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Libro N° 14785. Sueño En El Pabellón Rojo. Memorias De Una Roca. Xueqin, Cao. Parte Dos


© Libro N° 14785. Sueño En El Pabellón Rojo. Memorias De Una Roca. Xueqin, Cao. Parte Dos. Xueqin, Cao. Emancipación. Febrero 7 de 2026

 

Título Original: © 紅樓夢 (Hóng Lóu Mèng) Cao Xueqin, 1791

 

Versión Original: © Zhao Zhenjiang & José Antonio García Sánchez

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/sueno-en-el-pabellon-rojo/


 

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Portada E.O. de: 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

SUEÑO EN EL PABELLÓN ROJO

Memorias De Una Roca 

pARTE dOS

Cao Xueqin




CAPÍTULO XLIX

Rojas flores de ciruelo sobre la blanca nieve

hacen de un jardín algo arrebatador.

Muchachas perfumadas y maquilladas comen

carne de venado casi cruda.

Cuando Xiangling advirtió que Li Wan y las señoritas hablaban de ella, fue a su encuentro con una sonrisa en los labios y dijo:

—Lean esto. Si consideran que tiene algún valor perseveraré en mi estudio; en caso contrario me retiraré definitivamente de la poesía.

Entregó su poema a Daiyu y todos leyeron:

Cómo ocultar tan gran esplendor,

forma tan sutil, tan frío espíritu.

Bajo la inabarcable luz de la luna

resuenan los golpes de las lavanderas[1],

y a su delgado cuerno, ya huida la quinta vigilia, cantan los gallos.

Bajo su capa verde de palma, sonidos de flauta otoñal escucha el viajero sobre el río

y, ya entrada la noche, las mangas rojas de una muchacha se apoyan en la baranda.

Que Chang E[2] nos diga por qué no podemos estar juntos para siempre.

El veredicto fue unánime:

—No sólo bueno, sino además original e ingenioso. Como dice el proverbio: «No hay dificultad sobre la tierra que se resista a la voluntad de un hombre». Debes unirte a nuestra academia de poesía.

Xiangling, que no podía dar crédito a lo que acababa de oír, preguntó a Daiyu y a Baochai para asegurarse de que no se estaban burlando de ella. En ese momento entraron corriendo varias doncellas y amas.

—Ha llegado un grupo de damas, jóvenes y mayores —anunciaron—. No las conocemos, pero son parientas suyas. Por favor, salga rápido a darles la bienvenida.

—¿De qué parientas habláis? —preguntó Li Wan—. ¿Parientas de quién? Hablad claro.

—Dos de ellas son sus primas menores, señora. Hay dos jóvenes y una dice ser prima de la señorita Xue. Viene también un joven caballero que es su primo. Vamos ahora mismo a avisar a la señora Xue, pero será mejor que ustedes y las jóvenes damas vayan delante.

Cuando las mensajeras partieron, Baochai exclamó jubilosamente:

—¿Serán Xue Ke y su hermana?

—Parece que mi tía ha vuelto a la capital, pero resulta extraño que lleguen todos juntos —dijo alegremente Li Wan.

Algo sorprendidos, llegaron hasta la sala de recepción de la dama Wang y la encontraron repleta de gente. El hermano y la cuñada de la dama Xing habían traído a su hija Xiuyan para que se quedara allí. Habían hecho el viaje a la capital con Wang Ren, el hermano mayor de Xifeng. A mitad de camino, en una de las paradas de sus botes, se encontraron con la tía viuda de Li Wan que viajaba por la misma ruta con sus hijas Li Wen y Li Qi. Conversando descubrieron que estaban emparentados, y las tres familias decidieron hacer juntas el resto del viaje. Además estaba Xue Ke, el primo de Xue Pan, llegado para arreglar el matrimonio de su hermana menor Baoqin, que cuando vivía en la capital con su padre había formalizado su noviazgo con el hijo del académico Mei. Al enterarse del viaje de Wang Ren decidió seguirlo con su hermana hasta darle alcance. Así habían llegado todos juntos aquel día a visitar a sus respectivos parientes.

Después de los obligados saludos formales, la Anciana Dama y la dama Wang dieron la más cálida bienvenida a sus huéspedes.

—¡Con razón anoche chisporroteaban sin cesar las mechas de las lámparas[3]! —dijo la Anciana Dama con una sonrisa—. Sin duda era un signo que anunciaba la reunión de hoy.

Mientras pedía noticias de la familia y aceptaba los obsequios de los viajeros ordenó que trajeran comida. Huelga decir que Xifeng estuvo más ocupada que nunca, pues naturalmente Li Wan y Baochai se dedicaron a charlar con sus parientes acerca de todo lo sucedido desde su separación. También Daiyu disfrutó de la excitación general hasta que se percató de que ella era la única que carecía de familia y estaba totalmente sola, idea que le hizo derramar unas lágrimas. Baoyu, consciente de lo que sentía, logró finalmente consolarla y luego regresó corriendo al patio Rojo y Alegre.

—Venid —dijo a Xiren, Sheyue y Qingwen—. El primo de la señorita Baochai aparenta ser y comportarse de manera muy diferente a Xue Pan; es más, él parece su verdadero hermano. Y hay algo aún más sorprendente. Vosotras que siempre insistís en que no hay nadie tan bella como Baochai, id a ver a su prima y a las dos primas de mi cuñada mayor, ¡no tengo palabras para describirlas! ¡Ay, viejo cielo, qué finas esencias y qué sutiles espíritus debes haber utilizado para crear criaturas tan exquisitas! He sido como la rana en el fondo del pozo, imaginando que las muchachas de aquí no tenían parangón, pero ahora, en este mismo lugar, veo a otras que las superan. Vivir para aprender. ¿Significará esto que hay más muchachas como éstas?

Lo había dicho todo entre risas y suspiros, y Xiren, dadas las palabras que había pronunciado, consideró que estaba endemoniado y se negó a ir. Qingwen y las demás, que sí habían seguido el consejo del muchacho, regresaron sonrientes.

—Tienes que ir —dijeron a Xiren con tono de súplica—. La sobrina de la dama Xing, la prima de la señorita Baochai y las dos primas de la señora Zhu son bellas como cuatro ajos tiernos. ¡De verdad que lo son!

Mientras hablaban entró Tanchun buscando a Baoyu, y le dijo:

—Ésta es una noticia formidable para nuestra academia de poesía.

—De acuerdo —repuso él—. Fuiste tú quien tuvo la brillante idea de iniciar la academia, y ahora, como por arte de magia, aparecen todas estas personas. Pero ignoramos si saben o no escribir poemas…

—Se lo acabo de preguntar —dijo Tanchun—. Aunque modestamente respondieron que no, todos tienen traza de saber hacerlo. Y si no pueden escribir, pueden aprender como Xiangling.

—La que más me gusta por las descripciones que estoy oyendo es la prima de la señorita Xue —intervino Xiren—. ¿Tiene usted la misma impresión que yo, señorita?

—Sí —dijo Tanchun—. No me sorprendería si llega incluso a superar a Baochai y a las demás muchachas de aquí.

—Sería sorprendente que lo hiciera. ¡Nunca hubiera pensado encontrar a alguien mejor que ella! —exclamó Xiren muy impresionada—. Tengo que verla.

—En cuanto le puso los ojos encima, la Anciana Dama perdió el corazón —continuó Tanchun—. Ya le ha dicho a la dama Wang que la adopte como hija, y tiene la intención de criarla como a su propia nieta. Acaban de decidirlo.

—¿Es cierto? —preguntó alegremente Baoyu.

—¿Cuándo te he mentido yo? —replicó Tanchun—. Ahora que la Anciana Dama tiene esa estupenda nieta se olvidará de ti, que eres su nieto.

—No me importa. Es más justo querer a las muchachas. Mañana es el día dieciséis. Nuestra academia debería reunirse otra vez.

—Daiyu acaba de dejar la cama y Yingchun ha vuelto a caer enferma. Siempre hay algún ausente.

—Yingchun no escribe mucho, así que su ausencia no afectará demasiado.

—Pero ¿no sería mejor esperar unos días hasta que los recién llegados se hayan instalado? Después podremos invitarlos. Y tampoco creo que nuestra cuñada mayor y Baochai se encuentren de momento muy inspiradas. Además, Xiangyun no está aquí y Daiyu está recuperándose de su enfermedad. A nadie le viene bien esa reunión; esperemos a que llegue Xiangyun. Para entonces los visitantes ya nos conocerán, Daiyu estará totalmente repuesta, Li Wan y Baochai no tendrán tantas preocupaciones y el trabajo de Xiangling estará más adelantado. Entonces podremos organizar una reunión. Ahora vamos a ver lo que está sucediendo en los aposentos de la Anciana Dama. No tenemos que preocuparnos por la prima de Baochai; ya se ha acordado que se quede aquí. Si no es el caso de las otras tres, siempre podremos suplicarle a la Anciana Dama que también las invite a vivir en el jardín. Cuantas más seamos, mejor.

A Baoyu se le iluminó el rostro.

—Es una idea espléndida —exclamó—. Pero qué tonto soy. En mi entusiasmo por su llegada no se me ocurrió una cosa parecida.

Partieron juntos a los aposentos de la Anciana Dama. Y en efecto, a la Anciana Dama le había gustado tanto Baoqin que había pedido a la dama Wang que la adoptara como hija. Tal era su júbilo que no quería oír hablar de que Baoqin se fuera a vivir al jardín: la muchacha debía dormir con ella. Xue Ke iría a vivir al estudio de Xue Pan.

Entonces la Anciana Dama dijo a la dama Xing:

—Tampoco tu sobrina tiene por qué marcharse antes de haber pasado aquí algunos días. Que disfrute primero en el jardín.

Como el hermano mayor de la dama Xing tenía apuros económicos, él y su esposa habían contado con que la dama Xing les proporcionaría alojamiento y asistencia financiera en aquella visita a la capital, de modo que el cuidado de Xiuyan fue confiado a Xifeng. El jardín se llenó de muchachas de distintos temperamentos, y como Xifeng consideró innecesario abrir un nuevo aposento para Xiuyan, la mandó a vivir con Yingchun; de esa manera, si más adelante la dama Xing oía que su sobrina estaba descontenta, la culpa no recaería en ella. Descontando el tiempo que decidiera pasar en su hogar, cada mes que permaneciera en el jardín de la Vista Sublime recibiría por parte de Xifeng la misma asignación mensual que Yingchun. Juzgando desapasionadamente el carácter y el comportamiento de Xiuyan, lo encontró muy diferente al de la dama Xing y al de sus padres, es decir, sumamente amable y adorable. Conmovida por su pobreza y sus penurias, Xifeng le dio un trato de preferencia, mientras que la dama Xing no le prestaba ninguna atención.

Como la Anciana Dama y la dama Wang apreciaban las virtudes de Li Wan y la admirable conducta que había observado desde la inopinada muerte de su esposo, no quisieron admitir siquiera la posibilidad de que su tía viuda no se quedara con ellas en casa, por lo cual, a pesar de su reticencia a ocasionar molestias a los Jia, la tía de Li Wan, acatando la insistencia de la Anciana Dama, tuvo que mudarse con sus dos hijas a la aldea de la Fragancia del Arroz.

No bien se hubieron instalado los recién llegados, se supo que Shi Nai, marqués de Baoling, había sido destinado a un cargo de gobernador provincial. En unos cuantos días su familia se trasladaría con él a su nuevo destino. La Anciana Dama no quiso separarse de Xiangyun e hizo que la trajeran a la casa, dando instrucciones a Xifeng para que le proporcionara un alojamiento independiente. Pero aquello fue firmemente rechazado por Xiangyun, y a petición suya se le permitió mudarse con Baochai.

Con trece habitantes, incluida Xifeng, el jardín de la Vista Sublime era un lugar bastante más animado. Además de Li Wan, que tenía rango de persona mayor, estaban Yingchun, Tanchun, Xichun, Baochai, Daiyu, Xiangyun, Li Wen, Li Qi, Baoqin y Xiuyan, así como Xifeng y Baoyu. Aparte de Li Wan, los otros doce eran más o menos de la misma edad: quince, dieciséis o diecisiete años. Algunos habían nacido el mismo mes, el mismo día o a la misma hora, de lo cual resultaba que ellos mismos confundían sus edades, y las expresiones «hermana mayor», «hermana menor», «hermano menor» y «hermano mayor» fueron desapareciendo paulatinamente.

Por aquellos días todo el interés de Xiangling estaba concentrado en escribir poesía. No queriendo importunar demasiado a Baochai, la llegada de la locuaz Xiangyun fue un golpe de suerte para ella, puesto que Xiangyun no deseaba sino que le fueran consultados problemas de poesía, tema sobre el que pontificaba alegremente a cualquier hora del día o de la noche.

—Todo este ruido me va a dejar sorda —protestaba jovialmente Baochai—. Los verdaderos letrados se reirían al oír a una muchacha discutir tan seriamente de poesía. Dirían que ha olvidado cuál es su lugar. Basta con una Xiangling; no es necesario que una parlanchina como tú ande por todas partes hablando de «la profundidad de Du Gongbu, la serena distinción de Wei Suzhou, la brillantez de Wen Bacha y la recóndita oscuridad de Li Yizhan»[4]. Todos ésos son poetas muertos, ¿por qué aferrarse a ellos sin mencionar a nuestros dos poetas vivos?

—¿Qué dos poetas vivos? ¡Dímelo, querida hermana! —le suplicó Xiangyun.

—Xiangling, la excéntrica laboriosa, y Xiangyun, la lunática locuaz —respondió Baochai.

Xiangling y Xiangyun se echaron a reír a carcajadas. En ese momento entró Baoqin con una capa de destellos verde y oro confeccionada con alguna fibra que no reconocieron.

—¿De dónde has sacado esa capa? —preguntó Baochai.

—Como estaba empezando a nevar, la Anciana Dama me la trajo —respondió su prima.

Xiangling examinó el tejido con más atención y comentó:

—Con razón es tan bonito: está hecho de plumas de pavo real.

—No son plumas de pavo real —corrigió Xiangyun—. Son plumas de cabeza de pato silvestre. Es una prueba de cuánto te estima la Anciana Dama. A pesar de todo el cariño que siente por Baoyu, nunca le dio esta prenda para que se la pusiera.

—Como dice el proverbio, «Escrito estaba» —intervino Baochai—. Nunca pensé que vendrían en esta época o que, una vez llegada, la Anciana Dama le tomaría tanto cariño.

Xiangyun dijo a Baoqin:

—Hay dos lugares en los que puedes divertirte a tu antojo: los aposentos de la Anciana Dama o el jardín. Cuando vayas a visitar a la dama Wang recuerda que si está en casa, es correcto entrar y charlar con ella un momento; pero si no está, no debes entrar. Allí dentro hay un grupo de mala gente que con gusto nos haría daño a todas.

Baochai, Baoqin, Xiangling y Yinger se rieron.

—Para una casquivana como tú eso está lleno de sentido —dijo Baochai—, pero sigues hablando demasiado toscamente. Baoqin es como tú. Siempre andas diciendo que desearías que yo fuera tu hermana, pero ahora que lo pienso mejor sería preferible que tomaras a mi prima como hermana menor.

Lanzando una nueva mirada a Baoqin, Xiangyun dijo:

—Ella es la única digna de llevar esa capa. Para las demás es demasiado buena.

Mientras charlaban entró Hupo con el siguiente recado:

—La Anciana Dama no quiere que la señorita Baochai sea demasiado estricta con la señorita Baoqin, ya que ésta es aún muy joven. Que haga lo que desee y pida todo lo que quiera, sin ningún problema.

Baochai se levantó para manifestar su acuerdo, y después dio un empujoncito a Baoqin diciendo maliciosamente:

—Me pregunto de dónde sale una buena suerte como la tuya. Ahora será mejor que nos dejes, antes de que la emprendamos contigo. No veo por qué yo soy peor que tú.

Mientras la fastidiaba de ese modo, llegaron Baoyu y Daiyu.

—Bromeas, prima —dijo Xiangyun—, pero hay alguien que se siente realmente celoso.

—Si alguien lo está, debe ser él —dijo Hupo señalando a Baoyu.

—¡Oh, no, no es él! —replicaron a coro Baochai y Xiangyun.

—Si no es él, entonces es ella —y señaló entre risas a Daiyu.

Xiangyun no dijo una palabra, pero Baochai exclamó:

—Cada vez te alejas más del blanco. A mi prima la trata como a su propia hermana; de hecho le tiene más cariño que a mí. ¿Cómo va a sentir celos? No creo en las tonterías que está diciendo Xiangyun. Nunca se puede tomar en serio lo que dice.

Baoyu sabía hasta qué punto era cerrada la mente de Daiyu, y al no tener idea de lo que había sucedido últimamente entre ella y Baochai, temió que llegara a sentirse realmente herida por la predilección que demostraba la Anciana Dama por Baoqin. Sus reacciones al comentario de Xiangyun y a la respuesta de Baochai no fueron las que hubieran sido antaño, y más bien coincidían con lo que había dicho Baochai. Eso lo dejó perplejo. Entonces pensó: «La relación entre las dos ha cambiado, y ahora parecen diez veces más amigas que las demás». En ese momento oyó a Daiyu dirigirse a Baoqin como «hermana menor», sin mencionar su nombre, como hermanas verdaderas.

Baoqin era joven y de corazón cálido, y también inteligente, bien educada desde su más tierna edad. En un par de días ya se había hecho una imagen general de la familia Jia, y como las muchachas no se daban aires, sino que eran sumamente amables con la nueva prima, ella trató a su vez de ser agradable con ellas. Advirtió asimismo que Daiyu destacaba entre las demás, y la trató con especial afecto. Baoyu observaba todo aquello secretamente sorprendido.

Baochai y su prima volvieron con la tía Xue, mientras Xiangyun fue a los aposentos de la Anciana Dama y Daiyu regresó a descansar a sus propios aposentos.

Baoyu la siguió hasta allí y le dijo con una sonrisa:

—A pesar de que he leído Historia del ala oeste, y de que te he disgustado citando en broma algunos de sus versos, me ha venido a la mente un verso cuyo sentido no alcanzo a comprender. Lo recitaré a ver si puedes explicármelo.

Ella advirtió, por el tono de sus palabras, que había algo detrás de todo aquello, y le respondió con aire travieso:

—Recítamelo.

—En la escena titulada «La misiva dé amor crea problemas» hay un verso excelente: «¿Desde cuándo tanta intimidad entre Liang Hong y Meng Huang[5]?» ¡Es extraordinario! La referencia a Liang Hong y Meng Huang es una simple alusión clásica, pero transformada en pregunta se vuelve una cosa hermosa. ¿Puedes explicarme ese «desde cuándo»?

Sin poder reprimir una carcajada, Daiyu contestó:

—Es una buena pregunta. Está bien planteada en la obra, y bien hecha por ti.

—Antes no querías creerme. Ahora las dos os lleváis muy bien y soy yo el que se queda al margen.

—Nunca entendí realmente lo buena que era; siempre pensé que albergaba malas intenciones.

Y acto seguido le relató todo lo que le había dicho Baochai cuando le llamó la atención por su desliz en el juego de las copas, y le contó también la historia de la sopa de nido de salangana durante su enfermedad.

Eso aclaró las cosas a Baoyu:

—No en vano me preguntaba yo desde cuándo se llevaban tan bien Liang Hong y Meng Huang —dijo—. De manera que todo procede de que «era joven y hablaba con demasiada libertad…»[6].

Daiyu habló de Baoqin y lloró, pues carecía de una hermana a la que pudiera llamar como tal.

—Otra vez te entristeces sin motivo —le riñó Baoyu—. Mira, este año estás más delgada que el anterior, simplemente porque no te cuidas. Diariamente te maltratas sin motivo alguno, y no quedas satisfecha hasta haber llorado.

Secándose las lágrimas, ella le respondió:

—He estado enferma del corazón, pero siento que ahora lloro menos que antes. El corazón me duele, pero ya no me quedan lágrimas que derramar.

—Eso te lo imaginas porque estás acostumbrada a llorar —objetó él—. ¿Cómo se le van a secar las lágrimas a nadie?

En ese momento entró una doncella que traía una capa de lana escarlata y un mensaje: «La señora Zhu me manda decirle que, como ha empezado a nevar, le consulte acerca de la posibilidad de una reunión de la academia de poesía para mañana».

Mientras hablaba llegó otra doncella con una invitación de Li Wan para Daiyu. Baoyu le pidió que lo acompañara a la aldea de la Fragancia del Arroz. Ella se puso unas botas rojas forradas de vellocino y con aplicaciones de hilo de oro en forma de nubes, una capa de seda carmesí forrada con piel de zorro blanco, un cinturón plisado de color verde y oro con anillos dobles, y un sombrero. Salió con él a la nieve para ir a los aposentos de Li Wan, donde encontraron a las demás muchachas reunidas. La mayoría estaba envuelta en rojas capas de lana o de satén. Li Wan, sin embargo, llevaba una bata de terciopelo azul abotonada por el centro; Baochai, una capa de lana violeta clara con bordados de flores, y Xiuyan, su ropa de diario sin otra prenda qué la protegiera de la nieve.

Entonces llegó Xiangyun con un abrigo de armiño forrado de piel de ardilla gris, obsequio de la Anciana Dama, una caperuza de lana escarlata con forro dorado y aplicaciones de color amarillo ansarino en forma de nubes, con un gran cuello de piel de marta.

—¡Mirad por dónde viene el Rey Mono! —exclamó Daiyu entre risas—. También lleva capa, y siempre prefiere vestirse como una jovencita tártara.

—Pues si vieras lo que llevo debajo… —dijo Xiangyun riendo.

Y se quitó el abrigo para mostrar una túnica de satén, no muy nueva, de mangas estrechas, color amarillo verdoso, forrada con piel de ardilla blanca, con bordados de dragones en hilo de oro y sedas coloreadas. Sus pantalones de satén rosado estaban forrados de piel de zorro, y llevaba bien ceñido al talle un cinturón de mariposa con unas largas borlas. Calzaba botas de cuero verde. Su ordenado atuendo, sobre una cintura de avispa, le daba la apariencia altiva de una cigüeña.

—Le encanta vestirse como un varón —dijeron para fastidiarla—, y ese traje le queda mejor que uno de niña.

—Dejad de perder el tiempo. Vamos a discutir la reunión de poesía —pidió Xiangyun—. Quiero saber quién será la anfitriona.

—La idea fue mía —intervino Li Wan—. Nos deberíamos haber reunido ayer, y la próxima fecha es dentro de algún tiempo; entonces se me ocurrió que, como había nevado, podríamos convocar una reunión extraordinaria para dar la bienvenida a los recién llegados y escribir algunos poemas. ¿Qué os parece?

—Es una buena idea —contestó inmediatamente Baoyu—, pero hoy ya es muy tarde y mañana, si el tiempo mejora, la cosa no será tan divertida.

—Quizá siga nevando —dijeron las demás pero aunque cese, la nevada de esta noche será más que suficiente.

—Este lugar no está nada mal, pero el convento de Cañas en la Nieve sería todavía más apropiado —comentó Li Wan—. Ya he mandado gente allí para que enciendan el horno del kang; así podremos acomodarnos alrededor del fuego a escribir poemas. No creo que la Anciana Dama esté de buen humor para visitarnos, y como sólo vamos allí a divertirnos un rato no tendremos más que informar a Xifeng. Cada uno puede enviar aquí un tael de plata; con eso habrá más que suficiente.

Y señalando a Xiangling, Baoqin, Li Wen, Liqi y Xiuyan, continuó:

—Dejaremos fuera a estas cinco recién llegadas, así como a Yingchun, que está un poco enferma, y a Xichun, que ha pedido permiso para retirarse. Si vosotras cuatro enviáis vuestra cuota, yo pondré lo que falte. Con cinco o seis taeles que reunamos habrá suficiente.

Baochai y los demás asintieron inmediatamente, y luego preguntaron cuáles serían el tema y la rima.

—Ya lo he decidido, pero todo a su tiempo —contestó Li Wan sonriendo—. Mañana conoceréis mi elección.

Charlaron un rato más y después partieron a ver a la Anciana Dama. Ningún otro hecho memorable ocurrió ese día.

La excitación impidió a Baoyu dormir bien, y al día siguiente se levantó con la primera luz a abrir las cortinas. A pesar de que las persianas estaban bajas, afuera el resplandor era tan grande que el muchacho, desde la cama, llegó a la lamentable conclusión de que el clima había mejorado y había salido el sol. Sin embargo, cuando levantó las persianas para mirar a través del cristal de la ventana descubrió que aquel resplandor no procedía del sol. Había nevado durante toda la noche, de modo que había una capa de nieve de más de un pie de altura, y seguía cayendo como algodón en grandes copos.

Encantado, llamó para que viniera alguien a ayudarle a asearse. Con una bata de terciopelo morado forrada de piel de zorro, un chaleco y un cinturón de nutria, una espléndida capa de fibra de coco sobre los hombros, un sombrero de palma en la cabeza y zuecos en los pies, partió sin perder un minuto hacia el convento de Cañas en la Nieve.

Una vez que hubo salido de su portón, miró a su alrededor. Todo era blanco, salvo el verde de unos pinos y unos bambúes de color esmeralda en la distancia, así que tuvo la sensación de encontrarse en el interior de un jarro de cristal. Al llegar al pie de la ladera olió un aroma frío y al mirar vio una docena de ciruelos frente al convento del Enrejado Verde, donde vivía Miaoyu; sus flores, rojas como el colorete, reflejaban en la nieve un tono particularmente vivido. Se detuvo unos momentos para disfrutar de la escena, y ya se disponía a seguir su camino cuando, sobre el puente de la Cintura de Avispa, vio a una mensajera con paraguas que había sido enviada por Li Wan para invitar a Xifeng.

Frente al convento de Cañas en la Nieve unas doncellas barrían la nieve de los senderos. La cabaña había sido edificada al borde de un arroyo, junto a una colina. Sus cuartos de adobe, techados con paja y con ventanas de bambú, estaban rodeados de una cerca de zarzas, y era posible pescar desde las ventanas. Alrededor crecían macizos de cañas, entre las que serpenteaba un sendero hasta el puente de bambú del pabellón de la Fragancia del Loto.

Cuando las doncellas Vieron aproximarse a Baoyu con su sombrero de palma y su capa de coco soltaron una carcajada.

—Precisamente estábamos diciendo que necesitábamos un pescador, y he aquí que aparece usted —exclamaron—. Las jóvenes damas no llegarán hasta después del desayuno. Es usted demasiado impaciente.

Baoyu tuvo que volver por donde había venido, y al llegar al pabellón de la Fragancia que Rezuma vio a Tanchun, con una capa de lana escarlata con caperuza, saliendo del estudio del Frescor Otoñal apoyada en el brazo de una doncella y seguida por una criada que portaba un paraguas de seda negra. Adivinó que se dirigía a ver a su abuela, la esperó junto al pabellón y juntos dejaron el jardín.

En el aposento interior de la Anciana Dama estaba Baoqin arreglándose el pelo y cambiándose de ropa. Pronto llegaron todas las muchachas. Baoyu armó un escándalo, pidiéndoles que se diesen prisa en servir el desayuno, pues estaba hambriento. Cuando finalmente pusieron las mesas, el primer plato servido fue feto de cordero en leche cocido al vapor.

—Es un tónico para los viejos —dijo la Anciana Dama—, pues se trata de una criatura que nunca ha visto el sol o el cielo; o sea que los niños no pueden comerlo. Para vosotros hay un plato de venado fresco.

Todos estuvieron de acuerdo, salvo Baoyu que estaba demasiado impaciente para esperar. Mezcló un tazón de arroz con té caliente, le añadió un poco de faisán muy troceado y lo engulló rápidamente.

—Ya sé que hoy estás otra vez muy ocupado y no tienes tiempo para comer —dijo su abuela.

Y a las doncellas:

—Guardadle el venado para la cena.

Sólo cuando Xifeng le dijo que había venado en abundancia, dejó de insistir para que le guardaran.

Xiangyun susurró al oído de Baoyu:

—Si hay venado fresco, podríamos pedir un poco para cocinarlo nosotros mismos en el jardín. Sería muy divertido.

Baoyu transmitió inmediatamente esa propuesta a Xifeng, quien ordenó a una criada que llevara un poco de venado al jardín.

Todo el grupo dejó a la Anciana Dama y se dirigió al convento de Cañas en la Nieve a informarse sobre el tema y la rima que Li Wan había elegido, pero en ese momento desaparecieron Xiangyun y Baoyu.

—Siempre que andan juntos hay problemas —comentó Daiyu—. Lo más seguro es que se hayan escabullido porque tienen planes propios para ese venado.

Entonces llegó la tía de Li Wan a presenciar el jolgorio y le dijo a su sobrina:

—Ese muchacho del jade y la muchacha del unicornio de oro son jóvenes bien plantados y bien criados, pero ahora están planeando comer carne cruda. Y por cierto, que hablan como si de verdad fueran a hacerlo. ¡Es increíble!

Las jóvenes se echaron a reír y exclamaron:

—¡Vaya idea! ¡Que alguien vaya a buscarlos, rápido!

—Todo esto es obra de Xiangyun —dijo Daiyu—. ¿Qué os había dicho?

Li Wan salió corriendo a buscar a los dos muchachos.

—Si queréis comer carne cruda, os llevaré con la Anciana Dama —dijo—. Entonces no me importará si os coméis un ciervo entero y enfermáis. No será mi responsabilidad. Mirad el frío que hace. Dejad de crearme problemas.

—No estamos comiéndolo crudo —replicó Baoyu—. Lo vamos a asar sobre una parrilla.

Li Wan vio la parrilla y los asadores traídos por unos viejos sirvientes y dijo:

—De acuerdo. Pero tened cuidado, ¡y no lloréis si os cortáis un dedo!

Y después de esa advertencia regresó con Tanchun.

En ese momento llegó Pinger, enviada por Xifeng para explicar que le era imposible acudir, pues estaba distribuyendo las asignaciones de Año Nuevo. Xiangyun insistió en que Pinger se quedara con ellos, y a la doncella no le faltaron ganas, ya que era de natural juguetona y siempre estaba dispuesta a hacer travesuras con su señora. Al ver cómo se divertían juntos, se quitó sus brazaletes para unirse a Baoyu y Xiangyun junto a la parrilla, y sugirió que primero asaran tres trozos para probar. Baochai y Daiyu, que estaban acostumbradas a las parrillas, no se sorprendieron por la sugerencia, pero a Baoqin y a la tía de Li Wan les pareció insólita.

Para entonces Li Wan y Tanchun ya habían establecido el tema y la rima. Tanchun exclamó:

—Pero ¡qué bien huele ese venado! Si desde tan lejos huele tan bien, yo tengo que probar un poco.

Y corrió a unirse a los de afuera. Li Wan salió detrás de ella.

—Tus huéspedes ya han llegado —protestó—. ¿No vas a dejar de comer?

Xiangyun, sin dejar de masticar, respondió:

—Yo necesito vino para inspirarme, y precisamente después de comer venado me entran ganas de beber. Es probable que sin este venado no pueda escribir hoy ni un solo poema.

Sus ojos fueron a detenerse en Baoqin, que estaba allí sonriéndole de pie, con su capa de pato silvestre sobre los hombros.

—¡Ven aquí, pequeña tonta! —le dijo—. Ven a probar un poco.

—Tiene un aspecto asqueroso —dijo Baoqin.

—Anda, prueba un poco —le pidió Baochai—. Está realmente delicioso. La prima Daiyu es muy delicada y esto le provoca indigestión. Si no fuera por eso, también ella estaría comiendo.

En ese momento entró una joven doncella enviada por Xifeng con el encargo de buscar a Pinger.

—La señorita Xiangyun no quiere dejarme ir. Vuelve tú primero —le dijo Pinger.

Poco después de la partida de la doncella apareció la propia Xifeng con una capa sobre los hombros.

—¡Así que organizáis un banquete sin avisarme! —exclamó en tono de amonestación mientras se unía al grupo que rodeaba la parrilla.

—¿De dónde salen todos estos mendigos? —exclamó Daiyu—. ¡Vaya, vaya! El convento de Cañas en la Nieve tiene hoy un mal día, revuelto por Xiangyun. Mi corazón sangra de pena.

—Eres una sabionda —replicó Xiangyun—. Un verdadero letrado puede permitirse la excentricidad, ¡pero tú pretendes ser tan pura y refinada que das asco! Darnos un buen atracón de venado nos inspirará para componer buenos versos.

Baochai terció amenazando a Xiangyun:

—Si no cumples lo que acabas de decir, tendrás que cumplir un castigo: ¡vomitar toda esa carne y comer cañas de las que hay bajo la nieve!

Cuando hubieron terminado de comer se lavaron las manos y enjuagaron la boca. Pinger buscó sus brazaletes y descubrió que había perdido uno. Buscó por todas partes pero, para sorpresa general, no pudo encontrarlo.

—Yo sé dónde está —dijo Xifeng con una sonrisa—. No es necesario buscarlo ahora. Seguid con vuestros poemas. Garantizo que lo encontraré en el plazo de tres días.

Y a continuación preguntó:

—¿Sobre qué escribiréis hoy? La Anciana Dama dice que pronto será Año Nuevo y que deberíamos hacer algunos faroles para divertirnos en el primer mes.

—Correcto —dijeron a coro los demás—. Lo habíamos olvidado. Debemos darnos prisa y hacer unos cuantos para las adivinanzas del primer mes.

Y entraron al cuarto que había sido previamente calentado, donde licores y refrescos aguardaban su llegada. Fijado a la pared estaba el tema sobre el que debían escribir, además de la rima y el metro. Al acercarse a mirar, Baochai y Xiangyun que debían componer un poema colectivo sobre el paisaje nevado, en versos de cinco caracteres utilizando las rimas del grupo Xiao[7]. No había sido estipulado el orden en el que debían ser escritos.

—Como yo no entiendo de versos, sólo haré los primeros y vosotros os ocuparéis de encadenarlos y de continuar el poema —propuso Li Wan.

—Deberíamos establecer un orden. Y dejadme anotarlo —sugirió Baochai.

Si quieren saber lo que pasa, escuchen el capítulo siguiente.

CAPÍTULO L

En el convento de Cañas en la Nieve se rivaliza

en la composición de un poema colectivo.

En la glorieta del Tibio Aroma se componen

unos excelentes acertijos.

En el capítulo anterior, Baochai había dicho: «Deberíamos establecer un orden. Y dejadme anotarlo». Para ello propuso un sorteo en el que Li Wan resultó la primera.

—Si es así, yo también haré un verso —dijo Xifeng.

—¡Bien! ¡Maravilloso! —exclamaron los demás entre risas.

Baochai escribió la palabra «Fénix» delante de «Vieja Campesina del Fragante Arroz», mientras Li Wan explicaba el tema a Xifeng, que se puso a cavilar.

—No debéis reíros de mí —dijo por fin—. Se me ha ocurrido un verso, aunque muy tosco, pero no sé cómo continuar.

—Cuanto más tosco, mejor —le respondieron—. Dínoslo, y entonces te podrás marchar a tus ocupaciones.

—Cuando nieva, sopla viento del norte. Anoche mismo lo oí. Así que mi verso dice:

Durante toda la noche he oído el fuerte viento del norte.

»¿Está bien?

Los demás se miraron sonrientes y sentenciaron:

—Puede que sea tosco, pero no impone la continuación, y ésa es sin duda la manera correcta de empezar un poema colectivo: el primer verso debe dejar un amplio margen para que los demás no nos veamos excesivamente forzados. Empecemos pues. Escríbelo rápidamente, Vieja Campesina del Fragante Arroz.

Xifeng, la tía Li y Pinger bebieron con ellos unas cuantas copas más y después partieron a ocuparse de sus cosas. Mientras tanto, Li Wan ya había escrito:

Durante toda la noche he oído el fuerte viento del norte…

Luego escribió los siguientes versos, que ella misma y los demás declamaron según el orden que había resultado del sorteo:

… y al abrir la puerta he visto que nieva y nieva.

Pobre pureza blanca, amasada con el barro…

Xiangling:

… Lástima que los copos, jade blanco, caigan al suelo:

la nieve quisiera devolver el verde a la hierba abrasada…

Tanchun:

… mas no ser adorno de cañas marchitas.

Buen precio, cuando fermenta, tiene el licor en la aldea…

Li Qi:

… y en los graneros rebosa la buena cosecha.

La ceniza de los cálamos anunciará la primavera[1]…

Li Wen:

… y el Yang se acercará cuando el Dou mueva su Taza[2].

El vivido verde perdieron las frías colinas…

Xiuyan:

… y en la helada corriente ya no se oyen las olas.

De las ramas del sauce, grácilmente se cuelga…

Xiangyun:

… mas de las blandas hojas del plátano resbala.

En el trípode, tinta de almizcle derretida[3]…

Baoqin:

… una manga de seda ocultando la marta dorada.

Atrapa junto a la ventana el brillo del espejo…

Daiyu:

… y despierta el olor del xantoxilo en la pared del aposento[4].

Silba sin descanso una brisa de costado…

Baoyu:

… mientras se desvanece el sueño.

¿De dónde esa flauta en la que suena el Ciruelo en Flor[5]?…

Baochai:

… ¿Quién toca el Xiao de verde jade[6]?

La gran tortuga teme que se hunda la tierra[7]…

En ese momento Li Wan interrumpió la declamación y sus notas para ordenar que calentaran un poco de vino.

Baochai pidió a Baoqin que continuara, pero antes de que ésta pudiera hacerlo Xiangyun se incorporó ruidosamente recitando:

… y, combate de dragones, jirones de nube se cimbrean[8].

Un bote solitario regresa a la desolada orilla…

Incorporándose a su vez, Baoqin continuó:

… un poeta señala el puente con su fusta[9].

El emperador regala abrigos de piel a la guarnición…

Su carácter impedía a Xiangyun quedar en segundo lugar, y como era de mente más ágil que los demás arqueó las cejas, se puso de pie y recitó:

… y las mujeres enguatan la ropa de los soldados[10].

Avanzad atentos al escarpado camino[11]…

—¡Bravo! —exclamó Baochai, y continuó el poema:

… no sacudáis las ramas de los árboles.

La nieve blanca parece una beldad de paseo…

Daiyu intervino:

… una bailarina que se mueve al compás del fresco viento.

Colocasias hervidas, dignas de un nuevo festín…

Y cuando hubo recitado sus versos, dio un pequeño empujón a Baoyu. Pero éste estaba tan absorto contemplando a Baoqin, Baochai y Daiyu compitiendo con Xiangyun, que no se molestó en intervenir. Como Daiyu insistiera, improvisó:

… un canto muy antiguo la compara con la sal[12].

Bajo su capote, inmóvil, sigue trabajando el pescador[13]…

—Déjame a mí —exclamó Xiangyun entre risas—. Eres un inútil. No molestes.

Pero Baoqin se le adelantó:

… Hacha liviana del leñador, de golpe inaudible.

Elefantes escondidos se dirían las colinas…

Xiangyun intervino apresuradamente:

… y el sendero una serpiente enroscada.

Flores de hielo modeló el frío…

Baochai y los demás lanzaron una exclamación de asombro, y Tanchun recitó:

… que no podrá marchitar la escarcha.

En el patio profundo, ateridos gorriones se espantan…

Aprovechando que Xiangyun estaba ocupada dando unos sorbos al té, dijo Xiuyan:

… y un búho lanza su pena por los montes solitarios.

Sube y baja la nieve por las gradas del patio, baila…

Pero inmediatamente Xiangyun dejó su taza:

… y flota errante por el lago.

Relumbra a la luz del alba…

Daiyu:

… la nieve que cayó en la noche.

Por lealtad olvidan el frío de la espada[14]…

Xiangyun, animada ya por el vino, intervino de nuevo:

… Su promesa despeja el ceño sombrío del Hijo del Cielo[15].

¿A quién le importa el que yace tiritando[16]…

Baoqin dijo jubilosamente:

… mientras sea bien acogido el visitante?[17]

El bordado se quebró en el telar celeste[18]…

Xiangyun:

… se pierde la seda blanca en el mercado de la mar[19].

Antes de que pudiera iniciar un nuevo pareado, dijo Daiyu:

Desiertos estanques a la soledad encadenados…

Y Xiangyun no perdió ni un segundo en completarlo:

… ¿cómo pasarán la noche los letrados pobres?

Baoqin no hizo concesiones e interrumpió nuevamente:

Hierve a fuego lento el agua para el té…

Xiangyun, que sé estaba divirtiendo como una loca, soltó una carcajada y completó el pareado:

… apenas arden las hojas para calentar el vino.

Daiyu continuó entre risitas:

Sobre la colina, la nieve cubre la escoba monje…

Recogiendo la sugerencia de Daiyu, Baoqin continuó alegremente:

… y oculta la lira del muchacho.

Xiangyun, doblada por la risa, musitó algo tan rápido que los demás tuvieron que pedirle que lo repitiera. Ella balbuceó otra vez:

Sobre la torre de piedra duerme ociosa una grulla…

Con las manos en los costados para no reventar de risa, Daiyu gritó:

… y se acurrucan los gatos sobre tibios mantos de seda.

Los siguientes versos surgieron entre carcajadas.

Baoqin:

De la caverna lunar brotan olas de plata…

Xiangyun:

… farallones de nubes ocultan su destello carmesí.

Daiyu:

Se puede masticar el aroma de la mojada flor de ciruelo[20]…

—¡Excelente verso! —exclamó Baochai, y completó el pareado:

… y mueven a risa los bambúes empapados que, vacilantes, se mueven como borrachos

Baoqin:

La nieve lentamente moja los cinturones de los amantes…

Xiangyun:

… o se congela sobre horquillas de esmeralda.

Daiyu:

No hace viento, en el aire murmuran los copos.

Baoqin:

… No llueve, se deslizan por el suelo.

Llegados a este punto Xiangyun se revolcaba, presa de un ataque de risa. Hacía ya un buen rato que todos los reunidos se habían acercado para contemplar el espectáculo de las tres rivales compitiendo. Para que Xiangyun continuara, Daiyu intentó desafiarla con estas palabras:

—Ya veo que tu talento se agota. A ver si eres capaz de seguir moviendo la lengua un rato más.

Xiangyun, echada sobre el regazo de Baochai, se estremecía de risa. Obligándola a incorporarse, Baochai le dijo:

—Si consigues utilizar todas las rimas de este grupo, admitiré que has vencido.

—¿Y a esto lo llamas jugar a hacer versos? —replicó ella—. ¡Si más que jugar estoy luchando por mi vida!

Las carcajadas arreciaron.

—¿Y quién tiene la culpa de eso? —le respondieron.

Ya hacía un buen rato que Tanchun había decidido retirarse y se encontraba empeñada en transcribir los versos de las tres competidoras.

—Pues hace falta un final para este poema… —dijo.

Li Wan propuso el primer verso del último pareado:

Versos compuestos para nunca olvidar este día feliz…

Y, para cerrarlo, Li Qi añadió:

… que a la memoria sagrada de Shun y de Yao sirvan de elogio[21].

—Detengámonos aquí, aunque no hayamos utilizado todas las rimas; hacerlo daría una impresión forzada y torpe —dijo Li Wan.

Todo el grupo se dispuso entonces al examen minucioso y crítico de los versos. Xiangyun había compuesto más versos que nadie; bromeando, atribuyeron el mérito al venado.

—Leídos uno por uno, casi todos los versos son de buena factura —comentó Li Wan—, salvo los de Baoyu, que se vuelve a quedar el último.

—Los poemas colectivos no son mi fuerte —se excusó él—. Tendréis que perdonarme.

—No podemos dispensarte siempre, reunión tras reunión, un trato de favor —replicó Li Wan—. Te quejas de que la rima es muy difícil, de que el jurado es injusto, de que no sirves para componer poemas colectivos… Hoy no tenemos más remedio que castigarte. Hace un momento me impresionaron los rojos ciruelos en flor del convento del Enrejado Verde, y quise coger unas ramas para este búcaro; pero como detesto los modales de Miaoyu procuro no tener nada que ver con ella. Pues bien, como castigo serás tú quien traiga esas flores.

—Buen castigo, refinado y divertido —sentenció la reunión.

Baoyu se avino inmediatamente a cumplir tan grato castigo, y ya se iba cuando Xiangyun y Daiyu dijeron al unísono:

—Hace mucho frío afuera. Bebe un poco de licor caliente antes de salir.

Xiangyun alzó una jarra de licor y Daiyu llenó hasta el borde una gran copa.

—Si después de haber bebido esta copa no cumples tu misión te doblaremos el castigo —dijo Xiangyun en tono amenazador.

Después de beberse el licor de un trago, Baoyu salió a la nieve. Li Wan ordenó a unos sirvientes que lo acompañaran, pero Daiyu los retuvo.

—No es necesario —dijo—. Si no va solo nunca lo conseguirá.

—Sí, tienes razón —asintió Li Wan con la cabeza, y ordenó a una doncella que trajera un búcaro alto de cuello estrecho y contorno redondeado, y que lo llenara inmediatamente de agua.

—Ahora deberíamos escribir algunos poemas sobre los ciruelos rojos en flor —sugirió.

Xiangyun se ofreció enseguida a componer el primero.

—Oh no, nada de eso —protestó Baochai riendo—. Ya has hecho suficiente por hoy. Sería muy aburrido que no dejaras nada para los demás. Baoyu tiene que ser castigado a su vuelta. Dice que no se le dan bien los poemas colectivos. Pues bien, que escriba uno él solo.

—Correcto —asintió Daiyu—. Y tengo otra idea. Antes no pudimos utilizar todas las rimas; deberíamos hacer que quienes menos aportaron en el otro poema sean los que escriban ahora sobre los ciruelos en flor.

—Excelente idea —aprobó Baochai—. Xiuyan, Li Wen y Li Qin no tuvieron oportunidad de descollar, a pesar de ser nuestras invitadas. Y todo por la ambición de Baoqin, Daiyu y Xiangyun. Esta vez las demás deberíamos abstenernos de intervenir para que ellas puedan escribir.

—Qi no es muy buena escribiendo poesía —dijo Li Wan—. Que Baoqin la reemplace.

Baochai aceptó la sugerencia y añadió:

—Elijamos como rima los caracteres de «Rojo ciruelo en flor». Cada una de ellas puede escribir un lushi de siete caracteres. Que Xiuyan utilice la rima en «Rojo», Li Wen en «Ciruelo» y Baoqin en «Flor»[22].

—Está bien —dijo Li Wan—, pero no debemos dejar a Baoyu sin tarea.

—Se me ocurre otro excelente tema para él —dijo rápidamente Xiangyun, y al preguntarle de qué se trataba respondió—: «Visitando a Miaoyu para mendigar una rama de ciruelo rojo florecido». ¿No sería divertido?

Expresaban su aprobación cuando en eso regresó Baoyu, radiante, trayendo en las manos un ramo de flores rojas que las doncellas pusieron inmediatamente en el búcaro mientras las jóvenes damas expresaban su admiración con exclamaciones.

—Y ahora, disfrutadlas —dijo Baoyu—. No sabéis lo que me ha costado conseguirlas.

Tanchun le alargó otra copa de licor caliente mientras unas doncellas cogían su capa y su sombrero de hojas de bambú para sacudirles la nieve. Las doncellas de los diversos aposentos habían traído más ropa para sus jóvenes señoras, y Xiren había enviado una vieja chaqueta forrada con piel de zorro para Baoyu. Li Wan ordenó que prepararan un plato de colocasias al vapor y dos platos de mandarinas, naranjas y aceitunas para enviarlos a Xiren, mientras Xiangyun comunicaba a Baoyu el tema elegido para él, y le pedía que se diese prisa en componer el poema.

—Por favor, permitidme elegir mis propias rimas. No me las impongáis.

Ellas aceptaron.

—Muy bien, como quieras.

Y se pusieron a contemplar un ciruelo en flor. Tenía unos dos pies de alto y una rama lateral de casi cinco o seis pies de largo, con otras ramas más pequeñas chocando como dragones o gusanos; otras en forma de pinceles o formando espesura como bosques, y los pétalos rojos como el colorete, fragantes como orquídeas. Mientras los demás admiraban todo aquello, Xiuyan, Li Wen y Baoqin idearon y escribieron sus poemas. Fueron leídos en el siguiente orden de rimas: «Rojo», «Ciruelo» y «Flor». La primera lectura correspondió al poema de Xing Xiuyan, que se titulaba «Rojo ciruelo en flor», con rima en «Rojo»:

Antes que el durazno florezca o expanda su aroma la flor del almendro,

sonríe el ciruelo al viento del este que corre a su encuentro, desafiando al frío.

Su alma vuela hacia Dayu, con sus parientes[23].

No es su color el de las flores de la colina Luofu[24].

El verde ciruelo se prende de antorchas encendidas.

Borracha, la diosa blanca salta sobre el arco iris.

No es un encanto común el que florece,

rojo o rosado, entre el hielo y la nieve.

El segundo fue el de Li Wen, escrito con la rima «Ciruelo»:

No canto al ciruelo blanco; canto al rojo,

por mostrar su belleza: sus capullos son los ojos entreabiertos de un borracho.

Mancha la sangre su rostro helado.

Su corazón no se lamenta, pero será polvo.

El hada blanca bebió un elixir equivocado[25].

Y mudó su hueso. Bajó del cielo en secreto[26].

Ya llegó la primavera al sur y al norte del Yangzi.

Que no se llamen a engaño mariposas y abejas.

Y, finalmente, el poema de Xue Baoqin, con rima en «Flor»:

Hermosas muchachas vestidas de rojo,

cada rama luce su flor compitiendo en elegancia.

Ya se retiró la nieve de los patios solitarios, de las balaustradas zigzagueantes[27].

Pero caen las nubes rojas sobre aguas que fluyen y valles vacíos.

Al compás de la flauta que tocan las muchachas me toma un sueño.

Por él navegan las hadas en barcos perfumados sobre el Río Celestial.

Proceden sin duda de la Morada de los Inmortales;

así lo dicen su color y su figura.

Los tres poemas fueron elogiados encendidamente, y se señaló que el último era el mejor. Baoyu estaba sorprendidísimo de que, siendo la menor, Baoqin tuviera la mente más ágil. Daiyu y Xiangyun escanciaron una taza de licor para felicitarla.

—Los tres poemas tienen su mérito —dijo Baochai—. Vosotros siempre os habéis burlado de mí; ahora deberéis hacerlo de ella.

—¿Y tú? —preguntó Li Wan a Baoyu—. ¿Has terminado?

—Algo he conseguido —contestó el muchacho—, pero esos tres poemas me han deslumbrado hasta el punto de hacerme olvidar el mío. Dejadme pensarlo de nuevo.

Con un atizador de cobre, Xiangyun dio un golpe contra la estufa de mano.

—Voy a tocar el tambor[28] —dijo en tono de advertencia—. Si no has terminado cuando yo acabe, te castigaremos otra vez.

—Estoy listo —contestó él.

—Díctame —dijo Daiyu tomando un pincel.

Xiangyun dio un golpe a la estufa advirtiendo:

—La primera llamada.

—Anota esto —dijo Baoyu, y recitó:

Están intactas las copas. Los versos no se han medido…

Daiyu meneó la cabeza mientras escribía.

—Un comienzo mediocre —dijo.

—¡Rápido! —ordenó Xiangyun a Baoyu.

Sonriendo, el muchacho continuó:

Preguntando por el ciruelo, en busca de la primavera, he llegado a Peng Lai país de los inmortales.

—Ya tiene algo interesante —Daiyu y Xiangyun movieron afirmativamente la cabeza entre risas.

No mendigo el agua sagrada de la botella de Guan Yin[29],

sino una rama del ciruelo que Chang E tiene fuera del umbral[30].

Daiyu movió de nuevo la cabeza al escribir aquello:

—Los ha conseguido por casualidad —dijo.

En ese momento Xiangyun dio un nuevo golpe a la estufa. Baoyu continuó:

Regreso al mundo de los hombres con nieve roja entre las manos frías.

Para cortar esta nube violeta, me aparté del mundo de polvo hasta este lugar perfumado.

¿Quién se apiadará de mí, poeta de hombros frágiles,

que conserva en sus ropas manchas de musgo del convento?

Cuando Daiyu hubo terminado de escribir y los demás ya habían empezado a discutirlo, entraron corriendo unas doncellas para anunciar la llegada de la Anciana Dama.

Todos salieron corriendo a recibirla, mientras comentaban que debía estar de muy buen humor.

Apareció en la distancia sobre un pequeño palanquín de bambú, envuelta en una gran capa gris de ardilla, bajo un quitasol de seda negra y rodeada por sus doncellas, que también iban provistas de quitasoles. Li Wan y las jóvenes corrieron a su encuentro, pero la Anciana Dama ordenó que les dijeran que debían permanecer donde estaban.

Cuando llegó hasta ellas anunció:

—He venido a escondidas de la dama Wang y de Xifeng. A pesar de que la capa de nieve es alta, sentada en el palanquín no tengo problemas; pero no quise que ellas vinieran pisando la nieve.

Todos se adelantaron para quitarle la capa y, entre saludos, ayudarla a bajar del palanquín.

Nada más entrar en el cuarto dijo:

—¡Qué hermosa rama de ciruelo en flor! Sin duda sabéis disfrutar. Veo que he llegado en el momento justo.

Entretanto, Li Wan había hecho traer un enorme cojín cubierto con una piel de lobo que ella misma puso sobre el kang. La Anciana Dama se acomodó sobre él y dijo:

—Seguid con la diversión y no dejéis de comer y beber. Ahora que los días son más cortos ya no duermo la siesta después del almuerzo. Estaba jugando a las cartas cuando de pronto pensé en vosotras, y vine a entretenerme un rato.

Li Wan ya había preparado su estufa de mano, y Tanchun había traído palillos limpios y una copa en la que echó un poco de vino tibio para su abuela.

La Anciana Dama bebió un sorbo.

—¿Qué hay en ese plato? —preguntó.

Acercándoselo, le dijeron:

—Codornices curadas en vino.

—¡Eso está bien! Apartadme unos trocitos de muslo.

Li Wan pidió agua para lavarse las manos e hizo lo que la abuela había pedido.

—Sentaos y seguid charlando —pidió la Anciana Dama—. Me gusta escucharos.

Y a Li Wan:

—Tú también debes sentarte como sí yo no estuviera aquí; si no lo haces me marcharé.

Todos ocuparon de nuevo su lugar, salvo Li Wan, que, en su condición de anfitriona, se sentó en el sitio más bajo.

—¿Qué estabais haciendo cuando llegué? —preguntó la anciana.

Cuando fue informada de que estaban componiendo poemas, dijo:

—Ya que estáis haciendo versos, podríais preparar unos acertijos de farol para que podamos disfrutarlos después del Año Nuevo.

Todos accedieron a su sugerencia.

Después de charlar un rato comentó:

—Hay mucha humedad. No debéis estar mucho tiempo aquí o cogeréis un resfriado. El cuarto de Xichun es más tibio que éste. Vayamos a ver cómo le va con su cuadro, y si estará listo para el Año Nuevo.

—¿Para el Año Nuevo? —exclamaron—. ¡Es poco probable! Lo más seguro es que no esté listo antes de la fiesta de la Barca-Dragón.

—¡Nunca lo hubiera pensado! ¿Va a tardar ella en pintar el jardín más de lo que se tardó en construirlo?

Montó de nuevo en su silla y, rodeada por toda la compañía, fue hasta más allá del pabellón de la Fragancia del Loto. Pasaron por un corredor techado que iba de este a oeste, con un arco en cada extremo, decorado por dentro y por fuera con una tablilla de piedra para inscripciones horizontales. La comitiva de la abuela entró por el arco del oeste en el corredor techado. La tableta exterior lucía la inscripción «A través de las nubes»; la interior decía: «Más allá de la luna». Llegaron al centro del patio por la puerta principal que daba al sur. Cuando la Anciana Dama descendió del palanquín, Xichun ya había salido a darle la bienvenida, dispuesta a conducir a todo el grupo por el corredor hasta su dormitorio. Sobre la puerta había una inscripción que decía: «Glorieta del Tibio Aroma». Un aire perfumado llegó tibiamente a sus mejillas cuando los sirvientes alzaron la antepuerta de fieltro rojo. Apenas entraron, antes incluso de haber tomado asiento, la Anciana Dama pidió ver el cuadro de Xichun. Ésta explicó que resultaba difícil mezclar los colores, pues con un tiempo tan frío se endurecían.

—Temía estropearlo —concluyó—, por eso lo he guardado.

—¡Quiero que esté acabado para Año Nuevo, así que no seas perezosa! —le dijo en broma la abuela—. Debes sacar la pintura ahora mismo y continuar el trabajo.

Y mientras hablaba la anciana llegó Xifeng sonriendo, envuelta en una túnica de lana morada.

—Venerable antepasada —exclamó—, ¿cómo puede usted venir sola hasta aquí, sin avisar a nadie? ¿Sabe el trabajo que me ha dado buscarla por todas partes?

La Anciana Dama, encantada en el fondo por su llegada, contestó:

—No quise haceros salir con este frío; por eso no permití que os dijeran nada. Eres una gatita mañosa por haberme encontrado aquí, pero no es necesario que hagas alarde de tu sentido del deber filial.

—Ningún sentido del deber filial me ha traído hasta aquí. Cuando encontré sus aposentos tan silenciosos y pregunté a las doncellas, éstas se negaron a decirme dónde había ido, pero sugirieron que quizás debiera buscarla en el jardín. Estuve devanándome los sesos un rato pensando dónde podía estar, hasta que llegaron unas monjas. Comprendí que habían venido a pedir limosnas para el Año Nuevo, o a hacer su petición anual de donaciones o dinero para incienso. Hay tanta gente que acude a nuestra anciana antepasada en vísperas de Año Nuevo que pensé que se había escabullido para evitar ser asaltada. Ahora vengo a informarle, señora, de que sus salteadores han partido y ya puede usted salir de su escondite. Tengo preparado un poco de faisán tierno, así que le ruego que vuelva para cenar. Si tarda, el faisán se cocerá demasiado.

Entre el júbilo general que siguió a sus palabras, y antes de que la Anciana Dama pudiera replicar, Xifeng mandó que trajeran la silla de manos. La Anciana Dama subió a ella con ayuda de Xifeng, y, luciendo en su rostro una sonriente resignación, se la llevaron a través de la puerta oriental del corredor, charlando con el resto de la compañía.

Todo lo que alcanzaba a ver era nieve; nieve por todas partes, suave como el polvo, relumbrante como la plata. Y de pronto, en la cumbre de una ladera, divisaron a Baoqin envuelta en su capa de plumas de pato silvestre, y detrás de ella a una sirvienta que llevaba un búcaro con ramas de ciruelo rojo en flor.

—¡Allí está Baoqin! —exclamaron sonrientes—. Con razón faltaban dos personas… También ella ha conseguido flores de ciruelo.

—¡Mirad! —exclamó gozosa la Anciana Dama—. Una muchacha como ella en una nevada ladera, con una vestimenta como la suya y recortada sobre un fondo de ciruelos en flor… ¿qué os recuerda?

—Es como ese cuadro de Qiu Ying[31], La beldad en la nieve, que hay colgado en su cuarto —respondieron algunos.

La Anciana Dama hizo un gesto con la cabeza.

—No, la muchacha del cuadro no viste como Baoqin ni podría competir en belleza con ella.

Mientras hablaba apareció por detrás de Baoqin una figura envuelta en una capa de fieltro rojo.

—¿Cuál de las muchachas es aquélla? —preguntó la anciana.

—Todas las muchachas están aquí —le respondieron—. Aquél es Baoyu.

—Cada vez tengo más débil la vista —suspiró ella.

Mientras hablaban habían dado alcance a Baoyu y Baoqin.

Sonriendo, Baoyu dijo a Baochai, Daiyu y las demás:

—Venimos del convento del Enrejado Verde, y Miaoyu os ha enviado a cada una un ramo de flores de ciruelo. Ya los he mandado a vuestros cuartos.

Todas le agradecieron haberse tomado semejante molestia, y dejaron el jardín para ir a los aposentos de la Anciana Dama. Charlaban después de cenar cuando llegó la tía Xue.

—Esta nieve tan pesada no me ha dejado venir a verla en todo el día —dijo a la Anciana Dama—. ¿Se siente usted decaída, señora? Debió salir a disfrutar del paisaje nevado.

—¿Qué te hace pensar que estoy decaída? Salí a divertirme un rato con las muchachas.

—Anoche estuve pensando en la posibilidad de pedirle a mi hermana que me dejara utilizar el jardín sólo por un día, para invitarla a usted a una sencilla comida que nos permitiera disfrutar de la nieve, pero me informaron de que se había retirado a dormir temprano, y como Baochai me dijo que no se sentía demasiado bien no quise molestarla. Si hubiera estado mejor informada, la habría invitado.

—Ésta es la primera nieve del invierno, la del décimo mes —replicó la Anciana Dama—. Más adelante tendrás numerosas oportunidades de agasajarnos.

—Así lo espero —dijo la tía Xue—. Eso me dará una oportunidad de demostrarle la sinceridad de mi sentimiento filial.

—¡Pero que no se le olvide, tía! —exclamó juguetonamente Xifeng—. ¿Por qué no pesamos ahora mismo cincuenta taeles de plata y me los entrega para guardarlos? Así, en cuanto aparezca la siguiente nieve yo podré preparar el banquete inmediatamente, lo que ahorrará problemas y evitará olvidos.

La Anciana Dama se rió para sus adentros.

—Sí, dale cincuenta taeles —dijo a la tía Xue—, y tomaremos la mitad cada una. Cuando nieve yo me excusaré alegando que no me encuentro bien, y así te evitaré problemas. De ese modo Xifeng y yo obtendremos todas las ganancias.

—¡Excelente! —exclamó Xifeng aplaudiendo—. ¡Eso es precisamente lo que estaba pensando!

Aquel comentario fue recibido con una carcajada general.

—¡Bah! ¡Qué vergüenza! —exclamó la Anciana Dama—. Siempre estás dispuesta a aprovechar la oportunidad. La tía Xue es nuestra invitada, y es a nosotras a quien corresponde agasajarla, en lugar de tenerla tan abandonada. ¿Cómo vamos a permitir que gaste dinero en nosotras? ¡Y en lugar de invitarla tienes la frescura de pedirle cincuenta taeles! No tienes ninguna vergüenza.

—¡Qué bien juzga nuestra anciana antepasada la expresión de la cara! —comentó Xifeng—. Ha estado poniéndola a prueba, tía. Si realmente hubiera desembolsado cincuenta taeles los hubiera compartido conmigo, pero ahora que su maniobra no ha resultado, se defiende culpándome a mí y adoptando ella esa postura sublime. Pues muy bien, en lugar de pedirle dinero a la tía Xue dejaré que agasaje a la Anciana Dama a expensas mías; además ofreceré a nuestra anciana antepasada otros cincuenta taeles de plata para expiar mi culpa por meterme donde no me llaman.

No había terminado Xifeng de pronunciar esas palabras cuando ya toda la compañía se revolcaba de risa. Entonces la Anciana Dama reiteró que Baoqin, con los ciruelos en flor entre la nieve, era más bella que un cuadro. Preguntó su edad, así como la hora, el día y el mes de su nacimiento, y quiso saberlo todo acerca de su familia. La tía Xue intuyó que buscaba arreglar una boda entre Baoqin y Baoyu, y sin duda hubiera estado dispuesta de no haber sido porque la muchacha ya había sido prometida a un hijo de la familia Mei. Pero como la Anciana Dama no había hecho ninguna propuesta clara, ella no tenía la oportunidad de advertir del compromiso previo de la muchacha. Por eso decidió responder dando un rodeo.

—Lástima que esta pobre niña no haya tenido suerte en la vida. Antes de que su padre muriera, hace de esto dos años, pudo ver mucho mundo y viajar con sus padres a todo tipo de hermosos lugares. Su padre sí que sabía disfrutar de la vida. Como tenía negocios en todas partes solía llevar con él a su familia a quedarse durante varios meses, a veces hasta un año seguido, en diversas provincias. Así visitaron medio país. La última vez que pasó por aquí la prometió al hijo del académico Mei, pero un año después murió. Y ahora su madre está enferma de asma…

En este punto fue interrumpida por Xifeng, que lanzó un prolongado suspiro.

—¡Qué pena! —exclamó—. Estaba a punto de proponer un compromiso para ella, pero ya está comprometida.

—¿A quién ibas a proponer? —preguntó la Anciana Dama con una sonrisa.

—Ya no importa, anciana antepasada. Estoy convencida de que hubieran hecho una pareja ideal, pero puesto que ella está comprometida no tiene sentido plantear el tema, así que será mejor que controle mi lengua.

La Anciana Dama sabía muy bien en quién estaba pensando Xifeng, pero en vista del compromiso de Baoqin no hizo ningún comentario. Momentos después la reunión se dispersó y la noche pasó sin mayores incidentes.

A la mañana siguiente, el cielo apareció despejado. Después del desayuno, la Anciana Dama dijo a Xichun:

—Olvídate del buen tiempo y sigue con tu cuadro; trata de tenerlo terminado antes del Año Nuevo. Si no lo consigues no pasará nada, siempre que no te demores en pintar a Baoqin y a su doncella con el ciruelo en flor, tal como las vimos ayer.

Aquél era un encargo excesivo, pero Xichun no se atrevió a objetar nada. Cuando los demás fueron a ver cómo iba el cuadro, la encontraron absorta en sus pensamientos.

—No podemos estar aquí charlando mientras ella piensa —dijo Li Wan al resto del grupo—. Ayer la anciana nos pidió que compusiéramos algunos acertijos para los faroles, así que cuando regresé con Qi y Wen, como no podíamos dormir, hice un par de ellos utilizando citas de los Cuatro Libros[32], y también ellas se inventaron un par.

—Sí, deberíamos dedicarnos ya a esos acertijos —admitieron los demás—. Oigamos primero los tuyos, a ver si podemos dar con las respuestas.

—«Guan Yin no deja huellas familiares» —dijo Li Wan—. La solución es una línea de los Cuatro Libros.

Xiangyun contestó rápidamente:

—Eso es porque Quan Yin «llega a la situación perfecta».

—Piensa primero en «huellas».

—Inténtalo de nuevo —le pidió Li Wan.

—Yo lo diré —intervino Daiyu—. Es que esas crónicas, «aunque excelentes, no tienen pruebas»[33].

—Ésa es la respuesta acertada —exclamaron los demás.

Li Wan continuó:

—«Un estanque repleto de verdes hierbas». ¿Qué hierbas son? —preguntó.

—No pueden ser más que «cañas y espadañas»[34] —respondió inmediatamente Xiangyun—. Está vez tengo qué haber dado la respuesta correcta.

—Sí, bravo —confirmó Li Wan—. Aquí está el acertijo de i Wen: «Agua fría que fluye junto a las rocas». La solución es el nombre de un personaje de la antigüedad.

—¿Shan Tao[35]? —preguntó Tanchun.

—Correcto —dijo Li Wan.

Y continuó:

—El acertijo de Qi es la palabra «luciérnaga». La respuesta es una sola palabra.

Durante un buen rato se devanaron los sesos, hasta que Baoqin dijo:

—Éste sí que es difícil. ¿Puede ser «flor» la respuesta?

—¡Eso es! —exclamó Li.

—¿Qué tiene que ver «luciérnaga» con «flor»? —preguntaron algunas.

—Muy ingenioso —comentó Daiyu con una sonrisa—. ¿No se convierte la hierba en luciérnaga? El carácter «flor» se compone del radical «hierba» y del carácter «metamorfosis». ¿No es eso[36]?

Cuando los demás entendieron lo ingenioso del acertijo se echaron a reír y exclamaron: «¡Muy bien!».

—Son unos acertijos muy buenos, pero no son del tipo que busca la Anciana Dama —comentó Baochai—. Mejor será que inventemos algunos sobre objetos cotidianos para que todos puedan participar.

La sugerencia fue unánimemente aceptada.

Después de cavilar unos instantes, Xiangyun se presentó diciendo:

—Tengo uno escrito siguiendo la melodía Dian Jiang Chun, sobre algo muy común. A ver si dais con la respuesta. Y recitó:

Arrancado de sus bosques y montañas,

se entrega a la diversión de los humanos,

¿Es realmente interesante?

Fama y lucro: apariencias.

Nada tiene detrás del cuerpo.

Durante un buen rato nadie se atrevió a proponer una solución. Después unas dijeron un bonzo, otras un taoísta, y hasta alguna hubo que propuso una marioneta.

—Todas son equivocadas —declaró Baoyu, que se había estirado riendo paira sus adentros mientras el resto de la compañía daba sus soluciones—. Yo tengo la respuesta. Tiene que ser un mono de circo.

Xiangyun confirmó como acertada su respuesta.

—La primera parte tiene sentido —dijeron las demás—, pero ¿qué significa el último verso?

—¿Es que hay algún mono de circo que no haya terminado con la cola maltrecha? —preguntó Xiangyun.

Las demás protestaron entre risas:

—¡Hasta haciendo acertijos tiene más mañas que un mico!

Entonces Li Wan se volvió hacia Baoqin:

—Ayer mismo nos decía la tía Xue que habías viajado mucho y visto muchísimos parajes. Intenta hacer algunos acertijos. Y ya que escribes unos poemas tan buenos, ¿por qué no los pones en verso?

Asintiendo ligeramente con la cabeza, Baoqin se dirigió a preparar sus adivinanzas.

Baochai, entretanto, ya estaba lista para leer el suyo:

Viga sobre viga de cedro y sándalo tallados,

mas no por artesanos erigidos.

Aunque viento y lluvia barren el cielo,

no se escuchan tañidos de las santas campanas[37].

Mientras se intentaba resolver esos versos, Baoyu recitó los suyos:

Desvanecido del cielo y del mundo de los hombres,

el marco de bambú nos dice su advertencia:

Levantad la vista hacia el mensaje del fénix,

y al aire azul suspirad vuestra respuesta[38].

Para entonces Daiyu tenía uno listo, que declamó:

No hay por qué atar con cuerdas a este verde caballo[39],

¡Qué fiero se ve galopando alrededor de las murallas!

A la orden del jinete acelera como un rayo.

Viaja solo sobre el lomo de la tortuga

que sostiene las Tres Montañas de los Inmortales[40].

Tanchun también tenía uno preparado, pero antes de que pudiera recitarlo llegó Baoqin.

—He visitado muchos lugares interesantes desde mi infancia —dijo—, de modo que he compuesto diez poemas sobre diez de esos lugares. Son bastante toscos, pero al menos nos recuerdan el pasado y sus respuestas son objetos cotidianos. Espero que los acertéis.

—¡Qué ingenioso! —exclamaron los demás—. ¿Los vas a escribir para nosotros?

Si desean saber lo que pasa…

CAPÍTULO LI

Baoqin compone unos poemas que evocan el pasado.

Un medicastro receta una pócima de tigre y lobo.

Dijo Baoqin que había compuesto diez acertijos basándose en diez lugares históricos de los que había visitado en el curso de sus viajes por diversas provincias del imperio.

—¡Qué original! —exclamaron todos mientras se disputaban su lectura. Y esto fue lo que leyeron:

CHIBI[1]

Cadáveres de guerreros apresando la corriente.

Oh, sus nombres bordados en vanos estandartes sobre los barcos vacíos.

Vientos fríos atizaban el incendio en el fragor de la batalla.

Ahora giran allí mil espíritus galantes.

JIAOZHI[2]

Pregonan su reinado las grandes campanas de bronce:

oyen su tañido las tribus al otro lado del mar.

Ma Yuan, en verdad, coronó grandes empresas[3];

a su lado, la flauta de hierro de Zhang Liang no merece alabanzas[4].

ZHONGSHAN[5]

Nunca fueron tuyas la fama y la riqueza.

Arrastrado abruptamente al polvoriento mundo,

qué difícil cortar sus ataduras.

No te quejes si se ensañan contigo las afiladas lenguas.

HUAIYIN[6]

Del perro salvaje, también el valiente ha de cuidarse[7].

Cuando fue príncipe de Qi ya estaba escrito su destino[8].

Permítanme un consejo: no desprecien al humilde;

hasta el fin de sus días recordó el favor de una comida[9].

GUANGLING[10]

Cantan las cigarras. Los cuervos vienen a posarse.

Todo en un instante desapareció.

¿Cómo se ve hoy el paisaje del dique de Sui?

Fue la romántica reputación del emperador

la que desató las malas lenguas[11].

VADO HOJA DE DURAZNO[12]

Ociosas flores, marchitas hierbas se reflejan en el estanque.

Al fin, Hoja de Durazno, has de separarte de tu ramo.

Muchas columnas del Estado eran así durante las Seis Dinastías[13];

hoy, triste, un pequeño retrato adorna en vano la pared vacía[14].

LA TUMBA VERDE[15]

Aguas estancadas del oscuro arroyo.

Heladas cuerdas del laúd proclamando al mundo su dolor[16].

Oh, reglas absurdas de la casa de Han[17].

Vergüenza eterna sintiera la madera que rechazó el ebanista[18].

LADERA MAWEI[19]

Manchas solitarias de sudor y carmín.

Oh, belleza que se marchó con la corriente,

los rastros de tu encanto

aún exhalan una ligera fragancia[20].

MONASTERIO DE PUDONG[21]

Pequeña Roja, la de hueso barato y cuerpo ligero[22]

en secreto reúne a una pareja.

Por fin la azota su señora[23],

pero está la joven dama con su amante.

CONVENTO CIRUELO EN FLOR[24]

No con el ciruelo: con el sauce en sueños se encuentra[25].

¿Quién tomará el retrato de la bella[26]?

Cuando están juntos no piensan en la ausencia de Fragancia Primaveral[27].

Un año ha pasado desde que se separaron con el viento del oeste[28].

La maravillosa sutileza de aquellos acertijos mereció los encendidos elogios de los presentes. Sólo Baochai expresó una pequeña reserva:

—Los ocho primeros tratan sobre hechos que han sido narrados en las Crónicas y en el Espejo[29], pero opino que habría que reemplazar los dos últimos, pues no se basan en ningún texto y son de difícil comprensión.

Daiyu se opuso inmediatamente a la propuesta de Baochai.

—Querida prima, «no encoles las clavijas de la citara si quieres tocarla». Cierto que los dos últimos sucesos no aparecen en los anales, y que al no haber leído los romances de donde proceden desconocemos los detalles; pero no es menos cierto que todos hemos visto las óperas basadas en ellos. Hasta un niño de tres años las conoce, ¿cómo podríamos nosotros ignorar su existencia?

—Tienes razón —la apoyó Tanchun.

Y Li Wan añadió:

—Además, estos poemas tratan de lugares que ella ha visitado. ¿Qué importancia tiene que las dos historias sean ficticias? No se basan en los textos clásicos, es verdad, pero ¿cuántos bulos han corrido de boca en boca, cada vez más falseados, y cuántos intrigantes, para engañar a los incautos, han falsificado pasajes desde tiempo inmemorial? El año en que mi familia se trasladó a vivir a la capital pasamos, por el camino, frente a tres o cuatro tumbas en las que, según se decía, estaba enterrado el señor Guan[30]. Tenemos pruebas de la existencia del señor Guan, de su vida y sus acciones, pero ¿cómo un solo hombre va a estar enterrado en tantas tumbas? Dicen que son una muestra de la admiración y el respeto que por él sintieron las generaciones posteriores, pero sospecho que ni veneración ni respeto son razones para que se le atribuyan tantas sepulturas. Más tarde, leyendo los Apuntes geográficos, descubrí que el del señor Guan no es un caso único; ocurre lo mismo con casi todos los hombres famosos de la antigüedad. Y no hablemos de lugares legendarios cuya existencia no está atestiguada en ningún texto: ésos son aún más numerosos. Por eso, ¿qué importancia tiene que las historias a las que estos dos poemas se refieren sean ficticias si se encuentran mencionadas en óperas y baladas, y hasta los oráculos de los templos se remiten a ellas? Todo el mundo las conoce y las cita en los proverbios y refranes que viejos y niños, hombres y mujeres, utilizan todos los días. Y como no hay ninguna razón para temer que Baoqin haya leído Historia del ala oeste o El pabellón de las peonías, o cualquier otra obra licenciosa, ¿qué más da si dejamos esos dos poemas?

Baochai no insistió, y todos pasaron un buen rato intentando dar con las soluciones, aunque sin resultado.

En invierno los días son cortos. Pronto llegó la hora de cenar y toda la compañía se encaminó a la mansión. Allí la dama Wang fue informada de que Hua Zifang, el hermano de Xiren, había venido con la noticia de que la madre de la doncella estaba enferma y deseaba ver a su hija. Zifang suplicaba autorización para que su hermana lo acompañara de regreso.

—Si su madre la quiere a su lado no podemos retenerla aquí —dijo la dama Wang, que mandó llamar a Xifeng y le encomendó el asunto.

Xifeng se mostró de acuerdo con la opinión de la dama Wang. Regresó a sus aposentos y pidió a la esposa de Zhou Rui que diera la noticia a Xiren, con las siguientes instrucciones:

—Que te acompañen otra matrona y un par de doncellas jóvenes, y que mariden a cuatro hombres mayores para escoltaros. Coge un carro grande en el que viajaréis tú, la matrona y Xiren; en otro más pequeño viajarán las dos doncellas.

Cuando la señora Zhou se disponía a partir para cumplir sus órdenes, Xifeng añadió:

—Xiren es una muchacha sensata. Dile de mi parte que se vista con elegancia y lleve un gran hato de buena ropa envuelta en una tela hermosa, y una estufa de mano, también de buena calidad. Antes de salir debe venir aquí para que yo la vea.

La señora Zhou asintió y finalmente se retiró.

Pasó un buen rato antes de que llegara Xiren, recién mudada de ropa. La acompañaban la señora Zhou y dos doncellas que cargaban una estufa de mano y su hato de vestidos. Xifeng observó que llevaba prendidos en el cabello unos alfileres de oro y de perlas que le daban un aire de especial distinción. Su vestimenta se componía de una chaqueta de seda forrada de armiño, de color rojo durazno, una falda de seda verde bordada con sedas de colores y filamento de oro, y un abrigo de satén negro forrado de piel de ardilla.

—Esas tres prendas que te ha dado tu señora son de buena calidad —reconoció Xifeng con una sonrisa—, pero el abrigo está un poco raído y no parece abrigar mucho. Necesitas otro con la piel más gruesa.

—La señora me dio esta ardilla y también el armiño —contestó Xiren—. También ha prometido darme una piel de zorro para el Año Nuevo.

—Yo tengo una piel de zorro, pero el pelo no cubre el vestido hasta abajo, así que tenía previsto retocarla —dijo Xifeng—; úsala tú mientras tanto. Cuando la señora ordene que te hagan un abrigo para el Año Nuevo, me lo quedaré yo. Eso me compensará por el que ahora te doy.

Todas las reunidas se echaron a reír.

—Ya conocemos su manera de hablar, señora —dijeron—. Durante todo el año hace regalos a manos llenas, entregando a escondidas toda suerte de cosas para compensar los olvidos de Su Señoría, sin cobrarle nada. No hay manera de llevar la cuenta de todos los regalos que ha hecho. Pero a la vez, para hacernos reír, habla como una gran tacaña.

—¿Cómo va a acordarse Su Señoría de todas estas minucias? —replicó Xifeng—. Son baladíes, pero si nadie se ocupara de ellas la familia quedaría mal. Por eso no tengo reparos en rascarme el bolsillo para que en esta casa todo el mundo vaya decentemente vestido. Es una manera de salvaguardar mi propio prestigio. Después de todo, soy la encargada de los asuntos domésticos, y si todos andan por ahí vestidos como espantapájaros la responsable de la exhibición de tanto andrajo sería yo.

Las palabras de Xifeng impresionaron a todas las mujeres presentes.

—No hay quien se le pueda comparar, señora —dijeron—. Es usted el colmo de la consideración para con Su Señoría, y la bondad personificada con sus servidores.

Pinger fue la encargada de recoger el abrigo de seda azul con motivos circulares, forrado de piel de zorro, que Xifeng había usado el día anterior. Al advertir que el envoltorio de la ropa de Xiren era de gasa blanca y negra forrada con seda rosada, y que sólo contenía dos chaquetas usadas de seda acolchada y otra chaqueta de piel, Xifeng pidió a Pinger que trajera su propio envoltorio de terciopelo color jade con forro de seda, así como una capa para la nieve. Pinger trajo dos capas, una de ellas de fieltro carmesí, usada, y otra de satén rojo algo más nueva.

—Con una hay suficiente —dijo Xiren resistiéndose.

—La de fieltro es para ti —replicó Pinger con una sonrisa—; la otra es para la señorita Xiuyan. Ayer, en la nieve, todos usaban fieltro, camelote o satén. Era un espectáculo realmente espléndido ver una docena de capas rojas recortadas contra la blancura de la nieve. La señorita Xiuyan, en cambio, tiritaba de frío bajo su capa raída, ¡pobrecilla! La capa de satén es para ella.

—Pero ¿os dais cuenta de cómo se deshace de mis cosas? —exclamó Xifeng—. ¡Como si yo sola no gastara bastante!

—La culpa es suya, señora, por ser tan atenta con Su Señoría y con nosotros los sirvientes —le replicaron sonriendo—. Si usted fuera una avara sin la menor consideración hacia los de abajo, ella no se atrevería a hacer una cosa así sin consultárselo antes.

—Lo hace porque es la única que tiene una mínima idea de cuál es mi carácter —les dijo Xifeng.

Y a Xiren:

—Esperemos que tu madre haya mejorado. Si no es así, tendrás que permanecer a su lado; pero en ese caso dímelo y haré que te lleven tu ropa de cama. No utilices la suya ni tampoco sus peines.

Y volviéndose a la señora Zhou:

—A usted, que ya conoce muy bien las reglas de esta casa, no tengo que hacerle recomendaciones.

—Las conozco bien, señora —dijo la señora Zhou—. En cuanto hayamos llegado cuidaré de que los hombres que puedan estar allí eviten mostrarse en presencia nuestra, y, si nos viéramos obligadas a pernoctar, pediré que dispongan para nosotras una de las habitaciones interiores.

Dicho lo cual se retiró con Xiren y las dos jóvenes sirvientas designadas para acompañarlas, y ordenó a los pajes que encendieran los faroles. Subieron a los carruajes y, sin perder un momento, la pequeña comitiva emprendió la marcha hacia la casa de Hua Zifang. Pero dejemos aquí este asunto y volvamos con Xifeng, quien, en cuanto Xiren hubo emprendido la marcha hacia la casa de su madre, llamó a dos viejas amas del servicio de Baoyu y les dijo:

—Es probable que Xiren no pueda regresar esta noche. Ustedes, que conocen a todas sus doncellas, saben cuáles de entre las mayores son las más sensatas; encarguen a las que juzguen más idóneas la guardia nocturna en los aposentos del joven señor. Y cuiden ustedes también de él; no dejen que se abandone a sus fantasías, e impídanle que haga cualquier tontería.

Las dos amas asintieron y se retiraron. Al cabo de un rato volvieron a presentar su informe:

—Qingwen y Sheyue harán la guardia nocturna. Normalmente, ellas son las encargadas de hacerla. Nosotras también estaremos allí.

Xifeng hizo un gesto con la cabeza en señal de aprobación y dijo:

—Insistan al joven señor para que se acueste pronto y se levante temprano.

Las viejas amas asintieron una vez más y se retiraron.

Algo después llegó un mensaje de la señora Zhou: «Xiren no podrá volver esta noche a la mansión; su madre ha sido trasladada al lecho de muerte». Inmediatamente, Xifeng informó de ello a la dama Wang; luego ordenó que prepararan la ropa de cama y los útiles de aseo de la doncella. Baoyu en persona supervisó la confección de los paquetes para asegurarse de que todo estaba en orden. Cuando Qingwen y Sheyue terminaron de preparar el envío para Xiren se despojaron de sus aderezos, se quitaron la ropa de diario y se pusieron la de dormir.

Qingwen se sentó sobre el gran calentador de ropa, de bronce enrejado, que había sobre el kang.

—¿Crees que éste es momento para darte aires de señorita? —protestó Sheyue—. Harías mejor echándonos una mano.

—Trabajaré cuando todas os hayáis marchado —le respondió Qingwen—. Hay tiempo. Mientras estéis aquí no me moveré del sitio.

—¡Hermana!, ¡hermanita! —repuso Sheyue con aire suplicante—. Yo voy a hacer la cama; tú, que eres más alta, encárgate de bajar la cortina del espejo y echar el broche de arriba.

Dicho lo cual pasó al cuarto de Baoyu a prepararle la cama.

—¡Ay, en cuanto una consigue estar cómoda y calentita viene alguien a incomodar! —replicó Qingwen bromeando.

Baoyu, que se encontraba sentado con aspecto melancólico preguntándose si se recuperaría o no la madre de Xiren, había oído toda la conversación entre las dos doncellas y, levantándose, pasó a la habitación de al lado, bajó él mismo la cortina del espejo y echó el cierre.

—Ya lo he hecho yo —dijo entrando de nuevo—. Poneos cómodas las dos.

—No, gracias, no puedo quedarme aquí sentada cuando todavía no he traído su calentador de peltre para entibiarle las mantas —replicó Qingwen con una sonrisa.

—¡Pero qué considerada te has vuelto de pronto! —exclamó Sheyue—. Deberías saber que este joven señor nunca utiliza un calentador. En cuanto a nosotras, podríamos dormir aquí, sobre el calentador, mejor que sobre el frío ladrillo del kang. Hoy no vamos a necesitarlo.

Baoyu objetó con aire lastimero:

—Si las dos os quedáis aquí durmiendo, yo me sentiré solo en mi cuarto y tendré tanto miedo que no podré pegar ojo.

—Pues yo pienso dormir aquí —afirmó Qingwen—. Que duerma Sheyue en su cuarto.

Entretanto, la guardia ya había anunciado la segunda vigilia. Sheyue tardó muy poco en echar las cortinas, apartar la lámpara, poner incienso en el quemador y ayudar a Baoyu a meterse en la cama. Por fin, las dos doncellas pudieron echarse a dormir. Qingwen se tendió sobre el calentador de ropa, y Sheyue lo hizo al lado de la puerta de Baoyu.

Durante la tercera vigilia Baoyu llamó en sueños, dos veces consecutivas, a Xiren, Sus gritos no obtuvieron respuesta, y al despertarse sobresaltado y recordar su ausencia se echó a reír, Qingwen, que se despertó también, llamó a Sheyue:

—Duermes como los muertos —le dijo—. Me ha despertado a mí, que estoy lejos, y en cambio tú, que duermes a su lado y se supone que velas su sueño, no has oído absolutamente nada.

Con un bostezo, Sheyue se dio la vuelta.

—Llamaba a Xiren. ¿Qué tiene que ver eso conmigo?

Dicho lo cual preguntó a Baoyu:

—¿Qué quiere?

—Un poco de té —contestó él.

Entonces Sheyue se levantó apresuradamente, con el busto cubierto solamente por una pequeña chaqueta roja de seda acolchada.

—Ponte mi abrigo antes de pasar al otro cuarto —le dijo Baoyu—. No te vayas a resfriar.

La doncella se echó por encima la chaqueta de marta cibelina que él usaba como bata durante la noche, se lavó las manos en la palangana y le llevó a Baoyu una taza de agua tibia y un gran tazón para enjuagarse la boca. Luego cogió otro tazón de la estantería, lo entibió con un poco de agua caliente y lo llenó hasta la mitad con té de una tetera que había por allí. Se enjuagó la boca y bebió medio tazón.

—¡Hermanita, tráeme a mí también un poco! —le dijo Qingwen.

—¿No te parece excesivo? —replicó Sheyue.

—Pero, hermanita, si lo haces, mañana por la noche no tendrás que moverte para nada y seré yo quien baile en torno tuyo sirviéndote. ¿Qué te parece?

Sheyue le dio agua para que se enjuagara la boca y le sirvió medio tazón de té. Luego dijo a Baoyu:

—No se duerman. Pueden charlar mientras yo doy un paseo por el jardín.

—Cuidado con el fantasma que te está esperando —bromeó Qingwen.

—Esta noche hay luna llena —dijo Baoyu carraspeando—. Nosotros nos quedaremos charlando. Anda, márchate.

Dicho lo cual, Sheyue abrió la puerta trasera y, levantando la antepuerta de fieltro, descubrió que, en efecto, hacía una clara noche de luna llena. En cuanto hubo salido, Qingwen sintió la tentación de darle un susto para divertirse un poco. Como era más fuerte que las demás muchachas, y no sentía el frío, se escabulló sigilosamente vestida sólo con una delgada túnica y fue caminando de puntillas detrás de Sheyue.

—No salgas así —le advirtió Baoyu—. Te vas a resfriar.

Qingwen le hizo un gesto para que callara y acto seguido salió. La claridad de la luna se extendía por el suelo del patio como una alfombra de agua. Pero una vez afuera, una ráfaga de viento helado le caló tanto los huesos que se puso a tiritar.

«Con razón dicen que uno, cuando está caliente, no debe exponerse al viento frío —pensó—. ¡Corta como un cuchillo!»

Pero en ese preciso momento, antes de que pudiera asustar a Sheyue, Baoyu gritó desde dentro:

—¡Qingwen ha salido!

Con lo cual, la doncella regresó.

—¿Acaso pensó que la iba a matar de un susto? Parece que le haya picado un escorpión —dijo riéndose—. ¡Es usted como las viejas!

—No era eso lo que me preocupaba —explicó Baoyu—. Para empezar, no quise que te resfriaras; luego pensé que si la sorprendías y ella chillaba, vendría más gente que, en vez de comprender la broma, nos acusaría de hacer diabluras en cuanto Xiren no está. Anda, ven y tápame bien con las mantas.

Qingwen hizo lo que se le había dicho y, a continuación, metió las manos bajo el cobertor para calentarlas un poco.

—¡Tienes las manos heladas! —exclamó el muchacho—. Ya te dije que te enfriarías si salías a la calle con tan poca ropa.

Advirtió también que la muchacha tenía las mejillas rojas como el colorete, y al tocarlas las sintió también frías como el hielo.

—¡Rápido, métete bajo el cobertor! —le dijo.

En ese mismo instante se abrió la puerta y entró Sheyue sin aliento.

—¡Por Buda! ¡Qué susto! —exclamó entre risas—. Me pareció ver a alguien agazapado en la oscuridad, detrás de las rocas, y ya iba a gritar cuando me di cuenta de que sólo era el faisán grande, que se puso a aletear en dirección a la luz en cuanto me vio. Un grito mío hubiera despertado a los demás.

Y mientras se lavaba las manos comentó:

—¿Entonces Qingwen ha salido? ¿Y cómo no la vi? Seguro que quería asustarme.

—Aquí está —dijo Baoyu riendo—. Se está descongelando bajo mis mantas. Si no la hubiera llamado enseguida, te habría dado un susto tremendo.

Desde debajo de las mantas, Qingwen replicó:

—Para eso no me necesitaba a mí. La pobre se ha asustado sola.

Y volvió a su cama.

—No me digas que saliste a la calle con ese apretado traje, como un domador de caballos —exclamó Sheyue.

—Sí que lo hizo —confirmó Baoyu.

—¡Mereces la muerte! ¡Vaya día has elegido! ¡Pero si un solo minuto ahí afuera podría despellejarte!

Sheyue quitó la cubierta de cobre del brasero para echar con la pala un poco de ceniza sobre el carbón, y antes de volver a colocarla introdujo dos trozos de incienso. Luego fue tras el biombo, bajó la luz de la lámpara y se echó a dormir de nuevo.

Qingwen, que empezaba a sentir un agradable calor después del enfriamiento, estornudó un par de veces.

—¿Lo ves? —suspiró Baoyu—. Ya te has resfriado.

—Esta mañana se quejó de que no se sentía bien, y no ha comido nada en todo el día —le dijo Sheyue—. Pero en vez de cuidarse como debiera, intenta darme un susto. Lo tendrá bien merecido si mañana amanece enferma.

—Qingwen, ¿tienes fiebre? —preguntó Baoyu.

—No es nada. No soy tan frágil —contestó ella, y tosió.

En ese momento el reloj de la estantería del cuarto de afuera dio las dos. La vieja ama que estaba de guardia carraspeó en señal de advertencia.

—Que esas señoritas se vayan a dormir —dijo—. Ya tendrán mañana tiempo suficiente para charlar.

—Mejor será que dejemos de hablar antes de que empiecen a renegar —susurró Baoyu.

Y los tres se echaron a dormir.

Como era de esperar, a la mañana siguiente Qingwen despertó agotada, con la nariz atorada y la voz ronca.

—Ni una palabra sobre tu enfermedad —sugirió Baoyu—. Si Su Señoría se entera, querrá que vuelvas a la casa de tu madre a reponerte; y aunque puede que te agrade volver con tu gente, allí sin duda haría más frío. Mejor quédate echada en el cuarto de dentro. Haré que traigan por la puerta trasera a un médico que te reconocerá aquí con toda tranquilidad.

—Todo eso está muy bien —dijo Qingwen—, pero al menos hay que avisar a la señora Zhou. Si no, ¿cómo explicaría la presencia del médico?

Baoyu admitió que su objeción tenía sentido y llamó a una de las amas viejas.

—Dígale a la señora Zhou que Qingwen está un poco resfriada. Nada serio. Pero si se marcha a descansar a su casa no tendré a nadie que me haga compañía, ya que Xiren está ausente en este momento. Pídale que nos mande a un médico y le haga entrar discretamente por la puerta trasera. No hay necesidad de decirle nada a la señora.

El ama volvió un poco más tarde para anunciar:

—Ya se lo he dicho a la señora Zhou. Dice que si un par de dosis le curan el resfriado, tanto mejor; de otro modo habría que llevarla a su casa. En esta época el tiempo es traicionero. Que los demás se contagien no tiene importancia, pero la salud de las damitas del jardín es preciosa.

Qingwen oyó aquello mientras tosía en el cuarto de dentro.

—¡Habla como si tuviera la peste! —exclamó contrariada—. ¿A quién voy a contagiar? Muy bien, me marcho para que de aquí en adelante, y mientras vivan, ninguna de ustedes se queje ni de un simple dolor de cabeza.

Y empezó a incorporarse.

—No te enfades —suplicó Baoyu obligándola a echarse de nuevo—. Sólo está haciendo su trabajo. Teme que Su Señoría le riña si llega a enterarse de esto. No lo dice en serio. Pierdes los estribos con demasiada facilidad, y la enfermedad te pone todavía más irritable.

En ese momento fue anunciada la llegada del médico. Baoyu se ocultó corriendo detrás de un estante de libros mientras unas cuantas matronas de las de la puerta trasera hacían pasar al galeno. Las doncellas jóvenes se habían retirado dejando a tres o cuatro mujeres mayores para que descolgaran ante la alcoba las cortinas bordadas de color rojo. Qingwen sacó la mano entre las cortinas. Con un rápido gesto, el médico apartó los ojos de dos uñas que tenían sus buenas dos o tres pulgadas de largo, pintadas de carmesí. Una vieja ama cubrió inmediatamente la mano con un pañuelo. Después de tomar el pulso a la paciente, el doctor se levantó y entró en el otro cuarto.

—El mal de la joven dama procede de una congestión interna provocada por un enfriamiento externo —dijo a las amas—. Los soplos atmosféricos son últimamente muy nocivos, pero afortunadamente sólo nos encontramos ante una ligera fiebre tifoidea. Es una suerte que esta señorita tenga la costumbre de comer y beber con moderación y que, por otra parte, el enfriamiento no haya sido muy grave. Nos encontramos, en suma, ante una afección accidental y más bien benigna, imputable a ciertas deficiencias congénitas de los fluidos y de la sangre. Bastará con dos o tres dosis de medicina para que se cure.

Dicho lo cual, siguió a las amas hacia el exterior.

Como Li Wan había ordenado al personal de la puerta trasera y a las doncellas de los diversos aposentos que se mantuvieran fuera de la vista de todo el mundo, el médico sólo pudo recrear sus ojos en el jardín, y no vio a una sola muchacha en el camino de salida. Al llegar a la puerta trasera tomó asiento en la caseta utilizada por los pajes de servicio, y allí escribió su receta.

Las amas le pidieron que esperase un poco antes de marcharse.

—Nuestro joven señor es muy especial —le explicó una de ellas—. Tal vez quiera hacerle unas cuantas preguntas.

—¿Su joven señor? —exclamó el médico—. ¿Acaso no es a una joven dama a quien acabo de reconocer? Ciertamente aquélla era la alcoba de una dama. Y las cortinas fueron echadas, de modo que no puede tratarse de un joven caballero.

—Mire usted —le replicó el ama bajando la voz, con una leve risita—. Ahora entiendo por qué los muchachos me dijeron que habían llamado a un médico nuevo. Usted no conoce a esta familia. Ése era el cuarto de nuestro joven señor, y la paciente era una de sus doncellas; una muchacha, cierto, pero no una joven dama. No le hubiera resultado tan fácil llegar hasta la alcoba de una de nuestras señoritas.

Dicho lo cual cogió la receta y la llevó al jardín, donde Baoyu la examinó. Cuando vio que en ella figuraba Zisu, Jugeng, Fangfeng, Jingjie y otras plantas medicinales tan fuertes como el Zhishi y el Mahuang[31], exclamó:

—¡Maldito matasanos! Pretende aplicar a una delicada jovencita el mismo remedio que a las groseras criaturas que somos los hombres. ¿Cómo va a resistir ella una medicina tan fuerte? Sea lo que sea esa «congestión interna», ¿cómo podría soportar Qingwen el Zhishi y el Mahuang? ¿Quién nos ha endosado a ese tipo? Quitáoslo rápidamente de encima y traed a alguien de confianza.

—¿Cómo íbamos a saber lo que contenía su receta? —replicó el ama—. Podríamos llamar al doctor Wang, pero entonces tendremos que pagar el alquiler de la silla de este hombre, ya que no lo mandamos traer a través del mayordomo principal.

—¿Cuánto costará?

—No se vería bien darle poco —respondió ella—. En un caso así, una familia como la nuestra debe pagar por lo menos un tael de plata.

—¿Cuánto solemos pagarle al doctor Wang?

—El doctor Wang y el doctor Chang, que vienen a menudo, no cobran por consulta. Nuestra regla es entregarles una suma en las principales fiestas de cada año. Y como este hombre ha venido una sola vez, deberíamos entregarle un tael.

Entonces Baoyu ordenó a Sheyue que le trajera un poco de plata.

—No sé dónde la guarda la señora Xiren —repuso ella riendo.

—A menudo la he visto sacándola de ese pequeño mueble con incrustaciones —le dijo él—. Yo te ayudaré.

Fueron juntos al almacén y abrieron el mueble. El compartimento superior estaba lleno de pinceles y barras de tinta, abanicos, barras de incienso, bolsas, cintas multicolores y otras cosas por el estilo. En el compartimento de abajo había unas cuantas sartas de monedas, pero al abrir uno de los cajones descubrieron una cestita de mimbre con unos cuantos pequeños lingotes de plata y una balanza para pesarlos. Sheyue tomó la balanza y un lingote de plata.

—¿Cuál es la marca de un tael? —preguntó a Baoyu.

—¿A mí me lo preguntas? —respondió él riendo—. Deberías estar mejor informada sobre el manejo de una balanza.

Ella también sonrió y salió a consultárselo a otra persona.

—Coge uno de los trozos más grandes —le dijo Baoyu—. No somos tenderos, ¿a qué viene tanta exactitud?

Sheyue dejó la balanza y cogió otro lingote, cuyo peso intentó adivinar posándolo sobre la palma de la mano.

—Puede que esto sea un tael —comentó ella—. Más cuenta nos trae ser generosos, o tendremos que sufrir las risas de ese pobre diablo. Nunca se le ocurriría pensar que no sabemos utilizar una balanza; simplemente nos llamaría tacaños.

La mujer que estaba parada sobre las escaleras exteriores de la puerta intervino:

—Ésa es la mitad dé una barra de cinco taeles, y debe pesar por lo menos dos taeles. Ya que aquí no tienen con qué cortarla, será mejor que la guarde, señorita, y busque otro trozo más pequeño.

Pero Sheyue ya había cerrado el mueble.

—Ya es demasiada molestia —dijo riendo—. Si sobra, puedes guardarte la diferencia.

—Dile a Mingyan que traiga inmediatamente al doctor Wang —le dijo Baoyu.

La mujer cogió la plata y fue a hacer lo que le decían.

Algo más tarde, Mingyan llegó acompañado del doctor Wang, que primero examinó a la paciente y luego hizo un diagnóstico similar al otro. Pero en lugar de ingredientes tales como Mahuang y Zhishi, su receta exigía angélica, cáscara de naranja y peonía blanca; además, la dosis era menor.

—Ésta sí es una medicina para muchachas —comentó Baoyu—. Es cierto que pretendemos curar un resfriado, pero los métodos drásticos no son convenientes. El año pasado me enfrié y sufrí un ataque de bilis. Después de reconocerme, el doctor Wang dijo que ni siquiera yo podía tomar Mahuang, Zhishi, Shigao[32] y todas esas medicinas de tigre y lobo. Si me comparo con vosotras soy un álamo viejo que lleva muchos años en el cementerio; vosotras sois como ese capullo de begonia blanca que me regaló Jia Yun el otoño pasado. ¿Cómo podéis tomar medicinas que son demasiado fuertes incluso para mí?

—¿Los álamos son los únicos árboles que hay en los cementerios? —replicó Sheyue—. ¿Y qué pasa con los pinos y los cipreses? No soporto los álamos. Con lo grandes que son, tienen muy pocas hojas, y crujen ensordecedoramente incluso cuando no hace viento. ¡Qué comparación tan vulgar!

—No me atrevería a compararme con el pino o el ciprés —dijo él con una risita—. Hasta Confucio dijo: «Cuando llega el invierno comprendemos que el verde del pino y del ciprés es perenne». Y es que son tan espléndidos que sólo las personas desvergonzadas pretenden compararse con ellos.

Mientras charlaban, una criada trajo los remedios. Baoyu ordenó que le alcanzaran la olla medicinal de plata y que hicieran hervir la pócima sobre el brasero.

—¿Por qué no deja que lo hagan en la cocina? —preguntó Qingwen—. ¿O es que quiere que todo este lugar apeste a medicinas?

—El olor a medicina es más dulce que el de cualquier fruta o flor —afirmó Baoyu—. ¿Qué puede haber más apreciable que esas hierbas que inmortales, ermitaños y hombres eminentes han recogido para cocer y hacer medicinas? Hace unos momentos pensaba que nada nos faltaba aquí salvo la fragancia de las hierbas; pero ahora todo será perfecto.

Dicho lo cual, hizo hervir la medicina. También ordenó que Sheyue preparase un paquete para enviárselo a Xiren por medio de una vieja, y un mensaje pidiéndole que se cuidara y no llorara demasiado. Después de haberse encargado de todo aquello, partió a presentar sus respetos a su abuela y a su madre, y a comer.

En ese momento Xifeng estaba diciéndole a la Anciana Dama y a la dama Wang:

—Ahora que hace tanto frío y los días son más cortos, ¿no sería mejor que las muchachas comieran con mi cuñada mayor en el jardín? Pueden volver a comer aquí cuando el clima mejore.

—Buena idea —dijo la dama Wang—. Especialmente si hace viento fuerte o nieva. No conviene exponerse al frío después de comer, ni respirar aire frío con el estómago vacío. En esos cinco grandes cuartos de la parte trasera del jardín siempre hay doncellas de servicio que pueden atenderlas, y podemos mandar a dos personas de nuestra cocina para que les preparen algo. Así podrán comer su parte de verdura fresca y recibir dinero o cosas que necesiten de la oficina del mayordomo principal. Y cuando aquí tengamos carne de faisán o de corzo, u otra cosa por el estilo, podremos enviarles unos trozos.

—También a mí se me había ocurrido esa idea —dijo la Anciana Dama—, pero temí que montar una nueva cocina significara más trabajo.

—De ningún modo —le aseguró Xifeng—. Recibirán las mismas raciones que de costumbre, pero en un sitio en lugar de en otro. Y aunque eso ocasione molestias, servirá para impedir que las muchachas se expongan al aire frío. Tal vez otras lo soporten, pero no es el caso de Daiyu ni del primo Bao. En realidad ninguna de las muchachas es demasiado fuerte.

—En efecto —coincidió la Anciana Dama—. Lo hubiera propuesto yo misma, pero como vi a todo el mundo tan ocupado…

Si quieren saber lo que sucede después…

CAPÍTULO LII

La graciosa Pinger, por amistad, oculta el robo

de un brazalete de antenas de camarón[1].

La resuelta Qingwen zurce en la cama una capa

de plumas de pavo real.

En el capítulo anterior, la Anciana Dama decía:

—Lo hubiera propuesto yo misma, pero como vi a todo el mundo tan ocupado… Ya sé que no os atrevéis a quejaros por el trabajo, pero seguro que pensaríais que sólo me preocupo de mis nietos y no tengo ninguna consideración por los que manejan los asuntos de la casa. Me alegra que lo hayáis sugerido.

Todavía estaban allí las tías Xue y Li cuando la dama Xing y la señora You llegaron a presentar sus respetos.

—Hoy voy a decir algo que he estado callando por temor a que Xifeng hiciera alarde de sus capacidades o las demás os quejarais de mí —les dijo la Anciana Dama—. Todas vosotras habéis sido cuñadas, antes y después de vuestros matrimonios. Decidme entonces, ¿alguna vez habéis conocido a una cuñada tan considerada como ella?

Y señaló a Xifeng.

—¡Es única entre mil! —dijeron al unísono las tías Xue y Li, y la señorita You—. Otras jóvenes casadas se limitan a hacer lo que les exige la etiqueta, pero ella en cambio se preocupa sinceramente por los parientes más jóvenes de su esposo y siente por usted verdadera veneración, señora.

La Anciana Dama asintió con un gesto de cabeza.

—Sin embargo, con todo lo que la quiero, por su propio interés temo que sea demasiado inteligente.

—En eso se equivoca, anciana antepasada —repuso Xifeng riendo—. Se dice que los más inteligentes no viven mucho tiempo. Bien está que otra gente lo diga y lo crea, pero es usted la única persona que no podría hacerlo.

Y, dirigiéndose a las demás, explicó sus palabras:

—Nuestra Anciana Dama es por lo menos diez veces más inteligente que yo, y sin embargo ahí está, disfrutando de buena fortuna y larga vida, lo que me hace pensar que todavía puede crecer mi buena estrella. Quizás viva hasta los mil años y no muera hasta que nuestra anciana antepasada haya ascendido al Paraíso Occidental.

—Pero eso no sería muy divertido —respondió la Anciana Dama—. ¿Todos muertos y sólo dos viejas diablesas sobreviviendo?

Aquella réplica desató las carcajadas de las reunidas.

Baoyu, que sólo pensaba en la enfermedad de Qingwen, fue el primero en recogerse. En el patio Rojo y Alegre encontró sus aposentos impregnados de un intenso aroma de plantas medicinales, pero completamente vacíos. Sólo la enferma, tendida sobre el kang con el rostro encendido por la fiebre, se encontraba allí. Él le tocó ligeramente las mejillas con las yemas de los dedos, y como las encontró ardiendo corrió a calentarse las manos sobre el brasero para introducirlas después bajo las mantas y palpar su cuerpo, que ardía igualmente.

—No me extraña que las otras se hayan ido dejándote sola —dijo el muchacho—, pero ¿cómo es posible que Sheyue y Qiuwen hayan sido tan ingratas como para abandonarte?

A lo que respondió Qingwen:

—Fui yo quien obligó a Qiuwen a que fuera a comer, y sólo hace un momento que Pinger llamó a Sheyue para hablar en secreto de algo. Quién sabe lo que se traen entre manos; supongo que debe tratarse de mi permanencia aquí.

—Pinger no es así —le aseguró el muchacho—. Además, ella no sabía que estabas enferma. Seguramente ha venido a hablar con Sheyue de cualquier otro asunto, y al encontrarte en cama dijo que había venido a preguntar por tu salud. No es más que un gesto de cortesía. Si tu estancia aquí acarrea problemas, no procederán de ella; os lleváis tan bien que nunca correría el riesgo de malograr su amistad contigo por algo que no es de su incumbencia.

—Probablemente tenga razón —asintió Qingwen—. ¿Pero entonces por qué no hablan delante de mí?

—Haré una cosa, saldré sigilosamente por la puerta trasera y escucharé desde el otro lado de la ventana lo que están hablando. Luego vendré a contártelo.

Y, dicho y hecho, se marchó a fisgonear. Oyó a Sheyue preguntar en voz muy baja:

—¿Cómo lo has recuperado?

Y a Pinger contestar:

—Aquel día, después de lavarme las manos, me di cuenta de que lo había perdido. Mi señora me aconsejó qué no armara escándalo. Sin embargo, en cuanto salí del jardín ordenó a las amas de todos los aposentos de allí que lo buscaran cuidadosamente. Sospechábamos de la doncella de la señorita Xiuyan; pensamos que por ser pobre nunca había visto nada igual y que, impresionada, podía haberlo cogido. Nunca hubiéramos sospechado de una de las muchachas del señor Baoyu. Menos mal que la señora Lian no estaba presente cuando la señora Song me lo devolvió diciendo que había visto a la joven Zhuier cogiéndolo. Me precipité a recibirlo. Entonces no pude evitar pensar en la consideración que os tiene el señor Baoyu, y en lo orgulloso que está de vosotras; sin embargo, ha sido precisamente una de vosotras la que ha robado a una vecina. Hace ya dos años que Lianger cogió una pieza de jade y todavía las lenguas no han dejado de agitarse. Y ahora sale otra que roba una pieza de oro, ¡y además a una vecina! ¡Lástima que haya sido precisamente él, entre todos los señores, el desprestigiado por sus doncellas! Por eso, en cuanto pude, le pedí a la señora Song que no dijera nada a nadie de lo sucedido. Si esto llega a oídos de la Anciana Dama, de Baoyu o de la dama Wang, ¡no quiero pensar en su furia! Y además, todo esto os perjudicaría a vosotras. De modo que a la señora Lian le dije que se había soltado el broche del brazalete y se me había caído al suelo cuando iba camino de casa de la señora Zhou, y que la nieve amontonada me había impedido encontrarlo hasta hoy, cuando la nieve ya se ha derretido y el brazalete brillaba bajo el sol. Ella me creyó. Te cuento todo esto para que de ahora en adelante tomes precauciones y no envíes a Zhuier a cumplir ningún encargo. Discútelo con Xiren cuando regrese y buscad alguna excusa para despedir a esa chica.

—¡Pues no se puede decir que esa pequeña urraca no haya visto hasta ahora hermosas joyas! —exclamó Sheyue—. ¿Por qué razón tuvo que robarlo?

—Ese brazalete no tenía mucho oro, aunque la perla era de buen tamaño —comentó Pinger—. Me lo regaló la señora Lian. Ella lo llamaba «el brazalete de antenas de camarón». No se lo he dicho a Qingwen, porque tiene el genio de una brasa encendida. Es capaz de encolerizarse y empezar a golpear e insultar a la muchacha, y así la historia acabaría en boca de todo el mundo. Por eso te pido que te mantengas alerta.

Dicho lo cual se marchó.

Baoyu había oído todo aquello con sentimientos encontrados: por una parte la consideración de Pinger le llenaba de alegría; por otra, el hecho de que un robo tan indigno hubiera sido cometido por una muchacha como Zhuier, de tan viva inteligencia, lo ponía furioso. Corrió enseguida a contarle a Qingwen todo lo que había oído, y terminó diciendo:

—Ella dijo que tú eres muy exigente y no quería que te enterases antes de que te hubieras recuperado algo más, pues una noticia así puede agravar tu estado.

Qingwen, en efecto, había ido alzando las cejas a medida que escuchaba el relato de Baoyu, y los ojos se le redondearon de indignación. Quiso que Zhuier compareciera ante ella en ese mismo instante, pero Baoyu le advirtió:

—Si provocas una escena no conseguiremos más que desperdiciar toda la consideración que nos ha mostrado Pinger. Hagamos ahora lo que ella sugiere y más tarde encontraremos una excusa para despedir a Zhuier.

—A usted no le cuesta hablar —gritó Qingwen—, pero a mí la furia me impide soportarlo.

—De nada sirve perder los estribos. Concéntrate en recuperar la salud.

Entonces Qingwen, tranquilizándose un poco, tomó unas medicinas. Por la noche bebió una segunda infusión y sudó un poco, aunque no lo suficiente, de manera que amaneció con fiebre y dolor de cabeza; tenía la nariz atorada y la garganta irritada. El doctor Wang procedió a un nuevo examen de las pulsaciones y alteró su receta, quitando unos ingredientes y añadiendo otros; pero aunque la fiebre remitió un poco, no lo hizo el dolor de cabeza.

—Traedle un poco de rapé —le dijo Baoyu a Sheyue—. Unos cuantos estornudos harán que se le despeje la nariz.

Sheyue trajo una cajita de vidrio con estrellas de oro y dobles cierres dorados, y la entregó a su señor. Baoyu la abrió. En la cara interior de la tapa, hecha con esmalte occidental, se podía ver la imagen de una muchacha desnuda, alada, de cabellos rubios. La cajita contenía genuino rapé extranjero de la marca Wanqia; pero en lugar de tomarlo, Qingwen se entretuvo admirando la imagen.

—Aspira rápidamente un poco —le pidió Baoyu—. No conviene que el rapé esté mucho tiempo expuesto al aire.

E inmediatamente, tras hundir su uña en el polvo y coger un pellizco, Qingwen se la acercó a la nariz y aspiró dos o tres veces fuertemente. Como no sintió ningún efecto, probó con una cantidad mayor. Enseguida empezó a sentir cosquillas en la nariz y un escozor le subió hasta el cráneo. Tan violentamente estornudó, cinco o seis veces seguidas, que los ojos empezaron a llorar y la nariz a moquear profusamente.

—¡No puedo más! —dijo la muchacha cerrando la cajita—. ¡Papel, rápido!

Una de las doncellas más jóvenes tenía preparado un rollo de papel fino con el que ella se fue sonando la nariz una y otra vez.

—¿Qué tal? —preguntó Baoyu.

—Mejor, aunque me siguen doliendo las sienes.

—Eso también podemos arreglarlo con otra medicina occidental.

Y dijo a Sheyue:

—Corre y pídele a la segunda señora en nombre mío un poco de ese ungüento occidental para los dolores de cabeza. Se llama Yifuna.

Sheyue marchó a los aposentos de Xifeng, y al rato regresó con un poco de ungüento. Después buscó un retal de satén rojo del que recortó dos trozos circulares, cada uno del tamaño de la yema de un dedo. Calentó el ungüento, lo esparció sobre el satén con una horquilla, y Qingwen se colocó ella misma los parches sobre las sienes mirándose en un espejo de mano.

—Antes estaba ahí tirada como una diablesa desgreñada —dijo Sheyue para provocarla—, y ahora está incluso graciosa con esos parches. Estamos tan acostumbradas a vérselos a la segunda señora que ya ni nos fijamos.

Y volviéndose a Baoyu:

—La señora Lian dice que mañana es el cumpleaños de su tío Wang, y desea que vaya usted a presentar sus respetos. ¿Qué ropa se pondrá? Mejor será que la preparemos esta noche para evitarnos problemas mañana por la mañana.

—Me pondré lo que haya a mano. Nunca acaba uno con tanto aniversario a lo largo del año —se quejó Baoyu.

Y dicho esto se levantó para salir, pues quería ver a Xichun pintando. Sin embargo, apenas hubo salido de sus aposentos vio a Xiaoluo, la pequeña doncella de Baoqin, que pasaba por allí cerca. La alcanzó y le preguntó dónde iba.

—Nuestras dos jóvenes damas están con la señorita Daiyu —le respondió ella—. Yo también voy para allá.

Con eso, el muchacho cambió de planes y la acompañó hasta el refugio de Bambú donde encontró, charlando con Daiyu en torno al brasero, no sólo a Baochai y a Baoqin, sino también a Xiuyan. Zijuan cosía junto a la ventana en la tibia alcoba.

—¡Vaya! Viene más gente… —dijeron al verlo entrar—. Pero ya no hay sitio para ti al calor del fuego.

—¡Qué cuadro tan delicioso! —se rió Baoyu—. «Reunión de bellezas en un aposento invernal». Qué pena no haber llegado antes. Pero de todos modos ésta es la más cálida de todas nuestras habitaciones y no pasaré frío sentado en esta silla.

Y diciendo esto se aposentó en el lugar favorito de Daiyu, una silla cubierta con una piel de ardilla. Sus ojos se posaron sobre un florero rectangular de mármol que allí había, y en el que un narciso monopétalo lucía su belleza entre rocas.

—¡Qué flor tan adorable! —exclamó—. Cuanto más caliente está el cuarto, más aguda se hace la fragancia de ese narciso. ¿Cómo no lo vi ayer?

Daiyu le contestó:

—La esposa de Lai Da, tu mayordomo principal, le envió a Baoqin dos macetas de ciruelo invernal y otras dos de narcisos. Baoqin me dio a mí uno de los floreros de narcisos y a Tanchun otro de ciruelo. Lo acepté únicamente para demostrar el aprecio que sentía por su amabilidad. Llévatelo, si te gusta.

—En realidad tengo dos narcisos en mi cuarto, pero no son tan hermosos como éste —replicó él—. ¿Cómo puedes deshacerte de un regalo que te ha hecho la prima Baoqin?

—Tengo pócimas puestas a hervir todo el día; la verdad es qué vivo prácticamente de medicinas. ¿Cómo voy a soportar además el olor de las flores? Es demasiado enervante, y además su fragancia se estropea con el olor a plantas medicinales que hay aquí. Lo mejor será que te lleves ese narciso a tu cuarto, donde la pureza de su perfume no pueda mezclarse con otros olores.

—¿Quién te ha dicho que en mi cuarto también hay medicinas cociendo para una enferma? —preguntó él.

—¡Extraña pregunta! —exclamó Daiyu—. No había en mis palabras ninguna malicia. ¿Cómo voy yo a saber lo que ocurre en tus aposentos? Deberías haber venido antes para oír las historias de antaño que hemos contado, en vez de llegar ahora con tus raras suspicacias a montar un escándalo.

—Ya tenemos un tema para la próxima reunión de nuestra academia —declaró Baoyu—. Podríamos escribir sobre el narciso y el ciruelo invernal.

Pero Daiyu repuso:

—No, de ninguna manera. Ya no me atrevo a componer poemas, pues no cosecho más que castigos y eso es demasiado humillante.

Y diciendo esto, se cubrió afectadamente el rostro con las manos.

—¿Tanto vale la pena burlarse de mí? —replicó Baoyu—. Yo no siento ninguna vergüenza, ¿por qué ocultas tú el rostro?

—La próxima vez que convoque yo una reunión —intervino Baochai— os daré cuatro temas para que compongáis shi, y otros tantos para ci[2]. Cada uno de vosotros tendrá que componer cuatro shi y cuatro ci. El primero debe ser un lushi de cinco caracteres que tratará sobre el Diagrama del Máximo Supremo[3]. Tendréis que utilizar todas las rimas del grupo Xian; no debe faltar ni una.

—Según eso, lo que no quieres es invitarnos de verdad, prima —se rió Baoqin—. De lo contrario no pondrías las cosas tan difíciles. Claro que, de intentarlo, podría ser resuelto el problema utilizando como versos los del Libro de las Mutaciones[4]. Pero, a fin de cuentas, ¿qué interés podría tener? ¿Sabéis? Cuando cumplí ocho años mi padre me llevó a las costas del mar occidental a comprar objetos de ultramar; allí vimos a una muchacha de la tierra de Zhenzhen[5] que acababa de cumplir quince años. Su rostro se parecía al de esas bellezas de las pinturas occidentales. Tenía trenzado el largo cabello y lucía en él piedras preciosas: coral, ámbar, ojos de gato y verdes-abuela[6]. Colgaba de su cuello una cadenita de oro y vestía una chaqueta de brocado extranjero. Llevaba una espada japonesa con incrustaciones de oro y gemas preciosas. Era más adorable que las bellezas de los cuadros. Se decía que era versada en los clásicos, y que podía glosar los Cinco Libros Canónicos y componer poemas. El caso es que mi padre pidió, a través de un intérprete, leer uno de sus poemas, manuscrito.

Todos quedaron maravillados con aquella historia.

—¡Déjame ver ese poema, prima! —suplicó Baoyu inmediatamente.

—Lo dejé en Nanjing —repuso Baoqin—. ¿Cómo quieres que vaya a buscarlo?

Al oír aquello, la decepción hizo suspirar a Baoyu, que dijo:

—Lástima que nos esté vedada la fortuna de leerlo.

—No intentes engañarnos —se rió Daiyu tirándole de la manga a Baoqin—. Sé que nunca dejarías semejante texto en casa. Lo llevarías contigo allá donde fueras, y ahora mientes diciendo que no lo has traído. Tal vez ellos crean tus historias, pero yo no.

Baoqin sonrió turbada y, silenciosamente, agachó la cabeza.

—Sólo tú podías descubrir la verdad —intervino Baochai dirigiéndose a Daiyu—. No se te puede engañar.

—Si lo has traído, concédenos el placer de verlo —insistió Daiyu.

—Hay montañas de cajas y canastas que aún no han sido abiertas —explicó Baochai—. ¿Quién sabe en cuál está? Esperemos a que todo esté adecuadamente desempaquetado, y entonces nos lo enseñará.

Y volviéndose a Baoqin:

—¿No lo sabes de memoria? ¿Por qué no lo recitas?

—Recuerdo un pentasílabo regular que aquella muchacha escribió —contestó Baoqin—. No estaba nada mal para haber sido compuesto por una extranjera.

—Espera un momento —interrumpió Baochai—. Aprovechemos para que lo oiga también Xiangyun.

Y llamando a Xiaoluo le dijo:

—Ve a nuestros aposentos y dile a nuestra enloquecida poetisa que tenemos con nosotros a una belleza extranjera que escribe magníficos poemas. Y dile también que traiga con ella a la otra maníaca de la poesía.

Xiaoluo, sonriente, partió a cumplir el encargo. Un momento después oyeron la voz de Xiangyun preguntando alegremente:

—¿Dónde está esa belleza extranjera?

Y entró con Xiangling.

Para fastidiarla, le dijeron:

—«Antes de verla llegar, ya se oye su voz».

Inmediatamente, Baoqin y las demás les ofrecieron sillas repitiéndoles lo que allí se había dicho.

—Entonces oigamos el poema, ¡rápido! —urgió ella.

Baoqin recitó:

Anoche visité en mi sueño un Rojo Pabellón.

Hoy elevo mi canción sobre un país rodeado por el agua.

El mar se convirtió en nube, manto cubriendo la isla,

y la bruma en la colina se confunde con el bosque.

La luna antigua es la misma luna que relumbra ahora,

mas son otros sentimientos los que dicta a quien la mira[7].

En el sur del río Han[8], la primavera en mis ojos.

¿Cómo puedes, corazón, permanecer insensible a tantos recuerdos[9]?

—¡No está nada mal! —fue el juicio general—. Está mucho mejor de lo que algunos chinos somos capaces de hacer.

Mientras hablaban entró Sheyue a anunciar:

—La señora manda decir al señor Bao que visite a su tío a primera hora de la mañana. Quiere que le desee larga vida en su nombre y le explique que ella no se siente bien como para acudir en persona.

Baoyu, que se había incorporado para recibir las instrucciones de su madre, preguntó a Baochai y a Baoqin si ellas también irían.

—No —respondió Baochai—, ayer mismo enviamos nuestros regalos.

Charlaron un momento más y después se separaron.

Baoyu había dicho a sus primas que echaran a andar, que él las seguiría, pero entonces Daiyu preguntó:

—¿Cuándo volverá Xiren?

—No antes de los funerales —contestó él.

Daiyu estuvo a punto de decir algo, pero de un golpe se sumió en sus pensamientos y sólo acertó a añadir:

—Bueno, vete entonces.

También Baoyu tenía mucho que decir, pero no sabía expresarlo con palabras. Después de una pensativa pausa añadió:

—Mañana podremos hablar otra vez.

Y bajó las escaleras con el mentón hundido en el pecho. De pronto, se volvió para preguntar:

—¿Toses mucho ahora que las noches son más largas? ¿Te desvelas muy a menudo?

—Anoche dormí bien —contestó ella—; no tuve más que dos ataques de tos. De todas formas, sólo conseguí dormir hasta la cuarta vigilia; entonces me desvelé y ya no pude volver a conciliar el sueño.

Baoyu se le acercó más y le dijo al oído:

—Acabo de recordar algo importante. Creo que ese nido de salangana que te ha mandado Baochai…

La llegada de la concubina Zhao, que venía a interesarse por la salud de Daiyu, interrumpió bruscamente sus palabras.

Daiyu sabía que se trataba de una mera visita de cortesía; la concubina venía de paso desde los aposentos de Tanchun. La invitó a sentarse y comentó:

—Es muy considerado por su parte venir a verme con tanto frío.

Mandó traer té mientras miraba a Baoyu, quien entendiendo la insinuación se incorporó para ir a cenar con su madre. Ésta le recordó que debía levantarse muy temprano al día siguiente. Al volver al patio Rojo y Alegre se encargó de que Qingwen tomara su medicina y durmiera en la tibia alcoba mientras él permanecía afuera. Pusieron el brasero en el dormitorio y Sheyue durmió sobre el calentador de ropa. Todos pasaron una noche tranquila.

A la mañana siguiente, antes de amanecer, Qingwen despertó a Sheyue.

—¡Levántate! —le dijo—. ¡Nunca duermes bastante! Ve a encargar que hagan un poco de té mientras yo lo despierto. Sheyue se vistió a toda prisa.

—Despertémoslo primero y ayudémosle a vestirse. Hay que apartar ese calentador de ropa antes de llamar a las demás —propuso ella—. Las amas dijeron que no debía dormir en este cuarto, por temor al contagio. Si nos ven a todos apiñados aquí se pondrán a rezongar de nuevo.

Qingwen coincidió:

—Es justamente lo que yo estaba pensando.

Y ya se aprestaban a despertar a Baoyu cuando éste, sin necesidad de ser llamado, abrió los ojos. Incorporándose, se vistió sin demora mientras Sheyue llamaba a unas cuantas doncellas jóvenes para que ordenaran el cuarto, y sólo cuando estuvo dispuesto llamaron a Qiuwen y Tanyun para que atendieran a Baoyu. Ya estaba el muchacho terminando su aseo, y Sheyue dijo:

—El tiempo ha vuelto a empeorar. Está nublado. Póngase algo de lana para salir.

Baoyu asintió con un gesto de la cabeza y se cambió de ropa, luego dio unos sorbos al caldo de semilla de loto y dátiles que una joven doncella le acercó en una bandeja, y tomó del plato que le acercó Sheyue un trozo de jengibre confitado. Por último suplicó a Qingwen que se cuidara, y partió a los aposentos de la Anciana Dama.

Su abuela seguía acostada, pero al oír que Baoyu llegaba le hizo pasar al dormitorio; Baoyu vio detrás de ella a Baoqin dormida, con el rostro vuelto hacia la pared.

La Anciana Dama observó que, sobre su chaqueta de arquero de terciopelo marrón forrada de piel de zorro, el muchacho llevaba una túnica de fieltro escarlata bordada con hilos de oro. De la bata de satén azul pizarra colgaban unas borlas.

—¿Está nevando? —preguntó.

—Todavía no, pero parece que nevará —respondió él.

—Traedle esa capa de plumas de pavo real que sacamos ayer —ordenó la anciana a Yuanyang.

La doncella trajo inmediatamente una capa verde y azul que relumbraba de reflejos dorados y competía, en otro estilo, con la de plumas de pato silvestre que tenía Baoqin.

—Se llama «fieltro de pavo real dorado» —dijo la Anciana Dama con una sonrisa—. Fue confeccionado en Rusia. El otro día le regalé a tu prima una de plumas de pato silvestre, así que ésta es para ti.

Baoyu agradeció el obsequio con un koutou y se echó la capa sobre los hombros.

—Enséñasela a tu madre antes de salir —le dijo su abuela con una sonrisa.

Asintiendo, el muchacho emprendió la salida. Entonces vio a Yuanyang en el corredor techado frotándose los ojos. Desde el día en que la doncella jurara no casarse, él se había sentido inquieto, puesto que no le hacía ningún caso. Ahora, al verlo, quiso escabullirse, pero el muchacho se adelantó para saludarla.

—Mira, querida hermana —le dijo mostrándole la capa—. ¿Qué tal me queda?

Pero ella se alejó bruscamente hacia el cuarto de la Anciana Dama. Baoyu, entonces, tuvo que ir resignadamente a enseñarle la capa a su madre, hecho lo cual regresó al jardín, donde la exhibió ante Qingwen y Sheyue. Desde allí se dirigió nuevamente a los aposentos de la Anciana Dama.

—Mi madre la ha visto y opina que es una lástima que me la ponga —le dijo—. Me pidió que tuviera especial cuidado para no estropearla.

—Es la única que me queda —respondió la abuela—. Si la estropeas no tendrás otra. Es imposible reemplazarla.

Y le pidió que no bebiera demasiado y regresara temprano. Baoyu no tuvo inconveniente en prometerle ambas cosas.

Unas cuantas amas viejas lo siguieron hasta el salón principal, donde unos mayordomos —el hijo del ama Li, Li Gui; Wang Rong, Zhang Rojin, Zhao Yihua, Qian Qi y Zhou Rui— lo estaban esperando. Con ellos estaban sus cuatro pajes: Mingyan, Banhe, Chuyao y Saohong. Los dos primeros sostenían entre sus manos una muda de ropa y un cojín, y los otros dos sujetaban por las riendas un caballo blanco espléndidamente enjaezado, con una silla de montar repujada. Cuando los mayordomos hubieron recibido todas las instrucciones de boca de las amas, ayudaron a Baoyu, actuando como lacayos, a encaramarse lentamente sobre la montura. Entonces se dispusieron a partir: Li Gui y Wang Rong tirarían de las bridas, Qian Qi y Zhou Rui irían delante, mientras Zhang Rojin y Zhao Yihua se mantendrían un poco más alejados escoltando a Baoyu, uno a cada costado del caballo.

—Hermanos, salgamos por la puerta lateral —dijo Baoyu a Zhou Rui y Qian Qi—. Así no tendré que desmontar al pasar por delante del estudio de mi padre.

—No es necesario —replicó Zhou Rui volviendo la cabeza con una sonrisa—. Su Señoría ha salido y su estudio está cerrado con llave.

—Pero incluso así tendría que desmontar —insistió él.

—Tiene razón, señor —se rieron Qian Qi y Li Gui—. Si usted no desmontara por pereza y en ese momento apareciera el señor Lai o el señor Lin no se privarían de darle algunos buenos consejos y castigarnos de paso a nosotros por no haber respetado las conveniencias.

De modo que Zhou Rui y Qian Qi condujeron el caballo hacia la puerta lateral donde, como era de esperar, se toparon con Lai Da. Inmediatamente Baoyu hizo ademán de desmontar, pero el mayordomo principal corrió hacia él para impedírselo sujetándole la rodilla. Baoyu se quedó de pie sobre los estribos y, dándole la mano, lo saludó. Luego apareció un paje encabezando un grupo compuesto por un par de docenas de hombres con escobas y recogedores, quienes, al ver al joven señor, se alinearon respetuosamente contra la pared con los brazos pegados al cuerpo y la cabeza agachada, mientras el paje hincaba una rodilla en tierra presentando sus respetos. Como no conocía su nombre, Baoyu se limitó a sonreír e inclinar la cabeza. Aquellos hombres no se movieron hasta que él hubo pasado.

Baoyu y su pequeña comitiva cruzaron la puerta lateral, donde unos mozos de cuadra y aquellos que dependían de los seis mayordomos tenían lista una docena de caballos. Una vez al otro lado del portón, Li Gui y los demás montaron sobre aquellos corceles, y todo el grupo, con Baoyu en el centro, se alejó al galope.

Pero volvamos a Qingwen, que, preocupada por la ineptitud del médico, había empezado a injuriarlo.

—¡Un estafador y un charlatán; eso es lo que es! Sus remedios no sirven para nada.

—Debes tener paciencia —le pidió Sheyue—. ¿Acaso no conoces ese proverbio que dice «La enfermedad llega con la rapidez de un muro que se desploma, pero se retira con la lentitud con que se desmadeja un capullo»? No es ningún Lao Jun[10] con un elixir mágico capaz de curarte de la noche a la mañana. Descansa tranquila unos cuantos días y mejorarás. Cuanto más impaciente seas, peor té irá.

Entonces Qingwen descargó su malhumor sobre las muchachas más jóvenes.

—¿Debajo de qué montón de tierra os habéis escondido? ¡Os aprovecháis de que estoy enferma para desaparecer, perras! Cuando mejore os daré vuestro merecido, una por una.

Aquello asustó tanto a Zhuaner, una de las doncellas, que entró corriendo a preguntar:

—¿Necesita algo, señorita?

—¿Es que las demás han muerto? —exclamó Qingwen—. ¿Eres la única que queda?

Al oír aquello entró también Zhuier.

—¡La muy puta! —refunfuñó Qingwen al verla—. Sólo viene cuando la llaman, pero los días de pago, o cuando hay dulces, siempre aparece la primera… ¡Ven aquí! ¿Acaso soy un tigre? ¿Temes que te coma?

Zhuier no tuvo más remedio que acercarse. Entonces, bruscamente, Qingwen se abalanzó sobre ella, la atrapó por una mano y le clavó un alfiler que tenía escondido debajo de la almohada.

—¿Para qué sirve esta garra? —maldecía aferrándole la mano—. Ni siquiera puede sujetar una aguja o un hilo; sólo sirve para robar. Tú, la de los ojos ávidos y las palmas escocidas, eres la ruina de nuestras vidas y el descrédito de todas nosotras. ¡Te voy a partir en pedazos!

Zhuier aullaba de dolor y sollozaba de tal forma que Sheyue se lanzó a sujetar las manos de la enferma hasta conseguir que se tendiera de nuevo.

—Apenas has sudado. Este esfuerzo te va a matar —le dijo en tono de reprimenda—. Cuando sanes podrás pegarle cuanto quieras, pero ¿a qué viene ahora este escándalo?

Qingwen hizo que trajeran al ama Song, y cuando ésta llegó le dijo:

—El señor Bao me ha pedido que le diga que esta Zhuier es demasiado perezosa. Cada vez que se le encarga un recado se niega a dar un paso; y cuando Xiren le pide que haga algo, la maldice a sus espaldas. Despídala hoy mismo, y mañana el señor Bao informará personalmente a la señora.

El ama Song supo inmediatamente que la razón de todo aquel ajetreo era el brazalete hurtado.

—Muy bien dicho, señorita —dijo con una sonrisa—, pero aun así, mejor será que antes de despedirla esperemos el regreso de la señorita Hua.

—El señor Bao insistió mucho en lo que le estoy diciendo —recalcó Qingwen—. No hay «flor» ni «hierba» que valga[11]. Tenemos nuestras razones. Limítese a cumplir mis instrucciones; dígale a su familia que venga a llevársela.

—Sí, es lo mejor —intervino Sheyue—. Tarde o temprano tendrá que irse. Cuanto antes parta, antes tendremos tranquilidad.

Así que el ama Song tuvo que buscar a la madre de Zhuier. Cuando todas sus cosas estuvieron empaquetadas, la madre de la doncella entró a ver a Qingwen y Sheyue.

—¿Qué me dicen? —protestó—. Si mi hija se porta mal, ¿por qué no enderezan su comportamiento con sus consejos en vez de despedirla? Deberían mirar más por nuestra dignidad.

—Guárdate tus recriminaciones para el señor Baoyu —la atajó Qingwen—. Nada tienen que ver con nosotras.

—¿Y cómo iba yo a tener la audacia de dirigirme a él? —resopló la mujer—. El señor no hace más que lo que ustedes, las jóvenes de la casa, le dicen. ¿No es cierto? Aunque él estuviera dispuesto a conservar a mi hija, ustedes no se lo permitirían. ¡Si ahora mismo, a sus espaldas, acaban de llamarlo por su nombre! Ésa es seguramente una libertad que ustedes pueden permitirse, pero si alguna de nosotras lo hiciera lo pasaríamos mal…

—¿De manera que lo llamé por su nombre? —Qingwen enrojeció de furia—. Pues muy bien, corre a denunciarme ante la Anciana Dama. Dile que me he vuelto loca y que me eche a mí también de esta casa.

—Toma a tu hija y márchate, cuñada —intervino Sheyue—. Quizás en cualquier otro momento puedas dar tu opinión, pero éste no es lugar para protestas y críticas. ¿Alguna vez has visto a alguien hacer lo que tú estás haciendo? Incluso las señoras Lai y Lin están obligadas a tratamos con cierto respeto, ¡cuanto más tú! En cuanto a usar o no su nombre, se sabe que es algo que venimos haciendo por orden de la Anciana Dama desde que el señor Bao era un niño. ¿Acaso su nombre no fue escrito y colocado por todas partes para que todos lo usaran, por temor a que de otro modo muriera joven? ¡Pero si hasta los aguadores, los basureros y los mendigos lo usan…! ¡Cómo no lo íbamos a hacer nosotras! Sólo el otro día, por primera vez, la Anciana Dama riñó a la señora Lin por llamarlo «joven señor». Además, como todo el día estamos entrando y saliendo para informar de todo a la Anciana Dama, es obvio que no podemos referirnos a él como «señor». Usamos su nombre doscientas veces al día. Resulta extraño que nos critiques por eso. Algún día, cuando tengas tiempo, podrás oírnos utilizar su nombre delante de la Anciana Dama y de la dama Wang; puede que entonces lo comprendas. Por supuesto, no nos sorprende que ignores las reglas de los aposentos interiores, puesto que no tienes asuntos importantes que tratar con las damas de la casa y te pasas los días más allá del portón de entrada. Éste no es lugar para que andes tú merodeando. Si lo haces vendrá la gente a preguntarte el motivo, aunque nosotras no digamos nada. Anda, llévate a tu hija. Si no estás satisfecha quéjate a la señora Lin y pídele que hable del asunto con el señor Bao. En esta casa hay cerca de mil personas. Si tú vienes un día y los demás otros, ¿cómo sabremos quién es quién? No podemos tener a todo el mundo corriendo de aquí para allá…

Dicho lo cual, ordenó a una de las doncellas más jóvenes que fregara el suelo con un trapo.

La madre de Zhuier no tuvo más remedio que permanecer callada y, tragándose la rabia, como no se atrevía a quedarse allí más tiempo, salió con su hija.

El ama Song le recriminó su falta de modales.

—Después de tanto tiempo trabajando aquí, tu hija debería hacer un koutou antes de salir. Ya sé que no tenéis regalos y, aunque los tuvierais, ellas no los aceptarían, pero lo menos que la pequeña puede hacer es una genuflexión en señal de agradecimiento por los favores que ha recibido en esta casa. ¿Cómo os podéis ir de esta manera?

Ante estas palabras, Zhuier fue obligada a regresar y hacer un koutou ante Qingwen y Sheyue, y luego ante Qiuwen y las demás. Ninguna le hizo el menor caso. Su madre, demasiado molesta y amilanada para decir una palabra más, salió llena de indignación.

Qingwen se había enfriado de nuevo, lo que, unido a la furia que sentía, agravó su estado. Dio varias vueltas de inquietud en la cama y no se tranquilizó hasta la hora de encender las lámparas. Entonces llegó Baoyu, suspirando y dando zapatazos. Sheyue le preguntó qué le sucedía.

—Hoy encontré a mi abuela de buen humor y me dio esta capa —dijo—, pero en un descuido la he quemado por detrás. Menos mal que la falta de luz impidió que mi abuela y mi madre se percataran.

Y quitándose la capa permitió que Sheyue comprobara, en efecto, el agujero del tamaño de la yema de un dedo que le había hecho a la prenda.

—Seguramente fue una chispa de la estufa de mano —comentó—. No es nada. La llevaremos en secreto a uno de nuestros talleres para que un tejedor hábil la remiende.

Y envolviendo la capa la entregó a una vieja sirvienta para que la llevara.

—Asegúrese de que está lista para mañana por la mañana —le ordenó—. Y que no llegue a oídos de la Anciana Dama o la señora.

La mujer asintió y salió a cumplir el encargo. Pero regresó poco después con la capa intacta.

—Lo intenté no sólo con los tejedores y los mejores sastres, sino también con bordadoras y costureras —dijo—, pero como es la primera vez que ven algo parecido nadie se atreve a aceptar el trabajo.

—¿Qué vamos a hacer? —se preguntó Sheyue mirando a Baoyu—. Imagino que no tiene que usarla mañana.

—Mañana es la ceremonia de aniversario —objetó Baoyu—. La Anciana Dama y mi madre me pidieron que me la pusiera expresamente para esa ocasión. ¡Y yo la quemo el día antes! ¡Qué desgracia!

Qingwen, que había seguido la conversación, no pudo seguir callada por más tiempo y se incorporó en la cama.

—Dejadme verla —pidió—. Quizás el cielo no quiera que lleve esta capa, ¿por qué se atormenta entonces de esta manera?

—Sí, sin duda tienes razón —dijo el muchacho tranquilizándose.

Y entregó la capa a Qingwen, que la acercó a la lámpara.

—Está hecha con plumas de pavo real y hebra de oro —dijo después de observarla detenidamente—. Quedará bien si la zurcimos con el mismo material.

—Tenemos de las dos cosas —dijo Sheyue—, pero tú eres la única capaz de hacer ese tipo de zurcido.

—En ese caso no me queda más remedio que esmerarme.

—¿Cómo lo haremos? —preguntó Baoyu resistiéndose—. No debes ponerte a trabajar justo cuando estás mejorando un poco.

—No agrave aún más el problema —replicó ella—. Yo sé lo que hago.

Dicho lo cual se sentó en la cama, se recogió el pelo en un moño y se echó algo de ropa por encima. Enseguida empezó a sentirse mareada y empezaron a bailarle estrellas por los ojos. Temió desplomarse, pero por no preocupar a Baoyu con un desfallecimiento apretó los dientes y optó por resistir. Después de pedirle a Sheyue que la ayudara a elegir una hebra la comparó con la de la capa.

Qingwen zurce una capa de plumas de pavo real.

Gai Qi (edición de 1879).

—No es exactamente la misma —comentó—, pero en cuanto esté zurcida no se notará la diferencia.

—¡Espléndido! —exclamó Baoyu—. ¿Dónde íbamos a encontrar un sastre ruso?

Lo primero que hizo Qingwen fue deshilvanar el forro y fijar el revés de la capa sobre un bastidor de bambú del tamaño de una taza de té. A continuación raspó con una navaja los bordes del agujero, cosió encima dos hilos de oro cruzados, rellenó los espacios con un punto de cruz y finalmente bordó para reproducir el diseño original. Cada dos puntadas se detenía para revisar su labor, y cada cuatro o cinco el mareo, el ahogo y el desmayo la obligaban a reclinarse sobre su almohada para reposar un poco. Baoyu merodeaba solícito a su alrededor, le ofrecía agua caliente, le pedía que descansara, le colocaba una capa de ardilla sobre los hombros y mandaba traer una almohada para que apoyara su espalda; y todo ello hasta el punto de poner nerviosa a la muchacha, que le suplicó:

—¡Váyase a dormir, pequeño antepasado! Si vuelve a quedarse en vela la mitad de la noche, mañana tendrá los ojos hundidos y eso no sería conveniente.

Para tranquilizarla, Baoyu se tumbó, pero no pudo dormir. Cuando ella terminó su trabajo y ya estaba encrespando el vellón con el cepillo de dientes, un reloj dio las cuatro de la madrugada.

—¡Magnífico! —exclamó Sheyue contemplando la labor de Qingwen—. Ni acercándose puede uno notar la diferencia.

Baoyu pidió ver el trabajo.

—¡Realmente parece nuevo!

Entre toses de agotamiento, Qingwen dijo:

—Me temo que el zurcido todavía se nota. Pero no puedo hacer más.

Y cayó de espaldas con un gruñido de cansancio.

Si quieren saber más, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LIII

Sacrificio ancestral de vísperas

de Año Nuevo en la mansión Ningguo.

Banquete nocturno durante la fiesta de los Faroles

en la mansión Rongguo.

Al darse cuenta de que la enferma había consumido sus últimas fuerzas zurciendo la capa de plumas de pavo real, Baoyu llamó urgentemente a unas jóvenes doncellas para que le dieran un masaje en la espalda, después de lo cual Qingwen pudo descansar un poco. Pero apenas había transcurrido el tiempo que se tarda en tomar una cena cuando llegó el nuevo día. Entonces Baoyu ordenó que avisaran inmediatamente al doctor Wang, quien, en efecto, no tardó en hacer acto de presencia. Después de tomar el pulso a la paciente, el médico preguntó sorprendido:

—Si ayer se estaba reponiendo, ¿por qué hoy su pulso es débil y desigual? ¿Ha comido demasiado? ¿Se ha fatigado en exceso? La congestión debida a la intervención de agentes externos se ha atenuado, pero la enferma no ha descansado adecuadamente tras la sudación. Las consecuencias pueden ser muy graves.

Dicho lo cual se retiró para confeccionar una receta. Cuando la trajo, Baoyu observó que contenía menos componentes destinados a contrarrestar la congestión, pero más tónicos para el espíritu vital y los flujos sanguíneos: Fuling, Dihuang y Danggui[1].

Baoyu ordenó que el remedio fuera puesto a cocer de inmediato.

—¿Qué vamos a hacer? —suspiraba—. Sería culpa mía si algo le ocurriera.

—Métase en sus asuntos, señor mío —dijo Qingwen en tono irónico desde su lecho—. Aún falta mucho para que sufra tuberculosis.

Baoyu se vio obligado a dejarla y marchar a casa de su tío, pero con el pretexto de que no se sentía bien regresó apresuradamente al caer la tarde. La enfermedad de Qingwen era grave, pero por fortuna la muchacha, a pesar de trabajar mucho, nunca se dejaba vencer por las preocupaciones, y en vez de comer demasiado mantenía siempre una dicta simple. El remedio secreto de la familia Jia para la congestión o la tos, tanto entre los de arriba como entre los de abajo, consistía primero en ayunar, y sólo después se recurría a las medicinas. Por ello, apenas cayó enferma, Qingwen se abstuvo de comer durante un par de días; y como además emprendió cuidadosamente el tratamiento prescrito por el doctor Wang, poco a poco recuperó la salud. A ello ayudó el que en los últimos días las muchachas del jardín tuvieran permiso para comer cada una en sus aposentos los platos que fueran más de su agrado; en esas condiciones Baoyu pudo pedir una variedad de sopas y platos acorde con la salud de Qingwen. No es necesario dar más detalles sobre el particular.

Cuando Xiren regresó a la mansión después de haber conducido a la tumba los despojos mortales de su madre, Sheyue le contó detalladamente el asunto del robo del brazalete, la visita de Pinger, el papel desempeñado por el ama Song, el motivo por el cual Qingwen había despedido a Zhuier… y añadió que Baoyu había sido informado de todo ello.

Xiren no tuvo nada que decir, pero comentó: «Habéis actuado con demasiada precipitación».

Ocurrió por esos días que, como consecuencia del mal tiempo, Li Wan también se acatarró; Yingchun y Xiuyan no tenían un momento libre, dedicadas como estaban al cuidado de la dama Xing, que sufría una inflamación de los ojos; la tía Li y sus dos hijas habían sido invitadas a pasar unos días en casa de su hermano menor; y Baoyu, finalmente, andaba muy preocupado por la honda tristeza que embargaba a Xiren desde la muerte de su madre, así como por la lenta recuperación de Qingwen. El caso es que nadie estaba de humor para organizar veladas poéticas, por lo que se pospusieron las sucesivas fechas señaladas para una nueva reunión.

Llegó el duodécimo mes. El Año Nuevo se acercaba vertiginosamente. La dama Wang y Xifeng estaban cada vez más ocupadas con los preparativos. Por aquel tiempo Wang Ziteng fue promovido a la Inspección General de Nueve Provincias, y Jia Yucun al Ministerio de la Guerra como asesor en temas de estrategia militar y política estatal. No hablaremos más de ello.

En la mansión Ningguo, Jia Zhen mandó abrir y barrer el templo de los Antepasados, disponer los utensilios para la celebración de sacrificios, y limpiar el salón principal para exhibir los retratos de los ancestros de la familia Jia. Con tantas cosas que hacer, encumbrados y humildes de ambas mansiones no tuvieron un momento de descanso.

Cierta mañana, en la mansión Ning, la señora You y su nuera se encontraban preparando bordados y otros obsequios para la Anciana Dama y los parientes. En eso entró una criada con una bandeja cubierta de lingotitos de oro de los que se solían entregar a los niños la víspera de Año Nuevo.

—Señora —dijo la criada—, esto es lo que Xinger me manda decirle: «Sumaba el paquete de anteayer, compuesto por trozos de calidad desigual, la cantidad de ciento cincuenta y tres taeles con sesenta y siete centavos. Una vez vueltos a fundir, han dado como resultado estos doscientos veinte lingotes».

Y con estas palabras alargó la bandeja hacia la señora You para que pudiera examinar su contenido, que tenía diversas formas: había flores de ciruelo, flores de manzano silvestre, un pincel y un jeroglífico de la buena suerte que representaba «Los deseos concedidos» y «Los ocho tesoros de la primavera».

Después de ordenar que se llevaran aquel oro, la señora You quiso que le trajeran sin demora los lingotes de plata. Acababa de salir la doncella a cumplir el encargo cuando en eso llegó Jia Zhen a comer. Su nuera se escabulló.

Jia Zhen preguntó a su esposa:

—¿Hemos ido ya a recoger la gratificación imperial para el sacrificio de primavera?

—Hoy mismo he mandado a Rong a buscarla —fue la respuesta.

—Claro está que nuestra familia no depende de ese puñado de taeles —comentó Jia Zhen—, pero se trata de una muestra del favor con que el emperador nos honra. Debemos traer esa plata cuanto antes para enseñársela a la Anciana Dama antes de emplearla en la preparación del sacrificio a los antepasados. Es un signo de que nos honra el favor imperial y gozamos de la buena fortuna de nuestros ancestros. Aunque gastáramos diez mil taeles de los nuestros en preparar el sacrificio, eso nos proporcionaría menos distinción que el empleo de una gratificación tan generosamente concedida. Es un hecho que, descontando una o dos como la nuestra, muchas familias de funcionarios hereditarios dependen de esa plata para poder hacer sus sacrificios de Año Nuevo.

Jia Zhen insistió:

—Semejante consideración es signo indudable de la infinita gracia que nos otorga el emperador.

—Yo pienso lo mismo —dijo escuetamente su esposa.

En ese momento un sirviente anunció el regreso de su hijo, y Jia Zhen ordenó que le fuera permitida la entrada. Jia Rong entró con una pequeña bolsa amarilla en las manos.

—¿Por qué has tardado tanto? ¿Dónde te has metido? —le increpó su padre.

Con una sonrisa, Jia Rong respondió:

—Tuve que ir a buscar la gratificación a la oficina de Banquetes Imperiales, ya que durante estos días no la concede el Ministerio de Ritos. Allí todo el mundo me preguntó por usted, señor, y afirmaban tenerlo presente aunque no lo hubieran visto desde hace mucho tiempo.

—No es a mí a quien tienen presente —replicó Jia Zhen con una carcajada—. Ahora que llega el Año Nuevo buscan mis regalos, o que los invite a un banquete y a la ópera.

Mientras hablaba fue examinando la bolsa amarilla, que lucía una inscripción con cuatro caracteres: «Eterno Favor Imperial Concedido», y el sello del Departamento de Sacrificios del Ministerio de Ritos. En caracteres más pequeños llevaba escrito: «Dos gratificaciones para el Sacrificio de Primavera concedidas en perpetuidad por el Emperador a Jia Yan, Duque de Ningguo y a Jia Yuan, Duque de Rongguo». También se especificaba la suma y la fecha, así como el nombre del que recibía la donación: «Jia Rong, Capitán de la Reserva de la Guardia Imperial». Por último, en bermellón, aparecía el sello del funcionario encargado del registro de salida.

Después de comer, Jia Zhen se lavó las manos y se enjuagó la boca, se calzó las botas, se puso el sombrero y salió con su hijo y la plata imperial a informar primero a la Anciana Dama y la dama Wang, y después a Jia She y la dama Xing; hecho lo cual volvió a su casa y extrajo la plata, ordenando que la bolsa fuera quemada en el gran turíbulo del templo de los Antepasados. Luego dijo a Jia Rong:

—Corre a preguntarle a tu tía segunda si ya ha sido fijada la fecha para la celebración de los banquetes de Año Nuevo durante el primer mes. Si ya lo han hecho, que los secretarios copien una lista detallada para que las invitaciones no coincidan. El año pasado cometimos el descuido de invitar a varias familias el mismo día, y en lugar de atribuirlo a la negligencia imaginaron que lo habíamos hecho deliberadamente para ahorrar algún dinero.

Jia Rong partió a cumplir aquellas instrucciones y al poco rato volvió con una lista detallada de las fechas previstas para los banquetes, así como de las familias invitadas a éstos. Jia Zhen pasó la vista sobre ella y dijo:

—Dásela a Lai Sheng. Que evite la coincidencia de las mismas familias en los mismos días.

Cumplida la orden, Jia Rong se reunió de nuevo con su padre en el salón principal, donde Jia Zhen estaba supervisando cómo los pajes cambiaban biombos de lugar, limpiaban mesas y pulían los recipientes de oro y plata para los sacrificios; un muchacho le trajo una tarjeta y una lista.

—Señor —le dijo—, ha llegado el mayordomo de la finca de la aldea Montaña Negra.

—¡Qué tarde aparece ese bribón! —maldijo Jia Zhen.

Tomando la tarjeta y la lista, Jia Rong las sostuvo en el aire mientras Jia Zhen las leía, con las manos en la espalda. La tarjeta roja decía:

Su humilde servidor, el mayordomo Wu Jinxiao, se inclina ante su señor para desearle, a él y a su honorable esposa, y al joven señor y a la joven señora, infinita felicidad y buena salud. Que el Año Nuevo traiga para ellos gran felicidad y buena fortuna, riqueza, nobleza y paz. Que se vean agraciados con nuevos ascensos y crecientes emolumentos, y que se cumplan todos sus deseos.

—¡Qué divertidos son estos aldeanos! —comentó Jia Zhen con una carcajada.

—No hay que fijarse en el estilo de la nota, sino sólo en los deseos de buen augurio que contiene —replicó Jia Rong.

A continuación leyeron la lista, que decía:

Venados: 30; Ciervos: 50; Corzos: 50; Cerdos siameses: 20; Cerdos escaldados: 20; Cerdos de la raza «dragón»: 20; Cerdos de nuestras propias pocilgas, salados: 20; Jabalíes: 20; Muflones: 20; Gamuzas: 20; Ovejas de nuestros propios rebaños, escaldadas: 20; Secadas al viento: 20; Esturiones: 2; Otros peces: 200 jin; Pollos, patos y gansos vivos: 200 de cada especie; Pollos, patos y gansos secados al viento: 200 de cada especie; Faisanes: 200 parejas; Conejos: 200 parejas; Patas de oso: 20 pares; Tendones de ciervo: 20 jin; Holoturias: 50 jin; Lenguas de ciervo: 50; Lenguas de buey; 50; Ostras secas: 20 jin; Avellanas: 2 sacos; Piñones: 2 sacos; Semillas de melocotón: 2 sacos; Semillas de albaricoque: 2 sacos; Langostas: 50 parejas; Camarones secos: 200 jin; Carbón «escarcha de plata» de primera calidad: 1.000 jin; de mediana calidad: 2.000 jin; Carbón corriente: 30.000 jin; Arroz de rosa de la Granja Imperial: 2 shi[2]; Arroz glutinoso verde: 50 hu; Arroz glutinoso blanco: 50 hu; Arroz glutinoso rosado: 50 hu; Vegetales secados al sol: una carretada; 2.500 taeles resultantes de la venta de grano y ganado. A lo que hay que añadir, ofrecidos por su leal servidor para entretenimiento de jóvenes señores y damas: 2 parejas de ciervos vivos; 2 parejas de conejos blancos; 2 parejas de faisanes vivos; 2 parejas de patos de ultramar.

Tras haber leído la lista, Jia Zhen ordenó que entrara el hombre.

Poco después Wu Jinxiao hizo su entrada con un ostentoso koutou.

Jia Zhen ordenó a los criados que le ayudaran a levantarse.

—Veo que sigues robusto y sano —dijo.

—Si aún puedo moverme es gracias a la parte que disfruto de la buena fortuna de Su Señoría.

—Tus hijos ya son mayores. Deberías enviarlos en tu lugar.

—Oh, el hecho es que yo ya estoy acostumbrado a este pequeño viaje. Además, ya estaba cansado de no salir nunca de mi casa. Claro está que todos querían venir para poder ver con sus propios ojos cómo se vive a los pies del Hijo del Cielo, pero todavía son jóvenes y temí que les ocurriera algo por el camino. Cuando pasen unos cuantos años más, sentiré mi corazón más tranquilo.

—¿Cuántos días has estado viajando?

—Este año ha nevado mucho, Su Señoría. Allá en el campo el suelo ha estado cubierto por no menos de metro y medio de nieve, y el deshielo de hace poco me obligó a detenerme unos días. Estuve viajando durante un mes y dos días, y eso apresurándome cuanto pude, puesto que sabía que se cumplía el plazo y Su Señoría podía preocuparse.

—Ya decía yo que tardabas mucho —repuso Jia Zhen—. Acabo de revisar la lista que has traído, viejo bribón. De manera que este año quieres regatear con nosotros…

Dando dos rápidos pasos hacia delante, Wu dijo:

—Comprenda Su Señoría que este año hemos tenido una cosecha miserable. Desde el tercer mes hasta el octavo no ha dejado de llover cada cinco días. En el noveno mes cayó un granizo tan grande como tazones en mil trescientos li a la redonda. Dañó a miles de personas e incontables casas; y no hablemos ya del grano y el ganado… Esto que le traigo es todo lo que hay. Yo no me atrevería a mentir a Su Señoría.

Con el ceño fruncido, Jia Zhen respondió:

—Contaba con que trajeras por lo menos cinco mil taeles. ¿De qué me sirve una suma tan pequeña? Ya no nos quedan más que ocho o nueve fincas, y de ésas hay dos que dicen haber sufrido inundaciones o sequías. Realmente no nos dejáis disfrutar el Año Nuevo. ¡Y ahora vienes tú y me fallas de esta manera!

—Pero a las fincas de Su Señoría no les ha ido tan mal —dijo Wu—. Mi hermano, que vive a menos de cíen li de distancia, ha sufrido más. Las ocho fincas que él administra para la otra mansión son más grandes que la suya, señor; y sin embargo este año no ha recolectado mucho más que yo; sólo ha hecho dos o tres mil taeles más. También ellos se han visto muy afectados.

—No lo dudo —respondió Jia Zhen—. Aquí apenas logramos cuadrar los gastos, y eso procurando no sobrepasar un razonable promedio anual. Si quiero disfrutar, gasto más; pero puedo ahorrar si resulta necesario. En cuanto a los regalos y los agasajos de Año Nuevo, si me despreocupo de las apariencias y corto los gastos podremos ir tirando. La cosa es distinta en la otra mansión. En estos últimos años han tenido inevitables gastos extraordinarios, y a la vez no han tenido ningún ingreso ni han conseguido nuevas propiedades. Su capital está muy mermado. ¿Y a quién sino a vosotros pueden pedirle dinero?

Wu Jinxiao sonrió.

—Ciertamente, han tenido que soportar muchos gastos en los últimos tiempos, pero lo que pierden por un lado lo recuperan por otro. Nuestro Augusto Señor de Diez Mi Años[3] y su digna consorte no sabrían negarse a cubrir de presentes a estas dos familias.

—¿Has oído eso? —preguntó Jia Zhen a su hijo con una carcajada—. ¡Es una buena broma!

Jia Rong se apresuró a decirle al mayordomo:

—Vosotros, los que vivís en los agujeros de la montaña o sobre las arenas del mar, no entendéis nada de nada. ¿Acaso podría la consorte disponer a su antojo de los tesoros del Hijo del Cielo para dárselos a su familia? Aunque deseara hacerlo no podría. Por supuesto, es normal que nos envíe obsequios de vez en cuando, durante las distintas fiestas, pero sólo son brocados, obras de arte antiguas o alguna curiosidad. Los regalos en efectivo consisten en unos cuantos lingotes de oro al año cuyo precio en plata no sobrepasa los mil taeles. ¿Y qué es eso comparado con lo que gastamos en un año? En los últimos tiempos hemos tenido que gastar anualmente varios miles de taeles de más. Calcula tú mismo cuánto puede haber costado construir el jardín de la Vista Sublime para recibir la visita imperial. ¡Si la consorte nos vuelve a visitar de aquí a un par de años puedes estar seguro de que contemplarás la ruina de la otra mansión!

—Estos ingenuos campesinos que viven en nuestras fincas no ven de sus amos más que el brillo externo —intervino Jia Zhen—. Ya lo dice el proverbio: «El bastón de Qing está hecho de madera de ajenjo; elegante por fuera, amargo por dentro»[4].

—Y sin embargo, tiene parte de razón —dijo Jia Rong—. La otra mansión, en efecto, parece tener problemas. El otro día oí a la tía Xifeng pedir con toda discreción a Yuanyang que cogiera en secreto algunas cosas de la Anciana Dama para empeñarlas.

Jia Zhen se echó a reír.

—Eso no es más que un truco de tu tía Xifeng. No están tan apurados. Ten la seguridad de que lo hace para aparentar estrecheces, porque sabe que están gastando demasiado y hay agujeros en sus bolsas; lo que busca es recortar los gastos. Pero yo, que tengo un ábaco en el corazón, te puedo asegurar que no es tan grave como nos quieren hacer creer.

Dicho lo cual, ordenó a los sirvientes que se llevaran a Wu Jinxiao y lo atendieran bien.

Jia Zhen dispuso de la renta en especies traída por el mayordomo de la siguiente manera: una parte fue destinada a las oblaciones; otra fue entregada por Jia Rong a la otra mansión para que fuera utilizada en los rituales que se estaban celebrando; una tercera se guardó para consumo de la familia, y el resto fue dividido en varias partes y colocado sobre la terraza del salón principal, adonde se citó a los miembros más jóvenes del clan para que las recogieran.

La mansión Rong envió a Jia Zhen una serie de ofrendas para los sacrificios, más otros regalos. Una vez que hubo inspeccionado todo aquello, y supervisado los utensilios para la realización de los sacrificios, Jia Zhen se puso unas pantuflas, se echó por encima de los hombros una gran capa de piel de lince, ordenó a los sirvientes extender sobre las gradas, al pie de una de las columnas, un gran cojín forrado con piel de lobo, y salió arrastrando los pies para sentarse allí, desde donde podía contemplar a los miembros jóvenes de la familia acercarse a recoger sus vituallas de Año Nuevo. Y en eso estaba cuando vio acercarse a Jia Qin, al que llamó.

—¿Qué haces tú aquí? —le preguntó—. ¿Quién te ha dicho que vinieras?

Ligeramente inclinado, sin mover una pestaña, Qin contestó:

—Oí que nos iban a llamar para recoger unas cosas, tío, así que vine sin esperar a que me lo dijeran directamente.

—Estas cosas son para tus tíos pequeños y tus primos, que no tienen trabajo ni ingresos —dijo Jia Zhen—. Durante aquellos dos años en los que tú tampoco los tuviste, te di una parte; pero ahora estás encargado de los bonzos y los sacerdotes taoístas del templo familiar. Aparte del estipendio mensual que recibes, por tus manos pasa el dinero destinado a todos ellos. ¡Y todavía vienes a recoger regalos! Eres un avaricioso. ¡Mírate! ¿Acaso vas vestido como un caballero con recursos que ocupa un cargo de responsabilidad? Solías quejarte de falta de dinero, y ahora que lo tienes pareces más andrajoso que nunca.

—Señor, tengo muchas bocas que alimentar, y hacerlo me resulta oneroso.

—¡No me cuentes historias! —sonrió desdeñosamente Jia Zhen—. ¿Acaso crees que ignoro lo que sucede en el templó familiar? Allá eres el amo y nadie se atreve a desobedecerte. Con dinero en las manos y con nosotros a prudente distancia haces sentir tu peso a todo el mundo, y noche tras noche reúnes a una jarca de bribones, tahúres, libertinos y maricas. Y ahora que has dilapidado tu dinero tienes la desfachatez de venir a por más… ¡Pero aquí lo único que recibirás será una buena paliza! Después de Año Nuevo le diré a tu segundo tío que te despida.

Avergonzado, Jia Qin no se atrevió a replicar.

En ese momento un sirviente anunció que el príncipe de Pekín había enviado como obsequio rollos de caligrafía y bolsas bordadas. Jia Zhen ordenó a su hijo que atendiera al mensajero y excusara su ausencia diciéndole que no se encontraba en la casa; asintiendo, Jia Rong salió. Allí estuvo Jia Zhen hasta que terminó la distribución de regalos; entonces volvió a sus aposentos para cenar con su esposa. La noche pasó sin incidentes dignos de ser reseñados. El día siguiente estuvo cargado de trabajos aún más fatigosos, pero no necesitamos explayarnos en detalles…

Hacia el vigesimonoveno día de la decimosegunda luna todo estuvo listo. Habían sido renovadas las imágenes de los dioses guardianes, las inscripciones frontales de las dos mansiones habían sido repintadas, y resplandecían los conjuros grabados sobre madera de melocotonero[5]. El portón principal de la mansión Ning fue abierto de par en par; también el portón ceremonial, las puertas del gran salón y del salón interior, las tres puertas interiores, la puerta interior central y la segunda puerta interior, así como todas las que daban al gran salón principal. A ambos lados de las escaleras, altos candelabros llameaban como dragones de oro.

Al día siguiente todos los miembros de la familia que ostentaban un título, de la Anciana Dama para abajo, vistieron el traje de corte, apropiado al rango de cada uno y, encabezados por la anciana en su gran palanquín cargado a hombros de ocho porteadores[6], se dirigieron al Palacio Imperial para rendir homenaje al Hijo del Cielo y asistir a un banquete. Al regresar se apearon de sus sillas cerca del salón de recepción de la mansión Ning. Los parientes más jóvenes, que no habían ido a la corte, esperaban en fila frente a la puerta principal a que entraran sus mayores, y los condujeron al templo Ancestral.

Como era la primera vez que Xue Baoqin visitaba aquel lugar, lo observó detenidamente. Se encontraba en un patio aislado, al oeste de la mansión Ning, al cual se accedía a través de un gran pabellón con cinco umbrales, rodeado por una empalizada pintada de negro. Sobre la puerta había una inscripción frontal compuesta por cuatro impresionantes caracteres: «Templo Ancestral de la Familia Jia». Al lado, en pequeños caracteres: «Caligrafiado por Kong Jizong, duque Hereditario Descendiente de Confucio»[7]. Y un pareado que decía:

Los pueblos se apoyan en la protección y enseñanzas de aquellos que dieron su vida por la Corte Imperial.

Su mérito y su prestigio resuenan hasta en los cielos; generaciones venideras harán en su honor solemnes sacrificios permanentes.

También aquello había sido caligrafiado por el mismo duque descendiente de Confucio.

La comitiva penetró en el patio y avanzó por un camino pavimentado con mármol blanco y bordeado de pinos y cipreses hasta una terraza donde había unos antiguos trípodes de bronce y unas copas para libaciones cubiertas por una pátina verde. Frente a la terraza, una placa dorada con nueve dragones grabados, y la inscripción: «Las estrellas brillan en torno a la Estrella Polar»[8], caligrafiada por el difunto emperador en persona. Un pareado la flanqueaba, con la misma caligrafía imperial, que decía:

Sus logros oscurecen el sol y la luna,

su fama se extiende a sus hijos y nietos.

La placa frontal que había sobre la entrada del salón principal tenía grabados unos dragones jugando, y un huecorrelieve azul con el lema «Venerar a los Desaparecidos. Continuar sus Sacrificios». El pareado que lo flanqueaba, también caligrafiado por el emperador, decía:

Sus descendientes heredaron buena fortuna y virtud.

Gloria y Paz[9] viven en la memoria de los pueblos.

El interior del santuario ardía con el fulgor de lámparas y velas, y tanto refulgían los colgantes de seda y las cortinas bordadas que era imposible discernir las inscripciones de las diversas placas ancestrales que decoraban cada capilla. Entonces los miembros de la familia Jia se ordenaron por generaciones, a izquierda y derecha. Jia Jing, el maestro de Sacrificios, fue auxiliado por Jia She; Jia Zhen hizo las funciones de libador; Jia Lian y Jia Zong ofrendaron la seda, Baoyu el incienso, y Jia Chang, con Jia Ling, extendieron la alfombra para arrodillarse y ayudaron en sus funciones al incinerador. Unos músicos ataviados de negro ejecutaron las melodías correspondientes mientras la copa de las libaciones era ofrecida tres veces y se hacían las reverencias rituales. Finalmente se quemó la seda y se escanció el vino.

Al concluir la ceremonia dejó de sonar la música y todos se retiraron, siguiendo a la Anciana Dama; llegaron hasta el salón principal y se detuvieron ante los retratos. En el centro del altar de largas cortinas de seda, rodeados de brillantes biombos y llameantes incensarios, estaban los retratos de los duques de Rongguo y Ningguo en traje de dragón con cinturones de jade. Flanqueándolos, había retratos de otros antepasados de la familia Jia.

Jia Xing, Jia Zhi y algunos más se habían puesto en fila, siguiendo el orden adecuado, desde la puerta ceremonial interior hasta la terraza exterior del salón principal, donde se encontraban Jia Jing y Jia She al lado de la empalizada, así como las damas. Los sirvientes y pajes de la familia permanecieron fuera de la puerta ceremonial. Cada vez que llegaba un plato de ofrendas a aquella puerta era recibido por Jia Xing o Jia Zhi y pasado de mano en mano hasta llegar a Jia Jing, en la terraza. Por ser el nieto mayor de la rama mayor, Jia Rong era el único que acompañaba a las damas dentro de la empalizada. Cuando Jia Jing le pasaba una ofrenda, él la pasaba a su esposa, que a su vez se la entregaba a Xifeng, y ésta a la señora You hasta que llegaba a las manos de la dama Wang, frente al altar; ésta se la entregaba a la Anciana Dama, que finalmente la colocaba sobre el altar. La dama Xing, situada al oeste del altar con la mirada vuelta hacia el este, ayudaba a la Anciana Dama.

Una vez hechas todas las ofrendas de arroz, sopa, pasteles, vino y té, Jia Rong se retiró para unirse al grupo de Jia Qin, al pie de las escaleras. Los puestos fueron distribuidos por generaciones: Jia Jing encabezó el grupo de los mayores, que llevaban en su nombre él radical «Cultura»; Jia Zhen el segundo grupo, cuyos miembros ostentaban el radical «Jade»; y Jia Rong el de los más jóvenes, en cuyos nombres lucía el radical «Hierba»[10]. Entonces se ordenaron en dos filas, los hombres al este y las mujeres al oeste. Cuando la Anciana Dama ofreció incienso y se inclinó, todo el clan se hincó de rodillas al mismo tiempo. Hasta el último trozo de suelo de las cinco secciones del salón, los tres anexos, los corredores interiores y exteriores, la terraza y él patio, estaba cubierto por una masa de ricas sedas y brocados. Los únicos sonidos que rompían el solemne silencio eran los tintineos de las campanillas de oro y de los pendientes de jade, el susurro de las sedas, el roce de las botas y las zapatillas cada vez que los asistentes se incorporaban o se arrodillaban.

Después de aquella ceremonia, Jia Jing, Jia She y los otros hombres se dirigieron apresuradamente a la mansión Rong, donde esperaron su turno para presentar sus respetos a la Anciana Dama. Pero ésta ya había entrado en el cuarto de estar de la señora You, que había cubierto el suelo con una alfombra roja sobre la que se había depositado un gran brasero dorado con tres patas en forma de trompas de elefante. Sobre el kang de la pared norte había una alfombra nueva de color carmesí, respaldos de seda roja y almohadones con diseños bordados de «Dragón en las nubes» y el carácter «Longevidad». También había allí encima una piel de zorro negro y un gran colchón de piel de zorro blanco. Cuando la Anciana Dama se hubo acomodado aparecieron más pieles a ambos lados y las pocas damas de su generación fueron invitadas a tomar asiento.

Entonces, para la generación de la dama Xing, fueron extendidas alfombras de piel sobre el kang más pequeño que había detrás del tabique, y para Baoqin y las demás muchachas fueron dispuestas doce sillas de laca labrada cubiertas con pieles de ardilla gris y un gran brasero de patas de bronce bajo cada una de ellas.

La señora You ofreció ceremoniosamente el té a la Anciana Dama, mientras la esposa de Jia Rong atendía a las otras señoras mayores; hecho lo cual, la señora You sirvió al grupo de la dama Xing, y la esposa de Jia Rong a las muchachas. Durante todo ese tiempo, Xifeng y Li Wan se mantuvieron dispuestas por si era requerida su presencia en cualquier momento.

Después de dar unos sorbos al té, la dama Xing y las demás se levantaron para atender a la Anciana Dama, y, tras unas palabras con las otras ancianas, ésta pidió su palanquín. Xifeng se acercó a ella y le sostuvo el brazo.

—Señora —le dijo la señora You con una sonrisa—, le hemos preparado una cena. ¿Por qué se niega a honrarnos con su presencia en la cena de este día? ¿Acaso no somos tan buenas como Xifeng?

A su vez Xifeng, que sostenía el brazo de la Anciana Dama, dijo a ésta:

—Volvamos dando un paseo, anciana antepasada, no le haga caso. Vámonos a comer a casa.

—Aquí están los antepasados recibiendo ofrendas —dijo la Anciana Dama a la señora You—. ¿Cómo vais a permitir que yo ocasione más molestias? Además, a pesar de que no ceno aquí, vosotros me enviáis platos todos los años. Es mejor de esa manera. Si hay más de lo que puedo comer hoy, siempre puedo guardarlo para mañana. ¿Acaso así no recibo más de vuestra comida que cenando aquí?

Todas se echaron a reír.

La Anciana Dama le recordó a la señora You:

—Asegúrate bien esta noche de colocar en las guardias gente de absoluta confianza que cuide de que no se produzcan incendios por descuido, con tantos faroles y velas encendidos.

La señora You asintió, y todas volvieron al salón de recepción para subir a sus palanquines. Las damas se deslizaron detrás de un biombo mientras los pajes traían a los palafreneros para que se las llevaran; la señora You y la dama Xing acompañaron a las demás hasta la mansión Rong. Cuando los palanquines hubieron cruzado el portón principal, las damas vieron la insignia, los pertrechos y los instrumentos musicales del duque de Ningguo y del duque de Rongguo exhibidos en los extremos este y oeste de la calle, cerrada aquel día a los transeúntes. El palanquín tardó muy poco en llegar a la mansión Rong, cuyas puertas encontraron abiertas de par en par hasta el salón principal; pero, estando en su propio palacio, no era cosa de detenerse en el salón de recepción, de modo que, franqueando el salón principal, se dirigieron hacia el oeste y se detuvieron frente a los aposentos de la Anciana Dama, donde ésta por fin se apeó. El lugar había sido recientemente remozado.

Los biombos bordados y los cojines de brocado brillaban con un fulgor nuevo. En el brasero se consumían cien hierbas fragantes y resina de pino y cedro. Apenas la Anciana Dama hubo tomado asiento, unas cuantas criadas viejas llegaron a informar de que dos o tres damas de su generación habían venido a presentar sus respetos. Como ya estaban dentro, ella se levantó para darles la bienvenida; después de estrecharles las manos y de que la hubieran saludado, fueron conducidas a unos asientos desde donde, tras haber dado unos sorbos al té, se retiraron. La Anciana Dama las acompañó hasta la puerta ceremonial de los aposentos interiores, y volvió a sentarse sobre el kang. Entonces entraron Jia Jing y Jia She a la cabeza de todos los jóvenes de la casa Jia.

—Son tantas las molestias que os he causado a lo largo del año… No os pongáis tan ceremoniosos ahora —les pidió la anciana.

Pero todavía no había terminado de pronunciar estas palabras cuando, los hombres por un lado y las mujeres por otro, todos empezaron a hacer repetidos koutou ante ella, después de lo cual tomaron asiento a ambos lados, siguiendo un orden de edad, para recibir los respetos de los más jóvenes. Una vez que todos los criados y criadas de ambas mansiones hubieron presentado sus respetos en orden de jerarquía, se procedió a la distribución del dinero de Año Nuevo, así como de las bolsas y los acostumbrados pequeños lingotes de oro y plata. Finalmente, todos ocuparon sus lugares para la Fiesta de la Reunión Familiar: los hombres al este, las mujeres al oeste, y se sirvió el vino de Año Nuevo, «sopa del reencuentro dichoso», «fruta afortunada» y «pasteles de deseos cumplidos», hasta que la Anciana Dama se levantó y fue al aposento interior a cambiarse de ropa. Por fin, todos se retiraron.

Aquella noche se hicieron ofrendas de incienso y sacrificios en los diversos altares budistas y al dios de la cocina, y en el patio principal de los aposentos de la Anciana Dama fueron quemados palillos de incienso y efigies de papel para el Cielo y la Tierra. Desde lo alto de ambos lados del portón principal del jardín de la Vista Sublime, dos grandes faroles de cuerno proyectaban una luz brillante. Todos los senderos estaban igualmente iluminados, y los habitantes de las dos mansiones, encumbrados y humildes, estaban espléndidamente vestidos. La algarabía de charlas y risas, sólo interrumpida por la explosión de los cohetes, no cesó durante toda la noche.

A la mañana siguiente la Anciana Dama y los demás se levantaron con el alba, se enfundaron sus trajes oficiales y, vestidos de gala, se dirigieron a rendir homenaje al Palacio Imperial y ofrecer sus felicitaciones a la concubina imperial. Al regresar del banquete, la Anciana Dama se dirigió a la mansión Ning para hacer una ofrenda a los antepasados. Después regresó a sus aposentos a recibir los saludos de Año Nuevo de la generación más joven. Después de aquellas ceremonias se cambió de ropa y descansó, negándose a recibir a los parientes y amigos que acudieron a felicitarla. Se limitó a charlar con las tías Xue y Li y a jugar al weiqi[11] o a las cartas con Baoyu, Baoqin, Baochai, Daiyu y las demás muchachas.

La dama Wang y Xifeng estaban atareadas atendiendo a los invitados, pues un flujo interminable de amigos y parientes acudía a los festines y óperas de Año Nuevo, que durante una semana se celebraban diariamente en el salón y en el patio. Y apenas todo aquello hubo concluido, ambas mansiones fueron arregladas y cubiertas de faroles para la ya cercana fiesta de los Faroles. La Anciana Dama fue agasajada por Jia She el día once, y por Jia Zhen el doce, y en cada ocasión permaneció con ellos medio día. El poco tiempo del que disponemos nos impide enumerar cada festín al que fueron invitadas la dama Wang y Xifeng.

La noche del día quince, la Anciana Dama hizo colocar mesas en el gran salón del pequeño jardín, contratar una compañía de ópera y exhibir magníficos faroles de numerosas formas, para celebrar un banquete similar con los parientes de ambas mansiones. Sólo Jia Jing no fue invitado, pues evitaba tanto el vino como la carne. Después del sacrificio ancestral del día diecisiete volvió a retirarse a las afueras de la ciudad para vivir apartado; pero incluso durante su estancia en la casa permaneció tranquilamente en su cuarto, ajeno a todas las fiestas que se celebraban a su alrededor.

En cuanto a Jia She, después de participar un rato en el banquete de su madre pidió permiso para retirarse, cosa a la que la Anciana Dama accedió rápidamente, sabedora de que su presencia no producía sino la inhibición general. Dueño de sus propios y distintos placeres, Jia She volvió a su casa a disfrutar de la fiesta bebiendo con sus protegidos entre un revuelo de muchachas alegremente vestidas, contemplando los faroles y escuchando cantos y músicas.

En el salón de la Anciana Dama fueron dispuestas diez mesas para el banquete. Junto a cada una había una mesita para el té, y sobre cada una de éstas un incensario en el que se consumía incienso de palacio, obsequio del emperador; una caja de incienso y un florero; un jardín en miniatura de unos veintisiete o veintiocho centímetros de largo, quince de ancho y siete u ocho de alto, con flores frescas creciendo entre pequeñas rocas musgosas; tazas de té fabricadas a la manera antigua; y unas alegres teteritas llenas del más fino té sobre una pequeña bandeja de laca occidental.

También había sido desplegado un biombo de gasa carmesí bordada con flores y caligrafías, y enmarcada en sándalo morado. La bordadora, una muchacha de Suzhou llamada Huiniang[12], procedía de una familia de funcionarios y letrados y había sido una diestra calígrafa y pintora; pero a veces había hecho también bordado, sólo para divertirse, no para vender. Todas las flores que bordaba eran copia de cuadros de artistas famosos de las dinastías Tang, Song, Yuan y Ming; de ahí que las composiciones y los colores siguieran excelentes modelos, a diferencia de las composiciones manidas y los colores chillones empleados por los artesanos. Sobre cada ramillete de flores había unos versos, provenientes de poemas cortos o canciones de poetas de antaño, todos bordados en estilo Caoshu[13] con hilos de seda negra. Y los rasgos de aquellos caracteres, ya fueran pesados o livianos, continuos o quebrados, eran idénticos a los de un pincel, a mucha distancia de las caligrafías grotescamente distorsionadas que se vendían en los bordados del mercado.

Como Huiniang no perseguía ganar dinero con su habilidad, era sumamente difícil encontrar uno de sus bordados, a pesar de ser conocidos por todos. Muchas nobles y ricas familias oficiales no lograban adquirirlos. Eran conocidos con el nombre de «bordados Hui» y algunos mercachifles habían empezado a imitarlos para hacer dinero engañando a la gente.

A Huiniang le tocó morir a la temprana edad de dieciocho años, de modo que era imposible conseguir nuevas piezas, y cualquier familia que poseyera una o dos las conservaba como tesoros. Además, ciertos admiradores que los «bordados Hui» tenían entre los letrados declararon que dar ese nombre a obras tan sublimes era una falta de respeto y ocultaba la intensidad de su belleza. Después de discutirlo acordaron no llamarlos «bordados» sino «arte». De ahí que llegaran a ser conocidos como «Arte Hui» y que una pieza original ya no tuviera precio. Incluso una familia rica como los Jia sólo había conseguido adquirir tres piezas, dos de las cuales habían sido obsequiadas al emperador el año anterior. Ya sólo les quedaba aquel biombo con dieciséis paneles. La Anciana Dama lo apreciaba tanto que se negaba a exhibirlo ante sus invitados y lo conservaba en sus propios aposentos, de modo que sólo pudiera ser disfrutado cuando ella estuviera de buen humor para recibir visitas.

Había también diversos floreros de porcelana procedentes de antiguos hornos, llenos de flores que simbolizaban «Los tres compañeros del invierno»[14] y «La riqueza y el esplendor en un salón de jade».

Las tías Li y Xue ocuparon los lugares de honor. Al este había un biombo con un dragón tallado, y a sus pies un diván con almohadones, cojines y pieles. Junto a los cojines, una elegante mesa baja de laca occidental con motivos dorados, cubierta de tazas, tazones para enjuagarse la boca y toallas, así como una tetera y una caja que contenía unas lentes. Allí se reclinó a charlar la Anciana Dama, que se colocaba las lentes cada vez que deseaba mirar el espectáculo.

—Me duelen estos viejos huesos —dijo a las tías Xue y Li—. Disculpadme si no me incorporo.

E hizo que Hupo se sentara junto a ella y le diera un masaje en las piernas con un «puño de belleza»[15].

Frente al diván había, en lugar de mesa de banquete, una simple mesita de té sobre la que se habían situado un biombo, un florero y un incensario, así como una elegante mesita de patas largas sobre la que descansaban copas de vino, cucharas y palillos. Baoqin, Xiangyun, Daiyu y Baoyu fueron llamados a compartir las viandas de aquella mesa. Antes de ser servido, cada plato era mostrado a la Anciana Dama y sólo si ella lo aprobaba era colocado primero sobre su mesa para que ella lo probara, y después en la de los cuatro jóvenes. De modo que podían considerarse sentados muy cercanos a la Anciana Dama. Un poco más abajo estaban las damas Xing y Wang; luego la señora You, Li Wan, Xifeng y la esposa de Jia Rong. Baochai, Li Wen, Li Qi, Xiuyan, Yingchun y las otras muchachas tenían mesas en el lado occidental. De las grandes vigas de ambos lados colgaban arañas de cristal en forma de hibiscos, con borlas de colores. Frente a cada mesa había un candelabro de esmalte extranjero con una pantalla de laca en forma de hoja de loto invertida que podía ser vuelta hacia afuera para desviar la luz de las velas de colores de los comensales, e iluminar mejor el escenario. Los enrejados de las ventanas y las puertas habían sido retirados, y en su lugar colgaban faroles de palacio, de alegres borlas. De los aleros de la casa, así como de los pasadizos techados de ambos lados, colgaban faroles hechos de cuerno, vidrio, gasa, seda y papel con pinturas o bordados, y diseños en alto o bajorrelieve. En las mesas de los corredores se habían acomodado Jia Zhen, Jia Lian, Jia Huan, Jia Zong, Jia Rong, Jia Qin, Jia Yun, Jia Ling y Jia Chang.

La Anciana Dama había mandado invitar a todos los miembros del clan, pero algunos eran demasiado ancianos para disfrutar de la algarabía que solían acarrear tales celebraciones; otros no tenían quien les guardara la casa en su ausencia; otros estaban postrados en el lecho; otros envidiaban a los ricos y se avergonzaban de su propia pobreza; otros detestaban o temían a Xifeng; otros eran tímidos y tenían poca costumbre de hacer visitas. Por uno u otro motivo, muchos miembros de la familia no quisieron o no pudieron asistir. Por eso, a pesar de ser un clan numeroso, sólo una pariente aceptó la invitación: la madre de Jia Jun, nacida Lou, que llevó consigo a su hijo. Los únicos hombres fueron Jia Qin, Jia Yun, Jia Chang y Jia Ling, que trabajaban a las órdenes de Xifeng. Pero a pesar de lo menguado de la asistencia, fue un banquete familiar sumamente animado.

Entonces llegó la esposa de Lin Zhixiao a la cabeza de seis criadas que traían mesas bajas, cada una cubierta de fieltro rojo y montones de relucientes monedas de cobre recién acuñadas, ensartadas con un hilito rojo. La señora Lin hizo poner dos de esas mesas frente a las tías Xue y Li y la otra delante de la Anciana Dama, que le dijo dónde debía ser situada. Entonces las criadas, conocedoras de las costumbres familiares, desataron las monedas y las ordenaron en pequeñas pilas.

Aquello ocurrió hacia el final de la escena titulada «Encuentro en la torre», de La torre del Oeste[16], cuando Yu Shuye, rabioso, hace mutis. La muchacha que hacía el papel de Wenbao improvisó:

—De manera que te marchas furioso… Por fortuna es éste el decimoquinto día del primer mes y la anciana antepasada de la mansión Rong está ofreciendo un banquete a su familia. Ahora voy a cabalgar hasta allá lo más rápido que pueda para pedir algunas cosas sabrosas. Sí, eso es lo que voy a hacer.

Aquella improvisación desató las risas de la Anciana Dama y de todos los reunidos.

—¡Pobre picara diablilla! —exclamó la tía Xue.

—Sólo tiene nueve años —comentó Xifeng.

—Es muy hábil —dijo la Anciana Dama—. Premiadla.

Tres criadas se adelantaron al oír aquella orden y llenaron unas canastitas con monedas recogidas en las tres mesas. Luego se dirigieron al escenario y dijeron:

—Nuestra Anciana Dama, la señora Xue y la señora Li entregan esto para que Wenbao se compre algunas cosas sabrosas.

Dicho lo cual vaciaron las canastitas sobre el escenario, echando las monedas a rodar y tintinear por todo el tablado.

También Jia Zhen y Jia Lian habían ordenado a sus pajes en secreto que les llevaran varias cajas de monedas, y al escuchar a la Anciana Dama pronunciar la palabra «premiadla»…

Si quieren saber lo que sigue…

CAPÍTULO LIV

La venerable dama Shi rompe

tópicos vulgares y antiguos.

El Espléndido Fénix Wang imita a un anciano

ataviado con ropajes multicolores[1].

Jia Zhen y Jia Lian, según decíamos, habían dispuesto en secreto unos cestillos de monedas. Apenas oyeron que la Anciana Dama quería premiar a la pequeña actriz, ordenaron que los trajeran y esparcieran su contenido sobre el escenario. El tintineo de las monedas sobre las tablas deleitó a la Anciana Dama. Zhen y Lian se pusieron enseguida en movimiento; un paje entregó a Lian una jarra de licor caliente que llevó consigo hacia el interior, siguiendo los pasos de Jia Zhen. Éste, al entrar, se inclinó ante la tía Li, tomó su taza y, volviéndose, la alargó hacia Jia Lian para que la llenara. Acto seguido repitió la operación ante la tía Xue. Protestando entre risas, las dos damas se pusieron de pie.

—Por favor, caballeros, siéntense. No sean tan ceremoniosos.

Ya todas, salvo las damas Xing y Wang, se habían incorporado y mantenían los brazos pegados a los costados, en actitud respetuosa. Entonces Jia Zhen y Jia Lian se encaminaron hacia el diván de la Anciana Dama y, como era bajo, se arrodillaron; primero Jia Zhen con la copa, y detrás Jia Lian con la jarra. El brindis era ofrecido sólo por ellos dos, pero los jóvenes, que aunque habían entrado en tropel encabezados por Jia Huan no habían dejado de respetar las conveniencias del rango y la jerarquía, hincaron la rodilla en tierra imitando a sus mayores. Baoyu se apresuró a hacer lo propio.

—¿Por qué te arrodillas? —le susurró Xiangyun dándole un empujoncito—. Mejor sería qué propusieras tú mismo un brindis.

—Después lo haré —repuso él en voz baja, y sólo se incorporó cuando lo hicieron sus primos, después de que el licor hubiera sido escanciado.

Tras su brindis en honor de la Anciana Dama, Jia Zhen y Jia Lian se habían incorporado de nuevo para servir sucesivamente a las damas Xing y Wang.

—¿Y qué hacemos con nuestras jóvenes damitas? —preguntó Jia Zhen.

—Retiraos y no las molestéis —respondieron la anciana y las otras damas.

Obediente, Jia Zhen salió seguido por los jóvenes.

Todavía no era la segunda vigilia y ya, sobre el tablado, se estaban representando fragmentos de la escena «Contemplando faroles», de la obra Ocho caballeros[2]. Al llegar el momento culminante de la escena, Baoyu se puso de pie para salir.

—¿Dónde vas? —le preguntó su abuela—. Ten cuidado con los fuegos artificiales; podrías quemarte con alguna pavesa.

—No voy lejos —contestó él—. Vuelvo enseguida.

La Anciana Dama ordenó a unos sirvientes que lo escoltaran, pero el muchacho salió acompañado solamente por Sheyue, Qiuwen y unas cuantas doncellas jóvenes.

—¿Dónde está Xiren? —preguntó la Anciana Dama—. Se está dejando dominar por la soberbia; ahora manda en su lugar a las muchachas más jóvenes para que acompañen a Baoyu.

Incorporándose, la dama Wang dijo:

—Realmente no ha podido venir, señora. Está de luto por su madre.

La anciana asintió, pero no dejó de observar:

—Una sirvienta no puede permitirse el lujo de la piedad filial. Si todavía estuviera a mi servicio no se encontraría ausente en un momento como éste. La culpa de todas estas cosas la tenemos nosotros, por ser tan blandos. Como no nos faltan sirvientes, no insistimos en este tipo de cosas, y ahora las concesiones parecen haberse convertido en una norma.

Xifeng intervino rápidamente:

—Aunque no estuviera de luto, esta noche necesitábamos en el jardín a alguien que vigilara los fuegos artificiales e impidiera que se produjeran accidentes. Cada vez que aquí tenemos ópera, las demás doncellas del jardín no pueden evitar la tentación de escabullirse para poder contemplarlas; en cambio, siempre se puede contar con que Xiren cuidará de todo. Además, que no esté aquí significa que cuando Baoyu vuelva a dormir encontrará todo preparado. Como las demás hacen las cosas con tan poco celo, si ella también viniera, Baoyu encontraría al regresar sus mantas frías, el té sin hacer y todo hecho un revoltijo. Por eso le pedí que se quedara cuidando sus aposentos y disponiendo todo para cuando él volviera. No tenemos que preocuparnos si la muchacha, al mismo tiempo que trabaja, respeta las normas sociales del luto. ¿Acaso no es un buen arreglo? Pero si nuestra anciana antepasada desea verla, puedo hacer que la llamen.

—Tienes razón —dijo la Anciana Dama—. Sin duda has considerado este asunto con más discreción que yo. No la llaméis. Pero decidme, ¿cuándo murió su madre? ¿Cómo es que nadie me ha informado?

—¿Ya lo ha olvidado, señora? —sonrió Xifeng—. Ella misma vino el otro día a decírselo.

Haciendo memoria, la Anciana Dama sonrió levemente.

—¡Claro! ¡Qué memoria tan mala la mía!

—¿Cómo podría nuestra venerable antepasada acordarse de asuntos tan nimios? —comentaron las demás entre risas.

—Apenas era una niña cuando entró a mi servicio —recordó la Anciana Dama con un suspiro—. Luego atendió durante un tiempo a Xiangyun, hasta que finalmente la entregué a nuestro joven rey demonio, ¡y vaya si la ha hecho trotar todos estos años! Esa chica tiene mucho mérito; sobre todo teniendo en cuenta que sus padres no han sido nuestros esclavos ni han recibido de nosotros ninguna atención especial. Cuando murió su madre quise darle algún dinero para el entierro, pero por alguna razón se me olvidó.

—El otro día la señora le dio cuarenta taeles —interrumpió Xifeng—, y seguro que han cubierto suficientemente los gastos del entierro.

La Anciana Dama meneó la cabeza con un gesto de asentimiento.

—Entonces está bien. Resulta que también acaba de morir la madre de Yuanyang, pero como su hogar está en el sur no la he enviado al funeral. De momento, que se reúna a esas dos pobres niñas para que puedan consolarse mutuamente.

Y acto seguido ordenó a una camarera que les llevara algunos manjares y bebidas.

—Yuanyang ha partido sin esperar a que se le ordenara —dijo Hupo con una sonrisa—. Hace ya un rato que están juntas.

Entonces siguieron comiendo y contemplando la ópera.

Baoyu y sus acompañantes, mientras tanto, habían emprendido directamente el regreso al jardín. Al ver que iban hacia sus propios aposentos, las amas optaron por no seguirlos, prefiriendo sentarse junto a la estufa de la caseta de entrada para beber y jugar con las mujeres encargadas de preparar el té.

Baoyu encontró sus aposentos muy iluminados pero extrañamente silenciosos.

—¿Se habrán acostado todas? —se preguntó Sheyue—. Entremos de puntillas y démosles un susto.

Pasaron silenciosamente frente al gran espejo y vieron a Xiren echada sobre el kang frente a alguien. Dos o tres criadas viejas dormitaban a su lado.

Creyendo que todas dormían, Baoyu se dispuso a entrar. Pero entonces oyó la voz de Yuanyang, que decía con un suspiro:

—No hay manera de saber lo que sucederá en la vida. Tú estabas aquí sola mientras tus padres vivían afuera y no dejaban de viajar de este a oeste. ¿Quién te iba a decir que podrías estar en sus lechos de muerte? Y ya ves, este año tu madre ha ido a morir precisamente en esta ciudad, y a ti te ha sido concedido asistir a sus funerales.

—Sí —contestó Xiren—. Nunca imaginé que estaría allí cuando exhalara su último suspiro. Y además la señora me ha dado cuarenta taeles, una generosa recompensa para mi madre por haberme criado, y desde luego más de lo que podíamos esperar.

Baoyu se volvió para susurrarle a Sheyue:

—No sabía que Yuanyang también estuviera aquí. Si entro, saldrá corriendo como siempre. Mejor será que volvamos y las dejemos charlar en paz. Me alegro de que haya venido; Xiren se sentía muy sola.

Y se escabulleron silenciosamente. Una vez en el patio, Baoyu se ocultó detrás de unas rocas y se levantó la túnica.

Sheyue y Qiuwen se detuvieron también y apartaron la mirada.

—No se desabroche los pantalones antes de haberse acuclillado —exclamaron riendo—. ¡Le puede entrar frío en las tripas!

Las dos doncellas más jóvenes, que venían detrás, vieron que Baoyu pretendía satisfacer una pequeña necesidad, y volvieron corriendo al cuarto donde se estaba preparando el té, en busca de agua caliente.

Cuando el muchacho ya iba a reunirse con las demás, se acercaron las esposas de dos criados.

—¿Quién hay ahí? —preguntaron.

—Es el señor Baoyu —respondió Qiuwen—. No griten así o lo asustarán.

—Perdonen, no sabíamos… —se disculparon las mujeres con una sonrisa—. No pretendemos causar problemas en esta fiesta. Seguro que están muy ocupadas estos días, ¿no es así, señorita?

Cuando llegaron hasta donde ellas estaban, Sheyue les preguntó qué era lo que llevaban en las manos.

—Pasteles y fruta para las señoritas Jin y Hua, de parte de la Anciana Dama.

—Lo que se está representando no es La caja mágica, sino Ocho caballeros —replicó Qiuwen—. ¿De dónde sale entonces esta diosa Jinhua[3]?

Baoyu hizo que Qiuwen y Sheyue abrieran las cestas y, mientras lo hacían, las dos mujeres se pusieron en cuclillas un poco más allá. Baoyu vio algunas de las mejores tortas, frutas, dulces y viandas del festín, e hizo un signo de aprobación. Luego siguió su camino. Inmediatamente las dos muchachas cerraron las cestas, las dejaron sin mirar dónde, y siguieron a su señor.

—Son mujeres amistosas que saben decir lo justo —comentó alegremente el muchacho—. Estos días deben andar fatigadísimas, pero no han dejado de comentar lo atareadas que debíais estar vosotras. No son nada jactanciosas, como otras.

—Esas dos son amables —replicó Sheyue—, pero hay otras que carecen realmente de modales.

—Vosotras sois muchachas inteligentes —dijo él—. Deberíais ser tolerantes con la tosquedad de esas pobres criaturas.

Ya estaban cerca de la puerta del jardín. Las amas, que habían estado atentas a su regreso mientras bebían y jugaban, se pusieron detrás de él en cuanto apareció y lo siguieron hasta el corredor situado detrás del salón del banquete, en el pequeño jardín. Allí había dos jóvenes doncellas que llevaban bastante tiempo esperando; una sostenía un tazón, la otra una toalla y un pequeño frasco de ungüento.

Qiuwen hundió sus dedos en el tazón para comprobar la temperatura del agua.

—Pero ¡qué descuidadas os estáis volviendo! —les riñó—. ¡Vaya idea la de traer agua fría!

—La culpa es del tiempo, señorita —explicó la muchacha—. Como temía que se enfriara por el camino, traje agua hirviendo; pero se ha enfriado igual.

Afortunadamente, en ese momento llegó un ama con una tetera de agua hirviendo.

—Eche un poco en esta cubeta, abuelita —suplicó la muchacha.

—Es para el té de la Anciana Dama —replicó ella—. Búscatela tú misma, chica. No temas que los pies te crezcan si caminas un poco hasta la cocina.

—No me importa para quién sea —intervino Qiuwen—. Si no nos da un poco, echaré agua de la mismísima tetera de la Anciana Dama para lavarnos.

Cuando la mujer reconoció a Qiuwen echó inmediatamente el agua en la cubeta.

—Es suficiente —dijo Qiuwen—. A su edad debería ser más sensata. ¡Como si no supiéramos que eso es para la Anciana Dama! Pero ¿acaso cree que se la pediríamos si no estuviéramos autorizadas?

El ama sonrió y pidió disculpas.

—Tengo mala vista, señorita, y no me di cuenta de quiénes eran.

Cuando Baoyu se hubo lavado las manos, la muchacha del frasco le echó un poco de ungüento, y él se las frotó. Entonces Qiuwen y Sheyue, que también se habían lavado las manos en el agua caliente y aplicado el ungüento, lo acompañaron de regreso al salón.

Allí Baoyu pidió una jarra de vino tibio con la intención de proponer un brindis por las tías Li y Xue, pero éstas le obligaron a sentarse.

—Dejad que el muchacho os llene las copas —terció la Anciana Dama—. Y procurad no dejar ni una gota.

Dicho lo cual apuró su propia copa. Cuando las damas Xing y Wang siguieron su ejemplo, las tías Xue y Li tuvieron que hacer lo propio.

—Llena las copas de tus primas —le dijo la Anciana Dama a Baoyu—. Hazlo correctamente y vigila que se lo beban todo.

Baoyu asintió y fue llenando por orden las copas. Cuando le tocó el turno a Daiyu, la muchacha se negó a beber, pero acercó la copa a los labios de Baoyu, que la bebió de un trago. La muchacha le agradeció el gesto con una sonrisa.

—No bebas vino frío, Baoyu —le advirtió Xifeng—. Si lo haces, luego te temblarán las manos y no podrás escribir, dibujar ni templar el arco.

—Pero si no he bebido vino frío… —protestó vivamente el muchacho.

—Lo sé. Sólo estoy haciéndote una advertencia en vano.

Cuando hubo llenado todas las copas salvo la de la esposa de Jia Rong, que fue servida por una criada, salió al corredor a brindar con Jia Zhen y los otros hombres, a los que acompañó por unos momentos antes de volver adentro y ocupar su sitio al lado de la abuela.

En aquel momento fue servida la sopa, seguida de yuanxiao[4].

—Que descansen las actrices —ordenó la Anciana Dama—. Esas pobres niñas deben tomar un poco de sopa y comida caliente antes de seguir.

E hizo que les llevaran dulces de todo tipo, panecillos de Año Nuevo y otros manjares.

Acabada la representación, una de las matronas trajo a dos mujeres ciegas, narradoras de cuentos que a menudo visitaban la casa, y colocó para ellas un par de taburetes a un lado. Se les pidió que tomaran asiento y les fue entregado un sanxian y una pipa[5]. Entonces la Anciana Dama preguntó a las tías Xue y Li qué deseaban escuchar.

—Cualquier cosa —respondieron.

Preguntó a las mujeres qué nuevos relatos traían.

—Uno sobre el final de la dinastía Tang y las cinco generaciones[6] —respondieron.

—¿Cómo se llama?

—El fénix busca a su pareja.

—¡Buen título! ¿Por qué se llama así? Oigamos de qué se trata y si suena bien pueden contarlo.

—Trata de un caballero, Wang Zhong, que vivió a finales de la dinastía Tang —dijo una de las mujeres—. Procedía de una familia de notables de Jinling. Después de llegar a primer ministro bajo dos emperadores, se hizo viejo y se retiró al campo; sólo tenía un hijo, llamado Wang Xifeng.

Al oír aquello todos los reunidos se echaron a reír.

—¡Igual que nuestra pilla Xifeng! —exclamó la Anciana Dama.

Unas criadas dieron un pequeño empujón a las narradoras advirtiéndoles:

—Ándense con cuidado, que ése es el nombre de nuestra segunda señora y no se puede pronunciar así como así.

—No importa, sigan —dijo la Anciana Dama.

Pero las narradoras se levantaron para pedir disculpas:

—Merecemos caer muertas aquí mismo. Ignorábamos que ése fuera el honorable nombre de Su Señoría.

—¿Qué importancia tiene eso? —exclamó Xifeng alegremente—. Mucha gente tiene el mismo nombre de origen y de generación. Sigan.

Entonces una de las mujeres continuó:

—Cierto año el viejo señor Wang envió a su hijo a la capital para que se presentara a los exámenes imperiales. Por el camino cayó un fuerte aguacero y el muchacho buscó refugio en una aldea donde, por uno de esos azares de la vida, vivía un notable caballero de nombre Li, viejo amigo de la familia del señor Wang, que le dio alojamiento en su estudio. Este señor Li no tenía hijos varones; Sólo una hija llamada Chuluan[7], para quien la pintura y la caligrafía no tenían más secretos que el weiqi y la lira.

—Ahora comprendo el título —interrumpió la Anciana Dama—. No necesitas seguir. Ya adivino el resto. Naturalmente Wang Xifeng desea casarse con la señorita Chuluan.

La narradora sonrió:

—¿Entonces ya ha oído esta historia, anciana antepasada?

—No hay una historia que la Anciana Dama no reconozca, aunque nunca la haya oído —le explicaron las demás.

—Todas esas historias son idénticas unas a otras, pues tienen el mismo modelo —se quejó la Anciana Dama—: siempre tratan de «jóvenes bellezas sin parangón» y de «talentudos letrados». Pero las perversiones que cuentan de esos jóvenes de buena familia no tienen nada que ver con la realidad, pues ¿cómo es posible considerar belleza virtuosa a una muchacha que se comporta así? Siempre empiezan igual: se presenta a una vieja y noble familia en la que nunca ha faltado el sano olor de los libros buenos. El padre siempre es un ministro, o incluso un primer ministro. Si acontece que tiene una hija, podéis estar seguras de que la quiere como a la más preciosa de las piedras preciosas; por supuesto, esa joven lo sabe todo sobre literatura, está versada en ritos y conveniencias, y prácticamente no hay nada de lo que se pueda saber que ella no sepa; en fin, es una belleza como nunca hubo antes una igual. Pero he aquí que aparece de pronto un apuesto joven, sea o no amigo o pariente de la familia, y ella entonces sólo piensa en casarse con él. ¿Sus padres? ¡Olvidados! ¿Los buenos libros, los ritos y conveniencias? ¡Olvidados! ¿Cómo puede contarse entre las bellezas virtuosas a una que, como ésta, se comporta a medio camino entre un demonio y un ladrón? Por más culta que sea, si actúa con diabólicos artificios, ¿cómo puede ser considerada una dama? Si un hombre con la cabeza repleta de enseñanzas se vuelve un ladrón, ¿lo perdonará la corte a la vista de su talento? Así se contradicen los autores de estas historias. Además, no sólo la hija de buena familia, sino también su madre es un dechado de virtudes. Y hay más: aunque al padre, en atención a su edad, el emperador le haya permitido retirarse a su lugar natal, esa familia tiene numerosas amas y doncellas, ¿por qué entonces en todas esas historias ocurren tantas cosas de las que sólo la muchacha misma y alguna doncella de su confianza tienen conocimiento? Me gustaría saber qué hacen los demás. ¿No os parece un disparate?

Todos se echaron a reír.

—¡La Anciana Dama ha desenmascarado sus mentiras!

—Esos autores tienen sus razones para obrar así —continuó la anciana—. Algunos de ellos, que envidian la gloria y las riquezas de algunas nobles mansiones, pueden haber solicitado una gracia que no les ha sido concedida y entonces escriben sus novelas para desprestigiarlas. Otros, que antes han leído historias de ese género, escriben sus propias novelas para poder tener ellos también un encuentro amoroso, aunque sólo sea imaginario, con una de esas encantadoras damitas. Pero ¿qué saben ellos sobre las costumbres de las familias nobles y cultas, en las que, de generación en generación, se alimenta el gusto por el estudio? Y no hablemos ya de las casas hereditarias de grandes dignatarios, fieles a las enseñanzas, que aparecen en esas narraciones; hablemos sencillamente de una familia de rango medio como la nuestra: las cosas que relatan en esas obras nunca podrían suceder realmente. ¡Qué cantidad de tonterías dicen! Por eso aquí no permitimos la entrada de todas esas mentiras, y nuestras jóvenes nunca las han oído. Ahora que estoy vieja y los aposentos de las muchachas están algo apartados, puede que yo escuche uno o dos de esos cuentos para pasar el rato, pero en cuanto llegan las muchachas los interrumpo.

—Ésa es la norma de las buenas familias —aprobaron las tías Li y Xue—. En nuestras casas tampoco permitimos que los jóvenes atiendan a semejantes frivolidades.

Entonces Xifeng se adelantó para servir más vino.

—¡Basta ya! —exclamó—. El vino se ha enfriado, anciana antepasada, pero será mejor que pruebe un sorbo para refrescarse la garganta antes de seguir echando por tierra las mentiras de esos desalmados. Ésta es una historia titulada Echando mentiras por tierra que está sucediendo realmente aquí, este año, este mes, hoy, a esta hora. Difícilmente podría hablar nuestra Anciana Dama con una sola boca por dos familias a la vez. Puesto que dos flores crecen sobre tallos separados, hablemos primero de una y después de la otra. No importa si son ciertas o falsas, volvamos a disfrutar de los faroles y las óperas. Permita que éstos parientes beban una copa de vino y disfruten de un par de escenas más del espectáculo; después de eso podrá seguir dejando en evidencia esos cuentos, empezando por los de la dinastía originaria hasta los de ahora. ¿Qué le parece?

Mientras hablaba había llenado todas las copas, y no dejaba de reír, de manera que contagió su buen humor a todos los reunidos hasta conseguir que éstos se desternillaran de risa. También reían las dos narradoras.

—¡Pero qué lengua tiene Su Señoría! —exclamaron—. Si empezara a contar cuentos, pronto nos dejaría sin trabajo.

—No te entusiasmes demasiado —advirtió la tía Xue a Xifeng—. Hay caballeros en las barandas y en el corredor; hoy no estamos solas.

—El más venerable de los caballeros que hay afuera es el primo Zhen —replicó Xifeng—. Hemos sido como hermanos desde pequeños y juntos hemos hecho tremendas travesuras. Claro que desde mi matrimonio me comporté con mayor corrección, pero aunque no hubiéramos jugado juntos desde niños y sólo fuéramos parientes políticos, ¿acaso no ocurre en Los veinticuatro actos de piedad filial que alguien se disfraza de bufón para divertir a sus padres? Ellos no pueden venir a divertir a la Anciana Dama, así que yo intento hacerla reír y comer un poco más mientras mantengo contento a todo el mundo. Deberían agradecérmelo en lugar de burlarse de mí.

—Sí, es cierto. No he tenido muchos motivos de risa estos últimos días —dijo la Anciana Dama—. Ahora que ha conseguido levantarme el ánimo con sus gracias, voy a servirme otra copa de vino.

Y pidió a Baoyu que brindara por Xifeng, después de haber dado un sorbo a su copa.

—No lo necesito —declaró Xifeng entre risas—. Aprovecharé algo de su buena fortuna, señora.

Y tomando la copa de la Anciana Dama se bebió el trago que quedaba. Luego la entregó a una doncella y puso ante la anciana otra limpia, que cogió de las que estaban en el agua caliente. Entonces todas las copas de la mesa fueron cambiadas por otras, y después de haberse servido más vino, cada uno volvió a su sitio.

—Ya que la Anciana Dama no desea escuchar este relato, ¿debemos tocar alguna tonada? —preguntó una de las narradoras.

—Sí, toquen «La orden del general»[8] —ordenó la anciana.

Las dos mujeres afinaron sus instrumentos y tocaron hasta que la Anciana Dama preguntó por la hora. Cuando le dijeron que acababa de pasar la guardia anunciando la tercera vigilia, comentó:

—Con razón está empezando a hacer tanto frío.

Ya unas jóvenes doncellas habían traído ropa de abrigo.

La dama Wang se puso de pie para preguntar:

—Señora, ¿por qué no se traslada a la alcoba interior, que ha sido caldeada? Nuestros parientes no tienen por qué ser tratados como extraños. Nosotros los atenderemos en su lugar.

—¿Y por qué no nos trasladamos todos allí? —replicó la Anciana Dama—. Sin duda sería más acogedor.

—Quizás no haya sitio para todos —se resistió la dama Wang.

—Lo sé. En vez de utilizar todas estas mesas podemos unir simplemente dos o tres, de modo que podamos sentarnos juntos, abrigados y cómodos.

Todos aprobaron la idea y se levantaron de sus asientos. Inmediatamente los criados despejaron el festín, agruparon tres mesas grandes en la alcoba y trajeron más frutas y platos.

—Que nadie se ponga ceremonioso —dijo la anciana cuando todo estuvo listo—. Limitaos a sentaros donde se os indique.

Hizo que las tías Xue y Li ocuparan los sitios de honor al norte; ella y Baoqin tomaron asiento en el este, flanqueadas por Daiyu y Xiangyun. A Baoyu le dijo que tomara asiento junto a su madre y él buscó un sitio entre ella y la dama Xing. Baochai y las demás muchachas ocuparon el lado oeste; luego venían la señora Lou y su hijo Jia Jun, luego Jia Lan entre las señoras You y Li Wan, y finalmente, en el lado sur, la esposa de Jia Rong.

Entonces la Anciana Dama mandó decir a Jia Zhen:

—Puedes llevarte a tus primos; pronto me retiraré.

Inmediatamente entraron todos los hombres a despedirse.

—Marchaos sin más —dijo la Anciana Dama—. No es necesario que entréis. Acabamos de sentarnos y no queremos interrumpirnos de nuevo. Id a descansar; mañana será un día ajetreado.

—Muy bien, señora —respondió Jia Zhen—. Pero que se quede Rong por lo menos para servirle el vino.

—Sí —convino ella—. Lo había olvidado.

Con un gesto de asentimiento se volvió Jia Zhen para conducir afuera a Jia Lian y los demás; después de haber dado instrucciones a los sirvientes para que acompañaran de vuelta a casa a Jia Zong y Jia Huang, ambos se fueron a disfrutar de la compañía de unas coristas. Pero no nos detengamos en este asunto.

Mientras tanto, la Anciana Dama comentó con una sonrisa:

—Se me ha ocurrido que para que nuestro placer sea completo deberíamos contar con la presencia de una pareja casada. Había olvidado a Rong. Ahora, con él aquí, ya no nos falta nada. Siéntate junto a tu esposa, Rong, y así tendremos una pareja reunida.

Unas matronas anunciaron que estaba a punto dé comenzar otra ópera.

—Las mujeres estamos disfrutando aquí de una agradable charla —dijo la Anciana Dama—. Ya no queremos más ruido. Es muy tarde y las niñas actrices deben estar muertas de frío. Que descansen un rato. Andad y traedlas para que representen un par de cuadros sobre este tablado. La compañía de afuera puede mirar la representación.

Inmediatamente, las mujeres enviaron un mensaje al jardín de la Vista Sublime con instrucciones para los pajes de la puerta interior, los cuales se dirigieron inmediatamente a los camerinos para acompañar al exterior a todas las mujeres mayores de la compañía dejando allí únicamente a las niñas actrices. Entonces el instructor del patio de los Perales Fragantes sacó a Wenguan y las otras once jóvenes actrices por la puerta lateral del corredor, acompañadas por algunas mujeres que cargaban bultos. Como no había tiempo para trasladar todo su utillaje, se limitaron a llevar el vestuario de unas cuantas óperas que podrían ser del gusto de la Anciana Dama. Las mujeres condujeron a las actrices adentro, y una vez presentados sus respetos éstas adoptaron una actitud de atención.

—¿Por qué vuestro instructor no os ha dejado salir a divertiros, si éste es el primer mes del año? —preguntó la anciana—. ¿Qué habéis ensayado últimamente? Los ocho fragmentos de Ocho caballeros son tan ruidosos que me han producido dolor de cabeza. Mirad a las señoras Xue y Li, que tienen compañías de ópera en su casa; han visto infinidad de buenas representaciones, y sus damitas han visto mejor ópera y escuchado mejores aires que los de aquí. Las actrices que hemos contratado hoy pertenecen a compañías entrenadas por prestigiosas familias de entendidos en ópera, mejores que muchas compañías más antiguas. Y eso que no son niñas. No podemos quedar mal hoy, así que probemos con algo nuevo. Fangguan nos va a cantar «En pos del sueño»[9] sin más acompañamiento que un huqin[10] y una flauta recta.

—Muy bien —respondió Wenguan con una sonrisa—. Nuestra representación de ningún modo está a la altura de lo que acostumbran a presenciar estas damas. Sólo podrán juzgar nuestra pronunciación y nuestras voces.

—Eso es —dijo la Anciana Dama.

—¡Qué niña tan inteligente! —exclamaron las tías Li y Xue—. Estás ayudando a la Anciana Dama a burlarse de nosotras.

—Aquí hacemos representaciones sólo por divertirnos; no somos profesionales. Por eso no veréis que sigamos las convenciones —dijo la Anciana Dama.

Luego dijo a Guiguan:

—Canta esa tonada que se llama «La entrega de una carta»[11], y no te molestes en maquillarte. Simplemente canta un par de escenas para entretener a estas dos damas con nuestro estilo de aficionadas. Pero eso sí, esmérate.

Wenguan y las demás asintieron y se retiraron a cambiarse de ropa. Primero representaron «En pos del sueño», y luego «La entrega de una carta». Todos escucharon en medio de un profundo silencio.

—No es nada fácil. He visto representaciones de cientos de compañías, pero nunca un acompañamiento sólo de flautas rectas —comentó la tía Xue.

—Se han dado casos —replicó la Anciana Dama—. Por ejemplo, aquella melodía, «Anhelo junto al río Chu», de La torre del Oeste[12], suele a menudo ser cantada por un personaje joven y masculino con acompañamiento de flauta recta. Si una escena como ésta resulta extraña, eso depende del gusto de cada cual. Pero no es nada insólito.

Y señalando a Xiangyun añadió:

—Cuando yo tenía su edad mi abuelo tenía una compañía de ópera en la que un músico tañía de verdad la lira cuando representaban «Escuchando la lira», de Historia del ala oeste; «Seducidos por la lira», de El romance de la peineta de jade, y las «Dieciocho canciones para flauta bárbara», de El retorno del tañedor de laúd[13]. ¿Qué os parece tanto refinamiento?

Todos admitieron que aquello era todavía más extraño. Entonces la Anciana Dama dijo a los sirvientes que ordenaran a Wenguan y su compañía tocar en la flauta y el laúd la pieza llamada «Luna llena en la fiesta de los Faroles», y éstos partieron a cumplir sus deseos.

En ese momento Jia Rong y su esposa ofrecieron un brindis a todos los reunidos. La Anciana Dama estaba ya de tan buen humor que Xifeng sugirió:

—Aprovechando que están aquí las narradoras de cuentos, ¿por qué no les pedimos que toquen un poco el tambor mientras pasamos de mano en mano un ramillete de flores de ciruelo y jugamos a «La alegría primaveral sube a las cejas»[14]?

—Ése es un excelente juego de copas y éste es sin duda el mejor momento para jugar —aprobó la Anciana Dama.

Mandó buscar un tambor de laca negra repujado en cobre que se guardaba para los juegos de copas, y pidió a las narradoras que lo tocaran, mientras tomaba de la mesa un ramillete de flores de ciruelo.

—Quien tenga las flores cuando el tambor se detenga debe beber una copa y decir algo —decretó.

—Los demás no somos tan hábiles como la Anciana Dama —objetó Xifeng—. Si nos atascamos, el juego perderá toda su gracia. Encontremos algo que puedan disfrutar por igual los cultos y los vulgares. ¿Por qué el que se quede con las flores no cuenta un chiste?

Como Xifeng era conocida por sus chistes y su inagotable repertorio de frases originales, su propuesta mereció la aprobación de todos los comensales, así como de las criadas, jóvenes y viejas. Las doncellas jóvenes salieron inmediatamente a avisar a sus amigas:

—¡Venid rápido! La segunda señora va a contar un chiste.

En un abrir y cerrar de ojos el cuarto se llenó de doncellas.

Apenas hubo concluido la representación, la Anciana Dama hizo que llevaran bebidas a Wenguan y a las otras actrices. Luego ordenó que empezaran los redobles de tambor. Avezadas en ese tipo de juegos, las narradoras fueron variando el tempo, y las flores fueron pasadas de mano en mano siguiendo el ritmo; primero lento, como agua goteando en una clepsidra, el redoblar fue cobrando velocidad hasta parecerse al ruido que hace un puñado de arvejas cayendo sobre un tazón. Después se produjo un atropellamiento como de estampida de caballos o de relámpago súbito, hasta que el sonido se interrumpió bruscamente, en el preciso instante en que las flores llegaban a la mano de la Anciana Dama. Se alzó un rugido de risas, e inmediatamente Jia Rong se adelantó a llenarle la copa.

—Naturalmente, la alegría llega primero a la Anciana Dama —exclamaron los demás—. Así podremos compartir su felicidad.

—No me molesta beber una copa —replicó ella—. Pero no se me ocurre ningún chiste.

—Pero si Su Señoría sabe más y mejores chistes que Xifeng… —se quejaron todos—. Cuéntenos uno bueno, señora.

—No tengo chistes nuevos, pero supongo que tendré que improvisar —dijo la Anciana Dama—. Pues bien, había una familia con diez hijos y diez nueras, y de éstas la décima era la más inteligente, tan despierta y bien hablada que llegó a ser la preferida de sus suegros, que criticaban a las otras nueve. A las demás aquello les pareció tan injusto que se reunieron a discutirlo. «Somos nueras devotas —dijeron—, pero no hablamos tan bien como esa perra y los viejos no nos elogian como a ella. ¿A quién nos quejaremos de esta injusticia?» La mayor sugirió: «Vayamos mañana al Templo del Rey de los Infiernos a ofrecerle incienso y quejarnos ante él. Le preguntaremos por qué, si todas hemos nacido humanas, sólo esa perra tiene el don de la elocuencia, mientras que a las demás se nos traba la lengua». Las otras ocho aprobaron la idea, y al día siguiente se dirigieron al templo y ofrendaron incienso, y durmieron al pie de aquel altar mientras sus espíritus aguardaban la aparición del Rey de los Infiernos. Esperaron largo tiempo, pero no sucedió nada. Ya empezaban a impacientarse cuando vieron al Rey Mono bajar dando saltos mortales desde las nubes. Al ver a aquellos nueve espíritus levantó su vara mágica y amenazó con golpearlos. Los nueve espíritus se arrodillaron atemorizados suplicándole clemencia. Entonces el Rey Mono les preguntó qué era lo que les traía a ese lugar, y ellos le relataron toda la historia. Golpeando el pie con el suelo, el Rey Mono exclamó con un suspiro: «¡Conque ése era el motivo! Menos mal que se han encontrado conmigo. De haber esperado la llegada del Rey de los Infiernos, él no hubiera podido dar respuesta». Los nueve espíritus le suplicaron: «Apiádate de nosotros, Gran Santo[15]. Es todo lo que te pedimos». «Es muy fácil —respondió el Mono con una sonrisa—. El día que vosotras diez nacisteis yo había ido a visitar al Rey de los Infiernos y, por una de esas casualidades, oriné en el suelo. Vuestra cuñada menor lo lamió todo. Si lo que queréis es el don de la elocuencia, orinaré para que podáis beber todo lo que queráis.»

Todos los reunidos se echaron a reír.

—¡Muy bien! —exclamó Xifeng—. Menos mal que aquí hablamos poco, pues de otro modo la gente andaría diciendo que hemos bebido orines de mono.

Bromeando, las señoras You y Lou dijeron a Li Wan:

—¡La que ha bebido orines de mono se hace ahora la inocente!

La tía Xue comentó con una risita:

—No importa que los chistes sean buenos o malos si corresponden a las circunstancias.

Se reanudó el redoble y unas jóvenes doncellas que deseaban escuchar los chistes de Xifeng les dijeron en voz baja a las narradoras que ellas toserían en el momento en que debían parar. La flor de ciruelo dio dos vueltas y apenas llegó a la mano de Xifeng las muchachas tosieron y se produjo el silencio.

—¡Ahora sí que te hemos atrapado! —exclamaron jubilosamente los demás—. Bebe rápido y cuéntanos uno bueno. Pero cuidado, no vayamos a ahogarnos de la risa.

Xifeng apuró su vino y se puso a pensar unos instantes.

—En pleno primer mes —empezó—, durante la fiesta de los Faroles, estaba una familia pasándoselo muy bien. Todos sus miembros, reunidos, jugaban y bebían. Estaban la bisabuela, la abuela, las suegras, las nueras, las esposas de los nietos, las esposas de los bisnietos, los nietos, los esposos de las sobrinas nietas y una parvada de tataranietos, así como nietas, sobrinas nietas por el lado paterno y materno, y sobrinas nietas por el lado de los hermanos y hermanas… Era una cosa realmente divertida.

—¡Pero mira cómo mueve la lengua! —exclamaron entre risas—. ¿A quién más vas a meter en tu cuento?

—Te pellizcaré los labios si me metes a mí —le advirtió la señora You.

De un salto, Xifeng se levantó para protestar:

—Aquí estoy, trabajando duro mientras vosotras no dejáis de interrumpirme. Muy bien, ya no diré ni una palabra más.

—Sigue —le pidió la Anciana Dama—. ¿Qué sucedió?

Xifeng pensó antes de responder:

—Estuvieron juntos toda la noche y después sé separaron.

Dijo aquello con tono grave y el rostro muy serio, y después calló. Algo perplejos, los demás esperaron a que continuara, pero no obtuvieron sino un helado silencio.

Xiangyun miró fijamente a Xifeng hasta que ésta dijo con una sonrisa:

—Aquí tengo otro sobre la fiesta de los Faroles. Un hombre llevaba a las espaldas un petardo del tamaño de una casa para dispararlo en las afueras de su aldea; lo seguían miles de personas que no querían perderse el espectáculo, Un tipo estaba muy impaciente y prendió la mecha con una varilla de incienso sin que el otro se diera cuenta. Entonces, ¡pum!, el cohete partió, la multitud rugió de risa y se dispersó. El hombre que había cargado con el petardo se quejaba: «¡Qué trabajo tan malo ha hecho el pirotécnico! ¿Cómo es posible que el cohete haya partido antes de haber sido encendido?».

—¿Acaso no oyó la explosión? —objetó Xiangyun.

—El hombre era sordo —repuso Xifeng.

Cuando entendieron el chiste, todos se echaron a reír.

Luego, volviendo a su primer relato, le preguntaron:

—¿Y qué sucedió con el primero? Termínalo también.

—¡Pero qué pregunta! —exclamó Xifeng golpeando la mesa—. El día siguiente era el decimosexto, ya había pasado la fiesta y todos estaban ocupados despejando las cosas. ¿Quién podría saber lo que sucedió en semejante revoltijo?

Aquello les hizo reír de nuevo.

—Ya ha pasado la guardia anunciando la cuarta vigilia —anunció Xifeng—. Creo que nuestra Anciana Dama estará cansada. Ya es hora de que partamos, como el sordo del petardo.

Los reunidos se revolcaban de risa con los pañuelos apretados contra la boca. Señalando a Xifeng, la señora You balbuceó:

—¡Pero cómo habla esta criatura!

—Cada día es más descarada —se rió la Anciana Dama—. Ha hablado de petardos. Pues bien, encendamos algunos fuegos artificiales para recobrar un poco la sobriedad.

Inmediatamente salió Jia Rong a buscar pajes que montaran los biombos y los tabladillos en el patio para colocar o colgar los cohetes. Éstos habían llegado como tributo desde diversos puntos del país, y a pesar de no ser muy grandes eran sumamente ingeniosos, con muchos colores, adornados con escenas de relatos y completados por otras clases de petardos.

Como la delicada condición de Daiyu le impedía soportar ruidos fuertes, su abuela la mantuvo cerca de ella, mientras la tía Xue rodeaba con los brazos a Xiangyun, quien declaró sonriendo que ella no estaba asustada.

—Nada le gusta más que encender ella misma unos grandes petardos —explicó Baochai—. ¿Por qué habría de temer éstos?

La dama Wang había sentado a Baoyu en su regazo.

—¡Y nadie se preocupa por la pobrecita Xifeng! —se quejaba ella misma.

—Yo sí —se rió la señora You—. Ven y siéntate sobre mis rodillas. No temas. Otra vez te estás comportando como una niña mimada. El ruido de los petardos se te ha subido a la cabeza como si hubieras comido cera de abejas.

—Vayamos a encender fuegos artificiales en el jardín cuando acabe esta fiesta —propuso Xifeng alegremente—. Yo lo hago mejor que estos pajes.

El espectáculo pirotécnico de afuera incluía centelleos del tipo «Cielo repleto de estrellas», «Nueve dragones surcan el cielo», «Un relámpago surgido del vado» y «Diez truenos en el aire».

Cuando acabaron, se ordenó a las jóvenes actrices que representaran Caen las flores de loto[16]. A tal efecto, el escenario fue cubierto con monedas y las niñas actrices se lanzaron jubilosamente a recogerlas.

Cuando por fin fue servida la sopa, la Anciana Dama comentó:

—Ha sido una larga velada y estoy hambrienta.

—Hemos preparado un guiso de pato —le dijo Xifeng.

—Preferiría algo menos grasiento.

—También hay potaje de dátiles para las damas que están ayunando.

—Uno demasiado grasiento, el otro demasiado dulce —se quejó la anciana.

—Hay gachas de almendra, pero también es un plato dulce.

—Me vendrán bien.

Entonces fueron despejadas las mesas y servida la comida. Después de una breve colación se enjuagaron las bocas con té y la fiesta se acabó.

En la mañana del decimoséptimo día fueron al templo de los Antepasados de la mansión Ning para hacer un nuevo sacrificio, después de lo cual cerraron las puertas del templo, guardaron los retratos ancestrales, y todos volvieron a sus casas.

Aquel día la tía Xue invitó a los demás a un festín de Año Nuevo. Hubo otros banquetes ofrecidos por los mayordomos: el día dieciocho por Lai Da, el diecinueve por Lai Sheng de la mansión Ning, el veinte por Lin Zhixiao, el veintiuno por Shan Daliang y el veintidós por Wu Xindeng. La Anciana Dama sólo asistió a algunos, y sólo permaneció hasta el final en aquellos en los que se encontraba de buen humor; en caso contrario se retiraba al poco rato.

En cuanto a los parientes y amigos que llegaron personalmente a invitar a los Jia a un banquete o disfrutar del que ellos ofrecían, ninguno fue aceptado por la Anciana Dama, que se hizo representar por las damas Wang y Xing y por Xifeng. Y Baoyu, alegando que su abuela lo necesitaba para entretenerse, sólo fue a casa de Wang Ziteng, de modo que la Anciana Dama no asistió más que a aquellas fiestas de mayordomos en las que podía sentirse a gusto y disfrutar la reunión. Pero dejemos ya estas habladurías.

Pronto pasó la fiesta de los Faroles…

CAPÍTULO LV

Por un motivo baladí, una estúpida concubina

afrenta a su propia hija.

En el corazón de una esclava perversa anida

el rencor contra su joven dueña.

Pasó la fiesta de los Faroles. Como una de las concubinas de su padre había caído enferma, el emperador, conocido por su piedad filial y sus virtudes en la administración de todos los asuntos bajo el cielo, ordenó que sus propias concubinas se vistieran y alimentaran con sencillez, cancelaran sus visitas al hogar paterno y no se celebraran festines ni se organizaran diversiones de Año Nuevo en palacio. En consecuencia, aquel año no hubo adivinanzas colgadas en los faroles de la mansión Rong.

Apenas había amainado el trajín de Año Nuevo cuando Xifeng sufrió un aborto y se vio obligada a dejar los asuntos domésticos y ponerse en manos de dos o tres médicos de la corte, que la reconocían y atendían diariamente. Pero ella sobrestimó sus fuerzas, físicas y espirituales, y a pesar de que seguía en cama se obstinaba en seguir haciendo cálculos y trazando planes que Pinger transmitía a la dama Wang. Desatendiendo todos los consejos, no se permitió reposo.

Con Xifeng postrada, la dama Wang se sentía como si le hubieran amputado el brazo derecho, y no tuvo la energía suficiente para afrontar todos los asuntos de la mansión. Así fue como empezó a decidir personalmente sólo sobre los temas más importantes mientras dejaba en manos de Li Wan el cuidado de los asuntos domésticos menores. Pero como Li Wan era una de esas personas que tienen más virtudes que habilidades, resultó inevitable que los sirvientes terminaran haciendo las cosas a su manera; por lo cual la dama Wang pidió a Tanchun que la ayudara durante un mes, hasta que Xifeng se hubiera repuesto y pudiera volver a hacerse cargo del gobierno de la mansión.

Pero Xifeng era de constitución delicada, y en la inexperiencia de la juventud nunca había cuidado su salud; más aún, en su afán por descollar había abusado tanto de sus fuerzas que un simple aborto había conseguido reducirla a un estado de postración. Un mes después vino a sumarse a su mal estado una continua pérdida de sangre, y a pesar de sus esfuerzos por mantenerlo en secreto, su palidez y la evidente pérdida de peso revelaban a las claras que no se estaba cuidando adecuadamente. La dama Wang le suplicó que dejara de preocuparse por los asuntos domésticos, y que se limitara a tomar sus medicinas e intentar superar la enfermedad. Y como ella misma temía que un agravamiento fuera motivo de alegría para algunas personas que no la querían bien, se concentró en recuperar la salud cuanto antes. Aquella recuperación tardó en llegar, pues sólo en el otoño pudo advertirse cierta mejoría al detenerse el flujo de sangre. Pero nos estamos adelantando a los acontecimientos…

El caso es que después de comprender que de momento no era posible relevar ni a Tanchun ni a Li Wan de sus responsabilidades, a causa del estado de Xifeng, y que había en el jardín muchas personas a las que era preciso controlar, la dama Wang decidió reclutar también la ayuda de Baochai.

—Las criadas viejas no cumplen sus obligaciones —le dijo—. Cualquier ocasión les parece buena para empinar el codo y jugar al dominó, y se pasan el día durmiendo para poder jugar por la noche. Conozco todos sus trucos. Cuando Xifeng ronda por la casa siempre están atemorizadas, pero ahora que ella no está tratarán de aprovecharse. Tú, querida muchacha, eres buena y firme. Tus primas son jóvenes y yo estoy muy ocupada. No puedo contar con nadie más. ¿Te molestaría dejar tu rutina un par de días para echarle un ojo a toda esa gente? Si algo ocurriera, ven y cuéntamelo antes de que la Anciana Dama pregunte y yo no tenga respuesta que darle. Si las sirvientas se comportan mal, llámalas al orden. Si no te obedecen, házmelo saber. Hay que impedir a cualquier precio que ocurra algo grave.

Naturalmente, Baochai se mostró de acuerdo con las recomendaciones de su tía.

Y llegó el primer mes de la primavera. Daiyu tosía de nuevo y Xiangyun, afectada por las miasmas de la estación, también cayó enferma y se confinó en su lecho del parque de las Alpinias tomando pócimas día tras día. Como Tanchun y Li Wan vivían a cierta distancia una de la otra, y les resultaba muy incómodo enviarse recados continuamente, ahora que compartían las responsabilidades domésticas, decidieron consultarse los asuntos todas las mañanas en el pequeño salón dividido en tres ámbitos que estaba situado en la puerta sur del jardín. Adoptaron la costumbre de desayunar allí y regresar a sus propios aposentos alrededor del mediodía.

Aquel salón había servido de cuartel general de los eunucos con ocasión de la visita de la consorte imperial, y desde entonces sólo había sido utilizado por algunas criadas viejas que pasaban allí sus guardias nocturnas. Como el tiempo empezaba a ser caluroso, no fueron precisas grandes reparaciones: un par de pequeños arreglos dejaron el lugar listo para que lo ocuparan las dos mujeres. Sobre la tablilla horizontal de la entrada se podía leer: «Auxiliar a la Benevolencia y Manifestar la Virtud», pero la gente de la casa lo llamaba simplemente «Salón del Consejo».

Las dos jóvenes señoras llegaban allí cada mañana a las seis y no partían antes del mediodía, como queda dicho, después de que un interminable rosario de criadas informara sobre los asuntos que le habían sido encomendados a cada una. Todas aquellas mujeres se habían alegrado secretamente al saber que Li Wan sería la única encargada de supervisar sus trabajos, pues la consideraban demasiado bondadosa para castigar a nadie, y por lo tanto mucho más fácil de engañar que Xifeng. Tampoco se preocuparon cuando más adelante se le unió Tanchun, pues la tenían por una joven soltera, de trato agradable y sereno. Por todo lo cual descuidaron sus obligaciones más que de costumbre. Pasados unos días advirtieron, por ciertos indicios y la manera que tenía de solucionar algunos asuntos, que Tanchun era tan minuciosa y exigente como Xifeng, y que sólo se diferenciaba de ella por un lenguaje más ponderado y un mayor sosiego en los modales.

Resultó que todos aquellos días la dama Wang estuvo ocupadísima con más de una docena de ascensos, degradaciones, matrimonios y entierros ocurridos en el seno de las familias de nobles o funcionarios hereditarios ligados a las casas de Rong y Ning por vínculos de sangre o amistad, todo lo cual obligaba a visitas de felicitación o pésame, banquetes de recepción o despedida. Aquello le hurtó toda posibilidad de encargarse personalmente de los asuntos domésticos, de modo que Li Wan y Tanchun se pasaban todo el día en el salón, mientras Baochai supervisaba el trabajo de las sirvientas de los aposentos de la dama Wang hasta el regreso de ésta. Como última tarea del día, antes de retirarse a coser, Li Wan y Tanchun hacían una ronda por el jardín en una pequeña silla de manos escoltadas por el servicio de guardia. Así es como entre las tres mantenían un control todavía más estricto que el de Xifeng.

—¡Nos deshicimos de un demonio que patrullaba el mar y en su lugar llegan tres espíritus guardianes de la montaña! —empezaron a quejarse secretamente todas las sirvientas—. Ya ni siquiera tenemos oportunidad de beber y jugar por la noche.

Cierto día la dama Wang fue invitada a un banquete en casa del marqués de Jinxiang. Li Wan y Tanchun se levantaron temprano para atenderla hasta su partida, y luego volvieron al salón. Estaban allí bebiendo té cuando llegó la esposa de Wu Xindeng a informar de que el día anterior había muerto Zhao Guoji, el hermano de la concubina Zhao.

—Ayer se lo dije a la señora, y me encargó que le transmitiera la noticia.

No dijo más, y se mantuvo en actitud de respetuosa atención.

Todas las criadas que habían venido a dar cuenta de sus asuntos se morían de curiosidad por ver cómo las dos jóvenes damas resolverían el problema. Si lo hacían correctamente serían respetadas; el menor error no sólo haría que fueran despreciadas, sino que una vez fuera las criadas empezarían a chismorrear burlándose de ellas. La señora Wu sabía qué era lo que debía hacerse, y de haber estado frente a Xifeng hubiera tratado de ganarse su favor haciendo diversas sugerencias y citando precedentes para que se pudiera elegir uno entre ellos como solución al caso actual. Pero como consideraba a Li Wan una mujer simple y sin malicia, y a Tanchun una niña, no dijo más, y esperó a ver qué determinación tomaba la pareja.

Tanchun consultó a Li Wan, que pensó un momento.

—Si no recuerdo mal, a Xiren se le entregaron cuarenta taeles el otro día, cuando murió su madre. Podemos darle la misma suma a la señora Zhao.

La señora Wu asintió de inmediato, tomó la tarja y se dispuso a partir, pero Tanchun la detuvo diciéndole:

—No vayas todavía a recoger ese dinero. Tengo algo que preguntarte. Algunas de las viejas concubinas de los aposentos de la Anciana Dama vinieron de fuera, y otras procedían de familias que trabajaban aquí. He oído decir que unas y otras no tenían el mismo tratamiento. ¿Cuánto se suele entregar cuando muere el pariente de un criado de nuestra casa? ¿Cuánto a uno de fuera? Ponnos un par de ejemplos. Te escuchamos.

Interrogada de aquella manera, la señora Wu fue incapaz de recordar ningún caso anterior.

—No importa —respondió con una sonrisa—. No importa cuánto se le dé, ya que no se atreverá a quejarse.

—¡Pamplinas! —replicó Tanchun en tono agradable—. No me importa entregar en esta ocasión cien taeles, pero si no aplico la norma de la casa no sólo se reirán de mí, sino que además no podré volver a mirar a la cara a la segunda señora.

—En ese caso iré a consultar las viejas cuentas —se ofreció la señora Wu—. En este momento no puedo recordar.

—Tienes mucha experiencia en estas cosas —señaló Tanchun—. Sin embargo, dices haber olvidado otros casos similares. Me parece que lo que pretendes es dificultar nuestra decisión. ¿Tienes que acudir a las viejas cuentas cuando informas a la segunda señora? Si así fuera, Xifeng sería bondadosa, no exigente. Trae esas cuentas ahora mismo. Tarda un día más y la gente no te acusará a ti de negligencia, sino a nosotras de indecisión.

La señora Wu enrojeció de vergüenza ante esas palabras y salió a toda prisa, mientras que a las otras mujeres la consternación las dejó mudas de asombro. A continuación se informó acerca de otros asuntos.

Pronto volvió la señora Wu con las viejas cuentas. Al revisarlas, Tanchun descubrió que dos concubinas que habían sido sirvientas de la familia habían recibido veinte taeles cada una, mientras que otras dos que procedían de fuera habían recibido el doble; y dos más, también de fuera, cien y sesenta taeles respectivamente. Pero estaba registrado que eso se debía a que, en el primer caso, se habían concedido excepcionalmente sesenta taeles para que los ataúdes de sus padres fueran trasladados a otra provincia, y en el segundo hubo un pago adicional de veinte para comprar una parcela en el cementerio.

Tanchun mostró aquellas salidas a Li Wan.

—Dale veinte taeles —ordenó a la señora Wu.

—Y déjanos aquí estas cuentas para revisarlas cuidadosamente —intervino Tanchun.

La señora Wu hizo lo que se le ordenaba y se retiró.

De pronto irrumpió en el salón la concubina Zhao. Inmediatamente Tanchun y Li Wan le pidieron que tomara asiento.

—Pase que en esta casa todos me pisoteen la cabeza —rugía la concubina—, ¡pero es indigno que al menos usted, señorita, no se ponga de mi parte!

Y mientras hablaba, empezó a sollozar y gimotear.

—Pero ¿de qué habla, señora? —preguntó Tanchun—. No comprendo. ¿Quién está pisoteándola? Dígamelo, y no dude que me pondré de su parte.

—Hablo de usted, señorita. ¿De quién puedo quejarme yo en estas circunstancias?

—Yo nunca me atrevería a tales inconveniencias —dijo Tanchun, levantándose con vivacidad para protestar.

También Li Wan se incorporó para intentar apaciguarla.

—¡Por favor, siéntense las dos y escúchenme! —exclamó la concubina—. Durante mucho tiempo he sido tratada en esta casa como basura, a pesar de haberlos llevado a usted y a su hermano en mi vientre; pero ahora, y gracias a usted, mi rango es incluso menor que el de una doncella como Xiren. ¿Qué prestigio me queda? Esto no sólo me desprestigia a mí, sino también a usted.

—Así que se trata de eso… —sonrió Tanchun—. ¡Como si yo fuera capaz de contravenir la ley y las costumbres!

Volvió a tomar asiento, mostró a la concubina Zhao los libros de contabilidad y le leyó los gastos del caso.

—Éstas son las reglas establecidas por nuestros ancestros —declaró—, y estamos obligados a guiarnos por ellas. ¿Quién soy yo para modificarlas? Xiren no es una excepción. Si más adelante mi hermano Huan toma una concubina de fuera, tendrá el mismo rango que Xiren. No es un problema de competencia por el rango y nada tiene que ver con el prestigio. Si alguien está al servicio de mi señora, no puedo sino seguir las reglas. Este caso es el de una hija de esclavos, al servicio de nuestra segunda señora, y lo he resuelto conforme a la antigua tradición; si ella reconoce que la decisión es justa, que se lo agradezca a la bondad de nuestros ancestros y nuestra señora; si piensa que es injusta, no deja de ser una estúpida incapaz de saber cuándo le van bien las cosas. Aunque nuestra señora le entregara la casa entera, a mí eso no me reportaría prestigio alguno. Y si no diera un solo centavo, tampoco me haría perderlo, Siga mi consejo y tómese un buen descanso mientras no está la señora. ¿Por qué se enfada de esa manera? La señora ha sido la bondad misma conmigo, pero la manera que tiene usted de crear problemas la ha afligido en más de una ocasión. De haber sido un muchacho, capaz de dejar esta casa, hace tiempo que me hubiera abierto mi propio camino en el mundo. Lástima que sólo sea una muchacha y no pueda decir una sola palabra de más. La señora es muy comprensiva y me tiene la suficiente consideración como para ponerme al frente de los asuntos de la casa; pero antes de que pueda demostrar mi capacidad viene usted a hostigarme. Si esto llega a sus oídos me apartará del trabajo para no ponerme en un aprieto; entonces sí que se derrumbaría mi prestigio. Y también el suyo, claro.

Y dicho esto, la muchacha prorrumpió en amargos sollozos.

No sabiendo qué oponer a tales argumentos, la concubina replicó:

—Debería aprovechar la consideración que le tiene la señora para ayudarnos, a su hermano Huan y a mí. Pero en su afán por ganarse el favor de la señora nos ha olvidado completamente.

—¿Cómo que he olvidado a mis parientes? ¿Qué clase de favor quiere que les haga? Tienen que preguntarse: ¿acaso los inferiores que buscan demostrar su valía no intentan complacer a todas las señoras? La gente buena no necesita intermediarios para demostrar que lo es.

Li Wan intentó calmar los ánimos:

—No se enfade, señora Zhao. No es culpa de ella. Su deseo es ayudarla a usted, pero ¿cómo puede decirlo claramente, dada su posición?

—¡No seas estúpida, cuñada! —exclamó Tanchun—. ¿A quién se supone que quiero ayudar? ¿Acaso las hijas de las grandes casas auxilian a los esclavos? Deberías saber que estos asuntos no son de mi incumbencia.

—¿Quién ha pedido su ayuda? —exclamó encolerizada la concubina—. De no estar encargada de la casa, ni siquiera habría recurrido a usted. Pero resulta que lo que usted diga ahora se tomará como una orden. ¿Por qué su señora habría de objetar algo a que usted diera veinte o treinta taeles de más para el funeral de su tío? Todo el mundo sabe lo buena y generosa que es ella; son gentes como ustedes las tacañas. Lástima que no esté aquí para demostrar su generosidad. Pero descuide, señorita, no es su propio dinero el que está ahorrando. Siempre he esperado que después de su matrimonio llegue a mostrarle más consideración a la familia Zhao; pero he aquí que todavía no le han crecido las plumas y ya ha olvidado las raíces; tantas son sus ansias de volar hasta la copa del árbol.

Antes de que hubiera concluido la diatriba de la concubina Zhao, ya estaba el rostro de Tanchun lívido de ira. Virtualmente ahogada por sus sollozos preguntó:

—¿Mi tío? ¿Quién es mi tío? El único tío que yo conozco acaba de ser nombrado inspector militar de nueve provincias. ¿Qué otros tíos tengo? ¿Es así como se me paga haber respetado siempre las reglas del protocolo con la familia de mi madre? ¿Éstos son los parientes que merezco? Si lo que dice es cierto, ¿entonces por qué tenía que ponerse de pie Zhao Guoji cada vez que pasaba mi hermano Huan? ¿Por qué lo escoltaba hasta el colegio como un lacayo en vez de hacer valer su condición de tío por parte de madre? ¿Es necesario que monte semejante escena? Todos saben que soy hija de una concubina, pero no es preciso echármelo en cara cada tantos meses, como si temiera que los demás lo olvidaran. ¿Quién está desprestigiando a quién? Por fortuna soy lo bastante sensata como para no olvidar mis modales, ¡o hace ya mucho tiempo que habría perdido la paciencia!

Li Wan hizo intentos desesperados por tranquilizarlas, pero la concubina siguió rezongando y no se detuvo hasta que oyó:

—Ha llegado la señorita Pinger con un mensaje de la segunda señora.

El anuncio la obligó a cerrar la boca y recibir a Pinger con su mejor sonrisa, y la invitó a tomar asiento:

—¿Ya está mejor tu señora? —preguntó a Pinger—. Tenía la intención de hacerle una visita, pero no he encontrado el momento adecuado.

Al mismo tiempo que la concubina Zhao, Li Wan se dirigió también a Pinger para preguntarle por el recado de su señora.

—La segunda señora pensó que quizás ustedes no supieran que existe una antigua tradición en la casa, según la cual el coste de un funeral como el del hermano de la señora Zhao no debe sobrepasar los veinte taeles. Pero también ha dicho que deja la decisión en sus manos, por si desean que la suma, en este caso, sea mayor.

—¿Acaso es ésta una excepción? —replicó Tanchun, con los ojos ya secos—. ¿Es que acaba de morir un fenómeno que estuvo veinticuatro meses en el vientre de su madre? ¿O quizá son estos los funerales de un leal servidor que salvó la vida de su señor llevándolo a cuestas entre el fragor de una batalla? ¡Qué hábil es tu señora! Me incita a romper las reglas prescritas por la tradición mientras ella se reserva el papel de respetuosa. ¡Está comprando la buena voluntad de la señora a costa mía! Dile que sin un buen motivo yo no me atrevo a aumentar o disminuir las sumas estipuladas. Si se siente caritativa y desea añadir algo, tendrá que esperar hasta que mejore su salud y pueda hacerse cargo de sus funciones.

Ya al entrar, Pinger había percibido que algo no andaba bien y aquellas palabras le hicieron comprender la situación. Como Tanchun estaba furiosa, en lugar de replicar con una de sus habituales bromas permaneció en actitud de respetuoso silencio, con los brazos pegados al cuerpo.

En ese momento llegó Baochai, que venía de los aposentos de la dama Wang. Tanchun y las demás se pusieron de pie para ofrecerle asiento; pero antes de que pudieran iniciar una conversación entró otra comadre a rendir cuentas. Y como Tanchun tenía el rostro surcado de lágrimas, tres o cuatro jóvenes doncellas trajeron una batea, toallas, un espejo con mango y otros accesorios de aseo. Una de ellas se arrodilló frente a Tanchun, que estaba con las piernas cruzadas sobre el diván, y sostuvo la batea ante ella mientras otras dos se arrodillaban a su lado con toallas, espejos y cosméticos. Al advertir que no estaba allí Daishu para ayudar, Pinger se adelantó y le subió las mangas a Tanchun, le quitó los brazaletes y colocó una toalla grande cubriéndole el pecho y el regazo. No bien hubo hundido Tanchun sus manos en la batea, la mujer recién llegada anunció:

—Señoras, la escuela de la familia pide que le sean abonadas las cuotas anuales de los señores Huan y Lan.

—¿A qué viene tanta prisa? —exclamó Pinger indignada—. ¿No ves que la joven dama se está lavando? Deberías esperar fuera, y no irrumpir aquí con esas maneras. ¿Serías tan impertinente si se tratara de la segunda señora? Bien está que la joven dama tenga un corazón bondadoso, pero no te quejes si esto llega a oídos de mi señora y terminas metida en problemas por faltarle al respeto.

—¡Qué estúpida soy! —exclamó desconsolada la mujer, y abandonó el cuarto corriendo.

Tanchun, que ya se estaba echando polvo en la cara, lanzó a Pinger una sonrisa irónica.

—Has llegado tarde para ver algo todavía más ridículo —le dijo—. Incluso una mujer de mundo como la esposa de Wu, el mayordomo, vino sin comprobar sus datos a ver si nos ponía una zancadilla. Cuando le preguntamos por los precedentes tuvo la desfachatez de decir que los había olvidado. Le pregunté qué le ocurriría si diera esa respuesta a la segunda señora; dudo que ella tolerase este tipo de cosas.

—Le garantizo que si a mi señora le diera una sola vez esa respuesta le quebraría las piernas —respondió Pinger—. No, señorita, en esta gente no se puede confiar ni un ápice. Ahora, como la señora Zhu es una verdadera bodhisattva y usted una señorita tan amable, están intentando aprovecharse.

Y se volvió hacia la puerta gritando a las mujeres de afuera:

—Sí, aprovechaos lo que podáis como unas groseras, ¡pero esperad a que la señora Lian se ponga bien y os ajuste las cuentas!

Las matronas de afuera le respondieron:

—Es usted muy comprensiva, señorita. Ya conoce el refrán: «Si un hombre actúa mal, sólo él es responsable de sus actos». No seremos nosotras quienes pretendamos engañar a la señorita Tanchun. Quien provocara a una joven dama delicada como ella merecería la muerte sin sepultura.

—Mientras no lo olvidéis… —replicó desdeñosamente Pinger. Luego se volvió hacia Tanchun con una sonrisa—: Usted sabe lo ocupada que andaba la señora Lian, señorita. No podía dar abasto, y es probable que se le hayan pasado por alto ciertas cosas. Como dice el proverbio: «El observador ve con mayor claridad que el implicado». Durante todos estos años como observadora distanciada, usted puede haber advertido casos en los que ella no consiguió actuar adecuadamente. Si llega a ponerlos en orden, cubriendo algunas lagunas o poniendo término a algunos abusos, no sólo habrá ayudado a Su Señoría, sino también mostrado su amistad con mi señora…

—Pero ¡qué muchacha tan buena! —exclamaron sonriendo Baochai y Li Wan antes de que Pinger pudiera concluir—. Con razón Xifeng te estima tanto. No teníamos la menor intención de hacer cambios, pero después de lo que has dicho vamos a reconsiderar uno o dos casos para mostrar nuestro aprecio por ella.

—Estaba tan furiosa que traté de desahogar mi rabia contra su señora —dijo Tanchun a su vez—, pero qué oportunamente ha llegado ella para desarmarme con sus palabras.

Y llamando a la mujer que había entrado hacía unos momentos le preguntó:

—¿En concepto de qué se han de pagar esas cuotas anuales de los señores Huan y Lan?

—Por el té y los dulces de un año en la escuela y los útiles de escritorio. Cada uno recibe ocho taeles de plata al año.

—Todos los gastos de los jóvenes señores están cubiertos por las mensualidades de los diversos aposentos —replicó Tanchun—. Los dos taeles mensuales de Huan son entregados a la concubina Zhao, los de Baoyu a Xiren, doncella de la Anciana Dama, y los de Lan a la señora Zhu. ¿Cómo puede ser que sólo para dos de ellos se paguen ocho taeles adicionales? ¿Acaso sólo van a la escuela para beneficiarse de ese gasto extraordinario? De ahora en adelante esto queda cancelado. Cuando vuelvas díselo a tu señora de mi parte, Pinger. Hay que cancelar ese gasto innecesario.

—Debió haber sido anulado hace mucho tiempo —dijo la doncella con una sonrisa—. El año pasado mí señora estuvo a punto de hacerlo, pero con todo el trajín de Año Nuevo lo olvidó.

Entonces la matrona tuvo que asentir y retirarse.

Luego unas criadas del jardín de la Vista Sublime trajeron unas cestas con comida, y Pinger puso los platos sobre la mesita preparada por Daishu y Suyun.

—Ahora que ya has transmitido tu mensaje puedes partir a ocuparte de tus asuntos —le dijo Tanchun—. No tienes que quedarte aquí ayudando.

—Ya estoy desocupada —replicó Pinger con una sonrisa—. La segunda señora me envió en parte para que entregara el mensaje, en parte para ayudar a las muchachas que Ja atienden en el caso de que faltara personal.

—¿Dónde está el almuerzo de la señorita Baochai? —preguntó Tanchun.

Unas muchachas salieron presurosas para avisar a las matronas:

—La señorita Baochai se queda a comer; que le traigan su comida.

Al oír aquello, Tanchun dijo en voz alta:

—No os pongáis mandonas. Todas esas mujeres de ahí fuera son esposas de mayordomos principales, y no gente que podáis mandar a por el té o el arroz. ¿Acaso no tenéis modales? Pinger no tiene nada que hacer aquí. Que vaya ella.

Pinger accedió inmediatamente y salió.

Las esposas de los mayordomos la llevaron discretamente a un lado y le dijeron:

—¿Cómo va usted a hacer ese recado, señorita? Ya hemos enviado a otra persona.

Limpiaron las escalinatas con sus pañuelos y le pidieron que se sentara al sol a descansar un rato, pues había estado de pie demasiado tiempo.

Apenas se hubo sentado, dos mujeres de las que se encargaban del té le acercaron un cojín.

—Esa piedra está fría, señorita —le dijeron—. Esto está limpio, úselo.

Ella lo agradeció con una sonrisa y alguien trajo un buen tazón de té recién hecho.

—Éste no es nuestro té habitual, sino uno de las jóvenes damas —le susurró—. Pruébelo.

Pinger inclinó la cabeza y lo aceptó.

Luego, señalándolas con un dedo amenazador, les recriminó:

—Realmente han ido demasiado lejos. Ella no es sino una niña, y, con toda la razón, no desea perder la paciencia; pero ésa no es razón para tratarla mal. Si realmente logran enfurecerla, a ella no se la podrá culpar más que de haber perdido los papeles, pero ustedes en cambio se meterán en un tremendo lío. Si arma un escándalo, hasta la dama Wang tendrá que aplacarla y tampoco habrá nada que la segunda señora pueda hacer. ¿Con qué cara pueden agraviarla en lo más mínimo? Son ustedes como un huevo estrellándose contra una roca.

—¿Cómo que con qué cara? —protestaron—. Todo ha sido culpa de la concubina Zhou.

—Basta, mis buenas mujeres —susurró Pinger—. Si una pared se tambalea, todos le dan un empujón. Reconozco que la concubina Zhao tiende a crear toda clase de problemas, pero cada vez que ocurre algo es a ella a quien se culpa. Todos estos años he podido ver los aires que se dan ustedes y las tretas que utilizan. Si la segunda señora no fuera tan hábil, todas ustedes, tan educadas, la hubieran derribado hace tiempo. Y todavía aprovechan cualquier oportunidad para crearle problemas. En más de una ocasión ha estado a punto de caer en alguna de sus trampas. La gente dice que la temen porque es aterradora, pero yo, que la conozco mejor, puedo decirles que ella también les tiene miedo a ustedes. Anteayer mismo decíamos que las cosas no podían seguir así, que probablemente iban a producirse un par de trifulcas. Y con la señorita Tanchun, a pesar de ser una joven soltera, se están equivocando. Ella es precisamente la única de las jóvenes damas a la que mi señora teme un poco, ¡y ustedes piensan que pueden tratarla de cualquier manera!

Fueron interrumpidas por la llegada de Qiuwen. Todas las matronas la saludaron y le pidieron que descansara un rato.

—Adentro están comiendo —le explicaron—. Mejor no entres hasta que hayan terminado.

—¿De dónde voy a sacar el tiempo para esperar? —replicó Qiuwen—. Yo no soy como ustedes.

Ya estaba entrando cuando Pinger la llamó de vuelta. Al verla, Qiuwen sonrió.

—¿Y qué haces tú aquí? ¿Estás guardando la puerta? —le preguntó mientras tomaba asiento junto a ella sobre el cojín.

—¿Y qué negocios te traen a ti aquí? —preguntó Pinger en voz baja.

—Queremos saber cuándo van a distribuir los pagos mensuales de Baoyu y de todas nosotras.

—¡Vaya cosa importante! Anda, vuelve y dile a Xiren de mi parte que no trate de arreglar ningún negocio hoy. Cualquier petición de dinero será denegada.

Qiuwen preguntó el motivo y Pinger y las demás se apresuraron a contárselo.

—Están intentando solucionar algunos problemas graves y buscan a alguien de peso para que su escarmiento sirva de ejemplo —explicó Pinger—. ¿Por qué va a ser tu cabeza la que se estrelle contra ese muro de ladrillo? Si entras ahora les resultará difícil ponerte como ejemplo, pues está de por medio el respeto a Sus Señorías; pero si no lo hacen podrían ser acusadas de parciales, de no haberse atrevido a tocar a alguien respaldado por Sus Señorías y de preferir hacerse las fuertes con los débiles. Mejor aguarda a ver cómo va la cosa. Incluso están revocando algunas de las reglas de la segunda señora, ya que es la única manera que tienen de taparles la boca a las chismosas.

Desconcertada, Qiuwen no pudo decir una palabra.

—Menos mal que estabas aquí, hermana Pinger —exclamó por fin—. Me has salvado de un desaire. Volveré enseguida a decírselo a Xiren.

Dicho lo cual partió.

En ese momento llegó el almuerzo de Baochai, y Pinger entró a servírselo. Ya la concubina Zhao había partido y las otras tres comían sobre el diván; Baochai de cara al sur, Tanchun al oeste y Li Wan al este. Las matronas aguardaron silenciosamente en el corredor del patio, y sólo las doncellas de servicio personal se atrevieron a entrar.

—Mejor será que andemos con cuidado y no intentemos nada —dijeron en voz baja las matronas—. A la señora Wu la despacharon después de una buena reprimenda, ¿y acaso nosotras tenemos más prestigio que ella?

De manera que decidieron no entrar hasta después del almuerzo.

En el interior había una tranquilidad total, concluido ya el estrépito de tazones y palillos. Entonces una doncella levantó la antepuerta y otras dos se llevaron la mesa. Tres muchachas habían traído tres bateas de agua, y apenas fue retirada la mesa entraron, para reaparecer al poco tiempo con sus bateas y los tazones que habían servido para enjuagarse la boca. Entonces Daishu, Suyun y Yinger entraron a su vez con tres bandejas y sendas tazas de té tapadas.

Cuando éstas volvieron a salir, Daishu ordenó a las doncellas más jóvenes:

—Encargaos de las cosas de aquí hasta que hayamos comido. No os escabulláis.

Luego, con lentitud, las matronas se fueron turnando para hacer sus informes, desprovistas ya de su anterior impertinencia.

Tanchun, ya algo apaciguada, comentó a Pinger:

—Acabo de recordar algo importante que quería discutir con tu señora. ¿Podrías volver inmediatamente después de almorzar? Ya que está aquí también la señorita Baochai, podemos discutirlo las cuatro antes de preguntarle a tu señora si está o no de acuerdo.

Pinger asintió y partió.

—¿Por qué has tardado tanto? —le preguntó Xifeng a su vuelta.

Pinger le rindió un informe detallado de lo sucedido.

—¡Espléndido! ¡Bravo por Tanchun! —sonrió Xifeng—. ¿Qué he dicho yo siempre? Lástima que el destino no la hiciera hija de su propia señora.

—O sea que usted también dice insensateces, mi señora —replicó Pinger—. Tal vez no sea hija de su propia señora, pero todos deben respetarla como a las demás hijas de la casa.

—No comprendes —suspiró Xifeng—. Aunque digamos que son lo mismo, una muchacha no puede compararse con un muchacho. Cuando llegue el momento de arreglarle un matrimonio, no faltarán los idiotas que pregunten antes que nada si es hija de la esposa o de una concubina; y en el segundo caso la rechazarán. Claro que no sólo las hijas de concubinas, sino hasta las doncellas están mejor en nuestra casa que las hijas de otras casas. Alguna familia desgraciada puede perder una excelente nuera por insistir en la hija de la esposa principal, y alguna otra puede tener buena suerte al no ser tan quisquillosa.

Entonces cambió de tema y siguió:

—Tú sabes lo mucho que me he esforzado por ahorrar en estos últimos años, y eso debe haber causado las maldiciones secretas de toda la casa. Sé que cabalgo sobre el lomo de un tigre, y a pesar de que en la actualidad soy más tolerante, no puedo permitir que todo se desmorone. Además nuestros gastos han aumentado a la par que los ingresos han disminuido; y al mismo tiempo tenemos que seguir manejando todos los asuntos, grandes y pequeños, según las antiguas reglas ancestrales, a pesar de una renta anual menguante. Si llego a ahorrar demasiado la gente de afuera se burlará y Sus Señorías sentirán la estrechez, mientras que el resto de la casa se quejará de mi tacañería. Por otra parte, si no ingenio maneras de ganar dinero a tiempo, dentro de unos años nos veremos en la ruina.

—Es muy cierto —asintió Pinger—. Y todavía quedan por delante varios gastos grandes con las bodas de tres o cuatro damitas y dos o tres jóvenes señores, así como los funerales de la Anciana Dama.

—Todo eso ya lo he tenido en cuenta. Hay suficiente para cubrir todos esos gastos. Las bodas de Baoyu y Daiyu no le costarán nada al fondo común, ya que las sufragará la propia anciana. También podemos descartar a Yingchun, dado que ella pertenece a la rama del señor mayor. En cuanto a los otros tres o cuatro, no requerirán más de diez mil taeles cada uno. El matrimonio de Huan no debería costar más de tres mil taeles, que podremos reunir fácilmente recortando otros gastos. En cuanto a los funerales de la Anciana Dama, ya están hechos todos los preparativos, y algunos gastos menores inesperados no pueden ascender a más de cuatro o cinco mil taeles, de modo que si empezamos a ahorrar desde ahora no debemos tener problemas. Lo único que me angustia es la posibilidad de algún gasto inesperado, pues entonces sí que nos veríamos en serios aprietos. Pero no sirve de nada preocuparse ahora. Anda, termina pronto de comer y vuelve a escuchar lo que discuten. Ésta es la oportunidad que venía buscando; estaba muy preocupada por no tener a nadie que me ayudara. A pesar de que allí está Baoyu, no es la persona adecuada para este trabajo; incluso ganándolo para mi causa no me serviría de mucho. La señora Zhu es demasiado bondadosa para servir, y Yingchun es todavía peor, aparte de que no es de casa. Xichun es demasiado joven. Lan lo es más todavía. En cuanto a Huan, es como un gatito medio muerto de frío que siempre busca una estufa o un kang tibio para meterse debajo y chamuscarse los pelos. ¡Realmente la posibilidad de que una persona tenga dos hijos tan diferentes como el cielo y la tierra supera mi capacidad de entendimiento! Daiyu y Baochai son buenas chicas, pero al no ser hijas de la familia no pueden meterse en nuestros asuntos. Además, una de ellas es un adorable farol de papel que se apaga con la primera ráfaga de viento; y a la otra es inútil pedirle nada, ya que ha tomado la decisión de no abrir la boca respecto a asuntos que no sean de su incumbencia, y se limita a sacudir la cabeza como respuesta a todas las preguntas. Queda Tanchun, que las pesca al vuelo, tiene una lengua rápida, es hija de la casa y favorita de la señora, que aunque no lo demuestra a causa de los líos que arma esa vieja perra de la concubina Zhao, en el fondo siente por ella el mismo afecto que por Baoyu. Tanchun es totalmente distinta de Huan, al que nadie podría estimar. Si fuera yo la que decidiera, ya habría sido expulsado hace mucho tiempo. Ahora que ella ha hecho esta propuesta, debemos cooperar y ayudarnos mutuamente. De ese modo no estaré sola. Desde el punto de vista de lo adecuado y correcto, una ayudante como ella nos ahorrará preocupaciones y facilitará mucho las tareas de la señora. Desde un punto de vista egoísta, me he hecho tan impopular que ya es hora de retroceder un poco y mirar a mi alrededor; pues si sigo siendo tan estricta me haré odiar furiosamente y detrás de cada sonrisa habrá puñales. Entre tú y yo sólo tenemos cuatro ojos y dos cerebros: basta que nos cojan con la guardia baja una vez más para que nos destruyan. Debemos aprovechar al máximo esta oportunidad. Mientras ella esté a cargo de todo, los demás olvidarán por un tiempo sus pasados rencores contra nosotras. Y hay una cosa más que debo decirte, ya que a pesar de tu inteligencia puedes no haberte dado cuenta de nada. Tanchun no es ninguna tonta, aunque es joven; simplemente es muy cuidadosa al hablar. De hecho, instruida como está en los libros, sabe mucho más que yo. Tiene que conocer el refrán «Para capturar rebeldes atrapa primero al cabecilla». De modo que es capaz de empezar a dar ejemplo conmigo. Si decide revocar alguna de mis decisiones, no discutas con ella: apóyala, y cuanto más respetuosamente mejor. De ningún modo protestes por temor a que sus decisiones me dejen a mí en mal lugar.

Ya bastante antes del final de aquel largo discurso, Pinger estaba sonriendo.

—¿Acaso me toma por tonta? —replicó—. Eso es lo que he estado haciendo hasta ahora, ¿a qué viene tanta advertencia?

—Temí que en tu preocupación por mí te olvidaras de las otras personas; por eso lo hago. Si es lo que has estado haciendo, eso demuestra que tienes más sentido que yo. Pero no te indignes tanto como para olvidar quién eres y con quién estás hablando.

—Es mi manera de hablar —replicó Pinger—. Si no le gusta puede darme otra bofetada. No será la primera vez.

—¡Perra! —se rió Xifeng—. ¿Cuántas veces tienes que gruñir por ese asunto? ¿Por qué provocarme así cuando ves que estoy enferma? Ven y siéntate. Comamos juntas, ya que estamos solas.

Entonces entraron Fenger y tres o cuatro jóvenes doncellas trayendo una mesita, que colocaron sobre el kang. Xifeng comió sólo una sopa de nido de salangana y dos sabrosos platos, pues por el momento había suspendido su dieta habitual. Fenger puso delante de Pinger los cuatro platos de costumbre y la ayudó a servirse arroz. Entonces Pinger, apoyada respetuosamente sobre el kang, acompañó a su señora. Al concluir el almuerzo ayudó a Xifeng a lavarse y enjuagarse la boca. Luego, tras darle unas instrucciones a Fenger, volvió con Tanchun. Pero encontró aquel patio silencioso y desierto.

Quien quiera saber lo que pasa…

CAPÍTULO LVI

La hábil Tanchun se las ingenia para obtener nuevas

ganancias y acabar con los viejos abusos.

A cambio de un pequeño gesto amable, la comprensiva

Baochai vela por los intereses de todos.

Cuando terminó de comer con Xifeng, y después de haberla atendido mientras se aseaba y enjuagaba la boca, Pinger marchó a reunirse con Tanchun. Encontró el patio silencioso y casi desierto; sólo vio a unas cuantas doncellas y matronas que esperaban ante las ventanas del salón del Consejo. Al entrar, encontró a las tres primas hablando de asuntos de familia. En ese momento el tema de conversación era el jardín de Lai Da, donde poco antes de Año Nuevo se había celebrado un banquete.

Al verla entrar, Tanchun ofreció un banquito a Pinger para que tomara asiento, y a continuación le dijo:

—He estado pensando que, además de esos dos taeles mensuales que les corresponde como asignación, nuestras doncellas reciben otras cantidades por distintos conceptos. Hace un par de días alguien me dijo que se pedían, para cada una de nosotras, otros dos taeles que cubrieran los gastos de polvos y afeites, lo que no deja de ser una innecesaria repetición de gastos, como esos ocho taeles que acaban de pedirnos para la escuela. Ya sé que es un asunto sin importancia y que supone muy poco dinero, pero insisto en que ese gasto me parece tan incorrecto como el otro. ¿Es posible que tu señora no lo haya visto así?

—Hay una razón para ello —respondió Pinger—. Es normal que una determinada cantidad mensual sea destinada a la compra de los cosméticos que ustedes, las jóvenes damas, utilizan. Es el mayordomo intendente quien se encarga de adquirirlos cada mes; después los entrega a las matronas de los distintos aposentos, y éstas a su vez los distribuyen entre nosotras para que estén listos cuando ustedes quieran utilizarlos. No sería razonable que cada una de ustedes por separado se viera obligada a comprar todas esas cosas pagándolas de su propio bolsillo, y a buscar en cada caso a alguien que hiciera la compra. Por eso los mayordomos reciben de una vez la suma total con la que compran esos productos, y luego, cada mes, los distribuyen por los distintos aposentos. En cuanto a la asignación de dos taeles, fue prevista con el propósito de que las doncellas no tuvieran que andar buscando a las damas encargadas, que bien pudieran estar en otra parte o demasiado ocupadas, cada vez que hubiera necesidad de dinero para comprar algo. En una palabra, esos dos taeles son para que nada les falte a ustedes, no para gastarlos en cosméticos; sin embargo, he observado fríamente que al menos la mitad de las hermanas de los diversos aposentos los compran con ese dinero, y sospecho que se debe a que los mayordomos no los entregan a tiempo, o bien lo que entregan son productos de mala calidad.

—De modo que tú también te has dado cuenta —sonrieron Tanchun y Li Wan—. Es verdad que el mayordomo nos abastece de cosméticos, ya que no se atrevería en ningún caso a dejar de hacerlo, pero la distribución siempre se retrasa, y cuando protestamos trae siempre productos de mala calidad que no tienen en común con los que solemos usar más que el nombre; resulta imposible utilizarlos, de manera que con esos dos taeles tenemos que hacer una nueva compra que encargamos a los hijos de las amas, pues si enviamos a las mujeres de los mayordomos o a los sirvientes encargados nos vuelven a traer el mismo género infame e inútil. No podemos imaginar la razón. ¿Será que sólo compran saldos rechazados por las tiendas?

Pinger sonrió.

—Si el mayordomo encargado de esa compra sólo consigue productos malos y los otros los traen de buena calidad, acabará molestándose y los acusará de intentar quitarle el trabajo con malas artes —explicó—. Por eso no tienen más remedio que traer los mismos productos que él; a esa gente le trae más a cuenta ofender a las damas que a los mayordomos encargados de los servicios exteriores. Pero cuando mandan a las amas nadie se atreve a quejarse.

—Justamente eso es lo que me preocupa —intervino Tanchun—; aquí gastamos el dinero dos veces para una misma cosa, y aun así desperdiciamos la mitad de lo que se compra. Lo mejor sería liberar al mayordomo de la obligación de comprar los cosméticos, y retirarle la asignación de dos taeles por mes y persona que suele gastar. Esa sería la solución. Pero hay otra cosa que quiero preguntarte. Todas nosotras fuimos al banquete que organizó Lai Da antes de Año Nuevo. ¿Qué te pareció su jardincito comparado con el nuestro?

—¿Comparado con el nuestro? Apenas es la mitad de extenso, y tiene muchísimos menos árboles y flores.

—Bueno, pues resulta que he tenido una charla improvisada con una de sus doncellas —siguió diciendo Tanchun—. ¿Te sorprendería saber que, sin contar las flores y los brotes de bambú, las verduras, los peces y los camarones de los que se surte la casa, los productos de ese pequeño jardín, en manos de los comerciantes, reportan a Lai Da no menos de doscientos taeles al año de beneficio? Fue entonces cuando descubrí que hasta una hoja de loto quebrada o una brizna de hierba marchita tienen su precio.

—Hablas como un joven petimetre ahíto de carne y enfundado en calzones de seda —exclamó Baochai riendo—. Aunque, bien pensado, no es de extrañar que señoritas tan resguardadas lo ignoremos todo acerca de tales cosas. ¿Acaso no has leído, tú que reconoces tantos caracteres, el ensayo de Zhuzi titulado Sobre no desdeñarse uno mismo[1]?

—Claro que lo he leído. No es sino un cúmulo de exhortaciones y falsas metáforas para estimular a los lectores a hacer algo por ellos mismos. Es imposible que tales cosas sucedan realmente.

—¿Hasta los escritos de Zhuzi te parecen ya falsos y vacíos? —replicó Baochai—. Estás equivocada; cada palabra que hay allí escrita es cierta. ¡Sólo llevas dos días ocupándote de los asuntos de la casa y ya el gusto por el lucro te ha contaminado de tal manera que incluso acusas a Zhuzi de falso y vacío! Seguro que si trabajaras afuera, donde tendrías ocasión de conocer los conflictos de intereses en negocios de toda índole, acabarías viendo vacuidades y comparaciones falsas hasta en la santa doctrina del santo Confucio.

—Ya que eres tan culta y lo sabes todo —replicó Tanchun—, ¿no conoces el Zishu[2]? Jizi[3] dijo: «Quienes urden planes y maquinan estrategias para obtener ganancias y beneficios, usurpan las palabras de los santos emperadores Yao y Shun y desobedecen los preceptos de Confucio y Mencio…».

Y calló. Baochai, con una sonrisa, preguntó:

—¿Cómo sigue?

—Para reforzar mis argumentos sólo deseo utilizar ese fragmento del pasaje. ¿Crees que voy a ser tan torpe como para citar la continuación, dejándome a mí misma en evidencia?

—Nada inútil hay en este mundo, y cuanto tiene alguna utilidad cuesta dinero —dijo Baochai—. Qué pena que una persona como tú, tan inteligente, no tenga experiencia en cosas tan serias e importantes.

Li Wan intervino:

—Nos citáis aquí para discutir asuntos domésticos, y en vez de eso os enfrascáis en una discusión académica.

—Sin embargo, esta discusión académica tiene mucho que ver con nuestros asuntos domésticos —replicó Baochai—. Recurriendo al saber para abordar un asunto mezquino estamos elevándolo a un nivel superior. De otra manera caeríamos en la bajeza de una vulgar especulación.

Después de aquellas bromas se dedicaron a los negocios serios y, volviendo al asunto anterior, Tanchun dijo:

—Considerando nuestro jardín sólo dos veces mayor que el de Lai Da, debería procurarnos el doble de ganancias que el suyo: cuatrocientos taeles al año. Por supuesto, sería mezquino e indigno de una familia como la nuestra que diéramos a los mercaderes los productos del jardín para que éstos nos dieran dinero a cambio; pero, por otra parte, si encargamos esa tarea a algunos intendentes y les permitimos que hagan y deshagan a su antojo, entonces veríamos lastimosamente desperdiciados los dones con que el cielo nos honra. Lo mejor sería elegir a unas cuantas ancianas de las más fieles y honestas, que además tengan algunos conocimientos de jardinería y entiendan de cultivos, y encargarlas exclusivamente del jardín. No necesitamos cobrarles ni pedirles un arriendo siempre que nos compensen en especie a lo largo del año. En primer lugar, con gente encargada exclusivamente de las flores y los árboles el jardín iría mejorando con el tiempo, y no sería necesario tomar medidas de emergencia para prepararlo cada vez que se avecina una gran ocasión. En segundo lugar, las flores y frutos dejarían de ser pisoteados como ahora, con lo cual tampoco nosotros desperdiciaríamos los dones que nos regala el cielo. En tercer lugar, las ancianas no trabajarían con desgana, porque tendrían algunas pequeñas compensaciones. En cuarto lugar, lo que ahorremos en sueldos de jardineros y limpiadores podremos gastarlo en mejoras y reparaciones. ¿Qué os parece?

—Magnífico —exclamó Baochai, que estaba contemplando los rollos de caligrafía mientras asentía con un gesto de cabeza a cada una de las propuestas de Tanchun. Cuando ésta terminó, ella dijo entre risas—: «Tres años pasarán en los que hambruna no habrá»[4].

—Es una idea excelente —aprobó también Li Wan—. Estoy segura de que complacerá a Su Señoría. Y no sólo por el ahorro de dinero, que no es lo principal, sino porque por fin habrá gente especialmente dedicada a cuidar y cultivar el jardín y, aunque gozarán de algunos privilegios y ganancias que deberían servirles de estímulo para que se esmeren en su trabajo, no por eso perderemos autoridad sobre ellos.

—Sólo usted podía proponer algo así, señorita —declaró Pinger—. Mi señora tuvo la misma idea, pero no pudo sugerirla, ya que todas ustedes, jóvenes damas, viven en el jardín. ¿Cómo podía, en lugar de adornar más el lugar procurando mayor diversión, proponer que se encargaran de él personas que lo cultivaran para conseguir algunas ganancias?

Baochai se acercó a ella y le dio una palmada en la mejilla.

—¡Abre la boca y déjame ver de qué están hechos tus dientes y tu lengua! —exclamó—. Desde esta mañana temprano hasta ahora has hablado mucho, y en cada ocasión has utilizado un argumento distinto. No elogias directamente a la señorita Tanchun, pero también te abstienes de admitir los pequeños errores de tu señora o que se le pueda pasar algo por alto. No estás de acuerdo con nada de lo que propone la señorita Tanchun, pero cada vez que ella hace una propuesta tú tienes lista una respuesta. Ahora resulta que también a tu señora se le había ocurrido la idea, pero no la pudo sugerir ni llevar a la práctica porque nosotras vivimos en el jardín. ¿Os dais cuenta de lo que significa la objeción de esta muchacha?: si arrendamos los productos del jardín a gentes que no piensen más que en las ganancias, éstas no permitirán que nadie coja una sola flor o fruta. Claro que, por nuestro rango, no nos negarán nada a nosotras, pero se pasarían el tiempo peleando con nuestras doncellas. ¡Qué circunspecta es esta Pinger y qué claramente ve hoy las dificultades de mañana! No es servil, pero tampoco altanera. Aunque su señora no nos tratara bien, al oír sus palabras se habría arrepentido y cambiado su actitud hacia nosotras.

—Esta mañana me levanté de mal humor —dijo Tanchun sonriente—, y al oír que ella había venido pensé en su señora y en las malas maneras que tienen sus sirvientes; de modo que al ver a Pinger me enfurecí todavía más. Pero ¿quién lo hubiera dicho? Entró, dejó su mensaje, se comportó como un ratón ocultándose de un gato, y se quedó de pie con un gesto tan patético que hasta sentí lástima. ¡Y cómo habló! En lugar de recordarme lo buena que era su señora conmigo, habló de mi consideración para con ella. Eso no sólo acabó con mi cólera, sino que me avergonzó tanto que quise lloran Pensé: «¿cómo puede ser tan generosa una muchacha como yo, que no tiene a nadie ni a nadie importa?».

Dicho lo cual, se le quebró la voz y se echó a llorar.

Su desconsuelo recordó a Li Wan y a las demás todas las ocasiones en que la concubina Zhao la había hecho objeto de sus calumnias, avergonzándola hasta el extremo de no poder mirar a la cara a la dama Wang. No pudieron evitar llorar con ella, y luego se apresuraron a reconfortarla con estas palabras:

—No hables así. ¿Qué más da? Aprovechemos más bien el que hoy estemos solas para discutir y decidir un par de reformas que, al tiempo que acaben con antiguas corruptelas, nos permitan obtener algunas ganancias; demostrémonos con ello dignas de la confianza que Su Señoría ha depositado en nosotras.

—Comprendo lo que quiere decir, señorita —intervino Pinger rápidamente—. Sólo tiene que encargar este asunto a las amas de confianza que usted misma elija, y asunto concluido.

—Está bien lo que dices —dijo Tanchun—, pero ante todo tienes que informar a tu señora y pedirle su opinión. Ya nos hemos excedido bastante imputándole pequeños errores; si no confiara en su comprensión, nunca hubiera sugerido una cosa así. Si fuera una persona entrometida o rencorosa, nunca se me habría ocurrido todo esto, pues hubiera dado la impresión de que estaba intentando enmendarle la plana.

Y concluyó:

—Ciertamente debemos buscar su acuerdo para llevar a cabo nuestro plan.

—En ese caso iré a contarle sus intenciones —dijo Pinger, y partió para volver al cabo de un rato—. ¿Qué decía yo? —exclamó—. No era preciso ir a pedir su conformidad, siendo una idea tan buena. Mi señora la aprueba, por supuesto.

Entonces Tanchun y Li Wan pidieron una lista de los nombres de todas las mujeres mayores del jardín, y seleccionaron provisionalmente algunos. Las mujeres elegidas fueron citadas inmediatamente e informadas del plan por Li Wan. Las mujeres aceptaron, y una de ellas reclamó inmediatamente un bosquecillo de bambú.

—En un año haré que produzca el doble. Luego, además de proporcionar brotes de bambú para el consumo de la casa, puedo entregar también algo de dinero —dijo.

Otra pidió que le reservaran cierto arrozal.

—Así podrán despreocuparse de andar pidiéndole a los mayordomos el grano para alimentar a todas las aves, grandes y pequeñas, que deseen criar; yo me encargaré de todo. Y además podré, concluido el año, entregarles una pequeña suma de dinero.

Antes de que Tanchun pudiera responder se anunció la llegada de un médico que venía a visitar a una joven dama del jardín. Todas las mujeres presentes se aprestaron a cumplir con su obligación saliendo a recibirlo.

—Aunque cien de ustedes salieran a recibir al médico, no dejaría de ser un barullo sin sentido —gritó Pinger—. ¿O es que no hay esposas de mayordomos principales que se hagan cargo?

—Sí —contestó la mensajera que había anunciado la llegada del médico—, las señoras Wu y Shan están esperándolo en la esquina sudoeste, cerca de la puerta del Bordado.

Entonces Pinger dejó el asunto. Apenas las mujeres hubieron partido, Tanchun pidió su opinión a Baochai.

—«Los que al principio se entusiasman con la buena fortuna, al final son derrotados por la pereza» —citó Baochai con una sonrisa—. «Bellas palabras ocultan avidez de ganancia.»

Con un gesto de cabeza, Tanchun aprobó las palabras de su prima; luego seleccionó unos cuantos nombres más de la lista y se los señaló a las otras tres muchachas. Pinger buscó un pincel y un tintero.

—La vieja Zhu es de confianza —dijeron—. Además, su esposo y su hijo siempre han sabido cultivar el bambú, de modo que bien podemos encargarla de eso. Luego está la vieja Tian, que procede de una familia de granjeros. Los campos de arroz y las parcelas de legumbres de la aldea de la Fragancia del Arroz sólo sirven de entretenimiento y no es necesario emprender en ellas grandes trabajos de cultivo y riego; pero en cualquier caso sería conveniente que ella se ocupara de mejorar su cultivo durante las distintas estaciones.

—Lástima que no haya nada rentable en el patio Rojo y Alegre y en el parque de las Alpinias, pues son dos lugares muy extensos —comentó Tanchun.

—¡Pero si el parque de las Alpinias es uno de los mejores lugares del jardín! —exclamó Li Wan—. ¿Acaso no está lleno de especias y hierbas de las que venden los perfumistas en los grandes mercados y las ferias de los templos? Estoy segura de que son las que más ganancias proporcionarán. En cuanto al patio Rojo y Alegre, piensa en todas las rosas que tiene en primavera y en verano. La cerca que lo rodea está cubierta de rosas y de enredaderas de oro y plata[5]; los pétalos secos de esas flores pueden alcanzar precios muy altos en boticas y almacenes de té.

—¡Es verdad! —exclamó Tanchun con una sonrisa—. Pero no tenemos a nadie que sepa manipular esas flores y hierbas.

—La madre de Yinger, que trabaja con la señorita Baochai, sí que entiende de eso —dijo Pinger—. ¿Ya han olvidado aquella vez que recogió y puso a secar unas briznas de hierba para hacerme unas canastas?

—Acabo de cantar tus alabanzas y ya me estás tendiendo una trampa —protestó en broma Baochai.

—¿Qué quiere decir eso? —preguntaron sorprendidas las otras tres.

—Queda absolutamente descartada la sugerencia de Pinger —respondió ella—. Aquí hay muchas amas que podrían ocuparse de las flores, y que están sin quehacer sólo porque no sabemos qué tarea encomendarles. ¿Con qué ojos me mirarán si yo aprovecho mi actual situación para traer a una de las mías? Tengo otra propuesta: la madre de Mingyan, la anciana señora Ye del patio Rojo y Alegre, es una persona honesta y leal que se lleva bien con la madre de Yinger. Se le puede confiar esta tarea con toda tranquilidad. Si algo no supiera sobre el cultivo y la explotación de las flores, podéis estar seguras de que ella misma, sin necesidad de que nosotras se lo digamos, consultará a la madre de Yinger; incluso puede que le ceda el trabajo, pero, en cualquier caso, ése sería un gesto de amistad entre ambas en el que nosotras nada tendríamos que ver. Si lo solucionamos de esta manera se verá como una decisión imparcial y el trabajo quedará en buenas manos.

Pinger y Li Wan manifestaron su acuerdo con las palabras de Baochai, pero Tanchun objetó:

—¿Y quién asegura que una amistad tan grande no se rompa en cuanto las ganancias interfieran?

—No hay que temer una cosa así —le aseguró Pinger—; no en este caso. Justamente el otro día Yinger se convirtió en la ahijada de la señora Ye y lo celebraron con un festín. Esas dos familias mantienen unas relaciones inmejorables.

Entonces Tanchun, convencida, dejó de poner pegas.

Ya se habían puesto de acuerdo en unas cuantas mujeres más, y marcado con aprobación sus nombres en la lista, cuando aparecieron las matronas para informar de que el médico ya se había marchado. Traían con ellas la receta que había elaborado. Después de examinarla, las tres jóvenes damas ordenaron que fueran buscados los ingredientes y preparada la cocción. Entonces Tanchun y Li Wan informaron a las mujeres sobre los lugares a los que habían sido asignadas:

—Toda la producción anual será suya, a excepción de aquellos productos del tiempo que deberán destinar a cubrir las necesidades de la casa. Al final de cada año deberán presentar las cuentas.

—Se me ha ocurrido una cosa en la que no habíamos caído —intervino Tanchun—. Si las cuentas se hacen al final del año y, como es costumbre, se lleva el dinero a la contaduría, habrá de nuevo alguien que les imponga su arbitrio, de manera que seguirán en las manos de esos señores, que por otra parte no dejarán de esquilmarlas. Ahora que ustedes se van a ocupar de este trabajo, ellos se sentirán molestos, aunque no lleguen a decirlo abiertamente, puesto que se trata de una iniciativa exclusivamente nuestra y por tanto su autoridad no ha intervenido; de modo que si van a arreglar las cuentas anuales con ellos, ésa será la oportunidad ideal para que les pongan las garras encima. Además, se sabe que de cualquier cosa entregada a los señores, los mayordomos rapiñan la mitad. Es un viejo abuso que ha terminado por convertirse en costumbre. Y eso sin contar lo que se apropian en secreto. No podemos permitir que la nueva administración del jardín pase por sus manos. Cuando al final del año haya que ajustar cuentas, háganlo con nosotras.

—A mi entender es incluso innecesario que vengan a final de año para rendir cuentas —dijo Baochai—. Unas pagarán más, otras menos, y esa diferencia terminará por acarrear rencillas; lo más simple sería que se limitaran a cubrir las necesidades cotidianas del jardín. He estado haciendo cuentas; la suma que se precisa para aceite de cabello, colorete, perfume y papel para las damas y sus doncellas, está perfectamente estipulada; sólo quedan por cubrir los gastos de escobas, recogedores, plumeros, escobillas y alimento para las aves del corral, las de la casa, los venados y los conejos. No es mucho. Si ellas se encargan de mantenernos surtidas no tendremos que sacar nada de la contaduría. Pensad en el ahorro que supondría para las cuentas de la mansión si procediéramos de este modo.

—Sólo son pequeñas cosas —asintió Pinger—, pero, bien pensado, el ahorro total en un año sumaría más de cuatrocientos taeles de plata.

—¡Exacto! —replicó Baochai—. Cuatrocientos anuales, ochocientos cada dos años: suficiente para comprar un par de casas de alquiler más y unos cuantos mu de tierra. Claro que las amas también se beneficiarán de una buena parte, pero es conveniente que así sea después de trabajar todo un año, pues aunque nuestro objetivo sea ahorrar y obtener ganancias, tampoco debemos ser excesivamente avariciosas; de nada nos serviría que, por ahorrar dos o trescientos taeles más, malogremos nuestra reputación. Actuando de este modo, la contaduría podrá ahorrar anualmente cuatrocientos o quinientos taeles sin que nosotras sintamos el peso de ese ahorro, y la gente de aquí se beneficiará, ya que estas mujeres sin demasiados medios podrán mantenerse con más holgura; las plantas del jardín irán mejorando año tras año; el jardín se abastecerá de sobra y no arriesgaremos la dignidad familiar. Si sólo pensáramos en ahorrar podríamos acumular nuestras ganancias, pero entonces todos se quejarían y quedaría en entredicho la dignidad de una familia como la vuestra. Se cuentan por docenas las viejas amas destinadas en el jardín; pero si esas tareas lucrativas se encomiendan sólo a algunas de ellas, las otras no dejarán de protestar por la injusticia que se comete con el resto; por otra parte, como exigir tan poco a las que consigan el trabajo hará que sus beneficios sean suficientemente cuantiosos, me parece que deberían entregar además unas cuantas sartas de monedas todos los años; esas sartas podrán distribuirse equitativamente entre las demás amas del jardín que, si bien no tienen una tarea difícil, trabajan aquí día y noche, de sol a sol, llevando encargos y cerrando o abriendo puertas, sin importar las inclemencias del tiempo. Ellas cargan las sillas de manos de las jóvenes damas, empujan los botes con la pértiga y tiran de los trineos en invierno; de hecho son ellas las que durante todo el año hacen el trabajo duro del jardín. De modo que también deberían tener su parte en las ganancias.

Y dirigiéndose a las amas que se iban a ocupar de las tareas del jardín, Baochai añadió:

—Además hay otra cosa, y quiero decirla con toda franqueza. Si ustedes mejoran su condición sin permitir que las demás participen de tan buena fortuna, anidará en ellas el rencor aunque no se atrevan a quejarse abiertamente; y si en ese caso cogen más flores o frutas de las que debieran, aparentemente para sus señoras pero en realidad para ellas mismas, ustedes no tendrán ante quién protestar. Ahora bien, si permiten que también ellas se beneficien, podrán echarles una mano vigilando sus cosas cuando ustedes estén ocupadas.

Ante ese discurso, que les aseguraba el privilegio de poder escapar a las garras de la contaduría de la mansión, las eximía de rendir cuentas a Xifeng y no les exigía más que una contribución anual, las amas se mostraron encantadas.

—¡Estamos completamente de acuerdo! —exclamaron—. Esto es mejor que el asalto continuo de esos mayordomos de afuera.

Quienes no tenían tareas especiales quedaron también complacidas al ser informadas de que obtendrían algo a cambio de nada. Pero no se privaron de decir:

—Si ellas son las que trabajan duro merecen ganar algún dinero. Pero ¿cómo vamos nosotras a quedamos cruzadas de brazos obteniendo, sin embargo, ganancias?

—No es preciso que rechacen este ofrecimiento, buenas amas —respondió Baochai con una sonrisa—. Esto es lo correcto. Limítense a trabajar duro y no permitan la bebida y el juego. En realidad nada de esto es de mi incumbencia, pero como ustedes no ignoran, mi tía me ha pedido una y otra vez que la ayude ahora que la señora Zhu está tan ocupada y mis otras primas son todavía jóvenes. No quiero añadir a sus preocupaciones una negativa mía. Además, su segunda señora tiene mala salud y está muy ocupada con los asuntos familiares, mientras que yo dispongo de todo mi tiempo. ¡Caray!, si hasta un vecino debe ayudar, no hablemos de una sobrina como yo, sobre todo si se le pide que lo haga. De modo que me he sobrepuesto a mis escrúpulos y ya no me importa ser considerada una molestia. Si sólo me preocupara de mi propia reputación mientras los demás están bebiendo y jugando, ¿con qué cara miraría luego a mi tía? También ustedes lo lamentarían y perderían prestigio. De ustedes dependen todas las jóvenes damas y este jardín, pues es verdad sostenida que ustedes son las amas más ecuánimes y fieles, cuyas familias han servido aquí desde hace tres o cuatro generaciones. Deberían, pues, portarse de manera adecuada. Si mi tía se entera de que han estado permitiendo que se beba o juegue, les reñirá; y si llega a oídos de algunas esposas de mayordomos, éstas no dejarán de llamarles la atención sin decírselo a mi tía. ¡Y entonces se encontrarán en la molesta situación de ser reprendidas por sus menores! A pesar de que ellas son las esposas de mayordomos, cuánto mejor será para ustedes mantener su dignidad sin darles oportunidad de mostrar su desdén. Por eso he sugerido esa bonificación para ustedes, de modo que todas puedan trabajar juntas en el buen cuidado de este jardín. Cuando las encargadas las vean comportarse de manera seria y responsable, ya no tendrán que preocuparse de nada y las respetarán. También a nosotras nos gratifica haber ingeniado la manera de que ustedes consigan algún beneficio, recobren algo de su poder frente a ellas y a la vez ayuden a frenar el dispendio y evitar preocupaciones. Piénsenlo con cuidado.

—Tiene usted toda la razón, señorita —exclamaron jubilosamente las mujeres—. Descuiden, señoritas y señora: ¡que el cielo y la tierra nos condenen si no llegamos a mostrar nuestra gratitud por su bondad!

Fueron interrumpidas por la llegada de la esposa de Lin Zhixiao.

—Ayer llegaron a la capital las damas de la familia Zhen del sur del río Yangzi —anunció—. Hoy han ido al palacio a rendir homenaje, y han enviado aquí algunos sirvientes con regalos y sus respetos.

Tomando la lista de regalos, Tanchun leyó:

Doce piezas[6] de brocado imperial con el diseño de la serpiente pitón[7]. Doce piezas más de diversos colores para uso imperial. Otras doce piezas de gasa imperial de diversos colores. Doce rollos de seda imperial. Veinticuatro piezas de satén, gasa y seda para uso oficial, también de diversos colores.

Li Wan miró la lista y luego ordenó que los portadores de aquellos presentes fueran obsequiados con una bonificación de primer grado, hecho lo cual envió un informe a la Anciana Dama. Ésta citó en sus aposentos a Li Wan, Tanchun y Baochai para examinar los regalos; luego Li Wan hizo que los guardaran, aunque advirtiendo a los sirvientes del almacén que no lo hicieran antes de que la dama Wang los hubiera visto.

—Los Zhen son distintos a otras familias —comentó la Anciana Dama—. Obramos correctamente al entregar a sus criados una bonificación de primer grado. Me imagino que no perderán tiempo en enviar a algunas mujeres a presentar sus respetos. Tenemos que tener preparados algunos cortes de tela para ese momento.

Y en efecto, a los pocos instantes se produjo el anuncio de que cuatro criadas de la familia Zhen habían llegado a presentar sus respetos. La Anciana Dama ordenó que las hicieran pasar. Aquellas mujeres tenían más de cuarenta años y su vestimenta no difería mucho de la de las señoras. Apenas hubieron presentado sus respetos, la Anciana Dama hizo traer cuatro banquitos, y ellas se sentaron murmurando su agradecimiento, después de que lo hubieran hecho Baochai y las demás.

—¿Para qué han venido a la capital? —preguntó la Anciana Dama.

—Llegamos ayer. —Las mujeres se incorporaron para responder—. Hoy nuestra señora ha llevado a la joven dama al palacio a rendir homenaje, pero antes nos dijo que viniéramos a presentarle nuestros respetos a usted, señora, y preguntáramos por las jóvenes damas.

—Ha pasado tanto tiempo desde su anterior visita que ya no las esperábamos este año.

—Sí, este año nos mandó llamar el emperador.

—¿Ha venido toda la familia?

—No, no ha venido nuestra Anciana Dama, ni el joven señor, ni otras dos jóvenes damas ni las demás señoras. Sólo nuestra señora y nuestra tercera joven dama.

—¿Ya está comprometida?

—Todavía no.

—Las familias de sus jóvenes damas primera y segunda tienen lazos muy estrechos con la nuestra.

—Sí, cada año, al escribir a casa cuentan lo extremadamente bondadosa que es usted con ellas, señora.

—¡De ninguna manera! —sonrió la Anciana Dama—. Es la manera de tratarse entre parientes y amigos de la familia. A quien más vemos es a su segunda dama, que es tan buena y modesta…

—Es usted muy amable —le respondieron.

Entonces ella indagó:

—¿Su joven señor se ha quedado con la Anciana Dama?

—Sí, señora.

—¿Qué edad tiene? ¿Ya ha empezado sus estudios?

—Este año cumple los trece. Es un muchacho tan apuesto que nuestra Anciana Dama lo adora. Él siempre ha sido un muchacho travieso y hace novillos diariamente, pero el señor y la señora no saben ser estrictos con él.

—Igual sucede en nuestra familia. ¿Cuál es el nombre de su joven señor?

—Como la Anciana Dama lo quiere tanto y él tiene una tez clara, ella lo llama Baoyu.

—¡Fíjate! ¡Otro Baoyu! —exclamó la Anciana Dama mirando a Li Wan.

Li Wan se incorporó un poco para responder:

—Desde épocas remotas ha habido mucha gente con los mismos nombres, unos viviendo en la misma época, otros en épocas distintas.

—Cuando al nacer se le puso el nombre, todos nosotros, encumbrados y humildes, nos preguntamos si habría algún amigo o pariente con el mismo nombre —comentó una de las mujeres—. Pero después de diez años lejos de la capital ninguna de nosotras pudo acordarse.

—Pues ése es también el nombre de mi nieto —dijo riendo la Anciana Dama.

A continuación llamó a sus doncellas y les ordenó:

—Id a buscar a nuestro Baoyu al jardín, para que estas buenas amas puedan verlo y compararlo con el suyo.

Las dos doncellas partieron de inmediato y al instante volvieron con Baoyu, cuya presencia hizo ponerse en pie a Las cuatro mujeres.

—¡Pero vaya sorpresa! —exclamaron—. Si lo hubiéramos encontrado en algún otro lugar hubiéramos pensado que era nuestro Baoyu, que nos había seguido a la capital.

Se acercaron a Baoyu, que las saludó con una sonrisa, y tomándole la mano le hicieron diversas preguntas.

—¿Cómo se puede comparar con su muchacho? —preguntó la Anciana Dama.

—A juzgar por lo que acaban de decir estas cuatro amas, deben ser muy parecidos —intervino Li Wan.

—Eso no es ninguna coincidencia —replicó la Anciana Dama—. A menos que se les desfigure el rostro de alguna manera, todos los hijos consentidos de las grandes mansiones se parecen mucho. Eso no tiene nada de extraño.

—Pero son uno la imagen del otro —declararon las cuatro mujeres—, y a juzgar por lo que usted dice, señora, ambos están bastante mimados; sin embargo, su joven señor parece tener mejor carácter que el nuestro.

—¿Por qué dicen eso?

—Lo sorprendimos cogiéndole la mano hace un instante. El nuestro no lo hubiera consentido. A nosotras no nos está permitido siquiera tocar sus cosas, no hablemos ya de sus manos. Por eso todas sus doncellas son jóvenes.

Aquello desató la risa de Li Wan y las muchachas.

—Si enviáramos gente a ver a su Baoyu y allí cogieran su mano, también él tendría que aceptarlo —se rió la Anciana Dama—. Los muchachos de familias como las nuestras, sin importar lo perversos que puedan ser, siempre se portan correctamente con las visitas; de otro modo no les permitiríamos ser tan traviesos. Mimamos a nuestro muchacho porque es muy atractivo y porque sus modales con las visitas superan incluso los de muchos adultos. Por eso nadie puede evitar sentir afecto por él, lo cual le permite salirse con la suya a menudo. Si encima se portara mal con los extraños, haciéndonos perder prestigio, entonces, sin importar cuán apuesto fuera, merecería que lo mataran a palos.

—Tiene usted razón, señora —le respondieron jubilosamente—. Nuestro Baoyu es travieso y descarriado, pero sus modales con los huéspedes son mejores que los de la mayoría de los adultos, de modo que todos le cobran afecto y no comprenden por qué a veces es golpeado. Ignoran la manera que tiene de comportarse en casa, diciendo y haciendo cosas tan espantosas que enfurecen a nuestros señores. Es natural que los muchachos de nobles familias sean testarudos, extravagantes y ociosos. Semejantes defectos pueden ser corregidos, pero ¿qué podemos hacer si ha nacido con un carácter tan estrafalario?

Mientras hablaban fue anunciada la llegada de la dama Wang. Entró a preguntar por su suegra, y cuando las cuatro visitantes le hubieron presentado sus respetos y dicho unas cuantas palabras, la Anciana Dama la mandó a descansar. Lo cual hizo la dama Wang, pero no sin antes servirle un poco de té. Luego las cuatro mujeres charlaron con la Anciana Dama sobre asuntos familiares, y finalmente se despidieron. Pero dejemos de hablar de este asunto.

El caso es que la Anciana Dama, encantada, iba contándole a todo el que entraba que había otra familia que tenía un Baoyu idéntico a su propio nieto. A los demás no les pareció nada extraordinario, pues muchas familias oficiales utilizaban los mismos nombres y además era la norma, más que la excepción, que una abuela mimara a su nieto. Sólo Baoyu, que era un simplón con prejuicios, imaginó que las cuatro mujeres habían inventado todo aquello para complacer a su abuela. Volvió al jardín para ver cómo andaba Xiangyun.

—Ahora puedes portarte todo lo mal que quieras —se burló ella—, pues hasta ahora ha ocurrido que «Un hilo no hace cuerda, ni un árbol bosque». Pero ahora que sois dos, la próxima vez que te apaleen por armar escándalos puedes huir a Nanjing a buscar a tu doble.

—No creas tales pamplinas —dijo él—. ¿Cómo es posible que haya otro Baoyu?

—¿Acaso no hubo un Lin Xiangru en el período de los Reinos Combatientes y un Sima Xiangru[8] bajo la dinastía Han? —replicó ella.

—Muy bien. Concedido. Pero no es posible que dos personas así tengan idéntica apariencia.

—¿Acaso los hombres de Kuang no tomaron a Confucio por Yang Hu[9]?

—Confucio y Yang Hu se parecían mucho, pero tenían distintos nombres; Lin Xiangru y Sima Xiangru tenían el mismo nombre, pero distintas apariencias. ¿Cómo es posible que yo tenga una apariencia y un nombre idénticos a los de otra persona?

Al no poder refutarlo, Xiangyun le replicó:

—Estás recurriendo a sutilezas, y me niego a discutir contigo. Sea lo que sea, no tiene nada que ver conmigo.

Y se echó a dormir.

Baoyu empezó unas dudosas reflexiones: «Puedo decir que no es posible, pero a la vez intuyo que es cierto. ¿Cómo puedo estar tan seguro sí no he visto al otro Baoyu con mis propios ojos?».

Se sintió perdido y volvió a su cuarto a reclinarse sobre el diván para pensar. Al poco rato se durmió y soñó que estaba en un jardín idéntico al de su casa.

—¿Será posible que exista otro jardín como el de la Vista Sublime? —exclamó sorprendido.

En su perplejidad vio acercarse a lo lejos a unas doncellas. Su sorpresa creció y, atónito de nuevo, exclamó:

—¡Pero si son iguales que Yuanyang, Xiren y Pinger!

—¿Cómo ha llegado hasta aquí el señor Baoyu? —se preguntaron las muchachas.

Suponiendo que hablaban de él, dijo con la mejor de sus sonrisas:

—Llegué hasta aquí paseando sin rumbo, aunque no sé a qué amigos de mi familia pertenece este jardín. ¿Podéis mostrármelo, hermanas?

—¡Pero si no es Baoyu! —exclamaron las muchachas—. Sin embargo, no es mal parecido y habla con suavidad.

—¿Es que hay aquí otro Baoyu, hermanas? —preguntó.

—Si nosotras llamamos por su nombre a nuestro señor es por indicación expresa de la Anciana Dama y de su madre, con el fin de que viva más tiempo y libre de peligro —dijeron ellas—. Le gusta que lo llamemos por su nombre. Pero ¿cómo tú, maloliente advenedizo llegado de quién sabe dónde, te atreves a utilizar su nombre? ¡Mejor será que te andes con cuidado o te apalearemos hasta convertirte en pulpa, sucio patán!

—Vámonos antes de que lo vea Baoyu —dijo otra.

—Sí, pensaría que haber hablado con este pidientero apestoso nos ha contagiado la pestilencia.

Y se marcharon.

«¿Por qué me habrán insultado de esta manera? —se preguntó Baoyu—. Nunca me habían tratado tan mal. ¿Será verdad que hay otro Baoyu?»

Ocupado en tales cavilaciones había llegado hasta un patio.

—¡Pero si es otro patio Rojo y Alegre! —exclamó maravillado.

Subió las escaleras y entró. En el interior había alguien reclinado en el diván y a su lado unas cuantas muchachas cosiendo o divirtiéndose. El joven del diván suspiró.

—Señor Baoyu, ¿por qué no duerme en lugar de suspirar? —preguntó una de las muchachas—. Supongo que le preocupa la enfermedad de su prima.

Fascinado por todo aquello, Baoyu escuchó al muchacho responder:

—No creí a la Anciana Dama cuando me dijo que en la capital había otro Baoyu idéntico a mí en apariencia y carácter, pero hace un instante soñé que estaba en un gran jardín de la capital donde encontraba a unas muchachas idénticas a vosotras que me llamaban «pidientero apestoso» y se negaban a dirigirme la palabra. Las seguí y encontré unos aposentos donde había otro Baoyu dormido, pero sólo vi su forma vacía; su verdadero ser había partido, quién sabe adónde.

Al oír aquello, sin poder contenerse, Baoyu intervino:

—He venido buscando a Baoyu. ¡Así que eres tú!

El otro bajó del diván y le dio un abrazo:

—¡Entonces tú eres Baoyu! —exclamó él también—. O sea, que esto no es un sueño.

—Claro que no. Es absolutamente real.

Al decir aquello alguien anunció:

—El señor Zheng desea ver a Baoyu.

En los dos se desató un enorme pánico. Uno echó a andar mientras el otro lo llamaba:

—¡Vuelve, Baoyu! ¡Vuelve!

Xiren oyó los gritos y lo zarandeó para despertarlo.

—¿Dónde está Baoyu? —preguntó ella.

Baoyu despertó, pero siguió confuso.

Apuntando en dirección a la puerta, dijo:

—Se acaba de marchar.

—Ha estado soñando —dijo Xiren con una sonrisa—. Restriéguese los ojos y mire: ése del espejo no es más que su reflejo.

Entonces Baoyu vio que se estaba mirando a sí mismo en un gran espejo y también sonrió. Ya unas doncellas habían traído una batea para el aseo y un té fuerte para que se enjuagara la boca. Sheyue comentó:

—Con razón la Anciana Dama siempre nos dice que no debe haber demasiados espejos en los cuartos de los niños. El espíritu de una persona joven es débil, y si se mira demasiado en el espejo puede asustarse en sueños y tener pesadillas. A pesar de la advertencia, nosotras hemos puesto su diván frente a este inmenso espejo. No pasaba nada cuando lo cubríamos con la cortina, pero ahora, con el calor, la somnolencia nos hace olvidar bajarla. Hoy, por ejemplo, lo hemos vuelto a olvidar. Seguramente ha estado contemplando su propio reflejo y apenas cerró los ojos empezó a tener sueños tontos. De otro modo no hubiera pronunciado su propio nombre a gritos. Será mejor que mañana mismo volvamos a meter dentro el diván.

Sheyue fue interrumpida por la llegada de una mensajera de la dama Wang que buscaba a Baoyu. No se sabe lo que quería decirle…

CAPÍTULO LVII

Con palabras sentimentales, la sagaz Zijuan

pone a prueba al Jade Atareado[1].

Con cariñosas razones, la bondadosa tía Xue

consuela a la muchacha apasionada.

Baoyu se reunió inmediatamente con su madre, que lo esperaba en sus aposentos. La dama Wang deseaba que su hijo la acompañara a hacer una visita a la dama Zhen; muy contento, el muchacho corrió a mudarse de ropa y fue con su madre a la casa de los Zhen, que, según pudo constatar, no se diferenciaba mucho de las mansiones Ning y Rong, e incluso en algunos aspectos era más esplendorosa. Tras algunas cuidadosas indagaciones comprobó que, en efecto, había allí un joven señor llamado Baoyu. La dama Zhen no dejó partir a sus visitantes hasta que hubieron cenado, con lo cual no pudieron regresar antes de la puesta de sol. A partir de aquel día, Baoyu no dudó más de la existencia de un muchacho idéntico a él y de su mismo nombre.

Una vez de vuelta en la mansión, la dama Wang mandó preparar un suntuoso festín y contratar a una célebre compañía de ópera para corresponder al agasajo de la dama Zhen y su hija, quienes, dos días después de esta fastuosa recepción, emprendieron viaje de vuelta a Nanjin.

Ese mismo día, después de asegurarse de que Xiangyun recuperaba poco a poco la salud, Baoyu fue a visitar a Daiyu. La muchacha estaba durmiendo la siesta y él no quiso molestarla, En el corredor techado del patio, Zijuan se afanaba cosiendo.

—¿Tosió menos anoche? —le preguntó él.

—Algo menos —contestó la doncella.

—¡Alabado sea Buda! Espero que mejore pronto.

—¡Vaya! ¡Usted también invoca a Buda! —exclamó Zijuan riendo.

—«Enfrentados a la muerte, los hombres desesperados recurren a cualquier médico» —sentenció él, citando un viejo proverbio.

Y mientras hablaba, observó a la muchacha. Vestía una túnica de seda con puntos negros livianamente enguatada, y debajo de la túnica una chaqueta de seda azul sin mangas. Baoyu alargó la mano y palpó su ropa.

—¿Cómo puedes exponerte al viento con una ropa tan ligera? —comentó—. Lo único que faltaba es que tú también cayeras enferma por culpa de este traicionero clima primaveral.

Pero Zijuan replicó:

—Por favor, cuando hablemos de ahora en adelante absténgase de esos gestos desconsiderados. Para usted, un año más es como dos menos. Si la gente lo viera hacer estas cosas le perdería el respeto. ¿Por qué insiste en dar pie a que esos miserables chismorreen a sus espaldas? Es tan descuidado que sigue comportándose como si todavía fuéramos niños. Es inadmisible. Nuestra joven dama nos ha advertido varias veces que dejemos de juguetear con usted. ¿No se ha fijado en cómo lo evita en los últimos tiempos?

Dicho lo cual, se puso de pie y entró con sus agujas en un cuarto vecino.

La actitud de Zijuan había volcado un jarro de agua fría sobre Baoyu, que se quedó con la mirada perdida frente al bosquecillo de bambú. La vieja Zhu fue a recoger unos brotes de bambú y cortar los tallos, y Baoyu, estupefacto, se marchó de allí a deambular de un lado para otro sin saber exactamente lo que hacía. En su perplejidad se dejó caer sobre una roca, y abismado en sus pensamientos no advirtió las lágrimas que rodaban por sus mejillas. Su estupor duró lo que unas cinco cenas. No se le ocurría qué conducta debía adoptar.

Cosas del azar, en ese momento pasó por allí Xueyan, que volvía de los aposentos de la dama Wang con un poco de ginseng en las manos. Al volver la cabeza hacia los melocotoneros, vio sentado sobre una roca a alguien que, con la barbilla apoyada en las manos, parecía ajeno a cualquier cosa que no fueran sus propios pensamientos. Reconoció a Baoyu, y pensó: «¿Qué hará aquí tan solo en un día tan frío? La primavera es peligrosa para quien es delicado de salud. ¿No será que ha vuelto a sufrir uno de sus ataques de locura?».

Y mientras pensaba esto se acuclilló junto a él.

—¿Qué hace aquí? —le preguntó.

—Y tú, ¿qué quieres de mí? —replicó Baoyu, sorprendido por la súbita aparición de Xueyan—. ¿Acaso no eres tú también una muchacha? Ella te ha ordenado que no me hagas caso para así evitar los chismes maliciosos, y sin embargo insistes en buscarme. Si alguien nos viera juntos no podríamos evitar andar en boca de todos. Venga, date prisa en volver.

Xueyan pensó que Daiyu había vuelto a reñirle y, sin decir palabra, se encaminó al refugio de Bambú, donde entregó el ginseng a Zijuan, ya que Daiyu seguía dormida.

—¿Qué está haciendo Su Señoría? —preguntó Zijuan.

—También está durmiendo la siesta —contestó Xueyan—. Por eso he tardado tanto. Pero deja que te cuente una cosa divertida, hermana. Cuando estaba esperando a la señora y charlando con la hermana Yuchuan en los cuartos de servicio, ¿quién dirías que me llamó? La concubina Zhao. Pensé que tendría algún recado para mí, pero resulta que estaba allí solamente para que la señora le permitiera ir esta noche al velatorio de su hermano y mañana al entierro; me llamaba porque quería pedirme prestada mi túnica de satén celeste para que la usara su doncellita Jixiang, que no tiene nada que ponerse. Yo pensé: «Tienen ropa, pero no quieren ponérsela para el entierro por temor a ensuciarla, y prefieren pedirla prestada». Yo no soy delicada con mi ropa, tú lo sabes, pero ¿cuándo ha tenido esa mujer un gesto amable con nosotras? Así que le contesté: «Toda mi ropa y mis dijes los guarda, por orden de nuestra joven señora, la hermana Zijuan. Primero tengo que hablar con ella y luego pedir la autorización de mi joven señora, que está enferma. Será complicado y llevará su tiempo. Si le urge la ropa, lo mejor que puede hacer es pedírsela a otra persona».

—¡Demonio! —se rió Zijuan—. No quieres prestar tu ropa y nos haces responsables de ello a nuestra joven dama y a mí. ¿Cuándo se va ella, enseguida o mañana por la mañana?

—Se marchaba ahora mismo. Probablemente a estas horas ya esté de camino.

Zijuan manifestó su comprensión con un gesto de cabeza, y Xueyan dijo:

—Nuestra joven dama está durmiendo. ¿Quién habrá inquietado a Baoyu? Está ahí fuera llorando.

—¿Dónde? —preguntó Zijuan sobresaltada.

—Bajo los melocotoneros, detrás del pabellón de la Fragancia que Rezuma.

Inmediatamente Zijuan dejó sus agujas.

—Atenta por si la señorita me llama —advirtió a Xueyan—. Si pregunta por mí dile que vuelvo enseguida.

Y advertido aquello dejó el refugio de Bambú para reunirse con Baoyu. Al encontrarlo le dijo suavemente:

—Cuando hace un momento le dije lo que le dije sólo estaba pensando en lo que más nos convenía a todos. ¿Por qué se ofende y viene aquí corriendo a llorar, con el viento que hace? ¿Está tratando de asustarme jugándose la salud de este modo?

—No estoy ofendido —respondió él con una sonrisa—. Sencillamente no me ha parecido justo lo que me has dicho, y si tú piensas así todos deben tener el mismo criterio, de manera que pronto ocurrirá que nadie quiera hablarme. Por eso estoy desconsolado.

Entonces Zijuan se sentó a su lado. Baoyu siguió diciendo:

—Hace un rato hablamos cara a cara y, sin embargo, huiste de mí. ¿Por qué vienes ahora a sentarte a mi lado?

—¿Recuerda que, hace unos días, estaban hablando usted y su prima cuando irrumpió en el cuarto la concubina Zhao? Acabo de saber que se ha marchado; entonces me he acordado de que tenía algo que preguntarle: su prima y usted hablaban de nidos de salangana, ¿qué más le hubiera dicho de no interrumpir la concubina su conversación?

—No tiene importancia —dijo Baoyu—. Simplemente se me ocurrió que la señorita Baochai es huésped en esta casa, y si tu joven señora debe tomar nido de salangana todos los días no es justo andar siempre pidiéndoselo a ella. Y como tampoco es conveniente pedírselo a mi madre, le hice una sugerencia a mi abuela. Sospecho que ella se lo ha dicho a mi prima Xifeng. Eso era lo que había empezado a explicarle a la señorita Lin cuando llegó la concubina Zhao. Tengo entendido que últimamente os están enviando un liang[2] diario de nido de salangana. Me parece muy bien.

—¿O sea que fue usted quien lo sugirió? —preguntó Zijuan—. Fue un gesto muy bondadoso por su parte. Ya nos estábamos preguntando por qué de pronto la Anciana Dama empezó a enviarlo todos los días. Ahora está claro.

—Si tu joven señora lo toma diariamente durante dos o tres años su salud mejorará mucho.

—Pero una vez que haya adoptado la costumbre, ¿de dónde sacará el dinero para seguir con su cura cuando regrese a su hogar el año que viene?

Baoyu dio un brinco, súbitamente alarmado.

—¡¿Quién?! ¡¿Qué hogar?!

—Pues su prima, ¿quién va a ser? Cuando vuelva a Suzhou.

—¡Tonterías! —se rió Baoyu—. Puede que Suzhou sea su ciudad natal, pero vino aquí porque a la muerte de sus padres no quedó nadie que pudiera hacerse cargo de ella. ¿Cómo va a volver el año que viene? Eres una mentirosa.

—¡Qué pobre opinión tiene de los demás! —dijo Zijuan con una risita fría—. Ustedes los Jia son una familia grande y rica, cierto, pero ¿acaso en las otras familias sólo hay un padre, una madre y ningún otro pariente? Nuestra joven dama vino aquí siendo niña para pasar unos cuantos años, y eso porque la Anciana Dama la amaba e intuía que sus tíos no podrían reemplazar a sus padres. Es probable que cuando llegue a una edad adecuada para el matrimonio sea enviada de vuelta con la familia Lin. ¿Cómo una hija de los Lin va a quedarse toda la vida en la familia Jia? Aunque los Lin fueran desesperadamente pobres, durante generaciones ellos han sido una familia de letrados y funcionarios; jamás se expondrían al ridículo de dejar abandonada a una hija suya con los parientes. De modo que para la próxima primavera, o a más tardar el próximo otoño, es casi seguro que los Lin enviarán a recogerla, aunque los Jia no la envíen de vuelta. La otra noche nuestra joven señora me ordenó que les pidiera a todos ustedes los pequeños regalos y recuerdos que ella les ha dado desde que eran niños. Tiene además la intención de devolver todos los que ha recibido.

Baoyu estaba anonadado, como sí hubiera estallado un trueno en su cabeza. Zijuan esperó que le respondiera algo, pero de su boca no salía ni una palabra. Y en ese momento se acercó Qingwen.

—La Anciana Dama quiere verlo —le dijo—. ¿Cómo iba a sospechar que estaba usted aquí?

—Me preguntaba por la salud de la señorita Daiyu y yo estaba tranquilizándolo, pero no cree mis palabras. Mejor será que te lo lleves.

Dicho lo cual regresó a los aposentos de Daiyu.

Qingwen advirtió el estúpido aspecto de Baoyu, el rubor de sus mejillas y el sudor que le perlaba la frente, e inmediatamente lo llevó cogido de la mano hasta el patio Rojo y Alegre, donde su aspecto horrorizó a Xiren, quien imaginó que se había enfriado exponiéndose al viento. Una simple fiebre no hubiera sido demasiado alarmante, pero tenía los ojos perdidas y la mirada vidriosa; de las comisuras de los labios le chorreaba saliva, y su estado era de absoluta estupefacción. Si se Le acercaba una almohada se reclinaba en ella, si tiraban de él se incorporaba, si le acercaban té lo bebía. Al verlo así, la inquietud ganó a sus doncellas, pero como les parecía una indiscreción alarmar a la Anciana Dama llamaron a su antigua nodriza, el ama Li, que no tardó en llegar.

El ama Li examinó cuidadosamente a Baoyu, le hizo algunas preguntas que no obtuvieron respuesta, le tomó el pulso, le pellizcó tan fuerte el renzhong[3] que sus dedos dejaron unas marcas profundas sin que el muchacho hiciera la más pequeña demostración de dolor. Entonces el ama, con un aullido de desconsuelo, lo tomó entre sus brazos y prorrumpió en llanto.

Aterrorizada, Xiren le dio un tirón de la manga.

—¿Es grave, amita? —le preguntó—. Díganoslo para que se lo hagamos saber a la Anciana Dama y a la dama Wang, en vez de echarse a llorar de esa manera.

El ama Li la emprendió a puñetazos con la cama y las almohadas mientras gritaba:

—¡Está perdido! ¡Toda una vida cuidando de él para nada!

Xiren había pedido al ama Li que examinara a Baoyu porque respetaba su edad y su experiencia, de modo que sus palabras tenían un gran poder de convicción. Así, enteramente convencida de lo que acababa de decir la vieja, prorrumpió también en sollozos. Entonces Qingwen le contó a Xiren lo sucedido. Xiren partió como un rayo hacia el refugio de Bambú, donde encontró a Zijuan administrando a Daiyu su medicina. Cegada por la ira, sin decir una palabra, se abalanzó sobre ella gritando:

—¡¿Qué le has dicho a Baoyu?! ¡Corre y mira en qué estado se encuentra! Responderás de esto ante la Anciana Dama. Yo no quiero tener nada que ver con esta historia.

Y diciendo aquello, se sentó sobre una silla.

Sorprendida por el rostro enfurecido y surcado de lágrimas de Xiren, y por su insólita conducta, Daiyu preguntó:

—¿Qué ha pasado?

Haciendo un esfuerzo por tranquilizarse, Xiren sollozó:

—No sé qué le ha dicho Zijuan, pero los ojos de ese muchacho tonto están vidriosos, sus manos y sus pies fríos; no puede hablar, y cuando el ama Li le dio un pellizco no sintió nada. ¡Está más muerto que vivo! El ama dice que no hay esperanza y está allí llorando y aullando. Por lo que sé, podría estar muerto en este momento.

Mucha era la experiencia del ama Li, y Daiyu no pudo sino dar crédito a sus lóbregos vaticinios. Con un grito vomitó todas las medicinas que acababa de tomar. Después fue presa de un violento golpe de tos ronca que le dio un zarpazo en el pecho y le desgarró las entrañas. Con la cara enrojecida, el cabello revuelto, los ojos fuera de las órbitas y las extremidades lacias, sintió que se asfixiaba y no podía levantar la cabeza. Zijuan acudió en su ayuda y se puso a darle pequeños puñetazos en la espalda. Postrada sobre su almohada, Daiyu continuó jadeando un momento hasta que, con un empujón, apartó a la doncella y gritó:

—¡No me toques! Mejor harías trayendo una soga y estrangulándome de una vez.

—Yo no le dije nada —respondió la doncella gimoteando—; sólo algunas palabras en broma, pero él las tomó en serio.

—¿Todavía no has aprendido que ese muchacho tonto toma en serio todas las bromas? —le riñó Xiren.

—Sea lo que sea lo que le hayas contado —dijo Daiyu a Zijuan—, más vale que corras a darle explicaciones. Quizás eso le devuelva el sentido.

Zijuan, de un salto, echó a correr con Xiren hacia el patio Rojo y Alegre, donde ya se encontraban la Anciana Dama y la dama Wang. Al ver entrar a Zijuan, los ojos de la anciana se incendiaron.

—¡Perra! —tronó—. ¿Qué le has dicho?

—Nada, señora. Sólo algunas palabras en broma —respondió ella.

Al ver a la muchacha, para alivio de todos los reunidos, Baoyu rompió a llorar y gritar. La Anciana Dama cogió del brazo a Zijuan y, suponiendo que había ofendido al muchacho, la puso a su alcance para que él la golpeara. Pero Baoyu, bruscamente, agarró a la doncella y, negándose obstinadamente a soltarla, exclamó:

—¡Si se va, yo iré con ella!

Nadie comprendió sus palabras hasta que la muchacha explicó, después de un interrogatorio, que bromeando había amenazado a Baoyu con un supuesto regreso de Daiyu a Suzhou.

—¿Eso es todo lo que ha pasado? —exclamó la Anciana Dama con los ojos anegados en lágrimas que empezaban a correrle por las mejillas—. ¡Pero si sólo fue una broma!

Y volviéndose a Zijuan:

—Y tú, muchacha, que habitualmente eres tan sensata e inteligente, ¿cómo has podido decirle una cosa así cuando ya deberías saber lo crédulo que es?

—Baoyu siempre ha sido demasiado ingenuo —intervino la tía Xue para calmar los ánimos—, y como Daiyu llegó aquí de niña y ambos han crecido juntos, están especialmente unidos. Esas súbitas palabras acerca de su separación hubieran afectado hasta a un endurecido adulto, ¡cuanto más a un cándido y simple muchacho! Pero no se preocupen, señoras, un par de dosis de medicina le devolverán el buen ánimo.

En ese momento se anunció la llegada de las esposas de Lin Zhixiao y Shan Daliang, que venían a preguntar por la salud de Baoyu.

—Que pasen —dijo la Anciana Dama—. Es muy considerado por su parte.

Pero al oír pronunciar el nombre de Lin, Baoyu se revolcó frenéticamente sobre la cama.

—¡No, no! —gritaba desde el lecho—. Han venido los Lin a llevársela. ¡Fuera! ¡Echadlos de aquí!

Su abuela intentó tranquilizarlo:

—No son de la familia Lin. Todos esos Lin están muertos. No te preocupes, nadie vendrá nunca a llevársela.

—No me importa quiénes sean —rugió Baoyu entre sollozos—. Nadie que no sea mi prima Daiyu debe llevar ese apellido.

—Ya no hay aquí ningún Lin —insistió la Anciana Dama dulcemente—. Los hemos echado a todos.

Y ordenó a las sirvientas:

—A partir de hoy no deben permitir la entrada en el jardín a la esposa de Lin Zhixiao. Y no debe volver a pronunciarse la palabra Lin. Escuchad bien lo que os digo, y obedecedme.

Todas reprimieron una sonrisa al oír las palabras de la anciana, y asintieron en silencio.

Entonces la mirada de Baoyu se posó sobre un pequeño juguete, un barco automático dorado, de fabricación occidental, que había en uno de los pequeños estantes de un cofre.

—¿No es ése el barco que viene a llevársela? —gritó señalándolo—. ¡Está atracando aquí!

La Anciana Dama mandó que lo retiraran inmediatamente, orden que se aprestó a cumplir Xiren. Cuando Baoyu alargó el brazo para tocarlo, ésta se lo entregó y, aferrándolo fuertemente entre sus brazos, lo metió bajo las sábanas y exclamó con una risa extraña:

—Ahora no se podrán ir. —Y al tiempo que pronunciaba estas palabras asía más fuertemente el brazo de Zijuan.

En ese momento fue anunciada la llegada del doctor Wang, y la Anciana Dama ordenó que lo hicieran pasar directamente. La dama Wang, la tía Xue y Baochai se retiraron al cuarto interior para no ser vistas por el médico, mientras la Anciana Dama se sentaba en actitud ceremoniosa junto a Baoyu. Cuando el doctor Wang vio a tanta gente se dirigió directamente a la Anciana Dama para presentarle sus respetos con la rodilla hincada en tierra y la mano en el tobillo; luego, cogiéndole una muñeca, tomó el pulso a Baoyu. Mientras esto sucedía, Zijuan se vio obligada a permanecer con la cabeza agachada, para gran sorpresa del médico, que no alcanzaba a entender el sentido de aquella escena.

No tardó mucho en dar por acabado el reconocimiento, e incorporándose declaró:

—Nuestro honorable enfermo sufre una confusión de mente causada por algún intenso desconsuelo. Según los antiguos, «Los desórdenes del espíritu causados por fuertes impresiones adquieren diversas formas: indigestión por constitución débil, desarreglos causados por ataque de furia, y confusión de mente por súbito desconsuelo». Éste es un caso de desorden del tercer tipo. Sin embargo, es menos grave que los dos anteriores, pues se trata de un desorden temporal.

—¿A quién le interesa ese despliegue de erudición médica? —interrumpió la Anciana Dama—. Díganos simplemente si está en peligro o no.

Con una inclinación, el médico respondió:

—Su vida no peligra. Nada hay que temer.

—¿Es verdad eso? ¿Realmente no hay nada que temer?

—De verdad, señora. Le doy mi palabra.

—En tal caso tome asiento en el cuarto de afuera para hacer su receta. Si consigue curarlo prepararé obsequios para demostrarle mi gratitud y haré que vaya él personalmente a hacer un koutou ante usted. ¡Pero si se produjera cualquier retraso en su recuperación, haré que arrasen el salón principal de su Academia de Médicos Imperiales!

El médico se inclinó una y otra vez y multiplicó las sonrisas.

—¡Es usted demasiado bondadosa, demasiado bondadosa, demasiado bondadosa!

Como sólo había escuchado la primera parte del discurso, y entre tanto «demasiado bondadosa» se le había pasado por alto la amenaza que, a modo de broma, había proferido la Anciana Dama como conclusión a sus palabras, el médico siguió argumentando su indignidad hasta que la anciana y las demás se echaron a reír.

Listas ya las cocciones medicinales de acuerdo con las instrucciones contenidas en la receta, Baoyu las tomó y, en efecto, llegó a tranquilizarse algo. Pero siguió negándose a soltar a Zijuan.

—Si la suelto, se las llevarán a Suzhou —decía a gritos.

No hubo más remedio que dejar allí a Zijuan, y enviar en su lugar a Hupo para que se ocupara de Daiyu. Ésta, de vez en cuando, enviaba a Xueyan a pedir noticias que, conforme iban llegando a ella, la conmovían profundamente.

Como nadie ignoraba lo maniático que era Baoyu, y lo cerca que Daiyu y él habían estado desde la infancia, tomaron la broma de Zijuan como algo natural y tampoco consideraron su dolencia como algo fuera de lo común, de modo que en ningún momento sospecharon otra cosa.

Llegó la noche, y después de haber tranquilizado un poco a Baoyu, su abuela y su madre regresaron a sus propios aposentos, aunque varias veces durante la noche enviaron mensajeras a recabar noticias del cuarto del enfermo. El ama Li, la señora Song y otras matronas atendieron devotamente al paciente, mientras Zijuan, Xiren y Qingwen lo velaban día y noche. Cada vez que caía dormido tenía pesadillas, y despertaba gritando que Daiyu había partido o que unas gentes habían venido a llevársela. Cada vez que esas crisis ocurrían, sólo Zijuan podía tranquilizarlo. La Anciana Dama había dejado el encargo de que el muchacho ingiriera toda suerte de pastillas para rechazar las influencias malignas, y polvos para aclarar la mente; y ocurrió que, al día siguiente, después de tomar los remedios del médico Wang, su estado fue mejorando paulatinamente. Pero a pesar de que había vuelto a la cordura, de vez en cuando fingía delirar para mantener a su lado a Zijuan. En cuanto a ella, la mala conciencia que le producían los problemas que había causado la impulsaban a servir día y noche al muchacho sin un murmullo de disgusto. La propia Xiren le dijo una vez:

—Como tú eres la responsable de esta situación, es a ti a quien corresponde curarlo. Nunca he visto a nadie tan cándido como nuestro joven señor. Al menor soplo de viento cree que vendrá la lluvia. ¿Qué será de él el día de mañana?

La prima Xiangyun, que entretanto ya se había restablecido de su enfermedad, acudía diariamente a ver a Baoyu. Al advertir que había recobrado sus facultades se dio a parodiar la conducta enloquecida que había mantenido el muchacho durante su enfermedad hasta que éste, echado sobre la almohada, se asfixiaba de risa. No recordaba nada de lo que había dicho o hecho, y le resultaba increíble lo que oía.

Un día que se encontraba solo con Zijuan, le tomó una mano y le dijo:

—¿Por qué me asustaste de ese modo?

—Sólo fue una broma —respondió ella—, pero usted cometió la tontería de tomar en serio mis palabras.

—Sin embargo, fuiste muy convincente. ¿Cómo iba yo a saber que se trataba de una broma? —replicó él.

—Todo fue pura invención. En realidad no queda nadie de la familia Lin, a excepción de algunos parientes lejanísimos que ni siquiera habitan en Suzhou, pues están dispersos por varias provincias. Y pese a que alguno de ellos podría reclamar a la señorita Lin, la Anciana Dama nunca la dejaría partir.

—Y aunque mi abuela lo permitiera, yo lo impediría.

—¿Que usted lo impediría? —se rió Zijuan—. Eso no son más que palabras. Usted ya ha crecido, e incluso está comprometido; dentro de un par de años se habrá casado y entonces, ¿sobre quién se dignará poner los ojos?

—¿Comprometido? ¿Que yo estoy comprometido? —preguntó Baoyu, nuevamente consternado—. ¿Con quién estoy comprometido?

—Antes de Año Nuevo escuché a la Anciana Dama decir que quería comprometerlo con la señorita Baoqin. ¿Qué razón habría, si no, para que ella la considerara su favorita?

Baoyu se echó a reír.

—¡La gente dice que estoy loco, pero sin duda tú lo estás más! Eso fue sólo una broma de mi abuela. Baoqin ya está comprometida con el hijo del académico Mei. ¿Acaso podría comportarme como lo estoy haciendo si estuviera comprometido? ¿No interviniste tú para llamarme a la razón el día que quise romper mi jade? ¡Y ahora vienes a provocarme otra vez, justo cuando estoy recuperándome un poco!

Y con los dientes apretados añadió:

—Desearía poder morir en este momento y arrancarme el corazón para que por fin podáis leer en él; luego, que huesos y piel se conviertan en cenizas; no, en cenizas no: las cenizas todavía conservan formas; que se conviertan en humo. Pero el humo puede ser muy espeso y se puede ver desde lejos; por eso necesita un soplo de viento que lo disperse por los cuatro puntos cardinales…

Y mientras hablaba, las lágrimas le corrían por las mejillas.

Zijuan le tapó la boca con una mano y con la otra le secó las lágrimas.

—No debe preocuparse —le pidió—. Sólo he querido ponerlo a prueba, porque yo misma estoy muy preocupada.

—¿Tú preocupada? ¿Por qué?

—Usted sabe que yo no pertenezco a la familia Lin. Como Xiren y Yuanyang, yo fui entregada a la señorita Lin. Ocurre que me ha llegado a profesar tal amistad que me prefiere a las sirvientas que ella misma trajo de Suzhou. A ninguna de las dos nos agrada la idea de separarnos ni un instante. Estoy preocupada, pues si ella se marcha yo me vería obligada a partir con ella. Si no lo hiciera así, no sería digna de su amistad; pero si lo hago tendré que abandonar a mi familia, que vive aquí. Por eso mi ansiedad tomó el sesgo de una broma. ¿Cómo iba a suponer que le afectaría tanto?

—Conque es eso lo que te preocupa —se rió Baoyu—. ¡Pero qué idiota eres! Descansa tranquila. Te lo diré de una vez: si vivimos, viviremos juntos; si morimos, juntos nos habremos de convertir en ceniza y humo. ¿Qué te parece?

Ante esa respuesta, Zijuan comenzó a trazar planes en el secreto de su corazón. De pronto fue anunciada la llegada de Jia Huan y Jia Lan, que venían a interesarse por la salud de Baoyu.

—Agradéceles la visita y el interés —ordenó Baoyu—, pero diles que acabo de meterme en la cama y que no deben molestarse en entrar.

La mujer que había traído el mensaje hizo un gesto de asentimiento y salió.

—Ahora que está mejor debería permitirme que fuera a ver a mi propia enferma —dijo Zijuan.

—Lo sé —respondió él—. Tenía la intención de dejarte ir ayer, pero después se me olvidó. Anda, vete tranquila, ya estoy completamente repuesto.

Ella empezó a reunir su ropa de cama y sus útiles de aseo.

—Veo que tienes en tus cajas varios espejos —comentó él entre risas—. ¿Me prestarías aquel pequeño en forma de rombo? Puedo guardarlo junto a mi almohada para usarlo mientras esté en la cama, y como es tan ligero me será muy útil cuando salga.

La doncella no tuvo más remedio que acceder al capricho de Baoyu y, después de despachar sus cosas, se despidió de todos y emprendió el camino hacia el refugio de Bambú.

Las noticias del ataque de Baoyu habían producido en Daiyu una recaída y muchos ataques de llanto. Cuando preguntó a Zijuan por qué había regresado, y ésta le informó de la mejoría del muchacho, despachó a Hupo de vuelta al servido de la Anciana Dama.

Aquella noche, cuando todo quedó en silencio y ya Zijuan se había desvestido y echado en la cama, la doncella susurró a Daiyu:

—El corazón del señor Baoyu es sincero. ¡Vaya ataque sufrió cuando le sugerí la posibilidad de que tuviéramos que marcharnos!

Daiyu guardó silencio y Zijuan, al cabo de un rato, dijo como hablándose a sí misma:

—Es preferible la quietud al movimiento. De todas formas ésta es una buena familia, y lo más difícil del mundo es encontrar gente que haya crecido junta y conozca sus caracteres y costumbres.

—¿No te ha cansado el ajetreo de estos últimos días? —se mofó Daiyu, haciendo ademán de escupir a la doncella—. Anda, duerme y deja de decir tonterías.

—No son tonterías; estaba pensando en usted. Durante todos estos años me he sentido muy preocupada por usted, que no tiene padres ni hermanos que la cuiden. Lo importante es dejar arreglado a tiempo el asunto principal de su vida, ahora que la Anciana Dama todavía está lúcida y sana. Pero dice el refrán que «La salud de los ancianos es como el frío en primavera o el calor en otoño»: no dura mucho. Si a la anciana le sucediera algo, su matrimonio se retrasaría, o se convertiría en algo distinto a lo que usted había previsto. No faltan los jóvenes señores, pero todos ellos quieren tres esposas y cinco concubinas, y sus afectos cambian de un día para otro. Meten en su casa a una esposa bella como un hada, pero pasadas cuatro o cinco noches se aburren y la tratan como a una enemiga, pues prefieren a una concubina o una esclava. La cosa no va tan mal si la familia de ella es grande y poderosa: mientras viva la Anciana Dama, nada malo le pasará a una señorita como usted; pero una vez que ella desaparezca tendrá que soportar los malos tratos. Así que es importante que tome una decisión. Es usted suficientemente sensata como para comprender el viejo dicho: «Es más fácil conseguir diez mil taeles de oro que un corazón comprensivo».

—Pero ¡estás loca! —exclamó Daiyu—. Desapareces unos cuantos días y vuelves convertida en otra persona. Mañana mismo te devolveré al servicio de la Anciana Dama. Yo ya no me atrevo a conservarte a mi lado.

—Mis intenciones eran buenas —respondió Zijuan con una sonrisa—. Sólo pretendía que usted cuidara de sus intereses sin cometer ningún acto reprensible. ¿De qué serviría que me denunciara ante la Anciana Dama buscándome problemas?

Dicho lo cual, Zijuan cerró los ojos.

A pesar de la dureza de su respuesta, Daiyu no había dejado de sentirse afectada por las palabras de su doncella y, cuando ésta se durmió, ella lloró toda la noche y no consiguió dormirse hasta el alba. A la mañana siguiente, apenas había terminado de hacer el esfuerzo de levantarse, enjuagarse la boca y engullir su sopa de nido de salangana, llegó la Anciana Dama seguida de su pequeño cortejo para comprobar cómo se encontraba y recomendarle que se cuidara mejor.

Aquel día era el del cumpleaños de la tía Xue, y todos, de la Anciana Dama para abajo, le habían enviado regalos; también Daiyu, que envió dos piezas de bordado hechas con sus propias manos. La tía Xue había alquilado una compañía de actrices y, por invitación suya, toda la familia menos Baoyu y Daiyu acudió a la representación. Cuando volvieron, la Anciana Dama y su cortejo hicieron una pequeña visita para ver cómo estaban los dos convalecientes.

Al día siguiente, la tía Xue encargó a Xue Ke un nuevo banquete al que asistieron todos sus empleados y dependientes. Las celebraciones duraron tres o cuatro días. La tía Xue tuvo así la ocasión de apreciar la dignidad y el refinamiento de Xiuyan; y quedó tan impresionada que, aunque la muchacha era pobre, «usaba una horquilla de madera y una falda de algodón»[4], y tenía unos hábitos frugales, ideó comprometerla con su hijo. Pero después de algunas dudas llegó a la conclusión de que no sería justo que una muchacha así se casara con un calavera empedernido como Xue Pan, de modo que pensó que la pareja perfecta serían Xiuyan y Xue Ke, que todavía estaba soltero. Le planteó el asunto a Xifeng:

—Sabe bien lo excéntrica que es mi suegra, tía —dijo Xifeng con un suspiro—. Debe darme tiempo para ir preparando la cosa.

Cuando apareció la Anciana Dama para ver a Xifeng, le fue planteado el tema.

—La tía Xue tiene algo que solicitar de la anciana antepasada, pero no sabe cómo decírselo —dijo Xifeng.

—¿De qué se trata? —preguntó la Anciana Dama.

Xifeng le expuso la propuesta de matrimonio.

—¿Cuál es el problema? —sonrió la Anciana Dama—. Nada sería más de mi agrado. Déjame hablar con tu suegra. ¿Acaso se atreverá a negármelo?

De vuelta en sus aposentos hizo llamar inmediatamente a la dama Xing y ella misma le expuso la propuesta matrimonial. Como los Xue procedían de buena cuna y eran sumamente ricos, y como Xue Ke era un joven apuesto, y la casamentera nada menos que la Anciana Dama, bastaron unos instantes de reflexión para que la dama Xing quedara convencida de que aquella unión sería provechosa, de manera que manifestó su acuerdo con el enlace.

La Anciana Dama, entusiasmada, pidió inmediatamente que viniera la tía Xue, y tras el habitual intercambio de formalidades y delicadezas entre ambas partes, la dama Xing informó enseguida a su hermano Xing Zhong y a su esposa de la propuesta; y como ellos habían llegado allí para abalanzarse sobre su riqueza, naturalmente expresaron su complacidísima aprobación.

—Me encanta inmiscuirme en los asuntos ajenos —dijo la Anciana Dama bromeando—. Ahora que está todo arreglado, ¿cuánto le pagaréis a la casamentera?

—No se preocupe por eso —respondió la tía Xue—. Aunque le trajéramos cien mil taeles de plata dudo que significaran mucho para usted. Pero ya que está actuando como intermediaria, ¿podría buscar a alguien que se hiciera cargo de la ceremonia de compromiso?

—Aunque nos faltara cualquier otra cosa, siempre podríamos conseguir una o dos personas cojas o mancas que se ocuparan de eso —contestó entre risitas la anciana.

Y mandó llamar a la esposa y la nuera de Jia Zhen que, cuando oyeron la noticia, presentaron sus enhorabuenas.

—Tú ya conoces las costumbres de nuestra familia —dijo a la señora You—. Las dos familias nunca deben entrar en disputas sobre regalos de compromiso, así que debes ocuparte de este negocio de una manera ni avara ni pródiga. Infórmame en cuanto esté todo arreglado.

La señora You prometió enseguida encargarse de aquella tarea, y la tía Xue volvió llena de júbilo a su casa a escribir tarjetas de invitación para la mansión Ning. La señora You conocía el mal carácter de la dama Xing y hubiera preferido no tener nada que ver con el asunto, pero al fin accedió a los deseos de la Anciana Dama. Hizo lo que pudo por complacer a la dama Xing; en cuanto a la tía Xue, como no tenía opinión sobre nada no supondría un problema. Pero dejemos de hablar de este asunto.

Ahora que toda la casa sabía que Xiuyan se iba a casar con el sobrino de la tía Xue, la dama Xing quiso que se mudara fuera del jardín.

—Pero ¿qué importancia tiene que se quede aquí? —se resistió la Anciana Dama—. No hay peligro de que los dos jóvenes se encuentren, y no debería preocuparte que vea diariamente a la tía Xue y a las dos primas de la otra familia. ¿O acaso no son todas muchachas? Bien pueden llegar a conocerse mejor.

Entonces la dama Xing dejó de poner objeciones.

Xue Ke y Xiuyan se habían conocido camino de la capital, y era más que probable que el compromiso les complaciera; pero, naturalmente, aquello volvió a Xiuyan más reservada y tímida ante Baochai y las demás muchachas. Se sentía especialmente tímida frente a Xiangyun, que era tan alegre y bromista. Pero como era una muchacha tan educada y con cierta instrucción, no hacía gala de falsas modestias o necias timideces.

Baochai había comprendido desde el principio que la familia de Xiuyan era pobre, y que, mientras los padres de las otras muchachas eran gente virtuosa y respetable, los suyos no eran más que un par de borrachines que se preocupaban poco por su hija; tampoco la dama Xing le tenía verdadero afecto, y el que públicamente mostraba no era más que una pantomima. Xiuyan era una muchacha graciosa y prudente en el trato con los demás; Yingchun, en cambio, parecía una muerta con aliento que no podía ni cuidarse a sí misma, ¿cómo iba a cuidar a su prima? Por eso, cada vez que a Xiuyan le faltaban las cosas de uso cotidiano, era Baochai quien resolvía el problema, aunque, modesta como era, no lo mencionara nunca. En consecuencia, Baochai a menudo la ayudaba en secreto sin permitir que la dama Xing se enterara, pues temía ofenderla. Y ahora ocurría esto. ¿Quién habría podido imaginar que se concertaría este inesperado compromiso? En realidad, Xiuyan se sentía más cerca de Baochai que de Xue Ke. Frecuentemente iba a charlar con ella, y Baochai seguía llamándola «prima».

Cierta día Baochai fue a visitar a Daiyu; como se encontró con Xiuyan en el camino, la llamó con una sonrisa y caminaron juntas. Al pasar por detrás de un roquedal, Baochai indagó:

—¿Por qué has dejado tu ropa acolchada y te has puesto la forrada, con el frío que hace aquí esta mañana?

Xiuyan agachó la cabeza y no respondió nada.

Baochai sintió que había algún motivo para aquel extraño comportamiento y siguió preguntando:

—¡No me digas que se ha vuelto a atrasar la llegada de la asignación mensual! La prima Xifeng cada día es más descuidada.

—La entregó el día correcto —replicó Xiuyan—, pero mi tía me mandó decir que no debo gastar los dos taeles mensuales y debo guardar uno para mis padres. Señaló que si me faltaba cualquier cosa podía pedirla prestada a Yingchun y apañármelas así. Pero mira, hermana, Yingchun es un alma sencilla y no siempre piensa. A ella no le molestaría que yo utilizara sus cosas, pero todas las que causan problemas son doncellas y amas suyas; y ya sabes tú lo afiladas que tienen las lenguas. A pesar de vivir aquí no me atrevo a darles órdenes; la verdad es que cada tres o cinco días tengo que gastar dinero en pasteles y vino para tenerlas contentas. No tengo suficiente con los dos taeles mensuales, y ahora, por si fuera poco, han sido reducidos a la mitad. Por eso el otro día hice que una persona fuera discretamente a empeñar mi ropa acolchada por unas sartas de monedas.

Al oír aquello, Baochai frunció el ceño y suspiró comprensiva.

—Lástima que la familia Mei se haya ido y no vuelva a la capital hasta el año que viene —dijo—. Si estuvieran aquí podríamos arreglar la boda de Baoqin y luego la tuya. Una vez que te vayas de aquí ya no tendrás problemas. El problema está en que Xue Ke no se querrá casar antes que su hermana menor; pero me temo que soportar esta vida durante otros dos años puede dañarte la salud. Debo hablar con mi madre y ver qué puede hacerse. Si la gente te agobia, no pierdas los estribos por ningún concepto o caerás enferma. En realidad también puedes entregarles el otro tael, para que dejen de acosarte; entonces ya no tendrás que andar agasajando a toda esa gente. Si hacen comentarios hirientes, simplemente pretende no haber oído y dedícate a tus propios asuntos. Cuando te falte algo búscame a mí. No seas melindrosa. Y no es porque estés comprometida con alguien de la familia por lo que ahora te trato como a una pariente. ¿Acaso no nos hicimos amigas desde tu misma llegada? Si temes las habladurías, envía a tu doncella para que me pase discretamente los encargos.

Agachando la cabeza, Xiuyan asintió.

Entonces Baochai señaló el colgante de jade verde que llevaba sobre la falda.

—¿Quién te dio eso?

—Es un regalo de la prima Tanchun.

—Debe haber advertido que eres la única que no tiene un jade, así que para evitar las burlas de la gente te lo regaló. Demuestra lo considerada y observadora que es. Sin embargo, no deberías olvidar que semejantes abalorios sólo se llevan en las grandes familias oficiales de los nobles ricos. Mírame a mí. ¿Acaso llevo yo adornos tan espléndidos? Hace siete u ocho años sí, pero no ahora que ha cambiado la posición de nuestra familia. Ahorro de donde puedo. En el futuro, cuando entres a formar parte de nuestra familia, me atrevo a vaticinar que encontrarás un arcón lleno de cosas inútiles como ésta. Pero en los tiempos que corren, nuestra familia no es como la de ellos. Después de todo, deberíamos vestirnos con mayor sencillez y no imitarlos.

—Si tú lo dices, hermana, volveré a quitármelo.

—No, eres demasiado obediente —precisó inmediatamente Baochai—. Ya que ella ha tenido la amabilidad de dártelo, si dejas de usarlo se preguntará por qué. He mencionado el asunto sólo para que lo tengas presente más adelante.

Xiuyan asintió, y luego le preguntó que adónde iba.

—Al refugio de Bambú —dijo Baochai—. Regresa y envía una doncella a nuestra casa con el recibo de empeño. Yo haré sacar la ropa discretamente y te la haré llegar esta misma noche, para que tengas algo de abrigo que ponerte; de otro modo te enfriarás, y eso sería peor. ¿Cuál es la casa de empeños?

—Se llama Heng Shu[5], y está en la calle principal al oeste de la torre del Tambor.

—¡Pero si esa tienda pertenece a nuestra familia! —sonrió Baochai—. Si los dependientes lo supieran, dirían que la ropa de la novia ha llegado antes que ella.

Al descubrir que aquel era uno de los comercios de los Xue, Xiuyan se sonrojó. No respondió nada y se alejó con una sonrisa en los labios.

En el refugio de Bambú, Baochai encontró a su madre y a Daiyu charlando.

—¿Cuándo ha llegado, madre? —le preguntó—. No sabía que pensara venir.

—Hasta hoy no he encontrado la ocasión de venir a visitar a Baoyu y a Daiyu —dijo la tía Xue—. Compruebo que ya están los dos bien.

Ofreciendo asiento a Baochai, Daiyu dijo:

—La vida está ciertamente llena de sorpresas. Quién iba a pensar que tu madre y mi tía mayor serían consuegras.

—Pero ¿qué puede saber de tales cosas una niña como tú? —respondió la tía Xue—. Hay un viejo proverbio que dice: «Una boda puede unir a gente separada por mil li». Todo es obra del Anciano de la Luna. Si secretamente él ha enredado un hilo rojo en torno a los tobillos de dos jóvenes, no hay mar o país entero, ni enemistad entre familias heredada de generación en generación que pueda impedir que ambos se conviertan en marido y mujer. Y cuando ocurre, siempre tiene apariencia de sorpresa. Por el contrario, si el Anciano de la Luna no hace lo que le corresponde, ni la complacencia de los padres ni el hecho de que los jóvenes hayan crecido juntos o se consideren mutuamente predestinados, podrá provocar la unión. Considerad vuestro propio caso: aún no sabemos si desposaréis a alguien cercano o a alguien que habita más allá de océanos y cordilleras.

—¡Madre, siempre nos cuenta usted el mismo cuento! —protestó Baochai reposando la cabeza contra el pecho de su madre.

Luego, entre risas, le preguntó:

—¿Nos vamos ya?

—¡Hay que verla! —exclamó Daiyu para aguijonearla—. Ya es una muchacha mayor, y cuando usted no está por aquí, tía, parece muy digna; pero en cuanto usted aparece actúa como una niña pequeña.

La tía Xue, mientras acariciaba a su hija, respondió a Daiyu con estas palabras:

—Esta niña significa para mí tanto como Xifeng para la Anciana Dama. Cuando tengo asuntos serios entre manos, se los consulto; cuando no los tengo, ella me entretiene. Cuando la veo así, todos mis problemas se esfuman.

A Daiyu se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Se comporta así para herirme recordándome que yo no tengo madre.

Baochai intervino rápidamente:

—Madre, ¿la ve usted? ¿Quién está ahora actuando como una niña pequeña?

—No puedes culparla por sentirse mal —respondió la tía Xue—. La pobre no tiene padres ni nadie que se ocupe de ella.

Y se volvió para acariciar también a Daiyu.

—No llores, buena muchacha —le dijo—. A ti te turba ver cuánto quiero a tu prima, pero si supieras que a ti te quiero aún más… Ella está en mejor posición que tú, pues aunque ha perdido a su padre todavía nos tiene a mí y a su hermano. A menudo le he dicho que no puedo exteriorizar lo mucho que te quiero a ti, pues temo las habladurías que ello acarrearía. Aquí hay mucha gente a la que le gusta hablar mal de los demás, y hay pocos que interpreten bien las cosas ajenas. En lugar de admitir que tú no tienes a quien recurrir y que mereces, por tu comportamiento, que todos te quieran, me acusarían de tratarte bien porque eres la favorita de la Anciana Dama.

—Si realmente me quiere, tía, ¿está dispuesta a ser mi madrastra? —le suplicó Daiyu—. Si me rechaza, eso significará que no habla en serio.

—Si piensas que merezco ser tu madrastra, estoy dispuesta.

—No, eso no serviría de nada —dijo Baochai.

—¿Por qué no? —preguntó Daiyu.

—Déjame hacerte una pregunta —replicó Baochai con una sonrisa—. ¿Por qué Xiuyan se comprometió con mi primo menor antes que con mi hermano?

—Supongo que porque él no está en casa. O porque los horóscopos no coinciden.

—No, la razón es que mi hermano ya se ha decidido por una persona y todo será arreglado en cuanto regrese. No necesito dar nombres. ¿Por qué dije que mi madre no podía ser tu madrastra? ¡Piensa un poco! —concluyó Baochai guiñándole un ojo a su madre, y después se rió.

Daiyu hundió la cara en el regazo de la tía Xue, protestando:

—Tía, si no le da usted una paliza no me moveré de aquí.

La tía Xue sonrió y la abrazó.

—No creas ni una palabra de lo que te diga. Sólo está fastidiándote.

—¡Pero si hablo en serio! —rió Baochai—. Mañana mismo mi madre pedirá tu mano a la Anciana Dama. ¿Para qué perder el tiempo buscando por otro lado?

Daiyu saltó sobre ella con una carcajada.

—¡Cada vez estás más loca! —le gritó.

Inmediatamente fueron separadas por la tía Xue, que dijo a Baochai:

—Me parece que incluso Xiuyan es demasiado buena para ese hermano tuyo, y por eso la pedí para tu primo. ¿Cómo voy a pensar siquiera en entregar esta adorable criatura a tu hermano? El otro día la Anciana Dama quería a tu prima Baoqin para Baoyu; y de no haber estado ya comprometida hubiera sido un buen enlace. Cuando arreglé el asunto para Xiuyan, la Anciana Dama me insinuó: «Yo quería a una de tus muchachas, pero, al contrario, eres tú quien se lleva a una de las nuestras». A pesar de que sólo estaba bromeando, si se piensa cuidadosamente es algo interesante. Baoqin está comprometida y yo no tengo muchacha para ella, pero puedo hacer una sugerencia: puesto que la Anciana Dama quiere tanto a Baoyu, y él es un muchacho apuesto, ella jamás aceptará que tome una esposa de afuera, ¿por qué no comprometerlo entonces con Daiyu? ¿Acaso no sería una unión perfecta?

Daiyu había estado escuchando con ansiedad, y ahora, al escuchar su nombre, escupió con desagrado y volvió a lanzarse contra Baochai.

—¡Te voy a dar una lección! —gritaba con las mejillas encendidas—. ¿Por qué provocas a mi tía y la haces hablar con palabras tan poco delicadas?

—¡Qué raro! —se rió Baochai—. ¿Por qué me castigas a mí por algo que ha dicho mi madre?

En ese momento, Zijuan corrió hasta donde estaba ella y exclamó entre risas:

—¿Y por qué no le propone esa idea a la dama Wang?

—¿Para qué tanta prisa, muchacha? —preguntó burlonamente la tía Xue—. Ah, ya sé, supongo que cuanto antes se case tu joven señora antes podrás tú buscar un marido.

Enrojeciendo, Zijuan replicó:

—Se aprovecha usted de su mayor edad, señora. —Y salió corriendo de allí.

—¡¿Qué tiene todo esto que ver contigo?! —le gritó Daiyu enfadada mientras la doncella salía, y luego se rió también de su propio enfado—. ¡Santo Buda! ¡Lo tiene bien merecido, y se va con la cara roja de vergüenza!

La tía Xue, Baochai y el resto de los presentes se unieron a las risas de Daiyu. Unas doncellas mayores que allí había dijeron alegremente:

—A pesar de que lo dijo en broma, no deja de ser una buena idea, señora. Esperamos que la discuta con la Anciana Dama en cuanto tenga ocasión. Con usted como intermediaria, ese matrimonio tiene buenas probabilidades de salir bien.

—Sí —coincidió la tía Xue—, seguramente a la Anciana Dama le complacería que yo hiciera tal sugerencia.

Mientras hablaban entró Xiangyun con un recibo de empeño en la mano.

—¿Es una hoja de un libro de cuentas? —preguntó sonriente.

Daiyu miró, pero tampoco supo de qué se trataba.

—Es algo maravilloso —dijeron las matronas echándose a reír—, pero no se lo diremos gratis.

Cogiéndolo, Baochai vio que era el recibo de la casa de empeños que Xiuyan había mencionado. Inmediatamente lo dobló.

—Debe haberlo perdido alguna vieja —sugirió la tía Xue—. Si no lo encuentra se volverá loca.

—¿Un recibo de una casa de empeños? ¿Qué es eso? —intervino Xiangyun.

Todas se echaron a reír de nuevo.

—¡Pequeña boba! Ni siquiera sabe lo que es un recibo de empeño.

—Es natural —comentó la tía Xue—. ¿Cómo va a conocer una cosa así, si todavía es joven y además hija de una noble casa? Aunque alguien aquí tuviera alguno, ella ni se fijaría. Así que no la llaméis boba, pues convertiríais en bobas a todas las jóvenes damas con sólo enseñarles el recibo.

Afirmaron las mujeres:

—Sí, tampoco la señorita Lin lo reconoció hace un momento. Y no sólo las jóvenes damas; nos sorprendería que el señor Baoyu, a pesar de sus frecuentes salidas, hubiera puesto los ojos alguna vez sobre algo semejante.

Entonces la tía Xue explicó a Xiangyun y Daiyu lo que era un recibo de empeño.

—¡Conque se trataba de eso! —exclamaron—. ¡Pero qué hábil es la gente para hacer dinero! ¿La tienda de su familia es de ese tipo, tía?

—¡Pero bueno! —arreciaron las risas—. «Los cuervos son negros en cualquier lugar del mundo.» ¿Cómo va a ser distinta su tienda?

—¿Dónde encontraste este papel? —preguntó la tía Xue.

Atajando la posible respuesta de Xiangyun, Baochai intervino:

—Este recibo ha caducado. Fue cancelado hace dos años. Seguramente Xiangling se lo dio jugando.

Aquello era verosímil, y la tía Xue no volvió a tocar el tema.

En ese momento llegó alguien a informar de que la señora de la otra casa había ido a visitar a la tía Xue, y ésta regresó a sus aposentos. Cuando también las otras se hubieron marchado, Baochai preguntó a Xiangyun dónde había encontrado el recibo.

—Vi a la doncella de tu futura cuñada, Zhuaner, pasándoselo a Yinger, que lo metió entre las páginas de un libro pensando que yo no me había dado cuenta. En cuanto se fueron eché un vistazo, pero no pude descifrar de qué se trataba. Como sabía que estabais aquí todas, lo traje para enseñároslo.

—¿Es posible que esté empeñando sus cosas? —preguntó Daiyu—. Y si es así, ¿por qué enviarte ese recibo?

Baochai comprendió que ya no podía seguir ocultando la verdad, y tuvo que explicar lo sucedido. Daiyu se fue conmoviendo y apenando conforme Baochai avanzaba en la explicación y decía que «Muerta la liebre llora la zorra: se compadece por sus semejantes». Pero en Xiangyun fue creciendo una sorda indignación.

—Esperad a que le ajuste las cuentas a Yingchun —rabió—. Voy a echarles un buen sermón a todas esas matronas y doncellas. ¿Qué os parece?

Y ya se disponía a partir cuando Baochai la detuvo.

—¿Te has vuelto loca? —exclamó—. Siéntate.

Daiyu, por su parte, se burló de ella:

—Si fueras un hombre podrías ir a deshacer entuertos, pero no eres un Jing Ke ni un Nie Zheng[6]. No hagas el ridículo.

—Ya que no me dejáis resolver este asunto con ellas, podríamos invitar a Xiuyan para que venga a nuestros aposentos —replicó Xiangyun.

—Ya discutiremos eso más tarde —sonrió Baochai.

E inmediatamente cambiaron de tema, pues fue anunciada la llegada de Tanchun y Xichun.

Si quieren saber lo que pasa, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LVIII

A la sombra de un albaricoquero, un falso fénix

llora la ausencia de su falsa pareja[1].

Ante la ventana de gasa rosada[2], un joven señor

critica sinceramente las prácticas absurdas.

La llegada de Tanchun y Xichun interrumpió bruscamente la conversación que mantenían Daiyu, Baochai y Xiangyun. Las recién llegadas saludaron a Daiyu y charlaron un rato con ella; después se retiraron.

Entretanto, llegó la inopinada noticia del fallecimiento de la gran concubina. Todas las damas investidas de un título de nobleza tuvieron que acudir diariamente a la corte, junto a las que tenían su mismo rango, para participar en los preceptivos ritos funerarios; también se promulgó un decreto en todo el imperio según el cual toda familia perteneciente a la nobleza se abstendría, durante un año, de festines y música, y el pueblo común, durante tres meses, de contraer matrimonio.

La Anciana Dama, las damas Xing y Wang, la señora You y su nuera, Xu de soltera, así como los jóvenes que ya tenían edad para asistir a las ceremonias, se trasladaban cada mañana a la corte y no regresaban antes de las dos de la tarde. Tras ser velado durante veintiún días en el gran patio interior del palacio Lateral, se emprendió el transporte del féretro al mausoleo Imperial. Como este mausoleo estaba situado en un condado llamado Xiaoci[3], a unos diez días de viaje de la capital, y como además el ataúd tendría que estar allí expuesto varios días más, antes de ser inhumado en el palacio Subterráneo, se preveía para el funeral completo una duración aproximada de un mes[4].

Así pues, la obligada asistencia a las exequias imperiales implicaba, para Jia Zhen y su esposa, una larga ausencia de la mansión Ning, donde no quedaría nadie capaz de ejercer alguna autoridad. Tras muchas discusiones se decidió dispensar a la joven señora You de los actos funerarios con el argumento de que estaba encinta; de ese modo podría hacerse cargo de ambas mansiones.

La tía Xue quedó encargada de velar por las jóvenes damas y doncellas del jardín, adonde se mudó. Con Baochai vivían en ese momento Xiangyun y Xiangling; con Li Wan pasaban temporadas esporádicas la tía Li y sus dos hijas, y además la Anciana Dama le había encomendado el cuidado de Baoqin; con Yingchun vivía Xiuyan; los aposentos de Tanchun tampoco resultaban apropiados, ya que ella estaba siempre demasiado atareada con los asuntos domésticos y con los problemas que la concubina Zhao y su hijo Huan planteaban sin tregua; por último, el espacio con que contaba Xichun era limitado. El caso es que la tía Xue se trasladó a vivir al refugio de Bambú, habida cuenta de que, además, la Anciana Dama le había encargado expresamente el cuidado de Daiyu, por quien sentía una viva simpatía y una profunda compasión. Compartió con ella la alcoba y mantuvo una estrecha vigilancia sobre las medicinas y la dieta de la muchacha. Daiyu no encontraba palabras para expresar su gratitud. Empezó a tratar a la tía Xue como a su propia madre, y a Baochai y Baoqin como a sus hermanas, pues, para inmensa satisfacción de la Anciana Dama, se sentía más cerca de ellas que del resto de las muchachas.

La tía Xue cuidaba a las muchachas e intentaba impedir que las doncellas más jóvenes se tomaran excesivas libertades, pero no interfería en ningún otro asunto de la mansión. La señora You aparecía por allí a menudo, pero sólo se encargaba de los asuntos rutinarios, cuidando de no abusar de su autoridad. En todo caso estaba demasiado ocupada, ya que además de ser la única encargada de la mansión Ning debía proveer de comida, bebida, ropa de cama y muebles a la Anciana Dama y la dama Wang. Tenía tantas ocupaciones que a duras penas daba abasto.

Si las encargadas de las dos mansiones apenas tenían un momento libre con tanta responsabilidad, también vivían ocupados los mayordomos principales, que se habían adelantado con el fin de buscar alojamiento para sus señores durante las exequias, o habían acompañado a sus señores al Palacio Imperial, o estaban atareados buscando lugares en donde el cortejo pudiera descansar durante las distintas etapas que aún faltaban por cubrir. Entretanto, debido a la falta de supervisión adecuada, los sirvientes de ambas mansiones no se preocupaban más que de holgazanear con la connivencia de los mayordomos jefes provisionales, que a su vez sólo pensaban en aumentar su preeminencia. Los únicos mayordomos que quedaron en la mansión Rong fueron Lai Da y un puñado de encargados de los negocios del exterior. Privado de sus ayudantes habituales, Lai Da delegó autoridad en algunos truhanes ignorantes que no sólo demostraron ser altamente incumplidores, sino que además lo engañaron enviándole acusaciones y recomendaciones falsas.

Como quiera que todas las grandes familias oficiales que mantenían actores habían tomado la determinación de disolver las compañías, la señora You y las demás decidieron sugerir a la dama Wang que prescindiera de las doce niñas actrices.

—Esas muchachas le pertenecen —argumentaron—, de modo que aunque no sigan ensayando y aprendiendo, siempre podrá conservarlas como doncellas y despedir solamente a sus instructores.

—No podemos tratarlas como a vulgares sirvientas —objetó la dama Wang—. Son hijas de familias respetables cuyos padres, incapaces de mantenerlas, las han vendido para que puedan aprender este oficio; hace ya muchos años que adoptan los gestos de los fantasmas y se disfrazan de demonios. Ésta es una magnífica oportunidad para dejarlas marchar, dándoles unos cuantos taeles de plata que cubran los gastos de su viaje. Eso es lo que hicieron siempre nuestros ancestros. Conservarlas sería indigno de los Jia, poco bondadoso y hasta mezquino. Cierto que hay en esta casa actrices que han envejecido a nuestro lado, pero ellas tuvieron sus motivos para no querer partir, por lo cual las hemos conservado como criadas, casándolas eventualmente con nuestros propios sirvientes.

—Averigüemos cuáles de las doce actrices quieren volver a su casa —propuso la señora You—. Entonces podremos informar a sus padres para que vengan a buscarlas; claro está, es conveniente darles unos taeles de plata para cubrir los gastos de su regreso. Pero antes debemos asegurarnos de que sean sus padres los que vengan a por ellas, y no algunos bribones que pretendiendo ser sus parientes se las lleven para revenderlas. Pues en tal caso, ¿no sería vana nuestra bondad? Las que no quieran irse podrán permanecer.

Cuando la dama Wang aprobó el arreglo, la señora You envió un informe a Xifeng y ordenó al mayordomo encargado que entregara a cada uno de los instructores una gratificación de ocho taeles, con licencia para partir. Todo lo que había en el patio de los Perales Fragantes fue inventariado y guardado en el almacén, y unos sirvientes fueron apostados en el lugar para que lo vigilaran durante la noche.

Más de la mitad de las doce actrices citadas se mostró contraria a regresar a su casa; unas dijeron que lo único que interesaba a sus padres era hacer dinero, y que si volvían con ellos las venderían de nuevo; otras que sus padres habían muerto y que habían sido vendidas por sus tíos o hermanos; otras que no tenían adónde ir; y otras, por último, dijeron abiertamente que no sentían el menor deseo de abandonar aquella familia que las había tratado tan bien. En total, sólo cuatro o cinco eligieron partir.

Al oír aquello, la dama Wang tuvo que resignarse a conservarlas. A las pocas que eligieron partir se les ordenó que permanecieran con sus madres adoptivas hasta que vinieran a recogerlas sus propios padres. De las que eligieron permanecer, la Anciana Dama se quedó con Wenguan, y las demás fueron enviadas a diversos aposentos del jardín. Fangguan, que hacía los papeles de joven dama, fue asignada a Baoyu; Kuiguan, que hacía los de doncella astuta, a Baochai; Ouguan, que representaba a los jóvenes caballeros, fue para Daiyu; Gueiguan, que actuaba como jefe de guerreros, para Xiangyun; Douguan, que representaba a guerreros de rango menor, se quedó con Baoqin; y Aiguan, que encarnaba a los viejos, con Tanchun. La señora You se quedó con Qieguan, que interpretaba a las viejas[5].

Ya alojadas, se pasaban el día entero en el jardín, alegres como avecillas recién desenjauladas; pues todo el mundo, informado de que jamás habían aprendido a coser o atender a otras personas, se mostraba indulgente con ellas. Sin embargo, una o dos de las más inteligentes se mostraron preocupadas por su falta de conocimientos, ahora que habían dejado de actuar, y empezaron a aprender costura, tejido y otras tareas propias de las muchachas.

Un día tuvo lugar el gran sacrificio fúnebre en la corte. Al alba la Anciana Dama y su gente se dirigieron al albergue donde, antes de proseguir su camino, tomaron una ligera colación. Más tarde, ya en la corte, tuvieron que esperar, para retirarse, a que el emperador concluyera su desayuno. Cuando ellos, a su vez, también hubieron desayunado, se retiraron a descansar antes de volver a los sacrificios de mediodía y de la noche. Sólo al caer la tarde pudieron estar de vuelta en su albergue, donde les fue servida la cena. Dicho albergue había sido habilitado en el santuario familiar de un alto funcionario, donde unas monjas se ejercitaban en la práctica de la perfección; de ahí que las habitaciones fueran muchas y muy limpias. El patio oriental de dicho santuario había sido cedido a la mansión Rong, y el occidental al príncipe de Pekín, de tal manera que la princesa viuda y las princesas consortes, que también descansaban allí todos los días, veían a la Anciana Dama y a su gente en el patio del este, y ambas familias iban y venían juntas a los actos, y se hacían mutuos favores. Pero no necesitamos detenemos en estos asuntos.

Volvamos al jardín de la Vista Sublime, donde, aprovechando la ausencia de la Anciana Dama y la dama Wang durante todo el mes que duraron las exequias oficiales, una legión de amas y doncellas buscaba sin descanso la manera de divertirse. La población del lugar se había incrementado, ya que las matronas del patio de los Perales Fragantes habían sido distribuidas entre los diversos aposentos del jardín. Wenguan y la mayoría de las actrices, llevadas por el orgullo y amparándose en sus privilegios, ofendían a las sirvientas siendo extremadamente puntillosas en la elección de comida y ropa, o haciendo gala de una lengua demasiado acerada. El caso es que, en vez de ceñirse prudentemente al cumplimiento de los deberes de su rango y edad, perdieron hasta tal punto el control de sus respectivos papeles que ni una sola de las matronas que estaban a su servicio sentía el más mínimo afecto por ellas, aunque no lo dejaran traslucir en sus palabras y actitudes. El suceso de la disolución de la compañía de ópera no hizo sino alegrar a las mujeres. Algunas procuraron que el pasado no interfiriera en el presente; y aunque otras, las de mentalidad más estrecha, no habían dejado de sentir rencor, tampoco se atrevían a intentar llevar a cabo una venganza, ya que habían sido separadas y distribuidas por los distintos aposentos.

Llegó otra vez el día Brillante y Claro[6]. Tras preparar las ofrendas tradicionales, Jia Lian llevó a Jia Huan, Jia Zong y Jia Lan al templo del Umbral de Hierro a ofrecer sacrificios a los antepasados que allí moraban. Lo mismo hizo Jia Rong de la mansión Ning con otros jóvenes del clan. El único que faltó a la cita con los ancestros fue Baoyu, que no estaba completamente repuesto. Después de la colación del mediodía se sintió fatigado.

—¿Por qué no sale a dar un paseo por el jardín aprovechando el buen tiempo? —sugirió Xiren—. Echarse a dormir inmediatamente después de comer puede producirle una indigestión.

Admitiendo la sugerencia de Xiren, Baoyu se decidió a salir apoyado en su bastón, arrastrando los pies embutidos en unas pantuflas. Las matronas que habían recibido el encargo de cuidar y explotar el jardín se afanaban en distintos puntos de éste, ocupadas en diversas tareas: unas cortaban bambúes y talaban árboles, otras plantaban flores o sembraban judías; en el lago, unos botes dragaban barro o plantaban lotos. Sobre unas rocas estaban sentadas Xiangyun, Xiangling, Baoqin y varias jóvenes doncellas, mirando hacer a las matronas. Baoyu fue avanzando trabajosamente hacia ellas y Xiangyun, al verlo, exclamó riendo:

—¡Que alejen ese bote a bastonazos! ¡Rápido! ¡Viene a llevarse a la prima Lin!

La risa general que esa malicia produjo sonrojó a Baoyu.

—¿Acaso estoy enfermo por gusto? —replicó—. No es muy agradable que te burles del delirio ajeno.

—Hasta enfermo tenías que ser diferente a los demás —siguió burlándose ella—. ¿Cómo puedes culparnos por reír, si haces el ridículo de esa manera?

Baoyu se sentó en la roca junto a ellas y también se puso a contemplar cómo trabajaban las matronas. Xiangyun comentó:

—Aquí hace mucho viento y esta roca está fría. Vuelve adentro, ahora que ya has descansado un poco.

Como Baoyu estaba deseoso de ver a Daiyu, se despidió de Xiangyun y de sus compañeras y caminó, apoyado en el bastón, a lo largo del dique, desde el pabellón de la Fragancia que Rezuma. Se veían los sauces desplegando hilos dorados, los melocotoneros expandían nubes rosadas y el gran albaricoquero situado detrás de una colina artificial ya se había despojado de sus flores y estaba cubierto por un espeso follaje. Sus frutos todavía no eran más grandes que granos de soja. «¿Cuánto tiempo hace que estoy enfermo, para no haber visto la floración de los albaricoqueros? —pensó Baoyu—. Sin darme cuenta, ya dan sombra las verdes hojas y las ramas están llenas de frutos[7].»

Y abstraído en la contemplación del árbol, sin poder apartar la vista de los pequeños frutos, pensó en Xiuyan y su reciente compromiso. El matrimonio era algo por lo que todo el mundo debía pasar, pero en este caso significaba una hermosa muchacha menos; cuando pasaran un par de años, los niños la agobiarían como los frutos a aquel árbol, y, al igual que los albaricoques, ellos estaban llamados a partir pronto, dejando peladas las ramas; cuando pasaran unos pocos años más el cabello de Xiuyan iría tomando el color de la plata y su belleza empezaría a abandonarla.

Esos pensamientos le hicieron llorar. Entretanto, vino un pájaro a posarse sobre una de las ramas del árbol, desde donde comenzó a emitir unos pequeños gritos lastimeros que despertaron en el muchacho los locos ensueños que le eran naturales: «Seguramente este pájaro visitó el árbol cuando estaba en flor. Ahora que ya no hay flores, sólo frutas y hojas, viene a piar su pena. Lástima que no esté aquí Gong Yechang[8] para que me traduzca sus lamentos. Me pregunto si este pájaro volverá el próximo año a ver las flores».

Mientras se entretenía con aquellas tontas cavilaciones, se elevó del otro lado de la montaña artificial una llamarada que espantó al pájaro. Perplejo, Baoyu escuchó una voz que decía:

—¿Acaso quieres morir, Ouguan? ¿Cómo te atreves a quemar aquí todas esas monedas de papel? ¡Prepárate! ¡Te voy a denunciar ante las señoras!

Baoyu corrió sorprendido hasta el otro lado del roquedal, donde encontró a Ouguan con el rostro surcado de lágrimas, en cuclillas al lado de un montón de cenizas. Aún sostenía en las manos una pequeña tea.

—¿Para quién es esta ofrenda? —le preguntó—. No debes hacerla aquí. Si es para tus padres o hermanos, dime sus nombres; yo los escribiré sobre bolsas de papel[9] y ordenaré a mis pajes que la hagan como se debe.

Ouguan no respondió nada, ni siquiera cuando Baoyu repitió su pregunta. En ese momento llegó una iracunda matrona que, agarrándola de una mano, se la llevó a rastras mientras gritaba:

—Ya he informado de esto a las señoras. ¡Están furiosas!

Ouguan, que todavía era una niña, se resistió a seguir a la vieja, temerosa de que la humillaran.

—Siempre dije que ibas a terminar metida en problemas —rugió la mujer—. Aquí no puedes hacer tonterías a tu antojo, como antes. Ahora tienes que respetar la disciplina.

Y señalando a Baoyu continuó:

—Hasta nuestro joven señor tiene que someterse a las normas. ¿Quién te has creído que eres para comportarte de esta manera? De nada te sirve tener miedo. Ven conmigo.

Baoyu intervino inmediatamente:

—No eran monedas de papel lo que estaba quemando, sino papeles escritos que la señorita Lin le había encargado hacer desaparecer. No te fijaste bien y has cometido un error al acusarla.

Ouguan se había sentido perdida y la aparición de Baoyu la había asustado todavía más; pero al verse protegida de esa manera recobró su presencia de ánimo e inició su defensa:

—¿Está usted segura de que eran monedas de papel lo que me ha visto quemar? —preguntó a la vieja—. La señorita Lin escribió mal unos caracteres y me ordenó quemar los papeles.

La réplica de la muchacha no hizo sino enfurecer todavía más a la mujer, que, inclinándose, recogió dos monedas de papel que habían quedado sin arder entre las cenizas. Con la evidencia sobre la palma extendida, gruñó:

—¿Sigues tratando de negarlo? He aquí la prueba. Lo aclararemos delante de las señoras.

Y arrastró a la muchacha de la manga. Pero Baoyu la retuvo tirando de la otra manga, mientras apartaba la mano de la mujer con un bastonazo en los dedos.

—Lléveselas si quiere —dijo señalando las monedas de papel—. Le diré la verdad. Anoche soñé que el espíritu del albaricoquero venía a pedirme una sarta de monedas de papel blanco diciéndome que si alguien que no fuera de mis aposentos las quemaba por mí, sanaría rápidamente. Por eso conseguí ese papel y luego pedí permiso a la señorita Lin para que viniera Ouguan a hacer la ofrenda, haciendo así realidad mi sueño. La diosa puso la condición de que todo esto debía permanecer en secreto. Ya empezaba a sentirme mejor, e incluso había podido levantarme. Pero ahora lo ha estropeado todo. ¿Todavía quiere delatarla ante las señoras? Anda, ve con ella, Ouguan, y diles todo lo que acabo de decir. Cuando vuelva la Anciana Dama seré yo quien denuncie a esta mujer por haber malogrado deliberadamente mi sacrificio con el propósito de hacerme morir pronto.

Envalentonada por aquello, le tocó a Ouguan tirar de la mujer para que compareciera ante las señoras. La vieja dejó caer inmediatamente las monedas de papel.

—¿Cómo iba a saberlo? —preguntó a Baoyu, amilanada—. Si le dice algo a la Anciana Dama, segundo señor, ¿qué será de esta pobre vieja? Diré a las señoras que cometí un error; que era usted el que estaba quemando papeles para un sacrificio.

—Si tú no dices nada yo tampoco lo haré —prometió él.

—Pero ya he informado a las señoras y me han ordenado que lleve a Ouguan ante ellas… ¿Cómo puedo callar ahora? Muy bien, diré que la mandó llamar la señorita Lin.

Baoyu lo pensó un momento y luego asintió con un leve gesto de cabeza, con lo cual la mujer se marchó.

Entonces él preguntó a Ouguan:

—¿Me dirás para quién era esa ofrenda? Estoy seguro de que no puede haber sido para tu propia gente, pues cuando se trata de hacer un sacrificio para el padre, la madre o algún hermano o hermana, la costumbre es encargar a alguien que haga el sacrificio. Es evidente que bajo tu gesto tiene que haber alguna razón apasionada.

A la muchacha, agradecida de todo corazón por la defensa que había hecho de ella, y comprendiendo que eran almas gemelas, se le llenaron de lágrimas los ojos.

—Sólo Fangguan, que trabaja para usted, y Ruiguan, que lo hace con la señorita Baochai, conocen mi secreto —dijo—. Pero ya que hoy me ha sorprendido y luego me ha defendido tan generosamente, tendré que contárselo, con la condición de que selle sus labios.

Pero luego, con un nuevo sollozo, añadió:

—No puedo contárselo directamente. Ya que ha de saberlo, pregúntele a Fangguan cuando estén a solas.

Dicho lo cual se alejó con la cara descompuesta dejando a Baoyu aún más intrigado.

El muchacho, perplejo, emprendió el camino hasta el refugio de Bambú para interesarse por la salud de Daiyu. La encontró más frágil que nunca; su aspecto era patético, aunque ella insistía en que su salud había mejorado. Daiyu, por su parte, advirtió que también él estaba mucho más delgado y no pudo contener unas lágrimas al pensar en el motivo. Charlaron un poco y la muchacha le pidió que fuera a descansar un rato. Baoyu siguió su consejo, ya que estaba ansioso por interrogar a Fangguan. Resultó que Xiangyun y Xiangling habían venido de visita, y cuando llegó las encontró charlando con Fangguan y Xiren, de manera que no se atrevió a llamar aparte a la doncella, pues temía despertar la curiosidad de las demás. No tuvo más remedio que esperar. Al rato salió Fangguan con su madre adoptiva para que le lavaran el pelo. Cuando la mujer hizo que su propia hija se lavara primero, Fangguan la acusó de favoritismo.

—¿Eso quiere decir que tengo que lavarme con el agua que su hija ya ha ensuciado? —se quejó—. ¡No se conforma con quedarse toda mi asignación mensual, y ahora espera que me contente con las sobras de los demás!

Muy enfadada, la comadre estalló en imprecaciones:

—No sabes el honor que te hago aceptándote como hija, miserable. Con razón todos dicen: «No te mezcles con actrices»[10]; hasta las mejores muchachas se malogran cuando les da por las tablas. Eres una pequeña hija de puta, pero crees tener derecho a escoger esto o aquello, lo grande o lo pequeño, y a picarme con esa lengua insípida. ¡Maldito cono salado! Eres como la mula que muerde a sus compañeras.

Y el tono de la discusión se elevó seriamente. Xiren envió a una vieja ama que les dijo: «Dejad de hacer ruido. ¿Es que no hay manera de que estéis tranquilas en cuanto falta la Anciana Dama?».

—Todo se debe a que Fangguan no tiene cabeza —dijo Qingwen—. No veo de dónde le viene tanta arrogancia. Lo único que sabe hacer es cantar un par de óperas, pero se comporta como si hubiera matado a un traidor o capturado a un jefe rebelde.

—«No se puede aplaudir con una sola mano» —citó Xiren—. La joven es arrogante, sin duda, pero a la vieja le falta equidad.

—No debes culpar a Fangguan —intervino Baoyu—. Desde muy antiguo está escrito: «Cualquier criatura clama cuando sufre injurias»[11]. No tiene familia, y aquí nadie se ocupa de ella; esa mujer se queda con su dinero y encima la trata mal. ¿Cómo podéis echarle la culpa a ella?

A Xiren le preguntó:

—¿Cuál es su asignación mensual? ¿No quieres tomarla y encargarte de la niña? Eso ahorraría problemas a todos.

—Si quisiera cuidarla podría hacerlo de todos modos. ¿Por qué habría de necesitar sus pocos taeles para hacerlo? —respondió Xiren—. Eso no haría sino dar pábulo a la maledicencia.

Y levantándose trajo de su cuarto una botella de aroma de rosas, unos huevos, jabón y cintas para el pelo.

—Dale estas cosas a Fangguan —dijo a una de las matronas—. Dile que vaya a buscar agua limpia para lavarse el pelo. Tienen que dejar de discutir inmediatamente.

Eso no hizo sino irritar y humillar todavía más a la comadre.

—Putilla desagradecida —le gritó a Fangguan—. ¡De modo que ahora me acusas de haberte robado!

Y dio una fuerte bofetada a la niña, que se puso a sollozar.

Baoyu ya no pudo aguantar más y, de un salto, echó a andar decididamente hacia la puerta. Xiren lo detuvo.

—Quédese donde está. Yo me ocuparé de esto.

Pero ya Qingwen había salido a enfrentarse con la mujer.

—Para ser una mujer de su edad, carece de sensatez y experiencia —le recriminó—. Le hemos dado esas cosas a la niña porque usted no está cuidándola bien. ¡Y en lugar de sentirse avergonzada tiene la desfachatez de abofetearla! ¿Se atrevería a hacer una cosa así si todavía estuviera aprendiendo su arte?

—Ella me ha llamado «madre», así que es mi hija mientras viva —replicó la vieja—. Si tiene malas maneras conmigo, tengo derecho a castigarla.

Xiren llamó a Sheyue y le dijo:

—Yo no sirvo para discutir, y Qingwen tiene el genio demasiado vivo. ¿Por qué no vas tú a darle un buen susto?

Entonces salió Sheyue.

—¡Eh, eh, pare usted! —le dijo a la mujer—. Dígame: ¿a qué sirviente ha visto en el jardín, y no sólo en estos aposentos, reprender a sus hijos en el cuarto del señor? Aunque esa niña fuera su hija de verdad, es el señor o las muchachas mayores quienes han de decidir si se la castiga o se le llama la atención. Sus padres no tienen por qué inmiscuirse en nuestros asuntos. ¿Qué haríamos nosotros si todos fueran tan entrometidos como usted? Cuanto más vieja es, menos respeta las reglas. ¿Acaso está imitando a la madre de Zhuier porque la vio el otro día armar un escándalo? ¡Pero esté tranquila! En estos últimos días ha habido mucha gente enferma y la Anciana Dama no ha tenido un momento libre, lo que me ha impedido informarla de este asunto. Pero dentro de un par de días haré un informe completo. Ya verá como se le bajan los humos. El señor Baoyu está mejorando y todas nosotras nos esforzamos por no hablar a voces, pero ahora viene usted aquí a armar una batahola capaz de resucitar a un muerto. Está visto que si los de arriba se ausentan un par de días, todas ustedes enloquecen y le pierden el respeto a todo el mundo. Me imagino que dentro de un par de días también será capaz de abofetearnos a nosotras. ¡Ella no necesita una madre para que la maltrate!

Aquellas palabras aumentaron la aversión de Baoyu por la vieja, y se puso a dar furiosos bastonazos contra el umbral mientras gritaba:

—¡Todas estas mujeres mayores tienen el corazón de hierro y las entrañas de piedra! ¡Es increíble! En lugar de cuidar a las niñas de las que están encargadas, las someten a tormento. ¿Qué vamos a hacer si esto continúa así?

—¿Que qué vamos a hacer? —repitió Qingwen—. Despedir a todas estas farsantes. Aquí no necesitamos semejantes adornos inútiles.

La mujer estaba abrumada y no podía pronunciar palabra. En cuanto a Fangguan, vestida con una chaqueta acolchada color cereza y unos pantalones floreados con forro de seda verde y sueltos en los tobillos, y su brillante cabello negro cayéndole por los hombros, lloraba de tal manera que sus lágrimas caían con el sonido de un arroyo y se hubiera dicho de ella que era una estatua de lágrimas.

Sheyue, entre risas, le lanzó una pulla:

—¡Vaya! La señorita Yingying se ha convertido en Hong Niang después de la paliza[12]. Ya no estás en el escenario, pero actúas igual. ¿No te vas a recoger el cabello, ahora que no tienes obligación de disfrazarte?

—Déjala, así está muy bien —objetó Baoyu—. Está mucho más natural. ¿Por qué habría de arreglarse?

Qingwen se llevó consigo a Fangguan y le lavó el cabello; después de secárselo, se lo recogió con un nudo y le hizo cambiarse de ropa antes de regresar a la reunión.

Al cabo de un momento llegó una de las amas destinadas en la cocina e informó de que la cena de Baoyu estaba lista, preguntando si había que traerla o no. Una doncella llevó ese mensaje a Xiren.

—Con toda esta discusión no he estado atenta a la hora que sonaba en el reloj —dijo—. ¿Qué hora es?

—A ese engendro mecánico le pasa algo —respondió Qingwen—; necesita una nueva reparación.

Y mirando el reloj añadió:

—Que dejen pasar el tiempo que se tarda en tomar una taza de té, y traigan entonces la cena.

Cuando la doncella se retiró, Sheyue comentó:

—Fangguan merece una paliza por traviesa. Ayer estuvo jugando con el péndulo; por eso está estropeado el reloj.

Mientras hablaba fue poniendo sobre la mesa unas gachas de arroz y los cuatro encurtidos de costumbre que vio en otro recipiente.

—Baoyu ya está mejor, pero siguen trayendo gachas de arroz y encurtidos —gruñó Qingwen—. ¿Por qué no envían un par de platos fáciles de digerir? ¿Hasta cuándo seguiremos así?

Pero en aquel preciso momento descubrió en el fondo de una de las canastas un recipiente con caldo de jamón y brotes de bambú, que sacó rápidamente y puso delante de Baoyu. Éste lo sorbió con glotonería.

—¡Quema! —exclamó.

Xiren se echó a reír.

—¡Bodhisattva! ¡Pues sí que se ha vuelto usted glotón con sólo unos pocos días de ayuno de carne!

Y tomando el recipiente sopló con delicadeza la película de aceite de la superficie. Luego, al advertir que Fangguan estaba allí quieta, detrás de la mesa, le pasó el bol diciendo entre risas:

—Tú también debes hacer algo propio de una sirvienta en lugar de pasar el tiempo retozando, durmiendo y haciendo tonterías. Sopla con cuidado, no vayas a escupir en la sopa.

Fangguan obedeció, y lo estaba haciendo bastante bien cuando su madre adoptiva, que se había quedado afuera durante la cena por si las doncellas del aposento interior precisaban algo, irrumpió en el cuarto. Las comadres que se habían hecho cargo de las jóvenes actrices vivían en el jardín de la Vista Sublime, traídas por las muchachas. Ahora bien, en la mansión Rong estas mujeres eran consideradas sirvientas de tercera categoría que se limitaban a las tareas de lavandería. Nunca habían tenido acceso a los aposentos interiores, de modo que desconocían las normas de la casa. El asunto es que, después de la reprimenda de Sheyue, esta mujer temió que no se le permitiera seguir a cargo de Fangguan, lo que le hubiera resultado sumamente desventajoso; por eso ahora estaba decidida a ganarse la buena voluntad de todas. Al ver a Fangguan soplando la sopa se abalanzó hacia ella.

—¡Déjenme hacerlo a mí! —exclamó con una sonrisa—. ¡Tiene tan poca experiencia que acabará rompiendo el bol!

Y diciendo esto, alargó la mano para coger el recipiente.

Pero en ese momento Qingwen gritó precipitadamente:

—¡Fuera de aquí! Aunque hubiera venido a romperlo, no es a usted a quien corresponde soplar sobre nuestros potajes. ¿Cómo se atreve a entrar así en este cuarto? ¡Vamos, fuera!

Y a las doncellas más jóvenes:

—¿Estáis ciegas? Si ella no conoce nuestras costumbres, ¿por qué no la habéis prevenido?

—Hemos intentado convencerla para que no entre, pero se negó a marcharse —protestaron ellas—. Se lo explicamos, pero no quiso escucharnos.

Y dirigiéndose a la vieja, añadieron:

—¿Ahora nos cree, cuando ya nos ha metido a nosotras también en problemas? En la mitad de los sitios a los que a nosotras nos está permitido entrar tiene usted vedada la entrada, y sin embargo irrumpe aquí, donde ni nosotras podemos entrar. ¡Y por si fuera poco, alarga la mano y abre la bocaza!

Y se llevaron a la mujer a empellones.

Las matronas que estaban esperando las cestas al pie de la escalera la saludaron con una risa burlona.

—Te debiste haber mirado en un espejo antes de meterte ahí, hermana —dijo una de ellas sollozando de risa.

La mujer, entre rabiosa y avergonzada, tuvo que controlarse lo mejor que pudo.

Entretanto, su hija adoptiva había vuelto a soplar varias veces la sopa. Baoyu dijo:

—Ya está bien. No te fatigues. Pruébala a ver si ya se enfrió lo suficiente.

Pensando que bromeaba, ella se volvió con una sonrisa hacia Xiren y las demás muchachas.

—Anda, pruébala —le dijo Xiren animándola.

—Mírame hacerlo a mí —se ofreció Qingwen, y tomó un sorbo.

Fangguan siguió su ejemplo. Luego le pasó la sopa a Baoyu, que bebió la mitad y comió unos cuantos brotes de bambú con medio tazón de gachas de arroz. Una vez despejada la mesa, unas jóvenes doncellas trajeron una hatea, y apenas se hubo lavado la boca y la cara llegó la hora de comer para Xiren y las demás. En ese momento Baoyu señaló a Fangguan. Y como ella tenía un carácter muy vivo y había aprendido muchas triquiñuelas en sus años de actriz, simuló dolor de cabeza y falta de apetito.

—Quédate aquí haciéndole compañía —dijo Xiren—. Te dejaré las gachas por si luego te da hambre.

Y partió con las demás muchachas.

Cuando se quedaron los dos solos, Baoyu le describió detalladamente cómo había visto algo que ardía y descubierto a Ouguan; cómo había mentido para protegerla y cómo Ouguan le había dicho que le preguntase a ella, a Fangguan, por la explicación.

—¿Para quién eran esas ofrendas? —preguntó él.

Fangguan lo escuchó hablar con una sonrisa y luego lanzó un suspiro.

—Es un asunto gracioso, pero también muy triste.

—¿Qué quieres decir?

—La ofrenda era para Diguan, que murió.

—¿Y por qué no, si eran amigas?

—No eran simples amigas. Ouguan tenía la fantástica idea de que, como ella representaba papeles de jóvenes varones y Diguan de jóvenes damas, y como a menudo hacían de marido y mujer, aunque sólo fuera en el escenario, debían representar esos papeles durante todo el día, como si realmente estuvieran enamoradas. De modo que se lo tomaron tan en serio que incluso fuera de las tablas se pasaban el día juntas. Al final su cercanía era tanta que cuando Diguan murió ella casi muere también de tanto llorar, y hasta el día de hoy no ha podido olvidarla. Por eso quema monedas de papel en todas las fiestas. Cuando más adelante Ruiguan ocupó el lugar de Diguan, descubrimos que Ouguan tenía los mismos vínculos con ella. «¿Acaso tu nuevo amor te ha hecho olvidar al antiguo?», le preguntamos. «No. Hay una razón —nos dijo—. Cuando un hombre se queda viudo, es conveniente que se case de nuevo. Si no olvida a su primera esposa, le sigue siendo fiel. Pero si insiste en permanecer soltero el resto de sus días, atenta contra las reglas más importantes[13], ¿y entonces cómo va a descansar tranquila en su tumba la esposa muerta?» ¿No le parece loco y sin sentido? ¡Es realmente ridículo!

Pero ese tipo de argumentación insensata era precisamente del tipo de las que atraían al insensato Baoyu. Desgarrado entre el júbilo y la tristeza, exclamó maravillado:

—¡Si el cielo crea muchachas tan maravillosas, ¿para qué servimos los sucios varones sino para contaminar el mundo?!

Tomó la mano de Fangguan y le dijo:

—Si así es como están las cosas, debes decirle algo de mi parte. Yo no puedo decírselo directamente.

—¿De qué se trata? —preguntó Fangguan.

—De ahora en adelante no debe quemar monedas de papel. Ésa es una práctica reciente, una herejía que no corresponde a los preceptos de Confucio. En las fiestas de las estaciones sólo precisas quemar un poco de incienso en un incensario; y si su corazón es puro, el espíritu de Diguan lo sabrá. La gente tonta no comprende y hace diversos tipos de sacrificios según estén destinados a los dioses, a Buda o a los muertos; pero lo importante es que anide en el corazón una piadosa sinceridad. Aun si estás apurada, o lejos del hogar, o sin posibilidades de encontrar incienso, puedes ofrecer un terrón o una hoja de hierba, siempre que estén limpios. No sólo los espíritus de los muertos aceptarán tales sacrificios; también lo harán los dioses. ¿Has visto ese incensario que hay sobre mi escritorio? Frecuentemente quemo incienso en él, no importa en qué fecha. Los demás no me comprenden, pero tengo mis propias razones. Ofrezco lo que tengo: agua o té fresco, y tal vez también flores y fruta, o hasta carne y verduras. Si tu corazón es puro, al mismísimo Buda puede agradarle tu sacrificio. Por eso decimos: «La intención es lo que cuenta, no la forma vacía». Así que anda ahora mismo y dile que en el futuro no queme monedas de papel.

Fangguan prometió hacerlo y se comió las gachas de arroz. En ese momento alguien anunció que Sus Señorías habían vuelto.

CAPÍTULO LIX

A la orilla de la isleta de las Hojas de Sauce, se quejan

de la Oropéndola y reprimen a la Golondrina[1].

En el estudio de las Nubes Rojas se pide auxilio a la autoridad.

Al saber que su abuela y su madre habían regresado de la corte, Baoyu se echó un abrigo sobre los hombros y partió a su encuentro apoyado en un bastón. Marchaba dispuesto a conversar un rato con ellas, pero las dos mujeres se habían fatigado tanto con el ajetreo diario del duelo imperial que el muchacho se limitó a presentarles sus respetos, pues se acostaron muy temprano. Pasó la noche sin que ocurriera nada digno de ser contado, y a la mañana siguiente, mientras la guardia anunciaba todavía la quinta vigilia, se encaminaron una vez más al Palacio Imperial.

Se acercaba el día en que el cortejo fúnebre habría de emprender la marcha a las Tumbas Imperiales. Las cuatro doncellas de la Anciana Dama —Yuanyang, Hupo, Feicui y Boli— estaban ocupadas preparando el equipaje de su señora; por su parte, Yuchuan, Caiyun y Canoa hacían lo propio con el de la dama Wang. Los equipajes fueron confiados a aquellas esposas de mayordomos que partirían al día siguiente; pero antes, en su presencia, se hizo el inventario de cada uno de los bultos.

El grupo se componía, sin contar a los hombres, de seis doncellas, jóvenes y mayores, además de las diez viejas amas y las esposas de los mayordomos. Los preparativos de las literas, a las que debían ser aparejadas varias mulas para tan fatigoso viaje, continuaban sin interrupción. Yuanyang y Yuchuan se quedaron en la mansión, encargadas de guardarla y disponer con unos cuantos días de antelación las cortinas, ropa de cama y muebles que se enviarían en carretas a cada una de las paradas de descanso donde sus señoras se detendrían; ese encargo fue hecho a cinco mujeres y un puñado de hombres de escolta que, viajando por atajos, habían cubierto ya la primera etapa y aguardaban la Cegada de la comitiva, con todo dispuesto en la correspondiente parada.

Llegado el día, la Anciana Dama y la esposa de Jia Rong se acomodaron en una litera a la que habían sido uncidas dos mulas, una delante y otra detrás. La dama Wang, por su parte, las siguió en idéntico medio de transporte, mientras Jia Zhen cabalgaba a la cabeza de una escolta de sirvientes. Cerraban el cortejo varios carros cubiertos donde se amontonaban las criadas y doncellas, que llevaban consigo la ropa de las señoras. En el portón principal fueron despedidos por la tía Xue y la señora You, rodeadas de todos los que quedaban en la casa. Para prevenir cualquier incidente que se pudiera producir, Jia Lian dejó que sus padres se adelantaran hasta llegar a la altura de la Anciana Dama y la dama Wang. Sólo entonces ocupó su puesto, cerrando la marcha a la cabeza de sus jinetes.

En la mansión Rong, Lai Da reforzó la guardia nocturna y atrancó las dos puertas principales, de modo que la única manera de entrar o salir era por la pequeña puerta lateral del oeste; al caer el sol hizo cerrar igualmente la puerta ceremonial, impidiendo así el ingreso o la salida. También fueron atrancadas las puertas laterales del norte, del sur, del este y del oeste; permanecieron abiertas la que daba a los aposentos traseros de la dama Wang, utilizada habitualmente por las muchachas, y la pequeña puerta oriental que comunicaba con los aposentos de la tía Xue. Como ambas conducían a un patio cerrado, precisaban ser selladas.

Yuanyang y Yuchuan, por su parte, también cerraron las puertas de los aposentos de sus señoras y se acostaron, junto con las doncellas y matronas que no habían emprendido la jornada, en los cuartos de la servidumbre. Cada noche, la esposa de Lin Zhixiao ponía de guardia a una docena de viejas sirvientas, y encargaba la custodia de los salones de entrada a unos pajes provistos de carracas con las que anunciaban la hora cada vez que se relevaban. De ese modo se consiguió mantener en la mansión un orden excelente.

Cierta mañana de primavera, al despertar, Baochai apartó las cortinas de su cama y sintió una corriente de aire frío. Entreabrió la puerta y miró afuera. La tierra del patio estaba húmeda y el musgo había reverdecido, pues al amanecer había caído una ligera llovizna. Entonces despertó a Xiangyun y a las demás, que dormían a su lado. Mientras se vestían, Xiangyun comentó que le escocían las mejillas y temía haber contraído otra vez la enfermedad llamada «pétalos de flor de albaricoquero»[2].

—¿No tienes un poco de polvo de rosa[3] para echármelo en la cara? —preguntó a su prima.

—Todo el que me quedaba se lo di el otro día a Baoqin —le contestó ella—, pero Daiyu ha mandado que preparen una buena cantidad. Justamente me proponía pedirle un poco, pero como esta primavera no he sentido escozor olvidé hacerlo.

Dicho lo cual, ordenó a su doncella que fuera a buscar un poco de ese polvo.

Asintió Yinger, y ya se disponía a partir con el encargo cuando le dijo Ruiguan:

—Te acompañaré; así tendré ocasión de ver a Ouguan.

De modo que ambas salieron del parque de las Alpinias. Charlando por el camino, pronto llegaron a la orilla de la isleta de las Hojas de Sauce; al pasar por allí advirtieron que de las ramas de los sauces, que ya empezaban a verdear, parecían colgar unas lianas doradas.

—¿Sabes trenzar con esas ramas tiernas? —preguntó Yinger.

—¿Trenzar qué?

—Oh, se puede hacer de todo: juguetitos o cosas útiles, depende de lo que quieras. Espera a que coja unas cuantas: haré una cesta con ellas sin quitarles las hojas y después la llenaremos de flores. Será muy divertido.

Y, dicho y hecho, olvidándose del polvo que debían recoger, Yinger levantó los brazos y, sacudiendo la hermosa fronda dorada, cogió una brazada de ramas de sauce tiernas que hizo cargar a Ruiguan. Siguieron caminando mientras ella tejía una cesta, y por el camino se detenían de cuando en cuando a cortar flores. Pronto estuvo lista la delicada cestita que, con su asa semicircular, cubierta de hojas frescas y repleta de flores, era en efecto un juguete original y encantador. Maravillada, la pequeña actriz exclamó:

—¡Oh, buena hermana, regálamela!

—No, es para la señorita Lin. Al regresar cogeremos más para hacer cestas con las que podamos jugar todas nosotras.

Hablando y hablando, llegaron al refugio de Bambú. Daiyu estaba ocupada con su aseo matinal. Al ver la cesta exclamó complacida:

—¡Qué cesta de flores tan bonita! ¿Quién la ha hecho?

—Yo misma —dijo Yinger—. Es un regalo para usted, señorita. Pensé que le gustaría.

—Con razón dicen que tienes dedos hábiles —dijo Daiyu tomando el obsequio—. Es realmente original.

Después de examinarla hizo que Zijuan la colgara en un lugar de su cuarto que ella misma le señaló.

Sólo cuando se hubo interesado debidamente por la tía Xue y por su salud, Yinger transmitió el encargo que traía. Daiyu hizo que Zijuan le entregara un pequeño paquete con el polvo.

—Hoy estoy mejor —comentó—. Quiero salir a dar un paseo. Dile a mi hermana mayor que no es necesario que venga a presentar sus respetos a nuestra madre o que se moleste en venir a visitarme. En cuanto haya terminado de arreglarme el pelo iremos nosotras allí, y también haremos que nos lleven la comida para que podamos estar todas juntas.

Yinger asintió y se dirigió al cuarto de Zijuan, donde encontró a Ruiguan, que no quería partir, tan grande era el placer que sentía conversando con Ouguan.

—La señorita Daiyu vendrá a visitarnos —les dijo Yinger—. ¿Por qué no viene Ouguan con nosotras y espera allí a su señora?

—Es una buena idea —dijo Zijuan—. Aquí no hace más que estorbar.

Y envolviendo la cuchara y los palillos de Daiyu en una servilleta, se los entregó a Ouguan.

—Lleva los cubiertos de tu señorita. Es la primera vez que puedes decir que has hecho algo útil.

Ouguan partió jubilosa con las dos visitantes. Al pasar por la isleta de las Hojas de Sauce, Yinger cogió unas cuantas ramas más y se sentó a trenzarlas sobre una roca mientras encargaba a Ruiguan que entregara el polvo de rosas y volviera después. Pero las otras dos muchachas estaban demasiado fascinadas viéndola trabajar. Ruiguan no se decidía a cumplir el encargo. Entonces, para obligarla, Yinger exclamó en tono de amenaza:

—Si no vas ahora mismo a llevar el polvo, dejaré de trenzar.

—Iré contigo —se ofreció Ouguan—. Así podremos volver rápidamente.

Y se decidieron a partir.

Por fin, Yinger se quedó sola y pudo continuar su tarea. Y en ello estaba cuando llegó Chunyan, la hija pequeña del ama He.

—¿Qué haces, hermana mayor? —preguntó.

Pero antes de que Yinger pudiera responder, volvieron Ouguan y Ruiguan. Al verlas, preguntó Chunyan:

—¿Qué papeles eran esos que estabas quemando el otro día cuando te vio mi tía? El señor Baoyu le riñó tanto por querer denunciarte que vino furiosa a contarle la historia a mi madre. ¿Qué rencores ha podido acumular contra ti mientras estabais todavía en vuestra escuela de actrices?

—¿Rencores? —resopló Ouguan—. Lo único que ocurre es que esas viejas son insaciables; nunca tienen bastante, y no se cansan de rezongar contra nosotras. Sólo en dos o tres años, el tiempo que han durado nuestros estudios, ¿cuánto han podido acumular apropiándose parte de las asignaciones para comida? ¡Más que suficiente para alimentar a sus propias familias! Y eso sin contar todo lo que se quedan de aquello que compran para nosotras. En cambio, en cuanto se nos ocurre encargarles el más pequeño trabajo, ya están quejándose al cielo y a la tierra. ¿Así se comporta la gente de buen corazón?

Chunyan sonrió.

—Estás hablando de mi tía, así que no puedo tomar partido por una persona venida de fuera. Sin embargo, no andaba descaminado nuestro señor Baoyu el día que dijo: «Una muchacha, antes de su matrimonio, es una piedra preciosa; no entiendo por qué después adquiere toda suerte de malos hábitos hasta hacer que la brillante perla se convierta en un ojo de pescado. ¿Cómo es posible que existan tales metamorfosis?». Parece otra de sus extravagancias, pero algo hay de verdad en lo que dice. No sé cómo será con las demás, pero en cuanto a mi madre y mi tía, es cierto que cuanto más viejas son más ávidas de dinero están. Antes, en nuestra casa, graznaban quejándose de no tener en la mansión ningún empleo que les reportara algunas ganancias; cuando se construyó este jardín y yo tuve la suerte de ser destinada al servicio del patio Rojo y Alegre no sólo se ahorraron mi manutención, sino que además empezaron a recibir cuatrocientas o quinientas monedas cada mes. Pero entonces ya no tenían bastante con eso. Más tarde ambas fueron asignadas al patio de los Perales Fragantes para que cuidaran a las actrices. Mi tía pasó a ser nodriza de Ouguan y mi madre se hizo cargo de Fangguan; así que en estos últimos años han hecho su agosto. Pues bien, desde que las actrices han sido trasladadas al jardín, las dos viven separadas y ya no controlan a las muchachas, pero no por eso dejan de perseguirlas con sus exigencias. Es ridículo. Apenas mi tía acaba de llamar la atención a Ouguan cuando ya mi madre tiene una trifulca con Fangguan. ¡Ni siquiera quería dejarla lavarse el pelo! Resulta que ayer fue día de pago, y mi madre recibió la asignación mensual de Fangguan. Como le resultaba inevitable comprarle ciertas cosas, me dijo qué me lavara primero. Pensé: «Yo tengo mi propia asignación mensual, y aunque no la tuviera, puedo lavarme el pelo en cualquier momento, simplemente con pedírselo a Xiren, Qingwen o Sheyue. ¿Por qué habría de considerar aquello como un favor? ¡Qué tontería!». Cuando me negué, hizo que mi hermana menor Xiaojiu se lavara antes que Fangguan. Entonces, naturalmente, se armó la gresca. Y por si fuera poco, después pretendió soplar sobre el tazón de sopa del señor Bao en vez de Fangguan. ¡Es para partirse de risa! Apenas llegó aquí le expliqué las regías, pero ella no me creyó, insistiendo en que las conocía mejor que nadie; tanto que ha conseguido hacerse regañar. Menos mal que en el jardín hay tanta gente que nadie recuerda con claridad los diversos parentescos. De otro modo parecería que la nuestra es la única familia pendenciera. Ahora vosotras venís a juguetear por estos lugares, cuya explotación depende de mi tía paterna. Desde que le fue confiada se diría que ha recibido una herencia, y trata estos lugares con más rigor que si fuesen propios; no sólo se levanta temprano y se acuesta tarde para tenerle siempre el ojo puesto encima, sino que además hace que nosotras vigilemos sus cultivos, pues teme que le puedan robar. Espero que esto no interfiera en mis propias tareas. Ahora que estas dos viejas cuñadas se han mudado aquí, mantienen una cuidadosa vigilancia y no permiten que sea tocada una sola brizna de hierba. ¡Y pensar que habéis cogido todas estas ramas y flores! ¡Van a llegar en cualquier momento, será mejor que tengáis cuidado!

—Tal vez otras no estén autorizadas para coger lo que quieran, pero ése no es mi caso —replicó Yinger—. Con el jardín dividido en huertos, las amas encargadas de estos lugares están obligadas a enviar una cantidad diaria de hierbas y flores para los floreros de las jóvenes damas y sus doncellas, además de las cantidades acordadas de productos comestibles. Mi joven dama fue la única que no quiso recibir ninguna, y dijo que ya pediría conforme las fuera necesitando; pero nunca lo ha hecho. ¿Por qué van a recriminarme haber cogido ahora unas cuantas flores?

Y por cierto que mientras estaba hablando llegó la tía de Chunyan apoyada en su bastón. Inmediatamente Yinger y Chunyan le pidieron que tomara asiento. Ver todas las ramas de sauce y las flores que habían cogido Ouguan y las demás irritó mucho a la mujer, pero como no quería decir nada contra Yinger, que estaba haciendo una cesta, desahogó su malhumor con su sobrina.

—Te pedí que vigilaras, pero está visto que eso es para ti una simple oportunidad para jugar y no volver a los aposentos de tu señora. Cuando te reclaman allá, dices que has estado trabajando para mí. Estás utilizándome como talismán para hacerte invisible, ¿no?

—Es usted quien me llama a su servicio, pero a la vez teme que se sepa —replicó la muchacha—. Y ahora quiere desahogarse conmigo. ¿Qué hará? ¿Me cortará en trocitos?

—No la crea, tía —se rió Yinger—. Fue ella la que cogió todas estas ramas de sauce y me pidió que le hiciera una cesta. Traté de ahuyentarla, pero no quiso irse.

—¡No digas tonterías! —exclamó Chunyan—. Mi tía no tiene ningún sentido del humor, y creerá lo que estás diciendo.

En efecto, su tía era por naturaleza una de esas mujeres estúpidas a quienes los años acaban embotándole la escasa inteligencia, y cuyo único interés es el dinero: carecía de la menor consideración hacia los demás. Con el corazón y el hígado lacerados por haber tenido que reprimir su furia, no había sabido cómo cobrar su venganza hasta que Yinger hizo aquella broma. Amparada en sus años, levantó el bastón y golpeó repetidamente a su sobrina mientras maldecía:

—¡Perra! ¡Yo te enseñaré a responderme de esa manera! Incluso a tu madre la haces vivir con los dientes apretados; se muere de ganas por destrozarte y masticar tu carne cortada en trocitos. ¡Y encima maltratas mis oídos como si golpearas una tabla!

Dolorida y humillada, Chunyan sollozó:

—La hermana Yinger sólo estaba bromeando, pero usted cree lo que dice y me muele a bastonazos. ¿Por qué habría de estar molesta mí madre? Nunca he dejado que hirviera el agua de su aseo ni quemado su sartén. ¿Qué delito he cometido?

Al advertir que sus pullas habían enfurecido realmente a la vieja, Yinger le agarró el brazo que sostenía el bastón diciéndole entre risas:

—Sólo estaba bromeando. Me hace sentir una infame cuando la veo golpeándola así por mi culpa.

—No se meta en nuestros asuntos, señorita —le ladró la otra—. ¿O es que no podemos castigar a nuestros hijos sólo porque usted está aquí?

Ese estúpido comentario encendió la furia de Yinger, que respondió a la mujer con una risa fría:

—Puede castigarla cuando quiera, pero ¿por qué hacerlo en mi presencia y a causa de una broma mía? —Y añadió con despecho—: Muy bien, siga.

Dicho lo cual, volvió a sentarse y se dispuso a continuar trenzando su cesta. Pero he aquí que apareció nada menos que la madre de Chunyan, que andaba buscando a su hija. Al verla, le gritó:

—¿Por qué no has traído todavía el agua? ¿Qué haces aquí?

—¡Ven y mira a esta pilla! —intervino su cuñada—. Ya no me obedece ni a mí. Se me ha puesto respondona.

La madre He se les acercó.

—¿Qué ha pasado, cuñada? ¿En qué anda ahora esta muchacha? —preguntó—. Pase que para ella su madre haya dejado de existir, pero es inadmisible que ya no tenga consideración ni por su tía.

Yinger trató de explicar lo sucedido, pero ¿cómo iba a permitir la tía de Chunyan que abriera la boca? Señalando las ramas de sauce y flores esparcidas sobre la roca, dijo rabiosa:

—¡Mira a lo que se dedica tu hija! Si ella es la primera que se convierte en una ratera, ¿cómo voy a amonestar a la gente que viene a destruir este lugar?

La gresca de la madre He con Fangguan aún no se había apaciguado, y la mala crianza de Chunyan la enfureció todavía más. Cómo, por sí faltaba algo, su cuñada le calentaba la sangre, se precipitó sobre la niña y le dio dos sonoras bofetadas junto con una cascada de insultos:

—¡Pequeña puta! Unos cuantos años en la alta sociedad y ya imitas los modales de esas mujercitas livianas y desvergonzadas. Voy a darte una lección. Tal vez no pueda castigar a mi hija adoptiva, pero a ti tengo el derecho de matarte. ¿O no has salido al mundo por mi coño? Aunque haya sitios en este lugar donde las perras podáis entrar y yo no, ¿por qué no te quedas allí, atendiendo a tu señora, en vez de dar estos desvergonzados paseos por afuera?

Y tomando un manojo de ramas de sauce lo blandió en las narices de Chunyan, diciendo:

—¿Y qué quieres hacer con esto? ¿El coño de tu madre?

—Fuimos nosotras quienes hicimos eso, no su hija —exclamó en ese momento Yinger—. «No señale con el dedo la morera para reprender a la acacia.»

Sucedía que la madre He se sentía perdidamente celosa de doncellas mayores como Xiren y Qingwen, cuyo prestigio y autoridad en los diversos aposentos superaban ampliamente los suyos. Les tenía miedo y en su presencia estaba obligada a tratarlas con respeto. Pero no podía estar ante una de ellas sin que la cólera y el odio se batieran, en su corazón, contra el temor y el respeto, de manera que volcaba su rabia y resentimiento contra las doncellas de menor rango. Ahora, ver a Ouguan, por la que su cuñada sentía tanta aversión, no hizo sino avivar el rencor y la envidia de la mujer.

Chunyan partió hacía el patio Rojo y Alegre bañada en lágrimas. Temerosa de que le preguntaran el motivo de su llanto y ella respondiera que le habían dado otra paliza, lo que volvería a enfurecer a Qingwen, su madre gritó frenéticamente:

—¡Vuelve aquí enseguida! Todavía tengo algo que decirte.

Pero Chunyan siguió caminando. Su madre, desesperada, echó a correr tras ella para hacerla volver a la fuerza. Cuando la muchacha volvió la cabeza y la vio corriendo detrás, echó también a correr. La madre He, que no pensaba en otra cosa que en darle alcance, acabó resbalando sobre el musgo húmedo y cayó de bruces, para regocijo de las tres espectadoras que contemplaban la persecución encaramadas en la roca. Entonces Yinger, disgustada, arrojó al arroyo las flores y las ramas de sauce con un gesto de rabia, y volvió a los aposentos de su señora dejando atrás a la tía de Chunyan invocando contrariada, entre sonoras imprecaciones, el nombre de Buda.

—¡Que un rayo parta por la mitad a esa perra maligna! ¡Venir aquí a cortar mis flores!

Pero dejémosla rezongando y cortando ella misma flores para llevar a los distintos aposentos, obligada por las normas de la casa, y volvamos con Chunyan, que en ese momento entró corriendo en el patio Rojo y Alegre, donde fue a toparse con Xiren, que salía a visitar a Daiyu. Asiéndose a ella, le suplicó:

—¡Socórrame, señorita! Mi madre me quiere pegar otra vez.

Xiren, que vio acercarse a la madre He, dijo profundamente irritada:

—Un día le pega a su hijastra, y al siguiente a su propia hija. ¿Acaso quiere mostrarnos cuantas hijas tiene? ¿O es que finge ignorar la existencia de leyes en esta casa?

A pesar de ser una recién llegada al jardín, la mujer había juzgado a Xiren como persona tranquila y de buen carácter. Por eso le replicó:

—Usted me comprende, señorita, así que no se inmiscuya en nuestras cosas, que no le conciernen. Son ustedes quienes las miman. Métase en sus propios asuntos.

Dicho lo cual, se precipitó de nuevo tras Chunyan para golpearla, mientras Xiren, indignada, regresaba al patio. Sheyue, que estaba tendiendo sus pañuelos bajo el manzano silvestre, había oído la gresca.

—Olvídalo, hermana. ¿Qué puede hacer ella? —dijo, e hizo un guiño a Chunyan, que captando enseguida el sentido de su gesto echó a correr directamente hacia donde estaba Baoyu.

—¡Así ocurren los milagros! —declararon las doncellas.

Sheyue le pidió a la mujer:

—Cálmese. Háganos el favor de tranquilizarse.

Pero la madre He no quitaba los ojos de su hija, a la que vio llegar hasta donde estaba Baoyu, quien la tomó de la mano.

—No temas, yo te protegeré —le prometió él.

Con lágrimas en los ojos, Chunyan le contó lo que les había sucedido a ella y a Yinger. Eso exasperó todavía más a Baoyu, que gritó a la comadre:

—¿Por qué, en vez de molestar a mis parientes, no se presenta ante mí a traer el desorden?

Sheyue comentó a los reunidos:

—No podemos culparla por pedirnos que no nos metamos en sus asuntos. Al desconocer lo que ha pasado, no tenemos ningún derecho a interferir. Mejor será que pidamos el auxilio de alguien que sí tenga ese derecho. Me parece la única manera de convencerla y enseñarla a comportarse.

Dicho lo cual, se volvió y ordenó a una de las doncellas jóvenes:

—Anda y trae a Pinger. Si está ocupada, pídele a la señora Lin que venga.

La niña partió con su encargo. Rápidamente, las criadas mayores rodearon a la madre He.

—¡Rápido, hermana! —le dijeron—. Suplica a las señoritas que llamen de vuelta a esa criatura. Si viene la señorita Pinger te verás metida en problemas.

Pero la terca mujer replicó:

—Sea quien sea esa señorita Pinger también tendrá que avenirse a mis razones. Nadie tiene derecho a impedir que una madre le dé una lección a su propia hija.

—No sabes quién es esta señorita Pinger —contestaron las otras—. Es la doncella de los aposentos de la señora Lian. Si está de buen humor puede dejarte marchar después de reñirte un poco, ¡pero cuídate si está de mal humor!

En ese momento volvió la pequeña sirvienta a informar:

—La señorita Pinger está ocupada en este momento. Cuando preguntó qué había sucedido y yo se lo conté, dijo: «Que la echen, y que le digan de mi parte a la señora Lin que le den cuarenta varazos en la puerta de servicio».

Cuando la madre He oyó esas palabras, quedó aterrada. La expulsión era lo último que deseaba. Con las mejillas surcadas de lágrimas, se decidió por fin a suplicar a Xiren y las demás:

—Para mí no ha sido fácil conseguir este trabajo. Soy una viuda solitaria que se esfuerza todo lo que puede por servir fielmente a sus señores y ahorrarle algunos gastos a mi familia. Si parto tendré que bregar por mi cuenta y pronto me veré en el dolor y la miseria.

Al ver el estado en el que se encontraba, Xiren cedió.

—Quieres quedarte aquí, pero no respetas las reglas, no obedeces a quien tienes que obedecer y andas dando palizas a diestro y siniestro —dijo—. ¿Cómo hemos podido contratar a alguien tan estúpido? Estas trifulcas interminables nos convierten en el hazmerreír de la gente.

—No le hagan caso —intervino Qingwen—. Échenla, eso es lo que hay que hacer. ¿Quién tiene tiempo para andar discutiendo con ella?

—¡Sean bondadosas! —suplicó la mujer—. ¡Hagan una buena acción para ganarse el cielo! Me he equivocado, pero en el futuro haré todo lo que ustedes me digan.

E imploró a Chunyan:

—Todo esto me pasa por haber querido golpearte, ¡y sin haberlo hecho realmente! Ahora soy yo la que sufre por ello. Intercede por tu madre.

Entonces Baoyu se apiadó de ella y aceptó que se quedara.

—¡Pero basta de escenas como ésta! —le advirtió.

Después de agradecérselo a todos, uno a uno, la vieja partió a reunirse con los de su misma condición. Entonces llegó Pinger y preguntó qué había sucedido.

—Ya pasó —le dijo Xiren—. Podemos olvidarlo.

Pinger sonrió.

—Es mejor perdonar a quien puede ser perdonado; ahorra molestias —aprobó—. Las señoras se han ausentado unos cuantos días y aquí no han dejado de sucederse las peleas de todo tipo: no ha terminado una cuando ya empieza otra. No sé cómo voy a manejar esto.

—Yo pensé que éramos las únicas —comentó Xiren—. No sabía que se hubieran dado otros problemas.

—Este asunto vuestro no es nada —replicó Pinger—. Acabo de hacer para la señora You una relación de todos los conflictos ocurridos en los tres o cuatro últimos días. Son ocho o nueve, entre grandes y pequeños. Esta escaramuza vuestra no es nada, no cuenta siquiera: ha habido peleas mucho más serias o ridículas.

Xiren le preguntó qué había pasado. Para conocer la respuesta de Pinger, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LX

Se sustituye con polvo de jazmín un polvo de rosas[1].

Y «rocío de Meigui» con «escarcha de Fuling»[2].

Preguntó Xiren a Pinger: «¿Qué ha ocurrido para que estés tan inquieta?». A lo que ésta respondió:

—¡Es una historia tan grotesca que nadie podría hacerse una idea! Ya te la contaré cuando hayan pasado unos días y todo esté menos embrollado. Además, ahora tengo mucho que hacer.

Aún no había terminado de hablar cuando hizo su entrada una doncella de Li Wan.

—¿Está aquí la hermana Pinger? —preguntó, y al verla añadió—: Mi señora te espera. ¿Por qué tardas tanto?

—¡Ya voy! ¡Ya voy! —exclamó Pinger, que salió corriendo.

—Desde que su señora cayó enferma, esta muchacha parece un dulce: todo el mundo se la disputa —comentaron en broma Xiren y las demás.

Pero dejemos a Pinger corriendo al encuentro de Li Wan, y volvamos a los aposentos de Baoyu. En aquel preciso momento, éste le decía a Chunyan:

—Ve inmediatamente con tu madre a los aposentos de la señorita Baochai. Que le diga a Yinger unas cuantas palabras amables e intente borrar la ofensa que le ha hecho.

Obedeciendo, la doncella corrió en busca de su madre. Y ya se encaminaban las dos al parque de las Alpinias cuando Baoyu, por la ventana, les advirtió:

—¡Pero que no se mencione este asunto delante de mi prima Baochai, o Yinger podría recibir una buena reprimenda!

Madre e hija asintieron y echaron a andar mientras hablaban por lo bajo:

—Ya se lo advertí, madre, pero no quiso hacerme caso. ¿Valía la pena su empecinamiento, para ser tratada ahora de esta manera?

—Sigue tu camino, buscona —replicó la vieja—. Ya lo dice el refrán: «Uno sólo aprende de su experiencia». Ahora ya sé a qué atenerme, así que no me eches más sermones.

—Si se limitara a estar en su sitio y cumplir con las tareas que le han asignado, se quedaría mucho tiempo en esta casa, lo que le reportaría no pocos beneficios. Le diré algo: varias veces he oído decir a Baoyu que piensa pedirle a su madre que todas las que trabajamos aquí seamos devueltas a nuestra casa. Piensa devolvernos la libertad a todas, hayamos nacido dentro o fuera de esta mansión. ¿Qué le parece?

—¿De verdad ha dicho eso? —preguntó encantada la madre.

—¿Por qué habría de mentir?

—¡Alabado sea Buda! ¡Alabado sea! —exclamaba todavía la vieja al tiempo que llegaban al parque de las Alpinias. Allí encontraron a Baochai comiendo, con Daiyu y la tía Xue. Yinger acababa de salir a preparar el té, y madre e hija fueron en su busca. Al encontrarse frente a ella, dijeron con una sonrisa muy ancha:

—Por favor, señorita, no tenga en cuenta los despropósitos que le dijimos hace un rato. No se enfade, por favor. Mire, hemos venido expresamente a pedirle disculpas.

Yinger les devolvió la afable sonrisa, les rogó que tomaran asiento y les sirvió una taza de té. Pero ellas se despidieron pretextando otros asuntos. Y ya se alejaban de allí cuando apareció Ruiguan, que venía corriendo tras ellas:

—¡Tía! ¡Hermana! ¡Esperadme!

Cuando estuvo a su altura les alargó un paquetito que contenía, según les dijo, un poco de polvo de rosas para que se lo entregaran a Fangguan.

—¡Pero qué ideas tan mezquinas tienes! —se rió Chunyan—. ¿Para qué tanto celo y tanta prisa en entregar un polvo que cualquiera de nosotras podría conseguir?

—Lo que podáis o no conseguir vosotras, no me importa —replicó Ruiguan—. Éste es un regalo que yo le hago, así que, por favor, entregádselo.

Con lo cual, Chunyan tuvo que tomar el paquete que la otra le tendía.

Ocurrió que, justo cuando madre e hija llegaron al patio Rojo y Alegre, Baoyu se encontraba en su cuarto con Jia Huan y Jia Zong, que habían acudido a saludarlo.

—Entraré sola, madre —susurró Chunyan a la vieja—. Quédese aquí fuera.

Decidida ya a seguir dócilmente los consejos de su hija, la madre asintió.

Ahora bien, cuando Baoyu vio entrar a Chunyan comprendió que venía a informarle sobre el resultado de su misión, y le hizo un gesto con la cabeza que ella comprendió enseguida; por eso no abrió la boca, limitándose a estar allí de pie y en silencio unos momentos. Luego, al retirarse, le hizo un guiño a Fangguan para que la siguiera. Una vez afuera, le dio en voz baja el recado de Ruiguan y le entregó el pequeño paquete.

—¿Qué llevas en la mano? —le preguntó Baoyu, que ya no sabía de qué hablar con Huan y Zong.

Ella se lo mostró inmediatamente, explicándole que se trataba de polvo de rosas para curar los sarpullidos primaverales.

—Qué amable ha sido tu amiga, pensando en eso —comentó él.

Al oír la conversación, Jia Huan alargó el cuello para ver el contenido del paquete, y al llegar a sus narices el suave aroma del polvo se inclinó para extraer del forro de una de sus botas una hojita de papel que tendió a su hermano Baoyu, diciéndole:

—Dame la mitad, hermano querido.

Baoyu se vio forzado a acceder, pero Fangguan no estaba dispuesta a desprenderse de un regalo hecho por Ruiguan, de manera que, con un rápido gesto, detuvo la mano de su señor.

—¡No lo toque! —exclamó—. Yo misma conseguiré más para usted.

Baoyu comprendió el motivo de la reacción de la muchacha y, con una sonrisa, rehízo el paquetito diciéndole:

—De acuerdo, entonces tráelo rápido.

Fangguan tomó el polvo y lo guardó en lugar seguro. Luego fue a su arcón, donde se puso a buscar el polvo que ella usaba normalmente. Pero al abrir la caja, la encontró vacía. «¡Pero si esta mañana todavía me quedaba un poco! —pensó—. ¿Dónde habrá ido a parar?» Preguntó a las otras doncellas, pero ninguna pudo responderle.

—¿Por qué tanto interés en encontrarlo precisamente ahora? —le preguntó Sheyue—. Seguramente a alguna de nosotras se le acabó, y recurrió al tuyo. Dales cualquier otra cosa. No notarán la diferencia. Anda y líbrate pronto de ellos, que podamos comer de una vez.

Entonces Fangguan hizo un paquetito con un poco de polvo de jazmín y se lo llevó a Jia Huan, que quiso cogerlo inmediatamente. Pero la muchacha lo arrojó sobre el kang, obligándole a agacharse. Cuando por fin lo tuvo en su poder, se lo metió entre la túnica y el pecho y se marchó.

El caso es que este pequeño bergante aprovechaba la ausencia de su padre y de la dama Wang para no acudir a la escuela con la excusa de que se encontraba enfermo. Ahora, con el polvo en su poder, fue muy ufano a buscar a Caiyun, su doncella preferida, que en ese preciso momento se encontraba charlando con la concubina Zhao. Radiante, le dijo a la muchacha:

—Te traigo algo para que te eches en la cara. A menudo te he oído decir que el polvo de rosas es mucho más eficaz contra los «pétalos de flor de albaricoquero» que ese otro polvo blanco que se compra afuera. Echale un vistazo.

Apenas abrió el paquete, la doncella se echó a reír.

—¿Quién le ha dado esto? —preguntó.

Jia Huan explicó cómo lo había obtenido.

—¡Pero qué simple es usted! Siempre hace el ridículo. Esto no es polvo de rosas, sino polvo de jazmín.

Jia Huan lo miró detenidamente y comprobó que era más rosado que el polvo que había visto antes, aunque la fragancia era igualmente suave.

—Bueno, pero también es de buena calidad, ¿qué más da uno que otro? —replicó—. Guárdalo para echártelo en la cara. Seguro que es mejor que cualquiera de esas cosas que venden los mercaderes.

De modo que Caiyun tuvo que aceptar el obsequio. Pero la concubina Zhao intervino:

—¡Claro! ¿Cómo te va a dar ella algo bueno? ¿Quién te mandó ir a mendigar? Con razón quedas siempre como un idiota. En tu lugar, yo se lo tiraría a la cara. Éste es buen momento para hacerlo, aprovechando que unos se han ido con toda pompa a meter un cadáver en su hoyo, y otros están enfermos en cama. Ahora puedes armar un escándalo y no dejar en paz a nadie. Así podremos vengarnos de tantas humillaciones y evitaremos que dentro de un par de meses vuelvan a las andadas. Y aunque entonces intenten tomarse la revancha, ¿qué tendrás tú que ver con una historia tan vieja? O en el peor de los casos, siempre puedes encontrar algún argumento a tu favor. Baoyu es tu hermano mayor, así que no es de extrañar que no te atrevas a enfrentarte a él; pero ¿es que también temes a cada perra y gata que pulula por sus aposentos?

Jia Huan agachó la cabeza, abatido por aquella diatriba.

—¿Vale la pena crear más problemas? —intervino rápidamente Caiyun—. Pase lo que pase, mejor será que aguantemos lo que sea.

—Tú no te metas —replicó la concubina Zhao—. Esto no es asunto tuyo. Más nos vale aprovechar esta oportunidad, ahora que tenemos una excusa para dar una buena lección a esas mujercitas impúdicas y desvergonzadas.

Y señalando a Jia Huan con los dedos índice y corazón extendidos, escupió.

—¡Miserable sin espinazo, mereces que te dé una paliza! Cuando yo digo una palabra contra ti o me equivoco al darte alguna cosa, bien que estiras el cuello con las venas hinchadas y los ojos fuera de sus órbitas para darme un empellón, ¡a mí, a tu madre!; pero ahora que esas putillas se burlan de ti, te limitas a tirarte al suelo sin decir una palabra. ¿Así es como esperas hacerte respetar el día de mañana en esta casa? Eres un inútil, y haces que me sonroje como un coño.

Aunque avergonzado y molesto, Jia Huan no se atrevió a hacer lo que ella le decía, y descartó la idea.

—Hablas mucho, madre, pero tú tampoco te atreves a montar un escándalo —murmuró—. Pretendes que vaya a pelearme con ellas, pero si me denuncian en la escuela y el maestro me da una paliza, no serás tú quien soporte los golpes. Cuando otras veces me han apaleado o insultado por algo que tú me habías incitado a hacer, nunca has salido en mi defensa y te has quedado muy callada con la cabeza gacha. Ahora me estás empujando de nuevo para que me enfrente a esas sirvientas. Si no temes a mi hermana Tanchun, como parecen dar a entender tus palabras, ten el coraje de ir tú. Entonces aumentará mi respeto por ti.

—Si le tuviera miedo a una criatura que yo misma he parido, la vida en esta casa se me haría insoportable. —Y diciendo esto, tomó el paquete de polvos y echó a andar muy dispuesta hacia el jardín.

Por más que lo intentó, Caiyun no pudo detenerla y optó por esfumarse prudentemente, mientras Jia Huan se escabullía por la puerta ceremonial buscando diversión en otro sitio.

La concubina Zhao irrumpió en el jardín con su indignación a cuestas; allí se encontró con la madre Xia, nodriza de Ouguan, quien al advertir la furia con que venía le preguntó:

—¿Adónde va con tan buen paso, señora?

—¿Que adónde voy? —rugió la concubina—. Ya hasta esos pendoncillos de la farándula que no llevan aquí más de dos o tres días pretenden dar a cada persona un trato diferente, según el peso que tengan en esta casa. Si lo hubiera hecho cualquier otra persona no me habría irritado tanto, ¿pero cómo se atreve esa banda de putas a maltratarme a mí?

Esas palabras calaron en lo más hondo del corazón de la resentida madre Xia, que se apresuró a preguntar cuál era la causa de tanto enfado. Cuando supo que Fangguan había humillado a Jia Huan, y por tanto a su madre, al haberle entregado polvo de jazmín en lugar de polvo de rosas, exclamó:

—¿Eso es todo, señora? ¿Ahora se da cuenta? ¡Pero si eso no es nada! ¿Sabe usted que ayer tuvo la osadía de quemar en secreto monedas de papel para sacrificios, y que fue el mismísimo señor Baoyu quien me impidió darle una buena lección? Si nosotras introdujéramos aquí cualquier cosa parecida, ¡ya vería usted qué pronto se nos recriminaría estar haciendo algo impuro, o violando los tabúes! ¿Y hacer homenajes fúnebres quemando monedas de papel no es tabú? Permítame, señora: ¿no se da cuenta de que, dejando aparte a la dama Wang, no hay ahora mismo nadie que tenga más alto rango que usted? Lo que sucede es que no quiere hacer uso de su autoridad, y por ello nadie la respeta. Le sugiero que aproveche esta oportunidad, pues ésas son muchachas de baja estofa, perras de clase baja, y no tiene importancia que usted las ofenda o no. Yo serviré de testigo. De ese modo hará sentir el peso de su autoridad, y en el futuro le resultará más fácil el manejo de otros asuntos. Las señoras y las jóvenes damas podrán tomar partido por esas cómicas contra usted.

Claro está que todas aquellas razones no hicieron sino reafirmar a la concubina Zhao en su actitud.

—No sabía nada de esa ofrenda de monedas de papel. Cuéntamelo despacio —dijo.

La madre Xia le contó con pormenores todo lo sucedido.

—Vaya y deles su merecido. Si tiene problemas, nosotras la apoyaremos —concluyó incitando a la concubina; ésta, sintiéndose cada vez más envalentonada, echó a andar con paso decidido hacia el patio Rojo y Alegre.

Resultó que Baoyu había salido a visitar a Daiyu, pues había sabido que estaba en sus aposentos, y que Fangguan estaba comiendo con Xiren y las demás. Cuando la concubina entró, todas las doncellas se incorporaron para saludarla y ofrecerle asiento, después de lo cual le dijeron:

—Coma algo con nosotras, señora. ¿Qué la trae por aquí?

Pero entonces, inopinadamente, ella dio un paso adelante y lanzó el polvo a la cara de Fangguan.

—¡Más que pendón! —la insultó extendiendo hacia ella los dedos índice y corazón—. Te hemos comprado con nuestro dinero para enseñarte a actuar en las óperas. No eres más que una puta de hocico repintado. El esclavo más vil de esta casa es a tu lado un importante personaje; y sin embargo, ¡hay que ver cómo halagas a unos y miras a otros por encima del hombro! Cuando Baoyu quiere hacer un regalo a alguien, tú se lo impides como si fuera propiedad tuya, ¡y encima le das a mi hijo esta mierda de polvo, como si él fuera incapaz de descubrir la diferencia! Los dos son hermanos, los dos son jóvenes señores. ¿Quién eres tú para tratarlo como si fuera estiércol?

Era más de lo que Fangguan podía soportar.

—Ya no quedaba polvo de rosas —sollozó—. Por eso le di el de jazmín. No me hubiera creído si le digo que no había más. ¿Acaso no es éste también un producto de primera calidad? Es verdad que he sido adiestrada como actriz, pero nunca he participado en una representación fuera de esta casa. Sólo soy una muchacha; ¿qué sé yo de putas pintarrajeadas? No me insulte usted, señora concubina. No fue usted quien me compró. Ya lo dice el proverbio: «La hermana de una esclava sólo puede ser otra esclava». Aquí todos somos esclavos.

—Pero ¿qué tonterías estás diciendo? ¡Para ya! —exclamó Xiren.

La concubina Zhao se enfadó tanto que, dando un salto, se adelantó y le dio a Fangguan dos fuertes palmadas en la cabeza. Xiren y las otras doncellas quisieron intervenir inmediatamente sujetando a la mujer y apartándola de la pequeña actriz.

—Señora, no le haga caso, sólo es una niña insensata. Déjela. Nosotras le enseñaremos modales.

Pero ya Fangguan, con los golpes, no estaba dispuesta a refrenar su lengua y, en un estallido de ira, aulló:

—¿Quién eres tú para golpearme? ¿No te has mirado en el espejo? ¡Antes muero que permitir a un esperpento como tú que me toque!

Y abalanzándose sobre la concubina Zhao le ofreció de nuevo su cabeza para que siguiera golpeándola, mientras las demás trataban de contenerla. Qingwen tiró discretamente de la manga a Xiren:

—Déjalas solas —susurró—. Deja que armen un escándalo a ver qué resulta. Todo está patas arriba en estos tiempos, todo el mundo trata de coger la sartén por el mango y las fanfarronerías se están convirtiendo en ley. Esto no puede seguir así.

Las sirvientas que habían venido acompañando a la concubina Zhao, y que esperaban hacía tiempo el estallido de una trifulca así, estaban disfrutando en la puerta.

—¡Ya era hora! —graznaban—. ¡Alabado sea Buda!

En cuanto a las viejas rencorosas que se la tenían guardada a las actrices, se regodearon con la paliza que estaba recibiendo Fangguan.

A oídos de Kuiguan, la actriz «guerrera» asignada a Xiangyun, y de Douguan, asignada a Baoqin, llegó la noticia de la trifulca y corrieron a informar a Ouguan y Ruiguan, que estaban jugando juntas.

—¡Le están dando una paliza a Fangguan! —exclamaron—. Es como si nos estuvieran pegando a nosotras. ¡Vamos! Armaremos una buena refriega a ver si nos respetan de una vez.

Y, dicho y hecho, dominadas por un rencor infantil que no tenía en cuenta las consecuencias, echaron a correr con el único deseo de vengar a su amiga, irrumpiendo como una tromba en el patio Rojo y Alegre. Douguan fue la primera en abalanzarse contra la concubina Zhao, a quien dio un cabezazo tan fuerte que casi la derriba. Las otras tres hicieron un corro alrededor de ella, aullando y sollozando, jaleándola y dándole empellones, acosándola por todos los flancos. Qingwen y las otras doncellas no hicieron más que reírse y hacer el ademán de pretender intervenir. En cuanto a Xiren, estaba angustiada por la pelea e intentaba separar a las contendientes. Pero apenas lo lograba con una, entraba otra en liza.

—¡Buscáis la muerte! —gritaba frenética—. Si creéis que se os trata injustamente, exponed vuestra queja con tranquilidad. ¿Cómo es posible que actuéis como si estuvierais locas?

La concubina Zhao estaba desbordada; no sabía de dónde le venían los golpes y empujones, y su única reacción fue un torrente de insultos. Una a cada lado, Ruiguan y Ouguan la sujetaban fuertemente de los brazos mientras, una delante y otra detrás, Kuiguan y Douguan le daban cabezazos.

—¡Tendrás que matarnos a las cuatro para que te dejemos tranquila! —gritaban las cuatro niñas mientras Fangguan, en el suelo, lloraba como si estuviera a punto de morir.

Y así estaban las cosas cuando, súbitamente, entraron Li Wan y Tanchun, acompañadas de Pinger y algunas sirvientas mayores, ya que Qingwen había enviado a Chunyan para que las avisara. Al entrar ordenaron a las cuatro actrices que se apartaran y preguntaron cuál era la causa de aquel desaguisado. La concubina Zhao, a punto de estallar de rabia y con los ojos desorbitados, prorrumpió en una diatriba incoherente que no mereció la atención de la señora You ni de Li Wan; éstas se limitaron a ordenar a las cuatro muchachas que se quedaran quietas. Tanchun, dirigiéndose a su madre, suspiró:

—¿Cómo puede provocar estos altercados tan graves por causas tan nimias? Se deja ganar por la cólera con demasiada facilidad, señora. Justamente quería pedirle un consejo, pero las doncellas no podían encontrarla. ¡Y resulta que ha estado usted aquí todo el tiempo, abandonada a uno de sus ataques de furia! Por favor, venga conmigo.

Con una sonrisa y un gesto burlón, la señora You y Li Wan le insistieron:

—Sí, por favor, concédanos también a nosotras la gracia de acompañarnos al salón del Consejo.

La concubina no tuvo más remedio que obedecer lo que en realidad era una orden inapelable, y das siguió sin dejar de mascullar.

—Esas niñas son como juguetes —dijo Tanchun—. Si nos apetece podemos charlar y bromear con ellas; si no, podemos ignorarlas. Si se portan mal, es como si nos hubiera arañado un gato o mordido un cachorro, y en la medida de lo posible deberíamos pasarlo por alto. Si se tratara de algo inexcusable, entonces deberíamos limitarnos a ordenar a las esposas de los mayordomos que las castiguen. ¿Por qué rebajarnos a armar una batahola como ésa? ¡Es indigno! Mire a la concubina Zhou. ¿Por qué nadie abusa de ella, y tampoco la vemos persiguiendo a nadie? El consejo que le doy, señora, es que vuelva a sus aposentos y calme su genio. Haga oídos sordos a las maliciosas que atizan las pendencias, o acabará siendo usted el pelele que hace el trabajo sucio de los demás. Aunque su furia la consuma, sopórtela unos cuantos días. Cuando la señora vuelva, pondrá todo en orden.

La concubina Zhao no tuvo nada que responder a aquel discurso y volvió a su casa. Cuando hubo salido, Tanchun se volvió indignada hacia Li Wan y la señora You.

—Esta mujer tiene ya muchos años, pero es incapaz de hacerse respetar por nadie. ¿Acaso valía la pena armar semejante escándalo por una tontería como ésa? No tiene dignidad y sus oídos son muy blandos; siempre obedece a los demás y nunca utiliza la cabeza. Esas esclavas desvergonzadas la han vuelto a enredar: de nuevo han ejecutado su venganza aprovechándose de ella. Es una tonta.

Y conforme le daba vueltas al asunto, más furiosa se ponía, hasta que ordenó a las criadas averiguar quién estaba detrás de todo el enredo. Éstas asintieron, pero una vez afuera, con una sonrisa, sentenciaron:

—¡Es inútil buscar una aguja en un pajar!

Y así fue. Convocaron a las doncellas de la concubina y a todas las del jardín para interrogarlas, pero todas negaron tener el menor conocimiento acerca de cómo había comenzado todo aquello. Agotados sus recursos, hubieron de informar a Tanchun de su fracaso en encontrar a la culpable, aunque le prometieron seguir con las indagaciones y tenerla al tanto de cualquier comentario irresponsable que se pudiera producir, para que la infractora no se quedara sin su castigo correspondiente. Ya Tanchun se había tranquilizado y casi no se acordaba del asunto, pero en eso entró a verla Aiguan.

—La madre Xia es nuestro cuchillo y siempre anda causando problemas —le dijo en tono de confidencia—. El otro día acusó a Ouguan de estar quemando papel de sacrificios; pero afortunadamente Baoyu dijo que había sido él quien le había encargado que lo hiciera. Eso calló a la vieja. Hoy, cuando le traía a usted el pañuelo, la vi charlando a sus anchas con la concubina Zhao, y sólo se fue cuando vio que me acercaba.

Tanchun comprendió inmediatamente el fondo del asunto, pero como tampoco ignoraba que las jóvenes actrices formaban un grupo muy unido y tampoco eran mancas a la hora de los líos y malicias, se negó a aceptar como prueba el relato de la muchacha, aunque le agradeció la delación.

Ahora bien, Chanjie, la nieta de la madre Xia, también servía en los aposentos de Tanchun y a menudo traía o llevaba encargos para las doncellas, que eran amigas suyas. Aquel día, después de comer, Tanchun fue al salón a ocuparse de unos asuntos. Cuimo, que se había quedado encargada del lugar, ordenó a Chanjie que enviara a un paje a comprar pasteles.

—Acabo de barrer un patio enorme; me duelen las piernas y los riñones —objeto Chanjie—. ¿Por qué no envías a otra?

—¿A quién voy a enviar, si aquí no queda nadie? —replicó Cuimo—. Ve ahora que todavía es temprano. Y ya que pasarás por la puerta trasera, aprovecha para decirle a tu abuela que se mantenga alerta.

Y le explicó que Aiguan había estado contando chismes sobre la madre Xia.

Chanjie tomó el dinero con un gruñido:

—¡Conque también esa especie de perrilla quiere causarnos problemas! Espera a que se lo cuente a mi abuela.

Y partió hacia la puerta trasera, donde encontró a todas las sirvientas de la cocina, incluida la madre Xia, sentadas sobre las gradas charlando en un momento de descanso. Pidió a una de las mujeres que fuera a comprar los pasteles, y le contó atropelladamente a su abuela lo que le habían dicho, aderezando el relato con no pocas invectivas contra la joven actriz. Enfurecida y asustada, su abuela quiso correr a desafiar a Aiguan y quejarse ante Tanchun. Pero Chanjie la detuvo.

—¿Y qué vas a decirle, abuela? —le preguntó—. ¿Cómo te enteraste de este asunto? Rezongar y quejarse no haría más que aumentar la gravedad del problema. Si te lo cuento es simplemente para que te mantengas en guardia. No te precipites.

Mientras hablaba llegó Fangguan. Se apoyó contra el marco de la puerta y cuando, entre las cocineras que se afanaban entre los fogones, distinguió a la señora Liu, le dijo:

—Señora Liu, dice el señor Bao que para cenar le gustaría un plato de legumbres, y otros platos frescos bien aderezados con vinagre; pero no les ponga aceite de sésamo, pues eso los pondría muy grasientos.

—Muy bien —respondió la señora Liu—. Pero ¿cómo es que te han enviado hoy a ti con un encargo tan importante? Si este lugar no te parece muy sucio, entra a charlar un rato.

Apenas Fangguan hubo entrado en la cocina llegó una mujer con un plato de pasteles.

—¿Para quién son esos pasteles? —preguntó la muchacha—. Déjame probar uno.

Inmediatamente Chanjie tomó el plato.

—Son para otra gente —dijo—. A ti no te gustarían estas cosas.

Al advertir aquello la señora Liu intervino inmediatamente:

—Si le gustan tengo aquí otros pasteles recién hechos que he comprado para mi hija. Ella no los ha comido, y están todavía intactos.

Y saliendo de la cocina volvió al momento con otro plato para Fangguan.

—Espere un momento —dijo—. Voy a hervir agua para que beba té del mejor.

Cuando la mujer se fue a atizar el fuego y preparar el té, Fangguan tomó un pastel y se lo puso a Chanjie bajo la nariz.

—¿A quién le interesan tus pasteles? —dijo aquélla con desdén—. ¿Acaso no son éstos tan buenos como los tuyos? Sólo por bromear quise comer de los tuyos hace un momento; pero no lo haría aunque me lo pidieras de rodillas.

Entonces desmigajó todos los pasteles de su plato y los arrojó a los gorriones, diciendo en voz alta:

—No se ofenda, señora Liu. Haré que le compren dos jin en cuanto me vaya.

Chanjie, muda de cólera, la había mirado hacer, pero en cuanto se repuso gruñó:

—¿Por qué si el dios del trueno tiene ojos para ver no fulmina a la gente perversa? ¡Me está provocando! Ya sé que no puedo compararme con vosotras, que recibís regalos de algunas que no dudan en dejarse tratar como esclavas con la esperanza de que, cuando sea necesario, intercedáis por ellas.

La mujer mayor intervino:

—Se acabó. ¿Por qué discutís cada vez que os encontráis?

Un grupo de las más despiertas, temerosas de que esa disputa llegara a más, se escabulló discretamente. Pero Chanjie no se atrevió a abrir de nuevo la boca, y optó por alejarse mascullando.

Una vez que se hubo cerciorado de que no había nadie por allí, la señora Liu salió de la cocina y le preguntó a Fangguan:

—¿Mencionó el asunto del que le hablé el otro día?

—Sí, lo hice. Y lo haré de nuevo dentro de un par de días. Pero esa vieja arpía de Zhao ha vuelto a provocar otra pelea conmigo. ¿Se tomó la hermana ese jugo con sabor a rosas que le traje el otro día? ¿Ha mejorado algo?

—Oh sí, se lo tomó y le encantó, pero no quiere pedirle más.

—¡Supone muy poco para mí! Voy a conseguirle más.

Ocurría que la hija de la señora Liu había cumplido dieciséis años, y aunque era hija de una cocinera su belleza era comparable a la de Pinger, Xiren, Yuanyang o Zijuan. Como era la quinta hija, la llamaron Wuer[3]. Pero era de constitución débil y nunca se le había asignado un trabajo. Hacía poco que la señora Liu se había percatado de que Baoyu tenía muchas criadas cuyas tareas eran livianas, y había llegado a sus oídos que él tenía la intención de permitir que en el futuro todas las muchachas que estaban a su servicio regresaran a sus casas. Entonces quiso enviar allí a Wuer como doncella, pero no tenía quien la recomendara. Como ella había trabajado en el patio de los Perales Fragantes y había cuidado a Fangguan y a las demás actrices mejor que sus propias nodrizas, las muchachas se portaban bien con ella. Por eso planteó su deseo a Fangguan pidiéndole que lo transmitiera a Baoyu. La muchacha había accedido a actuar como intermediaria. Baoyu no puso mala cara a la recomendación, pero la indisposición que sufrió después y los problemas que se habían sucedido, hicieron que Fangguan no volviera a insistir. Pero dejemos ya esta digresión y retomemos el hilo de nuestro relato en el momento en que Fangguan regresaba al patio Rojo y Alegre con la intención de recordarle a Baoyu el asunto que acababa de tratar en la cocina.

Baoyu se había enterado en el parque de las Alpinias de la gresca que estaba armando la concubina Zhao, pero como no sabía si era prudente o no terciar en ella, prefirió esperar a que la tormenta hubiera amainado para emprender el camino de vuelta a sus aposentos. Cuando cesó la algarabía y él se enteró de que Tanchun había convencido a la vieja para que se marchara, echó a andar hacia el patio Rojo y Alegre, donde se esforzó en consolar a Fangguan; cuando ésta se sintió más tranquila, la envió a la cocina con el recado del que hemos tenido noticia un poco más arriba.

A su vuelta, Fangguan le pidió más jugo con sabor a rosas para Liu Wuer. Él respondió inmediatamente:

—Hay mucho. Rara vez lo bebo. Puedes llevártelo todo.

Pidió a Xiren que se lo alcanzara, y al advertir que quedaba menos del que suponía le dio el frasco entero a la joven actriz, quien se lo llevó inmediatamente a la señora Liu.

La señora Liu había llevado a su hija a pasear por un rincón apartado del jardín para que se entretuviera un rato. Cuando regresaban a la cocina para descansar y beber un poco de té entró Fangguan con un pequeño frasco de apenas cinco o seis pulgadas de alto; los rayos de sol, al reflejarse en su contenido, revelaban que estaba medio lleno con una especie de jugo rojo, que supusieron era un vino extranjero que Baoyu bebía a veces.

—Siéntese mientras ponemos agua a hervir —dijeron madre e hija a Fangguan.

—Esto es todo lo que quedaba, por eso lo traigo en la botella. Quedáosla también —explicó ella.

Wuer se dio cuenta entonces de que era «rocío de Meigui» y lo aceptó con mil gracias.

Al preguntársele si estaba mejor, respondió:

—Hoy me siento un poco más fuerte; por eso he salido a dar un paseo. Pero no he visto muchas cosas de interés, sólo unas grandes rocas y unos árboles, y las paredes posteriores de los edificios. Todavía no he visto ninguno de los lugares hermosos.

—¿Por qué no has seguido andando y has entrado en el jardín? —preguntó Fangguan.

—Fui yo quien no se lo permití —dijo la señora Liu—. Las jóvenes damas no la conocen. Si nos viera alguien que no nos quiere bien, no dejaría de provocar otra pelea. Pero si en el futuro, con su ayuda, ella consigue trabajar allí, tendrá oportunidad de pasear por el lugar hasta hartarse.

—No os preocupéis —respondió Fangguan—. Confiad en mí.

—¡Vaya, señorita! —exclamó la señora Liu—. El cuero de nuestra cabeza es más fino que el suyo. No podemos compararnos con usted.

Dicho lo cual sirvió el té. Pero Fangguan lo rechazó, y después de tomar un sorbo con el que sé enjuagó la boca se levantó para despedirse.

—Estoy muy atareada —dijo la señora Liu—. Acompáñala tú, hija mía.

De modo que Wuer salió con Fangguan, y al ver que no las observaba nadie, le tiró de la manga.

—¿Realmente va a interceder por mí? —le preguntó.

Fangguan se rió.

—¿Por qué habría de engañarte? Me he enterado de que con toda seguridad hay dos vacantes en nuestros aposentos. Una es la de Hongyu: la señora Lian se la llevó pero no ha enviado a nadie en su lugar. La otra es la de Zhuier. Me parece que tomarte a ti no resultaría excesivo. Lo que pasa es que Pinger le anda diciendo todo el tiempo a Xiren que hay que posponer cualquier nueva petición de gente o dinero, pues la señorita Tanchun está buscando a alguien que haya cometido alguna falta y sirva de ejemplo a las demás. Ya en sus propios aposentos ha rechazado dos o tres peticiones. En este momento está buscando algo en nuestra casa que sirva para dar un escarmiento, ¿y qué necesidad hay de caer en la trampa? Si ahora nos rechazan, resultará muy difícil cambiar la decisión más adelante. Lo mejor es esperar a que las cosas se calmen. Cuando la Anciana Dama y la dama Wang no estén tan ocupadas, hablaremos con ellas: si están de acuerdo con nuestro propósito, entonces, por grande que sea, nadie podrá negárnoslo.

—Pero de todos modos, esta espera me está impacientando mucho. Si ahora yo fuera elegida, en primer lugar mi madre podría caminar con la cabeza alta sintiendo que no me ha criado en vano; en segundo lugar mi asignación mensual facilitaría las cosas para mi familia; en tercer lugar, yo misma me sentiría más contenta y mi salud podría mejorar. E incluso si todavía tuviera que recurrir a médicos y comprar medicinas, no tendría que hacerlo gastando el dinero de la familia.

—Ya lo sé —dijo Fangguan—. No te preocupes.

Y las dos tomaron caminos separados.

Ya de vuelta en su casa, Wuer le dijo a su madre lo agradecida que le estaba a Fangguan.

—Jamás pensé que conseguiríamos tanto jugo —dijo la señora Liu—. Ese brebaje es muy caro, pero si se toma demasiado aumentan los humores calientes. ¿Por qué, entonces, no regalamos un poco? Sería un espléndido regalo.

—¿Regalárselo a quién?

—A tu primo, que ha estado con fiebre últimamente, y necesitado de algo como esto. Le llevaré media taza.

Wuer se quedó callada mientras su madre echaba media taza y ponía la botella con lo que quedaba sobre el aparador. Entonces dijo con una leve sonrisa:

—Madre, yo de usted no lo haría. Si la gente empieza a preguntar de dónde salió, habrá problemas.

—¿Por qué habríamos de temer eso? Después de todo, que nuestros señores nos hagan un regalo no es más que correcto después de todo lo que hemos trabajado nosotros. ¿O es que lo hemos robado?

E ignorando el consejo de su hija se dirigió directamente a la casa de su hermano mayor, en el exterior, donde su sobrino guardaba cama. Al ver lo que les había traído, su hermano, su cuñada y su sobrino se mostraron sumamente complacidos. Sacaron agua fría del pozo para mezclarla con el tónico, y ofrecieron al enfermo un tazón de la mezcla que le resultó sumamente refrescante. Lo que quedó en la taza fue cubierto con un trozo de papel y puesto sobre la mesa.

Y resultó que unos cuantos pajes de la familia Jia, amigos del joven paciente, pasaron por allí a ver cómo estaba. Entre ellos iba Qian Huai, un sobrino de la concubina Zhao, cuyos padres trabajaban en la contabilidad y cuya misión consistía en acompañar a Jia Huan a la escuela. Todavía no se le había encontrado esposa, Él se había interesado por la bella Wuer y había dicho a sus padres que quería casarse con ella. Una y otra vez envió intermediarios para proponer la boda; y como su familia tenía buenas relaciones y una situación holgada, Liu y su mujer se mostraron bien dispuestos. Pero no pudieron obtener el consentimiento de la propia Wuer. Aunque ella no lo dijo directamente, su actitud fue tan clara que sus padres no pudieron aceptar la oferta en su nombre. Es más, al haber aparecido últimamente la posibilidad de un trabajo en el jardín, dejaron de lado este asunto, pues suponían que unos años más adelante, cuando fuera liberada del servicio, ella misma elegiría a alguien de fuera. En vista de esta situación también la familia Qian había descartado la posibilidad. Sólo Qian Huai, enfurecido y mortificado por su fracaso, había resuelto salirse con la suya y conseguir a Wuer como esposa. Aquel día había venido con sus otros amigos, sin sospechar que allí encontraría a la señora Liu.

Cuando ésta vio a los recién llegados, entre ellos a Qian Huai, se levantó para partir, pretextando asuntos que resolver.

—Bebe primero un poco de té —le pidieron su hermano y su cuñada—. Fue un detalle por tu parte haber pensado en tu sobrino.

—Pronto será la hora de servir la cena en el jardín. Volveré a verlo cuando tenga un rato libre —respondió ella.

Entonces su cuñada sacó un paquete de un cajón y la acompañó hasta la esquina del muro, donde se lo entregó.

—Ayer tu hermano estuvo de guardia en la puerta —dijo—. Durante los cinco días anteriores todo estuvo tan tranquilo que ni siquiera recibió propinas; ayer mismo vino de visita un funcionario de Guangdong y trajo de regalo dos cestitas de «escarcha de Fuling» para los señores y otra cestita para los hombres de la puerta. Ésta es la parte de tu hermano. Allá en el sur tienen tantos pinos y cipreses antiguos, que simplemente extraen la esencia del hongo de sus raíces y la mezclan con una especie de medicina para hacer esta espléndida crema tan blanca como la escarcha. Dicen que si se mezcla con leche humana y se bebe una taza diaria a primera hora de la mañana, resulta el mejor tónico del mundo. Si no tienes leche humana, lo que le sigue en bondad es la de vaca; o a falta de ésta puedes usar también agua hervida. Pensamos que esto le vendría muy bien a tu hija, y esta mañana envié a una muchacha para que te lo entregara; pero me dijo que tu puerta estaba cerrada con llave y que te habías llevado a Wuer al jardín. He estado queriendo ir a visitarla para ver cómo está y entregarle esto personalmente. Pero como sé que con las señoras de viaje hay por todas partes una guardia siempre alerta, y como no tenía ningún negocio especial que me permitiera entrar allá, decidí no ir. Además me he enterado de que en estos últimos dos días ha habido muchos problemas en el jardín; y no quiero verme mezclada en ninguno. Así que me alegro mucho de que hayas venido. Ahora puedes llevarte esto tú misma.

La señora Liu, agradecida, se despidió y volvió a su casa. Cuando se acercaba a la puerta lateral, un muchacho le dio el recado:

—¿Dónde has estado, tía? Adentro han preguntado por ti varias veces. Tres o cuatro te hemos estado buscando por todas partes; los otros no han vuelto todavía. Pero éste no es el camino a tu casa. Me parece muy sospechoso.

—¡Macaco! ¡Más que macaco! —se rió la señora Liu.

Para saber qué pasó luego, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LXI

Para proteger a su hermana,

Baoyu encubre a la autora de un robo.

Para enmendar un error, Pinger ejerce su autoridad.

En el capítulo anterior, la señora Liu exclamaba entre risas:

—¡Macaco, que eres un macaco! ¿No te trato como a un verdadero sobrino? Y si salgo a buscar un hombre, ¿no tendrías un tío más? ¿De qué te preocupas? No hagas que te arranque esa mata de pelo de coño que tienes en la cabeza como si fuera la tapa de una bacina. ¡Venga! Abre ya la puerta y déjame entrar de una vez.

Pero, en lugar de obedecer, el joven lacayo la retuvo agarrándola de la manga.

—Buena tía, cuando ya esté en el jardín arrégleselas para robar unos cuantos albaricoques y traérmelos. Yo estaré esperando. Si se le olvida, no le abriré el portón cuando quiera salir a comprar licor o aceite a medianoche. Ni siquiera contestaré cuando me llame; me limitaré a dejarla dar alaridos hasta que pierda la voz.

La señora Liu hizo ademán de escupirle a la cara.

—¡Estás loco de remate si crees que aquí funcionan las cosas como antes! Desde qué se decidió cultivar el jardín, esas viejas a quienes se lo arrendaron están a la que salta. Basta con pasar cerca de un árbol para que se te claven dos ojos torvos como los de un gallo de pelea. ¿Cómo voy a correr el riesgo siquiera de rozar un albaricoque? El otro día venía caminando y pasé bajo un ciruelo; en eso, una abeja me rozó la cara; pues bien, esa tía tuya me vio justo cuando daba un manotazo para espantarla. Como ella estaba demasiado lejos para ver lo que hacía pensó que andaba robándole ciruelas, y soltó un chillido y una sarta de improperios con esa voz de coño que tiene. Se desgañitaba gritando que esa fruta todavía no había sido ofrecida a Buda, que por estar de viaje aún no habían podido probarla sus señorías, y que sólo una vez que las mejores hubieran sido enviadas a la gente encumbrada, los demás recibiríamos nuestra parte. ¡Y así siguió, como si yo estuviera muriéndome por sus ciruelas! A mí me sentó muy mal, claro, y le respondí en el mismo tono. Pero, dime, ¿no tienes tú aquí varias tías entre las encargadas del jardín? ¿Por qué no les dices a ellas que te traigan albaricoques? Eres como la rata del granero que le pide grano al cuervo; si a la rata le falta comida, ¿cómo va a tenerla el cuervo?

—¡Bueno, bueno, bueno! —exclamó el muchacho—. Si no está en su mano hacer lo que le pido, no lo haga. ¿A qué viene tanta verborrea? Sólo espero qué no necesite un favor mío en el futuro. Menos mal que ha conseguido para su hija un buen trabajo en el jardín; sin duda nos necesitará más de una vez, y entonces podré pedirle a ella lo que usted me niega ahora.

—¡Ya estás con tus astucias, pequeño macaco! ¿Qué historia es ésa? ¿Qué trabajo he encontrado yo para mi hija?

El muchacho se echó a reír.

—No intente engañarme, que estoy al tanto de sus intrigas. ¿O acaso piensa que es usted la única con influencias dentro de la casa? Sepa que también nosotros tenemos las nuestras. Aunque aquí no soy más que un lacayo, tengo un par de hermanas que tienen cierto peso en el jardín. ¿Cómo va a ocultarme un secreto?

Aún no había terminado de pronunciar esas palabras cuando se oyó desde el interior la voz de otra vieja, que decía:

—¡Eh, monos! Llamad a la tía Liu; si tarda más no estará la comida a tiempo.

Al escucharla, interrumpiendo bruscamente la conversación con el muchacho, la vieja Liu empujó los batientes de la puerta.

—Tranquila, hermana, ya estoy aquí.

Y se dirigió directamente a la cocina, donde encontró a otras cocineras que, eludiendo cualquier responsabilidad, esperaban su llegada para que resolviera los platos que había que enviar a los diversos aposentos.

—¿Dónde está Wuer? —preguntó la señora Liu.

—Ha salido hace un momento a buscar a alguna amiga suya de las que se ocupan de preparar el té —le dijeron.

La señora Liu guardó la «escarcha de Fuling» y se enfrascó en la distribución de platos para los diferentes aposentos. En eso estaba cuando entró Lianhua, la pequeña doncella de Yingchun.

—La hermana Siqi dice que quiere comer un flan de huevos pasados por agua —anunció.

—¡Huevos! ¡Quiere huevos! ¡Vaya extravagancia! —exclamó la cocinera—. ¡Con la carestía de huevos que hay este año, quién sabe por qué! ¡A diez monedas cada uno los están vendiendo! E incluso así son difíciles de conseguir. Ayer mismo llegó la orden de obsequiar con arroz glutinoso a los parientes, y los que salieron a comprar sólo pudieron reunir, y no sin esfuerzo, dos mil huevos. ¿Dónde voy yo a encontrar huevos para ella? Anda y dile que ya los comerá en otra ocasión.

—El otro día, cuando ella pidió queso de soja, usted le mandó uno rancio —replicó Lianhua—. Se puso de muy mal humor descargó sobre mí. Ahora lo que pide son huevos y resulta que no hay. ¿Tan preciosos son ahora unos simples huevos que incluso en esta casa faltan? No lo puedo creer; voy a mirar yo misma.

Dicho lo cual, fue hasta el aparador que contenía las provisiones y encontró una docena.

—¡Vaya, vaya! —exclamó—. ¿Cómo puede ser usted tan tacaña? Nosotras no comemos más que la ración que nos ha asignado cada una de nuestras señoras, ¿qué más le da a usted? ¿Acaso ha puesto usted misma esos huevos? Inmediatamente la señora Liu dejó lo que tenía entre manos y fue derecha a encararse con la muchacha.

—¡No digas más estupideces! —gritó—. ¡Tu madre es la que pone huevos! Esta docena que queda es para las salsas y los potajes. Los utilizo sólo para los casos de urgencia. Y a menos que las jóvenes damas me los pidan, voy a seguir utilizándolos para eso. ¡Si os los coméis y luego vienen las señoras a pedir la comida, ni siquiera habrá huevos! Para vosotras, las que vivís en los aposentos interiores, todo parece fácil de conseguir: alargáis los brazos cuando llega el agua; abrís la boca y se os llena de comida. Pero ignoráis cómo son las cosas en el exterior, el precio que tienen en el mercado. Y no hablo ya de huevos; hubo días en que no se pudo conseguir ni una brizna de hierba. Seguid mi consejo y conformaos con el buen arroz, las gallinas gordas y los grandes patos que coméis diariamente, y no pidáis más. Estáis tan hartas de buena comida que os pasáis el tiempo importunándome con extravagancias: que si huevos, que si queso de soja, que si gluten de trigo y nabos salados… ¡Qué bien sabéis variar un menú! Pero mi trabajo no es atenderos a vosotras. Si en cada aposento piden un plato distinto, tendré que cocinar más de diez. ¿Qué quieres, que deje de preocuparme por las señoras de primer grado y me dedique a complacer a las de segundo?

—Pero ¿quién le ha pedido un plato diferente cada día? —clamó Lianhua con el rostro enrojecido—. ¡No dice más que disparates! Si hacemos que usted cocine aquí para los aposentos del jardín es porque eso es más cómodo para nosotras, ¿no? Además, el otro día, cuando Xiaoyan le dijo que la hermana Qingwen quería un poco de artemisa, enseguida preguntó si la quería frita con cerdo o con pollo. Xiaoyan le dijo que precisamente su señora consideraba que ese plato, para que estuviera bueno, debía hacerse con gluten de trigo y muy poco aceite. Enseguida se maldijo usted por ser tan obtusa, se lavó las manos, cocinó el plato según el gusto de Qingwen y lo llevó personalmente meneando el rabo como un perro. ¡Y ahora me riñe a mí a gritos para que todo el mundo se entere!

—¡Santo Buda! —exclamó con vivacidad la señora Liu—. Todas las cocineras aquí presentes pueden ser testigos de cómo hacemos las cosas. No sólo el otro día con el plato de artemisa, no, ¡desde que esta cocina fue instalada el año pasado, siempre que una de las señoritas o alguna de sus doncellas ha querido algo especial ha traído consigo el dinero para comprarlo! Haya o no haya lo que piden, siempre lo pagan; es una cuestión de honor. El mío puede parecer un trabajo cómodo, con muchas prebendas, puesto que siempre atiendo a las jóvenes señoras. Pero haz cuentas, y ya verás el asco que te da. Las jóvenes damas y sus doncellas son más de cincuenta personas; sin embargo, diariamente no recibimos más que un par de gallinas, un par de patos, diez jin de carne y verduras por valor de una sarta de monedas. Calculadlo vosotras mismas: ¿a cuánta gente puedo dar de comer con eso? Ni siquiera alcanza para las dos comidas establecidas, ¿cómo va a alcanzar entonces para las extravagancias que me pedís? Lo que se ha comprado no os gusta y hay que salir otra vez a la calle a comprar. Tal como están las cosas, mejor será que pidamos a las señoras más dinero para que podamos hacer como en la cocina grande que atiende a la Anciana Dama: escribir en la tabla de agua[1] un menú que contenga todos los platos que se conocen bajo el cielo, prepararlos cada vez de distinta manera y pasar la cuenta a fin de mes. Precisamente el otro día, a las señoritas Tanchun y Baochai se les antojó comer unos brotes de Gouqi[2] fritos, y enviaron a una doncella con quinientas monedas. No pude contener la risa y le dije: «Aunque las dos jóvenes damas tuvieran las barrigas del tamaño de la del buda Maitreya[3], no podrían comer quinientas monedas de brotes de Gouqi. Sólo cuesta de veinte a treinta monedas, y eso todavía nos lo podemos permitir». Así que devolví el dinero, pero ellas se negaron a aceptarlo y me lo dieron como propina para comprar vino. Dijeron: «Ahora que la cocina está dentro del jardín, algunas de nuestras muchachas pueden ir a pedirle sal o salsa de habichuelas. Ustedes no pueden negarles nada, pero todo cuesta dinero y si les entregan lo que pidan, saldrán perdiendo. De modo que tomen este dinero y úsenlo para compensar las deudas que tenemos con ustedes». Son jóvenes tan comprensivas y consideradas que sólo podemos orar a Buda para que las bendiga. No como la concubina Zhao, que cuando se enteró de aquello montó en cólera y dijo que las señoritas me tenían demasiada consideración. Antes de diez días también envió a una doncella para pedirme esto y lo de más allá, hasta que me reí para mis adentros. Esto de pedirme unas cosas y otras ya se está convirtiendo en costumbre. ¿Cómo voy a cubrir tanto dispendio?

Mientras discutían llegó, enviada por Siqi, otra doncella buscando a Lianhua.

—¿Acaso te has muerto en esta cocina? —le preguntó—. ¿Por qué tardas tanto en volver?

Lianhua regresó inmediatamente, tragándose la rabia, para informar a Siqi de todo lo que había dicho la cocinera, no sin aderezar su versión con algunos comentarios de su propia cosecha, que sirvieron para indignarla. Ésta, apenas hubo terminado de servir la comida a Yingchun, reunió a todas las sirvientas e hizo que la siguieran a la cocina, donde la señora Liu y todas sus ayudantes acababan de sentarse a la mesa. Ante la irrupción de la servidumbre de los aposentos de Yingchun, a cuya cabeza marchaba Siqi con cara de pocos amigos, las mujeres se levantaron invitándola a tomar asiento. Pero ésta, con un breve chillido, lanzó a las doncellas que la acompañaban a saquear el lugar, como si de un zafarrancho se tratara.

—¡Toda la comida que encontréis en aparadores y cajones, a los perros! —gritó—. Aquí se van a acabar los privilegios para todo el mundo.

Al escuchar aquello, las jóvenes doncellas, que no esperaban más que la orden, se lanzaron por toda la cocina haciendo grandes aspavientos y tirando al suelo todo lo que encontraban. Las mujeres de la cocina, frenéticas, intentaron detenerlas hasta que, viendo lo inútil de sus esfuerzos, se dirigieron directamente a Siqi.

—No crea lo que le diga una niña, señorita —le suplicaron—. Aunque tuviera nueve vidas, la señora Liu no sé atrevería a ofenderla. No miente cuando dice que este año es muy difícil encontrar huevos. Precisamente acabamos de reprenderla por ser tan estúpida: ella debería saber que, sea lo que sea aquello que ustedes pidan, debe preocuparse de conseguirlo. Ahora ya ha comprendido su error y está batiendo unos huevos para hacerle el flan. Si no nos cree, mire usted en el horno.

Aquellas palabras, dichas en tono amable, apaciguaron poco a poco a Siqi, de manera que las jóvenes doncellas fueron llamadas al orden antes de que lo destrozaran todo. Siqi se dejó finalmente persuadir y acabó retirándose con su tropa, no sin antes abrumar de maldiciones e insultos a la cocinera Liu, que sólo pudo desahogar su furia con los platos y tazones refunfuñando sin cesar mientras ponía los huevos a cocer. Pero cuando el flan estuvo listo y le fue enviado, Siqi, desdeñándolo, volcó todo el contenido del bol en el suelo. La mujer que se lo había llevado se cuidó mucho de decir nada a su vuelta, pues temió causar con ello nuevas trifulcas.

Entonces, después de hacer que su hija tomara un buen caldo y medio tazón de gachas de arroz, la señora Liu le habló de la «escarcha de Fuling» que poco antes había recibido como regalo. Wuer decidió inmediatamente compartir en secreto tan fino obsequio con Fangguan, de modo que envolvió la mitad en un trozo de papel y esperó a que cayera el sol, pues con el crepúsculo sería más improbable que se encontrara con alguien. Y así, ocultándose entre los sauces y los macizos de flores, emprendió el camino para encontrarse con su amiga. Afortunadamente pudo llegar al patio Rojo y Alegre sin que nadie le hubiera preguntado adónde iba tan sigilosa. Una vez allí, sin embargo, le dio miedo irrumpir en un recinto en el que no debía estar, y se apostó tras un rosal que había a cierta distancia de la entrada; y allí se quedó de pie hasta que vio aparecer a Xiaoyan, que salía después de haber tomado un té. Wuer corrió tras sus pasos llamándola. Xiaoyan la oyó, pero no la reconoció hasta que estuvo junto a ella.

—¿Qué haces tú aquí? —le preguntó.

—Dile a Fangguan que salga —le pidió Wuer—. Tengo algo que decirle.

—Hermana, eres demasiado impaciente —susurró Xiaoyan—. Dentro de diez días estarás con nosotras, ¿qué necesidad tienes de andar buscándola ahora? No está aquí. Acaba de salir a llevar un recado fuera del jardín y tendrías que esperarla un buen rato. Pero también puedes decirme a mí lo que quieres. Sólo me preocupa que puedas entretenerme mucho rato, pues pronto cerrarán la puerta del jardín.

Entonces Wuer le entregó la «escarcha de Fuling» explicándole para qué servía y cómo debía ser utilizada.

—Es un regalo que alguien me ha hecho —explicó—. Te ruego que lo entregues a Fangguan.

Dicho lo cual se despidió y tomó el camino de regreso. Acababa de llegar a la playa de Hierbas y puerto Florido cuando en eso apareció la esposa de Lin Zhixiao con otras comadres. Wuer no vio dónde ocultarse, y no tuvo más remedio que abordarlas decididamente con un saludo.

—Me dijeron que estabas enferma —dijo la señora Lin—. ¿Cómo has podido llegar hasta aquí?

—Es que últimamente me he sentido mejor —explicó ella con la mejor de sus sonrisas— y, para no aburrirme, he venido con mi madre a la cocina. Ha sido ella quien me ha enviado al patio Rojo y Alegre para entregar unas cosas.

—No te creo —respondió la señora Lin—. Cuando tu madre salió eché la llave al portón de entrada. Si ella te envió con un encargo, ¿por qué no me advirtió que estabas aquí? ¿Por qué permitió que te dejara encerrada? Realmente no lo comprendo. Seguro que estás mintiendo.

Wuer no tuvo respuesta, así que balbuceó:

—Mi madre me hizo el encargo esta mañana, pero yo lo olvidé y no me he acordado hasta hace un momento. Imagino que pensaría que yo ya me había ido; por eso no le dijo nada.

La señora Lin no pudo menos que advertir lo inconsistente de la excusa y el nerviosismo de la muchacha. Eso le hizo recordar que Yuchuan le había contado algo sobre la desaparición de diversos objetos de los aposentos de la dama Wang; al parecer, las doncellas de aquel lugar negaban saber nada sobre asunto tan feo, y la culpable no había podido ser encontrada. Todo lo cual despertó sus sospechas. En ese preciso momento llegaron Xiaochan y Lianhua con varias sirvientas. Cuando se informaron de la situación, dijeron:

—Mejor será que la interrogue bien, abuela Lin. En los últimos días esta muchacha no ha dejado de merodear por aquí con aire taimado. Quién sabe lo que está tramando.

—Así es —añadió Xiaochan—. Ayer sin ir más lejos la hermana Yuchuan me dijo que el aparador del anexo de la señora había sido abierto y que faltaban diversos objetos. Y cuando la señora Lian envió a Pinger para que consiguiera un poco de «rocío de Meigui» en los aposentos de Yuchuan, faltaba un frasco. Si no lo hubieran estado buscando expresamente, ni se habrían dado cuenta.

—No conocía esa historia —intervino Lianhua— pero hoy mismo vi una botella de ese «rocío».

Como Xifeng había estado enviando diariamente a Pinger para que presionara a la señora Lin en la búsqueda del ladrón, en cuanto la vieja oyó aquello preguntó:

—¿Y dónde la viste?

—Justamente en su cocina —respondió ella señalando a Wuer.

Inmediatamente la señora Lin les ordenó encender sus faroles y partió a la cabeza del grupo para iniciar las pesquisas en la cocina. Entonces, en su desesperación, Wuer confesó:

—Ésa me la regaló Fangguan, que trabaja en los aposentos del segundo señor Bao.

—No me importa quién te la diera —le ladró la señora Lin—. Ahora que sabemos algo sobre el robo, yo haré mi informe y tú podrás dar a las señoras la explicación que más te plazca.

Para entonces ya habían entrado en la cocina, donde Lianhua las llevó directamente al lugar donde había visto la botella. La cogieron y, como sospechaban la presencia de otros objetos robados, hicieron un registro a fondo y dieron con el paquete de «escarcha de Fuling». Así, con las dos pruebas del delito, y con Wuer, partieron a informar del asunto a Li Wan y Tanchun.

Jia Lan, el hijo de Li Wan, estaba enfermo, y ella había abandonado por ese motivo los asuntos domésticos, con lo cual tuvieron que dirigirse a Tanchun. Ésta ya había regresado a sus aposentos, donde se estaba lavando mientras sus doncellas descansaban en el patio. Daishu, su doncella, recibió al grupo, recogió el recado y entró a informar a su señora. Al poco salió diciendo:

—Mi señora se da por enterada de lo que os trae aquí. Quiere que mandéis a la hermana Pinger para que ella a su vez informe a la señora Lian.

La señora Lin tuvo que conducir a todo el grupo hasta los aposentos de Xifeng. Primero encontró a Pinger, que entró a informar a su señora. Xifeng ya se había retirado a dormir, pero al oír aquella noticia ordenó:

—Que le den a la madre de Wuer cuarenta varazos y la despidan. No la vuelvan a dejar entrar más acá de la segunda puerta. Otros cuarenta varazos para Wuer, y que la entreguen a la granja, la vendan o la casen.

Cuando Pinger salió y transmitió textualmente las instrucciones de Xifeng a la señora Lin, Wuer, aterrorizada, prorrumpió en sollozos. De rodillas ante Pinger le contó toda la historia del frasco de «rocío de Meigui».

—Eso es fácilmente comprobable —dijo Pinger—. Mañana interrogaremos a Fangguan; así sabremos si estás diciendo la verdad o no. Pero ¿qué me dices de la «escarcha de Fuling»? Era un presente, y sólo debía ser abierto después del regreso de la Anciana Dama y la dama Wang. Su desaparición es mucho más grave que la del frasco de «rocío».

A lo que Wuer le respondió explicándole que la «escarcha de Fuling» había llegado a sus manos a través de su tío.

—Si no mientes —dijo Pinger con una sonrisa—, entonces no has cometido la acción reprobable con la que alguien intenta hacerte cargar. Pero hoy ya es tarde para intentar aclarar este asunto; mi señora ha tomado sus medicinas y se ha metido en la cama. No debemos molestarla por una nimiedad. Que esta noche las mujeres de la guardia custodien a Wuer y mañana, después de haber hablado con mi señora, decidiremos lo que ha de hacerse.

La señora Lin no se atrevió a poner reparos a la decisión de Pinger y, tomando a Wuer de la mano, la entregó a las mujeres de guardia para que la custodiaran aquella noche, hecho lo cual regresó a su casa.

Intimidada como estaba, y sometida a tal vigilancia, Wuer no se atrevió a mover un dedo. Algunas de las mujeres la aconsejaron diciéndole que no debía volver a hacer cosas tan vergonzosas. Otras se quejaron abiertamente:

—Ya es bastante malo tener que velar toda la noche para que nada anormal ocurra en un sitio tan grande; ahora, encima, tenemos que custodiar a una ladrona. Si en un momento de descuido se quita la vida o escapa, seremos nosotras quienes carguemos con la responsabilidad.

A esas quejas vinieron a sumarse las burlas y abucheos de otras mujeres que mantenían malas relaciones con la señora Liu y sólo le deseaban mal, y que, ahora, observando complacidas el mal trago que pasaba su hija, se sumaron al coro de recriminaciones. Wuer era de complexión débil, y el acoso al que se veía sometida, más la falta de agua, que le negaban cuando tenía sed, y de descanso, que le negaban cuando, vencida por el sueño, no le proporcionaban almohada y se veía obligada a tenderse sobre el duro suelo, terminaron por indignarla. Pero no tenía ante quién quejarse, de manera que pasó la noche entre lamentos y sollozos. Todas aquellas malas mujeres deseaban vivamente que madre e hija fueran expulsadas del jardín cuanto antes, pues temían que las señoras, al día siguiente, se volvieran atrás en su decisión. Por eso se levantaron temprano y fueron en secreto a tratar de ganarse a Pinger para su causa; le llevaron regalos, la halagaron por lo bien que manejaba los asuntos de la casa y por el buen criterio que demostraba con sus decisiones, y le contaron todas las veces que la madre Liu se había saltado las normas. Pinger las recibió, una por una, y escuchó las razones de todas. Después les dijo que se retiraran. Finalmente entró a ver a Xiren para intentar aclarar si era cierto que Fangguan le había dado a Wuer un frasco de «rocío de Meigui».

—Realmente se lo dio —confirmó Xiren—, pero no sé qué hizo después con él.

Interrogada, Fangguan se asustó al saber cuál era la situación de su amiga y confesó habérselo entregado. Después corrió a informar a Baoyu del caso. Éste se mostró muy alarmado.

—El asunto del «rocío» ya se ha aclarado —dijo—, pero si la «escarcha de Fuling» se toma también como evidencia del delito, entonces ella tendrá que confesar que fue su tío quien se lo dio, y que él a su vez lo había conseguido en el portón. De manera que entonces será su tío el acusado de no haber respetado las reglas, y esa familia se verá metida en un buen lío.

Y, dichas esas palabras, emprendió una discusión con Pinger para encontrar una rápida solución al problema.

—El caso del robo del «rocío de Meigui» ya está resuelto, pero es preciso solucionar el de la «escarcha de Fuling». ¿Por qué no decir, mi buena hermana, que también ésta fue un obsequio de Fangguan? Eso lo arreglaría todo.

—Es cierto —sonrió Pinger—, pero resulta que ayer por la noche Wuer ya admitió que era un regalo de su tío. ¿Cómo va a decir ahora que la «escarcha» salió de sus aposentos? Además, antes de haber encontrado al ladrón del «rocío» no podemos soltar a la muchacha para buscar a otros responsables. Todas las evidencias están contra ella. Si iniciamos nuevas pesquisas, ¿quién responderá? Las viejas del jardín no estarán convencidas de que se ha obrado correctamente dejándola libre de culpa.

En ese punto se unió a la conversación Qingwen, diciendo:

—Está claro que ese «rocío» sólo lo puede haber cogido Caiyun para entregárselo al señor Huan. Me parece que esas locas especulaciones están de más.

—Claro que sí, eso ya lo sabe todo el mundo —dijo Pinger con una carcajada—. Sin embargo, ahora Yuchuan está, llorando de impotencia, pues cuando le preguntó en secreto a Caiyun y ella confesó su falta, Yuchuan dejó pasar por alto el asunto pensando que acabaría por olvidarse. ¿A quién le gustan los problemas, después de todo? Pero esa miserable de Caiyun rao sólo no admite nada, sirio que además acusa del robo a Yuchuan. Con sus trifulcas, toda la casa está ya al tanto de este asunto. ¿Cómo podríamos pretender ahora que nada ha sucedido? No hay más remedio que seguir investigando. Sabemos que fue la propia ladrona quien informó del robo, pero ¿cómo podemos acusarla sin pruebas?

—No es necesario —dijo Baoyu—. También cargaré sobre mis espaldas el asunto de la «escarcha». Diré que birlé las dos cosas del cuarto de mi madre para divertirme dando un susto a las doncellas. Así nadie volverá a sacar a relucir el tema.

Xiren comentó:

—Ésa sería una buena acción que impediría que la llamaran ladrona. Pero cuando la señora se entere de todo esto volverá a reñirle por seguir actuando como un niño insensato.

—Eso no tiene importancia —dijo Pinger con una sonrisa—. En realidad no me resultaría difícil encontrar en los aposentos de la concubina Zhao las pruebas que buscamos, pero he temido que otra persona digna viera dañado su prestigio. A otra no le molestaría, pero ella montaría en cólera. Y es que de quien sospecho es de ella. No quise romper un jarrón de jade para matar la rata que hay al lado[4].

Y al decir aquello mostró tres dedos extendidos para indicar a Xiren y a las demás que se refería a la tercera señorita, Tanchun.

—Cuánta razón tienes —dijeron—. Mejor será que carguemos nosotros con la culpa.

—Pero incluso así —propuso Pinger—, debemos llamar a esas dos malditas causantes de problemas, Caiyun y Yuchuan, para que digan claramente que están de acuerdo con este arreglo. De otro modo saldrán libres de polvo y paja, sin saber siquiera el motivo, pensando que fue porque me faltó valor para llegar hasta el fondo de este asunto y me vi obligada a suplicaros que encubrierais el robo. Lo único que conseguiríamos con eso sería alentar a una de ellas a seguir hurtando impunemente, y a la otra a na cargar con ninguna responsabilidad.

—Cierto —asintieron Xiren y las demás—. Tienes que salvar la cara en todo este asunto.

Así que Pinger envió una mensajera a buscar a las dos muchachas.

—No os asustéis —se les dijo—. Os hemos mandado llamar para informaros de que hemos encontrado a la culpable del robo.

—¿Dónde está? —preguntó Yuchuan inmediatamente.

—En este momento se encuentra en los aposentos de la señora Lian —le dijo Pinger—. Lo ha confesado todo, aunque yo tengo la absoluta certeza de que no ha sido ella la ladrona; la pobre criatura ha confesado por miedo. El señor Bao siente lástima por ella y está dispuesto a cargar con la mitad de la culpa del robo. Claro que yo conozco a la verdadera autora, pero es una buena amiga mía. No me preocupa mucho qué pueda sucederle a quien reciba los objetos robados, pero denunciar a la auténtica ladrona dañaría la reputación de otra; de modo que en medio de esta confusión voy a pedirle al señor Bao que asuma la responsabilidad para que todas las demás podamos quedar libres de sospecha. Ahora lo que quiero saber es qué pensáis hacer vosotras. Si ambas aceptáis ser más cuidadosas en el futuro, de modo que vuestros actos no afecten al prestigio de nadie, yo le pediré al señor Bao que se declare autor del robo. Si no es así le contaré inmediatamente la verdad a la señora Lian para no dañar a una persona inocente.

Al oír aquello, un rubor avergonzado cubrió las mejillas de Caiyun.

—Descuida, hermana —dijo—. No hay necesidad dé dañar a una persona inocente, o hacer que se resienta su prestigio. Yo soy la responsable por haber cedido a las presiones de la concubina Zhao, que en los últimos tiempos me ha venido suplicando que escamotee cosas de aquí y de allá; algunas de ellas las entregué al señor Huan. Ésa es la verdad. Incluso estando aquí la señora, a menudo le hemos escamoteado algunas fruslerías para obsequiar a nuestros amigos. Pensé que esta tormenta amainaría pasados un par de días, por eso no dije nada, pero ahora no puedo soportar que una inocente sea culpada en mi lugar. Llevadme a ver a la segunda señora y lo aclararé todo ante ella.

Esta valiente respuesta maravilló a todos los presentes.

—Eso muestra que la hermana Caiyun es una persona recta —dijo Baoyu—. Pero no es preciso que lo admitas; simplemente diré que tomé esas cosas en secreto para fastidiaros, y que ahora que se ha armado este lío inesperado he querido confesarlo todo. Sólo os pido, hermanas, que no causéis más problemas en el futuro; eso sería lo mejor para todos.

—¿Por qué habría de confesarse usted culpable de una falta que yo he cometido? —preguntó Caiyun—. Soy yo quien debe sufrir las consecuencias.

—No es así como hay que mirarlo —interrumpieron Pinger y Xiren—. Si tú confiesas tendrás que hablar de la concubina Zhao, y la señorita Tanchun volverá a sufrir por su causa. Es mejor que el señor Bao asuma la responsabilidad y nos libre a todos de problemas. Aparte de las pocas que estamos aquí, nadie más tiene por qué enterarse, ¿no es eso mucho mejor? Pero en el futuro debemos ser todas más cuidadosas. Si quieres llevarte algo, por lo menos espera a que haya vuelto la señora; entonces podrás regalar la casa entera sin que sea asunto nuestro.

Con un gesto pensativo, Caiyun agachó la cabeza y asintió. Una vez que hubieron terminado de trazar sus planes, Pinger se llevó a las dos muchachas con Fangguan un poco más adelante, donde unas mujeres hacían la guardia nocturna, y después de llamar a Wuer le dio instrucciones secretas para que dijera que la «escarcha de Fuling» también había sido un regalo de Fangguan. Tras recibir el efusivo agradecimiento de Wuer, Pinger las llevó a sus propios aposentos; allí la señora Lin y otras sirvientas aguardaban desde hacía un rato custodiando a la señora Liu.

La señora Lin le dijo a Pinger:

—La trajimos aquí a primera hora de la mañana. Como temía que no hubiera quien se encargara del desayuno de las damitas, envié al jardín a la esposa de Qin Xian con ese encargo. ¿Por qué no sugerir a la segunda señora que sea la señora Qin, que es limpia y meticulosa, quien haga permanentemente ese trabajo?

—¿Quién es la esposa de Qin Xian? —preguntó Pinger—. Me parece que no la conozco.

—Es una de las que hace la guardia nocturna en la puerta sur del jardín —respondió la señora Lin—. No tiene nada que hacer durante el día; por eso no la conoce. Tiene los pómulos altos y los ojos grandes, y es muy limpia y meticulosa.

—Ya sé quién es —intervino Yuchuan—. ¿Cómo has podido olvidarlo, hermana? Es la tía de Siqi, la que atiende a la señorita Yingchun. Aunque los padres de Siqi pertenecen a la casa del señor mayor, su tío trabaja aquí.

—Ah —dijo Pinger con una sonrisa al recordar a la mujer—, ¿por qué no me lo has dicho antes? Pero de todos modos me parece que tienes mucha prisa por darle ese trabajo. La verdad empieza a imponerse en este asunto, como las rocas que aparecen cuando el agua baja de nivel; incluso hemos descubierto quién se llevó las cosas del cuarto de la señora el otro día. Fue Baoyu, que entró allí y se las pidió a esas dos muchachas miserables. Para fastidiarlo le dijeron que no podían llevarse nada que fuera de la señora, y por eso apenas ellas se descuidaron él entró y las cogió. Esas muchachas tontas nunca se enteraron, y de ahí su susto… Ahora que Baoyu sabe que ha implicado a tres personas en el asunto me ha contado la historia completa y mostrado las cosas que se llevó. Incluso llegó a sacar al exterior esa «escarcha de Fuling» para compartirla con otra gente, no sólo con las muchachas del jardín. Hasta las amas recibieron un poco para llevar a sus parientes, algunos de los cuales la pasaron a otras personas. Xiren le dio un poco a Fangguan y a otras, y con ello sólo estaba haciéndoles un favor, que no es nada insólito. En cuanto a las dos cestas que llegaron el otro día, siguen en el salón y sus sellos están intactos. No podemos acusar a nadie de haberlas robado. Espera a que haya informado de todo esto a mi señora, y ya veremos.

Entró en el dormitorio a contarle la misma historia a Xifeng.

—Aunque así sea —dijo ella—, también sabemos que Baoyu sale siempre en defensa de esas muchachas sin preguntarse si tienen razón o no, ni mucho menos si la gente está halagándolo con cuatro palabras bonitas o lo está coronando con una canasta de carbón. Puede acceder a cualquier cosa. Si tomamos su palabra en serio en este asunto, la cosa se agravará en el futuro. ¿Y cómo vamos a controlar a los sirvientes? Debemos seguir haciendo investigaciones detalladas. Mi plan es traer ante mí a todas las doncellas de la casa de la señora. No hay necesidad de golpearlas o torturarlas; simplemente podemos hacer que se arrodillen al sol sobre un trozo de porcelana, sin nada que comer o beber. Si no confiesan, tendrán que permanecer arrodilladas todo el día. Aunque estén hechas de hierro, lo confesarán todo.

Y añadió:

—«Las moscas sólo buscan los huevos rotos.» Aunque esa mujer Liu no haya robado nada, alguna falta tiene que haber cometido o no la estarían acusando con tanta insistencia. Si no la castigamos, al menos deberíamos despedirla; es el procedimiento habitual en la corte. No sería una injusticia.

—¿Por qué tomarse tantas molestias? —replicó Pinger—. Debemos ser tolerantes cada vez que podamos. ¿Qué importancia tiene todo esto? ¿Por qué no hace algún favor a los demás? Lo que yo siento es que, a pesar de que nos esforcemos aquí hasta rompernos el corazón, tarde o temprano pasaremos a la otra casa; entonces, ¿por qué enemistarse con los sirvientes de esta casa y despertar su rencor? Pues a usted no le faltan problemas propios. Después de algunos años usted logró concebir un hijo pero lo perdió en el séptimo mes de un mal parto producido quién sabe si por exceso de trabajo y de excitación por las cosas que ocurrían. ¿No sería mejor cerrar un poco los ojos ante lo que está pasando?

Aquel consejo hizo sonreír a Xifeng.

—Muy bien, pequeña perra —dijo—. Haz lo que quieras. Yo estoy mejorando poco a poco; no tengo por qué prestar atención a esta molesta travesura.

—¡Así se habla! —exclamó riendo Pinger.

Dicho lo cual salió a negociar con las mujeres de afuera, una por una.

Si quieren saber lo que pasa, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LXII

Un poco borracha, la dulce Xiangyun

se duerme entre las peonías.

Amistosamente, la tonta Xiangling

se quita su falda de seda granate.

Salió Pinger en busca de la esposa de Lin Zhixiao, y cuando estuvo frente a ella le dijo:

—Quitarle hierro a los problemas grandes y pasar por alto los pequeños asegura la prosperidad de una casa de nobles. Echar a volar las campanas, redoblar los tambores y armar una algarabía por una nimiedad como ésta no conduce a nada bueno, así que devuelva su trabajo a la madre Liu y a su hija, y mande a la esposa de Qin Xian a su casa. Y que no vuelva a oír hablar del asunto. En cuanto a usted, limítese a hacer una cuidadosa inspección diaria en la cocina.

Dicho lo cual, se marchó.

La señora Liu y su hija Wuer iniciaron rápidamente una reverencia de agradecimiento levantando la mirada hacia los de arriba e inclinándose después profundamente hasta hacer un koutou[1]. Luego, la señora Lin las condujo de vuelta al jardín e informó a Li Wan y a Tanchun de la decisión que se había tomado; ambas coincidieron en elogiar la manera que se había tenido de solucionar el incidente.

Así ocurrió. Siqi y las demás se habían tomado un gran trabajo para nada… y la esposa de Qin Xian, después de su golpe de suerte, sólo pudo disfrutar medio día de su nueva posición: llegó muy ufana a la cocina, hizo el inventario de los utensilios, el grano, el arroz, el carbón y todo aquello que pasaba ahora a sus manos desde las de la señora Liu, y descubrió que faltaban muchas cosas.

—Aquí faltan como mínimo dos shi de arroz de primera calidad —observó—, y ha sido retirada por adelantado la provisión de arroz corriente de un mes. También falta carbón.

A continuación preparó en secreto unos cuantos regalos para la esposa de Lin Zhixiao: un cesto de carbón, quinientos jin de leña y un shi de arroz bueno. Lo colocó todo discretamente fuera del jardín, donde su sobrino se hizo cargo del lote y lo llevó a la casa de los Lin. Además, mandó otras cosas como obsequio a los contables y cocinó unos cuantos platos para agasajar a las mujeres que en el futuro habrían de echarle una mano en el trabajo de la cocina.

—Si he llegado hasta aquí ha sido gracias a vosotras —les dijo—. De ahora en adelante seremos como una familia. Si algo olvido, o si algo no hago bien, hacédmelo ver.

Pero mientras se afanaba frenéticamente en la cocina llegó una sirvienta que le dijo sin rodeos:

—Váyase de aquí en cuanto haya terminado de preparar el desayuno de las señoritas. Las señoras han decidido que la comadre Liu es inocente y le han devuelto su trabajo.

Aquella orden llegó hasta ella como un trueno que le arrancó el alma. Anonadada y con cara de funeral, la esposa de Quin Xian se apresuró a empaquetar de nuevo sus cosas y emprendió atropelladamente la retirada. Por si fuera poco, los regalos que había estado haciendo durante toda la mañana llegaron a mermar considerablemente las cuentas de la cocina, y ahora ella se vería obligada a cubrir los gastos de su propio bolsillo. También Siqi quedó perpleja cuando llegó hasta ella la noticia de aquella humillación. Pero, por más que rabiara, nada podía hacer.

En cuanto a la concubina Zhao, había recibido a escondidas tantos regalos de Caiyun, y Yuchuan había armado tal escándalo, que ahora le aterrorizaba la idea de que se ordenara un registro en sus aposentos, pues podría descubrirse la verdad. A la espera de las noticias la cubría el sudor frío. Sólo cuando Caiyun le aseguró que Baoyu había asumido toda la responsabilidad y ya no habría más problemas pudo respirar tranquila. Pero aquella nueva que tanto tranquilizaba a su madre no hizo más que enervar a Jia Huan y aumentar las sospechas que ya venía alimentando. El muchacho sacó todos los regalos que Caiyun le había hecho en secreto y se los tiró a la cara con un grito:

—¡Tramposa! No me interesa toda esta basura tuya: Está claro que mantienes excelentes relaciones con Baoyu, ¿cómo si no habría aceptado encubrirte? Lo valiente por tu parte hubiera sido impedir que alguien se enterara de que me has hecho estos regalos. Ahora que lo has dicho, conservar todo esto me haría perder prestigio.

Dolida hasta las lágrimas, Caiyun le aseguró con gran despliegue de juramentos que no era cierto que mantuviera excelentes relaciones con Baoyu, y que no le había dicho nada a nadie. Entre sollozos intentó convencerlo de mil maneras, pero el testarudo muchacho se negó a creerla.

—Sólo nuestra antigua amistad —exclamó— me Impide correr a decirle a la cuñada Xifeng que fuiste tú quien robó todas estas cosas y que yo no quise aceptarlas, aunque me las ofreciste. ¡Imagínate lo que sucedería entonces!

Dicho lo cual, haciendo con los brazos un gesto de rechazo, salió del cuarto como un rayo.

A esas alturas también la concubina Zhao estaba frenética.

—¡Semilla de mala fortuna! ¡Monstruo malparido! —maldecía.

Caiyun estaba completamente desconsolada, sumida en un llanto irrefrenable, mientras la concubina intentaba consolarla de mil maneras.

—¡Buena niña, qué ingrato es contigo! —le decía—. Pero yo conozco tu corazón. Déjame guardar todas estas cosas y ya verás cómo en un par de días vuelve a recuperar la cordura.

Y diciendo esto quiso coger los regalos, pero Caiyun se empeñó en juntarlos en un montón y luego, cuando no hubo quien la viera, lo llevó todo al jardín y lo arrojó a la corriente, donde unas cosas se hundieron y otras se alejaron flotando. Aquella noche lloró secretamente de rabia bajo su manta.

Para entonces ya había llegado otra vez el aniversario de Baoyu, y con él el descubrimiento de que Baoqin celebraba el suyo en la misma fecha. Pero como la dama Wang no estaba en casa la celebración no fue tan alegre como otros años. El taoísta Chang envió cuatro presentes y un nuevo amuleto con el nombre budista del muchacho. Algunos monjes y monjas de diversos monasterios, conventos y templos, trajeron como ofrenda alimentos, imágenes del dios de la Longevidad, papel para sacrificios, el nombre del dios estelar de Baoyu, el nombre del dios estelar que presidía aquel año, y amuletos en forma de candados para que le sirvieran de protección durante todo aquel año. También los narradores de cuentos que frecuentaban la casa llegaron a ofrecer sus felicitaciones.

Wang Ziteng envió a su sobrino los regalos habituales; un par de zapatos y de calcetines, un traje, cien pasteles de la longevidad en forma de durazno, y cien paquetes de fideos del tipo «seda de plata»[2], el empleado en palacio. De la tía Xue, el muchacho recibió cincuenta paquetes de fideos, como correspondía a su rango. En cuanto al resto de la familia, la señora You hizo el regalo que solía: un par de zapatos y de calcetines. Xifeng, por su parte, envió una bolsita bordada en palacio que simbolizaba la armonía, dentro de la cual había un dios de la Longevidad hecho de oro, así como un juguete persa. Se despacharon limosnas y presentes a diversos templos, y también hubo regalos para Baoqin; pero no necesitamos enumerarlos aquí. Las muchachas enviaron lo primero que se les pasó por la cabeza: un abanico, una caligrafía, una pintura o un poema… cosas que sirvieran para señalar la ocasión.

Aquella mañana Baoyu se levantó temprano. Apenas hubo concluido su aseo se puso un traje ceremonial y partió hacia el patio delantero, donde Li Gui y otros cuatro pajes habían dispuesto el incienso y las velas para los sacrificios al cielo y la tierra. Baoyu prendió el incienso, se inclinó, hizo libaciones y quemó papel de sacrificio; luego fue a hacer una reverencia al templo del clan y al salón ancestral de la mansión Ning, hecho lo cual salió a la terraza para hacer un koutou en dirección al lugar donde se encontraban su abuela y sus padres. A continuación visitó a la señora You para presentarle sus respetos; después de estar allí sentado unos momentos regresó a la mansión Rong. Allí visitó en primer lugar a la tía Xue, quien lo tomó entre sus brazos para evitar que se arrodillara ante ella. Luego fue a ver a Xue Ke y, cuando terminaron de intercambiar cortesías, entró en el jardín ayudado por Qingwen, Sheyue y una pequeña doncella portando un tapete que extendía en el suelo para evitar que se ensuciara las rodillas al hacer los saludos. Fue visitando y presentando sus respetos a todos sus mayores, empezando por Li Wan, y luego salió por la puerta interior hacia el patio exterior para ver a sus cuatro amas: Li, Zhao, Zhang y Wang. A su vuelta todos quisieron hacer una reverencia de felicitación ante él, pero no lo permitió.

De regreso a sus aposentos, Xiren y las demás doncellas se limitaron a felicitarlo con palabras, pues la dama Wang había prohibido que los jóvenes permitieran que otros les hicieran reverencias por temor a que eso arruinara su felicidad y longevidad; de modo que ninguna de las sirvientas lo homenajeó con un koutou. En ese momento llegaron a visitarlo Jia Huan, Jia Lan y otros. Xiren les impidió inmediatamente que se inclinasen, y después hizo que, antes de partir, tomaran asiento unos momentos.

—Estoy cansado de caminar —comentó entonces Baoyu sonriendo.

Se acurrucó en la cama y después de beber media taza de té escuchó afuera un alegre parloteo al que siguió la entrada en tropel de ocho o nueve doncellas que reían alocadamente: Xiaoluo, Cuimo, Cuilü, Ruhua y Zhuaner, la doncella de Xiuyan, así como una matrona que llevaba en brazos a la pequeña Qiaojie, y Cailuan y Xiuluan, cada una de ellas con un tapete rojo entre las manos. Iban exclamando jubilosamente:

—¡Venimos tantas a presentar nuestras felicitaciones que vamos a romper la puerta! ¡Que nos traigan de una vez fideos de cumpleaños!

Un instante después llegaron también Tanchun, Xiangyun, Baoqin, Xiuyan y Xichun. Baoyu se apresuró a recibir a sus primas. Estaba radiante de alegría.

—¿Por qué os habéis molestado? —dijo—. ¡Rápido, que hagan un poco de té del mejor!

Una vez dentro mostraron todo tipo de deferencias con las recién llegadas, y todas tomaron asiento. Xiren y otras doncellas repartieron el té, y apenas habían empezado a sorberlo cuando apareció Pinger, recién maquillada y bella como una flor. Inmediatamente salió Baoyu a recibirla con las siguientes palabras:

—Precisamente acabo de llegar de los aposentos de la prima Xifeng, pero allí me dijeron que no podía recibirme; entonces envié a una persona para invitarla.

—Estaba ayudando a su prima a arreglarse el pelo —explicó Pinger—. Por eso no pude salir cuando usted llegó. Pero cuando supe que me había invitado, me sentí tan honrada que he venido especialmente a hacerle un koutou.

—Eso sería un honor excesivo para mí —se rió Baoyu.

Ya Xiren había colocado un asiento para Pinger en el cuarto exterior. Ésta se inclinó ante Baoyu, quien inmediatamente le correspondió haciendo lo mismo. Pinger se inclinó otra vez, y otra vez la imitó Baoyu.

—Haga otra reverencia —dijo Xiren dándole un empujoncito.

—¿Por qué otra? Ya he hecho bastantes.

—Ella ha venido a desearle larga vida —replicó Xiren—, pero resulta que hoy es también el día de su aniversario. Usted también tiene que desearle larga vida.

Gozoso, Baoyu se inclinó de nuevo ante la doncella y exclamó:

—¡Así que también es tu cumpleaños, hermana!

Pinger le devolvió la reverencia inmediatamente, al mismo tiempo que Xiangyun tomaba a Baoqin y a Xiuyan del brazo.

—Mejor será que os paséis el día entero con reverencias y finezas —exclamó.

—¿También es el cumpleaños de la prima Xiuyan? —preguntó Tanchun—. ¿Cómo he podido olvidarlo?

Y ordenó a una doncella:

—Corre y díselo a la señora Lian, y haz que envíen inmediatamente a los aposentos de la señorita Yingchun un juego de regalos como los de la señorita Baoqin.

Cuando la doncella hubo partido con aquel encargo, Xiuyan tuvo que hacer una ronda de visitas protocolarias, ya que Xiangyun había revelado lo de su cumpleaños.

—Esto es bastante curioso —comentó Tanchun—. Cada año tiene doce meses, y en cada mes hay muchos cumpleaños. Como aquí hay tanta gente, algunos coinciden y dos o tres caen el mismo día. Incluso celebramos uno el día de Año Nuevo, el de la hermana mayor. Con razón ha tenido tan buena suerte: su aniversario es el primero que se celebra en esta casa. Ese mismo día se cumple también el aniversario del tatarabuelo. Después de la fiesta de los Faroles viene el de la Anciana Dama y el de la prima Baochai. El primer día del tercer mes es el cumpleaños de la señora; el noveno es el del primo Jia Lian. En el segundo mes no hay ninguno.

—El duodécimo día del segundo mes es el de la señorita Lin —intervino Xiren—. Sólo que ella no es de la familia.

—¡Claro! —se rió Tanchun—. ¿Qué le está pasando a mi memoria?

Baoyu señaló a Xiren.

—Ella y la prima Daiyu cumplen años el mismo día, por eso se acuerda.

—¿El mismo día? —exclamó Tanchun—. ¡Pero si ningún año nos has hecho un koutou! Ni siquiera hemos sabido cuándo es el cumpleaños de Pinger. Acabamos de descubrirlo.

—Nosotras no somos nadie —replicó Pinger—. No tenemos ni la fortuna de ser homenajeadas en nuestro cumpleaños ni el rango necesario para recibir presentes. ¿Para qué andar entonces proclamándolo? Es natural que no digamos nada. Ahora que me han descubierto haré una visita un poco más tarde a cada una de ustedes para presentar mis respetos, señoritas.

—No debemos causarte tantas molestias —se resistió Tanchun—. En realidad lo qué deberíamos hacer es celebrar también tu cumpleaños. Si no lo hacemos así no me sentiré tranquila.

Como Baoyu, Xiangyun y las demás aprobaron aquella idea, Tanchun envió a una doncella para que informara a Xifeng.

—Dile que hemos decidido no permitir a Pinger que vuelva hoy, ya que estamos haciendo una colecta para celebrar su cumpleaños.

La doncella partió sonriente, y un momento después regresó con la respuesta de Xifeng.

—La señora Lian agradece a las señoritas el haberle hecho tanto honor. Quiere saber cómo van a celebrar el aniversario, y dice que si prometen no dejarla a ella fuera de la fiesta no vendrá ahora a importunarlas.

Todos se rieron al oír aquello, y Tanchun dijo:

—Resulta que hoy no están preparando nuestra comida en la cocina del jardín. Están cocinando afuera los fideos de aniversario y otros platos, pero podemos hacer una colecta para que la señora Liu prepare algo aquí mismo.

Todos accedieron.

Entonces Tanchun hizo invitar a Li Wan, Baochai y Daiyu, mientras otra doncella citaba a la señora Liu, a quien se le ordenó que se pusiera manos a la obra inmediatamente y preparara en su cocina un festín que cubriera dos mesas. Eso intrigó a la señora Liu.

—La cocina de afuera lo tiene todo preparado —dijo.

—No comprende —le dijo Tanchun—. Hoy es el cumpleaños de la señorita Pinger. La comida que están preparando la pagarán los de arriba, pero nosotras hemos reunido nuestro propio dinero para hacer una fiesta especial en honor de Pinger. Lo único que tiene que hacer es elegir y preparar unos cuantos platos apetitosos, y traerme la cuenta más tarde.

La señora Liu se echó a reír.

—¿Así que también la señorita Pinger cumple años? No lo sabía.

Y se acercó a Pinger para hacerle un koutou. Después de que ésta se lo impidiera partió a preparar el banquete.

Tanchun ya había invitado a Baoyu para que tomará sus fideos junto a ellas en el salón del Consejo, y apenas llegaron Li Wan y Baochai salieron unas doncellas con el encargo de invitar a la tía Xue y a Daiyu. Como aquel día hacía una temperatura suave y Daiyu se sentía mejor, aceptó la invitación. El salón estaba repleto de gente, colmado de alegres flores y sedas. A esas alturas Xue Ke ya había enviado cuatro regalos de cumpleaños para Baoyu: una bufanda, un abanico, unos perfumes y seda, de modo que Baoyu se acercó a él para comer juntos los fideos. Ambas familias habían preparado sendos banquetes, e intercambiaron regalos. Al mediodía Baoyu bebió unas cuantas copas de vino con Xue Ke, y Baochai se llevó a Baoqin con ella para desearle también larga vida. Después de brindar a la salud de Xue Ke, Baochai le dijo:

—No es preciso enviar manjares a la otra casa. Mejor será pasar por alto todos esos formalismos e invitar a comer a los dependientes de la tienda. Ahora nos vamos al jardín con el primo Baoyu, pues tenemos que ocuparnos de otras personas.

—Queridos primos, os podéis marchar tranquilamente —repuso Xue Ke—. Los dependientes están a punto de llegar.

Entonces Baoyu pidió a su vez ser excusado, y partió a reunirse con las muchachas.

Cuando entraron por la puerta lateral, Baochai ordenó a las mujeres que estaban de guardia que echaran la llave, y luego se la guardó ella misma.

—¿Por qué echas la llave a esta puerta? —preguntó Baoyu—. Casi nadie la usa, pero ahora que la tía y vosotras dos vivís tras ella, sin duda os resultará incómodo tenerla cerrada cada vez que os traigan algo de tu casa.

—Todo cuidado es poco —repuso Baochai—. Últimamente se han producido muchos problemas en tu casa, pero la gente de la nuestra no se ha visto implicada. Eso demuestra las ventajas de mantener cerrada una puerta. Si la dejáramos abierta, todo el mundo atajaría por aquí, ¿y entonces a cuánta gente tendríamos que impedirle el paso? Mejor echar la llave, aunque sea más incómodo para mi madre y para mí. Si no dejamos pasar a nadie, la gente de nuestra casa no se verá en problemas.

—Así que sabías que últimamente se han extraviado algunas cosas… —comentó Baoyu con una sonrisa.

—A ti, las muchachas sólo te han informado del «rocío de Meigui» y de la «escarcha de Fuling» —replicó Baochai—. De no ser por ellas nunca lo hubieras sabido. En realidad se han producido desapariciones mucho más serias que ésas. Será una suerte para todos si no se publica en el exterior; de otro modo quién sabe cuánta gente del jardín se vería implicada. Te cuento todo esto porque tú no prestas atención a las cosas que pasan. El otro día se lo conté también a Pinger. Puesto que es una persona inteligente y su señora no está aquí, me pareció que debía estar al corriente. Si la verdad no se difunde, entonces no tenemos por qué hacer nada; pero si se monta un escándalo, ella habrá sido advertida de antemano y sabrá de qué se trata. De ese modo no perjudicará a gente inocente. Sigue mi consejo y sé más cuidadoso en el futuro. Y no le repitas a nadie lo que acabo de decirte.

En ese momento llegaron al pabellón de la Fragancia que Rezuma, donde una docena de muchachas se entretenía mirando los peces. Entre ellas estaban Xiren, Xiangling, Daishu, Suyun, Qingwen, Sheyue, Fangguan, Ouguan y Ruiguan. Cuando los vieron acercarse dijeron:

—Todo está listo dentro de la empalizada de las Peonías. Dense prisa y vayan al banquete.

Baochai se fue con ellas al jardín Rojo y Fragante, que se encontraba dentro de la empalizada de las Peonías. Allí estaban reunidas todas las damas de la casa, incluida la señora You. Sólo faltaba Pinger.

Resultó que Pinger había salido, pues las familias de Lai Da, Lin Zhixiao y los otros mayordomos habían estado mandando obsequios ininterrumpidamente, y muchos de los sirvientes de primer, segundo y tercer grado habían aparecido por allí con presentes para ofrecer sus felicitaciones. Pinger se dedicó a despachar mensajeros con propinas y agradecimientos, y también a informar a Xifeng de cada caso. Sólo guardó para ella unos cuantos regalos; otros declinó aceptarlos y los demás los pasó inmediatamente a otras personas. Después de dedicarse a eso durante un tiempo, fue a atender a Xifeng mientras ésta comía sus fideos; luego se puso otra ropa y regresó al jardín. Apenas entró aparecieron varias doncellas que venían a buscarla y que la acompañaron hasta el jardín Rojo y Fragante, donde ya se había servido un espléndido festín.

—Ya están aquí todas las estrellas de longevidad[3] —exclamaron las otras entre risas, e insistieron en que las cuatro personas debían ocupar los lugares de honor, aunque esto fue declinado.

La tía Xue declaró:

—Estoy demasiado vieja para alternar con vosotros, y además aquí me siento encerrada. Prefiero reclinarme en la comodidad del salón Consejo. Tampoco puedo comer o beber demasiado, así que os dejaré hacerlo en mi lugar. Eso será lo más conveniente.

En un principio la señora You y los demás no quisieron saber nada de aquella propuesta, pero luego Baochai dijo:

—Está bien. ¿Por qué no dejar que mi madre se recueste en el salón, donde puede descansar? Podemos enviarle cualquier plato que le apetezca. Además, hoy no hay nadie, y ella puede vigilar las cosas de allí.

—En tal caso, vale más la obediencia que el respeto —asintió Tanchun.

Y acompañaron a la tía Xue hasta el salón, dieron instrucciones a las doncellas más jóvenes para que extendieran un colchón, un respaldar y unas almohadas de seda, y luego añadieron:

—Cuidad muy bien a la dama Xue. Dadle un masaje en las piernas, servidle el té y no seáis holgazanas. Más tarde enviaremos comida, y cuando ella haya terminado de comer vosotras podréis acabar con el resto. Pero no se os ocurra abandonar este lugar.

Las jóvenes doncellas prometieron cumplir aquellas órdenes.

Entonces Tanchun y los demás volvieron. Por último lograron que Baoqin y Xiuyan ocuparan los lugares superiores de la primera mesa, con Pinger de cara al oeste y Baoyu de cara al este, mientras Tanchun conseguía que Yuanyang se sentara junto a ella en la parte inferior de la mesa. En el lado oeste de la mesa estaban sentadas Baochai, Daiyu, Xiangyun, Yingchun y Xichun, en ese orden, con Xiangling y Yuchuan al otro lado. La señora You y Li Wan compartieron una tercera mesa con Xiren y Caiyun. En una cuarta estaban sentadas Zijuan, Yinger, Qingwen, Xiaoluo y Siqi.

Cuando todos hubieron ocupado sus lugares, Tanchun quiso hacer un brindis, pero Baoqin y las otras tres se negaron.

—Si empiezas así —objetaron—, nos vamos a pasar todo el día brindando y brindando, y nunca vamos a terminar.

A la vista de lo cual ella no insistió. Entonces dos narradoras se ofrecieron a cantar una balada acorde con la ocasión.

—Aquí nadie quiere escuchar sus locuras —protestaron todos—. Que vayan al salón a entretener a la tía Xue.

Y, eligiendo varios platos, las enviaron al salón.

—Un banquete sin algarabía no es divertido. Juguemos a algún juego de copas —propuso Baoyu.

Las demás se mostraron de acuerdo y sugirieron diversos juegos.

—Escribamos los nombres de los distintos juegos y luego los sortearemos para ver a cuál jugamos —dijo Daiyu.

Aquello fue aprobado por unanimidad, e inmediatamente mandaron traer pincel, tintero y un papel de cartas con flores pintadas.

Xiangling, que había estado aprendiendo a escribir poesía y practicaba diariamente la caligrafía, no pudo resistir la tentación de ofrecerse como amanuense. Mientras los demás iban pensando y nombraban una docena de juegos, ella los iba caligrafiando sobre distintas tiras de papel, que luego se introducían enrolladas dentro de un búcaro. Entonces Tanchun le dijo a Pinger que tomara una de las tiras. Pinger mezcló bien los papeles y sacó uno con su par de palillos. Al desenrollarlo vio que tenía escrito: She-Fu[4].

—Has sacado al antepasado de todos los juegos de copas —dijo Baochai—. Ya se jugaba en la antigüedad, pero las reglas originales se han perdido. Lo que tenemos ahora es una versión tardía, más difícil de jugar que los otros juegos de copas. La mitad de los que estamos aquí no sabríamos, así que mejor será olvidarse de esa tira y buscar un juego que nos venga bien a todos.

—¿Cómo vamos a descartar este juego si ya ha sido elegido? —objetó Tanchun—. Saquemos otra tira del búcaro, y si el segundo juego resulta más fácil y gracioso, entonces las demás pueden jugar a ése mientras nosotros nos dedicamos al primero.

Le dijo a Xiren que volviera a sacar una tira, que resultó ser la del juego de adivinar los dedos.

—¡Ése es sencillo y rápido, y me parece muy bien! —trinó Xiangyun—. No voy a jugar al She-Fu: es demasiado aburrido. Prefiero jugar a acertar los dedos.

—¡Ha roto las reglas! —exclamó Tanchun en ese momento—. Rápido, prima Baochai, oblígala a beber una copa como castigo.

Y Baochai, sin permitir que discutiera la decisión, obligó a Xiangyun a beber una copa.

—Soy yo quien manda en el juego —dijo Tanchun—, así que también beberé una copa. No es preciso que esperéis mi orden. Simplemente obedecedme. Lanzad los dados por turno, empezando por la prima Baoqin. Las dos de entre vosotras que lancen el mismo número, jugarán al She-Fu.

Baoqin lanzó un «tres»; Xiuyan y Baoyu números distintos; y cuando le tocó el turno a Xiangling, lanzó otro «tres».

—Nos limitaremos a buscar lo gracioso entre los objetos de este cuarto —dijo Baoqin—. Si elegimos objetos que no estén aquí no tendremos referencia.

—Correcto —asintió Tanchun—. Quien se equivoque tres veces tendrá que beber una copa. Ahora te toca a ti un Fu y a ella un She.

Baoqin pensó un momento y luego dijo:

—«Viejo».

Xiangling, que no estaba familiarizada con aquel juego, miró a su alrededor sin encontrar nada que contuviera una alusión clásica con la palabra «Viejo». Pero también Xiangyun, al escuchar la clave dada por Baoqin, había empezado a mirar en torno suyo. Al advertir sobre la puerta una cartela con el nombre «Jardín Rojo y Fragante» comprendió que Baoqin estaba pensando en la frase «No soy tan bueno como un viejo jardinero»[5]. Como Xiangling no pudo adivinar la respuesta, y ya estaban tocando el tambor para que se apresurara, le dio un discreto tirón de la manga.

—«Peonía» —susurró.

Daiyu, al advertirlo, gritó:

—¡Castigadla, rápido! ¡Está haciendo trampa!

El juego fue interrumpido y Xiangyun, que se vio obligada a beber otra copa de vino, golpeó enfadada los nudillos de Daiyu con sus palillos. Entonces le tocó también a Xiangling beber una copa como castigo.

Luego fueron Baochai y Tanchun las que lanzaron el mismo número, y Tanchun dio como clave la palabra «Hombre».

—Eso es demasiado genérico —protestó Baochai.

—Entonces añadiré una palabra —dijo Tanchun—. Dos She para un solo Fu no puede considerarse genérico.

Y esta vez dio la palabra «Ventana».

Baochai le dio vueltas y vueltas. Al ver carne de pollo sobre la mesa recordó las alusiones «Gallo-Ventana» y «Gallo-Hombre»[6], y respondió con la palabra «Corral». Tanchun sabía que Baochai había dado con la respuesta y que estaba pensando en la alusión «Los gallos vuelven al corral»[7]. Las dos muchachas sonrieron y bebieron un sorbo de vino.

Entretanto, la impaciente Xiangyun había empezado con el juego de los dedos. Ella y Baoyu gritaban «¡tres!» o «¡cinco!» al azar, mientras la señora You y Yuanyang, que estaban sentadas frente a frente, gritaban unas veces «¡siete!» y otras «¡ocho!». También Pinger y Xiren habían formado pareja y estaban indicando a gritos los números que elegían con los dedos, lo que hacía tintinear sus brazaletes. Xiangyun derrotó a Baoyu, Xiren ganó a Pinger, y la señora You a Yuanyang.

Las tres ganadoras pedían que fueran establecidos el Jiudi y el Jiumian[8], por lo que Xiangyun anunció:

—El Jiumian será que el perdedor cite una frase extraída de un ensayo clásico, un verso clásico, el nombre de una jugada de dominó, otro de una melodía y una frase de almanaque[9]. Todo junto debe formar un poema. El Jiudi será nombrar algún dulce o plato y relacionarlo con alguno de los presentes.

Al oírlo, los demás se rieron.

—Sus castigos son más complicados que los de otra gente, pero de todos modos son divertidos —comentaron, y luego pidieron a Baoyu que contestara de una vez.

—Nunca hemos jugado a esto antes —se quejó—. Dejadme pensar primero.

Daiyu le hizo una oferta:

—Bebe una copa de más y daré la respuesta en tu lugar.

Entonces Baoyu bebió y Daiyu recitó:

Van volando a la par las nubes del crepúsculo y los gansos salvajes.

Se escucha el triste graznar de un ganso salvaje planeando sobre el río barrido por el viento.

Un ganso salvaje con una pata quebrada:

sus gritos colman de dolor los corazones.

Así es el regreso del ganso salvaje[10].

Entre las risas generales, las demás comentaron:

—Qué divertido es este modo de enhebrar versos.

Entonces Daiyu tomó una avellana para cumplir el castigo después de la bebida, y dijo:

Si nada tienen que ver las avellanas con las piedras donde el vecindario lava la ropa,

¿de dónde sale entonces el sonido de las prendas batidas en diez mil hogares[11]?

Una vez cumplidos aquellos castigos, Yuanyang y Piuger, que también habían perdido, recitaron cada una un proverbio alusivo a la longevidad. Pero no es preciso repetirlos aquí.

Siguieron con el juego de los dedos durante un buen rato. Xiangyun jugó contra Baoqin hasta que Li Wan y Xiuyan, que estaban lanzando los dados, sacaron el mismo número. Entonces Li Wan dio la clave «Calabaza».

—«Verde» —respondió Xiuyan, y como la respuesta era correcta ambas sorbieron un poco de vino[12]. A esas alturas Xiangyun ya había perdido en el juego de los dedos y tenía que cumplir un castigo.

—¡Métase en el jarrón, por favor[13]! —bromeó Baoqin.

Los demás, entre risas, exclamaron:

—¡Muy preciso! Y Xiangyun recitó:

Saltando y rugiendo,

hacia el cielo se encrespan las olas fluviales;

Se necesita una cadena de hierro que sujete la barca solitaria al embarcadero

para que no se la lleve el viento que sopla sobre el río.

No conviene emprender un viaje[14].

Entre carcajadas, los demás dijeron:

—¡Es para desternillarse! Con razón inventó ella este castigo. ¡Era para hacernos reír!

Entonces esperaron para escuchar el verso final; pero después de despacharse su vino, Xiangyun se sirvió un trozo de pato. Al hacerlo advirtió que había quedado en el tazón media cabeza. La extrajo y empezó a sorber los sesos.

—No comas —la reprendieron—. Cumple primero tu castigo.

Entonces, blandiendo los palillos, Xiangyun dijo:

Este Yatou no es aquel Yatou[15].

¿Cómo puede su cabeza estar embadurnada con aceite de osmanto?

Las carcajadas aumentaron de intensidad. Qingwen, Xiaoluo, Yinger y las otras doncellas protestaron:

—Señorita Xiangyun, está burlándose de nosotras. Como castigo debe beber una copa. ¿Por qué habríamos de embadurnarnos nosotras con aceite de osmanto? Mejor será que nos dé una botellita de ese aceite a cada una.

Daiyu se rió levemente:

—No le importaría darte una botella si no fuera porque luego podría hacerse sospechosa de robo.

La mayoría de los reunidos no prestó atención al comentario, pero Baoyu comprendió la alusión y agachó la cabeza mientras Caiyun, que tenía mala conciencia, se sonrojó. Baochai le lanzó a Daiyu una mirada de advertencia que hizo lamentar a ésta su indiscreción. Y es que en su ansiedad por fastidiar a Baoyu había olvidado, hasta que fue demasiado tarde, lo sensible que era Caiyun. Entonces cambiaron de tema y volvieron precipitadamente a los juegos para distraer su ánimo.

Baoyu y Baochai tiraron los dados y sacaron el mismo número. Baochai dio la clave «Precioso». Después de pensarlo un poco, Baoyu comprendió que era una alusión juguetona a su jade mágico.

—Te estás burlando de mí, prima, pero yo he adivinado la respuesta —le dijo con una sonrisa—. No te molestes si no respeto el tabú pronunciando tu nombre: Chai.

Le preguntaron qué quería decir y él explicó:

—Cuando ella dijo «Precioso» quiso decir «Jade»; por eso respondí «Horquilla». Hay un viejo poema que contiene el verso «Quebrada está la horquilla de jade, y fría la vela roja»[16]. ¿No es correcta esa respuesta?

—No están permitidas las referencias tomadas al hilo dé lo que se dice —objetó Xiangyun—. Los dos deberíais ser castigados.

—Pero no son sólo referencias circunstanciales —objetó Xiangling—. También hay fuentes clásicas.

—No en el caso de «Precioso Jade» —replicó Xiangyun—. Eso sólo puede ser usado en los pareados de felicitación que se ponen en las puertas por Año Nuevo, pero no lo encontraremos en los libros clásicos. Esto no funciona.

Xiangling insistió:

—El otro día, leyendo los poemas de Cen Jiazhou[17], encontré un verso que decía: «Hay por aquí mucho jade precioso». ¿Cómo puede haberlo olvidado? Y hay otro poema de Li Shangyin donde se dice: «Todos los días se acumula el polvo sobre la preciosa horquilla». En aquel momento advertí que al parecer ambos nombres son de la poesía Tang.

—¡Eso la callará! —se rieron los demás—. ¡Bebe rápido!

Al no obtener respuesta, Xiangyun tuvo que apurar su copa.

Y así siguieron, tirando los dados y jugando a adivinar los dedos. Y como en ausencia de la Anciana Dama y de la dama Wang no había quien los controlara, se divirtieron todo lo que quisieron, gritando «¡tres!» o «¡cuatro!», «¡siete!» u «¡ocho!», y haciendo del salón el escenario de una alegría vivida entre el aleteo de sedas rojas y verdes, y el relumbrar de jades y perlas.

Cuando finalmente concluyó el festín y todos se dispusieron a despedirse, descubrieron que faltaba Xiangyun. Suponiendo que habría ido a hacer alguna necesidad y que pronto regresaría, esperaron y esperaron su vuelta, pero no hubo la menor señal de ella. Entonces emprendieron una búsqueda general que tampoco dio resultado.

En ese momento llegó la esposa de Lin Zhixiao con varias amas viejas que, temerosas de que las jóvenes damas necesitaran algo y de que en ausencia de la dama Wang las doncellas no obedecieran a Tanchun y a las demás, bebiendo a su antojo y comportándose sin dignidad, habían venido a preguntar si hacía falta algo. Tanchun comprendió la razón de aquella visita.

—Así que siguen preocupadas y han venido a echar un vistazo —se rió—. No hemos bebido mucho; simplemente nos estamos divirtiendo con el pretexto de beber unos tragos. Tranquilícense.

Li Wan y la señora You añadieron:

—Vayan a descansar. No se nos ocurriría permitir que bebieran demasiado.

—Ya lo sabemos —respondieron la señora Lin y las demás—. Incluso cuando la Anciana Dama les insiste para que beban, ellas se resisten. Y menos lo harían ahora que la Anciana Dama está ausente. También sabemos que esto es sólo una diversión. Sólo vinimos a ver si necesitaban algo. En esta época los días son largos, y después de pasar tanto tiempo divirtiéndose las jóvenes damas deberían comer algo. Rara vez comen entre horas, pero sería malo que no lo hicieran después de unas cuantas copas de vino.

Tanchun sonrió:

—Tienen razón. Ya estábamos pensando en pedir algo.

Y se volvió para pedir unos pasteles. Las doncellas que estaban a su lado asintieron y partieron rápidamente a buscarlos, mientras Tanchun decía a las viejas:

—Vayan a descansar o a charlar un rato con la dama Xue. Les mandaremos un poco de vino.

La señora Lin y las demás declinaron educadamente la invitación y un momento después se retiraron.

Apenas hubieron partido, Pinger se tocó las mejillas.

—Tengo las mejillas tan calientes que no quise que me vieran la cara —dijo—. Sugiero que nos tranquilicemos para evitar que vuelvan, pues eso sería incómodo.

—No importa —dijo Tanchun—. No habrá problema mientras no nos emborrachemos de verdad.

Mientras hablaba entró sonriendo una joven doncella.

—Vayan rápido y echen una mirada a la señorita Xiangyun —exclamó—. Está borracha y se ha buscado un sitio fresco sobre una banca de piedra detrás del roquedal. Está durmiendo.

Al oír aquello todos se echaron a reír.

—Vayamos sin hacer ruido —dijeron.

Y salieron a mirar. En efecto, encontraron a Xiangyun echada sobre una banca de piedra en un lugar tranquilo, detrás de una montaña artificial. Dormía profundamente y la cubrían unos pétalos de peonía que habían llegado volando para esparcirse, rojos y fragantes, sobre su rostro y su ropa. El abanico se había caído al suelo y también estaba medio enterrado bajo un montón de pétalos, mientras en torno a la muchacha zumbaban abejas y aleteaban mariposas.

Había envuelto unos cuantos pétalos de peonía en su pañuelo para que le sirvieran de almohada. A todos les pareció a la vez dulce y cómica. Cuando se arremolinaron a su alrededor para despertarla, advirtieron que en sueños seguía mascullando versos para cumplir su castigo:

Dulce la fuente, fresco el vino.

Relumbra como ámbar en una copa de jade.

Los brindis duran hasta que se alza la luna sobre los ciruelos,

los borrachos regresan apoyándose unos en otros.

Es conveniente visitar a parientes y amigos[18].

Entre risas, la sacudieron levemente.

—¡Despierta ya! Vamos a cenar. Te pondrás enferma sí sigues durmiendo sobre este banco húmedo.

Xiangyun abrió los ojos lentamente. Vio allí a todos. Luego se miró a sí misma y advirtió que estaba borracha. Había llegado hasta allí buscando tranquilidad y frescor, pero los castigos la habían obligado a beber tanto que había acabado vencida por la somnolencia. Se incorporó; entonces, con cierta timidez, se arregló la ropa y volvió con los demás al jardín Rojo y Fragante, donde se lavó y bebió dos tazas de té fuerte. Tanchun hizo traer «el guijarro que devuelve la sobriedad a los borrachos»[19], para que ella lo chupara. Además le hizo beber un poco dé caldo de ciruelas ácidas cocidas, después de lo cual Xiangyun se sintió mejor.

Luego eligieron unos dulces y platos diversos para enviar a Xifeng, que a cambio les hizo llegar más comida. Cuando Baochai y los demás hubieron comido unos pasteles, algunos se sentaron o se pusieron a pasear por el salón, mientras otros salían a disfrutar de las flores o apoyarse en la balaustrada para contemplar los peces, riendo y charlando o haciendo lo qué les venía en gana. Tanchun y Baoqin jugaron al weiqi mientras Baochai y Xiuyan miraban. Daiyu y Baoyu se enfrascaron en una conversación bajo un árbol cuajado de flores.

En ese momento apareció la esposa de Lin Zhixiao con otras matronas. Venía con ellas una mujer totalmente consternada, que no se atrevió a entrar en el salón y se limitó a arrodillarse al borde de la escalinata para hacer allí su koutou.

Justo entonces una de las posiciones de Tanchun sobre el tablero de weiqi se encontraba amenazada, y, a pesar de que después de luchar bravamente había logrado ganar dos espacios, seguía perdiendo en el juego. Tenía los ojos clavados en el tablero, intensamente concentrada, y con una mano estaba jugueteando con las fichas de la caja. Cuando finalmente se volvió para pedir té y advirtió a la señora Lin, ésta ya llevaba un buen rato parada en aquel lugar. Al preguntarle qué deseaba, la señora Lin señaló a la mujer.

—Es la madre de la pequeña doncella Caier, que trabaja para la señorita Xichun —informó—. Es una de las que cuida el jardín, y una chismosa temible. Acabo de escucharla diciendo algo que no me atrevo a repetir delante de usted, señorita. Pienso que hay que despedirla.

—¿Y por qué no informas de esto a la señora Zhu? —preguntó Tanchun.

—Acabo de encontrármela camino del salón del Consejo. Iba a ver a la dama Xue, y le hablé sobre el asunto. Fue ella quien me envió a verla a usted.

—¿Y por qué no has ido a ver a la señora Lian?

—No es necesario —intervino Pinger—. Ya se lo contaré yo cuando vuelva.

Tanchun asintió con un gesto de cabeza.

—En ese caso dile que se vaya y espera el regreso de la señora para tomar una decisión definitiva.

Dicho lo cual, siguió jugando mientras la señora Lin se llevaba consigo a la mujer.

Daiyu y Baoyu lo habían visto todo a cierta distancia.

—La tercera niña de tu casa es muy inteligente —comentó Daiyu—. A pesar de que la han hecho responsable de la casa entera, nunca se excede en su autoridad. Casi todo el mundo, en su lugar, estaría dándose grandes aires.

—No sabes que durante tu enfermedad ella tomó varias decisiones, encargando a algunas personas el cuidado de diversas partes del jardín, de modo que ahora ya no se puede coger una brizna de hierba de más. También ha cortado viejos abusos tomándonos a Xifeng y a mí como ejemplo. No sólo es inteligente, sino además muy calculadora.

—Tanto mejor —dijo Daiyu—. Esta casa nuestra es demasiado extravagante. A pesar de que no tengo responsabilidades, cuando no tengo nada que hacer y me pongo a calcular las cosas, me doy cuenta de que aquí los gastos superan a los ingresos. Si no se cortan ahora los gastos, vendrá un tiempo en el que no quede nada.

Baoyu se rió:

—No importa. Pase lo que pase, a nosotros dos no nos faltará nada.

Al oír aquello, Daiyu dio media vuelta y se dirigió al salón a encontrarse con Baochai.

También Baoyu estaba a punto de partir, cuando apareció Xiren con una bandeja importada de laca con un doble círculo labrado, y sobre ella dos tazas de té recién hecho.

—¿Adónde se ha ido? —preguntó—. Me di cuenta de que ninguno de ustedes ha bebido té desde hace un buen rato, así que traje dos tazas. Pero veo que ella se ha marchado.

—Está allí; llévasela.

Y diciendo esto tomó una de las tazas. Xiren partió con la otra, y encontró a Daiyu con Baochai.

—Sólo tengo una taza de té —dijo—. La que tenga más sed puede tomarlo primero, y después iré a por otra.

—Ya no tengo sed —respondió Baochai—. Sólo tomaré un sorbito para enjuagarme la boca.

Tomó la taza y apuró media de un sorbo. La mitad restante la entregó a Daiyu.

—Le conseguiré un poco más —se ofreció Xiren.

Pero Daiyu dijo:

—Sabes que a causa de mi enfermedad el médico me ha prohibido beber demasiado té. Esta media taza es suficiente. Gracias por traerla.

Terminó de bebería y la dejó, después de lo cual Xiren fue a recoger la taza de Baoyu, quien le preguntó:

—¿Dónde está Fangguan? No la he visto en todo este tiempo.

Mirando en torno suyo, Xiren respondió:

—Estuvo aquí hace un momento jugando a las hierbas con unas doncellas, pero ya no la veo.

Baoyu se apresuró a volver a sus aposentos, donde encontró a Fangguan sobre la cama, con el rostro vuelto hacia la pared.

—No te duermas —le dijo dándole un empujoncito—. Divirtámonos afuera. Pronto será la hora de cenar.

—Todos estaban bebiendo. Nadie me hacía caso y, como no tenía ninguna ocupación, vine a tenderme aquí —replicó Fangguan.

Baoyu la levantó.

—Más tarde tomaremos otro trago en casa y le diré a la hermana Xiren que te traiga a nuestra mesa para cenar con nosotros. ¿Qué te parece?

—Si estoy yo sola sin Ouguan y Ruiguan, ¿de qué me sirve? Además no me gustan los fideos. Esta mañana no comí bien y tengo hambre, así que le he dicho a la cuñada Liu que me prepare un tazón de sopa y medio tazón de arroz. Voy a cenar aquí. Si esta noche bebemos, nadie podrá impedírmelo: beberé yo también hasta emborracharme. En mi hogar, en los viejos tiempos, llegué a beber hasta dos o tres jin de buen vino de Huiquan, pero cuando me pusieron a aprender ese maldito canto me dijeron que la bebida podía estropearme la voz, así que estos últimos años ni siquiera he olido el vino. Hoy me arriesgaré a romper mi abstinencia.

—Eso no es difícil —dijo él.

Entonces llegó una doncella con una cesta de parte de la señora Liu. Xiaoyan la tomó y la abrió. Luego puso sobre la mesa un tazón de caldo de pollo con albóndigas de camarón, otro de pato al vapor con salsa de vino, uno de ganso salado y otro con cuatro merengues de almendra de pino, así como un gran tazón de arroz verdoso caliente. También acercó encurtidos, tazones y palillos, y llenó de arroz un pequeño tazón.

—¿A quién le puede apetecer cosas tan grasientas? —se quejó Fangguan, echando un poco de sopa sobre el arroz y engullendo un tazón entero con dos trozos de ganso.

A Baoyu aquella cena se le antojó más apetitosa que su dieta habitual, así que se comió un merengue y luego le pidió a Xiaoyan medio tazón de arroz, que devoró y encontró delicioso y, para diversión de ambas muchachas, a su exacta sazón. Cuando hubo terminado, Xiaoyan se preparó para llevarse de vuelta los restos.

—Puedes terminar con todo de una vez —propuso Baoyu—. Y si no hay bastante, pide más.

—No hace falta; tengo bastante —respondió ella—. Hace un rato la hermana Sheyue nos trajo dos platos con pasteles. Si me como esto no necesitaré más.

Y allí, de pie junto a la mesa, terminó con los restos dejando sólo dos merengues, y dijo:

—Estos dos los guardaré para mi madre. Si van a beber esta noche, denme dos tazones.

—Así que también te gusta el vino —exclamó Baoyu—. Entonces espera a que llegue la noche y tendremos una buena ronda de tragos. A tus hermanas Xiren y Qingwen también les gusta la bebida, sólo que por lo general les da vergüenza. Hoy todas podéis interrumpir vuestra abstinencia. Y hay otra cosa que quería deciros, y que recuerdo ahora: en el futuro tenéis que cuidar bien a Fangguan, y si hace algo incorrecto advertírselo. Xiren no tiene tiempo de cuidar a tantas muchachas.

—Lo sé —dijo Xiaoyan—. No se preocupe. Pero ¿qué va a pasar con Wuer?

—Dile a la señora Liu que la envíe mañana mismo. Más adelante informaré de lo que sucede, pero ya será un hecho consumado.

Al oír esto, Fangguan exclamó:

—¡Pues eso sí que es algo importante!

Entretanto, ella quitaría la mesa, entregaría los platos a una criada, se lavaría las manos y acudiría por fin a ver a la señora Liu.

Baoyu emprendió la vuelta al jardín Rojo y Fragante para reunirse con las muchachas; Fangguan fue detrás de él con su pañuelo y su abanico. Al salir por la puerta encontraron a Xiren y a Qingwen, que volvían cogidas de la mano.

—¿Qué hacéis? —les preguntó Baoyu.

—La cena está esperándolo sobre la mesa —dijo Xiren.

Con una sonrisa, Baoyu les contó lo que había comido hacía unos momentos.

—Siempre he dicho que es usted como un gato —se rió Xiren—. No hay cosa que huela que no le guste. La comida de otros le sabe mejor que la propia. Pero será mejor que de todos modos vaya a acompañarlas y haga como que come.

Qingwen tocó con un dedo la frente de Fangguan.

—¡Coqueta! —exclamó—. ¿Cuándo te escabulliste para cenar? ¿Cómo habéis arreglado la cena, vosotros dos? ¿Por qué no nos avisasteis?

—Simplemente coincidieron allí —dijo Xiren conciliadora—. En realidad no lo arreglaron de antemano.

—En ese caso no nos necesita a nosotras —dijo Qingwen—. Mañana partiremos todas y dejaremos a Fangguan para que lo atienda.

Xiren se rió.

—Podemos irnos todas, menos tú.

—Así como soy, floja, estúpida, malhumorada e inútil, debería ser yo la primera en marcharme.

—¿Y si te vas quién zurcirá la capa de pavo real si vuelve a quemarse? —preguntó Xiren—. No me vengas con tonterías. Cuando yo te pido algo, tu ociosidad te impide incluso enhebrar una aguja. Y eso que jamás te pido nada para mí, sino para él; y a pesar de eso te niegas. ¿Cómo fue entonces que cuando yo me marché por unos días y tú caíste enferma llegando prácticamente al umbral de la muerte tuviste fuerzas para zurcirle aquella capa, sin pensar en tu salud? ¿Por qué lo hiciste? ¡Vamos! ¡Habla! No pretendas hacerme creer que no comprendes nada, con esa sonrisa.

Y charlando y charlando llegaron al salón. La tía Xue ya estaba allí, de modo que todos ocuparon sus sitios y empezó la cena. Baoyu; sólo comió medio tazón de arroz empapado en té para acompañarlas. Luego sorbieron té y charlaron o se divirtieron a sus anchas.

Xiaoluo, Xiangling, Fangguan, Ruiguan, Ouguan y Douguan habían recorrido el jardín cogiendo flores, y ahora se sentaron en el suelo con ellas sobre el regazo para jugar a las hierbas.

Una dijo:

—Tengo el sauce de bodhisattva.

—Yo tengo el pino de Luohan[20] —dijo otra.

—Y yo bambú caballero —dijo la tercera.

Otra replicó:

—Tengo plátano belleza.

—Tengo esmeralda estrellada.

—Y yo carmín del mes.

—Yo tengo la peonía de El pabellón de las peonías.

—Y yo el níspero de El romance del laúd[21].

Entonces Douguan dijo:

—Tengo una flor de hermanas.

Y nadie pudo hacer juego. Pero Xiangling dijo:

—Tengo una orquídea de esposos.

—¡Nunca he oído hablar de tal orquídea! —protestó Douguan.

—Un tallo con una flor es la orquídea lan, y un talló con varias flores es la orquídea hui —explicó Xiangling—. Cuando hay flores arriba y abajo, ésa es una orquídea de hermanos; cuando dos flores crecen contiguas, son esposo y esposa. Ésta es así, con dos flores unidas. ¿Cómo puedes negarlo?

Incapaz de refutar sus argumentos, Douguan se incorporó burlona:

—En ese caso, si hay una flor grande y otra pequeña tendría que ser una orquídea de padre e hijo. Dos flores frente a frente serían una orquídea de enemigos. Tu esposo lleva menos de un año ausente, y como tú añoras su presencia inventas una orquídea de esposos. ¡Qué vergüenza!

Sonrojándose, Xiangling se dispuso a arrojarse sobre ella para pellizcarla.

—¡Perra deslenguada! —gritó entre risas—. ¿Pero qué tonterías estás diciendo? ¡Te voy a golpear hasta que mueras!

Al ver que estaba a punto de saltar, Douguan se adelantó rápidamente para detenerla, y se volvió para llamar en su ayuda a Ruiguan y las demás:

—¡Venid, ayudadme a pellizcar su sucia boca!

Y las dos muchachas se echaron a rodar por la hierba, mientras todos reían y aplaudían.

—¡Cuidado! —gritaron—. Allí hay un charco. Sería una lástima que ensuciarais vuestra falda nueva.

Volviéndose, Douguan advirtió que estaban junto a un charco de agua de lluvia que ya había ensuciado media falda de Xiangling. Desconcertada, la soltó y se alejó corriendo. Las otras no pudieron reprimir la risa, pero, temerosas de que Xiangling desahogara su furia contra ellas, también se desbandaron entre risitas.

Xiangling se levantó y empezó a maldecir. Entonces miró hacia abajo y vio que su falda estaba empapada. En ese momento llegó Baoyu con la intención de unirse al juego. Traía hierbas y flores que había cogido por el camino. Al ver que las demás huían a la carrera dejando a Xiangling sola con la cabeza gacha y mirándose la falda, preguntó:

—¿Dónde se han ido?

—Me tocó una orquídea de esposos. Nunca habían oído hablar de algo parecido e insistieron en que yo hacía trampa. Entonces empezamos a darnos manotazos, y ahora mire: he estropeado mi falda nueva.

—Tú tienes una orquídea de esposos, y yo tengo aquí un nenúfar en parejas —repuso él, mostrando el nenúfar y tomando su orquídea.

—Déjese de esposos y de parejas —gruñó ella—. Mire mi falda.

Baoyu se inclinó para mirar y exclamó:

—¡Vaya! ¿Cómo has ido a caer en ese charco? Lástima que esta seda granate muestre tanto la suciedad.

—Esta seda la trajo el otro día la señorita Baoqin. Su prima Baochai se hizo una falda y yo me hice otra, que hoy me había puesto por primera vez.

Baoyu dio una patada en el suelo.

—Tu familia puede permitirse estropear cien faldas como ésa todos los días. Sólo que ésta te la regaló la señorita Baoqin, y tú y la prima Baochai tenéis una cada una; si la de ella sigue limpia y la tuya ya está sucia, pensarán que eres una desagradecida. Además, mi querida tía es muy pesada. Incluso cuando has sido cuidadosa le he oído comentar que eres mala administradora y que no sabes ahorrar, sólo gastar y gastar. Si ve esto, nunca dejará de fastidiarte.

Su comprensión complació y sorprendió a Xiangling, que respondió:

—Precisamente tengo varias faldas nuevas, pero ninguna como ésta. Si tuviera una, me la pondría inmediatamente y las cosas irían bien por el momento.

—Mejor será que no te muevas de aquí —le advirtió Baoyu—. Quédate donde estás, o mancharás de barro también tu ropa interior y tus zapatos. Tengo una idea. El mes pasado Xiren se hizo una falda exactamente igual que ésta, pero como está de duelo no la usa. ¿Por qué no dejas que ella te dé la suya?

Xiangling sonrió y sacudió la cabeza.

—No, si los demás se enteran será peor.

—¿Y eso qué importaría? Cuando termine su hito tú puedes darle cualquier cosa que ella quiera, ¿no es cierto? No te estás comportando como de costumbre. Además, esto no es ningún secreto; se lo puedes contar a la prima Baochai. Simplemente pretendemos que mi querida tía no se moleste, ¿verdad?

Xiangling consideró que él tenía razón. Asintió con un gesto de cabeza y dijo:

—De acuerdo entonces. Para mostrarle mi gratitud esperaré aquí. Pero asegúrese de que la traiga ella misma.

Aquello deleitó a Baoyu, que asintió a su vez y se alejó con la cabeza agachada musitando: «Pobre muchacha, sin padres, sin conocer siquiera el apellido de su familia después de haber sido secuestrada y vendida a este Tirano Tonto». Entonces pensó: «Lo que hice la otra vez por Pinger fue inesperado; ésta es una sorpresa todavía más agradable». Y fue así como se entregó tontamente a las divagaciones hasta encontrarse de vuelta en su cuarto explicándole la situación a Xiren. Como Xiangling era muy querida por todos y la generosa Xiren era muy buena amiga suya, apenas supo lo que pasaba abrió su arcón, tomó la falda, la dobló y salió con Baoyu a encontrarse con Xiangling, que seguía en el mismo lugar.

—Siempre he dicho que eres una traviesa —dijo para fastidiarla—; tan traviesa como para meterte en un lío así.

Xiangling se turbó y dijo:

—Gracias, hermana. Nunca pensé que esos duendes malignos me jugarían tan mala pasada.

Cuando desdobló la falda vio que era idéntica a la suya. Obligó a Baoyu a mirar hacia otro lado y, de espaldas a él, se quitó la suya y se puso la limpia.

—Dame la sucia para llevármela de vuelta —dijo Xiren—. Haré que la limpien y que te la devuelvan. Si te la llevas tú pueden verla y hacerte preguntas.

—Tómala y entrégala a una de las muchachas. Ahora que tengo ésta ya no la necesito.

—Muy generoso de tu parte —dijo Xiren.

Entonces Xiangling hizo una reverencia de agradecimiento, y Xiren partió con la falda deteriorada.

Xiangling advirtió que Baoyu estaba de cuclillas hurgando en el suelo con un palito para hacer un hueco en el que enterrar juntos la orquídea y el nenúfar. Primero cubrió el fondo del agujero con pétalos caídos, puso encima las flores, las cubrió con más pétalos y volvió a cubrirlo todo con tierra.

Xiangling le tomó la mano diciéndole:

—¿En qué piensa? Con razón dice la gente que anda siempre con argucias. Mire, tiene las manos sucias de barro. Vaya a lavárselas, pronto.

El muchacho se levantó sonriendo y partió a lavarse las manos; Xiangling también se alejó. Pero ninguno de los dos había avanzado mucho cuando ella se volvió y lo detuvo. Como desconocía el motivo, Baoyu se volvió sonriendo, sosteniendo en alto sus manos embarradas.

—¿Qué sucede? —preguntó.

Pero Xiangling simplemente se echó a reír. Entonces apareció su joven doncella Zhener.

—La señorita Baoqin quiere verla —dijo.

Xiangling dijo a Baoyu:

—No le digas a tu primo Pan nada sobre la falda.

Dicho lo cual giró sobre sus talones y se fue.

Baoyu, mientras ella se alejaba, le dijo entre risas:

—¿Piensas que estoy loco? ¿Por qué habría de meter la cabeza en la boca del tigre?

Y volvió a sus aposentos para lavarse.

Para saber qué sucedió más tarde, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LXIII

En el patio Rojo y Alegre, las bellezas festejan

el cumpleaños de Baoyu con un banquete nocturno.

Jia Jing muere al tomar un elixir y una belleza organiza

sin ayuda los funerales de su suegro.

Regresó Baoyu a su cuarto para lavarse las manos, y le dijo a Xiren:

—Esta noche dejaremos de lado las ceremonias, y beberemos y nos divertiremos a nuestras anchas. Hay que avisar con tiempo a la cocina para que estén listos los platos que más nos apetezcan.

—Descuide —contestó ella—. Qingwen, Sheyue, Qiuwen y yo misma hemos puesto medio tael de plata cada una, lo que hace un total de dos taeles; Fangguan, Bihen, Xiaoyan y Sier han aportado treinta centavos por cabeza. Así que, sin contar a las que no están aquí, hemos conseguido reunir tres taeles con veinte centavos que ya hemos entregado a la cuñada Liu. Ahora mismo está preparando cuarenta platos distintos. También he hablado con Pinger para conseguir un jarrón de licor de Shaoxing de primera calidad que hemos escondido. Entre nosotras ocho le ofreceremos una fiesta de cumpleaños.

Gustó mucho a Baoyu lo que la doncella le decía, pero se consideró obligado a objetar:

—¿Cómo pueden ellas permitirse ese gasto? No has debido obligarlas a que pusieran dinero para mi fiesta de aniversario.

—¿Acaso tenemos nosotras más dinero que ellas? —repuso Qingwen—. Lo hacemos por mostrar nuestros sentimientos. ¿Qué más da si les resulta excesivo? Aunque fuera dinero robado, usted no tendría más remedio que aceptarlo.

—De acuerdo, de acuerdo —concluyó Baoyu.

—Se diría que no se queda tranquilo hasta que esta parlanchina no le ha dado un par de lecciones —se rió Xiren.

—Tú también estás aprendiendo malas mañas —le replicó Qingwen—. ¡Siempre metiendo a los demás en líos!

Y los tres se echaron a reír, después de lo cual Baoyu propuso echar la llave a la puerta del patio. Pero Xiren objetó:

—Con razón dice la gente que es usted un ocioso atareado. Echar ahora la llave a la puerta sólo servirá para despertar sospechas. Lo mejor será esperar un poco.

—En ese caso daré un paseo mientras Sier trae agua —dijo Baoyu asintiendo con un gesto de cabeza—. Que me acompañe Xiaoyan.

Salió, y como no había por allí oídos indiscretos preguntó a la muchacha cuándo llegaría Wuer.

—Ya se lo dije a la señora Liu y se puso muy contenta con su venida —le informó Xiaoyan—, pero como Wuer se puso tan nerviosa aquella noche en que las comadres la trataron tan injustamente, apenas volvió a su casa cayó enferma de nuevo. No podrá venir hasta que haya mejorado.

Baoyu exhaló un suspiro de desilusión.

—¿Lo sabe Xiren? —preguntó:

—Yo no se lo he dicho, pero quizá se lo haya dicho Fangguan.

—Pues yo tampoco le he dicho nada. Pero no tiene importancia; se lo diré ahora.

Y volvió a entrar, con el pretexto de lavarse otra vez las manos.

Cuando llegó la hora de encender las lámparas, oyeron que alguien se acercaba a la puerta del patio. Miraron por el ojo de la cerradura y vieron llegar a la señora Lin acompañada por unas cuantas esposas de mayordomos; una de ellas abría la marcha acarreando un gran farol.

—Están haciendo la ronda nocturna —susurró Qingwen—. En cuanto se hayan ido podremos echar la llave a la puerta.

Todas las criadas de guardia aquella noche en el patio Rojo y Alegre salieron al encuentro de las recién llegadas. Después de cerciorarse de que estaban todas presentes, la señora Lin les dijo en tono de advertencia:

—Y nada de jugar o beber, y sobre todo, ¡nada de dormir! Si me entero de que me desobedecéis vais a saber quién soy yo.

—¿Quién se atrevería a desobedecerla? —le respondieron entre risas.

Entonces la señora Lin preguntó:

—¿Ya está en la cama el señor Bao?

Como le respondieron que no lo sabían, Xiren, en el cuarto de adentro, dio un pequeño empujón a Baoyu para que se pusiera las pantuflas y saliera a saludarlas.

—No, todavía no estoy en cama —dijo él alzando la voz—. Pase y descanse un rato.

Y ordenó:

—Xiren, sirve té.

Entonces la señora Lin entró con una sonrisa en los labios.

—¿Aún no se ha acostado? Ahora los días son largos y las noches cortas. Debería irse temprano a la cama para poder levantarse mañana a primera hora. De otro modo se quedará dormido y la gente se burlará diciendo que su conducta no es la de un joven caballero estudioso sino la de un ordinario mozo de cuerda.

Dicho lo cual se echó a reír.

—Tiene razón, amita —convino inmediatamente Baoyu—. Generalmente me acuesto temprano; tan temprano que no las oigo llegar porque estoy dormido. Pero hoy comí fideos y temí que me diera un corte de digestión si me acostaba; por eso me he quedado despierto un poco más.

La señora Lin aconsejó a Xiren y a Qingwen que le hicieran una infusión de té Puer[1].

—Le hemos hecho té Nüer[2] y se ha bebido dos tazones. ¿Quiere probar un poco, señora? —le respondieron—. Ya está hecho.

Qingwen sirvió una taza mientras la señora Lin comentaba:

—Me he dado cuenta de que últimamente el segundo señor os llama a todas por vuestros nombres. Pero aunque trabajéis aquí, pertenecéis a Sus Señorías, de modo que él debería mostrar más respeto por sus mayores. No es grave que utilice de vez en cuando vuestros nombres; pero si eso llega a convertirse en hábito sus primos y sobrinos seguirán su ejemplo y la gente se reirá de nosotros diciendo que en esta casa no respetamos a los mayores.

—Tiene razón, amita —convino de nuevo Baoyu—. En realidad sólo lo hago de vez en cuando. Dos muchachas terciaron con una sonrisa:

—Tiene que ser justa con él. Hasta ahora nos sigue llamando «hermanas mayores». Utiliza nuestros nombres sólo ocasionalmente y siempre en broma. Ante los demás se dirige a nosotras como antes.

—Eso está bien —aprobó la señora Lin—. Así es como debe portarse la gente con educación y buenos modales. Cuanto más modesto se es, más respeto se inspira. No sólo los miembros más antiguos del servicio o aquellos que proceden de los aposentos de Sus Señorías, sino también los perros y gatos de este lugar deberían ser tratados con respeto. Así es como debe comportarse un joven caballero bien educado.

Y apurando su té añadió:

—Ahora tengo que partir. Buenas noches.

Baoyu le insistió para que se quedaran un rato, pero ya la señora Lin había echado a andar seguida de su escolta a terminar su ronda. Inmediatamente, Qingwen y las demás ordenaron que la puerta fuera cerrada con llave. Al volver Qingwen dijo:

—Esa señorona debe haber tomado una copa por el camino. ¡Menuda charlatana! No se ha ido hasta que ha terminado de echarnos una reprimenda.

—En todo caso lo hace con la mejor intención —comentó Sheyue a la vez que empezaba a poner la mesa—. De vez en cuando nos tiene que recordar que no debemos propasarnos.

—No necesitamos esa mesa tan alta —intervino Xiren—. Pongamos encima del kang esa mesita baja de madera de peral. Allí cabemos todos y estaremos más cómodos.

Entonces trajeron la mesa y Sheyue, ayudada por Sier, puso los platos haciendo cuatro o cinco viajes con dos grandes bandejas. Entretanto, dos viejas calentaban el licor en cuclillas junto al brasero.

—Aquí hace tanto calor que podemos quitarnos la ropa de abrigo —sugirió Baoyu.

—Quítesela usted si quiere. Nosotras tenemos que bajar del kang para brindar por turnos.

—Si lo hacéis así, nos pasaremos aquí toda la noche —objetó él—. Sabéis bien cuánto me desagradan esas convenciones tan vulgares. Quizás haya que respetarlas ante extraños, pero no está bien que precisamente vosotras me provoquéis haciendo genuflexiones ante mí.

—Se hará lo que usted diga —asintieron.

Así que, antes de tomar asiento, se despojaron de sus prendas de abrigo y pronto también de sus túnicas y abalorios, se hicieron un moño y se cubrieron únicamente con sus largas faldas y sus corpiños. El propio Baoyu se despojó de toda su ropa, salvo una chaqueta de lino escarlata y unos pantalones de satén verde con pequeñas borlas, dejando sueltas las bocas de las perneras. Apoyado en un cojín de gasa color jade relleno de pétalos frescos de rosa y peonía, empezó a jugar con Fangguan a adivinar los dedos. Fangguan, que también se había quejado del calor, sólo llevaba una escueta chaqueta de satén forrado, con parches cuadrados, rojos, azules y verde-jade, una faja verde y pantalones rosados con motivos florales. También había soltado las bocas de sus perneras. Se había peinado el cabello haciéndose pequeñas trencitas que se unían en la parte superior de la cabeza formando una gruesa trenza que le caía por la espalda. Llevaba en la oreja derecha un punto de jade no mayor que un grano de arroz, y sobre la izquierda un arete de rubí engastado en oro del tamaño de un fruto de gingbo, que daba a su rostro una blancura como la de la luna llena, y a sus pupilas una claridad mayor que la del agua en otoño.

—¡Pero si parecen gemelos! —se rieron los demás.

Una tras otra, Xiren y las demás trajeron sus copas.

—Esperen un poco antes de comenzar a adivinarse los dedos —dijeron—. Aunque no respetemos los brindis habituales, debe tomar un sorbo de nuestras copas.

Xiren acercó la primera copa a los labios de Baoyu y éste tomó un sorbo; luego lo hicieron las demás. Por fin, todos se sentaron en círculo. Como no había suficiente espacio sobre el kang, Xiaoyan y Sier arrimaron dos sillas. Los cuarenta platos de porcelana blanca del Horno Ding, platitos en realidad, contenían toda clase de manjares de la tierra y del mar, frescos o secos, procedentes de todos los rincones del imperio y de países extranjeros. Entonces Baoyu propuso un juego de bebida.

—Pero que sea tranquilo, no demasiado bullicioso —recomendó Xiren—; no vaya a oírnos alguien. Y que tampoco sea muy literario: nosotras no somos letradas.

—¿Qué os parece el juego de dados «Disputando el rojo»[3]? —dijo Sheyue.

—Ése no es divertido —replicó Baoyu—. Mejor el juego de las flores.

—¡Sí, eso es! —exclamó Qingwen—. Siempre he querido jugar a las flores.

—Es un buen juego —asintió Xiren—, pero si se juega entre pocos resulta aburrido.

—Tengo una idea —intervino alegremente Xiaoyan—. ¿Por qué no invitamos discretamente a las señoritas Baochai y Daiyu para que vengan a jugar un rato? No importará si nos quedamos despiertas hasta la segunda vigilia.

—Si abrimos la puerta y empezamos a hacer ruido por todo el jardín acabaremos por toparnos con la guardia nocturna —señaló Xiren.

—No temas —dijo Baoyu—. A mi tercera hermana también le gusta beber; deberíamos llamarla. Y también a la señorita Baoqin.

—No. A la señorita Baoqin no —se resistieron algunas—. Está con la señora Zhu. Sería muy escandaloso.

—No importa, corred a invitarlas —insistió Baoyu.

Fangguan.

Gai Qi (edición de 1789).

Xiaoyan y Sier, que habían estado esperando aquella orden, pidieron inmediatamente que abrieran la puerta y partieron a los diversos aposentos.

—No podrán conseguir que vengan las señoritas Baochai y Daiyu —vaticinaron las doncellas mayores—. Tendremos que ir nosotras y traerlas a la fuerza.

Pidieron a una de las viejas que trajera un farol, y Xiren, acompañada de Qingwen, salió tras los pasos de las otras dos.

Y en efecto, Baochai objetó que ya era tarde, mientras que Daiyu se excusó amparándose en su mala salud; pero las dos doncellas les suplicaron:

—Déjennos mantener un poco de nuestro prestigio de doncellas de confianza. Sólo tienen que estar calladas y sentarse allí un rato.

En cuanto a Tanchun, tenía muchas ganas de ir pero pensó que Li Wan no había sido invitada, y si más adelante llegaba a enterarse tendría problemas; por eso dijo a Cuimo y a Xiaoyan que insistieran para que Li Wan y Baoqin también fueran invitadas. Por fin, fueron llegando una a una al patio Rojo y Alegre, adonde también había llegado Xiangling, arrastrada por Xiren. Para que todas pudieran sentarse hubo que colocar otra mesita sobre el kang.

—La prima Daiyu tiene frío —dijo Baoyu—. Prima, ven y siéntate junto a la pared de tablas, que se está más calentito.

Y le dieron un cojín para que se lo pusiera en la espalda, mientras Xiren y las otras doncellas se acomodaban en las sillas junto al kang.

Apoyada contra la pared, a cierta distancia de la mesa, Daiyu se dedicó a bromear con Baochai, Li Wan y Tanchun:

—Siempre estáis echando en cara a la gente que beba y juegue por la noche. ¿No es precisamente eso lo que estamos haciendo ahora? ¿Cómo podremos criticar a los demás en el futuro?

—No importa —repuso Li Wan—, siempre que nos limitemos a los cumpleaños y fiestas, y no lo hagamos todas las noches.

Mientras hablaba llegó Qingwen con una cajita de bambú tallado que contenía fichas de marfil con nombres de flores. Sacudiéndola, la colocó en el centro. Además, trajo dados y los metió en un cubilete de bambú. Lo agitó para ver quién abría el juego, y al destaparlo vio que los dados indicaban el número cinco. Empezó a contar a partir de sí misma, y como Baochai era la quinta le tocó a ella comenzar.

—Jugaré con una ficha —dijo—. Me pregunto qué me tocará.

Tras sacudir el cubilete de bambú tomó una ficha sobre la que vieron dibujada una peonía con las palabras «Belleza que supera a la de cualquier flor». Inscrito debajo en caracteres más pequeños, el verso Tang: «No tiene corazón, tan insensible, pero su encanto es conmovedor»[4]. Las instrucciones decían: «Todos los reunidos deben beber una copa como felicitación, pues esta jugadora es la reina de las flores. Ella puede ordenarle a cualquiera que recite un poema o cuente un chiste que anime los tragos».

—¡Qué coincidencia! —exclamaron entre risas—. La peonía es precisamente tu flor.

Y bebieron sendas copas.

Después de beber, Baochai, siguiendo las instrucciones, decretó:

—Que Fangguan nos cante una canción.

—Para eso todo el mundo debe apurar sus copas —replicó Fangguan.

Cuando todos lo hubieron hecho, Fangguan empezó a cantar La fiesta del cumpleaños se celebra en una bella estación.

—¡Esa canción no! —protestaron los demás—. Ahora no nos interesa que lo felicites a él por su cumpleaños. Cántanos la canción más bonita que sepas.

Entonces Fangguan tuvo que interpretar esmeradamente un poema compuesto sobre la melodía Hora de contemplar las flores[5]:

Mi escoba está hecha con las plumas verdes de un fénix.

Despacio, barro con ella las puertas del cielo.

Ved el polvo de jade que arremolina el viento[6],

y una nube repentina bajando a puertas tan lejanas.

No vuelvas a errar el tajo contra el Dragón Amarillo[7],

ni visites al viejo de Donglin[8].

Vuelve la mirada hacia las nubes rojas.

¡Oh, hermano, regresa pronto con alguien que barra por mí!

Si tardas, sufriré eternamente junto a las flores del durazno[9].

Con una ficha de marfil en la mano, Baoyu, mientras miraba cantar a Fangguan con aire pensativo, no había dejado de susurrar: «No tiene corazón, tan insensible; pero su encanto es conmovedor». Xiangyun, con un gesto brusco, le arrancó la ficha de los dedos y la entregó a Baochai para que jugara. Ésta sacó un «dieciséis», y llegó el turno de Tanchun.

—Me pregunto qué me tocará —dijo ésta con una sonrisa; Pero al sacar la ficha del cubilete y mirarla, la arrojó rápidamente al suelo.

—No deberíamos jugar a esto —declaró turbada—. Es un juego para esos hombres del exterior, una tontería sin sentido.

Ya estaban los demás preguntándose qué quería decir, cuando Xiren, recogiendo la ficha, la sostuvo en alto para que todos la vieran. Bajo el dibujo de una flor de albaricoque había, en rojo, una inscripción: «Hada flor del paraíso» y, el verso: «Al lado del sol, el rojo albaricoquero hunde sus raíces apoyándose en las nubes»[10]. Las instrucciones decían: «A quien le toque esta ficha tendrá un noble esposo. Los jugadores deben beber a su salud, y luego beber otra copa todos juntos».

—¿Eso es todo? —se rieron—. Éste es un juego para los aposentos interiores. Aparte de un par de fichas con inscripciones como ésa, no contiene nada impropio. ¿Qué importancia tiene? En nuestra familia ya hay una consorte imperial, quizás tú seas la siguiente. ¡Enhorabuena!

Y todos alzaron sus copas. Pero Tanchun se resistió a hacer aquel brindis, hasta que Xiangyun, Xiangling y Li Wan la obligaron. Cuando protestó diciendo: «Dejemos este juego y empecemos otro», los demás se negaron, y Xiangyun, agarrándole la mano, la obligó a lanzar los dados. Como salió el número «diecinueve», le tocó jugar a Li Wan, quien tomó el cubilete, extrajo una ficha y sonrió al ver de qué se trataba.

—¡Excelente! —dijo complacida—. Mirad lo que me ha tocado. Es muy divertido.

Vieron el dibujo de un añoso ciruelo con la inscripción: «Fría belleza bajo la escarchada aurora», y el verso: «Feliz dé estar junto a la cerca de bambú y la techada cabaña»[11]. Las instrucciones eran: «Quien obtenga esta ficha ha de beber una copa, y quien tenga el siguiente turno ha de lanzar los dados».

—Eso está bien. Seguid lanzando mientras yo bebo sin preocuparme de cómo os va a los demás.

Apuró su copa y pasó los dados a Daiyu, quien lanzó el número «dieciocho», tras lo cual se dispuso a jugar Xiangyun. Ésta se subió las mangas para sacar su ficha, que lucía el dibujo de una flor de manzano silvestre con la inscripción: «En las profundidades de un sueño fragante», y el verso: «Ya es muy tarde y temo que la flor se quede dormida»[12].

Daiyu se burló:

—«Ya es muy tarde» podría cambiarse por «en la piedra tan fría».

Todos se rieron, pues sabían que se estaba refiriendo a cómo Xiangyun se había quedado aquel día dormida sobre una piedra.

Xiangyun, entre risitas, señaló el barco de juguete y se dispuso a replicar:

—¡Corre! ¡Vete en ese barco y deja de decir tonterías!

Y entre nuevos estallidos de risa leyeron las instrucciones: «Como el jugador se encuentra en las profundidades de un sueño fragante y no puede beber, deben hacerlo en su lugar las dos personas que tenga a su lado».

Xiangyun aplaudió.

—¡Santo Buda! ¡Ésta sí que es una buena ficha!

Sucede que las dos personas que había a su lado eran Daiyu y Baoyu, quienes tuvieron que llenar obligadamente sus copas. Primero Baoyu apuró media copa, y como nadie lo estaba mirando pasó la otra media a Fangguan, que se acercó discretamente la copa a los labios y terminó de bebería. En cuanto a Daiyu, en un momento de descuido vertió el contenido de la suya en una batea mientras conversaba con las demás. Xiangyun lanzó un «nueve», y tocó jugar a Sheyue, cuya ficha mostró una rosa, la inscripción «Esplendor de la primavera» y el verso «Cuando florece el Tumi se marchitan las flores de primavera»[13]. Debajo había escrito: «Cada participante en el banquete debe apurar tres copas para despedir a la primavera».

Cuando Sheyue preguntó qué había escrito allí, Baoyu frunció el ceño y ocultó la ficha diciendo:

—Todos debemos beber.

De modo que tomaron tres sorbos cada uno para simbolizar las tres copas.

Entonces Sheyue lanzó un «diecinueve» y pasó la vez a Xiangling, quien sacó un dibujo de dos flores sobre un tallo con la inscripción «Unida a la primavera y abrazada por la fortuna», y el verso «Sobre un mismo tallo, dos flores forman una pareja»[14]. Las instrucciones rezaban: «Todos han de felicitar al que saque esta ficha, que beberá tres copas, y una más cada uno».

Xiangling lanzó un «seis» y fue el turno de Daiyu. «Espero que me toque algo bueno», pensó mientras sacaba la ficha. Ésta mostró una flor de hibisco con la inscripción «Silenciosa y triste entre viento y rocío», y el verso «Cúlpate a ti misma, no al viento del este»[15]. Las instrucciones decían: «El hibisco y la peonía han de beber sendas copas».

—¡Formidable! —exclamaron los demás—. Es la única de nosotras digna de ser comparada con un hibisco.

Daiyu sonrió mientras bebía y luego lanzó un «veinte» que pasó el turno a Xiren.

Xiren sacó el dibujo de una flor de durazno con la leyenda «Paisaje exótico en Wuling»[16], y el verso «Otra primavera vuelve y rojo el durazno florece»[17]. Las instrucciones rezaban: «Las flores de albaricoque, así como todos aquellos nacidos en el mismo año, en el mismo día, y que lleven el mismo apellido deben beber una copa».

—¡Qué juego tan divertido! —exclamaron los demás.

Haciendo cuentas, descubrieron que Xiangling, Qingwen y Baochai eran de la misma edad que Xiren, y que el cumpleaños de Daiyu caía en el mismo día, pero no se les ocurrió nadie con el mismo apellido hasta que Fangguan dijo:

—Mi apellido es Hua. Yo beberé con ella.

Mientras llenaban las copas, Daiyu le comentó a Tanchun:

—Tú eres la flor de albaricoque, destinada a un noble marido. Así que bebe de una vez y nosotros te imitaremos.

—¡No digas sandeces! —replicó Tanchun—. Cuñada, dale una bofetada.

—Ni siquiera tiene un esposo noble y quieres que le pegue… —se burló Li Wan—. No, no puedo hacerlo.

Al oír aquello todos se echaron a reír.

Ya se aprestaba Xiren a lanzar los dados cuando en eso oyeron a alguien junto a la puerta. Una de las viejas fue a ver quién era y descubrió que se trataba de una doncella enviada por la tía Xue para llevarse de vuelta a Daiyu.

—¿Qué hora es? —preguntaron los reunidos.

—Ya ha pasado la segunda guardia —les informó la doncella—. El reloj acaba de dar las once.

Baoyu no pudo creer que fuera tan tarde, pero Cuando pidió su reloj vio que marcaba las once y diez.

—Ya no puedo más —dijo Daiyu incorporándose—. Además tengo que tomar unas medicinas en cuanto vuelva.

Todos coincidieron en que ya era hora de separarse, así que cuando Xiren y Baoyu trataron de retenerlos, Li Wan y Baochai se resistieron.

—No está bien que nos quedemos hasta tan tarde. Ya hemos incumplido las reglas viniendo aquí.

—En ese caso —dijo Xiren—, bebamos cada uno una última copa.

Qingwen y las demás llenaron las copas, y después de beberlas mandaron traer faroles. Tras acompañar a los visitantes hasta el otro lado del arroyo, más allá del pabellón de la Fragancia que Rezuma, Xiren y las demás regresaron y echaron la llave a la puerta para continuar con su juego. Asimismo llenaron varias copas grandes y seleccionaron varios platos para las viejas sirvientas que los atendían. Y como ya estaban algo achispados, jugaron a adivinar los dedos. Los perdedores fueron obligados a cantar melodías populares. Hacia la cuarta vigilia el jarrón estaba vacío; y es que, además de beberse su parte, las viejas habían robado más licor a escondidas. Cuando los del banquete descubrieron sorprendidos que se había terminado el licor, despejaron la mesa, se lavaron y se dispusieron a dormir.

Después de beber tanto, Fangguan tenía las mejillas rojas como el colorete, lo cual le daba una apariencia todavía más encantadora. Incapaz de sostenerse sola, buscó el apoyo de Xiren.

—Hermana querida —murmuró—, ¡qué rápido late mi corazón!

—¿Quién te manda beber tanto? —le replicó Xiren.

Xiaoyan y Sier, que también se sentían mareadas, ya estaban en la cama. Sólo Qingwen intentaba todavía que se levantaran.

—¿Para qué levantarlas si de todos modos debemos descansar un poco?

Dicho lo, cual se reclinó en su almohada de fragantes pétalos rojos, se acurrucó y cayó dormida.

Xiren temió que, con la borrachera, Fangguan se sintiera mal cuando pasara un rato, así que la ayudó con toda tranquilidad a echarse junto a Baoyu, y luego se dejó caer ella misma en un diván. Por fin todos quedaron dormidos, ajenos a cuanto les rodeaba.

Cuando Xiren volvió a abrir los ojos ya estaba el día bien entrado.

—¡Qué tarde es! —exclamó.

Vio que Fangguan seguía durmiendo al borde del kang y se levantó rápidamente para despertarla. Para entonces Baoyu ya se había dado la vuelta y se había despertado.

—¡Es tardísimo! —exclamó riendo y dándole a Fangguan un empujoncito para que se levantara.

Fangguan se incorporó somnolienta y frotándose los ojos.

—¿No te da vergüenza? —exclamó Xiren—. ¿Tan borracha estabas que ni siquiera te preocupaste de dónde te echabas a dormir?

Fangguan miró a su alrededor y al advertir que había compartido la cama con Baoyu se levantó de un salto.

—¿Cómo es posible que no me acuerde de nada? —exclamó entre risas.

—Igual me pasa a mí —replicó Baoyu—. De haberlo sabido te habría pintado la cara con tinta.

En ese momento entraron unas doncellas jóvenes para ayudarlos con el aseo.

—Ayer os causé muchas molestias —declaró Baoyu—. Esta noche, para compensaros, os daré una fiesta.

—No, ya no debemos armar más escándalos o la gente empezará a quejarse —dijo Xiren.

—¿Y qué nos importa a nosotros? —replicó él—. Sólo serán dos veces. Además, si hemos logrado acabar con todo un jarrón de licor, eso quiere decir que somos buenos bebedores. Anoche se acabó la bebida justo cuando empezábamos a estar animados.

—Menos mal —insistió Xiren—. Si hubiéramos bebido hasta saciarnos, hoy no nos reiríamos. Ayer nos fue bien a todos, y hasta Qingwen perdió su timidez. Me parece recordar que incluso cantó una canción.

—Pero, hermana, ¿has olvidado qué tú también cantaste una? —le preguntó Sier—. Todos cantamos.

Entonces todas se sonrojaron, ocultando el rostro entre las manos y estremeciéndose de risa. En eso entró Pinger, que anunció jubilosa:

—He venido personalmente para invitar a los de la fiesta de anoche. Hoy invito yo. Debéis venir todos.

Le pidieron que se sentara y bebiera un poco de té.

—Lástima que no estuviera aquí anoche —comentó Qingwen.

—¿Qué hicisteis anoche? —preguntó ella.

—No podemos decírtelo —respondió Xiren—. Nos divertimos mucho más que en los tiempos en que Sus Señorías hacían fiestas. Nos bebimos todo el jarrón de licor; bebimos tanto que olvidamos la vergüenza y cantamos todos, uno tras otro. ¡Realmente nos soltamos el pelo! Al final, ya pasada la cuarta vigilia nos tiramos por todas partes para dormir la mona.

—¡Qué buena gente! —exclamó Pinger—. Me piden el vino pero no me invitan, y luego me lo cuentan todo para darme envidia.

—Él dará esta noche otra fiesta y seguro que te invita —le aseguró Qingwen—. Sólo tienes que esperar.

—¿Él? ¿Quién es él? —preguntó Pinger inmediatamente con una sonrisa.

Qingwen hizo ademán de darle una bofetada y protestó en voz alta:

—¿Por qué tienes un oído tan fino[18]?

—Ahora estoy demasiado ocupada para cruzar la lengua contigo —le dijo Pinger—. Tengo que ocuparme de unos asuntos. Más tarde enviaré a alguien para que os invite. Si falta una sola, vendré a pelear con ella en vuestra misma puerta.

Baoyu quiso insistirle para que se quedara, pero ella ya había partido. Después de su aseo, mientras bebía té, advirtió de pronto un trozo de papel bajo el tintero.

—No está bien esa manera que tenéis de dejar las cosas en cualquier sitio —rezongó.

Inmediatamente Xiren y Qingwen le preguntaron cuál era el problema. Baoyu señaló el papel.

—¿Qué es esto que hay bajo el tintero? Una de vosotras ha debido dejar algo sin guardar.

Qingwen tomó el papel de debajo del tintero y vio que era una tarjeta de felicitación sobre una hoja de papel de carta rosado. La pasó a Baoyu, quien leyó: «Miaoyu, la del otro lado del umbral, envía respetuosas felicitaciones al joven señor por su cumpleaños».

Al terminar de leerlo, Baoyu dio un salto y preguntó:

—¿Quién trajo esto? ¿Por qué no me lo habéis dado antes?

Su estado de excitación hizo pensar a Xiren y Qingwen que se trataba del saludo de alguien importante.

—¿Quién se hizo cargo ayer de esta tarjeta? —preguntaron al unísono.

Sier se aprestó a explicar:

—Miaoyu no vino personalmente, sino que envió a una vieja sirvienta, así que puse su tarjeta debajo del tintero. Pero con tanto licor, se me olvidó.

Cuando las otras muchachas oyeron aquello comentaron:

—Por su manera de conducirse pensamos que se trataba de alguien importante, pero Miaoyu no justifica tanta alharaca.

Sin embargo, Baoyu pidió inmediatamente que le trajeran papel, y mientras lo estiraba y molía la tinta fue pensando qué respuesta enviar a «la del otro lado del umbral». Durante un rato estuvo cavilando pincel en mano, pero no pudo encontrar nada apropiado. Pensó: «Si consulto a Baochai, me criticará por excéntrico. Mejor será que le pregunte a Daiyu». Entonces se metió la tarjeta en la manga y partió en su busca. Y acababa de rebasar el pabellón de la Fragancia que Rezuma cuando vio a Xiuyan acercarse con pasos ondulantes.

—¿Adónde vas, prima? —indagó.

—A charlar un rato con Miaoyu —respondió ella.

Sorprendido, comentó:

—Ella es tan displicente y tan poco convencional que desprecia a todo el mundo. Si tiene tan buena opinión de ti, eso demuestra que no eres tan vulgar como el resto de nosotros.

—Quizás no tenga buena opinión de mí —respondió Xiuyan con una sonrisa—, pero durante diez años, mientras ella practicaba el ascetismo en el monasterio de la Fragancia Ondulada, vivíamos separadas sólo por una pared. Mi familia era pobre y durante diez años vivimos en una casa alquilada al monasterio. Yo iba a verla con frecuencia en mis ratos libres. Ella fue quien me enseñó todos los caracteres que conozco. Además de ser compañeras de penuria, fue mi maestra. Cuando dejamos el monasterio para reunirnos con nuestros parientes oí que sus modales excéntricos habían ofendido a cierta gente poderosa y que también había llegado aquí buscando protección. Por esas cosas que suceden, el destino nos ha vuelto a unir y nuestros mutuos sentimientos no han cambiado; diría incluso que es más amable conmigo que antes.

Muy impresionado por aquel relato, Baoyu le dijo complacido:

—¡Con razón tu conducta y tus modales están tan apartados de este mundo como una cigüeña salvaje o un cúmulo de nubes! Así que ése es el motivo… En este momento me tiene perplejo algo que tiene que ver con ella y precisamente iba a pedirle consejo a alguien. Este encuentro contigo es providencial. Debes decirme qué he de hacer.

Y le mostró la tarjeta a Xiuyan.

—No ha cambiado lo más mínimo —comentó Xiuyan con una sonrisa—. Así nació, testaruda y excéntrica. Nunca he visto a otra persona utilizar ese tipo de apelación en una tarjeta de felicitación. Pues como dice el vulgo: «No es ni monje ni laico, ni hombre ni mujer». Es contrario a toda razón.

—Pero advertirás que ella no es como nosotros —aportó Baoyu—. Está fuera del mundanal ruido, y me ha enviado este saludo únicamente porque considera que tengo al menos una sombra de discernimiento. Pero no sé qué respuesta enviarle. Iba camino de los aposentos de mi prima Daiyu cuando tuve la fortuna de encontrarme contigo.

Al escuchar aquello Xiuyan lo miró de arriba abajo por unos momentos y luego dijo alegremente:

—Como dice el proverbio: «Más vale verlo que oír hablar de él». Con razón Miaoyu te ha enviado esta tarjeta y con razón te dio el año pasado aquella flor de ciruelo. Y como incluso ella te tiene una consideración especial, voy a explicarte en qué consiste todo esto. Ella dice a menudo que la única buena poesía escrita en tiempos de Han, Jin, las Cinco Dinastías, Tang y Song, son aquellos dos versos que dicen:

Aunque sea tuyo un umbral de hierro que dure mil años,

acabarás necesitando un panecillo de tierra[19].

Por eso se llama a sí misma «la del otro lado del umbral». Le gustan los escritos del maestro Zhuang, del que ha tomado la expresión «la persona extraña». Si ella, en su tarjeta, se hubiera llamado a sí misma «la persona extraña», tú podrías contestarle «la persona mundana», porque eres uno de tantos. Eso le gustaría. Pero dado que se presenta como «la del otro lado del umbral», con lo cual quiere decir que está al otro lado del umbral de hierro, deberías seguirle la corriente llamándote «el que está dentro del umbral».

Baoyu sintió como si de pronto Buda lo hubiese iluminado.

—¡Vaya! —exclamó—. Con razón nuestro templo familiar se llama templo del Umbral de Hierro. Así que ése es el origen del nombre… Pues bien, prima, no te robaré más tiempo; tengo que ir a escribir una respuesta.

Entonces Xiuyan partió hacia el convento del Enrejado Verde y Baoyu volvió a escribir su tarjeta: «Con los profundos respetos de Baoyu, el que está dentro del umbral». Él mismo la llevó al convento, la introdujo por una rendija de la puerta y regresó.

Encontró que Fangguan había terminado de arreglarse el pelo, que ahora estaba anudado en un moño y lucía varios adornos. Inmediatamente él insistió en que se vistiera de otro modo. Le exigió que se afeitara la cabeza dejando sólo un cerquillo de cabello que habría de dividir en dos por el centro; de esa forma expondría su cerúleo cuero cabelludo. También dijo que en invierno ella debía usar un bonete de marta en forma de liebre agazapada y unas pequeñas botas de combate modelo «cabeza de tigre», decoradas con nubes multicolores, o bien dejar sueltas las bocas de sus perneras y usar medias blancas con botas de suela gruesa. También puso objeciones a su nombre, sosteniendo que sería más original un nombre de varón. Propuso el de Xiongnu[20], que deleitó a Fangguan.

—En ese caso —dijo ella—, cuando salga tiene que llevarme con usted, y si cualquiera pregunta quién soy, dígales simplemente que soy un paje como Mingyan.

—Pero de todos modos la gente te reconocería.

—¡Qué hombre tan obtuso! —replicó ella—. Aquí hay algunas familias de hombres de tribu; diga simplemente que soy uno de ellos. Además, todos dicen que estoy mejor con el pelo trenzado. ¿No sería ésa una actitud inteligente?

—¡Espléndido! —aprobó el extasiado Baoyu—. A menudo he visto a funcionarios que llevaban un séquito de esclavos capturados fuera del imperio, pues tales personas soportan el viento y la helada y son excelentes jinetes. En tal caso debo darte un nombre tribal: Yelü Xiongnu[21]. Tales son los nombres utilizados por las tribus que han asolado China desde los días de Yao y Shun, y que demostraron ser una plaga durante las dinastías Jin y Tang. Pero ahora tenemos la fortuna de vivir gobernados por un emperador que desciende directamente del rey sabio Shun, y cuyas virtudes, méritos y piedad filial se manifiestan tan abundantes como el cielo y la tierra, y bajo una dinastía que durará tanto como el sol y la luna. Por eso los ariscos bárbaros, que tantos problemas causaron a nuestros antepasados, se someten ahora a nosotros con las manos recogidas y la cabeza gacha, siguiendo los dictados del cielo, sin que tengamos que recurrir a las armas; y así se han sometido a nuestro mandato tribus lejanas. De modo que está bien que ahora nos riamos de ellas para mayor gloria de nuestro soberano.

—Si eso es lo que piensa —replicó Fangguan—, entonces debería salir a practicar el tiro con arco y la equitación, y aprender artes marciales. ¡Así podría partir hacia la frontera a capturar rebeldes! ¿No demostraría eso su lealtad mejor que utilizándonos a nosotras? Usted simplemente está moviendo la lengua para divertirse, y para ello toma como pretexto el elogio de los logros y virtudes del Estado.

—Eso es precisamente lo que tú no entiendes —repuso Baoyu entre risas—. Ahora los cuatro mares se han sometido a nuestro gobierno y reina la paz por doquier, de modo que durante miles de años no serán necesarias las armas. Y para no ser indignos de los frutos de la paz, debemos ensalzar a la corte imperial hasta en nuestras bromas.

Fangguan coincidió con esto último y a ambos les pareció correcto que él se dirigiera a ella desde aquel momento llamándola Yelü Xiongnu. En cuanto a esto, era la verdad que ambas mansiones habían recibido como regalo de la corte esclavos capturados por sus ancestros; pero no era menos cierto que se utilizaban como mozos de cuadra, incapaces como eran de realizar otras tareas.

Ahora bien, Xiangyun era una traviesa que gustaba de vestirse de guerrera, con una chaqueta apretada y correaje. Cuando vio a Baoyu vestir a Fangguan como un muchacho, lo imitó vistiendo a Kuiguan como un paje. Kuiguan, que había representado el papel de guerrero, mantenía su pelo afeitado sobre las sienes y en la frente, lo cual le facilitaba maquillarse como un guerrero; además, era sumamente ágil. Disfrazarla no resultaba difícil. Entonces Li Wan y Tanchun también consideraron que era una buena idea y vistieron de muchacho a Douguan, la de Baoqin, Con una chaqueta corta, zapatos rojos y el pelo en dos rodetes. De haber tenido el rostro pintado, hubiera sido la viva imagen del acólito que carga la lira de su señor por el escenario[22].

Xiangyun cambió el nombre de Kuiguan por el de Daying[23], y como su apellido era Wei, resultó Wei Daying. Al elegir ese nombre había pensado en la frase «Sólo un verdadero héroe puede conservar su color original». ¿Por qué un disfraz de hombre debía exigir polvos o coloretes?

Douguan se llamaba así porque era pequeña y joven, una diablilla inteligente, y por eso en el jardín la llamaban también Dou, o sea «Arvejita Frita». Baoqin consideró que ponerle un nombre como «Muchacho de la Lira» o «Joven de los Libros» resultaría vulgar y decidió que Dou era más original, de manera que vino en llamarla Dutong[24].

Aquella tarde Pinger organizó un banquete de compensación, con varias mesas de vino nuevo y buenos platos dispuestos en el salón de la Sombra de los Olmos, pues objetó que en el jardín Rojo y Fragante hacía demasiado calor. Para deleite general, la señora You trajo a Peifeng y Xieluan, las dos concubinas de su esposo, que eran dos mujeres jóvenes y atractivas con pocas oportunidades de disfrutar en el jardín. El encuentro con Xiangyun, Xiangling, Fangguan y las otras muchachas fue un auténtico ejemplo de que «las cosas de la misma naturaleza se juntan». Se dedicaron a charlar entre ellas y no prestaron la menor atención a la señora You, dejando que las doncellas la atendieran mientras ellas se divertían con las otras muchachas.

Cuando llegaron al patio Rojo y Alegre y oyeron a Baoyu llamando a Yelü Xiongnu, las dos concubinas y Xiangling se echaron a reír maravilladas y se preguntaron qué idioma sería el que estaba hablando. Trataron de pronunciar ellas mismas el nombre, pero lo hicieron mal una y otra vez, olvidando un carácter o llamándola simplemente «burro salvaje», lo cual redobló las carcajadas de los reunidos. Baoyu temió que Fangguan se sintiera ofendida y terció:

—Me han dicho que al oeste del océano, en un lugar llamado Francia, hay un tipo de vidrio precioso con estrellas de oro que en su idioma llaman Venturina. ¿Por qué no te comparamos con eso y te llamamos «Venturina»?

A Fangguan le gustó tanto que aceptó inmediatamente. Así hubo otro cambio de nombre. Pero para las demás también ese nombre resultó un trabalenguas y hubo que traducirlo al chino. Por eso empezó a llamarse Boli[25]. Pero no sigamos adelante con este asunto.

Volvieron al salón de la Sombra de los Olmos para divertirse allí con el pretexto de beber. Una narradora ciega recibió órdenes de tocar el tambor, y Pinger cogió un ramillete de peonías; entonces todos, unos veinte en total, se lo pasaron de uno a otro para que bebiera quien lo tuviera en la mano cuando cesara el redoble del tambor. Ya había pasado un tiempo cuando se anunció la llegada de dos criadas que traían regalos de la familia Zhen. Tanchun, Li Wan y la señora You salieron al salón a recibirlos, y los demás salieron del salón de la Sombra de los Olmos para dar un paseo. Peifeng y Xieluan fueron a columpiarse.

—Subíos las dos y yo os empujaré —se ofreció Baoyu.

—Oh, no —dijo Peifeng contrariada—. No nos busque problemas. Mejor pídale a su burro salvaje que venga a empujarnos.

—No os metáis más conmigo, hermanas —dijo él—. Otra gente puede seguir vuestro ejemplo burlándose de ella.

—¿Cómo vas a mecerte si estás muerta de risa? —exclamó Xieluan—. ¡Puedes caerte y cascarte como un huevo!

Al oír esto, Peifeng corrió a atraparla.

Xieluan y Peifeng estaban peleando en broma cuando llegaron frenéticas unas sirvientas de la mansión del Este.

—¡El anciano señor ha subido a los cielos! —anunciaron.

La consternación fue general.

—¡Pero si no estaba enfermo!

Las sirvientas explicaron:

—Su Señoría tomaba elixires todos los días para alcanzar la inmortalidad. Seguramente lo ha conseguido por fin.

La noticia preocupó mucho a la señora You, pues como su esposo Jia Zhen, su hijo Jia Rong, y Jia Lian estaban ausentes, no había en la casa un hombre que pudiera hacerse cargo de la situación. Despojándose inmediatamente de sus adornos, envió a un mayordomo al templo de la Verdad Misteriosa para que encerrara con llave a todos los sacerdotes taoístas hasta que su esposo los interrogara a su vuelta. Luego partió a toda prisa a la ciudad, acompañada por la esposa de Lai Sheng y las de otros mayordomos, no sin antes haber mandado llamar a unos médicos para que determinaran qué mal había acabado con su suegro.

Como Jia Jing estaba muerto, no tenía sentido que los médicos le tomaran el pulso. Sin embargo, no ignoraban que durante años había estado practicando unos absurdos ejercicios respiratorios taoístas. En cuanto al yoga, la adoración a las estrellas, las noches Gengshen pasadas en vela[26], la ingestión de sulfuro de mercurio[27] y los consiguientes agotamientos en la insensata búsqueda de la inmortalidad, ¿cuáles si no ésas fueron las causas que lo mataron? Ya cadáver, tenía la panza dura como el hierro, la piel de la cara y los labios ajada, arrugada y morada. A su nuera le dijeron que había sucumbido víctima del calor, como consecuencia de haber tomado mercurio.

En su pánico, los sacerdotes confesaron:

—Su Señoría acababa de preparar un nuevo elixir con una fórmula secreta, y eso fue lo que lo mató. Ya le dijimos que no debía tomar esas cosas antes de haber adquirido cierta potencia, pero anoche, estando en vela, tomó un poco sin que nosotros lo supiéramos y se convirtió en inmortal. Indudablemente ha alcanzado la inmortalidad gracias a su propia piedad, abandonando este mar amargo y desprendiéndose de su terrenal materia para zarpar a voluntad.

La señora You hizo oídos sordos a toda aquella vana palabrería y dio instrucciones para que confinaran a todos los taoístas hasta el regreso de Jia Zhen. Envió mensajeros urgentemente con la noticia. Como el templo estaba demasiado repleto para que el ataúd permaneciera allí, y como no podía ser llevado a la ciudad, hizo que el cadáver fuera amortajado y que lo trasladaran sentado en una silla de manos hasta el templo del Umbral de Hierro. Calculó que su esposo no podría estar de vuelta antes de quince días y que como hacía demasiado calor para postergar los funerales, lo mejor era buscar un astrólogo que fijara la fecha. El ataúd ya llevaba varios años en el templo esperando a su huésped; por eso los funerales se arreglaron rápidamente. Tres días más tarde, mientras se esperaba a Jia Zhen, empezaron a celebrarse las ceremonias fúnebres y los cultos budistas y taoístas. Xifeng, de la mansión Rong, no podía salir de casa, Li Wan tenía que cuidar a las damas jóvenes, y Baoyu no sabía nada de asuntos prácticos. Por ello, el trabajo de afuera fue confiado a unos cuantos mayordomos de segundo rango. También Jia Bin, Jia Guang, Jia Heng, Jia Ying, Jia Chang y Jia Ling se ocuparon de diversas tareas. Como no podía volver a casa, la señora You invitó a su madrastra, la anciana You, para que cuidara los asuntos de la mansión Ning. Y para poder estar tranquila, la anciana You se hizo acompañar por sus dos hijas solteras.

Apenas llegó a él la noticia de la muerte de su padre, Jia Zhen pidió permiso para partir. Igual hizo Jia Rong, quien también tenía obligaciones oficiales. La Junta de Ceremonias no ignoraba que el emperador tenía en muy alta estima la piedad filial, y no se atrevió a tomar ella misma una decisión, prefiriendo llevar la petición directamente al trono. En su trascendente benevolencia y piedad filial, el emperador siempre trataba con especial consideración a los descendientes de ministros meritorios. Al ver el memorial preguntó de qué cargos oficiales había gozado Jia Jing. Por el informe de la Junta de Ceremonias, el emperador supo que había sido graduado de Palacio, y que el noble título de su ancestro había pasado a su hijo Jia Zhen. Viejo y enfermo, Jia Jing se había retirado a vivir reposadamente en el templo de la Verdad Misteriosa, en las afueras de la ciudad, donde ahora había fallecido presa de algún mal. Tanto su hijo Zhen como su nieto Rong estaban en aquel momento en la corte con motivo de las exequias de Estado, y ambos habían solicitado autorización para asistir al funeral familiar.

Al oír aquello, el emperador, en su extrema bondad, decretó: «Aunque Jia Jing fue un ciudadano común y corriente que no rindió especiales servicios al Estado, qué los méritos de su abuelo le valgan la promoción póstuma al quinto grado jerárquico. Su hijo y su nieto deben acompañar el ataúd a través de la puerta inferior del norte hasta la capital para una ceremonia fúnebre en su propia casa, de modo que sus descendientes puedan llorarlo como corresponde, antes de acompañar sus restos al distrito ancestral. Que la oficina de Banquetes Imperiales ofrende al difunto un festín de sacrificio del primer grado, y que todos en la corte, desde príncipes y duques para abajo, reciban permiso para ir a presentar su pésame. ¡Por Decreto Imperial!».

Apenas fue promulgado aquel decreto la familia Jia expresó sus gracias por la bondad imperial, y todos los altos ministros de la corte fueron enfáticos en su elogio.

Ya regresaban a galope tendido Jia Zhen y su hijo a la casa de los Jia cuando vieron a Jia Bin y a Jia Guang galopando en dirección a ellos, rodeados por unos cuantos sirvientes. Al ver a Jia Zhen desmontaron inmediatamente para presentar sus respetos.

Preguntados por el encargo que traían, Jia Bin informó:

—La cuñada temía que después de vuestro regreso no hubiera nadie para viajar con la Anciana Dama, así que fuimos enviados como escolta de Su Señoría.

Jia Zhen aprobó la iniciativa y luego preguntó cómo se habían manejado en su ausencia los asuntos de la mansión; entonces Jia Bin le describió el confinamiento de los sacerdotes taoístas y el traslado del cadáver al templo familiar; y cómo, al no haber nadie que se encargara, habían sido invitadas la anciana You y sus dos hijas para que se quedaran en el edificio principal.

Al enterarse de la llegada de sus dos jóvenes tías, Jia Rong, que también había echado pie a tierra, lanzó una sonrisa a su padre:

—¡Muy bien, muy bien hecho! —reiteraba éste sin cesar.

Desde allí siguieron galopando. No se detenían en las posadas; se limitaban a cambiar de caballo en las diversas postas a medida que iban avanzando a través de la noche. Al llegar a la capital se dirigieron inmediatamente al templo del Umbral de Hierro. Era la cuarta vigilia y al oírlos los guardias levantaron a toda la gente del lugar. Jia Zhen desmontó y, con Jia Rong a su lado, empezó a llorar ruidosamente mientras ambos avanzaban de rodillas desde la puerta exterior hasta donde yacía el ataúd, sin cesar de lamentarse durante todo el trayecto. Lloraron y lloraron hasta que el alba los encontró afónicos.

La señora You y los demás les salieron al encuentro, y fue entonces cuando Jia Zhen y su hijo, ya vestidos de luto como lo exigían los ritos, se postraron ante el ataúd. Sin embargo, como tenían impostergables asuntos que atender, hubieron de limitar su duelo para impartir instrucciones. Jia Zhen leyó a sus parientes el Decreto Imperial y envió a Jia Rong por delante para que dispusiera el traslado del ataúd a la casa.

Jia Rong había estado esperando esa orden con impaciencia. Cabalgó locamente y al llegar dio instrucciones inmediatas para que despejaran el salón principal de mesas y sillas, quitaran los tabiques, colgaran las blancas cortinas fúnebres, colocaran un cobertizo para los músicos y erigieran un arco en la entrada principal. Hecho lo cual entró a saludar a su abuela y a sus dos tías.

Como la anciana You estaba vieja y le gustaba dormir, a menudo se echaba sobre el diván para hacer una siesta mientras sus dos hijas cosían con las doncellas. Al ver entrar a Jia Rong se apresuraron a darle el pésame. Rong, con el rostro radiante, le dijo a la segunda tía:

—De modo que ya has vuelto, segunda tía. ¡Mi padre está ansioso por verte!

La segunda hermana se sonrojó.

—¡Bribón! —le dijo—. ¡No puedes vivir sin qué te maldiga cada dos días! Vas de mal en peor. Ya no tienes el menor sentido de la decencia. ¡He aquí al hijo de una buena familia, que no ha dejado de estudiar y aprender modales, por debajo del populacho!

Tomó un hierro y le agarró la cabeza haciendo el ademán de querer darle un golpe mientras el otro se la protegía, y acurrucándose contra su pecho le suplicaba piedad. La tercera hermana You se dispuso a pellizcarle los labios.

—Espera a que se entere nuestra hermana mayor —le reprendió.

Todavía riéndose, Jia Rong se arrodilló sobre el kang para implorar perdón, lo que desató las risas de ambas hermanas. Entonces él intentó arrancarle a su segunda tía un poco de cardamomo que tenía en las manos; ella le escupió a la cara lo que estaba masticando, pero Rong se limitó a lamerlo con cara de deleite, provocando el escándalo de las doncellas que allí estaban.

—Usted está de luto y aquí está su abuela durmiendo la siesta —dijo una de ellas amonestándolo—. Y a pesar de su juventud, éstas son sus tías. Realmente no le tiene usted mucho respeto a su madre. Vamos a decírselo al señor, y se verá metido en un buen lío.

Entonces Jia Rong soltó a su tía y dio un besó en la boca a cada doncella.

—Tienes razón, cariño —exclamaba—. ¡Vamos a hacer que la boca se les haga agua a mis tías!

Las doncellas lo apartaron a empujones:

—¡Demonio de corta vida! —lo insultaron—. Tiene esposa y doncellas, ¿por qué viene a molestarnos a nosotras? Habrá quien extienda que todo esto es una broma, pero no faltará la gente de mente sucia, amante del chismorreo, que difunda habladurías que circularán hasta llegar a la otra casa. Dirán que aquí todas somos unas casquivanas.

—Las nuestras son dos casas diferentes —dijo despectivamente Jia Rong—. Ambas deberíamos ocuparnos de nuestros propios asuntos. Cada una tiene suficientes problemas con los suyos. Desde la más remota antigüedad, incluso las dinastías Han y Tang han sido llamadas «sucia Tang y apestosa Han»; así que no hablemos de familias como la nuestra. ¿Qué casa no tiene sus cascos ligeros? ¿Queréis unos cuantos ejemplos? Con todo lo estricto que es el señor mayor de la otra mansión, el tío Lian tenía unos asuntos con sus jóvenes concubinas; y a pesar de la severidad de la tía Xifeng, el tío Rui trató de llevársela a la cama. Ninguno de esos escándalos fue secreto para mí…

En medio de aquella desaforada charla Jia Rong advirtió que la anciana You se había despertado, y fue inmediatamente a presentar sus respetos.

—Disculpe por haberle causado tantas molestias a usted y a mis dos tías, venerable antepasada —dijo—. Mi padre y yo mismo estamos sumamente agradecidos. Una vez concluido todo esto llevaremos a la familia entera, viejos y jóvenes, y todos nos inclinaremos ante ustedes en signo de agradecimiento.

La anciana movió la cabeza afirmativamente.

—Está bien que digas eso, hijo mío —respondió—. Pero sólo estamos actuando como debe hacerlo todo pariente.

Luego preguntó:

—¿Tu padre está bien? ¿Cuándo recibisteis el mensaje y cómo conseguisteis volver tan rápido?

—Acabamos de llegar —contestó él—. Fue mi padre quien me envió por delante para que viera cómo le iba a usted, señora, y para suplicarle que permanezca aquí hasta que todo haya pasado.

Y mientras decía esto guiñaba un ojo a su segunda tía.

Apretando los dientes y forzando una sonrisa, la segunda hermana You le reprendió suavemente:

—¡Mico lenguaraz! ¿Nos quieres mantener aquí para que seamos las madres de tu padre?

—No se preocupe, señora —le dijo Jia Rong a la anciana señora You—. No pasa un día sin que mi padre piense en mis dos tías. Quiere buscar a dos jóvenes caballeros de noble cuna, apuestos y ricos, para arreglar dos buenos matrimonios. En estos años no ha podido encontrar a nadie adecuado. Por suerte esta vez, camino de casa, encontró a una persona.

La anciana señora You estaba más que deseosa de creerlo.

—¿De qué familia es? —preguntó de inmediato.

Entonces las dos hermanas dejaron su trabajo de bastidor para, en broma, perseguirlo a golpes por todo el cuarto.

—Madre, no crea a este bribón —exclamó una de ellas.

Hasta las doncellas protestaron:

—El viejo cielo tiene ojos. Cuídese o lo fulminará un rayo.

En ese momento entró alguien que anunció:

—Ya está todo preparado. Por favor, señor Rong, vaya a comprobarlo e informe a Su Señoría.

Y salió Jia Rong, riéndose para sus adentros. Para saber qué sucede, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LXIV

En su reclusión, una inteligente y bella muchacha

escribe con tristeza un Canto a cinco bellezas.

Un libertino se insinúa dejando caer

su colgante de nueve dragones.

Jia Rong regresó presuroso al templo para informar a su padre de que en la mansión ya estaba todo dispuesto. Aquella misma noche fueron distribuidas las tareas y preparados los pendones de luto, las palancas para cargar el ataúd y demás trastos fúnebres. Se estableció que el ataúd sería trasladado a la ciudad a las cinco de la mañana del cuarto día, y así se comunicó a parientes y amigos.

Llegó el momento. Los espléndidos ritos funerarios convocaron a numerosos invitados y, a ambos lados del camino que unía el templo del Umbral de Hierro con la mansión Ning, decenas de miles de curiosos suspiraron de admiración o de envidia al paso de la comitiva, aunque tampoco faltaron los letrados mediocres[1] para quienes una ceremonia más sencilla hubiera sido más conveniente que un entierro tan extravagante y falto de sinceridad[2]. En fin, hubo ocasión de escuchar comentarios para todos los gustos. El asunto es que hasta las tres de la tarde el ataúd que contenía los restos de Jia Jing no pudo entrar en la mansión Ning para ser depositado en el salón principal. Concluidos los sacrificios y el duelo, parientes y amigos se fueron retirando gradualmente hasta que sólo quedaron allí los miembros de la familia Jia atendiendo a los últimos invitados. El único pariente cercano que permaneció al lado del féretro fue el hermano mayor de la dama Xing.

Aunque su deber era quedarse permanentemente junto al ataúd, velándolo, Jia Zhen y Jia Rong aprovechaban el momento en que los demás se habían marchado, para dedicarse a juguetear con las dos hijas de la anciana You. En cuanto a Baoyu, que también vestía de luto, visitaba cada día la mansión Ning, y sólo a la caída del sol, cuando ya todos se habían retirado, regresaba al jardín. A Xifeng, por otra parte, su mala salud todavía no le permitía quedarse allí todo el tiempo, pero cada vez que se celebraban ritos budistas o se salmodiaban sutras, o llegaban visitantes para hacer ofrendas, acudía haciendo un gran esfuerzo en ayuda de la señora You.

Ocurrió que cierto día, después del sacrificio matinal. Jia Zhen yacía dormido junto al féretro, agotado por sus recientes afanes. Entonces, al ver que no llegaban más visitas, Baoyu decidió visitar a su prima Daiyu. Primero se dirigió al patio Rojo y Alegre. Al cruzar la puerta observó lo tranquilo y vacío del lugar, en donde sólo unas cuantas viejas y doncellas descansaban a la sombra en la terraza, unas durmiendo, otras dando cabezadas en duermevela. No las molestó, y sólo Sier advirtió su llegada. Cuando ya la doncella se apresuraba a levantar la antepuerta para franquearle el paso, apareció Fangguan corriendo entre grandes risas. Absorta como iba en su carrera, no vio a tiempo al muchacho y le dio un empujón que estuvo a punto dé dar con sus huesos en tierra.

—¿Qué hace aquí? —le preguntó la sorprendida Fangguan, refrenando su loca carrera—. ¡Detenga a Qingwen, que quiere pegarme!

Y detrás de un estrépito como de cosas tiradas por tierra apareció Qingwen.

—¿Dónde vas, perra? —maldijo dirigiéndose a Fangguan—. Has perdido. No te librarás del castigo aunque huyas. ¿Quién te salvará ahora que Baoyu no está aquí?

Pero fue el mismísimo Baoyu quien la interceptó.

—Tu hermana todavía es joven —le dijo a la muchacha con una sonrisa—. Si te ha ofendido, perdónala. Hazlo por mí.

Qingwen, que no esperaba tan pronto su regreso, exclamó divertida por su súbita aparición:

—¡Esa Fangguan es un hada-zorra! Ni un encantamiento para conjurar espíritus podría haberlo traído aquí tan rápido. —Y se abalanzó sobre Fangguan, que se había escudado detrás de Baoyu, añadiendo—: ¡Pero aunque llamase a un dios, no me daría miedo!

Baoyu cogió a cada muchacha de una mano y las arrastró adentro. Sobre el kang de la pared del oeste encontró a Sheyue, Qiuwen, Bihen y Zixiao jugando a las tabas con pepitas de melón. Al parecer Fangguan había perdido ante Qingwen, y, huyendo de los golpes en las palmas de las manos que la pérdida en el juego acarreaba como castigo, había echado a correr. Al incorporarse para perseguirla, Qingwen había volcado todas sus tabas por el suelo.

Baoyu se echó a reír y les dijo:

—Ahora que los días son más largos he temido que os aburrierais durante mi ausencia y os fuerais a la cama después de comer, lo que os haría caer enfermas. Me alegro de que hayáis encontrado la manera de entreteneros.

Y como no había rastro de Xiren, preguntó:

—¿Dónde está vuestra hermana Xiren?

—¿Xiren? —intervino Qingwen—. Está volviéndose cada vez más confuciana, con sus meditaciones solitarias de cara a la pared[3] en el cuarto de adentro. No hemos entrado allí desde hace un buen rato y no sabemos qué hace. No ha hecho ruido. Entre rápidamente y vea si ya ha alcanzado la santidad.

Riéndose a carcajadas, Baoyu entró en el cuarto interior, donde vio a Xiren sentada sobre el diván, junto a la ventana, tejiendo una madeja de seda gris que tenía en la mano. Al verlo entrar se incorporó:

—¿Qué mentiras ha estado diciéndole esa pequeña bestia llamada Qingwen? —le preguntó la muchacha—. Me urgía terminar esta redecilla y no había tiempo que perder con ellas, así que les dije: «Divertíos vosotras. Yo, durante la ausencia del segundo señor, me sentaré aquí tranquilamente a descansar un rato». Entonces ella inventó todas esas tonterías sobre la meditación y la santidad. ¡Voy a tener que pellizcarle los labios!

Sonriendo, Baoyu se sentó junto a ella para contemplar cómo trabajaba.

—Los días son muy largos. Deberías descansar o divertirte con las demás —le aconsejó—. Si no quieres hacerlo, anda a ver a mi prima Daiyu. ¿Por qué te pones a trabajar con el calor que hace? ¿Para quién es esa funda de abanico?

—Me di cuenta de que usted sigue usando esa funda fabricada el año que murió la señora Keqing en la mansión del Este. Como es azul sólo debería usarla alguien de nuestro clan, o parientes y amigos de afuera, para el luto de verano. Lo normal es que no sea usada más de una o dos veces al año. Ahora están de luto en la otra casa, y usted debería llevarla allí cada vez que va, así que me estoy dando prisa en hacer una nueva para reemplazar la vieja. Ya sé que no le importan los convencionalismos, pero si la Anciana Dama lo viera, nos llamaría la atención a nosotras por ser demasiado perezosas y no tenerlo adecuadamente ataviado.

—Es bueno que pienses en todo eso, pero no debes agotarte trabajando —le respondió él—. Sería mucho más grave que el calor te hiciera caer enferma.

En ese momento Fangguan trajo una taza de té enfriado en agua, pues ni siquiera en verano se atrevían a usar hielo. Baoyu era muy delicado y las doncellas preferían hundir la tetera en el agua recién sacada del pozo, cambiándola de cuando en cuando hasta que se hubiera terminado de enfriar el té. Fangguan acercó la taza a los labios de Baoyu y él bebió la mitad.

Entonces el muchacho le dijo a Xiren:

—Al venir le dejé dicho a Beiming que si llegaba alguna visita importante a casa de mi primó Zhen, me avisara inmediatamente. Si no hay nada urgente, no tengo intención de regresar.

Al volverse para salir se dirigió a Bihen y las demás:

—Si sucede cualquier cosa, podréis encontrarme en los aposentos de la señorita Lin.

Dicho lo cual, partió al refugio de Bambú en busca de Daiyu.

Al cruzar el puente de la Fragancia que Rezuma vio a Xueyan que se acercaba, y detrás de ella a dos viejas cargando abrojos, raíces de loto, sandías y otras frutas.

—Tu señora rara vez come cosas frías. ¿Qué vais a hacer con toda esa cantidad? —preguntó—. ¿Acaso pensáis invitar a alguna señorita?

—Si se lo digo, prométame que no se lo contará a nadie —repuso Xueyan.

Lo prometió el muchacho haciendo un gesto de asentimiento con la cabeza, y entonces ella dijo a las dos mujeres:

—Llévenle esta fruta a la hermana Zijuan, y si pregunta por mí díganle que tengo algo que hacer y pronto estaré de vuelta.

Las mujeres siguieron su camino, prestas a cumplir el encargo. Cuando hubieron partido, dijo Xueyan:

—Estos últimos días nuestra joven dama se ha venido sintiendo mejor. Hoy, después del almuerzo, vino la señorita Tanchun a pedirle que la acompañara a visitar a la señora Lian, pero ella no fue. Más tarde, no sé en qué estaría pensando, se sintió melancólica, tomó su pincel y escribió unas cosas, no sé si eran shi o ci[4]. Cuando me mandó a buscar esta fruta oí también que le ordenaba a Zijuan despejar la mesita y llevarla afuera, y luego que pusiera sobre ella el trípode con dragones labrados para colocar dentro las sandías y el resto de la fruta. Si su intención fuera atender a algunos visitantes, no se habría preocupado por colocar primero un incensario; si era quemar incienso su propósito, no es su costumbre perfumar con él su ropa o tener en su cuarto nada salvo flores y frutas frescas. Y cuando quema incienso por su fragancia, suele hacerlo en su sala de estar o en la alcoba. ¿Será que desea perfumar el lugar con incienso porque se lo han apestado las viejas sirvientas? No se me ocurre otro motivo.

Dicho lo cual, se alejó de allí a toda prisa.

Baoyu agachó inmediatamente la cabeza para reflexionar sobre el asunto: «Según lo que me ha dicho Xueyan, debe haber un motivo. Daiyu no haría tales preparativos para recibir a otra de las muchachas. ¿Se cumplirá el aniversario de la muerte de su padre o de su madre? Recuerdo que en otro tiempo, cuando llegaban esas fechas, había platos especialmente mandados preparar por mi abuela para que ella los ofreciera como ofrenda personal; pero ambas fechas han pasado ya. Lo más probable es que, como el séptimo mes es el de las sandías y la fruta, y toda la familia está haciendo la ofrenda otoñal en las tumbas de los antepasados, ella se haya sentido inclinada a hacer una ofrenda personal en sus propios aposentos, siguiendo el precepto del Libro de los Ritos, según el cual en otoño y primavera se deben ofrecer productos del tiempo. Puede ser eso.

»Pero si ahora voy allá y la encuentro entristecida, tendré que esforzarme por consolarla, y entonces quizás ella intente ocultar su infelicidad, lo cual le producirá irritación. Por otra parte, si no voy, no habrá quien le impida sentirse demasiado dolorida. En ambos casos puede caer enferma. Lo mejor sería buscar primero a Xifeng, estar con ella un rato, y luego volver. Si todavía Daiyu está mal, entonces puedo tratar de consolarla. De ese modo, sin abandonarse demasiado tiempo al dolor, un buen llanto le permitirá desahogarse sin perjudicar su salud».

Y después de haber tomado aquella decisión dejó el jardín y fue en busca de Xifeng, de cuyos aposentos salían en aquel momento numerosas sirvientas que venían a informar sobre encargos diversos que habían recibido. Xifeng, apoyada contra el marco de la puerta, charlaba con Pinger. Al ver a Baoyu sonrió.

—De modo que has vuelto —le dijo—. Acabo de pedirle a la esposa de Lin Zhixiao que dijera a tus pajes que si no había mucho que hacer volvieran con cualquier pretexto a descansar un poco. Además, con toda esa multitud el lugar te debe resultar sofocante. Me alegro de qué hayas vuelto por tu cuenta.

—Muchas gracias por tu preocupación, hermana —respondió él—. He vuelto porque hoy no hay nada que hacer y me estaba preguntando si te sentirías mejor; y como no has aparecido estos últimos días, vine a echar un vistazo.

—Siempre lo mismo, tres días buenos y tres días malos —le dijo Xifeng en tono resignado—. Con Sus Señorías lejos de aquí ninguna de estas mujeres, ay, se porta como debiera. Todos los días hay peleas, y ya se han dado varios casos de juego y de robo. A pesar de que Tanchun está ayudando a manejar los asuntos, es una muchacha soltera; puedo decirle unas cosas, pero otras no. Eso me obliga a soportarlo todo lo mejor que puedo, sin un solo momento de respiro. ¿Mejorar? Ya tendría bastante con no empeorar.

—Pero incluso así, tienes que cuidar tu salud y preocuparte menos —dijo él.

Charlaron un rato más y por fin el muchacho se despidió de Xifeng para emprender el retorno al jardín.

Al entrar en el refugio de Bambú vio casi consumido el incienso, del quemador y escanciadas todas las libaciones. Zijuan supervisaba a las doncellas que estaban llevando adentro la mesa y poniéndole encima nuevos adornos. Baoyu comprendió que ya había sido hecha la ofrenda. Al entrar encontró a Daiyu reclinada en el diván. Se la veía enferma y agotada.

—El señor Bao está aquí —anunció Zijuan.

Entonces Daiyu se puso lentamente de pie y con una sonrisa lo invitó a sentarse.

—Últimamente tienes mejor aspecto —comentó él—. Pareces menos congestionada. Pero ¿por qué estás ahora tan triste?

—¿Triste yo? Qué disparate. Estoy muy bien, ¿por qué iba a estar triste?

—Tienes huellas de lágrimas sobre el rostro, ¿por qué tratas de engañarme? Eres muy delicada y deberías tomar las cosas con calma y no indisponerte sin razón. Si llegaras a dañar tu salud, yo…

En ese momento se interrumpió, pues le resultaba difícil continuar.

Él y Daiyu habían crecido juntos y eran almas gemelas que anhelaban vivir y morir juntas. Era el suyo un deseo mutuo, tácitamente compartido, pero nunca formulado con palabras. Es más, el descuido con que él solía expresarse nunca dejaba de ofenderla o incluso arrancarle las lágrimas. Hoy, por ejemplo, había ido a consolarla; pero otra vez, sin quererlo, había hablado atolondradamente hasta el extremo de tener que interrumpir sus palabras, temeroso de que Daiyu se enfureciera. Y cuando pensó en que su intención había sido la mejor empezaron a brotarle lágrimas de desconsuelo. Al principio Daiyu se había sentido fastidiada por las poco moderadas palabras de Baoyu, pero ahora, conmovida por el estado en que se encontraba el muchacho, empezó ella también a derramar lágrimas en silencio.

Zijuan llegó con el té y pensó que habían tenido una nueva disputa.

—Nuestra señorita está empezando a recuperarse, señor Bao —dijo—. ¿Qué sentido tiene venir a provocarla?

Baoyu se secó las lágrimas y sonrió.

—Nunca se me ocurriría hacer una cosa así —protestó él poniéndose de pie paira dar vueltas por el cuarto.

Debajo de un tintero vio una hoja de papel morado y alargó la mano para tomarla. Inmediatamente Daiyu quiso impedírselo, pero él ya se la había metido entre la ropa.

—Por favor, prima querida, déjame verla —suplicó sonriendo.

—Cada vez que vienes saqueas este lugar.

En el mismo momento en que Daiyu decía aquello entró Baochai.

—¿Qué es lo que quiere leer el primo Bao? —preguntó.

Como Baoyu no había visto lo que tenía escrito el papel, e ignoraba cuál sería la reacción de Daiyu, no se atrevió a responder inmediatamente, limitándose a mirarla con una sonrisa en los labios.

Daiyu le ofreció asiento a Baochai.

—He leído mucho sobre bellezas con talento de la historia antigua —dijo por fin—, cuyas vidas fueron a veces envidiables, a veces trágicas. Y como hoy, después de comer, no tenía nada que hacer, decidí elegir a unas cuantas y escribir unos poemas sobre ellas para expresar mis sentimientos. Entonces vino Tanchun a pedirme que la acompañara a visitar a Xifeng, pero me lo impidió la pereza. Cuando ya había escrito cinco poemas me entró sueño y los puse a un lado, ignorando que llegaría Baoyu y los vería. En realidad no me molesta que él los lea, pero sí que los copie y luego vaya por ahí enseñándoselos a otra gente.

—¿Cuándo he hecho yo semejante cosa? —preguntó Baoyu—. Si te refieres a ese abanico, es verdad que caligrafié en él con caracteres pequeños los poemas sobre las begonias blancas, pero fue exclusivamente para mi uso personal. Claro que sé que los poemas y la caligrafía de nuestros aposentos interiores no deben ser tomados a la ligera en el exterior. Y por no haber olvidado aquella vez en que me llamaste la atención, nunca los he sacado del jardín.

—La preocupación de la prima Lin es razonable —dijo Baochai—. Como llevas nuestros poemas en tu abanico, en cualquier momento puedes olvidar lo que acabas de decir y llevártelo a tu estudio, donde los señores letrados verán los poemas y preguntarán quién los ha escrito. No estaría bien visto si la cosa llega a saberse. Como dice el viejo proverbio: «En la mujer, la falta de talento es una virtud». Para nosotras la conveniencia más importante es ser castas y tranquilas; los trabajos domésticos son secundarios. En cuanto a la versificación y cosas parecidas, eso lo hacemos simplemente para divertirnos en los aposentos interiores, y no importa que lo hagamos bien o mal. A muchachas de familias como las nuestras no nos conviene tener fama de inteligentes.

Entonces le dijo a Daiyu con una sonrisa:

—Pero tampoco tiene importancia que me los enseñes a mí, siempre y cuando el primo Bao no los saque de aquí.

—En ese caso tampoco hay necesidad de que yo te los enseñe —dijo Daiyu. Y señalando a Baoyu añadió:

—Él ya los ha secuestrado.

Entonces Baoyu extrajo los poemas de entre la ropa y se acercó a Baochai para leerlos con ella. Decían:

XI SHI[5]

La más bella de una generación, capaz de arrasar ciudades, desapareció entre la espuma de las olas[6].

En el palacio del reino Wu se la recordaba en vano.

Que nadie se burle de la muchacha del ceño fruncido[7]

que en el pueblo del este seguía lavando la seda cuando ya tenía el cabello blanco.

LA DAMA YU[8]

El corazón se rompía con los relinchos del Caballo Negro, semejantes al viento nocturno.

Ay, llena de odio, la dama Yu se sentó frente a Dos Pupilas[9].

Antes que acabar como Qing Bu y Peng Yue, carne picada[10],

mejor suicidarse con una espada en la tienda de Chu.

WANG ZHAOJUN

Una belleza incomparable salió del palacio de los Han

(desde antiguo tienen las muchachas adorables un triste destino).

Aunque despreciara la belleza de las mujeres,

¿cómo pudo un soberano otorgar a un pintor el derecho a decidir[11]?

PERLA VERDE (LÜ ZHU)[12]

Desechados por igual los escombros y las perlas,

¡cuánto quiso Shi Chong de verdad a esta belleza!

Sólo porque su buena fortuna ya estaba trazada en una vida anterior,

hasta después de muerto tuvo quien lo acompañara.

PLUMERO ROJO (HONG FU)[13]

Era diferente: saludaba sólo con las manos y hablaba con elocuencia[14].

Por eso la belleza lo distinguió como héroe, aunque era de baja posición.

Al señor Yang, cadáver vivo, nadie le tenía miedo;

y él, ¿cómo iba a ser una atadura para Hong Fu, una heroína?

Cuanto más los leía, más los elogiaba Baoyu.

—Prima —dijo—, si son cinco poemas, ¿por qué no se titulan «Canto a cinco bellezas»?

Y, sin dejarla replicar, lo escribió bajo los poemas. Baochai intervino:

—Para componer versos el tema no es importante, siempre que se sepa renovar el sentido de los antiguos. Si se siguen las huellas de los demás, sólo se conseguirán poemas mediocres por mucho esmero que se ponga en la elección de las palabras y en la métrica. Tomas, por ejemplo, los poemas sobre la bella Wang Zhaojun. Cada uno expresaba diferentes opiniones sobre el asunto: unos lamentaban su destino, otros culpaban al pintor Mao Yanshou, otros al emperador Han por obligarlo a retratar a beldades de palacio en lugar de a buenos ministros. Hasta que Wang Anshi sentenció:

Jamás una pintura apresará el espíritu[15];

Fue injusto ejecutar a Mao Yanshou.

»Y Ouyang Xiu escribió:

Si así trataba las cosas que oía y veía,

¿cómo iba a conquistar la tierra de los nómadas,

que está a más de diez mil li de distancia[16]?

»Ambos poemas son verdaderamente originales, no meros plagios. Y los cinco que ha escrito hoy la prima Lin también pueden ser considerados originales e innovadores en sus respectivos temas.

Y hubiera seguido hablando de esta manera si no se hubiera anunciado el regreso de Jia Lian. Al parecer había ido a la mansión del Este, y como ya había pasado un buen rato, su regreso era inminente. Cuando Baoyu oyó aquello se incorporó y se dirigió al portón principal para aguardar la llegada de su primo, que en ese preciso momento hacía su entrada. Lo primero que hizo Baoyu fue hincar una rodilla y preguntar por la salud de Sus Señorías, luego por la de Jia Lian. Entraron en el salón cogidos de la mano y allí encontraron reunidas a Li Wan, Xifeng, Baochai, Daiyu, Yingchun, Tanchun y Xichun, con las que hubo un intercambio de saludos.

—La Anciana Dama estará de vuelta mañana por la mañana —dijo Jia Lian—. Se ha mantenido muy bien durante todo el viaje. Hoy me envió por delante para que echara un vistazo a todo, y mañana durante la quinta vigilia tengo que salir de la ciudad para encontrarme con ella.

A continuación lo interrogaron acerca del viaje y luego, considerando que estaría fatigado, se despidieron y le permitieron retirarse a descansar. No necesitamos entrar en detalles acerca de lo que ocurrió esa noche.

Y en efecto, hacia el mediodía siguiente llegaron la Anciana Dama, la dama Wang y los demás. Una vez que toda la familia hubo presentado sus respetos ante ellos, se sentaron sólo el tiempo preciso para tomar una taza de té, y luego fueron escoltadas hasta la mansión Ning. Al entrar oyeron unos fuertes aullidos. Y es que Jia She y Jia Lian, en cuanto llegó la Anciana Dama a la mansión Rong, se dirigieron a la mansión Ning, donde la recibieron llorando junto a los demás miembros del clan. Cada uno de un brazo, sostuvieron a su anciana antepasada ayudándola a subir hasta el altar, mientras Jia Zhen y Jia Rong se acercaban de rodillas para lanzarse entre sus brazos, llorando amargamente. Al ver todo aquello la Anciana Dama, que ya tenía una edad avanzada, los apretó contra su pecho y dejó escapar un torrente de dolor, hasta que por fin Jia She, Jia Lian y los demás la convencieron para que dejara de llorar. Entonces ella fue hasta el lado derecho del altar para ver a la señora You y a su nuera, y al abrazarse volvieron a llorar. Pasados aquellos plañidos, los demás fueron avanzando para presentar sus respetos. Como la Anciana Dama acababa de regresar y no había tenido tiempo de descansar; Jia Zhen temió que estar allí, sentada contemplando la escena pudiera acongojarla en exceso y le insistió una y otra vez para que regresara. La dama Wang y otros se sumaron a esa petición, y la anciana tuvo que ceder.

Y en efecto, su avanzada edad la hizo sucumbir al dolor y la fatiga del viaje. Aquella noche le dolió la cabeza, el pecho y tuvo la garganta irritada y dificultades para respirar. Inmediatamente llamaron a un médico para que le tomara el pulso y le recetara un remedio, lo que mantuvo a todos ocupados la mitad de la noche. Afortunadamente el constipado fue curado a tiempo y las visceras demostraron no haber sido afectadas. Cuando hacia la medianoche empezó a sudar un poco le bajó la fiebre y su pulso recuperó el ritmo normal, para alivio de todos. Al día siguiente tomó más medicinas y reposó.

Unos días después llego el momento de trasladar el ataúd de Jia Jing al templo. Como no se había repuesto del todo, la Anciana Dama retuvo a Baoyu para que le hiciera compañía. Xifeng no se sintió bien, y tampoco fue. Jia She, Jia Lian, la dama Xing, la dama Wang y los demás, acompañados de mayordomos y criadas, escoltaron el ataúd hasta el templo del Umbral de Hierro, y volvieron ya entrada la noche. En cuanto a Jia Zhen, la señora You y Jia Rong, permanecieron en el templo velando el féretro. Cien días después, el ataúd debía ser llevado al distrito natal de los ancestros; entretanto, la mansión Ning quedó a cargo de la anciana señora You y sus dos hijas.

Hacía ya tiempo que Jia Lian tenía noticias de cuán adorables eran las hermanastras de la joven señora You, y estaba deseando conocerlas; en los últimos tiempos, con el ataúd ya en casa, las había estado viendo diariamente, de modo que el trato ya podía considerarse familiar. Es decir, que las deseaba. Conocedor del casquivano comportamiento de las dos muchachas con Jia Zhen y Jia Rong, ingenió mil maneras de transmitir su deseo, mientras les lanzaba miradas llenas de intención. Sin embargo, la tercera hermana lo trataba con frialdad; la segunda, en cambio, parecía muy interesada. Pero como siempre estaban rodeados de gente, a él le resultaba difícil hacer avances, y también le contenía el temor a despertar los celos de Jia Zhen. De modo que ambos tuvieron que contentarse con una complicidad secreta.

Pasaron los funerales y en casa de Jia Zhen quedó poca gente. En los aposentos principales sólo se encontraban la anciana You y sus dos hijas, atendidas por unas cuantas doncellas y criadas de las que normalmente hacían las tareas pesadas, ya que todas las doncellas principales y las concubinas habían ido al templo. En cuanto a las sirvientas que vivían en el exterior, se limitaban a hacer la guardia nocturna y a vigilar la puerta durante el día, y no entraban a menos que fuera requerida su presencia por un asunto urgente. Jia Lian estaba ansioso por aprovechar la ocasión que se le presentaba. También él, con el pretexto de acompañar a Jia Zhen, salía para pasar algunas noches en el templo; pero a menudo se escabullía de vuelta a la mansión Ning, donde se dedicaba a engatusar a la segunda hermana; para ello le contaba a Jia Zhen que partía a vigilar sus asuntos familiares.

Cierto día, el joven mayordomo Yu Lu le dijo a Jia Zhen:

—Los cobertizos fúnebres, los trajes de luto y los uniformes azules para los cargadores del ataúd han costado mil ciento diez taeles, de los cuales hemos pagado quinientos. Los comerciantes han venido a cobrar el resto. Por eso vengo a recabar instrucciones, señor.

—Simplemente pídele el dinero al tesorero. ¿Por qué vienes a pedírmelo a mí? —preguntó Jia Zhen.

—Ayer fui a ver al tesorero —respondió Yu Lu—. Pero desde la muerte de Su Señoría se han producido toda suerte de gastos, y el dinero disponible se está reservando para los cultos de cien días y para usar en el templo, de modo que por el momento no me pueden dar nada. Por eso he venido especialmente a informarle a usted. Deme sus órdenes y yo las cumpliré.

—Pero ¿acaso crees que todavía es como en los viejos tiempos, cuando teníamos el dinero rodando por ahí? —replicó Jia Zhen—. Anda y pide prestado, no me importa dónde ni a quién.

Yu Lu sonrió:

—Quizás pueda conseguir un par de cientos de taeles —dijo—. Pero ¿cómo voy a conseguir cuatrocientos o quinientos tan rápido?

Jia Zhen lo pensó y luego, dirigiéndose a Jia Rong, le dijo:

—Ve y pídele esa cantidad a tu madre. Después del funeral los Zhen del sur nos hicieron llegar quinientos taeles para una ofrenda fúnebre en su nombre. Ese dinero llegó ayer y todavía no lo hemos ingresado en la tesorería. Adelántate y entrégaselo a Yu Lu.

Jia Rong asintió, fue a ver a su madre y regresó con el siguiente informe:

—Ya se han gastado doscientos de los quinientos que llegaron ayer. Los otros trescientos fueron enviados hoy a casa para que los guarde la abuela.

—Entonces anda con Yu Lu y pídeselos. De paso cerciórate de que todo va bien y pregunta por tus dos tías. Yu Lu puede pedir el resto prestado.

Jia Rong y Yu Lu asintieron y ya se disponían a partir cuando en eso llegó Jia Lian. Yu Lu se adelantó para presentar sus respetos. Jia Lian preguntó para qué había venido, y Jia Zhen se lo explicó. Inmediatamente, Lian pensó: «He aquí una oportunidad para ir a la mansión Ning y ver a la segunda hermana».

—Es una suma pequeña —dijo—. ¿Por qué pedirla prestada a otros? Ayer mismo recibí algún dinero que todavía no he gastado. Mejor será utilizarlo y dejarnos de problemas.

—Muy bien —convino Jia Zhen—. Manda a Rong con instrucciones para que se lo den.

—Tendré que ir yo mismo a buscarlo —se apresuró a decir Jia Lian—. Además, no he estado en casa estos últimos días; debería ir a presentar mis respetos a la Anciana Dama y a los mayores. Desde allí partiré a tu casa para cerciorarme de que los sirvientes no están causando problemas, y también para visitar a la anciana You.

—Me molesta importunarte tanto —objetó Jia Zhen sonriendo.

—Entre primos no tiene importancia —repuso Jia Lian.

Entonces Jia Zhen dijo a su hijo:

—Acompaña a tu tío y presenta tú también tus respetos a la Anciana Dama, al señor y a la señora de la otra casa. Transmíteles nuestros saludos y pregunta si la Anciana Dama ha mejorado, o si sigue tomando medicinas.

Jia Rong asintió y partió con Jia Lian. Se llevaron con ellos a unos cuantos pajes y volvieron cabalgando a la ciudad, charlando por el camino.

Jia Lian mencionó deliberadamente a la segunda hermana You, alabando su hermosura y su conducta recatada, sus modales femeninos y su hablar suave, como si se tratara de un ideal admirado y amado por todos.

—Todos elogian a tu tía Xifeng —dijo—, pero has de pensar que no resiste la comparación en nada con tu segunda tía.

Jia Rong advirtió su juego y replicó:

—Ya que le ha tomado tanto afecto, tío, yo podría actuar de intermediario para que la convierta en su segunda esposa. ¿Qué le parece?

—¿Lo dices en serio? —preguntó Jia Lian con una sonrisa.

—Completamente en serio.

—¡Eso sería maravilloso! —Jia Lian estaba radiante—. Pero me temo que tu tía Xifeng puede no estar de acuerdo, y tampoco tu abuela. Además tengo entendido que tu segunda tía ya está comprometida.

—Eso no tiene importancia —le aseguró Jia Rong—. Mis tías segunda y tercera no son hijas de mi abuelo, sino sólo sus hijastras. He oído decir que cuando mi abuela estaba con la otra familia comprometió a su segunda hija, incluso antes de que la criatura hubiera nacido, a la familia Zhang, que administraba la Granja Imperial. Más tarde a los Zhang los arruinó un juicio, y ella volvió a casarse en el seno de la familia You. Y en estos últimos diez años las dos familias han perdido todo contacto. Mi abuela se queja siempre del compromiso y quiere romperlo, y también mi padre quiere encontrar otro esposo para mi segunda tía. Todo lo que hay que hacer, una vez que se haya elegido una familia adecuada, es encontrar a los Zhang, pagarles una docena de taeles de plata y obligarlos a firmar un documento rescindiendo el compromiso. Tan apurados están los Zhang que apenas vean el dinero accederán; además, no ignoran que frente a una familia como la nuestra no les queda otro remedio. Si un caballero como usted, tío, la desea como segunda esposa, le garantizo que tanto mi madre como mi padre estarán complacidos. El único problema es mi tía Xifeng.

Todo aquello dejó a Jia Lian mudo de contento y con una bobalicona sonrisa en el semblante.

Después de pensar un rato, Jia Rong continuó:

—Si tiene el valor de actuar como yo le indique, tío, le garantizo que todo saldrá bien. Simplemente supondrá gastar un poco más de dinero.

—¿Cuál es tu plan? ¡Rápido! Puedes dar por sentado que estaré de acuerdo.

—No diga una sola palabra sobre este asunto cuando vuelva a casa. Espere a que se lo haya dicho a mi padre y lo haya arreglado con mi abuela; entonces podremos comprar una casa con todo su mobiliario en algún lugar cercano a la parte trasera de nuestra mansión, e instalaremos allí a un par de sirvientes con sus esposas. Hecho lo cual sólo quedará elegir un día para que se case en secretó. A los sirvientes les prohibiremos decir nada a nadie. Y como la tía Xifeng vive encerrada en la gran mansión, ¿qué posibilidades tiene de enterarse? Entonces, tío, usted tendrá dos casas. Si pasado un año más o menos la cosa llegara a hacerse pública, lo más que puede ocurrir es que sufra una llamada de atención de su padre, pero incluso en ese caso podrá alegar que, dado que su esposa no tiene hijos, hizo ese arreglo secreto en el exterior con la esperanza de tener descendencia. Cuando la tía Xifeng vea que el arroz ya está cocido tendrá que aceptar los hechos, y si entonces usted le pide a la Anciana Dama que interceda a su favor, toda la gravedad del asunto se desinflará.

Y como dice el refrán: «La lujuria nubla la mente». Tan entusiasmado estaba Jia Lian con la belleza de la segunda hermana que el descabellado plan de Jia Rong le pareció razonable, haciéndole olvidar que estaba de luto y que era inconveniente tener una concubina en el exterior cuando se contaba con un padre severo y una mujer celosa en casa.

En cuanto a Jia Rong, para actuar así tenía más motivos de los que decía. Él también se sentía atraído por sus dos tías, pero la presencia de su padre le impedía alzar el vuelo. Si Jia Lian se casaba con la segunda hermana tendría que recurrir a una vivienda independiente en el exterior, donde el sobrino podría ir a retozar cada vez que estuviera ausente el tío.

Por supuesto, nada de eso cruzó por la mente de Jia Lian, que le dio las gracias diciendo:

—Si consigues arreglar este asunto, sobrino querido, te compraré dos doncellas encantadoras.

Ya habían llegado a la mansión Ning y Jia Rong dijo:

—Tío, mientras usted entra a pedirle el dinero a mi abuela y se lo entrega a Yu Lu, yo iré a visitar a la Anciana Dama.

Jia Lian asintió con un gesto de cabeza y luego añadió:

—No le digas a la Anciana Dama que estoy aquí.

—Ya lo sé —contestó él.

Entonces Jia Rong le susurró al oído:

—Si ve hoy a la segunda tía, no actúe demasiado impetuosamente. Cualquier problema ahora podría dificultar las cosas en el futuro.

—No digas tonterías —se rió Jia Lian—. Anda, te esperaré aquí.

Y Jia Rong partió a presentar sus respetos a la Anciana Dama.

Cuando Jia Lian entró en la mansión Ning algunos de los mayordomos se adelantaron con otros sirvientes para presentar sus respetos y seguirlo hasta el salón. Para mantener las apariencias, Jia Lian les hizo unas cuantas preguntas, después los despidió y entró solo. Como él y Jia Zhen eran primos, y además cercanos, no tenía restricción alguna en aquel lugar y no necesitaba esperar a ser anunciado, así que se dirigió directamente a los aposentos principales. La vieja mujer de servicio en el corredor levantó la antepuerta apenas lo vio llegar. Al entrar en el cuarto vio a la segunda hermana cosiendo con dos doncellas sobre el diván del lado sur, pero no había el menor rastro de la anciana You o de la tercera hermana. Jia Lian avanzó para saludar a la segunda hermana, quien le pidió que tomara asiento. Él se sentó dando la espalda al tabique oriental.

Después de intercambiar unas cuantas frases amables, preguntó:

—¿Y tu madre y la tercera hermana? ¿Por qué no están aquí?

—Acaban de salir a la parte trasera a buscar algo; volverán enseguida —respondió ella.

Como las doncellas habían salido a por el té y estaban solos, Jia Lian se dedicó a lanzar sonrientes miradas a la segunda hermana, quien inclinó la cabeza para ocultar una sonrisa, aunque no respondió; pero él no se atrevió a hacer mayores avances. Al ver que la muchacha estaba jugueteando con el pañuelo al que estaba atada su bolsita, palpó su cintura como buscando su propia bolsa.

—He olvidado traer mi bolsa de nueces de buyo —dijo—. ¿Me permites probar una de las tuyas, hermana?

—Tengo unas cuantas; nunca doy, pero tome una.

Él se acercó corriendo a tomar una, pero ella temió que aquello se viera mal si entraba alguien de improviso, y le lanzó la bolsa entre risitas. Él la atrapó, la vació, eligió una nuez medio mordida y se la metió en la boca. Las demás las echó en un bolsillo. Iba a devolver la bolsita cuando entraron las doncellas con el té. Mientras sorbía el té, Jia Lian se despojó discretamente de un colgante de jade de la dinastía Han que tenía labrados nueve dragones y lo sujetó con un nudo hecho con el pañuelo de la mujer. Aprovechando una distracción de las doncellas, le devolvió el pañuelo. La segunda hermana You lo dejó donde había caído y siguió sorbiendo su té, como si no hubiera advertido nada. Entonces oyeron moverse la antepuerta y vieron entrar a la anciana You, a la tercera hermana y a dos jóvenes doncellas. Jia Lian indicó a la segunda hermana con un guiño que debía recoger el pañuelo, pero ésta no le hizo caso. Al no saber qué significaba aquella actitud, él se puso más nervioso. Tenía que dar un paso adelante para saludar a las recién llegadas, y al hacerlo miró de reojo a la segunda hermana, que seguía sonriendo como si nada hubiera sucedido. Pero cuando Jia Lian miró otra vez advirtió deleitado que el pañuelo ya no estaba. Entonces todos tomaron asiento y conversaron un momento.

—Dice mi cuñada que el otro día le entregó algún dinero para que se lo guardara, señora —dijo Jia Lian—. Hay una cuenta que pagar hoy, así que el primo Zhen me ha enviado a buscarlo y ver si todo marcha bien por aquí.

Inmediatamente la anciana You envió a la segunda hermana a buscar la llave y traer el dinero.

Jia Lian continuó:

—Además me interesaba venir para presentarle mis respetos y ver a estas dos jóvenes damas. Le agradecemos mucho que haya venido, señora, pero sentimos remordimiento por estar causando tantas molestias a las dos primas.

—¡Dónde se ha visto a parientes cercanos hablando así! —protestó ella—. Esto se ha convertido en nuestro hogar. La verdad es que desde que mi esposo murió nos ha resultado difícil llegar a fin de mes con nuestro magro presupuesto, y si lo hemos logrado ha sido gracias a la ayuda de mi yerno. Ahora que precisan ayuda, no tenemos otra forma de mostrar nuestro agradecimiento que encargándonos de sus asuntos. ¿Cómo puede hablar de causarnos molestias?

La segunda hermana trajo el dinero y lo entregó a su madre, que a su vez se lo dio a Jia Lian. Él envió a una de las jóvenes doncellas para que trajera a una criada.

—Entrégale esto a Yu Lu —le ordenó—. Dile que lo lleve a la otra casa y que me espere allí.

Asintiendo, la vieja partió. En ese momento oyeron la voz de Jia Rong en el patio, y un instante después apareció para presentar sus respetos a las damas.

—En este preciso momento su padre estaba preguntando por usted, tío —dijo—. Quiere que atienda unos asuntos y estaba a punto de enviar a alguien al templo a buscarlo, pero yo le dije que aparecería enseguida. Su Señoría me pidió que le dijera que debía apresurarse.

Jia Lian se incorporó para partir y en ese momento escuchó a Jia Rong diciéndole a la anciana You:

—Ese joven del que le hablé el otro día, abuela, el que mi padre tiene pensado para la segunda tía, tiene los rasgos y el aspecto muy similares a los de este tío mío.

Y al decir aquello apuntó ladinamente hacia Jia Lian y movió los labios en dirección a la segunda hermana. Ésta se encontraba demasiado incómoda como para decir algo, pero su hermana, entre sonriente y enfadada, protestó:

—¡Eres un mono diabólico! ¿Acaso no tienes otra cosa de la que hablar? Espera, que voy a arrancarte la lengua.

Y se lanzó hacia él. Pero ya Jia Rong se había escabullido entre risas, y Jia Lian se despedía de ellas con una sonrisa. En el salón pidió a los sirvientes que no jugaran ni bebieran; después pidió secretamente a Jia Rong que fuera a discutir el asunto con su padre. A continuación llevó a Yu Lu a la otra casa para completar la suma de dinero requerida, y mientras el mayordomo partía con aquello él fue a presentar sus respetos a su padre y a la Anciana Dama.

Volviendo a Jia Rong. Cuando éste vio que Yu Lu y Jia Lian habían partido a recoger el dinero, y que a él no le quedaba nada que hacer, volvió adentro para juguetear un rato con sus dos tías antes de partir.

Ya era noche cerrada cuando volvió al templo a informar a su padre.

—El dinero ha sido entregado a Yu Lu. La Anciana Dama ya está mucho mejor y ha dejado de tomar medicinas.

Y aprovechó la oportunidad para explicar como Jia Lian le había comunicado por el camino su deseo de tomar a la segunda hermana You como segunda esposa y establecer una casa en el exterior sin que Xifeng se enterara.

—Lo hace sólo porque le preocupa mucho no tener un hijo —explicó Jia Rong—, y ahora que ha visto a la segunda tía, que ya está emparentada con nosotros, ha pensado que casarse con ella sería mejor que conseguir alguna muchacha sobre cuya familia no sepamos nada. Así que mi tío me ha pedido repetidamente que se lo proponga.

Claro está, evitó mencionar sus propias intenciones.

Jia Zhen lo pensó.

—En realidad no tiene importancia. ¿Por qué no aceptarlo? —dijo finalmente—. Pero no sabemos si la segunda tía está dispuesta. Anda y discútelo con tu abuela mañana a primera hora, y pídele que se asegure de que la segunda tía está de acuerdo antes de que tomemos ninguna decisión.

Además impartió algunas instrucciones más a su hijo, y fue a abordar el asunto con su esposa. La joven señora You sabía bien que aquello no era correcto, y se esforzó por disuadirlo, pero como Jia Zhen ya estaba decidido y ella estaba acostumbrada a ceder a sus deseos, y como la segunda hermana era solamente su hermanastra y por lo tanto no se sentía responsable, tuvo que permitir que se llevara adelante la descabellada maquinación.

En consecuencia, al día siguiente a primera hora Jia Rong volvió a la ciudad a ver a la anciana You y exponerle la propuesta de su padre. Se explayó sobre las virtudes de Jia Lian, declaró que Xifeng se encontraba mortalmente enferma, y que si compraban una casa para vivir en las afueras durante un tiempo, cuando pasara más o menos un año y Xifeng hubiera muerto, su segunda tía podría mudarse a la mansión como esposa titular. También describió los regalos de matrimonio que haría su padre, y la ceremonia nupcial que arreglaría Jia Lian.

—La llevarán a vivir cómodamente en su vejez, abuela —le aseguró él—. Y más adelante también se encargarán del matrimonio de la tercera tía.

Pintó un cuadro tan deslumbrante que, claro está, la anciana You terminó aceptando. Además, como dependía económicamente de Jia Zhen, y era él quien proponía la boda, ella no tendría que aportar dote. Más aún, Jia Lian era un caballero joven de familia noble, diez veces superior a la desdichada familia Zhang. Así que fue directamente a discutir el asunto con su segunda hija.

La segunda hermana era una coqueta. Ya había tenido un lío con Jia Zhen, y se lamentaba constantemente de que su compromiso con Zhang Hua le impidiera contraer un enlace mejor. Ahora que Jia Lian se había prendado de ella y su cuñado mismo había propuesto el matrimonio, su disposición era total. Asintió con un gesto de cabeza, lo cual fue inmediatamente transmitido a Jia Rong, quien a su vez marchó a informar a su padre.

Al día siguiente invitaron a Jia Lian al templo. Cuando Jia Zhen le comunicó que la anciana You había dado su consentimiento, la alegría casi no le permitió dar las gracias a Jia Zhen y a Jia Rong. Entonces planearon enviar unos mayordomos a buscar una casa, mandar fabricar objetos, así como una cama, cortinas y otros muebles para la cámara nupcial.

A los pocos días todo estuvo listo. La casa que compraron estaba en el pasaje de las Ramas Floridas, unos dos li detrás de la calle de Ning y Rong. Tenía más de veinte cuartos, y para atenderlos compraron a dos doncellas jóvenes. Además, Jia Zhen instaló allí a su propio sirviente Bao Er y a su esposa, para que atendieran a la segunda hermana cuando ésta se mudara. Luego mandó llamar a Zhang Hua y a su padre y les obligó a escribir un documento para la anciana You, en el que se cancelaba el compromiso.

Ahora bien, el abuelo de Zhang Hua había sido encargado de la Granja Imperial, y a su muerte el padre de Zhang Hua había ocupado el cargo; y como había sido buen amigo del primer esposo de la anciana You, Zhang Hua y la segunda hermana You habían sido comprometidos antes de nacer. Más tarde los Zhang se vieron envueltos en un juicio que arruinó a la familia, y la dejó incluso sin recursos para alimentarse y vestirse bien, ¿cómo iban en esas condiciones a casar a su hijo? Y como la anciana You había dejado el hogar de su primer esposo, las familias no habían tenido contacto alguno durante más de diez años. Cuando los mayordomos de la familia Jia citaron a Zhang Hua y le ordenaron renunciar a su compromiso con la segunda hermana You, éste tuvo que aceptar a pesar de sus resistencias, a la vista del temible poder de Jia Zhen y los demás. En consecuencia, escribió un documento cancelando el compromiso, y la anciana You le entregó a cambio diez taeles de plata, lo que dejó cerrado el asunto.

Cuando vio que ya estaba todo dispuesto, Jia Lian eligió el tercer día del siguiente mes, un día auspicioso, para la boda. Escuchen el siguiente capítulo…

En efecto:

El deseo por una pariente

distanció a marido y mujer.

CAPÍTULO LXV

En secreto, el segundo señor Jia toma como

concubina a la segunda tía You.

Enamorada, la tercera hermana You quiere

casarse con el segundo señor Lin.

De los conciliábulos de Jia Lian con Jia Zhen y Jia Rong pronto resultó un arreglo satisfactorio. En el segundo día del mes la anciana You y la tercera hermana fueron llevadas a la nueva casa. Una sola mirada le bastó a la anciana para advertir que el lugar no era tan imponente como había dicho Jia Rong, aunque fuera en todo caso una edificación respetable, para satisfacción de ella y de su hija. Bao Er y su segunda esposa les dieron una efusiva bienvenida, refiriéndose insistentemente a la anciana You como «anciana señora», y a la tercera hermana como «tercera tía».

Al día siguiente, al amanecer, llegó la segunda hermana en un palanquín sin adornos[1]. Encontró dispuestos el incienso, las velas y el papel para sacrificios, así como el vino, la comida y ropa fina de cama. Jia Lian, aún de luto, llegó en una pequeña silla de manos. Inmediatamente hicieron todos una reverencia ante el cielo y la tierra y quemaron papel de sacrificios. A la anciana You le agradó mucho el ajuar de la segunda hermana, tan diferente a las fruslerías y prendas que había llevado hasta ese momento en su casa. La novia fue ayudada a entrar en la cámara nupcial, donde aquella noche disfrutó con Jia Lian de los arrebatos del amor.

Perdidamente enamorado de su nueva esposa, Jia Lian hizo todo lo que estuvo a su alcance para complacerla. Prohibió a Bao Er y a los demás sirvientes que se refiriesen a ella como «segunda señora». Tanto los sirvientes como el mismo señor estaban obligados a llamarla «señora», como si Xifeng ya hubiera desaparecido de la faz de la tierra. Cada vez que volvía a su casa, Jia Lian justificaba su tardanza arguyendo ciertos negocios en la mansión del Este, y como Xifeng sabía que la relación entre su esposo y Jia Zhen era muy estrecha, en ningún momento llegó a sospechar la verdad, pues le parecía natural que ambos discutieran los asuntos familiares. En cuanto a los sirvientes, por muchos que fueran nunca interferían en asuntos de esta índole. De hecho, los ociosos a quienes gustaba dar pábulo a las hablillas trataron de aprovechar la situación quedando bien con Jia Lian, y ninguno de ellos estuvo dispuesto a delatarlo. A esto correspondió Jia Lian con una ilimitada gratitud.

Jia Lian cubría los gastos de su nueva casa con cinco taeles de plata mensuales. Cuando él no estaba, la madre y sus dos hijas comían juntas; si él llegaba, esposo y esposa comían juntos y solos, mientras la anciana You y la tercera hermana se retiraban a sus respectivos cuartos. Jia Lian también entregó a la segunda hermana los ahorros que había reunido en los últimos años; en la cama le hablaba sin trabas acerca de la conducta de Xifeng, y le prometía introducirla en la familia apenas falleciera su esposa principal. Eso, evidentemente, era lo que deseaba la segunda hermana. Y así fue como en esa casa, habitada por unas doce personas, se instaló muy cómodamente.

Dos meses pasaron como un rayo. Cierta noche, al volver del templo del Umbral de Hierro, Jia Zhen decidió hacer una visita a las dos cuñadas, a quienes no veía desde hacía mucho tiempo. Primero envió un paje por delante para averiguar si estaba allí Jia Lian. Le encantó saber que se encontraba ausente. Tras despedir a todos sus lacayos, salvo a dos muchachos de confianza que llevaban su caballo de las riendas, se dirigió directamente hacia la casa. Ya era la hora de encender las lámparas cuando, sin hacer el menor ruido, penetró en el lugar. Los pajes amarraron el caballo en el establo y se dirigieron a los cuartos de la servidumbre a esperar nuevas órdenes.

Jia Zhen entró un momento después de que fueran encendidas las lámparas. Primero se encontró con la anciana You y con la tercera hermana; luego salió a saludarlo la segunda hermana, y él la llamó «segunda cuñada», como siempre hacía. Bebieron juntos el té y charlaron.

—¿Y cómo va el matrimonio que te arreglé? —preguntó Jia Zhen con una sonrisa—. De haber perdido la oportunidad no hubieras vuelto a encontrar a un hombre como éste, ¡ni buscándolo con un farol en la mano! Un día de éstos vendrá a visitarte tu hermana mayor con unos regalos.

La segunda hermana mandó disponer vino y comida. Y como ya eran miembros de la misma familia, cerraron la puerta y charlaron sin freno hasta que entró Bao Er a presentar sus respetos.

Jia Zhen le dijo:

—Te mandé a trabajar aquí porque eres un tipo honrado. En el futuro te encomendaré trabajos más importantes. No te emborraches en el exterior ni crees problemas, y recibirás a cambio una buena recompensa. Tu segundo señor Lian está muy ocupado y en su casa hay mucha gente, así que si aquí os falta cualquier cosa, házmelo saber. Después de todo, somos primos, no soy ningún extraño.

—Sí, señor, comprendo —contestó Bao Er—. Si no cumplo lo mejor posible córteme la cabeza.

—Simplemente quiero que comprendas.

Siguieron bebiendo los cuatro hasta que la segunda hermana, midiendo bien la situación, dijo a su madre:

—Me da miedo salir sola. ¿Me acompañas?

La anciana You captó la indirecta y se retiró con ella, dejando sólo a dos doncellas jóvenes. Entonces Jia Zhen y la tercera hermana se acurrucaron a poca distancia uno del otro y coquetearon tan descaradamente qué las dos doncellas que allí había se escabulleron escandalizadas, dejándolos solos para que se divirtieran a sus anchas.

Los pajes de Jia Zhen estaban en la cocina bebiendo con Bao Er, mientras la esposa de éste se encargaba de preparar la comida. Las dos doncellas irrumpieron entre risitas y pidieron un par de copas.

—¿Y por qué no estáis atendiéndolos, hermanas? —preguntó Bao Er—. ¿Por qué habéis dejado vuestro puesto para venir aquí? Si desean algo y no hay allí nadie que los atienda, habrá problemas.

—¡Idiota! ¡Cornudo! —le reprendió su mujer—. ¿Por qué no bebes hasta desmayarte? Limítate a mantener el capullo entre las piernas y estira tu caparazón. Si llaman o no llaman, eso no tiene nada que ver contigo. Yo me encargaré de todo. Pase lo que pase, ni una gota de lluvia mojará tu cabeza.

Bao Er debía toda su buena fortuna a su mujer, y más aún la racha que había tenido últimamente, ya que en ese agradable trabajo no hacía más que cobrar y emborracharse, sin que Jia Lian o los demás le llamaran nunca la atención. De ahí que la obedeciera ciegamente, como si de su madre se tratara. De acuerdo con esto, se fue a la cama tras haber bebido hasta hartarse. Su mujer siguió bebiendo con los pajes y doncellas, halagando a todos con la esperanza de que hablaran bien de ella ante Jia Zhen. Estaban en pleno disfrute cuando escucharon unos golpes en el portón. Al abrir, la esposa de Bao Er vio a Jia Lian desmontando de su caballo. Lian le preguntó si todo marchaba bien.

Bajando la voz, ella contestó:

—El señor mayor esta en el patio del este.

Al oír aquello, Jia Lian fue directamente a su dormitorio, donde encontró a la segunda hermana con su madre. Al verlo se incomodaron un poco, pero él pretendió no advertirlo.

—¡Vino! ¡Rápido! —ordenó—. Después de un par de tragos podremos irnos a dormir. Estoy agotado.

Inmediatamente la segunda hermana se adelantó con una sonrisa para ayudarle a despojarse de la ropa de abrigo y ofrecerle té; luego le preguntó sobre esto y lo de más allá. Y tan complacido quedó Jia Lian, que empezó a arder dé deseo. Pronto trajo el vino la mujer de Bao Er, y los dos bebieron. La suegra se retiró a su cuarto, dejando a dos jóvenes doncellas para atenderlos.

Cuando Longer, el paje de confianza de Jia Lian, fue al establo con su caballo, descubrió allí otro, que identificó como el de Jia Zhen. Comprendiendo la situación se dirigió, también él, a la cocina, donde encontró a Xier y a Shouer bebiendo. Al verlo intercambiaron unas expresivas miradas.

—Llegas en el momento justo —dijeron con una sonrisa astuta—. No pudimos meter el caballo del señor en los establos de la mansión, y como temimos violar el reglamento nocturno decidimos pasar aquí la noche.

Longer se echó a reír:

—Hay mucho sitio sobre el kang. Echaos por donde queráis. El segundo señor me envía para entregar a la señora su pensión mensual, de modo que yo tampoco regresaré esta noche.

—Hemos bebido demasiado —dijo Xier—. Ahora te toca a ti beber una copa.

Pero en el preciso instante en que Longer tomaba asiento y empezaba a empinar el codo, oyeron un súbito estrépito que llegaba del establo donde los dos caballos, reacios a compartir la misma avena, se coceaban ruidosamente. Longer y los otros dos pajes dejaron enseguida su copa y salieron corriendo a tranquilizarlos. Volvieron una vez que hubieron amarrado el caballo de Jia Lian en otra parte.

—Quedaos aquí los tres —les dijo la esposa de Bao Er—. Os he dejado té preparado. Ahora debo marcharme.

Dicho lo cual, se marchó cerrando la puerta tras ella. Después de unas cuantas copas, a Xier se le pusieron los ojos vidriosos. No habían terminado Longer y Shouer de echar la llave a la puerta cuando vieron que su compañero se desplomaba, completamente borracho, sobré el kang. Dándole un empellón le dijeron:

—Muévete, hermanito. ¿Dónde vamos a dormir si tú ocupas todo el sitio?

—Esta noche tenemos que repartirnos bien la tortilla —mascullaba dificultosamente Xier entre los vapores del alcohol—. Y me jodo a la madre de quien se haga el estrecho.

Los otros dos, viendo que estaba beodo, no le hicieron caso, apagaron la luz y se echaron a dormir lo mejor que pudieron.

El estrépito de los caballos también había alarmado a la segunda hermana, quien trató de distraer la atención de Jia Lian conversando con él. Después de unas cuantas copas, Lian se sintió muy excitado y ordenó a las doncellas que retiraran el vino y los platos, después de lo cual cerró la puerta para desnudarse. La segunda hermana sólo llevaba encima una chaqueta escarlata. Con el cabello suelto y las mejillas encendidas, era todavía más hermosa que a la luz del día.

Jia Lian le echó los brazos alrededor del cuello y declaró:

—Todos dicen que esa arpía que tengo por primera esposa es muy bella, pero en mi opinión no es digna ni de quitarte los zapatos.

—Soy bien parecida, pero tengo mala fama —respondió la mujer—. Quizás hubiera sido mejor no ser tan bella.

—¿Por qué dices eso? —preguntó él—. No comprendo.

—Piensas que soy tonta —le dijo ella soltando unas lágrimas—, pero no tengo la cabeza tan vacía. Hace ya dos meses que soy tu esposa, y ese tiempo me ha bastado para comprender que tampoco tú eres tonto. Yo seré tuya viva o muerta. Casada como estoy contigo, dependeré de ti toda mi vida, de modo que no voy a esconderte nada. Yo tengo las espaldas cubiertas, pero ¿qué pasa con mi hermana? Me parece que las cosas no pueden seguir como hasta ahora. Hemos de idear un plan.

—Descuida —rió Jia Lian—. No soy celoso. Sé que todo eso sucedió en el pasado, y no tienes nada que temer. Como tu cuñado menor es mi primo mayor, naturalmente no te animas a abordar el asunto. Sería mejor que yo mismo hiciera la propuesta.

Entonces fue hasta el patio del este y a través de la ventana del cuarto iluminado vio a Jia Zhen y a la tercera hermana bebiendo y retozando. Jia Lian abrió la puerta e irrumpió en el cuarto.

—Conque estás aquí, primo mayor —dijo con una sonrisa—. He venido a presentar mis respetos.

Demasiado avergonzado para responder, Jia Zhen se limitó a ponerse de pie señalando una silla al recién llegado.

Jia Lian se echó a reír.

—¿A qué viene ese aspecto tan azorado? Como primos que somos, siempre hemos estado muy unidos. Nunca podré agradecerte lo suficiente todo lo que has hecho por mí. Si ahora te ofendes, ¿cómo podré estar tranquilo? Por favor, compórtate como hasta hace un momento, pues de otro modo nunca me atrevería a volver aquí, aunque eso me costara no tener descendencia.

E hizo el ademán de arrodillarse.

Jia Zhen se lo impidió inmediatamente.

—Haré lo que digas, primo —le aseguró.

—Voy a echar un trago con mi primo mayor —dijo entonces Jia Lian pidiendo vino. Y tomando a la tercera hermana de la mano le dijo—: Ven y bebe tú también una copa con tu cuñado menor[2].

Con una carcajada, Jia Zhen declaró:

—Segundo primo, está visto que no cambiarás nunca. Voy a tener que apurar esta copa. —Y diciendo esas palabras, se echó la copa al gaznate.

Entonces la tercera hermana saltó sobre el kang y señalando con el dedo a Jia Lian exclamó:

—¡No trates de envolvernos con tu lengua meliflua! «Fideos cocidos en agua clara, veo lo que estás comiendo.» Y en todo caso, «Si estás viendo sombras chinescas, no rompas el papel para mostrar lo que ocurre detrás». Tienes que estar ciego para pensar que ignoramos lo que sucede en tu casa. ¡Y sólo porque habéis gastado un poco de vuestro apestoso dinero, pensáis que os podéis divertir con nosotras como si fuéramos putas! Pues pensáis mal. Sé que tu esposa es una arpía tan grande que te atreviste a engañar a mi hermana para que viniera aquí y se convirtiera en tu concubina; pero ¿sabes?, no se puede hacer sonar un gong robado. Me están entrando ganas de visitar a esa señora Xifeng, a ver qué clase de prodigio es. Si todos nos tratan correctamente, se podrá vivir en paz. Pero si cualquiera se propasa, soy capaz de arrancaros a los dos vuestras entrañas de bestia[3], y luego matar a esa mujer. ¡Que no soy la tercera señorita You si no lo hago! ¿Quién le teme a la bebida? Bebamos.

Y, alzando la jarra de vino, llenó una copa y se bebió la mitad de un trago; luego rodeó con un brazo el cuello de Jia Lian y, obligándole a echar hacia atrás la cabeza, le volcó el resto por la garganta.

—Ya he bebido con tu primo —dijo ella—. Ahora nos toca a nosotros jugar a los enamorados.

Todo eso asustó tanto a Jia Lian que, de un golpe, recuperó la sobriedad. Por su parte, Jia Zhen nunca hubiera sospechado que la tercera hermana fuera capaz de actuar tan temerariamente. A pesar de toda su experiencia en el trato con mujeres de vida alegre, los dos primos quedaron anonadados por la grandeza de aquella muchacha.

Entonces la tercera hermana gritó:

—¡Que llamen a mi hermana! Si lo que buscáis es diversión, divirtámonos los cuatro. Como dice el refrán: «Lo bueno debe quedar en familia». Vosotros sois primos, nosotras hermanas; ninguno es un extraño, ¡vamos!

La segunda hermana, que ya había llegado, empezó a sentirse incómoda. Jia Zhen quiso escabullirse, pero la tercera hermana se lo impidió. A esas alturas Jia Zhen ya lamentaba haber venido, pues nunca hubiera podido suponer que la tercera hermana se comportaría así, impidiendo que él y Jia Lian obtuvieran de ella lo que deseaban.

La tercera hermana se recogió el pelo en un moño. Su chaqueta escarlata, entreabierta, dejaba ver su corpiño de color verde puerro y su piel blanca como la nieve. Llevaba pantalones verdes y pantuflas rojas. Ora apoyaba las puntas de sus delicados pies en el suelo, ora los estiraba, sin quedarse quieta un solo instante, mientras sus zarcillos se mecían de un lado a otro. A la luz de la lámpara sus cejas de sauce se curvaban provocativas, sus fragantes labios brillaban rojos como el cinabrio y sus ojos, destellando como estanques otoñales, relumbraban todavía más seductores con el vino. A Jia Zhen y Jia Lian no sólo les pareció que superaba a su hermana mayor, sino que ninguna de las muchachas que habían visto en su vida, las encumbradas y las humildes, las nobles o las plebeyas, tenía un embrujo tan arrebatador. Ambos estaban perplejos, como borrachos, y apenas podían contener el deseo de yacer con ella; sin embargo, el abierto y lujurioso juego de la muchacha los había dejado mudos.

Con aquellas insinuaciones y el movimiento de sus ojos, la tercera hermana no pretendía excitar a los dos hombres, aunque a esas alturas ya ninguno supiera dónde mirar ni qué decir, tan desbordados estaban por el vino y el deseo. Ella habló en voz alta y libremente, lanzándoles insultos, provocándolos y fastidiándolos a su antojo, como si fueran un par de prostitutas contratadas y no hombres que habían intentado seducirla. Por último, harta ya de vino y saciado su exaltado ánimo, los echó fuera, cerró la puerta tras ellos y se echó a dormir.

Desde entonces, cada vez que las doncellas vacilaban al cumplir las órdenes de la tercera hermana, ésta lanzaba un torrente de insultos contra Jia Zhen, Jia Lian y Jia Rong acusándolos de haber estafado a una viuda y a sus dos hijas huérfanas. Y a partir de entonces Jia Zhen no se atrevió a ir por allí más que cuando tenía la certeza de que la tercera hermana estaba de buen humor y era ella quien en secreto enviaba a un paje en su busca. Y al llegar, por supuesto, todo tenía que ser como ella quisiera; él no contaba.

De hecho, la tercera hermana era una excéntrica. Guapa y sentimental, gustaba vestir de manera sorprendente y conducirse más lasciva y seductoramente que las demás muchachas, para excitar a los hombres hasta el grado de hacerlos babear de deseo, incapaces a la vez de acercarse a ella o de mantenerse alejados. Su placer era, pues, mantenerlos en ascuas con mil recursos. Su madre y su hermana intentaron hacerle ver una y otra vez lo incorrecto de su comportamiento, mas siempre en vano.

—Pero qué tonta eres, hermana —solía replicar—. Si permitimos a esos dos simios reencarnados que vejen nuestros preciosos cuerpos, nos considerarán mujeres fáciles e incapaces. Además, esa esposa suya es un verdadero ogro. Mientras ella no se entere de esto, todo irá bien. Pero si un día llega a saberlo, puedes estar segura de que no se quedará con los brazos cruzados; lo más probable es que se arme un buen escándalo. ¿Quién sabe cuál de vosotras sobrevivirá? Si ahora no nos divertimos un poco tratándolos como basura, cuando esto estalle será demasiado tarde para lamentarse, porque lo único que nos quedará será mala reputación.

Y así, la tercera hermana empezó a exigir lo mejor de lo mejor, ya se tratara de ropa o comida. Cuando le llevaban dijes de plata, los exigía de oro; cuando perlas, pedía piedras preciosas; cuando le servían ganso cebado, pedía que le trajeran también pato, y no obedecerla era exponerse a que tirara la mesa por tierra. Si su ropa no era exactamente la que ella deseaba, ya se tratara de seda o satén, de prendas nuevas o viejas, la hacía jirones entre una cascada de maldiciones. De modo que Jia Zhen no estuvo tranquilo ni un solo día, y dilapidó vanamente grandes sumas de dinero.

Las visitas de Jia Lian, quien por cierto ya empezaba a lamentar todo aquel arreglo, se limitaron a los aposentos de la segunda hermana. Pero ésta era de carácter afectuoso, y para ella Jia Lian era su amo y señor de por vida y lo adoraba. En lo tocante a suavidad y obediencia, la segunda hermana era diez veces mejor que Xifeng, ya que todo se lo consultaba a su marido y nunca se atrevía a tomar una decisión por cuenta propia o a confiar exclusivamente en su propio juicio. También en lo tocante a apariencia, conversación y conducta era superior. Pero a pesar de haberse reformado, los deslices de su vida anterior la habían dejado marcada como mujer fácil, y de nada le valía ya aquel derroche de cualidades. A pesar de todo, dijo Jia Lian:

—¿Quién es perfecto? Es suficiente con que reconozcas tus errores y te enmiendes.

Y nunca volvió a mencionar su vida alegre del pasado, feliz como estaba con su bondad presente. Se sentía con ella como la laca y la goma o el pez en el agua, y juraba de todo corazón serle fiel toda su vida, pues había perdido todo interés por Xifeng y Pinger.

Cuando compartían almohada y edredón, la segunda hermana solía pedirle:

—¿Por qué no discutes las cosas con tu primo Zhen y eliges algún hombre de confianza que se case con mi hermana? No es bueno mantenerla aquí indefinidamente, pues tarde o temprano habrá problemas, ¿y qué haremos entonces?

—El otro día se lo sugerí —dijo Jia Lian—. Lo que pasa es que no tolera la idea de perderla. Yo le aclaré: «¿de qué sirve un carnero gordo si está demasiado caliente para comerlo? La rosa es adorable, pero tiene espinas, ¿cómo la vas a coger? Mejor busquemos a alguien para casarla». Pero él se puso a hacer ruidos con la boca y cambió de conversación. ¿Qué quieres que haga?

—No te preocupes —dijo la segunda hermana—. Mañana hablaremos con mi hermana. Si ella está dispuesta, la dejaremos seguir armando escándalos hasta que a él no le quede otra salida que casarla.

—Buena idea —asintió Jia Lian.

Al día siguiente, la segunda hermana preparó un festín para Jia Lian y se quedó en sus aposentos. A mediodía invitaron a la tercera hermana y a su madre para que ocuparan los lugares de honor. La tercera hermana adivinó sus intenciones, y cuando las copas ya habían sido llenadas tres veces, sin esperar a que su hermana hablara, dijo entre lágrimas:

—Hermana, estoy segura de que hoy me has invitado por algún motivo importante. No soy ninguna boba, y no hay necesidad de insistir en mi vergonzosa conducta del pasado. Soy consciente de ella; carece de sentido recordármela. Ahora has encontrado un buen refugio, y lo mismo nuestra madre, y es justo y correcto que también yo busque un hogar propio. Pero el matrimonio es un asunto serio; es para toda la vida, y no es broma. Yo he cambiado profundamente y quiero empezar una nueva vida, pero para casarme debo encontrar al hombre apropiado. Por mucho dinero, talento y buena presencia que pueda tener el hombre a quien me destinéis, si vuestra elección no fuera cercana a mi corazón toda mi vida se habría desperdiciado.

—Eso no es problema —dijo Jia Lian—. Puedes elegir tú misma y nosotros proporcionaríamos la dote para que vuestra madre no tenga de qué preocuparse.

—Mi hermana sabe a quién prefiero —sollozó la tercera hermana—. No es necesario que lo nombre.

—¿Quién es? —preguntó Jia Lian a la segunda hermana, pero a ésta no se le ocurrió quién podría ser.

Mientras se devanaban los sesos, Jia Lian, seguro de haberlo adivinado, exclamó sonriente dando una palmada:

—¡Ya sé quién es! Y ciertamente no está mal. Has hecho una buena elección.

—¿Pues de quién se trata? —preguntó la segunda hermana.

—De Baoyu —se rió él—. Nadie más sería suficientemente bueno para ella.

La segunda hermana y la anciana You pensaron que había acertado, pero la tercera hermana escupió con desprecio.

—¿Si fuéramos diez las hermanas, todavía tendríamos que casarnos con todos tus hermanos y primos? —preguntó—. ¿Es que no hay hombres fuera de la familia Jia?

Aquello dejó a todos intrigados. «¿Qué otra persona podría ser?», se preguntaban.

—Olvídate del presente, hermana —dijo la tercera hermana—. Remóntate cinco años atrás y obtendrás la respuesta.

Mientras hablaban entró Xinger, el paje de confianza de Jia Lian, para informar:

—El anciano señor quiere que vaya inmediatamente. Le dije que usted había ido a ver a su tío, y vine directamente aquí a buscarlo.

—¿Y ayer preguntaron por mí en mi casa? —preguntó Jia Lian.

—Le dije a la señora que estaba usted con el señor Zhen en el templo familiar haciendo planes para el sacrificio del centésimo día, de manera que probablemente le resultaría difícil volver.

Jia Lian pidió inmediatamente su caballo y partió acompañado de Longer, dejando a Xinger para que resolviera cualquier imprevisto. La segunda hermana ordenó que le preparasen dos platos y le hizo beber una copa de vino en cuclillas junto al kang, mientras lo interrogaba acerca de la familia Jia: ¿qué edad tenía la señora Lian?, ¿era realmente aterradora?, ¿qué edad tenían la Anciana Dama y la dama Wang?, ¿cuántas muchachas había en la casa? Feliz de estar comiendo y bebiendo junto al templado kang, Xinger regaló los oídos de la anciana You y de sus hijas con una relación detallada de la mansión Rong.

—Yo hago la guardia en la puerta interior —dijo—. Hacemos dos turnos, cada uno de cuatro hombres; ocho en total. Unos somos de la confianza del señor, otros de la señora. Tenemos mucho cuidado de no molestar a sus pajes, pero ellos siempre andan buscándonos las cosquillas. Ustedes preguntan por nuestra señora. Pues no debería decirles esto, pero es tan hábil, astuta, y su lengua es tan rápida y afilada, que tiene al segundo señor sujeto a su voluntad. La señorita Pinger, su doncella, tiene en cambio buen talante, y a pesar de que está al lado de la señora Lian, siempre está haciendo buenas acciones a sus espaldas. Si cometemos algún error la señora no nos perdona; pero si suplicamos a Pinger que nos ayude, ella arregla las cosas. No hay nadie en toda la casa, salvo. Sus Señorías, que no la odie. Es sólo el miedo el que nos hace actuar como si la quisiéramos, y eso porque ella desprecia a todo el mundo y se dedica a adular a la Anciana Dama y a la señora. Lo que dice es ley y nadie se atreve a frenarla. Trata dé ahorrar montones de dinero para que Sus Señorías la consideren una buena administradora; pero, claro está, somos los sirvientes quienes sufrimos las consecuencias, y ella quien cosecha todos los elogios. Si pasa cualquier cosa buena, se abalanza a reclamar el mérito antes de que alguien pueda hacerlo. Si pasa algo malo, o si ella misma comete un error, elude la responsabilidad y la carga rápidamente sobre los hombros de otros, causando así nuevos problemas. Ha llegado a un punto en el que ni su propia suegra, la dama Xing, la soporta, y la llama «gorrión de buen clima» o «gallina negra que descuida su propio nido, pero anda metiéndose en nido ajeno». Si no fuera porque tiene el apoyo de la Anciana Dama, la dama Xing ya la habría llamado a su lado hace mucho tiempo, como corresponde hacer con una nuera.

La segunda hermana sonrió.

—Escuchándote hablar a sus espaldas me preguntó qué dirías de mí en un futuro. ¡Mi rango es menor, así que podrías adornar la cosa mejor todavía!

—¡Que me parta un rayo si llego a hacer algo semejante! —juró Xinger cayendo inmediatamente de rodillas—. Si desde el comienzo hubiéramos tenido la fortuna de contar con una señora como usted, no habríamos tenido que soportar tantas palizas y maldiciones ni vivir siempre temerosos y temblorosos. ¡Pero si todos los sirvientes de nuestro señor la elogian sin cesar, incluso a sus espaldas, por ser tan amable y bondadosa con nosotros! Hasta hemos pensado en pedirle a nuestro señor que nos deje venir aquí para atenderla.

—¡Macaco! —se rió ella—. Levántate ahora mismo. Sólo estaba bromeando, y ya estás asustado. ¿Para qué os quiero yo aquí? En realidad he estado pensando en visitar a vuestra señora.

Xinger levantó los brazos consternado.

—¡Ni se le ocurra, señora! Créame. Lo mejor que puede hacer es no llegar a conocerla nunca. Le hablará dulcemente cuando su corazón rebose de amargura, pues tiene doble cara y es muy astuta. Mientras sonríe tratará dé ponerle una zancadilla, y fingirá candidez mientras le clava un puñal por la espalda. Así es. Me temo que ni siquiera la tercera tía podría ganarle una discusión, ¿cómo se va a enfrentar a ella una dama bondadosa y amable como usted?

—¿Qué puede hacerme si la trato cortésmente?

—No es que se me haya soltado la lengua por la bebida, pero créame: aunque la tratara con respeto, una vez que ella estuviese segura de que usted es mejor parecida y más querida por los sirvientes, no tardaría en atacarla. Si las demás mujeres son celosas, ella lo es cien veces más. Si el señor mira dos veces seguidas a cualquier doncella, es capaz de armar un escándalo en ese mismo lugar y momento. A pesar de que la señorita Pinger es de la casa, y de que el señor sólo duerme con ella una vez al año, o una vez cada dos años, rezonga y rezonga hasta que Pinger pierde la paciencia y arma un escándalo: «Yo no quería ser su concubina —le dice—. Cuando me negué usted me llamó desobediente. ¡Me obligó a aceptar, y ahora me trata de este modo!». Entonces ella se calma y hasta le pide disculpas.

—En ese caso estás mintiendo —dijo la segunda hermana riéndose—. ¿Cómo una bribona como la que describes le va a tener miedo a una concubina?

—Como dice el proverbio —replicó él—: «Todas tienen que hacer caso a la razón». La señorita Pinger ha sido su doncella desde que era niña, pues es una de las cuatro que trajo consigo cuando se casó. Las demás ya se casaron o murieron. Sólo queda esta doncella favorita, a la que decidió convertir en concubina de su esposo. Aquello fue para demostrar su amplitud de criterio y también para impedir que el señor se dedicara a perseguir mujeres de cascos ligeros fuera de la mansión. También hubo otro motivo. En nuestra familia está establecido que cuando los jóvenes caballeros alcanzan la adolescencia les sean destinadas dos muchachas para que los atiendan. El segundo señor tenía dos, pero al medio año de su llegada la señora Xifeng se las apañó para encontrarles toda suerte de defectos y deshacerse de ellas. Aunque nadie pudo decir nada, ella comprendió que no se vería bien lo que acababa de hacer, así que obligó a Pinger a convertirse en la concubina del señor. Pinger es realmente una buena persona. En lugar de reprochárselo, o crear problemas entre marido y mujer, es totalmente leal a su señora, por lo cual ha seguido allí.

—Conque así está la cosa… —comentó la segunda hermana—. Pero me dicen que tienes otra señora que es viuda, y también varias jóvenes damas. ¿Por qué la soportan si es tan arpía como das a entender?

Xinger dio una palmada.

—Veo que no comprende. Esa viuda de la que habla, la señora Zhu, es un alma tan bondadosa que la han apodado «Gran bodhisattva». Además, las reglas en nuestra familia son tan estrictas que las viudas nunca se ocupan de los asuntos domésticos: lo único que se espera de ellas es que vivan tranquila y castamente. Pero como hay tantas damas jóvenes, la señora Zhu se ha encargado de ellas y su tarea consiste en supervisar sus estudios y enseñarles labores y principios morales. No tiene qué preocuparse de nada más. Ha sido la reciente enfermedad de la señora Lian y la cantidad de cosas por hacer lo que obligó a la señora Zhu a echar una mano durante unos días. Pero no hay mucho que ella pueda hacer, salvo mantenerse apegada a los usos tradicionales, y no hacerse la importante como la señora Lian. En cuanto a la mayor de nuestras jóvenes, de más está decir que su excelente disposición es la que la ha bendecido ahora con la buenísima fortuna de que goza. La segunda joven, a la que llamamos «La Tontita», es incapaz de decir una palabra, así le claven una aguja. A la tercera la llaman «Rosa».

—¿Y eso por qué? —preguntaron las dos hermanas.

Xinger se rió.

—Todos quieren a las rosas, por fragantes y rojas. Pero también tienen espinas. Ella es maravillosa e inteligente, pero por desgracia no es hija de la dama Wang, sino un «fénix de nido de cuervo». La cuarta, joven aún, es en realidad la hermana menor del señor Zhen; pero como perdió a su madre de niña, la Anciana Dama hizo que la dama Wang la adoptara y la criara; ésta tampoco se preocupa jamás de los asuntos familiares. Y tal vez no sepa, señora, que además de nuestras jóvenes tenemos otras dos, de un tipo rara vez visto en el cielo o en la tierra. Una es Lin Daiyu, cuya madre fue hija de la Anciana Dama. Su belleza es tan grande como la de la tercera tía, pero con el añadido de una carretada de lecturas; el único inconveniente es que siempre está enferma. Incluso cuando hace buen tiempo, como ahora, lleva ropa forrada, y un soplo de brisa podría derribarla. Como allá todos son una banda de irrespetuosos, la llaman a sus espaldas «Xi Shi Enfermiza». Y luego está la hija de la tía Xue, de nombre Baochai; su piel es tan blanca como la nieve. Cada vez que las vemos fugazmente, saliendo por la puerta o subiendo a un carruaje, ¡es como si nos poseyeran fantasmas o dioses! Vera cualquiera de ellas es suficiente para cortarle a uno la respiración.

La segunda hermana se rió.

—Una familia grande como la tuya se rige por reglas estrictas. A pesar de que os contrataron de niños, cada vez que os encontréis con una de las jóvenes damas deberíais esfumaros.

Xinger no hizo caso a aquella observación.

—No es eso. Si lo que quiere es hablar sobre la correcta etiqueta, de más está decir que nuestro deber es apartarnos de su camino. Pero aun cuando lo hacemos, lo hacemos conteniendo el aliento: una exhalación podría derribar a la señorita Lin, o un vaho derretir a la señorita Xue[4].

Aquello desató las carcajadas de los demás. Para saber qué vino a continuación, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LXVI

Por despecho, una muchacha enamorada emprende

el viaje a la mansión del Infierno.

Arrepentido, un hombre de corazón helado

franquea la Puerta del Vacío.

Dándole una palmada a Xinger, la esposa de Bao Er exclamó entre risas:

—¡Pero qué exagerado eres y cómo deformas la verdad! Por tu insensata manera de hablar se diría que sirves a Baoyu, no al señor.

—Y ya que hablamos de eso —intervino la tercera hermana antes de que la segunda pudiera seguir interrogando al lacayo—, ¿qué hace ese Baoyu vuestro? Además de estudiar, claro.

—No me pregunte eso, tía —rió Xinger—. No me va a creer cuando se lo diga. Verá usted, a pesar de su edad se distingue por no haber tenido nunca una educación formal. Todos los miembros de generaciones anteriores de esta familia, incluido el propio segundo señor, han estudiado año tras año con la vista puesta en llegar a ser altos funcionarios. Pues bien, Baoyu es el único que se resiste a hacerlo. Al principio su padre intentó meterlo en cintura, pero hace ya mucho tiempo que desistió, tan consentido está por su abuela. Se conduce siempre como un lunático, dice cosas que nadie entiende y nunca hay quien sepa lo que se trae entre manos. Es bien parecido y lo consideran inteligente, pero a pesar de eso es la confusión misma y tiene poco que decir a los demás. Aunque, eso sí, a pesar de no haber tenido nunca educación formal ha aprendido a leer. Jamás estudia un libro ni se le ve practicando las artes marciales, y le desagrada conocer gente nueva; prefiere pasar el tiempo jugueteando con las doncellas. Tampoco tiene noción de qué es lo correcto o lo incorrecto. Si está de buen humor, cuando nos ve se pone a jugar con nosotros olvidando las conveniencias del rango; si está malhumorado sigue solo, ignorando a todo el mundo. Si estamos sentados o echados por allí cuando él aparece, y no le prestamos atención, ni se inmuta. De modo que nadie le tiene miedo; sabemos que con él podemos conducirnos como queramos.

—Cuando el señor es tolerante, lo menospreciáis; cuando es severo, os quejáis de él —sentenció la tercera hermana con una sonrisa—. Lo que viene a demostrar que no sois más que una bandada de intrigantes.

—A nosotras nos produjo buena impresión —intervino la segunda hermana—. No sabíamos que tuviera ese carácter. Lástima, pues es un muchacho notablemente apuesto.

—No hagas caso a las tonterías de mi hermana —dijo la tercera hermana—. Hemos visto a Baoyu repetidas veces. Es cierto que su manera de comportarse es algo amanerada, pero eso se debe sin duda a que pasa mucho tiempo en los aposentos interiores. No puede decirse de él que sea un estúpido. ¿Recuerdas cuando estábamos de duelo, aquel día en que los monjes daban vueltas alrededor del ataúd? Las muchachas estábamos allí de pie y él se plantó delante de nosotras, dándonos la espalda. La gente comentó que carecía de modales y que debería tener más criterio; pero más tarde él mismo nos confesó: «Hermanas, no vayáis a pensar que lo hice por irrespetuoso, sino porque esos monjes son tan sucios que temía veros ofendidas por el hedor que despiden». Luego bebió té, tú querías un poco y cuando aquella vieja cogió su tazón para servirte, él dijo enseguida: «Ya he ensuciado la taza; lávala primero». Pensando fríamente en aquellos dos incidentes percibo lo solícito que es con las muchachas; sabe cómo agradarnos. Lo que pasa es que no cae bien a los de afuera, que no lo comprenden.

—Quien te oiga tendrá la impresión de que ya pensáis con la misma cabeza —se rió la segunda hermana—. ¿Qué pasaría si te comprometiéramos con él?

Cohibida por la presencia de Xinger, la tercera hermana se limitó a agachar la cabeza y seguir descascarillando pipas de calabaza.

—Por lo menos en apariencia y conducta harían buena pareja —opinó Xinger—. Pero él ya ha hecho su elección, aunque aún no haya sido anunciada. Es casi seguro que la elegida será la señorita Lin. Hasta ahora no se ha hecho nada al respecto porque la muchacha tiene una salud muy delicada y ambos son demasiado jóvenes; pero en dos o tres años más, en cuanto la Anciana Dama lo confirme, se arreglará el desposorio.

Mientras charlaban de esta manera regresó Longer para informar:

—El anciano señor tiene entre manos unos asuntos confidenciales sumamente importantes para cuya solución ha decidido enviar al segundo señor a Pinganzhou como emisario. Tiene que salir de viaje dentro de un par de días y no tardará menos de quince en ir y volver, de modo que hoy no puede venir y espera que la anciana señora y la segunda tía se ocupen con prontitud de aquel asunto, para que él pueda tomar una decisión definitiva mañana en cuanto pase por aquí.

Dicho lo cual partió con Xinger.

La segunda hermana mandó cerrar la puerta y se recogieron temprano. Pero la mayor se pasó toda la noche interrogando a la menor.

Al día siguiente Jia Lian llegó antes del mediodía.

—¿Por qué vienes aquí teniendo asuntos tan importantes que resolver? —le preguntó la segunda hermana—. No demores el viaje por mi culpa.

—Bah, no es tan importante —le dijo él—. La molestia es que debo emprender un viaje largo a principios del mes que viene, y estaré ausente más de quince días.

—Pues vete tranquilo. No te preocupes por nada de lo que a nosotras nos concierna. Mi hermana no es de las que cambian de opinión a cada instante. Si ha dicho que va a corregirse y reformar su comportamiento, cumplirá su palabra. Además, ya ha elegido a un hombre; lo único que te cabe hacer es acceder a sus deseos.

—¿Y quién es ese hombre? —preguntó Jia Lian.

—No está ahora aquí, y no hay manera de saber cuándo regresará. Pero su elección es inteligente, y afirma que si ese hombre se ausenta un año, ella aguardará un año, y que si no vuelve en diez, ella esperará diez; y si muere y nunca regresa, ella se rapará gustosa la cabeza para hacerse monja y ayunar y salmodiar sutras el resto de sus días.

—¿Quién puede ser ese tipo que ha ganado su corazón de manera tan profunda?

—Es una larga historia —contestó la segunda hermana con una sonrisa—. Hace cinco años mi madre nos llevó a desear larga vida a mi abuela, que celebraba su cumpleaños. Habían invitado a una compañía de actores aficionados, entre ellos a cierto Liu Xianglian, quien gustaba de representar el papel de joven héroe. Mi hermana se enamoró tan rendidamente que ahora declara que no hay otro hombre en su vida. El año pasado supimos que se había visto implicado en un asunto muy feo y que había huido; no sabemos si habrá vuelto desde entonces.

—¡Pero vaya! —exclamó Jia Lian—. Conque se trata de ese actor… Ya me preguntaba yo qué clase de sujeto podría ser. Sí, su elección es ciertamente buena. Pero debes saber que ese segundo señor Liu, a pesar de su apariencia, es frío y desdeñoso. Para la mayoría de la gente no guarda cariño ni confianza; sólo con Baoyu se lleva bien. El año pasado, después de darle una paliza a ese zopenco de Xue Pan, se esfumó, demasiado avergonzado para enfrentarse a nosotros, y no sabemos adónde fue a parar. Hay quien dice que ya ha regresado. Supongo que podemos pedir a los pajes de Baoyu que indaguen. Si no ha vuelto y sigue vagando por ahí como una lenteja flotando en el agua, ¿quién sabe cuántos años puede permanecer todavía alejado de este lugar? En ese caso tu hermana esperaría en vano.

—No, mi hermana es una mujer de palabra —le aseguró ella—. Lo único que tienes que hacer es permitirle que se salga, con la suya.

En aquel momento se unió a ellos la tercera hermana.

—Créeme, cuñado, no soy de esas que se guardan sus pensamientos —declaró—. Lo que digo lo digo en serio. Si el señor Liu regresa me casaré con él. Hasta entonces ayunaré, cantaré sutras y cuidaré a mi madre, aunque tenga que esperar un siglo. Y si nunca llega, entonces ingresaré en un convento.

Y diciendo esto, sacó un alfiler de jade de entre los cabellos y lo quebró en dos exclamando:

—¡Que me quiebre como este alfiler si es falsa una sola de mis palabras!

Dicho lo cual volvió a su cuarto. Y, en efecto, desde entonces respetó las costumbres tanto en su lenguaje como en su conducta.

Jia Lian no pudo hacer nada. Tras discutir unos asuntos familiares con la segunda hermana, volvió a casa a informar a Xifeng de su viaje, y cuando mandó llamar a Mingyan para preguntarle si Liu Xianglian había vuelto o no de su viaje, éste le contestó:

—No lo sé, pero estoy seguro de que si hubiera vuelto lo sabría.

Y al ser igualmente interrogados, los vecinos de Liu aseguraron que no había regresado desde aquel escandaloso suceso en el que se viera implicado. Ésa fue toda la información que Jia Lian pudo pasar a la segunda hermana.

Como se acercaba el día de su partida, Lian anunció en su casa que partiría dos días antes, pero en realidad pasó en secreto las dos últimas noches con la segunda hermana, y desde su casa inició la jornada. Estando allí observó que, en efecto, la conducta de la tercera hermana había cambiado hasta el extremo de hacerse irreconocible; y como la segunda hermana manejaba los asuntos de la casa con eficacia y prudencia, él pudo partir tranquilo.

Muy de mañana dejó la ciudad y tomó el camino real a Pinganzhou; viajó todo el día, deteniéndose únicamente para comer y beber, y descansar en las posadas cuando caía la noche. Ya llevaba tres días lejos de su casa cuando divisó a lo lejos una caravana dé acémilas escoltada por una docena de jinetes que se acercaban hacia donde él estaba. Cuando estuvieron más cerca y pudo distinguir claramente sus figuras advirtió atónito que entre ellos cabalgaban Xue Pan y Liu Xianglian. Espoleó su caballo para reunirse cuanto antes con ellos, y después de intercambiar los saludos de rigor eligieron una posada para descansar y charlar.

Jia Lian dijo:

—Después de vuestras diferencias quisimos pediros que os reconciliarais, pero el hermano Liu ya había desaparecido sin dejar rastro. ¿Cómo es posible que hoy os encuentre juntos?

—Siempre ocurre algún milagro bajo el cielo —contestó Xue Pan—. Esta primavera, después de comprar ciertas mercaderías, mis ayudantes y yo emprendimos el camino de regreso a la capital. Todo fue muy bien hasta que llegamos a Pinganzhou, donde una partida de bandidos nos despojó de todo lo que traíamos. Y ya temíamos también por nuestras vidas cuando en eso apareció el hermano Liu, que puso en fuga a los bandoleros, rescató nuestras mercancías, y de paso nos salvó el pellejo. Como se negó a aceptar nada a cambio de su socorro nos juramos hermandad eterna y desde entonces hemos hecho juntos el viaje. De ahora en adelante seremos como verdaderos hermanos de sangre. Pero en la siguiente encrucijada debemos separarnos, ya que él tiene que avanzar cien li más al sur para visitar a una tía suya. Yo me dirigiré primero a la capital para concluir mi negocio, y luego a buscarle una casa y encontrarle una esposa adecuada, de modo que ambos podamos instalarnos allí.

—Si así está la cosa —exclamó Jia Lian—, nos hemos preocupado en vano durante muchos días.

Y como Xue Pan había hablado de buscarle una esposa a Xianglian, añadió inmediatamente:

—Yo ya le tengo echado el ojo a una novia excelente que hará una estupenda pareja con el hermano Liu.

Y pasó a explicar cómo se había casado con la segunda hermana You y cómo ahora quería encontrarle un esposo a su hermana menor, omitiendo sin embargo que Liu había sido elegido por la propia tercera hermana. A continuación advirtió a Xue Pan:

—Pero no vayas a decirle nada a la familia… Espera a que mi segunda esposa me dé un hijo, puesto que entonces tendrán que enterarse de todos modos.

Xue Pan estaba maravillado.

—Eso es lo que debiste haber hecho tiempo ha —dijo—. La prima Xifeng lo tiene bien merecido.

—Ya estás otra vez con tus tonterías —terció Xianglian con una sonrisa—. Mejor será que te calles.

—En tal caso debemos arreglar ese compromiso. —Xue Pan cambió de tema.

—Durante todo este tiempo he tenido la firme intención de no casarme sino con una beldad descollante —dijo Xianglian—. Pero ya que son mis honorables hermanos quienes me hacen esta propuesta, no insistiré en ese punto. Aceptaré cualquier sugerencia que me hagáis.

—Las palabras no demuestran la convicción —replicó Jia Lian—. Pero en cuanto la veas, hermano Liu, comprenderás que esta cuñada mía es de una belleza incomparable.

Aquella afirmación llenó de júbilo a Xianglian, que prometió:

—Si es así, después de visitar a mi tía tardaré menos de quince días en llegar a la capital y entonces podremos arreglarlo todo. ¿Qué os parece?

—Los hombres debemos cumplir nuestra palabra —insistió Jia Lian—. Pero tú eres como las olas o las lentejas de agua, siempre de aquí para allá, así que no quiero dejar esto sin concretar. Si ahora te escabulles y no regresas, ¿qué será de ella? Lo mejor será que le entregues alguna prenda de compromiso.

—Un hombre jamás traiciona su palabra. No soy rico y estoy de viaje. ¿De dónde voy a sacar una prenda de compromiso?

—Yo tengo algo que puede servir —interrumpió Xue Pan—. Tómalo, segundo hermano.

—Ni oro ni seda son necesarios —dijo Jia Lian—. Estoy pensando en algún objeto personal del hermano Liu; no tiene por qué ser nada de valor. Simplemente será una señal de compromiso.

—De acuerdo entonces —accedió Xianglian—. Lo único que me acompaña además de esta espada, que preciso para defenderme, es un par de «espadas de pato y ánade»[1] que llevo en mi equipaje. Es una herencia familiar que jamás utilizo, pero siempre llevo conmigo. Llévatelas en prenda. Nunca me separo de ellas, esté donde esté.

Después bebieron unas cuantas copas más, subieron en sus monturas, se despidieron, y cada uno siguió su propio camino.

Por cierto:

Sin desmontar de sus caballos, parten los generales.

Cada uno galopa hacia su propio destino.

Al llegar a Pinganzhou Jia Lian buscó al gobernador para arreglar su negocio, y éste le dijo que debía volver antes del décimo mes, lo cuál prometió Jia Lian. Al día siguiente emprendió el regreso a galope tendido, y al llegar se dirigió directamente a ver a la segunda hermana. Desde la partida de Lian, ésta había manejado los asuntos de la casa con suma prudencia, manteniéndose confinada entre cuatro paredes, sin interesarse por los asuntos del exterior. Y la tercera hermana, por su parte, había dado pruebas de su férrea voluntad: había pasado el tiempo atendiendo a su madre y a su hermana, cumpliendo con sus tareas cotidianas y, a pesar de su poca costumbre, durmiendo sola. Había evitado toda compañía, en efecto, porque anhelaba ver a Liu Xianglian, cuyo pronto regreso resolvería el problema central de su existencia.

Aquel estado de cosas complació mucho a Jia Lian, sobre todo la virtuosa conducta de la segunda hermana. Después de intercambiar las cortesías de rigor, describió su encuentro con Liu Xianglian en el camino, y entregó el par de espadas a la tercera hermana. Ésta miró los diseños de dragón y serpiente de las vainas, engastadas de brillantes perlas y piedras preciosas, y extrajo ambas espadas, que eran de idéntico tamaño, una con la palabra «pato» y la otra con la palabra «ánade». Las hojas tenían el frío fulgor de dos arroyos otoñales. Encantada, las tomó y las colgó en su cuarto, encima de la cama, y cada día se recreaba contemplándolas, feliz por haber asegurado su futuro.

Tras pasar allí dos días, Jia Lian fue a informar a su padre acerca del resultado de la misión, y después se dirigió a su casa para ver a su familia. Xifeng ya se había repuesto lo bastante como para hacerse cargo otra vez de los asuntos domésticos y dar vueltas por allí. Cuando Jia Lian le contó a Jia Zhen lo del compromiso de la tercera hermana, el primo mostró escaso interés, ya que poco antes había encontrado una nueva amante. Estaba, pues, dispuesto a permitir que Jia Lian obrara a su gusto. Pero como sospechaba que éste no podría sufragar todos los gastos, le entregó treinta taeles de plata, que Jia Lian pasó a la segunda hermana con el fin de que preparase el ajuar de la novia.

En el octavo mes Liu Xianglian hizo su aparición en la capital. En una visita a la tía Xue y a Xue Ke descubrió que Xue Pan, poco acostumbrado a los rigores de los viajes y a los cambios de clima que éstos acarreaban, había enfermado al llegar a su casa, y estaba en tratamiento médico. Pero Pan, al enterarse de la llegada de Xianglian lo invitó a pasar a su dormitorio.

En agradecimiento por la buena acción que había realizado Xianglian, la tía Xue decidió olvidar lo pasado, y tanto ella como su hijo le dieron las gracias efusivamente. De allí pasaron a hablar de la boda, cuyos preparativos ya estaban listos, a falta de la elección de un día propicio. El agradecimiento de Xianglian también fue efusivo.

Al día siguiente visitó a Baoyu y el reencuentro fue para ambos como si el pez volviera al agua. Xianglian le pidió detalles acerca del matrimonio secreto de Jia Lian con una segunda esposa.

—Sólo sé lo que me han contado Mingyan y los otros —le dijo Baoyu—. No era asunto mío, así que no interferí. Mingyan también me dijo que el primo Lian estaba ansioso por encontrarte, no sé para qué.

Xianglian le explicó todo lo sucedido en el camino real.

—¡Enhorabuena! —exclamó Baoyu—. Te resultaría dificilísimo encontrar una muchacha más hermosa. Es realmente encantadora. Es la perfecta pareja para ti.

—Pero si es tan encantadora, seguro que tiene numerosos pretendientes; ¿por qué tu primo me ha elegido precisamente a mí? No se puede decir que seamos amigos muy cercanos o que hasta el presente se haya preocupado mucho por mí. Sin embargo, en nuestro breve encuentro por el camino me presionó repetidas veces para que aceptara el compromiso. ¿Acaso ha sido la casa de la muchacha la que ha tomado la iniciativa de entregarla al novio? No pude evitar algunas suspicacias y pronto empecé a lamentar haberle dado mis espadas en prenda. Por eso se me ocurrió venir a preguntarte qué hay detrás de todo esto.

—Eres un tipo inteligente —respondió Baoyu—. ¿Cómo vas a tener suspicacias una vez que has dado una prenda en señal de compromiso? Siempre dijiste que querías casarte con una belleza deslumbrante. Pues bien, ya lo has conseguido. ¿Eso no te basta? ¿Por qué eres tan suspicaz?

—Si no sabías nada del matrimonio secreto de Jia Lian, ¿cómo es que ahora sabes que esa muchacha es una belleza?

—Es una de las dos hijas del primer matrimonio de la madrastra de la señora You. Desde hace un par de meses las he visto mucho, así que sé de qué hablo. Ella y su hermana son dos auténticas bellezas. Lo llevan en el apellido[2].

Xianglian golpeó el suelo con el pie.

—¡Entonces la cosa no marcha! No puedo cumplir lo acordado. Las únicas cosas limpias en esa mansión del Este son los dos leones de piedra que hay en la puerta. Allí hasta los gatos y los perros están manchados. No quiero ser un cornudo y quedarme con las sobras de otro.

Baoyu se sonrojó. Xianglian lamentó su falta de tacto y se arrojó rápidamente al suelo para hacer una reverencia con la que suplicar su perdón.

—Merezco la muerte por decir semejantes tonterías. En todo caso dime qué carácter tiene.

—Pero ¿por qué me preguntas a mí, si ya sabes tanto sobre ella? De pronto yo tampoco me siento muy limpio.

—Perdí los papeles —dijo Xianglian con una sonrisa—. Por favor, no tomes en serio mi estúpido comentario.

—¿Por qué lo mencionas de nuevo? —replicó Baoyu—. Hace que parezca que lo tomas en serio.

Entonces Xianglian se despidió con una inclinación y partió. Pensó en ir a ver a Xue Pan, pero consideró que éste estaría indispuesto e irascible, en el mejor de los casos, y que lo prudente era ir directamente a reclamar su prenda. Tomada la decisión, marchó en busca de Jia Lian.

Jia Lian estaba en la casa nueva y al enterarse de la llegada de Xianglian se alegró tanto que salió a darle la bienvenida, le hizo pasar a los aposentos interiores y lo presentó ante la anciana You. Pero quedó pasmado cuando el actor, en lugar de hacer un koutou ante ella, como se debe frente a una futura suegra, se limitó a inclinarse y se dirigió a ella tratándola sólo de «tía», mientras se refería a sí mismo como «su sobrino».

Y allí mismo, mientras sorbían té, le dijo:

—Resulta que he tomado una decisión precipitada, pues ignoraba que mi tía ya me había arreglado un compromiso en el cuarto mes, en condiciones que me impiden volverme atrás. Coincidirás, hermano, en que no sería correcto aceptar tu propuesta y rechazar la de mi tía. De haber hecho los habituales presentes de dinero y seda, no me atrevería a pedir su devolución; pero esas espadas me las dejó mi abuelo, así que suplico que me sean devueltas.

Aquella noticia incomodó muchísimo a Jia Lian.

—Una prenda es una prenda —alegó—. Y la prenda se entrega para que un hombre no se retracte de su palabra. ¿Cómo puedes cancelar un compromiso tan ligeramente? Te ruego que vuelvas a considerar el asunto.

—Estoy dispuesto a aceptar cualquier castigo —respondió Xianglian—, pero me resulta totalmente imposible obedecerte.

Jia Lian iba a responderle, pero Xianglian se incorporó.

—Discutamos esto afuera —propuso—. No conviene hacerlo aquí.

Todo aquello había sido claramente escuchado desde su cuarto por la tercera hermana. Había estado esperando con paciencia la llegada de Xianglian, pero ahora éste había roto el compromiso de manera abrupta, y quedaba claro que la causa era algún chisme oído en las mansiones de los Jia, que le había hecho pensar que ella era una lúbrica desvergonzada, sin méritos para convertirse en su esposa. Si en ese momento permitía que los dos hombres salieran a discutir, intuía que Jia Lian no lograría convencerlo de lo contrario, y ella quedaría totalmente humillada. Así que en cuanto oyó a Jia Lian aceptar la propuesta, descolgó las dos espadas, ocultó el «ánade» detrás del codo y salió al encuentro de los dos hombres.

—No hay necesidad de que sigan discutiendo —les dijo—. Aquí está su prenda, se la devuelvo.

Mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas como gotas de lluvia, entregó una espada a Xianglian con la mano izquierda, pero al mismo tiempo sacó la otra con la derecha y, visto y no visto, con un gesto brusco se dio un tajo en el cuello. ¡Ay!

Se desmorona la colina de Jade que nunca más se alzará.

Flor de durazno, pisoteada. Queda el suelo manchado de rojo.

Su espíritu fragante se perdió en el infinito. Nadie sabe adónde huyó. Todos los presentes quedaron consternados y trataron en vano de devolver la vida a la hermosa degollada. Hipando de horror, la anciana You maldijo a Xianglian, mientras Jia Lian lo sujetaba, llamando a unos sirvientes para que lo amarraran y lo llevaran a la gobernación.

Secándose las lágrimas, la segunda hermana suplicó a su esposo:

—¡Déjalo en paz! Él no la ha amenazado, ha sido ella misma quien se ha quitado la vida. ¿De qué serviría llevarlo a los tribunales? Eso no haría sino aumentar el escándalo. Mejor será que lo dejes marchar.

La tercera hermana You desenvaina el ánade.

Gai Qi (edición de 1879).

Entonces Jia Lian, sin saber qué hacer, ordenó que soltaran a Xianglian y le pidió que se fuera. Pero éste no se movió del lugar y, de pronto, se echó a llorar desconsoladamente.

—¡Nunca pude sospechar que esta pretendida esposa mía fuera tan casta! ¡Era tan adorable…! —exclamó.

Y echado sobre su cadáver levantó una verdadera tormenta de llanto. Esperó hasta que trajeron el ataúd y metieron dentro el cuerpo; luego lo abrazó, lamentándose amargamente, antes de partir.

Una vez fuera no supo adónde dirigirse, anonadado y hundido, recordando vivamente lo que acababa de suceder. «Era tan casta y espléndida…», pensaba destrozado por el remordimiento.

Erró sin rumbo hasta que apareció uno de los pajes de Xue Pan y le pidió que volviera. El muchacho lo condujo hasta una espléndida cámara nupcial. Allí oyó el tintineo de unos pendientes y vio entrar a la tercera hermana; en una mano llevaba las «espadas de pato y ánade», y en la otra un libro. Llorando le dijo:

—Su devota esclava lo esperó durante cinco años sin saber que usted tendría el corazón helado. Ahora he pagado Con la vida un amor tan ciego. Hoy, siguiendo las órdenes de la diosa del Desencanto, parto a la Tierra de la Ilusión del Gran Vado para abrir un archivo con todos los espíritus amorosos implicados en este suceso. Pero no he podido partir sin venir antes a despedirme de usted, pues después de este día nunca más volveremos a vernos.

Dicho lo cual, giró sobre sus talones para partir.

Xianglian no pudo resistir la idea de dejarla marchar e inmediatamente dio un paso adelante para impedírselo al tiempo que le preguntaba adónde iba.

—He venido del Cielo del Amor y allí debo volver desde la Tierra del Amor —le contestó ella—. En mi anterior vida me engañó el amor, pero me he arrepentido y he despertado. De ahora en adelante no tendré nada que ver con usted.

Su voz se fue desvaneciendo, como toda ella, mientras se levantaba una brisa fragante.

Xianglian despertó sobresaltado, preguntándose si había estado soñando. Al abrir los ojos y mirar en torno suyo no encontró rastros del paje de los Xue o de la cámara nupcial. Se encontraba en un templo destartalado, y junto a él había un taoísta cojo que estaba despiojándose. Xianglian se incorporó y luego hizo una profunda venia hasta tocar el suelo con la frente.

—¿Qué lugar es éste, santo maestro? —preguntó al monje—. ¿Y cuál es tu nombre inmortal?

El taoísta soltó una carcajada.

—Yo mismo no sé dónde estamos ni quién soy. Sólo estoy descansando un rato.

Al oír aquella respuesta, Xianglian sintió un helado estremecimiento, como si se le hubiera congelado la médula de los huesos. Desenvainó el «pato» y, de un tajo, se cortó el pelo. Desde allí partió siguiendo al monje, nadie sabe adónde.

Hasta el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LXVII

Obsequios procedentes de su lugar natal despiertan

la nostalgia de la muchacha de las Cejas Fruncidas.

Un secreto llega a sus oídos y la hermana Fénix

interroga a los pajes de su familia.

Después del suicidio de la tercera hermana, tanto la anciana You y la segunda hermana como Jia Zhen y Jia Lian se encontraban sumidos en el dolor. Ordenaron vestir el cadáver con una mortaja ceremonial y dispusieron apresuradamente el entierro a las afueras de la ciudad. En cuanto a Liu Xianglian, consumido por su amor ciego y desengañado por las palabras frías de un taoísta loco, se cortó el pelo, renunció a las pompas del mundo y echó a andar detrás del sacerdote, nadie sabe dónde. Pero dejemos de hablar de este asunto.

¿Y la tía Xue? Se había sentido tan complacida por la noticia del compromiso de Xianglian con la tercera hermana que incluso había proyectado comprarles una casa, llenarla de muebles y elegir ella misma un día favorable para la boda, enormemente agradecida al actor por haber salvado la vida de su hijo. Pero unas doncellas, que conocieron por boca de un paje el rumor de que la tercera hermana se había degollado, corrieron a dar la noticia a su señora. El desconsuelo y la perplejidad inundaron el corazón de la tía Xue. Y en ese momento llegó Baochai, que venía del jardín.

—¿Ya has oído la noticia, hija mía? —le preguntó su madre—. Dicen que la hermana pequeña de la esposa de tu primo Zhen, la que estaba comprometida con Liu Xianglian, el hermano jurado de tu hermano, se ha matado por alguna razón desconocida dándose ella misma un tajo en el cuello, y que nadie sabe dónde ha ido él. ¿No es extraordinario? ¿Quién podía haber imaginado una cosa así?

Baochai, sin embargo, que recibió la noticia sin que le afectara, respondió:

—Ya lo dice el proverbio: «Como cambian en el cielo los vientos y las nubes, así cambia de la noche a la mañana la fortuna de los hombres». Seguramente no estaban destinados a ser marido y mujer. Usted estaba haciendo los preparativos de su boda porque se sentía inmensamente agradecida a ese actor por haberle salvado la vida a mi hermano, pero ahora que ella ha muerto y el otro ha partido, me parece que lo mejor que podría hacer es olvidarse de todo, no sea que el dolor dañe su salud. Además, hace ya tiempo que mi hermano regresó del sur, y ya deberíamos haber distribuido por nuestras tiendas las mercancías que trajo. Los ayudantes que hicieron el viaje con él trabajaron muy duro durante muchos meses. ¿Por qué no habla con mi hermano para que los invite a un banquete y les agradezca así su esfuerzo y sus desvelos? Que no piensen que nuestra familia carece de modales.

En ese preciso momento entró Xue Pan con los ojos anegados en lágrimas.

—Madre, ¿sabe usted lo que ha ocurrido con el hermano Liu y la tercera hermana You? —exclamó al cruzar el umbral dando una palmada de asombro.

—Me lo acaban de decir —respondió la tía Xue—, y precisamente hablaba de ello con tu hermana.

—¿Y le han dicho también que mi hermano Liu ha renunciado al mundo para seguir los pasos de un sacerdote taoísta?

—Eso es aún más increíble —suspiró su madre—. ¿Cómo es posible que un joven tan apuesto e inteligente haya podido hacer esa tontería? Pero dime, hijo, ya que erais tan buenos amigos y él vivía solo, sin padres ni hermanos, ¿no deberías ordenar que se emprendiera su búsqueda? Si va con ese taoísta no puede haber llegado muy lejos; tiene que estar oculto en algún templó de los alrededores.

—Es exactamente lo que yo pensé —respondió Xue Pan—. En cuanto llegó a mí la noticia salí a buscarlo por todas partes con mis sirvientes, pero no encontramos ni rastro. Y a cuantos preguntamos si lo habían visto, lo negaron.

Y al decir esto le volvieron las lágrimas a los ojos.

—Aunque no lo hayas encontrado has cumplido con tu deber de amigo —dijo su madre—. Y, quién sabe, quizás después de todo su renuncia al mundo haya sido por su propio bien. Y ahora, ya es tiempo de que te ocupes de tus propios asuntos. Tienes que empezar a hacer los preparativos de tu propia boda. En nuestra familia somos pocos y, como dice el refrán, «Los gorriones más lentos son los primeros que deben echar a volar». Más vale prevenir ahora que lamentarse luego, cuando se pierda esto o se olvide lo otro, haciendo que la gente se ría de nosotros. Y otra cosa. Tu hermana dice que ya ha pasado casi un mes desde tu vuelta, de modo que ya es hora de terminar de distribuir las mercaderías que trajiste. También debes agasajar con un banquete a los que te acompañaron en el viaje, para agradecerles su trabajo. Te han acompañado en una jornada de mil o dos mil li, trabajando intensamente durante cuatro o cinco meses, compartiendo contigo las penurias y peligros del viaje.

—Tienes razón, madre —asintió Xue Pan—. Mi hermana piensa en todo. También a mí se me había ocurrido algo parecido, pero estuve tan ocupado despachando las cosas que la cabeza no ha dejado de darme vueltas; además, como estos últimos días los he pasado corriendo de un lado a otro arreglando la boda del hermano Liu, aunque no haya servido de nada, no he podido atender mis propios asuntos. ¿Por qué no fijamos el día de mañana o el siguiente, y enviamos de una vez las invitaciones?

—Resuelve tú mismo el asunto —dijo su madre. Mientras hablaba, entró un paje de los de fuera a informar:

—Unos emisarios del administrador Zhang han traído dos grandes baúles diciendo que son cosas que el señor ha comprado por su cuenta, y que no están incluidas en las facturas. Hubieran querido traerlas antes, pero como estaban debajo de otras cajas no han podido llegar a ellas hasta ahora. Ayer mismo terminaron el reparto de las mercaderías, y por eso traen hoy los baúles.

Mientras hablaba, dos muchachos del servicio habían acarreado hasta allí dos grandes baúles atados con cuerdas de fibra de palmera y bien sujetos con tablas entrecruzadas.

—¡Vaya! —exclamó Xue Pan—. ¡Cómo he podido olvidarlo! Estos baúles son especialmente para vosotras, ¡y han tenido que ser mis criados quienes los trajeran!

Baochai se burló:

—Dices que son especialmente para nosotras, y sin embargo los has dejado quince días arrumbados en el almacén. Supongo que si no hubieras pensado en nosotras al comprar las cosas que contienen, hubieran llegado aquí a finales de año. Eres un badulaque.

—Me parece que el ataque de esos maleantes me sacó el alma del cuerpo y todavía no la he recuperado —repuso él con una carcajada.

Y volviéndose a los criados, ordenó:

—Que los mensajeros dejen aquí los baúles y regresen al almacén.

Entonces la tía Xue y Baochai preguntaron:

—¿Y qué maravillas son ésas, que vienen tan cuidadosamente empaquetadas y aseguradas?

Xue Pan llamó a otros criados que desataron las cuerdas y retiraron las tablas. Con una llave fue abierto el primer baúl. Contenía sedas, satenes, brocados, tejidos importados y otros de uso corriente. Xue Pan dijo sonriente:

—Los regalos para mi hermana están en el otro baúl.

Y lo abrió con sus propias manos.

Madre e hija miraron adentro. En su interior descubrieron barras de tinta, papel de arroz, bolsitas perfumadas, cuentas aromáticas, abanicos, fundas de abanico, talco, colorete y afeites diversos, sin contar toda suerte de juguetes de Huqiu[1] que quedaban en Suzhou. Entre estos últimos había pequeños autómatas, fichas para juegos de bebida, dominguillos contrapesados con mercurio, faroles de cerámica, escenas completas de la ópera con personajes hechos de arcilla que venían dentro de cajas de gasa azul, y hasta una vivida efigie del mismísimo Xue Pan hecha también con arcilla por un artesano de Huqiu.

A Baochai no le interesaron las otras cosas tanto como la figura de su hermano. Tomándola, la examinó cuidadosamente, y al compararla con Xue Pan se echó a reír. Les dijo a las doncellas que llevaran la caja al jardín. Después de charlar un rato con su madre y su hermano se incorporó y emprendió el regreso al jardín.

Por su parte, la tía Xue sacó del baúl todos los obsequios, los dividió en lotes y ordenó a su doncella Tongxi que los llevara a la Anciana Dama, a la dama Wang y a las demás.

Baochai había regresado al parque de las Alpinias siguiendo el baúl. Al llegar revisó su contenido pieza por pieza. Conservó algunas cosas, y dividió las demás en lotes apropiados. A algunas personas les envió únicamente juguetes; a otras, útiles de escritorio o bolsitas, abanicos y pendientes, coloretes y pomadas. Cuidó mucho la equidad en el reparto, aunque esa regla no contó a la hora de enviar el lote correspondiente a Daiyu, quien recibió, en cantidad y calidad, el doble que el resto de la gente. Tras dar por concluida la distribución de obsequios, despachó a Yinger con una vieja criada para que los entregase en los diversos aposentos.

Al recibir aquellos regalos, todas sus primas, contentísimas, entregaron una gratificación a las mensajeras y les comunicaron que agradecerían personalmente el envío a Baochai la próxima vez que la vieran. Daiyu fue la única que se sintió consternada al ver aquellos juguetes de su tierra natal. De pronto pasó por su cabeza que sus padres habían muerto y estaba completamente sola; que no tenía hermanos y estaba hospedada en casa de su abuela; que no tenía ningún familiar que le trajera algo típico de algún viaje. Aquellas cavilaciones estuvieron a punto de partirle el corazón.

Zijuan, su doncella, sabía muy bien lo que le ocurría a su señora. Sin embargo, como no se atrevió a decirlo directamente, se limitó a intentar consolarla diciéndole:

—Señorita, es usted tan delicada que siempre está tomando medicinas. En estos últimos días ha empezado a recuperarse un poco; sin embargo, todavía no se ha restablecido del todo. Los regalos que hoy le envía la señorita Baochai son una prueba de cuánto la quiere y deberían alegrarla en lugar de entristecerla. ¿No se sentiría ella muy mal si supiera que sus regalos la entristecen en vez de alegrarla? Y además piense, señorita, que Sus Señorías están haciendo todo lo posible por encontrar buenos médicos que diagnostiquen su enfermedad y receten remedios que la curen lo antes posible. Pero usted, que ha entrado en un proceso de mejoría, terminará haciéndose daño de tanto llorar. ¿Acaso no quiere complacer a la Anciana Dama? ¿Acaso no enfermó sobre todo por haber perdido el ánimo y minado su salud con excesivas preocupaciones? Señorita, su salud es más valiosa que el oro. ¡No la trate con tanta ligereza!

En medio de las súplicas de Zijuan, una joven doncella del patio anunció:

—Ha llegado el señor Bao.

—Háganlo pasar inmediatamente —dijo Zijuan.

Pero aún no había terminado de decir aquello cuando entró Baoyu, y Daiyu lo invitó a tomar asiento.

Al advertir el rastro de las lágrimas sobre sus mejillas, él preguntó:

—¿Quién te ha ofendido esta vez, prima?

Daiyu fingió sonreír y dijo:

—¿Quién está ofendida?

Zijuan, que estaba de pie a un lado, señaló con la barbilla en dirección a la cama. Baoyu, captando la señal, se acercó a echar una mirada. Cuando vio todas aquellas cosas allí apiladas supo que eran regalos de Baochai.

—¿De dónde has sacado tantas cosas? —exclamó el muchacho burlándose de Daiyu—. ¿Piensas abrir un comercio?

Pero ella siguió ignorándolo.

—No las mencione, segundo señor —dijo Zijuan—. Las envió la señorita Baochai, pero nuestra señorita, al verlas, se puso triste y se echó a llorar; yo he intentado consolarla, pero no lo he conseguido. Menos mal que ha llegado usted; por favor, convénzala para que no llore más.

Baoyu sabía bien lo que pasaba por la cabeza de Daiyu, pero no se atrevió a referirse directamente a ello y se limitó a decir con una sonrisa:

—Yo sé por qué llora tu joven señora. Está molesta y desconsolada porque la señorita Baochai no le ha regalado más cosas. No te preocupes, prima, la próxima vez que vaya al sur te traeré dos barcos llenos de regalos para que no estés todo el tiempo llorando.

Al oír aquello, Daiyu entendió que Baoyu estaba intentando divertirla, de manera que no quiso contestar desairadamente a su bienintencionada observación y se limitó a decir:

—Aunque haya visto poco mundo, no soy tan idiota como para ponerme triste porque me hagan regalos. ¿Me tomas por una niña de dos años? Decididamente tienes una bajísima opinión de los demás. Tengo otros motivos acerca de los cuales tú no sabes nada.

Y empezó a derramar lágrimas de nuevo.

Baoyu fue inmediatamente a sentarse a su lado sobre el kang, y allí fue tomando uno por uno los regalos para examinarlos detenidamente.

—¿Qué es esto? —preguntó—. ¿Cómo se llama? ¿Con qué está hecha esta cosa tan bonita? ¿Y esta otra? Mira, prima, esto lo podrías poner frente a ti, y aquello sobre tu estante de libros como si fuera una antigüedad.

El muchacho mantuvo aquella cháchara unos momentos, con la esperanza de distraerla.

Ver a Baoyu haciendo el payaso de aquella manera sólo para divertirla, y haciendo toda clase de preguntas sin sentido, provocó en Daiyu un cierto sentimiento de vergüenza.

—No digas más disparates. Vamos a ver a la prima Baochai.

Eso era lo que Baoyu esperaba: que Daiyu quisiera salir a distraerse de manera que olvidara las razones de su tristeza. Le contestó inmediatamente:

—Realmente debemos ir a agradecerle sus regalos.

—Somos primos, no hace falta agradecer nada. Pero me gustaría escuchar al primo Pan, que seguramente contará las anécdotas de su viaje. Así parecerá que yo también he vuelto a mi lugar natal.

Pronunció aquellas palabras con lágrimas en los ojos. Baoyu la esperó de pie. Luego salió Daiyu y ambos fueron a visitar a Baochai.

Volviendo a Xue Pan. Siguió el consejo de su madre y no tardó en cursar las invitaciones y hacer los preparativos para un festín. Al día siguiente llegaron cuatro de los asistentes invitados, y después de un poco de conversación sobre el despacho de mercaderías y de las cuentas, les fueron señalados sus asientos. Xue Pan fue sirviéndoles licor uno a uno, y agradeciéndoles su trabajo, y la tía Xue envió a una doncella desde los aposentos interiores para que expresara también su agradecimiento. Hablando y hablando, dijo uno de ellos:

—Faltan en este banquete dos buenos amigos.

¿A quién se refería?, preguntaron todos.

—¿A quién puedo echar en falta sino al señor Lian de los Jia y a Xianglian, el hermano jurado de nuestro señor? —contestó él.

Entonces los demás se acordaron de ellos, y le preguntaron a Xue Pan por qué no los había invitado. Xue Pan contó lo sucedido con Liu Xianglian, lo que maravilló a la concurrencia.

Uno de ellos comentó:

—Ahora entiendo toda esa historia acerca de un sacerdote taoísta que oímos en la tienda. Dicen que con unas pocas palabras convenció a un joven para que lo acompañara. Otros dicen que a dos hombres se los llevó una ráfaga de viento. Pero no se sabía quiénes podían ser. Nosotros estábamos demasiado ocupados despachando y no prestamos mucha atención, ni hicimos mayores averiguaciones. Sin contar con que no creímos mucho de todo aquello. Cómo íbamos a suponer que el converso sería nuestro hermano Liu. De haberlo sabido hubiéramos intentado disuadirlo y no le hubiéramos permitido partir…

—Pero ¿realmente es así? —interrumpió otro—. No puedo creer que un hombre tan inteligente como el señor Liu se haya marchado con ese sacerdote. El hermano Liu sabe artes marciales y es fuerte. Quizás percibió la magia negra del sacerdote y quiso seguirlo para controlarlo en secreto.

—Si eso es lo que ha sucedido, bien está —dijo Xue Pan—. Ya va siendo hora de que alguien sea capaz de castigar a estos brujos engañabobos.

—¿Y cómo no salió nadie a buscarlo? —le preguntaron.

—Buscamos por todos los rincones, dentro y fuera de la ciudad, pero no pudimos encontrarlo. Y, sin miedo a que se rían de mí, les diré que cuando no encontré rastro de él me eché a llorar.

Siguió suspirando, y por un momento se le vio muy desalentado; en vista del desánimo de su anfitrión, los invitados no quisieron permanecer mucho tiempo. Después de apurar unas cuantas tazas de licor y un poco de comida, partieron.

Baoyu y Daiyu, mientras tanto, llegaron a los aposentos de Baochai. Al verla, Baoyu le dijo:

—El primo mayor debe haberse tomado muchas molestias para traer de vuelta todas esas cosas. Debes guardarlas para ti misma en vez de regalarlas.

—No había nada bueno entre ellas —dijo Baochai con una sonrisa—, sólo eran productos locales de tierras lejanas, unas novedades para entretenernos.

Repuso Daiyu:

—Cuando éramos niñas no nos dábamos cuenta de ello, pero ahora nos parecen realmente novedades.

—Prima, tú sabes lo que dice el vulgo: «Las cosas son más valiosas fuera de su tierra». —Baochai sonrió.

Baoyu percibió que las palabras de Baochai correspondían precisamente a lo que pensaba Daiyu y de inmediato cambió de tema diciendo a Baochai:

—De todas formas, si el año que viene el primo Pan vuelve al sur, que nos traiga más cosas.

—Habla por ti, no me metas a mí en eso —dijo Daiyu lanzando una mirada a Baoyu—. Ya ves, prima, no ha venido a agradecerte tus obsequios, sino a pedir de antemano los regalos del año que viene.

Al oírla, Baoyu y Baochai se echaron a reír.

Después, los tres primos charlaron durante un rato. Cuando estaban comentando la enfermedad de Daiyu, Baochai le aconsejó:

—Cada vez que te sientas indispuesta debes esforzarte por salir, dar un paseo y distraer tu ánimo. Eso siempre será mejor que quedarte en casa vegetando. Hace un par de días me sentía muy aburrida y tenía fiebre; lo único que me apetecía era estar echada, pero como sé que ésta es una época del año muy traicionera me esforcé en buscar algo que hacer; por eso estos últimos días me he venido sintiendo mejor.

—Tienes razón, prima, yo pienso como tú —le contestó Daiyu.

Un rato después, los tres primos se despidieron. Baoyu acompañó a Daiyu hasta el refugio de Bambú y después regresó solo.

Ahora bien, del lote de regalos recibido por Jia Huan se apropió llena de contento la concubina Zhao, su madre, mientras elogiaba encendidamente la generosidad de Baochai.

—Todos hablan de lo generosa y atenta que es la señorita Baochai, y esto es una buena muestra. Pocas cosas puede haber traído del sur Su hermano, y sin embargo ella lo reparte todo, enviando una parte a cada casa, sin pasar una sola por alto y sin hacer distingos. Hasta se acuerda de nosotros, que no contamos para nada. ¡Qué diferente, en cambio, esa muchacha Lin! Nunca se digna mirarnos, y nunca se le ocurriría pensar en mío en mi hijo.

Y mientras se deleitaba con los regalos de Huan, levantándose sin cesar para revisarlos y juguetear con ellos, le pasó por la cabeza que, puesto que Baochai era la sobrina de la dama Wang, aquélla era una oportunidad única para quedar bien con ella. Muy decidida, se encaminó con aspecto satisfecho a los aposentos de la dama Wang.

Allí, parada en un lateral en actitud humilde, dijo:

—He aquí unos regalos que la señorita Baochai ha hecho a mi hijo Huan. ¡Con lo joven que es, y ya piensa en todos! Realmente se comporta como una señorita de gran familia, magnánima y generosa. ¿Cómo es posible que no se la respete? Señora, no me atrevo a tener estas cosas y las traigo para que se las quede usted y le alegren la vista.

La dama Wang ya había captado cuál era el sentido de las palabras sin fuste de la concubina. No pudo, sin embargo, rechazarlas con un silencio, por lo que se limitó a decir:

—Permita entonces que Huan juegue con ellas.

La concubina había llegado hasta allí con una alegría sin límites, pero ahora volvía a su cuarto molesta y humillada, aunque no se hubiera atrevido a expresarlo delante de la señora. Al llegar soltó los juguetes al tuntún y se dio a refunfuñar.

—¿Qué utilidad tienen todas estas naderías?

Y se sentó muy disgustada y quejosa.

Después de haber terminado el reparto de regalos con la ayuda de algunas sirvientas viejas, Yinger, la doncella de Baochai, informó a su joven señora de lo agradecidas que se sentían las destinatarias y de las gratificaciones que ellas mismas habían recibido. Cuando las viejas se marcharon, la doncella se acercó a Baochai y le dijo al oído:

—Cuando llevé sus regalos a la señora Lian me dio la impresión de que estaba muy enfadada. Al salir le pregunté discretamente la razón a Xiaohong; me dijo que su señora fue a ver a la Anciana Dama, y cuando volvió no estaba tan jovial como de costumbre. Llamó a Pinger y ambas emprendieron un bisbiseo que las demás no pudieron escuchar. Todo parecía indicar que había ocurrido algo muy grave. ¿No se ha enterado usted de lo que ha sucedido en los aposentos de la Anciana Dama, señorita?

Al oír aquello, Baochai sé quedó perpleja sin poder imaginar la razón del enfado de su prima Xifeng.

—Cada familia tiene sus propios problemas; nosotras no podemos estar pendientes de todo. Anda, tráeme té.

Y Yinger salió a prepararlo.

Volvamos ahora a Baoyu. Después de acompañar a Daiyu hasta sus aposentos, regresó pensando en la soledad y el dolor que embargaban a su prima, de manera que vino él también a dejarse ganar por la melancolía. Al entrar en su cuarto quiso decirle todo esto a Xiren, pero allí sólo encontró a Sheyue y a Qiuwen.

—¿Dónde está vuestra hermana Xiren?

—Debe estar en alguno de estos patios. No creo que se pierda. ¿Cuánto tiempo hace que no la ha visto, para andar tras ella tan desaforadamente? —le contestó Sheyue.

—No es que tema perderla, sino que hace un rato estuve con la señorita Lin y la encontré muy triste. Le pregunté la razón; resulta que los regalos de mi prima Baochai son productos de su tierra natal y han despertado en ella una enorme nostalgia; por eso está tan triste. Quería decírselo a tu hermana Xiren para que cuando no tenga nada que hacer vaya a consolarla.

En ese momento entró Qingwen.

—Ah, ya está aquí —dijo a Baoyu—. ¿A quién dice que va a consolar?

Baoyu repitió sus palabras y la doncella le informó de que Xiren había salido diciendo que iba a visitar a la señora Lian.

—Es posible que vaya también a ver a la señorita Lin —concluyó.

Al escuchar aquello, Baoyu enmudeció. Qiuwen le trajo un té, él se enjuagó la boca y después lo pasó a una doncella de las pequeñas. Finalmente, disgustado, se echó con desgana sobre la cama.

Pero hablemos ahora de Xiren. Como Baoyu había salido, ella se dedicó un buen rato a sus labores de aguja. De pronto recordó que hacía varios días que no había ido a saludar a Xifeng, quien se encontraba indispuesta. Además, como Jia Lian estaba de viaje, aquélla sería una buena ocasión para conversar con ella. De manera que le dijo a Qingwen:

—Quédate aquí. No salgáis todas al mismo tiempo, no sea que Baoyu no encuentre a nadie cuando vuelva.

—¡Vaya! ¿Tú eres la única que se preocupa por él? ¿Lo único que nosotras sabemos hacer es comer?

Xiren se echó a reír y partió sin replicar. Cuando llegó ante el puente de la Fragancia que Rezuma se detuvo un momento para contemplar aquel paisaje de otoño temprano; sobre el estanque, las hojas recientes del loto se mezclaban con las marchitas; las flores rojas y las hojas verdes se complementaban armoniosamente. Xiren caminaba muy entretenida por el dique cuando de repente divisó en la lejanía a alguien blandiendo una escobilla bajo un enrejado de viñas. Cuando se acercó, vio que se trataba de la vieja Zhu, quien se adelantó contentísima a saludarla.

—¿Cómo es que tiene hoy tiempo para pasear, señorita? —preguntó—. ¿Adónde va?

—Voy a ver a la señora Lian. ¿Qué hace usted aquí?

—Estoy espantando avispas. Ha hecho tanto calor este verano y ha llovido tan poco[2] que los árboles están plagados de insectos que han picado la fruta, y mucha ha caído al suelo. No sabe usted, señorita, lo malas que son estas avispas. Picotean tres o cuatro granos de uva, y el jugo que chorrea de ellos cae sobre otros, que también se pudren. Mire, mire, en cuanto me paro un momento a hablar con usted ya viene otro enjambre de avispas.

—Aunque sacuda sin cesar esa escobilla no conseguirá espantarlas a todas. Mejor sería pedir a los proveedores un lote de bolsitas de gasa. Si envuelve cada racimo con una bolsita, los insectos y los pájaros no podrán dañarlo; y como la gasa deja pasar el aire, no estropeará la uva.

—Es una buena idea —coincidió la vieja—. Es la primera vez que hago este trabajo, así que ignoro las mañas.

Y continuó:

—Este año, aunque un poco podrida, la uva tiene un sabor muy bueno. Si no me cree, pruebe un grano.

—No, no puede ser. Y no solamente porque aún no está madura; aunque lo estuviera, debería usted saber que los primeros racimos han de ser ofrendados a Buda y los siguientes enviados a las señoras. ¿Cómo vamos a ser nosotras las primeras en probarla? Con todo el tiempo que lleva aquí, no debería ignorar esa regla.

—Tiene razón, señorita —se apresuró a decir la vieja con una sonrisa—. Al ver que a usted le gustaba me atreví a proponerle que la probara, pero olvidé las reglas. La edad me confunde la cabeza.

—No tiene importancia —contestó Xiren—. Pero debe ser más cuidadosa. Usted es respetada en atención a su edad; es conveniente que no dé malos ejemplos a los jóvenes.

Dicho aquello, la muchacha atravesó la puerta del jardín y se dirigió directamente a visitar a Xifeng.

Cuando llegó al patio, la oyó decir:

—Contra todas las razones del cielo y del corazón humano, me he convertido en una ladrona.

Al oír aquello, comprendió Xiren que algo había sucedido. No podía avanzar ni retroceder. Entonces, caminando ruidosamente, se acercó hasta la ventana y a través de ella preguntó:

—¿Está la hermana Pinger?

La misma Pinger le contestó saliendo a su encuentro.

—¿Está también la señora Lian? ¿Ya está totalmente recuperada? —insistió Xiren.

Xifeng, que fingía seguir enferma tendida en la cama y apoyada sobre un codo, se incorporó al verla entrar y le dijo:

—Ya estoy mejor, gracias por tu interés. Hace varios días que no vienes por aquí.

—Cuando se indispuso, señora, yo debía haber venido diariamente a presentar mis respetos, pero usted necesitaba descansar tranquilamente y sin molestias.

—Nada de molestias. Y además, también sé que, si bien es cierto que el primo Baoyu tiene muchas doncellas, tú eres la única verdaderamente responsable; Comprendo que no pudieras salir. Pinger me dijo repetidas veces que te preocupabas mucho por mí e indagabas a menudo por mi salud. Sólo con eso ya me has mostrado tu corazón.

Mientras hablaba pidió a Pinger con un gesto que trajera un banco para que Xiren se sentara al lado de su cama. Fenger le ofreció un té, pero Xiren, con una leve inclinación, le indicó que tomara asiento. Mientras conversaban, oyó a una joven doncella diciéndole en voz baja a Pinger en el cuarto exterior que ya había llegado Lai Wang, y que esperaba en la segunda puerta. Y a Pinger contestar en un murmullo:

—Ya lo sé. Dile que se vaya y regrese dentro de un rato; que no se quede al lado de la puerta.

Xiren sabía que tenían algo que resolver; por eso, después de hablar cuatro palabras más ya quiso marcharse.

—Cuando tengas tiempo, ven a hablar conmigo y entretenerme un rato —le dijo Xifeng sin intentar retenerla.

Y ordenó a Pinger que la acompañara hasta la puerta. Xiren vio a unas doncellas jóvenes que estaban esperando en silencio, y se marchó sin poder saber lo que había ocurrido.

Pinger acompañó a Xiren hasta la puerta y regresó diciendo:

—Ya ha llegado Lai Wang. Como Xiren estaba aquí le dije que esperase afuera. ¿Le digo que entre ahora o espera un poco? Dígame qué hago.

—Que entre.

Y Pinger mandó enseguida a una joven doncella para que mandara entrar a Lai Wang. Entonces Xifeng preguntó a Pinger:

—¿Qué es lo que les has oído decir?

—Aquella pequeña doncella me dijo que había oído decir a dos pajes de afuera que la nueva segunda señora es más guapa que su primera señora; y que además tiene mejor carácter. No se sabe si ha sido Lai Wang o algún otro quien le ha replicado a gritos: «¡Qué nueva ni qué vieja señora! ¿Cómo podéis hablar de esto abiertamente y con tanta ligereza? Si alguien de adentro se enterara, os cortarían la lengua».

En eso entró una pequeña doncella.

—Lai Wang espera afuera.

Al oírlo, Xifeng soltó una risa fría.

—Que entre.

La doncella dijo a Lai Wang que pasara a ver a la señora. Éste se precipitó adentro, saludó a Xifeng con un koutou y se quedó de pie dando la espalda a la puerta del cuarto exterior. Xifeng le preguntó:

—¿Sabes que tu segundo señor ha tomado una concubina fuera de la mansión?

—Yo no sé nada. Estoy todo el día de guardia en la segunda puerta —contestó Lai Wang hincándose de rodillas—. ¿Cómo podría conocer los asuntos del señor en el exterior?

—Claro, claro que no sabes nada —dijo Xifeng con una sonrisa helada—. Pero dime una cosa: si no sabes nada, ¿por qué impides que los demás hablen de ello?

Al escuchar tales palabras, Lai Wang comprendió que ella ya se había enterado de lo ocurrido en la puerta y sería imposible ocultarlo. Postrado, contestó:

—No lo sé, de verdad. Lo que ha ocurrido es que Xinger y Xier estaban diciendo disparates y yo se lo he recriminado dándoles un grito. No sé de qué hablaban realmente. Señora, yo nunca me atrevería a engañarla. Le pido que pregunte a Xinger, que es quien sale siempre con el segundo señor.

Xifeng le escupió con todas sus fuerzas y maldijo:

—¡Ingratos hijos de puta! Estáis todos conchabados contra mí, ¿o acaso crees que no lo sé? Vete a llamar primero al cabrón de Xinger. Y cuando llegue, quédate tú también. Ya te tocará a ti cuando le haya sacado algo en claro. ¡Pero bueno, qué maravilloso es todo esto! ¡Así son los hombres que yo educo!

Lai Wang no tuvo más remedio que contestar «sí, sí», una y otra vez. Hizo un koutou y se levantó a llamar a Xinger.

En ese momento Xinger estaba divirtiéndose con algunos pajes en la contaduría. Al escuchar que la segunda señora requería su presencia se asustó muchísimo y siguió inmediatamente a Lai Wang, pero sin saber que ya había sido descubierto el cotarro. Lai Wang entró primero para informar a Xifeng de su llegada.

—¡Dile que entre! —exclamó Xifeng violentamente.

Al oír la voz de Xifeng, Xinger ya no supo qué hacer. Haciendo un corajudo esfuerzo, se obligó a entrar.

—Buen muchacho, ¿qué cosa tan maravillosa es ésa que habéis hecho tu señor y tú? ¡Confiesa! —dijo Xifeng al verlo.

Cuando oyó estas palabras y vio el semblante de Xifeng y la expresión de las doncellas que la flanqueaban, Xinger se quedó blanco. Con un gesto automático, se dejó caer de rodillas y tocó una y otra vez el suelo con la frente.

—En realidad ya me han dicho que este asunto no tiene nada que ver contigo. Pero tú no has venido antes a informarme, y eso sí que es culpa tuya. Si ahora me dices la verdad te perdonaré; pero si mientes, ¡debes echar antes la cuenta de las cabezas que tienes sobre el cuello!

Xinger se echó a temblar de miedo, y haciendo un koutou ante su señora dijo:

—Pero ¿qué me dice, señora? ¿Qué hemos hecho mal, el señor y yo?

Xifeng estalló de ira y, con un grito, le ordenó:

—¡Abofetéate!

Lai Wang dio un paso adelante y quiso dar de bofetadas a Xinger, pero Xifeng se lo impidió entre un torrente de insultos.

—¡Hijo de tortugas! ¡Déjalo que se golpee él mismo! ¿Quién te ha ordenado a ti que lo hagas? Ya podrás darte de bofetadas tú mismo dentro de un rato.

Más de diez bofetadas se había dado ya Xinger cuando Xifeng, con un grito, lo detuvo:

—¡Alto! ¿Con qué nueva señora se ha casado tu señor? ¿Acaso no lo sabes?

Ya estaba. Ya había sido mencionado el asunto, y Xinger se asustó aún más, se quitó enseguida el bonete y golpeó el suelo con la cabeza haciendo un ruido como de tambor.

—¡Piedad, señora! Ya no me atrevo a mentirle.

—¡Dímelo de una vez!

—Su indigno esclavo no sabía nada al principio. Fue aquel día del duelo por el anciano señor de la mansión del Este. Yu Lu fue a que el señor Zhen le diera una cantidad de dinero. El segundo señor regresó con el señor Rong a la mansión del Este y por el camino hablaron de las dos tías, las hermanas de la señora You. El segundo señor elogió su belleza, y el señor Rong alegró mucho al señor Lian diciéndole que podría casarse con la segunda tía.

Al escuchar aquello, Xifeng le escupió a la cara.

—¡Pfft! ¡Hijo de cornudos! ¡Sinvergüenza! ¿Tía? ¿Qué tía es ésa para ti?

Xinger se precipitó otra vez a golpear con su cabeza contra el suelo.

—¡Su indigno esclavo merece la muerte! —dijo levantando la cabeza. Y ya no dijo más.

—¿Eso es todo? ¿Por qué no sigues?

—Si no me perdona antes, señora, no me atreveré a decírselo.

Xifeng le escupió de nuevo.

—¡Coño de tu madre! ¿Qué perdón quieres? Será mucho mejor que lo sueltes todo.

—Al oír las palabras del señor Rong el segundo señor se puso muy contento. Después, no sé cómo, se ha convertido en realidad lo que allí se habló.

—Naturalmente, ¡cómo ibas tú a saberlo! —sonrió Xifeng fríamente—. Ya sabes tanto que hasta te aburre contarlo. ¡Venga, dime lo que sigue!

—Después el hermano Rong buscó una casa para el segundo señor.

—¿Dónde está esa casa?

—Detrás de nuestra mansión.

—Sí. —Xifeng volvió la cabeza mirando a Pinger—. Nosotras ya hemos muerto. ¡Ya ves!

Pinger no se atrevió a contestar.

—No sé cuántos taeles de plata le ha dado el señor Zhen a la familia Zhang para que cierre la boca.

—¿Qué tiene que ver todo esto con la familia Zhang o Li? —le preguntó Xifeng.

—Usted no lo sabía, señora, la segunda tía…

Y al pronunciar esta palabra, Xinger se dio otra bofetada, lo que provocó la risa de Xifeng. Las doncellas que estaban allí también se reían con la boca cerrada. Después de reflexionar un rato, Xinger continuó.

—Aquella hermana de la señora Zhen…

—¡¿Cómo?! ¡Suéltalo rápido!

—Aquella hermana de la señora Zhen estaba comprometida desde niña con uno de apellido Zhang, me parece que Hua es su nombre. Es tan pobre que se mantiene limosneando. El señor le prometió algunos taeles de plata, y aquél canceló el compromiso.

Al oír aquello, Xifeng hizo un gesto de comprensión y volvió la cabeza hacia las doncellas.

—¿Lo habéis oído todas? ¡Ese huevo de tortuga al principio me dijo que no lo sabía!

—Después el segundo señor mandó pintar la casa y se casó con ella.

—¿De dónde tomó a esa mujer?

—De la casa de su madre.

—¡Qué maravilla! ¿No lo acompañó nadie?

—Sólo el señor Rong con algunas sirvientas viejas. No hubo nadie más.

—¿Y no estuvo presente la anciana You?

—La anciana You fue dos días más tarde a visitarla con algunos regalos.

Xifeng sonrió y dijo a Pinger volviendo la cabeza:

—Por eso en aquellos días el segundo señor no dejaba de elogiar a la señora You.

Y a Xinger:

—¿Quién la atiende a ella? Eres tú, naturalmente…

Xinger no le contestó, limitándose a chocar su cabeza contra el suelo una vez más.

—Entonces cuando decía que estaba arreglando los asuntos para la otra mansión… se refería a los asuntos de esa casa, ¿no?

—A veces era verdad. Otras veces iba a la casa nueva.

—¿Quién vive con ella?

—Su madre y su hermana menor, pero ésta murió ayer mismo cortándose el cuello.

—¿Por qué?

Xinger le contó la historia de Liu Xianglian.

—Entonces ese hombre tiene suerte. Si se hubiera casado, hoy sería un cornudo famoso. ¿Y no tienes más que decir?

—De lo demás no sé nada. Todo lo que he dicho es verdad. Si hay alguna palabra falsa, será fácil para usted descubrir que he mentido y no me quejaré aunque me apalee hasta la muerte.

Xifeng bajó la cabeza y, señalando a Xinger, dijo:

—Tú, hijo de monos, mereces la muerte. ¿Por qué me lo ocultaste? Seguramente creías que así podrías complacer a tu confundido señor y ganar la simpatía de tu nueva señora. Si no pensara que el miedo que acabas de pasar te ha impedido mentirme, te quebraría las piernas ahora mismo. Levántate y vete.

Xinger hizo un koutou, se incorporó y se retiró hasta el cuarto exterior sin osar marcharse completamente.

—Ven aquí, todavía tengo algo que decirte.

El criado se acercó atemorizado en actitud de respeto.

—¿Por qué tienes tanta prisa? ¿Esperas algún premio de la nueva señora?

Xinger no se atrevió a levantar la cabeza.

—A partir de hoy, no vuelvas allí. Ven aquí en cuanto te llame. Si tardas un segundo, ya verás. Y ahora, lárgate.

«Sí, sí, sí» contestó Xinger repetidamente, y se retiró.

Pero Xifeng lo llamó otra vez, y éste apareció enseguida angustiado.

—Lárgate deprisa y díselo a tu segundo señor.

—Su indigno esclavo no se atreve.

—Si dices una sola palabra sobre esto, cuídate la piel.

Xinger salió por fin sin dejar de decir «sí».

Le tocó el turno a Lai Wang. El paje se acercó inmediatamente.

Xifeng clavó sus ojos fijamente en él durante un rato, y le dijo:

—Eres bueno, Lai Wang, muy bueno. Vete. Si alguien de fuera menciona una sola palabra sobre este asunto, sólo tú serás el responsable.

Lai Wang salió también. Xifeng ordenó que le trajeran un té. Las doncellas jóvenes interpretaron lo que quería su señora y todas se retiraron. Entonces Xifeng dijo a Pinger.

—¿Has oído? ¡Qué maravilla!

Pinger no se atrevió a hablar, limitándose a contestarle con una sonrisa. Xifeng reflexionaba cada vez con más ira, inclinada sobre la almohada, embebida en sus pensamientos. De repente frunció las cejas, le pasó por la cabeza una maniobra y llamó a Pinger. La doncella se le acercó deprisa.

—Pienso que es conveniente arreglar este asunto de esta manera —dijo Xifeng—. No hace falta esperar a que tu segundo señor regrese para discutir con él.

¿Cómo resolvería Xifeng el asunto? Se explicará en el capítulo siguiente.

CAPÍTULO LXVIII

La desdichada segunda hermana You es atraída con

señuelos hasta el jardín de la Vista Sublime.

La celosa Xifeng provoca un escándalo tremendo

en la mansión Ning.

Llegó Jia Lian a Pinganzhou con la intención de cumplir la misión que le había sido encomendada, pero resultó que el gobernador había emprendido una gira de inspección por las zonas fronterizas y no se esperaba su regreso antes de un mes, así que Jia Lian se alojó en una posada, dispuesto a aguardar pacientemente su vuelta. Pero no uno, sino dos meses transcurrieron hasta que el gobernador volvió, recibió a Jia Lian en audiencia y se pudo considerar resuelto el problema.

Entretanto, Xifeng decidió aprovechar la ausencia de su esposo para llevar a cabo los planes que había trazado. Apenas hubo partido Jia Lian, ordenó que se arreglaran los tres aposentos del ala oriental de la mansión, y que fueran decorados y amueblados como si de sus propios aposentos se tratara. En el decimocuarto día comunicó a la Anciana Dama y a la dama Wang que a la mañana siguiente habría de emprender camino hacia el convento con el fin de hacer una ofrenda de incienso, y que sólo la acompañarían Pinger, Fenger y las esposas de Zhou Rui y de Lai Wang. Antes de partir reveló a sus cuatro acompañantes el verdadero propósito que la llevaba fuera de la mansión y les ordenó vestirse de luto.

Por fin se puso en marcha la pequeña comitiva, con Xinger a la cabeza, encaminándose a la casa de la segunda hermana You. Al llegar, el lacayo tocó en la puerta, que fue abierta por la esposa de Bao Er. Con una sonrisa, Xinger anunció:

—Dile a la segunda señora que la señora mayor ha venido. ¡Rápido!

La esposa de Bao Er llevaba el terror en la cara cuando entró en la casa a comunicar aquella extraña visita. También la segunda hermana You se sorprendió; pero ya que Xifeng estaba allí no le quedaba otro remedio que recibirla con el merecido respeto. Con un rápido gesto se alisó la ropa y salió al encuentro de Xifeng en el preciso momento en que ésta, tras apearse de su carruaje, franqueaba el umbral de la casa.

La segunda hermana You advirtió que Xifeng no traía más que unos cuantos adornos de plata en el cabello y vestía una chaqueta de satén de color celeste, capa de satén negro y una falda de seda blanca. Bajo sus cejas arqueadas como hojas de sauce, brillaban los ojos almendrados de un fénix; era bella como una flor de durazno en primavera, y austera como un crisantemo en otoño. Las esposas de Zhou Rui y de Lai Wang la ayudaron a entrar en el patio, y la segunda hermana You se adelantó con una sonrisa para hacer un wanfu[1] ante ella. La trató como «hermana mayor».

—No esperaba el honor de esta visita, y por eso no salí antes a su encuentro —se disculpó—. Por favor, perdone mi descuido, hermana mayor.

—Y se inclinó para hacer otra reverencia.

Xifeng le devolvió el saludo sin dejar de sonreír, y ambas entraron en la casa cogidas de la mano. Allí la visitante ocupó el lugar de honor y la anfitriona ordenó a su doncella que trajera un cojín; después se arrodilló para presentar otra vez sus respetos.

—Su indigna esclava es joven —dijo refiriéndose a sí misma—. Desde que llegué aquí he dejado todas las decisiones en manos de mi madre y mi hermanastro. Ahora que he tenido la suerte de conocerla, hermana mayor, quisiera pedirle consejo e instrucciones, siempre y cuando usted no me considere demasiado humilde. Yo le abriré mi corazón y la atenderé.

Dicho lo cual, se inclinó profundamente.

Xifeng dejó su asiento para devolver la reverencia y repuso:

—La culpa de todo esto la tiene mi conducta de mujer tonta que se pasa el tiempo aconsejando a su marido que cuide su salud y no frecuente los burdeles, evitando así preocupaciones a sus padres. Las dos somos mujeres cariñosas y tontas, pero parece que él no me ha comprendido. No hubiera tenido importancia que mi esposo mantuviera en secreto una amante fuera de nuestra casa; pero lo que ha hecho ha sido tomar una segunda esposa. Eso es, según las reglas protocolarias, un asunto importantísimo; sin embargo, él jamás me dijo nada. En realidad yo misma le había aconsejado que tomara otra esposa, ya que, si engendra un hijo, también yo tendré en quién apoyarme en el futuro. Pero, tomándome seguramente por mujer celosa, ha decidido dar un paso tan importante sin mi conocimiento. ¡Esto sí que ha sido ir contra mí! ¿Y a quién puedo quejarme sino al cielo y la tierra? Hace diez días que todo llegó a mis oídos, pero no me he atrevido a discutirlo con mi esposo por temor a irritarlo. Ahora que ha emprendido un largo viaje, he venido a visitarte personalmente. Espero que comprendas el grado de seriedad con que tomo esto, y aceptes mudarte a nuestra casa para que podamos vivir juntas como hermanas, pensando con la misma cabeza, aconsejando al segundo señor para que pueda prestar correcta atención a sus deberes y cuidar su salud. Eso sería lo propio y correcto. Tonta y humilde como soy, e indigna de tu compañía, no podría vivir tranquila estando separada de ti. Además, en cuanto la gente del exterior se entere, la reputación de las dos se verá mermada. Y no porque me afecten las cosas que digan sobre nosotras, no: lo que de verdad me preocupa de esas habladurías es el prestigio del segundo señor. En tus manos está evitar que ande de boca en boca. Me atrevo a pensar que ya has oído hablar de mí a algunos sirvientes que andan por ahí diciendo que manejo los asuntos de la mansión con una severidad excesiva; pues bien, estoy segura de que todo lo exageran a mis espaldas. Pero ¿cómo una persona tan inteligente y de criterio tan amplio como tú puede creer en toda esa cháchara resentida? Si realmente soy tan intratable, ¿cómo se explica que tres generaciones de esta familia, así como todos mis primos y parientes políticos —y no olvides que los Jia son una familia antigua y muy conocida— me hayan tolerado durante tanto tiempo? Cualquier otra hubiera montado en cólera al descubrir que su esposo se había casado en secreto, pero yo en cambio lo consideré una bendición que demuestra que los dioses y los budas del cielo y de la tierra no permiten que sea difamada por esos chismosos baratos. Así que hoy he venido a suplicarte que te mudes y vivas conmigo como una igual, compartiéndolo todo, sirviendo a nuestros suegros y aconsejando juntas a nuestro esposo, compartiendo penas y alegrías íntimas como verdaderas hermanas, unidas como hueso y carne. Entonces esos individuos de baja estofa lamentarán haber hablado mal de mí; y cuando el segundo señor regrese y él mismo lo vea con sus propios ojos, en su fuero interno lamentará también haberse equivocado. De ese modo, hermana, te habrás convertido en mi benefactora al preservar mi reputación. Si no aceptas venir a vivir conmigo, saldré yo gustosa a vivir contigo y te atenderé como a una hermana menor. Lo único que te pido es que intercedas por mí ante el segundo señor de modo que tenga un pequeño rincón donde quedarme. Sólo entonces moriré contenta.

Dicho lo cual empezó a sollozar hasta conmover a la segunda hermana, que se unió a su llanto.

Después volvieron a sus respectivos asientos. Entró Pinger a presentar sus respetos. Como venía insólitamente bien vestida y se la veía por encima de las demás doncellas, la segunda hermana You comprendió al instante de quién se trataba y frenó enseguida el vaivén de sus brazos para impedir que le rindiera homenaje.

—¡No hagas eso, hermana! —exclamó—. Tú y yo somos del mismo rango.

Xifeng se levantó con una sonrisa para protestar:

—No la sobrevalores, ¡eso puede acabar con la poca buena fortuna que le queda! Déjala que te presente sus respetos, hermana. Después de todo no es más que una doncella. No hay necesidad de que te pongas ceremoniosa.

Dicho lo cual, ordenó a la esposa de Zhou Rui abrir unos paquetes que contenían cuatro piezas de seda fina y cuatro pares de joyas engastadas en oro, regalos para la segunda hermana You con motivo de aquel primer encuentro, que fueron aceptados con expresiones de agradecimiento. Luego, entre sorbos de té, se pusieron a hablar de lo sucedido.

—Todo ha sido culpa mía —repetía una y otra vez Xifeng—. Soy la única responsable. Pero sé benévola conmigo.

Conmovida por el discurso de Xifeng, la segunda hermana consideró que era una persona maravillosa y no dejaba de ver natural que los sirvientes resentidos hablaran mal de ella, de manera que respondió con toda franqueza y trató a Xifeng como a una amiga de confianza. Más aún, la señora Zhou y las otras criadas allí presentes elogiaron a Xifeng por su bondad, señalando que era la rectitud de su conducta la que había dado pie a todos aquellos odios. Se anunció que los aposentos del ala oriental ya habían sido preparados, como lo vería la propia nueva señora en cuanto los ocupara. La segunda hermana siempre había deseado vivir en la mansión de los Jia, y al oír aquello, naturalmente, se mostró de acuerdo con la mudanza.

—Mi deber es ir con usted, hermana, pero ¿qué sucederá con esta casa?

—Eso no es problema —le aseguró Xifeng—. Que tus sirvientas trasladen tus efectos personales de más valor. Estos muebles tan pesados no harán falta. Puedes designar a quien estimes oportuno para que los cuide.

—Ya que hoy he tenido la suerte de conocerla, hermana mayor, dejaré en sus manos todo lo relativo a la mudanza. No llevo aquí mucho tiempo, y como nunca he manejado una casa mi inexperiencia me impide tomar decisiones. Puede llevarse estos cuantos cajones, ya que en realidad no tengo mucho más, y el resto pertenece al segundo señor.

Xifeng ordenó a la esposa de Zhou Rui que tomara nota de lo que contenían aquellos cajones y se encargara de que fueran cuidadosamente trasladados a los aposentos orientales. Luego pidió a la segunda hermana You que se pusiera sus joyas, y ambas se dirigieron cogidas de la mano hasta el carruaje, en el que se acomodaron juntas.

—Las reglas de nuestra familia son estrictas —le dijo entonces Xifeng a la segunda hermana You en tono de confidencia—. Hasta el momento la Anciana Dama no sabe nada sobre este asunto. Si llega a enterarse de que el segundo señor se casó contigo cuando todavía estaba de duelo, hará que lo maten a palos. Así que todavía no podemos presentarte a Sus Señorías. Tenemos un inmenso jardín donde viven las muchachas de nuestra familia, y en el que otra gente no suele entrar. Ahora que te mudas con nosotras puedes quedarte en el jardín un par de días, hasta que encontremos la manera de dar la noticia. Entonces podrás presentar tus respetos.

—Haz lo que consideres mejor, hermana mayor —asintió la segunda hermana.

Como los pajes que acompañaban el carruaje habían recibido instrucciones previas, en lugar de ingresar por la poterna principal lo hicieron discretamente por una puerta trasera; y apenas las damas se dispusieron a apearse toda la gente de las inmediaciones fue desalojada. Xifeng condujo a la segunda hermana a través de la puerta trasera del jardín de la Vista Sublime para visitar a Li Wan. La noticia ya había llegado a oídos de casi todos los habitantes del jardín, y cuando vieron a Xifeng trayendo consigo a la segunda hermana se acercaron para conocerla y la fueron saludando una por una. Nadie hubo que no quedara favorablemente impresionado por su belleza y su encanto.

—Que esto no salga de aquí —les advirtió Xifeng—. Si llegan a enterarse Sus Señorías, ¡os matarán a todas!

Las matronas y doncellas del jardín temían a Xifeng, y dado que Jia Lian había tomado a su segunda esposa cuando todavía estaba bajo duelo de Estado y también bajo duelo familiar, nadie ignoraba que había incurrido en falta gravísima, de manera que todas optaron por guardar el secreto.

Xifeng le pidió discretamente a Li Wan que se hiciera cargo de la recién llegada durante unos días.

—Una vez que se arregle todo este asunto, vendrá a vivir conmigo —le dijo.

Y Li Wan, como sabía que ya habían arreglado unos cuartos para la segunda hermana en los aposentos de Jia Lian y que no sería apropiado anunciar aquel matrimonio en pleno período de duelo, accedió a lo que se le pedía.

A continuación Xifeng despidió a todas las doncellas de la segunda hermana, destinando a su servicio a algunas de las suyas, y ordenándoles que la atendieran bien.

—¡Si desaparece de aquí vosotras responderéis por ella! —las amenazó, y luego partió a seguir haciendo arreglos secretos.

Todos en la casa se sorprendieron del inédito despliegue de benevolencia de Xifeng. En cuanto a la segunda hermana, ahora que había encontrado aquel refugio y todas las muchachas del jardín la trataban bien, se sentía tranquila y feliz, y consideraba que por fin había conseguido asegurar su futuro.

Sin embargo, al tercer día, Shanjie, la doncella que le había sido asignada, empezó a mostrar alarmantes signos de insubordinación.

—No queda aceite para el cabello —le había dicho la segunda hermana—. Anda y pídele un poco a la señora Lian.

—Pero, señora, ¿cómo puede ser tan desconsiderada? —le replicó la doncella—. La señora Lian está siempre ocupada cuidando a la Anciana Dama, a las señoras de ambas mansiones y a todas las jóvenes damas. Al mismo tiempo tiene que impartir órdenes a varios cientos de criados y criadas. No pasa un día sin que tenga que resolver diez o veinte asuntos importantes, sin contar docenas de asuntos triviales. Tiene que ocuparse de enviar regalos al exterior y devolver las amabilidades de muchas familias nobles, desde Su Alteza Imperial hasta príncipes, duques y marqueses; encima tiene que lidiar con innumerables parientes y amigos, y recibir o enviar todos los días miles de taeles de plata. ¿Cómo puede importunarla con una tontería como ésa? Yo en su caso no sería tan exigente, ya que el suyo no es un matrimonio en regla. Ella está tratándola bien sólo porque es excepcionalmente amable y generosa, pero si no fuera tan benévola, al escuchar lo que está diciendo ahora la echaría de aquí de un puntapié, y entonces usted no podría ni vivir ni morir. ¿Qué haría entonces?

Aquella arenga obligó a la segunda hermana a humillar la cabeza. Comprendió que a partir de ese momento tendría que soportar sin un reproche ese tipo de incidentes. Y en efecto, las cosas fueron de mal en peor: Shanjie dejó incluso de servirle las comidas, o lo hacía a deshora, y cuando lo hacía sólo le llevaba las sobras. La segunda hermana se quejaba un par de veces, y entonces la doncella empezaba a darle gritos sin esperar a que terminara de hablar. Temerosa de que los demás la acusaran de no saber cuál era su lugar, la segunda hermana tuvo que soportarlo todo resignadamente. Una vez por semana era recibida por Xifeng, que se deshacía en sonrisas y gestos de dulzura, y en todo momento la llamaba «mi querida hermana».

—Si te encuentras con alguna sirvienta cerril y tienes problemas para controlarla, házmelo saber y ordenaré inmediatamente que la muelan a palos prometía Xifeng, y luego recriminaba a matronas y doncellas:

»Ya os conozco. Sé cómo os aprovecháis de las personas bondadosas y sólo sentís respeto por las que os maltratan. En cuanto vuelvo la espalda, no teméis a nadie. ¡Si oigo una sola palabra de queja de la segunda señora, pagaréis con vuestras vidas!

Tanta amabilidad y desvelo por su persona engatusó a la segunda hermana, que pensaba: «Es tan amable… Mejor será que no arme ningún escándalo. Es natural que algunas sirvientas carezcan de sensatez. Habrá problemas si las denuncio, y sólo conseguiré que la gente me culpe a mí».

De manera que optó por seguir encubriendo a las doncellas. Mientras tanto, Xifeng había enviado a Lai Wang a hacer indagaciones detalladas. Así pudo confirmar que la segunda hermana había estado comprometida con un tal Zhang Hua, un tipo de unos diecinueve años, bribón ocioso que se pasaba los días en las timbas, cuando no de putas, actividades en las que había dilapidado el dinero de su familia. Después de haber sido expulsado de la casa de su padre, se había refugiado en un garito de mala muerte. Su padre, sin decirle nada, había aceptado diez taeles de plata de la anciana You para cancelar el compromiso.

Una vez averiguados aquellos pormenores, Xifeng entregó a Lai Wang un paquete con veinte taeles de plata y le encargó secretamente lograr que Zhang Hua se quedara con él y denunciara a Jia Lian. Debía acusarlo de haber contraído matrimonio a espaldas de sus padres en un período de duelo de Estado y de familia, contraviniendo así un decreto imperial; de haber recurrido a su fortuna y poder para obligar a Zhang Hua a renunciar a su compromiso, y de haber tomado una segunda esposa sin el consentimiento de la primera.

Pero Zhang Hua, que no ignoraba lo peligroso de aquel juego, no se atrevió a presentar los cargos. Cuando Lai Wang informó de ello a Xifeng, ésta se enfureció:

—¡Hijo de perra ridículo! Ni siquiera quiere que lo ayuden a saltar un muro. Anda y dile que no pasaría nada aunque acusara a nuestra familia de alta traición. Lo único que quiero es que arme un escándalo en el que se resienta el prestigio de todos. Si las cosas se salen dé madre, siempre estaré yo para arreglarlas.

Lai Wang transmitió las palabras de su señora y explicó todo aquello a Zhang Hua.

Asimismo, Xifeng le había dicho a Lai Wang:

—Que también te implique a ti, así podrás comparecer ante el tribunal para defenderte. Yo te diré exactamente lo que debes decir, y me hago responsable de que todo salga bien.

Cuando Lai Wang vio que contaba con el respaldo de Xifeng, le dijo a Zhang Hua que lo incluyera a él también en la querella.

—Limítate a acusarme de actuar como intermediario y de haber metido al segundo señor en todo este embrollo —dijo.

Con aquel dato adicional, Zhang Hua actuó siguiendo los consejos de Lai Wang y escribió su denuncia, que a la mañana siguiente presentó ante la Corte de Justicia. Cuando el gobernador tomó asiento en el tribunal y vio que aquella denuncia contra Jia Lian incluía a su sirviente Lai Wang, no tuvo más remedio que ordenar que llamaran a este último para que respondiera a las acusaciones. Los guardias enviados por el gobernador no se atrevieron a entrar en la mansión de los Jia, y le pidieron a un criado que entregara la orden de comparecencia. Pero Lai Wang, que ya los estaba esperando en la puerta, se acercó a ellos con una sonrisa.

—Disculpad que os ocasione tanta molestia, hermanos —dijo—. Seguramente he hecho algo malo. Ponedme las cadenas al cuello. No opondré resistencia.

Pero como no se atrevían a hacerlo, ellos le respondieron:

—Señor, por favor, venga en silencio y déjese de bromas.

Entonces Lai Wang fue a la corte y se arrodilló ante el gobernador, quien le enseñó la denuncia. Premeditadamente, Lai Wang la leyó de cabo a rabo y luego se postró.

—Sí, ésa es la razón por la que me veo en esta situación —admitió—. Efectivamente mi señor actuó de tal manera. Pero si Zhang Hua me ha acusado de ser el intermediario es porque tiene un contencioso conmigo. En realidad es otro el culpable. Ruego a Su Señoría que haga las investigaciones pertinentes sobre el caso.

En eso, Zhang Hua inclinó la cabeza hasta el suelo y dijo:

—Verdad es que fue otra persona, pero no me atreva a dar su nombre. Por eso sólo acuso a su sirviente.

—¡Idiota! —exclamó Lai Wang con impaciencia fingida—. Di la verdad de una vez. Estás ante una Corte de Gobierno. Tienes que decir su nombre aunque se trate de un caballero.

Entonces Zhang Hua nombró a Jia Rong, forzando así al gobernador a extender una orden de comparecencia.

Xifeng había enviado en secreto a Pinger para que averiguara la fecha de expedición de aquella orden. Llamó inmediatamente a Wang Xin, le explicó lo sucedido y le dijo que fuera rápidamente a sobornar al gobernador con trescientos taeles para que hiciera un despliegue de severidad capaz de asustar a los inculpados.

Aquella noche Wang Xin fue a ver al gobernador y arregló la cosa. Conocedor de la situación, el gobernador aceptó el soborno y al día siguiente anunció en el tribunal que Zhang Hua era un malandrín, endeudado con la familia Jia, que por esa causa había denunciado a personas inocentes. Y es que como aquel gobernador estaba en muy buenas relaciones con Wang Ziteng, unas pocas palabras en privado con Wang Xin habían sido suficientes para arreglar el asunto sin incomodar a los Jia. Por eso no dijo más, limitándose a arrestar a acusador y acusado, y a citar a Jia Rong ante el tribunal.

Jia Rong estaba atendiendo unos asuntos con Jia Zhen cuando alguien le trajo la noticia de aquella denuncia, lo puso enseguida en antecedentes y le pidió que buscara inmediatamente una salida a aquel embrollo.

—Yo ya estaba preparado para algo así, ¡pero qué desvergüenza la de ese tipo! —dijo Jia Zhen.

Selló inmediatamente un paquete de doscientos taeles para que fueran entregados al gobernador, y ordenó a un sirviente que acudiera a responder a las acusaciones. Mientras discutían el siguiente paso, se anunció la llegada de la señora Lian, que venía de la mansión del Oeste. Jia Zhen se sobresaltó y quiso escabullirse con su hijo a sus escondrijos, pero ya era demasiado tarde y Xifeng había hecho su entrada.

—¡Valiente hermano mayor está hecho usted! —exclamó al entrar—. ¡Linda cosa le ha empujado a hacer a su hermano menor[2]!

Jia Rong se adelantó inmediatamente para presentar sus respetos, pero Xifeng se limitó a cogerlo del brazo y siguió avanzando.

—Atiende bien a tu tía —le dijo Jia Zhen—. Antes que nada, ordena que le traigan una buena comida.

Dicho lo cual, mandó traer su caballo y se quitó de en medio.

Xifeng se llevó a Jia Rong consigo hasta los aposentos interiores, donde apareció la señora You para darle la bienvenida.

—¿Qué sucede? —preguntó al ver lo furiosa que estaba Xifeng—. ¿A qué viene tanta prisa?

Xifeng le escupió a la cara.

—¿No pudiste encontrar en otro sitio maridos para tus hermanastras, que las tuviste que meter de rondón en la familia Jia? ¿Es que todos los Jia son maravillosos? ¿Los demás hombres del mundo han muerto? Aunque lo que pretendas sea casar bien a tus hermanas, existe un procedimiento correcto para el matrimonio: se necesitan casamenteros y testigos y anunciar el compromiso de manera conveniente. ¿Acaso tu corazón está cubierto de mocos y tu espíritu manchado de aceite? ¿Cómo se te ha ocurrido traerla aquí en un momento de duelo de Estado y de familia? Y ahora que alguien nos ha denunciado ante el gobernador resulta que, pobre de mí, soy como un cangrejo sin patas y no puedo moverme. Hasta en la Corte de Gobierno piensan que soy una arpía celosa y me han citado para que comparezca. ¡Mi nombre arrastrado por el lodo! ¡Tendré que divorciarme! ¿Qué daño he hecho yo a la familia Jia para que todos me tratéis tan cruelmente? ¿O es que os lo dijeron Sus Señorías para que esta trampa acabara conmigo definitivamente? Vamos los dos ante el gobernador. Aclaremos allí las cosas ahora mismo. Cuando volvamos expondremos el caso ante toda la familia. Y si me obligan a divorciarme, me iré.

Entre sollozos y gritos se personó la señora You insistiendo en que debían comparecer ante la corte. Jia Rong se hincó de rodillas desesperado, suplicándole que no llevara adelante su furia.

—¡Que un rayo te parta el cráneo! —maldijo ella—. ¡Que cinco demonios te despedacen, maldito sin entrañas! A nada temes en el cielo y en la tierra, y todo el tiempo andas haciendo sucias jugadas y cometiendo todo tipo de iniquidades que arruinan a nuestra familia. Hasta el espíritu de tu madre muerta te ignorará, e igual harán los de nuestros ancestros. ¿Cómo te atreves a venir aquí a apelar?

Después de aquella lacrimosa diatriba levantó la mano para descargar un golpe sobre él, pero Jia Rong volvió a darse con la cabeza contra el suelo.

—¡No te enfurezcas, tía! —gritaba—. No te hagas daño en la mano, deja que yo mismo me abofetee. Por favor, no te molestes, tía.

Y alzando su propia mano empezó a darse de bofetadas en ambas mejillas.

—¿Vas a seguir entrometiéndote en todo coa la misma frivolidad? —se preguntaba a sí mismo—. ¿Vas a seguir escuchando a tu tío en vez de a tu tía?

Reprimiendo la risa, todos los presentes le suplicaron que no siguiera adelante.

Entonces Xifeng, entre lágrimas y aullidos, se lanzó en brazos de la señora You invocando al cielo y la tierra.

—No me molestaría que le encontraran otra esposa a tu cuñado —sollozó—. Pero ¿qué necesidad había de hacerle violar el Decreto Imperial y esconder un secreto ante sus padres? ¿Y por qué manchar mi buen nombre? Debemos ir a presentarnos ante el gobernador antes de que él envíe a los guardias a arrestarme. Después tenemos que ir juntos a ver a Sus Señorías y reunir al clan entero para discutir este asunto. Si he actuado mal, si en algún momento he impedido a mi esposo tomar una segunda esposa o una concubina, entonces que me extiendan un documento de divorcio y partiré enseguida. Por lo pronto yo misma he traído aquí a tu hermanastra, pero no me he atrevido a informar del asunto a Sus Señorías por temor a su furia. Ahora está en el jardín rodeada de doncellas que atienden sus más mínimos deseos, y le he preparado aposentos idénticos a los míos, a los que pensé trasladarla en cuanto la Anciana Dama estuviera enterada de su presencia. Pensaba yo que entonces la tranquilidad habría llegado para todos, y podríamos atender nuestros propios asuntos y olvidar el pasado. ¿Cómo iba a saber que antes estuvo comprometida con otro hombre? ¿Cómo iba a saber lo que llevabais entre manos? Ayer, cuando me enteré de que su prometido me había denunciado, me sentí tan acorralada que tuve que tomar quinientos taeles de plata de la señora para un soborno, pues si a mí me llevan ante los tribunales la familia Jia quedará desprestigiada. A todo esto, mi sirviente sigue en poder de los guardias.

Y así siguió, entre rugidos y sollozos, evocando a los ancestros y a sus propios padres. Luego trató de matarse dándose golpes en la cabeza. La señora You, hecha un guiñapo, con la ropa manchada de lágrimas y mocos, arremetía incansablemente contra Jia Rong.

—¡Degenerado! —le decía—. Tú y tu padre sois los culpables de todo. Ya os dije que no lo hicierais.

Xifeng soltó otro aullido en medio de su llantina, y tomó el rostro de la señora You entre sus manos.

—¿Acaso estabas loca? —la increpó—. ¿Tenías la boca llena de berenjena, o con frenillo, que no pudiste hacérmelo saber? Si lo hubieras hecho, hoy no estaríamos así, y este asunto no se habría salido de madre hasta el extremo de llegar a oídos del gobernador. ¡Pero tú sigues tratando de culparlos a ellos! Como dice el proverbio: «Una buena esposa mantiene a su esposo libre de problemas; una mujer fuerte vale más que un hombre fuerte». Si tuvieras algún valor, ¿cómo podrían ellos cometer tales actos? Eres estúpida, imbécil como una calabaza con la boca cortada[3]. Lo único que te preocupa, especie de idiota, es aparentar bondad. Por eso no te temen ni escuchan lo que les dices.

Y escupió una y otra vez su desprecio.

—Así ocurrió —sollozó la señora You—. Si no me crees, pregunta a los sirvientes. Puedes estar segura de que traté de impedirlo, pero no me hicieron caso. ¿Qué podía hacer? No te culpo por estar enfadada, hermana, pero no hubo nada que yo pudiera hacer.

Entonces las concubinas y doncellas que rodeaban atemorizadas a Xifeng empezaron a suplicarle:

—Usted es sabia y comprensiva, señora. Aunque nuestra señora obró mal, usted ya se ha desquitado. Por lo general ustedes dos se llevan bien delante de nosotras, las esclavas. ¡Déjele algo de prestigio, por favor!

Le trajeron un poco de té, pero Xifeng hizo añicos la taza. Bruscamente dejó de llorar y se alisó el pelo.

—¡Trae aquí a tu padre! —ordenó a Jia Rong—. Quiero saber por qué, cuando todavía faltaban quince días para que se cumpliera el duelo por el tío, permitió que el sobrino tomara esposa. ¡Nunca he visto nada igual! Él tiene que enseñarme las reglas protocolarias, para que luego yo pueda transmitirlas a los jóvenes.

Todavía de rodillas, Jia Rong tocó con la cabeza el suelo y protestó:

—Esto no tiene nada que ver con mis padres. Fui yo quien metió en esto a mi tío. Debo haber comido estiércol para hacer una cosa así. Mi padre no sabía nada. Ha salido a preparar el cortejo fúnebre. Si ahora se arma un escándalo será mi fin. Aceptaré gustoso cualquier castigo que se me imponga, pero por lo que más quiera, arregle eso del juicio; es un asunto demasiado serio como para que yo lo resuelva. Usted, tan inteligente, conoce el dicho: «Si se te quiebra el brazo, ocúltalo bajo la manga»[4]. He sido un idiota completo, y por haber hecho una cosa tan despreciable me veo ahora como un gato o como un perro. Ya que le ha dado esta lección a su hijo, tía, debe perdonarlo y arreglar este asunto. ¡Yo, que he faltado a mis deberes y le he hecho tanto daño, ahora no puedo más que suplicarle que tenga piedad!

Y siguió inclinándose como si nunca fuera a parar.

Aquel tratamiento de «madre» e «hijo» impidió a Xifeng continuar rabiando, obligándola a adoptar una nueva actitud.

Disculpándose ante la señora You, dijo:

—Soy demasiado joven e inexperta. Cuando oí que el caso había sido llevado ante la Corte de Gobierno casi me muero de miedo. ¡Cómo he podido ser tan grosera contigo, cuñada! Después de todo, Rong tiene razón: «Si se te quiebra el brazo, ocúltalo bajo la manga». Debes perdonarme. Y por favor, pídele al primo Zhen que no demore más la búsqueda de una solución a esto del juicio.

—Descuida —le aseguraron la señora You y Jia Rong.

—El tío no se verá comprometido en ningún caso —añadió Jia Rong—. Acaba de mencionar que ha gastado quinientos taeles, tía. Dé por descontado que reuniremos esa suma y se la devolveremos. ¿Cómo vamos a permitir que gaste su dinero para salvar nuestro prestigio? Eso haría la cosa todavía más indignante. Pero una cosa más, tía, encárguese de que ni una sola palabra sobre este asunto llegue a oídos de Sus Señorías.

Xifeng le lanzó una sonrisa sarcástica a la señora You.

—¡Primero me clavan un puñal en la espalda y ahora me piden que los encubra! Tonta soy, pero no hasta ese punto. Resulta que tu primo es mi esposo, cuñada mía. Y si a ti te preocupa que no tenga un hijo varón, ¿cómo puedes pensar que no me preocupa a mí? A tu hermana menor la considero como mi propia hermana. En cuanto me enteré de este asunto me sentí tan contenta que no pude dormir e hice que mi gente dispusiera inmediatamente unos cuartos para que la trajeran a vivir con nosotros. Pero en realidad las criadas fueron más sensatas; me dijeron: «Señora, es usted demasiado bondadosa. Nos parece que sería mejor aguardar a que haya informado del asunto a Sus Señorías y visto lo que ellas tienen que decir al respecto». Aquella sugerencia me hizo montar en cólera, así que no siguieron hablando. Pero nada resultó como yo esperaba. Como una bofetada, o un rayo caído del cielo, me llegó este juicio planteado por Zhang Hua. Al saberlo tuve tanto miedo que no pude dormir durante tres noches. No me atreví a decírselo a nadie; sólo suplicar que averiguaran quién era ese tipo que se atrevía a tanto; dos días más tarde me informaron de que era un bribón pidientero. En mi juventud y mi ignorancia me reí, y pregunté de qué se nos acusaba. Las criadas me dijeron: «La nueva señora estuvo comprometida con él. Ahora está desesperado, y como no tiene nada que perder, expuesto a morir de frío o de inanición en cualquier momento, ha aprovechado esta oportunidad». Aunque le cueste la vida, es mejor carta que morir simplemente de frío o de hambre, ¿cómo reprochárselo? Después de todo, el señor actuó precipitadamente y era culpable de dos infracciones al haber contraído enlace durante el duelo de Estado y el duelo familiar. Y se equivocó, además, al ocultárselo a sus propios padres y al haber tomado una nueva esposa sin el consentimiento de la anterior. Dice bien el refrán: «Quien está dispuesto a arriesgarse a ser despedazado puede atreverse a desmontar de su silla al emperador». Un hombre tan desesperadamente pobre está dispuesto a llegar hasta donde sea. Y por si fuera poco lleva razón en este asunto, ¿qué le impide entonces abrir un juicio contra nosotros? Como ves, cuñada mayor, aunque hubiera contado con la sabiduría de Han Xin o de Zhang Liang[5], aquellos consejos me hubieran paralizado de susto. Además, con mi esposo lejos no tenía a quién consultar; sólo me quedó la posibilidad de parchear un poco las cosas con dinero. Pero cuanto más le fui dando para que callara, más a merced suya me fui encontrando, y mayor empezó a ser el chantaje. No soy más que un grano en la cola de una rata, ¿cuánto pus tengo yo[6]? Por eso me entró el pánico y en mi ataque de ira vine aquí a buscarte…

Sin esperar a que terminara, la señora You y su hijo le dijeron:

—No te preocupes, nosotros nos encargaremos de todo.

—Ha sido la miseria la que ha envalentonado a Zhang Hua hasta el extremo de arriesgar su vida metiéndonos en pleitos —añadió Jia Rong—. Prométele más dinero y haz que admita que nos acusó falsamente; entonces podremos arreglar el asunto. Cuando salga de la cárcel le daremos más dinero y ahí se acabará todo.

—¡Pero qué habilidad la de este muchacho! —exclamó burlonamente Xifeng—. Después de lo que acabas de decir, no me extraña que hayas hecho todo esto sin considerar las posibles consecuencias. ¡Qué estúpido eres! Supongamos que accede a lo que tú propones y acepta nuestro dinero. Está claro que una vez cerrado el caso todo se quedaría así por un tiempo. Pero como estamos tratando con un bribón sin escrúpulos, apenas haya gastado todo el dinero empezará a chantajearnos otra vez. ¿Y qué podremos hacer si sigue creando problemas? Podemos no temerle, pero no dejará de ser un asunto preocupante. Y a él siempre le quedará la posibilidad de decir que si no lo hubiéramos perjudicado no habríamos tenido por qué darle dinero.

Jia Rong tuvo la sensatez necesaria para comprender aquello. Con una sonrisa, dijo:

—Pues entonces tengo otro plan. Ya que he sido yo quien ha ocasionado el problema, a mí me corresponde resolverlo. Sondearé a Zhang Hua. ¿Está decidido a recobrarla o está dispuesto a renunciar a ella y cambiarla por dinero que le permita casarse con otra muchacha? Si insiste en recobrarla persuadiré a mi segunda tía para que deje este lugar y se case con él; si lo que quiere es dinero, tendremos que darle algo.

—Todo eso está muy bien —dijo inmediatamente Xifeng—. Pero de ningún modo quiero que tu tía nos abandone, y ten por seguro que no permitiré que se vaya. Si en algo me estimas, sobrino, limítate a darle una suma más elevada a ese sinvergüenza.

Jia Rong sabía perfectamente bien que, a pesar de sus palabras, el verdadero propósito de Xifeng era deshacerse de la segunda hermana, y que sólo estaba fingiendo generosidad. Sin embargo, tuvo que coincidir con todo lo que ella dijo, lo cual delató sus intenciones.

—El problema de afuera aún podemos resolverlo, pero ¿cómo arreglaremos el de adentro? —preguntó entonces Xifeng—. Tienes que venir de vuelta conmigo a informar de todo esto.

Aquello volvió a despertar el pánico de la señora You, que suplicó a Xifeng que le inventara alguna excusa.

—¿Y por qué te metes en este tipo de lío si luego no puedes dar una explicación airosa? —preguntó sarcásticamente Xifeng—. ¡Y ahora me hablas con este tono de súplica! No te admiro de ninguna manera. Pero no está en mí negarte una salida, y como soy de corazón blando actúo como una tonta hasta con la gente que me ha engañado. Muy bien, ya veré qué hago. Vosotros dos manteneos al margen de todo esto. Llevaré a tu hermanastra a presentar sus respetos a Sus Señorías, y les diré que me ha caído en gracia, y como no tengo hijo varón había estado pensando en comprar un par de concubinas. Como tu hermana me resultó encantadora, y además somos parientes, quise que fuera ella la segunda esposa de Lian. Pero como sus padres y su hermana habían muerto hacía poco, y a ella le estaba resultando difícil arreglárselas sin una casa propia, ¿cómo iba a poder esperar los cien días del duelo completos? Por eso he decidido traerla a la mansión, y le he preparado los cuartos laterales para que los ocupe por el momento. Una vez pasado el duelo, podrá vivir con mi esposo. Yo sortearía el escollo con cierta desvergüenza. Si culpan a alguien, no será a vosotros. ¿Qué os parece mi plan?

La señora You y Jia Rong respondieron:

—Es muy generoso y amable. ¡Cuánta habilidad! Una vez arreglado todo esto vendremos a agradecértelo.

La señora You ordenó a sus doncellas que ayudaran a Xifeng a lavarse la cara y a peinarse. Entonces pusieron la mesa y ella misma sirvió el vino y la comida. Pero unos momentos más tarde Xifeng se levantó para irse.

Fue hasta el jardín y le contó a la segunda hermana lo sucedido, explicándole lo mucho que se había preocupado, y cómo había corroborado los datos, y lo que sería preciso hacer para que nadie se viera metido en problemas. Entonces prometió sacar a todo el mundo de apuros.

Para saber cuáles eran realmente sus planes, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LXIX

Tendiéndole una trampa, Xifeng mata

a su rival con espada prestada.

La segunda hermana You presiente su muerte

y se suicida tragando oro.

La segunda hermana You no encontraba la manera de expresar su agradecimiento a Xifeng por sus palabras, de modo que sólo acertó a seguirla sin abrir la boca. Las normas exigían que, para la presentación protocolaria ante la Anciana Dama, ambas mujeres fueran acompañadas por la joven señora You.

—Tú no tienes que decir nada —le aseguró Xifeng—. Déjame hablar a mí.

—Mejor —asintió ella—. Así cargarás tú con toda la responsabilidad.

Primero entraron en los aposentos de la Anciana Dama, donde ésta charlaba y reía con las muchachas del jardín. Al ver a la bella mujercita que Xifeng traía consigo, la Anciana Dama exclamó con curiosidad.

—¿De quién es hija? ¡Qué encantadora!

—Mírela bien, anciana antepasada, ¿no le parece dulce? —dijo Xifeng adelantándose con una sonrisa mientras arrastraba a la segunda hermana de la manga y le decía—: Ésta es la abuela. Haz un koutou ante ella. Rápido.

La segunda hermana se postró inmediatamente. Entonces Xifeng le presentó a las muchachas una por una.

—Primero conócelas —le dijo—. Cuando nuestra suegra haya terminado de examinarte podrás presentar tus respetos ante ellas.

La segunda hermana, cortésmente, preguntó de nuevo por cada una de las jóvenes y luego permaneció con la cabeza baja mientras la Anciana Dama la miraba y remiraba.

—¿Cómo te llamas? —indagó—. ¿Qué edad tienes?

—Olvídese de eso, anciana antepasada —terció Xifeng con una carcajada—. Limítese a decir si es más bonita que yo.

La Anciana Dama se ajustó las lentes sobre la nariz y ordenó a Yuanyang y Hupo que le acercaran más a la recién llegada, pues quería examinar su piel.

La segunda hermana fue empujada hacia adelante entre risitas reprimidas, y sometida a un cuidadoso reconocimiento. La Anciana Dama hizo que Hupo extendiera las manos de la muchacha para su inspección. Yuanyang, por su parte, le levantó la falda para dejar sus pies al descubierto. Concluido su examen, la Anciana Dama se quitó las lentes.

—¡Perfecta! —exclamó—. Es incluso más bonita que tú.

Sonriendo, Xifeng cayó de rodillas para relatar detalladamente el cuento previamente urdido en el cuarto de la señora You.

—Apiádese de ella, anciana antepasada —concluyó—. Permita que ahora se mude aquí, y cuando haya pasado un año podrán casarse formalmente.

—Eso está bien —concedió la Anciana Dama—. Me alegra que seas tan comprensiva y tolerante. Pero escúchame bien, no debe vivir con Lian hasta que haya pasado un año.

Xifeng se postró, después se incorporó y solicitó que fueran enviadas dos doncellas para que se ocuparan de presentar a la muchacha a las damas Xing y Wang, y de comunicarles la decisión recién tomada. Asintió la anciana, y las doncellas partieron. La dama Wang, que había estado preocupada por la reputación de Xifeng, se sintió naturalmente complacida por la aparición de una segunda esposa para Jia Lian. Así que a partir de ese momento la segunda hermana pudo dejarse ver, y se mudó a los aposentos que Xifeng había mandado preparar.

Ahora bien, mientras se desarrollaba aquella parte de su plan, Xifeng había despachado en secreto un mensajero a Zhang Hua insistiéndole para que reclamara de una vez a su novia. A cambio le prometió, además de una generosa dote, dinero suficiente para instalar una casa. Y es que a Zhang Hua le faltaban agallas para meter en pleitos a los Jia.

Cuando la novia hubo sido reclamada ante la Corte de Gobierno, Jia Rong envió a un hombre para alegar: «Fue Zhang Hua quien rompió primero el compromiso. Cierto que por estar emparentada con la familia You, invitamos a su prometida a permanecer en nuestra casa; pero entonces no se habló de matrimonio. Como Zhang Hua nos debía dinero y no podía devolverlo, inventó esta querella contra nuestro señor».

El gobernador, que estaba vinculado a las familias Jia y Wang, y no era la primera vez que aceptaba sobornos suyos, condenó a Zhang Hua por ser un bribón cuya pobreza le había empujado al chantaje. Los cargos contra los Jia fueron desestimados, y Hua fue apaleado y expulsado del tribunal. Pero la paliza no fue muy dura, pues Xinger ya había acordado con los guardias que no lo golpearan demasiado.

Entonces Xinger le dijo a Zhang Hua:

—Ya que tú fuiste el primero que estuvo comprometido con la muchacha, el tribunal tendrá que concedértela si la pides de nuevo.

Y Zhang Hua entabló un nuevo pleito. Una vez más, Wang Xin hizo llegar al juez un mensaje apropiado, y el veredicto fue: «La deuda de Zhang Hua con la familia Jia debe ser cancelada íntegramente en tal fecha. En cuanto a su prometida, puede casarse con ella apenas cuente con los recursos suficientes para ello».

El padre de Zhang Hua fue citado ante la corte para escuchar el veredicto. Se sentía feliz, después de haberse informado de la situación a través de Xinger. Convencido de que ahora obtendrían tanto el dinero como a la muchacha, partió a la mansión de los Jia en busca de la segunda hermana.

Con grandes aspavientos de alarma, Xifeng informó de su llegada a la Anciana Dama.

—¡Todo este escándalo es culpa de mi cuñada Zhen! —se quejó—. Al parecer el compromiso nunca fue realmente cancelado, y por eso los Zhang llevaron el caso a los tribunales, que ya han dictaminado públicamente.

La Anciana Dama hizo que llamaran inmediatamente a la señora You.

—Como incluso antes de nacer, tu hermanastra estuvo prometida a la familia Zhang, y ellos nunca rompieron el compromiso, ahora nos vemos acusados ante la Corte de Gobierno —le reprochó.

—Pero ellos recibieron el dinero… —protestó la señora You—. ¿Cómo pueden seguir reclamando a mi hermana?

Xifeng intervino:

—Zhang Hua afirma que él nunca ha visto ese dinero, y que nadie se ha puesto en contacto con él. Según su padre, la madre de la segunda hermana hizo una oferta en ese sentido, pero ellos la rechazaron; y dice también que, cuando su madre murió, vosotras tomasteis a la muchacha como esposa segunda de Lian. Carecemos de pruebas para taparle la boca, así que puede decir todas las tonterías que le venga en gana. Por fortuna el segundo señor no está en casa y ese matrimonio no se ha podido celebrar formalmente. Pero ya que está aquí, ¿cómo vamos a enviarla de vuelta? Eso podría dañar nuestro prestigio, ¿o no?

La Anciana Dama dijo:

—Todavía no están casados, y no se vería bien que entrara a formar parte de esta familia una mujer prometida a otro hombre, pues eso sí que dañaría nuestra reputación. Mejor será enviarla de vuelta. No tendremos dificultades para encontrar otra muchacha bonita.

Al oír aquello la segunda hermana exclamó:

—¡Mi madre entregó a los Zhang diez taeles de plata para cancelar el compromiso, aunque ahora, en la desesperación de su pobreza, lo nieguen! Mi hermana no ha cometido ninguna acción reprobable.

—Todo lo cual demuestra lo intratables que pueden ser esos bribones —concluyó la Anciana Dama—. Bueno, Xifeng, dejo en tus manos todo este asunto.

Naturalmente, Xifeng accedió. A su vuelta mandó llamar a Jia Rong, quien sabía perfectamente cuál era el objetivo perseguido por su tía. Comprendió la enorme pérdida de prestigio que implicaría un hipotético rescate de la segunda hermana por parte de los Zhang, por lo cual informó de ello a Jia Zhen, y en secreto envió a Zhang Hua el siguiente mensaje: «¿Para qué quieres a la muchacha, ahora que tienes tanto dinero? Si sigues insistiendo los señores acabarán enfadándose y encontrarán la manera de acabar con tu vida sin que tengas ni siquiera un lugar donde puedas ser enterrado. Con ese dinero puedes volver a tu casa y encontrar una buena novia. Si así lo haces, te ayudaremos cubriendo los gastos del viaje».

Después de darle vueltas, Zhang Hua consideró que aquél era un buen consejo. Lo discutió con su padre y entre ambos llegaron a la conclusión de que ya le habían sacado al asunto unos cien taeles, y no era cosa de seguir tentando a la fortuna. A la mañana siguiente emprendieron el camino de vuelta a su lugar natal.

Cuando la nueva llegó a oídos de Jia Rong, éste dijo a la Anciana Dama y a Xifeng:

—Zhang Hua y su padre han huido, pues temían ser castigados por haber levantado un falso testimonio. La corte lo sabe, pero ha decidido dejar las cosas así. ¡El asunto está definitivamente resuelto!

Xifeng pensó: «Si obligo a Zhang Hua a recobrar a la segunda hermana, lo más probable es que mi marido, cuando vuelva, ofrezca más dinero para recuperarla, y que Zhang Hua acceda. Mejor será que la mantenga a mi lado hasta que se me ocurra un plan mejor. El único problema es que no sabemos adónde se dirigirá Zhang Hua, ni si divulgará la historia o volverá más adelante para reabrir el caso. ¡Si lo hace, me habré hecho daño a mí misma! Nunca debí entregar a los demás la empuñadura de una espada». Y con aquellas cavilaciones lamentó amargamente lo que había hecho.

Entonces maquinó otro plan. Discretamente ordenó a Lai Wang que enviara hombres a buscar a Zhang Hua, lo arrastraran ante los tribunales y lo acusaran de robo para que fuera sentenciado a muerte; o bien que enviara asesinos a sueldo para que lo mataran en secreto. De ese modo el problema sería eliminado de raíz y su reputación quedaría salvaguardada.

Lai Wang regresó con aquella orden a su casa, pero se dio a meditar: «Si el hombre ya se fue y el asunto se ha solucionado, ¿a qué viene actuar de manera tan drástica? Un crimen siempre es suceso que clama al cielo. No es cosa de broma. Mejor le haré creer que sus instrucciones se han cumplido».

Y se ocultó fuera de la mansión durante unos cuantos días, al cabo de los cuales volvió a Xifeng con la noticia de que Zhang Hua, que había emprendido viaje con una gran cantidad de dinero en las alforjas, había sido asesinado por unos bandoleros en el distrito de Jingkou, y que su padre había muerto del susto en la posada. Él mismo, le dijo, se había asegurado de que ambas muertes eran ciertas, y había enterrado los cadáveres con sus propias manos.

Pero Xifeng no lo creyó.

—¡Si llego a asegurarme de que mientes, haré que te arranquen los dientes! —lo amenazó. Pero no quiso seguir adelante, y dejó así las cosas.

Durante todo aquel tiempo, Xifeng y la segunda hermana mantuvieron aparentemente buenas relaciones, y a simple vista se llevaban diez veces mejor que si hubieran sido verdaderamente hermanas.

Cuando Jia Lian volvió por fin, después de haber dado por finalizados sus asuntos, se dirigió directamente a la casa de la segunda hermana You. Encontró el lugar cerrado a cal y canto, y desierto. Un viejo guardián le relató lo sucedido. Jia Lian apretó rabiosamente el pie contra el estribo y partió a informar a sus padres sobre la misión. Complacidísimo por el resultado, Jia She elogió su eficacia y lo recompensó con cien taeles de plata y una nueva concubina, una de sus doncellas, muchacha de diecisiete años llamada Qiutong. Jia Lian agradeció el obsequio con una venia profunda y partió de excelente humor. Después de haber presentado sus respetos a la Anciana Dama y a los demás miembros de la familia se dirigió temeroso a su casa para ver a Xifeng, a quien encontró, para su sorpresa, más cariñosa que de costumbre. Salió su esposa a darle la bienvenida acompañada de la segunda hermana, y le preguntó por su salud. Entonces Jia Lian, orgulloso y complacido, les contó lo que su padre le había regalado. Xifeng envió enseguida a dos criadas para que trajeran a Qiutong en un carruaje. Aún no había terminado de arrancarse una espina que tenía clavada en el corazón cuando ya sentía un nuevo dolor; estaba allí otra vez, furiosa, fingiendo complacencia y ordenando un banquete de bienvenida para otra rival. Tuvo que llevar a Qiutong ante la Anciana Dama y la dama Wang, para perplejidad de su esposo.

El doceavo día de la decimosegunda luna Jia Zhen se levantó temprano para hacer un sacrificio a los ancestros, y a continuación se despidió de la Anciana Dama y de las otras damas de la familia. Casi todos los hombres lo acompañaron hasta el pabellón de la Triste Despedida, pero sólo Jia Lian y Jia Rong le sirvieron de escolta durante dos días y tres noches. Por el camino Jia Zhen aprovechó para aconsejarles que manejaran bien los asuntos de sus casas, y ellos le dieron como respuesta la seguridad que venía al caso. No necesitamos demorarnos en el protocolario tema de sus conversaciones.

Volvamos con Xifeng, quien, de más está decirlo, trataba excelentemente a la segunda hermana mientras urdía en su interior una treta para destruirla. Cuando las dos se encontraron a solas, dijo a la segunda hermana:

—Tu mala fama ha llegado a oídos de Sus Señorías. Se dice que siendo todavía una niña perdiste la virginidad con tu cuñado. «Has elegido a alguien que nadie más quiere», me reprochan. «¿Por qué no te deshaces de ella y buscas a otra mejor?» Ese tipo de cháchara me saca de mis casillas y he tratado de averiguar quién ha comenzado a divulgar tales infundios, pero no lo he logrado. Si esto continúa así, ¿cómo haremos para mantener la cabeza alta ante la servidumbre? Me he metido en un problema espinoso y ajeno.

Y después de haber repetido aquellas palabras un par de veces para que no pasaran inadvertidas, simuló haber enfermado de la furia, negándose a comer o beber.

Con la única excepción de Pinger, las doncellas y criadas siguieron con los chismes, haciendo comentarios mordaces y señalando a la morera para maldecir a la acacia. En cuanto a Qiutong, al ser un regalo del padre de Jia Lian se sentía superior a las demás, incluidas Xifeng y Pinger, así que no digamos a la segunda hermana You: repetía una y otra vez que ningún hombre quiere a una puta que ha sido desvirgada antes del casamiento. «¡Cómo es posible que tenga mayor rango que yo!» pensaba Qiutong, y, en consecuencia, la trataba con el mayor de los desprecios. Aquello causaba a Xifeng un secreto placer, y la segunda hermana tenía que tragarse su remordimiento y su indignación.

Llevando adelante el fingimiento de su enfermedad, Xifeng abandonó la costumbre de comer con la segunda hermana, y ordenó a las criadas que le llevaran los alimentos a su cuarto todos los días; así ocurrió que empezaron a reservarse para la recién llegada los peores platos y el peor arroz. Pinger se apiadó de ella y le compraba comida con su propio dinero; a veces la llevaba a dar un paseo por el jardín, y hacía que en la cocina le prepararan sopas especiales. Nadie se atrevía a informar de aquello a Xifeng; sin embargo, Qiutong corrió a contárselo en cuanto llegó a sus oídos.

—Señora, Pinger está ajando su reputación —le dijo—. Los buenos platos que tenemos aquí para ella acaban desperdiciándose, pues se niega a comerlos y prefiere conseguir comida en la cocina del jardín.

Xifeng maldijo a Pinger.

—¡Otras tienen gatos que cazan ratones, y son útiles, pero esta gata mía me roba los pollos!

Pinger no se atrevió a responderle, y a partir de ese momento tuvo que mantenerse alejada de la segunda hermana y guardar en silencio su rencor contra Qiutong.

Li Wan, Yingchun, Xichun y otras hermanas del jardín tenían la impresión de que Xifeng se comportaba de una manera extrañamente bondadosa con la segunda hermana. Otros, como Baoyu y Daiyu, se mostraban preocupados por ella. Claro que no era conveniente inmiscuirse en los asuntos ajenos. Como la segunda hermana tenía esa apariencia tan patética cada vez que la visitaban, los dos primos simpatizaron con la muchacha, y, cuando hablaban a solas, ella se echaba a llorar, aunque sin pronunciar jamás una sola palabra contra Xifeng, que había tenido mucho cuidado para que en ningún momento quedara al descubierto su cara malvada.

Cuando Jia Lian volvió a casa y advirtió la irreprochable conducta de Xifeng con la segunda hermana, no dedicó al asunto un minuto más de su tiempo. Además, ya hacía tiempo que venía echándole el ojo a las concubinas y jóvenes doncellas de su padre, incluida Qiutong. Todas ellas vivían insatisfechas, pues su anciano y senil señor conservaba la lascivia, pero no el vigor. ¿Por qué, entonces, habría de conservarlas para él? De modo que, exceptuando a algunas muchachas con un fuerte sentido de la decencia, las demás se entretenían con los pajes de la puerta interior e incluso le hacían guiños a Jia Lian, quien, aunque siempre estaba más que dispuesto a coquetear con ellas, no se atrevía a ir más allá por temor a su padre.

A pesar de que Jia Lian era muy del agrado de Qiutong, nunca habían tenido un lance. Y ahora, cosas de la suerte, había sido regalada a él. Realmente fue como echar leña seca sobre una hoguera rugiente. Vivieron pegados como con goma, y el recién casado jamás se alejaba del lado de su nueva concubina. Poco a poco fue menguando su afecto por la segunda hermana, y Qiutong llegó a ser la única que le importaba.

A pesar de que odiaba profundamente a Qiutong, Xifeng quería, antes de actuar contra ella, utilizarla para deshacerse de la segunda hermana. Quería que la segunda hermana muriera «con espada prestada», mientras ella «miraba desde la cumbre de la colina el combate de dos tigres». Una vez que Qiutong hubiese acabado con la segunda hermana, ella podría deshacerse de la nueva concubina. Tras haber tomado esa decisión aprovechó los momentos que estuvieron solas para aconsejar una y otra vez a Qiutong:

—Eres joven e inexperta. Ahora es ella la segunda señora, y la favorita del señor. Incluso yo tengo que ceder; sin embargo, sigues enfrentándote a ella. Estás buscando tu propia muerte.

Exacerbada por ese tipo de charla, Qiutong empezó a maldecir y a rabiar cada día:

—Señora, es usted demasiado suave y débil; yo no soy tan tolerante. ¿Qué le ha sucedido? Solía ser tan aterradora… Pues bien, tal vez usted sea de mente amplia, pero yo no permito que llenen mis ojos de arena. Me enfrentaré a esa puta, ¡y entonces veremos!

Confinada en su cuarto, Xifeng pretendía estar demasiado asustada como para decir una sola palabra, mientras que en la soledad del suyo la segunda hermana, llorando de rabia y sin comer, no se atrevía a contarle nada a Jia Lian. Y al día siguiente, cuando la Anciana Dama le preguntaba por qué tenía los ojos tan irritados, ella no se atrevía a explicar la causa.

Qiutong no perdía una sola oportunidad de agraviarla. En secreto les dijo a la Anciana Dama y a la dama Wang:

—Anda causando problemas, quejándose y lloriqueando todo el santo día sin ningún motivo; además nos maldice a la señora y a mí a nuestras espaldas. Espera que ambas muramos pronto para poder vivir a solas con el segundo señor y hacer lo que le venga en gana.

—¡Pero bueno! —llegó a exclamar la Anciana Dama—. Una muchacha demasiado bonita suele ser celosa. Durante todo este tiempo Xifeng la ha estado tratando bien, ¡y ella le paga tratándola con envidia! Eso demuestra que no es más que un pedazo de hueso barato sin valor.

Poco a poco fue tomándole ojeriza a la segunda hermana. Y cuando los demás advirtieron que había perdido el favor de la Anciana Dama, naturalmente empezaron a envalentonarse con ella. La segunda hermana se encontraba en el miserable trance de no poder vivir ni morir. Pinger era la única que intentaba, a espaldas de Xifeng, ayudarla y distraerla de sus problemas.

¿Cómo iba a resistir ese trato cruel la segunda hermana, que era frágil como la nieve y delicada como una flor? Tras reprimir su furia durante un mes, cayó enferma y perdió el apetito. Demasiado débil para moverse, cada día estaba más delgada y pálida. Una noche, al cerrar los ojos, vio a su hermana que se le acercaba, con las «espadas de pato y ánade» en las manos.

—Siempre has sido demasiado ingenua y tierna —le dijo la tercera hermana—. Por eso estás ahora así. Deja de confiar en las zalamerías de esa arpía y en sus pretensiones de ser una virtuosísima esposa. En el fondo es ladina y cruel, y está decidida a acabar contigo. De haber seguido viva, yo jamás hubiera permitido que te mudaras a su casa; y si lo hubieras hecho, no habría permitido que te trataran así. Pero todo esto no es más que el pago por nuestras vidas desperdiciadas y nuestras lujuriosas costumbres, corrompiendo a los hombres y socavando las relaciones familiares. Todo esto no es más que justa retribución. Ahora sigue mi consejo: mata a la intrigante con esta espada, y luego acudid juntas a la diosa del Desencanto para que sea ella quien decida sobre el caso. Si no lo haces así morirás en vano y nadie se apiadará de ti.

La segunda hermana sollozó:

—Pero mi nombre ya está manchado, hermana… Si merezco mi actual destino, ¿por qué añadir el crimen a mis faltas? Me limitaré a soportarlo todo. Si el cielo se apiada de mí, podré recuperarme. ¿Eso no sería mejor?

—¿Cómo puedes seguir siendo tan ingenua, hermana? —se burló la otra—. Nadie, desde tiempos inmemoriales, ha escapado a las vastas redes tendidas por el cielo. La retribución es el Camino de la Providencia. A pesar de que te has arrepentido y has enmendado tus pasos, ya has hecho culpables de incesto a padre, hijo y primos; ¿cómo puede, entonces, dejarte vivir en paz la Providencia?

—Es justo que no pueda vivir en paz —dijo llorosa la segunda hermana—, pero no tengo resentimientos.

Al oír aquello, la tercera hermana suspiró largamente y se retiró. La segunda hermana despertó sobresaltada y comprobó que sólo se trataba de un sueño.

Cuando Jia Lian vino a verla, ella aprovechó que estaban solos para decirle entre lágrimas:

—No me sobrepondré a esta enfermedad. He estado contigo medio año y ahora estoy encinta, pero no sé si será varón o hembra. Bien estará si el cielo se apiada y el niño nace, pero si no es así no podremos salvarnos ni el niño ni yo.

—No te preocupes —le aseguró Jia Lian, bañado en lágrimas—. Haré que venga a verte un buen médico.

Y salió enseguida a ocuparse de que fuera avisado el doctor Wang. Pero éste se encontraba atareado moviendo los hilos para obtener un cargo en el ejército a través del cual pretendía lograr un título nobiliario para su primogénito. En su ausencia los sirvientes trajeron al doctor Hu Junrong. Éste entró en el cuarto de la segunda hermana y le tomó el pulso. Afirmó que, a causa de la menstruación irregular, necesitaría muchos tónicos para ponerse bien. Cuando Jia Lian le dijo que ella había perdido tres períodos y que sus malestares eran frecuentes, todo lo cual indicaba un embarazo, Hu Junrong pidió a las criadas que le mostraran la mano de la dama. La segunda hermana estiró la mano desde detrás de la cortina y el médico, después de tomarle el pulso otra vez, declaró:

—Si estuviera embarazada, el pulso hepático sería fuerte. Pero la madera está en el ascendiente, lo cual genera también el elemento fuego que causa la menstruación irregular[1]. Si se me permite el atrevimiento de examinar el rostro de la joven dama, eso me permitiría tener una idea más clara antes de elaborar una receta.

Jia Lian tuvo que ordenar que alzaran la cortina. Pero al ver a la segunda hermana, se nublaron los sentidos de Hu Junrong, que quedó totalmente paralizado, como si su alma hubiera volado hasta lo más alto del cielo. No sabía qué hacer, tanta era su turbación. Fue bajada la cortina y Jia Lian lo acompañó hasta la puerta. Al serle preguntado cuál era el diagnóstico, dijo:

—No se trata de un embarazo, sino de una simple congestión sanguínea. Para normalizar sus reglas, debemos liberarla de la congestión —escribió una receta y se despidió.

Jia Lian ordenó a unos sirvientes que le llevaran sus honorarios al médico y que compraran y pusieran a cocer los ingredientes para hacer la medicina recetada.

En medio de la noche la segunda hermana sufrió fuertes dolores en el vientre y sucedió un aborto. El feto era de un varón. Y fue tanta la sangre perdida que la enferma acabó por desmayarse. Al enterarse de aquello Jia Lian maldijo a Hu Junrong e hizo traer inmediatamente a otro médico. También despachó hombres para que apalearan a Hu; pero éste, enterado a tiempo, reunió apresuradamente sus cosas y huyó.

Dijo el nuevo médico:

—De entrada, era de constitución débil, y por si fuera poco da la impresión de haber estado reprimiendo algún tipo de resentimiento tras la concepción. El otro caballero cometió el error de emplear drogas de tigre y lobo que han minado casi completamente la salud de la dama. No podemos esperar un restablecimiento rápido. Tendrá que tomar pociones y píldoras a la vez; además, debe ignorar cualquier chisme maligno. Entonces sólo nos quedará esperar que mejore. —Dicho lo cual, partió.

En su frenesí Jia Lian preguntó quién había mandado venir a ese tipo llamado Hu, e hizo que el responsable fuera apaleado hasta casi rendir el alma.

Xifeng, fingiendo una ansiedad diez veces mayor que la que en realidad sentía, dijo:

—¡Parecemos condenados a no tener un hijo! Después de tantos problemas para hacer uno venimos a dar con ese miserable charlatán.

Y ofreció incienso y reverencia al cielo y a la tierra, rezando vehementemente.

—Permitid que yo caiga enferma si eso ayuda a la recuperación de la hermana You, para que vuelva a concebir y dé a luz a un varón. Entonces gustosamente ayunaré y salmodiaré sutras el resto de mis días.

Al ver aquello Jia Lian y los demás no pudieron más que elogiarla.

Mientras Jia Lian permanecía con Qiutong, Xifeng preparaba sopas y caldos para la enferma. A Pinger también le echaba en cara su mala suerte:

—Tú tampoco puedes concebir. Sin embargo, yo estoy enferma y tú no. Ahora, ya ves, la segunda hermana estaba encinta. Es señal de nuestra mala suerte… ¿o quizás es que el horóscopo de alguien…?

La sospecha vertida por Xifeng hizo que se consultaran adivinos, cuya respuesta fue que los problemas habían sido causados por una mujer nacida en el año del Conejo[2]. Investigaron aquel dato, y como resultara que la única mujer de la casa nacida en aquel año era Qiutong, toda la culpa recayó sobre ella.

De hecho, el cuidado que había demostrado Jia Lian con la segunda hermana, trayendo médicos, haciendo preparar medicinas y apaleando al sirviente que había cometido el error de traer a un médico inepto, habían despertado los celos de Qiutong. Y a eso se venía a añadir ahora la acusación de ser la causante del problema, y el consejo de Xifeng de que se mudara fuera durante unos meses y tratara de no dejarse ver mucho.

Qiutong lloró y rabió:

—¿Por qué atender la cháchara idiota de ese ciego bribón? Me he mantenido tan alejada de ella como lo están las aguas del pozo y las del río. ¿Cómo es posible que sea mi horóscopo el que se cruza con el suyo? ¡Es la favorita! ¿Qué tipo de hombres no habrá conocido mientras anduvo por ahí afuera? ¿Por qué ahora su mala suerte tiene que proceder de mí? ¿Cuál de todos esos formidables caballeros que ella conocía la embarazó? El único que se ha dejado engañar por ella es este crédulo señor nuestro. Aunque tuviera un niño, no sabríamos si llamarlo Chang o Wang. ¡Quizás usted aprecie a su bastardo, señora, pero yo no! ¿Quién es vieja aquí? ¿Quién no puede tener un niño? Si de ahora en adelante yo hago uno por año, al menos no habrá dudas respecto a quién es el padre.

A las doncellas les divirtió aquel exabrupto, pero no se atrevieron a reírse. En ese momento apareció la dama Xing.

Qiutong le dijo:

—El segundo señor y la segunda señora quieren despedirme. No tengo dónde ir. ¡Por favor, señora, apiádese de mí!

La dama Xing reprendió primero a Xifeng, y luego le dijo con toda severidad a Jia Lian:

—¡Perro ingrato! No importa cuáles sean sus faltas, esta muchacha es un regalo de tu padre. ¿Cómo puedes despedirla por una mujer que has traído de fuera? ¿Acaso no respetas a tu padre? Si quieres deshacerte de ella, lo menos que puedes hacer es devolvérsela —y partió indignada.

Envalentonada por aquello, Qiutong fue hasta la ventana de la segunda hermana para injuriarla, lo cual aumentó la consternación de la convaleciente.

Jia Lian pasó aquella noche en el cuarto de Qiutong. Después de que Xifeng se metiera en la cama, Pinger entró a ver a la segunda hermana y a reconfortarla, aconsejándole que descansara bien y no se preocupara por aquella perra.

La segunda hermana tomó su mano y le dijo entre lágrimas:

—¡Qué buena has sido conmigo desde que vine aquí, hermana! Has sufrido mucho por mi causa. Si salgo con vida de todo esto, te compensaré por tu bondad. Pero me temo que ya estoy en las últimas, y que sólo podré pagarte en mi próxima vida.

También Pinger se echó a llorar.

—Todo esto ha sido culpa mía —confesó—. Fui demasiado ingenua. Jamás he ocultado nada a la señora, así que cuando supe lo del matrimonio del señor tuve que decírselo a ella. No tenía la menor idea de los problemas que eso acarrearía.

—Te equivocas —protestó la segunda hermana—. Aunque no hubieras dicho nada, ella lo habría averiguado igual. Sucede simplemente que tú se lo dijiste primero. En todo caso fui yo quien quiso mudarse aquí, preocupada por las apariencias. No eres culpable de ninguna manera.

Las dos volvieron a prorrumpir en llanto, y después de un par de consejos más, Pinger dijo que era tarde y volvió a su cuarto a descansar.

Una vez sola, la segunda hermana pensó: «Estoy muy enferma y empeoro de día en día. No veo posibilidades de recuperación y tampoco puedo descansar tranquilamente. Si ahora que he sufrido este mal parto no tengo que preocuparme por el niño, ¿por qué sigo tolerando esta situación? ¡Mejor morir y acabar de una vez con todo! Dicen que tragar oro es una manera de morir; ésa sería una muerte más limpia que ahorcarse o degollarse».

Hizo un esfuerzo por levantarse de la cama y abrió una pequeña caja, de la que extrajo un trozo de oro sin calcular su peso. Llorando y maldiciendo su suerte, se lo metió en la boca y tras varios intentos desesperados pudo tragárselo. Después se apresuró a ponerse unas ropas elegantes y a colocarse sus abalorios, y se echó sobre el kang. Nadie sospechó lo que había hecho.

A la mañana siguiente, al no recibir su llamada, las doncellas se dedicaron alegremente a su propio aseo sin sospechar que ya estaba muerta, mientras Xifeng y Qiutong partían a presentar sus respetos a las personas mayores.

Aquel comportamiento indignó a Pinger, que llamó la atención a las doncellas:

—¡No seáis tan despiadadas! Sólo obedecéis a la gente ruda que os trata a golpes u os maldice. Y desde luego, ése es el trato que merecéis. ¿Es que no sentís compasión por una persona enferma? Al menos os podríais comportar con decencia, en lugar de andar aprovechándoos de su buen carácter. No seáis tan malas. Dejad de empujar la pared cuando ya se está cayendo.

Entonces las doncellas abrieron la puerta de la segunda hermana. Al verla allí, elegantemente ataviada y tendida sobre la cama, soltaron un chillido de terror, pues comprendieron rápidamente que estaba muerta. Pinger entró corriendo y lloró lágrimas de amargura ante la escena. Las doncellas recordaron entonces lo amable que había sido la segunda hermana y cuanto más bondadosa había sido con ellas que Xifeng, y lloraron también su muerte, aunque se cuidaron de ocultar su dolor ante la temida señora.

La noticia se difundió inmediatamente por toda la mansión. Entró Jia Lian, se abrazó al cadáver y se dejó arrastrar por un llanto irrefrenable.

Xifeng hizo una mueca como si sollozara.

—¡Ay, hermana, qué cruel has sido dejándome sola! —decía—. ¡Qué mal pago por mis atenciones!

La señora You y Jia Rong llegaron a participar del duelo y consolar a Jia Lian. Luego, él informó del suceso a la dama Wang y obtuvo permiso para dejar durante cinco días el cadáver en el patio de los Perales Fragantes, antes de trasladarlo al templo del Umbral de Hierro. Inmediatamente se impartieron las órdenes necesarias para que fuera abierta la puerta del patio y despejados los tres cuartos centrales donde habría de descansar el ataúd. Como hubiera sido poco aparente transportar el ataúd por la puerta trasera, Jia Lian hizo construir, en la pared principal que daba al patio de los Perales Fragantes, una puerta nueva que se abría a la calle. A ambos lados fueron instalados quioscos y erigido un altar para los ritos budistas. Y allí fue trasladada la segunda hermana, sobre un diván mullido, con un colchón de seda y una mantita como mortaja. Ocho pajes y unas cuantas matronas escoltaron el féretro desde el muro interior hasta el patio de los Perales Fragantes, donde un astrólogo aguardaba el séquito.

Cuando Jia Lian levantó la mortaja y vio a la segunda hermana yaciendo allí, como si aún palpitara, todavía más hermosa que en vida, se abrazó a ella.

—Esposa mía, tu muerte es un misterio —aulló—. Pero yo fui quien la causó.

Jia Rong se adelantó inmediatamente a consolarlo.

—No se deje ganar por el dolor, tío. Estaba escrito que esta tía mía no tendría buena muerte.

Y al hablar señaló en dirección al sur, hacia la pared del jardín de la Vista Sublime.

Jia Lian captó el sentido de aquellas palabras y dio una patada en el suelo diciendo en voz baja:

—Fue un descuido mío. ¡Indagaré hasta el fondo del asunto y la vengaré!

El astrólogo informó que, como la dama había fallecido a las cinco de la mañana, no podía ser trasladada al templo el día cinco; que sería más apropiado hacerlo el tres o el siete, y que el cuerpo debería ser introducido en el ataúd al día siguiente a las tres de la madrugada, una hora favorable.

—No puede ser el tres —dijo Jia Lian—. Lo haremos el siete. Como mi tío y mi primo están de viaje, no debemos dejarla aquí mucho tiempo, ya que éste es un funeral menor. Cuando el ataúd haya descansado en el templo cinco semanas, haremos una gran ceremonia y clausuraremos el altar del duelo. Al año siguiente podrá ser trasladada al sur para su entierro.

El astrólogo aprobó todo aquello y partió después de haber escrito el obituario.

Baoyu ya había llegado, y después de él otros miembros del clan. Entonces Jia Lian regresó a toda velocidad a pedirle a Xifeng dinero para el ataúd y las exequias.

Después de ver como se llevaban el cadáver, Xifeng había regresado a seguir fingiendo enfermedad y alegó que Sus Señorías no le permitían entrar en ninguno de los tres cuartos[3]. Tampoco vistió de luto. Prefirió ir al jardín, hasta el muro septentrional, desde donde podía escuchar, aunque confusamente, algo de lo que se hablaba en el exterior e informar a la Anciana Dama de los pocos comentarios de su esposo que alcanzaba a captar.

—No escuches esas tonterías —dijo la Anciana Dama—. Las muchachas que mueren de consunción son incineradas y sus cenizas se dispersan, ¿o no? ¿Por qué habría de tener un funeral y un entierro formales? Pero ya que se trata de una esposa secundaria, que su cuerpo se conserve de cinco a siete días en el templo de la familia antes de ser llevado a incinerar o a enterrar en algún cementerio común.

Xifeng sonrió.

—Es precisamente lo que pienso, pero no me atrevo a decírselo a su nieto.

Apareció una doncella a pedirle a Xifeng que regresara, pues Jia Lian había vuelto a casa a pedirle algo de dinero.

—¿Pero qué dinero nos queda? —exclamó ella cuando estuvo ante su esposo—. ¿Acaso ignoras lo mal que están las cosas últimamente? No pudimos distribuir a tiempo las asignaciones mensuales. Ha sido como cuando las gallinas se comen el grano del año siguiente. Ayer, sin ir más lejos, tuve que empeñar dos collares de oro en trescientos taeles. Tú sigues viviendo en un sueño. Aquí ya sólo quedan veintitantos taeles. Tómalos si quieres.

Pidió a Pinger que trajera aquella suma y la entregó a Jia Lian; después partió, con la excusa de que la Anciana Dama la necesitaba.

Jia Lian se tragó su enojo y tuvo que recurrir al expediente de abrir las cajas de la segunda hermana para sacar sus ahorros; pero sólo encontró unos cuantos abalorios rotos, flores artificiales ajadas y sus prendas de seda medio gastadas, todo lo cual volvió a llenarlo de lágrimas. Envolvió todo en un paño, y sin pedir a pajes o doncellas que cargaran el bulto, salió él mismo a quemarlo. Pinger, entre conmovida y divertida, hurtó un paquete de plata suelta que contenía unos doscientos taeles y fue a los aposentos orientales a entregársela, advirtiéndole que lo mantuviera en secreto.

—Si es indispensable que llore, ¿por qué no llora afuera todo lo que quiera? —le reprendió—. ¿Por qué hacerlo aquí, donde llama la atención?

—Tienes razón —dijo Jia Lian al tomar la plata.

Luego entregó a Pinger una falda y le dijo:

—Ésta es la falda que más le gustaba. Consérvala por mí como recuerdo.

Aceptándola, Pinger la guardó.

Tras tomar la plata, Jia Lian salió con otras personas y ordenó a los hombres que compraran madera para el ataúd. Los mejores tablones eran caros, pero nada inferior le satisfacía; así que montó en su caballo y se fue él mismo a elegirlos. Ya entrada la noche llegó una buena madera que había costado quinientos taeles, y fue preciso comprarla a crédito. Ordenó que empezaran a hacer el ataúd inmediatamente, a la vez que asignaba a diversas personas las tareas del velatorio. No volvió a casa en toda la noche. Se quedó haciéndole compañía a la segunda hermana.

Así…

CAPÍTULO LXX

Daiyu funda una nueva academia de poesía

llamada Flor del Durazno.

Xiangyun compone por casualidad un poema

sobre las semillas de sauce.

Durante siete días con sus siete noches, Jia Lian asistió en el patio de los Perales Fragantes al ceremonial de las exequias. No cesó durante ese tiempo el runruneo de bonzos y taoístas salmodiando sutras. Concluido ese plazo la Anciana Dama requirió la presencia del apesadumbrado Lian y le prohibió terminantemente enviar el ataúd al templo familiar, por lo cual éste se vio obligado a elegir un lugar próximo a la tumba de la tercera hermana y hablar con el monje Shi Jue para que la segunda hermana fuera enterrada allí. En la ceremonia de la inhumación sólo estuvieron presentes los miembros del clan, Wang Xin, su esposa, la señora You y su nuera. Xifeng no levantó un dedo para ayudar y permitió que, cada mañana, Jia Lian se las compusiera por su cuenta.

Ya se avecinaba el Año Nuevo. Al cúmulo de asuntos que sería preciso atender en ese tiempo añadió Lin Zhixiao una lista de ocho sirvientes que habían llegado a cumplir veinticinco años sin contraer matrimonio. Al presentarla preguntó si no habría en la mansión algunas doncellas que, cercanas ya a la partida, pudieran casarse con ellos. Xifeng leyó la lista y fue a consultar con la Anciana Dama y la dama Wang; pero a pesar de que eran varias las doncellas que se encontraban en esa situación, los impedimentos se acumulaban en cada caso concreto. Primero estaba Yuanyang, quien, desde el día en que juró no abandonar nunca a la familia Jia, se había abstenido de hablar con Baoyu, vestir ropas elegantes y usar maquillajes llamativos; nadie podía obligarla a casarse. Hupo, por su parte, siempre estaba enferma; y Caiyun había contraído una enfermedad incurable a raíz de su pelea con Jia Huan. Dejando aparte a estas tres, sólo unas cuantas criadas mayores que habían hecho trabajos pesados para Xifeng y Li Wan estaban a punto de partir. Las demás eran demasiado jóvenes. Los criados tendrían que buscar esposas en el exterior.

Mientras duró la enfermedad de Xifeng, Li Wan y Tanchun habían estado demasiado ocupadas con las tareas domésticas. Contando además con el ajetreo de las celebraciones de Año Nuevo y de la fiesta de los Faroles, a las que vinieron a sumarse otros asuntos que exigían urgente solución, es comprensible que la academia de poesía cayera en el olvido. Pasadas aquellas fechas llegó un período de calma y por fin la primavera. Pero entonces sucedió que, desesperado, Liu Xianglian abandonó el mundo, la hermana menor You se cortó cuello con una espada, su hermana se quitó la vida tragando oro, el resentimiento hizo caer enferma a Liu Wuer… Tantas tragedias sucesivas hicieron crecer cada vez más la tristeza y el odio en el corazón de Baoyu. El muchacho quedó reducido a un estado tal de estupefacción que siempre se le veía como ausente, y a menudo era sorprendido dando alaridos de loco. Xiren y las demás doncellas se alarmaron mucho, pero no se atrevieron a informar a la Anciana Dama, limitándose a intentar entretenerlo de la mejor manera posible.

Una de esas mañanas, al despertar, escuchó el muchacho unas risitas y unos gritos ahogados que procedían del cuarto exterior.

—¡Vaya y rescátela, rápido! —exclamó Xiren con una sonrisa, para animarlo—. Qingwen y Sheyue han atrapado a Fangguan y le están haciendo cosquillas.

Baoyu se echó sobre los hombros su chaqueta de piel de ardilla y salió a echar un vistazo. Ninguna de las tres muchachas había doblado su edredón o vestido todavía su ropa de diario. Qingwen, vestida con un corpiño verde puerro, pantalones de seda roja, pantuflas del mismo color, y con el cabello revuelto, se había encaramado sobre Fangguan, a la que Sheyue hacia cosquillas en los costados. Sheyue vestía un camisón de seda roja, y cubría sus hombros con una vieja chaqueta. Fangguan estaba echada boca arriba con un corpiño floreado, pantalones rojos y medias verdes; agitaba las piernas desesperadamente y la risa le había hecho perder el aliento.

—¡Dos muchachas tan mayores abusando de una niña! —exclamó Baoyu entre risas—. He venido a rescatarla. —Diciendo lo cual, trepó al kang para, a su vez, hacerle cosquillas a Qingwen; como ésta era sumamente sensible, de inmediato soltó a Fangguan para atraparlo a él. Fangguan, a su vez, aprovechó la oportunidad para atraparla a ella y hacerle cosquillas en las axilas.

—¡Cuidado, no os vayáis a resfriar! —les advirtió Xiren, divertida por el espectáculo de los cuatro revueltos en aquella batahola.

En ese momento entró Biyue, la doncella de Li Wan.

—Anoche mi señora dejó un pañuelo por aquí —anunció—. ¿Lo habéis encontrado?

—Sí, aquí está —respondió Xiaoyan—. Lo recogí del suelo sin saber de quién era. Acabo de lavarlo y lo he tendido; pero todavía no está seco del todo.

—Veo que está animada la cosa —comentó Biyue, sonriendo levemente, al advertir la barahúnda del kang—. Temprano empieza el juego…

—¿Acaso vosotras no jugáis en vuestra casa? —preguntó Baoyu—. Allí sois muchas.

—La seriedad de nuestra señora mantenía a raya a sus dos primas y a la señorita Baoqin, y ahora que la señorita Baoqin se ha mudado con la Anciana Dama la tranquilidad es todavía mayor. El próximo invierno, cuando las dos primas hayan partido, aquello será definitivamente un remanso de paz. ¿No se dio cuenta de lo silenciosos que quedaron los aposentos de la señorita Baochai cuando Xiangling volvió a su casa, dejando sola a la señorita Xiangyun?

Mientras hablaba entró Cuilü, enviada por Xiangyun para invitar a Baoyu. Tenían un poema muy bueno, y querían que él lo leyera. Cuando el muchacho preguntó dónde estaba ese poema tan bueno, ella le respondió:

—Lo tienen las jóvenes damas en el pabellón de la Fragancia que Rezuma. Vaya y véalo con sus propios ojos, joven señor.

Baoyu se aseó enseguida, se vistió y partió. Y en efecto, encontró a Daiyu, Baochai, Xiangyun, Baoqin y Tanchun, leyendo un poema.

—¿Por qué te has levantado tan tarde? —le preguntaron—. Nuestra academia de poesía ha tardado un año en volver a constituirse. Ahora estamos al comienzo de la primavera, tiempo en el que todas las cosas vivas renacen, y tiempo también de que nos ocupemos otra vez de nuestra pequeña sociedad poética.

—Empezamos en otoño —observó Xiangyun—. Por eso no prosperó. Es probable que si volvemos a empezar, esta vez al principio de la primavera, cuando todo florece, nuestra academia llegue a cobrar vida. Y ya que este poema sobre el durazno en flor es tan bueno, ¿por qué no cambiar el nombre de nuestra Academia de las Begonias y llamarla de la Flor del Durazno?

Mostró Baoyu su acuerdo con un gesto de cabeza y pidió leer el poema, pero las muchachas propusieron:

—Busquemos antes a la Vieja Campesina del Fragante Arroz; discutámoslo con ella.

Y así, todos se levantaron para ir a la aldea de la Fragancia del Arroz. Por el camino, Baoyu leyó en voz alta el poema:

FLOR DEL DURAZNO

Al otro lado de la persiana hay un durazno en flor y una brisa leve de primavera.

A este lado, la flor del durazno[1] que se arregla ensimismada el cabello al levantarse.

Fuera, el durazno en flor; adentro una muchacha.

Una flor y una hermosa doncella que una persiana separa.

Alzarla quisiera la brisa; la flor atisbar la belleza.

Fuera, como antaño, el durazno florecido;

adentro la muchacha, más frágil que una flor.

Lo sabe la flor del durazno y se siente triste.

A través de la persiana vuelan sus sollozos con la brisa

que atraviesa las varillas de bambú.

Las flores colman el patio,

mas redobla el desconsuelo la escena primaveral.

La puerta, entornada. El patio, cubierto de musgo.

El crepúsculo. Y ella, sola, apoyada en la baranda,

entrega sus lágrimas al viento del este.

La doncella de la falda roja se desliza bajo ramajes cuajados de flores,

entre la exuberancia de hojas y pétalos:

pétalos de fresco rojo; hojas de esmeralda, verdes.

Desde lejos se divisan los diez mil duraznos esfumados en la bruma

proyectando contra pabellones y paredes un rosáceo resplandor.

Arde el telar del cielo, y cae sobre la tierra el brocado que sostenía[2],

mientras ella despierta en la serena primavera y retira la almohada de coral.

Una doncella le trae agua fragante en batea de oro;

agua que al primer contacto hiela sus coloreadas mejillas.

¿A qué se parece el frescor del maquillaje?

Al color de las flores. O al llanto de la muchacha.

Mirad sus lágrimas. Mirad la flor del durazno:

las lágrimas caen sin cesar, la flor insiste en su belleza.

Los ojos llenos de lágrimas contemplan la flor; es fácil que se sequen las lágrimas.

Cuando eso ocurra y termine la primavera, las flores se marchitarán.

Será que las flores mustias han de cubrir el cuerpo de la muchacha marchita.

Con las flores caídas y el cansancio de la muchacha llegará súbito el crepúsculo.

Escuchad el canto del cuco. La primavera se acaba.

Sobre la persiana solitaria, la luna deja su huella.

Baoyu no elogió el poema, pero se le llenaron los ojos de lágrimas, pues supo enseguida que sólo Daiyu podía ser la autora. Como no quería que las muchachas lo vieran tan conmovido, se secó los ojos inmediatamente.

—¿De dónde lo habéis sacado? —preguntó.

—¡Adivina quién lo ha escrito! —lo desafió Baoqin.

—La Reina de los Bambúes, por supuesto.

—No, no fue ella —se rió Baoqin—. Fui yo.

—No lo creo. Ni el espíritu ni la musicalidad corresponden a los de la Dama de las Alpinias, y tú escribes como ella.

—Lo cual demuestra lo poco que sabes —replicó Baochai—. ¿Acaso todos los versos de Du Fu eran como «Los apiñados crisantemos han florecido dos veces; parecen las lágrimas de antaño»? No. También tiene otros versos exquisitos: «Las flores de ciruelo rojo están a punto de abrirse, nutridas por la lluvia» o «El viento despliega fajas verdes de hierbas acuáticas».

—Pero aun así —replicó Baoyu—, sé que jamás permitirías a tu prima escribir versos tan tristes. Y aunque tuviera el talento para hacerlo, no lo desearía. Distinto es el caso de la prima Daiyu. Ha sufrido tanto que sus versos son muy lúgubres.

Y así, entre risas, llegaron todos a la aldea de la Fragancia del Arroz, donde mostraron el poema de Daiyu a Li Wan, quien, por supuesto, se deshizo en elogios. Luego discutieron el asunto de la academia poética y decidieron comenzar al día siguiente, que era el segundo del tercer mes, y cambiar el nombre «Academia de las Begonias» por el de «Academia de la Flor del Durazno». Daiyu la presidiría. Al día siguiente, después del desayuno, habrían de reunirse en el refugio de Bambú. A continuación plantearon el tema, y Daiyu sugirió que cada uno escribiera cien pareados rimados sobre el durazno en flor.

—No funcionará —observó Baochai—. Desde la antigüedad se han escrito tantos versos sobre la flor del durazno que terminaríamos cayendo en el tópico y no alcanzaríamos la calidad de este poema tuyo, de estilo clásico. Tenemos que pensar en otro tema.

En ese momento fue anunciada la llegada de la cuñada de la dama Wang y todos tuvieron que ir a la mansión a presentar sus respetos. Allí charlaron con la esposa de Wang Ziteng, y después del almuerzo la condujeron al jardín. La visitante no partió sino después de la cena, cuando estuvieron encendidas las lámparas. Al día siguiente fue el cumpleaños de Tanchun. Yuanchun envió a dos jóvenes eunucos con unas cuantas fruslerías, y luego le llegaron del resto de la familia otros presentes, que no es preciso enumerar aquí. Después del desayuno se puso un traje ceremonial y recorrió los diversos aposentos para presentar sus respetos. Daiyu comentó entre risas:

—Una vez más me equivoqué de día al fundar esta academia. Los próximos dos días estaremos ocupados celebrando su cumpleaños, y a pesar de que no tendremos óperas o festines, estaremos obligados a pasar el día entreteniendo a Sus Señorías, y no tendremos ningún tiempo libre.

Por lo tanto, la fecha fue atrasada; hasta el día quinto. Sin embargo, cuando aquel día, después del desayuno, las muchachas atendían a la Anciana Dama y a la dama Wang, llegó una carta de Jia Zheng. Después de presentar sus respetos, Baoyu pidió permiso a su abuela para abrir la carta y leerla. Aparte de los saludos habituales, la carta anunciaba que Jia Zheng estaría de vuelta a mediados del sexto mes. También se abrió otra carta dedicada a los asuntos familiares, que fue leída por Jia Lian y la dama Wang.

La noticia del inminente retorno de Jia Zheng en el sexto o séptimo mes causó una excitación general. Y aquel mismo día les llegó la información de que Wang Ziteng había arreglado, para el día décimo del quinto mes, el matrimonio de su hija con el hijo del marqués de Baoning. Inmediatamente Xifeng ofreció sus servicios, lo cual la mantuvo alejada de su casa durante varios días. Después llegó la esposa de Wang Ziteng para invitar a Xifeng y a los jóvenes a divertirse, y la Anciana Dama y la dama Wang ordenaron a Baoyu, Tanchun, Daiyu y Baochai que acompañaran a su prima. Los muchachos no se atrevieron a negarse y tuvieron que volver a ponerse trajes formales y disponerse a salir el día entero. No regresaron sino a la caída del sol.

De vuelta en el patio Rojo y Alegre, Baoyu se tomó un breve descanso, y Xiren aprovechó la oportunidad para aconsejarle que evitara las distracciones y en el futuro aprovechara todo su tiempo para repasar a los clásicos, preparándose para el regreso de su padre.

—Todavía queda muchísimo tiempo —declaró Baoyu haciendo un cálculo con los dedos.

—Pero la lectura es una cosa y la caligrafía otra —repuso Xiren—. Tal vez haya leído lo que debía, pero ¿qué hay de sus ejercicios de caligrafía?

—Ya he terminado varios. ¿No los habéis guardado?

—Claro que sí. Ayer cuando estuvo fuera hice que los sacaran y los conté; sólo hay de cincuenta a sesenta hojas. Ciertamente debería haber escrito más que eso en los últimos tres o cuatro años. Sugiero que a partir de mañana deje de lado los demás asuntos y se concentre en escribir varias hojas al día para recobrar el tiempo perdido. Así podrá salir airoso, aunque no tenga una hoja diaria que mostrar.

—Desde mañana mismo escribiré cien caracteres diarios —prometió, y se fue a dormir.

Al día siguiente, después de vestirse, se sentó junto a la ventana para moler tinta y practicar su escritura con dedicación. Como no había ido a ver a su abuela, ésta pensó que no estaba bien de salud y envió a unas doncellas a averiguar qué sucedía; después de aquella visita él fue a presentar sus respetos y explicar que había tardado por estar practicando su caligrafía desde muy temprano, noticia que agradó mucho a la Anciana Dama.

—Cuando estéis escribiendo o estudiando no es necesario que vengáis. Díselo así a tu madre.

Y así lo hizo Baoyu.

—De nada sirve afilar la lanza un instante antes de la batalla —le advirtió la dama Wang—. Si hubieras leído y escrito todos los días, ya habrías terminado todo lo que debías, y ahora no estarías tan frenético. Si haces un esfuerzo excesivo podrías volver a caer enfermo.

—No, no me pasará nada —le aseguró él.

También la Anciana Dama expresó su temor a que se esforzara demasiado arruinando su salud.

—No se preocupe, señora —dijeron Baochai y Tanchun—. Nosotras no podemos leer por él, pero sí escribir. Cada una de nosotras le copiará una hoja diaria para sacarlo del apuro; de ese modo Su Señoría no se enfadará al volver a casa, y Baoyu no caerá enfermo del disgusto.

Aquella idea gustó mucho a la Anciana Dama.

Cuando Daiyu se enteró de que Jia Zheng volvería a casa supo que éste, con toda seguridad, se interesaría por los estudios de su hijo, y temió que Baoyu se viera metido en problemas. De modo que pretendió haber perdido interés en poner en marcha la academia poética, con el objeto de no distraerlo. Y así, diariamente, Baochai y Tanchun copiaron cuidadosamente para Baoyu una hoja de caracteres de caligrafía, y él mismo inició una actividad febril, escribiendo de doscientos a trescientos caracteres diarios. De esta manera, cuando llegó el tercer mes ya había reunido una considerable cantidad de ejercicios, hasta que calculó que con unas cincuenta hojas más podría salir del apuro.

Entonces, para su sorpresa, apareció Zijuan y le entregó un paquete enrollado. Al abrirlo encontró una cantidad de hojas de papel de bambú antiguo cubiertas de caracteres pequeños como cabezas de mosca que imitaban los modelos de Zhong Yao y Wang Xizi[3], idénticos a los que él mismo hubiera podido escribir. Lleno de júbilo, Baoyu se inclinó dando las gracias a Zijuan, y luego fue a agradecérselo personalmente a Daiyu, pues ella era quien le enviaba aquellas hojas. También Xiangyun y Baoqin copiaron algunas hojas para él, de modo que, aunque la cantidad reunida era menor que la necesaria, resultaba suficiente. Una vez que hubo descargado de su mente aquella preocupación, se dispuso a leer a los clásicos que le habían encargado.

Pero resultó que por aquella época varias regiones costeras fueron devastadas por un oleaje gigantesco, lo cual fue informado a la corte por los funcionarios locales. El emperador ordenó a Jia Zheng que aprovechara su regreso para hacer una inspección de los daños sufridos por aquellas zonas y supervisara el trabajo de socorro. Eso significaba que no estaría de vuelta antes de finales del invierno. Cuando Baoyu escuchó aquello apartó sin dudarlo sus libros y ejercicios de caligrafía, y volvió a divertirse como antes.

Llegó así el fin de la primavera. Cierto día en que Xiangyun se sentía aburrida, se puso a contemplar las cimbreantes semillas de los sauces; entonces se le ocurrió el siguiente poema, compuesto según la melodía Rumenling[4]:

No son paños de seda tejidos por las bordadoras

las brumas perfumadas que se enrollan fuera de la persiana.

Las sostiene levemente con los dedos tan finos,

despertando la envidia de golondrinas y cuclillos.

Alto, os lo suplico, no os vayáis.

No dejéis huir a la primavera.

Se sintió bastante satisfecha con el resultado y lo escribió para mostrárselo a Baochai. Luego fue a buscar a Daiyu, quien, tras leerlo, opinó:

—Muy bien. Es fresco y original. Ni yo misma hubiera podido escribir uno igual.

—Nuestra academia poética jamás ha intentado escribir algún ci —dijo Xiangyun—. ¿Por qué no convocar una reunión para hacerlo mañana? ¿No sería un cambio?

Intrigada por aquella sugerencia, Daiyu exclamó:

—¡Por supuesto! Es una idea maravillosa, y voy a enviar las invitaciones ahora mismo.

Ordenó que prepararan frutas y dulces, y despachó a sus doncellas para que invitaran a los demás, mientras ella y Xiangyun decidieron tomar las semillas de sauce como tema y determinar algunas melodías que deberían ser utilizadas. Después escribieron todo sobre un papel y lo fijaron en la pared.

Al leerlo, los demás se dieron por enterados del tema y las melodías pequeñas que deberían utilizar. Además, elogiaron los versos compuestos por Xiangyun.

Dijo Baoyu entre risas:

—No soy bueno para cubrir las melodías con versos imparisílabos, pero de todos modos trataré de escribir alguna tontería.

Sortearon entre todos las diversas melodías y a Baochai le tocó Linjiangxian; a Baoqin Xijiangyue; a Tanchun Nankezi; a Daiyu Tangduoling, y a Baoyu Dielinhua[5]. Zijuan encendió una varilla de incienso de los Dulces Sueños y empezaron. Un instante más tarde, Daiyu ya había completado su poema. Después de ella lo hicieron Baoqin y Baochai. Luego miraron los resultados.

Con una sonrisa, Baochai dijo:

—Déjame mirar primero el tuyo, y luego puedes mirar el mío.

—¿Por qué arde tan rápido el incienso hoy? —exclamó Tanchun—. Ya sólo queda un tercio y yo no he llegado ni a la mitad.

Y a Baoyu le preguntó:

—¿Cómo vas tú?

A Baoyu su composición no le parecía nada buena, de modo que la tachó con intención de empezar de nuevo, pero cuando miró la varilla estaba prácticamente consumida.

—Baoyu pierde de nuevo —dijo Li Wan—. Mejor será que copies la mitad que ya has terminado, Tanchun.

Tanchun así lo hizo, y sus versos, siguiendo la melodía Nankezi, quedaron a medias:

En vano cuelgan del sauce ramas delgadas,

largas hebras de seda.

No puede retener las semillas,

y por el este y el oeste, el sur y el norte, se esparcen libremente.

—Parece fácil —dijo Li Wan—. ¿Por qué no acabarlo?

Como el incienso ya se había consumido, Baoyu prefirió admitir la derrota antes que componer algo de inferior calidad. Dejó su pincel para leer el poema inconcluso de Tanchun, y de allí sacó una idea para completarlo:

No lamentéis mi caída;

Sólo yo sé hacia dónde vuelan;

Las oropéndolas se lamentan, las mariposas se fatigan, y la primavera toca a su fin.

Nos volveremos a ver. Retornará la primavera. Pero será otro año.

Los demás se burlaron:

—No cumpliste tu propia tarea, así que de nada te vale haber terminado bien este poema.

Y pasaron a leer el de Daiyu, que seguía la melodía Tangduoling:

Se expande el polen por el Islote de las Cien Flores,

y por la Torre de las Golondrinas se desvanece su fragancia[6].

Unas a otras se persiguen las semillas, rodando como bolas

o flotando sin rumbo. Como yo, tan desdichada.

En vano que estén tan juntos. De qué sirven la belleza y el talento.

Flores y árboles también conocen la tristeza.

Han perdido su juventud y blanquean ya sus cabellos.

Es lamentable que nadie te coja, ni a nadie tengas que te cuide en esta vida.

Te entregas al viento del este y la primavera te ignora.

Sólo el azar decidirá si se va o se queda, permitiéndote flotar por aquí y por allá.

Al leer aquello movieron la cabeza y exclamaron:

—¡Demasiado triste! Pero muy bueno, como siempre.

A continuación leyeron el poema de Baoqin, compuesto sobre la melodía Xijiangyue:

Eran menudas y ralas en el jardín de los Han,

las semillas que adornaban el dique de Sui[7].

El viento del oeste se llevó su esplendor primaveral.

Bajo la luz de la luna, la flor del ciruelo es sólo un sueño.

¿Cuántos patios están cubiertos por las flores rojas caídas?

¿Cuántas casas ven sus ventanas cubiertas de nieve fragante?

Al norte y al sur del Gran Río sucede igual.

Despiertan el dolor profundo de los viajeros separados[8].

—El tono es realmente fuerte. Los versos quinto y sexto son los mejores —comentaron los demás con una sonrisa.

—Pero de todos modos me parece demasiado fúnebre —objetó Baochai—. Si bien es cierto que las semillas de sauce son leves y volubles, a mí me parece que para ser originales deberíamos elogiar lo que tienen de bueno. Es lo que yo he hecho, aunque quizás a vosotros no os parezca bien.

—No seas tan modesta —le respondieron los demás—. Es muy probable que el tuyo sea bueno, así que oigámoslo.

Y leyeron su poema, escrito según la melodía Linjiangxian:

Frente al salón del Jade Blanco danzan elegantes

al ritmo gracioso de la brisa primaveral…

—¡Ése es el mejor verso hasta ahora! —exclamó Xiangyun—: «al ritmo gracioso de la brisa primaveral…».

… Como si mariposas y abejas giraran en torbellinos.

¿Cuándo caerán sobre las aguas que fluyen?

Tampoco se entregan a los polvos perfumados.

Sobre miles de ramas, siempre iguales,

las semillas se unen o se separan.

Que nadie se burle de que no tenga raíces:

el viento agradable le presta sus fuerzas

para elevarse hasta las nubes azules.

—Eso tiene verdadera fuerza —exclamaron todos, admirados, dando palmadas sobre la mesa—. Sin duda es el mejor. Menos tierno y compungido que el poema de la Reina de los Bambúes; aunque también el de la Vieja Amiga con el Arrebol como Almohada tiene encanto y sentimiento. Hoy la pequeña Xue y la Forastera bajo el Plátano han quedado rezagadas. Tendrán que cumplir un castigo.

—Aceptaremos cualquier castigo —exclamó alegremente Baoqin—. Pero ¿qué castigo recibirá el que entregó una hoja en blanco?

—Ya verás —dijo Li Wan—. Ten la seguridad de que lo trataremos con todo rigor.

Mientras hablaba, algo se estrelló contra los bambúes de fuera, y sonó como si se hubiera caído una ventana. Todos dieron un respingo temeroso y las doncellas salieron a investigar.

Una de las muchachas de fuera gritó:

—Una inmensa cometa de mariposa se ha enredado entre los bambúes.

—Qué hermosa cometa —comentaron las demás doncellas—. ¿De quién será? Se le ha roto el cordel. Bajémosla.

Al oír aquello, Baoyu y el resto salieron a mirar.

—Yo conozco esa cometa —dijo Baoyu—. Es de Yanhong, de la otra casa. Bajadla y enviádsela de vuelta.

—¿Acaso sólo hay una cometa de este tipo en el mundo? —objetó Zijuan—. ¿Cómo puede estar seguro de que se trata de la misma? Y aunque lo sea, me voy a quedar con ella.

—Zijuan, no seas avariciosa —la reprendió Tanchun—. Si tienes tus propias cometas, ¿por qué quieres quedarte con la de otra persona? Eso te puede traer mala suerte.

—Tienes razón —dijo Daiyu—. Alguien puede haberla echado a volar para que se llevara con ella la mala suerte. Deshaceos de ella, rápido. Y soltemos también las nuestras para echar a volar nuestra mala suerte.

Entonces Zijuan pasó la orden a un grupo de las doncellas más jóvenes, para que llevaran la cometa a las mujeres que estaban de guardia en la puerta, y que éstas a su vez la entregaran a quien acudiera a reclamarla.

Cuando las doncellas más jóvenes oyeron que iban a volarse cometas, partieron a toda prisa para buscar una en forma de bella muchacha, así como un alto banco donde subirse para lanzarla al viento con la ayuda de una larga pértiga. Trajeron también cordeles y carretes. Baochai y los demás se pararon junto a la puerta y ordenaron a las doncellas que la volaran en el prado del exterior.

Baoqin comentó:

—Esta cometa tuya no es tan hermosa como el gran fénix de alas móviles de la prima Tanchun.

Baoyu asintió y se volvió para decirle a Cuimo que la trajera. La muchacha partió alegremente con el encargo.

Baoyu, de excelente ánimo, envió a una doncella de vuelta a casa con las siguientes instrucciones:

—Trae la gran cometa en forma de pez que nos dio ayer la señora Lai.

Pasó un buen rato, y la doncella regresó con las manos vacías.

—Qingwen la estuvo volando ayer y la perdió —anunció.

—¡Y pensar que yo no la había volado ni una vez! —exclamó Baoyu.

—No importa —dijo Tanchun—. Se ha llevado con ella la mala suerte de Qingwen.

—Entonces trae la cometa grande en forma de cangrejo —ordenó Baoyu.

La doncella volvió un momento después acompañada de otras personas, y cargando entre todos una cometa en forma de bella muchacha, y un carrete.

—Dice la señorita Xiren que ayer le dio la cometa de cangrejo al señor Huan —le dijo—. Aquí hay una recién comprada por la tía Lin; ella sugiere que lo mejor es que vuele ésta.

Baoyu revisó la cometa y descubrió complacido que era de una factura exquisita. Entonces dio orden de que la lanzaran. Para entonces ya había llegado también la cometa de Tanchun, y Cuimo con otras doncellas la estaban volando desde una ladera cercana. Baoqin dio instrucciones a sus doncellas para que hicieran volar una gran cometa roja en forma de murciélago. Contagiada del entusiasmo general, Baochai remontó una cometa cuya silueta era una formación de siete gansos silvestres. Todas aquellas cometas flotaban en el espacio, salvo la de Baoyu en forma de beldad, que no conseguía remontarse, por lo cual éste tenía el rostro perlado de un sudor frenético. Cuando los demás se rieron de él, arrojó la cometa al suelo y señalándola enfurecido dijo:

—Si no fueras una muchacha ya te habría hecho añicos…

—La culpa es del arnés —dijo Daiyu para tranquilizarlo—. Si lo ajustas ya no tendrás problemas.

Baoyu ordenó ajustarlo, y al mismo tiempo mandó traer otra cometa. Todos estaban mirando hacia arriba, contemplando las cometas surcando el aire, cuando las doncellas trajeron otras de distintos tipos y jugaron con ellas un buen rato.

Entonces Zijuan exclamó:

—El cordel ya está muy tenso, señorita. ¿No quiere tomar el mando?

Daiyu se envolvió la mano con un pañuelo y empezó a halar. Y en efecto, el viento estaba soplando con fuerza. Tomó el carrete y empezó a soltar cordel. La cometa se elevó más, el carrete giró y de pronto el cordel llegó a su extremo. Entonces ella pidió a los demás que soltaran sus cometas.

—Ya estamos —dijeron—. Empieza tú primero.

—Aunque es divertido soltarla, no tengo alma para hacerlo —repuso ella con una sonrisa.

—Volar cometas no es más que una diversión, por eso lo llamamos «despedir a la mala suerte» —dijo Li Wan—. Deberías hacer esto con más frecuencia, y así te librarías de tu enfermedad. ¿No sería eso muy bueno?

—Nuestra joven señora se está poniendo cada vez más tacaña —intervino Zijuan—. Todos los años dejamos partir varias cometas, ¿por qué aferrarse a una hoy? Si usted no lo hace, señorita, lo haré yo.

Pidió a Xueyan un par de pequeñas tijeras occidentales de plata y cortó el cordel.

—¡Ahí va! —dijo entre risas—. Eso se llevará completamente su enfermedad.

La cometa empezó a alejarse hasta hacerse del tamaño de un huevo y de allí pasó a ser una manchita, como una pequeña estrella negra, instantes antes de perderse de vista.

Mirándola con los ojos entornados, exclamaron:

—¡Qué divertido!

—Lástima que ignoremos dónde caerá —comentó Baoyu—. Esperemos que llegue a un lugar con mucha gente y que la recojan unos niños. Pues si cae en un lugar desierto en el que no viva nadie, se sentirá muy sola. Mejor será que envíe ésta detrás para hacerle compañía —y diciendo esto, cortó el cordel de su cometa y la dejó partir.

También Tanchun estaba a punto de cortar el cordel de su cometa en forma de fénix, cuando vio en el cielo una idéntica a la suya.

—¿De quién será? —se preguntó.

—No sueltes todavía la tuya —le aconsejaron los demás—. Parece que la otra cometa se está acercando a ella.

No habían terminado de decir aquello y ya los dos fénix habían cruzado su trayectoria y enredado sus cordeles. Trataron de recuperar la de Tanchun, pero como del otro lado alguien también halaba, no hubo manera de desenredar la maraña. Y en ese preciso instante se acercó a toda velocidad otra cometa, tan grande como una puerta. Tenía la forma del carácter «felicidad», y sonaban sus campanitas al viento.

—Ésa se va a enredar también —exclamaron—. No hales la tuya. Que las tres se enreden puede resultar divertido.

Y en efecto, la cometa nueva se enredó con las dos de fénix. Los tres tiraron de sus cordeles hasta que éstos se partieron y las cometas empezaron a alejarse. Entonces aplaudieron y se rieron, gritando:

—¡Qué divertido! ¿De quién sería esa cometa de la felicidad? Nos jugó una mala pasada.

—Mi cometa se ha ido y yo estoy cansada —dijo Daiyu—. Regreso a descansar.

—Espera a que hayamos soltado todas nuestras cometas y entonces podremos irnos todos —dijo Baochai.

Y soltaron sus cometas antes de separarse. Daiyu volvió a sus aposentos a descansar.

Para saber lo que sucedió más tarde, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LXXI

Una mujer se siente agraviada y,

por venganza, agravia a su nuera.

La muchacha llamada «Ánade y Pato»

se encuentra casualmente con un ánade y un pato[1].

Atendió Jia Zheng todos los asuntos que le habían sido encomendados, y pudo al fin regresar a la capital con un mes de permiso. Ya empezaba a sentirse viejo y le disgustaba la carga de sus pesadas responsabilidades. Reunirse con su familia después de tanto tiempo le hizo tan dichoso que, dejando de lado cualquier preocupación referente a los negocios, se dedicó de lleno a la lectura. Cuando se cansaba de leer se ponía a jugar al weiqi o a beber con sus protegidos, o bien disfrutaba en los aposentos interiores de la alegre intimidad familiar con su madre, sus hijos y su esposa.

El día segundo del octavo mes cumplía ochenta años la Anciana Dama. Se esperaba con ese motivo la llegada de todos los parientes y amigos, que acudirían sin duda a ofrecer los correspondientes votos de longevidad. ¿Y cómo honrar a tantos visitantes en un solo banquete protocolario? Jia Zheng planteó el problema a su hermano Jia She y a sus sobrinos Jia Zhen y Jia Lian. De su discusión resultó que habrían de organizarse festines en ambas mansiones desde el día vigesimoctavo del séptimo mes hasta el día quinto del octavo. La mansión Ning atendería a los caballeros, y la mansión Rong a las damas. La torre del Vario Esplendor y el salón de la Sombra Auspiciosa, dos de los edificios más grandes del jardín de la Vista Sublime, fueron habilitados como salones de descanso. El día veintiocho serían invitados los parientes del emperador, yernos y príncipes consortes, así cómo princesas y duques de la casa imperial junto con sus esposas; el veintinueve los ministros, mariscales, generales y sus esposas titulares; el treinta, otros funcionarios con título y sus esposas, así como los parientes, próximos y lejanos, con sus respectivas esposas. Los festines familiares durarían cuatro días: el primero sería ofrecido en nombre de Jia She, el segundo en el de Jia Zheng, el tercero en el de Jia Zhen y Jia Lian, y el cuarto en nombre de toda la familia Jia, jóvenes y viejos. Finalmente, el día quinto Lai Da, Lin Zhixiao y los demás mayordomos principales ofrecerían también un banquete al que sería invitado todo el personal de las dos mansiones.

Ya a principios del séptimo mes empezaron a afluir los emisarios con regalos. Acatando un decreto imperial, el Ministerio de Ritos honró a la Anciana Dama obsequiándola con un cetro ruyi de oro y jade, cuatro cortes de satén estampado, cuatro tazas de oro y jade y quinientos taeles de plata con el sello del Tesoro Imperial. Yuanchun, la consorte imperial, le envió a través de dos jóvenes eunucos una imagen del dios de la Longevidad hecha de oro, un bastón de madera de agáloco, una sarta de cuentas perfumadas hechas de la misma madera, una caja de incienso, un par de lingotes de oro y cuatro de plata, doce cortes de satén estampado y cuatro tazas de jade. En cuanto a los presentes enviados por los príncipes y sus consortes, así como por los funcionarios y letrados de todos los rangos que tenían alguna relación con la familia Jia, fueron tantos que ningún pincel podría enumerarlos. Se colocó en el salón una gran mesa cubierta de fieltro rojo y, sobre ella, los mejores regalos para que la Anciana Dama los inspeccionara. Los primeros dos días la anciana disfrutó mucho con la ocupación, pero luego perdió todo interés.

—Que los guarde Xifeng —dijo—. Ya los miraré en otro momento, cuando esté aburrida.

El día veintiocho ambas mansiones fueron decoradas con faroles y biombos de fénix, y se extendieron en el suelo alfombras con diseños de lotos. El son de las flautas y el redoble de los tambores llegaba hasta la calle. Aquel día los únicos huéspedes de la mansión Ning fueron el príncipe de Pekín, el príncipe de Nan’an, el príncipe consorte Yongchang, el príncipe de Leshan y unos cuantos jóvenes marqueses y duques cuyos antepasados habían sido amigos íntimos de la familia Jia. A la mansión Rong llegaron únicamente la princesa viuda de Nan’an, la esposa del príncipe de Pekín y unas cuantas damas nobles más.

La Anciana Dama y sus acompañantes las recibieron con atavíos de gala acordes con su rango. Tras intercambiar los saludos de rigor, las huéspedes fueron invitadas a pasar al salón de la Sombra de la Buena Fortuna, donde bebieron té. Más tarde tomaron el fresco en el jardín, hecho lo cual se trasladaron al salón de la Gloriosa Celebración, donde presentaron sus felicitaciones y tomaron parte en un festín. Tras muchas deferencias y amabilidades, todas se sentaron. Las dos consortes de príncipes lo hicieron en los lugares de honor, y el resto de las damas ocuparon los otros asientos de acuerdo con su rango. Las esposas del marqués de Jinxiang y del conde de Linchang se sentaron ante la mesa más baja de la izquierda. La Anciana Dama, en su calidad de anfitriona, ocupó un sitio más bajo a la derecha, y la señora You, Xifeng y algunas otras nueras, encabezadas por las damas Wang y Xing, se situaron ordenadamente detrás de ella en dos filas para atender a las invitadas. Al otro lado de la antepuerta de bambú estaban las matronas, dirigidas por las esposas de los mayordomos Lin y Lai, sirviendo los platos y el vino, mientras unas cuantas jóvenes doncellas, a cuyo cargo estaba la señora Zhou Rui, esperaban órdenes apostadas detrás de los biombos. Las sirvientas que llegaron con las invitadas fueron atendidas en otro lugar.

Aparecieron sobre el escenario unos actores que ofrecieron sus votos de longevidad, gesto que indicaba que ya era hora de iniciar la representación. Al pie del escenario había doce pajes, aún demasiado jóvenes para dejarse crecer el cabello. Uno de éstos entregó con ambas manos un repertorio a una de las encargadas que había al pie de la escalera, quien a su vez se lo pasó a la señora Lin. Ésta lo puso sobre una bandejita y, levantando la antepuerta, se acercó discretamente a la doncella de la señora You, la concubina Peifeng. Peifeng se lo presentó a la señora You, quien a su vez lo llevó hasta los dos asientos más altos. La madre del príncipe de Nan’an hizo un gesto protocolario con el que pretendía ser indigna de tanto honor y después eligió una pieza ligera; pasó a continuación el repertorio a la esposa del príncipe de Pekín quien, después de hacer el mismo ademán, seleccionó una pieza del mismo género. Las demás mostraron toda clase de deferencias mutuas, y finalmente dijeron:

—Que canten lo que más les apetezca.

Después de cuatro series de platos seguidos por una sopa, las sirvientas que habían venido acompañando a sus señoras presentaron unas gratificaciones que fueron entregadas a los artistas. Luego todas se lavaron y enjuagaron la boca, y volvieron al jardín, donde fue servido un té fresco. Cuando la madre del príncipe de Nan’an preguntó por Baoyu, la Anciana Dama le dijo que había partido a orar en uno de los templos donde los monjes salmodiaban sutras rogando por su paz y longevidad. Entonces ella preguntó por las muchachas.

—Algunas están indispuestas, otras delicadas, y todas son tan tímidas que las dejé cuidando mis aposentos —dijo la Anciana Dama—. Como disponemos de numerosas actrices he enviado a un grupo de ellas a que hagan sus representaciones en mi salón. Y allí están las muchachas, escuchando óperas en compañía de las jóvenes de la familia de su tía.

—En tal caso invítelas a venir aquí —le pidió la princesa viuda.

La Anciana Dama se volvió para decirle a Xifeng:

—Anda y trae a Xiangyun, a Baochai, a Baoqin y a Daiyu, y pídele a Tanchun que las acompañe.

Xifeng asintió y partió. Encontró a las muchachas comiendo dulces y escuchando una ópera en los aposentos de la Anciana Dama. Con ellas estaba Baoyu, que acababa de regresar del templo. Cuando transmitió las instrucciones de la Anciana Dama, Baochai, Baoqin, Daiyu, Tanchun y Xiangyun emprendieron con ella el camino del jardín, donde, tras ser presentadas, hicieron sendos koutou. Algunas de las visitantes las habían visto anteriormente; una o dos no las conocían, pero todas expresaron por igual la admiración que sentían por su belleza. La madre del príncipe de Nan’an conocía mejor a Xiangyun.

—¿Por qué no viniste al enterarte de que yo estaba aquí? —le preguntó para provocarla—. ¿Acaso esperabas una invitación formal? Tendré que decírselo a tu tío.

A continuación tomó de la mano a Tanchun y a Baochai para preguntarles su edad y expresar su admiración con exclamaciones, tan impresionada había quedado con ellas. Soltándolas, se acercó a Daiyu y Baoqin, las examinó cuidadosamente y las elogió también con encendidas palabras.

—Todas son encantadoras —dijo entre risas—. No sé a cuál admirar más.

Ya una criada había traído los cinco juegos de regalos que les habían preparado: cinco anillos de oro, cinco de jade, y cinco brazaletes de cuentas aromáticas.

—No os riáis de estos regalos —dijo la madre del príncipe—. Tomadlos y entregadlos a vuestras doncellas.

Las cinco muchachas hicieron venias de agradecimiento, y a continuación la esposa del príncipe de Pekín también entregó varios regalos a cada una. No necesitamos describir todos los obsequios que les fueron entregados por las demás invitadas.

Después de beber su té, las nobles invitadas pasearon un rato por el jardín hasta que la Anciana Dama les pidió que volvieran al banquete. Pero la madre del príncipe de Nan’an declinó la invitación.

—La verdad es que hoy no me sentía bien, pero no tuve más remedio que venir —dijo—. Así qué, por favor, perdóneme si me retiro pronto.

La Anciana Dama y las demás no lograron convencerla para que permaneciera allí y, después de un nuevo intercambio de cortesías, la acompañaron hasta la puerta del jardín, donde subió a su palanquín y partió. La esposa del príncipe de Pekín permaneció allí un poco más, pero luego también ella se despidió. Hubo otras que también partieron pronto. Otras se quedaron hasta el final.

Como la Anciana Dama había tenido un día muy ajetreado y se sentía cansada, al siguiente no recibió a nadie, dejando esa tarea en manos de las damas Xing y Wang. Los hijos de las familias nobles simplemente se aproximaron al salón exterior a presentar sus respetos; fueron recibidos por Jia She, Jia Zheng y Jia Zhen, quienes a continuación se los llevaron a un banquete en la mansión Ning. Pero dejemos de hablar de este asunto.

Durante estas celebraciones la señora You no durmió en su casa. Pasaba el día atendiendo a las invitadas y luego se retiraba a pasar la noche en los aposentos de Li Wan, en el jardín.

Aquella noche, después de atender a la Anciana Dama durante la cena, ésta le dijo:

—Tú también debes estar cansada. Cena pronto y vete a descansar. Mañana tendrás que volver a levantarte temprano.

La señora You asintió y se retiró a cenar en los aposentos de Xifeng. Ésta andaba en el desván vigilando a los sirvientes que almacenaban los biombos de tapicería que habían llegado como regalo. Pinger estaba sola en el cuarto, disponiendo la ropa de Xifeng.

—¿Ya ha cenado tu señora? —preguntó la señora You.

—¿Cómo íbamos a cenar sin invitarla, señora? —sonrió Pinger.

—Pues entonces me voy a otro lado a buscar quien me invite. Estoy muerta de hambre.

Apenas se dispuso a partir, Pinger la llamó:

—¡Vuelva, señora! Aquí hay unos cuantos pasteles con los que puede ir abriendo boca. Vuelva después a cenar.

—No, aquí está todo el mundo muy ocupado. Iré a ver si las muchachas del jardín me invitan.

Y partió sin que Pinger pudiera retenerla. La señora You se dirigió directamente al jardín. Como encontró la puerta principal y las laterales abiertas de par en par, y los faroles todavía colgando, ordenó a su doncella que localizara a las mujeres de servicio; pero la muchacha regresó diciendo que no había encontrado a nadie en la caseta exterior. Entonces recibió la orden de buscar a las esposas de mayordomos que estaban encargadas del lugar, y se dirigió hacia la caseta de la esquina, ubicada al otro lado de la puerta interior, donde las esposas de los mayordomos se reunían a charlar antes del trabajo. Allí sólo encontró a dos matronas que compartían unos dulces y unos platos.

—¿No está aquí ninguna de las esposas de los mayordomos? —preguntó—. Mi señora de la mansión del Oeste quiere ver inmediatamente a alguna de ellas.

Ambas matronas estaban absortas comiendo, pero al escuchar que se trataba de una señora de la otra mansión respondieron displicentemente:

—Acaban de salir.

—Pues entonces vayan a sus casas y tráiganlas.

—Somos guardianas, no mensajeras —replicaron fríamente—. Si quiere que venga alguien, mande a una mensajera con el recado.

—¡Vaya, esto es un motín! ¡Así que no aceptan órdenes! —exclamó la doncella—. ¿Por qué no pueden ir ustedes mismas? Quizás puedan engañar a las recién llegadas, pero no a mí. ¿Quién sino ustedes va a llevar los encargos? Apenas se enteran de cualquier buena nueva o regalo para una de las esposas de los mayordomos, parten como perras moviendo la cola para anunciarlo. ¿Es que no respetan nada? ¿Responderían así a las instrucciones de la señora Lian?

Las mujeres habían estado bebiendo, y además ahora la doncella había puesto el dedo en la llaga, de modo que la vergüenza las hizo enfadarse y replicar enfurecidas:

—Cierra tu sucia boca. No es problema tuyo si hacemos de recaderas o no. No tienes ningún derecho a llamarnos la atención. Sabes perfectamente cómo se dedica tu madre a halagar a los mayordomos de su mansión. Es peor que cualquiera de nosotras. No hay que mirar la paja en el ojo ajeno. Nosotras sabemos bien cómo son las cosas. Pertenecemos a distintas casas. Ve a impresionar a tu propia gente, si puedes, antes de venir aquí a inmiscuirte en nuestros asuntos.

—Muy bien, muy bien —respondió la doncella—. ¡Muy bien! —Y, lívida de ira, regresó a informar de lo sucedido.

Ya en el jardín, la señora You se encontró con Xiren, Baoqin y Xiangyun, que estaban con dos monjas del monasterio de Ksitigarbha[2] contando historias y chistes. Les dijo que estaba hambrienta y siguió su camino hacia el patio Rojo y Alegre, donde Xiren le ofreció unos pasteles dulces y sabrosos. Baoqin, Xiangyun y las dos monjas siguieron sorbiendo té y contando sus historias hasta que llegó la doncella de la señora You a relatar con indignación todo lo que habían dicho las dos mujeres.

—¿Quiénes son? —preguntó la señora You con el ceño sombrío.

Por ahorrarle incomodidades, las monjas, Baoqin y Xiangyun sugirieron que debía tratarse de un malentendido: la doncella no había oído bien.

—Monta en cólera con demasiada facilidad, señorita —reprendieron las monjas a la doncella dándole un empellón—. ¿Por qué viene aquí a contar todas las tonterías que dicen esas mujeres? Aquí lo único que importa es la salud de la señora. Ha estado fatigándose durante cuatro días, y todavía no ha conseguido ni un bocado ni nada de beber. Lo menos que podemos hacer es entretenerla. ¿Qué necesidad hay de venirle con esas historias?

—Anda, hermana, sal y, descansa un poco —pidió Xiren a la doncella llevándosela aparte—. Yo enviaré a alguien que las busque.

—No mandes a los demás —dijo la señora You—. Tráeme tú misma a esas dos mujeres, y llama también a Xifeng.

—Iré yo misma a invitarla —se ofreció Xiren.

—No, tú no —respondió la señora You.

Las dos monjas se incorporaron inmediatamente diciendo entre risas:

—Usted, señora, que siempre es tan magnánima, ¿no dará pie a las habladurías si pierde la paciencia, hoy que es el cumpleaños de la Anciana Dama?

También Baoqin y Xiangyun intercedieron.

—De acuerdo entonces —dijo la señora You—. De no ser porque celebramos el cumpleaños de la Anciana Dama, no vacilaría en resolver este asunto sobre la marcha. Visto cómo están las cosas, lo ignoraré por el momento.

Mientras tanto, la muchacha que había enviado Xiren a buscar a alguna de las mujeres encargadas de fuera del jardín se había encontrado con la esposa de Zhou Rui y le había relatado lo sucedido. La señora Zhou no estaba encargada, pero por haber sido la doncella que atendió a la dama Wang en el momento de su llegada era una persona que gozaba de cierta consideración, tan despierta y de tan buena voluntad que caía bien a todas las damas. El caso es que la señora Zhou echó a correr hasta el patio Rojo y Alegre, diciendo a gritos:

—¡La señora está enfurecida! Eso está muy mal. A lo que han llegado las cosas… ¡Si yo hubiera estado allí les hubiera abofeteado el rostro, y en unos cuantos días me hubiera encargado de que escarmentaran!

Cuando la señora You la vio llegar exclamó:

—Vamos, hermana Zhou, oigamos qué te parece a ti todo esto. A estas horas las puertas del jardín siguen de par en par, con los faroles encendidos y toda suerte de gente entrando y saliendo sin control. ¿Y si llegara a suceder cualquier cosa? Quise ordenar a las mujeres de servicio que apagaran la luz y atrancaran las puertas, pero para mi sorpresa no había nadie disponible.

—Es escandaloso —dijo la señora Zhou—. El otro día la señora Lian les dijo que con toda la gente que transita por aquí en estos días era necesario echar la llave y apagar las luces apenas oscureciera, y no permitir el ingreso de extraños en el jardín. Pero, en vez de obedecer, abandonan sus puestos. ¡Una vez que pasen estas celebraciones será preciso darle una buena paliza a alguna!

La señora You le contó lo que le había dicho la doncella.

—No se moleste, señora —le pidió la señora Zhou—. Haré que después de las fiestas los mayordomos las muelan a palos, y entonces les preguntaremos quién les ha enseñado ese discursito sobre las distintas casas. De momento ya he ordenado que apaguen las luces y cierren las puertas laterales y la delantera.

En ese momento llegó una doncella de parte de Xifeng para invitar a la señora You a cenar.

—Ya no tengo hambre —fue la respuesta—. Acabo de comer unos dulces. Pídele a tu señora que empiece sin mí.

La señora Zhou fue a informar a Xifeng de la historia de las dos mujeres.

—Esas dos mujeres se comportan como si fueran mayordomos —le dijo—. Y cuando les hablamos nos tratan como a basura. Si no les da un escarmiento, la señora You se sentirá disminuida.

—En ese caso —respondió Xifeng—, recuerda el nombre de las dos mujeres, y cuando haya pasado todo este barullo haz que las maniaten y las envíen a la otra mansión para que la señora You disponga si se las golpea o se las perdona.

Eso era precisamente lo que había estado esperando la señora Zhou, pues hacía tiempo que mantenía pésimas relaciones con las dos mujeres. Después de retirarse envió a un paje con aquel mensaje para la esposa de Lin Zhixiao, y le pidió que fuera directamente a ver a la señora You. Al mismo tiempo envió a unos guardias para que amarraran a las dos mujeres y las retuvieran en los establos.

Ya había caído la noche, y como la esposa de Lin Zhixiao no sabía de qué se trataba, tomó un carruaje hasta la mansión. Primero se dirigió a los aposentos de Xifeng, pero cuando se anunció su llegada en la puerta interior, aparecieron unas doncellas a decirle:

—La señora acaba de retirarse a dormir. La señora You está en el jardín. Puede ir a verla allí.

De modo que la señora Lin tuvo que ir hasta el jardín. Cuando las doncellas de la aldea de la Fragancia del Arroz la anunciaron, la señora You lamentó el problema que había causado. Invitándola a pasar, le dijo:

—Sólo te mandé llamar porque no encontré a las mujeres de servicio. No es un asunto tan importante. Si ya habías partido no debieron haberte llamado de vuelta ni hacerte venir para nada. Es un asunto menor, y ya lo he olvidado.

La señora Lin respondió con una sonrisa:

—La señora Lian me envió diciéndome que usted tenía instrucciones que darme, señora.

—¡Pero qué idea! No sabía que habías partido, o no te hubiera hecho llamar. Alguna chismosa habrá estado hablando con Xifeng. Imagino que se tratará de la hermana Zhou. Ahora ve a descansar. El asunto no tiene la menor importancia.

Li Wan estuvo a punto de explicar el problema a la señora Lin, pero la señora You la detuvo con un gesto. En vista de aquello, a la señora Lin no le quedó sino retirarse. Pero quiso la suerte que a la salida del jardín se topara con la concubina Zhao.

—¡Vaya, vaya, cuñada! —exclamó la concubina sonriendo—. ¿Por qué corres por aquí a estas horas en lugar de estar descansando en casa?

La señora Lin le explicó que ya se había retirado y la razón por la que había vuelto, e hizo una relación pormenorizada de lo sucedido.

Como la concubina era de natural chismosa y mantenía buenas relaciones con las esposas de los mayordomos, pues intercambiaba información con ellas para intrigar, se hizo inmediatamente una idea bastante clara de lo sucedido. Así, le contó a la señora Lin todo lo que sabía acerca de aquel asunto.

—¡Conque era eso! —se rió la señora Lin—. ¡Pero si este asunto es menos importante que un pedo! Si es amable olvidará el asunto; si es susceptible, no pasará de darles unos cuantos golpes.

—Mi querida cuñada —dijo la concubina—, tal vez esto no sea muy serio, pero demuestra lo marimandonas que son, haciéndote venir por gusto para burlarse de ti. Anda, regresa y descansa; mañana vas a tener un día agitado, así que no te retengo.

La señora Lin se despidió, y ya se aproximaba a la puerta lateral cuando en eso aparecieron las hijas de aquellas dos mujeres con lágrimas en los ojos, y le suplicaron su ayuda.

—Niñas tontas —las reprendió ella—. ¿Quién manda a vuestras madres emborracharse y decir sandeces, y meterse en semejante lío? Esto no tiene nada que ver conmigo. Fue la señora Lian quien las hizo amarrar, y ahora la gente me está culpando también a mí. No estoy en condiciones de echarles una mano.

Las dos niñas, de sólo siete u ocho años de edad, no razonaban del todo, y se limitaron a seguir lloriqueando y suplicándole.

—¡Más que tontas! —exclamó la señora Lin al no poder librarse de ellas—. ¿Por qué no buscáis a la persona adecuada en lugar de molestarme a mí?

Y volviéndose a una de las niñas:

—La suegra de tu hermana mayor, la señora Fei, llegó aquí con la dama Xing cuando ésta se casó. Haz que tu hermana pida a su suegra que solicite a Su Señoría que interceda. Así resolverán su problema. ¿De acuerdo?

La niña aceptó aquel consejo, pero la otra siguió con las súplicas.

—Pero ¿cómo puedes ser tan boba? —le dijo la señora Lin—. Si ella hace todo lo que le he dicho, el asunto quedará cancelado. ¿O acaso piensas que puede ocurrir que suelten a su madre y que apaleen a la tuya? —Y diciendo esto, se alejó en su carruaje.

Una de las niñas fue a pedirle a su hermana que hablara con la anciana señora Fei. Como había sido doncella personal de la dama Xing en el momento de su matrimonio, la señora Fei había disfrutado alguna vez de cierto peso en la casa; pero ya hacía algún tiempo que la dama Xing había perdido el favor de la Anciana Dama, y tampoco sus sirvientas le tenían la consideración de antaño; de ahí que estuvieran atentas a cualquier falta de las sirvientas principales de la casa de Jia Zheng. Así pues, amparada en su edad y en la protección de la dama Xing, la señora Fei se daba frecuentemente a la bebida y a injuriar arbitrariamente a las personas, como manera de dar curso a su indignación. Las fastuosas celebraciones onomásticas de la Anciana Dama la habían llenado de envidia, con los demás sirvientes haciendo alarde de sus habilidades, dando órdenes e intrigando. Se sentía muy incómoda y decía disparates señalando a la gallina para insultar al perro; pero en casa de Jia Zheng nadie prestaba demasiada atención a las rencorosas diatribas y calumnias de la mujer. El caso es que la noticia de que la esposa de Zhou Rui tenía amarrada a una de sus parientes añadió leña al fuego de su indignación. Como estaba un poco beoda, señaló con el dedo la pared que separaba las casas de los dos hermanos y dejó escapar un chorro de imprecaciones. Y de allí fue a buscar a la dama Xing.

—La suegra de mi hijo no ha cometido ninguna falta —se quejó—. Tuvo un cambio de palabras con una de las doncellas de la señora You en la otra mansión, y luego la esposa de Zhou Rui instigó a la señora Lian para que la hiciera amarrar en los establos. Amenazan con apalearla después de las celebraciones, ¡y estoy hablando de una anciana que tiene más de setenta años! Por favor, Su Señoría, pida que la suelten por esta vez.

La dama Xing, que ya se había sentido despreciada cuando se rechazó la petición que hizo para que Yuanyang entrara en la alcoba de su marido, debía sufrir que desde aquel episodio la Anciana Dama la tratara con frialdad y mostrara mucha más consideración hacia Xifeng. Más aún, durante la reciente visita de la princesa viuda de Nan’an, la Anciana Dama había mandado venir a Tanchun, pero había pasado por alto a Yingchun. El resentimiento de la dama Xing se había venido, pues, incubando, sin oportunidad de salir a la luz. Y por si fuera poco, allí estaban ahora esas criadas celosas y rencorosas, que al no atreverse a ventilar sus quejas, se dedicaban a inventar historias que le calentaban la sangre. Primero lo hacían simplemente denunciando a diversos sirvientes de la casa de Jia Zheng, y luego trasladando gradualmente la culpa hacia la propia Xifeng. Dijeron que Xifeng se dedicaba a adular a la Anciana Dama y que gustaba de hacer sentir su peso, por lo cual tenía a su esposo aplastado bajo su tacón, exaltada a la dama Wang, y privada de todo respeto a la verdadera señora de la mansión. Más adelante llegaron incluso a implicar a la dama Wang argumentando que había sido ella, junto con Xifeng, quien había enfrentado a la anciana con la dama Xing. De modo que aunque la dama Xing carecía de un carácter firme, consiguieron atizar en ella el rencor; por eso en los últimos tiempos había llegado a odiar a Xifeng. Sin embargo, al escuchar el relato de la señora Fei se abstuvo de hacer cualquier comentario.

A la mañana siguiente fue a presentar sus respetos a la Anciana Dama. Toda la familia se había reunido para asistir al banquete y a las óperas, y la anciana estaba de muy buen humor. Como no había sido invitado ningún pariente lejano, únicamente estaban allí los miembros más jóvenes de la familia, y la Anciana Dama había decidido presentarse en traje informal para recibir los homenajes en el salón. Allí se reclinó en un diván que había en el centro, acondicionado con un cojín, un respaldar y un escabel, Sentadas sobre otros banquitos en torno al diván estaban Baochai, Baoqin, Daiyu, Xiangyun, Yingchun, Tanchun y Xichun. La madre de Jia Pian también había traído a su hija Xiluan, la madre de Jia Qiong a su hija Sijie, y con ellas estaban asimismo reunidas unas veinte bisnietas más de diversas edades.

Como Xiluan y Sijie eran muchachas bien parecidas, elocuentes y muy superiores a la media, a la Anciana Dama le encantó sentarlas delante de su diván, donde Baoyu estaba dándole un masaje en las piernas. La tía Xue ocupaba el lugar de honor, y las demás se alineaban en dos filas, una a cada lado, por orden de edad y rango de su rama familiar. En el corredor, del otro lado de la antepuerta, estaban los hombres de la familia, también sentados en riguroso orden de jerarquía.

Primero presentaron sus respetos, fila a fila, las mujeres del clan; luego, los hombres. Cuando la Anciana Dama les dijo desde el diván que se dejaran de ceremonias, ya todos habían hecho su koutou ante ella.

Todos los sirvientes y mayordomos, encabezados por Lai Da, avanzaron de rodillas desde la puerta ceremonial hasta el salón. Detrás de ellos vinieron sus esposas, y luego las doncellas de los diversos aposentos. Aquello duró lo que dos o tres comidas, y después se llevaron al patio varias jaulas de aves que fueron abiertas dejando en libertad a sus ocupantes[3]. Jia She y los demás quemaron incienso y monedas de papel como sacrificio a los cielos, a la tierra y al dios de la Longevidad; y sólo entonces atendieron a la representación de óperas y dieron cuenta de las viandas. La Anciana Dama no se retiró a descansar a su cuarto hasta que llegó el entreacto, dejando a los demás que siguieran divirtiéndose. También le dijo a Xifeng que mantuviera allí a Xiluan y a Sijie durante un par de días para que se distrajeran. Xifeng salió a informar a las madres de las muchachas, y, como era mucho lo que le debían, accedieron con entusiasmo. A las muchachas mismas les fascinó la posibilidad de divertirse en el jardín, y pasar allí la noche.

Cuando cayó el sol y llegó el momento de acabar la fiesta, la dama Xing se acercó a Xifeng delante de todo él mundo para pedirle un favor.

—Anoche me enteré de que en un momento de furia diste a la esposa del mayordomo Zhou órdenes de hacer amarrar a dos ancianas. Ignoro qué falta han cometido. En principio no debería pedir que sean liberadas, pero me parece que el cumpleaños de la Anciana Dama es la época ideal para dar limosnas a los pobres y los ancianos, no para castigarlos. ¡De modo que si no lo haces por mí, hazlo al menos por respeto a la Anciana Dama! —Y después de aquel discurso se alejó en su carruaje.

Mortificada por haber sido puesta en evidencia de esa manera delante de tantas personas, Xifeng se puso roja de vergüenza e indignación, y por un momento quedó estupefacta. Pero a continuación se volvió con una sonrisa helada hacia la señora Lai y las esposas de los mayordomos.

—¡Qué cosa tan extraordinaria! —dijo—. Ayer mismo alguien de esta casa molestó a la señora You de la otra mansión, y como no quise que se ofendiera dejé en sus manos la suerte de las responsables. Que yo me sintiera ofendida no fue la razón por la que actué así. ¿Quién habrá hecho circular esos infundios?

La dama Wang preguntó de qué se trataba, y Xifeng la informó de lo sucedido el día anterior.

Entonces la señora You dijo con una sonrisa:

—No tenía la menor idea de todo esto. Y no era necesario que te inmiscuyeras.

—Sólo pretendía preservar tu prestigio —replicó Xifeng—. Por eso dejé el asunto en tus manos; me pareció lo más razonable. Como si en tu casa alguien me ofendiera a mí: sería lógico que hicieran presentarse ante mí a la persona en cuestión para resolver el problema, sin importar cuán allegada pudiera ser. No sé quién habrá ido a informar de esto como si se tratara de algo importante; lo habrá hecho sólo para demostrar su lealtad.

—Pero tu suegra tiene razón —intervino la dama Wang—. La esposa de tu primo Zhen no es una extraña, de modo que tales formalidades están fuera de lugar. Lo importante es el cumpleaños de la Anciana Dama. Mejor será que las sueltes.

Y volviéndose, dio órdenes para que ambas mujeres fueran liberadas. Más mortificada que nunca, Xifeng no pudo contener lágrimas de frustración y, como no quería que la vieran llorando, enfiló a todo correr hacia su cuarto. Pero resultó que en ese momento llegó a buscarla Hupo, enviada por la Anciana Dama, y al verla exclamó sorprendida:

—¿Qué le ha sucedido? La Anciana Dama quiere verla.

Inmediatamente Xifeng se secó los ojos, se lavó y empolvó el rostro, y partió con Hupo.

La Anciana Dama le preguntó:

—¿Cuántas de las familias que enviaron regalos el otro día mandaron biombos?

—Dieciséis familias —respondió Xifeng—. Hay doce biombos grandes y cuatro pequeños para kang. El biombo grande que enviaron los Zhen del sur del Yangzi tiene doce paneles de tapicería roja con escenas de la ópera Cada hijo un alto funcionario por un lado, y por el otro cien caracteres dorados de «Longevidad» en diversos estilos de caligrafía. Ése es el mejor del lote. Luego hay un biombo de vidrio de la familia del almirante Wu, de Cantón, que no está nada mal.

—En tal caso no dispongas de esos dos, guárdalos en un lugar seguro —dijo la Anciana Dama—. Quiero regalarlos.

Xifeng asintió, y en aquel momento Yuanyang se le acercó y la miró fijamente.

—¿No la conoces? —preguntó la anciana—. ¿Por qué la miras así?

—Me preguntaba por qué tenía los ojos tan irritados —respondió Yuanyang sonriendo.

La Anciana Dama pidió a Xifeng que se acercara y la miró detenidamente.

—Me escocían los ojos y me los restregué —dijo Xifeng con una carcajada intentando quitar importancia al asunto.

Yuanyang se rió también.

—¿Es que alguien ha estado provocándola de nuevo?

—¿Quién se atrevería? —replicó Xifeng—. Y aunque así hubiera sido, no me atrevería a llorar en el cumpleaños de la Anciana Dama.

—Tienes toda la razón —asintió ella—. Me voy a cenar. Puedes atenderme, y luego llevarte lo que quede para ti y para la esposa de Zhen. Luego, vosotras dos debéis ayudar a las dos monjas a elegir unos cuantos granos de soja budista[4] para mí. Eso también prolongará vuestra vida. El otro día lo hicieron vuestras primas y Baoyu; así que ahora quiero que lo hagáis vosotras para que no podáis acusarme de favoritismo.

Mientras hablaba prepararon para las dos monjas una cena a base de verduras, y luego para la Anciana Dama una con carne. Cuando ésta hubo terminado de comer, lo que sobró fue llevado al cuarto exterior para la señora You y Xifeng. Apenas habían empezado a comer las dos cuando la Anciana Dama mandó llamar a Xiluan y a Sijie para que cenaran junto con ellas.

A continuación se lavaron las manos, encendieron incienso y trajeron un sheng[5] de granos de soja. Primero las dos monjas cantaron unos ensalmos budistas, luego cogieron los granos de soja uno por uno y los pusieron en una cesta, cantando el nombre de Buda en cada ocasión. Para que procuraran larga vida, aquellos granos de soja serían cocidos y luego distribuidos a los caminantes en las encrucijadas. Entonces la Anciana Dama se reclinó en el diván y escuchó narraciones budistas sobre buenas acciones y causas y efectos, que le relataron las monjas.

Yuanyang, que se había enterado del llanto de Xifeng a través de Hupo, descubrió la razón de éste conversando con Pinger. Y aquella noche, cuando los demás ya habían partido, informó:

—La señora Lian lloró porque la dama Xing la hizo quedar mal en público.

La Anciana Dama preguntó cómo había sido aquello, y la doncella se lo contó.

—Esto demuestra que Xifeng tiene buenos modales —dijo la anciana—. ¿Cómo va a permitir que las sirvientas ofendan a todas y cada una de, las señoras de nuestro clan, y que se salgan con la suya sólo porque es mi cumpleaños? La dama Xing llevaba un buen tiempo con la cara larga, pero no se había atrevido a estallar. Este asunto le proporcionó un pretexto para avergonzar a Xifeng en público.

Entró Baoqin, y las dos mujeres interrumpieron la conversación. La Anciana Dama le preguntó de dónde venía.

—Estuvimos charlando en los aposentos de la prima Lin, en el jardín —respondió.

Lo cual le recordó algo a la Anciana Dama, e hizo que una vieja sirvienta llevara ciertas instrucciones a las criadas del jardín:

—He retenido aquí a Xiluan y a Sijie —le dijo—. A pesar de su pobreza, son iguales que nuestras jóvenes damas, de modo que deben ser bien atendidas. No ignoro que todos nuestros sirvientes, hombres y mujeres por igual, se dejan impresionar únicamente por la riqueza y el rango, y que por tanto no las tendrán por muy importantes, ¡pero si me entero de la menor falta de respeto hacia ellas no lo pasaré por alto!

La mujer asintió y se dispuso a partir, pero antes de que lo hiciera dijo Yuanyang:

—Iré yo. La gente del jardín no le hará caso a ella.

Y fue directamente al jardín, dirigiéndose primero a la aldea de la Fragancia del Arroz. Al no encontrar allí ni a Li Wan ni a la señora You, interrogó a las doncellas, quienes le dijeron que las señoras estaban con Tanchun. Yuanyang siguió su camino hacia el salón de la Mañana Esmeralda y allí encontró, en efecto, a los habitantes del jardín enfrascados en una amena charla. Al verla le insistieron para que tomara asiento.

—¿Qué te trae por aquí a esta hora? —le preguntaron.

—¿Acaso no puedo venir y divertirme también yo? —Yuanyang se rió antes de transmitirles el mensaje de la Anciana Dama.

Li Wan se puso inmediatamente de pie para escucharlo, y luego mandó venir a la jefa de sirvientes de cada apartamento para ordenarles que transmitieran aquellas instrucciones.

—La Anciana Dama siempre piensa en todo —comentó la señora You—. Ni diez de nosotras, jóvenes y sanas, estamos a su altura.

—Xifeng es diabólicamente hábil, y es la que más se le aproxima —dijo Li Wan—; pero las demás estamos muy por debajo.

—No hablen así de la pobre —intervino Yuanyang—. Aunque en estos últimos años no haya cometido errores que la Anciana Dama conozca, ha ofendido sin embargo a muchas personas. Ciertamente es difícil complacer a todos. Si una es demasiado honesta y no conoce ningún truco, entonces el padre y la suegra la considerarán una simplona, y la gente de la casa no la respetará. Si otra está llena de mañas, entonces complacerá a unos y ofenderá a otros. En especial, en nuestra familia, todo ese lote de «señoras» promovidas desde la condición de esclavas tienen tantas ínfulas que piensan que pueden actuar a su antojo. En cuanto se sienten mínimamente insatisfechas se ponen a chismorrear a espaldas de la gente o a provocar disputas. De modo que para no indisponer a la Anciana Dama no le he contado nada de esto. ¡Si lo hiciera, nadie aquí tendría un solo día de paz! No debería estar diciendo esto delante de usted, señorita Tanchun. Es natural que haya quien se queje por lo bajo de que a la Anciana Dama se le caiga la baba con Baoyu. Pero cuando la Anciana Dama le demuestra su cariño a usted, oigo a la misma persona quejarse. ¿No es ridículo?

Con una sonrisa, Tanchun dijo:

—Hay mucha gente tonta; no lo tomes tan a pecho. Me parece que las casas humildes tienen la ventaja de reunir menos gente, a pesar de que son más pobres, y todos están felices y contentos. Los de fuera deben pensar que en una familia grande como la nuestra las adineradas jóvenes son muy felices. Poco saben de los problemas que tenemos aquí, mucho peores que los de cualquier otro lugar.

—Los demás no se preocupan tanto como tú, tercera hermana —dijo Baoyu—. Siempre te estoy pidiendo que no escuches esa charla vulgar o que no pienses sobre asuntos vulgares. Limítate a disfrutar de tu riqueza y de tu gloria. Eres más afortunada que nosotros los hombres, confusos y ocupados en tonterías, que no podemos disfrutar de una vida tranquila y feliz.

—¿Quién puede compararse contigo, que no tienes una sola preocupación en el mundo? —intervino la señora You—. Todo lo que haces es juguetear con tus primas, comer cuando estás hambriento, dormir cuando estás cansado, y así año tras año, sin pensar en el futuro.

—Cada día que paso con mis primas es para bien —respondió él—. Cuando muera será el fin. ¿A quién le importa el futuro?

Las demás se rieron.

—Otra vez estás diciendo tonterías —dijo Li Wan para provocarlo—. Aunque no sirvieras para nada y permanecieras aquí toda tu vida, estas muchachas se casarían y dejarían la familia. ¿Cierto?

—No me extraña que la gente diga que tu buena estampa es engañosa —se rió la señora You—. Eres un tonto hecho y derecho.

—La suerte de un hombre es una cosa incierta —se mofó Baoyu—. ¿Quién sabe cuándo moriré? Aunque muriera hoy o mañana, este año o el próximo, lo haría contento.

Las muchachas le hicieron callar inmediatamente.

—Ya está rabiando de nuevo —dijeron—. No debemos dirigirle la palabra; enseguida se pone a hablar como un tonto o un lunático.

—No digas esas cosas, primo Bao —intervino Xiluan—. Cuando todas tus hermanas y primas hayan partido a casarse, también la Anciana Dama y la señora se sentirán solas; entonces vendré yo y te haré compañía.

Li Wan y la señora You se rieron.

—Tú también estás diciendo tonterías, niña. ¿O es que tú jamás vas a casarte? ¿A quién estás tratando de engañar?

Xiluan se sonrojó y agachó la cabeza.

Ya era la primera vigilia, y todos se retiraron a sus cuartos a descansar.

Al llegar a la puerta del jardín, Yuanyang advirtió que, aunque las puertas laterales habían sido cerradas, aún no habían sido atrancadas. El lugar estaba desierto, y la única luz que acompañaba a la luz levísima de la luna era la de una caseta de guardia. Como estaba sola y no traía consigo una linterna, su paso silencioso no permitió que los de la caseta advirtieran su llegada. En ese momento sintió ganas de aliviar una necesidad y dejó el sendero para, cruzando el césped, ocultarse detrás de un roquedal, al amparo de un osmanto. Apenas había bordeado el roquedal cuando la sobresaltó un ruido de ropas que se rozaban. Al mirar en aquella dirección advirtió a dos personas que, al verla a ella, se escondieron corriendo detrás de unas rocas. Yuanyang tuvo tiempo de advertir que una de ellas era Siqi, una doncella alta y garbosa de los aposentos de Yingchun, que llevaba en ese momento una falda roja y el pelo recogido. Suponiendo que se trataba de ella y de otra muchacha que andaban también buscando alivio para alguna necesidad, y que se habían ocultado para asustarla y divertirse, las llamó entre risas:

—Si no sales rápido y dejas de asustarme, Siqi, gritaré y haré que te atrapen como a un ladrón. ¿Qué hace una chica mayor como tú jugueteando a estas horas de la noche?

Yuanyang sólo había bromeado para que saliera. Pero como Siqi no tenía la conciencia limpia pensó que había sido descubierta con las manos en la masa, y temió que los gritos de Yuanyang alertaran a otras personas, lo cual hubiera sido aún peor. Como Yuanyang siempre la había tratado bien, mejor que las otras muchachas, salió corriendo de detrás de un árbol, la agarró del brazo y se puso de rodillas.

—Mi buena hermana —le suplicó—. Por favor, no hagas más ruido.

Perpleja por aquella extraña reacción, Yuanyang la hizo incorporarse para preguntarle:

—¿Por qué haces eso?

Siqi se turbó como un tomate y rompió a llorar. Entonces Yuanyang reparó en que la otra figura le había parecido la de un joven, y adivinó más o menos lo que había sucedido. También enrojeció, consternada, pero alcanzó a controlarse y preguntar en voz baja:

—¿Quién es él?

Siqi volvió a caer de rodillas.

—Mi primo —balbuceó.

Yuanyang escupió con disgusto.

—¿Cómo has podido…? Mereces la muerte.

Siqi se volvió y dijo en un silbido:

—No tiene sentido que te ocultes. La hermana te ha visto. Ven rápido y arrodíllate ante ella.

Entonces el paje tuvo que arrastrarse desde detrás de un árbol para golpear su cabeza vigorosamente contra el suelo ante Yuanyang, que quiso alejarse de allí cuanto antes. Pero Siqi la retuvo suplicándole entre sollozos:

—Nuestras vidas están en tus manos, hermana. ¡Por favor, déjanos vivir!

—No os preocupéis —dijo Yuanyang—. No se lo diré a nadie.

Mientras hablaban oyeron a alguien llamar desde la puerta lateral.

—La señorita Jin ha partido, atrancad la puerta.

Incapaz de liberarse de Siqi, Yuanyang inmediatamente gritó:

—Todavía estoy aquí. Esperad un minuto, que ya voy.

Entonces Siqi tuvo que dejarla ir…

CAPÍTULO LXXII

Xifeng se avergüenza de admitir su enfermedad

y sigue derrochando fuerzas.

La esposa de Lai Wang cuenta con el poder de

su señora para concertar el matrimonio de su hijo.

Sonrojada todavía, y agitada por la sorpresa, Yuanyang cruzó la puerta lateral. «¡Es muy grave! —iba pensando—. Si esto llegara a oídos de alguien, al cargo de lascivia se uniría el de robo y podría incluso llegar a costarles la vida. Y eso sin contar con que otras personas se verían implicadas. Pero no es asunto mío. Mejor será que me calle y no se lo cuente a nadie.» Por lo cual, a su vuelta, se limitó a informar de que había transmitido las órdenes de la Anciana Dama. Después, todos se fueron a dormir. A partir de entonces, Yuanyang rara vez volvió al jardín de noche; más aún, como pensó que si el jardín era escenario de sucesos tan extraordinarios, en los demás lugares ocurrirían cosas aún peores, evitó ir a cualquier otro sitio.

Siqi y su primo habían crecido juntos. Ya de niños, jugando, se juraban mutuamente que no se casarían con nadie más. Crecieron y llegaron a ser muchachos muy guapos, y cada vez que Siqi volvía a casa evocaban con sus miradas lo que antaño habían sentido el uno por el otro, aunque ya ninguno pudiera referirse a ello abiertamente. El caso es que, aprovechando la confusión que aquel día reinaba, acordaron por primera vez una cita. Nunca habían experimentado juntos los placeres del amor, pero en cambio sí que habían intercambiado votos secretos, abriéndose mutuamente los corazones. Al ser descubiertos por Yuanyang, el muchacho salió corriendo de entre los macizos de flores y los sauces, escabulléndose por la puerta lateral.

Siqi, arrepentida de su comportamiento, no pudo dormir aquella noche, y cuando al día siguiente vio a Yuanyang su rostro se mudó violentamente del rojo al blanco y del blanco al rojo. Se sentía agonizar de culpa e incomodidad, perdió el apetito y fue ganándola un permanente aturdimiento.

Pasaron dos días, pero nada de lo que temía ocurrió. Y ya empezaba a sentirse algo mejor cuando aquella noche llegó una de las matronas a decirle en tono de confidencia:

—Tu primo lleva tres o cuatro días sin aparecer. Están buscándolo por todas partes.

Al escuchar aquella noticia desconsoladora, Siqi pensó: «Aunque sea objeto de escándalo, deberíamos morir juntos. Él cree que, como hombre que es, puede ir donde le plazca, ¡pero qué falta de corazón la suya!». Aquel pensamiento la amargó tanto que al día siguiente no se pudo levantar y, sintiéndose enferma, decidió guardar cama.

Cuando llegó a oídos de Yuanyang que el paje había huido y Siqi había solicitado volver a su casa un tiempo por razones de salud, supuso que ambos estarían aterrorizados por lo que habría de suceder si ella divulgaba su secreto. Aquella situación empezaba a incomodarla, así que fue en busca de Siqi. Después de hacer salir a toda la gente que había en el cuarto, prometió solemnemente a la muchacha:

—Me dejaría matar antes que decir una sola palabra sobre este asunto. Deja de preocuparte y procura recuperar la salud. ¡No arriesgues así tu pequeña vida, muchacha!

—Hermana, desde que éramos niñas nos hemos llevado bien —sollozó Siqi cogiéndola del brazo—. Nunca me has tratado cómo a una extraña, y yo siempre te he respetado. Si ahora guardas en secreto mi desliz, serás para siempre como mi propia madre y te deberé cada día de mi vida. Si mejoro erigiré un altar en tu honor, y allí quemaré incienso y te haré un homenaje diariamente para desearte buena fortuna y larga vida. Si muero, me convertiré en burro o en perro para retribuir tu bondad. «Por mucho que duren, siempre acaban los banquetes», dice el proverbio. En dos o tres años todas dejaremos este lugar. Pero también dice otro proverbio: «Si hasta las lentejas de agua pueden volver a encontrarse, con cuánta más razón los humanos». Si nosotras volvemos a encontrarnos, ¿cómo podré dejar de pagar tu bondad?

Todo aquello dijo entre lágrimas. Y Yuanyang, compadecida, la acompañó llorando.

—Muy bien —dijo haciendo con la cabeza un gesto de asentimiento—. Yo no estoy encargada de vosotras, ¿por qué dañar tu buen nombre mostrándome servil en vano? Además, no es conveniente que una muchacha como yo hable de esas cosas. No te preocupes. Cuando mejores debes comportarte más discretamente y no cometer estos errores.

Siqi se incorporó sobre la almohada y movió afirmativamente una y otra vez la cabeza; tras darle nueva seguridad, Yuanyang partió.

Como sabía que Jia Lian estaba de viaje y que en los últimos días Xifeng no se había sentido bien, decidió pasar a visitarla a su vuelta. Cuando entró en el patio las criadas de la puerta interior se pusieron de pie para franquearle el paso, y en el salón se le acercó Pinger, saliendo desde el dormitorio.

—Ha comido un poco y ahora está dando una cabezada —susurró—. ¿Quieres esperar un momento en el otro cuarto? —Y la llevó al cuarto oriental, donde una doncella le sirvió té.

—¿Qué le pasaba a tu señora estos últimos días? —le preguntó Yuanyang en voz baja—. La he visto muy desganada.

Como estaban solas, Pinger suspiró:

—Está así desde hace un mes por lo menos. En estos últimos días ha estado muy ocupada, y además furiosa, lo que le ha producido una recaída. Como ahora está peor, apenas puede sacar fuerzas de flaqueza para capear el temporal.

—¿Y por qué no llamó a un médico cuando aún estaba a tiempo?

—¿Acaso ignoras cómo es ella, hermana? —volvió a suspirar Pinger—. No quiere ni oír hablar de médicos o medicinas. Cuando le pregunté cómo se sentía, me replicó muy contrariada que lo que yo buscaba al reñirle tanto era que cayera enferma. Y a pesar de su mala salud, insiste cada día en supervisar esto y lo otro, en lugar de tomarse las cosas con calma y dedicarse a recuperar las fuerzas.

—Pero aun así, habría que traer a un médico para que sepamos lo que tiene; eso nos ahorraría preocupaciones. —Me temo que es algo serio.

—¿Qué quieres decir?

Pinger se acercó más para susurrar:

—Desde que tuvo la regla del mes pasado viene sufriendo flujos intermitentes. ¿No te parece algo serio?

—¡Vaya! Eso parece un «alud de sangre»[1].

Pinger escupió con desagrado al oír aquello, y luego se rió levemente.

—¿Qué sabe una muchacha como tú sobre esas cosas? Trae mala suerte hablar como tú hablas.

—Antes no sabía de estas cosas —respondió Yuanyang sonrojándose avergonzada—, pero ¿acaso has olvidado que fue así como murió mi hermana mayor? No tenía idea de cuál era su enfermedad hasta que escuché a mi madre decírselo a la suegra de mi hermana. El nombre entonces no me dijo nada, pero más adelante mi madre explicó la causa; por eso tengo una cierta idea.

—Sí, es normal que lo supieras. Lo había olvidado —dijo amablemente Pinger.

En plena charla entró una doncella.

—Está aquí otra vez la tía Zhu —anunció—. Le dijimos que la señora estaba durmiendo un poco, y ha ido a visitar a la dama Wang.

Pinger asintió con la cabeza.

—¿Qué tía Zhu es ésa? —preguntó Yuanyang.

—La casamentera oficial[2] —explicó Pinger—. La familia de un funcionario de apellido Sun quiere concertar un compromiso con nosotros, así que últimamente la hemos tenido aquí todos los días con una tarjeta. Es una pesada insoportable.

Antes de que hubiera concluido volvió la doncella a informar:

—El señor ha regresado.

Ya Jia Lian estaba llamando a Pinger desde la puerta, y antes de que ella pudiera salir a recibirlo entró él. Al ver a Yuanyang sentada sobre el kang se detuvo.

—¿Qué trae a nuestra distinguida hermana Yuanyang a esta humilde morada? —preguntó con una sonrisa.

Ella permaneció sentada y respondió:

—Vine a presentar mis respetos a usted y a la señora; pero usted no estaba y la señora dormía.

—Trabajas tanto para la Anciana Dama durante todo el año que soy yo quien debería ir a visitarte. No debes tomarte la molestia de venir a vernos —añadió—. Pero la tuya es una visita muy oportuna, pues aunque tenía la intención de ir a verte, este pesado traje me daba tanto calor que preferí venir primero aquí a cambiarlo por uno más liviano. El cielo se ha apiadado de mí, y tu presencia me ha ahorrado un viaje. —Y diciendo esto tomó asiento.

Ella le preguntó sobre el asunto por el que la quería ver.

—En el pasado aniversario de la Anciana Dama —respondió él—, un forastero le regaló una «Mano de Buda» hecha de una piedra medio transparente; y como a ella le cayó en gracia, la pieza fue llevada directamente a sus aposentos para ser exhibida allí. El otro día, durante el cumpleaños, revisé el inventario de curiosidades y encontré ese objeto en la relación, pero no pude recordar dónde estaba. Los encargados del depósito de antigüedades lo han mencionado varias veces, pues quieren dejar anotado dónde se guarda. Por eso quería preguntarte si todavía lo tiene la Anciana Dama, o a quién se lo ha entregado.

—La Anciana Dama lo tuvo un par de días, pero después se cansó de él y se lo entregó a la señora Lian. ¡No me pregunte a mí! Recuerdo incluso el día en que lo envíe aquí con la esposa del viejo Lai Wang. Si no lo recuerda, pregúntele a la señora o a Pinger.

Pinger, que estaba buscando ropa para Jia Lian, salió al oír aquello.

—Sí, lo entregaron aquí. Está arriba. La señora les mandó decir que nos había sido entregado, pero esos idiotas del almacén deben haber olvidado anotarlo en sus libros y ahora se dedican a molestarnos con tonterías.

Jia Lian sonrió.

—¿Y por qué no me enteré yo de que había sido entregado a tu señora? Seguro que os lo habéis embolsado vosotras dos.

—Ya se lo ha dicho ella, señor —replicó Pinger—. Usted quiso entregarlo a alguna otra persona, pero ella se negó, y así logramos conservarlo. Ahora usted lo ha olvidado y dice que nosotras nos quedamos con él. ¿Tan rara es esa pieza? Jamás le hemos ocultado nada, ni siquiera objetos diez veces más valiosos que éste. ¿Por qué habríamos de dar valor ahora a esa baratija?

Jia Lian agachó la cabeza con una sonrisa para reflexionar, y luego dio una palmada.

—Sí, me estoy volviendo confuso y olvidadizo —exclamó—. No me extraña que me reprendas, mi memoria no es la de antes.

—No es culpa suya. —Yuanyang sonrió—. Tiene demasiados asuntos que atender, se acerca a usted demasiada gente con solicitudes; y si además se bebe unas cuantas copas de vino, ¿cómo va a recordar tantas cosas? —Y mientras decía aquello se levantó para partir. Jia Lian se incorporó bruscamente.

—Hermana querida, por favor, siéntate un momento. Tengo otra cosa que pedirte.

Y dirigiéndose a la doncella, la amonestó:

—¿Por qué no has preparado un té mejor? Date prisa y trae una taza limpia con tapa y prepara un poco de ese té nuevo de los tributos.

Y volviéndose hacia Yuanyang continuó hablando.

—Estos últimos días el cumpleaños de la Anciana Dama me ha obligado a gastar los pocos miles de taeles de plata que tenía. El alquiler de las casas y los arriendos de la tierra no llegarán antes del noveno mes, de modo que por el momento estoy con el agua al cuello. Mañana debo enviar regalos al príncipe de Nan’an y disponer presentes para Su Alteza Imperial en la fiesta del Doble Nueve; luego están también los matrimonios y entierros de varias familias. Necesito por lo menos de dos a tres mil taeles, y no tengo manera de reunir con rapidez esa suma. Como dice el refrán: «Más vale pedir a los de adentro que a los de afuera». Por eso me preguntaba, hermana, si estarías dispuesta a correr el riesgo por mí y sacar en secreto una caja de cubiertos de oro y plata de los que la Anciana Dama no esté usando. Podría empeñarlos y con lo que me den arreglaría de momento el problema. En menos de medio año, cuando lleguen las rentas, recuperaré la caja de cubiertos y la devolveré. Prometo no meterte en problemas.

—¡Vaya argucias que conoce! —exclamó Yuanyang echándose a reír—. ¡Pero qué cosas dice!

—No te mentiré —se rió él también—. Aparte de ti hay otras que tienen acceso a la plata, pero ninguna es tan sensible y valiente como tú. Si se lo planteara a ellas, se asustarían. Así que prefiero tocar la campana dorada una sola vez que andar probando con todos los tambores rotos.

En ese momento entró corriendo una de las doncellas de la Anciana Dama buscando a Yuanyang.

—La Anciana Dama quiere verla, señorita —dijo—. La hemos estado buscando por todas partes, ¡y resulta que está usted aquí!

Entonces Yuanyang regresó inmediatamente.

Apenas hubo partido, entró otra vez Jia Lian a ver a Xifeng, que se había despertado a tiempo para escuchar cómo pedía el préstamo. No quiso interferir, y se limitó a quedarse tendida sobre el kang hasta que Yuanyang hubo partido y Jia Lian entrado en su cuarto.

—¿Aceptó? —le preguntó ella al verlo entrar.

—No del todo, pero veo posibilidades —respondió él de buen humor—. Debes ir tú misma esta noche y mencionárselo de nuevo. Con eso arreglaríamos el asunto.

—No pienso hacerlo —replicó ella—. Si acepta, olvidarás tus promesas apenas tengas el dinero en la mano. ¿Quién es capaz de correr semejante riesgo por ti? Si una cosa así llegara a oídos de la Anciana Dama, perdería todo el prestigio que he ido acumulando estos últimos años.

—Sé buena —le suplicó su esposo—. Si lo arreglas, te lo agradeceré. ¿Qué te parece?

—¿Y cómo piensas agradecérmelo?

—Con lo que pidas.

Pinger, que estaba allí, intervino:

—Usted no necesita su agradecimiento, señora. Ayer mismo decía que precisaba un par de cientos de taeles, así que si el préstamo se consigue pueden ser deducidos de ahí. ¿No sería ése un buen arreglo para los dos?

—Me alegra que me lo hayas recordado —exclamó Xifeng con alegría—. De acuerdo entonces.

—Pero qué duras sois conmigo —protestó Jia Lian—. No pido ni un simple millar de taeles, cuando sé que no tendrías problemas en desembolsar de tres a cinco mil en efectivo en este momento. Deberías agradecer que no te pida prestado a ti, y que lo único que te pida sea tu intercesión… ¡Y tú cobrándome intereses! Es el colmo…

Antes de que pudiera seguir, Xifeng dio un respingo.

—Si tengo tres mil o cincuenta mil, no te los quité a ti —gritó—. En estos últimos días todos, los de adentro y los de afuera, los encumbrados y los humildes, han estado hablando mal de mí a mis espaldas; sólo faltabas tú. Los fantasmas de fuera sólo pueden entrar aquí invitados por los diablos de la familia. La familia Wang no tiene dinero, ¿verdad? Todo el dinero que hay aquí es ganancia de los Jia, ¿no? Conseguirás que vomite. Te consideras rico como Shi Chong y Deng Tong[3], pero las virutas de las grietas del suelo que pisan los Wang bastarían para manteneros una vida entera. ¿No te da vergüenza hablar de esa manera? Y hay pruebas de lo que digo: mira, si no, las dotes que aportamos la dama Wang y yo, y compáralas con las vuestras. ¿En qué somos inferiores a vosotros?

—¿Por qué te lo tomas tan a pecho? —preguntó Jia Lian, conciliador—. No hay por qué indignarse tanto. Si quieres un par de cientos de taeles, eso no es nada. Más no puedo distraer, pero sí esa suma. ¿Por qué no los tomas antes de concretar el préstamo?

—No quiero ese dinero para pagar mi entierro, llenar mi boca o ponerlo debajo de mi espalda[4]. No corre tanta prisa.

—Pero entonces ¿por qué te pones así? No te excites.

—No me reproches mi mal genio —replicó Xifeng riendo—. Sucede que tus palabras me hieren en lo más hondo. Precisamente estaba pensando que pasado mañana es el aniversario de la muerte de la segunda hermana You; y como ella y yo fuimos buenas amigas, lo menos que puedo hacer es quemar algunas monedas de papel en aras de la amistad. A pesar de que no dejó hijos, no deberíamos olvidarla ni limitarnos a hacer en su memoria un homenaje por compromiso.

Jia Lian agachó la cabeza y permaneció en silencio unos instantes.

—Lo había olvidado —admitió por fin—. Gracias por habérmelo recordado. Pero si hasta pasado mañana no precisas el dinero, espera a que hayamos concretado el préstamo mañana, y entonces podrás coger de allí todo lo que necesites.

En ese momento entró la esposa de Lai Wang.

—¿Se ha solucionado? —le preguntó Xifeng.

—No hay manera —contestó la señora Lai—, pero creo que si usted coge las riendas, señora, el asunto puede resolverse.

Jia Lian quiso saber de qué hablaban.

—Oh, no es nada importante —le dijo Xifeng—. Lai Wang tiene un hijo que este año cumple los diecisiete y sigue soltero. Ellos quieren que se case con Caixia, que está al servicio de la dama Wang, pero no saben si Su Señoría estará de acuerdo. El otro día tuvo la amabilidad de decir que, como Caixia ya es mayor y está delicada de salud, es posible que reciba la libertad y sea enviada a su casa para que sus padres puedan concertarle un matrimonio. Fue entonces cuando la esposa de Lai Wang recurrió a mí. Yo pensé que, ya que ambas familias tienen más o menos el mismo rango, no habría más que hacer la petición para ver cómo se cumplía, ¡pero he aquí que recibo una respuesta totalmente negativa!

—¿Y eso qué importa? —replicó él—. Hay muchachas mejores que Caixia.

—Quizás usted lo vea así, señor —intervino la esposa de Lai Wang con una sonrisa—, pero su rechazo a nuestra familia hará que otros nos desprecien todavía más. No es fácil encontrar a una muchacha adecuada. Pensé que con la ayuda de ustedes podríamos resolverlo y que una sola palabra de la señora bastaría para que ellos accedieran. Por eso le pedí a cierta persona que se tomara la molestia de ir a sondear el asunto, y para mi sorpresa fuimos desdeñados. La muchacha misma está dispuesta, y jamás ha parecido estar contra el compromiso, pero esos dos vejetes parecen tener proyectos más ambiciosos para su hija.

Aquello era un desafío para Xifeng y Jia Lian; pero ella no dijo nada, pues su esposo estaba allí, limitándose a aguardar su reacción para ver cuál era su actitud. Ocurría, sin embargo, que Jia Lian tenía otras cosas en la cabeza y no tomó aquel asunto en serio. Al mismo tiempo estaba el hecho de que la esposa de Lai Wang había llegado a la casa de los Jia acompañando a Xifeng cuando ésta se casó, habiéndola servido bien desde entonces, por lo cual le resultaba difícil ignorar su petición.

—No es tan importante, al fin y al cabo —dijo—. ¿Por qué insistir en ello? No te preocupes, ya puedes marcharte. Mañana actuaré de intermediario y enviaré a dos tipos respetables con presentes matrimoniales, para que digan a los viejos que se trata de mi propuesta. Si todavía se resisten, haremos que vengan a verme.

A una señal de Xifeng, la esposa de Lai Wang cayó de rodillas para dar las gracias a Jia Lian.

—Es a tu señora a quien deberías darle las gracias postrándote ante ella —dijo él—. Yo haré lo que pueda, pero sería más eficaz que ella mandase venir a la madre de Caixia y le expusiera el asunto con amabilidad. Si no se hace así, nosotros quedaríamos como prepotentes aunque aceptaran.

—Si vas a tomarte todas esas molestias por ella —intervino Xifeng—, ¿cómo voy a quedarme yo cruzada de brazos? Ya has oído, esposa de Lai Wang. Una vez que este asunto quede arreglado tienes que ver con prontitud lo de mi asunto. Dile a tu esposo que antes de que acabe el año tiene que recoger todo el dinero prestado, que no falte una moneda. Mi reputación ya es bastante mala; si demorara los cobros un año más, vendrían a tragarme viva.

—No se preocupe, señora —respondió la esposa de Lai Wang riéndose—. ¿Quién se atrevería a decir una sola palabra contra usted? Pero hablando ya en serio, si usted dejara de prestar todo ese dinero nos ahorraríamos problemas y ofenderíamos a menos personas.

Xifeng resopló.

—He estado actuando como una idiota para nada. ¿Para qué iba yo a necesitar dinero? Sólo para nuestros gastos diarios, pues siempre estamos gastando por encima de nuestros ingresos y en esta casa siempre hay necesidades que cubrir. Mi asignación mensual y la de mi esposo, más la de cuatro sirvientas, no suman ni veinte taeles. No alcanza para más de tres o cinco días. De no haberme dedicado por todos los medios a reunir algo más, hace tiempo que nos habríamos visto obligados a mudarnos a alguna caverna desaliñada. Pero todas las molestias que me tomo sólo sirven para ganarme reputación de prestamista, así que mejor será que me haga liquidar todos esos préstamos. Yo puedo derrochar como cualquiera, así que, en el futuro, quedémonos todos aquí gastando, sin preocuparnos por cuánto durará el dinero. ¿Queréis un ejemplo de lo que digo? El otro día, antes del aniversario de la Anciana Dama, la dama Wang se pasó dos meses preocupada por la manera de reunir dinero, hasta que le recordé que en el desván de atrás había cuatro o cinco cajones de recipientes grandes de cobre y de estaño que nadie utilizaba. Los empeñó por trescientos taeles y alcanzó a hacer su contribución para celebrar el cumpleaños. En cuanto a mí, como sabéis, vendí ese reloj de campana de oro por quinientos sesenta. Pero todo se me fue en menos de quince días, entre diez gastos grandes y pequeños. Ahora que hasta nuestra tesorería anda escasa, alguien ha tenido la brillante idea de exprimir las arcas de la Anciana Dama. En unos años más quedaremos reducidos a vender nuestra ropa y nuestras joyas. ¡Formidable!

La esposa de Lai Wang soltó una risita.

—La venta de la ropa y las joyas de cualquiera de nuestras señoras reportaría suficiente dinero para que una de nosotras viviera cómodamente el resto de sus días. Sólo que no podrían hacerlo.

—Si no lo he hecho no ha sido porque no sea capaz —insistió Xifeng—, pero si las cosas siguen así no voy a poder hacer frente a la situación. Anoche tuve un sueño muy extraño. Soñé con alguien cuyo rostro me era familiar, pero cuyo nombre y apellido no conocía. Venía a verme. Cuando le pregunté el motivo de su visita, me dijo que la había mandado Su Alteza Imperial a pedirme cien piezas de seda. Yo pregunté que a qué Alteza Imperial se refería, y me respondió que no era la de nuestra familia, así que yo me negué a darle la seda. Entonces intentó llevársela a la fuerza. En medio de ese forcejeo desperté.

La esposa de Lai Wang sonrió y dijo:

—Eso es porque se pasa el día preocupada por los regalos para el palacio.

En eso fue anunciada la llegada de un joven eunuco de la mansión del señor eunuco Xia. Jia Lian frunció el ceño.

—¿Qué querrá ahora? ¿Es que no nos han exprimido suficiente este año?

—Tú mantente fuera de su vista y deja que yo me haga cargo de este asunto —le sugirió Xifeng—. Si es algo pequeño, muy bien; si es algo importante, ya sabré cómo arreglarlo.

Entonces Jia Lian se retiró al anexo.

Xifeng ordenó que hicieran pasar al joven eunuco y le ofreció asiento antes de servirle té. A continuación le preguntó por el motivo de su visita.

—Su Excelencia Xia vio hoy una casa que le gustaría comprar, pero le faltan doscientos taeles —fue la respuesta—. Me envía a preguntarle si tiene usted efectivo en casa como para que le preste el par de cientos por unos días, señora.

Con una sonrisa, Xifeng respondió:

—No hable de devolvernos nada. Aquí hay mucho dinero; tomen el que necesiten. Si alguna vez llegan a faltarnos fondos, seremos nosotros quienes le pidamos a Su Excelencia Xia.

—Su Excelencia también dijo que si no ha devuelto los mil doscientos taeles que pidió prestados en las dos ocasiones anteriores, es porque, definitivamente, los devolverá junto con estos doscientos antes de que termine el año.

—Su Excelencia es demasiado escrupuloso —se rió Xifeng—. Debe olvidarlos. A riesgo de ofenderlo, me permito sugerir que si se acordara de devolvernos todo lo que nos ha pedido prestado, vaya usted a saber cuánto sumaría. Lo único que me preocupa es que podamos no tener fondos cuando él los precise. Mientras los tengamos, están a su disposición.

Y llamando a la esposa de Lai Wang le dijo:

—Anda y trae doscientos taeles de donde sea.

Ésta entendió el juego y respondió:

—Señora, yo he venido a pedirle prestado a usted, pues no pude conseguir el dinero en ninguna otra parte.

—Llegas pidiéndonos dinero —le replicó Xifeng en tono de reprimenda—, pero cuando te pido que consigas algo en el exterior, me dices que no puedes.

Y dirigiéndose a Pinger:

—Toma esas dos gargantillas de oro y empéñalas por cuatrocientos taeles.

En un momento Pinger salió corriendo con una caja forrada en brocado que contenía dos envoltorios de seda. En uno iba una pequeña gargantilla de oro labrado en filigranas con incrustaciones de perlas grandes como semillas de loto; en el otro había una gargantilla enjoyada de esmalte verde. Ambas eran similares a las que se confeccionaban para palacio. Se las llevó y pronto volvió con cuatrocientos taeles, la mitad de los cuales entregó al joven eunuco tal como se lo había pedido Xifeng, dejando la otra mitad para que la esposa de Lai Wang se entendiera con los gastos de la fiesta del Medio Otoño. Entonces el joven eunuco se despidió, y a un criado se le ordenó que cargara la plata y lo acompañara hasta la puerta principal.

En ese momento entró Jia Lian rezongando:

—¿Cuándo dejarán de sangrarnos esos bribones?

—Qué oportuno ha sido. Llegó precisamente cuando estábamos hablando del asunto —dijo Xifeng riendo.

—Ayer vino el eunuco Zhou y pidió nada menos que mil taeles. Cuando tardé algo en contestarle puso cara de enfadado. En el futuro los vamos a ofender todavía más a menudo. Lo que yo quisiera es que volviéramos a obtener dos o tres millones de taeles.

Mientras él hablaba Pinger iba ayudando a su señora con el aseo, y de allí salió Xifeng a atender a la Anciana Dama mientras cenaba.

Apenas había salido Jia Lian de su estudio exterior, cuando hizo su aparición Lin Zhixiao.

—Acabo de oír que han degradado a Jia Yucun —informó—. Ignoro por qué. Claro que puede no ser cierto.

—Cierto o no, es improbable que conserve su actual cargo por mucho tiempo —respondió Jia Lian—. Y si se mete en problemas, temo que nos veamos complicados. Será mejor mantenernos alejados de él.

—Estoy de acuerdo —coincidió Lin—, pero por el momento es muy difícil hacerlo. Mantiene muy buenas relaciones con el señor de la mansión del Este, y también nuestro señor She lo aprecia. Todos saben que es un visitante frecuente de esta casa.

—No importa, siempre y cuando no nos comprometamos en ninguna de sus maquinaciones. Anda y averigua lo que ha sucedido realmente.

Asintió Lin Zhixiao, pero en lugar de partir permaneció sentado hasta que reapareció el tema de las penurias financieras. Aprovechó la oportunidad para aconsejar:

—Deberíamos reducir el personal de esta casa, es demasiado. ¿Por qué no pedirle a la Anciana Dama y al señor que liberen a algunos viejos que, aunque han servido bien a la familia, ya no son útiles? Todos tienen recursos propios, y eso nos ahorraría cada año algo de dinero y grano. También tenemos demasiadas doncellas. ¡Ahora que los tiempos han cambiado deberíamos dejar de lado las viejas normas y ajustar un poco los gastos! Quienes deben tener ocho doncellas pueden arreglárselas con seis, quienes tienen cuatro pueden tener dos. Haciendo recortes de ese tipo en todos los aposentos ahorraremos cada año una buena cantidad de dinero y grano. Y además, la mitad de las muchachas de la casa ya están en edad de casarse. Si lo hicieran, nuestra casa crecería, y nuestros gastos también.

—Yo he tenido la misma idea —coincidió Jia Lian—. Pero el señor acaba de regresar y hay varios asuntos de importancia que todavía no he presentado a su consideración; aún no se le puede plantear esto. El otro día, cuando llegó un casamentero con un horóscopo para proponer un compromiso, Su Señoría nos dijo que no mencionáramos su visita, pues el señor acababa de regresar y estaba disfrutando del reencuentro con la familia. Una propuesta así podría disgustarlo.

—Me parece correcto. Piensa usted en todo, señor.

—Sí, pero esto a su vez me recuerda otra cosa: Lai Wang quiere a Caixia, de los aposentos de la dama Wang, para su hijo. Ayer solicitó mi ayuda. Ya que no se trata de nada importante, no importa quién vaya a hacer la propuesta. Que se mande a cualquiera que esté libre y comuniquen que yo apruebo el enlace.

A Lin Zhixiao no le quedó más remedio que acceder, pero, después de una pausa, sonrió.

—En realidad, señor, yo en su lugar no me metería en este asunto. A pesar de sus pocos años, ese hijo de Lai Wang es un borrachín y un jugador, y hace en el exterior todo tipo de desaguisados. Incluso para los siervos el matrimonio es un compromiso para toda la vida. No he visto a Caixia en estos últimos años, pero me consta que se ha convertido en una bella muchacha. ¿Qué necesidad hay de arruinar su vida?

—¿O sea que nuestro jovenzuelo es un borrachín?

—Ya le digo: no sólo bebe y juega, sino que lleva una conducta escandalosa en el exterior. Como su madre trabaja para la señora, nosotros hemos hecho hasta ahora la vista gorda.

—No lo sabía —dijo Jia Lian—. En ese caso en vez de darle una esposa le daremos una buena paliza, lo encerraremos y amonestaremos a sus padres.

—Éste no es el momento para hacerlo. —El mayordomo sonrió—. No he debido sacar el tema a colación. Espere a que vuelva a causar problemas y nosotros se lo haremos saber para que usted resuelva lo que se hace. Mejor dejarlo pasar por el momento.

Jia Lian no respondió a las últimas palabras del mayordomo, y al cabo de unos instantes Lin Zhixiao se retiró.

Aquella noche Xifeng requirió la presencia de la madre de Caixia y propuso el matrimonio. A la mujer no le gustó nada la idea, pero como Xifeng le estaba haciendo el honor de proponérselo personalmente, no tuvo más remedio que aceptar. Después de su partida Xifeng preguntó a Jia Lian si él había abordado el asunto.

—Tenía la intención de hacerlo —contestó él—, pero entonces me enteré de que el muchacho es un miserable que no vale un real. Pensé que si realmente es así, lo mejor será que le demos una buena lección antes de entregarle una esposa.

—¿Quién te lo dijo?

—Uno de nuestros sirvientes, por supuesto.

—Los Jia no tenéis un buen concepto de nosotros los Wang, ni siquiera de mí, y menos de nuestros sirvientes. Ya he hablado con la madre de Caixia y ella ha accedido gustosa. ¿Acaso ahora debo llamarla y decirle que el compromiso se ha roto?

—Si ya has hecho la propuesta, no será necesario. Simplemente dile al padre del muchacho que a partir de mañana lo someta a disciplina.

El resto de la conversación no nos concierne.

Después de haber sido eximida del servicio, Caixia esperaba que sus padres eligieran un esposo para ella. Había mantenido ciertas relaciones con Jia Huan, pero él no se sentía comprometido a nada. Ahora veía a Lai Wang entrar una y otra vez en su casa a pedir su mano. Como había oído que el hijo de Lai Wang era borracho, jugador y, por si fuera poco, feo, se inquietó todavía más. Si Lai Wang, con la ayuda de Xifeng, conseguía concertar el compromiso que perseguía, toda su vida quedaría arruinada. La posibilidad de que tal cosa ocurriera la puso tan frenética que aquella noche envió en secreto a su hermana menor Xiaoxia a ver a la concubina Zhao para averiguar cómo iba la cosa.

La concubina Zhao siempre se había llevado bien con Caixia, y estaba muy a favor de entregársela a Jia Huan como concubina, pues en ese caso contaría con una aliada en la casa. Jamás hubiera supuesto que la dama Wang le concedería la libertad. Día tras día le pidió a Jia Huan que fuera a preguntar por ella, pero éste era demasiado tímido para hablar, y en todo caso no se sentía excesivamente atraído por Caixia. Al fin y al cabo, se trataba de una simple doncella, y en el futuro él podría tener las que quisiera; por eso dio largas al asunto y estaba dispuesto a olvidarlo. Pero su madre no pensaba igual. Después de la visita de la hermana menor en busca de noticias, aprovechó que aquella noche le tocaba recibir a Jia Zheng para intentar conseguir su ayuda.

—¿Cuál es la dificultad? —preguntó éste—. Antes de buscar concubinas para los muchachos hay que esperar que estudien un año o dos. Yo ya he pensado en dos doncellas adecuadas, una para Baoyu y otra para Huan. Pero todavía son jóvenes e impresionables, y ellas podrían estropear sus estudios; esperemos, pues, un par de años más.

—Baoyu ya tiene una desde hace dos años. ¿O es que no lo sabía, señor? —dijo la concubina Zhao.

—¿Quién tomó esa decisión? —preguntó Jia Zheng inmediatamente.

Antes de que ella pudiera responder les sorprendió un estrépito proveniente de afuera. Todos se asustaron, ignorantes de la causa. Para conocerla, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LXXIII

Una doncella tonta encuentra por azar

una bolsita de Deseos Primaverales[1].

Una tímida señorita ignora la pérdida

de un Fénix Dorado.

La conversación entre Jia Zheng y su concubina Zhao fue interrumpida por un fuerte ruido procedente de fuera. Al investigar descubrieron que uno de los postigos del cuarto exterior no había sido correctamente sujetado y había caído con gran estrépito contra el marco de la ventana. La concubina Zhao riñó a las doncellas por la negligencia y las obligó a reparar el daño; luego ayudó a Jia Zheng a meterse en la cama.

Mientras tanto, en el patio Rojo y Alegre también Baoyu se había metido en la cama. Ya estaban sus doncellas a punto de retirarse cuando alguien llamó a la puerta. Una vieja abrió, franqueando el paso a Xiaoque, doncella de la concubina Zhao. Xiaoque, en lugar de anunciar el motivo de su visita, se encaminó directamente hacia el cuarto de Baoyu, a quien encontró ya acostado. Qingwen y otras doncellas charlaban a su lado.

—¿Qué ocurre? —preguntaron extrañadas—. ¿Qué te trae por aquí a estas horas?

—Tengo noticias para usted —dijo Xiaoque dirigiéndose directamente a Baoyu—. Hace un momento oí lo que estaba hablando mi señora con el señor Zheng. Prepárese: es muy posible que mañana su señor padre lo mande llamar para hacerle algunas preguntas sobre sus estudios.

Dicho lo cual, giró sobre sus talones para emprender el camino de regreso. Xiren le pidió que se quedara a tomar un poco de té, pero ella, temiendo encontrar cerrada la puerta del jardín, no se atrevió a hacerlo.

La noticia traída por Xiaoque hizo que Baoyu sintiera el mismo espanto que el Rey Mono cuando escuchaba recitar los ensalmos que estrechaban el aro mágico que le ceñía la cabeza[2]. Anonadado, empezó a devanarse los sesos para encontrar una rápida solución, pero no se le ocurrió otra salida que ponerse inmediatamente a estudiar para superar un examen al día siguiente. Supuso que si acertaba a dar las respuestas correctas de los libros, podrían ser pasados por alto otros defectos y conseguiría salir airoso del apuro. Echándose una chaqueta sobre los hombros, se levantó dispuesto a estudiar. Pensaba lleno de remordimientos: «Como estaba seguro de que mi padre no me pondría a prueba durante estos primeros días de su vuelta, me descuidé y perdí el ritmo de estudio. De haberlo sabido hubiera repasado un poco cada día».

Ahora bien, de los Cuatro Libros sólo sabía de memoria El Gran Estudio, El Invariable Medio y las Analectas. Su conocimiento del primer tomo de Mencio era tan escaso que si se le daba una frase del texto era incapaz de recitar lo que seguía, sin contar con que había olvidado más de la mitad del segundo. En cuanto a los Cinco Libros Canónicos[3], había hojeado a menudo, debido a su actividad de poeta, el Libro de los Cantos, y aunque no había profundizado en él estaba seguro de poder eludir el apuro; de los otros cuatro libros no recordaba nada, pero eso no le parecía grave, pues, por suerte, su padre jamás le exigía estudiarlos. En cuanto a la prosa clásica, en los últimos años había leído unas docenas de obras, entre ellas los Anales de Zuo y las Crónicas de los Reinos Combatientes, con los correspondientes comentarios de Gongyang y Guliang[4], más algunos escritos de las dinastías Han y Tang, no más de veinte en total, aunque era incapaz de citar algo de esos textos, pues en realidad nunca los había leído con aplicación, sino únicamente hojeado en momentos de ocio y buena disposición. Como nunca había estudiado esas obras en profundidad ya las había olvidado, y en un examen podían ser su ruina.

Los ensayos en ocho partes, que estaban de moda[5], siempre los había detestado por considerar que, puesto que no habían sido escritos por sabios ni eruditos, mal podían reflejar la sabiduría de éstos y, a la postre, no resultaban sino simples escalas por las que los candidatos a examen trepaban hasta sus triunfos burocráticos. Antes de su partida, Jia Zheng le había dejado más de un centenar de estos ensayos para que los estudiara; Baoyu los había ignorado, anotando en algunos lugares algún que otro párrafo o argumento bien planteado, o algunas digresiones, anécdotas divertidas o sentimientos sobrecogedores. Pero también esto lo había hecho en momentos de buena disposición eventual. Jamás se había dedicado en serio a estudiar los ensayos completos. Si durante esa noche estudiaba uno, era muy posible que al día siguiente le preguntaran otro; y no había manera de memorizarlos todos en tan poco tiempo.

Semejantes cavilaciones fueron poniéndolo cada vez más nervioso.

Aquellas divagaciones de Baoyu acerca de sus estudios impidieron a las muchachas irse a dormir. De más está decir que sus doncellas principales, Xiren, Sheyue y Qingwen, prepararon velas y le sirvieron té. Pero las más jóvenes tenían tanto sueño que daban cabezadas.

—¡Bribonas! —les riñó Qingwen—. Todos los días dormís a pierna suelta, ¿tanto necesitáis dormir que no podéis quedaros despiertas por una sola vez? Si os veo otra vez dormidas os clavaré una aguja.

En ese momento, ¡pum!, oyeron un ruido sordo procedente del cuarto exterior. Echaron a correr y vieron a una joven doncella que estaba sentada en una silla y, vencida por el sueño, había dado un cabezazo contra la pared. Sobresaltada, se despertó justo cuando recibía el reproche, y en medio del sopor imaginó que Qingwen la había golpeado.

—Hermanita —exclamó llorosamente—, no me pegues más. Prometo no volver a hacerlo.

Los demás se echaron a reír.

—No la castigues —intervino inmediatamente Baoyu—. Has debido mandarlas a todas a la cama. Vosotras también debéis estar cansadas. Lo mejor será que os turnéis para dormir un poco.

—Usted siga con su trabajo, pequeño antepasado —le pidió Xiren—. Sólo le queda esta noche, así que concéntrese en esos libros. Ya tendrá tiempo de ocuparse de otras cosas, después de pasar este examen.

Habló con tal vehemencia que Baoyu no tuvo más remedio que acceder a su petición. Siguió leyendo hasta que unos instantes después Sheyue le sirvió más té para que se humedeciera la garganta y él advirtió que la muchacha llevaba una chaqueta corta, pero sin la falda, lo cual distrajo su atención.

—Hace frío a estas horas de la noche —le advirtió el muchacho—. Deberías ponerte una bata.

—Olvídenos por un momento y concéntrese en los libros —repuso ella con una sonrisa señalándolos.

Justo en ese instante irrumpió Fangguan por la puerta trasera gritando excitada que alguien acababa de saltar el muro del jardín.

—¡Cielos! ¿Por dónde? —exclamaron todos.

Inmediatamente llamaron a gente para que buscara por todas partes.

Qingwen advirtió lo penoso que le resultaba a Baoyu el estudio de aquellos libros, y consideró que si se fatigaba en exceso esa noche, era casi seguro que rendiría mal al día siguiente. Había estado buscando una salida para el muchacho y aquella alarma se la proporcionó.

—Aproveche para fingir que no se encuentra bien —le aconsejó—. Pretenda que se ha asustado.

Baoyu captó la sugerencia.

Fueron llamadas las matronas del turno de noche para que buscaran por todas partes con sus linternas. Al no encontrar a nadie dijeron:

—Habrán sido unas ramas movidas por el viento. Las muchachas, al salir medio dormidas, las han debido confundir con un hombre.

—¡No digan tonterías! —replicó Qingwen—. Están tratando de encontrar excusas para no buscar en serio. Ha sido más de una persona quien ha visto como alguien daba un salto. Algunas habíamos salido con Baoyu, y lo vimos todas. Tanto se ha asustado que se puso blanco, y ahora tiene fiebre. Voy a los aposentos de la señora a conseguirle un calmante, y cuando ella me pregunte qué sucedió tendré que hacerle un informe completo. ¿Acaso quieren dejar de buscar ya?

Al oír aquello las matronas no se atrevieron a seguir poniendo reparos, e iniciaron una batida por el jardín mientras Qingwen y Fangguan iban por medicinas, divulgando intencionadamente por todas partes que Baoyu había caído enfermo a consecuencia del susto. Inmediatamente la dama Wang envió a algunas de sus propias sirvientas con medicinas, y ordenó a los de la guardia nocturna que revisaran hasta el último recoveco del jardín y registraran a los pajes que estaban de guardia fuera de la puerta interior y junto a la pared del jardín. Durante toda la noche se registró el jardín con faroles y antorchas, y cuando llegó el alba los mayordomos recibieron órdenes de investigar cuidadosamente. Éstos interrogaron a todas las matronas y a todos los criados que habían estado de guardia.

Cuando la Anciana Dama se enteró del susto de Baoyu e indagó por el motivo nadie se atrevió a ocultárselo.

—Lo sospechaba —dijo ella—. Demuestra lo descuidadas que se han vuelto las guardias nocturnas. Y lo más grave es que ellas mismas pueden ser las ladronas. ¿Quién sabe si no es así?

La dama Xing y la señora You habían venido a presentar sus respetos y estaban atendiéndola junto con Xifeng, Li Wan y las muchachas. Aquel comentario las dejó silenciosas, hasta que se adelantó Tanchun.

—Es verdad que con la enfermedad de la prima Xifeng las sirvientas del jardín se han vuelto mucho más desordenadas —dijo—. Al principio se reunían en grupos de tres o cuatro para jugar a los dados o a las cartas en sus ratos libres, apostando pequeñas sumas, o para mantenerse despiertas en la guardia de la noche. Pero últimamente se han vuelto más osadas, e incluso llegan a organizar grupos de juego, con una de ellas actuando de banca y haciendo apuestas que alcanzan las treinta, cincuenta o cien sartas de monedas. Hace quince días hubo incluso una trifulca.

—Y si sabías todo esto, ¿por qué no me informaste? —le reprochó la Anciana Dama.

—Como Su Señoría estaba ocupada e indispuesta, y la prima Xifeng enferma, me limité a decírselo a mi cuñada y a las esposas de los mayordomos. Llamaron repetidas veces la atención a los sirvientes, y últimamente parece que están comportándose mejor.

—Tú, una muchacha, no conoces la seriedad de todo este asunto. Para ti el juego no es cosa grave; simplemente temes que provoque trifulcas. Pero no sabes que si juegan seguramente también beben; y si beben, seguramente abren las puertas en cualquier momento durante la noche para comprar algo o buscar a alguien. Y así, aprovechando la oscuridad, cuando no hay mucha gente alrededor, los ladrones pueden ocultarse allí, y pueden entrar fácilmente pervertidos y bandoleros. ¡Y entonces sí que puede suceder cualquier cosa! Además, entre las doncellas de esos lugares del jardín donde vivís hay de todo, bueno y malo. Los hurtos no son muy importantes, ¡pero cualquier problema mayor puede provocar un escándalo! Éste no es asunto que podamos pasar por alto fácilmente.

Después de aquella amonestación Tanchun volvió silenciosamente a su asiento.

Aunque no estaba repuesta del todo, Xifeng se sentía algo mejor ese día. Al oír lo que la Anciana Dama había dicho, comentó:

—Lástima que haya vuelto a caer enferma precisamente ahora.

Inmediatamente mandó llamar a la esposa de Lin Zhixiao y a las esposas de otros tres mayordomos encargados de los asuntos administrativos de la familia y les llamó la atención en presencia de la Anciana Dama, quien a su vez les ordenó presentar ante ella a los culpables, prometiendo recompensas a quienes consiguieran información, y castigos a quienes la ocultaran. Al advertir lo furiosa que estaba, la señora Lin y las demás no se atrevieron a proteger a sus amistades. Salieron al jardín a citar e interrogar a los sirvientes, uno por uno. Aunque al principio todo el mundo negó haber participado en el juego, al final apareció la verdad insoslayable: había tres bancas principales, ocho menores, y más de veinte personas implicadas en el asunto.

Al comparecer ante la Anciana Dama, todas las personas implicadas se arrodillaron en el patio, inclinándose profundamente hasta tocar con la frente en el suelo para pedir clemencia. Primero se confirmaron las sumas de dinero que habían cambiado de mano y los nombres de las principales bancas. Una de ellas resultó ser nada menos que la suegra de una sobrina de Lin Zhixiao; otra, la hermana menor de la señora Liu, la cocinera del jardín; otra era la nodriza de Yingchun. Esas tres eran las cabecillas. No precisamos enumerar aquí a las restantes. La Anciana Dama mandó quemar todos los dados y cartas, y confiscar todas las ganancias para que fueran distribuidas entre el resto de las sirvientas. Las responsables recibieron cuarenta varazos cada una y fueron despedidas del servicio, con órdenes de no volver a poner los pies allí. Sus seguidoras recibieron veinte varazos cada una, con multa de tres meses de asignación y degradación a limpiar letrinas. También fue reprendida la esposa de Lin Zhixiao.

La caída en desgracia de su pariente mortificó a la señora Lin, y la incomodidad de Yingchun fue grande. En solidaridad con ella, pues siempre se compadecían de sus semejantes, Daiyu, Baochai y Tanchun se levantaron para suplicarle a la Anciana Dama que perdonara al ama.

—El ama nunca jugaba —argumentaron—. Debe haber entrado en el asunto de manera accidental. Perdónela. Hágalo por la prima Yingchun.

—No entendéis nada —dijo enfadada la Anciana Dama—. Esas amas gozan de privilegios por haberos criado. El resultado ha sido que su comportamiento es peor que el del resto de las sirvientas y dan lugar a mayores problemas, se encaran con sus señoras y consiguen de ellas que sus faltas les sean pasadas por alto. Hace tiempo que quería echarle la mano encima a una de ellas para dar un escarmiento y ahora, afortunadamente, ellas mismas me han puesto en bandeja la ocasión. De modo que no interfiráis. Sé muy bien lo que estoy haciendo.

Entonces Baochai y las otras no pudieron decir más.

A continuación la Anciana Dama se reclinó para dormir una siesta y la gente se retiró; pero como no ignoraban lo furiosa que estaba, no marcharon inmediatamente a sus casas. La señora You se quedó charlando un rato con Xifeng, y cuando ésta dio signos de cansancio se trasladó a pasar un rato con las muchachas en el jardín. Después de permanecer sentada unos momentos junto a la dama Wang, la dama Xing decidió trasladarse también al jardín a dar un paseo. Apenas llegó a la puerta vio a la Hermana Boba, una de las doncellas de la Anciana Dama, que venía sonriendo con un objeto multicolor entre las manos; y así, mirándolo con la cabeza agachada, topó contra la dama Xing. Levantó la vista y se quedó paralizada.

—¿Qué estrafalario juguete es ése que ni los perros conocen[6] y te tiene tan absorta, muchacha tonta? —le preguntó la dama Xing—. Déjame verlo.

Esta Hermana Boba, que tenía unos catorce o quince años, había sido recientemente destinada a las faenas pesadas como traer el agua o barrer el patio. Era rolliza, de rostro redondo y pies grandes, y una buena y veloz trabajadora. Como era ignorante y simplona, se conducía y expresaba sin ningún respeto por las normas y los usos convencionales. A la Anciana Dama le gustaban sus modales campechanos y la facilidad que tenía para hacer reír a la gente, por lo que le puso el apodo de «Boba» y cuando se sentía aburrida se burlaba de ella, permitiéndole comportarse a su antojo. Por eso también llamaba a Boba «la doncella loca». Así, cuando la muchacha cometía alguna falta nadie le llamaba la atención, pues era conocida la debilidad que sentía por ella la Anciana Dama, y eso la hacía atrevida cuando estaba libre y salía a jugar al jardín.

Aquel día había estado cazando grillos, y vio detrás de una roca una bolsita con unos alegres bordados. Su factura era exquisita, pero en lugar de los pájaros y flores habituales había dos cuerpos desnudos en apretado abrazo y como montado el uno sobre el otro, y en el reverso unos caracteres.

Ignorante de que aquello fuera un «deseo primaveral», la tonta muchacha se preguntó: «¿Son dos monstruos combatiendo? ¿O un esposo y una esposa peleándose?». Al no poder sacar nada en claro emprendió el camino de vuelta con la intención de mostrar el objeto a la Anciana Dama, y caminaba alegremente mirándolo cuando, al escuchar la pregunta de la dama Xing, contestó entre risas:

—Sí, señora, efectivamente, esto es algo tan extraño que ni los perros lo conocen. Mírelo usted misma. —Y le entregó la bolsita.

Una mirada bastó para horrorizar a la dama Xing, que la apretó en su mano.

—¿Dónde has encontrado esto?

—Detrás de una roca, mientras cazaba grillos.

—¡No se lo cuentes a nadie! Esto es algo muy perverso. Si no fueras tan boba, sólo el haberlo recogido te valdría morir apaleada. Pero ahora no debes mencionar esto a nadie más.

El susto hizo empalidecer a la Boba.

—¡No lo haré! —prometió, hizo varios koutou y partió totalmente perpleja.

La dama Xing miró en torno suyo y sólo vio a muchachas. Se metió la bolsita en la manga para que no la vieran, preguntándose de dónde podía haber llegado. Ocultando su consternación, fue a ver a Yingchun.

Yingchun estaba molesta y deprimida por la caída en desgracia de su nodriza. Cuando se anunció la llegada de la dama Xing, invitó a ésta a tomar té.

—Ya no eres una niña —le dijo la dama Xing en tono de amonestación—. ¿Por qué no reprendiste a tu ama? Las criadas de las demás no se portan así, sólo las nuestras. ¡Qué vergüenza!

Yingchun agachó la cabeza y se entretuvo en jugar con su bolsita.

—Le hablé dos veces, pero no me hizo caso —murmuró después de un rato—. ¿Qué más podía hacer? Además, es mi ama. Es a ella a quien le toca reprenderme, no a mí hablarle con dureza.

—Pamplinas. Por supuesto que si te portas mal ella debe corregirte; pero cuando viola las reglas de este modo te corresponde a ti afirmar tu autoridad como señorita. Y si no quiso obedecerte, ¿por qué no me informaste a mí? ¡Qué mal vamos a quedar cuando los de afuera se enteren de todo esto! Y una cosa más: estoy segura de que te ha sacado dinero para echar a andar su banca y que lo hizo convenciéndote, pues sabía de tu blandura y falta de carácter, para que le prestaras unas prendas o baratijas que empeñar. Si acaso te ha estafado, te advierto que yo no tengo un solo centavo para ayudarte a rescatar lo que ella haya empeñado.

Yingchun mantuvo la cabeza agachada, limitándose a juguetear en silencio con su ropa.

La dama Xing se echó a reír con desdén.

—Tu buen hermano y tu cuñada, el señor y la señora Lian, son encumbrados y poderosos. Controlan esta casa y lo manejan todo, pero no te prestan la menor atención a ti, su única hermana. Si fueras mi propia hija, sería otra cosa… No me puedo entrometer en lo suyo. Pero no eres hija mía. Aunque tú y Lian no hayáis tenido la misma madre, compartís al menos un padre; debería mostrarte un poco de consideración, en lugar de convertirte en el hazmerreír de la gente. A mí me resulta un misterio la manera como van sucediendo las cosas. Tu madre fue la concubina del señor She, y la madre de Tanchun, la concubina del señor Zheng; por lo tanto ambas tenéis derecho a disfrutar del mismo rango. En vida tu madre fue diez veces mejor que la concubina Zhao, de modo que te corresponde una superioridad sobre Tanchun. ¿Por qué, entonces, no te va ni la mitad de bien? ¿No te parece extraño? Por lo menos yo agradezco no tener hijos propios que se conviertan en el hazmerreír de todos.

Unas criadas que estaban atendiendo a sus palabras la interrumpieron diciendo:

—Nuestra joven dama es honrada y tiene buen corazón, no como la señorita Tanchun, que habla muy bien pero gusta de ganar prestigio a costa de sus primas. Ellos saben muy bien cómo van las cosas con nuestra joven señora, pero jamás le prestan la menor atención.

Dijo la dama Xing:

—¿Qué puede esperarse, entonces, cuando su propio hermano y su propia cuñada la tratan de este modo?

En ese instante fue anunciada la llegada de Xifeng.

—Decidle que regrese por donde vino y que descanse de una vez para que pueda reponerse de su enfermedad —resopló la dama Xing—. No la necesito aquí para nada.

Entonces apareció otra doncella para informar de que la Anciana Dama ya se había despertado, y la dama Xing se despidió.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Xiuju cuando Yingchun regresó de acompañar a la dama Xing hasta la puerta—. El otro día, señorita, le dije que faltaba esa diadema de oro en forma de fénix con incrustaciones de perlas, pero usted ni siquiera preguntó qué le había sucedido. Cuando le dije que seguramente el ama la había empeñado para jugarse el dinero, usted no me creyó y me dijo que le preguntara a Siqi dónde la había puesto. Lo hice. Y a pesar de su enfermedad, ella recordó claramente que no había sido guardada, sino dejada en una cajita sobre el armario de los libros para que usted la usara durante la fiesta del Medio Otoño. Ha debido preguntarle al ama por ella, pero como es tan blanda y tiene tanto miedo de ofender a la gente, no lo ha hecho. Y ahora ya no está. ¿No se verá extraño que usted sea la única que no llevé mañana una diadema?

—No hacía falta preguntarle nada —repuso Yingchun—. Ya sé que la tomó sin permiso para conseguir fondos. Yo supuse que la había sacado de la casa y que volvería a traerla pasados un día o dos, pero al parecer olvidó hacerlo. Y no es conveniente preguntárselo ahora que está metida en problemas.

—¿Cómo iba a olvidarlo? Lo que pasa es que la conoce a usted demasiado bien y se está aprovechando de su debilidad, señorita. Se me acaba de ocurrir una idea. ¿Por qué no me deja que vaya e informe de esto a la señora Lian? Ella puede reclamar el objeto o simplemente rescatarlo de la casa de empeños a cambio de unas pocas sartas de monedas. ¿Qué le parece?

—No lo hagas —se resistió Yingchun inmediatamente—. No compliquemos las cosas. Prefiero perderla antes que causar más problemas.

—Señorita, ¿cómo puede ser tan blanda? —protestó Xiuju—. Si no se impone, algún día se la llevarán en peso. Mejor será que me deje ir a hablar con la señora Lian. —E inició la salida.

Yingchun no tuvo manera de detenerla.

A esas alturas ya había llegado la esposa de Wang Zhu, el hijo de la vieja ama, que venía a suplicarle a Yingchun que intercediera por su suegra; pero al oír aquella conversación sobre la diadema, la mujer se quedó afuera. Yingchun era tan débil que ninguna de sus criadas le tenía miedo. Pero si Xiuju llegaba a informar a Xifeng, la cosa se pondría seria. Por eso, con una sonrisa de simpatía, la mujer entró para hacer su alegato.

Primero le suplicó a Xiuju:

—Muchacha, por favor, no pongas las cosas más difíciles de lo que están. Vieja y atontada como está, mi suegra cogió prestada la diadema de tu joven señora, pues había perdido un dinero y no podía recuperarlo en el juego. Quiso rescatarla pasados un día o dos, pero no se recuperó de sus pérdidas y eso la demoró. Entonces, cosas de la mala suerte, alguien habló de más y la metió en problemas. Pero de ninguna manera podemos conservar algo que pertenece a tu señorita. La rescataremos sin falta. —Y volviéndose a Yingchun—: Señorita, háganos un favor. Ella le dio de mamar cuando usted era pequeña; ahora vaya y pídale a la Anciana Dama que deje marchar a su vieja nodriza.

—No es posible, cuñada mía —la interrumpió Yingchun—. Podrías esperar sentada un año a que mis súplicas surtan efecto. Hace unos momentos la prima Baochai, la prima Daiyu y las otras muchachas lo intentaron, y la anciana antepasada se negó a escucharlas. ¿Qué puedo hacer yo sola? Además, ya he sido suficientemente humillada. ¿Por qué habría de ir buscando otro desplante?

—Rescatar la diadema es una cosa y pedir un favor es otra muy distinta —intervino Xiuju—. No las confundas. ¿O acaso estás sugiriendo que si la Anciana Dama no perdona a tu suegra, no devolveréis el objeto? Ve primero y recupérala.

La negativa de Yingchun y la provocación de Xiuju dejaron a la esposa de Wang Zhu momentáneamente perpleja. Luego, mortificada, se aprovechó del buen talante de Yingchun para arremeter contra su doncella.

—¡No seas tan altanera, muchacha! —exclamó—. ¿Qué ama o nodriza de una de las dos mansiones se salva de haber sacado algún provecho en alguna ocasión por haber amamantado a los jóvenes señores y a las señoritas? ¿Por qué hemos de ser nosotras las únicas a quienes se exija que el pan sea pan y el vino, vino? ¿O es que las doncellas sois las únicas que tenéis derecho a distraer cosas en secreto? Cuando llegó aquí la sobrina de la dama Xing, Su Señoría nos ordenó ahorrar un tael de plata mensual para su cuñada; y aquí estamos, gastando un tael más en la señorita Xiuyan y recibiendo uno menos. Y cuando a vosotras os falta esto o lo otro nosotras estamos obligadas a proporcionároslo. ¿Quién sale a pedir más dinero? Nosotras siempre nos las arreglamos como podemos. Nos faltan por lo menos treinta taeles. Y ahora parece que hemos estado gastando nuestro dinero en vano…

Xiuju no esperó a que terminara, y escupió con desagrado.

—¿Cuándo habéis gastado treinta taeles en nosotras? Saquemos cuentas. ¿Qué os ha pedido nuestra joven señora?

Como la mujer, en medio de su invectiva, estaba dejando en evidencia los favoritismos de la dama Xing, Yingchun la interrumpió inmediatamente diciendo:

—Basta. Si no podéis traerme mi diadema, al menos no vengáis ante mí a acusaros unas a otras. Ya no quiero esa diadema. Si Sus Señorías preguntan por ella decidles que la he perdido, para no comprometeros vosotras. Marchaos ahora a descansar. —Y le dijo a Xiuju que le trajera un poco de té.

Pero en lugar de hacerlo, la doncella estalló:

—Tal vez a usted no le importe, señorita, pero ¿y nosotras, que debemos cuidarla? Primero le roban las cosas y después la acusan de estar viviendo a costa de ellas, ¡y hasta reclaman la devolución de su dinero! ¡Si Su Señoría llega a preguntar por qué se ha gastado tanto y en qué, la gente podrá pensar que hemos sido nosotras quienes hemos estado exprimiéndola! Eso sería espantoso. —Y rompió a llorar.

Tampoco Siqi pudo dejar pasar por alto el asunto y salió arrastrándose de la cama para tomar partido por Xiuju. No pudiendo calmar la disputa, Yingchun se puso a leer las Sentencias Morales del Ilustrísimo Maestro Lao Zi[7].

Pero resultó que Baochai, Daiyu, Baoqin y Tanchun se habían puesto de acuerdo para intentar levantarle el ánimo a Yingchun, pues supusieron que estaría triste y cabizbaja. El grupo llegó al patio en el momento en que discutían las tres criadas. Y a Tanchun le divirtió ver a través de la ventana a Yingchun sentada sobre el diván, leyendo, indiferente a la disputa. Inmediatamente una pequeña doncella levantó la antepuerta y anunció la llegada de las jóvenes damas. Yingchun dejó su libro y se incorporó; al advertir a Tanchun entre las visitantes, la señora Wang bajó voluntariamente la voz y se preparó para escabullirse.

Tanchun tomó asiento y preguntó:

—¿Quién estaba hablando aquí hace unos instantes? Sonaba a pelea.

—En realidad no lo era —le dijo Yingchun—. Estaban haciendo una tempestad en un vaso de agua. Nada que deba preocuparnos.

Tanchun sonrió.

—Escuché algo sobre un fénix de oro y que alguien decía algo así como «viviendo de nosotras las criadas». ¿Quién ha estado pidiendo dinero a la servidumbre? ¿Has sido tú, prima? ¿Acaso no recibes tu asignación mensual, como el resto de nosotras?

—Claro que la recibe —exclamaron Siqi y Xiuju—. Todas las jóvenes damas reciben lo mismo, y sus amas y nodrizas disponen libremente del dinero sin llevar cuentas jamás, simplemente pidiendo lo que precisan. Pero ahora ésta sostiene que nuestra señorita gastó de más y que ellas tuvieron que compensar ese gasto con su propio dinero. Pero ¿cuándo les ha pedido algo nuestra señorita?

—Si mi prima no lo ha hecho, eso significa que lo hemos hecho nosotras. Llamadla. Quiero aclarar este asunto.

—No seas ridícula —protestó Yingchun—. ¿Por qué complicarte en algo que no te concierne?

—No es así —replicó Tanchun—. Estamos en el mismo barco, prima, así que tus asuntos son también los míos. Si no te respetan a ti, tampoco lo harán conmigo. Igual te sentirías tú si escucharas a alguien en mi casa quejándose de mí. Claro que como señoras no nos preocupamos de los gastos menudos, y nos limitamos a pedir lo que necesitamos. Sí, eso sucede. Pero ¿qué hay de tu diadema dorada en forma de fénix?

En ese momento entró apresuradamente la esposa de Wang Zhu para defenderse antes de que Xiuju y Siqi la acusaran. Al advertir que aquélla era su intención, Tanchun sonrió.

—¡Pero qué estúpida eres! —le dijo—. A la vista de los problemas que tiene tu suegra, deberías suplicarle a la señora Lian que recupere la diadema con algunas de las ganancias que todavía quedan, y arreglar así el asunto. Y no es el caso que podamos ignorar lo sucedido, y que sea posible ocultarlo todo para salvar su prestigio. El prestigio ya lo ha perdido, y no importa ya cuántos crímenes se le imputen, pues sólo puede ser castigada una vez, y a nadie pueden cortarle dos cabezas. De modo que si yo fuera tú iría a apelar ante la señora Lian. Es una vergüenza que vengas a montar escenas aquí.

La mujer no pudo negar la verdad de aquellas palabras, pero no se atrevía a ir a confesar el robo ante Xifeng.

—Si yo no conociera el asunto, la cosa sería diferente —continuó Tanchun—. Pero ahora que ya lo sé, voy a tener que ayudarte a solucionar el problema.

Le hizo una señal a Daishu, que salió deslizándose del cuarto. Las demás siguieron conversando hasta que de pronto entró Pinger.

—La prima Tanchun debe tener poderes mágicos —bromeó Baoqin dando una palmada—. Puede convocar a las diosas.

—No es magia taoísta —se rió Daiyu—. Es la técnica militar de primera calidad llamada «cautelosa como una virgen, ágil como una liebre»[8], que sirve para sorprender al enemigo desprevenido.

Baochai les lanzó una mirada de advertencia, y las dos dejaron de abundar en el tema.

—¿Ha mejorado tu señora? —le preguntó entonces Tanchun a Pinger—. Su enfermedad ya le ha hecho perder sus habilidades. Ha dejado de ocuparse de todo y nosotras somos las que lo sufrimos.

—¿Qué quiere decir, señorita? —preguntó inmediatamente Pinger—. Dígame, ¿quién se ha atrevido a ofenderla?

Totalmente agitada, la esposa de Wang Zhu dio un paso adelante.

—Señorita, por favor, tome asiento y déjeme explicárselo.

—¿Quién eres tú para inmiscuirte cuando dos jóvenes damas hablan? —le replicó duramente Pinger—. Si tuvieras una pizca de modales, aguardarías afuera hasta que te llamaran. Es inaudito que las criadas del exterior entren en los cuartos de las jóvenes damas sin motivo alguno.

—Usted debería saber que aquí no tenemos modales —intervino Xiuju—. Aquí la gente irrumpe cada vez que le viene en gana.

—Eso es culpa vuestra —replicó Pinger—. Vuestra señorita tiene buen corazón, pero a vosotras os toca sacar de aquí a la gente y luego informar a Su Señoría.

Al advertir que Pinger tenía el rostro encendido de ira, la señora Wang optó por retirarse.

Tanchun volvió a su relato.

—Deja que te lo cuente: si cualquier otra persona me ofendiera, yo no armaría mayores escándalos. Pero aprovechando que Yingchun es tan dulce de carácter y el hecho de que una de ellas fue su nodriza, esta mujer y su suegra escamotearon sus objetos preciosos para que la vieja pudiera dedicarse al juego. Luego fraguaron unas cuentas falsas para que Yingchun las dejara en paz. Puro chantaje. La esposa de Wang Zhu acaba de tener una tremenda trifulca con estas dos doncellas en el dormitorio, y Yingchun no pudo controlarla. Y también resultó demasiado para mí; por eso te hice llamar. ¿Acaso esa mujer viene de otro planeta, que ignora todos nuestros principios? ¿O es que alguien la ha azuzado para someter primero a Yingchun, y luego a Xichun y a mí misma?

—¡Pero qué idea la suya, señorita! —declaró Pinger con una sonrisa—. ¿Cómo podría nuestra señora ser blanco de semejante acusación?

Tanchun sonrió cínicamente.

—Como dice el refrán: «Todos sufren por sus semejantes. Y cuando no hay labios, los dientes sienten el frío». ¿Cómo no voy a estar alarmada?

Pinger le preguntó a Yingchun:

—¿Cuál es su opinión, señorita? Estos asuntos tienen fácil solución, pero después de todo se trata de la nuera de su nodriza.

Yingchun había estado leyendo las Sentencias Morales del Ilustrísimo Maestro Lao Zi con Baochai, y ni siquiera había escuchado lo que estaba diciendo Tanchun.

—¿Por qué me preguntas a mí? —repuso ella—. Nada hay que yo pueda hacer. Esto se lo han causado ellas mismas. No puedo sacarlas del apuro, pero tampoco voy a acusarlas de nada. Si devuelven la diadema, la aceptaré; si no, tampoco la exigiré. Si las señoras preguntan por ella y yo puedo protegerlas, tendrán suerte; si no puedo hacerlo, ahí se acabará todo. No puedo encubrirlas ante las señoras, tengo que decir la verdad. Si vosotras afirmáis que soy demasiado blanda e indecisa, y que tenéis un buen plan para dejar satisfechas a todas las partes sin molestar a las señoras, pues adelante con él. No es necesario que yo esté informada.

Aquella respuesta divirtió a todas las presentes. Daiyu se rió.

—Realmente se trata de un caso de «meditar sobre las causas y efectos mientras tigres y lobos se agolpan en la puerta»[9]. ¿Qué sucedería con esta casa si fueras hombre y tuvieras que mantener el orden?

—Muchos hombres son iguales que yo, ¿por qué os reís de mí? —replicó Yingchun.

Mientras hablaba llegó una nueva persona. Si desean saber quién era, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LXXIV

Rumores maliciosos obligan a la dama Wang a ordenar

que se lleve a cabo un registro en el jardín.

Por salvaguardar su dignidad, Xichun rompe

con la mansión Ning.

Sonreía Pinger por las palabras de Yingchun, y en eso apareció Baoyu.

Era el caso que, aprovechando la probada implicación de la hermana menor de la señora Liu en el asunto del juego, algunas gentes que no mantenían buena relación con ella quisieron perjudicarla acusándola de tener parte en la organización y el reparto de ganancias del garito de su hermana. Alarmada por la noticia de que, debido a esos rumores, Xifeng había decidido castigarla también a ella, la cocinera se precipitó al patio Rojo y Alegre. Siempre había considerado que se llevaba muy bien con las doncellas de aquel lugar, y por eso suplicó en secreto a Qingwen y Fangguan que consiguieran la intercesión de su señor Baoyu; pero como ocurría que también el ama de Yingchun estaba implicada, al muchacho le pareció lo más conveniente interceder junto a Yingchun por ambas mujeres, en lugar de hacerlo él solo por la señora Liu. Ése era el motivo por el que estaba allí.

Al encontrarse con tanta gente y recibir tantas preguntas sobre su salud y las razones de su visita, Baoyu contestó con una evasiva: había ido sin más objeto que ver a su segunda prima hermana. Se dio por buena aquella respuesta y todos continuaron charlando con despreocupación. Cuando Pinger se despidió, pues tenía que solucionar el asunto de la diadema, la esposa de Wang Zhu siguió estrechamente sus pasos y, ya afuera, le suplicó con su mejor cara:

—Por favor, señorita, interceda por nosotras. Le prometo que recuperaremos la diadema.

—Tarde o temprano tendrás que hacerlo —replicó Pinger—. Si sabías que esto iba a suceder, ¿por qué no lo evitaste antes? Lo que tú persigues es impedir por cualquier medio el escándalo. Si estuvieras realmente arrepentida, a mí me faltaría valor para informar. Si rescatas la diadema y la devuelves cuanto antes, te prometo que no diré una palabra del asunto.

—Lo haré —prometió la esposa de Wang Zhu, ya más tranquila, expresándole a Pinger su agradecimiento—. Ya no la distraigo más de su trabajo, señorita. Esta noche iré a desempeñar la diadema y la informaré a usted antes de devolverla.

—¡Hazlo así o atente a las consecuencias!

Y partieron, cada una por su lado. Pinger volvió con Xifeng, quien le preguntó para qué la había mandado llamar Tanchun.

—Temía que usted estuviera molesta —dijo Pinger sonriente—. Me pidió que la tranquilizara y preguntó cómo iba su apetito.

—Muy amable por su parte. Acaba de surgir un nuevo problema. Dicen que la cocinera del jardín y su hermana menor han organizado una timba, pero que la verdadera promotora ha sido ella. Tú siempre me has aconsejado que deje las cosas pasar en la medida de lo posible, que descanse más y cuide mejor mi salud. Por ignorar tus consejos estoy pagando las consecuencias; por lo pronto he ofendido a mi suegra y estoy llena de enfermedades. Pero ya he escarmentado. Que armen todo el escándalo que quieran; si hay otras personas que pueden controlarlas, ¿por qué he de ser siempre yo quien se preocupe en vano ganándose la antipatía de todos? Más importante me parece cuidar mi salud. Cuando mejore, yo también quiero ser de esas que dicen «sí» a todo sin responsabilizarse de nada. Que otras carguen con las preocupaciones mientras yo me divierto. De entrada, no pienso prestar la menor atención a ese rumor. A quienes me vinieron con el cuento sólo les dije que ya lo sabía.

—Es una suerte para todos que haya actuado así, señora —se limitó a decir Pinger en tono aprobatorio.

En ese instante entró Jia Lian, dio una palmada y, con un suspiro, exclamó:

—¡Siguen lloviendo problemas del cielo! ¿Cómo se habrá enterado mi madre de que Yuanyang me hizo un préstamo el otro día? Acaba de hacerme llamar y me ha pedido que le consiga doscientos taeles, sin importar de dónde los saque, para sus gastos de la fiesta del Medio Otoño. Cuando le dije que no tenía de dónde sacarlos me replicó: «Cuando a ti te falta puedes conseguir un préstamo, pero cuando soy yo quien solicita tu ayuda te quitas de en medio diciendo que no tienes a quién recurrir. ¿De dónde conseguiste el otro día cosas para empeñar por valor de mil taeles? Tú, que has llegado incluso a sacar cosas de los aposentos de la Anciana Dama, ahora pareces consternado al oír hablar de doscientos taeles. Tienes suerte de que no se lo haya contado a nadie». No puedo creer que Su Señoría esté necesitada de dinero. ¿Y por qué la habrá tomado conmigo sin motivo?

—Ese día no había ningún extraño con nosotros. ¿Quién se lo dijo entonces? —se preguntó Xifeng.

Pinger estuvo dándole vueltas a la cosa con detenimiento hasta que exclamó:

—¡Ya sé! Cierto que aquel día no había delante ningún extraño, pero la noche en que trajeron las cosas vino también la madre de esa doncella tonta que tiene la Anciana Dama, para entregar la ropa limpia y quedarse charlando unos momentos en los cuartos de la servidumbre. Seguramente preguntó qué contenía la gran caja y una de nuestras doncellas, ignorante de lo que sucedía, se lo contó.

Llamó a las doncellas y les preguntó cuál de ellas había ido con el cuento a la madre de la Boba. En su terror, las muchachas cayeron de rodillas jurando que ninguna de ellas se había atrevido a decir una sola palabra de más, y que si a cualquier pregunta contestaban lo hacían diciendo simplemente que ellas no sabían nada. ¡Cómo se iban a atrever ellas a hablar de aquel asunto!

Xifeng advirtió que estaban diciendo la verdad.

—No, no se atreverían —confirmó—. No debemos perjudicarlas. Olvidemos esa parte del asunto y busquemos más bien la manera de satisfacer a Su Señoría. Por escasos que andemos de fondos no podemos volver a quedar mal con ella.

Dio instrucciones a Pinger para que empeñara en doscientos taeles su collar de oro e hiciera llegar el dinero a la dama Xing.

—Y ya que estamos en eso, empeñémoslo en cuatrocientos —sugirió Jia Lian—. También nosotros precisamos dinero.

—Ya no lo necesito —le replicó ella—. Y todavía no sabemos cómo reunir los doscientos para recuperarlo.

Pinger envió el collar a la casa de empeños con la esposa de Lai Wang, y a su vuelta el propio Jia Lian llevó el dinero a la dama Xing, mientras Xifeng y Pinger seguían tratando de adivinar quién había dejado escapar el secreto.

—Que Su Señoría lo sepa no importa mucho —comentó Xifeng—. El peligro está en que los sirvientes aprovechen esta oportunidad para levantar infundios y causarnos nuevos problemas. Esos ávidos glotones de la otra mansión son como moscas poniendo sus larvas en la cáscara de huevos lisos; es muy grande el rencor que le tienen a Yuanyang, y si ahora llegara a sus oídos que le ha prestado las cosas de la Anciana Dama al señor Lian, podrían provocar un escándalo difundiendo feas habladurías. El señor Lian puede resistirlo, pero Yuanyang es una buena muchacha, y será culpa nuestra si se ve en boca de la gente.

—No se preocupe —se rió Pinger—. Yuanyang nos prestó esas cosas en atención a usted, no al señor Lian. Y aunque suena como un favor secreto, en realidad ella ha obtenido el permiso de la Anciana Dama antes de actuar. La Anciana Dama se da por enterada. Tiene tantos nietos que si todos empezaran a pedir prestadas sus cosas para empeñar y luego a hacer escenas terribles por no poder restituirlos, ¿cómo iba a enfrentarse a ellos? De modo que aunque esto salga a la luz no resultará dañado el buen nombre de Yuanyang.

—Aunque así sea, sólo tú y yo sabemos que Yuanyang ha actuado correctamente. ¿Cómo no van a sospechar de ella aquellos que no la conocen?

Entonces fue anunciada la llegada de la dama Wang. Sorprendida por aquella inesperada visita, salió Xifeng con Pinger apresuradamente a darle la bienvenida. Al verla advirtieron su rostro endurecido y la compañía, única, de su doncella de confianza. Sin decir una palabra, la dama Wang entró en el cuarto interior y tomó asiento.

—Debe estar de buen humor para haber dado un paseo hasta aquí, señora —comentó Xifeng mientras le servía un poco de té.

Ásperamente, la dama Wang ordenó:

—¡Pinger, sal de aquí!

Y ésta se aprestó a hacerlo con las otras doncellas, preguntándose qué clase de señal sería ésa. Más aún, la doncella de la dama Wang cerró bien la puerta y se sentó sobre los escalones para impedir que alguien entrara. Xifeng estaba atolondrada y muy perpleja. Entonces, con lágrimas en los ojos, la dama Wang extrajo un objeto de la manga.

—Mira esto.

Tomándolo, Xifeng vio que se trataba de una bolsita que ostentaba un indecente bordado.

—¿Dónde ha encontrado esto, señora? —exclamó muy contrariada.

A la dama Wang le empezaron a correr las lágrimas por el rostro y se estremeció.

—¿A mí me lo preguntas? Durante todo este tiempo he vivido en la ignorancia. Confiaba en tu discreción y tomé las cosas con calma, pero no tenía idea de que fueras tan descuidada como yo. ¡Cómo has podido dejar una cosa como ésta sobre una roca del jardín, abiertamente y a plena luz del día! Una de las doncellas de la Anciana Dama la recogió, y por fortuna se topó con tu suegra; de otro modo la habría llevado directamente a la Anciana Dama. ¿Cómo has podido ser tan desconsiderada dejando esta bolsita tirada por ahí?

—¡Señora!, ¿qué le hace suponer que sea mía? —preguntó Xifeng turbándose violentamente.

—¿De quién puede ser si no? —sollozó la dama Wang—. Vosotros sois la única pareja joven de nuestra casa. ¿Qué haría una mujer mayor con una cosa así? ¿Y dónde podría conseguirla una muchacha? No, tiene que ser el miserable disoluto de tu marido quien la trajo de algún sitio. Dado que es natural que jóvenes como vosotros mantengan relaciones íntimas, no es de extrañar que tengáis juguetes así en vuestra alcoba. No trates de negarlo. Es una suerte que no lo sepa ninguna otra persona del jardín. Si una de las doncellas la hubiera encontrado y la hubiera visto alguna de tus primas, ¡qué terrible! O que una doncellita la hubiera tomado para desde allí llevarla al exterior y contarle a la gente que la encontró en el jardín. Dime, si eso hubiera ocurrido, ¿aún podríamos contar con nuestras vidas y nuestra dignidad?

Roja de ira y de vergüenza, Xifeng se arrodilló junto al kang.

—Su razonamiento es lógico, señora —dijo entre lágrimas—, y no me atrevo a contradecirla. Pero aun así, la invito a pensar un poco más cuidadosamente. Primero, ésta es una bolsita hecha por artesanos del exterior imitando las que suelen hacer las bordadoras de palacio. Mire, el cordón y las borlas son de los que se venden en el mercado. Las bordadoras de nuestra casa habrían hecho una labor más fina. Por joven y casquivana que yo pueda ser, nunca usaría semejante baratija. Segundo, no es el tipo de objeto que llevaría encima. Aunque poseyera uno, lo tendría escondido en mis aposentos y no lo llevaría conmigo a todas partes. Además, cuando voy al jardín a ver a las muchachas siempre estamos jugando con las manos, tocándonos, ¡imagine lo mal que me sentiría si una cosa así se me cayera de la manga y fuera vista, no ya por mis primas, sino por las criadas! Tengo fama de joven y casquivana, es verdad, pero no soy tan tonta. Tercero, aunque sea cierto que soy la única casada de todas las jóvenes damas de nuestra casa, también hay muchas esposas de sirvientes que son más jóvenes que yo, y que andan por el jardín a cualquier hora del día o de la noche. ¿No podría esto ser de alguna de ellas? Cuarto, no soy la única que visita el jardín. La dama Xing a menudo lleva allí a Yanhong, Caiyun y otras jóvenes concubinas. Me parecen candidatas más seguras que yo a la posesión de semejante objeto. La esposa del primo Zhen tampoco es tan mayor y a menudo viene acompañada de Peifeng y otras; de modo que esto podría pertenecer con igual justicia a cualquiera de ellas. Quinto, con tantas doncellas en el jardín, ¿podemos garantizar que todas se comporten correctamente? ¿No es posible que una de las mayores, conocedora de cómo son las verdaderas relaciones entre un hombre y una mujer, haya salido inadvertidamente con algún pretexto para coquetear con los pajes de la puerta interior, trayendo este objeto oculto a su vuelta? No sólo no es mío, sino que le aseguro que tampoco Pinger lo ha visto nunca. Señora, por favor, reconsidere cuidadosamente todo el asunto.

Todo aquello pareció a la dama Wang muy sensato.

—Levántate —dijo con un suspiro—. Debí figurarme que una muchacha de buena familia como tú no podía ser tan frívola. Ha sido la furia la que me ha llevado a acusarte. Pero dime, ¿qué vamos a hacer? Tu suegra me acaba de enviar esta bolsita en un paquete sellado, con una nota en la que dice haberla recibido anteayer de manos de la Boba. ¡Casi me ahogo de la rabia!

—No se enfurezca, señora. Si esto sale a la luz podría llegar a oídos de la Anciana Dama. Debemos tomar la cosa con calma e investigar discretamente hasta llegar al fondo del asunto. Y aunque encontremos a la culpable, no debemos permitir que los de afuera se enteren, sino más bien ocultar el brazo roto en la manga. De momento tomemos este caso del juego como pretexto para despedir a una buena cantidad de criados. Elijamos a cuatro o cinco matronas de confianza y destinémoslas al jardín con las esposas de los mayordomos Zhou Rui y Lai Wang, en cuya discreción podemos confiar, con el propósito ostensible de controlar el juego. En este momento tenemos demasiadas doncellas jóvenes. A medida que van creciendo se van llenando de ideas raras y empiezan a causar problemas. Si esperamos a que haya un escándalo, ya no nos quedará más que lamentarlo. Pero si ahora, sin motivo, despachamos a unas cuantas, ocurrirá que no sólo irritaremos a las muchachas, sino que además apareceremos como poco razonables a los ojos de los demás. Por eso debemos aprovechar esta oportunidad para coger a algunas de las mayores más vocingleras con las manos en la masa; así podremos mandarlas de vuelta a su casa para que busquen allí un esposo. Eso nos evitará escándalos y nos ahorrará dinero. ¿Qué piensa usted?

—Tienes razón, por supuesto —suspiró de nuevo la dama Wang—. Pero, para ser justa con tus primas, las pobres muchachas me dan lástima. No necesitamos retroceder mucho en el tiempo, sino sólo mirar a la madre de Daiyu: ¡qué mimada estuvo antes de su matrimonio, cuidada como el oro o el jade! Vivía a lo grande, como debe vivir una joven dama. Pero hoy nuestras muchachas apenas viven un poco mejor que las sirvientas de otras casas, con apenas dos o tres doncellas eficientes y hermosas cada una, y cuatro o cinco menores con trazas de espantapájaros. No tengo ánimo suficiente para recortarles el número de asistentes, y dudo que la propia Anciana Dama lo apruebe. A pesar de todas las dificultades, no somos tan pobres. Jamás he vivido en medio del verdadero lujo, pero de joven viví mucho mejor que vosotras. Prefiero recortar un poco mis propios gastos antes que veros pasar miserias. Si de ahorrar se trata, he de empezar por mí misma. Ahora, manda llamar a la esposa de Zhou Rui y a las demás y ordénales, pero muy en secreto, que se den prisa en investigar todo este enredo.

Xifeng llamó a Pinger para que transmitiera aquellas instrucciones. Pronto se reunieron allí las esposas de Zhou Rui, Wu Xing, Zheng Hua, Lai Wang y Lai Xi, que eran las cinco parejas que quedaban de las que habían acompañado a la dama Wang o a Xifeng a la mansión Jia en el momento de su matrimonio; las demás habían partido a atender sus asuntos en el sur. Ya la dama Wang estaba pensando que cinco personas era poca gente para lo exhaustiva que se pretendía aquella investigación, cuando se unió a ellas la doncella personal de la dama Xing, esposa del mayordomo Wang Shanbao, quien había traído consigo la bolsita. Como la dama Wang trataba a las doncellas de confianza de la dama Xing como a las suyas propias, y como aquella mujer había venido muy preocupada a indagar el asunto, le dijo:

—Anda y dile a tu señora que quiero que te mudes al jardín una temporada para que vigiles las cosas de allí. Será mejor que buscar otras personas.

Ahora bien, la esposa de Wang Shanbao, irritada por la falta de respeto que le demostraban las doncellas del jardín, venía buscando de tiempo atrás, aunque sin éxito, un motivo para vengarse. La bolsita era, en sus manos, un arma contra ellas, y la propuesta de la dama Wang le abrió una bienvenida posibilidad de ajustar viejas cuentas. Inmediatamente respondió:

—Eso es fácil. Si se le permite a una esclava decirlo, hace tiempo que está siendo necesario implantar la disciplina en ese lugar. Usted no va al jardín muy a menudo, señora. Allí las doncellas se comportan como si se hubieran convertido en preciosas damitas de alto rango. Lo ponen todo patas arriba, y no hay nadie que se atreva a decir una palabra, no sea que vayan a sus jóvenes señoras con el cuento de que esta persona o la otra están insultándolas. ¿Quién está dispuesto a correr semejante riesgo?

—Era de esperar —dijo la dama Wang—. Las doncellas de nuestras jóvenes damas están por encima del promedio, pero de todos modos habría que enseñarles modales. No corregir a las jóvenes damas estaría mal, pero estaría peor no hacerlo con sus doncellas.

—Las otras no son tan malas —continuó la esposa de Wang Shanbao—, pero ¿conoce usted a Qingwen, la que trabaja en los aposentos del señor Baoyu? Como es más bonita que el resto y habla tanto, todos los días se maquilla como Xi Shi y es muy avispada frente a los demás, mostrándose superior en todo momento. En cuanto se dice una frase que no corresponde a su voluntad, se le inflaman esos dos ojos de zorra que tiene y se pone a insultar a los demás. ¡Es una descarada seductora!

Aquello le recordó a la dama Wang algo que había pasado antes, y le dijo a Xifeng:

—La última vez que fuimos a pasear por el jardín con la Anciana Dama, vi a una muchacha de cintura flexible, hombros delicados, ojos y cejas parecidos a los de tu prima Daiyu. Estaba riñendo a una de las doncellas más jóvenes y no me gustó nada su apariencia descocada; pero como estaba con la Anciana Dama no dije nada. Más tarde quise preguntar quién era, pero me olvidé de hacerlo. Parece encajar con la descripción que me está haciendo de esa que se llama Qingwen.

—Es la más bonita de las doncellas —le contestó Xifeng—. Y es cierto que actúa y habla con cierta ligereza. La descripción que está haciendo de ella coincide, pero no puedo recordar exactamente qué sucedió ese día ni me atrevo a hablar irresponsablemente.

—Eso tiene fácil solución —dijo la esposa de Wang Shan-bao—. Háganla venir para que la vea Su Señoría.

—Las muchachas del patio Rojo y Alegre que más conozco son Xiren y Sheyue —comentó la dama Wang—. No son demasiado avispadas, y eso es para bien. Cuando voy por allí, esa Qingwen no se atreve a dejarse ver porque sabe que siempre me han desagradado las muchachas como ella. ¡Y ahora que ha sucedido esto, piensen en lo terrible que sería si esa perra llega a descarriar a mi honrado Baoyu!

Y le dijo a su doncella que fuera al jardín.

—Simplemente entrégales el siguiente mensaje: quiero que Xiren y Sheyue se queden allí cuidando a Baoyu, pero que la hábil Qingwen venga ahora mismo. No le digas para qué la quiero.

Asintió la doncella, y partió al patio Rojo y Alegre a cumplir el encargo.

Qingwen acababa de despertarse de la siesta: Aunque en los últimos días se sentía mal, no tuvo más remedio que acudir a la llamada. Como todas las doncellas, sabía que a la dama Wang no le gustaba el acicalamiento y la petulancia; por eso ella siempre había tenido cuidado de no cruzarse en su camino. Ahora, como había pasado varios días indispuesta y en ese tiempo no había prestado mucha atención a su aseo personal, acudió al requerimiento sin excesiva preocupación. Cuando entró en el cuarto de Xifeng con el pelo revuelto y la ropa arrugada, con las manos contra el pecho, apretándose el corazón como una beldad recién salida del sueño primaveral[1], la dama Wang reconoció inmediatamente a la muchacha que había visto en los aposentos de Baoyu y que tan mala impresión le había causado. Eso reavivó su furia. La dama Wang era una persona ingenua y franca, y su furia o alegría eran siempre expresión de lo que sentía, no como esas personas que ocultan su intención con palabras falsas; además, estaba indignada y verdaderamente preocupada. Dijo con una sonrisa fría:

—¡Qué belleza! Parece en efecto una Xi Shi enferma. ¿A quién estás tratando de engañar con ese aspecto de seductora que tienes todos los días, muchacha? No creas que ignoro tus andanzas. Ahora te voy a dejar ir, pero pronto haré que te arranquen la piel a tiras. ¿Cómo está Baoyu hoy?

Sorprendida por estas palabras, Qingwen comprendió inmediatamente que alguien había estado hablando mal de ella a sus espaldas, pero no se atrevió a expresar su desagrado. Recobrándose rápidamente de su sorpresa, fue lo bastante avispada como para no decir la verdad.

—Rara vez entro en los aposentos del señor Baoyu y no paso mucho tiempo con él —mintió—. Por ello no puedo decir cómo está. Tendría que preguntarle a Xiren o a Sheyue, señora.

—Mereces una bofetada en la boca —rabió la dama Wang—. ¿Acaso estás muerta? ¿Para qué se te paga?

—Al principio estaba al servicio de la Anciana Dama —respondió Qingwen—, pero Su Señoría dijo que había muy pocas doncellas mayores en el jardín, y que la poca cantidad de gente ponía nervioso al señor Baoyu; entonces se me ordenó ir a vigilar los aposentos exteriores durante la noche. Cuando dije que yo era demasiado torpe para servir al joven señor, la Anciana Dama me llamó la atención: «No te estoy pidiendo que lo cuides, no tienes que ser inteligente para hacer esta tarea». De modo que tuve que ir. Sólo nos reunimos dos o tres veces al mes, cada vez que se aburre, para jugar a algo. Sus necesidades personales son atendidas por sus viejas nodrizas y las matronas, con Xiren, Sheyue y Qiuwen bajo su mando. Y como mi tiempo libre lo ocupo haciendo un poco de costura para la Anciana Dama, nunca he prestado demasiada atención a los asuntos del señor. Pero si usted así lo desea, me ocuparé más de ellos en el futuro.

—¡Buda Amida! ¡No te molestes! —exclamó la dama Wang, que creyó a pies juntillas las palabras de la doncella—. Agradeceré a mi buena fortuna que no te acerques a Baoyu. Ya que le fuiste asignada por la Anciana Dama, mañana conseguiré que sea ella misma quien te despida.

Y volviéndose dijo a la esposa de Wang Shanbao:

—Ustedes múdense al jardín y vigílenla cuidadosamente durante unos días. No le permitan dormir en los aposentos de Baoyu. Nos encargaremos de ella después de que yo haya hablado con la Anciana Dama. —Y volviéndose a Qingwen—: ¡Fuera! ¿Qué haces ahí parada? No soporto la visión de una descarada como tú. ¿Quién te ha dejado vestirte con esos rojos y verdes tan llamativos?

Qingwen tuvo que retirarse. Iba tan consternada que, una vez fuera, se cubrió la cara con el pañuelo y corrió de vuelta al jardín sin dejar de llorar por el camino.

Mientras tanto, la dama Wang le reprochó a Xifeng:

—En estos últimos años no he tenido la energía necesaria para encargarme de las cosas. ¡Jamás había visto a esa zorra seductora! Me imagino que existen otras como ella. Mañana haré una investigación exhaustiva.

Xifeng vio lo encolerizada que estaba la dama Wang, y como sabía que la esposa de Wang Shanbao a menudo contaba historias a la dama Xing incitándola a crear problemas, decidió no salir en defensa de Qingwen, por mucho que se justificara. Se limitó a agachar la cabeza y asentir.

—Señora, debe usted preocuparse por su salud —le pidió la mujer de Wang Shanbao—. Deje los asuntos menudos como éste en manos de su esclava. No será difícil encontrar al responsable. Esta noche, cuando ya estén cerradas las puertas del jardín y las noticias no puedan entrar o salir, haremos por sorpresa un registro meticuloso de los cuartos de las doncellas. Estoy convencida de que quien tuvo esa bolsita posee aún objetos similares. Cuando los encontremos sabremos quién es la responsable.

—Es una buena idea —aprobó la dama Wang—. No podemos culpar a personas inocentes.

Y solicitó la opinión de Xifeng.

—Sí, señora —tuvo que asentir ella—. Tiene razón y hay que hacerlo así.

—Es un plan excelente —añadió la dama Wang—. De otro modo estaríamos buscándola un año entero sin llegar a encontrarla.

Entonces se pusieron de acuerdo en lo referente al plan. Tras la cena, cuando ya la Anciana Dama se había ido a dormir y Baochai había regresado al jardín con las demás, la esposa de Wang Shanbao acompañó a Xifeng hasta allí. Ordenaron echar la llave a todas las puertas y dieron comienzo a su búsqueda en los cuartos de las criadas del turno de la noche, pero sin descubrir mayor evidencia que unas cuantas velas y uno o dos frascos de aceite.

—Estas cosas también cuentan como objetos robados —declaró la esposa de Wang Shanbao—. No deben ser retiradas de aquí hasta que mañana hayamos hecho nuestro informe a Su Señoría.

Luego se trasladaron al patio Rojo y Alegre e hicieron cerrar con llave aquella puerta. Baoyu estaba bastante desconsolado pensando en Qingwen. Cuando vio a aquellas matronas marchando hacia los cuartos de las doncellas, le preguntó a Xifeng qué estaban haciendo.

—Se ha perdido algo importante —le dijo ella—. Como la gente se está acusando mutuamente, hemos pensado que la ladrona pudo ser una de las doncellas, y estamos haciendo un registro general para disipar las sospechas.

Y se sentó a sorber té mientras la señora Wang y las demás continuaban su registro. Preguntaron a quién pertenecían los baúles y pidieron a las respectivas dueñas que los abrieran. Por lo sucedido con Qingwen, ya Xiren había intuido que algo estaba ocurriendo, y fue la primera en adelantarse a abrir sus baúles y cajas para que fuera examinado su contenido. Al no encontrar nada fuera de lo común, las mujeres continuaron su registro con los baúles de las otras muchachas. Cuando llegaron a los de Qingwen preguntaron:

—¿De quién es éste? ¿Por qué nadie lo abre?

Xiren se dispuso a abrirlo, pero en eso apareció Qingwen corriendo, con el pelo recogido en un moño, y, ¡pam!, echando la tapa hacia atrás volcó todo el contenido del baúl sobre el suelo. La esposa de Wang Shanbao quedó desconcertada. Echó un vistazo y, al no encontrar nada impropio, sugirió a Xifeng que continuara su inspección.

—Más vale que hagas un registro cuidadoso —le advirtió Xifeng—, pues ¿qué le diremos a Su Señoría si no encontramos nada?

—Lo hemos registrado todo cuidadosamente —le aseguraron las esposas de los mayordomos—, y no hay nada que no deba estar, salvo unos cuantos objetos que utilizan los niños, pero éstos seguramente pertenecieron a Baoyu en su infancia. No hay nada importante.

—En tal caso podemos buscar en otro sitio —sonrió Xifeng. Y a la salida le dijo a la esposa de Wang—: Tengo una sugerencia que hacerte, si te parece bien: restrinjamos las pesquisas a nuestra propia familia. No debemos allanar los aposentos de la señorita Baochai.

—Claro que no. ¿Cómo vamos a registrar a nuestros parientes?

—Exacto.

Ya habían llegado al refugio de Bambú. Daiyu estaba en la cama. Como ignoraba aquella expedición, la noticia de una visita la hizo prepararse para saltar de la cama, pero Xifeng entró y la obligó a acostarse de nuevo.

—Sigue durmiendo —le dijo—. No nos quedaremos mucho rato.

Y siguió charlando con Daiyu mientras la esposa de Wang Shanbao llevaba a las demás a los cuartos de las doncellas para revisar uno por uno sus baúles y cestos. En el cuarto de Zijuan encontraron dos amuletos que Baoyu había usado con frecuencia, dos borlas de un cinturón, dos bolsitas y un abanico metido en su funda: todas, viejas pertenencias de Baoyu. La esposa de Wang Shanbao pensó que había hecho un hallazgo e inmediatamente llamó a Xifeng para que echara un vistazo.

—¿De dónde han salido estas cosas? —preguntó.

Con una sonrisa, Xifeng le respondió:

—De niño, Baoyu vivió unos años con estas doncellas; Éstas son sin duda algunas de sus cosas viejas. Nada tiene de particular. Mejor será que las dejes donde estaban e intentes buscar en otro sitio.

—Las cuentas de nuestros dos aposentos son tan confusas —intervino alegremente Zijuan—, que ni siquiera recuerdo el día, mes o año en que estas cosas llegaron aquí.

Las palabras de Xifeng obligaron a la señora Wang a dejar pasar aquello, y trasladarse a los aposentos de Tanchun.

Al parecer alguien había adelantado a Tanchun la noticia de su llegada, y también había adivinado que toda aquella oprobiosa operación obedecía a algún motivo. Ordenó a las doncellas abrir todas las puertas y esperaron a la comitiva con velas encendidas en las manos. Cuando llegaron las mujeres, deliberadamente les preguntó qué las llevaba por allí.

—Se ha perdido algo y no sabemos quién se lo ha llevado —le dijo Xifeng—. Tememos que la gente culpe a estas muchachas, y por eso, para evitar cualquier suspicacia, estamos haciendo una revisión general. Nos parece la mejor manera de protegerlas.

Tanchun se rió con desdén.

—Naturalmente, mis doncellas forman una banda de ladronas y yo soy su cabecilla. Lo primero que hay que registrar son mis baúles, pues ellas me han entregado en custodia el producto de sus robos.

Y ordenó a sus doncellas que abrieran sus propios baúles, así como su tocador, su ropero, su ropa de cama, sus envoltorios y todos sus paquetes, grandes o pequeños, para que Xifeng los registrara.

—Yo no hago más que cumplir órdenes de Su Señoría —dijo Xifeng con una sonrisa conciliadora—. No tienes derecho a culparme a mí, prima. No te enfades.

Ordenó a las doncellas cerrar inmediatamente los baúles, y Pinger y Fenger se ajetrearon ayudando a Daishu y a las demás a guardar las cosas.

—Os permito registrar mis cosas, pero no las de mis doncellas —insistió Tanchun—. De hecho, como soy más perversa que las demás, sé todo lo que guardan y lo tengo aquí conmigo. En realidad, ellas no tienen consigo ni una aguja ni una hebra de hilo. Así que, si de registrar se trata, que se me registre a mí. Si no estáis de acuerdo, informad a Su Señoría de que me niego a obedecer sus órdenes y yo iré personalmente a aceptar el castigo que ella me imponga. ¡Esperad! ¡Ya vendrá el día en que os registren a vosotras! ¿No era esta misma mañana cuando hablaban de los Zhen, de cómo ellos empezaron a registrarse y a confiscarse unos a otros dentro de su propia casa sin motivo alguno, y ahora sus propiedades han sido confiscadas de verdad? Se acerca nuestro turno. Ahora entiendo por qué grandes familias como la nuestra no pueden ser derribadas desde fuera de un simple manotazo. Como dice el proverbio: «Un ciempiés muere pero no cae». Tenemos que empezar a matarnos entre nosotros, antes de que nuestra familia sea totalmente destruida. —Y diciendo esto empezó a llorar.

Xifeng miró a las esposas de los mayordomos. La esposa de Zhou Rui propuso:

—Tal como están aquí las cosas de estas muchachas, lo mejor será que nos vayamos y dejemos a la señorita Tanchun descansar.

Xifeng se levantó para partir. Tanchun dijo:

—Registradlo todo cuidadosamente. Si volvéis mañana, ya no lo permitiré.

—No hace falta registrar nada —contestó Xifeng riendo—. Todas las cosas de las doncellas están aquí.

—¡Qué hábil eres! —contestó Tanchun con desdén—. Incluso has deshecho mis hatos de ropa vieja, y ahora pretendes no haber registrado este lugar. Más adelante me acusarás de proteger a mis doncellas y no haberte permitido rebuscar. Aclaremos la cosa ahora mismo. Registradme otra vez, si queréis.

Xifeng sabía lo difícil que era Tanchun, y por eso respondió en tono apaciguador:

—Hemos hecho un registro completo que ha incluido tus cosas.

—¿Ha quedado todo el mundo satisfecho? —preguntó Tanchun encarándose con las demás.

La esposa de Zhou Rui y las otras le aseguraron que sí. Pero la esposa de Wang Shanbao carecía de tacto. Ya había oído que Tanchun era difícil de tratar, pero consideró que se debía a que hasta el momento nadie se había querido enfrentar a ella. ¿Cómo era posible que una muchachita se impusiera de ese modo? Además, la simple hija de una concubina no podía atreverse a frenarla a ella, la doncella personal de la dama Xing, a quien incluso la dama Wang trataba con respeto, por no hablar ya de la gente más joven de la casa. La conducta de Tanchun la llevó a pensar que ésta estaba molesta únicamente con Xifeng, y no con el resto de la partida, así que decidió aprovechar la oportunidad para mostrarse servicial y, dando un paso adelante por entre la gente que formaba el grupo, levantó uno de los faldones de la bata de la muchacha y, en tono de broma, dijo con una sonrisa forzada:

—Sí. He revisado hasta el cuerpo de la joven dama. Y no hay nada.

—Déjala, ama —interrumpió Xifeng rápidamente—. Corta ya esta tontería.

No había terminado de hablar cuando, ¡paf!, Tanchun dio una bofetada en las orejas a la señora Wang.

—¿Quién te has creído que eres? —rabió señalándola con el dedo—. ¿Cómo te atreves a ponerme la mano encima? Sólo en atención a Su Señoría y a tu avanzada edad te he llamado hasta ahora «ama», pero tú, como un perro que ladra al amparo de su dueño, te pasas el tiempo causando problemas. Hoy has ido demasiado lejos. Cometes un grave error si piensas que tengo el carácter dulce de tu joven dama, a la que impones tu voluntad. No te llamé la atención por venir a rebuscar aquí, pero no tienes el menor derecho a tomarte esas libertades conmigo.

Y empezó a quitarse la ropa insistiendo en que, en lugar de permitir que una esclava la manoseara, fuera la propia Xifeng quien la registrara cuidadosamente.

Xifeng y Pinger se abalanzaron para ayudarla a vestirse de nuevo.

—Un par de copas de vino y empiezas a actuar como una idiota —reprendieron a la esposa de Wang Shanbao—. El otro día también ofendiste a Su Señoría. Desaparece de aquí y no vuelvas a abrir la boca.

Luego intentaron aplacar a Tanchun.

—Si yo tuviera un temperamento fuerte —se burló Tanchun—, hace ya un buen rato que me habría roto el cráneo a cabezazos. ¿Cómo voy a permitir que una esclava me manosee en busca de objetos robados? Mañana iré a informar de esto a la Anciana Dama y a Su Señoría, y luego pediré disculpas a esa vieja ama y aceptaré sin rechistar el castigo que se estime conveniente imponerme.

La esposa de Wang Shanbao, mohína, empezó a rezongar bajo la ventana:

—No hace falta. Es la primera vez que alguien me pone la mano encima. Mañana pediré a Sus Señorías permiso para volver a mi casa. ¿Cómo podré vivir aquí desde ahora?

—¿Oís eso? —dijo inmediatamente Tanchun a las doncellas—. ¿Es que estáis esperando que salga yo a discutir con ella?

Daishu salió como un rayo.

—Suerte tendremos si consigue permiso para largarse de aquí —gritó—. Lo único que tememos es que en realidad usted no quiera dejar este lugar.

—¡Muy bien! —se rió Xifeng—. Realmente éste es un caso de «a tal señora, tal doncella».

—Nosotras las ladronas tenemos la lengua ágil —replicó Tanchun—. Pero ésta no tiene la inteligencia necesaria para andarle con chismes a su señora.

Pinger también la tranquilizó con una sonrisa y trajo a Daishu de vuelta, mientras que la esposa de Zhou Rui y las demás hicieron lo mismo con Tanchun. Y Xifeng esperó a que se hubiera metido en la cama antes de encabezar a su grupo de investigadoras en dirección a la glorieta del Tibio Aroma, que estaba frente a los aposentos de Tanchun. Los aposentos de Li Wan lindaban con los de Tanchun y estaban muy cerca de los de Xichun, así que la comitiva decidió pasar por allí antes de seguir. Li Wan acababa de tomar unos medicamentos y estaba durmiendo. La comitiva revisó los cuartos de sus doncellas sin molestarla a ella. No encontraron nada y se trasladaron a los aposentos de Xichun. Ésta, que era prácticamente una niña pequeña, sé asustó, y Xifeng tuvo que tranquilizarla. Pero en el baúl de Ruhua se descubrió un gran paquete que contenía de treinta a cuarenta pequeños lingotes de oro y plata. También había un juego de adornos de jade para una correa y un hato con unas sandalias y medias de hombre. Ruhua se puso pálida. Al serle preguntado de dónde procedían todas esas cosas se arrodilló.

—Se las dio el señor Zhen a mi hermano mayor —balbuceó entre sollozos—. Ahora que nuestros padres están en el sur, él vive con nuestro tío. Y como a mis tíos les gusta beber y jugar, mi hermano temió que dilapidaran cualquier cosa que él tuviera y empezó a traer sus cosas aquí. Me las trae una vieja ama.

Xichun era muy tímida y aquella revelación la apabulló.

—¡No tenía la menor idea! —exclamó—. ¡Qué desgracia! Si quieres hacerla apalear, cuñada, puedes llevártela para que yo no tenga que escucharla.

—Si es cierto lo que dices, es un asunto perdonable —le dijo Xifeng a Ruhua—. Pero no deberías meter aquí estas cosas de contrabando. Si has hecho traer todo esto en secreto, ¿qué no se puede hacer entrar en esta casa?; así que la culpa es de quien las ha traído. ¡Pero si acaso mientes y éstos son objetos robados, no esperes salir con vida de este embrollo!

Siempre arrodillada, Ruhua siguió sollozando:

—No me atrevería a mentirle, señora. Mañana puede confirmarlo con el señor y Su Señoría. Si acaso dicen que éstos no fueron regalos, puede hacer que a mi hermano y a mí nos maten a palos.

—Naturalmente que voy a confirmarlo. Pero aunque fueran regalos, has procedido mal. ¿Quién te dio permiso para traer todas esas cosas en secreto? Dame el nombre de tu intermediario y te dejaré libre de culpa. Pero no vuelvas a hacerlo.

—No la perdones, cuñada —exclamó Xichun—. Aquí hay tanta gente que si no damos un escarmiento con alguien, las mayores infractoras se volverán incontrolables. Aunque tú estés dispuesta a perdonarla, yo no lo estoy.

—Pero generalmente se porta bien. Todos cometemos errores, y ésta es su primera falta. Si vuelve a hacerlo la castigaremos por ambas cosas. Pero ¿quién te trajo las cosas de contrabando?

—Tiene que ser la señora Zhang de la puerta trasera, que siempre anda cuchicheando con las doncellas, y a la que éstas le hacen todo tipo de pequeños favores.

Xifeng pidió a las mujeres que tomaran nota de ese nombre y las cosas fueran entregadas en custodia provisional a la esposa de Zhou Rui hasta que, al día siguiente, se hubiera confirmado su origen. Entonces se despidieron de Xichun y pasaron a ver a Yingchun.

Yingchun ya estaba dormida, y tuvieron que tocar un buen rato antes de que les abrieran la puerta. Xifeng ordenó que no molestaran a la joven dama y pasó con las demás directamente a los cuartos de las doncellas. Como allí estaba Siqi, la nieta de Wang Shanbao, Xifeng tenía curiosidad por saber si en la esposa de éste influirían o no los lazos familiares, por lo cual prestó especial atención a aquel registro. La señora Wang empezó con los baúles de las otras muchachas, y al no encontrar nada especial en ellos, pasó al de Siqi. Después de un registro de compromiso, declaró que allí no había nada y se dispuso a cerrar el baúl.

—¡Un momento! —exclamó la esposa de Zhou Rui—. ¿Qué es esto?

Alargó la mano y alcanzó unas medias rosadas y unas pantuflas de satén para hombre, así como un pequeño hato. Al abrirlo, encontraron en su interior un ruyi en forma de dos corazones unidos[2] y una carta. Todos esos objetos fueron entregados a Xifeng para su inspección, pues como estaba encargada de la casa, y entre sus responsabilidades se incluía leer cartas y hacer cuentas, conocía una cantidad regular de caracteres. Xifeng vio que el papel de carta era rojo, con unos diseños de doble felicidad. Y traía escrito:

Después de tu visita el mes pasado, mis padres han descubierto nuestro propósito. No podremos cumplir nuestro deseo sino después del matrimonio de nuestra joven dama. Si hay posibilidades de encontrarnos en el jardín, hazme llegar unas palabras con la señora Zhang. Eso sería mucho más conveniente que una visita tuya aquí. ¡Arréglalo! También he recibido las dos bolsitas que me enviaste y te hago llegar una sarta de cuentas perfumadas como prenda del amor que siento por ti. Por favor, consérvalas en un lugar seguro. Tu primo, Pan Youan.

Lejos de enfurecerla, la carta divirtió a Xifeng. Como ninguna de las presentes sabía leer y la esposa de Wang Shanbao ni siquiera sospechaba la existencia de aquel romance entre los dos primos, la visión de las pantuflas y las medias la incomodó mucho. Cuando Xifeng empezó a reírse de lo que había leído en el papel rojo, le dijo:

—Señora, me imagino que usted se ríe de lo mal escritas que están esas cuentas.

—Así es. Es difícil resolver estas cuentas. Como abuela materna de Siqi, debes contarme cómo es que ella tiene un primo de apellido Pan en lugar de Wang.

Sorprendida, la señora Wang contestó entrecortadamente:

—Su tía por parte de padre se casó con un hijo de la familia Pan, de modo que tiene un primo de apellido Pan: el mismo Pan Youan que se escapó el otro día.

—Eso lo explica todo —se rió Xifeng—. Te leeré la carta.

Y leyó la carta, para consternación de todas. Jamás se le hubiera ocurrido a la esposa de Wang Shanbao, ofuscada como estaba por desvelar las miserias ajenas, que su propia nieta terminaría cayendo en su trampa. Se sintió avasallada por la vergüenza y la furia.

La esposa de Zhou Rui y las de otros mayordomos le preguntaron:

—¿Ya lo ha oído usted? Todo está muy claro. Absolutamente claro. Y ahora, ¿cómo piensa que debemos tratar este asunto?

La señora Wang deseó en ese momento ser tragada por la tierra, y Xifeng se rió de ella.

—Ha actuado muy bien ahorrando problemas a sus abuelas —comentó a la señora Zhou—. Ella misma, sin ningún ruido, les ha traído un buen yerno. No necesita que nadie se ocupe de casarla.

También la esposa de Zhou Rui se rió e hizo algunos comentarios cáusticos.

Al no poder desahogar su ira en otra persona, la señora Wang abofeteó su propio rostro.

—¡Eres una puta vieja que ya ha vivido demasiado! —exclamó maldiciéndose a sí misma—. ¡Cuántos pecados has cometido en tu vida anterior! Ha llegado el momento de la retribución ante los demás. Abofetéate.

Las demás soltaron una carcajada, y haciendo como que la consolaban le lanzaron unas cuantas pullas más. Sólo Siqi permaneció en silencio y cabizbaja, aunque para sorpresa de Xifeng su actitud no era síntoma de estar aterrorizada. Era demasiado tarde para interrogar a la muchacha, pero Xifeng temió que se quitara la vida durante la noche, por lo cual asignó dos matronas para que la vigilaran. Luego hizo llevar de vuelta a su casa las pruebas descubiertas, con la intención de arreglar el asunto al día siguiente.

Sin embargo, durante aquella noche Xifeng tuvo que levantarse varias veces y perdió buena cantidad de sangre. A la mañana siguiente permaneció en cama, sintiéndose débil y mareada. El médico de la corte citado para reconocerla informó:

—La joven señora sufre de falta de sangre. El fuego débil afecta al bazo y al estómago, y todo se debe al exceso de trabajo y las preocupaciones. Por lo tanto tiene mucho sueño, poco apetito, el estómago está vacío… o sea, el elemento tierra está muy débil[3]. Se recomienda un tónico que le restaure las fuerzas y le refresque el humor caliente.

Y a renglón seguido hizo una receta que incluía ginseng, angélica, astrágalo y cosas por el estilo. Después se despidió.

Algunas de las amas viejas llevaron la receta a la dama Wang. Tanto le preocupó la recaída de Xifeng que el asunto de Siqi quedó temporalmente relegado.

Aquel día llegó la señora You a visitar primero a Xifeng, y luego a Li Wan en el jardín. Cuando se disponía a visitar a las muchachas, Xichun envió a una doncella para que la invitara. Xichun le contó todo lo que había sucedido la noche anterior y le mostró los lingotitos encontrados entre las pertenencias de Ruhua.

—En efecto, éstos son regalos que hizo tu hermano mayor a su hermano —confirmó la señora You—. Él se los dio abiertamente, pero ella no debió haberlos metido aquí en secreto. Eso ha convertido el tráfico estatal de sal en contrabando[4].

Y reprendió a Ruhua por su estupidez. Xichun protestó:

—Ustedes, como señor y señora, no fueron suficientemente estrictos con sus sirvientes y ahora culpan a la doncella. De todas las muchachas que hay aquí, soy la única que ha perdido prestigio por culpa de su doncella. ¿Cómo voy a enfrentarme a la gente de ahora en adelante? Anoche le pedí a Xifeng que se la llevara, pero no quiso. Y es natural, ya que Ruhua viene de la mansión del Este. Hoy quise llevarla yo misma. Me alegro de que hayas venido. Llévatela rápido. Puedes golpearla, matarla o venderla, que no me importará lo más mínimo.

Ruhua cayó de rodillas llorando.

—No volveré a hacer una cosa así. ¡Pero por los viejos tiempos en que vivíamos juntas, señorita, déjeme morir aquí con usted! —imploró.

También la señora You y las amas intercedieron.

—Fue un desliz momentáneo, y no se atreverá a repetirlo —dijeron—. La está atendiendo desde su infancia. Mejor déjela quedarse.

Pero a pesar de su corta edad, Xichun tenía una voluntad fuerte, y era intransigente y excéntrica. Le suplicaron con insistencia, pero ella mantuvo firmemente su decisión, pues consideraba que la doncella la había desacreditado.

—No quiero a Ruhua —insistió—. Y no sólo eso. Ahora ya soy mayor, y ni siquiera voy a visitar a la gente de la otra mansión, pues sobre todo en estos últimos días he podido escuchar muchos chismes. Si voy por allí, yo también me veré envuelta en esos escándalos.

—¿Quién ha estado difundiendo chismes? —preguntó la señora You—. ¿Sobre qué? ¿Acaso no somos de uña misma familia? Si oyes hablar de nosotros, debes reprochárselo a los chismosos que están haciendo correr esos infames rumores.

Xichun sonrió con desdén.

—¡Bonita manera de hablar! Una muchacha joven como yo debe mantenerse al margen de cualquier escándalo. ¿Qué clase de criatura sería si además andara buscándolos? Y a riesgo de ofenderte, debo decir lo siguiente: buena o mala, la opinión de los demás siempre es justa. No hay que preguntarle a nadie. Como decían los antiguos: «En lo que toca al bien y al mal, la vida y la muerte, no se puede esperar ayuda ni de los padres ni de los hijos». Eso es todavía más cierto en nuestro caso. Lo que me preocupa es protegerme a mí misma, no a vosotras. Así que no me afectará lo que os suceda a partir de hoy.

La señora You no supo si reír o enfurecerse; A las criadas les dijo:

—Con razón dicen que es joven y tonta. No lo creía, pero vosotras mismas habéis escuchado la manera que tiene de expresarse, sin el menor criterio o sentido de la medida. No es más que blablablá de niños, pero hiere hondo a las personas.

—Ella es joven, señora —replicaron las amas—. Usted debe perdonar sus prejuicios.

—Tal vez sea joven —replicó a su vez Xichun—, pero en todo caso mis palabras no son jóvenes y están guiadas por la experiencia. Ustedes no conocen suficientes caracteres como para leer, y por su propia ignorancia llaman joven y tonta a alguien que en realidad es muy despierta.

—Ya, y tú eres como el que gana uno de los tres primeros puestos en los concursos imperiales[5], ¿no? El mayor talento de todos los tiempos —se burló la desdeñosa señora You—. La gente estúpida como nosotras carece de tu sensatez, ¿no es eso?

—Hasta los que consiguen los primeros puestos en los concursos imperiales pueden ser tontos. De hecho, lo más probable es que les falte la iluminación[6].

—¡Excelente! —exclamó la señora You—. Hace unos instantes eras una talentuda erudita; ahora te has convertido en el monje principal pontificando sobre la iluminación.

—Si no estuviera iluminada, no tendría la presencia de ánimo necesaria para deshacerme de Ruhua.

—Eso lo único que demuestra es que eres fría e implacable.

—Como dijeron los antiguos: «Para evitar problemas, hay que ser implacable». Yo soy pura e inocente, ¿por qué habría de ajar mi integridad permitiendo que se me implique en vuestros enredos?

A la señora You no le gustaba nada esa charla, que la afectaba en algún punto sensible. Ya le había molestado escuchar la existencia de chismes, pero apenas había logrado controlarse delante de Xichun. Aquella última pulla fue más de lo que pudo soportar.

—¿De qué manera te hemos implicado? Tu doncella comete un desliz, y sin motivo alguno te encaras conmigo. Ya te he soportado bastante, pero lo único que he conseguido ha sido aumentar tu insolencia. Si eres una dama tan formidable, de aquí en adelante no nos atreveremos a acercarnos a ti, pues temeremos manchar tu reputación. —Ordenó a las criadas que se llevaran a Ruhua y, enfurecida, se levantó.

—Si os mantenéis alejadas de mí, nos ahorraremos discusiones y problemas, y todas podremos llevar una vida tranquila —gritó Xichun mientras las otras salían.

La señora You no respondió y se limitó a salir. Si quieren saber lo que sucede después…

CAPÍTULO LXXV

Se toma como extraño presagio un tristísimo suspiro

escuchado durante un festín nocturno.

Se toman como buenas señales nuevos poemas

compuestos en la fiesta del Medio Otoño.

La señora You dejó atropelladamente los aposentos de Xichun para ir en busca de la dama Wang, pero las matronas que la acompañaban le advirtieron con toda discreción:

—Señora, es mejor que no vaya. Acaban de llegar unas mujeres enviadas por la familia Zhen. Traían algunas cosas y daban la impresión de querer mantener su visita en secreto; puede que no sea un buen momento para ver a Su Señoría.

—¿Una visita de gente enviada por los Zhen? —se extrañó la señora You—. ¡Pero si ayer mismo me dijeron que habían leído en la Gaceta de la Corte que los Zhen han sido acusados de diversos delitos! Sus casas y propiedades han sido confiscadas, y han traído a todos los miembros de la familia a la capital para ser juzgados. ¿Cómo es que ahora viene esa gente?

—De hecho, las pocas mujeres que han llegado se veían aturdidas y nerviosas —dijeron las amas—. Algo traman y no quieren que se sepa.

En vista de lo cual, la señora You optó por buscar a Li Wan. El médico de la corte que la estaba tratando acababa de salir. Como en los últimos tiempos su salud había experimentado una notable mejoría, la encontró incorporada sobre su lecho, apoyada en la almohada. Se cubría con una manta, y estaba deseosa de que alguien fuera a visitarla para entretenerse un rato. Se alegró cuando vio llegar a la señora You, pero enseguida advirtió, por la forma que tuvo de sentarse en silencio, que su actitud no era tan amable como de costumbre.

—Me alegra que hayas venido —le dijo Li Wan—. ¿Has comido algo en tu ronda de visitas? Debes de tener hambre. —Y ordenó a Suyun que trajera algún confite especial.

—No hay necesidad, no hay necesidad —se resistió inmediatamente la señora You—. ¿Qué golosina puedes tener aquí, con lo enferma que has estado? Además, no tengo hambre.

—La tía de Lan me ha enviado una excelente harina tostada. Echaremos una poca en un tazón y le añadiremos agua hirviendo para que la pruebes.

Dicho lo cual, ordenó a una doncella que preparara el caldo; pero la señora You continuó ensimismada, con el ceño sombrío.

—Señora, no se ha lavado usted la cara al mediodía. ¿Le gustaría refrescarse ahora? —sugirieron las sirvientas que la habían acompañado hasta allí.

Cuando asintió con la cabeza, Li Wan le dijo a Suyun que trajera su pequeño tocador, y con él trajo la muchacha sus propios afeites y polvos.

—Nuestra señora no usa cosméticos. Si a usted no le parece que estos que le traigo son sucios por proceder de una criada, le ruego que se contente con ellos —dijo la doncella con una sonrisa.

—¡Pero cómo se te ha ocurrido! —le riñó Li Wan—. Aunque yo no use, has podido traer los polvos y coloretes de alguna de las jóvenes damas, en lugar de presentarte con los tuyos. Tienes suerte de que se trata de la señora You, y no de otra persona, pues en ese caso tu imprudencia habría resultado ofensiva.

—¿Qué importancia tiene? —intervino la señora You—. Cada vez que vengo a visitarte uso las cosas de tus sirvientas. ¿Por qué hoy me habrían de parecer sucios esos cosméticos?

Y, sentada sobre el kang con las piernas cruzadas, Yindie la ayudó a quitarse sus brazaletes y anillos; luego extendió un gran pañuelo sobre su regazo para proteger la ropa. Chaodou trajo una gran palangana de agua tibia y la sostuvo inclinándose ante la señora You, pero sin llegar a arrodillarse.

—¿Nunca aprenderás a adaptarte a las circunstancias? —le chilló Yindie—. Como nuestra señora no se preocupa mucho por la etiqueta, piensas que puedes ser igual de despreocupada en casa de un pariente, y actuar en ella como lo haces en la nuestra.

—Déjala hacer lo que quiera —dijo la señora You—. Me voy a lavar igual.

Ante la recriminación de Yindie, Chaodou se arrodilló inmediatamente, como manda la etiqueta.

—En nuestra familia —siguió diciendo la señora You con una sonrisa—, tanto los de arriba como los de abajo observan exteriormente la etiqueta, pero en realidad se conducen de forma escandalosa.

Por aquella frase supo Li Wan que ya habían llegado a oídos de la señora You los acontecimientos de la noche anterior.

—¿Por qué dices eso? —se rió—. ¿Quién se ha portado escandalosamente?

—¿Y tú me lo preguntas? ¿Acaso tu enfermedad te ha matado…?

Antes de que pudiera decir más se anunció la llegada de Baochai, que hizo su entrada casi al mismo tiempo que era invitada a pasar. Inmediatamente la señora You se limpió la cara y se incorporó para ofrecerle asiento.

—¿Vienes sola? —le preguntó—. ¿Dónde están las demás muchachas?

—No las he visto —contestó Baochai—. He venido porqué mi madre no se siente bien, y nuestras dos doncellas de confianza están postradas en cama, de modo que tengo que regresar esta misma noche a hacerle compañía. Quise pedir permiso a Sus Señorías, pero luego pensé que no es nada importante y no vale la pena mencionarlo; y además, estaré de vuelta en cuanto mi madre mejore. Simplemente he venido a hacérselo saber a mi cuñada.

Al escuchar aquello Li Wan y la señora You cruzaron una sonrisa. Y como ésta ya se había aseado tomaron un poco de caldo de harina tostada.

—Debemos enviar a alguien que se interese por la enfermedad de la tía Xue —comentó Li Wan—. Mi salud no me permite acudir personalmente. Sí, querida prima, vuelve con tu madre. Yo me ocuparé de que alguien vigile tus aposentos mientras estés ausente. Pero regresa dentro de un día o dos, o me responsabilizarán a mí de tu ausencia.

—¿Y por qué habrían de hacerlo? Se trata de algo justo y perfectamente natural. ¡No es como si estuvieras aceptando un soborno o dejando huir a un ladrón! Y no veo para qué quieres destinar gente a vigilar mis aposentos. ¿Por qué no invitáis unos días a Xiangyun para que os haga compañía? ¿No sería eso mucho más sencillo?

—¿Dónde está? —preguntó la señora You.

—Acabo de enviarla a buscar a Tanchun y traerla aquí, de modo que también puedo avisarla a ella.

En aquel instante fueron anunciadas Xiangyun y Tanchun. Después de ofrecerles asiento, Baochai explicó que dejaba el jardín.

—Muy bien —comentó Tanchun—. Volverás cuando la tía mejore. Y si no vuelves, tampoco tendrá importancia.

—¡Qué extraña manera de expresarse! —exclamó la señora You—. ¿Pretendes ahuyentar a nuestros parientes?

—Ésa es la idea. —Tanchun se rió burlona—. Mejor ser ahuyentados por mí que por otros. En todo caso, no hay necesidad de que los parientes vivan juntos todo el tiempo. Siendo, como somos, huesos y carne de una misma familia, sin embargo nos comportamos como gallos de pelea, tratando de exterminarnos mutuamente.

—Pero ¿por qué hoy tengo tan mala suerte? —se rió la señora You—. Os encuentro de mal humor a casi todas.

—¿Y quién te manda venir aquí a quemarte sobre las brasas? —replicó Tanchun—. ¿Quién más te ha ofendido? —Y continuó pensativa—: Xichun no tiene motivo para reprenderte, ¿qué otra persona podría ser entonces?

La señora You se limitó a mascullar una evasiva.

Como sabía que no hablaría por temor a causar problemas, Tanchun se dedicó a aguijonearla:

—No finjas ser tan simple. A la gente sólo le cortan la cabeza cuando comete crímenes contra el Estado, ¿qué temes tú entonces? Te voy a decir la verdad: ayer le di una bofetada a esa vieja esposa de Wang Shanbao y estoy dispuesta a correr con las consecuencias. Pero nadie me pondrá la mano encima por cosas que digan a mis espaldas.

Cuando Baochai le preguntó quién la había provocado, Tanchun describió detalladamente el registro de la noche anterior y los motivos que tuvo para golpear a la señora Wang. Y ya que Tanchun había sacado el tema, la señora You les contó cómo la había tratado Xichun unos momentos antes.

—Así es ella —comentó Tanchun—, tan excéntrica y testaruda que no hay manera de convencerla.

Y continuó:

—Como esta mañana no se tomó ninguna decisión al respecto, y al enterarme de que nuestra picante prima Xifeng estaba otra vez enferma, envié a mi ama a averiguar qué había sucedido con la esposa de Wang Shanbao. Me contó que la vieja había recibido una paliza y que la dama Xing la había culpado del incidente acusándola de entrometida.

—Lo tiene bien merecido —aprobaron la señora You y Li Wan.

—¿Pero quién no se guarda cartas en la manga? Espera y verás… —se rió la mordaz Tanchun.

La señora You y Li Wan no respondieron. Y como ya les parecía hora de que la Anciana Dama comiera, Xiangyun y Baochai volvieron a sus aposentos para hacer empaquetar su ropa, mientras la señora You se despedía de Li Wan para reunirse con la Anciana Dama. La encontró recostada en el diván, escuchando a la dama Wang contar la preocupante historia de cómo se había metido en problemas la familia Zhen hasta llegar a sufrir la confiscación de sus bienes, así como los pormenores del traslado a la capital para ser sometidos a juicio. A la señora You le preguntó de dónde venía, y si Xifeng y Li Wan estaban mejor.

—Parece que hoy están mejor —le aseguró atropelladamente la señora You.

La Anciana Dama meneó la cabeza y suspiró.

—Pues no nos aflijamos por los asuntos de los demás y consideremos más bien cómo celebrar la fiesta del Medio Otoño.

—Está todo preparado —dijo la dama Wang—, pero no sabemos dónde le gustaría que se celebrara el festín. El jardín es demasiado espacioso y el viento soplará fuerte durante la noche.

—Eso no importa. Podemos abrigarnos mejor. Porque ése precisamente es el mejor lugar para disfrutar de la luna.

Mientras charlaban, se trajeron unas mesas, e inmediatamente la dama Wang y la señora You ayudaron a servir la comida. La Anciana Dama advirtió que además de los platos que habían preparado expresamente para ella había dos grandes cestas que contenían más, pues era costumbre enviarle como presente diario diversos platos preparados en las cocinas de ambas mansiones. Preguntó qué contenían.

—Ya os he pedido varias veces que no sigáis enviándome comida, pero no me hacéis caso —se quejó—. Nuestra situación actual no es tan próspera y floreciente como antes.

—No es la primera vez que da esa orden, señora —dijo Yuanyang—, pero todo el mundo sigue comportándose como siempre, así que no he tenido más remedio que permitirlo.

—Esto no es más que comida familiar de diario —intervino la dama Wang alargándole un plato—. Como hoy me toca ayunar no tenemos mucho, y como sabemos que no le gusta demasiado el gluten de trigo ni el queso de soja, me limité a elegir un poco de malva de agua en salsa de pimienta.

—Eso está bien. Precisamente lo que me apetecía.

Yuanyang le sirvió inmediatamente aquel plato. Después de toda suerte de deferencias con las presentes, Baoqin tomó asiento. La Anciana Dama pidió a Tanchun que se uniera a ellas, pero ésta declinó el honor y tomó asiento frente a Baoqin. Entonces Daishu trajo un tazón y palillos. Yuanyang señaló dos platos que había en una cesta y comentó:

—Estos platos, que no sabemos lo que son, proceden de los aposentos del señor mayor. Este tazón de brotes de bambú con tuétano de pollo lo envía el señor Zhen. —Y lo colocó sobre la mesa.

La Anciana Dama se limitó a degustar un par de platos, y a continuación ordenó que fueran devueltos a sus lugares de origen.

—Decidles que ya los he probado. Que en el futuro no hay necesidad de enviarme comida todos los días. Si me apetece algo, lo pediré yo misma.

Las matronas asintieron y partieron con los platos.

—¿Hay gachas de arroz? —preguntó la Anciana Dama.

La señora You tenía un tazón listo, y comentó que estaban hechas de un arroz rojo especial. La Anciana Dama lo tomó, se comió la mitad y mandó enviar el resto a Xifeng, junto con un tazón de brotes de bambú; a Daiyu y Baoyu les envió un plato de tasajo de mapache, y a Jia Lan un tazón de carne de cerdo. Luego, pidió a la señora You que comiera algo; ésta asintió, pero no lo hizo hasta que la Anciana Dama se hubo lavado las manos, enjuagado la boca y dejado la mesa para charlar con la dama Wang. Apenas había tomado asiento cuando Tanchun y Baoqin se pusieron de pie y pidieron permiso para retirarse de la mesa.

—¡No me dejéis sola en esta inmensa mesa! —exclamó la señora You—. No estoy acostumbrada.

—¡Yuanyang! ¡Hupo! —llamó la Anciana Dama, riéndose—, ésta es vuestra oportunidad. Venid y hacedle compañía.

—Muy bien, muy bien —sonrió la señora You—. Esto es precisamente lo que estaba esperando.

—Es muy divertido ver a tanta gente comiendo junta —dijo la Anciana Dama, y señalando a Yindie—: Ésa también es una buena chica. Ven y únete a tu señora. Ya seguiréis respetando el protocolo cuando os hayáis separado de mi lado.

—Vamos, rápido —exclamó la señora You—. No hay necesidad de hacer tanto teatro.

Con las manos en la espalda, la Anciana Dama se dedicó a mirar divertida el espectáculo de todas comiendo juntas, hasta que vio a una de las doncellas ofrecerle a la señora You un tazón del arroz blanco de la servidumbre.

—¿Te has vuelto loca? ¿Por qué le sirves ese arroz a tu señora? —le preguntó.

—El suyo se acabó, señora —dijo la doncella—. Y como hay una joven dama más, nos ha faltado.

—Tenemos que cortar la ropa de acuerdo con la tela que tenemos —intervino Yuanyang—. En los tiempos que corren casi no podemos excedernos.

La dama Wang explicó:

—Entre inundaciones y sequías, en estos últimos años nuestras fincas no han podido rendir sus rentas, especialmente las de arroz de la mejor calidad. Por eso sólo asignamos las cantidades imprescindibles. Tememos agotar las existencias, y el arroz que se compra afuera no nos gusta.

—Como dice el proverbio: «Sin arroz, ni la más hábil de las nueras puede hacer gachas» —dijo la Anciana Dama.

Entre las carcajadas de las reunidas, Yuanyang le preguntó a la sirvienta:

—¿Por qué no traes entonces el arroz de la señorita Tanchun? ¿No sería lo más conveniente? ¿Por qué eres tan estúpida?

Pero la señora You replicó con una sonrisa:

—No, ya he comido suficiente. No es necesario traer más.

—Usted ya ha comido suficiente, pero ¿y yo? —exclamó Yuanyang.

Entonces las criadas salieron corriendo a traer más arroz. La dama Wang se fue a comer, dejando que la señora You entretuviera a la Anciana Dama con su charla.

Cuando empezó la primera vigilia la Anciana Dama dijo a la señora You:

—Ya está oscureciendo. Será mejor que regreses.

Y la señora You, tras despedirse, salió a la puerta. Allí la esperaba su carruaje. Subió a él, y Yindie se sentó a su lado. Las criadas bajaron la cortinilla y condujeron a las jóvenes doncellas hasta el portón de la mansión Ning; pues, como ambas mansiones estaban a menos de un tiro de flecha de distancia, no era preciso hacer demasiados arreglos para que los moradores de ambas se visitaran mutuamente, especialmente de noche, cuando muchos iban y venían. De modo que las viejas amas se limitaron a acompañar a las jóvenes doncellas el breve trecho que separaba las entradas principales de las dos mansiones, mientras los servidores de ambas puertas acordonaban los dos extremos de la calle. No habían aparejado una mula al carruaje de la señora You; bastaron siete u ocho pajes para, empujándolo suavemente, llevarlo hasta las gradas de la mansión Ning. Al llegar se ocultaron detrás de los leones de piedra que flanqueaban la entrada, mientras las criadas levantaban la cortinilla y Yindie se apeaba para ayudar a su vez a su señora. Siete u ocho faroles de diversos tamaños arrojaban una luz brillante que permitió a la señora You ver cuatro o cinco carruajes estacionados junto a los leones de piedra y deducir que ya habían llegado los invitados de algún garito.

—Mira esos carruajes —le dijo a Yindie—. Y vete a saber cuántos más han venido a caballo, pues sus animales estarán en los establos. ¿Cuánto dinero habrán acumulado sus padres para que ellos lo dilapiden de está manera?

Ya había llegado al salón delantero, donde la esposa de Jia Rong la esperaba para darle la bienvenida al frente de todas las criadas y doncellas, provistas de velas.

—Siempre he querido echar un vistazo discretamente, pero nunca tuve oportunidad —comentó la señora You—. Hoy, por casualidad, pasamos por delante de sus ventanas.

Asintieron las matronas, y fueron abriendo el camino con sus faroles de mano. Una de ellas se adelantó para advertir a los pajes que no hicieran aspavientos. Cuando la señora You y las demás se acercaron de puntillas a las ventanas escucharon un barullo que llegaba del interior, bromas y enhorabuenas mezcladas con imprecaciones y quejas.

Y es la verdad que Jia Zhen, confinado por el luto y no pudiendo salir a divertirse, ni escuchar óperas o piezas musicales, había ingeniado otra manera de pasar el tiempo: invitaba durante el día a diversos jóvenes señores y a otros amigos y parientes ricos con el pretexto de competir en el arte del tiro con arco. Luego, argumentando que disparar en vano no sólo no propiciaba su progreso, sino que empeoraba su postura de tiro, impuso castigos y levantó apuestas. Eran, según él, incentivos para el perfeccionamiento. Había colocado una diana bajo el pabellón de la Fragancia Celestial, y allí se reunían todos cada mañana después del desayuno. Como Jia Zhen no quería que apareciera su nombre, obligaba a Jia Rong a actuar de banca.

Los invitados, jóvenes herederos de nobles familias acaudaladas, formaban una banda de perdularios interesados únicamente en peleas de gallos, carreras de galgos y visitas a sauces y flores[1]. Habían acordado turnarse para cubrir los gastos de los festines que se organizaban después del concurso de tiro al blanco, para que Jia Rong no tuviera que afrontarlos solo. Y así iban haciendo matar cerdos, carneros y aves, compitiendo en la exhibición de sus fortunas, la habilidad de sus cocineros y la suntuosidad de sus festines.

Antes de quince días, todo aquello había llegado a oídos de Jia She y Jia Zheng, a quienes pareció correcto que aquellos jóvenes poco versados en literatura practicaran las artes marciales, y con mayor razón cuando pertenecían a familias de generales de la nobleza hereditaria. Incluso llegaron a ordenar que Jia Huan, Jia Zong, Baoyu y Jia Lan, que no solían asistir, se presentaran cada día después del desayuno para practicar un buen rato en compañía de Jia Zhen.

Pero éste tenía otras miras. Pronto empezó a señalar la necesidad de relajarse después de tanto ejercicio. Aparecieron con esa excusa algunas partidas de cartas por la noche; al principio sólo se trataba de que el perdedor pagara el licor, pero poco a poco pasaron a jugarse el dinero y resultó que en tres o cuatro meses la timba ganó amplia ventaja sobre la arquería. Ya pasaban toda la noche jugando a las cartas y a los dados abiertamente. La nueva situación reportaba ventajas a los criados, por lo cual la alentaron hasta la rutina y procuraron que la gente ajena a aquel despliegue, fuera o no de la familia, permaneciera ignorante de su existencia.

No hacía mucho que se habían unido al grupo Xing Dequan, el hermano menor de la dama Xing, un despilfarrador inveterado, así como el ya conocido despilfarrador Xue Pan, a quien naturalmente todo aquello le parecía un arreglo espléndido.

A pesar de ser hermano de la dama Xing, Dequan tenía intereses absolutamente distintos, pues era un idiota incauto que gastaba el dinero como si fuera agua y cuyos únicos placeres eran la bebida, el juego y las orgías. Gustaba de los buenos bebedores y evitaba a los abstemios, fueran éstos de noble o humilde cuna, y no hacía la menor distinción entre amos y esclavos; de ahí que todos lo llamaran el Tío Tonto.

Xue Pan, a quien de tiempo atrás llamaban el Señorito Estúpido, sentía un natural afecto por Xing Dequan, lo que, por otra parte, no es de extrañar. Como ambos gustaban del vértigo de los dados, ahora habían conseguido que dos tipos jugaran con ellos sobre el kang del cuarto de afuera, donde unos cuantos hombres más jugaban a las cartas sentados en torno a una gran mesa. En el cuarto interior un grupo menos tosco jugaba al dominó. Casi todos los sirvientes eran pajes de menos de quince años, pues todos los criados adultos habían sido desalojados de aquel lugar. Por eso se atrevió la señora You a atisbar por la ventana.

Vio a dos jóvenes de dieciséis o diecisiete años, notablemente apuestos con su hermosa ropa y su maquillaje, escanciando vino. Xue Pan rezongaba después de una mala tirada, pero luego otra afortunada le hizo recuperar las pérdidas y le reportó ganancias, restaurando así su buen humor.

—Detengámonos un poco —propuso Jia Zhen—, y comamos algo antes de continuar.

Preguntó cómo iban las otras dos mesas. Los jugadores de dominó del otro cuarto también habían concluido y estaban esperando la cena; pero los jugadores de cartas estaban enfrascados en una mano y se resistían a interrumpirla. Decidieron no aguardar a que terminaran, e hicieron instalar una mesa primera, a la que se sentó Jia Zhen con los que estaban dispuestos, ordenando a Jia Rong que esperase a los demás.

Eufórico por su buena suerte, Xue Pan manoseaba a uno de los jovencitos mientras bebía a sorbos. En un momento dado, ordenó al muchacho que brindara por el Tío Tonto. Pero como Xing había perdido, estaba de mal humor. Dos tazones de vino habían acabado por picarlo, y empezó a quejarse de que los dos invertidos se arrimaban mucho a los ganadores e ignoraban a los perdedores.

—Sois como las liebres, que siempre nadan hacia arriba. Hemos pasado juntos todos estos días, y habéis recibido favores de cada uno de nosotros, pero ahora, en cuanto algunos perdemos unos cuantos taeles de plata nos dividís en categorías. ¿Acaso pensáis que nunca volveréis a necesitar mi ayuda?

Como lo vieron medio borracho, los demás trataron de apaciguarlo.

—Tienes razón, tienes razón —dijeron—. Así se portan siempre. —Y ordenaron a los dos muchachos con dureza—: Rápido, pedidle disculpas con una ofrenda de vino.

Los dos jóvenes, acostumbrados a ese tipo de escenas, se arrodillaron para ofrecer una copa a Xing mientras decían:

—Nuestros maestros nos adiestran para que, no importa cuán cercanos o lejanos sean nuestros protectores, halaguemos únicamente a los ricos y poderosos. Un hombre puede ser incluso un santo o un Buda viviente, pero si no tiene dinero e influencia estamos obligados a ignorarlo. Además, señor, nosotros somos jóvenes y éste es un oficio bajo, así que perdónenos por esta vez, señor tío abuelo.

Y alzaron hacia él, de rodillas como estaban, una copa de vino.

—El Tío Tonto ya se había tranquilizado, pero fingió seguir molesto.

—Dicen la verdad, así es —dijeron los otros—. Tú siempre has apreciado el jade y cuidado a las flores[2], ¿por qué te pones así hoy? ¿Cómo van a poder incorporarse si te niegas a tomar un trago?

Después de aquello Xing cedió con un gruñido:

—De no ser por la intercesión de todos estos caballeros, habría cortado con vosotros para siempre.

Y sólo entonces tomó la copa y la apuró de un trago.

Le sirvieron otro tazón, y el licor acabó por subírsele a la cabeza, de manera que volvió a anteriores querellas, dando golpes en la mesa. La borrachera le soltó la lengua y le dijo a Jia Zhen con un suspiro:

—Mi digno sobrino, no podemos culpar a estos muchachos por ser tan codiciosos, pues tratándose de dinero y poder, muchas personas de grandes familias oficiales olvidarían hasta a sus propios parientes. ¿Te has enterado de la pelea que tuve ayer con tu respetable tía de la otra mansión?

—No.

Xing Dequan suspiró de nuevo.

—Todo fue por el cochino dinero. ¡Qué barbaridad!

Jia Zhen sabía que se llevaba muy mal con la dama Xing, quien a menudo se quejaba y criticaba todo lo referente a él.

—Es qué eres un manirroto, tío —le dijo—. Si continúas gastando a este ritmo, nunca tendrás bastante.

—Mi digno y querido sobrino, ignoras cómo son las cosas en nuestra familia —replicó Xing—. Cuando murió mi madre yo era un niño que nada sabía de negocios. De mis tres hermanas, la mayor es tu respetada tía, quien le echó la zarpa a todas las propiedades familiares y las trajo consigo cuando se casó. Ahora también mi segunda hermana se ha casado, pero en circunstancias más estrechas. La tercera sigue en casa. Todos nuestros gastos son cubiertos con dinero que nos entrega la doncella personal de tu tía, la esposa de tu mayordomo Wang Shanbao. Cuando yo vengo a pedir dinero, no vengo a sacárselo a los Jia. Los Xing tenemos más que suficiente para mis gastos. Es una gran injusticia de la que no me puedo quejar ante nadie.

Jia Zhen temió que aquella lacrimosa charla causara mala impresión a sus invitados y trató de cambiar de tema. Pero, al otro lado de las ventanas, la señora You lo había oído todo con claridad.

—¿Has oído? —le susurró a Yindie—. Ése es el hermano menor de la dama Xing. Si trata tan mal a su propio hermano, con razón la demás gente se queja de ella.

Estaba ansiosa por oír más, pero en ese momento se unieron al banquete los jugadores de cartas, que habían concluido su juego.

—¿Quién ofendió al tío Xing hace un momento? —preguntó uno de ellos—. No me enteré bien. Cuéntanoslo y haremos de jueces.

Xing les contó cómo los dos muchachos desdeñaban a los perdedores y se arrimaban a los ganadores.

—En ese caso, tío —dijo un joven señorito vestido de seda—, tenías un buen motivo para estar molesto. A ver, que los dos muchachos me respondan: si lo que ha perdido el tío abuelo Xing es su dinero, no su verga, ¿por qué lo despreciáis?

Estalló una carcajada general producida por aquellas palabras. Xing batía su mandíbula con tal fuerza que esparció por todo el suelo el arroz que tenía en la boca.

Afuera, la señora You escupió con desagrado.

—Escucha a esos jóvenes bribones desvergonzados —maldijo en voz baja—. Acaban de abandonar sus dados de hueso, y están esparciendo basura por el suelo. ¡Quién sabe qué les ocurrirá a continuación si siguen bebiendo ese asqueroso líquido!

Y se retiró a su cuarto a dormir.

Los jugadores no se dispersaron hasta la cuarta vigilia. Jia Zhen fue al cuarto de su concubina Peifeng.

Al día siguiente, cuando se levantó, unos criados le informaron de que las sandías y los pasteles de luna[3] para la fiesta ya estaban listos para ser distribuidos.

—Pídele a tu señora que los reparta como estime conveniente. Yo tengo otras cosas que hacer.

Peifeng informó de aquello a la señora You, que envió raciones a los diversos aposentos.

Un instante después la concubina volvió para preguntar:

—Señora, el señor quiere saber si hoy va a salir o no. Dice que como estamos de duelo no podemos celebrar la fiesta del Medio Otoño el día quince del octavo mes, pero que podríamos hacer una fiesta familiar esta noche para marcar la ocasión con sandías, fruta, pasteles y vino.

—No quiero salir —repuso la señora You—, pero la señora Zhu, de la otra mansión, no se siente bien, y Xifeng también está en cama. Si no voy yo no habrá quien se ocupe de las cosas. Además, ¿por qué hacer una fiesta si él está tan ocupado?

—El señor dice que ya ha suspendido las visitas de hoy y no las hará hasta el dieciséis. Está decidido a ofrecerle un banquete.

—De acuerdo entonces, pero yo no puedo corresponder a su atención.

Peifeng partió riéndose, y regresó al poco rato a informar:

—El señor espera que llegue temprano, señora; dice que quiere cenar con usted. Y me ha pedido que la acompañe.

—En ese caso será mejor que se dé prisa con el desayuno para que yo pueda ponerme en camino.

—Dice que él lo tomará fuera, y que desayune sin él.

—¿Quién lo espera afuera?

—Me dicen que acaban de llegar dos hombres de Nanjing, pero no sé quiénes son.

Mientras hablaba entró a presentar sus respetos da esposa de Jia Rong, recién terminado su aseo. Un instante después estuvieron juntas frente al desayuno, la señora You en el lugar más alto, su nuera en el más bajo. Después, la señora You se mudó de ropa y fue a la mansión Rong.

En efecto, Jia Zhen había mandado disponer un festín para cuando regresara aquella noche: un cerdo y una oveja, junto con otros platos y dulces, demasiados para enumerar aquí. En el salón de los Arbustos Verdes, ubicado en el jardín de la Fragancia Concentrada, colocaron unos biombos de plumas de pavo real y unos cojines con diseños de lotos para que él, su esposa y sus concubinas cenaran y luego bebieran juntos disfrutando de la visión de la luna.

Cuando llegó la primera vigilia ya había refrescado la brisa y el brillante disco lunar lo teñía todo de plata en el cielo y en la tierra. Jia Zhen propuso algunos juegos de copas, y la señora You hizo que Peifeng y las otras tres concubinas se unieran a ellos, sentadas en fila en los asientos más bajos de la mesa, para jugar a adivinar los dedos y beber. Entonces Jia Zhen, animado por el licor, envió a una criada a por una flauta de bambú morado y pidió a Peifeng que la tocara mientras Wenhua cantaba. La ternura y claridad de su voz encantadora cautivó a los oyentes.

Después hubo más juegos de copas, casi hasta la medianoche, cuando ya Jia Zhen estaba casi borracho. Justo cuando todos se abrigaban más y cambiaban de copas para seguir bebiendo vino, se escuchó nítidamente un prolongado y profundo suspiro que procedía de la pared del jardín. Toda la compañía se estremeció de miedo.

—¿Quién anda ahí? —preguntó severamente Jia Zhen.

Pero a pesar de qué llamó varias veces, no obtuvo respuesta.

—Puede ser uno de nuestros sirvientes que está detrás del muro —sugirió la señora You.

—Pamplinas —replicó su esposo—. Los cuartos de la servidumbre no están ni remotamente cerca del muro. Además esta parte está precisamente detrás del templo ancestral. ¿Quién andaría por ahí a esta hora?

En el mismo instante oyeron al otro lado del muro una ráfaga de viento y un brusco porrazo, como si las mamparas del interior del templo se hubieran cerrado con un golpe. El aire les pareció más frío, y la luna, que un momento antes habían visto tan brillante y límpida, pareció cubrirse con un velo opaco. Un escalofrío recorrió a todos los presentes. Jia Zhen casi recuperó la sobriedad, pero si bien conservó más presencia de ánimo que las mujeres, también lo asaltaron el asombro y la preocupación. Todo aquello proyectó una sombra sobre la fiesta. Sin embargo, se sintieron obligados a quedarse allí un rato más antes de retirarse a descansar a sus respectivos cuartos.

Como el día siguiente era el quince, Jia Zhen se levantó temprano y llevó a toda la familia a abrir el templo ancestral para realizar los habituales ritos del primero y el quince de cada mes[4]. Miró cuidadosamente en torno suyo y no encontró nada fuera de lugar. Optó entonces por no mencionar el extraño suceso de la noche anterior, pues consideró que lo había imaginado bajo los efectos del alcohol. Concluida la ceremonia, hizo cerrar el templo como de costumbre.

Después de la cena, Jia Zhen y su esposa fueron a la mansión Rong, donde encontraron a Jia She y a Jia Zheng charlando con la Anciana Dama. Jia Lian, Baoyu, Jia Huan y Jia Lan los atendían de pie. Jia Zhen fue saludándolos uno por uno, y después de algunos comentarios la Anciana Dama lo invitó a tomar asiento, cosa que hizo forzadamente sobre un banquito cerca de la puerta.

—¿Cómo va el tiro con arco de tu primo Baoyu estos días? —le preguntó ella.

—Está progresando mucho, y no sólo porque haya mejorado su estilo, sino porque ahora ya puede usar un arco más fuerte.

—Eso está bien. No permitas que se extenúe o el excesivo esfuerzo le hará daño.

Jia Zhen asintió y ella comentó:

—Los pasteles de la luna que me hiciste llegar ayer estaban muy buenos. Las sandías tenían muy buen aspecto, pero defraudaron.

Jia Zhen le contestó entre risas:

—Los pasteles los ha preparado un cocinero nuevo. Primero los probé yo, y como me parecieron realmente buenos se los ofrecí. Las sandías fueron buenas en años anteriores, no sé por qué no son iguales este año.

—Es que este verano ha llovido demasiado —comentó Jia Zheng.

—Bien, ha salido la luna. Vamos a ofrecer el incienso.

La Anciana Dama se incorporó y, apoyada en el hombro de Baoyu, encabezó a los reunidos camino del jardín, cuyas puertas encontraron abiertas de par en par. Por doquier colgaban inmensos faroles de cuerno. Sobre la terraza ubicada frente al salón de la Sombra de la Buena Fortuna ardía el xiangdou rodeado de biombos[5] y velas encendidas, y había sandías, pasteles y otros dulces. Allí los esperaban la dama Xing y las otras damas. El fulgor de la luz de la luna, los faroles de colores, los aromas y el incienso… todo sugería un esplendor inefable.

La terraza estaba cubierta de tapetes y cojines de seda. La Anciana Dama se lavó las manos, quemó incienso y se hincó de rodillas; luego los demás la imitaron. Entonces declaró que lo mejor sería disfrutar de la visión de la luna desde un lugar alto, y ordenó que el banquete fuera servido en el gran pabellón situado en la cresta de la colina. Los sirvientes se fueron hacia allá a toda prisa para hacer los preparativos. Mientras tanto, ella tomó un breve respiro en el salón de la Sombra de la Buena Fortuna, sorbiendo té y charlando con su familia. Cuando llegó el anuncio de que todo estaba listo, se dispuso a trepar la colina, apoyada en los hombros de algunas doncellas.

—Las piedras musgosas pueden estar resbaladizas —advirtió la dama Wang—. ¿Por qué no la subimos en una silla de bambú?

—Este sendero se barre todos los días, y es muy agradable y ancho —la contradijo la Anciana Dama—. Me conviene caminar para soltar mis viejos huesos.

Jia She y Jia Zheng tomaron la delantera, seguidos por dos viejas amas con faroles de cuerno. Yuanyang, Hupo y la señora You se mantuvieron junto a la Anciana Dama para ayudarla, mientras la dama Xing y el resto se apiñaban detrás. Apenas habían dado cien pasos cuando llegaron a la cumbre donde estaba el salón de la Esmeralda Convexa, así llamado por haber sido construido sobre un promontorio. En la terraza delantera, ahora dividida en dos por un gran biombo, había mesas y sillas redondas de modo que simbolizaran la perfecta reunión[6]. La Anciana Dama tomó asiento en el centro, con Jia She, Jia Zhen, Jia Lian y Jia Rong a su izquierda, y Jia Zheng, Baoyu, Jia Huan y Jia Lan a su derecha. Mas el círculo sólo se llenó hasta la mitad, y la otra quedó vacía.

—Rara vez siento que seamos demasiado pocos, pero esta noche me sucede —observó la Anciana Dama con melancolía—. En los viejos tiempos una noche como ésta habría reunido de treinta a cuarenta hombres y mujeres, y habría sido un encuentro muy alegre. Esta fiesta es demasiado reducida. No podemos pedirles a los demás que se nos unan, pues están en sus casas celebrándola con sus propios padres. Llamad a algunas de las muchachas para que llenen el vacío del otro lado.

Trajeron a Yingchun, Tanchun y Xichun, que estaban detrás del biombo sentadas al lado de la dama Xing. Jia Lian, Baoyu y los otros muchachos se pusieron de pie para ofrecerles asiento, y se colocaron en los lugares más bajos. Entonces la Anciana Dama pidió una ramita de laurel y ordenó a una criada que tocara el tambor desde el otro lado del biombo mientras la rama pasaba de mano en mano. Quien la tuviera al detenerse el redoble tendría que beber una copa de vino y contar un chiste como castigo. El juego empezó por la Anciana Dama, que le puso la rama en la mano a Jia She, y así sucesivamente, de uno en uno. A la segunda vuelta Jia Zheng se quedó con la rama en la mano y tuvo que apurar su copa, mientras sus hijos, sobrinos y sobrinas se daban significativos empujoncitos y esperaban sonrientes el chiste que contaría. Él sintió que debía esforzarse por complacer a su madre, que se encontraba de tan buen ánimo.

—Si no logras hacerme reír —le advirtió—, tendrás otro castigo.

—Señora, yo sólo sé un chiste. Si no les parece bueno, aceptaré el castigo… Había un hombre totalmente dominado por su mujer…

Como Jia Zheng jamás había contado ese tipo de chistes, una carcajada lo interrumpió con un estallido.

—Parece muy bueno —dijo la Anciana Dama riéndose.

—Si cuando haya terminado le sigue pareciendo bueno, señora, entonces deberá beber otra copa.

—De acuerdo.

Y continuó:

—El esposo dominado jamás se atrevía a ir a ninguna parte sin permiso de su mujer. Pero en la fiesta del Medio Otoño, cuando había salido de compras, se encontró con unos amigos que se lo llevaron para que bebiera con ellos. En su compañía se embriagó y se quedó dormido. Al día siguiente despertó lleno de remordimientos y tuvo que volver a su casa a pedir disculpas. Cuando llegó, su esposa estaba lavándose los pies. Ella le dijo: «Sólo te perdonaré si me lames los pies». De modo que el hombre se vio obligado a lamérselos. Pero al hacerlo le dio asco y sufrió una arcada, lo que molestó tanto a su esposa que amenazó con golpearlo. «¡Insolente!», gritó. Cayendo de rodillas aterrado, él dijo: «Señora, no es que sus pies huelan mal; es que tengo el estómago revuelto por todo el vino de arroz y los pasteles de luna que comí ayer».

Los reunidos se echaron a reír, e inmediatamente Jia Zheng le sirvió a la Anciana Dama una copa de vino.

—Si fuera necesario cambiaríamos este vino de arroz por algún licor más suave —propuso ella—. No quisiéramos que a ti te pasara lo mismo.

Las palabras de la Anciana Dama provocaron otra carcajada. Y empezó de nuevo el redoble del tambor para alegría general. Esta vez se detuvo cuando era Baoyu quien tenía la rama en la mano. La presencia de su padre le inquietaba, pero ya no podía desprenderse de la rama. Pensó: «Si no cuento un buen chiste me dirán que soy estúpido hasta para eso. Pero si cuento uno divertido me acusarán de no servir para el estudio, sólo para la cháchara, y será peor. Tendré que buscar una salida».

Y levantándose suplicó:

—No sirvo para contar chistes. Por favor, impónganme otro castigo.

—De acuerdo —dijo inmediatamente Jia Zheng—, escribe un poema de circunstancias que rime en qiu[7]. Si lo haces bien, tendrás un premio, si no ¡ya te puedes ir preparando!

—Esto no es más que un juego de copas —objetó la Anciana Dama—. ¿Por qué obligarlo a escribir un poema?

—Él puede hacerlo —le aseguró Jia Zheng.

Entonces la anciana mandó traer papel y pincel.

—Pero no vayas a utilizar expresiones manidas como «gélido jade», «cristal de plata», «brillante esplendor» o «pureza relumbrante». Tu poema debe ser original. Quiero probar tu capacidad después de todos estos años de estudio —le advirtió Jia Zheng.

Aquello era lo que había estado esperando Baoyu. Inmediatamente compuso cuatro versos y los escribió; luego presentó el poema a Jia Zheng, quien asintió con la cabeza mas no hizo ningún comentario, lo que fue tomado por la Anciana Dama como una buena señal.

—¿Es bueno? —le preguntó.

Para complacerla, Jia Zheng respondió:

—Un esfuerzo interesante, pero como no se ha dedicado a estudiar los libros adecuados su lenguaje carece de distinción.

—Eso está bien. Después de todo, ¿qué edad tiene? ¿Esperas que sea un prodigio? Deberías alentarlo para que en el futuro preste más atención a los estudios.

—Muy bien. —Jia Zheng se volvió para decirle a un ama—: Anda y di a los pajes de mi estudio que traigan ésos dos abanicos de Hainan, y que se los entreguen a Baoyu.

Éste hizo una venia de agradecimiento y volvió a sentarse. El juego continuó.

El premio de Baoyu hizo que Lan abandonara su asiento para escribir otro poema, que entregó a su abuela. Muy complacido, Jia Zheng explicó a la Anciana Dama el contenido del poema. Y ésta, deleitada, ordenó que le dieran un premio también a Lan, tras lo cual volvieron a sus asientos para seguir el juego. El tambor enmudeció de nuevo cuando la rama estaba en la mano de Jia She, quien tuvo que beber una copa y contar un chiste:

—Cierta familia tenía un hijo con un gran sentido de la piedad filial. Un día su madre cayó enferma, y como no pudieron encontrar un médico capaz de curarla llamaron a una vieja que practicaba la acupuntura. La mujer, que ignoraba todo acerca del pulso, diagnosticó fuego en el corazón, y dictaminó que unas cuantas sesiones de acupuntura devolverían la salud a la enferma. «¿Cómo va a clavarle agujas en el corazón? —preguntó alarmado el hijo—. ¡Eso la matará!» La vieja contestó: «No hay necesidad de clavarlas en el corazón. Bastará con hacerlo en las costillas». «¿Pero no está el corazón cerca de las costillas?», protestó él. «No importa —replicó la vieja—. ¿Acaso ignora que el corazón de los padres siempre se inclina hacia un lado u otro?»

La carcajada fue general, y la Anciana Dama tuvo que sorber un poco de vino. Después de un breve silencio, dijo:

—Supongo que debería conseguir que esa vieja me hiciera también a mí un tratamiento de acupuntura.

Jia She advirtió entonces que la Anciana Dama había tomado el chiste como una alusión personal, y que la había ofendido con su falta de tacto. Inmediatamente se puso de pie para servirle vino y tratar de disimular lo sucedido. La Anciana Dama dejó pasar el asunto.

El juego siguió y fue Huan quien se quedó con la rama de laurel en la mano. Últimamente se había estado aplicando más en sus estudios, pero, al igual que Baoyu, prefería la lectura de poemas a los clásicos ortodoxos. Sus poemas preferidos eran los de temas extraños y fantásticos. Cuando vio a Baoyu recibir un premio por su poema, quiso lucirse también él, pero la presencia de su padre le impidió sugerirlo siquiera. Ahora que le había llegado el turno, tomó papel y pincel y escribió una estrofa de cuatro versos que entregó a Jia Zheng. El padre quedó muy impresionado, aunque por entre los versos se deslizara la evidencia de una falta de interés por el estudio.

—Ambos hermanos son iguales —les reprochó—. Todas las ideas que expresan son heterodoxas. Ambos son unos réprobos indisciplinados. Los antiguos ya hablaron de «los dos difíciles»[8], y eso es lo que sois vosotros dos; sólo que en vuestro caso no hay méritos que considerar, sino más bien defectos. El hermano mayor se compara desvergonzadamente con Weng Tingyun y el menor se considera otro Cao Tang[9].

Todos se echaron a reír, y Jia She pidió ver el poema, que elogió encendidamente.

—A mí me parece que demuestra carácter —comentó—. En nuestra familia no somos como esos pobres pedantes que para cortar las ramas del laurel en el palacio del Sapo tienen que estudiar a la luz del reflejo de la nieve o de las luciérnagas[10]. Si fueran así no podrían acceder a un alto rango. Nuestros hijos también deben estudiar, pero si actúan con un poco más de sensatez que los demás y son capaces de comportarse como auténticos mandarines, no dejarán de obtener un puesto oficial. No hay necesidad de que pasen el tiempo pegados a los volúmenes o que se conviertan en ratones de biblioteca. Por eso me gusta su poema, digno de nuestra familia ducal.

En consecuencia ordenó a un criado que fuera a traerle unas fruslerías de su cuarto para dárselas al muchacho como recompensa. Y acariciando la cabeza de Huan, dijo riendo:

—Sigue escribiendo así, en el estilo de la familia. Estoy seguro de que el día de mañana heredarás nuestros nobles rangos.

—Todo lo que ha escrito son tonterías —protestó Jia Zheng—. ¿Cómo es posible que esos versos predigan el futuro?

Y sirvió una copa de vino para la Anciana Dama. El juego continuó hasta que la Anciana Dama sugirió:

—Los caballeros ya pueden retirarse. Seguramente hay afuera amigos que están esperándolos, y no es conveniente descuidarlos. Además, ya pasó la segunda guardia. En cuanto os hayáis marchado, nuestras muchachas podrán disfrutar con más libertad antes de que todas nos retiremos a dormir.

Entonces Jia She y los otros interrumpieron el juego, y después de un brindis final se retiraron. Si desean conocer lo que sucede, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LXXVI

Al escuchar el son lejano de una flauta las inunda

la tristeza en el salón de la Esmeralda Convexa.

Improvisando un poema colectivo se sienten

desamparadas en el refugio del Cristal Cóncavo.

Una vez que Jia She y Jia Zheng condujeron afuera a Jia Zhen y a los demás hombres, ordenó la Anciana Dama que fuera retirado el gran biombo para que los dos banquetes se reunieran en uno. Se despejaron las mesas, que a continuación volvieron a cubrirse de manjares, y aparecieron copas y palillos limpios. Aprovecharon las damas entretanto para ponerse ropa de más abrigo y echarse agua fresca en la cara, y esperaron sorbiendo té a que todo estuviera nuevamente dispuesto. Cuando volvieron a sentarse en torno a la mesa, la Anciana Dama se percató de la, ausencia de Baochai y Baoqin, que a la sazón se encontraban celebrando la fiesta en los aposentos de su propia familia. A su falta había que añadir las causadas por las enfermedades de Li Wan y Xifeng. Aquellos cuatro lugares vacíos daban a la reunión un aire inusitadamente tranquilo.

—En otros tiempos —observó la Anciana Dama—, cuando el señor estaba ausente solíamos invitar a la tía Xue para que disfrutara con nosotras contemplando la luna llena. Nos divertíamos muchísimo. Lo pasábamos muy bien, aunque parte de esa dicha que nos producía el estar juntas se esfumaba al recordar tanto tiempo como habíamos pasado sin vernos, la separación de la madre y el hijo, de los esposos, del padre y los hijos… Este año el señor ha vuelto y la familia se ha reunido de nuevo, pero eso ha traído consigo que hoy no podamos disfrutar de la presencia de la tía Xue y de sus hijos. Además, este año hay parientes alojados con ellos y no hubiera sido conveniente que los dejaran para venir aquí. Para colmo, Xifeng no se encuentra bien. Bromeando y riéndose como sólo ella sabe hacerlo habría compensado la ausencia de diez personas. Todo lo cual demuestra que en este mundo no existe nada perfecto. —Y suspiró hondamente mientras alargaba la mano reclamando una gran copa de vino caliente.

—Este año usted y los suyos están juntos —dijo la dama Wang—, pero no fue así otras veces. Es verdad que antes había más damas a su alrededor, pero eso no compensaba la ausencia de su propio hijo.

—Cierto —concedió la Anciana Dama—. Por eso mi buen humor me empuja a beber una copa tan grande. También vosotras deberíais hacer lo mismo.

La dama Xing y las demás, por complacerla, aceptaron la sugerencia, aunque ya se había hecho tarde y, como todas estaban fatigadas y ninguna era buena bebedora, se las veía desfallecer. Pero la Anciana Dama aún sentía deseos de divertirse y no tuvieron más remedio que quedarse haciéndole compañía. La anciana ordenó que se trajeran tapetes y se extendieran sobre las gradas para cubrirlos de pasteles de luna, sandías y más refrescos. Allí podrían sentarse las doncellas y disfrutar también de la luna llena, que, por cierto, ya lucía en lo alto del cielo, más encantadora y deslumbrante que nunca.

—Con una luna tan bella se impone escuchar el son de una flauta —decidió la Anciana Dama, y mandó llamar a las muchachas de la banda—. Demasiados instrumentos romperían el encanto —objetó luego—. Bastará con una sola flauta tocada en la lejanía.

Ya estaba la flautista camino de un lugar apropiado cuando llegó una de las matronas de la dama Xiang con un mensaje.

—Hace un rato, de regreso a su casa, el señor She tropezó contra una piedra y se torció el tobillo.

Inmediatamente la Anciana Dama envió a dos mujeres a ver cómo se encontraba Jia She y le pidió a la dama Xing que regresara cuanto antes. Cuando ya la mujer partía con el recado, añadió:

—Será mejor que te acompañe la esposa de Zhen. Yo me retiraré pronto.

—No, hoy no regreso —replicó alegremente la señora You—. Tengo la intención de quedarme bebiendo toda la noche con nuestra anciana antepasada.

—No, no, eso no puede ser —replicó ella—. Una pareja joven como vosotros debe pasar unida esta noche. ¿Cómo vas a abandonar a tu esposo por mí?

La señora You se turbó como un tomate y dijo con una sonrisa:

—¿Por quién nos toma, anciana antepasada? No somos tan jóvenes, llevamos más de diez años casados y ya andamos cerca de los cuarenta. Además, seguimos de luto. Nada de malo tiene que me quede con usted esta noche.

—Tienes razón —concedió la Anciana Dama—. Había olvidado que seguís de luto. Sí, hace ya más de dos años que murió tu pobre suegro. ¡Cómo pasa el tiempo! Beberé una copa como castigo por mi imperdonable olvido. Bueno, entonces no te vayas y quédate haciéndome compañía. La esposa de Rong puede regresar con su tía abuela.

Entonces la señora You pidió a su nuera que acompañara a la dama Xiang; ambas subieron a sus carruajes, que las esperaban en la puerta, y partieron.

Después la Anciana Dama condujo a las reunidas hasta el jardín a disfrutar de los osmantos en flor, tras lo cual regresaron al banquete, donde había vino templado. Y en plena charla estaban cuando de entre los osmantos llegó hasta ellas el dulce, armonioso, melifluo son de una flauta. Con la luna brillando y el frescor de la brisa, el cielo como una gran bóveda vacía y la pureza reinante en la tierra, se disiparon todas sus preocupaciones y ansiedades. Quedaron mudas, gozando del silencio que sólo la música rompía.

Duró la melodía de la flauta lo que se tarda en beber dos tazas de té. Cuando cesó, la absoluta tranquilidad reinante fue rota por las exclamaciones de admiración del grupo. Y volvió a escanciarse el vino caliente.

—¿No ha sido delicioso? —preguntó la Anciana Dama irradiando alegría.

—Sí, realmente lo ha sido —confirmaron las demás con una sonrisa—. A nosotras nunca se nos hubiera ocurrido una idea tan buena. Sin la sugerencia de Su Señoría nunca nos habríamos divertido tanto.

—Y si se tocara la flauta con más parsimonia, todavía podría ser más hermoso y encantador —añadió la Anciana Dama mientras cogía un pastel de luna hecho en el palacio del emperador; la pasta estaba hecha con mantequilla y el relleno con semillas de calabaza, piñones y miel. Pretendía recompensar a la flautista con el pastel y una copa grande de licor tibio. Así se lo comunicó a las doncellas y añadió que cuando hubiera terminado de comerlo le pidieran que tocara otra serie de melodías. Asintieron las criadas y fueron a cumplir el encargo.

Entretanto, las dos matronas que habían ido a ver a Jia She regresaron diciendo:

—Tiene el pie blanquecino e hinchado. Parece que ha mejorado algo después de haber tomado las medicinas. Ya no le duele mucho, no tiene importancia.

Movió la Anciana Dama la cabeza afirmativamente.

—Me preocupo demasiado por su salud, mientras él se queja de que «mi corazón se inclina hacia un lado» —dijo con un suspiro haciendo mención al chiste contado por Jia She—. Pero no tiene razón. Ya veis cómo lo trato.

—Sólo se trataba de un chiste de los que se cuentan después de haber bebido —replicaron con una sonrisa la dama Wang y la señora You—. Usted debe comprender que fue un descuido involuntario, ¿cómo se iba a atrever él a quejarse de Su Señoría?

En ese momento llegó Yuanyang con una túnica y una capucha en las manos.

—Ya es noche cerrada; a lo mejor está cayendo el rocío. Debe ponerse esto. Es hora de que se vaya a dormir.

—Precisamente ahora que estoy tan contenta, vienes tú a urgirme que regrese. ¿Acaso estoy borracha? Al contrario, ¡voy a estar aquí hasta que amanezca! —le replicó la Anciana Dama, y mandó llenar su copa. Se puso la capucha y la túnica bebiendo en compañía de las demás mientras contaba chistes. Entonces se oyó de nuevo el lento y melancólico son de la flauta, que procedía de la umbría de los osmantos. Todos se sentaron, enmudecidos nuevamente por la melodía. La noche era silenciosa y la luna brillaba en todo su esplendor. Al escuchar la flauta, a la Anciana Dama se le conmovió el corazón, tocado ya por la edad y el licor, y, acongojada, no pudo reprimir las lágrimas. También las demás se sintieron tristes y desconsoladas. Pasado un rato, al darse cuenta de la congoja de la Anciana Dama, se volvieron hacia ella intentado distraerla.

Mandaron escanciar más vino y a la flauta que se detuviera. La señora You dijo sonriendo:

—Yo también voy a contar un chiste para divertir a Su Señoría.

—Así está mejor, cuéntamelo, deprisa —le contestó la Anciana Dama con una sonrisa forzada. La señora You empezó:

—Había una familia con cuatro hijos. El mayor era tuerto, el segundo tenía una oreja, al tercero le faltaba una aleta de la nariz, y al cuarto no le faltaba nada pero era mudo…

Como viera que la Anciana Dama había cerrado los párpados, interrumpió su relato. Le preguntaron en un susurro si estaba despierta. La Anciana Dama abrió los ojos.

—No tengo sueño, sólo cierro los ojos para descansarlos un poco. Sigue con el chiste, te escucho.

—Señora, ya es la cuarta vigilia —se resistió la dama Wang—. Se está levantando viento y hay un fuerte relente, ¿No desea ir a descansar? Mañana podrá disfrutar otra vez de la luna llena; el dieciséis sigue brillando.

—¿Cómo es posible que sea tan tarde?

—Realmente lo es. Las muchachas ya no podían permanecer despiertas; todas se han ido a dormir.

En efecto, la Anciana Dama miró en torno suyo y sólo encontró a Tanchun. Las demás se habían escabullido.

—De acuerdo —dijo con una sonrisa—. Tampoco vosotras estáis acostumbradas a manteneros despiertas toda la noche. Y no deberíamos cansar a las muchachas, que son tan frágiles y delicadas. Sólo la pobre Tanchun sigue aquí. Anda, muchacha, mejor será que tú también te vayas. Es hora de terminar la fiesta.

Se incorporó, tomó un sorbo de té, se envolvió en la capa y partió transportada por dos mujeres en una pequeña silla de manos de bambú. Las demás la acompañaron hasta la puerta del jardín.

Al hacer la limpieza las criadas descubrieron que faltaba una copa de porcelana fina, y preguntaron a las demás:

—¿Alguna de vosotras ha roto una copa? Si es así, traed los trozos para presentarlos como prueba, o nos acusarán de haberla robado.

Pero las otras negaron haberla roto.

—Quizás alguna de las doncellas que atendían a las jóvenes damas ha dejado caer una copa —sugirieron—. Tratad de recordar, o preguntadles.

—Sí —exclamó la mujer encargada de los juegos de té—, ahora que lo dices recuerdo haber visto a Cuilü cogiendo una copa. Le preguntaré.

Y se fue en busca de Cuilü, que precisamente llegaba a su encuentro por uno de los corredores techados, acompañada de Zijuan. Cuilü la llamó:

—¿Ya se ha marchado la Anciana Dama? ¿No sabes dónde están las señoritas?

—Yo vengo a preguntarte por una copa, y tú me preguntas por tus señoras.

—Iba a llevarle un poco de té a la señorita Xiangyun, pero ha desaparecido en un santiamén.

—Su Señoría acaba de decirme que se han ido todas a dormir. Si no te has dado cuenta es que andabas jugueteando por ahí.

—No pueden haberse ido a la cama sin decir nada. Deben estar dando un paseo. Tal vez al ver partir a la Anciana Dama se adelantaron para despedirla. Nosotras iremos a buscarlas. Ya verás como aparecerá tu copa en cuanto las encontremos. Puedes ir a buscarla a primera hora de la mañana. ¿A qué viene tanta urgencia?

—Mientras sepa dónde está, no hay apuro. Mañana vendré a pedírtela.

Y la mujer regresó a seguir recogiendo los restos de la fiesta, mientras Zijuan y Cuilü se dirigían a los aposentos de la Anciana Dama.

Daiyu y Xiangyun no se habían ido a dormir. En la gran reunión familiar de la mansión de los Jia, la Anciana Dama se quejaba, pues la fiesta era menos animada que las de años precedentes, y resaltaba la ausencia de Baochai y Baoqin, que celebraban la ocasión en su propia casa con sus propias familias. Todo eso había hecho sentirse a Daiyu tan desconsolada mientras contemplaba la luna[1] que había corrido a llorar apoyada en la balaustrada. En aquellos días la enfermedad de Qingwen había empeorado, y eso tenía a Baoyu tan desanimado e inquieto que cuando su madre le ordenó repetidamente irse a dormir, la obedeció. Tampoco Tanchun tenía ganas de fiesta, pues diversos problemas familiares le preocupaban. Y como Yingchun y Xichun mantenían con Daiyu una relación poco armoniosa, sólo quedó Xiangyun para consolarla.

—Deberías ser más sensata —le dijo—; no permitas que esta escena familiar te entristezca. Ya ves, tampoco yo tengo familia, pero no por eso me dejo ganar por la congoja. Deberías tener en cuenta tu mala salud y cuidarte más. Lo de Baochai es una lástima. Con el tiempo que llevábamos diciendo que durante la fiesta del Medio Otoño nuestra academia debería reunirse para escribir un poema colectivo, y ya ves, cuando ha llegado el momento nos ha abandonado y ha ido a celebrarla por su cuenta. En lugar de reunirse con nosotros ha preferido quedarse con su familia. Ya lo decía el primer emperador de la dinastía Song: «¿Cómo puede uno permitir que un extraño ronque junto a su cama?»[2]. Puesto que ellas no quieren, ¿por qué no escribimos nosotras un poema al alimón? Mañana se avergonzarán de no haber estado aquí.

Como Xiangyun estaba tratando de animarla, Daiyu no quiso arruinar su entusiasmo y respondió:

—Muy bien. Pero aquí, con tanto ruido, no podremos encontrar inspiración.

—Aquí se está bien, con la luz de la luna sobre esta colina, pero se está mejor junto al agua. ¿Conoces el lago que hay al pie de esta colina y ese lugar llamado refugio del Cristal Cóncavo, situado en una de sus calas? Este jardín se diseñó cuidadosamente. La cumbre de la colina se llama Esmeralda Convexa, y Cristal Cóncavo la orilla del lago de abajo. «Convexo» y «Cóncavo», rara vez usados antes, son nombres frescos y originales. Y ambos lugares, uno arriba y otro abajo, uno luminoso y otro umbrío, uno montículo y agua el otro, parecen especialmente ideados para disfrutar de la luz de la luna llena. Quienes gustan de ver la luna desde las alturas pueden venir aquí, y quienes prefieren ver su reflejo en el agua pueden ir abajo. Pero estas dos palabras se suelen pronunciar como Wa y Gong, y por eso se consideran vulgares[3]. De ahí que fuera desdeñado aquel verso de Lou You que dice: «Apenas cóncava, rebosa de tinta la piedra del antiguo tintero». ¿No te parece ridículo?

—No fue Lou You el único que empleó ese carácter. También lo hicieron otros muchos autores de la antigüedad: Jiang Yan[4] en su ensayo poético Sobre el musgo verde, Dongfang en sus Registros extraños y milagrosos[5] y Zhang Yuanyan en sus Notas sobre pintura, donde describe los frescos pintados por Zhang Sengyou en los muros de un monasterio[6]. ¡Pero si se pueden citar muchos casos! Lo que pasa es que hoy la gente ignora todo eso y considera palabras vulgares algunas que, como ésas, han sido sin embargo utilizadas por los clásicos. Para ser sincera, fui yo quien sugirió ambos nombres. Resulta que aquel año se estaba poniendo a prueba a Baoyu; puso algunos nombres, unos fueron aprobados y otros se modificaron, y como había incluso algunos lugares que quedaron sin nombre, nosotras propusimos algunos y fueron llevados a palacio y mostrados a la hermana mayor, quien a su vez los envió a mi tío, que se mostró deleitado. Dijo que, de haberlo sabido, hubiera pedido a las muchachas que ayudáramos con los nombres. Aceptó todos los míos, sin cambiar una sola palabra. Bueno, vamos al refugio del Cristal Cóncavo.

Bajaron la colina, doblaron un recodo y llegaron al lago. Bordeaba toda la orilla una pasarela de bambú que conducía al pabellón de la Fragancia del Loto. Allí había una pequeña edificación enquistada al pie de la colina del salón de la Esmeralda Convexa, y que por estar tan cerca del agua y en terreno bajo había sido llamada «refugio del Cristal Cóncavo». Como era un lugar tan pequeño, con tan pocos cuartos, sólo habían sido destinadas allí dos criadas para que hicieran guardia de noche; y como éstas sabían que las damas del salón de la Esmeralda Convexa no precisarían de sus servicios, tras haber recibido sus pasteles de luna, dulces y vino, comieron y se embriagaron tranquilas hasta que, por fin, se echaron a dormir satisfechas.

—Están dormidas. Muy bien —dijo Xiangyun al ver el lugar a oscuras—. Disfrutemos del agua y de la luz de la luna en este atrio.

Sentadas sobre dos banquitos de bambú moteado de manchas negras[7] contemplaron primero la brillante luna llena en el cielo y luego su reflejo en el lago, y vieron a ambas compitiendo en esplendor. Era como estar en un palacio de cristal o en los aposentos de una sirena. Se levantó una suave brisa que encrespó las verdes aguas del lago, llevando hasta ellas un agradable frescor.

—¡Qué divertido sería salir ahora en bote sobre el lago a beber licor! —exclamó Xiangyun—. Eso es lo que haría si estuviera en mi casa.

—Como a menudo dijeron los antiguos: «¿De qué se puede disfrutar si siempre se persigue lo perfecto?». Yo ya estoy a gusto.

—Es natural que los humanos quieran conquistar el reino de Shu tras haber conquistado el reino de Long[8]. ¿Y no eran también los antiguos quienes a menudo decían: «Cree el pobre que se cumplen todos los deseos del rico»? Trata de disuadirlos y no te creerán, a menos que ellos mismos se vuelvan ricos. Tómanos a nosotras dos como ejemplo. A pesar de haber perdido a nuestros padres, vivimos en medio de la opulencia, pero, ya ves, no son pocas nuestras cuitas.

—No somos las únicas. Tampoco Sus Señorías, Baoyu, Tanchun y el resto ven realizados todos sus deseos, sean grandes o pequeños, tengan o no razón. Y eso se puede aplicar a todo el mundo, y especialmente a muchachas como nosotras, que vivimos con familias que no son la nuestra…

Xiangyun temió que Daiyu volviera a entristecerse, y la interrumpió:

—Bueno, acabemos con esta charla sin sentido. Empecemos nuestro poema.

En ese momento escucharon el melodioso son de una flauta.

—Sus Señorías están hoy de muy buen humor —comentó Daiyu—. Qué agradable es el sonido de esa flauta. Debería servirnos de inspiración. Como a las dos nos gustan los versos de cinco caracteres, hagamos pareados simétricos con esa medida.

—¿Con qué rimas?

—¿Qué te parece si contamos las barras desde este extremo de la pasarela al otro y así decidimos qué categoría de rima usaremos? Por ejemplo, si son dieciséis, usaremos las rimas xian[9]. ¿No sería una manera distinta de decidirlo?

—Original es, desde luego.

Entonces se levantaron y contaron las barras: había trece. Xiangyun se echó a reír:

—¡Trece! ¡Qué casualidad! Eso supone el grupo de rimas «Trece yuan»[10]. Puede resultar difícil, pues no hay suficientes para componer un poema largo de pareados. Pero, en fin, empieza tú.

—Ya veremos a quién le va mejor. Pero deberíamos conseguir papel y pincel para escribir los versos…

—Ya los copiaremos mañana. Memoria no nos falta.

—Muy bien. Empezaré con algo convencional. —Y Daiyu recitó:

La noche del triple cinco, en la fiesta del Medio Otoño…

Reflexionó Xiangyun a su vez y luego dijo:

… recuerda por su alegría a la fiesta de los Faroles[11].

Sembrada de estrellas, refulge la bóveda del cielo…

Daiyu:

… y cubren la tierra los sones espesos de flautas y cuerdas.

Por doquier, ¡qué locamente vuelan las copas, de mano en mano!…

—Me gusta ese último verso —aprobó Xiangyun—. Tengo que encontrar algo que haga juego con él. —Pensó unos instantes y por fin recitó:

… No hay una casa que tenga los ventanales cerrados.

El frío afila la brisa que se levanta suave…

—Me has superado —admitió Daiyu—. Pero tu segundo verso es un tópico. Deberías ir de verso bueno en verso bueno.

—Para hacer un poema tan largo como éste, y con rimas tan complejas, hay que ampliar un poco el tema. Debemos guardar los versos buenos para más adelante.

—¡Vergüenza debería darte si después no lo haces así! —Dicho lo cual, Daiyu continuó:

… ¡Qué dulce escena nocturna! ¡Qué cálido ambiente!

Alguien se burla de los ancianos que se disputan los pasteles…[12]

—Eso no sirve —se rió Xiangyun—. No es clásico. Al usar un incidente cotidiano como ése me estás poniendo en un aprieto.

—Cualquiera pensaría que no has leído muchos libros. Esa alusión a los pasteles es clásica. Antes de hablar deberías leer los anales de la dinastía Tang.

—No creas que me has apabullado. Ya lo tengo. —Y Xiangyun coronó el verso:

… y hay quien se ríe de las jóvenes que cortan sandías[13].

Flota en el aire el aroma del osmanto de jade…

—¡«Cortan sandías»! ¡Eso sí que es una invención tuya! —protestó Daiyu.

—Mañana lo buscaremos para que todos lo comprueben. No perdamos tiempo ahora.

—En cualquier caso, tu segundo verso no sirve: no vale utilizar «osmanto de jade» u «orquídea de oro» para salir del apuro[14]. —Y continuó, evitando hacer referencia a la orquídea:

… a la luz de la luna, exuberante, brilla la azucena de oro[15].

Las velas iluminan el suntuoso banquete…

—Qué fácil te ha resultado esa «azucena de oro» —comentó Xiangyun—. Esa rima obligada te ha ahorrado muchos problemas. Pero no había necesidad de elogiar a las madres de otros. Además, el segundo verso es bastante mediocre.

—Si tú no hubieras empleado «osmanto de jade» yo no me hubiera visto obligada a rimar con «azucena de oro». También hay que buscar imágenes brillantes que reflejen el paisaje real.

Entonces Xiangyun continuó:

… donde un estrépito de copas y fichas estremece el fragante jardín.

Los que plantean los enigmas, los que los resuelven, todos se someten a las mismas reglas…

—Ese último verso es muy bueno. Me resultará difícil igualarlo. —Daiyu pensó por un momento y luego dijo:

… que unos y otros escuchan tres veces[16].

Ruedan los dados: sólo se ven puntos rojos…

—Me gustan tus «tres veces» —dijo Xiangyun—, pues convierten en poético algo coloquial. Pero no has debido introducir los dados en el siguiente verso. —Y recitó:

… y al son de los tambores la flor cambia de mano[17].

La luz de la luna agita los patios y tejados…

—Buena respuesta —concedió Daiyu—, pero has vuelto a decaer en el segundo verso. ¿Por qué no dejas de introducir todo el tiempo tópicos como «luna» y «brisa»[18]?

—Todavía no he utilizado directamente «luna». Sin contar con que hay que introducir algunos adornos para no alejarnos demasiado del tema.

—Bien, lo dejaremos así por el momento. Mañana lo pensaremos mejor. —Y Daiyu continuó:

… su esplendor plateado funde el cielo y la tierra.

En todos los juegos habrá castigo o recompensa por igual para anfitriones e invitados…

—¿Por qué no dejamos de hablar de otros? Hablemos de nosotras mismas. —Y Xiangyun recitó:

… pero componiendo versos siempre habrá el mejor y el menos bueno.

Acodado en la balaustrada, uno pule sus versos…

—Sí, tienes razón, aquí es donde entramos nosotras —comentó Daiyu, y dijo:

… y otro evoca un paisaje, apoyado en la puerta.

Ya se acabó el vino, pero la inspiración permanece…

—¡Ya era hora! —exclamó Xiangyun, y recitó:

… Pasa la última guardia. Poco a poco, se van apagando

los sones de la música.

Ya van menguando charlas y risas…

—Ahora sí que es difícil mantener la altura —observó Daiyu, y continuó:

… hasta que sólo quedan vagos rastros, como de nieve o escarcha.

En las escaleras mojadas por el rocío, el Zhaojun se marchita…[19]

—¿Y cómo rimaré ahora el siguiente verso? Déjame pensar —exclamó Xiangyun, y se levantó para reflexionar dando vueltas con las manos en la espalda. Un momento después dijo sonriendo—: Muy bien. Por fortuna he dado con una palabra. He estado a punto de fracasar. —Y retomó el poema:

La niebla envuelve en el patio las hojas de las mimosas.

Desde las estalactitas se precipitan torrentes otoñales…

Con un respingo, Daiyu lanzó un grito de admiración.

—Este duende tan hábil se ha guardado buenos versos en la manga. Nunca hasta ahora habías utilizado esa palabra, «mimosa». ¿Cómo se te ha ocurrido?

—Para mi suerte, ayer estuve hojeando los Escritos selectos de diversas dinastías y encontré esa palabra. No supe de qué árbol se trataba y quise ir a buscarlo. Pero la prima Baochai me dijo: «No hace falta. Es un árbol cuyas hojas se abren de día y se cierran de noche»[20]. Como no creí lo que me decía fui a comprobarlo, y descubrí que tenía razón. Así que parece que efectivamente la prima Baochai sabe mucho.

—Es la palabra justa que necesitamos, ¡y ese verso de los «torrentes otoñales» es todavía mejor! Voy tener que devanarme los sesos para igualarlo, pero no se me ocurre nada bueno. —Y después de meditar un rato recitó:

… El viento arrastra las hojas hasta la raíz de las nubes[21].

Solitaria y pura, la Estrella del Otoño…

—El paralelo es pasable, pero el segundo verso es bastante flojo —sentenció Xiangyun—. Menos mal que el sentimiento está contenido en la escena, y la alusión no ha sido utilizada para salir del paso.

Continuó:

… y el Sapo de Plata, que aspira y que sopla[22].

La Liebre de Jade destilando elixires…[23]

Daiyu se limitó a asentir con la cabeza, y un buen rato después contestó:

… Vuela Chang E hacia el palacio del Frío Infinito[24].

Sube hasta el cielo a saludar a la Tejedora y al Vaquero…[25].

Xiangyun miró la luna, hizo el mismo movimiento de cabeza y siguió:

… En un barco visita a la nieta del Emperador Celestial[26].

El disco lunar muda incesante, crece y decrece…

—Ya estás otra vez utilizando el método de la alusión[27] —objetó Daiyu, pero continuó:

… empieza y acaba en vano cada mes. Sólo su espíritu permanece[28].

Casi no hay agua en la clepsidra…

Antes de que Xiangyun pudiera continuar, Daiyu, señalando una oscura sombra en el estanque, exclamó:

—¡Mira! Aquello parece un hombre en la oscuridad. ¿Será un fantasma?

—¡Tú y tus fantasmas! Yo no le tengo miedo. Ahora verás. —E inclinándose a recoger una piedra del suelo, Xiangyun la lanzó al estanque. ¡Plaf! Unas ondas quebraron el reflejo de la luna, que volvió a recomponerse un instante después. Cuando aquello hubo sucedido varias veces, oyeron un grito entre las sombras y vieron a una cigüeña blanca emprender el vuelo directamente hacia el pabellón de la Fragancia del Loto.

—Conque se trataba de eso… —se rió Daiyu—. No pensé que fuera una cigüeña. Me ha dado un buen susto.

—Qué divertido, la cigüeña me ha dado una idea. —Y Xiangyun recitó:

… y en la ventana, confusa, apenas queda la sombra de la lámpara.

Cruza el gélido estanque la sombra de una cigüeña…

Daiyu demostró su admiración golpeando el suelo con el pie.

—¡Efectivamente, esa maldita cigüeña te ha ayudado! Este verso es todavía más original que el de los «torrentes otoñales». ¿Cómo voy a igualarlo? El único paralelo de «sombra» es «espíritu». Una cigüeña cruzando un gélido estanque suena tan natural, adecuado, vivido, y original además, que voy a tener que darme por vencida.

—Entre las dos podremos encontrar algo; y si no lo conseguimos, lo dejaremos para mañana.

Daiyu, que seguía mirando hacia el cielo, ignoró sus palabras. Pasado un momento se echó a reír, y dijo:

—No cantes victoria. Ya lo tengo. Escucha.

… El espíritu de la flor yace sepultado en fría luz de luna.

—¡Muy bueno! ¡Realmente muy bueno! ¡Era el único paralelo posible! Enterrar el espíritu de la flor… qué maravillosa idea —y con un suspiro añadió—: Es un verso distinguido, pero excesivamente melancólico. Ahora que no estás bien deberías abstenerte de componer versos tan extrañamente tristes. Parece de mal agüero.

Daiyu soltó una risita:

—¿Y de qué otro modo hubiera podido vencerte? Pero me costó tanto trabajo que todavía no tengo el segundo.

En ese momento alguien salió de detrás de las rocas, al otro lado de la balaustrada y, con una risa, exclamó:

—Muy buen poema, muy bueno —exclamó—. Pero es demasiado melancólico. Mejor será que no sigáis. Si continúas así, esos dos versos no destacarán bien y todo el poema se verá artificial y forzado.

La perplejidad de Daiyu y Xiangyun aumentó cuando vieron aparecer a Miaoyu.

—¿De dónde sales tú?

—Como sabía que estabais disfrutando de la luna y escuchando muy buena música de flauta, salí a contemplar este lago cristalino y esta luna tan brillante, y cuando venía hacia aquí os escuché componiendo un poema. Me pareció el colmo del refinamiento, de modo que me detuve a escuchar. Habéis logrado algunos buenos versos, pero en conjunto es demasiado lúgubre. Lo que, por cierto, también tiene que ver algo con vuestro destino. Por eso salí a deteneros. Hace mucho tiempo que la fiesta se dispersó y la Anciana Dama abandonó el jardín. La mayoría de las muchachas ya están dormidas y vuestras doncellas os deben estar buscando por todas partes. ¿No teméis coger un resfriado? Acompañadme y os invitaré a una taza de té. Pronto amanecerá.

—No sabía que fuera tan tarde —dijo Daiyu.

Las tres muchachas se dirigieron al convento del Enrejado Verde, donde encontraron todavía lámparas encendidas frente al altar y varillas de incienso consumiéndose. Pero las pocas monjas viejas ya se habían ido a la cama, y sólo habían dejado a una novicia dormitando sobre un almohadón. Miaoyu la despertó para que preparara té. Entonces oyeron unos súbitos golpes contra la puerta y la novicia abrió para dejar paso a Zijuan y Cuilü, que venían con unas matronas en busca de las dos primas.

Al verlas bebiendo té dijeron entre risas:

—Nos han tenido buscando por todo el jardín. Hasta en los aposentos de la dama Xue hemos buscado. Hace un instante estuvimos en ese pequeño pabellón que hay al pie de la colina, y por fortuna encontramos a las guardianas despiertas. Nos contaron que dos personas habían estado hablando en el atrio de afuera, que se les unió una tercera persona y que hablaron de ir al convento. Así fue como dimos con ustedes.

Miaoyu le dijo a la novicia que las llevara a otro cuarto para que descansaran y bebieran un poco de té. Luego sacó ella misma pincel, tintero, papel y tinta, y pidió a las muchachas que recitaran su composición, caligrafiándola de principio a fin.

Como la vio de tan buen humor, dijo Daiyu:

—Nunca te había visto tan animada. Por eso me atrevo a pedirte tu opinión. ¿Vale la pena pulir este poema? Si consideras que no, lo quemaremos; pero si te parece que sí, ¿serías tan amable de hacer tú las correcciones?

—No aventuraré juicios apresurados, pero como vosotras ya habéis logrado veintidós rimas y versos excelentes, quizás descienda la calidad si continuáis. Me apetece «atar la cola de un perro a la de una marta cibelina»[29], pero temo que os sintáis ofendidas.

Daiyu nunca había leído poemas de Miaoyu, y como la joven monja estaba de tan buen humor le suplicó:

—¡Hazlo, por favor! Eso reforzará los versos de menos calidad.

—Debemos dar fin al poema retomando el propósito original. Si pasamos por alto sentimientos e incidentes ciertos, y nos dedicamos sólo a buscar imágenes y expresiones llamativas, perderemos nuestros modales femeninos y nos apartaremos del tema central.

—Tienes razón —coincidieron ellas.

Miaoyu tomó el pincel y escribió directamente su añadido, que luego mostró a las otras dos, diciendo:

—No os riáis de mí. Creo que ésta es la única manera de volver al tema. De ese modo no tendrá importancia que haya unos cuantos versos tristes.

Y tomando lo que había escrito, leyeron:

En trípodes de oro, trazando espirales, el incienso se consume,

y a las bateas de jade se apega una grasa blanca como el hielo.

Hay una flauta recta que hace llorar a una viuda,

y una pequeña doncella calentando la manta de seda.

Un fénix de colores adorna los vacíos cortinajes,

y en les ociosos biombos, bordados, ánades y patos.

Un espeso rocío ha hecho el musgo más resbaladizo,

y una pesada escarcha impide tocar los bambúes.

Pero hay alguien que pasea alrededor de una laguna

y trepa después a una meseta silenciosa

donde las rocas se dirían dioses y demonios en liza;

y lobos, y tigres agazapados, los retorcidos troncos.

La luz del alba ilumina el pétreo pedestal de la tortuga[30],

moja el rocío la mampara, al otro lado de la puerta.

El canto de mil pájaros estremece el bosque

y suena en un valle el chillido de un mono.

¿Cómo, si conoce tan bien los caminos, se extravía?

Si la fuente es familiar, ¿por qué pregunta por su origen?

En el convento del Enrejado Verde tañen las campanas.

En la aldea de la Fragancia del Arroz ya cantan los gallos.

Si hay motivo de júbilo, ¿de dónde esta tristeza?

¿De dónde la preocupación si no hay motivo de ansiedad?

Sólo ella misma puede distraer sus sentimientos delicados.

¿Con quién puede hablar de su gusto gracioso?

La noche acaba, mas no habléis de cansancio.

Hierven un té mientras discuten cuidadosamente cada verso.

A esto había añadido el título «Poema improvisado colectivamente con treinta y cinco rimas durante la noche de la fiesta del Medio Otoño en el jardín de la Vista Sublime»[31].

Daiyu y Xiangyun cubrieron aquel final de elogios.

—Ya ves, nosotras siempre hemos descuidado lo que teníamos más cerca mientras rebuscábamos inspiración en lo lejano. Aquí hay una diosa de la poesía, y nosotras «hablamos de la estrategia sobre el papel».

—Ya lo puliremos mañana —sugirió Miaoyu—. Pronto llegará la luz del día. Hay que descansar.

Se levantaron Daiyu y Xiangyun, se despidieron de Miaoyu y salieron con sus doncellas. Miaoyu las acompañó hasta más allá de la puerta y las siguió con la mirada mientras se alejaban. Luego entró en el convento y cerró la puerta. La dejaremos aquí.

Cuilü preguntó a Xiangyun:

—En los aposentos de la señora Li Wan se nos espera para dormir, ¿dónde iremos ahora?

—Diles que duerman. Es mejor que esta noche molestemos a la señorita Lin en vez de despertar a la enferma —le contestó Xiangyun.

Mientras tanto, habían llegado al refugio de Bambú. La mitad de las criadas estaban durmiendo. Ambas entraron en el cuarto, se desvistieron, se asearon y finalmente se metieron en la cama. Zijuan descolgó las cortinas, se llevó la lámpara y cerró la puerta tras ella. Pero Xiangyun no pudo dormir en lecho extraño. Y como Daiyu estaba anémica y sufría frecuentes insomnios, haber permanecido despierta más allá de su hora habitual también le impidió dormir. Así estuvieron un buen rato las dos, dando vueltas sin poder conciliar el sueño.

—¿Por qué no te has dormido todavía? —preguntó Daiyu.

—Tengo problemas para dormir en una cama extraña; además, ya no tengo sueño, sólo estoy descansando. ¿Y tú? ¿Por qué no duermes tampoco?

—Hace tiempo que sufro insomnio —suspiró Daiyu—. En un año no habré dormido bien más de diez veces.

—¡Con razón no te encuentras bien!

Si desean saber qué sucedió entonces…

CAPÍTULO LXXVII

Una hermosa doncella injustamente acusada

muere a temprana edad.

Unas adorables actrices cortan sus vínculos con

el mundo ingresando en un convento.

Pasada la fiesta del Medio Otoño pudo constatarse la notable mejoría de Xifeng. Cierto es que aún no se había restablecido del todo, pero ya era capaz de, abandonando el lecho, vagar por toda la casa. No por eso la dama Wang dejó de llamar al médico para que le tomara el pulso diariamente, como había venido haciendo en los últimos tiempos. Las píldoras que el galeno recetó requerían, entre otros ingredientes, dos liang de ginseng de la mejor calidad, que la dama Wang mandó traer a una doncella. Ésta, sin embargo, tras una larga búsqueda, sólo pudo encontrar una cajita de raíces finas como alfileres y de tan mala calidad que fueron rechazadas por la dama. Hubo que continuar rebuscando. La segunda vez, la doncella regresó con un paquete de raicillas y polvos de ginseng.

—Cuando no lo necesitamos, sobra; cuando lo necesitamos, no hay —exclamó la dama exasperada—. Una y otra vez os he pedido que os aseguréis de que las cosas vuelvan a su sitio después de haber sido utilizadas, pero nadie me escucha y se dejan al tuntún en cualquier parte. Ignoráis el valor del ginseng. Cuando lo necesitamos tenemos que pagar un ojo de la cara, y el que se trae de fuera puede no ser tan eficaz.

—Parece que éste es el único que hay —explicó Caiyun—: No hace mucho vino la dama Xing a pedir un poco, y usted le dio todo el que teníamos.

—Pamplinas. Id y traed lo mejor.

Caiyun regresó con unos cuantos paquetitos de hierbas.

—No sé lo que es —dijo—. Por favor, señora, véalo usted misma. No hay otra cosa —insistió.

La dama Wang abrió los paquetes pero no pudo recordar el nombre de nada de lo que contenían. Desde luego, nada era ginseng. Recurrió entonces a Xifeng, pero ésta en persona llegó a darle la respuesta: sólo tenía unas cuantas raicillas y un poco de crema de ginseng, pero no de la mejor calidad, y en cualquier caso necesitaba todo aquello para su medicina diaria. La dama Wang decidió pedírselo a la dama Xing, pero ésta le recordó que le había pedido ginseng unos días antes porque el suyo se había agotado.

La dama Wang no tuvo más remedio que recurrir a la Anciana Dama, quien ordenó a Yuanyang que trajera todo el que tuvieran. Resultó ser un gran paquete de raíces del grueso de un dedo humano cada una. Yuanyang pesó dos liang que la dama Wang entregó a la esposa de Zhou Rui, con instrucciones para que las enviara al médico junto con las hierbas que no habían podido identificar, a las que debía poner una etiqueta.

Poco tiempo después, la señora Zhou las trajo de vuelta.

—Todas las hierbas han sido adecuadamente envueltas y etiquetadas —dijo—. Pero el ginseng, señora, aunque es de la mejor calidad y ahora cuesta más de treinta taeles de plata cada liang, ya está demasiado viejo. El ginseng no es como otras medicinas. Por buenas que sean las raíces, en cien años se convierten en polvo. Éstas todavía no se han deshecho, pero ya se han secado y perdido su potencia. Por eso el médico quiere que se las devuelva y les comunique que deben conseguir un ginseng más fresco, sea de la calidad que sea.

Pensativa, la dama Wang agachó la cabeza.

—Entonces no tenemos otra alternativa que salir a comprar dos liang —concluyó por fin.

No se interesó por revisar los otros paquetes e hizo que los guardaran. Luego le dijo a la esposa de Zhou Rui:

—Que las sirvientas de afuera vayan a comprar dos liang de ginseng bueno. Si la Anciana Dama pregunta, dile que hemos usado el suyo. No hay que dar más explicaciones.

—Un momento, tía —intervino Baochai, que estaba allí—. Será difícil que se pueda comprar ginseng bueno en la calle. Cada vez que consiguen una buena raíz la cortan en dos o tres trozos y le injertan raicillas más pequeñas para vender el conjunto como si se tratara de raíces enteras; de modo que el tamaño es engañoso. Nuestro comercio mantiene tratos frecuentes con esos mercaderes de ginseng. Yo no tendría inconveniente en pedirle a mi madre que mi hermano envíe a un asistente para que se ponga en contacto con uno de ellos y le compre dos liang de raíces buenas y enteras. Vale la pena gastar unos cuantos taeles más y conseguir lo mejor.

—¡Eres inteligente de verdad! —exclamó la dama Wang—. Y muy amable al preocuparte.

Pasados unos momentos regresó Baochai para informar de que ya había sido enviada una persona, y que recibirían el ginseng aquella misma noche, a tiempo para preparar la medicina de la mañana siguiente. La dama Wang se sintió muy aliviada.

—Esto es como el refrán: «La vendedora de aceite para el cabello usa agua para su propio pelo» —suspiró—. Aquí siempre ha habido raíces de buena calidad y quién sabe cuántas hemos regalado. Ahora, cuando somos nosotros quienes necesitamos un poco tenemos que andar pidiendo por todas partes.

Con una sonrisa, Baochai replicó:

—Es caro, ciertamente, pero no deja de ser una medicina, y las medicinas deben ser regaladas para ayudar a los demás. No debemos acaparar el ginseng, como hace la gente vulgar.

—Tienes razón —la dama Wang asintió con un gesto de cabeza.

Entonces Baochai se fue. Como no había nadie más por allí, la dama hizo llamar a la esposa de Zhou Rui para que la informara sobre los resultados de su reciente registro en el jardín. La señora Zhou ya había discutido aquello con Xifeng, y habían acordado que no se ocultaría nada. Su descripción de los sucesos sorprendió y enfureció a la dama Wang, pero también la llenó de incertidumbre, pues Siqi era la doncella de Yingchun, y ambas pertenecían a la casa de la dama Xing. Por ello propuso que ésta fuera informada del asunto. Pero la señora Zhou se resistió:

—El otro día la dama Xing le dio unas bofetadas a la esposa de Wang Shanbao por meterse en tierra ajena. Ahora la señora Wang está simulando enfermedad y se niega a salir de su casa. Sobre todo porque Siqi es su nieta y ha caído en la trampa que ella misma había tendido. Sólo le queda pretender que nunca sucedió nada y esperar a que todo se calme. Si informamos a Su Señoría, ésta sospechará que estamos tratando de enredar más las cosas. Mejor hagamos comparecer ante ella a Siqi con las pruebas; cuando las vean le darán una paliza y buscarán otra doncella. ¿No sería eso más sencillo? Si nos limitamos a informarla, la dama Xing buscará una excusa para eludir la responsabilidad. «¿Y por qué no se encarga de eso tu señora?», me preguntará. «¿Por qué vienes a informarme a mí?» Eso retardaría la solución al problema. Y si, entretanto, Siqi aprovechara esa oportunidad para suicidarse, las cosas empeorarían mucho, pues es probable que las mujeres que la han estado vigilando estos últimos días vayan bajando la guardia poco a poco. Imaginemos que lo hagan, y que algo suceda. ¡Sería un escándalo!

La dama Wang lo pensó un rato y luego decidió:

—Tienes razón. Debemos darnos prisa y resolver este asunto antes de encargarnos de las picaras de nuestra propia casa.

Después de lo cual la señora Zhou reunió a algunas de sus colegas y las condujo a los aposentos de Yingchun.

A Yingchun le dijo:

—Dice la señora que Siqi ya ha crecido y que su madre viene cada dos por tres a solicitar su regreso, así que Su Señoría ha decidido mandarla hoy mismo a su casa para que le busquen un marido. A usted le buscaremos otra buena doncella que la atienda, señorita.

Y ordenó a Siqi que hiciera un hato con sus cosas y partiera.

A Yingchun se le llenaron los ojos de lágrimas, pues le resultaba doloroso separarse de la muchacha. Pero como las otras doncellas le habían contado en secreto los acontecimientos de aquella noche, y comprendía que se trataba de un caso de ofensa a las buenas costumbres, nada podía hacer. Siqi le había suplicado que intercediera por ella y la dejara permanecer allí; pero Yingchun no tenía una lengua rápida y carecía de fuerza para tomar una decisión.

—¡Qué cruel es usted, señorita! —sollozó Siqi, al ver que su suerte estaba echada—. ¿Qué ha hecho estos últimos dos días, sino alimentar mi esperanza? ¿Y ahora resulta que no encuentra una sola palabra para defenderme?

La esposa de Zhou Rui la increpó:

—No esperarás que la joven dama te conserve a su lado, ¿o sí? Y aunque lo hiciera, ¿con qué cara te presentaría ante el resto de la gente del jardín? Anda, sigue mi consejo y empaqueta rápido tus cosas para que puedas escabullirte sin que lo advierta nadie. Así no quedaremos mal ninguna.

—Ignoro la maldad que has cometido —le dijo Yingchun entre sollozos—, pero pedirte que te quedes aquí me desprestigiará. Sólo tienes que mirar a Ruhua: también ella ha pasado aquí muchos años, pero se marchó en cuanto se lo pidieron. Y vosotras dos no sois las únicas. Vete ahora, puesto que tarde o temprano habremos de separarnos.

—Después de todo, la joven dama ve las cosas con mayor claridad —coincidió la señora Zhou—. No te preocupes, que las otras serán despachadas más adelante.

A Siqi no le quedó más remedio que hacer un koutou ante Yingchun y despedirse de las otras doncellas.

—Si llega a sus oídos que me hacen sufrir —susurró entre lágrimas acercándose a su dueña—, no deje de interceder por mí, señorita, aunque sólo sea por el hilo que une a una señora con su esclava.

Con lágrimas en los ojos, Yingchun le prometió hacerlo.

Entonces la esposa de Zhou Rui y sus colegas dejaron partir a Siqi, con instrucciones a dos criadas para que llevaran sus cosas. Todavía no habían avanzado mucho trecho cuando les dio alcance Xiuju con un paquete de seda que entregó a Siqi mientras se secaba las lágrimas.

—De parte de nuestra señora —dijo—. Ahora que señora y doncella se separan, quiere que conserves este recuerdo.

El obsequio hizo que las lágrimas surcaran otra vez el rostro de Siqi. Ella y Xiuju lloraron juntas hasta que la señora Zhou, perdiendo la paciencia, insistió en que debían seguir la marcha.

—Por favor, tías, sed amables y esperad un momento más —sollozó Siqi—. Permitid que me despida de todas las que han sido como mis hermanas durante todos estos años.

La señora Zhou y las demás tenían sus propios asuntos que atender y sentían aquella tarea como una imposición adicional; además, los aires que se daban aquellas doncellas las enfurecían. Evidentemente no toleraban ese tipo de lenguaje.

—Vamos, muévete ya y deja de demorarte —se burlaron—. Tenemos cosas más importantes que hacer. ¿Acaso son carne de tu carne para que tengas que despedirte? Lo único que conseguirás será que se rían de ti. ¡Este asunto no ha terminado aquí! Cada vez te queda menos tiempo. Vamos, deprisa.

Y con estas palabras emprendieron la marcha encaminándose directamente hacia la puerta lateral trasera. Siqi temió decir una palabra más y no tuvo otro remedio que seguirlas.

Resultó que justo en ese momento regresaba Baoyu del exterior, y al ver a Siqi conducida por dos mujeres que acarreaban unos bártulos adivinó que la muchacha había sido definitivamente enviada a su casa. Ya había oído hablar de la batahola de aquella noche y los acontecimientos de aquel día que concluyeron en la recaída de Qingwen, pero ni siquiera un prolijo interrogatorio logró que ella revelara el origen de todo aquel escándalo. El día anterior había visto partir a Ruhua, y ahora le tocaba el turnó a Siqi. Consternado, les impidió el paso y preguntó adónde iban. Las matronas conocían la excéntrica conducta de Baoyu, pero no querían que él las importunara y les hiciera perder tiempo.

—Éste no es asunto suyo —le dijo la señora Zhou en tono cortés—. Vuelva a sus libros.

—Buenas hermanas, por favor, esperad un instante —suplicó él—. Tengo algo que decir.

—Las señoras nos ordenaron no perder un solo minuto. Y además, ¿qué puede usted decir? Nosotras nos limitamos a cumplir las órdenes de Su Señoría. Ésa es nuestra única preocupación.

Siqi le tiró de la manga:

—Ellas no pueden desobedecer las órdenes —sollozó—. Pero vaya y suplíquele a Su Señoría que me perdone.

Baoyu sintió que el corazón se le derretía y las lágrimas le saltaron a los ojos.

—No sé qué espantoso delito has cometido —exclamó—. Qingwen ha caído enferma de furia, y ahora tú te marchas. ¡Todas os marcháis! ¿Qué será de mí?

Al escuchar aquello la señora Zhou gritó a Siqi:

—Ya no eres una imitación de joven señora. Si no haces lo que te digo, te moleré a palos. No pienses que todavía tienes a tu joven dama protegiéndote y permitiéndote seguir causando todos los problemas que quieras. Así que síguenos tranquilamente, en lugar de andar tirándole de la manga al señor Bao. ¿Qué forma de comportarse es ésa?

Y se la llevaron a rastras antes de que pudiera decir nada más. Baoyu temió que las matronas informaran de todo aquello, así que permaneció mirando fijamente a la doncella mientras las tres se alejaban. Cuando se hubieron distanciado un poco levantó un dedo y lanzó una imprecación:

—¡Qué extraño! ¡Por qué será que cuando las muchachas contraen matrimonio Se contaminan de los hombres y se vuelven tan detestables, o aún más, que ellos!

Las matronas que había en la puerta soltaron una risotada.

—¿De qué está hablando el señor Bao? —chillaron—. ¿De dónde saca tales tonterías? —Y, para fastidiarlo, le preguntaron—: ¿Quiere decir que todas las muchachas solteras son buenas y todas las mujeres casadas, malas?

—Así es —asintió Baoyu—. Eso es lo que he querido decir.

—Somos muy estúpidas —se rieron—, y quisiéramos preguntarle una cosa más…

Pero antes de que pudieran concluir llegaron unas amas.

—¡Cuidado! —exclamaron—. Que todas las mujeres de guardia se reúnan y ocupen sus puestos. Su Señoría ha venido al jardín a hacer una inspección. Hay posibilidades de que venga por aquí… Además, ya ha ordenado que alguien vaya en busca de los parientes de Qingwen, la del patio Rojo y Alegre, y que la esperen para llevársela.

—¡Alabado sea Buda! —gorjearon ellas—. Por fin ha abierto el cielo los Ojos. Cuando esa mala pécora haya partido todas tendremos un poquito de paz.

Apenas escuchó que llegaba su madre a hacer una ronda de inspección, Baoyu intuyó que eso significaba problemas para Qingwen, y por ello partió sin escuchar las quejas.

Encontró el patio Rojo y Alegre lleno de gente. Allí estaba su madre, con el rostro cetrino como una tormenta, que lo ignoró.

A pesar de que Qingwen estaba consumiéndose, pues hacía cuatro o cinco días que no había probado bocado, fue sacada a rastras del kang con los cabellos revueltos.

—Que se lleve únicamente la ropa que lleva puesta —ordenó la dama Wang—. Que las prendas más finas queden para otras mejores que ella.

Y acto seguido citó a todas las doncellas para pasar revista.

Todo aquel lío tenía su origen en la esposa de Wang Shanbao, que había aprovechado la indignación de la dama Wang unos días antes para calumniar a Qingwen y a otras muchachas del jardín que le desagradaban. Y la dama Wang se había tomado todo aquello muy a pecho. Las tareas de la fiesta del Medio Otoño habían hecho que todo se postergara un par de días, pero ahora había llegado a pasar revista a todas las doncellas del jardín, no sólo para despachar a Qingwen, sino también porque a sus oídos había llegado que, ahora que Baoyu estaba creciendo, las bribonas de sus doncellas le estaban enseñando un montón de cosas inconvenientes. La dama Wang consideró que este último rumor era aún más serio que el caso de Qingwen, por lo cual aquélla se había propuesto examinarlas a todas, desde Xiren hasta las que estaban encargadas de las faenas pesadas.

—¿Cuál es la que nació el mismo día que Baoyu? —preguntó.

Como la muchacha en cuestión no se atrevió a responder, una vieja matrona tuvo que señalarla con el dedo:

—Es ésa: Huixiang, también llamada Sier.

La dama Wang la observó detenidamente. Constató que, aunque no tan hermosa como Qingwen, la muchacha no carecía de cierto encanto, y toda su inteligencia se transparentaba en su aspecto. Además, tenía una manera de vestirse vagamente distinguida. La dama Wang hizo un gesto de asentimiento desdeñoso.

—¡Otra putilla desvergonzada! Alguien le dijo en secreto a Baoyu que un muchacho y una muchacha nacidos el mismo día estaban destinados a ser marido y mujer. Fuiste tú, ¿no es cierto? ¿O piensas que sólo porque vivo aparte no me entero de nada? A pesar de que no vengo por aquí a menudo, mi vista, mis oídos y mi corazón siguen muy de cerca vuestras andanzas. Baoyu es mi único hijo, ¿cómo voy a permitir que bribonas como tú lo corrompan?

Al escuchar en público lo que ella le había dicho en secreto a Baoyu, Sier se sonrojó, dejó caer la cabeza sobre el pecho y rompió a llorar.

Una vez que hubo ordenado que sus padres se la llevaran para casarla, la dama Wang preguntó:

—¿Cuál es esa a la que llaman Yelü Xiongnu?

Las amas señalaron a Fangguan.

—¡Ah, una cómica! Con razón tiene espíritu de zorra. La última vez que te ofrecimos dejarte partir, te negaste. Deberías haberte portado bien en lugar de causar problemas y alentar el comportamiento tan desaforado de Baoyu.

—¡Yo nunca me atrevería a hacer algo así! —alegó Fangguan con una sonrisa.

—¡Encima respondona! Dime: ¿Quién, hace dos años, cuando fuimos al Sepulcro Imperial, convenció a Baoyu para que trajera aquí a esa muchacha llamada Liu Wuer? Afortunadamente ella murió pronto; de otro modo habría venido y, todas juntas, habríais acabado arrasando este jardín. Vives amenazando a tu propia nodriza, por no hablar ya de las demás personas.

Y mandó que se llevaran a Fangguan y le encontraran un esposo afuera, con instrucciones para que conservara todas sus cosas. Ordenó también que todas las jóvenes actrices asignadas el año anterior a los diversos aposentos de las muchachas dejaran ahora el jardín, y que se las llevaran igualmente para casarlas. Todo esto causó el deleite de sus nodrizas, que acudieron a hacer reverencias de agradecimiento.

Entonces la dama Wang hizo registrar toda la casa. Cualquier objeto de Baoyu que levantara sospechas debía ser confiscado y llevado a sus aposentos.

—Vamos a limpiar este lugar —dijo—, y nos ahorraremos habladurías en el futuro.

También lanzó una advertencia a Xiren y a Sheyue:

—Y vosotras andad con mucho cuidado. Tampoco os voy a perdonar si no respetáis en todo momento las normas.

Hizo que consultaran un almanaque, y encontraron escrito que no era señal de buen augurio mudarse en ese año. Por eso, Baoyu permaneció un tiempo más en el jardín.

—El año que viene lo sacaremos de allí —declaró la dama Wang—. Eso impedirá que surjan nuevos problemas.

Dicho lo cual condujo a sus asistentes a seguir inspeccionando otros lugares, y no se detuvo ni a tomar el té.

Pero volvamos a Baoyu. Éste sólo había esperado una revisión rutinaria, sin sospechar que su madre se les vendría encima como un rayo, reprochándoles cosas dichas en secreto y que, por cierto, conocía textualmente. Sabía que no habría manera de arreglar la situación y deseó poder morirse en aquel mismo instante; pero como su madre estaba tan furiosa no se atrevió a dar un solo paso en falso o decir una palabra de más. La siguió hasta el pabellón de la Fragancia que Rezuma, donde ella le dijo:

—Anda y dedícate a tus libros. Puede que mañana te hagan un examen. Hace un momento he visto a tu padre, y echaba chispas.

Camino de regreso se iba preguntando quién habría estado difundiendo historias. Nadie de fuera del jardín sabía lo que allí sucedía, ¿cómo era posible entonces que su madre estuviera tan bien informada? Sin consuelo, regresó a sus aposentos, donde encontró a Xiren llorando. Abatido por la pérdida de su doncella favorita, se lanzó sobre la cama para llorar también él.

Xiren sabía que a él sólo le importaba lo ocurrido con Qingwen. Le dio un empujoncito.

—Llorar no sirve de nada. Levántese y escúcheme. Qingwen está reponiéndose, y ahora que vuelve a su casa podrá descansar bien unos cuantos días. Si realmente no quiere dejarla ir, espere a que se le haya pasado el enfado a su madre, y vaya entonces a suplicarle a la Anciana Dama que la llame de vuelta. Eso no tendría por qué ser difícil. La señora ha hecho todo esto en un ataque de cólera, convencida por habladurías rencorosas.

—¡No se me ocurre qué crimen puede haber cometido! Al parecer es tan grande que ocupa todo el cielo —sollozó.

—Simplemente que la señora considera que, tan hermosa como es, también debe ser una picara, y que con semejante belleza andando por aquí nunca habrá tranquilidad. Por eso le tiene tanta inquina. Prefiere muchachas sencillas y feas como nosotras.

—Pero incluso suponiendo que eso sea así, ¿cómo han llegado a sus oídos nuestras bromas secretas? Nadie dé fuera puede habérselas contado. Eso es lo extraño.

—¿Alguna vez ha sido usted discreto? Cuando se excita no le importa quién esté a su alrededor. Más de una vez he tenido que guiñarle el ojo o soltarle una indirecta, pero antes de que lo advirtiera usted ya se habían percatado los demás.

—¿Y cómo es que mi madre conoce los defectos de todas las muchachas menos los tuyos, los de Sheyue y los de Qiuwen?

Xiren se sintió tocada en lo más hondo por aquel comentario. Mantuvo agachada la cabeza un buen rato, pues no se le ocurría una respuesta.

—Sí, es extraño —dijo por fin—, también nosotras tres hemos hablado con lengua suelta en momentos de diversión, pero la señora parece haberlo olvidado. Quizás tiene otras cosas en la cabeza y no piensa despedirnos antes de haberlas arreglado.

—A ti te conocen como un dechado de virtudes —replicó él—. Y a las otras dos las has educado tú. ¿Cómo podrías cometer una falta que mereciera castigo? Como Fangguan es tan joven y demasiado inteligente, no puede evitar ser orgullosa y ofender a las demás. En el caso de Sier, la culpa es mía. Todo empezó el día en que tuve el altercado contigo y la mandé llamar para que me atendiera. Eso le dio ínfulas y acabó desembocando en estos problemas. Pero Qingwen es como tú; fue destinada aquí desde los aposentos de la Anciana Dama cuando aún era una niña. Quizá sea más bonita, pero ¿qué importancia tiene eso? Y a pesar de que es franca y tiene la lengua demasiado afilada, jamás os ha hecho daño a vosotras. Supongo que tienes razón: su perdición ha sido su belleza. —Y se echó a llorar de nuevo.

Xiren sospechó que lo que Baoyu estaba sugiriendo era que había sido ella quien había estado divulgando las historias, y no quiso seguir discutiendo el tema.

—Sólo el cielo conoce la verdad —suspiró—. Ya no podemos descubrir quién habló de más, así que de nada vale llorar. Tome las cosas con calma hasta que vea a la Anciana Dama de buen humor, y entonces podrá contarle todo y hacer que traigan de vuelta a Qingwen.

—No me hagas concebir falsas esperanzas —resopló él—. Será demasiado tarde si espero hasta que se calme mi madre, pues la enfermedad de Qingwen no va a esperar. Ella siempre ha vivido cómodamente, jamás ha tenido que soportar un solo día de injusticia. ¡Si hasta yo, que la conozco tan bien, a menudo la he ofendido! Haberla despedido ahora —siguió diciendo, con creciente amargura—, en medio de una enfermedad grave y devorada por la furia, ha sido como arrojar una delicada orquídea, a punto de florecer, al fondo de una pocilga. Además, ella no tiene padres, sólo a un primo mayor que es un borrachín. ¿Cómo va a soportar esa situación? ¿Cómo puedes hablar de esperar unos días? ¿Quién sabe si volveremos a verla o no?

Xiren se rió.

—Es usted como «el magistrado que provoca incendios, pero no permite que la gente común encienda una lámpara». Si nosotras dejamos escapar algún comentario falto de tacto, nos dice que trae mala suerte, pero en cambio sí está bien que usted hable de su muerte. Por delicada que ella esté, la cosa no puede llegar a tal extremo.

—No he hablado por hablar. Esta primavera hubo un augurio.

—¿Qué augurio?

—La begonia del pié de las gradas estaba en todo su esplendor, y de pronto, sin motivo, casi se secó. Intuí que eso era una señal, y ahora mira lo que ha sucedido.

Xiren volvió a reírse.

—No debería decir esto, pero no puedo evitarlo. Es usted como viejas. ¿Cómo puede hablar así un joven caballero bien educado? ¿Qué tienen que ver las plantas con el destino humano? Y si no es una vieja, entonces está loco.

—No me comprendes —suspiró Baoyu—. No sólo las plantas y los árboles, sino todas las cosas del mundo sienten y razonan como seres humanos. Y cuando están relacionados con alguien, su sensibilidad se acentúa. Algunos ejemplos dignos de mención son el enebro que hay frente al templo de Confucio, la milenrama ante su tumba, los cipreses delante del templo de Zhuge y los pinos delante de la tumba de Yue Fei[1]. Cada uno de ellos corresponde a los formidables espíritus de estos hombres, y por ello Kan durado siglos, marchitándose cuando la confusión reina en el mundo y volviendo a florecer cuando hay buen gobierno. Se han marchitado y revivido varias veces desde hace miles de años. ¿No son éstos signos seguros? Ejemplos menores son la peonía frente al pabellón Aromado de la dama Yang, el árbol del anhelo frente a su Torre Erguida, o el pasto ante la tumba de Wang Zhaojun[2]. ¿Acaso todas estas plantas no tuvieron una sensibilidad divina? La begonia se marchitó como señal de que Qingwen iba a morir.

Xiren no supo si responder a aquella charla insensata con la risa o con el llanto.

—Cada vez dice cosas más desaforadas —protestó ella—. ¿Cómo es posible que se devane los sesos para comparar a Qingwen, que no es nadie, con esas grandes figuras? Además, por buena que ella sea, es de menor rango que yo. Antes que a ella, es a mí a quien debería relacionar con la begonia, y supongo que en ese caso seré yo quien muera pronto.

Baoyu le tapó la boca con la mano.

—¡Pero qué cosas dices! Aún no ha sucedido una muerte, y ya estás tú hablando de otra. Muy bien, cambiemos de tema. Ya he perdido a tres de vosotras, no quiero perder a una cuarta.

Al escuchar esas palabras, Xiren se sintió secretamente complacida y pensó que la discusión nunca hubiera terminado si él no hubiera dicho aquello.

—De ahora en adelante —siguió diciendo él—, no volveremos a mencionar este asunto; daremos a las tres por muertas. De todas maneras ya han muerto otras antes sin que me haya afectado excesivamente. Da lo mismo. Pero ahora hablemos de asuntos prácticos. Debemos hacerle llegar secretamente sus cosas sin que se entere Su Señoría, y también unas cuantas sartas de monedas de nuestros ahorros para ayudarla a curarse. Eso se lo debemos en nombre de los viejos tiempos.

—¡¿Acaso cree que somos tan avaras e inhumanas?! —exclamó Xiren—. Nosotras no necesitamos que usted nos lo recuerde. Ya hemos puesto a un lado toda su ropa y sus cosas. Durante el día hay demasiados fisgones ansiosos por crear complicaciones; pero apenas caiga la noche iremos discretamente donde la señora Song para que le haga llegar sus cosas. También yo he ahorrado unas cuantas sartas de monedas para entregárselas.

Al escuchar esto, Baoyu expresó su agradecimiento.

—Ya soy conocida como un «dechado de virtudes» —continuó ella en tono sarcástico—. Ésta es una forma barata de reforzar mi reputación.

Baoyu pidió disculpas y trató de apaciguarla.

Aquella noche hicieron confidencialmente el encargo a la señora Song.

Después de tranquilizar a sus doncellas, Baoyu se escabulló solo por la puerta de atrás y suplicó a una vieja que lo llevara a ver a Qingwen. Al principio ella se negó resueltamente, afirmando que si llegaban a descubrirla y denunciarla a la señora, perdería su puesto; pero después de implorarle con insistencia un rato y prometerle una gratificación, ella acabó accediendo.

Qingwen había sido vendida como sierva a la familia de Lai Da a los diez años, antes de que le creciera el cabello. La anciana señora Lai solía llevarla a la mansión Rong, donde le cayó en gracia a la Anciana Dama, que apreciaba su inteligencia y belleza. La señora Lai la regaló a la Anciana Dama, y fue así como llegó al servicio de Baoyu. Como había llegado a la mansión de niña, no guardaba recuerdo alguno de su antiguo hogar o de sus padres. Su único pariente era un primo por parte de padre, buen cocinero pero sin empleo fijo. Ella había pedido a la señora Lai que lo tomara para la mansión Rong, y eso fue cuando ya Qingwen estaba sirviendo a la Anciana Dama, convertida en una muchacha inteligente, de lengua afilada y genio vivo; conmovida por aquella lealtad al pariente, la señora Lai lo trajo también y le entregó como esposa a una de sus siervas.

Pero ocurrió que, una vez que conoció las comodidades de la buena vida, el tipo olvidó su dura vida anterior y empezó a beber desmedidamente, descuidando a su esposa, que era una mujer bonita y cariñosa. Cuando él empezó a beber y a ignorarla, ella se sintió desconsolada como un trozo de jade arrojado entre las zarzas, o una beldad condenada a la soledad. Fue entonces cuando constató que él no sentía celos y empezó a prodigar sus favores a todos los mocetones y hombres de la mansión; en poco tiempo había pasado por las manos de la mitad de los hombres de la casa, tanto señores como sirvientes. Si usted, lector, quiere saber su nombre, le recuerdo a aquella «señorita Deng»[3], esposa de «Duo Gusano Fangoso», con la que alguna vez Jia Lian tuvo amoríos.

Ésos eran, en efecto, los únicos parientes de Qingwen, quien tuvo que irse a vivir con ellos. En el momento de su llegada el primo estaba ausente y la señorita Deng había salido después de la cena a visitar a algún amigo, lo cual dejó a Qingwen esperando en el cuarto exterior.

Baoyu pidió a la vieja que montara guardia en el patio, levantó la antepuerta de mimbre y entró. Allí estaba Qingwen, postrada sobre un kang de tierra cubierto con un tosco petate, aunque, algo es menos que nada, tenía su propia ropa de cama y su almohada. Sin saber bien qué hacer, se le acercó con lágrimas en los ojos y le tomó suavemente la mano, diciendo su nombre en voz muy baja.

Qingwen había cogido frío, y eso, unido a los reproches de sus parientes, había agravado su enfermedad. Luego de pasarse el día entero tosiendo se había puesto a dormitar, pero al escuchar su nombre abrió los ojos con gran esfuerzo. Cuando vio a Baoyu fue tanta la agradable sorpresa, mezclada con dolor y angustia, que inmediatamente se echó a llorar. Apretó su mano con toda la fuerza que pudo, y finalmente, entre tos y tos, logró decir:

—Nunca pensé que volvería a verlo…

Baoyu no pudo sino echarse a llorar también él.

—¡Piadoso Buda! —exclamó Qingwen—. Ha llegado en el momento preciso. Sírvame media taza de té. Me he pasado todo este tiempo sedienta, pero cuando llamo no viene nadie.

—¿Dónde está el té? —preguntó él, secándose los ojos.

—Sobre el fogón.

Baoyu vio una tetera de terracota negra que jamás hubiera reconocido como un utensilio para el té. Tomó un tazón de la mesa, tan grande y tosco que no parecía de ninguna manera una taza, y al acercárselo advirtió que olía a aceite rancio. Lo lavó y enjuagó varias veces, luego tomó la tetera y sirvió medio tazón. Lo miró, y su color le pareció muy alejado del color del té.

Qingwen, recostada contra la almohada, le dijo:

—Démelo rápido, quiero tomar un sorbo. Eso es lo que esta gente llama té. No espere que aquí tengan el tipo de té al que estamos acostumbrados.

Baoyu lo probó primero. El brebaje carecía de fragancia, y sólo tenía un sabor amargo que evocaba el del té. Pero cuando le pasó el tazón ella lo apuró como si fuera el más dulce de los rocíos. El muchacho pensó: «¡En el pasado no la satisfacía el mejor té, sin embargo ahora le gusta esto! Muestra cuán cierto es el antiguo dicho: “Los bien alimentados se apartan de las carnes bien cocidas, mientras que los hambrientos se abalanzan sobre las cáscaras de arroz”. Y aquel otro: “El que está harto de arroz prefiere sopa”».

Todavía entre lágrimas, preguntó:

—¿Tienes algo que decirme, ahora que estamos solos?

—¿Qué podría decir? —sollozó ella—. Simplemente voy sobreviviendo de día en día, de hora en hora. Sé que en unos cuantos días, a más tardar, ya no estaré aquí. Pero no puedo morir contenta. Quizás nací con más belleza de la que me tocaba, pero jamás hubo arreglos secretos entre nosotros ni traté de pervertirlo, ¿por qué dijo ella que yo era un espíritu de zorra? Nunca podré aceptarlo. Ahora tengo una mala reputación gratuitamente adquirida, y me estoy muriendo. No es que esté arrepentida de nada; simplemente, si hubiera sabido cómo terminarían las cosas habría actuado de otra manera; pero cometí la necedad de pensar que siempre estaríamos juntos. ¿Cómo iba a adivinar que se armaría este súbito escándalo y que no tendría ante quién argumentar mi inocencia? —Y rompió a llorar de nuevo.

Baoyu tomó su mano. En sus muñecas, delgadas como palos, tintineaban cuatro brazaletes de plata.

—Mejor será que te quite esto —le aconsejó él—. Ya podrás usarlos cuando hayas mejorado.

Mientras le quitaba los brazaletes y se los ponía bajo la almohada, comentó:

—Tuviste tanto cuidado en dejar crecer estas uñas de dos pulgadas…; ahora tu enfermedad las va a quebrar.

Qingwen se secó las lágrimas y buscó un par de tijeras para cortarse las dos uñas largas de su mano izquierda. Luego se quitó bajo las mantas su usado corpiño de seda roja, y se lo entregó junto con las uñas.

—Llévese estos recuerdos míos —dijo—. Y ahora quítese su camisa interior y ayúdeme a ponérmela, para que echada en mi ataúd todavía me sienta como en el patio Rojo y Alegre. Ya sé que es inconveniente que haga una cosa así, pero como ya tengo la mala reputación, ¿qué puedo temer?

Inmediatamente Baoyu se quitó la prenda, se puso el corpiño de la muchacha y escondió las uñas.

—Si a su regreso descubrieran esas cosas y lo interrogaran —sollozó—, no mienta. Simplemente dígales que son mías. Ya que he sido falsamente acusada, merezco al menos esta satisfacción.

Mientras hablaba entró la esposa de su primo, que al levantar la antepuerta esbozó una sonrisa irónica.

—¡Lo he oído todo! —dijo volviéndose hacia Baoyu—. ¿Qué hace un joven señor en el cuarto de una sirvienta? ¿Has venido a seducirme, pensando que soy joven y bonita?

—¡Shhhh, buena hermana! ¡No tan alto! —suplicó él—. Ella ha trabajado para mí todos estos años, así que me escabullí hasta aquí para verla.

La señorita Deng lo metió en el cuarto interior.

—Así que no quieres que grite —gorjeó—. Muy bien, pero vas a tener que portarte bien conmigo.

Y diciendo eso se echó en el borde del kang manteniendo a Baoyu muy apretado contra ella. Él no había visto jamás una conducta semejante, y el corazón empezó a latirle a toda prisa, mientras la turbación subía violentamente a su rostro.

—¡Buena hermana, no bromees conmigo! —le imploró, entre asustado y avergonzado.

La señorita Deng soltó una risita borracha.

—¡Bah! Tenía entendido que eras un mujeriego. ¿Por qué eres tan tímido hoy?

Él se puso todavía más rojo y suplicó:

—Suéltame, por favor, y entonces podremos hablar correctamente. ¡Qué horrible si llega a oírnos la anciana de afuera!

—Yo volví hace ya mucho rato y la envié a esperarlo en la puerta del jardín —se rió ella—. He estado esperando y esperando una oportunidad como ésta hasta que me he encontrado contigo. Pero más vale ver una sola vez que oír cien veces. Toda tu apostura y gallardía son en vano, si eres en realidad un petardo sin pólvora, bueno sólo para mostrarlo. Has resultado incluso más tímido que yo. Lo cual demuestra que no conviene hacer caso a los chismes. Por ejemplo, cuando mi prima llegó a casa yo estaba convencida de que vosotros dos habíais tenido algún lío; por eso a mi vuelta me puse a escuchar desde el otro lado de la ventana. Si hubiera sido verdad, habríais aprovechado la oportunidad para hablar de ello; pero para mi sorpresa no hubo nada de eso. Lo cual a su vez demuestra cuánta gente es injustamente acusada en este mundo. Siento haberlo malinterpretado. Y ya que ése es el caso, no tienes de qué preocuparte: puedes venir cuando quieras, que no te molestaré.

Él se levantó y se arregló la ropa, aliviadísimo.

—Mi buena hermana, por favor, cuídala bien por unos días —le pidió—, ahora tengo que partir.

Y salió a despedirse de Qingwen. Ambos se resistían a la despedida, pero finalmente tuvieron que separarse; y como ella sabía lo terrible que le resultaba a él, se cubrió la cara con la manta y lo ignoró hasta la partida.

Baoyu también habría querido visitar a Fangguan y a Sier, pero como ya estaba oscuro y llevaba un buen rato afuera, temió que lo buscaran sin encontrarlo, creando así más problemas. Lo apropiado era regresar al jardín. Ya saldría otra vez al día siguiente. Cuando llegó a la puerta trasera encontró que unos pajes estaban sacando ropa de cama mientras unas amas en el interior iban controlando a las personas que entraban y salían. Un minuto más y lo hubieran dejado afuera. Afortunadamente logró pasar inadvertido.

Una vez en casa le dijo a Xiren que había ido a ver a la tía Xue, y no dio más explicaciones. Luego, al preparar su cama, ella tuvo que preguntarle cómo dormirían aquella noche.

—Como tú quieras —fue su respuesta.

Pues en el último par de años, desde que tenía el favor de la dama Wang, Xiren se refugiaba en su dignidad hasta el extremo de haber interrumpido su intimidad con Baoyu, incluso cuando estaban solos o de noche, y se portaba con mayor distancia que cuando eran más jóvenes. Y a pesar de que no tenía una tarea específica de importancia, toda la labor de aguja de la casa, las cuentas, el cuidado de la ropa y el calzado de Baoyu y las doncellas más jóvenes, eran cosas que en conjunto la mantenían completamente ocupada. Más aún, aunque ya se sentía mejor, a veces, con el cansancio o los enfriamientos, escupía sangre, y por eso también había evitado dormir en el mismo cuarto de Baoyu. Sin embargo éste a menudo se despertaba de noche y en su timidez siempre llamaba a alguien. Por eso Qingwen, que tenía el sueño ligero y los pasos livianos, había recibido la tarea de servir té y atenderlo de noche, y dormía en una cama cercana a la de él.

Lo que ahora preguntaba Xiren, en definitiva, era quién dormiría a su lado, ya que consideraba aquella tarea nocturna más importante que las del día. Cuando se le dijo que hiciera lo que quisiera, no le quedó más alternativa que meter su propia ropa de cama y dormir en el cuarto de Baoyu, como en los viejos tiempos.

Aquella noche las cavilaciones no dejaban en paz al muchacho. Por fin, ella logró convencerlo para que se fuera a la cama, pero cuando ya se habían acostado, escucharon al muchacho quejándose y dando vueltas en la cama hasta pasada la medianoche, cuando por fin consiguió tranquilizarse y empezó a roncar ligeramente. Aliviada, se durmió, pero en menos de lo que se tarda en beber media taza de té, lo escuchó llamar a Qingwen. Xiren se despertó sobresaltada y le preguntó qué quería. «Un poco de té», contestó él. Ella se levantó, se lavó las manos en una palangana de agua, y le sirvió media taza de una tetera tibia.

Luego de sorber un poco de té, Baoyu puso una sonrisa de disculpa y le dijo:

—Estoy tan acostumbrado a llamarla que me olvidé de que estabas tú.

—Estaba acostumbrado a llamarme a mí en sueños cuando ella estaba recién llegada. Y le costó meses quitarse ese hábito. Por eso supe que, a pesar de su ausencia, el nombre de Qingwen no se puede arrancar de sus labios.

Se volvieron a echar. Baoyu siguió dando vueltas una hora o dos, y sólo consiguió quedarse dormido cuando llegó la quinta vigilia. Entonces vio entrar a Qingwen, con la misma apariencia de siempre. Una vez dentro del cuarto, le dijo sonriendo:

—Cuídense mucho. Ahora debo dejarlos. —Dicho eso se volvió y se desvaneció.

Baoyu la llamó, con lo cual volvió a despertar a Xiren. Ella pensó que era otro error, pero él sollozó:

—¡Qingwen ha muerto!

—¡Pero qué cosas dice! ¿Cómo puede saberlo? Que otra gente no le oiga diciendo tales disparates.

Baoyu insistió en que tenía razón y lo devoró la impaciencia mientras esperaba que amaneciera, cuando podría enviar a averiguar lo sucedido. Pero ya al filo de la madrugada llegó al jardín una joven doncella enviada por la dama Wang, que pidió que le abrieran la puerta lateral delantera, pues traía instrucciones de su señora.

—¡Baoyu debe lavarse y vestirse rápido! —exclamó—. El señor ha sido invitado a disfrutar del paisaje otoñal y de los osmantos olorosos en flor. Está complacido con Baoyu, pues éste escribió un buen poema el otro día, así que tiene la intención de llevarlo consigo. Eso es lo que dijo Su Señoría, así que no se equivoquen en ninguna palabra. Apúrate y dile que venga lo más rápido posible. El señor está en el apartamento principal esperando la llegada de los muchachos para el desayuno. El señor Huan ya llegó, y alguien ha ido a buscar al señor Lan, que también acudirá.

Al entregar el mensaje, la criada del interior iba asintiendo a todo mientras se abotonaba la ropa, hasta que abrió la puerta. Inmediatamente otras doncellas se vistieron a toda prisa para salir corriendo a transmitir aquellas instrucciones.

Cuando oyó que tocaban en la puerta, Xiren se puso inmediatamente de pie y envió a preguntar qué era lo que urgía tanto. Cuando la orden llegó a ella pidió enseguida agua caliente. Luego dijo a Baoyu que se levantara y le trajo su ropa. Como iba a salir con su padre, en lugar de elegir la ropa más nueva y espléndida escogió un conjunto menos llamativo.

A Baoyu no le quedó sino salir corriendo. Encontró a su padre bebiendo té, de un evidente buen humor. Presentó sus respetos matinales y fue a su vez saludado por Jia Huan y Jia Lan; luego Jia Zheng le ordenó sentarse para tomar té.

—Baoyu no estudia tanto como vosotros —dijo a los otros muchachos—. Pero cuando se trata de escribir inscripciones o de improvisar versos, tiene más vuelo. Es probable que hoy nuestros anfitriones os hagan escribir poemas, y Baoyu debe ayudaros a ambos.

La dama Wang, que jamás había escuchado tales elogios para su hijo, quedó sorprendida y complacida a la vez. Cuando padre e hijo hubieron partido consideró hacerle una visita a la Anciana Dama, pero en eso llegaron las nodrizas de Fangguan, Ouguan y Ruiguan y se hicieron anunciar.

—Desde que Su Señoría tuvo la amabilidad de permitir a Fangguan volver a casa, se ha estado portando como una loca —informó una de ellas—. Se resiste a comer o beber. Y ahora las tres, pues ha convencido a Ouguan y a Ruiguan para hacer lo mismo, insisten en cortarse el pelo y hacerse monjas. Amenazan con quitarse la vida si no se les permite. Al comienzo pensé que la niña estaba poco acostumbrada a la vida del exterior, y que en un par de días se le pasaría. Pero van de mal en peor. Les hemos reñido y pegado, pero en vano. Y la verdad es que ya no sabemos qué hacer; por eso hemos venido a suplicar a Su Señoría que nos ayude. O les permitimos hacerse monjas o les damos una buena tunda y permitimos que se las lleven otras familias. ¡No tenemos los medios para conservarlas!

—¡Pamplinas! —exclamó la dama Wang—. ¿Cómo vais a permitir que se salgan con la suya? ¿Cómo es posible que alguien quiera entrar en un convento por entretenimiento? Dadles una paliza y les devolveréis la sensatez.

Como ésa era la época inmediatamente posterior a la fiesta del Medio Otoño, habían llegado monjas de varios conventos a presentar ofrendas para los sacrificios, y la dama Wang había pedido a las abadesas Zhitong, del convento de la Luna en el Agua, y Yuanxin, del convento Ksitigarbha, que se quedaran con ella un par de días. Cuando estas dos escucharon aquello pensaron que era una buena oportunidad para hacerse con un par de muchachas que les hicieran gratuitamente el trabajo duro.

—Después de todo —le dijeron a la dama Wang—, lo que ha influido en estas jóvenes ha sido la atmósfera de virtud que se respira en esta casa y el que usted misma haga siempre tantas buenas acciones. Aunque no es fácil ingresar en la casa de Buda, debemos recordar que sus leyes se extienden a todos por igual. El deseo de nuestro Buda es salvar a todos los seres vivos, sí, incluso a pollos y perros; pero, ay, es difícil desengañar a los que viven en el engaño. Cualquiera que tenga en sí la raíz de la bondad y quiera alcanzar la iluminación puede ser liberado de sus sufrimientos y sobrepasar el ciclo de reencarnaciones. ¡Si hasta hay varios tigres, lobos, serpientes e insectos que ya han entrado en el Nirvana!

—Estas tres huérfanas alejadas de sus tierras natales vivieron aquí en medio de la riqueza y el esplendor, pero ahora recuerdan la pobreza originaria que las obligó a asumir una profesión despreciada, e ignoran qué va a ser de ellas en el futuro; de modo que se apartan de este valle de lágrimas y deciden renunciar al mundo y cultivar la virtud, con la esperanza de que les vaya mejor en una nueva vida. Ésa es una decisión buena y noble. Por favor, señora, no se interponga en su camino.

Gustaba la dama Wang de realizar buenas acciones. No había permitido que Fangguan y las otras muchachas se salieran con la suya porque, en su opinión, no eran más que niñas que habían hecho su propuesta en un rapto de furia; quizás resultarían incapaces de tolerar la austeridad, con lo cual no harían más que causar nuevos problemas en el futuro. Pero el discurso de las dos estafadoras le sonó razonable. Además, por aquellos días andaba distraída con innumerables problemas familiares, y para colmo la dama Xing le había mandado decir que al día siguiente iba a llevarse a Yingchun un par de días para que pudieran conocerla sus posibles suegros. Y también habían llegado unos intermediarios oficiales a concertar un matrimonio para Tanchun. Como no tenía mucho tiempo para pensar en aquellos asuntos menores, aceptó gustosamente.

—Pues bien, si eso es lo que piensan, ¿por qué no se llevan a estas muchachas como acolitas?

—¡Piadoso Buda! —exclamaron las dos abadesas—. ¡Qué bondadosa es usted, señora! Éste es un acto de virtud.

Y se inclinaron repetidas veces para dar las gracias.

—Mejor será que se lo pregunten —dijo la dama Wang—. Si están hablando realmente en serio, entonces pueden venir y, en mi presencia, presentar sus respetos ante ustedes y rendirles homenaje como a sus maestras.

Las tres nodrizas trajeron a las muchachas y la dama Wang las sondeó cuidadosamente. Como ya estaban decididas, se hincaron de rodillas ante las dos abadesas y luego ante la dama Wang para despedirse. Al verlas decididas y dispuestas a no dejarse convencer, no pudo reprimir un estremecimiento de compasión e hizo traer regalos para ellas, así como para las abadesas. Entonces Fangguan partió con Zhitong, del convento de la Luna en el Agua, y las otras dos antiguas actrices con Yuanxin, del convento Ksitigarbha.

Escuchen el capítulo siguiente.

CAPÍTULO LXXVIII

En su hora de asueto, un viejo letrado pide que se

compongan panegíricos en honor del General Adorable.

En su necedad, un joven señor apasionado fragua una

elegía en honor de la Doncella de los Hibiscos.

Se llevaron las abadesas a las dos actrices, y la dama Wang acudió a presentar sus respetos matinales a la Anciana Dama. La encontró de tan buen humor que aprovechó para ponerla al tanto de las medidas que acababa de tomar:

—Entre las doncellas destinadas al servicio de Baoyu había una, de nombre Qingwen, que ya no era una niña y desde hacía un año estaba continuamente enferma. Tuve ocasión de constatar por mí misma que se trataba de la más insolente y perezosa de las doncellas del jardín. Hace diez días tuvo que guardar cama una vez más. Llamé al médico para que la reconociera, y como diagnosticó un mal de pulmón aproveché para devolverla rápidamente a su familia diciéndoles que, aunque a fuerza de cuidados recuperara la salud, no volvieran a traerla. También he decidido deshacerme de ese puñado de jóvenes actrices que campan por sus respetos en el jardín y, por su educación de cómicas, saben de memoria los textos de las óperas, hablan de manera desaforada y utilizan un lenguaje inconveniente para los oídos de nuestras muchachas. Estuvieron aquí algún tiempo haciendo representaciones para nosotras a cambio de nada, así que no me ha parecido correcto pedir dinero por su libertad. En fin, considero que tenemos demasiadas doncellas y conviene deshacerse de algunas. Si en el futuro necesitáramos más, siempre podríamos recurrir a algunas de las que tenemos a mano.

—Me parece una juiciosa decisión —aprobó la Anciana Dama haciendo un gesto con la cabeza—. Yo había pensado lo mismo. Sin embargo, en cuanto a esa Qingwen, a mí siempre me había parecido una muchacha muy buena, ¿cómo puede haber resultado tan malvada? Daba la impresión de ser más inteligente que las demás, de lengua rápida, y hábil en el manejo de la aguja; la sirvienta ideal para Baoyu el día de mañana. ¿Cómo es posible que se haya convertido en un ser tan perverso?

—Por supuesto que si ha sido elegida por usted no puede ser mala, señora. Lo que ocurre es que esa muchacha no estaba destinada a tan buena fortuna. Por eso contrajo una enfermedad tan peligrosa. Como dice el proverbio: «Una muchacha experimenta dieciocho cambios antes de ser mujer». Ya sabe usted que cuanto más inteligente es una sirvienta mayores posibilidades hay de que origine problemas. Seguro que ha conocido muchos casos parecidos. Hace ya tres años que empecé a plantearme esta cuestión, y fue a esta Qingwen a quien decidí observar más atentamente. Pues bien, aunque es cierto que en muchos sentidos no se le puede comparar ninguna, no lo es menos que se comporta sin mesura. Xiren, en cambio, es más serena y comprende mejor las exigencias de la etiqueta. Aunque dicen que a una esposa se le debe exigir virtud y a una concubina belleza, siempre será mejor elegir a una muchacha de genio dulce. Quizás Xiren no sea tan bella como Qingwen, pero pertenece a la primera o segunda categoría dentro de los aposentos de Baoyu, se puede confiar en ella y es honrada a carta cabal. Durante todos estos años no ha alentado en ningún momento las travesuras de Baoyu. Al contrario, cada vez que él se ha portado mal, ella ha hecho todo lo posible por hacérselo notar. Estoy segura de lo que digo, después de tanto tiempo observándola. Por eso interrumpí secretamente su asignación de doncella y empecé a darle dos taeles mensuales de mi propia asignación, pretendiendo con ello que se esmerase aún más en el cuidado de mi hijo. No lo divulgué por dos motivos: primero, porque Baoyu es todavía joven y si la noticia llegara a oídos de su padre éste podría considerar mi decisión nociva para sus estudios; segundo, porque si Baoyu supiera que es su concubina, y que no se atrevería ya a contradecirlo, empezaría a comportarse peor que nunca. Por eso tampoco se lo he dicho antes a Su Señoría.

—En ese caso, sin duda has actuado de la manera más acertada. Xiren habla tan poco que a menudo he llegado a pensar que era una calabaza sin boca. Pero, puesto que tú la conoces tanto, seguro que no puedes equivocarte. En cuanto a no decirle nada a Baoyu, estoy totalmente de acuerdo. Que ninguna de nosotras mencione cuál es la situación real de Xiren a su lado, y que sea simplemente algo sobrentendido. Sé que el día de mañana Baoyu ignorará los consejos de su esposa o sus concubinas. Yo tampoco lo entiendo, y nunca he conocido a otro niño como él. Supongo que todos los niños son traviesos, pero he observado a menudo el excesivo gusto que siente por las doncellas, y eso no ha dejado de preocuparme. Es algo que no alcanzo a comprender. Siempre lo encuentro jugueteando con ellas. Al principio pensé que esa intimidad era la señal de que ya había crecido lo suficiente como para conocer las relaciones entre hombres y mujeres; pero al observarlo mejor comprendí que no era ésa la razón, lo cual lo hace todavía más extraño. ¿Será que en realidad debió nacer mujer?…

Esas palabras provocaron la risa de todas las presentes. Entonces la dama Wang pasó a describir cómo aquella mañana Jia Zheng había elogiado a Baoyu antes de llevarse consigo a los dos muchachos a dar un paseo con sus amigos. El relato agradó sobremanera a la Anciana Dama.

Al cabo de un momento llegó Yingchun ataviada de corte, y se despidió. Luego apareció Xifeng a presentar sus respetos y atender a la Anciana Dama en el desayuno. Allí estuvieron, charlando, hasta que la Anciana Dama quiso descansar un rato. La dama Wang llamó a Xifeng para preguntarle si ya había mandado preparar las píldoras que le habían recetado.

—Aún no —respondió ella—. Todavía estoy tomando cocciones de hierbas medicinales. Pero no se preocupe, señora, ya me siento mucho mejor.

Al verla tan animada como antaño, la dama Wang no puso en duda sus palabras. Luego le contó cómo había procedido al despido de Qingwen y de las actrices, y finalmente le dijo:

—¿Cómo es posible que no supieras que Baochai se había mudado por voluntad propia a los aposentos de su madre? Hace un par de días registré todos los aposentos del jardín. ¡Fíjate que descubrí que la nueva nodriza del joven Lan era toda una seductora! Nunca me gustó su apariencia, así que le dije a tu cuñada: «Sea buena o mala, hay que despacharla; en todo caso él ya es bastante mayor y no necesita nodrizas». Y también le pregunté: «¿Es posible que no sepas nada de la partida de Baochai?». Me contestó que sí, pero que Baochai le había dicho que estaría de vuelta pasados unos cuantos días, en cuanto mejorara la tía Xue. En realidad tu tía no tiene nada aparte de su tos crónica y los dolores de espalda que sufre cada año. De modo que tiene que ser otro el motivo que explique la extraña mudanza de su hija. ¿Será posible que alguien la haya ofendido? Es una muchacha muy sensible, y sería penoso que, después de vivir juntos tanto tiempo, la hubiéramos ofendido.

—¿Cómo podríamos nosotros atrevernos a ofenderla? —pregunto Xifeng en tono vivaz—. Se pasan todo el día en el jardín, así que cualquier malentendido que haya podido dar lugar a su partida debe haberse producido entre ellos.

—¿Puede haber sido una falta de tacto de Baoyu? —se preguntó la dama Wang—. Es tan simple, tan falto de medida y de respeto por las conveniencias… La menor exaltación puede haberle hecho decir cualquier tontería.

—No se preocupe demasiado por eso, señora. Quizás cuando Baoyu sale del jardín a tratar asuntos serios hable como un tonto, pero cuando está allí con sus primas, o incluso con las doncellas, es de lo más comedido y considerado, e incluso llega al extremo de no abrir la boca por temor a ofenderlas. O sea, que no puede haber molestado a nadie. Pienso que Baochai se ha ido del jardín a causa del registro de la otra noche, cuando llegó a la conclusión natural de que había allí algunas personas en quienes no confiábamos. Dado que ella es pariente nuestra no podíamos registrar a sus sirvientas. Pero, tan sensible como es, ha convertido en retirada el temor a que se llegara a sospechar de su casa, y con su ida ha querido disipar esa sospecha.

Persuadida por la explicación de Xifeng, la dama Wang agachó la cabeza y, después de reflexionar unos instantes, ordenó a una doncella que invitara a Baochai. Cuando ésta llegó, su tía la tranquilizó dándole todo tipo de explicaciones sobre el registro, y acto seguido le pidió que volviese al jardín.

—Hace ya tiempo que tenía la intención de mudarme —repuso Baochai con una sonrisa—, pero no encontraba la oportunidad para pedírselo, pues usted siempre está ocupada resolviendo asuntos importantes. Aquel día mi madre cayó enferma de nuevo, y con ella también nuestras dos únicas doncellas de confianza; entonces aproveché esa oportunidad para mudarme. Ahora que ya lo sabe, puedo explicar los motivos y pedir permiso para trasladar también mis cosas.

—¡No seas terca! —exclamaron entre risas la dama Wang y Xifeng—. Lo que deberías hacer es volver aquí cuanto antes y no permitir que nos distancie un asunto sin importancia.

—No sé a qué asunto se refieren —replicó Baochai—. No me marché a causa de nada que hubiera ocurrido aquí, sino porque mi madre se siente muy débil y de noche no tiene a quién recurrir. Además, pronto se casará mi hermano y eso supone mucho que coser, el amueblado de sus cuartos, y ayudar con todos los preparativos. Usted, tía, y tú, prima Xifeng, sabéis bien cómo son las cosas en nuestra familia, y que no estoy mintiendo. Además, después de mi llegada al jardín siempre se mantuvo abierta para mi uso esa pequeña puerta lateral de la esquina sudeste, pero otra gente empezó a utilizarla como atajo y allí no había nadie que vigilara quién entraba y salía. De haber ocurrido algo, hubiera sido incómodo para ambas familias. También está el hecho de que vivir todos en el jardín no tenía importancia cuando hace unos cuantos años éramos muy jóvenes y yo no tenía ocupaciones en mi casa. Estaba mejor aquí que en el exterior, pues podía hacer labores con las otras muchachas y divertirme con ellas en vez de pasar el día sola sin nada que hacer. Pero ya todos hemos crecido y tenemos muchas ocupaciones. Más aún, tía, en estos últimos años no han faltado asuntos desagradables que ha tenido usted que resolver, y el jardín resulta demasiado grande para que viva atenta a todo lo que sucede en él; cuanta menos gente lo habite, menores serán sus preocupaciones. Así que no sólo he decidido marcharme sino que me atrevo a aconsejarle que limite lo que pueda el número de personas, que eso no le hará perder prestigio. A mi parecer muchos de los gastos del jardín podrían ser evitados. Después de todo, las cosas han cambiado. Usted conoce bien a nuestra familia, tía, ¡no estaba tan sola en los viejos tiempos!

—Tiene razón, no debemos insistir más —le dijo Xifeng a la dama Wang, y ésta asintió con un gesto de cabeza.

—No sé qué responder a eso. Haz lo que estimes conveniente —concluyó a su vez la dama Wang.

En ese momento regresó Baoyu con los otros muchachos.

—Mi padre sigue en el banquete y, como pronto oscurecerá, nos dijo que volviéramos a casa.

—¿Qué torpeza has cometido hoy? —preguntó inmediatamente la dama Wang.

—No he hecho nada —contestó él con una sonrisa—. Y no sólo eso, sino que además volvemos con una buena cantidad de regalos.

Y, diciendo eso, hicieron su entrada unas viejas criadas portando los regalos que habían recibido los jóvenes señores. La dama Wang vio tres abanicos, tres colgantes de abanico, seis cajas de pinceles de caligrafía y barras de tinta, tres sartas de cuentas aromáticas y tres anillos de jade, obsequios, según explicó Baoyu, del académico Mei, el viceministro Yang y el secretario Li. Extrajo de su manga un talismán, un pequeño buda de sándalo.

—Éste fue un regalo sólo para mí, del duque de Qingguo.

La dama Wang preguntó quiénes eran los invitados y qué poemas habían escrito, y a continuación se llevó consigo a los tres muchachos para que hicieran la visita de rigor a la Anciana Dama, ordenando a una criada que acarreara los regalos.

Deleitada, la Anciana Dama tampoco se privó de interrogarlos, pero Baoyu estaba tan preocupado por Qingwen que después de responder apresuradamente a las preguntas de su abuela se excusó diciendo que le dolían los huesos de tanto cabalgar.

—Entonces vuelve cuanto antes a descansar —le dijo la Anciana Dama—. Cuando te hayas mudado de ropa y descansado un poco te sentirás mejor. Pero no te acuestes.

Así pudo Baoyu regresar a toda prisa al jardín. En los aposentos de la Anciana Dama, Sheyue y Qiuwen, acompañadas de dos doncellas más jóvenes, estaban esperando a que concluyera su visita. Cuando Baoyu partió lo siguieron, con Qiuwen detrás cargando los regalos.

—¡Qué calor hace! ¡Qué calor! —iba repitiendo Baoyu, y, mientras caminaba, se despojó del bonete, el cinturón y las prendas exteriores, que Sheyue se encargó de transportar. Sólo se dejó puesta una chaqueta de satén verde y un par de pantalones tan rojos como una gota de sangre. Cuando Qiuwen advirtió que eran los pantalones que Qingwen le había cosido, dio un suspiro.

—Mejor conservar esos pantalones como recuerdo —dijo—. Aunque ella se haya marchado sus labores siguen aquí.

—Sí, ése es un trabajo de Qingwen —dijo Sheyue—. Ya lo dice el proverbio: «La persona ha muerto, pero sus cosas quedan».

—Esos pantalones con esa chaqueta verde y esas botas azules contrastan con el pelo negro y el cutis blanco como la nieve.

Baoyu, que iba delante, pretendió no haber oído; dio unos pasos más y se detuvo.

—¿Puedo dar un paseo? —preguntó.

—¿Qué puede temer a plena luz del día? No puede perderse —dijo Sheyue, y pidió a las doncellas más jóvenes que lo acompañaran—. Ya lo buscaremos cuando hayamos guardado estas cosas.

—¿No me esperas aquí, mi buena hermana?

—Volveremos enseguida —prometió Sheyue—. Parecemos los abanderados de un cortejo imperial, con las manos tan llenas: una carga con los «cuatro tesoros del estudio»[1] y la otra con el sombrero, el correaje y las prendas de gala. ¡Qué ridículo!

Baoyu deseaba verlas partir, así que no les puso más objeciones. En cuanto se perdieron de vista, llevó a las dos jóvenes doncellas que se habían quedado con él detrás de un roquedal y, sin mayores preámbulos, les preguntó:

—¿Envió la hermana Xiren a alguien, después de mi partida, a que visitara a la hermana Qingwen?

—Envió a la señora Song —le dijo una de las muchachas.

—¿Y qué dijo a su vuelta?

—Dijo que la hermana Qingwen había pasado la noche llorando. A primera hora de esta mañana cerró los ojos y dejó de llamar porque se había desmayado y no podía emitir sonido alguno, limitándose a tratar de respirar.

—¿Y a quién llamaba de noche? —preguntó él vivamente.

—A su madre.

Baoyu se secó las lágrimas.

—¿Y a quién más?

—A nadie más.

—Qué tonta eres, seguro que no lo has oído claramente —repuso Baoyu.

La otra muchacha era más despierta. Hasta ese momento se había mantenido aparte, pero al observar la reacción del muchacho dio un paso adelante, dispuesta a intervenir.

—Realmente es tonta. Yo no sólo me limité a escuchar el relato de la señora Song, sino que fui personalmente a hablar con Qingwen.

—¿Y por qué lo hiciste?

—Porque recordé lo buena que había sido siempre con nosotras, no como otras. Y aunque ha sido injustamente tratada y despedida, y ya no tenemos otra manera de ayudarla, al menos nos queda el recurso de ir a verla para compensar sus bondades con nosotras. Aunque nos descubran, nos denuncien a Su Señoría y nos den una paliza, lo soportaríamos todo gustosamente. Por eso fui, corriendo el riesgo de recibir una paliza. Siempre fue inteligente y mantuvo esa lucidez hasta el último momento. Si cerró los ojos fue porque no quiso hablar con aquella gente vulgar. Cuando oyó mi voz abrió los ojos y me cogió la mano. «¿Dónde está Baoyu?», me preguntó. Le dije que usted se había marchado. «Entonces no podré volver a verlo», suspiró. «¿Por qué no esperas su regreso? —pregunté—. Así podrá verte una vez más. Eso es lo que ambos queréis.» Sonrió y me dijo: «No comprendes. Yo no voy a morir. En este momento falta en el cielo una diosa de las flores, y el Emperador de Jade me ha nombrado para ese cargo. Tengo órdenes de presentarme a las dos y media; no puedo esperar a Baoyu, que vendrá a las tres menos cuarto. Cuando la gente está condenada a morir, el Rey de los Infiernos envía por delante a pequeños demonios que se llevan sus espíritus. Si alguien quiere demorar un poco la partida puede quemar monedas de papel y servir un poco de avena; entonces, mientras los demonios se abalanzan sobre el dinero, el moribundo puede tener un breve respiro. Pero yo no debo retardar mi partida, pues he sido llamada por los dioses del cielo». En ese momento no creí lo que me decía, pero cuando de regreso miré cuidadosamente el reloj, me di cuenta de que, en efecto, había muerto a las dos y media, y un cuarto de hora antes de las tres anunciaron que llegaba usted. Había acertado en ambas horas.

—Como no conoces los caracteres de escritura no puedes leer. Por eso es imposible que sepas que todo lo que dijo Qingwen es rigurosamente cierto. Cada una de las flores tiene su diosa, y también hay una diosa encargada de todas las flores. Me pregunto si será diosa de todas o de una flor en particular.

Así de pronto, la doncella no tenía una respuesta para aquel extraño comentario de Baoyu. Pero como era el final de la octava luna y junto al estanque del jardín florecían los hibiscos aprovechó rápidamente su visión para decir:

—Le pedí que nos dijera de qué flor sería la diosa, para que en el futuro pudiéramos cultivarla y hacerle ofrendas. Me dijo: «Los secretos del cielo no pueden ser revelados; pero como eres tan piadosa, te lo diré. Haz que lo sepa Baoyu, pero nadie más. ¡Si así no lo haces te partirá un rayo!». Entonces me dijo que estaba destinada a ser la diosa de los Hibiscos.

Lejos de sorprenderse, Baoyu sintió que su dolor se transformaba en placer. Señalando los hibiscos, dijo:

—Para reinar sobre flores tan hermosas, el Emperador de Jade necesita a una persona como ella. Siempre pensé que alguien con su talante estaría destinada a las tareas más nobles, pero aunque Qingwen ha dejado este mar de lágrimas, y eso es motivo de alegría, ya nunca más volveremos a vernos, lo que me llena de dolor y nostalgia.

«Aunque no la vi en el último momento —reflexionó—, ahora debo ir y hacer un sacrificio ante su túmulo, en nombre de la amistad que durante seis años nos unió.»

Y se encaminó directamente a mudarse de ropa. Luego, con el pretexto de visitar a Daiyu, se dirigió a la casa donde había visto a Qingwen, suponiendo que su ataúd estaría allí.

Pero resultó que el primo de Qingwen y su esposa se habían apresurado a informar del óbito de la doncella con la esperanza de obtener dinero para el entierro. Al saber la noticia, la dama Wang les entregó diez taeles de plata ordenándoles que sacaran de la ciudad el cadáver y lo incineraran inmediatamente, ya que Qingwen había muerto de tuberculosis. El primo y su esposa tomaron el dinero e hicieron depositar el cuerpo en un ataúd. Luego lo llevaron a un crematorio que había en los aledaños de la ciudad. Guardaron la ropa y los objetos de la muchacha, que valían unos trescientos o cuatrocientos taeles, echaron la llave a la casa y fueron al entierro.

Al no encontrar a nadie, Baoyu se quedó parado un momento frente a la puerta; cuando se cercioró de que nada podía hacer regresó al jardín. De vuelta en sus aposentos se sintió tan deprimido que decidió visitar a Daiyu. Pero tampoco la encontró. Cuando preguntó dónde estaba, sus doncellas le respondieron:

—Con la señorita Baochai.

Baoyu se trasladó al parque de las Alpinias, pero lo encontró silencioso y desierto. Incluso los muebles habían sido retirados. Su perplejidad fue grande. A una vieja criada que pasaba por allí le preguntó qué había sucedido.

—La señorita Baochai se ha marchado. Nos han ordenado cuidar este lugar hasta que se hayan llevado todo lo que hay aquí. Cuando hayamos terminado de limpiarlo se cerrará con llave. Y ahora será mejor que se vaya, joven señor, para que podamos quitar el polvo. Ya no tendrá que hacer más viajes aquí en el futuro.

Durante un buen rato, el estupor mantuvo a Baoyu paralizado. Vio las hierbas fragantes y las enredaderas del patio tan verdes y exuberantes como siempre, pero tuvo la impresión de que, de pronto, también ellas parecían más tristes que el día anterior, así que la visión no hizo más que aumentar su dolor. Por fin, se alejó de allí en silencio. Ya le había llamado la atención que nadie pasara por el dique bordeado de árboles, cuando antes todo era una sucesión de doncellas de los diversos aposentos que pasaban por allí buscando solaz. Miró hacia abajo, y cuando vio que el arroyo seguía fluyendo apaciblemente al pie del dique, se maravilló de que la naturaleza pudiera estar tan libre de sentimientos. Después de lamentarse un rato, reflexionó: «Cinco muchachas se han ido, entre ellas Siqi, Ruhua y Fangguan; ahora Qingwen está muerta y Baochai se ha mudado de casa. Aunque Yingchun no se ha mudado, ha pasado estos días fuera y ya han llegado diversos casamenteros para concertar su boda. Es probable que no pase mucho tiempo antes de que se dispersen todas las muchachas del jardín. Pero de nada sirve lamentarse. Iré a visitar a Daiyu y le haré compañía un rato antes de volver con Xiren. Lo más seguro es que sólo dos o tres de nosotros permanezcamos juntos hasta el día de nuestra muerte».

Con tales ideas rondándole la cabeza, echó a andar hacia el refugio de Bambú, pero Daiyu aún no había regresado. Pensó luego asistir al entierro de Qingwen, pero no lo hizo, pues consideró que eso no haría sino agravar su melancolía. Entonces, completamente abatido, regresó a sus aposentos.

Ya estaba preguntándose qué haría, cuando llegó a buscarlo una doncella de la dama Wang.

—El señor ha vuelto y quiere verlo —anunció—. Tiene otro buen tema para escribir unos versos. Vaya rápido. ¡Dese prisa!

Baoyu tuvo que acompañarla hasta donde estaba la dama Wang, pero cuando llegó ya se había marchado su padre, por lo cual la dama Wang ordenó a las sirvientas que lo llevaran a su estudio.

Jia Zheng estaba hablando con sus secretarios e invitados sobre la belleza del paisaje otoñal.

—Antes de acabar esta reunión —comentó—, hablemos de una anécdota que seguramente ha sido la más encantadora de todos los tiempos. Galante y sublime, leal y magnánima, no le falta una sola cualidad. Eso la convierte en un excelente tema para un panegírico.

—¿Cuál es esa maravillosa anécdota? —preguntaron sus protegidos.

—Hubo un príncipe llamado Heng que gobernó Qingzhou. Nada le gustaba más que la belleza femenina y, en sus ratos de ocio, practicar las artes marciales. Elegía a diversas beldades y hacía que se entrenaran diariamente para el combate. Cuando el tiempo se lo permitía organizaba festines que duraban días enteros y pedía a sus concubinas que hicieran demostraciones de esgrima o que tomaran o defendieran una plaza. Una de aquellas muchachas, cuarta hija de su familia, apellidada Lin, era una descollante belleza experta en asuntos militares. La conocían como la cuarta señora Lin. Deleitado con ella, el príncipe la puso al mando de todas las demás muchachas y le concedió el título de «General Adorable».

—¡«General Adorable»! —exclamaron admirados todos los secretarios—. ¡Qué título tan galante y tierno! Esto es realmente milagroso. ¡Ese príncipe Heng fue seguramente la figura más sentimental de todos los tiempos!

—En efecto —sonrió Jia Zheng—, pero lo que sigue es todavía más sorprendente y sobrecogedor.

—¿Y qué es lo que sigue? —preguntaron ansiosamente sus protegidos.

—Resultó que, pasado un año, los Turbantes Amarillos, los Cejas Rojas y otros rebeldes[2] unieron sus fuerzas para invadir la región oriental de los montes Taihang. El príncipe los consideró una bazofia que no había que tomar en serio, y se enfrentó a ellos con una fuerza escasa. Pero aquellos rebeldes eran muy hábiles. El ejército del príncipe fue derrotado en dos batallas, y él mismo, que lo comandaba, cayó muerto. Entonces todos los funcionarios civiles y militares de la capital de la provincia se dijeron: «Si hasta el príncipe fue derrotado por esos bárbaros, ¿qué podemos hacer nosotros?». Y quisieron rendirse. Pero al escuchar aquella mala noticia, la cuarta señora Lin reunió a sus guerreras y anunció: «En el pasado hemos merecido tantos favores del príncipe que nunca podremos devolverle ni una mínima parte de lo recibido. Ahora que él ha caído en defensa del emperador, yo deseo morir en defensa de su propia causa. Las que quieran venir conmigo, que lo hagan; las demás pueden irse si así lo desean». Cuando las demás guerreras vieron con qué decisión había pronunciado esas palabras, expresaron su deseo de unirse a ella. Y aquella misma noche la cuarta señora Lin las condujo a las afueras de la ciudad para atacar por sorpresa el campamento de los rebeldes. Como consecuencia del ataque, varios de sus jefes fueron pasados a cuchillo. Pero luego reaccionaron, y cuando vieron que sus atacantes eran un puñado de mujeres que no podían presentar mucha batalla, contraatacaron. Hubo una encarnizada lucha y acabaron con todas, incluida la cuarta señora Lin. Así probó ella su lealtad. Cuando la capital fue informada de aquel gesto extraordinario, el emperador y todos sus ministros quedaron sobrecogidos, y, naturalmente, enviaron tropas para aplastar a los rebeldes. Apenas llegaron las tropas imperiales la rebelión fue sofocada. Ya no es necesario entrar en esos detalles. Pero a ustedes, señores, ¿no les parece admirable esta historia de la cuarta señora Lin?

—¡Realmente admirable y sorprendente! —exclamaron sus secretarios—. Es un tema realmente maravilloso. Todos deberíamos escribir algo para conmemorar el gesto de esa mujer.

Ya uno de ellos había empuñado un pincel y escrito un breve prólogo basado en el relato de Jia Zheng, cambiando sólo algunas palabras. Se lo entregó a su protector para que lo leyera.

—Sí, ésta es la idea —confirmó Jia Zheng—, aunque en realidad ya existe escrita una breve relación. El otro día fue promulgado un decreto imperial ordenando: una investigación sobre todos aquellos que, mereciendo ser honrados, sin embargo quedaron fuera de anteriores crónicas, ya se tratara de monjes, monjas, mendigos o mujeres, siempre y cuando hubieran realizado alguna acción digna. Las crónicas deben ser enviadas a la Junta de Ritos para que las apruebe el emperador. Una relación de estos hechos ya ha sido enviada a la Junta. A ustedes corresponde, tras haber escuchado la historia, escribir un poema sobre la lealtad y el sentido del honor de esta General Adorable.

—Y eso haremos —asintieron todos entre risas—. Hay algo aún más admirable, y es que nuestra dinastía está mostrando una bondad sin precedentes. No se puede comparar con ella la de tiempos anteriores. Los hombres de Tang decían: «En una dinastía sagrada no se produce descuido alguno»[3], pero eso sólo se ha vuelto cierto en nuestros días. Nuestra dinastía está a la, altura de aquella profecía.

Jia Zheng asintió con la cabeza.

—Exactamente.

Mientras hablaban llegaron Huan y Lan, y Jia Zheng les pidió que se documentaran sobre el tema. Aunque ambos, al igual que Baoyu, podían componer poemas, no era aquélla su especialidad. Sin embargo, redactando exámenes oficiales ambos podían superar a Baoyu, aunque en lo literario fueran bastante inferiores, pues carecían de su brillo y de su vuelo poético. De ahí que sus poemas fueran «ensayos en ocho partes»[4], inevitablemente manidos y pedantes. A pesar de no ser considerado un buen estudioso, Baoyu, por su parte, contaba con una inteligencia innata y gustaba de hojear obras literarias de todo tipo. Estaba convencido de que algunos clásicos antiguos eran apócrifos y además contenían errores, y que por ello no debían ser tomados como verdad revelada; aún más, que si uno se excedía en los escrúpulos y se limitaba a juntar frases de viejos libros, producía invariablemente textos sin interés. Como ésas eran sus opiniones, cualquier tema poético, fácil o difícil, lo resolvía sin esfuerzo, del mismo modo que los buenos habladores no se apoyan sino en sus lenguas para pontificar indefinidamente, urdiendo largas tramas que, si bien carecen de base, deleitan a cuantos las oyen. Hasta a los más preocupados por los datos verídicos les cuesta trabajo sustraerse a tan entretenidas fantasías.

A su avanzada edad, Jia Zheng no perseguía la fama o el lucro; además era por temperamento, ya desde joven, un hombre amante de la poesía y el vino, y gustaba de llevar una vida disipada. Se sentía llamado a guiar a sus hijos y sobrinos por el correcto sendero, pero cuando advirtió que Baoyu, aun detestando el estudio, tenía alguna comprensión de la poesía, decidió que aquello no representaba en el fondo una vergüenza para sus antepasados, pues ellos mismos, según recordó, habían sido así, y a pesar de haberse esforzado para prosperar en los concursos imperiales jamás habían merecido en ellos ninguna distinción. Puede que ése fuera el destino de la familia Jia. Además, su madre adoraba a ese nieto. Por todo ello Jia Zheng no insistía demasiado en que Baoyu trabajara preparando los exámenes, y en los últimos tiempos lo venía tratando con mayor benevolencia. Y no sólo eso: también deseaba que Huan y Lan, además de escribir correctamente ensayos en ocho partes, siguieran el ejemplo de Baoyu. Por eso reunía a los tres muchachos cada vez que se trataba de componer poemas. Pero dejemos ya esta digresión.

Jia Zheng ordenó que cada uno de ellos escribiera un panegírico, prometiendo una generosa recompensa a quien terminara primero, y otra a quien escribiera el mejor poema. Como Hua y Lan habían escrito últimamente algunos poemas al alimón, no carecían de cierta soltura. Leyeron el tema y se pusieron a darle vueltas. Lan no tardó mucho en dar fin al suyo, y Huan, temiendo quedar el último, también se apresuró hasta darlo por acabado. Ya habían copiado los dos el suyo y Baoyu seguía aún absorto en sus cavilaciones. Jia Zheng y sus secretarios leyeron los dos poemas de los jóvenes. El jueju de siete caracteres[5] escrito por Lan decía así:

Cuarta señora Lin, General Adorable.

Carne, hueso de jade. Y corazón de hierro.

Por el príncipe Heng entregaste tu vida;

por eso es tan fragante la tierra de Qingzhou.

—Cuando un muchacho de trece años es capaz de escribir cosas así está dejando testimonio de la influencia de una familia de letrados —dijeron los secretarios con admiración.

Jia Zheng sonrió complacido.

—Sí, aunque el lenguaje es infantil el esfuerzo es muy valioso.

Luego leyeron el lushi de cinco caracteres[6] escrito por Huan:

De tristezas no sabe ésta joven tan bella,

pues sólo de venganza entienden los generales.

Secándose las lágrimas, dejó su cuartel bordado

y salió de Qingzhou, con el corazón lleno de furia.

Era leal a la bondad de su príncipe,

¿pero quién diría que una doncella iba a vengar su muerte?

¿Quién escribirá en su tumba: «Nunca la lealtad fue tan grande;

ni tan eterna, incomparable, la galantería»?

—¡Éste es todavía mejor! —exclamaron los secretarios—. Como el autor tiene unos años más supera al otro en el tratamiento de la idea original.

—No está mal —dijo Jia Zheng—, pero le falta verdadero sentimiento.

—Está muy bien —protestaron ellos—. El tercer joven señor sólo tiene pocos años más; todavía no ha alcanzado la edad adulta. Si siguen trabajando duro como hasta ahora, cuando pasen unos cuantos años serán como los poetas Ruan el Mayor y Ruan el Menor[7].

—Están haciéndoles elogios excesivos —exclamó Jia Zheng sin poder contener una sonrisa de satisfacción—. El problema de ambos es que no estudian lo suficiente.

Y, mirando a Baoyu, preguntó cómo iba.

—El segundo joven señor está componiendo el suyo con mucho esmero. Es posible que tenga más estilo y sea más conmovedor que los anteriores.

Con una sonrisa, Baoyu opinó:

—Este tema no parece muy adecuado para un poema escrito en formas actuales, lishu o jueju. Sólo un poema al viejo estilo, una canción o una balada, podría transmitir su espíritu.

Los secretarios se pusieron de pie, asintiendo con la cabeza y aplaudiendo su comentario.

—Sabíamos que presentaría algo original —dijeron—. Cuando se recibe un tema, lo primero que se debe tener en cuenta es la forma más adecuada de tratarlo. Sus palabras son las de alguien experimentado en versificación. Un poeta es como un sastre, tiene que tomar las medidas al cliente antes de cortar el traje. Y como éste es un panegírico en honor del General Adorable y necesita un prólogo, deberá ser escrito en forma de balada de cierta extensión, algo así como La balada de la infinita tristeza, de Bai Juyi[8], que es un texto narrativo y lírico al mismo tiempo, y concebido con mucha soltura. Es la única manera de tratar con justicia tema tan excelente.

Jia Zheng aprobó el comentario con un gesto y asió el pincel, dispuesto a transcribir el poema.

—De acuerdo —le dijo a Baoyu sonriendo—. Díctamelo. Si resulta malo te daré una paliza por jactarte de esta manera desvergonzada.

Baoyu comenzó con un verso:

El príncipe Heng, el de los Largos Días, tenía dos amores: las hermosas doncellas y el arte de la guerra.

Mientras lo escribía, Jia Zheng sacudió la cabeza y sentenció:

—¡Tosco!

—Es el estilo clásico, no es tan tosco —protestó uno de sus protegidos—. Veamos cómo sigue.

—Guardaremos el verso por el momento —concedió Jia Zheng mientras Baoyu continuaba el poema:

Adiestradas por él, sus concubinas tensaban el arco desde corceles lanzados a galope tendido.

Al encanto de las danzas, al son de las canciones prefería el desfile de los sables y las picas.

Cuando Jia Zheng terminó de caligrafiarlo, los secretarios opinaron:

—El tercer verso tiene sabor clásico y es vigoroso y excelente. El conjunto es adecuado y corresponde al estilo narrativo.

—No se excedan en el elogio —protestó Jia Zheng nuevamente—. Veamos antes cómo aborda el tema principal.

No hubo ojo alertado que viera a lo lejos la nube de polvo que levantaban los rebeldes.

El bello perfil de la cuarta señora Lin, General Adorable, brillaba a la luz de una roja linterna.

Al oír estos dos versos, todos exclamaron con aprobación:

—¡Maravilloso! «No hubo ojo alertado que viera a lo lejos la nube de polvo…», seguido de «el bello perfil» y «una roja linterna»… La elección de palabras e imágenes es estupenda.

Y qué perfumados los gritos de guerra que lanzaba su boca.

Para una criatura tan frágil, qué difícil blandir lanzas y espadas brillantes, frías como nieve o escarcha.

—¡Esta descripción es todavía mejor! —Los secretarios batieron palmas—. ¿Estuvo allí el señor Bao para ver su delicada figura y oler su dulce aliento? Si no es así, ¿cómo ha podido evocar una imagen tan exacta?

—Por muy intrépida que sea, y aunque practique las artes marciales, una dama no puede enfrentarse al vigor de los hombres —explicó Baoyu—. De más está decir que su apariencia sería grácil y delicada.

—Deja de decir tonterías y continúa de una vez —exclamó su padre.

Obediente, Baoyu reflexionó unos instantes antes de declamar:

Su cinturón bordado, del color de las flores de hibisco; sus nudos tintados de lila…

—Excelente ese cambio de rima, que demuestra flexibilidad y fluidez —comentaron los secretarios—. Por supuesto, el verso es encantador.

Pero Jia Zheng, mientras lo transcribía, comentó:

—Este verso no sirve. Si ya tienes «perfumados los gritos de guerra» y «para una criatura tan frágil, qué difícil blandir…», ¿por qué describes ahora el cinturón y los nudos? Es la falta de consistencia de tus conocimientos lo que te obliga a improvisar florituras.

—Pero, señor, un poema largo necesita ciertas imágenes brillantes para añadir unos toques de color; si no se hace así, el resultado será pálido y desabrido —se atrevió a objetar Baoyu.

—Eso es lo único que te preocupa: las imágenes brillantes. ¿Cómo piensas llegar hasta el momento de la batalla? Añadir un par de versos más de este tipo será como pintarle patas a una serpiente[9].

—En tal caso, puedo volver al tema principal en el siguiente verso. Creo que así será presentable.

—Pero ¿de qué gran talento te crees dotado? —dijo Jia Zheng con una sonrisa desdeñosa—. Primero abres la puerta a fiorituras y tonterías ociosas, y ahora, de un golpe, con un solo verso, tratas de volver sin transición al tema principal. Me parece que empiezas a flaquear.

Baoyu agachó la cabeza pensativo y prosiguió:

… no lucían transparentes perlas, sino la hoja afilada del sable.

—¿Vale este verso? —preguntó inmediatamente.

Por respuesta obtuvo el aplauso de los secretarios. Jia Zheng, tras copiar aquello, dijo con una sonrisa:

—Dejémoslo por el momento. Sigue.

—No, si este verso le parece bueno terminaré el poema de un soplo; si no, lo eliminaré y buscaré otras palabras.

—¡Disparates! —le gritó su padre—. Si no sirve tendrás que hacerlo de nuevo. ¿Te seguirías quejando de que el trabajo es muy pesado si te ordenara componer doce poemas?

Ante la amenaza, Baoyu tuvo que devanarse los sesos hasta recitar:

Una sola noche de maniobras las dejaba exhaustas;

el sudor arrastraba el colorete, manchando el delicado pañuelo de seda.

—Otra vez con lo mismo… —dijo Jia Zheng—. ¿Cómo piensas volver ahora al tema?

Baoyu:

Un año pasó. Al este de la cordillera[10] los rebeldes asolaban el país como un enjambre de avispas, fuertes como tigres

y leopardos azuzados por el hambre.

—¡«Asolaban»! ¡Qué excelente palabra! Con ella, el giro narrativo se realiza con mucha naturalidad —exclamaron los secretarios.

Baoyu retornó al recitado:

Él príncipe Heng, el de los Largos Días, convoca a las tropas imperiales.

A cada batalla sucede una derrota.

Un viento hediondo que llevaba olor a sangre hacía inclinarse los trigales.

Y el sol refulgiendo en los estandartes, solos. Y la tienda del príncipe, vacía.

Ay, el silencio de las verdes colinas; ay, el murmullo del arroyo cantando su canción de siempre

mientras el de los Largos Días combate y muere.

La sangre moteó la hierba; limpiará la lluvia los blancos huesos.

La luz de la luna enfría la arena. Los fantasmas velan los,

cadáveres de los guerreros.

—¡Qué maravilla! ¡Prodigioso! —exclamaron los secretarios—. Composición, narración, figuras de estilo… todo perfecto. Veamos cómo pasa al tema de la cuarta señora. Seguro que nos vuelve a sorprender con los versos de transición.

Soldados y oficiales corren para ponerse a salvo.

Pronto será cenizas Qingzhou, la inexpugnable.

Nadie hubiera supuesto que la lealtad, virtud de hombres, anidara en los aposentos interiores.

Una concubina se irguió llena de furia.

—El tema principal se insinúa con habilidad —comentaron todos.

—Demasiada palabrería —objetó Jia Zheng—. Puede llegar a hacerse tedioso.

Baoyu continuó:

¿Quién será esa favorita entre las favoritas del príncipe Heng?

¡Oh, general tan bello, cuarta señora Lin, sólo ella podría!

Ella, convocando al combate a las doncellas de Qin, dando órdenes a las bellezas de Zhao…[11]

Hermosas flores de durazno y de ciruelo encaminándose al campo de batalla.

Lágrimas manchando las monturas bordadas; y el corazón pesado, repleto de congoja.

Silencio. En la fría noche ni un solo ruido se ha de oír, ni un leve roce de las armaduras.

Es difícil prever el destino, victoria o derrota, pero han jurado compensar a su señor. A vida o muerte.

¿Cómo iban a vencer, ellas, tan frágiles, a los rebeldes terribles?

¡Qué pena! ¡Sauces quebrados! ¡Flores caídas!

Sus espíritus no quisieron alejarse de aquella tierra

donde los caballos patearon sus afeites y la médula de sus dulces huesos.

Llegaron las noticias en un vuelo a la capital.

No hubo hogar donde no irrumpiera el desconsuelo.

La pérdida de Qingzhou espantó al emperador,

y generales y ministros agacharon la cabeza, avergonzados.

Tanto funcionario, tanto militar, ¿para qué?

Si ninguno vale lo que la cuarta señora Lin, oh General Adorable.

Por mujer tan admirable suspiro,

y en mi canción, ya concluida, quedan pensamientos y tristeza.

Cuando terminó, los secretarios lo cubrieron de elogios y leyeron otra vez el poema.

Sonriente, Jia Zheng comentó:

—Sí, hay algunos versos buenos, pero no llega a conmover realmente.

A continuación despidió a los tres muchachos, que se sintieron como presos recién liberados y volvieron a sus respectivos aposentos.

No tenemos por qué ocuparnos de los demás, que aquella noche se fueron a la cama como de costumbre. Sólo Baoyu, que había vuelto al jardín con el corazón pesado, advirtió de pronto los hibiscos florecidos y recordó lo dicho por la joven doncella sobre el nombramiento de Qingwen como diosa de esa flor. Mientras paseaba contemplando los hibiscos y suspirando, su ánimo experimentó cierta mejoría. Súbitamente recordó que todavía no había presentado sus respetos ante el ataúd. Sin embargo, le pareció que, más original que las vulgares ceremonias ante el féretro, sería hacer una ofrenda ante la flor.

Cuando ya estaba a punto de hacer una genuflexión ante las flores, le asaltó un segundo pensamiento: «Pero aunque lo haga así no debo ser tan negligente, sino vestirme de manera adecuada y preparar bien el sacrificio para que sirva de testimonio de mi sincero respeto».

Y continuó con sus reflexiones: «De ningún modo sería conveniente ofrecerle un sacrificio en el vulgar estilo de siempre. Debo hacer algo distinto e inventar una nueva ceremonia que sea romántica y original, y a la vez no tenga nada de mundana. Sólo así podrá ser digna de ambos. Además, los hombres de antaño decían: a los príncipes y a las deidades se les pueden ofrecer cosas tan humildes como el agua de las acequias y las hierbas acuáticas[12]. Lo que cuenta no es el valor de los utensilios, sino la sinceridad y la reverencia que anidan en el corazón. Eso es lo importante. En segundo lugar, el panegírico y la elegía también han de ser originales y no convencionales. De nada sirve ir por el camino de lo trillado y elaborar un texto con frases altisonantes; uno debe derramar lágrimas de sangre, hacer de cada palabra un sollozo, de cada frase un gemido. Es mejor demostrar el dolor, aunque eso propicie un estilo poco pulido. Y de ninguna manera deben los verdaderos sentimientos ser sacrificados en aras de una escritura presuntuosa. No es una idea que se me acabe de ocurrir a mí; ya fueron muchos los antiguos que expresaron sus sentimientos recurriendo a la insinuación. Lamentablemente hoy los hombres se muestran tan preocupados por escalar posiciones oficiales y medrar en los altos cargos que han descartado completamente el estilo clásico, pues temen no estar a la moda y reducir así sus posibilidades de alcanzar el mérito y la fama. Pero como a mí no me interesan ni el rango ni el honor, ni escribir algo para que los demás lo lean y admiren, ¿por qué no habría de seguir el estilo de Las charlas de los grandes, Invocación al alma, Lamento por la separación, Los nueve argumentos de los antiguos Chu o El árbol que se marchita, Difíciles interrogantes, «Crecida de otoño» o Vida del gran caballero[13]? Puedo intercalar en el texto frases aisladas o pareados ocasionales utilizando alusiones a la vida real, así como metáforas, y escribiendo como me venga en gana. Si estoy alegre puedo escribir alegremente; si estoy triste puedo hacer la crónica de mi angustia, y así hasta haber transmitido mis ideas con plenitud y claridad. ¿Por qué habría de ceñirme a las reglas y convenciones vulgares?».

Pero Baoyu nunca había sido un buen estudiante, ¿cómo conseguiría ahora escribir buenos poemas o ensayos a partir de ideas tan perversas? Sin embargo, como lo hacía por su propio placer, y no para que los demás lo leyeran o admiraran, dando rienda suelta a su absurda imaginación fraguó un largo lamento y lo copió cuidadosamente sobre un pañuelo de seda translúcida blanca que gustaba mucho a, Qingwen cuando estaba viva; a ese texto lo llamó Elegía por la Doncella de los Hibiscos, añadiéndole un prefacio y una canción final.

Al mismo tiempo dispuso cuatro objetos queridos por Qingwen, y esa misma noche, bajo la luz de la luna, mandó a la misma pequeña doncella que los llevara entre ambas manos ante los hibiscos. Primero rindió homenaje y luego colgó el texto de la elegía en una rama y, entre lágrimas, leyó en voz alta:

«En el año en que reina la paz eterna[14]; mes en que hibiscos y osmantos florecen, y rivalizan en fragancia; día en que todo lo invade el hastío, yo, el Jade Impuro, señor del patío Rojo y Alegre, he venido a ofrendar ante la Doncella de los Hibiscos, diosa de las flores del otoño en el palacio del Emperador Blanco, pistilos y estambres de cien flores, seda que una sirena tejió, agua de la fuente de la Fragancia que Rezuma y té hervido con rocío de hojas de arce.

»Ofrendas muy ligeras son las cuatro, mas con ellas, queriendo expresar lo sincero de mi gesto, digo:

»En medio del silencio me viene a la cabeza que ya han pasado dieciséis años desde que al mundo polvoriento viniste, niña. Pero cuando yo te conocí hacía ya mucho tiempo que el apellido de tus antepasados y el recuerdo de tu tierra natal habían caído en el olvido. Sólo cinco años y ocho meses he podido vivir día a día junto a ti, comer, lavarme, divertirme y cumplir todos los actos cotidianos sin distancia alguna. Recuerdo que, cuando tú vivías, ni el oro ni el jade eran comparables a tu virtud; ni el hielo ni la nieve a tu pureza; ni el sol ni las estrellas a tu espíritu; ni la flor ni la luna a la belleza de tu figura. Todas tus hermanas admiraban tu candor y tu gracia, todas las amas tu bondad y tu amabilidad.

»El águila cayó presa en una red tendida por pájaros de plumaje venenoso, demasiado parlanchines, que odiaban su vuelo alto. La orquídea fue arrancada de raíz porque las malas hierbas envidiaban su fragancia. ¿Cómo una flor tan delicada iba a resistir un viento tan feroz? ¿Cómo un sauce melancólico iba a resistir lluvia tan violenta? Calumniada, caíste mortalmente enferma. De tanto gemir, tus labios de cereza perdieron el color; tus mejillas de albaricoque, ya lívidas y marchitas, perdieron su fragancia. De detrás de los biombos y cortinas llegaron infundios y habladurías. Cardos y espinos treparon por dentro y fuera de las puertas y ventanas. No sucumbiste como pago a errores que hubieras cometido; la humillación y la injusticia te mataron. Tu corazón rebosaba de dolor y tristeza infinita; también de odio y rencor sin límites. La noble virtud es el blanco preferido de la envidia. Tu destino, niña, es igual al de Jia Yi, calumniado y degradado a Changsha[15]. La franqueza es el origen de los peligros; tu suerte, muchacha, es más triste que la de Gun, ejecutado en los alrededores de Yushan[16]. Enterraste en tu corazón amarguras infinitas, ¿y quién lamentará tu muerte desgraciada?

»Si te has dispersado como las nubes de los inmortales, ¿cómo encontraré tu rastro? Sin saber el camino que conduce a Jukuzhou, ¿de dónde sacaré el Incienso que Resucita a los Muertos?[17]. Sin el barco de los dioses en el que se llega a Penglai, ¿cómo podré obtener la medicina que devuelve la vida? Parece que yo mismo hubiera pintado ayer ese humo negro que cubre tus cejas. Los anillos de jade ya están fríos, ¿quién los calentará hoy para ti? Aún quedan restos de medicinas en el trípode; aún hay lágrimas sobre los vestidos. El espejo está roto, la fénix ha perdido a su pareja[18]. Lleno de tristeza, no tengo valor para abrir el tocador de Sheyue[19]; el peine ha desaparecido, convertido en un dragón que echó a volar. Qué pena que se hayan quebrado los dientes del peine de Tanyun[20]; tus adornos han caído entre las hierbas; entre los polvos, han recogido tus horquillas de esmeralda. El pabellón de las Urracas se ha quedado vacío; yace ociosa la aguja de la fiesta del Doble Siete[21]; el cinturón con ánades bordados está roto, ¿quién lo arreglará con hilos multicolores?

»En la estación otoñal, que de los Cinco Elementos corresponde al Oro y está gobernada por el Emperador Blanco del Oeste, sigo soñando en mi lecho. Pero en la estancia ya no hay nadie. En las gradas donde se cultivan los árboles Wutong[22], qué oscura es la luna. Tu alma perfumada y tu sombra elegante han desaparecido a la vez; dentro de la cortina bordada se disipó el aroma de las flores de loto. Ya no se escucha tu aliento ligero ni tu voz dulce. La hierba se extiende hasta el horizonte. No sólo las cañas se marchitan. Por doquier, sólo se oye el chirrido luctuoso de los grillos. Cae la noche y cubre de rocío las musgosas gradas, pero no se escuchan los golpes de las lavanderas que cruzan la antepuerta. La lluvia del otoño gotea sobre el muro cubierto de enredaderas; apenas es audible el son triste de las flautas que viene del patio vecino[23]. Aún recuerdan tu nombre fragante. Hasta el loro sigue llamándote bajo los aleros; cuando tu vida iba a extinguirse, la begonia que está fuera de las balaustradas se marchitó vaticinando tu muerte. Antes jugaban al escondite detrás del biombo, ahora ya no se oyen los pétalos de loto cayendo al suelo[24]; en el patio te divertías en los concursos de hierbas, pero ya te esperan en vano las orquídeas. ¿Quién hará vestidos de seda, si están abandonados los hilos blancos? ¿Quién planchará el brocado de plata cuando se arrugue?

»Ayer, obedeciendo órdenes de mi severo padre, me llevaron en carruaje hasta un jardín lejano; hoy, desafiando la autoridad de mi madre, he venido apoyado en un bastón a llorarte, sin saber que ya se habían llevado tu féretro solitario. Cuando he sabido que habían quemado tu ataúd, me ha ganado la vergüenza por haber roto mi juramento de morir y ser enterrado en la misma tumba que tú. La catástrofe que ha sufrido el lugar donde descansas eternamente me hace sentir aún más vergüenza al recordar mi promesa de convertirme en cenizas contigo.

»Cerca del viejo templo vagan los azules fuegos fatuos en el viento otoñal; en el crepúsculo de la desolada colina sólo quedan unos cuantos huesos blancos desperdigados; crujen los olmos y las catalpas; suspiran crisantemos y artemisas; los monos chillan tristemente más allá de los brumosos cementerios; lloran desconsolados los fantasmas por los nublados senderos. Yo creía que el joven señor que vive dentro de las cortinas de gasa roja tenía un sentimiento profundo; ahora entiendo que la niña que fue enterrada en su montículo de tierra amarilla ha tenido un destino demasiado desdichado. Cuando perdió a Liu Biyu, el príncipe Runan derramó lágrimas de sangre hacia el viento del oeste[25]. Shi Chong, que no pudo proteger a Perla Verde, se lamentó silenciosamente a la luna fría[26].

»¡Ay! Espíritus malignos son los causantes de esta calamidad, y no los dioses envidiosos del cariño que sentíamos. ¡Cerrar con pinzas la boca de la calumniadora! ¡El castigo no puede ser menos severo! ¡Arrancarle el corazón a la arpía no aplacaría mi odio! Tu estancia en la tierra fue breve, pero lo que siento por ti es ilimitado. Con un cariño tan grande no puedo dejar de hacerme preguntas.

»Acabo de saber que el Emperador Celestial te había citado en el palacio de las Flores, pues en vida fuiste compañera de las orquídeas, y muerta eres la dueña de los hibiscos. A pesar de que las palabras de la pequeña doncella parecen absurdas, a mi humilde juicio tienen un gran fundamento. En la dinastía Tang, Ye Fashan había invocado al espíritu de Li Yong para que le escribiera un epitafio[27], y el Emperador Supremo ordenó al poeta Li He que redactase una crónica[28]. Las cosas son ahora diferentes, pero la razón es idéntica: distintos talentos reciben diversas tareas; si la persona no es digna de su cargo, ¿no es absurdo nombrarla para que lo ocupe? Estoy convencido de que el Emperador Celeste hace buen uso de su poder asignando a cada uno un cargo acorde con su temperamento e inteligencia. Por lo tanto, espero que tu espíritu inmortal descienda aquí, y ofrezco a tus despiertos oídos esta pobre canción escrita para convocar a tu espíritu:

¡Qué inmenso, inabarcable cielo!

¿Cabalgas por la bóveda celeste a lomos de un dragón de jade?

¡Qué vasta es la tierra!

¿Desciendes a las Fuentes Amarillas en un carruaje de jade y marfil tirado por elefantes? ¡Qué deslumbrante, luminoso dosel!

¿Es el fulgor de las estrellas titilando?

¿Y son constelaciones, a un lado y a otro,

esas plumas de colores que te abren el camino?

¿Es tu sirviente el Dios de las Nubes?

¿Te acompaña también el Dios Carretero de la Luna?

Oigo crujir las ruedas de tu carruaje.

¿Viajas en una carroza de fénix?

Percibo una fragancia sutil.

¿Llevas un cinturón de hierbas aromáticas?

Centellea la luz de tu falda.

¿De brillante luz de luna has labrado tus colgantes?

En un altar de exuberantes hojas de orquídeas,

¿quemas perfumado aceite en lámparas de loto?

En calabazas grabadas,

¿bebes un excelente licor de osmanto?

Mirando obstinada a través de la bruma,

¿consigues ver algo?

Inclinándote hacia la lejanía,

¿captas algún sonido?

Quieres viajar libremente por el espacio infinito,

¿pero cómo puedes dejarme en este mundo polvoriento?

Suplico al Dios del Viento que conduzca mi carruaje,

así podré irme contigo.

Iracundo está mi corazón,

¿pero de qué sirve lamentarse?

Ahora descansas eternamente;

¿Acaso es ésta la mudanza natural?

Si dormías tranquila en tu recluida tumba,

¿por qué te has marchado convertida en inmortal?

Yo sigo aquí, uncido al yugo, como algo de sobra en el mundo.

¿Acudirá tu espíritu a mi llamada?

¡Ven, ven y no te vuelvas a marchar!

¡Oh, ven! ¡Yo te imploro!

»Como tú vives silenciosa en un mundo esfumado, no podré verte aunque te acerques. Las hiedras te sirven de biombos y cortinas; los juncos azules, de columnas honoríficas. Que los sauces no cierren sus ojos[29], y los corazones de loto despejen su amargura[30]. Las hadas de la Música te invitan al Acantilado del Laurel, y en la Isla de la Orquídea te da la bienvenida la Diosa del Río Luo[31]. Nong Yu toca su sheng y Han Huang toca su yu[32]. Convocan a la Reina de la Montaña Song e invitan a la Abuela del Monte Li[33]. La Divina Tortuga emerge del Río Luo[34]. Cien animales bailan al son de la melodía Xianchi[35]. Los dragones cantan bajo el Agua Roja, los fénix sobrevuelan el Bosque de las Perlas[36].

»Cuando se hace una ofrenda lo más importante es la sinceridad; no importa que sean o no labradas las copas para la libación.

»Partes en tu carro desde las Ciudad de las Nubes Matinales y regresas al Jardín Misterioso[37]. Por un momento tu figura parece levemente visible, pero de repente la borran brumas y neblinas. Las nubes, la neblina, se unen y separan; la bruma, la lluvia, oscurecen el cielo. Los polvos y las nubes se dispersan, las estrellas brillan en las alturas. ¡Qué hermosas son las colinas y los riachuelos cuando la luna asciende a lo más alto!

»¿Por qué mi corazón está tan intranquilo, como si hubiera entrado en un sueño? Suspiro mirando a mi alrededor y derramo lágrimas sin saber qué hacer.

»Los seres humanos están silenciosos. Sólo escucho los sonidos naturales del bosque de bambú. Las aves, asustadas, emprenden el vuelo. Los peces se disputan el cebo de los anzuelos haciendo ruido. En forma de plegaria he escrito mi dolor, y esperando buena fortuna he realizado estos ritos.

»¡Ay! ¡Qué triste! Ven a disfrutarlos».

Cuando terminó de recitar aquella extraña letanía, quemó la seda y escanció la libación de té. Se resistía a dejar el lugar, y la joven doncella tuvo que pedírselo varias veces antes de que él accediera a partir. Pero cuando ya se disponía a hacerlo oyó una risotada que procedía de detrás de una roca.

—¡Por favor, espera! —gritó una voz.

Ambos se sobresaltaron. La doncella miró hacia atrás y vio a alguien que salía de entre las flores de hibisco.

—¡Auxilio! ¡Un fantasma! —gritó—. ¡El espíritu de Qingwen ha regresado!

Asustado, Baoyu se volvió también para mirar.

Escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LXXIX

Xue Pan se arrepiente de su casamiento con

la Leona del Este del Río[1].

Yingchun es entregada en matrimonio al

Lobo del Monte Central[2].

Recién terminada su ofrenda a Qingwen, oyó Baoyu una voz surgida inopinadamente de los macizos de flores. Sobresaltado, se volvió y distinguió con gran alivio a Lin Daiyu que le decía con el rostro iluminado por una sonrisa burlona:

—¡Vaya oda fúnebre tan original! Merecería permanecer junto a ese epitafio escrito en la estela que conmemora a Cao, la hija filial[3].

—Es que todas las odas fúnebres al uso me parecen tópicas —se justificó Baoyu, sonrojándose—. He tratado de emplear para la mía una forma nueva. No era más que un divertimento; nunca supuse que la escucharías. Si te parece que hay en ella algo inconveniente puedes hacer algunas correcciones.

—¿Dónde está tu borrador? Debo leerlo con cuidado. El texto es tan largo que no pude escucharlo entero, sólo esas dos sentencias simétricas que decían algo así como:

El joven caballero que vive detrás de las cortinas de gasa roja tiene un sentimiento profundo.

La niña enterrada bajo su montículo de tierra amarilla ha tenido un destino desdichado.

»La idea es excelente, pero la estropea el que «cortinas de gasa roja» tenga un sabor un poco rancio. Si puedes utilizar una imagen real, ¿por qué no recurres a ella?

—¿Qué es una imagen real? —le preguntó él.

—Hoy en día todas las gasas de nuestras ventanas tienen el mismo color rosado de los crepúsculos —respondió ella sonriendo—. ¿Por qué no decir: «Detrás de la ventana de gasa rosada, el joven tenía un sentimiento profundo?».

—¡Excelente! ¡Eso es! —exclamó Baoyu golpeando el suelo con el pie—. Tenías que ser tú quien ingeniara un verso como ése. Demuestra que hay buena cantidad de paisajes y cosas maravillosas bajo el cielo, en la antigüedad y en nuestros días, y que sólo los idiotas son incapaces de recordarlas y expresarlas. Pero hay una cosa: este cambio que has hecho es maravilloso; sin embargo, yo no me atrevo a utilizar una referencia al lugar donde tú vives.

Y, una y otra vez, exclamó:

—¡No me atrevo a hacerlo!

Daiyu se rió.

—¿Qué importa eso? Mi ventana podría ser la tuya. ¿Por qué haces distinciones entre nosotros como si fuéramos extraños? En la antigüedad, a veces, los simples compañeros podían compartir un caballo excelente o un abrigo de piel suave sin preocuparse de si lo estropearían; y mira cuanto más cercanos estamos nosotros.

—Entre amigos no se debe ser mezquino con el oro ni el jade, por no hablar ya de caballos o abrigos —coincidió él—. Pero la falta de respeto a una dama ya es otro asunto. Lo que puedo hacer es, cambiando «joven caballero» y «niña», convertir el texto en tu endecha por ella; eso sería lo más justo. Además, tú siempre la trataste muy bien. Prefiero sacrificar el texto entero antes que deshacerme de esta nueva imagen de la «gasa rosada». Creo que lo mejor es cambiar la simetría de esta cita:

Tras la ventana de gasa rosada, la joven dama tenía un sentimiento profundo.

Bajo el montículo de tierra amarilla su doncella ha tenido un destino desdichado.

»Aunque nada tendría que ver conmigo esta nueva versión, me resultaría igualmente satisfactoria.

—Pero ella no fue mi doncella, ¿cómo puedes decir eso? Además, es muy poco elegante poner «joven dama» junto a «doncella». Espera a que muera mi Zijuan, y entonces tendré oportunidad de emplear esa cita.

Baoyu se echó a reír.

—¿Por qué le echas encima la mala suerte a la pobre Zijuan con esas palabras?

—Fue idea tuya.

—Lo sé. Se me ocurre una modificación más apropiada. Digamos:

Tras la ventana de gasa rosada, nunca tuve la fortuna de vivir contigo.

Bajo el montículo de tierra amarilla, ¡qué desdichado es tu destino!

Daiyu empalideció súbitamente al escucharlo, pues aquellas ominosas palabras la llenaron de resquemor y celos. Pero en lugar de revelar lo que sentía, prefirió sonreír asintiendo con la cabeza.

—Ahora sí que ha mejorado. No hagas más alteraciones, y corre a atender tus importantes asuntos. Su Señoría acaba de mandarnos un recado para que mañana a primera hora vayas a ver a mi tía mayor. Tu segunda hermana acaba de ser prometida a una familia, y seguramente quieren que estés presente cuando esa gente venga a pedir formalmente su mano.

—¿A qué viene tanta prisa? No me encuentro bien, y quizás no pueda levantarme para ir mañana —dijo él dando una palmada.

—¡Otra vez con lo mismo! ¡Sigue mi consejo y no seas tan terco! Ya no eres un niño…

Y mientras decía esto empezó a toser.

—Corre un viento muy frío —interrumpió él—. ¿Por qué nos quedamos aquí parados como tontos? Regresa rápido.

—Me voy a casa a descansar. Te veré mañana —dijo Daiyu, y emprendió el camino de vuelta al refugio de Bambú.

También Baoyu regresaba, desanimado, cuando se le ocurrió que Daiyu no tenía quien la acompañara; entonces le dijo a la joven doncella que la escoltara hasta su casa. Cuando llegó al patio Rojo y Alegre encontró a un ama enviada por la dama Wang, con el encargo de que a la mañana siguiente debía ir a la casa de Jia She, tal como le había dicho Daiyu.

Jia She había prometido a Yingchun a una familia de apellido Sun, de la prefectura de Datong, uno de cuyos ancestros, un oficial del ejército, había sido tomado por los Jia como alumno; de ahí que las dos familias pudieran ser consideradas amigas desde antiguo. El único Sun que había entonces en la capital era un comisionado de policía de nombre Sun Shaozu, que aún no había cumplido los treinta. Era un hombre grande y fuerte, buen arquero y jinete, y versado en cuestiones de etiqueta. Su familia era rica, y él estaba aguardando una vacante en el Ministerio de la Guerra. Como seguía soltero, y era nieto de un viejo amigo, y por añadidura su presencia y sus bienes eran aceptables, Jia Shi lo aprobó como yerno.

La noticia no complació demasiado a la Anciana Dama, aunque, temiendo que si presentaba objeciones Jia She no las escucharía, y considerando que los matrimonios de los jóvenes eran decretados por el cielo y que, si ésa era la decisión del padre de Yingchun, no podía inmiscuirse, se limitó a decir «lo sé», no haciendo ningún otro comentario.

Pero Jia Zheng, en cambio, detestaba a los Sun, pues la larga vinculación entre las dos familias se debía exclusivamente al abuelo de Sun Shaozu, quien, por haber necesitado de la influencia de los Jia para resolver unos problemas privados, los reconoció formalmente como sus maestros. Ellos no eran una familia de letrados prestigiosos. Por eso Jia Zheng se pronunció una o dos veces contra el matrimonio, pero desistió ante la indiferencia de Jia She.

Baoyu jamás había visto al tal Sun Shaozu, y por ello al día siguiente tuvo que ir a conocerlo por cortesía. Cuando le dijeron que la boda no tardaría en celebrarse, que Yingchun se trasladaría a su nuevo hogar en el curso de aquel mismo año, y que la dama Xing y las demás habían pedido permiso a la Anciana Dama para sacarla del jardín, su desconsuelo creció. Perdido en sus cavilaciones, no supo qué hacer. Y ahora, por si fuera poco, llegaba a él la noticia de que Yingchun se llevaría consigo a cuatro doncellas.

—¡Eso quiere decir que habrá en el mundo cinco personas limpias menos! —suspiró.

Y vagabundeaba cada día por la isla de las Trapas Moradas, donde el refugio estaba silencioso y desierto y sólo unas cuantas viejas iban a hacer la guardia nocturna. Hasta las hojas de las cañas y las hierbas acuáticas de la orilla, y las trapas fragantes y los tréboles de agua del estanque tenían una apariencia desolada, como si la nostalgia por sus viejas amistades les impidiera lucir como antes su esplendor otoñal. Conmovido por aquella escena de desolación no pudo contener sus sentimientos, y en ese mismo punto y lugar compuso una canción, que entonó como sigue:

Durante la noche, el viento frío del otoño

ha desperdigado la sombra de las flores de loto, rojas como el jade.

Las flores de las centinodias y las hojas de trapa tampoco pueden soportar tanta tristeza.

El rocío espeso, la pesada escarcha oprimen sus tallos delicados.

Ya no se oye durante el día el traqueteo de las piezas de ajedrez.

Han manchado el tablero grumos de barro que traían las golondrinas en el pico.

Los antiguos añoraban las amistades perdidas;

cuanto más nosotros, primos inseparables como los pies y las manos.

Acabó de cantar aquello y oyó que alguien se reía detrás de él.

—¿Otra vez divagando? —dijo una voz.

Giró la cabeza y vio a Xiangling. Sonriendo, le preguntó:

Yingchun.

Wu Youru (edición de 1893).

—¿Qué haces aquí, hermana? Hace días que no vienes a pasear por el jardín.

—No es que no quiera —exclamó ella alegremente dando una palmada—, sino que ahora que su primo Pan ha vuelto ya no estoy libre ni puedo hacer lo que quiera. Estoy aquí porque nuestra señora ha ordenado que busquen a su prima Xifeng; pero no estaba en casa y me dijeron que había venido al jardín. Al oír aquello pedí que me dieran el encargo y vine a buscarla. Encontré a una de sus doncellas, que me dijo que la vería en la aldea de la Fragancia del Arroz, y hacia allá me encaminaba cuando lo encontré a usted. Dígame, ¿le va bien en estos días a la hermana Xiren? ¿Qué fue lo que acabó tan rápido con la hermana Qingwen? ¿Exactamente qué enfermedad tenía? ¡Qué pronto se ha trasladado la segunda señorita Yingchun! ¡Mire lo vacío que ha quedado este lugar!

Baoyu apenas pudo contestar a tantas preguntas y tan atropelladas, y a continuación la invitó a beber té en el patio Rojo y Alegre.

—Ahora no tengo tiempo —se excusó Xiangling—, iré cuando haya encontrado a la señora Lian y le haya entregado mi mensaje.

—¿Pues qué asunto tan urgente es ése?

—Tiene que ver con la boda de su primo Pan. Eso es lo que lo hace tan urgente.

—Cuéntame, ¿de qué familia procede ella? Hace medio año que lo están discutiendo: un día iba a ser de los Chang, otro de los Li, después de los Wang… ¿Qué errores han cometido las muchachas de esas familias para que se hable tanto de ellas como futuras esposas de mi primo?

—La cosa ya está acordada —le dijo Xiangling—. Ya no hace falta mezclar a más familias en la discusión.

—¿Por qué familia se han decidido finalmente?

—En el transcurso de su último viaje de negocios, su señor primo visitó a unos familiares a los que nos une un viejo parentesco y que además están registrados en la Junta de Rentas como agentes compradores de la corte. Es una de las familias más ricas de aquella zona. El otro día, durante la conversación de las señoras, resultó que también en nuestras dos mansiones se conoce a esa familia. Todos en la capital, desde los nobles hasta los comerciantes, hablan de los Xia, apodados Osmantos Olorosos.

—¿Y de dónde sacaron ese nombre?

—Bueno, el apellido es Xia, y son, como le digo, inmensamente ricos. Aparte de otras fincas, poseen varios cientos de hectáreas en donde no se cultiva otra cosa que osmantos olorosos. Son propietarios de todos los comercios de la capital donde se venden esas plantas, y además proveen al palacio de todas las macetas y penjing[4] que allí se exhiben. Fue así como se ganaron el nombre. Ahora bien, el viejo señor Xia ya murió; su viuda vive con una hija, y no hay hijos. Es una lástima que se haya acabado la rama masculina.

—Olvídate de eso —dijo Baoyu—. ¿Cómo es la muchacha? ¿Cómo llegó a prendarse de ella tu señor?

—Fue en parte el destino y en parte cosa de que «Cualquier mujer, a los ojos de su amante, es una belleza». En otro tiempo las dos familias estuvieron muy unidas y ellos jugaron juntos de niños. Como son primos, no tuvieron que evitar encontrarse, como prescriben las reglas protocolarias. Y a pesar de que no se habían visto en todos estos años, apenas él llegó a saludar a la anciana señora Xia, ésta, que no tiene hijos, quedó impresionada por su porte y derramó lágrimas de alegría, tan contenta como si ella misma lo hubiera parido. Entonces volvió a presentar a los dos jóvenes. La muchacha, que ha crecido bella como una flor, aprendió a leer y escribir en casa; y su señor primo se decidió en ese mismo momento y lugar. La familia Xia lo atendió durante tres o cuatro días, y también a esos ayudantes de la casa de empeños que lo acompañaban, insistiéndoles para que se quedaran más tiempo y no dejándolos partir sino después de insistir mucho. Apenas su primo volvió a casa empezó a importunar a nuestra señora para que pidiera en su nombre la mano de esa muchacha. Como ella la conocía y las dos familias estaban bien avenidas, nuestra señora accedió. Lo discutió con la madre de usted y con la dama Lían, y luego envió a alguien para que propusiera el matrimonio, que quedó inmediatamente arreglado. El único problema es que hay tan poco tiempo hasta el día de la boda que no damos abasto. Cuanto antes llegue ella, mejor, digo yo. ¡Entonces tendremos una poetisa más!

Baoyu sonrió lánguidamente.

—No entiendo por qué me preocupo tanto por tu futuro.

Xiangling se sonrojó.

—¡Pero qué cosas dice! Siempre nos hemos tratado con respeto… ¡Qué quiere decir esto!… Con razón todas dicen que no conviene tener confianzas con usted.

Se volvió y echó a correr.

Baoyu quedó perplejo. Permaneció allí unos instantes derramando lágrimas, absorto en sus pensamientos, hasta que emprendió el desolado camino hacia el patio Rojo y Alegre.

Pasó la noche inquieto. En sueños seguía llamando a Qingwen, y tuvo atroces pesadillas que le privaron de toda tranquilidad. Al día siguiente amaneció sin apetito y con fiebre, todo a causa de los recientes acontecimientos: el registro del jardín, la despedida de Siqi, la partida de Yingchun y la muerte de Qingwen, que lo habían colmado de vergüenza, temor y dolor. Además, había pescado un catarro que le obligó a guardar cama.

Cuando la Anciana Dama se enteró de aquello empezó a visitarlo diariamente. La dama Wang lamentó haberlo amonestado demasiado severamente en el asunto de Qingwen, pero no mostró señal exterior alguna de su mala conciencia, limitándose a ordenar a las amas que lo cuidaran bien, y a enviar médicos dos veces al día para que le tomaran el pulso y le recetaran medicinas.

Baoyu sólo empezó a mejorar pasado un mes. Había recibido instrucciones de parte de su abuela para que reposara cien días, se abstuviera de comidas grasientas y permaneciera en sus aposentos. Durante todo aquel período no le fue permitido siquiera cruzar la puerta del patio, y tuvo que buscar entretenimiento bajo techo. Después de cuarenta o cincuenta días pasados de esa manera se sintió con fuerzas para escapar del tedio. ¿Cómo iba a seguir soportando todo aquello? Pero a pesar de todas sus súplicas, la Anciana Dama y la dama Wang no cedieron, y él tuvo que aceptar resignadamente la situación. Y así pasó el tiempo, jugueteando con las doncellas de todas las maneras imaginables.

Cierto día oyó que Xue Pan estaba ofreciendo un festín y una función de ópera para celebrar su boda, y que la fiesta estaba especialmente animada. Como ya le habían dicho que aquella dama de la familia Xia era una beldad que además tenía conocimientos literarios, quiso trasladarse allí en ese preciso momento para conocerla, pero no pudo.

Unos días más tarde oyó decir que ya se había celebrado el matrimonio de Yingchun y lamentó profundamente no haber podido despedirse de ella, pues pensó que él y sus primas siempre habían estado muy unidos. Después de aquella separación los reencuentros ya no serían tan íntimos como antes. Le exasperó la idea de no poder ir en ese momento a ver a la gente que le apetecía. Pero tuvo que armarse de paciencia y seguir entreteniéndose con sus doncellas.

Por lo menos se estaba ahorrando las constantes llamadas de su padre al estudio, y sus reproches. Durante aquellos cien días él y sus doncellas retozaron cuanto les vino en gana, cometiendo travesuras nunca oídas, y sólo les faltó derribar el patio Rojo y Alegre. Pero podemos tender un velo sobre los detalles de sus correrías.

Aquel día, después de reprender a Baoyu, Xiangling creyó que el muchacho se había comportado de manera deliberadamente vulgar con ella. Pensó: «Con razón la señorita Baochai no se atrevía a acercarse demasiado a él. A mí me ha faltado su precaución. Y ahora me explico también por qué la señorita Lin se pasa la vida discutiendo con él y gritando rabiosa. Seguro que también a ella le lanza pullas todo el tiempo. Mejor será que me mantenga a buena distancia».

Y a partir de aquel momento no frecuentó más el jardín. La boda de Xue Pan la mantenía ocupada todo el día. Imaginó que la nueva esposa la protegería y compartiría sus responsabilidades, permitiéndole llevar una vida más apacible. Y como había oído que aquella joven dama unía el talento literario a la belleza física, supuso que se trataría de una persona amable y refinada. De ahí que estuviera diez veces más ansiosa que Xue Pan por verla llegar. Cuando llegó el día anunciado, ella empezó a servir con todo entusiasmo a su nueva señora.

En efecto, esta señorita Xia, que acababa de cumplir diecisiete años, era bastante bella y tenía algo de instrucción. En lo que tocaba a habilidad y recursos, era de la camada de Xifeng. Sólo en un aspecto había tenido mala suerte. Como su padre había muerto cuando ella era una niña, y como tampoco había tenido hermanos, su madre viuda la había malcriado, bebiendo los vientos por ella y concediéndole sus más pequeños deseos. Inevitablemente, toda aquella tolerancia le había procurado un carácter como el del bandolero Dao Zhi de la antigüedad: se consideraba a sí misma como una diosa, y trataba a los demás como si fueran basura. Su apariencia era como de flor y sauce, pero tenía un temperamento de trueno y tempestad. En su casa había descargado sus malos humores sobre sus doncellas, a las que constantemente injuriaba y golpeaba. Y cuando estuvo casada consideró que le correspondía comportarse como la señora de la casa, ya no con la dócil timidez que corresponde a una muchacha prometida en matrimonio, sino demostrando su autoridad al pisar a los demás.

Más aún, a la vista del testarudo orgullo y de la extravagancia de Xue Pan, decidió que debía batir el hierro mientras estuviera caliente y dominar completamente a su esposo, pues de otro modo jamás lograría hacer valer su voluntad. Además, la presencia de una concubina tan encantadora y con tanto talento como Xiangling la llenaba del mismo tipo de decisión que tuvo el primer emperador Song cuando decidió eliminar al rey de Nantang sin permitir que otro durmiera junto a su cama[5].

Como su familia poseía tantos osmantos dorados ella había recibido el apodo de Jingui, Osmanto Dorado. Empezó prohibiendo a toda la casa utilizar esas dos palabras. Doncella que lo olvidaba y empleaba por error alguna de ellas, era golpeada y castigada severamente. Cuando comprendió que era imposible prohibir cualquier referencia a los osmantos, decidió cambiarle el nombre a la planta, y recordando la historia del osmanto del palacio del Frío Infinito y el hada Chang E[6], llamó a la flor «Flor de Chang E» para reforzar de ese modo su dignidad.

Xue Pan era el tipo de hombre que descarta lo viejo apenas recibe algo nuevo, y que parece duro pero carece de fuerza. Al comienzo su nueva esposa le gustó, y él la complació en todo. Xia Jingui cobró conciencia de aquello y trató de ir asegurando paso a paso su control. Durante el primer mes, su relación fue de igual a igual; pero, pasado el segundo, Xue Pan empezó a ceder terreno. Cierto día, después de haber estado bebiendo, él le consultó acerca de algo que deseaba hacer, y cuando ella se negó a permitirlo, él perdió la paciencia, le espetó una respuesta iracunda y lo hizo de todos modos. Entonces Jingui empezó a llorar como si se hubiera vuelto loca, se negó a probar bocado y fingió estar enferma. El doctor citado para tomarle el pulso diagnosticó:

—Tiene furia en la sangre y debería tomar algunos sedantes.

La tía Xue le reprochó a su hijo:

—Ahora ya eres un hombre casado, y pronto tendrás un hijo propio, ¡y sigues siendo el mismo cretino de siempre! —rabió—. Ella es tan valiosa como un huevo de fénix, ha sido una hija delicada como una flor y su familia te la concedió suponiendo que tú eras un caballero. Pero en lugar de controlarte, portándote bien y viviendo apaciblemente, actúas como un patán y la amenazas en cuanto has bebido de más. Ahora tienes que asumir las consecuencias y gastar tu dinero en medicinas.

Lleno de remordimientos por aquellos reproches, Xue Pan entró a consolar a su esposa. Pero en Jingui, deleitada al ver que su suegra había tomado partido por ella, había crecido aún más la arrogancia y le ganó la partida simplemente ignorándolo. Él no supo qué hacer y hubo de aguantarlo todo. Tardó casi quince días en apaciguarla.

Pasado aquel incidente, Xue Pan se tomó grandes molestias para no provocarla, lo que contribuyó a volverlo aún más dócil. Al advertir que su esposo arriaba sus banderas y que su suegra tenía buen carácter, Jingui fue pasando gradualmente al ataque. Al principio se limitó a mantener bajo su talón a Xue Pan; más adelante intentó con muchas mañas ejercer su control también sobre la tía Xue y sobre Baochai. Ahora bien, Baochai, que percibió muy pronto su falta de decoro, sabía cómo enfrentarse a ella lanzándole indirectas que la instaban a no extralimitarse. Cuando Jingui vio que no podía apabullarla, trató de buscarle defectos por diversos medios; pero no le encontró un solo flanco débil y finalmente se vio obligada a llegar a un arreglo con ella.

Cierto día en que Jingui tenía un rato libre empezó a charlar con Xiangling y le preguntó algo acerca de su distrito natal y sus padres. Cuando Xiangling le respondió que no podía recordarlos, Jingui se sintió disgustada considerando que Xiangling le ocultaba información deliberadamente. Luego le preguntó quién le había puesto su nombre, y cuando oyó que había sido Baochai, dibujó una sonrisa de desdén.

—Todos dicen que es instruida —dijo en tono burlón—, pero este nombre no tiene sentido.

Xiangling respondió con una sonrisa conciliadora:

—¡Vaya, señora! Quizás usted lo ignore, pero hasta su tío la elogia frecuentemente por su erudición.

Para conocer la respuesta de Jingui, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LXXX

La adorable Xiangling es injustamente

apaleada por un esposo lascivo.

El taoísta Wang receta una absurda cura

para una mujer celosa.

Apartó Jingui la cabeza haciendo muecas con los labios, y dando bruscamente una violenta palmada, resopló con desdén:

—Dime, por favor, ¡¿qué aroma puede tener el nenúfar[1]?! Si ahora resulta que los nenúfares son fragantes, ¿qué diremos de las flores que tienen verdadero aroma? ¡El nombre que llevas no tiene el menor sentido!

—No sólo el nenúfar, sino también las hojas del loto y hasta sus semillas en vainas tienen un sutil aroma —le aseguró Xiangling—. En un día o una noche de mucha tranquilidad, o muy de mañana o a medianoche, puede esta fragancia llegar a ser incluso mejor que la de las flores, aunque no se pueda comparar con ella. Y cuando hay brisa o rocío, las castañas de agua, e incluso las semillas de jito[2] y las hojas y raíces de las cañas, tienen una fragancia sutil muy refrescante.

—¿Me estás diciendo que no te agrada la fragancia de las orquídeas y de los osmantos?

En el calor de la discusión, Xiangling olvidó completamente la prohibición y respondió vivaz:

—La fragancia de las orquídeas y de los olorosos osmantos es única… —pero antes de que pudiera terminar la frase, Baochan, la doncella de Jingui, levantó un dedo admonitorio.

—¿Quieres morir? ¡A quién se le ocurre mencionar el nombre de la señora!

—Oh, perdón, lo hice sin darme cuenta —se disculpó Xiangling, avergonzada por su desliz—. Por favor señora, no se ofenda.

Jingui se echó a reír.

—No tiene importancia. Eres demasiado escrupulosa. Pero de todos modos no me parece que el carácter Xiang, «Fragancia», le vaya bien a tu nombre. Si no tienes inconveniente, me gustaría cambiarlo por otro.

—¡Pero qué cosas dice, señora! —exclamó Xiangling jubilosa—. Yo pertenezco a usted en cuerpo y alma, ¿por qué tendría que consultarme un simple cambio en mi nombre? Ése es un honor que no merezco. Utilice la palabra que le resulte más apropiada.

—Puede que tú estés de acuerdo, pero mi cuñada podría ofenderse y decir: «Sólo lleva aquí unos cuantos días y ya cree poder enmendarme la plana».

—Déjeme explicarle, señora. Yo fui comprada por esta familia para entrar al servicio de Su Señoría; por eso fue la señorita Baochai quien me puso este nombre. Más adelante, cuando empecé a servir a nuestro señor, dejé de depender de ella. Y ahora que es a usted a quien sirvo, sólo de usted dependo. Además, ¿cómo podría ofenderse una joven dama tan buena y comprensiva como ella?

—En tal caso, el Xiang me parece menos apropiado para tu nombre que el Qiu, que significa «Otoño». Al fin y al cabo, es en otoño cuando florece el nenúfar. ¿No es lógico?

—Como usted diga, señora —asintió Xiangling alegremente.

Y desde entonces su nombre fue Qiuling, «Nenúfar dé Otoño», sin que Baochai pusiera el menor reparo.

Pero ocupémonos de Xue Pan. El hermano de Baochai era un ejemplo vivo de aquello que quiere expresar el dicho «Apenas ha conquistado el territorio de Long y ya codicia el reino de Shu». Tras convertir a Jingui en su esposa no tardó en echar el ojo a los encantos de una doncella que había llegado con ella, de nombre Baochan. Parecía frívola y no carecía de atractivos, por lo cual supuso que sería fácilmente abordable. Así, con la excusa frecuente de que le trajera agua o té, se dedicó a coquetear con Baochan. Ella no tardó en verle las intenciones, pero no se atrevió a alentarlo antes de saber qué pensaría de ello su señora. A Jingui tampoco se le escapaba lo que estaba sucediendo. «Es con Xiangling con quien quiero acabar —pensaba—, pero no tengo ningún pretexto. Si ahora mi esposo anda detrás de Baochan, lo mejor que puedo hacer es no impedírselo; así perderá todo interés en Xiangling y yo podré aprovechar la primera ocasión para tenderle una trampa. Al fin y al cabo, Baochan es propiedad mía y no será difícil más adelante ponerla en el lugar que le corresponde.»

Tomada la decisión, aguardó su oportunidad. Ésta llegó cierta noche cuando, después de haber bebido algo más de la cuenta, Xue Pan ordenó a Baochan que le trajera un poco de té, como era su costumbre. La doncella le alargó la taza pero, antes de cogerla, Xue Pan le acarició furtivamente la mano. Pero pretendiendo apartarse con un gesto brusco, Baochan dejó caer la taza, que, ¡crac!, se rompió con gran estrépito en mil pedazos y salpicó a los dos. Mirando a su esposa, Xue Pan intentó disimular su azoramiento gritándole a la doncella por haberle presentado la taza tan descuidadamente.

—Pero si ha sido usted quien la ha dejado caer… —replicó ella.

—Basta ya con las tonterías —intervino Jingui con una sonrisa helada—. ¿Acaso pensáis que soy tonta?

Xue Pan agachó la cabeza con una sonrisita tímida y no dijo nada; Baochan dejó el cuarto sonrojada.

A la hora de acostarse, Jingui fingió querer expulsar a su esposo de la alcoba.

—Para que aprendas a no mirarla con tanta lascivia —le dijo.

Él se limitó a sonreír.

—¿Qué es lo que quieres?, dímelo —continuó ella—. Es inútil que sigas acosándola como un cazador furtivo.

Envalentonado por el licor, Xue Pan se arrodilló sobre la manta y le dio un cariñoso empujoncito.

—¡Dame a Baochan, mi buena hermana, y yo haré lo que me pidas! ¡Si quieres los sesos de alguien, me las arreglaré para conseguirlos!

—¡Qué charla tan absurda! —replicó ella—. Si te has prendado de alguna doncella dilo abiertamente: la haremos tu concubina y evitaremos así cualquier sombra de escándalo. ¿Qué tiene eso que ver conmigo?

Aquellas palabras deleitaron tanto a Xue Pan que se deshizo en agradecimientos y se esmeró por satisfacerla aquella noche, como correspondía a un buen esposo. Al día siguiente permaneció en la estancia de su esposa matando el tiempo y actuando con mayor audacia cada vez. Después del almuerzo, Jingui se ausentó voluntariamente para dejarles el camino libre de obstáculos. En cuanto se vio a solas con Baochan, Xue Pan no se anduvo por las ramas. Ella sabía perfectamente lo que él buscaba, y su resistencia no pasó de ser una pantomima. Y ya tenemos a Xue Pan a punto de obtener lo que tanto deseaba cuando hete aquí que Jingui, calculando el momento justo en que estarían abrazados, incapaces de separarse, mandó llamar a Sher, una doncella que había traído de su casa. Por ser una huérfana de la que nadie se había hecho cargo, aquella muchacha había recibido el nombre de Sher, que significa «abandonada», y junto con él las tareas más ingratas. Así pues, Jingui requirió su presencia para poder llevar a cabo el plan que había trazado.

—Anda y dile a Qiuling que traiga un pañuelo que hay en mi cuarto —le ordenó—. No hace falta que le digas que sigues mis instrucciones.

Sher se fue directamente en busca de Xiangling.

—Señorita Qiuling, nuestra señora ha dejado un pañuelo en su cuarto. ¿Tendría la bondad de buscarlo y llevárselo?

Ahora bien, Xiangling se sentía sumamente incómoda a causa del mal trato que Jingui le venía prodigando en los últimos tiempos, y estaba buscando la manera de aplacarla por todos los medios. Así pues, sin pensarlo dos veces, irrumpió en la estancia en el preciso momento en que la doncella Baochan, ya entregada, apenas se debatía entre los brazos de Xue Pan. La pobre Xiangling se sonrojó hasta las orejas cuando vio la escena, y salió corriendo despavorida.

Como Xue Pan creía haber arreglado abiertamente el asunto con su esposa, y no consideraba que hubiera nadie más a quien temer, ni siquiera se había tomado la molestia de cerrar la puerta por dentro. Por eso cuando entró Xiangling se incomodó un poco, aunque en el fondo no le importara demasiado.

Baochan, en cambio, que tenía una lengua afilada y tendía a darse aires de importancia, deseó ser tragada por la tierra. Inmediatamente se quitó a Xue Pan de encima y salió de allí gritando que había tratado de ultrajarla.

A Xue Pan le había costado mucho trabajo y un buen número de ardides conseguir a Baochan, por lo que aquella frustración, naturalmente, convirtió su excitación en un odio salvaje por Xiangling. Salió corriendo y le escupió a la cara.

—¡Puta maldita! ¿Por qué has tenido que entrar de golpe en este preciso momento?

Xiangling comprendió que se había metido en un buen lío, y huyó corriendo. Entonces Xue Pan se puso a buscar frenéticamente a Baochan. Al no encontrarla volvió a soltar un chorro de imprecaciones de las que Xiangling era la destinataria.

Aquella noche, después de la cena y obnubilado por el alcohol, se escaldó los pies en un agua un poco más caliente de lo normal. Culpó a Xiangling diciendo que pretendía dañarlo aviesamente, y corrió, desnudo como estaba, a darle de patadas y puñetazos. La pobre muchacha jamás había sido tratada tan mal, pero no pudo hacer nada, sólo alejarse discretamente a curar sus heridas.

A esas alturas Jingui ya le había dicho a Baochan en tono de complicidad que pasara la noche con Xue Pan en el cuarto de Xiangling, y se convirtiera en su concubina. Cuando a Xiangling se le ordenó que durmiera en la alcoba de Jingui y la doncella hizo un pequeño ademán de resistirse, fue acusada de considerar la cama demasiado sucia o de ser demasiado perezosa y negarse a atender a su señora durante la noche.

—El patán de tu señor pierde la cabeza con cualquier muchacha que le entra por el ojo —maldijo Jingui—. Se llevó a mi doncella, pero no quiere enviarte conmigo para que me atiendas. ¿Qué pretende? ¿Está tratando de perseguirme hasta acabar con mi vida?

Al oír aquello, Xue Pan, temiendo una nueva frustración, se unió al coro de reproches contra Xiangling.

—¡Perra descarada! —le rugió—. Anda de una vez o te daré una tunda soberana.

A Xiangling no le quedó sino trasladar su ropa de cama. Y cuando Jingui le ordenó dormir en el suelo, también tuvo que acceder en silencio. Pero ocurrió que apenas se hubo tendido para descansar, Jingui empezó a pedir té, o masajes en las piernas, de manera que la hizo levantarse siete u ocho veces, y la doncella no pudo dormir en toda la noche.

Ahora que Xue Pan había tomado posesión de Baochan, a la que consideraba un gran tesoro, ya no tenía tiempo para nadie más, lo cual desagradó profundamente a Jingui. «Te permito disfrutar unos cuantos días —pensó con rencor—. ¡Pero no me reproches nada cuando poco a poco vaya tomando cuerpo mi plan!» Mientras tanto, siguió ocultando su disgusto y atormentando a Xiangling. Quince días más tarde simuló estar enferma, se quejó de un insoportable dolor en el corazón y de no poder mover las extremidades. Los médicos que fueron llamados no la pudieron curar, y los de la casa atribuyeron su mal a la furia que le había causado Xiangling.

Y así estaban las cosas cuando cierto día cayó de la funda de la almohada de Jingui una figura de papel con su fecha de nacimiento y su horóscopo anotados. El papel estaba asaeteado por cinco alfileres: uno en el corazón y los demás en cada una de las cuatro extremidades. El descubrimiento causó una gran conmoción entre las doncellas, que inmediatamente informaron a la tía Xue. Ésta se sintió consternada. Xue Pan se excitó todavía más y quiso apalear a toda la servidumbre para arrancarle una confesión, pero Jingui dijo:

—No sería justo. Lo más probable es que esa magia negra sea obra de Baochan.

—No puede ser —objetó él—. Ella no ha estado en tu cuarto en los últimos tiempos. ¿Por qué acusas a una persona inocente?

Jingui torció la sonrisa.

—¿Quién más podría ser? ¿Imaginas que lo hice yo misma? ¿Quién más se atreve a entrar a mi alcoba?

—Xiangling debería saberlo. Ha sido ella quien ha estado contigo últimamente. Démosle una buena paliza primero y arranquémosle después la verdad.

—Apalee a quien apalee, nadie confesará —dijo Jingui con desdén—. Sigue mi consejo y haz como que no sabes nada del asunto. Deja pasar la cosa. ¿Qué importa, además, que me liquiden? ¿No te gustaría casarte con una esposa mejor? ¡Sé muy bien que a los tres os gustaría que os despejara el camino! —Ya había empezado a sollozar.

Exasperado por aquellos reproches, Xue Pan agarró la tranca de la puerta y salió en busca de Xiangling, y sin permitirle ni abrir la boca empezó a molerla a golpes en la cabeza, insistiendo en que era ella la autora del maleficio. La tía Xue llegó corriendo a detener a su hijo, entre los gritos de Xiangling, que proclamaba su inocencia.

—¿Cómo puedes golpearla sin haber investigado antes? —le riñó su madre—. La muchacha te ha servido durante todos estos años y siempre ha sido muy consciente de sus deberes. ¿Por qué habría de hacer una maldad así? Tienes que descubrir la verdad antes de andar repartiendo castigos a diestro y siniestro.

Al escuchar las palabras de su suegra, Jingui temió que Xue Pan fuera avasallado por ella. Rompió a llorar otra vez.

—Durante quince días —aulló— ha tenido a mi Baochan sin dejarla venir a mi cuarto, dejándome únicamente a Qiuling de compañía durante la noche. Cuando quiero interrogar a Baochan, la protege. Y ahora está desahogando su mal humor con Qiuling. ¿Por qué no me mata a mí y acabamos con este asunto? Entonces podrá elegir una esposa bella de alguna familia noble y rica. ¿Por qué tiene que recurrir a estos trucos tan estúpidos?

Aquella filípica enardeció aún más a Xue Pan.

La tía Xue estaba furiosa con los modales escandalosos y despóticos de Jingui, que andaba presionando a Xue Pan, hombre de tan poco carácter que ceder ya se había convertido para él en una costumbre. Y ahora ese asunto con Baochan le permitía adoptar la postura de una esposa razonable y complaciente, cuya doncella había sido raptada. Además la tía Xue no tenía manera de saber quién era la responsable de la magia negra. Si es cierto que «Ni los mejores funcionarios pueden arreglar problemas de familia», no lo es menos que «Los padres no pueden resolver disputas entre su hijo y su nuera». Desarmada como estaba, no le quedó otra salida que emprenderla con Xue Pan.

—¡Miserable degenerado! ¡Hasta un cachorro en celo tiene más vergüenza que tú! Así que no pudiste mantener las zarpas alejadas de la doncella de tu esposa y tuviste que lanzarte sobre ella dando motivos a tu esposa para que ahora te acuse de habérsela quitado… ¿Con qué cara vas a mirar a la gente después de esto? Ignoramos quién es la hechicera, pero tú, en lugar de aclararlo, apaleas a tu propia concubina. Te conozco: fuera el viejo amor y adelante con el nuevo, ¡triste pago por todo lo que te ha dado! Aunque Xiangling hubiera cometido un error, no tienes ningún derecho a ponerle la mano encima. Voy a traer a un intermediario y la venderé inmediatamente para que te quedes tranquilo.

Y a Xiangling le dijo: «Coge tus cosas. Vamos».

A los criados les ordenó:

—Que venga ahora mismo un intermediario. La venderemos por lo que nos den. Así nos arrancaremos el clavo de los ojos y la espina de la carne. Sólo entonces tendremos tranquilidad.

Xue Pan había escuchado aquella diatriba con la cabeza baja, pero Jingui, que había estado escuchando desde detrás de la ventana, se puso a gritar:

—Pueden vender a quien quieran, pero ¿por qué meter a otra gente en el asunto? ¿Creen que soy una arpía celosa que no puede tolerar la presencia de una concubina? ¿Por qué es un clavo en los ojos y una espina en la carne? ¿En los ojos y en la carne de quién? Si yo fuera celosa, ¿cómo le iba a permitir a mi esposo que tomara a mi propia doncella como concubina?

La tía Xue estuvo a punto de ahogarse de la rabia.

—¿Qué modales son éstos? —exclamó—. ¿Cómo se atreve la nuera a entrometerse por una ventana cuando la suegra está hablando? ¡La hija de familia tan respetable promoviendo tamaño escándalo!

Xue Pan golpeó frenéticamente el suelo con el pie.

—¡Silencio! ¡La gente se reirá de nosotros si nos oye!

Pero Jingui, decidida a llegar hasta las últimas consecuencias, siguió dando alaridos.

—A mí no me da miedo la risa de la gente. ¿Por qué habría de tener miedo cuando su concubina está tratando de acabar conmigo? Mejor será que se quede con ella y me venda a mí. Todos saben que los Xue tienen montañas de dinero para gastar en sobornos, así como parientes poderosos que pueden hacer callar a cualquiera. Adelante. ¿Qué esperan? Si ahora piensan que no sirvo como esposa, ¿por qué estuvieron antes tan ciegos? ¿Por qué esas carreras hasta mi casa para mendigar mi mano? Ahora me tienen a mí, más todo el oro y la plata de mi dote. Y hasta se han apoderado de mi doncella, que no es mal parecida. ¡Así que ya es hora de deshacerse de mí!

Daba unos terribles chillidos, se abofeteaba y se revolcaba por el suelo fuera de sí.

Xue Pan estaba demasiado furioso para tomar una decisión, protestar, razonar, suplicarle a su mujer, o sencillamente golpearla. Entraba y salía del cuarto dando grandes zancadas, suspirando y bramando, maldiciendo su propia mala suerte.

Mientras tanto, Baochai había convencido a su madre para que volviera a sus aposentos, pero ésta insistía en que Xiangling debía ser vendida inmediatamente.

—Nuestra familia sólo compra doncellas, jamás las vende —le hizo notar Baochai—. Su furia le está haciendo decir tonterías, madre. ¡Cómo se reirían los de fuera si llegaran a enterarse de esto! Si a mi hermano y a mi cuñada no les gusta, ¿por qué no la conservamos a mi servicio? Yo necesito otra doncella.

—Si se queda causará nuevos problemas. Es mucho más prudente despedirla.

—Si se queda conmigo equivaldrá a lo mismo. No le permitiré ir a los aposentos de Pan, vivirá enteramente apartada, como si hubiera sido vendida.

Ya Xiangling se había acercado a la tía Xue para suplicarle lacrimosamente que no la vendiera y le permitiera entrar al servicio de Baochai. Finalmente la tía Xue cedió.

Después de aquel incidente Xiangling se mudó a los aposentos de Baochai y no tuvo más que ver con la joven pareja; pero de ninguna manera pudo evitar lamentar su suerte a la luna y suspirar frente a la lámpara. A pesar de que había vivido varios años con Xue Pan, una menstruación irregular le había impedido concebir un hijo. Ahora la furia y el dolor minaron su salud todavía más, y sus desórdenes físicos agravaron su anemia. Empezó a sufrir consunción y a perder apetito. Fueron llamados médicos, pero ningún remedio pudo curarla.

Mientras tanto, no habían cesado las escenas de Jingui, que seguía causando problemas a la tía Xue y a Baochai. Éstas no podían hacer otra cosa que derramar lágrimas en secreto y lamentar su suerte. En dos o tres oportunidades Xue Pan, envalentonado por el licor, gritó a su mujer y la amenazó con un palo, pero, cada vez que lo hacía, ella se limitaba a ofrecer su cuerpo para que lo golpeara a su antojo. Cuando él la amenazó con un cuchillo, ella estiró el cuello y lo desafió a que la degollara. Él demostró ser incapaz de hacerlo, y se limitó a rabiar durante un rato. Cuando esto hubo sucedido unas cuantas veces, Jingui se volvió todavía más dominante y Xue Pan más apocado. Y es que la costumbre se convierte en una segunda naturaleza.

Que Xiangling permaneciera en la casa no agradaba nada a Jingui, pero dejó pasar la cosa por el momento, ya que no le resultaba una molestia directa y ahora era Baochan quien despertaba sus celos. Pero a diferencia de Xiangling, Baochan tenía un genio encendido, y como se encontraba en buenas relaciones con Xue Pan sintió que podía ignorar a su señora. Cuando Jingui trató de imponérsele, ella se negó a ceder terreno. Primero no fueron sino escarceos. Luego, cuando Jingui se encolerizaba, empezó a injuriarla y a golpearla. Y aunque Baochan no se atrevía a responderle, sí se atrevió a proceder groseramente rodando por el suelo y amenazando con suicidarse, buscando cuchillos y tijeras de día y una cuerda de noche, armando escándalo. Incapaz de hacer frente a aquella pareja, Xue Pan se limitaba a ir y venir entre las dos mujeres. Si ellas se ponían demasiado violentas, prefería salir y mantenerse alejado de la casa.

Cuando estaba de buen humor, Jingui reunía a un grupo para jugar a las cartas, a los dados, y divertirse. Toda su vida le había gustado chupar el tuétano de los huesos, por lo cual hacía matar diariamente pollos o patos cuya carne entregaba a otros, mientras ella daba buena cuenta de los huesos fritos con que acompañaba su vino. Cuando se cansaba de todo aquello, o se sentía ofendida por algo, volvía a enfurecerse y a rugir.

—Si hasta los bastardos y las putas pueden divertirse, ¿por qué no puedo hacerlo yo? —clamaba entonces.

La tía Xue y Baochai no le hacían caso, y Xue Pan ya no tenía remedio. Su única reacción era lamentar día y noche el haberse casado con semejante monstruo. Ya la casa entera empezaba a desesperarse. Los encumbrados y los humildes de las dos mansiones, Rong y Ning, vivían al corriente de aquella situación, y todos la lamentaban.

Para entonces ya habían concluido los cien días de confinamiento de Baoyu y se le permitió salir de sus aposentos. Cuando por fin pudo visitar a Jingui, nada en su apariencia o su conducta le pareció escandaloso, pues la veía tan adorable como a las demás muchachas. Su mala reputación le causó perplejidad y extrañeza.

Cierto día en que fue a presentar sus respetos a su madre encontró allí a la nodriza de Yingchun, que estaba contándole a la dama Wang qué clase de bribón era Sun Shaozu.

—A nuestra joven señora no le queda sino llorar en secreto —dijo—. Anhela que la inviten de vuelta a casa, para tener un par de días de respiro.

—En los últimos tiempos he estado pensando en mandarla buscar —respondió la dama Wang—, pero en medio de tantos problemas se me olvidó. El otro día Baoyu fue de visita y a su vuelta hizo la misma sugerencia. Pues bien, mañana es un día auspicioso; la haremos venir.

En ese momento llegó una criada de parte de la Anciana Dama para decirle a Baoyu que a primera hora del día siguiente debía acudir al templo Tienqi para dar las gracias por su restablecimiento. Como Baoyu estaba ávido de salidas, aquellas instrucciones le causaron gran deleite y la excitación lo tuvo prácticamente despierto toda la noche, esperando impacientemente el alba.

En cuanto amaneció, tras lavarse y ataviarse para la ocasión, salió en carruaje por la puerta occidental acompañado por dos o tres amas viejas a quemar incienso y dar las gracias en el templo Tienqi, donde ya desde el día anterior estaba todo listo para el ritual. Como era de natural tímido, Baoyu se mantuvo alejado de las imágenes de dioses y demonios que allí había. Y es que aquel espléndido templo había sido erigido durante una dinastía anterior, pero luego había sufrido tantos años de descuido que sus esculturas de yeso le parecieron muy feroces. Por eso, después de quemar a toda prisa el papel de los sacrificios, se retiró a descansar a una habitación tranquila. Le sirvieron de comer y luego las viejas amas, Ligui y los demás, pasearon con él por los terrenos del templo hasta que, cuando se sintió fatigado, lo llevaron adentro para descansar de nuevo. Como no querían que se durmiera, las amas trajeron al viejo Wang, el sacerdote taoísta encargado del templo, para que lo distrajera.

Este viejo taoísta había sido vendedor ambulante de medicinas, y había hecho considerables ganancias con sus brebajes. Todavía, en la parte exterior del templo, mantenía colgado un cartel diciendo que allí se podían obtener píldoras, ungüentos, emplastos y polvos de todo tipo. El sacerdote también era asiduo de las mansiones Ning y Rong, donde se había ganado el mote de Emplasto Wang Cura-de-un-golpe, pues sostenía que sus emplastos eran tan eficaces que con sólo uno de ellos se podían curar toda suerte de males.

Cuando Emplasto Wang entró en el cuarto, Baoyu dormitaba sobre el kang mientras Ligui y las demás le pedían que no se durmiera.

Al ver al sacerdote exclamaron:

—¡Padre, ha llegado usted en el momento preciso! Usted que es tan bueno contando cuentos, ¿no le contaría alguna historia a nuestro joven señor?

Emplasto Wang se rió.

—Tienen razón. No debe quedarse dormido después de comer. Tenga cuidado, no le haga daño en el estómago.

Todos los del cuarto se rieron, y también Baoyu, que se incorporó y se arregló la ropa. Entonces Emplasto Wang ordenó a sus acólitos que prepararan un té bien cargado.

—Nuestro señor no beberá su té —intervino Mingyan—. Sólo sentarse en su cuarto le produce asfixia, con el olor de sus emplastos.

—Aquí jamás guardamos emplastos —dijo el sacerdote con una sonrisa—. Hace unos cuantos días me informaron de que hoy vendría el señor Bao, y empecé a perfumar este cuarto con incienso, una y otra vez.

—Siempre oigo hablar de lo buenos que son sus emplastos —comentó Baoyu—. ¿Qué enfermedades son las que curan exactamente?

—Llevaría mucho tiempo detallárselo. Yo utilizo ciento veinte ingredientes distintos complementados del mismo modo que un príncipe y sus ministros o un anfitrión y sus huéspedes. Algunos calientan, otros enfrían, unos son caros, otros baratos. Internamente fortalecen el vigor y la vitalidad del paciente, mejoran su apetito, aumentan su resistencia, tranquilizan sus nervios, expulsan los fríos y los calores y eliminan la indigestión y la flema. Externamente regulan el flujo de la sangre, relajan los músculos, eliminan los tejidos muertos y ayudan al desarrollo de los nuevos, curan los enfriamientos y actúan como antídoto contra los venenos. Son maravillosamente efectivos, como ya lo sabría el señor si hubiera probado uno.

—Me resulta difícil creer que un solo emplasto pueda curar tantas enfermedades —repuso Baoyu—. Pero me gustaría saber si puede curar la enfermedad que estoy pensando.

—Lo cura todo —afirmó Emplasto Wang—. Y si no resuelve el problema, puede mesarme la barba, abofetear mi vieja cara y reducir a ruinas mi templo, ¿qué le parece? Simplemente expóngame los síntomas de la dolencia.

—Si lo adivina, creeré en su medicina.

Emplasto Wang se puso a pensar unos momentos.

—Es un problema tremendo —dijo finalmente con una sonrisa—. Me temo que mi emplasto puede no funcionar en este caso.

Entonces Baoyu le dijo a Ligui y al resto de la servidumbre:

—Salid a dar un paseo. Hay mucha gente aquí, y el aire se está viciando demasiado.

Los sirvientes se retiraron y quedó sólo Mingyan, quien prendió una varilla de incienso Dulces Sueños y recibió orden de sentarse junto a Baoyu para que éste pudiera reclinarse contra él. En ese instante Emplasto Wang tuvo una repentina idea. Con el rostro sonriente se acercó para susurrar:

—¡Ya lo tengo! Ahora que el joven caballero está creciendo, imagino que desea alguna droga que le aumente la virilidad, ¿cierto?

Pero Mingyan lo interrumpió con un grito:

—¡Silencio, idiota!

—¿Qué ha dicho? —preguntó Baoyu, perplejo, mirando a su paje.

—Tonterías —contestó él—. No importa. Estaba diciendo idioteces.

Emplasto Wang quedó apabullado y no se atrevió a intentar seguir adivinando el mal que Baoyu deseaba sanar.

—Mejor será que me lo diga directamente, señor —concluyó.

—Lo que quería saber era lo siguiente: ¿tiene usted una medicina que cure los celos de una mujer envidiosa?

El sacerdote dio una palmada y se echó a reír.

—¡Me rindo! No sólo carezco de tal receta, sino que jamás he oído hablar de una que sirva para eso.

—En tal caso —se burló Baoyu—, su emplasto no vale mucho.

—Aunque no tengo emplasto que cure los celos, hay una cocción que tal vez podría hacerlo. Sólo que tarda en hacer efecto, no funciona de la noche a la mañana.

—¿Y qué cocción es ésa? ¿Cómo la toman?

—Se llama Cura-los-Celos. Tómese una pera de primera calidad, dos qian[3] de azúcar cristalizado, un qian de cáscara de naranja y tres tazones de agua. Hiérvase todo hasta que la pera quede blanca. La mujer celosa debe tomar una dosis del brebaje cada mañana al despertar. Llegará el momento en que se cure.

—Eso no costaría mucho, pero dudo de su eficacia.

—Si una dosis no funciona, diez harán falta. Si hoy no surte efecto, el tratamiento repetirán mañana. Si no resulta este año, sigan durante el siguiente. En cualquier caso, estos ingredientes no son dañinos, sino al contrario, buenos para los pulmones y la digestión. Esta dulce poción cura las toses y además tiene un delicioso sabor. Aunque lleve tomándola cien años, tarde o temprano morirá la mujer celosa, ¿y cómo podrá seguir teniendo celos cuando ya esté muerta? O sea, que al final la cocción demostrará su eficacia.

Baoyu y Mingyan estaban ya rugiendo de la risa.

—¡Buey de boca aceitosa! —gritaban.

—¿Qué importa? —se rió Emplasto Wang—. Sólo he estado haciendo tiempo para evitar que le volviera la somnolencia. Hacerlo reír ya vale un buen dinero. A decir verdad, mis emplastos son un camelo. Si tuviera algún remedio realmente bueno, me lo tomaría yo para volverme un inmortal en vez de venir aquí a perder el tiempo.

Para entonces ya era la hora del sacrificio, y le pidieron a Baoyu que saliera a quemar papel, escanciar una libación y distribuir limosnas. Concluida la ceremonia, regresó a la ciudad.

Yingchun ya había llegado de visita y llevaba un buen rato en su hogar. Una vez que las mujeres de la familia Sun que la habían acompañado fueron atendidas con una cena y despachadas de vuelta, ella describió su infelicidad entre lágrimas que iba vertiendo en la alcoba de la dama Wang.

—Sun Shaozu no tiene interés más que por las mujerzuelas, el juego y la bebida —sollozó—. Ha tenido amoríos con casi todas nuestras doncellas y jóvenes esposas de criados. Cuando se lo reproché suavemente dos o tres veces, me maldijo por ser celosa, afirmando que seguramente fui amamantada con vinagre. También dijo que había entregado a mi padre cinco mil taeles para que se los cuidara y que no debió haberlos gastado. Ha vuelto aquí varias veces a pedir su devolución, y cada vez que no logra cobrar me señala con el dedo y rezonga: «¡No me vengas con esos aires de gran dama! Tu padre se ha gastado cinco mil taeles que son míos; o sea, que lo que ha hecho ha sido venderte a esta casa. Si no te portas bien, te apalearé y te enviaré a dormir con las criadas. Cuando tu abuelo vivía se tomó grandes molestias para mantener su relación con nosotros, por nuestra riqueza y nuestra influencia. En realidad yo pertenezco a la generación de tu padre. Fue un error casarme contigo, pues eso me ha hecho descender una generación, como si fuera yo el que anda persiguiendo el poder y la ganancia».

Habló entre sollozos, y también la dama Wang y todas las muchachas derramaron lágrimas. Tratando de consolarla, la dama Wang dijo:

—Ya te has casado con este patán y eso no tiene remedio. Tu tío aconsejó en contra a tu padre, pero éste no quiso escuchar; ya se había decidido a aprobar ese enlace que nos ha salido tan mal. Pues bien, hija mía, así es el destino.

—Me niego a creer que mi destino sea sufrir tanto —sollozó Yingchun—. Perdí a mi madre cuando era niña, y tuve la suerte de pasar unos años apacibles a su lado, tía. ¡Pero qué ha sido de mí ahora!

Tratando de consolarla, la dama Wang le preguntó dónde le gustaría quedarse.

—Como fui arrancada tan bruscamente del lado de mis primas, siempre sueño con ellas —respondió Yingchun—. Y también echo de menos mis antiguos aposentos. Si puedo pasar unos cuantos días más en mis antiguos cuartos del jardín, podré morir contenta. Quién sabe si se me volverá a presentar una oportunidad como ésta.

—No hables tan alocadamente —la interrumpió la dama Wang—. Las pequeñas trifulcas entre matrimonios jóvenes son cosa frecuente. ¿Por qué dices esas palabras de mal agüero?

Ordenó que dispusieran inmediatamente los aposentos de la isla de las Trapas Moradas, y a las muchachas, que acompañaran a Yingchun y le levantaran el ánimo.

A Baoyu le advirtió:

—¡No vayas a decirle a la Anciana Dama una sola palabra de lo que has oído! Si llegara a enterarse, tú serás el responsable.

Baoyu prometió callar.

Aquella noche Yingchun se quedó en sus antiguos aposentos, y sus primas y doncellas la cubrieron de afecto. Sin embargo, tres días más tarde tuvo que ir a quedarse con la dama Xing. Primero se despidió de la Anciana Dama y de la dama Wang. Cuando llegó el momento de despedirse de las muchachas sintió que la ahogaba el dolor. La dama Wang y la tía Xue la tranquilizaron, y finalmente la convencieron para que dejara de llorar y se trasladara a la otra mansión, donde pasó un par de días con la dama Xing. Luego, Sun Shaozu la mandó buscar, y aunque a Yingchun le horrorizaba la idea de volver, el temor a los malos tratos de su cruel esposo hizo que contuviera su dolor y se despidiera.

En cuanto a la dama Xing, era tan insensible que ni siquiera le había preguntado a Yingchun cómo se llevaba con su marido, o si su casa era difícil de manejar, limitándose a atenderla de la manera más superficial.

Escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LXXXI

Pescando en un estanque, cuatro bellezas

ponen a prueba su fortuna.

Cumpliendo órdenes estrictas de su padre,

Baoyu regresa a la escuela del clan.

No pareció que la partida de Yingchun afectara a la dama Xing. En cambio la dama Wang, bajo cuyo amparo la muchacha había crecido hasta llegar a ser una señorita refinada, vivió días de tristeza y desconsuelo. En uno de ésos, entró Baoyu en los aposentos de su madre para rendirle el preceptivo homenaje diario y la encontró suspirando profundamente y con rastros de lágrimas en las mejillas. Como no se atrevía a sentarse, permaneció quieto y apartado hasta que la dama, señalando el kang, le pidió que se acomodase a su vera.

El aturdimiento con que el muchacho miraba todo hizo advertir a su madre que parecía querer hablar sin atreverse a hacerlo.

—¿Qué te pasa, que estás como idiota? —le preguntó.

—Oh, no es nada, señora. Sólo que anteayer, cuando oí todo lo que está obligada a soportar la prima Yingchun, pensé que yo no podría resistirlo. No me atrevo a decírselo a mi abuela, pero he pasado estas últimas noches dando vueltas en la cama sin pegar ojo. No entiendo cómo puede haber alguien capaz de humillar de tal manera a muchachas de una familia como la nuestra. Y mucho más tratándose de la prima Yingchun. Ha tenido que ser a ella, tan tímida que no se atreve a rechistarle a nadie, a quien le haya tocado en suerte ese monstruo de Sun, feroz e ignorante de cuánto pueden llegar a sufrir las mujeres.

Y a medida que hablaba brotaban, incontenibles, lágrimas de sus ojos.

—Ya no tiene remedio —suspiró la dama Wang—. Como dice el refrán: «Hija casada, agua derramada». ¿Qué puedo hacer yo?

—Anoche tuve una idea. ¿Por qué no convencemos a la abuela para que traigan otra vez a la prima Yingchun? Así podría seguir en la isla de las Trapas Moradas, comiendo y bebiendo con nosotros como antaño, en lugar de sufrir la desconsideración de ese mastuerzo. Cuando envíe a alguien a buscarla, nosotros nos negaremos. ¡Si viene cien veces por ella, cien veces lo rechazaremos! Lo único que tendremos que alegar es que ésa es la decisión de la Anciana Dama. ¿No le parece bueno mi plan, madre?

Divertida, pero a la vez irritada, la dama Wang exclamó:

—¡Ya estás otra vez con tus estupideces! ¿Qué tonterías estás diciendo? Sabes que tarde o temprano las muchachas están obligadas a dejar el hogar de sus padres, y que una vez casadas nada pueden hacer por ellas sus familias. Si sus esposos resultan ser hombres de bien, habrán tenido suerte; si no, sólo les quedará resignarse a su destino. Seguro que no ignoras el proverbio que dice: «Cásate con un gallo y serás de un gallo; cásate con un perro y serás de un perro». ¿O acaso piensas que todas las muchachas tienen la fortuna de ser concubinas del Hijo del Cielo, como tu hermana mayor? Además, Yingchun está recién casada y su esposo todavía es joven. Cada persona tiene un temple distinto; puede que al principio estén un poco incómodos juntos, pero ya verás como al cabo de unos cuantos años, cuando se conozcan más y hayan tenido hijos, las cosas mejoran. ¡Y que a la Anciana Dama no llegue ni una sola palabra de lo que me has dicho a mí! Si me entero de que has dicho ante ella esas necedades, te arreglaré las cuentas. Corre ahora a ocuparte dé tus propios asuntos y no te quedes aquí diciendo sandeces.

Baoyu permaneció inmóvil unos momentos sin atreverse a abrir la boca. Luego, se despidió con desaliento. Conteniendo el enojo, cada vez más afligido e incapaz de dar curso a sus sentimientos, se dirigió de nuevo al jardín de la Vista Sublime. Encaminó sus pasos directamente hacia el refugio de Bambú y, una vez dentro, rompió a llorar.

Daiyu, que acababa de acicalarse, se sintió alarmada al ver el estado en que se encontraba su primo.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó—. ¿Quién te ha alterado de esa manera?

Repitió la pregunta varias veces, pero Baoyu continuaba sollozando con la cabeza desmayada sobre la mesa, sin poder articular palabra. Asombrada, la muchacha se sentó en una silla mirándolo con gesto perplejo.

—¿Quién te ha irritado? ¿Soy yo la culpable?

—¡No! ¡No! —estalló él, moviendo repetidamente la mano en señal de negación.

—¿Entonces por qué estás así?

—¡Sólo pienso que lo mejor es que muramos todos cuanto antes! La vida tiene tan poco sentido…

—Pero ¿de qué hablas? —le preguntó ella aún más desconcertada—. ¿Te has vuelto loco de remate?

—Nada de eso. Cuando te cuente lo que ocurre, tú también pensarás lo mismo. Anteayer pudiste ver qué desconsolada estaba la prima Yingchun, y oíste todo lo que ella dijo. Ahora dime, ¿por qué razón una muchacha ha de casarse cuando se hace mayor? ¿Por qué está obligada a soportar las maldades de un esposo? Aún recuerdo cuánto nos divertíamos en nuestra Academia de las Begonias, componiendo poemas y turnándonos en el papel de anfitriones… Pero ahora la prima Baochai ha vuelto con su madre, Xiangling ya no puede venir a vernos, y para colmo Yingchun se ha casado. ¿Qué será de nosotros, espíritus hermanados, si ya no podemos vivir juntos? Quería pedirle a la abuela que nos trajera a Yingchun de vuelta, pero mi madre se niega en redondo a hablar del asunto. Me ha llamado necio, afirma que no digo más que sandeces, y no he tenido valor para replicarle. ¡Mira cuánto ha cambiado el jardín en tan poco tiempo! Quién sabe qué será de nosotros cuando pasen unos años más. Cuanto más pienso en todo esto, más apenado me siento.

A medida que él hablaba, Daiyu iba agachando la cabeza y retrocediendo. Sin decir una palabra, exhaló un profundo suspiro y se dejó caer sobre el kang.

Zijuan, que acababa de entrar con el té, se sorprendió al encontrar a los dos muchachos en tal estado. Y Xiren, que también llegaba en ese preciso momento, exclamó al ver a Baoyu:

—¡Conque está aquí, segundo señor! La Anciana Dama ha estado preguntando por usted pero nadie sabía dónde se había metido. Ya imaginaba yo que andaría por estos lares…

Al oír la voz de Xiren, Daiyu se incorporó para ofrecerle asiento. Entonces reparó Baoyu en que tenía los ojos enrojecidos por el llanto.

—Prima querida, no vale la pena que te aflijas por las tonterías que he dicho. Si piensas detenidamente en mis palabras, concluirás de ellas que debes cuidar más tu salud. Y ahora descansa. Volveré apenas sepa lo que quiere de mí la Anciana Dama.

Cuando hubo partido, Xiren preguntó:

—¿Qué les pasa ahora a ustedes dos?

—Baoyu estaba afligido por lo que pasó con su prima Yingchun —le respondió Daiyu—. Y en cuanto a mí, me restregué los ojos porque me escocían, eso es todo.

Xiren no hizo comentarios y salió tras los pasos de Baoyu, pero mientras el muchacho se dirigía a los aposentos de su abuela la doncella tomó su propio camino. Como la Anciana Dama ya estaba echando la siesta, Baoyu regresó al patio Rojo y Alegre.

Aquella tarde, al levantarse muy aburrido después de haber dormido un poco, tomó un libro para leer. Al verlo, Xiren fue a preparar té. El libro en cuestión era un compendio de antiguas baladas[1]. Después de hojearlo unos instantes, Baoyu encontró un fragmento de Cao Cao qué decía:

Con el licor en la mano cantemos,

que la vida es muy breve.

Con una punzada de congoja en él corazón, lo dejó y tomó en su lugar Prosas de la dinastía Jin[2]. Pero después de saltar desganadamente de página en página durante unos momentos, dejó caer de un golpe el libro y apoyó la barbilla en las manos, sumido en cavilaciones. Así lo encontró Xiren cuando regresó con el té.

—¿Por qué ha dejado de leer? —le preguntó.

En lugar de responder, Baoyu se limitó a dar un sorbo al té y dejarlo después sin una palabra. Xiren, desconcertada, permaneció de pie mirándolo hasta que él, bruscamente, se incorporó.

—«Abandonar las ambiciones, olvidar la existencia física»[3] —murmuró—. ¡Qué maravilla!

A Xiren le divirtieron las palabras del muchacho, pero no quiso preguntarle su sentido.

—Si la lectura de estos libros no le resulta entretenida, ¿por qué no da un paseo por el jardín? —sugirió—. Así al menos no enfermará de tedio.

Contestó Baoyu afirmativamente y salió, todavía inmerso en sus pensamientos. No tardó en llegar hasta el pabellón de la Fragancia que Rezuma, pero lo encontró vacío y desolado. Pasó después al parque de las Alpinias, donde, para su desconsuelo, encontró las hierbas aromáticas tan exuberantes como antaño. Pero, ay, puertas y ventanas estaban cerradas a cal y canto. Rodeó el pabellón de la Fragancia del Loto, y entonces, en la distancia, avistó a unas muchachas apoyadas en la baranda de la playa de Hierbas y puerto Florido. Junto a ellas, unas jóvenes sirvientas, en cuclillas, parecían buscar algo. Avanzó sigiloso hasta un roquedal desde donde pudo escuchar lo que decían.

—Veamos si sube a la superficie —dijo una muchacha que por la voz le pareció Li Wen.

—¡Ya ves, se ha sumergido! —exclamó Tanchun—. Sabía que no subiría.

—Es verdad. Pero no te muevas, espera. Ya saldrá.

—¡Aquí está!

Las últimas eran las voces de Li Qi y Xing Xiuyan.

Baoyu no pudo resistir la tentación. Cogiendo una piedra la lanzó al estanque. ¡Pluf! El ruido que produjo sobresaltó a las cuatro muchachas.

—¿Quién es el bromista? —gritaron—. ¡Qué susto nos ha dado!

Entonces salió él riendo alegremente de entre las rocas.

—¡Qué bien lo estáis pasando! ¿Por qué no me habéis avisado?

—Sabía que no podía tratarse de nadie más —dijo Tanchun—. Sólo el segundo hermano es capaz de hacer semejante trastada.

Y dirigiéndose a él:

—Si quieres que te perdonemos nos tendrás que compensar por el pez que hemos perdido a causa de tu broma. Uno estaba a punto de picar, pero lo has espantado antes de que pudiésemos atraparlo.

—¡Y pensar que estáis aquí jugando sin decirme nada! —se rió él—. La verdad es que sois vosotras quienes deberíais compensarme a mí.

Lo que desató la risa general.

—Echemos todos el anzuelo para poner a prueba nuestra fortuna —propuso Baoyu—. Quien capture un pez tendrá un año venturoso. Quien no lo haga lo tendrá desventurado. ¿Quién empieza?

Tanchun quiso que fuera Li Wen quien empezase, pero ésta declinó el honor.

—Entonces comenzaré yo —y se volvió hacia Baoyu—: Si vuelves a espantar mis peces, segundo hermano, ¡te las verás conmigo!

—Si hace un rato intenté asustaros, fue jugando. Ahora puedes pescar sin temor —le aseguró él.

Tanchun lanzó él anzuelo, y en menos de lo que sé tarda en decir una palabra picó un pez pequeño como una hoja de sauce, y el flotador se hundió. De un tirón, el diminuto pez fue sacado del agua. Sishu[4] intentó recogerlo precipitadamente del suelo, pues coleaba y se escurría por todas partes. Por fin, haciendo un cuenco con las manos, consiguió echarlo dentro de un recipiente de porcelana lleno de agua clara.

Tanchun le pasó la caña a Li Wen, quien la lanzó a su vez. Cuando el sedal vibró, ella dio un tirón. Pero no había picado ningún pez. La lanzó de nuevo, y otra vez sacó el anzuelo vacío. Entonces, examinándolo, advirtió que estaba doblado hacia dentro.

—Con razón no pican —dijo con una sonrisa, y pidió a Suyun que ajustase el anzuelo y dispusiese otro gusano de carnada y otro flotador. Poco después de haber lanzado la caña, el flotador se hundió, e inmediatamente, de un tirón, la pescadora sacó del agua una diminuta carpa.

—Primo Baoyu, es tu turno —dijo con una sonrisa.

—Que prueben primero las otras muchachas —pidió él.

Xiuyan no puso objeción, pero Li Qi se resistió:

—No, primo Bao, tú primero.

—¡Ya está bien de finezas! —exclamó Tanchun, que acababa de ver una burbuja sobre el agua—. Mirad, todos los peces se han ido hacia donde está la prima Qi. ¡Deprisa, prima!

Entonces Li Qi tomó la caña y, visto y no visto, sacó el anzuelo con un pez enganchado. Cuando también Xiuyan hubo hecho lo propio, entregó la caña de pescar a Tanchun, quien a su vez la pasó a Baoyu.

—Voy a pescar como Jiang Taigong[5] —anunció el muchacho mientras descendía por las gradas de piedra para sentarse junto al estanque. Pero ocurrió que su reflejo asustó a los peces. Esperó un buen rato con la caña entre las manos, mas el sedal no se movió. Y cuando, cerca de la orilla, aparecían algunas burbujas, él tiraba tan bruscamente de la caña que el pez, avisado, se alejaba enseguida.

—¡Puede que yo esté impaciente, pero ellos son demasiado remolones! ¿Qué puedo hacer? ¡Vamos, pececitos buenos, dadme una alegría! —exclamó, tan exaltado que las cuatro muchachas se echaron a reír.

Estaba el muchacho parloteando de esa manera cuando el sedal se puso a vibrar. Radiante, dio un tirón tan brusco que la caña, al golpear fuertemente contra una roca, se partió en dos. Y también el sedal se rompió, con lo cual se perdió el anzuelo. Se alzó un coro de risas.

—¡Pero qué bruto! ¡Nunca he visto a nadie tan bruto como tú! —se burló Tanchun.

En ese momento llegó Sheyue, visiblemente alterada.

—Segundo señor —urgió—, la Anciana Dama ya se ha despertado y quiere que vaya usted enseguida.

El apresuramiento del recado asustó a los cinco muchachos.

—¿Por qué llama Su Señoría al segundo señor con tanta urgencia? —preguntó Tanchun a Sheyue.

—No lo sé —contestó la doncella—, pero he oído decir que desea hacer unas preguntas al señor Baoyu acerca de un escándalo. También quiere hablar con la señora Lian.

Baoyu quedó petrificado.

—¿Sobre los hombros de qué doncella caerá esta nueva catástrofe? —se preguntó.

—No sé de qué se puede tratar —dijo Tanchun—. Mejor será que vayas volando, segundo hermano. En cuanto haya alguna noticia envía a Sheyue para que nos mantenga informadas.

Y las cuatro muchachas partieron.

Al entrar en el cuarto de la Anciana Dama, Baoyu descubrió con alivio que estaba jugando a las cartas con su madre, como si nada extraño sucediese.

Al verlo, dijo su abuela:

—Hace dos años caíste enfermo y te curaron un bonzo loco y un taoísta cojo. ¿Qué sentiste al sufrir aquel ataque?

Baoyu trató de rememorar el suceso.

—Yo estaba de pie. Recuerdo que me sentía muy bien. De pronto tuve la impresión de que alguien me daba un estacazo en la cabeza por detrás. Entonces todo el cuarto se oscureció y empecé a ver demonios de rostro verde y largos colmillos que blandían espadas y garrotes. Al echarme sobre el kang sentí como si me ciñeran la cabeza varios aros de metal estrechándose sin cesar. El dolor me hizo perder el conocimiento. Recuerdo también que al despertar vi sobre mi cama un rayo de luz dorada que puso en fuga a los demonios. Cuando todos sé esfumaron, la cabeza dejó de dolerme y se me despejó la mente.

—Pues son más o menos los mismos síntomas… —comentó con gesto pensativo la Anciana Dama a la dama Wang.

En ese momento entró Xifeng y presentó sus respetos sucesivamente a las dos señoras.

—¿Qué deseaba Saber, anciana antepasada? —preguntó.

—¿Recuerdas lo que sentiste al sufrir aquel ataque de locura?

—No muy claramente —contestó Xifeng—. Lo que sí recuerdo es que perdí el control de mí misma, como si algún demonio me arrastrase a matar gente. Traté de echar mano de cada una de las armas que vi. Quería acabar con todo el que tuviera a la vista. Incluso cuando ya estaba jadeando de agotamiento me resultó imposible detenerme.

—¿Y al mejorar? —insistió la Anciana Dama.

—Me pareció escuchar una voz en el aire, pero no puedo recordar lo qué dijo.

—A juzgar por todo esto, se trata ciertamente de ella —confirmó la Anciana Dama—. Las sensaciones de Xifeng y de Baoyu al sufrir el ataque coinciden con lo que acabamos de saber. ¡Cómo ha podido ser tan malvada esa vieja bruja! ¡Y pensar que la elegimos como madrina de Baoyu! Fueron el bonzo y el taoísta, ¡alabado sea Buda!, quienes salvaron su vida, pero no tuvimos ocasión de agradecérselo.

—¿Y por qué se interesa ahora por nuestras enfermedades, señora? —indagó Xifeng.

—Pregúntale a tu tía. Yo ya estoy demasiado fatigada para explicártelo.

Entonces la dama Wang le explicó:

—El señor acaba de llegar y nos ha dicho que la madrina de Baoyu es en realidad una bruja que practica la magia negra. Ahora que han descubierto su secreto, los guardias la han apresado y llevado a la cárcel, donde será ejecutada. Hace unos cuantos días un joven, Pan Sanbao creo que se llama, quiso vender su casa en la tienda de empeños del otro lado de la calle; había cobrado varias veces su valor, pero aún quería más. Naturalmente, el prestamista se negó a pagar tal suma. Entonces Pan sobornó a la bruja, ya que ella frecuentaba la casa de empeños y Conocía a todas las moradoras de los aposentos interiores, para que las hiciese caer enfermas mediante una maldición, desquiciando así sus hogares. Luego, la hechicera entró en la tienda alegando que podía curar a todo el mundo, y quemó unas ofrendas de papel que resultaron eficaces. Así, de paso, también ella les sacó varias docenas de taeles. Gracias a Buda, que todo lo ve, se descubrió el asunto. Aquel día la bruja partió con tanta prisa que en su huida dejó caer un hato de seda que recogieron los empleados de la tienda de empeños. Al abrirlo encontraron numerosas figuras de papel, así como cuatro píldoras de un olor penetrante. Estaban todavía preguntándose por el sentido de aquellos objetos, cuando volvió ella a buscarlos. Entonces le echaron el guante y la registraron. Llevaba encima una caja con dos diablos desnudos, un macho y una hembra, tallados en marfil, además de siete agujas de bordar. Inmediatamente la llevaron ante un tribunal, donde reveló muchos secretos de damas pertenecientes a grandes familias oficiales. Al ser informada, la guarnición registró su casa y aparecieron numerosos diablos de arcilla, así como algunas cajas de aromas de efectos narcóticos. Además, encontraron en un cuarto vacío, oculto detrás del kang, una lámpara de siete estrellas[6], y bajo ésta unas figuras de paja: unas con cintas de hierro alrededor de la cabeza, otras con agujas clavadas en el pecho, otras con candados al cuello. En un armario encontraron un gran lote de figuras de papel. Abajo había unos libros con la relación de familias que habían requerido sus servicios y las sumas que se le adeudaban. También había acumulado una buena cantidad de dinero procedente de donaciones para aceite de lámparas e incienso.

—¡Sí, ella ha debido ser nuestra hechicera! —exclamó Xifeng—. Ahora recuerdo que, después de habernos curado, la vieja bruja apareció por aquí varias veces a cobrarle ciertas cantidades a la concubina Zhao. Al verme cambiaba de color y sus ojos parecían los de un gallo de pelea. Aunque en aquel momento sospeché algo, la verdad es que no llegué a advertir la razón. ¡Ahora todo me resulta transparente! En lo que a mí respecta, es obvio que el manejo de los asuntos de la casa ha podido hacerme odiosa a los ojos de algunas personas, y no me sorprendería que intentasen acabar conmigo. Pero ¿por qué habría de querer alguien hacer lo mismo con Baoyu? ¿Cómo puede haber gente tan perversa?

—Imagino que la razón es que yo prefiero a Baoyu antes que a su hijo Huan —dijo la Anciana Dama—. Sin duda fue eso lo que sembró la semilla del odio.

—La vieja ya ha sido sentenciada —observó la dama Wang—, así que no podemos traerla aquí como testigo. Y sin su testimonio no podremos hacer confesar a la concubina Zhao. Por otra parte, se trata de un escándalo que dañaría nuestra reputación si se divulgase. Mejor será darle una soga para que se ahorque ella misma. Tarde o temprano acabará delatándose.

—Tienes razón —asintió la Anciana Dama—. Un caso así no puede probarse sin testigos. ¡Pero Buda lo ve todo! ¿Acaso no se repusieron Xifeng y Bayou? En fin, no importa. Xifeng, olvidemos el pasado. Tú y tu tía debéis cenar antes de marcharos.

Y dio instrucciones a Yuanyang y a Hupo para que dispusieran la cena.

—¿Por qué se molesta en pedir usted misma la comida, anciana antepasada? —preguntó Xifeng con una sonrisa apurada.

También la dama Wang sonrió. Y como fuera había algunas sirvientas aguardando instrucciones, Xifeng ordeñó a una joven doncella que encargase la cena, que ambas mujeres tomarían allí mismo.

Pero en ese momento entró Yuchuan con un mensaje para la dama Wang:

—Señora, el señor está buscando algo y quiere que usted regrese, cuando haya terminado de cenar con la Anciana Dama, para que le ayude a encontrarlo.

—Mejor acude sin tardanza —le dijo la anciana—. Podría tratarse de algo importante.

La dama Wang asintió. Dejando allí a Xifeng, volvió a sus aposentos para hablar con Jia Zheng y buscar las cosas que él quería.

—¿Ya ha regresado Yingchun? —preguntó él—. ¿Cómo le va con la familia Sun?

—La pobre niña se ha pasado el tiempo llorando y diciendo que su esposo es un tirano. —Y repitió ce por be lo que Yingchun le había relatado.

—Ya sabía yo que no era un buen compromiso —suspiró Jia Zheng rememorando su oposición a aquel casamiento—. Pero ¿qué podíamos hacer nosotros si su propio padre ya había tomado la decisión? Lo triste es que la que sufre es Yingchun.

—Acaba de casarse. Sólo nos queda esperar que con el paso del tiempo se lleven mejor. —Y después de decir aquello, la dama Wang soltó una risita.

—¿De qué te ríes?

—De Baoyu. Vino a primera hora de la mañana a contarme una sarta de niñerías.

—¿Y qué dijo?

Cuando repitió los comentarios de Baoyu, también Jia Zheng se echó a reír.

—Y hablando de Baoyu, todo esto me recuerda que no debemos dejarlo tanto tiempo en el jardín. No es grave que una hija resulte con el talante torcido, pues en todo caso acaba formando parte de otra familia; pero que eso suceda con un hijo es un asunto muy serio. El otro día alguien me recomendó un preceptor de excelentes dotes morales y docentes, con la ventaja añadida de proceder del sur, aunque a mí me parece que los maestros del sur son excesivamente clementes. Todos nuestros bribonzuelos tienen mañas suficientes para andar haraganeando a todas horas. Además, son tan cerriles que un maestro que les siga la corriente y no haga hincapié en la disciplina puede acabar incluso permitiéndoles perder el tiempo. Por eso las generaciones anteriores nunca buscaron maestros en el exterior, limitándose a elegir a algún pariente mayor y algo versado para que dirigiese la escuela del clan. Y aunque el tío Dairu no es un dechado de erudición, sabe mantener sujetos a los muchachos y no consentir sus caprichos. Pienso que no debemos permitir que Baoyu siga desocupado; convendría que volviera a estudiar.

—Estoy totalmente de acuerdo —convino su esposa—. Cuando usted se ausentó por cuestiones de trabajo, él estuvo enfermo casi todo el tiempo. Eso le ha impedido estudiar adecuadamente estos últimos años. Le sentará bien volver a sus lecciones.

Jia Zheng asintió. Podemos pasar por alto el resto de su plática.

A la mañana siguiente, cuando Baoyu hubo concluido su aseo, sus pajes le anunciaron que su padre requería su presencia. Se arregló la ropa a toda prisa y partió al estudio de Jia Zheng. Presentó sus respetos y aguardó instrucciones.

—Dime, ¿qué has estudiado últimamente? —preguntó su padre—. Ya sé que has hecho algo de caligrafía, pero no es suficiente. Advierto que en estos últimos años has estado menos sujeto a disciplina que nunca; y me han dicho que a menudo te niegas a estudiar con el pretexto de tu mala salud, aunque ya estés bien. También me cuentan que pasas el tiempo en el jardín jugueteando con tus primas y hasta retozando con las doncellas con total abandono de tus estudios. Es cierto que has escrito unos cuantos versos, pero eso no tiene ningún valor. No es como para andar jactándose. En los concursos oficiales lo que cuenta son los ensayos, y es precisamente ese aspecto el que has descuidado más. Te diré, entonces, lo que debes hacer de aquí en adelante. Déjate de versos y concéntrate en el estudio de los ensayos en ocho partes[7]. Te doy un año de plazo. ¡Si para entonces no has hecho progresos, tú no tendrás que seguir estudiando y yo me olvidaré de que tengo un hijo!

Mandó venir a Li Gui y le ordenó:

—Mañana temprano Beiming debe acompañar a Baoyu a la escuela familiar, y antes debe prepararle los libros que precise y traérmelos aquí para que yo los examine.

Y a Baoyu, con gesto endurecido:

—Ya puedes irte. Vuelve aquí mañana temprano.

Nada pudo objetar Baoyu y regresó al patio Rojo y Alegre, donde Xiren lo esperaba angustiada. La noticia de que volvería a la escuela la alegró, pero el muchacho envió inmediatamente un mensaje a su abuela con la esperanza de que ella pudiera frenar aquella decisión. Al recibir el aviso, la Anciana Dama lo mandó llamar.

—No te preocupes —le dijo—. Acude a la escuela o tu padre se enojará. Cualquiera que se cruce en tu camino tendrá que vérselas conmigo.

Y como no quedaba más que hacer, Baoyu se retiró.

—Despertadme temprano —dijo a sus doncellas—. El señor me va a llevar a la escuela.

Tras asentir, Xiren se turnó con Sheyue en la guardia de aquella noche.

A la mañana siguiente, muy temprano, Xiren despertó a Baoyu, y después de ayudarle a vestirse despachó a una doncella joven para que le dijera a Beiming que aguardase en la puerta interior con los libros y otros útiles escolares dispuestos. Pero Xiren hubo de insistirle dos veces antes de que Baoyu partiera. Al llegar al estudio de Jia Zheng, él preguntó si ya había llegado su padre.

El paje de turno le respondió:

—Acaba de llegar de visita uno de sus secretarios, pero le dijeron que el señor se estaba vistiendo y ahora está esperando afuera.

Sintiéndose ligeramente aliviado, Baoyu se dirigió corriendo a los aposentos de Jia Zheng, y consiguió llegar en el preciso instante en que su padre lo mandaba llamar. Baoyu entró y atendió sus instrucciones. Después subieron al carruaje y pusieron rumbo a la escuela familiar, con Beiming cargado de libros. Previamente, un lacayo había partido para anunciar su llegada.

Dairu se incorporó al entrar Jia Zheng, que lo saludó. Tomándolo de la mano le preguntó por su salud y la de la Anciana Dama. A continuación Baoyu avanzó para presentar sus respetos, mientras su padre esperaba a que Dairu tomara asiento para poder hacer lo propio.

—Hoy he venido con mi hijo porque tengo una petición que hacerle —dijo Jia Zheng—. Ya no es un niño y es hora de que empiece a estudiar con la vista puesta en su futuro, con el fin de establecerse y conseguir un título. En casa pierde el tiempo holgazaneando. Conoce ciertos rudimentos de poesía, pero sus versos carecen de sentido; y aun en el caso de que fueran buenos, esos exabruptos sobre el viento, las nubes, la luna y el rocío no tienen ninguna relación con su auténtica carrera.

—Se nota que es un muchacho de buen porte e inteligente —respondió Dairu—. ¿Por qué pierde el tiempo jugando en vez de aplicarse en sus estudios? La poesía es una ocupación muy digna, pero ya habrá tiempo de dedicarse a ella después de haber aprobado los exámenes oficiales.

—Así es —asintió Jia Zheng—. Lo que deseamos ahora es que estudie a los clásicos. Tiene que aprender a glosarlos y escribir ensayos. Espero que, si le desobedece, usted no vacile en someterlo a disciplina con métodos tajantes si es preciso. Su vida no debe desperdiciarse por falta de un sólido aprendizaje.

Entonces se puso en pie, hizo una reverencia y, tras intercambiar algunas amabilidades más, se despidió. Dairu lo acompañó hasta la puerta y le pidió que transmitiese sus respetos a la Anciana Dama. Asintiendo, Jia Zheng subió a su carruaje y partió.

De nuevo en el aula, Dairu advirtió que Baoyu había colocado una pequeña mesa de madera de ébano ante la ventana de la esquina sudoeste del salón. Había hecho apilar a la derecha dos juegos de viejos libros y un delgado volumen de ensayos. Siguiendo sus instrucciones, Beiming estaba ordenando los papeles, el tintero, la tinta y los pinceles en los cajones.

—Baoyu, hace un tiempo me informaron de que estabas enfermo —dijo el maestro—. ¿Ya te has repuesto completamente?

Baoyu se incorporó para responder:

—Sí, señor.

—Pues entonces ha llegado el tiempo de que estudies duro. Tu padre está ansioso por verte madurar. Antes que nada, revisa desde el comienzo estos libros que ya has estudiado, y dedica a eso todas las mañanas. Después del almuerzo puedes practicar caligrafía. Por la tarde expondrás textos y leerás ensayos.

Baoyu asintió respetuosamente, tomó asiento y miró a su alrededor. Advirtió la ausencia de varios compañeros de clase de la generación de Jin Rong. Algunos de los más jóvenes, que habían ingresado después de su partida, tenían un aspecto más bien vulgar. De repente recordó a Qin Zhong y comprendió consternado que ya no tenía amigo con quien intercambiar confidencias. No se atrevió a hablar y empezó a leer con el ceño fruncido.

—Como es tu primer día —le dijo el maestro—, te dejaré volver temprano. Mañana quiero oírte glosar un texto. No eres tonto, y cuando hayas explicado unos cuantos pasajes podré evaluar cuánto has leído últimamente y qué niveles has alcanzado.

El corazón de Baoyu se puso a latir fuertemente con aquellas palabras. Para saber cómo salió del paso, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LXXXII

Al hilo de una glosa a los clásicos, un viejo maestro

advierte contra las travesuras.

Una espantosa pesadilla lleva el terror al alma

apasionada de la Reina Enferma de los Bambúes.

A su regreso de la escuela del clan, Baoyu acudió a presentar sus respetos ante su abuela, quien le dio la bienvenida con una sonrisa.

—Vaya, vaya. Veo que por fin le han puesto bridas al potrillo. Informa a tu padre de lo que has hecho hoy y corre luego a divertirte un rato.

Obediente, Baoyu compareció ante Jia Zheng.

—¿Ya has vuelto de la escuela? —le preguntó éste—. ¿Te encomendó algunas tareas el maestro?

—Sí, señor. Debo ocupar las mañanas en repasar los Cuatro Libros, después del almuerzo tengo que practicar caligrafía, y por la tarde glosar textos y leer ensayos.

—Bien está. Ahora ve a hacerle compañía a tu abuela. Deberías aprender buenas costumbres en vez de andar siempre buscando la manera de solazarte. Acuéstate temprano cada noche y levántate pronto cada mañana para ir a la escuela. ¿Me has entendido?

—Sí, sí, señor. —Tras lo cual Baoyu se retiró y fue corriendo en busca de su madre y a saludar a su abuela, a la que poco después dejó para emprender el camino del refugio de Bambú. Al cruzar la puerta dio una fuerte palmada de alegría y, con una risotada, exclamó:

—¡Por fin estoy de vuelta!

Su grito sobresaltó a Daiyu. La doncella Zijuan levantó la antepuerta para franquearle el paso, y el muchacho entró en los aposentos de su prima, donde tomó asiento.

—He oído decir que has vuelto a la escuela —dijo Daiyu—. ¿Cómo conseguiste escapar de allí tan pronto?

—¡Ay, una auténtica desgracia! —exclamó él—. Hoy, cuando mi padre me obligó a volver a la escuela, tuve la impresión de que ya nunca os podría ver en esta vida. ¡Qué difícil me ha sido sobrellevar el día! Pero ahora que estamos de nuevo juntos me siento como un resucitado. Ya lo decían los antiguos: «Un día puede hacerse tan largo como tres otoños». Eso dice el adagio, ¡y cuánta verdad encierra!

—¿Ya has hecho las visitas protocolarias?

—Sí, todas.

—¿Y has visto a las otras primas?

—No.

—Deberías pasar a visitarlas también.

—Ahora no me apetece. Prefiero quedarme aquí sentado, charlando contigo. Acostarme pronto y levantarme temprano, ésas son las instrucciones de mi padre, así que me veo obligado a posponer esas visitas hasta mañana.

—De acuerdo, quédate un rato conmigo. Pero después habrás de volver a tus habitaciones a descansar.

—¡Pero si no estoy cansado! Sólo aburrido. Y justo cuando estoy tan bien aquí, a tu lado, ¡tratas de echarme otra vez!

Daiyu esbozó una leve sonrisa y llamando a Zijuan le dijo:

—Prepara una taza de ese té del Pozo del Dragón[1], para el segundo señor. Ahora que está dedicado al estudio debemos tratarlo con más miramiento.

Entre risas, Zijuan corrió a buscar unas hojas de té mientras ordenaba a una de las doncellas más jóvenes que pusiera agua a hervir.

—¡Y no me hables de estudios! —continuó Baoyu—. No soporto la verborrea de esos ilustrados que pasan por doctos y virtuosos. ¿Habrá algo más ridículo que los ensayos en ocho partes? Utilizarlos para ganarse la vida, adquiriendo fama y ascendiendo en la jerarquía, no me parece malo; pero ¿cómo puede haber letrados que sostengan que por su boca hablan el Sabio y sus discípulos[2]? De los textos que ellos elaboran, los mejores no son más que un batiburrillo de citas. Y eso tiene un pase, al fin y al cabo, ¡pero qué grotescos son los escritos de ciertos ignorantes que añadiendo aquí y quitando allá retuercen el sentido y acaban garabateando monstruos, demonios con cabeza de buey o dioses con cuerpo de serpiente! ¡Y encima presumen de eruditos! ¿Cómo puede llamarse a eso exponer y aclarar los puntos de vista de los sabios? No puedo contradecir a mi padre cuando insiste en que estudie esos textos, pero ¿cómo es posible que vengas tú también a hablarme de «estudio»?

—Aunque las muchachas no necesitamos aprender a escribir ensayos —repuso Daiyu—, cuando yo era niña tuve la oportunidad de estudiar algunos libros bajo la dirección de vuestro pariente, el señor Jia Yucun, que era mi preceptor. Algunos parecían muy sensatos, y otros profundos tras su aparente simplicidad. Y aunque no los comprendí del todo guardé de ellos una buena impresión. No entiendo cómo puedes condenarlos tan tajantemente. Además, si persigues un cargo oficial la erudición es la vía más honorable para alcanzarlo.

Aquellas palabras repugnaron a Baoyu. «Daiyu nunca había sido así —pensó—. ¿Por qué de pronto se ha dejado seducir por la ambición y el lucro?» Pero no quiso discutir con ella, y se limitó a dar un bufido.

Entonces oyó, provenientes del exterior, las voces de Qiuwen y de Zijuan.

—La hermana Xiren dijo que lo encontraría en los aposentos de la Anciana Dama —dijo Qiuwen—. ¿Cómo iba a suponer que estaría aquí?

—Acabamos de preparar té para él —le dijo Zijuan—. Espera al menos a que lo haya bebido.

Y Con esta conversación, ambas entraron en la estancia.

—Vuelvo enseguida —le prometió Baoyu a Qiuwen—. Siento que hayas tenido que molestarte buscándome.

—Termine rápido el té y váyase de una vez. Han estado preguntando por usted todo el día —intervino Zijuan sin dar a Qiuwen tiempo a responder.

—¡Pfff, majadera! —escupió Qiuwen.

Incorporándose, Baoyu se dispuso a retirarse en medio de la risa general. Daiyu lo acompañó hasta el umbral y Zijuan hasta las escaleras. Sólo cuando él hubo partido, las dos muchachas entraron otra vez.

Al cabo de unos instantes, Baoyu llegó al patio Rojo y Alegre. Al entrar se topó con Xiren, que salía del cuarto interior.

—¿Ya ha vuelto de la escuela? —preguntó la doncella, sorprendida.

—Hace un buen rato —terció Qiuwen—. Encontré al segundo señor con la señorita Lin.

—¿Hay algo nuevo? —quiso saber Baoyu.

—Muy poco —le informó Xiren—. Su Señoría acaba de enviar a la hermana Yuanyang con un mensaje para nosotros: «Dado que tu padre está empeñado en que estudies con ahínco, cualquier doncella que de ahora en adelante juguetee contigo y te distraiga de tus deberes correrá la misma suerte que Qingwen y Siqi». ¡Debo decir que, después de tanto tiempo a su servicio, una advertencia así me aflige!

Y mientras decía esas palabras, había en su rostro un gesto sombrío.

—No te preocupes, mi buena hermana —exclamó él—. Me dedicaré a estudiar con mucha aplicación para que no os reprenda otra vez la señora. Para empezar, esta misma noche tengo que leer unos textos, ya que mañana debo glosarlos ante el maestro. Si necesito cualquier cosa, Sheyue y Qiuwen pueden encargarse. Descansa tú un poco.

—Si realmente va a esforzarse en sus estudios, lo atenderemos con gusto —concluyeron las doncellas.

Baoyu cenó apresuradamente y luego mandó encender la lámpara para repasar los Cuatro Libros, que en otro tiempo había aprendido de memoria. ¿Pero por dónde empezar? Cuando hojeaba un volumen, el texto le parecía de una claridad meridiana; pero se le escapaba el sentido cuando se ponía a reflexionar con más detenimiento sobre lo leído. Estuvo consultando glosas y comentarios generales hasta que sonó la primera vigilia.

«La poesía me resulta muy fácil, pero con estos libros no me funciona el cerebro», pensó allí sentado como un tonto.

—Lo mejor es que se vaya a dormir —sugirió Xiren al verlo en aquel estado—. No puede asimilar todo eso en una sola noche.

Baoyu asintió con un gruñido, y las doncellas le ayudaron a meterse en la cama. Luego se fueron ellas también a dormir. Al cabo de un buen rato, Xiren se desveló. A sus oídos llegaba el ruido que hacía el muchacho dando vueltas y más vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño.

—¿Todavía está despierto? ¡Deje ya de devanarse los sesos inútilmente! Descanse si quiere rendir mañana en la escuela.

—Sí, ya lo sé, pero no consigo dormirme. ¿Por qué no vienes a quitarme de encima uno de estos edredones?

—No se destape. No hace calor.

—Pero estoy muy nervioso —protestó él.

Y, a patadas, empezó a quitarse de encima uno de los edredones. Inmediatamente Xiren se levantó para impedírselo, y cuando le puso una mano sobre la frente descubrió que tenía un poco de fiebre.

—Deje ya de dar vueltas —le pidió—. Tiene algo de calentura.

—Ya lo sé.

—¿Y eso?

—No te preocupes. Sólo son los nervios. Pero no armes un alboroto por ello, o mi padre dirá que estoy fingiendo para eludir la escuela. ¿Por qué, si no, habría de Caer enfermo precisamente en un momento como éste? Mañana estaré bien, iré a la escuela y no habrá más problemas.

—Entonces dormiré a su lado —dijo la doncella, apiadada.

Y acto seguido se esmeró en darle un masaje en la espalda a base de golpecitos con los puños. Luego, ambos volvieron a quedarse dormidos. Cuando despertaron ya estaba el sol en lo alto del cielo.

—¡Maldita sea, me he quedado dormido! —exclamó Baoyu.

Se aseó y vistió a toda velocidad, presentó sus respetos a los mayores y emprendió corriendo el camino de la escuela, donde el maestro ya estaba aguardándolo con el ceño fruncido.

—No me extraña que tu padre esté irritado contigo y afirme que nada se puede esperar de un joven como tú. ¡El segundo día de clase, y ya llegas tarde! A ver, ¿qué horas son éstas de presentarte ante mí?

Baoyu se excusó pretextando que había pasado la noche con fiebre, y el maestro, tras perdonar su retraso, hizo que se sentara para dar comienzo al estudio.

Al llegar la tarde, Dairu dijo: «Baoyu, ven a explicar esta frase que he seleccionado». Acercándose, el muchacho vio que era el pasaje que comienza «Los jóvenes son de temer…»[3], y agradeció secretamente a los cielos que el maestro no hubiera seleccionado un fragmento de El Gran Estudio o de El Invariable Medio.

—¿Cómo debo proceder? —preguntó.

—Explica cuidadosamente el sentido general.

Tras leerlo en voz alta, Baoyu empezó:

—Aquí el Sabio exhorta a los jóvenes a aprovechar bien el tiempo para trabajar con ahínco antes de…

En ese punto se interrumpió y miró con aire de duda al maestro, quien, con una sonrisa, lo alentó:

—No importa, continúa. Como dice el Libro de los Ritos, nada está prohibido cuando se hace una exposición de los clásicos. Sigue. Decías que «antes de…» ¿qué?

—… Antes de que envejezcan sin haber logrado algo de lo que han emprendido. Primero dice «de temer» para animar a los jóvenes, y luego añade «ya no serán de temer» para evitar que se conviertan en hombres a los que nadie respete.

Y llegado aquí, miró expectante a su maestro.

—Es más o menos correcto —sentenció Dairu—. Parafrasea ahora el texto entero.

—Esto significa lo que dijo el Sabio: cuando se es joven, la inteligencia y el talento son formidables, por eso son de temer los jóvenes. ¿Quién puede estar seguro de que en el futuro los jóvenes no igualarán nuestros méritos de hoy? Empero, si derrochan el tiempo hasta llegar a cumplir cuarenta o cincuenta años sin haber logrado un cargo oficial, entonces, a pesar de que en su juventud parecieran de provecho, ya nadie los temerá.

—Tu resumen general era bastante claro —dijo el maestro sonriendo—, pero la paráfrasis ha sido un poco ingenua. Cuando el Sabio dice literalmente «sin haberse dado a conocer» no se refiere al fracaso en obtener un cargo oficial[4], sino a no haber alcanzado la comprensión de la verdad, que no depende en absoluto de la obtención de un cargo oficial. ¿O acaso no se hicieron ermitaños algunos sabios de la antigüedad que, sin embargo, no tuvieron nombre para el mundo? ¿Acaso fueron funcionarios de alto rango? Y que no lo fueran, ¿significa acaso que no sirvieran para nada? Cuando el Sabio afirma que en tales casos «ya nadie los temerá» quiere decir que la gente conocería las limitaciones de su entendimiento, no que temiera su poder. Ésta es la perspectiva para captar la sutileza de esta cuestión. ¿Me comprendes?

—Sí, señor.

—Hay otro pasaje que debes exponer.

Y pasando la página señaló a Baoyu el pasaje: «Aún no me ha sido dado conocer nadie que ame la virtud tanto como el placer carnal».

Puesto que era bastante sensible a ese asunto, Baoyu objetó con una sonrisa:

—Está tan claro que no merece ser glosado.

—¡Pamplinas! ¿Me estás diciendo que no merecería un comentario escrito si te lo pidieran en un examen oficial?

Claro, Baoyu no tuvo más remedio que acceder:

—Advierte el Sabio que los hombres no aman la virtud de manera espontánea, pero en cambio caen rendidos ante el placer con sólo percibirlo. Aun siendo la virtud algo inherente a la naturaleza humana, la gente no se esfuerza en perseguirla, mientras que el placer, que también es ley natural, es anhelado por todos. Sin embargo, si la virtud es la razón del Cielo y el placer es sólo deseo humano, ¿cómo es que los hombres prefieren su deseo humano a la razón del Cielo? Confucio lamentó esto y deseó que los hombres mudaran su conducta. También percibió que, si bien algunos amaban la virtud, ese amor no llegaba a ser profundo. Sólo cuando la virtud llegaba a ser amada tanto como el placer podía hablarse de verdadero amor.

—Aceptable —dictaminó el maestro—. Ahora dime una cosa. Compruebo que aprecias el sentido de las enseñanzas del Sabio en lo que a la virtud y el placer se refiere, ¿por qué entonces tienes dificultades en ambos aspectos? Aunque no vivo con tu familia y tu padre nunca me ha hablado de esos asuntos, estoy enterado de tus defectos. ¿Por qué no deseas progresar? Ahora precisamente eres uno de esos «jóvenes de temer» de los que hablaba el Sabio; si en el futuro «te das a conocer» o, por el contrario, «dejas de dar miedo» es algo que depende enteramente de ti. Voy a darte un mes para que repases todos los clásicos que has estudiado antes, y luego otro mes para leer ensayos. Pasado ese tiempo te asignaré algunos temas para que los redactes. ¡Y no toleraré la pereza! Como dice el proverbio: «Quien sólo persigue la comodidad, nunca madurará; quien desea madurar, nunca piensa en la comodidad». ¡No olvides lo que acabo de decirte!

Baoyu prometió recordarlo, y desde aquel día se aplicó con mayor ahínco a sus estudios.

Desde la vuelta de Baoyu a la escuela, el patio Rojo y Alegre estaba tan tranquilo que a Xiren le quedó más tiempo de ocio para ocuparlo en sus labores del hogar. Cierto día en que bordaba una bolsita para guardar nueces de areca, se le ocurrió que, con Baoyu en la escuela, era más llevadera la vida de sus doncellas; de hecho, pensaba, si el retorno se hubiese producido antes quizás el final de Qingwen no hubiera sido tan penoso. Al compadecerse de su compañera, unas lágrimas brotaron de sus ojos. De repente pensó que no estaba destinada a ser la esposa de Baoyu, sino sólo una concubina. Todavía podía controlar el comportamiento del muchacho, pero si éste se casaba con una arpía, ella correría la misma suerte que la segunda hermana You y que Xiangling. Por la actitud de Sus Señorías y unos cuantos comentarios dejados caer por Xifeng, daba la impresión de que la elegida sería Daiyu, excesivamente dada a cavilaciones. Aquel pensamiento hizo que se sonrojara, preocupada. Quedó un momento con la aguja suspensa en el aire, y el corazón empezó a latirle tan rápido y con tanta fuerza que la puntada no coincidió con el trazo. Finalmente abandonó el bordado y partió, dispuesta a poner a prueba a Daiyu en sus aposentos.

Al llegar, la vio absorta en su lectura; la muchacha se inclinó para ofrecerle asiento.

—¿Se siente mejor estos días, señorita? —preguntó Xiren dando un paso adelante.

—¿Cómo podría ser así? Sólo un poco. Pero dime, ¿qué haces ahora en casa?

—Desde que el señor Bao volvió a la escuela tenemos muy pocas obligaciones. Por eso he pasado por aquí a conversar con usted y ver cómo se encuentra.

En aquel momento apareció Zijuan con el té, y Xiren se incorporó para recibir la taza.

—¡No debes molestarte, hermana! —dijo, y con una son-risa añadió—: ¡Por cierto, Qiuwen me contó que estuviste de guasa a nuestra costa!

—¡Oh, no creas nada de lo que te diga Qiuwen! —Zijuan se echó a reír—. Lo único que dije fue que sin el señor Bao, que está en la escuela, sin la señorita Baochai, que está lejos del jardín, y sin Xiangling, que no puede venir, seguro que os aburríais mucho.

—¡No menciones a Xiangling! —exclamó Xiren—. ¡Pobrecilla! Le ha tocado servir a esa bruja, aún más aterradora que ésta. —Y levantó dos dedos para aludir, sin nombrarla, a la segunda señora, Xifeng—. Ni siquiera le preocupa la reputación de su familia.

—Su corazón no es menos duro —intervino Daiyu—. Recordad la muerte de la segunda hermana You.

—Así es —asintió Xiren—. Si todas somos personas a pesar de las diferencias de título y rango, no me explico cómo una de nosotras puede llegar a ser tan cruel con las demás y dañar su reputación en el exterior.

Daiyu advirtió que detrás de esos comentarios se ocultaba algo, ya que Xiren no era amiga de hacer correr rumores.

—Pues la cosa no es tan sencilla —dijo—. Si en una familia no prevalece el viento del Este sobre el del Oeste, inevitablemente ocurrirá al revés[5].

—Sin embargo, el corazón de una concubina siempre abriga temor a la esposa. ¿Cómo puede entonces atreverse a molestarla?

En ese momento llamó desde el patio una criada:

—¿Está en casa la señorita Lin?

Salió Xueyan, y al reconocer a una de las criadas de la tía Xue le preguntó qué deseaba.

—Nuestra joven dama me ha mandado entregar algo a la señorita Lin.

Xueyan le dijo que esperase y entró a informar del recado. Daiyu ordenó que hicieran pasar a la mujer. Ésta hizo una reverencia al entrar, pero en lugar de presentar su encargo permaneció mirándola fijamente. Incómoda por aquella actitud, Daiyu preguntó:

—¿Qué te ordenó traerme la señorita Baochai?

—Una vasija con lichis en miel. —En ese momento la mujer advirtió la presencia de Xiren y añadió—: ¿No es ésta la señorita Hua, de los aposentos del segundo señor?

—¿Cómo lo sabes, tía? —preguntó Xiren.

—Nosotras nos quedamos a menudo en casa para vigilar, y no salimos mucho con nuestra señora o con las jóvenes damas, de modo que no nos conocen. Pero como a veces ustedes vienen a donde nosotras estamos, las conocemos a todas de vista.

Entregó la vasija a Xueyan, y volvió a mirar a Daiyu mientras comentaba a Xiren con una sonrisa:

—Con razón dice nuestra señora que la señorita Daiyu y el señor Bao harían una pareja perfecta. ¡Es bella como una diosa!

Xiren intervino queriendo frenar aquella cháchara vana:

—Ya debe estar muy cansada, tía. Descanse y beba un poco de té.

Pero ella se disculpó diciendo:

—Estamos todas muy ocupadas preparando la boda de la señorita Baoqin. Y quedan dos vasijas más de lichis que la señorita Baochai quiere enviar al señor Bao.

A continuación se despidió y partió contoneándose. A pesar de que su impertinencia la había molestado profundamente, Daiyu no podía hacerle reproches a una mensajera de Baochai. Cuando ya la mujer estuvo fuera, le gritó:

—Agradézcaselo a la señorita Baochai de mi parte.

La vieja seguía exclamando:

—¡Qué belleza! ¡Demasiado bella para cualquiera que no sea Baoyu!

Daiyu pretendió no haber escuchado nada y Xiren, con una sonrisa, comentó:

—Cuando la gente envejece y le da por decir tonterías, una no sabe si enfadarse o echarse a reír.

Xueyan ofreció a Daiyu la vasija de frutas.

—Ahora no me apetece, guárdalo —dijo Daiyu, y siguió hablando con Xiren hasta que ésta se marchó.

Más tarde, cuando Daiyu entró en el cuarto interior para quitarse los afeites de la cara, vio la vasija de lichis y recordó con una punzada de dolor las incoherencias de la vieja. Al atardecer, mil preocupaciones le llenaron la mente. «Tengo mala salud y ya estoy en edad de casarme —reflexionó—. A juzgar por la conducta de Baoyu, él no está interesado en nadie más; pero mi abuela y mi tía aún no han dado a conocer sus preferencias. ¡Si por lo menos mis padres vivieran! ¿Por qué no arreglaron este casamiento de antemano?» Pero luego pensó: «Aunque, de vivir, quizás me habrían prometido a otro que no estaría a la altura de Baoyu. En la situación actual todavía queda alguna esperanza».

Su corazón estaba hecho un torbellino, inquieto como una cabria que alzara y dejara caer un caldero. Después de muchos suspiros y algunas lágrimas cayó derrotada sobre la cama, sin desvestirse. Allí yacía como en trance cuando apareció una joven doncella a decirle que el señor Jia Yucun deseaba verla. «Fue mi preceptor, es cierto —pensó Daiyu—, pero no soy un muchacho. ¿Por qué querrá verme? Además, nunca me ha dicho claramente que sea amigo de mi tío, así que sería poco apropiado recibirlo.»

—Explícale que estoy indispuesta y no puedo salir —le dijo a la doncella—. Y transmítele mis saludos y mis disculpas.

—Parece que ha venido a presentar sus felicitaciones —dijo la doncella—. También acaban de aparecer a buscarla unas personas de Nanjing.

En aquel instante entraron Xifeng, la dama Xing, la dama Wang y Baochai.

—¡Hemos venido a darte la enhorabuena y despedirte! —exclamaron.

—¿Qué significa todo esto? —preguntó Daiyu alarmada.

—No te hagas la tonta —se burló Xifeng—. No nos digas que ignoras que tu padre acaba de ser promovido a comisionado del Grano en Hubei y que ha tomado una nueva esposa, en un matrimonio de lo más conveniente. A ellos les parece que no sería correcto dejarte aquí, y por eso han pedido al señor Yucun que medie en tu matrimonio con un pariente de tu madrastra, un viudo. Acaban de enviar a recogerte, y es probable que la boda tenga lugar apenas llegues a tu casa. Todo ha sido decidido por tu madrastra. Hemos decidido que el segundo primo Lian te escolte y atienda a tus necesidades por el camino.

Al oír aquello, Daiyu sintió que la empapaba un sudor frío. Tenía un vago recuerdo del nombramiento de su padre para un cargo en esa zona.

—¡No puede ser verdad! —protestó impetuosamente—. La prima Xifeng debe estar bromeando.

Vio a la dama Xing guiñarle el ojo a la dama Wang, y la escuchó decir:

—Todavía no lo cree. Vamos.

—¡Esperen por favor, tías queridas! —suplicó Daiyu con lágrimas en los ojos. Pero las mujeres se alejaron en silencio, sonriendo fríamente.

Daiyu no tenía manera de expresar su desesperación. Empezó a sollozar y, a través de sus lágrimas, le pareció ver a la Anciana Dama inmóvil delante de ella. Entonces caviló: «Imploraré a mi abuela, ella es la única que puede ayudarme». Y cayó de rodillas, abrazando la cintura de la anciana.

—¡Sálveme, abuela! —le suplicó—. Antes moriré que ir al sur. Además, se trata de mi madrastra y no de mi verdadera madre. ¡Abuela, permítame quedarme con usted!

Pero, con una sonrisa, la Anciana Dama le dijo:

—Esta cuestión no tiene nada que ver conmigo.

—¿A qué cuestión se refiere, abuela? —sollozó ella.

—Casarse con un viudo es también una buena cosa: así recibirás dos dotes.

—Prometo que si me quedo con usted, abuela, no volveré a ser una carga. ¡Le suplico que me socorra!

—Es inútil. Tarde o temprano toda muchacha ha de casarse. Eso es algo que ya deberías saber. No puedes quedarte aquí para siempre.

—Prefiero ser una sirvienta aquí, ganándome el arroz que coma. ¡Por favor, abuela, interceda por mí!

Pero la Anciana Dama seguía sin dar una respuesta. Daiyu volvió a abrazarla exclamando:

—Señora, usted que siempre fue tan bondadosa y amable conmigo, ¿cómo puede dejarme ahora en la estacada? Aunque yo sólo sea su nieta y esté una generación más alejada, mi madre era su propia hija, ¿no me protegerá al menos en atención a su memoria? —Y rompió a llorar con gran fuerza sobre el regazo de la anciana.

—Yuanyang, llévala fuera para que se calme —ordenó la Anciana Dama—. Esta escena me está fatigando demasiado.

Entonces Daiyu comprendió que sus súplicas de clemencia eran inútiles y tomó una drástica decisión: se quitaría la vida. Poniéndose en pie, salió. ¡Con cuánta amargura lloró la falta de una madre! Pues aunque su abuela, sus tías y sus primas siempre le habían parecido tan buenas como su madre, todo ello no resultaba ahora sino apariencia.

—¿Dónde estará Baoyu, ahora que me siento tan sola? —se preguntó—. Él podría ayudarme.

Y en ese instante apareció Baoyu.

—¡Enhorabuena, prima! —dijo el muchacho sonriendo.

Aquello puso todavía más furiosa a Daiyu, que olvidando toda ponderación lo agarró del brazo.

—¡Muy bien! —exclamó—. ¡Ahora ya sé que eres un ser sin sentimientos, Baoyu!

—¿Por qué dices eso? Ahora que ya estás comprometida, cada uno debe seguir su camino.

Sintiéndose aún más rabiosa e impotente, le dio un fuerte apretón en el brazo.

—¿Dónde quieres que vaya, mi buen primo? —sollozó.

—Si no quieres partir, quédate. Fuiste mi prometida; por eso viniste a vivir aquí. Y piensa en cómo te he tratado todos estos años.

Entonces Daiyu tuvo la impresión de que, en efecto, alguna vez había sido la prometida de Baoyu. Eso hizo que su dolor se convirtiera en alegría.

—¡He tomado una decisión, aunque me cueste la vida! —gritó—. Dime con sinceridad si deseas que permanezca o que me vaya.

—Quiero que te quedes. ¡Si lo dudas, te mostraré mi corazón!

Y sacando un pequeño cuchillo, sin decir una palabra más, Baoyu se lo hundió en el pecho haciéndose una herida vertical por donde manó un abundante chorro de sangre. Presa del terror, a punto de desvanecerse, Daiyu taponó con una mano el hueco por donde ya se vislumbraba el corazón del muchacho.

—¿Cómo puedes hacer esta locura? ¡Mátame a mí antes!

—No tengas miedo —dijo él—. Te mostraré mi corazón ahora mismo.

E introdujo su mano entera en la herida mientras Daiyu temblaba y lloraba, temerosa de que los demás los vieran. Ahogada por los sollozos, lo estrechó contra sí.

Pero Baoyu exclamó de pronto:

—¡Estoy perdido! ¡No tengo corazón! ¡Moriré sin remedio!

Y entornando los ojos, cayó al suelo con un ruido sordo.

Daiyu pudo escuchar entre sus desgarradores sollozos la voz de Zijuan que la llamaba.

—¡Señorita! ¡Señorita! ¿Ha tenido un mal sueño? ¡Despierte! Desvístase y métase en la cama.

Dándose la vuelta, Daiyu descubrió que había tenido una pesadilla. Todavía estaba sollozando y el corazón le latía alocadamente. Su almohada estaba empapada de lágrimas. Un estremecimiento helado le recorrió todos los huesos. Pensó: «Hace mucho que murieron mis padres, y nunca me comprometieron con Baoyu. ¿De dónde he podido sacar tal idea?». Y al recordar su sueño y la sensación de impotencia que la había angustiado, se preguntó qué sería de ella si de verdad muriera Baoyu, y con tales cavilaciones, presa de angustia, el dolor se multiplicó hasta hacerla llorar y lamentarse de nuevo. Estaba sudando otra vez. Se incorporó para quitarse el abrigo y luego pidió a Zijuan que la arropara. Se acostó nuevamente pero, por más vueltas que daba, no conseguía dormir. Fuera se escuchaban crujidos que parecían provocados por el viento o la lluvia, y, a cierta distancia, un rumor que identificó como la respiración profunda de Zijuan durmiendo a pierna suelta, y a punto de echarse a roncar. Hizo un nuevo esfuerzo por sentarse, envuelta en su manta, pero un vientecillo frío entró por la ventana y le puso la carne de gallina. Se tumbó otra vez. Ya estaba a punto de quedarse dormida cuando escuchó el piar de un montón de gorriones entre los bambúes; y aunque las persianas estaban echadas, las primeras luces del alba se filtraron por las rendijas y luego a través del papel de las ventanas.

Brillaban los ojos de Daiyu, definitivamente desvelada, cuando le acometió un fuerte ataque de tos que despertó a Zijuan.

—¿Todavía sigue despierta, señorita? —preguntó la doncella—. ¡Y está tosiendo de nuevo! Seguro que se ha enfriado. Mire, ya entra la luz por la ventana. Pronto amanecerá. Ahora debe descansar y no permitir que sus pensamientos la inquieten.

—Quiero dormir, pero no puedo. Tú vuelve a dormirte. —Y al decir aquello sufrió un nuevo acceso de tos.

Pero la preocupación por la tos de Daiyu impidió a Zijuan conciliar el sueño, y se levantó inmediatamente para acercarle la escupidera. Para entonces había amanecido.

—¿No vas a seguir durmiendo? —preguntó Daiyu.

—Ya es de día. ¿Cómo podría seguir durmiendo?

—En ese caso podrías cambiar la escupidera.

Asintiendo, Zijuan salió a buscar una escupidera limpia; luego colocó la usada sobre una mesa del cuarto contiguo. Cerró la puerta tras ella, y antes de ir a despertar a Xueyan dejó caer la suave antepuerta floreada. Cuando regresó a vaciar la escupidera constató consternada que el fondo estaba cubierto de flemas sanguinolentas. Ante la visión, no pudo reprimir una exclamación de espanto:

—¡Oh! —exclamó—. ¡Qué es esto!

—¿Qué sucede? —preguntó Daiyu desde el cuarto interior.

Zijuan se percató de su descuido y rectificó:

—Es la escupidera, casi se me cae.

—¿No habrá sido porque has encontrado algo raro en las flemas?

—¡No, no he encontrado nada! —Pero su voz, temblando de la impresión, y sus ojos inundados de lágrimas la delataban.

Lo que había suscitado las sospechas de Daiyu era cierto sabor salado, como de sangre, en la boca. La exclamación de Zijuan, así como el tono de su voz, habían venido a confirmarlas.

—¡Entra! —la llamó—. Hace frío fuera.

—Sí, señorita. —Su voz sonaba cada vez más consternada, y la amargura de su tono hizo que Daiyu se estremeciera.

Zijuan entró enjugándose las lágrimas con un pañuelo.

—¿Por qué lloras tan temprano? —le preguntó Daiyu.

—¿Quién está llorando? —La doncella forzó una sonrisa—. Al levantarme sentí molestias en los ojos. Anoche durmió menos que de costumbre, señorita. La escuché tosiendo casi todo el tiempo.

—Así es. Cuanto más intentaba dormir, menos sueño tenía.

—Tiene usted una salud tan delicada, señorita… Pienso que no debería preocuparse tanto. Lo que cuenta es la salud. Como dice el refrán: «Mientras haya montaña no faltará leña». Además, aquí todos la quieren. Empezando por Sus Señorías, ¿quién no la ama tiernamente?

Por desgracia, aquel último comentario devolvió a la mente de Daiyu su pesadilla. El corazón le dio un brinco, la vista se le oscureció, y una intensa palidez subió a su rostro. Inmediatamente Zijuan sostuvo la escupidera ante ella a la vez que Xueyan le daba palmadas en la espalda. Después de sufrir unas arcadas vomitó unas flemas oscuras y sanguinolentas. Las dos doncellas empalidecieron de espanto, y, mientras la contemplaban abatidas, Daiyu perdió el conocimiento. Abrumada, Zijuan hizo una seña a Xueyan para que corriera en busca de ayuda.

Al salir, Xueyan vio a Cuilü y a Cuimo que se acercaban alegres.

—¿Por qué no ha salido aún la señorita Lin? —preguntó Cuilü con una sonrisa—. Nuestra joven dama y la señorita Tanchun están con la señorita Xichun comentando el cuadro del jardín.

Xueyan agitó las manos para detenerlas.

—¿Qué significa todo esto? —preguntaron atónitas.

Cuando ella explicó lo sucedido, sacaron la lengua horrorizadas.

—Esto no es ninguna broma —clamaron—. Tenéis que informar inmediatamente a la Anciana Dama. ¡Cielos! ¿Cómo podéis ser tan estúpidas?

—Justamente iba a hacerlo cuando aparecisteis vosotras —replicó ella.

En ese momento Zijuan llamó desde la casa:

—La señorita Lin quiere saber quién hay fuera.

Entraron corriendo, y las dos recién llegadas vieron a Daiyu en la cama, cubierta con un edredón.

—¿Qué os han dicho para que arméis tanto escándalo por nada? —les preguntó.

Cuimo dijo:

—Nuestra señorita y la señorita Xiangyun están con la señorita Xichun discutiendo ese cuadro que hizo del jardín. Nos enviaron para invitarla a usted. No sabíamos que se encontrara indispuesta.

—No es nada serio, simplemente me siento algo débil. Me levantaré cuando haya descansado un poco. Decidle a la señorita Tanchun y a la señorita Xiangyun que me gustaría verlas por aquí después del almuerzo, si tienen tiempo. ¿También el señor Bao ha ido?

—No.

—En estos días el señor Bao está asistiendo a la escuela —añadió Cuimo—. El señor mayor revisa cada día sus lecciones, y eso le impide corretear por ahí como antes.

Como Daiyu no respondió, las doncellas aguardaron un instante y después se escabulleron.

Trasladémonos ahora a los aposentos de Xichun, donde Tanchun y Xiangyun estaban comentando su pintura del jardín de la Vista Sublime. Opinaron que había excesivos detalles en un lado, mientras encontraron el otro algo desolado. Para discutir sobre el poema que iban a caligrafiar en el cuadro quisieron consultar a Daiyu, y mandaron llamarla. Poco después vieron a Cuilü y Cuimo regresar completamente atribuladas.

—¿Por qué no ha venido la señorita Lin? —preguntó Xiangyun.

—Anoche se reprodujo su mal y se pasó todo el tiempo tosiendo —respondió Cuilü—. Xueyan nos contó que ha expulsado muchas flemas con sangre.

—¿Es eso cierto? —exclamó Tanchun consternada.

—Claro que es cierto —insistió Cuilü.

—Hace un momento, cuando entramos a verla —añadió Cuimo—, estaba muy pálida y hablaba con un hilo de voz.

—Si está tan mal, ¿cómo iba a poder hablar? —dijo Xiangyun.

—¡Qué estúpida eres! —exclamó Tanchun—. Si no puede hablar, eso significa… —Su voz se apagó.

Xichun dijo:

—La prima Lin es muy inteligente, pero tengo la impresión de que se toma las cosas demasiado a pecho. Es excesivamente circunspecta incluso con las cosas más triviales… ¿Cómo se puede tomar todo tan en serio?

—Pues si ése es el caso —dijo Tanchun—, todas deberíamos ir a verla. Si tan enferma está debemos hacer que mi cuñada informe de ello a la Anciana Dama y haga venir a un médico para que dé su opinión.

—Así es —asintió Xiangyun.

—Adelantaos vosotras dos —dijo Xichun—. Yo iré más tarde.

Entonces Tanchun y Xiangyun, ayudadas por algunas jóvenes doncellas, fueron hasta el refugio de Bambú. Su llegada entristeció a Daiyu, y le recordó otra vez su pesadilla.

«¿Qué podría esperar de ellas cuando hasta mi abuela me maltrató de aquel modo? —se preguntó—. Además, no habrían venido de no haberlas invitado yo.» Y aunque eso fue lo que pensó, no lo dejó traslucir en su rostro. Hizo que Zijuan la ayudara a sentarse y ofreció asiento a sus visitas.

Tanchun y Xiangyun se sentaron, una a cada lado de la cama, desconsoladas al verla tan enferma.

—¿Qué te produjo la recaída, prima? —preguntó Tanchun.

—No es nada serio. Sólo me siento muy cansada.

Zijuan, que estaba de pie detrás de ella, señaló discretamente la escupidera. Y Xiangyun, que era joven y poco prudente, la levantó para echarle una ojeada. Mejor hubiera sido no mirarla, pues lo que vio le causó pavor.

—¡Oh, prima!, ¿son tus flemas? —exclamó—. ¡Que el cielo nos proteja!

Hasta ese momento Daiyu había estado demasiado aturdida cómo para examinar con atención sus esputos. Al escuchar a Xiangyun miró la escupidera. El corazón le dio un vuelco.

Para paliar la falta de tacto de Xiangyun, Tanchun añadió enseguida:

—Esto no es nada extraño, es sólo un humor caliente de los pulmones que le ha hecho expulsar una o dos gotas de sangre. Pero Xiangyun es tan tonta que la menor cosita le hace perder los papeles.

Xiangyun lamentó su error, y se sonrojó.

Al ver lo exánime y desalentada que estaba Daiyu, Tanchun se puso de pie y dijo:

—Ahora, prima, debes descansar bien. Ya te haremos otra visita dentro de un rato.

—Gracias a las dos por vuestra preocupación.

—¡Cuida bien a la joven dama! —le pidió Tanchun a Zijuan.

Zijuan asintió y Tanchun giró sobre sus talones para partir. En ese preciso instante alguien empezó a vociferar fuera.

Para saber de quién se trataba, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LXXXIII

Cae enferma la consorte imperial,

y sus parientes acuden a palacio.

Jingui provoca un escándalo en sus aposentos

y Baochai ha de reprimir su furia.

A punto ya de retirarse, Tanchun y Xiangyun oyeron a una vieja vociferando fuera:

—¡Perra inútil! —gritaba—. ¿Quién te has creído que eres para retozar aquí, fastidiando a todo el mundo?

Aquellas palabras afectaron visiblemente a Daiyu, que señalando el lugar de donde procedían los gritos exclamó:

—¡Está visto que tendré que irme de aquí!

Y es que, a pesar de que contaba con el favor de su abuela, siempre había procurado no cruzarse en el camino de nadie ni interferir en sus asuntos, y al escuchar aquella imprecación debajo mismo de su ventana no se le ocurrió pensar que pudiera estar dirigida a nadie más, dándose a cavilar que, aunque era una joven dama más valiosa que el oro, su orfandad y desvalimiento eran motivo suficiente para que cualquiera enviara a una escandalosa vieja con el encargo de que la cubriera de insultos y la humillara. ¿Cómo podría soportar una afrenta tan grande? Sintió como se le abrían las entrañas y, ahogando un sollozo, se desmayó.

—¡Señorita! ¿Qué le sucede, señorita? —Zijuan chillaba y lloraba al mismo tiempo—. ¡Despierte, rápido!

Tanchun también la llamaba, pero Daiyu tardó un buen rato en recobrar el conocimiento. Incapaz todavía de hablar, se limitó a señalar la ventana con el dedo.

Advertida de lo que quería decir aquel gesto, Tanchun abrió la puerta. Al salir vio a una vieja blandiendo un bastón que perseguía a una rapazuela mientras se desgañitaba gritando:

—Si ya estoy yo aquí para cuidar las flores y los árboles, ¿por qué vienes tú? Espera que vuelva a casa, ¡verás qué paliza te doy!

La niña corría delante y, de trecho en trecho, volvía la cabeza con el dedo en la boca y hacía muecas burlándose de la vieja.

Tanchun las amonestó:

—¡Sois cada vez más salvajes! ¡Ya no respetáis rey ni ley! ¿Te parece éste el lugar adecuado para lanzar esos improperios?

Al ver que se trataba de la tercera señorita, la vieja susurró tímidamente:

—Se trata de mi nieta, señorita. Me ha seguido hasta aquí. Temía que alborotase y por eso le dije que se marchara. Yo nunca me atrevería a insultar a nadie.

—No sigas con tus excusas. ¡Fuera de mi vista las dos! La señorita Lin está enferma. ¡Vamos!

—Sí, señorita —asintió la vieja, y empezó a alejarse de allí mientras la niña corría delante de ella.

Al entrar de nuevo, Tanchun encontró a Xiangyun bañada en lágrimas, sosteniendo la mano de Daiyu. Zijuan sostenía a la enferma con un brazo y le daba un delicado masaje en el pecho. Lentamente, Daiyu abrió los párpados.

—Seguro que has oído los gritos de esa vieja. ¿Qué pensabas? —le dijo Tanchun con una sonrisa.

Daiyu se limitó a sacudir la cabeza.

—Era a su nieta a quien insultaba. Acabo de oírla. Esa gente sólo abre la boca para decir simplezas. No comprenden que hay cosas que no están permitidas.

—Prima… —suspiró Daiyu, y se interrumpió apretándole la mano.

—No te excites. Es normal que vengamos a visitarte, ya que tienes poca gente que te cuide. Si te dedicas a reposar, tomar tus medicinas y ver las cosas con buen ánimo, irás mejorando hasta que podamos volver a nuestras reuniones de la academia de poesía. ¿No te gustaría?

—Sería muy divertido —añadió Xiangyun.

—Ya sé que queréis animarme —sollozó Daiyu—. ¿Pero cómo lo haré? Puede que no llegue a ver ese día.

—¡Qué exagerada eres! —protestó Tanchun—. Todo el mundo cae enfermo de vez en cuando. ¿Cómo puedes pensar esas cosas? Descansa mientras nosotras vamos a ver a la Anciana Dama. Ya vendremos por aquí. Si deseas algo, haz que Zijuan me lo comunique.

—¡Prima querida! —exclamó Daiyu entre sollozos—. Cuando veas a la Anciana Dama, por favor, preséntale mis respetos y dile que estoy algo indispuesta, pero que no es nada serio y no debe preocuparse.

—Lo haré. Ahora debes descansar.

Cuando Tanchun y Xiangyun se marcharon, Zijuan ayudó a su joven señora a echarse de nuevo y permaneció a su lado mientras Xueyan se encargaba del resto. A Zijuan le dolía el corazón pero no se atrevía a llorar. Daiyu permaneció un largo rato con los ojos cerrados, sin conseguir conciliar el sueño. El jardín siempre le había parecido el reino del silencio, pero ahora, desde su lecho, percibía crujidos del viento, el zumbido de los insectos, el trinar de las aves y la cadencia de los pasos. También le pareció oír el llanto de un niño en la distancia. Todos aquellos sonidos le hicieron sentirse mal, y pidió a Zijuan que bajara las cortinas de la cama. Xueyan trajo un tazón de sopa de nido de salangana, que le pasó a Zijuan.

—¿Quiere un poco de sopa, señorita? —le preguntó Zijuan desde el otro lado de la cortina.

Daiyu asintió quedamente y la doncella le alargó el tazón otra vez a Xueyan para que lo sostuviera mientras ella ayudaba a la enferma a incorporarse. Después de haber comprobado en sus propios labios la temperatura de la sopa, llevó el tazón a la boca de Daiyu, sin dejar de sostenerla con un brazo. Con los ojos entreabiertos, Daiyu dio dos o tres sorbos, sacudió la cabeza y se negó a continuar. Zijuan le devolvió el tazón a Xueyan y dejó que su señora volviera a reclinarse suavemente. Tras un breve descanso, y sintiéndose algo mejor, se escuchó una voz ligera que preguntaba desde fuera:

—¿Está en casa la hermana Zijuan?

Xueyan salió apresuradamente y vio que se trataba de Xiren.

—Entra, hermana —dijo en voz baja.

—¿Cómo está tu joven dama?

Mientras entraban, Xueyan fue describiendo la situación de ese momento, así como la de la noche anterior.

—¡Con razón Cuilü vino anoche con la noticia de que la señorita Lin estaba enferma! —exclamó Xiren consternada—. El señor Bao está tan alarmado que me ha hecho venir para indagar por su salud.

Estaban aún cuchicheando cuando Zijuan levantó la antepuerta del cuarto interior e hizo un gesto franqueando el paso a Xiren.

—¿Duerme? —preguntó Xiren, avanzando de puntillas.

Zijuan movió la cabeza afirmativamente.

—¿Te lo acaban de decir?

Xiren inclinó la cabeza con aire preocupado.

—¿Cómo terminará todo esto? ¡A mí también me dio el señor Bao un susto de muerte!

Zijuan quiso saber qué había sucedido.

—Estaba bien cuando se acostó —le dijo Xiren—, pero en mitad de la noche, de pronto, se puso a dar gritos diciendo que le dolía el corazón, y que parecía como si alguien se lo estuviera arrancando a tajos. Ese escándalo duró un buen rato, y no se tranquilizó hasta la cuarta vigilia. ¿No te parece preocupante? Hoy no pudo ir a la escuela, y hemos llamado a un médico para que lo examine.

En ese momento escucharon a Daiyu tosiendo detrás de la cortina de la cama, e inmediatamente Zijuan le llevó la escupidera. Daiyu abrió lánguidamente los ojos.

—¿Con quién hablabas?

—Con la hermana Xiren, que ha venido a verla.

Ésta ya se había acercado a la cama. Daiyu hizo que Zijuan la ayudase a incorporarse y luego señaló el borde de la cama. Xiren se sentó al lado de Daiyu, y le pidió con una sonrisa:

—Échese, señorita.

—Estoy bien. No os alarméis. ¿De qué hablabais hace un momento? ¿A quién le dolía el corazón en mitad de la noche?

—El señor Bao tuvo una pesadilla, nada serio.

Aquello enterneció y a la vez desconsoló a Daiyu, quien había comprendido que Xiren lo decía en ese tono para no preocuparla.

—¿Habló en sueños?

—No dijo nada.

Daiyu asintió con la cabeza. Un instante después suspiró.

—No le digas al señor Bao que estoy mal. Le haría perder el tiempo y eso enfurecería a su padre.

—Sí, señorita. Ahora será mejor que descanse.

Daiyu asintió otra vez con un gesto de cabeza y pidió a Zijuan que le bajara la almohada. Xiren se quedó para pronunciar unas cuantas palabras de aliento más y finalmente, tras despedirse, se encaminó al patio Rojo y Alegre, donde comunicó a Baoyu que Daiyu estaba un poco indispuesta pero que no era nada inquietante, de modo que el muchacho dejó de preocuparse.

Tras dejar el refugio de Bambú, Tanchun y Xiangyun fueron en busca de la Anciana Dama. Por el camino, Tanchun advirtió a su prima:

—¡Cuando veas a la Anciana Dama no hables con la lengua suelta de hace un momento!

—Lo siento —dijo Xiangyun agachando la cabeza—. ¡Estaba horrorizada!

El informe de Tanchun sobre la enfermedad de Daiyu preocupó a la Anciana Dama.

—Esa preciosa pareja siempre está enferma —dijo—. Ahora que está creciendo, Daiyu debería preocuparse más por su salud. Me parece que esa niña cavila demasiado.

Como nadie se atrevió a hablar sobre aquello, le ordenó a Yuanyang:

—Anda y diles que mañana, después de ver a Baoyu, el médico debe visitar también a la señorita Lin.

Yuanyang asintió y se retiró a transmitir las instrucciones a las sirvientas, que partieron a su vez con el mensaje. Tanchun y Xiangyun cenaron con la anciana antes de volver al jardín, donde las dejaremos por el momento.

Al día siguiente llegó el médico. Diagnosticó el mal de Baoyu como una moderada indigestión y un enfriamiento que una buena sudación arreglaría. La dama Wang y Xifeng enviaron sirvientes con la receta a informar de aquello a la Anciana Dama, y al mismo tiempo avisar en el refugio de Bambú que el médico ya estaba en camino. Inmediatamente Zijuan arropó a Daiyu con un edredón y dejó caer las cortinas de la cama, mientras Xueyan se dedicaba a ordenar el cuarto. Un momento después apareció Jia Lian con el médico.

—Este caballero viene a nuestra casa con frecuencia —dijo—, de modo que no es preciso que se retiren las doncellas.

Una vieja nodriza alzó la antepuerta y el médico fue invitado a pasar y tomar asiento. Entonces Jia Lian sugirió que empezaran con una descripción de los síntomas de la joven dama, hecha por Zijuan.

—Un momento —dijo el doctor Wang—. Mejor le tomaré antes el pulso para hacer mi propio diagnóstico. Si a las muchachas de aquí les pareciera equivocado, o pensaran que he omitido algo, entonces deben hacérmelo saber.

Zijuan sacó una mano de Daiyu entre los pliegues de la cortina, la dejó reposar sobre un cojín, y suavemente le subió la manga y le retiró el brazalete. El doctor Wang pasó un tiempo tomando el pulso en una muñeca y después en la otra, tras lo cual se retiró a cuchichear con Jia Lian en el cuarto exterior.

—Los seis pulsos están tensos a causa de emociones retenidas[1] —dijo el médico.

En ese momento salió también Zijuan y se detuvo en el umbral del cuarto interior; dirigiéndose a ella, el doctor Wang dijo:

—Supongo que esta enfermedad debe estar produciendo repetidos mareos, pérdida de apetito y frecuentes sueños; y seguramente también debe estar ocurriendo que la enferma se despierta a menudo durante la noche. Debe estar muy suspicaz, ofendiéndose por comentarios que nada tienen que ver con ella. Quienes ignoren la verdad pensarán que es una excéntrica, cuando de hecho todo se debe a la enfermedad que ha afectado a su hígado y debilitado su corazón. ¿Me equivoco?

Zijuan asintió con la cabeza confirmando aquellas palabras y, mirando a Jia Lian, dijo:

—Tiene toda la razón.

—Entonces no me equivoco —dijo el médico, y levantándose salió con Jia Lian al estudio, donde se dispuso a escribir una receta sobre una hoja de papel rosado[2] que ya los pajes habían dispuesto. Después de sorber un poco de té, el doctor Wang tomó un pincel y escribió:

La tensión y lentitud de seis pulsos se debe a un dolor acumulado. La debilidad del pulso cun izquierdo revela una debilidad del corazón. La fuerza del pulso guan da cuenta de un hígado recalentado. Cuando el humor de la madera no logra dispersarse tiende a invadir la tierra del bazo ocasionando pérdida de apetito, e inevitablemente afectando también el metal de los pulmones. Los humores que no logran convertirse en fuerza vital se condensan en flemas y la sangre se agita siguiendo el ritmo de la respiración, lo cual produce tos que expulsa la sangre. El tratamiento debe calmar el hígado, proteger los pulmones y fortalecer el corazón y el bazo. Pero los tónicos no deben administrarse bruscamente. Sugiero empezar con una cocción de hojas de Heixiaoyao[3], seguida de una droga que restituya el bazo y endurezca el metal. Esto es lo que humildemente propongo a su sagaz consideración.

Y a continuación enumeró siete drogas y un coadyuvante. Al leer aquello Jia Lian preguntó:

—¿Es seguro utilizar chaihu cuando la sangre se convulsiona?

El doctor Wang sonrió.

—Veo que está usted informado de que el chaihu es un estimulante contraindicado en casos de vómitos de sangre o hemorragias nasales; pero lo cierto es que hervido en sangre de tortuga es el único de entre los estimulantes del sistema digestivo capaz de liberar el humor de la bilis. En lugar de convulsionar la sangre, puede fortalecer el hígado y aplacar el fuego pernicioso. Por eso el Manual de Medicina del Emperador Amarillo[4] dice: «Lo laxante contra lo laxante; lo astringente contra lo astringente»[5]. Este método es similar al de «utilizar la fuerza de Zhou Bo para estabilizar la dinastía del linaje de los Liu»[6]. Hay que aplicar sangre de tortuga para mitigar la acción estimulante del chaihu.

Jia Lian asintió con la cabeza.

—Conque así es… De acuerdo.

—Que empiece tomando un par de dosis y más adelante podremos añadir o eliminar algunos ingredientes, o acaso ensayar una fórmula distinta. Todavía tengo que atender algunos negocios, señor, y no debo permanecer aquí más tiempo. Vendré a presentar mis respetos otro día.

Camino de la salida, Jia Lian le preguntó:

—¿Y qué hay de la receta de mi primo Baoyu?

—El señor Bao no tiene nada. Opino que otra dosis le hará recuperar completamente la salud.

El médico subió a su carruaje y partió.

Tras ordenar a sus criados que fueran a recoger la medicina, Jia Lian volvió con Xifeng a contarle lo de la enfermedad de Daiyu y la receta del doctor Wang. Después apareció la esposa de Zhou Rui a informar sobre unos asuntos de escasa importancia.

—Dile todo eso a la señora —la interrumpió—. Ahora estoy ocupado. —Y salió de allí.

—Vengo de los aposentos de la señorita Lin —dijo la esposa de Zhou Rui después de exponer su propio asunto—. ¡Tiene muy mal aspecto, y el rostro blanco como el papel!; no es más que piel y hueso, y cuando le pregunté cómo se sentía no me respondió ni una sola palabra, limitándose a llorar. Poco después Zijuan me dijo: «Nuestra joven señora está enferma, pero se niega a pedir las cosas que necesita. Por eso tengo la intención de pedirle a la señora Lian que nos adelante un par de asignaciones mensuales, pues aunque nos entregan puntualmente las medicinas necesitamos dinero para diversos gastos pequeños». Le prometí pasarle a usted su petición.

Xifeng agachó la cabeza pensativa.

—Mira —dijo por fin—, yo le daré unos cuantos taeles, pero que la señorita Lin no se entere. No puedo adelantar la asignación, pues entonces todos se acogerían a tal precedente. ¿Y qué haríamos entonces? ¿Te acuerdas de la pendencia entre la concubina Zhao y la señorita Tanchun, todo por la asignación mensual? Y además, como ya sabes, en los tiempos que corren gastamos más que ingresamos. Los desinformados me consideran una mala administradora. Algunas habladurías llegan al extremo de hacerme responsable de haber escamoteado dinero a mi familia materna. Pero usted, como mujer de un mayordomo, cuñada Zhou, debe saber más de estas cosas.

—¡Qué injusticia! —exclamó la señora Zhou—. Sólo una persona con sus dotes de previsión podría manejar una casa de estas dimensiones. No digamos que no es tarea de mujeres, ¡ni siquiera es tarea para un hombre con tres cabezas y seis brazos! Pero la gente sigue diciendo esas tonterías —entonces se echó a reír—. Y eso que usted no conoce las estupideces aún mayores que dicen en el exterior, señora. El otro día, Zhou Rui me contó que los de fuera imaginan que en esta casa estamos hechos de dinero. Se dice que la familia Jia tiene muchísimo oro acumulado, y también plata, ¡y que sólo utiliza cubiertos de oro con incrustaciones de piedras preciosas! Algunos dicen: «Es natural que cuando la hija se convirtió en consorte del emperador, éste diera la mitad de sus pertenencias a su familia. Con nuestros propios ojos vimos como en la última visita que hizo a su casa, Su Alteza llegó con carros llenos de oro y plata, lo que explica que la casa esté adornada como el palacio de cristal del Rey Dragón. Y las ofrendas que enviaron un día al templo costaban decenas de miles de taeles; pero eso para ellos es como un pelo para el buey». Y otros dicen: «Es casi seguro que los leones que flanquean su puerta están hechos de jade. En su jardín de la Vista Sublime tenían dos unicornios de oro, pero uno lo robaron. No sólo las damas sino también las doncellas ocupan todo su tiempo en beber, jugar al weiqi, tañer la cítara o pintar, y tienen otras sirvientas de menor rango que las sirven. Sus sedas y gasas, viandas y abalorios, son cosas de las que la gente común no ha escuchado ni siquiera hablar. ¡Y de más está decir que si los jóvenes señores y damas quieren la luna del cielo, siempre habrá alguien que se la baje!». Eso dicen. Y además, señora, cantan esta canción:

En la mansión Ning, en la mansión Rong,

las viandas no se agotan, los vestidos no se acaban.

No se arruinarán comiendo ni vistiendo.

Pero ocurrirá al final…

Y ahí se interrumpió, pues el último verso decía:

Pero ocurrirá al final que todo se esfumará.

La señora Zhou había hablado sin freno, pero en el último instante advirtió lo aciago que sonaba todo aquello. Xifeng lo advirtió también, y no insistió en seguir escuchando.

—No importa. Pero dígame, ¿de dónde han sacado la historia del unicornio de oro?

—Es ese pequeño unicornio que el viejo taoísta le regaló al señor Bao. —La señora Zhou sonrió—. Estuvo extraviado durante unos días, pero la señorita Xiangyun lo encontró y se lo devolvió. En el exterior inventaron la historia. ¿No le parece ridículo, señora?

—¿Ridículo? No, ¡alarmante en verdad! Las cosas se ponen más difíciles cada día, y nosotros seguimos haciendo ostentación de riqueza. «El hombre debe temer la fama; el cerdo la gordura», dice el proverbio. Especialmente en nuestro caso, cuando la fama está vacía. ¡Quién sabe cómo terminará todo esto!

—Sí, señora, tiene motivos para preocuparse. ¡Hace ya más de un año que las casas de té, las tabernas y hasta el más pequeño callejón están llenos de tales murmuraciones! ¿Cómo podremos ahora tapar la boca de la gente?

Xifeng asintió con la cabeza y luego pidió a Pinger que pesara unos cuantos taeles de plata para la señora Zhou.

—Llévele esto a Zijuan —le dijo—. Comuníquele simplemente que se lo entrego para que cubra gastos diversos; que no debe vacilar en pedir aquello que les corresponde, pero que se olvide de los adelantos sobre la asignación mensual. No es tonta y comprenderá enseguida. Apenas tenga un rato iré a ver a la señorita Lin.

La señora Zhou asintió, cogió la plata y se retiró. Pero dejemos de hablar de este asunto.

Cuando ya Jia Lian estaba saliendo, se acercó un paje para decirle:

—Su señor padre desea verlo, señor.

Acudió inmediatamente, y Jia She le dijo:

—Acabamos de saber que han requerido en palacio la presencia de un médico imperial y dos ayudantes para que atiendan a alguien. No puede tratarse de una de las damas de compañía o de las doncellas. ¿Ha habido alguna noticia de la consorte imperial en estos últimos días?

—Ninguna, señor.

—Ve y pregunta al segundo señor y a tu primo Jia Zhen, o indaga en la Academia de Médicos Imperiales.

Jia Lian obedeció y envió a un hombre a la Academia de Médicos Imperiales. Luego, fue él personalmente a ver a Jia Zheng.

—¿Quién te lo ha contado? —preguntó Jia Zheng cuando Lian le explicó el sentido del encargo.

—El propio señor mayor hace un instante.

—Entonces será mejor que tú y tu primo Zhen vayáis personalmente a palacio a hacer averiguaciones.

—Ya he enviado a una persona a la Academia de Médicos Imperiales.

Jia Lian se retiró para ir en busca de Jia Zhen, y cuando lo encontró le contó todo el asunto.

—Hasta mí han llegado las mismas noticias —dijo Jia Zhen—. Precisamente quería informar de esto a los dos señores mayores.

Entonces los dos primos fueron a ver a Jia Zheng.

—Si se tratase de la consorte imperial Yuanchun, nos lo comunicarían.

Se unió a ellos Jia She, y juntos aguardaron hasta el mediodía, pero los mensajeros no regresaron. En ese momento entró uno de los vigilantes de la puerta.

—Han llegado dos eunucos imperiales que solicitan ver a Sus Señorías —anunció.

—Hazlos pasar —dijo Jia She.

Los criados guiaron a los eunucos, que fueron recibidos por Jia She y Jia Zheng en la puerta interior. Lo primero que hicieron Sus Señorías fue presentar sus respetos; luego se les invitó a pasar al salón de recepción, donde les pidieron que tomasen asiento.

—El otro día, la consorte imperial de esta casa se sintió indispuesta —informaron los eunucos—. Ayer recibimos órdenes de hacer venir a palacio a cuatro mujeres de su familia para que la visiten. Cada una puede traer consigo sólo a una doncella. En cuanto a los parientes, que hagan llegar sus tarjetas a la puerta para presentar sus respetos y allí aguarden instrucciones; pero no deben entrar. Deben ir mañana entre las ocho y las diez, y retirarse entre las cuatro y las seis de la tarde.

Para escuchar aquellas instrucciones, Jia Zheng y Jia She se habían puesto respetuosamente de pie. Cuando volvieron a tomar asiento fue ofrecido el té a los eunucos, que a continuación partieron. Los dos señores los escoltaron hasta el portón principal, y regresaron a informar a la Anciana Dama.

—Cuatro parientes —dijo—. Naturalmente, iremos vuestras esposas y yo misma, ¿pero quién será la cuarta?

Nadie se atrevió a hacerle una sugerencia, y ella siguió dándole vueltas a la cosa.

—Tendrá que ser Xifeng —concluyó—. Ella siempre sabe estar a la altura de las circunstancias. Vosotros id a discutir qué hombres irán.

Jia She y Jia Zheng asintieron y después se retiraron. Tomaron la decisión de que, salvo Jia Lian y Jia Rong, que quedarían encargados de la casa, el resto de hombres, desde los de la generación «Culto» hasta los de la generación «Hierba», deberían acudir[7]. Ordenaron que cuatro palanquines de color verde y una docena de carruajes estuviesen dispuestos al alba; los sirvientes partieron a transmitir aquellas instrucciones. Entonces Jia She y Jia Zheng entraron de nuevo para informar a la Anciana Dama:

—Deben entrar en el palacio entre las ocho y las diez de la mañana, y dejarlo entre las cuatro y las seis de la tarde; de modo, señora, que lo mejor sería ir a descansar temprano hoy para poder comenzar temprano mañana.

—Lo sé —dijo la Anciana Dama—. Ahora podéis retiraros.

Tras la salida de los hombres, la dama Xing, la dama Wang y Xifeng siguieron hablando sobre la enfermedad de Yuanchun y sobre otros temas; después se retiraron a sus aposentos.

Al día siguiente, al alba, las doncellas de los diversos aposentos prendieron las lámparas, sus señoras se asearon y ataviaron para la ocasión, y también se prepararon los señores. Eran alrededor de las seis cuando Lin Zhixiao y Lai Da atravesaron la puerta interior para anunciar:

—Los palanquines y carruajes están preparados junto al portón.

Inmediatamente llegaron Jia She y la dama Xing. Cuando todos hubieron desayunado, Xifeng acompañó a la Anciana Dama, que salió seguida de todas las demás, cada una sostenida por una doncella, en pausado desfile. Li Gui y los demás sirvientes recibieron la orden de ir abriendo camino, seguidos de sus esposas, hasta la puerta exterior del palacio. Los señores y demás caballeros, desde los de la generación «Culto» hasta los de la generación «Hierba», fueron en carruajes o a caballo, con gran séquito de sirvientes. Jia Lian y Rong quedaron a cargo de la mansión.

Los carruajes, palanquines y caballos de la familia Jia permanecieron un momento detenidos frente a la puerta del muro exterior del oeste, hasta que finalmente aparecieron dos eunucos.

—Las damas Jia que vienen a visitar a su noble pariente ya pueden entrar en palacio —anunciaron—. Los caballeros deben presentar sus respetos desde la puerta interior, pero no entrarán.

—¡Vamos, rápido! —gritaron los guardias del portón.

Los cuatro palanquines fueron conducidos siguiendo a unos jóvenes eunucos, mientras los caballeros entraban a pie. A todos los criados se les ordenó esperar fuera. Cuando llegaron a la puerta interior, unos viejos eunucos que había sentados se incorporaron.

—¡Alto, caballeros, no pasen de aquí! —ordenaron.

Entonces Jia She, Jia Zheng y los demás se alinearon en orden de jerarquía mientras las damas se apeaban de sus palanquines, que también se habían detenido frente a la puerta. Unos jóvenes eunucos abrieron paso a las damas, y cada una de ellas entró sostenida por su doncella. Tardaron muy poco en llegar al dormitorio de Yuanchun, la consorte imperial. Las paredes blancas del cuarto deslumbraban con sus brillantes losetas vidriadas. Un par de doncellas de honor les dijeron:

—Sólo precisan presentar sus respetos. Pueden prescindir de las demás formalidades.

Después de dar las gracias a la consorte imperial, la Anciana Dama y las otras señoras se dirigieron hacia la cama y presentaron sus respetos. La consorte imperial les pidió que tomasen asiento, lo que hicieron musitando otra vez su agradecimiento.

—¿Cómo ha estado de salud últimamente? —preguntó a su abuela.

La Anciana Dama se puso de pie, apoyada en el brazo de su doncella.

—Por gracia de Su Alteza, mi salud es todavía buena.

Seguidamente repitió la pregunta a las damas Wang y Xing, que también se incorporaron para responder.

Luego preguntó a Xifeng:

—¿Cómo va todo en la mansión?

Incorporándose, ella respondió:

—Todo va bien.

—Seguramente no has llevado una vida fácil durante todos estos años, con tanto trabajo.

Antes de que Xifeng pudiera responder entró una doncella de honor con una lista de nombres que Su Alteza debía revisar. Cuando advirtió en ella los de Jia She, Jia Zheng y los otros, el corazón empezó a dolerle y no pudo contener las lágrimas. Su doncella le alargó un pañuelo.

—Hoy me siento mejor —dijo secándose los ojos—. Diles que descansen fuera.

Sus parientes se incorporaron otra vez para agradecerle su amabilidad.

Con lágrimas en los ojos, ella les dijo:

—Somos menos afortunados que la gente humilde, entre la cual las hijas pueden mantenerse cerca de sus padres y hermanos.

Reprimiendo su propia congoja, ellas respondieron:

—No sufra, Alteza. ¡Nuestra familia se ha beneficiado tanto de su amabilidad…!

—¿Y Baoyu? ¿Cómo le ha ido en estos últimos tiempos?

—Está mucho más dedicado a sus estudios —dijo la Anciana Dama—. Gracias a las estrictas exigencias de su padre, ahora ya es capaz de escribir ensayos.

—Eso está muy bien.

Ordenó que sirvieran un banquete fuera, y cuatro doncellas de honor con cuatro eunucos jóvenes las condujeron a otro pabellón, donde la comida ya estaba dispuesta. Allí se sentaron ordenadamente. Pero no necesitamos detenernos en esto.

Después de comer, la Anciana Dama, seguida de las otras tres, volvió a agradecer a la consorte imperial el banquete y le hicieron compañía hasta las cinco, momento en el que se despidieron, por no atreverse a permanecer allí más tiempo. La consorte imperial ordenó a sus doncellas de honor que las acompañaran hasta la puerta interior, desde donde fueron escoltadas por los mismos cuatro eunucos. Cuando las damas se sentaron en sus palanquines, Jia She y los demás caballeros las siguieron de vuelta a la mansión, donde se hicieron arreglos similares para visitar el palacio en los días siguientes. Pero tampoco de esto sigamos hablando.

Ahora volvamos a Jingui, de la familia Xue. Tras haberse deshecho de Xue Pan no le quedó con quién litigar, ya que Qiuling se había quedado con Baochai, dejando atrás únicamente a Baochan. Y desde su paso a la condición de concubina de Xue Pan había mostrado más bríos que antes, lo cual la convirtió en una rival todavía más temible para Jingui, que se arrepintió, demasiado tarde, de haber permitido que se convirtiera en segunda esposa.

Uno de aquellos días, después de haber bebido por su cuenta un par de copas, Jingui decidió, echada sobre el kang, desahogar su furia sobre la cabeza de Baochan.

—¿Dónde fue el señor cuando dejó la casa el otro día? —preguntó—. Seguro que tú lo sabes.

—¿Cómo habría de saberlo? —respondió Baochan—. Si no se lo dijo ni a usted, señora, ¿quién iba a saber lo que hizo?

Jingui rió desdeñosamente.

—¿Todavía me llamas «señora»? Vosotras dos tenéis todo a vuestro favor. Aquélla es intocable porque tiene quien la ampare, y yo no me atrevo a buscar piojos en la cabeza del tigre; tú, en cambio, sigues siendo mi doncella, ¡pero cuando te hago una pregunta me frunces el ceño y me respondes de mala manera! ¿Por qué no me estrangulas, ya que eres tan poderosa? Entonces os quedaría vía libre, a ti o a Qiuling, para ser la señora principal. ¡Lástima que yo no haya muerto todavía y os siga bloqueando el paso!

Baochan no pudo tolerar aquello y le clavó la mirada.

—¡Guárdese ese parloteo para otra, señora! —replicó—. Yo no he dicho nada que no debiera. Si usted no se atreve a desafiar a las demás, ¿por qué descarga su furia sobre mí, la más débil? Cuando alguien la ofende de verdad, usted prefiere simular que no ha oído nada para librarse de problemas. —Y se echó a llorar con amargura.

Más furiosa que nunca, Jingui se bajó del kang para asestarle un golpe. Pero también Baochan había adquirido los usos de la familia Xia y resistió. Jingui hizo añicos tazas y platos, volcó mesas, pero Baochan no le prestó la menor atención y siguió quejándose a gritos de su mala suerte.

Todo aquel jaleo fue oído por la tía Xue, que se encontraba en el cuarto de Baochai.

—Xiangling —dijo—, anda y mira qué está sucediendo. Diles que se tranquilicen.

—Eso no está bien, madre —intervino Baochai—. No le pida a Xiangling que vaya. ¿Cómo va a detenerlas? No conseguiría más que echar leña al fuego.

—En tal caso iré yo misma.

—Tampoco me parece conveniente que vaya usted. Que sigan con su pugna. No hay nada que usted pueda hacer.

—¡Pero es un escándalo espantoso!

No había acabado de decir aquello cuando, agarrando a una doncella, se dirigió al cuarto de Jingui. Baochai intuyó que debía acompañarla, y le dijo a Xiangling que se quedara allí. Al llegar a la puerta de Jingui, madre e hija oyeron en el interior un desenfreno de gritos y sollozos.

—¿Pero qué estáis haciendo? —gritó la tía Xue—. ¡Otra vez poniendo la casa patas arriba! ¿Es ésa manera de comportarse? Con muros tan delgados, ¿no teméis que vuestra parentela os oiga y se ría de vosotras?

Jingui replicó:

—Por supuesto que no quiero que la gente se ría de nosotras, pero aquí las cosas están desquiciadas. Ya no hay diferencia entre señoras y doncellas, esposas y concubinas, ¡aquí todo es un revoltijo! No es así como nos comportamos los Xia. ¡La verdad es que ya no soporto esta casa!

—Cuñada —intervino Baochai—, nuestra madre vino porque estáis haciendo demasiado ruido. No importa si habló descuidadamente, mezclando señora con criada. Primero aclaremos las cosas para que podamos vivir en paz, y así mi madre pueda dejar de preocuparse por nosotras.

—Eso es —dijo la tía Xue—. Primero aclaremos todo. Ya tendrás tiempo de sobra más adelante para quejarte de mí.

Altanera, Jingui repuso:

—¡Mi querida, mi buena cuñada! ¡Qué dechado de virtudes! Conseguirás casarte en una buena familia y con un buen esposo. Por cierto que no te tocará ser una mujer escondida como yo, sola, pisoteada y afrentada por todos. Soy una necia, pero lo único que te suplico, hermana, es que no retuerzas de ese modo mis palabras para hacerme quedar mal. Mis padres jamás supieron enseñarme estas cosas. ¡Además, lo que aquí pase entre esposa y esposo, o entre esposa y concubina, no es incumbencia de muchachas solteras!

Aquellas mortificantes palabras ofendieron a Baochai, pero lo que más le hirió fue la afrenta hecha a su madre.

Reprimiendo su indignación, dijo:

—Cuida tu lengua, cuñada. ¿Quién te ha pisoteado? ¿Quién te ha afrentado? No ya tú, ni siquiera Qiuling ha tenido que soportar una palabra dura salida de mi boca.

El efecto de aquellas palabras fue fulminante. Jingui se puso a golpear con el puño el borde del kang.

—¡Cómo puedes compararme con Qiuling! —aulló—. No valgo ni la roña de la planta de sus pies. Ella lleva aquí mucho tiempo, disfruta de la confianza de todos y sabe cómo halagar a todo el mundo. Yo acabo de llegar y mi fuerte no es el halago. ¿Cómo podría compararme con ella? ¿Por qué amargarme? ¿Cuántas muchachas tienen la fortuna de ser consortes imperiales? Haz algunas buenas acciones o terminarás como yo, ¡casada con un bellaco, olvidada, y siendo la vergüenza de la familia!

A esas alturas la tía Xue ya no pudo controlarse y se incorporó de un salto.

—No estoy defendiendo a mi hija —gritó—, ella te ha dado un consejo por tu propio bien, pero tú sigues provocándola. Si tienes alguna queja no discutas con ella, ¡estrangúlame a mí!

—No te enfurezcas, madre —intervino Baochai—. Vinimos aquí a tranquilizarla, pero si perdemos los papeles sólo conseguiremos empeorar las cosas. Ahora vayámonos y esperemos a que la cuñada se sienta mejor antes de seguir hablando. —Y a Baochan le dijo—: Tú también controla tu lengua.

Cuando madre e hija salieron, vieron que se acercaba una de las doncellas de la Anciana Dama, y la saludaron junto a Qiuling.

—¿De dónde venís? —preguntó la tía Xue—. ¿Está bien la Anciana Dama?

—Sí, señora. Me envía con sus saludos a agradecerle los lichis del otro día, así como para felicitar a la señorita Baoqin.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —pregunto Baochai.

—Un buen rato.

La tía Xue se turbó al comprender que las había oído.

—En los tiempos que corren se dan estas desagradables escenas, no como en las familias respetables —se justificó—. A vosotras todo esto os debe sonar ridículo.

—¡No diga eso, señora! ¿En qué familia no chocan ollas y platos? No le dé más importancia.

La doncella las siguió hasta el cuarto, y después de tomar asiento allí durante unos momentos, se despidió. Baochai había empezado a darle unas instrucciones a Xiangling cuando la tía Xue lanzó un súbito grito:

—¡Ay! ¡Qué tremendo dolor en el costado izquierdo!

Para desolación de ambas jóvenes, la tía cayó sobre el kang. Para conocer el desenlace, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LXXXIV

Se pone a prueba la aptitud de Baoyu

para la composición, y por primera vez

se considera su matrimonio.

Jia Huan visita a una niña enferma aquejada de

espasmos, lo que da pie a nuevos resentimientos.

El fuerte dolor en el costado izquierdo de la tía Xue lo había provocado el brusco retroceso de los humores del hígado, a causa de la indignación que le produjo la escena con Jingui. Baochai, comprendiendo rápida y claramente el motivo, no esperó la llegada del médico y envió sin más a comprar un poco de gouteng[1], que hizo cocer y luego presentó a su madre para que lo bebiera. Ayudada por Qiuling, le dio un masaje en las piernas y le frotó el pecho hasta que experimentó una considerable mejoría.

La tía Xue estaba furiosa y triste a un tiempo: furiosa con Jingui, que había demostrado ser una arpía; triste por la excesiva tolerancia de Baochai. Ésta fue tranquilizándola poco a poco hasta que consiguió verla dormida sin que los humores del hígado la molestaran.

—No debería tomar estas disputas tan en serio, madre —le dijo—. Dentro de unos días, cuando se sienta mejor, debe ir a disfrutar de un rato de conversación con la Anciana Dama y la tía Wang, y olvidar las preocupaciones. Después de todo, Qiuling y yo somos capaces de cuidar la casa en su ausencia. Con nosotras aquí no creo que Jingui se atreva a mover un dedo.

—Esperaré unos días y ya veremos —asintió la tía Xue con un gesto de cabeza.

El restablecimiento de la consorte imperial llenó de alegría a todos. Pasados unos días aparecieron unos eunucos viejos cargados de regalos y plata como agradecimiento por el desvelo manifestado por la familia al realizar las visitas a la enferma. Los eunucos informaron claramente acerca de cada uno de los obsequios y el dinero.

Jia She y su hermano Jia Zheng comunicaron aquella noticia a la Anciana Dama, y luego comparecieron juntos ante los eunucos, postrándose ante ellos como signo de agradecimiento a Su Alteza. Los eunucos, por su parte, emprendieron el regreso tras haber bebido un poco de té. Los dos hermanos acudieron después a los aposentos de la Anciana Dama, y ya llevaban un rato de animada conversación con ella cuando una de las criadas del exterior anunció:

—Dicen los pajes que ha venido una persona buscando al señor por un asunto importante.

La Anciana Dama pidió a Jia She que acudiera al requerimiento, y éste se retiró.

Una idea asaltó entonces a la Anciana Dama, y, con tono alegre, dijo a Jia Zheng:

—Su Alteza Imperial está muy preocupada por Baoyu. El otro día preguntó por él.

—Sin embargo —replicó Jia Zheng—, mi hijo no ha demostrado estar a la altura del bondadoso interés y la confianza depositada en él por Su Alteza. Se niega a estudiar lo suficiente.

—Ante Su Alteza yo he presentado como notable el progreso de Baoyu en sus estudios. Incluso le he dicho que ya era capaz de componer ensayos.

—¡Qué distinta es la realidad a lo que usted dice, madre!

—Sí, pero tú haces siempre que te acompañe a los banquetes y fiestas para que componga en público poemas y ensayos. ¿Y acaso no lo hace? Sólo es un niño. Hay que adiestrarlo con paciencia. Como dice el proverbio, «nadie engorda con un solo bocado».

—Tiene razón, señora —asintió el sonriente Jia Zheng de inmediato.

—Y ya que hablamos de Baoyu —continuó ella—, quisiera hablar contigo de algo referente a tu hijo. Ahora que está creciendo deberíais ir pensando, tu esposa y tú, en buscarle una muchacha que le convenga. Ése es también un asunto importante. Da igual si se trata de una pariente cercana o lejana, o si es rica o pobre, siempre y cuando tengamos la certeza de que tiene buen talante y buena presencia.

—Sin duda es cierto lo que dice, señora, pero me gustaría añadir algo: antes de concertarle un matrimonio, Baoyu debería aprender a comportarse mejor y respetar las conveniencias. Sería deplorable que luego resultase ser un inútil y malograse la vida de alguna muchacha.

Aquella respuesta disgustó a la Anciana Dama.

—Sí, claro —replicó irónica—. En realidad, no hace falta que yo me preocupe de tales cosas cuando tan atentos a ellas están su padre y su madre. Supongo que como Baoyu ha estado conmigo desde pequeño lo debo haber malcriado un poco e incluso puedo ser la responsable de que no progrese lo bastante. Pero, ¿sabes?, aun así me parece un muchacho bastante apuesto y de buen corazón. ¿Cómo puedes estar tan seguro de que no vale nada y de que es posible que malogre la vida de alguna buena muchacha? No sé si soy parcial en exceso, pero en cualquier caso me parece mejor que su hermano Huan, ¿tú qué crees?

Desconcertado por aquellas palabras, Jia Zheng repuso con una sonrisa:

—Señora, su experiencia con la gente es grande. Si usted aprueba el comportamiento de Baoyu y lo considera un muchacho prometedor, no me cabe duda de que tiene razón. Son mis excesivos deseos de que se convierta rápidamente en un hombre recto los que me hacen hablar así. Quizá se trate de lo contrario de lo que reza el antiguo dicho: «No reconocen las cualidades de su hijo»[2].

A la risa que a la Anciana Dama le produjeron las palabras de Jia Zheng, se unió la de todos los presentes.

—Ahora que tienes más años y ocupas un alto cargo estás ganando en experiencia y madurez —exclamó la anciana, que se volvió a las damas Xing y Wang sin dejar de reír—: ¡Cuando tenía la misma edad que Baoyu era dos veces más raro! Sólo después de su matrimonio empezó a sentar la cabeza. Ahora se pasa el tiempo quejándose del muchacho, ¡pero tengo para mí que Baoyu conoce los sentimientos humanos mejor que él!

—¡Usted siempre tan bromista, señora! —exclamaron las dos nueras acompañando su hilaridad.

En ese momento entraron dos jóvenes doncellas a pedirle a Yuanyang que anunciara que la cena estaba lista.

—¿Qué murmuráis en esa esquina? —preguntó la anciana. Y cuando Yuanyang la informó, dijo—: Entonces será mejor que las demás vayan a cenar. Yo me quedaré comiendo con Xifeng y la esposa de Zhen.

Jia Zheng y las damas Xing y Wang se mostraron de acuerdo, pero aguardaron a que se sirviera la cena y no se retiraron hasta que la Anciana Dama insistió. La dama Xing se fue por su propio camino.

Jia Zheng y la dama Wang regresaron a sus aposentos, donde él sacó a colación la propuesta de su madre.

—Su Señoría quiere mucho a Baoyu —dijo—. Este muchacho tiene que estudiar en serio. Sólo así se evitará que desperdicie su afecto y arruine la vida de alguna muchacha.

—Tiene usted razón, señor —asintió la dama Wang.

Entonces Jia Zheng envió a una de las doncellas en busca de Li Gui para decirle:

—Que Baoyu venga aquí cuando vuelva de la escuela y haya terminado de cenar. Tengo algo que preguntarle.

—Muy bien —fue la respuesta de Li Gui.

Y en efecto, cuando Baoyu volvió de la escuela y ya se disponía a iniciar su ronda de visitas protocolarias, le dijo Li Gui:

—No hace falta que vaya ahora, segundo señor. Su señor padre ha dicho que acudiera usted después de cenar; al parecer tiene algo que preguntarle.

Aquello le produjo a Baoyu el mismo sobresalto que un trueno en la lejanía, pero no tuvo más remedio, después de visitar a su abuela, que ir al jardín, cenar apresuradamente, asearse un poco y partir corriendo a comparecer ante su padre, al que encontró sentado en el estudio interior. Hizo una reverencia ante él y esperó en actitud atenta.

—Como estos días ando con muchas cosas en la cabeza, olvidé preguntarte algo —dijo Jia Zheng—. Al empezar la escuela me dijiste que tu profesor te había mandado glosar los textos clásicos durante un mes, después de lo cual habrías de empezar a componer ensayos. De esto hace ya dos meses, ¿has comenzado ya con los ensayos?

—Sólo he escrito tres, señor. Si no se lo he dicho antes ha sido porque el maestro opinó que no había necesidad de comunicárselo a usted hasta que hubiese progresado.

—¿Sobre qué temas?

—El primero acerca de «A los quince años ya tenía una firme voluntad para el estudio»[3]; otro sobre «A él no le ofende que la gente no reconozca sus méritos»[4], y el tercero sobre «Seguían la doctrina de Mo Zhai»[5].

—¿Tienes los borradores?

—Los pasé a limpio. El profesor ya los ha corregido.

—¿Los has traído o los dejaste en la escuela?

—Están en la escuela.

—Hazlos traer para que los vea.

Y Baoyu mandó decir enseguida a su paje Beiming que le trajera de la escuela un delgado cuaderno de fibras de bambú que encontraría en el cajón de su pupitre y en cuya cubierta aparecía escrito: «Composiciones hechas en clase».

Apareció Beiming al cabo de un rato con el cuaderno de marras y lo entregó a Baoyu, quien a su vez lo puso en manos de su padre. Éste lo abrió y leyó el primer ensayo, titulado «A los quince años ya tenía una firme voluntad para el estudio». Baoyu había empezado aquel texto escribiendo: «Ya desde niño había tenido el Sabio voluntad para el estudio». Dairu, el maestro, había tachado la palabra «niño» y la había reemplazado por «los quince años».

Jia Zheng comentó:

—En efecto, la palabra «niño» tal como la has empleado no capta el sentido del pasaje, pues la infancia dura hasta los dieciséis. Aquí el Sabio explica cómo su aprendizaje y comprensión mejoraron con los años; por eso especifica con precisión sus logros a los quince años, a los treinta, a los cuarenta, a los cincuenta, a los sesenta y a los setenta, con el fin de ilustrar diversas etapas del desarrollo de un hombre[6]. Al cambiar «niño» por «los quince años», tu maestro ha aclarado notablemente el sentido.

Al avanzar en la lectura del ensayo advirtió que el original, que había sido tachado, empezaba diciendo: «Es normal que los hombres carezcan de voluntad para el estudio», y meneó la cabeza.

—Esto no sólo es pueril, sino que revela los pocos deseos que tienes de convertirte en un erudito.

Y siguió leyendo: «¿Acaso no era difícil que el Sabio tuviera voluntad para el estudio a los quince años?».

—Esto es una tontería aún mayor —exclamó.

Leyó la corrección que había hecho Dairu: «Muchos no estudian, y son pocos los que tienen una voluntad firme. Por eso el Sabio confiaba en sí mismo a los quince años».

—¿Comprendes sus correcciones? —preguntó.

—Sí, señor.

Luego, su padre tomó el segundo ensayo, titulado «A él no le ofende que la gente no reconozca sus méritos». Primero leyó la corrección del maestro: «Vivirá siempre contento aquel que no se lamente de que los demás no reconozcan sus méritos», y acto seguido hizo un esfuerzo por descifrar lo que había sido tachado.

—¿Qué es esto? «Verdadero letrado es aquel que no se queja de los demás.» Primero, te enfrentas únicamente a la idea de «no le ofende». Segundo, confundes la definición de un letrado. Por eso tenía que modificarse para que encajara en el tema. Además, para ser lógica, la segunda parte debe referirse a la que la precede. Debes reflexionar con más cuidado.

—Sí, señor.

Jia Zheng siguió leyendo: «Ahora los hombres se lamentan si sus talentos no son reconocidos, pero él era una excepción. ¿Por qué no viven contentos?». Y la lacónica conclusión de Baoyu decía: «Porque son verdaderos letrados».

—Adolece del mismo defecto que el comienzo —comentó Jia Zheng—. La corrección, aunque algo pobre, soluciona el problema.

El tercer ensayo versaba en torno a «Seguían la doctrina de Mo Zhai». Tras mirar el título levantó los ojos con un gesto pensativo para preguntar a Baoyu:

—¿Qué libros has estudiado hasta ahora?

—El maestro dijo que el Mencio era más fácil de comprender, así que fue lo primero que me enseñó, señor. Terminamos hace tres días. Y ahora estamos con la primera parte de las Analectas.

Jia Zheng advirtió que el principio no había sido alterado: «Aparte de la doctrina de Yang Zhu, ¿qué otra seguir?».

—No está nada mal para ser tuyo —comentó, y siguió leyendo—: «No es que los hombres quieran seguir la doctrina de Mo Zhai, pero si sus ideas llenan la mitad del mundo, aparte de a Yang Zhu, ¿a quién seguir sino a Mo Zhai?».

—¿Tú has escrito esto? —le preguntó Jia Zheng a su hijo.

—Sí, señor.

—Aunque no es extraordinario, no está nada mal para un principiante —asintió él con un gesto de cabeza—. El año pasado, en función de mi cargo, puse como tema de examen el pasaje que empieza «Eso sólo puede hacerlo un letrado». Todos los candidatos habían leído ensayos sobre el tema, y en lugar de escribir algo original se limitaron a plagiarlos. ¿Has estudiado ese pasaje?

—Sí, señor.

—Quiero que introduzcas en él algunas ideas propias. No imites ningún texto que hayas leído anteriormente. Limítate a acometer el tema. Será suficiente con eso.

Forzado a aceptar el encargo, Baoyu agachó la cabeza y empezó a devanarse los sesos mientras su padre permanecía pensativo, con las manos en la espalda, de pie junto a la puerta. En ese preciso instante apareció un paje corriendo en dirección al portón. Al ver al señor frenó en seco y se quedó inmóvil con los brazos respetuosamente pegados a los costados.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Jia Zheng.

—La señora Xue ha venido a visitar a la Anciana Dama, y la señora Lian nos ha mandado preparar la cena.

Como Jia Zheng no hiciera ningún comentario, el paje se retiró.

Desde que Baochai había dejado el jardín, Baoyu la echaba de menos intensamente. Al oír que había llegado la tía Xue, supuso que la muchacha habría venido acompañándola y, ansioso por verla, dijo tímidamente:

—Señor, ya he hecho uno, pero no sé si estará a la altura.

—Léelo.

—«En el mundo, no todos son letrados. Y entre ellos, pocos son los capaces de mantenerse firmes sin un sustento. Son un ejemplo de virtud aquellos que, sin propiedades, consiguen mantenerse firmes.»

Jia Zheng asintió.

—Está bien; cuando en el futuro escribas ensayos, antes que nada debes precisar las definiciones y captar la lógica y el significado.

Y luego preguntó:

—¿Sabe la Anciana Dama que estás aquí?

—Sí, señor.

—En ese caso será mejor que vayas con ella.

Asintiendo, Baoyu emprendió una lenta retirada, controlando su impaciencia. Pero una vez que el biombo de la puerta-luna situada al final del corredor lo ocultó a la vista de su padre, salió corriendo como el viento hacia los aposentos de su abuela, ignorando a Beiming, que corría tras él con frenéticos gritos.

—¡Cuidado! ¡No vaya a caerse! ¡Que viene su padre!

Pero Baoyu no le hizo caso. Apenas hubo cruzado la puerta oyó a su madre y a Xifeng riendo y charlando con Tanchun y otras mujeres que allí había. Al verlo, la doncella que había alzado la antepuerta susurró:

—Ha llegado su tía.

Baoyu saludó inmediatamente a la tía Xue, y después presentó sus respetos a la Anciana Dama.

—¿Cómo has vuelto tan tarde de la escuela? —le preguntó ella.

Él explicó que su padre había estado leyendo sus ensayos y que le había hecho analizar un nuevo tema. La abuela estaba encantada.

—¿Dónde está la prima Baochai? —preguntó Baoyu a las mujeres.

—No ha venido —respondió la tía Xue con una sonrisa—. Está con Xiangling haciendo labor de aguja en casa.

Al oírlo, Baoyu se sintió profundamente abatido, pero no se atrevió a retirarse. Siguieron unos momentos de charla hasta que fue servida la cena. Naturalmente, la Anciana Dama y la tía Xue ocuparon los sitios de honor, y Tanchun y el resto los lugares más bajos.

—¿Y Baoyu? —preguntó la tía Xue.

—Ven y siéntate conmigo, Baoyu —dijo la Anciana Dama.

Él replicó inmediatamente:

—Cuando volví de la escuela, Li Gui me dijo que mi padre deseaba verme. Por eso pedí antes de venir aquí que me dieran un tazón de arroz con un poco de té. He venido después de haber comido todo eso, abuela, así que le ruego que prosiga su cena con mi tía y mis hermanas.

—En ese caso, que sea Xifeng quien se siente conmigo. Tu madre acaba de decirme que hoy le toca abstinencia de carne, de modo que ella comerá sola.

También la dama Wang le dijo a Xifeng:

—Anda y come con la Anciana Dama y la tía Xue. No tienes que esperarme, porque hoy no comeré carne.

Xifeng aceptó y la doncella le puso delante una copa y unos palillos. Ella se levantó para tomar la jarra y escanciar vino a las demás antes de tomar asiento de nuevo.

Mientras bebían, la Anciana Dama comentó:

—Hace un momento la tía mencionó a Xiangling. El otro día escuché a las doncellas hablando de una tal Qiuling. No tenía la menor idea de a quién se estaban refiriendo. ¡Cuando pregunté me sorprendió saber que era Xiangling! ¿Por qué razón esa muchacha ha cambiado un nombre perfectamente conveniente?

Ruborizándose, la tía Xue suspiró.

—¡Ni lo mencione, señora! —dijo—. Esa mujer atolondrada con la que Pan se ha casado no hace más que porfiar todo el día, como nunca debe hacerse en una familia. Ya he hablado varias veces con ella, pero es demasiado terca y no me hace caso. Yo no tengo la energía necesaria para luchar contra eso. Fue a ella a quien no le gustó el nombre de la doncella y por eso quiso cambiárselo.

—¿Qué importancia tiene un nombre?

—Me avergüenza decirlo, señora, pero usted sabe todo lo que sucede en nuestra casa. Es obvio que si quiso cambiarlo no fue porque el nombre tuviera algo inconveniente, sino porque lo había elegido Baochai. O al menos eso me han dicho.

—¿Qué razón es ésa?

La tía Xue se enjugaba sin cesar las lágrimas con el pañuelo, y antes de continuar lanzó un suspiro.

—¡Ay, señora, si usted supiera! En estos días mi nuera no cesa de discutir con Baochai. El otro día, cuando usted mandó a una persona a buscarme, estábamos en plena disputa familiar.

—Sí, hace unos días me dijeron que tenías problemas a causa de los humores del hígado y quise enviar a alguien a interesarse por tu salud, pero finalmente no lo hice porque me dijeron que habías mejorado. El consejo que te doy es que no te tomes tan a pecho esas cosas. Esos jóvenes están recién casados; con el tiempo llegarán a entenderse. No todos pueden tener la serenidad y templanza de Baochai que, pese a su juventud, es mejor que muchas personas mayores. El otro día, cuando volvió la doncella a informarme, nos dedicamos a elogiar a tu hija como a una entre cien. A riesgo de parecer imprudente, estoy segura de que, cuando se case, sus suegros la adorarán, así como todos los encumbrados y los humildes de la familia.

Baoyu, que se había pasado todo ese tiempo harto de la conversación, esperando una buena ocasión para retirarse, escuchó ahora atentamente.

—Es inútil —dijo la tía Xue—. Por buena que sea no deja de ser una niña. Y Pan se ha vuelto un bellaco que nos causa muchos disgustos. Vivo con el temor a que beba demasiado en la calle y acabe metido en un lío. Afortunadamente los caballeros de esta casa pasan buena parte de su tiempo con usted, lo cual me tranquiliza bastante.

—No se preocupe, tía —terció Baoyu—. Todos sus amigos son grandes comerciantes y personas respetables. ¿Cómo podría meterse en líos?

La tía Xue le sonrió.

—Si es como dices, entonces no tengo de qué preocuparme.

Acabada la cena, Baoyu se despidió con el pretexto de que aquella noche tenía que estudiar. Y mientras unas doncellas servían el té, entró Hupo a darle un mensaje al oído a la Anciana Dama, que se volvió para decirle a Xifeng:

—Debes volver inmediatamente a casa para ver a Qiaojie.

Ni Xifeng ni los demás supieron qué había sucedido hasta que Hupo explicó:

—Pinger acaba de enviar a una muchacha a informar de que Qiaojie se siente mal. Espera que regrese usted inmediatamente, señora.

—Ve —dijo la Anciana Dama—. No tienes que respetar las ceremonias con tu tía.

Asintió Xifeng inmediatamente y se despidió de la tía Xue.

—Ve tú primero —intervino la dama Wang—. Yo iré enseguida. ¡Pobrecilla! No dejes que las doncellas armen escándalo y diles que mantengan también callados a los perros y los gatos. Es natural que una niña delicadamente criada sufra esas indisposiciones.

Xifeng murmuró su asentimiento y salió con su doncella.

La tía Xue preguntó por la enfermedad de Daiyu.

—Es una buena chica, pero demasiado sensible —dijo fe Anciana Dama—. Eso es lo que está minando su salud. En lo que toca a inteligencia rivaliza con Baochai, pero en cuanto a la consideración de los demás no es tan solícita ni generosa.

Charlaron unos minutos más, y la tía Xue dijo:

—Señora, es conveniente que usted descanse y yo regrese a informarme de cómo va todo, pues en casa sólo han quedado Baochai y Xiangling. Pero antes voy a acompañar a la dama Wang a ver a Qiaojie.

—Bien está. Eres una mujer de experiencia; si adviertes cualquier cosa errada muéstrales qué han de hacer.

Dicho lo cual, la tía Xue se despidió, acompañando a la dama Wang a los aposentos de Xifeng.

Complacido por los resultados de la prueba a la que había sometido a Baoyu, Jia Zheng salió a comentar el tema con sus secretarios. Uno de ellos, buen jugador de weiqi, era un visitante de nombre Wang Ertiao, cuyo nombre social era Zuomei.

—Comprobamos que el señor Bao ha hecho grandes avances en su aprendizaje —observó.

—¿Avances? En absoluto —dijo Jia Zheng—. Simplemente está empezando. Todavía es muy pronto para hablar de «conocimiento».

Zhan Guang discrepó.

—Señor, es usted demasiado modesto. Esa opinión no es sólo del señor Wang, sino que la compartimos todos. No hay duda de que el señor Bao está destinado a distinguirse en los concursos oficiales.

—Señores, creo que le hacen demasiadas concesiones.

Wang Ertiao añadió:

—Señor, a riesgo de parecerle presuntuoso, tengo una propuesta que hacer.

—¿Cuál es?

Con una sonrisa de deferencia, Wang respondió:

—Ciertos conocidos míos, familiares del anciano señor Zhang, el que fue gobernador de Nanshao, tienen una hija tan virtuosa y bella que, según se dice, no tiene parangón y todavía no está comprometida. Los Zhang no tienen hijo varón, y el valor de sus bienes asciende a millones; pero se resisten a comprometer a su hija con otro que no sea el hijo de una casa rica y noble, y que además se haya distinguido por méritos propios. Tras dos meses aquí, me resulta evidente que la disposición y capacidad de estudio del señor Bao han de llevarlo lejos. ¿Y qué decir de esta familia? Puedo garantizar que si propongo el compromiso ellos aceptarían en el acto.

—Sí, Baoyu ha alcanzado la edad adecuada. Es un tema frecuente de conversación de la Anciana Dama —respondió Jia Zheng—. Pero sé muy poco de ese anciano señor Zhang.

—Yo sé a qué familia se está refiriendo el hermano Wang —intervino Zhan Guang—. Los Zhang están emparentados con el señor mayor. Puede usted consultarle a él, señor.

Tras cavilar unos instantes, Jia Zheng comentó:

—Jamás le he oído hablar de ese parentesco.

—Usted no puede conocerlo, señor, pues están emparentados por el lado de su cuñado, el señor Xing —explicó Zhan Guang, con lo cual Jia Zheng comprendió finalmente que eran parientes de la dama Xing.

Unos momentos después fue a transmitirle aquella propuesta a su esposa para que ella hiciera averiguaciones con la dama Xing. Pero su esposa se había ido con la tía Xue a ver a Qiaojie, y no volvió hasta la noche, después de la partida de la tía Xue. Cuando hubo terminado de contarle todo lo que habían dicho sus secretarios, Jia Zheng preguntó:

—¿Cómo está Qiaojie?

—Parece que ha sufrido una especie de ataque convulsivo.

—¿Es serio?

—Se diría algo parecido a la epilepsia, pero aún no tiene espasmos.

Jia Zheng no hizo ningún comentario, y ambos se retiraron a dormir.

Al día siguiente, cuando la dama Xing llegó a presentar sus respetos, la dama Wang le repitió a su suegra la propuesta y pidió a su cuñada informes sobre los Zhang.

—A pesar de que nos une un viejo parentesco, durante estos últimos años no hemos mantenido contacto —fue la respuesta—. No sé cómo será la muchacha, pero el otro día la señora Sun, suegra de Yingchun, envió a una anciana a saludarnos y mencionó a la familia Zhang, quien había pedido a la señora Sun que le buscase un esposo conveniente para su hija. Me han dicho que es hija única y muy mimada. Algo ha estudiado, pero como es tímida no sale de su casa. Por otro lado, el anciano señor Zhang no quiere oír hablar de que ella parta a otro hogar, pues teme que le toque una suegra muy estricta y que su hija no pueda soportar ninguna humillación. Quieren un yerno que viva con ellos y les ayude a administrar los asuntos de la casa.

—¡Eso no funcionaría! —la interrumpió la Anciana Dama—. Nuestro Baoyu necesita gente que lo cuide a él; ¿cómo va a cuidar él de los negocios ajenos?

—Así es, señora —asintió la dama Xing.

La Anciana Dama se dirigió a la dama Wang.

—Entonces vuelve y dile a tu esposo de mi parte que queda descartado el compromiso con la familia Zhang.

La dama Wang prometió hacerlo.

—¿Y cómo se encontraba ayer Qiaojie? —preguntó a continuación la Anciana Dama—. Hace un momento vino Pinger a decir que está mal. Yo también quiero ir a verla.

—Sabemos cuánto la estima, pero no debería tomarse esa molestia —le dijeron.

—No, no es sólo por verla. También necesito hacer un poco de ejercicio para mover las articulaciones. Id a comer y cuando terminéis iremos juntas.

Entonces fueron a comer cada una a sus aposentos, y luego la acompañaron a los de Xifeng, que salió a toda prisa a recibirlas.

—¿Cómo está Qiaojie? —preguntó la Anciana Dama.

—Tememos que sea epilepsia —fue la respuesta.

—¿Y entonces por qué no llamáis inmediatamente a un médico?

—Ya lo hemos hecho, señora.

Sus Señorías pasaron al cuarto anterior, donde una nodriza tenía en brazos a la niña, que iba envuelta en una manta acolchada de seda rojo durazno. Tenía en el rostro una palidez de muerte, la frente fruncida y la nariz visiblemente temblorosa. Después de verla volvieron al otro cuarto, y cuando ya habían tomado asiento entró una joven doncella.

—Su Señoría ha mandado preguntar por Qiaojie —dijo.

—Dile de mi parte que hemos llamado al médico —respondió Xifeng—. Comunicaremos al señor la receta que nos entregue.

La Anciana Dama recordó de pronto la propuesta de los Zhang y le dijo a la dama Wang:

—Deberías ir e informar cuanto antes a tu esposo de lo que hemos decidido, no sea que los Zhang envíen a un casamentero con su propuesta.

A la dama Xing le preguntó:

—¿Cómo es que últimamente no mantenéis contacto con los Zhang?

—La conducta de los Zhang no es digna de una familia como la nuestra. No merecen ser parientes nuestros, son demasiado tacaños. Lo de Baoyu, ni mencionarlo.

Aquello dio un indicio a Xifeng de lo que estaba en marcha.

—¿Está hablando del matrimonio del hermano Bao, señora? —preguntó.

La Anciana Dama explicó la conclusión a la que habían llegado.

—Disculpe que me entrometa imprudentemente, abuela —dijo Xifeng sonriente—, pero aquí tenemos una pareja ideal. ¿Para qué ir a buscar a otros lugares?

Con una risita, la Anciana Dama le preguntó a qué se refería.

—Un «jade precioso» y un «candado de oro»[7], ¿cómo puede haber olvidado eso, señora?

—¿Y por qué no lo propusiste ayer, cuando estaba aquí tu tía? —replicó sonriendo la Anciana Dama.

—¿Cómo podría hablar una muchacha joven delante de la abuela y Sus Señorías? Además, ¿cómo voy a proponerlo cuando la tía vino a ver a nuestra abuela? La manera de hacerlo es que Sus Señorías la busquen y le hagan una propuesta formal.

La Anciana Dama sonrió, e igual hicieron sus dos nueras.

—Cierto, ¡qué estupidez por mi parte! —concedió.

En ese momento fue anunciada la llegada del médico. La Anciana Dama permaneció en el cuarto exterior, mientras las damas Xing y Wang entraban para no ser vistas. El médico hizo su ingreso conducido por Jia Lian y presentó sus respetos a la Anciana Dama antes de entrar en el cuarto de la enferma. Tras examinarla, y después de inclinarse ante la Anciana Dama, informó:

—Los problemas de la niña se deben mitad a la calentura interna y mitad a las convulsiones. Primero debemos despejarle el resfriado y las flemas, luego administrarle Polvo de los Cuatro Espíritus[8], pues su mal es realmente serio. El bezoar de buey que suelen vender estos días suele ser falso. Tendremos que encontrar el producto genuino.

La Anciana Dama agradeció su visita y el médico salió con Jia Lian a escribir su receta antes de partir.

—Solemos tener existencias de ginseng —dijo Xifeng—, pero no creo que tengamos bezoar de buey. Si lo compramos fuera debemos asegurarnos de que sea auténtico.

—Déjame enviar por un poco a casa de la tía Xue —propuso la dama Wang—. Como Xue Pan hace tantos negocios con comerciantes de Occidente, es posible que tenga bezoar bueno. Enviaré a alguien a preguntar.

Llegaron las muchachas de la familia a indagar por la salud de Qiaojie. Estuvieron un rato allí sentadas y luego partieron al tiempo que lo hacían la Anciana Dama y las demás. Después de que Qiaojie tomara la medicina que le habían preparado, le dio una arcada y vomitó una flema, para gran alivio de su madre. Entonces entró una de las doncellas de la dama Wang con un paquetito rojo entre las manos.

—Señora, aquí está el bezoar. Su Señoría quiere que usted lo pese para que se cerciore de la exactitud de la medida.

Xifeng asintió y tomó el paquete. A Pinger le dijo que se diese prisa en preparar el polvo de perla, el borneol y el cinabrio, mientras que ella misma utilizó una pequeña balanza para calcular la dosis exacta de bezoar de buey. Apenas terminaron de mezclar los demás ingredientes se prepararon para administrar el brebaje a Qiaojie en cuanto ésta despertara. En ese momento apareció Jia Huan levantando la antepuerta.

—¿Qué le pasa a Qiaojie, cuñada? —preguntó—. Mi madre me envía a verla.

—Ya está mejor —respondió Xifeng, que despreciaba por igual al muchacho y a su madre, la concubina Zhao—. Vuelve y agradécele a tu madre la preocupación.

Jia Huan asintió, pero siguió mirando en tomo suyo.

—Me dicen que aquí tienen bezoar de buey. ¿Cómo es? —preguntó—. Déjamelo ver.

—¡No te pongas pesado! —le riñó ella—. La niña está empezando a reponerse. El bezoar se está cociendo.

Pero el desobediente Jia Huan alargó la mano hacia la cacerola con tan mala fortuna que la volcó, apagando con ello la mitad del fuego. Avergonzado de su torpeza, huyó apresuradamente.

Ciega de ira, Xifeng lo maldijo:

—¡En verdad eres nuestro enemigo! ¿Por qué vienes aquí a practicar tus sucias tretas? Tu madre ya intentó una vez acabar conmigo, ¡y ahora tú vienes a liquidar a mi hija! ¿Qué he hecho para que me odiéis tanto? —Y a Pinger la maldijo por no haberle impedido tocar la cacerola.

En plena explosión de furor entró una doncella buscando a Huan.

—¡Anda y dile a la concubina Zhao que no se esfuerce tanto! —le gritó Xifeng—. Qiaojie ya está acabada; no tiene que Seguir preocupándose por ella.

Pinger estaba preparando a toda prisa una dosis nueva de medicina; la doncella ignorante de lo sucedido, preguntó entre susurros por qué estaba tan furiosa la señora Lian. Pinger le contó cómo Jia Huan había derribado la cacerola.

—¡Con razón no se ha atrevido a volver a su casa! —exclamó la doncella—. Seguramente estará escondido en algún sitio. ¡Quién sabe qué será de él mañana! Hermana, déjame limpiar lo derramado.

—No hace falta. Afortunadamente todavía quedaba un poco de bezoar de buey, y ya está listo. Ahora será mejor que te vayas.

—Voy a contárselo a la concubina Zhao —dijo la doncella—. Esto hará que lo alabe menos.

La concubina Zhao, furiosa al recibir el informe del comportamiento de su hijo, hizo que lo trajeran a su presencia. Fue encontrado por una doncella en uno de los cuartos exteriores.

—¡Inútil! —le gritó su madre—. ¿Por qué derramas su medicina y les das oportunidad de maldecirnos? Te dije que fueras a preguntar por la niña, no que entraras. Pero no, tuviste que entrar, y en lugar de irte inmediatamente te dedicaste a buscar piojos en la cabeza del tigre. ¡Pero espera a que se lo cuente a tu padre, y verás la paliza que te da!

En mitad del griterío de la concubina Zhao, Jia Huan, desde el otro cuarto, pronunció unas palabras aún más sorprendentes. Para saber cuáles fueron…

CAPÍTULO LXXXV

A Jia Cunzhou lo recomiendan para

el cargo de subsecretario.

Xue Wenqi provoca que lo exilien de nuevo[1].

Estaba en el interior la concubina Zhao regañando a Jia Huan cuando éste, desde fuera, estalló:

—Lo único que hice fue volcar la cacerola y derramar un poco de medicina. ¡No he matado a la niña! ¿Por qué me maldecís ella y tú como si fuese un monstruo? ¿Queréis hostigarme hasta verme muerto? ¡El día menos pensado acabaré de verdad con esa niñata, y entonces ya veremos qué se hace conmigo! Adviérteles que se cuiden.

Salió corriendo su madre.

—¡No rabies más! —exclamó alarmada, tapándole la boca con un rápido gesto—. ¿Acaso quieres que me maten a mí antes que a ti?

Ambos siguieron discutiendo unos momentos más. Los reproches de Xifeng la habían irritado tanto que la concubina dejó de interesarse por la enfermedad de Qiaojie, y a pesar de que la niña se repuso del todo a los pocos días de acaecidos aquellos incidentes, la relación entre ambas casas quedó más resentida que nunca.

«Hoy es el cumpleaños del príncipe de Pekín. ¿Qué instrucciones tiene que darme al respecto, señor?», preguntó cierto día el mayordomo Lin Zhixiao a Jia Zheng.

—Haced lo de siempre: informad al señor She y enviad algunos presentes.

Tras recibir aquellas instrucciones, el mayordomo acudió presto a cumplirlas. Al rato apareció Jia She. Ambos hermanos decidieron comparecer ante el príncipe para desearle larga vida, llevando con ellos a Jia Zhen, Jia Lian y Baoyu. Nadie le daba demasiada importancia a la visita, pero Baoyu, a quien tanto impresionaban el porte distinguido y los refinados modales del príncipe, estaba realmente ansioso. Se puso de inmediato el traje ceremonial y emprendió con los demás el camino a la mansión principesca, donde Sus Señorías presentaron sendas tarjetas y aguardaron a ser llamados. Poco después apareció un eunuco, rosario en mano, que al verlos iluminó su rostro con una sonrisa.

—¿Cómo están los dos caballeros? —preguntó.

Jia She y Jia Zheng le devolvieron el saludo, y a continuación lo hicieron los tres jóvenes.

—Su Alteza les ruega que pasen —dijo el eunuco.

Los cinco lo siguieron atravesando dos portones y un patio hasta llegar a la puerta interior del palacio. Allí se detuvieron mientras el guía entraba para anunciar su llegada. Unos jóvenes eunucos se adelantaron para darles la bienvenida. Poco después volvió el primer eunuco, que les invitó a entrar en nombre del príncipe. Todos lo siguieron respetuosamente. El príncipe de Pekín, ataviado con traje ceremonial, salió al corredor a darles la bienvenida. Sus Señorías dieron un paso adelante para presentar sus respetos, y tras ellos lo hicieron Jia Zhen, Jia Lian y Baoyu.

—Hace mucho que no te veo —le dijo el príncipe a Baoyu cogiéndole la mano—. He pensado mucho en ti todo este tiempo.

Y añadió con una sonrisa:

—¿Cómo está ese jade tuyo?

—Bien, por la gracia con que me honra Su Alteza —respondió Baoyu hincando una rodilla en tierra y haciendo una reverencia.

—Hoy no tengo manjares que ofrecer, pero conversaremos —propuso el príncipe.

Mientras unos eunucos alzaban la antepuerta, el príncipe dijo: «Entren todos, por favor». Él entró delante, y todos lo siguieron con las cabezas inclinadas. Jia She solicitó ser el primero en rendir homenaje. Se arrodilló, y el príncipe pronunció algunas palabras corteses. Tras él, Jia Zheng y los demás rindieron igualmente su homenaje. Cuando ya se retiraban sin abandonar su actitud respetuosa, el príncipe ordenó que, salvo Baoyu, todos fueran conducidos a donde ya estaban sus parientes y amigos, y que se les atendiera bien. A Baoyu le ofreció asiento a su lado, dispuesto a charlar un rato. Él se postró de nuevo en señal de agradecimiento por el favor con que era honrado. Sentado, pues, en el borde de un banco de porcelana que había cerca de la puerta cubierto con una funda bordada, el muchacho se lanzó a una prolija descripción de sus estudios y ensayos, que el príncipe escuchó con gran interés.

—Ayer mismo vino a la corte el gobernador Wu —le dijo el príncipe cuando el té ya estuvo servido—. Habló de la rectitud que demostró tu honorable padre en el desempeño de su cargo de inspector de los concursos oficiales, y del extremado respeto que le tenían todos los candidatos. El augusto emperador también se interesó por esto al recibir en audiencia al gobernador, y tuvo grandes elogios para tu padre. Es un buen augurio para él.

Baoyu, que se había puesto de pie para escuchar aquellas palabras, declaró:

—Es éste un enorme favor de Su Alteza y una gran muestra de amabilidad del gobernador Wu.

En aquel momento entró un joven eunuco para informar:

—Los caballeros del patio delantero dan las gracias a Su Alteza por el festín.

Y acto seguido presentó las tarjetas en las cuales los comensales expresaban su agradecimiento y saludaban al príncipe. Éste les echó un vistazo descuidado y las devolvió, comentando con una sonrisa:

—Agradéceles sus cortesías.

—También está lista la comida especial que Su Alteza ha mandado preparar para agasajar a Jia Baoyu.

El eunuco recibió órdenes de conducir a Baoyu hasta un pequeño patio, un lugar encantador con mucha gente que lo atendió mientras comía.

Cuando regresó junto al príncipe para darle las gracias de nuevo, éste se dirigió a él con gran amabilidad. De pronto comentó con una sonrisa:

—La última vez que te vi quedé tan intrigado por ese jade tuyo que a mi vuelta mandé hacer una réplica. Me alegra que hayas podido venir así podrás llevártela. Te servirá de entretenimiento.

Hizo que un joven eunuco trajera el duplicado y lo entregó a Baoyu, quien lo recibió con las manos extendidas, se lo agradeció, y finalmente se retiró. Cumpliendo órdenes de su señor, dos jóvenes eunucos lo acompañaron hasta donde estaban Jia She y los demás. Jia She regresó a su casa, mientras Jia Zheng llevaba a los tres jóvenes a visitar a la Anciana Dama, a quien con quiénes se habían encontrado en la mansión del príncipe. Algo más tarde, Baoyu informó a su padre de los grandes elogios que le había prodigado el gobernador Wu en presencia del emperador.

—Ese gobernador Wu es un viejo amigo de la familia —comentó Jia Zheng—. Él y yo somos de la misma generación. Es una persona digna.

Tras un momento más de charla baladí, la Anciana Dama les pidió que se retirasen a descansar. Jia Zheng se despidió, no sin antes decir a los tres jóvenes, que ya seguían sus pasos hacia la puerta, que se quedaran haciéndole compañía a la Anciana Dama. Apenas había tenido tiempo de volver a su cuarto y tomar asiento, cuando una doncella anunció:

—Señor, fuera está Lin Zhixiao con un informe. —Y presentó la tarjeta de visita de color rojo del gobernador Wu.

Jia Zheng comprendió que en su ausencia había estado allí el gobernador, dijo a la doncella que hiciera pasar al mayordomo y salió a su encuentro.

Lin Zhixiao informó:

—Hoy vino de visita el gobernador Wu, y le dije dónde estaba usted, señor. Por otra parte, me he enterado de que hay una vacante de subsecretario de la Junta de Obras, y que todo el mundo anda diciendo que será usted designado para el cargo.

—Eso está por ver —replicó Jia Zheng.

Lin Zhixiao habló de unos cuantos asuntos más y se retiró.

Finalmente fue Baoyu el único en permanecer junto a su abuela. Hizo una descripción de las atenciones que el príncipe le había prodigado, y le mostró el jade que había recibido como obsequio. Según iba pasando de mano en mano, todos lanzaban exclamaciones de admiración. Y así hasta que la Anciana Dama ordenó a las doncellas que lo guardasen, no fuera que el muchacho lo extraviara.

—Preocúpate de mantener a buen recaudo tu propio jade —le advirtió a Baoyu—. ¡Y no vayas a confundirlos!

Él, quitándose la piedra del cuello, replicó:

—Éste es el mío. ¿Cómo podría perderlo? Cuando se pone uno al lado del otro es imposible confundirlos. Por cierto, señora, la otra noche al irme a la cama colgué mi jade del dosel, ¡y empezó a irradiar una luz que enrojeció toda la cortina!

—Ya estás otra vez con tus disparates —exclamó ella—. La cenefa del dosel de tu cama es de color rojo. Claro está que cuando le da la luz proyecta su color sobre la cortina.

—No, ya no había luz. El cuarto estaba en tinieblas, y sin embargo pude verlo con toda claridad.

Las damas Xing y Wang intercambiaron unas sonrisas de complicidad.

—Es un signo de felicidad[2] —le aseguró Xifeng.

—¿De felicidad? ¿Qué quieres decir?

—No lo entenderías —zanjó su abuela—. Has tenido un día muy agitado, así que te conviene ir a dormir cuanto antes. No te quedes aquí diciendo barbaridades.

Un rato después Baoyu volvió al jardín. Apenas hubo partido dijo la Anciana Dama:

—Por cierto, ¿llegasteis a hablar del asunto con la tía Xue?

—Hoy mismo lo hemos hecho —respondió la dama Wang—, pues la enfermedad de Qiaojie mantuvo ocupada a Xifeng durante dos días. Hablamos con la tía Xue y se mostró totalmente de acuerdo, aunque dice que antes debe consultarlo con su hijo, puesto que su marido ha muerto[3]. Pero Pan todavía no ha vuelto a casa.

—Me parece correcto —asintió la Anciana Dama—. En tal caso será mejor que no lo divulguemos hasta que la tía Xue haya tomado una decisión.

Pero dejemos de hablar ya sobre el matrimonio de Baoyu, que no era otro el asunto que se estaba hablando allí.

De nuevo en sus aposentos, Baoyu le dijo a Xiren:

—He oído hace un momento a mi abuela y a mi prima Xifeng hablar con tanto misterio que no he entendido una sola palabra de lo que decían.

Xiren caviló un instante y sonrió.

—Yo tampoco lo hubiera entendido —dijo por fin—. ¿Estaba allí la señorita Lin en ese momento?

—La prima Lin está enferma y no ha ido por allí últimamente. Acaba de dejar el lecho.

En eso oyeron a Sheyue y Qiuwen, que iniciaban un altercado en el cuarto exterior.

—¿Por qué reñís? —preguntó Xiren a gritos.

—Estamos jugando a las cartas —contestó Sheyue—. Cuando ella gana, se lleva mi dinero, pero cuando yo gano se niega a pagar. Y lo peor es que se ha hecho con todo mi dinero.

—Pero ¿qué importancia tienen unas cuantas monedas? —se rió Baoyu—. Dejad ya de hacer ruido, tontas.

Se levantaron las muchachas y fueron a sentarse por allí con cara de enfado. Xiren ayudó a Baoyu a acostarse.

Xiren sí había adivinado, a través del Comentario de Baoyu, que era el matrimonio del muchacho el tema de la críptica conversación que éste había oído. Pero no se lo desveló, temerosa de que sus insensatas opiniones le hicieran proferir otro torrente de tonterías. Sin embargo, aquel casamiento le preocupaba grandemente, y por la noche se le ocurrió que lo mejor sería preguntarle a Zijuan, que, naturalmente, debía saber algo. A la mañana siguiente se levantó temprano. Tras mandar a Baoyu a la escuela, se acicaló y fue caminando lentamente hasta el refugio de Bambú. Encontró a Zijuan cogiendo flores, y fue invitada a pasar y tomar asiento.

—Gracias, hermana —dijo Xiren respondiendo a la invitación—. ¿Estás cogiendo flores? ¿Dónde está tu joven señora?

—Ha terminado de vestirse y está esperando a que se caliente su medicina.

Condujo a Xiren hasta el interior, donde Daiyu estaba leyendo.

—Con razón está tan cansada, señorita, si lee desde que se levanta —dijo alegremente Xiren—. ¡Ya me gustaría a mí que nuestro señor Baoyu leyera tanto como usted!

Daiyu dejó el libro con una sonrisa. En ese momento entraba Xueyan con una pequeña bandeja sobre la cual llevaba una taza de medicina y otra de agua. Una doncella algo más joven iba detrás sosteniendo una escupidera y un tazón para enjuagarse la boca.

Xiren había calibrado la situación, pero pasaba el tiempo y no encontraba la manera de abordar el asunto que la había llevado hasta allí. Como no quería correr el riesgo de incomodar a la sensible Daiyu con sus pesquisas, inventó una excusa para partir. Al acercarse al patio Rojo y Alegre se detuvo; había dos personas de pie delante de la casa. Una de ellas la vio y corrió hasta darle alcance. Era Chuyao.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó ella.

—Acaba de llegar el señor Yun con una nota para el señor Bao. Está aguardando una respuesta.

—Conoces bien las diarias obligaciones escolares del señor Bao. ¿Para qué le haces esperar?

—Eso mismo le dije yo, pero insistió en que se lo comunicara a usted, señorita. Insiste en una respuesta.

Antes de que Xiren pudiera replicarle vio a Jia Yun deslizándose tímidamente en dirección a ella.

—Dile que ya está la nota en mi poder y que más tarde se la daré al señor Bao —le dijo a Chuyao.

Jia Yun tenía la esperanza de poder mantener una charla con Xiren y tener así la oportunidad de ganarse su confianza, pero el miedo a parecer presuntuoso le había hecho acercarse con tanta lentitud. Ya estaba bastante cerca y pudo escuchar aquel comentario, lo cual le impidió seguir avanzando. Y como Xiren, girando sobre sus talones para entrar, le dio la espalda, no tuvo más remedio que retirarse con gesto abatido detrás de Chuyao.

Aquella noche, al llegar Baoyu, le dijo Xiren:

—Hoy ha venido de visita el joven señor Yun, el que vive en el pasaje.

—¿Qué quería?

—Dejó una nota.

—¿Dónde está? Déjame verla.

Sheyue la trajo desde la estantería del cuarto interior, y Baoyu leyó: «Para mi respetado tío».

—¿Por qué habrá dejado este mozo de llamarme padre? —se preguntó.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Xiren.

—El año pasado, cuando me envió aquellas begonias blancas, me llamaba «padre». Ahora en este sobre pone «tío». Evidentemente ya no me considera su padre.

—¡No tiene vergüenza, y tampoco usted! —le amonestó ella—. Un muchacho tan grande llamándolo a usted «padre»… ¡qué descaro! Y en cuanto a usted, ni siquiera… —Y ahí se interrumpió, turbada y sonriente.

Baoyu entendió lo que ella había querido decir, y replicó:

—Eso no tiene nada que ver. Como dice el refrán, «Un monje sin descendencia puede tener muchos hijos adoptivos». Lo acepté sólo porque me pareció una persona inteligente y agradable. ¡Qué me importa a mí si ahora se retracta! —Y abrió el sobre.

—Hay momentos en que el joven señor Yun me mira con tanta insistencia, y otros en que lo hace tan solapadamente en torno suyo, que se diría que guarda algo avieso en su corazón —observó Xiren.

Concentrado en el contenido de la carta, Baoyu ignoró sus comentarios; Xiren advirtió que el muchacho fruncía el ceño conforme avanzaba en la lectura, y luego sonreía y sacudía la cabeza sucesivamente. Terminó la lectura exasperado.

—¿Y bien? ¿Qué dice? —preguntó ella.

Cómo única respuesta, él rompió la nota en trocitos. Por cambiar de tema, la doncella preguntó:

—¿Seguirá estudiando después de cenar?

Pero él dejó su pregunta sin respuesta y exclamó:

—¡Vaya cerdo ha resultado ser ese ridículo Yun!

—¿Pero qué sucede? —preguntó ella con una sonrisa.

—No vale la pena. Ahora cenemos, y retirémonos enseguida a descansar. Ya estoy harto.

A una joven doncella que por allí había le ordenó que encendiera el fuego, y quemó los trozos de la carta. Por fin llegó la comida, pero él seguía como en trance. Xiren tuvo que insistirle para que tomara algo. Poco después apartó su tazón y se echó sobre la cama, donde prorrumpió en llanto.

Xiren y Sheyue se quedaron perplejas.

—¿Por qué se comporta así sin motivo? —exclamó She—. ¡Todo esto es culpa de ese tipo, Nube o Lluvia, o como se llame[4]! ¿Por qué tiene que enviar esa nota para alterar al señor Bao? Un rato llora, al siguiente ríe como un idiota, ¿cómo vamos a soportarlo sin saber lo que pasa por su cabeza? —Y empezó a entristecerse también ella.

Controlando sus ganas de reír, Xiren dijo:

—¡Déjalo ya, hermana! Mal está que él haga una escena, pero no te sumes tú a ella. ¿Qué tiene que ver contigo esa carta?

—Estás diciendo tonterías —replicó Sheyue—. ¿Quién sabe qué basura habrá escrito? ¿Por qué echármela a mí encima? Ahora que lo pienso, la nota puede haber tenido algo que ver… ¡contigo!

Antes de que Xiren pudiera responder, Baoyu se echó a reír y saltó de la cama alisándose la ropa.

—Basta ya de discusiones. Vamos a dormir —dijo—. Mañana he de levantarme temprano para ir a la escuela.

Y se fueron a la cama. Pasó la noche sin sucesos dignos de ser referidos. A la mañana siguiente, apenas estuvo vestido, Baoyu emprendió el camino de la escuela. Pero al abandonar el patio Rojo y Alegre le asaltó una idea, y pidiéndole a Beiming que esperase se volvió para llamar a Sheyue.

—¿Por qué ha regresado? —le preguntó ella al salir.

—Si Jia Yun viniera hoy, decidle que no vuelva por aquí a hacer el imbécil. Si lo hace me veré obligado a informar a la Anciana Dama y al señor.

Sheyue asintió, pero apenas Baoyu se disponía a partir vio llegar a Jia Yun corriendo precipitadamente para darle alcance. Al llegar a su altura, hizo una profunda reverencia.

—¡Enhorabuena, tío!

—¡Pero qué imprudente eres! —replicó Baoyu, recordando la nota del día anterior—. ¡Venir a fastidiarme cuando tengo otras cosas en qué pensar!

—Pero, tío, si no me cree puede echar usted mismo un vistazo. Ya se oyen los gritos en la puerta principal.

Más exasperado que nunca, Baoyu gritó:

—¿De qué estás hablando?

En ese momento oyeron unos gritos fuera.

—¡Escuche eso, tío!

Intrigado, Baoyu aguzó el oído:

—¿Acaso no tenéis modales? —oyó que alguien gritaba—. ¿Cómo os atrevéis a armar aquí tamaño escándalo?

Otra voz respondió:

—¡El señor ha sido ascendido! ¿Cómo van a impedir que expresemos nuestras felicitaciones? ¡Por más que quieran, otras familias no podrán tenerlas!

Entonces Baoyu comprendió que lo que anunciaban era la promoción de su padre al cargo de subsecretario, y continuó gozoso su camino.

Dándole alcance de nuevo, Jia Yun le dijo:

—¿Está contento, tío? ¡Una vez que hayan concertado su matrimonio, su felicidad será doble!

Con el rostro enrojecido, Baoyu escupió:

—¡Largo de aquí, cretino!

—¿Pero qué he dicho yo? —se turbó Jia Yun—. ¿Usted no…?

—¿Yo no qué? —interrumpió duramente Baoyu.

Jia Yun no se atrevió a decir más, y Baoyu partió a toda prisa camino de la escuela.

—¿Qué te trae hoy por aquí? —preguntó radiante el maestro Dairu—. Acabo de enterarme del ascenso de tu padre.

—Vine a verlo, señor, antes de comparecer ante mi padre —dijo respetuosamente Baoyu.

—No es preciso que estudies hoy. Pero no desaproveches este día de asueto jugando en el jardín. Recuerda que ya no eres un niño. Aunque todavía no puedas manejar los asuntos importantes, ya deberías ir aprendiendo de tus primos mayores.

Asintiendo, Baoyu volvió a su casa. En la puerta interior se topó con Li Gui que salía a recibirlo.

—¡Conque está aquí joven señor! —El mayordomo se detuvo, sonriente—. Ya iba a buscarlo a la escuela.

—¿Enviado por quién?

—La Anciana Dama me mandó buscarlo y sus doncellas me dijeron que había partido a la escuela. Hace un momento me llamó para que viniese a solicitar unos cuantos días de descanso para usted. Me dicen que van a celebrar el ascenso de su señor padre con la representación de óperas. ¡Y justo aparece en el momento preciso, señor Bao!

Al cruzar el portón, Baoyu advirtió que todas las doncellas y matronas estaban radiantes.

—¿Por qué ha tardado tanto en venir, señor Bao? —exclamaron—. ¡Entre rápidamente y felicite a la Anciana Dama!

Baoyu entró sonriente en el cuarto de su abuela. Daiyu estaba sentada a su izquierda, y Xiangyun a su derecha. También estaban allí la dama Xing, la dama Wang, Tanchun, Xichun, Li Wan, Xifeng, Li Wen, Li Qi y Xing Xiuyan, pero faltaban Baochai, Baoqin y Yingchun. Fuera de sí por el júbilo, felicitó a su abuela y luego a Sus Señorías, para acabar haciéndolo con las primas, una por una.

—¿Ya estás mejor, prima? —le preguntó a Daiyu.

—Sí, mucho mejor —le contestó ella sonriendo—. Oí que también tú estabas indispuesto. ¿Te encuentras ya bien?

—Oh, sí. Una noche sentí un súbito dolor en el corazón, pero estos últimos días me he sentido tan bien que hasta he ido a la escuela. Por eso no he tenido tiempo para visitarte.

Aún no había terminado de hablar, y ya Daiyu se había vuelto hacia Tanchun para hablarle. Xifeng, que estaba de pie cerca de ellas, sonrió.

—¡Qué formalidades gastáis! ¡Quién diría que os pasáis el día juntos! —se burló—. ¡Cuánta cortesía! Pero ya lo dice el proverbio: «Se muestran el mismo respeto que anfitrión e invitado».

Los demás se rieron, pero Daiyu no supo si dejar pasar aquello o no, y ante la duda se sonrojó violentamente. Vaciló un instante:

—¿Qué sabrás tú? —le dijo.

Aquello hizo reír todavía más a los presentes. Xifeng cobró conciencia de su error[5], y ya se estaba preguntando si debía cambiar de tema cuando de pronto Baoyu se dirigió a Daiyu con una exclamación:

—Prima Lin, nunca habrás visto a nadie tan poseído del demonio como Jia Yun… —Y se interrumpió antes de concluir la frase.

Aquella salida de tono provocó una nueva oleada de risas.

—Pero ¿qué significa todo esto? —preguntaron los otros.

Daiyu, también perpleja, sonrió con timidez.

Baoyu cambió de tema:

—Acabo de escuchar que también se va a representar ópera, ¿cuándo será?

—Si eso lo has oído fuera —ironizó Xifeng—, deberías venir a informarnos, no a preguntarnos.

—Iré a indagar —se ofreció.

—No vayas a dar vueltas por ahí —le advirtió la Anciana Dama—. Por lo pronto, los mozos se reirían de ti. Además, hoy tu padre está de buen humor pero se enfurecería si te viera en el exterior.

—Sí, señora —dijo Baoyu, y se escabulló.

—¿Quién ha hablado de representar ópera? —preguntó la Anciana Dama a Xifeng.

—El tío Wang. Dice que pasado mañana, que es un día favorable, enviará una nueva compañía de actores para que le den su enhorabuena, así como al señor y a la señora. —Y añadió con una sonrisa—: No sólo será un día auspicioso, sino también de cumpleaños. —Y le hizo un guiño a Daiyu, quien correspondió con una sonrisa.

—¡Claro! —exclamó la dama Wang—. Es el cumpleaños de nuestra sobrina.

La Anciana Dama caviló unos instantes y entonces dijo:

—Lo que demuestra que me estoy haciendo vieja, y que todo se me olvida. Afortunadamente tengo a mi Xifeng, es como mi secretaria. Por un lado, su tío homenajea a tu tío, y por otro tu tío celebra tu cumpleaños. ¡Perfecto!

Todos rieron.

—Cualquier cosa que diga nuestra Anciana Dama es una magnífica composición, ¿cómo extrañarnos de tanta fortuna? —exclamó Xifeng.

Baoyu, que acababa de entrar, se regocijó al saber del cumpleaños de Daiyu. Luego todos comieron y charlaron animadamente con la Anciana Dama.

Después de la comida regresó Jia Zheng de saludar al emperador, hizo una reverencia ante los ancestros y luego ante su madre. De pie ante ella, le dirigió unas palabras corteses antes de salir a atender a sus invitados. Una multitud interminable de parientes, activos y bulliciosos, iba y venía. Carruajes y caballos atestaban el portón; altos funcionarios y nobles señores ocupaban el salón. Como dicen los versos:

Abejas y mariposas bullen sobre ramas florecidas;

Bajo la luna llena, mar y cielo se extienden hasta el infinito.

El aniversario de Daiyu.

Anónimo de la dinastía Qing (edición de 1815).

Tales visitas se prolongaron durante dos días, hasta que llegó el de la celebración. Aquella mañana, a primera hora, Wang Ziteng y otros parientes habían enviado una compañía de actores, y fue erigido un pequeño escenario frente al salón principal de la Anciana Dama. En el exterior esperaban los hombres de la familia, ataviados con sus trajes oficiales. Para los parientes habían sido dispuestas más de diez mesas repletas de viandas; y como las óperas eran nuevas, y la Anciana Dama estaba de excelente humor, colocaron un biombo de vidrio en el salón interior para agasajar allí a las mujeres. En la mesa de honor se sentó la tía Xue, acompañada de la dama Wang y Baoqin. Enfrente estaba la mesa de la Anciana Dama, a quien acompañaban la dama Xing y Xiuyan. Las dos mesas inferiores quedaron desiertas, y la Anciana Dama pidió a las muchachas que se sentasen allí sin tardanza.

Entonces Xifeng entró escoltando a Daiyu y acompañada por un tropel de doncellas. Con su ropa nueva y su maquillaje, parecía Chang E[6] bajada a la tierra, saludando a todos con una sonrisa cohibida. Xiangyun, Li Wen y Li Wan la invitaron a ocupar el mejor asiento de su mesa, pero ella declinó el ofrecimiento.

—Hoy tienes que sentarte allí —insistió la Anciana Dama, con una sonrisa.

La tía Xue se puso de pie para preguntar:

—¿Acaso ésta es también una ocasión feliz para la señorita Lin?

—Sí, es su cumpleaños.

—¡Pero cómo he podido olvidarlo! —exclamó, y se dirigió a Daiyu—: ¡Niña, disculpa mi mala memoria! Ya enviaré a Baoqin para que te felicite.

—Es usted demasiado amable. —Daiyu sonrió.

Todos tomaron asiento, pero ella, al mirar en torno suyo y no ver a Baochai, preguntó a la tía Xue:

—¿Cómo está la prima Baochai? ¿Por qué no ha venido hoy?

—Sin duda debería estar aquí, pero no tenemos a nadie que cuide la casa, así que tuvo que quedarse —explicó la tía Xue.

—¿Pero ahora que cuenta con una cuñada, todavía tiene que encargarse ella de la casa? Me imagino que lo que ocurre es que no le gustan las fiestas ruidosas. ¡La echo tanto de menos!

—Eres muy buena al pensar en tu prima —dijo la tía Xue—. También ella tiene muchos deseos de veros a todos. Un día de éstos la haré venir para que charle con vosotras.

Entraron doncellas para servir el vino y traer los platos, y dio comienzo la representación. Las primeras dos piezas trataban, naturalmente, de temas dichosos. En la tercera vieron pajes de oro y doncellas de jade[7] entrar con banderas y pendones escoltando a una muchacha vestida con una túnica irisada y una capa de plumas, tocada de gasa negra, que cantó un aria e hizo mutis. Nadie supo de qué ópera se trataba hasta que fuera oyeron decir que habían presenciado la escena «Elevándose desde las tinieblas», de la nueva ópera titulada La historia de Ruizhu[8]. La muchacha era Chang E, de regreso a la tierra, a punto de ser entregada en matrimonio a un mortal; por fortuna, Guanyin[9] interviene y hace que muera antes de que la boda tenga lugar. En el aria, ella ha emprendido el camino de vuelta a la luna. Por eso canta:

Dicen que es dulce el amor de los mortales.

¿Pero cómo saben si es fácil abandonar la luna otoñal

y las flores de primavera?

Yo casi olvidé el palacio del Frío Infinito.

La cuarta pieza representada fue «Comiendo cáscaras»[10]. La quinta, en la que Bodhidarma conducía a sus discípulos a cruzar el río Azul[11], era una representación fantástica y espectacular.

Cuando más se divertían entró empapado en sudor uno de los sirvientes de la familia Xue.

—¡Vuelva, señor! —dijo jadeando a Xue Ke—. Y pídale también a la señora que vuelva. ¡Hay graves problemas en casa!

—¿Qué ha pasado? —preguntó Xue Ke.

—Se lo diré por el camino, señor.

Xue Ke partió sin detenerse a decir adiós. Y cuando las doncellas transmitieron aquello a la tía Xue, la alarma llevó el color de la tierra a su rostro. Tras una apresurada despedida subió al carruaje con Baoqin para regresar entre la consternación general.

—Todo el mundo está preocupado. Debemos enviar a alguien para que averigüe lo que pasa —dijo la Anciana Dama.

Todos aprobaron la idea, y siguieron contemplando la ópera.

Al llegar, la tía Xue vio a dos mensajeros judiciales de pie junto a la puerta interior. Unos asistentes de la tienda de empeños les decían en aquel momento:

—Esperen a la señora, y entonces podrá solucionarse este problema.

Al ver llegar a una dama casi anciana atendida por tantos criados, los mensajeros columbraron que debía tratarse de la madre de Xue Pan. Y como parecía una persona de alta condición se mantuvieron prudentes, dejándola pasar con respeto. Ella se dirigió hacia la parte de atrás, de donde salían grandes sollozos; allí encontró a Jingui. Cuando empezó a acercarse, se le aproximó Baochai con el rostro bañado en lágrimas.

—Madre, cuando se entere de lo ocurrido no se preocupe demasiado. ¡Lo más urgente es arreglar el asunto! —dijo.

Había oído de boca de los criados del patio, que estaban comentándolo, el horrendo crimen cometido por su hijo Pan, y la tía Xue entró temblando a la casa, auxiliada por su hija.

—¿Con quién había estado riñendo? —preguntó entre sollozos.

—No trate de llegar ahora hasta el fondo del asunto, señora —le pidieron—. Tomar una vida es un crimen capital, no importa quién haya sido la víctima. Mejor discutamos lo que debemos hacer.

—¿Qué hay que discutir? —sollozó.

—Proponemos lo siguiente: esta noche prepararemos una buena cantidad de plata e iremos directamente con el señor Ke a ver al señor Pan. Allí podremos encontrar a algún escribiente habilidoso y pagarle para que evite la pena capital; después pediremos a la familia Jia que interceda ante el magistrado. También están esos mensajeros que esperan afuera. Lo primero es deshacerse de ellos con unos cuantos taeles de plata, y entonces podremos poner en práctica el plan.

—Mejor será encontrar a la familia del otro hombre —replicó la tía Xue—. Prometedle dinero para el entierro y una compensación. Si retiran la denuncia, el asunto podrá ser silenciado.

—¡Eso no se puede hacer, madre! —dijo Baochai desde el cuarto interior—. En asuntos como éste, cuanto más dinero se entrega más problemas le buscan a uno. La sugerencia de los sirvientes es correcta.

—¡Quisiera estar muerta! —aulló la tía Xue—. ¡Iré a ver a mi hijo por última vez, y luego moriré con él!

Baochai le pidió que se tranquilizase y dijo a los criados del otro cuarto:

—Id rápido con el señor Ke y arreglad este asunto de una vez.

Unas doncellas ayudaron a entrar a la tía Xue.

—¡Si tuvieras alguna noticia, primo, no dejes de enviarla de inmediato! —le dijo Baochai a Xue Ke, que salía en ese momento—. Pero, en cualquier caso, quedaos allí hasta que todo esté resuelto.

Asintió Xue Ke, y partió. Jingui aprovechó aquella oportunidad, puesto que Baochai estaba consolando a su madre, para arremeter contra Xiangling.

—Solías jactarte de que esta familia había llegado a la capital después de haber quedado limpia de sospecha tras un asesinato —rabió—. ¡Ahora realmente se ha matado a un hombre! ¡Y después de tanto jactarte de la riqueza y los poderosos contactos de los Xue, mira lo aterrorizado que está todo el mundo! ¡Si mi esposo cae y no consigue volver verás como todo el mundo se esfuma y me deja a mí soportando todo el peso de la desgracia! —Y prorrumpió en sollozos y aullidos.

Al escuchar aquello la tía Xue estuvo a punto de desmayarse de la furia. Y Baochai, frenética como estaba, no pudo hacer nada. Cuando más fuerte era el jaleo llegó de la mansión de los Jia una de las doncellas de confianza de la dama Wang para informarse de lo sucedido. Baochai sabía ya que habría de ser miembro de la familia Jia, pero como aún no era público el compromiso, y además en ese momento estaba desesperada, le dijo a la doncella:

—De momento este asunto no está demasiado claro. Sólo sabemos que mi hermano ha golpeado a un hombre hasta la muerte y ha sido arrestado por los hombres del magistrado. Ignoramos cuál será el veredicto. Xue Ke ha salido a informarse. Apenas tengamos noticias claras, las haremos saber a tu señora. Ahora vuelve y agradécele su preocupación. Más adelante necesitaremos su ayuda en otras muchas cosas.

La doncella acató aquellas instrucciones y partió.

La tía Xue y Baochai permanecieron en casa, presas de ansiedad, hasta que dos días más tarde apareció un paje con una carta, que les llevó una joven doncella. Baochai la abrió y leyó:

Este caso en el que se encuentra implicado mi primo Pan. Ha sido un homicidio involuntario, no un asesinato. Esta mañana envié una solicitud rubricada por mí, pero aún no ha sido aprobada. Las disposiciones anteriores relativas a mi primo son muy negativas. Cuando mi solicitud sea aprobada, pediremos volver ante el tribunal para revisar el caso. Si mi primo se retracta salvará la vida. Son necesarios otros quinientos taeles de plata para cubrir gastos. Que salgan de nuestra casa de empeños. ¡No debe haber tardanza en este asunto! Dile a la tía que no se preocupe. Para lo demás, podéis interrogar al paje.

Después de revisar aquello, Baochai volvió a leerlo íntegramente para su madre.

—¡O sea, que el destino aún se debate en la balanza! —exclamó la tía Xue, enjugándose las lágrimas.

—No se excite, madre —le pidió Baochai—. Primero hagamos venir al paje para que nos dé detalles.

Y envió a una doncella en su busca. Cuando el paje llegó, la tía Xue le pidió que contara exactamente lo sucedido.

—¡Cuando la otra noche escuché lo que el señor Pan le dijo al señor Ke, se me heló la sangre en las venas! —empezó a contar.

Para conocer su relación de los hechos, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO LXXXVI

Un viejo magistrado corrupto se deja sobornar

para reconsiderar un caso.

Una joven virtuosa ocupa su tiempo de ocio

explicando una partitura para cítara[1].

Después de que le leyeran el contenido de la carta de Xue Ke, la tía Xue hizo comparecer ante ella al mensajero. «Ya has oído las palabras de tu señor —le dijo—. Ahora dime cómo es posible que mi hijo haya matado a golpes a un hombre.»

—Señora, su humilde esclavo no lo ha entendido todo con claridad, pero según lo que le contó el señor Pan al señor Ke…

Y ahí se interrumpió, mirando en torno suyo para cerciorarse de que estaban solos en la estancia.

—… el señor Pan estaba tan harto de las trifulcas que tenía en su casa, que había tomado la decisión de emprender un nuevo viaje al sur con la excusa de comprar género con el que proveer los bazares de la familia. Decidió llevar como compañía a un hombre que vive a más de doscientos li al sur de esta ciudad. Cuando iba en busca suya se encontró con un amigo llamado Jiang Yuhan, que traía a unos jóvenes actores a la capital. Mientras comían y bebían juntos en la posada donde estaba alojado, al señor Pan le molestó la manera que tuvo el camarero de mirar a Jiang Yuhan, que partió apenas hubo terminado de comer. Al día siguiente, mientras bebía en el mismo garito, esta vez con el hombre al que había ido a buscar, el señor Pan recordó las miradas del imprudente camarero y le ordenó desabridamente que sirviera otro licor. Como aquel tardase en traerlo, el señor empezó a cubrirlo de maldiciones. Cuando el tipo le replicó, nuestro señor se encaró con él amenazándolo con romperle la cara con el tazón. Pero resultó que aquél era un canalla insolente que, inflando el pecho, desafió a nuestro señor. El señor Pan no se lo pensó dos veces y estrelló el tazón contra su cabeza. Brotó la sangre de la cabeza del camarero, que rodó por el suelo profiriendo insultos hasta que se quedó callado para siempre.

—¿Cómo no hubo nadie que lo impidiera? —dijo la tía Xue.

—De eso no habló el señor Pan, y yo no me atrevo a inventar nada.

—Anda, vete a descansar.

—Sí, señora.

Cuando el paje se hubo retirado, la tía Xue fue a ver a la dama Wang para recabar la ayuda de su esposo. Éste, al saber lo sucedido, se comprometió con palabras confusas a echarles una mano. Arguyó que debían esperar la respuesta del magistrado a la solicitud de Xue Ke antes de decidir qué hacer. La tía Xue al paje de vuelta con más dinero de la casa de empeños, y tres días más tarde recibió otra carta. Mandó llamar a Baochai, que le leyó lo que sigue:

El dinero que me envió ha cubierto los gastos de los funcionarios de la magistratura. Por tanto no debe preocuparse: el primo Pan no sufrirá los rigores de la prisión. Sólo hay una dificultad: la gente de este pueblo es muy dada a crear problemas. La familia del muerto y los testigos del incidente no cejan en su empeño de vengarse, y hasta el amigo ese que bebía con el hermano Pan a su Costa está ahora contra él. Tanto Li Xiang como yo somos extraños aquí, pero afortunadamente hemos dado con un buen hombre del que conseguimos, con la promesa de un poco de dinero, un plan que parecía bueno. Se trataba de buscar a ese Wu Liang que estuvo bebiendo con el hermano Pan el día de marras, pagar su fianza y luego ofrecerle dinero para que se pusiera de nuestra parte. Si se negaba, siempre podríamos acusarlo de haber matado a Zhang San para luego culpar a un forastero que estaba de paso. Si consiguiéramos asustarlo con esto, entonces resultaría fácil manejarlo a nuestro antojo. Ése fue el plan que seguí. Saqué de la cárcel a Wu Liang; luego soborné a los parientes del muerto y a los testigos, y anteayer envié una nueva solicitud. Hoy llegó la respuesta, y adjunto un borrador para usted.

A continuación Baochai leyó la solicitud:

Solicitante…

Solicitud que en favor de su primo, injustamente acusado y víctima de un malentendido del que no está en condiciones de defenderse, presenta fulano de tal ante Su Gracia. Mi primo mayor Xue Pan, nativo de Nanjing, ahora residente en Xijing, partió tal día de tal mes en viaje de negocios al sur. Unos pocos días después de haber dejado su hogar, un sirviente de la familia trajo la noticia de que se había visto implicado en un caso de asesinato. Inmediatamente acudí al distrito del honorable magistrado y descubrí que mi primo mayor había herido accidentalmente a un hombre llamado Zhang. Cuando fui a la cárcel me dijo entre lágrimas que ese Zhang era para él un desconocido y que no había la menor enemistad entre ellos. Una trifulca accidental estalló cuando mi primo, al pedir licor, derramó un poco en el suelo. Resultó que Zhang San estaba agachado en ese momento recogiendo algo, y mi primo, al que se le fue la mano, le golpeó la cabeza con el tazón, con tan mala fortuna que le produjo la muerte. Temeroso de que lo torturaran, en los interrogatorios confesó haberlo matado en el transcurso de una riña. Pero Su Honorable Autoridad, en su bondad infinita, ha comprendido que eso no podía ser cierto y ha postergado cualquier sentencia. Cómo mi primo, preso, tiene prohibido enviar cualquier solicitud, intercedo por él arriesgando mi propia vida, amparado en nuestra estrecha relación. Espero que el honorable magistrado tenga la amabilidad de permitir la celebración de otro juicio. Será un gran acto de piedad y nadie de mi familia olvidará su buena voluntad. Es lo que vehementemente solicito.

La réplica del juez decía:

Investigaciones realizadas en el escenario del crimen arrojan pruebas concluyentes; y su primo, sin mediar tortura, ha confesado por escrito ser el responsable del asesinato de un hombre en el transcurso de una riña. Llegando de tan lejos y no siendo testigo ocular, ¿cómo osa inmiscuirse en un caso así? Según la ley, usted debería ser castigado por ello. Lo perdonaré, empero, en atención a su fraterna preocupación. Solicitud rechazada.

—¡Entonces no hay esperanza! —exclamó la tía Xue.

—La carta no ha terminado. Hay más —dijo Baochai, y leyó:

Queda todavía algo importante. El mensajero se lo contará de viva voz.

Entonces la tía Xue interrogó al paje.

—Señora —informó éste—, el magistrado sabe que la nuestra es una familia poderosa. Si consiguiéramos en la capital la intercesión de alguien importante, y al magistrado le enviáramos un hermoso obsequio, se reabriría el sumario y habría un nuevo juicio en el que probablemente sería rebajada la condena. No hay tiempo que perder. El señor pagará las consecuencias de cualquier dilación.

La tía Xue despidió al paje y se encaminó directamente a contarle todo aquello dama Wang y recabar de nuevo la ayuda de su esposo. Jia Zheng se comprometió a enviar a una persona que hablara con el magistrado, pero se negó a que se mencionara siquiera el soborno. Dudando de la eficacia de aquella medida, la tía Xue convenció a Xifeng para que mandara a Jia Lian con varios miles de taeles con los que sobornar personalmente al magistrado, mientras Xue Ke hacía el apaño con el resto de gente implicada. Y en efecto, el magistrado acabó convocando un nuevo juicio, y llamó a declarar al alcalde del barrio donde se encontraba la taberna que había sido escenario de los hechos, a los testigos y a los deudos del muerto, y a Xue Pan, que fue llevado desde la cárcel. Cuando los secretarios de la sala de delitos de sangre pasaron lista, el magistrado ordenó al alcalde que ratificarse la declaración inicial, y luego llamó a la madre del muerto, la señora Wang de la familia Zhang, y a su tío Zhang Er para interrogarlos. La señora Wang prestó su testimonio entre sollozos: «Mi esposo Zhang Da, que vivía en los suburbios del sur, murió hace dieciocho años. También han muerto mi primogénito y mi segundo hijo, dejándome sola con Zhang San, que ahora también ha muerto. Tenía veinticinco años y aún era soltero. Como nuestra familia es pobre, sin medios de subsistencia, él trabajaba como camarero en la posada de la familia Li. Aquella tarde llegaron de la posada a decirme que lo habían matado. ¡Creí que iba a morir yo también, señor juez, justo como el cielo azul[2]! Fui corriendo tan rápidamente como pude y allí lo encontré, tirado en el suelo, exhalando su último suspiro, desangrándose por un tajo que tenía en la cabeza. Cuando pronuncié su nombre no pudo contestarme, y poco después murió. ¡Quiero vengarme de este bastardo!».

Ante aquellas palabras, los alguaciles, alineados a derecha e izquierda del magistrado, dieron un grito amenazador. Entonces ella se inclinó suplicante: «¡Honorable juez, véngueme!, ese hijo era el único que me quedaba».

Apartándola con un gesto, el magistrado llamó al posadero.

—¿Zhang trabajaba en su posada? —le preguntó.

—Era camarero —respondió Li Er.

—En la audiencia usted dijo que Xue Pan lo había matado con un tazón. ¿Vio cómo lo hacía?

—Yo estaba despachando en el mostrador. Oí que un cliente pedía licor en su habitación, y poco después alguien gritó: «¡Maldita sea! ¡Está herido!». Corrí hacia allá y vi a Zhang San tendido en el suelo sin poder hablar. Inmediatamente llamé al alcalde de barrio y también envié un mensaje a la madre de Zhang San. Pero en realidad no sé cómo empezó la pelea. Eso tiene que saberlo el hombre que estaba bebiendo con él, señor juez.

—En el testimonio que prestó en el primer juicio, usted afirmó haber presenciado la pelea —dijo severamente el magistrado—. ¿Por qué se retracta ahora?

—La confusión del momento me hizo embrollar las cosas.

Una vez más los alguaciles dieron un grito amenazador.

A continuación el magistrado le preguntó a Wu Liang:

—¿Es cierto que usted estaba bebiendo con Xue Pan? ¿Cómo llegó éste a golpear al camarero? ¡Diga la verdad!

—Aquel día estaba en casa cuando el señor Xue me pidió que saliera a tomar con él una copa. No le gustó el licor y pidió de otra clase; y cuando Zhang San se negó a traerlo, montó en cólera. Arrojó el licor a la cara del camarero, y por casualidad, no sé cómo, le dio un fuerte golpe en la cabeza. Lo vi con mis propios ojos.

—¡Pamplinas! En la audiencia Xue Pan admitió haberlo matado con el tazón, y usted lo confirmó. ¿Por qué se retracta ahora de sus palabras? ¡Que le den una bofetada!

En respuesta, los alguaciles dieron otro grito al tiempo que levantaban amenazadoramente las manos.

—¡Pero si es cierto que Xue Pan no peleó con Zhang San, es cierto! —balbuceó solícito Wu Liang—. Sólo se le escapó el tazón de la mano y fue a dar en la cabeza de Zhang San. ¡Le ruego, señor juez, que tenga la amabilidad de interrogar a Xue Pan!

El magistrado citó a Xue Pan.

—¿Qué rencilla había entre usted y Zhang San? —le preguntó—. ¿Cómo murió? ¡Diga la verdad!

—¡Piedad, señor juez! —suplicó Xue Pan—. En realidad jamás lo golpeé. Como no quería traernos un licor mejor, le quise arrojar el contenido de mi tazón. En un momento dado se me fue la mano y el tazón se estrelló contra su cabeza. Traté de restañar la herida, pero no pude. Empezó a chorrear sangre y al rato murió. Aquel día en la audiencia temí que usted me hiciera apalear, y por eso dije que lo había golpeado con el tazón. ¡Le suplico que me perdone!

—¡Especie de botarate! —aulló el magistrado—. Cuando le pregunté por qué lo había golpeado me dijo que estaba furioso porque no quería traerle otro licor. ¡Pero ahora dice que se le escurrió de las manos!

Enfurecido, amenazó con hacerlo apalear y torturar. Pero Xue Pan se mantuvo en sus trece.

El magistrado ordenó al forense:

—Quiero un informe verídico sobre las heridas que examinó aquel día en la autopsia.

El forense contestó:

—Al examinar el cadáver de Zhang San pude observar que la única herida que presentaba era un tajo en el cráneo causado por un objeto de porcelana. Tenía medio cun[3] de profundidad y cun y medio de longitud, había roto la piel y fracturado un tercio de cun de hueso parietal. Semejante herida era evidentemente el producto de un fuerte golpe.

El magistrado comparó aquellas palabras con el informe de la autopsia. Sabía que los secretarios lo habían alterado, pero no hizo ademán de dudar de la veracidad de su contenido; al contrario, ordenó a los presentes que firmaran a toda costa la nueva confesión.

—¡Señor juez! —sollozó la señora Zhang—. La última vez oí que había otras heridas. ¿Cómo es que ya no existen?

—¡Estás diciendo tonterías! —rabió el magistrado—. Aquí está el informe de la autopsia. ¿Acaso no lo sabes?

Y a continuación citó a Zhang Er, el tío del muerto, para preguntarle:

—¿Cuántas heridas había sobre el cuerpo de su sobrino?

—Una en la cabeza —contestó inmediatamente el interrogado.

—Coincide —confirmó tajante el magistrado, e hizo que un secretario mostrase el informe a la señora Zhang, y que el alcalde del lugar y Zhang Er señalaran el pasaje donde los testigos oculares afirmaban que no se había producido pelea alguna y por tanto no se había tratado de un asesinato, sino de un simple accidente. Después de hacerles estampar la firma, devolvió a Xue Pan a la cárcel hasta nuevo aviso, ordenó al alcalde que se llevara a los demás, y declaró el caso resuelto. Cuando la señora Zhang empezó a quejarse, llorando y aullando escandalosamente, el juez ordenó a los alguaciles que la expulsaran de la sala.

—En verdad se trató de un accidente —le aseguró Zhang Er—. ¿Cómo vamos a acusarlo de criminal? Ahora que el señor juez ha decidido sobre el caso, no armes escándalos.

Xue Ke estaba fuera de la sala, y la noticia de los resultados le produjo una gran alegría. Envió un mensaje a casa de los Xue, y él se quedó esperando para pagar las compensaciones pactadas, una vez dictado el veredicto de inocencia. Estando allí escuchó a varios transeúntes comentar la muerte de una concubina imperial. Se decía que el Hijo del Cielo había suspendido todas las actividades de la corte durante tres días. Como aquel lugar no se encontraba muy lejos de los sepulcros imperiales, el magistrado hubo de prepararse para asistir a los funerales, lo que probablemente lo retendría durante algún tiempo. Xue Ke comprendió que esperar allí no tendría mucho sentido. Acudió a visitar a Xue Pan en la cárcel y le dijo:

—Aguarda aquí tranquilo mi vuelta, primo. Voy a casa, pero tardaré poco en volver.

Para calmar la ansiedad de su madre, Xue Pan le entregó una nota en la que había escrito:

Estoy bien y ya se ha solucionado todo. Cuando se hayan hecho unos cuantos pagos más a la gente de aquí podré volver a tu lado. ¡No escatiméis en gastos!

Xue Ke dejó allí a Li Xiang para que se encargase dé todo, y volvió a la casa de los Xue, donde contó a su tía cómo el magistrado había aceptado el soborno y emitido una sentencia favorable, convirtiendo en homicidio involuntario lo que había sido un caso claro de asesinato.

—Una vez que paguemos a la familia del muerto la compensación correspondiente ya no tendremos más problemas —concluyó.

La tía Xue añadió aliviada:

—Ya estaba deseando que volvieses a ocuparte de los asuntos familiares. Debo ir a dar las gracias a la familia Jia. Además, ahora que ha muerto la concubina Zhou tienen que acudir diariamente a la corte, dejando la mansión vacía. He estado pensando en ayudarles con los asuntos domésticos y de paso hacerle compañía a tu tía, pero no tenía a nadie aquí, en casa. Has llegado en el momento preciso.

—Es que oí en el exterior que la que había muerto era la consorte imperial Jia. Por eso decidí volver a toda prisa. ¿Por qué decían que Yuanchun había muerto, si gozaba de tan buena salud?

—El año pasado estuvo una temporada enferma, pero se recuperó. Esta vez no se nos comunicó que estuviese mal, pero nos dijeron que durante varios días la Anciana Dama había estado indispuesta, y que cada vez que cerraba los ojos veía a Su Alteza. ¡Eso tenía preocupado a todo el mundo! Sin embargo, cuando enviaron gente a hacer indagaciones, todo parecía en orden. Luego, hace tres noches, la Anciana Dama preguntó: «¿Cómo ha podido Su Alteza venir a visitarme sola?». Nadie la tomó en serio, pues se pensó que se trataba de otra alucinación provocada por la enfermedad. «No me creéis —dijo—, pero la propia Yuanchun me ha dicho: “¡Pronto acabará la prosperidad y el esplendor se apagará; contened vuestros pasos y protegeos!”.» Aun así, nadie le hizo caso, pues es natural que el alma de una anciana propensa a las preocupaciones albergue semejantes ideas. Sin embargo, a la mañana siguiente llegó de palacio la noticia de que una consorte imperial estaba mortalmente enferma y que todas las damas de rango debían comparecer a presentar sus respetos. Aquello las angustió mucho y fueron al palacio corriendo. Pero antes de que ellas hubieran regresado llegó hasta aquí la noticia de que la fallecida había sido la concubina Zhou. ¡Qué extraordinaria la coincidencia de los rumores del exterior y las sospechas de casa!

—No fueron sólo los rumores de fuera los que nos confundieron —intervino Baochai—, sino que la sola mención a una consorte imperial desesperó a su familia, que sólo más adelante descubrió la verdad. En los dos últimos días han llegado sus doncellas a decirnos que ya desde antes se sabía que no podía tratarse de Su Alteza Imperial. «¿Cómo pueden estar tan seguras?», pregunté. Y me respondieron: «Hace unos cuantos años, durante el primer mes, alguien de otra provincia nos presentó a un adivino que leía el futuro. Tenía reputación de infalible. La Anciana Dama nos dijo que traspapeláramos el horóscopo de Su Alteza con el de las doncellas para que lo resolviera. Y él dijo: “Debe haber un error en la hora de nacimiento de esa muchacha nacida el día primero del primer mes. De otro modo tendría que ser de alto rango y no estaría en esta casa”. El señor Zheng y los demás contestaron: “Olvídese de si hay un error o no. Simplemente léale la suerte”. “Ella ha nacido en el año Jiashen, en el mes de Bingyin —continuó el augur—. Tres de estos caracteres significan ‘degradación’ y ‘bancarrota’. Sólo shen constituye un buen augurio para los funcionarios y los ricos; pero no le sirve de mucho[4]. El día de su nacimiento es Yimao. A comienzos de la primavera el elemento ‘Madera’ está en ascenso[5]. Los dos elementos se enfrentan, y cuanto mayor el choque, mejor, como sucede con la buena madera, más valiosa cuanto más se la pule. Pero el más favorable de todos es el signo Xinsi, que corresponde a la hora; xin significa ‘precioso como el oro’, si anuncia rango y riqueza. Combinados producen el signo del ‘caballo alado’, y el día en esta combinación es tan excepcionalmente propicio que ella debería elevarse como la luna en el cielo y merecer el favor imperial. Si la hora de su nacimiento es correcta, ha de tratarse de una soberana.”

»¿Acaso no fue un vaticinio preciso? —preguntaron las doncellas—. Sí, pero también recordamos que dijo que su esplendor sería lamentablemente breve. Si llegaba a caer en un mes mao y en un año yin, se produciría un doble choque que minaría sus fuerzas, como en el caso de la buena madera labrada de manera demasiado exquisita. Olvidaron aquellas predicciones y se alarmaron por nada. Pero nosotras las recordamos y el otro día se las repetimos a nuestra señora. ¿Acaso coincide este año con el año yin y este mes con el mes mao?».

Antes de que Baochai pudiera concluir, Xue Ke la interrumpió excitado.

—Olvídate de los demás. Si sabes de un adivino tan certero, dame pronto el horóscopo del primo Pan; a ver a qué se debe su racha de mala suerte. Yo haré que prediga los acontecimientos que vendrán.

—Este hombre llegó de otra provincia —dijo Baochai—. No sabemos si este año estará en la capital o no.

Después Baochai ayudó a su madre a ataviarse para ir a la mansión de los Jia. A la hora que llegó la tía Xue, las únicas presentes de la familia eran Li Wan y Tanchun, que le preguntaron por el caso de Xue Pan.

—Sólo se decidirá cuándo los de más arriba hayan sido informados —le dijo la tía Xue—, pero parece que no habrá pena capital.

Oír aquello las alivió.

Tanchun comentó:

—Ayer por, la noche, cuando volvía, Su Señoría dijo: «La última vez que tuvimos problemas en casa, la tía Xue vino volando. Pero ahora que la acosan sus propios problemas, nosotros no estamos en situación de ayudarla. Eso es lo que la ha tenido preocupada».

—He estado muy intranquila en los últimos días —respondió la tía Xue—. Con tu primo Pan metido en este jaleo y tu primo Ke de viaje para resolver el asunto de marras, sólo quedó Baochai en casa, ¿y qué podría hacer ella? No podía dejarla sola, especialmente con una nuera tan insensata. En este momento el magistrado de aquel lugar está tan ocupado preparando los funerales de la consorte imperial Zhou, que no tiene tiempo de arreglar de una vez por todas el caso de Pan. Por eso ha regresado tu primo Ke, lo que me ha permitido venir aquí.

—Quédese unos días con nosotros, tía —le pidió Wan.

—Me encantaría quedarme aquí para hacerles compañía —asintió la tía Xue con un gesto de cabeza—, pero Baochai se sentiría un poco sola.

—Si eso le preocupa, tía, ¿por qué no la trae también a ella? —sugirió Tanchun.

La tía Xue sonrió.

—No, no sería conveniente.

—¿Por qué no? —insistió la muchacha—. ¿Acaso sería la primera vez que se queda aquí?

—No comprendes —intervino Li Wan—. Tiene otras cosas que hacer en casa. ¿Cómo va a venir?

Tanchun aceptó aquello como cierto y no incidió en el tema.

Mientras charlaban regresó el grupo de la Anciana Dama. Al ver a la tía Xue le preguntaron por Xue Pan, sin detenerse a intercambiar saludos; ella les informó de todo. Cuando describió el encuentro con Jiang Yuhan, Baoyu supo que se trataba de su amigo el actor, aunque no pudo preguntar por él delante de todos. Pensó: «¿Por qué no ha venido a verme si ya está de vuelta en la capital?». También le produjo extrañeza la ausencia de Baochai, y estaba cavilando sobre los motivos cuando llegó Daiyu, interrumpiendo sus pensamientos y dándole una gran alegría. Él y las muchachas se quedaron a cenar con la Anciana Dama, y después se dispersaron. La tía Xue durmió en los aposentos de Su Señoría. Baoyu, que había vuelto a su cuarto, estaba cambiándose de ropa cuando le vino a la memoria la faja roja que le había dado Jiang Yuhan. Le preguntó a Xiren:

—¿Todavía tienes la faja roja que te negaste a usar el año pasado?

—La guardé —le respondió ella—. ¿Por qué me lo pregunta?

—Oh, por nada.

—¿No se ha enterado de que al señor Pan lo han acusado de asesinato por andar mezclado con semejante chusma? ¿Por qué vuelve usted a lo mismo? Lo mejor sería que se quedara tranquilo estudiando, olvidara esas frivolidades y dejara de andar rompiéndose la cabeza con tonterías.

—¿Acaso estoy haciendo algo incorrecto? —quiso saber él—. Simplemente fue algo que me pasó por la cabeza. ¿Qué importa si la tienes o no? ¡Te hago esta sola pregunta y mira con lo que me sales!

—No era mi intención refunfuñar —sonrió ella—. Quien estudia a los clásicos y conoce las reglas de la etiqueta debería tener elevadas aspiraciones. Así, cuando aparezca su amada quedará complacida y lo respetará.

Aquello le recordó a Baoyu otra cosa.

—¡Caramba! —exclamó—. Hace un momento había tanta gente con la Anciana Dama que no pude hablar con la prima Lin, y ella tampoco me prestó atención. Cuando fui a despedirme, ya se había retirado. Imagino que ahora estará en sus aposentos. Voy a hacerle una visita. —Y se dispuso a salir.

—No tarde mucho —dijo Xiren—. No debí haber dicho eso que le ha exasperado tanto.

Baoyu no respondió, limitándose a partir con la cabeza hundida en el pecho hacia el refugio de Bambú, donde encontró a Daiyu leyendo inclinada sobre un escritorio. Se le acercó con una sonrisa.

—¿Hace mucho que has regresado?

—¿Para qué iba a permanecer allí si no me hacías caso? —le preguntó ella.

—Con tantas personas hablando a la vez no pude decir ni una palabra. Por eso no he hablado contigo.

Había estado mirando el libro de Daiyu, pero no pudo reconocer ningún carácter. Uno se parecía a «peonía», otro a «inmenso»; otro tenía un carácter «grande» al lado de un «nueve» con un gancho, y un «cinco» por dentro. Otro tenía arriba un «cinco» y un «seis» más un carácter «madera», y abajo otro «cinco». Todo le resultaba muy extraño. Perplejo, comentó:

—Prima, cada vez eres más erudita. ¡Eso que estás leyendo parece el Libro del Cielo[6]!

Daiyu se echó a reír.

—¡Vaya estudioso! ¿Nunca has visto una partitura para cítara?

—Claro que sí, ¿pero por qué no reconozco ninguno de los caracteres de ésta? ¿Tú los comprendes, prima?

—¿Los estaría leyendo si no los comprendiera?

—No creo, aunque nunca te he visto tocando la cítara. En nuestro estudio hay varias colgadas en la pared. El año pasado nos visitó un erudito, Ji Haogu creo que se llamaba. Mi padre le pidió que tocase, pero cuando las descolgó dijo que ninguna servía y le propuso: «Señor, si así lo desea, un día de éstos traeré mi propia cítara e interpretaré algo para usted». Pero nunca volvió, probablemente porque mi padre no es ningún experto que pudiese apreciar su arte. Pero dime, ¿por qué has mantenido oculta esta habilidad tuya?

—En realidad no soy muy entendida —dijo Daiyu—. Como el otro día me sentía un poco mejor, me puse a rebuscar entre los libros del estante grande y encontré un juego de partituras para cítara que me llamó la atención. Hay en ellas una clara exposición de la teoría musical e instrucciones precisas para ejecutar las melodías. La cítara fue un arte que los hombres de la antigüedad utilizaron para conseguir la quietud y cultivar los dones naturales. En Yangzhou veía con aplicación cómo ejecutaban el instrumento y aprendí a hacerlo yo también, pero luego desistí. Como dice el refrán: «Tres días sin tocar, y las manos se llenan de espinas». Al leer las partituras el otro día advertí que no había palabras en la música, sólo en el título. Entonces busqué por otro lado una partitura que tenía letra además de música, lo cual la hacía más interesante. En realidad, tocar bien es muy difícil. Lo dicen los libros: cuando el músico Kuang tocaba la cítara lograba convocar al viento y al trueno, a los dragones y a los fénix. Hasta el sabio Confucio aprendió del músico Xiang, y apenas ejecutó una pieza comprendió que aquélla era la música del rey Wen. Atravesando montañas y corrientes se encuentra a quien comprende tu música[7].

Y luego Daiyu pestañeó y, muy lentamente, inclinó la cabeza.

A esas alturas Baoyu ya estaba entusiasmadísimo.

—¡Qué fascinante suena todo eso en tu boca, prima querida! —exclamó—. Pero yo no puedo leer ninguno de esos caracteres. Enséñame unos cuantos.

—No es preciso enseñártelos. Será suficiente con que té dé una explicación.

—Yo soy un estúpido, así que dime qué significa ese carácter «grande» con un gancho que tiene un «cinco» dentro.

Daiyu respondió alegremente:

—El «grande» más el «nueve» significa que debes pulsar la cuerda en el noveno traste con el dedo pulgar de la mano izquierda. El gancho combinado con el «cinco» significa que debes tocar la quinta cuerda con tu mano derecha. En realidad no son caracteres sino signos musicales, muy fácilmente comprensibles. Además están los diversos métodos de tañido: yin, rou, chuo, zhu, zhuang, zou, fei, tui, etcétera[8].

Baoyu bailaba de alegría.

—Ya que comprendes todas estas cosas, querida prima, ¿por qué no aprendemos a tocar la cítara? —propuso.

—No —dijo ella—. La cítara es un instrumento tabú[9]. Los antiguos hacían música para inducir el autocontrol, refrenar la pasión, anular la lascivia y el derroche. De modo que quien desee tocarla ha de elegir algún estudio elevado y tranquilo, en lo más alto de un pabellón situado en medio del bosque, entre rocas, o en la cumbre de una montaña o a la orilla de un arroyo con viento fresco y luna clara. Allí se ha de quemar incienso y tomar asiento con gran tranquilidad, la mente en blanco, la respiración regular, de modo que el músico llegue a integrarse en un solo espíritu con los dioses y armonizarse con el Dao. Por esto los antiguos decían: «Es difícil encontrar a alguien que comprenda la música». Cuando la gente que está escuchando no comprende, uno debe tocarle a la brisa fresca y a la luna brillante, a los pinos verdes y a las rocas de formas extrañas, a los monos salvajes y a las grullas viejas, transmitiendo las emociones en soledad para no ser ingrato con la cítara. Además, hace falta técnica en los dedos, alcanzar un buen sonido. Antes de tocar, uno debe vestirse apropiadamente con una capa de plumas de grulla o una túnica de ceremonia, para así ser digno de este instrumento de sabios; hecho lo cual ha de lavarse las manos, quemar incienso, y sentarse levemente con la cítara reposando sobre el escritorio y la quinta nota apuntando hacia su corazón. Las manos deben levantarse tranquilamente; sólo así el corazón y el cuerpo adoptan la postura correcta. Además hay que tocar el instrumento con la fuerza y velocidad adecuadas, y el gesto solemne.

—¡Pero si sólo aprenderíamos para entretenernos! —exclamó Baoyu—. Si ponemos tanta exigencia resultará muy difícil.

En medio de aquella charla había entrado Zijuan.

—¡Hoy está de buen humor, señor Bao! —comentó.

—La explicación de mi prima alivia todas las tribulaciones. Jamás me cansaría de escucharla —le dijo él.

—No es eso lo que quise decir —dijo la doncella—. Me refiero al buen humor que le ha hecho venir hoy aquí.

—Mientras estuvo enferma no quise molestarla; además, tenía que ir a la escuela. Por eso he dado esa impresión de apartamiento.

—La señorita Lin ha mejorado un poco —interrumpió Zijuan—. Debería dejarla descansar y no fatigarla.

—Como estaba entusiasmado escuchándola se me olvidó que podía estar cansada.

—Discutir estas cosas no cansa, más bien entretiene —dijo Daiyu sonriendo—. Sólo temo que, por más explicaciones que te dé, no comprendas.

—Ya lo iré captando poco a poco. —Y, poniéndose en pie, añadió—: Será mejor que descanses, mañana pediré también a Tanchun y Xichun que aprendan a tocar la cítara para mí.

—Piensas demasiado en procurarte placer —se rió Daiyu—. Aunque todas aprendiéramos a tocar la cítara, si tú no comprendes habría que pensar en refrán que dice: «Tocar la cítara para un…»[10]. —Y ahí se interrumpió.

—Mientras sepáis tocar y yo pueda escuchar, no me importará que me consideréis un buey —dijo alegremente Baoyu completando la cita.

Sonrojándose, Daiyu sonrió. Zijuan y Xueyan soltaron una carcajada.

Ya estaba saliendo Baoyu cuando apareció Qiuwen con una doncella más joven, que cargaba un pequeño búcaro lleno de orquídeas.

—Alguien envió cuatro búcaros de orquídeas a Su Señoría —anunció—, y allí no pueden disfrutarlas porque están demasiado ocupadas, así que Su Señoría nos dijo que llevásemos uno al señor Bao y otro a la señorita Lin.

Daiyu advirtió que algunos tallos tenían dos flores y se conmovió sin saber bien si a causa de la alegría o de la tristeza. Baoyu se fijaba en ella, pero su mente seguía ocupada en el asunto de la cítara.

—Ahora que tienes estas orquídeas, prima —dijo—, puedes tocar la tonada La orquídea solitaria.

Aquel comentario incomodó a Daiyu. De nuevo en su cuarto se puso a mirar las orquídeas, y pensó: «En primavera las plantas tienen flores frescas y exuberantes hojas. Yo soy joven y, sin embargo, ya soy como un sauce al final del otoño. Si mi deseo se hace realidad, podré irme fortaleciendo poco a poco. Si no, temo que mi destino será el de una flor que se marchita, ¿cómo voy a resistir los envites del viento y de la lluvia?». Y, cavilando de esa manera, no pudo reprimir las lágrimas.

Sin comprender el motivo de aquello, Zijuan pensó: «Hace un momento, en presencia de Baoyu, estaba tan contenta… ¿Por qué al ver las flores se ha puesto tan triste?». La doncella no sabía cómo consolar a su joven dama. La verdadera tristeza no se puede aliviar. En eso llegó una mensajera enviada por Baochai. Si quieren saber lo que pasa, en el próximo capítulo…





FIN

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