de zorro, el lobo nos olfateará.
—¿Y entonces qué?
—Vamos a llevarnos la trampa y a usarla en otra parte. De ese modo fastidiamos a los hombres que la pusieron y, al mismo tiempo, conseguimos una trampa gratis que poder usar en otra zona del bosque de la que no sepan nada. Ganamos por partida doble.
—Buena idea —convino Gad con gesto afirmativo.
Con mucho cuidado, empleó su bastón para manipular las mandíbulas de hierro del cepo hasta que hizo saltar el muelle y los dientes se cerraron sobre el extremo del palo. Levantó el cepo, lo soltó y se lo guardó en la bolsa. Después volvieron a cubrir el terreno con hojas de helecho.
—Pero, un momento, entonces sabrán que nos hemos llevado su trampa y vendrán a buscarnos.
Por una vez, Gad tenía razón. Ezekiel estuvo reflexionándolo. ¿Qué era mejor, mantenerse ocultos a los demás y, de ese modo, conservar la ventaja del factor sorpresa, o por el contrario revelar que los tenían vigilados y aun así seguir un paso por delante? Lo mejor, sin duda, sería atrapar al lobo lo antes posible.
—Mira, esto es lo que vamos a hacer. Volvemos a dejar el cepo y removemos las hojas. De esa forma, no podrá atrapar nada y, si los hombres lo encuentran, pensarán que lo hizo saltar un animal que logró escapar de sus fauces. Luego, dejamos un rastro falso para que los hombres lo sigan. Pero, cuando lleguen al final de ese rastro, se encontrarán con que les hemos tendido otro tipo de trampa.
—¿A qué te refieres?
—A una trampa para hombres. Eso los frenará en seco.
—Pero nos colgarán por ello.
—No si no nos pillan. Y no lo harán.
—¿Cómo lo sabes?
—Confía en mí. Sé lo que hago —volvió a mentir.
Los dos hombres volvieron a colocar el cepo ya usado donde lo habían encontrado y alteraron el terreno lo suficiente para que pareciera que había sido obra de un animal. A continuación Ezekiel, usando la huella de
Página 173
pezuña izquierda, y Gad, usando la derecha, trazaron un rastro a cierta distancia. Después, sacaron las palas y cavaron a través del mantillo de hojas en descomposición, hasta alcanzar el suelo franco, antes de dar con la tierra firme y compacta de debajo. Ezekiel pilló una lombriz con la hoja de su pala y la partió por la mitad. Observó cómo se retorcían ambos extremos por separado.
—¿Alguna vez has probado una lombriz?
—¿Cómo dices?
—Saben a cieno y a tierra. Como a humedad. Varía según las estaciones. Y depende del lugar donde vivan. Algunas saben a mierda de cerdo. Otras poseen un sabor como a cuero.
—¿Cómo es que sabes tanto sobre comer lombrices?
—La necesidad obliga. Nos las comíamos por desesperación. Llevábamos varios días sucesivos sin nada de comida. El grupo que nos traía nuestras raciones había sido emboscado por los monárquicos. Estábamos en mitad de ninguna parte. Es una comida nutritiva si logras tolerarla. Aunque cuesta un poco acostumbrarse. El primer bocado es el peor. Después, la cosa se vuelve más fácil.
—Venga, échame una mano con esto.
Gad había golpeado una piedra. Cavó alrededor de ella y raspó la capa superficial de tierra hasta dejar al descubierto su superficie de pizarra gris y húmeda. Metió la mano, la agarró por debajo de un extremo y la agitó para aflojarla. Ezekiel utilizó su pala en el otro extremo para hacer palanca.
—Ya sale. Tira con más fuerza.
Finalmente aflojaron la piedra lo suficiente para poder sacarla de la tierra. Tenía picos y la forma de un peso de plomo. Juntos, la levantaron y la sacaron del agujero.
—A la de una, a la de dos, a la de tres.
Balancearon la piedra como si estuvieran meciendo una cuna, cada uno de un extremo. Después, cuando hubieron ganado inercia suficiente, la soltaron y la vieron estrellarse contra los helechos a pocos metros de distancia.
—Era de las grandes. Una pena desperdiciarla.
—No pienso llevarla de vuelta con nosotros. Pesará lo menos veinticinco kilos.
—Pero es una pena. Me vendría bien una piedra así.
Página 174
Siguieron cavando más profundo, donde la tierra era fría y olía a hierro y a arcilla, y sus palas chapoteaban conforme se hundían en el terreno. Al final hicieron un hoyo de dos metros de profundidad, con el largo y el ancho suficientes para poder tumbarse dentro. Confeccionaron varas usando ramas de avellano, las clavaron con firmeza al fondo del hoyo y afilaron los extremos para sacarles punta. Mientras trabajaban, Ezekiel empezaba a arrepentirse de su sugerencia. Incluso aunque atrapasen a uno de sus competidores en aquel pozo, habría más. Y, si los mataban, vendrían otros. Los hombres seguirían viniendo siempre que se mantuviese la recompensa por la cabeza del lobo. Pese a ello, ya era demasiado tarde para echarse atrás. Los líderes no se retractaban de su palabra. Que él supiera, el señor Lane nunca se había echado atrás en nada. Cuando el señor Lane tomaba una decisión, no había más que hablar. Tal vez, si él se comportara como su señor, algún día sería tan rico como él. Aunque, salvo imitar las acciones del señor Lane, no tenía mayor plan. Para Ezekiel era un misterio cómo podían ganar dinero los hombres con ese jornal a final de semana.
Cabalgaron por debajo de High Cragg y siguieron el cauce del río, cruzándolo por el puente Mickle. Este estaba compuesto por enormes pedazos redondeados de piedra, construido para trasladar ataúdes desde el pueblo vecino, donde carecían de derechos de enterramiento. Junto al río crecían alisos, cuyas raíces se extendían hasta el agua marrón. El camino de piedra se hallaba cubierto por sus piñas y sus amentos. Los hombres cabalgaron hasta Dale Edge. El primer tramo del bosque estaba dominado por robles maduros de corteza arrugada como la rodilla de una vieja. Rondaban por allí algunos de los cerdos de Eddie olisqueando bellotas — tenía los derechos de pastoreo en esa zona—, después se acercaron hasta Hazel Hirst, donde habían podado recientemente algunos de los árboles y recolectado sus frutos. Aquellos podados ofrecían sus muñones como miembros amputados.
—He encargado veneno —anunció Ezekiel.
—¿Ah, sí?
—Todos los herreros están ocupados. Olvídate de los cepos. No tendremos otro antes del Día de San Miguel.
—Pero podemos seguir cavando hoyos.
—Hemos de pensar en la eficiencia. Cavar hoyos lleva su tiempo. Si conseguimos un buen veneno, podremos contaminar toda la carne que
Página 175
queramos.
—Pero eso tendrá un coste.
—Piénsalo como una inversión. Tienes que apoquinar si quieres cobrar lo que te deben. ¿No crees que los demás estarán haciendo eso mismo? Y, si no lo están haciendo ya, no tardarán. Hay que ir un paso por delante. Además, sabemos que algunos ya han empezado con los rastros envenenados. Cuando estemos sentados en El Urogallo, bebiendo el mejor whisky del tabernero, pensarás que ha merecido la pena.
De hecho, lo del veneno había sido idea de Kate, pero eso no se lo dijo a Gad. Pensó en Kate. No mejoraba. Cuando hubieran terminado, se iría directo a casa, prescindiría de acudir a la cervecería.
Regresó a casa aquella tarde y se encontró a su esposa en la cama, todavía completamente vestida. La habitación estaba a oscuras, aunque alcanzó a ver, pese a la débil luz de la vela de sebo, que tenía la piel cubierta con una pátina plateada. Le tocó la frente y notó que estaba ardiendo. Las hierbas de la madre Hunt no habían funcionado.
—Santo Dios, muchacha, estás tan enferma como una cerda leprosa.
—Trató de mantener el miedo alejado de su voz.
—No es para tanto.
—Iré a buscar al médico.
—No pasa nada. Ya se me pasará.
Le aflojó la ropa y fue a por agua fría y una toallita para enfriarle la frente.
—¿Has bebido algo?
Kate sacudió la cabeza. Ezekiel fue a la cocina y encontró agua de cebada, la sirvió en una taza y regresó al dormitorio. Vertió con cautela parte del agua sobre sus labios.
—Toma. Bébete esto.
Ella intentó tragar parte del líquido. Él recogió con la toallita lo que se derramó.
—Voy a ir a buscarlo.
—¿A estas horas de la noche?
—Me daré toda la prisa que pueda.
—No podemos permitírnoslo, Zeke.
Página 176
Tenía razón. Andaban justos de dinero. Y el médico cobraba una fortuna por sus servicios y no siempre se preocupaba de lo que ocurriera después. Aun así, si conseguían esas cincuenta libras, pronto podría pagarle. Le dio a su mujer un poco más de agua, después depositó la taza sobre la mesilla que había junto a la cama. Se abrochó la gabardina y cabalgó a lomos de la yegua de Lemuel hasta casa del médico.
Mientras cabalgaba, le inquietaba algo más aparte de la salud de su mujer. Era la trampa para hombres que habían elaborado. Gad tenía razón. Era evidente cuál era su intención a juzgar por el tamaño y la forma del hoyo. El sacristán era un hombre astuto. El alguacil, aún más astuto. Cualquier magistrado los declararía culpables. Y eso se castigaba con la horca. Él no tenía ningún deseo de llevar un collar de cáñamo ni de quedarse colgando de una cuerda. No gozaba de la protección que tenía el señor Lane ni de su influencia. Era cierto que, desde que despacharan al rey, las leyes habituales no siempre se aplicaban, y algunos se aprovechaban de ello, pero, para los hombres de a pie como él, no había cambiado gran cosa. ¿Cómo hacía el señor Lane para quedar impune con los asesinatos? Ezekiel sospechaba que tenía a determinados hombres comprados. Sabía que invitaba a cenar al alguacil y al sacristán una vez por semana, también a otros caballeros influyentes. La invitación nunca se había hecho extensible a Gad ni a él, tampoco a ningún otro currante. Volvió sobre sus pasos para ir a por una pala, después dio un rodeo hasta el bosque de Long Royd. Encontró la trampa para hombres y la llenó lo suficiente para que no pudieran acusarlos de haber buscado la caída a propósito.
Regresó cabalgando hacia la aldea hasta llegar a la casita del médico, que se hallaba ubicada hacia el norte, en las afueras, detrás de la iglesia y del cementerio. Mientras cabalgaba, trató de no pensar en la dolencia de Kate; en su lugar, se dedicó a pensar en el lobo. ¿Cómo iban a atrapar a ese bellaco? Hasta el momento, llevaban días trabajando para nada. Luego estaba el coste que tenía todo aquello. Los cepos no eran baratos. El veneno era caro. Lemuel les había pagado algún dinero para sacarlos del apuro, pero no era un jornal completo. Y ahora la zona estaba plagada de forasteros que buscaban la misma recompensa. Lo cierto era que él carecía de los conocimientos necesarios para atrapar al lobo. El animal era una criatura estúpida y cobarde; aun así, era más astuto que él. Al día siguiente tendría que reunirse con Gad y decidir cuál era la mejor opción. Lo único
Página 177
que sabía era que su estrategia no daba resultado. Si alguien se les adelantaba, jamás podría pagar la factura del médico.
Mientras cabalgaba, sus pensamientos se vieron interrumpidos por el ulular de un búho. Su llamada era un silbido quejumbroso. Ojalá ser ese pájaro, sin nada en la cabeza más allá de cazar alguna musaraña. Agradecía el trabajo que Lemuel le ofrecía, sabía que lo había mantenido ocupado en algunas ocasiones en las que realmente no había trabajo que hacer, buscándole tareas, encargos que en realidad no eran necesarios, todo ello por una sensación de gratitud. Pero deseaba tener una vida más sencilla. Estar en el ejército era una batalla diaria, siempre huyendo de un hambre que una taza de alubias jamás podría saciar, pero al menos ahí se sabía quién era tu enemigo: un dandi arrogante. Y sabía cómo matar a ese enemigo: ensartarlo como a un cerdo. Le había gustado ser piquero, con la funda de la pica colgando del cinturón. La vida ahora era más incierta, siempre preocupado por lo que les depararía el día de mañana a Kate y a él, además de a su hija y a su bebé nonato.
Rememoró las batallas que habían librado contra los monárquicos. Se había sumado al resto de sus compañeros cuando estos entonaban canciones sobre la bazofia monárquica, aunque lo cierto era que no tenía una opinión muy definida en contra del rey. El nuevo Parlamento Remanente no era ni mejor ni peor que la vida bajo el reinado de Carlos. Lo que a él le importaba eran Kate y sus retoños. ¿Qué más daba quién llevase la corona o se sentase en el trono?
Cuando pasaba por delante de la iglesia en dirección a casa del médico, el búho le sobrevoló justo por encima de la cabeza, mostrándole su vientre blanco, como un espíritu fantasmal a ojos del mundo. Su vuelo era completamente silencioso, y hubo algo en aquel pájaro blanco como la nieve que volaba en la oscuridad, avanzando en absoluto silencio, que le provocó un escalofrío por la espalda.
El médico era un hombre que respondía al nombre de Stoker y a Ezekiel le ponía el vello de punta. Trataba de evitarlo en la medida de lo posible. Era Stoker quien había acudido a socorrer al señorito Thomas. Era él quien le había pinchado, toqueteado y metido solo Dios sabía qué por la garganta al pobre muchacho. Cuando Gad y él entregaron a Thomas a Lemuel y a su familia aquella noche de noviembre, el chico todavía respiraba. Cuando
Página 178
Jacob encontró a Stoker en El Cordero de Dios poco después, el hombre iba claramente ebrio. De hecho, se cayó cuando subía por las escaleras. Ezekiel ya había visto antes a algún hombre caerse por un tramo de escaleras, pero nunca cuando las estaba subiendo. Menos de veinticuatro horas después, Thomas estaba más que muerto y a los Lane se les presentó una factura exorbitante. Pero Kate tenía fiebre.
La mujer de Stoker ni siquiera lo invitó a entrar. En su lugar, le ordenó esperar allí, a la intemperie de una noche de noviembre, mientras iba a buscarlo. Ezekiel se quedó plantado frente a la casa del médico, sujetando las riendas de su caballo, junto al farol, expulsando nubes blancas de vaho de los pulmones. Era una propiedad bien equipada, aunque sin la categoría y magnificencia de la finca de Lemuel, pero sí grande en comparación con su propia casita insignificante. Había una tajada en el velo negro de la noche. Veía la luz débil de la luna, la escarcha que comenzaba a trepar por las ramas desnudas de los árboles y ya iba blanqueando los cristales de las ventanas. Sobre su cabeza, distinguió a los centinelas brillantes de la Osa Menor, junto al brillo señorial de la estrella polar. Pero todo lo demás estaba envuelto en un manto de oscuridad aterciopelada.
Stoker apareció en la puerta, ya con el abrigo puesto y el maletín de cuero en la mano. A juzgar por sus ojos, Ezekiel se dio cuenta de que lo había pillado dándole a la botella. Los tenía húmedos como los de un sabueso, con pronunciadas bolsas que dejaban ver unas medias lunas enrojecidas.
—Coge esto mientras voy a por mi rocín, ¿quieres? —Le tendió su bolsa y desapareció al doblar la esquina de la casa.
Ezekiel esperó. Se frotó las manos para entrar en calor. Las juntó formando un cuenco e insufló en el hueco su aliento caliente. Vio cómo el aire se volvía blanco. Stoker reapareció a lomos de un caballo. Ezekiel le devolvió la bolsa y se montó en el suyo. Juntos cabalgaron de vuelta hacia su casa.
—¿Y dices que la madre Hunt ha estado atendiéndola?
—Eso es, señor. Ha probado con todo.
—¿Con hierbas, quieres decir?
—Así es, señor.
—Mira, muchacho, toda enfermedad procede de un desequilibrio de los cuatro humores. Sabes cuáles son, ¿verdad?
—No, señor.
Página 179
—La sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra. La mejor cura para la fiebre es una sangría.
Ezekiel no sabía nada sobre los cuatro humores. El único humor del que entendía era del que le entraba en El Urogallo o El Cordero de Dios después de tomarse unas cuantas cervezas. Pero sí sabía que la madre Hunt había curado el cólico de su hija Rose colocándole una pata de liebre alrededor del cuello. También sabía que le había curado la ictericia a su padre con flores amarillas.
—Apoplejía, estranguria, fiebre, fiebre intermitente… Esas dolencias solo se curan si se entiende la ciencia que hay detrás. Recuerda mis palabras. He curado tumores, úlceras, fracturas y enfermedades venéreas, no mediante hierbas ni pociones milagrosas ni supersticiones absurdas, sino mediante la aplicación de la ciencia. Cuando entiendes cómo funcionan los cuatro humores, entonces empiezas a encontrar las verdaderas curas. ¿Lo comprendes?
Ezekiel no lo comprendía. Tampoco le gustaba el tono de superioridad del médico. Había oído que Stoker le había taladrado un agujero en la cabeza al mozo de cuadra para librarle de una migraña, y el mozo dijo que el dolor se le había pasado, pero también había recibido el tratamiento de la madre Hunt, con grasa de ganso y hierba de obispo.
—La peste, por ejemplo. He oído que, en la aldea de tu primo Gad, mataron a todos los gatos y perros.
—Así es, señor.
—Eso responde simplemente a la ignorancia. ¿Acaso eso curó la peste?
—No, señor.
—No, claro que no. Y, si no me equivoco, la empeoró, ¿a que sí? Lo que enseña la ciencia al hombre instruido es que la peste está causada por una combinación de vapores nocivos del aire y los humores corruptos del cuerpo. Arsénico, mercurio, sapos secos. Todo eso son tonterías, por supuesto.
—¿Está usted licenciado, señor? He oído que el Colegio Real solo admite a un pequeño número de personas.
—¿Licenciado? ¿De qué diantres me hablas? Claro que no. Fuera de Londres no encontrarás a un médico con licencia. Son todo paparruchas. No necesito un trozo de papel para demostrar mi valía. Sino años de experiencia.
Página 180
A Ezekiel tampoco le interesaban mucho las licencias. Mientras aquel hombre tuviera los fármacos necesarios para curar a la pobre Kate, no pasarían penurias.
—Entonces, dime, ¿qué ha estado empleando la vieja madre Hunt para tratar la fiebre de tu mujer?
—Una tintura de corteza de sauce, señor.
Stoker se rio amargamente.
—Corteza de sauce, ya veo. Ya he oído de todo. La semana pasada, sin ir más lejos, me enteré de que esa mujer había estado utilizando dedaleras para tratar la hidropesía del herrero. ¿Tú sabes lo venenosa que es esa planta? Es letal.
Ezekiel se limitó a asentir. La hidropesía del herrero había mejorado bastante desde entonces. Se detuvieron frente a su casa, bajaron de los caballos y los amarraron.
Dentro, Ezekiel encendió algunas velas de sebo más y lo condujo hasta donde yacía Kate, encendida de fiebre. Stoker la examinó. Pinchó, la toqueteó. Murmuró y masculló. Después, abrió su bolsa y sacó unas tazas.
—No me vendría mal algo para refrescar el gaznate.
Ezekiel fue en busca del único licor que tenían en casa, una jarra de oporto, y le sirvió al doctor un generoso trago, asegurándose de quedarse él con la jarra.
—Puedes esperar en la habitación de al lado. Yo iré a buscarte cuando haya concluido. —Despachó a Ezekiel con un gesto del brazo y este se fue a la otra habitación y se quedó de pie frente a la lumbre.
Echó un trozo de turba al fuego, alcanzó la jarra de oporto y dio un trago. Vio prenderse el bloque de turba y lo empujó hacia el interior del hogar con unas tenazas de hierro, antes de sentarse en la silla con su jarra de licor entre las manos. El bloque de turba ya casi se había consumido cuando reapareció Stoker.
—Ahora necesita reposo. Y no te bebas eso tú solo. También lo necesitarás para tu esposa. Dale una taza con dos gotas de esto, dos veces al día, hasta que se le vaya la fiebre.
Le entregó a Ezekiel un frasquito de boticario.
—Gracias, señor. ¿Cuánto le debo?
—Veamos, con la visita, la consulta, el tratamiento y la medicina, serán cinco chelines.
—¿Cinco chelines?
Página 181
—Escúchame bien. Al señor Lane le cobraba una libra diaria por mi atención médica.
—Pero es que no tengo cinco chelines.
—¿Y cuánto tienes?
Ezekiel se acercó al cajón, sacó una caja y contó las monedas.
—Dos chelines y tres medios peniques.
Stoker aceptó las monedas y se las guardó.
—Me debes dos chelines y diez peniques. Te perdono el medio penique[16]. —Se puso el sombrero y se ciñó la capa.
Ezekiel lo acompañó a la salida.
Cuando el médico se hubo marchado, Ezekiel llevó la jarra y la taza al dormitorio. Comprobó que Rose estuviera dormida en su cuna. Kate estaba incorporada sobre la cama, tratando de sonreír. Le sirvió una taza.
—Toma, bebe esto.
Se encontraba demasiado débil para beber el licor sin ayuda, de modo que le dio tres o cuatro sorbos y después volvió a frotarle la frente con el paño húmedo. Al tomársela, comprobó que seguía teniéndola caliente. Kate se recostó y cerró los ojos. Él se sentó a su lado y la observó dormir. Se quedaría junto a ella hasta que se despertara. Al menos su esposa no sabía que Stoker los había arruinado. No tenían ni medio penique a su nombre y tendría que currar de lo lindo para reunir lo que debía.
Tras asegurarse de que Kate hubiese caído en un sueño profundo, se arrodilló a los pies de la cama y rezó:
—Por favor, Dios, cúrala. No me la quites. Haré lo que me pidas. Por favor, ten piedad. Somos buenas personas que cumplen tus enseñanzas, y ella es una buena mujer. Haz que se le vaya la fiebre y te prometo que libraré a esta tierra del lobo. Pues sé que se trata del perro de Satán. Y, cuando esta tierra vuelva a quedar libre de ese cerbero, prometo servirte el resto de mis días. Jamás volveré a faltar un solo día a la capilla. Pero, por favor, devuélveme a Kate y al bebé que lleva dentro.
Alzó la mirada hacia el techo. ¿Estaría allí Dios? ¿Podría verlo? ¿Estaría escuchándolo? No estaba seguro, pero creyó sentir sobre él el ojo de Dios.
Página 182
Extrañas criaturas
Al día siguiente llovió, también al otro, tal como había predicho Alice. Llovió con tal fuerza que el agua traspasó nuestro compacto tejado de ramas y me desperté en mitad de un charco helado. Nos quedamos junto al campamento y Jenny y yo estuvimos reparando el tejado de la cabaña, entretejiendo ramas de acebo, mirto y laurel de montaña. Tapamos los agujeros con musgo y colgamos nuestra ropa de cama en las ramas para que se secara.
Ivy se acercó cuando estábamos añadiendo los últimos retoques y explicó que Alice deseaba hablar conmigo. Las dejé preparando algo de comer y me fui a la cabaña de Alice, a cuya puerta llamé. Se abrió y Alice me hizo pasar.
—Ivy ha dicho que deseabas verme.
—Siéntate, por favor.
Había allí solo una cama y un taburete. Alice se sentó en la cama y yo ocupé el taburete, junto al fuego. Sacó su pipa y la llenó de tabaco. Las paredes estaban pintadas de azul oscuro y, enmarcado sobre la cama, había un cuadro de una extraña criatura que no había visto nunca. La cama estaba cubierta con un quilt de vivos colores.
Alice asintió. Se acercó a la pequeña salamandra, abrió la portezuela y encendió un palito. Utilizó eso para encender la pipa.
—Me parecía que este era un buen momento para que conversáramos tú y yo. En fin, conocernos un poco mejor. Soy mucho mayor que tú y recuerdo el mundo antes de que estuviera del revés. Cuando las leyes de esta tierra eran intricadas y el rey gobernaba sobre todos los aspectos de nuestra vida. Aunque hay quien dice que siempre hubo dos clases de leyes: unas para los pobres y otras para los ricos. Esta tierra ha cambiado tanto en los últimos años que es difícil seguirle el ritmo. Pero para ti y para las
Página 183
demás, es mucho más sencillo. Este mundo es lo único que has conocido. Pero deja que te diga una cosa: puede que ahora todo sea un caos, nadie sepa si va o si viene, ni en quién puede confiar ni qué debe pensar, pero antes no era mucho mejor. La certeza y la estabilidad no trajeron consigo un cambio social. No había muchas oportunidades, al menos para gente como nosotras. Para gente como nosotras, el viejo mundo estaba amañado. Al menos ahora tenemos la oportunidad de obrar un cambio real y duradero. El pueblo empieza a cuestionarse las viejas costumbres. Están dispuestos a pensar de un modo diferente y a probar maneras distintas de vivir. Tal vez, gracias a esa nueva disposición, podamos lograr un mundo mejor. Así que sí, las cosas que antes funcionaban ahora están rotas. La Iglesia, el Estado, la ley. Puede que nada de eso exista en el futuro. Este es un momento muy emocionante para estar viva. Y yo lo veo como lo que es: una oportunidad de rehacer el mundo para que favorezca a personas como nosotras. ¿Estás de acuerdo, Rowan?
Yo asentí, sin saber ya qué pensar.
—Bien. Eres irlandesa, ¿verdad?
Me encogí de hombros.
—¿Pero has vivido en Inglaterra los últimos años? Lo suficiente para perder el acento.
¿Cómo sabía tantas cosas sobre mí?
—No te preocupes. No pasa nada. No pretendo inmiscuirme, solo me intereso por ti. He dicho que deseaba conocerte un poco mejor y eso es lo que estamos haciendo. ¿De qué parte de Irlanda provienes?
—De la costa occidental.
—¿Y cuándo llegaste a Inglaterra?
—En invierno del cuarenta y dos.
—Así que justo después de la rebelión irlandesa. ¿Tus padres huían de los disturbios?
Asentí, pues no me parecía que tuviera sentido negarlo. Estaba claro que ya había discernido gran parte de mi pasado.
—¿Y pensaron que huir al norte de Inglaterra sería buena idea? Interesante. Bueno, estoy algo enterada de la situación allí en aquella época. Pero cuéntame tu historia, Rowan. ¿Qué le ocurrió a tu familia?
—Mi padre era marinero. Cuando conoció a mi madre, dejó el mar y se puso a trabajar como descortezador. No tenía inclinaciones políticas y nunca buscó problemas. Pero mi madre decía: «A veces los problemas lo
Página 184
siguen a uno, aunque no vaya buscándolos». Cerca de donde vivíamos, había muchos colonos ingleses, protestantes. Algunos llevaban varias generaciones en Irlanda, otros eran recién llegados. La cosa empezó con robos principalmente, también insultos. No sé cómo, la situación se agravó muy deprisa. Murieron hombres. Algunos fueron asesinados. A otros los despojaron de sus ropas y murieron aquel terrible invierno del cuarenta y uno. Los protestantes fueron torturados y ahogados.
»Mi padre no quería tener nada que ver con ello. Algunos hombres deseaban que luchara para ellos, pero les dijo que no era soldado. Solo lucharía contra un hombre que previamente hubiera accedido a luchar contra él. No quería ser el perro de nadie. Tenía un amigo que resultó ser hijo de colonos ingleses. Ambos se conocían desde hacía mucho tiempo; cuando unos hombres atacaron a su amigo, mi padre se enfrentó a ellos. Luchó contra los tres él solo. Las cosas se pusieron feas, se descontrolaron. Uno de los hombres murió. No lo mató mi padre, o al menos no era su intención. Mi padre le salvó la vida a su amigo, pero al hacerlo puso en peligro la suya, también la de su familia. A modo de agradecimiento, el hombre le concedió a mi padre dos mil metros cuadrados de terreno en Yorkshire. Le dio algo de dinero para escapar.
—¿Y así fue como acabasteis aquí?
—Al principio las cosas iban bien. Encajamos, trabajamos duro, nos ganábamos la vida. Pero mi madre decía: «A veces el pasado de un hombre acaba alcanzándolo». Y eso fue lo que nos sucedió a nosotros.
—¿Y el hombre que mató a tus padres?
—El señor Lane. Parte de su familia se asentó en nuestra aldea de Irlanda. No conozco los detalles. El hombre que murió, a quien dicen que mató mi padre, era el cuñado del señor Lane. Este culpó a mi padre de su muerte, además de la de su hermana. No sé por qué; mi padre era un hombre inocente. Habría venido a por nosotros de todas formas. Odia a nuestro pueblo. No descansará hasta que nos borre de la faz de la tierra.
—Lo sé, niña. Lo comprendo. Pero escúchame bien. Has perdido a tu familia y siento profundamente tu pérdida. Conozco bien el dolor. Aún lo percibo, pese a que yo perdí a la mía hace muchos años. Sin embargo, has ganado una nueva familia. Ahora nosotras somos tu familia. Eres una de las nuestras, Rowan, y serás libre. Serás fuerte. Serás auténtica. Vivimos para demostrarle al mundo lo que significa liberarse de los dogmas. Del veneno del hombre. A mí me han llamado hechicera, pitonisa pestilente,
Página 185
astróloga de pacotilla y cosas mucho peores. Pero mi vocación es servir. —Expulsó una densa nube de humo blanco que inundó la pequeña estancia—. Ahora formas parte de esta familia. —Me sostuvo la mirada y yo asentí, tratando de consolarme con aquella idea.
Contemplé el cuadro y me pareció ver que una de las extrañas criaturas me guiñaba un ojo.
Página 186
Segunda parte
La hora del lobo
Página 187
El hombre de Gotemburgo
1 de diciembre de 1649
Lemuel se enderezó la chorrera frente al espejo de la entrada y se quedó mirando su reflejo. Tenía buena cara. Una con experiencia. Tan solo tenía torcida la nariz. En otra época la tuvo recta, aunque una escaramuza con un fantoche monárquico en Derby tuvo como resultado aquella imperfección. Aun así, el otro se llevó la peor parte, porque lo destripó allí mismo. Se pasó los dedos por la corta cabellera. Por encima de las orejas tenía los bordes canosos. Se toqueteó la chorrera, tirando de aquí y de allá, tratando de igualar el cuello por ambos lados. ¿Qué importaba? No era un hombre vanidoso y poco le importaban su atuendo o apariencia. Tenía un buen sastre y confiaba en su buen juicio. Siempre y cuando llevara el pelo bien peinado y no tuviera restos de comida en la cara, ni en la ropa, todo iría bien. Mientras tironeaba del encaje, se dio cuenta de que estaba nervioso. Se hallaba preparándose para reunirse con el hombre de Gotemburgo, un hombre que, confiaba, resolvería su problema de una vez por todas. Por fin quedó satisfecho con el ángulo de la chorrera. Se pasó a ver a las chicas de camino al comedor principal. Estaban discutiendo, como de costumbre. ¿Por qué? Ni lo sabía ni le importaba.
—No tardará en llegar, así que nada de tonterías.
—¿No podemos ir a verlo?
—Yo quiero conocerlo.
—Podéis pasar a saludar, pero nada más. Tenemos muchas cosas de las que hablar y no quiero interrupciones.
Cerró la puerta tras él antes de que pudieran seguir protestando y continuó por el pasillo, pasando de largo las cabezas de linces y zorros,
Página 188
ciervos y tejones. Animales que él mismo había matado. En cambio, ahora se daba cuenta de que su pericia como cazador tenía un límite.
Ateniéndose a la palabra de hombres de su confianza, el de Gotemburgo no era solo un experto, sino además el mejor, y deseaba impresionarlo. No había nadie en el norte de Europa que estuviera mejor preparado o aprovisionado. El tipo había recorrido Suecia, Noruega, Dinamarca, Sajonia y Bohemia, donde los lobos seguían siendo algo habitual, y se había ganado cierta reputación como el mejor cazador de lobos de la región. Ahora era una especie de leyenda, se hablaba de él en susurros, lo veneraban en todos los rincones del mundo septentrional. Su nombre era Johan Hellström, y Lemuel había oído hablar de él por primera vez cuando se hallaba destinado en York, en 1643, pero jamás lo había visto en persona. Las anécdotas sobre Hellström habían recorrido océanos. Podía rastrear a un lobo por su olor. Había matado a un lobo con sus propias manos. Había aniquilado a más de quinientos lobos. O eso se decía.
Elizabeth estaba disponiendo una copiosa cena a base de pasteles de carne y patatas asadas. Sobre la mesa ya había dispuesto fuentes de ternera, capones, vaca, pescado seco y tripas de buey. Había también una gran jarra con el mejor vino de Burdeos de Lemuel. Deseaba causar la impresión adecuada. No era un hombre impaciente, pero le gustaba que las cosas llegaran a buen puerto. Y, a pesar de tener a un sinfín de cazarrecompensas deambulando por la aldea, alborotando en cervecerías, tabernas y burdeles, no había noticias de que alguien hubiera visto un lobo, y mucho menos que lo hubiera capturado y matado.
Ezekiel acudía cada mañana a informarle de cualquier novedad. Lemuel sabía lo mucho que estaban esforzándose Gad y él, la cantidad de trampas que habían puesto en Lowe Dene, Sheep Brink, Dale Edge, Low Fold, Bluebell Woods y Long Royd. La aldea estaba plagada de hombres jóvenes y ansiosos, desesperados por hacerse con su recompensa. Estaban dejando secas las posadas, gastándose el dinero en los dados y en juegos de puntería[17]. El Urogallo había tenido que expulsar a un grupo de forasteros al estallar una trifulca por un motivo que ya nadie recordaba. El Cordero de Dios no había tardado en seguir su ejemplo cuando un joven tunante había llamado meretriz a la mujer del mozo de cuadra y este le había dado al muchacho unos cuantos gritos, aunque después tres de los amigos del chaval lo habían asaltado de camino a casa. Hombres lascivos
Página 189
con la barriga llena de cerveza y las ingles al rojo vivo. Estaban encendidos. Tenían muy mala leche. La aldea entera parecía un polvorín a punto de explotar y, entretanto, ese lobo seguía campando a sus anchas como si fuera el dueño del cotarro. Cada día que seguía vivo y respiraba suponía para Lemuel una profunda afrenta. Cada día que seguía al acecho en los bosques y valles que circundaban su finca, sentía Lemuel Lane que le metían dos dedos por detrás. Ese lobo le deshonraba. Manchaba su reputación. Habían transcurrido largas semanas desde que su hijo fuera masacrado por esa bestia negra. Había llegado el momento de que él, Lemuel Lane, pasase al siguiente nivel.
—Pensé que ya estaría aquí —comentó Elizabeth mientras ponía la mesa.
—Es por el clima. —La lluvia arreciaba contra la ventana—. Hace que los caballos avancen más lentos.
—Dicen que deja mucha muerte a su paso —dijo Elizabeth meneando la cabeza.
—Me da igual, mi amor, siempre y cuando me traiga a mi lobo.
Se sirvió una patata asada. Todavía estaba caliente y tuvo que soplar antes de morderla. Crujiente por fuera, pero suave y melosa por dentro. Asada con grasa de ganso. Como a él le gustaba. Su padre había prohibido a su familia comer patatas, se negaba a comerlas aduciendo que las patatas no se mencionaban en la Biblia. Decía que eran comida para católicos y otras gentes que odiaban a Dios. Pero Lemuel consideraba aquello una superstición absurda. Siempre y cuando uno las plantara el Día de San Jorge, el Domingo de Ramos o en Viernes Santo, Dios se aseguraría de que no le sucediera nada malo. Se sirvió una copa de vino de Burdeos y dio un sorbo. No era ningún experto, pero sabía reconocer un caldo decente cuando se lo llevaba a los labios, y aquel era un caldo decente. Había cenado con Fairfax y Valentine, con Crawford y Baillie. Hombres que disfrutaban solo con lo mejor de lo mejor. Lamentablemente, nunca había cenado con el hombre en cuestión. Ironside, lo llamaban. Pero, en cualquier caso, habría entregado su vida por un compañero tan valiente.
—No te las comas hasta que llegue —lo reprendió Elizabeth con una sonrisa y una suave palmadita.
Lemuel pensó de nuevo que deberían tener una doncella que se ocupara de tales tareas. Una que estuviese a la entera disposición de Elizabeth, día y noche, en lugar de alguien a quien despachar tras haber
Página 190
preparado la cena. Cuando todo aquello hubiese acabado, se encargaría de contratar a una.
—¿Te importa quedarte con las chicas? No me molesta que pasen a saludar, pero tenemos que discutir sobre algunos asuntos y preferiría que no estuviesen presentes.
—No te preocupes por las chicas, yo cuidaré de ellas. Preocúpate solo de ese tal Hellström.
Lemuel se acercó de nuevo a la ventana. Ya estaba oscureciendo. Por aquellos lares lo llamaban el umbral del día. Los grajos revoloteaban y graznaban alrededor de las hayas más altas, entregados a sus rituales cotidianos antes de irse a dormir. Lemuel dio vueltas de un lado a otro de la estancia. Se acercó al fuego y lo atizó. Vio saltar las chispas y añadió un par de leños más: abedul y roble de la poda del año anterior.
—¿Quieres más leña?
—No te molestes, mi amor.
—No iba a hacerlo. Se lo iba a pedir a Jacob —respondió ella con una sonrisa. Era agradable verla sonreír.
Ninguno de ellos había sonreído mucho últimamente. La pena los asfixiaba como una mortaja de plomo. Pasaban ambos varios días sin apenas dirigirse la palabra, unidos en silencio por el duelo que sufrían. Despertarse por las mañanas era la parte más difícil. Abría los ojos y, por un instante, no recordaba cuál era su situación. El sol se filtraba a través de una rendija de los postigos, iluminando el rostro de la mujer amada, que dormía junto a él. Entonces recordaba que su hijo había muerto y que el lobo seguía en libertad. Como si tuviera el lastre de una embarcación adherido al pecho, sentía el desolador peso de esa certeza, que le dejaba clavado en el sitio. Incapaz de moverse, de respirar apenas, se quedaba allí tendido, deseando tener en la mesilla un mosquete cargado a fin de poder apoyar el cañón contra su sien y apretar el gatillo. En lo más profundo de su corazón había un lugar negro al que no se atrevía a entrar. En vez de eso, lo rodeaba, redirigía sus pensamientos. Sabía que su Elizabeth tenía también ese mismo lugar negro en el centro del corazón.
—De momento hay suficiente. Luego le pediré que traiga más.
—Confío en que ese tal Hellström sea tan buen hombre como dicen. —No paraba de trajinar con los platos, moviéndolos de un lado a otro de la mesa.
Página 191
Lemuel asintió, perdido en sus pensamientos. Sabía que a su mujer le preocupaba el efecto de tener a tantos cazarrecompensas por el pueblo, un motivo más para acelerar la buena conclusión del asunto. Se le estaba yendo de las manos. Embriaguez, libertinaje y destrozos. Juegos de azar, broncas y gritos, prostitución. El sacristán había expresado su preocupación. También el alguacil. Aquella anarquía que se había desatado en la aldea era responsabilidad de Lemuel y de nadie más. Y ahora le correspondía a él, Lemuel Lane, ponerle fin. No rendía cuentas a nadie, ni siquiera a las autoridades. El mundo estaba patas arriba y se aprovecharía de ello.
Llamaron a la puerta y entró Jacob.
—Ya ha llegado, señor —anunció.
—Hazlo pasar entonces —respondió Lemuel tras un momento de vacilación.
Cuando Jacob abandonó la estancia, Elizabeth empezó a trajinar otra vez con los platos.
—Déjalo ya —le dijo él—. Están bien así. Por favor. —Se ajustó de nuevo la chorrera y se sacudió una pelusa de los pantalones.
Ambos se quedaron mirando la puerta. ¿Por qué tardarían tanto?, se preguntaba Lemuel. Entonces oyó pisadas en el recibidor, los clásicos andares de pies arrastrados de Jacob seguidos de otros pasos más estridentes. Lo primero que vio entrar en la estancia fueron las largas piernas del hombre, después sus largos brazos, antes de que los siguiera la figura larguirucha y demacrada de un hombre, como una araña gigante o un buitre que despliega sus alas. La criatura que tenía ante él era exageradamente alta y delgada. Tenía cuarenta y tantos años, pero poseía una cualidad atemporal. Su cabello corto y dorado y su barba de color pajizo parecían, de algún modo, iluminados. Presentaba unos pómulos hundidos y unos penetrantes y luminosos ojos grises. Lemuel había esperado a un hombre bien vestido, pero Hellström lucía una indumentaria de lo más ordinaria. Un anodino abrigo de marinero y un sencillo traje que parecía haber sido confeccionado por un sastre de campo muy enfermo. El lino era basto y no estaba muy limpio. Cuando entró en la habitación, Lemuel percibió que cojeaba ligeramente al andar. Su sombrero de ala ancha no llevaba banda alguna. Llevaba la espada bien pegada al costado. Y, pese a todo, lucía aquellos trapos como un príncipe en el exilio. Lemuel se puso en pie y, por un momento, se quedó sin palabras. El hombre de
Página 192
Gotemburgo se alzó frente a él. Lemuel estaba acostumbrado a imponerse frente a otros hombres, pero ahora sentía como si estuviese a la sombra de un hombre de mayor categoría.
—Señor Hellström, por favor, pase y acompáñenos. Estábamos a punto de cenar algo. Confío en que el viaje le haya abierto el apetito.
Hellström se quitó el sombrero y el abrigo y se los tendió a Jacob, quien los aceptó con respeto y abandonó la sala. Hellström no respondió. En su lugar, miró primero a Lemuel y después a Elizabeth, como un águila que vigila a su presa. Elizabeth se levantó y dio un paso hacia él.
—Señor Lane, y su buena esposa, señora Lane. Es para mí un honor. Habló despacio, con un acento marcado. Dio otro paso hacia ellos y
miró a su alrededor. Se fijó en los leños que ardían en la chimenea, después en la comida dispuesta sobre la mesa, en la jarra de vino de Burdeos, en las vistas que se apreciaban desde la ventana. Dio otro paso más y le tendió la mano a Lemuel. Por un instante, este último se quedó mirándola sin más. El hombre tenía la mano deforme y llena de cicatrices. Le faltaba más de la mitad, incluidos tres dedos. Solo le quedaban el pulgar y el índice. Parecían las pinzas de un cangrejo. Donde la piel aparecía dañada, estaba surcada por un llamativo costurón rosa. Lemuel fue consciente de que se había quedado mirando la mano y se le arrebolaron las mejillas. Le ofreció la suya y ambos se la estrecharon con cierta incomodidad.
—Es un honor conocerle, señor Hellström. He oído muchas cosas sobre usted.
Hellström asintió. Elizabeth se acercó y le tendió también la mano. Se la estrecharon con algo menos de dificultad.
—Le doy la bienvenida a nuestro hogar, señor. ¿Le apetece un poco de vino? —sugirió Elizabeth.
Se acercó a la mesa, agarró la jarra y sirvió vino en dos copas de peltre. Hellström agarró la suya con la mano buena.
—Ahora, si me disculpan. —Elizabeth hizo una reverencia y abandonó la estancia.
Hellström bebió con ganas de su copa. Un hilillo rojo le resbaló por el cuello y le manchó el encaje del cuello de la camisa.
—¿Viene desde muy lejos?
—Ayer tuve asuntos en Lancaster. Antes de eso, visité a un amigo en Huntingdon. Es mi primera vez en Inglaterra en dos años. El pasado
Página 193
invierno, tuve asuntos en Escocia.
—He oído que allí arriba todavía siguen teniendo problemas con los lobos.
—He oído que aquí usted tiene problema también. —Sonrió, revelando una hilera de dientes finos y puntiagudos, como los de un lucio.
—Venga, siéntese a la mesa y comamos. Con tanto viaje, seguro que se le habrá abierto el apetito. —Lemuel se sintió como un estúpido por repetir lo mismo.
Ambos hombres se sentaron en sillas opuestas y se sirvieron pasteles de carne, patatas asadas, ternera y capón.
—Hemos tenido inundaciones por la zona. Hace unas seis semanas, la aldea entera estuvo varios días incomunicada.
—He oído que tienen inundaciones en toda la región. Nueve ríos se han desbordado. El Ouse, el Severn, el Aire, el Calder, el Avon, el Trent, el Támesis, el Exe y el Derwent.
—Está usted muy bien informado, señor. Hemos tenido bastantes problemas por esa parte.
—Lo dice la Biblia, ¿verdad? —se rio Hellström—. Hay quienes culpan al clima de los recientes acontecimientos. Dicen que el asesinato de un rey enfurece a Dios. Las inundaciones son su castigo.
—¿Y qué opina usted, señor Hellström? ¿Está de parte del rey o del Parlamento?
—¿Espera que escoja entre dos tontos? Estoy por encima de esa pregunta.
El hombre de Gotemburgo le sostuvo la mirada a Lemuel como si estuviera clavándolo a la silla. Lemuel había oído que algunas serpientes eran capaces de paralizar a su presa solo con mirarla.
—Yo opino que el rey está del otro lado y, si las inundaciones son un castigo, será el diablo quien las envía —sonrió el hombre de Gotemburgo.
—En eso estamos de acuerdo —convino Lemuel, aliviado cuando aquel hombre lo liberó de su control visual. Trató de recuperar la compostura—: Lo único que lamento, señor Hellström, es no haber podido ver cómo se le separaba la cabeza del cuello.
Ambos se carcajearon.
—He oído que lo llaman Carlitos el Dos Camisas.
—Eso no lo he oído. ¿A qué ese nombre?
Página 194
—Insistió en llevar dos camisas para su ejecución, a fin de no tiritar de frío ante la multitud y que sus temblores se confundieran con cobardía. — Lemuel se relajó un poco y se llevó a la boca una gran loncha de ternera. Habló a continuación con la boca llena—: Yo luché en el Ejército Parlamentario desde el cuarenta y dos hasta el cuarenta y cuatro. Al principio era piquero, pero enseguida me convertí en mosquetero. Después me ascendieron a capitán. Y tenía hombres a mi cargo. Maté a muchos de los hombres del rey y vi caer a muchos de mis hombres. Vi a un hombre perder la cadera por un cañonazo a pocos metros de donde yo estaba. La bala le hizo un agujero justo en la mitad del cuerpo. Pero esa bala llevaba mi nombre.
—La tierra se alimenta con la sangre de los caídos y de los hombres buenos por igual.
—Muchos hombres murieron en Whinny Moor. En una ocasión nos atacaron por el frente y por el flanco. Tuvimos que luchar a punta de espada, despedazándonos unos a otros. Pero, así lo quiso Dios, logramos abrirnos camino. Los dispersamos como si fueran motas de polvo.
—En Suecia también tenemos guerra. Estamos terminando ahora. ¿Se ha enterado?
—Sí, la guerra de los Treinta Años. Debo darle mi enhorabuena a su pueblo por haber vencido a esos malditos católicos.
—Después de esta guerra, muchos veteranos se convierten en cazadores de lobos.
—¿Y así fue como empezó usted?
—Yo cazo lobos antes que esto. Nací cazando lobos. Y antes incluso de nacer. Las antiguas leyes de mi país dicen que todo el que vive debe construir una jaula para lobos. Uno debería poseer también un tambor de lobo, unas tenazas de lobo, una lanza, una pistola y un lapptyg.
—¿Un qué?
—Lapptyg. Es una cuerda con banderines.
—¿Y para qué emplean eso?
—Lo usamos para asustar al animal y que vaya hacia la trampa. Es especialmente bueno si tiene la imagen del pequeño diablo —se rio Hellström—. En mi país hay recompensa: dos daler por lobo adulto. Un daler por cachorro.
Lemuel no tenía ni idea de a cuánto equivalía un daler. A juzgar por los ojos desorbitados de Hellström, dio por hecho que sería una cuantiosa
Página 195
suma, pero no preguntó para no dejar en evidencia su ignorancia. Hablaron un rato más acerca de la larga guerra que había devastado la
patria de su invitado, pero Hellström no parecía muy preocupado por las muchas pérdidas que había sufrido su pueblo.
—Señor Lane, la guerra es Dios. ¿Lo entiende?
Lemuel asintió, atrapado de nuevo por los ojos rapaces de su interlocutor.
—No hay un principio y no hay un final. Antes del hombre ya había guerra. Antes del lobo ya había guerra. La guerra está esperando a que el hombre nazca. ¿Un juego? Un hombre le quita la vida a otro hombre. Es un buen juego. —El hombre de Gotemburgo sonrió.
Lemuel había creído que aquel hombre tenía cuarenta y tantos años, pero ahora se preguntaba si sería tan viejo como la Tierra misma. Tan antiguo como el tiempo.
Hablaron más sobre las revueltas políticas en sus respectivos países. Hellström explicó un poco más sobre las leyes ancestrales de Suecia, antes de pasar a abordar el asunto del lobo.
—El lobo es un animal social. Depende de la cooperación para su supervivencia. Lo mismo que usted y yo, señor Lane. El error que ha cometido el hombre es subestimar al lobo, verlo como otro animal más, y no como a un igual. Pero, si quiere atrapar a su lobo, debe tomarle la medida. Veamos, dice que, hasta donde usted sabe, se trata del último lobo de esta región.
—Sí, eso creo.
—Pero también creía que el anterior a este era el último, ¿no? — Hellström sonrió y mordió un trozo de tripas de buey.
Lemuel se encogió de hombros. No le gustaba equivocarse en nada. —Muy bien, demos por hecho que lleva usted razón. Un lobo solitario
es un lobo desesperado, ¿no es así? Y eso juega a nuestro favor y, al mismo tiempo, en nuestra contra.
—Y eso ¿por qué?
—Verá, señor Lane, a nuestro favor porque, como ya le digo, el lobo necesita a otros lobos para ser fuerte. En nuestra contra porque la desesperación hace que el lobo sea más feroz. No tiene nada que perder y eso le vuelve intrépido.
Lemuel no podía dejar de mirar la mano derecha de Hellström, los dedos amputados y la vistosa cicatriz rosa. La herida presentaba un
Página 196
irregular fruncido de piel. Como un calcetín mal zurcido. Hellström lo pilló mirando y sonrió. Lemuel apartó la mirada, avergonzado.
—Es natural mirar. La herida de un lobo. Tengo suerte de que no me arrancara la mano entera.
—¿Qué ocurrió?
—Fue por mi culpa. Subestimé su poder. Nunca hay que subestimar al lobo. Tenía al lobo atrapado y atado. Desangrándose, y aun así encuentra la fuerza y me da un besito.
Hellström levantó la mano y juntó los dedos remedando la pinza de un cangrejo. Se rio, mostrándole de nuevo sus dientes de lucio.
—En fin, dígame qué sabe de su lobo.
Lemuel se sentía oprimido por la presencia del otro. Era como si lo tuviera agarrado de algún modo y no pudiera soltarse. Se puso en pie, rellenó las copas y se quedó delante del fuego. Se inclinó y añadió otro leño, levantando un polvo rojo de cenizas por el aire.
—No sé gran cosa. Solo que, hace unas semanas, atacó a Thomas, mi único hijo varón, cuando estaba pescando truchas en Lowe Dene. Mis hombres lo trajeron de vuelta. Llamamos al médico. Hizo todo lo que pudo, pero al día siguiente el muchacho murió en mis brazos.
Aquel día debería haber insistido en que Thomas los acompañara a sus hombres y a él a casa de los O’Fealin. No debería haberse mostrado tan laxo como para permitir que se fuera a pescar truchas. Su hijo había querido acompañarlos y él se lo había negado. Era culpa suya que su hijo hubiera muerto. Notó que volvía a sumergirse en aquel abismo negro que escondía en su interior. Trató de salir pataleando como pudo y dio un trago largo al vino.
—Creíamos que habíamos librado a este país de los lobos. Pensábamos que habíamos matado al último hace muchos años.
—Y este lobo del que habla, ¿es macho o hembra?
—No lo sé.
—¿No lo sabe?
Lemuel meneó la cabeza, avergonzado de pronto por su propia ignorancia.
—Veo que no sabe gran cosa sobre su lobo, ¿no es así, señor Lane? —Se han producido avistamientos. Yo mismo lo vi saliendo del arroyo
como un demonio de las ciénagas. Es una criatura asquerosa. Y grande. Tiene unas patas traseras que parecen jamones. Algunos me han abordado
Página 197
diciendo que han perdido a sus animales. Una oveja, algunos gansos. Me pareció que cien libras serían acicate suficiente para atraer a un ejército de cazadores de lobos. Esté donde esté su escondite, no debe de andar lejos, a juzgar por los ataques que se han denunciado. Pero, a pesar de tener a todos estos jóvenes ansiosos campando a sus anchas por la aldea, de momento no hemos logrado nada.
—¿Hacen el rovdjursskall?
—¿El qué?
—Es algo que se hace en mi tierra. Los granjeros deben formar una cadena humana. A veces son necesarios mil hombres. Atraviesan el bosque y expulsan de allí al lobo.
—Pues… no.
—Estos hombres que vienen no son cazadores de lobos. No tiene experiencia ni habilidad. Por mucho dinero que les ofrezca, seguirán metiendo la pata, como ratones ciegos, sin atrapar nunca al lobo.
—Yo también he llegado a esa conclusión. Razón por la cual confiaba en poder contratarlo, señor Hellström.
—Muy bien, hablemos de negocios. Puedo atrapar a su lobo, pero todo tiene un precio.
—Diga cuánto.
—No hablo de dinero, señor Lane. Ya llegaremos a eso. Hablo de un precio por encima del dinero.
—No le sigo.
—¿Me concede libertad absoluta en esta región para ir y venir como me plazca?
—Sí, por supuesto.
—¿Y todos los hacendados de la zona están de acuerdo?
—Estoy seguro de que podremos llegar a un acuerdo.
—El lobo es un cazador. Hay un orden en su mundo. Pero muchas de las cosas que el lobo hace son inexplicables para nosotros. He visto a lobos empezar a perseguir a un animal y entonces, sin razón aparente, se dan la vuelta y se marchan. He visto a lobos pararse frente a unas huellas de alce, huellas recientes de hace no más de un minuto, olfatearlas e ignorarlas. Un lobo, antes de matar, mantiene con su presa una conversación sobre la muerte. Lo he visto con mis propios ojos. Nuestros animales domésticos han perdido esa capacidad de conversar. Ya no entienden el lenguaje del lobo.
Página 198
Lemuel no tenía intención de reflejar en su rostro la confusión que le embargó por dentro, pero debió de notársele, pues Hellström sacudió la cabeza.
—Le pondré un ejemplo. Un caballo es un animal grande, ¿verdad?
Lemuel asintió:
—De acuerdo. Es un animal grande, capaz como un alce de partirle las costillas al lobo y abrirle la cabeza de una coz. Pero no lo hace. En su lugar, el caballo entra en pánico y sale huyendo. ¿Qué sucede cuando un lobo irrumpe en un rebaño de ovejas y mata a veinte o treinta de esas ovejas?
—Eso es pura gula. El lobo es un glotón. Come con los ojos.
—No, qué va. Es un fallo de comunicación por parte de las ovejas. El lobo está iniciando un ritual sagrado que es recibido con ignorancia.
—No lo comprendo.
—Señor Lane, nos enfrentamos a un tipo de muerte muy diferente de la que el hombre conoce. Cuando el lobo pide la vida de otro animal, está respondiendo a algo en ese animal. Algo que dice «mi vida es fuerte, vale la pena pedirla». Esta no es una muerte trágica. Esta es una muerte digna. «He llevado una vida plena —dice el animal—. Estoy preparado para morir. Muero para que mis hermanos vivan. Estoy preparado para morir porque se me ha roto la pata. Mi tiempo aquí ha concluido. Esta carne tiene poder. Esta carne está consagrada». ¿Lo comprende ahora?
Lemuel no tenía ni idea de lo que estaba diciendo aquel hombre y, por primera vez, se preguntó si Hellström estaría cuerdo. Había oído hablar de hombres salvajes que vivían en los bosques y se habían distanciado de cualquier sociedad con otros hombres. Había oído que el aislamiento les nublaba el juicio, los volvía excéntricos, incluso lunáticos, y se preguntó si Hellström sería acaso uno de dichos individuos. Pero dio un trago a su copa, paladeó el vino dulce y fuerte y respondió:
—Lo comprendo.
—Me alegro. Debemos saber que el lobo se gana su carne. No encierra a sus presas en jaulas o chiqueros. No las tiene cautivas tras un muro o una cerca. No amarra su presa a un poste. Su presa es libre. Yo trato de ser como el lobo. La diferencia entre la carne salvaje y la carne domada es profunda. ¿Lo sabía? Morir es tan sagrado como vivir. Lo entiende, ¿verdad, señor Lane?
Página 199
De nuevo, sin tener pleno entendimiento de lo que el otro decía, Lemuel asintió.
El hombre de Gotemburgo asintió también. Y siguió haciéndolo.
Después arrugó el gesto y gruñó. Se puso en pie y giró sobre los talones.
Prorrumpió en unas carcajadas maníacas.
—¿Qué me dice, señor Lane? Le tomo el pelo.
Le dirigió a Lemuel una mirada que le heló la sangre. Ya no sabía si lo que aquel hombre decía era una cosa o la contraria. Parecía como si el hombre de Gotemburgo estuviera poseído.
—Morir es sagrado, ¿verdad? Y yo amo la muerte. ¿Usted ama la muerte, señor Lane?
Lemuel trató de sumarse a la levedad del otro, tratando de compartir el chiste del que parecía formar parte, pero Hellström no se rio. Su semblante se tornó rígido y serio. Sus ojos encendidos como carbones al rojo vivo.
—Estoy hablando de la muerte de otros. Debemos disfrutar de esa muerte.
Volvió a sostenerle la mirada a Lemuel. Este intentó no apartarla, pero los ojos del hombre le abrasaban. Trató de desviar la conversación hacia el asunto que tenían entre manos.
—Entonces, ¿cómo propone usted atrapar al lobo? —Habrá oído hablar del rey Edgar el Pacífico, imagino. —Sí.
—¿Y sabe que permitía que sus hombres pagaran sus impuestos con cabezas de lobo? ¿Y sus multas con lenguas de lobo?
—No, no lo sabía.
—Por eso apenas quedan lobos en su país.
—Me alegro.
—Sí, dice que se alegra. Es una alegría. Se han librado de los lobos. Mis ovejas están a salvo, dicen. Mis terneros están a salvo, dicen. Pero han de tener cuidado con lo que desean.
Lemuel empezaba a impacientarse con aquel individuo.
—¡Pero si usted se dedica a matar lobos!
—Ah, sí, matar, matar, matar. Mato cientos de lobos. Soy cazador de lobos. Mato al lobo. Y aun así dependo del lobo. Si se acaban los lobos, me quedo sin trabajo. ¿Lo entiende? —El hombre se rio con ganas de su propio chiste.
Página 200
—Entiendo lo que quiere decir, señor Hellström. Pero yo lo contrato a usted para matar a un lobo que vaga libre por mis terrenos. Para gran perjuicio mío. Un lobo que ha matado a mi único hijo varón. Un hijo al que debía dejarle todo lo que hubiera ganado. Mi hijo y heredero. Un hijo que debía perpetuar mi apellido.
Vio en su recuerdo los últimos instantes de vida de su hijo. Se vio a sí mismo suplicándole a Stoker, el médico. A Stoker sacudiendo la cabeza con gran solemnidad. Sintió que volvía a aproximarse al abismo negro y se bebió el vino de un trago para aliviar esa sensación.
—Mataré a su lobo por usted, señor Lane. Solo digo que hay un precio a pagar más allá de su recompensa, más allá de mi tarifa. Y todos deberemos pagar ese precio.
Hellström volvió a sentarse en su silla y asintió sabiamente. Le hincó el diente entonces a un pastel de carne.
—Cobro doscientas libras, más otras cincuenta para gastos, y acceso ilimitado al terreno. También necesitaré a dos de sus mejores hombres para que me asistan.
—¡Doscientas cincuenta libras! ¡Pensará usted que nací ayer!
—Por ese precio, llevaré a su lobo de vuelta al infierno. Haré el trabajo del diablo. Y después bailaremos.
Lemuel lo miró a los ojos. Eran unos ojos intensos y gélidos. Más viejos que la Tierra. Notó que una serpiente le trepaba por la columna. ¿Podría reunir ese dinero? Tendría que hacerlo. No le quedaba otro remedio.
—Me encargaré de organizarlo todo.
Página 201
Un festín con carne de venado
Mientras Elizabeth llevaba los platos y las ollas a la cocina, donde la cocinera estaba fregando, iba pensando en la noche anterior. Se había quedado despierta hasta tarde aguardando a que Lemuel se fuera a la cama, escuchando las voces amortiguadas de los hombres bajo el dormitorio, incapaz de distinguir nada de lo que decían. Se había esforzado por captar la conversación, oyendo risas e interpretándolo como una buena señal. En algún momento debió de entrarle el sueño, porque lo siguiente que recordaba era despertarse por la mañana con Lemuel, todavía vestido, tumbado sobre la cama, junto a ella, apestando a vino y a tabaco. No había fumado desde que estuvo destinado en el ejército.
Se acordó de cuando se sumó a la campaña. Le angustiaba la idea de que fuese a combatir. Lemuel era un hombre de principios. Igual que el padre de ella. Lemuel había luchado por una causa justa y la guerra le había permitido ascender en rango, llegar a ser mucho más que el hombre con quien se había casado.
Regresó al comedor. Sus dos hijas se habían excusado y habían abandonado la mesa. Lemuel estaba terminándose las sobras, mojando un trozo de pan en la grasa del beicon.
—¿Cómo se desarrolló anoche la reunión de negocios? —le preguntó. Lemuel le explicó el acuerdo al que había llegado con Hellström. —Eso es muchísimo dinero. ¿Estás seguro de que podemos
permitírnoslo, Lemuel?
—Es nuestro hijo, Elizabeth. Nuestro único varón. Nuestro chaval. ¿Cómo no vamos a permitírnoslo?
Elizabeth le vio fruncir el ceño por la preocupación.
—Supongo que podemos vender la granja de los Cote. Ya encontraremos el dinero de alguna forma. ¿A quién vas a pedir que le
Página 202
asista?
—A Gad y a Ezekiel, ¿a quién si no?
Elizabeth sopesó aquella información. No compartía la debilidad de su marido por aquellos hombres. Eran solo medio competentes, pero a menudo se preguntaba si su marido elevaría a Ezekiel en su mente debido a un vínculo sentimental. Muchas veces había oído cómo Ezekiel lo apartó de la trayectoria de una bala de cañón que, sin duda, lo habría despedazado. Y cómo esa misma bala había atravesado a otro hombre. Y lo que quedó de aquel hombre después de morir desangrado en el campo de batalla. Después, el terreno estaba demasiado duro para enterrarlo, de modo que lo dejaron a merced de azores y cuervos. Pero el mero hecho de que le hubiera salvado la vida a su marido no convertía a Ezekiel en un paladín. Sin duda cualquier soldado en su situación habría hecho lo mismo.
—Hay gente aquí a la que no le hará gracia que se paseen por sus terrenos como si fueran los dueños del lugar.
—Deja que yo me encargue de eso, mi amor. Una cartera con dinero ayuda a acallar las malas lenguas.
Elizabeth se puso en pie y empezó a limpiar la mesa con el paño que había dejado la cocinera.
—¿Qué te pareció a ti el señor Hellström, Elizabeth?
Se paró a pensarlo. Sabía que Lemuel valoraba su opinión, que la consideraba mejor que él a la hora de evaluar el carácter de una persona.
—Apenas tuve tiempo de verlo.
—Pero ¿cuál fue tu primera impresión? Me refiero a si te pareció un tipo digno de confianza.
Elizabeth pensó que depositaría en Hellström la misma confianza que depositaría en su gato si lo dejara al cuidado de un ratón de campo. Pero, mientras retiraba las migas de la mesa, se fijó en el gesto atribulado de su marido y, en su lugar, respondió:
—No te preocupes, estoy segura de que todo irá bien. Se supone que es el mejor en lo suyo.
Viendo que aquello no le tranquilizaba mucho, se inclinó para darle un beso en la mejilla. Entendía el dolor que padecía, lo había visto darse a la botella hasta insensibilizarse, quedándose levantado hasta más tarde de lo habitual, dando largos paseos nocturnos aferrado a la jarra de whisky, gritando en mitad de la noche. Bebía demasiado, no dormía y no comía en
Página 203
condiciones. La pena lo consumía hasta impedirle apenas concentrarse en ninguna otra cosa. Siempre había sido un hombre meticuloso en su proceder, disciplina que había adquirido en el ejército, pero ya no parecían importarle la granja, la finca ni sus demás propiedades. Ni siquiera había vuelto a mencionar el refugio de caza en el que había mostrado interés en invertir, ni en los caballos de carreras.
Compartía su dolor, vivía con la misma sombra, se despertaba cada mañana con esa opresión en el pecho. También ella se quedaba tumbada por las noches con los ojos cerrados, contemplando el agujero descarnado del infierno. Y pese a ello, ver a aquel hombre, al hombre al que amaba con todo su corazón, tan incapacitado por la pena le resultaba insoportable. Si pudiera, aligeraría su dolor cargando ella con él. De buena gana combinaría la tristeza de ambos si con ello lograba aliviar el sufrimiento de su marido. Tal vez, si atrapaba al lobo, pudieran volver a ser felices. Eso no les devolvería a Thomas, pero sí que serviría para pasar página. Les ofrecería un consuelo insignificante. Debían encontrar la manera de salir de aquello, de volver a vivir. Tenían dos hijas, dos hermosas hijas. Habían de superarlo, por el bien de sus chicas.
Cuando Elizabeth se hubo marchado, Lemuel se puso las botas y fue en busca de Jacob, que estaba en los establos atendiendo a los caballos. El mozo de cuadra había caído enfermo. A ese muchacho le ocurría algo, estaba siempre enfermo. Pidió a Jacob que mandase llamar a Gad y a Ezekiel y se reunió con ellos en menos de una hora en el establo principal.
—El señor Hellström se aloja en una habitación encima de El Urogallo. Le he dicho que lo ayudaréis en cualquier modo que precise.
—Ruego me disculpe el señor, pero ¿qué pasará con nosotros? —quiso saber Ezekiel.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a que nosotros buscábamos también la recompensa, señor. Kate dará a luz dentro de poco y necesito el dinero para pagar unos fármacos carísimos.
—No te preocupes. A partir de ahora, trabajáis para Hellström. Seguid sus órdenes. Haced lo que os diga, ¿entendido? Cuando consiga mi lobo, Hellström cobrará su tarifa y tú tendrás tu dinero.
Página 204
—Ruego me disculpe el señor. ¿La recompensa sigue siendo de cien libras?
—Sí. Dividida entre dos. Cincuenta para cada uno. Ahora llevaos esos dos caballos capones. Jacob ya os los ha ensillado. No hace falta que los devolváis, quedáoslos hasta que todo esto termine.
—Pero, señor, no tenemos establos.
—Estarán bien en tu cobertizo por ahora. Cuida de ellos. Son dos de mis mejores ejemplares.
Ezekiel sonrió. Miró a Gad y asintió. Sin duda aquel era el resultado más favorable de todos. Ahora trabajaban con el mejor en su campo. Si alguien era capaz de atrapar al lobo, ese era el tal Hellström. Lo único que tenían que hacer Gad y él era asistirlo y el dinero sería suyo. No solo eso, sino que además ahora tenían sus propios caballos.
—¿Estamos de acuerdo entonces? Ambos hombres dieron su beneplácito. —Muy bien, pues ya podéis marcharos.
Caminaban ya hacia los caballos cuando Lemuel volvió a llamarlos.
—Una cosa más. Hellström tiene una mano tullida.
—Perdone el señor, pero ¿a qué se refiere?
—Lo sabréis cuando la veáis, pero, hagáis lo que hagáis, no os quedéis mirándola. ¿Entendido?
—Sí, señor.
—Cuidaos mucho de no hacerlo.
Cabalgaron hacia la taberna El Urogallo, primero por el camino de herradura, después por el sendero que conectaba la finca de Lemuel con la aldea, a poco menos de dos kilómetros de distancia. Por una vez no llovía y, de hecho, casi todo el cielo sobre sus cabezas lucía un uniforme tono azulado. Hacía una mañana fría y ventosa de principios de diciembre, pero a Ezekiel no le importaba el frío. Siempre y cuando no lloviera. Le intrigaba conocer al tal Hellström, habiendo oído hablar tanto de él. Y también ansiaba contarle a Kate lo del acuerdo. A su mujer la aliviaría la noticia. Ya no tardarían en tener el dinero para pagar los medicamentos, y así saldaría la deuda con el cabrón abusivo de Stoker. Se volvió hacia Gad conforme avanzaban por el camino de herradura y atravesaban el tramo de cascos de cerámica hasta donde se fusionaba con Lowe Lane. En la
Página 205
distancia alcanzó a ver el chapitel de la iglesia de la aldea rasgando el cielo y los tejados de pizarra de algunas de las casas.
—Dicen que ha matado a quinientos lobos —comentó.
—Eso son muchos lobos.
—Dicen que un lobo estuvo a punto de matarlo y que solo sobrevivió porque el lobo sintió tanto respeto hacia él que le perdonó la vida.
—Es verdad.
—Dicen que mató a un lobo con sus propias manos.
—Dicen muchas cosas.
—Recuerda lo que ha dicho Lemuel: no te quedes mirando su deformidad. No queremos empezar con mal pie.
—O con mala mano —bromeó Gad, sonriendo ante su propio chiste.
—¡Ja! Qué bueno.
Siguieron cabalgando en agradable silencio durante un trecho, hasta que alcanzaron el camino principal de la aldea. Aún era temprano y las calles estaban tranquilas. Un pequeño perro berrendo olisqueaba alrededor de un estercolero. Una anciana arrojaba un cubo de agua mugrienta a la alcantarilla. Había otro malhechor engrilletado al cepo, cubierto de mierda, orines y verduras podridas. Una paloma se pavoneaba por allí cerca.
—¿Cuánto calculas que irá a pagarle al tal Hellström?
—Si ha puesto una recompensa de cien, como mínimo el doble de eso. —¿De verdad? Entonces, debe de estar forrado. Quinientos lobos por
doscientas libras, eso es…
Ezekiel trató de hacer la multiplicación mentalmente. Las cifras nunca habían sido su fuerte.
—Creo que son cien mil libras —declaró Gad.
—¡Cien mil! ¡Cien mil! Es una suma excepcional.
—Sí que lo es —convino Gad—. Pero lo que no has tenido en cuenta es que eso es lo que cobra ahora. Ahora que tiene una reputación. No cobraría eso cuando empezó. Puede incluso que matara gratis a los primeros. Hacen falta años para forjarse una reputación como esa.
—Sí, tienes razón —repuso Ezekiel tras pensar en ello—. Pero aun así, seguro que está forrado.
Volvieron a sumirse en el silencio hasta aproximarse a El Urogallo.
Bajaron de los caballos y los amarraron al poste de la entrada.
—Déjame hablar a mí —ordenó Ezekiel.
—Como siempre.
Página 206
Era demasiado temprano para los clientes y el dueño todavía estaba limpiando lo de la noche anterior, esparciendo una nueva capa de paja por el suelo antes de abrir. Al entrar en la estancia principal de la taberna, encontraron a la posadera barriendo el suelo. Le explicaron que habían acudido a ver a Hellström y ella los condujo hasta una escalera situada en la parte posterior.
—Subid por ahí. La segunda a vuestra izquierda.
Ascendieron por las escaleras y se aproximaron a la puerta de Hellström. Se detuvieron un instante. Ezekiel le lanzó a Gad una mirada antes de levantar el puño y golpear la puerta dos veces. Aguardaron. Nada.
—Puede que aún duerma —conjeturó Gad.
Ezekiel se encogió de hombros. Volvió a llamar a la puerta. Esta vez oyeron a alguien moverse al otro lado. Después una voz:
—¿Qué queréis?
—Somos nosotros, señor Hellström. Nuestro señor dijo que nos estaría esperando.
Oyeron pasos, después una llave que giraba en la cerradura. La puerta se abrió. Ante ellos surgió un hombre gigantesco y en pijama. Los miró imponente, primero al uno y luego al otro. Ambos parecieron encogerse en su presencia.
—¿Quién es Gad y quién es Ezekiel?
Ezekiel se lo explicó y le tendió la mano. Hellström le ofreció su pinza de cangrejo. Pese a lo que Ezekiel le había dicho a Gad sobre no mirar con descaro, se quedó absorto por la deformidad del hombre. Le estrechó la mano con cierta incomodidad, tratando de no apretar demasiado, pero asegurándose también de no resultar en exceso suave. No creía que al tipo le gustase que lo tratasen como a un leproso. Gad hizo lo mismo. Hellström pareció disfrutar con su incomodidad. Sonrió y les mostró una hilera de dientes puntiagudos. El hombre terminó de abrir la puerta y los invitó a entrar en la habitación. Después cerró tras ellos.
—Solo tengo una silla. Vosotros sentaos en la cama.
Señaló la cama, que estaba hecha de forma impecable. Las mantas se veían bien dobladas y las almohadas bien mullidas. La estancia tenía un tamaño razonable y, aparte de la cama, solo contaba con un escritorio, una silla y una cómoda con cajones. Había también una gran alfombra en el suelo y, colgado sobre la cama, un tapiz con un caballo blanco. El escritorio se hallaba colocado bajo la única ventana de la habitación, que
Página 207
daba al este, de manera que el sol de la mañana se filtraba a través de los cristales, iluminando con su fulgor todo lo que tocaba. Sobre el escritorio descansaban un candelero, un farol, una pluma, un tintero y algo de pergamino. Por algún motivo, Hellström parecía demasiado grande para aquella estancia. Se acercó a la silla, metida debajo del escritorio, y la sacó lo suficiente para poder sentarse. Señaló de nuevo la cama y ambos hombres se sentaron en su extremo, con cuidado de no arrugar demasiado las mantas.
—El señor Lane me ha dicho que lleváis tiempo intentando cazar al lobo.
—Eh, sí. Como un mes, señor, creo —contestó Ezekiel.
—Pero no habéis tenido suerte.
—La cuestión es, señor Hellström, que cazar lobos no es precisamente nuestra especialidad, señor. Yo soy aserrador de profesión. Gad es albañil. En los últimos tiempos casi lo único que hacemos son muros y hoyos.
—El señor Lane me ha dicho que eres soldado. ¿Sirves bajo sus órdenes?
—Bueno, señor, eso fue ya hace unos años. Pero no soy ningún holgazán, eso seguro.
Hellström asintió.
—Cazar un lobo no es tarea fácil. Dime, pues, ¿qué estáis haciendo para atraparlo?
Ezekiel habló a Hellström de las trampas que habían cavado, de todos los cepos que le habían pedido al herrero que fabricara. No le habló de la trampa para hombres ni de los rastros falsos que habían dejado con las huellas de mentira.
—De modo que usáis la almádena para cascar la nuez.
—¿Cómo?
—Las trampas no siempre funcionan. Tampoco los cepos. Si el lobo sabe que van tras él, procede con gran cautela. Debemos ser listos y pacientes.
—¿Cuál es su plan entonces?
—Nos pondremos con ello enseguida. Pero, antes, quiero que ambos sepáis que yo cazo siguiendo un código. Es muy importante, si trabajáis para mí, que accedáis a seguir dicho código.
Ezekiel dirigió a Gad una mirada algo perpleja. Querían cazar un lobo, no justar con un duque.
Página 208
—¿Y qué código es ese, señor Hellström?
—Los hombres de por aquí dicen que el lobo es cobarde. Dicen que el lobo es estúpido. Algunos dicen que el lobo es un esbirro de Satán. Pero no cazaremos a nuestro lobo si pensamos como los demás hombres. En Suecia, una vez vi a tres hombres a caballo atrapar a una loba. Le echaron un lazo al cuello. Cuando la loba agarró la cuerda con los dientes para evitar que se cerrara el nudo, la arrastraron por la granja hasta arrancarle los dientes. Después, mientras dos de ellos estiraban al animal entre sus caballos con cuerdas, el tercero le dio una paliza con un martillo hasta matarla. Luego llevaron a la loba por las casas de sus vecinos, antes de tirarla en una zanja. —Hellström hizo una pausa, permitiendo que los otros dos asimilaran sus palabras. Miró primero a Ezekiel, después a Gad—. No es así como tratamos al lobo. ¿Entendido? Matamos al lobo. Sí. Pero matamos al lobo con dignidad. Eso es lo honrado. ¿Sí? Debemos vivir y morir con honor. ¿Estáis de acuerdo?
Ezekiel asintió. También Gad.
—Hace tan solo unas semanas, le decía a Gad que nosotros siempre trabajamos con dignidad. ¿Verdad, Gad? —mintió Ezekiel. Gad asintió, siguiéndole la corriente.
Hellström asintió sabiamente.
—Bien. Con dignidad. Bien. Los lobos son como nosotros. Así es como procederemos.
Ezekiel sonrió. En realidad no sabía de qué estaba parloteando aquel bicho raro de una sola mano, pero no pensaba hacérselo notar. Hellström se puso en pie y se quitó el pijama, quedando ante ellos totalmente desnudo. Dobló el pijama con esmero y lo colocó sobre el escritorio. Era delgado como un galgo. Tenía el cuerpo lleno de pequeños músculos apretados. No se veía un solo michelín sobre sus huesos, solo carne tersa y tendones. Lucía varias marcas y cicatrices en la piel, incluyendo una raya justo por encima del ombligo que parecía la herida de un cuchillo. Alrededor del cuello le colgaba una cadena de plata y, de ella, un pentáculo también de plata. Hellström empezó a caminar de un lado a otro de la habitación, acariciándose el pecho. Ezekiel trató de no quedarse mirando el largo apéndice carnoso que le colgaba entre las piernas.
—Primero de todo, quiero que me llevéis al lugar donde visteis al lobo. Luego, al lugar donde el lobo atacó al chico de vuestro señor. Luego
Página 209
quiero que me llevéis a todos los lugares donde habéis puesto trampas y cepos. ¿Sí?
Ezekiel asintió. Le dijo al hombre dónde habían visto al lobo por primera vez y, posteriormente, dónde habían encontrado sus huellas. Mientras hablaba, le alivió comprobar que Hellström empezaba a vestirse.
—Una última cosa.
Ezekiel asintió para que el otro continuara.
—Lo que yo diga vosotros lo hacéis. Seguís mis órdenes. Si me discutís, os echaré de comer al lobo. ¿Entendido?
Ezekiel miró para ver si Hellström bromeaba, pero tenía el rostro serio y sus ojos plateados lucían un brillo malévolo. Asintió, y Gad hizo lo mismo.
—¿Sabéis lo que hay dentro de la lengua del lobo?
Ambos negaron con la cabeza.
—Dentro de la lengua del lobo están las lágrimas de la cierva. Venga pues. Vayamos a ver.
Salieron de la aldea a lomos de sus caballos, atravesaron campos y prados, hasta alcanzar la arboleda situada por encima de la granja de Eddie. Desmontaron. Ezekiel y Gad lo condujeron hasta la primera trampa que habían puesto. Al aproximarse a ella, vieron que algo la había desordenado. Al asomarse al hoyo, que estaba descubierto, vieron empalado en las picas de madera a un joven corzo. Tenía los ojos abiertos, pero estaba muerto. Ezekiel estiró el brazo y, con ayuda de Gad, liberó el cadáver.
—¿Qué estás haciendo?
—Es una buena carne. Me lo llevo a casa para despiezarlo.
—Pero sabes que eso supone una ofensa digna de sanción, ¿verdad? —Aquí no se aplican las normas habituales. Hellström sacudió la cabeza.
—Dedícate a eso en tu tiempo libre, pero no cuando estés conmigo. — Se asomó al hoyo, meneó la cabeza y se echó a reír.
—¿Qué sucede?
—En mi país, construimos pozos. Es por ley. Sin excepción. Cavamos hoyos. Forramos los hoyos con madera o piedra seca. Tienen tres y cuatro
Página 210
metros de diámetro. Cavamos pozos de tres metros de profundidad. ¿Y esta pequeñez que habéis hecho vosotros qué es? —Volvió a reírse.
—Bueno, como ya le digo, no es nuestra especialidad.
Hellström dio vueltas alrededor del pozo y examinó la zona con atención. Desenvainó su espada y la utilizó para escudriñar los detritus del bosque. Levantó un trozo de mierda seca y lo desmenuzó con sus pinzas de cangrejo. Lo olisqueó.
—Excremento de lobo. De hace una semana. Hembra. Buscamos a una loba.
—¿Y sabe eso solo por el olor? —Ezekiel estaba impresionado. —Los excrementos de un lobo son como una huella dactilar. Únicos de
ese lobo. Si ponéis esto en una hilera junto con otras cien mierdas de lobo, sabré distinguirla. Sabe que vais a por ella. Por eso vuestras trampas y cepos no sirven de nada.
Cabalgaron hasta el bosque vecino y le mostraron a Hellström dónde habían dispuesto los cepos. Hellström se agachó para examinarlos. Sacudió la cabeza y chasqueó la lengua.
—En mi país, tenemos una hilera de pozos con treinta o cincuenta metros de separación entre ellos. Tenemos un sistema de cercado que obliga al lobo a ir hacia el pozo. Lo que habéis hecho vosotros no sirve para nada.
Ezekiel estuvo a punto de decirle algo, pero se lo pensó mejor. Observó a Hellström mientras este patrullaba la zona circundante. Encontró algo muerto entre la maleza y se agachó para recogerlo. Era el cadáver de una rapaz, pero Ezekiel no alcanzó a distinguir si se trataba de un ratonero común o de un milano real.
—Mirad esto. Un milano real sano. ¿Cómo creéis que ha muerto este pájaro?
Ezekiel miró a Gad. Ambos se encogieron de hombros.
—Veneno. Este pájaro se ha alimentado de las presas de otros. Ha comido carne envenenada. ¿Veis? No tiene heridas.
Volvió el pájaro hacia ellos para que lo vieran. Después extendió ambas alas.
—Joven y sano. Con muy buen plumaje.
Hellström depositó el pájaro en el suelo, cerca de donde lo había descubierto, y anduvo inspeccionando un poco más. No tardó en encontrar lo que estaba buscando: el cadáver de un conejo. Lo levantó y lo examinó.
Página 211
Les mostró a los otros dos la parte de la carne del conejo que había sido picoteada, cerca del esternón. Olfateó la carne.
—¿Veis esto? —Señaló el pelaje del conejo; un área de polvo blanco justo al lado de donde habían picoteado la carne—. Arsénico. Cuando van a la caza del lobo, matan todo lo que se encuentran. Cuando van a la caza del lobo, hacen del mundo un lugar estéril. Eso no está bien. No matan con dignidad.
Ezekiel no le contó que ellos llevaban días dejando carne contaminada con arsénico y otros venenos, aunque aquel no era uno de sus conejos. El arsénico en polvo que habían estado usando tenía un tono más amarillento. Habían matado zorros, turones, comadrejas, cuervos, urracas y milanos. No le gustaba emplear métodos tan contundentes, pero los demás estaban haciendo lo mismo y él necesitaba el dinero de la recompensa. Kate ya se había recuperado plenamente, gracias a los medicamentos, pero el bebé nacería de un momento a otro y supondría otra boca que alimentar. También tenía que saldar cuentas con el médico, que cada vez se mostraba más insistente para cobrar su tarifa, amenazándolo con acudir al juez.
Siguieron cabalgando un poco más y fueron examinando más cadáveres envenenados.
La última exploración la hicieron en Lowe Dene. Sortearon árboles caídos mientras caminaban hacia el arroyo. Había llovido tanto que el terreno no era firme y, donde la pendiente se volvía pronunciada y los árboles se estiraban hacia el cielo, corrían peligro. Ezekiel nunca se había caído tanto. En el arroyo, el agua se acumulaba formando remolinos de espuma blanca. Las rocas mojadas resplandecían. Vio un pájaro pequeño y robusto de pechera blanca posado encima de una roca plana, moviendo la cabeza arriba y abajo y agitando la cola. Un mirlo acuático. Condujo a Hellström hasta el área de bosque donde habían encontrado primero los aparejos de pesca de Thomas y después al propio Thomas, herido de muerte.
—La loba le muerde el cuello al chico, pero no se lo come. ¿A qué creéis que se debe?
—No sé.
—Utiliza su energía. Está hambrienta. Se muere de hambre. Pero no se alimenta con la carne joven del chaval.
—No me había parado a pensar en ello. Puede que Thomas la ahuyentara —conjeturó Ezekiel.
Página 212
—¿Eso crees?
—Como le digo, no lo sé.
Hellström se acarició la barba. Se pasó después la pinza de cangrejo por el pelo. Examinó la zona con mayor detalle, arrodillándose y agarrando un puñado de mantillo con la mano sana. Se lo acercó a la nariz y lo olisqueó. Después sacó la lengua y lo lamió con cuidado.
—Creo que esta loba está inquieta.
—¿Por qué?
—¿Decís que ese granjero que vive cerca tiene dos perros?
—Dos enormes perros de caza.
—Dos perros, del tamaño que sean, no son rivales para un lobo en plena forma. De modo que nuestra loba no está en plena forma.
Regresaron a El Urogallo y pidieron unas cervezas. Hellström tenía que agacharse para no golpearse la cabeza con las vigas más bajas. Apoyado contra la barra había un anciano desaliñado y visiblemente ebrio. Hellström lo apartó de un empujón. El hombre cayó al suelo y emitió un quejido. Encontraron una mesa junto a la lumbre. Hellström miró a su alrededor, examinando las paredes y el techo.
—Este sitio es bueno. ¿Es nuevo?
—Ha habido una taberna aquí desde antes de los tiempos de mi padre. Esta se reconstruyó hace tres años. La antigua taberna se quemó —le explicó Ezekiel.
—Las vigas son muy grandes —comentó Hellström, señalando las vigas del techo.
—Es la madera de un barco que luchó contra la Armada Española. Hellström asintió. Parecía impresionado. Bebió un poco de cerveza y
después siguió con su tema.
—En el sur de Rusia, he visto a hombres utilizar águilas para matar lobos por diversión.
—¿Y cómo lo hacen? —preguntó Ezekiel.
—Adiestran a las aves para que se estrellen contra el lomo del lobo y le pinzan la columna. Lo hacen con tal fuerza que el lobo queda casi paralizado. El pájaro aprieta la columna con una garra y, cuando el lobo gira la cabeza para morder, le aprieta el hocico con la otra garra, asfixiándolo. Esos pájaros son muy fuertes. Tienen mucha fuerza de agarre
Página 213
en cada pata y un golpe con el ala puede romperle el brazo a un hombre. Pero el águila nunca atacaría a un lobo adulto en la naturaleza. Las adiestran para la caza de lobos. Y lo hacen primero soltándolas sobre sus propios hijos.
—¿Está de broma?
—No es ninguna broma. Visten a los niños con una armadura de cuero y los cubren con piel de lobo. Después les atan carne cruda a la espalda. Cuando las aves ya se han acostumbrado a derribar a los niños para comerse la carne, las encierran en una jaula con lobos. Se tardan varias semanas en adiestrar.
—¿Es eso lo que vamos a hacer nosotros?
—No. De ninguna manera. Nosotros vamos a probar métodos diferentes. Empezaremos mañana.
El hombre al que había derribado Hellström se puso en pie. Se dirigió hacia Hellström y este lo observó con una sonrisa. Se levantó como un resorte y, volviéndose hacia los demás bebedores de la barra, dijo:
—Vi anoche a este hombre. Lo vi con una cabra. Estaba desnudo con el animal. Estaba dentro del animal. Copulando.
Hellström contempló a los demás clientes.
—¿A qué esperáis? —preguntó—. Llevadlo al cepo. Un hombre dejó su jarra de cerveza y se levantó: —Venga, todos. Lleváoslo.
Eran ya cuatro o cinco los hombres que se habían puesto en pie y estaban gritando y perjurando. El más corpulento de todos agarró al acusado del cuello de la camisa y empezó a llevarlo a rastras hacia la puerta. Lo ayudaron otros dos que agarraron al hombre de los tobillos. El acusado gritaba como loco defendiendo su inocencia. Los hombres lo sacaron del establecimiento. Hellström observó la escena con una gran sonrisa de satisfacción.
—¿Le vio haciendo eso? —quiso saber Ezekiel.
—En la vida hay que divertirse, ¿verdad? —repuso Hellström entre risas—. Para eso vivimos. Ahora os dejo. Debo encargarme de otros asuntos. Para atrapar a un lobo, hay mucho que hacer. —Apuró la jarra de cerveza y señaló las vigas del techo—. Es más difícil que vencer a la Armada Española. —Se rio de nuevo, mostrando otra vez su hilera de dientes amarillentos y puntiagudos.
Página 214
Agarró a cada uno del cuello de la camisa. Primero a Ezekiel, después a Gad. Llevó su jarra de vuelta a la barra, dirigió sus pasos hacia la puerta situada al fondo sin dejar de reírse para sus adentros, la abrió y desapareció.
—¿Qué te ha parecido eso? —preguntó Gad sacudiendo la cabeza. —Ese hombre es el demonio —repuso Ezekiel—. Pero es nuestro
demonio. Creo que nuestra suerte ha cambiado. —Le dio un codazo a Gad y sonrió—: Venga, vamos a tomar otra copa para celebrarlo.
Tras su cogorza de celebración, los dos hombres regresaron junto al cadáver del corzo. Lo llevaron a casa de Ezekiel y lo despiezaron. Ezekiel embolsó algunas costillas y filetes para Gad, guardándose el mejor pedazo para sí mismo. Esa noche Kate y él cenarían como reyes. Y, si bien en otras circunstancias les habría dado demasiado miedo atreverse a comer carne de venado, ahora podrían comerla con total impunidad.
—¿Y estás seguro de que no tendremos que pagar una multa? —preguntó Kate cuando sirvió los filetes de venado y el vino aquella noche.
—El señor ha dicho que podíamos. Toma, sírvete un trozo más grande.
Tienes que comer por dos, no lo olvides.
Utilizó su tenedor para pinchar otro filete de la fuente situada en el centro de la mesa y dejó la carne en el plato de Kate.
—Tendrás que acostumbrarte a esto. Cuando cobremos ese dinero, cenaremos todas las noches como si fuéramos los reyes del valle. —Sonrió a su mujer.
Después miró a su hija, que dormía en la cuna junto a la mesa. Le vendrá bien tener a alguien con quien jugar, pensó. Dos años eran una buena diferencia de edad. Vio la cara de dolor de su esposa.
—¿Qué sucede, mi amor?
—No es nada. El bebé ha dado una patada.
Kate sonrió. Ezekiel se levantó y rodeó la mesa hasta donde ella estaba sentada. Se arrodilló y le colocó la mano sobre el abultado vientre.
—¿Lo notas?
Mantuvo la mano ahí, pero no notó nada. Extendió los dedos sobre el montículo de piel tirante. Entonces lo notó. Una, dos, tres patadas. Fue un talón lo que notó. Qué extraño debía de ser llevar otra vida en tu interior.
—Debe de ser un niño.
Página 215
—¿Cómo lo sabes?
—Las niñas no dan esas patadas.
—Qué mala memoria tienes. —Kate señaló con la cabeza el lugar donde dormía su hija.
Llevaba razón. Ahora recordaba que Rose daba patadas en el vientre de su madre como si estuviese aporreando un balón de fútbol. Regresó a su sitio y volvió a sentarse. Cortó con el cuchillo un trozo de carne mientras le hablaba a su mujer de Hellström, de su primer encuentro y de su cuerpo desnudo. Kate se rio.
—Llevaba un pentáculo de plata colgado del cuello. Dicen que eso ahuyenta a los espíritus malignos.
—Sí que lo dicen. También he oído que puede usarse para invitarlos. Ezekiel se encogió de hombros. Nunca antes se le había ocurrido esa
idea.
—¿Qué impresión te ha dado?
—Es un hombre muy alto y delgado. —Se detuvo a pensar. En realidad no sabía cómo describírselo a Kate, tan diferente como era del resto de las personas que había conocido—. Es como el extraño emperador siniestro de un reino del inframundo.
Le habló del hombre borracho de la taberna al que Hellström había acusado de copular con una cabra.
—Parece que va buscando problemas, entonces —comentó Kate—.
Solo espero que los problemas no te los busque a ti.
Al día siguiente, Gad y Ezekiel fueron cabalgando hasta El Urogallo, donde el borracho seguía encadenado al cepo de fuera. Había llovido copiosamente durante la noche y el hombre estaba calado hasta los huesos. Al oír aproximarse sus caballos, alzó la mirada y les pidió clemencia. Ezekiel pensó en ofrecerle algo de la comida que llevaba consigo, pero le preocupaba que Hellström pudiera verlo. En su lugar, se encogió de hombros y le lanzó una mirada arrepentida antes de entrar al local. Hellström estaba sentado en la planta de abajo, en la zona de la barra, terminándose las gachas.
—Esta comida inglesa. Nunca termino de acostumbrarme. No está buena. —Raspó los restos con la cuchara y se tragó lo que le quedaba del cuenco con cara de asco—. En mi país, esta comida se la damos a las
Página 216
cabras. —Se levantó y se puso el abrigo de marinero, además del sombrero de ala ancha sin banda—. He hablado con vuestro señor. Iremos allí primero.
Cabalgaron hasta la vaquería de mayor tamaño, donde Lemuel ya había encargado a Jacob reunirse con ellos, puñal en mano. Hellström explicó el plan y los hombres sujetaron a una de las vacas lecheras de Lemuel que estaba acercándose al final de su vida productiva, mientras Hellström la desangraba con el puñal. Levantaron al animal por las patas traseras con un cabrestante y recogieron la sangre en un balde para la leche. La cocinera la cuajaría después y prepararía morcillas con ella. Envolvieron al animal en trapos y lo trasladaron a un carro, después engancharon el carro a dos de los caballos capones más fuertes de Lemuel y, los tres juntos, se dirigieron a un punto que Hellström ya había escogido de antemano. Arrastraron el cuerpo ensangrentado de la vaca lechera por el bosque de Dale Edge, a fin de dejar un rastro que finalizaba en un punto que Hellström había pensado con detenimiento. Hellström sacó un trozo de cuerda de su alforja y Gad y Ezekiel lo ayudaron a colgar a la vaca de un árbol sujetándola por la pata trasera. Hellström ató la cuerda con fuerza alrededor del tronco.
—¿Y ahora qué, señor?
—Ahora esperamos.
Se escondieron los tres y esperaron con las ballestas cargadas. Acuclillado junto a Hellström y Gad, Ezekiel ya notaba que empezaban a anquilosársele los huesos.
—Señor, ¿durante cuánto tiempo? —susurró.
—¡Shh! No hablemos —respondió Hellström.
Pasó una hora. Después dos. Los hombres no se movieron ni un centímetro. Ezekiel notaba el frío hasta la médula. Tenía mojado el culo de los pantalones, que iba absorbiendo la humedad del follaje contra el que estaba inclinado. Miró a Gad, que estaba acuclillado con la cabeza agachada y los ojos cerrados. ¿Se habría dormido? ¿Cómo podía dormir en esa postura? Era como estar atado al potro de tortura. Le dio un codazo y Gad abrió los ojos y puso cara de susto antes de darse cuenta de que era él quien lo había despertado. Sacudió la cabeza.
—Tengo hambre —susurró Ezekiel.
—¡Shh! —Hellström se llevó un dedo a los labios.
Página 217
Pasó otra hora. Una grajilla mostró cierto interés por el cadáver. Como la vaca estaba colgada solo de una de sus patas traseras, la grajilla se posó en la pata que tenía libre, que sobresalía como una rama. El pájaro picoteó la carne sin muchas ganas antes de volver a alzar el vuelo. Aguardaron en silencio. Ezekiel trató de mover los dedos de los pies, pero ya no los sentía. Movió los de las manos para evitar que se le congelaran. Los tenía rígidos y doloridos, y le costó cierto esfuerzo lograr moverlos. Lo intentó de nuevo con los de los pies, pero los tenía completamente entumecidos. Aquello era aburridísimo. ¿De verdad era ese el fantástico plan que aquel legendario cazador había ideado? Sin duda tendría que haber una manera mejor. Pero, claro, aquel hombre había matado a quinientos lobos, mientras que Ezekiel había matado la impresionante cantidad de ninguno, así que ¿qué iba a saber él?
Rememoró la noche anterior, disfrutando de la carne de venado con Kate como si fueran miembros de la realeza. Dando de comer a su bebé en el vientre de su esposa. Le daba igual que fuera niño o niña. Siempre y cuando naciera sano. Era su bebé. Un bebé que Kate y él habían engendrado juntos.
Volvió a pensar en la loba y en aquel hombre contratado por su señor. Había imaginado que traería equipo especializado, trampas modernas, no solo trozos de carne. Imaginaba que, como mínimo, tendría la camisa limpia. No obstante, aquel hombre parecía mucho más que un hombre. ¿Qué clase de criatura era? Mientras deliberaba, vio un enorme pájaro oscuro posarse en una rama cercana. Era un cuervo. El pájaro miró primero el cadáver de la vaca y después se fijó en el matorral tras el cual se escondían ellos. Fisgoneó el interior del arbusto como si supiera que estaban allí metidos. Mantuvo aquella postura tanto tiempo que Ezekiel se convenció de que estaba al corriente de su presencia. Con indiferencia, el cuervo empezó a acicalarse sus largas plumas negras, sin dejar de mirar en todo ese tiempo hacia el arbusto donde estaban escondidos ellos. Finalmente el ave agachó la cabeza, abrió mucho el pico y emitió un ronco graznido. Separó los hombros hasta que las alas se le cruzaron por encima del lomo. Se ahuecó las plumas de la cabeza. A continuación desplegó sus enormes alas y alzó el vuelo con majestuosidad. Al hacerlo, Ezekiel vio moverse otra cosa, a no más de diez metros de distancia. Un gran perro gris. No, era su loba. Se levantó de un brinco, blandiendo su ballesta, y al hacerlo Hellström se incorporó también, cargó su arco y disparó la flecha.
Página 218
A esa flecha le siguió la de Ezekiel. Después la de Gad. Pero la loba se escabulló. Ninguna de las tres flechas alcanzó al animal mientras huía. Frustrado, Ezekiel tiró su ballesta al suelo. Hellström murmuró algo para sus adentros.
—Allá va. Hemos estado a punto.
—Yo ni siquiera la había visto. Estaba mirando al cuervo.
—Yo también.
Hellström murmuró algo en sueco.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Ya no podemos utilizar este lugar ni este cebo. Tenemos que empezar de nuevo. Pero primero haremos una exploración completa. Tengo un mapa.
Echó mano a su bolsa y sacó un pergamino enrollado. Lo extendió
sobre el suelo del bosque y utilizó cuatro piedras en las esquinas para que
no volviera a enrollarse.
—Enseñádmelo.
Con el dedo, Ezekiel señaló Sheep Brink, Lowe Dene, el bosque de Bluebell, Dale Edge, Hazel Hirst, Long Royd y el bosque de Hanging Fall.
—¿Y esto?
Hellström señaló la esquina superior derecha del mapa.
—Eso es el bosque de Black Clough, señor.
—Es un bosque muy grande, ¿verdad?
—El más grande de todos los distritos.
—¿Y habéis puesto cebos en ese bosque?
—No, señor.
—¿Por qué no?
—Son casi todo ciénagas.
—¿Qué es eso?
—Agua. Gran parte del bosque está sumergido. A los lobos no les gusta el agua, ¿verdad?
—¿Así que ahora eres tú el experto en lobos?
—No pretendo decir eso —respondió Ezekiel encogiéndose de hombros.
—¿Y qué pretendes decir entonces? Ezekiel se encogió de hombros otra vez.
—No digas nada. Déjame decidir a mí estas cosas. No debemos subestimar a esta loba, ¿entendido?
Página 219
—Señor, puedo llevarle hasta allí. Se halla a unos quince kilómetros al noreste.
Hellström retiró las piedras y volvió a enrollar el pergamino, que después se guardó en su bolsa.
—Hoy no nos da tiempo. Y tengo que pensar. Volvamos.
—¿Y qué hacemos con la vaca, señor?
—Como ya he dicho, no podemos usarla.
—Pero no iremos a dejarla aquí, ¿verdad? Me refiero a que es carne de la buena.
—¿Quieres comerte a esa vieja bestia correosa? —preguntó Hellström sacudiendo la cabeza con hartazgo—. No me extraña que estés tan débil. No comes con dignidad. Comes como una rata mugrienta.
Sin verlo venir, Ezekiel sintió que el hombre le cruzaba la cara con el dorso de la mano buena. Notó el escozor en la mejilla y el zumbido en el oído. Menudo bofetón le había arreado. Se frotó la piel enrojecida. No era necesario llegar a tanto. ¿Acaso no habían hecho todo lo que el cazador de lobos les había dicho que hicieran? ¿Por qué no iba a poder comerse esa vaca? No estaba en su mejor momento, eso era cierto, pero ya se pondría tierna en la olla del estofado. No era un hombre orgulloso. ¿Acaso no había llegado a comer lombrices en otra época?
—Estoy de broma —anunció Hellström de pronto, riéndose como un maniaco—. Cómete ese trozo de bazofia. —Vio entonces dudar a Ezekiel —. Adelante. Es toda tuya.
Ezekiel, todavía indeciso, se acercó al cadáver, sacó su cuchillo y cortó la cuerda.
Durante el camino de vuelta, Ezekiel tenía pensamientos encontrados. Todavía le dolía la cara del bofetón. No se lo merecía, aunque hubiera sido en broma. Pero, por otra parte, estaba deseando contarle a Kate cómo les había ido el día. Habían estado a punto, casi le habían olido el aliento a la loba. Era lo más cerca que habían estado de la bestia. La flecha del señor Hellström era la que había llegado más lejos, a escasos centímetros del objetivo. Un mes llevaban ya siguiéndola y apenas la habían visto. Ahora, en cambio, el primer día que salían a cazar en condiciones con el señor Hellström, ya habían estado a pocos metros del animal. Habían tardado
Página 220
solo unas pocas horas en atraer a la loba hasta su trampa. Ya alcanzaba a imaginar el premio. Su familia y él no tardarían en hacerse ricos.
Página 221
Las sobras de un milano
La loba había renunciado a encontrar a su pareja. Aunque no había visto, oído u olido nada que lo demostrara, le daba la impresión de que ahora estaba sola en aquellos bosques y, de hecho, en aquella región por la que vagaba. Tenía que mantenerse a salvo por el bien de la vida que albergaba en su interior y crecía día a día. Cada día se hacía más grande, lastrando sus pasos. Notaba las patadas de sus pequeñajos. Ya no faltaría mucho. Una semana, tal vez dos. Estaba buscando comida. Conforme crecía la vida en su interior, lo hacía también su apetito. Se moría de hambre. Ansiaba comer carne. Carne caliente y suculenta. Se adentró por una senda de martas, olisqueando los excrementos de las martas a su paso, sabiendo que ya no gozaba de la agilidad suficiente para cazar una marta, ni siquiera un conejo. Como el ratonero, tendría que conformarse con los restos del banquete de otro animal. Olfateó las sobras de un milano.
Hacía dos días había encontrado una rata, que debía de haber servido de alimento a una rapaz o a un cuervo, pues le habían sacado los intestinos. Debieron de asustar al ave en cuestión mientras comía. La loba no se había molestado en seleccionar la carne y, en su lugar, había agarrado la rata muerta entre las fauces, había masticado y se la había tragado de golpe. Fue una cena repugnante, pero le proporcionó sustento.
Deambuló junto a la orilla de un arroyo poco profundo donde el agua discurría veloz sobre piedras y arena. Era un agua cristalina. Se inclinó sobre un riachuelo que fluía entre las piedras filosas, formando una poza debajo, y bebió del agua helada, recogiéndola a lametazos en el cuenco de la lengua. Se aproximó al borde de la poza y se adentró despacio, dejando que el agua le acariciara el pelaje. Se tumbó hasta quedar su cuerpo completamente sumergido. Chapoteó en el agua, golpeando con las zarpas la superficie, salpicando y llevándose tragos a la boca. Era agradable
Página 222
aquella sensación de frescor sobre la piel, relajante. Sumergió la cabeza y volvió a sacarla, dejando que el agua resbalara por su lomo. Volvió a salir y se sacudió, arrojando al aire un sinnúmero de gotitas de agua. Refulgieron como perlas de muérdago bajo la veteada luz del sol. Encontró un llano despejado y descansó allí un rato, hasta que el hambre que rugía en sus tripas la espoleó nuevamente.
Conforme se adentraba más en el bosque, percibió el aroma de la carne fresca. Se trataba del olor férreo y carnoso de la sangre reciente, que salpicaba los helechos. Olisqueó las hojas tocadas por la sangre. Siguió el rastro olfativo, apretando el paso conforme el aroma se intensificaba. El olor de la carne era abrumador. Llegó a una senda en la que encontró el suelo del bosque manchado con la sangre de una vaca. La sangre se pegaba a las hojas y tallos de las anémonas de bosque que crecían junto a la base de los árboles y por los alargados limbos de los lirios amarillos. Siguió el rastro que serpenteaba a través del bosque hasta llegar a un claro donde alcanzó a ver el animal al que pertenecía la sangre, colgado de una pata trasera, enganchado a una cuerda anudada a la rama de un árbol. El rastro se mezclaba con otro. Pero ¿qué era?
Su instinto le decía que algo no iba bien y que debía andarse con cuidado, pero el hambre atroz que tenía la impulsó a seguir. El olor era ya tan fuerte que se le hizo la boca agua y empezó a caerle la baba de las mandíbulas. Estaba a punto de acercarse más a la vaca cuando algo la detuvo en seco: primero un ronco y sonoro graznido, después la imagen imponente de un inmenso pájaro negro. Era el cuervo que la había conducido hasta la oveja hacía más o menos un mes. Se posó en una rama baja y sus plumas iridiscentes reflejaron un brillo verde y púrpura antes de retornar a su habitual negro carbón. El cuervo se inclinó y asintió. Supo entonces la loba que aquello era una clara señal y agachó también la cabeza, remedando los gestos del cuervo. Usó a continuación el pájaro su enorme pico para señalar un matorral de acebo y aliagas.
Se preguntó la loba qué estaría tratando de decirle el ave. Meses atrás, no le habría dado importancia, pero la experiencia le había enseñado a prestar atención a esa clase de señales. De modo que, en lugar de seguir acercándose con sigilo a la carne, estudió el matorral y, al hacerlo, percibió el rastro de los hombres. Se concentró en el matorral y, al distinguir el tono bermejo de una gabardina, se dio cuenta de que había uno, posiblemente
Página 223
más de uno, escondido en el arbusto. En esta ocasión, el cuervo no estaba guiándola hacia la comida, sino advirtiéndole que se alejara de ella.
Se escabulló por donde había venido y, mientras lo hacía, oyó incorporarse a los hombres. No se volvió para mirarlos. No había tiempo. En su lugar, con la escasa fuerza que aún le quedaba, corrió hacia lo profundo del bosque. Las flechas volaron hacia ella, pero se quedaron cortas. Siguió corriendo. Solo cuando ya no podía correr más se detuvo y miró en torno a sí para asegurarse de que estaba fuera de peligro. Se hallaba bajo el cobijo de una pícea, jadeante. Pensó en el cuervo. Se sintió una vez más agradecida al pájaro. De nuevo, aquella ave la había salvado del peligro. No le quedaba claro por qué el pájaro haría tal cosa. La primera vez, pensó que estaban sellando un pacto. El cuervo necesitaba entonces que ella rematara a la oveja y abriera su cadáver para poder después darse un banquete con sus entrañas. Pero ahora… ¿qué beneficio podría obtener aquel pájaro?
Lo que sí sabía era que aquellos bosques ya no eran un lugar seguro. Aguardaría a la caída de la noche y abandonaría su escondrijo. Pondría entonces rumbo al norte, siguiendo el cauce del río, y atravesaría el páramo infértil en dirección a los bosques del noreste, donde la vegetación era más extensa y las ciénagas brindaban protección frente a los hombres que acudían a cazar y a matar.
Página 224
Cabellos como lombrices que se retuercen
Habían caído las primeras nieves; una leve ráfaga cuyos copos no cuajaron. Hacía tanto frío que una dura capa de escarcha se había formado sobre el suelo franco del bosque, dificultando la tarea de cavar. Nos hallábamos al este del campamento, cavando en busca de chirivías silvestres. Jenny las llamaba pasteles de vaca. Yo había aprendido que era mejor concentrarse en las de floración tardía y aguardar hasta las primeras heladas antes de desenterrar las raíces. De esa forma, estaban tiernas y dulces. Si las recogías demasiado pronto, las encontrabas finas y ásperas.
—Las encontrarás en su mejor momento cuando las hojas se hayan vuelto marrones. Eso fue lo que nos enseñó Alice —dijo Jenny mientras colocaba otra raíz en la cesta.
Me contó cómo las comían, pelándolas primero e hirviéndolas después. Después las machacaban y escurrían, formando a continuación tortas que después freían enharinadas. Llevaba ya casi un mes viviendo con Alice y su familia del bosque, pero aún aprendía cosas nuevas cada día. Conforme aumentaban mis conocimientos acerca del bosque, lo hacía también mi capacidad de encontrar comida. Sabía ahora encontrar las raíces de las bardanas cuando las hojas habían mermado, o dónde buscar matas de musgo de roble. Había aprendido asimismo que, si bien las llanegas escarlata, con su intenso color rojo, parecían venenosas, estaban en realidad muy ricas, y que las llanegas blancas, de apariencia ni comestible ni apetitosa, poseían de hecho un intenso sabor. Había aprendido a elaborar tiras de fruta deshidratada[18] empleando las endrinas, las bayas de espino y los escaramujos que crecían en invierno, así como dónde encontrar lepistas que crecían en abundancia. Sabía ahora identificar con facilidad los berros amargos, las orejas de Judas, la aquilea, las setas aguja de oro y el ajo salvaje.
Página 225
Ahora me refería al grupo como hermanas. Eran mi familia y, aunque discutíamos de vez en cuando, acostumbrábamos resolver enseguida cualquier disputa que tuviéramos. Hacía poco más de una semana, se había producido un gran altercado. En ocasiones se generaban tensiones por la noche debido a la incertidumbre acerca de quién sería la elegida para pasar la noche con Alice, aunque yo no formaba parte de dichas tensiones. Jenny se había convertido en mi fiel compañera y, a menudo, nos retirábamos antes que las demás y nos metíamos juntas bajo las sábanas, de modo que no siempre presenciábamos cómo se resolvían las tensiones.
—Tengo que hablarte de una cosa —me dijo Jenny. Llevaba casi toda la mañana extrañamente callada.
—¿De qué se trata?
Dejó su cesta, se acercó y me habló en voz baja, como si los árboles fueran espías y pudieran oírnos:
—Holly está pensando en marcharse.
—¿Cómo? ¿Por qué haría tal cosa?
—Las cosas aquí no son tal y como parecen.
—No lo entiendo. Pensé que éramos una familia.
—Creo que deberíamos irnos con ella.
—¿Qué dices?
—Ese lugar que mencionaste, ese del que te habló tu padre.
Hacía unas semanas había hablado con Jenny acerca de los planes que hicieran mis padres para buscarnos una vida mejor. Se había quedado fascinada por la historia y quiso saber más, pero solo alcancé a contarle lo que sabía, que era prácticamente nada.
—En realidad no sé dónde está.
Me vino a la mente la imagen de mi padre tendido en el suelo sobre un charco formado por su propia sangre. La imagen, que me había atormentado durante semanas, no acudía a mi cabeza últimamente, de modo que su intrusión me provocó un gran estupor.
—Holly viajó por todo el país cuando estaba con Carlow. Conoce ese lugar del que hablaba tu padre. Me contó que allí todos compartían el trabajo y los beneficios del mismo. Me dijo que no había leyes ni castigos, que la gente podía hacer y decir lo que quisiera. No había líderes y vivían de la tierra como hacemos nosotras y no pasamos hambre. No como…
Página 226
Dejó de hablar y vi aproximarse a Alice, que lucía un semblante de preocupación. Se detuvo cerca de donde nos hallábamos nosotras.
—Ha contratado a un asesino de lobos.
—¿Quién?
—Lemuel Lane. Acabo de enterarme. Ha contratado a Johan Hellström.
—¿De quién se trata?
—Es un cazarrecompensas sueco. Una leyenda en el norte de Europa.
Ha matado a más de quinientos lobos. Hay quienes dicen que a mil.
—¿Lo conoces?
—He oído las historias. No es un simple oportunista aficionado como los demás. Ese hombres es letal. Hay que detenerlo. Debemos detenerlo.
—¿Y qué hacemos?
—No lo sé. Tengo que pensar.
Recogimos nuestros bártulos y la cesta llena de raíces y regresamos con Alice hacia el campamento. Ella se metió en su cabaña y nos dejó a Jenny y a mí junto a la lumbre con nuestras hermanas. Se habló mucho de ese tal Hellström, aunque ninguna sabía realmente quién era. Cuando Alice regresó una hora más tarde, convocó una reunión. Mientras fumaba de su pipa, nos contó más detalles sobre el asesino de lobos.
—Si Lemuel Lane ha contratado a ese hombre, debe de haber perdido la fe en los demás cazarrecompensas. —Señaló a Jenny—. Quiero que Rowan y tú vayáis a la aldea, averigüéis dónde se aloja y os acerquéis a él todo lo posible. Averiguad todo lo que podáis.
—Ni siquiera sabemos qué aspecto tiene.
—Es inconfundible, no os preocupéis.
Alice nos describió la apariencia del hombre en cuestión, su altura de Goliat, sus extremidades de insecto y su mano desfigurada. Aquel día ya era tarde para emprender nuestro viaje, de modo que descansamos y, al día siguiente, nos vestimos con un atuendo más convencional, recogimos nuestra melena debajo de los sombreros y enfundamos en botas nuestros pies. No queríamos llamar la atención en absoluto. Escalamos rocas tapizadas de musgo, atravesamos lodazales cuyo barro se me pegaba a los pies. Todo eran cuestas, oscuras y húmedas. Robles retorcidos que se enroscaban como el rabo de un cerdo. Allende los árboles que no pierden sus hojas: pinos, tejos y píceas.
—¿Por qué quieres que nos marchemos?
Página 227
—Ya no es como cuando llegué.
—¿Y eso por qué?
—Porque no.
Traté de sonsacarle más información, pero siempre cambiaba de tema. Atravesamos las ciénagas, emergimos del bosque de Black Clough y dejamos atrás un vetusto muro. El sendero serpenteaba bajo las frondosas y umbrías copas de los árboles, hasta desembocar en la linde de la arboleda. Era la primera vez que abandonábamos la protección del bosque desde hacía casi un mes y el mundo me pareció un lugar desconocido.
Al incorporarnos a un camino de arrieros, nos topamos con un patíbulo de madera.
—A aquel que robe algo por valor superior a trece peniques lo ejecutan aquí —me explicó Jenny. Se arrodilló junto al patíbulo y yo me quedé atrás esperándola.
Tomamos una senda paralela al arroyo que desembocaba en el río principal, que discurría por debajo del páramo de Broadhead y atravesaba High Cragg y Dale Edge. Jenny no había vuelto a decir una palabra desde que se arrodillara ante el patíbulo. Me dio la impresión de que estaba guardándose algo, pero respeté su silencio. Al cabo, me dijo:
—A mi padre lo trajeron aquí. —Caminamos en silencio durante unos minutos hasta que comentó—: Era un buen hombre. No teníamos nada. Si hubiera existido otra manera, sin duda la habría escogido. No teníamos comida. Mi pobre padre. ¿Qué haces cuando tienes cinco bocas hambrientas que alimentar? En cierto modo, me alegro de haberme ido. Al menos así había un estómago menos que llenar.
Pensé en mi propio padre, que había hecho todo lo posible por abastecernos a mi madre y a mí. Me sobrevino la habitual tristeza que me inspiraban siempre los recuerdos de mis padres, pero también me sentí más unida a Jenny. Ambas habíamos perdido a nuestros padres. Aunque su madre aún vivía.
Se había levantado la neblina y los árboles ya no aparecían enredados en aquel manto lechoso.
—¿Qué dirá Alice? —pregunté.
Jenny me lanzó una mirada de perplejidad.
—Si le decimos que nos marchamos —aclaré.
—No se lo diremos. No tiene por qué saberlo.
Página 228
Cuando llegamos al arroyo Mickle, lo seguimos durante cinco kilómetros antes de poner rumbo al sur, hasta alcanzar la aldea situada cerca de la finca de Lemuel Lane. Habíamos recorrido cerca de quince kilómetros, lo cual nos ocupó casi cuatro horas. Había mucho bullicio de gente yendo y viniendo, pero no teníamos idea de cómo encontrar al tal Hellström. Nos sentamos en un banco junto a la plaza de la aldea. No era un lugar en el que hubiera estado antes, pues jamás había viajado tan lejos en dirección sur.
—¿Y ahora qué?
—Supongo que tendremos que esperar a que aparezca. —Seguramente se aloje en la taberna El Urogallo. En El Cordero no
ofrecen habitaciones —explicó Jenny.
Ya había estado antes allí, de modo que la suya era una suposición razonable. Sin ningún otro sitio al que ir, aquella era nuestra única idea. El Urogallo se encontraba justo al otro lado de la plaza. Desde donde estábamos sentadas, veríamos salir a Hellström de la taberna, si acaso salía. El suelo escarchado estaba duro como el hierro; las ramas de los árboles, cubiertas de polvo blanco, con espadas de hielo plateado que colgaban por debajo. Estuvimos observando la vida de la aldea, sin perder de vista ni un instante la puerta de El Urogallo. Allí sentadas, el frío empezó a calarnos los huesos. Allí al lado había dos hombres jugando al alquerque. Habían dibujado las casillas en el suelo y les veíamos mover sus fichas de un lado a otro, tratando cada uno de ser el primero en lograr las tres en raya. Consulté la hora en el reloj de la iglesia. Había transcurrido una hora. Vimos a hombres entrar y salir de El Urogallo, pero ninguno encajaba con la descripción que teníamos de Hellström.
—Tal vez deberíamos entrar —sugerí.
Alice nos había dado una moneda de cuatro peniques para cubrir tales necesidades.
—No me parece buena idea —repuso Jenny.
—Me está entrando frío.
—Y a mí.
—Seguro que dentro tienen lumbre.
Jenny asintió. Yo me metí las manos debajo del chal y arrugué los dedos de los pies para evitar que se me entumecieran.
—Sigo sin entenderlo. ¿Por qué quieres marcharte?
—Alice ha cambiado.
Página 229
—No puede ser solo por eso.
—La he oído hablar sin que se diera cuenta. Está dispuesta a ir a la guerra contra los cazadores de lobos. La cosa no acabará bien para nadie.
Al igual que Jenny, yo ya había huido de una guerra y no tenía ganas de huir de otra. Haríamos lo que nos habían ordenado y recabaríamos toda la información posible, pero después viajaríamos a un lugar donde hombres y mujeres vivieran en paz. Un lugar donde estar a salvo, libres del miedo. Hablamos de la casita que construiríamos con nuestras propias manos con madera del bosque, como había visto hacer a mi padre, a quien yo misma había ayudado. Decoraríamos nuestro hogar con flores del bosque.
—Mi madre nos quería a todos —me dijo Jenny—. Pero a mí me dijo en privado que yo era su favorita, por el hecho de ser la mayor. Pienso en ella todos los días. Debe de sufrir enormemente al no saber dónde estoy, ni siquiera si sigo viva. Cuando nos hayamos instalado, me gustaría ponerme en contacto con ella.
—Lo haremos —prometí—. A lo mejor puedes reunirte con ella. En algún sitio que no suponga un peligro para ninguna de las dos.
Estaba tiritando. Ya no me sentía la cara. Tenía los labios entumecidos y me costaba esfuerzo hablar. Me froté las manos con fuerza y golpeé el suelo con los pies. Vimos a un hombre salir dando tumbos de la taberna El Urogallo. Era alto, pero no de un modo exagerado. Me fijé en sus manos por si acaso. No era nuestro hombre. Vi el humo que salía por la chimenea y pensé en el fuego de su interior, imaginando a Hellström sentado al lado.
—No puedo aguantar aquí mucho más tiempo —aseguré.
Jenny asintió:
—Me da igual, ¿sabes?
Me encogí de hombros. No tenía ni idea de lo que estaba hablando. —Alice y las demás. Siempre y cuando nosotras sigamos juntas. No
necesitamos a nadie más.
La estreché contra mí. Íbamos a construir una vida juntas y sería maravillosa.
—No tenemos por qué regresar si no quieres —me dijo Jenny.
—Pero ¿qué pasa con Holly? No podemos dejarla. Has dicho que nos iríamos juntas.
—De acuerdo. Hablaremos con ella cuando volvamos. Nos marcharemos lo antes posible.
Página 230
—Venga, vamos a entrar —le rogué—. Aquí fuera nos vamos a morir de frío.
Pasamos de largo a los dos hombres que jugaban al alquerque, cruzamos la plaza y nos detuvimos frente a la taberna. La última vez que había acudido a una taberna, mi familia resultó atacada. Traté de calmar mi desbocado corazón diciéndome que allí dentro no correríamos peligro alguno. Íbamos a entrar en un lugar público.
—Si alguien pregunta, diremos que estamos esperando a alguien —me ordenó Jenny mientras abría la puerta y entrábamos.
Al principio estaba todo tan oscuro como si fuera de noche, mas enseguida se nos acostumbró la vista. No estaba muy concurrido, habría cerca de una docena de clientes desperdigados alrededor de la zona de la barra. Me alivió constatar que había una gran lumbre encendida con leños y bloques de turba. Bajo las voluminosas vigas negras del techo había un grupo de cuatro parroquianos arremolinados en torno al juego de bolos, y otros tres probando su puntería con el lanzamiento de aros al gancho de la pared. Dos hombres sentados junto a la barra jugaban a los dados. El ruido y la cháchara cesaron y los hombres dejaron de jugar y se volvieron hacia nosotras. Resultaba evidente que no estaban acostumbrados a ver a muchachas entrar en su cervecería. Los miré a todos de manera furtiva, asegurándome de que ninguno me reconociera. Nos situamos junto a la barra y el tabernero se nos acercó. Se mostró desconfiado, pero pareció tranquilizarse cuando le explicamos que estábamos esperando a nuestro padre. Pedimos dos cervezas, le pagamos y encontramos una mesa junto al fuego. Desde allí podíamos ver claramente a cualquiera que entrara. Miré a mi alrededor, examinando con disimulo a todos los presentes, en busca de una mano deforme. Ninguno de ellos era el hombre al que habíamos acudido a espiar. El calor de la lumbre era reconfortante. Cuando mi carne empezó a calentarse, noté que me escocía la piel. Me alegraba tanto de estar sentada junto a esa chimenea que, por un momento, olvidé el motivo de nuestra visita.
Cerca de donde nos hallábamos sentadas había dos obreros enfrascados en una conversación cuyas elevadas voces nos resultó fácil oír.
—Ha muerto —dijo uno de ellos.
—Lo siento, amigo —respondió el otro, consolando a su compañero con una palmada.
Página 231
—Anoche. Cayó enfermo el día anterior. Bebía agua como si se fuera a acabar, pero la comida ni la tocaba. Jadeaba horrores. Cuando me he levantado esta mañana y he acudido al establo, allí estaba. Más seco que la mojama.
—¿Y estás seguro de que era veneno?
El hombre asintió.
—No llegaba ni a los cuatro años. Estaba como una rosa. No me malinterpretes, yo quiero librarme del lobo como cualquiera. Pero es una auténtica carnicería lo que están haciendo algunos. A mí los cuervos y los milanos me dan igual, incluso los zorros, ya puestos. Pero ¿los perros de granja? Eso no está bien. Ese perro era único. Me llevó mucho tiempo adiestrarlo.
—Cuanto antes lo atrapemos y lo matemos, antes volverá todo a la normalidad. ¿Te he dicho que mi señora tuvo un incidente hace un par de días? Unos chavales empezaron a silbarle. Forasteros. Decían que querían hacerle esto y lo otro. Me hervía la sangre. Le pedí que me dijera quiénes eran, pero no quiso decírmelo. Dijo que eso empeoraría la situación.
Nos quedamos sentadas en silencio, bebiendo nuestra cerveza y tratando de pasar más desapercibidas que una sombra. Me fijé en un hombre de cuello ancho y cara amoratada que había de pie junto a la barra y que no dejaba de mirarnos. Le dio un codazo a su compañero y nos señaló con la cabeza. Ambos se rieron. Vi que Jenny también se había percatado. Parecía preocupada. Los hombres dijeron algo, pero no alcancé a oír qué. A continuación, el de la cara amoratada se nos acercó. Se plantó delante de nuestros asientos y se inclinó hacia nosotras.
—¿Cuánto? —preguntó en voz baja.
Al principio, no supe a qué se refería, pero entonces vi la indignación en el rictus de Jenny y me di cuenta de que el hombre pretendía intimar.
—Creo que ha habido un malentendido —expliqué, también en voz baja.
—Te crees que estás por encima, ¿a que sí? —replicó alzando la voz.
Algunas cabezas se giraron hacia nosotras.
—De verdad, se está equivocando. Hemos venido a reunirnos con nuestro padre —le aseguré.
—¡No sois más que unas rameras de tres al cuarto vestidas como putas caras! —exclamó, a voz en grito ya.
Página 232
Le salían babas de entre los labios. Agachamos la cabeza y tratamos de ignorarlo, pero siguió con su diatriba.
—¡Mi dinero es tan bueno como el de cualquier otro hombre de aquí! Su amigo se había acercado también y lo agarró del brazo.
—Vamos, John, no te alteres. No merecen la pena. Venga, que se le está yendo el gas a tu cerveza.
El hombre de la cara amoratada sacudió la cabeza, pero regresó a la barra con su amigo y siguió bebiendo. Aquellos que habían vuelto la cabeza para mirar siguieron a lo suyo. Yo me volví hacia Jenny y vi que se había puesto pálida.
—Ya te dije que era mala idea —susurró.
Entraron dos hombres. Uno de ellos rondaría los veinte años, el otro tendría veintitantos. El más joven era alto y esbelto. El otro, de complexión robusta y barba pelirroja. Me resultaron familiares. No pidieron nada de beber. En su lugar, se sentaron uno junto al otro sin mediar palabra, lo que me pareció un extraño proceder. Saltaba a la vista que habían acudido a reunirse con alguien y que no se trataba de una visita de cortesía. Poco después, entró por la puerta de atrás un hombre alto y enjuto con el cabello y la barba del color del oro. Lucía un atuendo un tanto excéntrico y era tan alto que debía agacharse para no golpearse la cabeza con las vigas del techo. Los clientes que estaban de pie frente a él se apartaron inmediatamente para cederle el paso, quitándose el sombrero. El tipo escudriñó la estancia, divisó a los dos hombres y se aproximó a ellos. Asintió sin sonreír y se sentó frente a ellos. Pareció quedarse con todo el oxígeno de la habitación. Su presencia, de algún modo, oscurecía el local, volviéndolo más frío. Al remangarse el abrigo de marinero que llevaba, me di cuenta de que tenía la mano derecha desfigurada; le faltaba más de la mitad y solo conservaba los dedos índice y pulgar. Era nuestro hombre. Le di un codazo a Jenny, pero ella ya lo había visto.
—No te quedes mirándolo —susurré.
—No lo hago —respondió.
Hellström era quien hablaba, pero costaba distinguir qué decía exactamente con el murmullo de las demás conversaciones circundantes. Hube de esforzarme mucho para ignorarlas y centrarme solo en su voz. Hablaba con un acento muy marcado acerca del trabajo que habían llevado a cabo la víspera. Se habían topado con la loba y le habían disparado flechas, pero habían fallado y el animal huyó. Sacó un pergamino
Página 233
enrollado —un mapa—, lo desplegó sobre la mesa y a continuación señaló la esquina superior derecha. Hablaban los tres en voz baja y no alcancé a distinguir gran cosa de lo que decían. «Lo haremos en dos horas con unos caballos decentes», «ballestas», «Lemuel Lane dice que», «por el arroyo de Black Clough», eso fue todo lo que oí. Hellström volvió a enrollar el mapa y se lo guardó en el interior del abrigo. Después se puso en pie y los otros lo imitaron. La pareja se encaminó hacia la puerta de entrada, pasando muy cerca de donde estábamos sentadas. Estaban a punto de salir cuando Hellström se les acercó. Se encontraban ahora los tres a escasa distancia de nuestros asientos.
—Escuchad —dijo Hellström—. Lo que tengo que deciros… Aquí corremos riesgo. Reuníos conmigo detrás de la iglesia dentro de media hora y os daré más instrucciones. Hay un cobertizo de herramientas de madera junto a la capilla del transepto. —Los hombres asintieron y se marcharon. Hellström desapareció por la misma puerta situada al fondo por la que había entrado.
Aguardé hasta que los tres se hubieran marchado y entonces me volví hacia Jenny.
—Tenemos que estar allí.
—Es demasiado peligroso.
—No si llegamos con tiempo suficiente y encontramos un buen lugar donde escondernos.
—Estaban hablando del bosque de Black Clough.
—Ya lo sé.
Nos terminamos la cerveza y abandonamos el establecimiento. Atravesamos la plaza de la aldea y cruzamos el puente sobre el arroyo. Nos aproximamos a la iglesia, abrimos la verja y pasamos de largo el pórtico, la capilla lateral y una hilera de lápidas hasta llegar al transepto. Allí encontramos un cobertizo de herramientas de madera que parecía haber vivido tiempos mejores. Le faltaba la puerta y dentro no había ninguna herramienta. La madera se hallaba en bastante mal estado y saltaba a la vista que ya era irreparable. Echamos un vistazo alrededor.
—Ahí —dijo Jenny, señalando un punto detrás del cobertizo.
Entre el muro de piedra de la iglesia y la parte trasera del cobertizo, había una pila de viejos materiales de construcción de techos y, justo detrás, un espacio en el que podríamos apretujarnos y que no nos vieran. Trepamos por encima de la pila de madera y pizarra y nos acomodamos en
Página 234
el hueco. Había el espacio justo para las dos, e incluso alcanzábamos a ver el interior del cobertizo a través de unas rendijas en la madera. Era un lugar perfecto desde donde espiar. Fuera lo que fuera que iban a discutir aquellos hombres, nosotras teníamos un asiento privilegiado junto al escenario. Nos agachamos y esperamos.
Tenía las rodillas pegadas a la barbilla y un dolor en la parte posterior de las piernas me empezaba a subir por la columna. Había consultado la hora al llegar a la iglesia, acababan de dar la media, así que, cuando las campanas de la iglesia dieron la hora, supe que solo nos quedarían unos cinco minutos de espera. Empecé una cuenta atrás desde sesenta en mi cabeza. Miré a mi alrededor y me aseguré de que estuviésemos lo suficientemente ocultas, acuclilladas de tal forma que el montón de madera nos quedara por encima de la cabeza. A no ser que alguien estuviera buscándonos, no sabría que estábamos allí. Para curarme en salud, agarré una estaca y la coloqué frente a nosotras. Aguardamos.
Allí acuclilladas en silencio dentro de nuestro escondite, volví a pensar en los hombres, en los dos a quienes había reconocido. Eran los hombres que habían estado con el señor Lane en mi cocina. Vi a los siete. Mi padre tendido en el suelo. Mi madre amordazada y atada a una silla. El pánico inesperado. Primero en la tripa, después en la sangre, luego palpitándome en la cabeza. Me dieron ganas de salir corriendo. De alejarme de allí todo lo que pudiera. Si echaba a correr ahora, aún tendría una oportunidad.
Le di un codazo a Jenny y le susurré: «Tengo que irme». Pero ella ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. Oí a un hombre riéndose. Alcé la mirada y vi tres caras que nos miraban por encima del montón de madera: Hellström y los otros dos. Cuando ambas levantamos la mirada, los tres hombres prorrumpieron en carcajadas.
—Vaya, vaya, mira lo que tenemos aquí. Si son dos polluelos en su nido. ¡Qué adorable! —exclamó Hellström.
Se me heló la sangre en las venas y empecé a notar el corazón desbocado en la garganta.
—Veo que habéis caído en nuestra pequeña trampa. ¿Creíais que no me fijaría en dos muchachas que nos espían en una taberna llena de hombres?
A mí me daba demasiado miedo decir algo, pero oí que Jenny decía: —No, señor, se equivoca. No éramos nosotras. No estábamos allí. Hellström y los otros dos volvieron a reírse.
Página 235
—Esto es como dinero caído del cielo. No atrapamos al lobo, pero sí a dos brujitas. Qué alegría.
—¿Qué quiere que hagamos con ellas? —Atadlas y amordazadlas. Yo iré a por el carro.
El hombre de la barba pelirroja trató de agarrar a Jenny, pero esta se resistió. Él la agarró del puño y luego la arrastró del brazo por encima del montón de madera. Jenny empezó a gritar y él le propinó un puñetazo en la cara. Una vez, dos. Yo estaba atrapada. Acorralada. No tenía escapatoria. Amordazaron a Jenny y le ataron las muñecas y los tobillos. Después le cubrieron la cabeza con un saco de arpillera y vinieron a por mí. Yo me resistí, pataleando y lanzando puñetazos, pero me agarraron de las extremidades, me arrastraron por encima del montón de madera y me amordazaron. Noté la aspereza de la cuerda contra la piel de mis muñecas cuando me ataron. Mi mundo quedó a oscuras al cubrirme la cabeza con un saco. Tragué serrín. Sentí sus manos toscas sobre mi cuerpo cuando me echaron a hombros de uno de ellos y me trasladaron por el camposanto. El corazón me golpeaba las costillas como si fuera un martillo. Me lanzaron al carro y noté un intenso dolor al golpear con el cuerpo el duro suelo de madera.
El carro atravesaba un camino irregular y yo iba dando bandazos de un lado a otro como un saco de patatas. El camino se volvió entonces más llano y avanzamos así durante tal vez dos kilómetros hasta que nos detuvimos. Oí a uno de ellos, di por hecho que Hellström, bajarse del asiento del conductor y a continuación el sonido del pesado cerrojo de una verja. La verja se abrió. Oí a Hellström retomar su lugar a las riendas y noté que el carro avanzaba por un patio. Poco después, volvió a detenerse y oí que se bajaba nuevamente. Después nada. Silencio. Transcurrieron unos cinco minutos hasta que oí unos pasos que se acercaban.
—Por aquí.
—Vamos a echar un vistazo.
Alguien me quitó el saco de la cabeza. Era el hombre de la barba pelirroja. Al lado estaba su desgarbado acompañante. Junto a este, Hellström. Había con ellos otro hombre más, uno grande como un oso y con la nariz rota. Era Lemuel Lane. El hombre que había asesinado a mi madre y a mi padre. Mi mente se trasladó a aquel día, cuando estaba recogiendo los huevos y oí el disparo. Me vi entrando en la casa, a los siete hombres en nuestra cocina. Era aquel hombre quien había apuntado a
Página 236
mi madre a la cabeza y había apretado el gatillo. Ahora me encontraba amordazada y atada, de nuevo a su merced.
—Sabéis quién es esta, ¿verdad? —les preguntó a sus acompañantes.
El de la barba pelirroja se encogió de hombros.
—La hija de los O’Fealin: Caragh.
El de la barba pelirroja asintió, al igual que el desgarbado que estaba de pie junto a él.
—Vamos a echar un vistazo a la otra.
El de la barba pelirroja le quitó el saco a Jenny. Los hombres la escudriñaron con atención.
—No, no la reconozco.
—Llevadlas a la vaquería principal.
A Jenny la agarró el más joven. A mí el de la barba pelirroja, que me echó sobre su hombro y me sacó del granero, atravesamos un patio, pasamos de largo unos establos y nos dirigimos hacia unos edificios situados más adelante. Dentro había dos sillas, a las que nos ataron a Jenny y a mí.
—Quitadles la mordaza. Aquí pueden hacer todo el ruido que les dé la gana.
El pelirrojo nos quitó las mordazas y yo tomé varias bocanadas de aire.
—Esperad aquí. Voy a por mis cosas.
Lemuel Lane dejó a los otros tres vigilándonos.
—He oído que cuesta mucho hacer hablar a una bruja —comentó el pelirrojo.
—Nada que no se arregle con un potro, una correa o un garrote — aseguró el desgarbado.
—Menos mal que las ha visto, señor.
—Las vi antes incluso. Miré por mi ventana mientras me lavaba y vestía. Da hacia el este, y me gusta ver la plaza de la aldea mientras se eleva el sol. Vi a estas dos muchachas sentadas en el banco, y estaban mirando hacia El Urogallo. Me pregunté por qué harían eso.
—Pero, señor, ¿cómo lo supo?
—Algo me inquietaba. Cuando os dejé ayer, no dejaba de pensar en la loba y el cuervo. Algo no iba bien. ¿Cómo sabía la loba que estábamos allí? Nos habíamos escondido muy bien. Así que volví a nuestro escondite. Seguí la dirección en la que voló el cuervo. Voló hacia el noreste, así que
Página 237
miré en mi mapa y vi que allí está el bosque de Black Clough. Y pensé en lo que dijisteis de las ciénagas. Es un buen lugar para esconderse, ¿verdad?
—No lo entiendo, señor. ¿Cómo supo todo esto solo por eso?
—Ya he visto esto antes. Sabéis que las brujas tienen familiares, acompañantes. Siempre uno, a veces dos, o incluso tres. De ahí es de donde la bruja obtiene su poder. Sin su acompañante animal, no tiene fuerza. El familiar es el intermediario que vincula a la bruja con aquel a quien sirve: el Príncipe de las Tinieblas, el Señor de las Moscas. En Suecia, me echaron una maldición. La única forma de levantar esa maldición era rociar las paredes con la sangre de un perro negro. Menos mal que lo sabía. Por esa razón llevo un amuleto.
Sacó el colgante que llevaba debajo de la camisa. Era un pentáculo que destelló al reflejar la luz.
—Sigo sin entenderlo.
—Entonces cabalgué hasta el páramo de Broadhead. Qué lúgubre. Y seguí avanzando hasta llegar a Black Clough. Y seguí el curso del arroyo que se adentra en el bosque, entre las ciénagas. Casi muero tratando de atravesar las ciénagas. Pensé en darme la vuelta. No paraba de resbalar y deslizarme. Pero vi un cuervo que volaba hacia el noreste, así que continué. Fue una tarea ardua. Resbalé, pero me agarré a una rama. Caminé con mucho cuidado. Muchísimo. Atravesé la ciénaga. ¿Y sabéis lo que vi?
El de la barba pelirroja y el enjuto se encogieron de hombros. —Había un campamento al norte de la ciénaga. Y allí estaban esas
mujeres salvajes viviendo. Eran brujas bailando alrededor del fuego. Y entonces lo entendí.
—Me alegro, señor, porque yo no tengo ni idea de lo que está hablando.
—Ezekiel, no eres estúpido —le dijo al de la barba pelirroja—. ¿No te has parado a pensar por qué cuesta tanto atrapar a la loba?
—Eh…, sí. Pero es lo que le dije al señor. Gad y yo no tenemos conocimientos especializados en ese terreno. Somos albañiles y cavadores.
—Levantáis muros. Caváis agujeros. Pero tenéis ojos. Tenéis cerebro. Sabéis que hay muchos hombres intentándolo. Cuesta tanto atrapar a la loba porque está protegida. ¿Lo entendéis?
Ezekiel y Gad se encogieron de hombros.
Página 238
—Está protegida por la magia. La magia de una bruja y de su familiar demoníaco. Debemos acabar con toda esta brujería.
—Señor, ¿cómo sabe que la loba no es uno de esos familiares?
—No. Un lobo nunca es un familiar. Un lobo siempre es un lobo. Siempre. No trabaja para nadie más. No sirve a nadie. El lobo es una bestia soberana. Y esta tiene un hechizo que debemos romper.
—¿Y cómo hacemos eso, señor? —Dejádmelo a mí. Ya lo he hecho antes.
Mientras hablaba, vi regresar al asesino de mis padres con una caja de cuero. Depositó la caja sobre una mesa cercana a las sillas donde nos habían atado y la abrió. Alcancé a ver instrumentos metálicos que reflejaban la luz. Sacó un objeto negro con dos placas metálicas sujetas con travesaños. Ensartada en el travesaño central había también una tuerca mariposa. Se dirigió a Jenny.
—¿Sabes quién soy?
Jenny negó con la cabeza, los ojos desencajados del miedo.
—Soy Lemuel Lane. ¿Has oído hablar de mí?
Jenny sacudió de nuevo la cabeza.
—Soy el dueño de esta finca y de casi todas las tierras de por aquí. Hace poco más de un mes, en una pequeña arboleda llamada Lowe Dene, mi hijo Thomas, mi único hijo varón, fue cruelmente atacado por un lobo y murió en mis brazos. Mi hijo y heredero se desangró a causa del salvaje ataque de una bestia perniciosa. El mismo lobo al que, junto a vuestras amigas, habéis estado protegiendo. ¿Sabéis cómo me hace sentir eso?
Jenny no reaccionó.
—Imagino que no lo sabéis. Os haré otra pregunta. ¿Sabéis lo que es esto?
Levantó el objeto negro y se acercó a ella para que pudiera verlo mejor.
—¿Y bien?
Jenny meneó la cabeza.
—Este precioso chisme de aquí se llama empulguera.
Esperó a que Jenny respondiera. Al ver que no lo hacía, se lo acercó más para que pudiera verlo mejor.
—Puede que lo conozcas por otro nombre. Algunos se refieren a ello como aplastapulgares, algo un poco más gráfico.
Página 239
La vio estremecerse e interpretó aquello como una respuesta. Sonrió y asintió.
—Ahora ya sabes lo que es. Me alegro. La belleza de este instrumento es su simplicidad. En realidad es como un pequeño tornillo. Metes los pulgares aquí. —Indicó el espacio situado entre las placas metálicas—. Luego, al girar esta tuerca mariposa de aquí, empieza a aplastarte lentamente los pulgares. Funciona de maravilla. Me hice fabricar este especialmente para mí por un herrero de Wetherby, allá por el cuarenta y tres. Me costó media corona. La mejor media corona que he invertido en mi vida. Nunca falla.
—Esto no está bien —declaró Hellström—. No es así como trabajamos.
Lemuel se volvió hacia Hellström y dijo:
—Por favor, Johan, le contraté para atrapar a mi lobo. Este asuntillo es entre estas dos muchachas y yo. Esta de aquí —me señaló— es Caragh O’Fealin. Incendió mi casa. Destruyó mi propiedad. Su familia mató a mi familia en Irlanda. Así que, ya ve, tengo asuntos pendientes con las dos. Y, si no le importa, me gustaría zanjarlo a mi manera. No es necesario que ninguno de vosotros ocupe su tiempo en esta cuestión. Ahora, si me disculpa, querría que mis dos hombres y usted hicieran lo que acordamos anoche, a saber, cabalgar hasta el bosque de Black Clough, donde seguramente se encuentre el lobo. Cuanto antes lo atrapemos, antes conseguirá su dinero y podrá volver en esa carraca a Noruega, a Dinamarca, a Suecia o a donde narices esté su casa.
—No, señor Lane. Escúcheme usted a mí. Seguirá mis órdenes. Si yo digo que baile, usted me hace una giga. Yo sé de estas cosas. En Gotemburgo teníamos una bruja. Había una mujer que ofrecía sangre al diablo y llevaba su semilla dentro de ella. Y resolvimos el problema de la bruja.
—Señor Hellström, con el debido respeto, usted tiene sus costumbres y yo tengo las mías. No digo que su forma de hacer las cosas sea equivocada. Por aquí no andamos con juegos, solo le digo que no es así como hacemos las cosas.
—No. Esto no es cuestión de formas. No es cuestión de cosas. Deben tener cuidado. Pueden causar problemas. Ya lo he visto antes. Así que hagan lo que les digo.
Página 240
Lemuel Lane se mostró visiblemente inquieto. Aquel hombre oso pareció encogerse cinco centímetros bajo la sombra de Hellström. Se acercó a la mesa y dejó la empulguera.
—De acuerdo. Dígame cómo cree que deberíamos proceder.
—En primer lugar, debemos saber que son brujas.
—Pero si usted ha dicho que lo son. Ha dicho que las vio alrededor de un caldero, con un familiar al lado.
—Señor Lane, cálmese. Déjeme terminar. —Lemuel extendió las manos y se encogió de hombros. Hellström continuó—: El diablo bautiza a la bruja con sangre de la herida que le hace cuando le muerde la carne. Debemos buscar la marca de esa herida, cicatrices con forma de dientes en su cuerpo. Cuando la encontremos, entonces debemos notificarlo al magistrado. Necesitamos papeles. Necesitamos permiso. Cuando tengamos los papeles y el permiso, podremos proceder. Debemos obligar a estas brujas a levantar el hechizo que lanzaron y que protege al lobo, señor Lane.
—¿Y cómo hacemos eso?
—Las mantenemos aquí. Las custodiamos. Y esperamos.
—¿A qué esperamos?
—Si esperamos, lo entenderemos.
—¿De qué está hablando?
—Si esperamos, estas brujas tendrán visita. Su animal familiar acudirá en su ayuda.
—¿Y luego qué?
—Capturamos al animal. Entonces se quedarán sin poder. Amenazamos con matar al animal, y así las brujas levantarán el hechizo. Y podremos atrapar al lobo.
Lemuel sacudió la cabeza. Se acercó a su caja y empezó a toquetearla. Después le dio un puñetazo en el lateral y empezó a dar vueltas de un lado a otro de la estancia. Los otros tres hombres lo observaban con aprensión.
—De acuerdo, de acuerdo. Hágalo a su manera. Desnúdelas. Encuentre la marca.
—Muy bien, señor Lane. Pero debemos hacerlo todo según las reglas. ¿Qué imagen daremos cuando acudamos al magistrado si no seguimos el procedimiento?
—No le entiendo.
Página 241
—A estas mujeres debe examinarlas una mujer, y debe haber un testigo de dicho examen. Otra mujer.
Lemuel asintió y dijo:
—Iré a buscar a Elizabeth y a una de mis hijas.
—La testigo no debe ser de la familia.
Lemuel asintió de nuevo.
—Ezekiel, ¿qué me dices de Kate?
—Como sabe el señor, mi esposa está encinta, a punto de dar a luz a mi segundo hijo. No le falta mucho. Con el debido respeto, señor, no creo que sea buena idea arrastrarla hasta aquí en su estado.
—Gad, ¿y tu hermana?
—Señor, me temo que no obedecerá. No querrá participar en esto. Por favor, señor, la conozco bien.
—Entonces, Ezekiel, tendrá que ser Kate.
—Pero, señor…
—Mira, ya sé que no es lo ideal. Pero corren tiempos extraños y todos hemos de adaptarnos. He perdido a mi hijo. Carne de mi carne. ¿Quién dice que el lobo no matará después a tu hija? Y luego a tu hijo nonato, que nacerá dentro de un día o dos. ¿De verdad quieres que el lobo ande suelto cuando tu mujer esté dando de mamar? ¿No sabes que los bebés humanos son la comida favorita de un lobo? Piénsalo. Tenemos que ponerle fin a esto. No puede continuar. Es intolerable. ¿Soy acaso el único de aquí que tiene algo de sentido común? —Miró a los demás y levantó las manos en gesto de frustración.
Ezekiel se encogió de hombros.
—Mira, Ezekiel, todos tenemos que hacer sacrificios. Si hubiera alguna otra manera, no te lo pediría.
—Pero, señor, ¿no podemos pedírselo a alguna moza de la aldea? Quizá pueda pagarle algo a una de las meretrices que trabajan en el burdel. Harían cualquier cosa por un poco de guita.
—Vamos, ¿te crees que le confiaría un trabajo semejante a una meretriz? Además, la testigo ha de tener credibilidad a los ojos del magistrado. Este no se creerá la palabra de una ramera.
—Veré lo que puedo hacer, señor —repuso Ezekiel encogiéndose de hombros.
Parecía muy reacio a marcharse, pero agarró su gabardina y abandonó la vaquería, cerrando tras él el enorme portón.
Página 242
—Bueno, esto es lo que vamos a hacer. Iré a hablar con Elizabeth. Quiero que Gad y usted vigilen a estas dos mientras esperamos a que regrese Ezekiel con Kate. —Señaló a Hellström—: Venga a buscarme cuando lleguen. Estaré en mi estudio.
Y entonces se marchó, dejándonos con el cazador de lobos y su compañero. Se sentaron sobre unas pacas de heno y esperamos todos. Yo miré a Jenny, tratando de tranquilizarla y que supiera que todo iba a ir bien, pese a que era inútil. Aquello no terminaría bien. Iban a desnudarnos y a examinar nuestros cuerpos. Ambas teníamos marcas, ¿quién no las tiene? Teníamos manchas de nacimiento, pecas y lunares. Yo era de piel clara, igual que Jenny, y era habitual que la gente de piel clara tuviera marcas en la piel. ¿Las considerarían una prueba? ¿Las interpretarían como marcas del diablo y nos tacharían de brujas? De ser así, nos mantendrían cautivas hasta que nuestros familiares acudieran a nuestro rescate. Y, si nuestros familiares no acudían —¿y cómo iban a acudir, si no teníamos?—, nos tildarían de astutas o falsificarían las pruebas, estaba convencida de ello. Luego nos ahorcarían, pues tal era el castigo por brujería en aquella región. Y, si no encontraban una marca que pudieran considerar obra del diablo, ¿qué ocurriría? Entonces no supondríamos una amenaza para ellos e irían en busca de las demás, para capturarlas, desnudarlas y examinarlas. Con el tiempo, a todas nos colgarían o asesinarían de un modo u otro.
Hellström se volvió al otro hombre: —Debemos hacer la señal que nos proteja. —¿Qué señal?
Hellström se metió la mano debajo de la camisa y volvió a sacarse el collar. Levantó entonces el pentáculo ensartado.
—Debemos tallar esta señal en la puerta del establo.
Se sacó un cuchillo del bolsillo y talló un pentáculo en la puerta de madera.
—Chimeneas, ventanas, puertas. Esos son los lugares que debemos proteger.
Pero no eran aquellos hombres quienes necesitaban protección. Éramos nosotras las únicas que corrían peligro. Al margen de todo lo demás, yo había incendiado la propiedad de Lemuel Lane, tal como él lo veía, y no imaginaba que hubiera una manera en que pudiera dejarlo correr sin castigarme por ello. No había forma de escapar. Estábamos atadas a
Página 243
nuestras sillas. Teníamos dos carceleros vigilándonos. La cosa estaba muy negra lo mirases por donde lo mirases. Probé suerte con la única opción que nos quedaba.
—Por favor, buenos señores. Mi amiga y yo no somos brujas. Solo somos fugitivas. No pretendemos hacerles ningún daño. No tenemos poderes mágicos. No tenemos familiares. Por favor, ¿no albergarían en su corazón la bondad para liberarnos? Lo que están haciendo va en contra de Dios. Si nos liberan ahora, Dios no les castigará, pero, si siguen defendiendo esta campaña de persecución contra nosotras, irán al infierno por lo que han hecho, ¿no se dan cuenta?
Hellström sacudió la cabeza con severidad.
—¿Te crees que puedes amenazarnos? Menudo atrevimiento, eso te lo reconozco. Pero ya basta. No quiero oíros decir una sola palabra más. ¿Entendido?
Dije que sí con la cabeza, y Jenny me imitó. Le lancé una mirada. Ya estábamos muertas.
Página 244
Una gata negra llamada Jill
Al salir, Ezekiel se abotonó la gabardina y se montó en su caballo. Kate no estaba en condiciones de presenciar la inspección de una bruja, pero sabía que no debía llevarle la contraria a su señor. No entendía por qué Lemuel se mostraba tan insistente. Sin duda valdría cualquier mujer de la aldea. Imaginaba que sería una cuestión de confianza. Lemuel conocía a Kate. Confiaba en ella. Mientras cabalgaba por el camino de herradura de vuelta a la aldea, empezó a poner en duda toda la operación. ¿Qué sentido tenía pasar por el embrollo de demostrar que aquella muchacha era una bruja? Querían atrapar al lobo, nada más. Y, si la chica era bruja, y también su compañera, ¿cómo saber que las demás mujeres del bosque no eran asimismo brujas y no habían protegido también a la loba con sus hechizos? Tendrían que capturarlas a ellas también. ¿Acaso no habían estado a punto de capturar a la loba el día anterior utilizando su ingenio, pese al hechizo de protección? Habían estado a escasos segundos de matarla con sus flechas. A pocos centímetros del premio. Solo necesitaban una oportunidad más para acercarse tanto y entonces lo lograrían. El hechizo de una bruja no podía competir con su ingenio como cazadores, o al menos con el ingenio de Hellström. Él era plenamente consciente de sus limitaciones en ese campo.
Se detuvo frente a su casa, bajó del caballo y lo amarró. Dentro encontró a su esposa con los brazos metidos hasta los codos en un cubo lleno de ropa sucia. Su hija, Rose, tenía un cubo en miniatura y estaba lavando los gorros y vestidos de su muñeca.
—¿Va todo bien? —preguntó Kate.
Su hija alzó también la mirada y dijo: «Papá». Había empezado a andar hacía seis meses y ya sabía decir mamá, papá y una veintena de palabras más. Pero seguía emocionándose al escucharla dirigirse a él.
Página 245
—He venido a buscarte.
—¿Para qué?
Le explicó lo que había sucedido.
—Lo siento, he intentado razonar con él, pero confía en ti. Valora tu opinión.
—Entiendo.
—Lo siento.
—No pasa nada.
Por su tono, Ezekiel se daba cuenta de que sí que pasaba algo.
—Déjame terminar de lavar la ropa e iré contigo.
—No hay tiempo. Prepárate mientras yo llevo a Rose donde los vecinos para ver si pueden cuidar de ella.
Levantó a su hija del suelo, le secó las manos con un trapo, agarró la muñeca y se la dio. Después la tomó en brazos y fue hasta casa de los vecinos, inventándose una excusa. Cuando regresó, vio que su esposa ya se había puesto la capa y estaba abrochándose el sombrero. Fueron a por el caballo.
—Deja que te aúpe. Tú irás montada en el caballo y yo caminaré a tu lado.
Se acuclilló y entrelazó los dedos de ambas manos, ofreciéndolas como apoyo. Ayudó a Kate a subirse a lomos del animal, agarró las riendas y los condujo a través de la aldea, recorriendo Lowe Lane en dirección al camino de herradura que conducía a la finca.
—Sabes que el magistrado no aceptará la marca por sí sola, ¿verdad?
—¿A qué te refieres?
—Tiene que haber más pruebas.
—Hellström ha dicho que deberíamos vigilarlas hasta que venga su familiar.
—Probablemente acepten eso como una especie de prueba. Pero, si el familiar no aparece, no sé cómo podréis proceder.
—¿No puedes tirarlas al río para ver si flotan? He oído que eso se hace.
—Por aquí no. Al menos, el sacristán me dijo que este magistrado no confía en absoluto en el método de la flotación. Pero, claro, hay otras maneras.
—¿Como cuáles?
—Hay quien cree que una bruja tiene el poder de la taciturnidad.
Página 246
—¿Y eso qué es?
—Es la capacidad para soportar la tortura sin confesar. Esa gente dice que una bruja no derrama lágrimas. Eso es lo que piensan algunas personas.
—¿Y entonces qué?
—Si el familiar no aparece, Lemuel necesitará obtener una confesión.
—Pero si acabas de decir que pueden soportar la tortura.
—Así es. Ese es el problema.
Avanzaron durante algún tiempo en silencio, hasta que Kate dijo:
—¿Alguna vez te has preguntado por qué las brujas son casi siempre
mujeres, y por lo general pobres?
Ezekiel se encogió de hombros.
—El sacristán me habló de la Madre Dutten. Decían que tenía una gata negra llamada Jill a la que daba de mamar diariamente con un tercer pezón que tenía entre los pechos. Y que tenía una rata llamada Jethro a la que alimentaba con la sangre que le salía de la muñeca derecha. Dicen que entregó su lado derecho al diablo.
—¿Y confesó?
—La colgaron por ello, sí. Pero la cuestión es que quien la acusó tenía motivos ocultos.
—¿Y cuáles eran?
—Una desavenencia entre ellos desde hacía mucho tiempo. Empezó cuando ella rechazó sus insinuaciones. Después hubo una disputa acerca de unos terrenos que él reclamaba como suyos por derecho, pero que ella le negó.
—¿Y qué tiene que ver eso con que fuera una bruja?
—Luego estaba también la viuda Ludlow. ¿Recuerdas que te hablé de ella? En Lancashire. Un hombre llamado Fortune dijo que vio a su familiar. Una rata que trepó por el muro de la chimenea y allí se convirtió en sapo. Dijo que el sapo lo tuvo hipnotizado durante dos horas, en las cuales no pudo mover un solo músculo. Después dijo que el sapo se convirtió en murciélago y salió volando por la ventana.
—¿Y qué ocurrió?
—La colgaron también. La cuestión es que la esposa de Fortune sentía celos de la viuda. Otra enemistad de hacía tiempo. Le envenenó la cabeza a su marido.
Ezekiel reflexionó sobre aquello y asintió:
Página 247
—Lo que quiero decir es que resulta muy fácil contar cuentos. El fango se queda pegado.
Ezekiel asintió de nuevo. Tiró de las riendas para evitar que el caballo pisara un bache del camino.
El trayecto de vuelta fue más largo, debido al hecho de que Ezekiel iba a pie. Avanzaron callados durante un rato mientras atravesaban los cascos de cerámica y recorrían el camino de herradura. Ezekiel iba pensando en las palabras de su esposa. Él tampoco estaba muy seguro de creerse todos esos cuentos de brujas. Kate tenía razón. Parecía que gran parte de las historias se debían a personas vengativas que se desahogaban con los más débiles. Eso no significaba necesariamente que las dos mujeres a las que tenían prisioneras no fueran brujas. Las brujas eran algo muy real. Tal vez hubiera algo que impidiera la caza de la loba. Quizá estuviera protegida de alguna forma. Lo único que a él le importaba eran sus cincuenta libras. Si lograban zanjar el asunto y atrapar a la loba, podría labrarse una vida mejor. Quizá en otro lugar.
Transcurrida en torno a media hora, llegaron a la finca de Lemuel. Ezekiel ayudó a Kate a bajar del caballo y juntos se dirigieron hacia la puerta trasera. Ezekiel llamó. Abrió Jacob, lo condujo al recibidor y allí fue a informar a su señor de que ya habían llegado. Aguardaron en el recibidor. Pocos minutos más tarde, apareció Lemuel acompañado de Elizabeth.
—Gracias por acceder a esto, Kate. Estoy en deuda contigo, habida cuenta de tu estado.
—Todos deseamos resolver este asunto, ¿no es así?
—Pues sí. No te llevará mucho tiempo. Solo tienes que ser testigo de la inspección de mi esposa, para hacerlo todo según las normas. Ya sabes lo pejiguero que es el magistrado.
—Lo sé, señor.
—De acuerdo. Vamos a empezar. Es por aquí.
Página 248
Todo lo que se arrastra
No sé cuánto tiempo estuvimos esperando, pero me parecieron horas, con la cuerda de arpillera cortándome las muñecas y los tobillos. Traté de liberarme retorciéndome, pero los nudos de las cuerdas estaban muy apretados y, cuanto más me retorcía contra los amarres, más me cortaban la piel. Además, ¿de qué me serviría liberarme de las ataduras? Seguiríamos estando prisioneras. Nuestra situación era realmente desesperada. El único consuelo que podía obtener de aquello era que, si al final nos colgaban por aquello, pronto me reuniría con mi madre y con mi padre. Y tal vez eso no fuera algo malo. ¿De verdad deseaba vivir en este mundo de cazadores y cazados, de asesinos y asesinados? Pero entonces pensé en Jenny y en la vida que podríamos llevar juntas. Había un lugar para nosotras donde no nos perseguirían. Pero ¿cómo llegar hasta allí? Hellström y Gad estaban jugando a las cartas, pero no paraban de mirarnos para asegurarse de que siguiéramos atadas a las sillas. Traté de suplicarles una vez más.
—Por favor, buenos señores. Sé que, en el fondo de sus corazones, son ustedes caballeros.
—Ya te lo he dicho antes. No digas nada. Se acabó.
—Pero tenemos dinero. Si nos dejan ir, puedo conseguirles un poco. —No disfruto pegando a las mujeres, pero, si insistes, te golpearé. ¿Me
oyes?
—Puedo conseguirle a la loba.
Hellström sonrió y después asintió lentamente mientras se ponía en pie. Colocó su baraja sobre la mesa y se acercó hasta donde yo me hallaba.
—Lleva razón —intervino Jenny—. Podemos traerle a la loba.
—Por fin decís algo interesante. Pero, decidme, muchachas, ¿cómo haréis tal cosa?
Página 249
Estaba devanándome los sesos. A decir verdad, había hablado sin pensar, pues no tenía manera de conseguirles lo que deseaban.
—No somos brujas. Como dice Caragh, solo somos fugitivas. Pero la mujer con la que vivimos sí es bruja y le ha lanzado un hechizo a la loba. Podemos conseguirles a Alice y, si tienen a Alice, tendrán a la loba.
Miré a Jenny. ¿Por qué había dicho aquello, poniendo a Alice en peligro y arriesgando la vida de todas las demás chicas? Pero no teníamos ninguna otra cosa con la que negociar, supuse.
—Traerme a Alice, dice. Ya veo. —Hellström sacudió la cabeza y estalló en carcajadas—. ¿Por qué iba a necesitar que me trajerais a Alice? ¿Te crees que no sé dónde vivís? ¿Te crees que no conozco el paradero de esa tal Alice? He estado en vuestro campamento. He visto dónde vivís. He visto a vuestra líder en su bonita cabaña. Os capturamos a vosotras y después capturamos a vuestra líder.
—Nunca la capturaréis sin nuestra ayuda.
Hellström se rio de nuevo.
—Qué graciosa. Estáis luchando por vuestra vida, lo comprendo. Pero no volveré a repetirlo. Nada de hablar. De lo contrario, os pegaré.
Miré a Jenny. Lo había intentado, pero en vano. ¿Qué otra cosa teníamos con la que pudiéramos negociar? No teníamos nada que aquellos hombres desearan.
Transcurrió una hora, quizá más. Entonces, vi a Lemuel guiando a Ezekiel y a otras dos mujeres hacia el lugar donde nos tenían cautivas.
—A la hechicera no dejarás que viva. ¿No es eso lo que dice la Biblia, mi amor?
La mujer más cercana a Lemuel asintió y di por hecho que sería su esposa.
—Pero la cuestión es que, en mi opinión, el libro del Éxodo no llega lo suficientemente lejos.
—¿A qué te refieres?
—Me gustaría ampliar el mandamiento: a un lobo no dejarás que viva y a un papista no dejarás que viva. Brujas, lobos y papistas son lo mismo en mi opinión. La pestilencia del papa es igual de rancia que la pestilencia de la bruja y la pestilencia del lobo. El potro, el látigo y el garrote son instrumentos demasiado benévolos para ellos.
Página 250
Caminaron hasta donde nos encontrábamos prisioneras.
—Esta de aquí se llama Caragh. Te acuerdas de los O’Fealin, ¿verdad, mi amor?
—Así es.
—Y a la otra la llaman Jenny.
—Muy bien. Puedes dejarnos para hacer nuestro trabajo.
—¿Estás segura de saber lo que has de hacer?
—Por supuesto. Ahora marchaos. Concédenos algo de privacidad.
Sonrió a su marido y este asintió antes de volverse hacia sus hombres.
—Caballeros, si son tan amables de acompañarme.
Los otros tres caminaron hasta la entrada de la vaquería, donde se encontraba Lemuel.
—Estaremos esperando fuera, mi amor. Pégame un grito si me necesitas.
Abrió la puerta y los cuatro hombres desaparecieron, dejándonos a Jenny y a mí con la esposa de Lemuel y la del de la barba pelirroja.
—Me llamo Elizabeth y esta de aquí es Kate. No vamos a haceros daño siempre y cuando hagáis lo que se os dice. Dentro de un minuto vamos a desataros, luego os pediremos que os desnudéis, examinaremos con minuciosidad vuestros cuerpos y, siempre y cuando no tengáis marcas de bruja, no hay nada de lo que debáis preocuparos. ¿Entendido?
Ambas asentimos.
—Bien.
Kate comenzó a aflojar los nudos que me aprisionaban. Elizabeth estaba haciendo lo mismo con Jenny. ¿Dirían que las marcas de nuestro cuerpo eran obra del diablo? Kate tenía unos dedos ágiles y no tardó en soltarme las cuerdas de las muñecas y los brazos. Mientras lo hacía, vi que a Elizabeth le costaba trabajo deshacer los nudos de Jenny, pues sus dedos eran menos diestros. Cuando Kate terminó de deshacer el último nudo, se agachó hacia mí y me susurró al oído la palabra «ventana». Me quedé confundida. Quise preguntarle a qué se refería, pero entendí que aquel era un mensaje solo para mis oídos. Miré hacia la parte trasera del establo. Kate vio que Elizabeth tenía dificultades con las cuerdas de Jenny y fue a ayudarla, pero al hacerlo vi que le goteaba algo entre las piernas, formando un charco en el suelo.
—Ay, no. He roto aguas.
Página 251
Elizabeth dejó lo que estaba haciendo. Yo ya estaba desatada y me frotaba las muñecas para aliviar el dolor. Elizabeth miró a Kate y el charco de agua que se había formado entre sus piernas.
—Ve a buscar a la partera —le dijo Kate a Elizabeth—. Deprisa.
Siento que el bebé ya viene.
—Tenemos que llevarte a una cama.
Kate se aferró a Elizabeth y ambas abandonaron la estancia. Al pasar frente a mí, Kate señaló con la cabeza la pared del fondo. Cuando se hubieron marchado, miré hacia la ventana del fondo de la vaquería. Tendría alrededor de metro ochenta de altura y metro veinte de ancho. Pensé en la palabra que Kate me había susurrado al oído. La ventana estaba tapiada con finos listones de madera, de modo que no tenía ni idea de lo que habría al otro lado. ¿Podría hacerlo? ¿Podría saltar? ¿Rompería los listones si corría con la suficiente fuerza? Sabía que era la única oportunidad que tenía. ¿Podría confiar en la tal Kate? Quizá fuese una trampa. Tal vez al otro lado hubiera una inmensa caída. Podría romperme las piernas o la espalda. ¿Por qué iba a ayudarme Kate? No me conocía y estaba del otro lado. No tenía elección. Si me quedaba, moriría. Si saltaba, tal vez muriese. O tal vez sobreviviese. Si saltaba y moría, moriría deprisa. Si me quedaba, me torturarían y entonces moriría. Se me heló la sangre en las venas al darme cuenta de lo que tenía que hacer. Un sudor frío. Tenía solo unos pocos segundos, nada más.
Miré a Jenny, que seguía atada, y corrí hacia ella, pero en ese momento entró Gad, vio lo que estaba haciendo y les pegó un grito a los otros hombres. Echó a correr hacia mí mientras Jenny gritaba:
—¡Vete!
«No pienses. Salta», me dije.
Corrí todo lo rápido que pude hacia los listones de madera, utilizando las piernas para golpearlos al saltar contra la ventana. Mis pies impactaron contra la endeble madera. Astillas. Volando por los aires. Entonces caí. Una lluvia de listones astillados. La luz del día. Caía. El cielo. La tierra. Todo borroso. Caía. El corazón desbocado.
Aterricé sobre un montón de hierba, rodé, salpicado el cuerpo de astillas. Me faltaba el aire. Estaba herida. Un intenso dolor me subió por la columna. Me puse en pie. Sin mirar atrás, corrí campo a través, sin atreverme a girarme hasta haber dejado atrás el campo y haber llegado a los setos. Fue entonces cuando vi al desgarbado corriendo hacia mí,
Página 252
agitando los brazos y con los puños apretados. Eché a correr de nuevo. Más deprisa. Cegada por el pánico. Los pulmones incendiados. El corazón ardiendo. Corrí dos kilómetros, tal vez tres, hasta volver a darme la vuelta. No vi que nadie me siguiera. Me detuve un instante para recuperar el aliento y traté de pensar en qué sería lo mejor que podría hacer.
Había dejado a Jenny a su merced, había intentado desatarla, pero no me había dado tiempo. Tal vez hubiera logrado desatarse sola. ¿Debería esperarla allí? Pero ¿y si no había conseguido soltarse? ¿Cómo iba a hacerlo? Tenía que volver a buscarla. Pero ya era demasiado tarde. Con eso solo conseguiría que volvieran a capturarme. Lo único que podía hacer era encontrar el camino de vuelta al campamento y hablar con las demás. Les pediría que volvieran conmigo esa noche. Juntas encontraríamos a Jenny y la liberaríamos.
Todavía me preocupaba que alguien me siguiera, a pesar de no haber visto a nadie, de manera que eché a correr de nuevo, crucé campos, prados, recorrí hileras de setos, atravesé una arboleda, crucé un arroyo, mirando con frecuencia por encima del hombro, hasta que llegué al río. Caminé con el río a mi izquierda. Me dirigía hacia el norte, y supuse que aquel tendría que ser el río principal que discurría cerca del bosque de Black Clough. Llegué a un páramo que reconocí de cuando había huido, tantas semanas atrás, y al hacerlo oí cascos de caballos sobre el duro sendero de piedra. Miré hacia atrás. Eran tres hombres a caballo. Con rapidez, me escabullí por una grieta que había en las rocas y me hice un ovillo para volverme muy pequeña. Los hombres frenaron con un grito a sus caballos. Yo alcanzaba a ver la pata de uno de los animales a través de un hueco entre las piedras.
—Me ha parecido ver algo moverse.
—Si quieres, podemos bajar y echar un vistazo.
Los hombres desmontaron y los oí caminando por allí. Alcancé a ver un trozo del abrigo de uno, después de otro. Estaban mirando alrededor de las piedras en las que me había escondido. Tensé todos los músculos del cuerpo para quedarme quieta y aguanté la respiración. Confiaba en que no oyeran los golpes que el corazón me daba contra el pecho. Noté que me palpitaba una vena del cuello.
—Qué va, no hay nada. Vamos. Sigamos por aquí.
Los oí volver a montarse en sus caballos. Después se fueron. Aguardé hasta estar segura de que se hallaban a suficiente distancia, después tomé
Página 253
aire y salí arrastrándome de mi agujero. Miré a mi alrededor. Se habían ido hacia el norte. Alcanzaba a distinguir su silueta en el horizonte. Los había visto desaparecer al doblar el recodo en dirección este.
Me hallaba en el páramo de Broadhead y sabía que la protección de los bosques estaba cerca. No podía seguir corriendo, así que caminé todo lo rápido que pude por el irregular terreno, pasando de largo turberas y matas de hierba, hasta llegar a la linde del bosque. Encontré el arroyo que conducía hacia las ciénagas y seguí su sinuoso curso bajo el cobijo de los árboles. Fui mirando a mi alrededor para asegurarme de que los hombres no me hubieran seguido.
Mientras caminaba, solo podía pensar en Lemuel Lane, se me había metido su voz en la cabeza. Su horrible rostro. A cada paso que daba, Lemuel Lane, Lemuel Lane, Lemuel Lane. Había matado a mis padres. Ahora tenía a Jenny y yo debía salvarla. Solo podía pensar en rescatarla.
Traté de recordar el camino menos peligroso. Caminaba con mucho cuidado, atenta a cada paso. Apoyaba primero el pie con cautela para asegurarme, antes de poner todo mi peso. En la zona más inclinada, me resbaló el pie sobre una piedra suelta. La piedra rodó pendiente abajo, rebotando, hasta llegar al arroyo. Me caí, me aferré a la rama de un árbol y volví a levantarme. Utilicé raíces y ramas para no perder el equilibrio conforme atravesaba la peor parte del desfiladero. Por fin llegué hasta las ciénagas. Media hora más tarde, ya las había atravesado y había llegado al campamento.
Alice y las demás estaban reunidas en torno a la lumbre.
—¿Qué ha ocurrido?
—¿Dónde está Jenny?
—¡Estás sangrando!
Las chicas corrieron hacia mí. Me había hecho cortes y arañazos con las astillas: en los brazos, en la cara y en el cuello. Les conté todo lo que había sucedido.
—La mantendrán allí presa hasta que confiese.
—Tenemos que volver a buscarla —les dije.
—No deberías haberla dejado —me reprendió Alice.
No podía mirarla a los ojos. Les conté lo de la vaquería y todo lo que recordaba acerca de la distribución de la finca.
—Ya no seguirá en la vaquería. Si la ventana está rota, no es seguro.
La trasladarán a otra parte.
Página 254
—Podrían haber vuelto a tapiarla.
—Lo más probable es que la hayan llevado a otro edificio.
—¿Y qué hacemos?
—Voy a trabajar en un hechizo para volver a atraer a la loba, aquí, al bosque, para que esté cerca de nosotras y así podamos protegerla. De ese modo, podremos usar su poder para protegernos nosotras.
A mí me pareció que aquello era lo último que deberíamos hacer, pues si la loba tenía la oportunidad, tendría que alejarse más aún de los hombres; estos acudirían al bosque y nos atraparían a todas. Quería volver a buscar a Jenny y juntas podríamos irnos al lugar del que me había hablado mi padre.
Alice ordenó a las demás recolectar y preparar los ingredientes para su poción. Yo quería rebatirla, decirle que teníamos que irnos todas de allí porque los hombres no tardarían en llegar, si acaso no estaban ya de camino. Vi que Holly me miraba. Cuando las demás andaban distraídas, se me acercó.
—¿Ha hablado Jenny contigo? —me preguntó en un susurro.
Yo asentí.
—Nosotras dos la encontraremos.
Asentí de nuevo.
—Al alba —le dije—. Nos iremos al alba.
—Hemos de intentarlo. Ella haría lo mismo por nosotras —repuso Holly.
Aquella noche, Alice preparó una pócima especial a base de beleño negro, mandrágora de las ciénagas y hongos de San Juan. Dijo que la pócima nos protegería a nosotras y también a la loba. Invocaríamos el poder de los espíritus del bosque. Al principio dije que yo no quería probarla, pero Alice insistió.
—Tenemos que tomarla todas, tontorrona, o no funcionará. ¿No lo sabes?
Vi que Holly también se mostraba reacia, pero estábamos en inferioridad numérica. Las demás observaron cómo Alice repartía tazas y se aseguraba de que bebiéramos hasta la última gota.
Fui notando gradualmente los efectos de la pócima, sintiéndome primero algo mareada, para después ver aguzados mis sentidos. Oía con
Página 255
mayor precisión, veía todo más claramente y me invadió una sensación de miedo. Cuando empecé a notar plenamente los efectos de la pócima de la bruja, lo primero en lo que me fijé fueron los árboles. Su forma se volvió más nítida, más real y más viva, si acaso era posible. La corteza se ondulaba. Las ramas se retorcían. No tenían una forma fija. Carecían de rigidez. Eran como nubes. Las llamas del fuego lanzaban destellos dorados, añil y verde, creciendo en altura, pareciendo envolverlo todo a su alrededor. Oía un zumbido grave, pero no sabía si procedía de los árboles o de la tierra.
Algo se movió detrás de un árbol. Miré hacia allá y vi una figura que bailaba a unos treinta metros de distancia. Volví a mirar. No alcanzaba a distinguir qué clase de criatura era. Mediría alrededor de un metro de alto. ¿Era un chiquillo? Pero no parecía humano. No paraba de cambiar de forma. Cada vez era algo diferente. La criatura se acercó y me di cuenta de que vestía un traje marrón. Al aproximarse más aún, me percaté de que iba desnudo, pero cubierto de pelo marrón. Y después ya no. Después eran todo escamas verdes. Empezó a bailar alrededor de otro árbol, agitando los brazos, después se detuvo y se quedó mirándome. Sonrió y la barbilla le llegó hasta el suelo. Se le desenredó la lengua de la boca como si fuera una serpiente. Yo me sentía mareada e inestable. Como si me estuviera entrando fiebre.
Miré a mi alrededor y vi que había más como él, ya fuera bailando alrededor de los árboles o de pie, observándonos. Algunos estaban sentados con las piernas cruzadas. Allí sentados, cambiaban de forma. Advertí asimismo otras criaturas, algunas de ellas mucho más pequeñas que el chiquillo, de tan solo quince centímetros de altura, y otras mucho más altas que los humanos. Sonreían y gruñían. Sus brazos y piernas se encogían y crecían. Sus ojos negros daban vueltas. Cosas verdes bajaban arrastrándose de los árboles. Cojeaban y se encorvaban. Bocas que se abrían tremendamente. Dedos como garras que se ondulaban. Me miré las manos. Las tenía resplandecientes como el pescado, con la piel burbujeante, en movimiento. Nada se estaba quieto.
De pronto fui consciente de que Alice estaba hablando. ¿Estaba hablando antes? Tal vez llevase mucho rato hablando. Ella también estaba cambiando. De forma, de color, de altura. Su cabello eran lombrices que se retorcían. Sus ojos eran pozos negros. Todos los seres vivos escuchaban atentamente. Pero lo que dijo no tenía ningún sentido.
Página 256
—Weca ly ou heprts o tse wds toproct inu hrfd anto roct olf mubing twol fohese oosher e shew ilbsf gid erto uuus.
Los montículos de musgo y las formaciones de liquen que salpicaban el suelo del bosque lucían un verde luminoso bajo la brillante luz plateada de la luna llena. Los charcos de agua acumulada entre sus grietas brillaban como diamantes y vibraban. Los hilos de hiedra que cubrían los troncos y las ramas de los árboles eran como farolillos que emitían una luz interior. Los racimos de bayas de muérdago, de un blanco perlado, que se aferraban a las ramas de los álamos, los tilos, los robles y los manzanos brillaban intensos como una luna de cosecha.
Me quedé clavada al suelo, mientras todo se movía y cambiaba. Alice se hizo aún más alta. Sus ojos, de algún modo, se volvieron más oscuros, retozones, sonrientes, espectrales, lascivos. Dedos larguiruchos se enganchaban a los troncos y a las ramas de los árboles, se retorcían y estiraban. Cuerpos nervudos que vibraban, y un coro de zumbidos que brotaban de todas las criaturas en movimiento.
Alice había cambiado. Ya no era Alice. Parecía estar hecha de bosque, de musgo y liquen, de acebo, hiedra y muérdago. Sus ojos eran las verdes lagunas que nos rodeaban.
—Wkll ny udeep grer rrgrgrsg reesrgs plmgerlkg dflsgmr reg eod snp r frrlgr ofor sr fgmfglmdfgl ersaopwea.
Estaba hablando, pero sus labios no se movían. El sonido de su voz emanaba de los troncos de los árboles, emergía de las aguas, nacía de la tierra. Mientras hablaba, su animal familiar llegó volando y se le posó en el hombro. Abrió su enorme pico y graznó. Su pico era tan grande como una guadaña. Y Alice graznó también, al igual que las demás mujeres y que todo lo que se arrastraba. El bosque entero graznaba. Cerré entonces los ojos y comencé yo también a graznar.
Página 257
La maldición de una bruja
Lemuel estaba viendo a Gad y a Ezekiel volver a tapiar la ventana rota. ¿Cómo lo sabían las brujas? Había oído decir que algunas podían mirar a un hombre a los ojos y ver su alma. Otras se asomaban por el agujero de una piedra y veían el futuro. Había enviado a tres de sus hombres a capturar a Caragh. Iban a caballo y no tendrían problemas en alcanzarla y traerla de vuelta, después encontraría un lugar mejor donde encerrar a esas dos astutas muchachas. Era más intrépida de lo que había creído inicialmente, eso había de reconocérselo a la muchacha de los O’Fealin. ¿Habría tenido él las pelotas para saltar? Lo dudaba. Pese a todo, guardaba una secreta admiración hacia ella. Tal vez se hubiera transformado en un murciélago o en un pájaro y habría salido volando. Había oído que algunas brujas eran capaces de hacer tal cosa.
Volvió a entrar y se fue al dormitorio donde su esposa y la hermana de Gad, que era la partera de la aldea, estaban asistiendo el parto de Kate. Sabía que no debía interrumpir, de modo que se quedó frente a la puerta y esperó. Pasó una hora hasta que al fin oyó los primeros sonidos de una nueva vida. El bebé estaba llorando. Menudo par de pulmones tenía, pensó. Llegamos al mundo con los ojos cerrados, llorando y berreando. Algunos abandonamos este mundo de la misma manera. Había visto a hombres en el campo de batalla, ciegos por la pólvora, gritándole misericordia a Dios. No era una forma agradable de partir.
Luego estaban los fugitivos. Hombres de corazón blando, sin redaños. Había muchos de esos en ambos bandos. Dubitativos, melindrosos, callados, y tan llenos de miedo que Lemuel ni siquiera los tenía por hombres.
Tras aquella última batalla, Lemuel había recorrido el país topándose con una multitud de escoceses que gritaban «estamos acabados». Hombres
Página 258
tan llenos de duelo y de lamentaciones que pareciera que les había llegado el día del juicio. Se había encontrado con un batallón reducido a cuatro soldados y el corneta, con un oficial de infantería sin sombrero, ni banda, ni espada; de hecho, no le quedaba apenas nada salvo los pies y la lengua suficiente para preguntar por el camino hacia la siguiente guarnición.
Pero después llegaron su caballería e infantería y limpiaron el campo de batalla de todo enemigo, recuperaron sus mandatos y carruajes, requisaron toda la artillería y munición del enemigo y los persiguieron hasta casi llegar a York, liquidándolos hasta que sus cadáveres formaron una ristra de cinco kilómetros de longitud. Él, Lemuel Lane, había logrado todo aquello, sin apiadarse de nadie, fuese del bando que fuese, cuyo azar quiso que fuera apaleado y masacrado en la batalla. Había aniquilado a los caballos de los soldados y ensartado con la pica a aquellos cuyas heridas les impedían ponerse en pie. En aquellos campos de batalla, había visto lo mejor y lo peor de los hombres. Él no abandonaría este mundo gritando. Moriría luchando.
Se abrió la puerta. Era Elizabeth.
—Ve a decirle a Ezekiel que ha tenido un niño.
Lemuel volvió a entrar en la vaquería donde Jenny seguía atada a la silla y Ezekiel, Gad y Hellström se hallaban jugando a las cartas. Miró a Ezekiel y asintió, y juntos volvieron al dormitorio. Lemuel se dirigió a su esposa.
—¿Aún podrás llevar a cabo la inspección?
—Sí, trasládala a la bodega más grande. La inspeccionaré allí. —Pero ¿qué pasa con la testigo? —Al infierno con eso.
Lemuel y Hellström llevaron a Jenny, todavía atada a la silla, por unas escaleras que conducían a la bodega principal. Abajo hacía frío y estaba oscuro, y Lemuel encendió dos faroles. Más adelante había otra bodega donde Lemuel almacenaba su cerveza, su vino y sus espirituosas, y más allá una estancia con barriles de pólvora, pero esta sala bastaba en tamaño para su propósito. ¿Por qué se habría dejado convencer para hacerlo según las normas, cuando bien podría sobornar al magistrado como acostumbraba hacer? Supuso que el dinero que se ahorraría le ayudaría a financiar su campaña contra la loba, cuyos gastos aumentaban día a día. Si
Página 259
no se andaba con cuidado, se quedaría sin fondos antes de haber capturado a esa endiablada bestia.
—Esperaremos fuera —le dijo a Elizabeth.
Cuando los hombres se hubieron ido, Elizabeth soltó los amarres que ataban a Jenny a la silla y después desanudó las cuerdas que le constreñían brazos y piernas.
—No te preocupes. Como ya te he dicho antes, no te haré daño. ¿Te importa quitarte la ropa?
Jenny hizo lo que le ordenaba. Estaba temblando cuando se quitó el chal, el vestido, las enaguas y demás prendas, hasta quedar ante Elizabeth desnuda como Dios la trajo al mundo. Elizabeth levantó el farol más luminoso para inspeccionar su cuerpo. Empezó por los dedos de los pies, rodeándola, y le levantó un pie y después el otro para examinarle también las plantas. Fue subiendo por las pantorrillas, las rodillas, los muslos, las caderas, la tripa y el pecho.
—Levanta los brazos.
Jenny obedeció. Elizabeth le examinó los dedos, uno por uno, las manos, girándoselas para poder ver bien las palmas y el dorso, las muñecas, los antebrazos, los codos y demás. Pero no había marcas.
—Date la vuelta.
Jenny obedeció de nuevo. Elizabeth le acercó el farol para examinarla bien. Al hacerlo, justo debajo del hombro izquierdo, distinguió una mancha peculiar.
La examinó, pinchándola con el dedo. No estaba segura, pero sí que parecía una cicatriz con forma de dientes. ¿Sería ahí donde la habría mordido el diablo para bautizarla con su propia sangre? Se le heló la piel al plantearse la posibilidad de que pudiera estar en presencia de una repugnante bruja. Puso cara de asco. Subió corriendo los escalones de dos en dos llamando a los hombres. Volvieron a bajar a la bodega y Elizabeth les mostró la marca.
—A mí me parece que sí —declaró Lemuel, retrocediendo, con el gesto contraído en una mueca de repulsión.
—Estoy de acuerdo. Esa es la marca —aseguró Hellström, y se llevó la mano al pentáculo que llevaba bajo la camisa.
Página 260
—Ya está entonces. Esa es toda la prueba que necesitamos —dijo Lemuel sacudiendo la cabeza. Escupió al suelo como si tuviera mal sabor de boca.
—Como usted dice, señor Lane, este magistrado es un «pejiguero». Ahora debemos ir con cuidado. Hemos encontrado la marca, pero también necesitamos una confesión. O pruebas de que existe el animal familiar.
—Muy bien. La mantendremos aquí bajo vigilancia constante.
—Sí. Deben hacer eso. Hasta que encontremos a su familiar o hasta que confiese ser una bruja. Que Gad y Ezekiel la vigilen día y noche.
Lemuel fue a buscar a Gad y a Ezekiel y les explicó que no debían perderla de vista en ningún momento. Los hombres le permitieron vestirse y volvieron a atarla a la silla. Lemuel los dejó solos y salió a buscar a Hellström, que estaba fumando en su pipa.
—Dígame exactamente lo que ha visto, señor Hellström.
—Como ya he dicho, tengo experiencia con brujas. En Gotemburgo tuvimos un problema. El familiar solo es una clase de prueba. Se me ocurrió entonces algo. ¿Cómo es posible que la loba esquive la captura? Hay treinta o cuarenta hombres buscándola. Quizá cincuenta. ¿Quién sabe? Hay rastros envenenados, cepos, pozos. Y entonces veo al pájaro. Al cuervo. Es un bonito familiar. Una bruja con un cuervo es una hechicera poderosa. Es el cuervo quien trabaja para Odín. Él tenía dos pájaros. Tanto Hugin como Munin[19] le llevaban información. Trabajaban con los lobos de Odín, Geri y Freki. Los pájaros se posaban en los hombros de Odín. Los lobos se tumbaban a sus pies. Siempre iban juntos. Fue Odín quien dio a los cuervos el don del habla. Vi al pájaro con la loba. Y seguí la dirección de su vuelo. Miré el mapa y vi el bosque de Black Clough. Cabalgué hacia el páramo de Broadhead.
—Hace tres años, un hombre murió en esos bosques. Cayó en una ciénaga. No fue el primero. La gente de por aquí evita ese maldito lugar como si fuera la peste.
No le dijo que era precisamente la reputación del bosque la que le había permitido a él adquirirlo por casi nada. Tenía intención de vaciar esas ciénagas y talar los árboles. Tras pasar meses regateando con el contrato, la tinta de su firma aún seguía húmeda. No deseaba que aquel hombre estuviera al tanto de sus asuntos empresariales.
—Sí, y por esa razón se trata de un buen lugar para la loba y para la bruja. ¿Lo entiende? Fui al bosque. Estaba muy oscuro. Mi periplo fue
Página 261
arduo. Llegué al lugar que llaman las ciénagas. El periplo se volvió más arduo aún. Aquello es como un laberinto, ¿a que sí?
—Nunca he estado. Pero eso me han contado —mintió.
—La cuestión es que llegué al otro lado y encontré un campamento donde viven las brujas. Y allí estaba también el pájaro. Había una mujer de pelo negro y piel oscura, y estaba hablando con el pájaro. Es la líder del aquelarre. No alcancé a oír lo que decía, pero vi a las demás. Seis brujas de pie alrededor de una gran hoguera. Una de ellas era Caragh y la otra era Jenny.
—Hemos de capturarlas a todas.
—Sí, así es. Pero ¿acaso no lo entiende? Vendrán aquí. Intentarán rescatar a su amiga.
—No vendrán todas. Puede que una o dos. Quiero que nos lleve hasta ese aquelarre del bosque.
—Recuerde que estamos aquí para capturar a la loba —dijo Hellström tras dar una chupada a su pipa—. Eso es lo que hacemos. Y, si eso significa capturar a la bruja, pues capturamos a la bruja.
Página 262
Otra noche en la casa de locos
Aquella noche soñé que no quedaba nada para comer. Lo único que había en kilómetros a la redonda era un niño. Un bebé. Y yo tenía tanta hambre que me agaché, agarré al bebé por el pie y le mordí el muslo blandito.
Entonces Holly empezó a zarandearme. Era ese momento previo al amanecer, el alba.
—Venga —susurró—. Tenemos que irnos.
Yo ya estaba vestida, salvo por las botas y el chal. Me notaba pesada y rara de la noche anterior, como si parte de la pócima siguiera dentro de mí. Holly ya se había puesto el chal, los zapatos y el gorro. Salimos de la cabaña, asegurándonos de no hacer ningún ruido. Atravesamos con cautela el campamento, pasamos de largo el pozo del fuego y la cabaña de Alice y emprendimos nuestra travesía por Black Clough. Llegamos a la linde del claro y al refugio que proporcionaban los tejos y las píceas. Deseaba preguntarle a Holly qué había sucedido la noche anterior, pero nos hallábamos demasiado cerca del campamento como para conversar. Ya hablaría con ella al respecto más tarde.
—¿A dónde creéis que vais?
Di un respingo y casi me muero del susto. Era Alice. Estaba de pie bajo un tejo ancestral, apuntándonos con una pistola que empuñaba en la mano.
—A ninguna parte —respondí.
Holly asintió.
—No podíamos dormir —dijo—. Solo íbamos a dar un paseo.
—Sé adónde vais. Y no lo permitiré. Nos mantendremos unidas. Nadie se marcha. ¿No lo entendéis? ¿No os he enseñado nada? ¿Cómo podéis ser tan desagradecidas? —Sacudió la cabeza—. Venga, volved por donde habéis venido. —Volvió a apuntarnos con la pistola y nos dimos la vuelta.
Página 263
Nos obligó a sentarnos junto a la lumbre y despertó a las demás. Nos reunimos todas en torno al fuego y atizamos los rescoldos hasta que crecieron las llamas. Heather seguía medio dormida, bostezando y frotándose los ojos.
—Los hombres van a venir y hemos de estar preparadas. Vamos a sacar todos los cepos que hemos ido recopilando a lo largo de las últimas cinco semanas y a disponerlos alrededor del campamento. Haremos todos los círculos completos que nos permitan las trampas que tenemos.
Empezamos cada una a trabajar en el primer círculo, avanzando en el sentido de las agujas del reloj alrededor del campamento, cavando agujeros poco profundos en los que colocábamos las trampas unas cerca de las otras, junto a senderos y sendas de ciervos, jabalíes y conejos, así como en otros puntos de acceso, camuflándolas con ramitas y hojas caídas. Los árboles y el suelo estaban escarchados, lo que hacía que cavar aunque fuera unos pocos centímetros supusiera un tremendo esfuerzo. Mientras jadeaba, me salían de la boca nubes de vaho. Cuando el primer círculo estuvo terminado, empezamos a elaborar otro a unos seis metros de distancia. Al terminar, calculamos lo que nos quedaba. Teníamos trampas casi suficientes para un círculo más y empezamos a trabajar en ello. Si todos los hombres de Lemuel venían a atacarnos, teníamos muchas probabilidades de incapacitar a la mayoría, si no a todos ellos. Yo aguardé una oportunidad de poder hablar con Holly sin que nadie nos oyera.
—Podemos volver a intentarlo esta noche, cuando todas se hayan ido a la cama —sugerí.
Holly asintió.
Cuando terminamos de colocar los últimos cepos, me dio por pensar en la loba. ¿Cómo se protegería frente a las trampas? ¿Podría Alice comunicarse con ella? Tal vez a través de su familiar.
Nosotras no podíamos hacer nada salvo esperar. De modo que nos acurrucamos alrededor del fuego, tratando de no enfriarnos. Las hojas de la hiedra estaban espolvoreadas de escarcha.
—¿Y si hombres atraviesan anillos? Yo tiene miedo —dijo Heather. Alice se fue a su cabaña y regresó con la pistola de llave de mecha con
la que nos había apuntado antes.
Página 264
—Pensé que habíamos rechazado el mundo de la violencia —comentó Ivy.
—¿Yo puede tener pistola? —preguntó Heather—. Yo quiere pistola. —Siempre he predicado la no violencia, pero esta violencia no es
violencia, es defensa propia —explicó Alice, y nos suministró un cuchillo a cada una.
—Si algún hombre atraviesa nuestras defensas, no nos quedará otro remedio. Los mataremos a fin de defendernos. ¿Estáis todas preparadas para matar?
Dije que sí con la cabeza. Sabía que Holly y yo nos habríamos marchado ya antes de que llegaran los hombres. No deseaba quedarme otra noche más en aquella casa de locos. Rescataríamos a Jenny y después encontraríamos el lugar del que me había hablado mi padre, un mundo libre de dogmas y tiranía. Miré a las demás. Me sentía mal por abandonarlas a su suerte, pero sabía que era demasiado peligroso contarles nuestros planes. Quizá alguna de ellas también deseara librarse de Alice. Quizá todas lo desearan. No había forma de saberlo y no quería quedarme a averiguarlo.
Página 265
Las pócimas y los maleficios de las brujas
Ezekiel iba pensando en Kate y en su hijo recién nacido. Su chaval tenía una densa mata de pelo negro y la cara roja. Como Rose cuando nació. Lo había tomado entre sus brazos y lo había mirado a los ojos, de un azul claro. No deseaba estar aquí con Gad, vigilando a la bruja, sino que quería estar con su mujer y su hija; quería estar con su recién nacido. Habían pasado la mayor parte del día vigilando a esa chica, esperando a que apareciera su familiar, pero no habían visto nada. Ni siquiera un diminuto arador de la sarna. Se puso a pensar en lo que había dicho Kate acerca de las falsas acusaciones. Pensó en la muchacha a la que habían colgado por bruja, cuando lo único que había hecho era decirle al granjero que ojalá se muriera cuando se negó a darle limosna. Sabía que el granjero era viejo y frágil. Llevaba algún tiempo enfermo. A las puertas de la muerte, como quien dice. A punto de ser pasto de los gusanos. ¿Quién podría asegurar que el hombre no se habría muerto de todas formas? Era demasiado fácil hacer pedazos la reputación de alguien. Arrastrarla por el barro, como decía Kate. Y no era lo mismo una queja que la confirmación de la culpa. Volvió a preguntarse una vez más si debería estar participando de aquel proceso tan sospechoso.
Si aquella muchacha era una bruja, entonces deberían seguir los procedimientos legales correspondientes. ¿Por qué no habían ido ya a informar al magistrado? Sin duda tendrían que buscar su permiso, en lugar de actuar por su cuenta. Desde la guerra, parecía que el país entero estaba sumido en la anarquía. La cordura había perdido la batalla. Por lo menos, cuando el rey estaba en el trono, había un poco de orden. Las cosas se hacían según las normas, aun cuando las normas fuesen corruptas. Carlos había intentado introducir el impuesto naval[20] en todos los condados de Inglaterra sin el permiso del Parlamento. El alguacil de aquel distrito se
Página 266
había negado a la solicitud. Y bien por él. Pero otros lugares no habían corrido la misma suerte. Fue una señal de que, ya entonces, el rey estaba decidido a prescindir por completo del gobierno parlamentario. Las semillas de la discordia se sembraron en un campo arado por el propio monarca.
Pensó también en lo que le había dicho Lemuel acerca de su familia en Irlanda y de lo que habían tenido que soportar. Era una situación desesperada, atroz. Lo que les sucedió a su hermana y al marido de esta. Con ella embarazada de ocho meses. Pensó en Kate amamantando a su hijo recién nacido. ¿Cómo se sentiría si su esposa hubiera sido la víctima de esa clase de castigo? Estaría asqueado, naturalmente, y desearía que los culpables pagaran por ello. Con intereses. Pero ¿acaso los católicos irlandeses no estaban tomando represalias por las injusticias que ya padecieran primero a manos de los protestantes? Entendía la profundidad de las emociones de su señor, pero no era su lucha. ¿No había dicho acaso el coadjutor de la iglesia que solo quien estuviese libre de pecado podría tirar piedras? Él había hecho cosas igual de malas, quizá incluso peores. Sabía que la Biblia inculcaba el ojo por ojo y diente por diente, pero Kate siempre decía que la violencia engendraba violencia. Era un proceso sin fin. El fuego ardería para siempre si la manera de sofocarlo era generar más llamas. ¿Y no decía acaso también la Biblia que había que bendecir a quienes te maldecían? ¿Cómo iba un hombre temeroso de Dios a saber de qué lado ponerse?
Era Kate la que le había hecho dudar. Ella estaba muy versada en las Sagradas Escrituras. Su padre había sido predicador laico y ella sabía leer y escribir. A decir verdad, Ezekiel solo conocía aquellos pasajes de la Biblia por habérselos oído decir al coadjutor los domingos. Y por cada afirmación que hiciera, Kate siempre era capaz de neutralizarla. En cuanto acabara todo aquel asunto de lobos y brujas, se pondría a buscar otro trabajo. Fuera cual fuera la deuda que Lemuel pensaba que debía saldar, ya la había saldado con creces. ¿Para qué iba a querer atarse a aquel mundo de rencor y represalias? Aquel mundo no era el suyo y no deseaba formar parte de él. Lo único que le importaba ahora eran Kate y sus dos hijos. Habían llamado a su hijo Mateo, por el evangelio favorito de Kate. Cuando se hubieran instalado en su nuevo hogar, Ezekiel le pediría a Kate que le enseñase las letras y las palabras. Deseaba poder leer la Biblia él
Página 267
también. Estaba harto de hallarse a merced de las enseñanzas de otro.
Deseaba leer las palabras de Dios, y no que alguien las interpretase por él.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por Lemuel, que bajaba por las escaleras para ver qué ocurría. Vio a Gad sentado en un barril, dormido como un tronco, con la cabeza apoyada en un saco de harina. Le asestó una patada en la espinilla y Gad dio un respingo.
—¡Despierta!
Gad murmuró algo. Abrió los ojos, visiblemente sorprendido al principio, después avergonzado al darse cuenta de que su jefe le había pillado echándose una cabezada.
—¿Y bien? ¿Alguna novedad?
—Nada, señor. Ni siquiera una cucaracha.
—Os necesito para otra cosa. A ambos. Esta noche vamos a atacar el campamento.
Fuera, los hombres ensillaron sus caballos. Lemuel les ordenó revisar sus mosquetes y pistolas. Tras montarse en los rocines, atravesaron la finca en dirección al arroyo Mickle. Eran siete: Lemuel y Hellström, Gad y Ezekiel, y los otros tres únicos hombres en los que había llegado a confiar; a saber, los gemelos y Gibbs. Tenían luna llena, bien alta en el cielo, si bien parcialmente cubierta por las nubes. A la luna llena de aquella época del año la llamaban Luna Fría. Algunos la llamaban Luna de Lobo, aunque otros insistían en que esa era la luna llena de enero. ¿Qué importaba cómo la llamaran? Era una buena noche para atacar. Las arteras muchachas estarían durmiendo, y con la ayuda de Hellström ellos lograrían atravesar las ciénagas. Aunque ¿no era a medianoche cuando las brujas celebraban sus misas negras? O eso le habían contado. Hellström le había explicado que aquello solo se hacía en los aquelarres.
Avanzaron siguiendo el curso del arroyo de Black Clough y amarraron sus caballos cerca del pie de los bosques. El sendero serpenteaba en paralelo al arroyo, que ahora discurría a unos doce metros por debajo de ellos. A su derecha había una pendiente prácticamente vertical de derrubios y árboles caídos. El sendero era angosto y cualquiera que diera un mal paso sería hombre muerto, aplastando sus huesos contra los bordes filosos de las rocas que sobresalían del agua. Más adelante, el camino cruzaba el arroyo en su parte más somera, y hubieron de atravesarlo
Página 268
empleando las piedras de paso puestas allí antes de que los hombres se volvieran demasiado cobardes para aventurarse por esos lares. El suelo estaba helado en algunos tramos, con charcos congelados como cristal negro.
Finalmente llegaron a las ciénagas. Hellström los fue guiando con cuidado por entre las oscuras pozas. El agua estaba cubierta por una finísima capa de hielo, insuficiente para resistir el peso de una persona. Los hombres lo seguían en fila india, cada uno muy atento a dónde había puesto el pie el anterior. Suponía una tarea ímproba avanzar sumidos en la oscuridad del bosque, y Lemuel debía forzar la mirada para ver dónde ponía cada pie. Guardaba con Hellström tan solo la distancia mínima de separación. Había oído historias de hombres que se habían aventurado a entrar allí y jamás regresaron, y desde luego no deseaba pasar a ser uno de ellos. La orilla estaba embarrada y, cuando las capas de hielo se rompían, el barro le cubría las botas. La tierra carecía de firmeza.
Conforme avanzaban lentamente, Lemuel oyó un grito ahogado a su espalda. Oyó el crujido del hielo y, al volverse, vio resbalar a Neb. Trató de agarrarlo, pero ya era demasiado tarde. El hombre había caído en la ciénaga situada a la izquierda del sendero y ya estaba hundido en el barro hasta la cintura, rodeado de fragmentos de hielo.
—Aguanta —le dijo Lemuel, buscando a su alrededor alguna rama que lanzarle.
Pero el hombre seguía hundiéndose. Agarrándose a un árbol con una mano y estirando la otra hacia Neb, Lemuel trató de asirlo.
—Vamos, puedes hacerlo.
Neb se estiró todo lo que pudo y logró engancharse con las manos. Hellström, viendo lo que había ocurrido, agarró a Lemuel por la cintura. Este tiró con todas sus fuerzas, pero Neb tenía la mano resbaladiza, cubierta de barro, y acabó escapándosele. Se hundió más aún en la ciénaga, cuyo barro ya le llegaba hasta el pecho.
—Agarre eso. —Lemuel señaló una rama caída cercana a donde se hallaba Hellström.
Ambos consiguieron arrastrarla hasta la ciénaga, donde Neb ya estaba con el barro al cuello. Le lanzaron la rama para que pudiera agarrarse y emplearla para salir. La agarró con ambas manos y se aferró.
Su hermano, Meth, estaba tratando de acercarse.
—Déjame pasar —le dijo a Gibbs.
Página 269
Viendo lo precario de la ubicación de Meth, Lemuel le gritó: —¡Quédate donde estás! Si te acercas más, la cosa se pondrá peor. Meth observó impotente la situación. Neb trató de salir del barro, pero
al tirar, la ciénaga tiró de él con más fuerza, aprisionándolo, succionando. Se agarró con más fuerza a la rama. El barro ya le llegaba hasta la barbilla. Lemuel miró a su alrededor para ver si había algo que pudiera hacer para ayudarle. Pero ¿qué iba a hacer? Se inclinó hacia delante sobre la rama y trató de agarrarlo de la muñeca. Pero la mano de Neb resbaló y la ciénaga terminó de tragárselo. Lo último que vieron de él fue su brazo derecho levantado, como si estuviera saludando o pidiendo permiso. Después, nada. Una pompa de barro fue hinchándose en el lugar donde había estado. Luego explotó y se esfumó. El hombre había sido devorado por la ciénaga.
—¡No, no, no, no! —Meth estaba de rodillas llorando por su hermano. A Lemuel se le cruzó por la cabeza un pensamiento irónico: ya no volvería a confundir a los gemelos. Pensó entonces en la esposa y en el hijo de Neb, esperándolo en casa. Tendría que darles la noticia en persona
en cuanto zanjaran aquel asunto.
Hellström sacudía la cabeza.
—Os creéis que lo sabéis todo —masculló—. No hacéis caso. ¡Y ahora mirad! Este es un asunto muy serio.
Lemuel levantó una mano.
—Concédale un minuto —le dijo, señalando con la cabeza a Meth, que contemplaba el punto donde había estado su hermano, como si aguardara su regreso.
Se quedaron todos callados, esperando a Meth en actitud de respeto. Al cabo, Meth alzó la mirada con el rostro embargado de dolor.
—¿Quieres quedarte aquí? —le preguntó Lemuel.
El otro negó con la cabeza.
—Tenéis que manteneros cerca y mirar dónde piso —repitió Hellström
—. Haced lo mismo que yo.
Habían perdido a Neb. No podían hacer nada al respecto. Lemuel
quiso decir unas palabras para consolar a su hermano, pero no le salió ninguna. Tal vez deberían darse la vuelta. Pero habían llegado ya tan lejos que regresar sería igual de peligroso que continuar. No tenía tiempo para llorar la pérdida de su hombre. Ya habría tiempo mañana para el dolor. Debían seguir atravesando el bosque. Conocía a Neb desde hacía varios años, era un hombre valiente, un hombre leal. Cuando Elizabeth y él le
Página 270
arrebataron la finca a la escoria monárquica que residía allí previamente, lord pánfilo y lady tontaina, solicitaron los servicios de Neb y de su hermano. Encargos esporádicos al principio, echando una mano a Lemuel y a su familia a transportar la cosecha, pero a él lo había mantenido como empleado, así como a Meth y a Gibbs. Neb era todavía un hombre joven. Con los años, había llegado a conocer a su familia. Su madre se había hecho amiga de Elizabeth. Ahora él tendría que acudir al hogar familiar y decirles a sus padres, además de a su esposa, que su hijo había muerto. Y sabía por experiencia lo horrible que era eso. La herida aún estaba reciente.
Caminaban muy despacio. Con cada pisada, el terreno primero crujía y después cedía. Lemuel se cuidaba mucho de colocar el pie en el lugar exacto donde veía que Hellström colocaba el suyo. Y Ezekiel, que iba justo detrás de él, hacía lo mismo, al igual que Meth, que iba detrás de Ezekiel, y Gad, que se situaba a la espalda de Meth. Utilizaban los árboles a modo de pasamanos para no perder el equilibrio. Aquellas brujas habían encontrado un lugar casi impenetrable para convertirlo en su hogar y, a pesar de lo mucho que Lemuel detestaba todo lo que representaban, no podía evitar admirarlas por su astuto sentido común a la hora de elegir la ubicación. Volvió a pensar que las brujas, los lobos y los católicos estaban todos cortados por el mismo patrón. Eran enemigos de Dios. Subordinados de Belcebú. Las brujas y los hechiceros más viles de la faz de la tierra eran los sacerdotes que consagraban cruces y cenizas, ramas y huesos, palos y piedras. La confirmación religiosa era hechicería pura y dura. El obispo murmuraba sobre el niño unas cuantas palabras en latín, lo cautivaba, lo santiguaba, lo manchaba con el asqueroso aceite del papa, luego le anudaba unos lazos alrededor del cuello y lo enviaba a casa. ¿No era acaso el acto de la transustanciación un acto de brujería? ¿No llevaban muchos católicos el agnusdéi colgado al cuello, como la baratija de un hechicero? Habían matado al rey. Aquel sodomita encubierto, patizambo y baboso de ojos saltones era también un católico encubierto. ¿Pues no era acaso su esposa, Enriqueta María, una papista practicante? La guerra había separado a padres e hijos, a unos hermanos de otros. Él mismo había atendido en Hillsdean a un soldado parlamentario que le confirmó, cuando yacía tocado de muerte, que había sido su propio hermano monárquico quien disparó la bala fatal. Fue en la batalla de Marston Moor, un punto de inflexión para su campaña y para el ascenso de Cromwell. La guerra había
Página 271
sido una purga. Y aquel campamento de brujas era un vestigio de dicha purga.
Sin duda Inglaterra y la Iglesia de Dios habían sido obsequiados con el gran favor divino en la victoria que él les concedió aquel día. Su victoria absoluta daba muestra de la bendición del Señor sobre su devoto destacamento. Lemuel había estado al mando del ala izquierda, reservando a unos cuantos escoceses para la retaguardia. Y habían vencido a toda la caballería del príncipe. Dios los había convertido en rastrojos para sus espadas. El príncipe había enviado al frente a veinte mil soldados y no le quedaron ni cuatro mil. Uno de sus hombres había intentado salvarle la vida a su compañero, herido por un cañonazo. La bala le había roto la pierna, y su hombre había sujetado al compañero mientras Lemuel le serraba el hueso. Pero el otro había muerto poco después, pese a los esfuerzos de ambos por salvarlo. Neb le recordaba a aquel hombre. Hombres auténticos. Y ahora Neb había muerto. Un buen hombre. Voluntad de hierro. Entrañas de granito. Lemuel confiaba en que Dios lo acogiera en su seno.
Contempló la falange de árboles que los rodeaban. De troncos gruesos. Madera blanda y madera dura. La tala no resultaría sencilla. Tendría que dejar a la aldea casi sin hombres, pero el dinero que les reportaría toda esa madera saldaría las deudas, pagaría la factura de Hellström y les proporcionaría auxilio. En cuanto zanjaran aquel asunto, encargaría que comenzaran los trabajos.
Ya habían dejado atrás la peor parte de las ciénagas y Hellström apretó el paso. Lemuel seguía caminando pegado a él. Pero, mientras atravesaban zarzas y helechos, raíces y charcos, sin saber cómo, perdieron a los de atrás. Lemuel se volvió para mirar. Tras él iba Ezekiel, pero nadie más se veía a espaldas de este. Le indicó con un gesto a Hellström que se detuviera.
—¿Dónde están los demás?
—Los teníamos detrás hace un minuto.
—Los esperaremos.
Esperaron los tres en la oscuridad a los rezagados. El aire nocturno era cada vez más frío, húmedo y penetrante. Transcurridos unos minutos, sin haber visto aún rastro de los otros, Lemuel dijo: —A lo mejor deberíamos volver a buscarlos.
—Esperaremos. Ya nos alcanzarán.
Página 272
Pero, pasados varios minutos más sin saber nada de ellos, Lemuel anunció que iría él mismo en su busca. Agarró uno de los faroles y, llevándose consigo a Ezekiel, dio la vuelta y regresó por donde habían venido.
Oyeron un grito. Lemuel se volvió hacia Ezekiel y echaron los dos a correr. Unos pocos cientos de metros más atrás, encontraron a Meth agachado sobre el cuerpo de otro hombre, que yacía en el suelo. Al acercarse, Lemuel vio que el hombre del suelo era Gad. Ezekiel y él apretaron el paso.
—¿Qué ha ocurrido?
—No sé cómo, nos separamos. Nos metimos por donde no era. Y ha caído en una trampa.
El primero señaló el agujero en el suelo, cuya techumbre había sido alterada.
—He conseguido sacarlo —explicó—, pero está sangrando mucho. Lemuel y Ezekiel examinaron las heridas. Gad había sido atravesado
media docena de veces. Uno de los pinchos le había perforado el pecho y, de ese agujero, sangraba profusamente. Ezekiel trató de taponar el agujero con su pañuelo, pero el tejido pronto quedó empapado con la sangre de su compañero.
—Vamos a tener que llevarlo de vuelta. Está muy grave —dijo Ezekiel, agachándose para poder acercarse más al oído de Gad. No deseaba alzar la voz—. ¿Has oído? Vamos a llevarte de vuelta. Meth y yo. Te daremos medicación.
No hubo respuesta.
—¿Gad? ¿Me has oído? Estás sangrando como un cerdo ensartado. Volvió a agacharse y recibió un quejido grave como respuesta. Agarró
a su primo y lo asió por debajo de las axilas, entrelazando las manos por encima de su pecho. Al hacerlo, sintió la sustancia caliente y pegajosa del corazón de su primo derramándose sobre sus manos y deslizándose por la manga. El líquido le empapó los dedos y sintió que estos se volvían resbaladizos.
—Aguanta.
Ezekiel y Meth se detuvieron y volvieron a dejarlo en el suelo.
—Tenemos que frenar las hemorragias. Está sangrando mucho.
Buscaron algo con lo que poder taponar las heridas.
—Aguanta, primo.
Página 273
Esta vez, al no obtener respuesta, zarandeó suavemente a su primo. Como seguía sin responder, se agachó y le tomó el pulso a Gad, primero en la muñeca, después en el cuello. Advirtió entonces el silencio. El grifo abierto de su corazón había cesado.
—Ha muerto.
—¿Qué?
Lemuel se agachó y le buscó también el pulso a Gad.
—¡No! —Sacudió la cabeza.
¡Otro hombre! Otro muerto más. Sin duda las brujas habían lanzado una maldición sobre aquellos bosques. Miró a Ezekiel y vio el estupor en su rostro. Le concedió algo de tiempo para recomponerse y recuperar la dignidad antes de preguntar:
—¿Qué deseas hacer?
Se quedaron en silencio. En alguna parte cantó una codorniz, remedando el sonido que hace una uña humana al deslizarse por los dientes de un peine. Lemuel le concedió a Ezekiel más tiempo para ordenar sus ideas y mitigar su dolor.
—Lo siento mucho —dijo, poniéndole una mano en el hombro.
—Debería habernos seguido el ritmo. El muy imbécil.
—Escucha, le daremos una sepultura decente. Puedes quedarte aquí con él si lo deseas. Volveremos a por ti cuando hayamos esposado a las brujas.
Ezekiel se quedó mirando a Gad, incapaz de creer que su primo y amigo se hubiera ido. Meneó la cabeza.
—De verdad, nos las apañaremos sin ti. Quédate aquí. No creo que tardemos mucho.
—No tiene sentido. Ha muerto.
Ezekiel se incorporó y miró el cadáver desde arriba. La luna emergió de detrás de una nube e iluminó la escena brevemente. Los árboles parecían trasgos con una tonalidad fantasmal, como si una fuerza maligna emanara de ellos. Se estremeció. ¿Acaso no había dicho Gad que no se adentraran tanto? ¿No había dicho también que aquellos bosques estaban hechizados? No le había hecho caso.
—Entonces vámonos —le dijo Lemuel dándole una palmada en la espalda—. Pasaremos a buscarlo a nuestro regreso.
Caminaron juntos hasta donde los esperaba el grupo y explicaron lo sucedido. Hellström dio un pisotón en el suelo con furia.
Página 274
—Por eso digo que nos mantengamos unidos. Es fácil perderse en este bosque. Es fácil morir aquí. Hemos perdido a dos hombres. ¡Dos! Cuando empezamos, éramos siete, ahora somos cinco. Ahora las brujas son más que nosotros. De ahora en adelante, nos mantenemos unidos y hacemos lo que yo diga —declaró.
Volvió a erigirse en guía, primero a través del denso bosque, después por unos terrenos de vegetación más escasa que, a continuación, dio paso de nuevo a una serie de vastas pozas irregulares que emitían un fulgor plateado bajo la luz de la luna.
—Aquí debemos tener cuidado. Seguid mis pasos. Poned el pie donde lo ponga yo.
Lemuel caminaba aún con más cuidado que antes mientras recorrían los angostos istmos de tierra que separaban las aguas. Avanzaban despacio. Finalmente las masas de agua empezaron a tornarse menos frecuentes y el sendero volvió a ensancharse, permitiéndoles caminar en grupos de dos o tres.
Algo le agarró la pierna a Lemuel. Unas garras afiladas. Frías. Duras. Un dolor desgarrador en el tobillo. Agachó la vista. Se le había enganchado la pierna en un cepo. Los dientes metálicos de la trampa le atravesaban la piel y el músculo, rozando el hueso de debajo. Se mordió el puño para no gritar de dolor. Ezekiel vio lo sucedido y corrió a socorrer a su señor. Al hacerlo, también él pisó un cepo y sintió el terrible dolor de las fauces metálicas al hundirse en su carne. Ambos quedaron prisioneros en sus respectivos lugares. Hellström y Gibbs acudieron a ayudar a Lemuel y Meth se encargó de Ezekiel. Las trampas eran difíciles de abrir. Sus mandíbulas se clavaban en el hueso y llegaban hasta el tuétano. Hellström logró liberar primero a Lemuel y acudió entonces a ayudar a Meth, y juntos dejaron libre a Ezekiel. Meth y Hellström les vendaron las heridas con jirones que arrancaron de sus propias vestimentas.
—Tenemos que regresar —declaró Hellström sacudiendo la cabeza—.
Ya no podemos continuar.
Lemuel se moría de dolor y apenas podía hablar. Hellström encontró dos ramas y confeccionó con ellas unas muletas en forma de Y. Por mucho que le doliera a Lemuel admitir la derrota, en su estado no tendría manera de atacar a las brujas. Los cinco se dieron la vuelta y emprendieron el camino de vuelta con más cautela de la que emplearan durante la ida, el
Página 275
vivo reflejo de un grupo acabado. A cada paso que daba, Lemuel se retorcía de dolor. La herida de la pierna le palpitaba.
Tardaron casi dos horas en atravesar cojeando el bosque hasta regresar al lugar donde habían amarrado sus caballos. La empresa había sido un desastre. Lemuel había perdido a dos buenos hombres. Dos de los mejores. Haría que las brujas pagaran por ello. Verlas ahorcadas no sería suficiente, deseaba que primero padecieran el tormento del infierno, que las torturasen en el potro hasta convertirlas en las criaturas más desdichadas de la Tierra. La muerte les llegaría, sí, pero no sería rápida.
Hellström y Meth ayudaron a Lemuel y a Ezekiel a montar en sus corceles. Regresaron cruzando los páramos, siguiendo el curso del río, más allá de Dale Edge, hasta que al fin llegaron a la finca de Lemuel. Ezekiel se despidió de los demás y regresó a la aldea y a su casa. Kate estaba aguardando su regreso. Al verlo en ese estado, corrió hacia él y tomó las riendas. Él le explicó lo sucedido y ella lo ayudó a bajarse del caballo, pasándole un brazo por los hombros para guiarlo por la casa hasta su dormitorio. Se dejó caer sobre las mantas y ella desenrolló los improvisados vendajes y examinó la herida.
—Qué mal aspecto. Te ha alcanzado el hueso. Tengo que lavártela para que no se infecte.
Le lavó la herida con cuidado, limpiándola hasta que el agua adquirió un tono rosado, y después se la secó lo mejor que pudo. Elaboró un bálsamo curativo que también la mantendría limpia. Se trataba de un remedio que le había enseñado a preparar su madre consistente en álsine, raíz de consuelda, corteza de olmo y ortiga hedionda. Encontró un paño recién lavado y confeccionó con él una venda. Volvió a cubrirle la herida.
—Si la mantenemos limpia, no tendría por qué infectarse.
Le ofreció una taza de oporto y, cuando se la hubo bebido, le llevó un posset[21] curativo a base de leche y cerveza, después un poco de caldo caliente. Le acercó la cuchara a la boca.
—Cuando te hayas tomado esto, tienes que dormir.
Sus atenciones se vieron interrumpidas por el llanto de su hijo recién nacido. El niño tenía solo un día y ya había aprendido a llamar a su madre.
—Será mejor que vaya a darle de mamar. Tú descansa un poco.
Página 276
A poco más de un kilómetro y medio de distancia, en el dormitorio de Lemuel, Elizabeth estaba curándole la herida a su marido de un modo similar al de Kate. Ambas mujeres confiaban más en sus propios remedios caseros que en los del médico o el boticario. Sin poder apenas moverse, Lemuel veía a su esposa afanarse en sus cuidados. Vio abrirse la puerta y entrar primero a Catherine y después a Olivia, que acudieron a sentarse cada una a un lado de la cama, estrechándole las manos. Les sonrió para transmitirles que se pondría bien, pero se sentía débil. Herido en la batalla. Como un anciano aquejado de innumerables dolores. Necesitaba dormir. Les pidió que lo dejaran solo y su esposa lo besó en la frente.
Cuando hubieron abandonado la habitación, Lemuel se recostó en la cama y se quedó mirando el techo. Qué campaña tan desastrosa. Había luchado contra monárquicos, él solo contra cinco, y había salido airoso. Se preguntó de nuevo si las brujas habrían maldecido los bosques. Seguramente sí. No era solo la mala suerte la causante de que hubieran perdido a dos hombres y otros dos hubieran resultado heridos. Perder a uno solo, que otro resultara herido, eso entraba dentro de lo posible, pero habían sido víctimas de una enorme tragedia en un cortísimo espacio de tiempo. Si las brujas eran tan poderosas, si tan fuerte era su magia, ¿cómo entonces las capturarían y las llevarían ante la justicia? Si lograran arrancarle una confesión a Jenny, resultaría mucho más sencillo convencer al magistrado para que les enviase refuerzos. Pero ¿serviría acaso un mayor número de hombres para zanjar el problema de la maldición de una bruja? Carecía de conocimientos suficientes acerca de tales asuntos. Preferiría sin dudar vérselas con un ejército de monárquicos armados con pistolas, culebrinas, mosquetes y espadas a enfrentarse a aquellas brujas desarmadas, con sus pócimas y maleficios, sus maldiciones y sus animales de confianza. Malditas brujas de Black Clough, arpías del bosque negro, malditas mujeres del bosque negro. Intentó pensar en la mejor forma de proceder, dando vueltas al problema una y otra vez, hasta que le entró el sueño, y entonces ya no pensó más.
Página 277
Las mandíbulas del cepo
La loba desenterró la madriguera abandonada de un zorro y se acurrucó todo lo que pudo en el oscuro y húmedo agujero a fin de atrapar el calor. El viento ululaba entre los árboles y la lluvia acribillaba el suelo. Durmió a saltos, se despertaba con escalofríos, volvía a quedarse adormilada y de nuevo se despertaba a causa del viento o del frío. Por la mañana, tenía escarcha en el pelaje. Trató de estirarse. Sentía los músculos rígidos y gélidos.
La nieve caía en ráfagas y los copos se congelaban donde el suelo estaba seco y se derretían donde estaba embarrado. El hambre la impulsaba a continuar. No había comida. Rompió la película de hielo que cubría una charca y bebió del agua estancada.
Caminaba por una zona en la que no tenía cobijo. El hambre la había arrancado de las sombras de los barrancos boscosos. En esa estación, las ciervas ya estaban preñadas y, a menudo, abortaban al gabato menos favorecido. En la hierba encontró a un nonato pálido y aún caliente. Presentaba un color azul lechoso y yacía ciego y moribundo bajo la escarcha. Se lo comió todo, huesos incluidos.
Oyó voces mientras se escabullía por el sotobosque. Hombres. Cazadores. Buscó refugio junto a un arbusto de acebo para recuperar las fuerzas. Iban en su dirección y alcanzó a oler en el aire su sudor. Y algo más. Caballos. Los hombres iban montados. No tenía otro lugar donde esconderse salvo el arbusto en el que estaba agazapada. Oyó también a los perros. Pronto olfatearían su rastro. No podía hacer otra cosa. Salió huyendo y, nada más
Página 278
empezar, oyó gritar a los hombres. Los perros ladraban. Atravesó corriendo un prado y saltó por encima de un muro de piedra. Los perros iban ganándole terreno, seguidos muy de cerca por los hombres a caballo. Corrió más rápido, campo a través. Había un bosquecillo más adelante. Si lograba llegar hasta allí y cruzaba el río, tal vez tuviera alguna oportunidad. Se asomó a un barranco. No había tiempo para pensar. Saltó. Cayó. Aterrizó sobre sus patas delanteras. Se ovilló y rodó, deslizándose unos diez metros hasta lograr volver a ponerse en pie. Removidos, los derrubios de la pendiente se deslizaron tras ella. Tambaleante, la loba se zambulló en el agua gélida y se dejó arrastrar por la corriente.
Al otro lado del río, consiguió arrastrarse hasta la orilla. Sin saber cómo, los había dejado atrás. Se quedó allí, jadeante, viendo el vaho de su aliento. ¿Cuánto más podría seguir avanzando? Cada día venían más. Hombres con perros. Hombres a caballo. Con pistolas. Con trampas.
Mientras se abría paso por el bosque, sintió que algo la mordía y aulló de dolor. Miró hacia abajo. Había metido la pata en un cepo. Trató de liberarse, pero los dientes de la trampa se le clavaron más aún y volvió a aullar. Las mandíbulas atravesaron pelo, piel y carne. Empezó a brotar la sangre de las heridas allá donde el metal se le había hundido. Intentó retorcer la pata para sacarla. El dolor la embargó. Jadeaba del esfuerzo. Se agachó y trató de mordisquear la trampa para abrirla, pero no cedía. Se quedó paralizada en el sitio.
¿Y ahora qué? Si se quedaba allí, llegarían los hombres. Volvió a intentarlo, pero el dolor fue aún peor. Le impedía moverse del sitio. Entonces oyó de nuevo a los hombres, a lo lejos, pero sus voces eran cada vez potentes; avanzaban en su dirección. Los dientes del cepo se le habían clavado hasta el hueso. Alcanzaba a ver el blanco a través de los agujeros de las heridas. No había tiempo. Se retorció sin parar y, en un último intento, el hueso se partió en dos. Se desgarraron la carne y el músculo. El dolor recorrió su cuerpo, pero ella se arrancó la piel y dejó su garra en las mandíbulas del cepo. La miró como si fuese capaz de volver a pegársela. Se contempló la pata trasera, que ahora era un muñón ensangrentado. Conforme las voces se acercaban más y más, avanzó cojeando, intentando correr en la medida de lo posible, hasta que volvió a dejarlos atrás. Buscó refugio en una zanja y se lamió la herida abierta. Encontró un charco congelado y sumergió el muñón en el hielo.
Página 279
Bebiendo de la jarra de whisky
Estábamos reunidas en torno a un fuego apagado, Alice dando vueltas alrededor del pozo, pistola en mano. Pensé en Jenny. Yo había escapado de una prisión y ahora había encontrado otra. Pensé en cómo íbamos a escapar y me inundó el terror. Ni siquiera tenía claro si Alice sería capaz de dormir en ese estado: había hecho guardia toda la noche, de pie frente a nosotras con una pistola cargada, como una carcelera demente. ¿Cómo iba yo, sola o acompañada, a liberar a Jenny si ni siquiera podía liberarme a mí misma? Los hombres tenían mosquetes y pistolas, ballestas y sables. Nosotras, unos cuchillos primitivos.
—Esta mañana, Thorn y yo hemos dado una vuelta alrededor del campamento y hemos encontrado esto.
Alice nos mostró la gabardina verde que yo le había visto puesta a Gad.
—Después hemos encontrado el cuerpo al que pertenecía. Un hombre que trabajaba para Lemuel, herido de muerte por múltiples heridas de pica. También hemos descubierto que habían saltado dos de los cepos. Y tenían sangre en los dientes. Ha sucedido lo que ya vaticiné: anoche, Lemuel y sus hombres intentaron atacarnos. Y fracasaron. La magia cumplió su función.
Alice se rio como una maníaca, con los ojos desorbitados. Algunas de las chicas se le sumaron, como si no supieran de qué otra manera reaccionar. Holly me lanzó una mirada y meneó la cabeza discretamente.
—A mí gusta magia —dijo Heather.
—No podemos mostrarnos complacientes. Los hombres volverán. Regresarán a por el cuerpo de su amigo. Querrán enterrarlo en suelo consagrado. Pero creo que también volverán para atacarnos. No puedo
Página 280
estar segura de cuándo sucederá. Podría ser esta noche, podría ser mañana.
Pero será pronto, de eso sí estoy segura, y traerán refuerzos.
—¿Qué hacemos? —preguntó Ivy.
—¿Cómo podemos detenerlos? —quiso saber Thorn.
—No podemos. No podemos detenerlos. Lo único que podemos hacer es estar preparadas cuando vengan.
—¿Y cómo hacemos eso?
—Tenemos que trasladarnos.
—¿Adónde?
—Adentrarnos más en el bosque. Thorn y yo hemos encontrado un sitio a tres kilómetros hacia el norte. Está rodeado de agua por un lado y de un barranco empinado por el otro. Sería muy difícil que alguien nos atacara allí. Y, si lo hacen, se verán debilitados.
—¿Y qué pasa con la loba?
—Se encuentra a salvo. Mi cuervo le da de comer. Eso es lo único que tenéis que saber.
—¿Y qué pasa con nuestras cosas?
—Llevad lo que podáis, pero viajad ligeras de equipaje. Lo que no podáis cargar a la espalda no lo necesitaréis.
Alice echó la gabardina de Gad al pozo del fuego. Empezamos con la mudanza después de haber comido. Primero recogimos todos los cepos y, después, nuestras posesiones. Tuvimos que hacer varios viajes por el bosque para trasladar todo lo que necesitábamos. La primera tarea consistió en fortificar el campamento, lo cual resultó mucho más sencillo que en el campamento original, pues aquí solo había dos caminos de acceso. Uno junto al barranco y el otro siguiendo el curso del arroyo. Pudimos reutilizar los cepos y cavar trampas a lo largo de esas rutas. La siguiente tarea fue buscarnos un techo, y despejamos el espacio situado bajo los acebos, de manera que la base de los árboles y las hojas y ramas de arriba se convirtieron en nuestro suelo y en nuestro tejado. El follaje era lo suficientemente denso para protegernos de las gotas de lluvia. Todo aquello nos ocupó la mayor parte del día.
Le pregunté a Alice por Jenny. ¿Cuándo íbamos a organizar una campaña de rescate? Me sorprendió su respuesta.
—No haremos tal cosa. Es demasiado tarde. Si no la han matado ya, entonces la habrán llevado a la cárcel. Es solo cuestión de tiempo que le
Página 281
arranquen una confesión, y entonces la ahorcarán. Si intentamos rescatarla, nos arriesgaremos a que nos atrapen.
—Pero si es una de las nuestras. Hemos de hacer todo lo que esté en nuestra mano.
—Sé que es difícil, pero ya he pasado antes por esto. Sé de lo que hablo. Los hombres pueden hacerte decir cualquier cosa. Jamás volveré allí, al lugar donde me llevaron esos hombres. Tienes que confiar en mí, Rowan, y hacer lo que te digo.
Pero no confiaba en ella y no podía aceptar lo que me decía. Hablé con Holly cuando las demás estaban distraídas. —¿Cómo vamos a salir de aquí? Holly meneó la cabeza y respondió:
—En algún momento tendrá que dormir.
Aquella tarde, Alice se mostraba agitada. Daba vueltas alrededor del fuego, fumando de su pipa.
—No me da miedo morir. Ya morí una vez. Me ahorcaron; me pusieron la soga al cuello. Me hallaba en pie sobre el taburete. Una multitud se había reunido para verme caer. Dieron la patada al taburete y la multitud gritó como loca. Me quedé colgando, asfixiándome, vi mi vida pasar ante mis ojos, todas las mentiras que me habían contado. Me estaba muriendo, no podía respirar. Agitaba las piernas, me aferraba a la cuerda que me estaba estrangulando. Intentaba llenar de aire mis pulmones. Me notaba mareada, sabía que aquel era el final. Estaba al límite. Estaba muerta. Entonces la cuerda se partió y caí al suelo. El coadjutor y el magistrado dijeron que había sido la voluntad de Dios. Y no iban a oponerse a la voluntad de Dios. Podría seguir viva. Era libre. Y me dejaron ir. Me fui de aquel pueblo y jamás regresé. Desde aquel momento diría siempre la verdad. No volvería a vivir en un mundo hecho de mentiras.
Contemplé el tejido blando que tenía Alice bajo la mandíbula. Deja que hable y hable, pensé. Quería que se agotara para que durmiera profundamente esa noche.
Volvió a encenderse la pipa con el fuego y dio una larga calada. Observé que le temblaba la mano. Thorn y ella habían regresado antes al lugar donde yacía el cadáver. Ya no estaba. Los hombres habían vuelto a buscarlo y me di cuenta de que aquello la inquietaba. No se estaba quieta,
Página 282
no paraba de dar vueltas, fumando de su pipa sin parar. Nos puso a trabajar en otras fortificaciones. No parecía satisfecha con nuestro trabajo. Había identificado una serie de puntos débiles y su solución fue cavar profundos pozos en ambas entradas que después cubriríamos.
Yo trabajaba con Ivy y con Holly en el agujero del arroyo, y Alice trabajaba con Thorn y con Heather en el agujero del barranco. Era una tarea ardua, pues el suelo estaba congelado y, cuando logramos romper la capa de hielo con nuestras rudimentarias herramientas, debajo nos encontramos un terreno pedregoso. Piedras enormes que había que excavar, y aquella labor extenuante me trajo a la mente aquel otro día de hacía más de un mes, cuando tuve que cavar la tumba de mis padres.
Trabajamos en parejas, turnándonos para descansar, de manera que hubiera siempre dos personas trabajando y una descansando. Cuando hubimos terminado, utilizamos ramas de avellano para fabricar picas y las clavamos en la base del pozo antes de afilar sus extremos. Durante todo ese tiempo, Alice permanecía por allí cerca, sin soltar la pistola. Retrocedimos. Buscamos ramas y tapamos el agujero, después lo camuflamos con hojas caídas. Contemplé la trampa desde diferentes ángulos. No había forma de saber que allí debajo había un pozo. Alice se acercó e hizo lo mismo, asintió y dijo que habíamos hecho un buen trabajo. Pero no quedó satisfecha. Había identificado río arriba algunos huecos entre las aliagas y los zarzales que pensaba que los hombres quizá lograsen atravesar. Nos ordenó tapar los huecos con aliagas y zarzas de más cerca del campamento.
Resultaba difícil recoger ramas en la semioscuridad. No teníamos guantes, de modo que usábamos trapos para envolvernos las manos, agarrábamos las espinosas ramas y las cortábamos por la base ayudadas de nuestros cuchillos. La protección de los trapos era insuficiente y no tardamos en llenarnos las manos y los brazos de cortes y arañazos; finos hilos de sangre resbalaban por nuestra piel. Cuando hubimos recolectado suficientes ramas, rellenamos los huecos con una buena cantidad para que ningún hombre pudiera colarse por ahí.
Alice estaba junto al fuego limpiando su pistola. La atmósfera en el campamento era densa. Las demás chicas o bien estaban sentadas y sin fuerzas o bien se habían retirado a dormir a sus camas, y nadie parecía estar de humor para conversar. Miré a Alice, reparé en los mechones grises de su cabello negro. Parecía haber más gris que la primera vez que la vi y,
Página 283
sin saber por qué, su rostro se me antojó envejecido. Me fijé en si tenía más arrugas que antes, pero no era eso, era más bien su expresión de agotamiento, como si los músculos de su cara se hubieran rendido. Por primera vez me di cuenta de lo tristes que estaban sus ojos.
Heather estaba frotándose los pies.
—Yo tiene frío. Tiene frío. Yo congelada —repetía mientras se frotaba y Alice la observaba.
—Ponte unos zapatos si quieres, estúpida. He intentado enseñarte a conectar con la Tierra. He intentado enseñaros a todas. —Alcanzó una bolsa y metió la mano dentro. Sacó unos zapatos y se los lanzó a Heather
—. Toma. Póntelos. Ahí tienes los estúpidos zapatos. ¡Ya ves lo que me importa, mocosa desagradecida! Son los hombres quienes fabrican los zapatos. ¿No te das cuenta? Los hombres.
Heather pareció desconcertada por la diatriba de Alice, pero se puso los zapatos de igual modo, murmurando para sus adentros. Yo veía caminar a Alice de un lado a otro, aferrada a la pistola. Me paré a pensar en el arma. Una sola pistola para las seis no nos serviría de nada. Los hombres vendrían más que aprovisionados con pistolas y mosquetes. Incluso si Alice lograba disparar a uno de ellos, no le daría tiempo a volver a cargar el arma antes de que otro le disparase a ella. No me parecía que tuviera mucho sentido tenerla, pero entonces volví a pensar en aquello que había dicho acerca de que no permitiría que los hombres se la llevasen. Había dicho que jamás volvería a colocarse en esa situación, a merced de aquellos hombres.
Esa noche, Alice nos dio algo a todas que dijo que nos ayudaría a dormir. Yo intenté tirar el mío, pero ella nos observaba con atención para asegurarse de que nos bebiéramos hasta la última gota. Así que, justo antes de irme a la cama, me metí los dedos en la garganta y me obligué a vomitar la pócima. Holly hizo lo mismo. Nos quedamos tumbadas en la cama, atentas a Alice. Pensé de nuevo en Jenny, pero desterré el pensamiento de mi cabeza. Alice tenía razón, era imposible que hubiera sobrevivido a la tortura sin confesar. El potro, el látigo, el garrote, la empulguera… Habría sido capaz de soportar cada uno de esos aparatos durante un rato, pero al final les habría dicho lo que fuera que desearan oír. Todo el mundo tenía un límite. Solo confiaba en que a Jenny ya la
Página 284
hubieran colgado y que el magistrado no hubiera solicitado más pruebas. En una ocasión la tiraron al río para ver si flotaba, le ataron el pulgar derecho al dedo del pie izquierdo, el pulgar izquierdo al dedo del pie derecho. Le amarraron una cuerda a la cintura, tan larga que llegaba de un extremo de la presa al otro, y a cada lado había un hombre agarrando la cuerda, a fin de sacarla a flote en caso de que se hundiera. Volver a hacerle la prueba de tirarla al río antes de ahorcarla sería inmensamente cruel.
Pensé en mi madre y en mi padre, y en los planes que habían hecho para su futuro. Para mi futuro. Mi padre había estado ahorrando dinero de sus peleas. Dinero que Lemuel les había robado. Mi padre había soportado puñetazos, patadas, mordiscos. Había sudado y sangrado por ese dinero, le habían roto huesos, le habían pisoteado las muñecas, pateado las costillas, partido los nudillos, cortado la piel, le habían puesto los ojos morados y roto la nariz. Mi madre se había quedado en vela muchas noches avivando el fuego y bebiendo de la jarra de whisky, esperando a que mi padre entrara por la puerta, sin saber si volvería a verlo alguna vez. Y ahora estaban ambos bajo tierra, siendo pasto de los gusanos que se arrastraban sobre sus huesos.
—Espera aquí —susurré.
—Ten cuidado.
Muy lentamente, a fin de no hacer ningún ruido, salí de debajo de las mantas y, a cuatro patas, me arrastré como un gato hacia el arbusto bajo el cual confiaba en que Alice estuviera durmiendo, entonces me detuve para recuperar el aliento y dejar que se me calmara el corazón. Cuando me sentí lo suficientemente recuperada, asomé la cabeza por entre el hueco del arbusto, con mucho cuidado. Me quedé así varios minutos, concediendo tiempo a mis ojos para acostumbrarse a la oscuridad, hasta que distinguí la silueta de Alice, tendida bajo una manta, con los ojos cerrados. Estaba profundamente dormida. Sobre el pecho descansaba la pistola, cuyo acero emitía un levísimo brillo con la escasa luz que quedaba, y con su mano izquierda agarraba la empuñadura.
Observé su pecho subir y bajar y, con él, la pistola. La estudié durante varios minutos para asegurarme de que estuviera bien dormida, después me adentré más por el hueco, me detuve y agucé el oído. Su respiración era regular. Aguardé a que se me aquietase el corazón y entonces, con gran cautela, avancé un paso más. Procedí de ese modo: daba un paso, esperaba, observaba, escuchaba y entonces daba el siguiente paso, hasta
Página 285
haber entrado por completo en su improvisado dormitorio. Me hallaba ahora acuclillada junto a ella y, desde ese lugar, fácilmente podría alcanzar la pistola. Con gran cuidado, muy despacio, rodeé el cañón del arma con los dedos. Me aseguré de que mi mano y mi brazo sostuvieran el peso de la pistola, y que este no recayera en absoluto sobre Alice, mientras poco a poco iba acercándola a mí. Observé cómo sus dedos iban resbalando de la empuñadura.
Debí de tardar media hora en hacerme con el arma, pero ahora, al abandonar su choza y volver a ponerme en pie, por fin tenía la pistola de Alice. Me vino otra vez a la mente aquel día, Lemuel agarrando su fusil de chispa, y en aquel momento ambos estuvimos unidos. Desterré ese pensamiento y regresé hasta donde estaba tumbada Holly. Le di un empujoncito y le mostré la pistola, y juntas recorrimos el laberinto de ciénagas y salimos por el barranco que discurría sobre el arroyo. Me guardé la pistola en la bolsa y me até esta sobre los hombros conforme avanzábamos hacia el suroeste cruzando el páramo.
Página 286
En tierra de nadie
Lemuel había dormido todo el día y toda la noche, y por fin a última hora de la tarde se despertó. Elizabeth estaba esperando junto a su cama.
—¿Lem? ¿Estás despierto? —preguntó suavemente.
Abrió los ojos, miró a su alrededor y después a los ojos de su esposa. Le dedicó una sonrisa débil. El tobillo aún le palpitaba. El dolor era intenso.
—¿Cómo te encuentras?
—Ayúdame a levantarme —respondió Lemuel con una mueca de dolor.
—Tienes que descansar. Has sufrido una lesión grave.
—Tengo cosas que hacer.
Trató de levantarse de la cama, pero las heridas le abrasaron. Era como si en cada agujero le estuvieran metiendo un hierro al rojo vivo; gritó de dolor y a punto estuvo de perder el conocimiento. Volvió a recostarse sobre las almohadas.
—¿Qué te he dicho?
—Está bien, descansaré. ¿Cómo está Ezekiel?
—Igual que tú. En cama.
—¿Puedes pedirle a Jacob que vaya a buscar al señor Hellström?
—¿Estás seguro de que es buena idea, mi amor?
—Por favor, Elizabeth. Si no actuamos ahora, será demasiado tarde. Elizabeth trató de persuadirlo para que descansara, pero al final logró
convencerla para que llevara a cabo sus deseos. Regresó en el transcurso de una hora acompañada de Johan.
—Está despierto. Eso es bueno. Tiene que mantener limpia la herida.
Si se infecta, mal asunto. Podría perder la pierna.
—Ya lo sé. Escuche, necesito que haga dos cosas por mí.
Página 287
Hellström asintió.
—En primer lugar, quiero que vaya a ver a Gibbs. Después vuelva aquí.
—Señor Lane, no soy su subordinado. ¿Cuál es la segunda cosa? —Se lo explicaré a su regreso.
Hellström dirigió sus pasos hasta la bodega en la que Gibbs se turnaba con Meth para vigilar a Jenny. Cuando llegó, vio el estado en que se encontraba la muchacha. Tenía un ojo morado, un corte en la boca y el vestido rasgado por dos partes: en el cuello y en el dobladillo. Al ver a Hellström, se irguió en la silla a la que seguía atada. Él miró a Gibbs, que estaba sentado cerca, empuñando su mosquete. Se fijó en que habían atado a la chica con un tipo de nudo diferente del que habían utilizado con anterioridad.
—¿Qué ha pasado con esta chica?
—Ha sido él —respondió ella, sin energía, señalando con la cabeza a Gibbs.
—He tenido que hacerlo. Vino su familiar. Tuve que defenderme de él.
Estuvo a punto de matarme.
—¿Dices que su familiar ha estado aquí?
—Sí, esta mañana, justo cuando cambiamos de turno. Al principio era una rata, grande y grasienta. Fue directa a ella. Pero entonces se convirtió en un perro negro, se volvió hacia mí y empezó a gruñir. Le apunté a la cabeza con el mosquete y entonces se transformó en un pájaro. Se me abalanzó volando y trató de sacarme los ojos. Después revoloteó a su alrededor, atacando las cuerdas. Y, sin darme cuenta, la había desatado. No sé cómo, su criatura la liberó. Intenté atraparla para volver a atarla, pero el pájaro no dejaba de atacarme. Le arreé con mi mosquete. Entonces ella intentó sacarme los ojos. Parecía poseída y tuve que abofetearla. Y le di a su pájaro un buen tortazo. Salió disparado. A ella la mandé de un empujón al otro lado de la habitación. Le aseguro que, entre los dos, podrían haberme matado. Menos mal que actué a tiempo.
—Está mintiendo —aseveró Jenny.
—Si eso es cierto, tenemos pruebas. ¿Estás dispuesto a prestar declaración ante el magistrado?
Página 288
—Por supuesto que sí. Le diré exactamente lo mismo que le he dicho a usted.
—Pero esto no está bien. El hematoma. El corte. Nos hará quedar mal. Si el magistrado cree que la hemos tratado injustamente, no creerá tu declaración.
—Pero le estoy diciendo la verdad.
—Es un mentiroso y un malnacido. ¿Sabe lo que me ha hecho? —Calla, calla. No me oigo pensar. No hay tiempo. Debo contárselo al
señor Lane. Tú quédate aquí y vigílala. No tardaré.
—Por favor, señor, no me deje aquí con él. Es un bestia.
Lemuel le pidió a Elizabeth que le ahuecara las almohadas para poder incorporarse en la cama. Estaba pensando en la loba y en las brujas, sabía que tendría que actuar con rapidez y decisión, pues no había tiempo ya para seguir la ley al pie de la letra. Los procedimientos legales eran un lujo y, en aquellos tiempos de necesidad, habrían de prescindir de ellos. Cuando dirigía un pelotón, en ocasiones había tenido que actuar sin contar con la autoridad pertinente, aduciendo que, si contaba con la buena voluntad del Señor, aquello superaba cualquier jurisdicción legal. Tendría que dar un mazazo contundente para poner fin a aquel conflicto. Los terrenos al sur y al oeste de Black Clough fueron otrora propiedad de la finca de Sunderland, pero ahora él tenía las escrituras en su caja fuerte. Los terrenos situados al norte y al este habían sido propiedad de la finca de Radcliffe, pero, también en ese caso, las escrituras se hallaban bien custodiadas bajo llave. Willow Garth, situado al norte, aún formaba parte de la finca de Radcliffe, y era aquel el lugar destinado al cultivo de sauces para la fabricación de cestas. La finca de Sunderland aún conservaba la turbera comunitaria donde los ciudadanos acudían a por turba para el combustible. Técnica y legalmente, el corazón de los bosques no era propiedad de nadie. No respondía aquello tanto a un vacío legal como a una consecuencia deseada. Lemuel había descubierto que, muchos años atrás, tanto la finca de Sunderland como la de Radcliffe habían contratado abogados y demás funcionarios legales para renegociar sus escrituras y excluir aquella franja de barrancos, árboles y ciénagas. Nadie deseaba ser el dueño del bosque de Black Clough porque nadie deseaba
Página 289
responsabilizarse de él. Era tierra de nadie, una cloaca maldita, y ahora él podría utilizar aquello a su favor.
Llamaron a su puerta con un solo golpe y entró Hellström. Le transmitió lo que había visto y corroborado de boca de Gibbs y de la chica.
—Como bien dice, podría ocurrir cualquier cosa. Una cosa es que Gibbs esté dispuesto a prestar declaración, pero, si el magistrado desconfía de las lesiones de la muchacha, quizá solicite más pruebas.
—Querrá una confesión clara —intervino Elizabeth—. Y, si eso no se puede, la echarán al río.
—No la echarán al río. No en este distrito.
—Que pase lo que tenga que pasar, ya escapa a nuestro control. Quiero que Gibbs y Meth la lleven al pueblo y la pongan en manos del magistrado. Que Gibbs escriba su declaración. Eso es lo único que podemos hacer. Ahora está en manos del magistrado.
—Muy bien.
—Además, tengo asuntos más apremiantes. —¿Y puedo preguntar de qué asuntos se trata?
—Eso que mencionó usted cuando nos conocimos, acerca de esa cadena de hombres que hacen en su tierra.
—¿El rovdjursskall?
—Sí, como se llame. Que se juntan cientos de hombres, forman una cadena humana y recorren el bosque expulsando al lobo.
—¿Y bien?
—Que quiero que haga eso por mí. Para sacar a la loba y a las brujas.
Para echarlas de allí.
—¿Y después qué?
—Cuando regresen mis hombres, quiero que recluten a mi costa y en mi nombre a todos los obreros del pueblo y de la aldea que estén dispuestos a colaborar. Formaremos un ejército y asediaremos el bosque de Black Clough.
—¿Y eso por qué?
—Necesito que rodee el bosque por todos su lados y expulse a la loba y a las brujas. Llévelas lejos de esos bosques y quémelas a todas.
Hellström miró a Lemuel como si fuera algo que hubiera pisado.
Sacudió lentamente la cabeza y después sonrió:
—Se me ocurre una idea mejor. Me llevaré esos barriles de pólvora que guarda en la bodega. Cargaré un carro con fajina y madera.
Página 290
—¿Para qué?
—Me llevaré a sus hombres. Reclutaré a todos los allmogen de la aldea, como bien dice. Rodearemos el bosque con pólvora, aceite, fajina y leños. Prenderemos fuego al bosque y así arderá de fuera hacia dentro. Quemaremos a la loba y a las brujas, junto con cualquier otra cosa que viva allá.
—No, no puede quemar los árboles, ¿me oye?
—¡Ja! Quemaremos todos los árboles y todo lo que haya en ese bosque. La loba arderá, y también las brujas. Y los ciervos, las martas y los gatos salvajes. Todos arderán.
—¡NO! Los árboles no debe tocarlos.
—Señor Lane, habla usted como una de esas brujas locas.
—No lo comprende. Ahora yo soy el dueño de esos árboles. Son míos. Tengo pensado ganar mucho dinero con la madera. Usted querrá cobrar, ¿no es así?
—Me dará lo que se me debe.
—Entonces haga lo que le digo. Cuando lo haya hecho, regrese y le pagaré lo que acordamos. Y a todo aquel que participe en esta labor le pagaré una generosa tarifa. Haga correr la voz.
—Pero hay cosas que valen más que el dinero, señor Lane. —¿De verdad? ¿Como cuáles? ¿El oro? ¿Los diamantes? —No le hablo de oro ni de diamantes.
—Bien. Asunto zanjado entonces. Doscientas libras más otras cincuenta para gastos.
—He venido por el baile, señor Lane.
—¿Qué baile?
—He venido para hacer mi masacre.
—Y podrá hacer su masacre siempre y cuando yo conserve mis árboles.
—Muy bien, ya lo veremos. Que tenga un buen día, señor Lane.
—¿Y ya está? Venga aquí. No he terminado.
Hellström no respondió. Ya había abandonado la habitación, y Lemuel se quedó atónito. Miró a su esposa, pero no supo qué decir. Le había confiado el trabajo a aquel hombre. Sabía que Elizabeth siempre había tenido dudas respecto a su idoneidad, pero el tipo era un reputado cazador de lobos. El mejor del norte de Europa. Tendría que hacer lo que se le ordenara. Se volvió de nuevo hacia Elizabeth.
Página 291
—¿Qué acaba de pasar?
Elizabeth no dijo nada. Se había quedado mirando la puerta como si esperase que Hellström fuese a volver a entrar y a decirles que había sido otra de sus bromas.
—No se atrevería, ¿verdad?
—Y yo qué sé. No tengo ni idea.
Era cierto que ningún ser humano racional prendería fuego a un bosque entero. Pero aquel hombre estaba totalmente chalado. El Señor, el Dios de Lemuel, le había concedido aquellos terrenos y el mismo Señor le ayudaría a derrotar a cualquiera que tratara de arrebatárselos. Haría lo mismo que había hecho Josué, hijo de Nun. El Señor había encargado a Josué prender fuego a la ciudad, no a los bosques. Al igual que Josué, él los aniquilaría y los colgaría de cinco árboles. Se retiró las mantas y sacó la pierna buena de la cama.
—¿Qué estás haciendo?
—No puedo correr el riesgo. Esa madera ya está vendida. Si la quema, acabaremos en la ruina.
—No seas estúpido, mi amor. No estás en condiciones.
—Puedo apañarme. Tráeme el brandi, ¿quieres?, la muleta también. Dio unos generosos tragos al brandi y utilizó la muleta para cruzar la
estancia hasta donde estaba su ropa colgada sobre una silla.
—Échame una mano, ¿quieres, amor mío?
Elizabeth ayudó a vestirse a Lemuel, que a continuación cojeó hasta la puerta. Su esposa se la abrió y él salió dando tumbos al rellano y comenzó a bajar las escaleras, paso a paso, consumido por los dolores. Se detuvo a mitad de camino para echar otro trago de brandi. Le explicó su plan a Jacob. Este debía llevar a Jenny ante los magistrados a primera hora de la mañana y llevarse consigo al mozo de cuadra para tener otro par de manos adicionales. Meth, Gibbs y él irían a detener a Hellström, aunque para ello tuvieran que dispararle. Prefería verlo muerto a que sus árboles fueran pasto de las llamas. Después irían al pueblo y reclutarían a un ejército dispuesto a cercar el bosque de Black Clough. Expulsarían a todas las brujas y a la loba y las echarían al mismo hoyo que a Hellström.
Página 292
El lobato desaparecido
La loba notaba el peso de la vida que llevaba dentro. Sentía que había llegado el momento y tenía que encontrar un lugar donde tumbarse y poder dar a luz a sus retoños. Recorrió aquel extraño y nuevo lugar adonde la había conducido el cuervo, cojeando sobre sus tres patas. El aire olía a rancio. La tierra estaba húmeda. Vio al pájaro brincar y mover la cabeza frente a ella; ya estaba familiarizada con el idioma del cuervo. Voló este desde la rama que tenía delante hasta una situada a unos seis metros de distancia. Ella lo siguió, sabiendo que debía hacerlo. Avanzaba despacio, cuidándose de no apoyar su pata amputada, pero el pájaro se mostraba paciente, y logró atravesar finalmente el laberinto de aguas negras estancadas por el que la llevaba, hasta llegar a un lugar aislado y bien protegido por rocas y agua, aliagas y zarzas. Allí estaría a salvo.
El cuervo la había guiado hasta aquel lugar justo a tiempo. La vida de su interior empujaba para salir al mundo, de modo que se colocó en posición y dio a luz a tres cachorros. Un macho y dos hembras. Los limpió a lametones. Saboreó la sangre y la bilis sobre su piel. Tenían los ojos cerrados. La loba se colocó de tal forma que pudieran cada uno alcanzar un pezón y los vio metérselos en la boca y succionar. Notó que le mordisqueaban la carne. La leche dulce y caliente empezó a brotar, y ella se recostó y descansó mientras los lobatos se alimentaban.
Debió de quedarse dormida así, con los cachorros cegatos mamando. Cuando se despertó, sus tres retoños dormían profundamente, acurrucados en el hueco de sus patas. Se moría de hambre. Algo llamó su atención, el olor a carne fresca, y vio entonces el cadáver de un lebrato justo delante de sus narices. Carne buena. Con cuidado de no despertar a sus lobatos, inclinó la cabeza y agarró al animal con la boca. Masticó primero sus patas traseras, después le rajó el vientre y se dio un festín con sus tripas. Lamió
Página 293
y sorbió los jugos de sus entrañas. Después se comió la carne restante, dejando solo la cabeza del lebrato. Advirtió que, posado en lo alto de una haya cercana, su cuervo la observaba.
Se sentía tan débil después de dar a luz, tras meses de inanición y una herida aún reciente y abierta, que apenas podía moverse. Pasó los siguientes tres días así, con sus cachorros alimentándose con su leche y durmiendo en el cálido espacio entre sus patas. Ella se lamía la carne ensangrentada de la herida. Y, cada día, el cuervo le traía buena carne fresca: turones, conejos y nutrias.
Al cuarto día, cuando se despertó, vio que solo dos de sus cachorros estaban acurrucados junto a ella. Miró a su alrededor. ¿Dónde estaba el tercero? Debía de haberse alejado. Pero ¿por qué iba un cachorro tan joven a separarse de su madre? Trató de levantarse, pero, pese a los tres días de reposo, seguía sintiéndose demasiado débil para mantenerse en pie. Lo intentó de nuevo. Fue inútil. Las patas no le aguantaban. Trató de tranquilizarse. Su cachorro no debía de haber ido muy lejos. En ocasiones, los jóvenes se mostraban demasiado curiosos, pero no tardaría en volver una vez que hubiera explorado el terreno. Se quedó sentada mirando en torno a sí, alerta a cualquier movimiento. Su cachorro era tan pequeño que se preguntó si sería capaz de verlo moverse en el sotobosque. Olfateó el aire en busca de su rastro. Advirtió un movimiento, pero no era más que una chochaperdiz rebuscando entre las hojas caídas. Se quedó allí, paciente, atenta a cualquier cosa que se moviera, pero su cachorro no regresó.
Debió de volver a quedarse dormida, porque, cuando volvió a abrir los ojos, había oscurecido. Comprobó que todos sus cachorros estuvieran allí, pero seguía habiendo solo dos. El tercero había desaparecido. Junto a sus patas yacía el cadáver reciente de un faisán. Le arrancó las plumas con los dientes y se dio un atracón con la carne. Trató de levantarse y esta vez consiguió ponerse en pie. Le temblaban las patas, se sentía mareada e inestable, pero por lo menos se sostenía. Uno de sus cachorros se había despertado y empezó a gimotear suavemente. Ignorándolo, la loba se apartó de ellos y fue en busca del lobato desaparecido. Cojeando sobre sus tres patas, exploró las inmediaciones, olfateando el suelo, tratando de captar algún rastro. Olisqueó la tierra bajo sus patas hasta identificar el
Página 294
olor característico de su tercer cachorro y entonces fue siguiéndolo hacia el arroyo. Olfateó de nuevo y siguió el rastro hasta el lecho del arroyo, donde se perdía. Su cachorro debía de haberse caído al agua. Se habría visto arrastrado por la corriente, somera en aquella zona, aunque rápida y poderosa. Era un error dar a luz tan cerca del agua. Tal vez la corriente lo hubiera devuelto a la orilla más adelante.
Comenzó a chapotear por el agua somera, pero al hacerlo captó otro olor: el de la madera en llamas. Conforme chapoteaba, el olor a quemado se intensificó. Distinguió entonces una franja baja de humo negro y denso que avanzaba hacia ella. El bosque estaba ardiendo. Tenía que regresar y trasladar a sus cachorros. Salió del agua y corrió lo mejor que pudo hacia ellos, agarró al primero con la boca y lo trasladó hacia lo profundo del bosque, lejos del humo; después regresó a por el segundo e hizo lo mismo. Pero el humo era cada vez más denso y seguía avanzando hacia ella. Volvió a agarrar al primer cachorro con la boca y, esta vez, lo llevó mucho más lejos, antes de regresar a por el segundo y hacer el mismo trayecto. Aun así, el humo se volvía denso y se acercaba. No sabía qué más hacer. ¿Adónde podría ir para ponerse a salvo? Miró a su alrededor en busca de una ruta mejor, escudriñando cada rama y tronco, buscando a su pájaro. El cuervo sabría por dónde salir. Sin duda el pájaro vendría a rescatarla. Pero al pájaro no se lo veía por ninguna parte.
Página 295
Los ojos de Alice
Conforme emergíamos de los bosques y llegábamos al páramo de Broadhead, noté que se me iban debilitando las piernas hasta que me invadió una abrumadora fatiga. Miré a Holly; a ella también le costaba seguir. Tenía la frente perlada de sudor.
—No me encuentro bien —le dije.
Ella asintió débilmente.
—Yo siento que me muero.
—No nos estamos muriendo —aseguré—. Todo saldrá bien.
Mientras avanzábamos lentamente por las turberas, mis piernas parecieron volverse de plomo. Me dolía todo el cuerpo. Cada glándula y cada músculo me palpitaba con un dolor sordo. Aunque era de noche y el aire era frío, me notaba ardiendo. Tenía la ropa húmeda por el sudor. Me llevé la palma de la mano a la frente. Estaba muy caliente. Traté de ignorar la fiebre y seguí caminando, pero apenas lograba mantenerme erguida. Miré a Holly y me di cuenta de que avanzaba dando tumbos por detrás de mí.
—Vamos —le dije—. Tenemos que seguir andando.
Durante un rato, el miedo me impulsó a continuar, ignorando la fiebre, pero, según avanzaba, me notaba las piernas encadenadas a la tierra. Miré a mi alrededor. Holly se había derrumbado. Volví a por ella. Traté de zarandearla. No sirvió de nada. Tendríamos que esperar allí sentadas a que se nos pasara la fiebre. Encontré un hueco debajo de unas rocas y arrastré a Holly a su interior.
—Tienes que luchar —le dije, pero no respondió. Tenía ahora los ojos cerrados y el cuerpo flácido. La sacudí suavemente—. No te quedes dormida —le pedí. La apoyé contra una roca y le aflojé el chal—. Podemos descansar aquí durante un rato, hasta que se nos haya pasado el
Página 296
efecto del veneno. —Volví a zarandearla—. ¡Holly, di algo! —Le levanté uno de los párpados—. Abre los ojos. No te duermas. Lo que fuera que nos dio Alice, pudimos expulsar la mayor parte.
No hubo respuesta y a mí ya no me quedaban fuerzas para seguir cuidándola. Me quedé allí tendida, dolorida, sudando y ardiendo. Los efectos del veneno eran cada vez más fuertes.
Volví a meterme los dedos en la garganta, pero no me quedaba nada que vomitar. Sufría unos calambres horrorosos, agazapada a cuatro patas como un perro, llevándome las manos al estómago. Por favor, Dios, protégenos, pensé. Me dejé caer de espaldas sobre la tierra… No podía respirar… ni tragar. Me estaba muriendo. Me golpeé el pecho con toda la fuerza que pude, tratando de obligar a mis pulmones a funcionar, esforzándome por tomar algo de aire. Era como si me hubieran cosido la garganta y solo quedase una rendija diminuta. Intenté tragar de nuevo. La lengua se me pegó al paladar. Intentando no dejarme llevar por el pánico, tomé algo más de aire. Me quedé tumbada en la oscuridad, ahogándome mientras trataba de respirar.
Al final, los músculos del pecho se relajaron y empecé a respirar con mayor facilidad. Seguía ardiendo y ahora además me había invadido un angustiante sentimiento de terror. Mantener los ojos abiertos suponía un esfuerzo ímprobo. Debí de perder la batalla, porque, sin saber cómo, ya era de día. Seguía acurrucada en mi hueco, con una fiebre altísima. Me quedé allí tendida, incapaz de moverme. Me dolían todas las fibras del cuerpo. En mi delirio, vi a mi madre delante de mí.
—Mamá, ¿eres tú?
—Lo siento mucho, me preciosa hija. Lo siento muchísimo.
Traté de levantarme, pero estaba paralizada.
—Descansa, hija.
—Pero no sé qué hacer. Ni a dónde ir. No tengo a nadie.
—Claro que sí. Te tienes a ti misma, y tu padre y yo estamos observándote, y Dios nuestro Señor, y Jesús, su hijo, y María, su madre. Estamos todos aquí. Tendrás una vida preciosa, Caragh. Vendremos a buscarte cuando estés preparada. Vive tu vida sin odio. Y no te olvides de rezar tus avemarías.
—¿Cómo sigo adelante, mamá?
—Ya encontrarás la manera, hija mía. ¿Quieres que te cante una canción?
Página 297
—No, mamá, sabes que no me gusta que me cantes.
—Yo no sé tal cosa. ¿Acaso no te cantaba siempre cuando eras pequeña?
—Sí.
—¿Y no te gustaba?
—No, mamá. Tu voz parece la de un gato estrangulado.
—No es necesario que me insultes, Caragh.
—Perdona, mamá. Te quiero, pero es que no soporto cuando cantas. —Pues debo decir que has esperado mucho para decírmelo. —¿Puedo ver a papá?
—Sabes que a él no le gusta hablar, Caragh.
—Solo un minuto.
—Puede que más tarde. Ahora descansa un poco.
—Pero tengo mucho que contarte, mamá. He hecho cosas, he visto cosas, y realmente no sé por dónde empezar.
—¿No crees que tu padre y yo te estamos observando?
—Y tuve un sueño que…
—No me cuentes tus sueños tontos, Caragh. Si tienes algo que decir, ya habrá tiempo de sobra en la eternidad para decírnoslo a tu padre y a mí.
Quise protestar, pero había desaparecido. Me recosté y cerré los ojos. Debí de quedarme dormida de nuevo porque, cuando volví a abrirlos, se había hecho de noche otra vez. Me había remitido la fiebre. Me sentía débil aún, pero los dolores habían disminuido. Me acerqué gateando hasta donde yacía Holly y la zarandeé.
—Despierta, Holly. El efecto del veneno se ha pasado. Ya no tenemos fiebre. —Pero estaba rígida y fría.
Me dejé caer encima de ella y lloré. Las lágrimas calientes me quemaban los ojos y maldije entonces a Dios. ¿Qué clase de criatura era? ¿Un lunático sádico? Había construido el mundo, aquel mundo apestoso, con todas las criaturas apestosas que en él vivían, y todo ¿para qué? ¿Acaso su creación no era más que un acto divino de vanidad? Mátame por mi blasfemia, oh, Señor. Me da lo mismo. No te amo, Dios. Esperé a que mi creador me mandase directa al infierno, mas la condenación no se produjo.
Me quedé tumbada sobre el cuerpo de Holly, llorando hasta quedarme sin lágrimas. Entonces percibí en el aire un olor extraño. Al principio no lo identifiqué, pero, conforme iba espabilándome, me di cuenta de que olía a
Página 298
quemado. Algo cercano estaba en llamas. Logré salir a gatas de mi agujero y, al hacerlo, alcancé a ver una silueta roja y brillante hacia el este.
Al principio pensé que estaría amaneciendo, pero al ponerme en pie vi que el resto del cielo estaba negro como la boca de un lobo. A lo mejor estaba sufriendo alucinaciones a causa de la fiebre, pero la fiebre se me había pasado, así que ¿qué podría ser aquella luz? Si no era el amanecer, entonces ¿qué?
Hasta que no me acerqué más, no vi el origen de la luz: las llamas. El bosque de Black Clough estaba ardiendo. El fuego se alzaba sobre el horizonte y se mezclaba con el denso humo. Desde mi posición, parecía que el horizonte entero estaba en llamas. Me quedé contemplando el espectáculo, escuchando el rugido de las llamas mientras consumían los árboles. Pensé en Alice y en las chicas. ¿Habrían muerto antes del incendio, o estarían quemándose vivas?
Seguí avanzando y vi que no había forma de atravesar el fuego. Sentía ya el calor. Las llamas rugían. Pensé que debía de haber otra manera de salir de allí y empecé a circunvalar el bosque, moviéndome en el sentido de las agujas del reloj. El fuego estaba tan avanzado en todas partes como lo había visto desde el páramo. Encaminé mis pasos hacia el norte y seguí caminando hasta alcanzar el pico más septentrional del bosque. Las llamas formaban un muro de fuego.
Fue entonces cuando distinguí a los hombres a lo lejos. Y, con ellos, una mujer muy alta con un vestido rojo. Salvo que, cuando la miré con más atención, me di cuenta de que no se trataba de una mujer. La alta figura correspondía a Hellström, situado más cerca del fuego que los demás, con la cara iluminada por las llamas. El vestido rojo que llevaba le quedaba pequeño y el efecto acentuaba sus brazos y piernas. Llevaba los brazos en alto, como si estuviera invocando a algún espíritu del fuego. Parecía un demonio. Vi entonces a Lemuel, veinte pasos por detrás, retenido por otros cuatro hombres. Rugía como un oso, tratando de zafarse de sus captores. Alcancé a oír las risotadas de Hellström. Entonces vi una figura, una efigie en llamas, que salía del bosque gritando y corriendo en dirección a Hellström, ataviada con un traje de fuego. Era Alice. Se le había quemado el pelo y tenía la cabeza negra como el carbón. Mientras corría, las llamas danzaban a su alrededor. El sonido de sus gritos era horroroso, un aullido primario que cortaba el aire de la noche. Llegó a acercarse a unos dos metros de Hellström y entonces se derrumbó,
Página 299
arrodillándose primero ante él como una especie de suplicante demente, antes de caer de cara contra la turba. Hellström aplaudía y se reía.
El horror de aquella escena me provocó náuseas. No podía soportar seguir mirando y regresé a mi cueva del páramo. Me escondí de los hombres y me tapé los oídos para acallar los gritos agonizantes de Alice. Cerré los ojos, pero aún veía en mi cabeza su efigie en llamas. Cuando ya no se oía nada fuera, me levanté y coloqué piedras sobre el cuerpo de Holly. Pronuncié una amarga oración y me santigüé. Me tumbé allí al lado, hecha un ovillo, con el chal bien ceñido al cuerpo, y lloré. Me dormí y me desperté en la oscuridad. Me puse en pie y caminé hasta la linde de la arboleda, desde donde alcancé a ver que el bosque de Black Clough seguía ardiendo, pero los hombres se habían marchado. Me quedé apoyada contra un árbol, contemplando la escena. Pasé allí varias horas, paralizada, incapaz de apartar la mirada de aquel espectáculo macabro. Pensé en todos los animales que también quedarían atrapados y morirían asfixiados o devorados por las llamas: leopardos de las nieves, nutrias, zorros, conejos, ciervos, tejones. Solo los pájaros escaparían.
Estaba claro que las demás mujeres, aisladas en la zona más recóndita del bosque, no sobrevivirían a una conflagración tan violenta. Lo más probable era que todo hubiera perecido, incluida la loba. Una vez más, sentí el asfixiante peso de saber que no me quedaba nada ni nadie.
El fuego ardió toda la noche, y yo me quedé de vigilia, observando. Incapaz de volver la mirada. Paralizada por aquella imagen. ¿Adónde iba a ir ahora? ¿Qué futuro me esperaba? No tenía idea de cómo encontrar el lugar seguro que había descrito mi padre. Lo había perdido todo. Me quedé sentada contra el árbol, tan entumecida como su tronco. Había empezado a llover y las gotas gélidas me golpeaban en la cabeza y en el resto del cuerpo, calándome hasta los huesos.
A mediodía del día siguiente, las llamas se habían reducido, pues la persistente lluvia por fin había empapado los bosques. Caminé hasta la linde del bosque y vi que estaba todo negro y calcinado. Recorrí el sendero que circulaba por encima del barranco, abriéndome paso ahora sobre cenizas frías. El follaje boscoso se había quemado entero y los árboles no eran más que tocones ennegrecidos. Encaminé mis pasos hacia las ciénagas y atravesé el laberinto de aguas negras hasta emerger al campamento original. Las cabañas eran vestigios ennegrecidos de lo que habían sido, los tejados chamuscados y apenas una pared en pie. El caldero
Página 300
aún colgaba del gancho sobre el pozo para hacer fuego, oscilando como el péndulo de un reloj.
Seguí viajando hacia el norte hasta que alcancé nuestro más reciente campamento. Los acebos habían quedado reducidos a tocones calcinados. No quedaba nada de nuestro nuevo refugio. Vi los cadáveres chamuscados, sin saber identificar quién era quién. Yacían en el suelo en diferentes posturas de horror, con las manos aferradas y muecas de espanto en la boca. ¿Las habría matado el fuego o el veneno de Alice? ¿Acaso importaba? Estaban muertas igualmente. Me topé con los huesos de un animal bien distinto y me di cuenta de que eran los restos de la loba. En las inmediaciones hallé los restos de dos cachorros. La loba había dado a luz.
Encontré también los restos calcinados de otros animales cuya identidad solo pude imaginar. Al final, las ciénagas no habían podido ofrecerles refugio. Los hombres habían logrado matar tanto a las mujeres a quienes acusaban de brujería como a la loba a la que tildaron de asesina, arrasando también con cualquier otro ser viviente.
Me quedé sentada junto a los cuerpos chamuscados de las mujeres y de los lobos y no sentí nada. Se había extinguido cualquier emoción que otrora sentí. Me había quedado vacía. Era un cascarón. Todo lo que algún día fue verde y frondoso estaba ahora negro y marchito. Ya nada tenía ningún sentido. La vida había perdido todo significado. Me quedaría allí sentada, entre aquellos huesos negros, hasta marchitarme yo también. Hasta convertirme en una de ellas. No quería formar parte de aquella tierra. Anhelaba volverme polvo negro.
Pasó un día, después otro, tal vez un tercero. Perdí toda noción del tiempo. Pero algo me impulsó a ponerme en pie y volver la espalda a aquel grotesco funeral. Ya fuera por sed, hambre o pena, tenía que continuar. Me hallé atravesando los bosques de nuevo, bebiendo del arroyo y buscando hojas quemadas para comer. Desenterré raíces y me las comí crudas. Estaban duras y amargas.
Pensé en la única persona a quien conocía que no intentaría matarme ni rechazarme, y el único nombre que me vino a la mente fue el de Kate, la esposa de Ezekiel. Apenas la conocía. Había pasado menos de una hora en su presencia y, aun así, cuando imaginaba su cara veía una expresión bondadosa sin atisbo de malicia. Me había susurrado una palabra al oído
Página 301
que me había salvado la vida y, al hacerlo, había arriesgado la suya propia.
Tal vez volviera a ayudarme.
En la linde del bosque, dejé atrás todo aquello que era negro y me adentré nuevamente en un mundo que era verde. Emergí del barranco y crucé el prado entre páramos y desfiladeros. Mientras caminaba oí un ruido. Algo lloraba, gimoteaba. Miré en torno a mí, pero no alcancé a ver nada. Di otro paso y volví a oírlo. Un gimoteo débil. Al inspeccionar la zona, vi en la linde del prado, junto al arroyo, acurrucada entre la hierba alta, una mancha de pelaje gris entre tanto verde. Me agaché para examinarla. Era un lobato. Tendría apenas una semana. La loba había dado a luz al menos a tres cachorros. ¿Habría más? Busqué, pero no encontré ninguno. Tomé en brazos al diminuto lobato lloroso. ¿Cómo habría sobrevivido tanto tiempo sin su madre? Le di agua para beber y lo envolví en mi chal. Necesitaba comer algo con urgencia, al igual que yo. No creí que fuese a ser capaz de mantenerlo con vida, pues apenas respiraba, pero lo intentaría. Desenterré una lombriz y la corté en trocitos. Traté de dárselos de comer al cachorro, pero estaba demasiado débil para masticar. Lo envolví de nuevo en el chal y lo metí en mi bolsa. Saqué la pistola y la enterré debajo de unas piedras. Mi madre tenía razón. El odio solo me destruiría. De allí no saldría nada bueno.
Me abrí camino por el páramo, debilitada a causa del hambre. Aguardé a que cayera la noche para que no me vieran antes de aproximarme a la aldea. No tenía idea de cómo encontrar a Kate y anduve deambulando sin rumbo, merodeando alrededor de la plaza y la iglesia, de las cervecerías y comercio. Recorrí las calles donde se ubicaban las casas y cabañas, cuidándome de no llamar la atención. Me asomé a todas las ventanas, traseras y delanteras. Finalmente, me asomé a una de ellas y vi a una mujer dando de mamar a su bebé. Era Kate. Me acerqué y golpeé con suavidad el cristal. La sobresalté y, cuando alzó la vista, me miró confusa al principio. Entonces vio quién era y, sin soltar a su recién nacido, acudió a la puerta. Comprobó que nadie me hubiera visto y me hizo pasar a su hogar.
—Parece que estés muerta de hambre, chiquilla.
Me senté a la mesa y me llevó provisiones y una pequeña cerveza. Me comí el pan y el pudin de guisantes.
—He oído lo del incendio —me dijo—. Quiero que sepas que Ezekiel no tuvo nada que ver. Sigue en cama. Pisó uno de esos cepos. Se le infectó la herida. Ha venido esta mañana el médico con el barbero cirujano. Stoker
Página 302
ha tenido que sujetarlo mientras el barbero le cortaba la pierna a la altura de la rodilla.
—Lo siento —respondí, aunque no lo sentía lo más mínimo.
Me alegraba que aquel hombre hubiera saboreado un poco de sufrimiento. Un pequeño sacrificio.
—Bueno, al menos está vivo. Jamás debería haber formado parte de eso. El carpintero dice que le fabricará una pierna de madera. Podrá volver a trabajar. Pero no como albañil, ni cavador ni aserrador. Fue Hellström quien provocó el incendio. Lemuel trató de impedírselo. Al parecer, había comprado el bosque y ya había vendido la madera. Ha perdido mucho dinero. He oído que está metido en un buen lío. Aunque le pagó a Hellström hasta el último penique. Tuvo que pedírselo prestado a otro hacendado. ¡Pero lo mejor de todo es que Lemuel nos ha pagado! Tenemos cincuenta libras, Carah. ¡Cincuenta libras! Vamos a buscarnos una casa más grande. Emplearemos el dinero en fundar un negocio. Todavía no sé de qué, pero no quiero que vuelva a trabajar para Lemuel. Eso se acabó.
Dije que sí con la cabeza, tratando de asimilar toda esa información. —¿Y su amigo? ¿Cómo se llamaba? ¿Gad? Recordé la gabardina verde.
—Murió —respondió taciturna—. El señor Lane le ha dado su dinero a su hermana. La partera que asistió en el parto de este pequeñín.
No sabía qué decir. Ya me había enterado de su muerte y no quería seguir diciendo que lo sentía. Miré mi plato y utilicé lo que me quedaba del pan para rebañar los restos del pudin de guisantes.
—¿Y qué pasa con Jenny? ¿Dónde está? —Se la llevaron al pueblo. Está en la cárcel.
Al menos seguía viva. Donde había vida había esperanza.
—¿Qué vas a hacer? —me preguntó Kate.
—No tengo ni idea, Kate —admití negando con la cabeza—. No tengo familia ni amigos. Mis padres murieron. No tengo dinero ni un sitio donde vivir.
Pensé en el hogar de mis padres en Ballina. Tenía familia allí, eso era cierto, pero jamás los había conocido.
Kate se puso en pie, atravesó la estancia y abrió el cajón de uno de los armarios. Extrajo una caja llena de dinero y me tendió un billete.
—Toma, quédatelo.
—No puedo aceptarlo. Es vuestro dinero.
Página 303
—Quiero que lo tengas tú. Por favor. —Pero es que es muchísimo dinero y no…
Me abrió la mano, me colocó el billete doblado sobre la palma y me cerró los dedos.
—No me discutas. Te lo quedas y punto. Y esta noche quiero que pases la noche aquí.
Entonces la abracé, me aferré a ella y lloré sobre su manga.
Me preparó una cama. Le pedí un poco de leche caliente y, cuando se hubo marchado a reunirse con su marido en su dormitorio, saqué el lobato de mi bolsa y le metí la leche caliente en la boca ayudada de una cuchara. El animalillo apenas vivía, y tuve que ir muy despacio, solo unas pocas gotas cada vez. Pero, transcurrida una hora, había logrado beberse casi toda la leche. Agotado por el esfuerzo, se quedó dormido en mis brazos y yo lo envolví nuevamente en el chal y lo devolví a mi bolsa. Dormí en la improvisada cama que Kate me había acondicionado.
Por la mañana, Kate insistió en que desayunara con ella y, a continuación, me convenció para que me deshiciera de mi mugriento vestido y me pusiera uno limpio de los suyos. Al ver que no llevaba chal, pues lo tenía escondido en la bolsa, me ofreció su capa de invierno. Me envolvió un panecillo y me preparó una frasca de leche para llevarme. Después me estrechó entre sus brazos y yo me dejé abrazar. Me aferré con fuerza a ella, sintiendo su cariño y suavidad. Le di las gracias de nuevo y me marché.
Mientras vagaba sin rumbo por la aldea, me topé con una multitud tumultuosa. En la plaza se habían reunido hombres, mujeres y niños. Vi a un hombre con muletas y mueca de dolor. A una mujer con chal que estrechaba a su bebé contra el pecho. Hombres de elegantes ropajes y sombreros fumaban en pipas de arcilla. Otros bebían en jarras de peltre. Había vendedores ambulantes ofreciendo comida y cerveza. Un violinista tocaba una alegre melodía. Algunos bailaban una giga.
Entre los congregados destacaba un hombre alto. Vestía un bonito traje marrón que parecía recién estrenado. Calzaba brillantes botas negras con hebillas de oro. Llevaba la barba recortada y su larga cabellera dorada recogida en lo alto de la cabeza como si fuera un halo que brillara en torno
Página 304
a su cara. El hombre era Hellström y estaba bailando con una de las jóvenes doncellas de la aldea. La agarró con fuerza y después la hizo girar como si fuera ligera como una pluma. Ambos sonreían de oreja a oreja. Me di cuenta de que la muchacha disfrutaba con sus atenciones.
Miré a mi alrededor para ver el motivo de la celebración. Vi entonces un improvisado escenario y una horca, cuyo marco negro resaltaba contra el brillante cielo gris. Parecía el esqueleto chamuscado de alguna criatura mitológica. Dos hombres llevaban a rastras a una chica, a la que subieron a un taburete colocado bajo el nudo corredizo. Era Jenny. Tenía las manos atadas a la espalda. Aún llevaba el vestido rasgado, y me di cuenta de que ahora también se le había roto a la altura del hombro, tanto era así que una de las mangas le colgaba por el costado. Tenía la piel salpicada de costras y hematomas.
Me tapé la cara con la capucha de la capa y vi cómo le ponían un saco por la cabeza y le colocaban la soga alrededor del cuello. Apretaron el nudo mientras otro hombre se dirigía a la multitud, pero no logré distinguir lo que decía, y no quería acercarme más. Pensé en Alice y en lo que le había sucedido. La única manera de que Jenny sobreviviera a aquello sería que la cuerda se rompiera y el coadjutor y el magistrado convinieran que había sido un acto de Dios. Recé por Jenny. Aquella era la oportunidad que tenía Dios de demostrarme su misericordia. Era un dios benevolente. Intercedería del mismo modo que lo había hecho con Alice.
Un hombre dio una patada al taburete sobre el que descansaba Jenny y ella cayó y quedó colgando de la cuerda. La cuerda no se partió. La multitud jaleaba. A mí me invadió un intenso estupor que me alcanzó los huesos. La vi agitar las piernas al principio, pero gradualmente se fue deteniendo hasta parar. Su cuerpo sin vida quedó allí colgando, mecido por el viento invernal. Yo observé la escena, rezando desesperada para que ocurriese un milagro, para que su cadáver inerte resucitara.
Al fin di la espalda a aquel espantoso espectáculo y abandoné la aldea.
Corría peligro, pues si la muchedumbre me descubría me tildaría de bruja.
Me encaminé hacia el norte y me detuve solo cuando me encontraba ya a cinco o seis kilómetros de la aldea. Me senté y saqué al lobato de mi chal. Estaba gimoteando y le di un poco de leche. Después empapé un pedazo de pan con ella y se lo di de comer también. Esta vez comió con más energía. Tal vez sobreviviera después de todo. Volví a preguntarme
Página 305
cómo habría aguantado todo ese tiempo sin la teta de su madre. Puede que Alice le hubiera lanzado realmente un hechizo protector.
Sus diminutos labios sonrosados mordisqueaban el pan humedecido, y sus ojos se abrieron entonces por primera vez. Miraron directamente a los míos y, por un momento, me dio la impresión de estar viendo no los ojos de un lobo, sino los ojos de Alice. El momento pasó y los ojos volvieron a ser los del lobato. Quizá estuviera volviéndome loca. En un mundo lleno de hombres locos y mujeres dementes, ¿alguien acaso se daría cuenta?
Si lograba mantener con vida a aquel lobo, lo llevaría a algún lugar donde pudiera estar con los suyos. Pensé en lo que había dicho Alice. En Escocia todavía abundaban los lobos. Pondría rumbo al norte y me iría a otro país. Llegaría hasta Escocia y buscaría un lugar donde los lobos vagaran libres de la persecución, le encontraría una familia a aquel cachorro. Dejé que se terminara el pan y la leche, lo envolví nuevamente en el chal y metí este dentro de la bolsa, me puse en pie y me estiré el vestido. Me eché la bolsa sobre los hombros y me abroché el botón superior de la capa. El viento silbaba entre las ramas desnudas de los árboles cuando reemprendí mi trayecto hacia el norte. Llevaba conmigo el último lobo de Inglaterra y lo trasladaba a un mundo mejor.
Página 306
Agradecimientos
Todo proceso de escritura en algún momento se convierte en un acto de colaboración. Estoy inmensamente agradecido a amigos y escritores que han tenido la amabilidad de ofrecerme sus comentarios, críticas y ánimos en diferentes etapas del desarrollo de este libro. Me refiero a Claire O’Callaghan, Simon Crump, Steve Ely, Jim Greenhalf, Sara Read y Lisa Singleton. Gracias a Anna Viberg por su ayuda con el idioma y con la terminología suecos, así como por los detalles históricos acerca de la caza de lobos.
Doy las gracias especialmente a todo el equipo de HQ, a HarperCollins y, en particular, a mi editora, Cat Camacho, cuyos comentarios y sugerencias han sido de un valor incalculable; a mi correctora, Cari Rosen, cuya meticulosa atención a los detalles ha marcado la diferencia; y a la fantástica diseñadora de la cubierta y del mapa, Caroline Lakeman.
Página 307
Bibliografía
Sobre brujas
Witches: James I and the English witch hunts, de Tracy Borman
Witches: The history of a persecution, de Nigel Cawthorne Demonología, de Jacobo I
The dark world of witches, de Eric Maple
A history of witchcraft in England, de Wallace Notestein
The Lancashire witches: Histories and stories, de Robert Poole Yorkshire witches, de Eileen Rennison
Witchcraft in England 1558-1616, de Barbara Rosen The discovery of Witchcraft, de Reginald Scot
Malleus Maleficarum (El martillo de los brujos), de Sprenger y Kraemer Religion and the decline of magic, de Keith Thomas
Miscelánea
Sagrada Biblia
Gerrard Winstanley, de David Boulton Ser animal, de Charles Foster
Cromwell: Our chief of men, de Antonia Fraser
The shadow of a year: The 1641 rebellion in Irish history and memory, de John Gibney
The West Yorkshire moors, de Christopher Goddard The West Yorkshire woods, de Christopher Goddard Slang down the ages, de Jonathon Green El mundo trastornado, de Christopher Hill
Página 308
Thorson’s guide to medical herbalism, de David Hoffman The English Civil War, de Tristram Hunt
La magia en la Edad Media, de Richard Kieckhefer Of wolves and men, de Barry Lopez Into another mould, de Ivan Rooks
Yorkshire’s forgotten fenland, de Ian D. Rotherham The ravenmaster, de Christopher Skaife
Familia, sexo y matrimonio en Inglaterra 1500-1800, de Lawrence Stone Asilvestrados, de Isabella Tree
The Forager’s calendar, de John Wright
Historia de la psicología médica, de Gregory Zilboorg Trees – Octopus
Food for Free – Peerage Books
Página 309
MICHAEL STEWART es autor de las novelas: King Crow (galardonada con el Not-the-Booker Prize de The Guardian), Café Assassin y Ill Will: The Untold Story of Heathcliff; de las colecciones de relatos: Mr Jolly y Four Letter Words; y los poemarios: Couples y The Dogs; y unas memorias híbridas: Walking the Invisible: Following in the Brontës’ Footsteps.
Además, es el creador de Brontë Stones, cuatro piedras monumentales situadas en el lugar de nacimiento de las hermanas Brontë y la casa parroquial donde vivieron, con poemas grabados de Kate Bush, Carol Ann Duffy, Jeanette Winterson y Jackie Kay.
Las mujeres del bosque negro es su última novela.
Notas
[1] «Niveladores», «cavadores», «criticones», «quintomonarquistas» y «cuáqueros» respectivamente. (Todas las notas son del traductor). <<
[2] Referencia a las palabras The times are running up like parchment on fire, de Gerrard Winstanley, reformador protestante inglés y activista político durante el protectorado de Oliver Cromwell. <<
[3] Reynard: nombre que se le daba al zorro en fábulas y cuentos medievales. <<
[4] En inglés, roundhead: aquellos ingleses que, durante la guerra civil inglesa, apoyaron el bando y la postura que defendía el Parlamento de Inglaterra frente a la monarquía de la Casa de Estuardo. <<
[5] En inglés, Babylon: en la controversia protestante, término derogatorio empleado para referirse a la Iglesia católica romana, considerada la sede del lujo y la corrupción. <<
[6] Referencia a las palabras healing and settling, de Oliver Cromwell, en alusión a la recuperación del país. <<
[7] Jack Sprat, antigua canción de cuna originada en el siglo XVI cuya traducción vendría a ser: «Jack Sprat no podía comer grasa, su esposa no podía comer magro. Y entre los dos lamían el plato hasta dejarlo limpio».
<<
[8] En inglés, elf-shot, dolencia descrita en textos médicos anglosajones que se creía causada por elfos que disparaban flechas invisibles. <<
[9] En castellano, Ivy es «hiedra», Holly es «acebo», Thorn es «espina» y Heather es «brezo». <<
[10]En inglés, spinning jenny hace referencia a una máquina de hilado que no existía en la época (1649). En este contexto, se interpreta como una metáfora que alude a una araña, conocida por tejer telarañas. <<
[11]Hag-seed se traduce como la «semilla de una bruja», en referencia a Calibán, personaje de La tempestad, hijo de una bruja. <<
[12] En inglés, sack, nombre antiguo con el que se denominaba a cualquier vino blanco seco importado a Gran Bretaña desde el suroeste de Europa.
<<
[13] Sobrenombre con el que se conocía al rey Edmundo II de Inglaterra.
<<
[14] En inglés, riding: cada una de las tres secciones administrativas en las que se dividía antiguamente Yorkshire. <<
[15]Referencia a Job (16, 2), en alusión a aquellas personas que, queriendo consolar a otra, producen el efecto contrario. <<
[16] Doce peniques equivalían a un chelín, por lo que Stoker acabará cobrando cuatro chelines y once peniques y medio. <<
[17] En inglés, Ring-the-bull, tradicional juego de pub que consiste en lanzar aros con la intención de engancharlos en un cuerno o gancho clavado en la pared. <<
18] En inglés, fruit leather, «cuero de fruta»: puré de fruta que se vierte sobre una superficie plana formando una capa, después se deshidrata y se obtiene un producto comestible fino y flexible parecido al cuero. <<
[19]En la mitología nórdica, Hugin («pensamiento») y Munin («memoria») son un par de cuervos asociados con el dios Odín. <<
[20]En inglés, ship money: antiguo impuesto feudal aplicado a las ciudades costeras que tenía como objetivo el mantenimiento de los buques de guerra, aun en tiempo de paz. Carlos I de Inglaterra quiso recuperar el impuesto y aplicarlo también a comunidades del interior, lo que le generó una gran impopularidad. <<
[21]Posset, bebida propia de la cocina medieval cuyo principal ingrediente era la leche caliente, que solía cuajarse con cerveza, se endulzaba y aromatizaba con especias. <<
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario