© Libro N° 14815. La Chef. Novela De Una Cocinera. Ndiaye, Marie. Emancipación. Febrero 14 de 2026
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LA
CHEF
Novela De Una Cocinera
Marie Ndiaye
La Chef
Novela De Una Cocinera
Marie Ndiaye
En estas páginas se cuenta la vida y la fulgurante carrera de la Chef, una cocinera de origen humilde que, a base de abnegación y talento, alcanza contra todo pronóstico la cima de la gastronomía francesa. No la mueven el éxito ni el aplauso de la burguesía que degusta sus manjares. Su visión del arte culinario, ajena a las banales florituras de la cocina moderna, tiene mucho de búsqueda —o de cruzada— espiritual. Pero ¿quién es realmente la Chef más allá de los fogones? Como una artista, como una mártir, como una santa, parece haber sacrificado su intimidad en el altar de la perfección culinaria. En su juventud tuvo una hija de padre incierto, pero al iniciarse en la hostelería dejó al bebé a cargo de su familia. Mucho tiempo después, esta hija se revelará como una fuente de culpa y sumisión, el talón de Aquiles que hará tambalearse una obra (casi) perfecta. Contada desde la perspectiva hagiográfica y no siempre fiable de un antiguo asistente de la Chef, a la que profesó un amor no correspondido y una admiración sin límites, esta es la historia de una mujer que convirtió la más suculenta de las vocaciones en un vehículo para la obsesión y el ascetismo más extremos.
Marie Ndiaye
La Chef: Novela De Una Cocinera
ePub r1.0
Titivillus 05.02.2026
Marie NDiaye, 2022
Diseño de cubierta: Rosa Lladó
Traducción: Palmira Feixas
Editor digital: Titivillus
ePub base r3.0 (ePub 3)
Índice de contenido
La Chef, novela de una cocinera
Sobre el autor
Notas
Sí, claro, por supuesto, se lo habían preguntado a menudo.
Incluso diría que no dejaron de preguntárselo desde que la Chef se hizo famosa, como si guardara algún secreto que acabaría revelando por debilidad, por hastío o por indiferencia, o bien por despreocupación o por un arranque repentino de generosidad, que despertaría su interés por toda aquella gente a quien le atraía su profesión y también cierta gloria o, en cualquier caso, un indiscutible renombre.
Sí, al final, a muchos les fascinaba la asombrosa reputación que se había forjado sin pretenderlo, y tal vez pensaban, tal vez se imaginaban que, en sus adentros, ella tenía la clave del misterio, porque les parecía un misterio, ella no era demasiado inteligente.
Se equivocaban por partida doble.
Ella era tremendamente inteligente; de hecho, no hace falta serlo tanto como ella para triunfar en la profesión.
A la Chef le gustaba confundir a la gente.
Detestaba que la abordaran, que la sondearan, arriesgarse a ser descubierta.
No, no, nunca tuvo ningún confidente antes que yo, aborrecía la simple idea.
A menudo le preguntaban lo que a usted también le preocupa y ella siempre se encogía de hombros, sonreía con esa expresión que le gustaba adoptar, un poco desconcertada, distante, sincera o engañosamente modesta, y contestaba: No es tan difícil, basta con organizarse.
Y cuando insistían, ella se limitaba a decir: Basta con tener un poco de gusto, no es tan difícil, y entonces inclinaba ligeramente su frente alta, estrecha, mientras apretaba los labios finos como si quisiera dar a entender que ya no diría nada más y, por añadidura, no iba a consentir que le obligaran a soltar prenda.
Entonces la expresión de su rostro, incluso de su cuerpo, tenso, hermético, distante, se volvía algo obtusa, absurdamente intransigente,
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sorteando cualquier nueva pregunta, pero la gente no temía haber sido inoportuna, la consideraban estúpida.
La Chef era increíblemente inteligente.
¡Me encantaba ver cómo se regocijaba cuando fingía ser una mujer de pocas luces! Me daba la impresión de que esa conciencia maliciosa que ambos teníamos de su lucidez tejía un vínculo entre nosotros que para mí era precioso y que a ella no le desagradaba en absoluto, aunque no lo tenía en exclusiva, dado que otros antes que yo, que la frecuentaban desde hacía mucho tiempo, conocían su inteligencia y su perspicacia y también adivinaban que ella no deseaba mostrarlas ante desconocidos e indiscretos, pero yo era el más joven, no la había conocido antes, cuando ella no pensaba aún en ocultarse, yo era el más joven y el que sentía un amor más profundo por ella, estoy convencido.
Además, le parecía exagerado que cubrieran su cocina de tantas alabanzas.
Esos elogios se le antojaban ridículos y artificiales, es una cuestión de estilo.
No apreciaba ni respetaba la afectación, la grandilocuencia. Comprendía perfectamente las sensaciones, porque se esmeraba en
provocarlas y le fascinaba observar cómo se manifestaban en los rostros de los comensales; a fin de cuentas, se dedicaba a ello un día tras otro, desde hacía años, casi sin tregua.
Pero las palabras para describir todo eso le parecían indecentes. Quería que le dijeran: Está muy bueno; no pedía más, absolutamente
nada más.
Creía que al pormenorizar los principios y los efectos de la voluptuosidad que provocaba su pierna de cordero en camisa verde, por ejemplo, dado que hoy en día es su plato más conocido y el símbolo de su arte (la gente no sabe que, al final, ella ya no quería prepararlo, le aburría como a una cantante el viejo estribillo adorado que siempre le piden que repita, le asqueaba vagamente, estaba resentida con esa extraordinaria pierna de cordero porque era más conocida que ella y porque había hecho una inmerecida sombra a otros platos que le exigían mayor trabajo y talento, de los que se enorgullecía más), creía que al analizar las distintas formas de ese placer salía a la luz una intimidad esencial, la del comensal y, por ende, la de la Chef, algo que la incomodaba; en esos momentos
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deseaba no haber hecho nada, no haber ofrecido nada, no haber sacrificado nada.
Ella no lo decía, pero yo lo sabía perfectamente.
Ella jamás lo hubiera dicho, habría sido como entregarse.
Pero yo lo sabía perfectamente por el obstinado y frío silencio en el que se refugiaba cuando la sacaban a rastras de la cocina para ir a escuchar a un cliente deseoso de felicitarla, que, intrigado, molesto o espoleado por el mutismo de la Chef, no paraba hasta que conseguía que ella esbozara alguna expresión a modo de respuesta, así que, para zanjar el asunto, ella movía lentamente la cabeza de un lado a otro, como si por un exceso de modestia sufriera por aquel torbellino de elogios, y no decía nada, le avergonzaba mostrarse así, en su desnudez y en la del cliente, que no se daba cuenta.
Después estaba de mal humor como si la hubieran criticado o insultado, en lugar de elogiado.
Si yo había presenciado la escena o, al menos, eso creía ella (a menudo en vano, porque procuraba escabullirme cuando la Chef se veía obligada a comparecer en la sala), tenía la sensación de que estaba resentida conmigo: habían herido su dignidad ante mí.
Sin embargo, yo era el único —aunque no lo sé a ciencia cierta— cuya veneración y ternura por la Chef jamás hubiera flaqueado por nada, ni siquiera por un escándalo en la sala como el que había estallado cuando, ante las quejas de un cliente particularmente descontento, ella, como siempre, había respondido con su silencio arrogante y el cliente se lo había tomado mal, creyendo que lo despreciaba, aunque, en realidad, ella lo ignoraba por pudor, igual que a sus admiradores.
Era exactamente así: los elogios la incomodaban tanto como las ofensivas.
Al menos estos estaban despojados de exaltación y no pretendían llegar al corazón o al alma de la Chef.
Sí, eso es, los reproches solo iban dirigidos a los platos, a las decisiones que había tomado la Chef en cuanto a las mezclas de ingredientes (de hecho, hasta la famosa pierna de cordero en camisa verde, antes de alcanzar tal incuestionable celebridad, fue el blanco de las críticas por su envoltura de acedera y espinacas, pues algunos hubieran preferido que fuera de una cosa o de la otra, o incluso de hojas de acelgas), mientras que las felicitaciones caían en el panegírico de la Chef y, de ahí, en el
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secreto de sus supuestas intenciones, en el deseo de conocer su verdadera esencia, que le había permitido crear esos platos sublimes.
Una vez, refiriéndose a toda esa comedia, la Chef me dijo: ¡Qué bobos son!
También aseguraba que no entendía ni una tercera parte de lo que se escribía sobre su cocina, reafirmando en su juicio a aquellos que no la consideraban inteligente, que pensaban que tenía talento por pura casualidad.
Sí, creían que el dios indomable, el dios exigente de la cocina, a la hora de encarnarse, había elegido a aquella mujer menuda, complicada y tontorrona.
Como ya he dicho, a ella le gustaba que la tomaran por poco perspicaz; era una escapatoria.
No era de esas que, a fuerza de hacerse la tonta, acaba volviéndose tonta, porque olvida que está interpretando un papel, no, ese personaje solo la volvía más astuta, más sagaz, tal vez imperceptiblemente cínica, no lo sé.
Era cruel, era desabrida, aunque siempre pensé que la muchacha ávida de gustar, de deleitar a la gente sin traspasar la puerta, porque para alegrarse le bastaba con oír los murmullos de satisfacción de los comensales que saboreaban lo que ella había imaginado y preparado, que esa muchacha solitaria, en busca de amistad y compasión, seguía agazapada en el pecho de la Chef y a veces se desperezaba, transfigurando repentinamente su rostro, templando sus palabras, sorprendiéndola incluso a sí misma.
A menudo me mostraba una cara más amable, tenía confianza en mí, yo no abusaba de ella.
Eso no quita que fuera ambiciosa, sí. ¿Por qué no?
Quería ser alguien, pero a su manera, sin alharacas, sin necesidad de hablar de ello, quería ser alguien a quien no se olvida, aunque en realidad no la conocieran.
Quería dejar en la memoria de los comensales una reminiscencia deslumbrante y de tal naturaleza que, al intentar recordar de dónde procedía esa imagen tan apetitosa, tan melancólica y de una dicha incapaces de volver a encontrar, solo se acordaran de un plato, incluso solo del nombre de ese plato, o de un aroma o de tres colores definidos y puros en un plato de un blanco opalino.
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La Chef habría preferido que nadie recordara su nombre, que nadie hubiera visto su rostro, que se ignorara si era gorda o flaca, alta o baja, si tenía un cuerpo bien proporcionado.
Eso no fue posible. Aunque no se debió a las inclinaciones de la Chef ni a su tendencia a forjarse su leyenda.
No se escondió, aunque no le gustara mostrarse.
Algunas veces hacía una cosa y, otras, la contraria; en una ocasión, posó con sus empleados ante la puerta de su establecimiento, para un periódico regional, y aquella foto que fue tomada con torpeza por el cronista culinario, en la que la Chef sonríe ampliamente por una broma que ha gastado de improviso su segundo de a bordo, que está justo detrás de ella, aquella foto, donde ella ya no mira, con su curiosa indolencia satisfecha, entrecerrando los ojos a causa del ardiente sol del mediodía, en la que parece más una madre de familia recién condecorada por su eficaz fecundidad que la jefa inflexible, austera, decididamente discreta, enigmática y a veces insondable que todos conocíamos, aquella foto de la Chef es la más famosa en la actualidad y en cualquier artículo sobre ella aparece un enorme primer plano de esa cara jovial y juguetona, como si ese fuera el verdadero rostro de la Chef.
Nada más lejos de la realidad, se lo aseguro.
Por otra parte, como no tenía una estrategia definida, la Chef se zafaba cuando iban a fotografiarla en la sala junto a clientes de prestigio, como políticos, actores o directores de grandes empresas, por lo que le guardaban rencor, la consideraban de una desfachatez o de una arrogancia antipáticas, a pesar de que ella solo era arisca y tímida, además de andar agotada.
Estoy convencido de que esas fotos, si se hubiera prestado a hacérselas, mostrando su expresión distante, inquieta, brutalmente ensimismada en su íntima complejidad, habrían reflejado mejor su manera de ser que la foto del Sud-Ouest, en la que parece tan traviesa.
Además, ella detestaba aquella foto, no porque no se reconociera a sí misma, algo que incluso podría haberla complacido —teniendo en cuenta que se las ingeniaba para dar pistas falsas sobre ella—, sino porque temía que aquella imagen tan incongruente pudiera sugerir que el fotógrafo había logrado captar su verdadera naturaleza, y dar esperanzas a algunos de descubrirla y de persuadirse de que, en el fondo, la Chef era aquella mujer risueña, apacible, maternal y luminosa que incluso ella desconocía.
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No le importaba nada que la gente se equivocara respecto a su manera de ser, que la consideraran amable, etc.
Simplemente se negaba a que la abordaran partiendo de esa representación absurda, aborrecía que sus interlocutores trataran de sacar a la luz su cara alegre y plácida poniéndola entre la espada y la pared.
Tanto le daba que el retrato de su intimidad fuera verdadero o falso, ella no quería que nadie se inmiscuyera en su vida ni que hubiera pretextos, como aquella foto, para que se interesaran o pensaran en ella.
Así era. En cualquier caso, creo que así era.
Incluso a mí, la Chef me ocultó la mayor parte de los rasgos más relevantes de su personalidad.
Sí, es comprensible, habida cuenta de que yo era su empleado y entre nosotros había una gran diferencia de edad que nos alejaba tanto como la condición social, la experiencia vital e incluso el sexo, aunque, en mi afán por comprender el alma de la Chef, nunca consideré que el hecho de que yo fuera un hombre constituyera un aspecto crucial, nunca me pareció un inconveniente.
¿Al contrario? Es posible.
Redoblo mis esfuerzos, nunca doy por sentado lo que creo sentir, adivinar o descifrar.
Sí, si tuviera que hablarle de otro hombre, es posible, es probable que analizara su comportamiento en función del mío en una situación comparable, lo cual sería un gran error, ¿verdad?, porque ahora sé que, por mi manera de experimentar ciertos sentimientos, por la naturaleza misma de esos sentimientos, soy distinto a la mayoría de los hombres, mientras que mi alma siempre ha comprendido la de la Chef, aunque fuera una mujer, aunque me doblara la edad.
Siento la arrogancia, pero creo estar dotado de cierta perspicacia.
Eso es lo que se temía la Chef al final de sus días, por eso intentó en vano apartarme de ella.
Es imposible resistirse a la fidelidad de un ser amoroso y apasionado. ¿Que si ella lo aceptaba?, ¿que si se resignaba? Sí, por supuesto, ella
también me quería, a su manera.
Sonríe usted de manera forzada, me pregunta: ¿Cómo es la infancia de una Chef?, dando por supuesto que no capto la alusión[1], considerándome un inculto.
Tiene usted razón, en el colegio no aprendí gran cosa.
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Nada más entrar en clase, sentía una ansiedad sin razón aparente que me contraía la vejiga y, peor aún, expulsaba de mi memoria lo que había estudiado la víspera, en casa, durante horas, aplicándome, lleno de inquietud y de un deseo angustioso de hacer bien las cosas, de ser irreprochable, y, de repente, en pocos segundos, desaparecía el producto precioso de mis esfuerzos por aprender y retener, de repente el mero olor del aula —sudor, cuero, polvo, tiza— convertía mi cerebro en un globo de helio a punto de salir volando de mi cráneo en cuanto se lo permitiera con un solo gesto, un gesto que conocía y trataba de reprimir en vano, el mismo que encogía toda mi personita temblorosa y sin aliento cuando el profesor buscaba con la mirada a alguien a quien examinar, yo tenía una expresión culpable, de gandul que ni siquiera es capaz de asumir con orgullo su pereza y su aburrimiento, aunque estaba deseando gritar: ¡Me lo sé todo al dedillo, puedo contestar todas las preguntas!, y, al mismo tiempo, el globo de mi memoria, de mi trabajo, de mi inteligencia se iba elevando, atravesaba los cristales e iba al encuentro, por el cielo otoñal, de todos los globos que se habían fugado antes, el globo de mi memoria, el de mi trabajo, el de mi inteligencia, dejando en la silla los despojos de mi verdadero ser, postrado y minúsculo e imbécil, despreciable.
He vivido solo casi toda mi vida.
Aún vivo más solo desde que se fue la Chef; aunque en mi piso de Lloret de Mar reciba a más gente en una semana de la que desfiló por mi estudio de Méríadeck en varios años, me siento profundamente solo y, a la vez, profundamente satisfecho con mi situación.
He hecho amigos, como los llaman aquí enseguida, y para esa clase particular de amigos a quienes ni se me ocurriría confesar nada personal, de quienes prácticamente no sé nada de la vida que llevaban antes de que se jubilaran en Lloret de Mar, soy uno de los suyos, aunque bastante más joven, me aprecian porque me parezco a ellos y me gusta frecuentarlos, tomar interminables aperitivos juntos en su terraza o en la mía, idéntica a la suya, con vistas a la piscina iluminada en su interior, tornasolada, fastuosa, y, si lo disfruto, es porque no esperan nada de mí, aparte de un trato agradable: aquí nadie quiere que le pongan la cabeza como un bombo con historias que, si estuviéramos en Francia, nos sentiríamos obligados a contar. Este lujoso exilio nos envuelve en un misterio muy grato.
Leo mucho, incluso creo que soy letrado, como se decía antaño.
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Ya no cocino; de hecho, nunca he cocinado para mí.
Es verdad que, de su infancia, la Chef solo me contó lo que quería que yo supiera, pero ¿acaso no hacemos todos lo mismo?
Conocí bien a su hija, que, por cierto, me describió algunos lugares y precisó el sentido de algunos acontecimientos; aunque esa mujer solo evocara el pasado de la Chef y el suyo para demostrar hasta qué punto ella había salido perjudicada en todo momento y en todas partes, reuní suficientes piezas concretas y análogas por parte de la una y de la otra como para estar en condiciones de reconstruir verídicamente aquella época de la vida de la Chef, que no conocí.
En primer lugar, quiero afirmar lo siguiente: la infancia de la Chef no fue desdichada, contrariamente a lo que aseguran quienes solo se ciñen a los hechos y las fechas; eso no significa nada, casi nada.
¿Usted también se cree que ella sufrió desde su más tierna infancia? ¿Cómo interpreta usted, pese a los hechos y las fechas, su manera de
encajar vivencias que los jóvenes de hoy —criados en el confort de una buena educación por unos padres que se han esmerado en enseñárselo todo de la vida, ahorrándoles las dificultades— deben de encontrar terribles, injustas, incomprensibles y arcaicas?
No pretendo decir que no lo sean, o peor aún.
Es posible que lo sean.
Pero si la Chef vivió esos hechos de manera distinta, ¿acaso no la estaríamos tratando con condescendencia por no intentar medirlos por el mismo rasero que ella?
Fue ella quien vivió las experiencias de las que hablamos.
Por lo tanto, habida cuenta de que, a lo largo de su infancia a todas luces pobre, miserable incluso, la Chef encontró múltiples ocasiones para divertirse y declararse, a posteriori, feliz como una perdiz, perfectamente en armonía con su entorno y sin ningún deseo de cambiarlo, debemos creerla, sin dobleces, en lugar de humillarla y suponer que adornó esos primeros años de una dicha de los que estos habían carecido.
Pensará usted, igual que lo pensé yo antes, que es imposible acordarse realmente de uno mismo como un niño alegre y pleno en un contexto semejante, yo no habría sido un niño así, recordaría aquella época con dolor, el dolor que, por fuerza, habría experimentado entonces.
En consecuencia, un niño así no puede existir, y la Chef mentía o se engañaba, no importa.
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No, en absoluto. Estoy convencido de que siempre dijo la verdad. Somos nosotros quienes debemos hacer un esfuerzo por alcanzarla en
esa felicidad que sintió al principio, que tanto nos cuesta imaginar.
Sí, es casi indignante.
De todas formas, qué buena infancia tuve, decía la Chef cuando hablaba de Sainte-Bazeille, donde había pasado sus primeros catorce años, donde sus padres eran jornaleros y la llevaban con ellos al campo, obligándola a trabajar en cuanto se percataban de que el capataz andaba lejos, pues en aquella época el trabajo infantil ya estaba prohibido.
Y, como ellos, desenterraba remolachas o recogía mazorcas de maíz, siempre preparada para arrojar lo que tuviera en las manos y fingir algún juego a la menor señal de su madre si se acercaba alguien que pudiera denunciarlos.
Sí, la Chef había nacido en la posguerra, en 1950 o en 1951, nunca lo he sabido con exactitud, pese a mis indagaciones.
Fui a visitar la casita de Sainte-Bazeille, donde la Chef aseguraba haber vivido los mejores años de su vida, pese a que nunca había regresado, pese a que nunca había procurado desviarse lo más mínimo con tal de volver a verla, como aquella ocasión en que los dos íbamos en coche de Burdeos a Grignols para comprar patos de engorde a un criador de prestigio reciente y le propuse a la Chef desviarnos por Sainte-Bazeille.
Guardó silencio durante tanto rato que repetí mi sugerencia, creyendo que no me había oído; creo que yo hablaba con el entusiasmo contenido pero vibrante, feliz y orgulloso de quien no duda de la excelencia de su idea, y la miré de soslayo, henchido de orgullo, ansioso por gustarle, por complacerla en todo, deseoso de procurarle el más mínimo placer, aunque fuera en detrimento del mío, me refiero a mi placer inmediato, que me resultaba indiferente, porque en aquella época mi felicidad solo dependía de la de la Chef. Y pese a que su rostro traslucía una serenidad inusual desde que habíamos dejado atrás Burdeos por la nacional, observé que se había ensombrecido y que incluso le habían salido dos pequeñas arrugas de ira en las comisuras de los labios.
La magnífica luz, clara, plateada, de aquella mañana de noviembre recortaba con tanta exactitud la cabeza de la Chef, su cabello recogido hacia atrás, apresado en la nuca con un moño implacable, su cuello largo y recto, liso y denso como un tronco joven de haya, que tuve la impresión fugaz de que la Chef no estaba allí, cerca de mí, en el asiento del copiloto,
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sino que era una simple apariencia sin relieve, sin carne ni vida, adorable aunque hierática, tal y como aparecía a menudo en mis sueños o tal y como la veía o la sentía junto a mí después del trabajo, una vez en mi cuarto, solo y sin embargo nunca solo del todo gracias a eso.
Un moño muy tirante, sí, casi una tortura para su pobre pelo, que, a fuerza de estar tan apretado, se había vuelto fino y apagado.
Siempre se peinaba exactamente igual y el hecho de que a usted le extrañe se debe también a la maldita foto del Sud-Ouest, en la que aparece una nube de cabellos castaños y suaves que no parecen rodearle o envolverle la cabeza, sino flotar con delicadeza a los lados, y teniendo en cuenta que esa foto, como le decía, ha ilustrado indebidamente los artículos dedicados a la Chef, quienes no la conocieron o no tenían la esperanza de llegar a conocerla estaban convencidos de que ella se permitía soltarse el pelo formando un ligero halo sobre las sienes y la frente, una licencia que, de hecho, ella nunca se concedía y que desconozco por qué se la permitió aquel dichoso día que le hicieron aquella foto engañosa.
No, yo no salgo en la foto, todavía no trabajaba con la Chef.
Pero sé perfectamente que siempre se recogía el pelo, y no solo por razones higiénicas evidentes en una cocina; sé perfectamente que habría preferido no tener ni un solo cabello y que, si no hubiera sido impensable en la época, se lo habría rapado en lugar de estropearlo y ajarlo como hacía, estrangulándolo con una goma atada una y otra vez.
Le habría gustado no ser más que esa figura que, ante mis ojos, había recortado la intensa y fría luz de otoño a través de las ventanillas del coche, le habría gustado que su arte se encarnara, como así debía ser, de la manera más sobria, más estricta, más neutra posible: una simple cara.
Pues no, volveré a ello más adelante: a ella no le importaba ser una mujer. Ya se lo contaré.
Pero no tenía nada que ver con su cara.
No había allí, en aquel resplandor lejano, pálido, un rostro femenino, ni mucho menos, si se me permite decirlo, un rostro masculino.
Era una idea de rostro, un símbolo de rostro que, en la claridad matutina imparcial y justa, proclamaba: ya que mi cocina debe estar representada por rasgos humanos, aquí están los que mejor expresan su extrema sencillez, incluso su despojamiento, dado que esos rasgos no son
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seductores ni hermosos ni pulidos, sino que trascienden cualquier idea de belleza o de fealdad.
Por eso, aunque nunca supe la razón necesariamente fortuita y excepcional por la cual el fotógrafo la vio con el pelo suelto, sí, es cierto, que lo lucía casi con orgullo, aunque nunca supe la razón ya que nadie quiso contarme las circunstancias exactas de aquella foto, en pleno mediodía y frente al restaurante que a aquella hora debía de estar lleno de clientes, estoy seguro de que luego la Chef se arrepintió de haber mostrado aquella cabellera —aparte de lo demás—, que, en cierto modo, no le pertenecía, que soportaba por conveniencia, y que en absoluto encajaba con la esencia de rostro que ella deseaba presentar al mundo.
Observé entonces el gesto de contrariedad con el que recibió mi propuesta de hacer un peregrinaje a Sainte-Bazeille, donde había pasado su infancia.
Sin dignarse a mirarme —aunque eso hubiera suavizado sus palabras —, susurró: Métete en tus asuntos.
Sin duda, no podía negar que tuviera razón, pero fue un golpe bajo a mi sensibilidad, siempre ardorosa cuando se trataba de la Chef.
Tontamente, no por una cuestión de vanidad, yo con ella no tenía ninguna, sino porque, noqueado, debí de pensar que mi bienintencionada insistencia la llevaría a medir la violencia de su respuesta, borrando en parte la anterior, añadí: Fue usted tan feliz allí, podría ser interesante…
¡Cállate, cállate, no tienes ni idea de lo que dices!, exclamó de manera amortiguada, reprimiéndose a duras penas, y lo que pude intuir de sus esfuerzos por impedir que la exasperación estallara en un grito furibundo me abrumó tanto como sus palabras.
Farfullé unas disculpas contritas, ella se encogió de hombros, tensa, exasperada, habiendo perdido de pronto y por mi culpa la ilusión que le había aportado aquella salida en coche.
La recuperó más tarde, cuando regresamos a Burdeos con tres cajas llenas de hermosos patos de engorde que tenía la intención de laquear con una jalea de higos blancos antes de asarlos durante horas, a fuego muy suave, en una cacerola de hierro cerrada herméticamente.
Pero nunca he podido olvidar su brusquedad de aquella mañana. Cuando, bastante más tarde, fui a Sainte-Bazeille por mi propio pie, sin
decírselo a nadie, y, a fuerza de preguntar a diestro y siniestro por el pueblo, acabé encontrando la casa donde había crecido la Chef, me
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pregunté si ella había temido volver a ver lo que yo descubría en todo su patetismo: no tanto una casa, sino una casucha construida torpemente al borde de la carretera, en un pedazo de tierra delimitado por alambradas medio caídas, donde al parecer no vivía nadie desde hacía mucho tiempo; habían roto los cristales, tal vez los mismos que habían cubierto de grafitis el revestimiento de los muros, pero resultaba evidente, incluso con tantos años de distancia, que aquella vivienda para ocho personas (sí, la Chef tenía cinco hermanos y hermanas) clasificaba a esa familia entre las más pobres del pueblo, por no decir que era la más pobre de todas, habida cuenta, además, tal y como me contó por casualidad la Chef, de que sus padres solo eran inquilinos de aquel minúsculo terreno en desnivel del que no brotaba gran cosa, aunque la madre se hubiera empeñado en convertirlo en un huerto.
¿Acaso a la Chef le hubiera incomodado o avergonzado enseñarme aquella casa?
No, la Chef no se avergonzaba de nada que no fuera responsabilidad suya; además, a la edad que tenía yo entonces, era tan insignificante para ella que mis opiniones o mis sentimientos no le importaban lo más mínimo.
Más bien creo que temía su propia autocompasión ante una imagen tan flagrante del infortunio de sus padres, de la desgracia de todos ellos.
Porque, según la Chef, sus padres siempre habían sabido, siempre habían procurado no tanto reducir el número y el alcance de sus adversidades a ojos de sus hijos como enseñarles a considerarlas mucho menos interesantes y, por lo tanto, menos graves de lo que dictaba el sentido común, que en Sainte-Bazeille estaba representado por los vecinos y los maestros.
De manera que la Chef siempre había contrapuesto las palabras compasivas, las miradas veladas de desprecio o de una antipatía reprochable al sano optimismo de sus padres, que era su manera de mostrarse valerosos y, en ese caso, heroicos.
Siempre contaban con que las cosas se arreglarían, y cuando simplemente no empeoraban, creían estar en lo cierto.
De ahí que la Chef, que había querido tanto a sus padres, que había cultivado su recuerdo con tanto fervor, consciente de que estos habían trabajado toda la vida para que nadie pudiera compadecerlos (o solo con una compasión general que no iba dirigida a ellos, que no les atañía),
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debió de pensar que, frente a la casucha de Sainte-Bazeille, traicionaría su memoria al sentir una terrible conmiseración, aunque la suya hubiera sido menor que la que sentía yo ante ese montón de tablones donde sus padres habían llevado a cabo la proeza de darle una infancia resplandeciente o la ilusión de una infancia resplandeciente, sí, ¿acaso no es lo mismo, tratándose de simples recuerdos?
Que yo sepa, sus hermanos y sus hermanas nunca hablaron de aquella época.
Eran gente reservada, que no sabía expresarse con desenvoltura y que, por lo demás, nunca se hubiera tomado la libertad de mantener un discurso distinto al de la Chef, la única de ellos que había triunfado, que había ganado dinero.
Aunque eran más jóvenes, todos murieron antes que ella (salvo Ingrid); al parecer, dos se suicidaron; la Chef nunca pronunciaba sus nombres, ¿qué hubiera podido hacer?
¿Qué podía hacer, con la vida tan ocupada que llevaba, sin apenas tomarse vacaciones, con preocupaciones que no eran ocasionales ni frecuentes, sino la esencia misma de la existencia de una cocinera que había alcanzado semejante nivel?, ¿qué podía hacer por sus hermanos, aparte de interesarse por ellos una o dos veces al año y, cuando se lo reclamaban, prestarles o darles cierta cantidad de dinero, pero manteniendo siempre una distancia tanto física como moral, puesto que resultaba impensable, por todas esas razones y por otras muchas, que ella tratara de desentrañar la causa de unos problemas que los obligaban a pedirle ayuda, unos problemas de los que los dos más jóvenes prefirieron liberarse, uno arrojándose a las vías del tren y el otro colgándose, creo?
De hecho, nunca los dejó en la estacada, nunca abandonó a nadie. Pero ¿qué más podía hacer por ellos?
¿No se prodigaba ya bastante firmando generosos cheques?
Sin pedirles cuentas, sin preguntarles nunca nada, y aunque su voluntad de mantenerse alejada de los reiterados problemas, desoladores, irresolubles, le llevara a proceder con tacto con sus hermanos y hermanas, estos no tenían la menor idea, no podían sino alegrarse de que ella fuera tan discreta y, a la vez, tan desprendida con ellos.
Ellos jamás se quejaron. Por supuesto que no, hubiera sido de tontos. Supongo que habrá oído usted lo que afirmó la hija de la Chef sin
saber gran cosa y, como suele ocurrir, prefiere creer a la persona que
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denigra en lugar de tratar de comprender en su silencio a quien acribillan a críticas.
Se lo contaré cuando llegue el momento.
La Chef nunca hubiera alardeado de haber dado dinero, ni lo hubiera reconocido para asegurar su defensa; a fin de cuentas, le convenía —o le perjudicaba menos— que no se supiera nada, que la consideraran dura, carente de sentimientos fraternales.
Le convenía que la gente se equivocara respecto a ella sin preguntarle nada.
El hecho de que fuera su propia hija quien indujera a error a todo el mundo, con el propósito de vengar no sé qué afrenta, debió de herirla en extremo, sí, eso creo.
Pero a esa hija la vida misma la ofendía, no era más que una víctima —de nuevo y siempre— de la obligación de haber nacido.
No tenía coraje. Se quería demasiado. Ya se lo contaré más tarde.
En cualquier caso, del mismo modo que la Chef se abstuvo vehementemente de volver a ver su casa de Sainte-Bazeille para no correr el riesgo de traicionar en el fondo de su corazón a sus padres valerosos, dignos y alegres, me propongo reconstruir para usted su infancia de tal manera que jamás pueda sentir que la he traicionado en mi corazón, ella que sentía tanta gratitud por sus padres por haberla criado en la alegría.
Iba a la escuela esporádicamente, cuando tenía tiempo.
Según contaba, era un suplicio, mientras que los trabajos que llevaba a cabo para sus padres, por agotadores y monótonos que parecieran, siempre le resultaban placenteros, porque se sentía útil y, en consecuencia, viva.
Sí, es probable que, sentada en clase, pensando en sus padres que, en aquel preciso instante, se veían obligados a arreglárselas sin ella, a trabajar con mayor ahínco y durante más tiempo para que ella pudiera arrellanarse en la escuela con el fin de conseguir no sabía exactamente qué, dado que faltaba a clase demasiado a menudo como para encontrar la más mínima coherencia a lo que le enseñaban, es probable, eso sí, que, alejada de sus padres en tales circunstancias, hubiera experimentado cierta impaciencia y aversión por la escuela, agravadas por la cruel imposibilidad de gustar a los profesores, pese a las meritorias tentativas de algunos para lidiar con su gesto hostil, aburrido, terco, con sus padres trabajadores pero extrañamente despreocupados, satisfechos, ni arrogantes ni humildes sino, por decirlo de algún modo, inexplicablemente frívolos.
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Deseaba que la quisieran y, sobre todo, que quisieran a sus padres. Allí debió de dar lo mejor de sí misma, incluso más, lo mejor de algo
que nunca antes se había manifestado en ella, y cuya existencia secreta y larvada debía de ignorar hasta que descubrió la cocina.
No, es verdad, debió de sobrellevar mal que bien que no la quisieran.
Estoy de acuerdo con usted en este punto.
Insisto en que no le entraba en la cabeza que la gente no profesara amistad o admiración por sus padres; las raras ocasiones en las que estos acudieron a alguna reunión de la escuela, el carácter excepcional y llamativo de su personalidad no impidió las observaciones desagradables que el profesor quería hacerles y que, de hecho, les hizo, como si se encontrara ante unos padres negligentes, toscos, avariciosos, que ignoraran las habilidades de su hija o les importaran un pimiento.
Por lo demás, no decían nada, se marchaban con el mismo humor que tenían al llegar, habiendo cumplido con su deber, dóciles pero impenetrables, ajenos a la escuela, como a cualquier otra institución, eso sí, aparentemente sometidos porque eran de lo más pacíficos, pero, en el fondo, inalterablemente rebeldes, sin ser conscientes de ello, como dos burritos recluidos en su misteriosa reserva.
Y hubiera bastado con que algún profesor se diera cuenta de que, bajo su apariencia de indigentes, sus padres ocultaban algo admirable — pensaba la Chef— para animarla a trabajar en clase con el mismo valor, con la misma inteligencia infatigable, con la misma astucia que ella empleaba para ayudarlos en los campos, donde, siendo muy pequeña, se había inventado varios procedimientos ingeniosos para reducir la fatiga o el dolor que, a la larga, te provocaba una mala postura.
Pero, como ningún representante de la escuela elogió jamás a sus padres ni reprimió jamás las amonestaciones que consideraba legítimo dirigirles (a propósito de las múltiples ausencias de la Chef y las excusas fantasiosas que redactaba y firmaba ella misma, de hecho, con la intención de no importunarlos), acabó considerándose enemiga de los profesores, de la directora, de todos aquellos, alumnos incluidos, que identificaban el mundo de la escuela con el mundo de la verdad, de la justicia, y no reconocían ni la verdad ni la justicia del extraño mundo de sus padres.
Desde luego, si la Chef hubiera ido a la escuela ahora, sus profesores habrían recibido a esos padres enigmáticos con mayor amplitud de miras, sin prejuicios ni una irritación ofendida; habrían intuido la estoica
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coherencia y la bondad con la que educaban a sus hijos los padres de la Chef, pese a sus numerosas carencias; habrían procurado ponerse a la altura de la actitud desobediente, salvaje y, sin embargo, perfectamente sosegada con la que sus padres vivían en sociedad; habrían intentado desentrañar todo eso y se habrían sentido bien, pues habrían aprendido y tal vez se habrían elevado, y la Chef no habría tenido la impresión de ser desleal a sus padres si mostraba que le gustaba la escuela o si aceptaba formar parte de ella.
Sí. No fue el caso.
A los catorce años, dejó de ir a clase definitivamente; ya sabía leer, pero escribía con dificultad, aunque sabía contar perfectamente, con su talento natural para las cifras.
Por recomendación de un granjero para quien trabajaban de vez en cuando, sus padres enviaron a la Chef a casa de una familia de Marmande, que estaba emparentada con aquel hombre, dado que era invierno y a ellos también les costaba encontrar trabajo y, por otra parte, aquella gente de Marmande buscaba una criada; la Chef descubrió entonces la vida en la ciudad, la autoridad extrañamente irónica de un ama de casa desconocida, así como la relación, de carácter completamente nuevo y desconcertante para ella, con los otros dos empleados, una cocinera y un jardinero.
A propósito de esos dos, la Chef no podía evitar decir, décadas más tarde, con una sonrisa amarga: No me regalaron nada.
Y siempre lo repetía, decía esa frase dos veces, pero, a la segunda, la sonrisa amarga desaparecía y los labios se le arqueaban hacia abajo con un ademán solemne: Desde luego, no me regalaron nada.
Transcurrió mucho tiempo hasta que descubrí la naturaleza exacta del insufrible trato que la cocinera y el jardinero del matrimonio Clapeau le habían infligido a la Chef, y debo confesar que, en mi ignorancia, mi imaginación inquieta, dramática, me había representado a la Chef, jovencísima a sus quince años recién cumplidos, en una situación en la que ella y los demás protagonistas narraban o rememoraban con fatalismo la cruda violación de una niña como parte necesaria de su aprendizaje de la vida adulta.
Sí, pensaba yo: Si la habían violado a los catorce años y medio, sería muy propio de ella decir que no le regalaron nada en la vida, y yo estaba tan furioso con el jardinero y la cocinera de los Clapeau que me habría
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gustado emprender algunas pesquisas para encontrarlos, agarrarlos por el pelo ralo y echarles en cara su crimen.
Sí, así era yo, extravagante, tal vez, pero, ante todo, me desesperaba el hecho de no haber podido proteger a la Chef desde el principio, desde que el autobús la había llevado de Sainte-Bazeille, con su mísera maleta de cartón piedra, hasta la casa de los Clapeau de Marmande, donde había sucumbido a la voracidad, a la depravación y a la mentira erigida como arte de vivir, ella, a quien sus padres habían envuelto en una atmósfera de inocencia bruta, de la que ni siquiera eran conscientes, que les parecía tan natural como el aire que respiraban.
No, no emprendí las pesquisas para encontrar su rastro.
El caso es que, a fuerza de preguntas prudentes pero obstinadas, la Chef acabó contándome con detalle su existencia en Marmande.
De hecho, no tenía nada que ocultar, tardó años en intuir hasta qué punto me interesaba todo aquello, cosa que tuvo su parte buena, pero también su parte mala, porque, al darse cuenta de que me interesaba y no entender el porqué, empezó a recelar, como recelaba de todo lo que se escapaba a su entendimiento, de manera que reflexionaba acerca de todo lo que iba a contarme y a veces, incluso, prefería guardar silencio.
Pero no se mostró reticente a la hora de contarme que la cocinera y el jardinero de los Clapeau la habían ignorado por completo, fingiendo no haber reparado en su presencia, a pesar de que la cocinera debía compartir su cuarto con la Chef.
Por común acuerdo o no, determinaron que su mirada rodeara vagamente la silueta de la Chef sin posarse jamás sobre ella, sin atravesarla, de tal manera que a ella le daba la impresión de haberse convertido en un amasijo de carne muerta y desdibujada que resultaba un estorbo tanto para la vista como para el pensamiento.
No le dirigían la palabra y, como los Clapeau solo hablaban con los criados para reprenderlos o darles órdenes, la Chef tuvo que acostumbrarse a no abrir la boca, ella que, en casa de sus padres, siempre había tenido permiso para ser parlanchina, como ella misma decía, hasta tal punto que de niña se había enorgullecido de su locuacidad, con el propósito de distraer y divertir a su familia, donde la palabra brillaba por su ausencia.
Me pregunta usted, se pregunta usted por qué razón la cocinera y el jardinero de los Clapeau fingían que la nueva y joven criada de la casa era un triste obstáculo para su mirada, cómo es posible que no hubieran
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reparado en que no era más que una niña triste, sola, recién sacada del entorno cálido y protector que había conocido hasta entonces, se pregunta usted y me pregunta por qué se mostraban tan malvados si entre la Chef y ellos no podía haber ninguna rivalidad.
En realidad, tal y como demostrarían los hechos posteriores, la cocinera de los Clapeau no iba tan desencaminada al mostrarse hostil con aquella muchacha a quien debía dejarle espacio en su cuarto, ya de por sí tan angosto.
Pero, cuando la Chef entró en casa de los Clapeau, la cocinera no tenía ninguna manera de saberlo, ninguna manera de saber que no iba tan desencaminada.
Pero ¿y si lo había intuido?
No lo sé. La Chef no lo sabía.
¿Qué tenían en contra de mí, al principio?, me preguntaba ella. Después sí que lo entiendo, pero al principio de todo…
¿Acaso la Chef tenía un aire desagradable o temible?
¿Traía a la casa banalmente corrompida, vulgarmente mezquina de los Clapeau la intransigente pureza que reinaba en el hogar de sus padres e incluso en su semblante?, me dijo la Chef, quien mucho después, mientras tal vez magnificaba en su recuerdo la ingenuidad milagrosa de sus progenitores (no estoy seguro, a decir verdad, no tengo ni la más remota idea, no los conocí), se preguntaba con creciente perplejidad y casi con desesperación y embeleso cómo era posible semejante ingenuidad y alegría de vivir tan desprovistos como estaban de todo lo que constituye la felicidad de los demás.
¿Acaso la Chef, sin saberlo ni desearlo, dejó entrar un poco de esa insoportable integridad en casa de los Clapeau?
¿Acaso ella también traslucía la autenticidad que iluminaba apacible y constantemente el rostro de sus padres?
Lo ignoro, la Chef lo ignoraba.
Cabe apuntar que los Clapeau tampoco se sentían demasiado a gusto con la Chef, pese a que —conviene subrayarlo— la expresión que ella tenía, heredada de sus padres, fuera de esas que no juzgan jamás, aunque la incomodidad que sentían en su presencia no se debía al hecho de que se sintieran objeto de un severo juicio (algo que los habría dejado del todo indiferentes), sino a que la expresión de ese rostro de niña los obligaba a
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cuestionarse acerca de su propia rectitud, es decir, acerca de su carencia o falta de rectitud.
No me refiero al dinero, ni siquiera al comportamiento, sino a la honestidad del alma, me refiero al simple hecho de tener un alma honesta y de sentirlo.
De sentirlo, no de saberlo, porque el orgullo no debe inmiscuirse en este asunto.
Posteriormente, la Chef siempre pensó que su talento e intuición, que su carrera profesional fuera de lo común la habían despojado de su rostro de entonces, siempre pensó que su éxito y su ambición la habían llevado muy lejos de las orillas puras en las que vivían sus padres, algo que siempre le causó tristeza y una inmensa melancolía.
La vida en casa de los Clapeau, en aquella atmósfera de glacial hostilidad, por una parte, y de malestar y aspereza, por otra, pronto le resultó tan penosa que, tras seis o siete semanas, decidió escaparse, regresar a Sainte-Bazeille a casa de sus padres, convencida de que estos atenderían sus quejas y su desdicha con ternura y comprensión.
Simplemente se imaginaba que reanudaría la existencia laboriosa y alegre que la estancia en casa de los Clapeau había interrumpido por razones absurdas.
Pero, mientras se alejaba de Marmande por la nacional, caminando por el arcén cubierto de hierba entre la carretera y la cuneta, contemplaba la luz menguante del atardecer y se imaginaba el interior de la casa de sus padres a aquella hora y en aquella época del año, podía verlos a los dos, yendo de un lado a otro por los tres cuartuchos mal caldeados, su padre, ocioso, en una vivienda tan reducida y abarrotada, tropezando con todo, demasiado alto, demasiado corpulento, y su madre cuidando de su hijo menor, al que todavía amamantaba pese a su flacura, pese a su incapacidad para valerse por sí misma —pensaba la Chef—, podía ver con nitidez qué ocurría en aquel preciso instante y comprendió que su ausencia no iba a cambiar nada, podía ver todo eso y, poco a poco, a medida que aminoraba el paso, pensaba que ya había perdido su lugar en aquel cuadro.
No podía permitirse ocupar de nuevo el espacio que había liberado al marcharse y que sus hermanos y hermanas debían de haber ocupado enseguida con sus cuerpecillos inquietos y exigentes; aunque lograra hacerse un hueco, no podía permitírselo, pensaba, detenida en el borde de la carretera, separada de Sainte-Bazeille, de la vida maravillosa que
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recordaba en Sainte-Bazeille, no tanto por los kilómetros que aún debía recorrer a oscuras, sino por la idea imprevista de que, en cuanto la vieran de vuelta, a sus padres les asaltaría un sentimiento ambivalente.
Era la primera vez que la Chef se atrevía a pensar que sus padres pudieran albergar sentimientos ambivalentes.
Creo que se equivocaba.
Tal y como me los imagino, habrían aceptado, impasibles, el regreso de su hija, no le habrían hecho preguntas, no le habrían reprochado nada, habrían olvidado de inmediato y para siempre la existencia de Marmande y los Clapeau.
Pero ella, sin duda, deseaba algo mejor, deseaba sorprenderlos y que se alegraran y se enorgullecieran de su huida de casa de los Clapeau.
¿Cómo podrían alegrarse y enorgullecerse?, pensaba ella de repente, en el borde de la carretera, incapaz de dar un paso más.
Pese a que la razón oficial de su traslado a Marmande siempre le había parecido insignificante y, en cierto modo, indigna de la desaforada veneración que les profesaba a sus padres, se le ocurrió con toda su crudeza que el nimio sueldo que le pagaban los Clapeau debía de haber convencido a sus progenitores del beneficio que suponía que se marchara de Sainte-Bazeille, y no tanto, como ella había supuesto, aunque no le hubieran encasquetado ninguna perorata al respecto, aunque no le hubieran mentido ni «contado historias», el interés de vivir en la ciudad, de adquirir una buena experiencia laboral, etc.
Eso es, lo comprendió de pronto, estremeciéndose en el margen de la carretera desierta, sumida en las tinieblas, sin saber qué dirección tomar pero intuyendo que debía desandar el camino, sin saber aún, solo intuyéndolo —con reticencia, con disgusto, con resignación también—, que lo que ella ganaba y comía en otra parte resultaba ser un auténtico alivio para sus adorados padres.
Entonces, ¿cómo iban a alegrarse, en realidad, de que regresara a casa? A la Chef le avergonzaba suponer que sus padres iban a alegrarse y decepcionarse al mismo tiempo, de repente le pareció que se había vuelto avispada, le pareció que la vida en casa de los Clapeau la había pervertido, la había vuelto astuta y que no se equivocaba, que sus padres tendrían sentimientos encontrados al abrirle la puerta. Era como si su propia
inteligencia, algo cruel, creara, desde la lejanía, esa actitud en sus padres.
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En lugar de decirse: Ahora me doy cuenta de que pueden debatirse entre dos sentimientos contradictorios, se decía inexplicablemente —cosa extraña—: Si no lo hubiera pensado, su ternura habría continuado intacta y sin máculas.
Por eso se arrepentía y pensaba que se había vuelto mala de repente. Hizo lo que su intuición ya le había anunciado que haría: retrocedió,
esta vez a buen paso, casi corriendo, por temor a que en casa de los Clapeau hubieran reparado en su ausencia.
Nuestro coqueto conjunto residencial de Lloret de Mar fue construido para uso casi exclusivo de jubilados, como mis amigos, franceses acomodados a quienes una nueva vida, extrañamente anónima, entre paredes nuevas y neutras, parece arrojar de golpe y sin grandes sacrificios, sin pactos diabólicos, a un tipo de juventud que no habían experimentado, alcohólica, vagamente comunitaria, inconsecuente y de un frío hedonismo; nos reímos y bromeamos mucho, vamos a la playa de Santa Cristina, con bañadores minúsculos y biquinis imperceptibles, a beber vino blanco en abundancia; no tememos opiniones críticas por parte de nuestro pequeño círculo liberado, sin curiosidad, descaradamente frívolo; nunca habíamos sido tan libres ni tan deliberadamente juveniles. Yo no tengo su edad, ni de lejos, pero el hecho de que nuestra forma de vida sea parecida y nuestros apartamentos intercambiables también nos iguala en ese sentido. Olvidaba decir que yo todavía no soy viejo, mientras que ellos, objetivamente, sí lo son, pero gozamos de buena salud, nos cuidamos, nos sentimos inmortales, solo cuidamos de nosotros.
La Chef regresó a su vida de criada, se ocupaba de la limpieza y las compras, de la colada y de fregar los platos, y el cambio de actitud por parte de la cocinera y del jardinero, que pasaron de la animadversión silenciosa, manifiestamente cruel, a una indiferencia ordinaria, colmada de frases cortantes e impersonales, siempre quedó ligado para ella a lo que le había ocurrido en la carretera de Sainte-Bazeille: se había imaginado algo ligeramente deshonroso respecto a sus padres y ese exceso de perspicacia no significaba que ellos ya no se merecieran su absoluta veneración, sino que ella —ella— había fallado, atentando contra cierta pureza de espíritu.
Había sucumbido a la mezquindad de la cocinera y del jardinero, pensaba ella, por eso ya no le hacían la vida imposible.
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De regreso de su breve escapada, habían vislumbrado en sus ojos lo que había perdido, sin duda alguna.
Habían vislumbrado la ausencia de lo que anteriormente les había exasperado.
No dejaban de calcular, de tramar, de prever, a diferencia de sus padres, que jamás preveían nada y, sin embargo, eran de una delicadeza exquisita.
Sus padres se alegraban de ser pobres, pensaba siempre la Chef. Consideraban, o más bien sentían, que habrían perdido mucho al salir
de esa pobreza que se les adhería a los huesos, pensaba siempre la Chef.
¿Que qué habrían perdido? Pues lo mejor de sí mismos.
Esa forma de entender su propia miseria me indignaba, había algo en esos padres, o en la visión que tenía la Chef de esos padres ejemplares, que de joven me causaba una sorda irritación, además de una sorda repugnancia.
Ahora que comprendo a la Chef, me entristece y me duele no poder decírselo.
Pero los Clapeau, por su parte, sin ser conscientes de ello, le dieron a entender que algo en ella había cambiado desde que la había asaltado la duda en la carretera de Sainte-Bazeille, porque la trataban con mayor naturalidad y simpatía.
Así que, a fin de cuentas, la Chef se encontraba bastante a gusto en Marmande, no feliz, porque le parecía que ya nunca volvería a ser feliz tras haberse alejado de sus padres, pero sí bastante contenta, llena de curiosidad y de deseos de aprender.
Además, aunque la repentina cordialidad de los Clapeau le recordara lo que ella consideraba la ruina de su alma, con el paso del tiempo empezó a saborearla.
Era muy joven, sí. Es que ella siempre se juzgó con dureza, ¿sabe? Siempre se echaba la culpa de todo, incluso a la niña que había sido, la
culpa siempre seguía recayendo en ella.
Los Clapeau tenían cerca de sesenta años, cuatro hijos adultos que iban a comer a su casa todos los domingos con sus respectivas familias y numerosos amigos a quienes invitaban a cenar a menudo, un hecho que justificaba que hubieran contratado a una cocinera de un modo permanente.
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Tal vez no se atrevían a reconocer su necesidad de que les preparasen platos sabrosos cotidianamente, porque eran de una glotonería ferviente, incorregible, que los dominaba por completo, que los obligaba a situar la comida en el centro de sus pensamientos.
Eso les causaba una ligera angustia.
Puede que invitaran a tanta gente con el propósito de disipar esa preocupación.
Porque les angustiaba que les gustara comer como les gustaba comer. Hay que agasajar y deleitar a los invitados, acostumbraban a
proclamar, porque no podían decir: Si invitamos a tanta gente, es para darnos un festín a menudo.
¿Acaso la Chef, a la edad que tenía por aquel entonces, se daba cuenta de que a los Clapeau no les gustaba nada ser como eran, que habrían preferido que su entusiasmo por la cocina fuera más atemperado, que, en cierto modo, se creían poseídos por el acto de comer y por el placer que les procuraba?
No lo sé. Solo sé que siempre se las ingenió para que la gente para quien cocinaba jamás se avergonzara del hecho de que les encantaba que ella les cocinara.
Pues sí, detestaba que la gente se sintiera culpable a causa de ella, a causa del placer que podía proporcionar; no es nada raro, lo detestaba.
Pero, en casa de los Clapeau, sin duda alguna era demasiado joven para comprender hasta qué punto aquella gente, que por lo demás era bastante amable, sin malas intenciones, lamentaba tener aquella flaqueza, aquella obsesión por la buena mesa, variada, sorprendente, memorable.
Si hubiera podido comprender sus constantes remordimientos tras cada una de sus comilonas, tal vez habría desentrañado la singular actitud de los Clapeau con la cocinera, a quien mimaban e importunaban por igual, a quien alababan con auténtico entusiasmo ante los invitados y atormentaban con reproches infundados, extraños y confusos cuando estaban a solas con ella, ante lo cual la cocinera, que sabía de manera visceral a qué atenerse —porque lo había comprendido perfectamente, aunque le habría costado horrores expresarlo—, se mostraba impasible, descarada, harta del embrollo: Sí, sí, pero el caso es que se han puesto las botas, replicaba, o quizá no decía nada, simplemente lo daba a entender; da igual, sé lo importante, no los detalles, el espíritu, no la letra, por supuesto, y eso es lo que cuenta, ¿verdad?
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En cualquier caso, al cabo de un tiempo, la Chef constató que la cocinera tenía una enorme influencia en los Clapeau.
Cuando, dejándose llevar, la atosigaban con cualquier estúpido pretexto, que ni siquiera ellos se tomaban en serio mientras lo formulaban (sonrojándose, farfullando, bajando la mirada), siempre acababan disculpándose, el uno o la otra, con ademán suplicante: No nos deje, olvídese de las tonterías que le hemos dicho, pero no bajo el efecto del alcohol, que lamentablemente nunca bebemos en exceso como para sacudirnos nuestra maldita mala conciencia, sino que nos enzarzamos en ella en lugar de sortearla con una zancada alegre y ebria, no, no la hemos incordiado con reproches bajo el efecto de un exceso de nuestro excelente vino habitual, sino simplemente por nuestra incorregible sensación de derrota tras una comida exquisita, porque su cena de hoy era exquisita, gracias, gracias, pero no nos deje, por favor.
Ocupada en ordenar la cocina o en barrer las baldosas de barro hexagonales, relucientes por la grasa de los fogones, la Chef no se perdía nada de lo que ocurría entre la cocinera burlona y los Clapeau, cegados por el arrepentimiento, aunque estoy convencido de que ella no percibía el cariz erótico de su conversación ni podía distinguir el sentimiento de revancha, de arrogancia, de triunfo sexual que experimentaba la cocinera cuando, acto seguido, se volvía hacia la Chef y proclamaba, sin alegría pero con goce: ¡Otra vez los tengo en el bolsillo! ¿Has visto cómo comían de mi mano?
Más tarde sí que lo identificó, por supuesto, lo detestaba, debió de detestarlo toda la vida.
¿Qué, exactamente? Ya me entiende.
Esa forma que tienen algunos comensales, sean hombres o mujeres, de comportarse con aquel o aquella que cocina como si fuera su amante o su querida, porque, a falta de imaginación, no logran hacerse otra imagen de quien les ha obsequiado espléndidamente con goce o felicidad.
Entonces hay posturas, miradas e incluso palabras que, aunque se pronuncien sin intención alguna, sin sobreentendidos, sino de manera casi ingenua, diría yo, recuerdan tan manifiestamente al placer sexual, que la Chef, que aborrecía la promiscuidad, había llegado al extremo de temer los homenajes, como le decía antes, y detestaba salir a la sala, detestaba tratar con los clientes.
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No le gustaba que su cuerpo estuviera cerca del cuerpo de los comensales, ni verles la lengua, ni los labios ni los sofocos de después de la comida.
Sí, he mencionado la falta de imaginación, aunque no debería.
No porque sea mentira o porque no lo piense de verdad, sino porque ahora me preguntará usted qué clase de reconocimiento esperaba la Chef, por qué tipo de ideas o de sensaciones deseaba que la felicitaran.
Me lo va a preguntar, ¿verdad?
Porque ni siquiera una mujer tan original como la Chef habría soportado trabajar, deslomarse y sufrir a menudo, sacrificando su descanso y, por así decirlo, toda su vida privada, familiar, en el altar de la cocina exquisita, sin gratitud.
Como le decía antes, ella no deseaba ser objeto de una adoración de connotaciones eróticas o que se le antojara así.
Deseaba que fuera algo espiritual, deseaba que el comensal entrara en un estado de contemplación serena y humilde, deseaba que, a continuación, se dirigiera a ella, si quería (aunque prefería que no quisiera), como a la oficiante de una ceremonia a la vez muy sencilla en su presentación y sofisticada en su elaboración, y entonces podía felicitarla a ella, la Chef, la celebrante, por haber organizado a la perfección las múltiples etapas del oficio, podía darle las gracias y alabarla por la inteligencia de su proceder.
Sí, eso era aceptable, a veces era agradable, era tolerable, sí.
Con ese espíritu ejercía su arte.
Si no, ¿para qué?, habría dicho.
No corría tras el dinero ni los líos, no era codiciosa, no tenía afición por el confort ni por el sentido del patrimonio.
La cocina era sagrada.
De lo contrario, ¿para qué tantos esfuerzos?
No, por supuesto, en la época de Marmande y de los Clapeau no veía las cosas así, no veía nada, de hecho, apenas observaba.
Pero sentía y concentraba los rayos de sol en su pequeño fogón siempre encendido, absorbía y transformaba en secreto todos los elementos que le brindaba la parte de su trabajo que consistía en ayudar a la cocinera, una mujer que nunca llegaría a ser amiga suya.
Tareas sencillas, sí, mondar, lavar, cortar.
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Un nieto de los Clapeau me envió muy amablemente una copia del libro de cuentas de la señora Clapeau de aquella época y pude constatar que la compra de carne, de verdura, de comestibles y de vino se corresponde fielmente con los platos que la Chef recordaba haberle visto preparar a la cocinera, y que trataba de describirme con precisión cuando yo le preguntaba por su aprendizaje informal en casa de los Clapeau, le encantaba rememorar esa clase de recuerdos, ¡y vaya si no se burlaba de la pesadez de aquellos menús!
Los Clapeau no concebían recibir dignamente, incluso, en cierto modo, como dictan las reglas de la amistad, sin servir un entrante de charcutería, un segundo entrante de pescado con salsa, un plato principal de carne asada o guisada acompañada de varias verduras, una ensalada verde aderezada siempre con abundantes picatostes, una bandeja enorme de quesos, una tarta o un pastel y, por último, fruta, chocolate y galletitas.
Les gustaban los embutidos rellenos, bien presentados, el paté en croute, las empanadillas, la galantina, los cruasanes de jamón, que no elaboraba su propia cocinera sino que los encargaban en una tienda de París, ya no recuerdo cuál, aseguraban que allí se encontraban las mejores preparaciones de carne de cerdo.
Los Clapeau tenían verdadero furor por la carne, y como ese furor, curiosamente, les parecía tan fácil de reconocer como difícil de confesar su predilección por la comida, a veces exclamaban, con un orgullo exagerado y absurdo: ¡A nosotros lo que nos gusta es la carnaza!, con la esperanza de ocultar así que les gustaba comer de todo, pudines y flanes, verduras al horno, queso de cabra derretido sobre una tostada, y que, en el fondo, lo único que les gustaba era comer, pero los preparativos de todas las cenas, la elaboración de los menús, la selección de los productos, las largas deliberaciones con la cocinera para elegir tal o cual plato en función de las supuestas preferencias de tal o cual invitado, todos esos preliminares falsamente tediosos, a todas luces tensos (la gente debía de pensar que los Clapeau, recibiendo tan a menudo, se imponían demasiadas obligaciones y quebraderos de cabeza), para ellos eran una inmensa fuente de placer, que disimulaban con tanta torpeza que la Chef se dio cuenta enseguida.
Sí, los Clapeau fueron los primeros que le enseñaron el deleite que pueden provocar las palabras sobre la cocina: las pronunciaban con esmero, las repetían sin necesidad alguna, las saboreaban al máximo antes de pasar a la siguiente palabra.
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También se convirtieron en un ejemplo de extravío y de perdición, no tanto porque pensaran solo en comer bien, sino porque su propia naturaleza los desconcertaba y los escandalizaba a partes iguales hasta el punto de que se observaban con la misma mirada reprobadora e inflexible que hubieran dirigido a cualquier persona presa de una obsesión.
Se despreciaban a sí mismos por esa razón, ni siquiera lograban comprenderlo, de ahí que se sintieran tan perdidos, tan poco dignos de estima, y que la gente se burlara de ellos a sus espaldas, a veces ni siquiera a espaldas suyas.
Por eso la Chef aseguraba que uno solo debe mostrar sus manías en público si está orgulloso de ellas.
¿Su aspecto físico?
No sé qué decirle. No he visto ninguna foto de ellos.
La Chef nunca me los describió, solo me dijo que su aspecto no tenía nada de particular.
Suponiendo que fueran extremadamente gordos y corpulentos, no sé si me lo habría dicho, tal vez me lo habría ocultado a propósito, por deferencia, por compasión, por respeto a esa gente que, a fin de cuentas, la había tratado bien.
Por tanto, no se puede sacar ninguna conclusión del hecho de que ella no me dijera si eran monstruosamente gruesos.
La Chef era la persona más leal que he conocido en toda mi vida; esa es, en gran parte, la razón de que se mostrara tan misteriosa.
Callaba o disimulaba por fidelidad a la lealtad, por decirlo de algún modo.
Por mi parte, debo procurar ser leal y preciso a la vez, ser fiel a la lealtad y la exactitud, cosa que me preocupa en exceso, y, desde que estoy conversando con usted, a menudo me siento decaído.
Me gustaría relatar una Vida de la Chef como quien escribe la vida de un santo, pero no es posible, incluso la propia Chef lo habría encontrado ridículo.
Entonces me obligo a ser honesto, pero a veces oigo la voz clara, pausada, ligeramente vibrante que me amenaza terriblemente con retirarme su confianza y su afecto, a veces oigo la voz de la Chef que me dice: ¿De verdad crees que tienes derecho a contar todas esas cosas? Si yo no lo he hecho, ¿por qué te entrometes?
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Sí, me resulta muy difícil aceptar que algún día, en el recodo de alguna palabra, pueda ser infiel a la lealtad, sin darme cuenta o dándome cuenta demasiado tarde, y soy consciente de que la vanidad, en este caso la tentación de sobresalir por revelar ciertos secretos, me acecha en cada frase que pronuncio, soy muy consciente de ello, y me resulta muy difícil.
Avanzo a trompicones, dudo de todo, quiero que la Chef sea conocida como una mujer admirable.
Pero ¿acaso semejante proyecto no le habría horrorizado? Sin duda, pero andaría equivocada, estoy convencido de ello.
Puedo continuar hablándole de la Chef mientras siga creyendo que ella andaría del todo equivocada al dejar resurgir su antigua aversión por el interés que despierta su vida.
Porque me da la impresión de que ese sentimiento instintivo se había convertido en una cuestión de principios, me da la impresión también de que no se atrevía a preguntarse si realmente le resultaba imposible experimentar el más mínimo placer, la más mínima curiosidad ante las propuestas que, al final de su vida, recibía por parte de periodistas que estaban interesados en entrevistarla.
Mucho tiempo atrás, se había persuadido a sí misma de que no debía. Para ella, expresarse, hacer confidencias, era como un pecado, pero un
pecado que se había inventado sin querer.
Esa falta se le habría antojado menos grave si la Chef se hubiera dado cuenta de que era la única que reparaba en ella; podría casi afirmarlo.
Era orgullosa, pero no engreída.
Reconocía sus errores de apreciación, confesaba las ilusiones que a veces abrigaba en su corazón salvaje, sabía que era obstinada, que se precipitaba a la hora de acusarse, castigarse y sentirse culpable.
Yo me obligo a ser honesto y, en segundo lugar, a cultivar el amor que le profesaba, porque sé que la Chef concedía más importancia a la honestidad que al amor, creía que uno, en nombre del amor, puede comportarse muy mal, pero no en nombre de la honestidad.
El amor entre un hombre y una mujer nunca le interesó demasiado. Mucho antes de que yo la conociera, la cocina —el ejercicio de la
cocina, pero sobre todo el pensamiento que giraba en torno a ella— ya se había apoderado de todos sus anhelos de amar, de entregarse, de sufrir, de albergar esperanzas, y los escasos rescoldos de amor que le quedaban, al margen de la cocina, estaban destinados a su hija, la hija de la Chef, a
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quien tal vez ya ha conocido usted, que, en mi opinión, no se merecía ese amor.
Pero era un amor desesperado, así que tal vez no fuera verdadero amor, a fin de cuentas.
A menudo pienso que mis sentimientos por la Chef me impidieron convertirme en un gran cocinero, pero no me pesa.
Todos los días disfruto de ser la persona en la que me ha convertido mi amor, y si puedo vivir en armonía conmigo mismo es gracias a que mi amor exclusivo, absoluto, imperecedero convirtió al muchacho que era entonces, ordinario, pragmático y presa de un deseo banal de triunfar, en un joven acostumbrado al deslumbramiento y la renuncia.
¿Cómo puedo lamentar haberme convertido en alguien muy superior moral y espiritualmente con respecto a aquel que habría sido si ese amor no me hubiera alcanzado?
No lo lamento.
Lo siento por mis sueños de cocinero, me habría conformado con ejercer decentemente mi oficio y vivir de él según mis necesidades, que son muy básicas.
No lamento haberme vuelto más valeroso, ni que mi corazón mezquino se haya ensanchado, nadie —ni un hombre ni una mujer— puede lamentarlo, nadie.
Basta con saber reconocer en tu interior esa elevación de la propia conciencia en detrimento de aspiraciones más concretas, entonces sientes gratitud, y la decepción y la frustración se desvanecen para siempre.
Por eso no lamento en absoluto haber consagrado todo mi talento a amar y a atender a la Chef en lugar de a mí mismo, no, no lo lamento en absoluto.
En Lloret de Mar, disponiendo plácidamente la terraza para el aperitivo de esta noche, desplegando las sillas de metal, limpiando la mesa, barriendo los pétalos azules que han caído suavemente de la vieja jacarandá que me protege del sol, pienso que los días se alargan tan monocordes y parecidos los unos a los otros que da la Impresión de que mis amigos y yo nos hayamos sustraído con Ingenio al paso de los años, que todo lo marchita, observamos cómo los demás envejecen desde nuestro refugio temporal y nos observamos y constatamos que no cambiamos, ni siquiera el alcohol nos enrojece la cara eternamente bronceada, nos sentimos hermosos y afortunados, jamás permitimos que
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la duda, la angustia, la tristeza existenciaI hagan mella en nuestros corazones dichosos, nuestros corazones desenvueltos y fríos, y nos contemplamos los unos a los otros en el espejo halagador de nuestros rostros imperturbables.
Como le decía, curiosamente los Clapeau se habían metido en la cabeza que si se dedicaban a magnificar su gusto desenfrenado por la carne la gente se olvidaría de su vicio por la comida en general, de ahí que en casa de los Clapeau siempre se comiera carne y llegaran al extremo de considerar esa costumbre como una necesidad terapéutica, asegurando que la carne los protegía de los males que padecían siempre que las circunstancias los privaban de cerdo o buey en cada comida.
Los platos que la Chef veía cómo preparaba la cocinera, en una cocina amplia, moderna y luminosa que daba a un jardincito urbano, cercado por altas tapias, con abundantes perales y melocotoneros a espaldera —una cocina de la que los Clapeau se enorgullecían tanto que se la enseñaban a los invitados, proclamando con una voz falsamente irónica: ¡La pieza más importante de la casa!, deseosos de que los creyeran cáusticos, excedidos por las ridículas pretensiones de vete a saber quién, la propia cocinera tal vez, de que esa pieza fuese considerada así, pero todos sus amigos y parientes sabían que, en realidad, los únicos que concebían la cocina como la pieza más importante de la casa eran ellos, porque a la cocinera le importaba un rábano, no estaba en su casa y allí nada le pertenecía—, los platos que la Chef veía preparar todos los días a la cocinera debieron de grabarse en su memoria como platos elaborados únicamente con carne, a los que solo se añadía verdura por razones estéticas y, en cierto modo, como penitencia.
Había carne de cerdo en salmuera con salchichón de Lyon acompañado de unas hojas muy finas de col blanca, solomillo rebozado y asado sobre el que derretían mantequilla con anchoas, riñones de toda clase de bestias salteados siempre con mantequilla y bañados en salsa de Madeira, conejo con chalotas y champiñones, lengua de buey gratinada, pichones con guisantes, escalopas de ternera con salsa de pimienta, morcilla encebollada o con carne sobre un lecho de compota de manzana, croquetas de pollo fritas, chuletas de lechal a la Villeroy, que al señor le encantaban —las llamaba mis amores— y que le gustaban con abundante pan rallado, bien doradas, casi crudas por dentro, quería notar el ligero sabor de la sangre.
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Los Clapeau se cansaban enseguida incluso de sus platos preferidos, y sus antojos habituales por descubrir nuevos sabores se iban acentuando con la edad, como si temieran morirse sin haber probado todos los sabores, todas las combinaciones de texturas y presentaciones, cocciones y aderezos, todas las sensaciones que el mero acto de comer prodigaba a sus mentes caprichosas.
Apremiaban a la cocinera para que les descubriera platos que no sabían ni cómo se llamaban y, como no lograban nombrarlos ni describirlos, sin querer acababan poniéndola entre las cuerdas, al obligarla a cocinar algo de lo que ellos no tenían ni la más remota idea.
Le llevaban recetas sacadas de viejos libros extraños, escritas en un lenguaje que ella apenas entendía, y le decían que simplemente se inspirara, que reflexionara y pensara en esas recetas enigmáticas para que las puertas de la fantasía se le abrieran de par en par.
La cocinera fingía leerlas de mala gana.
Nunca sentía tanto desprecio por los Clapeau como cuando se presentaban así ante ella: palpitantes, colmados de esperanza, si bien anticipándose a la decepción y, como consecuencia, suplicantes y a la vez descontentos, derrotados, iracundos, detestándose por ello.
La Chef lo percibía todo, incluso diría que tomaba buena nota de ello, sin juzgar, sin pensar nada en concreto, le bastaba con su afilada intuición, le decía que era demasiado joven y que carecía del conocimiento necesario para permitirse tener una opinión sobre unas personas que, por muy poco experimentados que le parecieran a veces los Clapeau, habían vivido bastante más que ella.
De adulta, la Chef conservó la costumbre de no juzgar el comportamiento de los demás.
Antes de formular la menor observación sobre cualquier comportamiento, trataba de comprender qué lo había motivado, no tanto por afán de justicia como de exactitud, ya que temía no ser del todo exacta.
Por esa razón le reprochaban a menudo que fuera demasiado circunspecta, que no expresara de inmediato y con claridad su punto de vista, que nadara entre dos aguas.
Nada más lejos tratándose de ella.
La Chef mostraba una indiferencia absoluta ante lo que pudieran pensar de lo que ella pensaba.
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En cambio, se resistía ante la idea de tener que responder en el banquillo de los acusados de su pequeño tribunal íntimo al que la enviaba a menudo su severidad, por el crimen de prejuicio, de confusión, de mala interpretación o de vanidad.
Esa prudencia —que en otra persona tal vez hubiera pasado desapercibida— resultaba más sorprendente aún en la Chef, porque tenía una opinión rotunda y tajante sobre los asuntos culinarios y no dudaba jamás a la hora de cuestionar un plato o un producto, aunque corriera el riesgo de granjearse animadversión o, peor aún, casi una simpatía excesiva.
Los Clapeau no se reprimían ante ella, cuando hablaban con la cocinera se olvidaban de su presencia.
Y el hecho de verlos tan vehementes e implorantes, sin esperanza y atormentados por sus deseos, la llevaba a formularse esta pregunta perpleja: ¿por qué no cocinaban ellos? ¿Por qué le concedían a esa cocinera —cuya mediocridad iba descubriendo la Chef— el poder de volverlos desdichados?
Sabían muchísimo más de cocina que aquella mujer taciturna y fría, habían desarrollado un interés por la gastronomía tanto más vasto y sabio que ella, y si se hubieran dedicado a ello, habrían conseguido elaborar los desconocidos platos con los que soñaban, habrían dado palos de ciego y habrían experimentado, sin necesidad de explicar nada, de buscar en vano las palabras necesarias para hacerle comprender a una cocinera rebelde y hostil lo que ni siquiera ellos sabían, entonces, ¿por qué no cocinaban ellos mismos?, se preguntaba la Chef, a quien la devoción forzada y patética que sentían los Clapeau por la cocinera incomodaba en extremo, debido a su carácter impúdico y vicioso.
Consideraba que una relación tan confusa no tenía ninguna escapatoria digna, consideraba que la cocinera, pese a sus reticencias, tenía razón al irritarse ante las peticiones de los Clapeau —tan vagas como imperiosas o suplicantes—, llevaba razón en no mostrar deferencia alguna por una gente que se avergonzaba así de sus apetitos.
Pero consideraba que los Clapeau también tenían razón al criticar la falta de inventiva de esa mujer amargada y sombría que cocinaba con un furor mortecino y con la avidez apenas disimulada de no satisfacerlos plenamente.
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Durante mucho tiempo, la Chef no me contó lo que sabía de los Clapeau, lo que pensaba de su imposibilidad absoluta de cocinar.
Cuando hablaba de ellos, lo dejaba ahí, como si de repente le faltaran las palabras.
En realidad, aguardaba a conocerme mejor.
En la época en la que me contó su etapa de formación en casa de los Clapeau, ya sabía que yo jamás me burlaría de lo que ella me contara, que no tenía por costumbre burlarme de nada, que podía esperar cualquier cosa de mí, salvo que me burlara de algo.
Lo sabía perfectamente, pero tal vez quería asegurarse de que ni siquiera lo iba a hacer en mi fuero interno, que me tomaría sus palabras en serio, que la creería de manera absoluta, de inmediato.
Si los Clapeau no se creían con derecho a cocinar —me explicó la Chef—, es porque solo se puede dialogar con un objeto de culto a través de una persona destinada a esa función —inocentemente o a sabiendas—, como era el caso de la cocinera, que, pese a sus defectos, desempeñaba las obligaciones que ese deber le exigía y que no se puede delegar.
Los Clapeau eran sumamente conscientes de que habrían cometido un atentado imperdonable contra las leyes sagradas de la cocina si, por orgullo, se hubieran decidido a mantener un trato directo con ella y, en cierto modo, a ponerle las manos encima.
Nadie los habría castigado —decía la Chef—, pero ellos habrían sabido que actuaban mal, incluso de manera delictiva.
Y, sin duda alguna, la cocinera se había dado cuenta de ello, comprendía a los Clapeau mejor que a sí misma, pero se cerraba en banda ante ellos, los rehuía, a veces les espetaba, con una crueldad intencionada y llena de maldad: ¡Pues ocupen mi puesto por una vez!, y se reía con malicia de su gesto reprobatorio. Sabiéndose todopoderosa en la esfera del altar, poco importaban sus limitadas competencias, porque ella estaba consagrada, mientras que ellos, por pavor, nunca lo estarían.
¿Cómo? Tiene usted razón, me exalto, no, ya sé que no lo dice, pero tiene usted razón de todas formas, es absurdo que me exalte. ¿Qué sentido tiene?
Pero me cuesta mantener la calma y la razón cuando hablo de cosas que fueron tan importantes para la Chef, vuelvo a sentir la misma agitación de entonces y me veo a mí mismo, joven, ignorante, solo con la Chef en la cocina después de que se hubieran marchado los demás
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empleados, escuchándola con afán pero sin demostrarlo, con esa avidez que tenía de conocerla mientras me contaba lo que le explico hoy con su voz clara, nítida, y su mirada que no apartaba de la mía, como si quisiera asegurarse de que no iba a decir nada que le resultara molesto, ni tedio ni fatiga ni confusión de ningún tipo.
Sabía perfectamente que si la Chef hubiera detectado en mi mirada la sombra de un interés mayor del que consideraba verosímil por sus historias o una emoción más intensa de la que le parecía admisible, lo habría cortado por lo sano y quizá yo ya no habría pasado aquellas horas nocturnas en la cocina limpia, ordenada, vacía, en su compañía, casi aturdido por el cansancio, a veces temblando de frío o de agotamiento, sino solo, en mi estudio de Mériadeck, sin pegar ojo e imaginándome a la Chef, como si continuara allí con ella, sin decidirse a abandonar la cocina, aunque ya no quedaba nada por recoger ni por limpiar, parecía que no quisiera ir a acostarse a su piso, que se hallaba justo encima del restaurante, movía los labios en dirección a la encimera en la que yo me había apoyado para escucharla, pero yo ya no estaba allí, apenas se daba cuenta de ello.
Desde mi cama de Mériadeck, sabía perfectamente que no estaba allí y sufría horrores por ella, aunque a todas luces no era una mujer a quien se pudiera compadecer ni deseaba que nadie sufriera por ella.
No, la Chef nunca dormía demasiado.
Le habría gustado dormir exactamente las horas necesarias para recobrar las fuerzas que le exigía el trabajo, pero le resultaba imposible.
Daba vueltas por la cocina vacía repitiéndose que debía subir y acostarse, entonces miraba el reloj de pared y observaba consternada que llevaba una hora —y luego dos— dando vueltas y que seguía allí abajo, deambulando entre las encimeras y los hornos sin saber siquiera en qué pensaba.
Todo esto, la relación de los Clapeau con la cocinera, viene a cuento para explicarle que en la conciencia de la Chef fue germinando una convicción que nunca la abandonó: la cocina requiere unas manos autorizadas, delicadas, ligeras y conscientes de su cometido.
En cierto sentido, tanto da que sean torpes si han sido ordenadas.
¿Por quién? Pues por uno mismo, no es una cuestión de títulos ni del espaldarazo de un maestro, no, sino de sentir que te ha alcanzado el aliento de la cocina.
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Los Clapeau albergaban demasiado temor y demasiados sentimientos contradictorios como para que ese espíritu pudiera abrirse paso en su corazón intrincado.
En verano, tenían la costumbre de instalarse en su casa de las Landas, llevándose consigo a la cocinera, pero, el verano en que el genio de la cocina se introdujo en el corazón de la Chef, el verano de sus dieciséis años, la cocinera se había negado por primera vez a acompañarlos, alegando que quería ir a visitar a su familia, que quería pasar tiempo con sus hijos, diciendo a todo el mundo que tenía hijos en la Champaña o no recuerdo dónde, muy lejos de Marmande.
Los Clapeau la observaron mientras hacía la maleta, sin pensar ni por un instante que volverían a verla; lo de los hijos en la Champaña les parecía un pretexto para no ir con ellos; la cocinera, por su parte, se regodeó al verlos tan desconcertados, tratando en vano de ocultar su angustia ante la perspectiva de pasar varias semanas sin ella, se regodeó porque desaprobaba ferozmente la necesidad que tenían de ella, así que no dijo ni una palabra, asegurándoles que iba a regresar, sabía perfectamente que iba a regresar, no dijo nada, peor para ella.
En la vida llega un momento —creía siempre la Chef, igual que lo creo yo— en que ya no se debe recompensar semejante desdén por el prójimo, añadido a un concepto tan exagerado del propio valor, sino que esa actitud debe ser sancionada, sea por una decisión o por las circunstancias.
Así que peor para ella —creyó siempre la Chef, igual que lo creo yo—, y puedo asegurarle que la Chef, que era un ejemplo de equilibrio, rectitud y compasión, que se olvidaba enseguida de las pequeñas faltas de los demás, nunca lamentó la suerte de la cocinera ni intentó averiguar qué había sido de ella ni qué había pensado de la nueva situación.
El caso es que, nada más llegar a las Landas, los Clapeau desistieron de la ardua tarea de buscar allí una cocinera que les conviniera, es decir, que les gustara y que los comprendiera.
Sentados en sus butacas todavía cubiertas con sábanas de la casa de las Landas, a la que solo iban en verano, los Clapeau echaron un vistazo a su alrededor y entonces repararon en la Chef, que apenas tenía dieciséis años y estaba ocupada en quitar las sábanas que cubrían los numerosos muebles inútiles e insignificantes que abarrotaban aquella casa, igual que la de Marmande.
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Tendrá que sustituir a la cocinera durante un tiempo, le dijeron como si fuera lo más natural del mundo, y no fue su tono —aunque podría haber sido el caso— lo que convenció a la Chef de que sería capaz de llevar a cabo ese trabajo.
La propuesta o la orden de los Clapeau le removió algo que probablemente sentía desde hacía un tiempo, cuando, siendo testigo de las eternas discusiones entre los Clapeau y la cocinera, se imaginaba ocupando el puesto de esta; pensaba vagamente qué habría dicho, incluso llegaba a la conclusión de que, si ella hubiera ocupado ese puesto, semejante disputa ni siquiera habría tenido lugar.
Porque ella —había pensado en varias ocasiones— jamás habría trabajado en una dirección que se desviara tanto de lo que deseaban los Clapeau como para que estos trataran de explicarle qué clase de cocina deseaban, ni tampoco en una dirección tan alejada como para que pudieran quejarse legítimamente de que los ignoraba.
Se habría esmerado —pensaba ella— no tanto en colmar sus deseos, que por lo demás eran vagos, contradictorios e irrealizables, sino en olvidarse de las discrepancias respectivas, con la férrea voluntad de alcanzar una perfección que trascendiera sus gustos fortuitos, tanto los suyos como los de los Clapeau, de manera que estos acabaran rindiéndose, felices y agradecidos.
Ella habría cocinado de manera indiscutible, pensaba.
Le pregunté: Entonces, ¿no habrían tenido derecho a criticar nada?
Me contestó: Sí, claro, ya sabes que yo también critico todo lo que me sirven.
Los Clapeau no habrían podido cuestionar que su acercamiento a un ideal culinario era genuino, simplemente lo habrían comprendido y admirado porque ellos perseguían una gastronomía que los elevara por encima de su glotonería, que les permitiera perdonarse por ser como eran.
De ahí que, en las discusiones entre los Clapeau y la cocinera, la Chef siempre habría tenido la impresión —sin lograr expresarlo, pero sintiéndolo con todo su ser— de que esta no era la persona que necesitaban e incluso que, como les sucede a las parejas desdichadas, los defectos y la locura de los unos exacerbaban los de los otros.
La Chef se detuvo de inmediato, sin soltar una sábana que estaba a punto de retirar, apartó las manos, las cruzó en su regazo y respondió con calma: Sí, claro, encantada, mientras su cabeza ya funcionaba a toda
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velocidad, embalándose casi, repasando los platos que se imaginaba por la noche, al acostarse. Si bien durante su primera época en Marmande, la Chef solo recordaba la cara de sus padres, ahora se dedicaba a recapitular los errores que, a su juicio, había cometido la cocinera, las mejoras que podría aportar a la terrina de cerdo y fuagrás de ave que los Clapeau, con razón, encontraban algo sosa, la lista de ingredientes que convendría utilizar con moderación, como la harina y el caldo para salsas; sí, por aquel entonces a la Chef ya no le entusiasmaba la harina para cocinar.
¿Que si comía o probaba todos los platos que preparaba la cocinera? Creo que sí, salvo la carne asada que se sirve en cortes individuales,
quizá, como el entrecot, el solomillo, la chuleta de ternera, de cerdo o de cordero, aunque no se lo puedo asegurar, porque los Clapeau tenían la virtud —o tal vez fuera fruto de su mala conciencia, lo cierto es que no lo sé— de querer que sus criados comieran bien y en abundancia, que comieran más de la cuenta en lugar de beber; los Clapeau detestaban a los borrachos.
Como regla general, nunca examinaban las provisiones almacenadas en la despensa, por lo que supongo que la Chef, la cocinera y el jardinero debían de terminarse lo que los Clapeau no podían tragarse sin perder la dignidad, aunque, en realidad, no era una cuestión de terminarse nada, los criados no comían sobras, sino que a cada cual le correspondía una parte.
A los Clapeau jamás se les habría ocurrido exigirle a la cocinera que preparara una comida distinta para ella, la Chef y el jardinero, no, no eran tan mezquinos.
Así fue como la Chef pudo desarrollar su juicio sobre las habilidades de la cocinera y, en especial, sobre su inspiración; según ella, sus habilidades eran irreprochables, pero su inspiración prácticamente nula.
Me decía: Era como si siempre comiéramos lo mismo, por mucha variedad de carne, de verduras o de cereales que empleara, todo se reducía a un puñado de sabores, era bastante tedioso.
En cuanto a las salsas, siempre eran de bechamel —aromatizadas según el plato— o ligadas con nata o mantequilla, y había salsas por sistema, demasiado abundantes, que lo cubrían todo por igual, era imposible distinguir el pescado de la carne o las patatas, eso había pensado la Chef en numerosas ocasiones, por la noche, antes de dormirse.
Se le habían ocurrido varias ideas audaces, que no se apuntaba pero que clasificaba mentalmente por categorías; por ejemplo, la de las cuatro
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especias, y así lo retenía en la memoria: añadirlas a los volovanes, al caldo de buey y al ron para macerar las pasas y la fruta confitada del bizcocho. O, respecto a la nata fresca: suprimirla, salvo en la blanqueta de ternera.
Esas disposiciones eran bastante ingenuas, no demostraban que la Chef fuera particularmente precoz en materia culinaria, sino que su experiencia era bastante reducida, habida cuenta de que solo conocía las preparaciones de la cocinera de los Clapeau y el gusto de estos.
Pero, a partir de los dieciséis años, la Chef adquirió la costumbre de no dormirse sin haber repasado todos los alimentos que había consumido durante el día, sin haber evaluado, analizado y juzgado todo lo que se había metido en la boca y todo lo que había escudriñado su mirada —que no se perdía ningún detalle—, la composición de colores en un plato, la austera belleza de las cacerolas de hierro fundido, cuyo valor estético y apetitoso ya había intuido y que consideraba dignas de llevar a la mesa en lugar de verter lo que se había guisado en ellas —un potaje, un civet de liebre, un estofado de carrilleras de buey— en una sopera decorada con florecillas cursis, como hacía la cocinera y todo el mundo en aquel tiempo, o en una bandeja de plata de un tono grisáceo que entristecía y hacía repulsivas las piezas de carne de color pardo —pensó siempre la Chef—, razón por la cual, cuando abrió su propio restaurante, jamás sirvió nada en una fuente de plata, sino que elegía con gran esmero el tono de las cacerolas de hierro esmaltado en función de los matices que adquirían los platos una vez completada la cocción.
Aquella mañana en que los Clapeau le anunciaron que iba a sustituir a la cocinera, aquella mañana en que las manitas fuertes y robustas de la Chef comprendieron que por fin iban a dedicarse a aquello para lo que se sentían hechas, la Chef no dudó ni un instante de que debía impresionar a los Clapeau en la primera cena, aplastarlos bajo el peso irrefutable de su talento, de su ingenio, de su encanto.
Sí, en aquel momento su único deseo era deslumbrarlos.
Y, aunque posteriormente su manera de cocinar reveló que, ante todo, recelaba de la seducción, que rehuía cualquier estratagema que pudiera insinuar que pretendía complacer, halagar la glotonería, aquel día, en el salón de la casa de las Landas —donde el ardiente sol de una mañana de verano apenas penetraba entre los pinos, los viejos pinos con las ramas rojizas que extraían de la arena su vida austera, minimalista—, la perspectiva de embelesar a los Clapeau aguzaba la inteligencia de la Chef,
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cuyos pensamientos se agolpaban a tal velocidad que temía, desasosegada, no lograr ordenarlos.
Les dijo a los Clapeau que debía ir a la compra de inmediato, aunque, hasta entonces, la Chef jamás les hubiera dicho lo que debía hacer, sino que eran los Clapeau quienes tenían derecho —implícitamente— a darle órdenes, y de pronto aquella mañana fundamental ella lo decía con un tono de voz imperioso, sin dirigirles la mirada, arrellanados estos en las butacas todavía cubiertas por una sábana polvorienta, sino clavándola en las ramas secas de los pinos, que eran tan viejos que solo tenían la copa verde, de manera que, por las ventanas de la casa, únicamente se veían árboles que parecían muertos, ramas rojizas y desnudas que a veces golpeaban los cristales.
Era pleno verano, era el lugar de veraneo de los Clapeau desde siempre y los pinos custodiaban la casa; la Chef se encontraba en el centro de una corona rojiza reseca que se extendía hasta el océano, cuyo rumor lánguido oía por primera vez en la vida, era pleno verano y los Clapeau soportaban con resignación aquella época y aquella casa, la cárcel de los pinos rojizos, el sempiterno rumor del océano, la casa que olía a humedad, algo incómoda, soportaban esa obligación, impuesta por la costumbre que habían instaurado ellos mismos de pasar largas semanas lejos de su hogar de Marmande, que era el único lugar donde se sentían a gusto.
Lógicamente, la cocina no está tan equipada como la de Marmande y es bastante más pequeña, le dijeron a la Chef, con una humildad repentina, como si en tales circunstancias la Chef pudiera decidir que no iba a sustituir a la cocinera.
Se levantaron bruscamente para enseñarle la cocina y los utensilios. Era una pequeña estancia situada en la parte trasera de la casa, con las
baldosas del suelo cubiertas de arena, sumida en la penumbra durante todo el día, porque justo enfrente de la estrecha ventana de barrotes se alzaba el ancho tronco pelado de un pino, pero, nada más entrar, la Chef experimentó una felicidad desconocida.
Por primera vez, le dio la impresión de que entraba en un lugar que sería suyo y solo suyo.
Había una cocina de gas bastante nueva y un viejo horno de leña, muchas ollas, cazuelas y sartenes de todos los tamaños, así como un amasijo de especias y de condimentos caducados, que parecían tarros de ceniza y que la cocinera había acumulado procurando no indicar nada,
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ningún nombre, recelosa como era de sus secretos, pensó enseguida la Chef, aunque no le desagradaba en absoluto lo que iba descubriendo, porque revelaba, una vez hecha tabla rasa del pasado de la cocinera, que no tendría que seguir sus pasos.
No les dijo nada a los Clapeau, no les dijo nada de lo que sentía, no les confesó su emoción al encontrar en aquella pequeña estancia —custodiada con severidad por un viejo pino plantado justo enfrente— los elementos nuevos de una alegría y de un desafío intelectual que experimentaba por vez primera, cuyo germen se había manifestado por las noches, en la cama, cuando elaboraba en su cabeza listas de menús, de platos perfectos, de rectificaciones a los que había comido, pero eso apenas fue el germen o la ilusión, y de repente la realidad de esa alegría, de ese desafío intelectual, se desplegaba en toda su plenitud por su joven cuerpo de dieciséis años, ávido de ponerse manos a la obra, como decía ella.
A los Clapeau —que le preguntaban ansiosos si lo veía todo bien, que le anunciaban que esa primera noche podían ir a cenar a un restaurante, mientras ella se acostumbraba a su nueva tarea— les contestó, con gesto inquieto y el corazón exultante, que prepararía la cena del primer día si la llevaban a comprar lo que necesitaba, y mientras hablaba iba observando el interior de los armarios, abriendo los cajones de los cuchillos, de las espátulas, moviéndose con presteza y soltura por las baldosas cubiertas de una arena gris que había traído el viento, manifestando con tal claridad que, repentinamente, se había apoderado de aquel lugar y de la carne afamada de los Clapeau que estos recularon, encogiéndose en el umbral, convencidos de que no se habían equivocado al encomendarle a aquella muchacha aquel cometido crucial, pero sintiéndose fuera una vez más, nunca elegidos, nunca dignos de participar.
Y aquella muchacha tan joven y menuda, aquella muchacha que aún tenía mejillas de niña y una larga cabellera reluciente y suave, aquella muchacha a la que apenas conocían, por la que no habían mostrado interés alguno, los empujaba con firmeza hacia el pasillo con la mirada, que se había apoderado de ellos y de la pequeña cocina; a partir de aquel instante, probablemente, los Clapeau supieron que ella seguiría siendo su cocinera en Marmande, aunque aún no hubieran probado nada elaborado por sus manos, pero lo supieron de todas formas, al ver que algo había tomado posesión de ella, algo que jamás había tomado posesión de ellos, lo sabían perfectamente.
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Ni siquiera le preguntaron qué tenía previsto cocinar.
Sin abrir la boca, la Chef apartó la arena que se había acumulado encima de la mesa —una arena tan fina que entraba por el marco de las ventanas, por debajo de las puertas—, arrancó una hoja del bloc de notas que colgaba de un cordel clavado cerca del fregadero y, a continuación, se sentó a escribir la lista de los ingredientes que quería, dando la espalda a los Clapeau con el propósito de que no vieran que escribía con dificultad, despacio, sosteniendo el lápiz muy recto encima del papel, como si fuera una herramienta para agujerear o herir.
Ella no necesitaba ese recordatorio, pero, desde el principio, trataba de dar cierta imagen ante los Clapeau.
La Chef siempre consignó mentalmente todo lo que necesitaba para su labor, así como todas las reflexiones que se le ocurrían respecto a la cocina; gozaba de una memoria considerable y extremadamente bien ordenada; además, como tenía dificultades para escribir y leer, las palabras escritas no le servían, no le decían nada, en su cabeza no se correspondían con ningún objeto, salvo que hiciera un esfuerzo excesivo y desalentador.
Sí, la Chef gozaba de una memoria prodigiosa.
Toda la gente que, sabedora de su analfabetismo, la consideraba medio tonta, pero se extasiaba con sus dotes culinarias —que parecían desvelar una forma inesperada y apasionante de inteligencia primitiva—, siempre desdeñó o ignoró su extraordinaria memoria, gracias a la cual la Chef prescindía de las recetas escritas o de las notas, dado que archivaba minuciosamente todas las recetas en su cabeza; era la persona más metódica que he conocido nunca.
Imposible recordar en qué terraza se celebró tal o cual fiesta; cuando estoy sentado en una silla de metal o de pie ante la barandilla, con los brazos apoyados sobre el aluminio tibio, las caderas hacia atrás y el trasero marcándoseme por debajo de mis viejas bermudas, a menudo debo hacer un esfuerzo para acordarme de si estoy en mi casa o en casa de André Florence Jacky Vero Dominique Manuel Sylvie, acordarme de si debo ejercer de anfitrión o si le corresponde a uno de ellos ofrecerme la enésima copa de vino una salchicha asada un cuenco de tabulé, salgo del paso mirando si la piscina está lejos o cerca, porque desde mi casa —soy el único que vive en el primero— se podría saltar al agua dorada y centelleante por encima de la barandilla, sin peligro, ¿verdad que ya lo hemos hecho?, todas esas escenas se me confunden en la memoria y el
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agua exageradamente iluminada me acaba provocando migraña, tendría que alejarme, pero el aturdimiento no me deja apartar los brazos del aluminio de la barandilla ni la mirada enfurruñada del agua cegadora; desde esta terraza no debería lanzarme a la piscina, está demasiado lejos, así que debemos de estar en casa de Jacky o de Pascaline.
Y mientras el enorme Citroën de los Clapeau se alejaba de la casa, adentrándose en el sendero de arena entre los pinos —tan frondosos y tan rojizos que ocultaban la abrasadora luz de mediodía, de la que apenas llegaba un halo bermejo de luz polvorienta—, la Chef no pensaba — porque todavía era demasiado ingenua para entender las cosas así— que ocupaba el ancho asiento de cuero como si ella fuera la señora a quien los Clapeau debían llevar a donde deseara, ambos encogidos ante ella, impacientes por saber qué deseaba, a qué tienda debían acompañarla una vez franqueadas las líneas densas, rojizas, innumerables de los pinos, que solo dejaban pasar algunas manchas trémulas del sol de julio que caía a plomo sobre la arena gris.
Antes que nada, un pollo bien hermoso, dijo la Chef. También necesitaré distintas clases de pescado, puerros, zanahorias, patatas y otras cosas que les iré pidiendo más adelante.
Los Clapeau discutieron un buen rato.
Mientras se preguntaban cuál era la mejor manera de encontrar esos productos, su voz iba volviéndose casi estridente a causa de un nerviosismo inusitado.
El señor Clapeau había detenido el coche al final del sendero, justo antes de la carretera principal, como si dudara de arrojarse al estallido vibrante de la luz que hacía serpentear espejismos líquidos sobre el asfalto.
Media hora más tarde, cuando llegaron al patio de la granja Joda, el mismo resplandor pálido, cambiante, de la atmósfera proyectaba sobre la tierra fina unas manchas incontestables, aunque quiméricas. Por eso, estoy convencido de que la Chef jamás pudo separar la exaltación culinaria, la excitación del pensamiento consagrado a elaborar un menú, del calor extremo e ingrato, de la claridad lívida, fluida, iridiscente de un mediodía de verano en el suroeste de Francia. Cerraba el restaurante durante los meses de invierno, en esa época del año le fallaba la imaginación, parecía triste e impasible.
Sí, podía mostrarse impasible, pero permítame creer que yo era el único que se daba cuenta, el único que lo sabía.
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No lo dejaba traslucir.
Mi corazón es un ladrillo, me decía cuando iba a visitarla a su piso, encima del restaurante cerrado, cuando me sentaba en mi sillón de siempre y le preguntaba por qué tenía las gruesas cortinas de terciopelo azul oscuro medio echadas, en lugar de abrirlas de par en par para que entrara la escasa luz de enero, entonces movía la cabeza desalentada, mi corazón es un ladrillo, y se suponía que esa era la explicación de todo, de las cortinas apenas descorridas, de su mutismo —mientras yo me afanaba por distraerla con historias que había leído en el periódico local—, de su mirada fija, de su reticencia a hacer el menor gesto de cortesía, aunque en general tenía unos modales exquisitos.
Todo eso viene de allí, de aquella luz blanca cegadora en la carretera principal al salir del abrigo rojizo de los pinos, todo eso viene del calor que hacía hervir un agua inexistente —aunque incontestable— sobre la tierra fina del patio de los Joda el verano en que el genio de la cocina reconoció a la Chef y en que los Clapeau lo vieron en ella, sobre ella, pero nunca sobre ellos, aunque al menos sabían apreciarlo; todo eso viene de allí: la Chef siempre pensó que el cielo sombrío de invierno no habría permitido distinguirlo, que ella habría continuado siendo invisible, desconocida incluso para sí misma, que nada la habría tocado si la luz del verano de sus dieciséis años no hubiera delatado algo que, de lo contrario, podría haber seguido velado para siempre.
¿Sabía usted que las mejores recetas de la Chef, las más exitosas pero también sus favoritas, como los pequeños volovanes con ostras de la Camarga, la sopa de escupiñas y espárragos verdes o las mollejas de ternera flameadas con armañac, las concibió y elaboró en pleno verano, cuando no se podía estar en la cocina del restaurante sin achicharrarse ni sudar a mares —un sudor pringoso—, y la Chef se encontraba en la cima de su fuerza, de su perspicacia, en la época en que nosotros agonizábamos a su alrededor, llevábamos a cabo los gestos cotidianos por pura inercia, sin pensar, y la Chef alcanzaba la cima de su instinto durante esas semanas tórridas y también el apogeo de su felicidad?, ella no estaba empapada de un sudor pringoso porque la alegría lo absorbía todo —el agotamiento, la insoportable sensación de calor, el aire enrarecido y pesado—, la gracia alegre de la creatividad lo absorbía todo, le resplandecía la tez con un brillo mate, fresco y contenido.
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La Chef no alardeaba de ello, pero yo sabía —porque había recorrido los muros del restaurante durante las noches de verano en que el bochorno me expulsaba de mi estudio de Mériadeck y prefería continuar deambulando por las calles desiertas y oscuras a seguir revolviéndome entre las sábanas empapadas— que ella dedicaba gran parte de aquellas noches a experimentar, sola en la cocina, las ideas que le había dictado la imaginación.
Veía la intensa luz eléctrica que arrojaba a la acera un resplandor blanco y crudo a través de las tres ventanas de barrotes de la planta baja, y entonces sentía una envidia atroz de la Chef, que estaba trabajando allí, en la soledad inspiradora de la noche, durante las horas infinitas, embriagadoras de la noche, iba cortando, cociendo, probando, completamente sola y soberana en medio del silencio compacto de la noche, cuánto la envidiaba entonces por no tener ataduras amorosas, por hacer lo que le gustaba por encima de todo sin que nadie ni el pensamiento doloroso de nadie (aparte de su hija, pero ¿acaso era verdadero amor?, ¿no era más bien una desesperación agobiante?) turbara la pura, la simple alegría de consagrarse a su actividad favorita, la creación tan ensimismada y plena que no existe nada alrededor ni fuera de ella.
Cuánto la envidiaba, sí.
Pero mentiría por omisión si no precisara que era plenamente dichoso de amar a la Chef tal y como la amaba.
¿Cómo se puede saber qué es mejor?
Los Joda ofrecieron a los Clapeau un pollo muy grande que había sido sacrificado un par de días antes.
La Chef lo examinó a conciencia antes de dar su consentimiento a la compra y, varias décadas más tarde, al contarme con qué esmero había pellizcado la hermosa piel amarilla para saber su grosor, cómo había intentado romperle un hueso para comprobar si era robusto, cómo había inspeccionado con ademán grave la molleja y el hígado para asegurarse de que eran sanos y grasos, no pudo contener una risotada crispada e incrédula pero divertida.
¡Cuándo pienso en lo que quería hacer con aquel magnífico pollo — decía siempre—, cuando pienso en la manera en que había decidido masacrar a propósito aquella carne tan buena!
Desde luego, la Chef tenía en cuenta su edad de entonces y la obligación que se había impuesto de mostrar a los Clapeau todo el talento
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que creía poseer, algo que por fuerza —reconocía ella misma— conlleva artificio y afectación (y fanfarronería, decía), pero aún le asombraba el hecho de que aquel famoso verano no hubiera comprendido —ni siquiera hubiera tenido un atisbo de duda, ni siquiera hubiera debido sobreponerse a su propia sensibilidad— que lo único que justifica la muerte de una bestia es la deferencia, la cortesía y la decencia con la que se va a acometer el trabajo de preparar su carne y, posteriormente, de introducírsela en la boca, bocado a bocado.
Cuarenta años más tarde, todavía se avergonzaba.
Porque el espíritu de su cocina era tan radicalmente opuesto al que le había insuflado la idea de aquella primera cena que le costaba horrores reconocer que antaño ella había sido aquella muchacha.
Posteriormente, su mayor preocupación sería tener el mayor cuidado posible con los productos que empleaba; se inclinaba ante ellos, les rendía homenaje, les expresaba su gratitud y los respetaba tanto como podía, fueran verduras, hierbas, plantas o animales; no desdeñaba, no derrochaba ni estropeaba nada, no se comportaba vilmente con ningún ingrediente, no despreciaba ninguna creación de la naturaleza, por modesta que fuera, y eso era aplicable a los seres humanos, aunque a estos no tuviera que trabajarlos, y eso era aplicable a todos nosotros: nunca nos humilló.
Para la Chef, cualquier ser vivo era digno de respeto.
Nunca arruinó nada ni a nadie, nunca.
Salvo, tal vez, aquel pollo tan hermoso de la granja Joda, sí, en efecto, nunca se lo perdonó.
Si hubiéramos podido preguntar a los Clapeau al respecto, sin duda alguna habrían expresado una opinión muy distinta, sin duda alguna durante mucho tiempo guardaron un recuerdo espléndido de aquella primera cena en las Landas, un recuerdo magnificado por su afán de convertir en legendaria cualquier comida que les hubiera entusiasmado, pero el dictamen de los Clapeau no habría supuesto ninguna diferencia para la Chef, que sabía que ellos carecían de ética en lo referido a la cocina.
Era una cuestión que, simple y llanamente, se escapaba a su comprensión, su mente no estaba hecha para dilucidarla, ni siquiera para percibirla.
El coche de los Clapeau abandonó la granja Joda y se dirigió a Vieux-Boucau en medio del calor infernal de mediodía, con todas las
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ventanillas bajadas, pero a la Chef, deslumbrada, le parecía que aquel aire ardiente solo abrasaba el cuero del asiento y su tez sofocada, sus brazos desnudos y rosados; eran los únicos que circulaban a esa hora por la carretera humeante.
Por primera vez en su vida, la Chef se sentía afortunada, grandiosa, aunque en ese instante estuviera sufriendo y, al reparar en que el tiempo volaba, se preocupara y se preguntara si no se habría equivocado aceptando aquel desafío, aquel desafío que consistía en preparar en pocas horas una cena que subyugara a los Clapeau para siempre.
De momento, se dirigían a Vieux-Boucau, porque la Chef quería pescado y marisco, pese a que jamás había visto el mar y en aquel preciso instante casi no le prestara atención, hasta tal punto que apenas volvió la vista cuando la señora Clapeau le señaló el océano a la izquierda, enfrascada como estaba en sus disquisiciones sobre la sopa que pretendía servir como entrante.
La Chef no entendía de pescado, no sabía ni los nombres ni las propiedades en la cocina de las distintas variedades.
Pero, como había acompañado a la cocinera al mercado de Marmande y había probado la sopa que esta preparaba los viernes, le parecía que, si aquella sopa semanal, inevitable y pobre —que los Clapeau se tragaban por deber, sin mencionarla siquiera—, era tan desabrida y casi tenía un regusto a jabón, debía ser porque la cocinera empleaba un caldo de verduras muy diluido en el que se contentaba con echar algunos filetes de pescado blanco que no sabían a nada, que ni siquiera aportaban su propio sabor, yodado y sutil, sino que simplemente producían una espuma blanquecina cuyo olor y aspecto siempre le habían repugnado.
En Marmande, siempre le resultaba insoportable que se sirviera aquella sopa, siempre le resultaba insoportable pensar que la sopa de pescado se considerara un plato necesario y triste, ineludible y repulsivo, cuando, durante sus meditaciones nocturnas, en la cama, mientras repasaba las comidas de la jornada, llegaba a la conclusión de que con poca cosa, con poco esfuerzo, bastaría para que la sopa de pescado resultara exquisita, y ella se sentía perfectamente capaz de conseguir esa poca cosa.
De ahí que un rato antes se le hubiera antojado evidente que debía tratar de conquistar a los Clapeau —a quienes deseaba cautivar— con esa sopa cuyo mero nombre siempre les había desalentado.
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Y eso es lo que la Chef se propuso llevar a cabo una vez que hubieron regresado a la casa ensombrecida, resguardada e invadida por los viejos pinos rojizos, eso es lo que concibió y elaboró —a costa de una determinación admirable— para esos dos Clapeau de Marmande, aunque no solo para ellos, claro, sino también para demostrarse a sí misma que podía cocinar.
Y si podía cocinar, si sabía cocinar, solo era cuestión de reclutar las tropas de sus distintas cualidades —bravura, perseverancia, celeridad, inventiva y audacia— para lograr el resultado que deseaba, en su caso solo era cuestión de movilizar esas tropas, porque voluntad férrea no le faltaba, no temía el esfuerzo, incluso podría morirse en plena faena sin darse cuenta ni enterarse siquiera.
Así trabajó en la casa de las Landas aquel verano de sus dieciséis años. Empezó por el hermoso, por el espléndido pollo de la granja Joda, cuya carne tierna, prieta y amarilla tuvo que sacrificar para alcanzar su objetivo, que posteriormente condenaría, como ya le he dicho, pero aún no había llegado a ese punto en la pequeña cocina en penumbra llena de arena, sino que, impulsada por el afán de cumplir su cometido, picó finamente toda la carne del pollo, que antes había cortado hasta la carcasa, pasó por la picadora aquella carne untuosa y densa, cuya razón de ser exigía saborearla tal cual, cocinada con sencillez y, en especial, en todo su
esplendor.
Mezcló la carne picada con cinco huevos, hierbas aromáticas, miga de pan remojada en leche, un poco de comino y de clavo y, acto seguido, llevó a cabo un prodigio de destreza recomponiendo la forma exacta del suntuoso pollo de los Joda: esculpió la carne picada alrededor de los huesos, la moldeó en torno a la carcasa de tal forma que el pollo pareciera intacto y, a continuación, lo cubrió con su hermosa piel de color maíz a fin de que la ilusión fuera perfecta y de que diera la impresión de que aquel pollo —monstruosamente reconstruido, rehecho con un mejunje que no estaba a la altura de la materia prima— acababa de salir así del gallinero, en una apoteosis del engaño que más tarde la Chef rechazaría con rotundidad, pero que aquella tarde le parecía el summum de su arte, la afirmación magistral de su superioridad sobre la cocinera de Marmande, que nunca había conseguido hacer pasar una cosa por otra.
¡Cómo detestaría la Chef el simulacro a posterior/'!
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Embutió el relleno que le sobraba en el interior de la carcasa y el pollo todavía pareció más cebado, como si estuviera a punto de reventar por su excesiva excelencia.
Desde luego, era un prodigio de habilidad, hasta la propia Chef lo reconocería, resultaba imposible adivinar que había maltratado, descuartizado y posteriormente recompuesto a aquella criatura, en una especie de broma macabra.
Introdujo el pollo en el horno, untado con abundante mantequilla derretida, y, al cabo de una hora, añadió patatitas, rodajas de zanahoria, de nabo, de cebolla morada y varias cabezas de ajo enteras.
En la pequeña cocina oscurecida y siniestramente protegida por el viejo tronco del pino —con la corteza medio arrancada— que se alzaba frente a la ventana, su soledad la colmaba de una calma, de un frío júbilo que, desde entonces, siempre perseguiría, porque le procuraba un placer distinto a cualquier otro. Era la primera vez que estaba sola trabajando y decidiendo lo que debía hacer, sola, pues, ante cualquier decepción o elogio, sumida en esa embriagadora soledad de la creación que yo suponía en ella y que envidiaba cuando, algunas noches sofocantes en Burdeos, espiaba, como ya le he contado, las luces de la cocina, en esa soledad ardiente, tensa, a la vez reflexiva e hipnotizada, cuya acidez me describía incansablemente la Chef, esa soledad que yo no experimenté jamás, o al menos en semejante plenitud y pureza, porque siempre me faltó el desapego supremo de todo lo que no atañía a la cocina, ese avaricioso repliegue sobre uno mismo sin el cual no se puede pensar ni crear nada serio y que resulta ser una paradoja de esta profesión —tal y como comprendí hace tiempo—, porque el cocinero ha borrado por completo de su mente y de su memoria a las mismas personas a quienes desea complacer, fascinar y someter, es decir, a los comensales, durante esos instantes consagrados a su futuro deleite.
Yo nunca logré olvidar a aquellos para quienes estaba cocinando, siempre temí no satisfacerlos, siempre procuré amoldarme a sus gustos y deseos —tal y como me los imaginaba—, por eso siempre fui un cocinero cualquiera, virtuoso, pero también ansioso, por eso nunca llegué a destacar, pero tampoco alcancé la serenidad, nunca me abandonaron los mediocres quebraderos de cabeza, nunca conocí la paz ni esa calma, ese frío júbilo de la soledad durante el proceso de creación.
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En aquella incómoda cocinita rodeada de pinos, no es que la Chef se sintiera más feliz que nunca (a fin de cuentas, había sido feliz en casa de sus padres, feliz en su infancia singular y áspera), sino feliz de una manera que jamás había experimentado, que le parecía de un cariz y de una envergadura superiores a cualquier otra forma de satisfacción que pudiera imaginarse, feliz por razones que solo se debían a ella, a su aguante, a su arrojo, a su confianza en sí misma, y no porque alguien —ni siquiera sus queridos padres— deseara hacerla feliz, algo de lo que siempre desconfió, un hecho que, sin duda alguna, le impidió apreciar, aceptar el amor de un hombre: solo quería que el sentimiento y la sensación de ser feliz se debieran a sí misma y, a fuerza de desearlo, se volvió incapaz de sacar el menor provecho o de sentir el menor placer por el anhelo de un hombre de darle alegría; se aburría, todo el mundo la aburría excepto su hija, que se empeñaba en procurarle exactamente lo contrario de la alegría, pero me pregunto si la quería de verdad, si era amor o bien desesperación con grandes dosis de culpabilidad, tengo mi teoría al respecto, usted la ha conocido, usted ha tratado a esa mujer desagradable y estéril, arrogante y superficial, que ahora intenta vender a todo el mundo jugosas anécdotas sobre la Chef. La detesto, lo reconozco sin ambages, la detesto y la desprecio, nunca se mereció ser la hija de la Chef.
Corramos un tupido velo, el odio y el desprecio no te engrandecen si eres insignificante.
Lo que intentaba hacerle comprender era que, en aquella rudimentaria cocina encajada entre los pinos, la Chef saboreó el fruto exquisito de su vocación, una vocación que cada una de las partes de su cuerpo comprendió y reconoció.
Igual que sus pies iban y venían por las baldosas de cemento con la celeridad y la ligereza de dos bestezuelas perfectamente adiestradas, regocijadas por el trabajo, que conocen de manera intuitiva y fabulosa los rincones peligrosos o engañosos, los obstáculos pertinaces del espacio por donde deben moverse —y es un hecho que siempre observé en la Chef unos gestos y unos desplazamientos de una precisión fascinante, incluso en lugares estrechos y abarrotados—, todas las fibras de su organismo respondieron con diligencia a cualquier orden de exactitud, además de con gracia y con un fervor radiante que daba la impresión de que, en el ritual de la cocina, todos sus movimientos seguían los preceptos de la belleza y la necesidad.
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Tal vez sucediera en alguna ocasión, no pretendo saberlo todo, pero el caso es que nunca vi que la Chef se lesionara trabajando, nunca vi que se tropezara o se golpeara contra un mueble.
Sí que vi el asombroso virtuosismo de sus manos robustas, poderosas; parecía inconcebible que aquellas manos no obedecieran siempre con suma precisión las órdenes que les daban; también vi que las manos expertas de la Chef tenían una vida propia, aunque discretísima: podían afanarse en la encimera mientras, por ejemplo, con el teléfono sujeto entre la oreja y el hombro, hablaba de algo que nada tenía que ver con lo que hacían sus manos y estas no cometían ningún error, sus dedos cortos sabían reflexionar y decidir sin equivocarse, sus manos jamás cometían ningún error.
Y eso la Chef lo descubrió en la cocinita de las Landas, allí conoció su cuerpo, que hasta entonces había utilizado como un todo, como una máquina recia a la que gobernaba desde el corazón: henchida de emoción y de júbilo, comprendió que, en realidad, su cuerpo estaba compuesto por varios animalillos que habían aprendido solos a trabajar de manera impecable y que, aquella tarde, le mostraban la magnitud de su destreza y cómo colaboraban entre sí —alborozados, modestos y, al mismo tiempo, dóciles y sigilosamente emprendedores—, de acuerdo los unos con los otros en una asociación de la que la Chef, en cierto modo, por su propio bien, no formaba parte, con vistas a una eficacia que no habría podido alcanzar si se hubiera empeñado en dirigir la máquina que constituía su cuerpo, tal y como había creído hasta entonces.
Así me hablaba de sus miembros y de sus órganos como de seres independientes, sagaces y fieles a quienes no debía mandar, dado que no los comprendía tan bien como se comprendían a sí mismos los unos a los otros.
A veces me decía, con una admiración ingenua, dándose unas palmaditas en los muslos: Estas piernas son incansables, puedo pedirles cualquier cosa.
También me decía, presionándose el estómago: Puede tragarse lo que sea, nunca se pone enfermo ni se llena demasiado, el pobre.
Y como le daba la impresión de que no dirigía a esos animalillos que se organizaban en su cuerpo, que no tenía ninguna influencia sobre ellos, aparte de la amistad que le profesaban, no se enorgullecía en absoluto de la robustez ni de la extraordinaria capacidad de trabajo de su anatomía,
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simplemente sentía gratitud, lo consideraba un don de la naturaleza que solo podía agradecer con humildad.
Cuando hubo terminado de preparar el pollo relleno con su propia carne generosa e inocente, empezó a elaborar un caldo de pescado, echando en una cacerola de hierro colado llena de agua hasta la mitad los dos kilos de morralla que había comprado en una pescadería de Vieux-Boucau —eperlanos, lochas, sardinitas—, añadió zanahorias y apio en rama, unas rodajas de puerro y de cebolla, clavos y, por si acaso, los restos de azafrán mustio, pálido, que encontró en el fondo del único tarro con etiqueta que había en el armario de las especias.
Solitaria, atareada, silente en la cocinita que el calor húmedo de los fogones había convertido en un horno (y no porque padeciera, no padecía, sino para evitar que el exceso de vapor le desvirtuara la percepción del sabor y del olor de los productos, había abierto la estrecha ventana, casi tapiada por completo por el inmenso pino viejo con la corteza pelada, y, poco a poco, fue entrando un aire pesado de trementina y de arena oscura y caliente que desconcertó tanto a la Chef, tan poco acostumbrada como estaba a aquellas exhalaciones de petróleo, que no tardó en cerrar el batiente, sintiéndose fugazmente secuestrada por los pinos, por su austera e inquietante mansedumbre), solo oía los ruidos furtivos de los valerosos compañeros que trabajaban en su interior, así como las recomendaciones que ella misma se hacía en voz baja.
A pesar de que no le llegaba ninguna señal de que hubiera actividad en las otras estancias, le parecía oír la respiración jadeante de los Clapeau justo detrás de las paredes de la cocina, los veía multiplicados e impacientes, abundantes, ansiosos, demasiado excitados como para avergonzarse de su glotonería —como de costumbre—, aguzando el oído mientras ella avanzaba en la preparación de su éxtasis, tal vez pensando, con un estremecimiento: Nuestra felicidad en manos de esta cría, sí, de pronto la Chef los veía multiplicados, vigilándola con la ayuda de los pinos, decenas de Clapeau no tanto desconfiados o escépticos respecto a su talento, sino temblando de miedo ante la idea de que resultara que ella no estaba en absoluto a la altura, pero, en cierto modo, esa angustia atroz no la atañía, incluso protegía a la Chef a título individual, porque los Clapeau jamás le habrían reprochado nada si los hubiera decepcionado, solo se lo habrían reprochado a sí mismos, a su locura.
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Le parecía oírlos, ir y venir a lo largo del muro de la cocina, por fuera de la casa, entre los pinos fríamente cómplices, así como por el pasillo que separaba la cocina del comedor.
Ni se inmutó.
Sin reconocerlo, sin ser demasiado consciente de ello, comprendía profundamente a los Clapeau, los aceptaba tal y como eran, con su locura.
Aceptaba, sin juzgarlo, que la perspectiva de una cena mediocre o frugal les sumiera en una tristeza que, para ella, no resultaba nimia ni ridícula, ni tampoco venerable.
Aunque… tiene usted razón. Sin duda, en este punto me equivoco.
La Chef comprendía mejor la angustia de los Clapeau ante una comida pésima de lo que habría comprendido su indiferencia; de hecho, las inquietudes de los Clapeau le parecían dignas del mayor de los respetos, aunque no envidiara su locura.
Pero la Chef comprendía y respetaba el hecho de que, a través de la pasión por la comida, hubieran ensanchado los reducidos límites de su existencia, de que hubieran permitido que semejante locura estructurara sus jornadas, sintiendo ya en su interior el germen de una locura muy parecida, más deseable simplemente porque ella sabría convertirla en el instrumento de su fama, porque se dejaría llevar por ella, pero nunca dominar, en cualquier caso, hasta los últimos años de su carrera, cuando esa locura tal vez la devoró, en efecto.
Pero el caso es que no le molestaba imaginarse que una multitud de Clapeau al acecho tratasen de vislumbrar lo que ella preparaba en la cocinita, que habían embaucado a los pinos altivos, puritanos, para dotarlos de su propia mirada inquisidora (no lograba olvidar la presencia a su espalda del viejo tronco frente a la ventana, lo oía jadear, intentando en vano introducirse en la cocina), no le reprochaba nada a nadie, trabajaba deprisa con la mente clara, alegre, previsora.
Sí, esa es una particularidad suya que siempre admiré: nunca reprochaba nada a nadie, solo a sí misma.
No se quejaba ni criticaba a los demás.
¿Que si mostraba interés por la gente, como señala usted?
Pues sí, observaba en silencio, sin que se notara, con ese ademán ligeramente distante que tenía ella, algo rígido, como congelado en una expresión intencionadamente neutra que confundía a quienes la abordaban de manera espontánea y amistosa, y como su mirada solo se volvía
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escrutadora cuando se posaba sobre un trozo de carne, una caja de verduras o cualquier otro objeto o ingrediente necesario en la cocina, como su mirada parecía velarse repentinamente al pasar de un filete de pescado —levantado con diligencia— a la cara del pinche que acababa de alzarlo ante ella, podía parecer que consideraba que el pescado perfecto en su sencillez era más digno de estudio y de aprecio que el rostro complejo y cambiante del muchacho, pero era un error, tal y como revelaba algún comentario sutil por su parte, que te impresionaba por su veracidad, como otros rasgos de su carácter, que daban en el blanco.
Yo nunca habría encontrado esas palabras, ni siquiera habría pensado que pudieran existir palabras para designar con tanta precisión la verdad de un rostro, de una expresión, del significado de una actitud o de un movimiento, pero enseguida sentí que aquellas eran exactas, además de las más apropiadas en esas circunstancias, y si la Chef había sabido encontrarlas era porque, pese a las apariencias, pese a su ademán prudente y su mirada velada, examinaba y escudriñaba los rostros de un modo más exhaustivo que nosotros, que ante el misterio de una cara nos deshacíamos en grandes sonrisas de cordialidad, rebosantes de simpatía, sin un ápice de misterio.
Algunos decían que la Chef era pícara, pero creo que esta palabra poco afortunada solo da fe de nuestras dificultades para definir su personalidad, era sagaz sin ser astuta, curiosa pero distante, se atrincheraba en su reserva, en su yo que nadie conocía —me atrevo a afirmarlo—, salvo quizá su hija, cuyo carácter inestable, ingrato, egoísta y malvado obligó a la Chef a desvelar su única debilidad; no fue el amor lo que la enajenó, sino la tristeza, la desesperación, la amarga estupefacción de ver en qué se había convertido una niñita adorable y querida; no fue el amor, y yo tampoco lo conseguí, porque lo que sé de la Chef, lo que le estoy contando ahora, no me lo reveló ella, sino que lo comprendí por mí mismo.
El amor que yo le profesaba o el gran afecto que ella sentía por mí no habrían bastado.
¡A veces, sorprendentemente, era tan ingenua!
En ocasiones, se extrañaba en voz alta de la actitud de un cliente o de algún empleado, y cuando, en el ambiente distendido de después del servicio, nosotros nos sorprendíamos con jovialidad de su extrañeza y asegurábamos que nos había parecido evidente que aquella persona solo
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podía comportarse así, ella negaba ligeramente con la cabeza, confusa, y susurraba: Pues yo no lo he visto así, en absoluto.
Luego, con un tono bromista que, en realidad, enmascaraba su contrariedad al descubrir que, siendo mucho más jóvenes que ella, ya éramos bastante más avispados, añadía algo así como: Pero ¿cómo han podido ver algo que solo era visible para alguien igual de vicioso que ese tipo?
Y entonces nos echábamos a reír y ella también se reía, estábamos encantados de divertirla (creíamos que la divertíamos) y todavía más contentos de poder enseñarle algo de la vida, de tener esa superioridad fugaz sobre ella, que, al salir de la cocina, no conocía el mundo, pensábamos, igual que pensábamos que conocer el mundo significa, ante todo, no dejarse engañar, sospechar de la amabilidad extrema, dudar de una cara honesta.
De manera que sí, a veces se equivocaba, pero siempre por la misma razón, cuando al observar un rostro creía que se trataba de una buena persona y no era el caso.
Jamás, creo, desconfió de alguien que acabó demostrando tener un buen corazón.
¿Que por qué hago tanto hincapié en este aspecto del carácter de la Chef? ¿Por qué estoy temblando?
Usted dice que estoy temblando, es posible.
Demasiada gente que apenas la conoció, que solo la trató esporádicamente, la ha descrito como una mujer poco sensible a la presencia de los demás, recluida en el universo estrecho y febril de su pasión, que solo abandonaba de vez en cuando, a regañadientes, para dar rienda suelta a una severidad, a una dureza que esos ignorantes creían que era lo único que lograba arrancarla de sí misma, sí, lo sé, empezando por su hija, a quien se lo consintió todo, se lo perdonó todo, antes de alejarse poco a poco de esa mujer peligrosa, aunque sin dejar de quererla con ese amor abrumador que había acabado inspirándole; yo vi a la Chef aterrada, farfullando palabras de desesperación e incomprensión, al leer uno de los correos electrónicos iracundos con que su hija la atormentaba hacia el final de su vida y, luego, volver hacia mí su rostro contrito como si fuera ella la que había actuado mal y balbucear algo para excusar a su hija inexcusable o rememorar a la niña alegre que había sido, como si ese recuerdo pudiera
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atenuar las bobadas y la crueldad de la adulta o contribuir a considerarlas insignificantes o hasta irreales.
De manera que yo, que en toda mi vida solo he alardeado de una cosa, de haber conocido a la Chef mejor que nadie, puedo afirmar que era afectuosa y compasiva y comprensiva más allá a veces de lo que habría sido beneficioso para ella, y la prueba es que ninguno de sus empleados despotricó jamás de la Chef, pese a la insistencia de todos aquellos a quienes les irritaba no tener nada reprochable que decir o escribir en su contra, la Chef tal y como había sido les irritaba con su corazón generoso, su corazón compasivo y comprensivo más allá de lo que habría sido beneficioso para ella.
Así trabajaba la Chef en la cocinita de las Landas, al mismo tiempo llena de confianza y tensa como luego le gustaría estarlo siempre, con una tensión controlada, dinámica, electrizante, que atraía las ideas milagrosas, las recibía sin triunfalismo, como un deber y como una evidencia, una tensión cuya ausencia, una vez concluido el trabajo, una vez considerada la magnitud de lo acometido, causaba un ligero vértigo, un agotamiento y una pregunta más incrédula que maravillada: ¿Cómo he podido llevar a cabo esa proeza?
Tan solo esa tensión permite aguantar el despiadado trabajo en la cocina, decía siempre la Chef.
Si no la sientes en tu interior o si la sientes sin experimentar placer alguno y, al posar la mirada en los cadáveres de animales troceados, en las verduras todavía terrosas, en todos los ingredientes replegados en el secreto de su sabor, mientras aguardan con sigilo a saber qué será de ellos, te invade un abatimiento, una fatiga tan inmensa que solo deseas escaparte —decía la Chef— y no tener nada que ver nunca más con la carne muerta, los olores fuertes, las entrañas y la grasa, los tormentos diversos y monótonos, la inevitable suciedad y el sufrimiento —de bestias y de hombres— que preludia la llegada a la mesa de la cocina de alimentos taciturnos, obtusos, alaridos de bestias, fatiga humana, entonces, cuando te asalta esa miseria repetitiva sin que te proteja la fría exaltación creadora — decía la Chef con su sonrisa torcida—, solo deseas alejarte al máximo; algunas veces hui creyendo liberarme, pero siempre acabé regresando, por supuesto —decía la Chef—, porque liberarme de las pruebas de la cocina me volvía más infeliz aun que sufrirlas, aunque raras veces las sufría, mientras que, lejos de ellas, padecía constantemente, desde luego.
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Nunca he logrado ser feliz demasiado tiempo fuera de la cocina, me decía la Chef, y luego, con un apremio forzado, añadía: Salvo con mi hija; aunque los dos sabíamos que no era verdad; en cualquier caso, yo lo sabía, igual que sabía que la Chef se sentía obligada a inventarse y alardear de una felicidad maternal, no tanto para sí misma, no tanto por amor propio, sino para tratar de convencer a su hija —dondequiera que estuviera, nunca estaba con ella—, como si aquellas palabras, repetidas a lo largo de los años, pudieran acabar impregnando el aire que respiraba su hija en algún lugar del mundo y desarmar su corazón olvidadizo pero rencoroso, su corazón que no guardaba recuerdo alguno del amor recibido, sino que llevaba la cuenta rigurosa de las supuestas ofensas.
¿Se va a reunir con ella?
Enseguida descubrirá que se encuentra ante una criatura pérfida, monstruosamente vanidosa, bastante corta de luces, por lo demás, de manera que no es tan perjudicial como ella desearía.
No me preocupa en absoluto, lo descubrirá enseguida usted mismo, no siento ninguna necesidad de justificar mi dureza, de verdad que no me preocupa en absoluto.
¿Que si me detesta? Sí, claro.
¿Que si me odia? Por supuesto.
Intente ponerse en su lugar, ¿cómo no iba a odiar a la única persona que no alberga ninguna duda sobre su voluntad —porque nunca ha tenido ninguna otra voluntad en ningún otro ámbito— de socavar las fuerzas morales y físicas de su madre, con el propósito de que, una vez devastada y anonadada, caiga en el estado de mediocridad, de tedio, de abandono complaciente y quejoso en el que ha vivido ella siempre?
Comprendo que me odie.
Nunca entré en el juego de la Chef, que consistía en regocijarse cuando hablaba de su maravillosa hija, tan talentosa y tan amable, adoptando a veces una expresión compasiva o apesadumbrada si su interlocutor tenía un hijo menos extraordinario, y los demás solían prestarse a esa farsa sin sospechar que lo era, a ellos no les interesaba tanto la vida de la Chef como para que se les ocurriera desconfiar de sus afirmaciones, sino que asentían por cortesía, con indiferencia.
Yo era el único que me mantenía al margen, sin asentir, sin sonreír.
Y la Chef comprendió que yo sabía lo que ella misma se afanaba en vano por no saber, es decir, que su hija no era la persona sosegada y sagaz
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que ella pretendía, que nunca sería así, sino que incluso empleaba sus escasos recursos intelectuales en culpar a su madre de sus fracasos, intentaba que su madre se sintiera culpable y se volviera culpable porque su hija la ponía en situaciones tan comprometidas que se veía obligada a alejarse para no hundirse con ella; de hecho, la Chef se habría hundido de verdad, pero su hija no habría tardado en levantar cabeza, estoy convencido, se aferra a la vida y a su pequeño confort, pese a sus eternas amenazas de ponerle fin.
No, la Chef nunca me reprochó que me negara a creerla cuando le daba proponer por las nubes a una hija imaginaria.
Era como un aleteo muy cerca de su oído.
Sí.
Un delicado roce procedente de mi espíritu, rebosante de sinceridad; entonces nos clavábamos la mirada y ella tomaba nota —tal vez con alivio o gratitud— de mi reserva, de mi honestidad, me atrevería a decir, de manera que ignoraba su raciocinio y seguía hablando de su extraordinaria hija siendo consciente de que estaba fantaseando.
Sin ti me habría vuelto loca, me dijo una vez, como de pasada, y no sentí la necesidad de preguntarle a qué se refería ni de protestar estúpidamente, comprendí de inmediato lo que quería decirme: a fuerza de presentar a su hija como un ser admirable, que la quería y que colmaba todos sus anhelos maternales, sin que nadie la contrariara, aunque solo fuera una caricia volada en la sien, habría sucumbido a la tentación de creérselo, perdiendo así gran parte de su lucidez, cosa que no la habría convertido en una loca, nadie se habría dado cuenta ni se habría preocupado, pero eso habría carcomido la médula de su compromiso con la cocina —que a su juicio consistía en un insobornable espíritu seguro y ponderado—, de manera que se habría vuelto loca en el sentido en que lo entendía ella, porque habría perdido el control respecto a la verdad y la exactitud.
Por eso me agradecía que yo me hubiera cerrado en banda a la simple compasión, por ejemplo, o a algún tipo de vergüenza o de temor que podrían haberme llevado a dar fe de lo que ella contaba sobre su hija.
Siempre permanecí ferozmente encastillado en la reticencia y el horror que me inspiraba aquella mujer, me cruzaba de brazos, daba un paso atrás y le clavaba la mirada a la Chef, enviándole mis pensamientos leales, dulces y verdaderos, y ella nunca me guardó rencor por ello, al contrario,
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incluso reconoció que la había salvado de un peligro mayor del que habría supuesto el placer de acabar creyendo en las cualidades de esa chica lamentable, la cogieras por donde la cogieras.
Una vez que el caldo de pescado estuvo suficientemente cocido y la Chef hubo comprobado que ya no se distinguían los trozos de verduras de los pedazos de morralla, se dedicó a retirar las espinas más grandes y luego lo removió, sintiéndose satisfecha de la sopa espesa y granulosa que había obtenido, de un intenso color dorado por el azafrán.
Añadió un lomo de bacalao y un filete de fogonero, los dejó cocer algunos minutos y después apagó el fuego.
Jamás había cocinado, jamás había visto elaborar así una sopa de pescado y ni siquiera había leído nada al respecto; de hecho, siempre leyó muy poco, le costaba descifrar las palabras.
Y, sin embargo, tal y como me explicó ella misma, todo lo que les faltaba a los platos insípidos, deprimentes, de la cocinera de Marmande había sido una enseñanza indirecta que la invitaba a imaginarse, por la noche en su cama, cómo mejorar lo que había comido, de tal manera —le gustaba decir en una paradoja impregnada de una ligera coquetería— que le parecía haber aprendido mucho más y haber desarrollado mucho mejor su creatividad gracias a las aburridas lecciones involuntarias de Marmande que si se hubiera formado junto a una cocinera inspirada; en cualquier caso, décadas más tarde, sentiría un orgullo sereno, lleno de asombro, por haber llevado a cabo un trabajo tan admirable en la cocinita de las Landas, custodiada por los pinos reclutados por los Clapeau, los propios Clapeau, el enjambre de los Clapeau, febriles, turbados por el deseo y la incertidumbre, y de nuevo los pinos poco seguros pero respetados, el viejo pino opresivo frente a la ventana.
El asombro ante sí misma, ante aquella curiosa muchacha de dieciséis años que, cosa extraña, resultaba haber sido ella, llegaría mucho más tarde.
A aquella muchacha, sumida en un ajetreo sosegado, en el intenso recogimiento de la reflexión y del trabajo, no le asombraba nada, ni siquiera su propio ingenio.
Todo le parecía de lo más natural, la rapidez de ejecución, los gestos meticulosos, la danza lacónica de su cuerpo menudo y bien formado, de contornos precisos, del que tenía una conciencia plácidamente alborozada mientras iba y venía sin derrochar ni un solo movimiento, recordando de manera intermitente, con una severa desaprobación estética, los
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desplazamientos deslavazados, indecisos y gruñones de la cocinera de Marmande por la estancia, cuyas proporciones exactas y cuyos detalles fundamentales parecía haberse negado a retener, ofuscada por el resentimiento.
A ojos de la Chef, la cocinera de Marmande siempre había dado la impresión de haber sido arrojada esa misma mañana a un entorno hostil y traicionero, al que no quería adaptarse por una cuestión de dignidad o de seguridad, mientras que la Chef, que era más ingeniosa, ya sabía sacar provecho de su propia armonía, de su adaptación equilibrada, feliz y plena a cualquier lugar donde tuviera que cocinar; estaba en paz, concentrada, exultante, se había hecho amiga de los pinos escrutadores, al mismo tiempo era muy sensible a lo que la rodeaba —con los sentidos aguzados — y se encontraba en otro lugar muy remoto.
Si cierro los ojos y me la imagino en la cocinita de las Landas, estoy convencido de que ya poseía esa facultad turbadora y tan deseable de conformarse consigo misma, con la compañía graciosa de su cuerpo libre y complaciente, con su ambición enorme pero controlada, con sus deseos poco exigentes y su corazón bien adiestrado, eso es lo que pensábamos de ella, así la veíamos, al principio, cuando era nuestra jefa, creyendo vaga y respetuosamente que no necesitaba nada porque se bastaba a sí misma, incluso la cocina era circunstancial, un desafío, un divertimento superior para una reina poco dada a la ociosidad, creyendo que, en definitiva, podría haber prescindido de todo —tanto de la cocina como de su hija, tanto del amor como de todos nosotros—, pero ahora sé que era falso, por supuesto, y que fuera de la cocina no se aguantaba ni a sí misma, estaba más a disgusto con su personalidad rica y plena que nosotros con nuestros caracteres mediocres.
¿Nosotros?
Pues me refiero a mis compañeros de entonces, cuando trabajaba para la Chef y, recién contratado como pinche de cocina, me incorporé a un equipo de chicos que llevaban tratándola desde hacía mucho tiempo, con cuyas opiniones e impresiones me conformé, en mi ignorancia, antes de darme cuenta de que yo pensaba en la Chef de manera distinta, que estaba enamorado de ella y trataba de comprenderla con toda la sutileza de la que era capaz, yo era tosco, era muy joven, a veces me abandonaba mi perspicacia y no veía más allá, pero aguanté el tipo, me superé gracias al
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amor, aprendí a conocer a la Chef mejor que nadie, de eso no tengo duda, ¿quién la amó tanto como yo?
¿Su hija? Supongo que está bromeando.
Me fastidia sospechar que tal vez ella ya lo haya engañado, ya no me siento tan libre para hablarle con sinceridad.
Necesito creer que usted es una persona digna de aprecio.
¿Cómo puede serlo si se deja embaucar fácilmente por una mujer tan grosera, tan previsible, tan descarada en su mezquindad?
¿Y cómo puedo hablarle con sinceridad?, en este arranque permanente de franqueza al que no estoy nada acostumbrado, que me trastorna y cuyo recuerdo a veces me despierta con un sobresalto en plena noche, entonces temo haber llenado indiscretamente los silencios de la Chef y haber revelado mis propios secretos, acabo bañado en sudor y deprimido, asqueado conmigo mismo y con usted, en cierto modo, ya no vuelvo a dormirme, me quedo con los ojos abiertos de par en par en la oscuridad y la sangre me late con fuerza en el cuello, ¿cómo puedo hablarle con sinceridad si pienso que mis palabras caen en el hoyo del escepticismo que por fuerza habrá cavado en su interior cualquier conversación con la hija de la Chef?
Porque entonces usted dudará de todo lo que le digo, lo contrastará con las palabras radicalmente distintas de su hija y deseará equilibrar nuestros dos puntos de vista, sin intuir que eso me ofende tanto, que me resulta simplemente grotesco sufrir por transmitirle la verdad si acabo siendo comparado con esa inútil, con esa mentirosa, y tratado con idéntico respeto.
Todo se vuelve absurdo, ¿lo comprende?
Sería muy fácil observar con sarcasmo a mis amigos de Lloret de Mar; sin saberlo, pertenecen a esa clase de gente cuya única razón de ser parece la burla desdeñosa, con su ropa práctica de colorines, su ostentoso buen humor, su ausencia de complejos físicos y el ingenuo despliegue de carnes resultante; sin embargo, la estricta selección que han llevado a cabo entre los elementos de su vida anterior para acabar alegremente reducidos a los bienes que contienen sus sesenta metros cuadrados de Lloret de Mar me inspira un respeto compasivo.
La Chef jamás mostró demasiado interés por los postres, aunque reconocía sus virtudes, incluso su necesidad, es decir, le había dado muchas vueltas a la cuestión, había probado remates a las comidas que no
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se asemejan a los dulces pero que constituyen un epílogo con cierta textura a un periplo perfectamente cadencioso (por ejemplo, el sorbete de aceitunas verdes o los dados de pepino cocidos con miel, que se servían después del rabo de buey con puerros), había admitido que corría el riesgo de que se interpretara como una falta de cortesía, como una falta de elegancia vanidosa, el hecho de suprimir altivamente la tradicional conclusión azucarada, melodiosa, sin complicaciones, el término suave y consensuado de una presentación que, siendo siempre deliciosa, a veces resultaba algo áspera; la cocina de la Chef, sobre todo los últimos años, podía ser abrupta en su frugalidad casi fanática, sí, su cocina podía parecer dura de entrada, poco cordial, aunque cuando aprendías a apreciarla, te repugnaba la gastronomía seductora y amanerada, untuosa y apagada, sentías que esta no te respetaba lo suficiente, como alguien de quien no esperas gran cosa o a quien nunca le exiges que te revele sus dones, su valentía, su curiosidad, qué sé yo, no te sientes respetado ni como cliente ni como comensal, el cocinero te provoca vergüenza ajena.
Pero la Chef no consiguió —de hecho, dejó de intentarlo— ignorar el viejo y profundo deseo de un desenlace dulce, de una moraleja de la historia —me atrevo a decir— que pusiera de acuerdo a todo el mundo y que uniera a los comensales en un asentimiento alegre, distraído, de las intenciones del cocinero; por el contrario, hasta el último instante, hasta el último bocado, la Chef todavía intentaba despertar en el comensal no tanto el asombro, ni la resistencia a la provocación —nunca le gustó provocar, aunque debamos reconocer que lo hizo a menudo—, sino la búsqueda de una sobriedad, de un pudor áspero, que pretendía que rigieran todas sus predilecciones.
Y consideraba que esas cualidades —que deseaba conquistar, además de insuflar a aquellos que apreciaban su cocina— no se encontraban en la simpatía facilona que suele inspirar un postre.
Pero decidió retirarse lejos del campo de batalla, prefirió no volver a hablar de ello, no volver a pensar en ello, como si la idea del postre no hubiera existido jamás, y, a modo de colofón de una comida, servir algo que, por casualidad, resultaba ser más dulce que salado, más suave que ácido, aunque difícilmente pudiera recordarse como puro dulzor.
La primera vez que probabas la cocina de la Chef, si la desconocías por completo, te esperabas alguna recompensa mantecosa que coronara los esfuerzos íntimos que habías llevado a cabo para apreciar en su medida —
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muy exigente— todos los platos; entonces, la llegada de lo que a veces era un postre se te antojaba una prueba silenciosa de su mérito, casi de su grandeza, porque para deleitarte debías reprimir tu deseo infantil de algo dulce como recompensa, pero te deleitabas con creces sintiéndote elevado y respetado, te levantabas de la silla alborozado y le dirigías a la Chef ese pensamiento que te recordaba que ibas a estar en deuda con ella durante mucho tiempo: Ha sacado usted lo mejor de mí.
Sí, te deleitabas, y eso, cosa extraña, te otorgaba resolución y ardor, y no te olvidabas de nada.
Y si volvías a engullir postres complacientes, se apoderaba de ti un abatimiento interior —creo yo—, no exactamente como el que te causaría recaer en un desliz o una excentricidad, sino traicionarte en lo más hondo; desde luego, se desvanecía con el paso del tiempo, con la vida cotidiana y las costumbres rutinarias, pero me gusta creer que persistía un remordimiento latente, que se manifestaba en cualquier ocasión en la que sabías que te había faltado atrevimiento o estilo, allí estaba el remordimiento, y no te acordabas de su origen ni de lo que significaba, del mismo modo que cuesta recordar la causa lejana de la tristeza que te asalta a veces al contemplar fugazmente un trozo de pared bajo una luz dorada o el cromo centelleante de una calandria un día desolador de verano; allí estaba el remordimiento por no haber sabido o no haber querido mantenerte en el extraordinario rango al que te había elevado la Chef, durante una comida, por medio de su genio culinario.
¿Que si estoy llorando? No, solo es un poco de agua que me sale de los ojos, no tiene mayor trascendencia.
No soy de los que llora en público, ¿sabe?, no me educaron así, y mi madre se habría burlado de mí sin contemplaciones.
No conocí a mi padre, en efecto, pero no hablemos de mi vida sin haber hablado antes de la de la Chef, mi vida carece de interés, porque realmente nací el día que llegué a su restaurante con la esperanza de que me contratara.
A partir de entonces, apenas vi a mi madre. No tenía mucho tiempo.
Mi vida carece de interés, ya se lo he dicho.
Aquella tarde, en la cocinita de las Landas, la Chef descubrió su reticencia a preparar un postre que únicamente satisficiera la búsqueda de placer, ese es el rasgo más antiguo, más constante de su personalidad como cocinera; le incomodó tanto que permaneció algunos minutos
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inmóvil frente a la mesa, con las manos apoyadas sobre la madera, preguntándose si tenía razón siendo así y temiendo ya, sin darse cuenta, su exceso de intuiciones, aunque tal vez comprendiendo que no podía sino obedecerlas si quería mantener viva y alta la llama de su misión.
Sí, la Chef era una iluminada apacible, una fanática reservada, su llama quedaba oculta en lo más profundo de su ser, solo la conocía el pino que la observaba al otro lado de la ventana, el pino cuyo ardor ascético —a su vez— estaba encerrado bajo la corteza, en el interior de su grueso tronco.
Lo que tenía clarísimo la Chef era que no quería, bajo ningún concepto, imitar a la cocinera de Marmande, cuyo único fin al elaborar postres para los Clapeau era saciar su incesante glotonería, así como su vergüenza tortuosa, miserable, por esa glotonería.
A la Chef le causaba una repugnancia inexplicable, aunque le asqueaba su propia repugnancia, por eso no quería hacer nada parecido.
Simplemente, cuando por la noche, en su cama, había analizado la fugaz sensación de descarrío que le habían despertado un parfait de café, unas natillas, un bizcocho de Saboya o unos buñuelos, le había parecido que lo que subyacía a todos esos postres en su insatisfacción, en su impresión de un error repetido constantemente, era el hecho de que siempre se le antojaran muy dulces, muy grasos, muy insípidos, y que siempre se añadieran a la comida de manera inoportuna y grosera, jamás —pensaba la Chef en la soledad pensativa de su cama— suponían la culminación sabia, concisa, discreta de la comida, que por fuerza era más importante, más grave, más deslumbrante, nunca estaban en su lugar exacto, no eran más que una protuberancia impertinente sobre una forma interesante y calculada con exactitud.
A veces le había asombrado el ahínco de la cocinera de Marmande por elaborar postres que adoraban los Clapeau y su esmero por ajustarse a sus predilecciones, pese a que aquella mujer siempre iracunda solo podía trabajar para los Clapeau a condición de saber que no los colmaba, que siempre se mantenía arteramente a punto de complacerlos desahogando así una parte de su acritud, y la cocinera de Marmande conservaba intacto lo que le gustaba contemplar ensombrecida —pensaba la Chef—, porque jamás se lo entregaría a nadie, su tesoro ilusorio: su potencia creadora.
Pero la cocinera se las ingeniaba para seducir a los Clapeau con sus postres, que no eran sino monstruosas montañas de azúcar y mantequilla, como si —había supuesto la Chef— se permitiera recurrir a su virtuosa
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inventiva siempre y cuando fuera para depravar a los Clapeau, que eran conscientes de que el exceso de azúcar y de mantequilla era perjudicial para la salud —aunque creo que les importaba un comino, preferían las comilonas a la perspectiva de llegar a viejos— y, por añadidura, habían elegido el azúcar y la mantequilla como su mayor perdición, de ahí que les profesaran un odio feroz, sabiendo —o no, lo ignoro— que podrían haber prescindido del azúcar y de la mantequilla con un poco de esfuerzo, mientras que eran incapaces de privarse de la carne con abundante perejil, de las terrinas grasientas y sabrosas o del tocino aromatizado; como no podían odiar aquello que les daba tanto placer, aborrecían el azúcar y la mantequilla, que no les resultaban tan necesarios.
Podrían haber renunciado a esos ingredientes, pero no acababan de decidirse; entretanto, su odio declarado se ensañaba con algo que no era ni de lejos la raíz de su perturbación.
Y como la cocinera lo intuía —ella que conocía a los Clapeau mejor que a sí misma, que los conocía como si fueran sus hijos, sus animales, los ruidos y los crujidos furtivos de su casa—, como intuía que el azúcar y la mantequilla no eran tan importantes para ellos como los demás ingredientes, dedicaba su ira colosal, ilimitada, sin razón y sin posibilidad de apaciguarla, a tratar de que les resultaran indispensables, pervirtiendo para siempre a los Clapeau, que aún entreveían el camino recto.
Como le decía, la Chef no quería meterse en ese embrollo.
Deseaba irradiar a los Clapeau con el resplandor frío, intenso e ineluctable de su dominio sin penetrar en su corazón húmedo, sin tener que rozarles jamás la piel pegajosa y caliente, sin excitar ni provocar, sin condenar ni absolver sus emociones confusas.
Así que elaboró un postre sin pensar en ellos, sin pensar en deslumbrarlos, a diferencia de su objetivo con el pollo desnaturalizado o la sopa de pescado.
Su postre debía ser intransigente, nada adulador, aunque irreprochable en el severo marco de su propósito, de manera que solo se pudiera criticar o ridiculizar o rechazar con indignación ese propósito, no su fruto, de una perfección rotunda.
Con la misma destreza que había observado en los gestos de la cocinera de Marmande, preparó a toda prisa una masa de tarta en la que no puso mantequilla, sino simplemente harina, dos huevos y agua.
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Encima colocó cuartos de melocotón bien juntos, que espolvoreó con una pizca de azúcar, un poco de sal y —en un abrir y cerrar de ojos, fingiendo no darse cuenta— con verbena picada, recogida al pie de la escalera de la entrada.
No estaba segura de que una tarta así quedara sabrosa ni de que los Clapeau se fueran a terminar su ración, habida cuenta de que la receta iba en contra de sus costumbres; tampoco estaba segura del placer que le causaría a ella comer aquella tarta, o tal vez pensara que el placer procedería de algo distinto, de la conciencia de haber elaborado un manjar rigurosamente comedido, armonioso y equilibrado en su austeridad, un manjar que —según la expresión de la Chef que posteriormente le gustaría tomar prestada de la ropa— caía a la perfección.
No estaba segura de si iba a complacerlos o a complacerse con la tarta, aunque sí —prácticamente— de su victoria sintética, cosa que la alegraba, para ella era fundamental tener razón, no tanto convencer, sino saber para sus adentros que no se había equivocado, que su intuición la había guiado bien y que había sabido materializar de la manera más arrebatadora y delicada lo que le había rondado por la cabeza, lo que había flotado en la linde de su espíritu como una imagen que se ve en sueños, precisa, más real que la realidad, evidente e implacable, tal vez fea, pero de una fealdad llena de dignidad y aplomo.
Así, habiendo tenido la visión ideal y sencilla de una tarta de melocotón, con un matiz ambarino subrayado por algo que se imaginó que podría ser verbena, con un toque dorado —mate y sobrio— que le otorgaba una pizca de azúcar caramelizado (la cocinera de Marmande siempre untaba las tartas con un sirope espeso, a base de azúcar y mermelada de albaricoque; servía las tartas brillantes, lustradas, glaseadas como ornamentos de piedra funeraria, y los Clapeau exclamaban: ¡Qué hermosura! ¡Hasta da reparo tocarla!; al recordarlo, la Chef pensó sin inmutarse que tal vez los Clapeau no querrían probar su tarta, de lo fea y anodina que la encontrarían, lo pensó sin inmutarse, solo con cierta decepción anticipada; aborrecía el derroche y sabía que ella solo probaría un bocado de su postre), se enorgulleció al constatar, una vez que hubo sacado la tarta del horno, que no había ninguna diferencia entre el objeto y la evocación premonitoria que había tenido, aunque se olvidó de esta y convirtió la tarta real en el punto de referencia a partir del cual prepararía todas las tartas en el futuro.
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Y, así, disfrutaría elaborando y ofreciendo un postre, sin sentir que se rebajaba y que adulaba al cliente; así, se inventaría la rectitud y el respeto a sí misma en los postres.
El manjar que «caía» a la perfección, ¿verdad?
¿Que si la Chef tenía otras expresiones procedentes de la costura?
No, creo que no. No, la ropa no le interesaba en absoluto y la moda le parecía trivial, inútil.
¿Qué quiere saber, exactamente?
Supongo que, en la casa de las Landas, aquel verano de sus dieciséis años en que el genio de la cocina danzó ante sus ojos castaños y entró de repente en su interior, llevaba una de sus dos faldas de algodón, la de color gris pálido o la azul marino, de cintura alta y plisada, que le llegaban por debajo de las rodillas, así como una blusa beis de manga corta, abotonada hasta el cuello; unas prendas muy sencillas, sin ornamentos, que le había cosido una vecina de Sainte-Bazeille; a la Chef le encantaban aquellos conjuntos que le recordaban a Sainte-Bazeille y a sus queridos padres, que tenían algo de uniforme, en su rigor impersonal y en la medida en que no revelaban nada, ni coquetería ni deseo de gustar, ni una hosca determinación de no gustar, tanto el patrón como los tejidos eran puros y desnudos, inocentes, no significaban nada, no aspiraban a significar nada y, de hecho, no significaban absolutamente nada.
Esas prendas solo eran lo que eran, telas buenas cortadas con habilidad, bien adaptadas a su uso: la simple protección de un cuerpo que, por lo demás, era igual de inocente y mudo y carente de intenciones, el cuerpo menudo de la Chef en la casa de las Landas, su cuerpo joven de dieciséis años, compacto y pequeño, discreto y robusto, que ella trataba con miramientos razonables, sensatos, como una herramienta indispensable para el trabajo que no convenía estropear, pero por el que no sentía ni afecto ni antipatía, al que no prestaba atención, del que no estaba celosa, que no la asombraba y del que no habría sabido decir si era admirable o muy imperfecto, un cuerpo valeroso que prácticamente no cambiaría a lo largo de los años, como si la misma indiferencia que la Chef mostraba por él lo conservara, congelándolo en una juventud eterna y desapegada.
La Chef tenía otras dos faldas para los días de frío, cortadas por el mismo patrón, una de lana escocesa y la otra de punto marrón, así como dos blusas de franela beis; como había dejado de crecer a los trece, al cabo
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de tres años todavía le iba bien la misma ropa, que le serviría durante mucho tiempo; tenía la vaga idea de que la llevaría siempre, porque no gastaba demasiado la ropa —como ella misma decía—, le gustaba la perspectiva de vestir esos conjuntos de Sainte-Bazeille para siempre, de cubrirse con la pureza de Sainte-Bazeille.
Mucho más tarde, cuando la Chef abrió su propio establecimiento, encargó varios conjuntos de trabajo idénticos, que llevaba debajo de su gran delantal blanco y que recordaban bastante a los de Sainte-Bazeille, salvo que reemplazó las faldas por pantalones de corte recto, de color negro o gris claro, que también le marcaban la cintura alta, y metida por dentro una blusa color arena de cuello inglés, siempre abotonada hasta arriba.
La Chef parecía tan acostumbrada a esa clase de prendas, tan sumamente acostumbrada a esa sobriedad desprovista de cualquier ostentación y alarde, a ese despojamiento voluntario carente de significado, que cuando me la encontré un sábado por la tarde cruzando la plaza de la Victoria a paso resuelto tardé unos segundos en reconocer que aquella mujer —que tenía el rostro de la Chef, su mirada oscura, soñadora y sosegada, pero que iba vestida de un modo que nunca le había visto, que nunca habría imaginado, que le habría horrorizado, pensé, como meterse en la piel de un extraño, con sus sentimientos y sus humores— era ella.
La Chef me reconoció y se detuvo a regañadientes.
Me saludó con un tono de voz huraño, distante, y luego apartó la mirada, que dejó vagando por encima de mi hombro, así que comprendí que se sentía incómoda y contrariada por mostrarse de ese modo, en la piel de una extraña que no le gustaba en absoluto, a la que incluso aborrecía.
Acudía a la boda de una de sus sobrinas; para no parecer altiva ni desdeñosa a ojos de su familia —a la que quería de manera fiel, incondicional y triste—, que no habría apreciado verla llegar con un traje pantalón oscuro y una blusa de algodón color crudo, habrían pensado que no quería gastar, que los menospreciaba (creo que solo temía el juicio de su familia —aunque la mantuviera al margen de su vida—, lo temía con un sentimiento de fatalidad melancólico, inconsolable), la Chef había creído necesario vestirse igual que las demás mujeres invitadas a la ceremonia, con un afán de elegancia ostentosa y trágica, por eso se había puesto un vestido de raso fucsia bastante corto y algo entallado, con un cinturón de cuero negro, una torera negra, unas medias de encaje negro y unos zapatos
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de tacón alto, todo ello con el propósito de parecer seductora, pero con una desilusión y un esfuerzo cuyo espectáculo me dejó desolado.
La Chef quería complacer a Sainte-Bazeille, pero ¿qué había sido de la pureza de Sainte-Bazeille?
¿De la frescura intemporal de Sainte-Bazeille?
Sabía perfectamente que ya no quedaba nada de todo eso, su único propósito era apaciguar a Sainte-Bazeille, comprar la aprobación trivial de Sainte-Bazeille, cosa que me dolía y me fascinaba a partes iguales, mientras ella dirigía la mirada de un lado a otro de mi hombro y se toqueteaba los flecos del fino cinturón de cuero que le ceñía la cintura poco marcada, avergonzada, irritada conmigo, porque se me había ocurrido pasar por la plaza de la Victoria al mismo tiempo que ella; la Chef no podía mirarme a los ojos, pero se ofrecía a mi juicio, a mi estupefacción, con un estoicismo enfurruñado, aceptando malhumorada los pensamientos abrumados o burlones que debían de agolparse en mi cabeza en ese preciso instante, pensaba ella.
Y como el sol le daba de pleno en la cara desvalida —una cara cuya mirada perdida ya no la defendía—, descubrí el extraño brillo anaranjado de una base de maquillaje y el rosa pálido de un pintalabios brillante aplicado con una torpeza rebosante de ira —pensé yo—, como si la Chef se hubiera esmerado en no demostrar ninguna habilidad en un ámbito que la exasperaba.
¿Que por qué estaba fascinado?
Pues claro que se lo puedo contar: el caso es que me resistí al deseo, a la tremenda necesidad de arrodillarme ante ella y de abrazarle las piernas cubiertas de encaje negro, sí, ardía en deseos de arrojarme a los pies de la Chef, en plena plaza de la Victoria, en medio del tráfico, y de estrecharla mientras le daba las gracias por mostrarse así ante mí, estaba conmovido y absurdamente agradecido porque ella no había deseado que la hubiera visto de esa manera y solo atribuía a la mala suerte el hecho de habernos encontrado aquella tarde en que se dirigía a la iglesia, su sobrina se iba a casar por la iglesia, la Chef no comprendía aquellas muestras de religiosidad y tal vez las condenaba en secreto, aunque sus padres siempre se habían comportado como si ignoraran la existencia de las religiones y siempre habían cultivado una ética de lo más exigente, pero su sobrina se iba a casar por la iglesia y la Chef acudía obedientemente, al igual que obedecía la exigencia tácita de parecer «bien vestida» según el código que
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prevalecía entre sus familiares, obedecía para demostrarles que los quería y que respetaba incluso su lado menos respetable, se postraba ante ellos, solo se postraba ante ellos, por impotencia, por nostalgia.
A la Chef le parecía que ellos eran Sainte-Bazeille, pero ¿qué conservaban de la inocencia de Sainte-Bazeille?
Aquel vestido de raso desprendía unos reflejos toscos, sin matices, y exhibía los atributos de una feminidad convencional, proclamando con una estridente voz fucsia: ¡Mirad qué hay aquí debajo!
Y allí debajo estaba el cuerpo menudo, sobrio y bien formado de la Chef, su cuerpo menudo y competente, poderoso, bien conservado, que se prestaba a ser deseado y amado con pasión, como hacía yo en mi estudio de Mériadeck, pues la quería por encima de todo.
Aquel cuerpo orgulloso y eficaz no tenía por qué exponerse con un vestido de brillos estridentes, era hermoso y digno en la vitalidad, el valor y la perfección animal que traslucía, mientras que el raso ajustado no mostraba nada de eso, al contrario, el raso ajustado mostraba —con malicia y estupidez— que su cuerpo no era suficientemente bonito para él, que aquel cuerpo valeroso y robusto no estaba a su altura; aquel espantoso raso reluciente solo favorecía a siluetas jóvenes, ociosas y altas.
Las hermanas y las cuñadas de la Chef lucirían un raso parecido o un tejido de punto inmisericorde —lo sabía—, mi madre también se vestía así los días de fiesta, tenía las carnes prietas y musculosas como la Chef, pero las telas fluidas, ligeras, tornasoladas se burlaban de ella, de esa musculatura laboriosa que sobresalía virilmente bajo los brillos idiotas; cuando mi madre se arreglaba de aquella manera tan torpe, tan desgarradora, me abrumaba y me despertaba una compasión amarga.
—Entonces, ¿qué quedaba del esplendor particular de Sainte-Bazeille? Cuando me crucé con la Chef en la plaza de la Victoria, sus padres
llevaban mucho tiempo muertos.
Sus hijos no habían conservado ni un ápice de la grandeza salvaje que los había distinguido, que habría disuadido a la madre de la Chef —pensé yo— de asistir a una boda ataviada con un vestido de raso corto rosa, ella —pensé yo— se habría puesto un vestido hecho a medida por la costurera de Sainte-Bazeille, perfecto y sin brillos, de una majestuosidad oscura.
Los hermanos y las hermanas de la Chef no parecían haber heredado nada de aquel espíritu.
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Me dolía que sus padres no hubieran conseguido ser dignos de imitación, ser edificantes.
¿Cómo era posible —me preguntaba yo a menudo— que solo la Chef pareciera haber tenido conciencia de la admirable originalidad de sus padres, una conciencia desconsolada y culpable, porque creía que la elección de la cocina entrañaba unos compromisos y unos cálculos a los que sus padres jamás habían recurrido (satisfechos como estaban con su pobreza, como recordará usted), mientras que el principal objetivo — palpitante, patético, estéril— de sus hermanos y hermanas —de los cinco
— siempre había sido el de alejarse radicalmente de Sainte-Bazeille, de la apacible y serena miseria de Sainte-Bazeille?
¿Cómo era posible que los adorados padres de la Chef a los demás hijos les parecieran seres repulsivos, inquietantes y lamentables?
¿Y que no hubieran podido impedir la farsa de la iglesia y los vestidos fucsia, ni tampoco el suicidio de los dos más jóvenes?
Me dolía que los padres de la Chef se hubieran muerto sin constatar su fracaso —creía yo— a la hora de transmitir la transparencia de Sainte-Bazeille, que se hubieran muerto con la falsa creencia —pensaba yo— de que habían criado a sus hijos como debían, cuando la silueta de la Chef, dramáticamente moldeada por el raso, y el desaforado empecinamiento de los demás en vivir y comportarse como si fueran los censores más severos de las costumbres de sus padres me parecían la desoladora prueba de que habían convertido a sus hijos en sus enemigos, aunque todavía aflorara el amor, el cariño, un apego irreductible, bajo la forma consternada, triste, que adoptaban esos sentimientos en la relación que la propia Chef mantenía con su hija.
Porque los hermanos y las hermanas de la Chef debían de venerar el recuerdo de sus padres y, al mismo tiempo, aborrecer todo lo que habían significado aquellos padres en su humilde aislamiento de Sainte-Bazeille, pensaba yo mientras contemplaba a la Chef alejándose, encaramada a sus tacones, aquella tarde en que nuestros caminos se habían cruzado y yo me había visto —con la misma precisión que si lo hubiera hecho realmente— arrodillándome ante ella, apretándole los muslos contra mi cara, diciéndole a la vez que la amaba irrevocablemente y que era feliz viéndola tan vulnerable e incómoda con su disfraz de raso, casi tan feliz y conmovido como si sostuviera en brazos su cuerpo desnudo, entregado, rebosante de deseo por mí, como soñaba por la noche en mi estudio de Mériadeck (sin
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pensar en el restaurante ni en cómo mejorar tal o cual plato, sino pensando solo en la Chef, que milagrosamente me amaba y me deseaba y acudía a ese estudio que, a decir verdad, nunca había pisado, que nunca se le habría pasado por la cabeza pisar, por eso yo no podía convertirme en un gran cocinero, porque el amor, el deseo y las quimeras me atormentaban).
En cuanto me hubo saludado con unas cuantas palabras que he olvidado, la Chef se apresuró a cruzar la plaza, algo incómoda por los tacones y aquel vestido que la convertían en una impedida, además de mi mirada que la humillaba, no me cabe duda, y entonces, sin quererlo realmente, echó un vistazo por encima del hombro para saber si yo la estaba observando.
Y como no me había arrojado a sus pies, como no le había abrazado las piernas, intenté que mi mirada reflejara toda la ternura, toda la comprensión y toda la gratitud que sentía por ella, deseando desesperadamente que lo supiera antes de que el tráfico nos separara y de que, por la noche, en la cocina, el pudor nos impidiera evocar aquel momento en que yo la había visto tan distinta a sí misma, tan desamparada y dócil.
Ella se turbó, sorprendida, tal vez.
¿Que si antes de todo eso ya sabía hasta qué punto la amaba?
No, nunca se le había ocurrido, nunca se lo había planteado, yo era alguien demasiado insignificante para ella.
Me tenía aprecio, sí, y estaba contenta con mi trabajo, pero yo no era más que un joven empleado muy discreto, cuya vida privada y cuya carga sentimental no le habían llamado la atención, y eso es lo que la conmovió en aquel instante, descubrir que mis ojos la idolatraban pese a que se sentía empequeñecida y ridícula bajo el raso y las medias de rejilla, eso es lo que la conmovió, aunque yo no fuera nadie relevante, nadie a quien ella le hubiera alegrado gustar; además, yo era demasiado joven, no le interesaba lo más mínimo.
Pero, a partir de entonces, estaría obligada a mirarme con conocimiento de causa, pensé mientras contemplaba su espalda vacilante desapareciendo entre el gentío de la plaza de la Victoria.
Simplemente albergaba la esperanza —fervoroso y angustiado— de que su descubrimiento perplejo de mi amor no fuera a cambiar su manera de comportarse conmigo en la cocina, lo cual demuestra que en aquella época aún no la conocía demasiado, porque me pareció evidente que una
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revelación de ese calibre no influiría en absoluto en las cualidades de la Chef a la hora de trabajar, ella siempre actuaba conforme a lo que le exigía el trabajo y jamás hubiera permitido que ninguna clase de emoción se inmiscuyera entre la actitud precisa que requería el trabajo y el trabajo mismo, jamás hubiera permitido que la vergüenza, el placer o el disgusto modificaran ni un ápice la excelente relación profesional que manteníamos, por mucho que nadie se diera cuenta, por mucho que no perjudicara el trabajo. Solo su hija, como tal vez ya sepa, tuvo el poder de socavar su carrera, como le contaré en breve.
También nos gusta el fugaz invierno de Lloret de Mar, aunque finjamos suspirar tras el verano por las terrazas abrasadoras la piscina dorada resplandeciente y nuestra jovial embriaguez constante, en invierno estamos más sobrios en Lloret de Mar, conducimos por el campo banal repleto de casas, recibimos clases particulares de español, convocamos el club de lectura abandonado durante la época estival. Nos juntamos con otros franceses, librándonos así de la fastidiosa prueba de conocer a extraños en una lengua que no dominamos, eso no nos molesta, nada nos molesta y no le hacemos daño a nadie, circulamos por carreteras bordeadas por chalés horrendos, cantamos en el coche de Michèle de Christine de Martin, olvidándonos del tiempo que marchita los rasgos y el cuerpo de los demás, el invierno grisáceo y lluvioso es cortísimo en Lloret de Mar.
¿Los padres de Sainte-Bazeille? ¿Que cómo se murieron? Cuando ocurrió, yo aún no conocía a la Chef, me lo contaron. En el restaurante, compañeros de trabajo, a media voz.
No me gusta repetir esa historia, establece un vínculo fatídico, aunque solo fue fortuito, entre la Chef y esa muerte, dando pábulo a rumores malvados; la Chef ya debió de sufrir suficiente por esa espantosa circunstancia como para que, además, se hurgue en la herida, que supongo que sigue abierta, dondequiera que ella esté hoy.
Sus padres se murieron juntos en un coche que conducía su progenitor y que les había comprado la Chef una semana antes.
Inexplicablemente, el padre se saltó una señal de stop. Un coche que llegaba a gran velocidad por la carretera principal chocó contra el suyo lateralmente.
El padre se había sacado el permiso de conducir durante el servicio militar, pero nunca había tenido coche antes de aquel flamante Fiat que les
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había regalado la Chef; ella había querido regalarles tantas cosas, empezando por una casa, para que no se vieran obligados a vivir en la casucha de Sainte-Bazeille, pero sus padres lo rechazaban todo, tanto la casa como los muebles o los electrodomésticos, lo rechazaban todo — supongo— con la misma expresión afable, delicada, irreductible y poco interesada que adoptaban cuando los convocaba un profesor, y tanto la Chef como antaño el profesor comprendían que no había nada que hacer contra aquel rechazo tan suave, sin formular, perfectamente claro, y que una resistencia tan incorruptible no se podía doblegar: la Chef jamás se atrevió a obligarlos a que aceptaran algo que les hubiera traído ella o que hubiera ordenado entregarles con el pretexto de un regalo-sorpresa.
Sé lo desdichada que había sido la Chef por aquella tozudez, aunque ese rasgo casi inaudito del carácter de sus padres contribuía a la adoración que les profesaba.
Pero ese carácter se volvía aterrador y desafortunado cuando no hacía distinciones entre ella, su hija —con su amor inmenso y respetuoso—, y todos aquellos que habían intentado forzar su voluntad.
Porque la Chef no quería obtener nada de ellos, simplemente quería que aceptaran la idea de una vejez confortable, de una pobreza relativa, y tal vez también deseaba, aunque muy modesta y fugazmente, que su amor fuera correspondido, y podrían haberle mostrado su amor así —pensaba ella—, renunciando por una vez a su voluntad de no recibir nada, sin inmutarse ante la adversidad, como llevaban haciendo desde siempre. ¿Acaso ella no era su amiga, su mejor amiga, la más leal, sin duda alguna?
¿Cómo podían suponer que ella no se iba a sentir herida, incluso ofendida, cuando, siendo ya rica, tuviera que continuar visitando a sus padres en la casucha infecta de Sainte-Bazeille?
¿Acaso el verdadero espíritu bienaventurado de Sainte-Bazeille era aquella ineptitud para consentir, para reconocer la ofrenda impregnada de ternura, para acogerla en casa con naturalidad?
Todo eso lo digo yo.
A la Chef no le parecía ninguna ofensa, solo le preocupaban sus padres, cuya salud se iba deteriorando entre las paredes podridas por la humedad de aquella casa que se obstinaban en no querer abandonar; no lo decían, pero tal vez pensaran: Así estamos muy bien, no le hemos pedido nada a nadie, ¿por qué nos atosiga con sus preocupaciones y su deseo de
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procurarnos una vivienda mejor, si nunca hemos codiciado lo mejor, si hasta hemos rehuido lo mejor, intuyendo que nos perjudicaría?
Pero, cuando me contaba aquel pulso absurdo, con una voz artificiosamente burlona, con el propósito de hacerme creer que no tenía mayor trascendencia, a mí sí que me ofendía —por la Chef— y sus padres volvían a irritarme, dos personas excelentes que no tenían corazón, incapaces de renunciar a su libertad para acoger una muestra de afecto puro, de apego desmedido, que exigía tan poco.
La Chef dejó su relato a medias.
La continuación de esa historia, que adiviné y reconstruí a partes iguales conversando con una hermana de la Chef, siempre me ha parecido paradigmática de las desafortunadas decisiones que acaban tomando algunas personas testarudas, con un arranque repentino extrañamente audaz, una desastrosa manera de jugarse la última carta en una mesa que no es la de la partida empezada, sumiendo a los presentes en la confusión y en una especie de embriaguez que, por unos instantes, aborta cualquier capacidad de reflexión, y así fue como los padres, habiendo declinado por enésima vez la propuesta de la Chef de comprarles una casa bonita en Sainte-Bazeille, anunciaron de sopetón que lo único que les hacía ilusión era un coche, no sé si realmente les tentaba la idea de tener un coche o si les había parecido una manera de apaciguar a la Chef, de mitigar la necesidad que mostraba ella de colmarles de regalos, lo ignoro, pero tal vez se les antojara una solución para que ella los dejara en paz sin obligarlos a renunciar a su voluntad de vivir a su manera, porque un coche sería un regalo de envergadura, aberrante y, para ellos, carente de importancia.
La alegría de que por fin le pidieran algo obnubiló por completo a la Chef.
¿Cómo pudo dejar conducir a su padre, que, por así decirlo, nunca había conducido, siendo ella tan sensata?
Su hermana, a quien interrogué, no supo qué contestarme, se encogió de hombros y, acto seguido, formuló la hipótesis de que quizá ni los padres ni la Chef se habían imaginado realmente que alguien llegaría a conducir aquel coche, que quizá a los tres les había bastado, de manera implícita, con saber que el vehículo que ocupaba buena parte del patio, frente a la casa, era una muestra de la solicitud de la Chef y del reconocimiento de su amor por sus padres —de corazón cortés y cerrado, añadí yo para mis
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adentros—, y no sería de extrañar —prosiguió la hermana— que sus padres hubieran pensado vagamente que acabarían dando el coche a algún hijo suyo que lo necesitara, una vez transcurrido un tiempo razonable a ojos de la Chef, no sería de extrañar —dijo la hermana—, pero, por desgracia, las cosas fueron por otros derroteros y nuestro padre se puso al volante contra toda previsión y contra toda razón y ya sabe usted cómo acabó la cosa, esa actitud no tiene ninguna explicación.
La hermana también me contó que, en el transcurso del funeral en Sainte-Bazeille, la Chef, antes de desmayarse, había proferido una especie de lamento ronco y helador.
La Chef nunca me dijo nada al respecto; cuando, algunas noches, evocaba a sus padres, durante nuestras conversaciones en la cocina vacía, hablaba de tal manera, sistemáticamente en presente, que yo creía que continuaban vivos, así lo habría creído si mis compañeros no me hubieran advertido desde el principio, un poco por casualidad, probablemente, y luego —pensé yo— a propósito, con una prisa exaltada, deseosos de demostrarme que conocían algunos secretos de la Chef, que tenían el poder de desnudarla, hasta de herirla en extremo, a ella que no permitía que nadie se le aproximara demasiado. No me toquéis, parecía decir su mirada vuelta hacia el interior, su cuerpo entregado por completo a las exigencias del trabajo, su sonrisa afable y fugaz que nunca bromeaba, que protegía otra sonrisa que creo ser de las pocas personas que ha visto: amplia y suave, tierna, confiada.
¿Sí? Bueno, la hija de la Chef, de niña, debió de ver esa preciosa sonrisa inclinándose hacia ella, pero no me cabe ninguna duda de que la suspicacia, la tristeza y la decepción se la velaron a partir de la adolescencia; posteriormente, la Chef solo conseguía enarcar los labios sin alegría, tanto si estaba con su hija como si un correo electrónico extravagante y agresivo de su parte la obligaba a pensar en ella; procuraba no pensar en su hija, ¿sabe?, pero no podía ignorar los correos electrónicos que esta le dirigía, y cuando yo estaba con la Chef, como era siempre el caso en los últimos tiempos, observaba cómo se le abría la boca en una espantosa sonrisa torcida y desolada ante la pantalla del ordenador, entonces reparaba en que acababa de recibir noticias de su hija y le ponía las manos sobre los hombros, con suma suavidad.
Murmuraba: Otra vez mi hija, y yo le contestaba, en un susurro: Da igual, aquí estoy.
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Mis manos se habían vuelto ligerísimas, sentía el calor de su piel, me convencía de que se relajaba, de que me amaba, de que me necesitaba, de que me amaba.
No, no sé si los Clapeau llegaron a conocer la verdadera sonrisa de la Chef.
Me extrañaría.
Cuando pusieron la mesa en el comedor —medio abatidos por el nerviosismo y la ansiedad, de ahí que, sin querer, hubieran puesto cara de circunstancias, decaída, solemne, curiosamente piadosa—, parecían aguzar el oído, pero no hacia la cocina, donde desde hacía horas trabajaba su joven empleada —su criada de dieciséis años, cuya promoción al puesto de cocinera les parecía de pronto una extravagancia que les preocupaba; no se reconocían en ese desenfreno, tal vez se reprocharan haberle otorgado una responsabilidad tan grande y estaban algo resentidos por que la hubiera asumido de manera tan imprudente—, sino hacia los pinos que protegían y rodeaban la casa, que lo veían y lo sabían todo, los pinos mudos.
Los Clapeau se sentaron a la mesa, el uno frente al otro. Aguardaron en silencio, con ademán grave y confuso.
Entonces se abrió la puerta de la cocina, apareció la pequeña silueta decidida de la Chef y volvió a apoderarse de ellos la misteriosa, la íntima creencia que aquella misma mañana ambos habían albergado acerca de su talento, observaron el embeleso de su mirada oscura, sintieron de nuevo — sin ser conscientes de ello— el ímpetu de su tensión perfectamente contenida en el rostro sereno, en el busto estrecho, que parecía palpitar como de costumbre, perfectamente contenido, una tensión que apenas se manifestaba en forma de minúsculas gotas de sudor en la frente.
Se dieron cuenta de que la muchacha estaba exultante, pero que en su corazón bien domado empezaba a brotar el sufrimiento, porque aún no había aprendido a gobernar por completo su milagrosa contención, de tal manera que esta le permitiera enfrentarse con una indiferencia calculada a la enorme esperanza de los Clapeau y a su reacción a lo que les servía, aún no era el momento de echarse a temblar, pugnaba por resistirse, era difícil, empezaba a brotar el sufrimiento.
Se presentó ante los Clapeau y, acto seguido, regresó a la cocina, dejando la puerta abierta.
No había abierto la boca; ellos tampoco.
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Como solo había encontrado una sopera con unas rosas pintadas que le parecía que no encajaba en absoluto con el pescado, sirvió la sopa directamente en la austera cacerola de hierro colado, la colocó en la mesa y quitó la pesada tapa con un gesto preciso.
Era consciente de que estaba hiriendo la sensibilidad convencional de los Clapeau al condenarlos a mirar aquella espantosa cacerola de hierro — así debían de considerarla— y que hasta podrían ofenderse, como si se tratara de una iniciativa obscena por su parte, pero tenía la esperanza de que la violenta, la áspera majestuosidad que iba a desprender el contraste entre la cacerola —fea, irreprochable, orgullosa— y el mantel de lino bordado y los cubiertos de plata traídos de Marmande apagara imperiosamente cualquier veleidad de protestar por parte de los Clapeau, hasta cortar de raíz su impresión de que era algo poco elegante, no porque su punto de vista sobre qué merecía servirse a la mesa hubiera cambiado de repente, sino porque el poder de la cacerola de hierro (autoritariamente decretado por la propia cacerola de hierro) los intimidaría al cogerlos por sorpresa.
La Chef sumergió con delicadeza el cucharón en la sopa y, acto seguido, dio un paso atrás y regresó a la cocina; había planeado dejar que los Clapeau se sirvieran ellos mismos, deseosa de que vieran todo el potaje ocre entre las paredes negras de la cacerola y de que observaran la consistencia espesa y sabrosa de esa sopa tan distinta del avaricioso caldo de mortificación al que los había sometido la cocinera de Marmande; la Chef deseaba impresionarlos y ganarse su voluntad, me contó, disculpándose, tratando de justificar algo que, posteriormente, consideraría arrogante, esa voluntad de obligar a los comensales a admirar su trabajo antes de empezar a comer.
En lo sucesivo, se esforzaría por no presentar nada admirable en su apariencia, nada capaz de extasiarlos, sino, por el contrario, una disposición de bandejas o de platos de una belleza tan delicada, tan sobria, tan rigurosa, que solo interpelara la mirada si esta se mostraba receptiva y preparada para semejante embeleso, si lo deseaba.
Y si no lo deseaba, si no reparaba en esa belleza que se quedaba en la retaguardia, la Chef consideraba que no tenía mayor importancia, que lo que se había escapado a la mirada no impediría en absoluto que el comensal apreciara la comida, del mismo modo que no tenía nada en
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contra de los que engullían como si fuera comida de rancho, la Chef no creía que por eso la saborearan menos.
Siempre pensó que los platos de aspecto llamativo encubrían algo y ese algo no le gustaba: un orgullo absurdo o mal llevado, un grito pueril o incluso un intento de desviar la atención de la labor del cocinero, quien, en definitiva, no había sabido o no había considerado necesario armonizar la materia prima con la maestría que trataba de demostrar, vanidosamente, a través de un hojaldre en forma de cisne o de una sorprendente góndola de guirlache.
La Chef aborrecía hasta la idea misma de abrumar al comensal, era toda delicadeza.
Siempre he pensado que el esplendor que componía con suma humildad en un plato incluso perduraba en los sueños de aquellos que ni siquiera lo habían observado, despertándoles el alma a armonías de otro orden; era como un suplemento de percepción y de sensibilidad del que la Chef no sabía absolutamente nada, del que no podía saber nada ni podía pretenderlo, un prodigio desconocido que se apoderaba de ella, ella no debía saber nada, no debía comprender nada.
Pero, en aquella primera cena en la casa de las Landas, decidió no servir la sopa de pescado en el plato de los Clapeau con la intención de que, al inclinarse sobre la cacerola de hierro, se vieran obligados a constatar el brutal y placentero equilibrio entre los ingredientes y los colores, el lomo de bacalao —cuyos reflejos rosados seguían intactos en el potaje brillante—, los bordes rugosos de la modesta cacerola, que en su feroz dignidad no se enorgullecía de contener y presentar una sopa refinada, no era recompensada por ello, sino que aceptaba ofrecerle a la sopa, con una gracia algo adusta, el favor de su propio e indiscutible refinamiento.
La Chef esperaba que, gracias a la seguridad absoluta de la cacerola de hierro, los Clapeau se olvidaran de la sopera con pequeñas rosas pintadas, que se olvidaran incluso de que existían soperas con pequeñas rosas.
Y la Chef tenía la esperanza de hacer comprender a los Clapeau que su intención no había sido en absoluto ofenderlos, sino que, por el contrario, atreviéndose a presentarles la cacerola de hierro, su poder casi alarmante, les demostraba hasta qué punto confiaba en su juicio, aunque eso no fuera del todo verdad, la Chef solo contaba con la clarividencia de los Clapeau en la medida en que ya llegaban a la mesa subyugados por los pinos,
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sometidos a la necesidad de sustituir como fuera a su cocinera habitual, además de consumidos y empequeñecidos por los pinos, que los conocían pero no les dirigían la palabra, que conocían sus debilidades y sus defectos pero los ignoraban.
La Chef habría querido decirles: No teman la cacerola de hierro, aunque presentía que, en realidad, la cacerola de hierro no tenía tanto poder como para contrariar o sacudir el pequeño universo de los Clapeau; casi habría querido calmarlos, apaciguarlos, acariciándoles con aplomo la frente inquieta; le gustaba verlos contentos.
Se retiró a la cocina y se dedicó a sacar el pollo del horno mientras escuchaba los ruidos apagados procedentes del comedor.
Solo oía el tintineo de las cucharas contra la porcelana de los platos; la Chef sabía que a los Clapeau no les gustaba charlar en la mesa, que toda su atención estaba volcada en las sensaciones que les procuraban los alimentos y que, incluso cuando tenían invitados, se guardaban escrupulosamente de dar conversación, indiferentes a lo que pudieran pensar.
A la Chef le pareció que no decían ni pío; al cabo de un rato, le dio la impresión de que ya se habían terminado la sopa. Se quedó un poco aturdida.
Pero, envuelta en esa serenidad trabajada y protectora que le permitía actuar imperceptiblemente alejada de sí misma, como si controlara y dirigiera su mente a cierta distancia, fue a quitar los platos y, a continuación, la cacerola de hierro fundido, rehuyendo la mirada de los Clapeau, aunque, en un momento dado, no pudo evitar echar un vistazo a la señora Clapeau, que había alzado la mirada hacia ella, con timidez, y la había apartado enseguida, mostrando su turbación, y entonces la Chef constató que habían vaciado los platos y que solo quedaba un culín de sopa en la cacerola, cosa que la reafirmó, pero la dejó todavía más perpleja respecto al extraño fulgor que había vislumbrado en los ojos de la señora Clapeau, que parecía seguir brillando tenuemente entre ambas, ¿acaso ese desconcierto no la convertía a ella, la Chef, en una hechicera?
En la misma bandeja de hornear (una fuente de hierro esmaltada de color rojo sangre) sirvió el enorme pollo saqueado y luego resucitado como en una broma macabra, acompañado de verduritas que aún crepitaban sobre la poca grasa, dorada y perfumada, que había desprendido a conciencia, con garbo, el admirable pollo de los Joda.
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Sin dejar de sostener la bandeja, les mostró la piel cobriza y reluciente, tan tirante que casi se resquebrajaba sobre los filetes turgentes por el relleno, sobre los miembros anormalmente hinchados del pollo; quería que los Clapeau pensaran que se trataba de una simple ave al horno, con el propósito de redoblar el engaño, de alardear de su virtuosismo de maga, me confesaría la Chef con dificultad, avergonzada como pocas veces la había visto cuando me contaba algo.
El caso es que, después de que se hubiera llevado el pollo a la cocina para cortarlo y servirlo troceado en una gran bandeja de loza verde, una vez que la hubo colocado en la mesa, nada más ver la extraña carne desbordante, el señor Clapeau exclamó: ¡Ha preparado un cromesquis gigante con el pollo entero!, y la señora Clapeau profirió un sonido bronco que, lejos de sosegar a la Chef —que a punto estuvo de perder la sangre fría, porque aquel ronquido le pareció la réplica sonora de la llama de espanto que aún creía ver brillando entre el rostro de la señora Clapeau y el suyo—, la señalaba como a una bruja sin miramientos, no porque hubiera humillado al hermoso pollo de los Joda, sino porque —intuyó de manera confusa la Chef— se permitía exhibir la influencia que creía tener sobre los Clapeau, que ya tenía sin duda alguna, una influencia que la señora Clapeau ya no discutía, del mismo modo que ya no se rebelaba contra la fría autoridad de los pinos, aunque la señora Clapeau habría preferido que esta flotara tácitamente en el aire, en lugar de ser expuesta con crudeza en una bandeja de porcelana verde, en una descarada cacerola de hierro; entonces una cadena se cerró en torno a ellos y la señora Clapeau, derrotada, se estremeció.
La Chef pensó enseguida: He ido demasiado lejos, pero no había ido demasiado lejos, había llegado al punto a partir del cual los Clapeau ya no podrían liberarse de ella.
La señora Clapeau solo necesitaba un poco de tiempo para adaptarse. Con un aire indeciso, el señor Clapeau examinó la cara ladeada y
mustia de su mujer y, a continuación, dirigiéndose a la Chef, susurró: Muy bien, muy bien, aunque el nuevo aplomo de la Chef aún no le había sugerido la influencia que esa muchacha de dieciséis años iba a tener en su vida a partir de entonces, se lo hizo entrever el pavor de la señora Clapeau, pero ya estaba subyugado, los dos estaban subyugados, doblegados por completo, y, a regañadientes, con rencor, lo consentían.
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Incómodo, pero bondadoso, añadió: ¿Conque ya sabía que me encantan los cromesquis?
La señora Clapeau le clavó una mirada de sorpresa ligeramente indignada —le pareció a la Chef—, aunque rebosante de fría compasión; habían caído cautivos, el señor intentaba encontrar un punto medio con la muchacha, ¿acaso se pondría de acuerdo con los pinos, con la muchacha, con las fuerzas hechiceras?
La muchacha había vivido en su casa, cerca de ellos; ahora estaba en su interior.
Debían dar su aprobación con un mínimo de dignidad.
La Chef le ahorró al señor Clapeau la vergüenza de una respuesta, escabullándose hacia la cocina, donde —conmocionada, alborozada como nunca lo había estado, despiadada, casi cruel— abrió la ventanita y, alargando el cuello, puso la frente contra la corteza del enorme pino, que callaba, pero la Chef no esperaba nada de él, el pino no podía enseñarle nada que ella no supiera ya —pensaba con una audacia fría—; pensara lo que pensara, el pino callaba y la corteza le arañaba la frente.
¿Me pregunta qué bebían los Clapeau?
Por supuesto, sí, habían traído su vino de Marmande. Solo bebían vino tinto y siempre el mismo, Château Léhoul, un Graves, decían que el blanco les hacía soñar cosas raras.
Yo creo que temían sumar otra pasión a la que sentían por la cocina y, conociéndose, se refrenaban en ese aspecto, porque no les causaba demasiada frustración; desde hacía mucho tiempo, habían decidido no pensar en el vino, no dejarse llevar por la curiosidad y el gusto por el vino; habían elegido aquel Léhoul, que era bueno, y se habían olvidado de cualquier otro vino.
La continuación y el final de aquella primera cena en la casa de las Landas, pese a que la Chef fue bastante parca de palabras cuando me lo contó, porque no le parecía relevante (pero yo había aprendido a desconfiar de su desparpajo cuando quería distraer mi atención de algún punto en particular, aunque sin ocultarme el resto, por una cuestión de honestidad; ¡cómo conocía hasta el menor gesto de su amado rostro!), creo que se distinguió por la determinación instintiva de la que hicieron gala los Clapeau para concederse cierta libertad dentro de los límites de su sumisión y, así, salir del estado de estupor, ligeramente atenuado por la aprensión, en el que los había sumido la revelación y la aceptación
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forzosa, deslumbrada, de la autoridad de la muchacha, del hecho de haberla elegido; lo habían deseado y lo habían temido a partes iguales, sin saberlo, ¿cómo iban a mostrarse repentinamente entregados y entusiastas?
Sí, sí, ¡claro que les había gustado la sopa y el pollo!
Pero fue tal su arrebato, su embeleso, que no habían podido juzgar y degustar realmente la comida, les habían flaqueado las fuerzas, se les había esfumado la disciplina, habían engullido de una manera que detestaban, arrastrados por un placer desbocado que su intelecto no sabía canalizar, hecho que a posteriori siempre les causaba tantos remordimientos que a veces sentían deseos de aborrecer la comida.
La tarta de melocotón les permitió conquistar modestamente esa libertad dentro de su jaula, de ahí que la Chef, para sus adentros, no la recordara como un fiasco; comprendió enseguida la necesidad visceral de los Clapeau de volver a moverse, aunque fuera en un espacio reducido y bajo la poderosa mirada de la muchacha, y le pareció comprensible —e irrelevante— el hecho de que la tarta de melocotón les brindara la ocasión; a fin de cuentas, no era más que un postre.
Así, dejó que los Clapeau interpretaran como una broma extravagante la tarta de melocotón con verbena prácticamente sin azúcar.
En lo sucesivo, mostrarían un deleite particular, frenético, al describir a sus allegados su estupefacción ante aquella tarta absurda, manifestarían su supuesta consternación de tal manera que resultara cómica, creyendo disimular así el poder de la muchacha que se había apoderado de ellos, que los tenía subyugados.
Pero sus carcajadas parecerían falsas, su relato no haría gracia; en el fondo, los Clapeau eran inocentones, bastante bondadosos, poco hábiles engañando a la gente, por eso sus carcajadas parecerían falsas.
De lo que no cabría duda sería de la magnitud de su incomprensión frente a lo que había sido de ellos, de hasta qué punto no se reconocían, pese a consentirlo.
Una vez que hubieron expresado con franqueza su asombro por el aspecto de la tarta de melocotón, se tragaron algunos bocados con reticencia y, cuando la Chef hubo regresado a la mesa, esbozaron unos gestos complacientes y apartaron el plato, manifestando tal alivio por no sentirse ya aterrados y estúpidos que de repente parecían achispados, aunque tímidos, dispuestos a adoptar de nuevo su temeroso mutismo si la Chef daba muestras de irritarse por su reacción (tal era su temor a que ella
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no quisiera volver a cocinar), hecho que conmovió a la Chef, que sintió deseos de abrazarlos.
Menudo postre tan raro nos ha preparado, dijo el señor Clapeau, recuperando la confianza en sí mismo.
Se rio a propósito para demostrarle a las claras que no se trataba de un reproche, se rio otra vez para que la muchacha comprendiera que de sus labios jamás saldría ni un solo reproche.
Fuera lo que fuera lo que ella había querido expresar con su tarta de melocotón incomible, él jamás se permitiría criticarla, pero sí que se atrevía a reírse, pensando que ella tal vez les había gastado una broma extraña, en cualquier caso, nunca le transmitió su confusión ni su decepción cuando se enteró de que no había otro postre.
Entonces la Chef también se echó a reír, deseosa de que los Clapeau supieran que le despertaban cariño, ni un ápice de desprecio, que ella no estaba de parte de los pinos oscuros y mudos, sino que a veces hasta le inspiraban ternura, en su debilidad.
Entonces se echó a reír con ellos.
Probó la tarta de melocotón y la encontró perfecta, pero fingió que no era exactamente como quería.
Siguió riéndose con la boca llena, sabiendo que, en el exterior, los pinos la observaban con desaprobación, pues no eran tan bondadosos como los Clapeau.
Sí, se lo pregunté y, con ligeras modificaciones, era la misma tarta de melocotón que, entre los platos más conocidos de la Chef, tiene tanta fama como la pierna de cordero en camisa verde o el fuagrás sobre un lecho de rábanos negros y remolacha roja; a la Chef siempre le encantó confeccionar y que le reclamaran esa tarta de melocotón que, en la casa de las Landas, había dado pie a una hilarante bienvenida por parte de los Clapeau, hasta sentía gratitud por esa tarta de melocotón que había concedido a los Clapeau la escasa emancipación sin la cual, tal vez, durante los años posteriores no habrían aguantado tanta dependencia de la muchacha, sí, se trata de esa famosa tarta de melocotón, pues sí, igual los Clapeau habrían acabado perdiendo la razón, quién sabe, la Chef no era del todo consciente de ello.
La tarta de melocotón que conocemos se enriqueció con finas rodajas de melón español crudo y la Chef cambió la masa por otra de hojaldre, pero para ella seguía siendo la tarta de la casa de las Landas, el único
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postre que la vi comer con apetito; por lo demás, la Chef no era nada nostálgica.
Era una manera íntima, secreta, de enviar un gesto de agradecimiento a los Clapeau más allá de la muerte que los separaba, aquella tarta era como una señal dirigida a ellos, aunque nunca alzaba la mano en dirección a sus padres ni la agitaba suavemente hacia sus dos almas unidas; era demasiado doloroso, desde luego.
La Chef dedicó los dos meses de verano en la casa de la Landas a cocinar al más alto nivel de sus capacidades a fin de consolidar su posición en el espíritu de los Clapeau —pensaba ella—, aunque resultara superfluo, a decir verdad; por su parte, los Clapeau se dedicaron a acompañar a la muchacha a todas las tiendas, a todas las granjas de los alrededores, y a esperar en casa —la casa replegada e inútil y desatendida, cuyo corazón solo latía en la cocina— a que la muchacha anunciara que la comida estaba lista.
Y mientras que los veranos anteriores los Clapeau se habían inventado vagas ocupaciones y habían insistido para que sus hijos fueran a visitarlos durante algunas semanas, su nueva devoción por la muchacha parecía haber trazado un círculo ardiente alrededor de la casa, cuyo umbral ya solo franqueaban para viajar en coche con ella, y, de hecho, cuando sus hijos anunciaron su llegada, los Clapeau fueron presa de un pánico singular, de un desaliento invencible, hasta el extremo de postergar cualquier visita con el pretexto de unos daños por agua ficticios en los dormitorios, porque deseaban ferozmente estar solos y entregarse ferozmente al conocimiento y a la comprensión de la extraordinaria cocina que la muchacha se inventaba para ellos.
Cuando hablábamos de ello, la Chef reconocía que los tres habían acabado atrapados en un torbellino de exaltación que los elevaba sin cesar, que los agotaba sin que se dieran cuenta, aunque ella en menor medida, porque su labor le impedía perder el equilibrio, y si la estancia en las Landas se hubiera alargado, si hubieran permanecido en aquella violenta, en aquella fantástica soledad de tres —con el corazón devorado por el de la casa, que solo latía en la cocina—, la conciencia de los inauditos deberes que entrañaba su función, así como la conciencia que tenían los Clapeau de la veneración que le profesaban, habrían acabado con ellos, reconocía la Chef.
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Por la noche, una vez en la cama, aunque la zozobra que experimentaba era más leve, la Chef seguía pensando que eran tales sus esfuerzos por servir a los Clapeau todos los días unos platos que superaran a los de la víspera en inspiración y en sabor que podría llegar a perder la cordura por un tiempo, pero jamás la perdía del todo, aunque en sueños tuviera visiones de alimentos y de vajillas y se despertara sobresaltada, inquieta, porque una voz le había susurrado que la salsa de ajo, nata y yema de huevo se estaba quemando.
Con todo, por la mañana se levantaba en un estado de impaciencia apacible, de plácida alegría, ante la perspectiva de ponerse a trabajar; descalza, sentía las baldosas de cemento tibias y rugosas, y los pinos —ya familiares— se alegraban de acogerla, ella hablaba en voz baja, se sentía bien, los pinos también se sentían bien.
Durante las horas siguientes, cuando los Clapeau se levantaban a su vez y ella les llevaba el café y todo lo necesario desde la cocinita —donde no se atrevían a entrar—, se daba cuenta de que, poco a poco, la tormenta volvía a apoderarse de ella, y entonces debía resistirse a la excitación intensa, perjudicial, que desprendían sin querer los Clapeau, extraviados, a veces eran como niños a los que debía cuidar —pensaba ella—, y era la contrapartida justa a su renuncia a sí mismos, y ella era responsable de los Clapeau como un propietario de sus animales o una persona de los niños de los que está a cargo sería responsable de sus desórdenes y de sus faltas, de sus penas, de su vértigo, si se enajenaban.
Con la perspectiva del tiempo, el hecho de que entonces hubiera pensado que debía afianzar su posición respecto a los Clapeau le parecía una bobada. ¿Acaso no eran ellos, más bien, quienes debían afianzar su posición respecto a ella, quienes debían esforzarse por no disgustarla, acaso no eran ellos quienes experimentaban una necesidad mayor, quienes vivían atenazados por unas ilusiones que debían refrenar constantemente?
Cuando, pasada la medianoche, los dos nos encontrábamos en la cocina ordenada y la cabeza me daba vueltas por la fatiga, me gustaba preguntarle a la Chef qué platos había preparado en la casa de las Landas, y luego me llevaba esos nombres y esas descripciones a mi estudio de Mériadeck, donde me consolaban durante los minutos siempre deprimentes que tardaba en conciliar el sueño.
La Chef lo sabía perfectamente, porque adoptaba un tono de voz más bajo y más dulce, casi cantarín, para desgranar la lista, como si quisiera
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que yo retuviera, además de los nombres, las virtudes de su entonación suave, y que fuera como si me arrullara cerca de mi cama; la Chef velaba tanto por mí que a menudo tuve la tentación de creer que se trataba de amor, de un amor entre un hombre y una mujer y no de una madre hacia un joven, hasta que dejé de creerlo o de preguntármelo para limitarme a esperarlo, aguardé con el corazón paciente y fiel a que me mandara una señal clara, que no llegó o tal vez sí, pero cuando mi fidelidad flaqueó, algo que aún no me he perdonado, y por eso no supe recibirlo.
Pero, ante mi mirada curiosa e inofensiva, en la cocina, en calma, a la Chef le gustaba complacerme y siempre me contaba en un orden distinto que había cocinado para los Clapeau pata asada con zumo de arándanos, ravioli de salmón fresco, conejo de monte confitado, fricasé de hinojo y de zanahorias con miel de lavanda, una dorada rellena de berenjenas y pistachos, buñuelos de coliflor con salsa picante, pichones con manzana y col lombarda, caballas al ajo, escalopa rellena de fuagrás sobre un lecho de compota de higos blancos, champiñones rellenos de carrillera de buey, mollejas de cordero con acedera, gambas salteadas con pimienta y enebro, una ensalada de verdolaga y de higaditos de pollo, una crema de almendras amargas y huevos con leche de cabra, todos ellos platos que preparaba para cenar y cuyas sobras aprovechaba para la comida del día siguiente, habiendo pactado con los Clapeau que no iba a preparar dos comidas diarias.
Habían llegado a ese acuerdo para que pudiera respirar un poco, como decían los Clapeau, aunque en realidad ella no podía tomarse ningún respiro —me confesó la Chef con una risita—, porque se las ingeniaba para transformar las sobras en platos sorprendentes, para lograr que parecieran aquello en lo que se convertían, como las caballas con las que elaboraba una terrina a las finas hierbas, los pichones que usaba para un hojaldre o el conejo de monte convertido en una gelatina con guisantes, y ese trabajo que llevaba a cabo todas las mañanas, no, no la liberaba en absoluto, sino que le exigía más fantasía incluso, me dijo la Chef, a quien la enérgica creatividad de aquella muchacha de dieciséis años seguía asombrando varias décadas más tarde, en la cocina que reposaba en la noche, donde los dos charlábamos de manera íntima, y tanto ella como yo nos encontrábamos al mismo tiempo en la cocinita de las Landas, que llegué a conocer posteriormente, donde me introduje no solo a través de la imaginación, sin decírselo nunca a la Chef.
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A mis amigos de Lloret de Mar les encanta dedicar gran parte de su tiempo infinito a cocinar platos complicados y, como me he esforzado por no contarle a nadie cuál era mi profesión, les parezco uno de esos hombres incapaces de prepararse lo más mínimo, acostumbrados a comer cualquier porquería, creo que di a entender que había sido librero, ya no me acuerdo del todo. Observan cómo me como sus preparaciones sofisticadas con un aire de expectativa condescendiente, creyendo que no tengo paladar para saborear esos manjares como consideran que se merecen; de hecho, me limito a decir «¡hummm!» regocijado, nunca hago ningún comentario, me resultaría demasiado doloroso hablar de cocina en Lloret de Mar, mis amigos no me conocen.
Porque, el día que conduje hasta Sainte-Bazeille con la intención de encontrar la casa donde había vivido la Chef, aquella tarde de verano también fui hasta las Landas y aparqué el coche en el margen de la carretera, a la entrada del largo camino de arena que conducía a la casa entre los troncos rugosos de los altísimos pinos, esos pinos —pensaba emocionado— que habían presenciado el nacimiento culinario de la Chef, esos formidables pinos.
Anduve hasta la casa y, a continuación, tratando de no pensar para no perder el valor necesario, presioné el pomo de la puerta y la puerta se abrió y entré, sin saber si los veraneantes que la ocupaban se encontraban allí en aquel momento; me dirigí hacia la cocinita con tanta seguridad como si ya hubiera estado en esa casa, como era el caso en cierto sentido, la conocía tanto que hasta me había divertido dibujándola en mi cuaderno de recetas, y ahora que de pronto descubría el modelo, nada me sorprendía.
El pavimento embaldosado de la cocina estaba cubierto de arena, la vieja mesa, sucia y polvorienta. El enorme pino situado frente a la ventana solo dejaba pasar una luz cenicienta, entonces el pino se dirigió a mí y comprendí, recorriendo con la mirada atónita las paredes con las estanterías arrancadas, el techo del que colgaba una bombilla rota, que nadie había cocinado allí desde hacía mucho tiempo, que la casa estaba muerta, como me susurró el pino en un cuchicheo carente de cordialidad, que, de hecho, me sugería que me largara.
Me apresuré a salir, eché a correr por el camino, de pronto todos los pinos susurraban, pero me obligué a no intentar comprenderlos, porque no me querían ningún bien, de eso estaba seguro, y lo atribuí al sentimiento de traición que experimentaba de pronto, que, a decir verdad, ya había
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experimentado la víspera, al pensar en la tentativa que había decidido acometer en secreto, había ahuyentado esa impresión pero, mientras corría hacia el coche, volvió a asaltarme con tanta fuerza que a punto estuve de echarme a llorar de vergüenza.
A la Chef le habría horrorizado enterarse de que había ido a merodear por los escenarios de su historia, yo lo sabía desde el principio, por eso no se lo había contado, pero los pinos me acusaban con razón, ¿cómo se puede pretender amar y traicionar por indiscreción?, ¿acaso yo no era un hombre a quien ella consideraba de fiar?
Una vez refugiado en el interior del coche, me di cuenta de que los pinos no me habían tratado con demasiada severidad y de que hubiera podido encontrarme la puerta cerrada a cal y canto en el momento de salir, así como todas las ventanas bloqueadas por los pinos furibundos: ¡Pues ahora ponte a cocinar!
Y ya no hubiera sido cuestión de hacerse el listo, así que ya basta de hacer pesquisas como si fueras un detective, me dije, arrancando el coche, tan asustado todavía que aún sentía más vergüenza y remordimientos, aunque, a medida que los pinos se alejaban hasta desaparecer por completo del retrovisor, intuía que la sangre fría que acababa de recobrar avivaría mi lacerante, mi agotador deseo de conocer toda la vida y todas las etapas de la Chef, de conocerla más y mejor que ella misma, analizaba mis sentimientos para asegurarme de la perfecta honradez de ese deseo que invadía la mayoría de mis pensamientos; a pesar del inevitable secretísimo, quería mostrarme en toda mi honestidad ante la Chef —qué arduo, qué doloroso—, en la verdad de todo mi ser ante la Chef, sí.
En septiembre, el regreso a Marmande selló el fin de aquel periodo de enclaustramiento en la casita de las Landas y la obsesión culinaria, cosa que alivió a la Chef, no porque estuviera extenuada —nunca le prestó atención a su cansancio—, sino porque empezaba a repugnarle aquello de lo que siempre intentó zafarse, la amenaza de una atmósfera sensual en torno a una cocina rica y suculenta que flotaba alrededor de los Clapeau sin que estos fueran conscientes ni responsables de ello, como un enjambre de deseos turbios, inevitables, molestos aunque incontenibles y profundamente inocentes, encima de la cabeza de un niño o de un animal joven.
A la Chef le daba la impresión de que el oxígeno de la casita era absorbido por las emanaciones eróticas que su trabajo suscitaba y avivaba
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a su pesar, hecho que la exaltaba y la desmoralizaba a partes iguales, estaba impaciente por acabar con ello, los Clapeau parecían aturdidos, anonadados, estaba impaciente por acabar con su inconsecuencia.
Las pocas obligaciones sociales que tenían los Clapeau en Marmande los despertaron de su hechizo sin hacerles olvidar lo que le debían a la muchacha ni lo indispensable que se había vuelto.
Y, aunque para ellos fue un verdadero suplicio, le aconsejaron que se marchara a descansar dos o tres días a casa de sus padres; ante la perspectiva de ausentarse, la Chef les preparó varias comidas que solo tendrían que recalentar; los Clapeau la convencieron para que triplicara las cantidades con el objetivo de que pudiera llevarse una parte de todos los platos a Sainte-Bazeille, y el señor Clapeau la acompañó en coche con las cazuelas y las cacerolas herméticamente cerradas en el maletero; los Clapeau se enorgullecían de ella como si fuera su propia hija, estaban deseosos de que los demás admiraran su talento, empezando por los padres de Sainte-Bazeille.
La Chef traía popietas de buey rellenas de puerros y espinacas, una terrina de pato con almendras, caldo de pollo con albóndigas de queso y albóndigas de pintada, y, para sus hermanos y hermanas pequeños, tres decenas de buñuelos de caballa ahumada, ¡qué festín!, dije yo un poco tontamente y con una condescendencia involuntaria, y entonces la Chef esbozó una sonrisa torcida, vaciló y acabó contándome que, en Sainte-Bazeille, no había cosechado el éxito que se esperaba, que sus padres, aunque no se lo dijeron, habrían preferido que llegara con las manos vacías y no cargada de manjares que, sin duda alguna, encontraron excesivamente refinados y, de manera inconsciente, inquietantes.
En honor a su llegada, le habían preparado los platos sencillos que antaño le gustaban y que todavía le gustaban, una sopa de verduras, sémola con pasas y un civet de conejo con sangre y tocino; la elegante excentricidad de lo que entraba en su casa los desconcertaba, el esfuerzo que conllevaba les parecía un derroche extravagante, y el trabajo de su hija, profundamente inútil.
No dijeron ni una sola palabra descortés, pero la prudencia de sus comentarios o, por el contrario, el exceso de elogios a detalles menores, como el esmalte brillante de las cacerolas de Marmande, mostraron a las claras su desaprobación, no sé si se trataba en realidad de desaprobación, porque no entraba en su manera de ser, pero el caso es que no podían
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aprobar ni comprender unas elaboraciones tan vanas, cosa que los atormentaba.
Y la Chef, que unos meses atrás, en la carretera de Marmande, había creído mancillar a sus padres por culpa de sus pensamientos retorcidos, no se había imaginado ni por un instante que podría sentirse sutilmente pervertida al mostrarles lo mejor de sí, a su juicio, lo más sincero, lo más fecundo, lo más generoso.
Se quedó atónita. ¡Qué reflejo de sí misma tan extraño, tan inexacto, en la mirada un poco huidiza de sus padres!
Sus hermanos y hermanas no apreciaron los buñuelos de caballa ahumada; el resto de los platos los probaron a la fuerza y luego los ignoraron en una atmósfera de angustia afligida y, al cabo de dos días, volvieron al maletero del señor Clapeau casi intactos; la Chef se marchó aliviada, triste pero no abatida, consciente de que el error era considerarla descarriada y de que no era un error suyo.
Observo la nueva madurez de la Chef en su muda seguridad frente a sus padres, que en aquella época, entre otras cosas, aún tenían el poder de devastarla con una simple mirada de sorpresa o incomodidad, pero su perplejidad ante su cocina ya no la afectaba y su incomparable ingenuidad ya no le parecía la única manera de vivir con rectitud.
Sin retirarles su amor, consideró que no debía ceder en nada, un descubrimiento que al principio la hirió y luego se apoderó de ella, iluminándola suavemente por dentro.
Los Clapeau le contaron que, en su ausencia, había regresado la antigua cocinera, como si nada, con la intención de reincorporarse a su puesto, y habían tenido que ponerla al corriente de la situación; les había asombrado tanto volver a verla que al principio se habían enredado dando explicaciones, pero la solidez de su compromiso con la Chef enseguida les había dictado las palabras definitivas, habían dejado de dar explicaciones, limitándose a decir que ahora la muchacha ocupaba el puesto, cosa que no admitía discusión alguna; les daba la impresión de que habrían empequeñecido a la muchacha, la habrían despreciado, si se hubieran lanzado a justificar esa nueva situación de facto, la muchacha ocupa el puesto ahora.
La cocinera se había enfurecido, no se había atrevido a insultar a los Clapeau, pero le había lanzado una terrible maldición a la muchacha, cosa que dejó bastante indiferente al matrimonio.
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En cambio, a la Chef sí que le afectó; nadie la había maldecido nunca y se volvió imperceptiblemente más dura —eso decía ella—, como si quisiera protegerse de los posibles efectos de esa imprecación, como si quisiera que aquellas palabras tropezaran con la finísima roca que en lo sucesivo protegería su coraje y su voluntad; algo terco y abrupto brotó en ella, se recogió como un torito en su cuerpo denso, opaco y decidido.
Entonces empezó la segunda etapa de su vida en Marmande.
Para que la ayudara en la cocina, los Clapeau contrataron a una parienta suya mayor, ligeramente trastornada, pero que hacía muy bien las tareas que la propia Chef había llevado a cabo a las órdenes de la antigua cocinera —lavar, pelar y cortar las verduras, trocear la carne, quitar las escamas y las tripas del pescado, limpiar y secar los utensilios a medida que se utilizaban—, siguiendo con un afán conmovedor las recomendaciones de la Chef, a la que enseguida colmó de toda su piedad desmesurada y ardiente de mujer desequilibrada y solitaria; por su parte, la Chef aprendió a dar órdenes y a expresarse con suma claridad, porque la simple comprensión de palabras elementales ya suponía un esfuerzo considerable para su asistenta, la Chef lo asimiló y jamás lo olvidó — consignas nítidas, no gritar ni amedrentar, culparse solo a sí misma si la directriz se mal interpreta, pues la mujer era demasiado corta de luces para tener iniciativa, así que no exigirle nada a nadie que no esté a su alcance —, todo eso lo aprendió la Chef en la cocina de Marmande y siempre lo aplicó, a veces era seca, pero nunca se exasperaba ni perdía los papeles.
Una de las cosas que más la regocijaba era ir a la ciudad a elegir los mejores alimentos; enseguida tuvo buen ojo para juzgar la calidad de la materia prima que necesitaba, sabía pedirle al carnicero lo que quería, primero describiéndole la forma, la consistencia y el sabor de los trozos, luego retuvo los nombres, aprendía deprisa y casi no olvidaba nada; se formaba así, trabajando, experimentando, equivocándose de vez en cuando, cosa que los Clapeau —obnubilados— no le reprocharon jamás cuando se daban cuenta, al igual que no se hartaban ni se impacientaban por encontrarse en el menú durante varios días seguidos una misma receta que la Chef se empeñaba en dominar; en apariencia, permanecía impasible ante el fracaso o un éxito a medias, aunque, de hecho, era de una tenacidad obstinada, de una determinación férrea y desaforada cuando, en ocasiones, habría sido más razonable dejar de lado una preparación rebelde, ya fuera para retomarla en el futuro con una intención ligeramente distinta,
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sorprendiendo así su creatividad atascada, ya fuera para darse un tiempo para comprender que la idea no era buena, pero ese no era su fuerte.
Ante la desmesurada obsesión de la Chef por perfeccionar una receta que se había imaginado pero que no la satisfacía, cuando creía que ya éramos amigos, me atreví a sugerirle que tal vez fuera preferible desistir que tratar de doblegar unos elementos tan rebeldes (porque pensaba que la respuesta a la cuestión de la legitimidad de una receta radicaba en el rechazo a obedecer por parte de los ingredientes), pero la Chef no lo tuvo en cuenta, me escuchaba sin abrir la boca, empeñada en proseguir, en volver a empezar una y otra vez si fuese necesario, hasta que tuviera razón ante sí misma.
La única concesión que me hizo fue reconocer que los platos que había conquistado por medio de su obstinación y dogmatismo, por medio del agotamiento de la materia prima, no figuraban entre sus mejores recetas; de hecho, les guardaba cierto resentimiento y no le gustaba prepararlos, aunque aún le habría desagradado más recordar que no había logrado vencer su resistencia. Así era la Chef, no es que fuera belicosa, pero, en un combate, jamás se rendía.
A los Clapeau, les sirvió tres veces seguidas pies de cerdo gratinados, hasta que consiguió preparar la salsa exactamente según su hipótesis, una reducción de vino dulce y nata a la que añadió algunas hojas frescas de laurel; a partir de entonces, se olvidó de aquella salsa y prácticamente también de los pies de cerdo, salvo cuando el señor Clapeau, a quien le había entusiasmado el plato, se lo pedía de vez en cuando.
La Chef prefería cocinar a su antojo, pero no rezongaba ante los deseos que los Clapeau expresaban con timidez, le gustaba complacerlos, que se fueran a dormir felices, mientras ella, en su cuartito situado justo encima del de sus señores, reflexionaba sobre su trabajo, tan exaltada a veces que se levantaba de la cama, bajaba a la cocina y la recorría a grandes zancadas, imaginándose qué iba a elaborar al día siguiente y también, aunque de manera más vaga, todos los días y todos los años posteriores; sumida en un vértigo casi doloroso, le parecía que toda su vida no le bastaría para preparar la cocina infinitamente variada, enigmática y fértil que tenía en mente; además, existían infinidad de productos que aún desconocía y su exuberante pensamiento concebía imágenes abstractas y hermosas de estructuras completas a las que quería que se asemejara su cocina, pero no comprendía el significado de todo ello, era demasiado
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pronto en su vida y en su experiencia como para abordarlo, reflexionaba sobre ello constantemente, pero era demasiado pronto y le irritaba ser tan joven, ser aún una principiante, temía —sin razón alguna— que siempre fuera demasiado pronto.
Temía no alcanzar lo que veía, me confesó un día la Chef.
Y cuando le pregunté qué era lo que veía, esbozó unas formas sibilinas en el aire, mientras me contaba sin demasiado detalle que perseguía composiciones ideales que la dejaran boquiabierta, como si las hubiera creado alguien más dotado que ella y superior en todo, y ella solo pudiera decir: Es exactamente eso, sin saber aclarar de qué se trataba, porque hasta la palabra perfección reduciría la magnitud de la emoción que había experimentado; a eso aspiraba la Chef, hasta tal punto que ardía de impaciencia, de esperanza y de temor en la cocina de Marmande, a eso aspiraba todavía y siempre en la cocina de su restaurante, bastante más tarde, cuando dibujaba no sé qué esferas en el aire con sus manos seguras, entonces ya no ardía de impaciencia, pero su mirada traslucía dolor, yo deseaba tocarla, no me atrevía, solo me atreví al final porque, dijeran lo que dijeran, por muy desolado que anduviera yo también, ella acabó encontrando lo que llevaba toda la vida persiguiendo, de manera que yo podía ponerle suavemente la mano en el hombro sin que pareciera que pretendía consolarla tontamente.
Su dolor no era de los que se pueden consolar y, sin embargo, la Chef no se mostraba reticente a hablarme de lo que buscaba desde hacía tanto tiempo, pese a su hermetismo o sus evasivas sobre cuestiones que, a fin de cuentas, eran meros datos.
Así, no logré averiguar a qué edad exactamente dejó la casa de los Clapeau para mudarse a un pequeño piso de Marmande, ni si se casó con el hombre que la había dejado embarazada de su hija, ni quién era aquel hombre, aunque creo que lo sé, solo es una conjetura y, como ve, soy prudente, pero estoy convencido de ello.
Cuando le pregunté a la Chef si no le había costado dejar la casa de los Clapeau, se encogió de hombros.
Ya estaba harta de mi cuartito, ¿sabes?, me contestó.
Me armé de valor para preguntarle si, de todas formas, no le había resultado difícil, en aquella época, a finales de los años sesenta, traer al mundo a una criatura sin padre oficial; me di cuenta de que la contrariaba y, antes de que me soltara su desolada y engañosa cantinela sobre sus
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alegrías como madre y su suerte por tener como hija a una persona excepcional, me espetó, con ademán disgustado: ¿Y tú cómo sabes que no estaba casada?
Conociendo el desdén de la Chef por las opiniones ajenas sobre ella, siempre pensé que, en el fondo, no quería hacer creer que había estado casada, no quería dar una imagen de respetabilidad que le resultaba indiferente, sino, por el contrario, disimular que había estado casada o, al menos, ocultar una debilidad poco gratificante, que había tenido que contraer matrimonio con el padre de su hija, un hombre a quien jamás había amado, el jardinero de los Clapeau, sí, sin duda alguna se sentía sumamente humillada al pensar que había permitido que aquel tipo asqueroso la tocara y la penetrara, incluso que tal vez ella misma lo había deseado y alentado, algo que no podía confesar ni siquiera a alguien que, como yo, no sabía nada de aquel hombre y, por tanto, no tenía ninguna razón para sorprenderse o escandalizarse.
Precisamente sus omisiones y su vergüenza me pusieron sobre la pista del jardinero; a continuación, me carteé con un pariente de los Clapeau que me contó que recordaba que el jardinero se había casado el año del nacimiento de la hija de la Chef, aunque no podía asegurarme que hubiera sido con la Chef.
En cuanto a su hija, sigue pretendiendo que nació de padre desconocido, pero, viniendo de alguien tan ávido de leyendas, tan preocupada por parecer una criatura a quien su madre no ha dejado de perjudicar desde que llegó al mundo, semejante alegato no significa absolutamente nada y creo que yo, con mis suposiciones, con mis discretas y amorosas indagaciones, soy más serio que esa chiflada que se supone que conoce mejor que yo la vida de la Chef, soy más de fiar que esa mujer capaz de defender, suponiendo que no sepa quién es su padre, que su madre la obligó a crecer en la ignorancia de un hecho tan relevante, porque todavía hoy la detesta y la envidia hasta un punto que no puede usted ni imaginarse.
¿Que por qué le cuento todo esto? Porque, pese a que la Chef no deseaba recordar al jardinero ni su posible boda, yo he decidido traicionarla a propósito, aunque esta vez, en efecto, no puedo escudarme en la convicción de que ella se equivocaba al ocultar ese hecho; ni se equivocaba ni acertaba, ¡simplemente tenía todo el derecho del mundo a
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hacerlo! ¿Y en qué medida, si no me he retratado yo, retrato con más detalle todavía a la Chef?
No lo sé.
Me embarco en la tarea de divulgar su figura después de haberme persuadido de que no lo haría, pero resulta que lo dicho, dicho está, y no puedo borrarlo, y no se me ha escapado, ha salido de mi boca con mi consentimiento y la impresión arbitraria de que estaba bien que lo dijera, no para mí, sino para ella, tal vez la gente crea que no soy más que un miserable y un farsante, pero no se hablará mal de la Chef por el hecho de que quizá se casara con el jardinero de los Clapeau y tuviera una hija suya, a la que estrechó entre sus brazos sin amor pero con gusto, no se la juzgará mal porque su cuerpo de muchacha en plena forma se entrelazó —voraz, curioso— con el del primer hombre, tal vez, a quien le despertaba esa clase de interés; resultó que estaba allí en el momento en que su carne reclamaba ser instruida y conocida por otro, en que su cuerpo imploraba que le hablaran de sí mismo, que lo iniciaran en sus misteriosas habilidades; no se puede culpar a la Chef por haber experimentado así una vivencia universal, y hasta espero que parezca más fraternal, más digna de ser amada; tanto da si yo paso por un traidor.
Ignoro si mis razones son de peso.
Sigo preguntándomelo, siempre atormentado, a veces ya no albergo ninguna certeza, salvo la de mis imperdonables traiciones al recuerdo de la Chef, entonces converso con ella durante noches enteras y le suplico no que me perdone, sino que me dé su consentimiento.
Intento recordarla con precisión tal y como era en el transcurso de nuestras conversaciones y, cuando le presento mis argumentos, que esa imagen me dé la respuesta más precisa, no la que me convendría, sino la que probablemente me habría dado la Chef, con su sonrisita infantil que le torcía un poco la boca o, por el contrario, con esa expresión apesadumbrada, refunfuñona y fría que le otorgaba el disgusto, y como me pareció entrever una pudorosa sonrisa de niña enarcando los labios de mi querida aparición no me arrepiento de haber mencionado al jardinero.
Asimismo, pretendo combatir las mentiras de su hija, que anda proclamando a los cuatro vientos que ignora la identidad de su padre, que su madre nunca quiso contarle nada al respecto, de manera que juzga a la Chef una madre perturbada y nefasta, ¡ay, qué reputación tan injusta!, nunca daré mi brazo a torcer para contrarrestar la enfermiza ingratitud de
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esa mujer; ¿qué será de ella cuando ya no pueda mancillar a la Chef ni obligarla a compadecerse de sus fantasiosas miserias?, ¿qué será de ella cuando se encuentre a solas con su alma infecta?, ¿quién se apiadará de ella?, nadie, nadie, entonces echará en falta horriblemente la verdadera piedad y llorará, una vez pasado el tiempo de implorar piedad.
El caso es que la Chef se mudó a un pequeño piso de Marmande y dio a luz a un bebé con una mezcla de sentimientos —supongo—, orgullo, asombro y desengaño, porque su ambición no había previsto la llegada de una criatura diminuta tan exigente, con necesidades indiscutibles; su ambición no había previsto la intrusión de nadie en su existencia, que precisamente por aquel entonces estaba agrandándose, desplegándose día tras día, comida tras comida, por medio de nuevos conocimientos, de tentativas culinarias que iba dominando, de reflexiones más sabias.
No sé si el jardinero se fue a vivir con ella, pero sí sé que cayó en una soledad extrema, agravada por el hecho de que, en realidad, ya nunca estaba sola.
Tenía a la bebé consigo, tenía cerca a otras madres de familia, parientes o conocidas de Sainte-Bazeille que pasaban a saludarla amablemente para asegurarse de que todo iba bien y que, con buena fe, la aprisionaban en una red de relaciones, de obligaciones y de conversaciones ligadas todas ellas a la maternidad, entre las cuales la cocina jamás aparecía como objeto de investigación, de pensamiento, de consuelo o de esperanza, como un tema sobre el que podrían charlar, incansablemente y con todo lujo de detalles, o bien, una vez pronunciada la palabra «cocina», simplemente podrían guardar un silencio colmado de ondulaciones sonoras, propias de esa adorada palabra, pero solo como la enésima y agotadora obligación de unos días repletos de responsabilidades, cosa que a la Chef le parecía sumamente desalentadora.
Sentía tanta nostalgia de aquellas horas solitarias en su cuartito en casa de los Clapeau, de aquellos momentos de arrebato y de intensa y fructuosa meditación que le permitían rendirse al sueño con la impaciente certeza de que al día siguiente habría progresado, incluso habría descubierto o se habría inventado alguna combinación de ingredientes, que a menudo se figuraba allí en sueños y, por la mañana, vacilaba antes de reanudar su vida real, de poner los pies en el suelo de una habitación donde no sentía ninguna fiebre creadora, una habitación que solo era lo que era, en lugar
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del vasto continente vivo y cómplice de su desmesurado talento, de su rebosante intuición.
Todas las noches se dedicaba a reflexionar sobre mezclas de especias y de pescados, de frutas y de carnes, sobre la elección de dos colores armoniosos o desconcertantes en un plato, pero, sabiendo que no podría aplicarlo al día siguiente, le daba la impresión de que el genio de la cocina se cansaba de ella, que poco a poco la iba abandonando, que lo había decepcionado al preferir al bebé, en la práctica, al retirarle gran parte de sus pensamientos, y que tal vez elegiría un corazón más merecedor de sus favores, más masculino y más valeroso en el que introducirse y prosperar; ella se sentía marchita, falsa, carente de gracia, aunque no por ello se arrepentía de haber parido a su hija, me aseguró siempre, e ignoro si es verdad o si se había convencido a sí misma de que debía presentar las cosas así, la criatura es más importante que todo lo demás; en este sentido, solo en este, mostraba cierta apatía, una cobarde o supersticiosa sumisión a tomar la opinión común, aunque se sentía inútil.
Los Clapeau fueron a visitarla, le regalaron un perrito de lana negro que la Chef conservó siempre, me lo enseñó un día, con un lacito de raso rojo alrededor del cuello.
Los Clapeau admiraron al bebé con gran amabilidad, durante mucho rato, y la Chef comprendió, dolorida, que tenían la esperanza de disimular así —inclinados sobre la cuna, repitiendo trivialidades— su angustia ante la impresión que les causaba la Chef, convertida en una madre jovencísima, alejada de su cocina y de su entusiasta soledad, sentada, con los brazos cruzados, junto a la criatura, al acecho de la menor señal que hiciera esta, un poco perdida, sin nada que decir, y aunque los Clapeau no habrían podido asegurar que antaño habían mantenido alguna conversación con la Chef, sí que estaban convencidos de que su cuerpo diligente y alborozado emanaba una vitalidad tan poética que ni siquiera se habían dado cuenta de su mutismo, solo de su inmensa calma concentrada, y si bien los Clapeau no rechazaban aquello que en su interior se había inclinado humildemente ante la Chef, aquello que se había sometido a su fuerza y a su talento para comprender el fervor que sentían por los festines, la realidad era que ya no reconocían a su oficiante en esa joven mujer apática cuyo indiscutible talento y cuya cegadora grandeza en el templo de la cocina les había alcanzado con la prohibición de franquear el umbral, ¡y con qué ardiente modestia lo habían acatado!
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No, los Clapeau no renegaban de nada.
Pero la Chef veía su confusión y tal vez su tristeza, veía que miraban de soslayo su cuerpo arrellanado en una silla, banal, pasivo, pesado, veía escaparse de ese cuerpo frustrante al inflexible genio que, durante un tiempo, la había honrado con su presencia y su amor; no le cupo ninguna duda de que los Clapeau también lo veían danzar por el piso donde la despótica existencia de la minúscula criatura parecía enrarecer el aire e invadir todo el espacio; entonces el genio de la cocina dejó de centellear, se había marchado; la Chef se avergonzó tanto que dio un hipido brusco y seco.
Y como nunca había sabido conversar con los Clapeau, su angustia se tradujo en una actitud distante, apagada, aburrida, casi hostil.
Mientras, muda y apesadumbrada, sin un ápice de su encanto de antaño, llevaba a cabo los gestos que le reclamaba el cuidado de su hija, fingía que no se daba cuenta de la presencia de los Clapeau, aunque, en realidad, era consciente hasta un extremo doloroso de su confusión y de su impotencia; a fin de cuentas, ella había estado en su interior, lo estaba todavía, la sangre de los Clapeau circulaba por su corazón de manera más natural aún que la suya hacia el corazón del bebé.
Los Clapeau le anunciaron que habían contratado a una cocinera, solo mientras la Chef atendía a su bebé y buscaba a alguien que lo cuidara durante el día, si quería regresar a su casa. Apenas hablaron de la sustituta, dando a entender, con un gesto, que no podía ni compararse con la Chef, pero, como no querían apremiarla, avergonzados tal vez por incitarla a alejarse de su hija, no le dieron más detalles del abatimiento que se había apoderado de ellos.
Pero la Chef sabía perfectamente que la añoraban, como manifestaba su nerviosismo, que se traducía en un temblor de piernas cuando estaban sentados o en el brillo de sus ojos húmedos, como si estuvieran agotados y sobreexcitados a la vez; aguardaban una respuesta, con la esperanza de que ella no se diera cuenta, que les asegurara su regreso y que les diera una fecha exacta; era como si aquella muchacha huraña, apagada, jamás hubiera estado en su casa, pero los Clapeau se aferraban a ella, incapaces de hacer nada más, sin contemplar siquiera la posibilidad de que tal vez habían perdido a su Chef.
Ella no contestó, sino que volvió a sentarse, inerte e inaccesible, después de acostar de nuevo al bebé.
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Estaba tan persuadida —me contó la Chef con una expresión fugaz de sufrimiento— de que los Clapeau habían atisbado cómo ondeaba lejos de ella aquello que, por sí solo, había justificado su influencia sobre ellos y la preeminencia absoluta en su cocina que le parecía absurdo y cruel fingir que la situación no era tan desesperada como los tres sabían; estaba agotada y solo tenía un deseo, que se marcharan, que la dejaran dormir; se sentía vacía, ridícula; jamás de los jamases —estaba convencida de ello— se atrevería a presentarse ante los Clapeau.
Por fin los señores la dejaron, tan desmoronados como ella, tratando de consolarse el uno al otro reafirmándose en que la llegada de la criatura la había perturbado y que con el paso del tiempo se recobraría —porque, a su manera, conocían a la Chef íntimamente—, pero intuían que había perdido algo esencial, que nada tenía que ver con su hija, algo que le había permitido ser el vínculo perfecto entre los Clapeau y el esplendor, hasta tal punto que ellos habían dejado de aborrecer su manera de ser.
La cocina que la Chef les prodigaba felizmente con toda su alma había absuelto a los Clapeau de su dolorosa hipocresía, elevándolos; todos los días, los Clapeau habían deseado ser dignos de ello, todos los días, se habían esforzado por no hacer daño y ser personas de bien, hasta tal punto que habían dejado de avergonzarse de sí mismos.
Ahora devoraban la comida correcta que les preparaba la sustituía con una especie de saña desolada, se alimentaban en grandes cantidades, con una vulgar complacencia que los rebajaba a su condición de antaño; observaban cómo decaían, cobardes, consternados; sin la Chef, les flaqueaban las fuerzas para mantenerse al nivel de espiritualidad, de misterio aceptado, alegre, al que los había elevado ella.
La Chef me confesó que se había compadecido de los Clapeau. Porque lo que se había retirado de su interior dejándola tan triste, tan
agotada, tan carente de cualquier deseo de vivir, también había arrebatado a los Clapeau las ganas de vivir, sumiéndolos en el universo pragmático y desmoralizador de su obsesión por la comida.
La Chef me describió aquella época, que interpreto con la mayor exactitud que puedo, con muchas tergiversaciones y la voluntad manifiesta de que yo no sacara ciertas conclusiones que ella habría considerado desafortunadas, de ahí que no dejara de repetirme cuánto quería al bebé desde que nació, cuánto se alegraba de cuidarla, etc., etc., cosa que no cuestiono en absoluto, pero que debo contrastar con el desaliento letárgico
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en el que se sumió tras la visita de los Clapeau, un desaliento del que la Chef, muy a su pesar, no podía evitar contarme hasta los síntomas más insignificantes, con un asombro afligido y una emoción que, treinta años más tarde, parecía exigirle a mi amistad que diera muestras de compadecerse, como si se lo debiera a la mujer joven que se había sentido tan sola, tan profundamente abandonada en su piso de Marmande, aunque, en realidad, nunca llegara a estar del todo sola y tuviera que aguantar también ese castigo, el de que ya nunca la visitara lo único que contaba para ella —el genio de la cocina—, sino solo gente a la que no tenía nada que decir.
Yo no escatimaba muestras de comprensión a la Chef, al contrario, aprovechaba para decirle implícitamente, apretándole la muñeca con los dedos o clavándole la mirada, que no solo podía contar con mi amistad, sino también con mi amor, algo que la Chef debía de percibir por fuerza, mientras yo pensaba que el amor paciente, tenaz, insistente, solo podía acabar con las pobres razones para rechazarlo, la diferencia de edad, la falta de tiempo y de deseo; además, ella sabía que mi amor no exigía tributo alguno, ni una dedicación menor a la cocina, desde luego.
Creo que ya puedo adelantar que, en cierto modo, alcancé mis objetivos, que la Chef abrazó mi amor, lo aceptó y me correspondió cuando logró transformarlo en algo más grande que nosotros, cuando sintió que el espíritu del amor la había invadido, en suma.
De nuestro grupito de Lloret de Mar, soy el único a quien todavía no ha visitado ningún pariente de Francia. Mis amigos reciben regularmente a sus hijos, a sus nietos, a un hermano o una hermana, y entonces las veladas en las terrazas se vuelven más difíciles menos familiares menos excéntricas y, por un curioso vuelco, es como si la loca juventud acogiera a la edad madura y no se atreviera a mostrarse en la crudeza de su libertad; más tarde nos reímos, a sus hijos les extrañaría vernos tal y como somos en Lloret de Mar. Les he dicho a mis amigos que mi hija vendrá a visitarme a Lloret de Mar. Han aplaudido y han proferido estridentes gritos de alegría, como tenemos por costumbre en Lloret de Mar. Estoy preocupado, no me apetece que venga, pero tampoco puedo rechazarla, ¿qué excusa le daría? Pero no me apetece nada que vea Lloret de Mar.
Me contó que había empezado a salir cada vez menos de casa para pasear con su hija por las calles de Marmande, hasta que había desistido
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por completo y había acabado angustiándole —de manera absurda pero irreductible— la idea de salir del piso, pese a que le daba la impresión de que este no la quería, no le deseaba nada bueno, hasta conspiraba con el mundo a su alrededor para agravar su tristeza y su malestar.
Cuando le pregunté quién se ocupaba de hacer las compras, me contestó lacónicamente que el padre de su hija les traía casi todo lo que necesitaba, aunque no me aclaró si se había instalado con ella o si se marchaba después de cada visita.
Se pasaba el día sentada en una silla junto a la cuna, levantándose solo para dar de comer y cambiar al bebé, y aunque me aseguró que siempre conservó la lucidez suficiente como para dedicarse a la pequeña y velar por ella, intuí que ya no tenía fuerzas para distraerla ni sonreírle, para mimarla más allá de los cuidados básicos, en fin, para quererla de una manera que la criatura pudiera percibir, porque carecía de la energía necesaria para el menor gesto de ternura.
Supongo que debe de pensar usted que esa desatención secreta en la que se recluyó la Chef forjó en parte el carácter de su hija, y que simplemente conviene interpretar la animadversión que esta mostró más tarde por su madre, su quejumbrosa costumbre de perjudicarla, como la consecuencia de lo que sufrió a los pocos meses de edad, en la época en la que su madre, sentada junto a ella, en realidad estaba ausente; las manos de su madre le tocaban la piel sin guardar el menor recuerdo, la mirada de su madre le recorría la cara, ansiosamente vuelta hacia ella, con ademán enajenado y lejano o, por el contrario, mirándola durante largo rato sin verla, turbada apenas por una fría y vaga perplejidad, hasta que la niña se ponía a gritar y ella, recordando de manera mecánica que los sonidos procedentes de ese objeto situado ante ella significaban que debía llevar a cabo tal o cual tarea, le ofrecía un biberón o tal vez le daba el pecho, nunca me lo dijo, o le cambiaba el pañal de nuevo, aunque acabara de hacerlo y resultara inútil, porque ya no tenía criterio alguno, pero actuaba, conservando en su deriva un sentido muy tenue, ejercido maquinalmente, de sus obligaciones.
Supongo que eso debe de pensar usted; la Chef tampoco se escapó a esa manera rudimentaria de considerar la personalidad como un encadenamiento de causas y efectos; toda su vida se arrepintió de haberse zafado del amor maternal durante unas semanas o unos meses, no lo sé con exactitud, y su error, en mi opinión, fue hacer partícipe a su hija del dolor
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que la corroía por haberle fallado de manera tan grave, aunque nunca le dijo en qué sentido, creo que soy el único a quien se lo contó.
Pero le dio a entender a su hija que, cuando era joven, no siempre había sido la mejor madre, aunque posteriormente siempre procuró compensar ese desacierto —con fervor, con abnegación—, más por amor que para desagraviarse a sí misma (aunque con dificultad, podía vivir con su falta, pero no podía dejar de demostrarle su amor); pese a que había hecho infinitamente más por ella que muchos padres a cuyos hijos jamás se les ocurriría reprocharles nada, su hija se aferró ferozmente a esa especie de confesión, se escudó en ella para justificar su fatuidad y su cobardía, y, con una felicidad hiriente, se replegó en una hedionda autocomplacencia; desde luego, si la Chef se hubiera limitado a quererla sin sentirse culpable, su hija se habría visto obligada a ser más valerosa; en eso, por desgracia, la Chef se equivocó por completo.
Así que es verdad, algo de lo que no podía acordarse —aquel sombrío intervalo en la vida de las dos— influyó de una manera u otra en el carácter de su hija, pero ¿por qué influyó más o de manera más decisiva que la solicitud con que la trató la Chef durante la mayor parte de su existencia?
Debería considerar las cosas de otro modo —le dije a la Chef—, debería olvidarse del poco daño que le hizo involuntariamente a esa criatura, a una edad en la que usted apenas era una adulta, y recordar especialmente todo el bien que le ha hecho siempre, así como su principal consecuencia, el hecho de que usted, que es una persona extraordinaria, haya pasado a un segundo plano para darle protagonismo a esa mujer carente de interés.
Estaba furioso, la situación del restaurante iba deteriorándose, llegaba furioso y me marchaba igual de furioso, y eso es lo que le dije a la Chef, que seguía culpándose por haber entorpecido el buen desarrollo de su hija treinta años antes, negándose a aceptar que la reclamaban cuestiones más urgentes.
Mis amigos me apremian para que les diga cuándo vendrá mi hija a Lloret de Mar y, aunque hago lo imposible por no parecer un tipo raro, no consigo responder con ligereza, esbozo una sonrisa rápida, estoy convencido de que mi hija es agradable y no me enorgullezco de mí mismo. Pero, ante la perspectiva de que turbe lo más mínimo mi precioso
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descanso secreto de Lloret de Mar, casi me entran ganas, absurdamente, de escaparme de Lloret de Mar, de acabar con todo esto.
En la época de Marmande, la Chef salió del atolladero ella sola.
Un atardecer de primavera en que había abierto la ventana para tender ropa del bebé, sumida en todo ese torpor de emociones que creía vagamente que constituía un estado normal más o menos satisfactorio, el aire ligero de la tarde le llenó la nariz de un olor a paté de carne que se estaba cociendo en algún horno, un aroma que la Chef reconoció y olfateó con avidez.
Una violenta sensación le atenazó el vientre, no era hambre, sino el deseo repentino, olvidado y recobrado en ese preciso instante, bruscamente, a través de aquel aroma tentador, de elaborar ella misma la terrina más aromática y más tierna que pudiera existir o, más exactamente, de volver a ser aquella mujer joven cuyo recuerdo resurgía de pronto, a la que veía con claridad en la cocina de los Clapeau, concentrada en una mezcla de carnes de cerdo, de ternera, de cebollas y de finas hierbas en abundancia, y los gestos de esa mujer que había sido ella le inspiraron unos celos extraños, deseó con fervor introducirse en su cuerpo y retomar sus gestos, recuperar los pensamientos que hacían mover esas manos hábiles, las manos sutiles y precisas que se acordaban de todo; quería recobrar lo que le había pertenecido, lo que se había ganado, lo que se había merecido, el placer inmenso y sosegado de esos gestos, la inteligencia de esas manos escrupulosas, esa visión adorable y envidiable de sí misma como mujer joven capaz de bastarse, como artífice de su propia alegría, de su apacible orgullo.
Y el cuerpo que habitaba en aquel momento, con su pesadez amorfa y sus manos torpes, la indignó; se arrepintió en extremo de haber dejado que se estropeara y se perdiera el instrumento fiel que volvía a ver con tanta nitidez; añoró especialmente la compañía que le hacía su propia pasión, su alma liberada, aligerada, consciente, y la soledad profunda y dulce que había sabido alcanzar incluso cuando no se encontraba sola en la cocina, una soledad que ahora le estaba vedada —al margen de que su hija estuviera presente o no—, presa de un aturdimiento que la mantenía ajena a sí misma, cosa que también la entristeció.
Volvió a aspirar los efluvios del paté con la avidez de una hambrienta. Cerró la ventana, se dejó caer en una silla y rompió en sollozos que asustaron al bebé.
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¡Oh, conque lloró!, repetí tontamente cuando la Chef hizo una pausa en su relato; se me escapó porque nunca había visto llorar a la Chef, ni siquiera ante gravísimos quebraderos de cabeza.
Sí, sí, dijo ella con esa impaciencia contenida, repentinamente distante, que adoptaba su voz cuando yo reaccionaba de manera estúpida, y entonces me observaba con una mirada inquisidora, escéptica, como si se preguntara en qué medida podía permitirse confiar en alguien tan bobo, y aunque esa mirada me llenara de confusión, no me desagradaba del todo que me juzgara así, porque sentía una intimidad latente entre nosotros que me complacía.
Al día siguiente del atardecer en que lloró, la Chef sintió que renacía a la vida o, en otras palabras, que renacía a sí misma.
Esa resurrección se manifestó con tanto ímpetu que la Chef, temiendo ser desbordada por una exaltación agotadora y estéril, se preguntó si llegaría a reconquistar la densa quietud que, en la cocina de los Clapeau, había envuelto, había apaciguado el desasosiego propio del trabajo.
Por primera vez en mucho tiempo, salió a pasear a su hija y la primavera la asombró, sentía un ligero estremecimiento en la piel de los antebrazos, sentía que se le erizaba el pálido vello que los cubría, la primavera la asombraba, tenía los ojos llenos de lágrimas y el cuerpo se le iba despertando, decidido a pertenecerle de nuevo; las manos —agarradas a la barra del cochecito— le temblaban con una vitalidad reprimida.
Durante los días posteriores, embaló sus cosas y las del bebé, limpió a fondo el pequeño piso y luego le exigió al padre de su hija, que tal vez fuera su marido, que la llevara a Sainte-Bazeille, a ese hombre del que no he logrado forjarme una imagen definida, porque asilo describía la Chef las raras ocasiones en que lo evocaba, como un compañero ausente que solo aparecía para hacerle favores varios, que la Chef no parecía agradecerle lo más mínimo, cosa que me reafirma en mi idea de que no lo amaba, de que no le tenía ningún aprecio y de que, para sus adentros, lo consideraba responsable de una situación que ella no había deseado.
Encomendó a su hija a sus padres. Sí, sí, la dejó en Sainte-Bazeille con la intención irrevocable de volver a hacerse cargo de ella en cuanto pudiera.
A continuación, tomó un tren hacia Burdeos, adonde no había ido nunca.
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Cuando le pregunté por qué simplemente no había regresado a casa de los Clapeau, tardó un rato en contestarme, no por pudor, sino porque buscaba las palabras precisas. Observé que apartaba la mirada para concentrarse en sí misma, como si temiera ahuyentar la verdad, que estaba allí agazapada, reticente a que la persiguieran.
Por fin, volvió a mirarme, me escudriñó con una curiosa atención (hasta tal punto que, exhausto por el cansancio en la cocina ordenada para la noche, deseé irracionalmente perder el conocimiento para escapar a la tiranía de su mirada, para no correr el riesgo de decepcionarla con un bostezo o una expresión atolondrada; ella casi no necesitaba dormir y nunca le apetecía), me dijo que el sacrificio que le había supuesto dejar a su hija al cuidado de sus padres le había impuesto un reto mayor que el de volver a la cocina de los Clapeau, me dijo que para aguantar lo que vivía como una deserción —por provisional que fuera— y la angustia de su hija —por pasajera que fuera también— había tenido que comprometer su propia seguridad, su propio sosiego, porque no le parecía justo que ella fuese a refugiarse a casa de los Clapeau mientras abandonaba al bebé.
No exageremos, la realidad es que no la abandonó. Me mordí la lengua para no decirlo, pero la Chef, como si lo hubiera adivinado, añadió: La pequeña y yo habíamos estado siempre juntas, ¿comprendes?
No, yo no quería comprenderlo.
Me desagradaba enormemente que la Chef no atribuyera la decisión de ir a Burdeos a su propia ambición, sino a una necesidad confusa de sufrir, de pasarlas moradas como las pasaría moradas su hija en Sainte-Bazeille —aunque yo estaba convencido de que enseguida se adaptó por completo —; no me gustaba que la Chef se enorgulleciera o se rebajara así, no lo sabía exactamente; en cualquier caso, no me gustaba que su áspero empecinamiento de convertirse en una auténtica cocinera, en una artista de la gastronomía —cuyas aspiraciones no podían conformarse con una clientela tan escasa como los Clapeau—, se redujera, en boca de ella, a su mala conciencia, oscura, banal, con respecto a su hija; en definitiva, no me gustaba que, treinta años después, todavía le costara reconocer que no habría permitido que nada ni nadie se interpusiera en su camino hacia la gran ciudad, hacia la exploración y el reconocimiento de sus capacidades, una vez que el genio de la cocina la había visitado de nuevo.
Es verdad, la Chef siempre fue así, no es que infravalorara el alcance de sus propósitos o su perseverancia, sino que se los guardaba para sí, tal
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vez porque no sabía cómo expresar que no había aspirado a la fama o al dinero.
Había tratado de responder tan digna y melodiosamente como pudo a una llamada que la honraba, que debía ser escuchada y respetada; había tratado de cultivar algo que se había introducido en ella como una semilla y que era una suerte y un destino feliz.
Intento decirlo por ella, sí.
Por eso ella pretendía que solo había ido a Burdeos para soportar la idea de que debía separarse de su hija; cuando me lo contó, no lo comprendí en absoluto y experimenté una gran contrariedad.
Esa hija tenía demasiado protagonismo en las razones que daba la Chef, del mismo modo que empezaba a estar demasiado presente en nuestras conversaciones; esa criatura vieja de treinta años, en la época en que la Chef me hablaba en la cocina de noche, ella todavía tensa por su fuerza inagotable y yo, enfrente, vencido por el sueño pero, a la vez, temiendo el instante en que me encontrara fuera, de vuelta a mi estudio de Mériadeck; solo me sentía a gusto, interesante y sabio en el círculo de la Chef, solo allí mi existencia tenía tanto valor como cualquier otra, era igual de coherente y lograda.
En Burdeos, la Chef alquiló un cuarto en un hotel destartalado del barrio de la estación y luego, vestida con su mejor falda de algodón azul oscuro y con una blusa azul celeste holgada a la altura de la cintura, con el pelo castaño recogido y anudado en lo alto de la cabeza, fue andando hasta el centro de la ciudad por las calurosas calles de piedra ennegrecida, preguntando por el camino, con ese aplomo obstinado, casi combativo, con el que ocultaba su carácter taciturno.
Entró en un restaurante que le pareció agradable; era la primera vez que la Chef entraba en un restaurante, aunque en Marmande alguna vez se había tomado un chocolate caliente en un bar.
Dijo que buscaba un puesto en la cocina, que no tenía ningún título pero que sabía cocinar, y esa frase que repitió en todos los establecimientos en los que entró a lo largo de la jornada fue recibida más o menos igual, con una sorpresa ligeramente burlona que no se debía a las palabras de la Chef, sino a la empecinada, abrupta seguridad de aquella joven de ademán serio, hermético, que no formulaba una petición sino una razonable propuesta de servicios, como si no pretendiera abusar de la evidente ventaja que supondría emplearla; tal vez su rostro fuera bastante
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agradable y simpático a fuerza de sustraerse a cualquier veleidad de seducción y su voz era tajante, clara, con un tono mecánico y eficaz, los brazos le caían a ambos lados del cuerpo, algo rígido, mientras apretaba imperceptiblemente los puños para impedir que le palpitaran las manos, deseosas de ponerse a trabajar.
Miraba un poco demasiado de frente a sus interlocutores con sus ojos castaños, dulces, imperturbables, que no esperaban ni deseaban nada, que simplemente se dedicaban a mirar, y cuando recibía una respuesta negativa, se apartaban —serenos, corteses, ni decepcionados ni implorantes— sin retener nada de lo que habían visto.
Algunos de los que le contestaron tal vez se engañaron respecto a esa manera tan suya de mantenerse erguida, compacta, pesada, aunque no lo era en absoluto, tan perfectamente inmóvil en su carne robusta, en sus músculos cortos, que a veces parecía que se hubiera quedado allí plantada más tiempo del que había estado en realidad, como si hubiera insistido con su cuerpo denso, reticente a alejarse, pese a que sus ojos no insistían más de la cuenta, pero era una impresión engañosa porque la Chef daba media vuelta en cuanto le decían que no necesitaban a nadie, sin cuestionarse jamás la certeza de que acabarían contratándola, sin que el desaliento le encorvara la espalda bien erguida.
Durante dos o tres días seguidos, recorrió así las calles, con una obstinación sosegada, sin preocuparse ni aburrirse, al contrario, cada vez que entraba en una sala, estuviera abarrotada o vacía, era presa de una fugaz y feliz febrilidad, que se acentuaba con los aromas de los platos cuando llegaba la hora de comer.
Mientras la atendían, lo observaba todo —atenta, sistemática, meticulosa—, evaluaba el aspecto de una salsa, la presentación de una ensalada; era severa, a menudo desaprobaba, nada le parecía suficientemente atractivo, suficientemente bien pensado.
La idea de que los clientes se acostumbraran a esa banal deficiencia hasta tal punto que ni siquiera la percibieran, que incluso consideraran que lo que les servían se correspondía perfectamente con lo que debía ser un buen plato, la entristecía y la estimulaba al mismo tiempo, pensaba —con esa confianza en sí misma que la caracterizaba, esa confianza plácida y neutra, casi distante— que, cuando tuviera su propio restaurante (cuando esté en mi casa, se decía), se esmeraría en elaborar, en refinar el gusto de los comensales, en proporcionarles las facultades de un juicio más
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riguroso, al margen de las consecuencias que pudiera tener para el cocinero, pero ella sabía que su propio placer a la hora de trabajar radicaría en la inquebrantable exigencia por parte de los clientes, por aquel entonces ya sabía que la complacencia, fruto de una aprobación demasiado fácil, aun la decepcionaría más que los elogios vanos.
Por fin encontró un puesto en la rue de Cancera, en un pequeño restaurante abierto poco tiempo antes.
El propietario había vivido en diversos lugares de Francia y de Bélgica, sirviéndose de su humor desabrido, sin alegría, y de su desdeñosa bondad para gestionar varios establecimientos, según contaba, antes de abrir uno propio en la rue de Cancera, con el propósito declarado —con una coquetería estudiada, con una afectación impúdica— de estar con los brazos cruzados mientras otros trabajaban para que él se enriqueciera, un cocinero y dos ayudantes que, según daba a entender el propietario, se deslomaban de una manera de la que él no sería capaz, aunque no era verdad, como se dio cuenta enseguida la Chef, porque debía la prosperidad creciente de su restaurante tanto a su presencia constante, vigilante, hospitalaria, de una profesionalidad jovial y muy veloz, como al interés por la cocina propuesta, aunque le agradaba que la gente pensara que estaba prácticamente ocioso, le parecía más elegante.
Cuando la Chef entró en su restaurante, acababa de marcharse un pinche de cocina.
Al descubrir a contraluz aquella pequeña silueta, que había surgido de la calle soleada, plantada en una inmovilidad instantánea que sugería — erróneamente— una lentitud, una consistencia poco propicios para el trabajo, su primera reacción fue rechazarla con un tono educado, suave e inflexible, pero contuvo prudentemente su apremio por deshacerse de la desconocida a la que apenas distinguía en la sala de estrechas ventanas y, recordando la partida inesperada del pinche de cocina, se acercó a ella, miró la falda azul marino, la blusa azul pálido, esa ropa estricta y anodina que parecía encajar fielmente con el cuerpo que la llevaba y representar con exactitud, con certeza, con seriedad, la personalidad de quien la había elegido, sin que ella misma lo supiera.
A continuación, sus ojos se encontraron con los de la Chef, sosegada e imperturbable, que lo miraba de hito en hito, y se desvaneció la fugaz inquietud que le había inspirado aquella silueta extrañamente arraigada en el suelo, y descubrió todo lo intenso, lo voluntario y lo generoso que
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encerraba aquella mirada apacible, todo lo que entregaba sin cálculo pero sin perder su reserva; la plenitud con la que el cuerpo de la Chef ocupaba todo el espacio también era una manifestación de su reserva; jamás se extendía, jamás se desparramaba, dondequiera que se encontrara.
Tal vez el dueño también lo percibiera, porque enseguida se olvidó de su intención de despedirla, aunque posteriormente ya no se acordaría, pues siempre contó que quiso contratar a la Chef en cuanto pronunció las primeras palabras, pese a que le rogó que las repitiera, dado que apenas les había prestado atención, viniendo de una silueta tan estática, tan inoportuna a contraluz.
Le dijo de acuerdo a la mujer joven, de forma apresurada, como si no quisiera tomarse el tiempo de pensar, y con un tono malhumorado, como si se arrepintiera de no tomarse el tiempo de reflexionar.
Una vez formulado su asentimiento, como ya no podía desdecirse, retomó el tono amablemente impersonal que empleaba siempre, aunque era imposible imaginárselo expresándose de otro modo —decía la Chef—, pese a que tampoco se puede suponer que alguien hable con ese tono en la vida privada, de manera que daba la impresión de ser un hombre que nunca salía de su restaurante y que no tenía familia ni amigos, a nadie le habría sorprendido que colocara un colchón en la sala del restaurante y pasara la noche allí, el único lugar donde se sentía a gusto, donde podía ser él mismo, ya que no sabía ser nada, aparte de un restaurador.
Se llamaba Declaerk.
Le pedí a la Chef que lo describiera; entonces cerró los ojos —llevaba mucho tiempo sin verlo— y su fino rostro, con los párpados cerrados, adoptó involuntariamente una expresión de recogimiento que me provocó una risita boba.
No estaría usted enamorada de él, ¿verdad?, pregunté, alborozado por mi audacia, pero despechado al constatar que la Chef se abstenía de protestar con severidad, como acostumbraba a hacer cuando yo decía tonterías; se limitó a encogerse de hombros mientras susurraba: ¿Cómo se te ocurre? ¡Si tenía el doble de edad que yo!, una respuesta que no me apaciguó en absoluto, que no decía nada en un sentido u otro, pero que me desmoralizó porque la Chef también me doblaba la edad y, en aquella época, yo albergaba la esperanza de que hubiera dejado de considerar ese hecho como un impedimento para cualquier relación amorosa, pero también para cualquier sentimiento amoroso auténtico por parte del más
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joven; quería que, antes de corresponderme, creyera en mi amor por ella, en su verdad e incluso su fatalidad.
De manera que respondí con una ligerísima acritud: Eso no demuestra nada, ¿sabe?, y la Chef esbozó una sonrisa vaga, de las que se dirigen a alguien cuyas ideas descabelladas y carentes de interés no te apetece discutir, sin abrir los ojos, con los párpados de reflejos rosados tan lisos y tan finos que le veía temblar, como dos huevos crudos, los globos oculares abombados; me dio la impresión de que estaba descansando, de que estaba medio adormilada mientras recordaba —conmovida, tal vez— el aspecto físico de Declaerk, hasta que su propia voz la sobresaltó al decir: Podía comer lo que quisiera, nunca engordaba.
Esa observación, en boca de la Chef, tenía una curiosa connotación moral, parecía que Declaerk —él y algunos pocos individuos que gozaban del mismo privilegio— hubiera vivido en un estado anterior al pecado que le permitía no ser castigado por unos abusos que los demás, menos inocentes, pagaban muy caros.
La Chef era sumamente indulgente con la glotonería, así como con toda clase de debilidades o de excentricidades; jamás las condenaba y se negaba a escuchar a quienes lo hacían —o los reconvenía, según su edad —, pero, por lo demás, mostraba un piadoso e ingenuo respeto no por aquellos que comían de manera frugal, sino por los que, milagrosamente, se mantenían delgados; desde luego, ella también adoraba ídolos cuestionables.
Yo no tenía ninguna posibilidad de formar parte de ellos, no es que fuera grueso, pero tampoco tenía una constitución delgada; sin embargo, la crédula fascinación de la Chef me irritaba por otra razón, y es que parecía empañar de condescendencia y de deslealtad su benevolencia hacia los golosos que engordaban, como si fueran indignos de conservar la figura de la infancia, pero, sin duda alguna, exageraba, simplemente estaba celoso, soy así por temperamento, siempre celoso y nunca flaco; mi sensibilidad, mi susceptibilidad se agudizaban hacia todo aquello que, de una manera u otra, se granjeaba la aprobación o el respecto de la Chef; sí, a menudo exageraba.
Así que, respecto a Declaerk, retuve la alusión a su milagrosa delgadez y no tanto el resto de la descripción, que me dio la impresión de que era un tipo caricaturesco como se estilaba aquellos años, un pretencioso que llevaba el pelo un poco largo, hasta los hombros, un bigotito rubio, unos
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vaqueros apretados que mostraban sus piernas demasiado finas y seguramente enarcadas, unos zapatos estrechos demasiado grandes y camisas de cuello rígido que adornaba con anchas corbatas de colores; era lo bastante atrevido como para trabajar con vaqueros —me explicó la Chef —, pero no estaba tan loco como para prescindir de la corbata. A mí lo único que me interesaba de ese retrato era que me permitió formarme una idea de los gustos de la Chef en materia de hombres, porque me parecía clarísimo que el tal Declaerk, incluso con sus veinte años de más, le había gustado, aunque la Chef siempre lo hubiera negado, sin inmutarse, con ese aire desenvuelto que me convencía de que, en realidad, ella deseaba que no la creyera, que yo la persuadiera de que sí que le había atraído aquel tipo, como si ya no se acordara, pero quisiera que hubiera ocurrido y esperaba que yo se lo demostrara.
A fuerza de búsquedas en internet, hace poco encontré una foto de Declaerk, de pie, detrás de la barra de su restaurante, tomada para ilustrar, entre otras, uno de los primeros artículos sobre la Chef publicados en la prensa local; lo presentaban como si le hubiera dado un espaldarazo, con tal complacencia que insinuaba que ella nunca se habría convertido en cocinera si él no hubiera tenido la bondad de contratar a esa mujer joven que no sabía hacer nada; no pude adivinar si Declaerk se había expresado en esos términos o si el periodista había tergiversado sus constataciones, pero sí que quedaba claro, por algunas expresiones que solo podían ser suyas, que no le perdonaba a la Chef que hubiera decidido instalarse por su cuenta, acusándola entre líneas de haberle robado algunas recetas, algo que me pareció de lo más gracioso y que encontré tan patético que sentí una especie de compasión póstuma por ese tal Declaerk; no logré discernir si su resentimiento profesional encerraba un rencor afectivo y sexual o si era sincero en su ineptitud, si realmente se había sentido traicionado.
Examiné su rostro con lupa durante largas horas.
No sabía exactamente qué trataba de ver o de comprender, tenía la esperanza de que se desvelara algo ligado a la Chef, que se revelara algún aspecto de su personalidad que no tenía los medios de conocer, al igual que había escrutado con un ávido nerviosismo el rostro de su hija cuando la conocí, intentando distinguir algo que jamás me pertenecería, el vínculo irrefutable y desconcertante que la ataba a la Chef, los sentimientos de esta que se habían proyectado en ella y que su rostro debía de conservar, por muy difícil que me resultara imaginarme que esa vulgar cara burlona
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pudiera encerrar en sus rasgos las emociones más puras, más felices y más desdichadas que había experimentado la Chef. Mi rostro enamorado no guardaba semejante tesoro.
Del mismo modo, si la Chef había querido acostarse con Declaerk, tenía la esperanza irracional de detectar, de entrever en aquella foto grisácea —que no había ampliado para que no perdiera la nitidez— el eco de ese deseo, su explicación, así como el paradigma de las inclinaciones eróticas de la Chef, y de comprender ese misterio, ese misterio femenino y el suyo en particular.
Pero no descubrí nada que me revelara lo que fuera, ni siquiera de manera oscura, no me sentí transfigurado ni tembloroso como todas las veces en las que, a lo largo de mis investigaciones, había pasado de la ignorancia al conocimiento repentino.
Declaerk le preguntó a la Chef si quería empezar a trabajar esa misma tarde, ella aceptó al instante y añadió que prefería no volver a casa, sino pasar las pocas horas que faltaban visitando la cocina, observando bien los platos que servían, a lo que Declaerk le contestó amablemente que no la contrataba para cocinar, sino para fregar los platos y ayudar a preparar los productos.
Ella guardó silencio, asintiendo con todo su cuerpo inmóvil, contenido y decente, dando la desconcertante impresión de estar de acuerdo, de obedecer con todo su ser, sin el menor movimiento de sus miembros ni de su fisonomía, sin caer en la docilidad, como un burrito que permite que le pongan una carga encima, pero al que en realidad no le imponen nada; sus padres eran así —comprendí—, ella no era consciente de su parecido con ellos.
Declaerk esbozó un gesto vago hacia la cocina, diciendo que Millard, el chef, le explicaría todo lo necesario cuando llegara, pero que ya podía ir a echar un vistazo si lo deseaba.
En cuanto hubo terminado la frase, aquel cuerpo pasivo, aquel cuerpo molesto cuya excesiva indolencia le había preocupado, voló en la dirección que le había indicado con un roce apenas perceptible, y cuando Declaerk se puso en movimiento, dando la vuelta al mostrador y entrando a su vez en la cocina, la Chef ya estaba explorando los armarios con una minuciosidad discreta, casi delicada, pasaba una y otra vez las dos manos por el acero inoxidable de las encimeras, sin necesidad alguna, como si las acariciara —diría Declaerk en la entrevista—, tenía una expresión
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absurdamente feliz, aunque su rostro permanecía grave, casi solemne, y le temblaban las manos.
El Declaerk mordaz del artículo daba la impresión de querer ridiculizar un poco la turbación de la Chef mientras se enorgullecía, con un desdén paternalista, de haberle dado la ocasión de sentir esa alegría; sin embargo, estoy convencido de que no tuvo la tentación de mofarse de ella mientras la observaba en silencio probando el filo de un cuchillo en su pulgar, recorrer el tajo de una picadora con la palma palpitante o desplazarse metódicamente de un rincón a otro con sus pies en guardia, furtivos, con un impulso como contenido, refrenado a propósito para no descubrirse tan deprisa ni tan de repente ante el hombre que la seguía con la mirada sin decir palabra; como la Chef no parecía haberse percatado de su presencia ni preocuparle lo más mínimo, a Declaerk ni se le ocurrió burlarse de ella.
A lo sumo, la encontró extraña, aunque eso no le incomodaba, había viajado mucho y se había encontrado con tipos de lo más curiosos.
Por decir algo y porque tal vez le asaltaba la sombra de un temor, le repitió con una carcajada que no la contrataba para cocinar, de eso se encargaba Millard, que era excelente; ella debía hacer exactamente lo que le ordenara Millard, ¿entendido?, y la Chef, sonriendo por primera vez desde que había franqueado la puerta del restaurante, asintió con ademán paciente, conciliadora y distante, disciplinada e indescifrable.
Le preguntó a Declaerk si podía darle la carta.
Algo sorprendido, le tendió la gran hoja acartonada del menú, ella tomó asiento en una silla y colocó el menú encima de la mesa, sin echarle un vistazo siquiera, con la mirada plácidamente clavada en Declaerk, mientras esperaba a que este se acercara y le leyera el nombre de los platos, no porque ella no pudiera —si se concentraba, era perfectamente capaz de captar el sentido de lo que iba descifrando—, sino porque quería oír aquellas palabras pronunciadas por alguien que sabía qué significaban, que se imaginaba con precisión cada plato nada más formular su nombre, así —pensaba ella—, interrogándole sobre lo que él veía, ella despertaría en su mente el reflejo esquemático de esa imagen, así llegaría a la cocina de Millard y se sentiría a gusto de inmediato.
La Chef sabía que experimentaba un placerían intenso al escuchar palabras ligadas al lenguaje culinario que frunció el ceño y esbozó una sonrisa para ocultárselo a Declaerk; en el artículo, creyendo estúpidamente humillarla, este diría que ignoraba que era analfabeta, que tenía juicio e
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intuición, pero no inteligencia; asimismo, ignoraría que la Chef, al leer sus palabras, no se sentiría herida en absoluto, sino que estaría maliciosamente satisfecha de que una descripción tan alejada de la realidad la preservara de cualquier tentativa innegable de saber quién era.
Yo conocí a la Chef mejor que nadie.
Pero algunas veces me engañó, sin llegar a mentirme, no me sacó del error cuando me equivocaba respecto a ella, ¿y con qué derecho iba a quejarme de que no siempre fuera sincera?, habida cuenta de que no me debía nada, porque nunca se debe nada a quienes quieren conocer tus secretos, aunque sea por amor; ella desconfiaba de mí, pese a haberme entregado una gran parte de su confianza; no creía que el amor garantizara la rectitud, y si ahora procuro ser lo más íntegro que puedo respecto a ella, no es de la manera que ella entendía la honestidad, lo sé perfectamente.
¡Menudo imbécil, ese Declaerk!, pensé al descubrir el artículo, riéndome para mis adentros al encontrar tan estúpido a aquel guaperas a quien tal vez la Chef había deseado sexualmente, pero no tardé en comprender que, en realidad, no decía lo que había pensado de la Chef, que solo pretendía ofenderla, afligirla y perjudicarla, rebosante de amargura por aquella mujer que lo había dejado y lo había superado en todos los sentidos, que se había vuelto más rica y más famosa que él, así que era tan estúpido como me había parecido, aunque me guardo de afirmarlo; lo único incontestable es su resentimiento, así como un dolor de otra naturaleza provocado también por el recuerdo de la Chef, pero que no puedo esclarecer por falta de elementos.
De pie detrás de la Chef, le leyó el nombre del primer entrante y, cuando se disponía a encadenarlo con el segundo, ella le preguntó cómo se presentaban esas croquetas de cangrejo con salsa holandesa, añadiendo, ante su incomprensión, que le gustaría tener una idea del formato, del número de croquetas por plato y, por supuesto, de su composición, pero Declaerk no tenía la menor idea de esto último, cosa que la Chef le reprochó en su fuero interno.
Un restaurador concienzudo debe conocer todos los ingredientes de un plato —me decía a menudo—, no basta con probarlo y juzgarlo, debe estar en condiciones de contestar con exactitud a las preguntas más peregrinas de un cliente y, para eso, debe estar tan al corriente como el propio cocinero.
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Le indicó sucintamente lo poco que sabía, que se trataba de carne de cangrejo incorporada a una mezcla cualquiera, que se rebozaba con pan rallado y luego se freía, y se servía con una salsa que era, por supuesto, la llamada holandesa, no se le ocurría qué más podía decir al respecto, así que pasó a la empanada al estilo Île-de-France, a la carlota de jamón, a los espárragos gratinados y a los volovanes de marisco, hablando apresuradamente y con un tono cortante para impedir que la Chef lo interrumpiera, aunque a ella ya no le apetecía, al haber comprendido que no iban a brotar las ricas y límpidas visiones que podrían haberle fecundado la imaginación, así que se limitó a escucharlo con los ojos muy abiertos, para que no pudiera sospechar que habría preferido entrecerrarlos; terrina de fuagrás de rape, jabalí al estilo de Burdeos, pierna de cordero de Cabrières, redondo de ternera Riviera… ¡Cuánto le entusiasmaba ese lenguaje!, casi le dolía, como si la voz de Declaerk hubiera apretado con una insistencia excesiva algún punto de su cerebro demasiado sensible.
Cuando Declaerk hubo terminado, a la Chef le dio la impresión de que se sentía algo incómodo, que se preguntaba de manera confusa si esa situación —él inclinado sobre aquella enigmática desconocida, leyéndole algo en voz alta por encima del hombro— no iba a ridiculizarlo, así que se enderezó con rapidez, mientras declaraba tajantemente que solo estaba a prueba, y esa repentina severidad tranquilizó a la Chef, que solo se sentía a gusto en un ambiente austero y diáfano, por lo que le habría disgustado que Declaerk siguiera sintiéndose incómodo.
Por mi parte, en su presencia, siempre intentaba que no afloraran mis sentimientos, mi tendencia a subrayar frases perfectamente inteligibles por medio de muecas o de gestos afectados, y, sobre todo, procuraba, a menudo en vano, que mi piel, mi olor y las emanaciones invisibles de mi ser no le desvelaran a la Chef el calor húmedo de emociones con las que ella no sabría qué hacer, y lamentaba no ser —de manera natural, sin esfuerzo alguno— lacónico, puritano y luminoso, sí, lo lamentaba mientras me consolaba pensando que lo que desprendía no era lo peor de mí.
En la cocina de Millard, la Chef se vio expuesta, de pronto, a algo que detestaba, descubrió que lo detestaba porque hasta entonces jamás había sufrido un ambiente así, ni en Sainte-Bazeille ni en casa de los Clapeau, donde había reinado cierta elegancia en el tono y en los modales.
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Con Millard tuvo que convivir con un chismorreo permanente, sin ton ni son, embustero y simplón, al que se entregaban tanto Millard como el pinche de cocina, un muchacho flaco, servil, que se pasaba el día carcajeándose y que, durante los primeros tiempos, atosigó a la Chef hasta el extremo de provocarle un aturdimiento constante, zumbador.
Millard, que más o menos tenía la misma edad que Declaerk, hacía gala de una actitud a la vez indignada y burlona, de la que daban fe, a lo largo del día, una serie deshilvanada de protestas y de exclamaciones de doble sentido, sin las cuales —argumentaba Millard— se habría muerto, se habría pegado un tiro, por eso debía desahogarse, debía compartir con su entorno todo lo que pensaba sobre cualquier cosa, aunque fueran tonterías —continuaba diciendo con orgullo—, en su caso, con el pinche de cocina, que le reía sus interminables rebuznos, el viejo camarero introvertido, Declaerk —cuando pasaba por la cocina, aunque ni siquiera fingía escuchar a Millard ni se dignaba a contestarle— y la Chef, cuyo silencio abrumador aguijoneaba la verborrea de Millard en lugar de acallarla, así que tomó la costumbre de susurrar ¡hum!, que, sin herirlo, no le daba pie a continuar; la Chef sentía vergüenza ajena por ellos y por ella, se enfrascaba en su trabajo, aturdida, consternada, sentía vergüenza sin saber del todo por qué.
Acabó aborreciendo tanto las reflexiones exaltadas de Millard sobre el mundo, sobre la política francesa o sobre el Ayuntamiento de Burdeos que llegó al extremo de temerlas, asustada por la fuerza con que las detestaba, alegando que ella no estaba al corriente de nada de lo que hablaba él y, al mismo tiempo, consciente de que no debía dejarse influir por el pensamiento de Millard; le parecía abyecto cómo se burlaba de unos y otros, regocijándose con la fealdad o la enfermedad de algún desdichado o de algún cliente, o cómo se reía de la quiebra de otro restaurante; Millard se le antojaba brutal y minúsculo, monstruosamente poderoso e ínfimo fuera de la cocina, y esa desproporción la inquietaba, la estremecía, ¿acaso no demostraba su propia debilidad, su insignificancia? ¿Por qué la perturbaba tanto Millard?, ¿por qué le inspiraba odio y temor, impidiéndole consagrarse por completo a la cocina, como ella deseaba?
Por eso casi respiraba aliviada cuando lo oía enzarzarse en un asunto que le gustaba especialmente, el de las groserías que decían sobre ella.
Lo veía venir por el modo en que le daba la espalda descaradamente, se acercaba al pinche de cocina y, en voz alta para que ella lo oyera,
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aunque fingía susurrar, soltaba una broma sobre las mujeres, seguida por observaciones varias sobre la presunción de las que decidían trabajar en una cocina; bajo su zafiedad y sus impertinencias, la Chef percibía algo serio, agitado, indignado hasta la médula, que, en cierto sentido, la tranquilizaba, al igual que el esmero de Millard en disfrazar su malestar real con insolencias cómicas.
Entonces lo comprendía, ya no lo temía y lo aborrecía menos.
Le atormentaba tanto la perspectiva de que las mujeres abrazaran su profesión, de que su naturaleza extraña, abstrusa, sin humor, perturbara sus alegres conversaciones sobre historias raras y sus confidencias masculinas, que sentía una necesidad imperiosa de proclamarlo, al mismo tiempo que ocultaba su verdadera inquietud; habría preferido ser solo obsceno y frívolo, no tener que preocuparse por nada, por eso gastaba bromas aún más pesadas, con la voluntad —malvada, feroz, desesperada— de hacer saber al mundo lo que pensaba al respecto sin parecer un hombre a quien ese tema podía socavar; la Chef, por su parte, reconocía en esa obstinación fanática una tenacidad semejante a la suya, de ahí que las provocaciones de Millard no la turbaran.
Cuando le pregunté, poco convencido, si, pese a todo, no le había resultado insoportable oírlo llamarla «fulana» o que se dirigiera a ella apodándola Gallinita o Pichona, la Chef se encogió de hombros con indiferencia, me contó que le había parecido que formaba parte del orden de las cosas y que era un precio aceptable por haber entrado en el restaurante de Declaerk, donde había aprendido el oficio, sin lugar a dudas.
Interpreté esa indiferencia como una muestra de la aversión de la Chef a lamentarse, cosa que podía llevarla a maquillar un poco la realidad o bien a no recordarla con la exactitud que para mí resultaba fundamental, pero el caso es que localicé al pinche de cocina que trabajaba codo a codo con Millard en aquella época y fui a visitar a aquel tipo a una residencia de ancianos de Toulouse.
Nos tomamos un café en el refectorio y debo confesar que me trastornó el hecho de observar el rostro alargado y huesudo de aquel hombre que había conocido a la Chef cuando esta tenía veinte años, mientras que yo nunca había visto ni una sola foto de ella de entonces y nadie había logrado retratármela con los detalles que dan valor y verdad a una
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descripción, ni siquiera su hermana Ingrid, que no recordaba nada interesante, nada que yo no me hubiera imaginado ya.
Empecé interrogando al pinche de cocina por el aspecto físico de la Chef, pero no me esperaba en absoluto lo que destacó como la característica más llamativa de la apariencia de la joven de entonces, así que, sin poner en duda su palabra, adopté un aire dubitativo, para permitirme asimilar la información.
La Chef —me dijo con su voz profundamente indiferente de anciano— tenía la nuca invadida por un eczema o, para ser exactos, por unas placas rojas, como con granitos, que él creía que era un eczema y que al parecer le picaba horrores, porque, cuando hacía una pausa durante la jornada, él había observado que no era para ir al servicio, sino al patio al que daba la cocina; allí se quitaba el fular que llevaba siempre y se daba unos golpecitos en la nuca o se la frotaba vigorosamente, aunque intentando no rascarse para no inflamar o hacer sangrar las comezones.
Cuando le pregunté cómo había podido observar lo que hacía la Chef en el patio, oponiendo en vano mi tono escéptico y falso a su certidumbre desganada, algo aburrida (no le importaba lo más mínimo que le creyera), me contestó que la puerta del patio estaba prácticamente siempre abierta a partir de marzo, de lo agobiante que era la cocina, tan estrecha y baja, y como el patio tampoco era demasiado grande, se veía casi todo.
No creía que nadie hubiera hecho la menor alusión a ese problema ante la Chef, no, pero Millard y él lo comentaban a veces con una repugnancia burlona, fingiendo que se preocupaban por si la muchacha no tendría la lepra, aunque, en el fondo, la compadecían un poco por ese mal, porque se figuraban que ni el hombre más feo y solitario del mundo sentiría deseos de tocar esa piel escamosa, se la imaginaban siendo rechazada, humillada, y no eran insensibles a eso, la compadecían un poco, aunque no le tuvieran demasiado aprecio.
¿Y por qué no le tenían demasiado aprecio?
Pues ya casi no se acordaba, por nada en particular, pero les fastidiaba tener una mujer en la cocina, esa era la razón, grosso modo, por la que estaban resentidos con ella; además, no le gustaban las bromas, nunca sonreía, y a él, el pinche de cocina, le molestaban las chicas distantes si no eran hermosas, solo las hermosas tienen derecho a mostrarse altivas.
¿En qué sentido no era hermosa?, le pregunté con una emoción que no traté de disimular.
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Separó con dificultad sus viejos brazos esqueléticos y suspiró, dando a entender que no podía explicármelo y que, además, estaba hasta la coronilla, así que me marché de forma bastante brusca, sin saber si lo que tanto me conmocionaba era lo que me había revelado el anciano —algo que yo no había sospechado siquiera y que había estado a punto de no saber jamás— o si era su egoísmo impasible, indiferente a todo, que me sacaba de quicio igual que me saca de quicio a veces —por suerte, en contadas ocasiones, muy a mi pesar, aunque me sorprenda— la complaciente falta de curiosidad de mis amigos de Lloret de Mar, aunque me guste frecuentarlos precisamente por esa razón, ya que jamás habría hecho el menor intento de formar parte de su pequeño círculo si hubiera sospechado que me harían preguntas sobre mi vida anterior y, por tanto, sobre la Chef. Por suerte, esos arranques absurdos de exasperación se me pasan enseguida, calmados por una o dos copas; el alcohol me amansa por completo y redobla mi afecto lleno de agradecimiento por Antoine Jean-Pierre Virginie, mis amigos de Lloret de Mar, a quienes les resulta tan indiferente quién soy fuera de Lloret de Mar como a mí ellos; parecemos niños, nos olvidamos de retener el apellido de los demás.
De la conversación con el pinche de cocina concluí que la Chef debía de haber sufrido una psoriasis bastante grave, si los picores la obligaban a salir con frecuencia, por breves que fueran esas pausas, pero, sabiendo que la Chef detestaba interrumpir el trabajo y que, por añadidura, debía de querer que Millard y Declaerk se formaran la mejor opinión posible sobre sus capacidades y su seriedad, creo que debió de sufrir bastante más de lo que permite suponer la frecuencia de sus escapadas al patio, decidiéndose a alejarse de la cocina solo cuando la comezón se volvía insoportable.
No me sorprendía en absoluto que ella jamás me hubiera contado ese problema.
En cambio, me asombraba —es más, estaba extremadamente decepcionado y descontento conmigo mismo— pensar que había sido incapaz de detectar, en el relato de la Chef, la menor señal de algún secreto de una naturaleza muy distinta a la del secreto que yo me había imaginado, como su deseo físico por Declaerk o su probable historia conyugal con el jardinero de los Clapeau, y me reproché con virulencia —con el pesar que causa lo que llega demasiado tarde— no haber sido suficientemente atento ni sensible; no me consolaba la hipótesis poco verosímil de que ninguna palabra, ninguna expresión de la Chef, a la luz dura y blanca de los neones
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de la cocina ordenada por la noche, hubiera revelado jamás aquel mal que le había amargado la existencia, no me creía esa hipótesis.
Vagamente impulsado por la esperanza mágica de curar a la Chef más allá del tiempo o, al menos, de aplicarle en mi imaginación un amoroso bálsamo a su piel atormentada, sin duda alguna, me documenté a fondo sobre la psoriasis, acudí a dermatólogos para que me explicaran las características y las causas de esa afección, una costumbre que ahora tengo tan arraigada que hasta interrogué a Bertrand o a Bernard cuando le oí contar una divertida historia sobre un hospital, mientras hacíamos un pícnic en la playa de Santa Cristina, aunque nunca interrogue a nadie en Lloret de Mar, y entonces reconoció que había ejercido de médico y no pude evitar preguntarle por la psoriasis; pago mi deuda con la Chef convenciéndome de que hoy sabría curarla o aliviarla, poso suavemente los labios en su maltrecha nuca irritada. A punto estuve de preguntarle a Bernard o a Bertrand: ¿Crees que, con lo que sé hoy, podría haber ayudado a la Chef si la hubiera conocido cuando ella tenía veinte años y sufría esa terrible enfermedad cutánea? A punto estuve de preguntarle: ¿Crees que hoy puedo cambiar un pasado que no viví? ¿Crees que puedo hacer como si la Chef nunca hubiera tenido psoriasis? ¿Basta con imaginarme que poso unos labios amantes en una herida?
Y, por supuesto, me inclinaba por las causas psicológicas del mal, me tentaba relacionarlo con lo que me había contado la Chef sobre sus dificultades para estar con su hija o, más bien, con lo que había conseguido arrancarle al respecto, porque a la Chef no le apetecía en absoluto recordar ese detalle de un periodo doloroso de su vida, el de su aprendizaje en el restaurante de Declaerk, que por lo demás fue de gran entusiasmo y sobre el que le gustaba hablar, por lo que respecta a la cocina, pero le habría gustado recordar solo lo ocurrido entre las cuatro paredes del restaurante y no el resto de su vida de entonces.
Pero ¿acaso esa vida complicada fuera del restaurante no se había colado en la cocina de Millard, bajo la forma elocuente, humillante, dolorosa, de una piel roída por un mal que repugnaba a los demás?
En cuanto la Chef comprendió que su trabajo era reconocido y que iba a continuar en el restaurante de Declaerk, se fue a buscar a su hija a Sainte-Bazeille. Por aquel entonces, la niña tenía cerca de un año.
La Chef no sabía con exactitud cómo iba a arreglárselas, solo sabía que debía ir a buscar a su hija, tal y como se había prometido a sí misma, sin
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renunciar por ello a su voluntad de progresar en su oficio; era tal su anhelo por compaginar esas dos obligaciones que fue a Sainte-Bazeille precipitadamente, con el propósito —creo yo— de no preguntarse si no sería preferible dejar a su hija allí; como ya le he dicho, se sentía culpable.
Regresó con la criatura al hotel donde seguía teniendo una habitación reservada y, al día siguiente por la mañana, la llevó a casa de una vecina del edificio de enfrente, una mujer que criaba sola a dos o tres niños, con quien la Chef había acordado que iba a cuidar a su hija durante el día.
La Chef trabajó hasta bien entrada la noche, fue a recoger a la niña y al día siguiente volvió a llevarla a casa de la vecina, así durante varias semanas; en el restaurante de Declaerk nadie sabía que tenía una hija y ella estaba decidida a que no se enteraran.
Si ya lo tenía todo organizado, ¿qué falló?, ¿por qué llevó a la niña de vuelta a Sainte-Bazeille antes de que terminara el año?, le pregunté cuando se limitó a mencionar el hecho, sabiendo que yo no lo ignoraba, porque en aquella época su hija había empezado a acribillarla a reproches, recriminaciones sistemáticas, y repetía pérfidamente esa acusación, que la Chef no la había aguantado demasiado tiempo una vez que consiguió su primer trabajo.
El caso es que no había tardado en constatar que la vecina carecía de principios y de higiene —me explicó la Chef—, y había temido tanto por la salud de su hija como por su lenguaje en semejante entorno, por esa razón había tenido que llevarla de vuelta con sus abuelos, aunque le hubiera costado reconocer su fracaso.
Y dando un pequeño puñetazo en el aire, irritada, exclamó: ¡Ni siquiera sabía que existían!, cuando me sorprendí de que no hubiera intentado encontrar una guardería en la que dejar a su hija, u otra vecina que la cuidara, así que no insistí, satisfecho, convencido en mi interior de que había acabado aceptando la idea de que no podía dedicar a la cocina todo su tiempo y todos sus pensamientos mientras cuidaba, en un cuartito de hotel, a una niña que estaba aprendiendo a caminar y a hablar, de manera que se había resignado a la única solución posible, acompañarla de nuevo a Sainte-Bazeille, donde sus padres la educarían decentemente, como lo hacían todo; me quedé convencido y satisfecho, aún no sabía nada de la psoriasis.
Pero no me equivocaba en absoluto al suponer que la Chef no había soportado que sus reflexiones fueran invadidas por los balbuceos o los
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llantos de la niña, ni la espantosa imposibilidad de pensar que provoca la presencia de una criatura en un espacio minúsculo, ni me equivocaba al suponer que la aterraba que volviera a abatirse sobre ella el estupor de Marmande, de ahí que Sainte-Bazeille fuera una manera de proteger tanto a su hija como a sí misma; la Chef no volvió a hablar de ello, era absurdo.
Si solo hubiera tenido la modesta pretensión de dar sus primeros pasos en el restaurante de Declaerk, de aprender el oficio como el pinche de cocina socarrón, podría haberse encargado de su hija mientras trabajaba, pero su ambición era muy distinta, no solo mayor sino de otra clase, de manera que, por la noche, necesitaba imperativamente la soledad, cuyo silencio le permitiera indagar en aquello que la había atraído, que la había impresionado.
En cambio, me equivocaba al imaginar que la Chef había exagerado a posteriori su pesar y su vergüenza por haber tenido que separarse otra vez de su hija; sí, me equivocaba al pensar que había recreado artificialmente esa angustia a partir de la actitud de su hija adulta —que se había convertido en una calamidad, en una engreída—, porque por aquel entonces ignoraba lo de la psoriasis y me había figurado a una Chef de veinte años imperturbable, independiente, resuelta, que quería a la niña con todo su amor, por supuesto, como no quería a nadie, pero al mismo tiempo era capaz de olvidarse de ella en cuanto entraba en la cocina de Millard.
Aunque la Chef pudiera olvidarse de su hija, en su desdichado fuero interno no la olvidaba, por eso la Chef se tapaba la nuca con un fular incluso en plena canícula; ¿cómo era posible que yo no supiera nada de la psoriasis?
La Chef llevaba dos años muerta cuando conocí al viejo pinche de cocina en una residencia de ancianos y me describió con un vestigio de repugnancia objetiva y fría cómo su joven compañera de trabajo —a la que encontraba fea— se frotaba frenéticamente la nuca en el patio; la Chef estaba muerta y aquel vejestorio desagradable, no; sin saberlo, había perdido para siempre la oportunidad de mostrarle mi dolor a la Chef, mi compasión absoluta por sus sufrimientos de antaño; de pie, detrás de ella, le habría acariciado la nuca y quizá con los dedos habría notado algo imperceptiblemente granuloso, y entonces la Chef habría percibido mi conmiseración; ¿cómo había podido no enterarme de nada?
Continúo sin perdonármelo.
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Mis amigos de Lloret de Mar quieren hacer una buena comida para festejar la llegada de mi hija, pensando que yo no sabré apañármelas, porque solo me ven comprar platos preparados en el supermercado de Lloret de Mar. Su amabilidad —y el hecho de que parecen tenerme más aprecio del que yo pensaba, más aprecio del que estoy en condiciones de devolverles— me conmueve más de lo que desearía que me conmoviera algo en Lloret de Mar. Me han preguntado qué le gusta comer a mi hija, no he podido contestar, he tenido un instante de pánico y de contrariedad. Me gustaría que todo volviera a ser como antes en Lloret de Mar, rezo para que mi hija tenga algún contratiempo —nada grave, por supuesto— que la obligue a renunciar a la visita, pero ¿rezando así, a la ligera, no me arriesgo a atraer la desgracia sobre su joven cabeza inocente?
A fuerza de observar cómo trabajaba Millard a diario, la Chef acabó albergando una gran consideración por aquel hombre a quien apenas apreciaba.
Hasta entonces, la Chef nunca había disociado el talento de la dignidad, siempre había encontrado un vínculo inquebrantable entre las escasas aptitudes de la cocinera de Marmande y su corazón mezquino (¿acaso la Chef temía acabar siendo una cocinera mediocre si no sabía querer a su hija como Dios manda?), de ahí que le turbara observar en Millard la armoniosa coexistencia de un oficio creativo y perspicaz, y de una personalidad pobre, chismosa y tonta, sin que ninguna de las dos vertientes influyera en la otra; el fruto era un Millard encantado de la vida, que conocía su valor como cocinero pero desconocía sus límites; un profesional excelente y un individuo detestable.
Cuando se ponía a preparar un plato era sumamente honesto, y los elogios de los clientes que le transmitía el camarero le causaban una alegría singularmente humilde, como si no se hubiera esperado que lo felicitaran, ni siquiera una recompensa tan sencilla, por su esfuerzo, por su deseo de cocinar cada vez mejor.
Su cocina respondía sobriamente a los gustos y las costumbres de la época, aunque añadía una nota personal, estética, a la elaboración clásica de las quenelles de lucio con salsa Nantua, por ejemplo, picando un manojo de perejil para elaborar la bechamel rosa, diciendo —por pudor, con un tono que daba a entender que se burlaba de sí mismo— que a todo ese rosa le faltaba otro color intenso que contrastara, pero procedía con seriedad y, en general, procuraba aligerar —como si nada, casi a
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escondidas—, aunque solo fuera a la vista, la densidad de la harina y la mantequilla o la grasa que flotaba encima de los caldos; utilizaba toda la parte verde de las verduras, sin decirlo, sintiéndose algo incómodo a la hora de justificar sus intuiciones.
Y la Chef, con una sorpresa siempre renovada, veía cómo de labios de aquel hombre brotaban palabras y frases de una estupidez infinita, de una mala fe sin tregua, al mismo tiempo que las manos hábiles de Millard seguían las ingeniosas directrices de una mente a la que ni la estupidez ni la mala voluntad ponían trabas.
¿Cómo era posible —se preguntaba la Chef en esa época y se seguía preguntando, en cierto modo, cuando me hablaba de ello unos treinta años más tarde— que el alma ruin de Millard no fuera un obstáculo para la concienzuda labor de sus manos o que estas no le fallaran, molestas, confusas, sabiéndose guiadas por un espíritu tan malvado?
Por su parte, a la Chef siempre le había preocupado que un comportamiento dudoso en la vida, que una costumbre cobardemente impregnada de pensamientos malintencionados le hicieran perder para siempre el favor que le había sido otorgado, así que permanecía ojo avizor, procurando no equivocarse.
Como Millard tenía un enorme respeto por su oficio, cuando debía encomendarle alguna tarea a la Chef, se dirigía a ella de manera correcta y precisa.
La misma buena fe en el trabajo le hizo reconocer que aquella muchacha era rápida, capaz, talentosa y que ya estaba bastante instruida, y aunque todos los días, mecánicamente, suplicaba que sustituyeran a la chica por un pinche de cocina del otro sexo, aunque todas las mañanas deseara visceralmente no verla entrar en la cocina, jamás mezclaba esos sentimientos con la opinión rigurosa, leal, que se había formado de ella como profesional, hasta tal punto que, al cabo de poco, ya no se conformó con hacerle preparar los ingredientes, sino que la implicó en la ejecución de las tareas, exigiéndole que le echara una mano, en sus palabras.
Se dio cuenta de que aquello que la Chef aún no sabía preparar a la perfección —como el hojaldre, el glaseado de carne o rellenar delicadamente un pescado— lo aprendía muy deprisa cuando él le enseñaba la técnica, con una sola vez le bastaba, y se acordaba de todos los términos que empleaba él, pese a que adoptaba un perfil bajo —por desconfianza, por razones tácticas, por delicadeza—, fingiendo que no
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tenía ideas propias, evitando dárselas de sabelotodo, como acostumbraba a decir Millard a propósito de quien expresaba su punto de vista ante él.
Se me ocurrió la idea aberrante de que podría alquilar un apartamento en Rosamar y hacerle creer a mi hija que vivo allí, así no tendría que enseñarle Lloret de Mar ni presentarle a mis amigos; las dos semanas de su estancia pasarían volando, no la llevaría a la playa de Santa Cristina ni a ningún otro lugar donde están mis amigos. A ellos les diría que al final mi hija renunció a la visita y enseguida se olvidarían del asunto y hasta de que tengo una hija. La perspectiva me animó bastante, de repente me parecía pan comido.
Fiándose de los informes elogiosos, aunque refunfuñones y nada solícitos que le hacía Millard, Declaerk le subió el sueldo a la Chef En el artículo que encontré, se valía del pretexto de ese gesto elegante para denunciar lo que se empeñaba en considerar una traición por parte de su empleada, insinuando que la Chef tenía un carácter ingrato, aduciendo incluso las buenas palabras que ella siempre les dedicó a él o a Millard para decir que era una hipócrita, de lo contrario, ¿por qué se habría marchado si se sentía tan a gusto en su restaurante?
A los lectores debió de saltarles a la vista que Declaerk simplemente no aceptaba que la Chef hubiera conquistado su independencia y que, por añadidura, no hubiera tenido que pagarla con ningún desengaño; él había creído que la protegía —declaraba—, pero en realidad la estaba preparando para desertar.
A pesar de que la Chef debía de saber que Declaerk había hablado mal de ella, nunca la oí formular la menor crítica, la menor observación cruel o irónica sobre él, aunque exageraba de manera complaciente su papel en la formación de la Chef, aunque daba a entender —contra toda verosimilitud
— que había contratado por pura generosidad a una muchacha completamente perdida; sin embargo, la Chef era consciente de que él la había ayudado, comprendía su amargura, le entristecía que él se mostrara tan vulnerable, tan herido en su vanidad; de hecho, lo habría defendido contra cualquier ataque, incluso justificado.
A Declaerk, a la mezquindad mordaz que desvelaba en el artículo, la Chef le profesaba la clemencia inquebrantable con la que juzgarías a tus padres si se han quedado en la arena elucubrando su pesar mientras el oleaje de un éxito incomprensible para ellos se te lleva muy lejos por un mar plateado; los celos estúpidos —aunque no me desagradaba cómo me
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aguijoneaban— me llevaban a atribuir a los rescoldos de la atracción carnal, al recuerdo nostálgico de su deseo por aquel tipo de cuerpo enjuto, una indulgencia que tal vez, por el contrario, estuviera inspirada por una especie de afecto filial.
Sí, estaba celoso, no acababa de convencerme de que la Chef hubiera mostrado por mí la misma fidelidad; era absurdo (sí, ¡tenía celos de la maldita delgadez de Declaerk!).
Este jamás pudo digerir que, después de un año y medio trabajando con él, la Chef le anunciara que había encontrado un local en alquiler, un antiguo bistrot cerrado desde hacía mucho tiempo, bastante alejado del restaurante de Declaerk.
Quería abrir su propio establecimiento, así que avisó a Declaerk según lo convenido, con varios meses de antelación; incluso esperaba — ingenuamente— que él le diera su consentimiento y apoyo, además de consejos, y que, llegado el caso, hasta le prestara dinero, me contó riéndose de su candorosa vanidad de entonces.
La reacción gélida de Declaerk la dejó atónita. Durante varios días no le dirigió la palabra, hasta que le informó de que había encontrado a alguien que la sustituyera; ya no quería volver a verla ni a oír hablar de ella, y pobre como se quejara.
Me complace pensar que lo que por parte de aquel tipo fue casi una maldición a la Chef acabó volviéndose contra él más de lo que ella podría haber deseado; obedeciendo a su furiosa orden, nunca más acudió a él, aunque Declaerk oyó hablar de ella —¡exageradamente!— con un dolor áspero que me imagino que a la Chef solo debió de entristecerla.
Durante mucho tiempo, tuvo la esperanza de verlo entrar en su restaurante, igual que ella había entrado en el suyo varias décadas antes; desde luego, no habría ido a pedirle trabajo, sino a darle a entender que la había perdonado, que ya no le guardaba rencor, y la Chef se habría olvidado enseguida de que no había cometido ningún error por el que debiera desear que él la perdonara; se habría sentido inmensamente aliviada, apaciguada, habría recibido su perdón con gratitud, como si realmente fuera culpable, pensando que existía un principio más importante que la justicia: el de la reconciliación.
Pero Declaerk jamás entró en el restaurante de la Chef y si se avino a contestar las preguntas de un periodista sobre su antigua empleada —una petición que debió de estimular su resentimiento— fue, sin duda alguna,
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solo con el propósito de desacreditarla; no comprendió —o no quiso comprender— que ella lo aguardaba con el corazón en la mano, con magnanimidad, que habría depuesto las armas antes de que él abriera la boca, aunque ella fuera la más fuerte de los dos, sin duda alguna.
Me disgustaba que la Chef renunciara a su justa razón, a su legítimo amor propio frente al orgullo mal entendido de Declaerk, me parecía un rasgo femenino que no debería manifestarse —esa voluntad de hacer las paces a cualquier precio con alguien que no era consciente de la suerte que había tenido, del favor que le habían hecho—, pero ella soltó una risita cuando me expresé en esos términos y se limitó a decir: Es que me daba un poco de pena, ¿sabes?, y yo repliqué que no entendía que sintiera pena por un hombre que le había mostrado unos sentimientos tan recelosos y ruines, le dije que precisamente la excesiva generosidad de mujeres como ella alentaba la insolente grosería de hombres como él, y la Chef guardó silencio, dándome a entender —creo yo— que tenía razón, pero que ella también tenía razón por motivos que yo no podía comprender.
En efecto, sigo sin saber si a la Chef le daba pena Declaerk porque había ocurrido algo entre ellos y, tal vez, ella se había zafado y lo había ofendido, o porque se compadecía de los envidiosos en general y se reprochaba ser objeto de ese sentimiento, aunque no hubiera hecho nada para merecérselo; así era la Chef, aborrecía provocar —incluso involuntariamente— algo funesto, propagar el mal.
El caso es que pusieron de patitas en la calle a la Chef de una manera brutal y humillante, que solo le afectó fugazmente, superficialmente, porque el proyecto que estaba elaborando le daba fuerzas y energía; una vez fuera del restaurante, su pensamiento ya volaba lejos de Millard y de Declaerk, al tiempo que se desvanecía el recuerdo de su despido, como un elemento baladí de su trayectoria ya esbozada (un bosquejo del destino que ya entreveía con los ojos abiertos de par en par).
Acudió a la agencia inmobiliaria que se encargaba de alquilar el local que había encontrado y fue a visitarlo, entusiasmada al descubrir que se asemejaba a lo que se había imaginado al verlo a través de las enormes cristaleras, donde confluían dos calles; era una esquina muy transitada, cerca de la plaza de la Bolsa.
Constaba de una única sala de cuarenta metros cuadrados, de una cocina de quince y de unos servicios en mal estado.
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Sí, se trataba del restaurante actual, que posteriormente la Chef amplió comprando las dos tiendas colindantes pero que nunca abandonó.
El suelo estaba pavimentado con esas preciosas baldosas que ya conoce usted, de terracota, con unos tréboles verdes sobre un fondo azul claro. El local se alquilaba con los muebles del bistrot que había quebrado —mesas de madera de roble oscura, sillas con el asiento de mimbre— y, en la cocina, todo lo necesario en cuanto a tajos, carritos de postre, armarios, bandejas para el horno y cacerolas de hierro fundido; solo faltaban la vajilla, los vasos y los cubiertos.
La Chef comunicó que le interesaba alquilar el local, rogó que le dieran un poco de tiempo, viajó en tren a Marmande y llamó a la puerta de los Clapeau.
Me aseguró que estos no se sorprendieron al verla, que incluso parecía que esperaran su visita, cosa que interpreté como la señal rutilante de que la Chef había recobrado su enorme y callada influencia, que su poder para procurarles lo que ellos consideraban el mejor gozo irradiaba de nuevo hacia los Clapeau, quienes probablemente —pensé yo— no habían previsto la visita de la Chef, no, pero, al encontrársela ante su puerta, habían tenido la certeza de que la muchacha debía regresar indefectiblemente a su vida, que esta no podía haber sido trastornada y enriquecida como lo había sido desde la experiencia en las Landas sin que la artífice de esa metamorfosis hiciera apariciones regulares, rituales, porque el azar no desempeñaba ningún papel en esa historia, debían de pensar los Clapeau, que todos los días echaban de menos a la Chef, sin tristeza, con serenidad, rebosantes de gratitud por lo que les había concedido, sabiendo que no había terminado, resignados —con paciencia y melancolía— a que su vida estuviera en suspenso.
Cuando la Chef se marchó, al cabo de media hora, se llevaba un generoso cheque.
Apenas había abierto la boca; ellos tampoco. Habían comprendido enseguida qué necesitaba, igual que ella había comprendido, mientras les daba las gracias, que no deseaban su agradecimiento, que la idea misma les horrorizaba; se resistieron con ahínco, sin coquetería alguna, y entonces la Chef calló, guardó cuidadosamente el cheque en su bolsito y se despidió, sin pensar ni por un instante, como los Clapeau, en hacer el esfuerzo de fingir una conversación.
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No tardaría en saldar su deuda, y aunque los Clapeau fueran contrarios a ello, aunque incluso le hubieran escrito en varias ocasiones para exigirle que dejara de enviarles cheques que, por otra parte, no cobraban, ella se obstinaría en efectuar esos pagos, sabiendo que los Clapeau consideraban, con cierto pavor, que no estaban en igualdad de condiciones, que ella no les debía nada y que, aceptando algo, incluso algo tan poco comprometedor como unos cheques, empequeñecían su fervor, socavaban la idea que tenían de sí mismos, poniéndose sutilmente en riesgo; para la Chef, eso era asunto de los Clapeau, una preocupación muy respetable, pero su obligación era no estar en deuda con nadie.
Consiguió el local y el pisito destartalado que había encima, pagó varios meses del alquiler por adelantado, compró ropa de mesa, una vajilla blanca, cubiertos y copas, y, para ella, un simple colchón que, durante mucho tiempo, fue el único mobiliario del piso, porque guardaba su ropa en palés; su confort no le preocupaba lo más mínimo.
Cuando mi relación con la Chef fue suficientemente estrecha como para atreverme a pasar por su casa a saludarla, en invierno, pude constatar que, aunque su piso ya no estaba amueblado con un único colchón, parecía haberlo llenado de objetos que respondían a unas convenciones cuyos códigos apenas conocía, de lo poco que le interesaban, de lo poco que le afectaba la opinión que se formarían de ella las escasas personas que tenían derecho a entrar, entre las cuales figuraban principalmente los amigos de su hija, cuando esta aún vivía con ella.
Observé divertido que, por ejemplo, la Chef había puesto de lado, en la entrada, dos armarios de estilos y de maderas diferentes o, en el suelo, una fina alfombra oriental junto a una moderna de lana gruesa con motivos geométricos; también observé que la Chef se movía por el piso con una inseguridad furtiva y ligeramente contrariada, como si acabara de despertarse de un sueño precisamente en un lugar donde no había deseado encontrarse y que, además, apenas conocía.
Una vez que hubo comprado lo que necesitaba, hizo pintar un letrero de madera con caracteres rojos sobre un fondo de color crema, con un efecto de trampantojo para que las letras parecieran recortadas de una materia densa y posteriormente pegadas en la madera. Al restaurante, como sabe, lo llamó La Bonne Heure[2].
Así que alquilo un coche para todo el día y me dirijo a Rosamar, con la intención de reservar un apartamento que le haré creer a mi hija que es
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el mío; aquí estoy, deambulando por las calles de Rosamar, que se asemejan tanto a las de Lloret de Mar que todo el rato espero cruzarme con Jean-Claude Jean-Luc Marie-Christine Nathalie haciendo recados — compras caras y sofisticadas— en los mejores colmados, pero estoy en Rosamar, donde no conozco a nadie y nadie me conoce y esa es la razón por la cual aquí podría recibir a mi hija, pero ya no me apetece, la desesperación hace que me dé vueltas la cabeza y que me tiemblen las piernas, y me dejo caer en una silla en la terraza de un bar muy parecido al que frecuento en Lloret de Mar. Ya no sé cómo salir del paso. De repente, el sol es mi enemigo y el cielo me parece demasiado vasto, siento nostalgia de Burdeos en invierno, de las calles sombrías y estrechas de mi infancia y del silencio apagado, con los sonidos aprisionados por la niebla que cubre el Garona de un color gris indiscernible; tanto en Rosamar como en Lloret de Mar, la luz ingrávida amplifica atrozmente cualquier ruido metálico, cualquier estúpido grito de alegría en estos lugares dedicados al solaz de gente de mi calaña; ¿cómo saldré del paso y de qué exactamente?, ¿dónde está el peligro?, ¿qué podría hacer o decir mi hija que me sienta incapaz de soportar?
Cuando le preguntaban a la Chef qué había determinado la elección del nombre de su restaurante, lo eludía con una humorada, diciendo, por ejemplo: Pues simplemente es un nombre perfecto, ¿verdad?
Y, en efecto, era uno de los mejores nombres —jovial, sencillo, fácil de recordar— para un restaurante, pero la Chef lo había elegido mucho tiempo atrás, cuando todavía trabajaba en casa de los Clapeau, a raíz de un recuerdo que le resultaba muy grato, aunque a veces cierta tristeza hacía que se le pusiera un nudo en la garganta.
Porque, siendo niña, había oído casi todos los días a su madre exclamando alegremente, a propósito de cualquier cosa: ¡En hora buena! Fuera para alegrarse de que su hija volvía de la escuela, porque se perfilaba un trabajo bien pagado, porque una brisa ligera refrescaba una jornada calurosa, en realidad para cualquier ocasión que no fuera exageradamente desagradable y pudiera transformarse sin dificultad en algo que inspira una forma de jovial agradecimiento, que era la fuente misma de la felicidad para los padres de la Chef. Su madre soltaba esta expresión que nunca parecía salir de sus labios de manera convencional, sino de la parte más ponderada y sincera de su ponderado y sincero corazón.
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Cuando la Chef me confesó el origen de ese nombre, también me dijo que se lo había contado a su hija unos años antes; habiendo leído las entrevistas que esta dio muy a la ligera antes o después de la desaparición de la Chef, como nunca evocó la historia de «¡en hora buena!», me aventuro a concluir que la ocultó a conciencia para no mostrar a su madre como una mujer sensible, incluso sentimental, porque ella está empecinada en convencer a la gente de que la Chef era puro egoísmo, puro cálculo.
A un periodista que le preguntó por el nombre del restaurante, le contestó que no sabía cuál era su origen, que su madre debía de haberlo encontrado por casualidad, cosa que no significa nada, por supuesto, y que da fe, a mi juicio, de la malicia de esa mujer, que debería haber comprendido que, al revelar el significado de esa elección, no estaba rindiendo homenaje a su madre, sino a su abuela de Sainte-Bazeille, con quien había vivido durante sus primeros años y a quien había querido más que a nadie, según la Chef, pero ¿cómo aman los seres egocéntricos de su calaña?, me pregunto yo.
Una vez que hubo limpiado las paredes de la sala, la Chef decidió conservar el audaz azul regio con el que estaban pintadas, por encima de los revestimientos de madera que enceró con esmero, y ese ambiente submarino amortiguado, reflexivo, donde los gestos parecían más lentos y más pausados que en el exterior, contrastaba con los rojos y los dorados que todavía dominaban en aquella época; desde luego, fue una decisión muy osada por parte de la Chef, que se esforzó —a través de una cálida iluminación— en suprimir la frialdad que podría haber causado la solemnidad subacuática de esas paredes de un color azul oscuro; fue una decisión muy osada por parte de la Chef, que tomó ella sola, como todas las demás, y de la que jamás se arrepintió.
En La Bonne Heure las paredes siguen siendo azules y a menudo he pensado que el comportamiento habitual de los clientes del restaurante — tan correcto, tan decente, con tendencia a hablar en voz baja sin dejar de sentirse maravillosamente a gusto, sin empleados envarados que los juzguen— también se debe a ese azul, impregnado de la soledad y de la dulce austeridad de la Chef, incluso en mayor medida que a su cocina intransigente o a la atmósfera contenida que imponía con su sola presencia, visible u oculta.
No exagero si digo que los primeros tiempos de La Bonne Heure fueron muy arduos, aunque siempre parece que esa clase de apreciaciones
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sean el meollo de una leyenda repetitiva, en cualquier ámbito.
La Chef eludiría este tema, así como el de los sentimientos que experimentó ante las enormes dificultades de los comienzos, diciendo: Nunca pensé que fuera a ser fácil.
Abrió La Bonne Heure el 3 de abril de 1973, con una carta que había hecho imprimir en un papel azul celeste.
Ofrecía tostada de cangrejo de río, buñuelos de sesos de cordero con salsa de anchoas, quenelles de ternera, atún al horno, asado de buey con miel de lavanda, la tarta de melocotón de las Landas y un parfait de vainilla cubierto con café; aunque la Chef tenía previsto contratar a alguien para encargarse de la sala en cuanto pudiera, no se encogió ante la tarea de acoger y de servir ella sola las seis mesas, a mediodía y por la noche.
Durante la primera semana, solo tuvo algunos clientes que, según me aseguró con modestia, se marcharon muy satisfechos, pero transcurrieron las semanas sin que la clientela aumentara de manera significativa como para pensar que el negocio iba a funcionar.
Solo cerraba los jueves a mediodía, se levantaba a las cinco de la madrugada todos los días, lavaba la ropa de mesa en la bañera de su piso y luego iba al Mercado de los Capuchinos empujando una pequeña carreta, todo ello —me contó la Chef— sumida en una obstinada exaltación, casi furiosa, que aniquilaba cualquier sensación de fatiga, que ni siquiera permitía que aflorara esa sensación y que le hacía considerar el descanso —necesario por fuerza— como un contratiempo casi angustiante, aunque dormía bien, se hundía en una tumba estrecha y fría donde no se daba la vuelta, no se movía ni soñaba, de la que salía por la mañana con la impresión de que lo ocurrido la víspera era algo lejano y caduco y que su vida empezaba en el instante —carente de inquietudes— en el que iba a abrir La Bonne Heure aquel mediodía por primera vez.
Tal vez fuera ese mismo entusiasmo obstinado, imperioso, lo que la arrastró hasta Sainte-Bazeille un jueves al amanecer, como un caballo desbocado al galope, espoleado por una confianza feroz en su propio instinto; corrió hasta Sainte-Bazeille, a la casa de sus padres, y volvió a marcharse enseguida, corriendo, sin atender a razones, con una seguridad en sí misma infundada y salvaje, llevándose a su hija, que iba a cumplir tres años.
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El hecho de que hubiera elegido precisamente la época en la que le resultaría más complicado ocuparse de la niña para ir a buscarla, para hacerse cargo de ella definitivamente, tal y como se lo anunció a sus padres, demuestra —en mi opinión— la exacerbación de su combate, de su manera rabiosa y sin embargo absolutamente optimista de jugarse el todo por el todo, convencida en su fuero interno de que debía arriesgarse a un fracaso absoluto, como madre, como cocinera, como restauradora, o bien darse la oportunidad de un logro admirable en todos los planos, pero no podía emprender la aventura del restaurante sin integrar en ella la educación de su hija, dado que nunca se regocijaría por el éxito del restaurante si se sustraía a sus responsabilidades como madre; sin duda alguna, debía de impulsarla una euforia inquietante, pero fue esa combinación de ímpetu, de ceguera y de un sentido obsesivo del deber lo que convirtió a la Chef en lo que sería: una gran artista.
Cuando me dirijo a usted, cuando pienso en la Chef, a veces me olvido de que el azar de su nacimiento quiso que sus dotes encontraran la cocina como un terreno de pruebas, porque la considero una verdadera artista que, en otras circunstancias, habría desplegado su talento a través de la pintura o de la escritura, qué sé yo, pero a la Chef no le gustaba que yo interpretara los hechos así, no creía tener una aptitud particular, ni un talento propio, solo la suerte de ser organizada, trabajadora, intuitiva y de albergar en su interior —sin garantía alguna de que fuera para siempre— a un geniecillo de su oficio. Pues eso es exactamente lo que le decía a propósito del arte, le replicaba yo, y entonces la Chef fruncía el ceño, escéptica ante palabras pomposas, ante toda esa farsa, como decía ella.
Ahora me basta con saber que podría recibir a mi hija en Rosamar para resignarme a recibirla en Lloret de Mar, mi verdadero hogar. Regresé de Rosamar pensando, hastiado: Tendría que vivir dos semanas con ella en el engaño, temiendo cruzarme con algún conocido, inventándome una vida y unos hábitos. Casi me siento aliviado ante la idea de que ya no debo luchar, de que mi descanso ha llegado a su fin, de que se avecinan problemas, pero problemas reales, no fruto de una mentira. Como sé que los problemas van a llegar, ya no tengo ninguna razón para temer que lleguen; que digan misa, ya me siento redimido, aunque todavía no haya ocurrido nada, y al atardecer, como todos los atardeceres, acabaré en alguna terraza bebiendo comiendo charlando con mis amigos de Lloret de Mar, que me preguntarán amablemente: ¿Y tu hija?, y yo contestaré:
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Llegará dentro de una semana, se llama Cora. ¡Qué bonito! Pues sí, quizá sí, no lo sé, raras veces he pronunciado su nombre; Cora, se llama Cora y ese nombre apenas me evoca recuerdos; puede que Cora sea bonito; se llama Cora; no participé en la elección de su nombre.
Una vez que la Chef hubo inscrito a su hija en un parvulario, incluyó los cuidados que exigía en la lista cargada y rigurosa de todo lo que ya tenía que hacer cotidianamente, cosa que —según ella— le pareció bastante más fácil de lo que ya había hecho hasta entonces, aunque la atención que consiguió prestarle —llevando a cabo aún más deprisa algunas tareas, como la colada o recoger la cocina— a veces le parecía insuficiente y la llenaba de un doloroso sentimiento de culpa, de imperfección, de manera que la niña —que dormía en el mismo colchón que ella y oía mejor los latidos del corazón de su madre que los suyos propios, que tenía una conciencia más profunda del curso de los pensamientos de su madre que del suyo— se impregnó de esos remordimientos, se aprovechó de ellos, a lo loco y con cinismo, como hacen los niños, y se convirtió en una criatura caprichosa, maligna, acostumbrada al chantaje y a la extorsión de favores, hasta el extremo de que los padres de la Chef —que nunca habían tenido ningún problema con la cría—, cuando volvieron a verla, se extrañaron de que se hubiera vuelto irreconocible.
Frente a ella, la Chef fingía que le parecía natural que una niña de tres años le diera órdenes y la intimidara, siempre y cuando sucediera fuera del restaurante y no entorpeciera su labor, cosa que su hija comprendió, interiorizando que podía imponerse a su antojo a la Chef mientras su actitud no amenazara la buena marcha de La Bonne Heure.
Y, como era pérfidamente intuitiva, astuta y calculadora, siendo consciente de que su madre, con el corazón partido, la llevaría de vuelta a Sainte-Bazeille antes que permitir que sus escenas o sus caprichos repercutieran en su trabajo, solo la tiranizaba cuando estaban solas en su piso, mientras que se comportaba correctamente en la sala o en la cocina, donde la Chef la sentaba a menudo a dibujar o a hojear un libro ilustrado; estoy convencido de que su odio por La Bonne Heure nació y se alimentó de esos instantes aparentemente armoniosos en que ella estaba condenada a mirar a su madre yendo y viniendo, sin poder influir en ella ni obligarla a acatar los requerimientos caóticos pero estratégicos de su omnipotente
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presencia infantil; sí, su hija llegaría a odiar el restaurante, sin por ello querer más a su madre.
El hecho de que la Chef tuviera que batallar todos los días para construir la reputación de La Bonne Heure, el hecho de que por las noches, una vez en su casa, todavía tuviera que bregar con una niña que estaba decidida a no dormir después de haber dormido unas cuantas horas, que estaba decidida a no dormir nunca más igual que a no dejar de gritar nunca más, me acudía a la memoria aquellas madrugadas en que escuchaba a la Chef —agotado, aterido, pero con gratitud y una desesperación resignada, convencido de que nunca podría retirarme a descansar— contándome con una voz monótona, agradable, ligeramente teñida de un humor púdico, los episodios nada fáciles, pero llenos de lecciones —decía ella—, a los que había tenido que enfrentarse en los comienzos de La Bonne Heure.
Por mi parte, dudo que la vida con su hija le enseñara nada, a diferencia de La Bonne Heure, que le inculcó, no sin dureza ni justicia, la coherencia y la lógica esperanza de ser recompensada por su trabajo, algo que la Chef aplicó posteriormente, convirtiéndose en mucho más que una excelente restauradora de barrio.
No, la vida con su hija —una niña con escasa gracia— no le enseñó nada, solo lo menos meritorio del carácter de la Chef, una sumisión solícita, desesperada, a las siniestras fantasías de individuos que no le llegaban ni a la suela del zapato y, sin embargo, la miraban por encima del hombro, como hizo siempre esa niña cuya opinión tan elevada de sí misma se construyó sobre la certeza —jamás cuestionada por su madre, ni por el comportamiento de su madre— de que ella era la más inteligente y la más sagaz de las dos, pero que, por desgracia, no había tenido suerte, mientras que la suerte había bendecido a su madre, misteriosamente.
Con el paso de las semanas, las popietas de conejo con acedera, los filetes de lenguado marinados en aceite de oliva o las verduras gratinadas a la manera provenzal atrajeron un número mayor de clientes a La Bonne Heure, que ocupaban las seis mesas cada vez con mayor frecuencia, impidiendo así que otros descubrieran el restaurante.
La Chef llamó a su hermana menor Ingrid, que acudió desde Sainte-Bazeille para encargarse del servicio y ayudarla con las compras, además de ocuparse de la niña después de la escuela; Ingrid tenía dieciséis años; a la hija de la Chef todavía le gusta proclamar que Ingrid le hizo de madre, otra de sus fábulas, mentiras o ilusiones, quién sabe.
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Traté a Ingrid cuando era ya una mujer madura y sé que el hecho de que la hija de la Chef siempre la evocara llamándola «mi querida Ingrid» o «mi tía querida» le causaba más incomodidad que alegría; Ingrid —que en aquel periodo no sentía ningún cariño por la cría, que realizaba las tareas que exigía la niña con tal impaciencia que la Chef a menudo debía llamarla al orden, pidiéndole que fuera más amable y más indulgente con la pequeña— me aseguró que era absurdo que la hija de la Chef pretendiera quererla, que llevaban veinte o veinticinco años sin verse y que, en resumidas cuentas, desde el principio, nunca se habían llevado bien, cosa de la que Ingrid no se sentía culpable en absoluto, incluso cuando le pregunté qué significaba, para una joven adulta de dieciséis años, llevarse bien o mal con una niña de cuatro, ¿acaso no le correspondía a ella mostrarse amable, ganarse el aprecio y el respeto de su sobrina?
Y la vieja Ingrid, de rostro ceñudo, se encogió de hombros —como solía hacer la Chef— y me contestó, simple y llanamente, que las cosas habían ido así, que ella no había sentido afecto por esa niña que, por lo demás, había recibido a raudales, porque su madre la consentía de manera estúpida, pero ella no, ella no había conseguido verle el interés a esa cría, era una carga y un fastidio en la vida de la Chef y en su vida también, pues Ingrid empezaba a disfrutar de la cocina junto a su hermana y habría preferido trabajar solo en el restaurante, en lugar de dedicarse a la niña; para ella también era una carga y un fastidio.
Pero la Chef quería apasionadamente a la pequeña, de eso no cabía ninguna duda, de ahí que la vieja Ingrid no comprendiera esas declaraciones de amor que le había dedicado la hija, precisamente a ella, que la había tratado sin miramientos, ni menos aún los reproches amargos, descabellados hacia la Chef, que le había prodigado toda su ternura a esa niña que nunca daba nada a cambio; ¡menuda carga, menudo fastidio!
Ingrid llegó de Sainte-Bazeille en pleno verano y entonces la Chef puso en práctica la idea que se le había ocurrido para responder a la demanda de clientes que estaban deseosos de comer allí, porque el restaurante solía llenarse enseguida.
Como aún no podía permitirse alquilar el local contiguo, compró cuatro mesas más y las instaló en la acera, bastante ancha y soleada en aquella esquina de la calle; añadió un toldo de lona azul marino que, cuando uno estaba debajo y la ardiente luz de agosto trataba en vano de atravesarlo, daba una impresión de frescor divino, puro y majestuoso, de
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dádiva maravillosa; la Chef redujo la carta a los platos que más le gustaban —tostada de cangrejo de río, pichón frío con crema chantillí, terrina de pato y espinacas, filetes de lenguado, pierna de cordero en camisa verde, buey con miel, tarta de melocotón de las Landas y crema de pistachos— y elaboró un menú de verano que cambiaba a diario según mercado.
Creo que fue la primera que propuso a los clientes habituales que vacilaban a la hora de elegir los platos sorprenderlos con una selección en la que añadía o quitaba ingredientes o condimentos que sabía que les entusiasmaban o que les desagradaban, como con los amigos que uno recibe en casa; la Chef no era una persona cercana, no era familiar, incluso podía resultar distante, pero enseguida se hacía una idea muy precisa de la gente y, con una sinceridad absoluta, procuraba que se sintiera a gusto en su restaurante, como en casa de una amiga extraña, algo fría, reservada, pero que te conoce mucho y a su manera circunspecta, casi brusca, intenta satisfacerte más allá de lo que podrías imaginarte.
No te atreves a llamarla amiga, por su trato tan reticente, así como por su recelo ante cualquier clase de intimidad, pero te trata como solo puede tratarte un amigo, con una firme lealtad, una atención permanente, una preocupación que parece superar con creces la que puede sentir por sí misma.
Algunos clientes de la Chef almorzaron en La Bonne Heure durante más de treinta años, varias veces por semana, y aunque nunca mantuvieron una relación con ella como para considerarse amigos, aunque nunca lograron invitarla ni verla fuera del restaurante (la Chef no veraneaba en Arcachon, no viajaba a París, no asistía a los cócteles del ayuntamiento ni al teatro ni a la ópera; no iba a ninguna parte, por mucho que la invitaran), solo habrían podido describir el vínculo que los unía como una vieja e inalterable amistad, pese a que, al pagar la cuenta, siempre tenían la impresión de estar en deuda con ella, de no tener ocasión —porque ella declinaba cualquier propuesta para el fin de semana o cualquier invitación
— de restituirle más que a través del dinero (sumas de lo más razonables, por lo demás) el placer que les procuraba, los esfuerzos que les dedicaba sin mencionarlos ni demostrarlos; una relación asimétrica, por deseo de ella, que tal vez demuestre que no sabía ser una buena amiga.
Por mi parte, creo poder afirmar que fuimos amigos, aunque ella se resistiera, pero la venció la necesidad que acabó teniendo de mí, de mi
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atención, de mi amor infinito; yo era su amigo y ella me pedía implícitamente que no la dejara sola durante aquellas noches en que, de pie en la cocina —con las piernas flaqueando por el agotamiento—, la escuchaba mientras me contaba los largos años que yo no había compartido con ella; así le demostraba mi entrega y le sacrificaba mi sueño con gratitud y ternura; ella lo aceptaba humildemente, estaba agradecida, sabía que yo nunca utilizaría nada en su contra, y entonces reconocía que era posible estar en deuda con alguien y, al mismo tiempo, mantenerse en una posición elevada —en la que ese alguien quería que estuvieras—; pero la deuda se saldaba a la noche siguiente, cuando todo volvía a empezar sin que hubiera recuerdo de ninguna deuda; yo era su amigo, algo que ella nunca había experimentado antes.
Mis amigos de Lloret de Mar empinan el codo tan a la ligera como yo y es evidente que si nos alegramos tanto al vernos todos los días es en parte porque bebemos juntos, nos conocemos en ese sentido, confiamos los unos en los otros dado que hemos observado que sabemos «aguantar el vino», como solemos decir, y que en nuestro pequeño círculo jovial y frívolo nadie siembra el caos ni da la murga siendo un mal bebedor, agresivo o Intolerablemente estúpido. Sin embargo, ayer mis amigos de Lloret de Mar consideraron necesario advertirme, con delicadeza, mientras estábamos en una terraza que no sé si era la mía, ¿cómo voy a acordarme de lo que me dijeron?, no me acuerdo de los términos exactos pero sí del sentido, porque me sacudió incluso estando como una cuba, el caso es que mis amigos de Lloret de Mar me dijeron que desde hace un tiempo bebo demasiado, que debería bajar el ritmo que mi salud se va a resentir que por qué no volvía a ser el tipo equilibrado que era hace tres o cuatro semanas, y cualquiera que escuchara a mis amigos de Lloret de Mar desde fuera se echaría a reír, todos somos grandes alcohólicos, pero sabemos distinguir a quien se pasa de la raya. Yo soy ese, su observación me sacudió, no quiero distanciarme de mis amigos de Lloret de Mar, que son mi única familia, que han intuido cuánto me altera la visita anunciada de Cora, me siento incómodo ante ellos, aunque a ellos nada los altera y reciben a sus hijos con una despreocupación inmutable, están en el lugar que les corresponde del paraíso que se han creado, qué sencillo y bueno es vivir así.
La terraza azulada de La Bonne Heure enseguida fue un éxito tal que la Chef tuvo que contratar personal tanto de cocina como de servicio.
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No dejaba entrar a más gente de la que acogía, algo que la contrariaba por una cuestión de principios, porque consideraba que un restaurante precisamente era un lugar donde cualquiera podía encontrar una silla en la que recobrar el aliento, una mesa libre en la que acodarse, buena comida con la que reconfortarse, y que, por respeto a ese principio, ella jamás debería encontrarse en la tesitura de atender esa petición fundamental — que solo podía ser satisfecha— aplazando su hospitalidad, en definitiva, postergando —con mil excusas legítimas y las mejores razones— lo que no puede retrasarse, aquello a lo que no se puede oponer ninguna buena razón para no cumplirlo de inmediato: un don.
No, por supuesto que no, la Chef no regalaba las comidas, en un sentido estricto, pero puedo asegurarle que siempre calculaba los precios de tal forma que su margen fuera ínfimo; en cuanto al vino, apenas subía el precio por el que ella lo había pagado, al considerar que, como no le había aportado nada, no podía pretender lucrarse con él.
El caso es que, a lo largo de los años posteriores a la inauguración de La Bonne Heure, la Chef tendió a elaborar una cocina cada vez más sencilla, no en el sentido de que siguiera, sin saberlo, los preceptos de la época, ciñéndose a los dogmas de la llamada nouvelle cuisine, con la que nunca se identificó del todo, sino en la medida en que atribuyó una importancia creciente y, al final, casi exclusiva a la calidad de todos los productos, desde el pedazo de carne más caro hasta la menor hojita de perejil, desde el pescado más refinado hasta el menor grano de sal con que lo condimentaría, sin renunciar a su obstinada voluntad de presentar platos abundantes, de aspecto depurado (sin más de tres colores yuxtapuestos), pero en los cuales no se distinguiera el afán de perfección ni, de hecho, ninguna clase de afán, aparte del de complacer a simple vista la mirada de los amantes de la belleza, así como a los deseosos de saber si iban a saciarse, si iban a satisfacer el apetito.
Mucha gente se deleitó en La Bonne Heure sin sospechar de lo módicos que eran los precios y de lo copiosos que eran los platos, que todas las recetas se elaboraban con los mejores ingredientes que había reunido la Chef a fuerza de una investigación minuciosa, se tratara del aceite con el que había dorado el buey o la berenjena, o de cierta pieza de carne o de alguna verdura que la Chef se hacía traer no ya del Mercado de los Capuchinos, sino de la finca de un criador de Bazas o de un horticultor de Lot-et-Garonne que había descubierto durante los meses de invierno y
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que había juzgado a la altura de La Bonne Heure, sin preocuparse demasiado por los precios, es decir, que no subía los suyos con el pretexto de que los productos le salían más caros, sino que se adaptaba.
Así llegó a proponer una cocina muy meditada, sumamente refinada en su apariencia, en sus métodos de cocción y en sus preparaciones, que, de hecho, estaban pensadas para abolir cualquier rastro de esfuerzo, de obligación, de exigencia, una cocina que casi cualquiera pudiera disfrutar sin saber nada, sin pretender nada aparte de saciarse.
¿Que qué platos tenían más éxito por aquel entonces en La Bonne Heure? Además de la ilustre pierna de cordero en camisa verde y de la tarta de melocotón de las Landas, solían pedirle las chuletas de ternera con pan rallado a las finas hierbas, así como la col rellena de cmd mouillettes de Troyes, el pollo de Bresse con estragón y aceitunas de Nyons, los nabos nuevos glaseados con azúcar de caña, las patatas de la variedad ratte fritas enteras con la piel en grasa de oca, la lechuga Batavia con jugo de asado y frutos secos, la terrina de pato y de Clementinas de Córcega, unas recetas de las que había oído hablar en mi infancia bordelesa como si fueran manjares de hadas o de ogros, sin que se me ocurriera que mi madre podría haberme puesto el abrigo y las botas, podría haber cogido el autobús que cruzaba el río por el puente de piedra y, dándome la mano, sin necesidad de demostrar su calidad de alteza clandestina, de princesa venida a menos, haber entrado en ese restaurante cuya razón de ser se revelaba —aunque por aquel entonces yo lo ignorara— con gente como nosotros, mi madre y yo, que a veces íbamos a comer fuera, a sitios bastante mediocres y modestos, pero por una suma que ella consideraba correcta; por el mismo precio, en La Bonne Heure habríamos saboreado platos asombrosos, delicados y sanos, pero a mi madre ni se le pasaba por la cabeza, para ella era pura fantasía, no creía en esas cosas.
La Chef alquiló los dos locales que colindaban con la pequeña sala en la confluencia de las dos calles, hizo abrir un ancho paso en ambos lados con el fin de constituir tres salas en hilera, hizo pintar las paredes del mismo azul regio y ordenó colocar unos paneles de revestimiento oscuros y brillantes a la altura de las sillas.
Ni a mediodía ni por la noche se vaciaban las salas y, como antes, no podía acoger a mucha gente, pero, a partir de aquella época, la Chef prescindió del sistema de reservas, cualquiera podía sentarse a la mesa si había sitio, cualquiera podía encontrar reposo allí, de improviso, el frescor
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de las baldosas azules y verdes en su pureza fría, y, en otoño, la Chef encendía las pequeñas estufas de cerámica de color verde botella.
Mis futuros compañeros de trabajo, a quienes la Chef había contratado antes que a mí, me contaron que por aquel entonces ella parecía irradiar una alegría constante que ni los quebraderos de cabeza cotidianos ni el cansancio empañaban; me contaron que su rostro siempre parecía terso, bañado por una felicidad callada, obstinada, como si el moño apretado y el embeleso le tensaran la piel; también me contaron —cosa que me confirmó la vieja Ingrid— que los únicos instantes en que el rostro se le arrugaba imperceptiblemente eran aquellos en que aparecía su hija o simplemente se oía su voz desde una estancia contigua o desde la calle — su voz de pito, reivindicativa y quejumbrosa—, entonces la Chef agachaba ligeramente la cabeza, como un perro que no sabe de qué manera lo recibirá su dueño lunático, aguzaba el oído con una discreta aprensión — aunque aquellos que la trataban a diario la percibían— que desaparecía en cuanto su hija se alejaba o su voz callaba, y aunque al entrar en la cocina esa niña voluble se mostrara sonriente, casi exageradamente amable y alborozada, era tan sumamente imprevisible que la Chef sufría una especie de conmoción; cosa extraña, se volvía casi tímida y, con su hija, de un servilismo desolador.
Sí, la Chef —tan independiente, tan profundamente solitaria— se había convertido en la esclava de su hija —en contra de su voluntad, pero a sabiendas, aunque sin resignarse a ello—, una criatura de lo más ingrata, de pocas luces, y creo que se sentía absurdamente culpable por no haber sabido transmitir a su hija ni sus virtudes ni sus principios, creo que se sometía a la autoridad de su hija porque esta carecía de recursos para impresionar a nadie más y la Chef pensaba que así se lo ocultaba, que la protegía de esa evidencia sometiéndose a su despotismo, no tanto para evitar que lo ejerciera sobre terceros, sino para que su desdichada hija — como debía de verla— al menos pudiera crecer con la seguridad o la ilusión de ser fuerte, pese a todo.
A lo largo de los años en que floreció la reputación de La Bonne Heure, la única verdadera preocupación de la Chef parecía ser que su hija conservara su extravagante idea de sí misma, convencerla, día tras día, de la persistencia y la magnitud de su amor materno demostrado con creces, lo cual no impedía que la muchacha pusiera en juego ese amor irracional tratando a la Chef de una manera que incomodaba en extremo a su
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entorno, y el extraño temor que le causaba a la Chef desde hacía tiempo aquella niña tan distinta a ella se acrecentó con otra clase de miedo, el de que su hija perdiera el respeto de los demás a causa de las escenas que le montaba en público; la Chef era lo bastante lúcida como para comprender que esas escenas daban una imagen espantosa de su hija, en mayor medida que de sí misma, que las sufría; de hecho, la Chef habría sufrido más escenas si la gente hubiera podido echarle toda la culpa a ella y tener razones para querer y apreciar a su hija, pero eso también era pura fantasía, a la Chef le costaba horrores creérselo.
Sí, ese era su único tormento, su única tristeza y lo único que le ensombrecía los rasgos, que parecían pulidos a diario por una alegría abrasiva e inquebrantable, durante esos doce años durante los cuales La Bonne Heure fue prosperando hasta convertirse, de manera casi incontestable —aunque púdica y muy elegante, como quien no quiere la cosa—, en el mejor restaurante de Burdeos.
¿La hija? ¿Que qué aspecto tenía?
Cuando yo la conocí ya había cumplido veinticinco años, tiene exactamente mi edad, porque resulta que los dos nacimos el mismo mes del mismo año, pero lo sorprendente en ella, al conocerla, era un rasgo que tenía desde la infancia y creo que no me equivoco al suponer que, la noche de su nacimiento, los dedos del ángel sarcástico, malvado o vengador que decidió convertir a esa criatura en el retrato fallido, paródico, de su madre, le dejaron una huella que los empleados de la Chef ya distinguían cuando, de adolescente, entraba en la cocina con un ademán hastiado y molesto, exigiéndole a su madre cosas de lo más confusas, imposibles o descabelladas; algunos años más tarde, yo también vi esa huella cruel, imborrable: la hija de la Chef había heredado su silueta compacta, su cuerpo recio y relleno que, al integrarse en la atmósfera, parecía reunir a su alrededor una cantidad idéntica de aire concentrado, paralizado, pero su hija no compartía la asombrosa ligereza de movimientos y la cálida mirada castaña de la Chef, que desmentían de inmediato esa impresión de pesadez; su cuerpo macizo tenía algo irritante a simple vista y su mirada era apagada, parecía muerta, incluso en pleno ataque de ira.
En una época en la que me convencí de que debía ser más clemente al juzgar a la hija de la Chef, llegué a pensar que esta aprovechaba cualquier pretexto, cualquier arrebato o cualquier reproche para tratar de encender su mirada con la vida que le faltaba, una vida de la que solo conocía la
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apariencia pero no los sentimientos ni las sensaciones, de la que ignoraba el sabor, y tenía la esperanza de que ese fuego por fin encendido se propagaría por el resto de su ser, que experimentaría la emoción de sentirse viva en lugar de solo saberlo; a decir verdad, no sé cómo es, no sé cómo era la hija de la Chef, porque hace mucho tiempo que dejé de intentar comprenderla, pero el caso es que se parecía a su madre de la manera más sardónica, más incomprensible, y en ese sentido, tal vez, lo único que se puede sentir por ella es compasión, porque probablemente se preguntó más de una vez a quién había querido castigar el destino burlándose de ella hasta tal punto, ¿a la Chef o a sí misma?, y, en tal caso, ¿por qué?
Como no hago oídos sordos a la cordura, he seguido los consejos de mis amigos de Lloret de Mar respecto a la conducción y mientras me dirijo a la estación de Blanes, adonde llegará mi hija Cora, estoy tan sobrio que en el atardecer de junio todo se me aparece bajo una luz fulminante, profética, hasta las palmeras amarillentas las nubes voluminosas la calzada llena de hoyos me parecen elocuentes, insistentes, pero no capto nada de esos mensajes precisamente porque no he bebido nada y mi imaginación está seca, y sé que si me detuviera allí, en ese hotel al borde de la carretera, para tomarme un trago, el significado de esos alaridos mudos desvelaría a mi corazón ansioso y estaría mucho menos ansioso, porque el alcohol da un generoso sentido a todo lo que entreveo y me preocupa, un sentido que siempre me reconforta. A fin de cuentas, lo que me maldice, lo que me grita solo pretende saludarme y acompañarme por el camino que me lleva hasta Cora; en realidad, lo que me insulta solo quiere felicitarme por ir al encuentro de Cora, por acoger a Cora en Lloret de Mar, mi único hogar, por presentar a Cora a mis amigos de Lloret de Mar, que esta noche nos esperan en la terraza de Anne-Marie y son tan amables, tan cariñosos, que se alegran de corazón de conocerá mi hija.
A los diecinueve años entré en La Bonne Heure como pinche de cocina, con un diploma de estudios profesionales al que la Chef ni siquiera le echó un vistazo cuando me recibió en la sala, una tarde de primavera, me hizo sentar frente a ella y me formuló algunas preguntas corrientes con su voz pausada, clara y baja al mismo tiempo, pasándose regularmente la mano de forma espontánea, lenta y sosegada por la superficie reluciente de su pelo, tan lacio y comprimido en un pequeño moño que daba la
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impresión de que se estuviera acariciando el cráneo desnudo y brillante; jamás había contemplado un rostro así, un rostro que —a mi entender, tal y como lo percibía, sin lograr expresarlo— era como el arquetipo de cualquier rostro humano, sin distinción de sexo, ni de edad ni de belleza; aquel rostro me pareció dolorosamente perfecto, y mientras me acercaba a la Chef, con la cara nublada por la timidez de la juventud, por la turbación y la ignorancia, temí no estar a la altura de las exigencias morales que, lógicamente, debía de tener la persona a quien su propia dignidad había conferido esa apariencia, un rostro que no se podía pesar en una balanza corriente, que no se podía juzgar según los criterios habituales.
Creo que la Chef se dio cuenta de mi desasosiego, de mis dudas y de mi estupefacción, de mi oscuro deseo de escaparme, tan apremiante como mi anhelo de morir si no me contrataba.
Entonces esbozó una sonrisa burlona, pero amabilísima.
De hecho, se estaba forzando a sí misma, no le gustaba en absoluto recurrir a la ironía en situaciones cruciales, simplemente trataba de hacerme «bajar» —como le gustaba decir—, por mi propio bien, refiriéndose a que yo me había precipitado, encaramándome en vano a unas cumbres emocionales en las que me faltaba el aire, en las que me ahogaba, sin que eso tuviera el menor interés, ni para mí, ni para nadie ni para el trabajo.
Entonces se mofó un poco de mí con su sonrisa algo torcida, obligándome a sonreír a mí también, y, por un instante, aparté la mirada de su rostro, ya no pensaba en escaparme, pero en el fondo de mi corazón albergaba la pavorosa certeza de que mi vida ya no tendría sentido si no me contrataba en La Bonne Heure.
¿Qué iba a hacer en otra parte?, ¿y con quién?, ¿y de qué servía la experiencia profesional si no me llegaba a través de aquel rostro y de aquella voz, en aquel santuario ultramarino donde, a aquella hora, reinaba tal silencio que sentía cómo me circulaba la sangre por el cuerpo crispado por la espera, por la esperanza, que la oía latir entre mis cejas y me imaginaba que mi piel, en aquel lugar, se estremecía ante la Chef?, ¿acaso ella sentiría compasión o repugnancia?, ¿cómo decirlo?
Sin embargo, «bajé», como había deseado ella, y cuando me preguntó cómo se me había ocurrido probar suerte precisamente en La Bonne Heure, le contesté con cierta soltura, con franqueza pero también con bastante elocuencia —de la que era consciente—, que, como desde niño
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había pasado muy a menudo por delante de los ventanales del restaurante, misteriosamente azulados desde el interior por el centelleo y la brillantez de un color sobrenatural, siempre me había parecido que las hadas debían de afanarse allí, preparando los misteriosos, los maravillosos platos que veía servir, a partir de abril, en las mesas de la terraza; ay, todo eso era verdad, pero ¿qué significaba esa verdad frente a la que no sabía expresarle a la Chef?: aquella foto del Sud-Ouest de la que ya le he hablado, la más conocida, de hecho, la única conocida, en la que la Chef, rodeada por su equipo, muestra una inexplicable jovialidad, me había hecho prometerme a mí mismo que intentaría con todas mis fuerzas trabajar en La Bonne Heure en cuanto obtuviera el diploma, no por la jovialidad ni por el pelo sorprendentemente suelto, flotando ligero y suave alrededor de su cara, sino porque ese rostro —aunque su expresión no fuera del todo auténtica en la foto— se dirigía a mí —había pensado sin vacilar—, me hablaba sin palabras con una complicidad que yo había ignorado, que se me había revelado por medio del prosaico Sud-Ouest, y que, de pronto, comprendía y aceptaba; la Chef conocía mi existencia y me llamaba junto a ella, eso me decía su cara en la foto.
Y, en la quietud azul de la sala, descubrí que la Chef era muy distinta en la foto, llevaba el pelo recogido con rigor y sus rasgos traslucían una alegría atenta, apacible, pero no jovialidad; pensé maravillado que ya lo había adivinado al observar la foto, en la que su verdadero rostro se había vuelto hacia mí, interpelándome, y yo lo había comprendido; en la hermosa sala fresca, su rostro también me lo decía.
¿Cómo podía temer, a partir de entonces, que no me contratara?
Dejé de hablar sin ton ni son; me dio la impresión de que la Chef estaba aliviada.
Reconozco a mi hija al instante, aunque haga tantísimo tiempo que no la he visto; me siento tan conmovido que a punto estoy de dar media vuelta y de echar a correr hacia el coche antes de que me vea o me reconozca, pero me clava la mirada desde el extremo del andén de la estación de Blanes y me doy cuenta de que me reconoce tan deprisa como yo la he reconocido a ella, por tanto, ¿es posible, estrictamente hablando, que no nos conozcamos? Me pongo las gafas de sol con nerviosismo, de manera que el rostro de Cora roza el mío y su mejilla toca la mía bajo una luz azul oscuro; es igual de alta que yo, es ancha de espaldas y tiene un rostro poderoso; podría estar reencontrándome con una vieja amiga
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porque, cosa extraña, físicamente somos muy parecidos; el padre fortachón no abraza a su hija menuda y joven, dejo que una mujer fuerte me roce la mejilla con la suya y no tengo por qué rebajarme, es alta y fuerte y tiene la piel azul, me dicen los cristales teñidos de mis gafas. Es Cora, así es ella, cierro los ojos un instante, aquí está Cora.
Años más tarde, convertido en su amigo más cercano, cuando me atreví a confesarle a la Chef que, a los dieciocho años, había oído cómo me llamaba a través del Sud-Ouest, que había tenido conciencia de la señal que su mano aparentemente inmóvil en la foto había hecho en mi frente de aprendiz de cocinero, solo en mi frente —pensé yo—, ella me clavó la mirada con insistencia, con perplejidad, y, acto seguido, se encogió de hombros y me dijo, con un tono ligero, que era irrelevante conocer los orígenes y las motivaciones exactas, íntimas, de una amistad, porque la propia amistad se justificaba todos los días a través de las palabras y de los gestos, y que lo que me había hecho entrar en La Bonne Heure una tarde de primavera ya no tenía ningún significado después de quince años, cuando el trato cotidiano y las largas conversaciones nocturnas en la cocina desierta demostraban, fortalecían y daban fe de dicha amistad.
¿Y el amor?, le pregunté yo con el mismo tono juguetón. ¿Y si no fue la amistad —le pregunté yo— sino el amor lo que me hizo oír su voz en la foto y es el amor lo que hoy me hace quedarme aquí, apoyado en una esquina incómoda del escurridero, muerto de cansancio, pero sin poder imaginarme mayor placer que el de contemplarla mientras me habla en la cocina, dormida, abriéndose a mí y solo a mí, sabiendo que sus palabras caen en un corazón ávido pero afectuoso, ávido porque es afectuoso, y respetuoso en exceso? ¿Y el amor, entonces?, le pregunté yo. ¿No era demasiado fácil y malvadamente prudente llamarlo siempre amistad?
Pero la Chef, que no tenía aprecio ni inclinación por el amor, que —sin amargura, con frialdad, con serenidad— no creía en el amor entre un hombre y una mujer, se negaba a entrar en mi juego. Llámalo como quieras, me decía, basta con que sepamos de qué hablamos.
Pero ¿acaso lo sabíamos con exactitud? ¿Y hablábamos de lo mismo ella y yo? ¿Qué significaba para ella pensar que yo era su amigo?, ¿qué sentía exactamente por mí, siendo yo su empleado, por cierto?, ¿hasta qué punto confiaba en mí?
Cora no es muy parlanchina, cosa que me tranquiliza, porque temía que me hielera preguntas que yo no sabría o no desearía contestar
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honestamente. Así que circulamos sumidos en un curioso silencio, como viejos amigos, como viejos parientes que se escriben correos electrónicos con regularidad o se llaman tan a menudo que ya no tienen nada que decirse. De vez en cuando, aprovecho que debo girar a la derecha para observarla de perfil a escondidas, tiene un aire seguro y leal que me Intimida, le pregunto por su madre con desgana, aunque el asunto no me Interesa en absoluto. Entonces Cora, esa admirable mujer joven que es mi hija, esboza un gesto con sus dedos burlones y me dice que no ha viajado hasta aquí para que hablemos de su madre, me dice que si me interesara ya sabría cómo se encuentra su madre, lo dice con una ironía no exenta de amabilidad, dándome a entender que puedo prescindir de esos formalismos, así los dos estaremos más a gusto. Lleva un vestido largo, holgado, de color malva, con grandes flores azules, que le deja los hombros al descubierto; los tiene muy morenos, su robusta osamenta resulta visible bajo la carne musculada, como la de algunas nadadoras. Cora se sienta muy erguida. Entonces comprendo que mi hija no ha venido ni para enternecerse, ni para quejarse, ni para reclamar nada; creo que simplemente ha venido a saber con quién debe vérselas.
Recuerdo los primeros meses que pasé en la cocina de La Bonne Heure como la época más difícil de mi vida, no porque fuera la más ardua ni la más infeliz, sino porque llevaba a cabo un trabajo tan ingente, prestaba una atención tan ansiosa a mis palabras y a mi comportamiento para nunca defraudar a la Chef en el menor detalle (de hecho, ni me preocupaba de que me viera o me oyera; incluso en mi casa, estando solo en mi estudio, me desvivía por no disgustar al dulce e intransigente rostro de la Chef), que cada nueva jornada me parecía un ascenso despiadado cuya recompensa no era arrojarse por la pendiente al caer la noche, porque no había ninguna pendiente por la que arrojarse en la euforia de la libertad, sino solo la conciencia del ascenso del día siguiente y de todos los días por venir, de ahí que entonces ya no durmiera bien, aunque todavía no me hubiera convertido —nada más lejos— en el amigo a quien la Chef le hacía confidencias; dormía poco, planificaba mi esfuerzo y mi clarividencia del día siguiente, reflexionaba sobre cómo convertirme en el favorito de la Chef, sin artificios ni engaños; ¡ay, qué poco dormía entonces!
Y, sin saberlo, me ejercitaba igual y casi a la misma edad que la Chef, que, en su cuartito en casa de los Clapeau, había dedicado una parte de sus
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noches a elaborar o corregir recetas; por mi parte, trataba de hacer inventario —sin perder la objetividad— de todos los aspectos de mi actitud con el propósito de confrontarlos con lo que creía saber de las expectativas de la Chef; en la cocina éramos cuatro empleados, yo era el más joven, así como el más deseoso de ser reconocido.
Me esmeraba en realizar las tareas básicas que me encargaban de manera tan apremiante y profesional que era imposible no verlo.
Me daba cuenta de que la Chef iba mirándome de soslayo sin perder detalle.
Desde luego, era dura conmigo. No le interesaba en absoluto lo que me habían inculcado en la escuela, mi habilidad para girar las patatas o la cabeza de los champiñones, para atar las judías verdes con una lonchita de tocino a fin de presentarlas en elegantes gavillas, esas técnicas en las que yo destacaba desagradaban a la Chef, pero no por celos retrospectivos — como insinuó su hija—, porque no había tenido la suerte de gozar de semejante formación; simplemente recelaba de cualquier procedimiento que pretendía embellecer, quedar bien en detrimento de la calidad del producto; le parecía que este no debía engalanarse o transfigurarse si no tenía nada que reprochársele.
En la cocina, los faralás resultaban sospechosos, me daba a entender la Chef, y no ganaría nada demostrándole mi virtuosismo en ese sentido; ella sabía qué me habían enseñado y esperaba tranquilamente, pacientemente, a que dejara de ponerlo en práctica, a que no me sintiera obligado a «sacar la artillería pesada» para justificar mi presencia en La Bonne Heure; aquí nadie disputaba nada conmigo, ella aguardaba tranquilamente, pacientemente, a que lo comprendiera.
Mis compañeros me trataban con la misericordia distante, burlona pero diplomática, de aquellos que, habiendo pasado por las mismas etapas que yo, sabían que no podían transmitirme nada: al igual que ellos, yo debía recorrer el camino que había emprendido impulsado por el temor, por el deseo de destacar, por la vanidad de hombre muy joven; no habría comprendido nada de lo que me hubieran dicho —con torpeza, sin duda alguna—, habría interpretado cualquier consejo de renuncia como una señal de que les preocupaba su propia posición y trataban de confundirme.
Así que me afané por demostrar que sabía esculpir un nabo para que se asemejara a una rosa, que sabía cortar las patatas a toda velocidad en
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forma de medallones o el melón en bolitas; la Chef era dura conmigo, aunque no me dijera gran cosa, era dura, sí.
De un papirotazo tiró a la basura mi rosa de nabo y, acto seguido, me dijo que no me había pedido que tallara de esa manera tan ridícula las patatas ni que derrochara tal cantidad de melón para sacar esas bolitas que no impresionaban a nadie; a modo de conclusión, esbozó una sonrisa con frialdad, dándome a entender que no era grave, pero ese recuerdo me llenaba de vergüenza y de desesperación.
Mucho más tarde, cuando le pregunté por qué se había mostrado tan dura en mis comienzos, por qué no me había indicado con claridad qué esperaba de mí —cosa que yo habría tratado de cumplir con el ímpetu y la excelente voluntad que ella ya conocía—, por qué, a fin de cuentas, había dejado que descubriera solo su concepción de las cosas, su ética —cuyo conocimiento resultaba imprescindible para trabajar con ella—, cuando habría bastado con unas cuantas frases precisas para encauzar mi deseo de complacerla, que daba palos de ciego, cuando le pregunté a la Chef por qué se había mostrado tan dura conmigo, me contestó, atónita, que, en efecto, había deseado que yo mismo descubriera qué debía hacer y qué quería ser en el futuro, no tanto para merecer mi puesto en La Bonne Heure, dado que ella no juzgaba así su establecimiento, sino para comprender si sería feliz en esas condiciones, y lo cierto es que ella no habría sabido expresarlo en pocas frases, le extrañaba mi pregunta.
De hecho, me confesó que la había exasperado mi descarado anhelo de gustarle, de ser el único que le gustara, y me lo había hecho saber, sin duda alguna.
De todas formas, me convertí en su favorito, repliqué yo con una ternura rebosante de malicia. Y la Chef me contestó con gravedad: Sí, me tienes en el bolsillo.
¿Acaso era una declaración de amor en su boca?
Pero el caso es que me convertí en el favorito de la Chef, a fuerza de obstinación y de abnegación, y porque mis compañeros —que, por lo demás, tenían el mismo talento que yo en la cocina— no perseguían ese objetivo, yo lo conseguí porque no había nada que deseara tanto, y esa ambición estaba al alcance de un muchacho metódico, reflexivo y apasionado como era yo entonces.
Las palabras de la Chef me hirieron: Me tienes en el bolsillo, cuando la gran tristeza de mi vida, en la época en la que ella se expresó así, era
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precisamente que a veces me daba la impresión de no «tenerla» en absoluto o de «tenerla» tan poco como alguno de sus hermanos o hermanas —lejanos, indiferentes—, que parecían mantener la relación con la Chef únicamente para pedirle ayuda financiera de vez en cuando.
Yo no había «tenido» a la Chef, nunca la había tenido, pensaba a veces, ella se engañaba y me engañaba a mí expresándose en esos términos, aunque tal vez esas palabras, en sus labios finos, fueran palabras de amor.
Nada más llegar a mi casa, llevo a Cora a la terraza de Anne-Marie, dos pisos más arriba; así vivimos en Lloret de Mar y no creo que haya ninguna razón para modificar nuestras costumbres con el pretexto de que acabo de recibir a mi bija, mi única hija en el mundo; de hecho, creo que a ella tampoco le apetece un cara a cara la primera noche, nos sentiríamos raros, aunque: Cora parece tan serena, tan segura de sí misma que, sin duda, aguantaría una cena mediocre (por desgracia, ya solo me alimento de cosas transformadas, estropeadas y desvirtuadas por la Industria alimentarla) en la triste cocinita de un apartamento de un conjunto residencial para jubilados de clase media. Observo a Cora moviéndose con desparpajo y afabilidad entre mis amigos de Lloret de Mar por la terraza de Anne-Marie, a quien le hace los elogios de rigor en esas circunstancias (qué bonita terraza qué bonita vista a la piscina qué bonita vida qué bonita agonía), ligeramente fuera de lugar con su vestido largo de beatnik en medio de otras mujeres que, pese a ser bastante mayores que ella, van casi desnudas con conjuntos ceñidos de playa; allí está Cora, yo voy dando sorbitos a mi sangría, un poco aturdido, bastante incómodo. Y entonces Bertrand o Bernard me dice: ¡Cómo se te parece!, algo que me conmociona hasta tal punto que se me cae el vaso al suelo de piedra falsa de la terraza de Anne-Marie; eso sí que no me lo esperaba, que mi hija se me parezca, la gran Cora que no me debe nada y a quien le he dado tan poco. Sigue diciendo: Tiene tus ojos tu boca tu nariz, y yo me doy prisa en agacharme para recoger los añicos del vaso, procurando ocultar mi confusión, mi vergüenza y mi espanto, ¿qué me va a pedir alguien que se me parece tanto?
¿La hija de la Chef? No, ya no vivía con su madre cuando llegué a La Bonne Heure; como se había sacado el bachillerato a trancas y barrancas, se suponía que estudiaba no sé qué sobre comercio en Quebec, adonde había querido trasladarse a lo grande —según me contaron mis
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compañeros—, donde la Chef, en efecto, la instaló lujosamente a distancia, es decir, que ella nunca viajó, pero le proporcionó unas sumas de dinero tan astronómicas que las fotos que enviaba reconociendo que disfrutaba de un buen alojamiento revelaban a todos aquellos —sorprendentemente numerosos— a quienes la Chef se las enseñaba (sus empleados y algunos clientes a los que conocía desde hacía tiempo) que esa joven que nunca estaba plenamente satisfecha en realidad vivía por todo lo alto, cosa que no justificaban en absoluto los resultados académicos que compartía con cuentagotas, siempre lamentables o incluso indignos; sin embargo, la hija de la Chef siempre tenía alguna explicación irrefutable para convencer a su madre de que no existía ninguna relación lógica entre ella, su trabajo, su constancia, sus capacidades y esos resultados decepcionantes que solo se debían a la necedad o a la locura de profesores incomprensibles; la Chef la creía, fingía creerla, sintiéndose sin recursos y sin fuerzas para cuestionar unas afirmaciones basadas en una experiencia que ella ignoraba por completo.
Me parecía entonces que las evocaciones de la hija de la Chef estaban envueltas en una atmósfera de leyenda que su madre tejía con obstinación, repitiendo hasta qué punto era brillante su hija, como si hubiera adivinado que su obra estaba ensombrecida por una leyenda antagónica que iban erigiendo sin crueldad ni malicia aquellos de entre sus empleados que habían conocido a su hija.
Me pintaban un retrato tan tremendo de su hija que yo dudaba de que fuera real; las rimbombantes alabanzas, el orgullo manifiesto de la Chef me parecían más verosímiles, habida cuenta, además, de que mi ingenuidad juvenil me impedía imaginarme que un ser tan admirable como la Chef hubiera podido traer al mundo a una persona tan atroz como la que me describían mis compañeros.
Pero, más tarde, cuando conocí a su hija, me acordé con otros ojos del humor extraordinariamente constante y alegre, creativo y casi caprichoso de la Chef durante mis primeros años en La Bonne Heure; como su hija se había marchado lejos, la Chef fingía que la imaginaba a las puertas de una magnífica carrera profesional que, de hecho, la alejaría de Burdeos; como por fin se sentía liberada de las amenazas y de las culpas, desprendía esa alegría plácida, feroz, voluntaria que no era exactamente felicidad; yo no hubiera dicho que la Chef fuera feliz, lo ignoraba, pero en cierto modo era
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algo mejor que eso, que no se limitaba a su persona sino que nos afectaba, nos envolvía y seguía creciendo a través de nosotros.
Para nosotros, que la tratábamos a diario, la alegría de la Chef nos infundía algo que jamás podrían arrebatarnos, algo que ni los tormentos habituales de la existencia, ni las frustraciones, ni los arrebatos de melancolía podrían aniquilar.
Cuando, por fin, comprendí que era absurdo desplegar ante la Chef los giros y las piruetas que me habían inculcado, cuando me atreví a mostrarme como alguien que, en su ignorancia, acepta que su fervor, su absoluta receptividad y su bravura le enseñen todo lo que debe aprender, me percaté del alivio de mis compañeros y, a posteriori, constaté cuánto les habían pesado mis alardes de ceguera, de ansiedad, de presunción; asimismo, observé el cambio de actitud por parte de la Chef; me había convertido en otro que a ella le gustaba mucho más que el anterior, y este fue olvidado enseguida, pues la Chef era muy reacia a recordarle a alguien sus acciones pasadas, sus antiguos defectos, a blandir ante sus narices — aunque fuera en broma— su vieja piel una vez completada la muda.
Nunca se había irritado conmigo, pero empezó a demostrarme una paciencia tan grande, tan inmerecida a veces que se me saltaban las lágrimas; nadie me había manifestado tanta amabilidad, ni siquiera mi madre, que me había criado con descuido, con desidia y distracción, impaciente por terminar cuanto antes, a diferencia de la Chef, que nunca parecía cansada de instruirme ni deseosa de acabar.
Así, me enseñó cómo procedía para simplificar su cocina al máximo, de tal forma que pareciera al mismo tiempo muy elaborada, larga y ardientemente meditada para conseguir el producto presentado en su casi desnudez.
Como el producto desnudo no era aceptable, ni placentero a la vista ni seductor al paladar, el arte de la Chef consistía en modificarlo lo justo para que pareciera magnífico y delicioso a partes iguales, aunque siendo perfectamente reconocible, íntegro, exhibiendo con orgullo y calma su aspecto a menudo singular.
Apenas lo toco, se complacía en decir la Chef sin la menor coquetería, y toda su clarividencia, todo su talento radicaban en ese «apenas», que era la quintaesencia de su trabajo.
Así fue como su deseo de que se saboreara en todo su esplendor el exquisito cordero de Pauillac y en toda su aspereza —que la Chef se
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negaba a ocultar con nata o mantequilla— la acedera de Belleville le inspiró la pierna de cordero en camisa verde. Le añadió espinacas —le encantaba la trinidad de elementos—, coció a fuego muy suave, durante mucho tiempo, la pierna de cordero envuelta en las verduras amargas y entonces los jugos grasos de la carne suavizaron la acedera y el cordero quedó tan increíblemente tierno y tan sabroso que ese contraste —carne joven pero de sabor fuerte— desconcertaba a los comensales en los primeros bocados, algo que a la Chef le parecía muy gracioso.
A lo largo de los años, la vi elaborar los platos que le dieron tanta fama a La Bonne Heure.
Fue la época más alegre, la más divertida de mi vida y creo que también la de la Chef; era libre, seguía, con calma y pasión, el camino que le había abierto su intrepidez mientras el hombre jovencísimo que era yo entonces se deslizaba detrás de ella, consciente de la distancia exacta a la que debía mantenerme, maravillado, crítico, agradecido.
Una noche que no lograba pegar ojo, mis pasos me llevaron maquinalmente hasta el restaurante; vi que una de las ventanas de la cocina que daban a la calle estaba iluminada.
Adiviné que la Chef andaba trabajando; di unos golpecitos en los cristales y ella me hizo entrar, como si fuera lo más natural del mundo, y, con la misma espontaneidad, me quedé para observarla, tratando de comprender sus intenciones y de adelantarme a ella cuando necesitaba algún utensilio o recipiente.
No hablábamos y aunque, mucho más tarde, las noches enteras que pasaría en la cocina, escuchando los relatos de la Chef, satisfarían mi necesidad de amistad, de confianza y de perdón más allá de mis esperanzas y de lo que creía merecerme, tendría una nostalgia implacable de aquellas horas suspendidas entre tintineos, deslizamientos y sonidos de trabajo mientras mantenía a raya el cansancio prestando una atención absoluta a cada mirada, a cada movimiento de la Chef, hasta que el amanecer asomaba por la ventana sin que nos diéramos cuenta, entonces ella susurraba con pesar: ¡Vaya!, ¿ya?, y yo me permitía parpadear, me sentía colmado, heroico y modesto; la Chef me miraba con una cara de niña contenta y dulce, con un mechón de pelo cayéndole sobre la sien; nadie más la veía así.
¿Qué opinas?, me preguntó una vez, ofreciéndome carne de cangrejo que acababa de pochar con licor de génépi.
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Me pareció que la carne sería mejor ligeramente menos hecha; la Chef estuvo de acuerdo; su cangrejo con artemisa de los glaciares nació durante una de aquellas noches en que yo me unía a ella en la cocina, un año, quizá, después de que entrara a trabajar en La Bonne Heure, y que se repitieron durante varios años en los que convinimos tácitamente no contárselo a nadie y, de hecho, siempre que yo golpeaba los cristales, fingíamos que era tan evidente, tan banal aquel acuerdo que ni siquiera lo mencionábamos; a veces temo haberlo soñado, sería lamentable y profundamente estéril, porque aquellas noches en la cocina olorosa, palpitante como un corazón emocionado, impaciente, donde la Chef creaba delante de mí, fueron reales, como demuestra mi turbación al recordarlo, creo.
Me hizo probar y comentar su gazapo con una corteza de nueces, sus buñuelos de corazón de alcachofa, sus patatas fritas de tallo de brócoli, sus ravioli de tomates negros, sus sardinas gratinadas con ajo de oso; asistí, sí, a la concepción y al perfeccionamiento de esos famosos platos, ligados para siempre al nombre de La Bonne Heure, a lo largo de aquellas noches en las que no dormí, en las que, sumido en la embriaguez de la fatiga y del amor —si me atrevo a decirlo— cada vez más aciago que sentía por la Chef, a veces me daba la impresión de que ya nunca volvería a dormir, y era algo bueno, algo necesario por lo que me haría justicia la historia de la cocina y los defensores del amor: ¿cómo iba a acostarme cuando la Chef —etérea, concentrada, silenciosa y poética— había convertido la cocina en el lugar donde sus sueños nocturnos se desplegaban bajo su control, se encarnaban entre sus manos, sin necesidad de permanecer tumbada, sin riesgo de que las plácidas imágenes del sueño se transformasen en figuras abominables o molestas?
Porque la Chef dedicaba las noches a soñar, pero de una manera concreta, eficaz; estaba despierta, era muy consciente de lo que hacía, aunque, durante aquellas noches ondulantes —desmarcadas de las noches de los demás con la misma claridad que un mundo paralelo del real—, de sus dedos nacieran materializaciones de sueños.
Me he convencido de que debo pasear a Cora por los alrededores de Lloret de Mar, de que debo comportarme con ella como con una Invitada a quien le enseñas los encantos de la reglón, así los días pasarán volando y Cora volverá a coger el tren sin que surja nada peligroso entre nosotros. Pero a Cora no le apetece visitar nada. Le cuento el programa que he
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pensado, me sonríe, dejándome hablar, la verdad es que no me tienta demasiado, susurra a continuación con una voz apesadumbrada pero firme, cortés; mi hija está bien educada, ¡qué milagro! No me atrevo a preguntarle qué ha venido a hacer, entonces, a Lloret de Mar, estoy nervioso y voy de la cocina al salón a grandes zancadas, la presencia de Cora me Impide servirme una copa de vino a las diez de la mañana, estoy nervioso, muerto de miedo y de cansancio, ¿qué quiere de mí esta mujerona a quien no le apetece pasear conmigo? Y a mí, ¿me apetece? Para nada, detesto deambular por las aburridas callejuelas de Lloret de Mar. Pero ¿qué vamos a hacer los dos?
Mientras que a la Chef se le hacía muy cuesta arriba que la llamaran a la sala a petición de algún cliente, porque prefería no tener trato con el comensal que acababa de terminarse su comida, a mí nada me entusiasmaba tanto como escabullirme de la cocina para escuchar cómo los clientes comentaban los platos que les servían, para observar en su rostro los efectos de nuestro trabajo; siempre prefería observar a los demás comiendo lo que yo había ayudado a preparar o, en algunos casos, había elaborado, que comer yo mismo, y el sabor de los platos me parecía más interesante e instructivo si era apreciado por un paladar distinto al mío; simplemente mirándolo, podía convertirme en cualquier cliente: sus labios, su lengua, sus dientes, comprendía todos sus órganos, respetaba profundamente sus funciones biológicas, idénticas a las mías.
De hecho, fuera cual fuera la personalidad de un cliente, su reputación, mis vagos sentimientos respecto a él, me olvidaba por completo en cuanto lo observaba comer; simplemente trataba de sentir en mi interior qué era lo que experimentaba.
Sí, la gente importante de Burdeos empezó a frecuentar La Bonne Heure en el transcurso de aquellos años.
Pese a la evidencia, la Chef tardó mucho tiempo en reconocerlo, no porque tuviera prejuicios contra los notables (jamás olvidó lo que les debía a los Clapeau), sino porque admitía a regañadientes que, a pesar de que en su restaurante no se podía reservar mesa y los precios estaban al alcance de cualquier bolsillo, la clientela acomodada, conocedora, acababa expulsando —sin querer, sin darse cuenta— a la que no se asemejaba a ella, por la pura inercia de su autoridad, de su buen juicio, de todo lo selectivo y lo cerrado, lo cómplice y lo burlón que emanaba; sí, la Chef lo sabía, aunque tardó mucho tiempo en reconocerlo.
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Y, de hecho, cuando admitió que ya solo cocinaba para cierto tipo de clientes, sintió que había perdido algo que desempeñaría un papel determinante en las decisiones que tomó a partir de entonces.
Porque le pareció que el mayor peligro, para ella, sería, por exceso de oficio, llegar a prescindir de la gracia que le había sido concedida el verano de sus dieciséis años, de ese fervor inspirador que la había elevado, que le había permitido contemplarse con sorpresa y con un ligero temor; eso era lo que se arriesgaba a perder cocinando para gente que no podía comprenderla, que no podía imaginarse Sainte-Bazeille ni a sus padres felices y resignados en su pobreza, que ni siquiera podía sentir desprecio o condescendencia por Sainte-Bazeille, por sus padres.
La Chef no quería sentirse excluida de ese probable desprecio, de esa condescendencia, no quería salvarse dejando Sainte-Bazeille expuesto a semejantes miradas; en definitiva, no quería aprovecharse de nada ni comprometerse en modo alguno.
En el fondo, le daba igual ser desdeñada, si era en compañía de Sainte-Bazeille, pero le habría avergonzado ser la única redimida porque cocinaba de maravilla.
Sabía cocinar, sabía crear, además de despertar entusiasmo por su restaurante, cosa que la enorgullecía, pero ese orgullo era irrelevante comparado con la necesidad que experimentaba de sentirse plena y, por esa razón, de sentir una gratitud que nada, jamás de los jamases, debía hacerle olvidar o descuidar.
¿Cómo conciliar, pues, el humilde agradecimiento por lo que le había sido concedido con la conciencia de que ese don ya solo servía para satisfacer a una clientela consentida que, en cierta forma, no la necesitaba a ella ni a Sainte-Bazeille, una clientela que podría solazarse sin dificultad en otro lugar?
La primera vez que el alcalde de Burdeos y su esposa fueron a almorzar a La Bonne Heure, se dejaron fotografiar y proclamaron su entusiasmo a los cuatro vientos, pese a que la Chef se negó obstinadamente, casi descortésmente, radicalmente, a salir a saludarlos; se aferraba a la encimera con las dos manos, como si quisiera disuadir a quien fuera de llevarla a la fuerza hasta la mesa del matrimonio, que al parecer nunca había comido así, era asombroso, era fabuloso; pero ¿esa clientela no podía buscar en otra parte el instrumento de la revelación inexpresable por la que suspiraba?
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¿Cómo seguir siendo justa, implacable, distante y honesta —se preguntaba la Chef— trabajando, no de manera intencionada pero sí en la práctica, para esa gente que, en su ingenuidad, en su opulencia irrazonable, no tardaba en ablandarte, en corromperte?
Podían ser severos, podían ser más difíciles que otros incluso, más que la gente de Sainte-Bazeille —que carecía de espíritu crítico—, pero cualquier espaldarazo por su parte debía suscitar inquietud, temblores y una vergüenza imperceptible, pensaba la Chef.
Me perturba constatar que mi hija —esa mujer más alta y más pesada que yo, sin duda alguna, que se llama Cora por razones que ignoro y en virtud de una decisión tomada sin consultarme— no parece buscar en mí a un padre, en absoluto, ni siquiera a un familiar. A veces me habla y me hace preguntas como si fuéramos compañeros de piso recientes, preguntas amables e impersonales, y me da la impresión de que a priori no le intereso demasiado, pero que, si nos frecuentáramos, podríamos llevarnos bien. No soy su padre, soy un tipo a quien acaba de conocer y está a la espera de ver cómo va todo, con una curiosidad no fingida, pero sí un poco exagerada, por una cuestión de educación. Siempre vamos a comer fuera, en algún chiringuito de la playa. No quiero cocinar para Cora, porque no podría fingir que no sé y todavía no me siento preparado para cocinar de nuevo. A Cora no le extraña, nada le extraña. Se parece tan poco a su madre que resulta increíble.
Pese a que la Chef se cuestionaba cada vez más su lealtad a sus principios, vivimos unos años espléndidos en La Bonne Heure.
Le resultaba imposible no darse cuenta de cuánto la amaba yo y, aunque eso no le interesaba ni la turbaba, creo que, muy a su pesar, acabó encariñándose mucho conmigo porque no estaba enamorada y, en cierta forma, deseaba compensarme, como si mi amor fuera un presente, una ofrenda, incluso una renuncia, y ella, al rechazarlo, se sintiera obligada a agradecérmelo.
Cuando se dirigía a sus empleados, a menudo buscaba mi mirada; tenía la agradable sensación de que, discretamente, me trataba de manera diferente, cosa que en esa época me colmaba de alegría, de amor propio y de esperanza, porque —creía yo— esa elección tácita de mi persona desembocaría en la aceptación del amor.
Sí, fueron unos años maravillosos, pero muy arduos.
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La Chef ganaba bastante dinero y, aunque hasta más tarde, cuando empezó a hacerme confidencias, no me enteré de cómo se lo gastaba, observé que no había cambiado en absoluto sus costumbres austeras, casi ascéticas, no tanto por deber, sino porque no deseaba gran cosa en la vida que se pudiera comprar, no le gustaba la ropa, ni las joyas, ni ninguna clase de objeto, los muebles la aburrían, al igual que las alfombras, los cuadros y los coches; como nunca había aprendido a entretenerse, ni mucho menos a divertirse, contemplaba los entretenimientos y los placeres de la vida como quien observa ciertas costumbres asombrosas de una tribu a la que no pertenece.
En definitiva, cuando la Chef no cocinaba, su única actividad era reflexionar sobre la cocina, así como abstraerse hasta alcanzar un estado de franqueza que la obligara a asegurarse de que no estaba traicionando sus propias leyes, de que no había logrado ocultarle a su propia introspección —por puro ingenio— la muerte de su fuego fatuo.
El caso es que me enteré de que la Chef le enviaba grandes sumas de dinero a su hija, en Quebec, y que esta todavía le reclamaba más, siempre más, pero, aunque no se lo hubiera reclamado, la Chef la habría cubierto de oro de todos modos, puede incluso que la hubiera ahogado en oro, como parecía a veces, con una voluntad elocuente de complacerla en el lejano Quebec, donde se suponía que había montado una misteriosa empresa de comunicación, donde su madre tenía la esperanza de que permaneciera mientras siguiera llegándole el oro de La Bonne Heure, manteniendo a flote esa empresa tan ruinosa, tan absurda; por eso la Chef colmaba a su hija de joyas y de alhajas, con el propósito de que no regresara.
Sin embargo, la Chef añoraba a su hija, no a la figura real, agotadora, insaciable, sensiblera y feroz, sino al personaje que fingía creer auténtico, de quien alababa su talento y bondad; añoraba a esa hija inventada, casi real a veces en su cabeza; cuando la Chef se dirigía a alguien que no conocía a su hija y que manifestaba un interés genuino por ella, se embriagaba con su propia creación, engañándose un rato, el tiempo de pronunciar algunas frases, algunas respuestas falsamente modestas a preguntas admirativas.
La Chef se habría arruinado para que su hija no tuviera ninguna razón para empezar a atormentarla de nuevo, porque las cartas y más tarde los
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correos electrónicos la atormentaban, pero eso podía aguantarlo, la abrumaba y la entristecía, pero no la destrozaba.
De hecho, también se habría arruinado por sus padres si estos lo hubieran consentido, pero con la intención contraria, la de tenerlos lo más cerca posible de La Bonne Heure, en una magnífica casa que les habría comprado, pero ellos, como ya le he contado, solo le permitieron que les comprara el coche con el que se mataron; ¿puede que creyeran que ya les había llegado la hora de morir y les pareció el procedimiento perfecto para ese crimen contra sí mismos?
Una mañana de otoño, mientras trabajábamos en el servicio de mediodía, sonó el teléfono en la sala.
No era habitual en ella, pero esa vez la Chef contestó.
Cuando regresó, comprendí que había sucedido una gran desgracia. Nos miró con su curiosa sonrisa, que le torcía delicadamente los
labios, pero tenía una mirada abstraída y una arruga de contrariedad surcándole el ceño; sin embargo, quería sonreír y vernos felices; se llevó una mano a la sien, se sonrojó un poco, apartó la mirada y nos dijo que La guía acababa de concederle una estrella a La Bonne Heure, aquella misma mañana de 1992.
Entonces rompió a llorar, algo que solo me sorprendió a mí; mis compañeros atribuyeron el llanto a la emoción y a la felicidad; entonces se acercaron a ella y la rodearon con los brazos, sin atreverse a abrazarla de verdad, y la felicitaron a voces, de corazón; su orgullo estaba a la altura del afecto que sentían por la Chef, grande, serio y carente de un conocimiento real.
Tal vez entonces la Chef se hizo ilusiones, tal vez se convenció de que lloraba por un exceso de emoción.
Pero, al igual que yo había reparado al instante que no era así, dudo que ella pudiera engañarse el tiempo suficiente para gozar con sencillez de esa extraordinaria distinción.
Me tendió un brazo invitándome a participar en esa dicha, en esa gloria repentina y justa, merecida y jamás codiciada —la Chef no tenía ningún don de gentes, ni amigos, ni una poderosa red de contactos—, me tendió un brazo y yo me acerqué a ella pensando, turbado, que debía demostrarle no que no fuera capaz de alegrarme y halagarla sino de prestarle auxilio, porque esa vergüenza, paralizante, desmesurada, que yo sentía que experimentaba la Chef desde que la voz de un desconocido la había
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honrado por teléfono, ella no podría soportarla sola, sin alguien a su lado que tuviera un conocimiento real de todo eso y también de ella.
En efecto, le había sucedido una gran desgracia.
La Chef consiguió ocultar sus sentimientos a todos los que la colmaban de elogios y, pese a que nunca supo corresponder con la calidez y la sensibilidad que se esperaba de ella, mientras fue la única mujer con estrella de su generación (hasta el extremo de que se le escaparon cosas raras, como cuando, al afirmar un periodista que sus pobres padres se habrían enorgullecido mucho si todavía estuvieran vivos, ella replicó con un tono apasionado y dolido: ¡Al contrario, no les habría gustado nada, me habrían compadecido!) dio bastante el pego y solo me mostró su verdadero rostro a mí, a mi mirada consciente y comprensiva.
La primera noche, mientras yo me rezagaba a propósito después de que los demás se hubieran marchado, me dijo: Ahora todo ha terminado.
Y la tristeza, la vergüenza, la consternación le desdibujaban los rasgos; casi no la reconocía, aunque sus gestos eran los suyos, la mano delicada revoloteando hasta la sien, los pasos deslizantes, apresurados, tan ligeros que no hacían ningún ruido; tenía el rostro demudado y yo guardé silencio, temiendo decir algo fuera de lugar.
En ese momento, adivinaba su vergüenza sin comprenderla del todo.
Me parecía inconsecuente, enfermiza.
La Chef me dijo: Si me premian, significa que he desmerecido.
Pero ¿por qué?, susurré yo con un estremecimiento indignado, casi irritado; creo que la Chef no me oyó; junto a la pena que sentía al descubrir que ella era incapaz de saborear con sencillez una satisfacción inesperada, en mi interior se alzaba el escudo del recelo, del escepticismo, de la impaciencia, mientras pensaba que por nada del mundo debía dejarme invadir por los tristes embrollos del corazón de la Chef, mientras pensaba que mi amor no debía corromperme hasta el punto de volverme a mí también tan inepto para el placer.
La alegría era una cosa —pensaba yo con humor— y el placer otra; ¿por qué este debería retirarse invariablemente en beneficio de la primera?
Pero yo era muy joven por aquel entonces, solo podía comprender a la Chef hasta cierto punto que, en ese momento, me parecía definitivo, y hasta mucho después no me aventuré por el camino en el que supe que mis veinticinco años me habían impedido discernir más allá de aquel punto; entonces el camino se abrió ante mis ojos, ante mis pasos que avanzaban a
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tientas, y cuando me acerqué a la Chef ya era tarde, en una época en la que ella ya había renunciado a ser comprendida y socorrida, así que me perdí el instante en que podría haberle resultado necesario, solo le fui útil aportándole descanso, alivio, amor intenso pero nunca nombrado.
Acabé comprendiendo que la estrella había reafirmado a la Chef en su presentimiento —que ya había tenido antes— de que iba errada.
Se le hacía insoportable pensar que su cocina gustaba y seducía, no porque se imaginara ni deseara que su cocina fuese repugnante, teniendo en cuenta que tantos clientes regresaban a La Bonne Heure, pero la Chef creía a conciencia que los habituales volvían al lugar donde les habían planteado un enigma.
A menudo, se había arriesgado a que le devolvieran un plato a la cocina con ira, se mantenía en el filo salvaje donde un pequeño error de apreciación, un descuido o una embriaguez excesiva podían hundir sus recetas en lo inaceptable o lo descabellado, pero allí seguía ella, atrayendo a los comensales con la fuerza de su inflexibilidad, aunque esta a veces originara una experiencia no precisamente atractiva, porque no todo radicaba en eso.
Por eso, a ojos de la Chef, tanto daba aceptar o devolver aquella estrella, porque eso no modificaría en absoluto el hecho de que la habían considerado digna de ella y, por lo tanto, había fracasado.
Sin embargo, se prestó al juego, como ya sabe usted, atendiendo a algunos periodistas, dando las gracias a La guía, aunque siempre a su manera, elusiva, nerviosa, a la vez equívoca y escueta, lo que hizo creer a mucha gente que no era demasiado inteligente ni rápida, que carecía de vocabulario.
Nadie adivinó que estaba devastada por la vergüenza.
Y eso, precisamente, es lo que ella había querido expresar con estas palabras: Ahora todo ha terminado, porque no tenía manera de prever lo que sucedió a continuación; por el contrario, tenía razones de sobra para pensar que no iba a suceder nada, dado que se apresuró a enviar el dinero que entraba a raudales en La Bonne Heure para cubrir a su hija de riquezas abrumadoras, como a una joven elefanta adornada.
Mis compañeros y yo trabajábamos sin levantar la mirada, con un entusiasmo y una entrega en la que apenas influían el gran aumento de sueldo con el que nos había recompensado la Chef; ella trabajaba con su eficacia y su delicadeza habituales, pero también, como yo bien sabía, con
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una tristeza nueva, con un desengaño que intentaba ocultar sonriendo más que de costumbre, por todo, de manera forzada.
Nada más concederle la estrella, recibimos tantos nuevos clientes que la Chef se vio obligada a instaurar un sistema de reservas tradicional, algo que yo me había permitido recomendarle, de hecho, argumentando que se trataba de una simple cuestión de respeto a nuestros clientes habituales; de lo contrario, algunos días tendríamos que decirles que no quedaban mesas libres o rogarles que esperaran durante un buen rato, y la Chef estuvo de acuerdo en ese punto, de acuerdo con todo lo que yo le sugería, pero me daba cuenta de que aceptaba esos cambios necesarios con perplejidad y tristeza, de que su espíritu intuitivo, penetrante, y su olfato rechazaban, en un principio, lo que la razón les obligaba a aceptar.
Por eso me sorprendió tanto, poco después de que la Chef, por consejo mío, cambiara las sillas de mimbre por unas tradicionales de bistrot de madera oscura, que nos anunciara que iba a cerrar La Bonne Heure durante tres días para pintar las paredes y modificar la iluminación; quería sustituir las lámparas de araña con los brazos de metal verde bronce por unas lámparas de techo de opalina blanca.
La felicité por la elección mientras observaba su rostro; sus gestos me parecieron más nerviosos que de costumbre, aunque la Chef sonreía, hasta se reía sin razón —ella, tan reservada—, mientras sus hermosos ojos castaños pasaban demasiado rápido de uno a otro, como si en realidad quisiera rehuir nuestra mirada.
Me extrañó que la Chef pareciera tan confusa mientras nos comunicaba que iba a pintar La Bonne Heure —del mismo azul regio, de hecho— y cambiar las lámparas, hasta que entendí el motivo real de ese apuro, cuando anunció, como de pasada, que tendría que subir los precios de la carta.
En eso también estuve plenamente de acuerdo, le dije que había pensado lo mismo, sin atreverme a recalcarlo.
Ya sabes que no me gusta, susurró ella, ya sabes que no me gusta nada todo esto.
Y, ante mi alborozo —con una ligereza excesiva, una desenvoltura voluntaria con la que esperaba transmitirle parte del placer que puede procurar todo eso, diciéndole que la estrella imponía más alegrías que obligaciones—, la Chef, con ademán repentinamente grave, volviendo en sí, absteniéndose de sonreír de manera absurda, me contestó, clavándome
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una mirada vacilante, casi aturdida: No es eso… No es solo eso. Es que mi hija se ha enterado de la estrella. Va a regresar. Ah, muy bien, dije yo con un tono prudente. Sí, dijo la Chef. Es una buena noticia, ¿verdad?
Su tono de voz delataba que me estaba planteando una pregunta, que me interrogaba como si de verdad no supiera la respuesta y mi parecer fuera a determinar la opinión que debía formarse ella al respecto. Una muy buena noticia, dije entonces con toda la convicción de la que fui capaz.
La Chef me pareció aliviada y agradecida por mi respuesta, como si esta, al menos por un tiempo, la liberara de su confusión y de su culpabilidad, de sus pensamientos recurrentes, solitarios, febriles, alejados de la sensatez, que giraban en torno a la cuestión de si la madre amorosa y dolida que era ella tenía derecho a no alegrarse del todo por esa noticia, si la excelente madre que pretendía ser podía permitirse temblar ante ese regreso.
Al cabo de un rato, una de las camareras entró en la cocina, se acercó a la Chef, le susurró algo al oído y esta enseguida esbozó una sonrisa vacía que sus labios no abandonaron, a pesar de que su mirada solo traslucía ansiedad cuando hubo comprendido las palabras de la camarera, y su sonrisa, hierática, pareció desdoblarse, agrandarse, flotar como un eco en los labios incómodos de la joven, pues ninguno de nosotros deseaba preocupar a la Chef y de pronto la camarera se dio cuenta de que sus palabras habían sembrado el pánico.
A continuación, una desconocida entró en la cocina; al instante, pensé que era la mujer más hermosa, más extraordinaria que yo había visto jamás.
Ese recuerdo todavía me avergüenza y me desconcierta, porque, al poco, la hija de la Chef me pareció despojada de cualquier encanto, de cualquier belleza, de cualquier originalidad, por eso aún me cuesta comprender con exactitud qué irradiaba ella en aquel instante preciso y único que logró engañar mi mirada, adormecer mi intuición; tal vez fuera su fría decisión de seducir, la suma de sus facultades más malvadas, más viciosas, más eficaces, con el objetivo de doblegarnos.
Vestía una curiosa mezcla de ropa de distintos materiales y estilos, fruto de una confusión de ideas, de gustos y de estaciones que, no obstante, podía parecer algo coherente si observabas que todo —los tejidos rugosos o sedosos, de lana o transparentes, todos ellos relucientes: la larga falda de raso rojo, el jersey grueso de lana rosa, surcada por hilos
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plateados, los leotardos tupidos de color verde botella, el cinturón de plástico rosa, hasta la diadema infantil de terciopelo rojo en su cabellera con la permanente hecha— brillaba de manera exagerada, pueril, desconcertante, porque, pese a su juventud —claramente visible por la tersura y la frescura de su tez—, se vestía como una mujer madura deseosa de pasar por una adolescente, de modo que la lógica de su aspecto delataba turbiamente la lógica de un espíritu perturbado y metódico.
El recuerdo que guardo de su irrupción en la cocina es engañoso.
¡Por fin!, era la hija de la Chef, de quien tanto había oído hablar; era bellísima, despampanante; mi amor por su madre se abalanzó sobre ella, envolviéndola de inmediato.
No puedo olvidar esa primera impresión —por engañosa, por monstruosa que fuera—, aunque dos días después ya se hubiera desvanecido, en cuanto desplegó sus mentiras, de tal forma que la cruda verdad suplantó a esa primera impresión, pero sin llegar a borrarla.
Por esta razón, todavía la odié más en lo sucesivo.
Se acercó a la Chef, con euforia y un crujido crepitante de tejidos; observé que llevaba zapatos de niña, unas merceditas plateadas con unas tapas de hierro que al chocar contra las baldosas hacían un ruido metálico; se inclinó para abrazar a la Chef, aunque en realidad no era más alta que ella, pero fingió tener que inclinarse con tanta habilidad que dio esa impresión, pareciendo falsamente alta, realmente corpulenta y voluminosa, engullendo a la Chef, ahogándola bajo el mohair rosa de su inmenso jersey, bajo su cabellera —perfumada, química y asfixiante— que, liberada de la diadema, que se le había caído al suelo, le cubrió la cara a la Chef.
Y, durante varios segundos, la Chef permaneció inmóvil, bloqueada entre los brazos de su hija, antes de zafarse con un suave empujón, sin decir palabra, pero clavándole la mirada a aquella extraña cara rellena y maquilladísima que se aproximaba a la suya, con una expresión que, en aquel instante, me pareció insólita: de adoración, pero abrumada, cariñosa pero derrotada, tímida, incómoda, pero debo reconocer que con un destello de felicidad (matizado por un flagrante «a pesar de todo» que me resulta desgarrador).
Lo que más atónito me dejó no fue que nunca le hubiera visto esa expresión a la Chef, sino, simple y llanamente, que hubiera podido
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adquirirla, ella que hasta entonces me había parecido siempre demasiado consciente de la cara que mostraba.
Me alejé enseguida, procurando no molestarla y disimular mi propio desasosiego.
La hija de la Chef se inventó que yo tenía celos de ella y que esos celos me habían emponzoñado desde el primer día, desde que ella abrazó a su madre ante mí, porque yo no tenía derecho a ese gesto tan sencillo, pese a todos los privilegios que me había concedido.
Siempre me he negado rotundamente a refutar los sórdidos argumentos de esa mujer.
Pero, a propósito de los celos, habida cuenta de que ese sentimiento podría haberse apoderado del joven apasionado que era yo —¿por qué no? —, declaro humildemente que jamás sentí celos de la hija; el nudo en la garganta que tenía en ese momento, cuando cogí el cuchillo para seguir cortando unos pimientos, era muy distinto y completamente nuevo para mí; era el presentimiento de un desastre.
Esas desgracias que estaban por llegar las llevaba escritas la Chef en sus ojos amorosos y abatidos, unos ojos que ya las habían vislumbrado, tal vez, que ya las conocían; algún significado debía de tener el hecho de que las ridículas tapas de hierro de las merceditas golpearan cruelmente las baldosas; habría sido de cobardes o de estúpidos negarse a comprender aquel preludio, pero la Chef no era cobarde ni estúpida, sino perspicaz, avispada, fatalista a su manera.
Porque ya había cambiado todo; la Chef, que como propietaria intachable de La Bonne Heure jamás había dejado que ninguno de nosotros —sus asistentes, sus empleados— tuviera que arreglárselas de improviso (solo dejaba que nos las arregláramos cuando pensaba o intuía que aspirábamos a ello), la Chef, que siempre estaba presente cuando llegábamos y cuando nos marchábamos, abandonó la cocina —con sigilo, sometida— tras su hija, tras la espectacular estela de las telas crepitantes, sin dirigirnos la mirada, ni una palabra siquiera, y no volvimos a saber de ella hasta la noche.
Entonces se limitó a felicitarnos por habernos hecho cargo correctamente del servicio de mediodía. Se mostró distante, atemorizada, sonriente y dulce, pero triste, y cuando mis ojos la interrogaron, su mirada rehuyó la mía sin vacilar, sin el menor remordimiento —me pareció—, como si nuestra complicidad solo hubiera sido un sueño mío o como si se
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liberara de él —una vez que volvía a ser ella misma, gracias a su hija—, como si se tratara de un vínculo indecente o negativo.
Mis compañeros fingieron no darse cuenta de nada, tal vez no hubiera nada que constatar si no vivías en el corazón de la Chef, como era mi caso desde hacía años, pero me dio la impresión de que su actitud con ellos había cambiado, me pareció que la Chef luchaba sin fuerzas y sin esperanza contra una indiferencia, contra un desapego que teñían de desaliento sus palabras habituales, sus órdenes y sus agradecimientos.
Te voy a enseñar algo, me dice Cora. Va a buscar una enorme caja de color azul oscuro de su equipaje y la coloca delicadamente encima de la mesa; yo querría apartarme, porque sé de qué se trata, conozco esa clase de cajas y eso es lo que me dice Cora en el preciso Instante en que lo pienso: Tú conoces esta clase de cajas. Son unos magníficos cuchillos con el mango de acero Inoxidable, no puedo evitar acariciarlos con la punta de los dedos, Interrogo a Cora con la mirada, ella va sacando todos los cuchillos, uno a uno, y me los tiende para que los sopese.
Aquella primera noche, la hija no apareció por el restaurante. La oía ir y venir por encima de mí, por el piso cuyo suelo martilleaba con las tapas de hierro, frenéticamente, como una yegua en cautiverio, alarmada, pero la hija de la Chef no era prisionera de nada, sino que, en su empecinamiento, su egoísmo y su dureza, incluso era más libre que la mayoría de la gente.
Aquella noche, como de costumbre, anduve merodeando cerca de las ventanas de la cocina, pero descubrí que estaban tan a oscuras como me temía.
Por el contrario, las ventanas del piso estaban profusamente iluminadas, los batientes abiertos de par en par, pero no se oía ningún murmullo de voces y el silencio me pareció tan profundo, tan clamoroso, que me las imaginé allí arriba, la madre consumida, la hija descansando, al acecho, ella respirando sin hacer ruido, vigilando y maquinando, las dos tal vez sentadas, la una frente a la otra, sin tener nada que decirse, pero perversamente unidas en unas expectativas con fines opuestos.
Me habría gustado llamar a la Chef, llevármela a mi estudio de Mériadeck, arrebatársela a esa chica de Canadá que no se le parecía ni la comprendía en absoluto.
Permanecí un buen rato al pie de sus ventanas, paralizado por la conciencia de mi impotencia, de mi juventud inútil, de mi falta irrefutable de algún vínculo familiar con la Chef.
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Y cuando, noche tras noche, regresé obstinadamente (como si mi perseverancia, fruto de la esperanza, pudiera cambiar el curso de la realidad) para observar qué ventanas de la Chef estaban iluminadas, constaté, horrorizado, que las de la cocina ya nunca lo estaban, mientras que las de las tres estancias del piso de arriba irradiaban una luz tan intensa y desoladora que hasta alumbraban la calle con un halo mortecino; me pareció que los batientes solo estaban abiertos para que la libertad y el genio de la Chef no acabaran ardiendo en el silencio, ese inmenso silencio al acecho que me convencía de que arriba había alguien.
A partir de entonces, jamás pude retomar mi lugar, mi querido lugar, de noche, en la cocina, junto a la Chef.
Porque cuando volví a pasar noches enteras en la cocina fue para escuchar a la Chef mientras hablaba, pero no para observar cómo cocinaba; ya no me otorgaría más esa confianza, esa forma de entrega, algo que siempre he lamentado: la circunspección, el cálculo minucioso ya no modelaban los rasgos de la Chef mientras hablaba solo para sí misma; antaño sí que me había querido lo suficiente como para mostrarse así, en plena creación.
En cuanto a lo que había motivado el repentino regreso de su hija a Burdeos, debo reconocer, por una cuestión de honestidad, que hubo un momento, en una época muy posterior, en que la hija me lo contó con unos visos de credibilidad que tuve la tentación de creerla a ella en lugar de a la Chef; la hija me aseguró, durante el brevísimo periodo en que fuimos más o menos amigos, que, al obtener la estrella, su madre le había pedido que volviera, mientras que la Chef, por su parte, acabó contándome que su hija había regresado sin consultárselo, precisamente con el propósito de pillarla desprevenida.
Yo era perfectamente consciente de lo bien que se había sentido la Chef sabiendo que su hija estaba tan lejos y de las desorbitadas sumas de dinero que había enviado a Quebec para retenerla allí, bajo el peso de una generosidad de la que uno literalmente no puede liberarse; por eso no debería haberme creído los argumentos de la hija, pero ¿cómo describir la inocencia o la indiferencia que le iluminó fugazmente los ojos apagados cuando me dijo, sin intención aparente, que su madre le había rogado que volviera con ella tras la distinción de La guía?; entonces la creí espontáneamente, muy a mi pesar, y más tarde tuve que hacer un verdadero esfuerzo, tuve que recordar mi primera impresión, para poner en
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entredicho aquellas palabras que no encajaban con el resto, con lo que yo sabía de la Chef y con lo que esta me había asegurado, que ella nunca le había sugerido a su hija que regresara.
Y cuando le pregunté a la hija, cuando aún no nos habíamos convertido en enemigos declarados, por qué razón su madre había deseado tenerla cerca de ella de nuevo, me contestó —como si fuera evidente, con esa franqueza que yo no conseguía saber si era fingida— que la Chef había considerado oportuno recurrir a sus conocimientos en materia de comunicación y asesoría empresarial, competencias que ella había adquirido en Quebec en una escuela cara, donde había obtenido un título que me enseñó con gran orgullo.
Entonces me mordí la lengua para no burlarme de ella. Me disuadió la expresión extraordinariamente amable de su rostro en aquel instante, que acostumbraba a ser dura, amarga.
Pero no podía creer ni por un segundo que la Chef hubiera pretendido mejorar o consolidar aún más la imagen de La Bonne Heure, ni siquiera a través de la labor de su hija o de quien fuera; aunque yo no ignoraba cuán desconcertante puede resultar un aspecto hasta entonces insospechado, porque no se había manifestado, del carácter de la persona más afín, afín en la vida y más aún en sueños, no podía imaginarme a la Chef como la directora de una empresa deseosa de aprovechar al máximo unas circunstancias tan favorables y prometedoras como el reconocimiento de La guía, habida cuenta de que aquel honor la avergonzaba.
No, desde luego, eso no me lo podía creer.
De hecho, que la hija me hubiera asegurado que había regresado para poner sus aptitudes comerciales al servicio de La Bonne Heure, que lo hubiera dicho con esa tranquila y cándida vanidad (cuando ella, por naturaleza, no era tranquila ni cándida), debería haber bastado para demostrar la magnitud de su ignorancia y de su desfachatez; la hija de la Chef cultivaba unas falsas creencias sobre sí misma tan exageradas que a veces me preocupaban, hasta el punto de que, con todo y muy a mi pesar, acababan convenciéndome en ese momento, en que se había eclipsado la enemistad y los dos intentábamos bajar las espadas de forma transitoria, para declarar una tregua.
Una vez que me hube alejado de ella para siempre, comprendí que no debía creerme ni una sola palabra, por mucho que hubiera intentado ser
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sincera, por mucho que hubiera intentado atenerse al máximo al sentido común y a la realidad.
Pero en mi interior perduraba el recuerdo inalterable del instante en que la expresión de su rostro me había persuadido, de manera que ya nunca pude olvidar aquella idea, la inoportuna sospecha de que la Chef le había rogado que regresara a Burdeos, que incluso, en cierto modo, le había pedido ayuda.
Volvimos a ver a la hija dos días después de que llegara.
Hizo una entrada en la cocina tan distinta a la primera que, al principio, no reconocí a esa joven pesada y lenta que arrastraba unas enormes zapatillas deportivas por las baldosas y que no llevaba absolutamente nada reluciente, como si la antevíspera, en el instante crucial de su regreso, ya hubiera gastado todos sus recursos de brillo, de bravuconería y de intimidación, o como si hubiera decidido que ya no le resultaba útil desplegar esos medios una vez que su madre ya había sucumbido.
La Chef la acogió con una frase protocolaria, forzada, pero con un giro cariñoso que estaba fuera de lugar en un contexto laboral, algo así como: Buenos días, cielo, ¿qué tal?, que pareció pronunciar con dificultad, con un esmero reticente y con el enorme reparo de quien, muy a su pesar, atenta contra su propio pudor, pero que debe pronunciar esas palabras por su propia tranquilidad, para no arriesgarse a disgustar y ser castigada.
Su hija gruñó una respuesta vaga. Sus ojitos fríos fisgaron en todos los rincones de la cocina, buscando algo que censurar, algo que criticar, incluso algo por lo que indignarse, y ese comportamiento que al principio no entendí quedó explicitado por un lacónico: Habrá que mejorar un montón de cosas aquí, que susurró clavándome la mirada, exigiéndome una complicidad entre jóvenes (teníamos exactamente la misma edad) que yo le negué, al darme la vuelta enseguida, escandalizado por aquella arrogancia y aún conmocionado al descubrir que la deslumbrante hija de la Chef, a quien había incluido espontáneamente en mi amor y mi consideración, mostraba su verdadero rostro, en un sentido literal, despojado de los artificios que el día de su llegada le habían permitido resplandecer.
Durante los tres cuartos de hora que pasó en la cocina, reinó una insoportable atmósfera de amenaza y de temor.
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La actitud inquieta, humilde y deferente de la Chef influyó en mis compañeros, que contestaron a las preguntas ignorantes de su hija con una premura azorada; aunque evitó interrogarme, creyendo tal vez que me ofendería, me sentí igual de nervioso y de contrariado que si me hubiera hecho sus ineptas preguntas de mujer que no tenía la menor idea de lo que hablaba e intentaba disimular sus lagunas reprendiendo de manera desagradable a sus interlocutores por un detalle menor; adoptando una mueca resabiada, desdeñosa o sarcástica, se recogía un mechón de pelo que le caía sobre la oreja, con el mismo gesto que la Chef, resoplaba, con una vulgaridad y una falta de elegancia que me indignaban.
Cuando se marchó, a la Chef se le relajaron los hombros y enderezó la espalda. Pero nos clavó una mirada que me pareció inquieta, velada de hipocresía, de tristeza y de resignación.
Yo fui el único que se atrevió a sostenérsela; entonces ella bajó los ojos, sonriendo de manera forzada, pero la sonrisa se le escapaba de los labios, flotaba fuera de su alcance, ante su boca y su mentón tembloroso.
Yo ya no entendía nada.
¿Cómo había podido dar a luz a una hija así?, ¿por qué esta tenía sometida a la Chef de una manera —creía yo— que no se justificaba únicamente por el amor materno?, ¿no había subsanado ya el tremendo error que constituía el hecho de tener una hija así enviando a Quebec prácticamente todo lo que ganaba?, ¿acaso no había pagado ya suficiente como para liberarse de aquel tormento?
Y si la Chef debía asumir las consecuencias de un comportamiento o de un gesto que yo ignoraba, ¿por qué esa responsabilidad adoptaba la apariencia malvada, sarcástica, ambiciosa de una chica que jamás podría enseñarle nada?
Me sentía como si la Chef me doblara la edad, a pesar de su sufrimiento; ya no la comprendía, me enfurecía cuando reparaba en que era demasiado joven, en que no comprendía nada.
De la noche a la mañana, la Chef confirió a su hija el extravagante poder de transformar La Bonne Heure a su antojo, a pesar de que esta, hasta entonces, solo había estudiado, de manera completamente teórica y muy laxa (había tenido que presentarse tres veces al examen), casos muy distintos, compañías financieras, una escuela de idiomas por correspondencia o un grupo de centros de odontología, y la cocina no le interesaba en absoluto, incluso la detestaba, tal y como me confesó una
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vez, que la cocina le parecía una lata, algo nauseabundo que solo podía salvarse si la vestían de lujo; contaba que ella solo iba a restaurantes de postín y alardeaba de no cocinar jamás, de no rebajarse a esa asquerosidad.
Entonces comprendí, por las frases rotundas que nos soltaba, como si nos regalara las preciosas conclusiones de un pensamiento único, que ella solo se avenía a hacer los honores de un plato a condición de no saber lo que estaba comiendo, de no reconocer, de no creer reconocer siquiera ni la forma, ni el sabor, ni el olor, de que el nombre del plato solo le diera una vaga indicación del producto de origen, por eso enseguida quiso rebautizar todas las recetas de la Chef, empleando perífrasis de lo más apetitosas, a su juicio, de modo que el cliente ya no se viera obligado a leer palabras como atún, pollo o tomate, sino esas expresiones —que ahora aborrezco, que algunos de ustedes tal vez recuerden todavía, por desgracia, y que mucha gente, atónita, pensó que eran una idea de la Chef— que invadieron la carta de La Bonne Heure: bonito de noviembre, príncipe de Bresse, carpaccio de tomatina…
La Chef lo aceptó todo con una complacencia enfermiza; observé que la tristeza y la vergüenza habían desaparecido de su mirada, que habían sido sustituidas por una expresión de consentimiento sucinto, de desilusión sombríamente encajada que le otorgaba a sus rasgos una nueva, paradójica y casi cínica exaltación, como si nos declarara constantemente: Pues bien, aquí estamos, pero ¿dónde estábamos exactamente y por qué es cierto que, en esa opacidad impregnada de provocación, vanidad y aspereza, estábamos atados de maneras distintas pero inevitables, como galeotes unidos tanto por las cadenas como por una conciencia parecida de nuestro destino?
Porque la Chef no parecía dudar de nuestros sentimientos hacia su hija:
admiración, temor, piedad.
E, impulsado por ese deseo que tenía la Chef de que adoráramos y temiéramos a partes iguales a esa mujer, creo que aparté cualquier prejuicio y traté de recuperar la fascinación que había experimentado la primera vez que ella había entrado en la cocina, esa impresión —directa, sin ambigüedades— por la que se merecía mi afecto, mi abnegación, en la misma medida que su madre.
Respecto a la Chef, al principio pensé con amargura: No podrá reprocharme que contradiga a su hija, pero acabé olvidándome del asunto, arrastrado por un torbellino de sentimientos confusos del que solo brotaba
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una reflexión obstinada, fanática: acatar la voluntad de la Chef, aunque no la comprenda, aunque esa voluntad me decepcione y me empequeñezca, me exaspere y me preocupe, aunque me obligue a mantener una relación hipócrita con su hija, porque tarde o temprano eso tendrá alguna justificación.
No obstante, reconozco que, durante los primeros tiempos, algunas ideas de la hija obtuvieron mi aprobación, incluso mi entusiasmo; lo admito bastante abochornado.
Mi madre está anticuada, decía, hay que innovar. Aludía con frecuencia al hecho de que la Chef no tuviera ningún título, a diferencia de ella, que había aprendido cosas que el limitado entendimiento de la Chef no podía concebir ni aceptar, pero que tenía el deber de conocer para estar en el top, como decía la hija.
Así, quiso cambiar la vajilla, algo que no me pareció una mala idea, añadir algunas mesas, al considerar que el espacio estaba desaprovechado; de hecho, el ruido de los cubiertos y las conversaciones le parecía monótono y triste, además de poco elegante, de modo que quiso poner música en la sala, a lo cual yo también asentí, empecinado, porque esa iniciativa me disgustaba, pero no quería que la Chef ni su hija se dieran cuenta.
Hizo comprar una vajilla de líneas complejas. De nuevo, fingí que admiraba las palanganas que sustituyeron a los platos soperos —aunque, la primera vez que las vi, me parecieron orinales en miniatura—, los platos ovalados o las bandejas de pizarra para servir el queso; admiré todo eso, que me parecía vulgar, pretencioso y poco práctico, ante la Chef, que se mostraba impasible; cuando su hija le preguntó, por pura formalidad, qué opinaba, le contestó: Estoy convencida de que sabes decidir bien.
Sin embargo, el día que la hija anunció que había decidido borrar los precios en la carta que se ofrecía a las mujeres que iban acompañadas de un hombre, como en los restaurantes refinados —aseguró—, me eché a reír, enfurecido, y lancé violentamente el largo cuchillo que tenía en la mano contra la encimera.
La Chef profirió un pequeño grito de protesta, de desaprobación, llevándose puerilmente la mano a la boca, y, acto seguido, me miró con severidad, sin reprocharme en absoluto —estoy convencido de ello— que me hubiera extralimitado, pero recordándome que nadie podía permitirse semejante actitud con su hija, habida cuenta de que hasta ella la obedecía;
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tenía razón, lo comprendí y me disculpé en silencio. Recogí el cuchillo con delicadeza.
Entonces me asaltó una certeza —clara y fría— que me unió a la Chef: la de que nos encaminábamos hacia el desastre, con lucidez y con una aceptación hostil, funesta, apasionada, a la vez que misteriosa y absurda.
Así era más sencillo, pensé, y sentí, con un alivio amargo, que mi indignación se desvanecía; acaricié mi querido cuchillo, con el propósito de que me perdonara por haberlo tratado con tanta brusquedad, miré sin antipatía alguna la cara histriónica de la hija, que ya no tendría el poder de sacarme de mis casillas —me dije—, ni el de expulsarme de mi interioridad ni de mi armonía secreta, antigua, inestimable con la Chef.
Por último, la hija proclamó que los precios de la carta eran demasiado bajos, que habría que aumentarlos de manera considerable.
Observé que la Chef se plantaba ante esa idea tan arrogante que la indignaba, pese a su voluntad de doblegarse a las órdenes de su hija; protestó, alegando que ya había tenido que incrementar los precios poco antes, pero, como su hija permanecía de brazos cruzados con un aire de condescendencia irritada, la Chef me echó un vistazo, alarmada, acorralada, y le gritó a su hija, con un tono de vana súplica: ¿De verdad es necesario?, y la hija asintió, suspirando con impaciencia.
Entonces la Chef estalló en una carcajada, una carcajada falsa que brotaba lastimosa y laboriosamente de unas reservas de ligereza y de impertinencia en las que ya casi no le quedaba nada; a continuación, al borde de las lágrimas, susurró: Como tú quieras.
Salió corriendo de la sala, mientras que yo me quedé a solas con su hija.
Y esta, abriendo los ojos como platos, me dirigió un gesto de complicidad, irónico, burlándose de la Chef, una mueca que yo imité, alzando la mirada hacia el cielo, deseando morirme.
La hija encargó nuevas cartas; se encaprichó de un papel verjurado muy grueso de color violeta, en el que apenas se leían las palabras impresas en letra ligada con una tinta gris pálido.
A medida que transcurrían las semanas y me acostumbraba a asentir sistemáticamente a los aventurados disparates de la hija, procurando no pensar más en ello, logré entablar una relación con ella que ya no se basaba en mi deseo ciego de complacer a la Chef, que ya no estaba cruelmente cargada de temores, ira y desprecio; conseguí bromear con la
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hija e incluso, mientras duró, olvidarme de las razones de mis temores, mi ira y mi desprecio, que cada vez me parecían más lejanos y abstractos, como si fueran recuerdos de infancia; y allí estaba la Chef, distante, medio sonriente, anonadada; yo charlaba con su hija sin darme la vuelta; allí estaba la Chef, a mi espalda, desolada e incomprensible; yo seguía sin darme la vuelta para incluirla, yo acataba su oscura voluntad, pero su hija ostentaba la fuerza.
La Chef y yo ya no teníamos ninguna clase de intimidad.
Nos cruzábamos discretamente, casi bajando la mirada, con un exceso de decencia, de delicadeza.
Con mis compañeros, que habían perdido el norte, evitaba cualquier complicidad que pudiera hacerles creer que estaba de su parte, que albergábamos temores parecidos, porque yo nunca estaría de su parte y en contra de la Chef, pero, como había que estar de parte de la hija para permanecer junto a la Chef, no me quedaba más remedio que rehuir a mis compañeros, aunque tuvieran razón al deplorar todos esos cambios y temer que acarrearan una pérdida de clientes a La Bonne Heure, como sucedió más tarde, por supuesto, ya lo sabe.
La hija detestaba La Bonne Heure, detestaba todo lo que había contribuido al éxito del restaurante y todo lo que la Chef había concebido con una delicada y tierna inspiración, el azul oscuro de las paredes, del toldo, la vajilla sencilla y elegante, sí, todo eso lo detestaba la hija sin juicio, violentamente, todo lo que su madre había elegido, amado, cubierto de atención; de hecho, estoy convencido de que, sin ser consciente de ello, también detestaba la existencia misma de La Bonne Heure.
¿Cómo se explica, si no, que las primeras críticas de los clientes habituales que ahora comían en una vajilla cursi, al son de una música demasiado fuerte, hubieran alentado a la hija a enrocarse en su postura asumiendo todas sus consecuencias, como si esos reproches sensatos entraran dentro del plan que había urdido para aniquilar La Bonne Heure de su madre y reconstruirlo a su manera, según sus propios deseos, radicalmente opuestos a los de la Chef?
Porque la hija se regocijaba con esas quejas.
Un cliente pidió que bajaran un poco el volumen de la música, la hija se negó y entonces este amenazó con que no volvería. Oí que ella susurraba complacida: ¡Ya era hora!, y le pregunté por qué; me contestó
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que ese tipo le caía mal, que le caía mal toda la gente que en La Bonne Heure se sentía como en su casa.
Pero si esa gente es la que ha hecho famoso el restaurante, repliqué yo con esa voz frívola, divertida, confidencial y casi seductora que empleaba ahora con la hija, aunque tenía la nuca, las mejillas y la frente coloradas por la indignación.
Esa gente es la que adora la cocina de la Chef desde el principio, proseguí con mi voz falsa, mi voz atrevida y ligeramente cínica a la que la hija se mostraba sensible —me parecía— porque era un reflejo de la suya.
Masculló que tendrían que adaptarse o que ir a comer a otra parte, que así era y punto.
La hija había convertido la sala en el escenario principal de su omnipotencia; para hacer las cosas a sus anchas, había despedido a Delphine, que hasta entonces se encargaba de acoger a los clientes, de acomodarlos y de velar por el buen funcionamiento de las comidas.
Y se movía pesadamente entre las mesas con su cuerpo inoportuno, dirigiéndose a los clientes con una voz al mismo tiempo untuosa y demasiado familiar, hablando demasiado fuerte, entrometiéndose en las conversaciones para preguntar cada dos por tres si todo iba bien, si les gustaba la comida, pero alejándose antes de que le contestaran.
Cosa extraña, con ella al mando, en La Bonne Heure reinaba una atmósfera tanto de nerviosismo como de dejadez, de tedioso desenfreno.
Evidentemente, pensaba yo, a la Chef le convenía tener una razón de peso para no aparecer jamás en la sala; si ya le costaba considerablemente presentarse ante una clientela honrada y púdica, ¿cómo iba a soportar tener que saludar a la nueva, la que poco a poco había ido atrayendo la dirección de su hija, durante los meses en que puso patas arriba todo lo que había constituido la sobria singularidad de La Bonne Heure?
Desde luego, a la Chef le convenía, pensaba yo, angustiado, mientras la observaba afanándose sin pensar en la cocina, en apariencia impasible y, con nosotros, de una amabilidad altiva, impersonal, sistemática, que no nos halagaba en absoluto, y a mí menos que a nadie, porque, cuando nos cruzábamos, a veces le dirigía una mirada rápida, interrogante pero al mismo tiempo entregada; ella me devolvía una mirada exagerada, fingidamente dura e indiferente, que me hería hasta los tuétanos, aunque estuviera convencido de que, en su dolor, ella solo intentaba salvarme.
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Sí, los nuevos clientes de La Bonne Heure eran como quería su hija, ricos y groseros; en cuanto se sentaban a la mesa —en un ambiente que les parecía distinguido y relajado—, no reparaban en gastos a la hora de comer unos platos de nombres tan evocadores que no significaban nada, aunque tampoco demasiado desconcertantes; la hija hizo suprimir de la carta los platos más elaborados de la Chef —sin los cuales ella solo experimentaba un fastidio perfectamente prescindible—, la hija solo conservó los platos que a la Chef ya no le entusiasmaban —como el pichón torcaz con membrillo confitado, los puerros rellenos de un guiso de perdiz o la crema de almendras y pistachos—, que la Chef había dejado en la carta por deferencia a aquellos clientes a quienes su intransigencia causaba más penas que alegrías.
Y la Chef también se sometió a ese despropósito.
Una mañana, rozándome, me susurró: Deberías marcharte. ¿Por qué?, repliqué yo, boquiabierto. Lo sabes perfectamente, me contestó. Y entonces me dedicó su sonrisa torcida tan característica, que desde el regreso de su hija había sido sustituida por ese gesto falso que parecía temblarle en los labios; entonces levantó la mano con timidez y me acarició la mejilla un instante; luego se alejó con sus pasos veloces y ligeros, que ahora también me parecían forzados, estudiados, como si a cada paso la Chef pugnara por no sucumbir a la tentación de arrastrar sus pies fatigados por las baldosas, por no desplomarse en un rincón y someterse a una voluntad ajena a la suya, porque ¿acaso no era su propia voluntad —y no la falta de ella— la que la obligaba a ponerse a las órdenes de su hija?, ¿acaso la Chef no había demostrado, desde la infancia, una inmensa fuerza de voluntad?
Entonces me marché enseguida, sí, encontré fácilmente un buen puesto en el Select, cerca del Gran Teatro.
No creía que hubiera obedecido a la Chef, estaba furioso; paradójicamente, pensaba que así la habría ofendido. ¡Estaba realmente furioso!
Y me parecía que la manera más eficaz de afligirla era haciéndole caso a pies juntillas, porque —pensaba yo— ella debía de haber contado con la lealtad de mi amor de antaño, de mi amor absoluto, suponiendo que me mostraría reacio a seguir una recomendación que, sin duda alguna, me hacía por cargo de conciencia.
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En definitiva, estaba convencido de que ella no deseaba en absoluto que yo hiciera lo que me había sugerido.
Sin embargo, lo hice tan deprisa que apenas intercambiamos algunas palabras; no le dije adiós como es debido, simplemente desaparecí, sin preocuparme de si mi desbandada iba a entorpecer el trabajo, si alguien iba a sustituirme de inmediato, estaba furioso e indignado, no tenía escrúpulos, cegado por esa furia completamente nueva en mí, cuyos efectos no me desagradaban, porque pensaba que me concedía una fuerza tan heroica como despiadada.
Pero, una vez que me hube incorporado al Select y me hube acostumbrado a la rutina de una cocina en la que no había ni rastro del genio de la Chef, el entusiasmo que me había causado la furia se desvaneció; desgarrado, empecé a pensar que había traicionado a la Chef y que no bastaba con que me repitiera a mí mismo que ella me había instigado a cometer aquella traición: ese argumento de lo más razonable perdía todo su valor si pensaba en todas las pruebas que debe sortear el verdadero amor, que debe sortear la auténtica lealtad; ¿qué significa el amor del que se alardea sin la lealtad discreta, incluso invisible, que debe acompañarlo?, ¿qué significa el amor, por naturaleza gratificante y enorgullecedor a ojos de cualquiera, sin la indisoluble fidelidad que solo conoce quien lo siente?
Había traicionado a la Chef porque me había apresurado a abandonarla cuando ella me lo había sugerido; estaba furioso con ella —porque no se explicaba— y conmigo —porque no la entendía—; había permitido que ella fuera la única culpable de mi decisión.
Jamás de los jamases podría perdonármelo, pensaba.
Por la noche, cuando dejaba la inmensa cocina del Select, donde trabajaba a las órdenes de un chef aplicado e insignificante (allí servían platos escasos y pretenciosos, minúsculos cubos de pescado crudo, vulgares pechugas de pollo presentadas en forma de puré, diminutas tartaletas de praliné), daba un rodeo para pasar por delante de La Bonne Heure, que siempre estaba cerrado, porque ahora cerraba bastante antes, y las ventanas del piso superior también estaban en penumbra; la fachada entera me parecía hostil, me reprochaba altivamente mi deserción.
Me daba la impresión de que seguía desertando cuando daba media vuelta para regresar a mi casa, que seguía desertando todas las mañanas, cuando iba a trabajar al Select y, en la cocina, repetía unos gestos
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despojados de ardor, de sentido moral, de la más mínima satisfacción; me daba la impresión de que seguía desertando cuando iba a buscar, al pie de las ventanas de la Chef, la menor señal que pudiera interpretar a mi favor o en mi honor; vivía así, con esa sensación de deshonor a la que me fui acostumbrando, hasta el punto de que ya no la distinguía realmente de los pensamientos sombríos que colmaban mi existencia; vivía así, sumergido en esa pálida sensación de deshonor, me casé con una de mis compañeras de trabajo, Sophie Pujol, me casé casi sin darme cuenta, sin entusiasmo, con una mujer tan hastiada y burlona como yo —irónicamente—, que, una vez concluida la ceremonia, me dijo: Me pregunto qué demonios acabamos de hacer.
Ni el uno ni el otro lo sabíamos, pero mientras que yo no entreví ningún augurio de nada porque la convicción de mi propia decadencia me parapetaba de cualquier presagio, de cualquier promesa, Sophie Pujol siempre albergó el convencimiento de que había habido un nexo entre la civilizada, la fraternal decisión que tomamos de divorciarnos ocho o nueve meses después y el hecho de que yo me enterara, en la cocina del Select, de que acababan de retirarle la estrella a La Bonne Heure. Sophie Pujol sabía que yo lo había presentido y que, desde entonces, había tenido la imperiosa necesidad de divorciarme; nunca cejó en su idea, aunque no me guardó rencor, al contrario: harta, ella también, de aquel matrimonio sarcástico, se liberó de él aliviada, renunció a su trabajo en el Select y abrió su propio restaurante, el Pujol, frente al río, en la orilla derecha, que no tardó en cosechar un éxito que todavía dura.
Fue el chef del Select quien me anunció, con un alborozo de lo más manifiesto y mezquino, que La Bonne Heure había perdido la estrella.
Al principio no le creí, pensé que se trataba de un rumor infundado, fruto de los celos. Solo hacía veinte meses que la hija de la Chef llevaba las riendas del restaurante.
Al cabo de poco, se confirmó la noticia, seguida de inmediato por la de que La Bonne Heure cerraba definitivamente o, más bien, que no volvería a abrir tras la pausa invernal, que tenía lugar en aquel momento.
Muy agitado, salí corriendo a la calle para saber qué ocurría. No había vuelto a ver ni a entrever siquiera a la Chef desde que dejé mi puesto.
A pesar de que yo tenía la impresión de que me había esforzado al máximo para no evocar jamás su nombre ante Sophie Pujol y de que esos esfuerzos no habían sido en vano, porque nunca había dicho nada, al poco
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de divorciarnos, Sophie Pujol me confesó que, por muy ligera y socarrona que hubiera sido nuestra vida en común, por mucho que hubiéramos sido simples compañeros, ella había sufrido por sentir permanentemente la presencia sobrenatural y dolorosa de otra mujer; me dijo que había visto una sombra a mi lado, que yo a veces me daba la vuelta hacia ella sin darme cuenta, que fijaba mi mirada en otra que no era la de Sophie Pujol, sino la de ese fantasma que habitaba en el seno de nuestro matrimonio y que, incluso si nos hubiéramos amado de manera más seria, habría impedido cualquier comunión espiritual entre nosotros, cualquier intimidad plena y sincera; era como si yo no hubiera podido recuperarme de la muerte de mi ser más querido, me confesó Sophie Pujol, cosa que le había causado un enorme malestar.
Como de costumbre, ninguna luz alumbraba las ventanas de la cocina ni del piso de la Chef encima de La Bonne Heure.
Improvisé un megáfono con las manos —colocándolas en forma de corneta— y me puse a gritar su nombre en dirección a las ventanas oscuras, creo que incluso grité el nombre de la hija, grité también el nombre de Sainte-Bazeille con la intención desesperada y provocadora de obligar a la Chef a interrumpir semejante atentado contra la delicadeza de aquel nombre sagrado, Sainte-Bazeille, que yo vociferaba con toda la angustia, con toda la frustración, con todo el temor que me atenazaban entonces.
Ni un solo movimiento.
Los días posteriores, hice un llamamiento a los allegados de la Chef o, para ser más exactos, a las pocas personas que suponía que estaban al corriente de lo que le había sucedido, pero ni mis antiguos compañeros de trabajo ni los dos habituales que creía que visitaban a la Chef de vez en cuando, en privado, ni su hermana Ingrid —cuyo rastro me ayudaron a encontrar los dos últimos: había comprado un bistrot cerca del mar— pudieron informarme; ellos tampoco tenían noticias y, de hecho, desde el regreso de su hija, apenas habían visitado a la Chef, alegando lacónicamente: Ya no era lo mismo.
No, desde luego, ya nunca fue lo mismo, lo sabía de primera mano, pero ¿acaso no era significativo que la Chef hubiera tejido unos vínculos tan frágiles y con tan poca gente que pudiera desaparecer sin que se dieran cuenta y, sobre todo, una vez al corriente, sin que sintieran verdadera preocupación por ella?
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Porque se habían enterado de la pérdida de la estrella y sabían más o menos que La Bonne Heure iba a cerrar las puertas, pero ninguno de ellos se había precipitado a casa de la Chef para expresarle su amistad y su apoyo; ninguno de ellos se levantó de la butaca, ansioso, cuando afirmé que, suponiendo que la Chef siguiera allí, parecía vivir en la oscuridad y no contestar a nadie; a ninguno de ellos le extrañó que la Chef tal vez hubiera abandonado la ciudad sin avisarlos; la Chef no tenía ningún amigo de verdad —constaté—, nadie que se preocupara por ella, aparte de mí, que me había alejado cobardemente, en un acto de vanidad.
Y pensaba que el hecho de no haber respetado y cultivado la amistad había sido un craso error por parte de la Chef, pero ¿acaso podía considerarse un error, teniendo en cuenta que ese había sido su propósito: vivir en soledad?
Fui a casa de la Chef decenas de veces, la llamaba y esperaba, caminaba por la acera de un lado a otro, pero jamás la vislumbré, jamás vi que las cortinas se movieran o filtraran la menor luz, de manera que acabé convenciéndome de que se había marchado sin decirle nada a nadie, tal vez, sin pensar en el tormento, la inquietud y la tristeza que me iba a causar, o bien porque consideraba que su suerte ya no debía de interesarme demasiado porque nunca había ido a visitarla desde mi partida de La Bonne Heure y, además, se había enterado de mi boda con Sophie Pujol, o bien porque quería castigarme y hacerme daño, provocándome tantos quebraderos de cabeza.
Preferí esta última hipótesis a la de que pudiera imaginarse que yo ya no me preocupaba por ella, que llevaba una vida liberada de la suya, que tan solo la había amado un tiempo.
Mis pensamientos nunca se liberaron de usted y, desde que la conocí, nunca me he sentido independiente, le diría más tarde, en la cocina, donde su voz idéntica a la de antaño, sosegada, me mantendría despierto durante gran parte de la noche.
Y también le diría, con la audacia que insufla el agotamiento: Sophie Pujol, mi exmujer, siempre pensó que nuestro matrimonio se había roto por culpa de usted; yo no estoy seguro, pero ella está plenamente convencida. Pues se come muy bien en el Pujol, contestaría la Chef, con un tono que traslucía una certeza entusiasta, ¿no es eso lo más importante? El matrimonio, en comparación, es de risa. Es verdad, contestaría yo,
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aliviado, y nos reiríamos juntos; con nadie me he reído tan abiertamente —y con tanta pureza en el corazón— como con la Chef.
Desquiciado, sumido en una profunda depresión, presenté mi dimisión en el Select.
A continuación, eché mano de mis ahorros —bastante considerables porque, aparte del trabajo, nunca había hecho gran cosa— para financiar la clase de viajes que antaño me causaban la misma incomprensión que a la Chef los entretenimientos y las diversiones; fui en avión a Vietnam, a la India, a Italia, a Japón, me apunté a viajes organizados, tratando sistemáticamente, contra toda razón, de descubrir entre mis compañeros de viaje, o de repente en el vestíbulo de un hotel internacional, el rostro de la Chef.
Sin ser consciente, elegía países conocidos por su cocina, pensaba oscuramente que, si la Chef había tomado la improbable decisión de viajar, solo podía ser a lugares donde encontrara platos que le inflamaran la imaginación, alimentos desconocidos para ella que traer de vuelta, especias exóticas, verduras raras que no crecían en nuestras tierras; ni por un instante contemplé la posibilidad de que ella no volviera a cocinar, al margen de lo que sucediera con el restaurante.
Tras mi último periplo, una vez que hube regresado a Burdeos, acepté empezar un tratamiento para curar una gravísima depresión.
Ya no me quedaba dinero, debía trabajar, pero me flaqueaban las fuerzas.
Acudí a Sophie Pujol, que aceptó contratarme y nos entendimos de maravilla. Por aquel entonces, yo tomaba varios medicamentos; mis gestos eran lentos, me faltaba cierta precisión, pero Sophie Pujol tuvo la bondad de no reprocharme nada; de hecho, su restaurante iba viento en popa.
Y entonces, en un bar, tuve ocasión de encontrarme con la hija de la Chef.
Cuando vio mis ojos carentes de expresión, la piel grisácea y envejecida de mi rostro, me habló de la Chef y me confesó que ella también estaba de capa caída, aunque, a decir verdad, no se le notaba en absoluto, estaba rolliza y tenía la piel fresca, no parecía contenta, pero sí más animada que en la época de La Bonne Heure.
Ante mis preguntas apremiantes, ávidas, directas sobre la Chef, me contestó que no sabía nada, que la Chef había desaparecido dejándole una gran suma de dinero que ella ya casi se había gastado; no estaba
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acostumbrada a vivir modestamente —reconoció con un curioso encanto pícaro—, así la había educado su madre, bastante mal, por cierto.
Me invitó a una copa, yo le pagué las dos siguientes y, tambaleándome y balbuciendo bajo los efectos del alcohol y los medicamentos, me sorprendí a mí mismo al decirle que podía acogerla en mi casa, porque acababa de contarme que ya no tenía dónde quedarse, que la habían echado de no sé qué piso compartido donde se había refugiado; la historia, de lo más confusa, no me interesaba nada.
Lo único que comprendí es que la Chef no le había permitido conservar las llaves de su piso; sentí una satisfacción fugaz y para castigarme tal vez, y también porque la hija —perdida, indecisa, no tan desagradable como antaño— me inspiraba una vaga compasión, le ofrecí mi techo para que pudiera rehacerse un poco.
Probablemente, albergaba también la esperanza de que pudiera contarme los últimos meses que había pasado con su madre y de que, a través de alguna frase anodina, pudiera entrever cualquier indicio sobre el paradero de la Chef, sobre sus intenciones; en cualquier caso, el trato con la hija me acercaba a ella, aunque fuera de manera torcida, lamentable y perversa.
A causa de mi embrutecimiento y de la profunda indiferencia que me inspiraba la personalidad de su hija, en aquel momento no sospeché que iba a aceptar mi invitación, no porque no supiera realmente dónde dormir (tenía otros recursos, le quedaba bastante dinero), sino para constatar — con un regodeo perverso, áspero, enfermizo— cómo la utilizaba —diría ella más tarde— y cómo me atormentaba el recuerdo de la Chef; lo segundo era verdad, pero ¿qué necesidad tenía esa chica tan pagada de sí misma de avenirse a una situación que únicamente acabaría confirmando sus suposiciones, que para mí solo contaba la Chef, su alma y su cocina, el alma de su cocina?
A pesar de mi aturdimiento, no tardamos en tenernos ojeriza el uno al otro.
Todo lo que ella hacía, decía o sugería me irritaba o me avergonzaba; por su parte, en su corazón mezquino y narcisista, empezó a abominar de mí.
La historia de nuestra relación —tan banal como para echarse a llorar
— es la de dos seres precariamente unidos por la miseria, la soledad y la irresolución que, una vez terminados los contados buenos momentos de
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los comienzos, se encuentran —estupefactos, heridos, vengativos— frente a alguien a quien no pueden amar ni respetar en modo alguno; reconozco mi parte de culpa, yo era taciturno y distante, brusco e indiscreto cuando intentaba saber algo más de la Chef, muy poco agradable en general, además de completamente desprovisto de ambición, de proyectos o de entusiasmo, por no hablar del cariño.
La hija, por su parte, se pasaba el día delante del televisor que había traído ella misma, presa de la pereza y del aburrimiento, mientras hablaba de regresar a Canadá, pero sin hacer nada en ese sentido, amargamente complacida de imponerme su compañía.
La única pregunta que quiso contestar fue a propósito de la pérdida de la estrella. ¿Ese revés no dejó abatida a la Chef? Para nada, dijo la hija, con un resoplido burlón, hasta me dio la impresión de que no le desagradaba. Puede ser, exclamé yo, pero cerrar La Bonne Heure, ¡qué fracaso, qué tristeza! Todo eso fue culpa tuya.
La hija me miró atónita, sin fingir. Yo no la obligué a escucharme ni a mantenerme a su lado, replicó con una lógica simplona. Además, no tenía por qué cerrar el restaurante. Fue la única manera que se le ocurrió de deshacerse de ti, susurré yo, y la hija se echó a reír. A continuación, como de costumbre, pasamos varias horas sin dirigirnos la palabra, exasperados el uno con el otro sin una razón concreta; la hija iba subiendo el volumen del televisor para irritarme todavía más, mientras que yo, para contrariarla, pasaba una y otra vez por delante del aparato con el pretexto de ordenar el piso.
Como ya le había sacado la poca información que tenía respecto a la Chef, empecé a apremiarla con el tema de su partida, todos los días, con una insistencia ofensiva, sin disimular que quería que se largara cuanto antes.
Pero, al cabo de poco, echarla se volvió impensable.
Cora me confiesa que le gustaría abrir un restaurante francés en Lloret de Mar; ha aprendido a cocinar y eso es lo que quiere hacer desde siempre, por eso ha venido a Lloret de Mar. Cuenta conmigo para que la ayude a encontrar un local y le haga recomendaciones útiles. Me dice, sonriéndome con una mirada ligeramente provocadora, que un hombre que trabajó tanto tiempo con la Chef solo puede darle buenos consejos. Me quedo pasmado, me siento incomodísimo, hace un calor espantoso, ¿qué van a pensar mis amigos de Lloret de Mar?, querría escaparme, no tener
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nada que ver con Cora ni con Martine Jean-Marc Thierry, ¿por qué no me dejan en paz en Lloret de Mar?, entonces salgo a caminar a grandes zancadas por la playa y, poco a poco, mi pensamiento se apacigua y la idea ya no me parece tan descabellada. Me acuerdo del placer que he experimentado al empuñar los cuchillos de Cora, la punzada en el corazón que he sentido.
Vivíamos en una hostilidad de tal envergadura que nadie vino a advertirme al Pujol cuando se puso de parto; dio a luz a nuestra hija completamente sola, eligió ella el nombre del bebé y le dio su propio apellido, el de la Chef.
Y cuando por fin me enteré y llegué corriendo a la maternidad, cuando cogí en brazos a la pequeña Cora, su madre apartó la cara, negándose a compartir conmigo ese estado de dicha, por corto que fuera, aunque yo apenas me alegré; por el contrario, me di cuenta de que estaba furioso; dejé de nuevo a la criatura en la cuna; me sentía indigno de aquel instante sagrado.
A continuación, aunque la hija regresó a nuestro piso, no tuve ocasión de cuidar a Cora ni de cogerla en brazos, porque su madre detestaba confiármela, cosa que, extrañamente, comprendía, porque me detestaba.
Entonces tomó las medidas necesarias para llevar a cabo lo que había anunciado con complacencia tanto tiempo atrás; voló a Canadá dos o tres meses después del nacimiento de Cora, llevándosela consigo, dejándome más abandonado que nunca.
Me había prometido vagamente que me enviaría una dirección donde localizarla, pero como temí, por el tono de su voz, que no iba a dar señales de vida, no me sorprendió no tener noticias suyas, aunque albergaba la esperanza de que la falta de dinero la obligara a llamarme; sin embargo, su codicia era menor que la animadversión enfermiza que me profesaba, así que las perdí a las dos para siempre, como pensé entonces.
Abrí una cuenta corriente a nombre de Cora y fui ahorrando para ella. Como tenía a mi elefantita lejos, quería que algún día estuviera
cubierta del oro que había ganado para ella, aunque no la volviera a ver nunca.
Fue la época más desdichada de mi vida, sin duda.
Sin embargo, debo puntualizar que era tal mi dependencia de los medicamentos que, al final de la jornada, mi conciencia acerca de lo vivido era muy borrosa y, por la noche, me resultaba imposible recordar
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con claridad qué había hecho por la mañana o en qué orden había ejecutado las distintas tareas, cuyo innegable resultado a veces hallaba ante mis ojos absortos, hasta tal punto que Sophie Pujol me ordenó que pidiera la baja por enfermedad, y como ella tenía poco tiempo para las visitas y yo pocas ganas también (cualquier conversación me agotaba), me encontré completamente ocioso, solitario y, en cierto sentido, bastante bien a fuerza de inanidad.
Un atardecer de primavera, iba caminando hacia La Bonne Heure, arrastrando los pies, a pequeños pasos, sumido en ese vacío espiritual y sentimental; lo único que percibían mis sentidos era el frío olor de los sótanos que emanaba de los vestíbulos de los edificios con las puertas abiertas, un olor que, de niño, me encantaba, hasta el punto de darme la vuelta para seguir olfateando esa gélida exhalación a salitre.
Entonces vislumbré una luz detrás de los cristales esmerilados de la cocina.
Era tal mi desamparo y mi aturdimiento que, al ver aquella luz, pensé que seguramente no se trataba de ninguna luz, que no era más que una proyección de mi recuerdo rebosante de tristeza y remordimientos, así que pasé de largo.
Luego retrocedí, pero no impulsado por un pensamiento sino de manera espontánea; como un estúpido —en eso me había convertido—, acerqué el rostro a la ventana provista de barrotes y, tras unos minutos, me convencí de que las lámparas de la cocina de La Bonne Heure estaban encendidas.
De repente, me temblaba todo el cuerpo, de manera que me golpeé la frente con los barrotes; llamé al cristal varias veces, cada vez con más fuerza.
Me enderecé, me precipité hacia la puerta del restaurante, temiendo que, si no me daba prisa, la realidad se convertiría en un sueño y se apagarían las luces; debía pillarla desprevenida para que no pudiera cambiar, así razonaba yo en mi exaltación extraviada: ¡deprisa, corre hasta la puerta de La Bonne Heure para que la Chef, suponiendo que sea ella, no tenga tiempo de desaparecer!
Y la Chef abrió la puerta, reculando en la penumbra de la sala.
Eres tú, dijo apacible, amablemente, con aquella voz grave y clara que no había oído desde hacía más de dos años y que me alcanzó justo donde, durante todo ese tiempo, ya no había sentido nada duradero, nada sencillo,
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nada espontáneo; entonces se me volvieron a abrir los pulmones resecos y un intenso dolor me desgarró el pecho mientras una desoladora sonrisa crispada me deformaba los labios; entré sin decir nada, mudo, con las dos manos agarradas la una a la otra a la altura de mi pecho izquierdo; ¡qué frío y artificioso, rígido y poco sentimental debo de parecer!, pensaba yo, abrumado, incapaz de pronunciar ni una sola palabra, consciente únicamente del aire estúpido, acartonado, tan ajeno a mis verdaderas emociones, que me paralizaba los rasgos en ese instante en que habría deseado que la Chef me reconociera como al hombre de su vida, nada más y nada menos, porque me había imaginado tantísimas veces esa escena que hasta mis reacciones más inverosímiles habían acabado adquiriendo la consistencia de hipótesis, y luego de probabilidades, de manera que, imaginándome qué ocurriría si alguna vez volvía a ver a la Chef, mi sueño empezaba en el instante en que ella me clavaba la mirada y por fin comprendía que yo era la única persona en el mundo a quien podía amar, dado que era también la única que la amaba ciegamente.
Y resulta que me presentaba ante ella con mi cara inexpresiva, azorada, mis ojos velados y mi silencio estúpido; ¡ay, casi me reprochaba haber llamado a los cristales un momento antes!, ¡me habría escapado si no me hubieran flaqueado las piernas!
No pareces muy en forma, me dijo la Chef con dulzura.
Avergonzado, me eché a llorar, sin poder contenerme, como no había llorado desde la infancia, a pesar de que nunca había deseado tantísimo que la Chef me viera como un hombre en plena madurez, como un hombre seductor.
Mientras tanto, iba sacudiendo los brazos en todas las direcciones, queriendo decir: ¡Por favor, no se fije en mí, que este gesto borre de su memoria estos minutos tan ridículos!
Poniéndose de puntillas, la Chef me abrazó, y por primera y única vez en mi vida estuve entre sus brazos, con la cara hundida en su pelo, que llevaba recogido en un moño prieto como antaño, como si quisiera olvidar o hacer olvidar su cabellera.
Entonces incliné el rostro y, en la comisura de la boca, sentí el roce de un beso.
Me volví ligeramente para permitir que la Chef, si lo deseaba, continuara besándome, encontrara mis labios, pero ella se apartó con suavidad y me secó las mejillas con el dorso de la mano.
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Me escrutaba con una mirada inquieta, aunque me pareció que no carente de ternura, algo que me alentó de inmediato y me insufló el coraje necesario para mirarla fijamente a mi vez, procurando que mi boca y mis ojos expresaran exactamente lo que sentía: un arrebato agotado, una alegría temblorosa, llena de incertidumbre, aunque tan grande que rozaba la desesperación.
En la penumbra de la sala, el rostro pálido, resplandeciente, terso y suave de la Chef parecía flotar por encima de la forma oscura de su delantal, en el que relucían algunas manchas recientes; entonces me asaltó un imperioso deseo de seguirla hasta la cocina y, como antaño, observarla mientras experimentaba procedimientos y mezclas de ingredientes, mientras creaba en la soledad nocturna, liberadora, ante mi mirada devota y discreta, mientras elaboraba recetas cuyo número y originalidad bastaban para darle razones de continuar con su vida banal.
Pero la Chef, a pesar de que me miraba con un gran afecto, no me propuso que la acompañara a la cocina.
Estaba exactamente igual que dos años antes, observé, más consciente todavía del deterioro de mi aspecto.
Traté de contener la avidez de mi mirada, que recorría toda su persona compacta y segura, sus hermosas manos fuertes a ambos lados del delantal, su frente lisa y brillante, sus ojos oscuros, serenos, escrutadores, el óvalo preciso, andrógino, de su rostro, que no estaba enmarcado por una atractiva cabellera; estaba igual, sí, costaba creer que hubiera caído en quiebra, que hubiera huido y se hubiera escondido, mientras que mi rostro delataba la magnitud de mis distintas crisis: la profesional, la moral, la sentimental.
¡Qué vergüenza, qué vergüenza que me vea así!, repetía para mis adentros, deseoso de ocultar mi rostro febril.
La Chef se dio cuenta de mi turbación y de lo desdichado y humillado que me sentía ante ella; entonces me cogió la mano, me la apretó entre las suyas, frías y suaves, y, sonriéndome, me dijo: Habrá que curarte, muchacho. ¿Sabes que tengo previsto volver a abrir el mes que viene?
Mascullé algo, aunque ella no me prestó atención. Esbozó un gesto amplio, señalándome la sala llena de polvo, y luego me preguntó, con una voz rebosante de una alegría impaciente, a partir de cuándo creía que podría volver a trabajar con ella.
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Es verdad, la Chef me había hecho tocar fondo a causa de su larga e inexplicable ausencia, nunca me había sentido tan triste y desengañado, pero también fue ella quien al cabo de un tiempo me sacó del atolladero e incluso me salvó, literalmente.
Más adelante me explicó que, cuando me vio en el umbral de la puerta, mi espantoso aspecto la había impresionado notablemente, aunque había procurado disimular su azoramiento y su compasión, pensando solo en la apremiante necesidad de ayudarme a través del único remedio en el que creía, el trabajo.
¿Eso significa —le pregunté, horrorizado de antemano por las posibles implicaciones de su respuesta— que no me habría llamado para trabajar con usted si yo hubiera tenido buen aspecto? Pues no lo sé; no empieces a delirar, muchacho, me interrumpió, bondadosa y conciliadora, pero también decidida a eludir el tema, a no mentirme, asegurándome que me habría pedido que volviera al margen de las circunstancias.
Y entonces comprendí que la Chef no había pensado en mí a la hora de formar su nuevo equipo; lo comprendí consternado.
Confundido, me pregunté si ese rechazo estaba ligado a la existencia de Cora, si la Chef se había enterado de que yo era el padre y, por esa razón, no quería saber nada de mí, nada de nadie que tuviera alguna relación con su hija, ¿o simplemente seguía pensando, como yo, que la había traicionado al dejar La Bonne Heure?
Me resultaba imposible preguntárselo. Pero un día, cuando me contó de pasada que su hija vivía en Montreal con un canadiense y que tenían una niña llamada Cora, me di cuenta de que desconocía la verdad, cosa que me alivió, al mismo tiempo que me causó una punzada de celos por aquel desconocido que consideraba suya la niña que me habían arrebatado, mi elefantita, para quien yo iba construyendo escrupulosamente su futuro arreo, la montaña de oro que le reservaba.
Me alivió, aunque me habría gustado poner a la Chef al corriente, confesarle con orgullo: Soy el padre de su nieta, ratificando así otro vínculo entre nosotros —indestructible, inocente e irrecusable—; ¡cómo había echado en falta esa afinidad incontestable!, ¡cómo había envidiado a sus hermanos y hermanas por estar unidos a ella por la sangre!
Pero no dije nada, me prometí que jamás le diría nada al respecto.
Si la Chef debía saberlo, no sería por mi boca, aunque ignoraba si esa decisión me protegía o me sacrificaba, si protegía a la Chef o sacrificaba
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cruelmente algo que ella tenía derecho a saber.
La Chef me ordenó que fuera a trabajar con ella todos los días antes de la reapertura del restaurante. Sophie Pujol dejó que me marchara sin pesar; lo que ella no había logrado, a pesar de su paciente amistad, la Chef lo consiguió en tres semanas de supervisión y de afecto severo: dejé de medicarme.
Todas las mañanas, cuando me abría la puerta, me examinaba con frialdad y perspicacia.
A continuación, yo me apresuraba a renovar la sala, volví a pintar las paredes, enceré los revestimientos de madera y froté las baldosas con jabón negro, sintiendo una furiosa voluptuosidad con esas tareas que no había llevado a cabo nunca y, más tarde, una satisfacción calmada que, concentrada en el detalle, en el «bien terminado», me recordaba oportunamente que yo ya estaba «limpio».
Mientras tanto, la Chef trabajaba en la cocina; yo albergaba la esperanza de que ella iba a recompensar mis esfuerzos e iba a reconocer que había aprendido a dominar mis costumbres enfermizas invitándome a sumarme a ella en la cocina antes que al resto de los empleados, pero no fue el caso; cuando llegó el momento en que presentó sus nuevos platos, me encontré entre cuatro compañeros; me resigné, agaché la cabeza, admitiendo que aún había demostrado poco ahínco y poca modestia como para pretender recuperar enseguida, suponiendo que la recuperara, la profunda intimidad profesional que habíamos tenido, el trabajo cara a cara, casi en silencio e impregnado de confianza, que la Chef —estaba convencido de ello— no había experimentado con nadie más.
La Chef, pues, nos enseñó la nueva carta que había elaborado. Me gustó, sí, me gustó.
De ahí que no pueda decir por qué tuve un extraño presentimiento de que algo no marchaba o, más bien, de que el gesto de la Chef albergaba algún secreto.
Incapaz de identificar de qué se trataba, olvidé mi intuición y admiré como se merecían sus creaciones, sin pensar que lo que yo estaba presenciando en realidad era el inicio de su enfermedad.
Los platos más recientes llevaban hasta el extremo sus radicales ideas culinarias.
A ojos de la gente joven que no la conocía, como mis nuevos compañeros de trabajo, podía interpretarse como una muestra de
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sobriedad.
Por mi parte, observé un ascetismo que jamás había observado en ella anteriormente; por un instante, me pareció que traslucía una especie de odio tan ajeno a su personalidad que me quedé perplejo.
Pero debo precisar que no se notaba y que la Chef nos presentó, nos describió y nos explicó con un entusiasmo sosegado el capón cocido a fuego lento en un caldo de borraja, la lucioperca con hojas de castaño, la compota de remolacha amarilla, el asado de setas rellenas de nueces confitadas y el carpaccio de liebre con crema de menta piperita, unas recetas que, junto con otras que nos contó, cuando abrió el restaurante Gabrielle enseguida atrajeron a una clientela curiosa, dieron pie a numerosos artículos y comentarios que compartían la misma opinión, a saber, que la Chef asombraba y cautivaba como nunca, y que le valieron, al cabo de dos años, la estrella que le habían retirado, aunque, esta vez, la Chef no se avergonzó ni se incomodó ni experimentó nada en particular; estaba loca, impasible, sentía una hostilidad gélida, personal y belicosa por la cocina.
Jamás habría podido trabajar sumida en el aburrimiento, la pesadumbre o el hastío; si esas sensaciones se hubieran apoderado de ella, habría cerrado el restaurante definitivamente.
Pero ese desafío cuerpo a cuerpo estaba hecho a su medida.
Nunca me hablaba en esos términos cuando, durante noches enteras, me retenía en la cocina bien ordenada y dispuesta para el día siguiente; entonces se mostraba serena y austera, intensa y sosegada, y se dirigía a mí como al único amigo que tenía, desde luego, pero también de manera neutra, sin interesarse particularmente por mí, considerándome aquel que, tal vez, gracias a su amor y su lealtad, sabría referir y valorar su trayectoria si se daba el caso.
No me hablaba de su nuevo odio por la cocina ni de cómo, imperceptiblemente, iba suprimiendo un ingrediente tras otro de sus platos, manteniéndose en los límites de una exquisita austeridad, pero a punto de caer en el sinsentido —pensaba yo con inquietud—; tampoco me hablaba de lo que la preocupaba, de lo que la atormentaba, de lo que había perdido.
Yo me daba cuenta porque la amaba como no había amado nunca y como no amaría nunca a nadie.
Sin embargo, ella creía que se escapaba a mi clarividencia.
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Al final de una de esas noches, le pregunté dónde había ido en la época en la que desapareció; bromeando, le dije que la había buscado por todo el mundo o, al menos, por todo Burdeos.
Ella levantó una ceja, sorprendida y luego divertida. Pues no estaba muy lejos, ¿sabes?, me contestó. Guardó silencio. Al final añadió: Yo también busqué desesperadamente lo que ya no tenía.
Fueron transcurriendo los años, idénticos los unos a los otros; el Gabriel le era próspero, todo el mundo lo ponía por las nubes, pero nada me recordaba la alegría, la bondad y la plenitud de la época anterior, aunque la Chef parecía mostrar la misma expresión y la misma actitud.
Yo tenía la certeza de que estaba perdida, de que lo había perdido todo. De esos años, guardo un recuerdo único del instante en que vi los rasgos de la Chef como esculpidos en el oro puro de una dicha absoluta; fue un anochecer de invierno, durante el breve periodo en que el
restaurante cerraba, en el mes de enero.
Había ido a saludar a la Chef, tal como hacía dos o tres veces por semana; de hecho, si no hubiera temido ser inoportuno, habría ido a visitarla a diario.
Me abrió la puerta de su piso; enseguida observé su expresión resplandeciente, contenida, y su blusa de un azul brillante cuyo halo la rodeaba de una claridad lunar. Tengo visita durante unos días, me dijo.
Tras ella apareció una niña pequeña, alta y fuerte, con una larga cabellera castaña, una mirada perspicaz y curiosa que clavó en la mía, sin adivinar nada, pensé al instante, sintiéndome repentinamente acorralado.
La Chef le dijo mi nombre y la niña me tendió la mano. La retuve un instante en la mía. Hola, Cora, encantado de conocerte, le susurré. Ella inclinó ligeramente su hermosa cabecita soñadora.
Con el pretexto de no molestar, me marché enseguida, con las piernas temblorosas, detestándome y lamentándome al mismo tiempo, cosa que demuestra mi debilidad, mi complacencia, dado que era incapaz de aceptar con el mínimo valor lo que me habían impuesto y lo que yo había elegido.
Unos días antes de su muerte —tan fortuita para algunos que sintieron la necesidad de inventarse un tumor cerebral que, al parecer, ella había ocultado a propósito o del que había decidido no operarse; pero ¿qué sentido tiene buscar esa clase de razones?—, la Chef me llamó para invitarme a Sainte-Bazeille el domingo siguiente, a la hora del almuerzo.
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Aquel día iba a cerrar de manera excepcional el Gabriel le, me dijo con un tono manifiestamente misterioso que no era propio de ella; coincidiría con algunos de sus amigos, a quienes no le cabía duda de que también apreciarían esa salida improvisada al campo.
Me contó cómo llegar al albergue que había reservado entero para la ocasión, justo a la salida de Sainte-Bazeille, en dirección a Marmande; su voz, de una petulancia artificiosa, y el hecho de que me hubiera llamado en lugar de decírmelo en el restaurante me provocaron una sensación de malestar.
Cuando entré en el albergue, al pie de la carretera nacional, me comunicaron que la Chef me esperaba en el jardín.
Atravesé la sala vacía, con unas baldosas de color beis y unos muebles de madera barnizados, y me adentré en un jardín encantado; esa es exactamente la expresión que me vino a la cabeza.
La Chef estaba sentada a una mesita sobre la hierba, en medio de unas gallinas negras y de otras blancas que picoteaban a sus anchas alrededor de los cerezos colmados de frutos. Entre los árboles crecían zanahorias, rúcula, guisantes y habas, como por casualidad, que las gallinas rollizas y limpias iban picoteando con una extraña delicadeza, como si, una vez saciadas, solo actuaran así por pura formalidad, por exigencias del guion.
La Chef me oyó, se puso en pie, resplandeciente, pura y elegantísima con un vestido de algodón blanco que no le había visto nunca, ofreciéndome su rostro despejado —que, en su perfección, era así—; no pude evitar cogerle la cara entre las manos, a toda prisa, pero ella ni se zafó ni se quejó; yo tenía el corazón atenazado por un sufrimiento agudo e intenso, aunque no desgarrador.
La Chef me invitó a sentarme; luego hizo una señal en dirección al albergue y casi de inmediato nos trajeron dos copas y una botella de vino de Graves en un cubo con hielo.
Le pregunté a la Chef dónde estaban sus amigos. ¿Qué amigos? Solo te tengo a ti, me contestó alegremente.
Sirvió el vino e inclinó la cabeza hacia atrás, con el propósito de disfrutar del sol en la piel.
Cuando exclamé con dulzura, dichoso, que estaba hambriento, la Chef se enderezó y, alargando el brazo, me señaló las gallinas, las verduras que crecían y las cerezas ya maduras.
Me dijo que la comida estaba allí, sobria, magnífica y perfecta.
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Podíamos imaginarnos el sabor de todos los ingredientes, tanto por sí solos como combinados. Ella jamás lograría inventarse nada tan sencillo ni tan hermoso, así que bastaba con el vino, un excelente Graves, para ese almuerzo, que constituía la culminación de la larga ceremonia que había sido su carrera, dijo con ademán serio, dolido.
Al cabo de tres días, el miércoles, la Chef falleció en su cama, sin dar muestras de haber luchado.
Le pregunto a Cora si ya sabe cómo llamar al restaurante que quiere abrir en Lloret de Mar. Me dice que será un simple nombre de pila, precedido quizá por un «chez». Entonces me dice el nombre de su abuela, Gabrielle. ¡Qué buena idea!, susurro, disimulando por pudor una parte de mi alegría.
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MARIE NDIAYE (Pithiviers, Francia - 1967). Estudió lingüística en la Sorbona y publicó su primer libro, Quant au riche avenir, a los diecisiete años. Autora de más de veinte novelas, es una de las escritoras más destacadas en lengua francesa, y una de las pocas dramaturgas vivas cuyas obras han sido incluidas en el repertorio de la Comédie-Française. En España se ha publicado su novela Mía es la venganza (2021). NDiaye ha obtenido los principales premios literarios de Francia: el Fémina, el Goncourt y el Marguerite Yourcenar. Vive en París.
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Notas
[1] Alude a La infancia de un jefe, novela breve de Jean-Paul Sartre. En francés, chef significa «jefe», además de «cocinero». (N. de la T.).
[2] Literalmente, «en hora buena». (N. de la T.).
FIN

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