© Libro N° 14816. Sangre En La Nieve. La Revolución Rusa 1914-1924. Service, Robert. Emancipación. Febrero 14 de 2026
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SANGRE
EN LA NIEVE
La
Revolución Rusa
Robert
Service
Sangre En La Nieve
La Revolución Rusa
1914-1924
Robert Service
El gran historiador de la Rusia contemporánea convierte décadas de trabajo en una brillante revisión de la Revolución rusa y sus consecuencias. ¿La Revolución rusa fue la consecuencia directa de las decisiones del zar Nicolás y del gobierno provisional de Alexander Kerensky? ¿O fue un proceso impulsado por los obreros y campesinos, que nunca imaginaron la dictadura bolchevique que impondrían Lenin y sus sucesores?
Resultado de toda una vida dedicada al estudio del gigante del este, Robert Service nos ofrece en este libro un esclarecedor y vívido relato del tortuoso camino que siguió Rusia durante la Primera Guerra Mundial, la Revolución y la posterior guerra civil, que desembocó en el establecimiento de un régimen soviético totalitario destinado a perdurar siete décadas. Protagonistas de altura como Nicolás II, Kerensky y el propio Lenin ocupan un lugar central en estas páginas.
Aquello que destaca, sin embargo, es cómo su autor enriquece la narración gracias a diarios poco conocidos de ciudadanos de a pie, como el campesino Alexander Zamaraev, el suboficial Alexei Shtukaturov o el contable Nikita Okunev. Sus testimonios nos ayudan a entender cómo vivió la sociedad del momento las profundas y problemáticas transformaciones que se sucedieron durante los años previos y posteriores a las revoluciones de febrero y octubre de 1917.
Robert Service
Sangre en la nieve
La Revolución rusa 1914-1924
ePub r1.0
Titivillus 07.02.2026
Título original: Blood on the Snow
Robert Service, 2025
Traducción: Efrén del Valle Peñamil
Editor digital: Titivillus
ePub base r3.0 (ePub 3)
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Índice de contenido
Sangre en la nieve
Introducción
1
Sin billete de vuelta: La declaración de guerra rusa
2
Rusia entra en guerra: Reclutamiento, disturbios y despliegue
3
Avance, derrota, objetivos: De la victoria a la gran retirada
4
La zona de guerra imperial: Gobierno militar, pogromos y deportación
5
Gobierno encadenado: El fracaso de la revuelta de los ministros
6
Asistencia y subversión patrióticas: Las actividades de las organizaciones civiles en tiempos de guerra
7
Ordenar la retaguardia: Un emperador ausente y el surgimiento de la oposición política
8
Gestión económica: Concentración industrial, inflación de precios y creciente escasez de alimentos
9
El frente oriental: Resistencia militar rusa y propuestas alemanas
10
Pueblos y ciudades en la Gran Guerra: Campesinos furiosos y consumidores urbanos hambrientos
11
Iglesia militante: La ortodoxia rusa en campaña
12
Partidos, prensa y control en tiempos de guerra: Desafíos políticos y reacción oficial
13
Contener al imperio: Supresión y subversión
14
«¿Esto es estupidez o traición?»: El tribunal, complots y huelgas
15
La Revolución de Febrero: Obreros de las fábricas de Petrogrado, soldados de guarnición y la Duma Estatal
16
El Gobierno provisional: Un gabinete interino en el poder
17
Asociación de rivales: Los sóviets y el «apoyo condicional» al gobierno
18
En pie: Las «masas» y la autoliberación
19
Complicaciones de la coalición: Las políticas del gabinete y sus detractores
20
En el frente, en la retaguardia: Derrota militar y debacle económica
21
Credos y artes: Reorganización, afirmación y desorientación
22
Sóviets y socialistas: La erosión de la influencia menchevique y socialista revolucionaria, primavera-verano de 1917
23
Las Jornadas de Julio: La ruptura del gabinete y el frustrado levantamiento bolchevique
24
La revuelta de Kornílov: Kerenski y el aplastamiento del golpe militar
25
Las reivindicaciones de las naciones: Los retos nacionales y los esfuerzos del gabinete por llegar a un acuerdo
26
Ciudades: Presiones y oportunidades de la vida urbana
27
Pueblos: Los campesinos toman el control
28
Los bolcheviques: El partido que trabajó por una segunda revolución
29
Si no es ahora, ¿cuándo?: La decisión bolchevique sobre la insurrección
30
La Revolución de Octubre: Los bolcheviques toman el poder en Petrogrado
31
Sovnarkom: promesas e inseguridades
32
La expansión del «poder de los sóviets»: Los sóviets municipales y la coalición Sovnarkom
33
Socialismo, escasez y dictadura: Legislación de los sóviets y empeoramiento del desorden
34
La Iglesia en el punto de mira: La ofensiva contra la ortodoxia
35
Cultura y medios de comunicación: Simbolismo de Estado, entretenimiento y control oficial
36
El tratado de Brest-Litovsk: Capitulación ante las potencias centrales
37
¿Un respiro para la dictadura?: Hacer frente a las amenazas al Sovnarkom
38
La construcción del Estado en revolución: El Estado de partido único y el Ejército Rojo
39
El eje de la guerra civil: Rojos contra blancos
40
Economía planificada y saqueo económico: Centralización, nacionalización y requisición
41
El imperio antiimperialista: Promesas bolcheviques, conquistas rojas
42
En el extranjero. Revoluciones rojas y comercio soviético:
Alzamientos, Comintern y aperturas comerciales
43
Experimentalismo en la adversidad: Aplicar y lidiar con el estilo de vida soviético
44
Invasión y rebelión: De la guerra polaco-soviética a la revuelta campesina
45
La nueva política económica: La reforma del mercado y el descontento interno de los partidos
46
El acuerdo no resuelto: La represión reforzada y la cuestión de la sucesión política
Auditoría de la revolución: El legado de Lenin y el fin del principio, 1924
Los diaristas
Agradecimientos
Bibliografía
Abreviaturas
Archivos
Periódicos
Fuentes secundarias
Créditos de las ilustraciones
Lista de mapas
Galería de imágenes
Sobre el autor
Notas
A Oscar, Carla, Lara, Dylan, Joely,
Keira, Phoebe, Kai y Amber
Introducción
En 1913, Nicolás II conmemoró el tricentenario de la dinastía Románov sin reparar en gastos. Se celebraron solemnes oficios de alabanza y agradecimiento. Hubo banquetes y desfiles militares en los que se cantó «Dios salve al zar». El emperador y su esposa Alejandra visitaron santuarios religiosos en provincias, donde se alimentaron gracias al acogedor campesinado local. La industria era floreciente y las exportaciones agrícolas prosperaban. Había paz en las fronteras del imperio y Nicolás creía que Rusia podía defenderse de cualquier potencia extranjera hostil. Su diario no mostraba ningún signo de preocupación por lo que pudiera acecharlos a él y a su familia. Su complacencia era infundada, y en apenas cuatro años perdería el trono y el imperio en su antigua forma dejaría de existir.
¿Por qué se derrumbó la monarquía imperial rusa en la Revolución de Febrero de 1917? ¿Cómo se explica que el Gobierno provisional no supiera gestionar la inestable situación que heredó? ¿Y cómo llegaron los comunistas al poder en octubre de ese año e impusieron su dominio tras años de guerra civil? Esas preguntas han ocupado la mente de las generaciones posteriores porque la Revolución de Octubre de 1917 en Petrogrado cambió el curso de la historia mundial. Los dirigentes comunistas impusieron una forma de despotismo que llegó a conocerse como totalitarismo. El Estado soviético extendió sus tentáculos y antenas a todos los ámbitos de la existencia pública y privada. El comunismo asumió el control gubernamental de la economía. La policía secreta acabó con la oposición política abierta. Los medios de comunicación se convirtieron en un monopolio oficial. En Moscú, se creó la Internacional Comunista paraextender el comunismo por todo el mundo. La URSS se convirtió en una potencia económica y militar que contribuyó decisivamente a la derrota del Tercer Reich. La expansión de la influencia del comunismo prosiguió. En la década de 1950, un tercio de la superficie terrestre estaba gobernada por administraciones comunistas. La Unión Soviética, dotada de armas nucleares, libró la Guerra Fría contra Estados Unidos y sus aliados de la OTAN.
Este libro examina el hervidero de acontecimientos que tuvieron lugar entre 1914 y 1924. El estallido de la Gran Guerra ocasionó profundos trastornos en el Gobierno, la administración, la política, la economía y la sociedad imperiales. Nicolás II se vio obligado a abdicar en febrero de 1917. Meses después, el partido bolchevique, que a principios de año solo contaba con unos pocos miles de miembros y escasos seguidores políticos, derrocó al Gobierno provisional de Aleksandr Kerenski en la capital rusa, Petrogrado. Fue un resultado que dejó atónita a la gente de la época. Los interrogantes sobre los acontecimientos y situaciones que lo produjeron siguen dejándonos perplejos hoy en día, y esos interrogantes me animaron a escribir los capítulos que siguen. Hay muchas obras excelentes sobre la guerra, la revolución y la guerra civil en Rusia, y existen casi tantas perspectivas como obras. Pero en muchas está ausente uno de los aspectos principales que exploro aquí, esto es, la manera en que la gente «corriente» afrontó —o no— la desestabilizadora alteración de los asuntos rusos y mundiales desde el comienzo de la Gran Guerra hasta mediados de la década de 1920.
Por supuesto, la miseria y la decepción distaban mucho de ser la historia completa. La Revolución de Febrero fue recibida con júbilo casi universal, y la Revolución de Octubre alegró inicialmente a sus partidarios. Proliferaron nuevas iniciativas sociales. Se proclamó la liberación. Pero las ruedas del cambio no tardaron en rodar en dirección contraria. La dictadura, la mala administración, el terror, la limpieza étnica, la persecución social y el hambre oscurecieron la vida de la sociedad.
Es comprensible que los escritores se hayan centrado tradicionalmente en los protagonistas. Pero el resultado es que las experiencias de la gran masa de la población —las esperanzas, los logros, las desilusiones y los
sufrimientos— a menudo quedan fuera de la panorámica general. Nos han llegado memorias excepcionales que pueden cubrir muchas lagunas, pero no todas. Por suerte, existen diarios excepcionales, aunque olvidados, como los del suboficial Alekséi Shtukáturov, el campesino Aleksandr Zamáraev y el administrador de cuentas Nikita Okunev, que ofrecen una vibrante documentación de su época que ningún memorialista ha igualado. Contribuyen a corregir la creencia generalizada de que «las masas» no tenían capacidad para pensar por sí mismas y se limitaban a aceptar la explicación de los acontecimientos que les ofrecían los gobernantes o los revolucionarios. Además, diaristas de un estatus social más elevado como Lev Tijómirov, Shloime Rappaport Ansky, Raquel Khin-Gol’dovskaya y Aleksandr Blok son un antídoto contra la idea de que todos los que tenían dinero compartían la mentalidad autocomplaciente que cautivó fatalmente a las clases altas. Ajenas a las penurias materiales al principio de la Gran Guerra, se vieron asoladas por un aluvión de problemas a partir de 1917.
No podemos creernos automáticamente los diarios, pero demuestran de manera convincente que los súbditos del emperador Nicolás II y los ciudadanos de la Rusia soviética no fueron meras víctimas pasivas de la historia. La mayoría fueron víctimas en un sentido u otro, y millones de personas corrieron una suerte espantosa. Muchos otros, tanto antes como después de 1917, fueron victimarios, y sus mandos, fusiles e intolerancia ideológica sometieron a la sociedad a un tormento. Para ofrecer un retrato polifacético recurro a todo tipo de fuentes primarias a fin de establecer cómo la gente sobrellevó y sobrevivió a los problemas que la asediaban.
El Imperio ruso y la URSS, su Estado sucesor, abarcaban una sexta parte de la superficie terrestre y una multiplicidad de grupos nacionales y sociales. La diversidad de credos, etnias, opiniones y ambiciones era notable tanto bajo los zares como bajo los comisarios. La agitación de los acontecimientos durante la guerra y la revolución puso a prueba la capacidad de todos para comprender lo que estaba ocurriendo. A menudo, los propios líderes se confundían en sus análisis. Esto era tan cierto en el caso de Nicolás II, Aleksandr Kerenski, Vladímir Lenin y Lev Trotski como en el de aquellos que se encontraban en los escalones más bajos del poder o no ostentaban ninguno. A su manera, todos cometieron errores de apreciación sobre las circunstancias a las que se enfrentaban. En cualquier caso, la medida de la eficacia del liderazgo dependía de la resistencia de las instituciones y las personas a través de las cuales gobernaban los dirigentes. El emperador Nicolás tuvo, en el mejor de los casos, un historial irregular a lo largo de varias décadas. Kerenski lo hizo tan bien como cabía esperar. Lenin y Trotski supervisaron la construcción de un orden estatal que demostró ser más fuerte de lo que sus enemigos nacionales y extranjeros creían posible. Kerenski fue el único que se mostró reacio a utilizar la violencia contra sus súbditos. Incluso los partidarios de las campañas de represión se vieron obligados a hacer concesiones a las demandas populares. A pesar de las apariencias, gobernar Rusia nunca ha sido fácil.
El libro sortea los escollos de una narrativa exclusivamente política o militar e incluye en su brújula todo el panorama social, económico, cultural y religioso. Se tienen en cuenta todos los sectores de la sociedad, tanto en el Imperio ruso como en el Estado soviético que lo sucedió. El paisaje es tratado deliberadamente como una unidad y los enredos de la política y la vida cotidiana son una preocupación primordial. Los puntos focales alternan entre la sociedad en su conjunto y determinados individuos. Un creyente ortodoxo también podía ser comerciante o voluntario para el servicio militar y, en consecuencia, tenía una multiplicidad de necesidades y deseos, y los capítulos ponen de relieve las complejidades de la elección personal a lo largo de muchos años. Se dedica espacio a la notable variedad de circunstancias entre las naciones, regiones y religiones.
Asimismo, la guerra constante fue el sangriento telón de fondo de los años aquí tratados. La Gran Guerra y la guerra civil afectaron a la vida cotidiana de todos, incluso cuando los frentes militares se encontraban a cientos de kilómetros de distancia. Las luchas políticas posteriores a 1917 se resolvían con armas letales. El país también se vio sacudido por los choques de los levantamientos regionales y sociales, desde los rebeldes musulmanes de Asia Central en 1916 hasta los insurgentes verdes del campo ruso y ucraniano de 1920 a 1922. Sin embargo, las sublevaciones por sí solas no lo eran todo. Hubo millones de personas que se mantuvieron al margen de todos los combates; de hecho, eran la mayoría de la población. Intentaban pasar sus días con seguridad y comida suficiente en el estómago. La política era un interés minoritario. Esto es cierto en la mayoría de los países en la mayoría de las épocas. En Rusia siguió siendo así a pesar de las decididas campañas de propaganda oficial llevadas a cabo por las sucesivas administraciones. El anhelo de paz era generalizado y profundo.
Los grandes acontecimientos se erigen en hitos de esta trayectoria histórica. Cada uno de ellos supuso turbulencias y sorpresas: la Gran Guerra, la caída de la monarquía Románov en la Revolución de Febrero, la llegada al poder del Gobierno provisional, el golpe militar de Kornílov, la toma del poder por los comunistas en la Revolución de Octubre, los decretos soviéticos iniciales, la paz de Brest-Litovsk, la plétora de guerras civiles e interestatales, la guerra polaco-soviética, la introducción de la Nueva Política Económica y la consolidación del Estado comunista de partido único.
En el camino había curvas cerradas y fuertes baches, y comienzo el relato sondeando la importancia de la Gran Guerra en la configuración de lo que sucedió después. Aparte de las operaciones militares, las condiciones en la extensa zona de guerra detrás de las líneas del frente exigen una investigación. A finales de 1916, la perturbación de los asuntos civiles por las propias fuerzas armadas del imperio debió de contribuir sobremanera a crear un ambiente político combustible. El año siguiente dio lugar a dos revoluciones, en febrero y octubre según el calendario juliano. Los meses cruciales del Gobierno provisional merecen más atención de la que han recibido recientemente, por lo que dedico el segundo tercio del libro al periodo en el que el emperador Nicolás II se convirtió en el ciudadano Nicolás Románov y parecía altamente improbable que los bolcheviques pudieran ser aspirantes realistas al poder supremo. En cuanto a los primeros años soviéticos, subrayo la victoria por un estrecho margen de los rojos sobre sus enemigos. Los últimos capítulos muestran lo cerca que estuvieron los bolcheviques del desastre incluso después de la guerra civil. Habitualmente, las reformas comunistas de 1921 se describen como el golpe maestro de Lenin con su oportuno compromiso. Yo demuestro, espero que de forma convincente, que Lenin tuvo que ser arrastrado, tambaleándose y gimiendo, para que realizara los cambios y que su partido se enfureció por ellos tanto en ese momento como después.
El libro también analiza por qué los Gobiernos de la década transcurrida desde mediados de 1914 —el Consejo Imperial de Ministros, el Gobierno provisional y el Sovnarkom (y el Politburó y el Comité Central del Partido)— actuaron como lo hicieron aun cuando sus decisiones amenazaban su propia eficacia o supervivencia. ¿Cuáles eran, en su opinión, las limitaciones y las oportunidades? ¿Qué ideas motivaban a los ministros y comisarios? Para responder a estas preguntas, he leído el mayor número posible de documentos oficiales. Que yo sepa, es la primera vez que alguien lo hace, y las deliberaciones en los ministerios y comisariados del pueblo me han llevado por muchos caminos nunca transitados.
También se hace hincapié en las conexiones entre la alta política y las presiones que emanaban de instituciones de niveles inferiores, así como de grandes grupos sociales. Pero una cosa es afirmar esto y otra explicar la cadena de interacción. Las protestas de los trabajadores industriales tanto contra Nicolás II como contra el Gobierno provisional de 1917 tuvieron una importancia decisiva. Pero lo que normalmente ha quedado fuera de la panorámica es la facilidad con la que los comunistas suprimieron el movimiento obrero ya en 1918, y aquí explico cómo la dirección comunista se volvió contra la misma clase social en cuyo nombre tomó el poder. El campesinado opuso mayor resistencia. Los campesinos no desempeñaron ningún papel directo en la caída de la monarquía Románov ni llevaron a cabo ninguna insurrección contra el Gobierno provisional. Pero influyeron en los acontecimientos obstruyendo la política oficial de guerra sobre el comercio agrícola y llevando a cabo confiscaciones ilegales de tierras en 1917. Posteriormente, también se negaron a cooperar con el Gobierno soviético. Las cuestiones de la propiedad de la tierra y los derechos comerciales de los campesinos fueron los problemas internos más agudos para las administraciones desde Nicolás II hasta los soviéticos. Los campesinos tenían la capacidad de socavar todo lo que las sucesivas autoridades trataban de imponer, al menos hasta que se desplegó todo el poderío del Ejército Rojo en 1921 y 1922. El impacto del campesinado merece una reevaluación.
Para comprender todo esto es necesario arrojar luz sobre el grado de integración administrativa, política, económica y cultural en el viejo Imperio ruso y el joven Estado soviético. Aunque el Estado gobernaba con dureza cuando podía reunir la potencia armada necesaria contra sus enemigos en la década posterior a 1914, siempre dependió de un mínimo de consentimiento rural. Aquí investigo la paradoja de que en muchos sentidos Rusia estuviera infracontrolada y al mismo tiempo sobregobernada para calibrar la eficacia de los comunistas a la hora de fundar un núcleo administrativo en la ciudad y que el campo hiciera lo que se le ordenara.
Otro objetivo es investigar el inverosímil triunfo de los comunistas sobre tantos enemigos políticos y militares formidables. Inventaron un nuevo tipo de Estado, aterrador en su opresión y extravagante en sus pretensiones de benevolencia. La URSS en su nacimiento fue única. La versión habitual de los primeros tiempos del Estado soviético, contada por historiadores de todo el espectro político, desde la derecha hasta la izquierda, en las primeras décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, era que los bolcheviques hicieron su revolución de acuerdo con sus planes y prácticas de siempre. Examinaré los muchos otros factores importantes, incluidas las reacciones improvisadas y la pura suerte, así como la enrevesada situación geopolítica, que influyeron en los resultados. Mi deseo es poner al descubierto hasta qué punto los comunistas avanzaron en una formación premeditada y en qué medida elaboraron la ruta a medida que avanzaban. Fue un proceso complejo, y una posibilidad que hay que probar es que, aunque los comunistas siguieron el camino de
una dictadura de partido único, se inspiraron siempre —especialmente los dirigentes comunistas— en un conjunto de actitudes que los hacían propensos a elegir ese destino en lugar de los otros disponibles.
Todo esto requiere una valoración de hasta qué punto las políticas del partido fueron establecidas por la dirección comunista central o estuvieron condicionadas por la presión que ejercían las opiniones de los comunistas veteranos en los niveles inferiores de la jerarquía política. Lenin, Trotski, Kámenev, Zinóviev y Stalin no fueron los únicos que fijaron el programa del bolchevismo. Aunque su influencia fue enorme, hay que reconocer que un amplio consenso sobre muchas políticas unió al partido bolchevique en pensamiento y práctica.
Tras la Gran Guerra, el mundo no volvió a ser el mismo. Rusia y su imperio quedaron destrozados y transformados. Existía cierta continuidad, pero el cambio era la característica fundamental a nivel político. Revolucionarios desconocidos y elocuentes como Lenin y Trotski se convirtieron de repente en figuras políticas mundiales. Demostraron ser capaces de gestionar tan bien el caos como sus homólogos de los países capitalistas. En Europa y Estados Unidos, los comunistas cosecharon un número importante de seguidores entre una minoría de organizaciones socialistas. Aunque el fascismo europeo no fue exclusivamente una reacción a la Revolución de Octubre, el comunismo sin duda fue un factor de peso a la hora de provocar la furiosa aparición de la extrema derecha política. Esto me lleva de nuevo a mi propósito principal, que es contar cómo Rusia se sumió en una crisis elemental de Estado y sociedad entre 1914 y 1916 y sucumbió a un tumulto de libertad en 1917 antes de verse dominada por el tipo de orden político y social que nadie había predicho o imaginado posible. En siglos y milenios anteriores se habían formado administraciones despóticas de todas las formas y tamaños, pero nunca había existido nada parecido a la URSS. No tenía precedentes en cuanto a estructura organizativa y ambición ideológica, e introdujo una nueva y formidable pieza en el tablero de la geopolítica.
Por encima de todo, este es un libro de exploración. Al escribirlo he modificado o sustituido muchas ideas sobre el destino de Rusia en los años en que se normalizó el derramamiento de sangre de civiles inocentes. A muchos comunistas —en cierta medida, probablemente a casi todos— les sorprendió la magnitud de la opresión que adquirió permanencia en su propio orden comunista soviético, pero a mediados de la década de 1920 se habían acostumbrado a vivir y trabajar entre sus muros. Su autocomplacencia fue imprudente. En pocos años, apenas más de una década, la mayoría de ellos pagarían con sus vidas el no haber impedido la consolidación de un despotismo totalitario. Hay pocos episodios en la historia del mundo moderno que merezcan tanta atención.
Primera parte(lado izquierdo) del mapa del Imperio ruso, con fecha de enero de 1914, delimitado de norte a sur por Finlandia, el Imperio alemán, Austria-Hungría, Rumanía, Imperio otomano, Persia, Afganistán, Mongolia y China.
Segunda parte (lado derecho) del mapa del Imperio ruso, enero de 1914
Mapa de Rusia en la gran guerra, 1914-1918. Aparece una línea que marca la frontera internacional, la zona de guerra imperial en 1914, la línea de demarcación de diciembre de 1917 y la frontera del Tratado de Brest-Litovsk.
Mapa de los frentes de la Guerra Civil, 1918-1921
Primera parte (lado izquierdo) del mapa del resultado de la Unión Soviética, enero de
1924
Segunda parte (lado derecho) del mapa de la Unión Soviética, enero de 1924
1
Sin billete de vuelta: La declaración de guerra rusa
Si alguna vez un gobernante ruso tuvo que tomar una decisión existencial para sus dominios, ese fue Nicolás II, emperador de todas las Rusias, en el caluroso verano de 1914. La diplomacia europea había entrado en crisis tras el asesinato en junio del archiduque austriaco Francisco Fernando, heredero del trono de los Habsburgo, en Sarajevo. El joven serbobosnio Gavrilo Princip, autor de los disparos mortales, fue detenido rápidamente junto con sus socios, en su mayoría serbios. Austria-Hungría culpó a las autoridades serbias de haber conspirado en el asesinato. En San Petersburgo se debatió qué hacer si Serbia era atacada. A Viena le pareció que las autoridades serbias habían intentado subvertir de nuevo la lealtad de los súbditos eslavos sureños del emperador Francisco José.
El asesinato en los Balcanes hizo saltar el circuito eléctrico de la diplomacia en Europa. El Viejo Continente ha sido descrito como una casa de tinieblas cuyos propietarios caminaban sonámbulos hacia el desastre. Habían tenido años para evaluar los peligros de un conflicto pancontinental. Rusia había recibido frecuentes provocaciones, pero Nicolás se echaba atrás en el último momento. Otros gobernantes compartían su temor a una guerra total. El problema era que solo experimentaban esos miedos de forma intermitente y, después de tantos enfrentamientos diplomáticos, daban por sentado que cualquier crisis podría resolverse en algún momento. Así, austriacos, alemanes y rusos hacían cosas que sus rivales consideraban provocadoras. Más que sonámbulos, parecían jugadores cansados cuya capacidad de juicio se había visto mermada. Algunos confiaban en que, si no podía evitarse la guerra, esta quedaría confinada a los Balcanes. Todos pensaban que si desembocaba en un conflicto más amplio entre las grandes potencias, el periodo de combate sería breve. Nadie en el poder imaginaba la probabilidad de un enfrentamiento militar prolongado. Mientras las ruletas giraban en Viena, Berlín y San Petersburgo, a quienes tenían las fichas les inquietaban poco las posibilidades de perderlas.
Los diplomáticos estaban acostumbrados a afrontar conflictos regionales limitados. De repente tenían ante sí la posibilidad de una guerra mucho mayor que cualquiera de las que se habían producido desde que los ejércitos de Napoleón arrasaron el continente. Los austriacos actuaban de forma temeraria, pero sabían que detrás de ellos estaba la Alemania imperial. Berlín, al descubrir que era poco probable que Serbia aceptara las condiciones de Viena, temía que los rusos se vieran arrastrados al embrollo. En los círculos dirigentes alemanes ya había nerviosismo por el aumento del poder militar y económico ruso. Algunos consejeros del káiser Guillermo II lo presionaron para que luchara contra Rusia antes de que ese poder se volviera irresistible. Guillermo se dejó influir por tales pensamientos y la diplomacia alemana animó a las autoridades austriacas a dar el fatídico paso que ya había decidido: la invasión de Serbia. Los líderes militares alemanes reexaminaron sus planes de contingencia para una futura guerra en Europa. Durante mucho tiempo, su idea había sido aplastar a Francia mediante una campaña relámpago a través de la Bélgica neutral. La última crisis de los Balcanes acentuó las tensiones entre las grandes potencias europeas. Los dirigentes franceses se enfrascaron en un juego delicado que endureció la voluntad rusa de adoptar una postura firme contra la agresión de los Habsburgo y al mismo tiempo aseguraron a los británicos que no querían la guerra. Gran Bretaña, cuyos tratados con Francia y Rusia incluían disposiciones de defensa mutua, aún no había anunciado qué haría si los rusos decidían atacar a Austria-Hungría.
El 7 de julio, el presidente de Francia, Raymond Poincaré, inició una visita de Estado a San Petersburgo, programada desde hacía tiempo, mientras se agudizaba la crisis internacional. Siguieron días de desfiles militares, cenas y paseos en barco. Poincaré animó a Nicolás a mantenerse firme en la cuestión serbia.[1] El último día de Poincaré en suelo ruso, los austriacos enviaron un ultimátum a Serbia exigiendo la liquidación de los grupos terroristas y su propia participación en la investigación criminal. Si los serbios desobedecían sus condiciones, habría guerra. Nicolás recibió una copia del ultimátum el 12 de julio y comprendió de inmediato que dichas condiciones eran «inaceptables para un Estado independiente».[2]
Ni Nicolás ni sus diplomáticos conocían aún el endurecimiento de la resolución alemana contra el compromiso. Nicolás estaba de vacaciones con su esposa Alejandra y sus cuatro hijos en Peterhof, en el golfo de Finlandia. Se alojaban en la residencia de verano, Alejandría, o la Granja, como ellos la llamaban. Situada unos cuarenta kilómetros al oeste de San Petersburgo, les proporcionaba un respiro anual del bullicio público diario. La familia imperial se reunía por las tardes para tomar el té y Nicolás jugaba al tenis cuando salía el sol. Por la noche le gustaba jugar a los dados o al dominó. Él y Alejandra vivían a la sombra de la hemofilia de Alekséi, su hijo y heredero. Nacido en 1904, Alekséi a menudo estaba gravemente enfermo. A Alejandra la corroía la culpa, sabiendo que había heredado el gen de ella. La incurabilidad de su afección era un secreto de Estado a fin de evitar que se cuestionara la capacidad física de Alekséi para ocupar el trono. Mientras esperaban y rezaban por un tratamiento que aliviara la enfermedad, marido y mujer vivían lo mejor que podían. Sentían una pasión física duradera el uno por el otro y la suya era una familia feliz y devota.[3]
Pero el emperador ruso no podía ignorar la crisis de los Balcanes y era su deber decidir cómo tenía que reaccionar Rusia. Si Austria-Hungría se negaba a retirar su ultimátum, ¿debía limitarse a lanzar una reprimenda y expresar su simpatía por la difícil situación de Serbia o debía anunciar el estado de guerra entre los dos mayores imperios de Europa? Antes de ordenar a sus fuerzas que entraran en guerra, debían tener en cuenta la probabilidad —casi la certeza— de que Alemania se uniera al conflicto en el bando de los Habsburgo. Y no estaba nada claro que Rusia pudiera contar con Gran Bretaña o incluso Francia como aliados, aunque Europa entera se vería arrastrada a la lucha casi con total seguridad. ¿Quién saldría vencedor y a qué terrible precio se lograría la victoria? La paz, sin embargo, era una opción casi tan espinosa como la guerra. Si evitaba la acción militar sin una garantía de independencia serbia, ¿cómo haría frente a las inevitables críticas de los parlamentarios rusos, la prensa conservadora y liberal y un amplio estrato de la opinión pública? ¿Y las otras grandes potencias seguirían tratando a Rusia como a uno de los suyos cuando surgiera la próxima disputa seria en Europa o Asia?
Al igual que sus primos Guillermo II y Jorge V, Nicolás no era un gran pensador, y apenas se había esforzado en escapar de los límites intelectuales de su educación. Aunque leía con diligencia los informes de los ministros, carecía de curiosidad y era profundamente conservador y complaciente. Solo hacía concesiones políticas bajo una presión intensa.
Nicolás, un dinasta orgulloso pero inadecuado, era consciente de su ascendencia de emperadores, que habían expandido el Imperio ruso en los dos siglos anteriores. Sentía la necesidad de demostrar que era un digno sucesor. Su padre, Alejandro III, había celebrado sin cesar la victoria rusa ante el todopoderoso Napoleón en 1812. A Nicolás le habían enseñado a ver el éxito marcial como la piedra angular de la legitimidad de la dinastía. Como heredero al trono, Nicolás se había formado en un regimiento de guardias y siempre se sentía capaz de relajarse en el comedor de oficiales, aprovechando cada oportunidad que tenía para vestir de uniforme. En junio de 1914 había viajado al mar Negro, donde inspeccionó «las maravillosas fuerzas del distrito militar de Odesa».[4] Siempre le gustaba estar al tanto de los navíos y las piezas de artillería que se producían en las fábricas rusas. El honor personal, dinástico e imperial se entrelazaban en sus cálculos sobre política exterior en un mundo que estaba cambiando peligrosamente.
Sabía que Rusia no podría competir con las otras grandes potencias si no se equiparaba a ellas en modernidad industrial y cultural. Sus ministros tenían permiso, dentro de unos límites, para llevar a cabo cambios en educación y asuntos agrarios. Pero sus instintos lo llevaron en otra dirección. Sentía que Rusia había perdido parte de su alma cuando Pedro el Grande emprendió el camino de la occidentalización. Para distinguirse de la orientación de Pedro, a menudo vestía un traje similar al que llevaba su antepasado, el zar Alekséi, en el siglo XVII, y con frecuencia visitaba santuarios provinciales venerados por los campesinos rusos.
La humillación de Rusia después de que ordenara a sus fuerzas armadas entrar en guerra contra Japón en 1904 fue una vergüenza personal. La imprudente subestimación del progreso industrial japonés había conducido a una aplastante derrota. El 9 de enero de 1905, una procesión pacífica de trabajadores de la capital y otros residentes que pedían reformas políticas y civiles fue tiroteada por las tropas frente al Palacio de Invierno. Cientos de personas resultaron muertas o heridas y su sangre tiñó la nieve frente al edificio. Nicolás no había ordenado la acción —ni siquiera se encontraba en la capital en ese momento—, pero la opinión pública lo culpó de la masacre. Todas las ciudades del imperio se vieron envueltas en tumultos y los obreros industriales eligieron sus propios sóviet (o consejos) para luchar por sus intereses. El Sóviet de San Petersburgo llegó a cuestionar toda la base del poder monárquico antes de que sus líderes fueran arrestados. El Sóviet de Moscú intentó un levantamiento armado y fue reprimido encarnizadamente. Los disturbios se extendieron a las aldeas y los campesinos se apoderaron de las tierras y otras propiedades de los terratenientes. La nobleza se mostró impotente para defender sus posesiones. Nicolás mantuvo el trono a pesar de los motines en las fuerzas armadas imperiales, ya que conservó suficiente lealtad en regimientos clave del ejército como para organizar una campaña exitosa contra los rebeldes, y la marea revolucionaria empezó a menguar.
Aun así, las rebeliones obligaron a tan orgulloso autócrata a aprobar la elección sin precedentes de un Parlamento —o Duma Estatal—, que podía bloquear la introducción de leyes que merecieran su desaprobación. Se anunciaron derechos civiles. Se legalizaron los sindicatos, aunque con la disposición de que debían funcionar a escala local. Los partidos políticos obtuvieron permiso para hacer campaña públicamente. Se abolió la censura previa a la publicación. Se estaba gestando un orden semiconstitucional, y los más optimistas creían que la modernidad estaba llegando al Imperio ruso.
Sin embargo, Nicolás se sentía molesto con el orden político reformado que había concedido. Al suceder a su padre, había jurado gobernar como un autócrata. Desconfiaba de la Duma, que se reunió en 1906 con una problemática mayoría radical, y la cerró al cabo de diez semanas. Su recelo hacia los parlamentarios liberales alcanzó su punto álgido cuando el Partido Democrático Constitucional —conocido como los kadetes— pidió a sus partidarios que retuvieran sus impuestos al Gobierno y se negaran a entregar reclutas a las fuerzas armadas. La crisis pasó, pero cuando la segunda Duma resultó igual de ingobernable, Nicolás ordenó una nueva redacción de las normas de sufragio para aumentar el número de escaños disponibles para los terratenientes conservadores. Los cambios electorales fueron ideados por su primer ministro, Piotr Stolipin, que como ministro de Interior había llevado a cabo una sangrienta represalia contra los campesinos que se habían sublevado contra sus terratenientes. Stolipin era partidario de un conservadurismo dinámico. Intentó ganarse el apoyo del Partido Octubrista, una formación liberal-conservadora que aceptaba las recientes medidas como base para colaborar con el Gobierno imperial. Los elementos reaccionarios de la corte temían tal asociación, pero inicialmente Nicolás se mostró dispuesto a permitir que Stolipin probara el experimento.
Sin embargo Nicolás había heredado la hostilidad visceral de su padre hacia los judíos del imperio, pues creía que si Rusia quería alcanzar alguna vez la cima del éxito mundial, tenía que librarse de esas influencias «externas». Creía en la autenticidad de Los protocolos de los sabios de Sion, una vil falsificación antisemita según la cual los líderes religiosos y empresariales judíos conspiraban para destruir la civilización. Consideraba a los judíos los principales responsables de los disturbios revolucionarios de 1905 y 1906. Nicolás incluso aceptó un carné de miembro de la Unión del Pueblo Ruso, cuyas doctrinas fomentaron los pogromos antijudíos que tuvieron lugar antes de la guerra.[5]
Aunque Stolipin no pudo moderar las actitudes antisemitas de su soberano, contaba con la aprobación de una innovadora política agraria que animaba a los campesinos a abandonar sus aldeas para establecer granjas caseras independientes; creía que el colectivismo comunal era una de las causas del conato de revolución de 1905 y 1906. Sin embargo, el campesinado mostraba hostilidad, y a menudo violencia, contra quienes optaban por independizarse del colectivo. Stolipin modificó la reforma para dificultar que una comuna rechazara las solicitudes de separación, pero esto no sirvió para disipar la hostilidad generalizada. Otro motivo de frustración para Stolipin fueron los informes de que algunos de los que solicitaron la separación habían vendido o alquilado las tierras que adquirieron. La reforma de Stolipin se tambaleó desde sus inicios, y él argumentaba que no solo necesitaría décadas para prosperar, sino que Rusia debía gozar de un extenso periodo de paz. Piotr Durnovo, el exministro de Interior, lo expresó más crudamente en un memorándum que envió a Nicolás a principios de 1914, advirtiendo de la fragilidad de las relaciones internacionales en Europa y del peligro de entrar en guerra con Alemania. Si Rusia salía derrotada, el resultado más probable era una revolución socialista.[6]
Pero evitar un conflicto militar se había vuelto una tarea compleja tras las recientes crisis diplomáticas. Alemania y Austria-Hungría eran la principal causa de preocupación rusa. Las autoridades alemanas apoyaban la construcción de un ferrocarril desde la costa turca, atravesando el Imperio otomano hasta Bagdad. El estrecho de los Dardanelos era un punto delicado para los planificadores navales de San Petersburgo, así como para los terratenientes y comerciantes cuyas exportaciones de grano dependían del acceso al Mediterráneo. Cuando Italia atacó Libia, gobernada por los otomanos, en 1911, estos cerraron la salida del mar Negro a los barcos rusos en un vano intento de convencer a Rusia de que presionara a los italianos para que desistieran.[7] En consecuencia, Nicolás y sus ministros creían que era crucial apoderarse de Constantinopla y los Dardanelos en cuanto surgiera una oportunidad propicia. Pero era un objetivo imposible a menos que se produjera una gran guerra europea.[8] Rusia estaba alineada con Francia y Gran Bretaña, ninguna de las cuales veía con buenos ojos las ambiciones de San Petersburgo en Oriente Próximo, que a mediados del siglo XIX habían desembocado en la guerra de Crimea. Pero, desde entonces, las ambiciones rusas en la región no habían hecho sino aumentar.
Mientras que Berlín trabó amistad con los otomanos en Asia, Viena aprovechó el declive del poder otomano en Europa y en 1908 se anexionó Bosnia-Herzegovina, lo cual provocó un aumento de las tensiones entre el imperio de los Habsburgo y la vecina Serbia. Rusia se puso del lado de los serbios, no solo para apoyar a sus compatriotas eslavos ortodoxos, sino también para impedir la expansión del territorio y la influencia de los Habsburgo. Todos los Balcanes eran una zona de conflicto incesante, y en 1912 y 1913 estallaron no una, sino dos guerras. En la primera, los otomanos fueron expulsados de sus últimas posesiones europeas, mientras
que en la segunda los Estados sucesores —Bulgaria, Grecia y Rumanía— se disputaron el botín. Esto complicó la política exterior de San Petersburgo, pero se mantuvo un objetivo básico: no debía permitirse que los Habsburgo se beneficiaran de la agitación.
Nicolás conservaba poderes supremos en cuestiones de guerra o paz. Consideraba a su Consejo de Ministros un conjunto de técnicos que dirigían sus asuntos. El consejo se reunía en el palacio Mariinski, en la parte sur de la plaza de San Isaac, en San Petersburgo, que también era donde el Consejo de Estado celebraba sus sesiones. Ambos asesoraban al soberano, pero este era libre de aceptar o rechazar los consejos. Desde 1906, Nicolás estaba sometido a una Ley Fundamental que estipulaba que ninguna legislación podía entrar en vigor sin la aprobación de la Duma: las medidas agrarias de Stolipin tuvieron que ser introducidas por decreto imperial cuando no consiguió que la Duma las aprobara por mayoría. En cambio, el Consejo de Estado podía bloquear la aprobación de la legislación aprobada por la Duma, y el emperador conservaba el derecho de veto y simplemente le molestaba tener que permitir cualquiera de los compromisos que podrían haber hecho viable el sistema parlamentario. La relación con su primer ministro se deterioró y, cuando Stolipin fue asesinado en 1911, ya había perdido el favor de Nicolás. Este eligió como sucesor al ministro de Economía, Vladímir Kokóvtsov, pero en enero de 1914 también había caído en desgracia. La elección del anciano Iván Goremikin como nuevo primer ministro fue una sorpresa en un momento en que la política nacional e internacional requería un liderazgo enérgico. Sin embargo, Nicolás confiaba en la personalidad «bondadosa» de Goremikin.[9] Era un criterio fatuo para el nombramiento y una señal más de que Nicolás estaba perdiendo el último residuo de sentido común.[10]
Nicolás nunca había sido belicista, pero consideraba que en los últimos años había hecho demasiadas concesiones en materia de relaciones internacionales. Viena y Berlín irritaban constantemente a San Petersburgo. Aunque Nicolás no quería un conflicto, ahora se inclinaba por ordenar una acción militar a menos que Austria-Hungría se retirara de Serbia. Comentó la situación con sus ministros, pero no pasó de ser un breve proceso consultivo. No pidió consejo a los dirigentes de la Duma. Ni él ni el Ministerio de Asuntos Exteriores optaron por hablar largo y tendido en telegramas exploratorios con posibles aliados extranjeros. Nicolás estaba tomando su propia decisión, y su opinión era que Rusia no podía permitirse ceder. Algunos de sus asesores pronosticaron el enorme peligro de entrar en guerra, entre ellos Serguéi Sazónov, el ministro de Asuntos Exteriores, cuyo instinto era hacer un último gran esfuerzo para preservar la paz europea. Otros miembros de la corte pensaban lo mismo, mientras que el santón de la familia imperial, Grigori Rasputín escribió en términos parecidos a Nicolás, prediciendo el desastre para la dinastía y el pueblo ruso.
Pero el 13 de julio Nicolás ordenó al alto mando que tomara las medidas previas a la movilización, el llamado «periodo preparatorio de la guerra».[11] Dos días después, Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia. Las conversaciones continuaron de forma irregular a través de embajadores y del telégrafo internacional, pero Nicolás no veía otra alternativa que ordenar la movilización de los distritos militares más cercanos a los territorios de los Habsburgo: Odesa, Kiev, Kazán y Moscú. La determinación de Viena de doblegar a los serbios no había disminuido. El apoyo llegó de Berlín, donde Guillermo II y otros líderes alemanes estaban decididos a evitar una derrota de los Habsburgo y una expansión del poder ruso hacia el oeste. Austriacos, alemanes y rusos estaban dispuestos a arriesgarse a librar una guerra en toda Europa, pero seguían confiando en que, si estallaba un conflicto militar, podría confinarse a los Balcanes. La diplomacia avanzaba más lentamente que los acontecimientos y las prisas por entrar en guerra se precipitaron.
La mañana del 16 de julio de 1914, Nicolás recibió al primer ministro Iván Goremikin. También habló por teléfono con Serguéi Sazónov, el ministro de Asuntos Exteriores, Vladímir Sujomlínov, el ministro de Guerra, y Nikolái Yanushkévich, el jefe del Estado Mayor. El ambiente era agrio. Sazónov opinaba que Nicolás hablaba «con la voz de un hombre poco acostumbrado a comunicarse por teléfono». Nicolás todavía esperaba evitar la guerra si era posible. Intercambió telegramas con su primo Guillermo II, con la esperanza de que la interacción personal de los gobernantes pudiera superar las dificultades de las que hablaban sus ministros y diplomáticos. Todo fue en vano. El emperador ruso, que no era dado a exagerar, dejó constancia de que el día había sido «inusualmente problemático».[12]
También el 16 de julio de 1914, Nicolás firmó una ordenanza por la que se designaba una zona de guerra —o «escenario de actividades militares»— a lo largo de cientos de kilómetros en los territorios occidentales de su imperio. Se trazó una línea desde San Petersburgo hacia el sur, hasta Smolensk, y a lo largo del río Dniéper hasta Odesa. El Estado Mayor había asumido durante años que los enemigos más probables del imperio en la próxima guerra serían Austria-Hungría y Alemania. Se diseñó un plan para que Rusia librara una ofensiva, llevando la campaña a su territorio. La zona debía ser la base desde la que avanzarían las fuerzas rusas. Kiev, Riga, Tallin, Vilna y Varsovia eran algunas de las grandes ciudades de la zona en las que imperaría la ley marcial. La ordenanza disponía que el alto mando ejerciera la autoridad suprema, sujeta únicamente al veto del soberano, sobre los asuntos civiles y militares. Los ministros y gobernadores provinciales debían obedecer a los generales. En toda la zona, la cúpula del ejército determinaría los requisitos de la vida económica, social y judicial. En la red ferroviaria se daría prioridad al transporte de tropas, caballos, armamento y alimentos al frente. El Estado Mayor se situó en la cúspide del poder estatal.[13]
El 17 de julio, Nicolás dio la orden de movilización general. Yanushkévich, Sujomlínov y Sazónov coincidían en que Rusia no tenía otra opción.[14] Se pusieron en marcha los planes para el traslado de tropas al oeste. El impacto en Berlín fue inmediato. Aunque Nicolás aún no había declarado la guerra, era evidente que las fuerzas armadas rusas podían invadir los territorios de los Habsburgo. Alemania reaccionó anunciando el apoyo a su aliado y declarando la guerra a Rusia.
El plan de guerra ruso incluía la necesidad de prepararse para la posibilidad de un conflicto con una alianza austro-alemana. La prioridad en el sector norte sería utilizar las posesiones polacas de Rusia como plataforma desde la que avanzar hacia el oeste a través de Prusia Oriental con el objetivo de tomar Berlín. Los generales y diplomáticos rusos estaban inquietos por las posibilidades del imperio, preocupados por entrar en guerra sin ayuda extranjera. Sus alianzas eran de fiabilidad incierta. La
entente franco-rusa, firmada por los Gobiernos en 1894, no aseguraba que los franceses se unieran a los rusos si Nicolás decidía entrar en conflicto con Alemania, pero al menos sus fuerzas armadas habían colaborado. La convención anglo-rusa de 1907 se refería a Persia, Afganistán y Tíbet. Aunque atenuó las viejas tensiones entre San Petersburgo y Londres y existía una creciente cooperación en las cuestiones balcánicas, no se firmó ningún acuerdo que vinculara a los británicos en una alianza militar en caso de guerra en Europa.
El 23 de julio de 1914, Piotr Bark, ministro de Economía, exbanquero y otro de los protegidos de Stolipin, se dirigió a Peterhof para entregar un informe en persona. Allí se encontró con Mijaíl Rodzianko, presidente de la Duma Estatal, que ya estaba esperando para entrevistarse con el emperador. Rodzianko expresó su inquietud por la decisión de Nicolás de sacar a la Duma Estatal de su descanso estival. Bark dijo que un Parlamento activo era esencial si Rusia quería maximizar su unidad política en tiempos de guerra. Rodzianko, poco convencido, exclamó: «Solo seremos un obstáculo para vosotros», una observación clarividente, ya que en pocos meses las tensiones entre el Gobierno y la Duma se agudizarían. En cualquier caso, Bark y Rodzianko coincidían en querer unirse para apoyar las operaciones militares. Cuando hablaron con Nicolás, lo encontraron animado por la noticia de que Gran Bretaña había anunciado su decisión de unirse a la guerra del lado de Francia y Rusia; el emperador ahora podía contemplar con calma la perspectiva de la guerra europea.[15]
Nicolás presidió el Consejo de Ministros en Peterhof el 24 de julio de 1914. Causó sorpresa al anunciar que se nombraría a sí mismo comandante en jefe supremo y que se alojaría en el cuartel general, situado cerca de la línea del frente. Siempre estaba más contento con los generales que con los políticos y lamentaba profundamente no haber ido al Lejano Oriente en 1904, durante la guerra con Japón. Creía que un emperador ruso debía compartir las tribulaciones de sus fuerzas armadas. Goremikin estaba tan horrorizado que se tomó la libertad de plantear objeciones y Nicolás le pidió que reflexionara sobre lo que estaba diciendo. Goremikin se disculpó por romper el protocolo, pero insistió en que sería imprudente que, en la primera fase de la guerra, el emperador asumiera la responsabilidad directa de cualquier contratiempo que pudiera aflorar. En su lugar, Goremikin aconsejó que Nicolás retrasara la toma de mando hasta que los regimientos rusos marcharan hacia Berlín.[16] Otros ministros insistieron en que la marcha de Nicolás perturbaría los asuntos de gobierno. Si permanecía en la capital, argumentaban, podría mantener una comunicación instantánea con el alto mando por medio del telégrafo. Por una vez, y no sin rencor, cedió al tiempo que afirmaba que seguiría realizando visitas periódicas al frente.[17]
Nombró comandante en jefe supremo a su primo mayor, el gran duque Nicolás Nikoyálevich, lo cual gozó de buena acogida entre sus ministros. Nicolás Nikoyálevich, o Nikolasha, como lo apodaban en la familia, había pasado su vida en el ejército. Con su metro noventa de estatura, su figura era imponente. Aunque a menudo trataba con dureza a los oficiales y a los soldados, le tenían afecto, pero rehuía del trabajo duro diario, que esperaba que sus subordinados hicieran por él. No le gustaba caminar ni siquiera la distancia más corta si había un coche disponible. Nadie podía convencerlo de que dejara de dormir la siesta después del almuerzo.[18] Tampoco era un gran pensador o planificador estratégico, y era temperamental e impresionable, un claro motivo de preocupación en alguien que iba a dirigir las fuerzas de combate del imperio contra el formidable ejército alemán.[19] Pero, entre los principales políticos rusos, pocos sabían mucho de su capacidad profesional y se centraban en la característica principal que lo recomendaba como comandante en jefe supremo, a saber, que no era Nicolás.
Al día siguiente, Bark presentó sus planes financieros a la Duma Estatal en el palacio Táuride. Este ministro rígido y poco sociable nunca había sido recibido tan calurosamente en la gran sala inclinada, con sus asientos escalonados dispuestos de forma semicircular para los diputados de izquierda, derecha y centro. La aceptación de los argumentos de Bark a favor de una mayor fiscalidad fue casi universal.[20]
El 26 de julio, el ambiente en el Palacio de Invierno era aún más entusiasta cuando Nicolás pronunció un discurso en una sesión conjunta de la Duma Estatal y el Consejo de Estado. Habló de «la enorme oleada de sentimientos patrióticos de amor y devoción al trono que se ha extendido como un huracán por toda nuestra tierra».[21] Entre su público había muchos que detestaban a la monarquía y lo consideraban uno de los peores emperadores rusos. Pero su llamamiento a defender a la Madre Rusia se encontró con una aclamación general. Incluso el primer ministro Goremikin fue bien recibido. Goremikin no era un gran orador y la mayoría de los diputados de la Duma odiaban su política ultraconservadora, pero sus argumentos a favor de la guerra fueron aplaudidos. El presidente de la Duma, Rodzianko, fue aclamado por su apasionado llamamiento a la unidad en tiempos de peligro mortal para el Imperio ruso. Sazónov, el ministro de Asuntos Exteriores, obtuvo una ruidosa aprobación al exponer las razones por las que Nicolás no había tenido más remedio que recoger el guante lanzado por Guillermo II en Berlín. El Gobierno y el Parlamento ruso, tras años de rencor mutuo, hablaban y vitoreaban al unísono.[22]
Solo un pequeño número de diputados de la Duma expresó su descontento ante el giro de los acontecimientos. Se trataba del grupo de diputados socialistas pertenecientes a tres facciones políticas: los trudoviques, los mencheviques y los bolcheviques. Los trudoviques eran una amplia agrupación de militantes políticos, incluidos los socialrevolucionarios, que se centraban en el campesinado —o a veces más generalmente en las «masas trabajadoras»— como el mejor instrumento para llevar el socialismo a Rusia. Los mencheviques y los bolcheviques eran marxistas y las dos facciones principales del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Aunque consideraban que la clase obrera urbana era el principal instrumento del cambio fundamental, discrepaban en cuanto a la estrategia. Los mencheviques esperaban una administración revolucionaria democrática, mientras que la doctrina bolchevique se basaba en la necesidad de una dictadura socialista. Eran facciones opuestas del mismo Partido Laborista Socialdemócrata de Rusia, y apenas podían hablarse en tiempos de paz. Sin embargo, los diputados trudoviques, mencheviques y bolcheviques lograron ponerse de acuerdo en la Duma para abstenerse en la votación sobre los bonos de guerra.[23]
Por un tiempo pareció que la corte, el Parlamento y el Gobierno estaban unidos. Nicolás dio ejemplo en tiempos de guerra al renunciar a las bebidas fuertes. Además, las licorerías estatales se cerraron el 22 de agosto de 1914.[24] La embriaguez extrema era una plaga centenaria en Rusia. Aunque el consumo medio de bebidas alcohólicas era mucho menor que el de Francia o Bélgica, muchos bebedores rusos se emborrachaban cuando se sentaban a tomar una copa.[25] Proliferaban los llamamientos a la unidad patriótica. Las iglesias tocaban las campanas para elevar el entusiasmo. La emperatriz Alejandra y sus hijas se formaron como enfermeras para trabajar en hospitales. La capital pasó de llamarse San Petersburgo a Petrogrado, que sonaba más eslavo. La Rusia oficial se unió a la campaña bélica.
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Rusia entra en guerra: Reclutamiento, disturbios y despliegue
Aleksandr Zamáraev, un anciano campesino de una comuna cercana a la pequeña ciudad de Totma, en la provincia de Vólogda, situada en el extremo norte de Rusia, plasmó en su diario la creciente crisis de los Balcanes: «En junio, el heredero austriaco Fernando y su esposa fueron asesinados en Sarajevo». No volvió a prestar atención a dicho suceso hasta finales de mes, e incluso entonces dedicó el mismo espacio a su angustia por la muerte de su vecina Olga Chechulinskaya. No veía razón alguna para pensar que la última crisis en las relaciones internacionales fuera a desencadenar una guerra europea.[1]
El 18 de julio leyó en la prensa que los acontecimientos habían dado un giro catastrófico:
Este viernes por la mañana, todos se vieron golpeados por la noticia sobre la movilización del complemento total de fuerzas, empezando por el año 1897, lo cual significa todos los jóvenes de diecisiete años sin excepción, aparte de los marineros. Se espera una guerra con la traicionera Austria. ¡Que el diablo se lleve ese imperio rastrero! Por la mañana, en plena siega del heno, se llevaron a todos los soldados: Sérov, Krutov y Makárov. Los tres estaban cortando heno cerca de nosotros. Sus esposas y madres fueron con ellos.[2]
Demasiado mayor para el servicio militar, Zamáraev conocía a decenas de jóvenes de su municipio y de los distritos colindantes que se habían alistado en las fuerzas armadas y tal vez nunca regresarían a casa. Como patriota, rezaba por la victoria en las batallas que se avecinaban, pero su instinto ya le decía que las cosas podían ir mal, y no solo para los rusos: «Parece que toda Europa se ha vuelto loca».[3]
El servicio militar obligatorio era una vieja tradición en Rusia. Durante siglos, los campesinos daban por sentado que los hombres que ingresaban en las fuerzas armadas nunca regresarían con sus familias ni a sus aldeas. Aunque el Ministerio de Guerra prescribía los cupos de reclutamiento, eran las propias comunidades campesinas las que elegían a los individuos para enviarlos al servicio militar. A menudo seleccionaban a malhechores locales. Sin embargo, la Gran Guerra exigió un aumento repentino y sin precedentes del número de tropas. Se crearon oficinas en las ciudades para llevar a cabo el trabajo, comenzando con cupos de jóvenes aptos en edad militar. En septiembre de 1915, Zamáraev observó a las familias sollozando en un día lluvioso en Totma. El barro de las calles llegaba hasta las rodillas. Zamáraev se compadeció profundamente de «las pobres mujeres» que tenían que despedirse de sus maridos o hijos.[4]
Amaba a su esposa Nadezhda y compartía sus pensamientos con ella al final de la jornada laboral. Tenían una hija, Lidia, que había nacido en marzo de 1910.[5] Como anciano del pueblo, era una de las personas a las que recurría la gente para dictar sentencia en caso de litigio. Se mantenía al día de las nuevas ideas con la revista Selskaya zhizn («Vida rural») para mejorar sus técnicas agrícolas. No hay nada más engañoso que la idea de que todos los campesinos rusos eran pobres y analfabetos y estaban mal informados. En realidad, el Imperio ruso, aunque sin duda contaba con decenas de millones de campesinos indigentes, tenía una sociedad diversa que incluía a muchos como Zamáraev, que esperaban obtener un beneficio anual, por pequeño que fuera. Llevaba su cosecha de cereales a moler al monasterio, que disponía del equipo necesario, y él y Nadezhda cuidaban de su huerto. Mientras trabajaba la tierra del mismo modo que lo habían hecho generaciones de su familia, Zamáraev acogió con satisfacción la llegada de instalaciones y servicios contemporáneos a Totma. Se hizo una foto. Vio una película en el nuevo cinematógrafo. Contrató una póliza de seguro contra incendios para su casa.[6] También fabricaba su propia cerveza y la bebía con moderación. Cuando se sentó con unos vecinos a beber vodka y dos de ellos se pelearon a navajazos, él no fue uno de los contendientes.[7]
Zamáraev era exactamente el tipo de campesino laborioso que Stolipin esperaba apartar de la comuna del pueblo y convertir en un agricultor independiente. Sin embargo, Zamáraev se abstuvo de unirse a los seis vecinos que solicitaron abandonar la comuna y consolidar sus parcelas de tierra en explotaciones individuales. En lugar de eso, fue el anciano que redactó las condiciones de salida acordadas para los campesinos que abandonaban la comuna.[8] Él mismo se ganaba bastante bien la vida respetando sus tradiciones. Las tierras de su comuna abarcaban una zona amplia y salía a caballo para atender sus dispares terrenos. Cuando necesitaba trabajos de carpintería o pastoreo, contrataba a un hombre de la localidad.[9] Pero normalmente se ocupaba él de las tareas, y había pocas que aquel hombre autosuficiente no pudiera o no quisiera realizar.
Temeroso de Dios y diligente, Zamáraev iba a la iglesia y observaba todas las fiestas religiosas. Había pasado el Año Nuevo de 1914 recogiendo troncos: rara vez se tomaba un día entero libre. La agricultura era muy dura en aquella parte del imperio. El suelo era pobre y las condiciones climáticas, exigentes y, al igual que sus vecinos, Zamáraev vigilaba atentamente el tiempo. Su cabaña quedaba sepultada por la nieve en el largo invierno septentrional, cuando era difícil ir a la ciudad a caballo o a pie. Los caminos embarrados del otoño y principios de la primavera no eran mucho más fáciles, y aunque los campesinos agradecían el caluroso verano del extremo norte con sus largas horas de luz, esa estación también podía traer dificultades si la lluvia arruinaba la cosecha, y los mosquitos siempre causaban molestias. En la primavera de 1914 Zamáraev sembró avena, cebada y lino y decidió no plantar centeno hasta el otoño. Sembró patatas para la venta en su huerto. Tenía ovejas, vacas y un toro. Apreciaba mucho su pareja de caballos, que utilizaba para ir a la ciudad y como fuerza de tiro en sus campos. Zamáraev era un campesino de éxito que podía estar orgulloso de sus logros agrícolas.
La economía de la provincia de Vólogda se adaptó lentamente al mundo moderno en las décadas previas al estallido de la Gran Guerra. La economía monetaria, con sus billetes y monedas, se iba extendiendo mientras los campesinos seguían haciendo trueques de bienes y mano de obra al comerciar entre ellos. El contacto con el resto del país aumentó tras la finalización del ferrocarril Moscú-Vólogda en 1872. En 1908 se añadió otra línea que iba de Viatka a Vólogda.[10] Los ríos siempre habían sido vitales para el comercio en toda la provincia. Desgraciadamente, en invierno se congelaban, pero las líneas ferroviarias hacían posible el transporte sin interrupciones estacionales. Los bienes de consumo, los periódicos y los viajeros llegaban a Vólogda y a los pequeños municipios en mayor número de lo que lo habían hecho durante siglos. La provincia se daba la mano con el siglo XX.
Al no estar cerca de ningún ferrocarril nuevo, Totma seguía dependiendo de los barcos de vapor que navegaban al oeste desde Vólogda y al sureste desde Veliki Ustiug. La ciudad tenía su propio hospital y escuela secundaria (gimnazia) y era la tercera más grande de la provincia de Vólogda, pero esto no era decir mucho, ya que la población de la ciudad era inferior a cinco mil habitantes en el censo de 1897.[11] El distrito (uezd) de Totma era una de las partes menos pobladas de la Rusia europea: había una media de algo más de diez personas por kilómetro cuadrado, aunque la población rural prácticamente se había duplicado desde finales de la década de 1850.[12] El primer automóvil llegó en 1915 y pertenecía a la administración del distrito, como documentó Zamáraev en su diario.[13]
El norte de Rusia, y la provincia de Vólogda en particular, eran inusuales en la Rusia europea porque tenían muy pocos nobles terratenientes. No era un fenómeno único: lo mismo ocurría en algunas zonas de los Urales, otro recordatorio de la diversidad del imperio. En 1861, cuando se promulgó el Edicto de Emancipación, la nobleza provincial de Vólogda poseía más del quíntuple de tierras que los campesinos. En 1908, la propiedad de los campesinos prácticamente duplicaba la de la alta burguesía.[14] Sin embargo, los campesinos no se sentían satisfechos por su éxito. Casi el 92 por ciento de las tierras agrícolas de la provincia seguían perteneciendo al Estado, a la familia imperial, a la Iglesia y a otras instituciones públicas.[15]
La llegada de la guerra y el reclutamiento masivo frenó el progreso agrícola. Inicialmente, el distrito de Totma tuvo que proporcionar cuatro
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mil reclutas. Antes de su traslado a otros lugares para la instrucción militar, eran alojados en aulas escolares y casas particulares de la ciudad. Las calles estaban llenas de reclutas y de familias que se despedían de ellos. Muchos padres lloraban por los hijos que perdían en el frente oriental.[16] Los reclutamientos militares se sucedían con rapidez y Zamáraev se preguntaba cuándo terminarían los alistamientos.[17] La mitad de los jóvenes y los hombres de mediana edad de Totma y sus alrededores se habían alistado en las fuerzas armadas a finales de octubre de 1914.[18] Mientras reinaba la paz, las fuerzas imperiales contaban con 1.423 000 hombres prestos al combate, pero en los últimos meses del año, el número de reclutas había aumentado en 5.130 000.[19]
Las autoridades imperiales también requisaron 2,1 millones de caballos que cumplían los requisitos necesarios para la guerra. Cuando los campesinos se quejaron de la pérdida de su ganado, se decretó que cada hogar podía conservar dos caballos. El efecto práctico fue que las familias de la alta burguesía tuvieron que desprenderse de una mayor proporción de caballos que el campesinado.[20] Pero tanto los terratenientes de la alta burguesía como los campesinos sufrieron las consecuencias. En el distrito de Totma, en la provincia de Vólogda, donde había pocos terratenientes, se exigió una cuota de ochocientos caballos y hubo que acordar los precios con sus propietarios.[21] Los murmullos de descontento eran constantes, pero las fuerzas armadas satisficieron con éxito sus necesidades equinas.
Los embajadores y periodistas aliados anunciaron al mundo que el pueblo ruso aprobaba universalmente la decisión de Nicolás de ir a la guerra. Era una falsa impresión difundida por observadores metropolitanos que sabían poco de la situación en las provincias o que decidieron ignorarla. Lo cierto era que los centros de reclutamiento sufrieron altercados en treinta provincias de la Rusia europea y en otras diez de las regiones asiáticas. Cincuenta haciendas fueron atacadas en las provincias de Maguilov, Minsk, Kiev y Volinia.[22] En los Urales, un gobernador provincial dio la siguiente orden a los comandantes del ejército: «Organizad una asamblea de campesinos y haced este anuncio: al menor desorden aplastaré el asentamiento con la artillería. No me andaré con ceremonias. Cualquier reunión que se niegue a dispersarse tras una primera petición será tiroteada sin piedad».[23] Incluso en un lugar tranquilo
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como Totma, en la provincia de Vólogda, los reclutadores tuvieron que hacer frente a un proceso desordenado. Hombres y caballos se agitaban al embarcar. Se temía que el distrito no cubriera la cuota designada para las fuerzas armadas y la partida del barco de vapor se demoró hasta el 25 de julio de 1914, cuando se hubo restablecido la calma.[24]
El fuego de la rebeldía resultó contenible y el reclutamiento masivo se llevó a cabo con éxito. Aun así, las autoridades estaban alerta ante la posibilidad de que se reavivaran los disturbios. A juzgar por los objetivos elegidos por los alborotadores, parece probable que muchos de los que
salieron a la calle estuvieran aprovechando su oportunidad —quizá la última si estaban llamados al servicio militar— de alterar un orden social que los condenaba a una pobreza sin remedio. El resentimiento era especialmente feroz entre los campesinos, que se quejaban del control que ejercían los terratenientes de la nobleza sobre los bienes del campo.[25] Pero no solo los campesinos estaban resentidos. Muchos trabajadores urbanos también desobedecieron la llamada a filas. Las fábricas de Odesa se vaciaron de mano de obra. En Yekaterinoslav había poco ánimo para la guerra y el presidente de la sección local de la Unión del Pueblo Ruso, cuyo extremismo antiparlamentario y antisemita la convirtió en precursora del fascismo europeo, fue apaleado por reclutas del ejército después de que pronunciara «discursos patrióticos».[26] El orden social del imperio estaba siendo puesto a prueba por la experiencia de la guerra total y ya se vislumbraban indicios de que no se necesitaría mucho para desencadenar otra convulsión revolucionaria como la de 1905 y 1906.
Los mandos al más alto nivel de las fuerzas armadas eran conscientes de que sus tropas requerirían un adoctrinamiento y una gestión cuidadosos. El teniente coronel Aleksandr Verjovski dudaba que los reclutas campesinos rusos tuvieran la misma idea de «madre patria» que se había inculcado a las tropas alemanas. Según escribió en agosto de 1914: «¡Muchos piensan que en este momento hay patriotismo en el pueblo! Muy a nuestro pesar, no es así […] Todo el mundo debe tener una fe inquebrantable en la justicia de su causa, en cuyo nombre acepta privaciones a medida que avanza, tal vez hasta la muerte».[27]
No obstante, el sentimiento antialemán estaba muy extendido en las ciudades que los reclutas dejaban atrás al partir hacia el frente. Pocos se
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atrevían a hablar en alemán, salvo en susurros. Se oyeron golpes furiosos en la pared de la habitación contigua cuando una camarera de hotel de Petrogrado procedente de las provincias bálticas utilizó ese idioma porque su ruso era demasiado pobre.[28] En mayo de 1915, Moscú se convirtió en un epicentro de violencia cuando una turba se desbocó, atacando tiendas y negocios y a sus propietarios alemanes, incluidos algunos de los comercios más conocidos de la ciudad. Aleksandr Adrianov, alcalde de Moscú (gradonachal’nik), prefirió no intervenir con la fuerza y participó estúpidamente en lo que creía que era una manifestación patriótica: la gente llevaba imágenes de Nicolás II. Tras dos días de altercados, Adrianov acabó reconociendo su error al dar la imagen de que estaba consintiendo semejante anarquía y ordenó a las tropas que dispararan contra la multitud. Murieron ocho civiles y siete soldados, y trescientas empresas saqueadas quedaron en ruinas.[29]
Sin embargo, no tardaron en llegar noticias a ciudades y pueblos de todo el imperio sobre el coste humano de la guerra. Aleksandr Zamáraev habló con los hijos de Totma, que regresaron a la ciudad tras una acción militar en Polonia o Galitzia. Nikolái Mishurinski, que había sido llamado a filas en el primer reclutamiento, regresó a mediados de agosto para disfrutar de una semana de permiso y contó las enormes dificultades a las que se enfrentaban las fuerzas rusas en el frente oriental.[30] Quince días más tarde, Zamáraev escribió: «Ya están llegando heridos que salieron de aquí como parte de la reserva del ejército hace un mes».[31]
Uno de los más grandes escritores rusos, Aleksandr Blok, escribió un poema sobre los trenes cargados de jóvenes que iban a luchar al frente oriental. Aunque apoyaba la campaña bélica, sabía que muchos de los reclutas estaban haciendo su último viaje en tren:
El cielo de Petrogrado se había enturbiado por la lluvia.
Un contingente del ejército partía hacia la guerra.
Pelotón tras pelotón, bayoneta tras bayoneta
llenan sin cesar vagón tras vagón.
Mil vidas en el tren sintieron el florecimiento
del dolor de la separación, de la ansiedad del amor,
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de la fuerza, la juventud, la esperanza… en la distancia del atardecer
había sangre en las nubes humeantes.
El poema concluye con una descripción del horror en el frente:
La pena queda ahogada por los disparos,
el estruendo del armamento y el traqueteo de los caballos.
El dolor ha sido silenciado por el vapor envenenado
que sube de los campos ensangrentados de Galitzia…[32]
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Avance, derrota, objetivos: De la victoria
a la gran retirada
En caso de guerra contra Alemania o Austria-Hungría, el alto mando ruso llevaba mucho tiempo planeando llevar la lucha a territorio enemigo desde el primer día de las hostilidades. Los preparativos ofensivos se actualizaban en función de los informes de espionaje sobre las maniobras militares alemanas más recientes.[1] Mientras que el discurso público antes de 1914 se centraba en la defensa, los mandos daban prioridad a la invasión. Aunque los alemanes se proyectaban como el enemigo más formidable, existía la preocupación de que si se permitía a los ejércitos de los Habsburgo abrir una brecha en la frontera de los Románov, conseguirían alentar el levantamiento de los ucranianos contra el Gobierno de Rusia. Los altos mandos y el Ministerio de Guerra, que durante años habían dudado de la preparación y capacidad militar de Rusia, se vieron obligados a guardar silencio.[2]
Los comandantes querían mostrar su espíritu de lucha como dignos sucesores de los hombres que habían doblegado a Napoleón y conquistado tierras en el Báltico, el Cáucaso y Asia Central. Suponían que sería una guerra de corta duración. Los rusos creían que si tomaban la iniciativa podrían hacerse con la victoria, y la alianza con Francia y Gran Bretaña aumentaba su optimismo. El objetivo en el norte era abrirse paso a través de Prusia Oriental hasta Berlín, en el sector sur contra Austria-Hungría hasta Budapest y Viena pasando por Galitzia. Los primeros resultados se
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celebraron en San Petersburgo. La euforia se apoderó de los periódicos patrióticos y de toda la Duma. El ejército ruso, al mando de los generales Samsonov y Rennenkampf, irrumpió en Prusia Oriental a través de la frontera norte de la Polonia «rusa».
La ruta más corta desde las tierras polacas de Rusia hasta Berlín se encontraba en la región paralela a la costa del mar Báltico. Alemania había concentrado a sus fuerzas contra Francia, por lo que sus defensas hacia el este eran vulnerables a un ataque. Pero los alemanes ya tenían en mente una estrategia alternativa, que consistía en dejar que los rusos llevaran a cabo una operación inicial y luego atraparlos con movimientos de pinza desde el norte y el sur. Los austriacos también predijeron con seguridad que las fuerzas rusas los atacarían en Galitzia. Una férrea defensa y una rápida invasión de las provincias de los Románov en Ucrania era el plan de guerra aprobado por Viena.
El 4 de agosto de 1914, el alto mando ruso inició su campaña contra los alemanes invadiendo Prusia Oriental. El general Paul von Rennenkampf, un alemán del Báltico al servicio de los Románov, se desplazó al norte de los lagos de Masuria en dirección a Königsberg mientras el general Aleksandr Samsonov barría la cara sur. El objetivo era derrotar a las fuerzas alemanas al mando del general Maximilian von Prittwitz tras inmovilizarlas a lo largo de su costa báltica. Pero los ejércitos alemanes se reagruparon tras una retirada forzada y rodearon a Samsonov, cuyo contingente ya estaba separado del de Rennenkampf. El 31 de agosto, los alemanes habían cosechado una asombrosa victoria en la batalla de Tannenberg. Un cuarto de millón de soldados rusos resultaron muertos o heridos o fueron hechos prisioneros. Las fuerzas alemanas al mando de Prittwitz iniciaron una ofensiva estratégica el 7 de agosto, seguida de una dura batalla en Gumbinnen. El resultado fue indeterminado y Prittwitz se replegó, cosa que permitió a los rusos celebrar una victoria que fue menos triunfal de lo que parecía. En Berlín, el descontento con la actuación de Prittwitz llevó a un cambio de mando con el nombramiento de Paul von Hindenburg y Erich Ludendorff, que aportaron energías renovadas a la guerra.[3]
Un segundo desastre se abatió sobre los rusos en la batalla de los lagos de Masuria cuando las fuerzas de Hindenburg y Ludendorff aplastaron al
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enemigo en retirada. Rennenkampf fue acusado de cobardía e incompetencia. El gran duque Nicolás Nikoláyevich lo consideraba injusto, pero sus fuerzas sin duda habían sufrido una derrota tremenda.[4]
El avance ruso en el sector sur de la guerra contra las defensas austrohúngaras se ajustó más al plan previsto. El 6 de agosto, las fuerzas rusas atravesaron la frontera de los Habsburgo en Galitzia. Austria-Hungría estaba librando una guerra en dos frentes. En Serbia, Conrad von Hötzendorf, el comandante en jefe de los Habsburgo, había enviado veinte divisiones para someterla. Esto dejaba al desventurado Conrad con solo veintiocho divisiones para repeler a los rusos en el este.[5] A medida que la emergencia diplomática sobre Sarajevo se convertía en una secuencia de movilizaciones militares, sabía que tendría muchas menos fuerzas para enfrentarse a la ofensiva rusa. Los alemanes instaron al emperador Francisco José, sus ministros y comandantes a concentrarse en Rusia e ignorar a Serbia. Sin embargo, Conrad insistió en que una ofensiva rápida contra los rusos desde Galitzia era su mejor opción. Las fuerzas armadas rusas se acumularon para ocupar Galitzia antes de que pudiera hacer su movimiento. El avance ruso en tierras de los Habsburgo fue desordenado, pero menos que la defensa de Conrad. Los ejércitos de Austria-Hungría se vieron superados en número y armamento. Se hizo inevitable una retirada a gran escala y los rusos celebraron la victoria a finales de agosto.[6]
La lucha por Galitzia había terminado a finales de septiembre y las victorias rusas ayudaron a limitar la decepción de la opinión pública por Tannenberg. Austria-Hungría había perdido el acceso a un tercio de su suministro normal de trigo en la campaña inicial de la guerra y la desintegración militar de los Habsburgo solo se detuvo gracias a los refuerzos alemanes.[7]
A mediados de septiembre, Zamáraev vio que se trataba de un conflicto «duro».[8] En Totma había jóvenes que se habían presentado voluntarios para servir en las fuerzas armadas, entre ellos doce del seminario de la ciudad y ocho que trabajaban como artesanos.[9] En octubre, Zamáraev se mostraba aún más pesimista. Asistió a la boda de su vecino Gavriil Bulátov, en la que los anfitriones no pudieron comprar una copa de vino en la licorería estatal debido a la «ley seca». Zamáraev
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resumió los combates en el frente oriental: «Es una guerra muy sangrienta. Nuestros hombres han vencido a los austriacos, pero no pueden con los prusianos. Están siendo derrotados en Polonia. Las provincias de Kalisz y Lublin están terriblemente devastadas».[10] Se distrajo de las noticias yendo a casa a cuidar de sus campos y su ganado, y al día siguiente, ya a finales de otoño, se dedicó a arar.[11]
A los pocos días ondeaban las banderas y en Totma se rezaba para celebrar una victoria rusa al oeste de Varsovia.[12] Pero las noticias empeoraron cuando las fuerzas alemanas a las órdenes de Hindenburg y Ludendorff reanudaron su avance hacia el este. En septiembre, el Imperio otomano firmó una alianza con las Potencias Centrales. Los alemanes habían dejado claro que Estambul no podía permanecer neutral y conservar su favor. Una de las primeras acciones otomanas fue cerrar el Bósforo y el estrecho de los Dardanelos a la navegación rusa. Rusia se preparó para abrir un frente desde el Cáucaso con vistas a atacar a las fuerzas otomanas en Anatolia oriental. Se trazó un plan para suministrar armas a los armenios del Imperio otomano y fomentar una revuelta.[13] En Petrogrado aumentó la euforia por el mazazo que empezaban a experimentar los otomanos. Pero al mismo tiempo, los ejércitos imperiales rusos estaban siendo golpeados por el yunque alemán en el frente oriental. En noviembre de 1914, las fuerzas rusas estaban en retirada, cruzando de nuevo la frontera histórica del dominio Románov y cediendo ochenta kilómetros antes de que se pudiera lograr un alto. A finales de año, el Imperio ruso había perdido 90 000 kilómetros cuadrados de terreno debido a la ocupación militar alemana.[14]
Zamáraev, que hablaba con los militares heridos que regresaban a Totma, cuestionaba la idea de que los Aliados estuvieran al borde del triunfo y se estremeció al enterarse de que la coalición aliada estaba decidida a conseguir la victoria sin importar las vidas que ello supusiera. Incluso si los Aliados vencían a las Potencias Centrales, dudaba que pudieran «secar los ojos de todos los que han quedado desamparados o huérfanos a causa de esta terrible guerra». Era una guerra como ninguna otra. Los dos bandos —los Aliados y las Potencias Centrales— delimitaron dos grandes frentes, el oriental y el occidental, a lo largo de Europa. Zamáraev se imaginaba todo esto desde lejos: «En el teatro de
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operaciones de guerra no hay batallas grandes, sino pequeñas batallas diarias. Han cavado trincheras y viven en la tierra como topos. Sin duda, todo estallará de nuevo en febrero o marzo».[15] Cuando vio partir a los jóvenes de Totma para el servicio activo, se dio cuenta de que los primeros rumores sobre una guerra corta eran engañosos. Pero su patriotismo seguía intacto. Rezaba por una victoria aliada en 1915 que trajera «felicidad y una vida pacífica» a todo el mundo.[16]
Los rusos sufrieron una derrota tras otra contra los alemanes en 1914 y 1915. Hasta su llamada a filas, Alekséi Shtukáturov había sido obrero metalúrgico en la fábrica Putilov de Petrogrado. Volvió a casa, a Gzhatsk, en la provincia de Smolensk, para despedirse de su familia. Derramó lágrimas antes de partir, acompañado únicamente por su esposa, hacia el punto de reunión de la ciudad, y por el camino se detuvo a rezar ante la tumba de su padre.[17] A continuación llevó a cabo la instrucción militar, pero nada lo preparó para las duras condiciones del frente:
Nuestro comandante de batallón recibió un disparo en la espalda en medio de la lluvia de balas. Nos hicieron avanzar hacia los arbustos y nos ordenaron que empezáramos a cavar. Después de cavar una pequeña trinchera me quedé dormido. Nos trajeron comida y me puse enfermo por el agua sucia.[18]
Los periodos de inmovilidad se veían interrumpidos por espasmos de violencia. La unidad de Shtukáturov sufría los mismos problemas que el resto del Ejército Imperial. Las dificultades logísticas obstaculizaban el suministro adecuado de material, ropa y alimentos al frente. Había escasez de proyectiles de artillería, tal como advirtió Yanushkévich, el jefe del Estado Mayor, al Ministerio de Guerra ya en la tercera semana de combates.[19] La administración civil se llevó gran parte de la culpa, pero los organismos de planificación militar no estaban exentos de responsabilidad.[20]
En enero de 1915, a pesar de que el terreno estaba cubierto de nieve, los alemanes emprendieron una ofensiva inesperada contra las líneas rusas en el centro de Polonia. Las pérdidas rusas fueron enormes y obligaron al Ejército Imperial a retirarse rápidamente a los territorios de Lituania y Bielorrusia. Las ciudades de Kaunas-Kovno y Grodno cayeron en manos
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de los alemanes y toda Polonia quedó bajo ocupación militar. Se cavaron nuevas trincheras y se tendió alambre de espino a lo largo de la nueva línea del frente oriental. La moral de los altos mandos rusos se vino abajo al ver que las duras condiciones invernales no ponían freno a la ambición alemana. Nicolás Nikoláyevich y Yanushkévich buscaron chivos expiatorios y los encontraron en los alemanes y judíos que vivían cerca de la línea del frente. Si las fuerzas rusas se habían mostrado deficientes en combate, seguramente habían sido engañadas por elementos extraños en la zona de guerra. Tal era la paranoia de Yanushkévich, que ordenó el cierre de la Singer Sewing and Manufacturing Company de Petrogrado, ya que supuso ignorantemente que era una empresa alemana y no estadounidense.
[21] El alto mando también culpó a los fabricantes de armas rusos, cuyas instalaciones no podían mantener el ritmo de producción de los proyectiles necesarios para enfrentarse a las Potencias Centrales. La producción había aumentado desde el comienzo de la guerra, pero la magnitud de la demanda cogió a todos por sorpresa, incluidos los mandos del ejército.
A principios de 1915 se envió un contingente naval británico para ocupar el estrecho de los Dardanelos. Como dejó claro Sazónov a los británicos, las autoridades rusas estaban nerviosas: no podían olvidar la guerra de Crimea de 1853 a 1856, cuando las fuerzas británicas, en alianza con Francia, habían navegado hasta el mar Negro y atacado el Imperio ruso.[22] Incluso los franceses se vieron sorprendidos por la nueva campaña de los Dardanelos. Los británicos tuvieron que esforzarse mucho para convencer a sus aliados de que su objetivo era destrozar las defensas de las Potencias Centrales en uno de sus puntos débiles y volver el equilibrio de fuerzas en contra de los austriacos y los otomanos. También había un objetivo económico para el gabinete británico. En 1914 se había producido un descenso en el suministro mundial de trigo y Gran Bretaña no podía obtener su cantidad normal de importaciones de grano de Estados Unidos y Argentina. El problema podía resolverse si la Marina Real aseguraba el estrecho para los envíos de grano desde el Imperio ruso. Eso también ayudaría a los rusos a pagar los enormes préstamos de guerra que habían recibido del extranjero.[23] El primer desembarco en Galípoli tuvo lugar en abril de 1915. Las fuerzas británicas, australianas y neozelandesas se vieron sorprendidas por la fuerza de la reacción otomana mientras les
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llovía artillería desde lo alto. La expedición fue un desastre sin paliativos desde su inicio hasta la evacuación final a principios del año siguiente.[24]
El casus belli original de Rusia había sido la defensa de Serbia. Este seguía siendo un objetivo de guerra, pero se hizo más hincapié en otros una vez iniciados los combates. No hubo precisamente mucha claridad durante algunos meses. Los Aliados, incluida Rusia, estaban demasiado ocupados con el objetivo de aplastar a Alemania y Austria-Hungría como para ponerse de acuerdo sobre qué tipo de acuerdo de paz era deseable. En un principio, los rusos hablaron con el embajador británico, sir George Buchanan, sobre la anexión de la Galitzia oriental a los Habsburgo, pero no se llegó a nada definitivo por escrito.[25] Cuando las fuerzas rusas marcharon a los territorios galicianos, los volvieron lo más «rusos» posible. Se impusieron restricciones a las publicaciones polacas y judías y se dio prioridad a la escolarización en lengua rusa. La Iglesia ortodoxa rusa recibió privilegios a expensas de otras confesiones cristianas.
No hubo necesidad de largas discusiones del gabinete en Petrogrado sobre el objetivo de anexionarse los territorios que rodeaban las vías fluviales desde el mar Negro hasta el Mediterráneo oriental. Los ministros ya habían decidido en la primavera de 1914 que Estambul
—Constantinopla o Zargrado, como la llamaban los rusos— debía ser conquistada por Rusia a la primera oportunidad.[26] La opinión pública rusa se mostró exasperada por los bloqueos otomanos a la navegación durante varias emergencias internacionales anteriores a la guerra y el Gobierno estaba decidido a evitar que se repitiera el problema. Pero no se tomaron medidas por miedo a provocar un conflicto en toda Europa para el que los preparativos de Rusia eran inadecuados; esta fue una actitud expresada con firmeza por Sazónov, el ministro de Asuntos Exteriores. Sin embargo, Sazónov había asegurado que una guerra europea brindaría a los rusos una oportunidad. En el invierno de 1914 a 1915, él y sus embajadores insistieron ante los diplomáticos británicos y franceses en que el estrecho de los Dardanelos, el Bósforo, el mar de Mármara y la propia Estambul serían posesiones rusas al final de la Gran Guerra, y no tardó en convertirse en el objetivo bélico que interesaba a la administración imperial.[27]
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Los franceses eran reticentes a ceder Estambul a Rusia en un futuro acuerdo de paz, pero los rusos se mostraron inflexibles. La importancia crucial de su aportación a la campaña bélica reforzó su capacidad de negociación, y Sazónov obtuvo el consentimiento de los embajadores británico y francés a principios de marzo de 1915.[28] El ministro de Asuntos Exteriores, sir Edward Grey, dio instrucciones a sir George Buchanan, el embajador en Petrogrado, para que asegurara a Sazónov, el ministro de Asuntos Exteriores, que Constantinopla pertenecería a Rusia al final de la guerra. La noticia fue recibida con alegría en Petrogrado y Nicolás felicitó a Sazónov: «Le debo el día más feliz de mi vida».[29] El acuerdo firmado en París en abril de 1915 prometía Constantinopla a Rusia y las condiciones del mismo debían permanecer en secreto. La línea oficial era que franceses, británicos y rusos estaban luchando para resistir las ambiciones expansionistas y las atrocidades militares de alemanes y austriacos. No habría servido de nada reconocer ante el mundo que los Aliados planeaban acaparar tierras: los británicos codiciaban lo que se convertiría en Irak, mientras que los franceses querían Siria. Sin embargo, los términos generales del acuerdo se filtraron rápidamente a la prensa.[30]
Nicolás aún esperaba conseguir la victoria en el sector alemán del frente oriental, pero fue en el sector meridional donde sus tropas tuvieron más éxito, y en abril de 1915 lo celebró con una visita oficial a Galitzia que describió como «un día trascendental» para él.[31] Desde un balcón de Lvov, declaró con un espíritu de engrandecimiento imperial que las generaciones posteriores de nacionalistas rusos sabrían apreciarlo: «¡Galitzia ya no existe, y en su lugar hay una Gran Rusia que se extiende hasta los Cárpatos!».[32]
En su pueblo, Aleksandr Zamáraev estaba muy animado. A pesar de las noticias sobre los reveses rusos, pensaba que el fin de Alemania y Austria ya no andaba muy lejos. Una noche soñó que el káiser era quemado con agujas calientes como castigo por sus malas acciones.[33] Zamáraev estaba indignado por los nuevos métodos de guerra de Alemania: «Llegan cartas de soldados que dicen que los malditos alemanes utilizan el gas como arma. Es un invento diabólico y el káiser es un demonio del infierno».[34] Zamáraev recordó la profecía del Evangelio de San Mateo, según la cual, los hermanos lucharían entre sí y se levantaría «nación contra nación y
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reino contra reino».[35] Rezaba fervientemente por la victoria rusa. Lo mismo hizo Alekséi Shtukáturov, el trabajador metalúrgico y recluta de Petrogrado, cuando regresaba en tren con su regimiento tras recuperarse de una herida de combate. El revisor que comprobaba los billetes gritó a nadie en particular: «¿Por qué luchamos, qué defendemos? ¡Otros se divierten mientras nosotros nos quedamos lisiados!». Shtukáturov le respondió que luchaba por sus seres más queridos, sus hogares y la tierra que cultivaban. El revisor se le acercó para preguntarle: «¿Tienes un campo grande y una buena casa?». En su opinión, solo los ricos y poderosos querían la guerra.[36]
Shtukáturov y millones de soldados del imperio demostraron con su ejemplo personal que estaba equivocado. Siguieron luchando cuando el Ejército Imperial había sufrido derrota tras derrota y los alemanes parecían invencibles en el frente oriental. El alto mando pidió a las tropas que defendieran la patria hasta el final. Las ofensivas alemanas continuaron con Varsovia como próximo objetivo. Se capturó a un gran número de prisioneros de guerra y Varsovia fue ocupada en la última semana de julio de 1915. El Ejército Imperial emprendió una retirada estratégica perseguido por los alemanes. Brest-Litovsk cayó en sus manos en agosto. La derrota rusa en Polonia era total y no estaba claro si se podría detener a la apisonadora alemana antes de que llegara al centro de Rusia. Todos los logros conseguidos por el Ejército Imperial en Galitzia podían perderse pronto y una guerra prolongada en tres frentes contra Alemania, Austria-Hungría y el Imperio otomano era lo último que había planeado el Estado Mayor. Sus líderes también temían un aumento de los sentimientos antibélicos.[37] En el invierno de 1914 a 1915, los optimistas se sumieron en una profunda aprensión: incluso una guerra en un solo frente resultaba preocupante si eran los alemanes quienes estaban al otro lado de las trincheras.
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La zona de guerra imperial: Gobierno
militar, pogromos y deportación
Nicolás, imperioso con los ministros, autorizó a sus generales que administraran como les pareciera oportuno las zonas de guerra situadas detrás de los frentes. La línea de la zona de guerra contra las Potencias Centrales se trazó desde Petrogrado, en el Báltico oriental, hasta Odesa, en el mar Negro, y hacia el norte hasta la frontera de Finlandia con Suecia. Todo lo que quedaba al oeste de esa línea estaba sometido a la autoridad militar. La zona abarcaba un tercio de los territorios europeos del imperio.
[1] Las normas de gobierno se estipulaban en el «Reglamento sobre el mando de las fuerzas sobre el terreno en tiempos de guerra», que se confirmó el 16 de julio de 1914, antes de que comenzaran los combates.[2] El gabinete de Petrogrado solo podía seguir gobernando en la zona en la medida en que cumpliera las directrices emitidas desde el cuartel general, cerca de la pequeña ciudad de Baránavichi, en el sur de la provincia de Minsk. Desde Baránavichi, con sus dos estaciones en el cruce de tres líneas de ferrocarril, el alto mando emitía órdenes tanto para el frente como para toda la zona de guerra.[3] Los trenes de Baránavichi a Petrogrado, que se encontraba 1100 kilómetros al noreste, pasaban por Daugavpils y Vilna. Había una línea directa a Moscú. Se utilizaban las redes ferroviarias y telegráficas para las comunicaciones, y si los generales querían una conversación instantánea, tecleaban mensajes en un artilugio conocido como telégrafo Hughes.
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Las prerrogativas del alto mando en la zona de guerra supusieron una extraordinaria reordenación de poderes dentro del Estado, y al principio ningún miembro del gabinete se opuso a ello. Alemania seguiría el ejemplo ruso en 1916, cuando Guillermo II otorgó a los generales Hindenburg y Ludendorff autoridad total sobre la administración civil.
El gran duque Nicolás Nikoláyevich fue nombrado conductor de la maquinaria de guerra, pero el zar adoptó la precaución de prohibirle introducir a sus protegidos en el Estado Mayor.[4] Nicolás Nikoláyevich aceptó. Lánguido en el desempeño de sus funciones, se apoyaba en Nikolái Yanúshkevich, jefe del Estado Mayor, y Yuri Danilov, intendente general del ejército. El Estado Mayor era un hervidero de actividad. La mayoría de sus oficiales habían pasado por exigentes cursos en la academia militar y estaban atentos a los requisitos cambiantes de la guerra contemporánea. Aunque entre ellos había hijos de la alta aristocracia, antes de la guerra se había producido un movimiento hacia la diversidad social: en 1913, menos de la mitad de los estudiantes de la academia provenían de la nobleza.[5] Pero, aunque disminuyeron los privilegios, se mantenían las viejas tradiciones de patriotismo, nacionalismo ruso y fe cristiana ortodoxa. La muerte o la gloria se inculcaban como principios rectores. Es dudoso que todo el cuerpo de oficiales estuviera comprometido con mantener intacto el orden social ruso.[6] Los antiguos campesinos no tendían a ver a la nobleza terrateniente como una clase de filántropos, pero no cabe duda de que los mandos de las fuerzas armadas, desde la cúspide hasta la base, estaban comprometidos con el objetivo de la victoria ante los enemigos del imperio.
Un tercio de la Rusia europea había quedado sometido a la ley marcial tras el inicio de las hostilidades. El avance militar alemán propició la decisión de ampliar la zona a otros lugares clave, como Finlandia, las provincias bálticas y el norte y el sur del Cáucaso. Petrogrado y Moscú quedaron bajo la autoridad del ejército, al igual que las ciudades portuarias de Arcángel, en el extremo norte de Rusia, y Vladivostok, en la costa del Pacífico. Las extensas áreas utilizadas para entrenar a los reclutas también fueron incorporadas al mando militar.[7] A lo largo y ancho de la zona de guerra, los ministros eran gobernantes de segunda clase que contemplaban impotentes cómo los mandos del ejército dictaban decretos de gobierno sin
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prestar atención al Estado de derecho, el bienestar público o las necesidades de una economía de mercado. Siempre que las fuerzas armadas carecían de bienes o servicios, los requisaban a los habitantes locales. Los campesinos libres se sentían tratados como siervos. Los precios que se les ofrecían por sus productos eran inferiores a los que se podían obtener mediante el comercio, y se les pedía que excavaran y construyeran la línea defensiva del ejército.[8]
La incesante secuencia de reclutamientos militares continuó. Solo en 1915, los reclutadores llamaron a filas a 5.210 000 hombres. En el transcurso de las hostilidades hasta febrero de 1917, cerca de 13 855 000 hombres fueron incorporados al Ejército Imperial y la Armada.[9] Ciudades y pueblos fueron testigos de la interminable sucesión de reclutamientos. Aleksandr Zamáraev escribió el 15 de enero de 1915: «Hoy ha habido una reunión de reclutas y no será la última. Parece que van a reclutar a todos los jóvenes. Si nos llamaran a nosotros, los viejos, iría con entusiasmo».[10] Se lamentaba de que muchas familias estaban perdiendo a sus hombres y, si perecían en el frente, dejaban a viudas y huérfanos solos ante el desastre. Como reconocía Zamáraev, la vida en Totma se vio mermada cuando el reclutamiento se llevó a un maestro de gimnazia llamado Shein.
[11]
El Imperio ruso contaba con las fuerzas armadas más numerosas de todos los países combatientes. Pero, mientras que el Ejército Imperial tenía un hombre en el frente por cada 2¼ hombres en la retaguardia, en el ejército francés era casi exactamente a la inversa: dos franceses servían en el frente por cada uno en la retaguardia. Eso significaba que los rusos tenían proporcionalmente más del cuádruple de soldados sirviendo en unidades de retaguardia que los franceses. Sin duda, parte de la razón radicaba en la necesidad que tenía Rusia de compensar las inadecuadas redes ferroviarias y de carreteras y de superar las dificultades del barro provocadas por el deshielo primaveral y las lluvias otoñales.[12] Pero, cuando las fuerzas alemanas ocuparon los territorios de los Románov, ¿no necesitaron la escala rusa de apoyo humano en su retaguardia? La causa básica de la peculiaridad rusa residía en su falta crónica de financiación de las fuerzas armadas. Dos quintas partes de las tropas del imperio trabajaban como sastres, jardineros, zapateros, carpinteros, cocineros y
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similares. Incluso desplegaron soldados para obtener ingresos suplementarios para las fuerzas armadas en la economía civil mediante el trabajo estacional en los meses de verano.[13]
El impacto demográfico del reclutamiento fue de una magnitud sin precedentes. Casi la mitad de los hombres de entre dieciocho y cuarenta y tres años, alrededor del 47 por ciento, fueron reclutados por las fuerzas armadas. Como la mayoría procedían de los pueblos, la actividad agrícola experimentó cambios enormes e inmediatos. En la provincia de Vólogda, la llamada a filas afectó al 52,3 por ciento de los varones clasificados como aptos para el trabajo productivo.[14] La normativa del reclutamiento imperial eximía a algunos grupos religiosos y étnicos concretos, conocidos en el lenguaje oficial como «extranjeros» (inogorodtsy). La administración imperial nunca había confiado en los musulmanes de Asia Central y el sur del Cáucaso desde su reciente conquista, y se temía que colaboraran con los otomanos. También los finlandeses y los menonitas se libraron del servicio militar obligatorio. Incluso los rusos estaban exentos si eran hombres casados y el sostén de la familia. Esa norma provocó una oleada de bodas en el primer año de la guerra.[15] También se concedieron exenciones a los hombres que eran los únicos hijos varones de sus familias o los únicos que quedaban trabajando la tierra para ellas, y se permitía a los estudiantes finalizar su educación.[16]
La gente se quejaba de las injusticias. A los ricos les resultaba más fácil que a los demás eludir el servicio militar obligatorio. Zamáraev se preguntaba por qué un soltero rico no era llamado a filas mientras numerosos padres de clase baja eran reclutados. Muchos jóvenes del campo se escondían de los reclutadores.
Al llegar a las guarniciones para la instrucción, los reclutas tenían que ser alimentados regularmente; el alto mando reconocía la necesidad de que estuvieran en forma y sanos. Debían recibir uniformes y material militar. Había que formarlos en las técnicas de la guerra y aumentar el número de oficiales para que todo esto fuera factible. Había que requisar transportes para el traslado de hombres, municiones, equipos, caballos, alimentos y heno. Cuanto mayor era el ejército, mayor era la demanda de las organizaciones de abastecimiento, que carecían de personal y fondos suficientes. Además, con el comienzo de la guerra, la ración diaria de
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carne para las tropas se duplicó hasta alcanzar el medio kilo. La dieta de millones de campesinos en el Imperio ruso era de pésima calidad, pero en el ejército un soldado podía recibir algo más de un kilo de pan al día. La mantequilla y otros productos lácteos provenían de Siberia occidental. Los productos vegetales secos tenían su origen en la horticultura de la región que rodeaba Rostov del Don, y los suministros se complementaban desde los territorios situados cerca del frente.[17] La prensa alemana informaba con admiración de lo bien alimentados que estaban los soldados rusos.[18]
Pero la realidad no era tan impresionante como dictaban los criterios oficiales. Cuando Alekséi Shtukáturov llegó a su regimiento en Poltava, le entregaron un uniforme ruso imperial, pero la taza, los cubiertos y una raída bolsa de material eran austriacos. Shtukáturov observó que se realizaban intercambios informales con los residentes de las localidades. Algunos de los reclutas más recientes ya estaban vendiendo las botas que recibían de los almacenes del ejército.[19] Pero el sueldo de los soldados era de setenta y cinco kopeks al mes.[20] No era una fortuna, pero les bastaba para comprar comida extra si estaban cerca de un puesto de verduras o frutas. Cuando fue destinado a Jersón, en la actual Ucrania, Shtukáturov visitó un monasterio y compró un ejemplar del Nuevo Testamento. Él y sus compañeros podían permitirse hacerse fotos en la ciudad.[21]
La censura militar rusa descubrió que las cartas enviadas a casa por los soldados estaban notablemente exentas de quejas sobre sus condiciones. El 30 por ciento eran calificadas de alegres y optimistas, y el 67 por ciento parecían tranquilas, sin aprobar ni criticar el trato que recibían los soldados.[22] Estos escribían sabiendo que otros las leerían antes que sus seres queridos, cosa que los disuadía de plasmar por escrito pensamientos incendiarios. Aun así, parece que el Ejército Imperial no era un hervidero de turbulencias revolucionarias. Los desertores eran objeto de desprecio. Medio millón de ellos huyeron durante el primer año de guerra.[23] El soldado medio esperaba la solidaridad de sus compañeros de lucha. Pensara lo que pensara de las razones de Estado que habían motivado su reclutamiento, se comprometía a apoyar a los hombres de su unidad, y suponía que los demás harían lo mismo.[24]
La principal preocupación de las tropas era cómo se las arreglarían las familias en su ausencia ante las exigencias del arado y la cosecha.
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Mientras que las cartas que escribían los familiares al frente hablaban del aumento vertiginoso de los precios, a la dirección del ejército le preocupaba el impacto que eso tendría dentro de los regimientos.[25]
Los reclutas habían sido trasladados a cientos o miles de kilómetros de casa, pero, si acaso, la guerra endureció sus sentimientos sobre cómo debía organizarse la sociedad. En las cartas expresaban su ira contra la policía, los comerciantes (a menudo llamados «especuladores») y los terratenientes de la alta burguesía.[26] Un soldado escribió que juzgar a los comerciantes era demasiado benevolente y que debían ser ahorcados. El estilo de vida de los ricos y privilegiados en tiempos de guerra causaba resentimiento en el frente y en las guarniciones. Otro soldado escribió: «No encuentran un lenguaje común con nosotros, como si no compartieran la misma patria». Asimismo, aseguraba que estaban «llenándose los bolsillos» y que rezaban a Dios para que la guerra se prolongara un año más y así «ganar cerca de un millón».[27] Gueorgui Zhúkov, futuro mariscal de la Unión Soviética y el primero en ocupar Berlín en 1945, recordaría su amarga reacción al ser llamado a filas en 1915: «No experimenté ningún entusiasmo especial, porque a cada paso que daba en Moscú me encontraba con tullidos desdichados que habían regresado del frente y, al mismo tiempo, junto a ellos, veía cómo los hijos de los ricos llevaban la misma vida de antaño».
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La disciplina era dura en las fuerzas de todos los Estados en guerra, pero especialmente en el Ejército Imperial. Los campesinos del Imperio ruso, a pesar de estar acostumbrados a acatar las órdenes de los mayores de su familia, estaban indignados con sus bravucones sargentos instructores. Los reclutas recibían puñetazos e insultos a diario. Alekséi Shtukáturov se escandalizó con un alférez que propinó una fuerte paliza a cuatro soldados por quedarse dormidos durante la guardia. Shtukáturov escribió en su diario:
Obviamente, los oficiales (nachal’stvo) tenían el objetivo de aterrorizar a los soldados con el miedo al castigo, imaginando que esa era la forma de elevar la capacidad de lucha del soldado ruso, pero como pude comprobar por el estado de ánimo y las conversaciones de los soldados, el resultado fue el opuesto. Todos los soldados se veían reflejados en el compañero golpeado que
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tenían delante, y a pesar de intentar cumplir honorablemente con su deber, ninguno de nosotros puede estar seguro de que mañana no correrá la misma suerte por un pequeño desliz.[29]
Ser soldado en nombre del zar era extremadamente duro.
El régimen disciplinario en las guarniciones de la retaguardia no era más suave. A veces la brutalidad era excesiva para los hombres, que acababan tomando represalias. Gueorgui Zhúkov recordaba cómo él y algunos amigos jóvenes del Ejército Imperial se habían aliado contra su verdugo. Se abalanzaron sobre él en un rincón oscuro, le taparon la cabeza con una manta y lo golpearon hasta dejarlo inconsciente en el suelo.[30] A veces había represalias a mayor escala. En otoño de 1915 se sublevaron 30 000 soldados en Moscú en protesta por sus condiciones. Un policía de la ciudad fue asesinado y los alborotadores no mostraron temor alguno en liberar a los camaradas que habían sido arrestados. Con dificultad, el cuerpo de oficiales pudo restablecer la calma y el orden.[31] Hubo nuevos disturbios entre la última hornada de reclutas en Petrogrado y otras ciudades. Shcherbátov, el ministro del Interior, ordenó a los gobernadores provinciales que reprimieran los crecientes disturbios con las medidas que juzgaran necesarias. Aunque no eran comparables al frente, las guarniciones se habían convertido en un polvorín a punto de estallar.[32]
Al ser reclutados, millones de soldados rusos descubrieron repentinamente que podían ejercer menos derechos de los que tenían en sus pueblos. Un soldado de guarnición no podía fumar en la calle ni entrar en una taberna a tomar una copa. Ni siquiera podía pasear por las calles principales de la ciudad. No podía viajar en tranvía, y en las puertas de los parques había carteles que prohibían la presencia de soldados y perros, un vínculo que degradaba su dignidad humana.[33] La rutina diaria acostumbraba a reducirse al aburrimiento. Las distracciones en los cuarteles militares eran escasas, aparte de los servicios religiosos ortodoxos y las partidas de póquer. Las condiciones en el frente implicaban tanto los peligros del combate como periodos de lúgubre inactividad. Dondequiera que estuviesen, en el frente o en la retaguardia, a los soldados les disgustaban las normas y prácticas de disciplina. Los oficiales de rango medio también tenían sus quejas. El escritor y activista humanitario Shloyme Rappaport-Ansky, que escribía bajo el seudónimo de
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S. Ansky, viajaba en un tren cerca del frente cuando escuchó a un alto mando imperial decir: «Rusia está luchando contra tres enemigos: los alemanes, los piojos y nuestros generales». De ellos, zanjó el oficial, los generales eran los más peligrosos.[34] Todos los ejércitos que participaban en la guerra tenían sus tensiones y problemas internos, y no era raro que un teniente culpara a sus mandos. Se trataba mal a las tropas en todas partes, pero los miembros del Ejército Imperial ruso estaban expuestos a humillaciones y crueldades extremas.
En una nota más positiva, se concedían medallas por actos de valor. Alekséi Shtukáturov obtuvo una cruz de San Jorge de cuarta clase en una de sus primeras misiones en el frente. Más tarde debería haber recibido una cruz de tercera clase, pero hubo una confusión administrativa y solo le llegó otra medalla de cuarta clase.[35] Durante la guerra, las fuerzas armadas rusas otorgaron más de un millón de cruces. La concesión de una medalla suponía escasos beneficios más allá de la aclamación personal, pero cuando la compañía de Shtukáturov estuvo desplegada un tiempo cerca de Jersón, los tenderos daban pan, salchichas y chocolate gratis a quienes lucían su cruz de San Jorge.[36]
Las tropas siempre han tenido sus propios métodos para levantar la moral. El humor y la fantasía se colaban en algunos de sus cánticos no supervisados, como en este sobre un soldado y su caballo:
Un pobre soldado vive solo.
¡Hurra, hurra, hurra!
Y acicala a su caballo y no bebe vodka.
¡Hurra, hurra, hurra!
«Fiel caballo negro mío,
¡Hurra, hurra, hurra!
¿Vamos tú y yo a la batalla?»
¡Hurra, hurra, hurra!
La primera bala mató al caballo.
¡Hurra, hurra, hurra!
Y la segunda me abatió a mí.
¡Hurra, hurra, hurra![37]
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Las melodías podían ser alegres a pesar de las temáticas de muerte y nostalgia por los seres queridos. Otra canción contenía estos versos:
Todas las tumbas están cubiertas de hierba, han colocado una cruz sobre la mía. A todos mis camaradas les digo:
venid a llorar, muchachos,
e inclinaos tres veces
en memoria mía, hermanos.[38]
Tales versos expresaban el estoicismo por el que el recluta ruso gozaba de justa fama.
Otras formas de diversión eran menos inocuas. Cuando no estaban de servicio, muchos soldados se entretenían con la prostitución, el juego y cosas peores. Las violaciones de mujeres, los saqueos y las peleas entre borrachos eran habituales. Los oficiales tenían dificultades para ponerles fin aunque quisieran, y no siempre querían. Las quejas de los campesinos cercanos eran ignoradas.[39]
Cuando las fuerzas armadas se vieron obligadas a regresar a los territorios del Imperio ruso, el Estado Mayor decidió no dejar atrás a nadie ni nada que pudiera ser de utilidad para el contingente alemán. El Ejército Imperial llegó a ciudades y pueblos y dio a la gente entre veinticuatro y treinta y seis horas para abandonar sus hogares con el equipaje que pudieran llevar.[40] Se cerraron fábricas y otras empresas, además de sus equipos y mano de obra, fueron trasladadas más al interior de la zona de guerra. Se implantó un régimen de tierra quemada en una franja de cien kilómetros de ancho en toda la línea del frente. Si el enemigo traspasaba la línea, no encontraría nada con lo que sustentarse. Dichas órdenes causaron una angustia enorme. El Consejo de Ministros debatió el cierre de las instalaciones de refinado de remolacha azucarera para las que no había perspectivas de reubicación y reanudación de la actividad. Los perjuicios económicos y sociales eran inequívocos para los ministros, que se negaron a avalar la temeridad de los mandos militares.[41] Solo el emperador podía resolver la cuestión, y rechazó las conclusiones formuladas en su gabinete. En su opinión, si sus principales generales querían algo, todos debían buscar la manera de satisfacer sus peticiones.
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Esto significó que numerosas familias campesinas rusas perdieran su hogar y sus tierras. La esposa de Alekséi Shtukáturov le escribió desde la provincia de Smolensk, en el frente oriental, en agosto de 1915: estaba aterrorizada tras oír rumores de que todo el mundo iba a ser deportado a Siberia antes de la siguiente ofensiva alemana. Incluso se decía que los soldados heridos ya no serían atendidos en los hospitales de la retaguardia. La ausencia de anuncios oficiales dio lugar a habladurías. Shtukáturov le contestó diciéndole que no hiciera caso de los rumores.[42] No se sabe si lo hizo o no, pero siguió viviendo en la casa familiar.
En cualquier caso, el alto mando reservaba el trato más severo para los grupos étnicos a los que consideraba «sospechosos». En el siglo XIX se habían producido deportaciones para asegurar la autoridad imperial en las zonas recién conquistadas de Asia Central y el Cáucaso cada vez que un pueblo era considerado irreconciliable con el orden imperial. Se repitieron a mayor escala en la Gran Guerra y sentaron las bases de las campañas de limpieza étnica que practicaría la primera administración soviética.[43] Ciertos grupos nacionales que vivían cerca del frente oriental también se convirtieron en objetivos. A finales de 1914 se ordenó la expulsión de todos los habitantes de Varsovia, excepto los de origen eslavo.[44] Unas 200 000 personas de origen alemán fueron expulsadas de la Polonia «rusa» y sus propiedades, confiscadas. Muchas fueron enviadas bajo escolta militar a Siberia y el norte de Rusia, lejos de donde pudieran perjudicar a la campaña bélica imperial. Las deportaciones continuaron desde otras zonas fronterizas occidentales tras la retirada de todos los territorios polacos. El emperador y el Gobierno reforzaron las medidas antialemanas. Se prohibieron las publicaciones en lengua alemana y los alemanes étnicos no podían celebrar reuniones. Se confiscaron granjas que habían pertenecido a colonos alemanes desde la época de Catalina la Grande. Muchos funcionarios alemanes del Báltico fueron despedidos de sus puestos de responsabilidad.[45]
Aleksandr Zamáraev fue testigo de la afluencia de familias alemanas a su distrito de Totma en agosto de 1914. Eran doscientos civiles entre hombres, mujeres y niños.[46] La provincia de Vólogda se consideraba un territorio en el que, según el alto mando, podían permanecer posibles espías o colaboradores mientras durara la guerra.
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Otros grupos también sufrieron. En el sur del Cáucaso, donde se intensificó la guerra contra las fuerzas otomanas, los adjarianos y otros grupos musulmanes fueron expulsados de sus ciudades y pueblos. La limpieza étnica se introdujo en la zona de guerra detrás del frente del Cáucaso.[47] Polacos, lituanos, letones y romaníes que vivían cerca del frente oriental fueron expulsados en una secuencia de operaciones.[48] Aunque eran súbditos de los Románov, los comandantes del ejército los consideraban susceptibles de dar una cálida bienvenida a las Potencias Centrales invasoras. Las deportaciones pretendían evitar que fueran utilizados como espías por las fuerzas alemanas y austrohúngaras. También había un fuerte elemento de rencor vengativo en una época en que las tensiones nacionales y religiosas iban en aumento. Cualquiera que fuese considerado un subversivo en potencia recibía un trato severo.
Pero fueron los judíos quienes recibieron el peor trato. Los líderes del ejército describían explícitamente el proceso de deportación y expropiación de judíos como una «limpieza».[49] Los habitantes judíos sufrieron terriblemente en los territorios ocupados por las fuerzas armadas rusas en Alemania y Galitzia en 1914.[50] La miseria continuó en las ciudades y pueblos cercanos a la línea del frente a medida que esta se adentraba en las partes occidentales del Imperio ruso. La propia zona de guerra imperial abarcaba gran parte de la llamada Zona de Asentamiento, donde la ley había confinado a la mayoría de los judíos desde que Catalina la Grande adquirió tierras en el este de Polonia a finales del siglo XVIII. Las tierras de los Románov albergaban el mayor número de súbditos judíos del mundo. El 96 por ciento de la población judía del imperio vivía en la Zona de Asentamiento.[51] Tan solo se hacían excepciones con los empresarios más ricos y unas pocas ocupaciones clave. Trescientos cuarenta mil fueron expulsados de las provincias polacas del imperio antes de que sus fuerzas se vieran obligadas a abandonarlas.[52] Según un cálculo reciente, hasta 600 000 judíos residentes en toda la zona de guerra perdieron sus hogares durante la Gran Guerra.[53] A diferencia de los alemanes étnicos, simplemente fueron expulsados sin pensar en asignarles un lugar de asentamiento.
Nicolás Nikolayévich se negó a frenar el caos, y Yanúshkevich no sentía ningún impulso de cambiar de política, pues sabía que el zar Nicolás
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compartía el desprecio y la desconfianza hacia sus súbditos judíos. El soberano de toda Rusia y su imperio no iba a reprocharle que reprimiera su potencial supuestamente traicionero en las tierras fronterizas occidentales. El antisemitismo del alto mando bebía de viejas fuentes. La doctrina de la Iglesia ortodoxa responsabilizaba al pueblo judío del asesinato de Jesucristo. El odio y el miedo a los judíos coexistían. La paranoia militar aumentó porque el yidis, el idioma de los shtetl, era cercano al alemán, y pocos oficiales y aún menos soldados entendían alguno de los dos idiomas. En los más altos niveles de mando, la palabra estándar para referirse a los judíos era «yids».[54]
Shloyme Rappaport-Ansky fue testigo de la horrenda escena en la que un judío ciego de ochenta y dos años fue tratado como un espía alemán.[55] A los judíos se les prohibía viajar junto a una unidad rusa en retirada por miedo a que obtuvieran información sensible y la transmitieran a las Potencias Centrales. En febrero de 1915, el ejército prohibió a los judíos desplazarse de una ciudad a otra de Galitzia. A mediados del verano se prohibieron totalmente las publicaciones en yidis y hebreo, y se impidió a los soldados judíos escribir a casa en yidis.[56] Para innumerables judíos, la orden de trasladarse al este llegó demasiado tarde para evitar los pogromos de las unidades cosacas, que fueron tan crueles como los que perpetraron los cosacos del siglo XVIII en la misma región. A menudo, una vez iniciado un pogromo, los campesinos locales se unían al saqueo.[57]
La violencia iba acompañada de humillaciones que podían llegar a ser sádicas en extremo. Los residentes judíos del shtetl de Volkovisk, en la provincia de Grodno, fueron desnudados por las tropas y obligados a bailar entre ellos y a cabalgar sobre cerdos. Uno de cada diez judíos cautivos del ejército fue ejecutado. Esto resultaba aún más chocante si se tenía en cuenta que una décima parte de toda la población judía servía en el Ejército Imperial.[58] Alrededor de 500 000 judíos se unieron al ejército en tiempos de guerra y más de la mitad eran voluntarios.[59] Luchaban por el zar y por la patria, y 1957 de ellos fueron condecorados con la medalla de la cruz de San Jorge. Aun así, no recibieron ningún agradecimiento público y se prohibió a la prensa mencionarlos por su nombre tras actos de valor.[60] La extrema derecha abogaba por una política aún más severa y pidió la expulsión de todos los judíos de las fuerzas armadas. El Estado
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Mayor rechazó el consejo.[61] No obstante, mantuvo la prohibición de ascender a cualquier judío por encima del rango de alférez (praporshchik).
En abril de 1915, el alto mando hizo una afirmación sensacionalista sobre un incidente de colaboración judía con el enemigo. Los investigadores del ejército acusaron a los residentes judíos de Kuzhi, un pequeño pueblo de la provincia de Curlandia, de haber dado cobijo a las unidades alemanas que avanzaban antes de ocupar el distrito. Se practicaron detenciones y los judíos «culpables» recibieron palizas. El Estado Mayor hizo suya la historia y ordenó la expulsión inmediata de todos los judíos de las provincias de Kovno y Curlandia. Kuzhi se convirtió en sinónimo de la amenaza interna para la seguridad imperial.[62] Aquellos tormentos en la zona de guerra no eran un mero espectáculo secundario regional y alteraron los ya inestables cimientos de la sociedad. Asimismo, marcaron la política de la época, y el recuerdo del trato bárbaro que dispensaban los líderes militares a los súbditos de los Románov nunca se desvaneció. Tanto victimarios como víctimas fueron tratados brutalmente, y se difundió y amplificó el mensaje de que la violencia era parte normal de la vida. Era un mensaje que se seguiría transmitiendo en 1917 y años posteriores.
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Gobierno encadenado: El fracaso de la
revuelta de los ministros
El salvajismo del Ejército Imperial contra los judíos en la Gran Guerra fue el episodio de antisemitismo más bárbaro del siglo XX antes del Holocausto nazi, una marea de embrutecimiento que se extendió por toda la zona de guerra. Los soldados aprendieron a través de la disciplina militar y la experiencia de combate que el poder tenía la razón. Muchos soldados participaron en los atropellos contra civiles inocentes. Tanto en el medio urbano como en el rural, el ambiente social era cada vez más explosivo. Las condiciones de vida de buena parte de la población se deterioraron gravemente debido a la escasez de alimentos, la mala administración, la presión migratoria y la pérdida de familiares en la guerra.
En las discusiones confidenciales del gabinete se expresó el temor de que la situación pudiera salirse fácilmente de control, y la indiferencia del Estado Mayor ante la injusticia y el desorden intensificó la preocupación. En la Duma hubo varios diputados que se negaron a callar. Dos de ellos, Aleksandr Kerenski y Naftali Fridman, viajaron al frente oriental para evaluar la situación por sí mismos. Kerenski y Fridman no tardaron en descubrir que la afirmación de que los judíos habían permitido la conquista alemana de Kuzhi era falsa.[1] El 19 de julio de 1915, ellos y el diputado menchevique Nikolái Chjeidze denunciaron en la Duma las mentiras de los mandos militares. El escándalo de Kuzhi indignó a un
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amplio sector de la opinión pública.[2] Sin embargo, independientemente de lo que se dijera en el Parlamento o se escribiera en la prensa, solo Nicolás tenía autoridad para intervenir y frenar la brutalidad antisemita del ejército. Sus prejuicios contra los judíos le impedían actuar y odiaba impugnar el comportamiento del alto mando, pero la publicidad sobre Kuzhi era difícil de ignorar.
Nicolás también debía tener en cuenta la reacción internacional. A principios de 1915, Bark, el ministro de Economía, viajó a París y Londres para obtener préstamos de los Aliados. Allí supo que los Gobiernos francés y británico no querían que se les viera rescatando las finanzas rusas mientras los judíos sufrían tanto a manos de Nicolás y sus fuerzas armadas. Lord Kitchener, secretario de Estado para la Guerra, reforzó el mensaje. Deseaba fervientemente apoyar a las fuerzas armadas rusas, pero no podía ayudarlas si Nicolás se mostraba intransigente.[3] Bark se dirigió a las altas personalidades de la familia Rothschild. Édouard de Rothschild, que formaba parte del consejo del Banco de Francia, y su tío Edmond insistieron en la necesidad de cambiar la política rusa hacia sus súbditos judíos.[4] Leopold de Rothschild transmitió el mismo mensaje desde Londres: si Rusia quería el dinero, tenía que cambiar el trato que daba a los judíos.[5]
A su regreso de Europa occidental, Bark explicó a Nicolás las nefastas consecuencias presupuestarias que sobrevendrían si no modificaba su política.[6] Lanzó la misma advertencia en el Consejo de Ministros, sin utilizar ya el lenguaje civilizado de sus conversaciones con los Rothschild. Habló de sus dificultades con «la horda de judíos descontentos» y culpó a la «judería mundial» de «la ola revolucionaria» que se extendía por toda Rusia.[7] Bark argumentó, por motivos más prácticos que morales, que el comportamiento del alto mando era un desastre. Otros ministros destacaron el innecesario caos provocado por la marea de refugiados. Los judíos de los shtetl vaciados habían llegado a las partes orientales de la Zona de Asentamiento, donde se les denegó el permiso de estancia. Los rusos y ucranianos de las provincias de Poltava y Chernígov los habían acogido inicialmente como víctimas trágicas, pero la amabilidad se desvaneció cuando los precios locales aumentaron a medida que más y más personas perseguían una cantidad limitada de bienes.[8] Las
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autoridades civiles entraron en pánico y 10 000 recién llegados fueron expulsados de la provincia de Poltava. Algunos intentaron desplazarse más hacia el este, lo que pronto significaría que estaban «llenando Rusia» y violando los límites de la Zona de Asentamiento. Sin embargo, el debate en el gabinete fue una decepción para Bark, ya que la mayoría de los ministros insistieron en mantener intactas la Zona de Asentamiento y sus normas. La decisión fue que los judíos debían permanecer en algún lugar dentro de sus límites. En su defecto, deberían emigrar.[9]
Nadie aclaró cómo atravesaría una familia judía las líneas del frente oriental o surcaría un mar del Norte patrullado por submarinos alemanes. Las deliberaciones en el Gobierno fueron una muestra más de la despreocupación de los Románov. El antisemitismo contaba con el visto bueno oficial.
Tres de los empresarios judíos más ricos del imperio —Aleksandr Ginzburg, Borís Kamenka y Mark Varshavski— buscaron a Bark para mantener conversaciones. Sus opiniones no podían ser ignoradas, ya que los ministros les pedían cooperación en materia de finanzas, comercio e industria. Advirtieron, como si Bark no lo supiera ya, que Rusia tendría dificultades para obtener nuevos préstamos extranjeros a la luz de los abusos del ejército.[10] Al enterarse de esto, Nicolás reconoció la necesidad de una política menos severa hacia los judíos en la zona de guerra. En marzo de 1915 pidió a Bark que fuera al cuartel general de Baránavichi y explicara al gran duque Nicolás Nikoláyevich que había que introducir cambios. El ministro de Justicia, Iván Shcheglóvitov, acompañaría a Bark; evidentemente, Nicolás intentaba equilibrar los consejos antisemitas de Bark con las opiniones archiconservadoras de Shcheglóvitov.[11] Yanúshkevich no los recibió de buen grado en el cuartel general. Tras pedir a Bark que expusiera sus asuntos, salió para departir con Nicolás Nikoláyevich antes de dejar que Bark hablara con él. Sin embargo, Nikoláyevich atendió a razones. Indicó que no compartía la paranoia de Yanúshkevich respecto a los judíos (a pesar de haber permitido que se descontrolara) y accedió a liberar a los rehenes.[12]
Cuando hablaron de la situación militar, Yanúshkevich reveló que el ejército sufría una grave escasez de proyectiles. Hasta entonces, el Estado Mayor lo había mantenido en secreto. Aún más sorprendente para Bark fue
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oír que el Estado Mayor había concluido que era necesaria una nueva retirada estratégica hacia el interior del territorio imperial. De ello se infería que Rusia podía estar enfrentándose a una derrota total. Cuando Shcheglóvitov informó al Consejo de Ministros, hubo inquietud por la actuación generalizada del alto mando. Goremikin estaba horrorizado; a su juicio, el gabinete no debía interferir en las operaciones militares o tan siquiera expresar su opinión al respecto. Pero estaba en minoría, y en su siguiente reunión los ministros insistieron en ser informados por Sujomlínov, el ministro de Guerra, sobre el estado de las fuerzas armadas. Sujomlínov afirmó que Nicolás Nikoláyevich era emocionalmente volátil y que ya no era apto para su puesto. En su opinión, el Estado Mayor se había vuelto disfuncional. A modo de ejemplo, Sujomlínov expuso que el alto mando a menudo dictaba órdenes poco prácticas para la producción en las fábricas y designaba cuotas de alistamiento sin tener en cuenta el número de reclutas que era capaz de formar.[13]
Los partidos de la Duma estaban descontentos con el deterioro de la situación y la prensa empezó a plantear dudas sobre la competencia militar y los resultados económicos. Un grupo de ministros menos conservadores, encabezados por Krivoshéin y Sazónov, instaron al emperador a mantener a la Duma de su lado cambiando la alineación ministerial. Incluso el derechista nacionalista Rujlov estaba de acuerdo con ellos. Todos pidieron la destitución del ministro de Justicia, Shcheglóvitov, el ministro del Interior, Maklakov, el procurador Sabler y el ministro de Guerra, Sujomlínov, pero no estaba nada claro cómo llevarlo a cabo. Los conspiradores concluyeron que había que involucrar a Goremikin en el plan y que este debía presentárselo al emperador. Se produjo una tensa conversación entre Goremikin y los ministros antes de que aceptara enviar un memorándum a Nicolás, que le recibió al día siguiente en Tsárskoye Seló. Esta vez fue Goremikin quien se llevó la peor parte. A Nicolás le molestó que le dijeran quién debía pertenecer o no al Consejo de Ministros y desaprobaba la ruptura de la solidaridad en el gabinete. No podía concebir que unos altos mandos del ejército se enfrentaran a otros y esperaba lo mismo de sus ministros.[14]
Sin embargo, juzgó prudente destituir a los cuatro que los conspiradores esperaban ver despedidos. Alekséi Polivanov, a quien
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Sujomlínov había destituido en 1912 como adjunto en el Ministerio de Guerra, volvió a ser su sustituto.[15] Aleksandr Jvostov se hizo cargo del Ministerio de Justicia y el príncipe Nikolái Shcherbátov del Ministerio del Interior. Aleksandr Sámarin fue nombrado procurador jefe. Nicolás estaba molesto. Se había visto obligado a realizar cambios que consideraba una afrenta a su dignidad monárquica, y se negó a nombrar a Krivoshéin presidente del Consejo de Ministros, como sugerían los conspiradores.[16] Al mantener a Goremikin en su puesto, Nicolás quería conservar su pleno control. Jvostov, el nuevo ministro de Justicia, era un notorio judeófobo que frenaría cualquier tendencia a la moderación en la cuestión judía.[17] Nicolás había hecho el mínimo de concesiones en la alineación ministerial. Las perspectivas de reconciliación entre la Duma y el Gobierno eran menos halagüeñas de lo que muchos suponían en aquel momento.
El domingo 14 de junio de 1915, a mitad de su purga del gabinete, convocó a los ministros restantes a una sesión conjunta con el Estado Mayor en Baránavichi. Fue un acontecimiento extraordinario, ya que se trataba de la primera reunión del gabinete y el alto mando desde el inicio de las hostilidades. Hasta entonces, el alto mando había actuado como si pudiera dirigir el imperio en solitario. Krivoshéin aseguró de antemano a los demás ministros que Nicolás por fin había decidido tomarse en serio sus quejas. El acto tuvo lugar junto a un gran bosque de abedules, cerca del apartadero del ferrocarril. El arcipreste Georgi Shavelski dirigió un oficio en una iglesia de campaña en la que ministros y comandantes rezaron juntos sus oraciones. Era un glorioso día de verano y se había instalado una carpa para el almuerzo junto al tren imperial. El ambiente era alegre y Nicolás ocupó su puesto. Tras acordar la convocatoria de la Duma, firmó una proclama en la que instaba a sus súbditos a continuar la lucha y aplastar al enemigo invasor.[18]
El cambio de personal ministerial era un requisito importante pero secundario, a menos que Yanúshkevich fuera destituido del Estado Mayor, pero el gran duque Nicolás Nikoláyevich se mostró inflexible a pesar de que, según los oficiales del Estado Mayor, el propio zar había intentado convencerlo.[19] Nicolás Nikoláyevich se negó a despojarse del binomio Yanúshkevich-Danilov.[20] En otro entorno, esto podría haber sido motivo para que los ministros descontentos presionaran a favor de la destitución
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del propio Nicolás Nikoláyevich. En realidad era un comandante supremo lánguido que sentía aversión al contacto con oficiales y soldados heridos y entendía poco de trincheras por la sencilla razón de que nunca había visitado ninguna.[21] Pero su apertura a la idea de la reforma política le granjeó amigos en el Gobierno y en la Duma, donde era visto como el Románov liberal. Los ministros temían que si abandonaba el alto mando, eligieran a alguien aún menos deseable para sucederle.
Al tiempo que mantenía a Yanúshkevich y Danilov, el gran duque aceptó la necesidad de una política militar diferente. Antes de la reunión en Baránavichi, tras semanas de demandas por parte de los ministros, ya había emitido una orden para que los comandantes de regimiento que llevaran a cabo pogromos fueran sometidos a consejos de guerra, y el 20 de junio de 1915 proclamó el cese total de las deportaciones. A las fuerzas rusas se les dijo que, cuando tuvieran que ceder terreno, solo debían destruir los bienes que pudieran ser de utilidad para el enemigo ocupante. Expulsar a la gente de sus hogares debía convertirse en un hecho excepcional, y a los expulsados debía permitírseles llevar consigo reservas suficientes de alimentos. Las familias no debían ser separadas al partir.[22]
Esos cambios llegaron demasiado tarde para los cientos de miles de habitantes imperiales inocentes que habían sufrido la muerte, la tortura y la expulsión a manos de las tropas rusas, y de ningún modo pusieron fin a los malos tratos infligidos a los judíos en la zona de guerra. Las provincias de Chernígov y Poltava estaban abarrotadas de refugiados provenientes del resto de la Zona de Asentamiento judía, y las administraciones provinciales redoblaron sus advertencias sobre las consecuencias explosivas que ello tendría para el orden público. El aumento de la población provocó un incremento de la demanda de alimentos y otros artículos de primera necesidad y se produjo una subida de los precios locales. Creció el descontento y con él la posibilidad de que estallaran nuevos pogromos antisemitas. Shcherbátov, el ministro del Interior, emitió
una circular que abría tres provincias —Penza, Tambov y Vorónezh— fuera de la Zona de Asentamiento a los judíos que necesitaban desesperadamente una vivienda. El Consejo de Ministros dio su aprobación a pesar de reconocer la dudosa legalidad de una medida que esencialmente desplazaba los límites de la Zona de Asentamiento. Como
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era de esperar, la decisión tuvo el efecto inflacionista que ya se observaba en otros lugares. A medida que las familias judías se trasladaban desde la Zona de Asentamiento hacia el este, los alimentos se encarecieron y se produjeron disturbios violentos en los mercados de las ciudades.[23]
El modelo de poder y gobierno del Estado que prevaleció en el primer año completo de la contienda se estaba desmoronando. El 24 de julio de 1915, un exasperado Shcherbátov se quejaba de que no podía mejorar sus vínculos con la Duma porque el alto mando actuaba como si fuese el único que llevaba las riendas.[24] Goremikin ya no planteaba objeciones y reconoció que la mayoría del gabinete tenía razón al cuestionar el criterio del Estado Mayor sobre las posibilidades y necesidades.
La Duma había debatido el escándalo de Kuzhi pocos días antes, y el gabinete aprovechó el momento para imponerse a los generales. El 30 de julio de 1915, Bark intentó demostrar que el Ministerio de Economía podía librar una guerra financiera contra Alemania. Aunque se bloqueó el comercio ruso desde el Mediterráneo, esto al menos tuvo el efecto de privar a los alemanes de trigo y centeno procedentes de Rusia y Ucrania. Bark quería apretar las tuercas y propuso que Rusia comprara toda la cosecha búlgara y rumana. Se lo tomó como un proyecto serio, calculó cuánto costaría y lo planteó en el Consejo de Ministros. Pero Rujlov, el ministro de Transportes, señaló que la red ferroviaria rumana era incapaz de transportar tan ingente cantidad de mercancías al Imperio ruso. Además, el presupuesto del Estado imperial, del que Bark era responsable, se hallaba al borde de la quiebra, así que la idea fue olvidada sin más discusión. Bark pisaba terreno más firme cuando repitió los argumentos a favor de revisar la política sobre la cuestión judía. El presupuesto imperial era insostenible sin ayuda financiera del extranjero. Los préstamos extranjeros eran vitales para evitar el colapso presupuestario total, y los banqueros judíos de Francia y Gran Bretaña se negaban a prestar dinero mientras los judíos del Imperio ruso recibieran un trato tan abominable.[25]
En la misma sesión del gabinete se debatió la Gran Retirada y hubo muchas críticas a la actuación del Estado Mayor. Polivanov, el nuevo ministro de Guerra, que no era un admirador del alto mando, expuso una situación impactante a sus compañeros. La dirección del ejército en el Cuartel General estaba histérica. Las fuerzas armadas estaban
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desmoralizadas. Las deserciones iban en aumento. Las tropas se rendían al enemigo. Al Estado Mayor le resultaba más cómodo culpar al Gobierno que admitir su propia incompetencia. El alto mando había empezado a repetir la estrategia seguida por el general Kutúzov para derrotar a las tropas invasoras napoleónicas, entregando extensas franjas de territorio después de vaciarlas de gente y provisiones. La idea era estirar las líneas de suministro alemanas hasta que se rompieran. El gabinete se mostró consternado por el plan y señaló que, en 1812, los franceses habían avanzado por un frente estrecho y que, en consecuencia, la retirada a marchas forzadas de los rusos había afectado a pocas comunidades bajo el dominio de los Románov. En la guerra actual, el repliegue se estaba produciendo a lo largo de una gran línea que se extendía desde Curlandia hasta Galitzia. La primitiva comprensión de la historia rusa por parte del Estado Mayor había dado lugar a una estrategia que destruyó un gran número de hogares y empresas sin ningún beneficio militar.[26]
El rencor persistió en el Consejo de Ministros el 4 de agosto de 1915. Aleksandr Krivoshéin criticó la actuación del alto mando. El ministro del Interior, Nikolái Shcherbátov, se centró en la resistencia a la ampliación de la edad de reclutamiento y luego pasó a describir el terrible destino de los judíos deportados: «Nuestros esfuerzos por hacer entrar en razón al alto mando han sido inútiles».
La decisión definitiva sobre esa política se pospuso hasta la siguiente reunión.[27] Dos días después, la «cuestión judía» seguía dividiendo al gabinete.[28] Goremikin intentó zanjar el debate. Tras convencer a Nicolás de que hiciera una concesión hasta entonces inimaginable, le asustaba la idea de pedir más. Otros ministros coincidían con Goremikin. Esto llevó a Bark, el ministro de Economía, a preguntar cómo iban a obtener préstamos en el extranjero cuando los propietarios judíos de los grandes bancos se quejaban de que no se estaba haciendo nada para impedir que las tropas cosacas atormentaran a los judíos en la Zona de Asentamiento. El Consejo de Ministros adoptó el compromiso de cambiar las normas de la Zona sin revocar la ley. Al margen de que no querían presionar en exceso a Nicolás, los ministros temían que hubiese protestas de los diputados derechistas de la Duma si el asunto era trasladado a dicho organismo para su aprobación.
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La semiconcesión a los judíos no fue el único resultado trascendental de la reunión del 6 de agosto. Goremikin sorprendió al gabinete con la noticia de que Nicolás tenía intención de abandonar Tsárskoye Seló e instalarse en el cuartel general, situado casi ochocientos kilómetros al oeste, para ocupar el puesto de su primo como comandante en jefe supremo. Goremikin y Polivanov no habían hecho cambiar de opinión a un emperador que seguía lamentando no haberse quedado con sus fuerzas en 1904. Nicolás también odiaba a cualquiera que criticase al alto mando y Polivanov estaba molesto por ello. El Estado Mayor era un caos tras las derrotas de 1914 y 1915, y nuevos fracasos desacreditarían a la propia monarquía. Los ministros se sentían frustrados por el limitado alcance del poder del Gobierno y un emperador ausente no mejoraría la situación. Pero Nicolás insistió en nombrarse a sí mismo comandante en jefe supremo. Se desató una protesta en el gabinete y Krivoshéin recabó apoyos para hacer una propuesta al emperador.[29]
Los ministros estaban furiosos porque el emperador no les hubiera pedido su opinión.[30] El semiautócrata ruso estaba comportándose como un autócrata. Pero no había nada que pudiera desviar a Nicolás del camino elegido: él era el zar y su decisión estaba tomada. Entonces afloró la terrible posibilidad de una división continua entre los organismos militares y civiles del poder mientras su soberano se ponía en cuarentena en el frente.
La crisis estratégica también agitó al Consejo de Ministros, que empezó a barajar planes secretos para la evacuación de Petrogrado.[31] Cuando le pidieron su opinión, el emperador prohibió el traslado a Nizhni Nóvgorod de los tesoros de sus palacios o la colección de arte del Hermitage, pero ordenó a Goremikin y Nicolás Nikoláyevich que mantuvieran conversaciones sobre el destino de la capital. En los restaurantes de Petrogrado ya se hablaba de las intenciones oficiales. El gabinete se reunió el 18 de agosto para analizar la situación y los ministros coincidieron en la necesidad de evitar el pánico ciudadano y de extremar las precauciones sobre el secretismo. No obstante, su ansiedad fue en aumento, especialmente cuando Polivanov, el ministro de Guerra, los informó de que si los alemanes conseguían tomar Riga, los zepelines militares pronto sobrevolarían la capital rusa. El gabinete aplazó cualquier
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decisión cuando supo que la reubicación de las fábricas de Petrogrado conllevaría la pérdida de la mitad de su capacidad productiva, porque una reducción en la fabricación de armamento sería desastrosa.[32]
El gabinete, presidido por el emperador, volvió a reunirse el 20 de agosto de 1915. Nicolás seguía decidido a instalarse en el cuartel general como comandante en jefe supremo. Desesperado, Krivoshéin le pidió que al menos mantuviera al gran duque Nicolás Nikoláyevich como adjunto en el alto mando. Nicolás se negó, pero aseguró al gabinete que no interferiría en la conducción de la guerra por parte del Estado Mayor. Sabía que carecía de competencia profesional. Sin embargo, creía que su presencia cerca del frente elevaría la moral en todos los niveles de las fuerzas armadas. Tenía la intención de mantener a Goremikin como presidente del Consejo de Ministros y pidió a todos sus integrantes que permanecieran en sus puestos.[33] Su confianza en sí mismo y su sentido del deber dinástico eran innegables. No obstante, la desacertada naturaleza de su decisión era obvia para todos menos para él.
La mayoría del gabinete presentó una petición por escrito al emperador.[34] Esto era lo máximo que podían hacer para expresar una objeción sin infringir el protocolo de gobierno.[35] Los conspiradores ministeriales se habían reunido el 21 de agosto en casa de Sazónov, y ni Goremikin ni su amigo Jvostov fueron invitados. Bark, el ministro de Economía, redactó la petición. Polivanov, el ministro de Guerra, se negó a firmar, pero solo porque pensaba que constituiría una especie de violación de la disciplina militar. El texto de Bark subrayaba: «Estamos perdiendo la confianza en la posibilidad de servirle a usted y a la Madre Patria».[36]
El 22 de agosto de 1915, Nicolás partió hacia el cuartel general tras una última consulta con los ministros en el Palacio de Invierno y un servicio religioso en Tsárskoye Seló. Aunque reconocía que carecía de los conocimientos necesarios para decir al Estado Mayor cómo combatir, siempre había creído en su deber y en su capacidad para elevar la moral de oficiales y soldados permaneciendo cerca del frente. Optó por transferir a Nicolás Nikoláyevich para que dirigiera a las fuerzas rusas en el sector del Cáucaso. Yanúshkevich partiría con el gran duque. El alto mando ya había decidido trasladar el cuartel general más de trescientos kilómetros al este de Baránavichi, a un apartadero de ferrocarril en las afueras de Maguilov,
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junto al río Dniéper, el 21 de agosto de 1915.[37] Nicolás fue recibido allí por su primo Nikolasha a media tarde del 23 de agosto de 1915.[38] Siempre se habían llevado bien, y puede que el gran duque degradado incluso se alegrara de no tener que cargar más con la culpa de los reveses militares. Nicolás recibió entonces al general Mijaíl Alekséyev, que había llegado a Maguilov cuatro días antes como sucesor designado de Yanúshkevich en el cargo de jefe del Estado Mayor.[39]
Hasta entonces, Alekséyev había liderado el sector noroeste del frente oriental. Era popular entre los demás comandantes y entre todo el cuerpo de oficiales, que lo admiraban como a un hermano mayor.[40] Había tenido una actuación impresionante durante la Gran Retirada y se había ganado su puesto en el alto mando ruso. Con hombros anchos y bigote, Alekséyev caminaba ligeramente encorvado y con la cabeza gacha, como si estuviera sumido en sus pensamientos.[41] Había tenido una carrera meritoria desde la guerra ruso-turca de 1877 a 1878 hasta la guerra ruso-japonesa de 1904 a 1905 y más allá. Provenía de un entorno social humilde y era lacónico y poco ostentoso. No todo el mundo acogió con satisfacción su nombramiento. Algunos se preguntaban cómo podría asistir a las maniobras militares francesas si no hablaba ninguna lengua extranjera. (En realidad, la probabilidad de que visitara Francia antes del final de la guerra era inexistente). La modestia de Alekséyev era tal que la gente olvidaba que era uno de los graduados más notables de las academias militares rusas. Dominaba los últimos conocimientos técnicos y logísticos y tenía una memoria prodigiosa. Alekséyev nunca gritaba a los soldados o altos mandos y era un general que lideraba por medio del ejemplo. «Cerdos» y «sinvergüenzas» eran los peores improperios que se oían cuando se enfadaba por una mala actuación. Cristiano devoto, se persignaba antes de empezar a comer y asistía regularmente a los oficios vespertinos.[42]
Al día siguiente, Nicolás salió a conocer la ciudad y visitó la catedral y la administración provincial. Antes de regresar al cuartel general firmó la orden que le otorgaba el mando supremo. También dio un paseo por la otra orilla del río Dniéper y por la noche jugó al dominó. Empezó como tenía intención de seguir: dejando el trabajo diario del Estado Mayor a Alekséyev. Al instante, ambos formaron una cálida asociación y por las tardes se entretenían con juegos de cartas inocuos como el nain jaune.[43]
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Los ministros se sentían abandonados y frustrados. Cuando el gabinete se reunió el 24 de agosto, Krivoshéin y Polivanov repitieron la propuesta de crear un Consejo de Guerra. Si Nicolás iba a ausentarse de Petrogrado y a trabajar desde el cuartel general, la necesidad de un órgano que coordinara las decisiones en el frente y la retaguardia y que dotara al Gobierno de la autoridad que merecía no había hecho más que aumentar. Krivoshéin ya no intentaba contener su ira. Preveía una catástrofe para el imperio si no había cambios. La provincia de Kiev ya había recibido la orden de evacuar a toda su población. Krivoshéin exclamó: «¡Hemos tardado mil años en crear y construir Rusia y en el espacio de una hora varios comandantes audaces, actuando bajo una orden desconocida, la están borrando de la faz de la tierra!».[44]
En la Duma, donde se formó una coalición informal para presionar a favor de una reforma básica, se respiraba el mismo presentimiento de horror. Conocida como el Bloque Progresista, reunía a los kadetes, los progresistas y el ala izquierda de los octubristas. Aunque seguían teniendo sus discrepancias, todos estaban de acuerdo en que la campaña bélica continuaría deteriorándose hasta que Nicolás permitiera la formación de un «Gobierno de confianza» que emprendiera una serie de cambios políticos, incluida una amnistía para los condenados por delitos basados en su religión o tendencia política. Debía proclamarse la libertad de conciencia. Debía concederse autonomía a los territorios polacos y abolir las restricciones a los derechos de sus ciudadanos. Debía instaurarse una política conciliadora con los finlandeses. Había que derogar la legislación antijudía. La prensa en ucraniano debía ser legalizada y había que poner fin a la persecución de la Iglesia uniata. Asimismo, debía aprobarse la petición de la Duma para ampliar las competencias de los órganos administrativos locales.[45]
Nicolás había partido hacia Maguilov sin dar instrucciones sobre qué hacer respecto de esas exigencias provenientes del corazón de la Duma. El Consejo de Ministros debatió la situación el 26 de agosto de 1915. Goremikin dijo que las divisiones internas del Bloque lo hacían propenso a un desmoronamiento rápido, y se mostró desfavorable a tomarse en serio sus demandas.[46] Sin embargo, no logró convencer a los asistentes y Jaritónov fue designado para mantener conversaciones exploratorias en su
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nombre con los líderes del Bloque. Jaritónov informó sobre las condiciones establecidas por los parlamentarios. Lo más notable fue la exigencia que expuso Pável Miliukov de un nuevo gabinete que incluyera a representantes del Bloque.[47] Miliukov tenía un perfil político que probablemente no tranquilizaría al emperador. Era un destacado historiador de Rusia cuya lucha contra la autocracia de los Románov lo había llevado dos veces a la cárcel en su juventud. En 1905 había fundado el Partido Demócrata Constitucional y en 1906 instó a la gente a negarse a pagar impuestos u obedecer la llamada a filas. En los años siguientes había moderado sus tácticas, sin dejar de perseguir el objetivo de convertir el Imperio ruso en una monarquía constitucional.
Polivanov, el ministro de Guerra, quería continuar las conversaciones alegando que los propósitos del Gobierno y del Bloque no eran fundamentalmente incompatibles. Goremikin, el renuente primer ministro, no estaba de acuerdo. Krivoshéin, que quería que los líderes del Bloque Progresista fueran nombrados ministros, perdió los nervios y sostuvo que había que decirle a Nicolás que nombrara un nuevo primer ministro con autoridad para elegir la composición del gabinete. Esto molestó comprensiblemente a Goremikin, que, no obstante, consintió en presentar el caso colectivo en Maguilov.[48]
El 1 de septiembre, Goremikin volvió con las manos vacías: Nicolás había rechazado su petición de dimisión y ordenado a los ministros que permanecieran en sus puestos. Krivoshéin preguntó a Goremikin cómo era capaz de seguir como primer ministro.[49] Esto no logró inhibir a Goremikin, que continuó sirviendo a un monarca decidido a desafiar a sus detractores. El 3 de septiembre de 1915, Nicolás prorrogó la Duma.[50] El momento no fue casual. El emperador ya no estaba preocupado por la opinión de los Aliados después de que Bark, en su último viaje a Europa occidental, consiguiera por fin créditos financieros.[51] Llegando a la conclusión de que ya no tenía que sentirse molesto por las críticas de los liberales rusos, Nicolás se opuso a la introducción de miembros del Bloque Progresista en la administración. La desconfianza entre el emperador y la Duma alcanzó nuevas cotas. La reputación de Goremikin entre sus colegas del gabinete estaba por los suelos: Sazónov, el ministro de Asuntos Exteriores, pensaba que había perdido la cabeza.[52] Cuando Rodzianko, el
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presidente de la Duma, acorraló a Goremikin, le advirtió de que estaba cometiendo un terrible error.[53] El desmoralizado Goremikin suplicó a Nicolás que lo relevara de su cargo, pero Nicolás rechazó de nuevo la petición y, como de costumbre, Goremikin satisfizo los deseos de su soberano.[54]
Esta era la última oportunidad de Nicolás para tender un puente con la mayoría de la Duma. Es dudoso que un paso así hubiera evitado la revolución y la caída de la monarquía, porque los problemas a largo plazo ya estaban rebasando los muros de la capacidad económica, la resistencia militar y la paciencia social del imperio, pero Nicolás fue un insensato al desechar la oportunidad.[55] Estaba demasiado acostumbrado a pensar que podría salirse con la suya gobernando imperiosamente, y no supo reconocer que no podía controlarlo todo en la alta política. Las señales eran cada vez más evidentes. Aunque Nicolás tenía derecho a nombrar a la mitad de los miembros del Consejo de Estado, las principales figuras del Bloque podían presentarse a las elecciones para la otra mitad. En septiembre, el líder del Partido Octubrista, Aleksandr Guchkov, y el magnate de los negocios y liberal Pável Riabushinski entraron a formar parte del Consejo. La pareja imperial quedó consternada. Alejandra había escrito a Nicolás que Guchkov debía ser ahorcado y le pidió que asumiera el control: «Tú eres el amo». ¿Por qué, le preguntó, se infiltraban individuos como Guchkov, Riabushinski y Grigori Weinstein («Un auténtico judío, sin duda») en los más altos órganos del Estado?[56]
Nicolás no necesitó insistencia marital. El 16 de septiembre de 1915 convocó a todos sus ministros en Maguilov y mostró su enfado en cuanto bajaron del carruaje. Los hizo desayunar en un desaliñado bufé a pie de vía y, por si aún no habían captado el mensaje, se abstuvo de invitarlos a comer con él antes de que comenzaran las conversaciones a última hora de la tarde. Alejandra habría estado orgullosa. Otra cosa es si fue sensato humillar a los disidentes ministeriales.[57]
La petición remitida por diez de sus ministros lo había enfurecido: «¿Qué es esto, una huelga contra mí?». Goremikin explicó que no estaba de acuerdo con el gabinete, y Krivoshéin repitió los argumentos a favor del cambio y recibió el apoyo de Sazónov. Sámarin imploró a Nicolás: «Majestad, nos reprendéis por no querer serviros. No, os servimos según
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los pactos de nuestros antepasados, no por miedo, sino fieles a nuestra conciencia. Y no haremos nada que vaya contra nuestra conciencia». Nicolás montó en cólera al oír esto. El silencio era insoportable. Shcherbátov intentó calmar las cosas aventurando que había un choque de generaciones dentro del Gobierno. Goremikin, tan amable como siempre, encontró algo de humor en todo aquello: «¡Prefiero pelearme con un padre que con un hijo!». Nicolás dio por concluida la sesión tras indicar: «Puesto que no nos ponemos de acuerdo en nada, volveré a Tsárskoye Seló y analizaré toda la cuestión». Estrechó fríamente la mano a cada ministro antes de que todos tomaran el tren imperial de regreso a Petrogrado. Era obvio que la composición del gabinete pronto sufriría otro cambio, pero no uno que los detractores ministeriales aprobaran.[58]
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Asistencia y subversión patrióticas: Las actividades de las organizaciones civiles en tiempos de guerra
El emperador nunca había confiado en los órganos civiles electos del imperio y la guerra acentuó sus sospechas. Pensaba que el Estado ruso no podía aprender nada de los países occidentales. Las concesiones que había hecho tras la revolución de 1905 y 1906 seguían causándole dolor. Cuando Stanley Washburn, un periodista estadounidense del Times londinense, le preguntó al respecto, respondió: «Usted siempre está escribiendo y hablando de la opinión pública, pero en Rusia no tenemos opinión pública».[1]
Sin embargo, en el primer mes de la guerra ya era obvio que el Estado imperial necesitaba ayuda desesperadamente para su campaña bélica, y esto solo podía ocurrir pagando un precio político y económico. Uno de los principales liberales, el príncipe Gueorgui Lvov, se dirigió a Goremikin con un plan para crear uniones de zemstvos y administraciones municipales para todo el imperio. Introducidos en la década de 1860 en la serie de reformas de Alejandro II tras la guerra de Crimea, los zemstvos electos proporcionaban servicios sociales y de bienestar rural que habían sido lamentablemente inadecuados. Los ayuntamientos (o dumas) eran elegidos por los residentes urbanos y existían desde el siglo XVIII, pero no fue hasta 1870 cuando el sufragio se extendió a todos los contribuyentes.
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Los zemstvos y las dumas se encargaban de la educación, la sanidad, los servicios veterinarios, la economía, el suministro de alimentos, los seguros, las carreteras y la beneficencia, y tenían un envidiable historial de servicios de socorro en años de epidemias y hambrunas.[2] Pero tanto Nicolás como su padre Alejandro III temían que pudieran socavar al régimen monárquico si se les permitía centralizar sus actividades. La emergencia bélica de mediados de 1914 hizo cambiar de opinión a Nicolás y, en contra de sus instintos, respaldó la propuesta de Lvov.[3]
El 9 de agosto de 1914, el gabinete acordó los fondos que se pondrían a disposición de la nueva Unión de Zemstvos y la Unión de Ciudades.[4] La preocupación por que Lvov aprovechara el cambio en su beneficio político iba en aumento, y Maklakov, el ministro del Interior, insistió en que el equipo de Lvov se limitara a la actividad humanitaria.[5] El príncipe Gueorgui Lvov fue elegido jefe de la Unión de Zemstvos. Liberal y simpatizante de Tolstói, no era el organizador más adecuado para una campaña bélica, pero también era un ferviente patriota. Mijaíl Chélnokov, alcalde de Moscú y propietario de una fábrica de ladrillos, era su homólogo al frente de la Unión de Ciudades.[6] Cada unión estableció sus oficinas centrales en Petrogrado y Moscú. Inicialmente, los heridos de guerra y los enfermos eran su principal objetivo, mientras que la Cruz Roja rusa prestaba servicios médicos en el frente. En noviembre de 1914, la Unión de Zemstvos ya gestionaba 1700 hospitales.[7] A finales de año, la Unión de Ciudades contaba con ciento cuarenta municipios, cifra que aumentó a cuatrocientos sesenta y cuatro en los doce meses siguientes.[8] Las dos uniones ampliaron sus actividades al frente en respuesta al empeoramiento de las condiciones. Se crearon consultorios, cantinas, baños y lavanderías. Su presencia fue bienvenida por los mandos del ejército, incluido el gran duque Nicolás Nikoláyevich.[9]
Los zemstvos también hicieron amigos en la retaguardia gracias a sus campañas de suministro de alimentos y prestaciones sociales. Aleksandr Zamáraev observó que el zemstvo de Totma vendía avena traída de Siberia. Las esposas de los soldados en activo podían comprar con descuentos.[10] Todos los zemstvos del imperio estaban ampliando sus actividades.
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Los fondos estatales siempre habían sido cruciales para esa actividad. A finales de agosto de 1914, Lvov solicitó una subvención de tres millones de rublos para la Unión de Ciudades.[11] El Ministerio de Economía ya había desembolsado cuarenta y tres millones de rublos antes de noviembre de 1914.[12] El ministro del Interior, Nikolái Maklakov, advirtió que las conferencias celebradas por ambas uniones se utilizarían para la actividad revolucionaria. La emperatriz Alejandra coincidía con él y acusó a Lvov y a los suyos de ayudar a la campaña bélica solo para ganar crédito con la opinión pública y forzar concesiones políticas de su marido. Los liberales y los conservadores liberales sin duda utilizaron los zemstvos y las dumas para difundir sus ideas. Su ambición aumentó. A mediados de 1915 reunieron a la Unión de Zemstvos y la Unión de Ciudades en una nueva organización llamada Zemgor.[13] Nicolás reconoció, aunque a regañadientes, que ambas entidades desempeñaban una labor indispensable al aliviar las presiones sobre la Cruz Roja y la red hospitalaria anterior a la guerra. El Estado Mayor también apoyaba la necesidad del Zemgor, y Chélnokov elogió a los generales por su respaldo.
[14] Pero Jaritónov, el interventor del Estado, lamentó que el alto mando y el imperio en su conjunto tuvieran más confianza en la Duma y en los diversos órganos civiles electos que en el gabinete que Nicolás había nombrado.[15]
El Zemgor organizaba reuniones públicas. Aunque tenía que pedir permiso, el gabinete rara vez podía negarse si quería mantener sus servicios. O, como dijo Jatritónov, el interventor del Estado, los ministros no querían agravar el «nerviosismo» de la ciudadanía.[16] Los zemstvos y las dumas ganaron confianza. Krivoshéin llegó a aconsejar a Nicolás que mejorara su imagen en el extranjero como monarca con visión de futuro hablando directamente con Chélnokov.[17] Nicolás parecía comprender su lógica, pero no estaba por la labor de cambiar de costumbres y solo concedía audiencia a los miembros del Zemgor en contadas ocasiones.[18] No solo el monarca les rehuía. Tanto la Unión de Pueblos como la Unión de Zemstvos encontraron obstáculos cerca del frente. Chélnokov llegó a decir que a la Unión de Ciudades solo se le permitía actuar basándose en el principio de que «tenéis derecho a sentaros por ahí, pero no tenéis derecho a hacer nada».[19]
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A Maklakov, ministro del Interior, como a otros ministros ultraconservadores, le molestaba otorgar a la Unión de Ciudades más autoridad de la necesaria. Su ministerio intentaba tratar con las ciudades y pueblos de forma individual. Según Chélnokov, el resultado era un despilfarro económico totalmente evitable.[20]
Se creó otro órgano administrativo completamente nuevo por las necesidades de la guerra. Al estallar el conflicto, la cúpula del ejército seguía encargando sus suministros de productos manufacturados, desde gabardinas hasta cañones. Destacadas personalidades, encabezadas por Aleksandr Guchkov, Pável Riabushinski y Mijaíl Teréshchenko, argumentaban que esta era una manera demasiado formal de gestionar una emergencia bélica y propusieron crear comités de industrias de guerra que ayudaran a desatascar los cuellos de botella. Guchkov, Riabushinski y Teréshchenko tenían sus propios negocios. Sostenían que la escasez de proyectiles y otros problemas de abastecimiento solo podrían resolverse cuando los industriales pudieran formar organizaciones libres del control gubernamental. Los empresarios tendrían éxito allí donde los ministros y los líderes del ejército habían fracasado. Como las derrotas militares continuaban, el emperador se sintió obligado a aceptar la petición de cambio, y Guchkov y Riabushinski reunieron por primera vez el Comité Central de Industrias de Guerra el 4 de mayo de 1915.[21]
Guchkov era un conservador monárquico que había fundado el Partido Octubrista en 1905 para trazar una vía de compromiso entre el monarca y la Duma Estatal que estaba a punto de ser elegida. Era una figura pública inquieta. Arriesgó su vida y su integridad física al presentarse voluntario para luchar del lado de los bóeres contra el imperialismo británico en el sur de África. Nunca se llevó bien con Nicolás, a quien disgustaban sus exigencias para que la Duma ejerciera una mayor influencia, y Nicolás exasperaba a Guchkov haciendo poco o nada por reducir la tensión entre el Gobierno y la Duma. Cuando llegó la guerra, Nicolás creía más que nunca que Guchkov estaba jugando a la política. Al prometer que resolvería el déficit de producción para cubrir las necesidades militares, Guchkov destacaba sus propias capacidades y señalaba la mala actuación del Estado. Los kadetes desconfiaban de él porque había arremetido contra sus políticas tras la agitación revolucionaria de 1905 y 1906.
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La actuación práctica de los comités era menos impresionante de lo que afirmaban, aunque no fue enteramente culpa suya. Los ministros desconfiaban de Guchkov y sus partidarios. Muchos industriales no querían unirse a los comités por miedo a arruinar sus vínculos con el Gobierno. El resultado fue que incluso el Comité Central de Industrias de Guerra, que eclipsaba la actividad de otros comités de industrias de guerra de niveles inferiores, solo obtenía el 6,2 por ciento de los pedidos militares.[22] Los comités de Petrogrado, Moscú y Kiev recibieron encargos, pero la mayoría de los de las provincias fueron mal atendidos, y las pequeñas y medianas empresas rara vez obtenían un contrato.[23]
Guchkov siguió utilizándolas como plataforma para su actividad pública. A principios de agosto de 1915, escribió a Goremikin pidiéndole un cambio de rumbo político. El siempre leal Goremikin lo tildó de pura desfachatez y no contestó. Rujlov, el ministro de Transportes, dijo que Guchkov estaba convirtiendo el Comité Central de Industrias de Guerra en «una especie de segundo Gobierno» y haciendo llamamientos a los trabajadores de las fábricas. Jvostov, el ministro de Justicia, añadió que los kadetes habían abandonado su hostilidad hacia Guchkov porque lo veían como alguien capaz de dirigir un batallón en Tsárskoye Seló. Además, advirtió que el Comité Central de Industrias de Guerra podía convertirse en «un arma peligrosa en el juego político».[24] Guchkov visitaba a los comandantes del ejército en el frente y criticaba la actuación del Estado en la retaguardia. Cuando Guchkov se reunía con oficiales subalternos, parecía intentar minar la confianza en el Gobierno.[25]
La Ojrana, la policía secreta del Imperio ruso, lo mantenía bajo vigilancia.[26] Abogó abiertamente porque los trabajadores de las fábricas tuvieran su propia representación en los comités de industrias de guerra.[27] El gabinete consideraba que no podía negarse y arriesgarse a dañar la producción de material militar. Pero a los ministros seguía preocupándoles que los delegados elegidos por los trabajadores causaran problemas.
En 1917 había cincuenta y ocho grupos obreros en todo el país.[28] Los bolcheviques desestimaron inicialmente los comités como un truco para conseguir que la clase obrera impulsara la producción para «la guerra imperialista», pero cambiaron de postura tras darse cuenta de que brindaban una oportunidad para la organización política y la publicidad.
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Cuando se celebraron elecciones en septiembre de 1915, ganaron puestos a pesar de las acusaciones de algún tipo de argucia. Sin embargo, fueron los mencheviques quienes lograron la mayoría.[29] Kuzmá Gvózdev, un menchevique que trabajaba en la fábrica de teléfonos Ericsson de Petrogrado, se convirtió en negociador y portavoz.[30] Aunque Riabushinski subrayaba la necesidad de los comités de industrias de guerra, estaba preocupado por que los grupos obreros aprovecharan la oportunidad para formar «algún tipo de sóviet de diputados obreros en la cúpula», como habían hecho en 1905 y 1906.[31]
Jvostov, el ministro de Justicia, mostraba exactamente la misma preocupación.[32] La Ojrana estaba lo bastante agitada como para mantener a un informador, el menchevique Vladímir Abrósimov, en el Grupo Obrero.[33] Pero mientras el Gobierno intentaba reforzar su control sobre los comités de industrias de guerra, su autoridad se debilitaba en otras partes de la campaña bélica. Rodzianko, el presidente de la Duma, había pedido desde la primavera de 1915 la creación de un organismo que supervisara el suministro militar y combinara ministros, políticos de la Duma y el Consejo de Estado, líderes del Zemgor y dignatarios de la bolsa. La propuesta obtuvo la aprobación del Estado Mayor y la industria armamentística.[34] En un momento en que la guerra iba mal en el frente oriental, Nicolás se sintió obligado a aceptar.[35] El nuevo organismo se denominaría Conferencia Especial de Defensa y, el 22 de agosto de 1915, el propio Nicolás presidió sus deliberaciones. Aunque la Conferencia Especial era demasiado grande para entrar en las minucias de las decisiones de planificación, sus subcomités se volvieron expertos en preparar el terreno para ellas.[36] La Conferencia Especial parecía un oasis de conciliación en un momento en que el emperador rechazaba el Bloque Progresista y pretendía prorrogar la Duma. Al partir hacia Maguilov, Nicolás confió la presidencia del organismo a Polivanov, el ministro de Guerra, y se determinó que el organismo funcionaría con independencia del gabinete en su conjunto.[37]
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Ordenar la retaguardia: Un emperador ausente y el surgimiento de la oposición política
La presencia del emperador en el frente atenuó su control sobre los asuntos cotidianos de gobierno. Los ministros le habían advertido que esto ocurriría, y su marcha los hizo sentirse abandonados y menospreciados. También se enojaron al descubrir que la policía estaba espiándolos. Cuando siete de ellos celebraron un debate informal en el apartamento de Sazónov, un policía se apostó en la puerta. Parecía que Nicolás —o tal vez el Ministerio del Interior— veía motivos para desconfiar de ellos.[1]
A pesar de encontrarse a ochocientos kilómetros de Petrogrado, Nicolás supuso que podría mantener un contacto efectivo con los asuntos de la capital convocando a los ministros en Maguilov para consultas personales. Goremikin, tosiendo y balbuceando, hizo dos viajes antes de Navidad. De todos modos, Nicolás recibía informes diarios sobre los asuntos gubernamentales y Alejandra vigilaba la política de Petrogrado en su nombre. Rellenaba sus cartas y telegramas con comentarios despectivos sobre los líderes de la Duma y con consejos sobre a quién nombrar en el gabinete. Echaba mucho de menos a su marido y lo instaba cuando menos a trasladar su cuartel general más cerca de Petrogrado.[2] Algunos murmuraban que se había convertido en la verdadera gobernante y era cierto que a veces Nicolás seguía sus consejos en los nombramientos del
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gabinete. Pero Nicolás gobernaba a su antojo y el Gobierno central del imperio, siempre deslavazado, se volvió más desarticulado e ineficaz.
Tras desahogarse con el emperador, Krivoshéin fue destituido el 26 de octubre de 1915. Bark, uno de los aliados de Krivoshéin en el gabinete, permaneció en el Ministerio de Economía, pero no se le concedió audiencia con Nicolás hasta finales de diciembre. Por fin, el 18 de enero de 1916, se permitió a Goremikin retirarse del gabinete. Nicolás lamentó tener que despedir al «viejo Goremikin».[3]
Pero no le importó nombrar un Consejo de Ministros más dinámico. Su siguiente primer ministro fue Borís Stürmer, un antiguo gobernador provincial de ideas derechistas que pertenecía al Consejo de Estado.[4] A sus sesenta y siete años, la gente comentaba su tendencia a quedarse dormido en medio de las conversaciones.[5] Pocas personas lo consideraban una figura epatante y su manera de caminar dando pequeños pasos resultaba cómica.[6] Pero el emperador y la emperatriz creían que cumplía su principal requisito para el puesto: era infinitamente obsequioso y evitaba contradecirlos. Pasaron por alto su inexperiencia al más alto nivel y su falta de imaginación sobre qué hacer ante las múltiples crisis del imperio. Poco después de ocupar el cargo de primer ministro, añadió a sus funciones el Ministerio del Interior, pero su ambición personal no podía disimular el claro declive de la competencia del gabinete. Como era de esperar, los liberales se enfurecieron con esta última remodelación. En el congreso del partido Kadet de febrero de 1916, Andréi Shingarev declaró: «Tenemos que medir la naturaleza de Stürmer de una vez por todas: es cien veces peor para nosotros que Goremikin».[7] El desprecio por el Gobierno alcanzó su punto álgido en la Duma.
Sin embargo, Nicolás creía obstinadamente en lo acertado de sus decisiones. Disfrutó de su estancia en Maguilov, donde tuvo con él a su hijo y heredero Alekséi hasta mediados de diciembre de 1915. Dormían en la misma habitación en camas de campaña. Alekséi, una de las almas alegres de la naturaleza, levantaba el ánimo de Nicolás, pero con pesar, decidió que debía devolverlo al cuidado de Alejandra. Tras su partida, Nicolás echaba de menos su exuberancia y observaba con tristeza un dormitorio en el que solo quedaba una cama.[8] Mientras tanto, en Petrogrado, Stürmer luchaba contra las crecientes dificultades de la
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campaña bélica rusa. El 26 de agosto de 1915, Polivanov, el ministro de Guerra, había comunicado al Consejo de Ministros que era necesaria una nueva gran ronda de reclutamientos para reemplazar las pérdidas en el frente. Otros ministros aconsejaron prudencia. Nikolái Shcherbátov, del Ministerio del Interior, recordó a Polivanov el «fuerte descontento» que había estallado en las primeras rondas de reclutamiento. Los disturbios de 1914 no habían sido casuales: los campesinos estaban molestos con las autoridades que les quitaban tanto y les daban tan poco a cambio. Un estallido de furia popular se antojaba más probable a medida que la guerra se prolongaba.
La instrucción de Stürmer era que los gobernadores provinciales
utilizaran sus poderes para mantener a raya los problemas. Algo parecido a
la ley marcial ya había funcionado en al menos la mitad de todo el imperio
antes del estallido de la guerra. En 1912, 63,3 millones de personas —casi
la mitad de los súbditos del zar— vivían bajo «protección reforzada», lo
cual significaba que el gobernador de cualquiera de esas provincias podía
hacer caso omiso de los zemstvos, las dumas y el Estado de derecho
normal.[9]
Los gobernadores de esas provincias habían actuado como minizares en tiempos de paz. A medida que el edificio administrativo se desmoronaba a partir de 1914, algunos hicieron frente a sus problemas de abastecimiento alimentario obviando las órdenes dictadas por los ministros y prohibiendo la «exportación» de mercancías más allá de los límites provinciales.[10] El alto mando era caso aparte, y muchos gobernadores se sintieron maltratados por sus decisiones. La administración civil en toda la zona de guerra —y en muchas provincias fuera de sus límites— se sumió en el caos por la creciente marea de deportados y refugiados. Ningún gobernador podía paliar los problemas del transporte ferroviario mientras las autoridades militares amontonaban hombres, caballos y provisiones en los trenes. El alto mando seguía omitiendo los avisos oportunos sobre los envíos del ejército. Para los generales, aquellos gobernadores que se comportaban como zares eran meros subalternos. Cuanto más cerca estaba una provincia de la línea del frente, más probable era que su gobernador recibiera un trato humillante. Las provincias de Minsk y Smolensk informaron de una grave escasez de alimentos, incluso en un momento en
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que el ejército disponía de suministros suficientes.[11] En la provincia de Peskov, los comandantes del ejército faltaban al respeto al gobernador, mientras que en la provincia correspondiente al actual norte de Estonia deportaron a todos los pastores luteranos y no quedó nadie que pudiera oficiar bautizos, bodas o funerales.[12]
El ministro del Interior, Shcherbátov, estaba furioso. Para él, la única solución era eliminar todo el marco de gobierno de la zona de guerra con sus privilegios para el alto mando: «Doble poder en el corazón de Rusia. Una situación insoportable para los gobernadores: son mangoneados por los militares, pero ellos son los responsables ante el país».[13] Sin embargo, los mismos gobernadores podían oprimir a los habitantes de sus provincias. Las tierras de los Románov tenían fama de ser un Estado policial, pero los encargados de hacer cumplir la ley en Rusia estaban más dispersos que en los países más industrializados del oeste. Gran Bretaña, cuna del liberalismo europeo, tenía siete veces más policías por habitante que el Imperio ruso, donde el autogobierno rural era la norma. El campesinado tenía tradiciones de respeto, justicia, compensación y retribución que se habían desarrollado a lo largo de los siglos. Un campesino que las infringiera podía ser tratado con rudeza, o incluso apaleado o asesinado, y los capitanes de tierras normalmente sabían que no debían intervenir. Tras el estallido revolucionario de 1905 y 1906, todos los habitantes de las ciudades evitaban perturbar la paz y la tranquilidad en el campo, a menos que fueran acompañados por un destacamento del ejército.
De hecho, muchas cosas seguían funcionando con normalidad en los niveles más bajos del Gobierno imperial. Aleksandr Zamáraev acudió a la ciudad el 2 de diciembre para pagar sus impuestos anuales.[14] La maquinaria administrativa y judicial del distrito (volost) funcionaba correctamente. Zamáraev observó que el capitán de tierras todavía tenía influencia sobre quién podía ser elegido para un cargo.[15] Los campesinos seguían sin ser agentes libres de su destino. Zamáraev aceptó su situación. Tuvo suerte de ser demasiado mayor para el servicio militar obligatorio, aunque dijo que habría ido si le hubieran llamado. Aquel día en la ciudad pagó concienzudamente sus deudas fiscales, así como las de otros que le habían confiado su dinero.[16] La vigilancia policial era más intensa en los
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grandes centros urbanos, pero el control no resultaba fácil de ejercer. La paga de los gendarmes era escasa y siempre habían aceptado sobornos para complementar sus ingresos. Al mismo tiempo, no dejaban de ser matones que imponían la ley y el orden. Su impopularidad aumentaba en tiempos de guerra, cuando perseguían a los evasores de la conscripción. A menudo se planteaba la cuestión de por qué los gendarmes sanos no luchaban en el frente. Hubo una avalancha de hombres de la policía que querían pasar a ocupaciones mejor pagadas y menos impopulares. Muchos gendarmes aceptaron trabajos como cargadores de ferrocarril.[17]
Todos los partidos políticos estaban estrictamente vigilados. La Ojrana ya había penetrado en sus cúpulas directivas e informaba detalladamente de sus planes y consideraciones. Había diferencias en el trato a los partidos. Los octubristas y los kadetes no fueron acosados con detenciones porque se reconocía que al menos apoyaban la campaña bélica. Sin embargo, seguían siendo detractores peligrosos de las autoridades imperiales y sus actividades se sometían a vigilancia. Se remitían informes confidenciales al Ministerio del Interior, normalmente a las pocas horas de una reunión, y Nicolás recibía de forma periódica el análisis resumido. En cuanto a los partidos de la derecha política, la Ojrana se ocupaba discretamente de la Unión del Pueblo Ruso y distribuía subvenciones de un «fondo de reptiles» secreto que utilizaba para subvencionar a la prensa de derechas.[18] Se llegó a la conclusión racional de que no era necesario someter a esos partidos al mismo grado de vigilancia porque eran más reaccionarios que subversivos; su principal disgusto con Nicolás residía en su afición por Rasputín y su reticencia a seguir sus instintos y aplastar a los políticos que defendían la reforma democrática.[19]
Los más vigilados eran los socialistas: mencheviques, revolucionarios socialistas y bolcheviques. Aunque algunos de sus grupos abogaban por la defensa frente a las Potencias Centrales, todas las facciones socialistas se oponían al objetivo del Gobierno de acaparar nuevos territorios para el imperio. Estaban unidos en la hostilidad al «imperialismo». Entre los grupos bolcheviques, uno fue más lejos que el resto. Su líder, Vladímir Lenin, fundador del bolchevismo, llegó a pedir la derrota militar de Rusia como objetivo primordial, e hizo un llamamiento para que los marxistas extranjeros adoptaran la misma política respecto a sus propios Gobiernos
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en todos los países beligerantes. Exiliado en Suiza, fue rechazado por la mayoría de los compañeros de su facción como un extremista temerario. Los bolcheviques de la Duma se habían unido a los mencheviques y a los trudoviques (el grupo parlamentario que incluía a los socialrevolucionarios) para negarse a votar a favor de los créditos de guerra. Aunque solo eran un pequeño número de diputados de la Duma, las autoridades no ignoraban la capacidad de los bolcheviques para causar problemas graves. Habían liderado el levantamiento revolucionario de Moscú en 1905 y eran capaces de resurgir como una amenaza mortal para la monarquía.
El 7 de noviembre de 1914, Shcheglóvitov, el ministro de Justicia, informó al gabinete de que los cinco diputados bolcheviques de la Duma Estatal habían sido arrestados. La Ojrana había sido informada de una reunión secreta al otro lado de la frontera finlandesa, al norte de Petrogrado, en la que se confiscó una serie de panfletos que pedían la derrota del Ejército Imperial.[20] Una semana después, Goremikin señaló que las detenciones habían provocado «disturbios» entre los trabajadores industriales y los estudiantes.[21] Juzgados por subversión en febrero de 1915, los diputados fueron condenados al exilio en Siberia oriental.
La Ojrana sabía desde hacía tiempo que la eliminación total de los partidos revolucionarios no era realista. La estrategia consistía en confundir, desmoralizar y reducir su número de miembros activos, dando prioridad a la detención de los líderes problemáticos. No siempre funcionó como querían. Píotr Sudakov, un tornero metalúrgico menchevique de Petrogrado que intentó cimentar la cooperación entre mencheviques y bolcheviques fue detenido en otoño de 1915. Pero la Ojrana no había tenido en cuenta el afecto que sentían por Sudakov los trabajadores de la capital, que valoraban sus esfuerzos por establecer su seguro de enfermedad. El ministro del Interior, Shcherbátov, tuvo que admitir ante el gabinete que la detención había sido un error que estaba causando malestar en las fábricas. Hubo quejas de que la Ojrana había perdido el contacto con la situación.[22] El ministro de Guerra, Polivanov, culpó a las detenciones de una huelga de 50 000 trabajadores en la fábrica Putilov de Petrogrado. Según él, la acción policial había exacerbado
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innecesariamente la hostilidad hacia el Gobierno y mermado la vital producción militar.[23]
Con la esperanza de aumentar sus fondos y el personal a su disposición, la Ojrana tenía sus propios incentivos para informar a las autoridades sobre la amenaza en los términos más alarmantes. Pero no había duda de que el descontento iba a más. Un año de lucha había bastado para sembrar en los círculos gobernantes la idea de que la guerra tal vez había sido un terrible error. En diversas veladas celebradas en el verano de 1915 abundaban los comentarios sediciosos. En una de ellas, Rasputín, el «hombre santo» favorito de Nicolás, dijo que había que «detener la guerra». En otra, Aleksandr Guchkov, líder del Partido Octubrista, pronosticó una revolución que llevaría a Nicolás Nikoláyevich al poder como primer monarca constitucional de Rusia. Guchkov afirmó rotundamente todo esto delante de Sazónov, el ministro de Asuntos Exteriores, y de Ana Vírubova.[24] Guchkov llevaba años intentando materializar una reforma política más profunda en Rusia y lo desesperaba que estuviera produciéndose mientras su actual soberano ocupaba el trono.
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Gestión económica: Concentración industrial, inflación de precios y creciente escasez de alimentos
A principios de octubre de 1915, hasta el ministro más patriótico y confiado tuvo que aceptar que al imperio le esperaba una guerra larga. En un debate en el gabinete quedó constancia del abandono de la «ingenua creencia» de que el conflicto sería breve.[1] A medida que avanzaba la guerra, la presión sobre el comercio interior y exterior se hacía más intensa. El transporte, el suministro industrial y la seguridad alimentaria se vieron comprometidos.
Los turcos habían cerrado el Bósforo a los barcos rusos. La salida del mar Báltico estaba prohibida por la armada alemana. Aunque el imperio no carecía totalmente de litoral, el comercio a través del mar del Norte desde Arcángel se vio interrumpido por los submarinos alemanes que patrullaban y, de todos modos, el ferrocarril de vía única entre Petrogrado y el mar Blanco no se completó hasta 1916 a pesar del uso de prisioneros de guerra alemanes y austrohúngaros para acelerar las obras.[2] El transporte marítimo no tenía problemas desde Vladivostok hasta Japón, Canadá y Estados Unidos, pero el comercio del Pacífico solo transportaba una pequeña proporción de las exportaciones e importaciones rusas, y el ferrocarril transiberiano tardaba casi treinta días en ir y volver de Petrogrado y Moscú, ya que el Gobierno había dado prioridad a las
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mercancías destinadas al ejército. La ruta terrestre por ferrocarril seguía abierta desde Finlandia hasta Suecia y Dinamarca, y los empresarios y banqueros rusos mantenían sus antiguos contactos a través de Escandinavia.[3] También se comerciaba con Rumanía y, hasta el otoño de 1915, con Bulgaria.[4] Aunque esas salidas activas aliviaban los problemas de la restricción económica internacional, nunca podrían igualar las palpitantes arterias de transporte de las que había disfrutado el imperio cuando sus barcos podían surcar los mares Negro y Báltico y su transporte ferroviario tenía acceso directo a Europa central a través de las tierras polacas.
Rusia no fue la única potencia afectada por la guerra económica. Incluso Gran Bretaña, cuya Marina Real dominaba los mares, sufrió ataques de los submarinos alemanes contra sus barcos mercantes. La propia Alemania se hallaba en mayor peligro porque los acorazados británicos inmovilizaban a su flota mercante en los puertos. Las ciudades alemanas dependían en gran medida de las importaciones de alimentos y Rusia ya no era uno de sus proveedores cruciales. La hostilidad de la administración estadounidense hacia la causa alemana se agudizó después de que un submarino alemán hundiera el transatlántico Lusitania en mayo de 1915, y los consumidores urbanos alemanes se quejaban de que las estanterías de las tiendas estaban vacías. En un momento en que la industria también se estaba quedando sin materias primas fundamentales, la maquinaria bélica alemana se vio amenazada por una ruinosa merma de su capacidad. Austria no estaba en mejor situación. En 1916, la ración de pan se redujo a menos de trescientos gramos diarios y las largas colas, el mercado negro y el robo de alimentos se convirtieron en moneda corriente.
[5]
En el caso de Rusia, la situación de aislamiento fomentó la autosuficiencia y había muchas razones para que las autoridades imperiales se sintieran seguras en el primer año de la guerra. Sus territorios poseían prácticamente todos los recursos naturales necesarios. El carbón y el hierro eran abundantes incluso tras la pérdida de los campos de minas polacos. La producción agrícola era variada. El único cultivo gravemente deficitario era el algodón, la mitad del cual había que importar.[6] La cosecha de cereales en 1915 fue el 97,5 por ciento de la
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media anual de 1909 a 1913, y el año 1913 produjo una cosecha récord.[7] Parecía que la agricultura sobreviviría sin problemas. La interrupción de las exportaciones de cereales significaría que la totalidad de la producción agrícola estaría disponible para su compra en el mercado nacional.
Pero los ingresos derivados de la exportación de cereales eran un componente esencial del presupuesto. Antes de la guerra, el imperio había sido el mayor exportador de cereales del mundo. Casi todo el trigo del sur de Rusia y Ucrania partía de Odesa, Nikolaiev o Jersón hacia el centro y el sur de Europa. Una vez que los otomanos proclamaron su adhesión a la coalición liderada por Alemania, el transporte comercial ruso cesó. Si el grano se quedaba sin salida al mar, el Ministerio de Economía se enfrentaría a una crisis. Cubrir la deuda imperial resultaba difícil antes de 1914 y el cierre del estrecho agravó los problemas.[8] Las opciones del Gobierno eran pocas, y todas ellas complicadas. Se podían acelerar las imprentas para inundar la economía con más papel moneda. El Gobierno podía pedir préstamos a la ciudadanía, apelando a su patriotismo. El ministro de Economía podía viajar al extranjero y solicitar créditos a los Gobiernos aliados y a sus banqueros. También podía intentar introducir un sistema tributario para aumentar la aportación presupuestaria de los más pudientes.
Una cuarta parte de los ingresos tributarios se había perdido con la abolición del impuesto a los licores.[9] Bark, el ministro de Economía, consideraba degradante que un gran Estado dependiera tanto de un impuesto que incitaba al pueblo ruso a beber hasta perder el conocimiento y, antes de la guerra, él y el emperador habían acordado eliminarlo gradualmente. Tenían la intención de escalonar el proceso a lo largo de varios años.[10] Sin embargo, dejaron a un lado su cautela cuando estalló la contienda en 1914. Bark destacó las ventajas del cambio de política: se destruirían menos casas y negocios en incendios provocados por propietarios ebrios y aumentaría la productividad en la industria.[11] Era cierto que menos campesinos y obreros se emborrachaban en las fiestas religiosas y que después la gente volvía puntualmente al trabajo. Las borracheras de una semana se convirtieron en una rareza.[12] Pero los detractores de Bark no se dejaron impresionar. El economista y kadete Andréi Shingarev declaró en la Duma que no podía creerse lo que estaba
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haciendo el Ministerio de Economía.[13] Algunos ministros de Bark también quedaron sorprendidos por su iniciativa: sabían que la cultura del alcohol en Rusia no se erradicaría de la noche a la mañana. Pero, aunque el Gobierno cedió un poco y permitió la venta de vino y cerveza, la prohibición del vodka se mantuvo.[14]
La balanza comercial del imperio había sido negativa en los años previos a la guerra. Uno de los lastres presupuestarios había sido el coste de la modernización militar, y el gasto aumentaría enormemente al iniciarse la contienda. En tiempos de paz, el Ministerio de Economía apenas podía hacer frente a los intereses que exigían los préstamos exteriores del imperio. En agosto de 1915, Bark consiguió la aprobación de la Duma Estatal y el Consejo de Estado para planificar la introducción de un impuesto sobre la renta. Su idea básica, expuesta en abril de 1916, fijaba el listón fiscal de modo que solo tuvieran que pagar las personas que ganaran ochocientos rublos anuales o más.[15] Ese tipo de impuestos nunca habían sido populares entre los ricos de otros países y Rusia no fue una excepción. La tarea de recopilar la información necesaria sobre los ingresos de los ciudadanos era casi imposible en tiempos de guerra. El equipo de Bark trabajó concienzudamente en el plan, cuya entrada en vigor estaba prevista para 1917.[16]
El Gobierno también organizó seis préstamos de guerra sucesivos. El primero se otorgó al comienzo de la guerra con un interés del 5 por ciento. En 1915 llegaron otros tres, el último de los cuales ofrecía una rentabilidad del 5,5 por ciento anual. El sexto préstamo, anunciado en 1916, elevó el total a casi ocho mil millones de rublos. Los préstamos de Bark estuvieron a punto de cumplir sus objetivos declarados.[17] Los suscriptores querían apoyar la campaña bélica y más gente que nunca disponía de más efectivo porque gastaba menos.[18]
Los préstamos de guerra, por exitosos que fueran, nunca bastarían para financiar por sí solos la campaña militar. El valor del rublo se desplomó en el extranjero tras conocerse las noticias de las derrotas rusas. Rusia perdió solvencia internacional.[19] En casa, Bark se convirtió en el mayor impresor de billetes de la historia rusa, pero, como cabía esperar, el precio de los productos aumentó considerablemente en las tiendas. Aunque había más cereales en el imperio que en tiempos de paz, el ejército se llevaba una
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parte más grande de la habitual. Los productores agrícolas reaccionaron a la incertidumbre económica sacando menos cosecha al mercado. Los consumidores notaron las repercusiones, ya que el pan de centeno costaba un 34 por ciento más en los primeros doce meses de guerra y la carne subió un 23 por ciento.[20]
La campaña bélica rusa se habría paralizado sin el apoyo económico de los aliados occidentales. Ya en febrero de 1915, cuando Píotr Bark viajó a París para reunirse con los ministros de finanzas aliados, Rusia estaba al borde del colapso presupuestario. Gran Bretaña y Francia ofrecieron préstamos de veinticinco millones de libras cada uno, y el Banco de Francia abrió una enorme línea de crédito para aliviar las necesidades de Petrogrado. Bark tuvo que prometer la reanudación de las entregas de cereales a los países aliados cuando los británicos planeaban una acción contra los otomanos para forzar la reapertura del estrecho de los Dardanelos. Los cargamentos de grano se acumulaban en los muelles de Odesa. Las defensas otomanas repelieron la campaña anfibia de Gran Bretaña y la salida del mar Negro permaneció bloqueada.[21] A pesar de su preocupación por el trato que Rusia daba a sus súbditos judíos, franceses y británicos tenían una necesidad urgente de mantenerla en la guerra. Sabían que si los rusos firmaban la paz en el frente oriental, un gran número de divisiones alemanas serían transferidas al frente occidental. Aunque la famosa apisonadora militar rusa estuviera paralizada en el frente oriental, era un factor crucial para impedir un triunfo alemán en el norte de Francia. Los aliados occidentales podían poner condiciones a su ayuda, pero no podían permitirse el lujo de negársela por completo.
Sin embargo, la capacidad de Francia y Gran Bretaña para satisfacer las necesidades económicas rusas disminuyó a medida que sus propios costes se descontrolaban. Los dos aliados occidentales también tuvieron que solicitar préstamos a bancos neoyorquinos. Simultáneamente, lo hacían en nombre de Rusia. Ese reparto de funciones obedecía a la reticencia de muchos financieros estadounidenses a ayudar a un Gobierno al que consideraban antisemita y autoritario. El cambio en la dirección del Estado Mayor en agosto de 1915 al principio había suscitado esperanzas de nuevas mejoras en el trato a los judíos. Pero, aunque se puso fin a las deportaciones masivas desde la zona de guerra, Alekséyev continuó con
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otras medidas discriminatorias y prohibió el empleo de judíos en las organizaciones del Zemgor en cualquier lugar cercano al frente oriental.[22] Gran Bretaña y Francia llegaron a acuerdos con J. P. Morgan and Co. y el National City Bank para aliviar su crisis financiera y, al mismo tiempo, ayudar a los rusos. La administración de Estados Unidos dio su aprobación a pesar de su política de neutralidad durante la guerra europea.[23] En 1916, el National City Bank estableció operaciones directas en Rusia y J. P. Morgan siguió actuando como intermediario para Rusia.[24] Ayudada por esos créditos, Rusia pudo firmar contratos, especialmente con empresas estadounidenses, para llenar las lagunas de la producción industrial rusa. Fusiles, explosivos y locomotoras ferroviarias eran muy necesarios.[25]
Los aliados occidentales estipularon sus condiciones para ayudar a la campaña bélica rusa. En el verano de 1916, Rusia tuvo que prometer que enviaría parte de sus reservas de oro a los británicos a cambio de más créditos financieros. Los franceses abrirían una línea de crédito adicional si Rusia accedía a utilizar el dinero únicamente para necesidades militares y, de forma poco realista, a exportar productos agrícolas.[26] Los fríos cálculos entre los Aliados estaban enfriándose aún más. Los rusos se sentían molestos, pero no estaban en condiciones de ir más allá de una queja.
El Ministerio de Comercio e Industria presionó para que las grandes fábricas con contratos gubernamentales formaran sindicatos industriales. La razón era facilitar las decisiones sobre qué fabricar, en cuánto tiempo y a qué precio.[27] Existía una buena relación entre el Gobierno y las empresas más grandes de la industria y la minería. Cuando una empresa favorecida tenía problemas económicos, como le había ocurrido a la fábrica Putilov antes de la guerra, los ministros temían una caída ruinosa de las entregas.[28] En la Conferencia Especial de Defensa se lanzó la propuesta de confiscar la empresa, pero todo quedó en nada cuando la directiva amenazó con marcharse.[29] Sin embargo, las cuentas de Putilov eran tan caóticas que, en febrero de 1916, el Gobierno decidió que la empresa pasara a manos del Estado. Si los Putilov no podían obtener beneficios, la contribución de la empresa a la capacidad armamentística del imperio era demasiado importante como para permitir que desapareciera.[30] La familia Putilov salió con sus activos bancarios
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intactos. Los socialistas se quejaban de que los ministros siempre intervenían para salvar el pellejo a los ricos y los ministros argumentaron que la campaña bélica tenía prioridad y exigieron que se salvara una fábrica de armamento tan importante.
En 1916, la cantidad de mercancías transportadas por ferrocarril había aumentado un 10 por ciento.[31] Pero se dio prioridad al transporte de hombres, caballos, armamento, uniformes, medicinas, alimentos y heno al frente, lo cual hizo estragos en el sector civil de la economía. En la línea transiberiana, por ejemplo, los productos lácteos vitales recibían un espacio reducido en los vagones y los suministros militares tenían prioridad sobre la mantequilla.[32] Cuando, en noviembre de 1915, el gabinete se reunió para debatir la escasez de carbón en las fábricas, sus miembros reconocieron que parte del problema radicaba en la excesiva presión ejercida sobre la red ferroviaria.[33]
Los grandes latifundios de Ucrania y el sur de Rusia fueron el sector agrícola más afectado, ya que, a diferencia de las pequeñas explotaciones campesinas, dependían del comercio de exportación y de la mano de obra contratada. El cierre del acceso del imperio a las aguas del Mediterráneo alteró el modelo de comercio de las grandes explotaciones y los productores de cereales. El reclutamiento masivo de millones de hombres sanos empeoró aún más la situación, pues hizo desaparecer mano de obra adecuada. La superficie sembrada en todo el imperio se redujo al 82 por ciento del total de 1913.[34] Esto en sí mismo no implicó la producción de cosechas insuficientes para alimentar a la población, pero, sin embargo, había un problema creciente con el suministro de alimentos, especialmente en los pueblos y ciudades del norte y el centro de Rusia. La razón inmediata era que la mitad de las ventas de cereales se destinaban a las fuerzas armadas, y los efectos eran adversos para las familias civiles.[35] La carne y el helado llegaban de Siberia, y los productos lácteos importados de Gran Bretaña aliviaban los déficits en los suministros nacionales, pero a finales de 1915 ya había escasez de mantequilla en Petrogrado.[36]
El reclutamiento masivo significaba que el Estado necesitaba alimentar a sus nuevos soldados y marineros. Esto suponía una enorme presión para el presupuesto y la maquinaria administrativa. Mientras que en tiempos de
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paz eran los pueblos los que asumían esa responsabilidad, ahora recaía en los comandantes del ejército y los ministros del Gobierno.
A pesar de todas esas dificultades, el Imperio ruso experimentó un inmenso crecimiento industrial en tiempos de guerra, impulsado por los contratos estatales. Las empresas más grandes formaron sindicatos. Prodamet, fundada en 1902, dominaba la metalurgia en todo el imperio, mientras que Produgol fue creada en 1906 para agrupar a las principales empresas de minería de carbón. Los dos sindicatos superaban a la competencia en sus sectores. Casi dos tercios de toda la producción de carbón procedían de Produgol, mientras que Prodamet generaba el 85 por ciento de la producción metalúrgica.[37] Entre tanto, las oleadas de reclutamientos afectaban a la actividad, por lo que las autoridades tuvieron que estudiar qué categorías de mano de obra debían quedar exentas. Se propuso rebajar la edad laboral e incorporar a las mujeres a la población activa.[38] El hierro y el carbón del Dombás se convirtieron en elementos cruciales tras la pérdida de las tierras mineras polacas.[39] Algunas empresas que habían producido para el mercado civil fueron destinadas a la campaña bélica. El Estado buscaba la simplicidad y la fiabilidad favoreciendo a los sindicatos existentes y a grandes empresas con un historial probado de logros. Como en todos los países beligerantes, había demoras e ineficiencias. La escasez de cartuchos se convirtió en un problema grave y las fábricas de explosivos, productos químicos y medicamentos acusaban deficiencias.[40]
Se introdujeron apresuradamente nuevas técnicas en la práctica industrial. Se prolongaron los turnos y se pedía a los trabajadores que aceptaran otras modalidades de trabajo y organización. Se redujeron las vacaciones. Al mismo tiempo, los propietarios tenían que conservar sus equipos cualificados y se aumentaron los salarios debido a la competencia por la mano de obra. Pero la mano de obra industrial existente nunca podría cubrir las necesidades de la guerra. La contratación adquirió un ritmo frenético. Los obreros de las grandes fábricas pasaron de 1.844 000 en 1913 a 2.193 000 en 1916.[41]
La escasez de alimentos y la consiguiente inflación provocaron un descontento generalizado. En 1915 se implantó en Alemania un sistema de racionamiento que se aplicó al azúcar, la grasa, el pan y el jabón, pero el
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Gobierno de Petrogrado dudaba en seguir el precedente alemán. Bark, el ministro de Economía, abogaba por un mayor control estatal del comercio mediante la fijación de precios para determinados bienes deficitarios en el mercado. Creía que esto podría aplicarse a las cerillas y el azúcar refinado, pero que técnicamente era demasiado difícil de organizar en el caso del tabaco y el petróleo. El Ministerio de Transportes barajó la idea de poner límites a lo que podían comprar los particulares para evitar un brote de pánico comprador.[42] Persistía el nerviosismo ante la introducción de tales medidas, pero ello no libró de culpa al emperador y su gabinete. En un imperio en el que reivindicaban la máxima autoridad, era natural que sufrieran fuertes reproches. Nicolás no podía ser criticado en público, pero, informalmente, su reputación estaba por los suelos entre amplios estratos de la sociedad.
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El frente oriental: Resistencia militar rusa
y propuestas alemanas
En septiembre de 1915, las fuerzas imperiales rusas del frente oriental demostraron por fin que era posible contener el avance de las Potencias Centrales. Se había llevado a cabo la Gran Retirada y el frente estaba estabilizado a lo largo de una línea que se extendía 1200 kilómetros hacia el sur desde las afueras de Riga, en la costa del Báltico, y bajando por el río Dviná hasta Chernivtsí, que se encontraba a orillas del río Prut, al este de los Cárpatos. Las derrotas y la retirada estratégica forzosa habían supuesto la rendición de la Polonia rusa, así como de grandes franjas de Letonia, Lituania y Bielorrusia. Toda la línea del frente, excepto el sudeste de Galitzia, se encontraba en el interior de la frontera del Imperio ruso anterior a la guerra. Pero el alto mando alemán se equivocó al pensar que los rusos estaban a punto de derrumbarse y la resistencia y competencia militares rusas estaban a punto de demostrar su fortaleza.
En la provincia de Vólogda, un año después del estallido de la guerra, Aleksandr Zamáraev había perdido la confianza que le quedaba en las perspectivas militares de Rusia. Además, se enfrentaba a sus propios problemas en casa. La temporada de trilla en el norte de Rusia se veía interrumpida por aguaceros repentinos y Zamáraev temía que la cosecha se echara a perder.[1] Continuó trabajando duro todos los días, haciendo viajes ocasionales a Totma para comprar provisiones para la familia. Leía sobre lo que ocurría en el resto del imperio y en la Rusia combatiente y asistía
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con regularidad a la iglesia. Para el Año Nuevo de 1916 ya no veía ninguna posibilidad de que Rusia venciera a las Potencias Centrales. Su patriotismo era inquebrantable y no era pacifista, pero las victorias alemanas le parecían imparables y deseaba el fin de la contienda. La prensa diaria confirmaba su pesimismo. Como escribió en su diario, había llegado a anhelar una paz que «secara las lágrimas de viudas y huérfanos». Deseaba que «la gente dejara de destruirse porque todos somos hermanos».[2]
El barro del otoño de 1915 y las nieves de principios de invierno detuvieron los combates y dieron un respiro al imperio por primera vez en el transcurso de la guerra. El frente oriental se estabilizó. La enorme campaña defensiva estaba dando sus frutos, pero el alto mando ruso sabía que la victoria era, en el mejor de los casos, una posibilidad lejana. Alekséyev, el jefe del Estado Mayor, sabía que, pasara lo que pasara, era a los alemanes a quienes tenía que derrotar. En septiembre de 1915 se planteó la posibilidad de explorar si los otomanos aceptarían una paz por separado. Calculó que si conseguía dividir a las potencias enemigas de ese modo, podría cosechar una victoria sobre Alemania. Pero sabía que una paz ruso-otomana no sería bien acogida por la opinión de la Duma Estatal. El objetivo bélico de los Dardanelos se había convertido en un fetiche en la vida pública rusa y Alekséyev evitó insistir en su propuesta.[3]
La resistencia militar rusa y el clima polaco no fueron la principal razón de la estabilización del frente oriental. Los alemanes habían dado prioridad al frente occidental y las fuerzas austrohúngaras estaban atrapadas en sus campañas contra Serbia e Italia, así que los rusos se atrincheraron y reabastecieron. Alekséyev exigió a la retaguardia más reclutas, artillería, fusiles, caballos, alimentos y ropa. El Gobierno anunció la reducción de la edad de reclutamiento para que los jóvenes de diecinueve años pudieran incorporarse a las fuerzas armadas.[4] A principios de noviembre de 1915, el Ejército Imperial contaba con 4.900 000 hombres en servicio activo.[5] De ellos, 650 000 estaban en el frente. Tenían 2590 ametralladoras y las trincheras se extendían desde Tallin, en el Báltico, hacia el sur, hasta Chernivtsí, en el centro de Galitzia.
[6] A mediados de 1916, los rusos tenían 1,75 millones de soldados en el frente y otros 750 000 en las reservas.[7] En octubre de 1916 había
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8.269 000 hombres en servicio militar, una cifra que abarcaba todos los sectores de los frentes oriental y caucásico. Según otra estimación, el número ascendía a 6.191 000 hombres. La discrepancia se explicó posteriormente como resultado de si se incluían o no los empleados que realizaban trabajos auxiliares para las fuerzas armadas.[8]
Los combates en el frente oriental se estabilizaron en un patrón estático a partir del otoño de 1915. Se cavaron trincheras, se posicionó la artillería y se reorganizaron los enlaces de transporte, una tarea nada fácil para los rusos. Estos estaban consiguiendo la guerra defensiva que sus comandantes más brillantes siempre habían preferido antes de 1914, cuando planificaban el conflicto con Alemania.[9] La línea ya no se movía hacia el este como había estado ocurriendo desde Tannenberg y los lagos de Masuria. Riga permanecía intacta a pesar de la proximidad de las fuerzas armadas alemanas y se suspendieron las conversaciones sobre la evacuación de Petrogrado o Kiev. El avance de los ejércitos alemanes se detuvo. Ambos lados del frente acusaron pérdidas inmensas. Las muertes y bajas sufridas por los rusos fueron publicitadas por los partidos revolucionarios y se han convertido en un elemento básico de la narrativa histórica, pero en realidad Alemania experimentó una mayor proporción de bajas militares en el frente oriental que en el occidental.[10]
Mientras los territorios bielorrusos y lituanos se convertían en un osario, el Estado Mayor ruso se mantenía firme. Nicolás y Alekséyev tenían una relación de trabajo basada en la confianza mutua. Aunque Nicolás pensaba que había elegido al hombre adecuado para dirigir el Estado Mayor, el nombramiento de Alekséyev sirvió para asegurar a los demás generales que la llegada del zar a Maguilov no afectaría a la eficacia militar.[11] Uno de ellos era Alekséi Brusilov, destinado en el sector suroccidental del frente oriental. Nunca se llevó bien con Nicolás, a quien consideraba «un niño» en cuestiones militares, y despreciaba a Alekséyev por ser un líder «sin personalidad real».[12] Sin embargo, Alekséyev era eficaz en su trabajo y Nicolás no interfería. Su única exigencia era recibir cada mañana a las once informes sobre la situación militar en todos los sectores del frente oriental. Esto molestaba a los coroneles que tenían que recopilarlos, pero Alekséyev estaba agradecido de que Nicolás no se inmiscuyera en las decisiones operativas y estratégicas.[13]
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El emperador era el símbolo, no el director, de la campaña militar. A mediados de noviembre de 1915, pocas semanas después de instalarse en Maguilov, se dirigió al sur para visitar a las fuerzas imperiales. En Jersón, cerca del mar Negro, inspeccionó un desfile militar. El suboficial Alekséi Shtukáturov, que moriría en el frente un mes más tarde, era parte de las tropas que formaban fila con los numerosos regimientos y documentó la ocasión con estas palabras: «El soberano iba a caballo y su heredero en coche. El soberano está muy delgado y pálido y tiene los ojos hundidos. El heredero es un muchacho muy dulce y atractivo». Shtukáturov se alegró de que Nicolás pasara a caballo delante de todas las compañías para expresar su agradecimiento a las fuerzas que estaban a punto de ser desplegadas en el frente. El zar estrechó la mano a todos los comandantes de batallón y, antes de terminar el día, manifestó su esperanza de que los jóvenes fusileros lo sirvieran a él y a la patria para mayor gloria de sus regimientos.[14]
Mientras que los partidos socialistas daban por sentado que la impopularidad de Nicolás en la revolución de 1905 y 1906 estaba grabada para siempre en la mente popular, la mística de la dinastía Románov perduraba para millones de hombres en activo. El propio Nicolás estaba seguro de que el pueblo ruso le quería. Pero Shtukáturov, que no era un disidente político, probablemente no fue el único que se sintió poco inspirado por la ocasión. Su estado de ánimo no mejoró con la mala comida que sirvieron a su regimiento aquella noche. Los soldados se quejaban de que la comida habría sido mejor si los oficiales hubieran sabido que Nicolás podía ver lo que les servían.[15]
Nicolás siguió visitando a sus fuerzas cerca del frente oriental, pero se acentuó la sensación de que la dinastía Románov aportaba poco valor a la campaña bélica. Vasili Krávkov, veterano de la guerra japonesa y médico de alto rango en el frente oriental, ya no se mostraba optimista ante las posibilidades militares de Rusia y temía que Nicolás llevara a sus favoritos, como Rasputín, al cuartel general y empeorara una situación ya de por sí grave.[16] Se formó una mala opinión de los Románov que recorrían el frente. En uno de esos viajes, el gran duque Andrés Mijáilovich se encontró con Krávkov y le dijo que la aplicación de mantequilla era el mejor tratamiento para las heridas internas del
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estómago. Krávkov llegó a la conclusión de que la corte estaba llena de parásitos idiotas y estaba seguro de que el pueblo se vengaría de ellos.[17] El Estado Mayor se horrorizó al enterarse de que Rasputín había expresado su deseo de visitar Maguilov. El 26 de noviembre de 1915, Alekséyev se puso firme y le dijo a Nicolás que nadie en el alto mando estaba contento con la idea. Prudentemente, Nicolás denegó el permiso a Rasputín.
Sin embargo, en su viaje a Maguilov en agosto de 1916, la emperatriz llevó a Alekséyev a dar un paseo por el jardín y le preguntó: «¿Qué tiene usted, general, contra Grigori Rasputín?». «Nada, majestad imperial», respondió él. «No lo he visto nunca». Alejandra replicó: «Pero ¿por qué se opone a que venga aquí? Seguro que sería un gran apoyo para el zar. Estamos en deuda con él. Alësha [Alekséi] se ha salvado dos veces de la muerte gracias a sus oraciones». Alekséyev respondió con tacto pero con firmeza: «Majestad, la voz del pueblo es la voz de Dios. Yo, verdadero servidor de mi soberano, estoy dispuesto a hacer todo lo posible para darle un respiro, pero no puedo permitir la presencia aquí de una persona sobre la que el ejército y el pueblo tienen unánimemente la opinión más negativa».[18] Nicolás apoyó a Alekséyev. Pero cuando este fue más allá y planteó la cuestión de la notoriedad de Rasputín, el zar lo interrumpió: «¡Ya lo sé!». Una cosa era que el jefe del Estado Mayor mantuviera a Rasputín fuera del cuartel general del ejército y otra muy distinta que expresara una opinión sobre su influencia.[19]
Los comandantes de ambos bandos en el frente oriental no sabían cómo poner fin al estancamiento militar. El 14 de abril de 1916, Nicolás presidió una conferencia de sus generales en Maguilov. Solo uno de ellos, Alekséi Brusilov, manifestó cierto optimismo en que una ofensiva contra los alemanes pudiera ser efectiva en el sector suroccidental, donde recientemente había tomado el control. Su opinión fue rechazada con desdén por los demás generales, pero Brusilov se mantuvo firme, diciendo al emperador que no había justificación para permanecer en las trincheras.
[20]
Nicolás dio su aprobación a Brusilov con la condición de que su ofensiva no necesitara refuerzos de otras partes de la línea. Le ayudó el hecho de que el alto mando ruso estuviera siendo presionado por los
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aliados occidentales para iniciar una nueva operación ofensiva. Brusilov aplicó nuevas ideas a la campaña de verano y planeó un avance repentino que engañara al espionaje militar del otro bando. Para prepararse, Brusilov entrenó de nuevo a sus unidades de artillería y reunió una vanguardia de «tropas de choque» que pudieran atravesar la tierra de nadie en poco tiempo. Utilizó los nuevos aviones para espiar las defensas austrohúngaras y mejoró su red de comunicaciones. El 22 de mayo de 1916 ordenó el inicio de la ofensiva y, tal como esperaba, las salvas iniciales cogieron a los austriacos desprevenidos. Los rusos destruyeron las defensas enemigas en cuatro puntos a lo largo de una línea de treinta kilómetros. A medida que los rusos avanzaban, Galitzia oriental y toda la región de Bucovina cayeron bajo la ocupación rusa. La campaña se saldó con 370 000 prisioneros austrohúngaros, un tercio de las fuerzas armadas de su país.[21]
Los periódicos rusos celebraron la gran victoria y el campesino Zamáraev estaba encantado con aquel éxito. Después de tantas derrotas, los rusos por fin avanzaban con paso firme. Zamáraev definió a Brusilov como uno de sus héroes.[22] Sin embargo, Nicolás II no mostró la misma admiración. Tal vez sospechando que Brusilov corría demasiados riesgos, le envió una nota de felicitación que el destinatario consideró «insípida».
[23] De hecho, la prensa estaba exagerando la durabilidad del triunfo. Brusilov no había conseguido reforzar las posiciones ganadas al otro lado de las líneas austriacas. El alto mando alemán reaccionó con rapidez y retiró algunas de sus divisiones del frente occidental para detener el avance ruso y, a continuación, los rusos fueron empujados de nuevo a la defensiva y el frente oriental volvió a la guerra estática.[24]
En julio de 1916, los alemanes reunieron fuerzas para atacar la línea rusa a lo largo del río Stojod. Se libró una batalla tremenda antes de que la ofensiva alemana fuera repelida, y los rusos afirmaron que los beneficios no se limitaban a su posición en el frente oriental. En el este de Francia, el asedio de Verdún estaba alcanzando su punto culminante. Antes que rendirse, el general Philippe Pétain estaba dispuesto a pagar cualquier precio en vidas de soldados franceses, pero se decía que Verdún habría caído si el alto mando alemán hubiera podido transferir divisiones desde el este. En agosto de 1916, Nicolás estaba entusiasmado al comprobar que sus fuerzas armadas podían enfrentarse al enemigo y machacarlo.[25]
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El Gobierno y el alto mando alemanes seguían confiando en la superioridad de sus fuerzas, pero daban prioridad a la consecución de la victoria en el frente occidental. Por eso, y solo por eso, desde 1915 habían tanteado a los rusos sobre la posibilidad de una paz separada en el frente oriental. Hubo tres acercamientos secretos a Nicolás II.[26] Según decía en una carta la princesa M. A. Vasílchikova, residente en Alemania, creía saber de buena tinta que los dirigentes alemanes estaban dispuestos a conceder los Dardanelos a Rusia en un futuro acuerdo. El gran duque Ernesto de Hesse, nada menos que el hermano de Alejandra, reforzó el mensaje escribiendo que Gottlieb von Jagow, secretario de Estado del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, estaba a favor de la idea. El embajador ruso en Suecia transmitió propuestas similares a Sazónov tras ser contactado por directivos del Deutsche Bank en Estocolmo.[27] El mensaje posterior de la embajada suavizó un poco el sabor de las propuestas al añadir que los alemanes esperaban tomar plena posesión de Polonia.[28] El gran duque Ernesto, tan entusiasta como siempre, escribió directamente a su hermana, la emperatriz Alejandra, suplicando que se allanara el camino hacia una paz por separado.[29]
Los alemanes no cejaron en su empeño a pesar de la falta de respuesta de Nicolás y calcularon erróneamente cómo vería este la situación. El honor personal era la esencia de su identidad y se negaba a contemplar la vergüenza de buscar una paz por separado. Sabía que la dinastía estaba siendo juzgada por la opinión pública. Si alguna vez llegaba a parecer poco comprometido con la victoria militar, pondría su trono en peligro. Los rumores sobre las inclinaciones proalemanas en la corte y en el Gobierno se habían intensificado desde el comienzo de la guerra. Sir George Buchanan, embajador de Gran Bretaña, se los tomó en serio y le preocupaba que la emperatriz Alejandra estuviera complaciendo a los miembros de su círculo íntimo que querían un acuerdo de paz con Alemania.[30] No ayudó el hecho de que Alejandra hubiera nacido como princesa alemana de Hesse y el Rin o que el primer ministro Borís Stürmer tuviera apellido alemán. Lo más perjudicial para la reputación de la familia imperial era el hecho ampliamente conocido de que Grigori Rasputín, su «amigo» más querido, había desaconsejado entrar en guerra y era partidario de firmar la paz.
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Aunque los políticos de la Duma mantenían los ojos y los oídos abiertos ante la menor evidencia de traición en las altas esferas, lo cierto era que Nicolás y Alejandra estaban tan comprometidos con el objetivo de la victoria militar como el Estado Mayor. El fervor patriótico motivaba a toda la Rusia oficial, como lo había hecho desde el inicio de las hostilidades. La derrota de las Potencias Centrales seguía siendo el objetivo supremo.
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Pueblos y ciudades en la Gran Guerra: Campesinos furiosos y consumidores urbanos hambrientos
Las perturbaciones ocasionadas por una guerra total prolongada aumentaron a medida que la contienda entraba en su segundo año, y la retaguardia imperial rusa —su economía, sociedad y administración— actuó como ancla de arrastre de las posibilidades de victoria. Todos los Estados combatientes se veían sometidos a una tensión sin precedentes, pero una Rusia semimodernizada era especialmente vulnerable a las presiones de una guerra larga, que solo su resistencia en el frente podía disimular.
Los campesinos constituían el 85 por ciento de la población del imperio y eran una categoría oficial en la jerarquía social. Los demás los veían con temor y condescendencia, y como un todo amorfo. La realidad era muy distinta. El campesinado era una categoría legal, no ocupacional. Algunos eran jornaleros con pocas o ninguna tierra y trabajaban principalmente en las enormes granjas de Ucrania y el sur de Rusia. Pero también había campesinos con grandes extensiones de tierra, ganado y maquinaria que no se distinguían de los agricultores independientes de otras partes de Europa, salvo porque habían llevado el nombre de campesinos desde su nacimiento y lo habían mantenido toda su vida. El emperador y su Gobierno seguían aterrorizados ante el poder que podían
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ejercer los campesinos, por lo que, aunque podían votar en las elecciones a
la Duma, las normas electorales —especialmente las modificadas que introdujo Stolipin en 1907 para la tercera Duma— los segregaban del resto del electorado y les negaban una representación proporcional a su número.
Cuando estalló la guerra aún no había transcurrido una década desde el levantamiento revolucionario de 1905 y 1906, y muchos habitantes de las zonas rurales guardaban recuerdos amargos de los destacamentos punitivos que se habían desplegado para sofocar las rebeliones contra los terratenientes. La violencia de ambos bandos había sido intensa en la región de Tierras Negras Central y en toda la zona media del Volga. El zemstvo del distrito de Tambov documentó el patrón de los acontecimientos:
Los campesinos […] van a ver a los propietarios de una finca o a su administrador y en primer lugar le proponen que abandone la finca. Entonces comienza la destrucción de toda la propiedad. Vacían todo lo que hay en la casa, se llevan el grano y el ganado y queman los edificios.
Más de tres cuartas partes de los disturbios del campesinado iban dirigidos contra los terratenientes de la nobleza, y en un tercio de los casos hubo incendios provocados y saqueos. Las acciones contra el clero constituían solo el 0,25 por ciento de los altercados, y las dirigidas contra los «kulaks», como se denominaba a los campesinos más acomodados, solo el 1,4 por ciento.[1]
Después, las autoridades castigaban a los campesinos que habían participado activamente en los disturbios. Las palizas eran habituales, y a veces se producían tras reunir a los habitantes del pueblo y obligarlos a arrodillarse en la nieve. En algunos distritos enviaron cosacos y otras tropas a quemar casas. Aldeas enteras fueron pasto de las llamas.[2] Los tribunales militares de campaña condenaban a muerte a los que habían fomentado y dirigido los disturbios y la soga del verdugo era conocida como la corbata de Stolipin, en honor al presidente del Consejo de Ministros, Píotr Stolipin, que supervisó la campaña.
Muchas familias de la nobleza vendieron sus propiedades y se marcharon cuando cesó la violencia, pues querían estar en cualquier parte
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menos en el campo. Les preocupaba la seguridad de sus familias en unas zonas que, tras la marcha de las unidades militares punitivas, apenas estaban vigiladas. Muchos abandonaron la agricultura e invirtieron los beneficios de la venta de sus tierras en bancos y empresas, o simplemente los gastaron o se los jugaron. El Gobierno y su Banco de Tierras Campesinas facilitaron activamente el proceso. Antes de los disturbios rurales, los campesinos habían comprado 27 337 000 hectáreas desde la Ley de Emancipación de 1861. Entre 1905 y 1915 compraron 65 313 000 hectáreas.[3] Pero aún quedaba mucha tierra en posesión de los terratenientes de la alta burguesía: en 1905 poseían quinientos cuarenta y seis millones de hectáreas en la Rusia europea, y en 1915 seguían teniendo cuatrocientos sesenta y nueve millones.[4] La familia imperial, el Estado, la Iglesia y la alta aristocracia también seguían siendo propietarios de enormes extensiones de tierra.[5] Si los campesinos querían cultivarla, tenían que pagar el precio del alquiler. Los viejos resentimientos se enconaron entre los campesinos y cada vez era más habitual que los terratenientes pusieran alguaciles para administrar sus bienes rurales.
Los alquileres cayeron en términos reales al comienzo de la Gran Guerra. Esto ocurrió a consecuencia del reclutamiento masivo que se llevó a tantos hombres del campo. La responsabilidad de alimentarlos ya no recaía en ellos ni en sus familias, sino en las fuerzas armadas. Entre los hogares campesinos disminuyó la competencia para arrendar tierras a los terratenientes de la alta burguesía. Es cierto que los precios de los arrendamientos se duplicaron en los dos primeros años de guerra, pero siempre se mantuvieron por debajo de la tasa de inflación.[6] Aun así, el campesinado seguía ardiendo de resentimiento por los pagos que tenían que hacer a los terratenientes. Cualquiera que hubiese vivido los asesinatos, incendios y robos de 1905 y 1906 sabía que existía la posibilidad de que si el campesinado veía la oportunidad de apoderarse de lo que consideraba que le pertenecía por derecho natural, la aprovecharía.
A medida que disminuía el número de varones sanos en el campo, los terratenientes y las familias campesinas tuvieron que buscar otras fuentes de mano de obra. En miles de aldeas las madres, esposas e hijas se incorporaron a la población activa. El trabajo duro no era una novedad para ellas. Las mujeres siempre habían trabajado en la parcela alrededor de
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la casa y ayudado en el campo, además de cocinar y criar a los hijos. Siempre habían participado en el arado, la siembra y la cosecha. Pero el cabeza de familia era el hombre, y él tenía la última palabra sobre cualquier asunto de importancia en el hogar o en el trabajo. Su autoridad se debilitó en tiempos de guerra, cuando las mujeres llegaron a aportar más de siete décimas partes de la mano de obra rural. Obviamente, las viudas tomaban decisiones que normalmente habrían tomado sus difuntos maridos. Al tiempo que las mujeres de los hogares campesinos adquirían responsabilidades adicionales, también ganaron un grado de control sin precedentes sobre sus vidas. Su influencia creció en las reuniones de la comuna de la tierra, y los campesinos varones no tuvieron más remedio que aceptar la vulneración de la tradición ancestral.[7]
Mientras tanto, el reclutamiento de hombres de los pueblos dejó a las fincas privadas sin la mano de obra que necesitaban, así que los terratenientes solicitaron la contratación de prisioneros de guerra. A finales de 1916, más de 600 000 prisioneros trabajaban en los campos del Imperio ruso.[8] Despejaban carreteras, cargaban barcos en los ríos y, si tenían habilidades, fabricaban botas.[9]
No obstante, la guerra provocó un declive de la agricultura en muchos lugares. Tanto los terratenientes de la nobleza como los campesinos tenían problemas. Las huertas caían en desuso. El ganado desatendido vagaba por la tierra y pisoteaba los cultivos de invierno. La vida en las aldeas perdió gran parte de la vitalidad que poseía antes de la guerra.[10] Los esfuerzos del Gobierno por reformar el sistema de tenencia de tierras fueron abandonados.[11] En tiempos de guerra, a los ministerios les preocupaban las exigencias del combate en el frente, y no habría tenido mucho sentido provocar la hostilidad del campesinado imponiendo de forma contundente la reforma agraria de Stolipin. En 1916, solo una de cada once familias campesinas de la Rusia europea gestionaba algún tipo de explotación al margen.[12] Dos compañeros campesinos de Aleksandr Zamáraev se separaron de la comuna al amparo de las medidas de Stolipin.[13] Zamáraev optó por no hacerlo y siguió cultivando a su antojo según la tradición local. Aunque rechazó la reforma, en muchos aspectos era el tipo de campesino independiente que Stolipin quería para el campo.
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Muchos agricultores tenían más dinero durante la guerra porque ya no podían gastarlo en licorerías, pero debían gastar más en productos que iban desde alimentos hasta equipamiento doméstico. Un cálculo indica que su consumo general aumentó un 25 por ciento durante el conflicto.[14] Sin embargo, los precios de los productos agrícolas que vendían no seguían el ritmo de la inflación. También había irritación porque incluso si un campesino llevaba cereales o verduras a la ciudad más cercana, las tiendas y los puestos ya no ofrecían muchos de los productos que los agricultores no producían para sí mismos. A finales de 1915 no había azúcar a la venta en ningún lugar de Totma. En la primavera de 1916, en los puestos no había harina blanca, malta, harina de centeno, tabaco, jabón ni queroseno; el azúcar volvía a estar disponible, pero su precio se había disparado, al igual que el de la sal, la mantequilla y el mijo. Cuando Zamáraev volvió a la ciudad en agosto, incluso el pescado había desaparecido. Se enteró de que vendían azúcar granulado en la administración del zemstvo, pero la disponibilidad dependía del estatus social del cliente: los artesanos urbanos podían comprar setecientos gramos al mes, mientras que a los campesinos solo se les permitían trescientos cincuenta.[15]
El precio de los animales de tiro se había disparado. Aleksandr Zamáraev, de la provincia de Vólogda, se quejaba de que incluso los ejemplares viejos alcanzaban precios elevados.[16] Amaba a sus caballos y él y su esposa Nadezhda lloraron cuando se dieron cuenta de que su capón Karek, de diecinueve años, había llegado al final de su vida laboral. Zamáraev intentaba evitarle los trabajos más arduos, pero lamentablemente tuvo que venderlo a su vecino Pasha Tsigan. Más tarde, se enfureció al descubrir que Tsigan lo había vendido a otra persona por un precio más alto, aduciendo que Karek tenía solo doce años. A Zamáraev no le gustó aquel engaño.[17] La vida familiar se complicó cuando su esposa Nadezhda sufrió una grave herida en la cara al caérsele encima el caballo de la familia. Zamáraev la llevó al hospital de Totma. Rezando por su recuperación, escribió que se sentía angustiado y solo. Aunque su hija Lidia vivía en casa, era joven y salía de casa temprano cada mañana. Zamáraev no tenía a nadie con quien hablar: «La verdad es que una mujer es de gran importancia en la vida de una familia y es absolutamente imposible sin ellas». Días después, cuando Nadezhda empezó a dar
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muestras de mejoría, Aleksandr confiaba en que las cosas pronto volverían a la normalidad.[18]
Cada vez se culpaba más al Gobierno. Zamáraev escribió sobre su distrito de Totma a finales de marzo de 1915: «El pan horneado cuesta ahora diez kopeks el kilo, y es por culpa de la guerra. Los ferrocarriles no nos traen nada. Los ministerios han comprado el trigo allá donde abunda».
[19] Las circunstancias empujaron a las familias rurales del distrito de Totma a la autosuficiencia económica involuntaria dentro de una «economía natural» de trueque e intercambio.[20] Zamáraev estaba acostumbrado a realizar él mismo las tareas agrícolas y dejaba solo algunas en manos de otros, como el carpintero local y el pastor del pueblo. Se enorgullecía de cultivar la mayor parte de las cosechas que necesitaba. De vez en cuando, en un mal año, tenía que comprar heno extra para el ganado. Cultivaba sus propias verduras y molía su propio grano en el monasterio. Se quejaba de que los pocos productos que normalmente compraba en la ciudad estaban agotándose, pero eso solo sirvió para reforzar su deseo de autosuficiencia.[21]
Los campesinos podían hacer muchas cosas con sus excedentes agrícolas si consideraban que las demandas urbanas eran injustas. Una opción era quedarse con una parte más grande de su producción, y existen pruebas de que la dieta campesina mejoró desde finales de 1914. El reclutamiento de jóvenes aldeanos significaba que había menos bocas que alimentar en los pueblos. La cosecha de cereales también podía utilizarse para alimentar a los animales, y caballos, cerdos y vacas comían mejor. Cuando se cerraron las destilerías de vodka, los campesinos recuperaron sus conocimientos para la producción ilícita de bebidas alcohólicas. Eran frecuentes los casos de ceguera provocada por el alcohol y se producían alteraciones del orden público. Según un informe sobre la provincia de Vólogda: «Están elaborando diversas cervezas, se emborrachan y a consecuencia de ello hay asesinatos y robos».[22] La guerra alteró las condiciones de vida y de comercio en todas las ciudades y pueblos, aunque no todos se vieron gravemente afectados. Los zapateros de Totma —había varios— prosperaron gracias a los encargos de fabricación de botas para las fuerzas armadas.
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El 11 de septiembre de 1915, Krivoshéin, el director en jefe de la Organización de la Tierra y la Agricultura, y Shcherbátov, el ministro del Interior, alertaron al Gobierno de la disminución del suministro de alimentos. El azúcar y la avena se estaban agotando. Los ferrocarriles eran un caos y Petrogrado no conseguía los envíos de mercancías previstos. Moscú y otras ciudades estaban insuficientemente abastecidas. A medida que llegaban refugiados de las zonas en guerra, el peligro de «revueltas del hambre» era cada vez mayor y constituía una amenaza más grande que los altercados revolucionarios. Era necesario limitar la llegada de refugiados. Polivanov, el ministro de Guerra, estaba de acuerdo, y aconsejó al gabinete que rechazara la petición del Estado Mayor de ampliar la zona de guerra para acomodar a los súbditos del emperador que huían.[23] También se tomaron medidas de emergencia para agilizar los suministros urbanos. El ministro de Transportes, Aleksandr Trépov, afirmó que el problema había sido «parcialmente erradicado». La mantequilla empezaba a estar disponible después de que Gran Bretaña ayudara con sus envíos. La harina de centeno y de trigo volvía a llegar a las ciudades. Se habían encargado más vagones de ferrocarril a Estados Unidos, lo cual aliviaría las dificultades.[24]
En ciertos aspectos, muchas ciudades eran igual que antes de la guerra. Aunque las familias habían visto cómo muchos de sus jóvenes perdían la vida en combate, las tiendas y los puestos de venta abrían con normalidad y los tranvías circulaban puntualmente. La maquinaria de las fábricas no paraba. Los alumnos seguían estudiando. La policía, los conserjes y los vigilantes desempeñaban sus tareas habituales. Por otra parte, la población urbana aumentó bruscamente a medida que llegaban campesinos para ocupar puestos de trabajo en los centros manufactureros y mineros en expansión. El reclutamiento masivo también llevó a millones de jóvenes a las guarniciones urbanas antes de su despliegue en el frente. Mientras tanto, las ciudades se llenaban de refugiados procedentes de las regiones occidentales en guerra. A Lev Tijómirov, que dio cobijo a uno de ellos en su casa, situada cerca de Moscú, le preocupaba el efecto que tenía en la moral el miserable flujo de humanidad, y estaba seguro de que muchos de los recién llegados eran espías alemanes.[25] Petrogrado era otro gran imán. Los ocupantes de sus altos bloques de viviendas se encontraron con que
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los propietarios aprovechaban la oportunidad para subir los alquileres. Antón Okninski, empleado del Banco Ruso-Asiático, decidió mudarse a una dacha de invierno en Levashevo, junto al ferrocarril de Finlandia.[26] No todo el mundo podía permitirse esa opción.
La necesidad de armamento y uniformes militares hizo que las fábricas de Petrogrado, Moscú e Ivánovo-Voznesensk solicitaran trabajadores novatos. La competencia por la mano de obra provocó un aumento de los salarios. Los propietarios se quejaban de la merma de sus fondos mientras se embolsaban unos beneficios que superaban los que obtenían en tiempos de paz. Los recién llegados a la vida industrial, al menos la mayoría, procedían de los pueblos y tuvieron que habituarse a las costumbres urbanas y a la disciplina de la fábrica. Proliferaban los cursos de formación. Las viviendas estaban abarrotadas. Los antiguos sistemas de alcantarillado, gas y electricidad, así como las inspecciones de salud y seguridad, debían hacer frente a la situación sin visos de ampliación. En esas condiciones, los salarios más altos no servían de consuelo, sobre todo porque se veían superados por la inflación galopante y la creciente inseguridad alimentaria.
Al igual que en las zonas rurales, los productos básicos costaban bastante más. Entre los veranos de 1915 y 1916, los consumidores estaban pagando un 24 por ciento más por el pan de centeno, un 44 por ciento más por la leche, un 70 por ciento más por la carne y un 73 por ciento más por las patatas.[27] Los huevos escaseaban en los mercados moscovitas ya en el invierno de 1914 a 1915. El queso, el jamón y la carne fresca eran cada vez más difíciles de encontrar.[28] La situación era mejor en las fábricas de municiones, donde los obreros obtuvieron una subida salarial media del 23 por ciento, en contraste con los trabajadores administrativos de toda la industria, que experimentaron una bajada en su sueldo del 22 por ciento.[29]
La administración imperial siempre mantuvo una estrecha relación con los profesionales. Ingenieros, científicos, periodistas, profesores, médicos y topógrafos eran considerados vitales para la modernización del imperio. Sin embargo, muchos «profesionales» estaban molestos con la falta de libertad para llevar a cabo su trabajo como quisieran. Leían los periódicos y sabían que en Estados Unidos o en el resto de Europa encontrarían menos obstáculos y gozarían de mayor prestigio. Las ideas de reforma, o
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de revolución en muchos casos, estaban muy extendidas entre ellos y dentro de la propia administración. No obstante, esas clases profesionales causaron pocos problemas durante la guerra y los sentimientos patrióticos eran generalizados. Tal vez se consideraban afortunados de no ser reclutados a medida que aumentaba el número de muertos en el frente oriental, pero al igual que muchos que sufrían el impacto adverso de la inflación financiera y la escasez de productos al por menor que había provocado la guerra, compartían la idea de que buena parte de la culpa era atribuible a la mala gestión del emperador y sus ministros.
A menos que perdieran a sus hijos o a sus padres en la batalla, las familias adineradas de la aristocracia y las grandes empresas estaban protegidas de la desgracia, y existía un malestar popular por la facilidad con la que los jóvenes ricos evadían la llamada a filas.[30] El consumo ostentoso siguió siendo la norma para los civiles con riqueza y estatus. La buena vida en tiempos de guerra continuaba al ritmo de siempre. Puede que Nicolás II prohibiera la venta de vodka mientras duraran las hostilidades y que diera ejemplo comprometiéndose a evitar las bebidas alcohólicas, pero en Petrogrado proliferaban las fiestas y los salones de la clase alta en los que se podía conseguir vodka de alambiques ilegales. Se siguieron celebrando bailes, a menudo para brindar por la campaña bélica y recaudar fondos para hospitales benéficos, y Nicolás y Alejandra asistieron a algunos antes de que él se retirara a Maguilov.
A medida que crecían las privaciones, la tensión y el descontento en gran parte de la sociedad, el Gobierno intentó disipar las sospechas de que estaba complaciendo a los ricos. En octubre de 1916 se aplicaron restricciones a las importaciones de productos de lujo, y en noviembre de 1916, Bark, el ministro de Economía, anunció la prohibición de transferencias al extranjero superiores a quinientos rublos sin el permiso de su ministerio, pero tales medidas apenas sirvieron para frenar el creciente resentimiento social.[31]
Aleksandr Zamáraev leyó en el periódico Russkoe slovo que «los ingleses» habían renunciado a todos los lujos desde el estallido de la guerra. De esto concluyó: «Todas las clases de la población, desde los más altos señores hasta los más pobres (ni siquiera el departamento eclesiástico compra nada) se contentan con cosas viejas y baratas, y todo el dinero se
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destina a la guerra. En nuestro país no se ve nada parecido. Allí, incluso los ministros y las máximas autoridades se han rebajado voluntariamente el sueldo».[32] Lo cierto era que las mesas de los clubes de caballeros y las mansiones de campo de Gran Bretaña y Francia seguían repletas de su habitual alta cocina.[33] Pero Zamáraev tenía razón cuando añadía sobre la élite rusa: «Ahora no hay borrachos porque no hay vino, pero dicen que hay vodka en algunas casas de la ciudad. Eso significa que todo es posible para los ricos».[34]
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Iglesia militante: La ortodoxia rusa en
campaña
Durante siglos, los zares colmaron de privilegios a la Iglesia ortodoxa rusa mientras se los negaban a las demás confesiones cristianas. Aunque en la Pascua de 1905 hubo mayor tolerancia hacia otras confesiones, se mantuvo el estatus excepcional de la Iglesia. Los obispos metropolitanos habían asistido a todas las coronaciones y se rezaba por la salud y el éxito del emperador en todo su reinado. Nicolás II y su familia recibían los sacramentos todos los domingos. Los emperadores exigían a la Iglesia que se comportara como le ordenaban las autoridades imperiales. Durante dos siglos, el Sínodo no tuvo permiso para elegir a su patriarca. Esa prohibición, extraordinaria cuando Pedro el Grande la había aplicado por primera vez, seguía impidiendo la aparición de un líder eclesiástico que pudiera rivalizar en autoridad con el emperador.
Las 40 000 parroquias de la Iglesia ortodoxa rusa fueron un pilar para sus comunidades durante toda la guerra. En 1914, la Iglesia tenía sesenta y siete diócesis con unos 50 000 sacerdotes y diáconos. Había un millar de monasterios y conventos, con 21 000 monjes y 73 000 monjas y novicias.[1] El clero podía contar con que casi todos sus fieles inscritos, tal vez el 90 por ciento de ellos, se confesaran y comulgaran al menos una vez al año, una cifra superior a la de las principales confesiones cristianas de Europa occidental en aquel periodo.[2]
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Las campanas de las iglesias repicaron por las primeras victorias en Galitzia y Anatolia. Los nuevos reclutas desfilaban por ciudades y pueblos para prestar juramento de lealtad al emperador y obediencia a sus oficiales, administrado por un obispo o sacerdote. El Santo Sínodo aprobó el envío de personal y equipos médicos de la Cruz Roja al frente. Pidió donaciones y apoyó las peticiones de préstamos del Gobierno para la guerra. El clero enseñaba las virtudes del patriotismo en las escuelas parroquiales y los sábados se entonaba un réquiem en las iglesias por los caídos en combate. Se repartían limosnas a las familias necesitadas de los soldados en activo y los sacerdotes aseguraban a sus feligreses que se trataba de una guerra santa por la fe, el zar y la patria, y que Dios estaba de parte de Rusia.[3] Aleksandr Zamáraev documentó una serie de oraciones y ayunos entre el 26 y el 30 de agosto de 1915, cuando los creyentes buscaban la victoria sobre Alemania.[4] En el frente, la asistencia a los oficios era obligatoria para aquellos soldados que estuviesen registrados como ortodoxos. Muchos se habían llevado iconos en miniatura cuando partieron para unirse al ejército. El suboficial Alekséi Shtukáturov se consolaba con su réplica de san Nicolás, el Hacedor de Milagros.[5]
Los empresarios urbanos y los terratenientes agrícolas, sobre todo los de la región de Moscú que eran viejos creyentes, deseaban mantener la fe religiosa entre su mano de obra al tiempo que pedían una reducción de los días reservados a las fiestas. Para que la industria rusa pudiera competir con las grandes potencias mundiales, los empresarios debían mantener las fábricas en funcionamiento casi todo el año. Las festividades religiosas locales eran un motivo especial de queja.[6] En 1897, el emperador Nicolás, un seguidor entusiasta de la tradición ortodoxa, había respondido en cierta medida a esas inquietudes al establecer un máximo de sesenta y seis días libres para los trabajadores industriales. En 1900, tras las quejas de los trabajadores, el máximo se elevó a sesenta y nueve días.[7] Sin embargo, los trabajadores siguieron presionando para recuperar sus festividades habituales. El sentimiento del país estaba con ellos. En toda la provincia de Vólogda se tachaba de «impíos» a quienes aceptaban trabajar en un día festivo y su obispo estaba de acuerdo. En 1909 había preguntado con sarcasmo si su «Gobierno no se había convertido a la fe de los alemanes».
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Los sacerdotes acompañaban a las fuerzas armadas a las guarniciones y al frente como capellanes, pero los clérigos ortodoxos no eran los únicos en campaña. Desde la revolución de 1905 y 1906, el Imperio ruso toleraba oficialmente la diversidad religiosa. El impacto dentro del ejército fue lento hasta que la Gran Guerra aceleró el ritmo, y los viejos creyentes, luteranos, católicos y clérigos ortodoxos armenios siguieron a los capellanes ortodoxos al frente, al igual que los imanes musulmanes y los lamas budistas. Sin embargo, la Iglesia ortodoxa rusa aún pretendía desarrollar una campaña de imperialismo religioso, al menos a expensas de otras confesiones ortodoxas, cuando el Ejército Imperial ocupó amplias zonas de Galitzia en el primer año de la guerra. Entre los objetivos se encontraban los rutenos, un pueblo eslavo que durante siglos había protegido su autonomía espiritual permaneciendo en comunión con la Iglesia católica romana y que, al igual que millones de ucranianos, eran conocidos como uniatas.[9] El Santo Sínodo envió al arzobispo Yevlogi, el cual, según un testimonio ofrecido al dramaturgo Shloyme Rappaport-Ansky, «aterrorizó a la población rutena» para que aceptara la ortodoxia rusa.[10]
Yevlogi actuaba bajo protección militar y el arzobispo metropolitano uniata Andréi Sheptitski fue arrestado. Las protestas de las congregaciones rutenas fueron desoídas. El 10 de septiembre de 1914, el Consejo de Ministros mantuvo un animado debate sobre el asunto y llegó a la conclusión de que podía haber problemas en Galitzia si no se trataba a Sheptitski con cierta cautela. Sazónov, el ministro de Asuntos Exteriores, que consideraba a Sheptitski un «bandido» y «peor que un jesuita», juzgaba prudente enviarlo al exilio, además de condenar la práctica de la conversión forzosa a la ortodoxia. Maklakov, ministro del Interior, y Krivoshéin, su homólogo de Agricultura, dieron su aprobación.[11] También lo hizo el gran duque Nicolás Nikoláyevich, comandante en jefe supremo, y el emperador le aseguró su apoyo, pero nada cambió en Galitzia.[12] El Estado Mayor quería que el Gobierno se ocupara de Sheptitski y lo envió a Kiev. Goremikin, normalmente más comedido en sus aportaciones a los debates del gabinete, quería que lo ahorcaran. Maklakov propuso juzgarlo o deportarlo a Constantinopla. Nadie quería retenerlo en alguna provincia
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rusa por miedo a su posible popularidad y el procurador Sabler temía el impacto que pudiera tener en los viejos creyentes de Nizhni Nóvgorod.[13]
La discusión era el signo de un gabinete falto de confianza en la capacidad de la Iglesia ortodoxa rusa para competir con las demás confesiones cristianas. Tampoco se explicó por qué los viejos creyentes, adheridos a la ortodoxia rusa que había sido oficial hasta mediados del siglo XVII, podían sentir la tentación de pasarse a la liturgia uniata. En cualquier caso, las agresivas medidas de evangelización en Galitzia fueron totalmente contraproducentes y tuvieron el efecto de poner a los campesinos rutenos rusófilos en contra de Rusia.[14] Los rutenos sufrieron mucho incluso tras la retirada del ejército imperial ruso de Galitzia. Cuando las fuerzas austrohúngaras volvieron a ocupar el territorio, trataron a los rutenos como enemigos.[15] Los rusos condenaron a los rutenos por no ser lo bastante rusos y los austriacos por ser demasiado amigos de los rusos.
Nicolás y Alejandra estaban profundamente comprometidos con las tradiciones religiosas rusas. Antes de la guerra habían participado en peregrinaciones a lugares de piedad campesina y, en lo que consideraban un ejemplo más de su compromiso con el campesinado, acogieron entre ellos al «hombre santo» Grigori Rasputín. Este provenía del Tobolsk rural y nunca hizo los votos de sacerdote o monje. Pero su forma de expresarse y su confianza en sí mismo atraían a Nicolás y Alejandra, que lo veían como un puente hacia las mentes de su agradecido pueblo.
La pareja imperial optó por ignorar las informaciones sobre el lado sórdido de su carácter. Rasputín era un depredador sexual que obraba sus seducciones con argucias religiosas, y puede que incluso él mismo creyera en ellas. Lo más probable es que perteneciera a la secta de los jlysty, especialmente conocida en Siberia, que creían que la redención llegaba a quien había pecado antes de practicar el arrepentimiento. Aunque sus líderes se sometían a la castración para reprimir su maldad, Rasputín no se mutiló. Su individualidad también se manifestaba en su actitud tolerante hacia los judíos y los homosexuales, que contrastaba con las actitudes de la pareja imperial.[16] Muchas mujeres adineradas de la capital caían rendidas a sus encantos sexuales cuando Rasputín los presentaba en un marco espiritual. Sedujo a Ana Vírubova, dama de compañía de Alejandra,
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que puso a su disposición el piso de su familia. Contando con la protección de la pareja imperial, parecía invulnerable. Pero la jerarquía eclesiástica, en un raro caso de autoafirmación, se alineó con las críticas de la prensa a su comportamiento y, en 1912, Rasputín se vio obligado a retirarse a su pueblo natal de Pokróvskoye, situado en la provincia de Tobolsk, al oeste de Siberia. Goremikin ordenó a su personal que sacara «esa inmundicia» de su bandeja de correspondencia cada vez que recibiera una carta de Rasputín.[17] Rodzianko, el presidente de la Duma, imploró al Ministerio de Justicia que lo pusiera bajo arresto.[18] Sin embargo, nada podía convencer a Nicolás de que abandonara a su amigo.[19]
La propia Iglesia se debatía en silencio sobre cómo afrontar los numerosos desafíos a su autoridad espiritual en una sociedad inmersa en rápidos cambios. El urbanismo, el industrialismo y el laicismo eran tendencias peligrosas para una jerarquía aferrada a viejas tradiciones, y los socialrevolucionarios tachaban a los sacerdotes de explotadores de los rusos pobres. Los campesinos ortodoxos debían entregar un diezmo anual del valor de sus cosechas al clero de su parroquia. A cambio, el clero debía mantener las ceremonias y festivales del calendario religioso, bendecir los campos cuando se sembraba el grano y cuando se recogía la cosecha, y pedir lluvia en tiempos de sequía y sol para nutrir los cultivos. Aleksandr Zamáraev relataba que en el verano de 1914, cuando los campos estaban inusualmente secos, los campesinos del distrito de Totma pidieron a uno de sus sacerdotes que los guiara en una procesión de la Cruz (krestni jod) alrededor de sus campos con la esperanza de conseguir que el Señor liberara la lluvia del cielo.[20] El clero parroquial celebraba bautizos, matrimonios y funerales. Los mejores ofrecían consuelo a los feligreses que sufrían la muerte, una enfermedad grave o la indigencia en sus familias. Los propios sacerdotes, sobre todo en las zonas rurales, tenían un modo de vida no muy distinto del de los campesinos, y sufrían el mismo empobrecimiento y, a veces, las mismas inclinaciones pecaminosas, como la pasión por las bebidas fuertes.
En los años anteriores a la guerra prosperó un movimiento reformista dentro de la Iglesia. Muchos sacerdotes jóvenes habían recibido una educación moderna y eran conscientes del riesgo de mantener las viejas tradiciones eclesiásticas. Abogaban por un cambio litúrgico y doctrinal,
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pero sabían que este no podría materializarse si no iba acompañado de una reconstrucción organizativa. Se sentían frustrados por las inclinaciones conservadoras y los poderes disciplinarios ejercidos por la cúpula eclesiástica. Algunos reformadores estaban igualmente exasperados por la lacra que suponía el monarquismo reaccionario de Nicolás para la Iglesia en su conjunto. Querían una transformación política de un tipo u otro para que la Iglesia pudiera adaptarse al cambiante entorno social y económico. Pero sus voces fueron necesariamente silenciadas mientras Nicolás y el Santo Sínodo ejercían su dominio. A los sacerdotes reformistas les resultaba imposible expresar sus preocupaciones sobre el statu quo eclesiástico. En tiempos de guerra, la libertad de expresión se vio aún más restringida y su furia se limitaba a conversaciones con clérigos de ideas afines, pero seguían esperando que las condiciones en Rusia cambiaran y que las reformas religiosas se hicieran realidad. Cuando meditaban las posibilidades, muchos creían que no sería viable ninguna mejora a menos que el antiguo orden social experimentara una reconstrucción básica.
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Partidos, prensa y control en tiempos de guerra: Desafíos políticos y reacción oficial
Las derrotas militares de 1914 y 1915 dejaron una huella indeleble en la política rusa, a pesar de que el Bloque Progresista se desintegró tras su fracaso a la hora de arrancar concesiones constitucionales al emperador y porque al principio sus partidos estaban demasiado desmoralizados para apoyar las huelgas de protesta que tuvieron lugar en las fábricas.[1] Pero, poco después, los liberales y los conservadores liberales recuperaron el espíritu de rebeldía. La humillación y la frustración habían alimentado la ira contra las abrumadoras pruebas de incompetencia y corrupción oficiales. Los opositores creían estar viviendo finalmente los últimos días del zarismo. Con suerte, pensaban, se acercaba su hora en el poder.
Nicolás estaba decidido a impedirlo. No le gustaba Aleksandr Guchkov, el líder del Partido Octubrista, a pesar de que era una formación política leal fundada para poner en práctica las reformas parlamentarias de Nicolás en 1906 y 1907. Sin embargo, Guchkov ya no era miembro de la Duma Estatal, pues había perdido su escaño en Moscú en las elecciones de 1912. El Partido Octubrista propuso a Mijaíl Rodzianko como presidente de la Duma. Rodzianko era suavemente persuasivo cuando se comunicaba con Nicolás, lo cual dio lugar a un mínimo de indulgencia monárquica. Sin embargo, Nicolás mantuvo a raya a la Duma. Tras su disolución el 3 de
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septiembre de 1915, solo le estaba permitido reunirse durante periodos estrictamente limitados. Hasta el 9 de febrero de 1916 no se convocó la siguiente sesión, que duró apenas doce días. El hecho de que la Duma se reuniera no era un signo de afecto de la pareja imperial y Alejandra daba rienda suelta a su furia contra sus líderes en cartas y telegramas. Nicolás se mostraba más triste que enfadado con ellos, pero compartía su desprecio por los parlamentarios del imperio. También era consciente de la necesidad de mostrar cierto grado de tolerancia hacia la Duma si quería conducir al imperio a la victoria militar. Cuando Nicolás anunció que se nombraría a sí mismo comandante en jefe, Rodzianko fue uno de los que le advirtieron de que sería culpado de cualquier nueva derrota y de que se podía llegar a un punto de crisis política y la revolución podía convertirse de la noche a la mañana en una posibilidad realista.
Aleksandr Zamáraev dejó constancia de su pesar por la muerte de tres diputados de la Duma que «habían perecido noblemente» en el servicio activo.[2] No coincidía con el desprecio del emperador hacia la Duma, y su actitud era compartida por amplios sectores de la sociedad.
La censura de periódicos y revistas se endureció, y la familia imperial y su entorno eran protegidos de comentarios adversos. La información sensible sobre las operaciones militares en los frentes oriental y caucásico no salía a la luz, pero había formas de atacar al monarca y al alto mando sin apuntarles directamente. Los líderes de los partidos de la Duma, incluidos los conservadores, pero especialmente los liberales, criticaban con frecuencia a los ministros del gabinete. En cualquier sesión parlamentaria podían plantearse inquietudes sobre los desajustes económicos que ya eran perceptibles al principio de la guerra. El hecho de que Goremikin evitara comparecer en persona para defender la actuación del Gobierno extendió la sensación de que los políticos de la Duma eran los verdaderos patriotas. A la Duma aún se le permitía imprimir las actas de sus procedimientos y los periódicos ofrecían informes detallados. Por otra parte, el desarrollo de la guerra, tanto en el frente como en la retaguardia, era analizado cada vez más por parte de la prensa, que cuestionaba la competencia de las autoridades militares y civiles. Bolcheviques y mencheviques, así como liberales y conservadores, colaboraban con las revistas serias de Petrogrado, y el menchevique Osip
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Yermanski incluso argumentó que era probable que Alemania volviera a la cooperación comercial con Rusia que existía antes del estallido de la guerra. Los debates intelectuales, aunque debilitados, seguían siendo vibrantes.[3]
Los aliados occidentales echaron un manto protector sobre los partidos de la Duma al invitar a una delegación parlamentaria rusa a visitar Londres, París y Roma en abril de 1916. Desde el otoño de 1915, el Comité Central de los kadetes había suplicado al embajador sir George Buchanan un contacto más estrecho con los británicos, y este facilitó su viaje. Rodzianko decidió no desplazarse, pero reunió una impresionante lista de diecisiete políticos, once de la Duma y seis del Consejo de Estado.
[4]Miliukov, el líder de los kadetes, figuraba entre ellos, y la delegación estaba encabezada por Aleksandr Protopópov, un destacado octubrista. Durante su estancia en Londres, los kadetes no se esforzaron en disimular su frustración con Nicolás mientras proclamaban su compromiso patriótico con la causa aliada. Ellos mismos oyeron, como Bark, el ministro de Economía, había oído antes que ellos, que los círculos influyentes de Gran Bretaña sentían repugnancia por la forma en que las autoridades imperiales perseguían a los súbditos judíos de Nicolás. Leopold de Rothschild dijo sentirse engañado por las garantías de Bark y exigió que se concediera a los judíos la igualdad jurídica.[5]
El tema del engaño cobró fuerza en el propio Imperio ruso, donde el régimen regulador de la censura solo sirvió para alimentar rumores feroces fuera del ámbito público. La pareja imperial fue la principal víctima. El monárquico Lev Tijómirov oyó algunas de las extravagantes ideas que se propagaban como una llamarada incontrolada:
Fíjense, por ejemplo, en lo que parlotean las viejas campesinas cuando vienen con productos para vender. [Una de ellas] declara ruidosamente que los que están en el poder son todos unos traidores. Cuando se le dice que nadie debe creer semejante disparate, ella responde: «¿Qué clase de disparate es ese cuando la emperatriz envía prácticamente a diario un tren con suministros a Alemania? Los alemanes se alimentan a nuestra costa y nos conquistan».
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Los rumores sobre las simpatías proalemanas de Nicolás y Alejandra eran omnipresentes y el sentimiento anti-Románov se plasmaba en caricaturas clandestinas. Uno de los motivos favoritos era la supuesta infidelidad de la que era víctima Nicolás II a manos de Rasputín, y circulaban postales salaces con representaciones del hombre santo manteniendo relaciones sexuales con la emperatriz. Los organismos del Zemgor en el frente se convirtieron en un canal para difundir esas mismas imágenes entre las tropas. Ningún oficial o soldado podía enviar una a través del correo militar, pero en las trincheras todos conocían las historias de traición y lascivia de la corte imperial.
La censura permitía informar ampliamente sobre las batallas ganadas o perdidas. Todos los periódicos se hicieron eco de la pérdida de las provincias polacas a medida que las primeras victorias daban paso a la derrota y la retirada. A mediados de julio de 1915, Alekséi Shtukáturov, que regresó a su regimiento tras caer herido en Galitzia, pudo leer los últimos partes sobre el avance alemán en el frente de Varsovia.[6] También se mantenían abundantes debates sobre la situación económica. Es posible que las autoridades fueran conscientes de la necesidad de animar a la sociedad a implicarse en la guerra. Demasiados súbditos del emperador consideraban que la administración estaba desacreditada como para que el Gobierno se arriesgara a dar disgustos indebidos, y la cooperación ciudadana era crucial para la campaña bélica.
Sin embargo, los ministros estaban nerviosos por la creciente inestabilidad social. El 21 de agosto de 1915, en un momento de graves tensiones con la Duma, Jvostov, el ministro de Justicia, dijo al Consejo de Ministros que «individuos siniestros» estaban «pescando en aguas revueltas» e intentando causar problemas entre la clase obrera. Aunque creía que los trabajadores hacían caso omiso de gran parte de la propaganda política, reconoció que la situación era más inestable en Petrogrado que en Moscú. De hecho, no podía descartar la posibilidad de un levantamiento armado contra el Gobierno en la capital. Su consejo era mantener una línea política dura. Según él, los enemigos del emperador aprovecharían cualquier concesión.[7] El 24 de agosto, Shcherbátov, el ministro del Interior, informó sobre la agitación política de los revolucionarios en las guarniciones de la retaguardia. Aunque Goremikin
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dudaba de que la situación se recrudeciera, Shcherbátov predijo una explosión de disturbios y advirtió que Miliukov, el líder de los kadetes, se jactaba de que solo tenía que pulsar un botón para que comenzaran los altercados públicos.
Nicolás no se inmutaba y siguió invocando su derecho a interrumpir los procedimientos de la Duma. Cuando lo hizo el 3 de septiembre de 1915, afloraron exactamente los problemas de los que le había advertido Shcherbátov. La situación se agravó con el anuncio de Polivanov, el ministro de Guerra, de que se ampliaría la edad de reclutamiento, lo cual provocó huelgas en Petrogrado y Moscú. Era la primera vez que las dos ciudades más grandes del imperio sufrían graves disturbios industriales durante la guerra, y los problemas se extendieron rápidamente por todo el imperio. Hubo altercados en setenta ciudades y pueblos. Las familias campesinas habían pasado un año de dificultades trabajando en el campo después de que las primeras oleadas de reclutamiento se llevaran a millones de jóvenes, y también sufrían pérdidas mortales en el frente. Muchos de los alborotadores pidieron que se cumplieran sus exigencias antes de aceptar alistarse en las fuerzas armadas. En Rostov del Don se gritaba: «¡Larga vida a la Duma Estatal! ¡Dadnos la Duma!».[8]
La policía secreta, u Ojrana, se enorgullecía de su éxito a la hora de aplastar a las organizaciones bolcheviques clandestinas.[9] Esos «clandestinos» de los partidos socialistas eran enviados al extremo norte de Rusia o a Siberia oriental, donde apenas dieron problemas y hubo pocos intentos de fuga exitosos. En la provincia de Yeniseisk, las autoridades mantenían exiliados a 1442 hombres y mujeres. Las condiciones eran nefastas, pero estaban decentemente alimentados y rara vez les faltaba dinero, y la policía solo contaba con ciento tres empleados para mantenerlos vigilados en un territorio extenso.[10] La Ojrana ejercía un control efectivo de los trabajadores libres y los reclutas en el resto del imperio. A algunos, entre ellos Vladímir Dzhunkovski, que dirigía el Cuerpo de Gendarmes, les repugnaba la idea de pagar a militares para que espiaran a sus compañeros y puso fin a esa práctica, pero se reanudó cuando fue destituido en otoño de 1915. El Ministerio del Interior daba por hecho que ni siquiera se podía confiar automáticamente en los hombres que luchaban por el imperio.[11]
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Lev Trotski, el miembro más ingenioso y mejor vestido de la extrema izquierda marxista, escribía desde París y Nueva York para uno de los principales periódicos liberales de Kiev. Había nacido en una colonia agrícola judía de la provincia de Jersón en 1879, y pertenecía a una próspera familia de agricultores. De joven se unió al movimiento revolucionario y en 1905 era el orador más elocuente del Sóviet de San Petersburgo. Detenido y trasladado a Siberia, escapó para escribir un vibrante relato de su viaje secreto hacia la libertad y el exilio europeo. Trotski abogaba por la formación inmediata de un Gobierno obrero en el momento en que cayera la monarquía (incluso Lenin evitó tal extremismo hasta 1917). Durante muchos años, Trotski había intentado convencer a las diversas facciones marxistas para que se unieran, aunque no tuvo éxito. Muchos afiliados del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso sospechaban que aspiraba a convertirse en líder de la formación, un puesto que no existía. Cuando estalló la guerra, su influencia en el Imperio ruso disminuyó. Naturalmente, tenía que evitar los comentarios políticos en la prensa legal, pero los servicios postales interaliados seguían a su disposición y obtenía ingresos con sus artículos. Antes de ser deportado de Francia, escribió artículos en ruso para el Nashe slovo («Nuestra palabra») con un tono menos comedido, pero fueron eliminados por los censores franceses.[12] La Ojrana trabajaba para desorganizar a los revolucionarios rusos en el extranjero, sabedora de que todos los partidos y facciones producían libros, revistas y periódicos para introducirlos de contrabando en el imperio.
Los conservadores y liberales de la capital rusa gozaban de mayor libertad que los socialistas y seguían celebrando veladas en las que se hablaba de política. Las conversaciones a menudo traspasaban las fronteras partidistas, e incluso podía haber agradables debates entre los leales a Nicolás y los que deseaban convertirlo a él o a otro miembro de la familia Románov en monarca constitucional. La Ojrana contaba a menudo con la presencia de un informador. Todo el mundo conocía ese peligro, pero a muchos ya no les importaba. Personas cercanas a Nicolás y Alejandra, como Ana Vírubova, incluso celebraban fiestas a las que invitaban a políticos. Incluso entonces, el debate podía ser sorprendentemente franco.
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Mientras tanto, la intelectualidad artística estaba más apagada que en tiempos de paz. Los novelistas habían sido el barómetro de la opinión crítica desde mediados del siglo XIX. Algunas de sus obras habían supuesto duros ataques al orden social, aunque, si querían que aparecieran legalmente, debían evitar comentarios directos sobre la familia imperial. Pero el proceso de creación es largo, y durante los primeros años de guerra no hubo novelas rusas que describieran el impacto de la contienda. Uno de los grandes ventas de la época fue El burdel, escrito justo antes de la guerra por Aleksandr Kuprín. La obra se hizo célebre por su descripción de un mundo de prostitutas, proxenetas y madamas de burdel, con sórdidas escenas de gendarmes que aceptaban sobornos para hacer la vista gorda ante la delincuencia de la ciudad. Era un libro escrito en tiempos de guerra, pero no un libro sobre la guerra. Por esa época también se publicó Petersburgo, de Andréi Beli, una de las grandes novelas del modernismo literario. Sin embargo, el autor también empezó a escribirla antes de que se declarara la guerra. Las escenas, que oscilaban entre los círculos ministeriales y un grupo de terroristas revolucionarios, ofrecían un retrato de la sociedad de la capital que era a la vez deslumbrante y lóbrego. La trama giraba en torno a un estudiante radical que debía demostrar su compromiso con la causa asesinando a un alto funcionario, que no era otro que su propio padre. Novelas como El burdel y Petersburgo no supusieron ningún problema para las autoridades. Es cierto que el hermoso «El cielo de Petrogrado» de Aleksandr Blok estaba repleto de malos augurios sobre el destino que aguardaba a las tropas que iban a luchar en Galitzia, y no era el único entre los poetas en mostrar su abatimiento, pero, cada vez más, era la poesía patriótica la que obtenía el apoyo de los editores.
Naturalmente, las autoridades fomentaban la producción cultural que, o bien apoyara el esfuerzo bélico, o bien distrajera a los súbditos de los reveses militares. Los circos tuvieron que ceder sus caballos amaestrados al Ejército Imperial, pero, por lo demás, sus actuaciones siguieron como de costumbre ante grandes multitudes. En los teatros y cabarets se representaban obras animadas. Por la noche, a veces era difícil recordar que los soldados estaban luchando y muriendo en el frente oriental. Sin embargo, la guerra entró en la cultura contemporánea. Se organizaban conciertos patrióticos benéficos, y la Cruz Roja y el Zemgor imprimían
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carteles en los que se pedía a todo el mundo que mostrara su apoyo a las fuerzas armadas. También había actuaciones «en vivac» para las tropas cercanas al frente.
Sin embargo, cada vez se planteaba más la cuestión de si el orden político era capaz de sobrevivir a todas las presiones de la guerra. La Ojrana solo podía limitar los daños al poder monárquico, pero no erradicarlos por completo. Sus altos mandos y agentes sabían que no tenían ninguna posibilidad de ganarse a los partidos políticos, a las figuras públicas de la oposición y a los críticos culturales para la causa de mantener el statu quo previo a 1914. La guerra había acentuado el descontento de la opinión pública con el orden imperial y la amenaza que se cernía sobre el dominio de los Románov era cada vez mayor. La insatisfacción nunca había estado ausente desde el estallido revolucionario de 1905 y 1906, pero ahora supuraba en todas las clases sociales. Los agravios contra la monarquía iban en aumento, y se extendió el sentimiento de que Nicolás estaba gestionando mal la campaña bélica del imperio. Al mismo tiempo, determinadas clases sociales apenas podían contener sus quejas por el orden social. Campesinos, obreros y soldados buscaban una solución a sus demandas. Los políticos de la Duma eran conscientes de la volatilidad de la situación. A la mayoría los entusiasmaba la perspectiva de un cambio revolucionario, pero algunos ya temían las posibles consecuencias.
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Contener al imperio: Supresión y
subversión
La ocupación militar rusa de Galitzia en 1914 y 1915 había puesto en evidencia la confianza de los Románov en sí mismos al comienzo de las hostilidades. Se arrancaron las insignias de los Habsburgo y se sustituyeron unas banderas del águila bicéfala por otras. Los relojes se reajustaron a la hora de Petrogrado. Se impuso el calendario juliano y los habitantes tuvieron que aceptar fechas con trece días de diferencia respecto del calendario gregoriano que habían seguido hasta entonces. Se ordenó a las tiendas que mostraran sus nombres y mercancías en alfabeto cirílico. Se prohibió la prensa en ucraniano y el polaco solo se permitió temporalmente en las oficinas administrativas. La palabra «ruteno» fue prohibida.[1] El engrandecimiento imperial se había convertido en un objetivo ruso en cuanto se declaró la guerra, aunque los Aliados, incluida Rusia, aún tenían que firmar acuerdos sobre los territorios que cada uno de ellos tendría derecho a adquirir. Las medidas de rusificación de Galitzia dejaban entrever la intención de expandir el imperio.
Polonia había sido dividida a finales del siglo XVIII y repartida entre Rusia, Prusia y Austria-Hungría. Los polacos «rusos» se habían sublevado contra los Románov en 1830, 1863 y 1905. En la Gran Guerra, mientras los rusos luchaban contra alemanes y austriacos, se disputaron el futuro de Polonia. En agosto de 1914, el gran duque y comandante en jefe Nicolás Nikoláyevich proclamó: «Que los polacos vuelvan a unirse bajo el cetro
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del zar ruso». Según dicho plan, todo el territorio polaco sería incorporado al Imperio ruso, pero se le concedería el renacimiento nacional y la libertad «en su fe, lengua y autogobierno».[2]
Sin embargo, a finales del verano de 1915, Polonia estaba totalmente ocupada por las Potencias Centrales, por lo que Rusia ofreció a los polacos la oportunidad de autogobernarse si se sublevaban y la apoyaban. Esto supuso un polémico cambio de política para los líderes de la derecha rusa, que habían exigido que tanto las provincias polacas «rusas» como las «alemanas» y «las de los Habsburgo» fueran sometidas a los Románov por la fuerza de las armas. Liberales y socialistas, por el contrario, abogaban por el derecho de Polonia a la independencia absoluta. Sazónov, el ministro de Asuntos Exteriores, creía que el silencio ministerial era insostenible. El 29 de junio de 1915 pidió a Nicolás que aceptara firmar un manifiesto en Maguilov prometiendo la libertad para todos los polacos.[3] Sazónov consiguió la aprobación de Alekséyev, el jefe del Estado Mayor, antes de hablar con Nicolás, quien prometió hacer caso omiso de la previsible oposición en el Consejo de Ministros.[4] Cuando llegaron informaciones de que muchos polacos estaban huyendo a Alemania en busca de empleo, recomendó el envío de ayuda económica que demostrara que el Gobierno ruso tenía en cuenta los intereses de Polonia aunque dicho país ya no estuviera bajo su dominio. «¡Polonia no es Alemania, sino Rusia!», exclamó, pero no explicó cómo desembolsar esa ayuda en los territorios polacos ocupados por Alemania.[5]
El 16 de julio de 1915, Goremikin se opuso en el gabinete a la propuesta de Sazónov, pero este siguió insistiendo en la autonomía polaca después de la guerra. A mediados de 1916, Nicolás se hartó y lo destituyó de su puesto en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Su sustituto fue el primer ministro Stürmer. Una satisfecha Alejandra instó a su marido a no hacer ningún anuncio sobre el futuro de Polonia. Rasputín, escribió, era de la misma opinión.[6]
El 5 de noviembre de 1916, los emperadores alemán y austriaco intentaron cosechar el apoyo de los polacos prometiéndoles crear un Estado independiente al final de la guerra.[7] Los alemanes también canalizaron dinero para las revoluciones anti-Románov desde Finlandia hasta el Cáucaso. Ucrania era un objetivo prioritario.[8] Aleksandr
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Parvus-Helphand, un destacado socialdemócrata del Imperio ruso, fue utilizado como agente para las transferencias financieras a los separatistas ucranianos. Los austriacos también dieron prioridad a la ayuda al movimiento independentista ucraniano. Tradicionalmente habían tratado a sus ucranianos con respeto y permitido la libertad de enseñanza y las publicaciones en lengua ucraniana, mientras que las autoridades de Petrogrado habían endurecido sus numerosas restricciones a la expresión ucraniana durante la Gran Guerra. La Unión para la Liberación de Ucrania, creada en agosto de 1914 por exiliados políticos del Imperio ruso, recibió fondos de Viena.[9]
Los otomanos habían realizado esfuerzos similares a través de sus contactos con imanes amigos en las regiones habitadas por musulmanes en el sur del Cáucaso y Asia Central. Pero Enver Pasha, el ministro de Guerra, así como los funcionarios consulares otomanos en el Imperio ruso, dudaban de que los súbditos musulmanes de Nicolás II fueran a alzarse contra él. Supuestamente, los musulmanes «rusos» mostrarían una lealtad activa a su soberano.[10] Se demostró que Enver tenía razón. Las noticias de la incursión militar rusa en Anatolia oriental convencieron a los imanes de gran parte del Imperio ruso de la imprudencia de hacer caso a los llamamientos yihadistas de Estambul. Mientras tanto, el Gobierno de Petrogrado extremó las precauciones contra las tendencias separatistas entre ucranianos, georgianos, armenios y azeríes. Esa actividad se vio facilitada por el reconocimiento entre los líderes georgianos y armenios de que si alguna vez se libraban de los rusos, quizá tendrían que enfrentarse a una invasión otomana. Finlandia aún era vista con recelo desde la capital rusa debido a la importancia estratégica de su frontera con Suecia en el norte y su proximidad con Petrogrado en el sur. Sin embargo, las medidas rusas para reforzar el control de la zona motivaron las protestas del nacionalista finlandés Pehr Evind Svinhufvud, que se exilió a Tomsk, en el centro de Siberia.
El enigma para la administración imperial, como puso de relieve el caso Svinhufvud, era cómo equilibrar la supresión de la disidencia nacional dentro del imperio y, al mismo tiempo, animar a las naciones a luchar con entusiasmo por el zar. Nicolás se proclamó padre de todas ellas y quería llevar a sus «hijos» a combatir bajo su bandera por la causa
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imperial. En 1905 y 1906, polacos, georgianos y chechenos ya habían luchado por su independencia, y Finlandia llevaba mucho tiempo sumida en el descontento. Para ganar la Gran Guerra, el Gobierno de Petrogrado necesitaba hacer algo más que extender la represión y el control administrativo. Los pueblos bajo el dominio de los Románov entregaban a sus jóvenes para servir en las fuerzas armadas. Había que cultivar un espíritu imperial positivo, y acciones como el envío de Svinhufvud al exilio siberiano no ayudaron a convencer a los finlandeses de que cooperaran con las autoridades centrales.
Los territorios de Asia Central eran menos problemáticos para las autoridades de Petrogrado. El imperio tenía un término, inorodtsi (muy aproximadamente, «extranjeros»), para categorizar a sus súbditos no cristianos. El 1 de enero de 1916 se aprobó un impuesto de guerra para las personas exentas de servir en las fuerzas armadas. Los «extranjeros» debían pagar más que los rusos por la lucha que realizaban otros. Pero, a principios de 1916, la escasez de mano de obra en el frente oriental forzó un cambio de política, y el 3 de mayo de 1916, el Consejo de Ministros estudió una petición de Alekséyev para suministrar al Ejército Imperial un millón de trabajadores adicionales detrás de las líneas.[11] «Necesito trabajadores», confirmó Shuvaev, el ministro de Guerra, «sea como sea».
[12] Pronto quedó claro que la mayor fuente de nuevos reclutas que no alterara el suministro de alimentos o la producción armamentística se hallaba entre los grupos nacionales y religiosos de Asia Central y el Cáucaso que hasta entonces se habían librado del servicio militar.[13]
Los musulmanes de Turquestán que se ofrecieron voluntarios para el servicio militar habían causado cierto nerviosismo oficial. En 1915 se planteó en la Ojrana la idea de que los alborotadores que hubiese en sus filas podían ser identificados haciendo circular falsos panfletos subversivos entre los batallones de zapadores de Turquestán y evaluando la reacción. El Estado Mayor no quiso saber nada de dicho plan.[14]
Pero, el 25 de junio de 1916, Nicolás firmó un decreto revocando la exención militar de los pueblos de Turquestán, las provincias esteparias, el norte y el sur del Cáucaso y partes de Siberia. Eso significaba que otros siete millones de súbditos, en su mayoría musulmanes, de repente podían ser llamados a filas.[15] Serían destinados a batallones de trabajadores para
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cavar trincheras, construir terraplenes y despejar carreteras. Se prometió que los reclutas nunca serían enviados a combatir contra las fuerzas turcas. Los musulmanes no se enfrentarían a otros musulmanes. Asimismo, se hizo hincapié en que se habían tomado medidas para proporcionar alimentos de acuerdo con los requisitos islámicos. A los soldados no se les serviría cerdo y tendrían libertad para observar sus horarios de oración diarios. En Asia Central había poca confianza en esas garantías oficiales, sobre todo cuando se supo que los musulmanes sufrían un trato abusivo en las fuerzas armadas. A los reclutas también les molestaba ser destinados principalmente a la excavación y la construcción en lugar de a actividades militares.
La ira se había avivado en Turquestán desde 1906 con la llegada de colonos rusos que recibieron tierras pertenecientes a kazajos y kirguises. Las pasiones se acentuaron en la Gran Guerra, cuando se incrementaron los impuestos y, al igual que en el resto del imperio, la inflación económica mermó los ingresos. La vasta región había sido conquistada por Rusia solo medio siglo antes y la brutal campaña militar no había caído en el olvido. En 1898, una revuelta en Andijon demostró que los sentimientos antirrusos seguían siendo enconados.[16] A los musulmanes de las ciudades y pueblos turquestanos no les gustaba que los ocupantes cristianos socavaran sus tradiciones. Los primeros disturbios bélicos comenzaron a principios de julio de 1916 en Juyand, en la actual Tayikistán. A continuación se produjo un levantamiento de mayor envergadura en Yijaz, en el actual Uzbekistán, que se saldó con la matanza de funcionarios rusos y la destrucción de la estación de ferrocarril y la oficina de telégrafos. Más tarde hubo una revuelta en Semireche, en los distritos que se extienden entre el sureste moderno de Kazajstán y el norte de Kirguistán. Los rebeldes se enfrentaron tanto a la oficialidad imperial como a los colonos rusos. La mayor violencia se produjo en Pishpek y Przhevalsk, donde perecieron 3000 rusos.[17]
El general Alekséi Kuropatkin fue enviado desde el frente oriental para reprimir la revuelta. Su orden número 220 exigía la confiscación de tierras «allá donde se derramara sangre rusa».[18] Pueblos enteros fueron pasto de las llamas bajo la premisa de la culpabilidad colectiva. Los colonos rusos se unieron a la brutalidad. A finales de agosto de 1916, Alekséi Kaplin
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llevó a dos veintenas de colonos justicieros y a cuatro o cinco soldados a un aul en el distrito de Chumichev. Kaplin conocía a la gente porque había comerciado con ellos. Él y sus merodeadores saquearon las casas, robaron mantas y una silla de montar de plata y obligaron a una pareja de kirguises a extenderle un pagaré por valor de 10 000 rublos. Antes de abandonar el aul asesinó al hijo de un habitante adinerado. La banda de rusos se llevó 1500 ovejas, cuarenta caballos, cincuenta reses y dos camellos. Una investigación posterior descubrió que setenta y cuatro kirguises, incluidos mujeres y niños, fueron asesinados.[19] Kuropatkin pasó por alto todos los delitos. Su único propósito era aterrorizar a los musulmanes de Turquestán para que cedieran. A finales de año habían muerto unos 150 000 kazajos y kirguises. Un cuarto de millón de kirguises, sabiendo el destino que les esperaba a manos de las fuerzas de Kuropatkin y los destacamentos de vigilancia de los colonos, huyeron hacia el sur cruzando la frontera con China.[20]
Kerenski, el diputado de la Duma, recién operado del riñón, visitó Turquestán en agosto de 1916 para recabar pruebas sobre la campaña represiva. Había pasado parte de sus primeros años en Taskent y se sintió horrorizado por lo que estaba ocurriendo. A su regreso a Petrogrado, denunció el «terror planificado y sistemático» que estaba infligiendo Kuropatkin.[21] No era la primera revuelta que las autoridades habían aplastado salvajemente en los últimos años, pero los comandantes la trataron como un acto supremo de traición en un momento en que el imperio luchaba por su propia existencia en el frente oriental.[22] Ese mismo año, los británicos habían reprimido el levantamiento de Pascua en Dublín con el mismo espíritu. No obstante, Kerenski insistió en que los Gobiernos debían mostrar prudencia al tratar con los rebeldes. Aparte de su repulsión moral, no veía ningún beneficio práctico para el imperio en la carnicería masiva e indiscriminada que Kuropatkin estaba causando en Turquestán.
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«¿Esto es estupidez o traición?»: El
tribunal, complots y huelgas
El 15 de junio de 1916, Alekséyev, el jefe del Estado Mayor, se quejó a Nicolás del estado de la industria. Ni el Ministerio de Guerra ni la Conferencia Especial de Defensa habían sido capaces de realizar las mejoras necesarias. En el frente escaseaban los cartuchos. La fábrica Putilov y otras carecían de combustible y metal. Los obreros pasaban hambre y el transporte era un caos. Las huelgas estaban arruinando la producción. Alekséyev pidió una reorganización total de la campaña bélica. Abogaba por la creación del cargo de ministro supremo de Defensa del Estado, que tendría autoridad sobre todos los ministerios y organismos públicos y no respondería ante nadie más que Nicolás.[1] Alekséyev nunca le había dicho al zar, por muy respetuosamente que fuese, cómo poner orden en el Estado imperial. Ahora sostenía que solo un dictador podía obligar a la retaguardia a cumplir con su deber para satisfacer las necesidades del frente. Nicolás aceptó la propuesta, añadiendo solo un detalle. Mientras que Alekséyev había propuesto eximir del reclutamiento únicamente a los expertos técnicos de la industria, Nicolás quería incluir también a los especialistas agrícolas.[2]
A diferencia de los partidos del antiguo Bloque Progresista, Alekséyev no pedía un «Gobierno de confianza pública» ni estipuló cómo reorganizar la interacción entre el frente y la retaguardia. Al recibir una copia de las propuestas de Alekséyev, Rodzianko se inquietó por dos cuestiones. Si se
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nombraba ministro supremo a un comandante militar, ¿cómo resolvería la crisis en las ciudades y pueblos? Y si ocupaba el cargo un civil, ¿qué haría con las condiciones en el frente? Rodzianko se dirigió a Maguilov para exponer personalmente sus preocupaciones a Alekséyev. En el mismo viaje advirtió a Nicolás de que si un dictador de esas características conseguía tener éxito en el puesto, la gente llegaría a la conclusión de que todo iría mejor si Nicolás era apartado del poder.
Nicolás aplaudió el análisis de Rodzianko, pero no pensó en él seriamente ni durante mucho tiempo. Por el contrario, decidió adoptar el consejo de Alekséyev en formato reducido dotando a Stürmer de autoridad sobre las Conferencias Especiales en tiempos de guerra. También nombró a Stürmer ministro de Asuntos Exteriores. Ello supuso el despido de Sazónov, que se había ido de permiso a Finlandia. El estelar ascenso de Stürmer difícilmente pudo ser del agrado de Alekséyev, que compartía la opinión generalizada de que no estaba a la altura como primer ministro y no gestionaba los asuntos con más dinamismo que el viejo Goremikin.[3] Sin embargo, incluso Stürmer reconoció que no podía dirigir el Ministerio del Interior después de ocuparse del Ministerio de Asuntos Exteriores y las Conferencias Especiales. En septiembre dio la bienvenida a Aleksandr Protopópov como su sustituto en Asuntos Internos. El octubrista Protopópov podría haber tenido una buena acogida como alguien que moderaría las políticas represivas del Gobierno, pero desarrolló una apasionada creencia en la necesidad de medidas duras. Mientras que Nicolás, Alejandra y Rasputín lo encontraban entrañable, los liberales de la Duma y los conservadores liberales lo tachaban de «traidor».[4]
Protopópov se reunió con sus antiguos compañeros el 19 de octubre de 1916 en un intento de conciliación entre la Duma y el Gobierno. Miliukov rechazó su petición de que el debate fuera extraoficial, lo cual impidió a Protopópov decir nada sustancial. Le preguntaron por qué había aceptado ser miembro de un gabinete encabezado por Stürmer. En un arrebato emocional, Protopópov declaró su amor por Nicolás y su convicción de que este también le amaba. La reunión se convirtió rápidamente en una farsa patética, y sus participantes quedaron convencidos de que Protopópov padecía una enfermedad mental. Miliukov le dijo sin rodeos: «¡Está llevando a Rusia a la ruina!».[5]
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El 1 de noviembre de 1916, Pável Miliukov abandonó la prudencia y pronunció un discurso incendiario en la Duma. Eligió a Stürmer como objetivo, subrayando la satisfacción de los alemanes por su ascenso a costa de Sazónov, e insistió en la influencia maligna de Iván Manusévich-Manuilov, ayudante personal de Stürmer y famoso por haber trabajado como asistente de Rasputín. Repasando la historia reciente de las medidas del gabinete, Miliukov hizo repetidas pausas para preguntar: «¿Esto es estupidez o traición?». Su discurso causó sensación en la prensa.
Miliukov había jugado deliberadamente con el rumor infundado de que Stürmer estaba tanteando opciones para una paz separada con Alemania. Stürmer comprendía el peligro al que se enfrentaba y, a medida que aumentaban las posibilidades de problemas en la capital, se puso en contacto con Alekséyev para sustituir a las tropas de las guarniciones de Petrogrado. Sin embargo, Alekséyev se negó a utilizar a sus hombres de primera línea para reprimir disturbios internos.[6] El cargo de primer ministro de Stürmer quedó muy dañado ante la opinión pública, y el 8 de noviembre de 1916 Nicolás intentó aplacar a los miembros críticos de la Duma —o al menos a los que creían en su derecho a gobernar— destituyéndolo e invitando a Aleksandr Trépov, ministro de Transportes y entusiasta defensor de la campaña bélica, a ocupar su puesto. Aunque Trépov no era bien visto en los círculos de la Duma, al menos se sabía que detestaba a Rasputín, lo cual ayudó a acallar algunas voces de descontento. Nicolás escribió a Alejandra: «Solo te ruego que no involucres a Nuestro Amigo en esto. Estoy cargando con la responsabilidad, y deseo ser libre al tomar mi decisión».[7]
Se especuló con la destitución de Protopópov, el ministro del Interior. La emperatriz viajó con él a Maguilov para defender su permanencia en el cargo, y Nicolás accedió a la petición. La reputación del gabinete cayó aún más en el país cuando Trépov denegó el permiso para que la Unión de Zemstvos y la Unión de Ciudades celebraran congresos en diciembre de 1916.[8] Los líderes de la Unión de Zemstvos firmaron una protesta y publicaron el discurso que el príncipe Gueorgui Lvov planeaba pronunciar.
[9] El gabinete no transigió y se mantuvieron las políticas sin tan siquiera reconsiderar su utilidad. Los ministros se mostraron firmes y dieron a
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entender que los empleados de ambas uniones eran evasores del servicio militar.[10]
Los liberales no eran el único grupo enojado por las acciones prepotentes de quienes dirigían la campaña bélica. Un grupo de amigos de la alta sociedad concluyó que solo liquidar a Rasputín podría salvar a la monarquía de sí misma y detener las supuestas maniobras para una paz separada con Alemania. El joven y rico monárquico Félix Yusúpov y dos amigos, el gran duque Dmitri Pávlovich y el político Vladímir Purishkévich, que había ayudado a fundar la ultranacionalista Unión del Pueblo Ruso, urdieron una conspiración. Convencieron a Rasputín para que fuese a beber con ellos el 17 de diciembre de 1916 en la residencia de Yusúpov en Petrogrado. Allí le ofrecieron dulces y bebidas envenenadas. Sin embargo, las toxinas no surtieron efecto, ni tampoco otras rondas de bebidas. En ese momento, los conspiradores decidieron pegarle un tiro. Se disparó un arma y Rasputín cayó al suelo, aparentemente sin vida. Pero cuando sacaron su cuerpo y lo arrojaron al río Moika, Rasputín revivió de repente y lanzó un grito, así que dispararon más balas a las oscuras y gélidas aguas. Por fin había muerto. El cadáver fue recuperado del Moika por la mañana e identificado por la policía.
La noticia tuvo un efecto demoledor en Nicolás y Alejandra, que habían perdido a su puntal psicológico y espiritual, así como a la única persona que podía facilitar el manejo de su hijo Alekséi y su hemofilia. La policía no tardó en descubrir a los responsables del asesinato, pero Nicolás los dejó en libertad debido a su elevado estatus social. Probablemente también era consciente de que no debía ofender a la opinión pública. El gran duque Dmitri Pávlovich fue desterrado al servicio militar en Persia y a Yusúpov se le ordenó que permaneciera en una de sus remotas fincas rurales. Rasputín fue enterrado el 21 de diciembre de 1916 en los terrenos de la iglesia situada junto al parque del palacio de Alejandro. Nicolás llamó desalmados a los asesinos. La familia imperial se sentó en primera fila y los niños Románov lloraron.[11]
A los asesinos les había impulsado la creencia de que Rasputín había utilizado a la emperatriz para ejercer una influencia maligna sobre el emperador y la política rusa, creencia que era compartida en la vida pública. En Petrogrado, la gente se mofaba de Nicolás, calificándolo de
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caja de resonancia para las opiniones estridentes e ignorantes de la emperatriz. El gran duque Nicolás Nikoláyevich escribió a Nicolás que Alejandra estaba perjudicando a la monarquía y que debía nombrar un «Gobierno responsable».[12] Con o sin Rasputín, no cabe duda de que la emperatriz imponía su parecer. La pareja imperial siempre había debatido asuntos de Estado, y él intercambiaba ideas con Alejandra de una manera que no le gustaba hacer con los ministros, a quienes consideraba sus sirvientes temporales. Pero Alejandra no lo hizo cambiar de opinión en ninguna decisión importante sobre la guerra, aparte de los nombramientos de personal. Nicolás era muy capaz de cometer errores de criterio evidentes sin su ayuda. Era su peor consejero.
Otros conspiradores veían inútil deshacerse de Rasputín si el emperador conservaba el trono imperial. Ya en el verano de 1916, Guchkov había escrito confidencialmente a Mijaíl Alekséyev sobre el empeoramiento de la situación en la retaguardia. Quería alertar sobre la probabilidad de un golpe en Petrogrado y, al mismo tiempo, evitar que él fuera utilizado para reprimirlo. Alekséyev se abstuvo de responder, como era su costumbre con ese tipo de cartas de los opositores, pero no informó a Nicolás de la iniciativa de Guchkov.[13] Sin embargo, Alejandra descubrió lo sucedido y se lo hizo saber a su marido. Cuando Nicolás le pidió pruebas, la emperatriz le mostró una copia de la misiva de Guchkov.[14] Nicolás evitó enfrentarse a Alekséyev, quizá porque le costaba creer que su comandante de mayor rango, un hombre conocido por su decencia, fuera capaz de engañarlo. El emperador trató de ver el lado positivo de la situación asegurando a Alejandra que Alekséyev odiaba a Rodzianko, el presidente de la Duma. El mensaje era que Alekséyev merecía la confianza de la familia imperial.[15] Pero no sería de extrañar que Nicolás empezara a preocuparse por el cariz que estaban tomando los acontecimientos.
Alekséyev estaba agotado por una carga excesiva de trabajo en el Estado Mayor y su salud se hallaba al borde del colapso. El 11 de noviembre de 1916, ya incapaz de pasar por alto un problema renal crónico, abandonó Maguilov para recuperarse en Crimea. Durante su estancia allí, recibió a destacados representantes de la Duma, que hablaron de un posible golpe de Estado y preguntaron cuál podía ser la reacción de la cúpula militar. Al parecer, Alekséyev respondió que solo podría
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perturbar a un ejército que ya estaba en baja forma.[16] Una vez más, no mencionó nada a su soberano. Aunque no estaba dispuesto a apoyar un movimiento contra el emperador, compartía el sombrío análisis de sus visitantes. Unos meses más tarde escribió: «Era evidente que no solo el Gobierno actual había sufrido una bancarrota, sino que todo el Estado se estaba desmoronando». Alekséyev había visto de cerca a Nicolás durante más de un año y lo tenía por una persona pusilánime, indecisa, vanidosa y desconfiada, incluso cuando dictaba órdenes perentorias y perjudiciales.[17] Se dice que, cuando el grupo de la Duma habló con otros comandantes, incluido Brusilov, acogieron con satisfacción la idea de poner fin al reinado de Nicolás Románov.[18]
Se hicieron propuestas a los subordinados de Alekséyev en Maguilov.
[19] Los octubristas, los kadetes y los progresistas evitaron decir o escribir nada directamente crítico con el alto mando del ejército, aunque sabían que los generales tenían mucho de lo que responder. Elogiaron el valor de los soldados rusos y culparon al Gobierno (seguían sin poder mencionar al emperador por su nombre). Comprendían que si actuaban para derrocar a Nicolás, era esencial tener al Estado Mayor de su parte.[20] Mijaíl Chélnokov organizó un debate en Moscú al que asistieron Miliukov y Gueorgui Lvov. Cuando le preguntaron por qué la Duma Estatal no estaba organizando un golpe, Miliukov exclamó: «Basta con que nos traigan dos regimientos al palacio Táuride y tomaremos el poder». Como es comprensible, Miliukov se puso furioso cuando todo esto se filtró a un grupo de kadetes.[21] Pero, por una vez, la Ojrana no descubrió esas conversaciones y nada de ello llegó a oídos del emperador.
Las discusiones sobre la futura naturaleza del sistema político continuaron en secreto. Guchkov, Rodzianko y Miliukov querían una monarquía constitucional al estilo británico; Miliukov, en particular, era un conocido anglófilo. En cambio, Kerenski, socialrevolucionario, deseaba una república. Miliukov y Kerenski no se llevaban bien, pero en el invierno de 1916 a 1917 coincidían en la necesidad imperiosa de deshacerse de Nicolás. Otros aspirantes a revolucionarios eran Mijaíl Teréshchenko, Vladímir Lvov y Nikolái Nekrasov, los cuales se reunían en domicilios particulares, en restaurantes y en su logia masónica ilegal, el Gran Oriente de los Pueblos de Rusia. Sabían que cualquier golpe de
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Estado, por pacífico que fuese, desencadenaría altercados públicos en Petrogrado y otros lugares, pero pensaban que era un precio que había que pagar para volver a poner en pie el imperio. Confiaban en restablecer el orden, ya que pretendían eliminar los rasgos más odiados del Gobierno de Nicolás, y ellos mismos esperaban subir a la cúspide del poder.[22] La competencia y la experiencia sustituirían a la ignorancia. Pero antes de que todo eso pudiera materializarse, Nicolás tenía que ser desalojado del trono imperial que la dinastía Románov ocupaba desde 1613.
El emperador tenía otras cosas en que pensar. La economía del imperio estaba desmoronándose en muchos sectores y el suministro de alimentos se había desplomado. Las recolecciones estatales de cereales habían pasado de cinco millones de toneladas en 1914 y 1915 a 8,9 millones en 1916 y 1917. Era una cifra impresionante, pero insuficiente para las necesidades del imperio. Las fuerzas armadas y la región consumidora del norte necesitaban por sí solas nueve millones de toneladas, y los envíos ya estaban disminuyendo en 1916.[23] El transporte era caótico y había locomotoras y líneas en mal estado. La inflación era galopante y el rublo alcanzaba solo el 27 por ciento de su valor en 1914.[24] Andréi Shingarev y otros economistas del partido de los kadetes abogaban por una respuesta económica más planificada por parte del Gobierno y por establecer un monopolio del comercio de cereales.[25] Entre los partidos socialistas siempre había imperado el deseo de una intervención estatal en la economía. El Gobierno había aumentado su control sobre los pedidos industriales y las entregas agrícolas y, a diferencia de sus detractores, era consciente de las limitaciones de sus organismos. Era más fácil cambiar políticas que imponer el cumplimiento y la eficacia administrativos. Las deficiencias crónicas en comparación con el enemigo alemán se acentuaron en tiempos de guerra.
El descontento popular era intenso en la capital. Los productos abundaban en las tiendas y las clases alta y media podían hacer frente a la fuerte subida de precios, pero los llamativos escaparates repletos de comida y artículos de lujo enfurecían a los muchos que no podían permitírselos.[26]
Aleksandr Rítij se hizo cargo del Ministerio de Agricultura en noviembre de 1916, y su principal cometido era aumentar el
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abastecimiento de alimentos para el ejército y las ciudades. Anunció una cuota de suministro de cereales para cada provincia, basada en la información del Gobierno sobre las cosechas anteriores. Los topógrafos del Ministerio de Agricultura hicieron las estimaciones e inspecciones necesarias. Sin embargo, ningún organismo gubernamental tenía el acceso necesario a la información sobre todos y cada uno de los municipios. Los agricultores siempre habían sido expertos en ocultar lo que querían mantener en secreto, y los problemas eran inevitables cuando el campesinado pensaba que las autoridades se comportaban injustamente. Hubo disturbios en el campo y Rítij no creyó tener más opción que emplear la fuerza para asegurar las entregas vitales. Era época de guerra y estaba afrontando un problema práctico con los únicos recursos de los que disponía.[27] La verdadera prueba del plan de Rítij tuvo lugar en Ucrania y la región del Volga, donde se cultivaba la mayor parte del trigo comercializado por el imperio, pero a pesar de las nuevas medidas, la provincia de Kiev solo suministró una cuarta parte de su cuota y la provincia de Tambov dos tercios. Tales resultados no auguraban nada bueno para el abastecimiento de alimentos del imperio.[28]
Se introdujo un sistema de cartillas de racionamiento en todas las zonas urbanas, desde Petrogrado hasta las pequeñas ciudades de provincias, y se aplicaba a productos específicos, dependiendo de las circunstancias locales. Las nuevas medidas para intentar paliar los problemas a menudo no funcionaban. Cuando el Gobierno restringía la venta de carne a determinados días de la semana, los consumidores con dinero en el bolsillo respondían comprando más en los días permitidos. Además, las cartillas de racionamiento ofrecían el derecho a recibir productos en las tiendas, pero eso no ocurría necesariamente.[29] Las autoridades se sentían impotentes para mejorar la situación de la población urbana y había preocupación por la desnutrición y el hambre.
La atención prestada a la alimentación de las ciudades no fue bien recibida por los habitantes de las zonas rurales. La familia de Aleksandr Zamáraev era casi autosuficiente y no iba a pasar hambre, pero, aun así, era consciente de las condiciones cambiantes que imperaban. La harina blanca era uno de los productos que no producían. Como campesino, no tenía derecho a una cartilla de racionamiento en Totma, mientras que los
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habitantes de la ciudad podían comprar cinco kilos al mes cada uno, por lo que si los Zamáraev necesitaban avena, debían negociar a escondidas con un vendedor amigo.[30] A Zamáraev no le servían de consuelo los artículos de prensa sobre las dificultades que estaban experimentando las ciudades alemanas. La escasez de pan, sal y carne era generalizada en toda Alemania y la gente «estaba a oscuras y no había queroseno». A Zamáraev le preocupaba que Rusia sufriera lo mismo.[31]
A finales de 1916, además de enfrentarse a problemas de abastecimiento de víveres, el alto mando solicitó 300 000 reclutas más para llenar los huecos que habían dejado las campañas de verano. La Conferencia Especial de Defensa desaconsejó satisfacer dicha petición. El número de hombres en edad militar, aptos y capaces estaba llegando a su límite. La Conferencia Especial y Shuvaev, el ministro de Guerra, advirtieron de los peligros que entrañaría aplicar el proceso de alistamiento habitual. Los reclutas de más edad no eran buenos soldados.[32] Los oficiales más reflexivos, como el teniente coronel Aleksandr Verjovski, estaban cada vez más convencidos de que el Ejército Imperial era demasiado grande para resultar eficaz y de que estaba obstaculizando la producción económica de la que dependía. Verjovski se puso en contacto con los miembros de la Duma que coincidían en que era necesaria una desmovilización parcial.[33] Incluso Alekséi Brusilov vio que sus éxitos del verano en el suroeste no habían supuesto ningún beneficio estratégico decisivo, pero creía que los alemanes podrían haber sido aplastados si el alto mando hubiese aceptado repetir sus métodos ofensivos en los sectores del norte.[34]
En los últimos meses de 1916, la crisis del Estado imperial se agudizó con una oleada de huelgas industriales en Petrogrado y otras ciudades.[35] Los trabajadores exigían salarios más elevados y mejores condiciones en las fábricas. Los partidos socialistas y los liberales creían desde hacía tiempo que una sola chispa podía ocasionar una conflagración incontenible. El líder del Partido Progresista y empresario Aleksandr Konoválov dijo que era inevitable un «movimiento revolucionario» y que «todos los signos de la anarquía eran visibles». Asimismo, Konoválov predijo la guerra civil y apostaba porque las grandes empresas protegieran
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sus intereses mejorando su relación con los trabajadores y estableciendo procedimientos de arbitraje regulares.[36]
Pero casi todos los demás propietarios se negaban a dar ese paso y las huelgas continuaron. Cuando los trabajadores se quedaron sin trabajo en sus empresas, salieron a la calle ante los cuarteles del 181.º Regimiento de Retaguardia y suplicaron a las tropas que apoyaran su causa. Al ver que los gendarmes empleaban la violencia contra la multitud, los soldados dispararon contra ellos. Los oficiales del ejército intervinieron para restablecer el orden, pero ya no había confianza en el regimiento y se ordenó su disolución tras la adopción de medidas disciplinarias.[37] Sin embargo, el problema no se limitaba a un único regimiento, y entre las autoridades se hablaba de la poca fiabilidad de las guarniciones de la capital.[38] Los soldados de uno de los cuarteles de Moscú asaltaron las cocinas de su regimiento en noviembre de 1916 y apedrearon a su teniente coronel. Tenían quejas sobre la comida y la ropa: «Mirad lo andrajosos que vamos: ¡Dadnos botas y pantalones!». El Grupo Central de Trabajadores decidió apoyar la creación de un «Gobierno revolucionario provisional».[39] El movimiento huelguista continuó, y los minúsculos grupos bolcheviques confiaban en que los últimos días de la monarquía estaban cerca, a pesar de las redadas policiales que desarbolaron su actividad en la capital.
En ese ambiente, los ministros no sabían cuándo convocar de nuevo a la Duma, e incluso si hacerlo o no. El propio gabinete estaba sumido en la confusión. Nicolás reconoció tardíamente que había sido imprudente al nombrar a Trépov primer ministro en un momento de huelgas industriales y grave tensión política. El 27 de diciembre de 1916 sustituyó a Trépov por el príncipe Nikolái Golitsin, de quien se esperaba que pudiese trabajar con la Duma sin tantos conflictos. Pero el movimiento huelguista siguió intensificándose y, en enero de 1917, Protopópov, el ministro del Interior, ordenó la detención del Grupo Obrero en su conjunto. Esto provocó la indignación del Comité Central de Industrias de Guerra, y Guchkov y Konoválov asistieron a una reunión en la que declararon que si los obreros eran culpables, ellos también. Miliukov estaba presente, al igual que los socialistas Chjeidze y Kerenski.[40] La inquietud llevó al gabinete a posponer la reapertura de la Duma hasta el 14 de febrero de 1917.[41] Golitsin rezó para que el retraso le permitiera estabilizar la situación en
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Petrogrado. Nunca había deseado el cargo de primer ministro y mostraba poca confianza en su capacidad para calmar los ánimos.
Las responsabilidades del Imperio ruso para con sus aliados se vieron incrementadas por una conferencia de guerra convocada en noviembre de 1916 en Chantilly, Francia, para acordar el inicio de las ofensivas en los frentes occidental y oriental en la primavera de 1917 con tres semanas de diferencia. El plan operativo fue confirmado en enero de 1917 en una conferencia interaliada celebrada en Petrogrado. Aunque tanto el gabinete como el Estado Mayor tenían dudas sobre la preparación de sus fuerzas para tal acción, su dependencia económica de Gran Bretaña y Francia —así como el honor militar— los obligaron a aceptar.[42]
El 3 de febrero, Gueorgui Lvov escribió al emperador advirtiéndole de que eran esenciales algunas reformas para sanar la división entre el pueblo y las autoridades.[43] Rodzianko también envió una carta en la que exponía los problemas tal y como él los veía. En ella expresaba su descontento por el nombramiento de Golitsin y lamentaba que las «fuerzas civiles» fueran tratadas como enemigas, mientras que en Europa occidental trabajaban en cooperación con sus Gobiernos. Si Nicolás quería ayudar a las fuerzas armadas y mejorar la producción de alimentos, le dijo Rodzianko, debería haber nombrado a «una persona que gozara de la confianza de la ciudadanía», como había hecho su antepasado Alejandro I en 1812. «Se acerca la medianoche», subrayó, «y también la hora en que cualquier apelación al sentido común [razumu] del pueblo será tardío y en vano».[44] Rodzianko obtuvo permiso para entrevistarse con Nicolás el 10 de febrero de 1917. Haciendo caso omiso del protocolo oficial, pidió un nuevo gabinete: «Soy exigente, Su Majestad: antes suplicaba, pero ahora exijo».
[45]
Sin embargo, Nicolás se mantuvo firme mientras se tomaba un descanso en Tsárskoye Seló y leía los periódicos de Petrogrado. Cuando la Duma se reunió el 14 de febrero, los diputados seguían enojados. El 22 de febrero, al emperador se le agotó la paciencia y firmó una vez más los documentos para posponer el proceso. Se negaba a que las huelgas continuas le supusieran un quebradero de cabeza. Nicolás estaba acostumbrado a hacer las cosas a su manera, y no se daba cuenta del riesgo que corrían su trono y la dinastía.
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La Revolución de Febrero: Obreros de las fábricas de Petrogrado, soldados de guarnición y la Duma Estatal
El tren imperial partió con Nicolás a bordo hacia Smolensk y llegó a Maguilov a las tres de la tarde del 23 de febrero de 1917. Durante el viaje leyó un libro en francés sobre la conquista de la Galia por Julio César. Tras recibir un parte de Alekséyev sobre la situación militar más reciente, se dirigió a la Casa del Gobernador. En ese momento volvió a pensar con cariño en su hijo y en el tiempo que habían pasado juntos en el cuartel general. Echaba de menos su compañía. Hacía un día despejado y la temperatura había subido después de semanas de fuertes nevadas y frío intenso. Soplaba la brisa. Nicolás permaneció en la Casa del Gobernador para evitar que se agravara la tos que había contraído en Tsárskoye Seló. El Estado Mayor seguía trabajando con normalidad. Por la tarde, mientras tomaba una taza de té, Nicolás escribió en inglés a Alejandra, que había enviado un telegrama con noticias de un brote de sarampión que había afectado a sus hijos. Después de anotar algunas palabras de simpatía, recordó su mensaje sobre actuar como un verdadero zar: «Lo que escribes sobre ser firme —el amo— es totalmente cierto. No lo olvido, tenlo por seguro, pero no necesito gritar a la gente a diestro y siniestro en todo momento. A menudo basta con un comentario claro y discreto para poner a unos u otros en su sitio».[1]
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El 24 de febrero de 1917, Alejandra escribió que fuentes extraoficiales le habían informado de saqueos violentos en los almacenes de pan de la avenida Nevski, en el centro de Petrogrado, y otros lugares de la ciudad.[2] El gabinete aconsejó eliminar a la Duma como posible fuente de problemas, pero, entre bastidores, el primer ministro Golitsin estaba estudiando junto a Rodzianko, el presidente de la Duma, cómo apartar a Nicolás del poder. Mijaíl, el hermano menor de Nicolás, también participó en las conversaciones. La idea de Golitsin era que Mijaíl se convirtiera en regente, destituyera al gabinete y nombrara uno nuevo. Sin embargo, Mijaíl no cayó en la tentación: solo veía peligros y complicaciones en semejante acto de traición.[3] La crisis de gobierno se agravó y, el 26 de febrero, Nicolás recibió un mensaje de los ministros pidiendo un nuevo primer ministro que tuviera derecho a elegir su propio gabinete. Habían renunciado al desventurado Golitsin. También solicitaron el nombramiento de un comandante militar de Petrogrado que tuviera posibilidades de obtener la aprobación de la opinión pública. Mijaíl, el hermano de Nicolás, le envió un telegrama pidiendo la elección de Gueorgui Lvov como primer ministro.[4]
En Maguilov, Nicolás tardó en ser consciente de la seriedad de la crisis. Lejos de incorporar a parlamentarios destacados en un nuevo gabinete, Nicolás firmó al día siguiente un decreto suspendiendo los procedimientos e indicando que no se reanudarían antes de abril.[5] Pero al menos empezaba a darse cuenta de la gravedad de la situación, como escribió en su diario: «Los disturbios comenzaron en Petrogrado hace varios días; lamentablemente, las tropas han empezado a participar en ellos. Es una sensación horrible estar tan lejos y recibir malas noticias». A continuación, inició los preparativos para partir hacia Tsárskoye Seló y embarcar en el tren imperial a la una de la madrugada.[6] Antes de irse hizo llamar al general Nikolái Ivanov, mantuvieron una larga conversación y trazaron un plan para que Ivanov se convirtiera en dictador militar. Este debía ir corriendo a la capital acompañado de un contingente fiable. Nicolás se fue a dormir a las tres y cuarto de la madrugada tras ordenar la salida del tren de Maguilov a las cinco.[7] Sabía que había que hacer algo drástico en Petrogrado y que no podía confiar plenamente en las
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guarniciones de allí, pero no daba la impresión de estar demasiado preocupado. Creía que las unidades de Ivanov restablecerían la calma.
El movimiento huelguista de Petrogrado cobró un gran impulso. Aunque la nieve seguía amontonándose en el suelo y faltaban semanas para el deshielo primaveral, el estado de ánimo entre los trabajadores de las fábricas era acaloradamente desafiante. Además, los soldados de la guarnición mostraban simpatía hacia los obreros industriales a los que se les había ordenado reprimir. El 27 de febrero, los dirigentes de la dispersa Duma Estatal se reunieron para formar su propio Comité Provisional. Ese mismo día se creó el Sóviet de Petrogrado, un renacimiento de uno de los desafíos más grandes del movimiento obrero al poder gubernamental en 1905: los dirigentes, algunos de los cuales pertenecían al Comité Central de Industrias de Guerra, querían asegurarse de que los liberales y conservadores liberales de la Duma no formaran una administración revolucionaria sin consultarles. Mientras continuaba el desorden en la capital, tanto el Comité Provisional como el Sóviet de Petrogrado se esforzaron en dirigir el curso de los acontecimientos. El 28 de febrero de 1917, su levantamiento, vagamente coordinado, se había vuelto imparable. Se incendiaron cárceles y se liberó a los presos.[8] En la capital hubo ataques a comisarías de policía y se arrojaron expedientes a la calle.[9] El Comité Provisional de la Duma Estatal vio que había llegado el momento de tomar medidas decisivas para echar a Nicolás del poder, y debatió un plan para que Alekséi lo sucediera con Mijaíl, el hermano de Nicolás, como regente. Más tarde se preparó un acta de abdicación para que Nicolás la firmara.[10]
El 1 de marzo de 1917, Mijaíl Alekséyev, del Estado Mayor, ordenó a Ivanov que evitara el uso de la fuerza en Petrogrado, lo cual equivalía a decirle que no hiciera nada para evitar la revolución.[11] Esa mañana hubo conversaciones entre el Comité Provisional de la Duma y la dirección del Sóviet de Petrogrado sobre la formación de un nuevo Gobierno y su política. Si así lo deseaba, el poder en las calles estaba en manos del sóviet. Pero los mencheviques, los socialrevolucionarios y muchos bolcheviques no estaban de acuerdo. Sus doctrinas les decían que era necesaria una economía plenamente capitalista antes de que los socialistas pasaran a una revolución que instaurara un orden socialista en la sociedad.
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También se resistían a asumir en el Gobierno la responsabilidad de los problemas económicos que habían lastrado la actividad de la administración de Nicolás durante la guerra. Pero sí estaban decididos a influir en lo que pudiera hacer un «Gobierno burgués». El Comité Ejecutivo del Sóviet ya se había reunido en los dos últimos días de febrero.
[12] Sus líderes mencheviques y socialrevolucionarios —así como sus aliados en la Federación Obrera Judía— eran gente de acción endurecida por años de persecución por parte de la administración imperial. Exasperaban y atemorizaban al Comité Provisional de la Duma. Uno de sus miembros, el conservador Vasili Shulgin, exclamó que si no iban a tomar el poder, debían hacerse a un lado y dejar gobernar a otros que tuvieran el sentido necesario del deber.[13]
Los dirigentes del sóviet mantuvieron sus exigencias básicas. Querían una amnistía inmediata para todos los presos por motivos políticos y religiosos, incluidos los culpables de delitos terroristas. Reclamaban libertad de prensa, de conciencia, de reunión y de huelga, y deseaban que esas libertades se hicieran extensivas a los militares en activo. Su Orden n.º 1 proclamaba el derecho de los soldados a elegir sus propios comités y a dejar de tener que saludar a sus oficiales. Cuando Miliukov no consiguió que los dirigentes del sóviet moderaran sus exigencias, Kerenski decidió hacerse cargo de las negociaciones.[14] Se buscó un discurso que satisficiera la exigencia del Comité Provisional de la Duma de mantener la disciplina militar en el frente y en las guarniciones. No obstante, el sóviet persistió en sus otras reivindicaciones. Quería que una nueva milicia popular se ocupara de las funciones policiales y exigió la abolición de todas las prácticas discriminativas por motivos religiosos, nacionales y sociales. El Comité Provisional de la Duma cedió en esas cuestiones, pero se opuso a la creación de una república democrática. Esto provocó que el Comité Ejecutivo del Sóviet respondiera que no reconocería al Gobierno provisional. Las direcciones de la Duma y el sóviet estaban distanciándose y Nicolás seguía en el poder.[15]
Ambos organismos comprendían la necesidad imperiosa de seguir cooperando. Nicolás había enviado una expedición militar por ferrocarril desde Maguilov. A medida que crecía la amenaza, el Comité Provisional de la Duma invitó a dos de los líderes del Sóviet de Petrogrado, Nikolái
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Chjeidze y Matvéi Skóbelev, a formar parte de su Comisión Militar. Dirigida por Guchkov, la Comisión Militar había sido creada para recabar el apoyo de las guarniciones de la ciudad e impedir la acción de cualquier unidad leal a Nicolás. Se elaboró rápidamente un plan para un levantamiento en toda la zona central de la capital a fin de tomar el control de todos los ministerios, comisarías de policía, agencias de suministro de alimentos y oficinas de correos y telégrafos.[16] Ningún organismo público importante debía quedar en manos de los partidarios del emperador. Había llegado el momento de la revolución y las embajadas extranjeras sabían lo que estaba ocurriendo. Los revolucionarios de la Duma se alegraron cuando llegó al palacio Táuride la noticia de que los embajadores francés y británico aprobaban incondicionalmente el Comité Provisional.[17]
La tarde del 1 de marzo, unos soldados fueron a buscar a Píotr Bark a su apartamento privado. Su jefe, de nombre Nikifor, era bien conocido tanto por Bark como por su esposa Sofía, ya que había trabajado para ellos como criado, y Sofía había ayudado a conseguirle a su esposa un trabajo en el Ministerio de Economía. Ello no impidió que Nikifor apuntara con su pistola a Sofía Bark y le dijera: «Cuando te pedí pan, me diste una piedra». El teléfono de Píotr Bark había sido desconectado esa mañana. Los soldados lo acompañaron escaleras abajo sin dejarle coger el ascensor y el conserje le entregó un abrigo de piel en la puerta principal. El ministro Bark fue conducido al despacho de su viceministro Nikolaenko, donde se encontró con un comisario del recién creado Comité Provisional de la Duma Estatal, el cual le dijo a Nikifor que se había equivocado al detener a Bark. Luego indicó a Nikifor que llevara a Bark a la Duma Estatal, en el palacio Táuride. El comisario y los soldados subieron a un camión con la bandera roja y varias ametralladoras y tuvieron que tomar un desvío para evitar las barricadas. Hubo discusiones entre los soldados y los marineros de la escolta. Cuando uno de los soldados dijo que necesitaba una taza de té y pidió al conductor que se detuviera en el Campo de Marte, el camión estuvo parado hasta que quedó claro que no había bebidas disponibles en los alrededores.[18]
Frente a la Duma se había congregado una gran multitud que impidió el avance de Bark y su grupo de acompañantes. Algunos espectadores querían propinarle una paliza. Al llegar al palacio, Bark fue presentado a
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dos diputados de la Duma, que expresaron su sorpresa por el hecho de que alguien lo hubiera arrestado. Pasaron dos horas antes de que se aclarara la situación. Aleksandr Kerenski se personó para explicar que Bark correría peligro físico si era liberado. El recién constituido Sóviet de Diputados Obreros y Campesinos de Petrogrado estaba celebrando una ruidosa sesión en el Salón Catalina, y algunos de los soldados y marineros podían intentar agredir a Bark. La revolución había triunfado y el Comité Provisional de la Duma quería evitar un ajuste de cuentas violento. Kerenski condujo a Bark a una habitación custodiada junto a otras seis personas, entre las cuales se encontraba Protopópov, el ministro del Interior. Los ocupantes tenían terminantemente prohibido hablar entre ellos. Una llamada telefónica permitió a Sofía Bark saber que su marido se encontraba a salvo y le envió a su institutriz francesa con ropa para pasar la noche y artículos de aseo. Bark durmió media noche en un sofá antes de ceder su sitio al conde Shakhovskoi, ministro de Comercio e Industria. Otros se tendieron sobre periódicos.[19]
Shcheglóvitov no fue tan afortunado como Bark y no tuvo oportunidad de ponerse un abrigo. Fue conducido en medio de un frío glacial al palacio Táuride, donde, con la cara roja y desaliñado, fue tratado con rudeza. Le precedía su reputación como exministro de Justicia y director de la represión, y solo la intervención de Kerenski lo salvó de recibir una paliza o algo peor.[20] Los partes que llegaban de los alrededores de la ciudad hablaban de entre 1300 y 1600 víctimas mortales.[21]
El Comité Provisional de la Duma inició una de sus sesiones más decisivas justo antes de la medianoche del 1 de marzo y permaneció reunido hasta primera hora del día siguiente. Los presentes ya no estaban dispuestos a retrasar la formación de un nuevo Gobierno y las noticias de los disturbios en las calles agudizaron la sensación de urgencia. Los dirigentes de la Duma eran conscientes de que, si no actuaban con rapidez, perderían el control de los acontecimientos. Miliukov tuvo un papel clave en la elaboración de una lista de posibles ministros. En ella no figuraba Rodzianko, el presidente de la Duma, de quien sus colegas sospechaban que estaba demasiado dispuesto a llegar a un compromiso con Nicolás o demasiado ansioso por asumir un poder dictatorial para sí mismo. En su lugar, se llegó al consenso de que Gueorgui Lvov debía encabezar el
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Gobierno, pero no era seguro que esto fuese a ocurrir bajo el mando del Comité Provisional. Se celebraron consultas apresuradas con el Comité Ejecutivo del Sóviet de Petrogrado, un signo temprano del emergente equilibrio de poder en la capital. Los socialistas Kerenski y Chjeidze fueron incluidos en el gabinete propuesto, que mantendría el poder hasta que pudiera elegirse una Asamblea constituyente.[22]
La mañana del 2 de marzo, las celebraciones ya habían llegado a Moscú. Nikita Okunev, un administrador de cuentas que trabajaba para una empresa portuaria fluvial de Moscú, paseó por el distrito central de la ciudad y observó a la multitud y a las unidades de guarnición que acudían a la duma local. Agitaban sus sombreros y bufandas al grito de «¡Hurra!» y silbaban a los pequeños grupos de gendarmes que los conducían al interior del edificio como si estuvieran arrestados. Okunev notó una punzada de emoción inesperada:
Incluso sentí lástima por ellos desde lo más profundo de mi alma: parecían gente tan rusa, la mayoría hombres de mediana edad con familia, y andaban como malditos parias. En [un momento de] tanta alegría habría que alegrarlos también a ellos y había que esperar su libre transición a un nuevo bando y darles, mientras se arrepentían de sus pecados grandes y pequeños, la posibilidad de unirse espiritualmente al movimiento común de liberación y ocupar una posición de guerreros, si no de ciudadanos.
Okunev se mostró aliviado cuando vio que los policías se marchaban ilesos. Un sentimiento de unidad prevalecía por encima de las barreras sociales habituales. Ya nadie podía pensar en volver a las viejas costumbres. Se encontró con soldados que llevaban lazos y se dio cuenta de que los coroneles también los lucían a menudo. Las bandas del ejército entonaban marchas triunfales. El «poder popular» parecía estar en todas partes.[23]
La abdicación, que tuvo lugar el 2 de marzo, se ejecutó con rapidez y tranquilidad. El Comité Provisional de la Duma Estatal había enviado a Aleksandr Guchkov y Vasili Shulgin a hablar con Nicolás II. Cuando llegaron a su tren en Pskov, ya había tomado la decisión de renunciar al trono.[24] Incluso sus generales en Maguilov deseaban ese desenlace.
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Nicolás veía a las fuerzas armadas como el santuario de la fe y la nación, y no podía imaginar aferrarse al poder sin su apoyo activo. De repente parecía más viejo. Tenía más canas y arrugas nuevas en la frente.[25]
No obstante, Nicolás sabía que, después de él, legalmente solo podía haber un posible emperador, el joven Alekséi. Pero este padecía una enfermedad incurable, era inmaduro y carecía de formación. Nicolás había rebajado las exigencias educativas impuestas al muchacho debido a su hemofilia, pero el resultado fue que, a sus trece años, Alekséi aún no dominaba la aritmética de fracciones simples.[26] Aun así, Nicolás se planteó la idea de abdicar a su favor, pero los políticos de la Duma manifestaron su insistencia en que, si era nombrado emperador, Alekséi viviera separado de él. Nicolás no podía soportar la idea de entregar a su amado hijo a otras personas, así que tomó la trascendental decisión de transferir el poder a su hermano Mijaíl. Tal paso infringiría la Ley Fundamental. Pero Nicolás, un gobernante de impulsos imperiosos, había dado a conocer su deseo y esperaba que se cumpliera. Así pues, firmó el decreto de abdicación y emprendió el sinuoso viaje en tren hacia Tsárskoye Seló y el seno de su familia. Los asuntos de Estado, de los que era responsable desde 1894, habían desaparecido para siempre de sus manos.
Su proyecto de decreto ordenaba a su hermano gobernar «en plena e inquebrantable unión con los representantes del pueblo en las instituciones legislativas».[27] En la práctica, eso facilitaría el avance en el poder gubernamental de aquellos a quienes el Comité Provisional de la Duma Estatal pudiera elegir como ministros. Aunque aún no se había determinado la composición del nuevo gabinete, no había duda sobre la voluntad de gobernar.
Aleksandr Zamáraev y el resto de habitantes de Totma no conocieron la situación en Petrogrado hasta el 1 de marzo de 1917, e incluso entonces apenas disponían de información. Zamáraev solo pudo intuir que se estaban produciendo «acontecimientos políticos importantes».[28] Cuando llegaron las noticias a la ciudad, compartió el alivio casi universal por que la era de los Románov, que había durado desde 1613, hubiese tocado a su fin:
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Nicolás Románov y su familia han sido derrocados. Están bajo arresto y reciben alimentos con sus cartillas de racionamiento en las mismas condiciones que todos los demás. No se preocuparon en absoluto por el bienestar de su pueblo y a la gente se le agotó la paciencia. Han llevado a su Estado al punto del hambre y la oscuridad. ¡Lo que pasaba en su corte! Todo era horror y vergüenza. No era Nicolás II quien gobernaba el Estado, sino el borracho de Rasputín.[29]
Aquello era injusto para Rasputín, sin duda, pero Zamáraev no estaba manifestando una opinión insólita: era lo que pensaba casi todo el mundo. El pueblo del Imperio ruso, tanto aristócratas como obreros y campesinos, sintió alivio con la abdicación de Nicolás.
Pero el orden semiautocrático y su antiguo aspirante a autócrata no eran el único problema de Rusia. Aunque Nicolás empeoró una mala situación, también fue víctima de los cambios modernizadores de la economía y la sociedad que él había respaldado. Es discutible si una monarquía constitucional podría haberlo gestionado mejor. Tampoco está del todo claro que hubiera sobrevivido en el poder si hubiese optado por la vía de la paz y la diplomacia en lugar de la guerra a mediados de 1914. Los liberales y conservadores liberales rusos anhelaban una oportunidad para demostrar que serían más eficaces a la hora de ejercer el poder imperial en el mundo. Las vulnerabilidades del imperio habían quedado dolorosamente expuestas por la Gran Guerra. A principios de 1917, la economía, las infraestructuras, las relaciones étnicas, la formación y la administración se habían deteriorado hasta el punto de la ruptura. Quienquiera que asumiese el poder en las tierras de los Románov heredaría enormes problemas. Las fuerzas alemanas acechaban Petrogrado y la industria y el transporte estaban sometidos a una tensión insoportable. El suministro de alimentos era peligrosamente escaso y la gente de a pie había descubierto la extraordinaria fuerza de su potencial para desafiar a sus gobernantes.
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El Gobierno provisional: Un gabinete
interino en el poder
El 3 de marzo, la situación en el centro de Petrogrado seguía sin resolverse. Los empleados de la prestigiosa farmacia Goldberg descolgaron el escudo de armas de los Románov tras años de patrocinio imperial, y lo hicieron con sumo cuidado para evitar la rotura del emblema del águila bicéfala en su descenso a la acera. Un periodista estadounidense escribió: «Evidentemente, Goldberg pensaba que podría volver a necesitarlo. Las mujeres que hacían cola justo debajo para recibir alimentos sonreían como si supieran que no iba a ser así».[1]
Esas clientas que hacían cola probablemente eran conscientes de que el Sóviet de Petrogrado habría sacado a la calle a miles de sus partidarios si se intentaba mantener a un Románov en el trono. En el Comité Provisional de la Duma seguía sin haber una política consensuada sobre el marco de gobierno. Rodzianko, Guchkov y Miliukov presionaron a los demás para instituir una monarquía constitucional. Cuando se reunieron aquella tarde en el piso de Mijaíl Románov, le rogaron que sucediese a su hermano, tal como este deseaba. Mijaíl se sintió tentado hasta que vio que otros miembros del Comité Provisional de la Duma no lo aprobaban. Entre los disidentes estaba Aleksandr Kerenski, cuya influencia había crecido durante el levantamiento. Mijaíl se negó a que su nombre saliera adelante en ausencia de unanimidad. Miliukov, Guchkov y el grupo de presión monárquico expresaron su enfado con Kerenski, pero reconocieron el
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peligro de cualquier escisión prematura dentro del Comité Provisional de la Duma. Quizá también intuían que su política preferida no les granjearía la simpatía de los obreros y soldados que habían derrocado a Nicolás. En cualquier caso, la negativa de Mijaíl no les dejó más opción que aceptar que el futuro de Rusia sería republicano.
Rodzianko era partidario de reabrir la cuarta Duma Estatal para instaurar algún tipo de Gobierno parlamentario. El líder de su partido, el octubrista Guchkov, estaba de acuerdo, siempre y cuando la composición de la Duma se completara con representantes de grupos públicos no incluidos hasta la fecha.[2] Los octubristas querían preservar la continuidad del Gobierno estableciendo una monarquía constitucional bajo la autoridad de la Duma. Veían en ello una manera de impedir que los ministros fueran acusados de sustituir una forma de gobierno arbitraria por otra.
El Comité Provisional de la Duma rechazó por mayoría la propuesta al considerar que podía desencadenar protestas masivas. Si el Sóviet de Petrogrado, que ya era una fuerza política, retiraba su cooperación, el resultado sería una inestabilidad continua.[3] Los kadetes, incluido Miliukov, se negaban a ampliar los poderes de un Parlamento formado bajo el antiguo régimen. Los numerosos reaccionarios de la Duma harían imposible dotar a la administración revolucionaria de legitimidad popular. Además, se perdería un tiempo precioso si el gabinete dependía del resultado de los debates de la Duma. También se retrasaría la acción si tenían que celebrarse elecciones antes de que se formara el siguiente Gobierno. El Comité Provisional de la Duma actuó con prontitud para poner fin a la incertidumbre. Tras un breve debate, seleccionó y anunció un gabinete, que se llamaría Gobierno provisional y ostentaría plenos poderes hasta que se organizaran las elecciones para una Asamblea constituyente. Se decretarían algunas reformas básicas y se reforzaría la campaña bélica. El Gobierno provisional tendería la mano a todos los miembros de la sociedad que quisieran ayudar a construir un orden democrático y llevar la prosperidad a todos. La Rusia libre demostraría de qué estaba hecha.
Hubo acuerdo para que Gueorgui Lvov encabezara el gabinete y fue nombrado ministro presidente y ministro de Asuntos Internos, lo cual no era en modo alguno una sinecura. La actuación de Lvov en el Zemgor
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había mejorado su reputación entre los liberales. Su elección como primer ministro se consideró especialmente apropiada, ya que nunca había pertenecido a un partido concreto ni se había presentado a la Duma. Se esperaba que fuese capaz de mantener el pulso cuando las políticas fueran objeto de disputa en el gabinete. Sus credenciales liberales también se consideraban útiles para diluir cualquier hostilidad de los partidos socialistas que dirigían el Sóviet de Petrogrado. Lvov encarnaba la idea de que Rusia sería gobernada de otra manera y era un coordinador que se esmeraba en los detalles.[4] Ningún ministro quería otro zar con apariencia democrática, y Lvov era la última persona a la que se podía acusar de pretensiones autocráticas.
Figuras destacadas de la Duma, el Zemgor y la red de comités de industrias bélicas formaban buena parte del gabinete. Se habían codeado durante muchos años. Varios pertenecían a la misma logia masónica, lo cual había propiciado amistades y conspiraciones. Las figuras destacadas eran Miliukov, Guchkov y Kerenski. Miliukov se convirtió en ministro de Asuntos Exteriores y Guchkov se hizo cargo del Ministerio de Guerra. Su experiencia los convertía en nombramientos obvios. Pero sus ideas estaban destinadas a causar tensiones con el Sóviet de Petrogrado y, de hecho, con sus colegas ministeriales, porque, al igual que el zar al que habían depuesto, querían una victoria militar total que trajera consigo anexiones territoriales. El único ministro que los igualaba en energía y protagonismo era Aleksandr Kerenski. Al estar asociado con los socialrevolucionarios, buscó la aprobación del Sóviet antes de entrar en el Gobierno. Su presencia en el gabinete era un contrapeso a Miliukov y Guchkov.
Guchkov, Miliukov y Kerenski tuvieron un papel destacado en la organización del nuevo Gobierno. Aunque Guchkov y Miliukov eran muy conocidos en la vida pública, no habrían podido dirigir el proceso revolucionario sin la capacidad de Kerenski para manejar tanto a las multitudes como al Sóviet de Petrogrado. Los tres trabajaron juntos de forma productiva a pesar de pertenecer a partidos con objetivos diferentes y superaron su antipatía personal. Aceptaron el deber común de acabar con el viejo orden lo más rápida y tranquilamente posible.
Otros miembros del gabinete eran Aleksandr Konoválov, que pasó del Comité Central de Industrias de Guerra al Ministerio de Comercio e
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Industria. Era propietario de una de las mayores empresas textiles del país y a menudo había defendido la necesidad de conciliación entre los propietarios de las fábricas y sus trabajadores. Mijaíl Teréshchenko, el nuevo ministro de Economía, había heredado un enorme patrimonio personal que incluía bancos y granjas de remolacha y procesamiento de azúcar. Joven e informal, asistía a todas las óperas y obras de teatro. Era un negociador impresionante y un valioso miembro del círculo íntimo del Comité Provisional de la Duma. Había desempeñado un papel importante en la Cruz Roja rusa, había dirigido el Comité de Industrias de Guerra en Kiev y recientemente había gestionado el cambio de divisas en el Comité Central de Industrias de Guerra.[5] Andréi Shingarev se convirtió en ministro de Agricultura. Había empezado su vida como médico del Zemstvo, pero tenía conocimientos de economía y experiencia en cuestiones de suministro de alimentos. El ministro de Transportes, Nikolái Nekrasov, había reprendido al Gobierno imperial por su responsabilidad en la masacre de los yacimientos de oro de Lena en 1912. Había comenzado su carrera en el Instituto de Ingeniería de Tomsk. Se trataba de ministros de mentalidad liberal que se proponían dirigir la política por una vía diferente.
Gueorgui Lvov presidió todo el procedimiento. El ritmo de los cambios era frenético y algunos días el gabinete se reunía dos veces. El Gobierno provisional tenía que obtener el reconocimiento popular como autoridad gobernante. Hizo un llamamiento cuidadosamente redactado a los «ciudadanos del Estado ruso». En él se evitaba la palabra «imperio» por su significado desagradable para los millones de súbditos del antiguo emperador que no eran rusos. Asimismo, se hacía hincapié en los muchos años de conatos de reforma a través de la Duma Estatal. Se había intentado llegar a un compromiso y se había demostrado que era ineficaz. Sin nombrar a Nicolás, el llamamiento relataba los malos tratos sufridos por los parlamentarios. El pueblo y la Duma se habían alzado por fin para reclamar su libertad e instaurar el Gobierno provisional. El texto prometía la guerra contra el enemigo exterior hasta conseguir la victoria y hasta que se cumplieran los acuerdos con los Aliados. También se prometió una Asamblea constituyente que sería elegida lo antes posible sobre la base del
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sufragio universal (aunque, de hecho, hasta el verano no se concedió formalmente el derecho de voto a las mujeres).[6]
Se promulgaban decretos tan rápido como se podían redactar para revocar gran parte de la legislación imperial. Se garantizaron las libertades civiles de conciencia, expresión, organización y reunión. Se abolió la censura a la prensa.[7] Los presos políticos recibieron billetes de tren gratuitos para regresar de Siberia y el norte de Rusia. Solo los tribunales se ocuparían de los delincuentes y se puso fin a la práctica del exilio administrativo.[8] Los trabajadores industriales obtuvieron el derecho a ir a la huelga y los comités obreros recibieron estatus legal.[9] Se revocó la imposición del servicio militar a los «extranjeros» de Turquestán y otros lugares.[10] Se prometió a Polonia su independencia al final de la guerra. Se prohibió toda discriminación por motivos religiosos o étnicos. La Iglesia ortodoxa fue despojada de sus antiguos privilegios. Se abolió la Zona de Asentamiento. Los judíos podían vivir donde quisieran y ya no estarían sujetos a restricciones ocupacionales.[11] Se permitió a los exiliados nacionalistas ucranianos regresar a Ucrania.[12] Kerenski, que se convirtió rápidamente en el ministro más viajero del gabinete, fue a Helsinki para comunicar a un público entusiasta que Pehr Evind Svinhufvud había sido liberado y pronto estaría de vuelta en la capital finlandesa.[13]
En conjunto, los decretos revolucionarios hicieron de Rusia, según un desconocido comentarista exiliado en el extranjero, «el más libre de todos los países combatientes del mundo». El comentarista se llamaba Vladímir Lenin.
Los ministros sabían que sus decretos serían ineficaces a menos que estuvieran respaldados por una red de gobierno. Era necesario cierto grado de continuidad para garantizar el orden y el bienestar, y los antiguos funcionarios se mantuvieron en sus puestos siempre que juraran lealtad al Gobierno provisional. Incluso los funcionarios del último gabinete conservaron sus cargos.[14] Se celebraron sesiones en el palacio Mariinski, que había sido la sede del Consejo de Ministros. El Palacio de Invierno, mucho más ostentoso, se reservó para la elección de la Asamblea constituyente.[15] Aunque los diputados de la Duma no fueron expulsados del palacio Táuride, no se los animó a reanudar sus actividades, y Rodzianko no protestó. El Consejo de Estado cayó en desuso. Sin
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embargo, la reforma constitucional definitiva se pospuso hasta la futura Asamblea constituyente. Mientras tanto, el gabinete trabajó a través de los órganos administrativos por debajo del nivel del Gobierno central. Zemstvos y dumas eran considerados esenciales para el mantenimiento de los servicios y el control. No iban a ser abandonados a su suerte. Lvov y su gabinete querían que demostraran sus credenciales revolucionarias sometiéndose a la prueba de la reelección, a diferencia del propio Gobierno. La esperanza era que el Ejecutivo local se renovara con la entrada de personas que apoyaran al Gobierno provisional y su política.
El gabinete decretó que los trabajadores de las fábricas de Petrogrado no debían quedarse sin dinero por las huelgas y manifestaciones que habían derrocado a los Románov.[16] Ese sentimiento de gratitud se extendió a todos los que se habían congregado en las calles. En Moscú, las autoridades anunciaron que los propietarios de automóviles requisados durante la insurrección podrían reclamar una compensación económica.[17] Las tensiones entre ricos y pobres se relajaron un poco y los ministros fomentaron un ambiente de unidad.
La composición de la cúpula del Estado Mayor quedó intacta. Mijaíl Alekséyev había ayudado a apartar al emperador del poder y apoyaba sinceramente al nuevo Gobierno. Alekséi Brusilov, héroe de la ofensiva de verano del año anterior, declaró su lealtad al gabinete y fue paseado por Berdichev por sus soldados, que ondeaban banderas rojas.[18] Pero no todos los generales podían considerarse automáticamente fiables. Habían prestado juramento de lealtad personal a Nicolás y muchos tenían creencias contrarias a la dirección política del Gobierno provisional. Guchkov y Alekséyev se pusieron de acuerdo para retirar a más de cien de ellos. Era una medida inquietante en tiempos de guerra, pero necesaria si se quería eliminar todo rastro de monarquismo en las fuerzas armadas.[19]
El 4 de marzo de 1917, el gabinete suprimió las gobernaciones provinciales y sustituyó a cada titular del cargo por el nuevo presidente del zemstvo de cada provincia, que recibió el título de comisario.[20] Aunque con ello se pretendían eliminar los vestigios del antiguo sistema de autoridad, no fue del agrado de los organismos no oficiales que surgieron «en las localidades» durante la revolución; normalmente se hacían llamar comités de seguridad pública u organización pública.[21] Cuando esos
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comités se quejaron de que los presidentes de muchos zemstvos provinciales eran figuras públicas ultraconservadoras, el Gobierno modificó su postura y nombró a sus propios comisarios.[22] Algunos focos locales recibieron atención urgente, ninguno más que Turquestán, donde el hombre fuerte del ejército, Kuropatkin, había llevado a cabo una campaña de terror contra los habitantes musulmanes. A mediados de marzo, el gabinete envió como comisario para la región a Ilarion Vasílchikov, conde hereditario y diputado de la Duma que se alineó con el Partido Octubrista.
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El antiguo sistema policial fue erradicado. Se abolieron la Ojrana y el cuerpo de gendarmes. Se adoptó la política de poner fin a la exención militar para su personal y de llamarlos a filas en las fuerzas armadas.[24] En la mayoría de los casos, los policías ya habían huido a la clandestinidad por miedo a ser linchados o apaleados. Para regocijo del campesinado, se puso fin al detestado cargo de «capitán de tierras».[25] En algunos distritos, los campesinos se deshicieron de ellos sin esperar una ordenanza oficial.[26] Se empezó a planificar el reclutamiento y la formación de voluntarios para una nueva milicia.[27]
Los revolucionarios exiliados en el extranjero hicieron planes para regresar. El líder bolchevique Vladímir Lenin y el líder menchevique Yuli Mártov emprendieron el camino de vuelta a Rusia. Lev Trotski, el marxista de extrema izquierda, tardó más que la mayoría porque fue internado brevemente en Halifax, Nueva Escocia, antes de obtener permiso para reanudar su travesía atlántica hacia Escandinavia. Mientras tanto, el Gobierno provisional purgó su administración de todo lo que recordara a la autocracia. Se modificó el calendario oficial suprimiendo los días de conmemoración dedicados a los logros de los Románov. Los ministros querían que Rusia viera su historia de una nueva manera y se reservaron fondos para erigir un monumento en Petrogrado en homenaje a los caídos en la lucha por la libertad.[28] El 4 de marzo, la Plaza Roja de Moscú fue el escenario de un gran desfile militar.
Kerenski visitó a Nicolás en Tsárskoye Seló para confirmar las condiciones de su custodia. Durante unos días se barajó la posibilidad de que los Románov se exiliaran a Gran Bretaña, pero ni el rey Jorge V
—primo de Nicolás— ni los sóviets del ferrocarril de Arcángel estaban
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dispuestos a permitirlo. En consecuencia, Nicolás y su familia tuvieron que permanecer en el palacio de Alejandro en Tsárskoye Seló. Vivían cómodamente y nadie los molestaba. El cadáver de Rasputín fue desenterrado de la finca y trasladado para su incineración. Nicolás soportó estoicamente su destino. El gabinete ordenó que Aleksandr Protopópov, su último ministro del Interior, fuera investigado por «actividades antiestatales».[29] Ana Vírubova, la antigua confidente de la emperatriz, fue encarcelada en la fortaleza de San Pedro y San Pablo.[30]
Se tomaron medidas contra la extrema derecha política. El Sóviet de Petrogrado aceleró el proceso prohibiendo los periódicos más estridentes del nacionalismo ruso.[31] La «libertad de expresión» en la nueva Rusia funcionaría con algunas salvedades importantes. La imprenta de la Unión del Pueblo Ruso fue confiscada y su líder, Aleksandr Dubrovin, detenido.
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Una vez finalizado el breve periodo de derramamiento de sangre en Petrogrado, la transición revolucionaria fue sumamente tranquila en la mayoría de las ciudades y pueblos. El 8 de marzo de 1917, dos jóvenes se presentaron en casa del monárquico Lev Tijómirov, a las afueras de Moscú, y amenazaron con arrestarlo. Tijómirov estaba ausente en ese momento. Al enterarse de lo sucedido, fue rápidamente a la comisaría para pedir explicaciones, pero le dijeron que tenían que ocuparse del asunto funcionarios superiores. Se colocó en una larga cola y firmó un formulario en el que expresaba su lealtad al Gobierno provisional. Finalmente, un empleado le confirmó que las autoridades revolucionarias no tenían nada contra él y que podía salir libremente, pero Tijómirov expresó su preocupación por la posibilidad de que las sospechas se cernieran sobre él. La policía le aseguró que no había de qué preocuparse y le dio el número de teléfono al que debía llamar en caso de problemas. Mientras otros daban gracias por la revolución, Tijómirov se compadecía de sí mismo y reflexionaba con tristeza sobre lo que le esperaba a Rusia.
Los aliados occidentales —Gran Bretaña, Francia e Italia— no tardaron en reconocer oficialmente al Gobierno provisional y afirmar, al menos en público, que el fin de los Románov liberaría los esfuerzos patrióticos de los rusos. El general Mijaíl Alekséyev y el alto mando imperial aclamaron al nuevo gabinete. El gran duque Nicolás
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Nikoláyevich, en el frente del Cáucaso, envió felicitaciones. El Santo Sínodo de la Iglesia ortodoxa rusa, durante siglos un pilar del orden estatal de los Románov, hizo un llamamiento a sus creyentes a que prestaran apoyo al Gobierno provisional.[33]
Los ministros aún debían actuar dentro de las limitaciones impuestas por el Sóviet de Petrogrado. Hubo negociaciones tensas y los dirigentes socialistas del sóviet amenazaron con altercados si el Gobierno rechazaba sus exigencias básicas. De ello nació una alianza de emergencia. Los ministros insistieron en que mientras continuara la guerra y hasta que la Asamblea constituyente se pronunciara, no era posible resolver la cuestión de las tierras. Seguían negándose a declarar una república democrática, alegando que solo la Asamblea constituyente podía decidir al respecto. El Sóviet de Petrogrado aceptó esas restricciones en un momento en que estaba centrando su atención en la política urbana, militar e internacional, y en este caso también hubo muchas tensiones. Aunque apreciaban la promesa de la libre negociación salarial, los dirigentes del sóviet querían que el Gobierno decretara la jornada laboral de ocho horas. También se presionó para que la guerra tuviera objetivos exclusivamente defensivos. La expansión territorial era un anatema para los dirigentes socialistas.
Aleksandr Zamáraev, de Totma, que nunca se identificó con la política de ningún partido en concreto, estaba cruzando los dedos:
Y nos enfrentaremos a un verdadero desastre si no confiamos en el Gobierno provisional. Los ministros son del pueblo. Todos son personas buenas, honestas y desinteresadas. Solo quieren el bien para nuestra patria. Si se marchan antes de que se reúna la Asamblea constituyente por culpa de las masas mal informadas [nesoznatel’nie] (y hay muchas), Rusia afrontará un desastre inevitable.[34]
Evidentemente, no confiaba del todo en que les aguardara un futuro radiante.
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Asociación de rivales: Los sóviets y el
«apoyo condicional» al gobierno
Nikita Okunev fue testigo de la euforia pública por la caída de Nicolás.[1] Según su diario, nadie quería estropear el ambiente discutiendo detalles sobre la política futura. Aun así, el debate no podía posponerse indefinidamente. Las cuestiones de la guerra, el Gobierno, la tierra, el imperio y la justicia social empezaron a surgir en las conversaciones cotidianas.
Okunev se sentía arrastrado en muchas direcciones. De las obras y el ejemplo personal del fallecido novelista y pacifista Lev Tolstói había aprendido el principio de la no resistencia al mal.[2] Sin embargo, los partidos políticos que atraían a Okunev eran cualquier cosa menos pacifistas. Como la mayoría de la gente, albergaba en su cabeza un revoltijo de ideas mientras intentaba dar sentido a los acontecimientos. Leía la prensa diaria y observaba atentamente a los transeúntes cuando iba y venía del trabajo. Siempre que ocurría algo inusual, anotaba sus impresiones en un diario. Se tapaba los oídos ante los cantos de sirena de la extrema derecha y la extrema izquierda políticas, pero no estaba seguro de si los octubristas, los kadetes o uno de los dos principales partidos socialistas —los mencheviques y los socialrevolucionarios— ofrecían el mejor camino a seguir.[3] Por supuesto, ninguno de ellos apoyaba un compromiso tolstóiano con la paz a cualquier precio, y Okunev estaba orgulloso de su hijo Leonid, que había estado sirviendo en las fuerzas
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armadas desde enero.[4] De hecho, Okunev era un patriota a quien horrorizaban los crecientes rumores sobre las propuestas para una paz separada con Alemania.
Los partidos del Gobierno en funciones y sus casi socios del sóviet seguían marcando la política. Pero sus desacuerdos exasperaban a Okunev, que renunció a decidir a qué partido prefería. Nunca se afilió a ninguna formación política, una condición que era común a la inmensa mayoría de sus conciudadanos.
El padre de Okunev era un campesino que había abandonado el campo para establecerse como pequeño comerciante en la ciudad. Nikita tenía entonces dos años. Los Okunev regresaban anualmente a su pueblo, donde el pequeño Nikita compartía las duras tareas que tíos, tías y primos tenían que realizar en el campo. El trabajo en el negocio de su padre empezó pronto para él. Tenía que hacer largos viajes en carruaje con dinero y paquetes. En una ocasión, a la edad de quince años, tuvo que recorrer las carreteras nevadas desde Nizhni Nóvgorod hasta la lejana Viatka a temperaturas de treinta grados bajo cero. Era un viaje peligroso, pero su padre se negó a prestarle una pistola. El joven Nikita, al igual que otros niños de la época, tuvo que hacerse un hombre rápidamente y, para su desgracia, no pudo terminar la escuela. Fue testigo de la monotonía de los comerciantes rusos cuando se alojó en casa de un tendero de Simbirsk que abría su puesto a las seis de la mañana y vendía pasteles, sopa de col y mermeladas hasta las nueve de la noche.[5] Okunev optó por un empleo diferente y lo encontró en Moscú, donde trabajó para compañías navieras en el puerto fluvial. Hábil y trabajador, en febrero de 1911 fue nombrado administrador de cuentas en la empresa Samolët.[6]
Okunev se casó joven y la pareja tuvo dos hijos, Leonid y Galina. Pero el matrimonio fracasó y, desde 1909, Okunev vivió con Antonina Makri. Esta era una mujer atractiva perteneciente a una familia noble polaca de la provincia de Piotrków y había estado casada anteriormente con un terrateniente rumano de origen griego. En su nueva vida juntos, ella y Nikita compartían el compromiso con la justicia, el deber y la fe cristiana. Nikita se esforzó en compensar las carencias de su educación e hizo amistad con varios autores publicados.[7] Tres años después de que
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Antonina y Okunev empezaran a vivir juntos, los dos hijos de él, Leonid («Lelia») y Galina («Galia»), se unieron a ellos. Era un hogar feliz.[8]
Después de que Lelia se marchara para alistarse en el ejército, quedaron tres miembros de la familia en el piso de Moscú. Mientras paseaba por el centro de la ciudad, Nikita lamentaba la ruptura del orden y sentía lástima por los exmiembros del cuerpo de gendarmes. Los veía como rusos corrientes y hombres de familia que merecían la oportunidad de unirse al movimiento de liberación.[9] Temía la violencia de las multitudes y leyó que, en Tver, una turba había linchado al gobernador provincial Nikolái von Bünting y saqueado las bodegas de vino.[10] Nikita Okunev admiraba a Miliukov por decir en una reunión de masas que, a menos que él y los otros ministros hubieran anunciado un gabinete no electo, habrían accedido al poder individuos sumamente desagradables.[11] Okunev simpatizaba con algunas ideas de los socialistas, pero no veía nada positivo en que el Sóviet de Petrogrado se comportara como si fuese el verdadero Gobierno de Rusia.[12] Se burlaba de los llamamientos a la acción mundial de los trabajadores para poner fin a la guerra, lo que, en opinión de Okunev, demostraba una falta total de realismo.[13] También tachaba de absurdo el objetivo del dominio proletario sobre los asuntos públicos.[14] Como otros admiradores de Tolstói, acogió con satisfacción la abolición de la pena capital, pero al mismo tiempo elogiaba los esfuerzos de Guchkov por mantener la disciplina militar.[15]
Okunev era esencialmente un kadete de corazón blando. La dirección de los kadetes no se permitía esa delicadeza. Ellos y el resto del gabinete querían demostrar la valía militar de Rusia a los aliados occidentales. El 12 de marzo de 1917, Alekséyev, el jefe del Estado Mayor, escribió a Guchkov, ministro de Asuntos de Guerra, sobre el tema. Las municiones volvían a escasear igual que en 1915. Alekséyev había perdido la confianza en la capacidad de sus fuerzas para cumplir los objetivos acordados con los aliados occidentales y que Rusia reanudara su campaña en el sector suroccidental del frente oriental tres semanas después de que franceses y británicos iniciaran su gran ofensiva de primavera en el norte de Francia. Alekséyev pidió a Guchkov que buscara un aplazamiento hasta los primeros días de julio. Cuatro meses de «tranquilidad» eran vitales para los preparativos militares.[16] La ofensiva francesa y británica en el
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norte de Francia comenzó un mes después de la Revolución de Febrero sin el ataque ruso simultáneo que se había acordado. La buena acogida de la revolución en París y Londres empezó a disiparse casi tan pronto como se había producido.[17]
Cuando el gabinete debatió los acuerdos de guerra entre Rusia y los Aliados, Miliukov, el ministro de Asuntos Exteriores, expresó su apoyo a los mismos.[18] El 22 de marzo, el periódico kadete Rech publicó una entrevista en la se mostró franco. Miliukov habló del derecho territorial de Rusia sobre Constantinopla y el estrecho de los Dardanelos, y también sobre las provincias ucranianas de Austria-Hungría. La victoria en la guerra debía conducir a la expansión de los dominios rusos. Se expresó con altanería, como si no tuviera que preocuparse por el Sóviet de Petrogrado, que había estipulado una política no expansionista en la guerra como precio para reconocer al Gobierno provisional. El doctor Vasili Krávkov, que seguía dirigiendo los servicios médicos en el frente, no entendía por qué Miliukov hablaba de Constantinopla y los Dardanelos cuando el ejército ruso no estaba en condiciones de lograr tal victoria.[19] Krávkov estaba manifestando una opinión habitual en el alto mando desde el primer año de la guerra. Alekséyev, como jefe del Estado Mayor, nunca había creído que Rusia pudiera vencer simultáneamente a los alemanes y a los otomanos, y muchos otros, incluido Krávkov, llegaron de manera independiente a la misma conclusión. Pero Nikita Okunev admiraba a Miliukov por su franqueza: «Es mejor rascarse que decir una mentira». Aun así, Okunev veía que el asunto podía ocasionar grandes problemas políticos.[20]
Okunev tenía razón. La entrevista de Miliukov enfureció al Comité Ejecutivo del Sóviet de Petrogrado, donde dos mencheviques georgianos, Irakli Tsereteli y Karlo Chjeidze, junto con el socialrevolucionario Avram Gots, ejercían una influencia destacada. Otros miembros importantes del Comité Ejecutivo eran el menchevique Fiódor Dan y el bundista Mark Liber, ambos judíos. Todos ellos formaban un enérgico equipo decidido a exigir responsabilidades al Gobierno.
Tsereteli tenía una voz imponente en el debate y el aura revolucionaria de un retornado del exilio siberiano. Su amigo Chjeidze poseía una mente rápida y, como miembro de la Duma Estatal y masón, mantenía vínculos
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con varios de los ministros recién nombrados. Gots también era masón y en 1905, antes de exiliarse al extranjero, había destacado en el Sóviet de San Petersburgo. Tenía facilidad para entenderse con personas de otros partidos. Lo mismo ocurría con Liber, que llevó a los socialistas del Bund judío a una prominencia inimaginable en años anteriores. Con su barba negra azabache, que recordaba a los relieves asirios, lucía un aspecto inolvidable.[21] Dan, médico de profesión, tenía una apariencia menos impresionante, pero era un negociador temible. Su activismo político había comenzado a principios de la década de 1890 y conocía a todas las personas importantes del movimiento revolucionario. Tal era la influencia de Dan y Liber entre bastidores que la línea del sóviet de la época era conocida por sus oponentes como «liberdanismo».
La Gran Guerra se encontraba en un momento crucial y los dirigentes del sóviet exigían claridad sobre los objetivos bélicos rusos. Estados Unidos se había unido a los Aliados como potencia asociada después de que Alemania se negara a frenar los ataques submarinos contra el transporte marítimo estadounidense en el Atlántico y trascendiera que había intentado convencer a México para que formase una alianza contra Estados Unidos. El presidente Woodrow Wilson se dirigió con éxito a una sesión conjunta del Congreso para solicitar la aprobación de una declaración de guerra, y los líderes del sóviet esperaban que los estadounidenses compartieran su hostilidad hacia los objetivos de anexión y compensación.[22]
Tsereteli y Chjeidze fueron los que más peso tuvieron en la Asamblea General del Sóviet de Petrogrado y llevaron una delegación para quejarse directamente a Lvov por la entrevista de Miliukov. La delegación sabía que Kerenski, que no estaba presente, compartía su enfado por las declaraciones de Miliukov. Chjeidze recordó a Lvov la exigencia del sóviet de llevar a cabo únicamente operaciones defensivas y alcanzar una «paz democrática». Lvov subrayó su compromiso con «el carácter democrático de su política» y, aunque se negó a respaldar la política de paz del sóviet, dio su palabra a Tsereteli de que harían algo para contener a Miliukov.[23] También pidió tiempo para consultar a los Aliados antes de hacer un anuncio sobre la política oficial. Si iba a haber algún cambio en los objetivos bélicos de Rusia, Petrogrado tenía que hablar primero con
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París y Londres. Los dirigentes del sóviet, aun reconociendo sus dificultades, le advirtieron de que una guerra de conquista territorial era totalmente inaceptable para ellos.[24]
De hecho, Lvov emitió una declaración en la que afirmaba que la política del gabinete se oponía a «la toma de territorios extranjeros por la fuerza».[25] Unos días más tarde, el 2 de abril, el embajador británico sir George Buchanan le preguntó por los objetivos de guerra y Lvov lo sorprendió diciendo que Constantinopla y los Dardanelos seguían siendo un objetivo oficial. Argumentó que no se trataba de una anexión, sino de la «liberación del yugo enemigo». Buchanan estaba encantado de oír que el Gobierno provisional mantenía los antiguos objetivos de guerra, y se dio cuenta de que Lvov no podía permitirse hacerlo público.[26]
Los mencheviques y los socialrevolucionarios siguieron insistiendo en que apoyarían al Gobierno provisional solo en la medida en que los ministros facilitaran el progreso hacia la paz, los derechos de los trabajadores y la democracia. Esta era su política de «apoyo condicional». El menchevique Chjeidze abogaba por reforzar la defensa militar al tiempo que se negociaba una paz con todos los demás pueblos beligerantes, no una urdida con el emperador alemán.[27] No aclaró cómo esperaba conseguir esto último. En cuanto a los salarios y las condiciones de trabajo en las fábricas, las propuestas mencheviques eran más precisas. La Asociación de Propietarios de Empresas y Fábricas de Petrogrado accedió a las demandas de los trabajadores y, a cambio, el sóviet animó a los obreros a que pusieran fin a las huelgas y regresaran a las fábricas mientras se ultimaban los términos del acuerdo.[28] Los mencheviques y los socialrevolucionarios seguían considerando a los grandes empresarios explotadores de la clase obrera, pero podían señalar las ganancias obtenidas gracias a la asociación con el gabinete de Lvov.
La política de apoyo condicional fue respaldada por el bolchevique Lev Kámenev, que dirigía su Oficina Rusa tras regresar de Siberia. Kámenev aceptaba que los bolcheviques eran en ese momento una minoría en el Sóviet de Petrogrado. Él y Iósif Stalin, un antiguo exiliado, pretendían que los bolcheviques actuaran como una facción influyente en la extrema izquierda política. En años posteriores serían descritos como mencheviques en todo menos en el nombre. Esto era engañoso. El objetivo
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de Kámenev y Stalin era separar el ala menchevique más radical de los otros mencheviques y aunar esfuerzos para hacer campaña contra la prioridad que se estaba dando a la defensa militar. Stalin consideraba que el Sóviet de Petrogrado tenía potencial para constituir un Gobierno. También abogaba por la transferencia inmediata de todas las tierras agrícolas al campesinado. Tanto Kámenev como Stalin se burlaban de la disposición de los principales mencheviques, como Tsereteli y Chjeidze, a congeniar con el gabinete de Lvov.[29]
En aquel momento, el gabinete tenía problemas más acuciantes que la minoría bolchevique del sóviet. Los ministros eran sensibles a la demanda generalizada de una acción rápida por parte de las nuevas autoridades y el Gobierno provisional quería satisfacer esas expectativas. La dificultad para los ministros era que no tenían derecho a aprobar leyes antes de que se eligiera una Asamblea constituyente y se estableciera la democracia formal. La única alternativa era gobernar por decreto, y el Ejecutivo lo hizo con entusiasmo a pesar de los opositores de extrema derecha e izquierda que lo acusaban de instaurar una dictadura.
Los ministros rara vez debatían asuntos militares y de asuntos exteriores en sesión oficial, y Alekséyev tenía vía libre para dirigir el alto mando.[30] Tampoco eran frecuentes las deliberaciones sobre la crisis económica. Lvov lideraba su Gobierno basándose en el principio de que había que dejar a los ministerios hacer su trabajo sin impedimentos. Sin embargo, se aseguró de que se mantuvieran abiertos algunos canales de consulta con los líderes no oficiales de los grandes grupos de la sociedad que tenían una influencia decisiva en los asuntos de Estado: trabajadores, reclutas, campesinos, grandes empresarios y, hasta cierto punto, comandantes del ejército. Se creó un Consejo Principal Económico y un Comité Principal de Tierras para redactar los futuros marcos legales del desarrollo industrial y la propiedad de la tierra.[31] Ingenieros, profesores, agrimensores, dentistas, abogados e inspectores sanitarios se unieron al coro de asesores del Gobierno, y la prensa les brindó una tribuna libre de censura. Los propios «profesionales» celebraron la llegada de un Gobierno comprometido con la «ciencia» y el «progreso».
La mayoría de los ministros temblaban ante la idea de enfrentarse al sóviet. Había dos excepciones: Miliukov y Guchkov consideraban la
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Orden n.º 1 una afrenta a la dignidad del Gobierno y el alto mando. Guchkov se negó a aceptar que sus deberes ministeriales le exigieran incluso hablar con los dirigentes del sóviet.[32] El resto del gabinete estaba más dispuesto a plantearse un compromiso. Konoválov aseguró a Guchkov: «Al primer derramamiento de sangre, presentaré mi dimisión». Konoválov, como ministro de Comercio e Industria, perseguía el objetivo de la conciliación entre propietarios y trabajadores. Eliminó todas las restricciones a la actividad sindical e introdujo los organismos de arbitraje, que consideraba «tan necesarios para las relaciones entre el trabajo y el capital».[33]
El Gobierno se esforzó en poner fin a la escasez de alimentos que había contribuido a la caída de la monarquía. Uno de sus primeros debates se centró en la conveniencia de reducir la ración diaria de pan en las fuerzas armadas.[34] Las cartillas de racionamiento de pan se introdujeron en Petrogrado y Moscú el 12 de marzo.[35] El 25 de marzo de 1917, el Gobierno proclamó el monopolio estatal del comercio de grano y prohibió a la mayoría de los productores de cereales vender sus existencias a cualquier persona que no fuese un agente de los organismos oficiales de abastecimiento.[36] Se crearon «comités de suministro de alimentos» (prodovol’stvennie komiteti) para supervisar el proceso de fijación de precios y compras.[37] Pero las finanzas estatales estaban peligrosamente agotadas, por lo que Teréshchenko, el ministro de Economía, anunció la intención de poner en práctica la idea de Bark para el impuesto sobre la renta y se acordó un plan para solicitar a los estadounidenses un crédito de emergencia.[38] El gabinete también aprobó el plan de Teréshchenko para un «Préstamo de la Libertad 1917», destinado a recaudar tres mil millones de rublos.[39] Los primeros resultados fueron alentadores. La abolición de la Zona de Asentamiento acabó con las reticencias de los Rothschild sobre la campaña bélica rusa y aportaron un millón de rublos al Préstamo de la Libertad.[40]
Aleksandr Zamáraev estaba ocupado intentando hacer frente a las dificultades del día a día. El 10 de abril llegó a Totma el primer barco procedente de Vólogda.[41] El hielo del río Sújona había empezado a resquebrajarse y la nieve había desaparecido. Pero había sido un invierno largo y duro y, aunque la fiesta de Pascua se había celebrado como de
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costumbre en las iglesias, Zamáraev comentó que el deshielo llegó demasiado tarde para que los adornos habituales estuviesen a la venta en la ciudad.[42]
Los precios continuaron subiendo cuando se reanudó el comercio urbano en primavera. Zamáraev veía con preocupación el coste de la vida, pero lo que le inquietaba eran sus tareas agrícolas. Él y algunos de sus vecinos empezaron a sembrar.[43] Aun así, la política y la guerra afectaban a todo el mundo. Los temblores de la revolución llegaron a Vólogda con un contingente de tropas desmovilizadas que habían sido liberadas del servicio por haber cumplido los cuarenta años. Zamáraev se alegró al saber que franceses y británicos estaban poniendo en apuros a los alemanes.[44] Mientras tanto, los asuntos civiles de la pequeña ciudad empezaron a cambiar. Se fundó un periódico llamado Vida en Totma.[45] Los partidos estaban abriendo oficinas y se organizaban manifestaciones y reuniones.[46] Zamáraev vio que la gente disfrutaba de su nueva libertad (volia) y ya no tenía que ser prudente con lo que decía a los demás.[47] Pero él era uno de los que no compartían la euforia generalizada: «El nuevo Gobierno tiene una horrible cantidad de asuntos entre manos. Tienen que ir continuamente al frente y a las fábricas para hacerlos entrar en razón y explicarlo todo».
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En pie: Las «masas» y la autoliberación
En toda Rusia, las clases sociales más bajas, las «masas», estaban defendiéndose y consiguiendo un trato radicalmente mejor. Los políticos y los comentaristas públicos se mostraban divididos ante el auge de la asertividad popular. A algunos les parecía maravilloso y les causaba admiración. Otros temían que fuera el preludio de la caída de la civilización.
Aunque los obreros y soldados de Petrogrado habían iniciado el proceso revolucionario, la sociedad entera no tardó en entrar en ebullición. Las exigencias de cambios básicos provenían de criados, taxistas, tenderos, vendedores ambulantes, taberneros, cocineros de restaurantes, pinches de cocina, camareros, barberos, vigilantes nocturnos y costureras. Lev Tijómirov experimentó el nuevo ambiente en Sérguiyev Posad, a las afueras de Moscú, cuando los sirvientes locales, acostumbrados a estar a las órdenes de sus señores y señoras, organizaron una asamblea el 7 de marzo de 1917 para discutir cómo limitar los horarios laborales y mejorar sus condiciones. Los más militantes denunciaron lo que consideraban la autocracia de la propiedad. El antiguo revolucionario Lev Tijómirov aconsejó a su criada Masha que asistiera a la asamblea, pero esta rechazó la amable sugerencia de su señor. Quizá estaba satisfecha de las condiciones de su empleo bajo el techo de Tijómirov o pensaba que la participación en la protesta social iría en su contra si alguna vez amainaba el ambiente revolucionario.[1] Pero, durante varias semanas, fue a más.
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Nikolái Okunev se quejó de que los soldados echaban el humo de los cigarrillos a la cara de sus oficiales.[2]
A Okunev no le gustaba el impacto que estaba teniendo la revolución en su estilo de vida. El 12 de mayo escribió que los camareros, el personal de cocina y las sirvientas de los restaurantes, clubes, cafeterías y hoteles de Moscú iban por su cuarto día de huelga para reclamar salarios más altos.[3] A principios de junio, Okunev documentó:
Pero en este momento ha comenzado una huelga de conserjes y, gracias a ello, las calles de Moscú, sin excluir las del centro, parecen vertederos. Todo lo que se arroja a las calles y aceras yace allí sin ser recogido desde hace cuatro días. Las aceras están blandas: papeles, cajetillas de tabaco, restos de comida, cáscaras de girasol, etc. Hay basura por todas partes mientras los vigilantes se sientan en sus taburetes, comen pipas de girasol y tocan el acordeón.[4]
La nueva milicia moscovita tuvo que intervenir en una huelga de trabajadores hospitalarios para impedir que lanzaran a un longevo ciudadano honorífico al río Moscova.[5] Pocos días después, los propios milicianos se declararon en huelga. Solo cobraban ciento cincuenta rublos al mes y no entendían por qué los camareros ganaban mucho más que ellos.[6]
Los obreros industriales de la capital seguían haciendo valer su influencia. Aunque habían conseguido negociar salarios más elevados en tiempos de guerra, los aumentos, incluso para los trabajadores cualificados, se habían visto superados por la inflación. Las condiciones de trabajo no mejoraban y los capataces de las fábricas se comportaban como matones. Era habitual que los empleados fueran multados por infracciones menores en el cumplimiento del horario. Los trabajadores veían en el sistema fabril la encarnación de la opresión y la humillación.
El 10 de marzo de 1917, el Sóviet de Petrogrado presentó a la Asociación de Propietarios de Empresas y Fábricas de la capital su demanda de reformas inmediatas y completas en las relaciones laborales. Se pedía una jornada laboral de ocho horas —algo que la mayoría de los trabajadores británicos, franceses y alemanes aún no habían conseguido—
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sin rebaja salarial. Los industriales se quejaban de estar viéndose afectados por enormes reivindicaciones salariales. El líder menchevique Borís Bogdánov informó de que los salarios en Petrogrado habían aumentado un 200 por ciento y los trabajadores seguían exigiendo más. La productividad estaba disminuyendo, al contrario que los conflictos.[7] En las fábricas de Petrogrado bullía un resentimiento crónico contra los capataces que habían amargado diariamente la vida a los trabajadores. Ahora los humilladores estaban siendo atacados y humillados. En una ocasión, un capataz muy odiado fue arrojado al gélido río Neva. La violencia no era una simple venganza, sino un seguro ante cualquiera que intentase revivir las indignidades del pasado industrial.[8] Los propietarios de las fábricas ofrecieron concesiones, pero temían que fueran seguidas de exigencias aún mayores. Los activistas del sóviet no tenían paciencia con las quejas en ese sentido. El movimiento obrero estaba decidido a llegar a acuerdos que beneficiaran a toda la clase trabajadora de cada sector de la industria y la minería.
El fervor revolucionario también se extendió al campo. Algunos campesinos lucían banderas rojas y decían a los sacerdotes que dejaran de rezar a Jesucristo como su «zar celestial» y que suplicaran por la larga vida del Gobierno provisional.[9] Apenas había entrado en funciones el gabinete de Lvov cuando llegaron boletines sobre altercados campesinos (besporiadki) en la provincia de Kazán. A los ministros les preocupaba la posibilidad de que se repitieran los disturbios de 1905 y 1906. El 9 de marzo, el Gobierno prometió convocar elecciones para una Asamblea constituyente que resolviera la cuestión de la tierra. Se pidió paciencia al campesinado. El gabinete amenazó con emprender acciones judiciales contra los artífices de actos de violencia y pillaje. Al mismo tiempo, ordenó a las autoridades locales que evitaran el uso de armas de fuego.[10] El 17 de marzo aprobó el llamamiento del ministro de Agricultura, Andréi Shingarev, a todos los campesinos para que se abstuvieran de confiscar tierras pertenecientes a otros. Shingarev accedió a recopilar los inventarios de la propiedad e insistió en que todos los partidos democráticos estaban comprometidos con la «reforma agraria».[11]
A la gente del campo le molestaba que los obreros de las fábricas se declararan en huelga para exigir salarios más altos mientras a ellos se les
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pedía que entregaran las reservas de cereales —que tanto les había costado conseguir— a precios bajos y fijos por el bien ciudadano.[12] Muchos optaron por negarse y el suministro de grano a las ciudades se redujo drásticamente. Los campesinos podían ser patriotas con hijos en el ejército, pero no veían razón alguna para entregar sus productos sin una compensación decente. Hicieron valer sus derechos de propiedad. Siempre habían considerado que las tierras de la nobleza les pertenecían legítimamente porque eran ellos quienes las trabajaban. A veces se dirigían a la administración del distrito para que validara su caso, pero no solía funcionar. La siguiente opción era acudir a los nuevos comités de tierras.
[13] Pero la anarquía también se estaba propagando y a los campesinos les resultaba fácil expoliar las posesiones de los señores. Ya no había capitanes de tierras, alguaciles ni soldados que los detuvieran. La mayoría de los terratenientes pasaban prudentemente desapercibidos. El clero hizo muy poco para frenar a los infractores de la ley, porque muchos sacerdotes rurales eran tan pobres y estaban tan descontentos como el resto de los habitantes de las aldeas. El movimiento campesino adoptó diversas formas. Algunos agricultores simplemente se negaban a pagar el alquiler a un terrateniente de la aristocracia o forzaban el pago de una cantidad inferior.[14] Algunos llevaban su ganado a pastar en los campos de la aristocracia o cogían madera de los bosques. Otros se apoderaban del material de los señores o saqueaban los cereales de sus graneros, y algunos incendiaban las casas señoriales. Se estaba produciendo una revolución rural en la que los aristócratas y la alta burguesía eran espectadores de su propio derrocamiento.
Las personas pertenecientes a las capas medias de la sociedad, como el administrador de cuentas Nikita Okunev, estaban asustadas por el devenir de las cosas. Había disturbios en el campo. El préstamo de guerra del Gobierno no estaba salvando el presupuesto, y trabajadores de todas partes planteaban exigencias cada vez mayores. Okunev hizo un sombrío balance: «Nos hemos pasado un mes entero en las nubes y ahora empezamos a bajar a la tierra y estamos lamentablemente de acuerdo en lo prematuro que era dar libertad total al individuo ruso». Asimismo, se lamentaba de que su héroe, el novelista Tolstói, a quien consideraba el
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verdadero profeta del país, ya no estuviera vivo para ayudar a los rusos a comprender y mejorar la situación.[15]
Okunev estaba horrorizado por la indisciplina de los marineros de la guarnición naval de Kronstadt. Situada en el golfo de Finlandia, a solo treinta kilómetros de la capital, Kronstadt había estado en crisis desde los primeros días de la revolución. Las duras condiciones de vida habían provocado resentimiento durante muchos años. Sus habitantes se amotinaron en 1904, cosa que dio esperanzas a los revolucionarios que al año siguiente desafiarían a la administración imperial. En los primeros días de la Revolución de Febrero de 1917, los activistas socialistas despertaron sentimientos violentos en toda la flota del Báltico. El 1 de marzo, el almirante Robert Viren murió a bayonetazos en Kronstadt y otros cincuenta oficiales también fueron asesinados. El 4 de marzo, un grupo de amotinados atacó al almirante Nepenin en el puerto de Helsinki y le dispararon por la espalda antes de que la violencia amainara.[16]
El Gobierno provisional hizo llamamientos patrióticos a la calma en todas las fuerzas armadas. Se pidió a las tropas del frente y de las guarniciones que prestaran un nuevo juramento como ciudadanos —en lugar de como súbditos del antiguo emperador— para luchar «hasta la última gota de sangre» por el Estado ruso (Rossiiskoe gosudarstvo) bajo el Gobierno provisional y la Asamblea constituyente.[17] Se reunió a varias unidades militares en el mercado de la lejana Totma para que juraran fidelidad. A continuación, los dignatarios locales pronunciaron discursos y una banda militar entonó La marsellesa.[18] Como marcha de la Revolución francesa, no había gozado del favor oficial en los días de los Románov, pero ahora era interpretada incesantemente en Tsárskoye Seló por los regimientos del ejército que querían molestar al antiguo emperador.
Los campesinos uniformados del frente se sentían agraviados por el hecho de que hombres un poco mayores que ellos o que habían eludido la llamada a filas pudieran seguir trabajando la tierra y ganando dinero. Tenían poca paciencia con la exigencia de los trabajadores de una jornada laboral de ocho horas cuando ellos se hallaban en peligro constante de morir o resultar heridos. Los soldados, además, sentían rencor hacia los camaradas que habían desertado del frente. Muchos decían que, en cuanto llegara la paz, se negarían a dejar a un lado sus fusiles hasta que se hiciera
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algo por el bienestar del país. Sentían animadversión hacia la clase media civil acomodada, a la que llamaban burzhui, y su odio hacia la alta burguesía no se había atenuado. Un soldado dejaba claros sus sentimientos en una carta a casa: «Por favor, Dios, seguiremos vivos y aplastaremos a todos los burgueses después de la guerra. Ya hay suficientes chupándonos la sangre: nosotros seguiremos muriendo mientras ellos piensan en cómo mantener la barriga llena».[19] Los soldados no necesitaban agitadores bolcheviques que moldearan su pensamiento. Los salarios y las condiciones eran una queja constante. A medida que disminuían los suministros de trigo en el norte de Rusia, la dieta de los soldados consistía principalmente en lentejas. Las tropas de retaguardia no se habían apaciguado con los logros de la revolución: se habían vuelto hoscas y cada vez lo estaban más.[20]
Lo único que los alegraba era que el alto mando alemán había dejado en pausa sus planes de ofensiva. Ludendorff y Hindenburg esperaban que la Revolución de Febrero condujera a la disolución militar rusa, y los informes sobre la Orden n.º 1 alimentaban su optimismo. Según los cálculos de Alemania, lo mejor era dejar que los propios rusos acabaran con su capacidad militar. El Gobierno provisional actuó para evitar tal desenlace, apelando continuamente a los sentimientos patrióticos de las tropas, e instó a los civiles a mostrar solidaridad con la campaña bélica rusa. Aunque las Potencias Centrales se abstuvieron de lanzar una gran ofensiva en primavera y principios de verano, los combates no cesaron. A Nikita Okunev le preocupaba su hijo, que había sido enviado al frente en los días previos a la Revolución de Febrero. Cada parte sobre operaciones militares le hacía rezar por la seguridad de su «joven héroe».[21]
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Complicaciones de la coalición: Las
políticas del gabinete y sus detractores
Una de las facciones marxistas, los bolcheviques, tenían a su líder Vladímir Lenin viviendo en Zúrich cuando terminó el dominio de los Románov. Tras un invierno de arrestos, la pequeña organización bolchevique de Petrogrado estaba dirigida por Aleksandr Shliápnikov y Viacheslav Molotov, que no tenían intención de comprometerse con el naciente Gobierno provisional. Fueron apartados por Lev Kámenev, Iósif Stalin y otros veteranos bolcheviques que llegaron a la capital tras ser liberados del exilio en Siberia. Esos recién llegados reorientaron la estrategia bolchevique hacia cierto reconocimiento del gabinete. Pero tanto Kámenev como Stalin eran más duros que los mencheviques en las condiciones que imponían para cualquier compromiso. Lenin les envió airados telegramas desde Suiza exigiendo un ataque político total contra los ministros «burgueses». Para él, había que aprovechar el momento de la revolución socialista. Junto a un grupo de exiliados revolucionarios, negoció con las autoridades alemanas un salvoconducto que le permitiera cruzar Alemania en tren y comenzar su actividad antibélica en suelo ruso.
Lenin se apeó del tren en la estación Finliandski de la capital, Petrogrado, el 3 de abril de 1917. Era lunes de Pascua. A continuación, reprendió airadamente a los mencheviques del grupo de socialistas que acudieron a darle la bienvenida a su regreso a Rusia, los cuales pensaban que se curaría de su locura cuando conociera la situación real de
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Petrogrado. Pero en los días posteriores, Lenin se aferró a su idea de la oportunidad revolucionaria. El socialismo, argumentaba, no solo era posible: era la única alternativa práctica a la continuación de la Gran Guerra. Tildó al Gobierno provisional de «imperialista» y a los mencheviques y socialrevolucionarios de traidores al socialismo internacional, e hizo campaña por la transferencia de todo el poder a los sóviets.
Dedicaba el tiempo a pronunciar discursos en reuniones públicas y a escribir artículos para Pravda. Al igual que otros líderes revolucionarios, vestía un traje estándar de tres piezas. En Estocolmo, de camino a Petrogrado, lo habían convencido de que se comprara zapatos de ciudad en lugar del polivalente calzado de cuero calado que él prefería. También se compró un sombrero alegre para sustituir al de fieltro que solía llevar. Cuando hablaba ante la multitud en la capital rusa, se metía los pulgares en las sisas del chaleco como un maestro de escuela, y rezumaba confianza mientras se balanceaba hacia delante y hacia atrás. Su voz de tenor era chirriante, pero transmitía una sensación de urgencia. Se había pasado la vida dominando la doctrina marxista y manejaba la pluma con soltura. Estaba surgiendo en la escena política un comunicador formidable.
Mientras Lenin dirigía el asalto al Gobierno provisional, los ministros se enfrentaban entre ellos por la política del gabinete. Lvov se esforzó en mantener las tensiones internas fuera del ojo público, pero la apariencia de unidad no podía perpetuarse indefinidamente. Un amplio espectro de opiniones dividía al octubrista Guchkov y el socialrevolucionario Kerenski, al igual que había ocurrido antes de la abdicación de Nicolás. Incluso antes de la aparición de Lenin, Guchkov había sido un ministro renuente y nada de lo que descubrió en el Ministerio de Guerra lo animó a pensar de otro modo. Cumplía enérgicamente con sus obligaciones a pesar del empeoramiento de su problema cardíaco crónico, pero no le gustaba la dirección que estaban tomando las medidas oficiales. La obligación de transigir con los Lvov y los Kerenski desanimaba tanto a Guchkov como a Miliukov.[1] La opinión que tenían del resto de ministros era cada vez peor, y con frecuencia se preguntaban si el Gobierno provisional era capaz de salvar al país de la ruina. Guchkov ofrecería una aguda valoración cuando escribió que el gabinete estaba lleno de «sensiblería».[2]
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La primera gran crisis del Gobierno provisional la provocó Pável Miliukov, el ministro de Asuntos Exteriores, cuando el 18 de abril envió un telegrama a los embajadores rusos en los países aliados confirmando que el gabinete estaba cumpliendo sus obligaciones y lucharía hasta conseguir la victoria. Miliukov respondía así a una petición aliada de aclaraciones sobre la política exterior rusa. A finales de marzo, el gabinete había llegado a un acuerdo verbal tras las disputas entre los ministros. Su publicación molestó al Sóviet de Petrogrado, que había exigido en todo momento objetivos bélicos exclusivamente defensivos. Aunque rechazaba cualquier deseo de anexionarse territorios extranjeros, Kerenski afirmó que la política oficial solo tenía por objetivo la internacionalización de los Dardanelos. Miliukov nunca estuvo contento con la chapuza del gabinete y le enfurecieron los desafíos de Kerenski y el sóviet. Su telegrama utilizaba un lenguaje ambiguo, pero sus opiniones eran bien conocidas: la gente había empezado a llamarle Miliukov-Dardanelski. Había rechazado deliberadamente la oportunidad de afirmar que Rusia solo estaba librando una guerra de defensa territorial.[3]
Los mencheviques y los socialrevolucionarios calificaron el telegrama de traición al acuerdo que habían cerrado con el Gobierno un mes antes y organizaron una manifestación de protesta en la que intervinieron todos los partidos socialistas, incluidos los bolcheviques. Los kadetes celebraron una contramanifestación. Los gritos de «¡Viva Miliukov!» se vieron ahogados por los activistas socialistas, que exigieron su expulsión del gabinete, y los bolcheviques reclamaron la destitución del Gobierno en bloque.[4] Solo el ministro de Guerra, Aleksandr Guchkov, apoyó a Miliukov. Ya eran la extraña pareja del gabinete: el propio equipo ministerial de Guchkov desaprobaba su negativa a ceder a la petición del sóviet para prorrogar nuevamente la Orden n.º 1 a expensas de la autoridad de los oficiales.[5] Miliukov y Guchkov habían sido incorporados al gabinete para maximizar la amplitud de la colaboración. Ahora su presencia estaba perjudicando su capacidad de gobernar con consentimiento.
Lvov, a quien Miliukov no había consultado sobre la redacción del telegrama, se esforzó por recuperar la confianza del Sóviet de Petrogrado. Hubo conversaciones confidenciales para llegar a un compromiso
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aceptable mediante la formación de un gabinete de coalición. Miliukov estalló al enterarse de lo que se tramaba, pero la dirección del partido de los kadetes estaba dividida al respecto. Sabiendo que algunos kadetes lo apoyaban, Lvov prosiguió con sus iniciativas para volver a unir a Gobierno y sóviet. Miliukov y Guchkov vieron que habían perdido la lucha y dimitieron.[6] Los bolcheviques, que durante semanas habían advertido que no se podía confiar en el Gobierno, se sintieron reivindicados. Mientras participaban en las manifestaciones junto a mencheviques y socialrevolucionarios, declararon la necesidad de un Gobierno exclusivamente socialista. Pero los bolcheviques seguían siendo solo una minoría en el Sóviet de Petrogrado, y los demás partidos socialistas los consideraban fanáticos poco realistas.
Lenin sin duda era un fanático con un gran fervor por instaurar una «dictadura del proletariado», pero su reputación de hacer caso omiso a lo que pensaban los demás bolcheviques es infundada. Bajo la influencia de Kámenev y otros, vio que no se ganaría el apoyo de los obreros si en las reuniones de masas afirmaba que su objetivo era la dictadura e incluso una guerra civil europea. Pero siguió abogando durante meses por la nacionalización de la tierra, mientras que Stalin defendía que se permitiera a los campesinos apoderarse de la tierra como quisieran. Llevaban años discrepando sobre este asunto y Stalin se negaba a transigir.[7] La facción bolchevique, que pronto se convirtió en un partido totalmente independiente de los mencheviques, era un centro de disputas constantes. Pero aunque Lenin no dominaba absolutamente todas las decisiones cruciales sobre política, su voz y su pluma fueron las más influyentes en la cuestión más importante de todas, esto es, el poder estatal. Lenin logró convencer a sus compañeros bolcheviques de que debían aspirar a la rápida destitución del Gobierno provisional y a la instauración de un Gobierno totalmente socialista.
Mientras tanto, a raíz de los problemas causados por el telegrama de Miliukov, Lvov presionó a los dirigentes del Sóviet de Petrogrado para que se unieran a él en una coalición gubernamental. Los mencheviques y los socialrevolucionarios siguieron mostrándose reticentes. No les gustaba asumir la responsabilidad de una guerra que en un principio habían desaprobado. Además, a diferencia de los bolcheviques, se negaban a
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comprometerse con la revolución socialista hasta que se hubiera completado el desarrollo capitalista de Rusia. Lvov respondió que tenían el deber de incorporarse al gabinete cuando Rusia estaba en plena agitación y que ellos mismos habían provocado la desintegración del Gobierno al sacar a la gente a la calle en abril. Con gran inquietud, cedieron a su argumento de que ya no podían contentarse con ser meros espectadores políticos.
Así, Tsereteli se hizo cargo del Ministerio de Correos y Telégrafos y Skóbelev pasó a ser ministro de Trabajo, con lo que los mencheviques entraron por primera vez en el gabinete. Kerenski, simpatizante socialrevolucionario, ya pertenecía a él, y Lvov lo transfirió al Ministerio de Guerra. El socialrevolucionario Víctor Chernov, que había fundado el partido, fue nombrado ministro de Agricultura. El centro de gravedad se había desplazado hacia la izquierda. Ahora no solo había cuatro socialistas ocupando un cargo, sino que Guchkov se había ido, lo cual significaba que el Partido Octubrista había perdido su representación en el Gobierno. Lvov sabía que sus ministros mencheviques y socialrevolucionarios impulsarían medidas más radicales, pero su objetivo era obtener consenso suficiente en el gabinete para estabilizar la política. Confiaba en que la experiencia directa del poder desalentaría los planes poco prácticos, y en que Tsereteli y los demás ministros unificarían al Sóviet de Petrogrado.
El alto mando alemán vio una oportunidad en todo esto, ya que el sóviet siempre había buscado el fin de la guerra, y envió un radiotelegrama a su cuartel general en el Instituto Smolny con la promesa de suspender las operaciones ofensivas si Rusia avanzaba hacia un acuerdo de paz por separado.[8] Sin la interferencia de Miliukov y Guchkov, los alemanes estaban sondeando si la incorporación de Tsereteli, Chjeidze y Chernov en el gabinete suavizaría la política militar rusa.
Sin embargo, la coalición gubernamental obvió esas propuestas y se centró en las reformas internas. Víctor Chernov, del Ministerio de Agricultura, hizo campaña por la introducción de cambios en las políticas del campesinado.[9] El ministro de Trabajo, Matvéi Skóbelev, abogaba por la regulación estatal de los precios, esencial para evitar la ruina económica y mejorar las condiciones de los trabajadores. Pero fue Kerenski, el ministro de Guerra, quien atrajo mayor atención, ya que consiguió apoyo
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para la campaña bélica. Era bajo, delgado e iba bien afeitado, mientras que la mayoría de los ministros del primer gabinete tenían bigote y sobrepeso.
[10] Cuando quería identificarse con las fuerzas armadas, se enfundaba una chaqueta militar. Su retórica tenía un atractivo patriótico visceral y se dirigía a las tropas como «guerreros» cuyo deber era luchar por «la patria». «Lleváis la paz, el derecho, la verdad y la justicia en las puntas de vuestras bayonetas», les decía.[11] Estrechaba manos tan a menudo que tenía que usar un cabestrillo para evitar daños permanentes en la mano derecha.[12] Nikolái Okunev comparó su costumbre de abrazar a los enemigos políticos con la forma en que los rusos abrazaban en las bodas a personas a las que llamaban «cerdos»: «Aplausos apasionados, caras felices, besos. Kerenski, por ejemplo, besó a Tsereteli, y A. K. Kerenski es un entusiasta de los besos».[13]
Se amplió la regulación gubernamental de la industria. Aleksandr Konoválov, ministro de Comercio e Industria, intentó fijar un nivel máximo de beneficios y precios para convencer a los trabajadores de que moderaran sus demandas salariales. Además, instó a los propietarios y accionistas a ofrecer «pruebas convincentes» de su disposición a hacer «todos los sacrificios posibles por el bien común».[14] Como hombre de grandes negocios, Konoválov había olvidado que a la mayoría de los empresarios los motivaba el ansia de dinero. Pero, al mismo tiempo, se opuso a los ministros que pedían más impuestos para la élite adinerada. Harto de las disputas dentro del gabinete, dimitió el 18 de mayo de 1917.
[15]
El 12 de junio, Shingarev, el nuevo ministro de Economía, sacó adelante un impuesto a las empresas que despertó la ira de Konoválov. Las empresas con beneficios anuales inferiores a mil rublos tributarían al 30 por ciento. Las que obtuvieran beneficios superiores a 100 000 rublos pagarían el 60 por ciento de los mismos al Gobierno. Esta medida iba en consonancia con la petición de Tsereteli de «limitar» los beneficios de industriales y banqueros. Shingarev pretendía que sus medidas fueran un único gravamen necesario para rescatar los ingresos presupuestarios del desastre. También quería aplicar el impuesto anual sobre la renta acordado. Quienes ganaran menos de mil rublos no pagarían nada. Quienes obtuvieran entre mil y mil cien rublos pagarían doce. Los que ganaran
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400 000 rublos deberían entregar 120 000, el 30 por de sus ingresos totales. A los rusos ricos se les aplicó un impuesto muy progresivo, más de lo que ningún otro Gobierno de Europa se atrevía a exigir.[16]
La ejecución era harina de otro costal. Los llamamientos oficiales al cumplimiento fiscal cayeron en saco roto y el agujero presupuestario se agravó. La perspectiva de un desmoronamiento económico total indujo a Tsereteli a exigir límites generales a los beneficios, los precios y los salarios, pero no obtuvo el consentimiento de la mayoría del gabinete. Los problemas de la economía aumentaron y con ellos la exasperación de Tsereteli.[17]
Tales disgustos no afectaron a la reforma del Gobierno local que Lvov había iniciado el 15 de abril. En su núcleo se encontraban los cambios en el proceso electoral para las dumas urbanas y de distrito. La votación se realizaría de forma universal y directa. El voto sería secreto y no habría distinciones sociales.[18] Lvov había soportado más de un mes en el que los sóviets de casi todas las ciudades habían actuado como si su palabra fuera ley, por lo que, al eliminar los obstáculos a las elecciones locales sin restricciones, esperaba frenar el crecimiento del «poder de los sóviets». Lvov pretendía dotar a las ciudades de una estructura administrativa completa, basada en principios no clasistas, de la que carecían bajo el régimen imperial. La reforma era un sueño liberal largamente acariciado, y en las circunstancias de ese momento respondía a una necesidad práctica urgente. El 21 de mayo, Lvov presentó el plan de reforma de la administración rural de su Ministerio del Interior. Pensaba otorgar amplios poderes a los zemstvos de distrito (volost), en los que los campesinos tendrían la gran mayoría de los votos junto a la alta burguesía, los sacerdotes y otros habitantes del campo. Lvov creía que así se contrarrestaría el recurso del campesinado a actividades ilegales y desordenadas.[19]
El 30 de mayo de 1917, el Gobierno provisional debatió la petición de autonomía de la Rada Central Ucraniana.[20] La Rada (o Consejo) se había formado tras el Congreso Nacional de Toda Ucrania celebrado en abril, y empezó a comportarse rápidamente como el órgano regional de gobierno en todo el país. Los ministros kadetes veían con recelo todo lo que pudiera presagiar una disminución de la autoridad central. Sus socios socialistas de
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la coalición gobernante no estaban de acuerdo, y argumentaban que solo una estructura de gobierno más laxa era apropiada para la nueva democracia. La «cuestión nacional» empezó a entorpecer las deliberaciones gubernamentales.
Sin embargo, el problema de la guerra y la paz sobrevolaba todos los debates y se extendía a todos los rincones de la sociedad. Aleksandr Zamáraev, de la provincia de Vólogda, no era optimista:
Tenemos que emprender una ofensiva y relevar a nuestros aliados, pero el ejército no tiene orden ni disciplina. Hay más de dos millones de desertores. En los ferrocarriles se cometen atrocidades. Sacan a los pasajeros de los vagones y se obliga a los trenes a cambiar de ruta. Decenas de miles de soldados ignorantes están perjudicando a la causa común.[21]
Como muchos otros civiles patriotas, compró billetes de lotería para ayudar a los heridos y los prisioneros de guerra. El 2 de junio descubrió que había comprado cinco billetes premiados, pero por lo demás no fue un día afortunado. Se declaró un incendio en el campanario del monasterio y el viento propagó las llamas. Los campesinos se apresuraron a rescatar los objetos de valor de la iglesia. Lograron salvar los iconos y la mayor de las dos campanas sobrevivió al intenso calor.[22] Cuando terminó el desastre y volvieron las lluvias, Zamáraev pensó de nuevo en las condiciones que se vivían en el frente. Se avergonzaba de la incapacidad de Rusia para cumplir sus promesas a los aliados occidentales y le apenaba que los soldados hicieran caso a «un tal Lenin, un personaje dañino, y sus secuaces». Concluyó que el ejército ruso estaba lleno de parásitos.[23]
No obstante, el Gobierno provisional seguía empeñado en retomar las operaciones en el frente oriental de acuerdo con sus promesas a los aliados occidentales. Sin embargo, el 2 de junio, debatió brevemente el informe de Robert Grimm sobre la última propuesta alemana de paz. Grimm era un socialista suizo que había organizado conferencias multinacionales contra la guerra en Suiza en 1915 y 1916 (Lenin había asistido a pesar de calificarlo de pacifista pusilánime y más tarde rompió lazos con él). Pero Grimm siguió esforzándose por la causa de la paz e hizo un viaje a Petrogrado para explicar las posibilidades diplomáticas. Los alemanes
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querían que los rusos devolvieran los territorios que habían conquistado en Austria-Hungría a cambio de un acuerdo mutuamente aceptable en los territorios bálticos que ahora ocupaba Alemania: no habría ofensiva alemana si se podían iniciar conversaciones de paz. Tsereteli y Skóbelev entrevistaron a Grimm a su llegada y no se formaron una opinión favorable al oírlo decir que había rehuido cualquier vínculo con el Gobierno alemán. Se pidió a Grimm que abandonara Rusia, y Kerenski pudo concentrarse en los planes para la tan demorada ofensiva en el frente oriental.[24]
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En el frente, en la retaguardia: Derrota
militar y debacle económica
La ofensiva comenzó el 18 de junio tras un bombardeo preparatorio de dos días. Para entonces, Alekséyev, con problemas de salud y muy pesimista sobre la capacidad militar de Rusia, había recibido autorización para dimitir como comandante en jefe supremo. Su sucesor fue Brusilov, que creía a pies juntillas que la victoria de las fuerzas armadas rusas era posible.[1] Había estado presionando a Alekséyev para que le permitiera reclutar nuevas tropas de choque en el sector suroccidental, y este había accedido a regañadientes. Después, Brusilov obtuvo permiso de Kerenski, el ministro de Guerra, para demostrar que su optimismo tenía una base en la realidad militar.[2]
Se jugaban mucho, porque los comandantes solo ejercían un frágil control sobre las fuerzas armadas que dirigían. Desde la Revolución de Febrero, los combatientes rusos habían abandonado las viejas normas de jerarquía. Los soldados y marineros no solo dejaron de saludar al ver a un superior, sino que también escuchaban a sus comités elegidos en lugar de a sus oficiales. Las unidades militares se reservaban el derecho a rechazar órdenes, y el cuerpo de oficiales tenía grabado en la mente el recuerdo de los asesinatos navales de marzo. Muchos oficiales carecían de experiencia y 92 500 de ellos habían muerto o habían resultado heridos antes de 1917.
[3] Sus sustitutos a menudo eran hombres que habían ascendido desde niveles sociales más bajos que antes de la guerra.[4] Además, Kerenski y
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otros ministros limitaron los poderes del Estado Mayor. La gobernanza civil quedó firmemente bajo el control del Gobierno y los generales ya no podían tratar a los ministros y funcionarios provinciales de manera informal. Se abolió la práctica militar de satisfacer sus necesidades mediante «requerimientos autónomos», que era el término utilizado para la requisición local perentoria. En tales condiciones, el alto mando no tuvo más remedio que obedecer e intentar elevar el nivel de preparación para la batalla.[5]
Pero, a mediados del verano de 1917, el ejército ruso había perdido la asombrosa cifra de 5.330 000 oficiales y soldados, muertos o heridos desde mediados de 1914, y ahora el Gobierno ordenaba una nueva ofensiva.[6] El cansancio de la guerra se había extendido a todos los frentes y guarniciones. Cuando tomó las riendas del Ministerio de Guerra, Kerenski anunció la prohibición de las solicitudes de retiro de los miembros del Estado Mayor (al hacer una excepción con Alekséyev a finales de mayo, insistió en mantenerlo como asesor).[7] Introdujo nuevos castigos para los desertores, incluyendo su exclusión del voto en las elecciones a la Asamblea constituyente. También perderían el derecho a cualquier participación en las tierras agrícolas que se redistribuirían en virtud de las esperadas reformas de la propiedad. Sus familias también serían castigadas con la retirada de las cartillas de racionamiento.[8] Kerenski creó departamentos políticos dentro de las fuerzas armadas para garantizar que se mantuviera la disciplina y el patriotismo. Asimismo, ordenó la vigilancia secreta del ejército y puso a la Dirección Política del Ministerio de Guerra a cargo del proceso.[9]
Kerenski también rechazó las peticiones de los oficiales y tropas ucranianos para que se les permitiera formar sus propios regimientos nacionales. En mayo de 1917, los ucranianos celebraron un congreso en Kiev. Los setecientos delegados conocían el desprecio del alto mando por los intereses y tradiciones de Ucrania. Ciudades y pueblos habían sido saqueados. Las deportaciones étnicas de alemanes y judíos en las provincias cercanas al frente habían causado estragos. Las incursiones de la jerarquía de la Iglesia ortodoxa rusa habían ofendido la sensibilidad religiosa ucraniana. En el congreso, los líderes argumentaron que nada cambiaría hasta que los ucranianos tuvieran formaciones separadas en el
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ejército. Temiendo que quisieran romper el Estado multinacional, Kerenski prohibió un segundo congreso que estaba previsto para junio.[10]
Brusilov y Kerenski se dirigieron al congreso de los soldados rusos en el sector suroccidental del frente oriental a principios de mayo de 1917. Como era habitual, también se permitió la asistencia de los opositores al Gobierno provisional. El bolchevique Nikolái Krilenko calificó de belicistas a todos los ministros del gabinete. Kerenski y Brusilov salieron victoriosos, y un teniente manco se arrancó la medalla de la Cruz de San Jorge para dársela a Kerenski.[11] Nikita Okunev leyó en la prensa que, cuando Kerenski terminó uno de sus discursos, las tropas siguieron «comiendo pipas de girasol e hicieron diversas peticiones».[12] En cambio, cuando el Sóviet de Petrogrado mandó emisarios al frente oriental para explicar el significado de la Orden n.º 1, fueron recibidos con bandas militares y luego pronunciaron discursos con eslóganes como «tierra y libertad», «no a las anexiones e indemnizaciones» y «autodeterminación de los pueblos». Los soldados lanzaban vítores mientras llevaban a hombros a los emisarios.[13] Un entorno militar así ofrecía pocas perspectivas de éxito operativo. El único factor positivo era que los alemanes habían trasladado algunos de sus mejores contingentes del frente oriental al occidental antes de emprender su ofensiva en el norte de Francia. El alto mando ruso podía esperar que su iniciativa prevista en Galitzia, en el sector austrohúngaro del frente oriental, cosechara un éxito duradero antes de que Hindenburg y Ludendorff tuvieran tiempo y hombres para intervenir.[14]
La ofensiva rusa en Galitzia comenzó el 18 de junio tras dos días de bombardeos preparatorios con artillería pesada. Se reunieron más fuerzas que para la ofensiva de verano del año anterior. Brusilov adoptó la precaución de recurrir sobre todo a regimientos de fuera de las provincias centrales de Rusia, donde la propaganda política había minado la moral militar. El objetivo era nada menos que reconquistar Lvov, una de las grandes ciudades de Galitzia que los rusos habían ocupado y perdido en 1914 y 1915.[15]
Al principio, el ataque total desde las trincheras por parte de las tropas de choque fue un gran éxito y 18 000 combatientes enemigos fueron hechos prisioneros. Parecía que los rusos arrasarían con todo hasta que
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algunos de sus regimientos desoyeron órdenes y se negaron a avanzar desde las trincheras austrohúngaras que habían ocupado. Los comandantes lograron reactivar la campaña, pero se ganó poco territorio, y el general Erdeli tuvo que informar de que muchos soldados estaban «dominados por la convicción de haber cumplido con su deber». Cuando el general Kornílov consiguió apoyos para reanudar las operaciones de ataque, el alto mando alemán pudo liberar refuerzos para sus aliados Habsburgo. La ofensiva rusa perdió todo su impulso y los rusos pronto tuvieron que evacuar los territorios que habían conquistado en Galitzia.[16]
La derrota provocó deserciones masivas durante los meses de verano. En otoño, unos dos millones de soldados se habían fugado de las fuerzas armadas.[17] Muchos se llevaron sus fusiles, ya que al ir armados podían ocupar asientos en los trenes. Llegaron con las armas a sus pueblos, donde los campesinos solían utilizar principalmente puños, cuchillos, hachas y hoces en las luchas sociales.
En el frente, los peligros de la guerra eran omnipresentes y el discurso socialista de «paz sin anexiones ni indemnizaciones» aumentó la reticencia de los soldados a seguir arriesgando sus vidas.[18] Los socialistas también gozaban de libertad para difundir su idea de que la guerra en sí formaba parte de una lucha más amplia entre coaliciones capitalistas imperialistas por la dominación mundial. En Alemania, Austria, Gran Bretaña y Francia nacieron grupos socialistas que pedían negociaciones de paz y el fin de los combates. Los aliados occidentales, acosados por las críticas dentro y fuera de los Parlamentos, recibieron presiones para permitir a los socialistas de sus naciones que participaran en una conferencia de paz celebrada en Estocolmo en el verano de 1917. El Gobierno provisional ruso carecía de autoridad para prohibir la asistencia de Rusia, y los mencheviques y los socialrevolucionarios enviaron a unos pocos dirigentes. Los kadetes y todos los que estaban a su derecha expresaron su horror por el hecho de que se estuviera celebrando tal conferencia.[19] Los bolcheviques estaban de acuerdo con ellos, pero por una razón totalmente distinta: despreciaban la conferencia por considerar que no tenía ninguna posibilidad de poner fin a la lucha y afirmaban que solo ellos podían lograr la paz. El creciente apoyo a los bolcheviques en Rusia alarmaba a los embajadores aliados.[20]
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Para entonces era obvio que el ejército ruso difícilmente intentaría otra ofensiva. Aun así, las fuerzas rusas, por el mero hecho de continuar en el frente oriental, seguían impidiendo el traslado de más divisiones alemanas al norte de Francia. Los líderes alemanes sabían que una vez que las fuerzas armadas estadounidenses desembarcaran en Europa, las posibilidades de victoria se reducirían drásticamente. Con eso en mente, Ludendorff y Hindenburg tenían como prioridad ayudar a los elementos pacifistas de Petrogrado. Las gestiones directas ante el Gobierno provisional habían fracasado, por lo que los bolcheviques parecían la segunda mejor opción. Tras ayudar a Lenin y a otros líderes marxistas contrarios a la guerra en su regreso a Petrogrado, facilitaron fondos en secreto al Comité Central Bolchevique. El dinero alemán se blanqueaba antes de ser transportado a través de Finlandia hasta Petrogrado, donde se utilizaba para subvencionar locales, imprentas y comités del partido.
Mientras tanto, con la guerra en punto muerto y la economía hundiéndose, se extendieron rumores descabellados entre el pueblo ruso. Nikita Okunev escribió en su diario:
Se intensifican los rumores de que estaríamos encantados de poner fin a la guerra, pero que los Aliados no lo permitirán. Se dice que ya están amenazando con echarnos y que están decidiendo hacer la guerra a los alemanes sin nosotros, pero que para inutilizarnos como futuros aliados de los alemanes, [los Aliados] están preparando 500 000 japoneses para ocupar toda Siberia hasta los Urales.[21]
Aleksandr Zamáraev también se sentía gravemente abatido: «Nuestro Estado prácticamente está tocando a su fin. Por todas partes hay un terrible desorden. Miles de soldados huyen del frente y de la retaguardia. La disciplina se ha derrumbado y no se acatan las órdenes».[22]
La cuenta militar total pasó de 8700 millones de rublos en 1915 a 14 900 en 1916, y alcanzó los 26 100 millones a finales de 1917.[23] La consecuencia fue que al Ministerio de Economía solo le quedaba una sexta parte del presupuesto para gastos «normales».[24] Mientras Rusia librara una guerra, las finanzas públicas seguirían sometidas a una gran presión. El Préstamo Libertad recaudó 3200 millones de rublos. Pero, en julio de
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1917, al Ministerio de Economía le faltaban 15 000 millones de rublos para cubrir los gastos militares hasta final de año.[25] Los portavoces del Sóviet de Petrogrado acogieron con satisfacción la reforma del impuesto sobre la renta como un medio para reducir los privilegios de las élites urbanas y rurales. Esto apenas atrajo la cooperación de los ricos. El proyecto de ingresar quinientos millones de rublos para el Ministerio de Economía se saldó con cien millones, un mero apósito para la herida presupuestaria.[26] Había que buscar fondos en el extranjero, y los rusos acudieron a los políticos de Washington y a los banqueros de Nueva York, que les prometieron préstamos para comprar material militar estadounidense.[27] La administración de Estados Unidos asumió la carga de financiar a los Aliados a través de J. P. Morgan and Company y otros centros bancarios, y el Gobierno provisional recibió finalmente unos trescientos sesenta y cinco millones de rublos (o ciento ochenta y ocho millones de dólares) en créditos.[28] Se había prometido más de lo que llegó, y el Ministerio de Economía ordenó imprimir más dinero. Los billetes en circulación aumentaron un 70 por ciento. El aumento de la depreciación de la moneda y la inflación de los precios eran inevitables. El rublo se desplomó en los meses de verano y en octubre solo conservaba la mitad de su valor con respecto a febrero.[29]
El impacto en la vida cotidiana fue drástico. Entre los veranos de 1916 y 1917, el precio del pan de centeno aumentó un 140 por ciento. La mantequilla subió un 54 por ciento, la leche un 90 por ciento, la carne un 186 por ciento y las patatas un extraordinario 663 por ciento.[30] Pero no fue lo único. Muchos campesinos compraban productos básicos en la ciudad más cercana. Aleksandr Zamáraev, que vivía en el extremo norte de Rusia, estaba entre ellos. En sus viajes a Totma documentaba regularmente la subida de los precios. A principios de mayo de 1917 tomó nota de la ampliación del sistema de cartillas de racionamiento para incluir el azúcar. Quería comprar tabaco y avena, pero no encontró nada.[31] La avena volvía a estar a la venta un mes después y, con mucho esfuerzo, Zamáraev pudo adquirir un poco de tabaco. El cuero había desaparecido de los puestos de venta. A finales de junio tampoco había azúcar con o sin cartilla de racionamiento. El tabaco y el mijo habían desaparecido por completo. Solo los soldados podían comprar pan en la ciudad.[32] En 1916 hubo que
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proporcionar ayuda alimentaria a la provincia de Vólogda, que siguió siendo necesaria bajo el Gobierno provisional.[33]
En el primer semestre de 1917, los precios al por menor aumentaron en todo el país un 120 por ciento con respecto a su nivel de enero a junio de 1916. En algunos lugares, especialmente en las ciudades del norte y centro de Rusia, la subida fue aún mayor. En el mismo periodo, los consumidores moscovitas tenían que pagar un 276 por ciento más por sus productos.[34] Las líneas ferroviarias estaban deteriorándose rápidamente y en todos los aspectos. La mitad de las locomotoras de algunas líneas estaban tan malogradas que habían quedado inservibles. La línea transiberiana, una de las pocas arterias que quedaban para las importaciones, se paralizó y enormes pilas de mercancías procedentes de Estados Unidos se pudrían u oxidaban en Vladivostok, en la costa del Pacífico.[35] La producción de carbón en el Dombás, la principal región minera, se redujo en una quinta parte entre marzo y julio de 1917. El combustible para las fábricas escaseaba.[36] Mientras que las fundiciones de acero producían lo mismo en 1916 que inmediatamente antes de la guerra, en 1917 se desplomaron un 28 por ciento.[37]
En 1916 se fabricaron 7238 cañones de artillería y solo 3538 al año siguiente. La producción de proyectiles se redujo casi a la mitad en el mismo periodo.[38] Los 133 400 arados que se fabricaron en 1916 eran una quinta parte del total en 1913. En 1917, el número se había reducido a 22 902. Evidentemente, los propietarios de las fábricas metalúrgicas no anteponían las necesidades agrícolas a las militares: solo se incrementó la producción de guadañas en un extraordinario 909 por ciento sobre el total de 1913.[39] La producción de petróleo fue excepcional al registrar un aumento en tiempos de guerra y caer solo ligeramente después de la Revolución de Febrero. Bakú y Grozni prosperaron como centros de producción de hidrocarburos.[40]
A medida que aumentaban las dificultades en la economía se ampliaron las fisuras entre un sector importante y otro. Como es comprensible, los banqueros estaban preocupados por tener que conceder préstamos a industriales cuya rentabilidad se veía perjudicada por los disturbios revolucionarios. Ya no se autorizaban créditos fácilmente. Los propios bancos experimentaron una restricción en la entrada de fondos.
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Los sóviets no cejaban en sus diatribas contra los especuladores, señalando a las cábalas que drenaban los ingresos del Estado. El Ministerio de Comercio e Industria anunció su determinación de limpiar la economía de corrupción. Pero el caos de la guerra y la revolución hacía poco realista el trabajo de investigación. No obstante, los sóviets acusaron al gabinete, algunos de cuyos ministros eran importantes industriales, de mantener una relación demasiado cordial con los intereses capitalistas rusos. Sin embargo, el gabinete tenía el deber de proteger la producción contra alteraciones perjudiciales. La industria minera y manufacturera estaba experimentando un agotamiento de su actividad, y los propietarios se veían realmente amenazados por pérdidas financieras insostenibles.
Mientras tanto, crecía la preocupación por el suministro de alimentos. El intento del Gobierno imperial por aumentarlo fijando precios y asignando cuotas de entrega a los zemstvos provinciales solo había alcanzado un tercio de la cantidad prevista a finales de febrero de 1917.[41] En marzo se había completado el 98 por ciento del plan mensual de adquisiciones, una mejora respecto a febrero, cuando solo se había obtenido el 62 por ciento. Shingarev, el ministro de Agricultura, estaba encantado, pero el cambio a mejor no duró. La hostilidad de los campesinos hacia el monopolio comercial se acentuó, y en abril solo se alcanzó el 38 por ciento del objetivo. Los comités de abastecimiento de alimentos redoblaron sus esfuerzos, y en los dos meses siguientes produjeron cantidades superiores. De hecho, en junio, las autoridades lograron recaudar un 12 por ciento más de lo previsto en el plan de adquisiciones.[42] Aun así, existía la creciente preocupación de que el aumento fuese un fenómeno pasajero, y se hablaba de la posibilidad de un invierno de hambre. Las frustraciones de los consumidores aumentaron y las entregas a las fuerzas armadas y a las ciudades del norte y centro de Rusia eran cada vez menos fiables.[43]
Se ha culpado excesivamente al Gobierno provisional por su actuación. Las huelgas por los salarios no fueron culpa suya y, sin duda, alteraron la producción y perjudicaron la rentabilidad. Fueron intensas en marzo, decayeron en abril y volvieron a recrudecerse en mayo hasta alcanzar un nivel sin precedentes.[44] La productividad también cayó en los días en que las fábricas estaban en activo. Hasta 1917 se había mantenido a un nivel
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estable en la gran industria; entre 1914 y 1916, incluso había subido ligeramente por encima de su nivel en el último año de paz. Todo eso cambió con la Revolución de Febrero, cuando la producción media por día trabajado descendió al 76 por ciento de la cifra de 1913.[45] El activismo revolucionario fortaleció la determinación de la clase obrera de garantizar que fueran los propietarios, y no los trabajadores, quienes hicieran los sacrificios materiales y las concesiones. El desorden heredado en los engranajes del transporte y el comercio se agravó, y los empresarios se lo pensaban dos veces antes de invertir nuevo capital en sus negocios.
El comportamiento de los productores agrícolas se sumó a las tendencias desintegradoras de la economía. Aunque se cultivaron y recolectaron verduras en primavera y principios del verano de 1917, los campesinos seguían mostrándose reacios a venderlas a las agencias de compra gubernamentales cuando podían ganar más haciendo tratos privados. Además, los productos del campo tendían a venderse localmente en lugar de entregarse a regiones de escasez conocida. La situación de los suministros urbanos de alimentos, por muy grave que fuera en el norte y centro de Rusia, no era mejor en Alemania y Austria, donde había que utilizar nabos como sustitutos de las patatas. La Oficina Alemana de Alimentos de Guerra redujo la ingesta prevista por persona a tan solo 1100 calorías.[46] Pero la metalurgia alemana seguía fabricando eficientemente las armas para el ejército. Austria-Hungría mantuvo la producción en las fábricas de sus territorios austriacos, bohemios y polacos. Mientras que en el ejército ruso crecía la falta de voluntad para continuar la lucha, las tropas alemanas y de los Habsburgo seguían obedeciendo órdenes, y los disturbios civiles y las huelgas laborales no alcanzaban el nivel de desorganización de Rusia. El caos ruso también era mayor que cualquier cosa presenciada en Francia, Gran Bretaña e Italia. La excepción fue el motín masivo que se produjo en el ejército francés a mediados de 1917 y que su alto mando reprimió con brutal severidad. Pero los Gobiernos de París, Westminster y Roma sufrieron pocos altercados políticos, y la producción industrial y el suministro de alimentos eran boyantes en sus países. El cansancio de la guerra existía, pero la determinación de seguir luchando seguía siendo alta.
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Credos y artes: Reorganización,
afirmación y desorientación
La Iglesia ortodoxa rusa no fue más eficaz que el Gobierno provisional a la hora de unir al pueblo ruso. Abundaban las divisiones eclesiásticas internas, así como la rivalidad con otras confesiones en todo el Imperio ruso. Se había concedido una nueva libertad religiosa y el clero ortodoxo se hallaba en una situación tumultuosa al tener que examinar sus necesidades y oportunidades a una velocidad implacable.
A partir de febrero de 1917, algunas diócesis siguieron rezando oraciones por «el zar más ortodoxo y autocrático», pero, en casi todas partes, la Iglesia proclamó su reconocimiento del Gobierno provisional.[1] Los líderes eclesiásticos intentaron mantenerse al margen de la alta política y se centraron en asuntos religiosos. Al mismo tiempo, todo el clero consideraba un deber patriótico apoyar la campaña bélica. El 12 de marzo de 1917, el obispo Andrei de Ufa dirigió oraciones por la victoria en la catedral de Kazán, en Petrogrado. Deploraba la indisciplina de las fuerzas armadas e hizo un llamamiento a las tropas: «Estimad a vuestros oficiales, someteos a ellos, y el enemigo será doblegado en el frente». Los ministros, en cambio, desconfiaban de una Iglesia a la que identificaban como pilar del dominio de los Románov. Su primer instinto fue abolir sus privilegios y la Iglesia se vio privada de reconocimiento oficial. Las grandes celebraciones de Estado dejaron de ir acompañadas de bendiciones religiosas.
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Sin embargo, aun manteniendo las distancias con la Iglesia, los ministros trataron de orientarla en la dirección que deseaban. Para ello conservaron el cargo de procurador jefe; el monárquico Nikolái Raev fue destituido y reemplazado por Vladímir Lvov, un activista cristiano de larga trayectoria que había hecho campaña contra Rasputín y defendía una reforma eclesiástica interna.[2] Vladímir Lvov —que no era pariente del príncipe Gueorgui— había pertenecido al Comité Provisional de la Duma Estatal. El nuevo gabinete respaldó su plan de purgar el Santo Sínodo de los principales clérigos que estaban estrechamente identificados con Nicolás y Rasputín. En junio, el Gobierno nacionalizó todas las escuelas primarias de la Iglesia, un tercio de la red educativa del país. Los ministros estaban decididos a eliminar la influencia del sacerdocio sobre las mentes jóvenes.[3]
La propia Iglesia emprendió un cambio interno. Debates abiertos y elecciones internas renovaron la jerarquía eclesiástica, con la participación activa del clero diocesano. Entre marzo y octubre se eliminaron quince obispados —casi una cuarta parte del total—, y los más afectados fueron aquellos que estaban asociados a la camarilla de Nicolás. Los clérigos debatieron el futuro de Rusia y el papel de la Iglesia en él. Coincidían en la necesidad de convocar un Concilio Eclesiástico (Sobor), que todos los emperadores y emperatrices habían prohibido desde el siglo XVII. Estaban divididos sobre si la Iglesia debía pedir que se mantuviera su estatus establecido. Algunos abogaban por poner fin a la conexión estatal, mientras que otros querían conservarla. El gabinete estaba tan alarmado ante la idea de una pérdida de autoridad gubernamental que propuso que solo la Asamblea constituyente tuviera la decisión final.[4] Las elecciones al Consejo Eclesiástico se celebraron en julio y cada diócesis tenía derecho a elegir a dos clérigos y tres miembros laicos. Cuando se conocieron los resultados, otorgaban doscientos noventa y nueve de los quinientos sesenta y cuatro puestos a los laicos, en su mayoría profesores e instructores de facultades de Teología.[5]
El debate se centró entonces en la elección o no de un patriarca. Para los conservadores eclesiásticos era obvio que la Iglesia necesitaba una autoridad única que la guiara por aguas tormentosas, y preferían candidatos de sus propias filas. Sin embargo, muchos sacerdotes jóvenes
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querían que la Iglesia siguiera la corriente revolucionaria y apoyaban medidas como la transferencia de todas las tierras agrícolas al campesinado. El patriarcado investiría a un solo individuo con el tipo de autoridad monárquica que había sido derrocado. Los sacerdotes de algunas diócesis se tomaron la justicia por su mano destituyendo a los obispos que rechazaban las peticiones de reforma de la vida eclesiástica.[6]
Para ambas partes, un objetivo urgente era estudiar cómo presentar la Iglesia a los fieles de manera que mantuviesen su fe.[7] Todos los clérigos sabían que había un problema. Nikolái Okunev, de Moscú, escribió: «En las iglesias se aprecia una triste disminución de las congregaciones y, en general, es como si todo lo que pertenece a Dios hubiera sido eliminado».
[8] El alejamiento de los creyentes de la Iglesia ortodoxa se hizo notar aquella Pascua, cuando los oficios religiosos en Petrogrado tuvieron una asistencia escasa. Además, al abolir las restricciones generales a la organización religiosa, el Gobierno provisional expuso a la Iglesia ortodoxa rusa a una competencia sin precedentes por la lealtad de los creyentes cristianos. La Iglesia uniata ucraniana, que combinaba una liturgia de ortodoxia oriental con la lealtad al Vaticano, había sufrido siglos de persecución por parte de la capital rusa. Su líder, Andréi Sheptitski, arzobispo metropolitano de Lvov, fue liberado de su confinamiento en marzo. El 25 de julio, los ministros confirmaron que la Iglesia ortodoxa georgiana quedaba libre de la subordinación a la Iglesia ortodoxa rusa.[9] Al día siguiente, concedieron a los católicos romanos el derecho a construir iglesias y fundar parroquias, otra ampliación extraordinaria de la tolerancia oficial, aunque el Gobierno se reservó al mismo tiempo la autoridad de aprobar los nombramientos en los niveles más altos de la jerarquía católica en sus territorios, previa consulta con el Vaticano.[10]
Judíos y musulmanes vivían más libremente que nunca desde que millones de ellos pasaron a ser súbditos de Catalina la Grande a finales del siglo XVIII. Sin embargo, los pogromos antisemitas seguían muy
extendidos, normalmente llevados a cabo por soldados indisciplinados o ciudadanos hambrientos. Las autoridades intervinieron para detener la violencia.[11] La vida religiosa judía no se vio sacudida por ningún tipo de movimiento reformista. Las terribles experiencias recientes en la zona de
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guerra tuvieron el efecto de apartar a los judíos religiosos de las ideas de cambio en el pensamiento y las prácticas espirituales del judaísmo. No ocurrió lo mismo con el islam. Los musulmanes, al menos los que vivían fuera de Turquestán, habían sufrido menos que los judíos a manos del Ejército Imperial. Entre ellos había una creciente generación de imanes que no veían esperanza para sus correligionarios a menos que las comunidades musulmanas reconocieran las exigencias de la modernidad cultural. Los maestros islámicos estaban en constante disputa, ya que los jóvenes discutían con los más longevos.
Se preparó un juramento de lealtad para todos los civiles. La redacción variaba en función de las distintas religiones, pero se esperaba que cristianos, judíos y musulmanes afirmaran su creencia en Dios y juraran trabajar en beneficio del Estado ruso incluso a costa de sus vidas. No se mencionaba al Gobierno provisional. Los ministros querían que la gente demostrara su patriotismo independientemente de lo que pensaran del Gobierno.[12]
El Consejo de la Iglesia ortodoxa rusa se inauguró el 15 de agosto, fiesta de la Dormición, en la catedral de la Dormición, situada en el Kremlin de Moscú.[13] Rápidamente eligió al moscovita Tijón para presidir los debates. Por lo general, la cúpula eclesiástica evitaba inmiscuirse en controversias de carácter político y se abstenía de comentar el debate público, salvo cuando se discutía la postura de la propia Iglesia. No obstante, el fin de la monarquía brindó a los clérigos la oportunidad de centrar sus esfuerzos en la reforma eclesiástica. Hubo una excepción en agosto, cuando el Consejo Eclesiástico denunció a los «espías y mercenarios alemanes», refiriéndose al partido bolchevique, pero ni siquiera entonces los mencionó por su nombre.
Por el contrario, los novelistas y poetas habían ofrecido sus obras durante décadas, aunque subrepticiamente, como un comentario sobre política, y muchos eran populares por proponer una visión de la vida que discrepaba con la Iglesia y el Estado. De repente, llegaron al poder ministros tan poco preocupados por lo que los autores escribían sobre ellos que abolieron la censura. Al margen de los países en guerra, Rusia, bajo el Gobierno provisional, permitía una total libertad de prensa. Cuando se formalizaron las nuevas normas el 27 de abril, el único requisito era que
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los editores entregaran copias de libros y periódicos a las autoridades. Pero no había ninguna restricción con respecto a lo que se podía publicar o vender, con la excepción de la prensa política de extrema derecha. Las obras de teatro, los poemas, las películas y las piezas musicales podían representarse o proyectarse sin más impedimento que la entrega de transcripciones. Ni siquiera se prohibió la impresión de material de carácter estratégico u operativo, una medida sorprendente en tiempos de guerra.[14]
La edición se convirtió en el único sector que creció mientras el resto de la economía se contraía. Las estanterías de las librerías se llenaron de obras que habían sido prohibidas por la administración imperial. Se imprimieron grandes ediciones de la prosa censurada del difunto Lev Tolstói. Pero, aunque esto satisfizo a millones de lectores, novelistas, poetas y compositores perdieron su papel como directores oficiosos de la opinión pública. La nueva escritura parecía reaccionar con lentitud a los acontecimientos políticos, mientras que los tiempos revolucionarios reclamaban comentarios instantáneos. Los artistas creativos se sentían desconcertados por las mismas preocupaciones cotidianas que afectaban a todos los demás, y la mayoría se mostraban igual de perplejos por el significado de los acontecimientos. Las poetas Zinaída Guípius y Marina Tsvetáyeva estaban horrorizadas por sus experiencias, pero no tenían la confianza de decir por qué. Serguéi Yesenin, poeta y baladista, ignoró la revolución y siguió escribiendo sobre otros temas: su vida amorosa, su madre, las juergas nocturnas y la belleza de los bosques. Ana Ajmátova se sentía casi desesperada por su país, pero decidió mantener el optimismo. El más tranquilo de todos era Borís Pasternak, que comparó la energía y la belleza natural que desprendía el comienzo de la primavera con el tumulto liberador de las multitudes que se echaban a las calles.
Aleksandr Blok hizo más que la mayoría de los escritores por sumergirse en la corriente revolucionaria, aunque él no lo era, más bien al contrario: sus preferencias políticas estaban con los kadetes. Afirmaba que llevaba el «kadetismo» en la sangre y que le asustaba la idea de que Finlandia y Ucrania pudieran separarse de la «Gran Rusia».[15] Sin embargo, Blok hablaba con los líderes de los sóviets y con los soldados porque quería escuchar lo que él llamaba «la música de la época».[16]
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Mientras que otros miembros de la élite artística odiaban el caos de la revolución, Blok encontraba mucho que admirar en ella a pesar de sus inclinaciones kadetes. Rechazaba el discurso generalizado sobre el poder dual en la cúspide de la vida pública y pensaba que la «impotencia» era una descripción más precisa. Pero añadía que la apatía era lo que imperaba en la base de la sociedad, y negaba que los rusos se comportaran como «gente revolucionaria».[17] Intentó dar sentido a la confusión de lo que
estaba presenciando, y tardaría algunos meses —después de digerir lo que veía en las calles— en escribir Los doce, uno de los poemas más importantes del siglo XX.
En la extrema izquierda política, el poeta futurista Vladímir Mayakovski no sintió la necesidad de esperar para tomar una decisión sobre lo que veía. Abandonando su fascinación por los conceptos abstractos y las imágenes extrañas, adoptó el bolchevismo y un estilo literario más directo. En «¡Que rindan cuentas!» denunció la carnicería militar que se había desatado desde 1914:
Los tambores de guerra suenan y suenan.
Piden que se hunda hierro en los vivos.
Esclavo tras esclavo
de todas las tierras
es lanzado sobre la punta de acero de la bayoneta.
¿Qué sentido tiene?
La tierra tiembla,
hambrienta,
desnuda.
La humanidad se ha bañado en sangre
solo para que
alguien,
en un lugar u otro,
pueda darse un festín
en Albania.[18]
Alistado como guerrero político bolchevique, Mayakovski produjo para ellos dos versos memorables sobre la lucha de clases:
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Cómete las piñas, mastica los urogallos. ¡Se acerca tu último día, sucio burgués![19]
El desarrollo artístico de Mayakovski iba en consonancia con un entorno en el que las canciones, las caricaturas y los carteles ganaron popularidad por ofrecer reacciones rápidas y a menudo irreverentes a los últimos acontecimientos. Los periódicos también se llenaron de discusiones animadas. A menudo parecía que la época de los zares y Nicolás Románov nunca hubiera existido. Y no todo giraba en torno a los graves problemas de la guerra y el hundimiento de la economía. Los teatros estaban abarrotados de gente que quería evadirse de las preocupaciones diarias. Fiódor Shaliapin, un cantante bajo de ópera mundialmente famoso, ofrecía conciertos ante públicos numerosos y Tamara Karsavina deslumbraba a los entusiastas del ballet. El arte levantaba el ánimo de lectores y espectadores que sufrían muchos traumas en su vida cotidiana.
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Sóviets y socialistas: La erosión de la influencia menchevique y socialista revolucionaria, primavera-verano de 1917
El Gobierno provisional se vio obligado a abordar problemas que ningún gabinete podía resolver con rapidez, y el Sóviet de Petrogrado compartía la responsabilidad de su gestión tras aceptar que aportaría dirigentes para que se convirtieran en ministros. Las tensiones y alteraciones de la guerra precedieron a la Revolución de Febrero, y el consiguiente proceso de desintegración política, administrativa, étnica y económica cobró impulso propio. Gobierno y sóviet eran como herederos conjuntos que esperaban con ilusión la lectura de un testamento y acababan descubriendo que se enfrentaban a la probabilidad de una bancarrota.
La composición original del gabinete y la dirección de las políticas se habían acordado en consulta con el Sóviet de Petrogrado. El propio sóviet emitió instrucciones públicas. La más influyente fue la Orden n.º 1, proclamada a las fuerzas armadas sin previo aviso a los ministros. El Comité Ejecutivo del Sóviet también había emitido una prohibición independiente sobre los periódicos de la extrema derecha política.[1] Las políticas gubernamentales se examinaban constantemente y, cuando el sóviet se oponía, los ministros solían conceder enmiendas. Incluso cuando el Gobierno seguía una línea aprobada por los líderes de los sóviets, la
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Asamblea General y el Comité Ejecutivo de los Sóviets seguían siendo un foro para criticar las últimas medidas del gabinete.
La red de sóviets se extendió a todas las ciudades del imperio, y no solo a las capitales de provincia. En las primeras semanas de la revolución se celebraban asambleas de representantes electos, a menudo a diario, ante los comités ejecutivos de reciente creación. Obreros y soldados eran activos a todos los niveles, pero la intelectualidad socialista alcanzó una influencia crucial. Cuanto más alto era el nivel, mayor era la proporción de intelectuales. Los debates a menudo estaban impregnados de la jerga marxista que a todos los socialistas —mencheviques, socialrevolucionarios, bundistas y bolcheviques— les gustaba utilizar. Pero los oradores también debían ser capaces de hablar en un lenguaje sencillo. Se formaron sóviets regionales y provinciales para coordinar esfuerzos entre ciudades situadas a gran distancia. La ambición era construir un marco para toda Rusia. Los mencheviques y los socialrevolucionarios de la dirección del Sóviet de Petrogrado tomaron la iniciativa en abril al convocar una conferencia nacional, presidida por Nikolái Chjeidze. Kámenev habló en nombre de los bolcheviques y en contra del Gobierno provisional y Lenin no llegó a Petrogrado hasta el último día de la conferencia. De todos modos, los delegados y simpatizantes mencheviques y socialrevolucionarios constituían una gran mayoría y apoyaron al gabinete siempre que los ministros mantuvieran el acuerdo sobre las políticas ya acordadas con el Sóviet de Petrogrado.
Aunque los sóviets eran diversos en su composición, constituían principalmente un fenómeno urbano y había pocos en la mayoría de las zonas rurales. Para restablecer el equilibrio, el partido bolchevique envió «agitadores» a esas zonas. Los bolcheviques también figuraban entre los grupos de obreros de las fábricas en determinadas provincias y les pedían que enviaran gente a casa para difundir el mensaje del partido.[2]
Los sóviets no se limitaban a presionar al Gobierno provisional en relación con sus políticas, sino que empezaron a funcionar como un punto de apoyo alternativo en la gobernanza. Secuestraron locales para sus actividades, requisaron imprentas y fundaron periódicos; solo en Petrogrado había docenas de ellos. Aunque parte de la financiación provenía de trabajadores y soldados, los sóviets solían endeudarse para
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proporcionar servicios sociales y culturales a aquellos a quienes servían. Crearon sus propias milicias, a menudo conocidas como Guardia Roja, para reforzar la seguridad pública. Servían de enlace con las guarniciones locales y pedían a los soldados que trataran las órdenes de los sóviets como prioritarias. En muchos pueblos y ciudades llegaron a la conclusión de que no se podía hacer nada importante que contraviniera los deseos de sus dirigentes socialistas.
Los sóviets se habían formado con un espíritu de cooperación socialista, pero, con el paso del tiempo, las divisiones entre los partidos se intensificaron. Un marinero de la guarnición de Helsinki que se negaba a afiliarse a ningún partido escribió decepcionado sobre los «Be-ki», «Me-ki» y «Es-ery»: bolcheviques, mencheviques y socialrevolucionarios:
Una plaga en vuestros programas,
Vuestros -ismos e -itas.
¡Vuestros Be-ki y Me-ki, Es-ery y similares!
¡No están hechos para nosotros, no valen nada!
Una plaga sobre vuestros desplantes, vuestras fiestas y contiendas.
El pueblo no lo aguantará, el pueblo irá a la huelga.
¡Os quieren juntos! ¡La causa es lo importante![3]
No obstante, se mantuvo la costumbre de incluir a los bolcheviques en los comités ejecutivos de los sóviets a pesar de que los mismos bolcheviques categorizaban a sus «camaradas» mencheviques y socialrevolucionarios como traidores al socialismo y colaboradores de una administración burguesa e imperialista.
Los sóviets estaban organizados de tal manera que podían celebrarse nuevas elecciones cada vez que los diputados perdían el favor de sus votantes. La rotación de personal estaba integrada en el sistema, por lo que ningún diputado podía sentirse seguro en su escaño.
Aunque se aferraban a su lema de «todo el poder para los sóviets», los bolcheviques insistían en que solo ellos organizarían una rápida elección de la Asamblea constituyente. Esto era injusto para el Gobierno provisional, que trabajó duro trazando planes para un Parlamento democrático. El objetivo del partido bolchevique se encontraba en una
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línea divisoria entre tomar el poder en nombre de un sector clasista de la sociedad —un sector muy amplio si se incluía al campesinado— y adoptar medidas para que todos los miembros de la sociedad, independientemente de su clase, pudieran votar en las elecciones a la Asamblea. Los bolcheviques no tenían prisa por definir el objetivo con mayor exactitud cuando comenzó la campaña de las elecciones a las dumas urbanas en verano. Estos eran los primeros comicios de ese tipo desde que el Gobierno provisional había decretado nuevas reglas sobre el voto universal, secreto, directo y sin distinción de clase social.[4] A finales de mayo hicieron campaña por la victoria en las dumas de distrito en Petrogrado. Los resultados fueron alentadores para los bolcheviques, aunque obtuvieron el 20 por ciento de los votos. Los kadetes cosecharon resultados un poco mejores, con un 22 por ciento, mientras que los mencheviques, los socialrevolucionarios y otros socialistas se hicieron con el 56 por ciento.[5] Ello era un signo del cambio de dirección de las fuerzas políticas en pueblos y ciudades. Mientras que tanto los bolcheviques como los kadetes obtuvieron minorías sustanciales de escaños, solo los primeros confiaban en sus posibilidades de seguir ganando en el gobierno local de la Rusia urbana.
Los días 16 y 21 de mayo de 1917, el Sóviet de Kronstadt, situado a escasos kilómetros de la costa de Petrogrado, declaró su negativa a reconocer la autoridad del Gobierno provisional y encarceló a numerosos oficiales de la armada.[6] Básicamente se trataba de una declaración de independencia, y no era la primera vez que Kronstadt desafiaba a los dirigentes del país. Trotski se alegró de la noticia y le dijo a Tsereteli: «Cuando un general contrarrevolucionario intente ponerle la soga al cuello a la revolución, los kadetes engrasarán la cuerda, pero los marineros de Kronstadt vendrán a luchar y morir a nuestro lado».[7] Esto no tranquilizó demasiado a Tsereteli, que pensaba que la mejor noticia llegada de Kronstadt era la ausencia de noticias.
El Gobierno provisional no veía sentido en enviar a nadie más que a ministros socialistas para poner orden en la guarnición. Tsereteli y Skóbelev fueron y quedaron conmocionados por la experiencia. En una reunión pública, Tsereteli preguntó: «¿Queréis romper con toda la democracia revolucionaria?». Hubo voces que gritaban: «¡Sí, sí, eso es lo
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que queremos!». Los ministros consiguieron arrastrar a la multitud ese mismo día, pero aún tardaron varios más en conseguir la liberación de los oficiales de la armada, y solo tras ceder a la exigencia de que el gabinete nombrara un comisario para la isla que contara con la aprobación previa del sóviet. Este no era el tipo de deferencia que querían los ministros, pero fue el mejor acuerdo que pudieron conseguir.[8] Y a los pocos días, el Gobierno provisional se enteró de que el Sóviet de Kronstadt había faltado a su palabra al reafirmar su derecho a gobernar la isla.[9]
El ejemplo de Kronstadt fue seguido por otros en todo el país. En junio, en plena ofensiva rusa en el frente oriental, el Sóviet de Tsaritsin, a orillas del río Volga, votó a favor de transferir los poderes del Gobierno a los sóviets. Fue un paso más allá de lo que había sucedido en Kronstadt. Los hombres de Kronstadt exigían autogobierno, mientras que los de Tsaritsin pedían la destitución del gabinete de Petrogrado.[10] No estaba claro qué efecto tendría esto en otros lugares. Pero la dirección menchevique y socialista revolucionaria del Sóviet de Petrogrado estaba profundamente agitada.
Se habían mantenido firmes a finales de mayo de 1917, cuando se reunió en Petrogrado el Congreso Panruso de los Sóviets de Diputados Campesinos. Los socialrevolucionarios habían obtenido casi la mitad de los 1157 delegados. Quinientos cincuenta y ocho de ellos procedían de las fuerzas armadas. El talante generalizado estaba a favor de satisfacer las exigencias de los campesinos de una reforma agraria inmediata.[11] En los últimos días, Lenin se dirigió al Congreso e hizo hincapié en la determinación de los bolcheviques de entregar todas las tierras agrícolas al campesinado. Le interesaba tanto ganarse el favor de los campesinos de uniforme como el de los delegados que venían directamente de los pueblos. Si conseguía el apoyo de las tropas, la tarea de organizar una toma del poder socialista sería más fácil. Los socialrevolucionarios vieron el peligro y pidieron a todo el mundo que fuera paciente con las medidas del Gobierno en tiempos de crisis. Además, prometieron impulsar el máximo de concesiones posibles al campesinado.
El 3 de junio de 1917 se inauguró en Petrogrado el primer Congreso Panruso de los Sóviets de Diputados Obreros y Soldados. Los mencheviques y los socialrevolucionarios tenían quinientos treinta y tres
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de los ochocientos veintidós delegados y superaban ampliamente en número a los ciento cinco bolcheviques. Liber y Tsereteli dirigieron el debate «sobre el poder», alabando la utilidad de la coalición gobernante. Esto irritó a todos los presentes en la sala, que odiaban al gabinete por aprobar operaciones militares en el frente oriental. Tsereteli afirmó imprudentemente: «En el momento actual no hay ningún partido político en Rusia que diga: “¡Dejad el poder en nuestras manos, marchaos y ocuparemos vuestro lugar!”. No existe tal partido en Rusia».[12] Lenin vio la oportunidad de dejar su impronta. Levantándose de su asiento, evitó mencionar a Tsereteli por su nombre o reconocerlo como camarada:
El ciudadano Ministro de Correos y Telégrafos ha declarado que no hay ningún partido político en Rusia que acepte tomar el poder de manera absoluta. Mi respuesta es que sí lo hay. […] Ningún partido puede amedrentarse ante esto. Todos los partidos luchan y deben luchar por el poder, y nuestro partido no se amedrenta. Está listo para tomar el poder en cualquier momento y de manera total.[13]
Su intervención provocó que muchos se rieran de su engreimiento. Sin embargo, las risas iban acompañadas de sentimientos de incomodidad. El partido bolchevique había adoptado el lema «¡Todo el poder para los sóviets!» a finales de abril, y en la mente de la mayoría eso significaba formar un Gobierno que incluyera a todos los partidos socialistas. De repente, su líder aseguraba que el partido bolchevique, y no los sóviets, debía convertirse en el vehículo del progreso revolucionario, sin tiempo para mencheviques y otros socialrevolucionarios.
El congreso finalizó sin más altercados, pero los bolcheviques iniciaron los preparativos para una manifestación política en la capital. Hicieron coser consignas en sus pancartas y las pintaron en sus carteles: «Todo el poder para los sóviets», «Abajo los ministros capitalistas», «Toda la tierra para el pueblo» y «Paz para el mundo entero». La dirección del congreso, compuesta principalmente por mencheviques y socialrevolucionarios, estaba atenta al peligro. Algunos sospechaban que la manifestación, en la que participarían soldados de la guarnición de Petrogrado y marineros enviados desde Kronstadt, era una tapadera para
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un golpe de Estado bolchevique. A pesar de su entusiasmo general por una insurrección, Lenin probablemente solo pretendía sondear el alcance de su apoyo en la capital, pero sin duda esperaba causar problemas graves. No pudo sorprenderse cuando los líderes del congreso prohibieron la manifestación encabezada por los bolcheviques. En todo caso, era una prueba de dónde residía el poder último, de que el Congreso de los Sóviets y no el Gobierno provisional tenía fuerza suficiente para hacerlo.
Sin embargo, los dirigentes mencheviques y socialrevolucionarios necesitaban demostrar confianza en sí mismos en las calles de la capital. Tras prohibir la manifestación encabezada por los bolcheviques, anunciaron una propia para el 18 de junio. Sería un acto de los sóviets al que podrían unirse los bolcheviques, pero solo bajo sus condiciones. Los mencheviques y los socialrevolucionarios pretendían demostrar a la población que merecía la pena apoyar al gabinete gubernamental. Aunque no estaba planeado así, fue el primer día de la ofensiva de junio. Hasta ese punto resultó una prueba de la política oficial sobre la guerra. Lenin no salió a la calle. Tampoco lo hizo el resto del Comité Central Bolchevique, pero miles de activistas del partido bolchevique acudieron a la manifestación y sus gritos tuvieron impacto. Querían que el poder pasara del gabinete de «ministros burgueses» a los sóviets. Instaron a soldados, marineros y obreros industriales a apoyar la causa bolchevique y predicaban que había que derrocar al Gobierno provisional para resolver las grandes cuestiones de la tierra, la paz y la regeneración industrial.
Los bolcheviques no eran los únicos que rechazaban la política y la legitimidad del gabinete. Todos los partidos políticos tenían conflictos internos en esa línea y solo las viejas lealtades impidieron que los mencheviques y los socialrevolucionarios sufrieran sus propias escisiones. Pero los bolcheviques se beneficiaban de tener un mensaje claro y radical, de ser el único gran partido que prometía incondicionalmente el fin de la guerra y del dominio «burgués». Hubo algunos bolcheviques que se sintieron horrorizados por la política extrema de Lenin. Muchos de ellos abandonaron las filas del partido y algunos se unieron a los mencheviques. Tsereteli esperaba que esos cambios de lealtad fueran señales de que Petrogrado y el resto del país seguirían un camino sobrio y moderado hacia un futuro socialista. Lenin, en cambio, pudo alegrarse de que los
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mencheviques que pensaban que sus líderes habían concedido demasiado al Gobierno provisional estuvieran pasándose al bolchevismo. Algunos marxistas como Lev Trotski, que se había mantenido al margen de la lucha de facciones antes de 1917, vieron la necesidad de elegir definitivamente entre bolcheviques y mencheviques. Trotski, en particular, consideraba que Lenin, al abandonar su compromiso doctrinal con el hecho de que era necesaria una revolución democrático-burguesa antes que socialista, había adoptado su punto de vista. Algunos dirigentes bolcheviques no soportaban a Trotski, pero Lenin logró que fuera aceptado y elegido miembro de su Comité Central.
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Las Jornadas de Julio: La ruptura del gabinete y el frustrado levantamiento bolchevique
La miseria rusa en el frente oriental en la última semana de junio de 1917 era una oportunidad para el bolchevismo. La moral del ejército se estaba hundiendo y la indisciplina de los soldados aumentaba para exasperación de los altos mandos. Los bolcheviques pretendían aprovechar el malestar que reinaba en la capital. Les habían prohibido celebrar una manifestación armada contra el Gobierno provisional a principios de junio, pero querían intentarlo de nuevo. Sin embargo, cuando el Comité Municipal Bolchevique adoptó esa idea, Lenin dijo que sería prematuro y demasiado peligroso.[1] Su cautela no tuvo buena acogida después de tantas semanas instando a su partido a trabajar por la destitución del gabinete. El Comité Municipal y la Organización Militar Bolchevique empezaron a planear otra marcha por las calles de la capital. A finales de junio, Lenin partió hacia Finlandia para disfrutar de un breve descanso mientras los planificadores de la manifestación armada contactaban con simpatizantes en las guarniciones de Petrogrado y entre los marineros de Kronstadt. Acompañaban a Lenin su hermana Maria y el poeta Demián Bedni. Lenin esperaba poder relajarse unos días.
El gabinete estaba atento a las pasiones que imperaban en las fuerzas armadas, pero atravesaba su propia crisis interna en torno a la cuestión de
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Ucrania. Los ministros Kerenski, Teréshchenko y Tsereteli fueron enviados a Kiev para mantener conversaciones con políticos ucranianos. Al primer ministro Lvov no le gustaba incluir temas conflictivos en la agenda del gabinete mientras ellos estuviesen fuera, así que el 29 de junio dio prioridad a un debate sobre la prohibición de la producción de dulces y caramelos en un momento en el que escaseaba el azúcar. El 1 de julio de 1917 se tomó la decisión de permitir la importación de cuatrocientos veinte millones de cerillas de seguridad en cajas que no contuvieran más de setenta y cinco unidades, y también se discutieron las condiciones de trabajo en las universidades.[2] Al día siguiente, Kerenski, Teréshchenko y Tsereteli regresaron a Petrogrado e informaron de que habían acordado reconocer a la Secretaría General de la Rada Central como autoridad regional en las provincias ucranianas. Por su parte, la Rada Central reclamó Járkov y el Dombás. El acuerdo con los tres ministros implicaba la promesa de la Secretaría General de renunciar a la exigencia de unas fuerzas armadas ucranianas independientes. El Gobierno provisional se reunió aquella noche para debatir el acuerdo de Kiev. Los ministros kadetes estaban furiosos por lo que se les había concedido y rechazaron lo que temían que no fuera más que el primer paso hacia la independencia total de Ucrania. Tras un agrio intercambio de opiniones, todos los ministros kadetes, excepto Nikolái Nekrasov, dimitieron de sus cargos. La coalición liderada por Lvov estaba hecha pedazos.[3]
Mientras ocurría todo esto, muchos bolcheviques ajenos al Comité Central llegaron a la conclusión de que era el momento de actuar en las calles. Un regimiento de ametralladoras con base en Petrogrado estaba a punto de ser trasladado al frente oriental, pero a pocos soldados los entusiasmaba la idea de entrar en combate contra las victoriosas fuerzas alemanas. La Organización Militar Bolchevique solicitó autorización al Comité Central para una manifestación armada. Los soldados abogaban ferozmente por una marcha sobre el palacio Táuride y el derrocamiento del Gobierno provisional. Los miembros del Comité Central Bolchevique se enfrentaban a una difícil decisión. Habían pedido repetidamente el fin del dominio «burgués» e «imperialista». Cuando sus propios seguidores estaban ofreciéndose a tomar la iniciativa, era difícil negar su aprobación. Pero el Comité Central comprendió que era poco probable que un
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levantamiento tuviera éxito y la Organización Militar Bolchevique recibió órdenes de no tomar parte en la marcha prevista.[4]
El 3 de julio de 1917, Tsereteli compareció en el palacio Táuride ante las Mesas de los Comités Ejecutivos Centrales de los recientes congresos de los sóviets. Aunque estaba al tanto de las marchas planeadas, se centró en asegurar un gabinete de trabajo. Tsereteli pudo confirmar a los Comités Ejecutivos Centrales que la política gubernamental se inclinaría a favor de las demandas democráticas. Sabía que ello entrañaba el riesgo de la dimisión de Gueorgui Lvov. Este se opuso a la propuesta del ministro de Agricultura, Chernov, de prohibir la venta de tierras antes de la Asamblea constituyente.[5] El Comité Principal de Tierras había advertido del peligro de que los campos y bosques cambiaran de manos en perjuicio de los campesinos que esperaban la gran reforma agraria que se les había prometido. Lvov, que era un gran terrateniente, quería permitir que la gente como él hiciera lo que gustase con sus propiedades. Podía tolerar la autonomía para Ucrania, pero no la prohibición de los derechos de propiedad de la tierra.[6] Tsereteli aseguró a los dirigentes de los sóviets que el Gobierno provisional podría continuar con o sin Lvov.[7]
Sin embargo, la peligrosa situación en las calles de la capital ya no podía ser ignorada cuando el líder bolchevique Stalin irrumpió en la reunión y reveló que el Comité Central de su partido y la Conferencia Municipal de Petrogrado acababan de comunicar a los ametralladores que el partido estaba en contra de la manifestación. Tsereteli sabía que eso no significaba que la manifestación no fuera a celebrarse. Existía la creencia de que los dirigentes bolcheviques simplemente estaban posicionándose para aprovechar la violencia cuando se produjera. La tensión aumentó en el palacio Táuride.[8] Los disturbios se sucedieron en varios distritos de la capital hasta bien entrada la noche. Sin embargo, Tsereteli confiaba en que los problemas amainarían. Las tropas del frente habían enviado mensajes de apoyo y pedido una campaña de propaganda contra los bolcheviques para calmar las aguas revueltas.
Al día siguiente, en respuesta a la convocatoria original de la Organización Militar Bolchevique, llegaron marineros de Kronstadt, armados y dispuestos a ejercer de enlace con los ametralladores y obreros de la capital para desestabilizar al Gobierno provisional.
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Esto acentuó la preocupación de algunos dirigentes del partido bolchevique. En Pravda apareció un artículo de Kámenev y Zinóviev pidiendo que se abandonara la marcha. El artículo fue retirado de la primera página y no se publicó nada en su lugar. El espacio en blanco denotaba las tensiones en la dirección. Stalin trató de encontrar una solución intermedia escribiendo un llamamiento para que la manifestación siguiera adelante de forma pacífica.[9] Durante toda la mañana, la Organización Militar, cuyos líderes querían una manifestación armada, se puso en contacto con los manifestantes. La idea era dirigirse al palacio Táuride tras detenerse en el cuartel general bolchevique de la mansión Krasinskaya (que los bolcheviques habían confiscado a Matilda Krasinskaya, examante de Nicolás II antes de su matrimonio con Alejandra). El Comité Central no logró calmar los ánimos. Muchos manifestantes llevaban armas y aún esperaban convertir el acto en una rebelión violenta si las circunstancias eran favorables. El líder bolchevique de Kronstadt, Fíodor Raskólnikov, se mezcló con los marineros. Al igual que ellos, esperaba encontrar una resistencia violenta en las calles. Ante la presión del Comité Central, Raskólnikov accedió a moderar sus intenciones. Más tarde lo recordaba todo con una sonrisa: «Contener a las masas en una acción directa no organizada era algo que comparábamos jocosamente con el papel de los bomberos. Hay que reconocer que no era el papel más agradable, pero en aquel momento era absolutamente necesario».[10]
El Comité Ejecutivo Central del Sóviet, en previsión de la violencia bolchevique, recabó el apoyo de las guarniciones de Petrogrado. Kerenski, el ministro de Guerra, y los comandantes del ejército de la capital acordaron las medidas prácticas necesarias, incluido un anillo defensivo alrededor del palacio Táuride. Se pidió a los hospitales que estuvieran disponibles y se cerraron las instituciones y los locales comerciales de la zona centro.
A primera hora, un emisario del Comité Central Bolchevique había tomado un tren en la estación Finliandski para decirle a Lenin que pusiera fin a sus vacaciones. Este volvió a toda prisa a la capital, y lo que vio cerca del cuartel general bolchevique confirmó su idea de que la manifestación política sería un desastre.[11] Llegó a tiempo para ver a los manifestantes
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que se habían detenido frente a la mansión Krasinskaya. Al parecer, les dijo a los dirigentes de la Organización Militar que se merecían una paliza por crear semejante situación. Cuando apareció en un balcón de la mansión, fue aplaudido por la multitud que se agolpaba debajo. En su breve discurso intentó contener el entusiasmo por la sublevación, pero los manifestantes no escucharon o no les gustó lo que oyeron. En lugar de eso, se dirigieron a la avenida Nevski, donde los marineros irrumpieron en tiendas y bloques de viviendas e intercambiaron disparos con los soldados leales a las autoridades. Estaba claro que el Gobierno provisional podía disponer de una fuerza militar superior y los combates cesaron al caer la noche.[12]
Hubo un momento peligroso a media tarde, cuando el ministro de Agricultura, Chernov, apareció frente al palacio Táuride para explicar la situación política a los marineros allí congregados. Chernov se mostró satisfecho por el éxodo de los kadetes del gabinete: «No lamentamos su marcha. Tenemos el camino despejado». La multitud no se dejó convencer y los marineros gritaron: «Entonces, ¿por qué os sentasteis en el mismo Gobierno que ellos?». Cuando Chernov se dio la vuelta para volver al edificio, lo metieron en una limusina y se temió que le pegaran o asesinaran. El suceso fue comunicado rápidamente al Comité Ejecutivo Central, que se encontraba dentro del edificio. Los mencheviques y los socialrevolucionarios intuyeron que no serviría de nada enviar a otro de los suyos a intervenir, y Chjeidze pidió a Trotski, que estaba presente en el debate del Comité Ejecutivo, que hablara con los marineros antes de que fuese demasiado tarde. Trotski se apresuró a salir. Sabiendo que contaba con la confianza de los marineros como enemigo del Gobierno, dijo: «¡Que levante la mano quien esté a favor del uso de la fuerza!». Nadie se movió y Trotski consiguió la liberación del ministro cautivo. Luego indicó a Chernov que abandonara la escena tras dirigirle unas palabras de amistosa hostilidad: «¡Ciudadano Chernov, eres libre!».[13]
En el palacio Táuride, Tsereteli se mostró contrario a ceder ni un ápice ante los responsables del desorden y el derramamiento de sangre en la capital, pero la opinión mayoritaria en la dirección del sóviet era favorable a limitar la política a un mero cambio en la composición del gabinete de coalición.[14]
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Los bolcheviques habían fomentado un confuso levantamiento que se dio a conocer como «las jornadas de julio» y terminó antes de empezar. Por mucho que lo intentara, Lenin no podía eludir su parte de culpa. En un artículo de Pravda publicado esa mañana, pedía inequívocamente que el poder pasara a los sóviets y argumentaba que la democracia no se afianzaría en Rusia hasta que eso ocurriera.[15] Ni él ni otros miembros del Comité Central Bolchevique explicaron nunca sus razones para contenerse. Lenin no podía ignorar que los sóviets antigubernamentales eran demasiado pocos y que los bolcheviques seguían siendo una fuerza política minoritaria dentro de ellos. También sabía que el gabinete y el Comité Ejecutivo del Sóviet aún podían reunir unidades militares leales. Además, no se había formado ningún centro de mando para un levantamiento y no existía ningún plan operativo, aparte de avanzar hacia el palacio Táuride. Comparada con el Comité Provisional de la Duma en los días de la Revolución de Febrero, la Organización Militar Bolchevique era caótica y carecía de estructura clara y de planificación operativa. Algunos bolcheviques hablaban mucho, pero sin un liderazgo definido huían en cuanto se producían los primeros disparos. No pasaron la prueba de aspirantes a insurrectos.
El 5 de julio, algunos periódicos de Petrogrado publicaron material suministrado por Pável Perevérzev, el ministro de Justicia, sobre cómo las subvenciones alemanas habían financiado al Comité Central Bolchevique. Perevérzev quería preparar a la opinión pública para las detenciones masivas que pretendía realizar entre la jerarquía bolchevique.
Sin embargo, la prensa alertó inadvertidamente a los bolcheviques susceptibles de ser arrestados, y el Gobierno provisional perdió la oportunidad de cogerlos desprevenidos. Karl Radek, identificado como el intermediario para la recepción de los fondos alemanes, huyó a Estocolmo.
[16] Lenin se refugió con amigos bolcheviques en Petrogrado antes de emprender el camino de vuelta hacia el pueblo septentrional de Razliv, cerca de la frontera ruso-finlandesa. Un día se enterró en un pajar para escapar del registro de los soldados y decidió buscar refugio en Finlandia, de modo que se puso un disfraz que incluía una teatral peluca y una máscara adhesiva y tomó varios trenes hacia Helsinki. Grigori Zinóviev, que lo había acompañado en Razliv, regresó en secreto a Petrogrado y se
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escondió con militantes bolcheviques antes de ser descubiertos y detenidos. Lev Kámenev, Aleksandra Kolontái, Fiódor Raskólnikov y docenas de instigadores del desorden público también fueron arrestados. Lev Trotski se ofreció quijotescamente para ser detenido y su proposición fue aceptada.
Las pruebas de la complicidad bolchevique con las autoridades estatales alemanas eran sólidas pero no concluyentes, sobre todo porque Lenin había ocultado muchas de las huellas. Teréshchenko y Nekrasov pidieron más tiempo para completar la investigación. El movimiento prematuro de Perevérzev había reducido las posibilidades de un juicio exitoso, incluso si se atrapaba a los fugitivos. Aunque los principales bolcheviques habían fomentado las protestas en las calles de Petrogrado, pocos habían llamado abiertamente a la insurrección. Pero el Gobierno tenía que hacer algo, y el 6 de julio Lvov firmó un decreto para llevar a los culpables de disturbios armados ante los tribunales por «traición a la patria y traición a la Revolución».[17] Fue prácticamente su última medida como primer ministro. Tsereteli y Skóbelev llevaban días presionándolo para que aplicara reformas que mejoraran los intereses de obreros y campesinos. También pidieron una iniciativa rusa para celebrar una conferencia con los aliados occidentales sobre los objetivos de la guerra. Lvov les dijo que prefería dimitir antes que aceptar eso y decidió abandonar el cargo de primer ministro.[18]
El 7 de julio anunció su marcha y poco después confesó: «En esencia, dimití porque ya no me quedaba nada por hacer. Para salvar la situación era necesario disolver los sóviets y disparar contra el pueblo. Yo no podía hacerlo, pero Kerenski sí».[19] Kerenski era una elección tan obvia para el cargo de primer ministro que nadie se molestó en documentar su nombramiento. No tenía parangón en cuanto a fama y dinamismo, y había mantenido sus vínculos vitales con los partidos socialistas.
Pretendía dirigir el gabinete con un estilo más presidencial que el modesto Lvov. Con esto en mente, amplió su equipo administrativo.[20] En política no ocultaba las dificultades militares que se avecinaban, pero insistió en que Rusia aún podía luchar hasta la victoria. Prometió expandir el autogobierno local y frenar la debacle económica. En materia de industria, se comprometió a reforzar las cámaras de arbitraje y a
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proporcionar seguridad social a todos los trabajadores. Elogiando la labor de los comités de la tierra, aseguró al campesinado que se estaba haciendo todo lo posible para preparar el «traspaso de la tierra a manos de quienes la trabajan».[21] También se introdujeron nuevas y duras medidas. El 9 de julio creó la Comisión Especial de Investigación para informar sobre los recientes altercados en Petrogrado.[22] Dos días después, logró que el gabinete aceptara reinstaurar la pena capital en el frente. Se crearon «tribunales militares revolucionarios», cada uno de los cuales consistía en tres oficiales y otros tantos soldados.[23] Días después, los ministros de Guerra e Interior recibieron poderes para cerrar los periódicos que a su juicio estuvieran provocando desobediencia en las fuerzas armadas.[24]
Se tardó varios días en reclutar un nuevo gabinete completo. Inicialmente, Tsereteli aceptó suceder a Gueorgui Lvov en el Ministerio del Interior. Los demás ministros socialistas, incluido Chernov en el Ministerio de Agricultura, también permanecieron en sus puestos, y Kerenski se alegró de la decisión de su amigo Nekrasov de dimitir del partido de los kadetes antes que abandonarlo a él en un momento de emergencia. Teréshchenko y Vladímir Lvov también se quedaron. Pero Kerenski aún esperaba sacar a los principales kadetes de su cuarentena política autoimpuesta. Cuanto más amplia fuera la coalición, mejor. Chernov se enfadó al descubrir que su política de reforma agraria había desaparecido del programa de la nueva coalición que Kerenski anunció al país. Tsereteli también expresó su inquietud. Pero el entusiasmo de Kerenski seguía intacto. Confiaba en que la mayoría de la población de Rusia y las regiones periféricas se sentiría aliviada por el cese de los disturbios en Petrogrado. Hasta julio, el campesino Aleksandr Zamáraev, siempre bien informado, no había prestado atención a los bolcheviques. En junio de 1917, leyó las noticias y quedó horrorizado por la violencia en Petrogrado: «Las cosas no van nada bien en Rusia. Ha aparecido el repugnante partido de los bolcheviques, que pretende destruirlo todo y no reconoce nada [de valor]».[25]
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La revuelta de Kornílov: Kerenski y el
aplastamiento del golpe militar
La política del gabinete enfureció a los kadetes y a todos aquellos situados a su derecha política. Miliukov arengó a los ministros en el periódico Rech por no querer enfrentarse a los sóviets y a sus exigencias. Pero los kadetes habían perdido a sus amigos en el alto mando al abandonar el gabinete en un momento en que las fuerzas armadas estaban librando una campaña desesperada en el frente oriental. No serían perdonados rápidamente. Las perspectivas del liberalismo político se fueron ensombreciendo a medida que se acercaba el otoño.[1]
La llama del monarquismo apenas parpadeaba, salvo en las mentes de unos pocos incondicionales que conspiraban para liberar a Nicolás y su familia del cautiverio. Más tarde, el 14 de agosto, Kerenski trasladaría a los Románov a Tobolsk, en Siberia occidental. No lo hizo porque hubiera planes de rescate, sino porque temía que una multitud de trabajadores rebeldes irrumpiera en el palacio de Alejandro y les causara daños físicos. Nikita Okunev sentía lástima por el antiguo emperador y preguntó por qué no se le permitía exiliarse al extranjero. Okunev escribió que no era el único que lo había planteado.[2] El problema para las antiguas organizaciones de derechas era que el Gobierno y los sóviets habían cerrado sus imprentas y periódicos en marzo. Vladímir Purishkévich no podía sacar a la Unión del Pueblo Ruso a la calle. Su única esperanza —al igual que la de los octubristas y los kadetes— era que la cúpula del ejército
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depusiera al gabinete. Purishkévich sondeó discretamente la opinión de los generales. El jefe del Estado Mayor de Brusilov, Antón Denikin, rechazó la invitación a participar en cualquier conspiración.[3] Guchkov, el exministro de Guerra, y el industrial Putilov se negaban a capitular y reunieron fondos de bancos y compañías de seguros para organizar la propaganda en todo el frente oriental.[4]
Kerenski no estaba al tanto de ese revuelo cuando el 16 de julio de 1917 asistió con Teréshchenko, el ministro de Asuntos Exteriores, a una conferencia de guerra en Maguilov. Las cosas empezaron mal cuando Brusilov no se reunió con Kerenski a su llegada. Este se molestó lo suficiente como para quedarse en el vagón del tren hasta que apareció Brusilov.[5] En la conferencia, en la que participó buena parte de la cúpula militar, persistió un tono rencoroso. El general Denikin expuso las dificultades a las que se enfrentaban los mandos en combate y con un gabinete que no sabía nada de la vida militar. Calificó a los bolcheviques de «meros gusanos inmundos que se han introducido en los abscesos del organismo del ejército». Cuando culpó al propio Kerenski, incluso Brusilov pensó que había ido demasiado lejos.[6] Pero Denikin sabía que hablaba en nombre de los comandantes allí presentes. Sus exigencias eran compartidas por todos ellos. Había que abolir los comités de soldados y los comisarios. Había que dejar de lado las órdenes revolucionarias y restablecer la pena capital. Mirando fijamente a Kerenski, Denikin exclamó: «Pero tú… ¡Tú has pisoteado nuestras banderas en el barro!».[7]
Kerenski sorprendió a todos poniéndose en pie y estrechando la mano a Denikin: «Gracias, general, por sus valientes y sinceras palabras».[8] El magnánimo gesto calmó el ambiente en torno a la mesa antes de que Kerenski explicara que tenía sus propias quejas que formular. Acusó a los comandantes de no haber presionado para que se llevaran a cabo las reformas militares necesarias durante el mandato de Nicolás II, y de haber prestado un apoyo inadecuado al Gobierno provisional. Se leyó en voz alta un telegrama de Kornílov en el que hacía más o menos las mismas peticiones que Denikin y pedía una purga de los comandantes que no mostraban compromiso con la victoria sobre las Potencias Centrales.[9] Brusilov parecía abatido y no dijo gran cosa: estaba «irreconocible» con respecto al general combativo que había sido antaño.[10] Kerenski llegó a la
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conclusión de que tenía que sustituirlo por un nuevo comandante en jefe supremo, y Kornílov parecía encajar en el puesto. El 19 de julio, tras regresar a Petrogrado, Kerenski confirmó su ascenso.[11]
Kornílov era de origen humilde y en una ocasión le dijo a Aleksandr Guchkov que era demasiado burzhui para dirigir el Ministerio de Guerra.
[12] Su origen étnico probablemente era una mezcla de cosaco del Don, polaco y calmuco de Altái. Cuando ingresó en la escuela militar de Omsk, en el centro de Siberia, era considerado un soldado con mucho potencial. Después de formarse en la Escuela de Artillería Mijaílovski de San Petersburgo, Kornílov participó en misiones de espionaje en Turquestán, Persia y Afganistán y aprendió varios idiomas asiáticos. Tras luchar en la batalla de Mukden en 1905, durante la guerra ruso-japonesa, fue nombrado coronel y agregado militar en China. En la Gran Guerra llegó a general de división. En 1915 fue capturado por las fuerzas austriacas. Fingiendo estar enfermo, logró escapar a través de Rumanía y llegar a Rusia. Fue reincorporado al Ejército Imperial en el sector suroccidental a las órdenes de Brusilov, donde adquirió fama de desobedecer y de malgastar las vidas de sus hombres. Kornílov celebró la caída de los Románov. Se había hecho cargo de su confinamiento inicial en el palacio de Alejandro e hizo un llamamiento a los «soldados del ejército popular y ciudadanos de una Rusia libre».[13]
Kerenski aseguró a los aliados occidentales que la reciente derrota en el frente oriental no se interpondría en el camino de Rusia hacia la victoria.
[14] Sabía que la fe en la capacidad militar rusa estaba en claro declive en Londres, París y Washington, y su Ministerio de Economía estaba desesperado por conseguir nuevos créditos. Los miembros del gabinete daban muestras de confianza, garantizando a los embajadores aliados el espíritu combativo de las fuerzas armadas rusas.
A Kerenski le seguía costando formar un gabinete completo y atraer de nuevo a los kadetes a los puestos ministeriales. El 20 de julio, cuando volvieron a exigirle que hiciera concesiones políticas, anunció su dimisión del cargo de primer ministro y se marchó a la campiña finlandesa.[15] Los kadetes siguieron manteniendo las distancias. El sentido del deber de Kerenski le hizo volver e intentar crear un gabinete de voluntarios. Tsereteli sentía la necesidad de renunciar a su ministerio para trabajar en
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los sóviets, donde podría reforzar el apoyo a la coalición gubernamental de la que ya no sería miembro. La formación se completó el 23 de julio. En el gabinete entraron miembros de partidos socialistas menores, que se unieron a los ministros socialistas Chernov y Skóbelev. Para Kerenski fue un alivio poder conservar a algunos miembros liberales clave que eran sus confidentes: Teréshchenko, Konoválov, Nekrasov y Vladímir Lvov.[16]
Kerenski dominaba todos los debates gubernamentales y sus ministros evitaban contradecirle en las reuniones.[17] Nadie llamaba a un amigo por su nombre: tenía que ser «señor ministro», y quien se marchaba sin permiso recibía una reprimenda. Era el gabinete de Kerenski y esperaba que sus miembros trabajaran, como él, a toda máquina. Hubo cambios de personal a medida que los ministros dimitían o perdían su aprobación. En agosto, incluso a los habituales les era difícil reconocer a todos los ocupantes de la sala.[18] La carga de trabajo de Kerenski era abrumadora, ya que alternaba entre Petrogrado y el frente a pesar de no ser ya ministro de Guerra. Los viceprimer ministros presidían el gabinete en su ausencia, pero rara vez emprendían iniciativas de relevancia.
El Gobierno mantuvo casi todas sus políticas anteriores. El partido de los kadetes predecía un fiasco, argumentando que los giros a la derecha eran esenciales, mientras que los bolcheviques acusaban a Kerenski de traicionar a la revolución. Un cambio que molestó a todos los socialistas fue la decisión de reinstaurar la pena capital en el frente. Kerenski había cedido a las presiones de Kornílov a pesar de que ninguno de los dos tenía ni idea de cómo conseguir que alguien llevara a cabo las ejecuciones. Semanas después, Kerenski insinuó que, de hecho, siempre se negaría a firmar una sentencia de muerte.[19] Kornílov no veía ninguna esperanza para el país hasta que también se aplicaran restricciones a los sóviets. Él y Kerenski acordaron un plan para traer tropas experimentadas del frente a la capital a fin de mantener el orden. Las guarniciones de Petrogrado no servían para tal propósito, ya que sus soldados eran una parte importante del problema.
La postura de Kornílov era popular entre los detractores del Gobierno, tanto liberales como de derechas, y empezaba a verse a sí mismo como el salvador de Rusia. Llegó tarde a la Conferencia Estatal de Moscú a mediados de agosto e hizo esperar deliberadamente a Kerenski. Había
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asegurado de antemano a Kerenski que su discurso no perjudicaría en nada al Gobierno. Aun así, fue recibido por aquellos que anhelaban mano dura y estaban desesperados con Kerenski y su camarilla gobernante. En el Congreso Panruso de Comercio e Industria, celebrado en Moscú ese mismo mes, los grandes empresarios expresaron su furia por la incapacidad del Gobierno para proteger la producción y el comercio. Pável Riabushinski, un millonario del sector bancario y textil, repasó lo que consideraba el «camino destructivo» que habían seguido las reformas sociales desde febrero de 1917 y lamentó que la «clase comercial e industrial» no tuviera capacidad para influir en los ministros. La catástrofe, declaró, era inminente: «Pero, desgraciadamente, hará falta la mano huesuda del hambre y la miseria de la gente para agarrar del cuello a los falsos amigos del pueblo —los miembros de diversos comités y sóviets— y que entren en razón».[20] Riabushinski creía que solo la ausencia de comida en la mesa escarmentaría a los socialistas de los sóviets que veían a la burguesía como su enemigo irreconciliable.
El ministro de Economía, Nikolái Nekrasov, estaba igualmente abatido. En agosto de 1917 hizo públicas sus preocupaciones. Aunque el Gobierno provisional había heredado un déficit de 15 000 millones de rublos en el presupuesto estatal, desde marzo de 1917 se había producido una caída de los ingresos a consecuencia de la negativa generalizada a pagar impuestos. El ministerio había hecho frente a esa situación imprimiendo rublos de forma cada vez más enérgica, lo que, como era de esperar, había avivado la inflación. Nekrasov no veía otra alternativa para el gabinete que aplicar impuestos indirectos a los bienes de consumo, cosa que sabía que resultaría enormemente impopular.[21] Hubo que crear una nueva serie de billetes, que rápidamente se dieron a conocer como kerenki, en honor al ministro-presidente, para hacer frente a la necesidad de una mayor masa monetaria. La ciudadanía rusa reaccionó con suspicacia. Confiaban poco en los nuevos billetes y se aferraban a los antiguos siempre que podían.[22]
El 23 de agosto, Riga cayó en manos de los alemanes tras cuatro días de combates.[23] Se dio prioridad a un repliegue organizado, seguido del trazado de nuevas líneas de defensa. El destino de Petrogrado pendía de un hilo, como había advertido Kornílov en la Conferencia Estatal de Moscú.
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La noticia deprimió a Zamáraev: «Nuestras gloriosas fuerzas han entregado Riga […] Oficiales valientes y honrados mueren por centenares mientras los soldados, cobardes canallas que son la vergüenza de Rusia, huyen por millares».[24] «Todo va de mal en peor», añadía con tristeza.[25]
El 26 de agosto, Vladímir Lvov llegó a la capital para informar sobre la situación en el cuartel general. El antiguo procurador jefe, que era único por ser confidente tanto de Kerenski como de Kornílov, había sufrido recientemente un deterioro mental. Hablando con Kerenski, hizo la sensacional afirmación de que Kornílov estaba maquinando una toma del poder.[26] Kerenski organizó que Lvov y él mismo conversaran con Kornílov mediante el aparato Hughes, un dispositivo que permitía el intercambio de mensajes mecanografiados en directo. Lvov llegó tarde y Kerenski pudo hacerse pasar por él durante la primera parte de la conversación. Pidió a Kornílov que confirmara su compromiso de llevar a cabo su plan. Kornílov supuso que Lvov se refería simplemente a las medidas acordadas para acabar con el desorden político en la capital, por lo que respondió afirmativamente. A Kerenski, en cambio, le pareció que Kornílov había corroborado su intención de derrocar al gabinete. Los ministros se enteraron por Kerenski de que Kornílov estaba tramando establecer una dictadura militar.[27]
Kerenski revocó rápidamente la orden de que Kornílov enviara tropas de primera línea a Petrogrado. Kornílov llegó a la conclusión de que si Kerenski ya no tenía intención de restablecer el orden metropolitano, no era apto para encabezar el Gobierno. Así fue como Kornílov decidió llevar a cabo el mismo golpe que Kerenski le había acusado de tramar. El 28 de agosto, Kornílov emitió un apasionado llamamiento general en el que condenaba al Gobierno provisional por su debilidad e indecisión. Declaró que las puertas de Petrogrado y Moscú se estaban abriendo a los alemanes y que la existencia misma del pueblo ruso estaba en peligro, y preparó a sus tropas para avanzar sobre la capital.[28]
El 30 de agosto de 1917, Kerenski se autoproclamó comandante en jefe supremo y volvió a nombrar a Alekséyev jefe del Estado Mayor. Los «agitadores» socialistas se montaban en los trenes que transportaban a las unidades del ejército con destino a Petrogrado. Fue fácil convencer a las tropas del frente para que desobedecieran a Kornílov. El Consejo de la
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Iglesia ortodoxa rusa se negó a apoyarle y prefirió intentar mediar entre ambas partes.[29] Kornílov detuvo su avance. Kerenski ordenó su arresto y la creación de una comisión oficial de investigación.[30] Kornílov fue trasladado a la prisión de Bíjov, cerca de Maguilov.[31] Kerenski lo trató con cierto respeto y permitió una doble guardia formada por unidades leales al Gobierno provisional y la escolta turcomana personal de Kornílov.[32]
Los mencheviques y los socialrevolucionarios estaban horrorizados por el hecho de que los kadetes claramente habían deseado lo mejor a Kornílov, aunque no hicieran nada para ayudarle. La confusión política también tuvo el efecto de reforzar la causa del bolchevismo. Trotski, convencido por Lenin, se unió al partido bolchevique tras decidir que estaba de acuerdo con él en las cuestiones políticas urgentes. Fue elegido miembro de su Comité Central cuando aún se hallaba detenido en la prisión de Kresti. Los bolcheviques habían proporcionado a muchos de los militantes que convencieron a las tropas del Ejército Especial de Kornílov para que desistieran de su avance sobre Petrogrado, ayudando así a evitar el golpe militar. Habían advertido en repetidas ocasiones que no se debía confiar en el primer ministro Kerenski y el peligroso desastre del «asunto Kornílov» parecía darles la razón.
Kerenski era consciente de que tenía que hacer concesiones y aceptó la liberación de los dirigentes bolcheviques encarcelados. El 2 de septiembre, Trotski, Zinóviev y otros salieron de la prisión de Kresti entre aplausos. El poeta Aleksandr Blok intentó dar sentido al devenir de los acontecimientos y ridiculizó a Kornílov tanto por su ineptitud como por sus políticas. En opinión de Blok, un golpe militar solo podía prosperar si sus líderes se ponían «guantes de erizo», una metáfora rusa de la represión brutal.[33] No sabía que, en breve, otros se enfundarían esos guantes y ascenderían al poder sobre charcos de sangre.
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Las reivindicaciones de las naciones: Los
retos nacionales y los esfuerzos del
gabinete por llegar a un acuerdo
En toda Rusia, la descomposición política y administrativa se encontraba en una fase avanzada y con pocas esperanzas de marcha atrás. La jerarquía vertical de autoridad había desaparecido, y ciertos grupos nacionales y étnicos empezaban a aprovechar su oportunidad para exigir al Gobierno concesiones que antes de marzo de 1917 habrían sido impensables.
El primer gabinete de Lvov había prometido que Polonia tendría su independencia al final de la guerra y se creó la Comisión de Liquidación para planificarla.[1] En junio de 1917 se suprimió el cargo de gobernador general del reino de Polonia. Llevaba más de dos años sin actuar y el gabinete quería demostrar que las intenciones rusas eran sinceras. Los prisioneros de guerra polacos fueron liberados.[2] Pero los ministros, tanto liberales como socialistas, coincidían en el objetivo de evitar nuevas
pérdidas territoriales. Lituania y gran parte de Letonia —ambas divididas en provincias del Imperio ruso— habían caído bajo la ocupación alemana. Los políticos lituanos solicitaron a las autoridades militares alemanas el derecho a elegir una asamblea nacional. Mientras tanto, destacados lituanos afincados en Rusia y Ucrania elaboraron planes para que su país fuera reconocido como «Estado soberano» en caso de victoria aliada, e
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indicaron las fronteras del territorio que tenían en mente cuando la independencia fuera una realidad.[3]
El Gobierno provisional se negó a ofrecer a los lituanos lo que se había prometido a los polacos. Los letones y los estonios recibieron la misma respuesta. Cuando se creó el Sóviet de Riga, fueron los bolcheviques quienes salieron a la palestra con sus políticas radicales a favor de la paz, la autodeterminación nacional y la redistribución de la tierra. Los militantes bolcheviques tuvieron éxito entre las tropas letonas y rusas, y el partido bolchevique obtuvo la mayoría en las elecciones municipales antes de la caída de Riga. A mediados de septiembre, los liberales letones se dirigieron a Kerenski con la petición de que aprobara oficialmente la autonomía nacional en los territorios donde los letones eran mayoría. Kerenski les dio veinte minutos para exponer sus argumentos antes de decirles sin rodeos que no podía aceptar sin abrirse a las demandas de todas las nacionalidades de los territorios antaño gobernados por los Románov.[4]
Por el contrario, a principios del mandato de Lvov, en el gabinete se había acordado ampliar los límites de la provincia de Estland de acuerdo con las pretensiones nacionales estonias. Era otra manera de permitir el autogobierno de Estonia sin utilizar palabras como «autonomía». Las diversas provincias bálticas presentaron al Gobierno un conjunto de demandas y los ministros respondieron de forma desigual, con la esperanza de aplazar la resolución definitiva de la «cuestión nacional» hasta la Asamblea constituyente. Incluso la decisión sobre la reforma de la provincia de Estland fue declarada explícitamente provisional.[5] Pero los problemas estallaron a finales de junio, cuando el Comité Ejecutivo del Sóviet de Tallin anunció la destitución del comisario provincial y reivindicó su autoridad sobre la provincia. El Gobierno provisional lo declaró ilegal y exigió la restitución de su comisario y de los órganos de gobierno local elegidos por sufragio universal.[6]
En 1809, Finlandia había sido sometida al dominio de los Románov como Gran Ducado. Tras la revolución de 1905 y 1906, se le permitió tener un Parlamento, pero Stolipin lo clausuró en 1909. El Gobierno provisional intentó ganarse la confianza de los finlandeses apoyando su reapertura. Al mismo tiempo, nombró a su propio gobernador general.[7]
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Las autoridades de Petrogrado sabían que Finlandia aún representaba un peligro para la seguridad rusa y afirmaban que algunos espías seguían cruzando la frontera con Suecia.[8] Cuando Lenin escapó a Finlandia en julio, eludió el arresto porque el servicio de policía finlandés hizo pocos esfuerzos por encontrarlo. De hecho, durante semanas se alojó en un piso perteneciente al jefe de policía de Helsinki, Gustav Rovio.[9] El partido bolchevique y los socialdemócratas finlandeses mantenían relaciones estrechas, y Rovio estaba entre ellos.
En Turquestán, tras la violencia militar de 1916, se aseguró a las comunidades musulmanas que los ministros deseaban la paz interna. Ya no se buscaban reclutas de Asia Central para el frente. En Taskent se publicaron declaraciones oficiales en las que se aseguraba a los creyentes islámicos que el Gobierno no volvería a interferir en sus publicaciones y prácticas. Se anunció una amnistía para quienes habían sido expulsados de Turquestán por las fuerzas del gobernador general Alekséi Kuropatkin.[10] En marzo, este fue destituido y puesto bajo arresto domiciliario, pero el Gobierno sabía que su mera presencia en Turquestán era una amenaza para la estabilidad. Sin embargo, no podían dedicar muchos más recursos administrativos a la región y las dificultades en el transporte y las comunicaciones aumentaron. El Gobierno encomendó al Ministerio del Interior la celebración de elecciones por sufragio universal en tan conflictiva región.[11]
Una mala cosecha había provocado escasez de alimentos y agua, y se recrudecieron las tensiones entre los habitantes rusos y musulmanes. En septiembre, la popularidad de los bolcheviques entre los trabajadores urbanos y las tropas de guarnición iba en aumento. El ambiente político se puso al rojo vivo cuando el Sóviet de Taskent, bajo su influencia, se declaró órgano de gobierno de la ciudad y arrestó al comandante militar. Esto fue tanto un motín como una revolución. El Gobierno provisional denunció la acción del sóviet y, tras enviar un contingente del ejército para imponer el orden, las negociaciones propiciaron el restablecimiento de la calma. Pero las comunidades musulmanas seguían furiosas por la salvaje expedición militar de Kuropatkin el año anterior. Los musulmanes que habían huido a China comenzaron a regresar a la región con la esperanza de recuperar sus tierras y propiedades, y descubrieron que los funcionarios
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rusos locales no eran de gran ayuda. Turquestán estaba sumido en la confusión.[12]
El Gobierno provisional ansiaba aplacar a los creyentes islámicos dondequiera que viviesen. En Georgia, las autoridades habían acusado de traición a toda la minoría adjariana al principio de la guerra. A mediados de junio de 1917, el gabinete revocó la acusación.[13] Los informes sobre el aumento de la disidencia en las comunidades musulmanas de Asia Central, la región del Volga y el norte y el sur del Cáucaso hacían esencial demostrar que nadie en el Gobierno permitiría la discriminación por motivos de fe.
Sin embargo, ninguna región era más problemática para los ministros que Ucrania. La Rada Central de Kiev nunca había tenido buena opinión del alto mando de Maguilov, y la revuelta de Kornílov aumentó la desconfianza de Kiev. Los líderes de la Rada reanudaron su llamamiento a la «ucranización» de las fuerzas armadas en suelo ucraniano. El 11 de septiembre, Kerenski reconoció la necesidad de apaciguar a la opinión pública ucraniana y comunicó al Secretariado Central que ya no se interpondría en el proceso.[14] Pero, aunque en la práctica Ucrania gozaba de una autonomía casi total, muchos miembros y partidarios de la Rada Central querían que se confirmara formalmente la postura. Kerenski insistió en que solo la Asamblea constituyente tendría derecho a hacerlo, pero sabía que la Rada Central gobernaba Ucrania y no interfirió. Las administraciones civiles de Járkov y el Dombás reconocieron la autoridad de Kiev.[15] Aun así, la Rada tuvo problemas para imponer una línea vertical de autoridad. Los sóviets urbanos de Ucrania se mostraban poco dispuestos a someterse a cualquier órgano superior de gobierno, ya fuera en Petrogrado o en Kiev. Esta no era la única dificultad para la Rada. Los agricultores ucranianos, al igual que el resto del campesinado, resolvían los asuntos de sus aldeas y latifundios sin recurrir a organismos externos. La Rada estaba saboreando la comida que se servía a todos los aspirantes a gobernantes del antiguo Imperio ruso.
Además, Ucrania contenía un mosaico de grupos nacionales, étnicos y religiosos. Al margen de los ucranianos, había rusos, cosacos, judíos, polacos, griegos y tártaros, así como prisioneros de guerra de Austria-Hungría. La Rada se esforzaba por lograr la armonía entre todos
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ellos. A mediados de septiembre, los líderes políticos ucranianos organizaron el Congreso de los Pueblos en Kiev y se cursaron invitaciones a grupos de todos los territorios del antiguo imperio. Asistieron estonios, lituanos, letones, buriatos, georgianos, bielorrusos y musulmanes de diversas ramas y lugares de la fe islámica. Los debates se centraron en cómo garantizar una estructura descentralizada de gobierno. La autonomía, y no la secesión, fue el principio general que obtuvo apoyo, y se pensó que la mejor forma de garantizarlo sería mediante algún tipo de federalismo. El congreso defendió la necesidad de asegurar una relación de cooperación con el Gobierno provisional. También subrayó la necesidad de amistad con el pueblo ruso. Al mismo tiempo, apoyó la afirmación de los derechos de la Rada frente a las autoridades de Petrogrado. Se decía que el futuro estaba en una mezcla de intereses locales y centrales.[16]
Los grupos étnicos y religiosos de Ucrania recelaban del nacionalismo ucraniano, y ninguno estaba más nervioso que los judíos. El Gobierno provisional había erradicado la Zona de Asentamiento y proclamado la tolerancia religiosa universal. Los soldados judíos recibieron la agradable sorpresa de que les concedieran un permiso por la Pascua.[17] Pero los judíos de las ciudades ucranianas seguían en guardia a pesar de que casi todos los sóviets advertían de los males del antisemitismo. No hizo falta mucho para que los ucranianos —o los rusos— empezaran a culpar a los «yids» de todo lo que les iba mal en la vida. Muchos clérigos de la Iglesia ortodoxa rusa y de otras confesiones cristianas seguían predicando que los judíos eran los asesinos de Cristo, y el alto mando del ejército y el cuerpo de oficiales conservaban al personal que había cometido violentas tropelías contra ellos. Mientras el Gobierno provisional perdía estima popular, no era raro que rusos y ucranianos murmuraran que Kerenski también era judío, como si eso explicara todos los problemas de la actuación del Gobierno.
Se produjeron incidentes antisemitas violentos, normalmente en el transcurso de disturbios y saqueos en ciudades ucranianas y bielorrusas.
Casi todos los sóviets —Tambov fue una excepción— se esforzaron por reprimir los brotes de antisemitismo.[18] Pero los pogromos iban en aumento y la extrema derecha política se hizo más prominente, acusando a los judíos de codicia y subversión.[19]
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Las relaciones interétnicas eran volátiles y complejas en todo el antiguo imperio. En el sur del Cáucaso persistían rivalidades encarnizadas. Los georgianos detestaban el dominio comercial que ejercían los mercaderes armenios en la capital, Tiflis, que a su vez había sido el mar de los virreyes de los Románov. Los mencheviques georgianos, orgullosos de su nacionalidad, habían dominado la escena política en la revolución de 1905 y retomaron su liderazgo en 1917. El Sóviet de Tiflis promulgó decretos en beneficio de los trabajadores georgianos, y las empresas armenias notaron el impacto de su administración socialista. El menchevismo georgiano mantenía una perspectiva internacionalista. Los mencheviques defendían a los trabajadores pobres y a la nación georgiana, al tiempo que reconocían que el poder ruso proporcionaba a la Georgia cristiana su único refugio seguro contra los otomanos. Los líderes mencheviques pedían la autonomía, no la independencia. Aunque apoyaban la legitimidad del Gobierno provisional, siguieron adelante con su propia revolución en Georgia. Al no estar ya bajo la autoridad de un virrey imperial, disfrutaron de la oportunidad de gobernar en su patria.[20]
Los armenios aún lloraban el genocidio perpetrado contra sus compatriotas en el Imperio otomano. Como la mayoría de los georgianos, difícilmente estarían dispuestos a luchar para que Armenia se separara del Estado multinacional con sede en Petrogrado, pero al mismo tiempo exigían las libertades del autogobierno. Los armenios se autogobernaban con entusiasmo al tiempo que mostraban su aprecio por los gestos conciliadores que el Gobierno provisional había realizado desde su creación. Sabían que solo con la ayuda de Rusia podrían tener alguna esperanza de acabar con las represiones que perpetraban los otomanos en su imperio. En cuanto a los otomanos, seguían teniendo la mirada puesta en Azerbaiyán y los yacimientos petrolíferos que la Compañía Nobel poseía en Bakú, en la costa del mar Caspio. Los azeríes, que hablaban una variante parecida al turco, tenían una conciencia nacional limitada, y para los partidos rusos el peligro era que se dejaran seducir por los llamamientos de Estambul. Bakú ya era una ciudad de tensiones étnicas, y los azeríes odiaban a la clase comercial armenia.
A finales de septiembre de 1917, el Gobierno provisional había decidido hacer una declaración sobre cómo esperaba calmar los ánimos en
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muchas regiones. Los ministros respaldaron los principios de autodeterminación nacional y garantizaron los derechos de las minorías nacionales y étnicas dentro de cada unidad territorial de administración. Se protegerían las libertades lingüísticas. El gabinete creó para sí un Consejo de las Nacionalidades.[21] Para los partidos socialistas rusos, esto era insuficiente y llegaba demasiado tarde. Los mencheviques pensaban que todas las naciones debían poder formar organizaciones nacionales que promovieran la «autonomía nacional-cultural». Los bolcheviques hicieron campaña para dotar a las naciones de autogobierno en aquellas regiones en las que constituían la mayoría demográfica, e incluso para permitirles separarse si así lo deseaban. Los dos principales partidos marxistas desestimaron sus respectivos planes por carecer de sentido práctico.[22]
Mientras que los mencheviques y los bolcheviques al menos hicieron públicos sus objetivos a largo plazo con respecto a la «cuestión nacional», el anuncio del Gobierno provisional se quedó corto a la hora de ofrecer soluciones concretas sobre los futuros acuerdos en el antiguo imperio. Los grupos nacionales y étnicos estaban perdiendo la paciencia. A medida que las condiciones económicas y sociales empeoraban en sus regiones, veían menos motivos para esperar rescates o mejoras procedentes de Petrogrado. La demanda de autonomía estaba extendiéndose y algunos movimientos nacionales buscaban la secesión total. La ruptura territorial ya no era solo un brillo en los ojos del alto mando alemán.
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Ciudades: Presiones y oportunidades de la
vida urbana
En las grandes ciudades de Rusia habían cambiado muchas cosas durante los meses revolucionarios de 1917. Los miembros de las clases media y alta esperaban que Kornílov restableciera la disciplina tradicional en la sociedad. Tras la detención de Kornílov, el estado de ánimo cayó en picado. Las clases acomodadas, los grandes empresarios y los banqueros no necesitaban que les recordaran lo vulnerables que eran ante el vigor de los trabajadores urbanos y sus sóviets, sindicatos y comités de fábrica.
También se vieron perjudicados por la situación económica. Incluso muchos de los ciudadanos más acomodados tuvieron que recortar gastos y adaptarse al nuevo ambiente cultural y social, en el que su vida de comodidades ya no estaba garantizada. Los ricos tuvieron que aprender a tratar con cuidado a sus sirvientes domésticos. La escritora Raquel Khin-Gol’dovskaya estaba inquieta tras abandonar su piso en Moscú y mudarse a una dacha en el campo. A pesar de mostrarse preocupantemente «conmovida» por la propaganda, su criada de toda la vida, Feklusha, aceptó irse con ella. Además, se llevaron a dos criadas más jóvenes, una cocinera y una contable llamada Sasha. Sin embargo, cuando partieron hacia la dacha, la limusina se averió y tuvieron que pedir un carruaje para llegar a la estación de tren. Sasha regateó el precio. En la estación reinaba el caos y, una vez más, Khin-Gol’dovskaya confió en la enérgica intervención de sus sirvientas para asegurarse los asientos. Empezaba a
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agradecer que se enfrentaran a un nivel de turbulencia para el que su experiencia vital no la había preparado.[1]
Al desaparecer la deferencia hacia las clases sociales superiores, lo único que convencía a muchas criadas, cocineras y jardineros para continuar en el servicio doméstico era saber que había pocos trabajos alternativos. Cuando cerraron las fábricas, no solo los obreros industriales acusaron el desempleo. Los directivos y el personal administrativo también se vieron en la calle, y no disponían de ningún plan de ayuda social.
La anciana madre de Lev Tijómirov pertenecía a la clase alta y ella también quería escapar de la agitación revolucionaria:
Mi madre quiere ir a Novorosíisk [en la costa del mar Negro], pero le resulta imposible porque no consigue billete y el puente de Rostov ha sido arrasado por las aguas. Además, los soldados que abarrotan los ferrocarriles están sembrando el caos en algunos lugares al quitar los asientos a la gente, y se han dado casos de personas que han sido arrojadas del tren.[2]
Las casas de los más ricos de Petrogrado y Moscú habían sido cerradas y abandonadas por propietarios que esperaban volver cuando se disipara la agitación revolucionaria, que aún parecía una fase temporal de la vida rusa. Sin embargo, los pesimistas eran cada vez más numerosos, y algunos ricos intentaron emigrar huyendo hacia el norte, a través de Finlandia, hasta Suecia.[3] La divisa rusa que llevaban consigo había perdido la mitad de su valor entre la Revolución de Febrero y el motín de Kornílov. Muchos viajeros adinerados echaron mano de joyas y objetos pequeños pero caros para complementar sus reservas.[4]
El aristócrata Félix Yusúpov había participado en la conspiración para asesinar a Rasputín y había sido desterrado a la finca familiar de Rakítnoye, en el centro de Rusia. Tal era la abundancia de los Yusúpov que se decía que para visitar todas sus fincas necesitaban dos meses. También poseían una extensa franja de tierras ricas en petróleo junto al mar Caspio. Los acontecimientos de la primavera y el verano de 1917 conmocionaron a Yusúpov, que regresó tres veces a Petrogrado para recuperar al menos parte de las reliquias familiares. En un viaje, arrancó dos de los mejores
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rembrandts de sus marcos, Hombre con sombrero de ala ancha y Dama con abanico, y se los llevó en tren a Crimea. También recogió algunos de los mejores diamantes de los Yusúpov, pero solo llegó hasta Moscú, donde tuvo que dejarlos en el sótano del palacio familiar.[5]
La confianza en el sistema financiero ruso se estaba derrumbando, y algunas de las familias más ricas intentaron transferir fondos a bancos extranjeros, ya fuera porque planeaban huir a otro país o porque creían que los bancos occidentales eran un lugar más seguro para sus fondos. El Ministerio de Hacienda aprobó varias medidas para atajar esa fuga de capitales, que estaba perturbando una economía ya de por sí caótica, y poner a disposición de las autoridades fiscales los activos imponibles del país.[6]
Los estratos medios de la sociedad no tenían la opción de huir. Nikolái Okunev estaba horrorizado por el hundimiento de la ley y el orden, y se tomaba las noticias con una dosis de sarcasmo: «El 11 de mayo “solo” se cometieron dos atracos en Moscú».[7] Okunev tenía que ir a comprar él mismo el periódico, ya que sus criados debían hacer cola para obtener casi todo el resto de productos básicos: leche, pan, tabaco, té, tela y calzado. Necesitaba que le arreglaran los zapatos, pero se negaba a pagar lo que pedía ahora el zapatero local. Podía comprar un par nuevo por setenta rublos, pero no le apetecía hacer cola durante tres días antes de llegar al mostrador. Okunev redujo sus visitas a la barbería para afeitarse semanalmente. Iba a la oficina en tranvía, lo cual no era una experiencia agradable cuando no conseguía asiento y tenía que colgarse de las barandas del fondo. El estado de ánimo de su equipo había cambiado en la oficina. Sus subordinados empezaron a tratarlo como a un burzhui. Un día decidió evitar los comentarios irrespetuosos sentándose a su escritorio y trabajando sin descanso desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde. Todo ello no tardó en deprimirle, y a veces se consolaba saliendo a almorzar dos horas y reconfortándose con vino de Oporto y coñac, algo que estaba prohibido durante el régimen de Nicolás en tiempos de guerra.
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Casi todas las ciudades notaron los efectos perjudiciales de la caída de la producción y los suministros. Aleksandr Zamáraev fue testigo de ello en un viaje a Totma:
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No hay pescado, ni guisantes, ni mijo, ni coles, ni setas, no hay absolutamente nada. El tabaco ahora cuesta veinticuatro rublos el kilo. Los disturbios por hambre son inevitables. Suministran a los comerciantes veinticinco libras de harina al mes. La carne se vende a ciento ochenta kopeks el kilo […] Lo peor es el vandalismo: la gente roba cebollas, colinabos y patatas de los huertos. Al diablo con la guerra. Todos los problemas son consecuencia de ella.[9]
En aquella oscura ciudad mercantil del norte de Rusia, los problemas de la depresión económica, la desorganización social y la guerra tenían el mismo impacto que en la capital, y en el centro y el norte de Rusia no era solo el coste de la vida, sino también la pura falta de disponibilidad de productos básicos lo que causaba tanta angustia. Los puestos urbanos de las regiones del Volga, el Don y Ucrania tenían abundantes productos agrícolas a la venta, pero, incluso allí, la mayoría de los residentes se vieron afectados por la subida vertiginosa del precio de los alimentos.
En el otoño de 1917 se informó de «motines del hambre» en ciudades tan distantes como Astracán, Tambov, Minsk, Bakú, Taskent y Ekaterimburgo. También en otoño hubo un ataque en la tienda Yagodkin de la calle Apraksin, en Petrogrado, cuyos propietarios habían llenado barriles con sus productos para mandarlos a otros lugares. Acudió al lugar una multitud y preguntó qué estaban enviando. Un empleado de la tienda respondió: «¿A vosotros qué os importa?». En ese momento, a uno de los mozos se le resbaló un barril y quedaron al descubierto los alimentos horneados que contenía. Se oyó un grito: «¡Putos estafadores! ¡Están escondiendo comida! ¡Démosles una paliza!». La multitud abrió otros barriles y descubrió dulces, galletas y productos manufacturados. Luego entraron en la tienda y aterrorizaron al personal, y el dueño huyó por miedo a ser linchado. La muchedumbre creció en tamaño y furia, y atacó la cercana tienda Apter. Quince comercios fueron saqueados aquel día.[10]
Las cartillas de racionamiento se habían convertido en una necesidad de vida o muerte para la mayoría de los habitantes de la ciudad. Las dumas, que seguían prestando servicios sociales de manera oficial, utilizaban comités de bloques de viviendas elegidos por los residentes para repartir las tarjetas con fiabilidad. Cuando el censor militar Vladímir
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Sujanin fue trasladado a Petrogrado en agosto, agradeció conseguir una tarjeta que le permitía comprar pan, grasas y azúcar.[11]
Con las empresas comerciales y los organismos gubernamentales paralizados por la escasez y otras dificultades, comerciantes humildes y productores privados llevaban harina, verduras y carne a las ciudades. Cargados con voluminosos sacos en los trenes, se los conocía como meshochniki, o bolseros. Algunos eran campesinos que buscaban un mejor precio para los productos que ellos o sus vecinos habían cultivado. Otros eran habitantes urbanos que veían la oportunidad de conseguir más dinero del que ganaban en una fábrica u oficina. Gran parte de esa actividad era ilegal, ya que los organismos estatales debían tener el monopolio del comercio de cereales. Los bolseros se instalaban en las esquinas y exhibían furtivamente sus mercancías. La gente con suficiente dinero en el bolsillo compraba ávidamente lo que podía, a pesar de que los precios eran más altos que los fijados por el Gobierno. Se extendió la idea de que se acercaba un invierno de hambruna.
Cada vez cerraban más grandes empresas, y a menudo sus propietarios se marchaban con el capital restante. Varias fábricas de armamento cruciales quebraron y pasaron a ser propiedad del Estado para mantener la producción. También aumentaron los cierres patronales. Se trataba de un viejo recurso de los propietarios para obligar a su mano de obra a volver a trabajar. En verano hubo esfuerzos coordinados para aplicar dichas tácticas en los Urales y el Dombás.[12] Incluso en Petrogrado, donde la militancia obrera era más fuerte que en otros lugares, los industriales tomaron medidas firmes al reducir la producción y echar a los trabajadores a la calle. Estos se volvieron más combativos y enarbolaron la consigna del «control obrero» en las fábricas amenazadas de cierre. Los bolcheviques adoptaron la consigna y la hicieron suya. Si los propietarios no podían o no querían mantener sus empresas en funcionamiento, los que sudaban ante sus máquinas y bancos de trabajo anunciaron su intención de adueñarse de ellas.[13]
Los sóviets centralizaron sus actividades en su primer congreso, celebrado en junio de 1917, cuando eligieron un Comité Ejecutivo Central Panruso de Diputados Obreros y Soldados (VTsIK). Los sóviets tuvieron un gran impacto incluso en ciudades sin mucha actividad industrial.
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Ningún sóviet dependía exclusivamente de la mano de obra industrial y las tropas de la guarnición local eran al menos igual de importantes. Las tropas estaban estacionadas en la retaguardia por todo el país y empequeñecían el tamaño del ejército en el frente oriental. Era habitual que un sóviet tuviera una sección de soldados junto a otra formada por trabajadores industriales. Tradicionalmente, las autoridades de una ciudad recurrían al comandante de la guarnición para que dirigiera sus tropas contra los alborotadores locales. En 1917, las tropas a menudo eran el origen de los problemas y apenas había ningún comandante que se atreviera a desobedecer sus deseos.
Los sóviets ofrecían ayuda y aliento a los trabajadores y soldados cuyas perspectivas de vida se habían visto ahogadas bajo el antiguo régimen. Se crearon centros educativos para colmar las lagunas escolares y por las tardes había conferencias sobre asuntos públicos. Se impartían clases de pintura y escritura y se distribuían fondos de ayuda a los pobres y necesitados de las ciudades. Las «víctimas de la revolución», quienes habían sufrido bajo la administración imperial o más recientemente en el levantamiento de marzo, recibían apoyo.[14]
El entusiasmo de los obreros y soldados por los sóviets aumentó en la primavera de 1917 antes de descender en los meses posteriores, a medida que se atenuaba el fervor revolucionario. Pero lo que no decayó fue la voluntad de votar en las elecciones. El proceso era dinámico, ya que cualquier diputado del sóviet podía ser destituido y reemplazado en cualquier momento. Los partidos tenían que estar preparados para justificar sus políticas en reuniones de masas. Era un sistema de democracia directa que operaba en una circunscripción limitada de votantes potenciales. No podía votar nadie que perteneciera a la odiada burzhui, una categoría que abarcaba a las clases media y alta y a cualquiera que fuese considerado partidario suyo. Se hizo una excepción con los miles de líderes y activistas que procedían de los estratos más altos de la sociedad pero se habían identificado con la causa socialista. La democracia soviética mezclaba procedimientos formales con acuerdos informales, y sus votantes vigilaban en qué medida protegían sus intereses los representantes electos.
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Los comités de fábrica y de taller, elegidos en las instalaciones de la empresa, también crecieron en número y confianza. Cuando un sóviet se mostraba reacio a apoyar una reivindicación concreta de los trabajadores, estos podían recurrir al comité de su fábrica o taller. A continuación podía haber una protesta o huelga a fin de presionar al propietario para que llegara a un acuerdo. En las fábricas Putilov había cuarenta y seis comités que funcionaban bajo la tutela de un órgano central presidido por un bolchevique. Los empresarios, que se habían acostumbrado a tratar con los sóviets y sus reivindicaciones, estaban exasperados por la profusión de comités de fábrica y taller, ya que cualquiera tenía la capacidad de paralizar toda la producción en cualquier momento.
Los sindicatos también se expandieron. Con Nicolás, solo podían ser organizaciones locales. El Sindicato Panruso de Ferroviarios fue creado en abril de 1917 y se convirtió en una fuerza política instantánea bajo la dirección de los mencheviques. La amenaza de una huelga ferroviaria que se extendería a todo el sistema de transportes era una poderosa carta de negociación para el Vikzhel, el órgano central del sindicato, cada vez que se oponía a las medidas del Gobierno. El movimiento sindical en su conjunto se reunió en junio en una conferencia organizada en Petrogrado, y afirmaba representar a casi un millón y medio de afiliados pertenecientes a novecientos setenta y seis sindicatos. El número de miembros fue en aumento a finales de verano y durante el otoño.[15] La producción manufacturera siguió cayendo. Aunque contaran con mano de obra, los propietarios de las fábricas de la industria pesada no podían obtener los metales y productos químicos necesarios para mantener la actividad al nivel de 1916.
El futuro de las ciudades rusas era debatido en la prensa y a menudo se celebraba la vida urbana por encima de la vida en el campo. Mencheviques y bolcheviques compartían el deseo de unas instituciones centralizadas con autoridad sobre toda la economía. El menchevique Vladímir Groman, que asesoraba al Sóviet de Petrogrado sobre la política de abastecimiento de alimentos, insistía en que solo un organismo supremo de planificación estatal sería capaz de regenerar la producción, los salarios y la distribución según unos principios justos. Los bolcheviques Vladímir Lenin, Yuri Larin y Nikolái Bujarin estaban de acuerdo, pero, a diferencia de Groman,
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sostenían que nada de ello podría ocurrir hasta que se eliminara totalmente el yugo del capitalismo. Larin hablaba con fanatismo de las deficiencias de la vida rural, y escribió que el objetivo debía ser la «industrialización» y la «urbanización» del campo.[16] No veía ninguna esperanza para el campesinado hasta que los asentamientos agrícolas se gestionaran como fábricas y los agricultores se convirtieran en mano de obra.
Un grupo de escritores y pintores, los futuristas, idealizaban la maquinaria fabril como metáfora fundacional de una sociedad nueva y mejor. Amaban los rascacielos estadounidenses y la torre Eiffel francesa, y disfrutaban con los barcos de vapor, las locomotoras y las limusinas al tiempo que ridiculizaban las virtudes del arado manual, la artesanía y los pueblos. Aseguraban amar a «las masas» y tachaban el individualismo de burgués y retrógrado. Para ellos, la industria y las ciudades modernas, con sus gigantescas instalaciones de fabricación y construcción, eran el único camino deseable para la humanidad.
A los residentes urbanos de a pie no les interesaban esos objetivos intelectuales. La tarea de mantener un empleo y conseguir alimentos y asistencia sanitaria implicaba un arduo trabajo y mucho agotamiento. Mientras que el movimiento por la «democracia» y el «poder popular» mostraba una oleada de idealismo, también cundía la sensación de que no había ninguna alternativa práctica para las personas que se encontraban en los peldaños más bajos de la escala social. Solo una minoría de habitantes de los pueblos y ciudades pertenecía a organizaciones que pudieran ofrecer apoyo. La autoayuda colectiva se convirtió en la norma, y los inquilinos de los bloques de pisos se reunían para programar quién se encargaba de barrer y limpiar. La enfermera británica Florence Farmborough había trabajado para la familia de un médico rico cerca de Kiev antes de la Gran Guerra. Cuando regresaba a casa en el Transiberiano, los víveres escaseaban. En cada parada, los ocupantes de su vagón se apresuraban a sacar una tetera para hervir agua y los aldeanos solían esperar con tartas y pasteles para vender. Los pasajeros varones se turnaban para vigilar el pasillo interior y mantener la estufa encendida.[17]
Como partidaria de la campaña bélica rusa, la enfermera Farmborough no tenía una buena opinión de los bolcheviques, y estaba horrorizada por los avances que estaban logrando en las «organizaciones de masas». El
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Sóviet de Kronstadt fue uno de sus primeros bastiones, y los sóviets de grandes ciudades como Ivánovo-Voznesensk, Ekaterimburgo, Tsaritsin, Minsk y Krasnoyarsk habían estado bajo su control antes de las Jornadas de Julio. En el resto del país siguieron reduciendo las mayorías de la alianza menchevique y socialista revolucionaria. En agosto, su influencia se extendió a toda la región de los Urales y a Járkov, en el este de Ucrania. En Petrogrado empezaron a sacudirse la vergüenza generalizada de las Jornadas de Julio y ganaron una mayor presencia.[18] Cuando Kornílov emprendió el camino de la rebelión, su único éxito fue despejar el terreno para un avance político bolchevique. Los mencheviques y los socialrevolucionarios quedaron manchados por su apoyo a un Gobierno incapaz de resolver los problemas que afectaban a los votantes en los sóviets. El ala izquierda del menchevismo, dominada por Yuli Mártov, no ocultaba su aversión por la política oficial del partido, y los socialrevolucionarios estaban desgarrados por ruidosas disputas. En septiembre, los bolcheviques —y no solo los impacientes aspirantes a líderes revolucionarios como Lenin— se preguntaban cómo aprovechar mejor el cambio de la situación urbana.
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Pueblos: Los campesinos toman el control
En 1917, por primera vez en la Gran Guerra, la superficie de tierra dedicada al cultivo de alimentos dejó de disminuir, e incluso es posible que aumentara ligeramente.[1] Aun así, la cosecha de cereales se redujo en torno a un 13 por ciento con respecto a los años anteriores al conflicto. Siberia era la única región que producía trigo y carne en mayores cantidades, posiblemente porque allí la propiedad privada de la tierra era la norma y los enfrentamientos entre el campesinado y la alta burguesía escaseaban.[2] En otros lugares, los graneros no estaban tan llenos como en tiempos de paz, lo que en circunstancias normales habría tenido un grave impacto en la capacidad del país para alimentarse, pero, perversamente, el bloqueo de las fuerzas alemanas, austrohúngaras y otomanas significaba que casi todo el grano cosechado iba a quedarse en el país en lugar de exportarse. El problema no era el volumen de la cosecha, sino la firme reticencia de los productores a entregar sus existencias a las autoridades. Los ministros persistieron en sus esfuerzos por imponer el control estatal y tomaron medidas para elaborar un estudio detallado de las explotaciones cerealistas de cada provincia. El Gobierno intentaba ser justo a la hora de fijar las cuotas de entrega de cereales.
Pero esas inspecciones molestaban a los productores locales y la confianza rural en el Gobierno provisional se vino abajo. Los campesinos querían las tierras que cultivaban para la alta burguesía y estaban cada vez más dispuestos a utilizar la fuerza para obtenerlas. También exigían
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libertad para comerciar sin interferencias gubernamentales. El orden rural de la autoridad oficial nunca había sido tan frágil.
Los campesinos pudieron animarse con algunos decretos e instrucciones procedentes de Petrogrado. A mediados de julio de 1917, Chernov, el ministro de Agricultura, dio una «instrucción» a los comités de tierras reforzando su derecho de autoridad sobre los campos que la nobleza había dejado sin trabajar. En el nivel de distrito (volost), permitió a los comités arrendar esas tierras al campesinado local a una tasa que se acordaría previa consulta entre los comités y los campesinos. Las disputas debían trasladarse a instancias más elevadas del sistema de comités de tierras.[3] No se consultó a los terratenientes de la nobleza ni se les ofrecieron compensaciones económicas. El objetivo del Gobierno era ampliar la superficie cultivada y asegurar el suministro de alimentos, pero muchos campesinos creían que Chernov simplemente había refrendado su derecho a apoderarse de los campos que siempre habían codiciado.[4] Otras órdenes de Chernov prohibían parcialmente la venta de tierras para evitar que los terratenientes de la alta burguesía obtuvieran beneficios de las propiedades que se esperaba que la Asamblea constituyente transfiriera al campesinado. Asimismo, Chernov se oponía a la reforma agraria de Stolipin, que animaba a los campesinos a separarse de la comuna.[5]
Pero el descontento y el malestar de los campesinos había cobrado impulso propio y venía produciéndose desde meses antes de las iniciativas de Chernov. La situación era tensa en las regiones agrícolas más ricas, donde el «hambre de tierras» siempre había sido considerable, como en la región de Tierras Negras Central situada inmediatamente al sur de Moscú, la región central del Volga y las provincias de Ucrania que se extendían al oeste del río Dniéper, donde se cultivaba trigo y remolacha en las grandes fincas agrícolas modernas.[6] Los disturbios, o la amenaza de que se produjesen, eran habituales allí donde el campesinado se topaba con resistencia, pero no eran omnipresentes. En el norte de Rusia y el oeste de Siberia había pocos terratenientes de la nobleza, y solo se registraron siete disturbios campesinos en la provincia de Vólogda entre la Revolución de Febrero y finales de octubre de 1917. Los campesinos como Zamáraev seguían haciendo su vida sin el conflicto desatado en las regiones con mucha hambre de tierras o resentimiento.[7]
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Muchos de los disturbios más violentos fueron fomentados por soldados que habían desertado del frente.[8] En agosto de 1917, en la provincia de Tambov, Dimitri, el difunto hermano del príncipe Borís Viazemski, se había granjeado el odio de los campesinos de la finca familiar de Lotarevo por su severo castigo a los rebeldes en la revolución de 1905 y 1906. Las tierras y propiedades de los Viazemski ya habían sido atacadas en la primavera de 1917. Borís, un liberal político, pidió ayuda a las autoridades de Petrogrado para calmar los ánimos, pero su llamada no fue atendida. En julio, un comité de campesinos le exigió que renunciara a todas sus tierras excepto diez hectáreas y a un pequeño número de cabezas de ganado. La esposa de Borís, Lili, y su criado personal le suplicaron que se llevara a la familia de Lotarevo, que no era la única finca que poseían. Azuzados por un agitador político, los campesinos volvieron a la mansión a finales de agosto, apresaron a Borís y Lili y los tuvieron encerrados toda la noche. Solo entonces Borís comprendió el peligro que corrían: «Amigos míos, dejadme ir ileso y podréis quedaros lo que queráis, ya sea dinero, tierras o la finca. Tan solo dejadme en paz».
Viazemski se fue demasiado tarde. Al día siguiente, los campesinos de
su finca —mayoritariamente descendientes de siervos que habían pertenecido a la familia Viazemski durante siglos, hasta el Edicto de Emancipación de 1861— lo llevaron a la estación de ferrocarril con la intención de enviarlo a servir en el frente oriental. Un grupo de desertores del ejército merodeaba por la estación y, furiosos, apalearon con barras de metal a Viazemski hasta matarlo. El cadáver mutilado fue arrojado a un vagón de mercancías estacionado en la vía muerta.[9]
Su brutal destino fue inusual solo porque otras familias con grandes propiedades, recordando la violencia campesina de 1905 y 1906, se mantuvieron alejadas de sus fincas o no ofrecieron resistencia activa. Raquel Khin-Gol’dovskaya se horrorizó al oír hablar de los desmanes que se producían en ausencia de los terratenientes. La finca Sheremétev, en el distrito de Mtsensk, provincia de Oriol, fue saqueada por «soldados y campesinos encabezados por dos alféreces»:
La destrozaron como auténticos bárbaros. El camino de [ocho kilómetros] hasta la finca estaba sembrado de páginas de libros en francés, fragmentos de cristal y jirones de alfombras. En el interior
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de la residencia, los muebles y las puertas quedaron reducidos a añicos y la galería de cuadros fue destruida junto con las paredes, los objetos de valor, la vajilla, los cinco pianos de cola, etc. No soporto hablar de los aperos de labranza, la maquinaria, el grano, las semillas, el ganado de trabajo, el ganado de raza y la yeguada. Todo se lo han llevado o lo han arrojado al olvido.[10]
Los titulares de fincas se quejaron al Sindicato de Propietarios, que hizo gestiones ante el Gobierno provisional. Los kadetes, aun apoyando que la Asamblea constituyente transfiriera las tierras agrícolas al campesinado, respaldaron medidas duras contra las confiscaciones ilegales. Pero el poder estatal había sido sustituido por el poder campesino. Lo mejor que podían hacer los terratenientes era renegociar las rentas de las tierras cultivadas por los campesinos locales con la esperanza de que esos mismos campesinos acataran cualquier trato que se acordara. Se cerraron acuerdos similares sobre los beneficios de las cosechas, pero a medida que se propagaban noticias sobre el éxito de las confiscaciones de tierras y propiedades en otros lugares, los campesinos cayeron en la tentación de tomar cartas en el asunto.
La gran mayoría de los disturbios o agresiones, el 84 por ciento, fueron dirigidos contra la alta burguesía, pero los campesinos también tenían otros objetivos. Siempre que se sentían perjudicados por sus vecinos terratenientes, se animaban a ajustar cuentas. El 3 por ciento de los disturbios fueron contra el clero y el 6 por ciento contra otros campesinos, especialmente los que habían abandonado sus comunas y se habían beneficiado de las reformas agrarias de Stolipin.[11] Hubo incursiones y ataques. El campesino Stepán Chevekov tenía una granja cerca del pueblo de Tilikovka, en la provincia de Samara. Tras aprovechar la oportunidad de las reformas agrarias de Stolipin para abandonar la comuna de tierras del pueblo, se había enriquecido lo suficiente como para comprar una gran extensión de campos en el distrito. Pagó la educación de su hijo Mijaíl en una de las mejores escuelas secundarias de la vecina provincia de Sarátov. Además, Stepán construyó un molino y grandes graneros y adquirió una trilladora eléctrica. Prestó dinero a los campesinos que tenían menos éxito en la economía de mercado: varios se habían declarado en bancarrota durante la guerra y tenían préstamos impagados. Cuando la revolución
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llegó a Tilikovka, los campesinos locales se unieron y despojaron a Chevekov de 1200 hectáreas. Su molino, tres graneros y sus cereales fueron confiscados. Asimismo, se llevaron de la granja el ganado, incluido un semental valorado en 10 000 rublos.[12]
Chevekov era más próspero que la mayoría de los «separadores» y, por tanto, perdió más tierras. Era un hombre muy rico. Pero los campesinos que se habían quedado en las comunas no hacían distinciones según la riqueza. En Rusia y Ucrania se tomaron medidas para devolver las tierras a la propiedad comunal. El proceso se aceleró en verano y a principios de otoño. Los comités de distrito de la provincia de Simbirsk, en la región central del Volga, ordenaron la devolución total de las granjas campesinas independientes a sus comunas originales. En la mitad de la provincia de Sarátov, todos los campesinos que se habían acogido a las medidas de Stolipin fueron obligados a reincorporarse a las comunas.[13] Otros llegaron a la conclusión de que les interesaba hacerlo para evitar represalias de otros campesinos o para beneficiarse de la transferencia de tierras de la nobleza. En cualquier caso, los campesinos se unieron incluso en regiones como Siberia occidental, el norte de Rusia y las zonas de latifundio de Ucrania, donde no existían las comunas de la tierra. Estaban respirando el mismo espíritu de colectivismo que imperaba en todas partes.
Las confiscaciones de tierras aumentaron a lo largo del verano y en septiembre y octubre de 1917. A pesar de ello, el Gobierno provisional siguió insistiendo en que solo la Asamblea constituyente podía decidir sobre las cuestiones últimas de la propiedad de la tierra. Los kadetes pusieron esa política como condición para permanecer en sus ministerios. Lo que preocupaba al gabinete era que las conversaciones sobre una próxima gran redistribución de tierras afectara al trabajo en la cosecha. De hecho, los campesinos solían estar ansiosos por recoger y almacenar las cosechas que los terratenientes habían plantado. Sin embargo, los organismos estatales de abastecimiento tenían dificultades para convencerlos de que liberaran sus existencias. El 20 de agosto de 1917, el ministro de Abastecimiento Alimentario, Alekséi Peshejonov, dictó una orden para todos los comités provinciales de abastecimiento alimentario: «En caso de negativa a entregar el grano, se aplicarán medidas coercitivas, incluida la fuerza armada». Un comisario de distrito lo interpretó como
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una orden para declarar la guerra al campesinado. Otros funcionarios dijeron que los suministros disminuirían hasta que las tropas disparasen contra los que se resistían. Peshejonov tuvo que redactar instrucciones específicas sobre cuándo y cómo utilizar armas para cumplir los cupos.[14]
Los campesinos con excedentes comercializables descargaron su ira contra el monopolio del grano y las cuotas de entrega que les imponían. Los comisarios tuvieron que pedir ayuda al ejército y a la administración local, pero era difícil encontrar soldados fiables. Los comités de distrito tenían la obligación de ayudar a los comisarios, pero este mandato no se cumplió, especialmente cuando no había unidades del ejército disponibles. Los campesinos de uno de los distritos de la provincia de Kazán celebraron una asamblea y decidieron vengarse de S. M. Zapolski, jefe del comité de tierras de su zona. Lo agarraron y lo llevaron a la orilla del río, donde amontonaron libros y papeles y le prendieron fuego. A continuación, los campesinos volvieron a la ciudad y destrozaron las oficinas de la administración.[15]
A la provincia de Kazán llegó un contingente de 2800 soldados para reprimir los disturbios. Hombres, mujeres y niños les impidieron apoderarse de sus productos. Por lo general, los destacamentos militares podían dispersar a la multitud disparando al aire, pero también hubo tiroteos mortales.[16] Los campesinos llevaban meses reivindicando sus derechos tal y como los concebían, y no estaban dispuestos a echarse atrás, y los ministros sabían que era esencial mejorar las condiciones de pago de los productos.
El 26 de agosto, en una larga sesión, el Gobierno provisional valoró la situación de emergencia alimentaria y propuso duplicar los precios fijos de los cereales a fin de asegurar las provisiones para los habitantes de las ciudades en los meses venideros. Se acordó otorgar poderes extraordinarios al Ministerio de Abastecimiento Alimentario, incluido el derecho a fijar un calendario para la entrega de productos en los puntos de recogida. Si los campesinos no cooperaban, los organismos oficiales debían confiscar las existencias de cereales. Si tal medida resultaba necesaria, el precio pagado debía reducirse automáticamente en un 30 por ciento. Aunque el decreto no mencionaba explícitamente el uso de la fuerza, estaba fuertemente implícito. El Gobierno provisional se preparó
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para adoptar medidas más duras contra los campesinos.[17] Los comisarios eran nombrados por el Gobierno provisional y dependían directamente del Ministerio del Interior. Cada uno de ellos tenía el deber de hacer cumplir las políticas oficiales en toda la provincia y habían recibido instrucciones de utilizar todos los métodos de coacción que juzgaran necesarios. El Gobierno civil recuperó su fuerza.[18] Era una vuelta a los principios administrativos de la época zarista, cuando el gobernador provincial dominaba una provincia como un pequeño zar. La diferencia estribaba en que los gobernadores de Nicolás disponían de soldados fiables en abundancia y sabían cómo desplegarlos. Como muchos decretos de Kerenski, este quedó en papel mojado en la mayoría de las provincias. Los soldados en activo, molestos por el deterioro de sus raciones diarias, acabaron desfilando hacia los pueblos que retenían grano. Pero la disciplina y la moral del ejército habían alcanzado su punto más bajo, y la resistencia campesina se hizo más fuerte. El campo se había convertido en un torbellino de violencia cada vez que llegaban unidades militares.
Los trabajos de reforma agraria eran demasiado lentos para el comisario provincial de Nizhni Nóvgorod, el socialrevolucionario Mijaíl Sumgin. Había cumplido la orden de enviar unidades armadas al campo para frenar las confiscaciones de tierras y asegurar el suministro de grano, pero muchos soldados se negaron a obedecerlas. A principios de octubre, Sumgin no vio otra solución que traspasar la autoridad a los comités de tierras y escribió a Petrogrado para informar de lo que había hecho. Sabía que iba en contra de la política gubernamental, pero argumentó que era la única manera de intentar contener al campesinado. De la capital llegó el mensaje de que solo la Asamblea constituyente tendría derecho a decidir sobre la reforma agraria. En aquel momento ya era demasiado tarde para que Sumgin revocara su decisión.[19]
Kerenski también se sentía frustrado por la lentitud de las reformas, y descargó su ira contra Pável Maliántovich, que solo era ministro de Justicia desde finales de septiembre de 1917.[20] Pero en realidad fue el propio Kerenski quien, aunque de forma comprensible, siempre había dicho que los cambios agrarios fundamentales agravarían el problema de las deserciones en el frente. Sin embargo, mientras su gabinete se concentraba en obligar a los campesinos a liberar sus reservas de la
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cosecha de verano, los socialrevolucionarios —el partido con el que había estado asociado en otro tiempo— trataban de demostrar que estaban del lado del campesinado. Esto dio lugar a un debate sobre la conveniencia de retirar el apoyo a Kerenski y sus ministros. En última instancia, la política del partido consistía en transferir todas las tierras agrícolas a los campesinos y dar prioridad a la tradición y el uso comunales, al menos en los pueblos donde existía la comuna de la tierra. A lo largo del verano y principios del otoño de 1917, el partido mantuvo un debate sobre el calendario, y muchos socialrevolucionarios pensaban que cualquier nuevo retraso sería negativo para su posición política en el país. Los mencheviques, sus socios en los sóviets, en su momento eran partidarios de permitir que las autoridades urbanas electas controlaran la transferencia de tierras agrícolas, pero ahora proponían dejar tales asuntos en manos de los comités de tierras que se habían creado tras la Revolución de Febrero. Los kadetes seguían comprometidos con la transferencia de tierras agrícolas al campesinado, pero estaban molestos con los planes socialistas que atentaban contra los intereses de los terratenientes existentes, los cuales perderían sus posesiones.[21]
Los campesinos mostraban escaso interés en los políticos y sus desacuerdos, y estaban resolviendo la «cuestión agraria» mediante la acción directa. Solo un partido, los bolcheviques, apoyaba incondicionalmente la confiscación inmediata de tierras por parte del campesinado. Pero los agricultores de la mayoría de las provincias se habían puesto en marcha sin necesidad de instigación desde las ciudades.
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Los bolcheviques: El partido que trabajó
por una segunda revolución
Todos los bolcheviques estaban decididos a deshacerse del Gobierno provisional y a crear una administración socialista mediante una segunda revolución. Prometieron poner fin a la guerra si llegaban al poder y afirmaban ser el único partido que podía lograrlo. A pesar de la posterior reputación del partido por su férreo control central administrado únicamente por Lenin, su organización no era más estricta que la de las demás formaciones socialistas. La jerarquía y la disciplina dieron paso en la práctica a una laxitud que permitía a los comités de las provincias ignorar las políticas oficiales que desaprobaban.[1] Estaban muy divididos en las cuestiones de la tierra y las nacionalidades, y tampoco se ponían de acuerdo sobre el futuro ritmo del fin de la propiedad privada de fábricas y talleres. Hubo acaloradas disputas en todos los niveles del partido. Los bolcheviques solo mostraban el grado de unidad que necesitarían si llegaban al poder cuando se enfrentaban a sus enemigos mencheviques y socialrevolucionarios en los sóviets. Sus dirigentes confiaban en que solo el bolchevismo podría resolver la crisis del Estado y la sociedad que asolaba al viejo imperio y estaban seguros de que Europa también estaba al borde de vivir revoluciones socialistas.
El lema del partido era «Todo el poder para los sóviets», pero Lenin tenía sus reservas. Inmediatamente después de las Jornadas de Julio, cuando la mayoría de los sóviets seguían bajo la autoridad menchevique y
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socialista revolucionaria y continuaban apoyando al Gobierno provisional, exigió que se retirara el eslogan, pues se oponía a pedir una administración socialista si iba a ser dirigida por partidos rivales. Por el contrario, reivindicaba la revolución inmediata mediante un levantamiento armado y reprendió al resto del Comité Central cuando este rechazó su acalorado consejo mientras se encontraba en Finlandia. Iósif Stalin y Yákov Sverdlov lideraban a los bolcheviques en las semanas posteriores a las Jornadas de Julio, y el primero aportó un punto de vista que se ajustaba mejor a las condiciones del momento: «Estamos inequívocamente a favor de los sóviets en los que somos mayoría, e intentaremos establecer esos sóviets».[2] El Comité Central quería mantener «Todo el poder para los sóviets» en las banderas bolcheviques mientras proseguía la labor de conseguir mayorías.
Lenin continuó con sus diatribas contra la «dictadura» de Kerenski mientras el Comité Central de los bolcheviques seguía haciendo caso omiso a sus llamamientos a una revuelta armada inmediata. Pero en vista de que el Gobierno seguía arrestando a bolcheviques prominentes y cerraba sus publicaciones en Petrogrado, el Comité Central se replanteó la posibilidad del cambio de consigna que planteaba Lenin.
A finales de julio dio comienzo en la capital un congreso del partido bolchevique que se celebró en secreto. Los delegados se enorgullecían de haber evitado infiltraciones de espías del Gobierno, y no sabían que, en este caso, las autoridades estaban al tanto de la celebración del congreso. Yekaterina Breshkóvskaya, una de las fundadoras del Partido Social-Revolucionario y a menudo conocida como la Abuela de la Revolución, buscó a Kerenski y le suplicó que arrestara a los congresistas bolcheviques. Kerenski accedió, pero no hizo nada al respecto. Aunque seguía intentando detener a Lenin y otros líderes de las Jornadas de Julio, no osaba poner bajo arresto a todo el cuadro dirigente bolchevique.[3]
El congreso bolchevique siguió adelante y adoptó el nuevo lema propuesto por Stalin. Sin embargo, no tenía la contundencia necesaria para las reuniones de masas: «La completa liquidación de la dictadura de la burguesía contrarrevolucionaria».[4] Pero, al poco tiempo, el motín de Kornílov y el giro político hacia la izquierda dentro del movimiento obrero volvieron a cambiar la atmósfera política, y el Comité Central recuperó el
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eslogan «Todo el poder para los sóviets». A principios de septiembre, el Sóviet de Petrogrado había empezado a votar mayoritariamente a favor de los bolcheviques. A Petrogrado le siguieron Moscú y otras grandes ciudades del norte y centro de Rusia, y la confianza en el seno del partido aumentó. Los bolcheviques estaban avergonzando a los partidos socialistas rivales con su compromiso con los sóviets, los sindicatos y los comités de fábrica. No pensaban respaldar ni negociar con un Gobierno «burgués». Su objetivo era instaurar una administración socialista que no hiciera concesiones a la hora de implantar el socialismo.
Aunque la denominada dictadura de Kerenski no supuso el regreso de la censura general, Pravda cambió de nombre para evitar problemas con el Ministerio del Interior. La dirección del partido funcionaba sobre su antigua «base conspirativa», y el Comité Central se comunicaba con Lenin, que se encontraba en Helsinki, a través de correos secretos.
Lenin insistía en que el mensaje del bolchevismo debía ir más allá de la clase obrera y llegar al campesinado. En agosto, tras años defendiendo la nacionalización de la tierra, aceptó de buen grado doscientas cuarenta y dos «instrucciones campesinas» recopiladas por los socialrevolucionarios en muchas regiones. Por fin tenía claro que los campesinos nunca estarían satisfechos con un Gobierno que les impidiera hacer su voluntad en los campos y propiedades de la nobleza. A partir de entonces adoptó el programa agrario socialrevolucionario en casi todo lo esencial.[5] Sin reconocerlo, estaba aceptando la propuesta política de Stalin. El cambio de postura de Lenin no fue del agrado de bolcheviques izquierdistas como Nikolái Bujarin, que quería dar prioridad a la creación de granjas colectivas sin tener en cuenta los deseos del campesinado. Bujarin era un joven bolchevique brillante, encantador y de cabello rubio afincado en Moscú que a menudo cuestionaba las ideas de Lenin. Pero ambos estaban de acuerdo en que, aunque los campesinos se apoderaran de todos los campos que en ese momento estaban en posesión de otros, seguiría sin haber tierra suficiente para que la mayoría de ellos, que se contaban por millones, ganaran lo suficiente para hacer algo más que subsistir. En última instancia, pensaban, las unidades de agricultura en Rusia tenían que elevarse a una escala superior y alejarse del estilo de producción campesina a pequeña escala. Lo grande se consideraba hermoso para la
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modernización económica, y Lenin compartía con Bujarin la creencia de que esto solo podía lograrse mediante la colectivización de la agricultura. Pero mientras que Bujarin aspiraba a una acción instantánea, Lenin quería demorarla a fin de ganar poder para el partido.[6]
También en política industrial había tensiones entre Lenin y Bujarin. Lenin instaba a mostrar cierta cautela con el ritmo de la nacionalización de fábricas y minas. Aunque esbozó un programa de propiedad estatal inmediata de todos los bancos y el comercio exterior, propuso que en la primera etapa de la revolución socialista solo las fábricas y empresas mineras más grandes pasaran a manos del Estado. Bujarin rechazó el argumento de la paciencia y escribió a favor de la nacionalización total, independientemente de la envergadura.[7]
Otra cuestión difícil para el partido era el control de los obreros, que hasta 1917 no había sido un objetivo bolchevique. El bolchevismo había insistido en la necesidad de la propiedad estatal y apenas había hablado de los derechos de los trabajadores. Lenin fue comprendiendo poco a poco que la organización de la fábrica era una cuestión importante para los revolucionarios. Admiraba la poderosa actividad de los obreros que intentaban evitar el cierre de fábricas y el desempleo. Como era de esperar, propuso limitar la autoridad de los trabajadores para dirigir sus empresas. Otros bolcheviques eran menos moderados y querían animar a los obreros a echar a sus gerentes y dirigir las fábricas y las minas sin ellos. El partido, en sus niveles inferiores, suministraba activistas a los comités de fábrica. Los bolcheviques, a diferencia de los mencheviques, fomentaban las huelgas y otras acciones disruptivas en la industria y avivaban el fuego de las campañas antigubernamentales de los comités de fábrica y los sindicatos.[8] El partido no debatió las futuras relaciones entre los bolcheviques, los sindicatos, los comités de fábrica y los sóviets.
Lenin pedía una «dictadura del proletariado y del campesinado más pobre»; normalmente, los marxistas solo hablaban de «dictadura del proletariado», si es que alguna vez mencionaban un Gobierno dictatorial.[9] Mientras estaba escondido en Helsinki, redactó un resumen de sus ideas sobre estrategia política. Aunque los acontecimientos del otoño le impidieron finalizar el borrador, quedó lo suficientemente satisfecho con
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él como para publicarlo al año siguiente con el título El Estado y la revolución.
En ese folleto y en muchos de sus otros artículos abogaba por la revolución violenta como requisito previo para alcanzar el socialismo. Se burlaba de las celebridades marxistas alemanas que no tenían estómago para la dictadura y expresaba su admiración por los jacobinos y su reino del terror de 1793 y 1794 en la Revolución francesa. Pero mientras que Maximilien Robespierre había enviado al rey y a los aristócratas a la guillotina, Lenin argumentaba en Pravda que bastaría con arrestar a entre cincuenta y cien magnates de los negocios y retenerlos durante unas semanas «para destapar sus negocios sucios».[10] Trotski fue más allá. En un discurso pronunciado en Kronstadt había afirmado: «¡Os digo que deben rodar cabezas, debe correr la sangre, no debe haber piedad si queremos ganar! La fuerza de la Revolución francesa estaba en la máquina que hizo a los enemigos del pueblo una cabeza más bajos».[11] Lenin y Trotski defendían el terror de masas como arma de gobierno socialista. También eran optimistas y creían que «el pueblo» vencería por superioridad numérica, organización y confianza. Lenin dijo a sus seguidores que la «burguesía» sería derrotada rápidamente en cualquier guerra civil, y que la toma del poder por parte de los socialistas rusos desencadenaría revoluciones en el extranjero. La guerra terminaría con el triunfo del socialismo en todos los países en conflicto. Si surgía la necesidad, los bolcheviques llevarían su propia «guerra revolucionaria» a Europa. Fuera como fuese, creían que el triunfo socialista era imparable.
Lenin dejó de lado a todos los oponentes que señalaban la impracticabilidad y las contradicciones de la política bolchevique. Se negaba en redondo a reconocer los peligros de lo que proponía, empeñado en llevar a cabo el gran experimento sin importarle los riesgos. Una vez que el nuevo Estado socialista se hubiera consolidado, llegaría una etapa superior de desarrollo: el comunismo. El objetivo final era eliminar la necesidad de un Estado. No habría ejércitos, ni prisiones, ni burocracias, ni discriminación religiosa o social. La gente se administraría a sí misma.[12]
Pero tales ideas solo tendrían impacto si los bolcheviques lograban derrocar al Gobierno provisional, y no podía haber certeza de ello. Aunque los artículos de Lenin se publicaban en Pravda, no todos los bolcheviques
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los leían. En agosto se imprimieron unos 90 000 ejemplares diarios de Pravda, pero se distribuyeron de forma irregular por todo el país y la mitad se quedaron en la capital para su venta.[13] Los comités locales del partido pidieron que Lenin o Zinóviev viajaran personalmente y les ofrecieran su liderazgo, pero eso nunca ocurrió y, por supuesto, no era posible cuando uno de ellos estaba en la clandestinidad y el otro en la cárcel.[14] De todos modos, la queja era que el Comité Central funcionaba como si solo estuviera al servicio de los bolcheviques de la capital y ofrecía poca orientación detallada a los comités locales. Los bolcheviques veteranos de las provincias querían ayuda, pero en cualquier caso insistían en elegir ellos mismos sus políticas. Stepán Shaumián, del Comité de Bakú, y muchos dirigentes como él en otros lugares se ocupaban de las inquietudes expresadas por los obreros y soldados de sus ciudades. Los abusos de poder se utilizaron como prueba de que el Gobierno provisional era tan opresivo y poco digno de confianza como lo habían sido los gabinetes de los Románov.[15]
El partido se convirtió en una organización paraguas —o casi— para los miembros de la izquierda política que estaban impacientes por poner fin a la guerra y al Gobierno de Kerenski. La formación ideológica que era tradicional antes de 1917 pasó a un segundo plano, y ahora todos los que querían afiliarse eran bienvenidos, especialmente si pagaban la cuota. No se exigían conocimientos sobre el marxismo ni la política del partido. Sverdlov afirmaba que a finales de julio había 240 000 miembros. De unos pocos de miles durante la Revolución de Febrero pasaron a ser un partido de masas.[16] Tres quintas partes de los miembros, según un cálculo oficial posterior, pertenecían a la clase obrera.[17] Cuando Timofei Sapronov, miembro del Comité de Moscú, se sorprendió por los toscos conocimientos políticos de los miembros, le dijeron que no se molestara y que se limitara a tener en mente una consigna básica: «Nuestro programa es la lucha contra la burguesía».[18] Los nuevos bolcheviques se sentían atraídos por la idea de ofrecer bienestar, dignidad y poder a los pobres y a los desvalidos. Los partidos socialistas rivales compartían esa visión, pero seguían apoyando, aunque a regañadientes, al fallido Gobierno provisional. Los bolcheviques, viejos y nuevos, creían que solo ellos
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tenían las políticas y la determinación necesarias para romper con el pasado.
La «agitación política» entre «las masas» era una de sus principales tareas inmediatas. Como los bolcheviques aún no estaban en el Gobierno, podían achacar fácilmente todas las desgracias del país a la malevolencia «burguesa». Afirmaban, sin la menor prueba, que Kerenski estaba conspirando para entregar Petrogrado a los alemanes y frenar así la oleada revolucionaria de extrema izquierda. Al mismo tiempo, los bolcheviques describían a Kerenski como una marioneta manipulada por los aliados occidentales. No les avergonzaban las contradicciones de sus historias, y decían a quien estuviese dispuesto a escuchar que las fuerzas reaccionarias e imperialistas estaban en contra de los intereses del pueblo y que solo un Gobierno de los socialistas y para el socialismo podría mejorar la situación.
A medida que los bolcheviques ganaban más puestos en los sóviets,
accedían a mayores recursos —fondos, locales e imprentas— para la tarea de derrocar al Gobierno provisional. El mensaje del partido sobre la paz, el suministro de alimentos y el empleo resultaba cada vez más convincente para los trabajadores. Los soldados, tanto en el frente como en la retaguardia, se sentían atraídos por la promesa del fin de la Gran Guerra. Los mencheviques y los socialrevolucionarios tenían dificultades para defender sus políticas y su apoyo al Gobierno provisional. Ningún bolchevique decía explícitamente que los bolcheviques gobernarían solos tras deshacerse de Kerenski, pero sus líderes acusaban continuamente a los mencheviques y a los socialrevolucionarios de traicionar al socialismo. La exigencia del dominio bolchevique en un nuevo Gobierno revolucionario se daba por hecha sin ser expresada. Pero la mayoría de los bolcheviques creían que el resultado sería una gran coalición socialista aún por especificar.[19]
Los líderes bolcheviques observaban a los obreros de las fábricas y a los reclutas del ejército con una mezcla de admiración y condescendencia, a la vez que no eran capaces de ver o aceptar que sus propias ideas estaban llenas de incoherencias y peligros. Los kadetes no tardaron en darse cuenta del potencial amenazador de los bolcheviques, y nunca los consideraron un partido menor, ni siquiera cuando contaban con escasos apoyos en los
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sóviets. Veían al partido de Lenin como el mal más puro que había que erradicar. Los mencheviques y los socialrevolucionarios compartían plataformas en los sóviets con los bolcheviques y, con la intención de convencerlos a ellos y a sus partidarios de que su camino era mejor, criticaban el programa de gobierno que presentaba el partido bolchevique. Los mencheviques advirtieron de que una dictadura de clase conduciría inevitablemente a la guerra civil, una guerra que sería intensa y bárbara. Asimismo, afirmaban que no estaba nada claro que el «proletariado europeo» fuera a aliarse con los obreros de Rusia. Aunque el partido menchevique también buscaba la paz sin anexiones, su dirección oficial —el Comité de Organización— seguía temiendo la ocupación militar alemana como una seria posibilidad. Mientras tanto, los socialrevolucionarios veían la adopción que había hecho Lenin de su política agraria como un robo a manos de un oportunista sin principios.
Sin embargo, esos partidos rivales fueron incapaces de desbaratar el creciente atractivo de los bolcheviques para los grupos sociales en los que concentraban sus esfuerzos. Cuando el verano dio paso al otoño, la suerte del gabinete de Kerenski fue a menos. Los comités y militantes bolcheviques se prepararon para tomar el poder, y nadie podía dudar que materializarían sus ambiciones. Los dirigentes bolcheviques valoraban su visión de un triunfo glorioso que estaba al alcance de la mano. Tenían un pensamiento religioso, aunque era ateo en su contenido, y odiaban al clero de la Iglesia ortodoxa. Cuando estuvieran en el Gobierno, se proponían expropiar la riqueza de la Iglesia y acabar con su influencia en la sociedad. Los sacerdotes no eran la única causa del disgusto bolchevique. Detestaban a los banqueros, los industriales, los terratenientes de la alta burguesía, los oficiales del ejército y los gendarmes, así como a los aristócratas y a los miembros de la familia Románov. No era ningún secreto que su promesa de bienestar y prosperidad para obreros, campesinos y soldados entrañaría conflictos. El bolchevismo era una doctrina de lucha de clases sin concesiones.
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Si no es ahora, ¿cuándo?: La decisión
bolchevique sobre la insurrección
Kerenski seguía creyendo que Rusia tenía que continuar luchando en la guerra. Sabía que el apoyo económico de los Aliados desaparecería si Rusia se retiraba unilateralmente del frente oriental. También temía las consecuencias de que millones de soldados desmovilizados fueran enviados a casa. La puesta en marcha de cualquier tipo de reforma agraria sería caótica, y la ley y el orden se desmoronarían.
Sin embargo, se sentía inquieto porque sabía que Rusia y sus fuerzas armadas se hallaban al borde del colapso. El 25 de septiembre de 1917, en un intento por levantar la moral, emitió una declaración sobre el tipo de sociedad que quería construir después de la guerra. La victoria de los Aliados seguía siendo su muletilla, pero sabía que la gente estaba viviendo una época de «problemas», palabra que los rusos asociaban con las décadas anárquicas de mediados del siglo XVII, cuando el pueblo de Moscovia se vio arrastrado a la miseria y la desesperación. Reconocía que solo la paz podía crear las condiciones necesarias para la prosperidad. Además, esperaba «la desmovilización gradual e indolora» de la economía, y pretendía evitar los males del desempleo masivo encargando un extenso plan de obras públicas. Los impuestos se determinarían sobre una base más justa, aumentando el gravamen a las herencias y los bienes de lujo. Se introduciría un impuesto sobre la propiedad. También defendía la necesidad de incrementar los impuestos indirectos, lo cual, como él
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mismo reconoció, perjudicaría los intereses de las clases sociales más bajas, pero prometió reformar el sistema fiscal acabando con la evasión. Se reforzaría la autonomía local y se protegerían los derechos de las minorías nacionales.[1]
Siempre había insistido en el papel del Estado en la recuperación y renovación de la sociedad, pero ahora los organismos oficiales ejercían una autoridad que estaba derrumbándose. Organizaciones como los sóviets obstruían los deseos ministeriales y el autogobierno rural estaba en manos de agrupaciones campesinas. Los soldados habían subvertido las viejas reglas de la jerarquía militar. La desobediencia a la autoridad superior se había convertido en algo normal. El Gobierno provisional también funcionaba en un vacío constitucional de su propia creación. Se celebraron elecciones a las dumas municipales y provinciales, así como a los niveles inferiores de gobierno, pero, en Petrogrado, el gabinete se formó y nombró a sí mismo. Se había deshecho de algunas leyes imperiales molestas y había introducido su propia legislación.[2] Sin embargo, aunque promulgó numerosos decretos y reglamentos, muchos no tuvieron ningún efecto una vez que entraron en vigor. El Gobierno provisional no estaba gobernando realmente. Su poder se limitaba cada vez más a los pasillos del Palacio de Invierno.
El 1 de septiembre, Kerenski, en un intento por demostrar su compromiso radical permanente, proclamó que Rusia era una república, aunque sabía que dicha medida carecía de fuerza constitucional o legal.[3] También creó un directorio de cinco personas, incluido él mismo, como órgano interno del gabinete que podía tomar decisiones rápidas en caso de emergencia. Los otros miembros del directorio eran Teréshchenko, su amigo y ministro de Asuntos Exteriores, Aleksandr Verjovski, ministro del Ejército, Dmitri Verderevski, ministro de la Armada, y Alekséi Nikitin, ministro de Correos y Telégrafos.[4] Esto suscitó críticas por ser otro paso hacia la dictadura, especialmente porque ningún integrante del directorio, excepto Kerenski y quizá Teréshchenko, tenía mucha relevancia pública. Lenin aseguró que era una prueba de que Kerenski ambicionaba ser el Napoleón Bonaparte de la revolución.
La crisis militar se agravó a finales de septiembre cuando las fuerzas alemanas, que habían estado descansando desde la conquista de Riga a
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finales de agosto, atacaron tres islas, incluida Saaremaa, frente a la costa estonia y al norte del golfo de Riga. Esto completó el cerco de la flota rusa del Báltico en el golfo de Finlandia.[5] Mientras tanto, los bolcheviques difundieron el rumor de que el Gobierno provisional se disponía a entregar Petrogrado para cauterizar los intentos del partido por derrocarlo.
Kerenski sabía que una de las carencias permanentes del Gobierno era la falta de legitimidad popular, e intentó resolver el problema anunciando la creación del Consejo Provisional de la República, un órgano semiparlamentario que preveía que funcionara hasta que se celebrase la Asamblea constituyente. Los miembros procederían de partidos, organismos públicos y grupos de presión. El 7 de octubre inauguró el consejo, que pasaría a denominarse Preparlamento, en el palacio Mariinski. Esa misma semana animó a sus ministros a preparar los borradores del marco institucional y leyes básicas que podían ser creadas por la Asamblea constituyente.[6] Pero fue la crisis inmediata la que captó su atención, como reconocía ante el Preparlamento: «En un futuro muy próximo podemos quedarnos sin combustible y alimentos. Se tomaron todas las medidas posibles para abastecer prioritariamente al ejército en el frente, pero esas medidas se hicieron añicos al contacto con la pasividad, la apatía y la ausencia entre las amplias masas de una responsabilidad consciente ante el Gobierno y la libertad».[7]
Trotski pronunció un discurso ante el Preparlamento en nombre del partido bolchevique como recién elegido presidente del Comité Ejecutivo del Sóviet de Petrogrado. Los meses de dominio de Tsereteli habían terminado.[8] Los líderes bolcheviques estaban divididos sobre si permanecer o abandonar el Preparlamento. Trotski estaba a favor de abandonar y Kámenev a favor de quedarse para criticar. Lenin dijo que el Preparlamento era una farsa que había que rechazar por completo. Trotski consiguió que se aprobara su marcha. Llenó la sala del palacio con una perorata de espléndida elocuencia, advirtiendo del peligro mortal al que se enfrentaba el país tras cuarenta meses de guerra. Culpó a las políticas gubernamentales relacionadas con la industria, la reforma agraria y el suministro de alimentos de agudizar la ruina de la economía. Denunció a los ministros por utilizar el hambre para acallar el descontento de la gente. Trotski fue interrumpido por gritos sobre el apoyo financiero alemán a los
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bolcheviques, pero siguió adelante y anunció que el partido iba a abandonar el Preparlamento. Declaró: «Hacemos un llamamiento al pueblo: ¡Viva una paz inmediata, honorable y democrática! ¡Todo el poder para los sóviets! ¡Toda la tierra para el pueblo! ¡Y viva la Asamblea constituyente!».[9]
Trotski abandonó el palacio Mariinski para concentrarse en tramar un levantamiento liderado por los bolcheviques, pero, aunque sus nuevos camaradas del partido lo reconocían como un maestro de la oratoria y la prosa, no habían olvidado sus antiguas polémicas contra el bolchevismo. El único dirigente bolchevique que tenía influencia para forzar la inclusión de la cuestión insurreccional en el orden del día del Comité Central era Lenin, que había regresado en secreto a Petrogrado desde Helsinki. Se organizó una reunión clandestina del Comité Central para el 10 de octubre en casa de Galina Flaxerman, que trabajaba para el Secretariado. Vivía en el barrio de Petersburgo y estaba casada con el internacionalista menchevique Nikolái Sujanov, que accedió a pasar la noche en su despacho para dejar que los bolcheviques mantuvieran sus discusiones, a las cuales asistieron doce miembros. En el caso de Lenin, era la primera vez que estaba presente desde principios de julio.
Lenin habló largo y tendido, y censuró rencorosamente al Comité Central por mostrarse indiferente ante la cuestión del levantamiento: «Sin embargo, la cuestión es muy relevante y se acerca el momento decisivo». Afirmó que las autoridades estaban barajando la posibilidad de entregar Narva, en Estonia oriental, lo que supuestamente era un preludio de la entrega de Petrogrado. Argumentaba que los bolcheviques no habían logrado derrocar al Gobierno en las Jornadas de Julio porque carecían de mayoría, y aseguró que la situación en ese momento era diferente: «Ahora la mayoría está con nosotros. Políticamente, la situación ha madurado por completo para una transición de poder». No dijo cómo había medido esa mayoría, pero no podía tratarse de una mayoría de todo el electorado, pues reconoció que el partido no lograría la victoria en las próximas elecciones a la Asamblea constituyente. También admitió que «las masas» mostraban una creciente apatía por la política, pero insistió en que la gente estaba harta de meras palabras y quería acción, y señaló que el movimiento campesino ya era imparable.[10]
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Sus argumentos convencieron al Comité Central por diez votos contra dos. Incómodamente para él, los dos que votaron en contra fueron Kámenev y Zinóviev. Aunque Kámenev discrepaba a menudo con él, habían colaborado estrechamente. Kámenev y Zinóviev negaban que el estado de ánimo de la clase obrera fuera decididamente probolchevique y que el resto de Europa estuviera a punto de emprender revoluciones socialistas. Asimismo, advirtieron que una toma del poder conduciría a una guerra que solo alejaría a la mayoría de los soldados del bolchevismo. Sostenían que era mejor esperar a la Asamblea constituyente, en la que dominarían los partidos socialistas. Aunque los bolcheviques probablemente no obtendrían más de un tercio de los escaños, serían suficientes para formar una coalición de partidos socialistas y ser una fuerza influyente dentro de ella. Kámenev y Zinóviev concluyeron que Lenin había perdido la cabeza y que sus demandas de una insurrección instantánea eran irresponsables. Escribieron a los principales comités del partido en Petrogrado y Moscú y a la fracción del partido en el Comité Ejecutivo Central Panruso del Congreso de los Sóviets para explicar su análisis. Querían impedir que Lenin diera el catastrófico paso de tomar el poder en nombre de un partido único.[11]
El Comité Central se reunió de nuevo el 16 de octubre para revisar su decisión, y esta vez hubo una mayor asistencia. Se invitó a dirigentes bolcheviques del Comité de Petersburgo y de la Organización Militar, así como del Sóviet de Petrogrado y de los sindicatos y comités de fábrica. Para la sesión habían llegado miembros del Comité Central de fuera de la capital, entre ellos varios que se habían mostrado poco entusiastas con la dirección que defendía Lenin. Este estaba preparado y tuvo en cuenta la carta que habían enviado Zinóviev y Kámenev. Argumentó que los bolcheviques ya habían sufrido desaires al ofrecer un compromiso a los mencheviques y los socialrevolucionarios, y pidió a todos que reconocieran la naturaleza de la situación: «O una dictadura kornilovista o una dictadura del proletariado y de las capas más pobres del campesinado». Rechazó la objeción de que el estado de ánimo popular no era favorable y dijo que los ánimos eran siempre cambiantes y que era necesario tomar una medida objetiva de la situación. Negó que las revoluciones fueran improbables en Europa y aseguró que los
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acontecimientos en Alemania demostraban que estaba al borde de la explosión política. El levantamiento armado en Rusia, añadió, era la única opción seria para los bolcheviques.[12]
A continuación se produjo un debate abrasivo. Varios de los que se pusieron del lado de Lenin reconocieron que muchos obreros y soldados se mostraban apáticos ante la idea de deshacerse del Gobierno provisional. Vladímir Miliutin, residente en Petrogrado, negó que el partido tuviera capacidad para encabezar un levantamiento. Zinóviev y Kámenev repitieron sus argumentos anteriores e instaron al partido a evitar aislarse de las demás formaciones socialistas. Stalin, habitualmente un colaborador cauto, apoyó la política de insurrección. Lenin discutió con Zinóviev y Kámenev. Al final, propuso una política de «preparación omnilateral y reforzada para un levantamiento armado» a designar por el Comité Central y «el sóviet».[13] Su moción fue aceptada por diecinueve votos contra dos. Cuatro miembros del Comité Central se abstuvieron.[14]
Kámenev dimitió del Comité Central y publicó una carta del escritor Maxim Gorki al periódico marxista independiente Novaya zhizn («Vida nueva») en la que revelaba y denunciaba la decisión de un levantamiento armado.[15] Lenin escribió furioso al Comité Central pidiendo, sin éxito, la expulsión de Kámenev de las filas del partido, y acusó a Kámenev y Zinóviev de «rompehuelgas».[16]
El 9 de octubre, el Sóviet de Petrogrado, que el partido dominaba desde principios de septiembre, había creado un organismo para supervisar las necesidades militares en la capital.[17] Tres días después, se convirtió en el Comité Militar Revolucionario. El Comité Central Bolchevique quería que dicho organismo coordinara el levantamiento. Trotski ya era miembro del Comité Militar Revolucionario, y el Comité Central eligió a otros cinco de sus miembros más destacados para que se unieran a él.[18] El presidente del Comité Militar Revolucionario era el socialrevolucionario de izquierda Pável Lazimir, pero los bolcheviques controlaban sus actividades y establecieron vínculos con los guardias rojos, los comités de fábrica y los comités del ejército en las guarniciones. Se imprimieron panfletos incendiarios contra Kerenski y se planearon acciones contra las medidas preventivas adoptadas por el Gobierno provisional. Estaba en marcha un golpe de Estado furtivo. A Lenin le habría encantado unirse al
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equipo organizador, pero era el objetivo principal de las unidades armadas de Kerenski y no podía permitirse hacer acto de presencia. Con gran frustración, permaneció escondido en el piso de la bolchevique Margarita Fofanova, situado a las afueras de la ciudad, mientras otros se ocupaban de los preparativos del Comité Militar Revolucionario.
Kerenski descartó públicamente la posibilidad de que sus enemigos cumplieran su palabra, pero entre bastidores sabía que el poder se le estaba escapando.[19] Otros miembros del gabinete también se sentían desmoralizados. Teréshchenko dijo que quería dimitir. Kerenski suplicó con lágrimas en los ojos: «Si te vas, ¿a quién encontraré para sustituirte? Como sabrás, yo no puedo hacerme cargo del Ministerio de Asuntos Exteriores».[20] Konoválov opinaba lo mismo que Teréshchenko y se quedó, al igual que este, por un deber de patriotismo y amistad.[21] Con el empeoramiento de las perspectivas militares para Rusia, el sustituto de Kerenski como ministro del Ejército tras el motín de Kornílov, el joven teniente general Aleksandr Verjovski, escribió a Alekséyev el 4 de septiembre que la guarnición de la capital se había declarado unilateralmente exenta de participar en misiones de combate. Según sus cálculos, las fuerzas rusas disponían en ese momento de 674 000 soldados menos.[22] Pero, al mismo tiempo, aseguró a los agregados militares aliados que las tropas rusas en el frente contarían con los efectivos adecuados. Sabía que cualquier pérdida de apoyo por parte de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña conduciría a una debacle militar.[23]
Las embajadas aliadas en Petrogrado presionaron a Kerenski para que restableciera el orden en las fuerzas armadas. «Rusia sigue siendo una gran potencia», insistió él.[24] El 1 de octubre hizo llamar al agente de espionaje británico Somerset Maugham al Palacio de Invierno para que trasladara un mensaje al primer ministro David Lloyd George en Westminster. En él subrayaba la necesidad de que los Aliados aumentaran sus suministros de dinero y material militar e industrial, y proponía que Lloyd George ofreciera a Alemania una paz sin anexiones ni compensaciones. Los alemanes se negarían, pero cuando eso trascendiera, Kerenski podría decir a sus tropas que siguieran combatiendo. De lo contrario, escribió a Lloyd George, no podría mantener al ejército ruso en las trincheras.[25]
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Su mensaje secreto era un síntoma de lo desesperado de la situación a la que se enfrentaba. La siguiente conferencia militar de los Aliados debía celebrarse en París en el mes de noviembre, y Verjovski, el ministro del Ejército, pidió a Alekséyev que encabezara la delegación rusa. Alekséyev se negó, pues no quería fingir que las fuerzas del frente oriental estaban listas para la batalla. Los rusos ya no podían prometer que emprenderían una ofensiva o tan siquiera que presentarían una defensa efectiva. Verjovski mantuvo el ánimo imaginando que, llegado el caso, el Gobierno y el ejército podrían plantar cara a orillas del Volga.[26] Las perspectivas militares de Rusia pasaron de malas a desesperadas.
Kerenski persistió en sus esfuerzos por consolidar el marco de gobierno. El gabinete ultimó las normas y preparativos para la elección de la Asamblea constituyente en noviembre.[27] A mediados de octubre, en un intento por aumentar el impacto del Gobierno provisional, Kerenski aprobó un plan para reforzar los poderes de los comisarios provinciales.[28] Fue una pérdida de tiempo. Ucrania, la más rica de las regiones agrícolas, experimentó altercados urbanos en Kiev y el Dombás a medida que la inflación de los precios mermaba los ingresos de la población y, el 14 de septiembre, el gabinete aprobó medidas severas para evitar que se propagaran los problemas.[29] El 10 de octubre, el sector norte del frente solo tenía harina para quince días y carne para menos de cuatro. Los mandos consideraban probable que hubiese «motines del hambre» entre las tropas. La situación no era mejor en las ciudades del norte y el centro de Rusia. El 20 de octubre, Serguéi Prokópovich, ministro de Suministros Alimentarios, solo podía garantizar reservas para la mitad de la población de la que era responsable. Aleksandr Liverovski, ministro de Comunicaciones, advirtió que la red de trenes se desmoronaría si disminuía el número de ferroviarios con derecho a obtener raciones. Pero una reducción a la mitad del tamaño de las fuerzas armadas en el frente y en la retaguardia aliviaría el dilema de Prokópovich.[30] Kerenski desestimó cualquier sugerencia de ese tipo, ya que habría requerido un cambio drástico en su política bélica y la desmovilización masiva entrañaría sus propios peligros.
Durante todo ese tiempo, los combates continuaron esporádicamente en el frente oriental. La opinión de Zamáraev habían cambiado por
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completo y ya no veía el sentido de la guerra, tan solo sus penurias. El 23 de octubre escribió en su diario: «Hemos recibido la triste noticia de que Nikolái Gavrilov [sic] ha muerto en Rumanía. Siento lástima por el pobre hombre, que ha dejado un montón de niños. Niños totalmente inocentes sufren por los caprichos de autócratas locos».[31]
El gabinete seguía negándose a abandonar su lucha por estabilizar la situación. En su orden del día del 21 de octubre figuraba un debate sobre cómo reunir a los empresarios y a los trabajadores de las fábricas de cuero moscovitas.[32] Pero el objetivo de la conciliación industrial era imposible de cumplir desde hacía tiempo. A pesar de actuar conjuntamente con los líderes de los sóviets mencheviques, los ministros habían sido incapaces de impedir las huelgas en la red ferroviaria a finales de septiembre. Para que los ferroviarios volvieran a sus puestos fue necesario aumentar los salarios, lo cual suponía una carga para el presupuesto del Estado. El ministro de Correos y Telégrafos, el menchevique Alekséi Níkitin, había denunciado la huelga, y sus compañeros mencheviques reaccionaron pidiéndole que dimitiera.[33] Hubo problemas en el Dombás, donde los mineros retiraron su mano de obra. En Bakú, a medida que aumentaba la escasez de combustible, los trabajadores del petróleo se unieron al movimiento huelguista. En todos los sectores de la economía existía agitación laboral. Los empleados de oficina también se declararon en huelga para exigir mejoras salariales y hubo disturbios por hambre en docenas de pueblos y ciudades de Rusia y Ucrania.[34] El campesinado siguió apoderándose de tierras y propiedades de la nobleza, y las condiciones en el campo quedaron completamente fuera del control oficial.[35] El antiguo Imperio ruso carecía de gobierno alguno. La puerta de la siguiente revolución ya estaba entreabierta.
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La Revolución de Octubre: Los bolcheviques toman el poder en Petrogrado
El 24 de octubre, Petrogrado seguía dando una extraña apariencia de normalidad. Se repartía el correo y el trabajo continuaba en oficinas y fábricas. La mayoría de los periódicos se publicaron como de costumbre. Pero era de dominio público que los bolcheviques planeaban un levantamiento, y Kerenski había ordenado la adopción de medidas de emergencia. Hubo redadas en imprentas bolcheviques, se suspendió parte de la red de tranvías y se levantaron algunos puentes del río Neva.[1] Kerenski creía que podía contar con suficientes unidades armadas para hacer frente a cualquier problema, pero Trotski estaba decidido a demostrar que se equivocaba. Estaba previsto que el Congreso Panruso de los Sóviets de Diputados Obreros y Soldados comenzara al día siguiente. Sus delegados se apearon de los trenes procedentes de las provincias y se dirigieron al Instituto Smolny, donde comenzarían las deliberaciones. Cuando Trotski se enteró de los preparativos del Gobierno, alertó a sus camaradas del Comité Militar Revolucionario: «Kerenski está a la ofensiva […] Necesitamos a todo el mundo en Smolny».[2]
Vladímir Stánkevich, comisario del Gobierno provisional en el Estado Mayor de Maguilov, llegó a Petrogrado para informar a Kerenski. Imaginaba que estaría agitado, pero encontró al primer ministro en un
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estado de ánimo tranquilo y alegre. La primera pregunta de Kerenski fue: «Bueno, ¿qué le parece Petrogrado?». Viendo que esto desconcertaba a Stánkevich, bromeó: «¿No sabe que aquí se está produciendo un levantamiento armado?». Ambos se echaron a reír.[3] El secretario del gabinete, Vladímir Nabokov, fue testigo de una chanza similar cuando preguntó a Kerenski cómo estaba afrontando la amenaza de una revuelta bolchevique. Kerenski repuso: «Estaría dispuesto a celebrar un servicio de oraciones para que se produjera tal levantamiento». Nabokov, que lo conocía mejor que la mayoría, probó con otra pregunta: «Pero ¿está seguro de que puede afrontarlo?». Kerenski respondió que los bolcheviques estaban abocados a la derrota: «Tengo más fuerzas de las que necesito. Serán aplastados».[4] Teréshchenko, su amigo y ministro de Asuntos Exteriores, pensaba lo mismo, o al menos intentaba dar esa impresión. Ese mismo día, en una reunión con el embajador estadounidense David Francis, habló sobre el intento de golpe de Estado que se esperaba en todo el mundo: «Creo que podremos reprimirlo. Espero que se produzca, tanto si podemos como si no; estoy cansado de tanta incertidumbre y suspense».
[5]
Kerenski y Teréshchenko intentaban mostrar determinación. El Gobierno se había visto sacudido por una crisis interna el 20 de octubre, cuando Verjovski, el ministro del Ejército, habló en una sesión a puerta cerrada de la comisión internacional del Preparlamento. En ella declaró que el ejército ruso ya no estaba en condiciones de defender el frente: no podía equiparse o tan siquiera alimentarse adecuadamente. Teréshchenko se enfadó por la ruptura de la solidaridad del gabinete: los ministros debían mantener la realidad militar en secreto.[6] Kerenski obligó a Verjovski a coger la baja por enfermedad. En realidad era una destitución encubierta, y Kerenski se hizo cargo de su ministerio. Pero los debates del Preparlamento aumentaron la confusión en Maguilov, donde Dujonin, el comandante en jefe, intentaba coordinar los preparativos de la defensa rusa.[7] Entre tanto, la noticia de la marcha de Verjovski se filtró a la prensa de Petrogrado, que publicó versiones distorsionadas del suceso. Las correcciones posteriores no hicieron sino acrecentar la atmósfera de caos.
[8]
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El 24 de octubre, el Preparlamento se reunió de nuevo para celebrar un debate de urgencia. Borís Kamkov, en nombre de los socialrevolucionarios de izquierda, denunció al Gobierno provisional y llamó a la formación de «una autoridad democrática revolucionaria» (vlast). Pero el menchevique Fiódor Dan habló airadamente de la «iniciativa criminal» que planeaban los bolcheviques. Aunque había perdido la esperanza con Kerenski, predijo que, incluso si el levantamiento prosperaba, no pasaría mucho tiempo antes de que el partido bolchevique —y toda la democracia— fueran destruidos. La única manera de evitar la catástrofe, declaró Dan, era crear un Comité de Salvación.[9] Pidió que se adelantara la fecha de las elecciones a la Asamblea constituyente para permitir la resolución de la crisis de poder. Dan también había cambiado de postura en otras políticas y abogaba tanto por la paz inmediata en el frente oriental como por el traspaso de la cuestión agraria a los comités de tierras.[10]
Aunque las numerosas posturas encontradas en esta ocasión denotaban la improbabilidad de una coalición de gobierno socialista, la marea de opinión en el Preparlamento se había vuelto definitivamente contra Kerenski. Kamkov y Dan habían calado hondo y la moción fue aceptada por ciento tres votos a favor, ciento dos en contra y veintiséis abstenciones. Todos los partidos y facciones socialistas estaban a favor. Se estaba lanzando un desafío urgente al Gobierno provisional.[11] Vladímir Stánkevich comunicó la noticia por teléfono a Kerenski antes de ir a reunirse con él en el Palacio de Invierno. Por primera vez, Kerenski parecía profundamente conmocionado. Cuando mencionó su posible renuncia al cargo de primer ministro, afloró de repente la posibilidad de un Gobierno descabezado que tendría que enfrentarse a una insurgencia liderada por los bolcheviques. Los demás ministros le imploraron que permaneciera en su puesto, y casi había amanecido el 25 de octubre cuando aceptó continuar como ministro-presidente.[12]
Lenin había pasado el día anterior tratando de espolear la determinación del Comité Militar Revolucionario y adelantar el momento de la acción. Trotski no era demócrata, pero, a diferencia de Lenin, quería que la toma del poder pareciera lo más «democrática» posible esperando a que comenzara el Congreso Panruso de los Sóviets de Diputados Obreros y Soldados. Sin embargo, el congreso no podía reflejar la opinión de la
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sociedad en su conjunto, ya que los delegados eran elegidos predominantemente por los sóviets urbanos, y la mayoría de la gente, incluso en las ciudades, no tenía voto en las elecciones a los sóviets. Pero si el congreso no iba a encarnar la democracia universal, al menos no era el juguete de un solo partido. Trotski se atuvo a su planteamiento táctico y Lenin, que se encontraba en las afueras de la ciudad, a varios kilómetros de distancia, no podía interferir. De todos modos, los planes del Comité Militar Revolucionario estaban muy avanzados y se estaban dando los primeros pasos prácticos.
El estado de ánimo de Lenin era explosivo. Envió a Fofanova al Instituto Smolny para exigir que se emprendieran acciones, y estaba furioso porque los líderes bolcheviques debían cumplir con su deber revolucionario. Toda la situación le corroía por dentro. Aquella noche desoyó las órdenes del Comité Central para que se quedara en el piso y tomó el tranvía hacia el centro de la ciudad. Llevaba peluca y una venda en la cara y se había afeitado la barba. En el tranvía había pocos pasajeros, así que, cuando Lenin descubrió que el revisor era simpatizante de la izquierda política, abandonó la cautela y expuso por qué quería un levantamiento. Luego se apeó del tranvía y caminó en la oscuridad hasta el Instituto Smolny, al que llegó hacia la medianoche del 24 al 25 de octubre tras abrirse paso a través del anillo de ametralladoras. El edificio se había convertido en una fortaleza. Una vez dentro, se reunió con sus compañeros de partido y les dijo a todos que aceleraran la acción. A continuación redactó los textos de los decretos sobre la tierra, la paz, la prensa y el traspaso de poderes, y convenció a todo aquel que veía desanimado. Era el momento para el que Lenin se había preparado toda su vida.
A las diez de la mañana del 25 de octubre ultimó un llamamiento «a los ciudadanos de Rusia» en el que declaraba: «El Gobierno provisional ha sido derrocado. El poder del Estado ha pasado a manos del órgano del Sóviet de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado, el Comité Militar Revolucionario, que está a la cabeza del proletariado y la guarnición de Petrogrado». Preveía «una paz democrática», la abolición de los latifundios, el control obrero de las empresas y la creación de un Gobierno de los sóviets.[13]
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El Comité Militar Revolucionario aseguró lugares de importancia estratégica. Más tarde se escribieron relatos sobre la brillantez de los métodos bolcheviques, pero en realidad estaban haciendo poco que difiriera de lo que había hecho el Comité Provisional de la Duma a principios de marzo. Trotski y sus camaradas se estaban apoderando de todos los puntos de Petrogrado desde los que sus enemigos podían emitir información, organizar protestas o contraatacar. Los insurgentes ya habían tomado el mando del Instituto Smolny. Su siguiente prioridad era obtener autoridad sobre los cuarteles del ejército de toda la ciudad. Se esperaban problemas por parte del cuerpo de oficiales y se tomaron precauciones contra la resistencia dondequiera que se produjese. Hubo enfrentamientos entre las tropas obedientes al Comité Militar Revolucionario y las que seguían siendo leales al Gobierno provisional o simplemente estaban horrorizadas ante la posibilidad de una administración bolchevique, pero, gracias a su gran superioridad numérica, el Comité Militar Revolucionario aplastó rápidamente cualquier oposición militar. El Gobierno provisional emitió en vano un radiotelegrama al pueblo ruso pidiendo apoyo, mientras que el Comité Militar Revolucionario dio órdenes de forzar la entrega del Palacio de Invierno y el palacio Mariinski, donde resistían el Gobierno provisional y el Preparlamento.[14] Los bolcheviques hicieron preparativos para un asalto final mientras completaban la toma de las estaciones de ferrocarril y tranvía de Petrogrado y sus oficinas de correos y telégrafos y organizaban bloqueos en las principales vías de toda la ciudad.
Kerenski salió del Palacio de Invierno a última hora de la mañana y dejó a Konoválov presidiendo el gabinete. Más tarde, los bolcheviques inventaron la historia de que iba vestido con uniforme de enfermero, pero lo cierto es que cruzó la plaza del palacio en dirección a su cuartel militar para comentar la situación y reunir a las fuerzas leales a él y al Gobierno. Sin embargo, los insurrectos se habían incautado de todas las limusinas oficiales, por lo que envió a sus ayudantes a pedir un vehículo diplomático estadounidense. El secretario de la embajada, Sheldon Whitehouse, no se lo tomó muy bien, pero cedió cuando se le expusieron las circunstancias. Un amigo de Kerenski también prestó otro coche. Los dos vehículos partieron a toda velocidad, el estadounidense luciendo las barras y estrellas en el capó a pesar de que Whitehouse había puesto como condición para el
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préstamo que fuesen retiradas.[15] Kerenski viajó hasta Peskov, a unos trescientos kilómetros de distancia, donde consiguió el apoyo del teniente coronel Píotr Krasnov, el cosaco del Don que lideraba el Tercer Cuerpo de Caballería. Varios cadetes también se unieron a la empresa. El contragolpe estaba en marcha.[16]
No obstante, el levantamiento bolchevique ya había inclinado la balanza política en la capital. Se ordenó al Preparlamento que abandonara el palacio Mariinski, que estaba rodeado de unidades militares. Mientras soldados y marineros corrían por los pasillos, el presidente Avkséntiev vio que habría un derramamiento de sangre inútil si no acataba la orden y organizó la salida de sus compañeros con la intención de volver a convocar el Preparlamento en cuanto las circunstancias lo permitieran.[17] Solo resistió el Palacio de Invierno, donde el Gobierno provisional estaba celebrando una sesión. La artillería de la fortaleza de San Pedro y San Pablo, al otro lado del río Neva, así como la del crucero Aurora, estaban preparadas para bombardear el Palacio de Invierno.
Aquella tarde, a las 14:35 horas, Trotski abandonó sus funciones en el Comité Militar Revolucionario e inauguró la sesión programada del Sóviet de Petrogrado en el Instituto Smolny. La sala estaba abarrotada tanto por sus propios diputados como por delegados llegados de las provincias para el Segundo Congreso de los Sóviets. Hasta entonces, Trotski había negado públicamente que planeara organizar una revuelta, pero ahora estaba celebrando lo ocurrido: «¡En nombre del Comité Militar Revolucionario declaro que el Gobierno provisional ya no existe!». Enumeró las instituciones e instalaciones de la ciudad que se hallaban en poder de los insurgentes y aseguró a todo el mundo que el Palacio de Invierno también caería pronto. Entonces, Lenin entró en la sala y fue recibido con sonoros aplausos. Dijo a los allí presentes que estaba a punto de formarse un Gobierno sin miembros burgueses y que se crearía un Estado socialista proletario. Se impulsaría la causa de la «revolución socialista mundial». Alguien gritó que todo aquello estaba suplantando la voluntad del Congreso de los Sóviets. Trotski desestimó la intervención, afirmando que el levantamiento de obreros y campesinos ya había tenido lugar y que la tarea urgente era consolidar la victoria. Además, expresó su confianza en que el Congreso daría su aprobación.[18]
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Las noticias de esa misma tarde y primera hora de la noche indicaban que el levantamiento era imparable. Fiódor Dan estaba furioso con los bolcheviques, pero no veía sentido en retrasar la apertura del Congreso. Cuando eran casi las once de la noche subió al estrado para hablar en nombre del Comité Ejecutivo Central Panruso saliente. La comisión de credenciales hizo el recuento de los delegados y comprobó que trescientos de seiscientos setenta pertenecían al partido bolchevique. Aunque no era una mayoría absoluta, bastó para que los bolcheviques consiguieran catorce de los veinticinco escaños del nuevo Comité Ejecutivo Central.[19] Kámenev, que días antes había dimitido del Comité Central Bolchevique, volvió al redil y presidió el resto de la sesión del Congreso, donde anunció una orden del día que incluiría debates sobre la transferencia de poder, la guerra y la Asamblea constituyente. Todo esto fue demasiado para Mártov, que exigió el fin del derramamiento de sangre en las calles de la capital. Numerosos bolcheviques le aplaudieron y la moción fue aprobada sin un solo voto en contra.[20]
La intervención de Mártov no aplacó a la mayoría de los mencheviques y socialrevolucionarios presentes en la sala. Pero, cuando pidieron que se entablaran conversaciones con el Gobierno provisional, no lograron hacerse oír por encima del griterío hostil. Era obvio que no iban a ganar una votación aunque se celebrara, así que abandonaron todos la sesión y dejaron solo las alas izquierdas de sus dos partidos.[21] Mártov, que fue uno de los que se quedaron, intentó salvar la situación pidiendo negociaciones con todos los partidos socialistas para formar un Gobierno de coalición. Trotski rechazó la idea: «Un levantamiento de las masas populares no requiere justificación. Lo que se ha producido es un levantamiento y no un complot». También rechazó la petición de medidas conciliadoras: «A los que se marcharon y a los que vienen con estas propuestas, tenemos que decirles: “Sois individuos patéticos y aislados, estáis en bancarrota: vuestro papel se ha agotado. Partid hacia donde pertenecéis a partir de ahora: ¡Al cubo de la basura de la historia!”». Esto agotó incluso la paciencia de Mártov: «¡En ese caso, nos vamos!». Trotski leyó tranquilamente una moción que denunciaba a los «colaboracionistas» que se habían opuesto a la voluntad del Congreso.[22]
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Sin mover un dedo, los bolcheviques consiguieron de este modo la mayoría absoluta en el Congreso. Su alegría eclipsó cualquier preocupación por formar una nueva administración. Pero los demás partidos socialistas, lejos de poner fin a su actividad, se reunieron por separado para formular tácticas de cara a la nueva situación. Solo los socialrevolucionarios de izquierda, aparte de los bolcheviques, habían permanecido en la sala, y no estaba nada claro que las dos direcciones fueran capaces de formar una coalición de gobierno. Pero, por el momento, Trotski y Lenin saborearon su victoria en el Congreso.
En el Palacio de Invierno, el Comité Militar Revolucionario tenía el edificio sitiado. Tras la marcha de Kerenski, Konoválov persistió en los debates del gabinete a pesar del agotamiento del contingente militar que protegía a los ministros alrededor de la mesa. Stánkevich se puso en contacto con Maguilov, desde donde Dujonin, el comandante en jefe supremo, prometió prestar ayuda armada con rapidez. El Gobierno provisional nombró a Kishkin nuevo gobernador general de Petrogrado.[23] Era una señal de determinación, pero llegó demasiado tarde. A las siete, un frenético Teréshchenko envió un mensaje a Dujonin informándolo de que el Palacio de Invierno se hallaba bajo amenaza de bombardeo desde la fortaleza de San Pedro y San Pablo y el crucero Aurora a menos que los ministros accedieran a entregar el poder a los sóviets. Teréshchenko siguió insistiendo en que solo la Asamblea constituyente tendría ese derecho y le dijo a Dujonin: «Acelere el envío de fuerzas».[24] Dujonin respondió que estaba haciendo los preparativos necesarios, pero también pidió a Teréshchenko que tuviese en cuenta que el transporte ferroviario a Petrogrado desde Maguilov estaba interrumpido por los asaltos. El gabinete no podía esperar una llegada rápida de la salvación desde el frente oriental.[25]
Los ministros se negaron estoicamente a preguntar por las condiciones de una posible capitulación. Konoválov y Kishkin se pronunciaron en contra de la rendición de la última ciudadela del Gobierno provisional y contaron con el apoyo de Maliántovich, el ministro de Justicia, aunque su rostro delataba su bajo estado de ánimo: como todos sus compañeros, sabía que el tiempo del gabinete se había acabado. Los cadetes militares
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leales al Gobierno improvisaron barricadas de madera en la plaza del palacio.[26]
Aleksandr Liverovski, ministro de Comunicaciones, llevó un registro personal de las últimas horas del Gobierno provisional en el Palacio de Invierno. A las 23:50 oyó disparos en los oscuros pasillos, seguidos de una granada lanzada por marineros. Un cadete militar resultó herido en la cabeza. Kishkin, el ministro de Bienestar, le puso un vendaje y Bernatski, el ministro de Economía, le proporcionó un pañuelo. Hubo que apagar un incendio en el pasillo. A las 00:30, un general telefoneó desde el cuartel general del Distrito Militar de Petrogrado para comunicar que se estaban reuniendo unidades para romper el cerco. Uno de los ayudantes de Kishkin preguntó si alguien tenía un revólver que pudieran utilizar para repeler a los atacantes, pero solo Liverovski entregó un arma.[27] Konoválov y Teréshchenko se quedaron a pesar del peligro físico y dieron las gracias a los cadetes que los habían ayudado a defenderse, pero no pudieron contener a las fuerzas de los sóviets que corrían por los pasillos.[28]
Poco después de la una de la madrugada del 26 de octubre, el jefe de las defensas del palacio informó de que cincuenta personas habían sido detenidas. Entonces llegó una «delegación» de trescientos sitiadores. A las 2:10, los que aún resistían, incluidos los ministros, fueron escoltados fuera del recinto y hechos prisioneros.[29] La toma del poder en Petrogrado se había completado. El Gobierno provisional había sido derrocado y los bolcheviques podían empezar a formar una nueva administración y anunciar su política. Costaba imaginar un resultado más extraordinario. Un partido que había sido una facción mal coordinada, con una política poco clara, un liderazgo dividido y solo unos pocos miles de miembros, se había alzado con la autoridad en el mayor imperio terrestre del mundo. Los nombres de Lenin, Trotski y Zinóviev eran desconocidos antes de marzo de 1917 y ahora estaban en boca de todos. Mientras los exhaustos ministros del Gobierno provisional eran conducidos a sus celdas en la cercana fortaleza de San Pedro y San Pablo, los bolcheviques, igualmente cansados pero eufóricos, aguardaban con impaciencia los días en que levantarían sus estandartes de la revolución socialista por toda Rusia y el mundo.
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Sovnarkom: promesas e inseguridades
La primera sesión del Congreso de los Sóviets terminó a las cinco de la mañana del 26 de octubre, tras proclamar la toma del poder. Antes de reunirse de nuevo ese mismo día, Kámenev mantuvo conversaciones con los socialrevolucionarios de izquierda, pero no consiguió atraerlos a una coalición. Los bolcheviques tuvieron que formar Gobierno por su cuenta. Habían afirmado que podían resolver los problemas del país y ahora tendrían que demostrarlo.
Kámenev anunció el nuevo Gobierno revolucionario en la ruidosa sala llena de humo del Instituto Smolny. La palabra «ministro» sonaba demasiado burguesa para los bolcheviques, que querían diferenciarse de lo que había antes, así que el Gobierno se llamaría Consejo de Comisarios del Pueblo (o Sovnarkom en su abreviatura rusa). Lenin sería el presidente del Sovnarkom. Había propuesto que Trotski encabezara el Gobierno, pero este se negó incluso cuando Lenin le preguntó: «Pero ¿por qué no? Tú dirigiste el Sóviet de Petrogrado que llevó a cabo la toma del poder». Tampoco aceptó la otra idea de Lenin, que consistía en que ocupara el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos.
Razonó que sería problemático para el Gobierno poner a un judío a cargo de la policía. Finalmente, Trotski aceptó ser comisario del pueblo para Asuntos Exteriores. A pesar de ello, no pudo evitar murmurar: «¿Qué clase de trabajo diplomático vamos a tener? Emitiré unas cuantas
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proclamas revolucionarias a los pueblos [del mundo] y luego lo clausuraré».[1]
Coincidió que el 26 de octubre era el cumpleaños de Trotski, un cumpleaños que no tuvo tiempo de celebrar.[2] El Sovnarkom nació en un ambiente frenético. Las decisiones y los anuncios se sucedían, y el partido bolchevique estaba solo frente a la resistencia política y armada.
Aleksandr Shliápnikov, que había sido obrero metalúrgico en Londres al principio de la guerra, se convirtió en comisario del pueblo para el Trabajo. Stalin tenía planeado crear el Comisariado del Pueblo para las Nacionalidades. Mientras que Stalin había expresado previamente su preocupación por la revuelta, otros como Alekséi Ríkov y Víctor Noguín se habían opuesto inequívocamente a ella. Esto no se consideró motivo suficiente para excluirlos del gabinete, y Ríkov asumió el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos. Noguín recibió la cartera de Comercio e Industria y Miliutin la de Agricultura. El Comisariado del Pueblo para Asuntos Militares sería dirigido conjuntamente por Vladímir Antónov-Ovsenko, Nikolái Krilenko y Pável Dibenko, que mantenían fuertes vínculos con las fuerzas armadas. Todos los miembros del Sovnarkom eran hombres, y transcurrieron otros cuatro días hasta que la única mujer, Aleksandra Kolontái, fue nombrada comisaria del pueblo para la Seguridad Social. De todos modos, se difundió el mensaje de que el Sovnarkom sería un Gobierno sin parangón en la historia. Se había inaugurado la era socialista. Los dirigentes bolcheviques sostenían que lo que estaba ocurriendo en Petrogrado pronto se extendería al resto de Rusia y a Europa central y occidental.
Aun así, no era el Gobierno que quería el Comité Central Bolchevique. Los socialrevolucionarios de izquierda habían participado en el Congreso de los Sóviets. Aunque todavía no se habían separado formalmente del Partido Social-Revolucionario, la escisión ya existía en todo menos en el nombre. Los bolcheviques aún esperaban formar una coalición con ellos, pero a los socialrevolucionarios de izquierda les preocupaba la fascinación bolchevique por la dictadura y la violencia, y juzgaron prudente esperar a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos en los días posteriores.
Los dirigentes bolcheviques no podían permitirse esperar. Se dice que Stalin no descansó durante cinco días. Cuando Lunacharski lo vio dormir
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profundamente, se agachó a darle un beso en la cabeza y Stalin se tomó el gesto con humor. Convencieron a Lenin para ir al cercano piso de su compañero bolchevique Vladímir Bonch-Bruyévich. Cuando se puso la peluca antes de salir del Instituto Smolny le recordaron que ya no era necesario. Estaba somnoliento en el coche. Bonch-Bruyévich le cedió el dormitorio y él descansó en un sofá. Lenin pronto tuvo ganas de volver al trabajo y se arrastró hasta el salón para terminar los borradores de los decretos que quería presentar al Congreso.[3] Mientras tanto, Trotski ya casi no podía mantenerse en pie. Se tumbó en el Instituto Smolny y llamó a Kámenev para pedirle un cigarrillo. Segundos después se quedó dormido. Kámenev se alarmó lo suficiente como para preguntarle cuando despertó: «¿Tal vez deberíamos traerte alguna medicación?». En ese momento Trotski recordó que llevaba veinticuatro horas sin comer y dijo: «Sería mucho mejor buscar algo de comida».[4]
Cansados pero eufóricos, los líderes bolcheviques se pusieron manos a la obra. El agotamiento físico no iba a impedirles desempeñar su papel en un drama de importancia mundial. Las primeras veinticuatro horas estuvieron repletas de actividad. El Decreto sobre la Paz exigía el fin inmediato de la Gran Guerra e instaba a los soldados de todos los países a deponer las armas. Pero Lenin, el autor del decreto, adoptó un tono pragmático en un aspecto importante. Tras meses tachando a todos los Gobiernos beligerantes de «imperialistas», se limitó a instarlos a alcanzar la paz. No hacía ninguna referencia a una «revolución socialista europea» o a una «guerra revolucionaria». Ni siquiera declaró que el Sovnarkom estaba comprometido con la construcción del socialismo en Rusia. Una «paz justa o democrática» era su propósito general. El Sovnarkom hizo un llamamiento a todos los países beligerantes, al Gobierno y al pueblo para que acordaran una tregua y luego negociaran una paz que no implicara anexiones. Los pactos debían ser ratificados por «asambleas autorizadas de representantes del pueblo». En ese punto, Lenin empezaba a exponer sus objetivos revolucionarios, comprometiendo al Gobierno ruso a revelar los acuerdos secretos alcanzados por el Gobierno provisional. Anunciando una era sin precedentes en la diplomacia, señaló la importancia de «los trabajadores con conciencia de clase de las tres naciones más avanzadas de
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la humanidad y de los mayores Estados que participan en la guerra actual:
Inglaterra, Francia y Alemania».[5]
Ese mismo día se promulgó el Decreto sobre la Tierra. Vladímir Miliutin y Yuri Larin habían redactado un borrador después de que el Comité Central Bolchevique se impacientara ante la incapacidad de Lenin para elaborar uno. Lenin finalizó el texto añadiendo un preámbulo que era un llamamiento directo a todas las familias campesinas. El decreto declaraba que toda la tierra agrícola era «posesión el pueblo en su conjunto». Las propiedades de la familia imperial, la nobleza y la Iglesia ortodoxa debían ser expropiadas. Se confirmaron las prestaciones para los campesinos, que disfrutarían gratuitamente de la tierra y ya no deberían pagar rentas ni deudas a los anteriores propietarios. El campesinado obtuvo el derecho a disponer de la propiedad confiscada de la forma que deseara, e incluso se alentaba a ello. El partido bolchevique aún esperaba mantener intactas las grandes explotaciones comerciales de cereales y remolacha de Ucrania y el sur de Rusia una vez que los propietarios hubieran sido desposeídos, conscientes de que esas grandes explotaciones suministraban una parte esencial de la cosecha que llegaba a las ciudades. La intención inmediata era lograr una alianza entre el Sovnarkom y el campesinado diciéndoles a los campesinos que podían dividir la propiedad de la tierra como quisieran y que el Gobierno no interferiría.
El Decreto sobre la Prensa salió exclusivamente de la pluma de Lenin. El Sovnarkom pretendía cerrar los periódicos hostiles y acabar con la libertad de las organizaciones políticas conservadoras y liberales para influir en la opinión pública. Las medidas afectaban a numerosos medios. La administración revolucionaria indicó que cerraría cualquier empresa editorial que hubiera «sembrado la confusión mediante una distorsión obviamente difamatoria de los hechos». Era una formulación lo suficientemente vaga como para permitir a los bolcheviques irrumpir en las instalaciones de todos sus oponentes políticos. No se proclamó ningún organismo de censura, pero la intención estaba clara.
Aunque toda la dirección bolchevique se sentía decepcionada con los socialrevolucionarios de izquierda, experimentaba profundas divisiones internas sobre cómo considerar a los demás partidos socialistas. El Comité Central había decidido tomar el poder sin debatir lo más mínimo sobre la
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composición del futuro Gobierno. Lenin y Trotski nunca habían querido compartir el poder con los mencheviques y los socialrevolucionarios, a los que acusaban de traición absoluta al socialismo. El abandono de la sala del Congreso no había hecho más que confirmar la opinión de ambos. Pero otros miembros del Comité Central pensaban de otra manera. Kámenev lideraba un grupo que expresó su horror ante la idea de que el partido bolchevique se aislara políticamente. El Comité Central se inclinaba a perdonar el comportamiento de mencheviques y socialrevolucionarios en el Congreso si reafirmaban la postura que habían adoptado en el Preparlamento el 24 de octubre de 1917 al votar por una administración totalmente socialista. Kámenev contaba ahora con el apoyo de los dirigentes bolcheviques que habían apoyado la política de toma del poder, pero que nunca habían imaginado que eso significara que los bolcheviques lo ejercerían en solitario. Dedicó sus esfuerzos a organizar conversaciones entre los partidos mientras Lenin se centraba en redactar y publicar decretos y Trotski dirigía las operaciones del Comité Militar Revolucionario para acabar con la fuerza expedicionaria reunida por Kerenski y Krasnov en las colinas de Pulkovo, a las afueras de Petrogrado. Las fuerzas dirigidas por los bolcheviques cosecharon una rápida victoria.
En ausencia de Lenin y Trotski, el Comité Central Bolchevique se reunió el 29 de octubre para debatir su táctica de cara a las conversaciones con los mencheviques y los socialrevolucionarios. La mayoría de los once participantes en la reunión del Comité Central eran partidarios inequívocos de la toma del poder y de ampliar «la base del Gobierno». Se esperaba que los «partidos del Sóviet» recibirían puestos y que el gabinete estaría sujeto a la confirmación del Comité Ejecutivo Central Panruso del Congreso de los Sóviets. Hubo acuerdo en insistir en la conservación del Decreto sobre la Tierra y el Decreto sobre la Paz. Por cinco votos contra tres se decidió que las conversaciones se desarrollarían sobre la base del «derecho de retirada mutua de candidaturas». Esa torpe frase abría la posibilidad de que cada parte pudiera oponerse a la inclusión de determinadas personas en el Gobierno. Era un punto importante, ya que los mencheviques y los socialrevolucionarios no tenían ninguna intención de permitir que Lenin y Trotski mantuvieran sus puestos. Kámenev y Sokólnikov fueron elegidos para negociar en nombre del Comité Central.[6]
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El Comité Ejecutivo Panruso de la Unión Ferroviaria se declaró en huelga la medianoche del 30 de octubre de 1917. Aún bajo la dirección menchevique, presionó para que se pusiera fin a la violencia y se creara una coalición de gobierno que reuniera a los principales partidos socialistas. El Consejo Central de los Comités de Fábricas y Talleres, en el que los bolcheviques tenían mayoría, presionó en el mismo sentido.[7]
De ser el paria del Comité Central, Kámenev había pasado a dirigir su equipo negociador. Sus opiniones sobre el poder eran ampliamente compartidas en el partido bolchevique. Cuando las bases bolcheviques pidieron un Gobierno basado en los sóviets, daban por sentado que participarían todos los «partidos de los sóviets», incluidos los mencheviques y los socialrevolucionarios. Se envió un cuestionario sobre la actualidad a los delegados del Congreso de los Sóviets. Esto era algo que a los bolcheviques y otros socialistas les gustaba hacer en sus grandes reuniones. Se adelantaron a su tiempo en la realización de encuestas de opinión entre sus seguidores, y el cuestionario de octubre demostró que los delegados habían votado a favor del poder para los sóviets porque esperaban una coalición socialista democrática.[8] Lo veían como el paso necesario para poner fin a la guerra en el frente oriental. También reinaba entre ellos el deseo de salvar la economía de la ruina total en la que estaba cayendo. Es obvio que los trabajadores, amenazados por la oleada de cierres de empresas, querían arrancar las fábricas y las minas de las manos de sus propietarios. Los soldados en el frente y en las guarniciones apoyaban firmemente las medidas de paz que los librarían de los peligros del conflicto.
Anatoli Lunacharski, comisario del pueblo para la Educación, intentó ser optimista. Había apoyado el levantamiento bolchevique con la esperanza de que se creara una gran coalición integrada por Lenin, Mártov, Chernov, Dan y Verjovski, y seguía defendiendo dicho resultado, pero reconocía que la buena voluntad y la sabiduría política escaseaban.[9] Tenía razón al abrigar dudas, puesto que los mencheviques y los socialrevolucionarios, envalentonados por la huelga convocada por el Sindicato Ferroviario, expusieron condiciones severas para cualquier concesión. En el Preparlamento del 24 de octubre habían acordado la necesidad de la paz, la reforma agraria y la reorganización del poder
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estatal. Ahora le dijeron a Kámenev que se unirían a un Gobierno de los sóviets, pero solo si Lenin y Trotski quedaban excluidos de él. Culpaban a ambos de provocar luchas armadas y de llevar al país al borde de la guerra civil. Kámenev simpatizaba con sus demandas, porque semanas antes había advertido al Comité Central sobre la temeridad de los planes insurreccionales de Lenin, y planteó sus condiciones para la resolución final.
Los ánimos se caldearon en la reunión del Comité Central celebrada el 1 de noviembre de 1917. Trotski dijo que no había servido de nada tomar el poder si los bolcheviques no conseguían una mayoría de puestos en el Sovnarkom, y argumentó que Lenin debía conservar la presidencia.[10] Kámenev insistió en que se había ceñido a las instrucciones de la reunión anterior. Dzierżyński repuso que Kámenev las había echado por tierra. Lenin pidió que acabara el regateo con los mencheviques y los socialrevolucionarios y que se hiciera frente al Vikzhel. Los bolcheviques tenían la supremacía militar en Petrogrado y Lenin quería que se enviaran tropas a Moscú, donde aún no se había asegurado la supremacía del Sovnarkom.[11] En este punto, Kámenev obtuvo cierto apoyo de Ríkov, pero no fue suficiente para ganar la mayoría en la reunión. Incluso Zinóviev quería exigir que cualquier coalición aceptara los decretos de octubre del Sovnarkom y reconociera a los sóviets como poder legítimo de gobierno.[12] David Riazánov, miembro del equipo negociador bolchevique, advirtió que el partido corría el peligro de quedar totalmente aislado, y señaló que el Sovnarkom ya se veía obligado a recortar a doscientos gramos la ración diaria de pan en Petrogrado.[13] La moción de Lenin para poner fin a las conversaciones con los otros partidos socialistas salió derrotada, pero la resolución final se limitó al deseo de negociar con los socialrevolucionarios de izquierda.[14]
Hubo otras proclamas reguladoras. El 29 de octubre de 1917 se promulgó el Decreto sobre la Jornada de Ocho Horas, que afectaba a los empleados de todas las fábricas, minas y otras empresas. No era un proyecto global para el sector urbano de la economía, pues no se decía nada sobre la nacionalización en la industria y la banca ni sobre la planificación central del Estado. La intención era convencer a todos los trabajadores y empleados de que sus condiciones laborales mejorarían
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pronto. La prioridad del Sovnarkom era atraer más apoyos. Los comisarios del pueblo no podrían hacer cumplir el decreto, ni siquiera en Petrogrado, a menos que los trabajadores también ejercieran presión. La acción revolucionaria desde abajo debía fortalecer la revolución desde arriba. El Sovnarkom mostró su ambición en el Decreto sobre Educación Popular, publicado el mismo día y que prometía la escolarización universal, gratuita y laica de los niños. Al igual que con otros anuncios de este tipo, el Gobierno carecía de capacidad administrativa y económica para poner en práctica su plan, que de todos modos estaba redactado en términos generales, pero se había asumido un compromiso diseñado para ganar popularidad en toda la sociedad.
El 2 de noviembre de 1917 se hizo pública la Declaración de los Derechos de los Pueblos de Rusia, que garantizaba el fin de los privilegios nacionales y religiosos. La firmaron Lenin y Stalin, comisario del pueblo para las Nacionalidades. El Gobierno provisional había ofrecido la misma garantía. Pero mientras que Lvov y Kerenski habían intentado mantener las fronteras del Estado multinacional, Lenin y Stalin unieron esto a un compromiso con la autodeterminación nacional, y el principio se extendió incluso al derecho de secesión. Si una nación deseaba abandonar el antiguo imperio, Lenin y Stalin se mostraban dispuestos a aceptarlo. La declaración llegó en un momento en que la autoridad del Sovnarkom se limitaba a la capital, pero fue enviada por telégrafo y ferrocarril a todos los pueblos y ciudades.
Sin embargo, la ruptura de las conversaciones con los mencheviques y los socialrevolucionarios horrorizó a varios dirigentes bolcheviques, aunque apoyaran el ciclo inicial de decretos del Sovnarkom. El 4 de noviembre de 1917, Kámenev, Ríkov, Miliutin, Zinóviev y Noguín dimitieron del Comité Central, y pidieron una vez más la creación de una amplia coalición de «partidos de los sóviets». El Sovnarkom no llevaba ni quince días de existencia y ya estaba perdiendo a varias de sus figuras de más talento, pero al dejar vacante el Comité Central y el Sovnarkom, dieron más margen a Lenin y Trotski para poner fin a las conversaciones con mencheviques y socialrevolucionarios. Kámenev, Zinóviev y sus compañeros fueron amonestados por el Gobierno y la dirección del partido. El Sovnarkom siguió funcionando a su ritmo, entre otras cosas
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porque sus miembros sabían que los días en el poder del bolchevismo podían verse truncados en breve. Si bien confesó su pesimismo ante las perspectivas políticas, Lunacharski insistió a su mujer: «Pero, a pesar de todo, hemos dado un gran paso adelante. Aunque nos hagan saltar por los aires, el pueblo no olvidará los decretos sobre la paz, la tierra y el control de la producción».[15] Los bolcheviques veteranos estaban acostumbrados a una vida de fugitivos, y los líderes y sus familias tenían las maletas preparadas por si de repente necesitaban huir de la capital.
Los mensajes legislativos del Sovnarkom sobre todo pretendían tener un impacto «demostrativo» que llevara a obreros, reclutas y campesinos —así como a diversos grupos nacionales— a apoyar la causa de los sóviets y los animara a encontrar sus propios caminos para hacer una revolución socialista. Llevaría tiempo redactar una Constitución, y aún más establecer un nuevo orden administrativo. Sverdlov, el secretario del Comité Central Bolchevique, recibía peticiones frecuentes de orientación detallada, y alentó a los comités locales a aplicar su criterio e iniciativa. Lenin instó especialmente al Sóviet de Moscú a apresurarse a derrocar a las autoridades existentes.[16]
Aparte del Decreto sobre la Prensa, el énfasis de los anuncios recayó en la libertad y las oportunidades para las «masas» trabajadoras. Las repercusiones para las clases media y alta eran nefastas, y la operación armada contra el contingente expedicionario de Kerenski dejaba entrever una intención feroz. En público apenas se mencionaban los planes para imponer la autoridad, pero a puerta cerrada era otra cosa. Trotski habló con su franqueza característica al Comité Bolchevique de Petersburgo:
No hay vuelta atrás. Implantaremos la dictadura del proletariado. Obligaremos a la gente a trabajar. ¿Por qué existía el sabotaje en el pasado? Bueno, aquí no solo tenemos terrorismo, sino la violencia organizada de los trabajadores aplicada a la burguesía […] Hay que decir a los obreros clara y sinceramente que no estamos a favor de la coalición con los mencheviques y otros; ese no es el quid de la cuestión. Lo que cuenta es el programa. Tenemos una coalición con los campesinos, los obreros y los soldados que están luchando en este momento […] No llegaremos a ninguna parte si nos limitamos a mantener a unos
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cuantos bolcheviques [en el Gobierno]. Hemos tomado el poder y ahora también debemos asumir la responsabilidad.[17]
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La expansión del «poder de los sóviets»: Los sóviets municipales y la coalición Sovnarkom
En gran parte de Rusia, el 25 de octubre de 1917 la vida transcurría como de costumbre. Era un día seco en los campos de Totma y Aleksandr Zamáraev estaba trabajando en casa. La nieve se había derretido y tenía que ocuparse de algunas tareas domésticas. El periódico le informó de que el Gobierno de Kerenski iba a instaurar un monopolio estatal del azúcar. Normalmente escéptico ante los anuncios ministeriales, Zamáraev esperaba poder comprar un saco de azúcar en la ciudad en un futuro próximo. Al día siguiente salió al bosque a cortar madera. El 27 de octubre fue a caballo hasta Totma y se aprovisionó de sal y queroseno. Allí se enteró de que los bolcheviques habían arrestado a los ministros y otros miembros del Gobierno provisional, pero Kerenski mantenía sus esfuerzos por reprimir la insurrección. Zamáraev dudaba de sus posibilidades: «No hay un ejercicio de poder fuerte. Nadie está escuchando a nadie y nadie está mostrando conformidad».[1]
Mientras la provincia de Vólogda aguardaba casi imperturbable, Moscú estaba en plena efervescencia. Nikolái Okunev escribió el 27 de octubre: «Se ha desatado un desorden absoluto. Las calles de Moscú están decoradas con proclamas de dos Gobiernos: el de Kerenski y el de Lenin. Cada uno habla de la ilegalidad del otro. ¡Esta es la situación de vuestro
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humilde hijo de la patria! ¿A quién debe obedecer?». El Sóviet de Moscú, dirigido por bolcheviques, había creado el Comité Militar Revolucionario, que incluía a Gueorgui Lomov, miembro adjunto del Comité Central Bolchevique. Okunev no estaba mejor informado sobre la dirección del bolchevismo que la mayoría de la gente: «Solo Dios sabe quiénes son esas personas, pero están conquistando el poder supremo en Moscú». Contra el Comité Militar Revolucionario se alzó una coalición antibolchevique que surgió de la Duma y formó un Comité de Seguridad Pública que obtuvo cierto respaldo entre los soldados del Sóviet de Moscú.[2]
Se produjeron choques violentos en los distritos centrales de la ciudad. Varios miembros de la dirección bolchevique de Moscú, entre ellos Noguín, que había dimitido del Comité Central, deseaban una gran coalición socialista. Pero el ala militante del partido rechazaba cualquier concesión y continuó la lucha. Su voluntad se endureció cuando muchos socialrevolucionarios se unieron al Comité de Seguridad Pública.
Tras diez días de duro conflicto, los bolcheviques cosecharon una victoria para la causa del Sovnarkom en la segunda ciudad del país.[3] En el resto de Rusia central y septentrional, las administraciones de los sóviets también estaban tomando el control. El gran centro textil de Ivánovo-Voznesensk, trescientos kilómetros al noreste de Moscú, ya tenía una duma en la que los bolcheviques contaban con mayoría. El 4 de noviembre, los mencheviques y los socialrevolucionarios habían sido apartados de la dirección. Nóvgorod, a doscientos cuarenta kilómetros al sur de Petrogrado, fue declarada dominio de los sóviets a mediados de noviembre. En los Urales, una región donde el partido bolchevique había aumentado su fuerza a finales del verano, la transición al Gobierno bolchevique fue casi tan rápida en Ekaterimburgo como lo había sido en la capital.[4]
Aleksandr Zamáraev observó el proceso en Totma. Se creó un sóviet de diputados obreros y soldados que celebraba sus sesiones en la escuela de artesanía. A Zamáraev no le causó buena impresión y opinaba: «Difícilmente saldrá algo sensato de este sóviet».[5] Como campesino, no tenía ni voz ni voto en la campaña electoral o los procedimientos, y todo el electorado rural estaba excluido de votar a un sóviet cuyo Ejecutivo central en Petrogrado pretendía gobernar en nombre del campesinado. La
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experiencia de Zamáraev se reprodujo en muchos otros pueblos y ciudades, a pesar de que los bolcheviques decían promover la causa campesina.
Sus éxitos urbanos se vieron posibilitados de manera crucial por su capacidad para apoyarse en las guarniciones del ejército para aplicar la fuerza necesaria. Las secciones de soldados de los sóviets ayudaron a coordinar el proceso en los conflictos de la región del Volga y Ucrania. Kazán cayó en manos de los insurgentes a finales de octubre. Nizhni Nóvgorod, un enorme centro industrial y comercial, le siguió en noviembre. En otras ciudades se produjeron largos enfrentamientos armados. Hubo que esperar hasta enero de 1918 para que el Sóviet de Tambov pudiera dar por concluido el traspaso de poderes, y el conflicto fue especialmente intenso en las ciudades ucranianas, donde existía una desconfianza nacional hacia el bolchevismo «ruso» y hacia cualquier Gobierno con sede en Petrogrado. Los propios bolcheviques de Kiev estaban divididos sobre si debían intentar derrocar a la Rada Central, que con frecuencia había causado problemas al Gobierno provisional y exigía la libertad para Ucrania. Hubo enfrentamientos entre la Rada y el sóviet de la ciudad, y el Sovnarkom envió una expedición armada para respaldar la causa bolchevique.
Pero, en otros lugares, la nacionalidad rusa no fue la única clave para la rapidez del éxito revolucionario. Bakú, que se asentaba sobre los grandes recursos petrolíferos del mar Caspio y había suministrado el 95 por ciento de la producción imperial de hidrocarburos, tenía una mano de obra mayoritariamente azerí. Sin embargo, en la primavera de 1918, su sóviet municipal, dirigido por el bolchevique armenio Stepán Shaumián, proclamaría su lealtad al Sovnarkom. Mientras tanto, los mencheviques de Noe Zhordania dirigían la administración en Georgia y denunciaron la toma del poder en Petrogrado. En casi todo el sur del Cáucaso hubo preparativos para formar un organismo con sede en la capital georgiana, Tiflis, que gobernaría toda la región hasta el colapso del Sovnarkom; no se podía predecir el momento, pero los mencheviques estaban seguros de que sería el fin de la «aventura» bolchevique. En Asia Central surgieron varios Ejecutivos locales rivales, y ninguno estaba comprometido con el Sovnarkom. Lo mismo ocurrió en casi toda Siberia. El Gobierno
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bolchevique no podía ocuparse de las regiones exteriores hasta más adelante, mientras las propias administraciones regionales esperaban ver quién salía victorioso de los conflictos entre los bolcheviques y sus enemigos.
El Sovnarkom también se vio afectado por la situación en el frente oriental. Lenin esperaba que la búsqueda de paz por parte de Rusia provocara una sucesión de revoluciones en Berlín y Viena que pusieran fin a la Gran Guerra, siendo el primer paso necesario una tregua en el frente. Cuando el general Dujonin se negó a obedecer las órdenes de negociar con el alto mando alemán en Maguilov, fue atacado por una turba de soldados que le arrancaron las charreteras y lo fusilaron. Su cadáver fue sometido a repugnantes mutilaciones.[6]
Mientras el comisario del pueblo para Asuntos Militares, Nikolái Krilenko, ocupaba el puesto de Dujonin, Trotski hizo un llamamiento a favor de un armisticio general. Sus palabras no calaron entre los aliados occidentales, y el 14 de noviembre se iniciaron las conversaciones para un cese de las hostilidades con Alemania y Austria-Hungría. Dichas conversaciones tuvieron lugar en Brest-Litovsk, en la provincia de Grodno, que había estado bajo ocupación militar alemana desde agosto de 1915, más concretamente en el antiguo edificio de la Asamblea de Oficiales. Los generales y diplomáticos alemanes, encabezados por el príncipe Leopoldo de Baviera, se comportaron de la mejor manera posible, pues creían estar presenciando el primer paso hacia la capitulación rusa a sus demandas. Esperaban conseguir una paz separada en el frente oriental que les permitiera enviar divisiones del ejército hacia el oeste para aplastar a las fuerzas francesas y británicas en el norte de Francia. Adolf Iofe, un nuevo bolchevique como su amigo Trotski, lideraba la delegación del sóviet. Tras obtener el consentimiento para hacer públicos los procedimientos, leyó en voz alta todo el Decreto de Paz.[7] Alemanes y austriacos sorprendieron a Iofe al aprobar unas condiciones para las conversaciones que excluían cualquier anexión. Querían utilizar el principio de autodeterminación nacional como tapadera para convertir los territorios que ocupaban en protectorados alemanes.
Aquello fue un insulto para la opinión patriótica. Los bolcheviques eran el único partido político dispuesto a hablar con las Potencias
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Centrales, y Raquel Khin-Gol’dovskaya se consolaba pensando que los revolucionarios estaban perdiendo el tiempo:
No se baila para celebrar la paz que han prometido con tanta «pompa». Los «delegados» de Lenin y Trotski viajaron para rendir homenaje a los alemanes. El general Hoffman los recibió pero, obviamente, las «propuestas» de los bolcheviques no eran suficientemente atractivas y el alemán los despidió sin ofrecerles nada.[8]
Su predicción resultó ser incorrecta. En Brest-Litovsk, ambos bandos querían que cesaran los combates por distintas razones, y el 2 de diciembre se firmó un armisticio.
La avalancha de decretos y ordenanzas llegados desde la capital continuó, y el «control obrero» fue declarado obligatorio el 14 de noviembre de 1917. La Ordenanza sobre el Control Obrero no exigía la nacionalización (o «estatización») de las empresas, sino que otorgaba a los trabajadores el derecho a supervisar las decisiones de los empresarios o directivos y a inspeccionar los libros de contabilidad. Los propietarios estaban obligados a abrir las cuentas a sus empleados.
El decreto era un batiburrillo contradictorio. Algunos puntos se decantaban por la centralización y otros por los poderes locales. Los bolcheviques siempre habían sido nacionalizadores. Para ellos, la única duda era si debían proclamar inmediatamente la propiedad total de la industria por parte del Estado o proceder por etapas. Poco después del levantamiento de octubre, algunas fábricas pasaron a ser propiedad del Estado. Puede que hasta veintisiete empresas solo en la provincia de Petrogrado lo hicieran entre noviembre de 1917 y marzo de 1918. En otros lugares bajo dominio bolchevique, los sóviets municipales también ejecutaron expropiaciones. Fue un proceso desigual, a menudo instigado en empresas abandonadas por sus propietarios. El 2 de diciembre de 1917, el Sovnarkom intentó poner orden en el proceso al anunciar la creación del Consejo Supremo de la Economía del Pueblo. Dirigido por Valerian Osinski, su función principal era encargarse de la «organización» de todos los aspectos de la fabricación, la minería, la agricultura, el suministro de
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alimentos, el transporte y las finanzas. El Consejo Supremo recibió el derecho de nacionalizar y requisar todo lo que deseara.[9]
Se estaban sentando las bases de la planificación económica estatal, pero Osinski no tardó en descubrir que la tarea superaba la capacidad de su Consejo Supremo. Carecía de personal e infraestructura administrativa. Lenin y él tuvieron que conformarse con la idea de que el Gobierno había indicado su destino preferido y viajaría hacia él más adelante. Los bancos eran más fáciles de nacionalizar que otros sectores económicos importantes, y el Sovnarkom los convirtió en uno de sus primeros objetivos. El hecho de que los financieros eran los amos de toda la economía formaba parte de la doctrina bolchevique. El 14 de diciembre se promulgó un decreto para la nacionalización de todos los bancos, grandes o pequeños. Mientras que los «intereses de los pequeños inversores» debían ser protegidos, los demás activos pasarían inmediatamente a ser propiedad nacional bajo la supervisión del Banco del Estado.[10] Se limitó el acceso a la riqueza personal depositada en los bancos, así como la cantidad que se podía retirar de una cuenta personal. Cuando Serguéi Obolenski regresó a Moscú en 1918, solo le permitieron recibir 10 000 rublos de todas sus posesiones.[11] A diferencia de muchos rusos adinerados, había guardado las joyas familiares en sus residencias, pero, de no haberlo hecho, todas las piedras preciosas habrían pasado a manos del Estado de los sóviets.[12]
La nacionalización de los bancos transfirió enormes recursos al Gobierno. Pero los activos bancarios por sí solos eran insuficientes para evitar la ruina económica, y Viacheslav Menzhinski, comisario del pueblo de Finanzas, sabía que no debía apelar a los financieros extranjeros. También habría sido un derroche de energía solicitar un Préstamo Voluntario de la Libertad, como había hecho Mijaíl Teréshchenko. Ningún hombre o mujer rico iba a invertir fondos en el Sovnarkom. Los bolcheviques también agravaron sus dificultades presupuestarias al comprometerse a eliminar los impuestos indirectos, que consideraban la perdición de los sectores más pobres de la sociedad. La opción alternativa era implementar el impuesto progresivo sobre la renta que el Gobierno provisional había prometido pero no aplicado, e inclinarlo severamente en contra de los intereses de la gente rica. El Comisariado del Pueblo para
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Asuntos Internos ordenó a los sóviets de las provincias que aplicaran «impuestos despiadados a las clases adineradas».[13]
El nuevo Gobierno revolucionario aún tenía que hacer frente a las elecciones a la Asamblea constituyente, que se celebrarían en todo el antiguo imperio entre el 12 y el 26 de noviembre de 1917. Lenin quería una suspensión total.[14] Los demás dirigentes rechazaron su propuesta, a pesar de que sabían que las posibilidades electorales del partido eran escasas. Llevaban demasiado poco en el cargo como para acordar la ruptura de una promesa política y Lenin tuvo que aceptar la decisión. El Gobierno provisional había establecido las reglas y disposiciones. Las elecciones serían las primeras en la historia del país basadas en el sufragio universal, despojado de privilegios sociales o de género. Los bolcheviques ahora tenían la ventaja del libre acceso a la prensa y el telégrafo, y también habían alterado la vida de los mencheviques, los socialrevolucionarios y, en particular, los kadetes. Aunque los bolcheviques sabían que no obtendrían la mayoría de los escaños, se propusieron conseguir la mayor minoría posible. El proceso electoral duró quince días y el recuento de los votos de miles de pueblos fue inevitablemente un proceso lento. Pero, al final, tal como preveían los dirigentes bolcheviques, el partido sufrió una derrota y obtuvo solo ciento sesenta y ocho de los setecientos tres escaños. Los socialrevolucionarios obtuvieron trescientos veintitrés escaños, a los que podían sumar ciento diez si se incluía a sus homólogos ucranianos.[15]
El resultado general representaba un apoyo popular a las políticas socialistas situadas a la izquierda del programa del Gobierno provisional. El único consuelo para los bolcheviques fue el mísero resultado obtenido por los kadetes y los mencheviques. Los líderes kadetes nunca habían esperado un triunfo electoral. Muchos eran reacios a aliarse de nuevo con los socialrevolucionarios y los mencheviques, como habían hecho en los primeros meses de la Revolución de Febrero. Pero los kadetes estaban decididos a organizar una resistencia práctica de un modo u otro. El 28 de noviembre de 1917, Lenin convenció al Sovnarkom de que los proscribiera como «enemigos del pueblo».[16] Esa medida los dejaba fuera del marco de la ley y los convertía automáticamente en objeto de arresto.
Lenin ya había actuado para convencer al Sovnarkom de la necesidad de un organismo policial que pudiera erradicar a todos los alborotadores.
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El 21 de noviembre de 1917 aprobó la creación de la Comisión Extraordinaria Panrusa para la Lucha contra la Contrarrevolución, la Especulación y el Sabotaje (que pronto se dio a conocer con el acrónimo de Checa). Esta se convertiría en la policía de seguridad revolucionaria. Feliks Dzierżyński, un veterano marxista polaco que se había unido a los bolcheviques a mediados de 1917, fue el elegido por Lenin para dirigir la organización. Dzierżyński pertenecía al Comité Central desde agosto y era un hombre de temperamento ascético y trabajador. Lenin confiaba en que poseería la determinación necesaria para llevar a cabo los actos de cirugía revolucionaria que se avecinaban, a pesar de que había pasado los años previos a 1917 criticando a la facción bolchevique. Bajo la dirección de Dzierżyński se reclutó personal entre los miembros del Comité Militar Revolucionario al que él mismo había pertenecido. Las técnicas de búsqueda, infiltración, detención e interrogatorio tenían que aprenderse
sobre la marcha, pero Dzierżyński —antiguo exiliado en Siberia— contaba con la ventaja de conocer y poder utilizar la metodología que la Ojrana había aplicado contra él.
Además, en las caóticas condiciones posteriores a octubre de 1917, él y su Checa podían cometer errores y «excesos» sabiendo que Lenin convencería a la mayoría de los miembros del Sovnarkom de que una vigilancia policial severa era esencial para proteger la denominada dictadura proletaria. Los chequistas, como les gustaba ser conocidos, empezaban a causar temor por su gobierno arbitrario. Continuaron la actividad del Comité Militar Revolucionario encarcelando a personas destacadas de los partidos situados a la derecha de los mencheviques y los socialrevolucionarios, y limpiaron las calles de comerciantes ilegales. Reclutaron informadores para descubrir dónde se organizaban los complots contra el Sovnarkom. La Checa pretendía dar caza a cualquier individuo u organización que se negara a aceptar la legitimidad de la Revolución de Octubre.
Sin embargo, la dirección central bolchevique se sentía incómoda por su aislamiento político. Los resultados de las elecciones a la Asamblea constituyente eran la prueba fehaciente de que, por muy mal que les fuera a los bolcheviques en las ciudades, les iba peor en el campo. Esto llevó al Comité Central a reanudar las conversaciones de coalición con los
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socialrevolucionarios de izquierda, que podrían haber obtenido mejores resultados electorales si se hubieran separado antes del Partido Social-Revolucionario y hubieran podido presentar candidatos por separado. Los dirigentes bolcheviques los tentaron de nuevo con ofertas de comisariados del pueblo. Los socialrevolucionarios de izquierda quedaron impresionados por el Decreto sobre la Tierra, que sentaba las bases para el tipo de transformación agraria que siempre habían deseado para el campesinado. Lenin había hecho lo que Chernov no había conseguido. El Decreto sobre la Paz también los conmovió. Mientras que los mencheviques y los socialrevolucionarios hablaban de poner fin a la guerra, los bolcheviques habían hecho propuestas a las Potencias Centrales y llamamientos a los aliados occidentales. El Sovnarkom parecía haber tomado medidas prácticas serias para poner fin a la carnicería en el frente oriental.
Los socialrevolucionarios de izquierda ya participaban activamente en el Comité Ejecutivo Central Panruso del Congreso de los Sóviets, y su resistencia a la idea de la coalición se fue desmoronando poco a poco. El 10 de diciembre se ultimó un concordato oficial. Los socialrevolucionarios de izquierda ocuparían siete de los comisariados del pueblo. Andréi Kolegáyev se convirtió en comisario del pueblo para la Agricultura, un puesto vital para un partido procampesino, y Vladímir Karelin ocupó el Comisariado del Pueblo para la Justicia, esperando actuar como freno a la afición bolchevique al terror. Los socialrevolucionarios de izquierda también recibieron puestos destacados en la Checa.[17] Pero en el Sovnarkom continuaría el dominio bolchevique y, con la existencia de la coalición, lograron una mayor capacidad para presentarse como amigos del campesinado. El resto del largo invierno pondría a prueba si el Gobierno reformado era capaz de gestionar las inevitables tensiones entre los partidos.
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Socialismo, escasez y dictadura:
Legislación de los sóviets y empeoramiento del desorden
A pesar de la unión de bolcheviques y socialrevolucionarios de izquierda, aún no se había resuelto la cuestión básica de quién gobernaría el país. La incertidumbre y el peligro afectaban a todos los aspectos de la vida. El día de Año Nuevo de 1918, Lenin fue atacado en el centro de Petrogrado por dos hombres armados, que dispararon contra la limusina que lo llevaba de vuelta al Instituto Smolny tras asistir a una reunión pública. Más tarde se supo que los aspirantes a asesinos eran monárquicos, pero en aquel momento se culpó engañosamente a los partidos socialistas rivales antes de la primera sesión de la Asamblea constituyente. Aunque Lenin salió ileso, el ambiente en la capital era tenso, una situación agravada por la ola delictiva que se desató en la mayoría de las ciudades. Yevgueni Preobrazhenski, miembro del Comité Central, fue asaltado ese mismo mes, cuando unos ladrones disfrazados de funcionarios del Sóviet de Moscú lo cachearon y huyeron con su abrigo, su cartera y su revólver. La vida urbana se había vuelto caótica y peligrosa a medida que el control administrativo y las contenciones sociales se desmoronaban en un entorno en el que abundaban las armas y los delincuentes las utilizaban.[1]
Sin embargo, los debates del Sovnarkom se centraron en qué hacer con la Asamblea constituyente, cuya elección había colocado a los
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socialrevolucionarios en primera posición. Nikolái Bujarin, el director de Pravda, sugirió retirar los mandatos a los kadetes que habían sido elegidos. Aunque el Comité Central Bolchevique rechazó la idea, sirvió para acrecentar el aire de amenaza. El 3 de enero, el Comité Ejecutivo Central Panruso del Congreso de los Sóviets publicó una Declaración de los Derechos del Pueblo Trabajador y Explotado, que acompañó con el compromiso de tratar como contrarrevolucionaria a cualquier organización que la rechazara.[2] Rusia fue proclamada República de Sóviets de Diputados Obreros, Soldados y Campesinos, y los sóviets fueron confirmados como el poder supremo «en el centro y en las localidades». El anuncio se hizo independientemente de lo que decidiera la Asamblea constituyente. Los decretos del Sovnarkom se presentaron como una autoridad que nadie tenía derecho a cuestionar.[3]
El 5 de enero de 1918, en medio de un frío glacial, las tropas leales al Sovnarkom rodearon el palacio Táuride cuando los diputados de la Asamblea constituyente se reunieron allí para iniciar sus trabajos. El ambiente en el centro nevado de la capital estaba erizado de peligro. Cerca del edificio se celebró una manifestación pacífica a favor de la Asamblea y las órdenes eran disparar contra la multitud. Fue un comienzo sangriento para el día de la apertura del primer Parlamento libremente elegido de Rusia.
Víctor Chernov, líder del grupo socialrevolucionario, fue nombrado presidente de la Asamblea tras un primer intento de Sverdlov, presidente del Comité Ejecutivo Central de los Sóviets, de presidir la sesión. El Sovnarkom había dotado al edificio de guardias que intimidaban a los oradores, pero los gritos de los bolcheviques y los socialrevolucionarios de izquierda no lograron disuadir a Chernov de exponer las políticas que debería seguir un Gobierno futuro y diferente. Los bolcheviques subieron a la tribuna para exigir la ratificación de los decretos del Sovnarkom, pero Chernov rechazó la soberanía exigida por este. A primera hora de la mañana siguiente, el líder anarquista de la unidad de guardia, un marinero llamado Anatoli Zheleznyakov, se acercó a Chernov para decirle que él y sus compañeros estaban cansados y tenían intención de cerrar el edificio. De esta forma, las puertas de la Asamblea constituyente se cerraron firmemente por última vez. Las protestas contra el Sovnarkom se
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sucedieron en las calles y las tensiones políticas desembocaron en un horrible incidente en un hospital de Petrogrado, cuando algunos marineros de la flota del Báltico leales al Gobierno irrumpieron en las instalaciones y asesinaron en sus camas a dos diputados de la Asamblea, el exministro Andréi Shingarev y el destacado kadete Fiódor Kokoshkin. Un horrorizado Zamáraev escribió sarcásticamente al conocer la noticia: «¡Qué bueno es el poder bolchevique!».[4]
Los bolcheviques y los socialrevolucionarios de izquierda tenían las armas del poder y pretendían conservarlo. Lenin siguió adelante con los preparativos del Tercer Congreso de los Sóviets, que se reunió el 10 de enero en el mismo palacio Táuride del que había sido expulsada la Asamblea constituyente. Se propuso una fusión con la red de sóviets rurales para demostrar que el Sovnarkom no solo representaba a obreros y soldados, sino también a campesinos. Aunque a los socialrevolucionarios y a los mencheviques se les permitió hablar en el Congreso, la coalición del Sovnarkom fue dominante. Se anunció la creación de un nuevo Estado con el nacimiento de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia (RSFSR), y Lenin describió el Congreso como «la apertura de una nueva época en la historia del mundo».
El Sovnarkom sostuvo una avalancha de actividad legislativa. Se creó una comisión para redactar una Constitución para la RSFSR.[5] Sverdlov y Stalin se encargaron de presidirla, señal de la importancia que se otorgaba a la tarea. El Comité Ejecutivo Central Panruso también emitió decretos sobre política exterior. Entre ellos figuraba la anulación unilateral de las deudas contraídas por las administraciones de Nicolás II y el Gobierno provisional. La RSFSR se absolvió de todas las obligaciones financieras con prestamistas tanto extranjeros como nacionales. Se hizo una excepción con los ciudadanos de la RSFSR que poseían bonos por un valor inferior a 10 000 rublos. Dichos bonos debían ser convertidos en otros que el Comisariado del Pueblo de Economía estaba a punto de crear.[6]
La cuestión de la tierra suscitó un debate entusiasta entre bolcheviques y socialrevolucionarios de izquierda y, el 27 de enero de 1918, el Comité Ejecutivo Central del Congreso de los Sóviets promulgó un decreto sobre la socialización de la tierra. Los campesinos recibieron el derecho de uso, pero no el de posesión. La cantidad de tierra a la que cada uno tenía
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derecho variaría según la región evaluada por la jerarquía local del sóviet. El cálculo se haría sobre la base de una «norma de consumo y trabajo» que tendría en cuenta el número de miembros de la familia que podían trabajar, y se concedería un subsidio a aquellos que no estuvieran en edad laboral. Nadie debía transferir tierras a nadie en un acuerdo privado y se especificaba que los pobres del pueblo recibirán un trato de favor. El Estado mantendría el monopolio del comercio de cereales, semillas y material agrícola. Se fomentaba también el principio de la agricultura colectiva por encima de la empresa individual, orientando al campesinado hacia una economía socialista, que se presentaba como la forma más eficaz de utilizar la mano de obra.[7]
Se enviaron 47 550 «agitadores» a las aldeas para explicar los propósitos del Gobierno.[8] La preferencia oficial por las granjas colectivas y por los derechos de los sin tierra no coincidía necesariamente con las tradiciones de la aldea y de la opinión campesina universal. Tampoco lo hacían otras ordenanzas del Sovnarkom. Como modernizadores comprometidos, los comisarios del pueblo cambiaron oficialmente el calendario gregoriano que se utilizaba en el resto de Europa allá donde gobernaban. La inquietud del clero ortodoxo y sus congregaciones fue ignorada. Con un preaviso de siete días, el nuevo sistema de fechado debía entrar en vigor a final de mes.[9]
Mientras el Sovnarkom celebraba sus éxitos políticos, no lograba frenar la degradación del nivel de vida de millones de personas. Aleksandr Zamáraev contaba que a los habitantes de Totma solo les preocupaba el suministro de pan. Él y su hermano Nikolái hacían donaciones para aliviar a los indigentes.[10] La ración se había reducido a medida que se agotaban aún más los suministros, y se acentuaron las tensiones entre los campesinos y los numerosos residentes urbanos que los consideraban responsables de la escasez. En el mercado municipal, el trueque sustituyó al intercambio monetario habitual, y los hogares rurales cambiaban sus existencias de cereales por sal o alquitrán. El precio de la harina de trigo subió y la harina de centeno ya no estaba disponible a pesar de ser un cultivo local. Hacía meses que no había azúcar. Los pequeños comerciantes se desesperaron al enterarse de que tendrían que aguardar otras dos semanas para conseguir pan. La situación de los campesinos
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empeoró a pesar de la adquisición de algunas tierras adicionales a la Iglesia. El campesino medio tenía que decidir qué hacer en primavera: si trabajar como jornalero para vecinos más acomodados o dedicarse a arar y sembrar sus propias tierras.[11]
Incluso en lugares como la provincia de Vólogda, donde los bolcheviques eran pocos, el impacto del Gobierno bolchevique era cada vez mayor. «Todo el comercio privado ha cesado», lamentaba Aleksandr Zamáraev. También se quejaba de que los comunistas habían cerrado los periódicos que le gustaba leer.[12] Los pocos comunistas de Vólogda eran un grupo resistente. Aunque podían mantener contacto con la capital por telegrama, los enlaces de transporte seguían siendo irregulares, y a finales de año no era raro que pasaran cinco días entre la llegada de los trenes desde Petrogrado. Los bolcheviques tuvieron que hacer su revolución prácticamente sin ayuda externa.[13]
Una encuesta realizada en el distrito de Totma, donde vivía Zamáraev, reveló que el 57 por ciento de las familias campesinas cultivaban tierras expropiadas.[14] Ya en abril de 1918, tras el deshielo primaveral, los campesinos estaban repartiéndose las zonas de huerta. Pero las disputas por la equidad se prolongaron durante muchos días estresantes. Zamáraev se sentía exasperado por las largas discusiones sobre la redistribución de la tierra y otras cuestiones que se abordaban en el edificio de la administración municipal. Todos sus vecinos expresaron un interés acuciante por asegurarse el acceso a los suministros de alimentos que no podían producir por sí mismos en un clima septentrional donde el suelo era pobre. La harina de trigo escaseaba, por lo que se acordó que cada familia aportara cinco rublos para intentar realizar una compra conjunta. El problema era que ningún comerciante estaba dispuesto a vender, y los campesinos consideraban que era culpa de sus «odiosas autoridades y sus políticas».[15] Si Lenin y los bolcheviques creían que el Decreto sobre la Tierra les granjearía una gratitud incondicional, estaban descubriendo en miles de lugares como Totma que el campesinado protegía sus intereses sin sentimentalismos.
Mijaíl Chevekov, alumno de la gimnazia de Jvalinsk, en la provincia de Sarátov, escribió en febrero de 1918 que los bolcheviques de su provincia natal, Samara, ya exigían préstamos obligatorios a todos los
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campesinos, excepto a los más pobres. El incumplimiento era violentamente castigado. En Jvalinsk se declaró la emergencia para cubrir las necesidades presupuestarias y se ordenó a los comerciantes de la ciudad que se presentaran en las oficinas del sóviet. Allí fueron detenidos mientras les extorsionaban y reclamaban dinero a ellos o a sus familias. Uno de los arrestados perdió la cabeza y solo fue liberado a cambio de que su mujer ocupara su lugar.[16]
Otra mujer le dijo al director de la escuela de Chevekov: «Estuve en el sóviet y me advirtieron de que, si mi marido no entregaba 500 000 rublos, lo matarían como a un perro y lo echarían a la calle, y que no me dejarían darle sepultura». El líder bolchevique del distrito decretó que cualquiera que se resistiese a su administración sería fusilado en el acto. El padre de Chevekov era un objetivo prioritario, ya que era un conocido campesino terrateniente. Después de haber sufrido a manos de otros campesinos que se apoderaron de sus tierras y su ganado en 1917, no tenía ninguna intención de dejarse arrestar por los bolcheviques. Cuando, en marzo de 1918, la Guardia Roja apareció en el pueblo, él y su esposa huyeron al río Don. La Guardia Roja pretendía tomar como rehén a su hijo Mijaíl, de veinte años, hasta que la familia pagara una «aportación» de 25 000 rublos, pero el chico se disfrazó con ropa de mujer y escapó a las cinco de la mañana.[17]
Las aldeas con tradición de reparto comunal volvieron a recurrir a prácticas anteriores, con la diferencia de que no decidían sobre sus propios campos, prados y bosques, sino sobre los que habían sido propiedad de la monarquía, la Iglesia y la nobleza. En las aldeas abundaban los familiares que regresaban, muchos de ellos soldados desmovilizados. Otros habían estado trabajando en las ciudades, pero habían perdido su empleo o esperaban conseguir alimentos y una parte de las tierras redistribuidas. Antes, los ancianos de la familia dominaban las discusiones, pero la guerra había cambiado el ambiente rural. Las mujeres habían asumido muchas responsabilidades mientras sus hombres eran reclutados, y tenían una oportunidad sin precedentes de influir en las deliberaciones. Algunos reclutas jóvenes, tras haber respirado el aire de la libertad en 1917, ahora se resistían a dar su consentimiento automático a lo que exigían sus padres y tíos.[18]
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En las provincias del Volga, ricas en cereales, como Tambov y Sarátov, el campesinado se había opuesto a las restricciones del Gobierno provisional al comercio privado y no estaba dispuesto a tolerar que el Sovnarkom las reforzara. Se suprimieron los grilletes de los precios fijos gubernamentales y los campesinos vendían sus productos libremente al precio que podían obtener.[19] Esto no mejoró en nada el abastecimiento de aquellas provincias lejanas del antiguo imperio en las que los suministros eran deficitarios y cuyos habitantes obtenían raciones inadecuadas. Las denominadas regiones consumidoras solo recibían una quinta parte del número de vagones de mercancías por ferrocarril previsto por las autoridades centrales, y el agotamiento continuó en los meses siguientes.
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Durante el largo invierno de 1917 a 1918, las autoridades soviéticas impusieron su nuevo orden revolucionario. Nikita Okunev se enteró a finales de noviembre de que se había prohibido la propiedad de la vivienda. La casa que su padre se había esforzado en comprar ya no pertenecía a la familia Okunev. Como coheredero, Nikita Okunev podría haberla vendido por una gran suma antes de que se anunciara el decreto. La dacha era su único bien material: ni él ni su esposa tenían otras posesiones preciadas.[21] Recordó un viejo dicho según el cual, en el lugar donde uno había nacido era donde se podía contar con la honradez y la justicia. El impacto de los últimos acontecimientos lo hizo tambalearse: «¡No tenemos justicia, así que hemos perdido nuestra tierra natal!».[22] También se lamentaba de que los bolcheviques hubieran abolido los tribunales que existían desde la época del emperador Alejandro II y los hubieran sustituido por «tribunales revolucionarios». Okunev escribió que los funcionarios de los sóviets eran inmunes al arresto y que ya no se investigaban innumerables delitos. Por su experiencia personal, Rusia se había convertido en un lugar sin ley, y lloró el asesinato en Sochi del viejo Goremikin y su familia. Aunque Okunev no sentía el menor afecto por el Gobierno prerrevolucionario, le repugnaba semejante carnicería.[23]
La carrera de Okunev se hallaba en un momento de agitación. En diciembre de 1917 registró el alquiler del muelle de vapores Samolët en Moscú con arreglo a las últimas normas. Dicha tarea, que normalmente se efectuaba con rapidez en las oficinas administrativas de la ciudad, ya no
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era tan sencilla en el Sóviet de Moscú. Se estaba llevando a cabo una huelga de funcionarios públicos contra el Sovnarkom. Varios departamentos administrativos de la Duma municipal estaban cerrados y los rompehuelgas no tenían ni idea de cómo llevar las cosas en ausencia de sus colegas. Lo mismo ocurría en los bancos nacionalizados. Nadie depositaba dinero en ellos y nadie podía disponer de sus cuentas. El caos financiero crecía día a día. La gente no sabía «qué pagar, cuánto pagar o a quién pagar», mientras seguían saliendo decretos de los organismos de los sóviets que amenazaban con el arresto o la confiscación de bienes por desobediencia. Okunev coincidía con un artículo de Utro Rossii en que el Gobierno era culpable de «robo a plena luz del día».[24] A nivel personal, se sintió sacudido por un decreto del Sovnarkom que nacionalizaba todas las empresas de transporte comercial, incluidos los barcos, los depósitos bancarios y los dividendos. Solo podía esperar ser degradado a empleado en una oficina en la que siempre había sido el jefe.[25]
A finales de enero de 1918, Aleksandr Lukashev, el nuevo comisario para los barcos y muelles comerciales de Moscú, se presentó en la empresa y ordenó a los once miembros de la plantilla que eligieran a un representante para formar parte del nuevo organismo que él dirigía. Se decantaron por Okunev. Lukashev lo rechazó por burzhui y exigió que escogieran entre los subordinados de Okunev. A Okunev le dijeron que ni siquiera le permitirían trabajar como empleado ordinario.[26] De hecho, consiguió quedarse porque a sus compañeros no les gustaba la idea de que lo despidieran. Todos ellos, a todos los niveles, sufrían el mismo empeoramiento de las condiciones en la oficina y en casa. Okunev tuvo otro golpe de suerte. Su hijo Lelia había perdido su puesto de oficial del ejército en diciembre de 1917. Durante un tiempo estuvo desempleado, pero luego consiguió un trabajo humilde en el Comisariado del Pueblo para Asuntos Militares de Trotski, y podía compartir parte de su modesto salario con su padre. Lelia Okunev desempeñaba labores de oficina. La colaboración con los bolcheviques se convirtió en una necesidad, ya que incluso la gente a la que no le gustaban sus políticas buscaba formas de llevar comida a la mesa familiar.[27]
En muchas zonas de Moscú, la gente serraba las puertas interiores y los suelos de parqué para utilizarlos como combustible.[28] Cuando los
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caballos se desplomaban y morían en la calle, los transeúntes los despojaban rápidamente de toda la carne. Los automóviles abandonados se usaban como retretes. Mientras el Sovnarkom prometía un futuro radiante para Rusia y el mundo, las condiciones en las ciudades rusas tocaban fondo.[29]
Las clases medias habían empezado a sufrir penurias, ya que la inflación se había disparado y su dinero dejó de tener valor, y ya no podían acceder a inversiones y ahorros. En enero de 1918, la enfermera británica Florence Farmborough anotó en su diario: «Los sirvientes domésticos han dejado de existir».[30] Sus amigos de Moscú le dijeron que su ropa era peligrosamente elegante y podía tener problemas.[31] Antón Okninski, exempleado del Banco Ruso-Asiático, se puso prendas sencillas para viajar en tren con su familia desde Petrogrado hasta la provincia de Tambov, y compró billetes de tercera clase para evitar que lo tomaran por un opresor burgués. Esto no salvó a su hija de los gritos de «Matad a la maldita burzhuika» al apearse en una estación de camino a tramitar el permiso para continuar viaje. Estafadores disfrazados de guardias ferroviarios detuvieron el tren y ordenaron a todo el mundo que abandonara el vagón mientras fingían llevar a cabo un registro en busca de «especuladores» y robaban las maletas. El gentío desbordaba los andenes en la estación moscovita de Kazán, y Okninski tuvo que contratar ayuda para comprar los billetes y subir a un vagón con su familia. Un mozo alto y musculoso aceptó el trabajo por trescientos rublos, pero señaló que él también tendría que contratar ayudantes para subir a la familia Okninski al tren. La gente en el andén gritaba: «¡No les deis asientos en el vagón a los burzhui!». Algunos agarraron de la pierna a una de sus hijas antes de que la agotada familia llegara a sus asientos.[32]
Ser un viajero de clase media era a la vez una ayuda y un obstáculo. Había que esconder el dinero para evitar robos, pero los maleteros seguían pidiendo propinas en metálico. La mejor manera de pagar los sobornos al personal del departamento de equipajes de la estación era con cigarrillos, a poder ser fabricados antes de 1917, ya que la calidad de la producción había caído en el año revolucionario.[33] El teniente Semén Tolstói, hijo de un terrateniente de la provincia de Simbirsk, fue testigo de cómo los soldados robaban en puestos y tiendas durante el viaje y demostraban que
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«nada era sagrado» para ellos.[34] Él mismo abandonó el frente en enero de 1918 en un tren repleto de tropas. Los que no pudieron conseguir asiento se amontonaron con sus pertenencias en los techos de los vagones, aunque, cuando el tren se puso en marcha, muchos fueron abandonados a un lado de la vía.[35]
Los viajes en automóvil estaban dominados por funcionarios de los sóviets, jefes del partido y personal del Ejército Rojo.[36] Aunque muchos llevaban uniforme, Nikita Okunev contaba que en realidad podían ser desde un comandante en jefe hasta un simple «estafador-expropiador». Los taxistas eran cada vez menos y más caros. En Moscú resultaba difícil incluso subir a un tranvía, porque los soldados ocupaban todo el espacio.
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Los comisarios del pueblo se reservaban muchas comodidades para ellos y sus familias. Aun así, ellos y sus camaradas de los escalafones inferiores de la jerarquía eran conscientes de que los decretos y reglamentos se desobedecían ampliamente. Nikita Okunev dejó constancia de que el vigilante nocturno de su bloque de viviendas había solicitado un permiso de seis días para operar como bolsero ilegal porque no podía vivir con su sueldo. Pero no quería perder su modesta vivienda y necesitaba encontrar la manera de hacer frente a la vida en mitad de una profunda crisis económica. Miles de personas estaban haciendo lo mismo. Okunev exclamaba: «Los bolseros ahora están de moda».[38] Mientras que las milicias del Gobierno provisional tendían a pasar por alto las infracciones del monopolio del comercio de cereales, los comisarios bolcheviques veían con malos ojos el comercio privado. A medida que la escasez de alimentos se agravaba, los bolseros se volvieron indispensables para distribuir los productos. El mercado negro era un salvavidas. Los habitantes de los pueblos, especialmente los que vivían con una ración mísera o inexistente, les compraban harina, verduras y carne. La Checa perseguía a los bolseros y a todos aquellos que desobedecieran las órdenes del Sovnarkom y el Comité Ejecutivo Central Panruso (VTsIK). Algunos expropietarios de empresas buscaban funcionarios corruptos en los organismos financieros de los sóviets y los sobornaban para que hicieran transferencias de fondos a cambio de repartirse las ganancias.[39]
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Así fue como el príncipe Píotr Obolenski recuperó los objetos de valor de la caja de depósitos que su familia tenía en Crédit Lyonnais. Luego cometió el error de plasmar en su diario lo que había hecho, cosa que complicó peligrosamente su caso cuando la Checa se apoderó de él.[40] No se sabe cómo logró salir de su confinamiento. Otros que cayeron en manos de los chequistas, sobre todo si tenían un apellido ilustre como Obolenski, podían esperar un desenlace más sombrío.
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La Iglesia en el punto de mira: La
ofensiva contra la ortodoxia
Las autoridades soviéticas querían cambiar tanto las mentalidades como las políticas sociales y económicas. Un objetivo crucial era erosionar la popularidad de la religión, que los bolcheviques, como todos los marxistas, consideraban «el opio del pueblo». Eran conscientes de las dificultades de su campaña. En muchas regiones del antiguo Imperio ruso, las creencias religiosas y la lealtad nacional y étnica estaban entrelazadas, y el partido esperaba ganar apoyos prometiendo derechos de autodeterminación nacional. Stalin, comisario del pueblo para las Nacionalidades, anunció una tolerancia absoluta en materia religiosa. Quería asegurar a judíos, musulmanes y seguidores de diversas sectas cristianas que el Sovnarkom respetaría su libertad de creencia y práctica.
Sin embargo, eliminar el control de las creencias religiosas en las mentes de millones de ciudadanos iba a ser inevitablemente un proyecto a largo plazo. El Sovnarkom temía que la mayor confesión cristiana, la Iglesia ortodoxa rusa, pudiera hacerle mucho daño entre tanto. La cúpula de la Iglesia había favorecido a Kornílov, denunciado los ataques de los campesinos a la propiedad eclesiástica de la tierra y prediciendo la llegada del Anticristo, que se refería inequívocamente a un Gobierno de bolcheviques y socialrevolucionarios de izquierda que difundían doctrinas ateas.[1] El Sovnarkom mantuvo sus medidas agresivas. El Decreto sobre la Tierra ya había privado a la Iglesia de sus propiedades. El flujo de ingresos
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procedentes de sus tierras, cuentas bancarias y subsidios gubernamentales fue bloqueado, lo cual supuso que el sacerdocio quedara reducido a una dependencia total de las aportaciones económicas voluntarias. La comunicación con las parroquias se vio obstaculizada cuando los bolcheviques confiscaron las imprentas eclesiásticas.[2] A mediados de diciembre de 1917, el Gobierno anuló sus funciones en el registro de nacimientos, matrimonios y defunciones.[3] Se preparó la legislación para una separación formal de la Iglesia y el Estado. Aunque se proclamó la libertad de culto universal, hubo algunas salvedades. Las asociaciones religiosas perdieron todos los derechos de propiedad y sus edificios pasaron a manos del Estado. Se prohibió la enseñanza de la religión en las escuelas. Los sóviets estaban facultados para intervenir siempre que las ceremonias religiosas perturbaran el orden y la seguridad públicos. Esa dispensa daba un margen obvio a la persecución del clero y sus congregaciones.[4]
La cúpula de la Iglesia capeó el temporal. Solo su Consejo tenía derecho a elegir un patriarca, algo que no ocurría desde finales del siglo XVII. El 28 de octubre de 1917, el Consejo, reunido en la Casa Diocesana, a unos cientos de metros al norte del Kremlin, anunció elecciones. La última ronda para elegir al patriarca se hizo por sorteo entre los tres principales candidatos que contaban con la aprobación del Consejo. El 5 de noviembre se anunció el ganador: Tijon, arzobispo metropolitano de Moscú.[5]
Nacido Vasili Belavin en 1865, Tijon había hecho los votos monásticos de joven e inmediatamente fue identificado como un clérigo de talento excepcional. Cuando rondaba los veinticinco años fue nombrado obispo de la diócesis norteamericana de la Iglesia. De regreso a Rusia en 1907, fue nombrado obispo de Yaroslavl y más tarde de Vilna. Huyó a Moscú en 1915, cuando las fuerzas alemanas ocuparon los territorios lituanos. Su prestigio entre los clérigos siguió aumentando y en julio de 1917 fue elegido metropolitano. Tijon aceptaba la nueva realidad política: nunca habló del antiguo emperador ni pidió la restauración de la dinastía. La prioridad para la Iglesia, tal y como él la veía, era encontrar maneras de atraer nuevamente a los creyentes en una Rusia en la que el Gobierno provisional la estaba despojando de muchos de sus antiguos privilegios.
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Tijon impresionaba a sus compañeros del clero por su fe sincera y su modestia. Estoico y valiente, parecía el hombre adecuado para guiar a la Iglesia en las tormentas que se avecinaban bajo el régimen bolchevique.
Cuando se ofició la ceremonia de entronización en noviembre de 1917, los bolcheviques controlaban Moscú y dificultaron la entrada en la catedral de la Dormición del Kremlin con una patrulla de guardias armados. La cúpula del edificio había sido dañada en los últimos combates, y Tijon lamentó «el agujero blasfemo» que había quedado.[6] Después, en la Plaza Roja, roció agua bendita sobre la multitud a la que se había impedido asistir al oficio. Los bolcheviques estaban celebrando al mismo tiempo un acto en conmemoración de los militantes que habían perecido en la lucha por el poder en la ciudad. Una orquesta interpretó La marsellesa, pero incluso los soldados que montaban guardia para los bolcheviques se descubrieron ante Tijon y pidieron su bendición.[7] La prensa de los sóviets hizo caso omiso de la entronización, pero no consiguió acallar las noticias sobre el nuevo patriarca. El grueso de las parroquias moscovitas hicieron repicar sus campanas durante todo el día.[8]
El 3 de enero de 1918, Aleksandra Kolontái, comisaria del pueblo para la Seguridad Social, escribió a Lenin solicitando su aprobación para convertir uno de los monasterios más grandes y prestigiosos de Rusia, el Aleksandr Nevski Lavra de Petrogrado, en una residencia de ancianos. El Sovnarkom lo rechazó por miedo a provocar disturbios civiles.[9] Kolontái repitió su petición a mediados de mes y esta vez consiguió el respaldo gubernamental. Se ordenó retirar los ornamentos sagrados de los iconos de las iglesias. Kolontái también supervisó la expulsión de todos los monjes de Lavra.[10] El 19 de enero de 1918, un destacamento de la Guardia Roja entró en el monasterio y exigió la entrega de todos los objetos de valor. Cuando el obispo Prokopi se negó, lo metieron en una celda, y su gente dio la voz de alarma desde el campanario. Una multitud de fieles logró desarmar a los guardias rojos y las autoridades enviaron refuerzos pertrechados con dos ametralladoras. Se produjeron disparos, uno de los cuales alcanzó a un sacerdote en la frente y le causó la muerte.[11]
El mismo día, el patriarca Tijon publicó una epístola en la que instaba a «los locos» a entrar en razón y abandonar su «causa verdaderamente satánica», por la que perecerían en el fuego de la Gehena. No hizo ningún
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llamamiento directo a la violencia ni ofreció ningún consejo sobre medidas prácticas, y no mencionó a los bolcheviques ni a los socialrevolucionarios de izquierda por su nombre. Por el contrario, se centró en la destrucción física sufrida desde la Revolución de Octubre: los daños causados a las catedrales durante los combates en el centro de Moscú y el saqueo de la capilla del Cristo Salvador y el monasterio de Aleksandr Nevski en Petrogrado. Asimismo, denunció la confiscación de bienes pertenecientes a iglesias y monasterios «por parte de los impíos gobernantes de las tinieblas». La epístola terminaba con un llamamiento a «los verdaderos creyentes hijos de la Iglesia» para que la defendieran.[12]
El 28 de enero de 1918, Okunev, aunque no era un fiel asiduo, se unió a una procesión de la Cruz en la Plaza Roja para protestar contra la persecución del cristianismo. Vio las últimas proclamas del Sóviet de Moscú, que prometían la no injerencia, pero explicaban a los «soldados, obreros y campesinos» que la revolución pretendía «destruir todas las formas de esclavitud» y apoderarse de todas las tierras de la Iglesia. Aunque Okunev sabía que el clero apoyaba al orden zarista, se oponía a la forma en que los comunistas trataban la religión y señaló que la mayoría de las personas que se congregaron en la Plaza Roja no eran ni capitalistas ni terratenientes de la nobleza, sino ciudadanos como él que eran sus empleados, o sus lacayos, como les gustaba llamarlos a las autoridades comunistas. Mirando a su alrededor, Okunev reconoció a artesanos y personal de cocina entre la multitud, y se sintió inspirado cuando el patriarca Tijon pronunció varias oraciones en medio del frío glacial frente a la catedral de San Basilio.[13]
En la provincia de Vólogda, Aleksandr Zamáraev estaba horrorizado por la persecución a la Iglesia ortodoxa. En febrero de 1918, las parroquias de Totma se unieron a una procesión de la Cruz hasta la plaza del mercado, donde se rezó por la dirección que estaba tomando su vida. Los sacerdotes eran impopulares entre los partidarios locales de la Revolución de Octubre y hubo algunos disparos, pero la multitud de creyentes no se dejó intimidar. Al rato volvió la calma y se reanudó la procesión.[14] Una ciudad pacífica había experimentado un nuevo nivel de violencia y la «cuestión eclesiástica» seguía alterando la vida pública a consecuencia del respaldo del Sóviet de Totma a las resoluciones del Sovnarkom sobre la propiedad
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de la tierra. La abolición de la propiedad eclesiástica amenazaba al clero local con la indigencia. Los campesinos de Totma llegaron a la conclusión de que los hombres del clero debían tener derecho a una parte de los campos, pero las posesiones eclesiásticas habían sido rápidamente redistribuidas tras el Decreto sobre la Tierra, y a los recientes beneficiarios no les gustaba la idea de perder lo que habían obtenido.[15] El campesinado se reunió de nuevo en junio de 1918 en una de las escuelas de la ciudad y confirmó la decisión de obligar a un agricultor llamado Izvoilov a devolver la propiedad al clero.[16]
Las autoridades soviéticas siguieron presionando a las iglesias de Totma. En julio de 1918 denegaron el permiso para la procesión de la Cruz en la festividad de San Panteleimón.[17] En septiembre de 1918 se ordenó la retirada de todos los iconos y ornamentos religiosos de los edificios oficiales y escuelas de Totma.[18] Los bolcheviques se acuartelaron en el monasterio y comieron y durmieron en uno de los edificios. El resto de las instalaciones fueron abandonadas, salvo doce monjes a los que se permitió acurrucarse en un rincón diminuto. No había combustible para la calefacción. Para Zamáraev era como si se hubieran cumplido las palabras del Evangelio de San Lucas: «He aquí, vuestra casa os es dejada desierta».
[19] Los bolcheviques de Totma practicaron su bolchevismo alegremente aquella Navidad, que celebraron en la fecha del antiguo calendario juliano. Los creyentes ortodoxos observaron que se divertían con el mismo entusiasmo que el resto de habitantes del distrito.[20] Evidentemente, esos bolcheviques aún sentían el tirón estacional de la tradición, pero cambiaron de parecer unas semanas más tarde, cuando celebraron el Año Nuevo según la nueva versión gregoriana, que no era hasta mediados de diciembre según el cálculo juliano.[21]
Mientras el partido y el Gobierno sopesaban sus próximos movimientos contra la Iglesia, la Checa reclutó a un informante en el más alto nivel de la Iglesia ortodoxa rusa para espiar al patriarca.[22]
En 1919, las autoridades soviéticas intensificaron su hostigamiento a la Iglesia ortodoxa. En Totma, donde vivía Zamáraev, hubo una procesión de la Cruz alrededor de la ciudad coincidiendo con la fiesta de la Asunción, pero las reliquias del venerable Feodosi, conservadas en el monasterio, habían sido despojadas de sus vestiduras por orden gubernamental. Una
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multitud de fieles se reunió en el monasterio y procedió a una nueva vestición antes de que comenzara la procesión. También rezaron para que lloviese. Las autoridades soviéticas estaban furiosas. El abad Kiril y siete de sus clérigos fueron detenidos y el monasterio, clausurado, y el obispo de Vólogda tuvo que pedir su liberación alegando que Kiril había actuado bajo presión de los creyentes.
Las autoridades tenían dificultades para conseguir que el campesinado odiara a sus sacerdotes. Era más probable que los campesinos debieran dinero a un «kulak» que a un religioso. Los habitantes del distrito de Podgornoe, en la provincia de Tambov, eran atendidos por el padre Gleb, oriundo de la campiña de Voronezh. Okninski lo recordaba con afecto:
Como campesino que era, conocía bien la vida de los agricultores, sus costumbres, necesidades y prejuicios. Él mismo vivía como un campesino trabajador [muzhik]: comía lo mismo que
ellos; cuidaba a su ganado; su familia —tenía mujer y cinco hijos— vestía con sencillez, a la manera campesina, y en su modo de vida general no se distinguían de sus vecinos.
Los campesinos adoraban a su cura y lo consideraban una mejora respecto de su malhumorado predecesor, que ni siquiera permitía a los feligreses elegir nombre para sus hijos en el bautismo. El padre Gleb conducía un carro, con botas viejas y sotana, para visitar a los feligreses enfermos. Una epidemia de tifus estaba azotando la provincia e hizo muchos de esos viajes. Pero el dinero que recibía apenas le alcanzaba para alimentar a su familia o comprar aceite para iluminar la iglesia.[23]
Los bolcheviques acusaban al padre Gleb de no haber registrado la propiedad de un cerdo ni haber entregado los setecientos pesos de cereales que le exigían. Gleb alegó que ya le habían confiscado el buey, las ovejas, dos gansos y algunas gallinas. Cuando dijo que nunca había producido ni de lejos la cantidad de grano exigida, le contestaron que saliera a comprarlo. Los hombres que acudieron a su casa se llevaron el cerdo con semblante imperturbable.[24]
Los preparativos del Primero de Mayo de 1918 se convirtieron en un pulso entre autoridades laicas y religiosas. Era a la vez el Día Internacional de los Trabajadores y, en el calendario ortodoxo, el Miércoles de Pasión.
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La marsellesa competía con los tristes tañidos de las campanas de las iglesias. Trotski apareció en un desfile de las fuerzas rojas en el campo de Jodinka. En las puertas Nikolski del Kremlin se extendió una gran cortina roja para cubrir la destrucción causada por la Revolución de Octubre, incluido el icono dañado de San Nicolás el Milagrero.[25] El patriarca Tijon hizo un llamamiento a los creyentes moscovitas para que participasen en la procesión de la Cruz hasta las puertas Nikolski. La Checa predijo disturbios, pero los actos fueron pacíficos, tal y como deseaba Tijon. Un artículo periodístico afirmaba que personas de todas las generaciones y condiciones sociales, incluyendo soldados, se unieron a la multitud.[26]
Había indicios de que el calendario religioso estaba ganando una renovada popularidad. No quedaba claro si sería un fenómeno duradero, pero Tijon estaba decidido a ampliar sus actividades y reunir a los fieles. En junio de 1918 fue en tren a Petrogrado con un grupo del clero. Era su primer viaje a la ciudad desde su entronización como patriarca. Los bolcheviques no pusieron ningún obstáculo al viaje, que duró ocho días, y grandes multitudes acudieron a cada una de sus apariciones. La calurosa acogida sorprendió incluso a Tijon. Su personal de apoyo bebió abundantemente en el viaje de regreso sin saber que la Checa había decidido arrestar al patriarca durante el trayecto bajo la acusación de haber pronunciado un discurso subversivo durante su visita. Pero los chequistas detuvieron el tren equivocado y Tijon durmió plácidamente hasta llegar a Moscú.[27]
El Sovnarkom sometió a Tijon a arresto domiciliario temporal en otoño de 1918, y el patriarca contraatacó de la única forma que podía.[28] El 26 de octubre, un año después de la toma del poder por parte de los bolcheviques, hizo un llamamiento al Sovnarkom, escribiendo que «todos los que tomen la espada morirán por la espada». Acusó a los comisarios del pueblo de derramar ríos de sangre al tiempo que se negaban a cumplir los compromisos que habían contraído:
Prometisteis libertad […] ¿Es libertad cuando nadie puede obtener alimentos o alquilar un piso, cuando las familias y a veces los residentes de bloques enteros son expulsados y sus propiedades arrojadas a la calle, y cuando los ciudadanos son separados
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artificialmente en categorías y algunos empujados a las garras del hambre y el robo?
Tijon los acusó de haber entregado el país a Alemania y enumeró los nefastos resultados de su gobierno: luchas armadas, robos, ejecuciones de inocentes, toma de rehenes, expropiaciones, impuestos excesivos y persecución de los acomodados y de los llamados burzhui y kulaks. Y todo ello mientras buscaban «el espectro de la revolución mundial».[29]
En noviembre de 1918, Tijon fue puesto de nuevo bajo arresto domiciliario, situación que se prolongó hasta el 6 de enero de 1919, veinticuatro horas antes de la Navidad ortodoxa.[30] En su denuncia contra el Estado de los sóviets, los bolcheviques veían a una Iglesia que estaba alineándose con sus enemigos. Si Tijon no estaba a favor del Sovnarkom, sería tratado como si actuara contra él. En realidad, Tijon se negaba a apoyar a ninguna de las fuerzas en los numerosos conflictos armados que habían estallado desde la Revolución de Octubre. Se oponía constantemente a cualquier violencia de rusos contra rusos. Tijon quería la paz en el país. No apoyaba en modo alguno el comunismo. Estaba impregnado de valores sociales conservadores, pero su objetivo era defender a la Iglesia de males mayores y veía necesario no involucrarse en política.
De un modo u otro, la Iglesia había logrado sobrevivir, pero se encontraba en una situación desesperada. La asistencia disminuyó y los templos de Moscú se convirtieron en un espectáculo lamentable, incluso en las fiestas religiosas. Nikita Okunev documentaba en octubre de 1919:
No hay arciprestes que dirijan los oficios ni un célebre coro de cantores. En su lugar hay media docena de personas rezando (ancianas en la mayoría de los casos), escasa iluminación (bueno, quién va a comprar diez velas si ahora una pequeña cuesta entre cinco y diez rublos) y un ambiente durante los oficios que deprime el alma. En muchos lugares de culto no hay diáconos. Se los han llevado al Ejército Rojo o han huido a trabajar para instituciones de los sóviets o para empresas de especuladores al no poder sobrevivir con su paga eclesiástica. No hay monaguillos ni cantores, y el oficio lo dirige un sacerdote solitario y de aspecto triste. El coro
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está formado por algún feligrés leal que puede recitar lo establecido y cantar lo requerido.[31]
Okunev culpaba al impacto de la propaganda comunista, que en su opinión estaba erosionando la fe de millones de personas. Creía que las congregaciones serían cada vez más escasas en los meses de invierno, cuando el clero ya no pudiera obtener troncos para calentar las iglesias.[32]
Los bolcheviques estaban divididos internamente. Desde el verano de 1918, Martin Latsis, vicepresidente de la Checa, dio órdenes de fusilar a cualquier sacerdote o monje que se opusiera a los rojos de palabra o de obra. Aunque contaba con apoyos entre los chequistas, se enfrentaba a los miembros del Comisariado del Pueblo para la Justicia que querían debilitar a la Iglesia fomentando y reforzando las divisiones internas que ya la aquejaban. Ambas facciones buscaban obtener la aprobación de Lenin. El destino de la Iglesia ortodoxa rusa en manos bolcheviques aún estaba por determinar.[33]
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Cultura y medios de comunicación:
Simbolismo de Estado, entretenimiento y
control oficial
La Rusia de los sóviets aún no contaba con un organismo oficial de censura, pero la dirección central del partido, la Checa y el Comisariado del Pueblo para la Educación funcionaban de forma semioficial como guardianes de lo que se imprimía y exhibía. Los funcionarios secuestraban las imprentas allá donde detectaban hostilidad activa hacia el Sovnarkom. Las publicaciones de los kadetes desaparecieron en noviembre de 1917, y las mencheviques y socialrevolucionarias fueron clausuradas con frecuencia en los meses posteriores.
Sin embargo, el Sovnarkom tenía objetivos más ambiciosos que la mera represión, e intentaba consolidar el cambio en toda la sociedad. Un objetivo crucial a largo plazo era la educación. La alfabetización y la aritmética eran prioridades para Lenin, que continuó el proceso de secularización académica que había comenzado bajo el Gobierno provisional (no todo lo que los bolcheviques reivindicaban como una innovación suya carecía de precedentes). Pero las escuelas eran un caos. Aunque muchos profesores se alegraron de que el sacerdocio desapareciera de sus aulas, no les gustaba que un Gobierno autoritario interfiriera en su trabajo. Además, sus salarios estaban por debajo de lo que necesitaban para vivir cómodamente. El Comisariado del Pueblo para
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la Educación exigió un cambio en la política pedagógica del país hacia un sistema uniforme que incluyera cierta formación industrial. Lunacharski, con la esposa de Lenin, Nadezhda Krúpskaya, como adjunta, creía en la reforma de todos los jóvenes delincuentes de la clase obrera. Cuando Lunacharski visitó la escuela de una colonia agrícola en Vólosovo, en la provincia de Petrogrado, cometió el error de abrazar a uno de los alumnos, que era un famoso ladrón. Durante el almuerzo, Lunacharski descubrió que su reloj había desaparecido. El delincuente confesó el delito: «Solo estaba bromeando. Quería demostrarle lo hábil que soy».[1]
Al margen de las instituciones aprobadas se encontraba el movimiento Cultura Proletaria, dirigido por Aleksandr Bogdánov. En su día había sido bolchevique y uno de los principales camaradas de Lenin, pero se enemistaron cuando este quiso que la facción participara en las elecciones a la Duma de 1906. También discutieron por cuestiones epistemológicas: una tormenta en una taza de té, como dijo Stalin. Bogdánov detestaba el estilo autoritario de Lenin a la hora de tratar la disidencia entre camaradas, y no cambió de opinión después de octubre de 1917. Siempre había creído que la clase obrera debía tomar el control de su propio desarrollo cultural sin la dominación de los intelectuales. Consideraba que este era el requisito previo para una revolución socialista decente. Con la aquiescencia de la dirección bolchevique, creó clubes y escuelas donde los trabajadores podían desarrollar sus habilidades e ideas. Su ambición era desleninizar el bolchevismo desde dentro de la zona de dominio de los sóviets. Bogdánov siempre había sido optimista, y Lenin no tenía intención de proscribir a un oponente que desafiaba su variante del socialismo pero que al menos no intentaba cuestionar el derecho del Sovnarkom a gobernar.
Desde marzo de 1917, estatuas, banderas e insignias zaristas habían sido atacadas y arrancadas, y el ritmo de destrucción se aceleró a partir de octubre. Los bolcheviques contrataron a pintores y escultores para que crearan sustitutos y así poder explicar sus prioridades y propósitos a la sociedad, haciendo hincapié en la simplicidad vívida. Los líderes de los sóviets daban prioridad a ganarse y mantener el apoyo de «las masas». En poco tiempo produjeron carteles y caricaturas, y alzaron pancartas proclamando el nacimiento de una nueva era con el establecimiento del
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«poder de los sóviets». El color rojo se utilizaba en todos los espacios públicos para difundir el mensaje, incluso más que en los primeros días de la Revolución de Febrero. Las mujeres que contemplaban las enormes banderas revolucionarias se quejaban del despilfarro de telas valiosas en un momento en que ellas no podían comprarlas para vestir a sus familias.[2]
El Gobierno encargó nuevas estatuas para adecuarlas a sus fines políticos y se erigieron monumentos para conmemorar a Karl Marx y Friedrich Engels. La administración soviética también subvencionó la producción de una estatua de Espartaco, el líder de la rebelión de esclavos contra los romanos entre los años 73 y 71 a. C. Nikolái Chernishévski, uno de los primeros detractores socialistas del orden zarista a mediados del siglo XIX, fue representado en bronce. Se anunció un plan para demoler el obelisco del Jardín de Alejandro, junto al Kremlin, que se había erigido para celebrar el tricentenario de la dinastía Románov en 1913. Lenin se opuso y ordenó conservar el obelisco a la vez que sustituía los nombres de los zares por los de figuras históricas veneradas por los revolucionarios rusos: Tomás Moro, Tommaso Campanella, Gerrard Winstanley, Charles Fourier y Nikolái Chernishévski.[3] El Sovnarkom adoptó la hoz y el martillo como símbolo conjunto de su revolución.[4]
Pocos escritores, artistas y músicos estaban en condiciones de militar contra el comunismo. Si el novelista Lev Tolstói hubiera estado vivo, habría denunciado a Lenin y Trotski, pero en la intelectualidad cultural ya no había mártires dispuestos a hacerlo. Casi todos detestaban el bolchevismo pero, como la mayoría de los habitantes del antiguo Imperio ruso, lo que más deseaban era el fin del caos y la violencia que los rodeaba. Seguían buscando un sentido a su experiencia, pero en aquella época aportaban poco al debate público, y el Sovnarkom y la Checa no toleraban las críticas.[5]
Muchos tenían que recurrir a las autoridades soviéticas para obtener alimentos e ingresos. Konstantin Rózov, el famoso cantor de la Iglesia ortodoxa, encontró un hueco en el Primer Coro del Estado, y gastaba la mayor parte de sus ingresos en viajes en taxi de caballos para cumplir con sus diversos compromisos. Él hubiera preferido recibir víveres en lugar de rublos, y se quejaba de que, cuando cantaba para la Iglesia, era multado por faltar a las actuaciones con el Coro Estatal. En lo personal, agradecía
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no tener que cantar La Internacional. Como mucho le pedían que interpretara la parte solista de Canción de los barqueros del Volga (Dubinushka).[6] A principios de agosto de 1918, Nikita Okunev escribió en su diario que había vuelto al trabajo, pero con un salario reducido, lo cual significaba que ya no podía permitirse un criado, recibir invitados o ir a ver a Shaliapin al teatro Bolshói. Sus ingresos ya no le daban ni para comprar una botella de vino.[7] Un día vio al mismísimo Shaliapin en un coche de caballos en la calle Miasnitskaya y quedó asombrado. ¿Dónde estaba su limusina y por qué había adelgazado tanto? Shaliapin cobraba una fortuna colosal por sus actuaciones, así que, ¿cómo se explicaba aquello?[8] La respuesta sencilla que no se le ocurrió a Okunev era que el Estado soviético había confiscado todas las limusinas.
No se exigía que el entretenimiento fuera político, pero si había sátira, tenía que ser moderada con el bolchevismo. Los populares payasos de circo Bim y Bom crearon un número en el que competían por colgar en la pared fotos de los líderes bolcheviques. Bim quería a Lenin y Bom a Trotski. Detrás de ellos había un trono decorado con insignias zaristas. Bim «Lenin» y Bom «Trotski» peleaban por sentarse en él, y Okunev se preguntó si no sufrirían por su impertinencia.[9] Se demostró que tenía razón cuando los fusileros letones probolcheviques dispararon sus armas en protesta por su sátira.[10]
En la lejana Vítebsk, el artista judío Marc Chagall recibió financiación para una escuela de arte que enseñaría a los pobres. Chagall siguió creando sus maravillosos cuadros sobre la vida en los shtetls. Al igual que muchos artistas contemporáneos, distorsionaba la perspectiva y las formas físicas, a veces retratando a personas que levitaban desde los tablones del suelo en un estado de ánimo exultante. Sus imágenes de la vida judía beatificaban la felicidad comunitaria en medio de la pobreza y la embriaguez. Homenajeaba a los violinistas, las bodas, los burros y los carros de heno. Chagall aceptaba dinero soviético sin adoptar la ideología comunista. Otros intelectuales estaban abiertos a alinear sus impulsos creativos con el marxismo. Se creó una red de Estudios Superiores Artísticos y Técnicos para reclutar y formar a trabajadores que pintaran, esculpieran y diseñaran muebles. El Comisariado del Pueblo para la Educación consideraba que algunas exposiciones eran demasiado abstrusas y los bolcheviques
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veteranos pedían un enfoque más «realista» para los cuadros y la cerámica. Lenin estaba entre los que preferían las ideas tradicionales de excelencia cultural, pero resoplaba sin interferir seriamente.
A algunos artistas les fue muy bien al margen del mecenazgo oficial. El poeta Vladímir Mayakovski se dedicaba a pintar carteles y facturó treinta y dos millones de rublos.[11] La ilustración del poema El hombre (Chelovek), publicado en febrero de 1918, muestra a un hombre con pantalones de raya diplomática y una enorme cadena de oro que observa desde lo alto de los rascacielos las hileras de tanques que recorren las calles y los escuadrones de aviones militares que vuelan sobre él. Mayakovski estaba llamando la atención sobre la carnicería mundial provocada por la codicia capitalista, un mensaje bolchevique muy popular. Otros caricaturistas de periódicos comunistas se centraron en Rusia. Las imágenes de empresarios hinchados, generales sedientos de sangre y obispos decadentes transmitían la idea de que el bienestar del «pueblo» dependía de la supervivencia de la Revolución de Octubre. Los comunistas también utilizaban el arte con fines educativos, describiendo el comunismo como el amanecer dorado de la humanidad. Se fomentaba la sobriedad, la horticultura y la buena forma física, y el arte se dedicaba a hacer llamamientos a los trabajadores para que se unieran al partido y a sus fuerzas armadas. A los trabajadores se los representaba musculosos e impasibles, normalmente blandiendo un martillo o un rifle, vistiendo sencillos monos de fábrica o desnudos hasta la cintura. Los temas clave eran el compromiso, la fuerza física y la determinación.
La propaganda de este tipo no era una invención bolchevique, pues los enemigos del Sovnarkom utilizaban las mismas convenciones artísticas sin la inquietud «proletaria». Pero las autoridades soviéticas tenían la ventaja de un acceso más fácil a los medios de producción y difusión. También exploraron el uso de la tecnología más avanzada. A finales de 1918, a Lenin le insistieron para que apareciera en una película. Tímido ante las cámaras, en 1919 no lo fue tanto a la hora de grabar unos discursos breves. Trotski, que nunca se había mostrado tímido con los fotógrafos, contrató a un equipo cinematográfico para que lo siguiera mientras navegaba por el río Volga a finales del verano de 1918. También llevaba consigo una
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imprenta en sus viajes en tren. Los periódicos se publicaban en un vagón mientras Trotski se desplazaba de un lugar a otro.
El ensayo de Blok Los intelectuales y la revolución apareció en enero de 1918. En él mostraba provocativamente su desprecio por lo que consideraba la incapacidad de la mayoría de los intelectuales para adaptarse a los nuevos tiempos.[12] El 26 de enero de 1918 escribió en su diario: «El golpe de octubre (perevorot) es de todos modos mejor que el de febrero, que huele un poco a autocracia». Empezó a trabajar para organismos soviéticos, entre otras cosas porque tenía que generar ingresos si quería comer. Asistió a una reunión oficial en la que se debatieron ideas para simplificar el antiguo alfabeto ruso. El comisario del pueblo para la Educación, Anatoli Lunacharski, participó en ella y, al final de la reunión, se acercó y dijo: «Permítame estrecharle la mano, camarada Blok». Al poeta le cayó bien Lunacharski porque resultaba «muy poco intelectual».
[13]
Esa opinión no era compartida por muchos bolcheviques, a quienes Lunacharski les parecía sumamente burgués en sus modales y gustos. Pero todo lo que Blok presenció en 1917 lo convenció de que los rusos —los rusos pobres, oprimidos y corrientes— podían transformar los asuntos de la humanidad. Se regodeaba en la posibilidad de la violencia, esperando que la «vieja» y «sofisticada» Europa estuviera a punto de ser derrocada. Sabía que él mismo era un burgués sofisticado, pero insistía en que la transformación que se avecinaba tendría un efecto purificador a pesar del caos y el desasosiego. Blok pensaba que la Revolución de Octubre extendería los valores y el comportamiento del «Este» al resto del mundo. En su opinión, los rusos habían demostrado ser auténticos «asiáticos», y escribió en su diario: «¿Somos bárbaros? Bueno, eso está bien».[14]
Más tarde reunió sus pensamientos y su arte en un extenso poema, Los doce, para elogiar la vivacidad animal de las calles de Petrogrado. Junto con El segundo advenimiento, de W. B. Yeats, y La tierra baldía, de T. S. Eliot, constituye una de las reflexiones más poderosas de la literatura sobre el tumulto cultural y social del final de la Gran Guerra. Los doce era un himno al espíritu de Octubre, pero en absoluto al bolchevismo. Escribe sobre una docena de guardias rojos que atraviesan el tumulto de Petrogrado y lo agravan a su paso. Hablan en jerga callejera. Maldicen,
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fuman y atraen la compañía de prostitutas. Se pavonean mientras entonan canciones sin un contenido político evidente. Blok no se inspiró en ningún partido revolucionario ni, desde luego, en Lenin, sino en el contenido y las imágenes del Apocalipsis en el Nuevo Testamento: sus doce guardias rojos corresponden a los doce apóstoles de Cristo.[15] Las siguientes estrofas dan una idea de los sentimientos del poeta:[16]
El ruido de la ciudad no se oye,
ningún sonido por encima de la torre del Neva.
Ya no hay policías,
así que diviértanse, muchachos, ¡sin vino para beber!
Hay un burgués en la encrucijada
y esconde la nariz bajo el cuello del jersey. A su lado se acurruca con el pelo erizado un perro sarnoso, el rabo entre las piernas.
El burgués se levanta como un perro hambriento, y parece un signo de interrogación sin palabras. Y el viejo mundo como un perro mestizo,
se encuentra detrás de él, con el rabo entre las piernas.
Los bolcheviques no sabían si el poema estaba a favor o en contra de ellos. La misma preocupación existía en la mente del propio Blok. Cuando un funcionario del Sóviet de Petrogrado se ofreció a publicarlo, Blok no pudo evitar preguntar: «¿No le parece que hay una nota un tanto regresiva [zapozdalaya] en Los doce?». El funcionario respondió que el asunto había sido objeto de debate, pero que la decisión había sido favorable a la publicación, y Maxim Gorki aseguró a Blok que Lenin y Lunacharski habían dado su bendición. Se encargaron las ilustraciones al artista Yuri Ánenkov.[17]
Pero la salud de Blok, tanto física como mental, estaba empeorando. En el verano de 1921 pidió permiso para ir a recuperarse a un sanatorio finlandés, pero para entonces las autoridades soviéticas prohibían los viajes al extranjero a todos los funcionarios o agentes de espionaje que no estuvieran oficialmente autorizados. La concesión llegó demasiado tarde para el poeta, que murió a la temprana edad de cuarenta años. Un escritor
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que había acogido con satisfacción la Revolución de Octubre había perdido el deseo de refrendar las furias que esta había liberado.
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El tratado de Brest-Litovsk: Capitulación
ante las potencias centrales
Trotski llegó a las conversaciones de paz con las Potencias Centrales en Brest-Litovsk el 27 de diciembre. Inmediatamente impuso su autoridad a los negociadores rusos acabando con la informalidad que, en su opinión, se había colado en los procedimientos, y ordenó a su equipo que comieran separados de los alemanes y austriacos.[1]
Al igual que Iofe, deslumbró a alemanes y austriacos con su dominio de la lengua alemana y sus dialectos, y disfrutó confundiéndolos. Cuando las Potencias Centrales plantearon sus exigencias, también se burló de su confusa utilización de términos como Estado, nación y pueblo. Los diplomáticos alemanes pensaban que tenían un as en la manga con su propuesta de conceder a los territorios en discusión el derecho de autodeterminación. Era su forma de conspirar para obtener la soberanía sobre las tierras fronterizas occidentales del antiguo Imperio ruso. Trotski mantuvo la calma y respondió que él también apoyaba la idea de los plebiscitos. La iniciativa más eficaz de los alemanes fue invitar a la Rada ucraniana a participar de forma independiente en las conversaciones. Pero Trotski tampoco puso objeciones. Señaló que algunos de los territorios que Kiev reivindicaba como ucranianos, especialmente los situados a lo largo de la costa del mar Negro, debían ser gobernados únicamente por quien obtuviera más votos en un referéndum en la región; era consciente de que en varias provincias había rusos, judíos, polacos y griegos que podían
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sentirse incómodos ante la perspectiva de un Gobierno desde Kiev. Trotski, haciendo caso omiso de la frontera ruso-ucraniana que Kerenski había aceptado, aprovechó el hecho de que los mapas zaristas no habían demarcado Ucrania como tal. Su propósito era alargar las conversaciones y ganar tiempo para que se produjeran revoluciones en Berlín, Viena y Budapest.[2]
El Sovnarkom aspiraba a la revolución mundial y, si esta no podía lograrse en Europa, los bolcheviques y sus aliados socialrevolucionarios proclamarían una «guerra revolucionaria» para lograr el resultado deseado. No estaba claro cuánto tiempo esperarían a que Alemania, Gran Bretaña o Francia experimentaran una revolución como la suya, pero se sentían alentados por el curso de los acontecimientos en Europa central. En Viena estallaron huelgas tras un recorte de la ración de harina y en varias ciudades alemanas y en Budapest se produjeron graves disturbios industriales.[3]
Sin embargo, a finales de año, las Potencias Centrales presentaron un ultimátum en Brest-Litovsk, amenazando con seguir adelante con su conquista armada a menos que el Sovnarkom aceptara una paz separada según sus condiciones. Trotski pensaba que era el momento de librar una guerra revolucionaria y veía la necesidad de renovar la cooperación militar con los aliados occidentales; esperaba volverse contra ellos en cuanto estallara la revolución en Berlín y Viena. Regresó al Comité Central Bolchevique en Petrogrado el 11 de enero de 1918 para entregar su informe sobre el estancamiento de Brest-Litovsk y esbozar sus planes. Pero en Petrogrado sufrió un choque inesperado: su camarada Lenin, famoso por su defensa de la guerra revolucionaria, había cambiado de opinión sobre la política bélica bolchevique.
A Lenin le preocupaba hasta qué punto las tropas rusas estarían dispuestas a reanudar las operaciones militares. La respuesta era obvia para cualquiera que hubiese presenciado el vaciado de las trincheras rusas en verano y otoño, un fenómeno que la propaganda de Lenin había contribuido a instigar. Ahora Lenin no veía otra alternativa que firmar la paz con las Potencias Centrales.
En el Comité Central estalló una airada disputa. Trotski quería recibir autorización para volver a Brest-Litovsk y prolongar las conversaciones
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con el fin de dar tiempo a que se produjera una revolución socialista alemana. Bujarin replicó que el Sovnarkom debía limitarse a proclamar su prometida guerra revolucionaria. Lenin, que argumentaba que tales ideas eran meras «poses revolucionarias» cuando las fuerzas armadas rusas ya habían sido desmovilizadas, estaba en minoría. Se sentía algo avergonzado por tener a Stalin como su aliado más fuerte, ya que este negaba que estuviera gestándose una revolución en Europa. Para Lenin, eso equivalía a renegar de todo el proyecto bolchevique, que se basaba en la inminencia de la «revolución socialista europea». Pero la mayoría del Comité Central estaba en contra de Lenin, que tenía que aceptar ayuda de quien pudiera. La votación fue favorable a Trotski por doce votos contra uno. Sin embargo, solo dos de los trece miembros apoyaron una declaración de guerra, y Trotski se preparó para ralentizar las conversaciones en Brest-Litovsk.[4]
Aleksandr Zamáraev, de la provincia de Vólogda, estaba molesto por las exigencias territoriales de Alemania. El 3 de enero de 1918 escribió en su diario:
A mediodía comenzó otra tormenta de nieve que arreció hasta la mañana [del día siguiente]. El tipo de mundo que han acordado los alemanes ha asombrado incluso a nuestros bolcheviques. Están dispuestos a quitarnos Polonia, Lituania y Curlandia, exigen una aportación monetaria a cambio del mantenimiento de prisioneros y nuestros hombres deben purgar Galitzia y parte de Turquía. Vamos a tener que soportar este yugo alemán durante mucho tiempo. La guerra nos ha dejado un legado difícil. La comida es lo único que ocupa ahora la mente de todos.[5]
Zamáraev estaba tan harto del Gobierno soviético que se alegró de los rumores de que los alemanes ya habían conquistado Petrogrado: «Todo el mundo casi está contento […] si al menos ponen orden en lugar del detestable Gobierno bolchevique que nadie necesita».[6] Sin embargo, como muchos otros rusos, su profundo deseo era que la guerra terminara con una paz honorable. Pocos podían imaginar a Rusia reanudando la lucha militar con Alemania. Nikita Okunev, en su entrada de diario del mismo día, se preguntaba de dónde iban a sacar los bolcheviques
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suficientes soldados para luchar por ellos, y se burlaba de la idea de que el Sovnarkom pudiera conseguir hombres adecuados para el combate entre los muchos desertores del ejército o los obreros industriales en paro.[7]
En enero de 1918, el presidente Woodrow Wilson anunció sus Catorce Puntos, que esbozaban lo que quería en el acuerdo de paz que se alcanzaría tras la victoria militar. Se culpaba a Alemania, que debía abandonar los territorios que había ocupado en Bélgica, Francia y Rusia. Asimismo, se exigía el desarrollo autónomo de los diversos pueblos de Austria-Hungría y del Imperio otomano. Polonia debía ser liberada. Wilson denunció a «los imperialistas» y proclamó el derecho de cada nación a decidir su futuro. Sus palabras coincidían en algunos aspectos con las intenciones del Decreto de Paz del Sovnarkom, pero había una diferencia crucial: el presidente estadounidense pretendía poner fin a la guerra mediante la derrota militar de las Potencias Centrales, y quería que el capitalismo mundial sobreviviera y prosperara. Los diplomáticos estadounidenses repartieron miles de copias de traducciones de los Catorce Puntos por las calles de Petrogrado, y se imprimieron cinco millones y medio de ejemplares para su envío al antiguo Imperio ruso.[8]
Las Potencias Centrales echaron por tierra las ambiciones diplomáticas de Trotski en Brest-Litovsk al buscar un acuerdo de paz por separado con la Rada ucraniana. Richard von Kühlmann, el secretario de Estado alemán, firmó el tratado con los ucranianos el 27 de enero de 1918.[9] Las Potencias Centrales también aceptaron formalmente los principios enunciados por el presidente Wilson en sus Catorce Puntos. Estaban dando una imagen de intenciones democráticas y pacifistas a la vez que pretendían someter a la Rada Central a su control. Hindenburg y Ludendorff planeaban la ocupación militar y la explotación económica de Ucrania. En privado, señalaban el trigo, el carbón y el hierro ucranianos para su uso por parte de las Potencias Centrales.
El 24 de enero, siempre dispuesto a bromear, Trotski envió un telegrama solicitando un visado para ir a Viena y «llevar a cabo negociaciones con representantes del proletariado austriaco». Pero también tenía en mente una medida seria sin precedentes en la diplomacia internacional, y el 28 de enero anunció unilateralmente durante las conversaciones que el estado de guerra con Alemania, Austria-Hungría,
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Turquía y Bulgaria se daba por «terminado». Los rusos no firmarían las condiciones de paz alemanas, pero al mismo tiempo dejarían de luchar. Para Von Kühlmann esto era intolerable. Si Trotski se negaba a refrendar un tratado, ¿qué había que hacer con las fronteras, el comercio y otros asuntos de importancia para la región en cuestión? Trotski respondió que ya había hablado todo lo que le permitían los poderes que se le habían confiado. Por lo que a él respectaba, las negociaciones —y la guerra— habían llegado a su fin.[10]
En Rusia, las ideas sobre la contrarrevolución militar no habían desaparecido con el aplastamiento de la revuelta de Kornílov en agosto de 1917. Aunque casi todos los oficiales del antiguo ejército se conformaban con ser desmovilizados, una minoría considerable estaba decidida a volver a tomar las armas. En la seguridad de la región del Don, en el sur de Rusia, Kornílov y Mijaíl Alekséyev empezaron a reunir su Ejército de Voluntarios. Los asentamientos cosacos eran una zona privilegiada para el reclutamiento militar.[11] Alekséyev pensaba desde hacía mucho tiempo que Kornílov había sido ascendido en exceso y que carecía de criterio operativo, pero superó esas reservas y ambos trabajaron para atraer reclutas, siendo al principio la mayoría de sus tropas exoficiales del Ejército Imperial.
Para prepararse ante la posibilidad de una guerra tanto en el interior como en el exterior, el Sovnarkom hizo un llamamiento a los voluntarios para unirse a un Ejército Rojo Obrero y Campesino que reemplazaría al ya desmovilizado Ejército Ruso. Se ofrecía una paga de cincuenta dólares al mes y la garantía de cuidar de sus familias.[12] También se prometió devolver a los reclutas sus antiguos puestos de trabajo con salarios decentes cuando se consiguiera la victoria.[13] El Ejército Rojo también buscaba veteranos militares con conocimientos técnicos y animó a antiguos generales del ejército del zar a alistarse.
Mientras que el Comité Central Social-Revolucionario de izquierda mantenía su oposición total a la defensa de Lenin de una paz separada, en el Comité Central Bolchevique estaba haciendo progresos. Lo animaba el hecho de que no todos los bolcheviques contrarios a él eran tan temerarios como para pedir la reanudación de las operaciones militares. Trotski propugnaba su propia opción de «ni guerra ni paz», y Stalin se burlaba de
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que, desde un punto de vista práctico, aquello no era una política. Sin embargo, en los estratos más bajos del partido había mucha gente, al menos entre los miembros de los comités y los militantes, que quería retomar las hostilidades. Pero los partidarios de la guerra no tardaron en darse cuenta de que los soldados desmovilizados y los guardias rojos no solían estar dispuestos a contraatacar a los alemanes. La corriente de opinión entre los bolcheviques empezó a inclinarse a favor de firmar la paz con las Potencias Centrales.
El 18 de febrero, Trotski presentó al Comité Central Bolchevique un informe sobre la situación militar. Dvinsk había caído en manos de los alemanes y las evaluaciones de los servicios de espionaje soviéticos indicaban que podían estar a punto de invadir Ucrania. Lenin insistió: «No debemos jugar con la guerra». Trotski afirmó que sus tácticas dilatorias habían permitido que estallaran las huelgas en Berlín y Viena, y Bujarin argumentaba que, aunque los alemanes tomaran Petrogrado, el Sovnarkom aún podía movilizar a los obreros y campesinos rusos contra ellos. Lenin repuso: «El campesino no quiere la guerra y no irá a la guerra». Zinóviev comentó que habría sido mejor firmar una paz por separado en noviembre, pero la consigna de Trotski de «ni guerra ni paz» seguía contando con apoyos, y Lenin y él redactaron una consulta para enviarla a las Potencias Centrales.[14]
Como habían predicho Lenin y Zinóviev, las condiciones alemanas se habían endurecido aún más a medida que crecía la impaciencia y la confianza de los dirigentes alemanes en la vulnerabilidad de Rusia. Se exigía al Sovnarkom que renunciara a sus reclamaciones de soberanía sobre enormes territorios en las zonas occidentales del antiguo imperio. No firmar el borrador del tratado conduciría a una reanudación de las operaciones militares, que las fuerzas soviéticas estaban destinadas a perder. El Comité Central se reunió el 23 de febrero en un ambiente sombrío. Sus miembros eran conscientes de que Alemania les había dado un ultimátum que expiraría en veinticuatro horas. Otro gran avance militar de los alemanes estaba aterradoramente cerca. Petrogrado estaba amenazada. Después de que Bujarin expusiera sus argumentos a favor de la guerra revolucionaria, Lenin le espetó: «Si no firmas [esas condiciones], estarás firmando la sentencia de muerte del poder soviético en tres
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semanas».[15] Se había llegado al punto de tener que decidir entre la guerra y la paz, y la votación fue de siete a cuatro a favor de Lenin con la abstención de Trotski, Iofe, Dzierżyński y Krestinski. Fue una victoria política asombrosa para Lenin: la dirección bolchevique finalmente había aceptado que no había alternativa práctica a firmar una paz por separado en las condiciones que exigía Alemania.[16]
Ucrania, Bielorrusia, Lituania, Letonia y Estonia tenían asegurada su libertad frente a las pretensiones rusas. El Imperio otomano recibiría Kars y el puerto de Batumi. Esos territorios «perdidos» del antiguo Imperio ruso sumaban 2,5 millones de kilómetros cuadrados y una población total de unos sesenta millones de personas. Aunque, en Rusia, Lenin fue el principal impulsor de una paz separada, no tenía intención de firmar el «obsceno» tratado, y Trotski tampoco quería regresar a Brest-Litovsk. Por tanto, recayó en otro miembro del equipo negociador, Grigori Sokólnikov, rubricar el acuerdo el 3 de marzo de 1918.
El 6 de marzo se convocó apresuradamente un congreso del partido. Lenin no intentó disimular la humillación que el tratado suponía para la Rusia soviética, pero declaró que la paz con las Potencias Centrales daba un «respiro» para consolidar la revolución en casa y prepararse para promoverla en el extranjero.[17] También consiguió un cambio de nombre para el partido, que subrayaba su compromiso con la construcción del comunismo. Ahora se llamaría Partido Comunista Ruso (Bolcheviques). Trotski había dimitido del Sovnarkom en protesta por el tratado, pero Lenin lo convenció de que volviera ofreciéndole el Comisariado del Pueblo para Asuntos Militares. El nuevo Ejército Rojo quedaría bajo su control. Bujarin, que había hecho campaña a favor de una política de guerra revolucionaria, siguió lealmente en su escritorio de la redacción de Pravda. Pero, mientras que la dirección central bolchevique permaneció prácticamente intacta, los socialrevolucionarios de izquierda calificaron el tratado de traición absoluta a la revolución y todos sus comisarios del pueblo dimitieron del Sovnarkom.
Los bolcheviques no confiaban en los alemanes y decidieron trasladar la capital de Petrogrado a Moscú. La indignación por el tratado de Brest-Litovsk se extendió por toda Rusia, a pesar de que los bolcheviques reprimieron aún más a los periódicos que quedaban en Moscú y
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Petrogrado. Los kadetes y todas las organizaciones políticas situadas a su derecha tildaron las condiciones de Brest-Litovsk de traición al pueblo ruso, y a los bolcheviques, de mercenarios del poder alemán. Los socialrevolucionarios de izquierda permanecieron en partes de la administración soviética por debajo del nivel superior y mantenían contacto con los izquierdistas bolcheviques que se habían opuesto a la paz por separado. Los aliados occidentales, enfurecidos por el tratado, fueron igualmente activos en la búsqueda de bolcheviques contrarios a él. Temerosos de ser asesinados, se adoptó la precaución de que los dirigentes soviéticos y su personal vivieran en el recinto del Kremlin o en grandes hoteles cercanos, y se apostó a numerosos guardias en la zona central de Moscú.
La pérdida de Ucrania echó por tierra las esperanzas que abrigaba el Sovnarkom de acabar en breve con la crisis de abastecimiento de comida. Las granjas ucranianas habían dejado de comerciar con Rusia en los últimos meses, y el tratado echó por tierra la posibilidad de una reanudación. Casi todas las demás provincias rusas, excepto las del sur del Volga, consumían más grano del que producían, y las provincias del Volga aún no estaban bajo control de los sóviets. Ahora que se había firmado el tratado, los dirigentes bolcheviques se dieron cuenta de que las fuerzas alemanas y austrohúngaras podrían ocupar pronto todas las provincias ucranianas, incluidas las del Dombás. El Comité Central activó planes para inundar las minas y retirar las reservas de carbón de la región. Los trabajadores también debían ser evacuados.[18] Tal como se predijo, el alto mando alemán maximizó entre tanto su ventaja transfiriendo cuarenta y ocho divisiones al frente occidental en busca de una victoria decisiva sobre los ejércitos anglo-franceses antes de que los estadounidenses pudieran reforzarlos.[19]
La Gran Guerra estaba entrando en su fase terminal. La moral de las fuerzas armadas alemanas era alta y sus planificadores económicos esperaban recibir suministros alimentarios de Ucrania.[20] La Rada Central Ucraniana mantuvo en secreto la disposición de su propio tratado para que el grano de Ucrania fuera enviado a las Potencias Centrales.[21] En abril, cuando la Rada no cumplió los requisitos, los alemanes la sustituyeron por una administración encabezada por Pavló Skoropadski.[22] Aristócrata y
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monárquico, Skoropadski aceptó su nombramiento porque pensaba que se había sembrado una plaga bolchevique en Petrogrado y esperaba proteger a Ucrania del contagio. Veintinueve divisiones de infantería alemanas y cuatro divisiones y media de caballería fueron enviadas para ocupar las provincias ucranianas con Skoropadski como gobernante marioneta.[23]
Las fuerzas de ocupación en Ucrania contaban con 300 000 efectivos.
[24] Los alemanes, actuando tras la pantalla de su Gobierno títere ucraniano, exigieron la entrega de todas las armas en territorio de Ucrania.[25] Las unidades armadas soviéticas solo tenían 3000 combatientes en la zona de Kiev y aproximadamente el mismo número en el resto de los territorios ucranianos. Los últimos evacuaron el país a principios de mayo de 1918.[26] Más tarde, los bolcheviques organizaron acciones partisanas, que consistieron principalmente en sabotajes a instalaciones industriales y causaron más irritación que daño a la administración de Skoropadski. Por cada soldado alemán o Habsburgo muerto, las Potencias Centrales fusilaban a los diez primeros soldados o civiles rusos que encontraban.[27] Hubo consternación en la cúpula bolchevique a principios de mayo, cuando las fuerzas armadas alemanas avanzaron desde el sureste de Ucrania y ocuparon Rostov del Don, que era una ciudad rusa según cualquier definición excepto la de Berlín. Muchos bolcheviques sospechaban que el tratado de Brest-Litovsk había sido un truco para conseguir territorio sin luchar y luego tomar por la fuerza partes vecinas de la propia Rusia. Grigori Sokólnikov y Stalin, que a principios de 1918 habían apoyado los movimientos por una paz separada, exigieron un cambio de planes. Al final, Lenin volvió a contar con una mayoría a favor de respetar el tratado, pero solo por un pequeño margen.[28]
La política y la diplomacia soviéticas necesitaban salir de su aislamiento internacional. Trotski siguió cultivando lazos con los representantes aliados y subrayando que el Sovnarkom no había abandonado totalmente la idea de la guerra con Alemania. Kámenev fue enviado a Francia para restablecer los vínculos con su Gobierno, pero se le prohibió la entrada en territorio francés. Adolf Iofe se instaló en Berlín. Como alguien que se había negado a respaldar el tratado de paz, Iofe dedicó sus esfuerzos a fomentar el entusiasmo revolucionario entre sus contactos de la extrema izquierda política alemana.[29] Sin embargo, los
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aliados occidentales mostraban una actitud recelosa hacia el Sovnarkom y, en secreto, alentaron y financiaron a las organizaciones políticas y militares rusas que querían acabar con el «poder soviético» y devolver a Rusia a la guerra.
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¿Un respiro para la dictadura?: Hacer frente a las amenazas al Sovnarkom
Lenin había prometido que el tratado de Brest-Litovsk daría a su partido un respiro para consolidar la revolución en Rusia. Si acaso, la seguridad del Sovnarkom se volvió más precaria. A medida que crecía la oposición a los bolcheviques en el interior, parecía inevitable una guerra civil total.
Los conflictos armados ya proliferaban en todo el antiguo imperio. En abril, el Sovnarkom reforzó su programa de reformas proclamando el monopolio estatal del comercio exterior, tanto de las importaciones como de las exportaciones. Sin embargo, la preparación militar adquirió una prioridad cada vez mayor. La intención de formar el Ejército Rojo ya se había anunciado en enero, pero al Comisariado del Pueblo para Asuntos Militares se le daba mejor idear proyectos que llevarlos a cabo. El reclutamiento era difícil después de tanto esfuerzo dedicado a la desmovilización del antiguo ejército. Mientras tanto, los desafíos de los campesinos al «poder de los sóviets» cobraban fuerza, y en la región de los Urales estalló la violencia cuando la Guardia Roja fue enviada tanto para sofocar los disturbios como para obtener productos para las ciudades. Hubo enfrentamientos con exsoldados que se unieron a la causa de sus pueblos. Cuando el Sóviet de Perm envió artillería contra las revueltas, el campesinado local cavó terraplenes para defender sus posiciones y más de cien guardias rojos resultaron muertos o heridos.[1] Trabajadores de toda la región de los Urales se unieron a las protestas contra el Sovnarkom. A los
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bolcheviques también les preocupaba que el contingente cosaco que había creado Atamán Aleksandr Dútov en Orenburgo pudiera avanzar contra Ekaterimburgo, la capital de los Urales.[2]
Los altercados políticos se volvieron más frecuentes en abril y mayo de 1918, cuando se celebraron una serie de elecciones a los sóviets. En una ciudad tras otra, los mencheviques obtuvieron mayorías y casi se sorprendieron del éxito cosechado. Los bolcheviques salieron derrotados en Tula y otros centros industriales importantes. Una alianza de socialrevolucionarios y mencheviques triunfó también en las ciudades del Volga y el norte de Rusia. Nizhni Nóvgorod, Sarátov y Arcángel se unieron a la tendencia de disputar la soberanía del Sovnarkom. Incluso la adormecida Vólogda lo hizo.[3] También se presentaban cada vez más problemas para el partido bolchevique en su ciudadela, Petrogrado, donde los obreros eludieron el sóviet municipal, dominado por los bolcheviques, y crearon la Asamblea de Delegados de Fábrica de Petrogrado.[4]
Pero la clase obrera ya no tenía la potencia organizada que había sido capaz de desplegar en la primavera de 1917. Muchos obreros industriales habían abandonado su empleo en las fábricas y regresado a sus aldeas, existía una apatía generalizada hacia la política y el movimiento socialista estaba profundamente dividido. El Sovnarkom, patrocinador del «poder soviético» y de la «democracia proletaria», contaba con el poder armado y la voluntad de utilizarlo cerrando la Asamblea y otras organizaciones similares. También se intensificó la fuerza en las zonas rurales en un intento por hacer frente a la crisis de escasez de alimentos. Se reforzaron los escuadrones de confiscación incluso en las regiones que tenían escasos excedentes de grano. La intención era formar «comités de pobres de las aldeas» que ayudaran a acosar a los campesinos adinerados.[5] En mayo de 1918, Lenin proclamó una dictadura del suministro de alimentos y le dijo a Trotski que el Comisariado del Pueblo para Asuntos Militares debía dirigir nueve décimas partes de los esfuerzos del Ejército Rojo a obtener cereales de las aldeas. Los campesinos que acapararan sus reservas deberían ser tratados como «enemigos del pueblo». Lenin instó al Sovnarkom a llevar a cabo «una defensa y una guerra despiadada y terrorista contra la burguesía campesina y cualquier otra burguesía que se aferrara a los excedentes de cereales».[6] Él y Trotski insistieron en que había suficiente grano en el país
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si se podía arrancar de las garras de «los kulaks». Trotski pidió que se utilizara la «mano de la fuerza» y que se encarcelara a los acaparadores hasta diez años.[7]
Los socialrevolucionarios de izquierda, todavía furiosos por el tratado de Brest-Litovsk, estaban horrorizados por la violencia de Lenin contra los campesinos. En vano, este explicó que su objetivo seguía siendo fomentar una transformación socialista del campo. Su antiguo socio de coalición veía en los nuevos comités de los pobres de las aldeas un intento intolerable por abrir una brecha en el campesinado. A su entender, Lenin estaba traicionando su propio Decreto sobre la Tierra.
Cuando el Quinto Congreso de los Sóviets se reunió en el teatro Bolshói de Moscú el 4 de julio de 1918, todo estaba preparado para el enfrentamiento entre los antiguos socios de la coalición. Sverdlov, el diminuto presidente, dejó claro que mantendría el orden en lo que todo el mundo sabía que iba a ser un proceso acalorado. El conde Wilhelm von Mirbach, embajador alemán, observaba desde su palco. Junto a él estaban sentados los ministros austriaco, húngaro, búlgaro y turco. Rudolph Bauer, jefe del servicio de espionaje alemán, también asistió. Al otro lado del auditorio se encontraba el cuerpo diplomático aliado, que hervía de furia por el respeto mostrado a las Potencias Centrales. Muchos bolcheviques pensaban lo mismo, sobre todo los que habían hecho campaña contra la paz por separado. Lenin habló a favor del tratado, merodeando por el estrado mientras defendía las oportunidades que brindaba la paz. Maria Spiridonova, la líder de los socialrevolucionarios de izquierda, expresó la ardiente intransigencia de su partido y terminó agitando un puño hacia el palco que ocupaba Mirbach y declarando que Rusia nunca sería una colonia de Alemania.[8]
Lenin ya sabía que los bolcheviques tenían una mayoría sustancial de votos en el Congreso.[9] Los socialrevolucionarios de izquierda también lo sabían, por lo que secretamente estaban tramando conseguir sus propósitos mediante un único acto espectacular de terrorismo. Planeaban asesinar al embajador Von Mirbach en la embajada alemana de Denezhni Pereulok, una «provocación» que induciría a los alemanes a romper su acuerdo con los bolcheviques y devolvería al Sovnarkom a la senda de la guerra revolucionaria con las Potencias Centrales. Un joven y alocado
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socialrevolucionario de izquierda llamado Yákov Bliúmkin fue elegido para dirigir la acción. Bliúmkin trabajaba para la Checa y tenía las órdenes necesarias para poder entrar en el edificio de la embajada, donde llevó a cabo su tarea con eficacia. Tras conseguir una audiencia con el embajador, Bliúmkin lo asesinó disparando a quemarropa y luego huyó del lugar entre el ruido y la confusión.
Sin embargo, la acción de los socialrevolucionarios de izquierda fue contraproducente, ya que, de repente, los bolcheviques tuvieron la oportunidad de adoptar medidas enérgicas contra ellos. Lenin y Radek fueron corriendo a la embajada alemana para ofrecer sus condolencias y garantizar que se tomarían duras represalias. En un gesto imprudente, el presidente de la Checa, Dzierżyński, se dirigió al cuartel general del Partido Social-Revolucionario, donde fue puesto bajo arresto hasta que llegaron unidades de los fusileros letones para liberarlo. El socialrevolucionario de izquierda V. A. Alexándrovich, vicepresidente de Dzierżyński, fue uno de los ejecutados. Los últimos vestigios de la coalición gubernamental habían desaparecido, y los territorios bajo autoridad soviética se convirtieron en un Estado de partido único.
La resistencia iba en aumento incluso en el centro de Rusia. Subrepticiamente, el agente británico Robert Bruce Lockhart facilitó fondos a Borís Sávinkov —el socialrevolucionario que había servido como edecán de Kerenski— para un levantamiento armado en Yaroslavl, a doscientos cincuenta kilómetros al noreste de Moscú. Lockhart había asegurado al Gabinete de Guerra en Westminster que el éxito dependería de la ayuda de la fuerza expedicionaria británica que había desembarcado en Arcángel. Sávinkov tenía vínculos tanto con el Ejército de Voluntarios del sur de Rusia como con la Legión checoslovaca. El embajador francés le dio indicaciones exageradas sobre los planes de los Aliados, sugiriendo incluso que era inminente una invasión a gran escala. En Yaroslavl, Sávinkov proclamó el fin de la dictadura bolchevique y restableció la libertad de comercio. Como socialrevolucionario, estaba seguro de que ello desencadenaría una gran rebelión campesina en muchas provincias. El exceso de confianza siempre había sido un rasgo característico suyo. Sin embargo, nunca había corrido mayor riesgo que cuando ocupó Yaroslavl.
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En pocos días, sus fuerzas se vieron aisladas y derrotadas, y Sávinkov se dio cuenta tardíamente de la insensatez de su maniobra.[10]
No obstante, la intervención militar extranjera continuó. Los franceses hicieron desembarcar una escuadra naval en Odesa, en la costa del mar Negro. Los japoneses llevaron a cabo una incursión estratégica en Siberia oriental y los estadounidenses, recelosos de la ambición imperial japonesa y decididos a derrocar al Sovnarkom, enviaron fuerzas para ocupar la sección oriental del ferrocarril transiberiano. Cuando el contingente expedicionario británico ayudó a instaurar un Gobierno en Arcángel bajo el mando del socialrevolucionario Nikolái Chaikovski, los bolcheviques tuvieron que organizar una operación militar para defender Petrogrado. También tomaron medidas implacables contra la «burguesía» a fin de garantizar la seguridad en los territorios ocupados por los soviéticos. Se tomaron rehenes para disuadir las acciones de las fuerzas enemigas o de sus partidarios locales. Aleksandr Zamáraev fue testigo de la detención de varios habitantes acomodados de Totma, situada a ochocientos kilómetros al sur de Arcángel. No todos los detenidos eran ricos. Entre ellos había profesores, ya que la docencia se consideraba una ocupación sospechosa.
[11]
Una amenaza aún más clara para el Sovnarkom provenía de la región del Volga, donde los diputados socialrevolucionarios de la dispersa Asamblea constituyente instauraron un Gobierno alternativo en Samara, autodenominado Comité de Miembros de la Asamblea Constituyente, para desafiar al Sovnarkom. Conocido por su acrónimo Komuch, izó la bandera roja sobre sus edificios, decidido a no permitir que los bolcheviques tuvieran el monopolio de ese color en la simbología pública. El Komuch reunió su propio Ejército Popular y se preparó para una ofensiva militar que aplastaría al Ejército Rojo y restablecería la Asamblea constituyente como fuente del poder político. Pero los socialrevolucionarios tenían constantes dificultades para ganarse el apoyo de los campesinos, ya que estos querían conservar las tierras que habían adquirido desde la caída de los Románov. También se sentían molestos por la campaña de reclutamiento que les había sido impuesta y por las exigencias de proporcionar cereales. El Komuch reaccionó ordenando palizas y
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ejecuciones.[12] La reputación de los socialrevolucionarios entre el campesinado se vino abajo.[13]
Tampoco simpatizaban con los comisarios bolcheviques que trataban a la población rural como un mero recurso para obtener cereales y reclutas. Trotski pronto se dio cuenta de que los obreros por sí solos no proporcionarían un número suficiente de reclutas y de que era esencial el alistamiento masivo en el campo. Los escuadrones del Ejército Rojo fueron a las zonas rurales y ordenaron a los campesinos más longevos que proporcionaran jóvenes de la franja de edad requerida. El incumplimiento suponía severos castigos.
Trotski coordinó la respuesta operativa del Ejército Rojo mientras Lenin calmaba los ánimos en el Sovnarkom. En julio de 1918, los checos se estaban aproximando a Ekaterimburgo, donde se hallaban el antiguo emperador Nicolás II y su familia. Los bolcheviques de los Urales temían que, en caso de ser liberados, los Románov se convirtieran en los cabecillas de una ofensiva contra el Sovnarkom. Ese temor era infundado a corto plazo, porque los checos no sentían ningún afecto por Nicolás, pero los bolcheviques no querían correr riesgos en materia de seguridad. Lenin dio instrucciones secretas para que Nicolás, Alejandra y sus cuatro hijos fueran asesinados. En la madrugada del 17 al 18 de julio de 1918, despertaron a la familia en la casa Ipátiev de Ekaterimburgo y les ordenaron reunirse en el sótano. La familia creía que iban a ser trasladados a otro lugar de reclusión. Entonces les indicaron que se pusieran en fila junto con algunos de sus sirvientes y el perro de la familia. A Alejandra le permitieron sentarse en una silla debido a su mal estado de salud. De repente, los hombres armados que se encontraban frente a ellos recibieron la orden de apuntar. Nicolás preguntó desesperado qué estaba ocurriendo, pero entonces comenzaron los disparos. Todo el grupo Románov fue acribillado a balazos. Sus cadáveres fueron cargados en camiones y transportados más allá de las afueras de la ciudad, a una zona minera en desuso, donde fueron arrojados en viejos pozos. Para ocultar sus identidades, los cubrieron de ácido.
Pravda anunció la ejecución de Nicolás, pero guardó silencio sobre el resto de asesinados. La responsabilidad se atribuyó exclusivamente a los dirigentes comunistas de Ekaterimburgo y no había un solo atisbo de la
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participación de Moscú en la decisión.[14] En las semanas posteriores, la administración soviética también ejecutó a otros Románov capturados en Petrogrado y otras zonas de los Urales. Cualquiera que tuviese un vínculo genético con la dinastía depuesta podía ser asesinado. Las noticias sobre los asesinatos fueron severamente restringidas, pero el metropolita Ántoni de Kiev ofició un funeral por Nicolás que contó con una nutrida asistencia.
[15]
A lo largo del año, la Checa había ido ampliando sus campañas policiales y endureciendo su forma de tratar a los supuestos «enemigos del pueblo». A mediados de marzo de 1918, el Sóviet de Moscú ordenó a las personas que no realizaban «trabajos públicos necesarios» que abandonaran la ciudad antes de finales de mes y anunció que ya no recibirían cartillas de racionamiento. En abril se modificaron las normas sobre la herencia, de modo que los bienes de una persona fallecida pasaban automáticamente al Estado, que recibía poder discrecional para decidir si los entregaba o no a la familia.[16] En julio de 1918, el Quinto Congreso de los Sóviets aprobó el borrador de una nueva Constitución.[17] En ella se endureció la dictadura preconizada por Lenin durante todo el año anterior y se retiraron los derechos cívicos a la aristocracia, la alta burguesía, los industriales, los banqueros, el clero y los exgendarmes. En un lenguaje escalofriante, a todos ellos se los calificó de «antiguas personas». No podían votar ni acceder a la seguridad social. El 26 de julio se proclamó que los jóvenes de origen «burgués» no eran bienvenidos como reclutas del Ejército Rojo. En lugar de eso, debían ofrecerse para realizar trabajos manuales. Si eludían las tareas asignadas, se enfrentarían a un tribunal revolucionario y perderían sus propiedades.[18]
Los primeros reclutas del Ejército Rojo eran deliberadamente voluntarios de la clase obrera. Los líderes bolcheviques creían que una vanguardia proletaria era la mejor manera de garantizar la victoria. Algunos trabajadores estaban realmente deseosos de fomentar la causa revolucionaria. Otros que habían perdido su empleo en las fábricas veían el despliegue militar como la mejor manera de obtener raciones y salarios más abultados para ellos y sus familias. El dinamismo organizativo de Trotski tuvo un impacto inmediato. A los oficiales del Ejército Imperial se les ofrecieron puestos de mando mientras se preparaban para la acción
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contra el Komuch. Esto causó consternación entre bolcheviques veteranos como Stalin. El cuerpo de oficiales zarista había aplastado la Revolución de 1905 y 1906 y había promovido el chovinismo ruso y un comportamiento extremadamente antisemita en la Gran Guerra. Muchos de sus miembros habían colaborado o simpatizado con Kornílov cuando intentó su golpe de Estado y no se podía confiar en ellos. Esto pareció confirmarse cuando, en julio, Mijaíl Muravev, que dirigía el Ejército Rojo en el frente oriental, se amotinó. Planeaba extender su revuelta a toda la región del Volga y fue fusilado en Simbirsk tras ser rodeado por tropas leales al Sovnarkom. Trotski fue más cuidadoso con sus posteriores nombramientos militares.
Aun así, a mediados de agosto de 1918 se emitió una orden para que todos los antiguos oficiales del Ejército Imperial menores de sesenta años se presentaran a filas. Muchos temían que fuese una tapadera para su arresto y ejecución, pero Trotski estaba convencido de la necesidad de reclutarlos. En 1920 se había alistado la impresionante cifra de unos 75 000. El Ejército Rojo también reclutó a 12 000 de entre los que habían luchado contra él en los conflictos que asolaron el antiguo Imperio ruso después de 1917; muchos de esos oficiales, tras ser apresados, aceptaron servir con los rojos como alternativa al fusilamiento.[19] Entre los bolcheviques se murmuraba que Lenin había sido un insensato al confiar en Trotski, pero cuando se supo que el Ejército Popular del Komuch había conquistado Simbirsk, la presencia de Trotski y las habilidades de los fusileros letones dieron la vuelta a la situación y se impidió que el Ejército Popular avanzara hacia Nizhni Nóvgorod. Los rojos, destructores del antiguo Ejército Imperial, estaban demostrando que tenían potencial militar. Trotski envió un telegrama a Lenin el 17 de agosto de 1918 desaconsejando a la Cruz Roja que enviara barcos por el Volga en un momento en que había ordenado a sus artilleros y aviadores disparar contra «los distritos burgueses» de Kazán, Simbirsk y Samara. No quería que nadie se hiciese ilusiones sobre la posibilidad de evitar la guerra civil.
[20]
Lenin desarrolló una agenda asesina durante todo el verano de 1918 para acabar con cualquier enemigo, real o imaginario. El 11 de agosto ordenó al partido en Penza:
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¡Camaradas! El levantamiento de los cinco distritos kulaks debe ser reprimido sin piedad. Los intereses de toda la revolución así lo exigen, porque «la última batalla decisiva» contra los kulaks ahora está en marcha en todas partes.
Hay que demostrarlo con un ejemplo.
1. Ahorcar (y asegurarse de que el ahorcamiento tenga lugar a la vista de todo el pueblo) a no menos de cien kulaks, hombres ricos, chupasangres conocidos.
2. Publicar sus nombres.
3. Confiscarles todo el grano.
4. Designar rehenes de acuerdo con el telegrama de ayer. Hacerlo de tal manera que en cientos de kilómetros a la redonda el pueblo pueda ver, temblar, saber, gritar: están estrangulando y estrangularán hasta la muerte a los kulaks chupasangres.
Lenin concluía sus indicaciones con la orden: «Encontrad gente verdaderamente dura».[21]
Evidentemente, creía que había que doblegar al «pueblo» mediante la brutalidad y el espectáculo. A pesar de sus muchos llamamientos a las masas campesinas en 1917, dijo a V. P. Antónov-Saratovski, líder de los bolcheviques de Sarátov, que los campesinos eran «un pueblo malvado».
[22] Cuando se anunció la probabilidad de que la ciudad de Bakú, situada en la costa del Caspio y controlada por los sóviets, fuera atacada, Lenin ordenó a los dirigentes de la Checa que amenazaran con arrasarla. Su razonamiento era que una proclamación pública en ese sentido disuadiría a posibles colaboracionistas de entrar en la lucha contra el dominio soviético.[23]
En enero, Lenin había sufrido un atentado del que salió ileso. El 31 de agosto pronunció un discurso al aire libre ante los trabajadores de la fábrica de Mijelson. Después, cuando se dirigía a la limusina que le esperaba, recibió varios disparos y cayó al suelo ensangrentado. Su chófer, Stepán Gil, lo condujo al Kremlin en lugar de llevarlo al hospital más cercano, por si los médicos o las enfermeras volvían a atacarle. No había ningún cirujano de guardia en el recinto del Kremlin. Una bala había alcanzado el omóplato de Lenin y le había perforado el pulmón, y más tarde se encontró otra en la base del cuello. Dos esposas de bolcheviques
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destacados que tenían cierta formación clínica llevaron a cabo algunos cuidados rudimentarios, mientras que la esposa de Lenin, Nadezhda, y su hermana Maria buscaron medicinas. Fania Kaplán, socialista revolucionaria, fue acusada de efectuar los disparos. Su mala visión hacía improbable que sus compañeros de partido la hubieran elegido como asesina, pero los chequistas, deseosos de anunciar un desenlace rápido, la sacaron de su celda y la ejecutaron. En otros lugares, cientos de reclusos fueron ejecutados en las prisiones, siendo las principales víctimas los aristócratas y cualquier ciudadano adinerado.
Lenin sobrevivió y volvió a las reuniones a mediados de septiembre, con su poder y reputación como líder consolidados.[24] Él y Sverdlov crearon un duunvirato informal. Lenin presidía el Sovnarkom y el Comité Central Bolchevique, mientras que Sverdlov ejercía de secretario del Comité Central y presidente del Comité Ejecutivo Central Panruso del Congreso de los Sóviets. Entre Trotski y Stalin nació una gran hostilidad, y era Lenin quien tenía que gestionarla. Trotski se quejaba de que Stalin estaba llevando a cabo una campaña de terror en el frente sur, cerca de Tsaritsin, a orillas del río Volga, y desobedeciendo continuamente las órdenes del alto mando. Stalin no se inmutó, pues sabía que podía contar con la aprobación de Lenin al respecto. Pero Trotski convenció a Lenin de que Stalin perturbaba la eficacia militar despidiendo y maltratando a oficiales experimentados del Ejército Imperial. Lenin se había convertido en el árbitro de todas las disputas.
En agosto, el tratado de Brest-Litovsk volvió a quedar en entredicho después de que Ludendorff y Hindenburg exigieran una revisión de las condiciones originales. La ofensiva alemana de marzo no había logrado doblegar a las fuerzas británicas y francesas en el frente occidental. Se estaban enviando tropas estadounidenses para el servicio en el continente, y el pánico se apoderó de los planificadores militares alemanes. El dinero y los recursos materiales rusos eran una necesidad urgente para la victoria. El 27 de agosto se firmó un tratado suplementario. La Rusia soviética tuvo que transferir a Berlín reservas de oro por valor de seis mil millones de marcos alemanes. También se vio obligada a renunciar a la soberanía sobre el norte de Letonia y Estonia. Se permitiría a los alemanes comprar una cuarta parte de la producción de petróleo de Bakú, y el Sovnarkom se
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comprometió a hacer un esfuerzo para expulsar a la fuerza expedicionaria de Gran Bretaña de Arcángel y Murmansk y a ayudar en cualquier operación que Alemania pudiera organizar contra los británicos en el norte de Rusia.[25]
Pero mientras la Alemania imperial intentaba sacar una última ofensiva de sus exhaustos ejércitos, los informes de Iofe desde la capital alemana aumentaban la confianza del Sovnarkom. Las Potencias Centrales se estaban desmoronando militar y económicamente y el canciller Max von Baden dimitió a principios de noviembre. El káiser Guillermo abdicó al ver que su posición era insostenible. El 11 de noviembre de 1918, Alemania y los aliados occidentales firmaron un armisticio en el bosque de Compiègne. Los dirigentes bolcheviques experimentaron una renovación de la confianza que los había llevado a la toma del poder en Petrogrado en octubre de 1917. Los acontecimientos parecían confirmar su optimismo revolucionario. En septiembre, Sverdlov tomó la iniciativa de planificar un congreso comunista internacional en Moscú.[26] Lenin canceló los envíos de lingotes de oro a Berlín.[27]
A principios de octubre de 1918 había ordenado que se reservara grano en los almacenes soviéticos para su traslado a Alemania cuando se produjera allí el esperado estallido revolucionario. Su prioridad era que el partido bolchevique brindara a la Alemania roja toda la ayuda que pudiera necesitar. Las brigadas de confiscaciones, ayudadas por los comités de pobres de las aldeas, debían acumular alimentos no solo para las hambrientas ciudades de Rusia, sino también para enviarlos a los «obreros alemanes». Al mismo tiempo, Lenin exigió una mayor expansión del reclutamiento militar para crear un Ejército Rojo de tres millones de soldados en la primavera de 1919. Su intención era proporcionar ayuda a «la revolución obrera internacional».[28]
Su administración soviética había sobrevivido por poco a los meses de verano. Si Alemania hubiera vencido en el frente occidental, ni el tratado de Brest-Litovsk ni sus disposiciones suplementarias de agosto habrían salvado al Sovnarkom de una invasión alemana. Pero el Ejército Rojo ahora podía concentrarse en las revueltas internas y demostró una sorprendente resistencia al reconquistar Kazán el 8 de septiembre. El
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Komuch ordenó la evacuación de Samara once días después. La región del Volga quedaba bajo dominio soviético.[29]
Sin embargo, justo cuando los rojos bolcheviques se imponían a los rojos del Komuch en su lucha armada, la guerra civil se extendió a otras regiones y arrastró a otras fuerzas a la contienda. De las zonas periféricas del antiguo imperio surgieron unas fuerzas contrarrevolucionarias que se hacían llamar los blancos para desafiar al Sovnarkom. A partir de finales de 1918, las ofensivas blancas se extendieron por toda Rusia, incluidas Siberia y Ucrania. Los blancos eligieron su color como símbolo de pureza y para distinguirse de los bolcheviques. Sus contingentes estaban liderados por excomandantes de las fuerzas armadas de Nicolás II y el Gobierno provisional. Estaban dolidos por las humillaciones sufridas por el cuerpo de oficiales en 1917 y su propaganda hacía hincapié en el compromiso con el lema «Rusia, una e indivisible» y con la «santa Rusia». Las minorías nacionales, y los judíos por encima de todos los demás, quedaron excluidas de la visión del Estado por el que luchaban los comandantes blancos. Asimismo, insistían en la necesidad de devolver a la Iglesia ortodoxa rusa al primer plano de la vida pública. Calificaban a los comunistas de «judíos bolcheviques» que habían robado plata a los alemanes y cometido traición contra la patria. La necesidad de reconstituir y restaurar el «orden» en las tierras del Imperio ruso era un artículo de fe para los blancos. Cuando el comandante finlandés Mannerheim ofreció ayuda militar a cambio de la aprobación de la independencia de su país, recibió un no por respuesta, y otras propuestas similares de los polacos fueron ignoradas en 1920 con el mismo espíritu.
Pero cada uno de los contingentes blancos tuvo que superar graves dificultades antes de estar listo para enfrentarse a las fuerzas rojas. El Ejército de Voluntarios formado por Alekséyev y Kornílov en el invierno de 1917 y 1918 encontró resistencia en el sur de Rusia y tuvo que retirarse a la región del Don. El propio Kornílov había muerto en combate en abril de 1918 y Alekséyev falleció de una enfermedad cardíaca crónica en septiembre. Antón Denikin, tras hablar con Kerenski en julio de 1917, había asumido la dirección del ejército y estaba preparándose para una campaña en la primavera de 1919. El 18 de noviembre de 1918, mientras el Ejército de Voluntarios se reorganizaba en el sur de Rusia, el almirante
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Aleksandr Kolchak derrocó a los socialrevolucionarios, que aún mantenían el poder en Omsk, una ciudad de Siberia occidental, y se proclamó gobernante supremo. Kolchak había encabezado la flota del mar Negro hasta mediados del verano de 1917, cuando dimitió de su cargo presionado tanto por Kerenski como por los partidos revolucionarios de Sebastopol. Aún tenía que definir sus lazos con Denikin y el Ejército de Voluntarios, pero con el aliento de los aliados occidentales reunió a su ejército ruso para avanzar hacia los Urales en dirección a Moscú. Por fin parecía que el movimiento blanco representaría una amenaza efectiva para el Sovnarkom.
El Ejército Rojo cavó trincheras y levantó barricadas para detener el avance de Kolchak en Perm, en la ladera occidental de la cordillera. Pero el partido regional de los Urales y el liderazgo gubernamental en la ciudad se habían desmoronado, y las unidades del Ejército Rojo huyeron de la defensa de Perm, tanto hacia el interior de la provincia como a lo largo del ferrocarril en dirección a la capital. El Kolchak parecía invencible. Tras haber pasado la mayor parte del año preocupado por contener el poderío militar alemán, Lenin lo terminó casi desesperado por la capacidad del Ejército Rojo para defender la Revolución de Octubre contra sus enemigos rusos.
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La construcción del Estado en revolución: El Estado de partido único y el Ejército Rojo
El desastre de Perm aterrorizó a los dirigentes comunistas, e incluso Trotski y Stalin dejaron de pelearse por un tiempo. En enero de 1919, Stalin y Dzierżyński fueron enviados a investigar lo ocurrido en los combates de los Urales. Trotski argumentaba que había habido demasiada «suavidad» e instó a Stalin a purgar a los comisarios culpables: mientras Stalin se mantuviera al margen de la estrategia militar, Trotski podría encontrarle una utilidad.[1] Stalin y Dzierżyński informaron a Moscú de una situación alarmante que implicaba el colapso total de la administración soviética en la región. El Ejército Rojo estaba sumido en el caos, desmoralizado y mal disciplinado. Los órganos locales del partido comunista eran ineficaces y sus dirigentes no habían mostrado la determinación necesaria, y Stalin y Dzierżyński pidieron una reorganización completa para evitar nuevas catástrofes. Había que reforzar la jerarquía vertical y delimitar claramente las funciones en el partido, el Gobierno y el ejército. Todo el Estado soviético requería una reforma radical e inmediata si se quería lograr la victoria en la guerra civil entre rojos y blancos.[2]
En cambio, a los comandantes de los ejércitos blancos los inquietaban las operaciones militares y apenas prestaban atención a la construcción del
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Estado. Todos habían tenido una larga carrera en las fuerzas armadas imperiales y habían quedado marcados por sus experiencias de 1917, cuando, en su opinión, Rusia había sido traicionada por el mal gobierno de Kerenski y entregada a los demonios bolcheviques. Mientras Kolchak arrasaba el oeste, a lo largo del ferrocarril transiberiano a través de los Urales, en diciembre de 1918, Denikin estaba ultimando los preparativos para una campaña que lanzaría desde el sur de Rusia en primavera. También se estaba formando un ejército antibolchevique al mando de Nikolái Yudénich en la recién independizada Estonia, a corta distancia de Petrogrado. Dolidos por las humillaciones sufridas a manos del cuerpo de oficiales en 1917, Kolchak, Denikin y Yudénich se propusieron recuperar las tierras del antiguo imperio y reinstaurar prolijas tradiciones en las que sus fuerzas gozarían de respeto y autoridad.
Los primeros voluntarios blancos eran exoficiales, pero pronto se empezó a reclutar a campesinos. Kolchak y Denikin atrajeron a kadetes y otros políticos que formaron Gobiernos locales en los territorios que ocupaban e intentaron cosechar apoyo popular. La administración se basaba en los fundamentos de las dumas y los zemstvos prerrevolucionarios, y al principio resultaba difícil conseguir financiación. En el verano de 1918, Kolchak se benefició del rescate de casi todas las reservas de oro de la administración imperial de Kazán, cosa que le permitió pagar suministros militares extranjeros.[3] Se hicieron gestiones con los aliados occidentales, que nombraron representantes en el cuartel general blanco, y se facilitó dinero, fusiles y, sobre todo, asesoramiento a Omsk y Novocherkask. Los británicos permanecieron en Arcángel y los franceses, en Odesa. A Siberia oriental llegaron fuerzas de Japón y Estados Unidos. Los blancos controlaban las prensas provinciales y sus ejércitos perseguían no solo a los bolcheviques, sino a todos los que habían militado en el movimiento socialista antes de la Revolución de Octubre. La tortura y las ejecuciones salvajes eran moneda corriente, y el terror blanco llegó a ser tan bárbaro como el terror rojo.
Los objetivos militares primaban sobre el gobierno civil. Los propósitos dominantes eran la ocupación de Moscú y la destrucción física del «poder de los sóviets». Kolchak luchaba bajo el lema «Rusia, una e indivisible». Su objetivo era reconstituir las tierras imperiales, y no hacía
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concesiones a las ideas de autonomía nacional para los no rusos. En cuanto a la reforma agraria, quería ganarse el apoyo de los campesinos, pero no hizo nada para impedir que los antiguos terratenientes reclamaran sus propiedades a medida que su contingente avanzaba hacia el oeste, y todos los ejércitos blancos fueron implacables en la requisición de grano para alimentar a sus fuerzas. Entre los oficiales blancos también había muchos antisemitas. Los judíos no abundaban en los Urales, pero existían grandes comunidades en el sur de Rusia y Ucrania, donde Denikin avanzaba, y se produjeron numerosos pogromos en las zonas ocupadas por el ejército voluntario.
El 26 de mayo de 1919, los aliados occidentales escribieron a Kolchak desde París para exponer sus políticas con respecto a Rusia. Su apoyo dependería de que las fuerzas antibolcheviques aceptaran celebrar elecciones libres a la Asamblea constituyente en caso de victoria blanca. Asimismo, exigían la reforma agraria y el reconocimiento de la independencia de Polonia y Finlandia. Los Gobiernos de la región del Báltico y el Cáucaso y los territorios situados al este del mar Caspio debían ejercer su autonomía hasta que se llegara a un acuerdo en consulta con la Sociedad de Naciones. También se pidió a Kolchak que corroborara el reconocimiento de las deudas exteriores de Rusia.[4] Su respuesta del 4 de junio de 1919 no fue demasiado positiva en ciertos aspectos. Se elegiría una nueva Asamblea constituyente cuando se consiguiera la victoria y la paz. Polonia mantendría su independencia, pero Kolchak se negó a ofrecer las mismas garantías con respecto a Finlandia y los demás territorios del antiguo Imperio ruso mencionados en el comunicado de París; insistía en que eso debía decidirlo la Asamblea constituyente.[5] Los aliados occidentales expresaron su satisfacción con la actitud de Kolchak y, aunque este mostraba cierto grado de flexibilidad, no quisieron presionarlo más.[6]
Aunque Kolchak y Denikin mantenían contacto, no coordinaban sus campañas. El supuesto tácito era que quien llegara primero a Moscú le haría un favor a Rusia. Las operaciones militares eran su gran pasión. Los dirigentes bolcheviques estaban igualmente decididos a proseguir con la guerra, pero también daban prioridad a lograr la unidad de objetivos entre el frente y la retaguardia. Con eso en mente, se cercioraron de que las
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grandes decisiones quedaran en manos de la dirección central del partido. La guerra se libraría según las condiciones establecidas por la dirección civil, que demostró una notable facilidad para estudiar las artes del combate. Incluso Lenin, Bujarin y Kámenev, que nunca se acercaron a ninguno de los frentes, pedían regularmente consejo a los experimentados comandantes del ejército. El destino de la Revolución de Octubre dependía de esa voluntad de aprender.
Sin embargo, en política pensaban por sí mismos. En 1917, la dirección del partido había acogido a cuantos nuevos miembros quisieron unirse a sus filas. Pocos meses después de la Revolución de Octubre, se descubrió que algunos de esos reclutas abusaban de su autoridad, y en mayo de 1918 se ordenó una purga de las bases —o «limpieza»— para deshacerse de «holgazanes, vándalos, aventureros, borrachos y ladrones».
[7] Con el estallido de la guerra civil, el Ejército Rojo buscó nuevos reclutas, y los líderes bolcheviques pidieron a los miembros del partido que se alistaran. Pronto, la mayoría de los miembros estaban en el servicio militar activo. Si rechazaban la llamada a filas, debían abandonar el partido. Comprometerse con la causa soviética ahora significaba arriesgar la vida por los rojos.
Además, muchos miembros del partido se mantenían fieles en sus hábitos cotidianos a los preceptos que los habían atraído al bolchevismo. A finales del verano 1918, Antón Okninski conoció a un empleado de ferrocarriles comunista llamado Óchnev, exinstalador de la fábrica central de ferrocarriles de Nikolaiev, quien le dijo que, aunque formalmente tenía derecho a un cupé de primera clase para él solo, quería que el comunismo significara algo en la práctica.[8] En el otro extremo del abanico de miembros del partido estaba el desafortunado cartero que habló con Okninski unas semanas más tarde en la provincia de Tambov. Era un lituano que había llegado al sur, igual que Okninski, en busca de comida y cobijo, y se había casado en la zona. El desastre sobrevino cuando su esposa sucumbió al tifus. El sueldo de cartero no llegaba para cuidar de sus hijos y su suegra, una mujer de mal carácter que lo agredió físicamente hasta que aceptó afiliarse al partido bolchevique. Ella afirmaba que era la mejor manera de mejorar las condiciones de la familia. El lituano hizo lo que le pedía y se afilió, pero resultó que la pertenencia al partido no
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siempre significaba un billete hacia la prosperidad, y la familia seguía viviendo en la pobreza.[9]
Además, el caos y la insubordinación imperaban en la elaboración de las políticas y en su aplicación práctica. La guerra civil acentuó la necesidad de tomar medidas drásticas para que el proceso fuera más eficaz. Los sóviets y los sindicatos tenían la costumbre de hacer lo que querían y, cuanto más lejos estaban de Moscú, más probable era que ignoraran las políticas oficiales. El Gobierno y otros organismos públicos estaban repletos de tensiones internas. El Comisariado Popular de Transportes de Aleksandr Shliápnikov se enfrentó al Sindicato Panruso de Ferroviarios, a pesar de que Shliápnikov era un defensor apasionado de los derechos de los sindicalistas. La rivalidad institucional se intensificó con el inicio de la guerra civil. El Ejército Rojo y el Comisariado del Pueblo para Asuntos Militares de Trotski querían maximizar el número de reclutas campesinos, mientras que el Comisariado del Pueblo para la Agricultura quería calma en las aldeas para que sus funcionarios propagaran las técnicas agrícolas modernas entre el campesinado. Mientras tanto, la Checa actuaba como una ley en sí misma y pasaba por encima de todos los organismos públicos civiles. En las reuniones del Comité Central y el Sovnarkom estallaban frecuentes altercados antes de poder decidir políticas.
Lenin era un árbitro severo en las discusiones e imponía una multa de diez rublos por asistir tarde al Sovnarkom.[10] Además, estableció límites de tiempo para las aportaciones a los debates. Cuando el presidente de la Checa, Feliks Dzierżyński, encendió un cigarrillo estando sentado a la mesa, fue objeto de una reprimenda y tuvo que retirarse a la chimenea, donde el humo no molestaría a Lenin. Casi todos los demás comisarios del pueblo también eran fumadores, pero sabían que la palabra de Lenin, que odiaba el consumo de tabaco, era definitiva en cuestiones de procedimiento.
Los dirigentes también se dieron cuenta de que en todas las instituciones públicas había funcionarios que desaprobaban la Revolución de Octubre. Muchos habían permanecido en sus puestos solo porque necesitaban ganarse la vida, y el odio al bolchevismo era generalizado. Desde economistas mencheviques hasta antiguos oficiales del Ejército
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Imperial, los bolcheviques tenían muchos motivos para desconfiar, y llegaron a la conclusión práctica de que el partido debía convertirse en el principal organismo del Estado soviético. Siempre había existido una tensión fundamental en el pensamiento bolchevique entre la creencia en un fuerte control desde arriba y un fuerte control desde abajo. Los bolcheviques eran centralistas y localistas antes de tomar el poder. La experiencia de gobierno los convenció cada vez más de que la necesidad más apremiante era dar prioridad a la creación de un orden estatal centralizado con el partido en su núcleo.
Lenin funcionaba como una especie de coordinador general del Estado. Era irónico que asumiera ese papel. Había dado a su partido un modelo vitalicio de desobediencia personal. Sus disputas con los comunistas de izquierda, que eran mayoría en las direcciones central y provinciales, habían estado a punto de provocar una escisión irrevocable. Salvo alguna que otra escapada al campo, estaba siempre en la capital. Rara vez salía del Kremlin, excepto cuando tenía que pronunciar un discurso público. Hasta marzo de 1918, él y Sverdlov gobernaron en tándem, pero nunca hubo dudas sobre cuál de los dos estaba al mando. Cuando Sverdlov murió de gripe española a mediados de marzo de 1919, solo quedó Lenin. Pero los demás miembros del núcleo de la dirección central del partido estaban dispuestos a enfrentarse a él sobre los principios del bolchevismo, y los congresos del partido siguieron viviendo debates tormentosos. Fue necesaria toda la perspicacia táctica de Lenin para preservar la unidad del partido. El Comité Central no podía reunirse con frecuencia, ya que tenía a muchos de sus miembros en el frente o en otros lugares. La solución fue crear dos subcomités internos, el Buró Político (Politburó) y el Buró de Organización (Orgburó).
Se habían sentado las bases de un invento singular: un Estado unipartidista en el que el partido era la institución dominante. En todos los niveles de gobierno era un comité del partido el que dirigía la política y seleccionaba al personal. La jerarquía que se extendía desde el Comité Central y el Politburó hasta los comités de distrito del partido se aplicaba de manera estricta.
El resultado fue la aparición del presidente de comité como verdadero poder. En otoño de 1920, ese proceso recibiría el apoyo formal de Moscú
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con un pequeño cambio en la nomenclatura: en lugar de presidentes, los jefes de los comités del partido pasarían a llamarse secretarios.[11] Ello reflejaba un deseo persistente de evitar dar la impresión de que se trataba de un Gobierno unipersonal a la vez que lo imponían. El «centro» fue la excepción a esa tendencia. Lenin siguió presidiendo el Comité Central y su Politburó, pero nunca recibió el título permanente de presidente. El Politburó y, en sus infrecuentes reuniones, el Comité Central siguieron manteniendo animados debates. Cuando el Politburó no podía llegar a un acuerdo, el Comité Central actuaba como árbitro. Si alguna vez el Comité Central no podía resolver su disputa interna, el congreso anual del partido imponía un pacto. Hasta ese punto, la dirección central del partido conservaba su flexibilidad, pero se asentaba sobre un crecimiento de inflexibilidad casi militar a través de los niveles provinciales hasta la célula más baja del partido.
El «patriotismo» del partido aumentó en todos los niveles de la jerarquía. Los bolcheviques veteranos empezaron a formar su propia casta, cosa que Trotski denunciaría en años posteriores, pero no en el momento de su desarrollo inicial. Los funcionarios del partido se encontraban muy dispersos en el Estado soviético que estaban construyendo y lo compensaron endureciendo su retórica. Algunos siguieron el ejemplo de Sverdlov y encargaron ropa de cuero, y se generalizó el uso de botas, chaquetas y pantalones negros. Cuando los comisarios políticos bolcheviques regresaban de permiso de uno de los frentes de la guerra civil, reforzaban la ética militar en la vida del partido. Cada vez más, el partido veía al Estado como el instrumento que necesitaba para transformar la sociedad, les gustara o no a los trabajadores o los campesinos. El «pueblo» pasó a ser concebido como un enorme montón de cera que había que moldear según las exigencias del Politburó y los comités del partido en las localidades.
La naturaleza exacta del molde aún estaba por decidir, y se animaba a los trabajadores a desempeñar un papel activo en la administración soviética y a ofrecerse para cargos públicos. Debía ser una dictadura del proletariado con el mayor número posible de proletarios. Las instituciones se inundaron de aspirantes. Eran los sóviets los que constituían los órganos supremos de poder y a medida que estos aumentaban en número, se
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intensificaban los llamamientos para que la clase obrera se ofreciese voluntaria para el servicio administrativo. Los ascensos desde la fábrica eran abundantes. Los empleos con responsabilidad directiva resultaban atractivos como descanso del pesado trabajo manual. Pero, al mismo tiempo, muchos trabajadores eran desviados al Ejército Rojo, y los organismos civiles del Estado revolucionario seguían necesitando personal. La alfabetización y la aritmética eran cualificaciones esenciales. Cada vez más, los puestos eran ocupados por personas que fingían ser de origen obrero. Aleksandr Zamáraev pudo comprobarlo en Totma. Al cesar la actividad comercial normal, los artesanos y comerciantes se enfrentaban a penurias, y obtenían sueldos y cartillas de racionamiento trabajando en organismos oficiales. Once de ellos consiguieron un puesto en la clínica de Totma cuando se propagó una epidemia de tifus.[12] Los aspirantes a puestos administrativos jugaban con ventaja si tenían estudios, pero también era un inconveniente, porque otros empleados de la oficina podían acusarlos de ocultar un origen «burgués». El antiguo empleado de banca Antón Okninski tuvo ese problema a su llegada a la provincia de Tambov desde Petrogrado. Una vez descubierta su tapadera, sobornó a un funcionario con algunos de sus valiosos puros para que guardara silencio.
[13]
Solo unos pocos líderes bolcheviques tenían experiencia en ocupaciones distintas del periodismo y la edición. El comisario del pueblo para el Comercio y la Industria, Leonid Krasin, era ingeniero cualificado. Pero, en general, los ingenieros, agrimensores, maestros de escuela, médicos, estadísticos e incluso planificadores económicos profesionales escaseaban en el partido. Si la Rusia soviética quería progresar en ciencia, orden, disciplina social, coordinación y extensión de la gobernanza, los bolcheviques tenían que pescar en la reserva de talentos disponibles fuera del partido.
El Sovnarkom, al igual que el Gobierno provisional antes que él, era consciente de la necesidad de contar con la ayuda de personas con conocimientos especializados. Aunque los bolcheviques los miraban con recelo, no podían gobernar sin ellos. Los profesionales, por su parte, compartían el afán de «modernizar» la sociedad. Famosos economistas de izquierdas elaboraron propuestas para un plan económico global. El
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menchevique Vladímir Groman y Aleksandr Chayánov, el que fuera viceministro de Agricultura de Kerenski, trazaron planes para la modernización de la ciudad y el campo, y sus obras fueron ampliamente publicadas. Muchos profesores estaban dispuestos a eliminar a Dios del plan de estudios y a experimentar con nuevos métodos educativos. Los agrimensores y agrónomos que trabajaban para los Comisariados del Pueblo para la Agricultura y el Abastecimiento de Alimentos estaban encantados con el estímulo oficial para empujar al campesinado hacia formas innovadoras de cuidar la tierra.
Los bolcheviques abolieron las dumas, los zemstvos, los antiguos tribunales y otros órganos de gobierno existentes, que consideraban bastiones del privilegio «burgués». Los sóviets y los comités del partido fueron facultados para suplantar a las viejas redes oficiales de administración. Esto fue más difícil de conseguir en el campo que en las ciudades. Los pueblos tenían pocas células de los sóviets y el partido, por lo que el Sovnarkom controlaba las zonas rurales sobre todo mediante visitas ocasionales en las que sus emisarios iban siempre armados hasta los dientes. A partir de mediados de 1918, la incipiente red de los sóviets se complementó con comités de los pobres de las aldeas. Pero en lugar de asegurar el dominio del Estado en el campo, los comités dividieron a campesinos contra campesinos y alteraron el progreso administrativo soviético.[14] También se hicieron tristemente célebres por la injusticia y la corrupción.[15] Se decía que los nuevos tribunales rurales solo daban al ladrón de caballos local la oportunidad de convertirse en juez y aceptar sobornos. Los campesinos honrados lamentaban la pérdida del antiguo sistema judicial de distrito.[16]
Casi sin planearlo, la tensión interna del bolchevismo entre el autoritarismo centralista y el democratismo de masas se estaba manifestando en extremos de despotismo que ningún dirigente bolchevique había predicho antes de subir al poder. Las tendencias autoritarias siempre habían formado parte del pensamiento bolchevique, pero habían ido acompañadas de garantías para una revolución desde abajo. Rápidamente, esas garantías se hicieron añicos en el yunque de la dura realidad de la guerra civil.
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El eje de la guerra civil: Rojos contra
blancos
A principios de 1919 parecía perfectamente posible que el ejército ruso de Kolchak avanzara hacia el oeste y ocupara Moscú. Sus unidades de espionaje informaron sobre el pánico que reinaba en la cúpula soviética. Kolchak ordenó que el grueso de sus tropas se abriera paso a lo largo del ramal sur del transiberiano desde Perm hacia Ufa, a unos cuatrocientos kilómetros de distancia. Ufa cayó rápidamente en manos de los blancos, al igual que Perm. Pero, a finales de abril, el Ejército Rojo había encontrado la fortaleza necesaria para contraatacar y detener el avance blanco. Ufa fue ocupada de nuevo por los rojos el 9 de junio.[1]
Trotski estaba eufórico, pero seguía recibiendo críticas por faltar al respeto a los bolcheviques veteranos y por reclutar a antiguos oficiales del Ejército Imperial. En el partido se había formado la denominada Oposición Militar para revertir su política. Sus enemigos bolcheviques no le habían perdonado que autorizara la ejecución del comunista Nikolái Pantelev, un comisario político que había servido en la región del Volga el verano anterior. Pantelev se había unido a una retirada roja que se le había ordenado impedir, y Trotski aprobó su ejecución por desertor y cobarde.[2] Además, insistió en seguir reclutando «especialistas» experimentados del Ejército Imperial. Trotski le habló a Lenin de los miles de altos mandos de ese tipo que desempeñaban funciones militares necesarias, y este se puso del lado de Trotski en la disputa del congreso del partido de marzo de
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1919.[3] También relató la irresponsabilidad de los líderes comunistas en el frente sur el año anterior, una burla poco disimulada a Stalin.[4]
En julio de 1919, Trotski sustituyó a Jukums Vācietis por Serguéi Kámenev como comandante en jefe principal. A comienzos de ese año, los rojos tenían un total de 788 000 soldados, la mayoría de los cuales desempeñaban funciones no combativas. El Comisariado del Pueblo para Asuntos Militares pudo reunir 102 000 soldados para combatir en los frentes. Casi todos fueron destinados al este para luchar contra Kolchak, que contaba con 110 000 combatientes en primera línea. Los rojos tenían una ligera ventaja en cuanto a artillería y ametralladoras a su disposición.[5] El ejército ruso de Kolchak se vio obligado a replegarse hacia el este a lo largo del ferrocarril transiberiano. La retirada no le brindó ninguna oportunidad para reforzar su frágil administración, y seguía concentrado en aspectos puramente militares. Empezó a depender del apoyo material y diplomático de los aliados occidentales, que sabía que le sería esquivo si su voluntad de combatir flaqueaba. Los británicos suministraban municiones a través de Vladivostok, pues las reservas y la producción siberianas eran totalmente insuficientes. Sin embargo, Londres no podía resolver el problema de la escasez de población en Siberia. Las brigadas de reclutamiento tenían mucho trabajo. Los jóvenes campesinos huían para evadir el alistamiento en la causa blanca y los levantamientos antiblancos se hicieron frecuentes. La calidad de los oficiales también dejaba mucho que desear, ya que pocos habían recibido una formación de alto nivel antes de la Gran Guerra.[6]
Denikin salió del sur de Rusia y a finales de junio de 1919 alcanzó Tsaritsin, en el Volga, y Járkov, cerca del Dombás. A diferencia de Kolchak, tenía la ventaja de poder contar con la caballería cosaca. Denikin también recibió ayuda aliada, que incluía 200 000 fusiles, 1000 piezas de artillería y 6200 ametralladoras, además de tanques y aviones.[7]
Sus contingentes se autodenominaban Fuerzas Armadas del Sur de Rusia, y en su avance inicial hacia el norte aplastaron todo lo que los rojos lanzaron contra ellos. Trotski era consciente de la profesionalidad del enemigo, pero castigó a Aleksandr Shliápnikov, el principal comisario político de la región, por su incapacidad para detener su avance. Shliápnikov, a su vez, culpó a Moscú por negarle los refuerzos que había
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exigido.[8] Sin embargo, a medida que el ejército de Denikin avanzaba hacia el norte, los suministros de su base iban disminuyendo. Las aportaciones de material británico se ralentizaron y, en abril de 1919, los franceses ya habían iniciado su retirada de Odesa.[9] Los campesinos ucranianos locales sospechaban que una victoria blanca pondría en peligro la reforma agraria y temían perder reservas de cereales y reclutas a manos del enemigo. Formaron cuerpos armados, que se dieron a conocer como los verdes, y sus ataques contra las fuerzas de Denikin frenaron su envite hacia el norte. También los rojos reforzaron sus contingentes. Tras evacuar Járkov, armaron una línea defensiva para salvar otras grandes ciudades del avance blanco.
El 3 de julio de 1919, desde su base temporal en Tsaritsin, Denikin emitió una directriz secreta de Moscú a las Fuerzas Armadas de Rusia meridional que estipulaba como prioridad llegar a la capital y derrocar al Sovnarkom. El plan consistía en avanzar a lo largo de las líneas del ferrocarril, dividiendo la ofensiva en tres sectores al mando de los generales Píotr Vrangel, Vladímir Mai-Maevski y Vladímir Sidorin. Sin embargo, la coordinación entre ellos era escasa, y algunos contingentes de Denikin tomaron iniciativas para ocupar ciudades a medida que avanzaban en lugar de mantener la concentración en un ataque relámpago en dirección a Moscú. Sus Fuerzas Armadas del Frente Sur estaban demasiado dispersas para los enfrentamientos decisivos que se avecinaban.
[10] El intento de Mai-Maevski por desplazarse hacia el norte desde Járkov se estancó en julio y agosto, y Vrangel y Sidorin se enfrentaron a grandes contraataques rojos. La ofensiva de Denikin se detuvo.
Los combates fueron feroces e intensos. Los rojos fusilaban regularmente a los oficiales blancos capturados, y los blancos mataban a los bolcheviques y activistas obreros que caían en sus manos. La tortura de prisioneros de guerra enemigos era frecuente en ambos bandos. El barón Roman von Ungern-Sternberg, un comandante blanco que operaba en las profundidades de Siberia, se hizo tristemente célebre por idear un trato cruel para los prisioneros rojos. Béla Kun, que regresó de Hungría para convertirse en comisario político del bando rojo, ayudaría a ejecutar en Crimea a miles de prisioneros blancos que se habían rendido con la promesa explícita de que se les perdonaría la vida.
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Lenin, enardecido por los peligros de la emergencia militar, pidió que la república soviética se convirtiera en un «campo armado único». Los rojos ahora podían desplegar 80 000 soldados de combate contra las fuerzas de Denikin, que incluían entre 45 000 y 50 000 efectivos para sus operaciones en el norte. La estrategia roja iba encaminada a emprender una contraofensiva en la región del Volga que comenzó a mediados de agosto de 1919. A lo largo del gran río, una ciudad tras otra cayó en manos del Ejército Rojo, que a principios de septiembre se dirigía hacia Tsaritsin. Trotski en un principio quería llevar a cabo una ofensiva a través del Dombás y, cuando el avance por el Volga empezó a ralentizarse, retomó la idea. Sin embargo, el Politburó prefirió reforzar la campaña en el Volga. Las defensas blancas no pudieron contener a los rojos durante mucho tiempo y tuvieron que retirarse. El flanco oriental de Denikin había sido aplastado y sus fuerzas en Ucrania se quedaron sin suministros.[11]
Sin embargo, redobló su campaña ucraniana con vistas a abrirse paso hacia Rusia mientras Tsaritsin seguía resistiendo a los rojos. Kursk sucumbió a las fuerzas de Denikin el 20 de septiembre de 1919. Oriel fue la siguiente a mediados de octubre. Parecía probable que Tula, lugar de producción de armamento situado a doscientos kilómetros al norte, pronto sería arrebatada a los rojos. Preparándose para el esperado ataque blanco, el Sovnarkom decretó la ley marcial en Moscú.[12] Pero el Ejército Rojo contraatacó y retomó Oriol. Sus planificadores estratégicos habían ideado una ofensiva simultánea en varios frentes cuyo éxito sorprendió incluso a los líderes bolcheviques. Entre noviembre de 1919 y enero de 1920, Denikin se vio obligado a retroceder más allá del río Don hasta Crimea. Estaba derrotado y exhausto, y en abril de 1920 renunció a su mando. Se había esforzado al máximo y no había sido suficiente.
Denikin apenas había iniciado su larga retirada hacia la península de Crimea cuando un tercer general blanco, Nikolái Yudénich, apareció con su Ejército del Noroeste desde la Estonia independiente. Yudénich había trabajado clandestinamente en Petrogrado hasta el otoño de 1918. Como jefe del Estado Mayor del Ejército del Cáucaso había derrotado a los otomanos en la batalla de Sarikamish (Sarıkamış), en la provincia de Kars, durante el invierno de 1914 a 1915.[13] Había participado en una campaña contra Petrogrado en el verano de 1919, pero fue repelida. A mediados de
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octubre volvió a la ofensiva. Tsárskoye Seló cayó en sus manos en pocos días y Petrogrado parecía estar a su merced.[14]
Yudénich había reunido y entrenado a un ejército que se benefició de las armas y el material británicos y del incesante aliento de Winston Churchill. La familia Nobel, que había perdido una fortuna cuando se nacionalizó la industria petrolera de Bakú, facilitó créditos financieros a condición de recuperar sus activos en caso de triunfo blanco en la guerra civil. Zinóviev, dirigente del partido bolchevique en Petrogrado, telegrafió frenéticas peticiones de ayuda militar a Moscú. Sus camaradas del Politburó, Stalin y Trotski, acudieron en su ayuda y se organizaron rápidamente las defensas soviéticas. Stalin, con la insensibilidad que lo caracterizaba, propuso colocar una línea de residentes burgueses frente a las fuerzas rojas para disuadir a la artillería blanca, pero Trotski quería métodos más ortodoxos. De todos modos, los rojos gozaban de una superioridad numérica enorme y mucho armamento. Las defensas de Petrogrado se apuntalaron de antemano. En los encarnizados combates posteriores, Yudénich fue incapaz de romper el cordón. Derrotado, se retiró a través de la frontera estonia, donde el Gobierno nacional ordenó a sus fuerzas que se desarmaran y se quitaran los uniformes del Ejército del Noroeste.[15] Yudénich puso su última esperanza en un plan para transferir sus fuerzas al sur de Rusia, donde esperaba unirse al ejército de Denikin.
[16]
Los blancos liderados por Kolchak, Denikin y Yudénich se habrían enfrentado a graves dificultades aunque sus campañas militares hubieran culminado en victoria. Ningún ejército blanco consolidó jamás su autoridad sobre los territorios que conquistaba. Cada vez que los blancos avanzaban o se retiraban, dejaban tras de sí ciudades y pueblos en los que se enconaba la hostilidad hacia la causa blanca.
La experiencia de Lelia Okunev ilustra el torbellino de la guerra. En mayo de 1920 escribió a su padre Nikita para contarle que había sido capturado por los blancos pero había escapado bajo el alias del ferroviario Antoni Króliuk. Le salvó la vida una amable enfermera que destruyó sus documentos comprometedores. A su amante, Maria Gamalei, le habían dicho que lo habían matado y había organizado un réquiem por él. De repente, sin embargo, volvió a Poltava. Su padre, un sacerdote ortodoxo, lo
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ayudó en la siguiente etapa de su huida. Desde Poltava se dirigió a Nikolaiev, y allí zarpó rumbo a Odesa. Todavía disfrazado, consiguió trabajos manuales. Con la ayuda de Maria, había adoptado la identidad de su hermano, pero el subterfugio fracasó cuando fue reconocido por un antiguo oficial del Ejército Imperial. Con dificultad, evitó ser capturado y asumió otra identidad, haciéndose pasar por un marinero llamado Ivanov. Su barco bordeó la costa del mar Negro hasta la península de Kerch, donde reanudó el contacto con sus compañeros bolcheviques. Desde Novorosíisk llegó finalmente a Moscú, demacrado, despeinado y aparentando el doble de su edad.
Lelia Okunev ahora era, según su padre, un «comunista incorregible», y se fue a luchar contra los polacos. En el Ejército Rojo había empezado como comisario político y, tras demostrar su valía, había sido nombrado comandante de brigada en la guerra civil de Ucrania.[17] En varias ocasiones, Lelia había estado a punto de perder la vida. La victoria militar sobre los blancos fue tan dulce para él como amarga para los comandantes blancos al contemplar una vida en el exilio extranjero. Igual que otros veteranos rojos, Lelia esperaba ayudar a reconstruir Rusia sobre los principios comunistas cuando llegara la paz.
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Economía planificada y saqueo
económico: Centralización,
nacionalización y requisición
Durante la guerra civil la economía rusa entró en caída libre. En 1919, la producción bruta de todos los sectores solo representaba el 43 por ciento del total anterior al conflicto bélico. La industria a gran escala fue la más afectada, pues cayó a una sexta parte del nivel registrado en 1913. En las empresas más pequeñas, era la mitad del valor que registraban inmediatamente antes de la Gran Guerra.[1] La producción siderúrgica se desplomó, y en 1920 solo representaba el 3,6 por ciento del total del último año de paz.[2] La producción agrícola también se redujo a la mitad.
[3] Los bolcheviques habían heredado un desastre en la industria, el comercio, el transporte y los ingresos fiscales, y solo la paz abriría las puertas a la recuperación. Los dirigentes del partido sabían todo esto, pero la mayoría consideraban que las medidas adoptadas en tiempos de guerra ya habían demostrado ser una panacea permanente para la regeneración de la industria y la agricultura. No concebían una reducción del alcance de la propiedad y el control estatales. Así, se vieron abocados al desastre económico y estaban poniendo en grave peligro la existencia del poder comunista.
La Dictadura de Abastecimiento Alimentario nunca funcionó tan eficazmente como Lenin había proyectado. Su tipo de análisis económico
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marxista lo había cegado ante la probabilidad de que la mayoría de los habitantes rurales, ya fueran acomodados o indigentes, detestaran a los comités por enfrentar una familia campesina contra otra. Los suministros agrícolas para el Ejército Rojo y las ciudades alcanzaron un nivel crítico. En diciembre de 1918 se tomaron medidas para eliminar gradualmente los comités y volver al sistema de cupos territoriales para la adquisición de
alimentos —denominado razvërstka—, ideado bajo el mandato de Nicolás II y puesto en práctica por el Gobierno provisional.[4] Se ordenó a los estadísticos que actualizaran los datos de las cosechas que habían dejado los antiguos Ministerios de Agricultura y Abastecimiento. Los cupos fueron asignados a funcionarios de provincias y distritos y las autoridades provinciales aumentaron el número de escuadrones armados para llevar a cabo las tareas de confiscación.
La intención seguía siendo reprimir duramente a los campesinos ricos, pero, en el Séptimo Congreso del Partido, celebrado en marzo de 1919, Lenin superó la reticencia a aplicar una política más suave a los «campesinos medios» del país sin ofrecer ninguna orientación sobre cómo identificar una categoría de otra y sin tener en cuenta las diferencias regionales. Aleksandr Zamáraev, de Totma, era el tipo de «campesino medio» al que pretendía ganarse para la causa soviética. A medida que disminuían los suministros de alimentos a las ciudades, el Sovnarkom aceleró el calendario de entregas de cereales. El 70 por ciento del objetivo anual se fijó para el 1 de marzo de 1919 y el resto para mediados de julio de ese año. Los sóviets de las provincias podían aumentar la cantidad requisada si las necesidades locales así lo requerían. En todos los territorios bajo dominio rojo se hablaba de una hambruna inminente en las ciudades, y el Sovnarkom se movilizó para prohibir el comercio privado de todos los productos agrícolas.[5] Los campesinos no estaban dispuestos a entregar sus cereales por lo que consideraban una compensación inadecuada. Antón Okninski fue testigo de cómo su casero, Akim Nésterov —un campesino y tratante de caballos al que otros agricultores consideraban un burzhui—, ocultaba sus existencias en el sótano, donde ya había depositado las mejores ropas de su esposa.[6]
Aleksandr Shlijter, antiguo comisario del pueblo para la Agricultura, fue enviado como plenipotenciario para el suministro de alimentos a la
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provincia de Viatka, en el sur de los Urales, con el fin de aplicar las políticas. Shlijter argumentaba que la política ejercida por el Gobierno provisional para recopilar inventarios de productos agrícolas era inviable. Esto equivalía a una llamada a las confiscaciones arbitrarias. La prioridad de Shlijter era irrumpir en los graneros sin tener en cuenta la ira rural, pero cuando abandonó la provincia ya habían estallado varias revueltas campesinas.[7] No se perdonaba a los escuadrones de requisas que volvieran a sus bases urbanas sin sacos de los productos que les habían asignado recoger. Las confiscaciones arbitrarias eran inevitables, y el ciclo de decomisos y revueltas estaba en marcha.
El campo había cambiado en muchos aspectos desde la Revolución de Octubre. Al repartirse la tierra entre ellos, los campesinos estaban cumpliendo el sueño que tenían desde hacía siglos, pero era un proceso desigual. Solo la mitad de los que regresaban a las aldeas tenían la suerte de recibir una asignación de tierras.[8] Entre los campesinos más jóvenes era notable el deseo de formar un hogar propio.[9] Al hacerlo, si pertenecían a una familia más acomodada, evitaban la amenaza de cuantiosas obligaciones fiscales. También escapaban a la pesada tutela de sus padres. La juventud rural quería su libertad y la deferencia social estaba en decadencia. A medida que se disgregaban los latifundios, la tendencia era que hubiese menos campesinos pobres y también menos ricos. La «campesinización media» fue el proceso dominante, aunque ni entonces ni después se supo definir qué eran los campesinos medios.[10]
La producción agrícola también se veía amenazada por el afán de los funcionarios soviéticos de imponer las granjas colectivas a la población campesina, haciendo caso omiso de sus viejas esperanzas de mayor autonomía. Los dirigentes del partido en el norte y el centro de Rusia intentaron imponer ese tipo de agricultura al campesinado, les gustara o no, y pocos campesinos, a menos que ya estuvieran en la indigencia, acogieron con satisfacción el cambio.[11]
Los residentes urbanos que no podían obtener un empleo remunerado, o que simplemente se habían quedado sin alimentos, volvían al campo si aún tenían familia en sus pueblos natales. Muchos habitantes del hambriento norte y centro de Rusia buscaron alivio dirigiéndose al sur, a las provincias donde la comida era más barata. Antón Okninski se alegró
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al descubrir que el precio del grano en Tambov era solo el 4 por ciento de lo que pagaba en Petrogrado.[12] Esto suponía una ventaja temporal para los recién llegados como él y su familia. En cuanto se consolidó el orden administrativo soviético y empezaron las confiscaciones masivas, el nivel de vida descendió incluso en las provincias ricas en cereales como Tambov.
Mientras tanto, la producción industrial y minera se hundió en todas las regiones del antiguo Imperio ruso. Casi todas las grandes empresas habían pasado a ser propiedad del Estado en enero de 1919, y lo mismo ocurrió con casi todas las medianas antes de final de año.[13] Se crearon agencias de planificación con la idea de que la nacionalización era la única forma de regenerar la economía. Los bolcheviques habían aprendido las lecciones del sistema alemán de órdenes, cupos y raciones en tiempos de guerra y pretendían aplicarlas a sus propias mejoras. Pero los gerentes y administradores al principio no querían mostrarse autoritarios en una revolución obrera que pretendía hacer la vida más fácil a la clase trabajadora. Sin embargo, la razón principal de la caída de la producción estaba en otra parte. El combustible y las materias primas eran aún más difíciles de obtener que en 1917 y costaba encontrar piezas para las máquinas averiadas. Los salarios no podían seguir el ritmo del aumento de precios de los alimentos y otros bienes de consumo en el mercado negro, y las cartillas de racionamiento oficiales proporcionaban poco más que subsistencia. La revolución había dado estatus al proletariado, pero eso no mejoraba las condiciones de vida y ni siquiera frenaba su deterioro.
El partido bolchevique respondió al creciente malestar y a la baja producción introduciendo el principio de «autoridad unipersonal» (edinonachalie) en lugar de que toda la plantilla dirigiera una fábrica o una mina, algo que incomodó a muchos bolcheviques comprometidos. Pero el Politburó se mantuvo firme en su decisión. Si los soldados del Ejército Rojo tenían que obedecer a un comandante, ¿por qué los obreros no iban a hacer caso a su comisario industrial? Sin embargo, muchos comisarios no tenían conocimientos sobre la tecnología y las rutinas de trabajo de las que se habían hecho responsables, y las relaciones industriales empeoraron a medida que las grandes empresas experimentaban dificultades para restablecer la disciplina en el trabajo. La situación en las fábricas también
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vivió otros cambios. La mano de obra de la industria disminuyó debido a que muchas familias urbanas regresaban al campo en busca de alimentos. Otro factor era la demanda estatal de reclutas para el Ejército Rojo y de trabajadores para incorporarse a la administración soviética.
En Moscú, las empresas manufactureras y los talleres más pequeños fueron nacionalizados o municipalizados a finales de 1918, y el proceso se repitió en toda la república soviética al año siguiente. Nikita Okunev contaba que las tiendas y puestos de guantes, relojes, libros, artículos de papelería y calzado fueron confiscados a sus propietarios.[14] A mediados de 1919, todas las peluquerías de la capital eran propiedad del Estado.[15] La caída de la producción económica general continuó. El Sovnarkom y los organismos de planificación eran conscientes de ello, pero mantuvieron la campaña nacionalizadora. El fantasma del capitalismo, decían los portavoces soviéticos, había sido exorcizado de la casa del comunismo soviético, pero no era solo el entusiasmo ideológico lo que los motivaba. Aunque el Gobierno reconocía que los bolcheviques no podían regenerar inmediatamente la producción, al menos podían requisar bienes en los almacenes y repartirlos en aras del bienestar social y la eficacia militar.
El sistema fiscal seguía siendo un caos. Los sóviets locales encontraban infinitas maneras de eludir la entrega de su parte de impuestos.[16] En Moscú se anunciaron medidas severas, y el 30 de octubre de 1918 se impuso un préstamo extraordinario de diez mil millones de rublos.[17] El Sovnarkom pretendía exigir el dinero a los ciudadanos según la categoría social a la que pertenecieran. Pero el Estado soviético no estaba más informado sobre quién ganaba cuánto que el Estado imperial ruso, y los agentes fiscales recurrían inevitablemente a las viejas técnicas de recopilación de datos. En junio de 1919, al llegar a un distrito rural como Totma, donde vivía Aleksandr Zamáraev, un comisario entregó formularios para que todo el mundo declarara sus ingresos. Ni un solo campesino cumplimentó los formularios, ni siquiera cuando se dijo a los ancianos del pueblo que no había exenciones para nadie que ganara más de 3000 rublos al año, una suma moderada en aquel periodo de inflación.[18] Zamáraev, que en aquel momento ejercía de juez en su comunidad, no mencionaba este hecho en su diario, probablemente porque en la localidad no se seguían procedimientos formales de recaudación de impuestos.[19] No
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obstante, sí documentó numerosas confiscaciones arbitrarias de bienes por parte de escuadrones urbanos externos que saqueaban los pueblos de los alrededores de Totma.
La inflación se disparó y el papel moneda perdió valor a un ritmo aún más rápido que en 1917. El trueque se convirtió en la norma cuando se acababan las raciones. Zamáraev escribió: «Nadie acepta dinero porque todo el mundo tiene mucho».[20] Numerosos dirigentes bolcheviques estaban encantados. Siempre habían esperado con impaciencia el desarrollo de una economía sin dinero, y las devastadoras presiones de la Gran Guerra y la guerra civil parecían estar haciendo el trabajo por ellos. La gente corriente no compartía la alegría de la teoría comunista. Se ha calculado que el volumen de los precios del papel moneda soviético se multiplicó por doce entre julio de 1918 y julio de 1920, mientras que los precios eran noventa veces mayores.[21]
Las redes de espionaje blancas tenían alguna esperanza de beneficiarse del descontento de los trabajadores de las grandes ciudades. En Petrogrado, como informaron a Yudénich, había una interminable escasez de alimentos. A principios de 1920, el sistema de alcantarillado de Moscú se había estropeado. A los habitantes del bloque de seis plantas donde vivía la familia Okunev se les ordenó que desistieran de usar el retrete. Esto ocurrió después de un año en el que se cortó el suministro de agua y la calefacción central del edificio, se limitó la electricidad a unas pocas horas al día y se suspendió el transporte en tranvía.[22] El sistema postal también estaba paralizado. A Okunev, un paquete de su primo de Simbirsk tardó ochenta y tres días en llegarle.[23]
En parte, los bolcheviques consiguieron mantener la campaña bélica saqueando los almacenes de material militar. Luchaban contra los blancos con fusiles, balas, gabardinas y botas que las fábricas del imperio habían producido para las fuerzas armadas imperiales.
Más tarde, Lenin calificaría las dificultades económicas de «comunismo de guerra», como si la política del partido no fuera más que una manera de hacer frente a las exigencias de la guerra civil. Esto era una excusa para el fracaso. La gestión económica estatal entre 1918 y 1920 en realidad fue una extensión de los decretos de la Revolución de Octubre. Lenin, el artífice de los comités de los pobres de las aldeas, no tardó en
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reconocer su metedura de pata, pero no con la rapidez suficiente para evitar el caos que provocaron. También lamentaba los trastornos agrícolas y sociales causados por la imposición no aprobada de granjas colectivas. Pero ni él ni ningún otro bolchevique explicaron qué esperaban ganar nacionalizando zapaterías, barberías y otros pequeños negocios. Los enemigos del partido afirmaban que la ideología había impulsado las políticas estatales hiperintervencionistas que habían agravado la ruina económica mucho más de lo necesario.
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El imperio antiimperialista: Promesas
bolcheviques, conquistas rojas
Los bolcheviques siempre quisieron someter nuevamente a su autoridad a todas las regiones del antiguo Imperio ruso, cosa que al principio esperaban conseguir mediante la persuasión y el alineamiento de socialistas de extrema izquierda, que creían que llegarían al poder de forma natural en otros territorios y buscarían el realineamiento con la Rusia soviética.
El principio de autodeterminación nacional se cumplió en el caso de Finlandia en cuanto el Sovnarkom llegó al poder. Los nacionalistas finlandeses se sorprendieron cuando el nuevo Gobierno revolucionario de Petrogrado invitó a una delegación a debatir los términos de la separación. Al llegar en tren desde Helsinki, se enteraron de que los bolcheviques tenían la intención de cumplir los compromisos que habían contraído antes de la Revolución de Octubre, cuando ellos mismos habían contado con la ayuda de muchos finlandeses. La Gran Guerra aún no había terminado y la delegación finlandesa estaba nerviosa por aceptar favores de los comunistas. Pero Pehr Evind Svinhufvud, a quien Kerenski había liberado del exilio siberiano, no veía sentido en retrasarlo. Lenin era reacio a negociar cara a cara con él, pero no se interpuso en el camino de la independencia de Finlandia, aunque no estaba siendo tan generoso como parecía. La dirección bolchevique pensaba que era inminente una guerra civil finlandesa entre los socialistas de extrema izquierda y la derecha
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reaccionaria, y que los rojos finlandeses la ganarían e intentarían volver a asociarse con Rusia.
Aunque los dirigentes comunistas seguían afirmando cínicamente el derecho de secesión de los demás pueblos antes pertenecientes al imperio, su objetivo en realidad era someterlos a la autoridad soviética. Los acontecimientos de Finlandia les hicieron perder rápidamente el optimismo. Los rojos finlandeses salieron derrotados en su guerra civil y, en 1919, Carl Gustaf Mannerheim, exgeneral de Nicolás II, instauró un Gobierno conservador en Helsinki. Las perspectivas para el bolchevismo no eran mejores en Estonia, Letonia y Lituania, que habían experimentado el estatus formal de independencia bajo la ocupación militar alemana. Cuando Alemania se rindió ante los aliados occidentales en noviembre, dejaron de ser Estados títere. Varios contingentes rojos cruzaron la frontera estonia para conquistar la ciudad de Narva. Al adentrarse en el país, alcanzaron los accesos a Tallin antes de ser derrotados por las fuerzas estonias de Johan Laidoner, jefe del Estado Mayor. La llegada de la Marina Real Británica disuadió a los líderes comunistas soviéticos de reanudar la invasión.[1]
En diciembre de 1918 se creó en Lituania una república socialista soviética con visos de independencia, pero vigilada de cerca por Rusia. Estaba dirigida por Vincas Mickevičius-Kapsukas, que en 1917 había coordinado a los bolcheviques lituanos en Petrogrado y gozaba de la confianza del Sovnarkom. Del mismo modo, en enero de 1919 se proclamó en Smolensk la República Socialista Soviética de Bielorrusia, que desafiaría a la República Popular de Bielorrusia en Minsk. Casi toda la región báltica del antiguo Imperio ruso estaba sumida en la confusión política y militar, ya que diversos grupos políticos se disputaban el control. En febrero de 1919, los bolcheviques decidieron amalgamarlos en un Estado generalmente conocido como Litbel, pero sus dirigentes no lograron controlar en ningún momento todas las ciudades de los territorios que decían gobernar. El Gobierno lituano envió sus fuerzas para aplastar Litbel y expulsar a los rojos de la región del Báltico en agosto de 1919. Esto hizo retroceder temporalmente las ambiciones expansionistas bolcheviques, ya que el Ejército Rojo tuvo que alejarse para hacer frente a las incursiones simultáneas de Denikin y Yudénich en la Rusia soviética.
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Mientras tanto, en el Comisariado del Pueblo para las Nacionalidades, Stalin seguía confirmando las promesas hechas a los no rusos sobre las libertades en materia de lengua, religión, escolarización y autogobierno local. Reclutó a bolcheviques que simpatizaran con esa idea, pero no siempre salió bien. Al joven tártaro Mirza Sultan-Galiev le apasionaba alinear las teorías bolcheviques de la revolución con la preocupación por los derechos de las comunidades musulmanas y daba prioridad a la necesidad de unir a todos sus integrantes. A principios de 1919 recibiría una reprimenda oficial por ello.[2] Los líderes bolcheviques eran fervientes internacionalistas, y muchos no eran rusos ni querían ser vistos como portavoces de sus grupos nacionales. Trotski, Kámenev, Zinóviev y Sverdlov eran judíos, y había otros en puestos oficiales del Comité Central y el Sovnarkom. Dzierżyński era polaco. Stalin, de origen georgiano, coincidía con Lenin en la necesidad urgente de apelar a los numerosos pueblos de las regiones periféricas del antiguo imperio. Juntos presionaron a la dirección central del partido para que apoyara esa orientación política.
Sin embargo, la denominada cuestión nacional estaba destinada a ser un asunto divisivo en años venideros. Stalin, el portavoz del partido en cuestiones de nacionalidades, quería que el «liberalismo» bolchevique llegara a su fin cuando se hubiera logrado la victoria en la guerra civil y que las diversas repúblicas soviéticas quedaran bajo la soberanía de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia. Lenin, por el contrario, abogaba por permitir que las repúblicas soviéticas mantuvieran su estatus formal de independencia, aunque permanecieran sujetas a un sistema político centralizado a través de la jerarquía de los comités del partido bolchevique. El Politburó también intentó crear una «unión militar-económica» entre la Rusia soviética y Ucrania, Letonia y Bielorrusia. Se dieron órdenes para que los comisariados del pueblo en Moscú tuvieran autoridad directa sobre los de las otras repúblicas.[3] Esto era una centralización constitucional —o expansión imperial— con otro nombre. En cualquier caso, el partido comunista en todos esos países ya estaba centralizado y tenía su base en Moscú. Pero, por el momento, la fachada formal de una pluralidad de repúblicas soviéticas se mantuvo como una forma útil de cosechar apoyo popular en las regiones del antiguo imperio.
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Todos los bolcheviques, incluidos Lenin y Stalin, veían a Ucrania como el gran premio. Su producción de cereales, sus recursos metalúrgicos y su población eran objeto de codicia. Su posición geográfica ofrecía una vía crucial para llevar la revolución a Europa central, y la dirección comunista estaba decidida a impedir que otros, entre ellos los propios ucranianos, convirtieran Kiev en un lugar de reunión para una cruzada contra la Rusia soviética.
El primer intento de formar una república soviética ucraniana se produjo en diciembre de 1917, cuando el Sovnarkom envió un contingente armado para ayudar a un levantamiento en Kiev. La Rada Central Ucraniana contraatacó y expulsó a los invasores rojos. A finales de 1918, cuando terminó la ocupación militar alemana, Ucrania se convirtió en un foco de lucha entre rojos y blancos, y también entre diferentes fuerzas ucranianas. Uno de los ejércitos locales más fuertes lo formó el líder anarquista Néstor Majnó, que se alió brevemente con el Ejército Rojo para enfrentarse a los blancos de Denikin. En febrero de 1919, los rojos proclamaron en Járkov la República Socialista Soviética de Ucrania con la intención de conquistar rápidamente Kiev. La ofensiva de Denikin dio al traste con sus esperanzas, pero los bolcheviques ya habían hecho mucho para alienar a las comunidades campesinas ucranianas antes de retirarse. Habían requisado grano y reclutas y —en contra de las instrucciones explícitas de Moscú— habían impuesto por la fuerza las granjas colectivas al campesinado.[4]
Lenin subrayó la necesidad de acercarse a la población rural de habla ucraniana si los bolcheviques querían consolidar su dominio en Ucrania. Con esa idea en mente, propuso incorporar a todo el partido borotbista, el equivalente ucraniano de los socialrevolucionarios de izquierda, al partido bolchevique para establecer vínculos más fuertes con el campesinado del país.[5] Trotski repuso que los borotbistas simpatizaban de forma intolerable con los intereses de los campesinos ricos, siempre odiados y temidos por los bolcheviques. Pero Lenin ganó el debate entre otros líderes bolcheviques.[6] La integración de los voluntariosos borotbistas era un trago amargo que había que soportar si Ucrania había de ser gobernada por hombres y mujeres que pudieran hablar con los campesinos en su propio idioma. Sin embargo el proyecto de Lenin no estaba destinado a gozar de
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éxito inmediato. El conflicto armado entre los rojos y los grupos de campesinos rebeldes conocidos como los verdes se intensificó tras la derrota de Denikin, y los verdes atrajeron a un número creciente de insurgentes que siguieron luchando para poner fin a la ocupación soviética de sus tierras.
En paralelo al conflicto militar, los líderes bolcheviques se ocupaban de las disposiciones administrativas. La frontera entre la Ucrania y la Rusia soviéticas no se estableció hasta principios de 1920. Los antiguos mapas zaristas no servían de ayuda porque no habían demarcado los territorios ucranianos como tales. La sovietización exigía que los dirigentes bolcheviques designaran una frontera definitiva aun cuando seguían los combates.
Los dirigentes rusos y otros líderes comunistas con base en Járkov y el Dombás, donde había muchos habitantes de habla rusa, intentaron que las dos regiones se incorporaran a la Rusia soviética. Lenin estaba de acuerdo hasta que tuvo que enfrentarse a las feroces objeciones de los dirigentes de la Ucrania soviética. En años anteriores, bajo la Rada Central en 1917 y más tarde bajo Gobiernos ucranianos independientes, Kiev había reclamado autoridad sobre Járkov y el Dombás. Lejos de la mirada pública, hubo controversia en el partido sobre cuál debía ser la frontera ruso-ucraniana, y Lenin se vio presionado para dar marcha atrás en su preferencia prorrusa. La dificultad se resolvió después de que aceptara el argumento comunista ucraniano y optara por incorporar las regiones a la Ucrania soviética.[7] El partido dirimió la cuestión sin consulta pública. Esto era previsible, ya que el Politburó nunca permitió plebiscitos en ningún lugar, a pesar de su compromiso declarado con la autodeterminación nacional. Además, lo cierto era que había una población mixta en toda la zona en disputa y cualquier línea trazada entre las dos repúblicas soviéticas habría disgustado inevitablemente a una u otra parte. En cualquier caso, la decisión final apenas supuso diferencia alguna para la mayoría de las personas que vivían allí, ya fueran rusas o ucranianas, porque la dirección suprema comunista de Moscú estaba decidida a mantener su dominio sobre todas las repúblicas soviéticas (y pasarían varias décadas hasta que los nacionalistas rusos pudieron expresar
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su resentimiento por la frontera con Ucrania y, en 2022, contaron con un líder dispuesto a ir a la guerra por ello).
Las provincias ucranianas vivieron los años de guerra civil empapadas de sangre y lágrimas de judíos pacíficos. La campaña de Denikin a mediados de 1919 fue acompañada de una erupción de horrendos pogromos. El caos dificulta los cálculos, pero se ha estimado que una décima parte de la población judía de Ucrania pereció durante la guerra civil.[8] Los desenfrenos antisemitas blancos agravaron más si cabe la barbarie infligida por las fuerzas armadas imperiales en la Gran Guerra. Los judíos también vivieron un infierno de asesinatos, torturas, robos y violaciones a manos de las fuerzas ucranianas antibolcheviques. Fue una barbarie que volvería a la región de forma industrializada bajo el dominio nazi.
La política comunista denunció el antisemitismo en todas sus manifestaciones, y Lenin grabó un poderoso discurso sobre el tema en un disco de gramófono. Los comisarios políticos del Ejército Rojo celebraron reuniones para explicar a las tropas la necesidad de acabar con todos los prejuicios nacionales y étnicos, pero las viejas actitudes no desaparecieron del todo en el bando rojo durante los combates. Una de las razones fue que los rojos incorporaron a muchos antiguos oficiales del imperio y extrajeron reclutas campesinos de la misma reserva demográfica que los blancos.[9] Hubo pogromos esporádicos en zonas de conflicto en Ucrania que estaban lejos de la mirada del Politburó o el Consejo Revolucionario-Militar de la República de Trotski. Dichas atrocidades no eran tan habituales como en el bando blanco, pero los habitantes de los shtetls, como es comprensible, seguían dudando de que el Gobierno soviético fuera a acabar definitivamente con sus penurias. Las comunidades judías habían llegado a mirar a blancos y rojos con la misma desconfianza y simplemente querían practicar su fe en paz y ganarse la vida sin obstáculos.
La dirección comunista central acogió a los judíos como miembros de la nueva sociedad que se estaba creando. Pero otra faceta de la «cuestión judía» en los territorios de Rusia y Ucrania ocupados por los soviéticos era el malestar generalizado a raíz de los rumores de que los judíos eludían el servicio militar ocupando puestos en la administración civil. El 18 de abril de 1919, Trotski escribió al Politburó para insistir en el servicio militar
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obligatorio entre las comunidades judías. Como judío, aunque ateo militante, tal vez quería demostrar su negativa a mostrar favoritismo hacia los de su etnia. No obstante, uno de los problemas era que las familias judías eran conscientes de la hostilidad que a menudo experimentaban los judíos en las filas del Ejército Rojo a pesar de las promesas de tolerancia. También tenían un temor fundado al terrible destino de los soldados judíos que caían en manos de los blancos. Pero el Politburó llegó a la conclusión de que no podía ignorar las quejas de que los judíos evitaban el reclutamiento, y el 28 de abril de 1919 decidió crear unidades judías en el Ejército Rojo.[10]
En cualquier caso, los bolcheviques tenían la ambición de ajustar cuentas con los grupos étnicos que consideraban enemigos. Cuando los rojos llegaron a la región del Don en 1919, se ensañaron brutalmente con los cosacos, independientemente de su riqueza o estatus social. Las comunidades cosacas fueron expulsadas de sus asentamientos y despojadas de sus tierras.[11] Un año después, a instancias de Stalin, los cosacos fueron expulsados de sus asentamientos en el Cáucaso septentrional, que habían habitado desde el final de la conquista militar rusa en el siglo XIX, y se permitió a los chechenos regresar a sus hogares ancestrales.[12]
Hubo mucha violencia en el sur de los Urales, donde los habitantes baskires y rusos se enfrentaron entre sí. Los baskires, un pueblo turco y mayoritariamente musulmán, habían formado unidades armadas de autodefensa. Al principio, algunos se aliaron con las fuerzas de Kolchak en Siberia. Los rojos hicieron proposiciones a las tropas baskires para que cruzaran las líneas y se unieran a ellos. Las promesas que habían hecho en noviembre de 1917 en la Declaración de los Derechos de los Pueblos de Rusia se presentaron como la validación de que el Sovnarkom les ofrecía más que cualquier cosa que pudiera ofrecer Kolchak. La persuasión tuvo éxito, y en febrero de 1919 se produjo una deserción masiva de baskires pertenecientes al bando blanco del frente oriental. Su recompensa fue la creación en Ufa de la primera administración nacional autónoma dentro de las fronteras de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia. La República Socialista Soviética de Baskir fue presentada como modelo de lo que los demás grupos nacionales y étnicos no rusos podían esperar de
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las autoridades soviéticas. Bajo el régimen bolchevique, se garantizó a los baskires la libertad religiosa, escolar y de prensa.[13]
Pero eso no hizo sino enfurecer a los tártaros. Ambos grupos étnicos mantenían una rivalidad ancestral, y se alzaron en armas el uno contra el otro. El Ejército Rojo intervino para imponer un acuerdo pacífico. En 1920 se fundó la República Socialista Soviética Autónoma Tártara en Kazán, y baskires y tártaros vivían entremezclados en toda la región.
Asia Central también era un mosaico de etnias. La República Federativa Soviética de Turquestán había sido creada por el Sóviet de Taskent en abril de 1918. Los votantes del sóviet eran principalmente rusos y su actitud hacia las comunidades musulmanas era hostil. Las fuerzas de la nueva república impusieron despiadadamente la lealtad al Sovnarkom y, aunque las enemistades tribales también contribuyeron a la guerra civil, la mayor violencia se produjo entre rusos y musulmanes. La dirección central bolchevique se escandalizó por la total indiferencia de sus compañeros hacia las sensibilidades islámicas, pero la máxima prioridad tanto en Moscú como en Taskent era incorporar Turquestán a la república soviética rusa. Los rojos se adentraron con éxito en las montañas y desiertos fronterizos con Persia y Afganistán. A mediados de 1919, Turquestán pudo ser declarada parte de la República Socialista Soviética Rusa.[14] Se empezó a reclutar a jóvenes musulmanes radicales para la causa comunista, convenciéndolos de que el progreso de los pueblos de fe islámica solo estaría asegurado ingresando en el partido y en los sóviets y aliándose en la lucha contra el clero musulmán conservador. A esos reclutas se les ofrecían facilidades educativas y ascensos rápidos.[15]
La región del sur del Cáucaso ocupaba un lugar aún más destacado en la agenda de Moscú. Las administraciones georgiana, armenia y azerí, que habían colaborado desde la caída de la monarquía Románov, se combinaron ferozmente contra el Sovnarkom y avanzaron hacia la independencia total. Las potencias internacionales también actuaban en la zona con la ambición de controlar el acceso a los abundantes recursos naturales, especialmente los yacimientos petrolíferos de Bakú. Los bolcheviques tenían poca influencia, excepto en Bakú, en la costa del Caspio, donde en abril de 1918, bajo el liderazgo de Stepán Shaumián, lograron aplastar a sus enemigos en violentos enfrentamientos y formar su
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propio Gobierno municipal de coalición con un puñado de socialrevolucionarios de izquierda.[16] Los musulmanes azeríes, que constituían la mayoría de la población de la ciudad y suministraban buena parte de la mano de obra en los campos petrolíferos, estaban molestos por su exclusión del poder. Hubo protestas callejeras y el Gobierno, con la ayuda activa del partido armenio Dashnaktsutiún, masacró a miles de azeríes. Los turcos enviaron a su Ejército del Islam para protegerlos como compatriotas musulmanes y turcos, y la coalición gobernante de Bakú no pudo repeler el ataque. En agosto de 1918, el Dashnaktsutiún solicitó ayuda armada a los británicos.[17]
Los bolcheviques de Bakú abandonaron su propia coalición. El Comité Central Bolchevique de Moscú seguía adhiriéndose al tratado de Brest-Litovsk y no podía aprobar la búsqueda de ayuda militar de enemigos de Alemania. En cualquier caso, la ayuda británica no llegó a tiempo. El Ejército del Islam entró por la fuerza en la ciudad a mediados de septiembre y se produjo una masacre de armenios. Mientras el caos se extendía por la costa oriental del Caspio, veintiséis de los principales comisarios bolcheviques, incluido Shaumián, fueron capturados y ejecutados por el nuevo Gobierno transcaspiano de Ashjabad.[18] La influencia bolchevique no regresaría al sur del Cáucaso en todo un año. Bakú volvió a convertirse en el objetivo de la estrategia del Ejército Rojo en cuanto las fuerzas de Denikin fueron derrotadas en Crimea. La economía soviética necesitaba su petróleo, y el ferrocarril de Rostov del Don a la costa del Caspio, más al sur, facilitó las tareas operativas del comandante en jefe Serguéi Kámenev. La administración azerí solo pudo desplegar un pequeño ejército contra los rojos, pues muchas de sus tropas ya estaban en guerra contra Armenia. El Ejército Rojo entró en Bakú el 28 de abril de 1920 y se proclamó la República Socialista Soviética de Azerbaiyán. Los armenios se vieron envueltos en una guerra con Turquía y los rojos supieron aprovechar el caos. El 4 de diciembre de 1920 entraron en la capital armenia, Ereván, y se dispusieron a inaugurar una república socialista soviética.[19]
El Ejército Rojo se preparó inmediatamente para completar el sometimiento del sur del Cáucaso, donde solo la República Democrática Georgiana y su Gobierno menchevique seguían siendo independientes y
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desafiantes. De hecho, a finales de 1920, la mayoría de los territorios nacionales y étnicos habían sido sometidos a la autoridad de la capital rusa. Las excepciones se encontraban en los márgenes del antiguo imperio. Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania acariciaban la independencia que habían conquistado mientras los rusos luchaban entre sí. Los territorios polacos «rusos» habían pasado a formar parte de una Polonia independiente. Los turcos se aferraron a las provincias que habían obtenido en Brest-Litovsk en 1918. En el extremo oriental de Siberia, escasamente poblado, los japoneses seguían ocupando la costa del Pacífico: los rojos no tomarían Vladivostok hasta 1922. Pero incluso muchos conservadores y liberales rusos atribuyeron al partido bolchevique el mérito de «reunir las tierras» que los zares habían gobernado. Sin embargo, los propios bolcheviques no querían ser vistos como imperialistas. Pusieron al azerí Nariman Narimanov y al armenio Aleksandr Miasnikian en el poder en Azerbaiyán y Armenia, y se reclutó a jóvenes musulmanes para la administración soviética en Bashkiria y Tatarstán. En Ucrania se abrieron escuelas de ucraniano. Las confesiones cristianas, aparte de la Iglesia ortodoxa rusa, recibieron garantías de que las autoridades no interferirían mientras sus sacerdotes se mantuvieran al margen de la política. Los imanes de inclinación social progresista fueron invitados a unirse al partido.[20]
En el Politburó bolchevique, Lenin y Stalin se aferraban a la idea de que las concesiones a las diferentes comunidades de nación y fe atenuarían los sentimientos antibolcheviques y antirrusos, y suponían que eso los ayudaría a afianzar el marxismo en las mentes de millones de personas. Su sueño era que el nacionalismo y el fervor religioso desaparecieran y que se desarrollara una unión comunista de los pueblos.
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En el extranjero. Revoluciones rojas y
comercio soviético: Alzamientos, Comintern y aperturas comerciales
Los Gobiernos de toda Europa estaban horrorizados por el ascenso del bolchevismo en Rusia y la amenaza de levantamientos similares en sus propios países, pero tenían que considerar que sus pueblos estaban cansados de la guerra y eran poco receptivos a cualquier conversación sobre expediciones militares para liberar a Rusia de la tiranía bolchevique. La mayoría de los socialistas y activistas obreros debatían si el modelo revolucionario bolchevique era el que había que seguir en casa. Karl Kautsky, uno de los principales escritores marxistas alemanes, pensaba que Marx y Engels habrían desaprobado la obsesión bolchevique con la dictadura y el terror.
Lenin y todos sus camaradas seguían siendo internacionalistas comprometidos. La revolución en toda Europa era parte integrante de la Revolución de Octubre, y la campaña de Lenin a favor del tratado de Brest-Litovsk estuvo a punto de romper en pedazos al partido bolchevique. El Sovnarkom sabía que la Rusia roja necesitaba ayuda para su regeneración económica y su desarrollo tecnológico, y esperaba que la revolución en toda Europa les permitiera compartir recursos con sus nuevos hermanos políticos. De todos modos, creían que Europa, especialmente Alemania, estaba al borde de un choque definitivo entre
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capitalismo y socialismo. La extrema izquierda alemana, liderada por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg, compartía la pasión revolucionaria. Recién salidos de la cárcel tras la rendición militar de Alemania, querían aprovechar la volatilidad política de Berlín. Ellos y sus seguidores de la Liga Espartaquista se reunieron en diciembre de 1918 y formaron el Partido Comunista de Alemania. Aunque no tenían intención de seguir los pasos de los bolcheviques, estaban decididos a emular su toma del poder y planeaban ocupar guarniciones, oficinas de correos y telégrafos y edificios gubernamentales. El levantamiento en la capital se fijó para el 5 de enero de 1919, pero el gabinete socialdemócrata que había gobernado desde el final de la Gran Guerra actuó rápidamente para aplastar a los insurrectos. Se desplegó a las tropas regulares, que fueron reforzadas por grupos de militares desmovilizados conocidos como Freikorps. Los comunistas alemanes habían subestimado la fuerza organizada reunida contra ellos. Los Freikorps persiguieron a los líderes de la insurrección y su derrota quedó simbolizada cuando el maltrecho cadáver de Rosa Luxemburg fue arrojado junto a la verja del Jardín Zoológico.
Las noticias provenientes de Alemania causaron una gran decepción en Moscú. Las razones de la debacle parecían evidentes. Alemania carecía de un equivalente a la sólida red de sóviets y comités de fábrica que había cubierto Rusia en 1917, y el gabinete de Scheidemann no era tan impopular como lo había llegado a ser el Gobierno provisional en Rusia.
Lenin, Trotski y Bujarin ya habían visto la necesidad de convocar cuanto antes una conferencia de internacionalistas socialistas, así que mandaron invitaciones para unos actos que debían comenzar el 2 de marzo de 1919 en Moscú. La intención original era celebrar la conferencia en Berlín o, en su defecto, en algún lugar de los Países Bajos, pero los violentos disturbios en Europa central hacían de Moscú un lugar más adecuado. Sin embargo, no era fácil llegar hasta allí. La logística era diabólicamente compleja y asistieron pocos comunistas extranjeros. Hugo Eberlein acudió en nombre de los espartaquistas alemanes y tenía órdenes de no mostrar ninguna deferencia hacia los dirigentes rusos.[1] De la conferencia surgió la Internacional Comunista, abreviada como Comintern y también conocida como Tercera Internacional. Lenin y Trotski, tratados como héroes por muchos asistentes, se cercioraron de redactar y supervisar
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todas las decisiones, y la elección del Comité Ejecutivo de la Comintern dejó el poder en sus manos. Zinóviev se convirtió en su primer presidente. El objetivo era la revolución mundial, y se dio prioridad a la ampliación del sistema soviético a Alemania. Se desembolsaron fondos desde Moscú a través de emisarios a organizaciones de extrema izquierda de todo el mundo para crear partidos comunistas fraternales. Cuando el Comité Ejecutivo se reunió por primera vez el 26 de marzo de 1919, Zinóviev anunció un presupuesto de un millón de rublos (que se elevó a tres millones en mayo).[2] Los rublos eran prácticamente inútiles en la mayoría de los países después de que el Sovnarkom se hubiera eximido de la obligación de reconocer la deuda estatal rusa. Los agentes de la Comintern destinados a otros países necesitaban moneda extranjera, por lo que se asaltaron los depósitos del banco nacionalizado y Lenin pidió a Elena Stásova, sucesora de Sverdlov como secretaria del Comité Central, que llevara un maletín con un millón de libras esterlinas a Zinóviev, el cual se encontraba en Petrogrado.[3]
El optimismo bolchevique pareció confirmarse el 21 de marzo de 1919, cuando los comunistas húngaros recién formados tomaron el poder en una coalición de Gobierno en Budapest. Estaban dirigidos por Béla Kun, que había sido prisionero de guerra en Rusia antes de regresar tras la rendición militar de Austria-Hungría. Al oponerse al acuerdo de paz que se negoció en París, se había ganado el apoyo de los patriotas húngaros. Kun no era nacionalista, pero actuó como tal al rechazar a los ejércitos invasores rumano y checo en abril de 1919.
Los comunistas húngaros aplicaban su política con considerable fervor. El Estado se hizo cargo de bancos, minas y fábricas textiles. Una nueva policía de seguridad patrullaba las ciudades y los «enemigos de clase» eran arrestados. Tibor Szamuely, un camarada cercano a Kun, reclutó a jóvenes urbanos para que se apoderaran de las cosechas del campo. Conocidos como «los chicos de Lenin», aterrorizaban a los campesinos y los llevaban por la fuerza a granjas colectivas. Quemaban o profanaban iglesias. En los pueblos se confiscaban los cereales. Kun actuó suponiendo que la emergencia alimentaria no dejaría tiempo a los comunistas para apaciguar a los campesinos, como había hecho Lenin inicialmente con su Decreto sobre la Tierra. El resultado fue la guerra civil. El 4 de agosto de
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1919, mientras el caos se apoderaba de Hungría, las fuerzas armadas rumanas cruzaron la frontera y derrocaron al comunismo en Budapest. El terror blanco sustituyó al terror rojo, y la venganza se cebó con los comunistas conocidos y sus partidarios. Los judíos eran apaleados o asesinados. Con el país sumido en el caos, el suministro de alimentos se desmoronó y la hambruna era generalizada. Después de haber apoyado originalmente la iniciativa transfronteriza de Rumanía contra los comunistas, los Aliados estaban desconcertados por aquel salvajismo temerario.[4] El propio Kun, que era comunista y judío, huyó al extranjero y finalmente llegó a Moscú, donde fue acogido en el Ejército Rojo como comisario político. El experimento del comunismo húngaro había terminado.
La misma suerte corrió el Consejo Obrero de Múnich, que el 7 de abril de 1919 había proclamado la República del Consejo de Baviera. Dirigido por Max Levien y Eugen Leviné, el consejo sustituyó al gabinete encabezado por el socialista antibelicista Kurt Eisner, que había sido asesinado por un nacionalista alemán. La crisis alimentaria y el desempleo masivo se agravaron en la ciudad. Levien y Leviné tenían pasaporte ruso y eran admiradores de la Revolución de Octubre en Petrogrado. Impulsaron la toma de fábricas y la gestión del comercio a gran escala a manos de la República del Consejo, que amenazaba sistemáticamente a la élite acomodada de Múnich y sus alrededores. Advirtieron a la Iglesia católica de que se mantuviera estrictamente al margen de la política. Se creó una policía de seguridad y se enviaron telegramas a Moscú anunciando la victoria comunista en Baviera. Rápidamente se demostró que la euforia estaba fuera de lugar, ya que el Gobierno nacional de Berlín fue capaz de movilizar la feroz reacción militar que había aplastado a los espartaquistas en enero de 1919. En Múnich, la popularidad de Levien y Leviné disminuyó. Habían quebrado empresas, el paro creció y la delincuencia se disparó espectacularmente después de que el consejo liberara de la cárcel a los delincuentes comunes. El Gobierno ordenó la entrada de sus tropas en la ciudad. Levien había escapado a Viena en el último momento y encontró refugio en Moscú dos años después. Leviné rechazó esa opción y fue detenido, juzgado y ejecutado. «Todos los comunistas somos hombres muertos de permiso», dijo, resignándose a su destino.[5]
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Sin embargo, el Politburó, con la posible excepción de Stalin, seguía aferrado a la idea de que «Europa» se hallaba al borde de la revolución. Cada vez que Lenin veía agitaciones políticas en el extranjero, decía a los bolcheviques que sus predicciones revolucionarias se estaban cumpliendo. A principios de marzo de 1919 anunció que Birmingham, en Gran Bretaña, había formado el Sóviet de Diputados Obreros y que el gabinete de Lloyd George se había visto obligado a reconocer tales sóviets como «organizaciones económicas».[6] Lenin estaba mal informado por los periódicos extranjeros o era víctima de su optimismo exacerbado. Sin embargo, no se equivocaba sobre la volatilidad de la política en Europa. El final de la guerra había provocado escasez de alimentos y subidas del coste de la vida. Hubo huelgas y ocupaciones de fábricas, y Europa estaba llenándose de partidos comunistas. El Comisariado del Pueblo para Asuntos Exteriores necesitaba evitar una asociación demasiado evidente con los nuevos partidos para no levantar sospechas de que sus funcionarios trabajaban en alianza con ellos.
La técnica habitual de influencia, a través de las instrucciones de la Comintern de Moscú, consistía en escindir las alas izquierdas de los partidos socialistas o laboristas. Esto se puso de manifiesto en Estados Unidos en agosto de 1919, tras la creación del Partido Comunista Laborista a raíz de una ruptura dentro del Partido Socialista. Las rivalidades entre facciones persistieron en la nueva organización, y a los pocos días surgió también un rival, el Partido Comunista de Estados Unidos. Ambos reivindicaban su lealtad a la Comintern y expresaban su admiración por la Revolución de Octubre. Lenin y Trotski eran sus héroes comunes. A la Comintern de Moscú le molestaba tener que arbitrar entre los dos.[7] La tarea de Zinóviev en la Comintern consistía en atenuar las divisiones en los nuevos partidos comunistas extranjeros e imponer obediencia al Comité Ejecutivo de la Comintern. Se pidió a los partidos que avanzaran hacia la consecución mundial del comunismo.
Al mismo tiempo, la Rusia soviética buscaba un rápido regreso al comercio con los Estados occidentales y se dirigió a la Estonia independiente con propuestas para restablecer los vínculos comerciales. El interés del Sovnarkom se centraba en utilizar Tallin, capital y principal puerto estonio, como centro báltico para las importaciones y exportaciones
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rusas. Rusia y Estonia firmaron un tratado. Se había abierto una brecha en el muro internacional del capitalismo. Ahora que Estonia mostraba su disposición a llegar a un acuerdo, se esperaba que Suecia, Alemania e incluso Estados Unidos o Gran Bretaña fueran los siguientes.[8] También se hicieron gestiones con Estados Unidos a través de la Oficina de Información sobre la Rusia Soviética del Sovnarkom, dirigida por Ludwig Martens y Santeri Nuorteva. La idea era tentar a los estadounidenses para que reanudaran el comercio con Rusia mediante diversas ofertas. Una de ellas consistía en ceder a Estados Unidos el control de territorios inmensos a cambio de que dicho país se hiciera cargo de la deuda estatal rusa anterior a octubre, una deuda que constituía un punto de fricción para la mejora de las relaciones ruso-estadounidenses. Henry Ford y J. P. Morgan Jr. fueron algunos de los interlocutores. Se prometieron abundantes recursos mineros y agrícolas rusos.[9]
Las autoridades estadounidenses temían la propagación de la influencia comunista en las ciudades del país. En noviembre de 1919 detuvieron a doscientos presuntos «bolcheviques rusos». Entre ellos se encontraban los líderes anarquistas Emma Goldman y Alexander Berkman. Charles Ruthenberg, secretario del Partido Comunista de Estados Unidos, fue encarcelado. Muchos vieron sus actividades fuertemente restringidas y estaban bajo vigilancia. Doscientos cuarenta y nueve comunistas y anarquistas retenidos en Ellis Island fueron deportados a Rusia en diciembre de 1919 en el carguero Buford, que llegó a ser conocido en la prensa como el Arca Roja.[10] Los deportados, a los que periodistas estadounidenses como John Reed y Louise Bryant habían transmitido una imagen edulcorada de la Rusia bolchevique, descubrirían a su llegada que la opresión de la Checa y la maquinaria estatal eran características básicas de la vida en el orden soviético. Para entonces, los bolcheviques se habían acostumbrado a asumir que no tenían otra alternativa que el uso despiadado de la fuerza para cimentar las bases del Estado unipartidista.
Pero no habían abandonado su visión de un orden comunista mundial en el que todo el mundo llevaría una vida libre y desarrollaría su potencial, y su propaganda insistía regularmente en ello. Estaban seguros de que el comunismo estaba a punto de suplantar al capitalismo en Europa y Estados
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Unidos y de liberar a las colonias de todos los imperios. Incluso los opresores podían seguir soñando.
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Experimentalismo en la adversidad: Aplicar y lidiar con el estilo de vida soviético
El Sovnarkom decía al mundo que Rusia estaba preparando el terreno para una nueva forma de vida de la humanidad. Durante un tiempo apenas se hacía caso a tales afirmaciones, pero a medida que los comunistas hundían profundamente sus cimientos en suelo ruso, la gente empezó a tomárselas más en serio.
La imagen internacional del comunismo soviético entre sus detractores extranjeros se basaba en una reserva de invectivas políticas conservadoras y liberales. Winston Churchill describió a los bolcheviques como «babuinos» y al bolchevismo como un «bacilo» importado a Rusia con Lenin en el viaje en tren a través de Alemania. Los periódicos occidentales informaban habitualmente sobre el engaño, la misantropía y las matanzas soviéticas. En las congregaciones cristianas se pronunciaban sermones sobre el comunismo como presagio del Apocalipsis. Los líderes del Kremlin eran descritos como destructores de la civilización que atentaban contra las normas de decencia, tradición y paz. Los caricaturistas representaban a los comunistas como alienígenas encapuchados y amenazadores. Los judíos habían sido representados de esa manera durante siglos, y los antibolcheviques difundieron la creencia de que la Revolución de Octubre formaba parte de una conspiración global judía
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para dominar a la gente en todas partes. Se decía que el comunismo representaba la degradación humana, que implicaba el aplastamiento de la religión, los lazos familiares y la propiedad privada.
Los comunistas querían desvirtuar esas imágenes negativas. A los obreros y campesinos rusos se les decía que la Revolución de Octubre les había asegurado la libertad, una libertad que se les había negado durante siglos. Existía una gran preocupación por la comida y el empleo, pero los panfletos bolcheviques seguían anunciando nuevos modos de vida revolucionarios. A partir de 1918, el correo postal era gratuito para todos. Al año siguiente se decretó que todos los niños hasta los dieciséis años debían ser alimentados a expensas del Estado.[1] Se proclamaban las virtudes de compartir bienes y servicios. Las campañas de higiene eran frecuentes, algo nada fácil cuando el jabón a menudo escaseaba. Se censuró la embriaguez y se prolongó la prohibición del vodka. La Checa enviaba escuadrones para clausurar los florecientes alambiques ilícitos.[2] Los bolcheviques seguían insistiendo en que el futuro sería radiante cuando terminaran las guerras civiles y la recuperación económica fuera plena.
Los estudiantes experimentaban con distintas formas de vida. Algunos formaron comunas urbanas, a menudo en residencias universitarias o en pisos alquilados, y normalmente ponían en común sus ingresos. Las relaciones sexuales eran fluidas y se despreciaban las convenciones «burguesas» sobre el matrimonio.[3]
A Nikita Okunev no le atraía nada ese experimentalismo. Antes de acabar el año, concluyó que las nuevas libertades eran «en realidad la esclavitud más terrible»:
Ahora, todos los adultos son retorcidos, atados y estirados por la disciplina política, los sindicatos, los sóviets, los comités, los mandatos, los documentos de identidad, los decretos, las normas de trabajo [normirovki], los impuestos, los registros, la autoprotección, las expropiaciones, las presiones y los agravios. Definitivamente, han asignado morrales grises a todo el mundo, han numerado a todo el mundo, han restringido a todo el mundo y han repartido castigos a todo el mundo: «¡Cava, escupe, duerme y no hables!».[4]
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Y añadía:
Y ahora son solo los jóvenes descerebrados los que gozan de una libertad que ninguno de nosotros tuvo jamás ni sintió la necesidad de tener. Hay muchachos desesperados que merodean por las aceras y bulevares de Moscú y salen a patinar con papirosi colgando de los labios, y cerca de los baños se pasean muchachas de la misma edad para vender sus débiles placeres, despojadas de vergüenza o supervisión, porque ya no hay prostitución ni matrimonios por la Iglesia. Todo es libre, todo está vallado, pero no protegido de crímenes ni de horribles enfermedades.[5]
Okunev nunca había esperado nada bueno de la Revolución de Octubre, pero los peores aspectos que afloraron en años posteriores le sorprendieron.[6]
En las ciudades continuó el racionamiento y se esperaba que los campesinos se alimentaran por sí mismos. Lenin y otros bolcheviques consideraban que las cartillas de racionamiento eran un medio maravilloso para erradicar los privilegios sociales tradicionales y cuidar de los trabajadores y soldados que los habían ayudado a llegar al poder. La gente tenía que registrar su lugar de residencia ante las autoridades. En el caso de los edificios de viviendas, el comité residencial debía atestiguar el derecho de un residente a una cartilla de racionamiento. Con frecuencia, la Checa utilizaba a los porteros como informadores.[7] Las instituciones públicas expedían tarjetas de identidad con fotografías personales, que a menudo eran necesarias para acceder a los edificios o para obtener alimentos, y perderlas podía significar morir de hambre. Pronto, los falsificadores empezaron a crear imitaciones pasables de documentos oficiales.
Las normas de racionamiento otorgaban prioridad a los soldados del Ejército Rojo. El agente secreto británico Paul Dukes resolvió sus dificultades para alimentarse alistándose en las fuerzas rojas, lo que también le permitió recabar información sobre los preparativos militares comunistas:
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Además de una mayor libertad de movimientos y preferencia sobre los civiles en las solicitudes de alojamiento, ocio o billetes para viajar, el soldado rojo recibía raciones muy superiores a las de la población civil tanto en cantidad como en calidad. Hasta entonces, yo solo obtenía doscientos gramos de pan al día y debía tomar mi escasa cena en un mugriento comedor comunal, pero como soldado rojo recibía, además de la cena y otros menesteres que no vale la pena mencionar, cuatrocientos y a veces setecientos gramos de pan negro tolerablemente bueno, que por sí solo era suficiente, acostumbrado como estoy a una dieta rudimentaria, para subsistir con relativa comodidad.[8]
Después de las tropas, los trabajadores industriales eran los siguientes en recibir raciones, ya que el Sovnarkom quería cumplir las promesas que había hecho al «proletariado».
Fiódor Stepun tenía varios familiares y amigos que sucumbieron a la epidemia de gripe española, y escribió que en la Rusia soviética «era más difícil ser enterrado que ejecutado». Se necesitaba un certificado de defunción emitido por el presidente del bloque de viviendas para conseguir una tumba para el difunto. La Iglesia ortodoxa ya no tenía una función oficial. Sin embargo, el presidente del bloque donde vivía Stepun había desaparecido sin dejar rastro. La siguiente opción era dirigirse al sóviet del distrito, y había que hacer cola durante horas para obtener el permiso necesario. Luego se necesitaba un conserje para cavar la tumba. El soborno estaba muy extendido en la sociedad, y normalmente exigía entregar media botella de vodka o dos kilos de pan: a las autoridades comunistas les era imposible erradicar ese tipo de tratos privados. Stepun fue a ver a un conocido que trabajaba en un laboratorio bacteriológico para conseguir las botellas de alcohol que necesitaba.[9]
Los privilegios oficiales se extendieron, y pocos bolcheviques se resistían a sus comodidades. Antes de la Revolución de Octubre, en Moscú no había una barbería más de moda que la de Kuznetski Most, pero en 1920 estaba cerrada al público en general. Solo los funcionarios de la Checa central y de Moscú podían cortarse el pelo allí, y en la puerta había un cartel que decía: «Prohibida la entrada a personal ajeno a la empresa».
[10] Trotski utilizaba la limusina Delaunay Belleville de Nicolás II, mientras
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que Lenin se desplazaba por Moscú en el Rolls-Royce del emperador. El líder sindicalista Mijaíl Tomski se hizo con un elegante Pierce Arrow negro.[11] Los miembros del Comité Central y los comisarios del pueblo disponían de chóferes, criados, niñeras y acceso a médicos, y los fines de semana se iban a mansiones y dachas que habían sido expropiadas a la élite acomodada. Karl Radek consiguió una suite gran ducal en el Kremlin para su familia y dañó los muebles y cuadros. Eso molestó a Natalia Sedova, esposa de Trotski y encargada oficial de conservar el patrimonio cultural. Pero Trotski y Sedova también exigían buena comida y sirvientes de confianza.
El mercado de Sujarevka, en el centro de Moscú, se convirtió en uno de los pocos espacios públicos donde la gente podía comprar y vender. Era popular entre aquellos —la mayoría de los residentes de la ciudad— que no podían sobrevivir con su cartilla de racionamiento. El mercado se amplió a las calles adyacentes. Los niños de la calle vendían cigarrillos, azúcar y dulces. Nikita Okunev vendió por 1600 rublos un abrigo que tenía desde hacía diez años.[12] Las autoridades no se ponían de acuerdo sobre «el Sujarevka», lo dejaban funcionar y luego lo cerraban. Incluso cuando el mercado tenía permiso para abrir, la Checa y la milicia organizaban redadas frecuentes en sus puestos y confiscaban las mercancías. El cierre definitivo habría agravado las penurias de decenas de miles de familias.[13] Las antiguas clases altas y sus «parásitos» tenían que buscarse la vida en circunstancias desesperadas. Habían sido expulsados de sus residencias palaciegas para repartirlas entre los pobres. Los miembros de las viejas élites acomodadas que permanecieron en las ciudades bajo el régimen soviético tenían que vender objetos de valor para sobrevivir. En los mercados se podían encontrar muchos abrigos de piel y vajillas refinadas, así como pianos de cola, tapices y candelabros. Las élites propietarias ya no podían enviar mercancías al extranjero y necesitaban un permiso excepcional para viajar.
Los bolcheviques pedían a los trabajadores que realizaran tareas extra de forma voluntaria. Normalmente no se trabajaba los fines de semana. En 1919 anunciaron un subotnik regular, llamado así por la palabra rusa para el sábado, cuando la gente retiraba la basura, el barro y la nieve de los
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lugares públicos.[14] Se filmó a Lenin participando como ejemplo para todos los demás.
A los burgueses —que el decreto emitido por Sovnarkom el 10 de octubre de 1918 definía como personas que vivían de «ingresos no laborales»— se les ordenaba regularmente limpiar la nieve de las calles y las vías férreas.[15] Según la Constitución soviética, ya no eran ciudadanos. Mientras que los más ricos habían huido hacia el sur, a través del mar Negro, para exiliarse en Europa central u occidental, muchos siguieron a la espera de acontecimientos. Incluso la emperatriz viuda Maria Fiódorovna se negó a marcharse, y le dijo al coronel canadiense que vino a acompañarla desde Yalta hasta un buque de la Marina Real: «Ya soy anciana. Mi vida está a punto de terminar. Aquí puedo ayudar a organizar la resistencia contra los bolcheviques». Había cumplido a regañadientes con la exigencia del sóviet local de que obtuviera documentos de identidad antes de recibir su ración de azúcar. En enero de 1919 se enteró de la ejecución sumaria de cuatro grandes duques Románov en la fortaleza de San Pedro y San Pablo de Petrogrado. Eso la hizo cambiar de opinión y partió hacia el Mediterráneo bajo protección británica.[16]
A finales de 1918, los cambios en la sociedad también alcanzaron a
Aleksandr Zamáraev en Totma:
El superintendente y el tesorero del monasterio han sido arrestados y encarcelados. ¿Por qué? Prácticamente todos los comerciantes están en la cárcel y se han impuesto aportaciones obligatorias a todos los cabezas de familia: mil, dos mil, cinco mil, veinte mil [rublos] o más. Una devastación absoluta. Nuestra administración tiene que encontrar 200 000 rublos. Todo el mundo está descontento y la situación se recrudece.[17]
La presión era incesante sobre los ricos, que buscaban la forma de aliviarla por todos los medios posibles. Cuando se presentó una demanda de 50 000 rublos a las familias Poliakov y Sarafanov, del pueblo de Mamontovka, en la provincia de Moscú, se llevaron aparte al funcionario del comité y lo sobornaron. A consecuencia de ello, solo tuvieron que pagar 5000 rublos cada uno. El trato se celebró con vodka.[18] Incluso Nikita Okunev, que trabajaba para la administración del transporte fluvial
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de Moscú, era tratado como un residente burgués que podría estar ocultando posesiones a las autoridades. Su piso familiar fue sometido a un registro obligatorio en septiembre de 1919. Los dos comisarios que lo visitaron abrieron media docena de armarios, pero no lo molestaron, aunque el miliciano que los acompañaba utilizó el retrete, lo ensució todo y dejó que lo limpiara Okunev.[19]
Las categorías de riqueza que aplicaban los bolcheviques eran amenazadoramente fluidas, y no solo iban dirigidas a las clases sociales más altas. Los campesinos, como el propio Zamáraev de Totma, también se veían obligados a hacer contribuciones costosas.[20] Cuando no llegaba el dinero, las autoridades requisaban productos. Zamáraev escribió: «Los bolcheviques han confiscado caballos, carruajes, patatas y cebollas en nombre de las contribuciones [kontributsi]».[21] Al mismo tiempo, se veía obligado a realizar trabajos forzados. En febrero de 1919 tuvo que transportar veintitrés piezas de madera a la fábrica de ladrillos de Totma. Nevaba y el viento soplaba con fuerza.[22]
Las bandas de delincuentes de las grandes ciudades buscaban a los más acomodados, y los atracos y los robos eran habituales en los barrios residenciales. Nikita Okunev se lamentaba de que los ladrones habían robado pieles, ropa y zapatos de la casa donde vivían su madre, su hermano y su sobrina.[23] Incluso Lenin fue víctima. Un domingo nevado de enero de 1919 lo llevaron a una escuela de Sokólniki, a las afueras de Moscú, donde su esposa Nadezhda había organizado una fiesta de abetos para los niños. En la limusina lo acompañaban su hermana Maria, su chófer Stepán Gil y un guardaespaldas llamado Chébanov. Estaban llegando a Sokólniki en medio de la nieve y la oscuridad cuando tres hombres armados irrumpieron en la carretera silbando y gritando. Gil supuso que eran milicianos y se detuvo. Ya se había metido en problemas en una ocasión anterior, cuando le dispararon después de salir a toda velocidad. Lenin presentó sus documentos de identidad, pero le ordenaron bajar de la limusina con todos los demás. Cuando le apuntaron a la cabeza, gritó: «¡Me llamo Lenin!». Maria pidió ver sus documentos, pero le respondieron: «¡Los delincuentes no necesitan documentos!». Lenin fue despojado de su revólver Browning y los tres ladrones se marcharon en la limusina. La Checa organizó una cacería. Cuando fueron detenidos,
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reconocieron el delito y aseguraron que habían oído a Lenin identificarse como «Levin». Cabe suponer que esperaban indulgencia por robar a un judío rico. Uno de ellos, Yuri Koshélnikov, dijo que tras salir corriendo y volver a examinar los documentos robados se dieron cuenta de que su víctima era el líder del Estado soviético. No se tiene constancia del destino final de los ladrones.
La propaganda comunista afirmaba que toda la clase obrera estaba unida en solidaridad con el Sovnarkom, pero era falso. Durante toda la guerra civil hubo huelgas industriales y mítines de obreros descontentos. Las protestas por el suministro de alimentos y el reclutamiento militar rojo eran generalizadas. Esto conmocionó a los líderes bolcheviques, que en 1917 habían sido tratados como héroes revolucionarios en los mismos lugares. Después de que los trabajadores de Ericsson expulsaran de sus instalaciones a Zinóviev, miembro del Politburó, en marzo de 1919, este acudió al congreso del partido bolchevique y declaró: «No podemos ocultarnos a nosotros mismos el hecho de que, en algunos lugares, la palabra comisario se ha convertido en una palabrota. El hombre con chaqueta de cuero se ha vuelto odioso, como dicen ahora en Perm. Sería ridículo ocultarlo. Debemos afrontar la verdad». La culpa recayó en los grupos residuales de mencheviques, socialrevolucionarios y socialrevolucionarios de izquierda que mantuvieron la agitación contra los bolcheviques. En la fábrica de Putilov, la Checa detuvo a varios socialrevolucionarios de izquierda y los ejecutó.[24]
En el campo, los intentos de los organismos soviéticos por confiscar grano y reclutar jóvenes se toparon con una feroz resistencia. La violencia era mayor en la región del Volga y en Ucrania, donde solían abundar los excedentes de cereales. Los bolcheviques siempre habían planeado crear granjas colectivas allí. En cuanto el Ejército Rojo se desplazó hacia el sur, pusieron en práctica sus ambiciones por la fuerza. La resistencia era tratada como «bandidaje». Pravda informó abiertamente sobre las operaciones militares de los escuadrones de suministro de alimentos en la provincia de Nizhni Nóvgorod: «Disparan al aire, apuntan con rifles al pecho de la gente y colocan una ametralladora en un lugar prominente para conseguir el máximo efecto».[25] Cuando los rojos sospechaban que los campesinos estaban reteniendo productos, los azotaban y golpeaban y a
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veces les disparaban. Los que se resistían huyeron a los bosques y formaron grupos que se dieron a conocer como «los verdes».[26]
Pero la vida y sus opciones eran siempre complicadas en la Rusia soviética, como ejemplificó de forma suprema Nikita Okunev: «Mira qué tragedias nos ha traído la revolución. Yo, un resistente pasivo y uno que se lamenta por la ruina de la antigua vida, difícil pero hermosa, y que tiene un hijo que es un marxista innegable y ya convencido. Es enfermizo pensar lo que nos espera en vista de todo ello».[27]
Unas semanas después añadía la explicación de que su querido hijo Lelia era chequista: «Muy a mi pesar, mi propio hijo está sirviendo allí en su puesto de inspector en la lucha contra la delincuencia».[28] Okunev padre esperaba que su familia saliera ilesa.
Todos los miembros de la familia Okunev eran ingeniosos. Nikita obtuvo un puesto como asistente interino en la administración portuaria de Moskvoretski. Era lo máximo que pudo conseguir en su condición de persona clasificada como «burguesa».[29] La paga, de novecientos quince rublos, solo le daba para un «arenque de Astracán medio podrido» al día.
[30] Nikita iba andando al trabajo para ahorrar.[31] No tenía dinero para ir al médico cuando sufrió una grave inflamación pulmonar, y se las arregló vendiendo objetos de valor en el mercado de Sujarevka y con algunos fondos de su hermano.[32] La familia se quedó sin troncos para combustible y su hija Galia dejó de ir a la escuela porque tenía que hacer las compras de la familia.[33] A finales de 1919, Nikita volvía a estar lo bastante en forma como para salir a talar árboles junto al río Moscova; la administración de su trabajo concedía tiempo libre al personal para obtener la madera que necesitaba. Ya no se podía comprar carbón ni leña. Nikita y su hermano decidieron vender la dacha de su difunto padre antes que perder todo lo que había en su interior a manos de los vándalos. Era el fin del sueño que abrigaba Nikita de una existencia acomodada y confortable. Con la mitad de las ganancias solo pudo comprar cinco kilos de té.[34]
Nikita y su esposa Antonina pusieron en marcha un negocio haciendo tratos desde su bloque de viviendas. A medida que aumentaba su confianza, Antonina empezó a quedarse fuera, a menudo a temperaturas bajo cero, para hacer negocios. El constante regateo la agotaba y los clientes podían ser muy duros. Muchos la insultaban, y en una ocasión le
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robaron siete u ocho pares de chanclos. Además, todos los comerciantes tenían que vérselas con la Checa. En 1919, Antonina fue arrestada y pasó una noche en prisión, pero eso no le impidió intentar ganarse la vida para mantener a su familia.[35] Antonina tenía una salud delicada y Nikita odiaba «apoyarse» en ella, pero creía que, al seguir trabajando para el Estado, los protegía de los comisarios que pudieran decidir expulsar a los inquilinos «burgueses» del bloque.[36] Nikita tenía una frase irónica para su condición: «Bueno, si yo soy un “especialista” y mi mujer casi una “especuladora”, todo son tonterías. Es mejor ir a cortar troncos en mis días libres. Ese es el método específico que surge de los hábitos burgueses».[37]
Pero estaba preocupado por su familia. Uno de sus hijos estaba ascendiendo en la Checa, mientras que la joven Galia empezaba a trabajar en el mercado negro. En 1919, a la edad de quince años, Galia había insistido en aceptar un trabajo en la administración portuaria de Moscú y se convirtió en una oficinista de tercera categoría.[38] Sin embargo, pronto estaba haciendo negocios privados de compraventa en Moscú.[39] En aquel momento, su hermano mayor, Lelia, se encontraba convaleciente de una herida sufrida en campaña con el Ejército Rojo. De camino hacia Odesa, en el sur, había enviado un mensaje a casa. Tras haber estado a punto de morir en combate, imploró a Galia que «no se casara con un burzhui».[40] Lelia se identificaba con los objetivos del «poder soviético». Desmovilizado del ejército ruso en diciembre de 1917, se había alistado de nuevo con los rojos y había obtenido un puesto de trabajo en el Comisariado del Pueblo para Asuntos Militares.[41] En aquella época había asombrado a su padre al ver el comunismo como el camino hacia un futuro mejor para la humanidad. Nikita y Lelia se tenían mucho cariño. Como muchas familias rusas, los Okunev encontraron la manera de aceptar sus diferencias. Independientemente de lo que los dividiera, todos querían que terminara la lucha y reinara la paz.
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Invasión y rebelión: De la guerra
polaco-soviética a la revuelta campesina
En la primavera de 1920, la guerra civil en Rusia casi había terminado y los rojos estaban ganando. Pero la marea de descontento popular con el comunismo no amainaba. Nikita Okunev compartía el enfado de sus compañeros de la administración fluvial de Moscú, que sufrían una grave escasez de alimentos, combustible, sábanas, ropa y calzado. La vida se había vuelto insoportable y se responsabilizaba a los comunistas.
A Okunev se le agotó la paciencia cuando su dirección le impuso un aumento del ritmo de trabajo. Aunque nunca se había involucrado en política, fue el primero en su lugar de trabajo en estampar su nombre en una protesta colectiva. Otros cien se sumaron a ella. El camarada Fantalov, que supervisaba la distribución de alimentos a los empleados, acusó a Okunev de alborotador y loco, y el propio Fantalov fue acusado de hablar como un menchevique. Había peligro de que lo detuvieran, pero Okunev fue aplaudido por sus compañeros en la siguiente reunión y elegido por unanimidad para hablar en su nombre. A la dirección le entró el pánico y le hizo una oferta de ascenso, pero Okunev la rechazó. Volvieron a intentarlo y le ofrecieron un puesto aún más alto en el Glávod, el nuevo organismo encargado de toda la red fluvial de Rusia. Volvió a rechazarlo, pero al cabo de un tiempo aceptó dirigir el subdepartamento del Glávod encargado del remolque de barcos de vapor. Se sentía culpable por no haber logrado los objetivos originales de su protesta.[1]
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En marzo de 1920 estallaron huelgas en Moscú por la emergencia alimentaria.[2] Los obreros industriales llevaban años oyendo decir a los socialistas que eran pobres por culpa del sistema capitalista. Aunque la economía ya no contaba con banqueros, agentes de bolsa y propietarios de fábricas, la clase obrera seguía siendo tan pobre como siempre. También estaba mal abastecida y oprimida. Cuando la amenaza de los blancos fue a menos, Trotski quiso apretar las tuercas del control estatal. En particular, propuso crear «ejércitos obreros» en lugar de enviar soldados a casa con sus familias. Los trabajadores de las fábricas, las minas y los ferrocarriles se enfurecieron por el deseo del partido comunista de dirigir sus vidas según criterios militaristas. Los mencheviques y los socialrevolucionarios vieron su oportunidad y reforzaron la agitación en Moscú, Tula, Járkov y Kiev. Aún más preocupante para la dirección del partido era la simpatía que recibían los huelguistas entre los comunistas locales, que se dieron a conocer como Oposición Obrera y pedían que se devolviera a los trabajadores una influencia decisiva sobre la gestión de las fábricas.[3]
Trotski vio que nada podría solucionarse si no se cambiaba la política de abastecimiento de alimentos. Tras recorrer los Urales en febrero de 1920, informó de que los campesinos no tenían ningún incentivo para producir más de lo que necesitaban en un momento en que las autoridades requisaban cualquier excedente. Sugirió introducir un impuesto progresivo sobre la producción y dejar a los hogares rurales una mayor cantidad de grano para vender al Estado. Asimismo, explicó que, para que eso tuviera un efecto deseable, el Estado tendría que aumentar el suministro de productos industriales al campo. Trotski aceptaba que su proyecto debía limitarse a las regiones donde la tierra era fértil y era posible obtener excedentes agrícolas. En otras partes del país recomendó crear granjas colectivas.[4] Pero el Comité Central, empeñado en sus ideas de reforma fiscal, lo rechazó después de que Lenin lo acusara de ser uno de los mayores crímenes contra el sistema de creencias bolchevique, nada menos que el «librecambismo».[5]
Pero Lenin también seguía pensando que era peligroso que el partido hiciese campaña a favor de la colectivización agrícola. En las provincias, esporádicamente se intentaba obligar a los campesinos a unirse a granjas colectivas que se crearían a partir de la fusión de sus propiedades. En la
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primavera de 1920, la dirección comunista de la provincia de Tambov llevó a cabo uno de esos intentos, y a casi nadie le pareció buena idea. Un campesino le dijo a Antón Okninski:
Esa kommuna no es lo nuestro. ¿Qué significa en realidad? Seguramente significa que las pertenencias de todos van a un fondo común: caballos, ganado, carneros, carros y yugos y todo lo demás. Por ejemplo, yo tengo un caballo que valía ciento cincuenta rublos y otra persona tenía uno que valía setenta y cinco. Tengo tres vacas, todas buenas, mientras que otro solo tiene una y es mala. Yo tengo dos carros con llantas de hierro y otro tiene un solo carro sin llantas de hierro. Yo soy un tipo listo y trabajador y él es un inútil. Y así sucesivamente. Y lo que ocurre es que nadie puede desenmarañar todo este embrollo.[6]
Pero el proceso de colectivización siguió adelante en algunas partes de la provincia a pesar de esas objeciones.
Durante todo ese tiempo, la situación internacional estaba empeorando para el Sovnarkom, y en ningún lugar resultaba más obvio que en las zonas occidentales del antiguo Imperio ruso. Las fuerzas armadas polacas, bajo el mando de Józef Piłsudski, iniciaron una campaña para conquistar territorios que habían formado parte de la antigua Mancomunidad Polaco-Lituana, desmembrada a finales del siglo XVIII. Piłsudski firmó una alianza con Símon Petliura, que había proclamado la creación de una República Popular Ucraniana y aspiraba a la destrucción del poder soviético en Ucrania. El ejército polaco avanzó de forma independiente sin encontrar resistencia seria antes de arrebatar Kiev a los bolcheviques el 7 de mayo de 1920 y arrollar la República Soviética de Ucrania. Pero los rojos, cogidos por sorpresa, reagruparon sus fuerzas y equipos. La guerra se reanudó rápidamente. El 10 de junio, el ejército polaco fue expulsado de Kiev y se vio obligado a emprender una larga retirada para abandonar Ucrania.[7]
El instinto de Lenin era perseguir a los polacos a través del río Vístula y adentrarse en Polonia. El 5 de mayo de 1920, Trotski había expresado públicamente sus dudas de que fueran a alzarse «vencedores tras aplastar completamente al enemigo».[8] Lenin rechazó ese pronóstico y subrayó la
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oportunidad, predicha por la dirección bolchevique desde 1917, de desencadenar la «revolución socialista europea». Lenin se impuso en el Politburó. Mientras el alto mando rojo planeaba la etapa polaca de su avance, él ordenó a los rojos que llevaran a cabo una brutal purga social en las zonas por las que pasaran. Según dijo al adjunto de Trotski en el Comisariado del Pueblo para Asuntos Militares: «Un hermoso plan. Terminadlo junto con Dzierżyński. Disfrazados de “verdes” (a quienes luego culparemos), avanzaremos diez o quince verstas y colgaremos a los kulaks, sacerdotes y terratenientes. 100 000 rublos por cada uno que sea ahorcado».[9]
Sus palabras abrieron las puertas a la brutalidad y, a medida que el Ejército Rojo avanzaba, se tomaron medidas represivas en el territorio recién ocupado. La violencia contra los civiles que había asolado la zona de guerra imperial entre 1914 y 1917 se repetiría en muchas de las mismas localidades: solo los objetivos sociales y étnicos eran diferentes.
A mediados de julio, los rojos, recién aliados con el Gobierno lituano, reconquistaron Minsk, Vilna y Grodno a los polacos: fue una campaña de extrema complejidad internacional en el este de Europa. Por orden del Politburó, se creó el Comité Revolucionario Polaco para formar un nuevo Gobierno en Varsovia en un futuro próximo. Los aliados occidentales estaban horrorizados de que el comunismo envolviera Polonia y rápidamente propusieron un acuerdo de paz que dejara la frontera oriental de los territorios polacos donde habían estado desde el siglo XVIII. El ánimo de los dirigentes bolcheviques era optimista y el sueño de comunizar Europa central y occidental parecía al alcance de la mano. Polonia iba a ser «sovietizada». Se prestaría apoyo, no solo político, sino también militar, a una toma del poder comunista en Alemania. La propuesta de paz de los Aliados fue rechazada en un momento en que el colapso militar de Polonia parecía inminente.[10]
Ese optimismo no tardó en resultar infundado. El Ejército Rojo estaba dividido en dos frentes: Stalin era comisario político en Galitzia, en el frente sur, y se negaba a enviar refuerzos al frente norte, que estaba luchando contra las fuerzas polacas en torno a Varsovia. Los rojos quedaron estancados en el norte y Varsovia se salvó de la ocupación.[11] Sumido en el caos, el Ejército Rojo huyó de vuelta al centro de Rusia. El 1
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de septiembre de 1920, tras un aleccionador informe de Trotski, el Politburó acordó negociar un acuerdo de paz con Polonia.[12]
A partir de junio de 1920 también hubo conversaciones bilaterales en Londres sobre la reanudación del comercio entre Gran Bretaña y Rusia. Leonid Krasin, recién nombrado comisario del pueblo para el Comercio Exterior, encabezó la parte soviética, a la que se unió Lev Kámenev, miembro del Politburó, una señal de la urgencia que existía entre los gobernantes soviéticos. Kámenev se daba la gran vida. Los puntos conflictivos eran las finanzas y la propiedad. El Sovnarkom había condonado unilateralmente las deudas contraídas por Nicolás II y Aleksandr Kerenski, y había nacionalizado varios sectores de la economía en los que habían destacado los inversores británicos. El gabinete británico solicitó a Moscú el reconocimiento de las obligaciones contraídas en relación con los préstamos estatales rusos antes de la Revolución de Octubre.[13] Tras la derrota frente a los polacos, se pidió al equipo negociador soviético en Londres que intensificara sus esfuerzos para llegar a un acuerdo. Lloyd George estaba dispuesto a pactar, pero no a cualquier precio. Las negociaciones de verano se prolongaron durante el otoño y el invierno de 1920 a 1921.
Mientras tanto, la violencia contra las autoridades se extendió por el campo ruso, ya que muchos campesinos se dieron cuenta de que no podrían alimentar a sus familias el invierno siguiente. Las autoridades comunistas calificaron a los rebeldes de «kulaks» y «bandidos». Los enfrentamientos llegaron a su punto álgido en la provincia de Tambov, donde el socialrevolucionario Aleksandr Antónov lideró a las fuerzas rebeldes contra los bastiones rurales soviéticos. Antónov era hijo de un cerrajero y una costurera del distrito de Kirsanov. En 1909 fue detenido y condenado a muerte, pena que le fue conmutada por trabajos forzados. Liberado por la Revolución de Febrero, se alistó en la milicia de su provincia natal, pero se volvió contra la dictadura comunista. A partir de 1918 reunió unidades armadas para disputar el poder en los territorios circundantes.[14]
Lenin tuvo que enfrentarse a una acalorada conferencia del partido bolchevique en septiembre de 1920. En un discurso que no se hizo público hasta después de la caída del comunismo a finales de los años ochenta,
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reconoció que el orden soviético había experimentado «una profunda derrota, una situación catastrófica». Asimismo, admitió que el Ejército Rojo había sufrido «una derrota gigantesca y sin precedentes» contra los polacos y dijo: «Indudablemente, significa que se cometió un error».[15] Lenin sabía que el Politburó debería haber aceptado las condiciones de paz ofrecidas previamente.[16]
Algunos miembros del partido creían justificadamente que el propio Lenin era responsable del desastre contra los polacos. El partido en su conjunto estaba en crisis. El Politburó se sintió escarmentado por la hostilidad mostrada en la conferencia y prometió reformas organizativas, pero por lo demás siguió su propio camino, por ejemplo haciendo propuestas a las corporaciones industriales alemanas. Los dirigentes bolcheviques sabían que el capitalismo alemán necesitaba desesperadamente pedidos extranjeros y Rusia carecía de nuevas locomotoras para sustituir a las que habían quedado inservibles tras los años de lucha. Se hizo un pedido a Krupp’s para producir mil locomotoras. La solvencia económica rusa era pésima, por lo que los empresarios alemanes solo aceptaban el pago en lingotes de oro. Como los aliados occidentales confiscarían inmediatamente dicho pago como parte de las reparaciones de posguerra, se utilizó un banco sueco como intermediario. En Alemania se firmaron nuevos pedidos de material ferroviario.[17]
El panorama económico general en la Rusia soviética era de devastación total, y Aleksandr Zamáraev no atisbaba el final: «Otra confiscación [mobilizatsiya] de los caballos. La república está llevando a la población a la indigencia. Requisan todo en grandes cantidades: cereales, heno y ganado de todos los asentamientos».[18]
En su distrito de Totma, la indigencia era generalizada: «Las comidas en las granjas ahora son muy malas, solo agua caliente y pan. Muchos ni siquiera tienen patatas. El kvas y los pasteles son una rareza. Antes, los campesinos compraban pescado, mijo, harina blanca, aceite, té y azúcar. Ahora no hay nada de eso y nuestros excedentes han sido confiscados».[19]
En septiembre de 1920, el partido bolchevique y la dirección provincial del Sóviet de Tambov, desesperados por sofocar la rebelión de los verdes y conseguir el cupo de exacción de grano, pidieron refuerzos militares a Moscú. Lenin fue firme con Dzierżyński sobre la prioridad
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suprema de aplastar la revuelta: «La liquidación más rápida (y ejemplar) es absolutamente necesaria. Pido que se me informe sobre qué medidas se emprenden. Es urgente mostrar mayor energía y aportar más fuerzas». En noviembre de 1920, la Checa anunciaba la completa derrota de los hombres de Antónov.[20] Pero pronto supieron que la rebelión no había llegado a su fin y Lenin vio por fin la apremiante necesidad de alcanzar un acuerdo. En el Congreso de los Sóviets de diciembre de 1920, esbozó un plan para recompensar a los hogares campesinos que produjeran y entregaran el excedente de cereales al Estado, una idea no muy diferente a la de Trotski a principios de año.[21] Igual que Trostki, recibió denuncias feroces de otros líderes bolcheviques. Para el Año Nuevo de 1921, el bolchevismo no tenía una perspectiva clara de cómo moderar el descontento que bullía en ciudades y pueblos, excepto mediante la fuerza. Los mencheviques y los socialrevolucionarios del Congreso argumentaron en vano que incluso el plan de reformas de Lenin era demasiado endeble. Querían que se erradicara la incautación de cereales y que se sustituyera por un impuesto gradual en especie que se fijaría en un nivel lo bastante bajo como para dejar al campesinado la cantidad suficiente para comerciar en el mercado reabierto. Sus sugerencias fueron tratadas por los bolcheviques como una traición a los principios socialistas.[22]
Los mencheviques y los socialrevolucionarios respondieron que los bolcheviques estaban ignorando la realidad de una hambruna inminente. Pero en lugar de debatir la cuestión fundamental del suministro de alimentos, el partido bolchevique inició un debate instigado por Trotski, que quería eliminar la endeble autonomía de los sindicatos y ponerlos bajo el control directo del Estado. La mayoría de los veteranos del partido estaban de acuerdo en que la clase obrera debía ser sometida a un mayor grado de disciplina. En lo que discrepaban las distintas facciones bolcheviques era en si aceptar o no la solución extrema de Trotski. Dentro del partido, solo la Oposición Obrera señaló que la Revolución de Octubre se había hecho para liberar, y no para esclavizar, a los trabajadores.
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La nueva política económica: La reforma del mercado y el descontento interno de los partidos
En Año Nuevo de 1921, Aleksandr Zamáraev se mostraba abatido por lo que había visto en una visita a Totma. En los pocos puestos de mercado que quedaban en la ciudad solo vendían vasijas de barro, dos cubas de madera, heno, leña y algunos troncos. Dos días después, apareció un escuadrón armado para requisar los suministros de trigo, lino, semillas y lana que quedaban en el distrito. Zamáraev estaba resentido: «El año 1920 ha terminado sin traer nada bueno. El pueblo gime bajo el bolchevismo porque se lo han arrebatado todo y no le han dado nada a cambio. Hay escuadrones por todas partes, y traen agentes con ellos».[1]
Lenin comprendía la necesidad de modificar la política agraria incluso más ampliamente de lo que había propuesto en diciembre de 1920. Como la mayoría de los dirigentes bolcheviques, había asumido que el Estado tenía derecho a confiscar lo que quisiera al campesinado. Los funcionarios del partido y los campesinos que visitaban las zonas en conflicto lo convencieron de lo contrario. Su compañero Bujarin regresó de Tambov, donde los problemas con la autoridad gubernamental eran intensos, totalmente alarmado por el «alzamiento campesino».[2] Lenin temía que todo el Estado soviético fuera a desintegrarse a menos que se produjera una reforma básica. El 8 de febrero de 1921 redactó una propuesta para
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suprimir la confiscación, sustituirla por un impuesto en especie y dejar a los campesinos cereales que pudieran vender en los mercados locales.[3] Se creó un grupo de trabajo encabezado por Kámenev para presentar planes prácticos en quince días y se abrió un debate cauteloso en la prensa. Evidentemente, Lenin intuía que su propuesta molestaría a los veteranos del partido, y manejó el proceso con cuidado. El 24 de febrero, el Comité Central se reunió para debatir el asunto y la decisión fue favorable a Lenin.
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Lenin sabía que podían acusarlo de traicionar los principios económicos comunistas, pero estaba decidido a hacer frente a cualquier resistencia en el partido. Este también se vio envuelto en una disputa en torno a los sindicatos y el papel del Estado en la regulación de las demandas de los trabajadores organizados. Trotski quería someter a los sindicatos a una disciplina de tipo militar. Lenin lo consideraba un extremismo peligroso, mientras que Bujarin intentaba tender un puente entre Lenin y Trotski. Las luchas entre facciones estaban desgarrando el partido.
Mientras tanto, la situación de emergencia en Rusia seguía agravándose. Trotski fue elegido para dirigir un comité de defensa a fin de sofocar el movimiento huelguístico en Moscú.[5] Pero las fábricas de Petrogrado también cesaron la producción y hubo arrestos de mencheviques y socialrevolucionarios, incluyendo obreros, acusados de agitación contrarrevolucionaria. Dzierżyński, que había abandonado recientemente la Checa, fue llamado a filas para garantizar un liderazgo firme.[6] Incluso se estaba gestando un motín en la guarnición naval de la isla de Kronstadt, cerca de Petrogrado. La hambruna se había extendido por la región del Volga. La dirección central del partido temía que peligraran las siembras de primavera. En vísperas del congreso del partido, y a medida que aumentaba el pánico, el Comité Central encargó a Lenin, Kámenev, Aleksandr Tsiurupa y Grigori Petrovski que ultimaran el proyecto de reforma agraria. Mientras tanto, decidió que todos los comunistas debían ir armados.[7] Todo esto se mantuvo en secreto, pero Nikita Okunev, a pesar de la censura y la propaganda oficial, pudo leer entre líneas de los periódicos soviéticos que estaba ocurriendo «algo desagradable para el poder soviético».[8]
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Cuando Lenin inauguró el congreso el 8 de marzo, advirtió que la revolución corría peligro si no se introducía una reforma agraria y ofreció un gélido consejo: «El campesinado debe pasar un poco de hambre para salvar a las fábricas y ciudades de la inanición total». Sería necesario recurrir a la fuerza para garantizar su cumplimiento.[9] [10]
Lenin argumentó que no habría progresos mientras persistiera la desunión en el partido. Su discurso se prolongó dos horas: estaba decidido a hacer entender al congreso la urgencia de la situación.[11] La «discusión sindical» también afloró en el debate posterior y los argumentos de Lenin sobre los sindicatos consiguieron el apoyo de una mayoría aplastante.[12] Su posición en el congreso se vio paradójicamente reforzada por la noticia de que los marineros de Kronstadt habían pasado al motín abierto. Lenin, Trotski y Dzierżyński acordaron las medidas para reprimirlos.[13] Trotski supervisó la operación militar desde Petrogrado y ordenó a las fuerzas rojas que atacaran con todos los medios, incluyendo bombardeos de la aviación. Los amotinados que se negaran a deponer las armas debían ser detenidos. En público, Trotski alegó que contrarrevolucionarios empedernidos dirigían el motín desde el extranjero y que el patrocinio lo suministraban Gobiernos hostiles, pero el informe confidencial de la Checa aseguraba que los problemas habían surgido en febrero de 1921, no solo en la guarnición naval, sino también entre los trabajadores de Petrogrado agraviados por la escasez de alimentos y el deterioro industrial.
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Lenin admitió sin rodeos que, con su propuesta de reforma agraria, «la libertad de comercio» significaba «un retorno al capitalismo».[15] Insistió, no obstante, en que las autoridades podían equilibrar los intereses de toda la clase obrera y el campesinado.[16] Unos pocos funcionarios del Gobierno discrepaban, pero incluso simpatizantes de Trotski como Preobrazhenski apoyaron a Lenin.[17] La nueva política fue respaldada.[18] Lenin lo reforzó con una moción sobre la unidad del partido que introducía la prohibición de la actividad facciosa. Radek bromeó: «Tengo la sensación de que tal vez se estaba estableciendo una norma que puede volverse contra alguien aún desconocido». También se aprobó la condena de la Oposición Obrera como una «desviación» del bolchevismo. Lenin había triunfado.[19]
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Las conversaciones comerciales en Londres también estaban tocando a su fin. El 16 de marzo de 1921, que era el último día del congreso del partido en Moscú, Leonid Krasin llevó a buen puerto las negociaciones con la firma del Acuerdo Comercial Anglo-Soviético en Londres. Los comunistas tuvieron que aceptar la no injerencia política en los países del Imperio británico. El beneficio para el comunismo en Rusia sería la reanudación del comercio de importación y exportación con una de las mayores potencias económicas del mundo. Se estaba produciendo una ruptura del embargo aliado a pesar de la desaprobación de Francia y Estados Unidos. El Sovnarkom también protegió sus intereses aceptando las condiciones de paz con los polacos en el tratado de Riga, que se firmó dos días después, el 18 de marzo de 1921. Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania conservaron su independencia y no se hizo ningún esfuerzo por recuperar los territorios cedidos hacía poco a Turquía. Aparte de esas excepciones, las tierras más extensas de los zares quedaron bajo la autoridad soviética. Las últimas operaciones del Ejército Rojo tras la debacle polaca de 1920 tuvieron lugar en el sur del Cáucaso, donde Georgia fue conquistada a mediados de marzo y el Gobierno menchevique, depuesto. Rusia salía de años de lucha y los bolcheviques esperaban llevar el comunismo a todos los rincones de la vida social.
La Nueva Política Económica, como se conocía la reforma agraria, no tuvo una aceptación pública instantánea. Los organismos gubernamentales enviaron funcionarios para explicar las bases de la nueva política, así como para recaudar el impuesto en especie. Había que ponerse en contacto con los ancianos de la aldea para conocer el volumen de la cosecha de cada hogar. Las autoridades sabían que los ancianos rara vez daban información sincera aunque parecieran cooperar. La desconfianza mutua era sistémica y las consultas sobre el terreno eran la única manera de hacer que la política funcionara, y al menos de esta forma disminuía el grado de obstruccionismo de los campesinos.[20]
Los bolcheviques observaban con cautela. Los mencheviques y los socialrevolucionarios afirmaban que el campesinado debía recibir más licencias para vender sus productos de forma privada en los mercados urbanos.[21] Agitaban a las clases trabajadoras de las ciudades y la Checa los perseguía. Los funcionarios soviéticos temían el resurgimiento de un
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movimiento socialista rival y tomaron medidas drásticas. A finales de año, Moscú era la única ciudad donde el Partido Menchevique podía operar de manera abierta, aunque débilmente.[22] Conscientes de que la Nueva Política Económica era un retroceso estratégico, los bolcheviques trataban con mano dura a sus enemigos. Esto reforzó la determinación de Lenin de imponer la unidad y la disciplina internas del partido. A los bolcheviques les preocupaba que también la Iglesia ortodoxa rusa pudiera convertirse en un punto de encuentro para los rusos que odiaban al bolchevismo. La prensa soviética escribió que la fe cristiana estaba en decadencia y que había muy pocos creyentes disponibles para hacer sonar las campanas. Nikolái Okunev se burló de tales afirmaciones. En la Pascua de 1921, los lugares de culto estaban repletos de fieles. Los tañidos de las campanas eran tan fuertes como siempre y ahogaron el ruido de las celebraciones del Primero de Mayo organizadas por los líderes bolcheviques.[23]
En mayo de 1921, el partido celebró una conferencia para intentar resolver algunas de las disputas entre los comunistas. Lenin necesitaba ganarse de algún modo a un público escéptico y condenó a los más altos cargos de la dirección bolchevique, como Mijaíl Tomski, miembro del Comité Central, que se negaban a seguir la política oficial sobre los sindicatos. Lenin reveló que había pedido que Tomski perdiera su puesto en el Comité Central e incluso su carné del partido. La unidad y el acatamiento eran esenciales en momentos de crisis.[24]
Ello no desvió las críticas a la Nueva Política Económica. Iósif Vareikis preguntó dónde pretendía detenerse Lenin en sus concesiones al «mercado» y observó que los obreros de la provincia de Tambov se oponían al crecimiento del comercio privado. Asimismo, advirtió que el segmento más acomodado del campesinado pronto crearía sus propios líderes y desafiaría el monopolio del partido bolchevique.[25]
Nikita Okunev contempló la situación con una perspectiva irónica:
Ofrecen alquileres de fábricas y permiten la producción artesanal y todo tipo de pequeños negocios, pero no se sabe de nadie que quiera recuperar su antigua empresa. Y solo aparecen pequeños puestos por todo Moscú, especialmente los que venden comida preparada o verduras frescas. Si uno pasea por la calle, no puede dejar de sorprenderse al ver «sueños largamente olvidados y
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el encanto de un pasado lejano: filete de pescado salado, salmón, caviar, jamón, limones, bayas, frutos secos y dulces […]».
Se habían abierto cafeterías y bares de productos lácteos cuyos nuevos administradores no tenían reparos en pagar millones de rublos por alquilar locales: evidentemente, creían que se avecinaban grandes beneficios.[26]
Mijaíl Tujachevski, que acababa de aplastar a los amotinados de Kronstadt, fue enviado al sur para derrotar a los campesinos rebeldes conocidos como los Verdes de Tambov. Parecía disfrutar con esa necesidad de «brutalidad». Si los «bandidos» se negaban a rendirse, sus familias debían ser tomadas como rehenes e internadas en campos de concentración antes de ser deportadas a lugares lejanos de la Rusia soviética. Las propiedades que dejaran atrás se repartirían entre los campesinos prosoviéticos.[27] Se celebraron consejos de guerra ante asambleas de campesinos. Cualquiera que hubiese atacado a oficiales soviéticos o al personal del Ejército Rojo era fusilado. Cuando un pueblo entero se alzaba contra el «poder soviético» podía ser pasto de las llamas.[28] En junio de 1921, Tujachevski emitió la Orden n.º 171 para fusilar a los rehenes de aquellos lugares que rehusaran entregar sus armas ocultas.[29] También pretendía utilizar aviones para lanzar botes de gas venenoso con el fin de expulsar a los rebeldes de los bosques.[30] Sus métodos inquietaban a líderes bolcheviques como Alekséi Ríkov, que esperaba el éxito de la Nueva Política Económica y temía una ruptura total de las relaciones con el campesinado. Aunque Tujachevski tuvo que suspender la Orden n.º 171, los combates continuaron asolando la provincia de Tambov.[31] En junio de 1922, Aleksandr Antónov fue localizado en el pueblo de Uvarovo, donde murió en un tiroteo.[32] Un mes después, Tujachevski pudo anunciar la victoria total, al tiempo que advirtió que habría que desplegar tropas en la provincia para evitar un resurgimiento.
En 1921 se introdujo un nuevo régimen para hacer del impuesto sobre la renta una realidad universal. Los trabajadores no estaban exentos, pero se les asignó una tarifa plana baja, igual que a los empleados administrativos del Estado. Mientras la retórica del partido seguía colocando a la clase obrera en un pedestal, se aprobaron medidas para eliminar progresivamente su derecho automático a recibir raciones de alimentos.[33] La lógica interna de la Nueva Política Económica se iba
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materializando. La intención primordial era imponer la mayor carga posible a los comerciantes privados recién legalizados (que hasta hacía poco habían sido clasificados como «especuladores»). A mediados de la década de 1920, los impuestos directos solo representaban el 15 por ciento de los ingresos del Estado. El proyecto de impuesto sobre la renta nunca recaudó más del 2,5 por ciento.[34] En Moscú se reabrieron algunos mercados urbanos.[35] A mediados de agosto de 1921, incluso el inmenso Sujarevka obtuvo permiso para volver a abrir. Quince días después resurgieron los recelos comunistas hacia la Nueva Política Económica y el Sujarevka fue clausurado.[36] No reabrió hasta la Festividad de los Mayos de 1922.[37]
Antonina, la esposa de Okunev, murió el 9 de enero de 1922. Los años de cocinar, planchar, limpiar y llenar la cocina, así como el comercio ambulante, la habían agotado. Acudía a su puesto de compraventa hiciera el tiempo que hiciera. Se había enfrentado a clientes ladrones y a chequistas opresivos. Aquel fatídico día, con los nervios destrozados, sacó un revólver y se pegó un tiro.[38] Nikita estaba desconsolado. Había perdido al amor de su vida. Habían atravesado juntos la guerra, la revolución y la guerra civil y habían sobrevivido. Nikita siguió trabajando en la administración portuaria de Moscú porque necesitaba el dinero, pero la inflación continuaba bajo la Nueva Política Económica. Su salario mensual de cuarenta y tres millones de rublos apenas le alcanzaba para vivir. Nikita necesitaba una pequeña cocina de queroseno, pero calculó que esta devoraría por sí sola la mitad de su salario.[39] Cuando alguien le ofreció la oportunidad de comprar quinientas agujas de coser por ciento cincuenta rublos, Nikita aceptó con el objetivo de venderlas a otros comerciantes. También él se convirtió en comerciante a tiempo parcial.[40]
Su querido hijo Lelia había sobrevivido a la guerra civil. En mayo de 1921, tras regresar de la campaña polaca, estaba sirviendo como ayudante del comandante de las fuerzas rojas en Ucrania con responsabilidades políticas especiales.[41] Su padre lo avergonzó al escribir sobre un conocido común que era «una persona decente aunque perteneciera al partido». Los censores militares interceptaron la carta y se presentó un informe a los superiores de Lelia. Nikita Okunev no se arrepintió y citó una frase de Las almas muertas, del novelista del siglo XIX Nikolái Gogol: «Allí solo hay
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una persona decente y es el procurador, pero la verdad es que el procurador es un cerdo redomado».[42]
La desconfianza hacia la política oficial bolchevique era aún mayor entre los campesinos, y Aleksandr Zamáraev, de la provincia de Vólogda, ni siquiera se molestaba en mencionar la Nueva Política Económica en sus apuntes diarios. En 1921, la primavera llegó pronto a Totma, y Zamáraev estaba listo para arar y sembrar en cuanto se derritiera la nieve. El hecho de que un organismo de confiscación soviético le hubiera robado la cosecha el año anterior no hizo mella en sus planes para el calendario agrícola, ya que se unió a su vecino Vaska Parajodénok para llevar a cabo los primeros trabajos de la temporada.[43] El campesinado del distrito de Totma siguió adelante con sus tareas a pesar de los traumas de los últimos años. Pero en muchos otros pueblos de la Rusia soviética y Ucrania, los últimos desmanes del Ejército Rojo y la Checa dejaron un poso de profundo sufrimiento y amargura. El agotamiento era casi universal tras los conflictos militares. Aun así, no estaba claro que la violenta represión contra la resistencia rural fuera a ser eficaz a largo plazo. En Moscú, los dirigentes bolcheviques observaban con inquietud si llegaban más cereales, carne y verduras a las ciudades que en los años de la guerra civil.
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El acuerdo no resuelto: La represión reforzada y la cuestión de la sucesión política
La salud de Aleksandr Zamáraev empeoró bruscamente a principios de 1922. Su hija Lidia se hacía cargo de buena parte de las tareas agrícolas e iba a la ciudad para cubrir las necesidades de la familia. Las entradas de su diario, que Lidia tenía que escribir por él, eran cada vez más breves. La siembra de primavera se llevó a cabo como de costumbre. Aleksandr, convaleciente en casa, repasaba sus cuentas y pagaba lo que debía a los vecinos. Siguió haciendo algún que otro trato con ellos. Odiaba la idea de perder el contacto con los campos y los animales que tenía a su cargo, pero sabía que ya no podía realizar las pesadas tareas que correspondían al campesinado de la provincia de Vólogda y el resto de Rusia. Lidia era consciente de que su padre tenía los días contados. Cuando falleció en septiembre de ese año, fue llorado por su familia y por el pueblo de Totma. Como agricultor, feligrés y anciano del pueblo, había sido una de las personalidades más notables del distrito.[1]
Aquel hombre decente se las había arreglado lo mejor que pudo bajo el viejo zarismo y el comunismo incipiente. Despectivo con Nicolás II, reservaba sus críticas más mordaces para el régimen soviético de Lenin: «Estos son los tormentos que sufren tanto las personas como los animales. Pero a las autoridades poco les importa que el pueblo se sienta
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atormentado: se quedan con todo lo bueno».[2] Pocos días después había
añadido: «Y el pueblo está atormentado: es solo trabajo penal voluntario».
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Simultáneamente, en Moscú, un ciudadano más poderoso y conspicuo, Vladímir Lenin, también sufría un pronunciado declive físico. A lo largo de la revolución y la guerra civil, su estado cardíaco había empeorado. Mayor que los demás miembros del Politburó y agotado por la carga de sus obligaciones, sufrió un derrame cerebral en mayo de 1922 y pasó el resto de sus días postrado en una cama del sanatorio Gorki, una antigua finca de la nobleza confiscada por los bolcheviques al sur de la capital. Su esposa Nadezhda lo acompañó en todo momento. Su cerebro permaneció alerta y siguió dictando cartas al Politburó y a los bolcheviques que pudieran influir en sus decisiones. Nadezhda comprendía su necesidad de sentirse involucrado en las discusiones al más alto nivel, e hizo caso omiso de las órdenes del Politburó de prohibirle participar en debates polémicos sobre política pública. Mientras vivió, Lenin fue el patriarca del partido, cuyas opiniones no podían ser ignoradas. En la élite comunista tenía sus detractores, pero pocos podían imaginarse el partido sin él al timón.
Lenin agotó las fuerzas que le quedaban trabajando para ultimar el programa de políticas que creía que su partido necesitaba. La reforma fiscal agrícola y los cambios económicos asociados no constituían un programa completo para gobernar el país. El «zar Lenin» no quería abandonar su trono sin haber desarrollado el prospecto bolchevique y obtenido el consentimiento del partido para hacerlo. Se dedicó a elaborar las medidas que, en su opinión, harían posible el triunfo final del socialismo.
En diciembre de 1921, a instancias de Dzierżyński, se había tomado la decisión de actuar con dureza contra los mencheviques y los socialrevolucionarios, a los que se consideraba una amenaza para la supremacía bolchevique.[4] En febrero de 1922, Lenin instó a Dmitri Kurski, comisario del pueblo para la Justicia, a que organizara «una serie de juicios modélicos» contra mencheviques y socialrevolucionarios en las grandes ciudades y a que obligara a los jueces a seguir la línea del partido.
[5] Luego se enfureció al saber que el juicio planeado contra los socialrevolucionarios no acabaría en sentencias a la pena capital.[6] El
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proceso dio comienzo en junio. Cuando terminó en agosto, tras semanas de vilipendio incluso por parte de supuestos bolcheviques moderados como Bujarin y Lunacharski, varios acusados fueron condenados a ser fusilados. Las sentencias se conmutaron por prolongadas estancias en prisión. Trotski, al igual que Lenin, estaba exasperado por lo que consideraba una indulgencia indecorosa, pero se había trazado firmemente la línea que mostraba que toda resistencia tendría la represión por respuesta.
La Iglesia ortodoxa rusa era otro objetivo. En marzo de 1922, Trotski propuso confiscar sus tesoros para venderlos en el extranjero y utilizar los ingresos para aliviar la hambruna del Volga. Si se provocaba a los clérigos para que se opusieran, se los podría presentar como indiferentes a la difícil situación de los rusos hambrientos. Esa política se puso a prueba en la ciudad de Shuya, en el centro de Rusia. Se desató una oleada de violencia contra los sacerdotes y sus congregaciones, y varios fueron asesinados a tiros. Sin embargo, la previsible resistencia que habían mostrado llevó a Lenin a pedir desde su lecho de enfermo que la campaña se extendiera y que la Iglesia fuera golpeada tan duramente que el impacto perdurara varias décadas.[7] A finales de abril empezó un juicio amañado de sacerdotes, acompañado de ataques de la prensa a la jerarquía eclesiástica. Entre los diecisiete acusados figuraba el patriarca Tijon, acusado de obstaculizar la confiscación de la plata de la Iglesia. Alto, con barba blanca y sin dobleces, gran parte del público se levantó de su asiento cuando alzó la mano derecha para bendecirlos. Luego se volvió hacia los jueces, que insistieron en llamarlo por su nombre original, Vasili Ivánovich Belavin.[8] La dirección del partido ya había determinado el veredicto, que fue severo. Once acusados fueron condenados a muerte y solo se les conmutó la pena a seis. También Tijon fue declarado culpable, pero en lugar de ser fusilado o encarcelado, acabó preso en el recinto del monasterio de Donskói.[9]
Hubo un total de doscientos procesos judiciales contra el clero en todo el país en relación con la operación de incautación de los tesoros eclesiásticos. Se produjeron choques violentos cuando llegaron destacamentos soviéticos para confiscar cruces de plata, retablos y ornamentos bordados en oro. Se calcula que unos 8100 clérigos perecieron en el proceso, bien por resistencia física o por ejecución judicial.[10]
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Al mismo tiempo, el Politburó trabajó para provocar una división interna en la Iglesia ortodoxa financiando a la facción de la Iglesia Viva, liderada por Aleksandr Vedenski, el cual estaba dispuesto a colaborar con el «poder soviético». Pero en Vólogda, la capital de la provincia de Aleksandr Zamáraev, una congregación de la catedral silbaba y pataleaba cuando los sacerdotes de la Iglesia Viviente dirigían los oficios. Otra congregación amenazó con dejar de donar alimentos a menos que se restableciera la forma tradicional de religión. El vicecomisario popular de Justicia, Píotr Krasikov, protestó: «Es imposible hacer que las ancianas dejen de creer» en los poderes milagrosos de una reliquia. Aun así, la moral de Tijon se debilitó bajo las presiones de la persecución y en 1923 aceptó apartarse del patriarcado.[11]
Los escritores y otros profesionales del arte también se vieron sometidos a un escrutinio y un ataque reforzados. El 6 de junio de 1922 se fundó una organización de censura general conocida como Glavlit. Su tarea consistía en revisar todas las novelas, poemas y artículos de revistas antes de autorizar su publicación. Cuadros, sinfonías, ballets y obras de teatro también eran sometidos al mismo escrutinio.[12] Los gobernantes soviéticos habían cerrado prensas con regularidad, pero ahora estaban restaurando un sistema de censura preventiva que no existía en Rusia desde 1905, bajo el gobierno de Nicolás II.
Lenin también trató de ampliar la red. Sabía que el bolchevismo solo contaba con una minoría de creyentes entre la intelectualidad rusa, por lo que instó a que se tomaran medidas severas contra cualquiera que, en su opinión, pudiera perjudicar a la causa revolucionaria. Consideraba que los teóricos sociales y políticos representaban una grave amenaza, pero ahora cualquiera, desde ingenieros civiles hasta zoólogos y académicos de música, podía convertirse en objetivo.[13] El propio Lenin atacó a los filósofos Nikolái Berdiáyev y Semión Frank por su libro sobre el escritor alemán antiliberal Oswald Spengler. Aunque no habían criticado el orden soviético, Lenin transmitió un mensaje a la dirección de la Checa: «En mi opinión, esto es como un “frente literario” para una Organización de la Guardia Blanca».[14] Postrado en la cama, en mayo montó en cólera por lo que consideraba laxitud en la prohibición de publicaciones perjudiciales. Ayudó a Dzierżyński a trazar planes para poner todas las tierras soviéticas
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en cuarentena cultural, a salvo de cualquier influencia contraria a los ideales y objetivos bolcheviques. El comunismo sería la única corriente de pensamiento protegida por el Estado.
Decenas de «escritores y profesores que ayudan a la contrarrevolución» fueron deportados en agosto de 1922 en un barco de vapor alemán desde Petrogrado a Stettin, en el norte de Alemania.[15] Se estaba redactando un nuevo Código Penal, y Lenin pidió que se añadiera una sección sobre «la esencia y la justificación del terror». La eliminación de tal método de castigo, protestó, supondría «autoengaño y falseamiento». Lenin había visto que el terror era un modo de gobierno en la guerra civil. Sin él, la revuelta de Tambov no habría podido ser reprimida. Para él era necesario que permaneciera —y que se viera que permanecía— en el arsenal de su Gobierno. En décadas posteriores, los admiradores de Lenin describirían a un líder que revisó fundamentalmente sus políticas, pero las pruebas indican lo contrario.
La mayoría de sus recomendaciones políticas eran aprobadas sin discrepancias en el Politburó, donde Stalin, Trotski, Zinóviev y Kámenev estaban de acuerdo con su postura despiadada a la hora de tratar la oposición al dominio bolchevique. Pero no lo consiguió todo a su manera. Trotski le había fastidiado con la política industrial desde el inicio de la Nueva Política Económica. Mientras Lenin ponía el acento en las mejoras rurales, Trotski argumentaba que el desarrollo manufacturero y tecnológico estaba siendo peligrosamente ignorado y pidió una ampliación de los poderes de los organismos de planificación económica. Discutieron durante todo el año 1922, y ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder.
A medida que el estado de salud de Lenin iba deteriorándose, dictó sus ideas y directrices para los siguientes años de gobierno a una serie de asistentes femeninas que se encontraban con él en la residencia de Gorki. Desarrolló una obsesión colérica con Stalin, y su enfermedad y aislamiento con respecto al centro de Moscú sin duda contribuyeron a su malhumor. Le enfureció el intento conjunto de Stalin y Kámenev por derogar parcialmente el monopolio estatal del comercio exterior, en vigor desde 1918. Stalin y Kámenev aseguraban que esa política había conducido a un aumento del contrabando, que privaba al Gobierno de
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impuestos. A Lenin, en cambio, cualquier derogación, aunque fuera parcial, le parecía una traición a la Revolución de Octubre.
Lenin también se enfrentó a Stalin por la redacción de una nueva Constitución. Lenin quería unir todas las repúblicas soviéticas existentes en una federación, con Rusia en igualdad de condiciones con las demás, lo cual demostraría a los no rusos que la era del imperialismo había muerto. Stalin pensaba que eso no era realista y advirtió de que se estaban cometiendo demasiadas infracciones de la política central del partido en las distintas repúblicas. Por el contrario, él quería incorporarlas a todas a la República Socialista Federativa Soviética Rusa.[16] Lenin seguía planeando mantener un partido comunista altamente centralizado que diera órdenes a los órganos del partido y, por tanto, a los Gobiernos de todas las repúblicas de su propuesta de federación. Pero Lenin se negó a aceptar el punto de vista de Stalin, y este concluyó que era inútil seguir discutiendo y dio marcha atrás.[17]
Después de que llegaran a Lenin informes sobre los abusos de Sergó Ordzhonikidze contra los dirigentes comunistas georgianos, decidió que era necesario tomar medidas correctivas drásticas. Ordzhonikidze era georgiano, pero se comportaba como un matón de Moscú. A finales de año Lenin empezó a dictar un artículo para aplicar una solución permanente a la inquietante cuestión del futuro constitucional de las diversas repúblicas soviéticas. Sus primeras palabras revelan lo profundo de su malestar: «Evidentemente, soy muy culpable ante los trabajadores de Rusia por no haber intervenido con suficiente vigor y agudeza en la famosa cuestión de la “autonomización”, designada oficialmente, al parecer, como la cuestión de la unión de las repúblicas socialistas soviéticas».[18]
Sin embargo, tales argumentos plantearon en la mente de Lenin el problema de la sucesión política. El 23 de diciembre también empezó a redactar una carta al siguiente congreso del partido que se conocería como su testamento. En ella describía a las personas que consideraba probables aspirantes a ocupar su puesto. Algunos eran obvios, como Bujarin, Zinóviev y Kámenev, y otros no tanto, como Piatakov. No obstante, en opinión de Lenin solo había dos auténticos aspirantes a la dirección, Trotski y Stalin, pero los consideraba excesivamente seguros de sí mismos y autoritarios (rasgos que no veía en sí mismo). También expresaba el
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temor de que su rivalidad pudiera causar una escisión desastrosa en todo el partido. Lenin llegó a la conclusión de que solo un liderazgo colectivo podría salvar al partido comunista de una contienda destructiva entre ellos.
[19] La mayoría de los bolcheviques prominentes de la época no consideraban a Stalin un candidato realista para el liderazgo. Lenin, sin duda, tenía un mejor sentido de las probabilidades.
La cuestión de la sucesión seguía preocupándole incluso después de haber dictado sus seis resúmenes de los posibles candidatos los días 24 y 25 de diciembre. Stalin seguía enfureciéndolo, hasta el punto de que Lenin pidió a una de sus fieles secretarias que anotara un apéndice a su análisis: «Stalin es demasiado tosco, y ese defecto, totalmente soportable en nuestro círculo y en nuestro trato entre nosotros, se hace insoportable en el puesto de secretario general».[20] Lenin, optimista como siempre, deseaba que su legado incluyera una visión de cómo podría lograrse la transición al comunismo pleno. Seguía creyendo en la inevitabilidad de esa etapa comunista final de la historia humana y sentía la responsabilidad de esbozar los siguientes pasos deseables hacia ese paraíso.
Al comenzar 1923, la otra preocupación de Lenin era impulsar el desarrollo de la Nueva Política Económica. En enero de 1923 dictó un artículo sobre las cooperativas rurales. Aunque a largo plazo estaba comprometido con la creación de una red de granjas colectivas, pretendía allanar el camino animando a los campesinos a poner en común sus actividades comerciales. Por tanto, el objetivo supremo del partido en las aldeas debía ser «un orden de cooperativistas civilizados». Soñaba que cuando eso se consiguiera en una economía donde los medios de producción eran de propiedad pública, los bolcheviques alcanzarían su objetivo de un orden socialista.[21] Lenin también se oponía al funcionamiento de la Inspección Obrera y Campesina, que había sido creada para supervisar las cuentas de las demás instituciones estatales pero acabó convirtiéndose en sinónimo de ofuscación burocrática, y que estaba presidida por Stalin. A juicio de Lenin, era urgente renovar su personal reclutándolo entre la clase obrera. No es de extrañar que Stalin viera esto como un ataque personal a su liderazgo.
Stalin telefoneó a la esposa de Lenin, Nadezhda Krúpskaya, al sanatorio Gorki y la regañó por incumplir las instrucciones del Politburó
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para que Lenin se ocupara de su recuperación y evitara compromisos políticos. Al parecer, Krúpskaya no mencionó la conversación durante algunas semanas, pero, el 5 de marzo de 1923, al enterarse de lo sucedido, Lenin dictó una carta personal a Stalin. En ella aseguraba que lo que se había hecho contra su esposa se había hecho contra él: «Por eso te pido que decidas si estás de acuerdo en retractarte de lo que dijiste y disculparte o prefieres romper las relaciones entre nosotros dos». Krúpskaya retrasó el envío de la carta sin decírselo a Lenin: estaba ansiosa por las consecuencias. Lenin, sin embargo, estaba decidido a emprender acciones y pidió a Trotski que se ocupara de la causa georgiana en el próximo congreso del partido. Envió una nota a los dirigentes comunistas georgianos expresándoles su apoyo y su furia por «la crudeza de Ordzhonikidze y las connivencias de Stalin y Dzierżyński».[22]
Stalin quedó conmocionado por la recepción de la demorada carta personal: «No es Lenin quien habla; es su enfermedad». Su instinto fue responder que si su esposa se hubiera portado mal, como pensaba que había hecho Krúpskaya, no habría intentado impedir que Lenin la castigara. Estaba dispuesto a pedir perdón solo porque Lenin insistía, y trabajó en un nuevo borrador mientras seguía negando su culpabilidad personal. Sin embargo, durante las noches del 6 al 7 de marzo de 1923, el enfermo líder bolchevique, estresado por los traumas de los días anteriores, experimentó un empeoramiento drástico de su estado. El 10 de marzo sufrió una apoplejía masiva. Todo el lado derecho de su cuerpo quedó paralizado y perdió prácticamente la facultad de hablar.
Pravda e Izvestiya informaron escuetamente a la ciudadanía de que Lenin estaba gravemente enfermo y tenía serias dificultades para hablar y moverse. Nikita Okunev leyó sobre la postración de Lenin, pero no comentó las posibles repercusiones. Su atención estaba centrada en asuntos más cotidianos. Se quejó de que las autoridades evitaran mencionar la inflación que afectaba a la vida cotidiana. Un billete de tren a Tula costaba 53,5 millones de rublos a principios de 1923. Si quería coger un tranvía en Moscú tenía que pagar 1,5 millones de rublos. Un periódico costaba un millón de rublos. Observó con ironía que los sindicatos soviéticos planeaban enviar una gran cantidad de cereales a los trabajadores de Renania, que había sido ocupada por las fuerzas francesas,
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en un momento en que la gente moría de hambre en el sur de Rusia. En cuanto a la política, Okunev dependía de la prensa moscovita y desconocía las represiones que continuaban produciéndose en la provincia de Tambov. En Pascua comentó que las iglesias estaban llenas a pesar de la persecución y la propaganda bolchevique, y se burló de la ineficacia del Gobierno para acabar con la producción ilícita de vodka. Lamentó la declaración de los dirigentes de la Iglesia Viviente de que Lenin, convaleciente, «volvería a ocupar la primera fila de los luchadores por la gran justicia social».[23]
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Auditoría de la revolución: El legado de Lenin y el fin del principio, 1924
Lenin no volvería a ponerse en pie y se estaba muriendo atormentado por los pensamientos sobre el futuro soviético. Todavía anhelaba implementar y salvaguardar los cambios que había propuesto en la burocracia, los asuntos interrepublicanos y la organización interna del partido. Le inquietaba la posibilidad de una escisión del partido que había fundado. En su invierno de miseria de 1922 a 1923, despotricó contra el comportamiento de Stalin como secretario general.
Eso proporcionó a los detractores de Stalin, tanto en aquel momento como en décadas posteriores, un estímulo para afirmar que su dirección básica en política divergía del camino que Lenin había trazado. Que Lenin y Stalin estaban en desacuerdo sobre varias políticas y tendencias es incuestionable. Pero los detractores no eran conscientes de que había puntos de acuerdo axiomático entre los dos líderes bolcheviques. Tanto Lenin como Stalin se comprometieron a mantener el monolito del partido único soviético y a impedir que resurgieran partidos rivales. El partido comunista debía funcionar con una cadena de mando centralizada. Debía imponerse una estricta disciplina de partido. Lenin y Stalin también coincidían en la necesidad de que el partido preservara los instrumentos y la práctica del terror de Estado. Eran firmes partidarios de perseguir a la Iglesia ortodoxa y de difundir las ideas ateas. Pretendían el control comunista total de la enseñanza, la prensa y la censura, y de esta forma el marxismo mantendría su dominio público. Compartían el afán de someter todas las repúblicas y autonomías soviéticas a la autoridad de Moscú,
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permitiéndoles al mismo tiempo cierto grado de autoexpresión nacional y autogobierno. Esperaban poder resolver muchos problemas del país solo cuando, finalmente, se produjera la revolución socialista europea.
Trotski y los demás dirigentes comunistas compartían esos compromisos, y así se habían sentado las bases de un Estado comunista que sobreviviría durante casi siete décadas. Según el propio Lenin, aún no había completado la obra de su vida, pero tenía motivos para sentirse satisfecho de sus cinco años en el poder. Él y los demás artífices bolcheviques del Estado comunista de partido único habían improvisado al redactar y rehacer sus bocetos a partir de 1917. Aun así, habían seguido una línea de elección coherente y sus preferencias iban en una sola dirección. Optaron por la fuerza frente a la persuasión; por la autoridad central frente a la responsabilidad democrática; por los derechos del Estado frente a los deseos sociales; por el colectivismo frente a la libertad individual; por la imposición ideológica frente a la consulta y el libre juego de ideas. Se habían convertido, casi sin saberlo, en una vanguardia leninista dispuesta a combatir a todo sector de la sociedad que participara en una resistencia activa o incluso pasiva.
Lenin creía que aún quedaba trabajo por hacer y quería que Trotski garantizara la publicación de sus últimos artículos. También quería que el próximo congreso del partido, previsto para mayo de 1923, conociera sus ideas sobre la sucesión política. Aunque algunos de los artículos dictados por Lenin durante el invierno ya habían sido publicados, su devastadora crítica a los seis bolcheviques que él predecía como susceptibles de disputar la sucesión política esperaba a los delegados del congreso cuando llegaran a Moscú. Pero a Trotski lo traicionaron los nervios. Temeroso de clavar la daga política en el pecho de su enemigo Stalin, aceptó la decisión de ocultar a la ciudadanía soviética la carta condenatoria de Lenin a sus compañeros dirigentes del partido. Ya había fracasado en su intento por conseguir que el Politburó condenara el trato dispensado por Stalin a los comunistas georgianos. Eso brindó a Stalin la oportunidad de presentarse en el congreso como un guerrero consecuente contra el «chovinismo ruso» y como un devoto seguidor de Lenin. Stalin salió del proceso con sus perspectivas profesionales maltrechas pero intactas.[1]
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A Zinóviev, en cambio, le preocupaba la imperiosidad de Stalin, que Lenin ya había puesto de relieve. Ese verano, mientras estaba de vacaciones en la ciudad balneario de Kislovodsk, situada en el Cáucaso septentrional, consultó a Bujarin y otras figuras destacadas que veían la necesidad de poner un corsé a los abultados poderes de Stalin. Zinóviev escribió a Kámenev para quejarse de que estaba permitiendo que Stalin se burlara de ellos. El plan acordado era nombrar a Zinoviev, Trotski y Bujarin miembros del Orgburó, donde Stalin había estado tomando decisiones importantes sin someterlas al resto de la dirección. La iniciativa no tuvo ninguna repercusión en el curso de los acontecimientos. Una de las razones fue que los nuevos miembros del Orgburó no se ocupaban de los asuntos del Orgburó. La otra fue que los propios Zinóviev y Bujarin pronto iban a necesitar la ayuda de Stalin para sofocar las ambiciones políticas de Trotski y sus partidarios.[2]
Mientras tanto, Trotski, en el sur del Cáucaso, se dio cuenta de que Stalin, al que consideraba una mediocridad inculta, le había tomado el pelo. Trotski también estaba delicado de salud y los médicos le aconsejaron que se mantuviera alejado de la controversia política. Recuperó el aplomo escribiendo folletos sobre literatura rusa contemporánea y sobre la vida cotidiana soviética.[3] La escritura siempre había sido su bálsamo en momentos de tensión, y aprovechaba el tiempo para pensar en cómo sacar al partido del marasmo en el que creía que se estaba sumergiendo. Volvió a su defensa del aumento del presupuesto estatal de inversión industrial y de la planificación económica estatal. Trotski y sus amigos de la izquierda del partido señalaron las malas decisiones tomadas por el grupo ascendente en el Politburó, que a mediados de 1923 no supo anticipar una masiva dislocación de la economía. Había surgido una crisis en el suministro de alimentos cuando el campesinado dejó de vender sus excedentes a los órganos soviéticos a precios que, en términos reales, habían caído a un tercio de su nivel de 1913 en relación con los precios de los bienes industriales. Trotski exigió un ajuste urgente de los mecanismos de fijación de precios a favor del comercio rural y una renovada atención a la industria.
Pero, en las últimas semanas del verano de 1923, la dirección central del partido se sorprendió a sí misma al unirse en torno a una política
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totalmente diferente. Los informes optimistas de los comunistas de Berlín indicaban que un levantamiento alemán se había convertido en una posibilidad realista. En agosto se celebraron debates secretos en el Politburó. Trotski, salivando ante el objetivo de unos Estados Unidos Comunistas de Europa, apoyó con entusiasmo la insurrección. Stalin fue el único que aconsejó cautela, y señaló acertadamente que el Ejército Rojo no estaba en condiciones de proporcionar ayuda militar a los comunistas alemanes que, de todos modos, aún tenían que ganarse a la mayoría de la clase obrera alemana. Pero la posición de Stalin en el Politburó se debilitó tras el congreso del partido y se creó una comisión formada por Trotski, Zinóviev, Bujarin y Radek, cuya tarea era ejercer de enlace con la dirección comunista alemana. Ignorando las dudas de Stalin, planearon enviar al Ejército Rojo a incendiar toda Europa con el fuego de la revolución, y Stalin aceptó el «plan».[4]
Sin embargo, en otoño se abrió la escisión que Lenin había predicho. El 8 de octubre, Trotski escribió una carta abierta al Politburó criticando a sus otros miembros por excluirlo de las reuniones en las que dirimían de antemano las decisiones de la dirección. Una semana después, cuarenta y seis de sus principales partidarios firmaron una declaración en el mismo sentido. Preobrazhenski estaba entre ellos. Trotski negó que estuviera actuando en busca de poder personal y dijo que estaba cumpliendo con su deber de partido ante la reciente incompetencia y las tendencias burocráticas subyacentes. Al intensificarse la lucha de facciones, Kámenev y Zinóviev, que habían conspirado contra Stalin en verano, lo eligieron como su perro de presa contra Trotski. Pronto quedó claro que Kámenev, Zinóviev y Stalin habían ganado. En la decimotercera conferencia del partido, celebrada a mediados de enero de 1924, Stalin denunció el comportamiento y las recomendaciones de Trotski. Este y los demás izquierdistas bolcheviques fueron derrotados.[5]
Al principio se ocultó la noticia de la escisión del partido a Lenin. Cuando hacía buen tiempo, lo empujaban en su silla de ruedas por los terrenos del sanatorio. Krúpskaya había desafiado en secreto al Politburó hablándole de política. Temiendo alterar su estado de ánimo, mintió al decirle que la conferencia había terminado con un espíritu de unidad. El 18 de enero se encontraba «de maravilla» y lo llevaron a dar un paseo en
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trineo tirado por caballos. Bujarin se quedó en Gorki para recuperarse y escribir. Krúpskaya se sentaba diariamente con Lenin y le leía a menudo en voz alta. El 21 de enero se despertó a las diez y media de la mañana y se levantó, pero volvió a la cama diciendo que se encontraba mal. Luego durmió hasta media tarde. A las 17:40 horas, apoyado en almohadas, sufrió un fuerte ataque de náuseas y entró en coma. Su temperatura se disparó y Bujarin acudió rápidamente. El fundador del bolchevismo y encarnación de la Revolución de Octubre había muerto.[6]
El Politburó se reunió para comentar los preparativos del funeral. Trotski se encontraba en ese momento de camino a Sujum, en la costa del mar Negro, y fue Stalin quien confeccionó la lista de los que pronunciarían los panegíricos el 26 de enero. Se decidió no incinerarlo, como era práctica habitual de los bolcheviques, sino conservar su cuerpo. El funeral se celebró al día siguiente, y entre los oradores destacaron Zinóviev y Stalin. Hacía tanto frío que los trompetistas limpiaban las boquillas con vodka para evitar que se les congelaran los labios. Los restaurantes y lugares de ocio permanecieron cerrados durante una semana. El comercio se paralizó en todo el país. Los autobuses, tranvías y trenes se detuvieron. Los barcos permanecieron en las orillas de los ríos. Los silbatos y bocinas de las fábricas sonaron durante cinco minutos a las cuatro de la tarde. La fría tierra recibió el ataúd bajo un cielo vespertino que se oscurecía en la Plaza Roja.[7]
En Moscú se decía con sorna que la gente había aplaudido a Lenin en vida y le había silbado en la muerte.[8] La dirección del partido contrarrestó ese escarnio creando un culto político en torno a Lenin que perduraría durante toda la era soviética en Rusia y en todos los países comunistas. El cadáver fue sacado de su tumba, momificado y expuesto en un mausoleo construido bajo el muro del Kremlin. El marxismo del bolchevismo fue rebautizado como marxismo-leninismo. Todos los aspirantes a la dirección del partido bolchevique, especialmente Stalin, se presentaron como meros alumnos de Lenin. Incluso el altivo Trotski se unió a la creciente tradición de reverencia cultual.
Las luchas entre facciones continuaron hasta que en 1928 y 1929 Stalin se convirtió en el líder supremo. Trotski, Kámenev y Zinóviev, a la izquierda del partido, y Bujarin, a la derecha, fueron aplastados. Stalin
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enroscó cada vez más las cuerdas del partido-estado alrededor del cuerpo de la sociedad. Las deportaciones masivas, las detenciones y las ejecuciones se convirtieron en la norma general de gobierno en los años treinta y cuarenta, y Stalin debe asumir la responsabilidad personal. Mató a dirigentes del partido en todos los niveles, así como a campesinos acomodados, expolicías, sacerdotes, antiguos aristócratas, mencheviques, socialrevolucionarios y a cualquiera que hubiese pertenecido a un grupo bolchevique de oposición. Asesinó a Kámenev y Zinóviev, luego a Bujarin y finalmente a Trotski en su exilio mexicano.
Algunos detractores de Stalin, tanto en aquella época como en décadas posteriores, afirmaban que el Estado soviético de partido único habría dado forma a una realización «humana» y «civilizada» de los ideales comunistas si en lugar de él hubieran triunfado Trotski o Bujarin. Pero ni Trotski ni Bujarin se desviaron del credo bolchevique de disciplina de partido, centralismo estatal, cuarentena cultural, terror, represión contra partidos rivales, ateísmo militante y una agricultura basada en un sistema de granjas colectivas. No defendían la velocidad a la que Stalin perseguía esos objetivos, y estaban escandalizados por los horrores y excesos de sus métodos, pero también rechazaban el Estado de derecho como necesario para la buena vida, creyendo que su variante de las doctrinas de Marx les daba la clave para entender el presente y forjar el futuro.
Stalin y sus diversos rivales veían algún tipo de «revolución socialista europea» no solo como el cumplimiento de un viejo objetivo comunista, sino como la forma de impedir una cruzada contra ellos por parte de las potencias capitalistas del mundo. Creían en el industrialismo, el urbanismo y el avance tecnológico, y eran conscientes de que el capitalismo avanzado les llevaba ventaja en ese aspecto. Les preocupaba que su administración revolucionaria aún no hubiera arraigado al nivel más básico en el campo y la ciudad. Aunque habían conseguido la aquiescencia de obreros, soldados y marineros, todavía se enfrentaban a un campesinado que rechazaba la visión de la agricultura colectiva que los bolcheviques tenían en mente para ellos. El partido bolchevique hizo campaña para erradicar la fe religiosa, el nacionalismo político y los socialismos alternativos. Se impuso un régimen cada vez más estricto de cuarentena informativa. La Revolución de Octubre y la posterior secuencia de conflictos militares
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habían sofocado la resistencia, pero el régimen comunista de la época de Lenin no había adquirido un sentido popular de la legitimidad del «poder soviético».
A mediados de la década de 1920, Trotski atrajo a un notable número de seguidores al partido, lo cual demostró que miles de veteranos bolcheviques compartían su impaciencia con las medidas oficiales vigentes. No se trataba solo de una cuestión de temperamento y ambición personal, sino también de ideología. Muchos militantes del partido tenían la sensación de que la Nueva Política Económica les había permitido ganar algo de tiempo, pero no era una solución duradera para los problemas de la URSS. El brutal programa de medidas de Stalin a partir de 1928 era la más extrema de las opciones disponibles dentro de un marco bolchevique, pero ninguno de los planes alternativos sugeridos por otros, como Trotski, podría haberse aplicado sin brutalidad. La Revolución de Octubre había aguantado conduciendo al antiguo Imperio ruso a un túnel de opresión que solo podía llegar a un callejón sin salida. En los años siguientes, la Unión Soviética obtendría importantes logros en ciencia, tecnología militar, alfabetización de masas e instalaciones culturales, y desempeñó un papel crucial en la derrota del nazismo. Pero su pretensión de haber encontrado el camino hacia una forma superior de modernidad quedó desmentida por las condiciones que soportaron millones de sus ciudadanos, y el nacimiento del malestar no se produjo con el despotismo de Stalin, sino mucho antes, en los primeros años posteriores a octubre de 1917.
Cómo llegó a suceder esto ha sido una cuestión de debate constante, pero pocos negarían que los líderes individuales marcaron la diferencia en los acontecimientos y las situaciones. El autocrático Nicolás II avivó el fuego de la revolución. Había heredado un imperio con una necesidad radical de reformas básicas si quería alcanzar la estabilidad y la seguridad, pero rechazó fatalmente gran parte de lo que habría sido útil hacer. Rusia no había sido la única que, al entrar en la Gran Guerra, se había visto lastrada por viejos problemas que tarde o temprano habría que resolver, pero en el centro del malestar del Imperio ruso antes de la Gran Guerra estaban los ardientes resentimientos del campesinado por la escasez de tierras, los elevados alquileres y la discriminación social. También los obreros podían alterar el orden público y era importante la alienación de
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los numerosos grupos profesionales cuya actividad resultaba crucial para el avance económico y cultural y la seguridad militar. El imperio carecía de integración administrativa y tenía pocas perspectivas inmediatas de alcanzarla. Las tensiones étnicas y religiosas agravaban los problemas. Las autoridades imperiales eran objeto de desprecio, desconfianza o simplemente odio, y sus esfuerzos positivos se veían limitados por la escasez de recursos financieros. Nicolás asumió un riesgo inmenso al declarar la guerra a las Potencias Centrales, a menos que hubiera podido obtener una rápida victoria. Una economía a medio modernizar y la frágil infraestructura del imperio mostraban inevitables insuficiencias ante las exigencias de la Gran Guerra. Tan pronto como el Ejército Imperial se vio forzado a su gran retirada en 1914 y 1915, los dirigentes de la Duma mejoraron su estatus a expensas del emperador y su Gobierno. La caída de la monarquía en la Revolución de Febrero no fue enteramente obra del emperador.
El Gobierno provisional heredó una abultada cartera de dificultades económicas y militares. Las presiones resultaron incontenibles para los nuevos ministros y empeoraron previsiblemente con el paso de los meses. El gabinete se propuso desmarcarse de la administración imperial y el alto mando utilizando la fuerza únicamente en momentos de emergencia extrema. Pero su popularidad inicial se desvaneció enseguida. Además, los ministros se veían obligados a cooperar con los sóviets. Ambas partes estaban de acuerdo en la necesidad de defender el país de la conquista alemana, pero eso limitaba las opciones de un gobierno eficaz. Sobre todo, el gabinete no podía transferir las tierras agrícolas al campesinado mientras continuara la guerra. El Gobierno provisional había dejado de funcionar fuera de los distritos centrales de Petrogrado antes de que los bolcheviques lo derrocaran.
La Revolución de Octubre y el establecimiento del «poder soviético» fueron un periodo de experimentación en medio de la guerra internacional y civil. Lenin se benefició de lo que podría llamarse la ley de la incertidumbre y el azar de la historia. Cuando la política y el entorno económico están revueltos y se rompen los esquemas convencionales en los asuntos públicos, la situación es propicia para que un individuo lleve los acontecimientos en una dirección en vez de otra. A partir de una
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pequeña facción política a principios de 1917, los bolcheviques se convirtieron en el partido en el poder. La mayoría no querían ni esperaban el tipo de revolución que Lenin diseñó, pero se acostumbraron a ella como la nueva normalidad y se mantuvieron unidos para protegerse. Los líderes comunistas confiaban en regenerar la sociedad, su economía y su cultura, pero ellos mismos estaban más influidos por la historia rusa de lo que creían. Las duras tradiciones del Imperio ruso impregnaban sus temperamentos y opiniones, y las brutalidades de la Gran Guerra moldearon su visión de un Gobierno eficaz y aceptable. La dislocación económica, que había comenzado poco después del inicio de las hostilidades militares, confirmó la orientación comunista hacia soluciones basadas en el Estado. Al mirar al exterior, llegaron a la conclusión de que no había nada bueno que decir sobre el capitalismo. Estaban seguros de que los tratados impuestos por las conferencias de paz de París desembocarían en guerras terribles y revoluciones gloriosas y de que el futuro mundial se concretaría en la victoria del comunismo de tipo soviético.
En el extranjero, el régimen bolchevique era considerado responsable de arrastrar al pueblo ruso a horrores inimaginables pertenecientes a un mundo pasado. Aunque había mucho de cierto en ello, el bolchevismo también se inspiró en la modernidad del siglo XX. Los líderes bolcheviques se jactaban de que solo ellos habían inaugurado la última gran etapa del progreso humano. De hecho, el comunismo introdujo una nueva variedad de lo que debe llamarse «moderno». El Estado de terror soviético de partido e ideología únicos engendró el totalitarismo. Benito Mussolini y los fascistas italianos fueron los primeros en utilizar el término para referirse a sí mismos, pero cuando llegaron al poder en Roma en 1922, la arquitectura totalitaria básica ya estaba implantada en Rusia. El comunismo soviético tenía la patente de una forma de gobierno que sería adoptada en política tanto por la extrema izquierda como por la extrema derecha, proporcionando una plantilla básica para el poder que los nazis utilizarían en Alemania.
La URSS dio prioridad al desarrollo del modelo comunista soviético. Más tarde sería imitado por otros países, y a mediados del siglo XX se había copiado en un tercio de la superficie terrestre del planeta. En todas
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partes, los comunistas abrazaban ambiciones globales de urbanismo e industrialismo. Admiraban lo gigantesco, lo mecánico, lo metalúrgico y lo eléctrico. Daban prioridad a los productos estándar para muchos en lugar de los artículos de lujo para unos pocos. Pisoteaban cualquier localismo que obstaculizara la obediencia instantánea a la autoridad central y a sus dirigentes. Despreciaban el principio político liberal de la división de poderes. Querían una acción rápida y despiadada. Millones de ciudadanos soviéticos lo vivieron con inquietud o resignación. Habían experimentado la guerra, la revolución y la guerra civil, y tuvieron que hacer frente a una posguerra que nadie había imaginado y que pocos habrían elegido.
Nikita Okunev fue uno de los pocos diaristas de estos capítulos que sobrevivió más allá de principios de los años veinte. El patriota metalúrgico Alekséi Shtukáturov murió en el frente oriental en 1915, decepcionado con su emperador soberano. Shloyme Rappaport-Ansky, cronista de los traumas de los judíos en la zona de guerra imperial, huyó de la Rusia soviética pero falleció en Varsovia en 1920. El emperador Nicolás II abdicó en marzo de 1917 y fue asesinado junto a su familia en un sótano de Ekaterimburgo al año siguiente. El poeta Aleksandr Blok escribió versos incomparables sobre la guerra y la revolución en los que alababa lo que consideraba un asalto de las hordas a la civilización «burguesa», de la que él mismo formaba parte. Colaboró con el Gobierno provisional y luego, en menor medida, con el Sovnarkom, pero su preferencia eran los kadetes. Destrozado por su estado de salud, falleció en 1921. Lev Tijómirov, monárquico que había sido terrorista socialista, vivió tranquilamente en Sérguiyev Posad hasta su muerte en 1923. Ese también fue el año en que Raquel Khin-Gol’dovskaya consiguió su última publicación. Murió en 1928. Florence Farmborough pudo considerarse afortunada de escapar de la Rusia soviética en 1918 y vivir hasta la vejez en Marple, en el área metropolitana de Mánchester, sesenta años después.
Estos y otros diaristas ofrecieron una visión personal, a menudo idiosincrásica, de lo que le había ocurrido al país. Muchos de ellos sufrieron. Plasmaron los sueños y temores de su generación, normalmente desde puntos de vista que contrarrestaban la narrativa oficial contemporánea. El relato de Nikita Okunev se interrumpió en 1924. A pesar de vivir una docena de años más, había perdido el impulso de
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documentar sus observaciones diarias. Las últimas palabras de la página final de su diario resumen una experiencia común:
Todos gimen y se quejan, pero siguen viviendo. Y debe de ser cierto, como dijo alguien, que la vida hay que vivirla para que los infelices alcancen un sentimiento de resignación y los felices empiecen a aprender sobre las cosas. Pidamos a Dios que nos deje seguir viviendo aunque solo sea para llegar a sentirnos «resignados».[9]
Durante mucho tiempo, la resignación entre los súbditos fue una actitud que permitió a los gobernantes rusos mantenerse en el poder. Los bolcheviques habían emprendido una revolución con la esperanza de crear una sociedad de entusiasmo y activismo. Miles de veteranos bolcheviques y nuevos reclutas del partido seguían ansiosos por avanzar más rápidamente en la causa del partido. Pero el esfuerzo realizado en la década de 1930 para llevarla a cabo no haría sino magnificar la pesadilla de asesinatos, encarcelamientos, opresión nacional, privaciones sociales y mala gestión económica. El pesimismo de Okunev resultó ser demasiado optimista.
El régimen comunista perduró hasta el final de la Unión Soviética en 1991. La democracia y la economía de mercado fueron proclamadas principios rectores de la nueva Rusia que estaba a punto de construirse. Pero muchas actitudes y prácticas antiguas persistieron con Borís Yeltsin en los años noventa y se reforzaron con severidad en el siglo XXI. Vladímir Putin castró los procesos democráticos y restringió la libertad de expresión. Líderes de la oposición fueron asesinados, encarcelados o exiliados. Se restringió el estado de derecho y se neutralizaron los medios de comunicación. El estado recuperó el control de la economía. A Occidente se lo trataba como un concierto hostil de potencias. En 2014, las fuerzas armadas rusas se anexionaron Crimea, en Ucrania, y se inició un conflicto militar con otros territorios ucranianos, incluido el Dombás, cuya adscripción a Ucrania había suscitado controversia entre los dirigentes bolcheviques tras la guerra civil. En 2022, Putin ordenó una invasión total de Ucrania. Es rotundamente evidente que la política rusa sigue cargando con el pesado bagaje de principios del siglo XX. No es menos cierto que
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muchas cosas han cambiado con el paso de las décadas. El zarismo ha desaparecido y el comunismo ha muerto, salvo en un partido político moribundo, y Lenin es denostado de forma generalizada y rutinaria. El capitalismo vuelve a ser dominante en Rusia. Pero las condiciones opresivas que atenazaron al país entre 1914 y 1924 aún no han pasado a la historia. Nikita Okunev y su generación se vieron privados de las libertades que les prometieron en 1917. Sus descendientes aún esperan recibirlas.
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Los diaristas
ALEXANDER BLOK
Poeta de la escuela simbolista que en tiempos de guerra plasmó en su poesía lo que observaba en las calles y entre la élite gobernante. Su creatividad alcanzó su punto álgido entre 1914 y 1918, cuando escribió versos de una brillantez insuperable.
FLORENCE FARMBOROUGH
Enfermera británica contratada por la familia de un médico del Imperio ruso. Tras años de servicio, optó por volver a su hogar y emprendió arduos viajes en tren para abandonar el Lejano Oriente.
RACHEL JIN-GOLDOVSKAYA Narradora y dramaturga residente en Moscú.
VASILI KRÁVKOV
Médico militar de alto rango en el frente oriental hasta el verano de 1917, cuando recibió con alegría la noticia de que sería relevado de sus funciones.
ALEKSÉI KUROPATKIN
Veterano general del imperio que lideró la represión de la revuelta de 1916 en Asia central.
NIKITA OKUNEV
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Administrador de cuentas moscovita que trabajaba para una empresa portuaria. Procedía de un entorno campesino y se adaptó rápidamente a la vida de la ciudad, con sus teatros y periódicos.
SHLOYME RAPPAPORT-ANSKY
Conocido públicamente por el seudónimo S. Ansky. Dramaturgo y comentarista social que alertó diligentemente a la sociedad sobre la difícil situación de los judíos en tiempos de guerra.
NICOLÁS ROMÁNOV
Emperador desde la muerte de su padre en 1894. Abdicó en marzo de 1917 y en julio de 1918 fue asesinado junto a su familia en Ekaterimburgo.
ALEKSÉI SHTUKÁTUROV
Trabajador del metal de San Petersburgo que se alistó en un regimiento de fusileros al comienzo de la Gran Guerra. Ganó dos veces la Cruz de Jorge y fue ascendido a suboficial antes de morir en el frente en diciembre de 1915.
LEV TIJÓMIROV
Después de ser terrorista en su juventud, se convirtió en monárquico y trabajó para el primer ministro Píotr Stolipin.
ALEKSANDR VERJOVSKI
Graduado de la Academia Militar que sirvió en el Estado Mayor y fue nombrado ministro del Ejército por Aleksandr Kerenski tras la revuelta de Kornílov.
ALEKSANDR ZAMÁRAEV
Campesino del distrito de Totma, provincia de Vólogda, en el norte de Rusia. No se conoce su orientación política.
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Agradecimientos
Mi agradecimiento a Katya Andreyev, Michael Bernstam, Vladímir Buldakov, Andrew Caldwell, Norman Davies, Simon Dixon, Sasha Dugdale, Simon Ertz, Roy Giles, Rudolf Muhs, Martyn Rady, Richard Ramage, Donald Rayfield, Christopher Read, Oliver Ready, David Shearer, Douglas Smith, Amir Weiner y Jerry White por aconsejarme sobre el material de lectura y los puntos de vista que convenía examinar. También estoy en deuda con otros dos amigos que ya no se encuentran entre nosotros y que hablaron conmigo sobre la Revolución rusa durante muchos años. Peter Frank, mi director de doctorado, inició su actividad investigadora sobre el Comité Central Bolchevique antes de pasarse a la política soviética; Israel Getzler, biógrafo de Yuli Mártov y Nikolái Sujánov, mantuvo su compromiso con la historia revolucionaria hasta el final de su vida. Reconozco con aprecio lo mucho que enriquecieron mi comprensión.
Algunos capítulos fueron revisados por Mark Cornwall, Simon Dixon, Martyn Rady y Hugo Service. Sus recomendaciones, generosamente inspiradas en sus ámbitos de especialización, fueron excelentes. También lo fueron las de Vladímir Buldakov, que me asesoró en cuestiones clave sobre el periodo revolucionario. Ian Thatcher y Daniel Orlovsky tuvieron la amabilidad de revisar todo el borrador, y sus sugerencias y correcciones permitieron introducir numerosas e importantes mejoras. Ian y Daniel son expertos en el periodo revolucionario y les agradezco el tiempo que han dedicado a comentar el borrador y a responder a mis preguntas. Nuestras conversaciones han sido una experiencia gratificante e instructiva para mí.
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Mi primer libro trataba sobre los bolcheviques en los años de la revolución, y los capítulos que siguen me han dado la oportunidad de abordar la documentación que ahora está más disponible. A mediados de los años setenta, cuando trabajaba en los fondos hemerográficos de la Biblioteca de la Academia de Ciencias de Leningrado, el acceso a los archivos del partido estaba prohibido. Desde finales de la década de 1980, especialmente tras la desintegración de la URSS en 1991, se han abierto un gran número de archivos y publicaciones documentales. No todas esas fuentes son fácilmente accesibles y mi intención es sacarlas a la luz.
Muchas de las causas de las recientes crisis en Rusia, Ucrania y otros lugares de la antigua Unión Soviética ya estaban presentes en el turbulento periodo comprendido entre los años 1914 y 1924. Me he abstenido de comentar todos y cada uno de los puntos de continuidad porque el objetivo es dejar que la historia de la Gran Guerra, las revoluciones de febrero y octubre y el periodo inmediatamente posterior a la revolución respire su propio aire. Sin embargo, los acontecimientos de nuestro tiempo no siempre lo permiten. El centenario de la Revolución rusa en 2017 se conmemoró en tonos apagados en Moscú porque los gobernantes del Kremlin rehuyeron evocar el recuerdo de una época de convulsión política y social. Intentaron minimizar la atención prestada a un periodo en el que el pueblo se levantó contra la autoridad y se unió en una lucha por la libertad. En 2022, como veremos, los mismos gobernantes propagaron un análisis tendencioso de la decisión de 1920 sobre la frontera entre Ucrania y Rusia como uno de los pretextos para su guerra contra Ucrania, una decisión que ha sido objeto de muy poca discusión por parte de los comentaristas en Rusia o en el extranjero. Una cosa, al menos, está clara: la historia oficial rusa bajo Vladímir Putin ya no es un perro dormido, sino que gruñe y muerde.
La idea de volver al periodo revolucionario surgió en conversaciones con mi agente literario David Godwin y la editora de Picador Georgina Morley. Su habilidad y su apoyo han contribuido de forma esencial al resultado, como de hecho llevan haciendo desde hace un cuarto de siglo. También quiero reconocer la ayuda editorial de Mike Jones en la poda de las ramas del borrador original.
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Durante los dos primeros años de la pandemia de la COVID-19 me beneficié del acceso electrónico a la biblioteca y los archivos de la Hoover Institution. Simon Ertz y Sarah Patton me enviaron copias digitales de material fundamental. También han sido muy útiles los periódicos y archivos que he ido acumulando a lo largo de varias décadas, tanto los de la Hoover Institution de la Universidad de Stanford como los del RGASPI y el GARF en Moscú. Los Archivos Hoover son uno de los almacenes de documentación histórica rusa más importantes de Occidente. Mi cordial agradecimiento a Eric Wakin, Linda Bernard y Lora Soroka por su ayuda durante los años en que exploré los temas del libro. Mi investigación en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford ha contado de nuevo con el apoyo incondicional de la Fundación Sarah Scaife, por lo que hago constar mi más sincera gratitud.
Ofrezco una interpretación sin abundar en referencias a otros escritores, salvo en cuestiones en las que discrepo o he recurrido especialmente a sus escritos. He puesto énfasis en la lectura de las fuentes originales en archivos y publicaciones documentales. El objetivo era aprovechar esas fuentes de la forma más directa posible y ofrecer una narración y un análisis fluidos y arraigados en la «cosa» del pasado.
Unas breves palabras sobre historiografía pueden resultar útiles. Mi punto de partida como investigador fue la creencia de que nadie podía dar un sentido adecuado a la Revolución rusa si se examinaba únicamente a través de los impactos de Nicolás II, Aleksandr Kerenski, Vladímir Lenin y Lev Trotski. Tal creencia se conocía como revisionismo, en contraste con la sabiduría ascendente de la época. Pero los propios revisionistas no tardaron en encontrar muchas discrepancias, sobre todo en cuanto a si Lenin o incluso Stalin merecían algún tipo de rehabilitación política. Algunos evitaron las cuestiones sobre los horrores esenciales del comunismo de Estado. Una generación posterior de escritores ha planteado cuestiones diferentes, en particular la de la continuidad entre el zarismo y el leninismo. Aunque esto amplió nuestra comprensión, los capítulos siguientes mantienen la firme opinión de que en octubre de 1917 se produjo una profunda ruptura en la cadena de la historia rusa. Los años transcurridos de 1914 a 1924 fueron objeto de enormes discordias en
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aquella época y en las décadas posteriores. Marcaron el siglo XX y siguen siendo importantes en el siglo XXI.
Por último, señalo algunos tecnicismos básicos del libro. Se mantiene el calendario estatal ruso que se empleaba en cada momento, el juliano hasta el 31 de enero de 1918 y, a partir de entonces, el gregoriano. Esto puede desconcertar a quienes no estén acostumbrados a que las fechas de importancia internacional se expresen de este modo, pero el objetivo primordial es evitar confusiones con las fechas rusas. Los nombres propios aparecen en transliteración abreviada (salvo en las notas finales, donde se emplea una forma más completa). Las excepciones son individuos como Kerenski y Trotski, para los que se utiliza la forma habitual. Para evitar confusiones con el frente occidental del norte de Francia, he llamado frente oriental a lo que los rusos llamaban occidental o, con frecuencia, frentes noroccidental, occidental y sudoccidental. También he utilizado Gran Bretaña como abreviatura de Gran Bretaña e Irlanda y no he hecho mención de Reino Unido, que rara vez se empleaba en los años objeto de este libro.
Mi esposa Adele leyó todos los borradores de los capítulos más de una vez. Nuestras conversaciones me han ayudado a aclarar la línea de análisis y a eliminar muchos errores e infortunios. El libro vuelve a ella con todo mi agradecimiento y cariño.
Londres, septiembre de 2022
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Créditos de las ilustraciones
1. Nicolás II y su hijo Alekséi pasan revista a las tropas en Mogilev. (Álbum de Nicolás II, imagen n. 384 Wikimedia Commons)
2. Nicolás II. (Library of Congress, Wikimedia Commons)
3. Grigori Rasputín, el «hombre santo» de la pareja imperial. (Wikimedia Commons)
4. Mijaíl Alekséyev, 1924. (Wikimedia Commons)
5. Aleksandr Guchkov. (George Granthem Bain Collection, Wikimedia Commons)
6. Gueorgui Lvov. (Library of Congress, Wikimedia Commons)
7. Pável Miliukov. (Wikimedia Commons)
8. Aleksandr Kérenski. (Library of Congress, Wikimedia Commons)
9. Lavr Kornílov. (Wikimedia Commons)
10. Vladímir Lenin. (Library of Congress, Wikimedia Commons)
11. Lev Trotski. (Wikimedia Commons)
12. Grigori Zinóviev. (Wikimedia Commons)
13. Lev Kámenev. (Archivo fotográfico Fridtjof Nansen, Wikimedia Commons)
14. Iósif Stalin. (Wikimedia Commons)
15. El patriarca Tijon. (Wikimedia Commons)
16. Aleksandr Kolchak. (Wikimedia Commons)
17. Antón Denikin. (Wikimedia Commons)
18. Soldados del Ejército Imperial. (© Alamy/Cordon Press)
19. Una familia judía en la zona de guerra. (© Bridgeman/ACI)
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20. Palacio Táuride. (Wikimedia Commons)
21. Manifestación callejera durante la Revolución de Febrero. (© Alamy/Cordon Press)
22. Reunión masiva en las fábricas Putilov de Petrogrado, 1917. (© PD/ACI)
23. Instituto Smolny. (Wikimedia Commons)
24. Las negociaciones de Brest-Litovsk. (Wikimedia Commons)
25. Cadáveres de algunos de los fallecidos en la hambruna del Volga. (© Everett/Cordon Press)
26. El mausoleo de Lenin. (© Hulton Deutsch/Corbis Historical via Getty Images)
Lista de mapas
1. El Imperio ruso, enero de 1914.
2. Rusia en la Gran Guerra, 1914-1918.
3. Frentes de la Guerra Civil, 1918-1921.
4. La Unión Soviética, enero de 1924.
Galería de imágenes
1. Nicolás II y su hijo Alekséi pasan revista a las tropas en Mogilev.
2. Nicolás II.
3. Grigori Rasputín, el «hombre santo» de la pareja imperial.
4. Mijaíl Alekséyev, 1924.
5. Aleksandr Guchkov.
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10. Vladímir Lenin.
11. Lev Trotski.
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13. Lev Kamenev.
14. Iósif Stalin.
15. El patriarca Tijon.
16. Aleksandr Kolchak.
17. Antón Denikin.
18. Soldados del Ejército Imperial.
19. Una familia judía en la zona de guerra.
20. Palacio Táuride.
21. Manifestación callejera durante la Revolución de febrero.
22. Reunión masiva en las fábricas Putilov de Petrogrado, 1917.
23. Instituto Smolny.
24. Las negociaciones de Brest-Litovsk.
25. Cadáveres de algunos de los fallecidos en la hambruna del Volga.
26. El mausoleo de Lenin.
Robert John Service (1947) es un historiador británico especializado en Rusia. Es, asimismo, escritor, comunicador y profesor en el St. Antony’s College de Oxford. Fue uno de los primeros historiadores en acceder a los archivos soviéticos tras el colapso de la URSS en 1991. Service estudió en la Universidad de Cambridge, donde se dedicó al estudio del ruso y del griego antiguo. Se trasladó después a las universidades de Essex y de San Petersburgo para realizar el posgraduado; y, enseñó en Keele, de la London School of Slavonic Studies (Escuela londinense de estudios eslavos) antes de establecerse como profesor en la Universidad de Oxford en 1998.
Entre 1986 y 1995 publicó una biografía monumental en tres volúmenes de Vladimir Il’ich Lenin. Ha escrito varias obras sobre «Historia general de Rusia en el siglo XX», que han encontrado multitud de lectores en el gran público. Encaró la producción de una trilogía de biografías de los líderes soviéticos Lenin (2000), Stalin (2004) y Trotsky (2009), todas editadas en español, han sido o muy mal o muy bien recibidas.
En el año 2011 se publicó en español, Camaradas una historia de los partidos comunistas. Muchos críticos han alabado en Service sus análisis desapasionados del siglo pasado de Rusia. Esto, combinado con su habilidad para la investigación y su estilo literario, ha hecho de Robert Service uno de los historiadores de la ex URSS más populares, al nivel de especialistas como Robert Conquest, Orlando Figes, Richard Pipes o Simon Sebag Montefiore.
Notas
[1] C. Clark, The Sleepwalkers: How Europe Went to War in 1914, pp. 449-450.
[2] N. A. Romanov, Dnevniki imperatora Nikolaya II, 1894-1918, vol. 2, p. 35 (12 de julio de 1914).
[3] Sebag Montefiore, The Romanovs, 1613-1918, pp. 496-497.
[4] N. A. Romanov, Dnevniki imperatora Nikolaya II, vol. 2, p. 35 (2 de junio de 1914).
[5] R. Service, Last of the Tsars: Nicholas II and the Russian Revolution, p. 9.
[6] D. Lieven, Towards the Flame: Empire, War and the End of Tsarist Russia, pp. 303-307.
[7] D. W. Spring, «Russian Foreign Policy, Economic Interests and the Straits Questions, 1905-14» en R. McKean (ed.), New Perspectives in Modern Russian History, pp. 208-209 y 216-217.
[8] S. Sazónov, Fateful Years, 1909-1916: The Reminiscences of Serge Sazónov, p. 242.
[9] N. A. Romanov, Dnevniki imperatora Nikolaya II, vol. 2, p. 9 (2 de febrero de 1914).
[10] D. Lieven, Towards the Flame, p. 294.
[11] D. Stevenson, 1914-1918: The History of the First World War, pp. 27-28.
Página 509
[12] N. A. Romanov, Dnevniki imperatora Nikolaya II, vol. 2, pp. 46-47 (16 de julio de 1914).
[13] D. W. Graf, «Military Rule Behind the Russian Front», Jahrbücher für Geschichte Europas, n.º 3 (1974), pp. 390-391.
[14] S. Sazónov, Fateful Years, 1909-1916, p. 202.
[15] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 160 (1965), p. 87.
[16] A. N. Yakhontov a S. E. Kryzhanovskii, 31 de mayo de 1924: Sovet Ministrov Rossiiskoi imperii v gody Pervoi mirovoi voiny: bumagi A. N. Yakhontova: zapisi zasedanii i perepiska, pp. 472-474. En adelante, esta fuente se abreviará como SMRI.
[17] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 160 (1965), p. 88; P. L. Bark a A. A. Rittikh, 9 de septiembre de 1922: SMRI, p. 437.
[18] G. I. Shavelski Vospominaniya poslednego protopresvitera, vol. 1, pp. 112 y 121.
[19] Yu. N. Danilov, Na puti k krusheniyu: ocherki iz poslednego perioda russkoi monarkhii, p. 7.
[20] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 160 (1965), p. 89.
[21] P. Waldron, «A Sad and Heart-Rending Landscape: Summer 1914 and the Politics of Russia’s Wounded», Slavonic and Eastern European Review, n.º 4 (2016), p. 636.
[22] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 160 (1965), pp. 89-90 y 93.
[23] D. A. Longley, «The Russian Social-Democrats’ Statement to the Duma on 26 July (8 August) 1914: a New Look at the Evidence», English Historical Review, julio de 1987, p. 599.
[24] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 158 (1965), p. 81.
Página 510
[25] A. M. Michelson, «Revenue and Expenditure», p. 41, en A. M. Michelson, P. N. Apostol y M. W. Bernatzky, Russian Public Finance during the War: Revenue and Expenditure.
Página 511
[1] Dnevnik totemskogo krest’yanina A. A. Zamaraeva, p. 85 (26 de junio 1914). En adelante, esta fuente se abreviará como DTKAAZ.
[2] DTKAAZ, p. 86 (18 de julio de 1914).
[3] DTKAAZ, p. 87 (25 de julio de 1914).
[4] DTKAAZ, p. 115 (9 de septiembre de 1915).
[5] DTKAAZ, p. 79 (9 de marzo de 1914).
[6] DTKAAZ, p. 59 (22 de enero de 1913), p. 80 (23 de marzo de 1914) y p. 86 (29 de junio de 1914).
[7] DTKAAZ, pp. 39 (2 de abril de 1912) y p. 81 (13 de abril de 1914).
[8] DTKAAZ, p. 27 (1 y 5 de mayo de 1908).
[9] DTKAAZ, p. 90 (finales de agosto de 1914).
[10] N. P. Makarov, Krest’yanskoe khozyaistvo i ego evolyutsiya, vol. 1, p. 310.
[11] Pervaya vseobshchaya perepis’ naselenie Rossiisskoi imperii 1897 g.: Okonchatel’no ustanovlennoe pri razrabotke perepisi nalichnoe naselenie gorodov (Ministerstvo Vnutrennikh Del: San Petersburgo, 1905).
[12] N. P. Makarov, Krest’yanskoe khozyaistvo i ego evolyutsiya, vol. 1, p. 307.
[13] DTKAAZ, p. 108 (23 de mayo de 1915).
[14] N. P. Makarov, Krest’yanskoe khozyaistvo i ego evolyutsiya, vol. 1, p. 308.
[15] S. M. Dubrovskii, Sel’skoe khozyaistvo i krest’yanstvo Rossii v period imperializma, p. 82.
Página 512
[16] DTKAAZ, p. 87 (20 de julio de 1914).
[17] DTKAAZ, p. 95 (24 de noviembre de 1914).
[18] DTKAAZ, p. 93 (29 de octubre de 1914).
[19] N. N. Golovin, Voennye usiliya Rossii v mirovoi voine, vol. 1, pp. 75 y 81; existen varios cálculos sobre las cifras de reclutamiento, tal como señalaba Golovin, pero coinciden más o menos con las suyas.
[20] S. N. Prokópovich, Voina i narodnoe khozyaistvo, pp. 151, 155 y 231.
[21] DTKAAZ, p. 87 (21 y 25 de julio de 1914).
[22] V. P. Buldakov y T. G. Leonteva, Voina, porodivshaya revolyutsiyu: Rossiya, 1914-1917 gg., p. 281.
[23] Ibíd., pp. 280-281.
[24] DTKAAZ, p. 87 (21-25 de julio de 1914).
[25] V. P. Buldakov y T. G. Leonteva, Voina, porodivshaya revolyutsiyu, p. 281.
[26] Ibíd., p. 304.
[27] A. I. Verjovski (diario), 7 y 14 de agosto de 1914: A. I. Verjovski, Rossiya na Golgofe: iz pokhodnogo dnevnika 1914-1918 gg., pp. 9 y 16.
[28] J. L. Houghteling, A Diary of the Russian Revolution, pp. 6 y 10-11.
[29] A. P. Martynov, Moya sluzhba v otdel’nom korpuse zhandarmov, p. 272; J. A. Sanborn, Imperial Apocalypse, p. 94. Para Krivoshéin, véase Consejo de Ministros, 9 de junio de 1915: SMRI, p. 178.
[30] DTKAAZ, p. 89 (19 de agosto de 1914).
[31] DTKAAZ, p. 90 (1 de septiembre de 1914).
Página 513
[32] Traducción de Robert Service, de A. Blok, Sochineniya v ognom tome, p. 232.
Página 514
[1] F. S. Olferev, Russia in War and Revolution, p. 219.
[2] W. C. Fuller, The Foe Within: Fantasies of Treason and the End of Imperial Russia, p. 126.
[3] D. R. Stone, The Russian Army in the Great War: The Eastern Front, 1914-1917, pp. 76-80 y 85.
[4] J. A. Sanborn, Imperial Apocalypse, p. 32.
[5] H. Strachan, The First World War, vol. 1: To Arms, p. 291.
[6] N. Stone, The Eastern Front, 1914-1917, pp. 70-71, 76-77, 82 y 85-91.
[7] A. Watson, Ring of Steel: Germany and Austria-Hungary at War, 1914-1918, p. 342.
[8] DTKAAZ, p. 91 (15 de septiembre de 1914).
[9] DTKAAZ, p. 91 (24 de septiembre de 1914).
[10] DTKAAZ, p. 92 (5 de octubre de 1914).
[11] DTKAAZ, p. 92 (5 y 6 de octubre de 1914).
[12] DTKAAZ, p. 92 (10 de octubre de 1914).
[13] M. A. Reynolds, Shattering Empires: The Clash and Collapse of the Ottoman and Russian Empires, 1908-1918, pp. 110, 112 y 116-117.
[14] M. S. Neiberg y D. Jordan, The Eastern Front, 1914-1920: From Tannenberg to the Russo-Polish War, p. 73.
[15] DTKAAZ, p. 99 (19 de enero de 1915).
[16] DTKAAZ, p. 97 (31 de diciembre de 1915).
Página 515
[17] «Dnevnik Shtukaturova», Voenno-istoricheskii zhurnal, n.º 1, pp. 134-135: 27-28 de junio de 1915.
[18] Ibíd., p. 170: 13 de septiembre de 1915.
[19] L. Siegelbaum, The Politics of Industrial Mobilization: A Study of the War-Industries Committees, 1914-1917, p. 30.
[20] J. A. Sanborn, Imperial Apocalypse, p. 36.
[21] E. Lohr, Nationalizing the Russian Empire: The Campaign against Enemies during World War I, pp. 78-81.
[22] S. Sazónov, Fateful Years, 1909-1916, p. 247.
[23] N. A. Lambert, The War Lords and the Gallipoli Disaster: How Globalized Trade Led Britain to Its Worst Defeat of the First World War, pp. 16, 94 y 133.
[24] E. Rogan, The Fall of the Ottomans: The Great War in the Middle East, 1914-1920, p. 214.
[25] W. A. Renzi, «Who Composed “Sazónov’s Thirteen Points”: A Re-Examination of Russia’s War Aims of 1914», American Historical Review, n.º 2 (1983), pp. 348-350.
[26] E. Rogan, The Fall of the Ottomans, p. 133; M. A. Reynolds, Shattering Empires, pp. 37-41.
[27] S. Sazónov, Fateful Years, 1909-1916, p. 201; véase también W. A. Renzi, «Who Composed “Sazonov’s Thirteen Points”: A Re-Examination of Russia’s War Aims of 1914», American Historical Review, n.º 2 (1983), p. 355; R. Bobroff, Roads to Glory: Late Imperial Russia and the Turkish Straits, p. 131; R. P. Bobroff, «Squabbling over the Spoils», en L. J. Frary y M. Kozelsky (eds.), Russian-Ottoman Borderlands: The Eastern Question Reconsidered, p. 290.
[28] R. Bobroff, Roads to Glory, p. 131.
Página 516
[29] S. Sazónov, Fateful Years, 1909-1916, p. 250.
[30] Dnevnik L. A. Tikhomirova: 1915-1917 gg.: 2 de junio de 1915, p. 70.
[31] N. A. Romanov, Dnevniki imperatora Nikolaya II, 1894-1918, vol. 2, p. 160 (9 de abril de 1915).
[32] P. Szlanta, «Der Erste Weltkrieg von 1914 bis 1915 als identitätstiftender Faktor für die modern polnische Nation», en P. Gross (ed.), Die vergessene Front: der Osten 1914/1915, p. 160.
[33] DTKAAZ, p. 105 (19 de mayo de 1915).
[34] DTKAAZ, p. 109 (6 de junio de 1915).
[35] DTKAAZ, p. 116 (3 de octubre de 1915).
[36] «Dnevnik Shtukaturova», Voenno-istoricheskii zhurnal, n.º 1 (1 de julio de 1915), p. 137.
[37] N. A. Kudashev a S. D. Sazónov (informe sobre las opinions de Danilov acerca de los Dardanelos), 8 de enero de 1915: «Stavka i Ministerstvo Inostrannykh Del» (ed. M. Pokrovskii), Krasnyi Arkhiv, n.º 1 (1928), pp. 41-43.
Página 517
[1] A. I. Solzhenitsin, Dvesti let vmeste (1795-1995), vol. 1, p. 479.
[2] G. Z. Iofe, «Vyselenie evreev iz prifrontovoi polosy v 1915 godu», Voprosy istorii, n.º 9 (2001), p. 86.
[3] G. I. Shavelski, Vospominaniya poslednego protopresvitera, vol. 1, pp. 109-110.
[4] O. R. Airapetov, Generaly, liberaly i predprinimateli: rabota na front i na revolyutsiyu (1907-1917), pp. 38-39.
[5] M. Mayzel, Generals and Revolutionaries: The Russian General Staff During the Revolution: A Study in the Transformation of Military Elite, p. 37.
[6] Ibíd., p. 72.
[7] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 172 (1966), pp. 88-89.
[8] V. P. Buldakov y T. G. Leonteva, Voina, porodivshaya revolyutsiyu, p. 211; J. A. Sanborn, Imperial Apocalypse, pp. 58-59 y 77.
[9] N. N. Golovin, Voennye usiliya Rossii v mirovoi voine, vol. 1, p. 81. S. N. Prokopovich, Voina i narodnoe khozyaistvo, p. 151 contiene cifras ligeramente distintas.
[10] DTKAAZ, p. 99 (15 de enero de 1915).
[11] DTKAAZ, p. 105 (14 de abril de 1915).
[12] N. N. Golovin, Voennye usiliya Rossii v mirovoi voine, vol. 1, pp. 185-186.
[13] J. Bushnell, Mutiny Amid Repression: Russian Soldiers in the Revolution of 1905-1906, pp. 12-13; W. C. Fuller, Civil-Military Conflict in Imperial Russia, 1881-1914, p. 220.
[14] N. N. Golovin, Voennye usiliya Rossii v mirovoi voine, vol. 1, p. 120.
Página 518
[15] N. Stone, The Eastern Front, 1914-1917, p. 213.
[16] N. N. Golovin, Voennye usiliya Rossii v mirovoi voine, vol. 1, pp. 32 y 41-44.
[17] Ibíd., vol. 2, pp. 74-75.
[18] E. S. Senyavskaya, Psikhologiya voiny v XX veke: istoricheskii opyt, p. 261.
[19] «Dnevnik Shtukaturova», Voenno-istoricheskii zhurnal, n.º 1, pp. 141-142 (8 de julio de 1915).
[20] A. B. Astashov, «Russkii krest’yanin na fronte pervoi mirovoi voiny», Otechestvennaya istoriya, n.º 2 (2003), p. 73.
[21] «Dnevnik Shtukaturova», Voenno-istoricheskii zhurnal, n.º 1, pp. 181-182 (27 y 29 de octubre de 1915).
[22] N. N. Golovin, Voennye usiliya Rossii v mirovoi voine, vol. 2, p. 157.
[23] J. A. Sanborn, Drafting the Russian Nation: Military Conscription, Total War, and Mass Politics, 1905-1925, p. 33.
[24] A. B. Astashov, «Russkii krest’yanin na fronte pervoi mirovoi voiny», Otechestvennaya istoriya, n.º 2 (2003), p. 79.
[25] Ibíd.
[26] Ibíd., p. 81.
[27] Ibíd., pp. 81 y 83.
[28] G. K. Zhukov, Vospominaniya I razmyshleniya, vol. 1, p. 63.
[29] «Dnevnik Shtukaturova», Voenno-istoricheskii zhurnal, n.º 1, p. 154 (16 de agosto de 1915).
[30] G. K. Zhukov, Vospominaniya i razmyshleniya, vol. 1, p. 69.
Página 519
[31] Consejo de Ministros, 2 de septiembre de 1915: SMRI, p. 261.
[32] N. B. Shcherbátov, Consejo de Ministros, 13 de septiembre de 1915: SMRI, p. 271.
[33] J. Bushnell, Mutiny Amid Repression: Russian Soldiers in the Revolution of 1905-1906, p. 10.
[34] S. Ansky, The Enemy at His Pleasure: A Journey Through the Jewish Pale of Settlement During World War One, p. 83.
[35] «Dnevnik Shtukaturova», Voenno-istoricheskii zhurnal, n.º 2, pp. 174 y 187 (14 de septiembre de 1915 y 25 de noviembre de 1915).
[36] Ibíd., pp. 187-188 (25-26 de noviembre de 1915).
[37] D. Rayfield, «The Soldier’s Lament: World War One Folk Poetry in the Russian Empire», Slavonic and East European Review, n.º 1 (1988), p. 71.
[38] Ibíd., pp. 70-71.
[39] J. A. Sanborn, Imperial Apocalypse, pp. 37-38 y 50-51; S. An-sky, 1915 Diary of S. An-sky: A Russian-Jewish Writer at the Eastern Front, p. 42 (4 de enero de 1915).
[40] H. D. Lowe, The Tsars and the Jews: Reform, Reaction and Anti-Semitism in Imperial Russia, 1772-1917, p. 325.
[41] Consejo de Ministros, 5 de septiembre de 1915: SMRI, p. 264.
[42] «Dnevnik Shtukaturova», Voenno-istoricheskii zhurnal, n.º 1, p. 159 (27 de agosto de 1915).
[43] Véase el argumento que expone P. Holquist, «Violent Russia, Deadly Marxism? Russia in the Epoch of Violence, 1905-21», Kritika: Explorations in Russian and Eurasian History, n.º 3 (2003), pp. 627-652.
Página 520
[44] R. E. Blobaum, A Minor Apocalypse: Warsaw during the First World War, p. 40.
[45] P. Gatrell, A Whole Empire Walking: Refugees in Russia During World War I, pp. 23-24; R. E. Blobaum, A Minor Apocalypse: Warsaw during the First World War, pp. 23-24.
[46] DTKAAZ, pp. 88-89 (11 de agosto de 1914).
[47] E. Lohr, Nationalizing the Russian Empire, pp. 150-151.
[48] W. Conze, Polnische Nation under Deutsche Politik im Erste Weltkrieg, p. 90.
[49] E. Lohr, Nationalizing the Russian Empire, pp. 123 y 125.
[50] A. Watson, Ring of Steel, p. 154.
[51] I. Petrovskii-Shtern, Jews in the Russian Army, 1827-1917: Drafted into Modernity, p. 5.
[52] R. E. Blobaum, A Minor Apocalypse, p. 151.
[53] P. Kenez, «Pogroms and White Ideology in the Russian Civil War», en J. D. Klier y S. Lambroza, Pogroms: Anti-Jewish Violence in Modern Russian History, p. 291.
[54] P. Holquist, «The Role of Personality in the First (1914-1915) Russian Occupation of Galicia and Bukovina», en J. Dekel-Chen, D. Gaunt, N. M. Meir e I. Bartal (eds.), Anti-Jewish Violence: Rethinking the Pogrom in East European History, p. 56.
[55] S. An-sky, 1915 Diary of S. An-sky, pp. 53-54 (18 de enero de 1915).
[56] Ibíd., p. 112 (26 de febrero de 1915).
[57] H. D. Lowe, The Tsars and the Jews, p. 324; I. Petrovskii-Shtern, Jews in the Russian Army, 1827-1917: Drafted into Modernity, p. 249.
Página 521
[58] S. An-sky, 1915 Diary of S. An-sky, p. 48 (16 de enero de 1915).
[59] H. D. Lowe, The Tsars and the Jews, p. 323.
[60] O. V. Budnitskii, «“Evreiskie batal’ony” v Krasnoi Armii» en O. V. Budnitskii (ed.), Mirovoi krizis 1914-1920 godov i sud’ba vostochnoevropeiskogo evreistva, p. 243; A. Koss, «World War I and the Remaking of Jewish Vilna, 1914-1918» (Disertación de doctorado, Universidad de Stanford, 2010), pp. 1-2.
[61] I. Petrovskii-Shtern, Jews in the Russian Army, 1827-1917: Drafted into Modernity, pp. 260 y 262.
[62] Y. Petrovsky-Shtern, «The “Jewish Policy” of the Late Imperial War Ministry: The Impact of the Russian Right», Kritika, n.º 2 (2002), p. 253.
Página 522
[1] H. D. Lowe, The Tsars and the Jews, p. 326.
[2] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 170 (1966), p. 97.
[3] P. L. Bark, informe al Consejo de Ministros, 10 de marzo de 1915: SMRI, p. 147; P. L. Bark, Consejo de Ministros, 6 de agosto de 1915: SMRI, p. 212.
[4] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 165 (1965), p. 98. Véase también N. Ferguson, The House of Rothschild: The World’s Banker, vol. 2, p. 448.
[5] S. D. Sazónov, Consejo de Ministros, 6 de agosto de 1915: SMRI, p. 212.
[6] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 166 (1965), p. 96.
[7] Consejo de Ministros, 10 de marzo de 1915: SMRI, p. 147.
[8] N. B. Shchérbatov (testimono en investigación), Padenie tsarskogo rezhima, vol. 7, pp. 228-229.
[9] Consejo de Ministros, 10 de marzo de 1915: SMRI, p. 147.
[10] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 172 (1966), p. 93.
[11] P. L. Bark a A. A. Rittikh, 9 se septiembre de 1922: SMRI, pp. 434 y
440.
[12] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 172 (1966), pp. 94-95.
[13] 13. L. Bark a A. A. Rittikh, 9 de septiembre de 1922: SMRI, p. 434.
[14] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 169 (1966), pp. 76-81.
Página 523
[15] A. A. Polivanov (testimonio en investigación), Padenie tsarskogo rezhima, vol. 7, p. 63.
[16] P. L. Bark a A. A. Rittikh, 9 de septiembre de 1922: SMRI, pp. 435-436.
[17] S. An-sky, 1915 Diary of S. An-sky, p. 145 (27 de septiembre de
1915).
[18] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 169 (1966), pp. 82-83; Yu. N. Danilov, Rossiya v mirovoi voine 1914-1915 gg., p. 356; Yu. N. Danilov, Na puti k krusheniyu, p. 101; Yu. N. Danilov, Velikii Knyaz’ Nikolai Nikolaevich, pp. 207-208.
[19] G. I. Shavelski, Vospominaniya poslednego protopresvitera, vol. 1, p. 270.
[20] A. A. Polivanov (testimonio en investigación), Padenie tsarskogo rezhima, vol. 7, p. 203.
[21] G. I. Shavelskii, Vospominaniya poslednego protopresvitera, vol. 1, p. 232.
[22] Yu. N. Danilov, Velikii Knyaz’ Nikolai Nikolaevich, pp. 202-203.
[23] N. B. Shchérbatov (testimonio en investigación), Padenie tsarskogo rezhima, vol. 7, p. 228.
[24] Consejo de Ministros, 24 de julio de 1915: SMRI, p. 205.
[25] Consejo de Ministros, 30 de julio de 1915: «Tyazhëlye dni», Arkhiv Russkoi Revolyutsii, vol. 18 (1926), pp. 33-34.
[26] Ibíd., pp. 30 y 32.
[27] Consejo de Ministros, 4 de agosto de 1915: Ibíd., pp. 44-45.
[28] Consejo de Ministros, 6 de agosto de 1915: Ibíd., p. 47.
Página 524
[29] Ibíd., pp. 52-56.
[30] Ibíd., p. 56.
[31] Consejo de Ministros, 12 de agosto de 1915: SMRI, p. 220.
[32] Consejo de Ministros, 18 de agosto de 1915: SMRI, pp. 226-227.
[33] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 173 (1966), pp. 101-102.
[34] P. L. Bark a A. A. Rittikh, 9 de septiembre de 1922: SMRI, p. 438.
[35] P. Holquist, Making War, Forging Revolution: Russia’s Continuum of Crisis, 1914-1921, p. 27.
[36] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 173 (1966), p. 102.
[37] Consejo de Ministros, 18 de agosto de 1915: SMRI, p. 225; Yu. N. Danilov, Rossiya v mirovoi voine 1914-1915 gg., p. 382.
[38] A. N. Yakhontov a S. Ye. Kryzhanovskii, 31 de mayo de 1924: SMRI, p. 469.
[39] N. A. Romanov, Dnevniki imperatora Nikolaya II, vol. 2, p. 149 (22-24 de agosto de 1915); Yu. N. Danilov, Rossiya v mirovoi voine 1914-1915 gg., p. 384.
[40] N. N. Golovin, Voennye usiliya Rossii v mirovoi voine, vol. 2, p. 156.
[41] [F. S. Olferev], Russia in War and Revolution, pp. 312 y 315.
[42] M. K. Lemke, 250 dnei v tsarskoi stavke (25 sent. 1915 -
2 iyulya 1916), pp. 141, 143 y 148-149.
[43] N. A. Romanov, Dnevniki imperatora Nikolaya II, vol. 2, p. 149 (22-24 de agosto de 1915) y 166 (9 de noviembre de 1915); Yu. N. Danilov, Rossiya v mirovoi voine 1914-1915 gg., p. 384.
[44] Consejo de Ministros, 24 de agosto de 1915: SMRI, pp. 239-240.
[45] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 172 (1966), pp. 84-85.
[46] Consejo de Ministros, 26 de agosto de 1915: SMRI, pp. 245 y 249.
[47] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 172 (1966), pp. 85-86.
[48] Consejo de Ministros, 28 de agosto de 1915: SMRI, pp. 254-255.
[49] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 173 (1966), pp. 103-105.
[50] J. A. Sanborn, Imperial Apocalypse, p. 103.
[51] L. Siegelbaum, The Politics of Industrial Mobilization, p. 83.
[52] Consejo de Ministros, 2 de septiembre de 1915: SMRI, p. 263.
[53] M. V. Rodzyanko (testimonio en investigación), Padenie tsarskogo rezhima, vol. 7, p. 131.
[54] Consejo de Ministros, 2 de septiembre de 1915: SMRI, p. 261.
[55] Véase el debate en R. Pipes, The Russian Revolution, p. 228.
[56] Emperatriz Alejandra a N. A. Románov, 2, 16 y 17 de septiembre: The Complete Wartime Correspondence of Tsar Nicholas II and the Empress Alexandra, pp. 200, 239 y 243.
[57] A. A. Polivanov (testimonio en investigación), Padenie tsarskogo rezhima, vol. 7, p. 70.
[58] A. I. Spiridóvich, Velikaya voina i Fevral’skaya Revolyutsiya, 1914-1917 g. g., vol. 1, pp. 209-210; A. A. Polivanov (testimonio en investigación), Padenie tsarskogo rezhima, vol. 7, p. 70.
[1] J. A. Sanborn, Imperial Apocalypse, p. 101.
[2] G. E. Lvov y T. I. Polner, Nashe Zemstvo i 50 let ego raboty, pp. 37-59.
[3] Consejo de Ministros, 3 de agosto de 1914: SMRI, p. 33.
[4] Consejo de Ministros, 9 de agosto de 1914: SMRI, p. 40.
[5] Consejo de Ministros, 19 de agosto de 1914: SMRI, p. 51.
[6] O. R. Airapetov, Generaly, liberaly i predprinimateli, p. 155.
[7] P. Gatrell, I, pp. 40-41.
[8] O. R. Airapetov, Generaly, liberaly i predprinimateli, p. 155.
[9] The Russian Union of Zemstvos: A Brief Report of the Union’s Activities, pp. 5-7 y 14.
[10] DTKAAZ, p. 106 (23 de abril de 1915).
[11] Consejo de Ministros, 19 de agosto de 1914: SMRI, p. 58.
[12] O. R. Airapetov, Generaly, liberaly i predprinimateli, p. 156.
[13] P. Gatrell, Russia’s First World War, pp. 41-42; T. Fallows, «Politics and the War Effort in Russia: The Union of Zemstvos and the Organization of the Food Supply, 1914-1916», Slavic Review, n.º 1 (1978), p. 71.
[14] M. V. Chélnokov (testimonio en investigación), Padenie tsarskogo rezhima, vol. 5, p. 308; Vospominaniya Generala A. S. Lukomskogo, vol. 1, p. 62.
[15] Consejo de Ministros, 9 de agosto de 1915: SMRI, p. 215.
[16] Consejo de Ministros, 28 de agosto de 1915: SMRI, p. 256.
[17] Consejo de Ministros, 18 de agosto de 1915: SMRI, p. 229.
[18] N. A. Romanov, Dnevniki imperatora Nikolaya II, vol. 2, pp. 119, 204 y 238.
[19] M. V. Chélnokov (testimonio en investigación), Padenie tsarskogo rezhima, vol. 5, p. 307.
[20] Ibíd., pp. 306-307.
[21] L. Siegelbaum, The Politics of Industrial Mobilization, pp. 45, 48 y
56.
[22] Ibíd., pp. 90 y 118.
[23] Informe de la Ojrana, 16 de diciembre de 1915: B. B. Grave (ed.), Burzhuaziya nakanune Fevral’skoi revolyutsii, pp. 16-18; L. Siegelbaum, The Politics of Industrial Mobilization, pp. 65-66 y 91-92.
[24] Consejo de Ministros, 9 de agosto de 1915: «Tyazhëlye dni», Arkhiv Russkoi Revolyutsii, vol. 18 (1926), pp. 58-59.
[25] K. I. Globachev en K. I. Globachev y S. N. Globacheva, The Truth of the Russian Revolution, p. 49.
[26] Ibíd., pp. 47-48.
[27] L. Siegelbaum, The Politics of Industrial Mobilization, p. 160.
[28] Ibíd., p. 170.
[29] R. B. McKean, St Petersburg between the Revolutions: Workers and Revolutionaries, June 1907-February 1917, pp. 381-383.
[30] K. I. Globachev en K. I. Globachev y S. N. Globacheva, The Truth of the Russian Revolution, p. 50.
[31] L. Siegelbaum, The Politics of Industrial Mobilization, pp. 68 y 172.
[32] Consejo de Ministros, 25 de septiembre de 1915: SMRI, p. 281.
[33] K. I. Globachev, «Pravda o russkoi revolyutsii: Vospominaniya byvshevo nachal’nika Petrogradskogo okhrannogo otdeleniya», Voprosy Istorii, n.º 7, pp. 104 y 108; A. Blok, Poslednie Dni Imperatorskoi Vlasti, p. 23.
[34] Consejo de Ministros, 29 de mayo de 1915: SMRI, p. 395; Vospominaniya Generala A. S. Lukomskogo, vol. 1, pp. 62 y 64-65.
[35] L. Siegelbaum, The Politics of Industrial Mobilization, pp. 37-38.
[36] Vospominaniya Generala A. S. Lukomskogo, vol. 1, p. 65.
[37] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 170 (1966), p. 105.
[1] S. D. Sazónov, Vospominaniya, p. 365.
[2] Emperatriz Alejandra a N. A. Románov, 28 de agosto de 1915: The Complete Wartime Correspondence of Tsar Nicholas II and the Empress Alexandra, p. 188.
[3] N. A. Romanov, Dnevniki imperatora Nikolaya II, vol. 2, p. 205 (18 de enero de 1916).
[4] Ibíd.
[5] A. I. Spiridovich, Velikaya voina i Fevral’skaya Revolyutsiya,
1914-1917 gg., vol. 2, p. 90.
[6] G. I. Shavelski, Vospominaniya poslednego protopresvitera, vol. 2, pp. 208-209.
[7] A. I. Shingarev, congreso del Partido de los kadetes, junio de 1916: B. B. Grave (ed.), Burzhuaziya nakanune Fevral’skoi revolyutsii, p. 74.
[8] N. A. Romanov, Dnevniki imperatora Nikolaya II, vol. 2, p. 173 (17 de diciembre de 1915).
[9] P. Waldron, «States of Emergency: Autocracy and Extraordinary Legislation, 1881-1917», Revolutionary Russia, n.º 1 (1995), p. 4.
[10] Dnevnik L. A. Tikhomirova: 1915-1917 gg.: 19 de marzo de 1915, p. 48.
[11] Consejo de Ministros, 2 de septiembre de 1915: SMRI, p. 260.
[12] N. B. Shchérbatov, Consejo de Ministros, 13 de septiembre de 1915: SMRI, p. 270.
[13] N. B. Shchérbatov, Consejo de Ministros, 8 de septiembre de 1915: SMRI, p. 266.
[14] DTKAAZ, p. 120 (2 de diciembre de 1915).
[15] DTKAAZ, p. 100 (28 de enero de 1915).
[16] DTKAAZ, p. 120 (2 de diciembre de 1915).
[17] Consejo de Ministros, 17 de noviembre de 1915: SMRI, p. 297.
[18] V. F. Dzhunkovski (testimonio en investigación), Padenie tsarskogo rezhima, vol. 5, pp. 109-112.
[19] K. I. Globachev, byvshevo nachal’nika Istorii, n.º 7, p. 105.
«Pravda o russkoi revolyutsii: Vospominaniya Petrogradskogo okhrannogo otdeleniya», Voprosy
[20] Consejo de Ministros, 7 de noviembre de 1914: SMRI, p. 95.
[21] Consejo de Ministros, 14 de noviembre de 1914: SMRI, p. 97.
[22] Consejo de Ministros, 2 de septiembre de 1915: SMRI, p. 260.
[23] A. A. Polivanov, Consejo de Ministros, 5 de septiembre de 1915: SMRI, p. 264.
[24] [A. A. Vírubova, ]Freilina eë Velichestva (diario: 22 de agosto de 1915), p. 120.
[1] Consejo de Ministros, 2 de octubre de 1915: SMRI, p. 283.
[2] A. Heywood, Modernising Lenin’s Russia: Economic Reconstruction, Foreign Trade and the Railways, p. 24; R. Nachtigal, Die Murmanbahn: die Verkehrsanbindung eines kriegswichtigen Hafens und das Arbeitspotential der Kriegsgefangenen (1915 bis 1918), pp. 41-45.
[3] M. Futrell, The Northern Underground: Episodes of Russian Revolutionary Transport and Communications through Scandinavia and Finland, 1863-1917, pp. 180-185.
[4] S. N. Prokópovich, Voina i narodnoe khozyaistvo, p. 33.
[5] A. Watson, Ring of Steel, pp. 360-361; M. Rady, The Middle Kingdoms: A New History of Central Europe, capítulo 29.
[6] V. Ya. Lavérichev, Monopolisticheskii kapitalizm v tekstil’noi promyshlennosti Rossii (1900-1917), p. 247.
[7] S. N. Prokópovich, Voina i narodnoe khozyaistvo, p. 160; P. Gregory, Russian National Income, 1885-1913, pp. 232-233.
[8] N. A. Lambert, The War Lords and the Gallipoli Disaster, pp. 89-90.
[9] A. M. Michelson, «Revenue and Expenditure», p. 62.
[10] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 157 (1965), p. 61 y n.º 158 (1965), pp. 77-79.
[11] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 158 (1965), p. 87.
[12] S. N. Prokópovich, Voina i narodnoe khozyaistvo, p. 154.
[13] A. M. Michelson, «Revenue and Expenditure», p. 87.
[14] Consejo de Ministros, 9 de agosto de 1914 (decreto): Osobye zhurnaly Soveta Ministrov, 1914-1916, vol. 6, p. 271; Consejo de Ministros, 25 de septiembre de 1914: SMRI, p. 76.
[15] A. M. Michelson, «Revenue and Expenditure», pp. 171 y 196.
[16] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 162 (1965), pp. 91 y
93.
[17] P. N. Apostol, «Credit Operations», pp. 252 y 271 en A. M. Michelson, P. N. Apostol and M. W. Bernatzky, Russian Public Finance During the War: Revenue and Expenditure.
[18] P. N. Apostol, «Credit Operations», p. 267.
[19] S. N. Prokópovich, Voina i narodnoe khozyaistvo, p. 57.
[20] M. W. Bernatzky, «Monetary Policy», p. 392, en A. M. Michelson, P. N. Apostol y M. W. Bernatzky, Russian Public Finance During the War.
[21] P. N. Apostol, «Credit Operations», pp. 293-295 y 298-299.
[22] M. K. Lemke, 250 dnei v tsarskoi stavke (25 sent. 1915 -
2 iyulya 1916), pp. 792-793.
[23] P. N. Apostol, «Credit Operations», p. 312; J. A. Frieden, Banking on the World: The Politics of American International Finance, p. 26.
[24] P. N. Apostol, «Credit Operations», pp. 314-315; M. I. Gaiduk, Utyug: materialy i fakty o zagotovitel’noi deyatel’nost’ russkikh voennykh komissiei v Amerike, pp. 25-26.
[25] Consejo de Ministros, 2 de octubre de 1915: SMRI, p. 283.
[26] Consejo de Ministros, 12 de agosto de 1916: SMRI, p. 350.
[27] V. Ya. Laverychev, Monopolisticheskii kapitalizm v tekstil’noi promyshlennosti Rossii (1900-1917), pp. 281-282.
[28] L. Siegelbaum, The Politics of Industrial Mobilization, p. 71.
[29] Consejo de Ministros, 17 de noviembre de 1915: SMRI, pp. 299-301.
[30] A. P. Korelin, «Popytki reformirovaniya sistemy kontrol’no-reguliruyushchikh organov», en Yu. A. Petrov (ed.), Rossiiskaya revolyutsiya 1917 goda: vlast’, obshchestvo, kul’tura, vol. 1, p. 269.
[31] A. S. Senin, Ministerstvo putei soobshcheniya v 1917 godu: kratkii istoricheskii ocherk, p. 138.
[32] S. N. Prokópovich, Voina i narodnoe khozyaistvo, pp. 35-36 y 48.
[33] Consejo de Ministros, 17 de noviembre de 1915: SMRI, pp. 299-301.
[34] S. N. Prokópovich, Voina i narodnoe khozyaistvo, p. 159.
[35] T. M. Kitanina, Voina, khleb i revolyutsiya: prodovol’stvennyi vopros v Rossii, 1914 - oktyabr’ 1917 g., p. 71.
[36] A. F. Trépov, Consejo de Ministros, 22 de diciembre de 1915: SMRI, p. 307.
[37] L. Siegelbaum, The Politics of Industrial Mobilization, pp. 4-5.
[38] Consejo de Ministros, 17 de febrero de 1915: SMRI, p. 134.
[39] L. Siegelbaum, The Politics of Industrial Mobilization, p. 22.
[40] P. Gatrell, Russia’s First World War, pp. 121-122.
[41] Ibíd., p. 68.
[42] A. F. Trépov, Consejo de Ministros, 22 de diciembre de 1915: SMRI, p. 307.
[1] DTKAAZ, p. 114 (27 de agosto de 1915).
[2] DTKAAZ, p. 123 (31 de diciembre de 1915).
[3] N. A. Kudashev a S. D. Sazónov (informes sobre M. A. Alekséyev), 10 de septiembre y 8 de octubre de 1915: «Stavka i Ministerstvo Inostrannykh Del’» (ed. M. Pokrovskii), Krasnyi Arkhiv, n.º 3 (1928), pp. 5 and 10.
[4] K. V. Samojin, «The Tambov Peasantry during the First World War», Russian Studies in History, n.º 2 (2017), pp. 115-124; G. K. Zhukov, Vospominaniya i razmyshleniya, vol. 1, p. 63.
[5] N. N. Golovin, Voennye usiliya Rossii v mirovoi voine, vol. 1, p. 183.
[6] A. Knox, With the Russian Army, vol. 1, p. 348.
[7] W. B. Lincoln, Passage Through Armageddon: The Russians in War and Revolution, 1914-1918, p. 242.
[8] N. N. Golovin, Voennye usiliya Rossii v mirovoi voine, vol. 1, p. 179.
[9] Yu. N. Danilov, Rossiya v mirovoi voine 1914-1915 gg., p. 393.
[10] N. Stone, The Eastern Front, 1914-1917, p. 12.
[11] A. I. Denikin, Ocherki russkoi smuty, vol. 1, parte 1: Krushenie vlasti i armii, fevral’-sentyabr’ 1917 g., p. 34.
[12] A. A. Brusilov, A Soldier’s Notebook, pp. 245 y 267.
[13] [F. S. Olferev], Russia in War and Revolution, pp. 334-335; A. I. Denikin, Ocherki russkoi smuty, vol. 1, parte 1: Krushenie vlasti i armii, fevral’-sentyabr’ 1917 g., p. 35; A. A. Polivanov (testimonio en investigación), Padenie tsarskogo rezhima, vol. 7, p. 194.
[14] «Dnevnik Shtukaturova», Voenno-istoricheskii zhurnal, n.º 2, p. 184 (11 de noviembre de 1915).
[15] Ibíd.
[16] V. P. Krávkov, Velikaya voina bez retushi: zapiski korpusnogo vracha: diario, 27 de agosto de 1915: p. 171.
[17] Ibíd.: diario, 8 de febrero de 1915, pp. 104 y 124.
[18] M. K. Lemke, 250 dnei v tsarskoi stavke (25 sent. 1915 - 2 iyulya 1916), pp. 261-262. Véase también A. I. Denikin, Ocherki russkoi smuty, vol. 1, parte 1: Krushenie vlasti i armii, fevral’-sentyabr’ 1917 g., p. 34.
[19] Ibíd., p. 35.
[20] A. A. Brusilov, A Soldier’s Notebook, pp. 213-217; N. Stone, The Eastern Front, 1914-1917, p. 235.
[21] A. A. Brusilov, A Soldier’s Notebook, pp. 236, 241-242 y 256; N. Stone, The Eastern Front, 1914-1917, pp. 249 y 254.
[22] DTKAAZ, p. 138 (18 de julio de 1916).
[23] A. A. Brusilov, A Soldier’s Notebook, p. 236 y 241; N. Stone, The Eastern Front, 1914-1917, p. 249.
[24] Ibíd., pp. 258 y 270.
[25] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 178 (1966), pp. 98 y
108.
[26] G. H. Soutou, «Diplomacy», en Cambridge History of the First World War, vol. 2, p. 497.
[27] Constantinople et les Détroits: Documents Secrets de l’Ancien Ministère de Affaires Étrangères de Russie, vol. 1, pp. 357-366.
[28] Ibíd., vol. 1, p. 367.
[29] V. S. Dyakin, Russkaya burzhuaziya i tsarizm v gody pervoi mirovoi voiny, p. 279.
[30] G. Buchanan, My Mission to Russia and Other Diplomatic Memories, pp. 19-20.
[1] S. M. Dubrovski, Krest’yanskoe dvizhenie v revolyutsii 1905-1907 gg., pp. 65 y 67.
[2] R. T. Manning, The Crisis of the Old Order in Russia: Gentry and Government, pp. 170-173.
[3] N. P. Makarov, Krest’yanskoe khozyaistvo i ego interesy, pp. 29-30.
[4] A. M. Anfimov, P. A. Stolypin i rossiiskoe krest’yanstvo, p. 250.
[5] Ibíd., pp. 237-250.
[6] S. M. Dubrovskii, Sel’skoe khozyaistvo i krest’yanstvo Rossii v period imperializma, p. 158.
[7] T. Shanin, The Awkward Class: Political Sociology of Peasantry in a Developing Society: Russia, 1910-1925, pp. 175-176; A. Retish, Russia’s Peasants in Revolution and Civil War: Citizenship, Identity, and the Creation of the Soviet State, 1914-1922, p. 48.
[8] A. M. Anfimov, Rossiiskaya derevnya v gody pervoi mirovoi voiny, 1914-fevral’ 1917, p. 95.
[9] A. Retish, Russia’s Peasants in Revolution and Civil War, p. 42.
[10] DTKAAZ, p. 106 (29 de abril de 1915).
[11] A. Retish, Russia’s Peasants in Revolution and Civil War, p. 56.
[12] A. M. Anfimov, P. A. Stolypin i rossiiskoe krest’yanstvo, p. 263.
[13] DTKAAZ, p. 82 (1 de mayo de 1914).
[14] P. Holquist, Making War, Forging Revolution: Russia’s Continuum of Crisis, 1914-1921, pp. 32-33.
[15] DTKAAZ, p. 122 (24 de diciembre de 1915), p. 126 (15 de febrero de 1916), p. 131 (31 de marzo de 1916), p. 140 (1 de agosto de 1916), p. 141
(15 de agosto de 1916).
[16] DTKAAZ, p. 127 (16 de febrero de 1916).
[17] DTKAAZ, p. 117 (16 de octubre de 1916).
[18] DTKAAZ, pp. 118-119 (5-14 de noviembre de 1915).
[19] DTKAAZ, p. 104 (31 de marzo de 1915).
[20] N. P. Makarov, Krest’yanskoe khozyaistvo i ego evolyutsiya, vol. 1, p. 315.
[21] DTKAAZ, pp. 75-98 (el año 1914).
[22] V. P. Buldakov y T. G. Leonteva, Voina, porodivshaya revolyutsiyu, pp. 301-302.
[23] Consejo de Ministros, 11 de septiembre de 1915: SMRI, pp. 267-269.
[24] Consejo de Ministros, 22 de diciembre de 1915: SMRI, pp. 307-308.
[25] Dnevnik L. A. Tikhomirova: 1915-1917 gg.: 13 de agosto de 1915, p. 99.
[26] A. L. Okninskii, Dva goda sredi krest’yan: vidennoe, slyshannoe, perezhitoe v Tambovskoi gubernii s noyabrya 1918 goda do noyabrya 1920 goda, p. 3.
[27] M. W. Bernatzky, «Monetary Policy», p. 395.
[28] Dnevnik L. A. Tikhomirova: 1915-1917 gg.: 19 de marzo de 1915, p. 48.
[29] P. Gatrell, Russia’s First World War, p. 69.
[30] K. V. Samojin, «The Tambov Peasantry during the First World War», Russian Studies in History, n.º 2 (2017), p. 119.
[31] M. W. Bernatzky, «Monetary Policy», pp. 397 y 417.
[32] DTKAAZ, p. 125 (28 de enero de 1916).
[33] Ibíd.
[34] DTKAAZ, p. 103 (22 de marzo de 1915).
[1] J. S. Curtiss, The Russian Church and the Soviet State, pp. 10-11.
[2] S. Dixon, «How Holy Was Holy Russia?», pp. 29-31 en G. Hosking y R. Service, Reinterpreting Russia; G. L. Freeze, «Critical Dynamic of the Russian Revolution: Irreligion or Religion?», p. 56.
[3] M. K. Stockdale, Mobilizing the Russian Nation: Patriotism and Citizenship in the First World War, pp. 75, 78-82 y 86.
[4] DTKAAZ, p. 114 (27 de agosto de 1915).
[5] «Dnevnik Shtukaturova», Voenno-istoricheskii zhurnal, n.º 1, p. 163 (3 de septiembre de 1915).
[6] V. Shevzov, Russian Orthodoxy on the Eve of Revolution, pp. 151-155.
[7] Ibíd., pp. 160-161.
[8] Ibíd., pp. 158 y 169.
[9] N. Davies, Vanished Kingdoms: The History of Half-Forgotten Europe, pp. 349-350.
[10] S. An-sky, 1915 Diary of S. An-sky, p. 68 (25 de enero de 1915).
[11] Consejo de Ministros, 10 de septiembre de 1914: SMRI, p. 62.
[12] P. Robinson, «A Study of Grand Duke Nikolai Nikolaevich as Supreme Commander of the Russian Army, 1914-1915», The Historian, n.º 3 (2013), pp. 496-497.
[13] Consejo de Ministros, 13 de septiembre de 1914: SMRI, p. 65.
[14] M. von Hagen, War in a European Borderland: Occupations and Occupation Plans in Galicia and Ukraine, 1914-1918, p. 37.
[15] A. Watson, Ring of Steel, p. 154.
[16] D. Smith, Rasputin, pp. 400, 517, 535-537 y 546.
[17] A. N. Yajontov a V. I. Gurko, 19 de diciembre de 1925: SMRI, p. 489.
[18] Consejo de Ministros, 24 de agosto de 1915: SMRI, p. 240.
[19] D. Smith, Rasputin, pp. 261-262, 265-266 y 279-280.
[20] DTKAAZ, p. 85 (19 de junio de 1914).
[1] R. Pearson, The Russian Moderates and the Crisis of Tsarism,
1914-1917, pp. 58-63.
[2] DTKAAZ, p. 120 (26 de noviembre de 1915).
[3] [O.] A. Yermanski, Marksisty na rasput’i: o sbornike ‘Samozashchita’ (Petrogrado-Moscú, 1916).
[4] P. N. Miliukov, Vospominaniya, 1859-1917, vol. 2, p. 232.
[5] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 177 (1966), p. 106; H. D. Lowe, The Tsars and the Jews: Reform, Reaction and Anti-Semitism in Imperial Russia, 1772-1917, p. 366.
[6] «Dnevnik Shtukaturova», Voenno-istoricheskii zhurnal, n.º 1, p. 139 (5 de julio de 1915).
[7] Consejo de Ministros, 21 de agosto de 1915: SMRI, pp. 237-238.
[8] J. A. Sanborn, Imperial Apocalypse, p. 104.
[9] K. I. Globachev, «Pravda o russkoi revolyutsii: Vospominaniya byvshevo nachal’nika Petrogradskogo okhrannogo otdeleniya», Voprosy Istorii, n.º 7, p. 120.
[10] S. Badcock, A Prison Without Walls?: Eastern Siberian Exile in the Last Years of Tsarism, p. 72.
[11] V. F. Dzhunkovski (testimonio en investigación), Padenie tsarskogo rezhima, vol. 5, p. 71.
[12] I. D. Thatcher, Leon Trotsky and World War One: August 1914-February 1917, pp. 25-37.
[1] A. Watson, Ring of Steel, pp. 190-191.
[2] F. A. Golder (ed.), Documents of Russian History, 1914-1917, p. 37.
[3] N. A. Romanov, Dnevniki imperatora Nikolaya II, vol. 2, p. 239 (29 de junio de 1916).
[4] S. Sazónov, Fateful Years, 1909-1916, p. 304.
[5] Consejo de Ministros, 29 de abril de 1916: SMRI, p. 332.
[6] Emperatriz Alejandra a N. A. Románov, 19 de julio y 7 de septiembre de 1916: The Complete Wartime Correspondence of Tsar Nicholas II and the Empress Alexandra, pp. 539 y 575.
[7] F. Fischer, Germany’s Aims in the First World War, p. 272.
[8] M. von Hagen, War in a European Borderland, pp. 54-55.
[9] Z. A. B. Zeman, Germany and the Revolution in Russia, 1915-1918: Documents from the Archives of the German Foreign Ministry, pp. 1 y 10.
[10] M. A. Reynolds, Shattering Empires: The Clash and Collapse of the Ottoman and Russian Empires, 1908-1918, p. 123.
[11] Consejo de Ministros, 3 de mayo de 1916: SMRI, p. 333.
[12] T. Totiukova, «The Exemption of Peoples of Turkestan from Universal Military Service as an Antecedent to the 1916 Revolt», pp. 46, 51 y 53 en A. Morrison, C. Drieu y A. Chokobaeva (eds.), The Central Asian Revolt of 1916: A Collapsing Empire in the Age of War and Revolution.
[13] Consejo de Ministros, 3 de mayo de 1916: SMRI, pp. 333-334.
[14] V. F. Dzhunkovski (testimonio en investigación), Padenie tsarskogo rezhima, vol. 5, p. 70.
[15] T. Totiukova, «The Exemption of Peoples of Turkestan from Universal Military Service as an Antecedent to the 1916 Revolt», p. 61.
[16] J. Happel, «Fears, Rumours, Violence: The Tsarist Regime and the Revolt of the Nomads in Central Asia, 1916» en A. Morrison, C. Drieu y A. Chokobaeva (eds.), The Central Asian Revolt of 1916: A Collapsing Empire in the Age of War and Revolution, pp. 129-130; I. W. Campbell, «Violent Acculturation: Alexei Kuropatkin, the Central Asian Revolt, and the Long Shadow of Conquest» en ídem, p. 200.
[17] A. Chokobaeva, C. Drieu y A. Morrison, «Introduction», en ídem,
p. 2.
[18] A. Morrison, «Refugees, Resettlement and Revolutionary Violence in Semirech’e after the 1916 Revolt» en ídem, p. 215.
[19] Ibíd., p. 213.
[20] A. Chokobaeva, C. Drieu y A. Morrison, «Introduction» en ídem,
p. 2.
[21] A. Bazabaev, «The 1916 Uprisings in Jizzakh: economic background and political rationales» en ídem, p. 89.
[22] Jon Smele expone en The «Russian» Civil Wars, 1916-1926: Ten Years That Shook the World el argumento de que la revuelta centroasiática de 1916 fue el inicio de las guerras civiles en el Imperio ruso, rechazando así la fecha más convencional de 1918. Sin duda acierta al hacer hincapié en que el conflicto militar interno precedió a la Revolución de Octubre. En general, yo prefiero ver la derrota de los rebeldes como una campana de control colonial.
] M. V. Alekséyev a Nicolás II (nota), 15 de junio de 1916, pp. 1-5: Documentos de M. V. Alekséyev (HIA), carpeta 1, archivo 6.
[2] Ibíd., p. 5.
[3] V. S. Dyakin, Russkaya burzhuaziya i tsarizm v gody pervoi mirovoi voiny, p. 227.
[4] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 179 (1966), pp. 102-103.
[5] A. Blok, Poslednie Dni Imperatorskoi Vlasti, pp. 96-105.
[6] G. I. Shavelski, Vospominaniya poslednego protopresvitera, vol. 2, p. 228.
[7] Perepiska Nikolaya I Aleksandry Romanovykh, vol. 5, p. 146.
[8] O. R. Airapetov, Generaly, liberaly i predprinimateli, p. 191.
[9] Dnevnik L. A. Tikhomirova: 1915-1917 gg.: 11 de diciembre de 1916, p. 315.
[10] M. V. Chélnokov (testimonio en investigación), Padenie tsarskogo rezhima, vol. 5, pp. 308-309.
[11] N. A. Romanov, Dnevniki imperatora Nikolaya II, vol. 2, p. 271 (21 de diciembre de 1916). Véase D. Smith, Rasputin, pp. 611-612.
[12] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 175 (1966), p. 78.
[13] Alexander Ivanovich Guchkov rasskazyvaet…, p. 9.
[14] Conversación entre la pareja imperial, 19 y 22 de septiembre de 1916: The Complete Wartime Correspondence of Tsar Nicholas II and the Empress Alexandra, pp. 591 y 597.y
[15] N. A. Románov a la emperatriz Alejandra, 22 de septiembre de 1916: Ibíd., p. 601.
[16] A. I. Denikin, Ocherki russkoi smuty, vol. 1, parte 1: Krushenie vlasti i armii, fevral’-sentyabr’ 1917 g., p. 37.
[17] O. R. Airapetov, Generaly, liberaly i predprinimateli, pp. 201-203: contiene el texto del memorándum de Alekséyev a Nicolás II, escrito en los meses posteriores a la Revolución de Febrero.
[18] A. I. Denikin, Ocherki russkoi smuty, vol. 1, parte 1, p. 38.
[19] Alexander Ivanovich Guchkov rasskazyvaet…, pp. 18 y 20.
[20] H. D. Lowe, The Tsars and the Jews: Reform, Reaction and Anti-Semitism in Imperial Russia, 1772-1917, p. 327.
[21] P. N. Mikiukov, Vospominaniya, 1859-1917, vol. 2, pp. 281-282.
[22] Alexander Ivanovich Guchkov rasskazyvaet…, pp. 14-15.
[23] S. Wheatcroft, «Agriculture» en R. W. Davies (ed.), From Tsarism to the New Economic Policy: Continuity and Change in the Economy of the USSR, pp. 93-94.
[24] T. M. Kitanina, Voina, khleb i revolyutsiya, pp. 16-17.
[25] P. Holquist, Making War, Forging Revolution: Russia’s Continuum of Crisis, 1914-1921, p. 40.
[26] V. P. Krávkov, Velikaya voina bez retushi: diario, 2-6 de enero de 1917, p. 263.
[27] G. L. Yaney, The Urge to Mobilize: Agrarian Reform in Russia,
1861-1930, p. 455; L. Lih, Bread and Authority in Russia, 1917-1921, pp. 49-50.
[28] T. M. Kitanina, Voina, khleb i revolyutsiya, pp. 257-259 y 263.
[29] P. Gatrell, Russia’s First World War, p. 168.
[30] DTKAAZ, pp. 153-155 (10 de febrero y 1 de marzo de 1917).
[31] DTKAAZ, p. 150 (25 de enero de 1917).
[32] N. N. Golovin, Voennye usiliya Rossii v mirovoi voine, vol. 1, pp. 99-104 y 106-108.
[33] A. I. Verjovski (diario), 29 de diciembre de 1916: A. I. Verjovski, Rossiya na Golgofe: iz pokhodnogo dnevnika 1914-1918 gg., p. 62.
[34] A. A. Brusilov, A Soldier’s Notebook, pp. 251 y 268-269.
[35] Consejo de Ministros, 22 de julio de 1916: Osobye zhurnaly Soveta Ministrov, 1914-1916, vol. 8, p. 354.
[36] Informe de la Ojrana de Moscú al director del Departamento de Policía, 20 de septiembre de 1916: B. B. Grave (ed.), Burzhuaziya nakanune Fevral’skoi revolyutsii, pp. 139-140.
[37] T. Hasegawa, The February Revolution, Petrograd, 1917: The End of the Tsarist Regime and the Birth of Dual Power, p. 97; V. V. Kanishchev, Russkii bunt, bessmyslennyi i besposhchadnyi: pogromnoe dvizhenie v gorodakh Rossii v 1917-1918 gg., p. 49.
[38] A. I. Verjovski (diario), 29 de diciembre de 1917: A. I. Verjovski, Rossiya na Golgofe: iz pokhodnogo dnevnika 1914-1918 gg., p. 64.
[39] L. Siegelbaum, The Politics of Industrial Mobilization, p. 181.
[40] Dnevnik L. A. Tikhomirova: 1915-1917 gg.: 30 de enero de 1917, p. 332.
[41] A. Blok, Poslednie Dni Imperatorskoi Vlasti, p. 10.
[42] M. V. Alekséyev a A. I. Guchkov, 8 de marzo de 1917: Browder y Kerensky (eds.), The Russian Provisional Government, vol. 2, p. 922;
D. R. Stone. The Russian Army in the Great War, pp. 273-274.
[43] B. B. Grave (ed.), Burzhuaziya nakanune Fevral’skoi revolyutsii, pp. 59-60.
[44] Ekonomicheskoe polozhenie Rossii nakanune Velikoi Oktyabr’skoi Sotsialisticheskoi Revolyutsii: materialy i dokumenty, parte 2 (ed. A. L. Sidorov et al.: AN SSSR: Moscú-Leningrado, 1957), pp. 18-32.
[45] A. Blok, Poslednie Dni Imperatorskoi Vlasti, pp. 29-30.
[1] N. A. Romanov, Dnevniki imperatora Nikolaya II, vol. 2, p. 294 (23 de febrero de 1917); N. A. Románov a la emperatriz Alejandra, 23 de febrero de 1917: The Complete Wartime Correspondence of Tsar Nicholas II and the Empress Alexandra, p. 689.
[2] Emperatriz Alejandra a N. A. Románov, 24 de febrero de 1917: Ibíd., p. 690.
[3] N. D. Golitsin (testimonio en investigación), Padenie tsarskogo rezhima, vol. 2, pp. 266-267.
[4] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 182 (1967), pp. 99-100.
[5] R. P. Browder y A. Kerensky (eds.), The Russian Provisional Government: Documents, vol. 1, pp. 41-42.
[6] N. A. Romanov, Dnevniki imperatora Nikolaya II, vol. 2, p. 295 (27 de febrero de 1917).
[7] Ibíd., p. 295 (28 de febrero de 1917).
[8] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 183 (1967), p. 94.
[9] J. L. Houghteling, A Diary of the Russian Revolution, p. 113.
[10] «Protokol sobytii», Fevral’skaya revolyutsiya, 1917: sbornik dokumentov i materialov, p. 124.
[11] A. B. Nikolaev, Dumskaya revolyutsiya: 27 fevralya-3 marta 1917 goda, vol. 1, p. 347.
[12] Petrogradskii Sovet Rabochikh i Soldatskikh Deputatov v 1917 godu: materialy i dokumenty, vol. 1, pp. 19-42.
[13] «Protokol sobytii», Fevral’skaya revolyutsiya, 1917, p. 130.
[14] Ibíd., p. 131.
[15] Ibíd., pp. 131-132.
[16] Comité Provisional de la Duma (decreto), 1 de marzo de 1917: Fevral’skaya revolyutsiya, 1917: sbornik dokumentov i materialov, p. 151.
[17] Fevral’skaya revolyutsiya, 1917: sbornik dokumentov i materialov, p. 153.
[18] P. L. Bark, «Vospominaniya», Vozrozhdenie, n.º 181 (1967), pp. 95-97.
[19] Ibíd., pp. 97-100.
[20] A. Dem’yanov, «Moya sluzhba pri Vremennom Pravitel’stve», Arkhiv Russkoi Revolyutsii, vol. 4 (1922), p. 58.
[21] A. G. Rumyantsev, «Dokumenty TsGIA po delu o “razgrome”», en A. B. Nikolaev (ed.), Revolyutsiya 1917 goda v Rossii: novye podkhody i vzglyady, p. 40.
[22] Sesión del Comité Provisional de la Duma, 1-2 de marzo de 1917: Fevral’skaya revolyutsiya, 1917: sbornik dokumentov i materialov, p. 154; T. Hasegawa, The February Revolution, Petrograd, 1917, pp. 567-570.
[23] NPODM, pp. 17-18 (2 de marzo de 1917).
[24] N. A. Románov (debate con Guchkov y Shulgin), 1 de marzo de 1917: Fevral’skaya revolyutsiya, 1917: sbornik dokumentov i materialov, p. 225.
[25] G. I. Shavelski, Vospominaniya poslednego protopresvitera, vol. 2, p. 284.
[26] Ibíd., vol. 1, p. 361.
[27] T. Hasegawa, The February Revolution, Petrograd, 1917, p. 559.
[28] DTKAAZ, p. 155 (1 de marzo de 1917).
[29] DTKAAZ, pp. 155-156 (7 de marzo de 1917).
[1] J. L. Houghteling, A Diary of the Russian Revolution, p. 137.
[2] Alexander Ivanovich Guchkov rasskazyvaet…, Voprosy istorii, n.º 12 (1993), p. 172.
[3] W. G. Rosenberg, The Liberals in the Russian Revolution: The Constitutional Democratic Party, 1917-1920, p. 55.
[4] V. D. Nabokov, «Vremennoe Pravitel’stvo», Arkhiv russkoi revolyutsii, n.º 1 (1921), pp. 40 y 47-48.
[5] J. L. Houghteling, A Diary of the Russian Revolution, p. 157; V. D. Nabokov, «Vremennoe Pravitel’stvo», Arkhiv russkoi revolyutsii, n.º 1 (1921), pp. 42, 57 y 59; D. R. Francis, Russia from the American Embassy, April 1916-November 1918, p. 118.
[6] Llamamiento a los ciudadanos del Estado ruso (Gobierno provisional), 6 de marzo de 1917: Fevral’skaya revolyutsiya, 1917: sbornik dokumentov
i materialov, pp. 176-177. Sobre el voto para las mujeres, véase R. Goldberg Ruthchild, «Going to the Ballot Box is a Moral Duty for Every Woman: The Great War and Women’s Rights in Russia» en C. Read, P. Waldron y A. Lindenmeyr (eds.), Russia’s Home Front in War and Revolution, 1914-1922, vol. 4, pp. 139-176.
[7] Gobierno provisional, 8 de marzo de 1917: ZZVP, vol. 1, p. 56.
[8] Gobierno provisional, 26 de abril de 1917: ZZVP, vol. 1, p. 350.
[9] Gobierno provisional, 23 de abril de 1917: ZZVP, vol. 1, p. 338.
[10] Gobierno provisional, 14 de marzo de 1917: ZZVP, vol. 1, p. 91.
[11] Gobierno provisional, 20 de marzo de 1917: ZZVP, vol. 1, pp. 142-143.
[12] M. von Hagen, War in a European Borderland: Occupations and Occupation Plans in Galicia and Ukraine, 1914-1918, p. 83.
[13] V. P. Buldakov, Khaos i etnos: etnicheskie konflikty v Rossii, 1917-1918: usloviya voznikoveniya, khronika, kommentarii, analiz, p. 181.
[14] A. Dem’yanov, «Moya sluzhba pri Vremennom Pravitel’stve», Arkhiv Russkoi Revolyutsii, vol. 4 (1922), p. 73.
[15] Gobierno provisional, 4 de marzo de 1917, segunda sesión: ZZVP, vol. 1, p. 23.
[16] Primera sesión del Gobierno provisional, 5 de marzo de 1917: ZZVP, vol. 1, p. 36.
[17] J. L. Houghteling, A Diary of the Russian Revolution, p. 155.
[18] Alexander Ivanovich Guchkov rasskazyvaet…, p. 190.
[19] Vospominaniya Generala A. S. Lukomskogo, vol. 1, p. 149.
[20] Gobierno provisional, 4 de marzo de 1917 (primera sesión): ZZVP, vol. 1, p. 24 y vol. 4, p. 266; V. D. Nabokov, «Vremennoe Pravitel’stvo», Arkhiv russkoi revolyutsii, n.º 1 (1921), pp. 32-33.
[21] W. G. Rosenberg, The Liberals in the Russian Revolution: The Constitutional Democratic Party, 1917-1920, pp. 60-61.
[22] Gobierno provisional, 8 de marzo de 1917: ZZVP, vol. 1, p. 56.
[23] A. N. Kuropatkin, diario, 12 de marzo de 1917: Dnevnik A. N. Kuropatkina, p. 415.
[24] Gobierno provisional, 4 de marzo de 1917, segunda sesión: ZZVP, vol. 1, p. 24.
[25] Gobierno provisional, 19 de marzo de 1917: ZZVP, vol. 1, p. 134.
[26] A. Retish, Russia’s Peasants in Revolution and Civil War, p. 70.
[27] Gobierno provisional, 15 de abril de 1917: ZZVP, vol. 1, p. 302.
[28] Gobierno provisional, 16 de marzo de 1917, segunda sesión: ZZVP, vol. 1, p. 103.
[29] Gobierno provisional, 7 de marzo de 1917, segunda sesión: ZZVP, vol. 1, p. 50.
[30] Gobierno provisional, 5 de marzo de 1917, segunda sesión: ZZVP, vol. 1, p. 34.
[31] Petrogradskii Sovet Rabochikh i Soldatskikh Deputatov v 1917 godu: materialy i dokumenty, vol. 1, p. 132.
[32] A. A. Ivanov, «“My fakticheski razgromleny”: ob arestakh liderov pravykh i pogromakh chernosotennogo imushchestva», en A. B. Nikolaev (ed.), Revolyutsiya 1917 goda v Rossii: novye podkhody i vzglyady, pp. 65-70.
[33] V. P. Buldakov y T. G. Leonteva, Voina, porodivshaya revolyutsiyu, p. 498; M. K. Stockdale, Mobilizing the Russian Nation: Patriotism and Citizenship in the First World War, pp. 215-216.
[34] DTKAAZ, p. 159 (28 de abril de 1917).
[1] NPODM, p. 20 (4 de marzo de 1917).
[2] NPODM, p. 32 (8 de abril de 1917) y p. 38 (27 de abril de 1917).
[3] NPODM, p. 38 (27 de abril de 1917).
[4] NPODM, p. 11 (19 de febrero de 1917).
[5] NPODM, pp. 124-125 (29 de diciembre de 1917).
[6] NPODM, p. 141 (27 de enero de 1918).
[7] NPODM, p. 123 (29 de diciembre de 1917).
[8] NPODM, p. 508 (13 de enero de 1922).
[9] NPODM, p. 17 (2 de marzo de 1917).
[10] NPODM, p. 19 (3 de marzo de 1917).
[11] NPODM, p. 18 (3 de marzo de 1917).
[12] NPODM, p. 23 (8 de marzo de 1917).
[13] NPODM, p. 26 (15 de marzo de 1917).
[14] NPODM, p. 23 (8 de marzo de 1917).
[15] NPODM, p. 24 (10 de marzo de 1917).
[16] M. V. Alekséyev a A. I. Guchkov, 8 de marzo de 1917: Browder y Kerensky (eds.), The Russian Provisional Government, vol. 2, p. 922 de N. E. Kakurin (ed.), Razlozhenie armii v 1917 godu, pp. 28-29.
[17] K. Neilson, Strategy and Supply: The Anglo-Russian Alliance, 1914-17, p. 259.
[18] V. D. Nabokov, «Vremennoe Pravitel’stvo», Arkhiv russkoi revolyutsii, n.º 1 (1921), p. 57.
[19] V. P. Krávkov, Velikaya voina bez retushi: diario, 31 de marzo de 1917, p. 313.
[20] NPODM, p. 28 (23 de marzo de 1917).
[21] A. I. Verjovski, Rossiya na Golgofe: iz pokhodnogo dnevnika 1914-1918 gg., p. 381.
[22] R. A. Wade, The Russian Search for Peace, February to October
1917, pp. 78-79.
[23] I. G. Tsereteli en el Comité Ejecutivo del Sóviet de Petrogrado, 25 de marzo de 1917: Petrogradskii Sovet Rabochikh i Soldatskikh Deputatov v 1917 godu: materialy i dokumenty, vol. 1, p. 549; I. G. Tsereteli, Vospominania o Fevral’skoi Revolyutsii, vol. 1, p. 63.
[24] I. G. Tsereteli en el Comité Ejecutivo de Petrogrado, 25 de marzo de 1917: Petrogradskii Sovet Rabochikh i Soldatskikh Deputatov v 1917 godu: materialy i dokumenty, vol. 1, p. 549.
[25] Konstantinopol’ i prolivy po sekretnym dokumentam b. Ministerstva Inostrannykh Del, vol. 1, p. 477.
[26] K. Neilson, Strategy and Supply: The Anglo-Russian Alliance, 1914-17, p. 269.
[27] N. S. Chkheidze en debate (marzo de 1917): Petrogradskii Sovet Rabochikh i Soldatskikh Deputatov v 1917 godu: materialy i dokumenty, vol. 1, p. 328.
[28] Ibíd., pp. 222, 224, 236 y 254; P. V. Volobuev, Proletariat i burzhuaziya Rossiya v 1917 g., pp. 105-106.
[29] R. Service, Stalin: A Biography, pp. 120-122 y 128.
[30] Gobierno provisional, 1 de abril de 1917: ZZVP, vol. 1, p. 218; A. A. Brusilov, A Soldier’s Notebook, pp. 308-309.
[31] P. V. Volobuev, Ekonomicheskaya politika Vremennogo Pravitel’stva, pp. 135-137.
[32] Petrogradskii Sovet Rabochikh i Soldatskikh Deputatov v 1917 godu: materialy i dokumenty, vol. 1, p. 153.
[33] P. V. Volobuev, Proletariat i burzhuaziya Rossiya v 1917 g., p. 111; ZZVP, 6 de marzo de 1917, vol. 1, p. 39.
[34] Gobierno provisional, 9 de marzo de 1917: ZZVP, vol. 1, p. 285.
[35] T. M. Kitanina, Voina, khleb i revolyutsiya, p. 309.
[36] Gobierno provisional, 25 de marzo de 1917: ZZVP, vol. 1, p. 169. El mejor comentario sobre la introducción del monopolio estatal del grano es I. D. Thatcher, «The “Broad Centrist” Political Parties and the First Provisional Government, 3 March - 5 May 1917», pp. 199-206.
[37] Gobierno provisional, 25 de marzo de 1917: ZZVP, vol. 1, p. 169.
[38] Gobierno provisional, 4 y 16 de marzo de 1917: ZZVP, vol. 1, pp. 26 y 104.
[39] Gobierno provisional, 26 de marzo de 1917: ZZVP, vol. 1, pp. 170-172.
[40] N. Ferguson, The House of Rothschild: The World’s Banker, vol. 2, p. 448.
[41] DTKAAZ, p. 157 (10 de abril de 1917).
[42] DTKAAZ, p. 157 (1 de abril de 1917).
[43] DTKAAZ, p. 157 (11 de abril de 1917).
[44] DTKAAZ, p. 157 (11 de abril de 1917).
[45] DTKAAZ, p. 157 (1 de abril de 1917).
[46] DTKAAZ, p. 158 (16 y 18 de abril de 1917).
[47] DTKAAZ, p. 158 (23 de abril de 1917).
[48] DTKAAZ, p. 158 (19 de abril de 1917).
[1] Dnevnik L. A. Tikhomirova: 1915-1917 gg.: 7 de marzo de 1917, p. 352.
[2] NPODM, p. 26 (17 de marzo de 1917).
[3] NPODM, p. 41 (12 de mayo de 1917).
[4] NPODM, p. 47 (1 de junio de 1917).
[5] NPODM, p. 47 (3 de junio de 1917).
[6] NPODM, p. 47 (7 de junio de 1917).
[7] Sección Obrera del Sóviet de Petrogrado. 18 de marzo de 1917: Petrogradskii Sovet Rabochikh i Soldatskikh Deputatov v 1917 godu: materialy i dokumenty, vol. 1, p. 354.
[8] S. A. Smith, Red Petrograd: Revolution in the Factories, 1917-1918, pp. 54-55.
[9] V. P. Buldakov y T. G. Leonteva, Voina, porodivshaya revolyutsiyu, p. 533.
[10] Gobierno provisional, 9 de marzo de 1917: ZZVP, vol. 1, p. 59.
[11] Gobierno provisional, 17 de marzo de 1917, segunda sesión: ZZVP, vol. 1, p. 125.
[12] L. Lih, Bread and Authority in Russia, 1917-1921, p. 72.
[13] A. Retish, Russia’s Peasants in Revolution and Civil War, p. 98.
[14] A. D. Malyavski, Krest’yanskoe dvizhenie v Rossii v 1917 g., mart-oktyabr’, pp. 392-394.
[15] NPODM, p. 32 (8 de abril de 1917).
[16] I. Getzler, Kronstadt 1917-1921: The Fate of a Soviet Democracy, pp. 23-24.
[17] Gobierno provisional, 7 de marzo de 1917, segunda sesión: ZZVP, vol. 1, p. 50.
[18] DTKAAZ, p. 157 (3 de abril de 1917).
[19] A. B. Astashov, «Russkii krest’yanin na fronte pervoi mirovoi voiny», Otechestvennaya istoriya, n.º 2 (2003), pp. 82-83.
[20] L. S. Tugan-Baranovski (testimonio de la colección de Polievktov): S. Lyandres (ed.), The Fall of Tsarism: Untold Stories of the February 1917 Revolution, p. 131.
[21] NPODM, p. 36 (21 de abril de 1917).
[1] V. D. Nabokov, «Vremennoe Pravitel’stvo», Arkhiv russkoi revolyutsii, n.º 1 (1921), pp. 53-54 y 80-82.
[2] A. N. Kuropatkin, diario, 14 de mayo 1917: Dnevnik A. N. Kuropatkina, p. 434.
[3] R. A. Wade, The Russian Search for Peace, February to October 1917, pp. 38-39.
[4] W. G. Rosenberg, The Liberals in the Russian Revolution: The Constitutional Democratic Party, 1917-1920, p. 108.
[5] Alexander Ivanovich Guchkov rasskazyvaet…, pp. 190-191.
[6] W. G. Rosenberg, The Liberals in the Russian Revolution: The Constitutional Democratic Party, 1917-1920, pp. 113-114.
[7] R. Service, Stalin: A Biography, pp. 51 y 63.
[8] I. G. Tsereteli, Vospominaniya o Fevral’skoi Revolyutsii, vol. 2, p. 33.
[9] V. M. Chernov, Pered burei, pp. 321-322.
[10] A. Dem’yanov, «Moya sluzhba pri Vremennom Pravitel’stve», Arkhiv Russkoi Revolyutsii, vol. 4 (1922), pp. 58 y 71.
[11] A. F. Kerenskii, orden al ejército y la armada, 12 de mayo de 1917: Browder y Kerensky (eds.), The Russian Provisional Government, vol. 2, p. 935; NPODM, p. 42 (15 de mayo de 1917).
[12] Yu. N. Danilov, Na puti k krusheniyu, p. 216.
[13] NPODM, pp. 38-39 (28 de abril de 1917).
[14] V. P. Buldakov y T. G. Leonteva, Voina, porodivshaya revolyutsiyu, p. 522.
[15] W. G. Rosenberg, The Liberals in the Russian Revolution: The Constitutional Democratic Party, 1917-1920, p. 140.
[16] Gobierno provisional, 12 de junio de 1917: ZZVP, vol. 2, pp. 239-242 y 244.
[17] NPODM, p. 44 (17 de mayo de 1917).
[18] Gobierno provisional, 15 de abril de 1917: ZZVP, vol. 2, pp. 294-302.
[19] V. P. Buldakov, «Krest’yanstvo i agrarnoe dvizhenie» en Yu. A. Petrov (ed.), Rossiiskaya revolyutsiya 1917 goda: vlast’, obshchestvo, kul’tura, vol. 2, p. 185.
[20] Gobierno provisional, 30 de mayo de 1917: ZZVP, vol. 2, p. 192.
[21] DTKAAZ, pp. 160-161 (20 de mayo de 1917).
[22] DTKAAZ, p. 162 (3 de junio de 1917).
[23] DTKAAZ, p. 163 (8 de junio de 1917).
[24] Gobierno provisional, 2 de junio de 1917: ZZVP, vol. 2, pp. 201-202.
[1] A. A. Brusilov et al. a A. I. Guchkov, 18 de marzo de 1917: Browder y Kerensky (eds.), The Russian Provisional Government, vol. 2, p. 925 de N. E. Kakurin (ed.), Razlozhenie armii v 1917 godu, p. 30.
[2] M. V. Alekséyev a A. A. Brusilov, 18 de mayo de 1917: Browder y Kerensky (eds.), The Russian Provisional Government, vol. 2, p. 931 de N. E. Kakurin (ed.), Razlozhenie armii v 1917 godu, p. 66.
[3] N. N. Golovin, Voennye usiliya Rossii v mirovoi voine, vol. 1, p. 160.
[4] Yu. N. Danilov, Na puti k krusheniyu, p. 217.
[5] N. N. Golovin, Voennye usiliya Rossii v mirovoi voine, vol. 2, pp. 96-97.
[6] Ibíd., vol. 1, p. 158.
[7] Gobierno provisional, 22 de mayo de 1917: ZZVP, vol. 2, p. 124.
[8] Gobierno provisional, 26 de mayo de 1917: ZZVP, vol. 2, p. 139.
[9] F. Stepun, Byvshee i nesbyvsheesya, p. 377; P. Holquist, Making War, Forging Revolution: Russia’s Continuum of Crisis, 1914-1921, pp. 216-219.
[10] «The All-Ukrainian Council of Military Deputies», Internet Encyclopedia of Ukraine: http://www.encyclopediaofukraine.com/display. asp?linkpath=pages%5CA%5CL%5CAll6UkrainianCouncilofMilitaryDep uties.htm
[11] F. Stepun, Byvshee i nesbyvsheesya, p. 364.
[12] NPODM, p. 44 (22 de mayo de 1917).
[13] F. Stepun, Byvshee i nesbyvsheesya, pp. 316 y 318.
[14] Russkie Vedomosti, 16 de mayo de 1917: Browder y Kerensky (eds.), The Russian Provisional Government: Documents, vol. 2, pp. 937-938.
[15] D. R. Stone, The Russian Army in the Great War: The Eastern Front,
1914-1917, p. 288.
[16] Ibíd., pp. 288-291.
[17] N. N. Golovin, Voennye usiliya Rossii v mirovoi voine, vol. 2, p. 192.
[18] V. P. Buldakov y T. G. Leonteva, Voina, porodivshaya revolyutsiyu, p. 539.
[19] R. A. Wade, The Russian Search for Peace, February to October
1917, pp. 54-68.
[20] Ibíd., pp. 96-100.
[21] NPODM, p. 38 (28 de abril de 1917).
[22] DTKAAZ, pp. 159-160 (1 de mayo de 1917).
[23] R. W. Davies, The Development of the Soviet Budgetary System, p. 8.
[24] Ibíd.
[25] P. V. Volobuev, Ekonomicheskaya politika Vremennogo Pravitel’stva, pp. 311-312.
[26] Ibíd., p. 337.
[27] M. I. Gaiduk, Utyug: materialy i fakty o zagotovitel’noi deyatel’nosti russkikh voennykh komissiei v Amerike, pp. 83-84.
[28] P. V. Volobuev, Ekonomicheskaya politika Vremennogo Pravitel’stva, p. 377; J. A. Frieden, Banking on the World: The Politics of American International Finance, p. 28.
[29] S. N. Prokópovich, Voina i narodnoe khozyaistvo, pp. 58-59; M. W. Bernatzky, «Monetary Policy», p. 400.
[30] M. W. Bernatzky, «Monetary Policy», p. 395.
[31] DTKAAZ, p. 159 (1 de mayo de 1917).
[32] DTKAAZ, p. 161-162 y 163 (1 y 21 de junio de 1917).
[33] T. M. Kitanina, Voina, khleb i revolyutsiya, p. 239.
[34] P. Gatrell, «Poor Russia, Poor Show: Mobilising a Backward Economy for War, 1914-1917» en S. Broadberry y M. Harrison (eds.), The Economics of World War I (Cambridge University Press: Cambridge, 2005), p. 279.
[35] A. S. Senin, Ministerstvo putei soobshcheniya v 1917 godu: kratkii istoricheskii ocherk, pp. 99 y 164-165.
[36] P. V. Volobuev, Ekonomicheskaya politika Vremennogo Pravitel’stva, p. 289.
[37] P. Gatrell, «Poor Russia, Poor Show», p. 242.
[38] Ibíd.
[39] V. V. Kondrashin, «Sel’skoe khozyaistvo i krest’yanstvo v 1917 g.» en Yu. A. Petrov (ed.), Rossiiskaya revolyutsiya 1917 goda: vlast’, obshchestvo, kul’tura, vol. 1, p. 337.
[40] A. S. Gruzinov, «Rossiiskaya industriya v 1917 g.: dinamika i struktura proizvodstva» en Yu. A. Petrov (ed.), Rossiiskaya revolyutsiya 1917 goda: vlast’, obshchestvo, kul’tura, vol. 1, p. 242.
[41] P. V. Volobuev, Ekonomicheskaya politika Vremennogo Pravitel’stva, pp. 22-23.
[42] N. D. Kondrat’ev, Rynok khlebov i ego regulirovanie vo vremya voiny i revolyutsii, p. 231, en V. V. Kondrashin, «Sel’skoe khozyaistvo i krest’yanstvo v 1917 g.» en Yu. A. Petrov (ed.), Rossiiskaya revolyutsiya 1917 goda: vlast’, obshchestvo, kul’tura, vol. 1, p. 354.
[43] P. V. Volobuev, Ekonomicheskaya politika Vremennogo Pravitel’stva, p. 451.
[44] D. Koenker y W. G. Rosenberg, Strikes and Revolution in Russia, p. 90.
[45] P. Gatrell, «Poor Russia, Poor Show», p. 254.
[46] A. Offer, The First World War: An Agrarian Interpretation, p. 29.
[1] J. S. Curtiss, The Russian Church and the Soviet State, p. 11.
[2] V. P. Buldakov y T. G. Leonteva, Voina, porodivshaya revolyutsiyu, p. 498.
[3] J. S. Curtiss, The Russian Church and the Soviet State, pp. 18-19.
[4] D. Pospielovsky, Russkaya pravoslavnaya tserkov’ v XX veke, p. 36.
[5] J. S. Curtiss, The Russian Church and the Soviet State, p. 27.
[6] Ibíd., pp. 14-17; P. G. Rogoznyi, Tserkovnaya revolyutsiya 1917: vysshee dukhovenstvo Rossiiskoi Tserkvi v bor’be za vlast’ v eparkhiyakh posle Fevral’skoi revolyutsii, pp. 93 y 139.
[7] J. S. Curtiss, The Russian Church and the Soviet State, pp. 36-37.
[8] NPODM, p. 61 (18 de julio de 1917).
[9] Gobierno provisional, 25 de julio de 1917: ZZVP, vol. 3, p. 140.
[10] Gobierno provisional, 27 de julio de 1917: ZZVP, vol. 3, p. 162.
[11] V. P. Buldakov, «Freedom, Shortages, Violence: The Origins of the “Revolutionary Anti-Jewish Pogrom” in Russia, 1917-1918» en J. Dekel-Chen, D. Gaunt, N. M. Meir y I. Bartal (eds.), Anti-Jewish Violence: Rethinking the Pogrom in East European History, pp. 79 y 82.
[12] Gobierno provisional, 9 de junio de 1917: ZZVP, vol. 2, p. 233.
[13] D. Pospielovsky, Russkaya pravoslavnaya tserkov’v XX veke, p. 38.
[14] Gobierno provisional, 27 de abril de 1917: ZZVP, vol. 1, pp. 358-362.
[15] A. Blok, Dnevnik, p. 230 (10 de julio de 1917).
[16] Ibíd., p. 217 (16 de junio de 1917).
[17] Ibíd., p. 210 (25 de mayo de 1917).
[18] V. Mayakovski, Sochineniya, vol. 1, p. 136.
[19] Ibíd., p. 139.
[1] Petrogradskii Sovet Rabochikh i Soldatskikh Deputatov v 1917 godu: materialy i dokumenty, vol. 1, p. 132.
[2] J. L. H. Keep, The Russian Revolution: A Study in Mass Mobilization, pp. 240-241.
[3] I. Getzler, «Soviets as Agents of Democratisation» en E. R. Frankel, J. Frankel y B. Knei-Paz (eds.), Revolution in Russia: Reassessments of 1917, p. 22. El poema fue escrito por E. Andring para Izvestiya Gel’sinforskogo Soveta, 18 de junio de 1917. He adaptado ligeramente la traducción.
[4] Véase arriba, pp. 166-167
[5] W. G. Rosenberg, «The Russian Municipal Duma Elections of 1917: A Preliminary Computation of Returns», Slavic Review, n.º 2 (1969), p. 160.
[6] Gobierno provisional, 22 de mayo de 1917: ZZVP, vol. 2, p. 124.
[7] L. Trotski, K istorii oktyabr’skoi revolyutsii, p. 25.
[8] I. G. Tsereteli, Vospominaniya o Fevral’skoi Revolyutsii, vol. 1, p. 413.
[9] Gobierno provisional, 26 de mayo de 1917: ZZVP, vol. 2, p. 137. Para una crónica complete, véase I. Getzler, Kronstadt 1917-1921: The Fate of a Soviet Democracy, pp. 92-96.
[10] D. J. Raleigh, «Revolutionary Politics in Provincial Russia: The Tsaritsyn “Republic” in 1917», Slavic Review, n.º 2 (1981), p. 203.
[11] I. G. Tsereteli, Vospominaniya o Fevral’skoi Revolyutsii, vol. 1, p. 462.
[12] Ibíd., vol. 2, pp. 165 y 171.
[13] N. Sukhanov, Zapiski o revolyutsii, parte 2 (vol. 4), p. 260.
[1] N. I. Podvoiskii, «V. I. Lenin v 1917 godu», VoVIL, vol. 4, p. 186.
[2] Gobierno provisional, 29 de junio y 1 de julio de 1917: ZZVP, vol. 3, pp. 32, 41 y 47-48.
[3] A. Rabinowitch, Prelude to Revolution: The Petrograd Bolsheviks and the July 1917 Uprising, pp. 142-143; S. Velychenko, State Building in Revolutionary Ukraine: A Comparative Study of Governments and Bureaucrats, 1917-22, pp. 74-76.
[4] Ibíd., pp. 135-137.
[5] I. G. Tsereteli, Vospominaniya o Fevral’skoi Revolyutsii, vol. 2, pp. 165-166.
[6] Ibíd., vol. 2, pp. 353-354.
[7] Ibíd., vol. 2, pp. 265-266.
[8] Ibíd., pp. 266-267.
[9] Ibíd., p. 33; A. Rabinowitch, Prelude to Revolution, pp. 174-175.
[10] F. F. Raskol’nikov, «Vooruzhënnoe vosstanie ili vooruzhënnaya demonstratsiya?», Pravda, 17 de julio de 1927, p. 3.
[11] A. Rabinowitch, Prelude to Revolution, p. 181.
[12] A. Rabinowitch, The Bolsheviks Come to Power, pp. 9-10.
[13] I. G. Tsereteli, Vospominaniya o Fevral’skoi Revolyutsii, vol. 2, pp. 307-308.
[14] Ibíd., pp. 323-325; I. Getzler, Martov: A Political Biography of a Russian Social Democrat, p. 155.
[15] V. I. Lenin, «Vsya vlast’ sovetam!» (Pravda, 5 de julio de 1917), PSS, vol. 32, pp. 408-409.
[16] A. Dem’yanov, «Moya sluzhba pri Vremennom Pravitel’stve», Arkhiv Russkoi Revolyutsii, vol. 4 (1922), p. 95.
[17] Gobierno provisional, 6 de julio de 1917: ZZVP , vol. 3, p. 60.
[18] I. G. Tsereteli, Vospominaniya o Fevral’skoi Revolyutsii, vol. 2, pp. 261-265 y 350-351.
[19] T. I. Polner, Zhiznennyi put’ Georgiya Evgen’evicha L’vova: lichnost’, vzglyady, usloviya deyatel’nosti, p. 258.
[20] Gobierno provisional, 8 de julio de 1917: ZZVP, vol. 3, pp. 64-66.
[21] Ibíd.
[22] Gobierno provisional, 9 de julio de 1917: ZZVP, vol. 3, p. 68.
[23] Gobierno provisional, 11 de julio de 1917: ZZVP, vol. 3, p. 77; A. F. Kerenskii (orden), 12 de julio de 1917: N. E. Kakurin (ed.), Razlozhenie armii v 1917 godu, pp. 96-98.
[24] Gobierno provisional, 12 de julio de 1917: ZZVP, vol. 3, p. 85.
[25] DTKAAZ, p. 164 (8 de julio de 1917).
[1] W. G. Rosenberg, The Liberals in the Russian Revolution: The Constitutional Democratic Party, 1917-1920, pp. 213-214.
[2] NPODM, p. 64 (2 de agosto de 1917).
[3] A. I. Denikin, Ocherki russkoi smuty, vol. 1, part 1: Krushenie vlasti i armii, fevral’-sentyabr’ 1917 g., p. 410.
[4] Alexander Ivanovich Guchkov rasskazyvaet…, p. 209.
[5] A. A. Brusilov, A Soldier’s Notebook, pp. 316-317; A. I. Denikin, Ocherki russkoi smuty, vol. 1, part 2: Krushenie vlasti i armii, fevral’-sentyabr’ 1917 g., p. 174.
[6] A. I. Denikin, Ocherki russkoi smuty, vol. 1, part 2., pp. 175-184.
[7] Ibíd., pp. 185-186; A. F. Kerenski (testimonio en investigación a Kornílov, 8 de octubre de 1917): A. F. Kerenski, Delo Kornilova, p. 14; Vospominaniya Generala A. S. Lukomskogo, vol. 1, p. 167.
[8] A. I. Denikin, Ocherki russkoi smuty, vol. 1, parte 2, pp. 185-186; A. F. Kerenskii (testimonio en investigación a Kornílov, 8 de octubre de 1917): A. F. Kerenski, Delo Kornilova, p. 14; Vospominaniya Generala A. S. Lukomskogo, vol. 1, p. 167.
[9] A. I. Denikin, Ocherki russkoi smuty, vol. 1, parte 2, pp. 187-188.
[10] A. N. Kuropatkin, diario, 1 de mayo de 1917: Dnevnik A. N. Kuropatkina, p. 423.
[11] A. F. Kerenski (testimonio en investigación a Kornílov, 8 de octubre de 1917): A. F. Kerenski, Delo Kornilova, pp. 15-16.
[12] Alexander Ivanovich Guchkov rasskazyvaet…, p. 174.
[13] A. A. Brusilov, A Soldier’s Notebook, pp. 316 y 321; B. Gourko [V. Gurko], War and Revolution in Russia, 1914-1917, pp. 198-199; L. G.
Kornílov, 5 de marzo de 1917 (declaración): Ukrainian Subject Collection (HIA), caja 5.
[14] Gobierno provisional, 18 de julio de 1917: ZZVP, vol. 3, pp. 117-118.
[15] Browder y Kerensky (eds.), The Russian Provisional Government, vol. 3, pp. 1405-1406.
[16] Z. Galili, The Menshevik Leaders in the Russian Revolution: Social Realities and Political Strategies, pp. 346-348.
[17] A. Dem’yanov, «Moya sluzhba pri Vremennom Pravitel’stve», Arkhiv Russkoi Revolyutsii, vol. 4 (1922), p. 110.
[18] Véase ZZVP, vol. 3, pp. 206-316.
[19] A. A. Brusilov, A Soldier’s Notebook, pp. 312-13; recuerdo de Borís Savinkov según la crónica de Claude Anet a A. W. F. Knox, With the Russian Army, p. 690.
[20] Ekonomicheskoe polozhenie Rossii nakanune Velikoi Oktyabr’skoi Sotsialisticheskoi Revolyutsii: materialy i dokumenty, parte 1, p. 201. Discurso completo en pp. 196-201.
[21] N. V. Nekrasov, 12 de agosto de 1917 [OS] (discurso): Documentos de N. V. Nekrasov (HIA).
[22] M. W. Bernatzky, «Monetary Policy», pp. 387-388.
[23] V. B. Stankevich, Vospominaniya, 1914-1919 g., pp. 204-205.
[24] DTKAAZ, p. 167 (22 de agosto de 1917).
[25] DTKAAZ, pp. 167-168 (19 a 30 de agosto de 1917).
[26] F. Stepun, Byvshee i nesbyvsheesya, p. 436.
[27] G. Katkov, The Kornílov Affair: Kerensky and the Breakup of the Russian Army, pp. 89-91.
[28] L. G. Kornílov, 28 de agosto (llamamiento): V. P. Dmitrenko, Armiya i obshchestvo, 1900-1941: stat’i i dokumenty.
[29] S. Dixon, «Orthodoxy and Revolution: The Restoration of the Russian Patriarchate in 1917», Transactions of the Royal Historical Society, vol. 28 (2018), p. 167.
[30] Gobierno provisional, 30 de agosto de 1917: ZZVP, vol. 4, p. 42.
[31] Vospominaniya Generala A. S. Lukomskogo, vol. 1, pp. 253 y 255-256.
[32] A. F. Kerenski (nota), Delo Kornilova, p. 178.
[33] A. Blok, Dnevnik, pp. 251-252 (28-29 de agosto de 1917).
[1] Gobierno provisional, 15 de marzo de 1917: ZZVP, vol. 1, pp. 98-99.
[2] Gobierno provisional, 13 de marzo de 1917: ZZVP, vol. 1, pp. 292-293.
[3] M. Graf, Estoniya i Rossiya: anatomiya rasstavaniya, pp. 37-38.
[4] A. Ezergailis, The 1917 Revolution in Latvia, pp. 16-17 y 195-197.
[5] Gobierno provisional, 31 de marzo de 1917: ZZVP, vol. 1, pp. 199-200.
[6] Gobierno provisional, 28 de mayo de 1917: ZZVP, vol. 2, p. 183.
[7] Gobierno provisional, 7 de marzo de 1917: ZZVP, vol. 1, pp. 43 y 45.
[8] Gobierno provisional, 9 de marzo de 1917: ZZVP, vol. 1, p. 59.
[9] N. E. Saul, «Lenin’s Decision to Seize Power: The Influence of Events in Finland», Soviet Studies, n.º 4 (1973), pp. 496-497.
[10] A. Morrison, «Refugees, Resettlement and Revolutionary Violence in Semirech’e after the 1916 Revolt», p. 220 en A. Morrison, C. Drieu y A. Chokobaeva (eds.), The Central Asian Revolt of 1916.
[11] Gobierno provisional, 14 de junio de 1917: ZZVP, vol. 2, p. 259.
[12] Gobierno provisional, 17 de junio de 1917: ZZVP, vol. 2, p. 409.
[13] V. P. Buldakov, Krasnaya smuta: priroda i posledstviya revolyutsionnogo nasiliya, pp. 292-294.
[14] V. P. Buldakov, Krasnaya smuta, pp. 277 y 324-326.
[15] S. Velychenko, State Building in Revolutionary Ukraine: A Comparative Study of Governments and Bureaucrats, 1917-22, p. 75.
[16] V. P. Buldakov, Krasnaya smuta, p. 323.
[17] S. Ansky, The Enemy at His Pleasure, pp. 285-286.
[18] B. McGreever, Antisemitism and the Russian Revolution, pp. 27-29.
[19] Ibíd., pp. 31-32.
[20] S. F. Jones, Socialism in Georgian Colors: The European Road to Social-Democracy, 1883-1917, pp. 264-269.
[21] A. Ezergailis, The 1917 Revolution in Latvia, p. 195.
[22] R. Service, Lenin: A Political Life, vol. 2, pp. 229-232.
[1] R. Khin-Gol’dovskaya (diario), 1 de junio de 1917: Rossiya 1917 goda v ego-dokumentakh: Dnevniki, pp. 296-297.
[2] Dnevnik L. A. Tikhomirova: 1915-1917 gg.: 5 de mayo de 1917, p. 355.
[3] Ibíd.: 8 de mayo de 1917, p. 357.
[4] S. N. Prokópovich, Voina i narodnoe khozyaistvo, pp. 58-59.
[5] S. Obolenski, One Man in His Time: The Memoirs of Serge Obolensky, pp. 48, 156 y 175.
[6] Gobierno provisional, 5 de junio de 1917: ZZVP, vol. 2, p. 208.
[7] NPODM, p. 41 (12 de mayo de 1917).
[8] NPODM, p. 60 (18 de julio de 1917).
[9] DTKAAZ, p. 168 (13 de agosto de 1917).
[10] V. V. Kanishchev, Russkii bunt, bessmyslennyi i besposhchadnyi, pp. 69-70 y 71-78.
[11] V. V. Sukhanin, diario, 14 de agosto de 1917: Rossiya 1917 goda v ego-dokumentakh: Dnevniki, p. 100.
[12] P. V. Volobuev, Proletariat i burzhuaziya Rossiya v 1917 g., pp. 302-306.
[13] S. A. Smith, Red Petrograd: Revolution in the Factories, 1917-1918, pp. 163-167, 169-170 y 177-182.
[14] J. L. H. Keep, The Russian Revolution: A Study in Mass Mobilization, p. 138.
[15] Ibíd., pp. 97-98.
[16] Yu. Larin, Voina i zemel’naya programma, pp. 8-9 y 13.
[17] F. Farmborough, Nurse at the Russian Front: A Diary, pp. 392-393 y
396.
[18] J. L. H. Keep, The Russian Revolution: A Study in Mass Mobilization, pp. 145-147 y 149-150.
[1] V. V. Kondrashin, «Sel’skoe khozyaistvo i krest’yanstvo v 1917 g.» en Yu. A. Petrov (ed.), Rossiiskaya revolyutsiya 1917 goda: vlast’, obshchestvo, kul’tura, vol. 1, p. 326.
[2] V. P. Buldakov y T. G. Leonteva, Voina, porodivshaya revolyutsiyu, p. 536.
[3] Ekonomicheskoe polozhenie Rossii nakanune Velikoi Oktyabr’skoi Sotsialisticheskoi Revolyutsii: materialy i dokumenty, vol. 3, p. 239.
[4] M. Perrie, «The Peasants» en R. Service, Society and Politics in the Russian Revolution (Macmillan: Basingstoke, 1992), p. 23; G. Gill, Peasants and Government in the Russian Revolution, pp. 101-102.
[5] Gobierno provisional, 19 de julio de 1917: ZZVP, vol. 3, pp. 124-127.
[6] V. I. Kostrikin, «Krest’yanskoe dvizhenie nakanune Oktyabrya» en I. M. Volkov et al. (eds.), Oktyabr’ i sovetskoe krest’yanstvo, 1917-1927 gg., pp. 39-41.
[7] A. D. Malyavskii, Krest’yanskoe dvizhenie v Rossii v 1917 g., mart-oktyabr’, p. 374.
[8] D. I. Lyukshin, Vtoraya Russkaya smuta: krest’yanskoe izmerenie, p. 100.
[9] D. Smith, Former People: The Final Days of the Russian Aristocracy, pp. 105-106.
[10] R. Khin-Gol’dovskaya (diario), 29 de abril de 1917: Rossiya 1917 goda v ego-dokumentakh: Dnevniki, p. 290.
[11] M. Perrie, «The Peasants» en R. Service, Society and Politics in the Russian Revolution, p. 28.
[12] M. S. Chevekov, diario (crónica familiar): Rossiya 1917 goda v ego-dokumentakh: Dnevniki, p. 127.
[13] A. D. Malyavskii, Krest’yanskoe dvizhenie v Rossii v 1917 g., mart-oktyabr’, pp. 316-317.
[14] P. V. Volobuev, Ekonomicheskaya politika Vremennogo Pravitel’stva, p. 453.
[15] D. I. Lyukshin, Vtoraya Russkaya smuta: krest’yanskoe izmerenie, pp. 103-104.
[16] P. V. Volobuev, Ekonomicheskaya politika Vremennogo Pravitel’stva, pp. 454-455.
[17] Gobierno provisional, 26 de agosto de 1917: ZZVP, vol. 4, pp. 29-30.
[18] Gobierno provisional, 19 de septiembre de 1917: ZZVP, vol. 4, pp. 171-173.
[19] T. A. Medvedeva y S. V. Bushueva, «Sotsial’no-ekonomicheskii krizis v Nizhegorodskoi gubernii i ego rol’ v utrate legitimnosti novoi demokratii v period fevralya-oktyabrya 1917 g. (po materialam nizhegorodskoi pechati)», Istoricheskii zhurnal: nauchnye issledovaniya, n.º 2 (2018), pp. 89-103: "nbpublish.com/library_read_article.php?id=24635"
[20] V. P. Semënov Tyan-Shanskii, «Glavnyi Zemel’nyi Komitet», Arkhiv Russkoi Revolyutsii, vol. 12 (1923), p. 293.
[21] W. G. Rosenberg, The Liberals in the Russian Revolution: The Constitutional Democratic Party, 1917-1927, pp. 149-151; R. Service, Lenin: A Political Life, vol. 2, p. 237.
[1] R. Service, Lenin: A Biography, pp. 303-305.
[2] Vtoraya i tret’ya petrogradskie obshchegorodskie konferentsii bol’shevikov v iyule i oktyabre 1917 goda: protokoly), p. 165.
[3] R. Abraham, Alexander Kerensky, p. 252.
[4] Shestoi s’ezd RSDRP (bol’shevikov). Avgust 1917 goda. Protokoly, p. 248.
[5] R. Service, Lenin: A Political Life, vol. 2, pp. 236-237.
[6] Ibíd., vol. 2, pp. 237 y 299.
[7] Ibíd., vol. 2, pp. 234-235.
[8] S. A. Smith, Red Petrograd: Revolution in the Factories, 1917-1918, pp. 153-156.
[9] R. Service, Lenin: A Political Life, vol. 2, pp. 225-228.
[10] Pravda, 7 de junio de 1917.
[11] W. S. Woytinsky, Stormy Passage: A Personal History through Two Russian Revolutions to Democracy, and Freedom, 1905-1960, p. 286.
[12] V. I. Lenin, PSS, vol. 33, pp. 44-49.
[13] I. T. Smilga, Shestoi s’ezd RSDRP (bol’shevikov), p. 41.
[14] Ya. M. Sverdlov, Shestoi s’ezd RSDRP (bol’shevikov), p. 37.
[15] R. Service, The Bolshevik Party in Revolution: A Study in Organisational Change, pp. 49-62.
[16] Ya. M. Sverdlov, Shestoi s’ezd RSDRP (bol’shevikov), p. 36.
[17] R. Service, The Bolshevik Party in Revolution: A Study in Organisational Change, pp. 43-44.
[18] T. Sapronov, Iz istorii rabochego dvizheniya: po lichnym vospominaniyam, p. 126.
[19] R. Service, «The Industrial Workers», pp. 154-159 en R. Service (ed.), Society and Politics in the Russian Revolution.
[1] Declaración gubernamental, 25 de septiembre de 1917: ZZVP, vol. 4, pp. 209-212.
[2] Mi agradecimiento a Ian Thatcher por su asesoramiento sobre procesos legales bajo el Gobierno provisional: véase I. D. Thatcher, «Liberalism and the Rule of Law» en G. Swain et al. (eds.), The Bloomsbury Handbook of the Russian Revolution.
[3] W. Pomeranz, «The Provisional Government and the Law Based State» en C. Read, P. Waldron y A. Lindenmeyr (eds.), Russia’s Home Front in War and Revolution, vol. 4, pp. 129-135.
[4] Gobierno provisional, 1 de septiembre de 1917: ZZVP, vol. 4, p. 266.
[5] D. Stevenson, 1917: War, Peace and Revolution, p. 370.
[6] A. Dem’yanov, «Moya sluzhba pri Vremennom Pravitel’stve», Arkhiv Russkoi Revolyutsii, vol. 4 (1922), pp. 107 y 119.
[7] A. S. Senin, Ministerstvo putei soobshcheniya v 1917 godu: kratkii istoricheskii ocherk, p. 131.
[8] N. Sujanov, Zapiski o revolyutsii, parte 3 (vol. 6), pp. 212-213.
[9] Ibíd., parte 2 (vol. 6), p. 236.
[10] Comité Central, 10 de octubre de 1917: PTsK, pp. 82-83.
[11] G. Ye. Zinoviev y L. B. Kamenev (carta a los principales comités y facciones bolcheviques), 11 de octubre de 1917: PTsK, pp. 87-92.
[12] Comité Central, 16 de octubre de 1917: PTsK, pp. 93-94.
[13] Ibíd., pp. 94-104.
[14] Ibíd., p. 104.
[15] L. B. Kamenev, carta a Novaya zhizn’, 18 de octubre de 1917 en PTsK, pp. 115-116.
[16] V. I. Lenin al Comité Central, 19 de octubre de 1917: PTsK, pp. 111-114.
[17] Izvestiya, 10 de octubre de 1917.
[18] Comité Central, 16 de octubre de 1917: PTsK, p. 104.
[19] A. I. Verjovski (diario), 5 de septiembre de 1917: A. I. Verjovski, Rossiya na Golgofe: iz pokhodnogo dnevnika 1914-1918 gg., p. 117.
[20] A. Dem’yanov, «Moya sluzhba pri Vremennom Pravitel’stve», Arkhiv Russkoi Revolyutsii, vol. 4 (1922), p. 110.
[21] V. D. Nabokov, «Vremennoe Pravitel’stvo», Arkhiv russkoi revolyutsii, n.º 1 (1921), pp. 60-61.
[22] N. N. Golovin, Voennye usiliya Rossii v mirovoi voine, vol. 1, p. 110.
[23] D. Stevenson, 1917: War, Peace and Revolution, p. 370.
[24] R. Abraham, Alexander Kerensky, p. 297.
[25] Ibíd., p. 298.
[26] A. I. Verjovski (diario), 27 y 28 de septiembre de 1917 y 19 de octubre de 1917: A. I. Verjovski, Rossiya na Golgofe: iz pokhodnogo dnevnika 1914-1918 gg., pp. 124 y 133.
[27] Gobierno provisional, 2 de octubre de 1917: ZZVP, vol. 4, pp. 237-238.
[28] D. Orlovsky. «Reform during Revolution: Governing the Provinces in 1917» en R. Crummey (ed.), Reform in Russia and the USSR: Past and Prospects, p. 122.
[29] V. P. Buldakov, Khaos i etnos, p. 423.
[30] N. N. Golovin, Voennye usiliya Rossii v mirovoi voine, vol. 2, p. 86.
[31] DTKAAZ, p. 171 (23 de octubre de 1917).
[32] Gobierno provisional, 21 de octubre de 1917: ZZVP, vol. 4, p. 274.
[33] N. Sujanov, Zapiski o revolyutsii, parte 3 (vol. 6), p. 219.
[34] Ibíd., p. 221.
[35] A. D. Malyavskii, Krest’yanskoe dvizhenie v Rossii v 1917 g., mart-oktyabr’, pp. 374-378.
[1] R. Abraham, Alexander Kerensky, p. 316.
[2] A. Rabinowitch, The Bolsheviks Come to Power, p. 249.
[3] V. B. Stankevich, Vospominaniya, 1914-1919 g., p. 258.
[4] V. D. Nabokov, «Vremennoe Pravitel’stvo», Arkhiv russkoi revolyutsii, n.º 1 (1921), p. 45.
[5] D. R. Francis, Russia from the American Embassy, abril de
1916-noviembre de 1918, p. 178.
[6] A. I. Verjovski (diario), 20 de octubre de 1917: A. I. Verjovski, Rossiya na Golgofe: iz pokhodnogo dnevnika 1914-1918 gg., pp. 134-135; V. D. Nabokov, «Vremennoe Pravitel’stvo», Arkhiv russkoi revolyutsii, n.º 1 (1921), p. 59.
[7] N. N. Dujonin a A. F. Kerenski, 21-22 de octubre de 1917: Arkhiv russkoi revolyutsii, n.º 7 (1922), p. 281.
[8] Corrección de M. I. Skobelev y F. Znamenski, Delo naroda, 22 de octubre de 1917: Browder y Kerensky (eds.), The Russian Provisional Government, vol. 3, p. 1743.
[9] S. E. Rudneva, Predparlament: Oktyabr’ 1917 goda: opyt istoricheskii rekonstruktsii, pp. 215 y 217.
[10] V. B. Stankevich, Vospominaniya, 1914-1919 g. p. 259; D. Orlovsky, «Democracy or Corporatism: The Russian Provisional Government of 1917», p. 72, en A. Weiner (ed.), Landscaping the Human Garden: Twentieth-Century Population Management in a Comparative Framework; S. E. Rudneva, Predparlament: Oktyabr’ 1917 goda: opyt istoricheskii rekonstruktsii, pp. 218 y 220.
[11] Ibíd.
[12] V. B. Stankevich, Vospominaniya, 1914-1919 g., pp. 259-260.
[13] V. I. Lenin, «K grazhdanam Rossii», 25 de octubre de 1917: PSS, vol. 35, p. 1.
[14] A. Rabinowitch, The Bolsheviks Come to Power, p. 288.
[15] D. R. Francis, Russia from the American Embassy, abril de 1916-noviembre de 1918, pp. 179-180; véase también V. I. Startsev, «Begstvo Kerenskogo», Voprosy Istorii, n.º 11 (1966), p. 203; R. Abraham, Alexander Kerensky, p. 317.
[16] R. Abraham, Alexander Kerensky, p. 317.
[17] A. Rabinowitch, The Bolsheviks Come to Power, pp. 276-277.
[18] Ibíd., pp. 278-279.
[19] R. Abraham, Alexander Kerensky, p. 320; A. Rabinowitch, The Bolsheviks Come to Power, pp. 291-292.
[20] N. Sujanov, Zapiski o revolyutsii, parte 3 (vol. 7), p. 335.
[21] Ibíd., pp. 335-336.
[22] Ibíd., pp. 336-337.
[23] V. B. Stankevich, Vospominaniya, 1914-1919 g., p. 261.
[24] M. I. Teréshchenko a N. N. Dujonin, 25 de octubre de 1917: «Stavka 25-26 oktyabrya 1917 g.», Arkhiv russkoi revolyutsii, vol. 7 (1922), p. 294.
[25] N. N. Dujonin a M. I. Teréshchenko, 25 de octubre de 1917: Ibíd., p. 296.
[26] V. B. Stankevich, Vospominaniya, 1914-1919 g., pp. 264-265.
[27] A. S. Senin, Ministerstvo putei soobshcheniya v 1917 godu: kratkii istoricheskii ocherk, pp. 168-169.
[28] A. Sinegub, «Zashchita Zimnego dvortsa», Arkhiv russkoi revolyutsii, vol. 4 (1922), pp. 172 y 187.
[29] A. S. Senin, Ministerstvo putei soobshcheniya v 1917 godu: kratkii istoricheskii ocherk, pp. 168-169.
[1] L. Trotskii, Moya zhizn’: opyt avtobiografii, vol. 2, pp. 61-64.
[2] N. Iofe, «Ob ottse» (texto mecanografiado), parte 2, p. 5: Documentos de N. A. Iofe (HIA).
[3] V. D. Bonch-Bruyévich, «Vospominaniya o Vladimire Il’iche», Vospominaniya o Vladimire Il’iche Lenine, vol. 4, p. 329.
[4] N. A. Iofe, «Ob ottse» (texto mecanografiado) en Documentos de N. A. Iofe (HIA), parte 2, p. 5; L. Trotski, Moya zhizn’: opyt avtobiografii, vol. 2, p. 46.
[5] V. I. Lenin, PSS, vol. 35, pp. 13-17.
[6] Comité Central, 29 de octubre de 1917: PTsK, pp. 122-123.
[7] A. Rabinowitch, The Bolsheviks in Power: The First Year of Soviet Rule in Petrograd, p. 26.
[8] Vtoroi vserossiiskii s’ezd sovetov rabochikh i soldatskikh deputatov: sbornik dokumentov, pp. 386-397.
[9] A. V. Lunacharski a A. A. Lunacharskaya, 25 de octubre de 1917: 1917: chastnye svidetel’stva o revolyutsii v pis’makh Lunacharskogo i Martova, p. 283.
[10] Comité Central, 1 de noviembre de 1917: PTsK, p. 125.
[11] Ibíd., pp. 125-126.
[12] Ibíd., p. 127.
[13] Ibíd., p. 128.
[14] Ibíd., pp. 128-130.
[15] A. V. Lunacharski a A. A. Lunacharskaya, 29 de octubre de 1917: 1917: chastnye svidetel’stva o revolyutsii v pis’makh Lunacharskogo i
Martova, p. 287.
[16] V. I. Lenin, PSS, vol. 50 (telegrama, 19 de noviembre de 1917), p. 8.
[17] Peterburgskii komitet RSDRP(b) v 1917 godu: protokoly i materialy zasedanii, pp. 542-543.
[1] DTKAAZ, p. 171 (25 y 27 de octubre 1917).
[2] NPODM, pp. 98-99 (26-27 de octubre de 1917).
[3] D. Koenker, Moscow Workers and the 1917 Revolution, p. 335.
[4] J. L. H. Keep, The Russian Revolution, pp. 362 y 365.
[5] DTKAAZ, pp. 179-180 (21 de enero de 1918).
[6] G. A. Hill, Go Spy the Land: Being the Adventures of I. K.8 of the British Secret Service, pp. 109-110.
[7] A. A. Iofe (V. Krimski), Mirnye peregovory v Brest-Litovske, vol. 1, pp. 6-7 y 144.
[8] R. Khin-Gol’dovskaya (diario), 23 de noviembre de 1917: Rossiya 1917 goda v ego-dokumentakh: Dnevniki, p. 350.
[9] Resheniya partii i pravitel’stva po khozyaistvennym voprosam (1917-1967), vol. 1, p. 27.
[10] Ibíd., p. 28.
[11] S. Obolensky, One Man in His Time: The Memoirs of Serge Obolensky, pp. 197-198.
[12] A. L. Okninskii, Dva goda sredi krest’yan, p. 4.
[13] R. W. Davies, The Development of the Soviet Budgetary System, p. 17.
[14] L. Trotski, O Lenine: Materialy dlya biografii, pp. 91-92.
[15] O. H. Radkey, The Election to the Russian Constituent Assembly, p. 23.
[16] Comité Central, 29 de noviembre de 1917: PTsK, p. 149 y n.º 185.
[17] T. H. Rigby, Lenin’s Government: Sovnarkom, 1917-1922, pp. 27-28.
[1] V. V. Kanishchev, Russkii bunt, bessmyslennyi i besposhchadnyi, pp. 116-117.
[2] G. Swain, The Origins of the Russian Civil War, p. 91.
[3] Resheniya partii i pravitel’stva po khozyaistvennym voprosam (1917-1967), vol. 1, pp. 29-31.
[4] DTKAAZ, p. 179 (22 de enero de 1918).
[5] Comité Central, 30 de marzo de 1918: RGASPI, op. 2, d. 1, artículo 3.
[6] Decreto VTsIK, 21 de enero de 1918: Dekrety Sovetskoi Vlasti, vol. 1, pp. 31-32.
[7] Dekrety Sovetskoi Vlasti, vol. 1, pp. 407-419.
[8] J. L. H. Keep, The Russian Revolution: A Study in Mass Mobilization, p. 450.
[9] Decreto del Sovnarkom, 24 de enero de 1918: RGASPI, fond R-130, op. 2, d. 1, artículo 1.
[10] DTKAAZ, p. 181 (10 de febrero de 1918 O. S.).
[11] DTKAAZ, pp. 178-180 (5 y 22 de enero de 1918).
[12] DTKAAZ, p. 178 (1-2 de enero de 1918).
[13] G. A. Hill, Dreaded Hour, pp. 47-49.
[14] N. P. Makarov, Krest’yanskoe khozyaistvo I ego evolyutsiya (N. Zheludkovskaya: Moscow, 1920), vol. 1, p. 384.
[15] DTKAAZ, p. 186 (25, 29 y 30 de abril de 1918).
[16] M. S. Chevekov, diario, 5 y 27 de febrero de 1918: Rossiya 1917 goda v ego-dokumentakh: Dnevniki, pp. 124 y 125.
[17] Ibíd., 5 y 27 de febrero, 2 y 15 de marzo, 5 y 31 de mayo de 1918: pp. 124-126, 128 y 130.
[18] T. Shanin, The Awkward Class: Political Sociology of Peasantry in a Developing Society, 1910-1925, pp. 175-177.
[19] T. V. Osipova, «Razvitie sotsialisticheskoi revolyutsii v derevne v pervyi god diktatury proletariata» en I. M. Volkov et al. (eds.), Oktyabr’ i sovetskoe krest’yanstvo, 1917-1927 gg. (Nauka: Moscú, 1977), p. 56.
[20] Ibíd.
[21] NPODM, p. 114 (27 de noviembre de 1917).
[22] NPODM, p. 114 (27 de noviembre de 1917).
[23] NPODM, p. 120 (23 de diciembre de 1917).
[24] NPODM, p. 122 (29 de diciembre de 1917).
[25] NPODM, p. 141 (27 de enero de 1918).
[26] NPODM, pp. 145-146 (30 de enero de 1918).
[27] NPODM, p. 141 (27 de enero de 1918) y p. 179 (15 de mayo de
1918).
[28] NPODM, p. 330 (19 de marzo de 1920).
[29] F. Farmborough, Nurse at the Russian Front: A Diary, p. 380.
[30] Ibíd., p. 382.
[31] Ibíd., p. 374.
[32] A. L. Okninskii, Dva goda sredi krest’yan, pp. 7 y 12-16.
[33] Ibíd., p. 14.
[34] Diario de S. V. Tolstói, 16 de diciembre de 1917 [NS]: Rossiya 1917 goda v ego-dokumentakh: Dnevniki, p. 157.
[35] Ibíd., 11 de enero de 1918 [NS], p. 163.
[36] G. A. Hill, Go Spy the Land: Being the Adventures of I. K.8 of the British Secret Service, p. 254.
[37] NPODM, p. 137 (16 de enero de 1918).
[38] NPODM, p. 150 (21 de febrero de 1918).
[39] S. Obolensky, One Man in His Time: The Memoirs of Serge Obolensky, pp. 197-198.
[40] P. A. Obolenski, «Starye gody: semeinye zapiski», Novyi zhurnal, n.º 175, p. 195.
[1] J. S. Curtiss, The Russian Church and the Soviet State, pp. 31 y 33.
[2] G. L. Freeze, «Counter-Reformation in Russian Orthodoxy: Popular Response to Religious Renovation», Slavic Review, n.º 2 (1995), pp. 331 y 334-335.
[3] A. N. Kashevarov, Pravoslavnaya Rossiiskaya Tserkov’ i Sovetskoe gosudarstvo (1917-1922), p. 94.
[4] Decreto del Sovnarkom, 20 de enero de 1918: RGASPI, archivo R-130, op. 2, d. 1, artículo 2; Russkaya pravoslavnaya tserkov’ i kommunisticheskoi gosudarstvo, 1917-1941: dokumenty i materialy, pp. 29-30.
[5] S. Dixon, «Orthodoxy and Revolution: The Restoration of the Russian Patriarchate in 1917», Transactions of the Royal Historical Society, vol. 28 (2018), pp. 149-150.
[6] F. Silano, «(Reconstructing) an Orthodox “Scenario of Power”: The Restoration of the Russian Orthodox Patriarchate in Revolutionary Russia (1917-1918)», Revolutionary Russia, n.º 1 (2019), pp. 13-14.
[7] S. Dixon, «Orthodoxy and Revolution: The Restoration of the Russian Patriarchate in 1917», pp. 151; F. Silano, «(Reconstructing) an Orthodox “Scenario of Power”: The Restoration of the Russian Orthodox Patriarchate in Revolutionary Russia (1917-1918)», pp. 13-14.
[8] Ibíd., p. 15.
[9] Russkaya pravoslavnaya tserkov’ i kommunisticheskoi gosudarstvo, 1917-1941: dokumenty i materialy, pp. 22-23.
[10] NPODM, p. 137 (16 de enero de 1918).
[11] A. N. Kashevarov, Pravoslavnaya Rossiiskaya Tserkov’ i Sovetskoe gosudarstvo (1917-1922), pp. 105-106.
[12] Patriarca Tijon (discurso), 19 de enero de 1918: https://azbyka.ru/otechnik/Tihon_Belavin/poslanie-patriarha-tihona-s-anafemoj-bezbozhnikam/
[13] NPODM, pp. 142-143 (28 de enero de 1918).
[14] DTKAAZ, pp. 180-181 (17 de febrero de 1918).
[15] DTKAAZ, p. 184 (18 de marzo de 1918).
[16] DTKAAZ, p. 189 (10 de junio de 1918).
[17] DTKAAZ, p. 192 (27 de julio de 1918).
[18] DTKAAZ, p. 194 (8 de septiembre de 1918).
[19] DTKAAZ, p. 200 (30 de diciembre de 1918).
[20] DTKAAZ, p. 200 (25 de diciembre de 1918).
[21] DTKAAZ, p. 215 (19 de diciembre de 1918).
[22] A. N. Kashevarov, Pravoslavnaya Rossiiskaya Tserkov’ i Sovetskoe gosudarstvo (1917-1922), p. 224.
[23] A. L. Okninskii, Dva goda sredi krest’yan, pp. 219-220 y 231.
[24] Ibíd., pp. 224-229.
[25] NPODM, p. 175 (3 de mayo de 1918).
[26] R. Stites, Revolutionary Dreams: Utopian Vision and Experimental Life, p. 83; F. Silano, «(Reconstructing) an Orthodox “Scenario of Power”: The Restoration of the Russian Orthodox Patriarchate in Revolutionary Russia (1917-1918)», Revolutionary Russia, n.º 1 (2019), p. 19.
[27] NPODM, p. 445 (21 de abril de 1921). Para el mes de la visita, véase F. Silano, «“In the Language of the Patriarch”: Patriarch Tikhon, the Russian Orthodox Church, and the Soviet State (1865-1925)», p. 206.
[28] A. N. Kashevarov, Pravoslavnaya Rossiiskaya Tserkov’ i Sovetskoe gosudarstvo (1917-1922), p 31.
[29] Patriarca Tijon (llamamiento), 26 de octubre de 1918: "www.sedmitz a.ru/lib/text/440025/"
[30] A. N. Kashevarov, Pravoslavnaya Rossiiskaya Tserkov’ i Sovetskoe gosudarstvo (1917-1922), p. 31.
[31] NPODM, p. 295 (14 de octubre de 1919).
[32] Ibíd.
[33] A. N. Kashevarov, Pravoslavnaya Rossiiskaya Tserkov’ i Sovetskoe gosudarstvo (1917-1922), pp. 227-228.
[1] N. Andreyev, A Moth on the Fence: Memoirs of Russia, Estonia, Czechoslovakia and Western Europe, pp. 32-33.
[2] A. L. Okninskii, Dva goda sredi krest’yan, pp. 8 y 10.
[3] R. Stites, «Iconoclastic Currents in the Russian Revolution» en A. Gleason, P. Kenez y R. Stites (eds.), Bolshevik Culture: Culture and Order in the Russian Revolution, p. 23.
[4] J. von Geldern, Bolshevik Festivals, 1917-1920, p. 46.
[5] Para una crónica extraordinaria del impacto en la intelectualidad creativa, véase C. Read, Culture and Power in Revolutionary Russia: The Intelligentsia and the Transition from Tsarism to Communism.
[6] NPODM, p. 444 (21 de abril de 1921).
[7] NPODM, p. 207 (1 de agosto de 1918).
[8] NPODM, p. 208 (10 de agosto de 1918).
[9] NPODM, pp. 416-417 (17 de enero de 1920).
[10] J. von Geldern, Bolshevik Festivals, 1917-1920, p. 114.
[11] NPODM, p. 482 (14 de septiembre de 1921).
[12] A. Blok, «Intelligentsia i revolyutsiya», reimpreso en A. Blok, Sochineniya v odnom tome, pp. 452-457.
[13] A. Blok, Dnevnik, pp. 263-264 (26 de enero de 1918).
[14] Ibíd., p. 260 (11 de enero de 1918).
[15] J. Garrard, «The Twelve: Blok’s Apocalypse», Religion and Literature, n.º 1 (2003), pp. 45-65.
[16] A. Blok, «Dvenadtsat»: Sochineniya v odnom tome, p. 260.
[17] A. Blok, Dnevnik, p. 288 (6 de enero de 1919).
[1] L. Trotski, Moya zhizn’: opyt avtobiografii, vol. 2, p. 90.
[2] A. A. Iofe (V. Krymski), Mirnye peregovory v Brest-Litovske, vol. 1, pp. 32, 52-53, 67-68 y 124.
[3] B. Chernev, Twilight of Empire: The Brest-Litovsk Conference and the Remaking of East-Central Europe, 1917-1918, pp. 110 y 119.
[4] Comité Central, 11 de enero de 1918: PTsK, pp. 167-173.
[5] DTKAAZ, p. 178 (3 de enero de 1918).
[6] DTKAAZ, p. 182 (15 de febrero 1918 O. S.).
[7] NPODM, p. 129 (3 de enero de 1918).
[8] R. Service, Spies and Commissars: Bolshevik Russia and the West, p. 73.
[9] Tratado de paz entre Ucrania y Alemania, Austria-Hungría, Turquía y Bulgaria, 9 de febrero de 1918: Colección de documentos ucranianos (HIA), caja 5.
[10] A. A. Iofe (V. Krymski), Mirnye peregovory v Brest-Litovske, vol. 1, pp. 208-210.
[11] P. Holquist, Making War, Forging Revolution: Russia’s Continuum of Crisis, 1914-1921, p. 119.
[12] Sovnarkom, 3 de agosto de 1918: GARF, doc. R-130, op. 2, d. 1, artículo 9.
[13] NPODM, p. 140 (25 de enero de 1918).
[14] Comité Central, 22 de febrero de 1918: PTsK, pp. 200-204.
[15] Ibíd., pp. 211-213.
[16] Ibíd., p. 215.
[17] Sed’moi (ekstrennii) s’ezd RKP(b): mart 1918 g.: stenograficheskii otchët, pp. 21-23.
[18] Comité Central, 15 de marzo de 1918: RGASPI, archivo 17, op. 2,
d. 1.
[19] A. Watson, Ring of Steel, p. 517.
[20] B. Pearce, How Haig Saved Lenin, pp. 8-10.
[21] M. von Hagen, War in a European Borderland, p. 91.
[22] Ibíd., p. 93.
[23] N. E. Kakurin, Kak srazhalas’ revolyutsiya, vol. 1, p. 193.
[24] M. von Hagen, War in a European Borderland, 1914-1918, p. 91.
[25] General Hans von Gronau (orden), 17 de abril de 1918: HIA.
[26] N. E. Kakurin, Kak srazhalas’ revolyutsiya, vol. 1, pp. 193 y 197.
[27] M. von Hagen, War in a European Borderland, p. 90.
[28] Comité Central, 10 de mayo de 1918: Izvestiya Tsentral’nogo Komiteta KPSS, n.º 4 (1989), pp. 143-144. Véase también R. Service, Lenin: A Political Life, vol. 2, pp. 17-18.
[29] Sovnarkom, 4 de abril de 1918: GARF, archivo R-130, op. 2, d. 1, artículos 1-2; Comité Central, 7 de abril de 1918: RGASPI, archivo 17, op. 2, d. 1, artículo 2.
[1] Den’ (Petrogrado), 27 de marzo de 1918, citado por M. Bernstam, Ural i Prikam’e, noyabr’ 1917 - yanvar’ 1919: dokumenty i materialy, p. 106.
[2] R. Service, The Last of the Tsars, pp. 194-197.
[3] V. Brovkin, The Mensheviks After October, p. 159.
[4] M. Bernstam, Nezavisimoe rabochee dvizhenie v 1918 godu: dokumenty i materialy, pp. 97-105.
[5] Sovnarkom, 8 de mayo de 1918: GARF, archivo R-130, op. 2, d. 1, artículo 2.
[6] Sovnarkom, 8 y 9 de mayo de 1918: GARF, archivo 130, op. 2, ed.khr.1 (3/4).
[7] L. Trotski, Na bor’bu s golodom!: Discurso en reunión pública, Sokolniki, 9 de junio de 1918, pp. 9-11, 14-16, 26 y 29.
[8] G. A. Hill, Go Spy the Land: Being the Adventures of I. K.8 of the British Secret Service, pp. 207-209.
[9] T. V. Osipova, Rossiiskoe krest’yanstvo v revolyutsii o grazhdanskoi voine, p. 144.
[10] R. Service, Spies and Commissars: Bolshevik Russia and the West, p. 123.
[11] DTKAAZ, p. 192 (26 de julio de 1918).
[12] V. V. Kondrashin, Krest’yanskoe dvizhenie v Povol’zhe v 1918-1922 gg., pp. 77-78, 113, 152-157 y 163.
[13] Ibíd., pp. 158-161 y 249. Para una crónica que pone énfasis en la popularidad del Komuch entre los campesinos debido a su compromiso con el libre comercio, véase G. Swain, The Origins of the Russian Civil War, p. 189.
[14] R. Service, The Last of the Tsars, pp. 262-264 y 288.
[15] Pravda, n.º 153, 24 de julio de 1918.
[16] NPODM, p. 159 (12 de marzo de 1918).
[17] Sovnarkom, 24 de abril de 1918: GARF, archivo R-130, op. 2, d. 1, artículo 2.
[18] Pravda, 26 de julio de 1918; NPODM, p. 205 (26 de julio de 1918).
[19] A. G. Kavtaradze, Voennye spetsialisty na sluzhbe Respubliki Sovetov,
1917-1920 gg., p. 222.
[20] L. D. Trotski a V. I. Lenin, 17 de agosto de 1918: RGVA, f. 33987, op. 1, d. 23.
[21] Komsomol’skaya pravda, 12 de febrero de 1992.
[22] V. P. Antónov-Saratovski, «Otbleski besed s Il’ichem», Proletarskaya revolyutsiya, n.º 4 (1924), pp. 183-184.
[23] A. Latishev, Rassekrëchennyi Lenin, p. 20.
[24] Sovnarkom, 17 de septiembre de 1918: GARF, archivo R-130, op. 2,
d. 1.
[25] G. V. Chicherin, Vneshnyaya politika Sovetskoi Rossii za dva goda, p. 5; B. Pearce, How Haig Saved Lenin, p. 71.
[26] Kh. Rakovski, «Avtobiografiya» (HIA), p. 9; RGASPI, f. 17, op. 84, d. 1, p. 1, reproducido en I. Linder y S. Churkin (eds.), Krasnaya pautina: tainy razvedki Kominterna, 1919-1943, p. 24.
[27] K. Radek, «Noyabr». (Stranichka iz vospominanii)’, Krasnaya nov’, n.º 10 (1926), p. 140.
[28] V. I. Lenin, PSS, vol. 50, pp. 185-186: nota a Trotski y Sverdlov, 1 de octubre de 1918.
[29] G. Swain, The Origins of the Russian Civil War, p. 221.
[1] L. D. Trotski a V. I. Lenin, 1 de enero de 1919: RGASPI, f. 17, op. 109, d. 42, p. 42.
[2] I. V. Stalin, Sochineniya, vol. 4, pp. 197-224.
[3] Este argumento surge de un debate con Jon Smele. Véase también J. D. Smele, The «Russian» Civil Wars, p. 76.
[4] Potencias aliadas y asociadas a A. V. Kolchak, 26 de mayo de 1919: Documentos de Aleksandr Vasílievich Kolchak (HIA).
[5] A. V. Kolchak a potencias aliadas y asociadas, 4 de junio de 1919: Documentos de Aleksandr Vasílievich Kolchak (HIA).
[6] Potencias aliadas y asociadas a A. V. Kolchak, 12 de junio de 1919: Documentos de Aleksandr Vasílievich Kolchak (HIA).
[7] Pravda, 22 de mayo de 1918.
[8] A. L. Okninski, Dva goda sredi krest’yan, pp. 18-19.
[9] Ibíd., p. 55.
[10] Sovnarkom, 25 de enero de 1918: GARF, archivo R-130, op. 2, d. 1, artículo 6.
[11] R. Service, The Bolshevik Party in Revolution: A Study in Organisational Change, p. 147.
[12] DTKAAZ, p. 236 (31 de marzo de 1921).
[13] A. L. Okninski, Dva goda sredi krest’yan, p. 35.
[14] T. V. Osipova, Rossiiskoe krest’yanstvo v revolyutsii o grazhdanskoi voine, p. 187.
[15] A. L. Okninskii, Dva goda sredi krest’yan, p. 154.
[16] Ibíd., p. 292.
1] E. Mawdsley, The Russian Civil War, pp. 133-134.
[2] L. D. Trotski, discurso ante el Comité Central y la Comisión Central de Control, 5 de agosto de 1927: RGASPI, archivo 17, op. 2, d. 317 (V-iii), p. 69.
[3] L. Trotski, Moya zhizn’: opyt avtobiografii, vol. 2, pp. 180-181.
[4] Vos’moi s’ezd RKP(b): Mart 1919 g.: Protokoly, pp. 167-169.
[5] E. Mawdsley, The Russian Civil War, p. 146.
[6] Ibíd., p. 145.
[7] J. D. Smele, The «Russian» Civil Wars, p. 121.
[8] E. Mawdsley, The Russian Civil War, p. 162.
[9] Ibíd., p. 167.
[10] Ibíd., pp. 172-173.
[11] Ibíd., pp. 175-176.
[12] Ibíd., pp. 195-196.
[13] J. D. Smele, The «Russian» Civil Wars, p. 127.
[14] Ibíd., p. 129.
[15] Comandante de la ciudad (Revel), 28 de noviembre de 1919: Documentos de Nikolái Yudénich (HIA), caja 4, carpeta 2.
[16] N. I. Yudénich a S. D. Sazónov, A. V. Kolchak, A. I. Denikin y Ye. K. Miller: Documentos de Nikolái Yudénich (HIA), caja 4, carpeta 6.
[17] NPODM, pp. 347-350 (17 y 21 de mayo de 1920).
[1] A. Markevich y M. Harrison, «Great War, Civil War, and Recovery: Russia’s National Income, 1913 to 1928», Journal of Economic History, n.º 3 (2011), p. 680.
[2] R. W. Davies, «Industry» en R. W. Davies, M. Harrison y S. G. Wheatcroft (eds.), The Economic Transformation of the Soviet Union, 1913-1945, p. 135.
[3] A. Markevich y M. Harrison, «Great War, Civil War, and Recovery», p. 680.
[4] V. V. Kabanov, Krest’yanskoe khozyaistvo v usloviyakh «voennogo kommunizma», p. 175; L. Lih, Bread and Authority in Russia, 1917-1921, p. 168.
[5] T. V. Osipova, Rossiiskoe krest’yanstvo, p. 298.
[6] A. L. Okninskii, Dva goda sredi krest’yan, pp. 96 y 102.
[7] A. Retish, Russia’s Peasants in Revolution and Civil War, pp. 174-175.
[8] V. V. Kabanov, Krest’yanskoe khozyaistvo v usloviyakh «voennogo kommunizma», p. 219.
[9] Ibíd., p. 228.
[10] Ibíd., pp. 228 y 236.
[11] Ibíd., p. 25.
[12] A. L. Okninski, Dva goda sredi krest’yan, p. 33.
[13] E. V. Gimpel’son, «Voennyi kommunizm»: politika, praktika, ideologiya, p. 46.
[14] NPODM, p. 237 (21 de noviembre de 1918).
[15] NPODM, p. 267 (15 de junio de 1919).
[16] R. W. Davies, The Development of the Soviet Budgetary System, p. 17.
[17] T. V. Osipova, Rossiiskoe krest’yanstvo, p. 247.
[18] Y. Kotsonis, States of Obligation: Taxes and Citizenship in the Russian Empire and Early Soviet Republic, p. 320.
[19] DTKAAZ, pp. 206-210 (mayo a julio 1919).
[20] DTKAAZ, p. 97 (31 de diciembre de 1914) y p. 215 (23 de diciembre de 1919).
[21] R. W. Davies, The Development of the Soviet Budgetary System, p. 29.
[22] NPODM, p. 319 (3 de febrero de 1920).
[23] NPODM, p. 331 (25 de marzo de 1920).
[1] N. Taylor, Estonia: A Modern History, pp. 36-37.
[2] Comisariado del Pueblo para las Nacionalidades, 8 de marzo de 1919: GARF, archivo 1318, op. 1, d. 2.
[3] Sesión del Politburó, 28 de mayo (punto 1) y 1 de junio de 1919 (punto 1): RGASPI, archivo 17, op. 3, dd. 9 y 10.
[4] R. Service, Lenin: A Political Life, vol. 2, pp. 82-83.
[5] R. Service, Lenin: A Biography, p. 403.
[6] L. D. Trotski, «Nashe otnoshenie k borotbistam», documento inédito, diciembre de 1919: Colección Trotski (HIA), caja 9, carpeta 35.
[7] V. I. Lenin a L. D. Trotski, escrito el 28-29 de marzo de 1920: V. I. Lenin, PSS, vol. 52, p. 116; V. P. Antónov-Saratovski, «Otbleski besed s Il’ichem», Proletarskaya Revolyutsiya, n.º 3 (1924), pp. 189-190.
[8] P. Kenez, «Pogroms and White Ideology» en J. D. Klier y S. Lambroza, Pogroms: Anti-Jewish Violence in Modern Russian History, p. 302.
[9] J. Veidlinger, In the Midst of Civilized Europe: The Pogroms of 1918-1921 and the Onset of the Holocaust, pp. 163-165 y 296-299.
[10] O. V. Budnitskii, «“Evreiskie batal’ony’ v Krasnoi Armii» en O. V. Budnitskii (ed.), Mirovoi krizis 1914-1920 godov i sud’ba vostochnoevropeiskogo evreistva, pp. 243 y 255.
[11] P. Holquist, Making War, Forging Revolution: Russia’s Continuum of Crisis, 1914-1921, pp. 178-179.
[12] Sesión del Politburó, 14 de septiembre de 1920: RGASPI, archivo 17, op. 3, d. 108, artículo 1.
[13] S. Blank, «The Struggle for Soviet Bashkiria, 1917-1923», Nationalities Papers, n.º 1 (1983), pp. 12-16.
[14] J. D. Smele, The «Russian» Civil Wars, pp. 228-229.
[15] J. Baberowski, Der Feind ist überall: Stalinismus im Kaukasus, pp. 320-334.
[16] R. G. Suny, The Baku Commune, 1917-1918: Class and Nationality in the Russian Revolution, pp. 225-233.
[17] J. D. Smele, The «Russian» Civil Wars, pp. 63-64.
[18] Ibíd., pp. 230-231.
[19] Ibíd., pp. 142-143.
[20] J. Baberowski, Der Feind ist überall: Stalinismus im Kaukasus, pp. 320-334.
[1] Pervyi Kongress Kominterna: mart 1919 goda, p. 131.
[2] Politbyuro TsK RKP(b) - VKP(b) i Komintern, 1918-1943: Dokumenty, pp. 26 y 28.
[3] J. Berzin a G. E. Zinóviev, 28 de agosto de 1919: Ibíd., p. 28.
[4] Informes, agosto de 1919: Documentos de Gibbes Lykes (HIA), caja 1.
[5] R. Leviné-Meyer, Leviné the Spartacist: The Life and Times of the Socialist Revolutionary Leader of the German Spartacists and Head of the Ill-Starred Munich Republic of 1919, p. 153.
[6] V. I. Lenin, PSS, vol. 37, p. 490.
[7] R. Service, Spies and Commissars: Bolshevik Russia and the West, p. 230.
[8] Ibíd., pp. 249-250.
[9] New York Times, 27 de junio de 1919; L. K. Martens y S. Nuorteva (memorándum), s. f. pero probablemente marzo o abril de 1919: Documentos de George Halonen (HIA).
[10] R. Service, Spies and Commissars: Bolshevik Russia and the West, pp. 234-235.
[1] R. W. Davies, The Development of the Soviet Budgetary System, p. 39.
[2] A. L. Okninski, Dva goda sredi krest’yan, p. 195.
[3] A. Willimott, Living the Revolution: Urban Communism and Soviet Communism, 1917-1932, pp. 51-52, 68 y 102.
[4] NPODM, p. 123 (29 de diciembre de 1917).
[5] Ibíd.
[6] Ibíd.
[7] G. A. Hill, Go Spy the Land: Being the Adventures of I. K.8 of the British Secret Service, pp. 222-223.
[8] P. Dukes, Red Dusk and the Morrow, pp. 222-223.
[9] F. Stepun, Byvshee i nesbyvsheesya, pp. 489-490.
[10] NPODM, p. 325 (9 de marzo de 1920).
[11] A. Poliakoff, The Silver Samovar: Reminiscences of the Russian Revolution, p. 73.
[12] NPODM, p. 264 (30 de mayo de 1919).
[13] NPODM, p. 295 (14 de octubre de 1919).
[14] NPODM, p. 148 (17 de febrero de 1918).
[15] V. V. Kabanov, Krest’yanskoe khozyaistvo, pp. 190-191.
[16] R. Service, The Last of the Tsars, pp. 276-278.
[17] DTKAAZ, p. 198 (19 de noviembre de 1918).
[18] A. Poliakoff, The Silver Samovar: Reminiscences of the Russian Revolution, p. 49.
[19] NPODM, p. 290 (19 de septiembre de 1919).
[20] DTKAAZ, p. 198 (19 de noviembre de 1918).
[21] DTKAAZ, p. 195 (16 de septiembre de 1918).
[22] DTKAAZ, pp. 202-203 (13 de febrero de 1919).
[23] NPODM, p. 148 (17 de febrero de 1918).
[24] V. Brovkin, «Workers’ Unrest and the Bolsheviks’ Response in 1919», Slavic Review, n.º 3 (1990), pp. 353-367.
[25] Pravda, 27 de marzo de 1919.
[26] V. Brovkin, Behind the Front Lines of the Civil War: Political Parties and Social Movements in Russia, 1918-1922, especialmente pp. 98-99, 106-107 y 137.
[27] NPODM, p. 213 (3 de septiembre de 1918).
[28] NPODM, p. 240 (10 de diciembre de 1918).
[29] NPODM, p. 243 (16 de diciembre de 1918).
[30] NPODM, p. 258 (6 de febrero de 1919).
[31] NPODM, p. 289 (13 de septiembre de 1919).
[32] NPODM, p. 259 (6 de mayo de 1919).
[33] NPODM, p. 260 (6 de mayo de 1919).
[34] NPODM, p. 302 (9 de noviembre de 1919) y p. 311 (26 de diciembre de 1919).
[35] NPODM, p. 508 (13 de enero de 1922).
[36] NPODM, p. 508 (13 de enero de 1922).
[37] NPODM, p. 365 (20 de julio de 1920).
[38] NPODM, p. 298 (24 de octubre de 1919).
[39] NPODM, p. 361 (25 de junio de 1920).
[40] NPODM, p. 324 (7 de marzo de 1920).
[41] NPODM, p. 141 (27 de enero de 1918) y p. 179 (15 de mayo de
1918).
[1] NPODM, pp. 350-352 (20 de mayo de 1920).
[2] NPODM, p. 332 (28 de marzo de 1920).
[3] Kommunar (Tula), 20 de noviembre y 3 de diciembre 1920.
[4] Documentos de D. A. Volkogonov (HIA), rollo 13: L. D. Trotski, «Osnovnye voprosy prodovol’stvennoi i zemel’noi politike», pp. 1-2.
[5] Desyatyi s’ezd RKP(b): Mart 1921 g: Stenograficheskii otchët, pp. 349-350.
[6] A. L. Okninski, Dva goda sredi krest’yan, p. 217.
[7] N. Davies, White Eagle, Red Star: The Polish-Soviet War of
1919-1920, pp. 125-127.
[8] L. Trotski, Voina s Pol’shei (discurso al Comité Ejecutivo Central Panruso del Congreso de los Sóviets, 5 de mayo de 1920), p. 14.
[9] V. I. Lenin a E. M. Sklianski (nota), agosto de 1920: The Trotsky Papers, 1917-1922, vol. 2, p. 278.
[10] Sesión del Politburó, 10 de agosto de 1920: RGASPI, archivo 17, op. 3, d. 101, artículos 3-4.
[11] N. Davies, White Eagle, Red Star: The Polish-Soviet War of 1919-1920, pp. 200-206.
[12] Sesión del Politburó, 1 de septiembre de 1920: RGASPI, archivo 17, op. 3, d. 106, artículo 10.
[13] V. Danilov, S. Yesikov, V. Kanishchev y L. Protasov, introducción a Krest’yanskoe vosstanie v Tambovskoi gubernii v 1919-1921: «Antonovshchina»: Dokumenty i materialy, p. 17.
[14] R. Service, Spies and Commissars: Bolshevik Russia and the West, p. 307.
[15] V. I. Lenin, Novena Conferencia del Partido, 22 de septiembre de 1920: RGASPI, f. 44, op. 1, d. 5, p. 26.
[16] Ibíd., pp. 27-28.
[17] Acuerdos ferroviarios entre la Rusia soviética y empresas alemanas, 15 de octubre de 1920; M. J. Laserson a Dr. Freund, 1 de diciembre de 1947 (explicación de las negociaciones soviético-alemanas): Documentos de M. J. Larsons (HIA), caja 1.
[18] DTKAAZ, p. 229 (14-15 de octubre de 1920).
[19] DTKAAZ, pp. 230-231 (1 de diciembre de 1920).
[20] Krest’yanskoe vosstanie v Tambovskoi gubernii v 1919-1921: «Antonovshchina»: Dokumenty i materialy, p. 72.
[21] V. I. Lenin, PSS, vol. 42, pp. 176 y 179.
[22] Vos’moi s’ezd Sovetov rabochikh, krest’yanskikh, krasnoarmeiskikh i kazach’ikh deputatov: stenograficheskii otchët (22-29 dekabrya 1920 goda), pp. 42, 49, 122 y 201.
[1] DTKAAZ, p. 232 (31 de diciembre de 1920, 6 de enero de 1921 y 8 de enero de 1921).
[2] Sesión del Politburó, 2 de febrero de 1921: RGASPI, archivo 17, op. 3, d. 128, artículo 1.
[3] V. I. Lenin, PSS, vol. 42, p. 333.
[4] Comité Central, 24 de febrero de 1921: RGASPI, archivo 17, op. 2, d. 58, artículo 2; Leninskii sbornik, vol. 20, p. 59.
[5] Sesión del Politburó, 28 de febrero de 1921, artículo 2a: RGASPI, archivo 17, op. 3, d. 136.
[6] Ibíd., artículos 2d, 2e y 2f.
[7] Comité Central, 7 de marzo de 1921, artículos 4a y 13: RGASPI, archivo 17, op. 2, d. 61.
[8] NPODM, p. 428 (1 de marzo de 1921).
[9] Desyatyi s’ezd RKP(b): Mart 1921 g: Stenograficheskii otchët, p. 37.
[10] Ibíd., pp. 24-28.
[11] Ibíd., pp. 28-37.
[12] Ibíd., p. 137.
[13] Ibíd., pp. 167 y 310; Vladimir Il’ich Lenin: Biograficheskaya khronika, vol. 10, pp. 203 y 204.
[14] Documentos de D. A. Volkogonov (HIA), caja 3, rollo 2: Ya. S. Agranov al presídium de la Checa, informe «sobre los resultados de la investigación del motín en la ciudad de Kronstadt».
[15] Desyatyi s’ezd RKP(b), p. 406.
[16] Ibíd., p. 404.
[17] Ibíd., p. 425.
[18] Ibíd., p. 445.
[19] Ibíd., pp. 533, 539 y 542.
[20] Y. Kotsonis, States of Obligation: Taxes and Citizenship in the Russian Empire and Early Soviet Republic, pp. 340-341.
[21] L. Lih, Bread and Authority in Russia, 1917-1921, pp. 163-165.
[22] J. Aves, Workers Against Lenin: Labour Protest and the Bolshevik Dictatorship, pp. 176-177.
[23] NPODM, p. 448 (7 de mayo de 1921).
[24] V. I. Lenin, Décima Conferencia del Partido, 27 de mayo de 1921: RGASPI, f. 44, op. 1, d. 3, pp. 18-19.
[25] I. M. Vareikis, Décima Conferencia del Partido, 27 de mayo de 1921: RGASPI, f. 44, op. 1, d. 2, pp. 114-119.
[26] NPODM, p. 470 (12 de julio de 1921).
[27] M. N. Tujachevski (órdenes), 12 y 15 de mayo de 1921: Krest’yanskoe vosstanie v Tambovskoi gubernii v 1919-1921: «Antonovshchina»: Dokumenty i materialy, pp. 164-165.
[28] V. V. Kondrashin, Krest’yanskoe dvizhenie v Povol’zhe v 1918-1922 gg., pp. 287-289.
[29] M. N. Tujachevski (orden), 11 de junio de 1921: Krest’yanskoe vosstanie v Tambovskoi gubernii v 1919-1921, p. 179.
[30] M. N. Tujachevski (orden), 12 de junio de 1921: B. V. Senikov, Tambovskoe vosstanie 1918-1921 gg. i raskrest’yanivanie Rossii 1929-1933, p. 83.
[31] E. Landis, Bandits and Partisans: The Antonov Movement in the Russian Civil War, pp. 239-241.
[32] M. I. Pokaliujin (memorias, 1923), Krest’yanskoe vosstanie v Tambovskoi gubernii v 1919-1921: «Antonovshchina»: Dokumenty i materialy, pp. 300-301.
[33] J. Aves, Workers Against Lenin: Labour Protest and the Bolshevik Dictatorship, pp. 163-165.
[34] Y. Kotsonis, States of Obligation: Taxes and Citizenship in the Russian Empire and Early Soviet Republic, pp. 335-337.
[35] NPODM, pp. 350-352 (21 de mayo de 1920).
[36] NPODM, pp. 478 y 481 (17 de agosto y 1 de septiembre de 1921).
[37] NPODM, p. 535 (1 de mayo de 1922).
[38] NPODM, p. 508 (13 de enero de 1922).
[39] NPODM, p. 532 (27 de abril de 1922).
[40] NPODM, p. 451 (19 de mayo de 1921).
[41] NPODM, pp. 458-459 (30 de mayo de 1921).
[42] NPODM, p. 459 (30 de mayo de 1921).
[43] DTKAAZ, p. 446 (2 de mayo de 1921).
[1] DTKAAZ, pp. 236-242.
[2] DTKAAZ, (1 de febrero de 1921) p. 233.
[3] DTKAAZ, (9 de marzo de 1921) p. 235.
[4] Pleno del Comité Central, 28 de diciembre de 1921, artículo 14: RGASPI, archivo 17, op. 2, d. 76.
[5] I. Lenin a D. I. Kurski, 22 de febrero de 1922: PSS, vol. 44, pp. 396-397.
[6] Pravda, 11 de abril de 1922.
[7] V. I. Lenin al Politburó, 22 de marzo de 1922: Izvestiya Tsentral’nogo Komiteta KPSS, n.º 4 (1990), pp. 191-193; A. N. Kashevarov, Pravoslavnaya Rossiiskaya Tserkov’ i Sovetskoe gosudarstvo (1917-1922), p. 237.
[8] NPODM, pp. 536-537 y 541 (11 de mayo y 6 de junio 1922).
[9] Ibíd.
[10] A. N. Kashevarov, Pravoslavnaya Rossiiskaya Tserkov’ i Sovetskoe gosudarstvo (1917-1922), pp. 238-239.
[11] G. L. Freeze, «Counter-Reformation in Russian Orthodoxy: Popular Response to Religious Renovation», Slavic Review, n.º 2 (1995), pp. 305 y 310-315; E. E. Roslof, «The Heresy of ‘Bolshevik’ Christianity: Orthodox Rejection of Religious Reform during NEP», Slavic Review, n.º 3 (1996), pp. 625 y 629.
[12] A Blyum, Za kulisami ‘Ministerstva Pravdy’: tainaya istoriya sovetskoi tsentsury, 1917-1929 (Gumanitarnoe Agenstvo: San Petersburgo, 1994), p. 79.
[13] Lenin i VChK: sbornik dokumentov, 1917-1922, p. 465.
[14] V. I. Lenin a N. P. Gorbunov, 3 de marzo de 1922: PSS, vol. 54, p. 198.
[15] V. I. Lenin a N. P. Gorbunov, 19 de mayo de 1922: Ibíd., p. 265.
[16] I. V. Stalin a V. I. Lenin, 22 de septiembre de 1922: RGASPI, archivo 5, op. 2, d. 28, p. 19.
[17] I. V. Stalin a V. I. Lenin, 22 de septiembre de 1922: Ibíd., p. 23.
[18] V. I. Lenin, notas dictadas, 30 de diciembre de 1922: PSS, vol. 45, p. 356.
[19] Esta parte de las notas de Lenin fue dictada el 24 y 25 de diciembre de 1922: Ibíd., pp. 344-346.
[20] Esta parte de las notas de Lenin fue dictada el 4 de enero de 1923: Ibíd., p. 346. No todo el mundo acepta que el supuesto testamento de Lenin fuera dictado realmente por él: véase S. Kotkin, Stalin, vol. 1: Paradoxes of Power, pp. 498-501.
[21] V. I. Lenin, «O kooperatsii» (notas dictadas), 4-6 de enero de 1923: PSS, vol. 45, p. 373.
[22] V. I. Lenin a I. V. Stalin, dictado el 5 de marzo de 1923: PSS, vol. 54, p. 330.
[23] NPODM, pp. 566-570 (22 de enero a 3 de junio de 1923).
[1] R. Service, Stalin: A Biography, pp. 212-213.
[2] Ibíd., pp. 214-217.
[3] R. Service, Trotsky: A Biography, pp. 314-319.
[4] Ibíd., pp. 305-307.
[5] R. Service, Stalin: A Biography, pp. 216-217.
[6] Ibíd., pp. 478-479.
[7] NPODM, p. 597 (diario: 3-18 de marzo de 1924), p. 588.
[8] Ibíd.
[9] NPODM, p. 597 (diario: sin fecha, 1924).
FIN

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