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© Libro N° 14785. Sueño En El Pabellón Rojo. Memorias De Una Roca. Xueqin, Cao. Parte Tres. Emancipación. Febrero 7 de 2026

 

Título Original: © 紅樓夢 (Hóng Lóu Mèng) Cao Xueqin, 1791


Traducción: Zhao Zhenjiang & José Antonio García Sánchez 


Versión Original: © Sueño En El Pabellón Rojo. Memorias De Una Roca. Cao Xueqin.

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/sueno-en-el-pabellon-rojo/


 

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Portada E.O. de:  Imagen con Nano Banana 2

 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

SUEÑO EN EL PABELLÓN ROJO

Memorias De Una Roca 

Cao Xueqin



CAPÍTULO LXXXVII

Conmovida por el otoño, Daiyu toca

su cítara añorando los días del pasado.

Mientras practica sentada su meditación silenciosa,

espíritus malignos poseen a Miaoyu.

Daiyu hizo pasar a la doncella enviada por Baochai. Tras presentar sus saludos, la sirvienta le alargó una carta, y Daiyu la despachó a beber té mientras ella, tras abrirla, leía la misiva:

Vine al mundo en un día aciago en el seno de una familia con mala estrella, condenada a sufrir toda suerte de adversidades. No tengo hermana. Mi venerable madre agoniza. Aquí los días y las noches son continuamente rugidos de tigres y ladridos de perros que vienen a sumarse a tragedias y catástrofes, y a los vientos repentinos pesadas lluvias. A altas horas de la noche, dando vueltas en la cama, ¡cuánta nostalgia me invade!, ¡qué triste me siento! Tú, mi mejor amiga, ¿cómo no te compadeces? Recuerdo cuando fundamos la Academia de las Begonias, aquel día de otoño fresco frente a los crisantemos y comiendo cangrejos… ¡qué alegre y armoniosa reunión! Aún resuenan en mis oídos aquellos versos que decían: «¿Con quién te refugiarás, ermitaño, desafiando orgulloso al mundo con tu virtud? / Todas las flores se abren, ¿por qué tú te retrasas?». Me parece que esa fragancia de finales del otoño alude precisamente a ti y a mí. Conmovida por tanta nostalgia, he compuesto cuatro estrofas. No son gemidos sin enfermedad, he convertido el llanto en versos.

Me conmueve la mudanza de las estaciones. Llega otra vez a el otoño fresco.

La desgracia familiar me sume en la tristeza.

En el salón del Norte[1] hay azucenas amarillas,

¿cómo puedo olvidar la melancolía[2]?

La tristeza no me abandona. Y el corazón, desconsolado.

Giran las nubes espesas, y amargo es el viento otoñal.

Paseo por el patio. Ya están secas las hojas que cubrió la escarcha.

¿Dónde está, dónde fue la alegría del pasado?

Pensando en silencio, se me parte el corazón.

Los esturiones viven en las lagunas, y las grullas en la orilla.

En las aguas profundas se ocultan los dragones. A gran altura vuelan las aves[3].

Me pregunto, con la cabeza erguida y sin obtener respuesta:

el cielo remoto, la tierra espesa… ¿quién entiende mi tristeza eterna?

El Río de Plata[4] centellea. Lo invade todo el aire frío.

La luna ya se inclina hacia el oeste. Quedan pocas gotas en la clepsidra.

Pero es más fuerte mi melancolía, y estos versos son un gemido doloroso.

Una y otra vez los recito, y a la mejor de mis amigas los envío.

La lectura de aquellos versos sumió a Daiyu en la congoja. Pensó: «Que la prima Baochai me los haya enviado a mí en vez de a otra persona, muestra que somos almas afines». Y sumida en estas cavilaciones estaba cuando escuchó a alguien preguntar: «¿Está en casa la prima Lin?». Guardó la carta de Baochai. «¿Quién anda ahí?», preguntó, al tiempo que hacían su entrada Tanchun, Xiangyun, Li Wen y Li Qi. Intercambiaron saludos mientras Xueyan les ofrecía té, y emprendían una conversación banal. Daiyu recordó los poemas en honor de los crisantemos que habían escrito aquel año de la fundación de la academia, y comentó:

—Desde que se mudó, la prima Baochai nos ha visitado en dos ocasiones. Sin embargo, últimamente no ha venido, aunque por aquí lo dejan de suceder cosas. ¿No es extraño? ¡Me pregunto si volverá alguna vez!

—¿Por qué no habría de hacerlo? —preguntó Tanchun con una sonrisa—. Tarde o temprano volverá… Por el momento hay muchos asuntos que atender en su casa, con esa cuñada medio loca que tiene. A la tía ya le van pesando los años, y a todo eso ha de sumarse el problema que ha ocasionado el primo Pan. Ya no tiene tanto tiempo de ocio como antes.

En ese instante una ráfaga de aire arrojó un puñado de hojas secas contra el papel de la ventana, y poco a poco su leve aroma penetró en la estancia.

—¿De dónde procede esta fragancia? —se preguntaron—. ¿Qué puede ser?

—Se parece al olor del osmanto —observó Daiyu.

—La prima Lin está hablando como sureña que es —se burló Tanchun—. ¿Cómo va a florecer el osmanto en el noveno mes?

—Claro —se rió Daiyu—. Por eso dije que se parecía, no que lo fuera.

—Tranquilízate, prima Tanchun —intervino Xiangyun—. Seguro que no has olvidado aquellos versos que dicen:

A lo largo de diez li, las flores de loto.

Durante el tercer otoño, flores de osmanto[5].

»En este tiempo florecen en el sur, aunque tú jamás los hayas visto. Ya los verás; cuando vayas al sur, naturalmente.

—¿Por qué habría de ir al sur? —preguntó Tanchun—. Además, eso lo sabía sin que me lo dijeras.

Li Wen y Li Qi se limitaron a sonreír en silencio.

—No estés tan, segura, prima —dijo Daiyu—. Como dice el proverbio: «El hombre es un inmortal caminante»; hoy aquí y mañana allí, ¿quién sabe dónde? Mírame a mí, por ejemplo, ¿cómo he llegado aquí, siendo del sur?

Dando una palmada, Xiangyun se echó a reír.

—¡Hoy la prima Lin ha sido más rápida que la prima Tanchun! —exclamó—. Y no sólo Daiyu procede del sur, sino que cada una de nosotras procede de diversos lugares. Unas del norte, otras nacidas en el sur y criadas en el norte, o crecidas en el sur y venidas más tarde al norte… Que hayamos coincidido en un mismo lugar muestra que el destino tiene designado un lugar a cada persona.

Las demás expresaron su aprobación con un gesto de cabeza mientras Tanchun se limitaba a sonreír. Siguieron charlando despreocupadamente un poco más, y por fin las visitantes partieron.

Cuando Daiyu las acompañó hasta la puerta, le dijeron:

—Acabas de reponerte. No salgas. No queremos que cojas un enfriamiento.

Ella permaneció en el umbral intercambiando cortesías hasta que las muchachas abandonaron el lugar. Entonces regresó a sentarse en su cuarto. Ya era la hora del crepúsculo y las aves volaban de regreso a las colinas. Las palabras de Xiangyun acerca del sur habían llenado de ideas la cabeza de Daiyu. «Si mis padres aún vivieran… el sur con flores primaverales y luz de luna otoñal, arroyos cristalinos y lucientes colinas, los veinticuatro puentes de Yangzhou[6] y las reliquias de las Seis Dinastías[7]… Doncellas atendiéndome, libertad de hacer y decir lo que me plazca sin preocupaciones… Carruajes de madera aromática, barcas pintadas, almendros rojos y cortinas azules… Siendo yo la respetada por todos… No como ahora, que viviendo en casa ajena, aunque me traten tan bien como en ésta, estoy obligada a ser yo la respetuosa… ¿Qué pecado cometí en una vida anterior para ser tan desdichada en ésta? Igual que el derrocado emperador de Tang del Sur[8], “aquí sólo puedo bañar diariamente mi rostro en lágrimas…”» —Y se fue perdiendo en tales reflexiones.

De regreso, Zijuan calculó que su melancolía había sido inducida por la charla acerca del sur y del norte, que Daiyu había tomado muy en serio.

—Esa larga conversación con las jóvenes damas debe haberla fatigado mucho, señorita —le dijo—. Acabo de decirle a Xueyan que ordene en la cocina que preparen para usted sopa de col con jamón y camarones secos, y unos brotes de bambú con algas. ¿Está bien?

—Bien está.

—También habrá sopa de arroz.

Daiyu asintió con la cabeza, y luego dijo:

—Me gustaría que preparaseis vosotras dos la sopa de arroz. No molestéis a las cocineras.

—Sí, así lo estamos haciendo —le aseguró Zijuan—. También he temido que la cocina no estuviera demasiado limpia. En cuanto a la sopa, le he pedido a Xueyan que le diga a la señora Liu que se lave cuidadosamente las manos antes de hacerla. Y la señora Liu dijo que iba a reunir los ingredientes y mandar a su hija Wuer[9] que los preparase en la cocinita de su propio cuarto.

—No es que las considere sucias —dijo Daiyu—, sino que todo el tiempo que ha durado mi enfermedad me he visto obligada a depender absolutamente de ellas, y ahora no quiero molestarlas con estas instrucciones especiales para la sopa de arroz. —Y los ojos se le volvieron a llenar de lágrimas.

—No imagine cosas raras, señorita —le pidió Zijuan—. Usted es la nieta de la Anciana Dama, y ella la adora tanto que los sirvientes deberían aprovechar cualquier oportunidad para complacerla. ¿Por qué habrían de quejarse?

Daiyu movió la cabeza afirmativamente, y luego preguntó:

—Esa Wuer que acabas de mencionar, ¿no es la muchacha que estaba con Fangguan sirviendo al señor Bao?

—La misma.

—Había oído decir que vendría a trabajar al jardín.

—Sí, señorita, pero cayó enferma y cuando se repuso y estaba a punto de venir, se armó ese lío con Qingwen y las otras, y todo se pospuso.

—Me pareció una muchacha guapa y limpia —dijo Daiyu.

Una criada entregó el caldo en la puerta y Xueyan salió a buscarlo. La mujer informó:

—La señora Liu me encarga que le diga a su joven dama que esto fue preparado por su hija Wuer. No se atrevió a hacerlo preparar en la cocina grande por temor a que su joven dama no lo considerase lo suficientemente limpio.

Xueyan expresó su aprobación y entró con el caldo. Daiyu había oído la conversación e hizo que Xueyan transmitiera a la mujer su agradecimiento por las molestias que se habían tomado, tras lo cual ésta partió. Entonces Xueyan puso el tazón y los palillos de Daiyu sobre la mesita.

—También tenemos esos ajos encurtidos con cinco condimentos, traídos del sur. ¿Quiere un poco con aceite de sésamo y vinagre?

—Muy bien, si no es demasiada molestia.

Cuando estuvo servida la sopa de arroz, Daiyu tomó medio tazón y dos cucharadas de caldo, pero no pudo ingerir más. Dos doncellas despejaron y limpiaron la mesa, se llevaron todo y trajeron la mesita que a ella le gustaba usar. Tras haberse enjuagado la boca y lavado las manos, Daiyu le preguntó a Zijuan:

—¿Has añadido incienso?

—Lo haré ahora mismo, señorita.

—Vosotras dos os podéis acabar la sopa de arroz y el caldo; saben bastante bien y están preparados con limpieza. Yo misma me encargaré del incienso.

Ambas doncellas asintieron y tomaron asiento para comer en el cuarto de fuera. Tras añadir incienso, Daiyu se sentó a leer. En ese preciso momento se levantó un viento del oeste que hizo crujir los árboles. Se oían también tintinear las placas de hierro que colgaban del alero. Xueyan ya había terminado de cenar, y regresó.

—Hace frío —le dijo Daiyu—. ¿Oreaste mi ropa de piel ligera, como te pedí el otro día?

—Sí, toda.

—Trae algo para echarme sobre los hombros.

Xueyan trajo un hato de ropa forrada en piel y lo desató para que Daiyu eligiera. Lo primero que atrajo su vista fue un pequeño lío de seda; eran los viejos pañuelos que Baoyu le había hecho llegar cuando estuvo enfermo, y sobre los cuales ella había escrito unos poemas. Todavía guardaban las manchas de sus lágrimas. Envueltos en su interior estaban la bolsita, un estuche de abanico y la borla del Jade de las Comunicaciones Trascendentales de Baoyu que ella había rotó a tijeretazos. Todo eso había aparecido en el baúl cuando lo abrieron para orear la ropa, y Zijuan lo había puesto en el hato por temor a que se extraviara.

La visión de aquellos objetos hizo que Daiyu olvidara su deseo de ponerse algo que la abrigase más. Tomó los dos pañuelos, contempló sus viejos poemas, y se echó a llorar. Al entrar, Zijuan encontró a Xueyan petrificada, sosteniendo el envoltorio de las prendas. La bolsa rota a tijeretazos, el estuche del abanico en dos o tres pedazos, y la borla estropeada estaban sobre la mesita, y Daiyu contemplaba entre lágrimas dos pañuelos sobre los que había algo escrito. Sin duda es cierto que

Cuando los desafortunados encuentran el infortunio,

lágrimas nuevas recorren los surcos de lágrimas viejas.

Zijuan comprendió que esos objetos habían vuelto a abrir viejas heridas trayendo hasta su señora el dolor del pasado, y que sería inútil intentar razonar con ella.

—¿Por qué los mira, señorita? —le preguntó, sonriendo—. Sólo le recordarán sus travesuras y las del señor Bao cuando eran chiquillos y se pasaban el tiempo riendo y discutiendo. Si sus modales de entonces hubieran sido los de ahora, no habrían destruido esas cosas en vano.

Zijuan pretendía con aquella charla levantar el ánimo de Daiyu, pero, para su sorpresa, lo único que consiguió fue recordarle los primeros años pasados allí, y unas lágrimas volvieron a correrle por las mejillas.

—Xueyan está esperando —le recordó Zijuan—. Póngase algo que abrigue más.

Entonces, por fin, Daiyu dejó los pañuelos. Zijuan los tomó rápidamente para, introduciéndolos en la bolsa y guardándolos junto a los demás objetos, ponerlos fuera del alcance de su joven dueña.

Daiyu se cubrió los hombros con una chaqueta forrada en piel y salió desconsolada a sentarse en el cuarto exterior. Al volver la cabeza advirtió que todavía no habían guardado los poemas de Baochai. Los recogió, los releyó un par de veces, y suspiró:

—Nuestra posición no es la misma, pero nuestro dolor es uno. Bien puedo escribir yo también cuatro estrofas y, con la cítara, cantarlas con acompañamiento. Mañana las escribiré y se las enviaré como respuesta.

Le dijo a Xueyan que trajera pincel y tintero de su escritorio, y se dio a escribir cuatro estrofas sobre las melodías «Orquídea Solitaria» y «Anhelo por un hombre sabio»[10]. Luego acompasó música y letra, hizo una copia para enviarla a Baochai y pidió a Xueyan que fuera a recoger la cítara pequeña que había traído consigo cuando llegó al norte. Tras afinarla, hizo algunos ejercicios con los dedos. Y como Daiyu era tan inteligente y había aprendido a tocar un poco en el sur, recobró rápidamente su antigua habilidad. Tocó hasta altas horas de la madrugada; cuando se cansó, llamó a Zijuan para que lo ordenara todo, y por fin se fue a la cama.

Hablemos de Baoyu. A la mañana siguiente se levantó y se vistió, y ya se disponía a partir a la escuela con Beiming cuando en eso llegó corriendo su paje Moyu, con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Señor Bao, esta vez la cosa le ha salido bien! El maestro no está. Hoy no hay clase.

—¿Es cierto eso?

—¡Si no me cree, mire! ¿No ve que llegan el señor Huan y el señor Lan?

En efecto, Baoyu vio a los dos muchachos con sus pajes, riendo y charlando mientras se aproximaban. Al divisarlo se detuvieron en actitud de respetuosa atención.

—¿Por qué volvéis? —preguntó.

Fue Huan quien le contestó:

—El maestro tenía unos asuntos que atender hoy, así que nos ha concedido un día de asueto. Mañana tendremos que volver.

Baoyu partió a informar de aquello a su abuela y a su padre, y luego regresó al patio Rojo y Alegre.

—¿Por qué ha regresado? —le preguntó Xiren.

Le explicó la razón y después de pasar un rato sentado se dispuso a salir.

—¿Y ahora adónde va? ¿Por qué tanta prisa? Acaban de darle un día libre. Le aconsejo que se tome un descanso.

Entonces él se detuvo y con la cabeza inclinada dijo:

—Tienes razón, por supuesto, pero es tan raro poder disfrutar de un día libre que, ¿por qué no divertirme un poco? ¡Apiádate de mí!

Era tan patético su gesto que Xiren soltó una risita:

—¡Muy bien, señor, vaya donde quiera!

Pero en ese mismo momento fue servido el almuerzo y Baoyu tuvo que sentarse a comer. Apenas hubo terminado de engullir su comida y enjuagarse la boca, salió corriendo en busca de Daiyu. Cuando llegó a la puerta vio a Xueyan colgando unos pañuelos en el patio.

—¿Ya ha comido tu señora? —le preguntó.

—Probó medio tazón de sopa de arroz por la mañana, pero no quiso almorzar. Ahora está durmiendo. Será mejor que vaya a otro lugar y vuelva un poco más tarde, señor Bao.

Baoyu tuvo dar media vuelta. No supo adónde dirigirse hasta que se le ocurrió que hacía días que no veía a Xichun, así que fue dando un paseo hasta la cabaña de la Brisa de las Centinodias. Cuando se detuvo frente a su ventana advirtió que todo estaba en silencio y pensó que sería mejor no entrar, ya que también ella estaría reposando. Ya estaba a punto de partir cuando escuchó en el interior un leve sonido que no pudo identificar. Prestó atención y unos momentos más tarde llegó a sus oídos un tintineo, pero tampoco pudo reconocer el sonido.

Una voz dijo:

—Pero si mueves esa pieza aquí, ¿qué será de tu posición allí?

Entonces comprendió que estaban jugando al weiqi, aunque seguía sin identificar las voces. Hasta que oyó claramente a Xichun que decía:

—¿Qué me importa? Si me comes esta pieza, me pongo aquí. Si comes aquélla, me pongo allí. Finalmente conseguiré rodear esa parte.

—¿Y qué pasa si hago esto? —preguntó la otra voz.

—¡Ah! —exclamó Xichun—. ¡No estaba preparada para este contraataque!

La segunda voz le resultaba familiar, pero Baoyu supo que no se trataba de una de sus primas. Puesto que estaba con Xichun no sería alguien extraño, levantó con cuidado la antepuerta y entró discretamente. La visitante no era otra que «la del otro lado del umbral», Miaoyu, la abadesa del convento del Enrejado Verde. Él no se atrevió a molestarlas, y las muchachas, concentradas en su juego, no se percataron de su presencia. Baoyu se quedó de pie mirando.

Miaoyu, que estaba con la cabeza agachada, preguntó:

—¿Ya no quieres esta esquina?

—Claro que sí —contestó Xichun—. Todas las piezas que tienes en esa esquina están muertas, así que no tengo nada que temer.

—No estés tan segura —replicó Miaoyu—. Ya veremos.

—Yo atacaré y ya veremos qué puedes hacer tú.

Siempre sonriendo, Miaoyu añadió una pieza y formó una línea, amenazando la esquina de Xichun.

—Esto es lo que se llama «quitarse al revés la bota»[11] —se rió.

Antes de que Xichun pudiera responder, Baoyu soltó una carcajada sobresaltando así a las dos muchachas.

—¿Por qué haces esto? —exclamó Xichun—. ¡Entrar con tanto sigilo y asustarnos! ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Un buen rato. Os he estado viendo luchar por esa esquina.

Saludó a Miaoyu y le preguntó sonriente:

—Usted, maestra, casi nunca sale de su convento, ¿cómo es que hoy ha bajado al mundo de los mortales?

Miaoyu se turbó pero no dijo nada, agachó la cabeza y clavó la vista en el tablero. Consciente de su imprudencia, Baoyu trató de rectificar la situación.

—Usted ha renunciado al mundo y no es como nosotros, gente común —dijo con una sonrisa conciliadora—. En primer lugar, tiene el corazón sereno, y la serenidad engendra la conciencia y la conciencia engendra la sabiduría.

Antes de que terminara la frase, Miaoyu alzó la mirada hacia él y la volvió a bajar, turbada. Viendo que no la haría reaccionar, Baoyu permaneció en silencio, allí sentado.

Xichun quería concluir el juego, pero después de un momento Miaoyu dijo:

—Seguiremos en otra ocasión. —Y se levantó para alisar su ropa. Volvió a sentarse y preguntó torpemente a Baoyu—: ¿De dónde viene?

Él había estado esperando que ella le dirigiese la palabra para así arreglar su anterior falta de tacto. Sin embargo, se le ocurrió la peregrina idea de que podría ser una frase sutil de Miaoyu, destinada a despertar su conciencia. Se turbó a su vez y no pudo responder. Con una leve sonrisa, la monja se volvió hacia Xichun.

—¿Acaso es tan difícil dar una respuesta, segundo hermano? —se rió Xichun—. ¿Nunca has oído el dicho «Vengo de donde he estado»? ¿Por qué te sonrojas como si te topases con un desconocido?

Miaoyu tomó aquella indirecta como referida a ella. Con el brinco que le había dado el corazón y la sensación de calor que sentía en las mejillas, supuso que su rostro debía estar inevitablemente enrojecido. En su incomodidad, se incorporó y dijo:

—Llevo aquí demasiado tiempo. Debo regresar al convento.

Como Xichun la conocía bien, la acompañó hasta la puerta en lugar de intentar detenerla.

—Hacía tiempo que no venía… —dijo Miaoyu—. Tal vez no encuentre el camino de vuelta por entre todos esos meandros y recovecos.

—¿Por qué no me deja mostrarle el camino? —se ofreció Baoyu.

—Es un atrevimiento, pero se lo agradezco.

Se despidieron de Xichun, dejaron la cabaña de la Brisa de las Centinodias y avanzaron por un sendero serpenteante que les condujo hasta las inmediaciones del refugio de Bambú. De pronto oyeron un tañido.

—¿Quién toca esa cítara? —preguntó Miaoyu.

—Debe ser la prima Lin.

—¿También sabe tocar la cítara? ¿Por qué nunca lo había dicho?

Baoyu le repitió lo que le había dicho Daiyu.

—Vamos a verla —propuso él.

—Desde antiguo, la cítara se escucha sin mirarla —objetó ella.

—Sí, ya sé que soy una persona vulgar —convino él con una sonrisa.

Ya en la parte exterior del refugio de Bambú, tomaron asiento sobre una roca de la colina para escuchar tranquilamente la prístina melodía. Daiyu estaba entonando con suavidad:

Silba el viento, el otoño ya avanzado;

A mil li la adorable belleza canta solitaria.

Mira en dirección a su hogar. ¿Dónde se encuentra?

Apoyada en la balaustrada, su túnica la manchan las lágrimas.

Tras una pausa continuó:

Montañas, una tras otra, y largos ríos.

Luz de la luna brillando sobré el alféizar de la ventana.

Insomne yace, contemplando el Río Celestial.

Cubierta con delgadas sedas. Helados llegan el viento y el rocío.

Se detuvo de nuevo, y entonces Miaoyu comentó:

—La primera estrofa usó la rima qin, la segunda la yang. Oigamos lo que sigue.

Entonces oyeron un nuevo canto desde el interior:

Tu desgracia te arranca la libertad,

y la mía rebosa de aflicciones.

Tú y yo somos almas gemelas:

Tomamos a los antiguos como ejemplo, para evitar el error.

—¡Otra estrofa, pero qué amarga! —comentó Miaoyu.

Y Baoyu dijo:

—Aunque no entiendo de música, también me parece demasiado triste la melodía.

Entonces Daiyu afinó de nuevo las cuerdas, y Miaoyu dijo:

—La cuerda reina[12] emite un sonido demasiado agudo. Tal vez no armoniza bien en ese tono.

Daiyu comenzó de nuevo:

La vida en este mundo es como polvo leve.

La vida en el cielo y la vida en la tierra dependen del destino,

y nadie puede cambiar esta ley.

¡Puro mi corazón, como la luna en el cielo!

Con el rostro súbitamente lívido, Miaoyu exclamó:

—¿Por qué ha cambiado de pronto de tono? ¡Es capaz de resquebrajar el metal o la piedra! Es demasiado alto.

—¿Qué quieres decir?

—Que no podrá mantenerlo mucho tiempo.

No había abado de decir aquello cuando oyeron cómo se rompía la cuerda prima con un sonido seco e inquietante. Miaoyu se puso inmediatamente de pie y partió a toda prisa.

—¿Qué sucede? —preguntó Baoyu.

—Más adelante lo sabrá; no comente nada.

Dicho lo cual partió, mientras Baoyu volvía al patio Rojo y Alegre, perplejo y deprimido.

Miaoyu regresó al convento, y la vieja servidora que la esperaba cerró el portón. Se sentó un momento para salmodiar el sutra del día, y después de la cena quemó incienso y adoró a Buda. Hecho lo cual despidió a la servidora. Con el catre y el respaldo listos, dejó caer tranquilamente la cortina y se dispuso a meditar con las piernas cruzadas, descartando todo pensamiento frívolo para concentrarse en la verdad.

En algún momento después de la medianoche oyó un ruido sordo sobre el techo. Temió que fuera un ladrón y abandonó el catre para salir a la terraza. Vio jirones de nubes en el cielo y una luz de luna cristalina como el agua. Como aún no hacía mucho frío permaneció allí hasta que oyó el súbito maullar de una pareja de gatos en el tejado. Recordó de repente los comentarios que había hecho Baoyu aquel día y el corazón empezó a latirle cada vez más deprisa. Las mejillas le ardían. Reprimiendo sus sentimientos, volvió a la celda y se reclinó de nuevo.

Pero no podía concentrarse, y de pronto, como el galope de un tropel de potros, sintió que el catre se estremecía y que su cuerpo ya no estaba en el convento. Muchos príncipes y jóvenes nobles venían a pedir su mano y, contra su deseo, muchos casamenteros tiraban de ella y la empujaban tratando de introducirla en un carruaje. Luego, unos bandidos la secuestraban, amenazándola con espadas y garrotes. Eso le hizo gritar, llorando y pidiendo auxilio. Aquel grito despertó a las novicias y a la servidora, quienes llegaron con antorchas para ver qué pasaba. Encontraron a Miaoyu con los brazos extendidos y la boca llena de espuma. La despertaron inmediatamente.

Con la mirada fija y el rostro enrojecido, ésta gritó:

—¡Cómo os atrevéis, bandidos, a atacar a quien está bajo la protección de Buda!

Absolutamente aterradas, las novicias gritaron:

—¡Somos nosotras! ¡Despierta!

—Quiero volver a mi casa —lloriqueó ella—. ¡Si hay entre vosotras un alma bondadosa, que me lleve de regreso!

—Estáis aquí, en vuestra propia celda —dijo la servidora, y dio instrucciones a las novicias para que rezaran a Guanyin. Además, fueron a consultar el libro de los oráculos, que se abrió por un pasaje donde se decía que ella había «ofendido a una sombra mala en la esquina sudoeste».

—¡Es verdad! —exclamó una de ellas—. Nadie vive en la esquina sudoeste del jardín de la Vista Sublime, o sea, que es probable que allí se encuentre aire sombrío.

Luego consiguieron para ella sopa y agua hirviendo. Y aquella novicia que cuidaba a Miaoyu mejor que otras, pues ella la había traído consigo desde el sur, se sentó sobre el catre y la rodeó con un brazo.

Volviéndose, Miaoyu preguntó:

—¿Quién eres?

—Soy yo.

Miaoyu la observó más cuidadosamente.

—¡Así que eres tú! —exclamó, y se apretó contra ella llorando—. Eres mi madre. Si tú no me salvas, estoy perdida.

La novicia trató de devolverla a la cordura. Le dio un masaje mientras la servidora traía té, y Miaoyu sólo volvió a dormirse al alba. Las monjas hicieron venir médicos. Uno diagnosticó su mal como una debilidad del bazo producida por las preocupaciones; otro lo atribuyó a un humor caliente que invadía el útero; otro a haber ofendido a los malos espíritus; y no faltó quien diagnosticara un simple enfriamiento. No lograron ponerse de acuerdo.

Más tarde llamaron a otro médico que después de examinar a la paciente preguntó:

—¿Practica la meditación?

—Siempre lo hace.

—¿Este súbito ataque se produjo anoche?

—En efecto.

—Entonces debe estar poseída por espíritus malignos[13].

—¿Hay cura?

—Como por fortuna no estuvo demasiado tiempo concentrada y el mal no penetró muy profundamente, podemos salvarla.

Prescribió unos remedios para aliviar el humor caliente de su corazón, y Miaoyu quedó algo aliviada después de tomarlos.

Cuando los jóvenes petimetres y libertinos se enteraron del incidente, divulgaron toda suerte de rumores y comentaron: «Es demasiado joven, y además bella e inteligente, para soportar una vida tan austera. ¿Quién será el afortunado varón que la consiga en el futuro?».

Unos días después Miaoyu mejoró, pero no volvió del todo a la normalidad, y su mente seguía confusa.

Uno de esos días en que Xichun estaba sentada tranquilamente, entró Caiping a preguntar:

—Señorita, ¿se enteró de lo que le sucedió a la maestra Miaoyu?

—No. ¿Qué?

—Ayer escuché a la señorita Xing y a la señora Zhu discutiéndolo. La noche en que regresaba de jugar al weiqi con usted, un espíritu malo la poseyó, ¡y empezó a gritar que unos bandidos habían venido a raptarla! Todavía hoy no está recuperada del todo. ¿No le parece extraordinario?

Xichun permaneció callada, pensando: «A pesar de su castidad, Miaoyu no ha cortado aún todos sus lazos terrenales. Lástima que yo viva en una familia como ésta y no pueda hacerme monja. ¿Me acosarían los malos pensamientos si yo me retirase del mundo? ¡No me acosaría ni uno, mantendría los deseos a raya!». Y de pronto tuvo una idea y entonó:

La Creación no tiene medida.

¿Dónde, entonces, nos podemos detener?

Puesto que del vacío procedemos,

Al vacío hemos de volver[14].

Ordenó a una doncella prender incienso y permaneció sentada tranquila unos momentos. Luego tomó manuales de weiqi escritos por Kong Rong, Wang Jixing[15] y algunos otros. Tras leer unas cuantas páginas no le sorprendieron «Cangrejos envueltos en hojas de loto» y «Oropéndola atrapando liebres». Las «Treinta y seis maneras de encerrar una esquina» le resultaron demasiado difíciles de recordar. Sin embargo le intrigó algo de lo que leyó acerca de los «Ocho dragones al galope»[16]. Y en eso estaba cuando entró alguien en la estancia gritando:

—¡Caiping!

Si desean saber de quién se trataba, escuchen el próximo capítulo.



CAPÍTULO LXXXVIII

Por complacer a su abuela, Baoyu elogia

a un muchacho sin padre.

Para mantener la disciplina, Jia Zhen hace azotar

a unos sirvientes díscolos.

Estudiaba Xichun el manual de weiqi cuando oyó la voz de Yuanyang llamando a Caiping desde el patio. Ésta salió a su encuentro para franquearle el paso, y Yuanyang entró acompañada de una joven doncella que llevaba en la mano un paquete envuelto en un pañuelo de seda amarilla.

—¿Qué te trae por aquí? —preguntó Xichun sonriendo al verlas llegar.

—Señorita, la Anciana Dama cumplirá ochenta y un años el próximo año, lo que significa un «nueve sombrío»[1]. Con tal ocasión ha decidido hacer ofrendas durante nueve días con sus nueve noches. También ha mandado hacer tres mil seiscientas cincuenta y una copias del Sutra del Diamante[2] a copistas expertos de la ciudad. Pero dice la gente que el Sutra del Diamante es comparable al envoltorio de los amuletos taoístas, y que es el Sutra del Corazón[3] el que se puede comparar con el amuleto mismo. Por eso, para hacer más meritoria la ofrenda, Su Señoría ha decidido que se hagan también copias de este segundo sutra. Y puesto que el Sutra del Corazón es más importante y Guanyin es un bodhisattva femenino[4], la Anciana Dama no quiere que sean copistas contratados los que se encarguen de caligrafiar las trescientas sesenta y cinco copias que desea presentar como acto de reverencia, sino algunas señoras y jóvenes damas de la familia. Quien más quien menos, todas las damas de la familia con excepción de la señora Lian, que se encuentra demasiado ocupada con los asuntos familiares y que además no sabe escribir, van a hacer copias. Incluso la señora Zhen y las concubinas de la mansión del Este cumplirán con una parte, y también habrán de hacerlo todas las jóvenes damas de nuestra mansión.

Aprobó Xichun con un gesto de cabeza, y declaró:

—Puede que no sepa hacer otra cosa, pero soy la más fiable a la hora de copiar sutras. Deja por ahí encima el paquete y bebe un poco de té.

Yuanyang dejó el bulto sobre la mesa y tomó asiento junto a Xichun. Caiping les trajo té.

—¿Y tú no vas a hacer copias? —preguntó Xichun a Yuanyang.

—¡No se burle de mí, señorita! Hace unos años no me habría costado trabajo, ¿pero acaso me ha visto con un pincel en la mano en los últimos años?

—En todo caso sería una acción de mérito.

—Estoy ocupada haciendo otra cosa. Todas las noches, después de ayudar a acostarse a la Anciana Dama, rezo a Buda y aparto un grano de arroz cada vez que invoco su santo nombre. Vengo haciéndolo así desde hace más de tres años. Cuando la Anciana Dama haga sus nueve días de sacrificios, yo le entregaré mi arroz para las ofrendas a Buda y las limosnas a los pobres. Ésa será la prueba de mi sincera devoción por ella.

—En tal caso —bromeó Xichun—, cuando la Anciana Dama se vuelva Guanyin, tú serás la Doncella Dragón[5].

—¿Cómo podría aspirar a rango tan alto? Sin embargo, sí sé que no sería capaz de servir a nadie que no fuera la Anciana Dama. ¡Quizás esté predestinada!

Y disponiéndose ya a partir, le dijo a la pequeña doncella que deshiciera el hato y extrajera su contenido, que mostró a Xichun.

—Este papel es para copiar el Sutra del Corazón. Y esto —le mostró un haz de incienso tibetano— es para que lo mantenga encendido mientras copia.

Xichun asintió. Yuanyang la dejó y regresó con la doncella ante la Anciana Dama para informarle del resultado de sus gestiones. La encontró jugando al shuanglu[6] con Li Wan y se quedó a su lado, de pie, mirando el desarrollo de la partida. Li Wan hizo algunos movimientos afortunados y capturó varias piezas de la Anciana Dama, lo cual hizo reír discretamente a Yuanyang.

En ese momento entró Baoyu con dos jaulas en miniatura confeccionadas con finas astillas de bambú. Dentro llevaba unos grillos verdes.

—He sabido que en los últimos tiempos no duerme bien por las noches, señora —dijo el muchacho a su abuela—. Aquí le dejo estos grillos para que se entretenga.

—¡No andes por ahí haciendo travesuras ahora que no está tu padre! —le advirtió ella con una sonrisa.

—Pero si no he estado haciendo travesuras…

—¿Que no? ¿Y cómo has podido cazar estos grillos sin faltar a la escuela?

—No los cacé yo. Esta mañana el venerable maestro encargó a Huan y a Lan que escribiesen unos pareados. Huan no pudo hacerlos, así que yo le soplé la respuesta y cuando los recitó puso muy contento al maestro, que lo felicitó. Entonces, como agradecimiento, me regaló los grillos. Y yo se los obsequio a usted.

—¿Acaso no estudia todos los días ese bergante? ¿Por qué es incapaz de escribir un simple pareado? ¡Si realmente no puede, vuestro maestro debería darle una buena bofetada! Bastante mal estás tú ya. ¿Acaso no te acuerdas del terror que te producía, cuando tu padre estaba en casa, que te ordenara escribir poemas? Sin embargo, ahora que está ausente te jactas de hacerlo bien. Aunque peor es el caso de Huan, que pide a la gente que trabaje en su lugar e ingenia formas de sobornarla. Si un muchacho de su edad es capaz de practicar semejantes ardides sin sentir la menor vergüenza, ¿qué no será capaz de hacer cuando sea mayor?

Toda la gente que había en la estancia se echó a reír.

—¿Y qué hay del pequeño Lan? —preguntó la Anciana Dama—. ¿Consiguió escribir sus pareados? ¿O, como es más pequeño que Huan, se los tuvo que hacer él?

—No —dijo Baoyu sonriendo—. Lan los hizo solo.

—No te creo. Seguro que también se los soplaste. En los últimos tiempos te estás pasando de la raya. Eres un camello en medio de un rebaño de ovejas, puesto que eres el mayor y el que mejor redacta.

—Realmente los escribió él mismo —insistió Baoyu con una sonrisa—. Y nuestro profesor lo elogió diciendo que llegaría lejos el día de mañana. Si no me cree, señora, hágalo venir y póngalo a prueba usted misma; así estará segura.

—Si realmente es cierto lo que dices, me alegro muchísimo. Por un momento temí que fuera otro de tus pequeños embustes. En efecto, si tan pequeño como es ya sabe escribir pareados, el muchacho tiene un gran porvenir. —Su mirada se dirigió entonces a Li Wan, y no pudo evitar el vivo recuerdo de Jia Zhu—. Eso significa que tu cuñada no lo ha criado en vano desde la muerte de tu hermano Zhu. Algún día ocupará el lugar de su padre como principal sostén de esta casa. —Y dicho esto no pudo contener las lágrimas por más tiempo.

También Li Wan se conmovió intensamente, pero para poder consolar a la Anciana Dama tuvo que controlar su propio llanto.

—Es la virtud de nuestra anciana antepasada la que procura estas alegrías —dijo con una sonrisa forzada—. Todos nos beneficiamos de su buena fortuna. ¡Qué felices seremos si Lan hace honor a las esperanzas que usted ha depositado en él! Eso debería alegrarla, anciana antepasada, no entristecerla.

Se volvió hacia Baoyu:

—En el futuro no debes elogiar tanto a tu sobrino. ¿Qué puede comprender un niño tan pequeño? Sé que quisiste ser amable, pero él carece todavía de criterio. Si llegara a pensar que ya ha aprendido lo suficiente no progresaría en sus estudios.

—Así es —asintió la Anciana Dama—. Pero no olvidemos que, precisamente por ser tan pequeño, no se le debe exigir mucho. Los niños son apocados. Forzarlo demasiado podría menoscabar su salud y le impediría seguir estudiando, en cuyo caso habrías desperdiciado todos tus esfuerzos.

Al escuchar aquello, Li Wan ya no pudo controlarse más y unas lágrimas empezaron a surcarle las mejillas. Inmediatamente se secó los ojos.

En ese momento entraron Jia Huan y Jia Lan a presentar sus respetos a la Anciana Dama. Lan saludó también a su madre, después de lo cual fue a colocarse en actitud atenta frente a su bisabuela.

—Tu tío me dijo hace un momento que el maestro te ha felicitado por haber compuesto un buen pareado.

Lan no dijo nada, limitándose a fruncir los labios reprimiendo una risa infantil. Yuanyang hizo su aparición para anunciar que la cena estaba dispuesta.

—Dile a la tía Xue que venga —ordenó la Anciana Dama.

Hupo fue enviada a los aposentos de la dama Wang a transmitir ese mensaje. Baoyu y Huan se retiraron mientras Suyun y otras jóvenes doncellas guardaban el shuanglu. Li Wan se quedó para atender a la Anciana Dama, y Lan permaneció junto a su madre.

—Será mejor que vosotras dos comáis conmigo —dijo la Anciana Dama.

Asintió Li Wan, y se dispuso la mesa.

Una doncella entró para anunciar:

—Su Señoría me mandó decir que estos últimos días la tía Xue ha estado muy ocupada de aquí para allá y que hoy no puede venir a verla, pues partió a su casa inmediatamente después del almuerzo.

La Anciana Dama hizo sentar a Lan a su lado, y concluida la cena se lavó las manos, se enjuagó la boca y se tendió sobre la cama. Allí estaban charlando cuando entró una joven doncella y susurró algo al oído de Hupo, quien acto seguido informó a la Anciana Dama:

—El señor Zhen de la mansión del Este ha venido a presentar sus respetos.

—Dile que no se moleste. Los asuntos familiares deben haberlo fatigado mucho, así que será mejor que se retire a descansar.

La doncella llevó aquel recado a la criada del exterior, que a su vez lo transmitió a Jia Zhen, quien se retiró.

Al día siguiente llegó Jia Zhen para atender unos negocios. Los sirvientes de la puerta le informaron acerca de varios asuntos, y uno de ellos le anunció:

—El mayordomo de nuestra hacienda ha traído algunos productos.

—¿Dónde está la lista? —exigió Jia Zhen.

Al serle presentada pudo ver que comprendía fruta fresca, verduras, carne de caza y productos similares.

—¿Quién se encarga de estas cosas? —preguntó.

—Zhou Rui —respondió uno de los porteros.

Entonces Jia Zhen ordenó a Zhou Rui:

—Comprueba la lista y lleva adentro los productos. Más tarde mandaré hacer una copia para ver si las cuentas coinciden. Di en la cocina que añadan unos cuantos platos a la comida de rango más bajo para el muchacho que trajo estas cosas, y que le den una gratificación según la costumbre.

Asintió Zhou Rui e hizo entrega de las cosas en los aposentos de Xifeng. Después de entregar la lista y los productos partió, pero al poco rato volvió para preguntar a Jia Zhen:

—Señor, ¿ha comprobado ya las cantidades?

—¿Cuándo he tenido tiempo? Si te di la lista fue para que lo hicieras tú.

—Ya lo he hecho, señor. No falta nada y nada sobra. Como usted ha conservado una copia le ruego que llame al mensajero para preguntarle si ésta es la lista auténtica o una falsificada.

—¿Qué estás sugiriendo? ¿Qué importa un poco más o menos de fruta? No estoy dudando de tu palabra.

En ese instante entró Baoer. Hincándose de rodillas suplicó:

—Señor, por favor, permítame volver a trabajar en el exterior —pidió.

—¿Pero qué habéis estado haciendo vosotros dos? —exigió saber Jia Zhen.

—No puedo hablar aquí —dijo Baoer.

—¿Quién te ha pedido que hables?

—¿Por qué habría de quedarme aquí, sirviendo como vigilante de los demás?

Zhou Rui intervino:

—Yo controlo los alquileres, los ingresos y los gastos de la hacienda, que suman de trescientos a quinientos mil taeles anuales, y el señor y la señora Xifeng jamás me han encontrado en falta, y menos por tonterías como éstas. ¡Pero quien escuchara a Baoer pensaría que me he apropiado de todas las haciendas y propiedades de mi señor!

A Jia Zhen le resultó claro que Baoer había estado causando problemas y que lo mejor sería sacarlo de allí, como él pedía.

—¡Lárgate inmediatamente! —le ordenó, y volviéndose luego a Zhou Rui—: Y tú, no hace falta que digas nada. Anda y ocúpate de tus asuntos.

Los dos hombres se retiraron.

Jia Zhen pasó a descansar en la soledad de su estudio, y allí estaba cuando escuchó un gran estrépito procedente de la puerta. Envió gente a averiguar qué sucedía, y los porteros informaron:

—Baoer está peleando con el hijo adoptivo de Zhou Rui.

—¿Y ése quién es? —preguntó.

—Un bribón llamado He San que se emborracha y pelea en su casa todos los días, y a menudo viene a sentarse frente a nuestra puerta. Al oír que Baoer y Zhou Rui estaban riñendo, se interpuso en la disputa.

—¡Indignante! —maldijo—. Que me traigan atados a Baoer y a ese He San. ¿Dónde está Zhou Rui?

—Se escabulló al empezar la pelea.

—¡Traedlo aquí! ¡Esto es el colmo!

Los sirvientes asintieron.

En medio de la conmoción volvió Jia Lian, y su primo le relató lo sucedido.

—¡Qué escándalo! —exclamó Jia Lian.

Despachó más sirvientes en busca de Zhou Rui, que sabía que no podía escapar y al que, en efecto, no tardaron en encontrar.

—¡Atadlos a todos! —ordenó Jia Zhen.

—Vuestra primera refriega se pasó por alto, y el señor ya os había despachado a los dos —le dijo enfurecido Jia Lian a Zhou Rui—. ¿Por qué empiezas una nueva trifulca? Ya era bastante malo que los dos os enfrentarais, pero hubisteis de agravar la cosa metiendo en el lío a ese bastardo de He San. ¡Y en vez de controlarlos, has eludido la responsabilidad! —Y diciendo esto le arreó varios patadones.

—Pegarle no basta —intervino Jia Zhen.

Y ordenó a sus hombres que le dieran cincuenta azotes a Baoer y otros tantos a He San. Luego los echaron, tras lo cual él y Jia Lian pasaron a discutir el asunto. En privado los sirvientes expresaron diversas opiniones acerca de aquel incidente. Unos dijeron que Jia Zhen estaba ocultando sus propios defectos o que era incapaz de resolver disputas, otros opinaron directamente que no era un hombre digno. «¿Acaso no fue él quien antes, cuando las hermanas You andaban en sus desvergonzados trotes, convenció a Jia Lian para que contratara a Baoer? —señaló uno de ellos—. Y sin embargo miradlo ahora, se queja de la torpeza de Baoer, seguramente porque la mujer de éste no le ha servido bien.» En fin, hubo sobre esta materia tantas opiniones como hombres. Y dejemos ya el asunto.

Desde que Jia Zheng se hiciera cargo de su puesto en la Junta de Obras, varios de sus sirvientes se habían enriquecido. Al llegar esto a sus oídos, también Jia Yun quiso conseguir un empleo lucrativo. Se acercó a varios intermediarios de la ciudad, y después de llegar a un arreglo con ellos respecto a su comisión, compró unos bordados de los que estaban de moda con el fin de convencer a Xifeng de que obtuviera un trabajo para él. En la mansión llegó a Xifeng la noticia de que Jia Zhen y Jia Lian, furiosos contra algunos de los sirvientes, estaban haciéndolos apalear. Cuando estaba a punto de enviar a una persona para que hiciera las averiguaciones pertinentes llegó Jia Lian y le dio la versión completa.

—Es un asunto menor —concluyó Xifeng después de oírlo—, pero vamos a tener que poner freno a ese tipo de conducta. Nuestra familia sigue figurando entre las que disfrutan de buena fortuna, ¡pero aun así se atreven a pelear! Más tarde, cuando le toque a la siguiente generación el gobierno de la casa, la servidumbre ya no se podrá controlar. Hace algunos años, en la mansión del Este, vi a Jiao Da borracho como una cuba al pie de la escalera y profiriendo insultos como un loco. ¡Allí estaba, tan campante, injuriando a todo lo alto y lo bajo! Quizá sea cierto que sus méritos han sido grandes para nuestros antepasados, pero también es un hecho que sigue siendo un sirviente y debería haber mostrado más respeto. La esposa del primo Zhen tiene la mano tan blanda que toda su servidumbre está consentida y desconoce cuál es su lugar. Y no es que yo lo diga, es que es absolutamente cierto. ¡Y ahora, por si fuera poco, tenemos a ese Baoer! Tenía entendido que era un favorito tuyo y de tu primo Zhen, ¿por qué entonces lo habéis apaleado hoy?

La pregunta incomodó a Jia Lian, que cambió discretamente de tema y acto seguido se retiró con el pretexto de que debía atender unos asuntos.

A continuación llegó Xiaohong a informar de que fuera estaba Jia Yun solicitando ser recibido.

—Hazlo pasar —dijo Xifeng, mientras pensaba: «¿Qué querrá?».

Salió Xiaohong, y con una sonrisa franqueó el paso a Jia Yun, quien inmediatamente se acercó a ella.

—¿Le diste mi encargo, muchacha? —le preguntó.

—¡Me pareció que estaba demasiado ocupado! —le dijo la doncella, sonrojada.

—¿Cuántas veces te he molestado antes de ahora? —protestó él—. Sólo en una ocasión, el año pasado, cuando estabas con mi tío Bao…

Ella, temiendo ser descubierta, lo interrumpió preguntando:

—¿Viste el pañuelo que te dejé aquella vez?

Aquella pregunta llenó de júbilo a Jia Yun. Pero antes de que pudiera responderle salió una joven doncella, y él y Xiaohong tuvieron que apretar el paso en dirección al interior, caminando uno al lado del otro, sin mantener distancia entre los dos.

—Cuando salga, arréglatelas para venir sola a guiarme hasta la salida —le susurró Jia Yun—. Quisiera contarte una historia divertida.

Al oír aquellas palabras, a Xiaohong se le encendió el rostro; lo miró, pero no le respondió. Cuando llegaron al cuarto de Xifeng ella entró primero a anunciar la llegada de Yun y luego salió a levantar la antepuerta. Le hizo pasar, pero diciéndole intencionadamente en voz muy alta:

—La señora Lian le pide que entre, señor Yun.

Él la siguió sonriente hasta el cuarto y allí presentó sus respetos a Xifeng.

—Mi madre envía sus saludos —añadió.

Xifeng se interesó a su vez por su anciana madre y luego preguntó:

—¿Qué puedo hacer por ti?

—Nunca he olvidado sus bondades conmigo, tía, y siempre he buscado la manera de expresarle mi gratitud. Sólo me lo impidió la posibilidad de que usted sospechara en mi actitud propósitos ocultos. Ahora le he traído un pequeño obsequio para la fiesta del Doble Nueve[7]. Aquí tienen de todo, por supuesto, pero no pretendo más que mostrar mi respeto de sobrino. Espero únicamente que tenga la amabilidad de aceptarlo.

Xifeng sonrió.

—Si tienes algo que decir, siéntate y empieza.

Jia Yun se sentó muy tieso en el borde de una silla, colocando apuradamente su regalo sobre la mesa que tenía al lado.

—Tú no eres muy rico que digamos —dijo Xifeng—. ¿Por qué desperdicias el dinero en un regalo para mí? Además, yo no necesito este tipo de cosas, así que dime abiertamente qué buscas.

—No traigo ninguna intención rara, tía, sólo el deseo de demostrarle cómo aprecio su amabilidad conmigo —dijo con una leve sonrisa.

—Ésa no es forma de hablar —repuso ella—. Sé de sobra que no te va bien; ¿por qué, entonces, habrías de gastar vanamente tu dinero en mí? Si quieres que acepte tu obsequio debes exponerme el motivo con toda claridad. Si me vienes con este tipo de evasivas, no lo aceptaré.

A Jia Yun no le quedó más remedio que decir la verdad. Se incorporó y, con una sonrisita, dijo:

—Bueno, pues mis deseos no son muy descabellados. El otro día escuché que el señor Zheng estaba encargado de la construcción de los sepulcros imperiales. Yo tengo varios amigos que ya han hecho trabajos de ese tipo y son de total confianza. ¿Tendría la amabilidad de recomendarlos al señor, tía? ¡Si nos consigue un par de contratos, nuestro agradecimiento será eterno! Y si me necesita aquí para alguna cosa, le serviré lo mejor que me sea dado.

—En otros asuntos tengo alguna voz —repuso ella—, pero de los importantes se ocupan los altos funcionarios y sus secretarios; de los menos importantes, los subalternos y sus ayudantes. Incluso cuando tu tío Lian va allá sólo lo hace en relación con asuntos de la familia, y no puede interferir en las obras públicas. En cuanto a los asuntos familiares, apenas se resuelve un problema aparece otro. Aquí ya ni el señor Zhen puede mantener el orden. ¿Cómo entonces podrías tú, tan joven y tan bajo en la jerarquía familiar, presentarte ante esa gente? Además, esos cómodos trabajos gubernamentales están virtualmente concluidos: simplemente los están prolongando. ¿No puedes resolver tu problema encontrando otros trabajos aquí en casa? Éste es un consejo sincero. Piénsalo y te darás cuenta. Aprecio tu gratitud, pero será mejor que te lleves estas cosas y las devuelvas a quien te las haya proporcionado.

En ese momento entraron unas amas con la pequeña Qiaojie envuelta en sedas bordadas y con los brazos cargados de juguetes. La niña se acercó a su madre sin dejar de parlotear, con una sonrisa en los labios. Inmediatamente Jia Yun se puso de pie con el rostro radiante y preguntó:

—¿Ésta es mi prima menor? ¿Quieres una cosa bonita?

La niña rompió a llorar, y él retrocedió inmediatamente.

—No te asustes, cariño —dijo Xifeng poniendo a Qiaojie sobre su regazo—. Éste es tu primo Yun. ¿Por qué eres tan tímida?

—¡Qué niña tan bonita! —exclamó él—. Seguro que está destinada a gozar de buena fortuna.

Qiaojie giró la cabeza para mirarlo, y emprendió otra vez su llanto.

Cuando esto hubo sucedido varias veces, Jia Yun advirtió que le estaba resultando imposible permanecer allí por más tiempo y se puso de pie para despedirse.

—Llévate estas cosas —le recordó Xifeng.

—Son cosas sin importancia, tía. ¿No me hará el honor de aceptarlas?

—Si no te las llevas ahora, tendré que hacer que las devuelvan a tu casa. No te comportes así, Yun. No puedes conducirte como un extraño. Cuando haya oportunidad, ten la seguridad de que te avisaré; pero si no aparece ninguna, estas cosas están de más.

Viéndola tan decidida, él enrojeció y dijo:

—En tal caso, tía, buscaré algo más aceptable para mostrar mi respeto.

Xifeng le dijo a Xiaohong:

—Toma estas cosas y acompaña al señor Yun.

Jia Yun partió pensando: «La gente dice que es terrible, ¡y vaya si lo es! No tiene un solo flanco débil, es dura como una roca. Con razón nunca ha tenido un hijo. Y esa Qiaojie es más rara aún, tratándome como si hubiéramos sido enemigos en alguna vida anterior. Realmente tengo mala suerte: ¡tanta preocupación en vano!».

Como Jia Yun fue rechazado, Xiaohong, que seguía sus pasos, también se sintió molesta. Jia Yun tomó el paquete de manos de la doncella y lo deshizo, luego eligió dos piezas de bordado y se las entregó. Pero Xiaohong no las aceptó.

—¡No las quiero! —dijo—. Si llegara a oídos de la señora nos veríamos en un apuro.

—Limítate a cogerlas. ¿Qué puedes temer? ¿Cómo podría enterarse? Si las rechazas significará que me desprecias.

Sólo entonces aceptó Xiaohong el obsequio, pero dijo con una sonrisa:

—¿Por qué habría de querer estas cosas tuyas? ¿Qué significa todo esto? —volvió a ruborizarse.

—Lo que importa no son las cosas —se rió él—. Además, estas fruslerías no tienen mucho valor.

Ya habían llegado a la puerta interior y Jia Yun se guardó el resto de los bordados en la chaqueta, mientras Xiaohong le pedía que partiera.

—Si quieres cualquier cosa, pídemela —dijo ella—. Ahora que trabajo aquí no es difícil encontrarme.

Jia Yun movió la cabeza afirmativamente:

—Lástima que tu señora sea tan severa, pues eso dificulta mis visitas. Pero tienes que comprender el sentido de lo que acabo de hacer. Tengo algo más que decirte apenas tenga la oportunidad.

Completamente ruborizada, ella respondió:

—Ahora vete. Tienes que visitarla más a menudo en el futuro. No has debido mantenerte tan distanciado de ella.

—Muy bien.

Y Jia Yun dejó los aposentos. Desde la puerta, Xiaohong lo siguió con los ojos hasta que desapareció.

Xifeng ordenó que le sirvieran su cena y preguntó a las doncellas si había sopa de arroz. Algunas salieron a preguntar y volvieron con la respuesta:

—Sí, ya está preparada.

—Traedme un par de platos de encurtidos del sur.

—Muy bien, señora —dijo Qiutong, y despachó a unas doncellas jóvenes en su busca.

Adelantándose, Pinger dijo:

—Lo olvidé, señora, pero al mediodía, cuando usted estaba con la Anciana Dama, la abadesa del convento de la Luna en el Agua envió a una monja pidiendo dos frascos de encurtidos del sur. También quiere que le adelanten unos cuantos meses de su asignación, pues no se siente bien. Le pregunté a la monja cuál era el problema y me dijo que la abadesa ya lleva enferma cuatro o cinco días. La otra noche unas acolitas y novicias se negaron a apagar la luz a la hora de retirarse a dormir. Ella les llamó la atención varias veces, pero no le hicieron caso. Cuando advirtió que la lámpara seguía encendida después de la medianoche les volvió a pedir que la apagaran; pero como estaban todas dormidas, nadie le respondió, y ella misma tuvo que levantarse a apagarla. Cuando regresó a su cuarto vio a un hombre y una mujer sentados sobre el kang. Cuando les preguntó quiénes eran, ¡le echaron una cuerda al cuello! Ella aulló pidiendo ayuda, y despertó a las demás, que acudieron con lámparas encendidas. La encontraron tirada en el suelo, echando espumarajos por la boca. Afortunadamente lograron hacerle recobrar el conocimiento. Pero sigue sin apetito; por eso ha pedido los encurtidos. Como no pude darle nada en su ausencia, le dije a la monja que usted estaba ocupada con la Anciana Dama y que se lo comunicaría a su regreso. Luego la despedí. Y ahora la mención a los encurtidos del sur ha hecho que lo recuerde.

Al oír aquello, Xifeng se quedó pasmada. Poco después le dijo:

—Nos quedan todavía encurtidos del sur, ¿no? Hacedle llegar un poco. En cuanto al dinero, decidle al señor Qin que venga dentro de un par de días a llevárselo.

En aquel momento entró Xiaohong e informó:

—Acaba de llegar un mensaje del señor Lian en el que informa que tiene asuntos que atender fuera de la ciudad y que no regresará esta noche.

—Muy bien —dijo Xifeng.

Entonces oyeron los aullidos de una joven doncella en la parte de atrás, y luego los jadeos conforme se acercaba corriendo al patio. Cuando Pinger salió a indagar encontró allí a varias doncellas charlando.

—¿A qué viene tanta excitación? —preguntó Xifeng con un grito.

Al volver, Pinger le dijo:

—Sólo es una muchacha miedosa hablando de fantasmas.

Xifeng hizo entrar a la doncella y le preguntó:

—¿Qué asunto es ese de los fantasmas?

—Hace un momento fui a la parte de atrás para que pusieran más carbón en la hornilla de la cocina y escuché unos ruidos procedentes de esos tres cuartos vacíos. Primero pensé que era un gato persiguiendo ratas, pero entonces oí unos suspiros. Parecía el quejido de un hombre. Me asusté y corrí de regreso.

—¡Pamplinas! —le replicó Xifeng—. Aquí no permitimos ese tipo de charlas sobre fantasmas y espíritus. Nunca he creído en tales historias. ¡Lárgate, rápido!

La doncella se retiró inmediatamente.

Acto seguido Xifeng hizo que Caiming revisara las cuentas del día, tarea que fue concluida hacia la segunda guardia. Tras charlar con todas un momento, las despidió y se retiró a dormir.

Hacia la medianoche, en medio de un sueño agitado, Xifeng se puso a tiritar y despertó sobresaltada. Como el temblor era cada vez más acusado, se sorprendió llamando a Pinger y Qiutong para que le hiciesen compañía. En otros tiempos Qiutong hubiera desafiado a Xifeng, pero se había vuelto más obediente desde que Jia Lian empezara a comportarse como si no la quisiera como antes, por el asunto de la segunda hermana You. Xifeng se había esforzado por ganársela, aunque carecía de la devoción por su señora que caracterizaba a Pinger, y su amabilidad no pasaba de ser aparente. Ahora que Xifeng estaba indispuesta, Qiutong le llevó té.

—Gracias. —Xifeng tomó un sorbo—. Ahora vuelve a tu cama. Basta con que Pinger se quede aquí.

Sin embargo, para complacerla, Qiutong dijo:

—Si no logra dormir, señora, nos turnaremos para sentarnos a su lado.

Xifeng charló con ellas un momento y luego se quedó profundamente dormida. Entonces escucharon unos gallos cantando en la lejanía. Y así permanecieron las dos, se tumbaron totalmente vestidas hasta el alba, cuando se levantaron para ayudar a su señora con el aseo.

Noche tan mala había dejado a Xifeng alterada e intranquila, pero se levantó tratando de no manifestarlo. Allí estaba, sentada, cuando escuchó a una doncella que preguntaba por Pinger desde el patio.

—Estoy aquí —contestó Pinger desde el interior.

La muchacha levantó la antepuerta y entró; la había enviado la dama Wang en busca de Jia Lian.

Informó:

—Hay una persona que viene con un asunto oficial urgente, y como el señor se ha ido Su Señoría quiere que el señor Lian acuda inmediatamente.

Aquello asustó a Xifeng. Para saber cuál era el asunto, es preciso escuchar el próximo capítulo.



CAPÍTULO LXXXIX

Un objeto de una doncella muerta induce

a Baoyu a escribir un poema.

La sombra de una serpiente hace que Daiyu

no vuelva a probar bocado[1].

Como aquella mañana Xifeng estaba tan alterada, el anuncio traído por Pinger llegó hasta ella como un trueno que la asustó.

—¡Un asunto oficial! —exclamó—. ¿De qué asunto oficial se trata?

—No sé, señora. Uno de los pajes de la puerta interior ha venido a informar de que han surgido ciertos problemas que exigen solución urgente de Su Señoría. Por eso la señora quiere que acuda cuanto antes el señor Lian.

Aliviada al saber que aquel negocio se refería a la Junta de Obras, Xifeng le dijo:

—Comunícale a la señora que el señor Lian dejó la ciudad anoche para atender unos negocios, y que aún no ha regresado. Pero antes envía a alguien a que informe al señor Zhen.

Poco después llegó Jia Zhen a interrogar al mensajero del ministerio. Luego, entró a informar a la dama Wang:

—Ha llegado una notificación de la Junta de Obras. La comisión de Ríos comunicó ayer que se han roto los diques de la región de Henan y se han inundado varios distritos y prefecturas. Ya han sido librados los fondos estatales para las reparaciones. Los miembros del ministerio están muy ocupados con este problema, y han enviado mensajeros para notificárselo a Su Señoría. —Dicho lo cual se retiró.

A su regreso, Jia Zheng fue puntualmente informado.

Desde ese momento, y hasta la llegada del invierno, Jia Zheng se mantuvo diariamente ocupado en su despacho oficial, lo cual contribuyó a relajar otra vez el celo estudiantil de Baoyu, a quien sólo el miedo a su padre le empujaba a seguir asistiendo a la escuela, y ni siquiera se atrevía a visitar demasiado a menudo a Daiyu.

Cierta hermosa mañana, a mediados del décimo mes, un súbito cambio de clima hizo que Xiren le preparase ropa de abrigo para ir a la escuela.

—Hoy hace mucho frío —dijo ella—. Debe ponerse más ropa a primera hora de la mañana y al anochecer.

Y diciendo esto le dio un abrigo para que se lo pusiera allí mismo y empaquetó una capa que una doncella debía entregar a Beiming con el siguiente encargo: «Ahora que hace frío debes mantener esta capa dispuesta en todo momento para el señor Bao». Asintiendo, el paje tomó el hato y siguió a Baoyu camino de la escuela.

Y ya estaba Baoyu en la escuela, dispuesto a concentrarse diligentemente en sus lecciones, cuándo se levantó una ráfaga de aire que hizo vibrar el papel de la ventana.

—El tiempo está cambiando —comentó el maestro Dairu, y al abrir la ventana observó que del noroeste al sudeste avanzaba una lenta hilera de nubes negras.

En ese momento hizo su entrada Beiming:

—Señor Bao, hace frío —dijo—; será mejor que se ponga más ropa.

Asintió Baoyu, y el paje le trajo la capa. Pero ocurrió que, al verla, el muchacho se puso lívido. Todos los muchachos se quedaron también mirándola fijamente. Y es que se trataba de la capa de plumas de pavo real que en cierta ocasión zurciera Qingwen.

—¿Por qué has traído esta capa? —exigió saber Baoyu—. ¿Quién te la ha dado?

—Las sirvientas de sus aposentos la trajeron en un hato —contestó Beiming, anonadado.

—No tengo frío; de momento no la necesito. Envuélvela otra vez.

Pensando que Baoyu había considerado la capa demasiado buena para usarla, el viejo Dairu sonrió complacido ante lo que interpretó como una muestra de frugalidad por parte del muchacho. Pero Beiming insistió:

—Póngasela, señor Bao. Si se resfría me culparán a mí. ¡Póngasela! ¡Hágalo por mí!

Entonces Baoyu tuvo que acceder. Permaneció mirando su libro, perdido en cavilaciones. El maestro, pensando que estaba concentrado en sus estudios, dejó de prestarle atención.

Aquel anochecer, al término de la clase, Baoyu pidió permiso de un día por razones de salud. Y como la dedicación del viejo Dairu a la enseñanza de los muchachos no pasaba de ser un entretenimiento con el que ocupaba su tiempo de ocio, y como además ocurría que caía enfermo con frecuencia, se alegró de tener una preocupación menos al día siguiente. Además, sabía que Jia Zheng estaba ocupado y que el muchacho era el preferido de la Anciana Dama. En fin, por muchas razones movió la cabeza afirmativamente cediendo a la pretensión de Baoyu.

Al volver, Baoyu informó de aquello a su abuela y a su madre, quienes, naturalmente, creyeron lo que decía. Tras permanecer allí sentado unos momentos volvió al jardín con Xiren y las demás muchachas. Sin embargo, no estaba tan alegre ni locuaz como solía y fue a echarse, aún con la capa en los hombros, sobre el kang.

—La cena está lista —anunció Xiren—. ¿La desea ahora o un poco más tarde?

—No quiero comer, no me siento bien —respondió él—. Empezad sin mí.

—En tal caso será mejor que se quite la capa o la arrugará.

—No importa.

—No debería estropearla, no sólo porque es muy delicada, sino porque fue Qingwen quien hizo esos bordados.

Aquel comentario le afectó vivamente y, dando un suspiró, dijo:

—Muy bien, envuélvela con cuidado y guárdala. ¡Nunca volveré a ponérmela!

Y se puso de pie para despojarse de la capa. Él mismo la plegó antes de que Xiren pudiera tocarla.

—¡Vaya, señor Bao! —exclamó ella—. ¿A qué se debe tanta laboriosidad y cuidado?

Pero en lugar de responder, él preguntó a su vez:

—¿Dónde está la funda?

Sheyue se la alcanzó inmediatamente, y mientras hacía un paquete con la capa la doncella le guiñó un ojo a Xiren.

Luego se sentó solo, abatido, ignorando a todas las muchachas. Cuando sonó el reloj del aparador vio que eran las cinco y media. Momentos después llegó una joven doncella a encender la lámpara.

—Si no quiere cenar —dijo Xiren—, tome al menos un tazón de sopa de arroz caliente. Si no come se le producirán humores calientes, y entonces todo serán problemas.

—No tengo hambre. —Él sacudió la cabeza—. Si como a la fuerza me sentiré peor.

—Entonces será mejor que se acueste temprano.

Ella y Sheyue prepararon la cama, y Baoyu se tendió. Pero se puso a dar vueltas en el lecho sin poder conciliar el sueño, y sólo con el alba lo logró. Durmió el tiempo que dura una comida, y despertó de nuevo.

Para entonces Xiren y Sheyue ya se habían levantado.

—Lo he oído dar vueltas toda la noche hasta la quinta vigilia —dijo Xiren—, pero no quise molestarlo. Después me quedé dormida. ¿Consiguió usted descansar algo?

—Un poco, pero inmediatamente después desperté de nuevo.

—¿Y se siente bien ahora?

—Bastante bien, aunque un poco nervioso.

—¿Irá hoy a la escuela?

—No, ayer pedí un día de asueto. Hoy quisiera pasear por el jardín. Sólo temo que haga frío. Que limpien un cuarto y dispongan un poco de incienso, así como papel, tinta, tintero y un pincel. Luego, vosotras podréis dedicaros a vuestras tareas mientras yo me quedo sentado tranquilamente un rato. No que me molesten.

—¿Quién se atrevería a molestarlo cuando usted quiere estudiar tranquilamente? —protestó Sheyue.

—Es buena idea —asintió Xiren—. Así no pescará un catarro y no se distraerá. Pero, dígame, ¿qué comerá hoy si ha perdido el apetito? Díganoslo con tiempo para que podamos avisar a la cocina.

—Comeré cualquier cosa, no hagáis de eso un problema. Eso sí, me gustaría que pusieran un poco de fruta en el cuarto para perfumarlo.

—¿Cuál sería el mejor cuarto? —se preguntó Xiren—. En realidad el único limpio es el que usaba Qingwen, ya que por allí no va nadie. El único inconveniente es que puede resultar algo frío.

—Eso no es problema —dijo él—. Basta con que coloquéis allí un brasero.

Ella se mostró de acuerdo.

Mientras charlaban, una joven doncella trajo un plato, un tazón y un par de palillos, todo lo cual entregó a Sheyue diciéndole:

—La señorita Xiren acaba de pedir esto, y la vieja de la cocina lo ha traído.

Sheyue vio que era un tazón de sopa de nido de salangana.

—¿Tú has pedido eso? —le preguntó a Xiren.

—Anoche no cenó y ha pasado toda la noche en vela —explicó Xiren—. Supuse que esta mañana tendría el estómago vacío y pedí a las muchachas que ordenaran a la cocina prepararlo.

Pidió a las doncellas más jóvenes que trajeran una mesa, y Sheyue atendió a Baoyu mientras éste terminaba su sopa y se enjuagaba la boca. Entonces entró Qiuwen.

—El cuarto ya está ordenado —dijo—, pero será mejor que antes de entrar el señor Bao espere a que el carbón deje de humear.

Baoyu hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. Estaba tan abismado en sus cavilaciones que ni siquiera respondió.

Poco después entró una doncella anunciando:

—Ya están listos los útiles de escritorio.

—Bien —dijo él.

Y otra muchacha anunció:

—El desayuno está listo. ¿Dónde lo tomará, señor?

—Tráelo aquí, es lo más fácil.

Ella asintió y salió a traer la comida.

Baoyu comentó sonriendo a Xiren y Sheyue:

—Me siento tan deprimido… Dudo que pueda comer algo si me quedo solo. ¿Por qué no desayunáis conmigo? Comeré más si os veo disfrutando.

—Puede que la idea le guste a usted, señor Bao —se rió Sheyue—, ¡pero nosotras no nos atrevemos a hacerlo!

—En realidad no tiene tanta importancia. Tampoco es la primera vez que le hacemos compañía mientras come. Sin embargo, sólo se nos permite hacerlo ocasionalmente con objeto de levantarle el ánimo, joven señor. ¡De no ser por esto, ya no existiría ninguna regla de buena conducta que nos obligara!

Los tres tomaron asiento, Baoyu en el lugar principal y las muchachas a ambos lados. Cuando hubieron concluido el desayuno una joven doncella les trajo té para que se enjuagaran la boca e hicieron quitar la mesa.

Baoyu se perdió de nuevo en sus cavilaciones, con la taza en la mano.

—¿Está preparado ese cuarto? —preguntó inmediatamente.

—Ya le hemos dicho que sí —dijo Sheyue—. ¿Por qué pregunta otra vez?

Un momento después se encaminó al cuarto de Qingwen, prendió una varilla de incienso y ordenó que le fueran llevadas unas frutas. Despidió a todas las doncellas y cerró la puerta. Xiren y las demás muchachas que quedaron fuera se esforzaron por permanecer muy calladas.

Baoyu eligió una hoja de papel rosado con filo dorado y diseños florales en una esquina superior y otra de abajo. Tras una breve invocación tomó el pincel y escribió:

El señor del patio Rojo y Alegre[2] quema incienso en honor de la hermana Qingwen y presenta ante ella un té de dulce aroma. ¡Le ruego que acuda a disfrutarlo!

Y escribió el siguiente poema:

Siempre a mi lado, mi amor más profundo.

Qué inesperada, esa tormenta

que quiebra la tierra y te arranca de un golpe la vida.

¿Con quién hablaré de mis cosas en voz tan baja y tan dulce?

El agua que fluye hacia el este no volverá nunca al oeste.

¡Me faltas tanto! Pero no tengo la hierba del sueño[3].

Buscando abrigo, vi la Capa de plumas de pavo real.

Y hay un pulso, hay un pulso de tristeza golpeando a un hombre[4].

Tras escribir aquello utilizó la varilla de incienso como mecha y redujo el poema a cenizas. Allí permaneció, tranquilo, hasta que el incienso se hubo consumido completamente. Luego abandonó el cuarto.

—¿Por qué sale ya? —le preguntó Xiren—. ¿Está otra vez aburrido?

—Me sentía deprimido y necesitaba un lugar tranquilo donde sentarme un momento —le contestó él, mintiéndole con una sonrisa en los labios—. Ahora que ya estoy más animado voy a dar un paseo.

Salió directamente en dirección al refugio de Bambú, y al llegar al patio llamó:

—¿Está la prima Lin?

—¿Quién es? —preguntó Zijuan alzando la antepuerta—. Oh, es el señor Bao. Pase, por favor, su prima está en su cuarto.

Baoyu la siguió, y pudo oír a Daiyu diciendo desde el cuarto interior:

—Zijuan, trae aquí al señor Bao.

Al cruzar la puerta del cuarto, Baoyu advirtió un pareado recién escrito sobre un papel morado, con dibujos dorados de nubes de dragón. Decía:

Frente a la verde ventana, la luna brillante.

En los viejos anales, ausentes para siempre, los hombres de antaño[5].

Esbozó una sonrisa y entró preguntando:

—¿Qué estás haciendo, prima?

Ella se incorporó para darle la bienvenida y le respondió con otra sonrisa:

—Siéntate. Estoy copiando un sutra. Sólo me faltan dos líneas. Déjame terminarlas y conversaremos un rato —y acto seguido ordenó a Xueyan que trajera té.

—No te molestes —dijo Baoyu—. Sigue con tu copia.

Observó en la pared un rollo donde una pintura figuraba a Chang E con un sirviente, y a otra divinidad con otro. La segunda llevaba en las manos lo que parecía ser un hato de ropa. Sólo las rodeaban unas cuantas nubes, sin ninguna otra decoración. La pintura había sido realizada en el estilo de los dibujos silueteados de Li Longmian[6]. La inscripción correspondiente, «Contienda en el frío», estaba hecha en el antiguo estilo oficial.

—¿Acabas de colocar esa pintura, prima? —preguntó él.

—Sí. Ayer estaban mis doncellas ordenando el cuarto, me acordé de ella y la colgué ahí.

—¿A qué historia se refiere?

—¡Qué pregunta! Pero si es muy conocida…

—No puedo recordarla en este momento. Cuéntamela, prima, por favor.

—¿Nunca has oído esos versos que dicen:

La belleza blanca, la belleza negra, resisten bien el frío.

Compiten entre ellas en el palacio de la Luna Escarchada[7].

—¡Por supuesto! —exclamó él—. ¡Qué original y elegante! Y además, ésta es la estación justa para colgarla.

Se paseó por el cuarto mirando los diversos objetos que por allí había, hasta que regresó Xueyan con el té. Poco después Daiyu terminó de hacer su copia y se incorporó.

—Disculpa que no te haya prestado atención —dijo.

—¡Siempre con tus buenos modales, prima! —rió él.

Entonces advirtió que Daiyu llevaba una chaqueta blanca bordada, con forro de piel, y encima de ella un chaleco de piel de ardilla blanca; su falda era de seda rosada. Sin flores en sus vaporosas trenzas, que estaban apenas sujetas con una horquilla de oro, parecía en verdad

Un grácil árbol movido por la brisa.

Una dulce flor de loto cubierta de rocío.

—¿Has tocado la cítara estos días, prima?

—Hace dos días que no la toco. Se me han enfriado mucho los dedos haciendo estas copias.

—Entonces será mejor no tocar. A pesar de ser un instrumento refinado, no me parece gran cosa. Nadie ha ganado nunca riqueza, nobleza o larga vida tañendo la cítara; sólo dolor y nostalgia. Además, para tocar hay que memorizar la partitura y eso supone un gran esfuerzo. Y como tú eres tan delicada, me parece que no deberías desperdiciar energías.

Daiyu se limitó a sonreír y no dijo nada.

Luego, él señaló una cítara que había colgada en la pared y preguntó:

—¿Es tuya? ¿Por qué es tan corta?

—Porque cuando aprendí a tocarla era tan pequeña que no alcanzaba el extremo del diapasón de las cítaras normales, y hubo que hacer ésta expresamente para mí. Aunque no está hecha con madera de dongón seca y quemada[8], puedes ver que la Montaña de la Grulla y la Gola de Fénix están bien ensambladas, y la proporción entre el Estanque del Dragón y las patas del Pato Silvestre es correcta[9]. Mira la veta de la madera, ¿no es fina como pelo de rabo de buey? Por eso tiene un timbre tan claro.

—¿Has escrito algún poema estos últimos días?

—Casi ninguno, desde la última reunión de nuestra academia.

Sonriendo, Baoyu dijo:

—¡No trates de ocultármelo! Te escuché entonar algo así como: «Nadie puede cambiar esta ley. ¡Puro mi corazón, como la luna en el cielo!». Lo acompañaste con la cítara y el sonido parecía excepcionalmente claro. ¿Cómo puedes negarlo?

—¿Y cuándo pudiste tú escucharlo?

—El otro día, al regresar de la cabaña de la Brisa de las Centinodias. Como no quise molestarte me quedé escuchando en silencio y luego me marché. Desde hace un tiempo quería preguntarte: ¿por qué empezaste con rimas llanas y al final cambiaste abruptamente a una rima oblicua?[10] ¿Por qué motivo hiciste eso?

—Es el sonido natural del corazón humano —contestó ella—. No hay reglas establecidas, se va tocando como sale.

—Conque ése es el motivo… Lástima que yo no comprendiera la música y te escuchara en vano[11].

—¿Cuánta gente que la comprenda ha habido desde las épocas remotas?

Aquella réplica hizo comprender a Baoyu su falta de tacto y temió haber herido los sentimientos de la muchacha. Allí se quedó, con mucho que decir pero sin saber expresarlo. También Daiyu sintió que su respuesta había sido poco delicada y muy fría, así que optó por permanecer callada. Eso, por cierto, terminó de convencer a Baoyu de que a ella le había afectado mucho el asunto, por lo cual se levantó y, tímidamente, dijo:

—Ahora te dejaré descansar, prima. Voy a hacer una visita a Tanchun.

—Transmítele mis saludos cuando la veas.

Él asintió y salió.

Tras despedir al muchacho, Daiyu se sentó afligida. «Ahora Baoyu habla de manera tan ambigua, caliente una vez y frío a la siguiente, que ya ni siquiera sé lo que está diciendo», pensaba.

Zijuan entró a preguntar:

—¿Ha terminado de hacer sus copias, señorita? ¿Puedo guardar ya el pincel y el tintero?

—Sí, puedes. No seguiré haciendo copias.

Y entró en el cuarto interior a recostarse y dar vueltas al problema en su cabeza.

Zijuan llegó otra vez a preguntar si deseaba un poco de té.

—No, sólo quiero descansar un rato. No necesitas quedarte.

Al salir, Zijuan encontró a Xueyan de pésimo talante.

—¿Y a ti qué te preocupa? —preguntó, aproximándose a ella.

Sumida en sus cavilaciones, Xueyan se sobresaltó.

—¡No hagas ruido! —le dijo—. Hoy he oído algo muy extraño. ¡Te lo contaré, era un rumor muy extraño, pero no debes divulgarlo!

Señalando el cuarto interior emprendió la salida e hizo una señal para que Zijuan la siguiera. Al pie de la escalera le dijo en un susurro:

—¿Sabías, hermana, que Baoyu está comprometido?

Zijuan se asustó al oír aquello y le preguntó:

—¿De dónde has sacado eso? Seguro que no es verdad.

—¿Cómo que no es verdad? Lo más probable es que todo el mundo lo sepa, menos nosotras.

—¿Quién te lo dijo?

—Shisu. Dice que el padre de la muchacha es un prefecto. Es una familia muy rica, y ella es muy guapa.

Entonces Zijuan oyó a Daiyu toser como si ya se hubiese levantado. Temerosa de que hubiera salido hasta él cuarto exterior y oído la conversación se llevó aparte a Xueyan y le hizo una señal para que no hiciera ruido. Pero cuando miró en el cuarto exterior, lo encontró vacío.

Le susurró a Xueyan:

—¿Y qué dijo exactamente?

—¿Recuerdas que el otro día me enviaron a dar las gradas a los aposentos de la señorita Tanchun? Bueno, pues no estaba allí. Sólo se encontraba Shishu y charlé un rato con ella hasta que salió el tema de las travesuras del señor Bao. «¿Qué tiene de bueno Baoyu? Se pasa el tiempo jugando en lugar de comportarse como un adulto. ¡Ya está comprometido y todavía sigue con sus locuras!», dijo ella. «¿Pero se arregló al final?», pregunté. Ella dijo: «Sí, un tal señor Wang ha hecho de intermediario. Es una persona vinculada a la mansión del Este, y por eso aceptaron sin mayores pesquisas».

Zijuan quedó pensativa, con la cabeza inclinada, pues lo que había oído le parecía extraño.

—¿Y por qué en casa nadie lo ha mencionado? —insistió.

—También eso me lo explicó Shishu. Fue idea de la Anciana Dama, temiendo que si Baoyu se entera empiece a hacer de las suyas. Por eso jamás ha sido mencionado. Después de contarme esto, Shishu me exigió que de ninguna manera lo divulgase; y si lo hacía me amenazó con acusarme de charlatana. —Señaló en dirección a la casa—. Por eso no le he dicho una sola palabra a ella. Pero como hoy tú me lo has preguntado, no te lo he podido ocultar.

En ese punto escucharon a la cacatúa repetir lo que había aprendido de ellas:

—¡Ha vuelto la joven señora! ¡Traigan té! ¡Rápido!

Se volvieron sobresaltadas y al no ver a nadie reprendieron al pájaro. Cuando volvieron adentro encontraron a Daiyu jadeando y a punto de tomar asiento. En su confusión Zijuan le preguntó si deseaba beber algo.

—¿Dónde habéis estado vosotras dos? —dijo Daiyu boqueando—. Llamé pero no vino nadie.

Regresó al kang y se hundió en él de cara a la pared, pidiéndoles que bajaran la cortina del dosel. Tras hacerlo, las doncellas salieron, cada una preguntándose si habían sido oídas por su señora pero sin querer ninguna expresar en voz alta su sospecha. Ahora bien, Daiyu había estado cavilando ansiosamente, y, en efecto, había escuchado la conversación entre sus dos doncellas. No captó todo, pero sí lo fundamental, y se sintió lanzada a un mar proceloso. Pues, bien pensado, aquella información confirmaba el terrible sueño que había tenido no hacía mucho. Su corazón se llenó de dolor y frustración. «Preferiría morir cuanto antes para evitar algo tan inesperado y desagradable.» Asimismo pensó amargamente que no tenía padres a quienes recurrir. De acuerdo, a partir de entonces dejaría deteriorarse su salud, y en medio año más o menos estaría ya en el mundo limpio y tranquilo. Después de haber tomado aquella decisión cerró los ojos y fingió estar dormida, aunque no se cubrió con la manta ni se puso más ropa.

Zijuan y Xueyan entraron varias veces a ver si precisaba algo, pero como ella seguía inmóvil no quisieron molestarla. Aquella noche no cenó. Después de que fueran encendidas las lámparas, Zijuan levantó la cortina y la encontró dormida, con la frazada amontonada al pie de la cama. La cubrió suavemente para evitar que se enfriara, y Daiyu no se movió; pero apenas hubo partido la doncella, volvió a tirar la ropa de la cama.

Zijuan insistió en preguntarle a Xueyan:

—¿Es cierto lo que me contaste antes?

—Claro que sí.

—¿Cómo llegó a enterarse Shishu?

—Sé lo escuchó decir a Xiaohong.

Entonces Zijuan le confió:

—Temo que nuestra joven señora nos haya oído. Mira el estado en que se encuentra ahora; ése debe ser el motivo. No debemos volver a mencionar el asunto.

Y se prepararon para ir a dormir, pero antes Zijuan entró a echarle un vistazo a su joven dama, y descubrió que había vuelto a destaparse. Entonces volvió a arroparla con suavidad. Pero basta de comentarios sobre esa noche.

Al día siguiente Daiyu se levantó temprano, y en lugar de llamar a sus doncellas permaneció allí, sumida en Sus pensamientos. Cuando Zijuan despertó y vio que ella ya se había levantado, exclamó sorprendida:

—¡Señorita, se ha levantado muy temprano!

—Lo sé —dijo—. Es que me fui a la cama temprano.

Zijuan se levantó de inmediato y despertó a Xueyan para que ayudara a Daiyu con su aseo matinal. Pero ésta se puso a mirar perdidamente el espejo y pronto estuvo llorando de forma tan copiosa que empapó su pañuelo de seda. En verdad:

En las aguas primaverales se refleja su silueta enflaquecida.

¡Compadécete de mí, le dice a su reflejo, yo también te tengo lástima[12]!

Zijuan refrenó el impulso de consolarla, temerosa de que su gesto empeorara las cosas. Pasó un tiempo antes de que Daiyu emprendiera su aseo, pero lo hizo sin ánimo y con las lágrimas corriendo por sus mejillas. Permaneció sentada allí un rato más.

—Enciende una varilla de incienso tibetano —le dijo entonces a Zijuan.

—Casi no ha dormido, señorita. ¿Para qué quiere incienso? ¿Para copiar más sutras?

Daiyu hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.

—Señorita, se ha levantado demasiado temprano —protestó Zijuan—. Temo que si se pone a copiar sutras ahora se fatigue demasiado.

—No te preocupes. Cuanto antes termine, mejor. Además, no estoy pensando en el sutra, sino en la caligrafía, que me ayudará a distraerme. Y más tarde, cuando vean mi caligrafía, será como verme nuevamente. —Y lloró otra vez.

Sabiendo que resultaría inútil razonar con ella, Zijuan no logró reprimir su propio llanto.

Una vez decidida a arruinar su salud, Daiyu no aceptó alimentarse convenientemente y pasó a comer cada día menos. Baoyu a menudo sacaba tiempo para visitarla después de la escuela; pero aunque había tantas cosas que ella anhelaba decirle, ahora que ya no eran niños le resultaba muy difícil gastarle bromas como antes o expresar sus sentimientos más íntimos. También él deseaba abrir su corazón para consolarla, pero temía ofenderla y agravar su mal, de modo que en cada encuentro sólo alcanzaban a expresar sus preocupaciones del modo más superficial. Realmente era un caso de intimidad que conducía al distanciamiento.

A pesar de todo su cariño por Daiyu, la Anciana Dama y la dama Wang se limitaron a llamar a sucesivos médicos achacando su enfermedad a su debilidad general, sin sospechar que la causa de sus dolencias era el secreto albergado en su corazón. Y aunque Zijuan sabía la verdad no se atrevía a revelarla. Así fue como a lo largo de quince días Daiyu comió cada vez menos, hasta el punto de no poder tragar siquiera un sorbo de sopa de arroz. Cualquier conversación que oía le parecía tratar del matrimonio de Baoyu, y también le hacía pensar en eso cualquier persona, de arriba o de abajo, que llegara del patio Rojo y Alegre. Las visitas de la tía Xue sin Baochai aumentaban sus sospechas. Llegó a desear que todos se mantuvieran apartados, y en su deseo de morir cuanto antes se negó a tomar medicinas. En sueños oía a la gente llamar una y otra vez a «la señora Bao». La sospecha en verdad, es como la sombra de una serpiente.

Hasta que llegó el día en que, después de haberse negado a comer arroz y gachas, se colocó en el umbral mismo de la muerte.

Para saber qué fue de ella, escuchen el próximo capítulo.


CAPÍTULO XC

Una muchacha pobre pierde un chaleco

y soporta una reprimenda.

Un joven caballero se altera al recibir

unos confites como obsequio.

Decidida, pues, a poner fin a su vida mediante el expeditivo método de dejarse morir de hambre, Daiyu empezó a extenuarse más y más hasta que llegó un momento en que ya no pudo ingerir ni un grano de arroz. Durante los primeros quince días, mientras la Anciana Dama y el resto de señoras se turnaban para visitarla, aún pudo articular algunas palabras; pero en las dos últimas jornadas permaneció completamente muda. A veces se sentía a punto de perder el conocimiento, pero enseguida recobraba la lucidez. La Anciana Dama se preguntaba la causa de aquella enfermedad tan extraña, y en un par de ocasiones llegó a interrogar a las doncellas. Pero ¿cómo se iban a atrever ellas a decirle la verdad?

Zijuan estaba deseando hablar con Shishu para recabar más información sobre aquel lío de los compromisos, pero temía que ello ayudase a divulgar el rumor, lo que sólo habría servido para acelerar la muerte de su joven señora. Por eso permaneció callada cuando vio a la otra doncella. En cuanto a Xueyan, cuyas habladurías eran el origen de aquel grave problema, no tenía más deseo que ver como le crecían cien lenguas con las que poder negar su indiscreción, y no tenía la menor intención de confesar su falta.

El día que Daiyu rechazó todo alimento, Zijuan presintió que había llegado el final. Permaneció un rato llorando junto al lecho de su joven dama y después salió para decirle a Xueyan en un susurro:

—Entra y cuídala bien mientras voy en busca de la Anciana Dama, la dama Wang y la señora Xifeng. Nunca ha estado tan mal como ahora.

Asintió Xueyan y, mientras Zijuan partía, acudió al lado de Daiyu, que había sufrido una especie de desvanecimiento. Demasiado joven para haber visto antes nada parecido, la doncella pensó que aquellos eran los síntomas de la muerte. Presa del dolor y el miedo, deseó vivamente el retorno de Zijuan. Mientras aguardaba su retorno con angustia, la muchacha escuchó unos pasos al otro lado de la ventana. «Zijuan», pensó con alivio. Pero al alzarse la antepuerta fue Shishu quien entró. La había enviado Tanchun a interesarse por el estado de la enferma.

—¿Cómo está? —preguntó al ver allí a Xueyan.

Xueyan la invitó a entrar haciendo un gesto con la cabeza. Shishu advirtió la ausencia de Zijuan y se aterró al ver a Daiyu, que, en efecto, parecía agonizar.

—¿Dónde está la hermana Zijuan? —preguntó.

—Ha ido a avisar a las señoras.

Segura de que Daiyu estaba inconsciente, y aprovechando que Zijuan no estaba, Xueyan tomó a Shishu de la mano y le preguntó en voz baja:

—¿Es cierto lo que me dijiste el otro día acerca de la propuesta del señor Wang para concertar el matrimonio de nuestro señor Bao?

—Claro que sí.

—¿Y cuándo se fijó el compromiso?

—¿Cómo iba a fijarse? Lo que te conté aquel día fue lo que le escuché decir a Xiaohong. Más tarde fui a los aposentos de la señora Lian y entré justo cuando ella lo estaba discutiendo con la hermana Pinger. Allí dijo: «Eso es sólo un pretexto para que esos paniaguados puedan halagar a Su Señoría de manera que en el futuro puedan contar con su ayuda». Ni que decir tiene que la dama Xing no aprobó a la muchacha. Y aunque lo hubiera hecho, ¿con qué criterio iba a juzgarla ella? Sin contar con que, sin su conocimiento, hace mucho que la Anciana Dama tiene decidido que la esposa de Baoyu sea una de las jóvenes damas de nuestro jardín. Lo único que hizo fue respetar la etiqueta teniendo en cuenta que la propuesta había sido mencionada por el señor. También escuché a la señora Lian decir: «Será la Anciana Dama quien elija una esposa para Baoyu. Ninguna otra propuesta, venga de donde venga, será considerada».

—¡Pero entonces nuestra joven señora se está sacrificando en vano! —exclamó Xueyan, sin pensar lo que decía.

—¿Qué quieres decir?

—Tú no lo sabes, pero ella me oyó el otro día contándole a la hermana Zijuan todo esto. Por eso está dejándose morir.

—¡No hables tan alto, que nos puede oír!

—Está inconsciente. ¡Mira! No vivirá más de uno o dos días.

En ese momento se alzó la antepuerta y entró Zijuan.

—¡Qué barbaridad! —exclamó en voz baja—. Si queréis hablar hacedlo fuera, no aquí. ¡Vais a terminar matándola!

—Pero todo esto es extraordinario —dijo Shishu—. ¡Simplemente no lo puedo creer!

—No te ofendas, buena hermana, no es que quiera regañarte, pero tú deberías estar enfadada contigo misma —replicó Zijuan—. Si supieras lo que pasa por aquí nunca habrías divulgado ese chisme.

Entonces oyeron toser a Daiyu. Zijuan corrió hacia el kang a atenderla y las otras muchachas se callaron.

Inclinándose sobre Daiyu, Zijuan le preguntó quedamente:

—¿Desea un poco de agua, señorita?

—Sí —fue la tenue respuesta.

Inmediatamente Xueyan llenó media taza con agua hervida y la entregó a Zijuan. También se adelantó Shishu, pero Zijuan meneó la cabeza en señal de advertencia para que no dijera nada. Y allí permanecieron hasta que Daiyu tosió otra vez.

—Beba agua, señorita —insistió Zijuan.

Daiyu volvió a susurrar asintiendo e intentó levantar la cabeza, pero no pudo. Zijuan se encaramó sobre el kang a su lado, con la taza en la mano. Primero se aseguró de que el agua no estuviera ni demasiado caliente ni demasiado fría, luego la acercó a los labios de Daiyu, sosteniéndole la cabeza para que diera unos sorbos. Como parecía deseosa de seguir bebiendo, Zijuan mantuvo la taza pegada a los labios de la muchacha para que tomara otro sorbo. Daiyu dio otro pequeño sorbo, tras el cual se negó a seguir, y suspirando se tendió de nuevo. Pasado un momento entreabrió los párpados y preguntó:

—¿Era Shishu ésa que hablaba?

—Sí, señorita —dijo Zijuan.

Shishu, que aún no se había marchado, se aproximó para saludarla. Daiyu abrió los ojos, la miró y movió la cabeza con un gesto de asentimiento.

Tras una pausa, dijo:

—Cuando regreses transmítele mis saludos a tu señora.

Shishu adivinó que la muchacha deseaba que la dejaran en paz, y se retiró discretamente.

A pesar de su grave enfermedad, Daiyu, que en realidad estaba consciente, pudo captar algún que otro retazo de la conversación de Shishu con Xueyan. Sin embargo, su extrema debilidad le impidió participar en la conversación y fingió continuar ajena a todo.

Después de lo que oyó, supo que el compromiso de Baoyu no había cuajado. Además, Shishu había puesto en boca de Xifeng la seguridad de que la Anciana Dama ya había decidido elegir como esposa de Baoyu a una de las jóvenes damas del jardín. ¿Quién podía ser sino ella misma? Las sombras partieron y nació la luz. Aquella idea evaporó su desconsuelo, trocándolo en júbilo, que a su vez le despejó la mente. Por eso había bebido un poco de agua y por eso había querido cruzar unas palabras con Shishu.

En ese momento llegó la Anciana Dama con la dama Wang, Li Wan y Xifeng, que había venido corriendo después de escuchar el informe de Zijuan. Naturalmente Daiyu, ya sosegada, no tenía deseos de morir. Y a pesar de que seguía muy débil, logró responder brevemente a las preguntas que se le hicieron. Al advertir aquello, Xifeng llamó a Zijuan.

—¿Por qué nos asustas de este modo? —le reprochó—. Tu joven señora no está tan mal como dijiste.

—Pero tenía muy mal aspecto cuando yo me fui —respondió Zijuan—. De otro modo no me habría atrevido a molestar a las señoras. Ahora, cuando vuelvo, me sorprendo al encontrarla mucho mejor.

—No le hagas caso. ¿Qué sabe ella? —dijo la Anciana Dama con una sonrisa—. Pero ha tenido el sentido común de informar cuando algo anda mal. Me gustan las muchachas que, como tú, no son perezosas a la hora de mover su lengua y sus pies.

Siguieron hablando unos momentos más y luego partieron, convencidas de que Daiyu estaba fuera de peligro. Realmente:

Una dolencia del corazón se cura con un tratamiento del corazón.

Sólo quien haya atado la campanilla la puede desatar[1].

Y así fue como, poco a poco, Daiyu se recuperó. Sus dos doncellas dieron secretamente gracias a Buda.

—¡Menos mal que se ha recuperado! Su enfermedad ha sido tan extraña como su curación —le comentó Xueyan a Zijuan.

—Su enfermedad no ha sido extraña —repuso Zijuan—, pero sí lo ha sido su recuperación. Sospecho que ella y Baoyu están destinados el uno al otro. Como dice la gente: «El camino a la felicidad está lleno de reveses» y «Nada puede impedir un enlace concertado por los cielos». Los deseos humanos están regidos en él Cielo, y ambos están destinados a contraer matrimonio. Y otra cosa: ¿recuerdas aquel año en que le dije a Baoyu que la señorita Lin volvería al sur? ¡Su desesperación casi lo lleva a la muerte, y puso la casa patas arriba! Esta vez otro comentario liviano casi le cuesta la vida a nuestra joven dama. ¿No es ésta la prueba de que fueron predestinados en la Roca de las Tres Encarnaciones[2] hace quinientos años?

Se rieron a escondidas un rato, y después Xueyan volvió a comentar:

—Afortunadamente ha mejorado. Debemos tener cuidado y no dejar correr habladurías en el futuro. Aunque Baoyu se casara con otra muchacha y yo misma asistiera a su boda, no diría una sola palabra sobre el asunto.

—Muy bien —asintió Zijuan con una sonrisa.

Pero no eran ellas las únicas que estaban discutiendo el tema. Todos los sirvientes conocían la extraña enfermedad de Daiyu y sabían de su rara curación; así, de dos en dos y de tres en tres, fueron armando las piezas hasta que todo llegó a oídos de Xifeng. Las damas Xing y Wang también sospechaban algo, y sólo la Anciana Dama intuyó más o menos el motivo de suceso tan chocante.

Cierto día, charlando con la Anciana Dama en su cuarto, la dama Xing, la dama Wang y Xifeng sacaron a colación el asunto de la enfermedad de Daiyu.

—Precisamente iba a deciros algo al respecto —dijo la Anciana Dama—. Baoyu y Daiyu han sido inseparables desde pequeños. Como eran niños nunca di importancia a su cercanía. Sin embargo, estoy segura de que toda esta palabrería sobre su súbito mal y su súbita recuperación tiene algo que ver con ello. Por eso no me parece apropiado que sigan creciendo uno al lado del otro. ¿Qué decís a eso?

En su perplejidad, la dama Wang sólo pudo responder:

—Daiyu es una muchacha avispada. En cuanto a Baoyu, es un simplón que a veces se expone a los comentarios malintencionados. Pero a primera vista ambos son todavía unos ahora, de pronto, mudamos a uno de ellos fuera del jardín, ¿no dará eso pie a sospechas? Como se suele decir: «A muchacho crecido, buscarle mujer; a muchacha crecida, encontrarle marido». ¿No sería mejor, señora, arreglar de una vez sus respectivos compromisos?

Con el ceño fruncido, la Anciana Dama contestó:

—Daiyu es una muchacha muy especial. Es su gran virtud, pero en este caso es el motivo por el que no deseo casarla con Baoyu. Además, es tan frágil… Dudo que los días que le restan en este mundo sean muchos. Sí, decididamente la elección más apropiada es Baochai.

—En eso coincidimos todas con usted, señora —asintió la dama Wang—. Pero también hemos de arreglar rápidamente un matrimonio para Daiyu. Todas las muchachas, cuando crecen, se enamoran. Si ella realmente se ha decidido por Baoyu y llega a enterarse de que éste ha sido comprometido con Baochai, habrá problemas.

—Pero no podemos casarla antes que a Baoyu —objetó la Anciana Dama—. En ningún caso se debe disponer el matrimonio de un hijo ajeno antes que el de uno propio. Sobre todo cuando ella tiene dos años menos que él. Sin embargo, hay algo de cierto en lo que dices; no le dejaremos enterarse del compromiso de Baoyu.

Inmediatamente Xifeng se volvió hacia las doncellas.

—¿Habéis oído? No andéis por ahí chismorreando sobre el compromiso del señor Bao. ¡Cuidado con la piel de quien se vaya de la lengua!

—Xifeng —dijo la Anciana Dama—, desde que sufriste aquella enfermedad has estado prestando poca atención a lo que sucede en el jardín. Quiero que de ahora en adelante mantengas los ojos bien abiertos, y no sólo en relación con este asunto. Recuerda, hace un par de años, a aquellos sirvientes que se dedicaron a beber y jugar de una manera descarada. Una verdadera vergüenza. Tú tienes una vista más aguda que nosotras, así que serás la encargada de mantener un estricto control. Además, sospecho que sólo a ti te obedecen.

Xifeng prometió esmerarse y después de charlar un poco más se separaron.

A partir de ese momento Xifeng empezó a hacer frecuentes inspecciones en el jardín. En una de ésas, acababa de entrar cuando escuchó a una vieja armando jaleo en la isla de las Trapas Moradas. En cuanto la vieja la vio aproximarse adoptó una actitud de atención y saludo.

—¿Por qué estáis haciendo tanto ruido aquí? —preguntó Xifeng.

—Las señoras me han encargado que vigile las frutas y flores de este lugar. ¡No he hecho nada malo, y sin embargo la doncella de la señorita Xiuyan me acusa de ladrona!

—Cuéntame qué ha pasado.

—Ayer vino aquí a jugar un poco nuestra Heier, y como no es más que una criatura fue a los aposentos de la señorita Xiuyan a echar un vistazo. Después de eso la despaché de vuelta a su casa. Esta mañana la doncella me dijo que faltaba un objeto. ¡Y cuando le pregunté qué faltaba, empezó a interrogarme a mí!

—Ése no es motivo para excitarse de esa manera.

—Este jardín pertenece a la familia de mi señora, no a la de la suya. Es nuestra señora quien nos ha encargado cuidar esto; ¿cómo se atreve ella a llamarnos ladronas?

—¡No me vengas con toda esa cháchara! —exclamó severamente Xifeng, escupiéndole a la cara—. Tú estás aquí para vigilar las cosas. Cuando una de las jóvenes damas pierde algo, tu deber es investigar el asunto. ¿Cómo puedes contradecirnos de esa manera tan imprudente?

Y acto seguido ordenó a sus doncellas que buscaran a la esposa de Lin Zhixiao para que se llevaran de allí a la mujer. Inmediatamente salió Xiuyan a recibirla con una sonrisa.

—Por favor, no lo haga, señora —le dijo—. De nada serviría complicar algo que ya está resuelto.

—No se trata de eso —dijo Xifeng—. Aparte de lo que puedas haber perdido, ella se ha extralimitado al adoptar esa actitud.

Al ver que la mujer se había arrodillado para pedir perdón, Xiuyan invitó a Xifeng a tomar asiento en el interior.

—Conozco bien a estas mujeres —continuó Xifeng—. Aparte de mí, no distinguen quién está arriba y quién abajo.

Pero Xiuyan le suplicó de nuevo que la perdonara, afirmando que la culpa era de su propia doncella.

—Bien —concedió Xifeng finalmente—, esta vez lo pasaré por alto. Lo haré por la señorita Xing.

La mujer cayó de rodillas para agradecer a ambas el favor, y partió. Entonces tomaron asiento de nuevo.

—¿Qué es lo que has extraviado? —preguntó Xifeng sonriendo.

—Nada especial, sólo un viejo chaleco rojo. Cuando les pedí que lo buscaran no pudieron encontrarlo y yo les dije que no importaba. Pero mi doncella es tan tonta que preguntó por él a esa vieja, y eso la contrarió. Toda la culpa es de esa muchacha idiota. Ya la he amonestado, con lo cual este asunto se debe dar por resuelto. Podemos pasar a otra cosa.

Xifeng miró las estancias interior y exterior y advirtió que, si bien vestía ropa acolchada y forrada con pieles, estaba bastante usada y seguro que no abrigaba lo suficiente. También sus edredones eran más bien livianos. En cambio los adornos del cuarto y del escritorio, enviados todos por la Anciana Dama sin haber sido tocados, estaban impecablemente dispuestos. Aquello le inspiró respeto y cariño a Xifeng, quien dijo:

—Un chaleco es poca cosa, pero ahora ya hace frío y habrá que abrigarse. ¿Por qué no has preguntado por él? ¡Qué insolencia la de esa esclava respondona!

Pasado un rato más de charla, Xifeng se despidió para hacer unas cuantas y después regresó a su casa. Allí le dijo a Pinger que le alcanzara un chaleco de crespón rojo, una chaqueta de satén tostado con forro de piel de oveja, una falda acolchada de color azul zafiro y una bata de un verde encendido y forro de ardilla. Hizo que envolvieran aquellas prendas y las hicieran llegar a Xiuyan.

A pesar de la reprimenda de Xifeng a la vieja, Xiuyan había seguido indignada por aquella diatriba de la sirvienta. Pensó: «Aquí nadie se atreve a ofender a ninguna de las otras muchachas, sólo a mí. Soy yo la única que tiene que soportar continuamente las pullas. Y ahora la señora Xifeng se ha enterado de todo». Cuanto más reflexionaba sobre el asunto, más sombras le iban cubriendo el ceño. Pero no tenía a quién confiarle todo lo que pasaba por su cabeza. Y allí estaba, reteniendo sus sollozos, cuando entró Fenger con la ropa enviada por Xifeng. Xiuyan rechazó el obsequio con decisión.

—Mi señora dice: «Si consideras que están demasiado usadas, enviaré unas nuevas».

—Muy amable por parte de tu señora —sonrió Xiuyan—. Me envía esto porque he perdido un chaleco, pero no puedo aceptarlo. Devuélveselo y no dejes de agradecérselo. Aprecio mucho su consideración.

Y en vez de aceptar las ropas, obsequió a Fenger con una pequeña bolsa, con lo cual la muchacha se vio obligada a partir.

Poco después regresó Fenger acompañada de Pinger. Xiuyan les dio la bienvenida y les pidió que tomaran asiento.

—Nuestra señora dice: «Nos estás tratando como a extrañas» —comunicó Pinger con una sonrisa.

—¡Oh, no! —exclamó Xiuyan—. Lo único que pasa es que me resulta imposible aceptar un regalo tan espléndido.

—Nuestra señora dice que si usted no acepta ha de ser, o porque considera estas prendas demasiado raídas o porque la desprecia a ella. Me ha insistido en que yo no vuelva con la ropa, como acaba de regresar Fenger. Si eso ocurriera, se enfurecería conmigo.

Xiuyan se sonrojó y dijo agradecida:

—En ese caso no me atrevo a negarme. —Y acto seguido les pidió que bebieran un poco de té.

En el camino de vuelta Pinger y Fenger se detuvieron ante una de las viejas que trabajaban para la tía Xue.

—¿Qué haces tú aquí? —le preguntó Pinger.

—Nuestra señora y la joven dama me envían a transmitir sus saludos a todas las damas —respondió la mujer—. Hace un instante pregunté por usted a la señora Lian y me dijo que había venido al jardín. ¿Vuelve de los aposentos de la señorita Xing?

—¿Cómo lo sabes?

—Acabo de enterarme. En realidad nadie puede sino admirarlas, a su señora y a usted, y la manera como se conducen.

Pinger, riendo, la invitó a que volviera con ellas a descansar un rato.

—Ahora tengo que hacer otros recados —dijo la mujer—. Pasaré otro día.

Partió, y Pinger regresó a informar del encargó a Xifeng. Pero no hablemos más de esto.

Jingui había puesto patas arriba la casa de la tía Xue. Cuando la mujer volvió y contó a Baochai y a la tía Xue el caso de Xiuyan, madre e hija derramaron lágrimas.

—Si Xiuyan está soportando todas esas ofensas es por la ausencia de mi hermano —dijo Baochai—. Me alegra que Xifeng sea tan considerada. En el futuro debemos considerar lo que haremos nosotras por Xiuyan, ya que al casarse pasará a formar parte de nuestra familia.

En ese momento entró Xue Ke.

—¡Pero vaya amigos ha estado haciendo en estos últimos años el primo Pan! —rabió—. No hay un tipo decente entre toda esa pandilla de taimados. ¡Banda de bribones! Dudo de que sientan la menor preocupación por él. Sólo aparecen en busca de información. En estos últimos días los he mandado a todos al demonio, y además le he dicho al portero que no admita más a esos canallas.

—¿Es la gente de Jiang Yuhan? —preguntó la tía Xue.

—No, Jiang Yuhan no ha venido. Son otros.

El estallido de Xue Ke había abatido aún más a la tía Xue.

—Tengo un hijo, pero es como si no lo tuviera —suspiró—. Aunque las autoridades lo dejaran salir, no serviría de nada. Tú eres mi sobrino, pero empiezo a ver que tienes más cordura que Pan y que serás el único sostén de mi vejez. A ti te cabe convertir tu vida en un triunfo. Sobre todo porque la familia de tu prometida no está en tan buena situación como antes. No es fácil para los padres casar a una hija, y lo que anhelan es un marido capaz y que provea en el futuro. Si Xiuyan resultara ser como esa criatura… —Y señaló los aposentos interiores—. ¡Pero basta ya! En realidad Xiuyan es verdaderamente modesta y muy sensata. Puede soportar la pobreza, y la riqueza tampoco la malearía. Una vez que se solucionen estos problemas habremos de darnos prisa y organizar tu boda. Así tendré una preocupación menos.

—Pero todavía le quedará la preocupación del matrimonio de la hermana Baoqin —dijo él—. En cuanto al mío, no tiene de qué preocuparse.

Tras conversar un rato más, Xue Ke volvió a su cuarto a cenar, y pensó: «Xiuyan vive en el jardín de los Jia, depende de ellos, y en su condición de pariente pobre no debe estar pasándolo muy bien. Como hemos viajado juntos hasta aquí, conozco su carácter y su manera de ser. El cielo es realmente injusto al dar dinero a una mujer mimada como Xia Jingui y pobreza a otra como Xing Xiuyan. Me pregunto cómo decide estas cosas el Rey de los infiernos».

Para desahogar su frustración quiso escribir un poema, pero como no había aprendido a versificar, sólo pudo pergeñar los siguientes versos:

Dragones fuera del agua, somos como peces muertos.

Separados, sí, pero unidos en el corazón, así tú y yo.

En un camino de fango pasamos los días más amargos

sin saber cuándo podremos subir juntos al cielo.

Tras escribirlo lo leyó y sintió la tentación de pegarlo en la parecí, pero se dijo: «No quiero que la gente lo vea y se ría de mí». Sin embargo, tras una segunda lectura pensó: «¡Qué diablos! Puedo ponerlo allí para mi propio solaz». Pero una tercera lectura le desveló que en realidad no era muy bueno, y que estaría mejor entre las hojas de un libro. «Ya no soy un jovencito, pero mi familia se ha topado con esta racha de feos problemas y no hay manera de saber cuándo pasarán. ¡Y todo esto está causando tal soledad a esta amable y dulce belleza!»

Sus reflexiones fueron interrumpidas por la llegada de Baochan con una cesta que colocó sobre la mesa, sonriendo. Xue Ke se incorporó y la invitó a tomar asiento.

—Aquí hay cuatro platos de frutas y una jarrita de vino —le anunció pícaramente—. Mi señora me ha dicho que se las traiga.

—Por favor, agradéceselo a mi cuñada. ¿Por qué no envió a una joven doncella en lugar de causarte a ti esa molestia?

—No me importa. ¿Por qué ponernos ceremoniosos, si somos una sola familia? Además, usted se ha tomado tantas molestias por el asunto del señor Pan que nuestra señora hace tiempo que deseaba hacer algo personalmente para demostrar su aprecio. Lo que ocurre es que teme que la gente vea la iniciativa con suspicacia. Usted sabe bien cómo son las cosas en nuestra familia: se dice una cosa y se piensa otra. No sería nada extraño que ella le enviara un pequeño obsequio, pero eso daría pie a toda suerte de chismes. De modo que hoy se ha limitado a preparar un par de platos y una jarra de vino, con instrucciones para que yo se los traiga en secreto. —Lo miró con una sonrisa cargada de intención y añadió—: No debe seguir hablando con esa formalidad, señor, o me avergonzará. Yo sólo soy una sirvienta. Si puedo atender al señor Pan, ¿por qué no habría de atenderlo a usted?

Xue Ke era un mocetón sencillo y honrado. Nunca antes había sido tratado de ese modo por Jingui y Baochan; y como ésta le dijo que ello era por haber ayudado a Xue Pan, la cosa le pareció normal.

—Deja aquí los platos, hermana —dijo—. Pero, por favor, devuelve el licor. Por lo general nunca bebo, sólo una copa de vez en cuando y sólo si es inevitable. ¿No lo sabíais tu señora y tú?

—Soy capaz de responder en otros asuntos —repuso ella—, pero no puedo obedecerle en éste. Usted sabe cómo es mi señora. Si lo llevo de vuelta no pensará que fue porque usted no bebe, sino porque yo no he puesto empeño.

De modo que Xue Ke tuvo que permitirle dejar el licor. Entonces Baochan fue hasta la puerta y miró fuera. Se giró para lanzarle una sonrisa y señalar en dirección a los aposentos interiores.

—Me atrevo a decir que ella misma vendrá a agradecérselo —dijo.

Él no supo a qué se refería, y se sintió perplejo.

—Por favor, agradéceselo de mi parte a tu señora —replicó—. No quiero que se acatarre con este tiempo. Además, entre cuñados no hay necesidad de tanta ceremonia.

Baochan ya no le respondió, y se alejó sonriendo.

Al principio Xue Ke había pensado que Jingui le enviaba aquellas cosas como agradecimiento por los servicios prestados a Xue Pan, pero el comportamiento solapado y las insinuaciones de Baochan le hicieron pensar que allí había algo más.

«¿Qué otro interés puede tener en mí? —se preguntó—. Después de todo, es mi cuñada. Quizás esta desvergonzada de Baochan no se atreve a hacer avances por su cuenta y está empleando el nombre de Jingui. Pero ella también es concubina del primo Pan, o sea que cómo podría…» Y entonces le vino a la cabeza otra idea: «Jingui jamás ha mostrado el menor sentido de la etiqueta. Cuando está contenta actúa como una redomada seductora, segura como está de su belleza; así que, hasta donde sé, puede ocurrir que tenga intenciones impropias. ¿O es que de pronto siente algún rencor contra la hermana Baoqin, y utiliza esta sucia treta para arrastrarme por aguas turbias y malograr así mi reputación?».

Aquello tenía trazas de ser verdad, y se alarmó. Y allí estaba, debatiéndose en la duda, cuando escuchó unas risitas que provenían del otro lado de la ventana. Xue Ke se sobresaltó. Mas para saber de qué se trataba, escuchen el próximo capítulo.

CAPÍTULO XCI

Baochan urde un astuto enredo

para provocar el deseo de un hombre.

Baoyu da una estrafalaria respuesta a las preguntas

ambiguas de su prima.

Y allí estaba el dubitativo Xue Ke cuando unas súbitas risitas que procedían del otro lado de la ventana le hicieron dar un respingo. «Debe ser Baochan, o quizás Jingui —pensó—. Las ignoraré, a ver qué sucede.»

Siguió un rato atento, aguzando el oído, hasta que a aquellos ruidos siguió un silencio absoluto. Como no se atrevía a comer los dulces o catar el licor, echó la tranca a la puerta y se dispuso a desvestirse. Pero en ese momento el papel de la ventana crepitó casi imperceptiblemente. Ya las mañas de Baochan lo tenían tan en vilo como el caldero de un pozo, subiendo y bajando sin cesar. Miró la ventana de reojo, pero al no advertir movimiento alguno pensó que todo eran imaginaciones suyas. Se cubrió de nuevo, y fue a situarse junto a la lámpara. Allí tomó un dulce. Mientras lo examinaba meticulosamente dándole vueltas y más vueltas, se puso a cavilar con gesto perplejo. De pronto, al girar la cabeza, observó en el papel de la ventana un pequeño agujero rodeado por un aura de humedad. Acercándose, quiso mirar por él. Pero, ah, dio un brinco de miedo cuando un inesperado soplo llevó hasta su cara la tibieza de un aliento desde el otro lado de la ventana mientras se desgranaban unas risitas contenidas. Xue Ke apagó apresuradamente la lámpara y, conteniendo la respiración, se acostó.

—¿Por qué no prueba un dulce y bebe un sorbo antes de dormir, señor Ke? —dijo alguien desde el otro lado.

Reconoció la voz de Baochan, pero el hombre se mantuvo callado haciéndose el dormido. Al rato, sonó una voz rencorosa al otro lado de la ventana:

—¿Quién iba a pensar que bajo el cielo existen hombres que rechazan la buena fortuna?

Esta vez no pudo distinguir si la voz pertenecía a la doncella o a su joven dama, pero por fin comprendió lo que ambas buscaban. Se puso a dar vueltas en el lecho y no concilio el sueño hasta la quinta vigilia.

Despuntaba el día cuando alguien llamó a la puerta.

—¿Quién anda ahí? —preguntó.

Como no obtuviera respuesta, se levantó para abrir. Era Baochan otra vez. Llevaba el cabello recogido en un moño descuidado y lucía un corpiño de filo dorado; ceñida a la cintura, una faja de color verde oscuro casi nueva. Como no vestía falda, pudo ver sus pantalones de color granate con diseños de flores, y sus nuevas pantuflas bordadas de color rojo. Estaba claro que aún no se había aseado y llegaba temprano a buscar la cesta para que no la vieran ojos inconvenientes.

Su aparición con semejante aspecto alertó de nuevo a Xue Ke.

—Temprano te has levantado —alcanzó a balbucear, forzando una sonrisa.

Ella se sonrojó avergonzada, pero no respondió. Se limitó a echar las frutas en un solo plato, que apiló con los demás, y llevárselo todo rápidamente. Xue Ke la supuso contrariada por su conducta de la noche anterior, y pensó: «Pues en buena hora. Si se enfadan conmigo desistirán de sus pretensiones y me dejarán en paz».

Ya más tranquilo, pidió agua para lavarse y decidió permanecer apaciblemente encerrado en su casa durante un par de días, en parte para descansar, en parte para evitar que nadie lo buscara. Y es que las viejas amistades de Xue Pan estaban intentando aprovechar la situación, ahora que los asuntos familiares habían quedado en manos del joven Ke. Unos llegaban a ofrecerse como agentes; otros, que presumían de escribir textos legales o que conocían a algunos funcionarios, se ofrecían para buscarle contactos e, incluso, realizar algunos sobornos; otros le instaban a aprovechar la situación apropiándose de la riqueza de la familia o incluso trataban de extorsionarlo. En fin, cada uno utilizaba una artimaña distinta. En cuanto los veía aparecer, Xue Ke se mantenía lo más alejado de ellos que podía, aunque no presentaba negativas tajantes a ninguno para evitar confrontaciones. En fin, todo le inclinaba a mantenerse tranquilamente en su casa hasta que de arriba llegaran nuevas órdenes. Pero dejemos de hablar de este asunto.

Volvamos con Jingui. Había enviado a Baochan con vino, frutas y confites para sondear a Xue Ke. A su vuelta, la doncella le relató lo sucedido. Jingui temió que la indiferencia del joven ante el anzuelo tendido le acarreara el menosprecio de su doncella. Por eso trató de solventar el asunto cambiando de tema. Pero le gustaba Xue Ke, y se quedó allí sentada en silencio, sin saber qué hacer.

Y es que Jingui no sospechaba que Baochan también sabía que Xue Pan no podría volver y por lo tanto estaba ojo avizor, buscándose una nueva vía; por supuesto, había tenido mucho cuidado de no revelarlo a su señora. Ahora que Jingui había dado el primer paso con la misma intención, Baochan se contentaba con remar aprovechando viento prestado, ¿y cómo iba a poner reparos? Por eso había actuado con el muchacho de manera tan provocadora. Aunque pudo comprobar que él no parecía indiferente a sus encantos, tampoco le pareció muy animado; por eso no siguió adelante. Más tarde, cuando Ke apagó la luz y se echó a dormir, ella regresó desanimada a contárselo todo a Jingui y preguntarle qué haría. Ahora que su señora se había quedado callada, como perpleja, tuvo que ayudarla a acostarse. Pero ¿cómo iba a poder dormir aquella noche? Allí estuvo dando vueltas hasta que se le ocurrió un plan. A la mañana siguiente a primera hora se levantaría e iría en busca de la cesta, provocadoramente vestida y con el cabello descuidado para lucir sus encantos naturales. Mientras calibraba la reacción de Xue Ke iría fingiéndose furiosa y haciendo como que lo ignoraba; pero si él aparentaba lamentar lo sucedido, ella naturalmente acercaría la barca a la orilla y nada habría de temer si llegaba a él antes que su señora. Ahora bien, cuando intentó llevar a la práctica su plan, resultó que el muchacho se comportó de idéntica manera que la noche anterior, sin aparentar ningún deseo, y a ella sólo le quedó fingirse ofendida y llevarse los platos. Sin embargo, dejó deliberadamente la jarra de vino; así contaría con un pretexto para volver.

—¿Alguien te vio buscando esas cosas? —le preguntó Jingui.

—No, señora.

—¿Te preguntó algo el señor Ke?

—No.

Como Jingui había pasado la noche en vela sin dar con un plan adecuado, en ese momento no pudo sino plantearse: «Si sigo adelante con este plan, quizás logre ocultarlo a los ojos de los demás, pero ¿cómo a los de ella? Mejor será hacerle compartir el secreto para taparle la boca. Además, no puedo andar por ahí buscando yo misma a Xue Ke. La necesito como mediadora, de modo que bien puedo elaborar un sólido plan implicándola».

Decidido lo cual, le preguntó con una sonrisa:

—¿Cuál es tu verdadera opinión sobre el señor Ke?

—Me parece un tonto de remate.

—¿Cómo puedes hablar así de un caballero? —se rió Jingui.

—Me da derecho a ello la ingratitud que ha demostrado ante sus atenciones, señora —contestó Baochan sumándose a la risa de su señora.

—¿Ingratitud? ¿Qué quieres decir?

—Usted le ofrece las cosas más sabrosas, pero él no quiere probarlas. ¿No es eso ingratitud? —Y le hizo un guiño henchido de complicidad.

—No hagas conjeturas —la amonestó Jingui—. Le he enviado esas cosas para mostrar mi aprecio por lo que ha hecho en beneficio del señor. Y si he preguntado si alguien te vio es porque la gente puede murmurar. No comprendo a qué te refieres con esas palabras.

—No me interprete mal, señora —replicó Baochan con una sonrisa—. Yo soy su doncella, ¿cómo podría serle desleal? Pero usted debe conservar este secreto. Sería grave que se pregonara.

—¡Pero qué malpensada eres! —Jingui se sonrojó—. O sea, que él te ha gustado y quieres fastidiarme a mí, ¿no es eso?

—Piense lo que quiera, señora, pero yo le tengo a usted un sincero aprecio. Y si realmente le gusta, sepa que tengo un plan. Piense: ¿qué rata dejará de robar aceite? Lo único que él teme es el desprestigio que sufriría si la cosa llegara a divulgarse. Siga mi consejo, señora, y no se impaciente. Más bien hágale ciertos favores de cuando en cuando. Es el primo menor del señor Pan y todavía está soltero. ¿Quién podrá reprocharle que se preocupe más por él que por nadie y le demuestre su amistad? No pasará mucho tiempo antes de que él quiera mostrar su agradecimiento. Entonces usted podrá preparar una encerrona en nuestras habitaciones, y una vez que yo haya ayudado a emborracharlo él no podrá escapar. Si se niega, usted arma un escándalo y lo acusa de haber querido seducirla. Entonces el susto le hará obedecemos. Si continúa negándose, eso querrá decir que no es un hombre y, en tal caso, ni siquiera quedaría mancha en nuestra reputación. ¿Qué le parece, señora?

Jingui estaba roja como un tomate, y le regañó entre risas:

—¡Qué golfa! ¡Pareces una experta en robar hombres! Con razón el señor Pan no quería separarse de tu lado cuando estaba en casa…

Baochan hizo un puchero y luego dijo entre risitas:

—¡Aquí estoy yo, tratando de ayudarla a tender el lazo, y usted en cambio diciéndome esas cosas!

Después de aquello Jingui vivió tan dedicada a seducir a Xue Ke que perdió todo interés en armar jaleo, y hubo más paz en la casa.

El día que Baochan regresó por la jarra de vino, lo hizo con una expresión muy seria y formal. Xue Ke le lanzó una mirada y lamentó sus sospechas, preguntándose: «¿Será que tal vez las he juzgado mal? De ser así, ha sido un triste pago por sus amabilidades, y si en el futuro se vuelven contra mí lo tendré bien merecido».

Pasaron unos días muy tranquilos. Si Xue Ke se encontraba con Baochan, ésta agachaba los ojos y fingía no atreverse a mirarlo a la cara. Si era con Jingui con quien se topaba, ésta lo saludaba muy cálidamente. Todo aquello hizo que el joven se sintiera avergonzado. Pero dejemos de hablar de este asunto.

Baochai y su madre, por su parte, estaban completamente pasmadas por el reciente apaciguamiento de Jingui y por su súbita cordialidad hacia los demás. La tía Xue pensó llena de contento: «Seguramente el matrimonio con Pan creó alguna suerte de turbulencia que de algún modo trajo consigo todo lo que hemos sufrido estos años. Ahora él está en mala situación, pero por fortuna tenemos dinero y con ayuda de la familia Jia todavía nos quedan esperanzas. La súbita mejoría de talante de su esposa puede significar que también va a mejorar su suerte».

Consideró aquello, en efecto, un milagro, y cierto día, después del almuerzo, se encaminó apoyándose en el brazo de Tonggui a visitar a Jingui. Cuando entraron en el patio la oyeron hablando con un hombre.

La despierta Tonggui tuvo el buen sentido de anunciar de lejos su llegada:

—¡Señora, ha venido a verla Su Señoría!

Ya habían alcanzado la puerta. La visión de una silueta ocultándose detrás de la puerta hizo dar a la tía Xue un alarmado paso atrás.

—¡Por favor, señora, entre! —dijo Jingui—. No se trata de un extraño, sino de mi hermano adoptivo. Como es un aldeano no está acostumbrado al gran mundo, y como hasta ahora no se lo había presentado, hoy que acaba de llegar no ha ido aún a saludarla.

—Pídele que venga aquí, puesto que se trata de tu hermano —dijo la tía Xue.

Jingui pidió al joven, cuyo nombre era Xia San[1], que saliera a saludar a su suegra, y éste levantó las manos juntas para rendirle homenaje. Ella devolvió su saludo y se sentaron a charlar.

—¿Cuánto tiempo llevas en la capital? —preguntó la tía Xue.

—Mi madre me adoptó hace un par de meses, pues no había un hombre que atendiera los asuntos de su casa. Anteayer mismo llegué a la capital, y vine a visitar a mi hermana.

La verdad es que tenía un aspecto poco digno, y por eso la tía Xue, pasados unos momentos, decidió retirarse.

—Quédate un poco más —le rogó. Luego, volviéndose hacia Jingui—: Ya que es la primera vez que tu hermano nos visita, debes retenerlo para que cene aquí.

Jingui asintió y la tía Xue se fue. Apenas hubo salido, Jingui le dijo a Xia San:

—Siéntate. Ahora que la relación entre nosotros se ha aclarado, evitaremos que el señor Xue Ke haga más averiguaciones sobre ti. Quiero que hoy mismo compres una cosa para mí, pero no permitas que nadie la vea.

—Déjalo en mis manos. Siempre que dispongas del dinero, yo puedo conseguirte cualquier cosa.

—¡No seas fanfarrón! Si te engañan los prestamistas no me haré cargo.

Siguieron de tratos unos momentos más. Jingui retuvo a Xia San para la cena, le dio su encargo y ciertas instrucciones, y él partió.

De allí en adelante Xia San fue un visitante asiduo de Jingui. Y como el portero había escuchado que se trataba de su hermano, rara vez informaba de sus entradas y salidas. Aquello, por cierto, terminaría por levantar tempestades, pero no necesitamos entrar en eso ahora.

Cierto día llegó una carta de Xue Pan, que su madre abrió e hizo que Baochai leyera. Pan había escrito:

Tu hijo, en la cárcel del distrito, no sufre, de modo que no debes estar preocupada. Ayer un funcionario de las oficinas me dijo que el tribunal de la prefectura ya ha aprobado nuestro recurso. Y es que imagino que la intervención de los nuestros ha llegado hasta allí. Sin embargo, el tribunal provincial lo ha rechazado. El secretario principal del distrito tuvo la amabilidad de escribir inmediatamente, solicitando un indulto; pero el gobernador de la provincia ha amonestado al magistrado del condado. Ahora el gobernador quiere ocuparse personalmente del caso, y eso supondrá nuevas penalidades, probablemente porque nuestros amigos no han intervenido en la corte provincial. De modo que al recibir la presente, madre, haga que inmediatamente intercedan por mí ante el gobernador; y que venga inmediatamente Xue Ke. De otro modo transferirán mi caso al tribunal provincial. ¡No escatiméis dinero! ¡Es desesperadamente urgente!

Aquello volvió a arrancar lágrimas a la tía Xue. Baochai y Xue Ke la consolaron al tiempo que le advertían:

—¡No hay tiempo perder!

Tuvo que mandar a Xue Ke con el encargo de que arreglara el asunto en el distrito. Los criados recibieron órdenes de empaquetar sus cosas y pesar plata de inmediato, para que pudiera partir aquella misma noche; y como Li Xiang ya estaba en el distrito, acompañaría a Xue Ke uno de los asistentes de la casa de empeños. En el torbellino de los acontecimientos, la misma Baochai ayudó con el empaquetado para que los sirvientes no olvidaran nada, y sólo al alba descansó. Como era una muchacha consentida, de familia rica, la ansiedad sumada a la fatiga le produjeron aquella noche una fiebre que al día siguiente le impidió comer, e incluso beber agua.

Inmediatamente Yinger informó de aquello a la dama Xue.

La tía Xue corrió hasta donde estaba Baochai y la encontró con las mejillas alarmantemente enrojecidas, con tanta fiebre que quemaba, e incapaz de pronunciar una palabra. Al ver aquello perdió la cabeza y lloró hasta el desmayo. Baoqin la sostuvo e intentó consolarla. También las lágrimas de Xiangling fluían como un manantial mientras la llamaba. Pero Baochai estaba muda, como paralizada, con los ojos secos y la nariz congestionada. Llamaron a un médico para que la reconociera, y, con gran alivio de todos los presentes, la muchacha fue recobrando poco a poco el sentido.

Aquella noticia causó gran alarma en las dos mansiones. Primero Xifeng despachó a una doncella con unas Píldoras Restauradoras de las Diez Fragancias; luego la dama Wang envió Polvo de los Tesoros más Valiosos[2]. La Anciana Dama, la dama Xing, la dama Wang y la señora You enviaron a unas doncellas para indagar por la salud de Baochai; pero nada se dejó saber a Baoyu. Una semana más o menos estuvo ella tomando medicinas, con pocos resultados. Entonces se acordó de sus Píldoras del Aroma Frío, tomó tres y se repuso. Cuando un tiempo después Baoyu escuchó hablar de su enfermedad, Baochai estaba ya tan repuesta que él no pasó a visitarla.

Entonces llegó carta de Xue Ke, que la tía Xue se hizo leer. Pero en lugar de comunicar el contenido a Baochai, y por temor a inquietarla, fue a solicitar la ayuda de la dama Wang y aprovechó para hablarle de la enfermedad de su hija. Tras la visita, la dama Wang transmitió la petición a su esposo.

—Podemos solicitar la ayuda de las instituciones superiores, pero no la de las inferiores —concluyó Jia Zheng—. La única solución es gastar dinero.

—Baochai está pasando estrecheces —replicó la dama Wang—. Como está comprometida con nuestra familia pienso que debemos apresurar su boda antes de que termine por arruinar su salud.

—Yo también lo había pensado —respondió él—. Pero ahora su familia está demasiado alterada; y como ya acaba el invierno y se acerca el Año Nuevo, también nosotros tenemos buena cantidad de asuntos que resolver. ¿Qué te parece si hacemos llegar nuestros regalos de compromiso este invierno y los de matrimonio la siguiente primavera? Fija la fecha de la boda para después del cumpleaños de la Anciana Dama. Puedes informar a la tía Xue antes que a nadie.

Al día siguiente la dama Wang comunicó a su hermana aquella propuesta y la tía Xue accedió. Después del almuerzo fueron juntas a visitar a la Anciana Dama. Cuando hubieron tomado asiento, ésta preguntó a la tía Xue:

—¿Acabas de llegar?

—En realidad llegué ayer —respondió la tía Xue—, pero ya era muy tarde para venir a presentar mis respetos.

Entonces la dama Wang repitió la propuesta de su esposo, y la Anciana Dama se mostró totalmente feliz. Como en ese momento entraba Baoyu, le preguntó si ya había almorzado.

—He comido al regresar —dijo él—. Y como en este momento vuelvo a la escuela, quise venir a visitarla primero a usted. Además, como me dijeron que la tía estaba aquí quise venir también a presentarle mis respetos.

Y a la tía Xue le preguntó:

—¿Ya está mejor la prima Baochai?

—Sí, lo está —contestó ella sonriente.

Su llegada había interrumpido la conversación, y la tía Xue le había parecido menos cordial que de costumbre. Por todo ello, Baoyu se sintió molesto. «Aunque nadie se encuentre con ánimos, tampoco debería estar tan silencioso», se decía camino de la escuela.

Aquella noche, a su regreso, después de presentar sus respetos a los mayores, fue directamente al refugio de Bambú. Pero cuando alzó la antepuerta y entró, sólo encontró a Zijuan. El cuarto interior estaba vacío.

—¿Dónde está tu joven señora? —preguntó.

—Con la Anciana Dama —dijo Zijuan—. Cuando oyó que la señora Xue había venido de visita, fue a presentar sus respetos. ¿No acudió usted también, señor Bao?

—Sí que fui, pero no la vi allí.

—¡Qué extraño!

—¿A qué otro lugar puede haber ido?

—Es difícil saberlo.

Ya se marchaba, pero en eso volvió Daiyu acompañada de Xueyan.

—¡Has regresado, prima! —exclamó el muchacho, y girando sobre sus talones la siguió hasta el interior.

Daiyu lo invitó a pasar al cuarto de dentro, y después de que Zijuan le trajese una bata tomó asiento.

—¿Viste a la tía? —preguntó.

—Sí, la vi.

—¿Me mencionó?

—No. Y no sólo eso, no me trató con el cariño de costumbre. Cuando le pregunté por la enfermedad de Baochai se limitó a sonreír y no me respondió. ¿Será que está molesta porque últimamente no la he visitado?

Daiyu sonrió:

—¿No lo has hecho?

—Al comienzo no sabía nada. Hace un par de días me enteré, pero no fui.

—¿Y entonces a qué esperas?

—Pero en realidad —protestó él—, ni la Anciana Dama, ni mi padre ni tampoco mi madre me dijeron que fuera. ¿Cómo me atrevería a ir? Si éstos fueran los viejos tiempos en que la pequeña puerta lateral estaba abierta, entonces no habría tenido problemas para visitarla diez veces al día; pero ahora esa puerta está cerrada y no conviene ir por la parte delantera.

—Supongo que eso no se le ha ocurrido —dijo Daiyu.

—Pero a mí Baochai siempre me ha parecido comprensiva.

—No te equivoques. Baochai te culpa a ti más que a nadie. Sobre todo porque la postrada ha sido ella, no la tía. Piensa en lo alegre que era todo cuando escribíamos poemas, disfrutábamos de las flores y bebíamos juntos en el jardín. Pero ahora estamos separados, su familia anda metida en problemas y ella ha estado enferma de gravedad, ¡y tú actúas como si nada hubiera sucedido! ¿Cómo no va a estar molesta?

—¿Eso significa que ya no nos vamos a reconciliar?

—¿Cómo voy a saber si se va a reconciliar contigo o no? Simplemente estaba hablando acerca de reacciones naturales.

Baoyu se puso a pensar en todo eso con los ojos vidriosos, y Daiyu lo ignoró, limitándose a ordenar a una de sus doncellas que echara un poco más de incienso en el trípode. Acto seguido abrió un libro y se dispuso a leer. Unos instantes después Baoyu frunció el ceño y dio una patada en el suelo.

—¿Para qué habré nacido? —exclamó—. ¡El mundo sería un lugar mejor sin mí!

Ella comentó:

—Cuando existe «yo», existen también los demás; y donde hay gente son interminables las preocupaciones, los temores, las confusiones y los sueños, por no mencionar toda suerte de enredos. Ahora sólo estaba bromeando. ¿No piensas que el sencillo hecho de ver abatida a la tía no debería ser motivo para empezar a sospechar de Baochai? La tía está intranquila por ese juicio que le pesa en la mente, ¿y va a hacerte cortesías a ti? Pero tú dejas suelta la imaginación y terminas metido entre malos espíritus.

Baoyu soltó una súbita risa, como si hubiera visto la luz.

—Correcto, correcto —exclamó—. Eres mucho más perspicaz que yo. Con razón aquella vez que me enfurecí dijiste un par de sentencias budistas y yo no pude ni replicar. Aunque tuviera un cuerpo de oro que midiera un zhang y seis chi, necesitaría la guía de tu flor de loto[3].

Ella aprovechó esa oportunidad para sondearlo.

—Entonces déjame preguntarte algo y ver cómo respondes.

Baoyu cruzó las piernas y unió las manos, como en una plegaria; cerró los ojos y puso un rostro solemne.

—Adelante —dijo.

—Imagina que la prima Baochai fuera tu amiga. Imagina que no te hiciera caso. Que fuera tu amiga al principio pero no luego. Que fuera amiga tuya ahora pero no en el futuro. Que tú te acercases a ella amistosamente pero ella te rechazara. Que tú la rechazases pero ella insistiera en ser tu amiga. ¿Qué harías en cada uno de esos casos?

Baoyu pensó unos momentos y se echó a reír a carcajadas.

—No me importa que haya tres mil ríos Ruo; para beber, sólo cogeré una calabaza de agua —fue su respuesta.

—¿Y qué pasa si tu calabaza se la lleva el agua?

—No, la calabaza no se la lleva el agua. Las aguas fluyen hacia donde quieren y la calabaza flota a voluntad.

—¿Qué sucede si el río se detiene y la perla se hunde?

—Mi corazón es un amento de sauce preso en el fango[4]; ¿cómo ha de danzar cual perdiz al viento de primavera[5]? —repuso él, queriendo afirmar con ello su fidelidad.

—El primer mandamiento budista es no mentir —le advirtió Daiyu.

—¡Tomo por testigo a la trinidad budista[6]!

La muchacha agachó la cabeza y permaneció muda. Luego escucharon a un cuervo partir de los aleros, graznando antes de emprender el camino del sudeste.

—¿Eso será de buen o de mal agüero? —se preguntó Baoyu.

—La buena o la mala fortuna en los asuntos humanos no depende del grito de un pájaro —sentenció ella.

Fueron interrumpidos por Qiuwen, quien entró para decir:

—Señor, por favor, regrese a casa. Su Señoría mandó preguntar si había vuelto de la escuela y la hermana Xiren dijo que sí. Mejor será que vaya rápido.

Baoyu se levantó alarmado y salió corriendo, y Daiyu no se atrevió a retenerlo. Para saber de qué se trataba, escuchen la siguiente escena.

CAPÍTULO XCII

Unos comentarios sobre mujeres ilustres

maravillan a Qiaojie.

Los juegos de la Perla Madre sugieren a Jia Zheng

reflexiones sobre florecimiento y decadencia.

Apenas salió del refugio de Bambú, Baoyu preguntó a Qiuwen:

—¿Qué quiere de mí mi venerable padre?

—No ha sido su padre quien lo ha llamado, sino la hermana Xiren —contestó ella con una sonrisa—. Recurrí a este ardid temiendo que no me hiciese caso.

Al oír aquello, ya más tranquilo, el muchacho exclamó:

—Bien está que vengas a pedirme que regrese, pero ¿por qué me asustas?

Y amonestándola de esta manera, llegaron al patio Rojo y Alegre. Quiso saber Xiren dónde había estado todo ese tiempo.

—Estuve con la señorita Lin hablando de la tía Xue y de mi prima Baochai; por eso he tardado tanto.

—¿Y de qué hablabais?

Él les contó su conversación llena de expresiones budistas.

—Qué poco seso tienen los dos —le riñó la doncella—. ¿No pueden limitarse a hablar de sucesos cotidianos de la familia, o a discutir algunos versos? ¿Qué necesidad tienen de gastar saliva con toda esa verborrea budista? ¿Acaso es usted un bonzo?

—Tú no puedes entenderlo. Mi prima y yo tenemos nuestras propias paradojas chan[1], de las que nadie puede participar.

—Alteran los términos y luego nos aturden a nosotras —respondió ella burlona.

—En el pasado, cuando yo no era más que un chiquillo y mi prima una niña, ella se enfadaba mucho si le decía algo inconveniente, pero si lo hago ahora no se ofende. Sin embargo, de un tiempo a esta parte ha dejado de venir por aquí tan a menudo como antes; yo, por mi parte, tengo que ir a la escuela y sólo puedo visitarla ocasionalmente. Por eso, cuando nos encontramos, parecemos dos extraños.

—Justamente así debe ser —exclamó la doncella—. Ahora que ya han crecido, no pueden seguir comportándose como si aún fueran niños. ¿Cierto?

Él señaló su aprobación con un gesto de cabeza.

—Lo sé, pero no quiero seguir hablando de este asunto. Dime, ¿no te ha ordenado la Anciana Dama que me transmitas algún mensaje?

—No, no lo ha hecho.

—Sin duda lo ha olvidado. ¿No es mañana el día primero del undécimo mes? Mi abuela siempre ha tenido por norma, llegada esta fecha, convocarnos a todos a una fiesta del deshielo[2] donde bebemos y nos divertimos. Ya he pedido un día de permiso en la escuela, pero dado que no sé nada de la fiesta, ¿debo ir o no? Si voy habré perdido un día de ocio; si no voy y mi padre se entera, me llamará perezoso.

—Me parece que debería ir —dijo Xiren—. No ha hecho más que empezar a estudiar seriamente, y ya está pensando en descansar. Si me hiciera caso dedicaría más tiempo a la lectura de sus textos. Ayer mismo escuché a su madre elogiar al señor Lan por estar realmente concentrado en los libros. Cada día al anochecer, cuando vuelve de la escuela, se dedica a leer en voz alta y a redactar ensayos, y nunca se duerme antes del amanecer. Usted es mucho mayor que él y, además, su tío. Si le va a la zaga, la Anciana Dama se enfadará. Sí, lo mejor que puede hacer es ir mañana a la escuela.

Sheyue objetó:

—Hace muchísimo frío y él ya ha pedido permiso. Si va mañana, el preceptor querrá saber por qué pidió un día de asueto antes de haber confirmado la celebración de la fiesta, y entonces tendrá la impresión de que mintió para eludir su asistencia. Yo creo que debería disfrutar su día libre. Aunque la Anciana Dama lo haya olvidado, nosotras podemos celebrar aquí nuestra propia fiesta del deshielo. ¿Acaso no sería más divertido?

—¡Lo que faltaba, tú da ideas! —se quejó Xiren—. Después de tus palabras el señor Bao no querrá ir mañana a la escuela.

—Pues a mí no me desagrada tener un día de diversión cada vez que puedo. ¿Cómo voy a compararme contigo, que trabajas todo el día para mantener tu reputación, y todo por un par de liang de plata al mes?

—¡Perra! —gruñó Xiren—. Estamos hablando en serió. Acaba ya con tus majaderías.

—No son majaderías. Al contrario, me intereso por ti cuando te digo eso.

—¿Qué quieres decir?

—Si el señor Bao se va a la escuela, tú esperarás todo el día impaciente y con el ceño sombrío a que regrese y juegue contigo y te gasté bromas. No te hagas ahora la inocente, con ese aire de candor. ¡Te he visto!

Antes de que Xiren pudiera regañarle apareció una de las doncellas de la Anciana Dama.

—Dice la Anciana Dama que el señor Bao está dispensado de ir mañana a la escuela —anunció—. Ha pedido a la tía Xue que vaya a entretenerla, y lo más probable es que también acudan nuestras jóvenes damas. También las señoritas Xiangyun, Xiuyan y las primas de la señora Zhu han sido invitadas a una especie de fiesta del deshielo…

—¿Veis? —exclamó Baoyu excitadísimo antes de que pudiera concluir—. A la Anciana Dama siempre le gustó celebrar esa fiesta, así que mañana podré disfrutar abiertamente de mi día libre.

Nada hubiera podido objetar Xiren a aquellas palabras, así que se mantuvo en silencio. La enviada de la Anciana Dama se retiró.

Tras unas jornadas dedicado duramente al estudio, Baoyu había contado con divertirse como un loco el día de la fiesta del deshielo. La noticia de la llegada de la tía Xue le hizo suponer que Baochai habría venido con ella, lo que aumentó considerablemente su alegría:

—Vámonos a dormir para que mañana podamos levantarnos temprano —dijo.

La noche transcurrió sin incidentes dignos de ser mencionados.

A primera hora de la mañana, por cierto, compareció Baoyu ante la Anciana Dama y luego ante sus padres para presentar sus respetos cotidianos. Cuando informó a Jia Zheng de que su abuela lo había dispensado de asistir a la escuela ese día, su padre no puso reparos. Baoyu se retiró de su presencia con lentos movimientos, pero en cuanto se encontró fuera de su vista corrió como el viento hacia los aposentos de la Anciana Dama. Era el primero en llegar, si exceptuamos a la nodriza de Qiaojie, la hija de Xifeng, y a varias doncellas jóvenes que la atendían.

La pequeña Qiaojie hizo un saludo ritual ante la Anciana Dama y luego dijo:

—Venerable bisabuela, mi mamá me ha dicho que viniese a presentarle mis respetos y le hiciese compañía mientras llega ella.

—¡Ya ves, mi buena niña! —dijo la Anciana Dama con una cálida sonrisa—. Me levanté muy temprano para poder atender a todos mis invitados, pero hasta el momento sólo ha aparecido por aquí tu tío Bao.

—Presente sus respetos a su tío, señorita —dijo a Qiaojie su nodriza.

Y la niña hizo una reverencia ante Baoyu, quien devolvió el saludo.

—Anoche escuché a mi mamá decir que iba a invitarlo para charlar con usted, tío —parloteó Qiaojie.

—¿Para charlar sobre qué?

—Dice mi mamá que aunque hace varios años que he empezado a aprender caracteres con el ama Li, ella no sabe si realmente los conozco. Yo le dije que podía leer bien, pero ella pensó que los había aprendido de memoria, y dijo que era imposible que los hubiera aprendido porque pasaba el tiempo jugando. Yo le contesté que a mí no me cuesta mucho esfuerzo aprender caracteres. Ni siquiera el Libro de mujeres filiales[3] es difícil de leer. Pero dice mi mamá que estoy tratando de engañarla, por lo que quiere que usted me ponga a prueba cuando tenga un rato libre.

—Buena niña —exclamó la Anciana Dama en este punto, riéndose—. Tu madre no sabe leer, por eso teme que la engañes. Si tu tío te pone a prueba mañana, quedará convencida.

—¿Cuántos caracteres conoces? —preguntó Baoyu.

A lo que dijo la niña:

—Más de tres mil. Ya he leído el Libro de mujeres filiales y hace quince días empecé las Biografías de mujeres ejemplares[4].

—¿Y entiendes lo que lees? —preguntó él—. Si no es así yo puedo explicártelo.

—Sí, el deber de un tío es explicar los textos a sus sobrinos —aprobó la Anciana Dama.

—Podemos pasar por alto a la esposa del rey Wen[5], que es de sobra conocida —empezó Baoyu—. La reina Jiang se despojó de sus dijes y abalorios arriesgándose a ser castigada[6]; la reina Wuyan era muy poco agraciada pero logró pacificar el Estado de Qi[7]. En cuanto a mujeres con talento, tenemos a Cao Dagu, Ban La Favorita, Cai Wenji y Xie Daoyun[8]; Meng Huang, que lucía una horquilla hecha con una espina y una falda de burdo paño; la esposa de Bao Xuan, que traía ella misma agua en una jarra; la madre de Tao Kan, que se cortó los cabellos y los vendió para comprar el vino con que atender a sus huéspedes; y la madre de Ouyang Xiu, que utilizó un tallo de hierba para escribir en el suelo los caracteres con que enseñó a su hijo a leer y escribir. Todas estas mujeres supieron plantar cara a la miseria. Otras hubo que conocieron la amargura, como la princesa Lechang, que con un espejo roto se reunió con su esposo, y Su Hui, que con un palíndromo conmovió al suyo[9]. Y no hablemos ya de hijas tan devotas como Mu-lan, que fue a la guerra en lugar de su padre, y Cao E, que se echó al río para recobrar el cuerpo de su progenitor. Luego tenemos a las muchas damas castas como Cao Shi, que se cortó la nariz antes que contraer segundas nupcias; ése es un relato del Estado de Wei. Hay muchos ejemplos de ellas de los que podríamos hablar[10]. Luego están las bellezas famosas como Wang Qiang, Xi Shi, Fan Su, Xiaoman y Jiangxian[11]. También hubo esposas celosas como la de Ren Huai, que quemó los cabellos de dos concubinas, y la esposa de Liu Boyu, que saltó al río Luo y murió ahogada después de haberlo escuchado elogiar a la encantadora diosa del río[12]. Y Zhuo Wenjun y la muchacha Hongfu[13] también son magníficos ejemplos de mujeres.

—Es suficiente —interrumpió la Anciana Dama—. No es preciso que continúes. ¿Cómo se va a acordar la niña de tantos nombres?

—He leído algo sobre algunas de las mujeres que ha mencionado el tío Bao, pero no las conozco a todas —dijo Qiaojie—. Con lo que me ha contado, ahora sé un poco más.

—Como es evidente que puedes leer, no hay necesidad de someterte a prueba —observó él—. Además, mañana tengo que ir yo mismo a la escuela.

—He oído decir a mi mamá que nuestra doncella Xiaohong trabajaba antes para usted, tío Bao. Desde que mi mamá la tomó no le ha enviado una muchacha que la reemplace. Ahora mi mamá quiere enviarle a una llamada Wuer, de la familia Liu, pero no sabe si la aceptará o no.

—¿De verdad ha dicho eso tu madre? —exclamó deleitado Baoyu—. Puede enviar a quien quiera, no hace falta que me pregunte. —Y se volvió para decirle muy contento a su abuela—: Por la apariencia y la inteligencia de mi sobrina, se puede augurar que superará a mi prima Xifeng. Y además, sabe leer mejor que ella.

—En todo caso, está bien que las muchachas sepan leer, pero la labor de aguja es más importante para ellas —sentenció la Anciana Dama.

—También eso lo estoy aprendiendo con el ama Liu —dijo a esta sazón Qiaojie—. Ya sé bordar flores y otros motivos. Aún no sé hacerlo muy bien, pero estoy aprendiendo distintas puntadas.

—En una familia como la nuestra —dijo la Anciana Dama— es evidente que no tenemos que hacer tales tareas nosotras mismas, pero siempre es bueno saber, para no tener que depender de otros en el futuro.

—Sí, abuelita.

Qiaojie hubiera querido que Baoyu le explicase las Biografías de mujeres ejemplares, pero lo vio tan pensativo que se abstuvo de pedírselo.

¿Saben, honorables lectores, qué preocupaba a Baoyu? Ni más ni menos que el recuerdo de aquella ocasión en que Wuer estuvo a punto de entrar a su servicio, pero se lo impidió una inoportuna enfermedad; más tarde, cuando la dama Wang despidió a Qingwen, no se atrevieron a elegir ninguna doncella de buena presencia. Pasado un tiempo, Baoyu había visitado a Qingwen en casa de Wu Gui[14] y visto a Wuer y su madre llevarle cosas. En aquella ocasión Wuer le había parecido encantadora. ¡Qué suerte que Xifeng se hubiera acordado y la enviase ahora al patio Rojo y Alegre en lugar de Xiaohong! Y así, el tonto jovenzuelo se perdió en los meandros de sus cavilaciones.

Cansada ya de esperar, la Anciana Dama despachó doncellas en busca de los invitados que aún no habían comparecido; instantes después aparecieron Li Wan y sus primas, así como Tanchun, Xichun, Xiangyun y Daiyu. Tras presentar sus respetos a la Anciana Dama se saludaron unas a otras. Sólo faltaba la tía Xue, y fueron enviadas más doncellas para recordarle la invitación. Pasado un rato, llegó acompañada de Baoqin. Baoyu presentó sus respetos a la tía Xue y saludó a Baoqin, buscando inútilmente a Baochai y Xiuyan con la mirada.

—¿Por qué no ha venido la prima Baochai? —preguntó Daiyu.

La tía Xue la excusó alegando que se encontraba indispuesta; en cuanto a Xing Xiuyan, no hubiera sido conveniente su asistencia, puesto que allí se habría de encontrar con su futura suegra. A Baoyu le enojó la ausencia de Baochai, pero con la compañía de Daiyu pronto se le pasó el disgusto.

Al rato llegaron las damas Xing y Wang, y cuando Xifeng lo supo envió a Pinger para que la disculpara alegando que su tardanza se debía a una ligera fiebre.

—Si no se encuentra bien, que no venga —dijo la Anciana Dama—. Ahora ya es tiempo de que comamos.

Las doncellas retiraron el brasero y colocaron dos mesas delante del asiento de la Anciana Dama, hecho lo cual se sentaron en orden de jerarquía. Después de la cena charlaron en torno al calor del brasero. Pero no hay necesidad de dar cuenta de su conversación.

¿Y qué había mantenido alejada a Xifeng? Al principio fue que consideró poco correcto llegar antes que las damas Xing y Wang. Después, de casa de Lai Wang acudieron a decirle:

—La señorita Yingchun envía a una mujer a presentarle sus respetos —anunció—; parece ser, según las órdenes qué ha recibido, que sólo debe transmitirle sus saludos a usted, y no a las otras damas.

Qué extraño era aquello. Xifeng hizo pasar a la mujer.

—¿Está bien tu señorita? —le preguntó.

—No, no es la señorita Yingchun quien me envía —fue la respuesta—, sino la madre de Siqi, que me ha suplicado que venga a pedirle un favor, señora.

—Siqi ya ha sido despedida, ¿qué ayuda puedo prestarle yo?

—Después de su partida Siqi se pasaba el día entero llorando. No hace mucho apareció ese primo suyo; la madre de la muchacha, al verlo, se enfureció, se puso a chillar acusándolo de haber arruinado la vida de su hija y lo sujetó para darle una paliza. El muchacho no dijo una sola palabra en defensa propia. Al escuchar el jaleo salió corriendo Siqi, muy dispuesta. «Por su culpa me despidieron —le dijo a su madre—. ¡Yo también lo odiaba por su falta de corazón, pero ahora que ha venido, madre, si quiere golpearlo tendrá que estrangularme a mí primero!» Su madre la insultó: «¡Hija desvergonzada! ¿Qué es lo que buscas?». Siqi dijo: «Una mujer sólo puede casarse una vez. Yo cometí un error permitiéndole que se aprovechase de mí; ahora le pertenezco y ya no me casaré con ninguna otra persona. Pero lo que me pone realmente furiosa es su Cobardía. Un hombre debe ser responsable de sus actos. ¿Por qué huyó? Aunque él nunca hubiera aparecido, yo no me habría casado con nadie más. Si hubiera intentado que lo hiciera, madre, me habría suicidado. Ahora que él está aquí, pregúntele cuál es su propósito. Si no ha mudado su corazón, yo me despediré de usted con un koutou, y a partir de ese momento podrá contarme entre los muertos, pues donde él vaya yo iré aunque tengamos que mendigar para comer». Su madre lloró de rabia y dijo entre maldiciones: «¡Tú eres mi hija y deliras si piensas que te voy a permitir que te cases con él! ¿Cómo te atreves a desafiarme?». Al oír esas palabras la estúpida muchacha empezó a darse tan fuertes golpes en la cabeza contra la pared, que se partió el cráneo y murió en medio de un charco de sangre. Su madre se lamentaba; era demasiado tarde para salvar la vida de su hija y quiso que el muchacho lo pagara con la suya. Pero ese mocetón era un tipo extraño, y dijo: «No se preocupe. Hice mucho dinero durante el tiempo que estuve fuera. Volví por ella. Yo le fui fiel en todo momento, y si no me cree mire esto». Y acto seguido extrajo del pecho una cajita llena de joyas. Entonces la madre dio un paso atrás completamente aturdida y preguntó: «Y si eso es lo que querías, ¿por qué no lo dijiste antes?». A lo que contestó él: «Las mujeres suelen ser veleidosas como el agua que fluye, como las flores de sauce al viento. Temía que si le mostraba el dinero fuera la avaricia lo único que la indujera a acercarse a mí. Ahora veo que realmente era una muchacha extraordinaria. Nunca encontraré a nadie como ella. Aquí le dejo estas joyas. Voy a comprarle un ataúd». La madre de Siqi, en cuanto tuvo las joyas en la mano, dejó de preocuparse por el cadáver de su pobre hija y dejó marchar al muchacho. Pero ¿quién iba a suponer que a su vuelta éste traería dos ataúdes? «¿Para qué quieres dos ataúdes?», le preguntó la madre de Siqi. Sonriendo, él le respondió: «Uno no es suficiente, hacen falta dos». Como el muchacho no lloraba, ella pensó que el dolor lo había dejado aturdido. Pero ocurrió que, cuando hubo depositado el cuerpo de Siqi en el interior de uno de los ataúdes, y sin exhalar un gemido, antes de que nadie pudiera ver qué estaba haciendo, ¡sacó un cuchillo, se dio un tajo en el cuello y se dejó caer dentro del ataúd vacío! Entonces la madre de Siqi lloró amargas lágrimas de remordimiento. Ahora todo el barrio está enterado de los sucesos y han informado a las autoridades para acusarla de las muertes. Ante tal situación ella está fuera de sí y por eso me envía a pedir su ayuda. Más tarde vendrá a darle las gracias de rodillas.

—¡Pero qué estúpidos, ella y él! —exclamó perpleja Xifeng—. ¡Qué lástima! Con razón tomó las cosas con tanta calma cuando encontraron aquel día esas cosas tan comprometedoras en su poder. ¡Ignoraba que tuviera un carácter tan fuerte! La verdad es que no tengo tiempo de preocuparme de los asuntos ajenos, pero lo que me cuentas me conmueve tanto… Anda y dile a la madre de Siqi que haré que mi esposo envíe a Lai Wang a arreglar las cosas.

Sólo después de despedir a aquella mujer fue Xifeng a reunirse con la Anciana Dama.

Volvamos a Jia Zheng. Cierto día se encontraba jugando al weiqi con Zhan Guang. Ambos tenían sobre el tablero el mismo número de piezas. Se hallaban enzarzados en una dura contienda en una de las esquinas sin saber quién derrotaría a quién, cuando entró un lacayo a anunciar:

—Afuera está el señor Feng que desea verlo, señor.

—Hazlo pasar —ordenó Jia Zheng.

El hombre se retiró y al regresar vino acompañado de Feng Ziying. Jia Zheng se puso de pie para darle la bienvenida. Después de tomar asiento en el estudio, Feng reparó en que estaban jugando al weiqi.

—Por favor, sigan jugando —les pidió—. Me gustaría mirar.

A lo que repuso Zhan Guang:

—El juego de este humilde aprendiz no es digno de ser observado.

—No sea tan modesto —señaló Feng—. Continúen, por favor.

—¿Qué ocurre? —quiso saber Jia Zheng.

—Nada importante. Por favor, tío, no dejen de jugar. Yo aprenderé mirando.

Jia Zheng le dijo a Zhan:

—El señor Feng es un buen amigo nuestro. Si no tiene prisa podemos terminar el juego y charlar después. Puedes mirar desde un lado, señor Feng.

—¿Están apostando algo?

—Sí —dijo Zhan.

—En tal caso no debo interferir.

—No importa si lo haces —bromeó Jia Zheng—. Ya ha perdido más de diez liang de plata, pero nunca paga. Mejor será que uno de estos días le obligue a invitarnos a una comida.

—Encantado —se rió Zhan.

—¿Y los dos juegan de igual a igual? —preguntó Feng.

—Solíamos. —Jia Zheng sonrió—. Pero como él perdía siempre, ahora le doy una ventaja de un par de piezas al comienzo. A pesar de eso sigue perdiendo. Además, de cuando en cuando él quiere volver atrás alguna jugada, y si intento impedírselo se irrita.

—¡Eso no es cierto! —protestó jovialmente Zhan Guang.

—Mira y compruébalo —dijo Jia Zheng.

Mientras charlaban entre risas el juego prosiguió su desarrollo, y una vez concluido se hizo el cómputo de las piezas. Después de restar aquellas con las que había abierto se supo que Zhan era el perdedor por siete piezas de diferencia.

Feng comentó:

—Usted perdió por haber abusado de esos cercos especiales; el tío ha tenido la ventaja de utilizar los justos.

—Discúlpanos por haberte ignorado —se excusó Jia Zheng—. Ahora podemos hablar.

—Es que hace mucho que no lo veo, tío, y decidí venir en primer lugar para presentar mis respetos —dijo Feng—. Otro motivo es que ha llegado a la capital, para rendir homenaje al emperador, el viceprefecto de Guangxi. Trae consigo cuatro objetos de ultramar dignos de ser obsequiados al Hijo del Cielo. Uno es un biombo de sándalo rojo tallado, de veinticuatro hojas. Aunque no tiene incrustaciones de jade, utiliza una piedra de nitro delicadísima, tallada con relieves de paisajes, figuras, pabellones, flores y aves. Sobre cada hoja hay de cincuenta a sesenta muchachas en traje de corte, por lo que el biombo se llama Amanecer primaveral en el palacio de Han. Todos los rasgos de las muchachas, sus manos y sus atavíos, han sido delicadamente labrados, y también son excelentes los adornos y diseños. Me parece el objeto idóneo para el salón principal de su honorable jardín de la Vista Sublime. Luego hay un reloj de más de tres chi de alto en forma de muchacho que sostiene la esfera; va anunciando cada hora mientras en su interior una pequeña orquesta de autómatas toca diversos instrumentos. Como ambos son objetos muy pesados no me ha sido posible traérselos. Pero sí he traído los otros dos, que no tienen menos interés.

Y diciendo eso apareció en sus manos una caja de brocado envuelta varias veces en una fina seda blanca con ramajes bordados; en el interior había otra caja, ésta de cristal, donde, sobre un pequeño soporte de oro montado sobre crepé rojo relumbraba una perla, grande como un ojo de dragón[15].

—Es una Perla Madre —les dijo Feng, y acto seguido pidió una bandeja.

Zhan Guang le alcanzó inmediatamente una de laca negra.

—¿Vale esto?

—Sí, perfecto.

Feng extrajo de su bolsillo una bolsita de seda y desparramó sobre la bandeja todas las perlas que contenía; luego colocó la Perla Madre en medio de las otras y puso la bandeja sobre la mesa. Inmediatamente todas las perlitas rodaron hasta quedar al lado de la grande, amontonándose de tal manera que acabaron levantándola.

—¡Fantástico! —exclamó Zhan.

—He oído hablar de este fenómeno —dijo Jia Zheng—. Por eso la llaman madre de las perlas.

Entonces Feng se volvió hacia el paje que lo había acompañado.

—¿Dónde está la otra caja? —le preguntó.

El paje presentó inmediatamente una caja de palo de rosa que al ser abierta reveló, sobre un forro de seda con listas, una gasa azul doblada varias veces.

—¿Y eso qué es? —preguntó Zhan.

—Una cortina de gasa de hombres tiburón[16].

Al sacarla Feng de la caja, la cortina apenas medía cinco cun de largo y tenía menos de medio cun de espesor. La fue desdoblando vuelta a vuelta. Cuando hubo deshecho diez dobleces, la pieza era ya demasiado grande para la mesa.

—Y quedan dos vueltas más —dijo—. Sólo puede ser colgada en una habitación de techo alto. Sepa que ha sido tejida con seda de hombres tiburón. En el calor del verano mantiene alejados a moscas y mosquitos. Y además es liviana y transparente.

—No la estire toda, o tendrá problemas para volver a doblarla —intervino Jia Zheng.

Entonces Zhan ayudó a Feng a doblar la cortina.

—El precio de estos cuatro objetos no es excesivo —dijo Feng—. Está dispuesto a venderlos por veinte mil taeles; diez mil por la Perla Madre, cinco mil por la cortina y cinco mil más por el biombo y el reloj juntos.

—¡No podemos permitirnos ese lujo! —exclamó Jia Zheng.

—Usted está vinculado a la casa imperial —dijo Feng—. ¿No podrían usar este tipo de cosas en palacio?

—Hay muchas posibilidades de usarlas, pero ¿de dónde va a salir tanto dinero? —replicó Jia Zheng—. En cualquier caso, espera a que los haya visto la Anciana Dama.

—Esperaré —asintió Feng.

Jia Zheng ordenó a un sirviente que le pidiera a Jia Lian que llevase la perla y la cortina a la Anciana Dama. También fueron invitadas a contemplarlas la dama Xing y Wang, así como Xifeng. Cada una las fue revisando.

—Hay otras dos novedades: un biombo y un reloj musical —les informó Jia Lian—. Piden veinte mil taeles por las cuatro cosas.

—Está claro que son de gran calidad —dijo Xifeng—, pero no nos podemos permitir tal despilfarro y tampoco estamos en la situación de esos gobernadores de provincia que tienen que enviar tributos a la corte. En realidad hace años que vengo pensando que una familia como la nuestra debería comprar tierra para sacrificios, mansiones y lugares para entierros. Así, si en el futuro les va mal a nuestros descendientes siempre tendrán algo con qué contar para evitar la bancarrota. Es lo que yo pienso, pero no sé si la Anciana Dama, los señores y las damas estarán de acuerdo. Si los señores quieren comprar estas cosas, es asunto suyo.

La Anciana Dama y los demás manifestaron su aprobación a las palabras de Xifeng.

—Entonces voy a devolverlas —dijo Jia Lian—. Fue el señor Zheng quien me dijo que las trajera para mostrarlas a la Anciana Dama pensando que podrían ser un obsequio para el Palacio Imperial. Nadie habló de comprarlas para nosotros, ¡pero antes de que la Anciana Dama pueda decir una palabra tú sales con esa charla de mal agüero!

Se llevó las cosas, limitándose a decir a Jia Zheng qué a la Anciana Dama no le interesaban.

Entonces Jia Zheng le dijo a Feng:

—Son objetos excelentes, pero no disponemos del dinero. Sin embargo, estaré atento. Si alguien las quiere te lo haré saber enseguida.

Feng tuvo que guardar la perla y la cortina. Tomó asiento de nuevo para disponerse a mantener una amable conversación sin gran interés. Al cabo de un rato se incorporó para partir.

—Quédate a cenar con nosotros —le pidió Jia Zheng.

—No quiero causarle demasiadas molestias, tío.

—No es ninguna molestia.

En ese instante un criado anunció la llegada del señor She, que ya estaba entrando, y se produjo el intercambio habitual de gentilezas.

Aparecieron el vino y unos platos, y los caballeros empezaron a beber. Después de cuatro o cinco copas salieron de nuevo a colación las novedades traídas del sur.

—Es difícil vender este tipo de objetos —comentó Feng—. ¿Quién puede permitirse tales lujos, sino familias distinguidas como la suya?

—No necesariamente —dijo Jia Zheng.

Jia She añadió:

—Nuestra familia ya no es lo que era, simplemente mantenemos las apariencias.

—¿Cómo está el señor Zhen de la mansión del Este? —indagó Feng—. La última vez que lo vi conversamos y me dijo que la segunda esposa de su hijo no puede compararse con la primera, de la familia Qin. Se me olvidó preguntar de qué familia proviene la nueva señora.

—También es de procedencia noble —dijo Jia Zheng—. Se trata de la hija del anciano señor Hu, el que fuera gobernador de la capital y sus alrededores.

—Conozco al señor Hu —respondió Feng—. La educación en su casa es sólo regular. Pero eso no importa, siempre que la muchacha sea buena.

Jia Lian cambió de tema diciendo:

—Alguien del gabinete me ha dicho que a Yucun van a promoverlo otra vez.

—Me alegro, aunque seguramente es solo un rumor —dijo Jia Zheng.

—Algo habrá de verdad —insistió Jia Lian.

—Estuve en el Ministerio de Asuntos Civiles, y allí escuché algo parecido —confirmó Feng—. ¿Es el respetado señor Yucun miembro de este honorable clan?

—Sí, lo es —dijo Jia Zheng.

—¿Relación cercana o lejana?

—Es una larga historia. Él es originario de la prefectura de Huzhou, en Zhejiang, y se mudó a Suzhou, donde las cosas no le fueron muy bien; pero se hizo amigo de un tal Zhen Shiyin, que le ayudó. Luego superó los exámenes de palacio y fue nombrado magistrado, tras lo cual se casó con una de las doncellas de la familia Zhen. Su esposa actual es la segunda. Pasado un tiempo, Zhen Shiyin perdió todo su dinero y desapareció. Cuando Yucun fue despedido de su cargo no conocía a nuestra familia. Mi cuñado Lin Ruhai, que por entonces era comisionado de la Sal de Yangzhou, lo tomó como preceptor de su hija. Cuando corrió el rumor de que podría ser nombrado de nuevo, decidió volver a la capital; y como mi sobrina venía aquí de visita, su padre le pidió a Yucun que la escoltara y le entregó una carta de recomendación para mí. Me causó muy buena impresión y empezamos a vernos a menudo. Lo raro fue que Yucun conocía toda nuestra historia familiar desde el comienzo, lo sabía todo acerca de las dos mansiones, los habitantes de cada una y los diversos acontecimientos del lugar. Pronto nos hicimos amigos —y con una sonrisa añadió—: Aprendió rápido a trepar por la escala oficial, haciéndose promover del puesto de prefecto al de censor, para convertirse en pocos años en subsecretario de Asuntos Civiles y secretario de Guerra. Después de eso fue degradado tres escalones por algún motivo. Y ahora parece que está volviendo a ascender.

—Cuando se asume la carrera oficial, prosperidad y ruina son tan imprevisibles como éxito o fracaso —observó Feng.

—Yucun ha salido muy bien librado —replicó Jia Zheng—. Hay otras familias parecidas a las nuestras, por ejemplo los Zhen, que han tenido los mismos logros a su favor, los mismos honores hereditarios, la misma forma de vida, y de las que, por cierto, estuvimos muy próximos. Hace unos años, cuando llegaron a la capital, enviaban gente a visitarnos y estaban muy animados. Pero al poco tiempo sus bienes fueron confiscados y desde entonces no se ha vuelto a saber nada de ellos. Ignoramos qué pasó con la familia y no podemos evitar preocuparnos. ¿No le parece que la vida del funcionario es demasiado incierta?

—Nuestra familia debería sentirse segura —observó Jia She.

—Claro que su honorable familia no tiene nada que temer —le aseguró Feng—. Tienen en palacio a Su Alteza velando por ustedes, y una pléyade de buenos amigos y parientes. Además, nadie en esta familia, desde la Anciana Dama hasta los jóvenes señores, es codicioso o mezquino.

—Tal vez sea así —dijo Jia Zheng—, pero tampoco hay nadie que tenga especiales virtudes o habilidades. ¿Cuánto tiempo vamos a poder seguir viviendo de rentas y contribuciones?

—No hablemos de esto —protestó Jia She—. Bebamos unos tragos más.

Bebieron unas cuantas copas y luego fue servida la comida. Después de la cena y el té llegó el paje de Feng a susurrarle algo al oído, tras lo cual pidió permiso para retirarse.

Jia She le preguntó al paje qué le había dicho.

—Afuera está nevando, señor, y ha sonado la primera vigilia.

Jia Zheng despachó a un criado para que mirara, y éste informó que había caído más de un cun de nieve.

—¿Ha guardado ya esos objetos valiosos? —preguntó Jia Zheng.

—Sí, tío —dijo Feng—. Si su honorable familia les encuentra alguna utilidad, siempre podremos negociar el precio.

—Lo tendré en cuenta.

—Esperaré sus noticias. Hace frío; por favor, no me acompañen hasta el exterior.

Jia Zheng y Jia She le dijeron a Jia Lian que lo acompañase. Si desean saber cómo sigue la historia, escuchen el próximo capítulo.

CAPÍTULO XCIII

Un lacayo de la familia Zhen ofrece

sus servicios a los Jia.

En el convento de la Luna en el Agua

se desvela un escándalo amoroso.

Tras la partida de Feng Ziying, Jia Zheng mandó llamar a un lacayo de los que estaban de guardia en el pabellón de entrada, y le dijo:

—Han traído invitaciones para un banquete ofrecido por el duque de Lin’an, ¿sabes con qué motivo?

—Lo pregunté, señor —contestó el portero—. Parece que no se trata de una celebración especial. Una compañía de jóvenes actores, de muy buena reputación, ha llegado a la mansión del príncipe de Nan’an. Tanto le han gustado al duque que ha acordado con ellos dos días de representaciones para diversión de sus amigos. Probablemente no haya necesidad de enviar regalos.

En ese momento llegó Jia She. Quería saber si Jia Zheng concurriría al día siguiente.

—¿Y qué otra cosa podemos hacer ante tan gran muestra de amistad, sino ir? —contestó él.

Otro lacayo de los de la puerta principal entró para informar:

—Un escribiente de su despacho oficial ha venido para pedirle que acuda usted mañana, señor. Dice que hay unos asuntos que resolver por orden expresa del ministro y necesitará de su presencia bien temprano.

—Muy bien.

Luego entraron dos de los mayordomos que se encargaban del cobro de las rentas en el campo, y presentaron sus respetos. Hicieron un koutou y después, ya incorporados, permanecieron en actitud atenta.

—¿Sois de la aldea de los Hao? —preguntó Jia Zheng.

—Sí, señor —contestaron al unísono.

En lugar de preguntarles qué negocio traían, Jia Zheng se puso a charlar con Jia She hasta que éste se incorporó para partir, escoltado de vuelta a casa por unos criados provistos de antorchas.

Entonces Jia Lian, volviéndose a los mayordomos, preguntó:

—Bien, ¿y qué os trae por aquí?

—Hemos cobrado los arriendos correspondientes al décimo mes, señor. Mañana mismo debían llegar aquí, pero ha sucedido que en las afueras de la ciudad nuestras carretas han sido requisadas. Y sin mediar palabra, los soldados las volcaron. Les dijimos que no eran carretas de mercaderes, sino que transportaban arriendos a la mansión de los Jia. Pero no les importó. Así las cosas, ordenamos a los carreteros que siguieran su marcha, pero en ese momento unos alguaciles se abalanzaron sobre ellos y los molieron a golpes, haciéndose con nuestras dos carretas. Hemos venido a informarle de esto, señor, y a pedirle que las mande rescatar en donde proceda. También esos alguaciles sin respeto a la ley ni al cielo deben ser castigados. Usted no sabe, señor, que todo esto es aún más duro para los comerciantes. Vuelcan toda su mercadería, sin importar de qué se trate, y confiscan sus carretas. Si los carreteros llegan siquiera a murmurar, les rompen la cabeza allí mismo.

—¡Indignante! —exclamó Jia Lian.

Escribió una nota y dijo a los sirvientes:

—Llevad esto al centro oficial que haya ordenado la requisa de las carretas y exigid su devolución y la de los productos que transportaban. ¡No toleraremos que falte nada! ¡Y que Zhou Rui venga inmediatamente!

Pero Zhou Rui no estaba, y cuando Jia Lian mandó llevar a Lai Wang a su presencia, se le dijo que había salido después del almuerzo y aún no había regresado.

—¿Pero es que ni uno solo de esos cabrones está en casa? —maldijo Jia Lian—. No trabajan y se pasan el año entero haraganeando.

Y acto seguido ordenó a sus pajes:

—¡Id y traedlos aquí, estén donde estén! ¡Rápido!

Dicho lo cual, se fue a su casa a dormir.

Al día siguiente, el duque de Lin’an hizo llegar de nuevo su invitación.

Jia Zheng le dijo a Jia She:

—Tengo negocios que atender en mi despacho oficial, y Jia Lian tampoco puede acudir, pues tiene que solucionar el asunto de la requisa de nuestras carretas. Mejor será que por cortesía te lleves a Baoyu a pasar la jornada.

—Muy bien —asintió Jia She.

Entonces Jia Zheng mandó llamar a Baoyu:

—Irás con el señor She a ver una representación a la casa del duque de Lin’an.

Encantado, Baoyu se mudó de ropa y partió con Beiming, Saohong y Chuyao a presentar sus respetos ante Jia She. Se trasladaron hasta la mansión del duque; allí el portero anunció su llegada y un rato después los acompañó al interior. Jia She condujo a Baoyu hasta el patio, donde ya se había reunido un alborozado grupo. Cuando hubieron presentado sus respetos al duque y saludado al resto de invitados, todos tomaron asiento y entablaron una animada charla. Entonces el administrador de la compañía se adelantó con una lista del repertorio y con una tabla de marfil[1]. Con una rodilla hincada en tierra dijo:

—Señores, por favor, elijan óperas.

Por orden de jerarquía, fueron seleccionando las óperas. Cuando se detuvo ante Jia She, y mientras éste seleccionaba una ópera, el administrador advirtió la presencia de Baoyu. Corrió directamente hacia él y lo saludó.

—Por favor, señor Bao, elija un par de escenas.

Con su tez clara y sus labios encarnados, el hombre tenía la apariencia fresca de un loto recién sacado del agua, la gracia de un árbol de jade movido por la brisa. Bastó una mirada para que Baoyu reconociera en él a Jiang Yuhan. No hacía mucho que había oído decir que Yuhan estaba en la capital, adonde había traído una Compañía de jóvenes actores, pero su viejo amigo no había acudido a verlo. Y ahora, en medio de esa reunión, no era conveniente levantarse a saludarlo.

—¿Cuándo has vuelto? —le preguntó con una sonrisa.

Señalándose a sí mismo, Yuhan susurró:

—¿Acaso no lo sabe, segundo señor?

Como no podían conversar en público, Baoyu eligió una pieza al azar. Después del paso de Jiang Yuhan hubo cierta murmuración a su costa.

—¿Quién es? —preguntó alguien.

—Solía representar papeles de jóvenes damas —contestó un hombre—. Ahora no quiere hacerlo y ya es mayor, así que prefiere actuar de administrador y a veces hace papeles de hombre joven[2]. Ha logrado amasar una bonita fortuna y es dueño de un par de comercios, pero se resiste a dejar su antiguo oficio y sigue administrando una compañía de ópera.

—Me imagino que se habrá casado —comentó un invitado.

—No, aún no está comprometido. Está empecinado en la idea de que el matrimonio es para toda la vida y no un negocio que se pueda emprender con espíritu frívolo; de modo que su esposa, al margen de su rango, deberá igualar sus talentos. Por eso sigue soltero.

Baoyu se preguntó cuál sería la afortunada muchacha que se casaría con un hombre de tanto talento.

Empezó la representación, que fue muy animada, de las óperas Kunqiang, Gaoqiang, Yiyangqiang y Bangziqiang[3]. Al mediodía fueron dispuestas las mesas para el festín, y cuando hubieron mirado un rato más, Jia She se incorporó para partir.

—Aún es temprano —dijo el duque al acercarse para retenerlo—, y me han dicho que Jiang Yuhan va a representar la mejor pieza que tienen en el repertorio, una escena de El vendedor de aceite conquista a la flor más bella[4].

Al escuchar aquello, a Baoyu le apeteció quedarse, y Jia She volvió a su asiento. En ese momento, por cierto, apareció Jiang Yuhan en el papel de Qin, el vendedor de aceite, e hizo una estupenda interpretación del joven sirviendo a la cortesana borracha, bebiendo y cantando en afectuosa intimidad.

A Baoyu no le interesaba la heroína de la ópera; era todo ojos para el joven héroe, cuyo canto lo transportaba. Y es que Jiang Yuhan tenía una voz resonante, dicción clara y compenetración perfecta con la orquesta. Hacia el final de la escena quedó totalmente convencido de que Jiang era un sentimental extraordinario y que no podría encontrarse un actor igual; pensó: «Ya lo dice el Libro de la Música[5]: “Los sentimientos se mueven en el interior y toman forma en los sonidos. Los sonidos componen textos que se llaman música”. De modo que entender los sonidos, las notas y las músicas constituye toda una ciencia, y por lo tanto es preciso estudiar su origen. La poesía puede transmitir emociones, pero no penetra hasta los huesos, a partir de ahora voy a estudiar música».

Su ensueño fue interrumpido por Jia She, que se puso en pie para partir antes de que su anfitrión pudiera retenerlo. A Baoyu no le quedó más remedio que Seguir sus pasos.

Al regresar, Jia She fue a su casa. Cuando Baoyu compareció para hacer la visita reglamentaria a su padre, lo encontró recién llegado del ministerio, interrogando a Jia Lian acerca de la requisa de las carretas.

Jia Lian le estaba diciendo:

—Hoy despaché a unos criados con mi tarjeta, pero el magistrado estaba ausente. Su encargado dijo: «Su Excelencia no sabe nada acerca de esto, y no ha impartido órdenes de confiscar ninguna carreta. Todo esto es culpa de esos bribones que causan problemas abusando de los que vienen de fuera. Como se trata de las carretas de Su Señoría, ordenaré inmediatamente que se investigue el caso y todo sea devuelto mañana mismo. Si sé produjera alguna demora, informaría a Su Excelencia para que los castigue con toda severidad. Como ahora él está ausente, espero que Su Señoría sepa comprender que no hace falta comentarle el asunto a mi señor».

—¿Pero quién se atrevería a hacer Semejante cosa sin una orden oficial? —preguntó Jia Zheng.

—Usted no comprende, señor —dijo Jia Lian—. Es algo habitual fuera de la ciudad. Estoy seguro de que mañana lo devolverán todo. —Dicho lo cual se retiró.

Entonces Baoyu presentó sus respetos a su padre, que lo interrogó brevemente antes de enviarlo con su abuela.

Aquellos mayordomos que al ser requeridos por Jia Lian el día anterior estaban ausentes, aguardaban ahora a ser recibidos. Cuando por fin entraron, el señor los cubrió de insultos sin ningún miramiento. Le dijo a Lai Da, el mayordomo principal:

—Tráeme la relación de sirvientes y revisa sus nombres; luego escribe un anuncio para que todos sepan que si alguien vuelve a escabullirse sin permiso previo y no está a mano cuando se le llame, demorando así la ejecución de nuestros asuntos, será apaleado y despedido en el acto.

—¡Sí, señor! ¡Sí, señor!

Lai Da fue a transmitir aquella advertencia, y a partir de ese momento los sirvientes se mostraron más comedidos y obedientes.

Poco después llegó a la puerta principal un hombre con un bonete de fieltro, túnica de algodón azul y sandalias de paja. Saludó a los criados de turno, quienes lo revisaron de los pies a la cabeza antes de preguntarle de dónde venía.

—De la familia Zhen del sur —respondió—. Traigo una carta de mi señor, que les rogaría se molestasen en hacer llegar a Su Señoría.

Cuando oyeron aquello se pusieron de pie y le ofrecieron asiento.

—Debe estar cansado, siéntese —le pidieron—. Nos encargaremos de su asunto.

Un portero entró e informó de la llegada de aquel hombre, entregando a Jia Zheng la carta, que decía:

Desde hace varias generaciones, mi familia y la suya están ligadas por lazos de amistad. Contemplo de lejos su carro y me dispongo en confianza a buscar su apoyo. Es el caso que por mi falta de talento he incurrido en la furia del emperador; mi criminal incompetencia hubiera merecido ser castigada con diez mil muertes, pero la corte imperial tuvo la clemencia de enviarme a los confines del imperio, a la espera del castigo. Ahora mi casa ha quedado reducida a la nada. Todos los miembros de mi familia se han dispersado como estrellas. Sólo me queda un servidor, de nombre Bao Yong, que me ha servido fielmente. A pesar de carecer de un talento extraordinario es bastante honesto. Si usted lo contratara, permitiendo así que gane su arroz, yo quedaría infinitamente agradecido por su amabilidad. No persigo otro propósito con mi carta. Más adelante escribiré dando detalles.

Tras leer aquello, Jia Zheng sonrió:

—Tenemos ya demasiados servidores —dijo—. Sin embargo, no podemos rechazar a alguien enviado por la familia Zhen.

Al portero le dijo:

—Tráelo aquí. Se quedará con nosotros y le encontraremos un trabajo adecuado.

Entonces el portero trajo a Bao Yong, quien hizo tres koutou ante Jia Zheng, y al levantarse dijo:

—Señor, le traigo los respetos de mi señor Zhen.

Luego hincó otra vez una rodilla en tierra, y dijo:

—Señor, Bao Yong le presenta sus respetos.

Jia Zheng se interesó por la salud del señor Zhen y escrutó a Bao Yong, que seguía de pie en actitud respetuosa. Era ancho de hombros y medía poco más de cinco chi de alto, tenía las cejas pobladas, los ojos saltones y la frente ancha, el rostro barbado y la tez morena.

—¿Siempre has estado con la familia Zhen, o sólo trabajaste allí durante unos años? —preguntó Jia Zheng.

—Me llevaron de pequeño, señor.

—¿Y por qué los dejas ahora?

—Yo no quería, pero mi señor insistió tres veces. Me dijo: «No aceptarías trabajar en ningún otro sitio, pero servir a la familia Jia es como servirnos a nosotros mismos». Y por eso vine, señor.

—Tu señor nunca debió meterse en líos, por eso se encuentra ahora en esta situación.

—Si se me permite la franqueza, mi señor fue demasiado bueno. Siempre trata a las personas honestamente, y eso le ha acarreado problemas.

—Ser honrado es siempre un gran mérito.

—Él lo fue en exceso, y acabó no siendo querido por nadie, e incluso molestando a algunos.

—Pues en tal caso el cielo le hará llegar lo que merece —se rió Jia Zheng. Y antes de que Bao Yong pudiera responder le preguntó—: ¿Es cierto lo que he oído, que el joven señor de la casa Zhen también se llama Baoyu?

—Sí, señor.

—¿Se esmera por estar a la altura?

—Es una historia extravagante, la de nuestro señor Bao. Es demasiado honesto; en eso es como su padre. De niño lo que más le gustaba era juguetear con las muchachas, y a pesar de que sus padres le dieron buenas tundas no mejoró sus costumbres. Aquel año en que nuestra señora vino a la capital, el señor Bao cayó gravemente enfermo. Estuvo desmayado tanto tiempo que su padre sintió una enorme angustia y hasta hizo preparar los funerales. Luego, por fortuna, volvió en sí. Pero empezó a gritar algo acerca de que había conocido a una muchacha junto al arco conmemorativo qué lo condujo hasta un templo y que en el interior de éste había muchos armarios llenos de archivos. Que al entrar en un cuarto había visto a innumerables muchachas que se habían convertido unas en fantasmas y otras en esqueletos. Aquello le hizo aullar de terror. Apenas vio nuestro señor que había recobrado el sentido le aplicó un buen tratamiento médico y poco a poco el muchacho se fue recuperando. Después de eso, cuando nuestro señor lo enviaba a divertirse con las muchachas, cosa que había hecho siempre, descubrimos que había cambiado. Ya no disfrutaba con sus antiguas diversiones y prefería estudiar. E incluso cuando intentaban distraerlo de sus libros, él se mostraba desinteresado. Ahora está aprendiendo poco a poco el manejo de la casa.

Jia Zheng escuchó todo aquello en silencio, con una actitud meditabunda.

—Vete ahora y descansa —le dijo—. Apenas aparezca una tarea que tú puedas hacer, te asignaremos un trabajo.

Bao Yong dio las gracias y se retiró a descansar, escoltado por el portero. Pero dejemos de hablar de este asunto.

Cierta mañana Jia Zheng se levantó temprano, y ya se disponía a partir a su despacho oficial cuando advirtió que los criados de la puerta estaban susurrando y mascullando cosas entre sí, como si tuvieran alguna noticia que darle pero no se atrevieran a hacerlo directamente. Los llamó.

—¿A qué viene tanto cuchicheo? —preguntó.

—Casi no nos atrevemos a decírselo, señor —respondió uno de ellos.

—¿Qué es lo que no os atrevéis a decir?

—Esta mañana cuando abrimos el portón encontramos pegada una hoja de papel cubierta de palabras sin sentido.

—¡Pero qué ocurrencia! —exclamó Jia Zheng—. ¿Y qué decía?

—Maledicencias sobre el convento de la Luna en el Agua, señor.

—Traedme ese papel.

—Intentamos quitarlo, pero estaba demasiado bien pegado, de modo que lo tuvimos que copiar, y luego mojamos el papel para despegarlo. Li De acaba de traer otra hoja para mostrárnosla, igual que la del portón. No nos atrevemos a ocultársela, señor.

Le enseñaron el papel, que decía:

El joven Concha del Oeste, hacha de hierba[6],

supervisa a novicias

budistas y taoístas

en el convento de la Luna en el Agua.

¡Y cuántas mujeres para un solo macho!

Puede a su antojo darse a la timba,

bebe y putea cuanto le viene en gana.

¡Menudo degenerado administra el convento!

Graves novedades en la mansión Rong.

La cabeza de Jia Zheng le daba vueltas de lo furioso que estaba, y ordenó a los criados que no dijeran una sola palabra acerca de aquello, y que hicieran un discreto rastreo por los muros de los callejones de los alrededores de las mansiones Ning y Rong. Luego mandó venir a Jia Lian, quien llegó corriendo.

Sin mayores prolegómenos, Jia Zheng le preguntó:

—¿Alguna vez has ido a ver cómo andan esas novicias del convento de la Luna en el Agua?

—No —dijo Jia Lian—. Qin siempre ha estado a su cargo.

—¿Y está Qin a la altura de esa tarea?

—Ya que me lo pregunta, señor, sospecho que no ha cumplido bien con su trabajo.

—¡Mira lo que hay escrito en este cartel! —suspiró Jia Zheng.

—¿Será posible? —exclamó Jia Lian al leerlo.

En eso llegó Jia Rong con un sobre que decía: «Confidencial», dirigido a Jia Zheng. Al abrirlo encontraron otra copia de la anónima sátira que había amanecido pegada sobre el portón.

Jia Zheng ordenó:

—Decidle a Lai Da que se desplace inmediatamente al convento con tres o cuatro carruajes para traer de vuelta a todas esas novicias. Que no se sepa ni una palabra de esto. Que les digan simplemente que en palacio quieren verlas.

Lai Da salió a cumplir aquellas instrucciones.

Recién llegadas al convento, aquellas novicias budistas y taoístas habían estado a cargo de una anciana abadesa que diariamente les enseñaba letanías e invocaciones. Pero como la consorte imperial jamás las mandaba llamar, poco a poco se fueron haciendo perezosas. Además, con la edad fueron cobrando cierto interés por los hombres. Jia Qin era un mujeriego empedernido. Desde su punto de vista, Fangguan y las otras actrices habían ingresado como novicias siguiendo un impulso infantil, y en consecuencia pasó a coquetear con ellas sin ningún pudor. Como Fangguan demostró genuina vocación y total indiferencia a sus halagos, concentró su atención en las demás muchachas, entre ellas una budista de nombre Qinxiang y una taoísta llamada Hexian[7], guapas y seductoras. O sea, que Jia Qin se convirtió en su amante y cada vez que tenía un momento libre se reunían para cantar o tocar.

Como estaban a mediados del décimo mes y Jia Qin acababa de liberar la paga mensual para el convento, tuvo una idea.

—Traigo vuestra asignación —dijo a las muchachas—, pero como no puedo volver a casa hoy mismo, tendré que pasar aquí la noche. Hace mucho frío, ¿no? ¿Entonces por qué no permanecemos todos despiertos disfrutando del vino y los dulces que he traído?

Las novicias, complacidísimas, pusieron las mesas e invitaron también a las monjas mayores. Como siempre, la única que declinó la invitación fue Fangguan. Tras unas cuantas copas, Jia Qin propuso algunos juegos.

—No sabemos jugar —dijeron Qinxiang y las demás—. Simplemente juguemos a adivinar los dedos, y quien pierda tendrá que beber. ¿No será eso más sencillo?

Una monja mayor objetó:

—Acaba de pasar el mediodía, y no se vería bien hacer una fiesta demasiado animada. Limitémonos a beber unas cuantas copas y aquellas que quieran irse antes podrán hacerlo. Las que, por el contrario, deseen acompañar al señor Qin pueden beber todo lo que quieran esta noche. Yo no interferiré.

Entonces entró corriendo una criada.

—¡Retírense enseguida! —exclamó—. Ha llegado el señor Lai de la mansión Rong.

Las novicias despejaron inmediatamente las mesas y pidieron a Jia Qin que se ocultara, pero éste, embravecido por unas cuantas copas de vino, se puso a gritar:

—He venido a traer la paga del mes. ¡No tengo miedo!

No había terminado de decir aquello cuando entró Lai Da. Lo que vio lo puso furioso, pero como Jia Zheng había exigido rigurosa discreción, se obligó a sonreír.

—Así que está aquí, señor Qin —dijo.

—¿Y a qué debemos su visita, señor Lai? —preguntó Jia Qin, ya de pie.

—Me alegro de encontrarlo aquí, señor. Ordene a estas novicias que se apresten inmediatamente a viajar a la ciudad. Requieren su presencia en palacio.

Aquello intrigó a todos, pero antes de que pudiera ser interrogado, el mayordomo continuó:

—El tiempo apremia. Dense prisa o ya no podremos entrar en la ciudad.

Entonces las novicias tuvieron que subir a los carruajes, y regresaron escoltadas por Lai Da, caballero sobre una enorme mula.

Mientras tanto Jia Zheng, demasiado furioso para ir a su despacho oficial, permaneció solo en su estudio suspirando a causa del escándalo, y Jia Lian se sintió obligado a permanecer con él.

Entró un portero y anuncio:

—Su Señoría Zhang, que debía estar de turno en las oficinas, se encuentra enfermo, señor, y quieren que usted lo reemplace.

Jia Zheng estaba aguardando el retorno de Lai Da para ajustarle las cuentas a Jia Qin. La obligación de volver a su trabajo le exasperó, pero no objetó nada.

—Lai Da partió después del almuerzo, y el convento está a unos veinte li de la ciudad; aunque apriete el paso no podrá volver antes de la segunda vigilia —dijo Jia Lian—, así que si lo necesitan en la oficina, señor, puede ir tranquilo. Cuando Lai Da vuelva yo le diré que retenga a las novicias y guarde silencio sobre el asunto. Usted podrá resolver el asunto cuando regrese a casa mañana. Y si llega Jia Qin, tampoco hay necesidad de decirle nada, sino ver cómo le rinde cuentas a usted.

Jia Zheng comprendió que era un consejo razonable y partió a su despacho oficial, lo cual dio a Jia Lian la oportunidad de volver a su casa. Regresó despacio, demorándose en el camino, y para sus adentros iba culpando a Xifeng por haber recomendado a Jia Qin; pero ella estaba enferma y él supo que tendría que esperar antes de poder reprocharle nada.

Sin embargo ya el chismoso mundo de los sirvientes había transmitido todo aquello a los aposentos interiores. Pinger, que fue la primera en enterarse, lo comunicó inmediatamente a Xifeng. Ésta había pasado una mala noche y estaba con el ánimo hundido, preocupada por los problemas del templo del Umbral de Hierro. La noticia de una sátira anónima colocada en el exterior la alarmó.

—¿Qué dice? —preguntó.

—Oh, nada importante —contestó Pinger—. Algo relacionado con el convento del Pan al Vapor[8].

Como Xifeng no tenía la conciencia muy limpia, aquello la consternó hasta el extremo de hacerle perder el habla. Empezó a sentir mareos y después de un ataque de tos escupió un coágulo de sangre.

Inmediatamente Pinger corrigió:

—Se trata únicamente de un problema con esas novicias budistas y taoístas del convento de la Luna en el Agua. ¿Por qué la ha conmovido tanto, señora?

Al oír que se trataba del convento de la Luna en el Agua, Xifeng se sintió tranquila y exclamó:

—¡Ay! ¡Idiota! ¿Fue el convento del Pan al Vapor o el convento de la Luna en el Agua?

Pinger le contestó:

—La primera vez escuché mal, pero luego descubrí que se trataba del convento de la Luna en el Agua. Me he equivocado sin darme cuenta.

Xifeng dijo:

—Sabía que debía ser el convento de la Luna en el Agua, ¿qué tengo que ver yo con el convento del Pan al Vapor? Yo puse a Qin de encargado del lugar. Lo más probable es que esté dilapidando la asignación que corresponde al convento.

—No se trata de eso. Lo que se oye son palabras sucias.

—Entonces tiene aún menos importancia. ¿Dónde está el señor Lian?

—Dicen que el señor Zheng está tan furioso que no lo ha podido dejar solo. Apenas me enteré de que había problemas dije a las doncellas que mantuvieran la boca cerrada; pero quién sabe si esto ha llegado o no a oídos de las señoras. Parece que el señor ha ordenado a Lai Da que traiga a las muchachas de vuelta. Yo he enviado alguna gente a averiguar qué está sucediendo. Y pienso que, enferma como se encuentra, señora, no tiene por qué ocuparse de semejantes asuntos.

En eso entró Jia Lian. Xifeng hubiera querido interrogarlo acerca de lo ocurrido, pero su ceño fruncido la obligó a simular no estar informada de lo que le traía por allí.

Mientras Jia Lian cenaba entró Lai Wang para informar:

—Preguntan por usted, señor. Ha llegado Lai Da.

—¿Viene con Qin?

—Sí, también ha venido.

—Ve y dile a Lai Da que el señor se ha ido a su despacho oficial. Por el momento las muchachas Se quedan en el jardín. Mañana, cuando vuelva el señor, las enviarán a palacio. Que Qin me espere en el estudio interior.

Entonces Lai Wang partió.

Cuando Jia Qin entró en el estudio y advirtió la manera que tenían los criados de señalarlo dándose codazos, le entraron serias dudas sobre la llamada de palacio. Le hubiera gustado preguntar qué sucedía, pero supuso que no sacaría nada en claro. Estaba sumido en un mar de dudas y sospechas cuando entró Jia Lian; tras presentar sus respetos, Jia Qin se mantuvo en actitud atenta.

—No sabemos para qué quiere Su Alteza a estas muchachas —dijo—. Las he traído lo antes posible. Por suerte hoy fui para llevarles su asignación mensual y aproveché para hacer el camino de regreso con Lai Da. Me imagino que usted ya sabe todo esto, tío.

—¿Por qué iba a saberlo? Aquí tú eres el único que sabe algo —le espetó Jia Lian.

La perplejidad de Jia Qin iba en aumento, pero no se atrevió a indagar por el sentido de aquel exabrupto.

—¡Bonita conducta! —rabió Jia Lian—. ¡El señor está furioso!

—Tío, no he hecho nada malo. Cada mes les llevo su asignación, y las muchachas se aplican a sus rezos.

Jia Lian advirtió que Jia Qin no sabía qué pasaba y, como habían sido compañeros de juego, suspiró:

—¡Cállate! Mira esto.

Sacó los versos satíricos de la bota y se los arrojó. Jia Qin, recogiéndolo, leyó el papel.

—¿Y quién está detrás de todo esto? —balbuceó, pálido de miedo—. No he ofendido a nadie, ¿por qué me atacan de esta manera? Sólo voy por allí una vez al mes a llevarles el dinero. Esto son infundios. ¡Pero si el señor vuelve y me hace apalear, moriré de la injusticia! ¡Peor aún! ¡Si mi madre se entera de esto hará que me rematen a vergazos! —Y como estaban solos, cayó de rodillas suplicando—: ¡Compadézcase, tío! ¡Sálveme! —Y se dio a hacer profundos koutou con los ojos llenos de lágrimas.

Jia Lian reflexionó: «Éste es el tipo de cosas de las que el señor abomina. Si la investigación demuestra que es cierto, habrá una escena pavorosa. Si el escándalo trasciende, nuestra reputación sufrirá, y le daremos aún más alas al autor de la nota. Y eso significará muchos más problemas. Lo mejor sería aprovechar que el señor está de servicio para buscar con Lai Da alguna manera de acallar todo el asunto, y evitar así futuros incidentes. Hasta el momento no ha aparecido prueba alguna».

Una vez decidido, dijo:

—No trates de engañarme. ¿O crees que ignoro las diabluras en que has andado metido? Si el señor te hace apalear para que confieses, tu única salida será negarlo todo. ¡Y ahora levántate, engendro desvergonzado!

Poco después se unió a ellos Lai Da, y Jia Lian discutió con él su plan.

—El señor Qin ha mostrado una conducta realmente inaceptable —dijo Lai Da—. ¡Hoy, cuando he llegado al convento, estaban bebiendo! Las acusaciones del poema deben ser ciertas.

—¿Has oído eso, Qin? —dijo Jia Lian—. ¿O piensas acaso que todo lo inventó Lai Da?

Jia Qin se sonrojó y no se atrevió a pronunciar palabra.

Entonces Jia Lian le pidió a Lai Da:

—Ayúdame. Di simplemente que encontraste al señor Qin en su casa y que lo llevaste contigo al convento, pero que no me has visto a mí. Mañana tienes que convencer al señor para que no interrogue a esas muchachas, que llame cuanto antes a un intermediario que se las lleve y las venda. Si Su Alteza las solicita, compraremos otras.

Lai Da reflexionó sobre el asunto y comprendió que un escándalo, lejos de hacer bien, dañaría la reputación de la familia. Y en consecuencia se mostró de acuerdo.

Entonces Jia Lian ordenó a Jia Qin:

—Ve con el señor Lai y haz lo que él te diga.

Jia Qin hizo un koutou de agradecimiento y partió con el mayordomo, ante quien volvió a hacer un koutou cuando llegaron a un lugar tranquilo.

—Realmente se ha excedido, señor Qin —declaró Lai Da—. No sé a quién ha ofendido para acabar así, metido en semejante lío. Pero piense, ¿qué enemigos tiene?

Jia Qin se devanó los sesos y de pronto dio con uno.

Para saber de quién se trataba, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO XCIV

La Anciana Dama festeja el florecimiento

de las begonias secas.

La pérdida del Jade de las Comunicaciones

Trascendentales presagia una extraordinaria desgracia.

Jia Qin se dejó conducir dócilmente por Lai Da y esperó tranquilamente el retorno de Jia Zheng. En cuanto a las novicias, estaban encantadas de encontrarse otra vez en el jardín y tenían la esperanza de poder jugar y pasear a sus anchas por aquel lugar antes de acudir al día siguiente al requerimiento de palacio; pero Lai Da ordenó a las matronas y pajes que las vigilasen estrechamente proporcionándoles sólo alimento, sin permitirles dar ni un paso fuera del recinto donde estaban confinadas. Así que, para su desconcierto, las muchachas se vieron obligadas a permanecer allí sentadas hasta el alba. Las doncellas de los diversos sectores del jardín, que desconocían completamente la verdad de todo el asunto, creyeron que las novicias estaban aguardando el momento de atender una llamada de palacio.

A la mañana siguiente se disponía Jia Zheng a dejar su despacho oficial cuando le llevaron la lista de gastos de las obras realizadas en las dos provincias afectadas por las inundaciones, con la orden expresa de verificarla antes de abandonar su puesto. Entonces envió instrucciones a su sobrino Jia Lian para que iniciase una exhaustiva investigación sin aguardar su retorno. Debía hacerlo apenas regresara Lai Da, para luego tomar las medidas que considerase convenientes.

Agradó mucho aquel mensaje a Jia Lian, sobre todo por las ventajas que reportaría a Qin esa manera de solventar el problema. Pensó: «Si acallo completamente el asunto, seguro que mi tío sospechará de mi parcialidad. Mejor será que informe a Su Señoría y actúe según sus sugerencias; así, aunque no se tome una determinación del gusto de mi tío, no tendré responsabilidad alguna». Y con esa decisión tomada entró en los aposentos de la dama Wang, e, inclinándose ante ella, le dijo:

—Mi honorable tío se enfureció ayer a causa de esa sátira, e hizo que trajeran a las novicias y a Qin para ser interrogados. Resulta que hoy no tiene tiempo de emprender personalmente la compostura de este escándalo, y me ha pedido que la ponga a usted en antecedentes para que actúe como estime más conveniente. Por eso vengo a pedirle que me diga cómo debo encarar este asunto.

—¡Lamentable! —exclamó la dama Wang, muy asombrada—. Si Qin ha actuado realmente de ese modo, nuestra familia debe repudiarlo. Y, por otra parte, ¡menudo bribón debe estar hecho el que escribió los versitos! ¿Cómo se atreve a enlodarnos de esa manera? ¿Le has preguntado a Qin si hay algo de cierto?

—Acabo de preguntárselo. Pero piénselo, señora, ¿quién, que hubiera cometido tales desvergüenzas, reconocería ser su autor? Y aún más en el caso de que fuera inocente. Yo creo que Qin no se atrevería, pues teme las consecuencias y sabe además que en cualquier momento Su Alteza puede enviar a alguien a recoger a esas novicias. Pienso que no nos debería resultar difícil descubrir la verdad. Pero suponiendo que todo esto fuera cierto, ¿cómo actuaría usted?

—¿Dónde están las muchachas ahora?

—Encerradas en el jardín.

—¿Las jóvenes saben algo acerca de esto?

—Imagino que habrán oído decir algo sobre la llamada a palacio. Ningún otro rumor se ha propagado fuera.

—Eso está bien. Esas criaturas no deben permanecer aquí ni un minuto más. Yo misma sugerí en su momento despacharlas mucho antes, pero todos vosotros insististeis en conservarlas. ¡Mira ahora en qué ha acabado todo! Dile a Lai Da que se las lleve, pregúntales si tienen familiares, y en caso de que los tengan que busque los contratos de venta y que invierta unas decenas de taeles en alquilar un barco que las devuelva a todas, adecuadamente escoltadas, a su lugar de origen. Cuando nos hayamos desprendido de todas se acabará este lío. Sería un pecado demasiado grave obligarlas a todas a volver a la vida laica sólo porque una o dos hayan caído en falta. Y si las entregamos a un intermediario oficial, aunque no pidamos dinero para nosotros, él las acabaría vendiendo sin importarle si viven o mueren. En cuanto a Qin, debes amonestarlo muy duramente y decirle que no queremos volver a verlo por aquí, salvo con ocasión de los sacrificios y celebraciones. Y mejor será que se mantenga alejado del señor, no sea que en uno de sus raptos de malhumor le ajuste las cuentas. Y algo más: dile a la contaduría que cancele esta asignación, y a las monjas del convento de la Luna en el Agua que no deben recibir a jóvenes caballeros de nuestra casa, salvo cuando vayan a hacer ofrendas en las tumbas. Y que son órdenes directas del señor. Que si continúan surgiendo rumores despediremos a todo el convento, incluida la vieja abadesa.

Asintiendo, Jia Lian se retiró a notificar aquello a Lai Da.

—Así es como Su Señoría quiere que soluciones este asunto —le informó—. Avísame cuando todo esté hecho, para informarla a ella. Mejor será que actúes con celeridad; cuando vuelva el señor infórmale también del asunto de acuerdo con las instrucciones de Su Señoría.

—¡Nuestra señora tiene realmente corazón de buda! —comentó Lai Da—. ¡Sólo ella hubiera enviado a esas criaturas de vuelta a casa, y con escolta! A la vista de su buen corazón, voy a tener que buscar a un hombre de toda confianza. En cuanto al señor Qin, le dejo a usted el encargo. Y trataré de dar con el versificador de marras para darle una buena lección.

—Bien. —Jia Lian movió la cabeza afirmativamente.

No demoró un minuto la despedida de Jia Qin, y Lai Da apresuró la retirada de las novicias y ordenó que se las tratase siempre según las instrucciones recibidas.

Aquella noche regresó Jia Zheng y fue informado de todo; y como no era amigo de líos, al escuchar la solución dada al problema dejó correr el asunto. Claro, cuando los sinvergüenzas del exterior supieron que veinticuatro muchachas habían sido despedidas de la mansión Jia, todos quisieron ponerles la mano encima; de modo que si llegaron o no a sus casas no se supo del todo, y no hay manera de que nosotros podamos adivinarlo.

Ahora que la salud de Daiyu empezaba a mejorar, Zijuan volvió a disponer de tiempo de ocio. Cuando el caso de las novicias citadas a palacio llegó a sus oídos, le picó la curiosidad y se dirigió a la gente de la Anciana Dama en busca de detalles. Y resultó que se encontró con Yuanyang, que tampoco tenía mucho que hacer. Al comenzar la charla le preguntó por las monjas.

—Ésta es la primera noticia que tengo —dijo Yuanyang sorprendida—. Luego le preguntaré a la señora Lian.

Mientras hablaban llegaron dos criadas de la familia de Fu Shi a presentar sus respetos a la Anciana Dama. Hacia los aposentos de Su Señoría las encaminaba Yuanyang cuando oyeron decir que la anciana señora estaba en plena siesta, por lo cual las mujeres se retiraron tras haber dejado su mensaje.

—¿De dónde vienen esas viejas? —preguntó Zijuan.

—¡Son la peste! —le dijo Yuanyang—. Los Fu tienen una hija que no es mal parecida, y se pasan el tiempo cubriéndola de elogios ante la Anciana Dama, encomiando su porte distinguido, su buen corazón y sus modales exquisitos. Dicen que es muy elocuente, y una hábil costurera que también es capaz de escribir y llevar las cuentas, muy respetuosa con los de arriba y conciliadora con los de abajo. Cada vez que vienen sueltan la misma perorata, como si estuvieran ofreciendo a la Anciana Dama algún raro tesoro. ¡Ya no soporto escucharlas! Pero a pesar de que son una molestia, a la Anciana Dama le fascina ese tipo de charla. Y más aún. Hasta Baoyu, que no soporta a la mayoría de las viejas, ve con buenos ojos a éstas que envía la familia Fu. ¿No te parece raro? Anteayer aparecieron diciendo que mucha gente viene a pedir la mano de su joven dama, pero que los padres se resisten a dar su consentimiento, y de paso sugieren que sólo una familia como la nuestra es suficientemente buena para ella. El caso es que tanto elogio está empezando a hacer mella en la Anciana Dama.

Zijuan quedó sorprendidísima, pero preguntó fingiendo indiferencia:

—Y si piensa que es un buen partido, ¿por qué no concierta el matrimonio con Baoyu?

Antes de que Yuanyang pudiera responder, alguien llamó desde el interior diciendo:

—¡La Anciana Dama se ha despertado!

Entonces Yuanyang entró corriendo y Zijuan se incorporó para retirarse. Camino del jardín, cavilaba: «¿Acaso sólo hay un Baoyu en el mundo, que tanto lo desean? Yo lo quiero, tú lo quieres… nuestra joven señora es quien más lo adora. Por su conducta es evidente que tiene puesto en él su corazón; ¿por qué cae enferma si no cada dos por tres? ¡Bastante confusión tenemos ya aquí con las muchachas de oro y de plata, para que ahora nos endilguen a esa señorita Fu! Creo que a Baoyu le gusta mi joven señora, pero a juzgar por lo que dice Yuanyang se prenda de cada muchacha que ve. Si es así, nuestra joven señora se está partiendo el corazón en vano».

De sus pensamientos sobre Daiyu pasó a preguntarse qué sería de ella misma, hasta que le resbalaron unas lágrimas por las mejillas. Sentía la tentación de aconsejarle a Daiyu que dejara de preocuparse en vano, pero temió que eso la indispusiera. Empero, ver a su señora así le destrozaba el corazón. Cuanto más cavilaba, más crecía su ansiedad.

«¿Por qué preocuparme por otra persona? —se reprendió a sí misma—. Aunque realmente se case con Baoyu, no es fácil complacer a una persona como ella. Y en cuanto a Baoyu, a pesar de su buena disposición habla mucho y hace poco. ¡Y yo que quiero que ella deje de preocuparse, estoy aquí cavilando para nada! De ahora en adelante la cuidaré lo mejor que pueda y dejaré de ocuparme de cualquier otra cosa.»

Aquella conclusión sirvió para que llegase serena al refugio de Bambú, donde encontró a Daiyu, sola y sentada sobre el kang, clasificando sus viejos poemas y ensayos. Cuando oyó entrar a la doncella alzó la mirada.

—¿Dónde has estado? —le preguntó.

—Visitando a otras jóvenes damas.

—Seguro que has ido a buscar a la hermana Xiren.

—¿Por qué habría de verla a ella especialmente?

Daiyu se preguntó cómo había llegado a hacer semejante comentario, y en su incomodidad añadió tajante:

—No me importa dónde vayas o dejes de ir. Tráeme un poco de té.

Zijuan salió a preparar el té riéndose para sus adentros, y entonces escuchó un clamor de voces proveniente del jardín. Mientras servía el té envió a una persona a averiguar qué sucedía.

La muchacha enviada regresó y dijo:

—Las begonias del patio Rojo y Alegre se habían secado por falta de riego, pero Baoyu sostiene que ayer cuando fue a verlas tenían las ramas cuajadas de brotes. Nadie le creyó ni le prestó atención. ¡Pero hoy, de pronto, hay unas flores espléndidas! La gente, maravillada, llegó corriendo a verlas. Tal ha sido la conmoción que hasta la Anciana Dama y Sus Señorías están de camino para ver las flores. Así que la señora Zhu ha dado órdenes a unos sirvientes para que barran las hojas del jardín. Son ellos los que están charlando allí.

Al escuchar que venía la Anciana Dama, Daiyu se mudó de ropa inmediatamente y despachó a Xueyan para que montara guardia.

—Avísame apenas llegue la Anciana Dama —le dijo.

Poco después regresó corriendo la doncella:

—La Anciana Dama y las damas Wang y Xing han llegado con todo un cortejo.

Y añadió:

—Le ruegan que vaya, señorita.

Daiyu se miró en el espejo alisándose el cabello. Después tomó el brazo de Zijuan para dirigirse al patio Rojo y Alegre, donde encontró a la Anciana Dama sentada sobre el banco de Baoyu. Daiyu le presentó sus respetos, y luego a las damas Xing y Wang; más tarde saludó a Li Wan, Tanchun, Xichun, Xing Xiuyan, y ellas hicieron lo propio. Las únicas ausentes eran Xifeng, que estaba indispuesta; Xiangyun, que había vuelto a su casa ahora que su tío ostentaba un cargo en la capital; Baoqin, que se había quedado con Baochai; y las dos hermanas Li, quienes a la vista de los problemas del jardín de la Vista Sublime se habían ido a vivir con la tía Li. De modo que Daiyu sólo pudo ver a unas cuantas muchachas.

Pasaron unos momentos discutiendo aquel extraño fenómeno del florecimiento.

—Las begonias florecen en el tercer mes —dijo la Anciana Dama—. Ahora estamos en el undécimo, pero como las temporadas se han retrasado este año[1], en realidad estamos en el décimo, y hay una primavera pequeña con un clima bastante templado como para que florezcan los árboles[2].

—Usted ha visto muchas cosas en su vida, señora; sin duda tiene razón y no se trata de algo sobrenatural —añadió la dama Wang.

—Oí decir que estos arbustos llevan marchitos un año entero —dijo la dama Xing—. ¿Por qué florecen ahora? Debe haber un motivo.

—Estoy segura de que la Anciana Dama y las otras damas tienen razón —intervino Li Wan con una sonrisa—. Mi necia opinión es que ese florecimiento indica que algo bueno va a sucederle a Baoyu.

Pero Tanchun permaneció callada, pensando: «No, no puede ser un buen signo. Aquello que acata el orden de los cielos prospera, mientras que aquello que lo desafía perece, y eso lo saben hasta las plantas. De modo que un florecimiento fuera de temporada tiene que ser de mal agüero». Pero no le pareció apropiado dar a conocer su opinión.

Sin embargo, Daiyu, exaltada por aquella conversación acerca de la buena suerte de Baoyu, dijo alegremente:

—En épocas pasadas la familia Tian tenía un viejo ciclamor que se marchitó cuando los tres hermanos dividieron la propiedad. Aquello hizo que, presas del remordimiento, volvieran a unir la propiedad, con lo cual el árbol floreció de nuevo. Lo cual demuestra que las plantas mudan según los cambios humanos. Ahora el primo Bao está estudiando mucho y el tío está contento con él, y eso ha hecho que vuelvan a florecer las begonias.

Aquella explicación deleitó a la Anciana Dama y a la dama Wang:

—Daiyu ha dado una explicación adecuada, y de lo más interesante —dijeron.

Mientras hablaban llegaron Jia She y Jia Zheng a contemplar las flores, acompañados de Huan y Lan.

—A mi juicio hay que cortar ese arbusto —dijo Jia She—. Debe ser algún espíritu floral provocando problemas.

—«Ignora a un espíritu y se destruirá a sí mismo» —sentenció Jia Zheng—. Déjalo. No hay necesidad de cortarlo.

—¿Quién dice esas tonterías? —protestó su madre—. Esto es algo bueno, un buen augurio; no hay espíritus aquí. Si de esto sale algún bien, podréis disfrutarlo. Si resulta un mal, yo me haré cargo. ¡Pero no toleraré que sigáis diciendo tales sandeces!

Lo cual acalló a Jia Zheng, que, afrentado, se retiró con Jia She.

Entonces la Anciana Dama, de excelente humor, les ordenó que cursaran instrucciones a la cocina para que se preparase inmediatamente un festín, de manera que todos pudiesen disfrutar de la vista de las flores.

—Baoyu, Huan y Lan, vosotros debéis escribir un poema cada uno para conmemorar el feliz acontecimiento —decretó—. Daiyu acaba de salir de su enfermedad, así que no debemos causarle cansancio mental; pero si está con ánimo puede pulir vuestros versos. —A Li Wan le dijo—: Las demás, bebed conmigo.

Li Wan asintió y luego le dijo picaramente a Tanchun:

—Todo esto es culpa tuya.

—Ni siquiera se nos ha permitido escribir poemas —replicó Tanchun—. No creo, pues, que tenga nada que ver con nosotras.

—¿No fuiste tú quien dio comienzo a la Academia de las Begonias? Ahora estas begonias también quieren formar parte de tu academia.

Mientras reían aparecieron el vino y los manjares, y todos, ya con las copas en la mano, se esforzaron por complacer a la Anciana Dama conversando con ella. Baoyu sirvió vino a los demás, y luego compuso y escribió un cuarteto que leyó a su abuela.

¿Por qué las begonias se marchitan sin motivo?

¿Y por qué hoy florecen de nuevo, tan prósperas?

Símbolo será de la longevidad en las estancias del norte.

Adelantándose al ciruelo, renovándose una vez más.

Jia Huan también escribió un cuarteto y lo leyó en voz alta:

Cuando flores y plantas encuentran la primavera, florecen,

pero no lo hicieron las begonias. Perdieron su oportunidad.

¡Fenómeno extraordinario en el mundo de los hombres!

Sólo en mi casa florecen en período invernal.

Lan escribió sus versos cuidadosamente y los entregó a la Anciana Dama, quien hizo que Li Wan los leyese:

Su hermosa belleza se marchitó antes del fin de la primavera; y tras la escarcha y la nieve se abren sus rojos capullos.

Que nadie diga que estas flores no conocen el mundo:

Es sólo el presagio de la libación por una gran felicidad.

Entonces la Anciana Dama dijo:

—No sé mucho de poemas, pero pienso que el de Lan es el mejor. El de Huan no sirve. Ahora venid todos a comer.

Baoyu se sintió bien al verla de tan buen ánimo, pero se le pasó por la cabeza: «Las begonias murieron al mismo tiempo que Qingwen. Ahora florecen otra vez, lo cual, por supuesto, es un buen augurio para los de esta casa, pero Qingwen no puede recobrar la vida como estas flores». E inmediatamente su contento se trocó en melancolía, hasta que recordó que Qiaojie le había dicho que Xifeng pensaba enviar a Wuer para reemplazar a Xiaohong. «Quizás estas flores se estén abriendo en homenaje a ella», pensó, y con el ánimo repuesto se puso a charlar con los demás con la alegre disposición de antes.

Unos momentos después partió la Anciana Dama apoyada en el brazo de Zhenzhu y acompañada por la dama Wang y las demás. A la salida fueron abordadas por Pinger.

—Nuestra señora ha oído decir que la Anciana Dama estaba disfrutando de las flores en este lugar —dijo con una sonrisa—. Como no ha podido venir personalmente, me ha enviado para que atienda a Sus Señorías. Aquí traigo dos piezas de seda roja como regalo de felicitación, para que el señor Bao adorne las flores.

Xiren tomó la seda y se la mostró a la Anciana Dama, que comentó entre risas:

—Todo lo que hace Xifeng tiene gran estilo, además de ser original y muy divertido.

Xiren le dijo a Pinger:

—Por favor, cuando vuelvas dale las gracias a la señora Lian de parte del señor Bao. Si nos llega la buena fortuna, la compartiremos todos.

—¡Ja, ja, ja! —se rió de nuevo la Anciana Dama—. Lo había olvidado. A pesar de su indisposición, Xifeng sigue siendo considerada. Éste ha sido el regalo más oportuno en las actuales circunstancias.

Dicho lo cual, emprendió otra vez la marcha y los demás la siguieron, mientras Pinger le confiaba discretamente a Xiren:

—Dice nuestra señora que este florecimiento a destiempo es muy raro, y quiere que cortes tiras de esa seda roja y las cuelgues sobre las ramas. Eso atraerá la buena suerte. Y que nadie divulgue tontos comentarios sobre prodigios sobrenaturales.

Xiren asintió con la cabeza y la despidió.

Aquel día Baoyu estaba descansando abrigado con una bata forrada de piel, cuando advirtió que las begonias habían florecido y salió a contemplarlas a ratos con admiración, a ratos con melancolía y aun con ternura; todo ello despertó en él sentimientos encontrados de júbilo y dolor, separación y encuentro, y todo por aquellas flores. La súbita noticia de que llegaba la Anciana Dama le hizo mudarse de ropa y ponerse una chaqueta de arquero hecha de piel de axila de zorro y un abrigo de piel de patas de zorro negro. Salió tan aprisa a darle la bienvenida que olvidó colgarse del cuello su precioso Jade de las Comunicaciones Trascendentales. Sólo cuando la Anciana Dama hubo partido puso de nuevo la bata, advirtió Xiren que el colgante no estaba en su sitio habitual.

—¿Dónde está su jade?

—Me cambié tan aprisa que en lugar de ponérmelo lo dejé encima de la mesita que hay sobre el kang.

Xiren miró allí, pero no lo vio. Revisó el cuarto sin encontrar ni rastro del objeto. La consternación le produjo un sudor frío.

—No te preocupes —dijo Baoyu—. Ha de estar en la habitación. Pregunta a las demás. Tienen que saberlo.

Se le ocurrió a Xiren que una de las muchachas lo había ocultado para fastidiarla.

—¡Tramposas! —dijo en tono juguetón a Sheyue y las de4 más—. ¿Qué clase de broma es ésta? ¿Dónde lo habéis escondido? ¡Si realmente se perdiera sería el fin de todas nosotras!

—¿De qué hablas? —le respondieron con mucha seriedad—. Las bromas están bien, pero éste no es un asunto de broma. No digas tonterías. ¡Te estás volviendo loca! Lo que tienes que hacer es pensar bien dónde lo has puesto, antes de acusarnos a nosotras.

—¡Cielos! Bodhisattva, pequeño antepasado —exclamó Xiren, llena ahora de ansiedad al advertir la vehemencia de sus compañeras—, ¿dónde lo puso exactamente?

—Recuerdo con claridad que lo puse encima de ésa mesa —insistió Baoyu—. Búscalo bien.

Sin atreverse a comunicarlo a la gente de fuera, Xiren, Sheyue y Qiuwen rebuscaron discretamente el lugar entero sin atreverse a contárselo a nadie. Buscaron y buscaron durante horas, llegando a volcar cajas y cajones hasta que no quedó dónde buscar. Pero todo en vano. Cuando el jade fue dado por definitivamente perdido, se preguntaron si no habría sido escamoteado por alguno de los visitantes que por allí habían pasado ese día.

Xiren dijo:

—Todos saben que ese jade vale una vida, ¿quién se atrevería a llevárselo? Por lo que más queráis, no se os ocurra decir una palabra de esto. Lo mejor es que vayáis a hacer indagaciones por los demás aposentos. Si alguna muchacha lo cogió para jugarnos una mala pasada, haced un koutou ante ella y suplicadle que nos lo devuelva. Y si descubrís que fue robado por una de las doncellas jóvenes, no informéis a las señoras, y dadle a cambio cualquier cosa que solicite. ¡Éste no es un asunto trivial! ¡Si realmente se ha perdido, es más grave que perder al propio señor Bao!

Cuando Sheyue y Qiuwen partían, las siguió con una advertencia final:

—No empecéis preguntando a las que vinieron al banquete. Si no llegamos a encontrarlo, con eso sólo conseguiremos causar más problemas y empeorar las cosas.

Sheyue y Qiuwen asintieron y, cada una por un lado, partieron a hacer pesquisas. Pero nadie había visto el jade y todas se mostraron alarmadas. Cuando las dos volvieron, traían los ojos desencajados y la mirada perdida. Para entonces también Baoyu estaba alarmado, y Xiren sólo atinaba a sollozar desesperada. El jade se había esfumado y nadie se atrevía a informar del suceso. Todos los habitantes del patio Rojo y Alegre estaban petrificados.

Y allí estaban, descompuestos, cuando llegaron unas cuantas personas que ya habían oído hablar de la pérdida. Tanchun ordenó cerrar la puerta del jardín y envió a una vieja criada con dos jóvenes doncellas a emprender una nueva búsqueda exhaustiva, prometiendo una sustanciosa recompensa a quien diera con el jade. La ansiedad por salir del aprieto y recibir una recompensa intensificó la búsqueda de todos; llegaron incluso a revisar las letrinas. Pero era como buscar una aguja en un pajar. Buscaron inútilmente el día entero.

—Esto no tiene gracia —dijo Li Wan en su desesperación—. Tengo una propuesta tajante que hacer.

—¿De qué se trata? —preguntaron.

—Hemos llegado a un punto en que no podemos pararnos en delicadezas. Ahora bien, aparte de Baoyu todas en el jardín somos mujeres. Voy a pedir que todas las muchachas, hermanas o primas, hagan desvestirse a sus doncellas para ser registradas. Si el jade no aparece pediremos a las doncellas que registren a las criadas que hacen el trabajo pesado. ¿Qué decís a eso?

—Es una idea —asintieron—. Son tantas que hay de todo entre ellas, entre los dragones se cuelan peces; sería un medio de librarlas de cualquier sospecha.

Sólo Tanchun se abstuvo de hacer comentarios.

Como también querían situarse al margen de sospechas, Pinger se ofreció a ser la primera registrada. Luego se desnudaron las demás y Li Wan se dispuso a registrarlas una por una.

—¡Cuñada! —dijo Tanchun—. ¿Dónde has aprendido a conducirte de modo tan escandaloso? ¿Crees que si alguna fuera la ladrona lo llevaría encima? Además, puede que aquí este jade sea un tesoro, pero para la gente de fuera no tiene ningún valor. ¿Por qué habrían de robarlo? Estoy segura de que todo esto no es más que una travesura.

Cuando oyeron aquello y advirtieron la ausencia de Huan, que el día anterior había estado correteando por todo el lugar, empezaron a sospechar de él aunque nadie se atrevía a decirlo.

—Huan es él único que haría semejante trastada —siguió Tanchun—. Hay que enviar a alguien que lo convenza discretamente para que lo devuelva; luego, dadle un buen susto para que no abra la boca. Y asunto zanjado.

Las demás asintieron con un gesto de cabeza.

—Tú eres la única que puede hacerle decir la verdad —le dijo Li Wan a Pinger.

Ésta asintió y salió a toda prisa; poco después regresó con Jia Huan. Las demás pretendieron que nada ocurría y dijeron a las doncellas que sirvieran té en el cuarto interior. Luego se excusaron, dejándolo con Pinger.

—Su hermano Bao ha perdido el jade —le dijo con una sonrisa—. ¿Lo ha visto usted?

Jia Huan se turbó violentamente y le clavó una mirada furiosa.

—¿Por qué se sospecha de mí cuando alguien pierde algo? ¿Acaso soy un ladrón?

Se le veía tan exaltado que Pinger no se atrevió a presionar.

—No es eso lo que quise decir —le explicó sonriente—. Pensé que quizás lo tomó para asustarnos; sólo por eso pregunté si lo había visto; para que nos ayudara a encontrarlo.

—Era él quien llevaba el jade, así que es a él a quien tienes que preguntarle, no a mí. ¡Cuántos remilgos tenéis todas con mi hermano! Si algo bueno sucede, nadie me invita a compartirlo, ¡pero cuando algo se pierde, entonces todo el mundo me pregunta a mí!

Y con estas palabras, se levantó y salió y nadie se atrevió a detenerlo.

—¡Tanto problema por ese estúpido objeto! —estalló Baoyu—. Ya no lo quiero. No hay necesidad de que se arme tanto escándalo. Cuando Huan regrese, seguramente se lo contará a todo el mundo y provocará un escándalo tremendo.

—Tal vez a usted no le importe que el jade se pierda, pequeño ancestro, ¡pero si las señoras llegan a enterarse nos descuartizarán! —Xiren rompió a llorar aún más desesperadamente.

Cuando ya se hizo evidente que el asunto no podía ser acallado, pasaron a discutir, cada vez más preocupadas, la mejor manera de informar de lo ocurrido a la Anciana Dama y las demás señoras.

—No hay nada que discutir —planteó Baoyu—. Decid simplemente que lo he hecho añicos.

—Con cuánta ligereza se está tomando este asunto, señor —replicó Pinger—. ¿Y si preguntan por qué lo hizo añicos? También será el fin de ellas. ¿Y si piden ver los trozos?

—Entonces decid que lo he perdido afuera.

Aquello ya les pareció más plausible y se animaron algo. Pero, recordando que Baoyu ya llevaba un par de días sin ir a la escuela ni hacer visitas en el exterior, le hicieron ver la poca consistencia de la coartada.

—No es verdad —replicó—. Hace tres días fui a ver una representación a la mansión del duque de Nan’an. Decid que lo perdí ese día.

—No sirve —lo contradijo Tanchun—, pues si lo perdiste, ¿por qué no se informó antes?

Y allí estaban, devanándose los sesos en busca de una buena versión, cuando escucharon unos aullidos y sollozos. Era la concubina Zhao que se acercaba.

—¡Pierden ese objeto y en lugar de buscarlo se dedican a interrogar a Huan a mis espaldas! —gritaba—. Lo he traído para entregárselo a toda esta pandilla de aduladores. ¡Pueden matarlo o cortarlo en trocitos, como deseen!

Y empujó a Huan hacia delante.

—Eres un ladrón —exclamó—. Confiesa, rápido.

Entonces Huan, humillado, se echó a llorar.

Antes de que Li Wan pudiera apaciguarlos, una doncella anunció:

—Aquí llega la señora.

Xiren y las demás doncellas desearon ser tragadas por la tierra, pero tuvieron que salir con Baoyu a toda prisa para recibirla. La concubina Zhao fue con ellos, temerosa por el momento de seguir dejando suelta la lengua. Cuando la dama Wang advirtió el estado de pánico en qué se encontraban, comprendió que el rumor que había llegado hasta ella era cierto.

—¿Realmente se ha extraviado el jade? —preguntó.

Nadie se atrevió a responder.

La dama Wang entró, tomó asiento y luego mandó llamar a Xiren, que en su confusión cayó de rodillas con lágrimas en los ojos.

—Levántate —ordenó la dama—. Que hagan otra búsqueda cuidadosa. Será peor si perdéis el control de la situación.

Los sollozos impedían hablar a Xiren. Por temor a que la muchacha dijera la verdad, Baoyu intervino:

—Señora, esto no tiene nada que ver con Xiren. Lo perdí el otro día cuando fui a ver la ópera en la mansión del duque.

—¿Y por qué no lo buscaste entonces?

—Tuve miedo de decirlo y no les conté nada. Pero pedí a Beiming y los otros que buscaran en el exterior.

—¡Pamplinas! —exclamó su madre—. ¿Acaso Xiren y las otras muchachas no te ayudan a desvestirte? ¡Cada vez que vuelves tienen que investigar si falta una bolsita o un pañuelo! ¿Acaso no te habrían preguntado por el jade?

Aquello dejó en silencio a Baoyu, pero complació a la concubina Zhao, que intentó sacar partido.

—Si lo ha perdido en el exterior, ¿por qué acusan a Huan…? —empezó diciendo.

Antes de que pudiera concluir, la dama Wang atajó:

—¡Hablamos del jade, y tú sales con esas insignificancias!

Acallada la concubina Zhao, Li Wan y Tanchun le contaron lo que había sucedido, haciéndola llorar de consternación. Decidió informar de todo a la Anciana Dama para que enviara gente a interrogar a aquellos miembros de la casa de la dama Xing que lo habían acompañado esa mañana en su visita al patio Rojo y Alegre.

Pero en ese mismo momento apareció Xifeng, que ya había oído algo acerca de la pérdida del jade de Baoyu y la visita de la dama Wang al jardín. Seguía muy débil, y llegó apoyada en el brazo de Fenger, justo cuando la dama Wang se disponía a partir.

—¿Cómo está, señora? —balbuceó.

Baoyu y las mujeres se acercaron a ella para saludarla.

—¿Tú también te has enterado? —dijo la dama Wang—. ¿No es extraño? Se esfumó de pronto y no se encuentra en ningún sitio. Piensa: ¿a cuál de las doncellas, desde las de los aposentos de la Anciana Dama hasta tu Pinger, consideras indigna de tu confianza? Tendré que informar de esto a la Anciana Dama y organizar una búsqueda intensiva. ¡De otro modo la raíz de la existencia de Baoyu se quebrará!

—En una casa tan grande como la nuestra puede haber de todo —respondió Xifeng—. Como dice el proverbio «se conoce la cara, no el corazón», señora. ¿Quién nos garantiza que son todas honradas? Pero si armamos un griterío y esto se hace público, la persona de marras comprenderá que, si usted la descubre, tendrá que pagar con su vida, y en su desesperación puede llegar a destrozar el jade para hacer desaparecer la prueba. ¿Qué hacer entonces? Mi tonta opinión es que debemos decir que a Baoyu jamás le gustó y que su pérdida no tiene la menor importancia, siempre y cuando guardemos el secreto y no permitamos que lo sepa la Anciana Dama ni el señor. Al mismo tiempo podemos despachar gente para que busquen por todas partes, y engatusar al ladrón para que lo entregue. De este modo podremos recuperar el jade y también castigar al responsable. ¿Qué le parece, señora?

Tras pensarlo un momento, la dama Wang respondió:

—Tienes razón, por supuesto, pero ¿cómo vamos a ocultárselo al señor? —Llamó a Huan y le dijo—: Se ha perdido el jade de tu hermano, ¿por qué armaste semejante escándalo cuando se te hizo una pregunta tan sencilla? ¡Si divulgas esto y el ladrón destruye el jade, no sobrevivirás!

En su terror, Huan sollozó:

—¡No diré una sola palabra!

La concubina Zhao, por su parte, estaba demasiado asustada como para seguir hablando.

Entonces la dama Wang dijo a los demás:

—Hay seguramente lugares que vosotras no habéis revisado. Si estaba en este lugar, ¿cómo ha podido irse volando? Pero lo importante es mantenerlo en secreto. Xiren, te doy tres días para que lo encuentres. ¡Si para entonces no ha sido así, me temo que no podremos seguir ocultándolo y nadie podrá vivir entonces en paz! —E indicó a Xifeng que la acompañase a ver a la dama Xing y organizara la búsqueda.

Li Wan y las demás volvieron a discutirlo, luego convocaron a las criadas encargadas del jardín y les hicieron atrancar las puertas. A continuación hicieron venir a la esposa de Lin Zhixiao y le dijeron que ordenase a los porteros del portón principal y del trasero que no permitieran salir a ningún sirviente, hombre o mujer, durante los tres días siguientes. Todos debían permanecer en el jardín hasta que apareciese algo que se había extraviado.

—Muy bien —dijo la señora Lin, añadiendo—: El otro día en casa perdimos un objeto de poco valor, pero para localizarlo tuvo mi esposo que consultar a un vidente, un hombre llamado Liu Boca de Hierro, quien resolvió el problema analizando un carácter. Y por cierto que cuando Zhixiao volvió y miró en el lugar que le había sugerido, encontró inmediatamente el objeto.

—Mi buena señora Lin —le suplicó Xiren—, vaya y pídale a su esposo que consulte a ese vidente.

Con un gesto de acatamiento, salió la señora Lin.

—En realidad esos adivinos y videntes del exterior no valen gran cosa —comentó Xiuyan—. Allá en el sur escuché que Miaoyu podía adivinar escribiendo sobre la arena. ¿Por qué no consultamos con ella? Además, como se dice que ese jade es sobrenatural, el oráculo debería revelar su paradero.

Sorprendidas, las otras replicaron:

—La vemos a menudo, pero jamás hemos oído decir tal cosa.

—Dudo que acceda si somos nosotros quienes se lo pedimos, señorita —le dijo Sheyue a Xiuyan—, así que permítame hincarme de rodillas ante usted y suplicarle que asuma el encargo. ¡Si ella resuelve esté misterio, jamás olvidaremos la bondad que ha tenido con nosotras!

Y se inclinó para hacer un koutou. Pero Xiuyan se lo impidió, mientras Daiyu y las demás muchachas le pedían que fuese directamente al convento del Enrejado Verde.

En ese momento regresó la señora Lin:

—¡Buenas noticias, jovencitas! —exclamó—. Mi esposo fue a ver al vidente y éste dice que el jade no se puede haber perdido; alguien vendrá a devolverlo.

A la mayoría aquello les pareció difícil de creer, pero Xiren y Sheyue quedaron complacidísimas.

—¿Qué carácter analizó? —preguntó Tanchun.

—Habló largamente y yo carezco de estudios como para comprenderlo todo —respondió la señora Lin—. Recuerdo que el carácter elegido fue shang, «recompensa». Luego, sin haber hecho pregunta alguna, ese Liu Boca de Hierro dijo: «Presumo que se les ha perdido algo».

—¡Lo adivinó! —exclamó Li Wan.

La señora Lin siguió:

—Luego dijo que la parte superior del carácter era xiao, «pequeño», y la inferior kou, «boca»; de modo que el objeto debía ser suficientemente pequeño como para caber en una boca, y tratarse además de una especie de perla o diamante.

—¡Es realmente milagroso! —gritaron—. ¿Qué más dijo?

La esposa de Lin Zhixiao continuó:

—La mitad inferior del carácter tiene un trazo más corto que el de jian, «ver», de modo que el objeto tiene que haber desaparecido de la vista. Y como la mitad superior era la misma que en dang, de «empeñar», debíamos buscar el objeto perdido en una casa de empeños. Y si añadimos ren, «hombre», a shang, nos encontramos con chang, «recuperar»[3]. O sea, que apenas hayamos dado con la correcta casa de empeños descubriremos quién lo empeñó y podremos recuperarlo.

—En ese caso —dijeron los demás—, miremos primero en torno nuestro. Si buscamos las casas de empeños del vecindario hay posibilidades de dar con él. Una vez que tengamos el jade, será fácil interrogar al ladrón.

—Si conseguimos recuperar el jade ya no importará si interrogamos o no al ladrón —fue la opinión de Li Wan—. Por favor, señora Lin, vaya inmediatamente a informar a la señora Lian de lo que dice el adivino para que lo transmita a su vez a Su Señoría y ésta deje de preocuparse. Luego pídale a la señora Lian que envíe un hombre a investigar.

La señora Lin partió con el encargo.

Ya se sentían un poco más seguros. Y allí estaban, aguardando impávidos el retorno de Xiuyan, cuando vieron al paje de Baoyu, Beiming, llamando a una joven doncella para que saliera inmediatamente.

—¡Maravillosas noticias! —le dijo Beiming—. Ve corriendo y díselo a nuestro señor Bao y a las damas de adentro.

—¡Rápido, dime de qué se trata! —le replicó—. No le des más vueltas.

Beiming, aplaudiendo, se echó a reír:

—Una vez que se lo haya contado, señorita, y usted entre a dar la noticia, nos recompensarán a ambos. ¿No adivina qué ha sucedido? Tengo noticias definitivas acerca del jade del señor Bao.

Si desean saber en qué quedó aquello, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO XCV

Los rumores se hacen ciertos

y muere Yuanchun, consorte imperial.

Se confunde lo falso con lo verdadero

y Baoyu enloquece.

Dijo Beiming que habían encontrado el jade y la joven doncella entró precipitadamente a informar a Baoyu de la buena nueva. Las muchachas le pidieron que saliera a interrogar a su paje, mientras ellas esperaban en el corredor para poder oír la conversación. Más tranquilo, Baoyu llegó hasta la puerta y preguntó:

—¿Dónde lo has encontrado? Tráelo aquí inmediatamente.

—No puedo hacerlo; necesito un avalista —contestó Beiming.

—Entonces dime cómo has dado con él y yo mismo enviaré a alguien en su busca.

—Cuando supe que el abuelo Lin consultaría a un vidente, seguí sus pasos. Llegó a mis oídos que el jade podía encontrarse en una casa de empeños, y sin esperar a que el abuelo terminara con el adivino me abalancé hacia varias casas, donde hice una descripción de la piedra; uno de los establecimientos afirmó tenerlo en su poder, pero cuando se lo pedí me exigieron el boleto de empeño. «¿Por cuánto fue empeñado?», pregunté. Me respondieron: «Hay uno de trescientas y otro de quinientas monedas. Hace unos días alguien trajo un jade similar y lo empeñó por trescientas. Hoy ha venido otro hombre que ha empeñado otra pieza por quinientas».

—Corre inmediatamente y lleva contigo bastante dinero para recuperar las dos piedras —ordenó Baoyu—; ya veremos cuál es el auténtico.

—No le haga caso, señor Bao —dijo en tono despectivo Xiren desde el interior—. Ya de muy niña mi hermano mayor me decía que los mercachifles de pequeñas piezas de jade las empeñan cuando necesitan dinero. En todas las casas de empeños debe haber unas cuantas.

El informe de Beiming había sorprendido a las demás, pero al escuchar el comentario de Xiren cavilaron un poco y se echaron a reír.

—Entre, señor Bao —gritaron—. No le haga caso a ese majadero. El jade del que habla no puede ser el auténtico.

También Baoyu se reía cuando en eso hizo su entrada Xiuyan.

Ahora bien, Xiuyan venía del convento del Enrejado Verde, donde, apenas vio a Miaoyu, le pidió, sin prolegómeno alguno, que hiciera para ella una consulta oracular escribiendo sobre la arena[1]. Miaoyu rió con desdén.

—Te he tratado como a una amiga porque no eres de las que persiguen fama y prestigio. ¿Por qué vienes hoy a molestarme a causa de un simple rumor? Además, no sé nada de esa «escritura sobre la arena» de la que me hablas.

Dicho lo cual, la ignoró.

Conociendo el temperamento de la joven monja, Xiuyan lamentó haber ido a visitarla. Pero pensó: «No puedo regresar con las manos vacías». Como no podía discutir con Miaoyu y alegar que sabía de buena fuente que la monja podía utilizar la tabla mágica para hablar a los espíritus, le explicó con una sonrisa conciliadora que las vidas de Xiren y las demás doncellas dependían de ello. Cuando la vio vacilar, se incorporó e hizo ante ella varias reverencias.

Miaoyu suspiró:

—¿Por qué haces un traje de boda para otra? ¿Por qué te afanas tanto por los demás? Desde mi llegada a la capital nadie sabe que tengo la facultad de consultar con los espíritus. Temo que si hoy hago una excepción contigo, me molestarán sin cesar en el futuro.

—No me he podido contener y contaba con tu bondad —se excusó Xiuyan—. Si en el futuro te importunan, de ti dependerá que aceptes o no. ¿Quién se atrevería a obligarte?

Miaoyu sonrió y pidió a la vieja diaconisa que quemara un poco de incienso. A continuación extrajo de su baúl una tabla de arena y un atril, y escribió un ensalmo. Pidió a Xiuyan que hiciera una reverencia y rezara siguiendo sus instrucciones. Luego se incorporó para ayudarla a sostener la tabla. Inmediatamente la varilla se puso a temblar y escribió a toda prisa sobre la arena:

¡Ay! No deja rastros al venir. No deja huellas al marcharse.

Se apoya en un pino arcaico al pie del Picó de la Cresta

Quien quiera encontrarlo, mil montañas habrá de escalar.

Cuando entres por mi puerta, sonriente, lo verás.

Tras lo cual, se detuvo.

—¿A qué deidad invocaste? —preguntó Xiuyan.

—Al Cojo Inmortal[2].

Xiuyan escribió el oráculo, y luego suplicó a Miaoyu que le explicara su significado.

—No puedo —respondió ella—. Ni yo misma lo comprendo. Llévatelo rápidamente de regreso. Donde tú vives hay muchas personas inteligentes.

Xiuyan regresó y apenas hubo entrado en el patio los demás quisieron saber cómo le había ido. Sin entrar en muchos detalles, entregó a Li Wan el oráculo que había transcrito. Las muchachas y Baoyu se agolparon alrededor para leerlo y lo interpretaron de la siguiente manera: el jade no podría ser encontrado rápidamente, pero aparecería inesperadamente cuando no lo estuvieran buscando.

—¿Dónde está ese Pico de la Cresta Azul? —preguntaron.

—Debe ser una especie de acertijo divino, pues no existe tal pico —dijo Li Wan—. ¿O sí? Quizás el ladrón lo ha arrojado en algún roquedal oculto por los pinos para evitar así que lo encontremos. Pero también dice «cuando entres por mi puerta». ¿A la puerta de quién se estará refiriendo?

—Me pregunto a quién habrá invocado —comentó Daiyu.

—Al Cojo Inmortal —informó Xiuyan.

—¡Si es la puerta de un inmortal, no será fácil franquearla! —exclamó Tanchun.

Xiren seguía buscando frenéticamente en torno suyo, abalanzándose sobre cada sombra y hurgando debajo de cada roca, pero sin hallar rastro del jade. Cuando volvió, Baoyu no le preguntó si lo había hallado, sino que se limitó a mirarla con una sonrisa bobalicona.

—¡Pequeño antepasado! —exclamó Sheyue desesperada—. ¿Dónde lo perdió exactamente? Si nos lo dice sabremos por dónde empezar, aunque nos cueste caro.

—Cuando os dije que lo había extraviado en el exterior no me creísteis —le recordó él—. ¿Cómo podría responder a tu pregunta?

Li Wan y Tanchun intervinieron:

—Estamos en ascuas desde esta mañana, y ya se acerca la medianoche. Mirad, la prima Lin ya se ha retirado, pues no resistía más. También nosotras deberíamos descansar un poco; mañana tendremos trabajo de sobra.

Entonces todos se dispersaron y Baoyu se fue a dormir. Pero la pobre Xiren y las demás doncellas siguieron llorando y devanándose los sesos toda la noche, incapaces de conciliar el sueño.

Daiyu fue la primera en regresar. Cuando en la tranquilidad de sus aposentos recordó todo lo que se le había dicho anteriormente acerca del oro y el jade, se dijo con íntima satisfacción: «A los monjes y sacerdotes no se les puede creer, y eso es un hecho. Si el enlace entre el oro y el jade estaba predestinado, ¿cómo ha podido extraviar Baoyu su jade? Tal vez ese enlace se haya roto por mi culpa». Consolada por aquellas meditaciones, olvidó las fatigas del día y volvió a su lectura, hasta que la agotada Zijuan le pidió que se durmiera. Pero, aun echada, sus pensamientos se dirigían insistentemente hacia las begonias. «Nació con ese jade; no es una piedra cualquiera —musitó—, de modo que su desaparición ha de significar algo. Si el florecimiento de las begonias hubiera sido un buen augurio, no tendría explicación que hubiese perdido el jade. Da la impresión de que el florecimiento fue un mal signo, y que ahora se avecina una racha de mala suerte.» Su ánimo volvió a decaer, hasta que se puso de nuevo a pensar en su matrimonio, para el cual parecía conveniente que las begonias florecieran y se extraviase el jade. Y así, alternando tristeza y alegría, sólo al alba pudo conciliar el sueño.

Al día siguiente, a primera hora, la dama Wang envió a que hiciesen indagaciones en varias casas de empeños, y también Xifeng ordenó una pesquisa secreta. Aquello continuó durante varios días, pero sin resultados. Por suerte la Anciana Dama y Jia Zheng no se habían enterado de nada. Xiren y las otras doncellas vivieron esos días con el alma pendiente de un hilo, y Baoyu no fue a la escuela, pasando los días en abatido trance, sin decir una sola palabra. Sin embargo, su madre no dio importancia a su extraña actitud, pues lo atribuyó a la pérdida del jade.

Y así estaba ella, cavilando, cuando entró bruscamente Jia Lian a presentar sus respetos.

Radiante, anunció:

—Acabo de escuchar que el consejero militar Yucun ha mandado decir al segundo señor que su honorable hermano ha sido promovido al cargo de ministro del Consejo y que ha sido invitado a venir a la capital. Su nombramiento será anunciado el día vigésimo del primer mes del próximo año, y ya han enviado un mensaje urgente por él procedimiento de los trescientos li[3]. Supongo que si está ya en camino, y si viaja día y noche, tardará poco más de quince días en llegar. De manera que he venido especialmente a hacérselo saber, señora.

La dama Wang se puso contentísima. Había estado lamentando que quedaran tan pocos en su familia, que la familia de la tía Xue hubiera declinado, y que el hermano que trabajaba en la provincia no pudiera cuidarlos. Ahora su regreso a la capital como ministro del Consejo encumbraría a la familia Wang, y daría a Baoyu alguien en quien apoyarse en el futuro. Así fue como dejó de preocuparse por la pérdida del jade y se dispuso a esperar con ansiedad la llegada de su hermano.

Hasta el día en que entró Jia Zheng con lágrimas corriéndole por las mejillas.

—¡Rápido! —dijo entre jadeos—. ¡Anda y pídele a la Anciana Dama que acuda inmediatamente a palacio! Puedes acompañarla. No debe ir mucha gente. Su Alteza ha caído súbitamente enferma. Hay un eunuco esperando fuera. ¡Según él, los médicos imperiales dicen que ha sufrido un ahogo producido por una congestión, y que no hay esperanza!

Inmediatamente la dama Wang se echó a llorar.

—No es momento de lágrimas —la interrumpió él—. Date prisa y busca a la Anciana Dama. Pero díselo con delicadeza. No la asustes. —Y partió a ordenar a las sirvientes que hicieran los preparativos apropiados al caso.

Conteniendo sus lágrimas, la dama Wang fue a decirle a la Anciana Dama que Yuanchun estaba enferma y debía visitarla para presentar sus respetos.

La Anciana Dama invocó a Buda y luego exclamó:

—¿Otra vez indispuesta? La primera vez nos tuvo en vilo hasta que confirmamos que sólo se trataba de un rumor. Esperemos que también ahora resulte una falsa alarma.

La dama Wang expresó su coincidencia y pidió a Yuanyang y las demás que abrieran inmediatamente los arcones y extrajeran el traje ceremonial de la Anciana Dama. De allí volvió a su cuarto para mudarse de ropa antes de atender a Su Señoría. Un instante después ya estaban saliendo en palanquín en dirección al Palacio Imperial.

Ahora bien, la infinidad de atenciones que el soberano le había procurado había hecho que, desde su instalación en el palacio del Fénix como concubina imperial, engordara Yuanchun hasta no poder moverse. El más pequeño movimiento le suponía un inmenso esfuerzo, y su ritmo de vida cotidiano le provocaba continuas congestiones. Unos días antes, cuando volvía de atender al emperador en un festín, había cogido un enfriamiento que acarreó el recrudecimiento de viejas dolencias. Y esta vez fue en serio: las flemas le obturaban la tráquea, y tenía las extremidades adormecidas y frías. Fue informado el emperador de aquello y se citó a los médicos imperiales. Pero ni ella podía tomar remedio alguno, ni aquéllos aliviarle la congestión. En su ansiedad, los funcionarios del palacio solicitaron autorización para ir preparando el funeral. Ése era el motivo por el cual había sido llamada a palacio la Anciana Dama.

Al ingresar en palacio respondiendo a la citación imperial, ella y la dama Wang encontraron a una Yuanchun, con la boca cubierta de saliva, que ya había perdido el habla por la inflamación. Al ver a su abuela mostró señales de inquietud, aunque contuvo sus lágrimas mientras la Anciana Dama se adelantaba para presentar sus respetos y decirle unas palabras de consuelo. Pronto aparecieron las tarjetas enviadas por Jia Zheng y los demás, presentadas por las damas de compañía; pero Yuanchun ya no veía y el color había empezado lentamente a abandonar su rostro. Los funcionarios y eunucos de palacio hubieron de informar al emperador, y previendo la visita de otras concubinas imperiales, caso en el que no habría sido conveniente la permanencia allí de parientes, pidieron que aguardasen fuera. La Anciana Dama y la dama Wang no tenían el menor deseo de retirarse, pero tuvieron que acatar la etiqueta de la corte y salir con el corazón dolorido, sin atreverse siquiera a dejar resbalar una lágrima.

La noticia fue transmitida a los funcionarios del portón de palacio, y un momento después un eunuco salió a llamar al astrólogo imperial. La Anciana Dama comprendió lo que significaba aquello, pero no se atrevió a moverse. Pronto apareció un joven eunuco que, solemnemente, anunció:

—La consorte imperial Jia acaba de fallecer.

Como el comienzo de la primavera caía en el día dieciocho del duodécimo mes lunar del año jiayin[4], y Yuanchun había muerto el diecinueve, que ya correspondía al primer mes lunar del año siguiente, su edad en el momento de la muerte fue establecida en cuarenta y tres años.

La Anciana Dama se puso de pie, con gesto dolorido, para dejar el palacio y regresar en su palanquín. También Jia Zheng y los demás, que ya habían recibido la noticia, iniciaron un triste retorno. Al volver a su casa encontraron en el salón aguardándolos a la dama Xing, Li Wan, Xifeng, Baoyu y los demás procedentes de las salas del Este y las del Oeste. Tras presentar sus respetos a la Anciana Dama, Jia Zheng y la dama Wang rompieron a llorar.

A la mañana siguiente, temprano, los que ostentaban títulos oficiales fueron a palacio a plañir junto al ataúd, como lo exigía la etiqueta. Como Jia Zheng era subsecretario de Obras, el secretario principal tuvo que consultarle respecto a la edificación de tumbas para consortes imperiales; y también sus colegas le solicitaron instrucciones. Eso lo mantuvo doblemente ocupado, en su casa y en el ministerio, mucho más que cuando habían muerto la emperatriz viuda y la consorte imperial Zhou, hacía ya tiempo. Como Yuanchun no había tenido hijos, su título póstumo fue, siguiendo las reglas de la casa imperial, el de Sabia y Virtuosa Concubina Imperial. Pero como se trata de una cuestión de la familia imperial, dejemos ya este asunto.

Toda la familia Jia, hombres y mujeres por igual, se mantuvieron atareados concurriendo cotidianamente a palacio. Por suerte la salud de Xifeng había experimentado recientemente una mejoría, pues ahora le tocaba a ella entregarse al manejo de los asuntos de la casa, además de preparar la bienvenida y las felicitaciones para el regreso de Wang Ziteng. Cuando su hermano Wang Ren se enteró de que su tío había ingresado en el Consejo, regresó también a la capital con sus familias. El deleite que a Xifeng produjeron aquellos hechos mitigó algunas de sus ansiedades y contribuyó a su recuperación. Y ahora que había vuelto a hacerse cargo de la casa, la dama Wang vio sus tareas considerablemente aliviadas, y también a ella le tranquilizó la inminente llegada de su hermano.

Baoyu era la única persona que no tenía deberes oficiales que cumplir; además, había dejado los estudios, ya que en vista del duelo familiar su preceptor se había desentendido de él; Jia Zheng estaba demasiado ocupado para controlarlo. En tiempos normales habría aprovechado aquella situación para pasar los días jugando con sus primas. Pero la verdad es que desde la pérdida de su jade se abandonó a la desidia y, cuando hablaba, no decía más que tonterías. Cuando se le dijo que la Anciana Dama había regresado y que debía ir a presentar sus respetos, acudió, aunque no se movía si no era empujado a ello. Xiren y las demás doncellas estaban profundamente preocupadas, pero no se atrevían a expresarlo por temor a su furia. Comía lo que se le servía, pero jamás pedía nada. Xiren llegó a sospechar que no estaba malhumorado, sino enfermo, y aprovechó un día para escabullirse hacia el refugio de Bambú y describir su estado a Zijuan.

—Pídele a tu señora que venga y le inculque un poco de sensatez —le suplicó.

Pero cuando Daiyu recibió aquel mensaje tuvo vergüenza de visitar a Baoyu, pues estaba convencida de que contraerían matrimonio. «Si él viniese aquí yo no podría ignorarlo, pues hemos crecido juntos. Pero estaría muy mal que yo fuera a buscarlo a él.» Por lo tanto se negó a ir.

Entonces Xiren se confió a Tanchun. Pero el extemporáneo florecimiento de las begonias y la aún más extraña desaparición del jade, seguidas de la muerte de la concubina imperial Yuanchun, habían convencido a Tanchun de que la familia atravesaba una racha de mala suerte. Ya llevaba varios días angustiada, y no estaba de humor para ir a sermonear a Baoyu. Además, se suponía que las muchachas debían guardar una respetuosa distancia respecto a sus hermanos; y el par de ocasiones en que lo había buscado, su apatía la había disuadido de hacer nuevas visitas.

También Baochai había oído hablar de la pérdida del jade. Sin embargo, después de que la tía Xue volviera a casa tras haber consentido el compromiso entre su hija y Baoyu, le había dicho:

—Aunque tu tía lo ha propuesto, no he dado mi consentimiento, diciéndole que tomaríamos la decisión cuando volviera tu hermano. Pero dime, ¿tú estás dispuesta?

Baochai a su vez había respondido solemnemente:

—No debería hacerme esa pregunta, madre. El matrimonio de una muchacha lo deciden sus padres. Como mi padre ha muerto, la decisión es suya, o, en todo caso, puede consultarla con su hijo mayor, pero no debe preguntarme a mí.

Aquello no hizo más que aumentar el cariño de su madre por ella, pues a pesar de haber sido mimada desde la infancia, Baochai era un dechado de virtudes. Desde ese momento, la tía Xue no volvió a mencionar a Baoyu en su presencia; y naturalmente Baochai tuvo mucho cuidado de no pronunciar jamás su nombre. Por eso, a pesar de su consternación por la pérdida del jade, no hizo indagaciones al respecto, limitándose a escuchar lo que los demás decían sobre el tema, como si nada tuviera que ver con ella.

Sólo la tía Xue envió varias doncellas a pedir noticias. Pero las preocupaciones provenientes de la acusación contra su hijo Pan y el ansia de que llegara su hermano para liberarlo, más el conocimiento de que, si bien la muerte de Yuanchun había dejado a la familia en la incertidumbre, Xifeng se había recuperado y ya era capaz de manejar la casa, habían hecho que rara vez fuera ella misma de visita. Todo aquello dejó a Xiren a solas con el problema. Cuidó asiduamente de Baoyu, e intentó aconsejarle y consolarlo, pero él seguía sin ser el mismo, y ella tuvo que seguir soportando la ansiedad.

Poco después, el ataúd de Yuanchun fue depositado en uno de los templos del Sepulcro Imperial, y mientras la Anciana Dama y los demás asistían a los funerales, Baoyu fue indisponiéndose cada día más. No tenía fiebre ni sentía dolor, pero comía y dormía como ido, y empezaba a perder la coherencia al hablar. Alarmadas, Xiren y Sheyue fueron varias veces a informar a Xifeng, que comenzó a hacerle visitas habituales. Primero pensó que le había puesto de mal humor la pérdida del jade; luego comprendió que estaba volviéndose loco e hizo llamar a médicos para que lo atendieran cada día. Éstos le recetaron diversas medicinas, pero él no hizo más que empeorar. Cuando se le preguntaba si sentía dolor, no respondía.

Tras los funerales de Yuanchun la Anciana Dama, que había estado preocupada por Baoyu, le hizo una visita en el jardín de la Vista Sublime junto con la dama Wang. Xiren y las demás le dijeron que saliera a darles la bienvenida y presentar sus respetos, pues a pesar de su trastorno podía seguir desplazándose como siempre. Entonces, como de costumbre, presentó sus respetos a la abuela, con la salvedad de que ahora estaba Xiren a su lado dándole instrucciones.

—Pensé que estabas enfermo, niño —exclamó la Anciana Dama—. Por eso vine a verte. Qué alivio siento al verte como siempre.

También la dama Wang se tranquilizó. Pero Baoyu no tuvo más respuesta que una risita tonta. Una vez sentados en el interior emprendieron el interrogatorio, y a cada pregunta fue Xiren quien tuvo que ofrecer una respuesta. Parecía totalmente transformado, y se comportaba como un cretino. La preocupación de la Anciana Dama aumentó.

—A primera vista no advertí nada —dijo—, pero ahora que lo miro detenidamente su mal parece serio. ¡El muchacho ha perdido la cabeza! ¿Cómo ha podido suceder?

Comprendieron que ya no era posible ocultarle la verdad por más tiempo, y lamentando el aprieto en que se había metido Xiren, la dama Wang, siguiendo la versión inventada por Baoyu, le susurró la historia de la pérdida del jade cuando fue a ver una representación en la mansión del príncipe de Nan’an.

—Lo hemos mandado buscar por todas partes —añadió displicentemente, con la esperanza de impedir así la preocupación de la Anciana Dama—. También hemos consultado oráculos, y todos dicen que lo encontraremos en una casa de empeños. Lo recuperaremos.

Al escuchar aquello, la Anciana Dama se puso en pie frenética, con el rostro surcado de lágrimas.

—¡Cómo habéis podido perder ese jade! —exclamó—. ¡Realmente sois demasiado ignorantes! Seguro que el señor no se ha tomado el tema con tanta despreocupación.

Al ver lo furiosa que estaba, la dama Wang ordenó a las doncellas que se arrodillasen. Luego, con la cabeza humillada, respondió con humildad:

—No lo he dicho antes por temor a causarle a usted preocupación y enfurecer al señor.

—Ese jade es la raíz de la vida de Baoyu —suspiró la Anciana Dama—. Si ha perdido la cabeza es porque ha perdido el jade. ¡Esto es terrible! Toda la ciudad sabe lo que significa ese jade; si alguien lo encuentra, ¿crees que lo devolverá? Manda llamar inmediatamente al señor y cuéntale todo esto.

La dama Wang y las doncellas suspiraron consternadas:

—Pero si usted está tan furiosa, piense en la cólera del señor. Ahora que Baoyu está enfermo, deje que nosotras hagamos todos los esfuerzos por encontrar la piedra.

—No temáis al señor. Yo me ocuparé de él. —La Anciana Dama ordenó a Sheyue que fuera a buscarlo.

Poco después llegó la noticia de que el señor estaba haciendo una visita de agradecimiento.

—Entonces podemos prescindir de él —decidió la anciana—. Decid que éstas son mis instrucciones. Por el momento no hay necesidad de castigar a las doncellas. Haré que Jia Lian escriba un anuncio y lo haga colgar por el camino que Baoyu tomó ese día. Se ofrecerá una recompensa de diez mil liang de plata a quien haya encontrado el jade y lo devuelva, y cinco mil a quien nos diga quién lo tiene y nos ayude a recobrarlo. Si hay manera de encontrarlo, no escatimaremos dinero. De ese modo ciertamente lo podremos recobrar. Pero si dejamos la busca en manos de unas cuantas personas de la casa, podríamos pasarnos una vida sin encontrarlo.

La dama Wang no se atrevió a poner reparos. La Anciana Dama hizo llegar aquellas indicaciones a Jia Lian, con instrucciones para que actuara con rapidez.

A continuación ordenó:

—Trasladad a mis aposentos todas las cosas que Baoyu utiliza diariamente. Xiren y Qiuwen han de venir acompañándolo, y las otras doncellas se quedarán en el jardín cuidando sus aposentos.

Mientras tanto, Baoyu no había dicho nada, limitándose a sonreír como un bobo. En ese momento la Anciana Dama se incorporó, tomó su mano, y Xiren y las demás le ayudaron a salir del jardín. De nuevo en sus aposentos, la Anciana Dama hizo que la dama Wang tomara asiento para supervisar el arreglo de sus estancias.

—¿Sabes lo que estoy pensando? —le dijo—. A mí me parece que en el jardín hay poca gente, y que esos árboles del patio Rojo y Alegre se marchitaron y luego florecieron de manera muy extraña. Su jade le servía para ahuyentar a los malos espíritus; ahora que lo ha perdido temo que sucumba a alguna mala influencia. Por eso lo he traído conmigo. Lo tendremos encerrado unos cuantos días. Los médicos pueden venir a verlo aquí.

—Tiene usted razón, señora —respondió la dama Wang—. Viviendo con usted, que es una preferida de la fortuna, nada malo puede sucederle.

—¿Quién es una preferida de la fortuna? Lo que ocurre es que mis aposentos están más limpios y tenemos muchos textos budistas que podemos leer para tranquilizarlo. Pregúntale a Baoyu si le gusta o no la idea de estar aquí.

Pero Baoyu se limitó a sonreír. Sólo empujado por Xiren llegó a decir: «Sí».

Al ver aquello, la dama Wang vertió unas lágrimas, pero no se atrevió a sollozar ruidosamente ante la Anciana Dama.

Comprendiendo su ansiedad, ésta dijo:

—Ahora regresa, que yo lo cuidaré. Cuando el señor vuelva esta noche decidle que no es preciso que venga aquí. Y tampoco habléis del tema.

Tras la partida de la dama Wang, la Anciana Dama hizo que Yuanyang consiguiera unos tranquilizantes y los administrase a Baoyu. Pero dejemos de hablar de este asunto.

Aquella noche, cuando volvía a casa en su carruaje, Jia Zheng escuchó a unos viandantes hablando.

—Si alguien quiere enriquecerse, no es nada difícil —dijo uno.

—¿Y eso? —preguntó otro.

—Hoy escuché que uno de los jóvenes de la mansión Rong ha perdido un trozo de jade, y que han puesto un aviso describiendo su tamaño, forma y color. Han ofrecido diez mil liang de plata a quien lo devuelva, y cinco mil al que dé una pista de su paradero.

Aunque Jia Zheng no había escuchado nítidamente todas las palabras, lo que oyó fue suficiente para acelerar su vuelta a casa.

Al ser interrogado, el siervo del portón contestó:

—La primera noticia que tuve, señor, fue esta mañana, cuando el señor Lian transmitió la orden de la Anciana Dama y mandó gente a colocar el aviso.

—Nuestra familia debe estar declinando —suspiró Jia Zheng—. Como castigo a nuestras culpas hemos de sufrir a este degenerado. Cuando nació fue la comidilla de la ciudad, pero en diez años o más los chismes bajaron de intensidad. Sin embargo, ahora se está formando un gran escándalo para encontrar su jade. ¡Indignante!

Entró corriendo a interrogar a la dama Wang, quien le contó toda la historia. Como todas aquellas medidas habían sido tomadas siguiendo instrucciones de su madre, no se atrevió a objetar nada. Simplemente se desahogó con su esposa antes de salir y ordenar que descolgaran el aviso sin conocimiento de la Anciana Dama. Pero ya era tarde, unos vagabundos se habían apropiado del letrero.

Unos días después llegó a la mansión Rong un hombre que dijo traer el jade consigo.

Con gran júbilo, los sirvientes de la puerta le dijeron:

—Entrégalo y nosotros iremos a informar en tu lugar. El hombre buscó el aviso en su bolsillo, y señalándolo les dijo:

—¿No fue esta casa la que colocó el aviso? Aquí dice claramente que quien devuelva el jade tendrá una recompensa de diez mil liang de plata. Tal vez ahora tenga aspecto de pobre, pero en cuanto tenga esa cantidad en las manos seré rico, ¡así que no me tratéis con tanto desdén!

Habló con tanta seguridad que el portero contestó:

—Pues entonces sólo tienes que mostrarme el jade para que pueda avisar de tu llegada.

Al comienzo el hombre se resistió, pero pensándolo mejor extrajo el jade y lo mostró sobre la palma de su mano.

—Es éste ¿no? —preguntó.

Todos los criados de la puerta habían oído hablar del jade, pero era aquélla la primera vez que lo veían. Entraron a toda prisa, ansiosos por ser los primeros en llevar la buena noticia. Aquel día no estaban Jia Zheng ni Jia She; sólo Jia Lian estaba en casa. Éste, al escuchar el informe, preguntó:

—¿Es el auténtico?

—Lo hemos visto con nuestros propios ojos —respondieron los criados—, pero se niega a entregarlo a servidores como nosotros. Quiere ver a uno de los señores para entregar el jade con una mano y recoger el dinero con la otra.

Inmediatamente Jia Lian partió, regocijado, para informar a la dama Wang, quien a su vez transmitió la noticia a la Anciana Dama; aquello deleitó tanto a Xiren que juntó las manos loando a Buda. Y la Anciana Dama cumplió su palabra sin pestañear.

—Que Lian le diga a ese hombre que espere en el estudio mientras él trae el jade aquí. Una vez que lo hayamos visto le entregaremos el dinero.

Jia Lian invitó al hombre a pasar, tratándolo como a un invitado y dándole las gracias efusivamente.

—Quisiera llevar yo mismo el jade para mostrarlo al joven señor —dijo—. A continuación le daremos la recompensa prometida.

El hombre le entregó un paquete envuelto en seda roja. Jia Lian lo abrió y vio, efectivamente, un hermoso jade resplandeciente. Nunca anteriormente había prestado mucha atención al jade de Baoyu, y aprovechó para echarle un buen vistazo. Un cuidadoso escrutinio le reveló la inscripción «Protege de malos espíritus». Fuera de sí de alegría, ordenó a los criados que atendieran al visitante y fue corriendo donde la Anciana Dama y la dama Wang para que identificaran la piedra. Para entonces ya todos estaban deseosos de verla. Apenas entró Jia Lian, Xifeng se lo arrancó de las manos, y como no se atrevió a examinarlo ella misma, se lo pasó a la Anciana Dama.

Jia Lian se echó a reír.

—¡No me dejas recibir el mérito ni siquiera en una cosita sin importancia como ésta!

Cuando la Anciana Dama descubrió el jade, éste le pareció bastante más opaco que antes. Lo frotó con los dedos mientras Yuanyang le traía las lentes, y al ponérselas se dedicó a escrutar la piedra.

—¡Es muy extraño! —exclamó—. Por cierto que se trata del mismo jade, ¿pero por qué ha perdido su antiguo brillo?

La dama Wang lo examinó un buen rato, pero no pudo dar una opinión definitiva. Le pidió a Xifeng que echara un vistazo.

—Tiene cierto parecido con él, pero el color no es el mismo —observó Xifeng—. Lo mejor será que lo vea el propio Baoyu, y así lo sabremos todos.

También Xiren, que estaba a su lado, abrigaba ciertas dudas, pero en su ansiedad porque la piedra fuera declarada auténtica, no las expresó. Xifeng tomó el jade de manos de la Anciana Dama y entró con Xiren a mostrárselo a Baoyu, que acababa de despertar de su siesta.

—Aquí está tu jade —le dijo Xifeng.

Con los ojos todavía irritados por el sueño, Baoyu tomó el jade; pero, prácticamente sin mirarlo, lo arrojó al suelo.

—Ya estáis otra vez tratando de engañarme —dijo con una sonrisa cínica.

Xifeng recogió inmediatamente el jade, protestando:

—¡Qué raro! ¿Cómo puedes saberlo si ni siquiera lo has mirado?

Baoyu no respondió nada, limitándose a sonreír.

También había entrado la dama Wang, que al ver aquello dijo:

—Evidentemente, él lo sabe mejor que nadie, pues ese extraño jade salió de mi vientre con él. Ésta debe ser una falsificación hecha a partir de la descripción del aviso.

Entonces todos comprendieron la verdad.

—Si es una falsificación, dénmela. Yo le preguntaré al tipo ese cómo se atreve a hacernos semejante trastada —gritó Jia Lian, que lo había escuchado todo desde el otro cuarto.

Pero la Anciana Dama se opuso:

—Limítate a devolvérselo, Lian, y que se vaya. El pobre diablo ha estado tratando de sacar provecho de este problema familiar; pero ha terminado gastando su dinero en vano y nosotros hemos descubierto la patraña. Pienso que no debemos dificultarle las cosas. Devolvedle el jade diciéndole que no es nuestro y dadle unos cuantos taeles. Entonces, cuando la gente del exterior se entere, no vacilará en buscarnos al escuchar algún dato que sirva de pista. En cambio, si castigamos al tipo ni siquiera quien tenga el jade verdadero se atreverá a venir por aquí.

Jia Lian asintió y se retiró. Después de tan larga espera, el hombre estaba muy nervioso. En eso vio a Jia Lian salir furioso. Para saber qué sucedió a continuación, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO XCVI

Para ocultar información,

Xifeng tiende una astuta trampa.

Se desvela un secreto que hace perder la razón

a la joven de las Cejas Fruncidas[1].

Salía Jia Lian del estudio llevando en la mano el falso jade cuando el hombre que lo esperaba, al advertir su furioso aspecto, se echó a temblar con el corazón lleno de incertidumbre. Se incorporó inmediatamente, pero, antes de que pudiera decir una palabra, Jia Lian soltó una carcajada desdeñosa.

—¡Descarado! —vociferó—. ¡Bribón! ¿Qué lugar crees que es éste para atreverte a venir con tus endiabladas tretas?

Y llamó a los sirvientes. Con un grito unánime, los del exterior respondieron a su llamada.

—Traed sogas y amarradlo —ordenó Jia Lian—. Informaremos de esto al señor cuando vuelva y mandaremos a este criminal ante los tribunales.

—¡Muy bien, señor! —contestaron a coro los sirvientes. Pero no se movieron del sitio.

Casi paralizado por aquella demostración de poder, el hombre supo que no había escapatoria posible y se arrojó al suelo frente a Jia Lian.

—¡No se enfade Su Señoría! —suplicaba—. Fue la miseria la que me llevó a urdir esta desvergonzada patraña. Pedí dinero prestado para poder hacer ese jade, pero no me atreveré a pedir que me lo devuelvan. Lo dejaré como juguete de sus jóvenes señores. —Y al tiempo que decía esto, hacía repetidos koutou.

—¡Estúpido! —tronó Jia Lian—. ¿A quién de esta mansión le interesaría tu podrida basura?

En eso entró Lai Da, quien le dijo sonriente a Jia Lian:

—No se moleste, señor. Esta rata no lo merece. Déjelo ir y que no vuelva por aquí.

—¡Realmente despreciable! —rabió otra vez Jia Lian.

Lai Da trató de aplacar a su señor, pero Jia Lian siguió endureciéndose hasta que los sirvientes del exterior dijeron al tramposo:

—¡Perro estúpido! ¡Rápido! Haz unos koutou ante el señor Lian y el tío Lai, y esfúmate. ¿O acaso estás esperando que te echen?

Entonces el hombre hizo dos rápidas reverencias y se escabulló. A partir de entonces se oía por calles y callejones «A Jia Baoyu le han dado un falso Jade Precioso[2]».

Como el asunto ya había quedado solventado y nadie quería enfurecer a Jia Zheng durante la fiesta de los Faroles, cuando éste volvió aquella noche no hubo quien le relatase lo sucedido. Los funerales de Yuanchun habían mantenido a todo el mundo muy atareado, y ahora, con la enfermedad de Baoyu, las habituales celebraciones se llevaron adelante con poco entusiasmo y sin ninguna incidencia notable.

Hacia el decimoséptimo día del primer mes estaba la dama Wang esperando noticias de la llegada de su hermano Wang Ziteng, cuando entró Xifeng con malas noticias.

—El segundo señor escuchó hoy en la calle que el tío había emprendido viaje hacia aquí a toda prisa, y que, apenas recorridos unos doscientos li de distancia, murió —exclamó—. ¿No lo había oído, señora?

—¡No! —exclamó consternada la dama Wang—. Y anoche tampoco lo mencionó el señor. ¿De dónde ha salido esta desastrosa noticia?

—De la casa del consejero imperial Zhang.

La dama Wang enmudeció, bañada en lágrimas. Luego se secó los ojos y dijo:

—Que Lian lo confirme y me lo haga saber.

Xifeng partió a dar esa orden.

El duelo por su hija, el llanto por su hermano, la preocupación por Baoyu… ¡qué larga serie de desgracias! ¿Cómo podría soportar la dama Wang todo aquello? Y empezó a sentir dolor en el corazón. Jia Lian confirmó la veracidad de la noticia.

—El tío estaba agotado debido a la velocidad del viaje y cogió un enfriamiento —le dijo—. Cuando llegaron a Shilitun mandaron llamar a un médico, pero en ese lugar no había uno bueno. Por eso le recetaron una medicina equivocada y una sola dosis acabó con él. No sabemos si su familia ha llegado ya hasta allí o no.

Aquella información oprimió el corazón de la dama Wang, que no logró permanecer sentada y tuvo que pedir a Caiyun y las demás que la ayudaran a llegar hasta el kang. Con mucho esfuerzo consiguió decirle a Jia Lian que corriera a informar de aquello a Jia Zheng.

—Prepárate para ir inmediatamente a ayudar —le dijo ella—. Luego, regresa directamente a contarnos qué ha pasado, y así tranquilizar a tu esposa.

Como no podía negarse, Jia Lian se despidió de Jia Zheng y emprendió la partida.

Éste había escuchado la noticia un poco antes y estaba totalmente abatido; además, sabía que, desde la pérdida de su jade, Baoyu sufría una permanente confusión mental, sin que hubiera medicina capaz de curarlo; y por si fuera poco, ahora a la dama Wang le dolía el corazón.

Aquel año fueron examinados los registros de funcionarios de la capital, y la Junta de Obras estimó que Jia Zheng era de primera clase. En el segundo mes el Ministerio de Asuntos Civiles lo llevó a una audiencia en la corte, y en reconocimiento por su laboriosidad y prudencia el emperador lo nombró comisionado del Grano de Jiangxi. Aquel mismo día agradeció el favor recibido e informó al trono de la fecha de su partida. Parientes y amigos llegaron a felicitarlo, pero Jia Zheng no tenía humor para agasajarlos, además estaba atribulado por los problemas que acosaban a los miembros de la familia. Sin embargo, no se atrevió a posponer su viaje.

Sumido estaba en la confusión cuando recibió un requerimiento de la Anciana Dama. Se encaminó inmediatamente a su cuarto y allí la encontró junto a su esposa, que había acudido a pesar de su enfermedad. Presentó sus respetos a su madre, quien le pidió que tomase asiento.

—Pronto partirás a tu nuevo destino —dijo llorosa la anciana—. Tengo mucho que decir, pero ¿me escucharás?

De un salto, Jia Zheng se puso en pie.

—Ordene, madre. ¿Cómo va a desobedecerla su indigno hijo?

—Este año cumplo ochenta y uno y tú partes a desempeñar un cargo en una provincia —sollozó ella—. No puedes excusarte por razones humanitarias, ya que cuentas con un hermano mayor que puede encargarse de mí. Una vez que te hayas ido, sólo me quedará Baoyu; pero el pobre muchacho se está volviendo loco, ¡no sabemos qué será de él! Ayer envié a la esposa de Lai Sheng a que consultara con algún vidente la fortuna de Baoyu, y el extraordinario augur dijo: «Para contrarrestar su mala suerte tiene que casarse con una joven dama que tenga oro en sus astros[3]; de otro modo no hay muchas probabilidades de que se salve». Yo sé que tú piensas que todo eso son paparruchas, así que te he hecho venir para consultarte. También está aquí tu esposa; discutidlo entre los dos. ¿Debemos tratar de salvar a Baoyu, o dejar que las cosas sigan su curso?

Jia Zheng respondió sumisamente:

—Usted fue tan buena con su hijo… ¿por qué piensa que yo no amo al mío? Mi exasperación con Baoyu se ha debido a que no desea progresar, pero es como «lamentar que el hierro no se convierta en acero». Si usted desea que tome esposa, como corresponde, ¿cómo voy yo a desobedecerla despreocupándome de él? A mí también me inquieta su enfermedad. Usted lo apartó de mi lado y no me atreví a objetar nada; pero ¿no podría comprobar yo mismo lo enfermo que está?

La dama Wang advirtió que se le habían enrojecido los bordes de los ojos y comprendió cuánto amor sentía por su hijo. Entonces le dijo a Xiren que trajera a Baoyu. Cuando el muchacho vio a su padre le presentó sus respetos a instancias de Xiren. Tenía el rostro demacrado, los ojos opacos, y su aspecto era el de un idiota. Jia Zheng les pidió que se lo llevaran.

Pensó: «Estoy cerca de los sesenta y acaban de destinarme a una provincia de la que no sé cuándo volveré. Si este muchacho no se repone, me encontraré con una vejez sin heredero, pues de todos modos, mi nieto está a una generación de distancia. Además, Baoyu es el favorito de la Anciana Dama: si algo llegara a sucederle yo sería culpable de un crimen todavía mayor». Por las lágrimas de su mujer comprendió cuánto le estaba afectando todo eso a ella.

Incorporándose, insistió:

—A pesar de sus años, señora, usted muestra gran preocupación por su nieto. ¿Cómo podría desobedecerla? Haré lo que usted estime conveniente, pero me pregunto si la tía Xue estará de acuerdo.

—Hace ya algún tiempo que ha dado su consentimiento —le dijo la dama Wang—. Si no hemos vuelto a tocar el tema ha sido simplemente porque el pleito de Pan aún no ha encontrado un arreglo.

—Ése es el principal problema —respondió él—. ¿Cómo va a casarse estando su hermano en la cárcel? En segundo lugar, aunque según la etiqueta la muerte de una consorte imperial no impide el matrimonio, Baoyu debe guardar nueve meses de luto por una hermana casada, lo cual hace que no convenga que tome esposa ahora. Más aún, el trono ya ha sido informado de la fecha de mi partida, y no me atrevo a posponerla. ¿Cómo vamos a arreglar una boda en tan pocos días?

La Anciana Dama pensó: «Tiene razón. Pero si esperamos a que tales problemas se solucionen, entonces su padre ya habrá partido, ¿y qué haremos si sus males empeoran?». Y decidió: «Simplemente pasaremos por alto ciertas reglas de etiqueta».

—Si estás dispuesto, conozco una manera de pasar por alto estos obstáculos —dijo, una vez tomada la decisión—. Yo misma iré con tu esposa a pedir el consentimiento de la tía Xue. En cuanto a Pan, enviaré a Ke a decirle que tenemos que hacer esto para salvar la vida de Baoyu; estoy segura de que no pondrá obstáculos. Claro que no podremos organizar una verdadera boda mientras dure el luto, y de todas formas Baoyu está demasiado enfermo. Pero necesitamos el enlace para disipar el mal. Como ambas familias estamos de acuerdo y existe aquella profecía sobre el oro y el jade de los jóvenes, no hay necesidad de comparar horóscopos; bastará con elegir una fecha favorable en la que intercambiar regalos de acuerdo con el rango de nuestras familias. Después podremos elegir un día para el casamiento. No habrá música, seguiremos el ejemplo de palacio trayendo a la novia en un palanquín con ocho porteadores y doce pares de faroles. Pueden hacerse reverencias como se estila en el sur, tomar asiento sobre el lecho nupcial y retirar el dosel[4]. ¿Acaso no puede eso considerarse como una ceremonia nupcial? Baochai es tan inteligente que no tendremos de qué preocuparnos. Además, él tiene a Xiren en sus aposentos, y es otra muchacha de confianza y muy sensata. Si hay alguien que sepa razonar con él, mejor. Y es el caso que ella y Baochai se llevan bien. Y una cosa más. Alguna vez la tía Xue me dijo: «Un monje vaticinó que Baochai, con su medallón de oro, está destinada a casarse con alguien que tenga un jade». Así que cuando el oro entre en esta casa, restituirá el poder del jade, mejorando paulatinamente. ¿No será eso una bendición para todos? Todo lo que hay que hacer por el momento es acondicionar sus aposentos y amueblarlos. A ti te corresponde asignarles un lugar. Sólo ofreceremos un banquete cuando Baoyu haya mejorado y pasado el luto. Así podremos solucionarlo todo a su debido tiempo y tú podrás partir tranquilo, tras haber visto instalada a la joven pareja.

Jia Zheng discrepaba de todo aquello, pero no pudo decírselo a su madre. Forzando una sonrisa, dijo:

—Usted lo ha pensado bien y sin duda es lo más adecuado, señora. Pero debemos ordenar a los sirvientes que no digan nada en el exterior para evitar que seamos censurados. Únicamente temo que la tía Xue no se muestre dé acuerdo; si acceden, entonces debemos hacerlo como usted dice.

—De la tía Xue me encargo yo —dijo, y lo despidió.

Jia Zheng se retiró muy incómodo. Tenía numerosas tareas pendientes antes de su partida, como recoger las credenciales del ministerio, recibir a parientes y amigos que llegaban con recomendaciones, y atender a muchas personas más. Por eso dejó los arreglos del casamiento de Baoyu en manos de su madre, su esposa y Xifeng. A su hijo le asignó un ala con más de veinte cuartos, aneja a los aposentos de la dama Wang, detrás del salón de la Gloriosa Celebración. Cuando la Anciana Dama le comunicaba alguna decisión, él se limitaba a responder «Muy bien». Pero nos estamos anticipando…

Después de que Baoyu viera a su padre, Xiren le ayudó a volver al kang del cuarto interior. Como Jia Zheng estaba afuera, nadie se atrevía a dirigirle la palabra a Baoyu, quien se quedó dormido y no pudo oír la conversación del cuarto exterior. Pero Xiren permaneció en silencio y pudo oírla con toda claridad. Había llegado hasta ella alguna noticia del asunto, pero sólo como rumor que atribuyó al hecho de que Baochai hubiese interrumpido sus visitas. Aquellas palabras reconducían las aguas desbordadas a su cauce y llenaron de gozo el corazón de Xiren.

«Por cierto que Sus Señorías tienen muy buen criterio —pensó—. Es la pareja que le conviene. ¡Y qué suerte la mía! Si ella viene aliviará mi carga de trabajo. Pero él ha entregado su corazón a la señorita Lin, así que es una suerte que no haya escuchado todo esto. ¡Qué locuras habría cometido de haberlo oído!» Y con esto, su alegría se convirtió en tristeza.

«¿Qué haré? —se preguntó—. Sus Señorías ignoran lo que sienten el uno por el otro. Si de repente se lo dijeran con la buena intención de darle una alegría y procurar su curación, él actuaría como cuando acababa de conocer a la señorita Lin y quiso romper su jade; o como aquel verano en el jardín, cuando me confundió con ella y expresó todo su amor; o como cuando Zijuan se burló de él y casi se nos muere de tanto llorar. Si ahora le dicen que no tendrá a la señorita Lin sino a la señorita Baochai, tal vez no importe, pues está como anonadado; pero si llega a estar lúcido, la noticia no sólo no le curará la locura, sino que lo precipitará a la muerte. ¡Si no explico todo esto puedo estar arruinando tres vidas!»

Y con esa decisión tomada esperó a que Jia Zheng hubiera partido, y dejando a Baoyu al cuidado de Qiuwen salió a pedirle discretamente a la dama Wang que la acompañara hasta la parte trasera. La Anciana Dama pensó que se trataba de alguna necesidad de Baoyu y no prestó demasiada atención, concentrada como estaba en los regalos y arreglos del casamiento.

Ya en el cuarto de atrás, Xiren se hincó de rodillas ante la dama Wang y rompió a llorar.

La dama Wang la obligó a levantarse y le preguntó sorprendida:

—¿Qué te pasa? ¿Cuál es el problema? Levántate y cuéntame.

—¡Es algo que una esclava no debería decir, pero no veo otra salida!

—Pues dímelo tranquilamente.

—Sus Señorías han decidido casar a la señorita Baochai con Baoyu, y por cierto nada podría ser mejor. Pero lo que me pregunto es lo siguiente, señora: ¿a cuál de las dos señoritas, Baochai o la señorita Lin, cree usted que Baoyu prefiere?

—Él y la señorita Lin han crecido juntos, y puede que mi hijo la prefiera a ella un poco más.

—Señora, no es que sólo la prefiera un poco —replicó Xiren, y pasó a citar ejemplos de su conducta—. Salvo su confesión de aquel verano, que jamás me atreví a comunicar a nadie, usted misma ha sido testigo de todos los demás casos —concluyó.

Sosteniendo la mano de Xiren, la dama Wang le respondió:

—Algo me decía que el sentido de lo que estaba viendo era el que tú ahora me has confirmado. Pero debe haber escuchado lo que acaba de decir el señor. ¿Advertiste su reacción?

—En estos últimos días, cuando la gente le habla él sonríe; si nadie le habla, se queda dormido. De modo que no oyó lo que se decía.

—¿Entonces qué haremos?

—Bastante atrevimiento he tenido al contarle esto, señora. Ahora a usted le corresponde contárselo a la Anciana Dama y pensar en algún plan que funcione.

—En tal caso vuelve a tus labores. No voy a mencionarlo ahora, hay demasiada gente allí. Esperaré una oportunidad para decírselo después, y ya veremos.

Regresó con la Anciana Dama, que estaba con Xifeng discutiendo el casamiento de Baoyu.

—¿Qué quería Xiren con tanto secreto? —preguntó la Anciana Dama.

La dama Wang aprovechó la oportunidad que le daban para hacer una relación detallada de los sentimientos de Baoyu hacia Daiyu. Por un instante la Anciana Dama no contestó, y también la dama Wang y Xifeng permanecieron en silencio.

—Otras cosas se pueden arreglar —suspiró finalmente la Anciana Dama—, y no tenemos que preocuparnos por Daiyu. ¡Pero si Baoyu sigue actuando así, tendremos problemas!

—No demasiados —dijo Xifeng tras pensarlo un poco—. Tengo una idea, pero no sé si la tía Xue estará de acuerdo con ella.

—Si tienes un plan díselo a la Anciana Dama —intervino la dama Wang—. Así lo podremos discutir juntas.

—Pienso —dijo Xifeng—, que la única manera es tendiéndole una pequeña trampa.

—¿De qué trampa se trata? —preguntó la Anciana Dama.

—Sin importarnos si le gusta o no, debemos comunicarle que su señor padre ha ordenado que debe casarse con la señorita Lin, y ver cómo lo toma. Si le resulta indiferente, no necesitaremos engañarlo. Pero si observamos que se alegra, entonces habremos de actuar de manera más complicada.

—¿Y qué sucede si la idea le atrae? —preguntó la dama Wang.

Xifeng se acercó para susurrarle algo al oído, tras lo cual ella movió afirmativamente la cabeza y sonrió.

—Eso puede funcionar —dijo.

—Decidme qué tramáis vosotras dos —exigió la Anciana Dama.

Temiendo que la Anciana Dama no alcanzase a comprender su plan y revelara el secreto, Xifeng le susurró también a ella algo al oído. Efectivamente, la Anciana Dama no comprendió al comienzo y Xifeng, siempre sonriendo, tuvo que explicarle con más detalle el plan.

—Eso está bien —asintió la Anciana Dama—. Pero es algo duro para Baochai. ¿Y qué será de Daiyu si la cosa trasciende?

—Sólo se lo diremos a Baoyu y prohibiremos todo comentario en el exterior. ¿Cómo podría enterarse?

En ese momento una doncella anunció el regreso de Jia Lian. Como la dama Wang no quería que la Anciana Dama lo interrogara, hizo una seña a Xifeng, que salió a su encuentro indicándole que la acompañase a los aposentos de la dama Wang. Cuando regresó, los ojos de Xifeng estaban enrojecidos por el llanto. Jia Lian presentó sus respetos y describió su viaje a Shilitun, adonde había acudido para ayudar a la organización de los funerales de Wang Ziteng.

—Un decreto imperial le ha conferido el rango de miembro del Consejo de Estado y el título postumo de duque Wenqin[5] —anunció—. La familia ha recibido instrucciones para que lleve el ataúd de vuelta a su distrito natal, y los funcionarios que encuentre en el camino deben prestar ayuda. Ayer emprendieron la jornada de vuelta al sur. Mi tía me ha pedido que transmita sus respetos y diga lo mucho que siente no haber podido venir a la capital, pues había muchas cosas que quería decirle. Cuando escuchó que también el hermano de Xifeng venía a la capital, prometió que si lo encontraba por el camino lo enviaría aquí con todas las noticias.

Naturalmente aquella historia consternó tanto a la dama Wang que Xifeng tuvo que consolarla.

—Por favor, ahora descanse, señora —le pidió—. Esta noche volveremos a discutir el asunto de Baoyu.

A su regreso, contó a Jia Lian lo que había sucedido y le pidió que mandara sirvientes a preparar la cámara nupcial.

Una mañana, después del desayuno, Daiyu partió a visitar a su abuela y presentarle sus respetos, a la vez que buscaba entretenerse un rato. No se habían alejado mucho del refugio de Bambú cuando advirtió que había olvidado su pañuelo. Pidió a Zijuan que volviera por uno y luego le diera alcance, ya que ella iría caminando despacio. Ya había cruzado el puente de la Fragancia que Rezuma y alcanzado las rocas tras las que ella y Baoyu habían dado sepultura a las flores, cuando oyó a alguien llorando. Sé detuvo a escuchar, pero no pudo discernir quién se estaba lamentando o descifrar qué decía. Muy intrigada, fue hasta allí y descubrió que se trataba de una doncella inferior, de cejas espesas y ojos grandes.

Daiyu había esperado encontrar a una de las doncellas importantes, venida allí a desahogarse por alguna cuita que no podía confiar a los demás. Pero cuando vio a aquella pobre muchacha pensó divertida: «Una muchacha estúpida como ésta no puede estar llorando una pena de amor. Es una de las que hace el trabajo duro, y seguramente le ha llamado la atención alguna de las doncellas principales». Miró detenidamente a la chica, pero no pudo reconocerla.

Cuando apareció Daiyu, la doncella no se atrevió a seguir llorando, y se puso de pie secándose los ojos.

—¿Por qué estás aquí llorando? ¿Qué te ha pasado? —preguntó Daiyu.

Eso hizo que rompiera otra vez a llorar.

—¡Juzgue usted misma, señorita Lin! —sollozó—. Ellas sabían algo, pero no me lo habían contado; así que aunque se me fuera la lengua la hermana no tenía por qué abofetearme.

Daiyu no comprendía nada.

—¿A qué hermana te refieres? —le preguntó sonriendo.

—A Zhenzhu.

Lo cual reveló a Daiyu que la chica trabajaba para la Anciana Dama, y volvió a hacerle una pregunta:

—¿Cómo te llamas?

—Me llaman la Boba.

—¿Por qué te abofeteó? ¿Qué fue lo que dijiste?

—¿Por qué? Sólo por lo del casamiento de nuestro señor Bao con la señorita Baochai.

Daiyu sintió que se le venía el cielo encima. El corazón empezó a latirle desenfrenadamente. Se compuso un poco y le dijo:

—Ven aquí, acompáñame.

La Boba la acompañó hasta el tranquilo rincón donde Daiyu había enterrado las flores de durazno, y allí le preguntó:

—¿Y por qué habría de darte una bofetada simplemente porque el señor Bao se va a casar con la señorita Baochai?

—Sus Señorías han arreglado todo con la señora Lian. Como el señor se marcha tan pronto, están arreglándolo con la tía Xue para que la señorita Baochai venga, antes de que él parta a la provincia. Primero va a convertir la mala suerte del señor Bao en buena. Y después… —miró muy alegre a Daiyu—. Y después de su boda van a buscarle a usted, señorita, una suegra. —Daiyu siguió escuchando, estupefacta, la cháchara de la doncella—. No sé cómo lo han arreglado, pero no quieren que nadie se entere del asunto, pues tienen miedo de incomodar a la señorita Baochai si ella se entera. Lo único que hice fue comentarle a la hermana Xiren, la que trabaja con el señor Bao, que las cosas se van a poner más animadas cuando la señorita Baochai se convierta en la segunda señora Bao. ¿Cómo vamos a llamarla? Y ahora dígame, señorita Lin, ¿por qué habría eso de molestar a la hermana Zhenzhu? Pero la cosa es que se acercó y me dio una bofetada, ¡me dijo que estaba diciendo tonterías y que deberían expulsarme por no obedecer las órdenes! ¿Cómo iba a saber yo que la señora no quería que se hablara de esto? No me dicen nada y después me abofetean. —Y volvió a llorar.

Daiyu sintió que el corazón empezaba a llenársele con una mezcla de aceite, soja, azúcar y vinagre, tan dulce, amarga, dolorosa y punzante que no pudo traducir a palabras sus sensaciones.

Tras una pausa le dijo con voz temblorosa:

—No digas esas tonterías. Si te escuchan te volverán a abofetear. Ahora vuela.

Giró sobre sus talones para regresar al refugio de Bambú, pero avanzaba como si llevara una piedra de molino al cuello y pisara copos de algodón. El camino hasta el puente de la Fragancia que Rezuma le pareció larguísimo, tan lento y tembloroso era su paso; y además ella le añadió dos tiros de arco a la distancia haciendo consternados meandros en su trance. Cuando finalmente alcanzó el puente, volvió otra vez siguiendo el camino del dique.

Cuando Zijuan trajo el pañuelo, Daiyu ya no estaba. La buscó por los alrededores hasta que vio su rostro lívido, sus ojos clavados en el vacío, su incierto deambular de un lado a otro. También advirtió que una doncella se alejaba, pero ya estaba demasiado lejos para discernir de quién se trataba. Alarmada, corrió hacia Daiyu.

—¿Por qué vuelve, señorita? —le preguntó amablemente—. ¿Dónde quiere ir?

Daiyu la oyó como entre sueños y le respondió sin pensar:

—A preguntarle algo a Baoyu.

A pesar de su sorpresa, Zijuan tuvo que ayudarla a llegar hasta los aposentos de la Anciana Dama. Cuando Daiyu llegó a la puerta pareció que se le despejaba la cabeza. Se volvió hacia la doncella que la sostenía y le preguntó:

—Y tú, ¿para qué has venido?

—A traerle el pañuelo —fue la sonriente respuesta—. Acabo de verla en el puente, pero cuando me acerqué usted no me hizo caso.

—Pensé que habías venido a ver al señor Bao —se rió Daiyu—. ¿Qué otro motivo podrías tener para venir aquí?

Zijuan comprendió que estaba fuera de sí, y que debía ser por algo que le había dicho esa doncella. Sólo pudo mover la cabeza afirmativamente y sonreír. Pero aquella visita a Baoyu le preocupó, pues él ya estaba loco de atar y ahora ella también empezaba a perder la cabeza. ¿Qué sucedería si llegaban a decir algo impropio?

Pero no le quedó sino hacer lo que su señora le ordenaba y acompañarla al interior.

Extrañamente, Daiyu ya no estaba tan débil como antes. Ella misma levantó la antepuerta en lugar de permitir que lo hiciera Zijuan, y entró. En el interior reinaba el silencio, pues la Anciana Dama sesteaba, y las doncellas estaban afuera jugando o dormitando al lado de su señora, o atendiéndola. El golpe de la antepuerta alertó a Xiren, que salió del cuarto.

—Por favor, entre y tome asiento, señorita.

—¿Está el señor Bao? —preguntó Daiyu con una sonrisa.

Ignorante de todo, Xiren iba a responderle cuando vio que, detrás de Daiyu, Zijuan le hacía frenéticos gestos de advertencia con la mano. Xiren quedó demasiado perpleja como para seguir hablando. Daiyu la ignoró y avanzó hasta el cuarto interior, donde estaba sentado Baoyu. En lugar de ponerse de pie para ofrecerle asiento, él se le quedó mirando con una sonrisa idiota. Daiyu se sentó a su lado y le devolvió la sonrisa. No intercambiaron saludos ni atenciones, sencillamente se quedaron allí sonriéndose tontamente, sin decir palabra.

Totalmente desorientada, Xiren no supo qué hacer.

—Baoyu —dijo Daiyu de pronto—. ¿Por qué estás enfermo?

—A causa de la señorita Lin —respondió con una sonrisita.

Xiren y Zijuan empalidecieron de miedo e inmediatamente trataron de cambiar de tema; pero los otros dos los ignoraron, siempre con sus sonrisas bobaliconas. A Xiren se le ocurrió que Daiyu también estaba loca, exactamente igual que Baoyu.

Le susurró a Zijuan:

—Tu joven dama acaba de superar su enfermedad. Traeré a la hermana Qiuwen, y que ella te ayude a llevarla de vuelta para que descanse. —Y, volviéndose, le dijo a Qiuwen—: Anda con la hermana Zijuan a acompañar de regreso a la señorita Lin. No vayas a decir ninguna tontería por el camino.

Sonriendo, Qiuwen asintió inmediatamente. Ella y Zijuan ayudaron silenciosamente a Daiyu a ponerse de pie. Ésta mantuvo los ojos clavados en Baoyu, sonriendo y moviendo la cabeza en gestos afirmativos.

—Vamos a casa a descansar, señorita —le pidió Zijuan.

—¡Por supuesto! —dijo Daiyu—. Es hora de regresar. Dio la vuelta y salió, siempre sonriente, sin ayuda y caminando mucho más rápido que de costumbre. Las dos doncellas salieron apretando el paso detrás de ella, ya que una vez fuera de los aposentos de su abuela la muchacha aceleró la marcha.

—Por aquí, señorita —exclamó Zijuan, tomándola del brazo.

Daiyu permitió que la condujeran de vuelta y pronto llegaron a la puerta del refugio de Bambú.

—¡Buda bendito! —suspiró Zijuan, aliviada—. ¡Por fin en casa!

Pero no había terminado de decir aquellas palabras cuando, tras tambalearse, Daiyu cayó con una bocanada de sangre. Para saber qué sucedió, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO XCVII

Lin Daiyu quema sus poemas

y rompe su amor apasionado.

Xue Baochai sale del gineceo y cumple

con la ceremonia nupcial.

En el umbral del refugio de Bambú, aquella exclamación de alivio de Zijuan conmocionó aún más a Daiyu, que se desplomó, desvanecida, vomitando sangre. Afortunadamente Qiuwen estaba allí, y ambas doncellas, sosteniéndola antes de que llegara al suelo, pudieron llevarla al interior. Una vez dentro, después de que Qiuwen hubiera partido y pasado un rato, Daiyu recobró el conocimiento bajo la atenta mirada de Zijuan y Xueyan. «¿Por qué lloráis?», les preguntó. Al comprobar que su señora había recuperado el sentido, y con él la palabra y la lucidez, Zijuan contestó con un gesto de alivio:

—Al volver de los aposentos de la Anciana Dama tuvimos la impresión de que no se encontraba bien, señorita. No sabíamos qué hacer, y el miedo nos hacía llorar.

—Oh, no será fácil que yo muera así, de repente. —Mas apenas había terminado de pronunciar esas palabras cuando se puso a jadear intensamente.

La noticia confirmada del inminente matrimonio de Baoyu y Baochai, y el temor secreto que Daiyu soportaba desde hacía años, le había hecho perder la esperanza hasta el extremo de obnubilar su entendimiento. La hemorragia había servido para que la mente se le fuera despejando poco a poco. Ya recuperada, no recordaba lo relatado por la doncella Boba, pero el llanto de Zijuan se lo recordó. Empero, ya no sentía la herida del corazón, sólo deseaba morir cuanto antes para no tener que soportar más aquella deuda[1]. Sus doncellas se quedaron a su lado atendiéndola con diligencia. Era su obligación informar del estado de la joven dama, pero lo cierto es que temían incurrir de nuevo en las iras de Xifeng por hacer circular falsas alarmas.

Lo que no sabían es que Qiuwen había regresado ya, presa del pánico. La Anciana Dama, recién abiertos los ojos después de la siesta, percibió inmediatamente la agitación de la muchacha. «¿Qué ha ocurrido?», le preguntó. La terrible narración de Qiuwen hizo que la anciana lanzara una exclamación horrorizada e hiciera llegar inmediatamente la mala noticia a oídos de la dama Wang y de Xifeng.

—Sin embargo, yo ordené a todas nuestras doncellas que no abrieran la boca —dijo Xifeng—. ¿Quién se habrá ido de la lengua? Esto complica las cosas.

—Olvida eso ahora —dijo la Anciana Dama—. Vayamos a ver a la enferma.

Dicho lo cual, incorporándose, se encaminó al refugio de Bambú llevando tras de sí a la dama Wang y a Xifeng. Daiyu parecía inconsciente, su rostro estaba pálido como la nieve y apenas podía inhalar un soplo de aire. En ese preciso momento sufrió otro acceso de tos. Sus doncellas le acercaron una escupidera. Horrorizadas, vieron todas las flemas veteadas de hilachas de sangre. En eso, la muchacha entreabrió los párpados y vio a su lado a la Anciana Dama.

—Abuela —musitó—, se ha desperdiciado todo el amor que usted ha puesto en mí.

Con el corazón dolorido, la Anciana Dama intentó serenarla:

—No temas, nieta querida. Descansa tranquila.

La muchacha esbozó con dificultad una tenue sonrisa y cerró los ojos de nuevo. «El médico ha llegado», anunció a Xifeng una doncella. Se retiraron las damas acto seguido, y Jia Lian hizo pasar al doctor Wang.

—Sin duda mejorará —observó el galeno tras comprobar las pulsaciones de la joven paciente—. La cólera retenida y las emociones dolorosas han avenado el hígado, produciendo desórdenes de tipo nervioso. Si aplicamos remedios reguladores de la sangre conseguiremos que recobre la salud.

Dicho lo cual salió con Jia Lian a escribir su receta, y luego se ordenó a unos sirvientes que marchasen a la ciudad a comprar los componentes prescritos para su elaboración.

La Anciana Dama había tenido la impresión, tras visitar a Daiyu, de que su estado era crítico. Al salir, dijo a Xifeng y las demás:

—No es que quiera llamar a la mala suerte, pero a mí no me parece que esta muchacha vaya a mejorar. Para contrarrestar su mala estrella debéis empezar a preparar objetos fúnebres; primero, porque puede que así supere esta enfermedad; si sanara, nos quitaríamos un gran peso de encima. Y segundo, porque si llegara a ocurrir lo peor, no nos cogería desprevenidas. Últimamente tenemos otros asuntos que resolver.

A lo que Xifeng no pudo objetar nada. Después, la Anciana Dama interrogó a Zijuan; pero nadie sabía quién podía haber llevado hasta Daiyu las funestas noticias que habían producido su recaída.

Aunque con el corazón atribulado, la Anciana Dama continuó:

—Es natural que exista cierta afinidad entre personas que han estado juntas y compartido todos los juegos desde la más tierna infancia; pero ahora que con los años han llegado a conocer ciertas peculiaridades de las relaciones entre un hombre y una mujer, la muchacha debería mantenerse apartada de Baoyu. Así es como debe comportarse si pretende ser digna de todo el amor que su vieja abuela ha puesto en ella. Y si son otras las ideas que tiene en la cabeza, la compadezco, pues en ese caso sí supondría haber desperdiciado todo mi cariño. Lo que me habéis contado me ha dejado muy intranquila.

De nuevo en sus aposentos, llamó a Xiren para interrogarla. Xiren le repitió lo que ya le había contado a la dama Wang sobre el comportamiento de Daiyu.

—No parecía capaz de tales necedades cuando la vi hace un momento —comentó la Anciana Dama—. No lo entiendo. En los aposentos interiores de una familia como la nuestra no puede suceder nada ajeno a las conveniencias, eso está claro, ni siquiera se deben consentir estos males de amor. Si no es ésa la raíz de su enfermedad, estoy dispuesta a gastar cualquier suma para curarla. Pero si lo es, dudo que tenga salvación; además, ya habría dejado de importarme.

—Señora, no se preocupe más por la prima Lin —intervino Xifeng—. De todos modos mi esposo está allí para ocuparse de que el médico la vea cada día. Lo que importa ahora es el asunto que debemos resolver con la tía Xue. Esta mañana he oído decir que los cuartos están casi preparados. ¿Por qué no van, usted y Su Señoría, a visitar a la tía Xue y discutir el asunto con ella? Yo podría acompañarlas. Aunque hay un impedimento: será difícil hablar con total libertad en presencia de la prima Baochai. Lo mejor será que invitemos a la tía Xue esta misma noche. Así podremos arreglarlo todo de una sola vez.

—Tienes razón —asintieron Sus Señorías—. Pero hoy ya es demasiado tarde. Mañana, inmediatamente después del desayuno, nos reuniremos las tres.

La Anciana Dama, Xifeng y la dama Wang concluyeron su cena y regresaron a sus aposentos.

Al día siguiente, acabado el desayuno, llegó Xifeng a los aposentos de la Anciana Dama. Mas, queriendo poner a prueba a Baoyu, entró directamente en el cuarto del muchacho.

—¡Enhorabuena, primo Bao! —le dijo a modo de alegre saludo—. Tu señor padre ha elegido ya un día particularmente favorable para tu boda. ¿No te alegras?

Pero Baoyu se limitó a hacer una señal casi imperceptible con la cabeza mientras sonreía forzadamente.

—Tu esposa será la prima Lin. ¿Darás tu aprobación?

Bruscamente, el muchacho soltó una extraña carcajada y Xifeng dudó, en verdad, que estuviera en sus cabales.

—Dice el señor que podrás casarte con ella si mejoras, pero no si sigues actuando como un cretino —le advirtió ella.

—Aquí la única cretina que hay eres tú —replicó el muchacho con toda seriedad; y luego, incorporándose, anunció—: Voy a ver a la prima Lin para tranquilizarla.

Pero Xifeng, con un rápido movimiento, le impidió el paso.

—Ella ya lo sabe —dijo—. Y dado que va a casarse contigo, es natural que el pudor le impida verte.

—¿Acaso no tendrá que verme después de la boda?

Divertida y preocupada a la vez, Xifeng pensó: «Xiren tiene razón. Si se menciona a Daiyu, aunque le queda algo de estupidez, parece recobrar su sano juicio. Si el día de la boda recobra realmente la cordura y descubre que no es Daiyu la destinada a ser su esposa, y que le hemos hecho una jugarreta, ¿a qué trastorno habremos de hacer frente?».

Y reprimiendo una sonrisa dijo:

—Si actúas convenientemente querrá verte, pero no lo hará si sigues comportándote como un idiota.

—Yo tenía un corazón, pero se lo di a ella. Seguro que cuando venga lo traerá consigo y sabrá ponerlo otra vez en mi pecho.

Sólo delirios insensatos vio Xifeng en las palabras del muchacho, y dejó su cuarto para entrar, con la risa en los labios, en las estancias de la Anciana Dama, que había seguido la conversación dividida entre las ganas de reír y la compasión.

—Lo he escuchado todo —dijo—. Por el momento podemos olvidarnos de él y dejar que Xiren vigile su delirio. Vamos.

Para entonces ya había llegado la dama Wang y juntas fueron a visitar a la tía Xue, con la excusa de que estaban preocupadas por sus últimas dificultades familiares. La tía Xue agradeció mucho su visita y les transmitió algunas novedades sobre el caso de su hijo Xue Pan. Cuando estuvo servido el té quiso llamar a Baochai para que presentara sus respetos a las recién llegadas, pero Xifeng se lo impidió.

—No es necesario que la haga venir, tía —dijo con una sonrisa—. La Anciana Dama ha venido en parte a preocuparse de sus problemas y en parte también porque hay un asunto importante que quisiera discutir esta noche con usted en nuestra casa.

La tía Xue expresó su asentimiento con un gesto de cabeza, y tras charlar unos instantes más partieron.

Aquella noche, en efecto, llegó la tía Xue. Tras presentar sus respetos a la Anciana Dama acudió a visitar a la dama Wang, y al hablar de la muerte de Wang Ziteng las dos mujeres mezclaron sus lágrimas.

—Hace un rato, mientras estaba en los aposentos de la Anciana Dama, salió Baoyu a presentarme sus respetos —comentó la tía Xue—. Tenía buen aspecto, aunque lo encontré algo más delgado. ¿Por qué habláis como si se tratara de algo gravísimo?

—En realidad su mal no es tan grave —respondió Xifeng—, pero la Anciana Dama está preocupada. El señor está a punto de partir. Ocupará un nuevo cargo en la provincia y quién sabe cuántos años tardará en volver. En la cabeza de la Anciana Dama sólo hay dos ideas: una, que su padre emprenda viaje habiendo visto a Baoyu casado; y dos, intentar que un anuncio gozoso purgue al muchacho de esos humores mórbidos que provocan en él influjos maléficos. El medallón de oro de mi prima Baochai podría exorcizar la mala fortuna que persigue a Baoyu, y ayudarlo a recuperar instantáneamente la salud.

La tía Xue deseaba ardientemente aquel enlace, pero temía que la propia Baochai pudiera sentirse humillada.

—Podría ser —respondió finalmente—, pero hemos de pensarlo con más cuidado.

La dama Wang, siguiendo el plan trazado por Xifeng, le dijo:

—Como de momento tu hijo no está en casa, lo mejor es que no entreguéis dote. Envía mañana mismo a Xue Ke; debe decirle a Pan que mientras aquí celebramos los esponsales buscaremos la manera de solucionar de una vez por todas sus problemas con la justicia —y omitiendo el hecho de que Baoyu estaba perdidamente enamorado de Daiyu, terminó diciendo—: Y ya que estás de acuerdo, cuanto antes se celebre el casamiento, antes llegará la hora de nuestra tranquilidad.

En ese momento apareció Yuanyang, enviada por la Anciana Dama en busca de noticias. A pesar de que, en efecto, aquella boda era una humillación para Baochai, la tía Xue no pudo negarse. Consintió, pues, fingiendo buena disposición y entrega al plan. Yuanyang informó de aquella decisión a la Anciana Dama, y ésta, jubilosa, envió a la doncella de regreso para que pidiera a la tía Xue que explicase todo a Baochai con palabras que no la hicieran sentirse injustamente tratada. A la tía Xue le pareció bien. Tras decidir que Xifeng y su esposo actuarían como intermediarios, los demás partieron. Cuando se quedaron solas, las dos hermanas continuaron conversando buena parte de la noche.

Al día siguiente la tía Xue regresó a casa y refirió detalladamente a Baochai todos los arreglos que había aceptado. Sin decir nada, Baochai agachó la cabeza y se puso a llorar quedamente. Su madre intentó consolarla, explicándole detalladamente la situación; y cuando Baochai volvió a su cuarto, Baoqin la acompañó para tratar de distraerla. La tía Xue también habló con Xue Ke, pidiéndole que partiera al día siguiente con dos encargos: averiguar la sentencia que había merecido el caso de Xue Pan y hacerle conocer la noticia de los esponsales de su hermana, tras lo cual debía regresar enseguida.

A los cuatro días regresó Xue Ke.

—Sobre el asunto del primo Pan, el juez ha considerado el caso como homicidio involuntario. El veredicto será sometido al juicio del magistrado provincial en la próxima sesión; la subprefectura nos ha advertido de que para entonces debemos tener listo el dinero para pagar la absolución. En cuanto al matrimonio de su hermana, dice Pan que su decisión fue buena, y que la premura también lo es.

Aquellas noticias reafirmaron a la tía Xue en el convencimiento de que su hijo volvería a casa y el matrimonio de su hija podría celebrarse. Sólo una nube negra se interponía: el evidente poco entusiasmo de Baochai. Sin embargo, pensó: «Esta muchacha siempre ha sido un ejemplo de sumisión y respeto a la etiqueta. Sabiendo, como sabe, que ya he dado mi consentimiento, no pondrá ninguna objeción».

—Busca un pliego de papel dorado —le dijo a Xue Ke—, ordena que caligrafíen en él los Ocho Caracteres[2] de tu prima, y haz que un sirviente lo lleve inmediatamente al señor Lian; y que, al mismo tiempo, pida la fecha para el intercambio de regalos, a fin de que puedas ir haciendo los preparativos con tiempo suficiente. No se le notificará a parientes ni amigos, pues, como has dicho, los amigos de tu primo Pan son una pandilla de indeseables, y nuestros únicos parientes aquí son los Jia y los Wang. Los Jia son la familia del novio y no hay ningún Wang en la capital. Cuando se comprometió la señorita Xiangyun, su familia no nos invitó, así que ahora no estamos obligados a notificárselo. Hay que llamar a Zhang Dehui, que es hombre de edad y experiencia, para que venga a ocuparse de algunos asuntos.

Conforme a estas instrucciones, ese mismo día Xue Ke hizo enviar una tarjeta a la familia Jia. Y al día siguiente apareció Jia Lian. Presentó sus respetos a la tía Xue, y dijo:

—Mañana es un día propicio, así que he venido a proponer que intercambiemos obsequios. Sólo deseo que no sea demasiado exigente con nosotros, tía; y diciendo esto, le entregó con las dos manos una tarjeta de papel rojo que llevaba escrita la fecha de la boda. Cuando ella hubo presentado una educada réplica y dado su consentimiento con un movimiento de cabeza, Lian informó otra vez a Jia Zheng.

—Habla con la Anciana Dama —le ordenó éste—. Ya que no van a ser convocados amigos ni parientes, deberíamos simplificar la ceremonia. En cuanto a los regalos, que se ocupe ella; no hay necesidad de entretenerme con esas cosas.

Asintiendo, Jia Lian partió con su encargo. Por su parte, la dama Wang le dijo a Xifeng que presentase ante la Anciana Dama, para su inspección, todos los regalos, y que Xiren se los mostrase también a Baoyu.

—¿Para qué tanta molestia? —exclamó Baoyu con una risa extraña—. Enviamos obsequios al jardín, y desde allí son enviados aquí nuevamente. ¡Somos nosotros mismos los que enviamos y aceptamos!

Al conocer sus palabras, Sus Señorías comentaron jubilosamente:

—Decimos que actúa como un idiota, ¡pero es de ver la sensatez con la que habla hoy!

Tampoco Yuanyang y las demás doncellas pudieron evitar esbozar una sonrisa mientras mostraban los regalos uno por uno a la Anciana Dama.

—Esto es un collar de oro —dijeron—. Éstos son dijes de oro con incrustaciones de perlas, ochenta objetos en total. Hay también cuarenta piezas de brocado con motivos de serpientes, ciento veinte piezas de seda y satén de colores diversos, y ciento veinte prendas para todas las estaciones. No se han dispuesto ovejas ni vino[3], pero aquí está el equivalente en plata.

Cuando la Anciana Dama hubo aprobado aquellos regalos, ordenó en voz baja a Xifeng:

—Anda y dile a la tía Xue que espere a que hayan liberado a su hijo para que sea él mismo quien se ocupe de preparar el ajuar de su hermana. Insístele en que éste no es un simple mensaje de cortesía. Entretanto, nosotras prepararemos el edredón y el colchón para la feliz ocasión.

Asintió Xifeng, y se retiró. Envió a su esposo Jia Lian con la tía Xue. Luego llamó a Zhou Rui y Lai Wang:

—No hagáis entrar los regalos por la puerta principal, les dijo, sino por esa vieja puerta lateral que hay en el jardín. Yo iré enseguida. Esa puerta está a buena distancia del refugio de Bambú. Si os vieran personas de otras casas, advertidles de que no deben decir nada a nadie.

Los mayordomos partieron a cumplir aquellas órdenes.

Convencido de que se casaría con Daiyu, Baoyu se sentía inmensamente feliz y mejoró notablemente, aunque aún persistía algo del trastorno de sus razonamientos. A su regreso, los mayordomos que llevaron los regalos se cuidaron de mencionar los nombres de los destinatarios, a pesar de que toda la casa, con excepción de Baoyu, sabía de dónde venían.

El mal de Daiyu avanzaba, a pesar de todas las medicinas que ingería. Zijuan y las otras doncellas permanecían a su lado intentando levantarle el ánimo y le decían:

—Señorita, las cosas han llegado a un punto en el que no podemos permanecer calladas. Todas sabemos lo que lleva usted en el corazón, pero no creemos que pueda ocurrir nada contrario a sus deseos. Si no nos cree, piense en el señor Baoyu y en su salud: estando tan enfermo, ¿cómo va a casarse? No haga caso a los tontos rumores que circulan por ahí, señorita, y descanse hasta que se haya repuesto.

Daiyu no dijo nada. Se limitó a esbozar una sonrisa, y luego tosió de nuevo y vomitó más y más sangre. Sus doncellas comprendieron que le quedaba sólo un soplo de vida; se estaba muriendo, y ya nada de lo que pudieran decir bastaría para salvarla. Así, se mantuvieron junto a su lecho, llorando y haciendo llegar informes a la Anciana Dama tres y cuatro veces al día. Pero Yuanyang había advertido que la Anciana Dama estaba ocupadísima con los preparativos del casamiento, y cuando no recibía noticias de Daiyu tampoco las pedía. Lo único que podían hacer las doncellas era llamar al médico para que la reconociera.

Antaño, cuando Daiyu caía enferma, todos, desde la Anciana Dama hasta las doncellas de sus primas, acudían prestamente a interesarse por su salud. Pero ahora no aparecía un solo pariente o lacayo, y nadie preguntaba por ella. Cuando la muchacha entreabría los párpados, en el cuarto sólo estaba Zijuan. Sabía que ya no tenía ninguna razón para seguir viviendo.

—Hermana, tú eres la más cercana a mí —murmuró con esfuerzo a la doncella—. Nadie me conoce mejor que tú, y con los años, desde que la Anciana Dama te asignó a mi servicio, te he considerado como de mi misma sangre… —Pero tuvo que detenerse a recobrar el aliento.

La pena anegaba a Zijuan, y los sollozos le impedían hablar.

—¡Hermana Zijuan! —volvió a jadear Daiyu después de un rato—. Me molesta estar echada. Por favor, ayúdame a levantarme un poco.

—Eso no está bien, señorita. Si se sienta se puede fatigar:

Daiyu cerró los ojos en silencio, pero se esforzó por sentarse; Zijuan y Xueyan tuvieron que ayudarla, sosteniéndola con almohadas a cada lado. Zijuan la sostuvo a su lado. A pesar de su debilidad, resistió la dureza de la cama debajo de ella.

—Mis poemas… —musitó dirigiéndose a Xueyan.

Ésta adivinó que deseaba su cuaderno manuscrito, que había estado hojeando unos días antes. Lo encontró y se lo entregó. Daiyu asintió con la cabeza y luego dirigió la mirada hacia una caja que había en la parte superior de un estante; pero esa vez la doncella no pudo leer sus pensamientos. Los ojos de Daiyu se dilataron por la exasperación, hasta que un nuevo ataque de tos la hizo escupir más sangre. Inmediatamente Xueyan le alcanzó agua para enjuagarle la boca sobre la escupidera, y Zijuan le secó los labios con un pañuelo. Daiyu lo tomó y señaló la caja, volviendo a jadear para recuperar el habla, al tiempo que cerraba los ojos.

—Mejor será que se recueste, señorita —le pidió Zijuan.

Cuando Daiyu sacudió la cabeza, Zijuan comprendió que estaba pidiendo un pañuelo y le dijo a Xueyan que sacara de la caja uno de seda blanca. Pero al verlo, Daiyu lo puso a un lado.

—El que está escrito… —alcanzó a susurrar.

Entonces Zijuan comprendió que quería el viejo pañuelo de Baoyu sobre el que ella había escrito unos versos. Hizo que Xueyan lo sacara y se lo entregó.

—¡Por lo que más quiera, señorita, descanse! —le suplicó—. ¿Por qué se agota de esa manera? Podrá mirarlo cuando se sienta mejor.

Sin mirar siquiera los poemas, haciendo un gran esfuerzo, Daiyu intentó rasgar el pañuelo. Pero sus temblorosos dedos no lo consiguieron. Y aunque Zijuan sabía lo furiosa que ella estaba con Baoyu, no se atrevió a nombrarlo.

—¡No vuelva a fatigarse con la cólera, señorita! —imploró.

Daiyu asintió débilmente, y ordenó a Xueyan prender la mecha de la lámpara, lo cual hizo la doncella en el acto. Daiyu cerró los ojos otra vez y siguió respirando con dificultad.

—Traed el brasero —susurró entonces.

Zijuan pensó que tenía frío y dijo:

—Mejor échese, señorita, y cúbrase con más mantas. El humo del carbón puede hacerle daño.

Como Daiyu sacudió la cabeza negándose, Xueyan tuvo que encender el brasero y colocarlo en el suelo sobre una plataforma. Pero la muchacha, por señas, insistió en que lo quería sobre el kang; la doncella lo acercó allí y corrió a buscar una mesita baja.

Daiyu se inclinó hacia delante, sostenida por ambas manos de Zijuan. Sacó el pañuelo, miró el fuego e hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. Luego echó el pañuelo a las brasas. Aquello molestó a Zijuan, que quiso atraparlo pero no pudo, ya que tenía las dos manos ocupadas en sostener a su señora; Xueyan todavía estaba fuera buscando la mesita. El pañuelo había empezado a arder.

—¡Señorita! —protestó Zijuan—. ¿Por qué hace eso?

Daiyu la ignoró y tomó su libro manuscrito. Lo miró, y luego lo dejó. Temerosa de que también quemara aquello, Zijuan se inclinó inmediatamente hacia ella para sostenerla, liberando así una de sus manos. Pero Daiyu se le adelantó y dejó caer el libro en el fuego, lejos del alcance de la doncella.

Al entrar con la mesita, Xueyan vio a Daiyu lanzando algo al fuego e intentó rescatarlo; pero el inflamable papel ya se había prendido. Sin preocuparse por la posibilidad de quemarse las manos, Xueyan sacó el manuscrito del fuego, lo lanzó al suelo y lo pisoteó. Demasiado tarde, pues quedaba únicamente un montoncillo calcinado.

Daiyu cerró los ojos y se reclinó, casi derribando a Zijuan, quien, con el pulso acelerado pidió a Xueyan que inmediatamente la ayudara a recostarla. Era demasiado tarde para pedir ayuda; pero ¿qué sucedería si no llamaban a nadie y su joven señora moría durante la noche atendida únicamente por ella, Xueyan, Yingge y unas cuantas doncellas más? Permaneció sentada, dominada por la preocupación, hasta el alba, cuando Daiyu pareció mejorar un poco. Pero después del desayuno sufrió una súbita recaída, tosiendo y vomitando otra vez.

Temiendo lo peor, Zijuan dejó a Xueyan y las demás con el encargo de que no descuidasen a Daiyu, mientras ella corría a informar de todo aquello a la Anciana Dama. Pero encontró sus aposentos desiertos y silenciosos. Sólo había allí unas cuantas amas y unas jóvenes doncellas, encargadas de cuidar la casa. Cuando preguntó dónde estaba la Anciana Dama, le dijeron que no sabían. Sorprendida, Zijuan fue al cuarto de Baoyu, y también lo encontró vacío. Las jóvenes doncellas que allí había negaron cualquier conocimiento acerca del paradero de ambos.

A esas alturas Zijuan ya había intuido la verdad. «¡Pero qué cruel es esta gente!» se dijo, recordando que en los últimos días nadie había siquiera preguntado por Daiyu. Cuanto más pensaba en ello, más amargura sentía. Indignada, giró sobre sus talones y partió abruptamente.

«Me gustaría saber qué aspecto tiene hoy Baoyu —rabió—. ¿No se sentirá avergonzado al verme? Aquel año en que le dije una pequeña mentira cayó enfermo, pero hoy no vacila en cometer una tropelía semejante. Eso demuestra que todos los hombres tienen el corazón frío como un témpano, ¡realmente le hace a una rechinar los dientes!»

Daiyu entregando al fuego sus poemas.

Anónimo de la dinastía Qing (edición de 1815).

Caminando inmersa en tales cavilaciones llegó hasta el patio Rojo y Alegre. La puerta estaba cerrada y en el interior todo era silencio. Entonces se le ocurrió: «Si ha de casarse, tendrá una cámara nupcial nueva, pero no sé dónde está».

Y allí estaba inmersa en sus pensamientos cuando pasó Moyu corriendo. Zijuan, con un grito, le ordenó detenerse. El paje se acercó con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Qué te trae por aquí, hermana? —preguntó.

—Oí decir que estaba a punto de celebrarse la boda del señor Bao, así que vine a contemplar sus animados movimientos. Pero al parecer me he equivocado. ¿Cuándo será la boda exactamente?

—Se lo diré en secreto, hermana —susurró—. Pero que no llegue a oídos de Xueyan. Tenemos órdenes de que ni siquiera usted debe enterarse. La boda será esta noche, y no se celebrará aquí, pues Su Señoría hizo que el señor Lian les arreglara nuevos aposentos. ¿Necesita algo?

—No. Márchate ya.

Mientras Moyu partía corriendo, Zijuan quedó perdida en sus reflexiones hasta que se acordó de Daiyu. «¿Seguirá viva?», se preguntó.

—¡Baoyu! —exclamó con los dientes apretados y los ojos bañados en lágrimas—. Si muere mañana te ahorrarás tener que verla. Pero después de haberte salido con la tuya, ¿cómo podrás mirarme a mí a la cara?

Siguió caminando entre lágrimas hacia el refugio de Bambú, y al llegar a la puerta vio a dos jóvenes doncellas que habían venido a buscarla.

Una de ellas, al verla, gritó:

—¡Por allí viene la hermana Zijuan!

Entendiendo que la cosa andaba mal, ésta les hizo señas para que no hiciesen ruido. Llegó rápidamente hasta e| lecho de Daiyu y la encontró con fiebre. Sus mejillas estaban violentamente encendidas. Zijuan comprendió que era mala señal y pidió que viniera la vieja nodriza de Daiyu, Wang, quien echó una mirada y rompió a sollozar y lamentarse.

Zijuan había tenido la esperanza de que el ama Wang, con su experiencia, le infundiera valor; pero su reacción la alteró aún más. Entonces se le ocurrió recurrir a otra persona, y ordenó que la avisaran. ¿Y saben ustedes, dignos lectores, de quién se trataba? De Li Wan. Como viuda que era, quedaba descartada su presencia en la boda de Baoyu[4]; además era la encargada del jardín.

Cuando irrumpió la joven doncella que había ido en su busca, Li Wan estaba corrigiendo un poema escrito por Lan.

—¡Señora! —exclamó—. ¡Dicen que la señorita Lin no tiene salvación! Todos están llorando.

Li Wan quedó horrorizada. Sin detenerse a preguntar nada se incorporó de un salto y salió corriendo, seguida de Suyun y Biyue. Por el camino pensó, con los ojos anegados en lágrimas: «Hemos sido como hermanas. Su figura y su talento son realmente extraordinarios, no hay otra como ella, sólo es comparable a la Dama Blanca o a Chang E[5]. ¡Tan joven y ya se va a convertir en la muchacha de Beimang[6]!… No he querido visitarla desde que Xifeng elaboró su plan para endosarle a Baoyu una novia diferente. He defraudado a mi prima. ¡Qué desgracia!».

Al llegar a la puerta del refugio de Bambú se puso nerviosa al no escuchar ningún sonido. «Quizás haya muerto ya. Por eso habrán concluido los lamentos», pensó mientras entraba a toda prisa. «Me pregunto si estarán listas la ropa, las prendas del lecho mortuorio y la mortaja.»

Al verla, una joven doncella que estaba cerca de la puerta del cuarto interior, anunció:

—¡Está aquí la señora Zhu!

Inmediatamente salió Zijuan a recibir a Li Wan.

—¿Cómo está? —le preguntó en tono apremiante.

Ahogada por los sollozos, Zijuan no pudo pronunciar una sola palabra. Las lágrimas le rodaban por las mejillas como perlas de una sarta rota, y sólo pudo hacer gestos señalando a Daiyu.

El dolor de la doncella sumió aún más a Li Wan en el desconsuelo. No hizo más preguntas y fue a ver ella misma a la muchacha moribunda, que ya había perdido el habla. Pronunció su nombre dos veces, quedamente. Daiyu abrió los ojos con lentitud y pareció reconocerla. Aún mantenía una leve respiración, pero a pesar del parpadeo y del temblor de sus labios no podía ya decir una sola palabra o dejar brotar una lágrima.

Al volverse, Li Wan descubrió que Zijuan había desaparecido, y le preguntó a Xueyan su paradero.

—En el cuarto exterior —fue la respuesta.

Li Wan salió a toda prisa y la vio echada sobre el lecho con el rostro lívido. Un intenso llanto que le brotaba de los ojos cerrados había formado una gran mancha de lágrimas y mucosidades sobre el colchón de seda floreada. Al escuchar la llamada de Li Wan abrió los ojos lentamente y se incorporó.

—¡Muchacha tonta! —la amonestó Li Wan—. Éste no es momento de llorar. Anda y prepara rápido la ropa de la señorita Lin. ¿Qué estás esperando? ¿O acaso vas a exponer a una muchacha soltera a que parta desnuda?

Al oír aquello, Zijuan se echó a sollozar aún más amargamente. También Li Wan lloraba. Secándose los ojos, impaciente, dio a la doncella unas palmaditas en el hombro.

—¡Niña mía, tu llanto me distrae! Prepara sus cosas de una vez, antes de que sea demasiado tarde —le pidió.

Le sorprendió la súbita aparición de Pinger, que había irrumpido en la escena quedándose allí, muda y clavada en el suelo.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó Li Wan en el momento en que se unía a ellas la esposa de Lin Zhixiao.

—Nuestra señora estaba preocupada y me envió a echar un vistazo —dijo—. Pero como está usted aquí, señora, le diré que se tranquilice y sólo se preocupe de los asuntos de allá.

Li Wan asintió con la cabeza.

—También voy a entrar a ver a la señorita Lin —añadió Pinger, que ya, cubierta de lágrimas, se disponía a entrar en el cuarto interior.

—Has venido en el momento preciso —le dijo Li Wan a la esposa de Lin Zhixiao—. Ve rápido y busca algún mayordomo que prepare los funerales de la señorita Lin. Y que venga a decírmelo cuando esté todo listo, no hace falta que informe en otro sitio.

La esposa de Lin Zhixiao hizo un gesto de asentimiento, pero no se movió.

—¿Tienes otros asuntos que atender? —preguntó Li Wan.

—La señora Lian acaba de consultar con la Anciana Dama y quieren que la señorita Zijuan vaya a ayudarlas.

Pero antes de que Li Wan pudiera responder, Zijuan intervino:

—Por favor, señora Lin, no me espere. Ya iré a ayudarlas cuando la señorita Daiyu haya muerto. No deben tener tanta prisa…

Ya continuación, avergonzada por su estallido, continuó más calma:

—Además, como he estado atendiendo a una inválida no estoy limpia. La señorita Lin sigue respirando y de vez en cuando solicita mi presencia.

Li Wan le echó una mano:

—Es cierto. La cercanía entre la señorita Lin y esta muchacha seguramente estaba predestinada. Aunque quien la acompañó desde el sur fue Xueyan, no se preocupa mucho por su joven señora. Pero naturalmente, ninguna debe abandonarla ahora.

A la señora Lin le había chocado la respuesta de Zijuan, pero no pudo replicar a Li Wan. Al ver a Zijuan deshecha en llanto, le sonrió tenuemente.

—Entiendo que la señorita Zijuan hable con ese tono —replicó—, pero ¿qué le voy a decir yo a la Anciana Dama? ¿Y cómo voy a repetirle todo esto a la señora Lian?

Al oír esas palabras, Pinger salió secándose los ojos.

—¿Repetirle qué a la señora Lian? —quiso saber.

La señora Lin explicó la situación y Pinger agachó la cabeza para cavilar sobre el asunto.

—En ese caso que vaya Xueyan en su lugar —sugirió.

—¿Estará a la altura? —preguntó Li Wan.

Pinger se acercó a susurrarle algo al oído, tras lo cual ella movió afirmativamente la cabeza.

—De acuerdo entonces. Podemos enviar a Xueyan sin problemas.

La señora Lin preguntó a Pinger si estaba de acuerdo.

—Sí, es igual —fue la respuesta.

—Entonces, por favor, dígale que me acompañe inmediatamente. Yo informaré a la Anciana Dama y a la señora Lian de que esto fue una idea suya, señora, y también de Pinger. Más tarde podrá darle una explicación a la señora Lian personalmente.

—Muy bien —dijo Li Wan—. ¿Pero cómo es que una persona como tú, con tantos años de experiencia, teme responder por una cosa tan menuda?

—No es eso. —La señora Lin sonrió—. No podemos saber qué planes tienen la Anciana Dama y la señora Lian; además, usted y la señorita Pinger están aquí, señora.

Pinger ya había llamado a Xueyan, que durante todos esos días había sido tratada como una niña que no comprendiera nada, lo que había provocado su frialdad. Pero en ningún caso hubiera soñado siquiera con ignorar un requerimiento de la Anciana Dama y la señora Lian. Enseguida se alisó el pelo y, siguiendo instrucciones de Pinger, se puso un vestido de vivos colores y salió con la señora Lin. Tras una breve discusión con Pinger, Li Wan la envió a decirle a la señora Lin que pidiera a su esposo que llevara sin demora un ataúd.

Pinger partió con el recado. Al doblar la esquina se topó con la señora Lin, que caminaba delante de ella con Xueyan. Las llamó para que se detuvieran.

—Yo la llevaré —dijo—. Usted vaya delante y dígale a su esposo que vaya preparando las cosas de la señorita Lin. Yo misma informaré a mi señora de lo que ocurre.

Asintiendo, la señora Lin partió. Pinger llevó a Xueyan a la cámara nupcial, hizo su informe y se retiró a atender sus propios asuntos.

Viendo aquel lugar, a Xueyan le resultaba imposible no llorar por Daiyu y sentir por ella una gran amargura, pero a la vez no se atrevía a mostrar sus sentimientos delante de la Anciana Dama y de Xifeng. «¿Para qué me querrán? —se preguntó—. Esperaré. Si Baoyu era tan inseparable de nuestra joven señora, ¿por qué ya no nos visita nunca? ¿Está enfermo o sólo finge? Puede estar tratando de embaucarla fingiendo haber perdido su jade y estar loco, para que ella pierda interés por él, y así poder casarse con la señorita Baochai. Voy a echar un vistazo y comprobar si de verdad está loco o no. No creo que en un día como hoy esté fingiendo.»

Se acercó de puntillas a la puerta del cuarto interior y echó una mirada.

Aunque a Baoyu le había trastornado la pérdida de su jade, de su boda con Daiyu le había parecido el acontecimiento más maravilloso ocurrido desde la antigüedad hasta el presente, en el cielo o en el mundo de los hombres, y había restaurado inmediatamente su salud, aunque no le hubiera devuelto su antigua agilidad. De modo que el taimado plan de Xifeng había tenido un éxito completo. Él estaba impaciente por ver a Daiyu y cumplir con la ceremonia nupcial ese mismo día. A pesar de que seguía diciendo incoherencias, júbilo extremo le hacía comportarse de manera muy distinta a como lo había venido haciendo en sus momentos de demencia. Todo lo cual fue percibido por Xueyan con indignación y desconsuelo; sin saber lo que anidaba en el corazón del muchacho, se escabulló.

Baoyu llamó a Xiren para que lo ayudara a vestirse y fue a sentarse a la alcoba de la dama Wang, a mirar cómo se atareaban Xifeng y la señora You a la espera de la hora propicia.

—La prima Lin sólo debe hacer el camino desde el jardín, le dijo a Xiren. ¿Por qué se retrasa tanto?

Reprimiendo una sonrisa, ella le contestó:

—Ha de esperar a que sea la hora fijada.

Entonces escuchó a Xifeng diciéndole a la dama Wang:

—Aunque estamos de luto y no habrá músicos en la puerta, según nuestras reglas de sureños, ha de hacerse un koutou, y eso no se puede hacer en silencio. Por eso he ordenado a aquellas personas que hayan aprendido música o atendido a las actrices que toquen unas tonadillas para alegrar un poco la ceremonia.

—Muy bien, dijo la dama Wang, moviendo afirmativamente la cabeza.

En ese momento hizo su entrada en el patio un palanquín grande. Los músicos de la familia salieron a recibir a la novia mientras doce pares de doncellas entraban, dispuestas en dos filas, portando faroles de palacio; era un espectáculo original y elegante. El maestro de ceremonias invitó a la novia a apearse del palanquín. Baoyu vio a una doncella con una faja roja que la ayudaba a descender. La novia tenía el rostro oculto por un velo, e iba acompañada por una dama de honor, ataviada de rojo. ¿Y quién dirán ustedes que era la doncella que la sostenía al otro lado? ¡Nada menos que Xueyan!

«¿Por qué Xueyan y no Zijuan? —se preguntó Baoyu, y a continuación se dijo—: Claro. Xueyan vino con ella de su hogar en el sur. Zijuan es de nuestra casa; naturalmente, no hay motivo para traerla.» Esas especulaciones lo llenaron de alegría como si estuviera viendo a la propia Daiyu. El maestro de ceremonias anunció el procedimiento. Novio y novia presentaron sus respetos al cielo y a la tierra; luego invitaron a la Anciana Dama e hicieron ante ella cuatro koutou, que repitieron frente a Jia Zheng y la dama Wang. A continuación, una vez terminados los saludos, fueron conducidos a la cámara nupcial, donde se sentaron sobre la cama y abrieron el dosel, tal y como recomiendan las viejas reglas de Jingling.

Jia Zheng en ningún momento había creído que esa boda pudiera devolver la salud a Baoyu, pero tuvo que acatar la decisión de su madre. Aquel día, sin embargo, estaba complacido, pues Baoyu, en efecto, parecía repuesto.

Cuando la novia ya estuvo sentada sobre el tálamo, hubo de retirarse el velo. Para asegurarse, Xifeng había pedido a la Anciana Dama y a la dama Wang que no perdieran de vista al muchacho. Baoyu se acercó, con el aire todavía estúpido, a la novia.

—¿Ya estás mejor, prima Lin? —preguntó—. ¡Hace mucho que no te veo! ¿Por qué mantienes la cara cubierta por ese trapo?

Avanzó para retirarle el velo, lo cual provocó sudor frío a la Anciana Dama. Pero en ese preciso instante Baoyu pensó: «La prima Lin se irrita con facilidad; no debo ofenderla». Entonces se contuvo aún un rato. Cuando ya no pudo más, avanzó y le retiró el velo del rostro. En ese instante se retiró Xueyan y entró Yinger a atender a su joven dama.

Baoyu miró a la novia. No podía dar crédito a sus ojos. ¡Parecía Baochai! Incrédulo, le acercó la lámpara a la cara, y se frotó los ojos. No había duda, ¡era Baochai! Espléndidamente ataviada, suave y en la plenitud de su belleza, el cabello levemente revuelto, parpadeando y conteniendo el aliento, tenía el encanto de un loto cubierto de rocío, la timidez de un durazno humedecido por la llovizna.

Baoyu quedó perplejo, además, al advertir que Xueyan había desaparecido, sustituida por Yinger. Pasmado, pensó que estaba soñando y permaneció inmóvil, como en trance, hasta que le retiraron la lámpara de la mano, obligándolo a tomar asiento. Siguió mirando fijamente, mudo. La Anciana Dama, temerosa de que hubiera vuelto a enloquecer, lo retuvo personalmente en la cama mientras Xifeng y la señora You conducían a Baochai al cuarto interior para que descansara. Ella, claro, permaneció también muda y con la cabeza inclinada.

Pronto Baoyu se calmó lo suficiente como para advertir la presencia de su abuela y de su madre.

—¿Dónde estoy? —le susurró a Xiren—. ¿Estoy soñando?

—Éste es un día feliz —le respondió ella—. No permita que el señor lo oiga decir tales tonterías. Está afuera.

—¿Y quién es esa belleza? —dijo señalando hacia el interior.

Xiren se tapó la boca con la mano para ocultar su risa, que le impedía hablar.

—Ésa es la nueva joven segunda señora —le dijo finalmente.

También el resto de los presentes apartó la mirada para no revelar su sonrisa.

—¡No seas idiota! —gritó Baoyu—. ¿A qué joven segunda señora te estás refiriendo?

—A la señorita Baochai.

—¿Y dónde está entonces la señorita Lin?

—El señor ha decidido que usted se case con la señorita Baochai, ¿por qué pregunta tontamente por la señorita Lin?

—¡Pero acabo de verla! ¡Y también a Xueyan! ¿Cómo puedes decir que no están aquí? ¿A qué jugáis?

Xifeng se adelantó para susurrar:

—La señorita Baochai está sentada en el cuarto interior, así que no digas tonterías. A la Anciana Dama no le gustará que la hagas sentirse mal.

Aquello confundió aún más a Baoyu. Ya estaba trastornado por todo el misterio de aquella noche, y no sabía qué pensar. Ignorándolo todo, se limitó a dar gritos exigiendo la presencia de su prima Lin. La Anciana Dama intentó esforzadamente tranquilizarlo, pero él se negó a escuchar razones; y como Baochai estaba dentro, no pudieron hablarle con claridad. Además, sabían que, ahora que había vuelto a caer en la demencia, eran inútiles las explicaciones. Para tranquilizarlo encendieron incienso calmante y lo obligaron a tenderse. Nadie hizo ruido y, para alivio de la Anciana Dama, tardó poco en quedarse dormido. Ella decidió permanecer a su lado hasta el alba y envió a Xifeng a pedirle a Baochai que descansara también. Entonces Baochai, comportándose como si no hubiera oído nada, se echó totalmente vestida en el aposento interior. En cuanto a Jia Zheng, como había permanecido en el exterior, nada sabía de aquel incidente. De hecho, lo que había visto había servido más bien para infundirle tranquilidad. Como el siguiente día era el favorable para empezar su viaje, también él descansó antes de recibir las felicitaciones de quienes habían venido a despedirlo. Y cuando Baoyu estuvo profundamente dormido, la Anciana Dama volvió a sus aposentos.

A la mañana siguiente Jia Zheng hizo un koutou de despedida en el templo ancestral y volvió a la casa para despedirse de su madre.

—Su indignó hijo está a punto de emprender la partida —dijo—. Mi gran deseo, señora, es que cuide su salud en todas las estaciones. Apenas llegue a mi destino le escribiré para transmitirle mis respetos. Por favor, no se preocupe por mí. El matrimonio de Baoyu se ha llevado a cabo según sus deseos. Le suplico, señora, que le llame la atención de vez en cuando.

Para que no partiera preocupado, ella no le contó nada sobre la recaída de Baoyu.

—Lo único que tengo que decir es que aunque Baoyu se casara anoche, no ha compartido el tálamo con su esposa. Hoy emprendes viaje, y lo correcto sería que el muchacho te acompañase un buen trecho de camino. Pero como la razón de esta boda ha sido curarlo de su mal y sólo hemos conseguido que mejore levemente, y como además ayer fue un día muy agotador para él, me temo que salir pueda producirle un enfriamiento. Así que quisiera saber tu opinión. Si quieres que te despida lo haré llamar de inmediato; si eres solícito con él, haré que se postre ante ti como despedida.

—¿Por qué habría de despedirse de mí? Más que su escolta, me alegrará que de ahora en adelante se dedique a estudiar con ahínco.

Aliviada, la Anciana Dama le dijo que tomara asiento mientras, susurrándole algo a Yuanyang, quiso que le trajera a Baoyu acompañado de Xiren.

Baoyu llegó al instante. Cuando se le dijo que presentara sus respetos, obedeció. Afortunadamente su mente se despejó por un instante al ver a su padre, y no cometió torpezas, asintiendo al escuchar las instrucciones de Jia Zheng. Entonces su padre lo despidió y fue a la alcoba de su esposa a insistir en la necesidad de someter a disciplina a su hijo.

—De ninguna manera debes seguir consintiendo sus caprichos —le advirtió—. El próximo año debe presentarse al concurso provincial.

La dama Wang escuchó su discurso sin mencionar lo que había sucedido e hizo traer a Baochai para que deseara buen viaje a su suegro. Las otras mujeres de la familia lo despidieron en la puerta interior, pero ella, en su condición de flamante esposa, no podía dejar la casa. Jia Zhen y los otros jóvenes escucharon respetuosamente sus admoniciones. Tras beber con él una copa de despedida, los jóvenes de la familia y sus viejos amigos lo acompañaron hasta el quiosco de los Diez Li[7], y allí se despidieron.

Dejaremos a Jia Zheng camino de su nuevo cargo y volveremos con Baoyu. A su vuelta sufrió una súbita recaída, y tan trastornado quedó que ni siquiera pudo ingerir alimentos. Para saber si vivió o murió, estén atentos a la siguiente escena.

CAPÍTULO XCVIII

Desconsolado, el espíritu de Perla Bermeja

regresa al Cielo del Olvido del Dolor.

Trastornado, el cuidador Shenying riega con

sus lágrimas la Tierra de la Pena de Amor[1].

De regreso a su cuarto después de haber presentado los respetos a su padre, Baoyu sintió oscurecerse aún más su cerebro. Mareado, confuso, presa del desaliento, sin haber comido nada, cayó en un profundo sopor. Se volvió a convocar a los médicos, pero sus tratamientos resultaron ineficaces. El muchacho ni siquiera era capaz de reconocer a quienes estaban a su alrededor, a pesar de que su aspecto era bastante normal, cuando sus doncellas, sosteniéndolo por las axilas, conseguían sentarlo. En ese estado se mantuvo durante varios días. Y llegó el noveno pasado el de la boda, cuando los recién casados deben hacer una visita ritual a la familia de la novia[2]. Si no acudían podría ocurrir que la tía Xue se sintiese ofendida; y, por otra parte, ¿cómo iban a ir con Baoyu abatido por la melancolía? Comprendiendo claramente que la recaída de su nieto era por Daiyu, la Anciana Dama no se atrevió a decirle la verdad por temor a provocar un incidente que acarreara el empeoramiento del muchacho. Por otra parte, tampoco le parecía conveniente hablar con Baochai. La intervención de la tía Xue era absolutamente imprescindible. Ahora bien, al no recibir la visita ritual, ¿no se sentiría ofendida e irritada? Ante tanta duda, la anciana consultó con la dama Wang y con Xifeng.

—Baoyu parece haber perdido la cabeza, pero no creo que salir de su cuarto le haga mal. Ordenemos que dispongan dos palanquines pequeños, de los de cuatro porteadores, uno para él y otro para su esposa, y que ambos sean conducidos a los aposentos de la tía Xue a través del jardín, para cumplir la ceremonia del feliz Día Noveno. Así, más tarde podremos invitar a la tía Xue a venir para que nos ayude a reconfortar a su hija, y nosotras podremos dedicarnos exclusivamente a curar a Baoyu. Sería lo mejor para todos.

Asintió la dama Wang, e hizo inmediatamente los preparativos necesarios. Afortunadamente, ni Baochai, sujeta a las conveniencias de su nuevo rango, ni Baoyu, que actuaba como un idiota, pusieron el menor reparo a los manejos de las doncellas. Baochai sabía muy bien lo que estaba ocurriendo, y en el fondo de su corazón culpaba a su madre de aquella desatinada boda, pero ya era demasiado tarde para protestar. La mala conciencia atenazó a la tía Xue al ver el estado en que se encontraba Baoyu, pero se vio obligada a cumplir el protocolo con el deseo oculto de que aquello acabara cuanto antes.

La postración de Baoyu creció a su regreso. A la mañana siguiente era incapaz de levantarse del lecho, e incluso de mantenerse sentado; día a día se iba consumiendo, y llegó un momento en que ya ni siquiera pudo beber nada. Presas del pánico, la tía Xue y las demás buscaron buenos médicos por todas partes, pero ninguno fue capaz de hacer un diagnóstico del mal que lo aquejaba. Entonces apareció Bi Zhian[3], un médico pobre que vivía miserablemente alojado en un ruinoso templo de las afueras. Declaró que se estaba en presencia de «afecciones internas agravadas por reacciones externas»: un choque violento de alegría y tristeza, desequilibrio entre el calor y el frío, apetito extemporáneo, irritación acumulada en el corazón, y bloqueo de la energía original. Elaboró la receta apropiada, y aquella misma noche hicieron que Baoyu tomara la primera dosis. Pasada la segunda vigilia, apareció el muchacho pidiendo un trago de agua. Sus Señorías, aliviadas, invitaron a la tía Xue y a Baochai a tomar un respiro en el cuarto de la Anciana Dama.

Momentáneamente recobrada la lucidez, Baoyu se percató de lo difícil que sería recobrar su salud. Cuando hubieron salido las otras mujeres, aprovechó para llamar a Xiren a su lado.

—Dime —sollozó tomándola de la mano—, ¿cómo es posible que la prima Baochai esté aquí? Fue a la prima Daiyu, lo recuerdo muy bien, a quien mi venerable padre me dio como esposa. ¿Por qué mi prima Baochai la ha echado? ¿Por qué ha usurpado su puesto? Quisiera protestar, pero temo ofenderla. ¿No os dais cuenta de que la prima Lin se estará ahogando en llanto?

—La señorita Lin está enferma —le confirmó la doncella, sin atreverse a decirle la verdad.

—¡Voy a verla ahora mismo!

Y, diciendo eso, trató de incorporarse. ¿Pero cómo iba a poder, después de tantos días privado de comida y sin beber nada?

—¡Me estoy muriendo! —exclamó llorando—. Pero aún tengo algo que decirle a la Anciana Dama; quiero que le transmitas mis palabras. La prima Lin morirá pronto, y a mí nada me puede curar. Estamos los dos mortalmente enfermos, y separados. Si morimos alejados el uno del otro, eso causará aún más desgracias; más vale que prepare una estancia vacía y nos lleven a los dos, así podrán cuidamos más fácilmente mientras estemos vivos, y al morir podrán enterrarnos juntos. ¡Hazlo por nuestra amistad durante todos estos años!

Aquello afectó tanto a Xiren que empezó a llorar convulsivamente. Baochai, que en ese momento regresaba con Yinger, también pudo oír lo que decía.

—No vuelvas a repetir esas cosas de mal agüero —exclamó—, y procura descansar y reponerte. Ahora que la Anciana Dama está un poco más tranquila, tú empiezas otra vez a causar dificultades. Siempre has sido su preferido. Ella tiene ahora más de ochenta años y seguro que ya no espera que tú alcances honores que a ella puedan compensarle sus desvelos por ti. Con que te hagas un hombre ya la harás feliz, y sus muchas preocupaciones por ti no se habrán desperdiciado. En cuanto a tu madre, no necesito decir que ha dado su sangre para criarte. ¿Qué será de ella si mueres tan joven? Y, a pesar de mi mala fortuna, yo tampoco creo merecer esto. ¡Aunque sólo sea por nosotras tres, aunque desees morir, que el cielo no te lo permita! Descansa tranquilo cuatro o cinco días hasta que te haya abandonado ese diabólico mal y puedas recuperar tus fuerzas; entonces toda esta locura desaparecerá sola.

Aquellas palabras dejaron en silencio a Baoyu unos minutos. Luego, soltó una risita:

—Hace tanto que dejaste de hablarme… ¿es a mí a quien va dirigido ahora ese discurso sobre los buenos principios?

—Te diré la verdad —continuó ella—. Durante esos días en los que tú perdiste el conocimiento, murió la prima Daiyu.

Incorporándose bruscamente, el muchacho exclamó:

—¿De verdad ha muerto?

—Es verdad. ¿Cómo podría arrojar sobre ella la palabra «muerte» si no hubiera ocurrido ya? Sabiendo lo mucho que la has querido, tu madre y la Anciana Dama no quisieron decírtelo por temor a que tú también murieses.

Baoyu se echó a llorar, desconsolado. Entre gritos de lamentos se dejó caer sobre las almohadas. De pronto un velo negro cayó sobre sus ojos. La oscuridad le impidió discernir dónde se hallaba. Ya le parecía estar completamente perdido cuando divisó una figura que se acercaba a él.

—Perdóneme, ¿podría orientarme? ¿Qué lugar es éste? —preguntó.

—Éste es el camino que conduce a la fuente del mundo de las sombras —fue la respuesta—. ¿Pero qué haces tú aquí, si tu vida no ha concluido aún?

—Acabo de saber que ha muerto una gran amiga. Buscándola me he extraviado.

—¿Y de quién se trata?

—De la señorita Lin Daiyu, de Suzhou.

—Esa señorita Lin Daiyu, de Suzhou, no fue en vida una común mortal; por tanto, en la muerte no es un espíritu cualquiera —refirió la aparición con una risa desdeñosa—. Ella no estaba dotada de las tres almas etéreas ni de las siete viscerales, ¿dónde vas a encontrarla, si los espíritus de los hombres sólo toman forma cuando están concentrados, en vida, y al dispersarse, muertos, se tornan aire? Si ni siquiera los comunes mortales pueden ser vistos después de muertos, ¿cómo pretendes ver a Lin Daiyu? Mejor será que regreses inmediatamente.

Perplejo, Baoyu preguntó:

—Si dice que el espíritu se disipa después de la muerte, ¿por qué existe entonces un mundo de sombras?

—Este mundo sólo existe para quienes dicen que existe; para quien dice que no existe, no existe. Como la gente vulgar está sumida en charlas sobre la vida y la muerte, relata historias admonitorias acerca de la ira que el cielo aplica a los estúpidos, a aquellos que no están contentos con su suerte o que insensatamente abrevian sus vidas entregándose a la lujuria y otros desórdenes, consumiéndose en vano, el infierno ha sido puesto por el cielo como una prisión donde esos fantasmas sufrirán interminables tormentos para expiar las faltas que cometieron en vida. Al buscar a Daiyu estás coqueteando injustificadamente con la muerte. Y más aún, porque ella ya ha vuelto a la Tierra de la Ilusión del Gran Vacío. Si quieres encontrarla tendrás que cultivar virtudes de todo corazón. Sólo así tendrás oportunidad de volver a verla. Si te burlas de tu suerte y pones fin a tu vida, tal vez vuelvas a ver a tus padres, ¡pero nunca más a Daiyu! —Dicho lo cual se sacó una piedra de la manga y la lanzó fuertemente contra el corazón de Baoyu.

Aterrado por aquella amenaza y dolorido por el golpe en el corazón, Baoyu deseó volver a su casa. Pero no conocía el camino. Estaba desorientado, dudando sobre qué camino tomar, cuando de pronto oyó que alguien pronunciaba su nombre. Al volver la cabeza vio que la Anciana Dama, la dama Wang, Baochai y Xiren se habían reunido y lo llamaban entre sollozos inclinadas sobre su lecho, donde él, de pronto, sintió de nuevo el peso de su cuerpo yacente. La lámpara roja de su escritorio y la luna brillando a través de la ventana le hicieron ver que aún seguía en este próspero mundo, acurrucado en el regazo de la abundancia. Al tranquilizarse comprendió que había tenido un sueño. Aunque estaba empapado en sudor frío, se sintió mucho más tranquilo y lúcido. Al pensar en los acontecimientos que le habían afectado hasta aquel punto, y deducir que realmente no había solución, suspiró profundamente.

Baochai sabía desde el comienzo que Daiyu había muerto, pero la Anciana Dama había prohibido terminantemente que se hiciera cualquier mención delante de Baoyu, por temor a que se agravara su estado. Sabía que esa crisis era producida por la añoranza de Daiyu, frente a la cual la pérdida del jade resultaba secundaria. Aprovechó la oportunidad para decírselo, con la intención de acabar con su tormento y devolverle el juicio. La Anciana Dama y la dama Wang, ignorantes de qué la había impulsado a hacerlo, le reprocharon ser tan impetuosa; pero cuando Baoyu volvió en sí sintieron gran alivio e inmediatamente llamaron al doctor Bi, que estaba en el estudio exterior, para que lo reconociese.

—¡Qué extraño! —comentó el médico—. Tiene el pulso regular, el espíritu tranquilo, y ha desaparecido la melancolía. Mañana le daremos un tónico y podremos esperar su curación. —Y dicho eso, se retiró. Los demás hicieron lo propio, ya más serenos.

También Xiren estaba indignada por la indiscreción de Baochai, aunque no era quién para quejarse. Sólo Yinger, ya en confianza, reprochó su acción a Baochai.

—No comprendes —dijo Baochai—. Pase lo que pase, seré yo quien asuma la responsabilidad.

Y, sin prestar atención a los chismes malignos que corrían por doquier, observó cuidadosamente la evolución del mal de amor que castigaba a Baoyu, actuando discretamente sobre su espíritu, como las agujas de acupuntura actúan sobre un organismo enfermo. Poco a poco, el muchacho fue recuperando la lucidez, y sólo recaía en la insensatez al recordar a Daiyu. Era Xiren quien más a menudo le hacía reflexionar.

—El señor eligió a Baochai para usted, pues ella es muy afable y bondadosa —le decía pacientemente—. Consideró que la señorita Lin era una excéntrica y temía que no le quedara mucho tiempo de vida. La Anciana Dama temió que usted perdiera toda noción sobre el bien y el mal al darse cuenta del cambio de planes; por eso ordenó a Xueyan que acompañara a la novia el día de su boda. Así atenuaría el choque que habría de suponer para usted.

Pero Baoyu seguía teniendo el corazón lleno de amargura y a menudo lloraba y sentía deseos de acabar con su vida. Sin embargo, el recuerdo de la conversación mantenida con el personaje de su sueño y el deseo de no hacer sufrir a su abuela ni a su madre frenaban ese impulso. Le consolaba la idea de que, aunque Daiyu hubiera muerto, Baochai era una muchacha excepcional, y que algo de cierto podía haber en la profecía del «enlace del oro con el jade». Así pues, como no parecía que el muchacho estuviera dispuesto a hacer un gesto drástico, Baochai tuvo la serenidad suficiente para atender solícita a Sus Señorías, y dedicar el resto del tiempo a entretener a Baoyu. A pesar de que la debilidad de éste le impedía estar sentado demasiado tiempo, la visión de Baochai sentada a un lado de su cama resucitó sus inclinaciones amorosas. Ella lo reconvenía con gravedad:

—Eso puede esperar. Ya somos esposo y esposa, pero ahora lo principal es que recobres la salud.

Él se veía obligado a obedecerla, cosa que hacía a regañadientes, ya que durante el día se turnaban acompañándolo su abuela, su madre y la tía Xue, y de noche Baochai se escabullía a dormir en otro sitio, dejándolo en manos de amas enviadas por la Anciana Dama. De modo que tuvo una convalecencia tranquila. Más aún, la amabilidad de Baochai hizo que gradualmente transfiriera a ella algo del amor que había sentido por Daiyu. Pero nos estamos anticipando.

El día del casamiento de Baoyu, Daiyu yacía en coma, con un aliento tan tenue cómo un hilo, mientras Li Wan y Zijuan lloraban como si fuera a partírseles el corazón. Aquella noche recobró la conciencia y entreabrió débilmente los párpados. Parecía querer algo de beber. Como Xueyan había salido dejando únicamente a Li Wan y Zijuan, esta última le trajo un tazón de jugo de pera y jarabe de longyan seco, y le dio dos o tres sorbos con una cucharilla de plata, tras lo cual Daiyu volvió a cerrar los ojos tranquila, sintiendo en el corazón un instante de luz y otro de oscuridad. Li Wan supo que aquél era el último reflejo de una luz a punto de extinguirse, mas como pensó que el final aún tardaría en llegar unas horas, regresó a la aldea de la Fragancia del Arroz a atender unos asuntos.

Mientras tanto, Daiyu abrió los ojos y sólo vio a Zijuan, a su vieja nodriza y a unas cuantas doncellas jóvenes. Tomando la mano de Zijuan, le habló con esfuerzo.

—¡Estoy perdida! Tú me has servido durante años y yo tuve la esperanza de que siempre pudiéramos estar juntas. Pero ahora… —Se detuvo a cobrar aliento, y cerró los ojos exhausta.

Zijuan, cuya mano seguía apretada por su señora, no se atrevió a moverse. El aspecto de Daiyu, que había mejorado, despertaba esperanzas de que pudiera recuperarse. Sus palabras de ahora helaron el corazón de la muchacha.

—¡Hermana! —continuó Daiyu—. No hay nadie aquí a quien esté ligada por lazos directos de sangre. Nadie tiene la obligación de quererme. Mi cuerpo es puro… ¡Haz que cuando muera me envíen de vuelta a mi tierra!

Dicho lo cual, volvió a cerrar los ojos, apretó crispadamente la mano de Zijuan y se puso a jadear en silencio espirando más aire del que tomaba, en el límite ya del ahogo. Enloquecida ante lo que veía, Zijuan mandó llamar urgentemente a Li Wan; en eso, por fortuna, apareció Tanchun.

—¡Señorita, mire a la señorita Lin! —le susurró Zijuan, llorando a mares.

Tanchun se acercó a la moribunda y le cogió una mano que sintió helada. Miró sus ojos; no había luz en ellos. Mezclando sus lágrimas, señora y doncella buscaron agua caliente para lavar a la que agonizaba, a la que pronto sería cadáver… En ese momento entró Li Wan corriendo. Ya no hablaban. Estaban lavando a Daiyu, cuando súbitamente ésta lanzó un grito aterrador:

—¡Baoyu, Baoyu! Cómo puedes ser tan…

Fueron sus últimas palabras. Todos los poros de su cuerpo se llenaron de sudor frío. Zijuan y las demás, que la sostenían mientras sudaba, sintieron como paulatinamente su cuerpo se tornaba gélido. Tanchun y Li Wan ordenaron a sus doncellas que le arreglasen el cabello y le pusieran su atavío fúnebre. En ese preciso momento, ay, sus ojos se pusieron en blanco.

Su alma fragante se dispersó con el viento.

Sus penas penetraron los sueños en mitad de la noche.

A la misma hora en que Baoyu y Baochai cumplían el rito matrimonial, Daiyu exhaló su último suspiro. Zijuan y las otras doncellas lloraron amargamente, mientras Li Wan y Tanchun recordaron su amabilidad, lamentando su suerte y sollozando también desconsoladas. Como el refugio de Bambú estaba muy apartado de la cámara nupcial, los lamentos no llegaron hasta allí. Lo que sí llegó allí, en cambio, fue un murmullo de música distante que se desvaneció apenas fue captado por los oídos de Li Wan y Tanchun. Cuando salieron al patio a escuchar, sólo vieron los bambúes sacudidos por el viento y la luz de la luna oscilando sobre el muro. ¡Cuánta soledad y desconsuelo!

Mandaron llamar a la esposa de Lin Zhixiao, tendieron a Daiyu en su lecho mortuorio y asignaron a unas doncellas el cuidado del cadáver. Nada dijeron a Xifeng hasta la mañana siguiente.

Aquella mañana Sus Señorías estuvieron tan ocupadas, con la partida de Jia Zheng y la creciente demencia de Baoyu, que Xifeng optó por no informar de la muerte de Daiyu, temiendo que una nueva ráfaga de dolor las abatiera. Optó también por ir ella misma al jardín. Al llegar al refugio de Bambú no pudo reprimir las lágrimas. Li Wan y Tanchun la informaron de que ya habían sido adoptadas todas las medidas para los funerales.

—Bien. Muy bien —dijo ella—. ¿Pero por qué no me lo dijisteis antes en vez de dejar que siguiera atormentándome?

—¿Cómo íbamos a hacerlo mientras se despedía al señor? —contestó Tanchun.

—Al menos vosotras dos pudisteis compadeceros de ella. Ahora yo tengo que volver allí, a encargarme de ese otro infortunado. ¡Pero no sé qué hacer! No informar hoy mismo de esta desgracia estaría mal; pero temo que la noticia pueda resultar insoportable para la Anciana Dama.

—Haz lo que estimes conveniente —dijo Li Wan—. Si las circunstancias lo permiten, deberías informar de lo que ha ocurrido aquí.

Xifeng asintió con un gesto de cabeza y se encaminó precipitadamente a la estancia de Baoyu. Al llegar oyó decir que el médico había considerado que estaba fuera de peligro, y Sus Señorías tenían el corazón tranquilo. Así que dio la noticia de la muerte de Daiyu, cuidándose de que Baoyu no lo supiera. La Anciana Dama y la dama Wang quedaron consternadas.

—Yo he sido la causante de esta desgracia —sollozó entonces la Anciana Dama—, ¡pero la muchacha era realmente tonta!

Su dilema fue que deseaba ir al jardín a plañir ritualmente ante el cadáver de Daiyu, pero por otra parte no quería dejar a Baoyu. Atajando su propio dolor, la dama Wang la convenció para que permaneciese allí, en beneficio de su propia salud, y la Anciana Dama aceptó qué su nuera acudiera en su lugar.

—Esto es lo que has de decirle de mi parte a su alma sombría: «No es por dureza de corazón por lo que no vengo a despedirte, sino porque aquí hay alguien más cercano a quien debo atender. Como hija de mi hija, me eras muy querida; pero Baoyu me es aún más cercano. Si cualquier cosa le sucediese a él, ¿cómo iba a mirar a la cara a su padre?» —Y continuó su llanto.

—Usted fue muy buena con ella, señora —dijo la dama Wang para consolarla—. Pero el tiempo de vida de cada uno está fijado, y ahora que ha muerto no nos queda sino organizar para ella unas exequias de primera. Ése será el testimonio de todo el amor que sentíamos por ella en vida, y su espíritu y el de su madre podrán descansar en paz.

Palabras que hicieron llorar aún más amargamente a la Anciana Dama. Temiendo los efectos que aquel llanto incontenible pudiera tener en una persona de edad tan avanzada, y dado que Baoyu seguía trastornado, Xifeng ordenó en secreto a una vieja nodriza que apareciese con un recado falso:

—Señora, Baoyu pregunta por usted.

—¿Ha sucedido algo? —preguntó la anciana, dejando de llorar en el acto.

—No, nada —terció Xifeng con una sonrisa—. Imagino que simplemente desea verla.

La Anciana Dama salió inmediatamente, apoyada en el brazo de Zhenzhu y seguida por Xifeng. A medio camino se encontraron con la dama Wang, cuyo informe de su visita al refugio de Bambú, causó renovada consternación a la Anciana Dama, que decidió tragarse las lágrimas que pugnaban por brotar de sus ojos, puesto que iba a visitar a Baoyu.

—Ya han sido hechos todos los preparativos y no iré por el momento —dijo—. Haced lo que creáis conveniente. Verla me partiría el corazón, pero encargaos de que su espíritu no se sienta humillado.

Cuando la dama Wang y Xifeng hubieron asentido, emprendió el camino hacia el cuarto de Baoyu. Al llegar, preguntó al muchacho la razón de su llamada.

—Anoche vi a la prima Lin —contestó él con una sonrisa—. Quiere volver al sur. Estoy seguro de que usted es la única que puede conseguir que se quede a mi lado, señora.

—Muy bien, no te preocupes —respondió ella.

Entonces Xiren hizo que Baoyu se reclinase de nuevo.

Después de dejarlo, la Anciana Dama entró a ver a Baochai, quien, al no haber pasado aún nueve días desde el de la boda, se seguía mostrando recatada ante la gente. Advirtió que la Anciana Dama traía en el rostro señales de haber llorado. Tras servirle el té se le dijo que tomara asiento, y ella se sentó respetuosamente en el borde de una silla.

—He oído decir que la prima Lin está un poco enferma —comentó—. ¿Ha mejorado algo?

En ese momento, la Anciana Dama rompió a llorar. Entre sollozos, respondió:

—Yo te lo contaré, muchacha, pero Baoyu no debe saberlo. Fue tu prima Lin la causante de todo el injusto trato que has sufrido. Ahora que ya estás casada puedo decirte la verdad: tu prima Lin murió hace un par de días, al mismo tiempo que tú contraías matrimonio. Ella es la causa de la enfermedad de Baoyu. Tú has vivido con ellos en el jardín, así que sabrás de qué estoy hablando.

Baochai se turbó, y la noticia de la muerte de Daiyu le hizo derramar lágrimas. Después de charlar con ella un rato más, la Anciana Dama se retiró. Baochai se puso a evaluar una y otra vez los detalles de cierto plan; pero como no quiso actuar apresuradamente esperó hasta después de su visita a la casa de su madre, pasados nueve días de la boda. Sólo entonces dio la noticia a Baoyu. Puesto que ahora se estaba recuperando, ya no era preciso ocultarle las cosas como antes.

Baoyu mejoraba día a día. Aún no había superado su ingenuo sentimiento e insistía en llorar ante el cadáver de Daiyu. Sabiendo que su mal permanecía, su abuela le impidió ceder a capricho tan insensato, lo que no hizo más que aumentar su desconsuelo y producir una recaída. Pero ya lo había advertido el médico: su mal era la melancolía, y aconsejó que se le permitiera desahogar sus sentimientos, pues eso potenciaría la eficacia de los remedios. El caso es que, al escuchar la noticia, Baoyu exigió inmediatamente ser conducido al refugio de Bambú. Tuvieron que hacer traer una silleta de bambú y ayudarlo a subirse en ella, tras lo cual partieron, con la Anciana Dama y la dama Wang abriendo la marcha.

La visión del féretro en el refugio de Bambú desató en la Anciana Dama un llanto que sólo amainó cuando le faltaron lágrimas y aliento. Xifeng y las demás intentaron por todos los medios calmar su dolor. Entretanto también había llorado la dama Wang. Y todas volvieron a derramar lágrimas después de que Li Wan las invitase a descansar en el cuarto interior.

Al llegar allí Baoyu se puso a pensar en sus visitas al lugar antes de caer enfermo. Quedaba el refugio, pero su joven señora había partido. Se entregó, entonces, a una tormenta de lamentos. ¡Qué próximos habían estado, y hoy los separaba la muerte! Sintió que se le partía el corazón. Alarmadas por su angustia, todas trataron de consolarlo, pero él ya estaba casi desmayado. Lo ayudaron a salir para que se tranquilizara. Baochai y el resto de las presentes también vivieron un amargo duelo.

Baoyu insistió en ver a Zijuan para preguntarle cuáles habían sido las últimas palabras de Daiyu. La doncella sentía un profundo rencor, pero el dolor del muchacho le ablandó el corazón, y además no se atrevió a culparlo delante de Sus Señorías. Entonces hizo una relación detallada de cómo su joven señora había caído enferma, y cómo había quemado el pañuelo y sus poemas, y cuáles habían sido sus últimas palabras. Baoyu volvió a llorar lamentándose a gritos hasta enronquecer y perder el aliento, y Tanchun aprovechó la oportunidad para repetir la petición final de Daiyu: que llevaran su ataúd de vuelta al sur, lo cual arrancó nuevas lágrimas a Sus Señorías. Fue Xifeng, con su elocuencia, quien logró consolarlas algo y convencerlas para que volviesen. Cuando Baoyu se negó, la abuela tuvo que imponerse.

Como era una mujer de edad, que había pasado con ansiedad los días y las noches desde el inicio de la enfermedad de Baoyu, ese nuevo ataque de dolor la dejó mareada y febril. A pesar de seguir preocupada por su nieto tuvo que retirarse a sus aposentos a descansar. También la dama Wang volvió con su angustia acrecentada, dejando tras de sí a Caiyun para que ayudase a Xiren, con las siguientes instrucciones:

—Si vuelve a recaer Baoyu, avísanos inmediatamente.

Sabía que su dolor debía seguir su curso, así que, en lugar de intentar consolarlo, Baochai hizo algunos comentarios hirientes; y mientras él se tragaba sus lágrimas para que la muchacha no estuviese celosa, la noche pasó sin mayores percances.

A la mañana siguiente, cuando llegaron a ver cómo estaba, lo encontraron debilitado pero más distraído. Lo atendieron con devoción hasta que mejoró. Por fortuna la Anciana Dama no había enfermado, y sólo la dama Wang estaba sufriendo del corazón. Cuando llegó la tía Xue, encontró para su felicidad a un yerno repuesto, y se quedó para acompañar un rato a la joven pareja.

Poco después la Anciana Dama llamó a la tía Xue para una consulta.

—Te debemos la vida de Baoyu —dijo—. Ahora ya parece estar fuera de peligro, pero nosotras hemos maltratado a tu hija. Ya que él ha cumplido los cien días de convalecencia que le fueron prescritos, y ha recuperado su salud, y ya que hemos pasado también el luto por su Alteza Imperial, es hora de que consumen su matrimonio. Por favor, toma la decisión y señala un día propicio.

—Excelente idea, señora. Pero ¿por qué preguntarme a mí? —respondió la tía Xue—. Baochai puede parecer estúpida, pero es muy sensata. Usted sabe bien cómo es ella, sé-ñora. Espero que la joven pareja viva armoniosamente para evitarle preocupaciones, y entonces también mi hermana y yo podremos vivir tranquilas. Usted fije una fecha… ¿Hay necesidad de notificárselo a los parientes?

—Para Baoyu y tu hija es el más grande acontecimiento de sus vidas. Además, piensa en todas las dificultades que ha sido necesario resolver antes de que todo resultara bien. Debemos celebrarlo durante unos cuantos días e invitar a nuestros parientes y amigos. Por una parte daremos gracias por el restablecimiento de Baoyu; por otra, beber juntos en tan feliz ocasión nos compensará de todas nuestras preocupaciones.

Naturalmente a la tía Xue le agradó mucho la propuesta. Pasó a describir la dote que tenía pensado entregar a Baochai.

—No me parece necesario, ya que éramos parientes antes del casamiento —dijo la Anciana Dama—. Sus aposentos ya están completamente amueblados; pero si hay alguna cosa que le guste especialmente a Baochai, puedes traerla. La muchacha nunca me ha parecido tan caprichosa como Daiyu; eso fue lo que la hizo morir tan joven. —Y ambas dejaron correr unas lágrimas.

En eso entró Xifeng y preguntó con una sonrisa:

—¿Qué están discutiendo Sus Señorías?

—Hablábamos de tu prima Lin —le dijo la tía Xue—. Y eso nos ha puesto tristes.

—Pues no se pongan así —les pidió Xifeng—. Acabo de ver algo que quiero contarles.

La Anciana Dama se enjugó las lágrimas y dijo sonriendo:

—Me pregunto de quién te estás burlando esta vez. Anda, cuéntanos. ¡Pero ay de ti si no nos haces reír!

Aun antes de haber empezado a hablar, Xifeng se puso a gesticular con ambas manos y a doblarse de risa. Si desean saber qué les contó, escuchen el capítulo siguiente.

CAPÍTULO XCIX

Un funcionario de recto proceder confía

en subalternos venales.

Una ojeada a la Gaceta de la Corte

llena de inquietud al tío de Xue Pan.

Para distraer a la Anciana Dama y a la tía Xue, que no dejaban de lamentarse por la muerte de Daiyu, Xifeng quiso relatar un caso gracioso.

—¿A que no adivinan quiénes son los protagonistas de esto que les voy a contar? —preguntó, riendo ella sola antes de iniciar el relato—. ¡Nada menos que nuestra flamante pareja de esposos!

—¿Y qué es eso tan gracioso que les ha ocurrido? —preguntó interesada la Anciana Dama.

—Pues resulta que estaba la una sentada así, y él otro de pie, en esta postura —empezó Xifeng, imitando los ademanes de Baoyu y Baochai—. Entonces ella se volvió así, y el otro se giró asá, y entonces…

—¡Pero cuéntalo ya de una vez! —exclamó la Anciana Dama con una carcajada—. Todavía no has dicho un solo nombre y ya nos duele el costado de reírnos.

—Dinos lo que pasó, pero deja ya de representar la escena —insistió la tía Xue riendo a su vez.

Y Xifeng se embarcó en el relato:

—Hace un momento, al pasar por los aposentos del primo Bao, escuché risas. Me pregunté quién podría ser y eché un vistazo por la ventana. La prima Baochai estaba sentada al borde del kang y el primo Bao estaba de pie delante de ella. Él le tiraba de la manga suplicándole: «¡Prima! ¿por qué no me hablas? Una sola palabra tuya me devolvería la salud. ¡Te juro que digo la verdad!». Pero Baochai volvió la cabeza, negándose a mirarlo a los ojos. Baoyu se inclinó ante ella y le dio otro tirón de la manga. Cuando Baochai retiró el brazo con un gesto brusco, él, débil como está, perdió el equilibrio y cayó sobre su esposa, que se puso colorada como un tomate y le riñó: «¡Cada vez tienes menos dignidad!».

La Anciana Dama y la tía Xue se reían a carcajadas. Xifeng prosiguió:

—Entonces Baoyu se incorporó y dijo con una sonrisa: «¡Qué suerte he tenido al caerme! Por fin he conseguido que me hables».

—¡Qué rara es Baochai! —comentó la tía Xue—. ¿Qué tiene de malo que se diviertan un poco, ahora que están casados? ¿Acaso no te ha visto a ti con Lian?

—¡Pero qué cosas dice! —rió Xifeng—. Yo le cuento esto para distraerla de su tristeza, y usted recompensa mi devoción riéndose de mí.

—Por supuesto que entre los esposos existe ese tipo de afecto —intervino alegremente la Anciana Dama—, pero no debe traspasar ciertos límites. Admiro el sentido de la dignidad que tiene Baochai, y lo único que me preocupa es que Baoyu no recupere la salud y siga siendo un bobo toda su vida. Aunque, por lo que dices, parece que tiene la mente mucho más despejada. Anda, cuéntanos más cosas.

—¿Como por ejemplo que pronto Baoyu habrá consumado el matrimonio, y entonces la tía Xue tendrá un nieto a quien mimar? ¿No sería eso aún más gracioso?

—¡Mona, que eres una mona! —la Anciana Dama reía sin freno—. Está bien que nos traigas un poco de alegría cuando estamos llorando por tu prima Lin, pero te estás pasando de la raya. ¿Acaso quieres que la olvidemos? No te pavonees tanto y no olvides qué ella te odiaba, así que no se te ocurra ir sola al jardín, no sea qué te salte encima y tome cumplida venganza.

—No es verdad que me quisiera mal —repuso Xifeng—. Fue Baoyu quien le hizo rechinar los dientes de rabia antes de morir.

No prestaron atención las damas a este último comentario de Xifeng, pues pensaron que continuaba bromeando. La Anciana Dama dijo:

—Déjate ya de tonterías y ocúpate de que alguien versado elija el día favorable para que Baoyu consume su matrimonio.

Asintió Xifeng y, tras charlar un poco más, salió a cumplir el encargo. Entonces se despacharon invitaciones para un banquete en el que se representarían óperas y en el que participarían parientes y amigos. Pero cambiemos ya de asunto.

Es el caso que, cuando Baochai discutió con él acerca de unos libros que había estado leyendo, Baoyu recordó algunos que le eran familiares. Pero aunque ya se le podía considerar repuesto, había perdido inexplicablemente su inteligencia de antaño. Baochai atribuyó el fenómeno a la pérdida de su jade. Xiren, en cambio, le hacía reproches:

—¿Dónde está el vivo ingenio que solía tener? Estaría bien si lo que hubiera olvidado fueran sus estupideces de costumbre, pero en eso no ha mejorado. Ahora es más insensato que antes.

Baoyu nunca replicaba aquellos comentarios tan severos, y se limitaba a sonreír. A veces su majadería iba en aumento; Baochai, entonces, le aconsejaba y orientaba y, en cierta medida, conseguía refrenarlo. Así Xiren no tuvo que llamarle la atención muy a menudo y pudo dedicarse a atenderlo. También las otras doncellas admiraban a Baochai por su bondad y calma, y el respeto que les demostraba hacía que todas se comportasen correctamente.

Por el contrario, Baoyu, muy inquieto, insistía en dar paseos por el jardín, pero su abuela temía que allí hiciera demasiado calor o excesivo frío y, sobre todo, que el lugar pudiera producirle turbación, pues aunque el féretro de Daiyu había sido depositado en un convento de las afueras, la visión del refugio de Bambú podía devolver al espíritu del muchacho todo el dolor por la muerte de su moradora. Por eso no le permitían ir. Además, casi todas sus primas habían abandonado ya el lugar: Xue Baoqin vivía con la tía Xue, y Xiangyun había regresado a su casa después de la llegada del marqués de Shi a la capital, y como ya había sido fijada la fecha de su casamiento espaciaba mucho sus visitas: sólo se la había visto con motivo de la boda de Baoyu y la posterior celebración, y en ambas oportunidades se había quedado con la Anciana Dama. Y es que, como Baoyu ya era un hombre casado, y ella misma habría de casarse muy pronto, ya no era correcto que ambos bromeasen juntos como antes. A veces conversaba con Baochai, limitándose a saludar a Baoyu, cuando lo veía, según el rigor de la etiqueta. Tras la boda de Yingchun, Xing Xiuyan se había ido a vivir con la dama Xing. También las hermanas Li estaban fuera, y cuando acudían acompañando a su madre se limitaban a visitar a Sus Señorías y a sus primas, y se quedaban un par de días con Li Wan. O sea, que las únicas habitantes del jardín eran Li Wan, Tanchun y Xichun. La Anciana Dama había querido que Li Wan se mudara, pero tras la muerte de Yuanchun una serie de cuestiones domésticas le habían impedido dedicarse a ello. Además, ahora que el clima en el jardín volvía a ser tan agradable, decidieron no emprender la mudanza antes del otoño.

Jia Zheng había salido de la capital acompañado de varios subalternos. Viajando durante el día y descansando durante la noche llegó finalmente a su destino, donde se presentó ante su superior. De allí pasó a su gabinete oficial, y apenas tuvo en sus manos el sello empezó a ejercer el control sobre los graneros de los distritos y condados bajo su jurisdicción, cumpliendo sin más dilación con las fundones inherentes a su cargo. Como había desempeñado la mayoría de sus cargos anteriores en la capital, había llegado a pensar que todos los cargos oficiales eran idénticos. Y es que, aunque en una ocasión lo hubieran nombrado examinador en unas oposiciones celebradas en los alrededores de la capital, él nunca había tenido trato directo con la administración local, y sólo por referencias conocía su acostumbrada práctica de apropiarse indebidamente de un porcentaje del grano recogido o de extorsionar a los campesinos del distrito. Carecía de experiencia directa en esos feos asuntos y él había llegado hasta allí dispuesto a ser un funcionario ejemplar. Así pues, en reuniones con sus asistentes emitió severos edictos repletos de prohibiciones y amenazó con denunciar cualquier caso de corrupción del que tuviese conocimiento.

Al principio sus subordinados se sintieron inquietos e intentaron por todos los medios congraciarse con él, pero Jia Zheng se reveló inflexible. Sus sirvientes, con la esperanza de enriquecerse a la sombra de su amo, le habían acompañado desde la capital hasta aquel nuevo destino voluntariamente, sin promesa de emolumento alguno. Cuando Jia Zheng recibió su nombramiento pidieron préstamos con los que adquirir atavíos que les hicieran tener buen porte. Estaban convencidos de que, apenas llegaran a la provincia, el dinero entraría a carretadas y harían una rápida fortuna. Pero, ay, veían ahora a su terco señor iniciando serias investigaciones sobre casos de corrupción y rechazando todo obsequio enviado por funcionarios locales. Los secretarios y escribanos de la sede provincial hicieron el siguiente cálculo:

—Otros quince días así, y habremos de empeñar toda nuestra ropa. ¿Y qué haremos cuando nuestros acreedores vengan a buscarnos? Tanta riqueza relumbrando ante nuestras narices, y no hay manera de echarle mano…

También se quejaban los asistentes y mensajeros:

—Por lo menos ustedes no invirtieron su dinero en conseguir sus puestos, señores. Nosotros sí que lo hicimos y somos los más perjudicados. Hemos gastado lo que teníamos para conseguir estos destinos, ¡pero al cabo de un mes no hemos visto ni un céntimo! Si continuamos sirviendo a este caballero es muy posible que nunca recuperemos lo que hemos desembolsado. Mañana mismo le presentaremos nuestra renuncia.

Cosa que hicieron, en efecto, al día siguiente. Jia Zheng, ignorante del verdadero motivo de aquella dimisión en grupo, sentenció:

—Ustedes vinieron voluntariamente, y ahora quieren partir. No me opondré: váyanse si quieren, puesto que no les agrada este trabajo.

Los mensajeros se retiraron quejándose en voz alta, mientras los mayordomos de la familia se quedaban atrás discutiendo el asunto:

—Ellos podían marcharse, y lo han hecho; pero ya que nosotros no podemos, busquemos alguna solución.

Uno de ellos, un encargado de nombre Li Shier, dijo desdeñosamente:

—¡Sois una banda de inútiles! Por eso os excitáis tanto. Antes, con todos esos dando vueltas por aquí, no quise decir nada, pero ahora que se han ido os mostraré lo que podemos hacer para solucionar nuestros problemas. ¡Nuestro señor tendrá que escucharme! Si trabajamos juntos podremos hacer algún dinero, pero si no hacéis lo que os digo me desentenderé de todo.

—Li, el señor aún confía en ti —le dijeron—. Si no nos ayudas estamos perdidos.

—De acuerdo, pero una vez que os haya mostrado el camino no os quejéis si me llevo la mejor parte. Si nos enemistamos nos iría mal a todos.

—Descuida —replicaron los demás—. Nunca haríamos eso. Por poco que nos toque en el reparto, siempre será mejor que andar hurgando en nuestros bolsillos.

Y en esta plática estaban cuando llegó un funcionario del granero preguntando por Zhou Hui. Li Shier se sentó con las piernas cruzadas, infló el pecho y, con voz exigente, preguntó al recién llegado:

—¿Para qué quieres ver al señor Zhou?

En actitud de respetuosa atención, el otro dijo:

—El comisionado del Grano lleva un mes aquí, y en vista de sus estrictas disposiciones los magistrados locales ya saben que no pueden esperar favores. Por eso ninguno ha abierto todavía los graneros. Llega el tiempo de distribuir el grano y, si los graneros continúan cerrados, ¿para qué habrá venido desde tan lejos el señor comisionado?

—No digas tonterías —replicó Li—. Nuestro señor actúa sistemáticamente y siempre cumple su palabra. Si él ha pospuesto el despacho de grano es porque yo le pedí un par de días de prórroga. Y ahora, ¿para qué quieres ver al señor Zhou? —insistió.

—Para pedirle la orden de despacho. Eso es todo.

—¿No dejarás de decir idioteces? Eso te lo acabas de inventar. ¡No me vengas con maniobras raras o conseguiré que el comisionado te dé una paliza y te despida sin contemplaciones!

—Mi familia trabaja en esta sede provincial desde hace tres generaciones. Aquí somos respetados y no nos va mal, de manera que podemos servir correctamente a este comisionado hasta que sea promovido a otro cargo. No somos de los que esperan recibir arroz para sus cuencos. —Dicho lo cual añadió formalmente—: Y ahora me retiraré, señor.

—¡Pero qué poco sentido del humor tiene! No sea tan sensible.

Entonces Li Shier se levantó con una amplia sonrisa y, adelantándose con las manos extendidas, le preguntó:

—¿Cuál es su honorable nombre?

—Zhan Huí[1], señor. De joven pasé unos cuantos años trabajando en la capital.

—¡Zhan Huí! ¡Claro que me suena su nombre! Mire, señor Zhan, mis hermanos aquí presentes están de acuerdo con usted. Si tiene algo que decirnos, venga al caer la noche y hablaremos.

—Todos conocen su agudeza, señor Li. ¡Menudo susto me ha dado!

Entonces se echaron a reír, y después se dispersaron. Aquella noche Li Shier tuvo una larga charla con el funcionario, y a la mañana siguiente, en cuanto tuvo ocasión, hizo una comprometida sugerencia a Jia Zheng para sondearlo, pero éste le reprendió con dureza.

Al otro día Jia Zheng se disponía a hacer una ronda de visitas y llamó a sus sirvientes, que transmitieron las órdenes a los del exterior. Pasó el tiempo, y cuando ya había sonado tres veces el gong del salón no hubo nadie que respondiera; cuando salió al patio sólo había un mensajero para despejar el camino. Pasó aquella situación por alto y se acomodó en la silla de manos, pero otra vez hubo de esperar a que se reunieran los palafreneros. Cuando cruzó la puerta de la calle sólo oyó una salva de saludo, y en la banda que anunciaba su paso sólo se escuchaban un tambor y una trompeta. Entonces perdió la paciencia.

—¡Hasta ahora todo funcionaba ordenadamente! —exclamó observando a los miembros de su séquito, indolentes y desordenados—. ¿Por qué falta tanta gente hoy?

A pesar de todo completó sus visitas, y, ya de regreso, ordenó que todos los sirvientes que no habían acudido a su requerimiento fueran apaleados. Pero unos alegaron haber perdido sus bonetes, y otros empeñado sus túnicas o no haber comido en tres días y estar demasiado débiles para cargar con la silla de manos. Enfurecido, Jia Zheng ordenó apalear a un par de ellos y no quiso seguir removiendo el asunto.

Al día siguiente, cuando el mayordomo encargado de la cocina se presentó ante él pidiéndole dinero para la compra, Jia Zheng tuvo que recurrir a su propio bolsillo. Pero las cosas empeoraron aún más a partir de ese momento, y se pusieron mucho más feas que en la capital. Desesperado, Zheng mandó llamar a Li Shier.

—¿Por qué han cambiado los sirvientes que me acompañaron hasta aquí? —le dijo—. Tu trabajo consiste en mantener la disciplina, pero esto es un desastre. Hace un par de días que se nos acabó el dinero y todavía no ha llegado el momento de retirar la cuota de la tesorería provincial. Habrá que enviar a alguien a la capital a pedir más fondos.

—Señor, no ha pasado un solo día sin que haya amonestado a los sirvientes —contestó Li Shier—. No sé por qué, pero unas veces por una causa y otras por otra, todo el mundo anda desanimado y no hay nada que yo pueda hacer. Y en cuanto al dinero, ¿qué cantidad quiere Su Señoría que traigamos de su casa? Tenga en cuenta que he oído decir que el gobernador celebrará su aniversario un día de éstos, y que los otros altos funcionarios están enviándole obsequios de miles de taeles. ¿Cuánto le enviaremos nosotros?

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Ya sabe usted cómo son estas cosas, señor. Somos nuevos aquí y no hemos tenido oportunidad de alternar con todos esos caballeros. ¿Por qué habrían de decirnos nada? Además, seguro que lo único que desean es que usted no acuda a felicitar al gobernador y caiga en desgracia.

—¡Pamplinas! —replicó Jia Zheng—. Yo fui nombrado por el emperador. El gobernador no tiene potestad para cesarme únicamente porque no lo agasaje en su cumpleaños.

—Claro, señor, pero la capital está lejos y es el gobernador quien informa de todo lo que sucede aquí. Si él lo elogia, será usted un buen funcionario a ojos del emperador; si lo critica, perderá su cargo. Cuando la corte descubra la verdad, ya será demasiado tarde. Nuestra Anciana Dama y las otras señoras desean vivamente que usted obtenga un éxito rotundo en este destino.

Jia Zheng captó enseguida las palabras de Li Shier.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —insistió.

—No me atreví, señor. Si usted me pregunta, no responder sería una villanía; pero, por otra parte, puede enfurecerse si lo hago.

—En verdad, tiene sentido lo que dices.

—Todos esos mensajeros y oficinistas y sirvientes han entrado a su servicio a base de sobornos para enriquecerse. Tienen familias que mantener, y desde que usted llegó a este cargo, señor, y antes de que haya logrado nada para el Estado, ellos ya están arruinados y han comenzado las habladurías.

—¿Y qué dice la gente sencilla? —preguntó Jia Zheng.

La gente sencilla dice: «Cuanto más estrictas son las órdenes que imparte un nuevo funcionario, mayor es su codicia. Cuanto más aterrados estén los funcionarios del condado, más caros serán los sobornos». Cuando llegue el momento de recoger el grano, los funcionarios de la sede provincial dirán que el nuevo comisionado ha dado órdenes de no recibir sobornos, lo cual dificultará las cosas para los campesinos, que prefieren untarles la palma de la mano y acabar cuanto antes con el trámite. Así que en lugar de elogiarlo, dicen que usted, señor, no comprende su situación. En cambio, su buen amigo y pariente ha llegado a la cumbre en unos pocos años con el sencillo recurso de complacer por igual a superiores e inferiores.

—¿Estás diciéndome que carezco de sentido común? —protestó Jia Zheng—. ¡Tonterías! Y en cuanto a complacer a los de arriba y a los de abajo, ¿acaso quieres que sea un gato durmiendo con ratones?

—Señor, he hablado con franqueza y no he querido ocultarle nada —contestó Li—. Si continúa actuando así, no alcanzará logro alguno y perjudicará su reputación. Si yo no le hablara así, entonces sí que podría acusarme de deslealtad por no haberle expuesto los hechos claramente.

—Bien, ¿y qué harías tú en mi lugar?

—Mientras esté usted en la flor de la vida, tenga amigos en la corte y la Anciana Dama disfrute de salud, cuide sus propios intereses. De otro modo, en menos de un año habrá dilapidado toda la fortuna familiar y despertado el resentimiento de los de arriba y los de abajo. Todos supondrán que Su Señoría aprovecha este provincial para hacer un buen montón de dinero. ¿Y quién le ayudará entonces cuando surja alguna dificultad? Ya será tarde para limpiar su reputación y tarde también para lamentarse.

—¿Me estás aconsejando que me convierta en un funcionario corrupto? Entregar mi vida no sería nada al lado de empañar la nobleza de mis ancestros.

—Señor, un caballero tan perspicaz como usted habrá advertido seguramente cuáles son los funcionarios que han tenido dificultades estos últimos años. Todos fueron viejos amigos de Su Señoría, y todos, según usted, eran funcionarios intachables. Y, dígame, ¿qué fue de su buena reputación? En cambio, varios de sus parientes a los que siempre había despreciado, han sido promovidos a cargos superiores. Ya ve, todo depende de cómo se manejen los asuntos. Usted tiene que comprender que es preciso tratar bien a la gente, incluidos los funcionarios locales, pues si las cosas se hacen como usted desea, sin dejar que los magistrados de su jurisdicción se embolsen un solo céntimo de más, ¿quién hará el trabajo en esta provincia? Señor, todo lo que tiene que hacer es mantener las apariencias viviendo como un funcionario honesto, mientras nosotros, sus servidores, hacemos en secreto el trabajo sucio y asumimos cualquier responsabilidad que pueda atribuirse a Su Señoría. Al fin y al cabo, llevamos tanto tiempo a su servicio que no puede dudar ahora de nuestra lealtad.

Jia Zheng no supo qué replicar a aquellos argumentos.

—¡No puedo exponer mi carrera! —exclamó—. No me haré responsable si hacéis cualquier barrabasada.

Dicho lo cual, se retiró a sus aposentos.

Después de aquella conversación, Li Shier empezó a darse muchos aires entrando en tratos con gente de dentro y de fuera de la sede provincial y manejando los asuntos oficiales a espaldas de Jia Zheng, quien se sintió tan satisfecho de que todo marchase sobre ruedas que, lejos de inquietarse, depositó en Li Shier toda su confianza. Hubo acusaciones contra su gestión, pero a la vista de su honestidad y la vida tan austera que llevaba, sus superiores se abstuvieron de abrir una investigación. Sólo algunos de sus secretarios, bien informados, le advirtieron de lo que estaba ocurriendo, pero como no los creyó se produjeron algunas renuncias entre ellos, y sólo quedaron a su lado los más allegados, dispuestos a ayudarle si llegaban los problemas. Así ocurrió que el cereal del Estado fue finalmente recogido y embarcado sin escándalo alguno.

Estaba un día Jia Zheng leyendo apaciblemente en su estudio cuando entró uno de sus secretarios con una misiva. Traía sello oficial y una inscripción que decía: «Despacho urgente de la Comandancia de la Guarnición de Haimen[2] a la Sede de la Comisión de Cereales de Jiangxi». Jia Zheng lo abrió y leyó:

Como viejo amigo y paisano de Jinling quedé encantado cuando un cargo en la capital me permitió el pasado año estar cerca de Su Señoría, y usted me hizo el honor de aceptar que se unieran nuestras familias en matrimonio, por todo lo cual le estaré eternamente agradecido. Pero después de mi traslado a este distrito costero no me he atrevido a insistir, y con profunda tristeza he lamentado mi desventura. Ahora que, por fortuna, usted ha recorrido toda esta distancia para hacerse cargo de su nuevo puesto oficial, el mayor deseo de mi vida se ha visto cumplido. Estaba yo a punto de enviarle mis felicitaciones cuando llegó su carta, que ha conferido lustre a nuestro campamento y a mí, un pobre soldado; pues aunque un océano nos separa, me enorgullecería seguir contando con su protección. Deseando que mi baja posición no merezca su desdén, aspiro a vincularme con su familia. Mi hijo siempre ha sido favorablemente considerado por usted, y nosotros siempre hemos admirado la belleza y el porte dé su refinada hija. Si condesciende a honrarnos con el cumplimiento de su vieja promesa, yo haré llegar inmediatamente a un intermediario. Aunque el viaje es largo, las aguas del río nos comunican, y, si bien no podemos recibir a la novia con cien carros, tenemos presta una embarcación digna de los inmortales para la etérea doncella. Escribo, pues, esta misiva para desearle más ascensos: y solicitar su consentimiento, más preciado que el oro. ¡Espero ansiosamente su respuesta!

Con una profunda reverencia, se despide su hermano menor, Zhou Qiong.

Tras leer aquello, Jia Zheng pensó: «En verdad, los matrimonios de los hijos parecen predestinados. Yo conocí a Zhou Qiong el año pasado, cuando fue nombrado para ocupar un cargo en la capital, y como era un paisano, y además me impresionó la apostura de su hijo, le mencioné un enlace durante aquel festín de bienvenida. Pero no dije nada a la familia, pues el asunto aún no estaba arreglado. Cuando lo trasladaron a la costa olvidamos el asunto, y ahora que me han enviado aquí él recuerda mi propuesta. Considero a nuestras familias compatibles, y sin duda éste sería un buen enlace para Tanchun. Debo escribir a la familia para consultar».

Y mientras rumiaba aquello, le trajeron una citación. Debía presentarse ante el gobernador, en la capital de la provincia, para discutir ciertos asuntos. Se puso en camino inmediatamente.

Uno de esos días, mientras reposaba en el hostal donde se alojaba, Jia Zheng se puso a hojear un montón de ejemplares de la Gaceta de la Corte que había sobre su escritorio, y dio con un informe del Ministerio de Castigos que trataba «del comerciante Xue Pan, originario de Jinling».

—¡Qué desastre! —exclamó—. Este feo asunto ha llegado muy arriba.

Leyó cuidadosamente la relación de cómo Xue Pan había matado a Zhang San durante una discusión, y más tarde sobornado a los testigos para que declarasen que fue un homicidio involuntario.

—¡Está acabado! —exclamó dando un puñetazo en la mesa.

Esto fue lo que leyó:

Informe del comandante de la guarnición metropolitana: Xue originario de Jinling, viajaba por el distinto de Taiping y se alojó en el hostal de la familia Li, no conociendo anteriormente al camarero Zhang San. En el día de autos, Xue Pan ordenó al hostelero que dispusiese vino e invitó a beber a Wu Liang, del condado de Taiping. Ordenó al camarero Zhang San trajera vino, pero como estaba agrio, le pidió que se lo cambiara. Zhang San le dijo que una vez servido no podía cambiarse, y Xue Pan, irritado por aquella insolencia, lanzó el vino a la cara del camarero con tal violencia que el tazón resbaló de su mano y fue a dar contra la sien de Zhang San en el preciso momento en que éste se indinaba para recoger unos palillos. Brotó la sangre, y al poco tiempo murió el hombre. Al no poder devolverle el sentido, el hostelero llamó a la madre de Zhang San, quien, al encontrar a su hijo muerto, llamó a su vez al alguacil y denunció el Caso. El informe de la autopsia enviado a la prefectura omitió mencionar que el golpe había producido un corte en la sien de una pulgada y media, y que había un hematoma a la altura de la cintura. Al parecer, en efecto, a Xue Pan se le fue la mano cuando arrojó el vino, y el golpe del tazón mató accidentalmente a Zhang San. De modo que Xue Pan fue culpado de homicidio involuntario producido durante una riña, y mantenido en prisión mientras no depositara la fianza impuesta.

Un detenido estudio de las declaraciones de los protagonistas, testigos y parientes del muerto, revela las muchísimas contradicciones del caso. Además, existe la siguiente disposición para la muerte producida en riñas: «Cuando dos hombres se enzarzan en discusión violenta, estamos ante una riña; en ausencia de riña, y cuando el criminal no conoce a su víctima, estamos ante un homicidio». Por ello se ordenó al comandante de la guarnición que estableciese los hechos y diera una respuesta.

Ahora se ha informado de que, en versión del comandante de la guarnición, Xue Pan, que había bebido más de la cuenta, al negarse el otro a cambiar el vino, tiró de su mano derecha y le propinó un puñetazo en la espalda. Cuando, como reacción, Zhang San lo insultó, Xue Pan le arrojó el tazón produciéndole un corte en la sien y rompiéndole el cráneo, dejándolo muerto en el acto. Lo cual significa que Xue Pan mató a Zhang San con el tazón de vino y debe pagar con su propia vida. Para semejante crimen la Ley establece la pena capital por estrangulamiento. Sentencia pendiente de revisión imperial. Wu Liang debe ser azotado y sentenciado a trabajos forzados. Los magistrados de la prefectura y del condado que enviaron informes falsos…

Debajo habían añadido: «Continúa».

Como la tía Xue había solicitado la ayuda de Jia Zheng, y éste había apelado al magistrado, y puesto que la corte había de castigar a aquellos funcionarios responsables de emitir informes falsos, estaba claro que él mismo podía verse implicado. Muy alterado, abrió otro número de la Gaceta, pero no era el que correspondía a la continuación del informe; revisó de revistas, pero no pudo encontrar lo que buscaba. El corazón le dio un vuelco. Estaba meditando sobre aquellos temas con creciente aprensión cuando en eso entró Li Shier.

—Su Señoría ha de acudir, por favor, a la oficina del gobierno —dijo—. El tambor ya ha sonado dos veces en el palacio del gobernador.

Pero Jia Zheng estaba absorto en sus cavilaciones, y Li hubo de repetir el mensaje.

—¿Qué debo hacer? —masculló Jia Zheng.

—¿Le preocupa algo, señor?

Jia Zheng le contó lo que había leído en la Gaceta.

—No se preocupe —replicó Li—, el señor Xue sería afortunado si el ministerio interviniese. En la capital oí decir que había llevado a la cantina a un montón de putas, todas borrachas, y que mató a golpes al camarero. No sólo fue sobornado el magistrado, según me contaron, sino que además el señor Lian tuvo que gastar mucho dinero con el que acallar varias sedes de justicia para que el caso no siguiera su curso hacia el ministerio. Pero aunque haya salido a la luz, los funcionarios se protegen unos a otros. En el peor de los casos sólo admitirán no haber entendido bien los datos, por lo cual únicamente pueden ser expulsados o multados. Nunca reconocerán haber recibido sobornos. No se deje abrumar por esta cuestión, señor. Yo averiguaré más cosas sobre el particular, pero ahora no haga esperar más al gobernador.

—No lo entiendes —dijo Jia Zheng—. Sería lamentable que el magistrado perdiera su cargo o sufriera algún tipo de castigo sólo por haberme hecho un favor.

—Preocuparse no solucionará nada. El gobernador lo espera desde hace un buen rato. Por favor, señor, acuda rápidamente —insistió Li.

Para saber qué quería de Jia Zheng el gobernador, escuchen el capítulo siguiente.

CAPÍTULO C

Xiangling frustra fortuitamente

un deseo y se gana un terrible odio.

Baoyu se entristece por quien parte lejos

para contraer matrimonio.

Habiéndose presentado ante el gobernador, Jia Zheng permaneció un buen rato en su gabinete; tanto que sus criados, que aguardaban impacientes su salida sin entender el motivo de la tardanza, empezaron a inquietarse. Li Shier intentó saber lo que ocurría en el interior, y al no conseguirlo le vino a la memoria el informe leído por su señor en la Gaceta de la Corte, con lo cual también empezó a sentirse seriamente preocupado. Cuando por fin apareció Jia Zheng, Li recorrió a su lado el largo patio de honor del palacio y, aprovechando que no había en aquel momento oídos indiscretos, le preguntó:

—¿Tan importante era lo que el gobernador quería tratar con usted, que ha tardado tanto?

—Oh, nada importante —respondió Jia Zheng con una sonrisa despreocupada—. El gobernador ha recibido una carta del comandante de la guarnición de Haimen, que es pariente suyo, recomendándole que vele por mi bienestar, y me ha tratado con tanta deferencia que incluso ha llegado a decirme: «Al fin y al cabo a partir de ahora también seremos parientes».

Enormemente complacido por aquella magnífica noticia, Li animó a su señor para que accediera al enlace. Pero Jia Zheng tenía en ese momento otras preocupaciones: ¿qué consecuencias traería el asunto de Xue Pan? Como estaba tan lejos, confinado en aquella provincia adonde no llegaban las noticias de la capital, al llegar a su gabinete despachó a un lacayo con el encargo de informarse debidamente sobre el efecto causado en la corte por el informe de la Gaceta. El sirviente también debía informar a la Anciana Dama sobre la propuesta de casamiento; si ella no ponía objeción, Jia Zheng enviaría enseguida una escolta para acompañar a Tanchun.

El criado llegó a la capital tras un viaje sin descanso, presentó su informe a la dama Wang, supo en el Ministerio de Asuntos Civiles que el magistrado del distrito de Taiping había sido depuesto por prevaricación, y que las sanciones no afectaban en ningún caso a Jia Zheng. Por fin, hizo llegar a éste la buena noticia y permaneció a la espera de nuevas órdenes.

Con el objeto de conseguir de los tribunales que atendían el caso de Xue Pan un veredicto de homicidio involuntario para su hijo, la tía Xue había gastado ya enormes sumas de dinero en sobornos. Incluso había previsto la venta de una de las casas de empeños para poder pagar la posible fianza de Pan. Pero inopinadamente el Ministerio de Castigos había revocado la sentencia de la magistratura provincial, con lo cual la tía Xue hubo de seguir vaciando su bolsa para atender más y más sobornos. Todo en vano: a la espera de que se iniciasen en el Tribunal Supremo las sesiones de otoño, donde se revisarían todas las penas de muerte, Xue Pan continuaba preso y seguía siendo firme la sentencia que la condenaba a morir estrangulado. La tía Xue lloraba de dolor y de rabia.

—Mi hermano nació con mala estrella —le decía Baochai para consolarla—. Heredó de nuestros antepasados un patrimonio lo suficientemente copioso como para vivir tranquilamente el resto de su vida, dedicado a sus propios asuntos. Sin embargo, cuando estábamos en el sur llevaba una vida de disipación y provocó un tremendo escándalo con la compra de Xiangling. Sólo nuestros poderosos parientes y sus riquezas le permitieron salir bien librado de la muerte a palos de aquel joven caballero. Ésa debería haber sido la señal para, arrepintiéndose de lo que había hecho y cambiando de vida, dedicarse a cuidar a su madre. Pero cuando nos trasladamos a la capital todo siguió como antes. ¡Cuántas lágrimas le ha hecho verter, madre! Luego, usted consiguió para él una esposa, y por fin todos pensamos que había llegado el momento de que viviera en paz; pero no: fue su destino casarse con una arpía igualmente dada a los desórdenes, lo que le ha hecho huir de su casa; «el camino es estrecho para los enemigos», como dice el proverbio. ¡Y a los pocos días de emprender viaje, mata a otro hombre! Usted y el primo Ke han hecho por él todo lo que estaba en su mano: dinero y más dinero y súplicas a éste y al otro para que lo ayudasen, pero no hay forma de evitar lo que el destino nos tiene reservado. Al fin y al cabo él es el responsable de sus propios actos. La gente cría hijos para que sean el báculo de su vejez, y hasta el hijo de una familia pobre está dispuesto a trabajar para ganar el cuenco de arroz que ha de comer su madre. ¿Para qué sirve un hijo que dilapida toda la herencia que recibe de sus mayores y hace agonizar a su madre entre llantos y lamentaciones? Madre, no es sólo que yo lo diga: quien lo vea comportarse dirá que no es su hijo, sino su enemigo. Debe comprender esto, o llorará de sol a sol hasta no tener más lágrimas y se verá obligada a seguir soportando las humillaciones de mi cuñada. Yo no estaré siempre a su lado para consolarla ¡Me angustia tanto verla sufrir! Y aunque Baoyu siga atolondrado, no me permitirá volver a vivir aquí. El señor nos dijo que se había sentido muy alarmado después de leer aquel informe de la Gaceta de la Corte; por eso envió un criado para ver qué sucedía y ponernos en guardia. Sin duda muchas personas están nerviosas por el inconveniente causado por mi hermano. Menos mal que todo esto ha sucedido estando yo aún cerca de usted. ¡Si me hubiese enterado lejos de aquí, la preocupación no me habría dejado vivir! Cálmese ahora, madre, y revise todas nuestras cuentas mientras mi hermano esté vivo. Que nuestro viejo tenedor de libros deduzca cuánto nos deben y cuánto debemos, para ver si aún nos queda algún dinero.

Entonces la tía Xue, sin dejar de llorar, dijo:

—¡He estado todos estos días tan preocupada por tu hermano, que cada vez que venías a verme era para consolarme, o para que yo te informase de cómo andaban las cosas en el tribunal! No he tenido tiempo de contarte algo: hija mía, hemos perdido el título de Proveedores de la Corte en la Capital y me he visto obligada a vender dos casas de empeños. Hace ya tiempo que se gastó todo lo que nos dieron por ellas. Nos queda una casa de empeños, pero el administrador ha echado a volar con varios miles de taeles y hemos tenido que enfangamos en otro proceso. Tu primo Ke pide dinero todos los días y hemos gastado decenas de miles de taeles de nuestros fondos familiares de la capital. Hemos tenido que tirar de nuestros ingresos del sur, y vendido varias de nuestras casas allí. Por si fuera poco, oí el otro día un rumor según el cual la casa de empeños de nuestro clan en Jinling ha sido embargada por quiebra. Si eso es cierto, ¿de qué vivirá tu pobre madre? —Y arreció su llanto.

—De nada sirve preocuparse por asuntos de dinero, madre —la consoló Baochai entre sollozos—. Ya se encargará de todo el primo Ke. ¡Pero qué odiosa es la servidumbre! Apenas ven decaer a nuestra familia, sólo se preocupan de su propio beneficio. Incluso he oído decir que algunos invitan a gente ajena a la casa para que acudan a exprimirnos. Todo lo cual demuestra que durante todos estos años mi hermano no ha hecho más amigos que los de la timba y la juerga, y no hay ni uno capaz de socorrerlo en este momento de dificultad. Madre, si siente por mí algún amor siga mi consejo y cuide su salud, ahora que se ha hecho mayor. No creo que nunca llegue a pasar frío o hambre. Los muebles que hay aquí tendrá qué dejárselos a mi cuñada. En cuanto a los sirvientes, no creo que quieran quedarse junto a usted, así que, si piden marcharse, permítaselo y que se vayan en buena hora. A la pobre Xiangling, que ha llevado una vida tan dura, tendrá que mantenerla a su lado. Si llegara a faltarle algo yo correría en su ayuda dentro de mis posibilidades. No creo que Baoyu se oponga a ello. Xiren también es una buena persona. Cuando se enteró de nuestras dificultades, cada vez que oía hablar del asunto de mi hermano se le saltaban lágrimas por usted. En cuanto a aquel hombre mío, no está preocupado, pues no sabe nada de lo que ocurre. Si lo supiera, seguro que se sentiría espantado…

—Sé bondadosa y no se lo digas —la interrumpió la tía Xue—. Casi ha estado a punto de no sobrevivir a su prima Lin, y todavía se está recuperando. Si algo llegara a sucederle, tú tendrías más preocupaciones y yo menos parientes en quienes apoyarme.

—Eso mismo creo yo —concluyó Baochai—. Por eso no le he dicho nada.

En ese momento, en el gran salón central donde madre e hija mantenían esta conversación, irrumpió Jingui dando alaridos:

—¡Quiero morirme! ¡Quiero acabar de una vez! ¡Mi hombre está condenado a muerte! ¡Vayamos las tres ante el patíbulo, a que nos maten también!

Y una vez y otra se golpeaba la cabeza contra el delgado tabique, con lo que, por cierto, sólo conseguía alborotar su cabellera. La tía Xue la miró fijamente, la furia le impedía articular palabra y fue Baochai quien, con suma amabilidad, aconsejó a Jingui que se tranquilizase. Pero ésta, con sonrisa despectiva, le replicó:

—¡Querida cuñada, tu condición en esta casa ya no es la que era! Ahora vives rodeada de comodidades con ese esposo tuyo, mientras yo tengo que valerme por mí misma. ¡Ya no tengo razón para mantener las apariencias! —Y amenazó con salir corriendo de regreso al lado de su madre.

Por fortuna aún quedaban bastantes nodrizas y doncellas que no dudaron en detenerla. Todavía hizo falta una buena tanda de consejos para terminar de tranquilizarla. Esta escena aterró tanto a Baochai que ya nunca más se atrevió a ver a Jingui.

Cada vez que Xue Ke estaba en la casa, Jingui se aplicaba colorete y se empolvaba la cara, delineaba sus cejas con gran esmero, se arreglaba el cabello y vestía de forma muy insinuante. Luego iba a la puerta de Ke, y caminaba arriba y abajo emitiendo de vez en cuando una tos intencionada. Y a pesar de saber sobradamente que él estaba en la estancia, insistía una y otra vez. Cuando sus caminos se cruzaban, ella clavaba sus ojos en los de él y le preguntaba coquetamente por su salud o el tiempo, entre risitas tontas y mohines descarados. Sus doncellas, avergonzadas, se escabullían al verla. Ella, indiferente a las formas, había tomado la decisión de llevar adelante el plan de Baochan. Xue Ke hacía lo posible por evitarla, pero cuando se encontraban no dejaba de dar muestras de cortesía, temeroso de que de otro modo ella diera rienda suelta a sus groserías e inconveniencias, poniéndolo en un brete. Y Jingui, con la mente oscurecida por la vanidad, se dejaba llevar por lujuriosas fantasías que le impedían calibrar la verdadera actitud del mozo. Sin embargo, sí advirtió la muchacha que Xue Ke dejaba sus cosas al cuidado de Xiangling y que era ella quien le lavaba y disponía la ropa; y que cuando los sorprendía charlando, se separaban de inmediato. Todo lo cual la ponía terriblemente celosa. Por no desahogar su furia con Xue Ke, hubiera querido hacerlo con Xiangling, pero como al mismo tiempo temía ofenderlo a él provocando abiertamente una pelea con ella, tuvo que ocultar su enojo.

Cierto día apareció Baochan con una sonrisa de oreja a oreja.

—Señora, ¿ha visto al señor Ke? —le preguntó.

—No —respondió Jingui.

—Ya le decía yo que no creyera en esa pose de rectitud y seriedad que mantiene —se rió Baochan—. ¿Recuerda aquella vez que le enviamos vino y se negó a aceptarlo con la excusa de que él no bebía? Pues ahora lo acabo de ver en los aposentos de la señora con el rostro enrojecido por el alcohol. Si no me cree espere a que salga por la puerta del patio. Allí podrá salirle al paso, a ver qué dice.

—Tardará un buen rato en salir; y además, ¿para qué voy a preguntárselo, si es un ingrato? —repuso Jingui, despechada por aquella situación.

—No es así como debe mirar las cosas, señora. Si su actitud hacia nosotras es buena, que también lo sea la nuestra. Si no, habrá que hacer otros planes.

Jingui se dejó convencer y despachó a la doncella para que montara guardia hasta que él saliera, mientras ella, tras abrir las portezuelas de su pequeño armario de aseo, se miraba y remiraba en el espejo y se pintaba los labios. Eligió un pañuelo de seda decorado con flores y acto seguido dejó el cuarto un poco inquieta, como si se hubiera olvidado de algo.

Afuera escuchó a Baochan que decía:

—Señor Ke, está usted hoy de buen humor. ¿Dónde ha estado bebiendo?

Interpretando las palabras de la doncella como un aviso para que saliera, Jingui levantó la antepuerta.

—Hoy es el cumpleaños del señor Zhang —le estaba diciendo Xue Ke a Baochan—. Me obligaron a beber media copa de licor y ahora me arde el rostro…

Jingui lo interrumpió para decirle con sorna:

—¡Está claro que el licor de los demás sabe mejor que el que ofrecemos aquí!

Xue Ke enrojeció aún más con la alusión de Jingui. Se hizo a un lado rápidamente y replicó sonriendo:

—¡Cómo puedes decir una cosa así, cuñada!

Apenas se hubo iniciado la conversación entre ellos, Baochan se escabulló hacia el interior.

Jingui habría querido desplegar toda su furia, pero ahora, al ver las encendidas mejillas del muchacho, aquellos ojos brillantes de expresión atormentada, y su atractivo gesto, desapareció como por ensalmo su arrogancia[1].

—¿Me quieres decir que hay que obligarte para que aceptes una copa? —preguntó con una sonrisa.

—Ya sabes que no puedo beber —dijo él.

—Sí, es preferible no beber antes que meterse en dificultades por culpa de la bebida, como tu primo, y que a la postre tu esposa se vea obligada a dormir sola como yo, pobre de mí. —Y le lanzó una provocativa mirada de reojo, y con las mejillas turbadas.

Escandalizado por aquellas perversas inconveniencias, Xue Ke decidió abandonar inmediatamente su compañía, pero ya ella se le había adelantado y lo sujetaba por una manga.

—¡Cuñada! —balbuceó él, temblando de pies a cabeza—. ¡Cuida más de tu dignidad y de la mía!

—Entra aquí —respondió ella temerariamente—. Tengo algo muy importante que decirte.

En plena escena se oyó una voz a sus espaldas que gritaba:

—¡Señora! Ha venido Xiangling.

Sobresaltada, Jingui se volvió. Baochan los miraba mientras mantenía la antepuerta levantada. La doncella había permanecido hasta entonces agazapada detrás con el fin de poder ver qué giro tomaban los acontecimientos. Al ver llegar a Xiangling sólo tuvo tiempo, mientras levantaba la antepuerta, de lanzar aquel grito de aviso que había hecho a su señora soltar la manga de Xue Ke, quien aprovechó para escabullirse prestamente.

El indiscreto grito de Baochan también sirvió para poner sobre aviso a Xiangling, que, horrorizada por el espectáculo de Jingui tratando de arrastrar a Xue Ke, sintió que el corazón le empezaba a latir rápidamente y, girando sobre sus talones, se retiró, dejando a Jingui, llena de furia, contemplando la silueta fugitiva de Xue Ke. La despechada Jingui regresó a su alcoba profiriendo maldiciones, y desde aquel día no dejó de alimentar un profundo odio por Xiangling. En cuanto a la pobre Xiangling, en mala hora se le había ocurrido tomar un atajo para llegar antes a los aposentos de Baoqin; la poco edificante escena que había presenciado por casualidad introdujo el miedo en sus huesos.

Aquel mismo día Baochai oyó en el cuarto de la Anciana Dama a la dama Wang exponiéndole la propuesta de matrimonio para Tanchun.

—Es bueno que esa familia proceda de nuestro distrito —comentó la Anciana Dama—. Por cierto, he oído decir que ese muchacho, el hijo del comandante, visitó en cierta ocasión nuestra casa. ¿Por qué tu marido no me lo dijo entonces?

—Yo tampoco lo supe entonces, señora —contestó la dama Wang.

—Desde luego es un buen partido, aunque quizás vivan demasiado alejados de nosotros. Claro que el señor está ahora destinado en el sur, pero tarde o temprano acabarán enviándolo a otro lugar. ¿Y no se sentirá sola la muchacha cuando eso ocurra?

—Las nuestras son familias de mandarines e ignoramos por tanto cuál será nuestro próximo destino. También pudiera ocurrir que a ellos los destinaran a la capital. Y si eso no sucediera, no debemos olvidar el adagio: «hojas del árbol caídas, vuelven siempre a la raíz». En todo caso, el señor ocupa un cargo allí y esta propuesta de matrimonio ha recibido el visto bueno del gobernador de la provincia, ¿cómo podríamos negarnos? Pienso que debe dar una respuesta afirmativa; creo que mi esposo ya ha tomado esa decisión, pero que ha evitado actuar con prepotencia; de ahí que haya enviado a un mensajero a solicitar su consentimiento, señora.

—Bueno, si vosotros dos estáis de acuerdo yo no tengo nada que objetar. Pero quién sabe cuánto tardará en volver Tanchun una vez que haya emprendido la marcha. ¡Si tarda más de dos o tres años en volver, puede que ya no la vea! —Y unas lágrimas se deslizaron por sus mejillas.

—Cuando las muchachas se hacen mujeres hay que entregarlas a otra familia —sentenció la dama Wang—. Pero si no es familia de funcionarios, aunque fuera de nuestro mismo distrito, ¿quién sabe dónde tendría que ir? Lo único que nos queda es la esperanza de que tenga suerte en su matrimonio. Mire a Yingchun: se casó con una familia de las inmediaciones, pero todo lo que oímos de la vida que ahora lleva son rumores sobre las palizas que le propina su marido. Dicen que a veces ni siquiera le da de comer. Y cualquier cosa que le enviamos nunca llega a sus manos. Y dicen también que en los últimos tiempos la cosa ha empeorado y que no la dejan venir a visitarnos. Cuando ella y su esposo pelean por algo, él se burla de nosotros diciendo que estamos endeudados con su familia. ¡Pobrecita, en esa casa jamás podrá mantener alta la frente! Estoy tan preocupada que el otro día envié a unas doncellas para que la visitaran, pero Yingchun estaba oculta en un cuarto de servicio y se negaba a salir. Cuando ellas insistieron y por fin pudieron verla advirtieron que a pesar del frío la pobre muchacha seguía llevando un vestido raído. Con lágrimas en los ojos les suplicó: «Cuando volváis, por favor, no digáis nada de lo que me está pasando; al fin y al cabo, éste es mi destino. Y que no me envíen ropa ni otras cosas. No llegarían a mis manos, me darían otra paliza por pedirlos». Piense un poco, señora, ésa es la vida que lleva una de las hijas de esta casa; y todo eso ocurre aquí al lado, lo suficientemente cerca como para que al enterarnos de sus desdichas nos sintamos aún peor. Su madre no presta demasiada atención y su padre tampoco mueve un dedo, así que la pobre Yingchun no vale en esa casa ni lo que una de nuestras doncellas de tercer grado. En fin, señora, volviendo al compromiso de Tanchun: aunque no la he criado yo misma, si su padre lo aceptó después de haber tenido ocasión de juzgar al pretendiente, no me cabe duda de que su decisión es acertada. Le ruego, pues, que nos dé su consentimiento para que elijamos un día favorable para la partida de Tanchun, y procuremos para ella una escolta apropiada que la lleve al sur. En cuanto a lo demás, sin duda él se encargará de todo, ya que no es hombre que se conforme con poco.

—Muy bien, ya que su padre aprueba el enlace, prepáralo tú todo y elige un día propicio para emprender un largo viaje. Así resolveremos un asunto importante —dijo la Anciana Dama.

—Así se hará, señora.

Baochai había escuchado todo aquello sin abrir la boca, aunque lamentándose por dentro: «De todas las muchachas de nuestra familia ella es la mejor, y ahora la entregamos a gentes que viven en una lejana provincia. Cada día quedamos menos».

Cuando la dama Wang se levantó para salir, ella la acompañó. De regreso a su alcoba no le dio la noticia a Baoyu pero buscó a Xiren, que estaba cosiendo sola, y se la transmitió. La nueva también consternó a la doncella.

No fue el caso, sin embargo, de la concubina Zhao, la madre de Tanchun, quien recibió la noticia con indisimulado regocijo.

—Esta hija mía nunca me ha demostrado el menor respeto. ¡No me trata como a su madre, sino peor que a sus doncellas! Se dedica a halagar a los influyentes y se pone siempre en mi contra y en la de su hermano Huan, que no tendrá la menor esperanza mientras ella esté aquí. Ahora que el señor se la lleva al sur podré tener las manos más sueltas. Y como no puedo esperar de ella ningún gesto de amor filial, sólo le puedo desear que le vaya como a su prima Yingchun. Sí, eso me causaría placer.

Y rumiando esos malvados pensamientos corrió enseguida a presentar sus parabienes a su hija Tanchun.

—Ya está usted cerca de alcanzar las más altas esferas, señorita —le dijo—. En casa de su esposo la fortuna le será más propicia que aquí; no dudo que irá a ese matrimonio de buen grado. Yo la he criado, pero nunca obtuve a cambio ningún favor de usted. Aunque sean malas siete décimas partes de mí, tres son buenas, así que no me olvide del todo una vez que se haya marchado.

Tanchun escuchó toda esa parolina con la mirada concentrada en su labor de costura, en silencio. Al sentirse ignorada, la concubina Zhao partió enfurecida.

Cuando quedó sola de nuevo, Tanchun sintió una mezcolanza de furia, risa y dolor que la hizo verter un par de lágrimas. Poco después llegó abatida al lado de Baoyu.

—Tercera hermana —le dijo él—, me han dicho que estabas con la prima Lin cuando murió y que en ese preciso momento se oyó una melodía en la distancia. ¿No crees que la prima Lin pudo haber tenido otra vida?

—¡Imaginaciones tuyas! —se rió Tanchun—. Pero es verdad que había algo extraño en aquel anochecer, y no parecía música de mortales. Tal vez tengas razón.

Aquello confirmó la idea que venía rondándole a Baoyu. Recordó las palabras que un hombre le había dirigido cuando perdió la razón al conocer la muerte de Lin Daiyu: «Viva, no era su esencia la del común de los mortales; muerta, no es su esencia la del común de los muertos». Tenía que ser una inmortal. Recordó entonces a Chang E: adorable, etérea y encantadora, elevándose con el viento.

Cuando partió Tanchun, él sintió la necesidad de que Zijuan estuviera a su servicio, e inmediatamente envió a una doncella para que hiciera la solicitud a la Anciana Dama.

Zijuan se resistió a ir, pero no le quedó otra opción que obedecer las órdenes de Sus Señorías. En presencia de Baoyu, sin embargo, no hacía más que expresar su desconsuelo y suspirar profundamente. Cuando él tomaba suavemente su mano y la interrogaba con dulzura acerca de Daiyu, ella le daba respuestas triviales. Baochai no la culpaba por ello, ya que íntimamente aprobaba tanta lealtad a su antigua señora.

En cuanto a Xueyan, que se había puesto desde el mismo día de la boda al servicio de los jóvenes esposos, Baochai pudo comprobar bien pronto que se trataba de una estúpida. Cuando se lo dijo a la Anciana Dama y la dama Wang, éstas la casaron inmediatamente con uno de los lacayos, liberándolos de obligaciones. El ama Wang, la nodriza de Daiyu, permanecía en la casa comportándose con gran tacto, destinada como estaba a acompañar el féretro de Daiyu en su vuelta hacia el sur. Yingge y las otras doncellas trabajaban de nuevo para la Anciana Dama.

Fue el recuerdo de Daiyu lo que hizo al muchacho pensar en todas las doncellas que habían servido a su prima y que ahora estaban dispersas como nubes, lo que no hizo más que agudizar la amargura que lo consumía. Y en ésas estaba, cada vez más abatido, cuando se acordó de pronto de la lucidez y la serenidad de las que había hecho gala Daiyu en el momento de su muerte, con lo Cual empezó a considerar que su prima Lin no había hecho más que abandonar el mundo inferior de los mortales para retornar al ámbito de los inmortales, y con esa reflexión se puso otra vez contento.

En ese preciso instante, empero, oyó a Xiren y Baochai discutiendo sobre el inminente matrimonio de Tanchun en una provincia lejana. Con un grito de desconsuelo, se lanzó sollozando sobre el kang. Alarmadas, le ayudaron a incorporarse. «¿Qué te sucede?», le preguntaron al unísono, pero las lágrimas le impidieron hablar.

Apenas se hubo calmado, exclamó:

—¡No puedo vivir así! Todas mis primas y hermanas se van una tras otra: la prima Lin ya es una inmortal, y también la primera hermana ha muerto, aunque no sufro tanto por su ausencia, pues no pasamos tanto tiempo juntos. La segunda hermana se ha casado con un bruto innoble. Ahora la tercera hermana va a casarse lejos del hogar y no volveremos a verla. Adónde irá la prima Xiangyun, no lo sé. Y también Baoqin está comprometida. ¿Por qué no puede quedarse por lo menos una de ellas? ¿Por qué me dejan solo?

Xiren intentó tranquilizarlo, pero Baochai la apartó con un gesto.

—De nada vale intentar consolarlo —dijo—. Permíteme hacerle unas cuantas preguntas.

Y volviéndose hacia Baoyu le preguntó:

—¿Acaso esperas que todas las muchachas te hagan compañía el resto de tus días y que nunca se casen? Quizás tengas otro destino pensado para algunas de ellas, pero ¿qué sucedería con tus hermanas? No estamos hablando de que vayan a partir para casarse lejos, pero supongamos que alguna va a hacerlo: ¿qué puedes hacer tú una vez que tu padre ha tomado la decisión? ¿O acaso piensas que eres el único en este mundo que quiere a sus primas y hermanas? Si todos fueran como tú, tampoco yo podría acompañarte ahora. La gente estudia para aumentar su comprensión, ¿cómo es posible que tú, cuanto más estudias, más confusa tengas la mente? Hablas como si Xiren y yo tuviéramos que irnos de aquí para que puedas invitar a todas tus hermanas y primas a quedarse contigo.

—Comprendo lo que quieres decir —exclamó él sujetando con las dos manos a Baochai y a Xiren—. Pero dime, ¿por qué separarse tan pronto? ¿Por qué no esperar a que me haya convertido en ceniza?

Xiren le puso la mano sobre la boca y lo reconvino:

—Ya está otra vez diciendo tonterías. Durante estos dos últimos días había mejorado algo, y también su joven esposa estaba comiendo un poco más. Si organiza un nuevo escándalo yo me despreocuparé definitivamente de usted.

—¡Ya sé! ¡Ya sé! —exclamó Baoyu, consciente de que ellas tenían razón—. Pero mi corazón está turbado.

Baochai no le hizo caso y ordenó en secreto a Xiren que le diera unos calmantes, en la confianza de que su ingestión le ayudaría a recuperar poco a poco la razón. Xiren quería decirle a Tanchun que no se despidiese de su hermano, pero Baochai objetó:

—No te preocupes. Dentro de unos días, cuando ya esté tranquilo y su actitud sea razonable, tendrán que hablar. Después de todo, la tercera señorita es muy inteligente y tiene mucho sentido común, no como otras personas falsas. Estoy seguro de que sus consejos serán muy valiosos. Dentro de poco ninguno de los dos podrá comportarse de esta manera.

En ese momento llegó Yuanyang, enviada por la Anciana Dama. Al saber que Baoyu había vuelto a caer enfermo, su abuela envió a la doncella con el siguiente encargo para Xiren: «Consuela a mi nieto y no le permitas soñar con quimeras». Asintió Xiren, y Yuanyang se retiró después de haber descansado un rato. La Anciana Dama pensaba que Tanchun iba a un lugar muy lejano, y debía hacer todos los preparativos necesarios a pesar de que no era precisa la dote. Entonces llamó a Xifeng y le repitió el propósito de Jia Zheng.

Si quieren saber cómo preparó Xifeng el viaje de Tanchun, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO CI

En el jardín de la Vista Sublime, bajo la luz de la luna, un fantasma lanza una advertencia.

En el templo de las Flores Dispersas, un oráculo extraordinario provoca espanto.

A su regreso, tras constatar que su esposo Jia Lian seguía ausente, Xifeng encargó a unas criadas los preparativos del equipaje y la dote de Tanchun. Después del crepúsculo, y obedeciendo un impulso, decidió hacerle una visita en compañía de Fenger y otras dos jóvenes doncellas, una de las cuales abría la marcha con una linterna. En la puerta vieron que ya había salido la luna y que su luz trémula y líquida iluminaba el patio, de modo que Xifeng hizo regresar a la muchacha de la linterna. Emprendieron su camino por uno de los corredores laterales, y ocurrió que, al pasar por delante de la ventana iluminada de uno de los cuartos donde se preparaba el té, llegó hasta ellas un rumor de voces que parecía proceder de alguna discusión en voz baja, mezclada con sonidos semejantes a risas o gemidos ahogados. Disgustada, Xifeng ordenó a Xiaohong que entrara disimuladamente y se informase, como quien no quiere la cosa, de lo que allí estaba pasando. Y entró la muchacha, dispuesta a cumplir el encargo.

Xifeng continuó el camino con Fenger. Al llegar al pabellón de entrada al jardín de la Vista Sublime vieron que la puerta frontal aún no estaba cerrada, sino apenas entornada. La abrieron con un suave empujón y entraron. La luz de la luna era allí más brillante que en el exterior y parecía cubrir el suelo con varias capas de sombras de los árboles. Ningún ruido de procedencia humana rompía la solitaria quietud. Al avanzar por el sendero que conducía al estudio del Frescor Otoñal, una ráfaga de aire rompió el melancólico silencio con un sinfín de crujidos de ramas y crepitar de hojas secas que sobresaltaron a los cuervos que allí anidaban. Todavía bajo los efectos del licor de la cena, y sorprendida por la ráfaga helada, Xifeng se estremeció. También Fenger, que seguía sus pasos, encogió los hombros.

—¡Qué frío! —exclamó.

Xifeng tampoco pudo contenerse y ordenó:

—Regresa corriendo y trae mi chaleco forrado de armiño. Te esperaré en los aposentos de la señorita Tanchun.

Asintiendo inmediatamente, ansiosa como estaba de volver para procurarse ella misma abrigo, Fenger partió corriendo.

Xifeng continuó su camino, y había dado sólo unos pasos cuando oyó a su espalda unos sonidos como de un animal olfateando, que le pusieron los pelos de punta. Instintivamente volvió la cabeza, y vio una criatura negra como el carbón con el hocico estirado hacia ella y los ojos brillantes como ascuas encendidas. Tuvo la impresión de que huía de su cuerpo su alma, y lanzó un grito de terror. En realidad se trataba de un perro enorme que, apartando el hocico y arrastrando el rabo, huyó precipitadamente hacia un promontorio cercano desde donde, sentado, pareció saludarla con sus patas delanteras.

Todavía temblando de miedo, apretó el paso hacia el estudio del Frescor Otoñal. Ya casi había llegado, y se disponía a dar la vuelta a la pequeña colina artificial de la entrada cuando, súbitamente, la sombra de una persona cruzó por delante de ella como un relámpago. Tras el pánico inicial pensó que se trataría de alguna doncella. «¿Quién anda ahí?», preguntó.

Repitió la pregunta, pero nadie le respondió. Ya su miedo se convertía en terror cuando creyó oír una voz detrás de ella:

—Tía, ¿no me reconoce?

Volviéndose rápidamente, Xifeng distinguió a una mujer joven, hermosa y delicadamente vestida. Aunque tenía un aire muy familiar no pudo recordar en los aposentos de quién la había visto.

—Tía —repitió la otra—, está tan ocupada disfrutando de la riqueza y el lujo de esta noble mansión que, como en el cauce de un río que desembocara en el Mar del Este, ha dejado que se diluya el consejo que le di aquel año: asentar la fortuna y la prosperidad de esta casa sobre cimientos que duraran diez mil años.

Al oír estas palabras Xifeng agachó la cabeza, pero, por más vueltas que le daba, no conseguía recordar a aquella joven.

—Tía —insistió la otra con una risa helada—, antaño usted solía tenerme en gran aprecio, ¿cómo es posible que me haya olvidado?

Y entonces, de golpe, Xifeng comprendió que se encontraba ante Qin Keqing, la primera esposa de Jia Rong, muerta hacía mucho tiempo.

—¡Ah! —exclamó horrorizada—. Tú estás muerta. ¿Cómo has llegado hasta aquí?

Escupió a la aparición y quiso echar a correr, pero tropezó con una piedra y cayó de bruces. Empapada en sudor como si despertara de una pesadilla, y a pesar de sus convulsiones de terror, tuvo lucidez suficiente para ver las figuras borrosas de Fenger y Xiaohong que se le acercaban. No quiso ser objeto de burla de sus criadas y, mal que bien, se incorporó.

—¿Por qué habéis tardado tanto? —inquirió—. Dadme pronto mi chaleco de armiño.

Fenger se acercó a ella para darle el abrigo, y Xiaohong le ofreció su brazo para ayudarla a caminar.

—Todo el mundo duerme —mintió Xifeng—. Volvamos inmediatamente.

Y regresó con las doncellas a toda prisa.

Para entonces Jia Lian ya estaba de regreso y, por la expresión poco habitual del rostro de Xifeng pudo percibir que algo no iba bien. Tuvo la tentación de preguntarle qué sucedía, pero, conocedor de su genio, se refrenó y se fue a dormir.

Al día siguiente Jia Lian se levantó con el alba para visitar al eunuco mayor Qiu Shian, inspector general de los Salones Interiores, a quien pensaba consultar la marcha de ciertos asuntos. Como aún era temprano para partir, tomó de su escritorio un ejemplar de la Gaceta de la Corte que había llegado el día anterior para hojearla.

El primer texto era un informe de Wang Zhong, gobernador de Yunnan, acerca de dieciocho contrabandistas capturados cuando pretendían cruzar la frontera con un cargamento de mosquetes y pólvora para cañones; el cabecilla respondía al nombre de Bao Yin[1], y era un sirviente de la casa de Jia Hua, duque de Zhenguo con el título honorífico de Taishi[2]. A continuación leyó un informe de Li Xiao, prefecto de Suzhou, que acusaba a un mandarín por condonar los crímenes de un criado que, además de abusar de civiles y militares, había asesinado a una mujer que se había resistido a ser violada, y a otros dos miembros de su familia. El autor era un tal Shi Fu[3], quien declaró ser un sirviente de la casa de Jia Fan, investido de un título hereditario de tercer grado.

Aquellas dos últimas notas inquietaron mucho a Jia Lian. Quiso seguir leyendo, pero temió llegar tarde a la cita con el eunuco Qiu Shian. Se embutió en su traje oficial, y sin probar bocado tomó dos sorbos apresurados de té que le había preparado Pinger, montó en su caballo y partió al galope.

Pinger guardó la ropa que su señor acababa de quitarse y sugirió a Xifeng, que seguía acostada:

—La he oído dar vueltas en la cama toda la noche. Permítame darle un masaje para que pueda dormir un poco.

Pinger interpretó el silencio de Xifeng como consentimiento, se sentó sobre el kang y empezó a darle un suave masaje en la espalda que surtió el efecto apetecido. Pero cuando ya Xifeng estaba empezando a adormilarse, el llanto de su hijita en el cuarto vecino le abrió los ojos.

—¿Qué te pasa, ama Li? —gritó Pinger—. ¿No sabes que si la niña llora tienes que darle golpecitos cariñosos en la espalda? ¡Pero qué dormilona eres!

El ama Li despertó sobresaltada y se irritó por aquella llamada de atención. Acercándose a Qiaojie, la destapó y le dio unas fuertes palmadas.

—¡Muérete ya y no molestes más, pequeño diablo! —gruñó—. ¿Por qué no duermes? ¿Acaso tu madre ha muerto para que aúlles de esta manera? —Y rechinando los dientes le dio tal pellizco a la niña que ésta aumentó la intensidad de su llanto.

—¡Esto ya es el colmo! —exclamó Xifeng en ese momento—. ¡Es intolerable! ¿Cómo se atreve a tratar así a mi hija? Anda y dale de mi parte un par de golpes a esa puta de corazón negro, y trae aquí a Qiaojie.

—No se enfade, señora —dijo Pinger sonriente—. Esa mujer no se atrevería a tratar mal a su hija. Seguro que ha sido sin querer. Aunque no me importa darle unos golpes, no merece la pena porque pronto empezaría a correr el rumor de que maltrata a sus sirvientas en mitad de la noche.

Al oírlo, Xifeng se quedó callada un rato y después dijo con un largo suspiro:

—Ya ves, si ahora que gozo de buena salud y vivo en una casa próspera tratan así a mi hija, ¡qué sería de ella si algo me llegara a ocurrir!

—No diga eso, señora —replicó Pinger con una sonrisa—. ¿Por qué tanta amargura en plena madrugada?

—Tú no lo entiendes. —La sonrisa de Xifeng era glacial—. Sé desde hace algún tiempo que no me queda mucho de vida. A pesar de que sólo he vivido veinticinco años, he visto lo que otros no han visto, y comido lo que otros no han comido; ha estado a mi alcance todo lo que hay en el mundo. Ya he provocado suficientes peleas, y he ganado todas las batallas que tenía que ganar. Sólo me ha faltado la longevidad. Pero ya he tenido bastante.

Al escuchar aquellas palabras, Pinger no pudo controlarse y se echó a llorar. Xifeng le dijo:

—No finjas ahora tanta piedad. Sé que cuando muera seréis felices. Sin mí, que soy una espina en vuestros ojos, podréis vivir en armonía. Pero prométeme algo: que querréis a mi hija cuando sepáis de mi muerte.

Arreció el llanto de Pinger con esas palabras.

—No viertas por mí las lágrimas de tu madre —exclamó Xifeng—. Aún no estoy muerta, deja ya de plañir. Si sigues llorando de esa manera acabaré por morirme de verdad.

El llanto de Pinger cesó de inmediato.

—Es que sus palabras me hacen daño… —se quejó la doncella, reanudando el masaje en la espalda de su señora. Durante un buen rato guardó silencio, y Xifeng acabó por quedarse dormida.

Pinger bajó del kang, y ya se retiraba cuando oyó pasos en el exterior. Era Jia Lian, que había llegado tarde a la cita con el eunuco imperial. Volvía de mal humor, y al ver a Pinger le preguntó:

—¿No se ha levantado todavía esa gente?

—Aún no, señor.

Jia Lian entró dando un golpe en la antepuerta y, con una sonrisa helada, dijo:

—¡Vaya, vaya! Aquí no se levanta nadie. Ya veo, aparentan afanarse y, en cuanto desaparezco, se quedan de brazos cruzados.

Y gritó exigiendo té. Pinger se precipitó a llevarle una taza. Pero era el caso que todas las doncellas y amas se habían echado a dormir otra vez en cuanto vieron salir a Jia Lian, sin suponer que regresaría antes de lo previsto, de manera que no había té recién hecho. Por eso Pinger le llevó una taza de té recalentado que Lian arrojó al suelo en cuanto le fue entregada, haciéndola añicos. El golpe arrancó bruscamente del sueño a Xifeng, que, empapada en sudor frío, lanzó un grito.

Al abrir completamente los ojos, con el corazón latiendo fuertemente, vio a su esposo sentado a su lado y a Pinger agachada recogiendo los fragmentos de la taza. Jia Lian tenía cara de pocos amigos.

—¿Por qué has vuelto tan pronto? —preguntó Xifeng a su esposo.

Como su marido no respondía insistió.

—¿No quieres que vuelva más? —aulló él—. ¿Acaso deseas que muera ahí fuera?

—¿Por qué me hablas así? —le dijo ella con suavidad—. No sueles volver tan pronto; por eso he preguntado. No hay razón para que te enfurezcas.

—¿Por qué no habría de volver inmediatamente si no he podido ver a ese eunuco? —volvió a gritar él.

—Si no lo has encontrado, sólo has de tener paciencia y regresar mañana al palacio un poco más temprano; entonces podrás verlo.

—¿Por qué tengo que dejar de comer en mi casa para hacer de recadero de otros? —insistió él—. Con el trabajo que tengo aquí, sin nadie que levante un dedo para ayudarme, tengo que andar dando palos de ciego un día detrás de otro para arreglar asuntos ajenos. ¿Por qué diablos debo hacerlo? ¡Y mientras tanto, el que está de verdad metido en apuros sigue tan tranquilo en su casa, sin importarle si es su vida o su muerte lo que está en juego! ¡Hasta me he enterado de que piensa preparar una fiesta con óperas y mucho ruido de gongs y tambores para celebrar un aniversario! ¿Por qué tengo que hacer yo estos encargos sin sentido en beneficio de un malnacido? —escupió con desagrado y volvió a regañar a Pinger.

Aquel escándalo enfureció a Xifeng, pero, después de reflexionar, decidió no discutir y se dirigió con una encantadora sonrisa en los labios.

—¿Por qué te enfadas tanto? ¿Por qué me das esos gritos cuando acaba de amanecer un día tan hermoso? ¿Quién te mandó aceptar encargos de otras personas? Ya que te has comprometido, ahora debes cumplir pacientemente lo que te pidan. Además, ¿cómo es posible que alguien metido en dificultades tan graves esté de tan buen ánimo como para organizar banquetes y representaciones de ópera?

—¡Tú puedes decir lo que quieras! Infórmate mañana.

—¿Y a quién le pregunto? —exclamó sorprendida.

—¿A quién va a ser? ¡A tu hermano mayor!

—¿Entonces es de él de quien estás hablando?

—Pues claro. ¿De quién va a ser?

—¿Y cuál es el motivo? —preguntó Xifeng.

—No te enteras de nada. Parece que vivas en el fondo de una jarra.

—¡Qué raro es todo esto! No tengo ni idea de qué hablas.

—¿Cómo lo ibas a saber, sí hasta Su Señoría y la tía Xue lo ignoran? Como no quise preocuparlas y tú siempre andas quejándote de tu mala salud, me encargué de que no saliera al exterior ni una palabra sobre este asunto, y tampoco permití que llegara a oídos de la familia. ¡Sólo mencionarlo me pone enfermo! Si no me lo hubieras preguntado, no te lo habría dicho nunca. Puede que pienses que tu hermano es un caballero, pero ¿sabes el mote que le han puesto en la ciudad?

—¿Cómo lo llaman?

—¿Que cómo lo llaman? Lo llaman Wang Ren[4].

—¡Pues claro, si él se llama así! —exclamó Xifeng con una carcajada.

—No, no lo llaman por su verdadero nombre, no es Wang «el Benevolente», sino «El que olvida la benevolencia» y la justicia y la propiedad y la sabiduría y la credibilidad[5].

—¿Quién puede ser el calumniador que ha cambiado el nombre de mi hermano de esa manera tan injuriosa? —dijo Xifeng indignada.

—¿Calumnia? ¿Injuria? Te lo diré de una vez para que sepas qué clase de honorable caballero es tu querido hermano. Está celebrando el cumpleaños de tu segundo tío, ¿lo sabías?

Ella frunció el ceño un instante y luego exclamó:

—¡Oh! Pero ¿no es en invierno el cumpleaños de mi segundo tío? Lo recuerdo porque Baoyu iba todos los años. Cuando promovieron al señor, mi segundo tío hizo venir una compañía de ópera para que nos regalásemos con su actuación, pero yo dije en secreto: «El segundo tío es muy tacaño, no como su hermano mayor. Ambas familias siempre están a la greña por asuntos de dinero. ¿Acaso cuando el tío mayor murió su hermano menor no trató de quedarse con su hacienda?». Por eso, para no quedar en deuda con él, aconsejé a la familia que en su próximo cumpleaños le devolviesen la ópera. ¿Pero por qué celebrar su aniversario de este año tan anticipadamente?

—Sigues dormida —dijo Jia Lian impaciente—. Apenas llegó a la capital, tu hermano organizó todo un ceremonial fúnebre en su honor. Temeroso de que se lo impidiéramos, no nos dijo nada; así consiguió miles de taeles que le fueron entregados como donativo para las honras fúnebres. Más adelante tu segundo tío le recriminó duramente haberse quedado con el dinero; él, agobiado, ideó un nuevo truco: cursó invitaciones a gran cantidad de gente pretextando que era el cumpleaños del segundo tío; así se reconciliaría con él y conseguiría de paso otra pequeña fortuna. ¿Qué más le da a él que sea en invierno o verano o que los parientes y amigos conozcan o ignoren la fecha del cumpleaños? ¡Así es de desvergonzado! ¿Y sabes por qué me levanté hoy tan temprano? Resulta que un censor imperial ha denunciado al trono que en el curso de sus investigaciones ha detectado un déficit en las provincias marítimas del cual tu tío mayor no había informado, y habiendo muerto éste exigen a su hermano menor, Wang Zisheng, y a su sobrino Wang Ren que restituyan lo sustraído. Ambos llegaron desesperados a solicitar mi ayuda, y como los vi muertos de miedo y son parientes tuyos y de nuestra señora, accedí. Quise que el venerable eunuco Qiu arreglara la cosa transfiriendo el déficit a alguna fecha anterior a la toma de posesión de tu tío o posterior a su muerte. Lamentablemente llegué tarde, y él ya había partido a palacio. Me tomé tanta molestia para nada, mientras los dos interesados no tienen más preocupación que la de preparar una fiesta. ¿Te enteras ya de por qué estoy tan indignado?

Xifeng comprendió por fin los desmanes de su hermano Wang Ren, pero su carácter le impedía admitirlo; por eso se limitó a replicar:

—Qué más da lo que haya hecho. Sigue siendo tu cuñado, ¿no? Además, tus desvelos se verán recompensados en la tierra por el reconocimiento de mi segundo tío, y en el cielo por mi tío mayor. Yo no tengo nada que decir y sólo me queda, pues de mi familia se trata, postrarme a tus pies para que no dejes de ayudamos; sobre todo para ahorrarme las invectivas y maledicencias de la gente a mis espaldas.

Y diciendo esto, bañada en lágrimas, levantó las mantas con las que se cubría y se sentó, se recogió la cabellera en un moño y se echó un abrigo sobre los hombros.

—No te pongas así —protestó Jia Lian—. El repugnante es tu hermano, no tú. Yo no te he reprochado nada. En cuanto al resto, cuando salí esta mañana y te dejé indispuesta, estas doncellas siguieron durmiendo a pierna suelta a pesar de que yo ya estaba levantado. ¿Es ésa la norma instaurada por nuestros antepasados? Tú permites esa falta tan grande porque te has vuelto demasiado indulgente, pero te encrespas conmigo cuando digo cualquier cosa. Si mañana decido meter en vereda a la servidumbre, ¿te harás tú cargo de todo? ¡Esto es absurdo!

—Ya es hora de que me levante —repuso Xifeng enjugándose las lágrimas—. Entiendo tu postura, pero ayudar a resolver el problema de mi familia será una muestra de afecto por mí. Y no sólo por mí, también la señora quedará complacida con tu intervención.

—Muy bien. Lo he comprendido. No hay que regar rábanos con orines[6].

—Pero ¿qué necesidad tiene de levantarse tan temprano, señora? —intervino Pinger en ese momento—. ¿Acaso no tiene una hora establecida para levantarse cada mañana? Me pregunto de dónde procede esa fiebre maligna que el señor Lian está descargando contra nosotras. ¿Acaso la señora no ha luchado siempre por usted, cubriéndole las espaldas? No es a mí a quien corresponde decir esto, señor, pero usted siempre se ha aprovechado de ella, y ahora, por una pequeña ayuda que tiene que prestar, lo reprocha una y otra vez, y de azúcar saca vinagre. ¿No le molesta herir sus sentimientos? Además, ninguna de sus quejas puede ser achacable a ella. Si nos levantamos tarde, enfádese con nosotras, que al fin y al cabo no somos más que sus esclavas. La señora ha arruinado su salud de tanto trabajar, ¿por qué la trata ahora con tan poca consideración?

Y hablando de esta manera, los ojos se le encendieron. Y aunque Jia Lian había llegado con el vientre lleno de rabia contenida, se sintió desarmado por los sutiles pero afilados reproches de su adorable esposa y su encantadora concubina.

—¡Muy bien! ¡Muy bien! —dijo riendo—. Ya tengo bastante con tu señora para que ahora tú también te pongas de su lado. En todo caso, está claro que aquí no soy más que un extraño: cuanto antes muera, antes estarán en paz vuestros espíritus.

—¡No hables así! —replicó Xifeng—. ¿Quién puede predecir el futuro? Tal vez yo muera antes que tú. Si muero un día antes, tendré un día más de paz. —Y volvió a llorar, y Pinger a consolarla.

Ya estaba bien entrado el día, y los rayos de sol empezaban a hacer dibujos sobre el papel de las ventanas. Jia Lian no tenía más que decir, se puso en pie y salió. Ya se había levantado Xifeng, y estaba aseándose, cuando apareció una joven doncella con un mensaje de la dama Wang:

—La señora desea saber si irá usted hoy a visitar a su tío paterno. En caso de que lo haga, debe llevar consigo a la joven esposa del señor Bao.

La agria conversación con su esposo había puesto ceniza en el humor de Xifeng, que sentía aversión por su familia, que de aquella manera mancillaba su honor. A su decaimiento venían a sumarse las consecuencias de todo el miedo que había pasado la noche anterior. Así pues, dijo a la doncella:

—Llévale a Su Señoría estas palabras: todavía me quedan uno o dos asuntos que atender, así que no podré ir hoy a visitar a mi tío paterno. Además, si no se trata de un asunto importante y la joven señora Bao desea ir, puede hacerlo sin mi compañía.

La doncella asintió. Y dejémosla corriendo a transmitir las palabras de Xifeng. Cuando ésta acabó su aseo, se cambió de vestido y se dio a pensar que, aunque no fuera a casa de su tío, tendría que enviar un mensaje; además, era el caso que Baochai, siendo una recién casada, en sus salidas debía ir acompañada. Entonces se dirigió a los aposentos de la dama Wang y, con cualquier pretexto, entró en busca de Baoyu, a quien encontró echado con toda su ropa sobre el kang mirando embelesado a Baochai, que se peinaba. Baochai fue la primera que vio a Xifeng en el umbral. Se incorporó inmediatamente para ofrecerle asiento, y Baoyu se bajó del kang. Xifeng tomó asiento con una sonrisa de comprensión.

—¿Por qué no me habéis advertido de la llegada de la señora Lían? —dijo Baochai a Sheyue en tono de reproche.

—Ha sido ella quien nos ha hecho un gesto para que no la anunciáramos —se excusó sonriendo la doncella.

—¿Qué esperas para desaparecer de aquí? —inquirió Xifeng a Baoyu—. A tu edad te sigues portando como un niño. ¿No tienes otra cosa que hacer aparte de dar vueltas a su alrededor mirando cómo se peina? ¿Acaso no os veis bastante a lo largo del día en vuestros aposentos? ¿No temes que las doncellas se burlen de ti? —Y echándose a reír, chasqueó la lengua sin apartar la mirada de Baoyu.

Éste se avergonzó un poco, pero fingió no hacerle caso. Baochai, en cambio, se ruborizó completamente y juzgó que tan difícil era replicar a aquella alusión como no hacerlo. Al ver a Xiren que traía el té sobre una bandeja, hizo un esfuerzo por salir de su confusión y, por ocuparse en algo, empezó a llenar de tabaco una larga pipa. Cuando hubo terminado, la alargó a Xifeng, quien al levantarse de su asiento para recibirla dijo sonriente:

—No te preocupes de estas cosas, y date prisa en vestirte.

Esta vez fue Baoyu quien, con la cara encendida, hizo ademán de ocuparse de algo.

—¡Vete de una vez! —exclamó Xifeng—. ¿Dónde se ha visto que un caballero espere a las mujeres para andar junto a ellas?

—Es que no me gusta la ropa que llevo puesta —repuso el azorado Baoyu—. Prefiero aquella capa tan hermosa que mi abuela me regaló hace dos años, hecha de hilos dorados y plumas de pavo real.

—¿Y por qué no te cambias? —preguntó Xifeng impaciente.

—Porque aún es demasiado pronto.

De repente Xifeng recordó algo y se arrepintió en el acto de haberle hecho esa pregunta. «Menos mal que Baochai también es pariente de mi familia de origen», pensó, aunque no dejó de sentirse incómoda consigo misma por haber sido tan indiscreta delante de las doncellas.

—Lo que usted no sabe, señora Lian —intervino Xiren—, es que nuestro señor Bao tampoco se pondría esa capa aunque no fuera demasiado pronto.

—¿Por qué?

—El comportamiento de nuestro señor Bao procede de más allá del cielo. La Anciana Dama le regaló esa capa precisamente para acudir a festejar el aniversario de su tío materno, y justo aquel día la quemó. Como mi madre estaba muy enferma, yo no estaba en casa. Aún vivía la hermana Qingwen, y me han dicho que, aunque ya estaba muy enferma, pasó toda la noche zurciéndola. Gracias a su desvelo, la Anciana Dama no se percató al día siguiente de que el señor Baoyu había estropeado la capa. El año pasado, un día de mucho frío, mandé a Beiming con la capa para que se la llevara a la escuela. Parece ser que al verla se acordó de Qingwen y declaró solemnemente que no volvería a ponerse esa prenda. Me ordenó que la guardara con el fin de que se conservara tal cual el resto de su vida.

—¡Pobre Qingwen! —intervino Xifeng sin dejarla terminar—. Era una joven tan guapa y tenía unas manos tan ágiles… Aunque también es verdad que tenía una lengua demasiado afilada. Fue una pena que Su Señoría prestara oídos a todas las maledicencias que se decían sobre ella, y precipitase así su muerte. A propósito, un día me encontré con la hija de la señora Liu, la que trabaja en la cocina; ya sabes, esa muchacha que se llama Wuer o algo parecido. Se parece a Qingwen como si fuera su reflejo. Quise que viniera a trabajar aquí, y hablé primero con su madre; me dijo que le parecía muy bien y se puso muy contenta. Lo que yo tenía en la cabeza es que Xiaohong, la doncella de los aposentos de Bao, llevaba ya un tiempo sirviéndome a mí, y yo no había enviado ninguna otra a Baoyu como compensación. Pero Pinger me dijo que en alguna ocasión Su Señoría había dicho que no deseaba ver en sus aposentos a ninguna sirvienta de buena apariencia; por eso dejé pasar el asunto, pero ahora que el señor Bao ya está casado no hay que preocuparse por nada. Sí, lo mejor que puedo hacer es traer aquí a Wuer. Si Baoyu siente tanta nostalgia de Qingwen, sólo tendrá que mirar a Wuer para recordarla y consolarse. Todo eso suponiendo que él lo desee.

Baoyu, que mientras Xifeng hablaba estuvo a punto de emprender la retirada, se detuvo.

Xiren respondió por él:

—Claro que le gustaría. Hace tiempo que lo desea, pero las palabras de Su Señoría, tan inflexibles, no le han permitido volver a plantearlo.

—En tal caso la enviaré aquí mañana mismo —dijo Xifeng—. Yo misma me ocuparé de hablar con Su Señoría.

Deleitado por aquella novedad, Baoyu acudió a visitar a su abuela mientras Baochai se vestía.

La tierna diligencia de la joven pareja había herido en alguna medida a Xifeng, sobre todo al compararla con el rudo trato que un momento antes había tenido que soportar de su esposo Jia Lian. No quiso permanecer allí más tiempo y se incorporó, sugiriendo a Baochai:

—Vamos a ver a la señora.

Salieron juntas alegremente a visitar a la Anciana Dama. Allí encontraron a Baoyu, que estaba anunciando a su abuela su inminente salida a la casa de su tío.

La Anciana Dama asintió con un gesto de cabeza.

—Anda pues —le dijo—, pero no bebas demasiado y regresa temprano. Recuerda que acabas de empezar tu convalecencia.

Asintió por su parte el muchacho, y se retiró; pero antes le dijo a Baochai unas palabras al oído.

—Muy bien —dijo ella riendo—. Y ahora vete, date prisa.

La Anciana Dama, por su parte, emprendió una animada conversación con Xifeng y Baochai hasta que entró Qiuwen con el siguiente anuncio:

—El señor Bao ha enviado a Beiming de vuelta con un mensaje para su esposa.

—¿Habrá olvidado algo? ¿Por qué habrá enviado al paje de vuelta? —se preguntó Baochai.

—Pedí a una de las muchachas que preguntase a Beiming —respondió Qiuwen—, y éste le dijo: «El señor Bao ha olvidado decir a su esposa lo siguiente: “si piensa ir a casa de su tío, que se dé prisa; si cambia de parecer, que no se quede mucho tiempo expuesta a las corrientes de aire en los patios y corredores”».

Se escuchó una sonora carcajada de la Anciana Dama, de Xifeng, y de todas las criadas y doncellas que allí había, pero Baochai, que se sintió profundamente avergonzada, espetó con desagrado a Qiuwen en tono de reproche:

—¡Idiota! ¡Irrumpir aquí sólo para decir esa tontería!

Qiuwen salió, sin dejar de reír, y encargó a la sirvienta de la puerta que mandara a Beiming al diablo. Éste se fue corriendo de allí, no sin antes gritar por encima del hombro:

—El señor Bao me obligó a desmontar para venir a traer este mensaje. Si no lo hubiera hecho me habría cubierto de maldiciones, y una vez que lo hago son ellas quienes me insultan.

A su vuelta, la doncella repitió entre risas las palabras del paje. La Anciana Dama dijo a Baochai:

—Vuelve con tu esposo. No permitas que esté tan preocupado por ti.

La maliciosa recomendación de la Anciana Dama, unida a las burlas de Xifeng, avergonzaron de nuevo a Baochai, que se marchó apresuradamente de allí.

Llegó entonces la abadesa Daliao, del templo de las Flores Dispersas, quien, después de manifestar su respeto a la Anciana Dama, saludó a Xifeng y se sentó a saborear un té. «¿Por qué ha dejado pasar tanto tiempo sin visitarnos?», le preguntó la Anciana Dama.

—Es que últimamente hemos celebrado varios oficios en nuestro templo y nos han estado visitando varias nobles damas, y he estado muy ocupada. Hoy he venido especialmente a decirle, venerable antepasada, que mañana celebraremos otra ceremonia. Si usted estuviera en disposición de unirse a esta obra pía, nos sentiríamos muy contentas.

—¿Y con qué motivo?

—Resulta que, desde el último mes, la mansión del señor Wang no está limpia, no han dejado de manifestarse espíritus y fantasmas. En cuanto llega la noche, la señora ve cómo se le aparece el espectro de su difunto esposo. Ayer vino al templo para comunicarme que deseaba quemar incienso y hacer una promesa ante el altar de Buda, celebrando los cuarenta y nueve ritos para liberar las almas de los muertos tanto en la tierra como en el agua con el fin de obtener la buena salud y la tranquilidad para toda su familia: que los muertos suban al cielo y que los vivos obtengan fortuna. Por eso no he podido venir hasta ahora a saludarla y desearle la quietud, señora.

Es el caso que Xifeng siempre había experimentado una incontenible repugnancia ante ese género de historias, pero desde su encuentro la noche anterior con el espectro de Qin Keqing se sentía confusa al respecto, de manera que, al oír las palabras de la abadesa, sintió derrumbarse casi todas sus prevenciones y, sin darse cuenta, empezó a darle crédito.

—¿Cuál es ese buda del templo de las Flores Dispersas? ¿Y por qué puede expulsar malos espíritus y destruir a los demonios?

Daliao pudo percibir como la incrédula Xifeng empezaba a admitir sus dogmas.

—Señora, ya que hoy me lo pregunta escúcheme atentamente: el origen de este Buda es realmente milagroso y sus méritos son extraordinarios. Nació en el reino Dashu del Cielo Occidental[7]. Sus padres eran leñadores, y cuando vino al mundo apareció con tres cuernos en la cabeza y cuatro ojos en el rostro. Medía sólo tres chi, y sus brazos eran tan largos que llegaban al suelo. Sus padres creyeron que era un demonio y lo abandonaron más allá de las montañas heladas. Sin embargo, en aquella comarca moraba un viejo simio con poderes mágicos, que al salir en busca de comida observó una columna de vapor blanco que se elevaba de la cabeza de Buda, y que tigres y lobos se mantenían apartados de él. Supo entonces que no se trataba de una criatura común y se lo llevó consigo a su caverna, donde lo crió. El bodhisattva había nacido de inteligencia tan rápida que pronto pudo discutir con el simio acerca del chan y la doctrina budista, cosa que hacían diariamente hasta que empezaban a llover flores del cielo. Mil años después el bodhisattva ascendió al cielo, pero aún hoy se puede ver sobre la montaña el lugar donde comentó los cánones, dispersando las flores. Todas las plegarias que se le hacen son atendidas, y a menudo él manifiesta su divinidad salvando a los atribulados. Por eso sé construyó el templo y se hacen ofrendas a su imagen.

—¿Y qué pruebas hay de todo eso que me cuenta? —quiso saber Xifeng.

—¿Ya está otra vez con sus reparos, señora? ¿Qué pruebas se precisan para creer? Si esta historia fuera falsa, sólo podría engañar a una o dos personas, ¿cómo es que tantas personas con tan buen sentido común pueden haber sido engañadas desde la antigüedad hasta hoy? Piense, señora, que el único incienso que ha ardido ininterrumpidamente desde hace siglos ha sido el del budismo. ¿No será porque ha bendecido al Estado, ha bendecido al pueblo y su eficacia se ha ganado la fe de la gente?

Xifeng pensó que las palabras de la abadesa no dejaban de ser razonables.

—De acuerdo —concluyó—, mañana mismo iré a visitar su templo. ¿Tienen allí varillas adivinatorias? Me gustaría aprovechar para hacer una tirada. ¡Si el resultado coincide con mis preocupaciones me convertiré en una ferviente creyente!

—Nuestras varillas son infalibles —le aseguró Daliao—. Lo sabrá mañana, señora.

—Mejor esperar a pasado mañana, que será el primer día del mes —intervino la Anciana Dama.

Cuando Daliao hubo terminado su té acudió a presentar sus respetos a la dama Wang, tras lo cual regresó a su templo.

Xifeng aguardó impaciente hasta la mañana convenida. Se levantó apenas despuntó el alba, ordenó que se unciesen caballos a un carruaje y partió acto seguido en dirección al templo con Pinger y gran acompañamiento de sirvientes. La recibió Daliao a la cabeza de las monjas y novicias, y después de saborear un té en el oratorio, Xifeng realizó sus abluciones y entró en el salón principal, donde quemó como ofrenda un haz de varillas de incienso. Como no estaba de ánimo para contemplar la imagen de Buda, se hincó de rodillas devotamente, dio tres veces con la frente en el cojín de rezos y, alzando finalmente el tubo de las varillas numeradas, lo sacudió tres veces y lo inclinó ligeramente pensando en la aparición del fantasma y en su mala salud. Tras un suave traqueteo, se deslizó del tubo una varilla. Ella volvió a hacer un koutou, tras lo cual recogió la varilla. «Número 33 —leyó—. Fortuna extraordinaria.»

Daliao buscó el número en el libro de los oráculos y leyó en voz alta: «Wang Xifeng, ataviada con brocados, retorna a su tierra natal».

Sorprendida, Xifeng le preguntó:

—¿Acaso existió en la antigüedad otra Wang Xifeng?

Daliao respondió con una sonrisa:

—¿Pero cómo con su amplio conocimiento del pasado y el presente no ha oído usted hablar, señora, de cómo Wang Xifeng, de la dinastía Han, consiguió un cargo oficial?

La esposa del intendente Zhou Rui, que estaba junto a ellas, exclamó:

—Señora, ¿no se acuerda de que una de las veces que estuvo en nuestra casa Li la Ciega, la narradora de cuentos, no permitimos que contara uno que contenía su nombre?

—Es verdad —dijo Xifeng—. Lo había olvidado.

Entonces leyó las palabras exactas del oráculo:

Quien por veinte años abandonó su casa

ahora vuelve a su patio cubierta de brocados.

La miel que de mil capullos libó la abeja,

convierte su amargura en el dulzor de los demás[8].

Llega un viajero.

Noticias que llegan tarde.

Juicio que se amaña.

Compromiso matrimonial reconsiderado.

Xifeng no encontró mucho sentido a todo aquello.

—¡Enhorabuena, señora! —exclamó la abadesa—. ¡Qué coincidencia! Usted ha estado aquí desde niña y nunca regresó a Nanjing. Ahora que Su Señoría ostenta un cargo provincial mandará a buscar a su familia, lo cual le dará a usted la posibilidad de «volver cubierta de brocados», como dice el oráculo. —Y mientras hablaba copió el oráculo sobre un pliego de papel y lo entregó a la doncella.

Xifeng no estaba muy convencida. Cuando Daliao le sirvió de comer, se limitó a juguetear con la comida y se dispuso enseguida a retornar a la mansión, no sin antes haber satisfecho la donación para el incienso. La abadesa no logró retenerla más tiempo.

Cuando Xifeng llegó, la Anciana Dama y la dama Wang le preguntaron el resultado del oráculo. Una vez que les fue expuesto, quedaron deleitadas.

—¡Puede que ése sea, en efecto, el plan del señor! —exclamaron—. ¡Qué agradable nos resultaría ese viaje!

Como viera a todo el mundo aceptar sin más la interpretación del viaje, también Xifeng acabó admitiéndola. Pero no sigamos hablando de este asunto.

Cuando Baoyu despertó de su siesta aquel día, no encontró a Baochai. Ya se disponía a preguntar a las doncellas, cuando entró ella.

—¿Dónde estabas? Hace rato que no te veo —quiso saber el muchacho.

—Viendo el oráculo de la prima Xifeng —le dijo con una sonrisa.

—¿Y cuál ha sido el resultado?

—Todos dicen que es un buen augurio —le dijo ella tras leerlo en voz alta—, pero sospecho que «volver cubierta de brocados» puede tener otro sentido. El tiempo lo dirá.

—Eres muy suspicaz. No tuerzas el sentido del oráculo —protestó él—. Desde antiguo se ha sabido que «volver cubierto de brocados» es un gran augurio. ¿Por qué intentas darle otra interpretación? Y dime, ¿de qué otra manera lo explicarías?

Antes de que Baochai pudiera contestar entró una doncella. Venía de parte de la dama Wang, que quería verla con urgencia, con lo cual la muchacha tuvo que partir inmediatamente.

Para saber de qué se trataba, atiendan a la siguiente escena.

CAPÍTULO CII

Los huesos y la carne de la mansión Ning

contraen una infección maléfica.

El agua purificadora exorciza al hijo degenerado

en el jardín de la Vista Sublime.

La dama Wang mandó llamar a Baochai, y ésta atendió inmediatamente el requerimiento de su suegra.

—Tu prima Tanchun está a punto de contraer matrimonio —le dijo la dama Wang—. Como cuñada, te corresponde demostrarle tu aprecio dándole tus consejos. Al fin y al cabo es una muchacha sensata, y me consta que os entendéis muy bien. Sin embargo, ha llegado a mis oídos que la noticia de este matrimonio ha hecho llorar amargamente a Baoyu; a él también deberás reconfortarlo. En estos últimos tiempos caigo enferma a menudo, y la pobre Xifeng mejora tres días para empeorar los dos siguientes. Tú, que eres una persona de ideas claras, tienes la responsabilidad de hacerte cargo de todo lo que nos ataña y no dejar que te amilane el miedo a ofender a alguien, pues sobre tus hombros pesarán en el futuro todos los asuntos domésticos.

—Sí, señora —asintió Baochai.

—Y una cosa más —continuó la dama Wang—. Tu cuñada Xifeng trajo ayer a la hija de la señora Liu. Como hace tiempo que necesitamos otra doncella en vuestros aposentos, ella podría ocupar ese puesto.

—Pinger acaba de traerla diciendo que tanto usted como mi cuñada Xifeng estaban de acuerdo, señora.

—Xifeng me lo propuso y yo no puse reparos. Después de todo, no podía desairarla. Ahora bien, a juzgar por la mirada de la joven me dio la impresión de que no es de las que permanecen tranquilas en su sitio. Ya en el pasado me vi obligada a despedir por maliciosas a varias doncellas de Baoyu que parecían espíritus de zorras. Pero esas historias ya las conoces bien; al fin y al cabo, todo aquello fue la causa de que abandonases el jardín de la Vista Sublime y regresases a casa. Ahora, estando tú aquí, las cosas serán distintas. Te lo digo para que te mantengas alerta: la única de tus doncellas en quien se puede confiar es Xiren.

Baochai manifestó estar de acuerdo con esa apreciación de la dama Wang, y después de charlar un rato más se despidió. Cuando hubo comido visitó a Tanchun, a quien ofreció palabras de consejo y consuelo que no es preciso registrar en detalle.

Al día siguiente, antes de emprender su largo viaje, Tanchun acudió a despedirse de Baoyu quien, por supuesto, se resistía a verla partir. Sin embargo ella insistió, pues quería hablarle acerca de los principios morales que rigen las relaciones humanas[1]; y aunque al principio él escuchó con la mirada fija en el suelo, poco a poco la tristeza se fue tornando en alegría y empezó a dar pruebas de sensatez. Entonces ella, aliviada, dijo adiós a la casa entera, subió a su palanquín y emprendió su viaje, que la habría de llevar hasta el sur navegando en juncos y viajando en carruajes diversos.

Antaño todas las muchachas habían residido en el jardín de la Vista Sublime, pero después de la muerte de la consorte imperial se había abandonado aquel lugar esplendoroso. Cuando llegó el momento de la boda de Baoyu, Daiyu ya estaba muerta y Xiangyun se había marchado definitivamente; Baoqin, por su parte, se había mudado, y en el jardín, donde el frío se hizo más intenso, quedaba ya muy poca gente. Li Wan y sus primas, así como Tanchun y Xichun, habían regresado a sus aposentos originales y sólo pisaban el jardín cuando se ponían de acuerdo para, todas juntas, disfrutar de las flores y la luz de la luna. Ahora que Tanchun también se había ido y Baoyu permanecía convaleciente en los aposentos de su abuela, quedaban pocos amantes del lugar, y el jardín se había vuelto un lugar silencioso, habitado sólo por unos cuantos guardianes.

El día de la despedida de Tanchun, aunque ya estaba oscuro, la señora You no quiso subir en un carruaje, y decidió franquear la puerta lateral abierta para tener acceso desde el jardín a la mansión Ning. Encontró el lugar desolado, desiertos sus refugios y pabellones, y convertidos en huertos los muros bajos. La visión despertó en ella la melancólica sensación de haber perdido para siempre algo muy querido.

Al llegar sintió que tenía un poco de fiebre y estuvo resistiéndola un par de días, pero finalmente acabó postrada. Durante el día su temperatura se mantenía en límites aceptables, pero al caer la noche subía tanto que la hacía delirar. El médico llamado por Jia Zhen diagnosticó: «El origen de su mal es un simple resfriado, pero el elemento mórbido se propaga por vasos y nervios que llegan al estómago y le entorpece la digestión, al tiempo que le produce delirios y alucinaciones. Recobrará la salud cuando defeque abundantemente».

Pero lo cierto es que con dos dosis del brebaje que le fue recetado no sólo no mejoró, sino que, al contrario, deliró más que nunca. En su ansiedad Jia Zhen mandó llamar a Jia Rong.

—Corre a la ciudad, averigua qué otros buenos médicos hay en el exterior y haz que algunos de ellos vengan a verla —ordenó a su hijo.

—El que vino anteayer es el que tiene más reputación, pero temo que el mal no se cure con medicinas —fue la respuesta.

—¡Pamplinas! ¿Acaso quieres que la abandonemos a su suerte?

—No quise decir eso, señor. El otro día, cuando mi venerable madre fue a la mansión del Oeste regresó atajando por el jardín de la Vista Sublime. Al llegar cayó presa de esta extraña fiebre, de modo que muy bien puede haber ocurrido que algún espíritu le haya hecho daño. Casualmente está en la ciudad un tal Mao Banxian[2], procedente del sur. Dicen de él que hace unas adivinaciones sorprendentes con los hexagramas. ¿Por qué no le hacemos venir? Si sus palabras nos merecen crédito seguiremos sus consejos; si no nos parecen de utilidad, buscaremos otros médicos.

Jia Zhen llamó inmediatamente a aquel adivino tan renombrado. Cuando llegó, le ofrecieron asiento y le sirvieron té en el gabinete.

—Señor —dijo el vidente a Jia Rong—, ¿puede decirme a qué debo el honor de su invitación?

—Mi madre está enferma. Nos gustaría que interpretara uno de sus hexagramas.

—En tal caso —dijo Mao Banxian—, tráiganme agua limpia para lavarme las manos y preparen incienso. Veré qué puedo hacer.

Una vez que los criados hubieron cumplido sus instrucciones, se sacó del pecho un bote de bambú y, dando un paso adelante, se postró.

Entonces sostuvo el bote con las dos manos y salmodió:

—Respetuosamente me inclino ante el Taiji y el Cielo y la Tierra, que se comunican y transforman. Aparecen el Diagrama y el Escrito y los cambios se producen sin fin, actúan santos y sabios y dan certeras respuestas de salvación[3]. Ante mí, el devoto funcionario de la familia Jia, cuya madre ha caído enferma. Solicito con toda reverencia respuesta de los cuatro grandes santos: Fu Xi, el rey Wang, el duque Zhou y Confucio, para que desde su majestad se conmuevan y se manifiesten misteriosos. Si en forma infausta, así sea. Si fausta, fausta sea. Comience primero con el trigrama inferior.

Y, dicho esto, abrió el bote de bambú y dejó caer las monedas sobre una bandeja:

—¡Oh, maravilla! —exclamó—. El primer yao es nada menos que un jiao[4].

Luego repitió la operación. La segunda tirada descubrió un dan, y en la tercera apareció otra vez un jiao.

—Ya tenemos las tres líneas interiores —dijo recogiendo las monedas—. Ahora buscaremos la manifestación de las tres exteriores para completar el hexagrama.

Las tres líneas exteriores fueron dan, chai y dan.

Entonces Mao Banxian guardó el tubo con las monedas y tomó asiento de nuevo.

—Por favor, acomódense mientras yo estudio el resultado —dijo—. Éste es el último de los sesenta y cuatro hexagramas. «Lo que no está completo[5].» La tercera línea representa las generaciones. El fuego domina la séptima rama celeste: los hermanos dilapidan la fortuna; mala suerte habrá de llegar. Pero la pregunta es sobre la enfermedad de su honorable madre, la línea que se debe interpretar es la primera, la que representa a los padres. En ella aparece un espíritu hostil. En la quinta aparece otro. Por lo tanto temo que la enfermedad de su madre sea muy grave. Sin embargo, hay un factor de compensación: el elemento agua está en ascenso, y a continuación viene la madera que alimenta a su vez al fuego. En la línea de la generación de hijos y nietos aparece el que los derrotará. El sol y la luna se dan nacimiento mutuamente, en tres días más el agua de la primera rama desvanecerá los espíritus en el vacío, y la enferma sanará el día de la undécima rama. En la línea de los padres hay espíritus que mutan, y me temo que puedan afectar a su honorable padre. Y en cuanto a la generación dé Su Señoría, las pérdidas serán aún más graves; cuando el agua se expanda y la tierra decline, los días serán malos —dicho lo cual, tomó asiento alzando su barba.

Al principio Jia Rong se había reído para sus adentros de aquellas supersticiones, pero lo que había explicado era razonable; además, la posibilidad de que su padre también pudiera caer enfermo lo inquietó y dijo:

—Su adivinación ha sido brillante, señor, pero aún no sé cuál es la causa de la enfermedad de mi madre.

—El hexagrama indica fuego contrarrestado por agua, o sea que debe ser un caso de congestión por enfriamiento combinado con un humor caliente. Ni la adivinación con milenrama[6] podría determinarlo con mayor claridad. Para estar completamente seguros, habría que recurrir al método del Ciclo Duodecimal[7].

—¿Y también es experto en eso, señor?

—Algo conozco.

Jia Rong le pidió que se lo demostrase y para ello escogió una hora al azar. Entonces Mao Banxian dibujó la tabla correspondiente y distribuyó shen y pai: la primera de las doce horas sobre el tigre blanco.

—Esta combinación recibe el nombre de «dispersión de los espíritus» —dijo—. En general el tigre blanco se considera maligno. Cuando lo controla una figura superior, no puede hacer daño; pero ahora que el espíritu de la muerte se ha abatido sobre esta casa, y es un tiempo de desventura, los tigres están hambrientos y acechan a los humanos. El presagio adquirió este nombre porque los espíritus se dispersan por el temor. Este signo indica que los cuerpos pierden sus almas, tristezas y desgracias se encadenan, la muerte derrota a los enfermos, los procesos se desarrollan amargos y alarmantes. Según este signo, el tigre se asoma al crepúsculo; no cabe duda de que su madre enfermó a la caída del sol. También dice que en aquellos casos en que aparece este signo, se trata de una vieja mansión en la que acecha un tigre, que puede provocar apariciones o ruidos. Usted me ha pedido que le dijera la fortuna de sus padres, señor. Justamente, el tigre a la luz dañará al varón, el tigre en la sombra dañará a la mujer. ¡Son muchos los males y peligros que augura esta combinación!

Ya antes de oír aquellas últimas palabras, Jia Rong había empalidecido de terror.

—De acuerdo, señor —admitió—. Pero éste no coincide exactamente con el otro vaticinio. ¿He de temer el peligro?

—No se alarme. Permítame volver a estudiarlo detenidamente. —Y agachando la cabeza, se dio a murmurar un rato—. ¡Bien! —gritó al instante—. Hay una estrella de salvación. Bajo la sexta rama aparece un espíritu noble al rescate. El signo es conocido como «se dispersa el alma sensible y retorna el alma espiritual». A la ansiedad seguirá el alborozo. Todo irá bien, pero deberán tomar precauciones.

Jia Rong le entregó los honorarios convenidos y lo acompañó hasta la salida. Después corrió a informar a Jia Zhen:

—Mi honorable madre contrajo esa enfermedad en la residencia vieja al caer el sol, cuando se encontró con el espíritu del tigre blanco agazapado sobre la carroña.

—El otro día me dijiste que tu madre había atajado por el jardín; seguramente fue allí donde se topó con él. ¿Te acuerdas de cómo tu tía Xifeng también cayó enferma después de ir al jardín? Ella nos dijo que no había visto nada, pero sus doncellas y las sirvientas viejas dijeron que la había asustado una criatura peluda situada sobre una roca, con ojos grandes como linternas, y capaz de hablar. Fue el terror lo que la hizo enfermar.

—Sí, me acuerdo —respondió Jia Rong—. También Beiming, el paje de mi tío Baoyu, me dijo en cierta ocasión que Qingwen se había convertido en la diosa de los Hibiscos del jardín y que después de la muerte de la prima Lin se oyó una música en las alturas, de modo que también a ella deben haberla encargado de las flores de ese lugar. Qué cosa tan espantosa. ¡Todos esos espíritus y fantasmas en el jardín! Antes no importaba, pues el lugar estaba lleno de gente que iba y venía, y el espíritu de la luz reinaba en él… Pero ahora está muy solitario y desolado. Tal vez al pasar por allí mi madre pisó alguna flor o se encontró con alguno de esos espíritus. Por eso me parece que la interpretación del adivino es correcta.

—¿Dijo si había algún peligro o se auguraban dificultades? —preguntó Jia Zhen.

—Anunció que el undécimo día de las ramas terrestres todo mejorará, que en dos días mi madre recuperaría la salud, o, mejor aún, pasados dos días lo hará.

—¿Qué quieres decir?

—Pues que si el adivino tiene razón en todo lo que dijo, también usted caerá enfermo.

En eso alguien llamó desde los cuartos interiores:

—La señora desea levantarse e ir al jardín. ¡Sus doncellas no consiguen impedírselo!

Su esposo y su hijo consiguieron calmarla.

—¡El que va vestido de rojo me está llamando! ¡El de verde me está urgiendo! —deliraba la señora You.

Las doncellas sentían ganas de reír, pero al mismo tiempo estaban asustadas. Jia Zhen mandó comprar dinero de papel para quemarlo como ofrenda en el jardín. Y por cierto que aquella noche la señora sudó y se tranquilizó. Llegó el día de la undécima rama y empezó la mejoría.

La historia se divulgó y ya no se hablaba de otra cosa que de los espíritus del jardín, y los sirvientes encargados del lugar empezaron a cogerle miedo a cortar las flores, podar los árboles o regar los huertos. Como no se atrevían a entrar de noche, los pájaros y otros animales fueron perdiendo la familiaridad con las personas, y llegó un momento en el que incluso de día sólo se entraba en el jardín en grupo y con las armas a mano.

Y en efecto, ocurrió que pasado un tiempo Jia Zhen cayó enfermo, pero en lugar de consultar con su médico hizo ciertos votos y mandó quemar dinero de papel en el jardín y ofrecer plegarias a las estrellas. Apenas se repuso él, cayeron enfermos Jia Rong y los demás, y aquello continuó durante varios meses para consternación de ambas mansiones. El susurro del viento y el grito de las grullas causaban pánico, y la gente empezó a ver fantasmas detrás de cada árbol o arbusto. Como los ingresos del jardín cesaron, aumentaron los gastos mensuales de los diversos aposentos y la mansión Rong empezó a sentir la estrechez económica. Ansiosos por abandonar el lugar, los sirvientes del jardín se dieron a fabricar historias y crear dificultades con sus relatos de espíritus florales y monstruos arbóreos, hasta que por último fue sellado el portón del jardín de la Vista Sublime y nadie se atrevió a volver allí. Las hermosas torres, los pabellones, los refugios y las terrazas fueron tomados por los pájaros y demás animales.

Ahora bien, Wu Gui, primo de Qingwen, vivía no muy lejos de la puerta del jardín. Desde la muerte de Qingwen, y habiendo oído que se había convertido en un espíritu floral, la esposa de Wu Gui no se atrevía a salir sola de noche. Cierto día se acatarró y tomó un remedio equivocado; cuando Wu volvió por la noche de realizar unas compras la encontró muerta sobre el kang. Los de fuera, conocedores de su mala reputación, decían que un monstruo había trepado por el muro y que había absorbido toda su energía hasta matarla.

Alarmada por aquellos comentarios, la Anciana Dama colocó vigilantes nocturnos en torno a la casa de Baoyu para que fueran anunciando el discurrir de las vigilias. Las doncellas jóvenes afirmaban haber visto una figura de rostro rojo, así como a una encantadora belleza, con lo cual causaron una conmoción incesante que mantenía diariamente aterrorizado a Baoyu. Por fortuna Baochai, que conservaba la cordura, logró aplacar los rumores amenazando con dar una paliza a cualquier sirviente o doncella a quien oyera hablar de más. Pero en fin, los habitantes del lugar vivían tan atemorizados por los espíritus y fantasmas que fue preciso contratar más guardias, lo cual agravó aún más la situación económica de la casa. Sólo Jia She seguía riendo con escepticismo.

—¿Cómo puede haber monstruos en tan bello jardín? —se burlaba. Eligió un buen día de sol e ignorando las advertencias de los demás fue a investigar a la cabeza de un tropel de sirvientes bien armados.

Efectivamente, dentro del jardín abandonado había una atmósfera sombría. Jia She se dio ánimo para continuar, pero sus acompañantes se morían de miedo. Un joven sirviente, en su pánico, oyó un susurro y al volverse vio pasar volando algo brillante y colorido. Lanzó un grito de terror, las piernas no pudieron sostenerlo y se desplomó como un fardo. Jia She se volvió para preguntar qué había sucedido.

—¡He visto un monstruo! —dijo boqueando el muchacho—. Tenía la cara amarilla y la barba roja, y vestía una túnica verde y una falda negra. Se metió volando entre los árboles y se escondió en una gruta de la colina.

Jia She preguntó, comenzando a sentir temor:

—¿Los demás también lo habéis visto?

Algunos criados aprovecharon la oportunidad para intervenir:

—¡Cómo no íbamos a verlo, señor! Pero como usted iba por delante no quisimos alarmarlo y no hemos dicho nada. Nosotros los esclavos aún sabemos controlarnos.

Jia She se estremeció de miedo y se batió rápidamente en retirada, exigiendo a los sirvientes que no mencionasen lo ocurrido y dijeran en cambio que una exhaustiva pesquisa en el jardín no había revelado nada fuera de lo común. Pero en el fondo de su corazón había dado crédito a la historia del muchacho y decidió visitar al patriarca taoísta para que unos cuantos sacerdotes acudieran a exorcizar los malos espíritus. Ahora bien, los sirvientes, que nunca pierden oportunidad de crear impedimentos, no sólo aprovecharon su temor para divulgar el relato, sino que además lo fueron enriqueciendo hasta convertirlo en una historia que dejaba espeluznados a quienes los escuchaban.

Jia She sintió que no tenía más alternativa que llamar a los taoístas para exorcizar los espíritus y perseguir a los fantasmas que penaban en el jardín. Fue elegido un día apropiado, y sobre el altar del salón principal de la Reunión Familiar pusieron imágenes de los tres dioses taoístas[8], y junto a ellos las veintiocho constelaciones[9], los cuatro grandes generales: Ma, Zhao, Wen y Zhou[10], y debajo de ellos los treinta y seis mariscales celestiales. El salón se llenó de incienso, flores, lámparas y velas, y a cada lado pusieron filas de campanas, tambores y recipientes sagrados, así como cinco banderas[11]. El Ministerio de Sacrificios Taoístas mandó a cuarenta y nueve asistentes que pasaron un día entero purificando el altar. Luego, tres altos sacerdotes ofrendaron incienso y rociaron el lugar con agua, tras lo cual batieron el tambor sagrado. Los sacerdotes, que llevaban bonetes de siete estrellas, túnicas con las nueve casas solares y los ocho hexagramas, sandalias para elevarse hasta las nubes y, en las manos, tablillas de marfil[12], entonaron un canto de invocación a los santos.

Pasaron otro día entero salmodiando el Canon de la Comprensión del Arcano para eliminar los malos espíritus y atraer la fortuna, hecho lo cual expidieron la orden de invocación a los generales celestiales. Dicha orden llevaba escrito en grandes caracteres: «En virtud de los signos del tesoro trascendente de las tres esferas de la Mónada Suprema[13] en comunión con el Todo original, los sacerdotes aquí presentes convocan a todos los espíritus de esta esfera en nuestro altar».

Aquel día los señores y criados de ambas mansiones habían ido al jardín a mirar cómo los sacerdotes cazaban monstruos.

—¡Qué ceremonia tan impresionante! —comentaron—. Tanto estrépito invocando a dioses y movilizando a generales seguro que aterroriza a todos los monstruos que anden por aquí.

Se apretujaron en torno al altar para mirar a los acólitos tremolando banderas al este, oeste, norte, sur y centro, mientras aguardaban instrucciones. A continuación los tres altos sacerdotes pasaron a ocupar sus lugares frente al altar, el primero con una espada y una jarra de agua bendita, el segundo con la bandera negra de las siete estrellas[14] y el tercero con una vara de madera de durazno para fustigar monstruos. Apenas la música cesó, hicieron sonar la tablilla mágica tres veces y pasaron a entonar diversos encantamientos mientras los acólitos daban vueltas a su alrededor con las banderas. Luego, los sacerdotes dejaron el altar e hicieron que algunos miembros de la familia los condujeran por los diversos pabellones, refugios, rocas y arroyos, para rociar agua bendita y blandir la espada en cada uno de ellos. Al volver, de nuevo hicieron sonar la tablilla repetidas veces y alzaron la bandera de las siete estrellas. Hecho lo cual, los sacerdotes juntaron las banderas y la vara zumbó tres veces por el aire.

Convencidos de que ya los monstruos habían sido capturados, avanzaron para poder verlos, pero no había rastro de ellos; sólo vieron a los altos sacerdotes ordenando a los acólitos que trajeran una botella para encerrar a los monstruos, y cuando la hubieron cerrado escribieron sobre el sello un encantamiento en tinta roja y entregaron la botella, con instrucciones para que más tarde la guardaran bajo la pagoda de su templo. Despejado el altar, dieron las gracias a los generales celestiales.

Jia She expresó su respetuoso agradecimiento a los sacerdotes. Tanto Jia Rong como otros de los miembros más jóvenes de la familia asistieron a la ceremonia sin poder contener sus carcajadas.

—¡Pero cuánto aspaviento! —se burlaron—. «Voy a atrapar a un monstruo para que veáis cómo son.» ¡A saber si los han capturado o no!

—¡Imbéciles! —se indignó Jia Zhen—. Cuando los monstruos se reúnen, toman forma; cuando se dispersan se convierten en aire. ¿Cómo van a mostrarse con todos esos generales celestiales rondando por aquí? Ahora que el mal ha sido exorcizado, no debe haber ninguna alarma; tal es el poder de la sacra doctrina.

Los jóvenes aguardaron escépticos el desarrollo de los acontecimientos. Sin embargo, los sirvientes no pusieron en duda que los monstruos hubieran sido barridos. Dejaron de tener miedo y se olvidaron del asunto. También la recuperación de Jia Zhen y los demás enfermos fue atribuida a la magia de los taoístas. Sólo un paje comentó burlón:

—No sé qué habría ocurrido antes, pero yo fui aquel día al jardín de la Vista Sublime con el señor She, y puedo asegurar que lo que pasó volando fue un gran faisán; eso se veía a todas luces. ¡Pero el pánico turbó la vista de Shuaner, pensó que había visto una aparición y la describió con tanto convencimiento como si fuera verdad! Todos adornamos su mentira, y el señor She se tomó la cosa en serio. ¡Gracias a eso hemos podido asistir a este gran espectáculo!

Pero ninguno de los que oyeron esto quiso creerlo, y nadie volvió a tener valor para vivir en el jardín.

Cierto día, cuando Jia She estaba reposando, se le ocurrió ordenar a algunos sirvientes que se mudaran al jardín como guardianes para evitar que gente de mala catadura se refugiase allí por las noches. Antes de que pudiera expedir la orden entró Jia Lian a presentar sus respetos.

—Hoy he oído un rumor en casa del tío Wang. Dicen que el segundo tío ha sido acusado por el gobernador de perder el control sobre sus subordinados y de permitirles exacciones fraudulentas. Hay una petición a la corte para que lo degraden.

—¡Debe tratarse de una calumnia! —repuso Jia She, sorprendido por la noticia—. ¡Si justamente el otro día nos escribió para anunciarnos la fecha de llegada de Tanchun y el día elegido para despedirla en su jornada a la comandancia costera! Me dijo que había tenido un viaje sin incidencias, y que la familia no debía preocuparse. También escribió que el gobernador estaba tratándolo como a un pariente y le había ofrecido un banquete de felicitación. ¿Cómo va a sancionarlo alguien emparentado con él? Pero no perdamos el tiempo hablando. Ve directamente al Ministerio de Asuntos Civiles, averigua la verdad y luego ven a informarme.

Jia Lian partió de inmediato.

A su vuelta, unas horas más tarde, dijo:

—Acabo de enterarme en el ministerio de que ya lo han destituido. Enviaron un informe a la corte, pero gracias a la clemencia del emperador no ha sido remitido todavía al ministerio. Esto es lo que se ha decretado: «Ya que ha fracasado en el control de sus subalternos y exigido un excesivo impuesto en granos, explotando cruelmente al pueblo, debe ser destituido. Pero en vista de que era nuevo en el cargo provincial e inexperto en asuntos administrativos, lo cual ha permitido que sus subalternos lo engañasen, se rebaja tres grados su rango de funcionario y, por gracia del Emperador, puede continuar sirviendo como subsecretario de la Junta de Obras con la orden de su retorno inmediato a la capital». Ésta es la noticia fidedigna. Lo discutí en el ministerio con un magistrado de Jiangxi al que acababan de llamar a la corte. Él tiene muy buena opinión del segundo tío. Dice que es un buen funcionario, pero que no sabe manejar a sus subalternos, y sus sirvientes han estado creando inconvenientes, fanfarroneando y engañando a la gente y dañando la reputación de su señor. El gobernador lo sabe, y también tiene buena opinión del segundo tío. Causa perplejidad que lo haya degradado ahora. Tal vez el escándalo fuera ya demasiado grande y temió que lo acusaran a él de negligencia, de modo que ha tomado como excusa lo leve para evitar lo grave.

Jia She lo interrumpió con una orden:

—Anda y cuéntale a tu tía todo esto, pero que no se entere la Anciana Dama.

Jia Lian corrió a informar de aquello a la dama Wang. Para saber cómo reaccionó, no dejen de escuchar la próxima escena.

CAPÍTULO CIII

La ponzoñosa maquinación de Jingui acaba quemándola.

Jia Yucun, ciego a la verdad del chan, se encuentra

en vano con un viejo amigo.

Corrió Jia Lian a notificar a la dama Wang todo lo acontecido, y repitió la visita al día siguiente, después de haber hecho más pesquisas en el Ministerio de Asuntos Civiles.

—¿Hemos de creer esas noticias? —preguntó ella—. Si es así, el señor se acomodará gustosamente a la solución dada por el ministerio, y toda la familia respirará tranquila. En verdad, los funcionarios con poca experiencia, como tu tío, corren muchos riesgos en esos cargos de provincias. ¡Si no lo hubieran llamado de vuelta a la capital justo a tiempo, lo más seguro es esos bribones hubieran terminado de cavar su fosa!

—¿Cómo supo que podía ocurrir algo así, señora? —preguntó él.

—Desde que tu segundo tío ocupó ese cargo en provincias no ha dejado de gastar considerables sumas de los fondos familiares sin reponer un solo centavo. Y además, mira a tu alrededor: hacía cuatro días, como quien dice, que el señor se había hecho cargo de sus responsabilidades en la provincia, cuando ya estaban engalanándose con abalorios de oro y plata las esposas de los criados y ayudantes que lo acompañaron. Es obvio que han estado llenándose los bolsillos a expensas del señor, y él se lo ha permitido. De seguir así habrían acabado despojándolo no sólo de sus cargos oficiales, sino también de los títulos heredados de nuestros ancestros.

—Tiene razón, señora. Cuando oí que lo habían denunciado ante el trono me llevé el susto más grande de mi vida. Estoy mucho más tranquilo desde que el ministerio lo ha llamado de nuevo a la capital. Ahora cabe esperar que pase los años que le quedan de vida disfrutando de la tranquilidad de un funcionario metropolitano, y dedicado a conservar la buena reputación que su virtud y sus méritos le han reportado. Y la Anciana Dama tampoco sufrirá tanto cuando se entere del regreso de su hijo, sobre todo si es usted quien le explica las razones de su retornó.

—Sé lo que decirle, pero tú debes seguir trayéndome noticias.

Asintió Jia Lian, y ya se disponía a retirarse cuando irrumpió agitadísima una de las viejas criadas de la tía Xue. Sin perder un segundo en las formalidades de la etiqueta dijo atropelladamente:

—¡Señora, de parte de mi señora…! ¡Qué desastre! ¡Otro escándalo!

—¿Pero qué pasa?

—¡Oh, qué cosa tan horrible!

—¡Imbécil! —la dama Wang empezó a impacientarse—. Si es tan grave, dime de una vez lo que pasa.

—El señor Ke está de viaje y no hay un solo hombre en la casa; ¿cómo vamos a hacer frente a está desgracia? Ella quiere que usted, señora, envíe a algunos caballeros para que nos ayuden.

—¿Pero se puede saber para qué los queréis? —preguntó indignada la dama Wang, sin saber aún de qué le estaba hablando la mujer.

—¡La señora Pan ha muerto!

—Si está muerta una mujer como ésa, bien muerta está —espetó la dama Wang—. ¿A qué tanta excitación?

—Señora, es que no ha sido de muerte natural; aquí Ha pasado algo raro. ¡Por favor, envíe inmediatamente a alguien que se haga cargo del problema! —Dicho lo cual, giró sobre sus talones para retirarse.

Furiosa, pero a la vez divertida por la noticia, la dama Wang exclamó:

—¡Vaya vieja escandalosa! Lian, corre a ver qué ha sucedido. Y no le hagas caso a esa estúpida criatura.

A oídos de la vieja no llegó la primera parte de la orden, pero sí el «no le hagas caso», con lo cual partió verdaderamente contrariada.

La tía Xue esperaba ansiosa su retorno, y cuando por fin la vieja criada estuvo de vuelta le preguntó:

—¿Y bien? ¿A quién han mandado?

—¡Ha sido en vano! —la vieja suspiró—. Cuando se tienen problemas, ni los parientes más cercanos mueven un dedo. ¡Su Señoría no sólo se niega a ayudarnos, sino que además me ha insultado!

—Es posible que Su Señoría no quiera mezclarse en nuestros problemas, pero algo habrá dicho su nuera… —exclamó exasperada la tía Xue.

—Si Su Señoría no nos ayuda, ¿por qué habría de hacerlo su nuera? No, no fui a hablar con ella.

—Su Señoría no es de esta familia, ¿pero cómo podría desatenderme la hija que yo misma he criado? —preguntó la tía Xue, cada vez más irritada.

—¡Eso es! —exclamó la vieja, que hasta entonces no había comprendido que su señora se refería a Xue Baochai—. Ahora mismo voy a verla.

Pero en ese instante hizo su entrada Jia Lian. Después de presentar los respetos de rigor a la tía Xue y darle el pésame, dijo:

—Mi tía ya sabe que la esposa de Pan ha muerto, pero aunque ha intentado interrogar a su criada, ella no ha sabido aclarar nada. El caso es que está muy preocupada, y me envía para que me entere de lo que ha pasado. Tengo órdenes de ayudar en lo que pueda.

La tía Xue, que un momento antes estaba sollozando de rabia, se calmó inmediatamente al oír aquello y dijo:

—Lamento causarle molestias, señor Lian. Ya sé lo bondadosa que es conmigo su venerable tía, pero esta maldita vieja no sabe transmitir un mensaje correctamente y lo ha embrollado todo. Por favor, tome asiento y le contaré todo lo sucedido.

Y tomando un respiro añadió a continuación:

—Lo que me inquieta es que no ha tenido una buena muerte.

—¿Acaso se quitó la vida abrumada por los problemas de Pan?

—¡Ojalá hubiera sido así! Durante estos últimos meses hemos tenido que soportar sus escenas diariamente: se paseaba por toda la casa descalza y con los cabellos revueltos como una loca. Aunque la noticia de la condena a muerte de Pan le arrancó algunas lágrimas, pronto volvió a maquillarse con polvos y colorete. Si yo le hubiera llamado la atención, ella habría montado un enorme escándalo, así que la ignoré hasta que cierto día, por algún motivo, vino a solicitar que Xiangling le sirviese de compañía. Yo le dije: «Si ya tienes a Baochan, ¿para qué quieres a Xiangling? A ti no te gusta esa muchacha, y su presencia acabará incomodándote». Pero insistió tanto que tuve que ordenarle a Xiangling que se fuera a vivir con ella. La pobre no se atrevió a desobedecerme, a pesar de su mal estado de salud. Me sorprendió gratamente descubrir que Jingui la trataba muy bien, pero cuando Baochai se enteró dijo: «Tengo la impresión de que Jingui está tramando algo», aunque la verdad es que yo entonces no le hice caso. Hace unos cuantos días Xiangling cayó enferma y Jingui en persona le preparó una sopa, con tan mala fortuna que cuando Jingui se la llevó rompió el tazón y se quemó una mano. Lo normal habría sido que culpase a Xiangling, pero en lugar de perder la calma barrió los añicos y fregó el suelo sin una queja, y después siguieron manteniendo buenas relaciones. Anoche pidió a Baochan que hiciera dos tazones de sopa para tomar con Xiangling. Después de un rato escuché en su cuarto el ruido de unos pies arrastrándose, los gritos enloquecidos de Baochan, luego los de Xiangling, que salió tambaleándose del cuarto y, apoyada contra la pared, empezó a pedir auxilio. Acudí inmediatamente y encontré a Jingui revolcándose en el suelo. De la nariz y los ojos le manaban hilillos de sangre, y se arañaba el pecho con las dos manos y pataleaba con desesperación. ¡Me llevé un susto de muerte! Cuando le pregunté qué le sucedía intentó responderme, pero en ese momento expiró. Su aspecto era el de quien hubiera tomado veneno. Entonces Baochan se lanzó entre sollozos contra Xiangling, acusándola de haber envenenado a su señora. No creo que ella hiciera algo semejante. Y además, ¿cómo iba a hacerlo si estaba confinada en su lecho? Pero Baochan insistió en que la culpable era ella. ¿Qué podía hacer yo en ese momento? Hube de endurecer mi corazón y decir a las matronas que atasen a Xiangling y la dejaran bajo la vigilancia de Baochan. Luego las encerramos en el cuarto, y yo he pasado la noche con su prima Baoqin esperando que ustedes abrieran la puerta para hacerles llegar la noticia del desastre. Usted es hombre sensato, Lian. Díganos cómo podemos solucionar este.

—¿Sabe todo esto la familia Xia? —preguntó él.

—No. Debemos esclarecer el asunto antes de decirles nada.

—Me parece que habremos de solucionarlo a través de los canales oficiales. Naturalmente nosotros sospechamos de Baochan, pero habrá quien se pregunte qué motivo tenía ella para envenenar a su señora. Xiangling les parecerá una sospechosa más plausible.

Mientras intercambiaban estas razones hicieron su entrada unas doncellas de la mansión Rong para anunciar la llegada de su joven señora. A pesar de que Jia Lian era el primo político mayor dé Baochai, él no se retiró cuando ella entró[1]. Baochai presentó sus respetos a los reunidos, y se sentó junto a Baoqin. La tía Xue le contó lo sucedido. Baochai señaló:

—Si mantenemos atada a Xiangling, dará la impresión de que también nosotros pensamos que es la asesina. Usted me dice que la sopa fue preparada por Baochan, madre. En tal caso debe amarrarla a ella y someterla a interrogatorio, a la vez que manda avisar a la familia Xia e informa de esto a las autoridades.

A la tía Xue aquello le pareció razonable y consultó con Jia Lian.

—Mi prima tiene mucha razón —dijo él—. Yo me ocuparé de denunciar el caso, pues mantengo buenas relaciones con algunas personas del Ministerio de Castigos y puedo solicitar su ayuda para la investigación y el interrogatorio. Sin embargo, me parece que la cosa puede enmarañarse mucho si atamos a Baochan y dejamos libre a Xiangling.

—Yo no quería amarrar a Xiangling —le dijo la tía Xue—, pero temí que, enferma como está, una acusación falsa le hiciera pensar en el suicidio, con lo cual tendríamos otra muerta y otro problema. Por eso decidí inmovilizarla y ponerla a cargo de Baochan, que no le quita el ojo de encima.

—Pero eso ha sido como darle la razón a Baochan —objetó él—. Ya que las tres estaban juntas, lo mejor sería amarrar a las dos o soltarlas a ambas. Que vaya alguien a tranquilizar a Xiangling.

La tía Xue ordenó que abrieran la puerta y entró, mientras Baochai ordenaba a las doncellas que atasen a Baochan, quien, tras haberse regodeado con la visión de Xiangling llorando a mares, soltó un alarido cuando las vio venir hacia ella blandiendo sogas. Pero las doncellas de la mansión Rong le gritaron y la ataron. Se dejó la puerta abierta y apostaron a un vigilante.

Para entonces ya se habían enviado mensajeros a avisar a la familia Xia, que no hacía mucho había caído en la ruina y se había trasladado a la capital, ya que la viuda señora Xia echaba de menos a su hija. Tenía la señora Xia un hijo adoptivo, un bribón que había dilapidado la fortuna familiar y visitaba frecuentemente a la familia Xue. Jingui era demasiado veleidosa como para soportar la soledad nocturna de su alcoba, y la presencia cotidiana de Xue Ke despertaba en ella un apetito que no conseguía saciar, por todo lo cual había dado en poner los ojos en su hermano adoptivo. Pero éste, que era más bien obtuso, aún no había llevado a puerto su deseo, a pesar de que barruntaba lo que ella iba buscando. Jingui cada vez hacía más visitas al hogar materno, adonde llegaba cargada de dinero para su hermano adoptivo. Aquel día él estaba esperando la visita de Jingui, y la llegada de un sirviente de la familia Xue le persuadió de que había otro sustancioso regalo esperándole. Ahora bien, cuando lo que escuchó de labios del sirviente fue el anuncio de la muerte por envenenamiento de Jingui empezó a dar agresivos alaridos, completamente fuera de sí. Y su madre empezó a gritar más fuerte.

—¡Mi hija entró en esa casa en perfecto estado de salud! —aullaba entre lágrimas—. ¿Por qué ha muerto envenenada?

Y así, entre aullidos y sollozos, partió a pie con su hijo adoptivo sin aguardar a que llegara un carruaje, pues en su condición de comerciantes, los Xia no se preocupaban mucho de mantener la dignidad ni las apariencias. El hijo abría la pequeña comitiva mientras su madre, acompañada por una vieja desaliñada, iba lloriqueando por la calle donde tomaron un carruaje de alquiler. Apenas cruzó el portón de los Xue empezó, sin haber saludado a nadie, a lamentar en voz alta la suerte de su «propia carne» y clamar venganza.

Jia Lian había partido al Ministerio de Castigos en busca de ayuda, dejando a la tía Xue, a Baochai y a Baoqin, solas en la casa. Nunca antes se habían enfrentado a nada igual y estaban demasiado aterradas para abrir la boca. Y aunque hubieran tratado de convencerla, la señora Xia no las habría escuchado.

—¿Cuándo fue bien tratada mi hija aquí? —clamaba—. Su esposo la golpeaba e insultaba todos los días. Después no permitieron que la joven pareja estuviera junta: en esta casa se conspiró para meter en la cárcel a mi yerno, y que nunca más la viera. Ustedes, madre e hija, gozan del apoyo de sus distinguidos parientes, y como no podían tolerar la visión de Jingui consiguieron que alguien la envenenara, ¡y después de muerta la acusaron de haberse envenenado ella misma! ¿Pero por qué había ella de envenenarse?

Mientras hablaban se encaró con la tía Xue, que retrocedió protestando:

—¡Señora! En vez de hacer semejantes acusaciones absurdas vaya a ver el cadáver de su hija, e interrogue después a Baochan.

Como estaba presente el hijo adoptivo de la señora Xia, Baochai y Baoqin no pudieron acudir al rescate de la tía Xue. Sólo les quedó retorcerse las manos de desesperación en el cuarto interior.

Por suerte llegó en ese momento la esposa de Zhou Rui, enviada por la dama Wang. Lo primero que vio al entrar fue a una vieja blandiendo el dedo frente a la tía Xue y gritándole e insultándola desaforadamente. Comprendió que debía ser la madre de Jingui.

—¿Es usted la señora Xia? —preguntó la señora Zhou, dando un paso adelante—. Nada tiene que ver la señora Xue con la muerte de la joven señora, fue ella misma quien ingirió el veneno. ¿Cómo puede insultar a la señora Xue de esta manera?

—¿Y se puede saber quién eres tú? —replicó la señora Xia.

La llegada de aquel refuerzo dio a la tía Xue valor suficiente para balbucear:

—Es de la casa de los parientes Jia.

—Todo el mundo sabe que ustedes se apoyan en los parientes poderosos —dijo entonces con desdén la señora Xia—. Gracias a ello pueden mantener en la cárcel a mi yerno, pero ¿significa eso que la muerte de mi hija jamás será vengada? —Y sujetando fuertemente a la tía Xue le preguntó—: ¿Cómo asesinó a mi hija? Muéstreme cómo lo hizo.

La señora Zhou se interpuso:

—Mire lo que quiera y deje de zarandear a los demás. —Y le dio un empujón.

El hijo adoptivo llegó corriendo para protestar:

—¿Te apoyas en el poder de tus señores para golpear a mi madre? —Y echando mano a una silla que por allí había se la lanzó a la cabeza, errando el golpe.

Al escuchar aquel estrépito las doncellas de Baochai salieron, temerosas de que algo le ocurriese a la señora Zhou. Avanzaron para intervenir, insultando al mocetón y amenazándolo, pero aquello no hizo sino acrecentar el clamor de la señora Xia y de su hijo.

—¡Ya sabemos lo poderosa que es la mansión Rong! —aullaban—. ¡Han matado a nuestra muchacha, a nosotros no nos importa morir!

Y se abalanzaron de nuevo contra la tía Xue. A pesar de su número, las doncellas no pudieron detenerles, ya que, como dice el refrán, «a quien no temé a la muerte, ni mil hombres lo retienen».

Así de feas se habían puesto las cosas cuando en eso llegó Jia Lian con siete u ocho criados. Evaluando la situación, ordenó a sus hombres que se llevaran de allí al hijo de la señora Xia.

—Dejen de pelear y hablen razonablemente —dijo—. Este lugar debe ser ordenado inmediatamente, pues están a punto de llegar los funcionarios del Ministerio de Castigos para hacer una inspección.

La llegada: de aquel caballero precedido de asistentes que iban despejando el camino hizo que todos los sirvientes adoptaran una actitud de alerta. La madre de Jingui no sabía que se trataba de alguien de la familia Jia. Vio como echaban mano a su hijo y oyó decir que se abriría una investigación oficial. Ella había llegado con la intención de montar un gran escándalo sobre el cadáver de su hija y luego acudir a los tribunales pidiendo justicia, sin sospechar siquiera que serían otros los que informarían a las autoridades. Aquello refrenó su acometida. La tía Xue seguía demasiado abrumada como para hablar, y fue la señora Zhou quien informó a Jia Lian.

—Han entrado y, sin siquiera ir a llorar a la muchacha, han comenzado a insultar a la señora Xue. La estábamos haciendo entrar en razón cuando llegó este salvaje con sus insultos y sus golpes. Y además, en presencia de las damas. ¡Es inaceptable! ¿Acaso no existe la ley?

—No tenemos por qué discutir con él ahora —dijo Jia Lian—. Más tarde podremos hacer que lo apaleen y lo interroguen. Los hombres deberían andar en lo suyo y no entrometerse en los asuntos de las mujeres. No veo por qué su madre no pudo haber venido a llorar a su hija sin traerlo a él. ¿Para qué habría de irrumpir aquí, sino para armar escándalo?

Ya los sirvientes habían sujetado al joven.

—¡Pero qué manera de comportarse, señora Xia! —exclamó la esposa de Zhou Rui, ya con más respaldo—. Ya que vino, ha debido pedir aclaraciones. O su hija se suicidó, o Baochan la envenenó. ¿Por qué trata de calumniar a nadie antes siquiera de conocer los hechos o de haber visto el cadáver? ¿Cree que la señora Xue dejaría morir a su nuera sin mover un dedo? Hemos maniatado a Baochan. Como su hija estaba algo enferma, le pidió a Xiangling que le hiciera compañía y pasaron a dormir en el mismo cuarto. Por eso ella y Baochan están bajo vigilancia. Esperábamos que usted llegara para iniciar la investigación, en la cual descubriremos sin duda lo sucedido.

Consciente de la debilidad de su posición, la señora Xia tuvo que acompañar a la esposa de Zhou Rui hasta la alcoba de su hija. La visión del cadáver de Jingui sobre el kang con el rostro cubierto de sangre ennegrecida le hizo gritar de desesperación.

Cuando Baochan vio a la señora Xia sollozó:

—Nuestra joven dama fue bondadosa con Xiangling haciendo que ella se mudase aquí, ¡pero Xiangling aprovechó esta oportunidad para envenenarla!

Para entonces ya estaba allí reunida toda la gente de la casa Xue.

—¡Pamplinas! —recriminaron a la celosa doncella—. Murió después de haber tomado esa sopa. ¿Y acaso no la preparaste tú?

—Sí, fui yo. Pero después de traerla salí a ocuparme de otro asunto. Seguramente fue entonces cuando Xiangling echó el veneno en la sopa.

Antes de que hubiera terminado de hablar, la madre de Jingui se abalanzó con un rugido sobre Xiangling, pero los demás le impidieron llegar hasta ella.

La tía Xue dijo:

—Parece que fue envenenada con arsénico, que no tenemos aquí. Sea Xiangling o Baochan, alguien tiene que haberlo comprado. Seguramente los investigadores lo descubrirán y la culpable será castigada. Y ahora coloquemos correctamente su cuerpo y esperemos que lleguen los investigadores.

Mientras las criadas hacían aquello, Baochai propuso:

—Quitad de la vista esas prendas femeninas, pues van a venir hombres.

Entonces descubrieron bajo el colchón del kang un envoltorio de papel arrugado. La madre de Jingui lo cogió de un salto, y lo abrió en un suspiro. Pero al encontrarlo vacío lo arrojó de nuevo al suelo.

—¡Ésa es la prueba! —exclamó Baochan—. Reconozco el envoltorio. Hace unos días hubo una plaga de ratas y mi señora fue a pedirle a su hermano un poco de arsénico. A su vuelta lo puso en su joyero. Seguramente Xiangling lo vio y aprovechó para envenenarla. Si no me creen, miren en el joyero.

La madre de Jingui lo hizo, pero sólo encontró unas horquillas de plata.

—¿Dónde están las joyas? —preguntó la tía Xue.

Baochai hizo que las criadas abrieran los arcones y las cómodas, pero todo estaba vacío.

—¿Quién tomó las cosas de mi cuñada? —preguntó—. Baochan debe responder por esto.

—¿Cómo lo iba a saber ella? —preguntó súbitamente incómoda la madre de Jingui.

—No diga eso, señora —intervino la señora Zhou—. Sé que Baochan ha estado aquí todo el tiempo. Ella debe saberlo.

Sometida a aquella presión, Baochan no pudo negar nada y se vio obligada a confesar.

—Mi señora se llevaba algo a la casa de su madre cada vez que iba de visita. ¿Cómo iba a impedírselo yo?

—¡Valiente madre! —increparon las demás a la señora Xia—. ¡Exprimiendo a la hija por unas joyas, y luego haciéndola suicidarse para chantajearnos! Bien está, informaremos de todo esto en la investigación.

Baochai ordenó a una doncella:

—Dile a Lian que no permita a nadie salir de la casa Xia.

En el cuarto interior, la señora Xia estaba en ascuas.

—¡Perra! —insultó a Baochan—. ¡Cállate ya! ¿Cuándo ha llevado tu señora algo a mi casa?

—No importa lo que llevara —replicó Baochan—. Lo importante es descubrir quién la asesinó.

—Cuando hayamos encontrado lo que llevó sabremos quién la ha asesinado —concluyó Baoqin—. Dile al primo Lian que confirme que su hijo compró el arsénico, y que informe a las autoridades.

—Esa Baochan se debe haber encontrado con algún demonio para decir tales imbecilidades —protestó frenéticamente la madre de Jingui—. Mi hija nunca compró arsénico. ¡Si Baochan dice eso, es porque ha sido ella quien la ha envenenado!

En su desesperación, Baochan empezó a dar gritos:

—Comprendo que otras personas hagan falsas acusaciones contra mí, pero ¿por qué usted? ¿Cuántas veces la he escuchado decirle a su hija que en vez de aguantar pacientemente armara un gran escándalo y arruinara a la familia, que así podría irse con todo lo que quedara y buscar después un buen marido? ¿Le dijo o no le dijo eso?

Antes de que la señora Xia pudiera responder, la esposa de Zhou Rui intervino:

—¿Cómo va a negar el testimonio de una de sus propias sirvientas?

La señora Xia rechinó los dientes y maldijo a Baochan:

—¡Jamás te traté mal! ¿Pretendes matarme diciendo esas cosas? ¡Cuando vengan los funcionarios les diré que fuiste tú quien envenenó a mi hija!

A Baochan, furiosa, se le empezaron a salir los ojos de las órbitas.

—Señora —suplicó a la tía Xue—, por favor, desate a Xiangling. No debemos perjudicar a gente inocente. Yo sabré qué declarar cuando me interroguen.

Al escucharla, Baochai ordenó que desataran a Baochan en vez de a Xiangling.

—Siempre has sido una muchacha sincera, ¿de qué te serviría ocultar algo ahora? —le preguntó—. Si sabes algo, dilo y acaba de una vez para que se aclare todo.

Temerosa de las torturas que implicaría un interrogatorio, Baochan les dijo:

—Mi señora nunca dejaba de quejarse: «¿Por qué con la buena presencia que tengo me ha tocado en suerte una madre ciega como la mía que en lugar de casarme con el señor Xue Ke me entregó a ese rufián estúpido de Xue Pan? ¡Si pudiera pasar una sola noche con el señor Ke, moriría contenta!». Eso fue lo que despertó su odio por Xiangling: los celos. Al principio no lo comprendí, y cuando más adelante empezó a comportarse amablemente con Xiangling pensé que había aprendido algo de ella. Pensé que había ordenado llevarle esa sopa por amabilidad…

—¡Ésa es una idea todavía más imbécil! —rugió la madre de Jingui—. ¿Por qué, si quería envenenar a Xiangling, acabó envenenándose ella misma?

Baochai preguntó:

—Xiangling, ¿tomaste esa sopa ayer?

—Hace unos días no tenía fuerzas ni para levantar la cabeza —respondió Xiangling—. Cuando la señora me dijo que tomara la sopa no me atreví a negarme; pero antes de que pudiera incorporarme se derramó y tuvo que limpiarlo todo. Eso hizo que me sintiera muy mal. Ayer insistió en que tomara la sopa; yo no quise, pero no podía negarme. Antes de que pudiera dar un sorbo me dio un mareo y para mi alivio la hermana Baochan apartó el tazón de mi boca. Ya me volvía a dormir cuando la señora bebió de su propia sopa y me ordenó que diera un par de sorbos a la mía…

Baochan la interrumpió:

—¡Eso es! Ya sé lo que pasó. Ayer me dijo la señora que hiciera dos tazones de sopa para que ella pudiera tomarla con Xiangling. ¡Me enfurecí! Pensé: ¿Quién es Xiangling para que yo tenga que hacerle la sopa? Por eso eché sal de más en uno de los tazones, y le hice una marca con la intención de que estuviera destinado a Xiangling. Pero cuando entraba con la sopa, la señora me detuvo y me mandó avisar a un paje para que dispusiese un carruaje, pues ella quería volver a casa. Cuando volví de ese encargo vi que la señora tenía delante de ella el tazón de sopa con la muesca. Temí que me reprendiera por haberla salado demasiado, y no supe qué hacer; pero entonces ella regresó a su cuarto, y en su ausencia cambié los tazones de lugar. Al regresar llevó la sopa hasta la cama de Xiangling, y en el momento de bebería dijo: «Por lo menos debes probarla». Ambas apuraron sus tazones, y yo me reí por lo bajo al descubrir que Xiangling ni siquiera tenía paladar. ¿Cómo iba yo a saber que mi diabólica señora quería envenenarla? Seguro que le echó el arsénico mientras yo estaba fuera, y luego no se dio cuenta de que había cambiado los tazones. Pero el cielo es justo y cada cual cosecha lo que ha sembrado.

Los demás consideraron aquella versión de los acontecimientos y la encontraron coherente. Desataron a Xiangling y la hicieron tenderse sobre la cama.

Pero a pesar de la claridad de aquella versión, la madre de Jingui seguía empecinada en sus protestas, por lo cual la tía Xue y las demás decidieron, en conciliábulo, que, si insistía, sería su hijo quien pagara con su vida.

Jia Lian dijo desde afuera:

—Dejen de discutir. Ordenen rápido ese cuarto. Ya llegan los funcionarios del Ministerio de Castigos.

Aquello alarmó a la señora Xia y a su hijo, que previeron ásperas consecuencias.

—Toda la culpa es de mi hija muerta —argumentó la señora Xia ante la tía Xue—. Ella misma causó su ruina. Si permitimos que haya una investigación, también arrojará sombras sobre su familia. ¡Deje así las cosas, señora!

—Eso es imposible —dijo Baochai—. ¿Cómo vamos a ocultarlo ahora que ya hemos informado del asunto?

Intervinieron la esposa de Zhou Rui y algunos otros:

—La única manera de dejarlo pasar es que la propia señora Xia suspenda la investigación.

Afuera Jia Lian también había intimidado al hijo, hasta el punto de que éste ya estaba dispuesto a presentarse ante el Ministerio de Castigos a firmar una declaración según la cual no era precisa investigación alguna. Los demás estuvieron de acuerdo. La tía Xue, por su parte, mandó comprar un ataúd para Jingui. Y dejemos ya de hablar de este asunto.

Volvamos ahora con Jia Yucun, que había sido promovido al rango de prefecto de la capital, encargado al mismo tiempo de los tributos. Cierto día salió de la ciudad a revisar el área cultivable, y tras cruzar el distrito de la Comprensión Extrema alcanzó el Vado del Despertar, en el Paso del Torrente de la Rápida Inversión. Cuando iba a cruzar el vado, esperando a su comitiva, avistó cerca de la aldea un templete de paredes decrépitas que asomaba entre un bosquecillo de pinos añosos. Yucun descendió de su carruaje y se dirigió hacia él paseando tranquilamente. A las imágenes del interior del templo se les había descascarillado el pan de oro, y el salón principal estaba en ruinas. A un lado había una tablilla partida, pero no alcanzó a descifrar la inscripción medio borrada que tenía encima.

Decidió rodear el templo hasta llegar a la parte trasera. Allí vio, a la sombra de un verde ciprés, una choza, y frente a ella a un monje taoísta meditando con los ojos cerrados. Al aproximarse, Yucun descubrió algo familiar en el rostro de aquel hombre y tuvo la sensación de haberlo visto antes, aunque no pudo recordar dónde. Sus ayudantes quisieron despertar al sacerdote a gritos, pero él lo impidió. Se le acercó caminando lentamente y lo saludó con veneración.

El taoísta, abriendo apenas los ojos, sonrió:

—¿Qué le trae hasta aquí, Su Ilustrísima?

—Vengo de la capital para hacer una ronda de inspección, y por azar he pasado por aquí. Al verlo meditando tan apaciblemente tuve el convencimiento de que usted tendría una profunda comprensión del Tao y por eso me tomo la libertad de pedirle consejo.

—«Venimos desde un lugar predestinado; a un lugar predestinado vamos.» —Fue la respuesta del taoísta.

Consciente de que no estaba ante un sacerdote cualquiera, Yucun hizo una reverencia profunda y preguntó:

—¿Dónde aprendió la práctica de la virtud, venerable maestro? ¿Y por qué permanece aquí? ¿Cuál es el nombre de este templo? ¿Y cuánta gente se aloja en él? ¿Acaso no hay montes sagrados donde podría ejercitarse en la práctica de la perfección? Y si persigue obras virtuosas, ¿por qué no busca un sitio más accesible?

El taoísta respondió:

—Una calabaza es para mí refugio suficiente; ¿para qué buscar montes sagrados? El nombre de este templo hace mucho tiempo que está en la oscuridad; aun en ruinas permanece, como la forma y la sombra se siguen, ¿por qué habría de pedir limosnas para hacer reparar sus paredes? ¿Acaso crees que soy como el jade del cofre que quiere alcanzar un buen precio; como el alfiler del joyero que muy alto espera volar[2]? Nada de eso tiene que ver conmigo.

Yucun era de mente ágil. La mención a la «calabaza», al «jade» y al «alfiler» le recordó inmediatamente a Zhen Shiyin, y al mirar más detenidamente lo reconoció en aquel extraño taoísta.

—¿No es usted el viejo señor Zhen? —preguntó, haciendo a sus ayudantes una señal para que se retirasen.

Con una leve sonrisa el taoísta respondió:

—¿Qué es verdad?, ¿qué, falso? Deberías saber que lo verdadero es falso, que lo falso es verdadero[3].

Al escuchar la palabra «Jia», Yucun confirmó su conjetura. Volvió a hacer una reverencia y dijo:

—Usted fue generoso con este discípulo suyo y llegué a la capital, tuve la suerte de aprobar el examen y fui asignado a su honorable distrito. Sólo entonces me enteré de que usted, venerable señor, había dejado este polvoriento mundo y había entrado en el reino de los inmortales. A pesar de todos mis esfuerzos por saber de usted, temí que un funcionario vulgar y mundano como yo no volviera a encontrarse en su santa presencia. ¡Este encuentro me llena de júbilo! Le suplico, venerable señor, que instruya a este ignorante. Si no me desprecia, mi casa en la capital se encuentra a su disposición y sería para mí un honor poder atenderlo allí, y recibir día y noche sus lecciones.

El taoísta se levantó para devolver la reverencia y respondió:

—De este mundo no conozco qué hay entre el cielo y la tierra, y apenas entiendo mi cojín[4]. Lo que Su Ilustrísima acaba de decir supera largamente la comprensión de este pobre sacerdote. —Y volvió a sentarse.

Lleno de dudas, Yucun pensó: «¿Por qué, si no es Zhen Shiyin, tiene su misma apariencia y habla como él? Hace diecinueve años que no nos vemos y él no parece haber cambiado. Debe ser que al haber alcanzado la inmortalidad no desea desvelar su pasado. Pero ahora que he encontrado a mi benefactor no puedo dejar pasar esta oportunidad. Evidentemente no le agradará la mención a riquezas o rangos, y menos aún a su esposa o su hija».

—¿Cómo puede el discípulo soportar que su santo maestro vele su pasado? —dijo por fin.

Iba a hacer una nueva reverencia cuando entró uno de sus sirvientes a informar:

—Señor, está oscureciendo, es hora de cruzar el vado.

Como Yucun vacilara, el taoísta dijo:

—Por favor, Su Ilustrísima, no se demore en cruzar el vado. Volveremos a encontrarnos. Si se entretiene puede estallar una tormenta. Si realmente desea verme, le aguardaré otro día en el vado. —Dicho lo cual volvió a sentarse y cerró los ojos.

A Jia Yucun no le quedó sino decir adiós al sacerdote y dejar el templete. Se disponía a cruzar el vado cuando alguien se le acercó corriendo. Si desean saber de quién se trataba, en el capítulo siguiente se explicará.

CAPÍTULO CIV

El Diamante Borracho presume de levantar

tempestades con suaves olas.

Al joven medio loco, un dolor reciente

le recuerda el amor pasado.

Hubo, pues, alguien que se acercó corriendo a Jia Yucun cuando estaba a punto de vadear el río.

—¡Su Ilustrísima! ¡Señor! —iba gritando el hombre, que no era otro que un lacayo de la escolta que hasta allí le había acompañado—. ¡El templo que acaba de visitar está en llamas!

Yucun, al volverse, vio lenguas de fuego alzándose hasta el cielo, y una capa de humo y polvo que velaba el brillo del sol. «¡Extraordinario! —pensó—. Acabo de dejar el lugar. ¿De dónde ha salido ese fuego? ¡Espero que Zhen Shiyin esté a salvo!»

Sintió grandes deseos de volver sobre sus pasos, pero temió perder el momento apropiado para vadear el río. Por otra parte, tampoco marcharía con la conciencia tranquila sin conocer la suerte de Zhen Shiyin. Tras reflexionar un momento, preguntó al sirviente:

—¿Has visto salir del templo al viejo taoísta con el que estuve hablando?

—Yo salía detrás de usted cuando de pronto sentí una indisposición en la barriga y hube de apartarme del camino. Cuando me di la vuelta vi las llamas que procedían del templo, y entonces corrí a avisarle. No pude darme cuenta de si alguien salía de allí.

A pesar de su preocupación, nada inquietaba más a Jia Yucun que su propia carrera, y aunque deseaba volver a mirar, ordenó a uno de sus hombres:

—Quédate hasta que el fuego se haya consumido, y entra después en el templo a comprobar si el viejo sacerdote quedó atrapado o no. Regresa luego a informarme.

Y aquel hombre, obedeciendo las órdenes del prefecto, permaneció allí mientras Yucun vadeaba por fin el río para continuar su ronda de inspección. Tras pasar por varios distritos, se alojó en un hostal. Al día siguiente recorrió otro tramo y finalmente emprendió el regreso a la capital con un grupo de mensajeros avisando de su paso y despejando el camino, y varios lacayos siguiendo su estela. En un momento dado, escuchó desde su silla de manos cómo los que iban abriendo camino vociferaban furiosos. «¿Qué pasa?», preguntó. Uno de los sirvientes llevó a rastras ante él a un hombre, y lo hizo caer de rodillas ante el prefecto.

—Se trata de este borracho, señor, que no sólo se negó a apartarse del camino sino que encima nos atacó —informó a Yucun—. Cuando le ordenamos que se detuviese se tiró al suelo en medio de la calle, acusándome a grandes gritos de haberlo derribado a puñetazos.

—Yo soy el gobernador de esta prefectura —anunció Yucun al borracho—. Toda la gente está bajo mi jurisdicción. ¡Me viste llegar, estabas borracho, no quisiste despejar la calle, y encima acusas en falso a mis hombres!

—Lo que bebo lo pago con mi dinero —replicó aquel tipo—, y el suelo sobre el que me acuesto pertenece al emperador. Nadie puede impedírmelo, ni siquiera los altos funcionarios.

—¡Bribón! ¡No respetas ni la ley! —rabió Yucun—. Preguntadle cómo se llama.

—Yo soy Ni Er, el Diamante Borracho.

—Que apaleen a este miserable —ordenó Yucun, colérico—. ¡Ya veremos si es tan duro como el diamante!

Los alguaciles sujetaron a Ni Er y le arrearon unos fuertes latigazos hasta que el borracho, ya sereno a causa del dolor, pidió clemencia.

Desde su silla, Yucun dijo burlonamente:

—¡Así que este infeliz que nos hemos encontrado en la calle es un duro diamante! No haré que te castiguen en el acto, sino que te llevaré conmigo a la sede de la prefectura para someterte a interrogatorio.

Los mensajeros tomaron aquellas palabras como una orden y, con un grito unánime de asentimiento, amarraron a Ni Er y se lo llevaron a rastras sin hacer caso de sus ruegos.

Yucun acudió a la corte a presentar su informe, y cuando volvió a su gabinete ya había olvidado el incidente. Pero los hombres de la calle que habían presenciado la escena comentaban por todas partes: «Cuando está borracho, Ni Er se apoya en la fuerza del licor; ¡pero ahora que ha caído en las manos del prefecto Jia no saldrá bien librado!». De modo que aquellos comentarios llegaron a oídos de la esposa y la hija de Ni Er, que habían esperado en vano su regreso durante toda la noche. La muchacha lo buscó por todas las tabernas, y cuando le confirmaron la desgracia sucedida a su padre se echó a llorar.

—No te preocupes, muchacha —le dijeron—. El prefecto Jia tiene lazos con la mansión Rong, y cierto segundo señor de esa familia es amigo de tu padre. Si tú y tu madre le pedís que intervenga, lo soltarán inmediatamente.

La hija de Ni Er pensó: «Sí, siempre he oído decir a mi padre que el señor Jia Yun es amigo suyo. Le pediré ayuda».

Y, dicho y hecho, corrió a proponérselo a su madre. A ésta le pareció buena idea, y juntas salieron en busca de Jia Yun, al que encontraron en su casa. Yun les ofreció inmediatamente asiento, mientras su madre, por su parte, hacía que les sirvieran té. Entonces la esposa y la hija de Ni Er le relataron la historia.

—Hemos venido a suplicarle que interceda para que lo liberen, segundo señor —concluyeron.

—¡Bah, me pedís poca cosa! —se jactó Jia Yun—. Lo soltarán en cuanto lo mencione en la mansión del Este. Este señor Jia Yucun debe su alto rango a la ayuda del ala oeste de la mansión Rong, así que con un simple recado de los Jia todo se solucionará.

Madre e hija volvieron jubilosas a su casa, e hicieron llegar hasta Ni Er, en la cárcel, la noticia de que no debía preocuparse, ya que Jia Yun se había comprometido a conseguir su liberación. Ni Er recuperó el ánimo, pues no dudó que conseguirlo estuviera en la mano de su amigo. Sin embargo, desde aquella ocasión en que Xifeng declinara sus obsequios, Jia Yun había espaciado mucho sus visitas a la mansión Rong, pues los porteros del lugar observaban la conducta de sus amos frente a los visitantes y actuaban en consonancia. Trataban bien a los huéspedes que eran bien tratados por los señores, pero despedían con toda suerte de excusas a aquellos que eran tratados con frialdad, ya fueran parientes o amigos.

Aquel día Jia Yun se acercó al portón principal diciendo que venía a presentar sus respetos a Jia Lian.

—El segundo señor ha salido —le dijo el portero—. Cuando vuelva le diremos que ha venido usted a buscarlo.

Jia Yun hubiera querido preguntar por Xifeng, pero el temor a otro desplante de los guardias se lo impidió, de manera que regresó a su casa, donde la esposa y la hija de Ni Er llegaron otra vez a importunarle.

—Usted nos dijo que no hay una sola sede oficial, sin importar cuál, que se atreva a desobedecer una orden de la mansión Jia. Este prefecto es de su clan, y el favor que pedimos no es grande. ¿De qué le vale a usted llevar ese apellido si ni siquiera puede arreglar algo tan nimio?

—Ayer mis parientes hubieron de cumplir compromisos que les impidieron hacer la gestión, pero hoy se hará sin falta y lo soltarán —se jactó otra vez para ocultar su incomodidad—. ¡Dejen de preocuparse!

Con lo cual madre e hija se pusieron de nuevo a esperar noticias. Jia Yun, tras haber fracasado en su intento de entrar por el portón principal, optó ahora por la puerta trasera con la idea de atravesar el jardín y buscar a Baoyu, pero encontró la puerta atrancada. Desanimado, volvió sobre sus pasos diciéndose: «Aquella vez conseguí ese trabajo de supervisor de la plantación de árboles en el jardín porque Ni Er me prestó el dinero y yo pude obsequiar a Xifeng aquel perfume. Ahora que no tengo dinero para regalos, ella no me deja entrar. Ella es mucho mejor que yo y, sin embargo, se dedica a la usura prestando a intereses desorbitados los fondos familiares que nos legaron los antepasados, ¡y sin permitir que los parientes pobres veamos un solo liang de los beneficios! ¿Acaso piensa que seguirán siendo ricos eternamente? ¡Pero si fuera de la mansión su nombre ya apesta! En fin, será mejor que me mantenga callado. Si no lo hiciera así, ¡quién sabe en cuántos pleitos me obligarían a declarar ante los tribunales!».

Sumido en tales reflexiones llegó de vuelta a su casa, donde lo esperaban la esposa y la hija de Ni Er. Al no poder entretenerlas más, les dijo:

—La mansión del Oeste ha enviado un mensaje, pero el prefecto Jia lo ha ignorado. Lo mejor que pueden hacer es ver a Leng Zixiang, que está emparentado con su mayordomo Zhou Rui, para que interceda.

Pero madre e hija replicaron:

—¿Cómo va a tener éxito un sirviente allí donde ha fracasado un caballero como usted?

—No comprenden nada —dijo exasperado e incómodo—. Hoy en día los sirvientes tienen más poder que los señores.

Al ver que era incapaz de ayudarlas, la señora Ni se rió sarcásticamente.

—Era pedir demasiado. Disculpe las molestias que le hemos venido causando todos estos días —dijo—. Ya volveremos por aquí a darle las gracias cuando mi hombre esté libre.

Y partieron a solicitar otras intercesiones más efectivas.

Ocurrió, a la postre, que Ni Er fue liberado con unos pocos varazos en el cuerpo sin haber sido acusado de crimen alguno. Cuando volvió, su esposa y su hija le contaron como Jia Yun se había negado a echarle una mano en sus tribulaciones. Ni Er, que en ese momento estaba bebiendo, montó en cólera y quiso verlo inmediatamente.

—¡Bastardo, bestia ingrata! —rabiaba—. Cuando se moría de hambre y quiso conseguir un trabajo en esa casa, fui yo quien le ayudó. Pero cuando soy yo quien necesita su ayuda me deja en el hoyo. ¡Pues bien! Si Ni Er monta un escándalo, la dos mansiones Jia se arrastrarán por el fango.

—¡Ay! Otra vez vuelves a beber ese líquido amarillo que te hace ver un cielo sin sol —le reprocharon—. ¿Acaso el otro día no te apalearon por montar un escándalo cuando estabas borracho? ¡Todavía no te has repuesto de una y ya estás rumiando otra!

—¿Pensáis que por una paliza que me hayan dado voy a temerles? Lo único que me asusta es no encontrar un buen pretexto. En la cárcel me hice amigo de varios tipos cabales. Según ellos, aparte de estos Jia de la ciudad hay también muchísimos en provincias, y no hace mucho metieron en la cárcel a varios de sus lacayos. Siempre supe que los Jia más jóvenes y sus sirvientes eran mala gente, pero pensaba que la vieja generación no lo era. Por eso me sorprendió que se hubieran metido en líos. Después de indagar, descubrí que los que están implicados en asuntos de gravedad pertenecen a ramas del clan de otras provincias. Ahora mismo están sometidos a juicio, y los han traído aquí porque pronto habrá sentencia. Ya que ese cachorro de Jia Yun me ha dejado caer después de que yo lo hubiera tratado tan bien, mis amigos y yo podemos divulgar ahora que su familia ha abusado de la buena gente, practicado la usura y abusado de las esposas de otros. ¡Cuando el escándalo se divulgue y llegue a oídos de los censores, se verán metidos en un buen lío! ¡Entonces sabrán quién es Ni Er el Diamante!

—Vete a la cama a dormir la mona —le pidió la esposa—. ¿De qué esposas han abusado? No fantasees ni digas tonterías.

—¿Qué sabes tú, mujer, que no sales de la casa, de lo que sucede afuera? Hace dos años me encontré en una taberna con un joven llamado Zhang, y él me contó que los Jia se habían llevado por la fuerza a su prometida. Me pidió consejo, pero yo le impedí armar un escándalo. No sé dónde está ahora, porque no he vuelto a verlo desde entonces. ¡Pero si diera con él, ya inventaría un plan para acabar con Jia Yun! ¡Y no lo dejaré en paz a menos que me ofrezca espléndidos regalos! ¿Cómo se atreve a negarme su ayuda?

Se echó, masculló un rato más, y finalmente se quedó dormido. Su esposa y su hija no le prestaron atención, pues atribuyeron aquellas amenazas a la lengua fácil de los borrachos. A la mañana siguiente Ni Er volvió a la taberna, donde lo dejaremos de momento.

Al día siguiente de su regreso, Jia Yucun comentó a su esposa el encuentro con Zhen Shiyin.

—¿Por qué no volviste a ver qué le había pasado? —le preguntó ella en tono de reproche, con lágrimas en los ojos—. Si ha muerto en el incendio es como si fuéramos unos desalmados.

—Él ya era ajeno a las cosas mundanas y no quería tener nada que ver con nosotros —le aseguró Yucun.

En eso un sirviente anunció desde el exterior:

—Ha vuelto el hombre que Su Ilustrísima dejó en el templo.

Yucun salió, y el lacayo, tras presentar sus respetos, informó:

—Después de volver al templo tal como ordenó Su Ilustrísima no esperé a que se consumieran las llamas, sino que las atravesé buscando al sacerdote. El fuego había consumido el lugar donde había estado sentado y la pared trasera se había desmoronado, así que lo di por muerto, a pesar de que no encontré sus restos y había por allí un petate y una calabaza que no habían sufrido daño alguno. Busqué por todas partes su cadáver, pero no encontré ni rastro de un pequeño hueso. Por temor a que usted no me creyera, decidí traer aquellos dos objetos, ¡pero apenas los toqué se convirtieron en cenizas!

Yucun comprendió que Zhen Shiyin, abandonando el mundo polvoriento, se había elevado a la morada de los inmortales. Despidió al mensajero y regresó a su cuarto sin repetir el mensaje a su esposa, temeroso de que ella, mujer ignorante, se entristeciera aún más; simplemente le dijo que no había rastro del sacerdote, y que lo más probable era que se hubiese salvado.

Luego se encerró en su gabinete, pero cuando empezaba a reflexionar minuciosamente sobre la conversación que había mantenido con Zhen Shiyin irrumpió un sirviente con una citación para que acudiese al Palacio Imperial. Inmediatamente emprendió el camino, y al llegar supo que Jia Zheng, cuya presencia había sido exigida en la corte, iba a reconocer sus faltas y su mala gestión como comisionado del Grano de la provincia de Jiangxi, y solicitar la indulgencia del emperador.

Apretando el paso, se dirigió a la sala del Consejo Privado, donde encontró reunidos a todos los ministros leyendo un edicto imperial que lamentaba la mala administración de las provincias costeras. Al salir fue inmediatamente en busca de Jia Zheng, le dio la enhorabuena por ser objeto de la clemencia imperial y por su retorno, y se interesó por su viaje. Jia Zheng le describió sus experiencias desde la última vez que se habían visto.

—¿Ha presentado ya su declaración de contrición? —preguntó Yucun.

—Sí. Está ya en manos del emperador. Sólo espero a que acabe su almuerzo para conocer su voluntad.

Inmediatamente después de estas palabras, Jia Zheng fue convocado ante el trono. Entró corriendo en el salón, donde ya lo esperaban los altos funcionarios especialmente ligados a él por lazos de amistad.

Pasó un buen rato hasta su reaparición, con el rostro bañado en sudor. Los demás se agolparon en torno suyo para preguntar qué había sucedido. Él sacó la lengua desazonado.

—¡Creí morir de miedo! —balbuceó—. Gracias, señores, por su preocupación. Afortunadamente no ha sucedido nada serio.

Le preguntaron qué había dicho el emperador.

—Su Majestad quiso conocer datos sobre el contrabando de armas en Yunnan —les dijo Jia Zheng—. Hubo un informe según el cual el culpable era un sirviente del anterior preceptor imperial, Jia Hua, cuyo apellido hizo que el emperador me preguntase el nombre de mi ancestro. Inmediatamente, haciendo un koutou, respondí que era Jia Daihua. Entonces el emperador preguntó con una sonrisa:

—¿Jia Hua? ¿No se llama así ese antiguo ministro de la Guerra degradado a prefecto de la capital?

Aquello sobresaltó a Yucun, que estaba a su lado.

—¿Y usted, señor, qué respondió? —preguntó inquieto.

—Le expliqué detalladamente que el anterior preceptor imperial, llamado Jia Hua, era oriundo de Yunnan, y el actual es de Huzhou, en Zhejiang. Entonces el emperador preguntó: «¿Y ese Jia Fan denunciado por el prefecto de Suzhou no es uno de sus parientes?». Volví a hacer una reverencia y contesté afirmativamente. Entonces el emperador preguntó enfurecido: «¿Cómo puede su familia tolerar que sus sirvientes secuestren a la esposa de un buen servidor del trono?». No me atreví a responder nada. «¿Qué relación tiene usted con Jia Fan?», fue la siguiente pregunta. «Es un pariente lejano», respondí. Entonces el emperador resopló y me ordenó retirarme. ¡Todo fue extrañísimo!

—Qué coincidencia que esos dos casos aparezcan relacionados —comentaron los presentes.

—No es casualidad —dijo Jia Zheng—. Es lo malo de llamarse Jia. Nuestro pobre clan es tan grande y tan antiguo que hay parientes por todas partes. Aunque esta vez no haya sido grave, el nombre Jia quedará grabado en la mente del emperador, y eso es malo.

—La verdad es la verdad, la falsedad es la falsedad —le aseguraron—. No tiene nada que temer.

—Daría cualquier cosa por no ser funcionario, pero no me atrevo a retirarme. Además, nuestra familia tiene dos títulos hereditarios, y eso es algo que no se puede obviar.

—Usted sigue en la Junta de Obras, señor —señaló Yucun—. Un puesto metropolitano siempre es un destino seguro.

—Pero eso es difícil de saber después de haber sido funcionario de provincias en dos ocasiones.

—Señor, admiramos su virtud y su conducta —le dijeron los otros funcionarios—. También su hermano es un hombre de honor. Todo lo que tiene que hacer es controlar más estrictamente a sus sobrinos.

—Rara vez estoy en casa para controlarlos, y nunca puedo confiar completamente en ellos. Y ya que han sacado el tema a relucir, y dado que somos buenos amigos, por favor díganme: ¿se ha comportado mal alguno de mis sobrinos de la mansión del Este?

—En realidad no, pero hay algunos subsecretarios, y también algunos eunucos imperiales, que se llevan mal con ellos. No hay de qué preocuparse, siempre que usted les advierta que sean más circunspectos en el futuro.

Lo saludaron y se fueron, y Jia Zheng retornó a su casa. Todos sus hijos y sobrinos salieron a darle la bienvenida, y cuando hubo preguntado por la salud de la Anciana Dama y los jóvenes hubieron presentado sus respetos, entraron todos juntos en la mansión. La dama Wang y las otras mujeres se reunieron en el salón de la Gloria y la Felicidad para recibirlo, pero él acudió primero a los aposentos de la Anciana Dama a presentar sus respetos e informarle de todo lo que había sucedido desde su partida. Cuando ella le pidió noticias de Tanchun, describió los preparativos matrimoniales puestos en marcha.

—Tenía mucha prisa y no quiso esperar el Festival del Doble Nueve —explicó—, pero a pesar de que no pudo vería, la otra familia se preocupó de que todo marchase adecuadamente. Sus suegros le hacen llegar sus saludos, señora, y esperan que este invierno o la siguiente primavera los trasladen a la capital, lo cual por supuesto sería lo mejor para todos. Ahora bien, he oído decir que hay dificultades en las regiones costeras, de modo que el traslado puede tardar.

Que hubieran degradado a Jia Zheng deprimió profundamente a la Anciana Dama, y a su melancolía contribuyó el matrimonio tan lejano de Tanchun. Pero las explicaciones que le dieron acerca de cómo fue llamado a la corte y las buenas noticias acerca de Tanchun le devolvieron el ánimo. Sonriendo, pidió a su hijo que se retirase a descansar. A continuación Jia Zheng vio a su hermano, sus hijos y sus sobrinos, y cuando los más jóvenes hubieron presentado sus respetos les informó de que a la mañana siguiente haría un sacrificio en el templo ancestral.

Cuando Jia Zheng llegó a su aposentos, le dieron la bienvenida la dama Wang y los demás, entre ellos otra vez Baoyu y Jia Lian. A Jia Zheng le produjo alivio ver a Baoyu de mejor semblante que en el momento de su partida, y como nada sabía de la enfermedad mental de su hijo, ni recordó que lo hubieran degradado, se alegró al pensar en lo bien que su madre había manejado los asuntos domésticos. Cuando además advirtió que Baochai estaba más tranquila y tenía mejor aspecto, y que Lan había crecido con apostura y haciendo gala de una educación refinada, su dicha fue aún mayor. Sólo Huan seguía igual, y su padre no logró sentir verdadero afecto por él.

Descansó un buen rato y, de pronto, preguntó:

—¿No falta alguien?

La dama Wang comprendió que había advertido la ausencia de Daiyu. Como no le habían escrito avisándole de su muerte, y puesto que estaba con la alegría de su llegada, no quiso darle la mala noticia de inmediato. Se limitó a decir que Daiyu estaba indispuesta. Baoyu sintió que le atravesaban el corazón con una daga, pero como su padre estaba presente tuvo que reprimir su dolor y atenderlo. La dama Wang ordenó que preparasen un banquete de bienvenida, donde los hijos y nietos de Jia Zheng le ofrecieron vino; y a pesar de que Xifeng era la esposa de un sobrino, como estaba encargada de los asuntos de la casa se unió a Baochai y las demás en el servicio del vino. Después de una ronda de brindis, Jia Zheng envió a todo el mundo a descansar y despidió también a los sirvientes con instrucciones para que los criados se presentasen ante él al día siguiente, después del sacrificio ancestral.

Cuando los demás hubieron partido, él y su esposa conversaron acerca de todo lo sucedido desde su separación. Hubo algunos temas que la dama Wang no se atrevió a abordar, y cuando él sacó a colación la muerte de su hermano Wang Ziteng, ella no se atrevió a mostrar su dolor. También se habló de Xue Pan, pero ella se limitó a decir que él mismo era la causa de sus problemas, y aprovechó la oportunidad para anunciarle la muerte de Daiyu. Consternado por la noticia, Jia Zheng se echó a llorar discretamente y suspiró. Entonces la dama Wang tampoco pudo contenerse y rompió a llorar, hasta que Caiyun, que la atendía, le dio un tironcito de la manga. Recobrando la compostura pasó a tópicos más amables, y después se retiraron a pasar la noche.

A la mañana siguiente Jia Zheng hizo su ofrenda en el templo ancestral acompañado de todos los hombres jóvenes de la familia, tras lo cual tomó asiento en el anexo del templo y llamó a Jia Zhen y Jia Lian a su presencia para preguntarles por los asuntos de la familia. Jia Zhen le hizo una relación cuidadosamente retocada.

—Como estoy recién llegado no puedo comprobarlo todo con detalle —le dijo Jia Zheng—, pero he oído en el exterior que en tu casa no van las cosas como antes. Debes ser más circunspecto en todos tus asuntos. Ya no eres joven y deberías disciplinar a esos jovenzuelos para que no vayan por ahí ofendiendo a la gente de fuera. Y tenlo tú también en cuenta, Lian. No es que, recién llegado, desee encontrar faltas, sino que los rumores corren. Debéis ser especialmente cuidadosos.

Jia Zhen y Jia Lian se turbaron avergonzados y sólo se atrevieron a responder: «Sí, señor». Entonces Jia Zheng les ordenó retirarse mientras él volvía a la mansión del Oeste. Cuando todos los sirvientes se hubieron arrodillado ante él, entró en los aposentos interiores donde las sirvientas, a su vez, le presentaron sus respetos. Pero no sigamos deteniéndonos en este punto.

La pregunta de Jia Zheng acerca de Daiyu el día anterior y la respuesta de la dama Wang en el sentido de que estaba indispuesta habían precipitado otra vez las cavilaciones de Baoyu. Después de que su padre le permitiera retirarse, volvió llorando todo el camino y acabó sentándose con ánimo sombrío en el cuarto exterior, mientras Baochai charlaba dentro con Xiren y las demás. Baochai pidió a Xiren que le sirviera té y luego salió a intentar alegrarle el ánimo, pues pensó que estaría preocupado por si su padre se interesaba por sus estudios.

—Retírate tú a dormir —dijo Baoyu—. Yo quiero ordenar un poco mi cabeza. Mi memoria ya no es lo que era y olvido dos de cada tres palabras. Si mi padre se da cuenta, le causaré mala impresión. Si te vas a la cama, Xiren puede quedarse haciéndome compañía.

A Baochai le pareció razonable y asintió con un gesto.

En el cuarto exterior, Baoyu hizo sentarse a Xiren y, en voz baja, le pidió que fuera a buscar a Zijuan.

—Tengo algo que preguntarle —dijo—, pero como siempre está tan furiosa y me desdeña cada vez que me ve, hay algunas cosas que tienes que explicarle antes de que ella aparezca.

Xiren le respondió:

—Me gustó escuchar que deseaba poner en orden su cabeza, ¿por qué vuelve a pensar en esas cosas? Si tiene algo que preguntarle, ¿por qué no lo hace mañana?

—Sólo tengo esta noche libre. Puede que mañana el señor me encargue algo que me mantenga ocupado. ¡Por favor, querida hermana, búscala pronto!

—No vendrá a menos que la mandé llamar la señora Bao.

—Por eso quiero que vayas y la convenzas.

—¿Qué debo decirle?

—Tú sabes lo que yo siento y lo que ella siente a causa de la señorita Lin. Dile que no le fui infiel. Fuisteis vosotras quienes me hicisteis aparecer así. —Miró hacia el cuarto interior y, señalándolo con el dedo, continuó—: Jamás quise casarme con ella, pero la Anciana Dama y las demás me engañaron para que lo hiciera, y eso causó la muerte de la pobre prima Lin. Y aun así, hubieran debido permitirme verla y darle explicaciones, ¡así no hubiera muerto odiándome tanto! Seguro que la señorita Tanchun y las demás te han dicho cómo murió haciéndome furiosos reproches. Y es a causa de todo esto por lo que Zijuan me odia como al veneno. ¿Tú crees que tengo tan poco corazón? Qingwen era una doncella, y no había significado mucho para mí, pero lo cierto es que cuando murió le compuse una elegía e hice ofrendas y la señorita lo vio con sus propios ojos. Ahora que ha muerto la señorita Lin, ¿crees, acaso, que puedo tratarla peor que a Qingwen? Pero, ya ves, ni siquiera puedo hacer en su honor un sencillo sacrificio. Además, su espíritu continúa vivo y culpándome cada vez más.

—Puede hacer una ofrenda en su honor, si así lo desea —dijo Xiren—. ¿Qué quiere de mí?

—Ahora que estoy mejor de salud quisiera escribir una elegía, pero la verdad es que he perdido gran parte de mi ingenio. Todavía puedo hacer una ofrenda a cualquier otra persona, pero un sacrificio en su honor debe ser el colmo de la perfección. Por eso quiero que Zijuan me informe sobre qué estaba pensando su señora y cómo se dio cuenta de ello. Antes de mi enfermedad lo hubiera deducido yo mismo, pero ahora no me acuerdo de nada: Tú me habías dicho que la señorita Lin estaba mejorando, ¿cómo es posible que muriera tan pronto? ¿Qué dijo cuando mejoró y yo no fui a visitarla? Ella no me visitó cuando yo caí enfermo, ¿cómo explicaba eso? ¿Y por qué tu señora no permite que toque nunca esos objetos suyos que logré reunir?

—Teme que puedan afectarle; eso es todo.

—No lo creo. Si la señorita Lin me quería, ¿por qué quemó todos sus poemas antes de morir en lugar de dejármelos como recuerdo? Dicen que se escuchó una melodía en el cielo, o sea que ahora debe ser una diosa o una inmortal. Vi su ataúd, es cierto, pero ¿quién sabe si ella estaba dentro o no?

—¡Cada vez dice más insensateces! ¿Cómo podría alguien anunciar una muerte exhibiendo sólo un ataúd vacío?

—¡No quise decir eso! —exclamó él—. Cuando las personas se vuelven inmortales, algunas retienen su forma corporal, pero otras se liberan de sus despojos mortales. ¡Hermana querida, por favor, tráeme a Zijuan!

—Tendrá que esperar a que yo le haya explicado exactamente lo que usted siente. Si quiere venir, bien; si se niega, puedo tardar en convencerla. Pero incluso si viene, al verlo a usted omitirá cosas. A mí me parece que lo mejor sería que yo hablase con ella mañana o pasado, cuando la señora Bao haya ido a ver a la Anciana Dama. Así podría averiguar más cosas, quién sabe. Y después, cuando haya un rato libre, yo le contaré todo.

—¡Todo eso está muy bien, pero la impaciencia no me deja vivir!

En ese momento salió Sheyue:

—La joven señora dice que ya es la cuarta vigilia y quiere que el joven señor se vaya a la cama —anunció—. La hermana Xiren debe haber disfrutado tanto de la charla que ha perdido el sentido del tiempo.

—¡Así es! —exclamó Xiren—. Es hora de irse a la cama. Mañana podremos seguir hablando.

Desconsolado, Baoyu tuvo que acceder, y al partir le susurró al oído a Xiren:

—¡No vayas a olvidar lo de mañana!

Xiren, con una sonrisa, contestó:

—Muy bien.

—Ya están tramando algo —dijo Sheyue en tono de broma—. ¿Por qué no le pide a la señora que le permita dormir con Xiren, y así podrían hablar toda la noche? A nosotras nos da igual.

Pero Baoyu, sacudiendo una mano, concluyó:

—No hay necesidad.

—¡Pero cuánta basura sale de tu boca, perra! —le reprendió Xiren—. Mañana sin falta le sellaré los labios. —Y volviéndose a Baoyu—: Mire cuántos problemas ha causado permaneciendo despierto hasta tan tarde. Pero sobre esto, ni una palabra.

Y, tras acompañarlo hasta el cuarto interior, se fueron también ellas a la cama.

Aquella noche Baoyu no pudo dormir, y pensando todavía en Daiyu recibió a la mañana siguiente el mensaje de un lacayo:

—Parientes y amigos han ofrecido invitar a un grupo de ópera y preparar manjares para celebrar el retorno del señor, pero él ha declinado la invitación. Dice que no hay necesidad de óperas, que se organizará pasado mañana una cena sencilla y que podrán charlar tranquilamente. He venido a notificárselo.

Para saber qué visitantes acudieron…

CAPÍTULO CV

Los guardias del emperador irrumpen

en la mansión Ning.

Un censor imperial denuncia al prefecto de Ping’an.

Jia Zheng estaba atendiendo a sus invitados en el salón de la Gloria y la Felicidad cuando en eso entró Lai Da, muy agitado.

—Señor, han venido el comisionado Zhao, de la Guardia Imperial, y varios de sus oficiales —anunció—. Cuando les pedí la invitación formal, el comisionado me respondió: «No hace falta invitación formal; tu señor y yo somos viejos amigos». Entonces se apeó de su carruaje y se introdujo directamente en el pabellón de entrada. Por favor, señor, salgan rápido a su encuentro, usted y los jóvenes señores.

Jia Zheng, que nunca había tenido tratos con el comisionado, no entendía qué hacía allí si no había sido invitado. La presencia de sus huéspedes le impedía atenderlo, pero no hacerlo pasar al interior habría sido una imperdonable incorrección.

Mientras reflexionaba sobre todo aquello, hizo su entrada su sobrino Jia Lian.

—Tío, vayamos cuanto antes a su encuentro. Si continúa demorándose, el comisionado irrumpirá aquí con todo su séquito.

Y en efecto, en ese mismo instante entró corriendo un lacayo de los que estaban de servicio en la segunda puerta:

—El comisionado Zhao ha franqueado el pabellón de entrada y se dirige hacia aquí.

Jia Zheng y los demás se precipitaron a su encuentro. Con una amplia sonrisa en los labios, y sin pronunciar una sola palabra, el comisionado hizo su entrada en la sala donde se estaba celebrando el banquete, ajeno a los cumplidos del recibimiento. Detrás venían cinco o seis de sus oficiales, de entre los cuales los invitados sólo reconocieron a unos pocos, aunque ninguno de ellos respondió a sus saludos. Desconcertado por aquella actitud, Jia Zheng les ofreció asiento. El comisionado Zhao, siempre con la cabeza alta, ignoró los saludos de algunos invitados que lo conocían, y se limitó a tomar la mano de Jia Zheng para hacerle unos cuantos comentarios convencionales. La escena era tan tensa que algunos de los huéspedes se escabulleron hacia el cuarto interior, mientras los demás permanecían en actitud de respetuosa atención.

Jia Zheng había forzado una sonrisa, y cuando ya se disponía a corresponder a aquella charla huera que le proponía el comisionado entró un agitado sirviente anunciando la llegada del príncipe de Xiping[1]. Antes de que pudiera salir a recibirlo, el príncipe había ingresado en la estancia.

El comisionado Zhao se adelantó inmediatamente para presentar su saludo al príncipe, y a continuación ordenó a sus oficiales: «Ya que ha llegado Su Alteza, ustedes, caballeros, apostarán alguaciles en todas las puertas de esta mansión».

Jia Zheng comprendió que aquella orden implicaba problemas y se hincó de rodillas para recibir al príncipe, quien, dirigiéndole una sonrisa, le ayudó con las dos manos a incorporarse.

—No nos atreveríamos a entrometernos de esta manera en su casa sin un motivo poderoso —dijo—. Hemos venido a traerle al señor She un decreto imperial. Hay muchos invitados en su casa, y el contenido del decreto es un poco embarazoso, así que tendré que pedir a sus parientes y amigos que despejen el salón para que las palabras del emperador sean escuchadas sólo por usted y los miembros de su familia.

—Su Alteza hace gala de una generosidad encomiable —intervino el comisionado Zhao—. En cambio el otro príncipe, encargado de la ejecución del Decreto Imperial en la mansión del Este, toma sus deberes tan en serio que lo más seguro es que ya estén precintadas las dos puertas.

Al escuchar que la otra mansión también estaba incluida en aquel desbarajuste, los huéspedes empezaron a sentir deseos de quitarse de en medio.

—Los caballeros aquí presentes pueden retirarse —dijo afablemente el príncipe—. Que unos ayudantes los acompañen a la puerta e indiquen a los alguaciles que no hay motivo para registrarlos, ya que sólo se trata de invitados. Que se vayan inmediatamente.

Entonces aquellos amigos y parientes de los Jia se desvanecieron como el humo, dejando a Jia Zheng, Jia She y los miembros de sus respectivas casas lívidos y temblando a causa del miedo. Poco después irrumpió una tropa de soldados que ocuparon su puesto en cada puerta, con lo cual nadie, amo o criado, pudo moverse libremente por el lugar.

Volviéndose hacia el príncipe, el comisionado Zhao le pidió:

—Por favor, Alteza, lea el decreto para que podamos poner manos a la obra.

Al oír esas palabras, todos los alguaciles presentes empezaron a remangarse las túnicas listos para entrar en acción.

El príncipe de Xiping proclamó parsimoniosamente:

—Su Majestad me ha ordenado que traiga conmigo a Zhao Quan, de la Guardia Imperial, para registrar la propiedad de Jia She.

Jia She y los demás se arrojaron al suelo, como fulminados.

El príncipe, de pie sobre un estrado, continuó:

—Éste es el decreto qué el emperador manda leer en esta casa: «Jia She ha intrigado con funcionarios provinciales[2], y aplastado a los débiles abusando de su poder. Se ha mostrado indigno de Nuestro favor y ha mancillado el buen nombre de sus antepasados. Queda abolido, en consecuencia, su rango hereditario».

Y apenas hubo terminado el príncipe, tronó el comisionado Zhao:

—¡Arresten a Jia She! ¡Vigilen a los demás!

En ese momento, estaban en el salón Jia She, Jia Zheng, Jia Lian, Jia Zhen, Jia Rong, Jia Qiang, Jia Zhi y Jia Lan; sólo faltaban Baoyu, que se había escabullido a los aposentos de la Anciana Dama pretextando una indisposición, y Huan, que rara vez aparecía frente a los invitados. De modo que todos los demás quedaron bajo vigilancia.

El comisionado Zhao ordenó a sus hombres que iniciasen el registro de los diversos aposentos e hicieran un inventario detallado de todo lo que encontraran.

Aquella orden causa un consternado intercambio de miradas entre los hombres de la casa, y codiciosos gestos de los alguaciles, que se frotaban descaradamente las manos, ansiosos de iniciar el registro. Pero el príncipe se interpuso:

—Nos han dicho que el señor She y el señor Zheng, aunque de la misma familia, llevan cuentas separadas, y según el decreto sólo debemos registrar la propiedad del primero. La otra debe ser precintada a la espera de nuevas órdenes.

—Para beneficio de Su Alteza —dijo entonces incorporándose el comisionado Zhao—, Jia She y Jia Zheng no dividen las propiedades familiares, y sabemos que Jia Zheng ha encargado a su sobrino Jia Lían su administración. Por lo tanto estamos obligados a registrar todo el lugar.

Y como el príncipe no hiciera ningún comentario, añadió:

—Yo iré personalmente con mis oficiales a registrar las casas de Jia She y Jia Lian.

—No hay prisa —se resistió el príncipe—. Haga advertir primero a las damas del lugar para que puedan retirarse antes de que lleguen ustedes.

Pero ya los alguaciles y mensajeros habían hecho que los sirvientes de los Jia les mostraran el camino, y partido en todas direcciones a registrar ambas mansiones.

—¡Nada de desórdenes! —dijo severamente el príncipe—. ¡Voy a supervisar el registro personalmente!

Se puso de pie lentamente y ordenó:

—Ninguno de los que han venido conmigo debe moverse de aquí. Más tarde registraremos la propiedad y haremos el inventario.

En eso entró un oficial de la Guardia Imperial y, clavando las rodillas en tierra, informó:

—En los aposentos interiores hemos encontrado vestidos que sólo pueden usar las altas damas de la corte, y otras cosas cuyo uso está prohibido y que no nos hemos atrevido a tocar. Hemos venido a pedir instrucciones.

Luego, otro grupo se reunió en torno al príncipe para informar:

—En la casa de Jia Lian hemos encontrado dos cajas de títulos de propiedad de tierras y de inmuebles, y otra de recibos de préstamos hechos a tasas de interés ilegal.

—¡Una banda de usureros, eso es lo que son! —exclamó el comisionado Zhao—. ¡Ciertamente, merecen que se les confisque todo! Por favor, Alteza, quédese aquí tranquilamente sentado mientras yo superviso el registro. Después sólo habrá que aguardar la decisión del emperador.

Pero en ese momento un mayordomo del príncipe anunció:

—Los guardias de la puerta me acaban de decir que, por orden imperial, han enviado al príncipe de Pekín para proclamar otro decreto. Solicita que acuda a su encuentro.

Mientras salían a recibir al príncipe de Pekín, el comisionado Zhao se dijo alegremente: «Qué mala suerte que me endilgaran a este príncipe melindroso. Pero ahora llega el otro y podré desplegar todo el peso de mi autoridad».

El príncipe de Pekín ya estaba en el salón. Situado de cara a la pequeña multitud de guardias y asistentes que allí había, proclamó:

—Éste es un decreto del emperador. Que Zhao Quan, comisionado de la Guardia Imperial, escuche con atención: «La única tarea del comisionado es arrestar a Jia She. El príncipe de Xiping determinará qué otras medidas se deben tomar en relación con el registro».

Pletórico por la noticia, el príncipe de Xiping tomó asiento junto al príncipe de Pekín y envió al comisionado de vuelta a su sede, escoltando a Jia She. Aquel giro de los acontecimientos decepcionó a todos sus alguaciles, que habían salido a enterarse del motivo de la llegada del segundo príncipe. Tuvieron que permanecer allí de pie, esperando las órdenes de Su Alteza. El príncipe de Pekín seleccionó a dos oficiales honrados y a una docena de alguaciles de edad avanzada, y despachó al resto.

El príncipe de Xiping le dijo:

—Ya casi estaba a punto de perder la paciencia con el viejo Zhao. Si usted no hubiera traído ese decreto en el momento preciso, los Jia se habrían visto realmente en apuros.

—Cuando en la corte me enteré de que Su Alteza había sido enviado a registrar la mansión Jia sentí gran alivio, pues sabía que usted los trataría bien —respondió el príncipe de Pekín—. Jamás pensé que el viejo Zhao fuera un bribón tan grande. Pero dígame, ¿dónde están Jia Zheng y Baoyu ahora? ¿Ha habido muchos destrozos en el interior?

Sus hombres le informaron:

—Jia Zheng y los demás están bajo vigilancia en la zona de los sirvientes, y todo el lugar ha quedado patas arriba.

Siguiendo órdenes del príncipe de Pekín, los oficiales trajeron a Jia Zheng para un interrogatorio. Éste cayó de rodillas ante Sus Altezas, y con los ojos llenos de lágrimas pidió clemencia. El príncipe le ayudó a incorporarse, le dijo que no se preocupase y le informó acerca del contenido del nuevo decreto. Con más lágrimas, ahora de gratitud, Jia Zheng hizo una profunda reverencia hacia el norte para dar las gracias al emperador[3], y luego se volvió a esperar nuevas instrucciones.

El príncipe dijo:

—Cuando hace un rato estuvo aquí el viejo Zhao, sus alguaciles informaron del hallazgo de varios artículos de exclusivo uso imperial y unos recibos de préstamos a un interés usurario. Ésas son cosas que no podemos encubrir. En cuanto a esos artículos prohibidos, como eran para el uso de la consorte imperial no pasará nada si informamos de su existencia. Pero hemos de encontrar alguna manera de explicar la existencia de esos recibos. Viejo Zhang, vaya con los oficiales y, honradamente, entrégueles todas las propiedades de su hermano, con lo cual quedará zanjado el asunto. No oculte nada, pues sería peor.

—Jamás me atrevería a esconder nada —respondió Jia Zheng—. Pero nosotros nunca llegamos a dividir nuestra propiedad hereditaria, todo lo que hay en ambas casas es propiedad común.

—Muy bien —dijeron—. Limítese a entregar todo lo que haya en la casa del señor Jia She. —Y despacharon a dos oficiales con la orden de cumplir el encargo—. Cumplid las órdenes como decimos, que no se haga ninguna tropelía. —Y así partieron los oficiales.

Volvamos al festín en los aposentos de la Anciana Dama, donde la dama Wang acababa de advertir a Baoyu que si no salía a reunirse con los caballeros, su padre acabaría enfadándose.

Xifeng, que seguía enferma, dijo con un hilo de voz:

—No creo que Baoyu les tenga miedo, sino que sabe que afuera hay mucha gente para atender a los invitados y prefiere ayudarnos a nosotras. Si el señor necesitara más gente para atender a los huéspedes, entonces usted podría mandar a Baoyu, señora. ¿Qué le parece?

—¡Pero qué ladina es esta Xifeng! —se rió la Anciana Dama—. ¡Tan enferma y todavía mantiene el don de la palabra!

Estaban en el colmo de la diversión cuando irrumpió una de las doncellas de la dama Xing gritando:

—¡Sus Señorías! ¡Estamos acabados! ¡Una partida de bandoleros! ¡Nos ha asaltado toda una partida de bandidos, con sus birretes y sus botas de cuero! ¡Están abriendo baúles, volcando cajones, registrándolo todo!

Todavía la Anciana Dama y los demás no se habían repuesto del estupor causado por aquella noticia cuando entró Pinger con el pelo suelto, arrastrando a la pequeña Qiaojie de la mano.

—¡Qué horror! —aulló—. ¡Estaba almorzando con Qiaojie cuando trajeron a Lai Wang encadenado y me dijeron que viniera enseguida a avisarles de que se mantuviesen apartadas, pues ha venido un príncipe a confiscar la casa! ¡Casi me muero del susto! Antes de que pudiera entrar a rescatar algo valioso, una banda de hombres me echó de allí. Reúnan cuanto antes toda la ropa y las cosas que vayan a necesitar.

Parecía que a las damas Xing y Wang se les había escapado hasta el cielo todo espíritu y se quedaron clavadas sin saber qué hacer. Tras escuchar aquello con los ojos desorbitados, Xifeng se desmayó. La Anciana Dama lloraba de pavor, incapaz de decir una sola palabra.

En aquella habitación las doncellas comenzaron a tirar de esto, a guardar aquello, revolviéndolo todo como si hubieran volteado el cielo y revuelto la tierra. En eso oyeron unos gritos:

—¡Las mujeres deben despejar los aposentos interiores! ¡Llega el príncipe!

Baochai y Baoyu se quedaron mirando impotentes cómo las doncellas intentaban desesperadamente sacar del lugar a las señoras. En eso entró Jia Lian.

—¡Ya pasó todo! —dijo jadeando—. Gracias al cielo, el príncipe ha venido en nuestra ayuda.

Antes de que pudieran preguntarle nada, vio a Xifeng tirada en el suelo, con aspecto de cadáver, y lanzó un grito alarmado. La preocupación por que la Anciana Dama se asustara demasiado, lo puso todavía nervioso. Afortunadamente Pinger y las demás lograron que Xifeng recuperase el sentido ayudaron a incorporarse. También la Anciana Dama recobró el aliento, pero siguió recostada sobre el kang llorando mientras Li Wan se esforzaba por tranquilizarla.

Jia Lian se recompuso con cierto esfuerzo y contó a las damas la amable intervención de ambos príncipes, pero como temió que la noticia del arresto de Jia She matara del susto a la Anciana Dama y a la dama Xing, pospuso la noticia y volvió a sus aposentos.

Cuando cruzó el umbral percibió que sus arcones y roperos habían sido abiertos y registrados. Permaneció frente a ellos consternado y mudo, llorando, hasta que oyó que gritaban su nombre y se vio obligado a salir. Afuera encontró a dos oficiales acompañados de Jia Zheng levantando un inventario, que uno de ellos leyó como sigue:

—Ciento veintitrés dijes de oro con incrustaciones de diamantes y perlas; trece sartas de perlas; dos bandejas de oro claro; dos pares de tazones de oro; dos tazones de oro repujado; cuarenta cucharas de oro; ochenta tazones grandes de plata; treinta bandejas de plata; dos pares de palillos de marfil con incrustaciones de oro; cuatro jarras chapadas en oro; seis escupideras también chapadas en oro; dos bandejas de té; setenta y seis platillos de plata; treinta y seis copas de vino de plata; dieciocho pieles de zorro negro; seis pieles de zorro gris oscuro; treinta y seis pieles de marta; treinta pieles de zorro amarillo; doce pieles de lince; tres pieles de axila de zorro gris; sesenta pieles de chinchilla; cuarenta pieles de pata de zorro gris; veinte vellocinos de oveja marrón; dos pieles de mapache; dos hatos de pieles de pata de zorro amarillo; veinte piezas de piel de zorro blanco; treinta du[4] de lana de Occidente; veintitrés du de sarga; doce du de pana; diez pieles de rata almizclera; cuatro piezas de piel de ardilla manchada; un rollo de terciopelo; una pieza de piel de venado rojizo; dos pieles de zorro con apariencia de nubes[5]; un rollo de piel de cachorros de marta; siete manojos de plumas de patos silvestres; ciento sesenta y seis pieles de ardilla; ocho pieles de tejón; seis pieles de tigre; tres pieles de foca; dieciséis pieles de marmota; cuarenta hatos de vellocinos de oveja gris; sesenta y tres vellocinos de oveja negra; diez cortes de género de piel de zorro rojo para sombreros; doce cortes de género de piel de zorro negro para sombreros; dos cortes de género de piel de marta para sombreros; dieciséis pequeñas pieles de zorro; dos pieles de castor; dos pieles de nutria; treinta y cinco pieles de gato de algalia; doce du de seda del Japón; ciento treinta rollos de satén; ciento ochenta y un rollos de gasa; treinta y un rollos de crepé; treinta rollos de sarga tibetana; ocho rollos de satén con diseños de serpientes; tres balas de tela de cáñamo; tres balas de diversos tipos de géneros; ciento treinta y dos abrigos de piel; trescientas cuarenta prendas acolchadas de algodón y sin acolchar de gasa; treinta y dos artículos de jade; nueve hebillas de jade; más de quinientos utensilios de cobre y de estañó; dieciocho relojes de pared y de bolsillo; nueve collares; treinta y cuatro du de diversos tipos de satén con diseños de serpientes; tres almohadillas de satén con diseño de serpientes para uso imperial; ocho vestidos para damas de palacio; un cinturón blanco de jade; doce rollos de satén amarillo; cinco mil doscientos liang de plata; cincuenta liang de oro; siete mil sartas de monedas.

Luego hicieron listas separadas de todos los muebles y mansiones que habían sido confiscados al duque de Rongguo, y también fueron sellados los títulos de propiedad de casas y tierras, así como los contratos de los sirvientes de la familia.

Jia Lian, apartado de ellos, no oía la relación de sus propiedades, tan turbado estaba.

Sólo oyó a los dos príncipes preguntándole a Jia Zheng:

—Entre las propiedades confiscadas hay unos resguardos de préstamos a un interés de usura. ¿De quién son? Su Señoría debe decirnos la verdad.

Jia Zheng se arrodilló e hizo un koutou.

—Soy culpable de no haberme ocupado nunca de los asuntos de la casa, y ésa es la verdad —dijo—. Nada sé de tales transacciones. Sus Altezas van a tener que preguntarle a mi sobrino Jia Lian.

Adelantándose inmediatamente, Jia Lian cayó de rodillas:

—¿Cómo voy a negar conocimiento de estos documentos, si han sido encontrados en mi humilde casa? Sólo pido a Sus Altezas que sean clementes con mi tío, que no sabía nada de esto.

Los dos príncipes dijeron:

—Ya que su padre ha sido acusado, los casos de ambos pueden ser vistos conjuntamente. Hizo bien en admitir conocer la existencia de esos resguardos. De acuerdo entonces, que custodien a Jia Lian; los demás pueden volver a sus respectivos aposentos. El señor Zheng debe esperar prudentemente un nuevo decreto. Ahora iremos a informar al emperador, y dejaremos aquí algunos alguaciles para que monten guardia.

Cuando hubieron subido a sus palanquines, Jia Zheng y los demás los despidieron de rodillas en la puerta interior. Al partir, el príncipe de Pekín extendió una mano y con una mirada compasiva, dijo:

—Por favor, dejen de preocuparse.

Ya Jia Zheng estaba algo más tranquilo, aunque aún se sentía sobrecogido.

Jia Lan sugirió:

—Abuelo, ¿por qué no entra a ver primero a la Anciana Dama? Después podremos pedir noticias de la mansión del Este.

Así lo hizo Jia Zheng, y al llegar encontró confusamente arremolinadas a varias doncellas de los diversos apartamentos. Como no estaba de humor para informarse de lo que estaban haciendo allí, entró directamente en el cuarto de su madre, donde todo el mundo estaba llorando. La dama Wang, Baoyu y las demás se habían reunido silenciosamente en torno a la Anciana Dama, y las lágrimas les bañaban las mejillas. La dama Xing se convulsionaba con sus sollozos. Al verlo llegar exclamaron aliviados:

—El señor ha vuelto sano y salvo —le dijeron a la Anciana Dama—. Tranquilícese ya, señora.

La Anciana Dama, que parecía a punto de exhalar el último suspiro, abrió débilmente los ojos y dijo con temblorosa voz:

—¡Hijo mío, jamás pensé volver a verte!

Rompió a llorar y todos los demás se le unieron, hasta que Jia Zheng, temeroso de que aquellos arrebatos de llanto resultaran nocivos para su madre, optó por refrenar el suyo.

—Tranquilícese, venerable señora —le pidió—. Éste es un asunto grave, pero el emperador y los dos príncipes nos han mostrado su más amable consideración y todo se arreglará. Mi hermano ha sido apresado, pero no tardarán en liberarlo. En cuanto el asunto se haya aclarado, el emperador se mostrará todavía más clemente. No nos han confiscado más propiedades.

La detención de Jia She volvió a entristecer a la Anciana Dama, y Jia Zheng se esforzó por consolarla.

Nadie se atrevía a partir, excepto la dama Xing que regresó a sus aposentos. Encontró las puertas precintadas, y a las criadas confinadas en unos pocos cuartos. Al no poder entrar rompió a llorar, y se encaminó a los aposentos de Xifeng. La puerta lateral también estaba cerrada, pero el cuarto de Xifeng estaba abierto, y del interior surgían los sonidos de un llanto continuo. Al entrar encontró a Xifeng echada con los ojos cerrados, el rostro ceniciento, y a Pinger llorando junto a ella. La dama Xing pensó que había muerto, y se unió al llanto.

—No llore, señora —dijo Pinger, adelantándose para saludarla—. La trajimos aquí totalmente desmayada y parecía casi muerta; afortunadamente hace un instante recobró el conocimiento y lloró un poco. Ya no tiene tanta mucosidad y su respiración tampoco es tan nerviosa. Por favor, cálmese, señora. ¿Cómo sigue la Anciana Dama?

La dama Xing no respondió y fue a reunirse con la Anciana Dama. Allí los únicos presentes eran los miembros de la casa de Jia Zheng, y no pudo reprimir su dolor al pensar que su esposo y su hijo habían sido arrestados, que su nuera estaba en el umbral de la muerte, y que su hija era maltratada por su esposo, de modo que no tenía adónde ir. Los demás trataron de consolarla. Li Wan ordenó a unas criadas que acondicionasen algunas habitaciones para que pudiera alojarse en ellas temporalmente, y la dama Wang le asignó unas doncellas.

Afuera Jia Zheng estaba en ascuas, mesándose la barba y retorciéndose las manos, a la espera del siguiente decreto del emperador.

—Pero ¿a cuál de las casas perteneces? —oyó que decían los guardias del exterior—. Ya que es aquí donde has venido, te pondremos en nuestra lista y te encadenaremos para entregarte a los oficiales de adentro.

Jia Zheng salió y vio que el recién llegado era Jiao Da.

—¿Por qué has venido?

Jiao Da lloraba indignado:

—¡Ya se lo advertí a nuestros degenerados señores hace mucho tiempo, y me trataron como a un enemigo! Ni siquiera usted sabe, señor, las penurias que pasé sirviendo al anciano duque. ¡Y ahora hemos llegado al extremo de que los señores Zhen y Rong hayan sido arrestados por los oficiales de unos príncipes! ¡Los objetos de las damas han sido saqueados por alguaciles y mensajeros, y ellas encerradas en un cuarto vacío! ¡Y a todos esos esclavos inútiles los han amontonado como cerdos y perros! ¡Todo ha sido confiscado, los muebles hechos añicos, la porcelana destrozada, y ahora quieren encadenarme a mí! He vivido más de ochenta años, y he apresado a mucha gente por orden del viejo duque; ¿cómo voy a permitir ahora que lo hagan conmigo? Les dije que era de la mansión del Oeste, y me zafe, pero esos tipos no me querían dejar ir. Me han arrastrado hasta aquí, donde encuentro que las cosas están igual. Estoy cansado de la vida. ¡Voy a correr su suerte!

Y después de decir esto dio un empellón a los guardias.

Como él era tan viejo y ellos tenían órdenes de no crear más problemas, los guardias se limitaron a decir:

—Cálmate, viejo. Esto se está haciendo por Decreto Imperial. Lo mejor que puedes hacer es tranquilizarte y aguardar los acontecimientos.

Jia Zheng trató de ignorar aquella escena, pero de todos modos sintió que le hundían un puñal en el corazón:

—¡Estamos acabados, definitivamente acabados! —suspiró—. ¡Quién iba a pensar que acabaríamos reducidos a esto!

Mientras seguía esperando con impaciencia las noticias de la corte, entró corriendo Xue Ke.

—¡Qué impedimentos he tenido para llegar hasta aquí! —dijo entre jadeos—. ¿Dónde está mi tío?

—¡Gracias al cielo que has llegado! —exclamó Jia Zheng—. ¿Cómo lograste entrar?

—Suplicando con insistencia y prometiéndoles dinero.

Jia Zheng le describió el allanamiento y le pidió que averiguase los motivos de todo aquello.

—Como estamos permanentemente vigilados, no puedo hacer llegar ningún mensaje a los otros parientes y amigos —explicó Jia Zheng—. Pero tú puedes entregar mis mensajes.

—Jamás hubiera pensado que tendrían estos problemas, señor, aunque algo había oído decir sobre el asunto de la mansión del Este. Todo está acabado.

—¿Cuáles son exactamente los cargos que se les imputan?

—Hoy fui a la sede a informarme con precisión de la sentencia del primo Pan, y oí decir que dos censores han acusado al primo Zhen de haber corrompido a dos jóvenes nobles haciéndolos jugar por dinero, pero eso no es muy grave. El cargo más serio es haber abusado de la esposa de un ciudadano honrado, y que ella tuviera que matarse antes de acceder a sus deseos. Para formular ese cargo, los censores consiguieron llevar como testigos a nuestro Bao Er y a un tipo llamado Zhang. Esto puede llegar a comprometer al Tribunal de Censores, porque ese tipo, Zhang, no es la primera vez que pone una denuncia.

Jia Zheng dio una patada en el suelo.

—¡Terrible! ¡Estamos liquidados! —suspiró, y las lágrimas le surcaron las mejillas.

Xue Ke trató de consolarlo un poco, luego partió en pos de más noticias y cuando volvió, un par de horas más tarde, informó:

—La cosa está fea. Cuando pregunté en el Ministerio de Castigos no me dieron el resultado del informe de los dos príncipes, sino que me dijeron que esta mañana el censor Li ha iniciado un nuevo proceso contra el prefecto de Ping’an, acusándolo de sobornar a un funcionario en la capital y de haber abusado del pueblo para complacer a sus superiores. Hubo varias acusaciones graves.

—Qué me importa la otra gente —dijo Jia Zheng con impaciencia—. ¿Qué escuchaste decir sobre nosotros?

—Esa acusación contra el prefecto de Ping’an también nos compromete, señor. El funcionario de la capital a que se refiere el censor es el señor She, al que se acusa de haber interferido en la administración de justicia. ¡Esto añade leña al fuego! Todos sus colegas hacen los mayores esfuerzos por mantenerlo a usted fuera de este asunto. ¿Quién le haría llegar una palabra en estas circunstancias? Hasta los parientes y amigos que estuvieron aquí para el festín están de vuelta en casa o manteniéndose a buen recaudo hasta conocer en qué acaba todo esto. Algunos miembros de su clan, ¡malditos!, han estado diciendo abiertamente: «Nuestros antepasados les dejaron propiedades y títulos. Ahora que tienen dificultades no se sabe a quiénes les pueden corresponder esos títulos. Deberíamos emprender acciones…».

Sin terminar de escucharlo, Jia Zheng dio otra patada en el suelo.

—¡Qué imbécil es mi hermano! —rugió—. ¡La manera como se han estado comportando en la mansión del Este es escandalosa! ¡Éste puede ser el fin de la Anciana Dama y de la esposa de Lian! Anda a ver qué más averiguas mientras yo visito a la Anciana Dama. Si hay noticias, cuanto antes nos lleguen mejor.

En eso escucharon afuera un gran estrépito, y unos gritos:

—¡La Anciana Dama está muy mal! —Jia Zheng entró corriendo.

Para saber si la Anciana Dama vivió o murió, escuchen el próximo capítulo…

CAPÍTULO CVI

Wang Xifeng se avergüenza de ser

la causante de todas las desgracias.

La Anciana Dama reza al cielo

para prevenir más desastres.

«¡La Anciana Dama está muy mal!» Aquel grito hizo que Jia Zheng se precipitase hacia los aposentos de su madre. En efecto, la anciana había sufrido un desmayo a causa del pavor que le había producido el aluvión dé malas noticias, pero la dama Wang, Yuanyang y las demás habían conseguido devolverle el sentido. El sedante que le administraron a continuación consiguió reconfortarla poco a poco, aunque seguía llorando de dolor.

Con la esperanza de tranquilizarla, Zheng, de pie al lado de su madre, le dijo:

—Señora, hemos sido sus hijos, por irrespetuosos con la tradición y las costumbres, quienes hemos atraído la desgracia, causando su alarma. Si usted se tranquilizase nosotros aún podríamos arreglar nuestros asuntos; pero si cae enferma nuestra culpa de hijos indignos no conocerá límite.

—Ya tengo más de ochenta años —repuso ella—. Desde que era casi una niña, cuando me casé con tu padre, nuestros antepasados me concedieron vivir en el regazo de la opulencia. Nunca oí hablar de una pesadilla como ésta. Y ahora, a mis años, os veo en este trance. ¡Cómo voy a soportarlo! ¡Más me valdría cerrar de una vez los ojos y dejar ya de preocuparme por todos vosotros!

Y con estas palabras, volvió a echarse a llorar.

La tensión de Jia Zheng estaba al límite cuando desde el exterior un sirviente anunció la llegada de un mensajero de la corte. Salió inmediatamente para recibir al recién llegado, que no era otro que el chambelán del príncipe de Pekín.

—¡Buenas noticias, señor! —dijo el chambelán al verlo.

Con un gesto de gratitud, Jia Zheng le ofreció asiento y preguntó:

—¿Cuáles son las nuevas órdenes de Su Alteza?

—Nuestro señor y el príncipe de Xiping informaron al emperador de sus tribulaciones, así como de su agradecimiento por la magnanimidad imperial. La piedad infinita del emperador le impide condenarlo, de modo que conservará usted su cargo en la Junta de Obras. En cuanto a la propiedad de la familia, sólo será confiscada la de Jia She; lo demás les será devuelto y le conmina a que ejerza su labor con denuedo. Con respecto a los famosos resguardos, el príncipe ha sido encargado de revisarlos. Todos aquellos que reflejen tasas de interés usurarias e ilegales serán confiscados en aplicación del reglamento. Los que estipulen intereses legales les serán devueltos junto con todos sus títulos. Jia Lian será destituido de honores y de su cargo, pero será liberado sin mayor castigo.

Jia Zheng se incorporó al oír aquellas palabras y volvió a agradecer la magnanimidad del emperador y el favor del príncipe con sendos koutou.

—Le suplico, señor, que informe puntualmente de mi gratitud —dijo al chambelán—. Mañana acudiré a la corte a expresar en persona mi agradecimiento, y desde allí me dirigiré a postrarme ante el príncipe.

Al poco de la partida del chambelán llegó el edicto imperial y los alguaciles se encargaron de cumplirlo, confiscando unas cosas y devolviendo las demás a sus dueños. Jia Lian fue puesto en libertad, y todos los siervos de Jia She fueron registrados.

El infeliz Jia Lian había perdido todas sus pertenencias, a excepción de unos cuantos enseres y los resguardos legales, que le fueron devueltos. Y es que, si bien el resto de su propiedad no había sido confiscada, el allanamiento de los | alguaciles había traído como consecuencia que desaparecieran todas las cosas de valor. Al principio, aterrado por el castigo, sintió un enorme júbilo al verse en libertad, pero perder de la noche a la mañana todos sus ahorros y el dinero de Xifeng, unos setenta u ochenta mil taeles en total, ¿cómo no iba a dolerle? Además, le afligía la prisión de su padre en manos de la Guardia Imperial, y la situación crítica de Xifeng. Y por si fuera poco, ahora Jia Zheng empezaba a hacerle reproches con lágrimas en los ojos.

—A causa de mis deberes oficiales delegué la supervisión de los asuntos familiares en ti y en tu esposa. Con respecto a tu padre y su conducta, es imposible recriminación o consejo. Pero ¿sobre quién ha de recaer la responsabilidad de esta abominable usura? Semejante conducta es totalmente indigna de una familia como la nuestra. Lo de menos es el dinero que hayamos perdido con todos esos resguardos confiscados, ¡piensa cómo recuperamos del daño que ha sufrido nuestra reputación!

Cayendo de rodillas, Jia Lian respondió:

—Nunca pretendí guiarme por mi propio interés en el manejo de los asuntos de la casa. Todos nuestros gastos e ingresos fueron asentados en las cuentas de Lai Da, Wu Xindeng y Dai Liang, y usted puede comprobarlo acudiendo directamente a ellos, señor. En estos últimos años hemos tenido más gastos que ingresos, y no podía compensar la diferencia; existen ciertos desajustes en nuestras cuentas. Si usted pregunta a la señora, también ella se lo confirmará. En cuanto a esos préstamos, no sé nada de ellos ni conozco el origen del dinero. Tendremos que preguntar a Zhou Rui y Lai Wang.

—Según tú, ni siquiera sabes lo qué pasa en tus propios aposentos, ¡así que no hablemos ya de los asuntos de toda la familia! Bien. No te voy a interrogar de momento. Pero ahora que no tienes nada que hacer, deberías averiguar la suerte que han corrido tu padre y tu primo Zhen.

Jia Lian se sintió injustamente tratado, pero asintió, conteniendo las lágrimas, y partió.

De suspiro en suspiro, Jia Zheng iba pensando: «Mis antepasados no escatimaron esfuerzos al servicio de su soberano, y así lograron fama y dos títulos hereditarios, pero ahora, con toda esta ignominia, esos títulos se han perdido. Soy consciente de que ninguno de mis hijos o sobrinos vale mucho. ¡Cielos! ¿Por qué la familia Jia se ha desmoronado de esta manera? A pesar de que el emperador ha revelado extraordinaria compasión al devolverme mis propiedades, ¿cómo conseguiré yo solo hacer frente a los gastos de las dos casas? Lo que acaba de admitir Jia Lian es aún más sorprendente: parece no sólo que están agotadas nuestras arcas, sino que además debemos dinero, así que ahora vengo a descubrir que a lo largo de todos estos años no hemos hecho sino vivir en la apariencia. ¡Me odio a mí mismo por ser tan estúpido! Si viviera, mi hijo Zhu sería mi mano derecha, pues Baoyu, a pesar de haber crecido, sigue siendo un inútil». Ya las lágrimas manchaban su ropa, y seguía reflexionando: «Mi madre ya es una anciana, y sin embargo ni un solo día hemos podido nosotros, sus hijos, mantenerla con nuestras propias ganancias. En lugar de eso hemos hecho que estuviera a punto de morir de preocupación. ¿Y a quién puedo culpar de esta conducta?».

Y en eso estaba cuando un sirviente anunció la llegada de unos parientes y amigos que querían presentarle sus condolencias por el desastre. Jia Zheng fue dando las gracias uno a uno.

—Soy el culpable de este desastre familiar —les decía—. Fracasé en la educación de mis hijos y sobrinos.

Uno de ellos le respondió:

—Yo conocía la conducta inapropiada de su hermano, el señor She, desde hacía tiempo; y el señor Zhen, de la otra mansión, es aún peor. Y aunque no se trata de un error cometido en el cumplimiento de su tarea oficial, no debe sentir vergüenza, aunque, lamentablemente, este escándalo también le afecta a usted, señor.

Otro dijo:

—Muchos cometen faltas aún más graves sin que los denuncien nunca los censores. Es probable que el señor Zhen haya ofendido a alguno de ellos.

—No es culpa de los censores —intervino otro—. Hemos oído decir que uno de sus sirvientes se unió a ciertos criminales del exterior para organizar el escándalo. En un determinado momento, por temor a que no hubiera suficientes pruebas, los censores lograron que otra gente hablara en su contra. Siempre he tenido la impresión de que su familia ha tratado a los sirvientes con suma generosidad, ¿por qué ha llegado a suceder, entonces, una cosa como ésta?

—Ningún esclavo merece el alimento y la vida que se le procura —declaró alguien—. Aquí todos somos parientes y amigos, y podemos hablar con franqueza. Cuando lo nombraron para ese cargo de provincias, ni siquiera yo habría puesto la mano en el fuego por que pudiera conservar su probidad; de hecho pronto comenzaron a correr los rumores inconvenientes. Y en el fondo no eran más que las malas artes de sus ávidos sirvientes. De modo que cuídese. Aunque sus propiedades no se hayan visto afectadas por el castigo del emperador, todavía puede haber problemas si llegasen a sospechar.

Jia Zheng, alarmado, preguntó:

—¿Cuáles eran esos rumores inconvenientes, caballeros?

—No hay pruebas, pero se dice que cuando usted fue comisionado del Grano en Jiangxi ordenó a sus subordinados que fueran exigiendo dinero.

—¡Juro ante el cielo que nunca me hubiera atrevido a hacer semejante cosa! —protestó Jia Zheng—. ¡Pero si se difunde que esos esclavos han estado extorsionando a la gente del distrito, no podría soportar las consecuencias!

—Dejarse dominar por el pánico no solucionará nada —le dijeron—. Ha de hacer una investigación rigurosa de cada uno de sus sirvientes, y si alguno resulta ser un insubordinado debe caerle encima con toda severidad.

Jia Zheng movió la, cabeza afirmativamente. En ese momento, entró un portero a informar:

—El joven señor Sun, yerno del señor She, manda decir que está demasiado ocupado para venir personalmente, pero que ha enviado a un mensajero en su lugar. Dice que el señor She le debía dinero y que ahora es usted quien debe devolvérselo, señor.

—Muy bien —contestó Jia Zheng, con el corazón desfallecido.

Los demás comentaron desdeñosamente:

—Con razón se dice que su pariente Sun Shaozu es un bribón. Ahora que la casa de su suegro ha caído en desgracia, en lugar de venir a ayudar no pierde la oportunidad de exigir la devolución de su dinero. ¡Qué barbaridad!

—No hablemos de él —dijo Jia Zheng—. Mi hermano jamás debió aceptar esa boda. Mi sobrina ya ha pagado caro el error de su padre, ¡y ahora su esposo empieza a presionarme!

En medio de aquella conversación apareció Xue Ke con una noticia:

—El comisionado Zhao, de la Guardia Imperial, insiste en mantener cargos levantados por los censores. Me temo que las cosas se complican cada vez más para el señor She y el primo Zhen.

—Debe suplicar a los príncipes que intercedan, señor —le aconsejaron los amigos de Jia Zheng—. De otro modo ambas familias quedarán arruinadas.

Él aceptó el consejo con una inclinación de cabeza y les dio las gracias, y después se dispersaron.

Ya era hora de encender las lámparas. Jia Zheng entró a presentar sus respetos a su madre, y la encontró algo mejor. De vuelta en sus propios aposentos se puso a cavilar con resentimiento acerca de la insensatez de Jia Lian y de su esposa, cuya usura, ahora que había salido a la luz, había creado considerables problemas a toda la familia. Lo que más le había consternado era la mala conducta de Xifeng. Pero como estaba muy enferma, y seguramente tan desconsolada por la pérdida de todas sus propiedades, no era ése el mejor momento para reprenderla. Y así, conteniendo su ira, pasó la noche sin mayores incidencias.

A la mañana siguiente Jia Zheng acudió a la corte a expresar su gratitud por el favor imperial. Luego visitó a ambos príncipes, se hincó de rodillas en muestra de agradecimiento y les suplicó que intercediesen por su hermano y su sobrino. Cuando hubieron asentido a su súplica, partió a reclutar la ayuda de otros colegas.

Volvamos a Jia Lian. Al no poder desenredar a su padre y su primo de la maraña en que se encontraban, volvió a su casa, donde encontró a Pinger llorando junto a Xifeng, que estaba soportando las quejas de Qiutong en el cuarto de al lado. Jia Lian caminó hasta donde estaba Xifeng, pero como parecía a punto de exhalar su último suspiro tuvo que guardarse sus innumerables reproches.

—Lo hecho, hecho está —sollozó Pinger—. No podemos recobrar lo perdido. Pero la señora está muy enferma, señor; debe ordenar que traigan un médico.

—Mi vida sigue en juego —escupió Jia Lian—; ¿por qué habría de preocuparme por ella?

Al escuchar aquello Xifeng abrió los ojos; no pronunció una sola palabra pero de sus ojos no dejaban de brotar lágrimas. Apenas Jia Lian se hubo marchado, le dijo a Pinger:

—No seas tonta. ¿Por qué preocuparse por mí cuando las cosas han llegado a este punto? ¡Sólo desearía poder morir en este mismo instante! ¡Si algo sientes por mí, dedícate únicamente a criar a Qiaojie después de mi muerte, y yo te quedaré agradecida en la mansión de los Muertos!

Aquello sólo consiguió hacer más amargo el llanto de Pinger. Xifeng continuó:

—Eres bastante inteligente como para darte cuenta de que, aunque nadie haya venido a reprocharme nada, todos me consideran culpable. El problema empezó fuera, es verdad, pero nada de esto estaría pasando hoy si yo no hubiera sido tan codiciosa entonces. ¡Después de trabajar tanto y de intentar ser mejor que los demás, he terminado siendo la peor de todos! ¡Lo único que lamento es haberme equivocado al utilizar a la gente! He oído decir algo acerca del problema del señor Zhen, y de cómo raptó a la esposa de un ciudadano honrado de apellido Zhang, obligándola a quitarse la vida antes que entregarse a él. Sabemos muy bien quién es ese tal Zhang. Si ese asunto sale a flote, también se verá implicado el señor Lian, y entonces, ¿con qué cara miraré a la gente? Quisiera morirme ahora mismo, pero no tengo el valor de envenenarme, ¡y tú hablas de que venga un médico a verme! No es bien lo qué me quieres hacer, sino daño.

Lo cual incrementó aún más la amargura de Pinger. Temió que Xifeng quisiera quitarse la vida, y empezó a vigilarla discretamente.

Por fortuna la Anciana Dama ignoraba todos aquellos incidentes. Como su salud ya iba mejorando, le alegró la noticia de que Jia Zheng hubiera salido bien librado, y tanto Baoyu como Baochai se pasaban los días a su lado. Como Xifeng había sido su favorita, le dijo a Yuanyang:

—Dale algunas de mis cosas a Xifeng, y llévale dinero a Pinger para que pueda cuidarla bien. Una vez que mejoré veremos qué puede hacerse por ella.

E indicó igualmente a la dama Wang que cuidara de la dama Xing.

Como todas las pertenencias de la mansión Ning habían sido confiscadas, y todos sus siervos trasladados a otro lugar, la Anciana Dama envió carruajes para llevar hasta allí a la señora You y a su nuera. ¡Ay de la mansión Ningguo, antaño tan espléndida! De ella, sólo esas dos damas quedaban, y las concubinas Peifeng y Xieluan, pero ni un solo sirviente. La Anciana Dama puso a su disposición una casa contigua a la de Xichun, mandó traer cuatro criadas y dos doncellas para que las atendieran y mandó también que les preparasen la comida en la cocina principal; les proporcionó ropa y ordenó que se cubrieran todas sus necesidades. También les concedió los mismos pagos mensuales que la oficina de contabilidad asignaba a los miembros de la mansión Rong.

En cuanto a los gastos ocasionados por Jia She, Jia Zhen y Jia Rong en la cárcel, la oficina de contabilidad no pudo afrontarlos. A Xifeng no le quedaban propiedades y Jia Lian estaba fuertemente endeudado, mientras Jia Zheng, que no tenía cabeza para los asuntos domésticos, se limitaba a decir:

—He hablado con unos amigos para que los atiendan.

En su desesperación, Jia Lian pensó en acudir a la familia de su esposa, pero la tía Xue estaba en bancarrota, Wang Ziteng había muerto, y aunque había otros parientes, ninguno estaba en situación de ayudarle. Sólo le quedó enviar en secreto a unos mayordomos para que reunieran unos cuantos miles de taeles con la venta de ciertas propiedades rurales; con ellos afrontó los gastos de la cárcel. Ahora bien, al hacer aquella maniobra comprendieron los sirvientes que la familia estaba naufragando y aprovecharon la oportunidad para desviar algo del dinero de los arriendos de las propiedades del este. Pero nos estamos anticipando…

Volvamos con la Anciana Dama, que no conocía un momento de sosiego y se pasaba el tiempo llorando, preguntándose sin cesar qué sería de la familia. Sus dos títulos hereditarios les habían sido arrebatados, uno de sus hijos y dos parientes menores estaban en prisión a la espera de juicio, la dama Xing y la señora You estaban desconsoladas, y Xifeng, en los umbrales de la muerte. Y aunque Baoyu y Baochai la acompañaban para consolarla, no podían compartir sus preocupaciones.

Cierta noche, después de haber despedido a Baoyu, hizo un esfuerzo para incorporarse y le dijo a Yuanyang y las demás doncellas que prendieran varillas de incienso en los diversos altares, y que luego hicieran lo mismo en un incensario de Douxiang que había en el patio. Hasta allí fue, apoyándose en su bastón. Hupo había comprendido qué su intención era adorar a Buda, y colocó un cojín de fieltro rojo sobre el suelo. La Anciana Dama ofrendó incienso y se arrodilló para hacer varios koutou y recitar unos salmos.

Entonces oró al cielo y a la tierra con lágrimas en los ojos:

—¡Oh, Gran bodhisattva, que estás en el Cielo Supremo! Nací de la familia Shi y me casé en la familia Jia, y vehementemente te imploro, oh bodhisattva benevolente, que te apiades de nosotros. Durante generaciones nuestra familia Jia no se ha atrevido a transgredir las normas o abusar de su poder. A pesar de no haber hecho muchas acciones bondadosas, como devota esposa y madre nunca he cometido un acto perverso. Pero seguramente algunos de los descendientes de la familia Jia han ofendido al cielo con su arrogancia y vida disipada; es así que nuestra casa ha sido allanada y nuestros bienes confiscados. Mis hijos y nietos están presos, y sus males son muchos y la fortuna escasa. Soy la única culpable de tanta desgracia, pues no logré educarlos adecuadamente. Ahora suplico al Cielo Supremo que nos proteja, que convierta en júbilo el dolor de los presos, que sane a los enfermos. ¡Aunque haya pecado toda la familia, recaiga sobre mí toda la culpa! Salva a mis hijos y nietos. ¡Apiádate, oh Cielo Supremo, de una mujer pía! ¡Concédeme morir pronto, y libra del castigo a mis hijos y nietos!

Su voz se quebró y, con el corazón roto, se echó a llorar. Yuanyang y Zhenzhu la ayudaron en su retorno, e hicieron grandes esfuerzos por consolarla.

La dama Wang acababa de traer a Baoyu y Baochai para que presentaran sus respetos al acabar el día, y el dolor de la Anciana Dama hizo llorar a los tres. La más triste de ellos fue Baochai, que pensaba en su hermano preso en una lejana provincia, sin saber si su sentencia de muerte sería revocada o no; y aunque su suegro había conseguido escapar de los problemas, era un hecho que la familia Jia estaba declinando, y Baoyu seguía trastornado, sin dar la mínima señal de ambición. La ansiedad por su futuro le hizo llorar aún más amargamente que Sus Señorías, y su dolor contagió a Baoyu. «Mi abuela no encuentra reposo en su vejez —cavilaba—, viéndolo, mis padres no pueden evitar la amargura. Todas las muchachas se han dispersado como nubes al viento, y cada día quedan menos. Qué tiempo más feliz aquel en el que fundamos nuestra academia de poesía… Pero desde la muerte de la prima Lin me he sentido muy triste, y con Baochai cerca de mí es imposible llorar tan a menudo como quisiera. Además, ella misma está tan preocupada por su hermano y su madre que rara vez sonríe.» Verla tan triste era más de lo que podía soportar, y se echó a llorar.

Entonces empezaron también a sollozar Yuanyang, Caiyun, Yinger y Xiren, cada una de las cuales tenía sus propias cuitas. Las lágrimas de las demás doncellas también afloraron, y no hubo quien las detuviera. Así fue que el llanto en el aposento fue subiendo de volumen hasta que las criadas que hacían guardia en el exterior partieron alarmadas a informar de aquello al señor.

Cuando le llegó el mensaje de las criadas de su madre, Jia Zheng estaba sombríamente refugiado en su gabinete. Acudió alarmado, y ya desde lejos oyó cómo plañía la casa entera, lo cual le hizo suponer que la Anciana Dama había muerto y sintió que sus almas huían de su cuerpo. Al entrar, se sintió aliviado cuando la vio sentada sollozando.

—Si la Anciana Dama está mal, los demás deben consolarla —reprendió a los presentes—. ¿Por qué lloráis vosotros también?

Inmediatamente secaron sus lágrimas y lo miraron como en trance. Jia Zheng se adelantó para consolar a su madre, y volvió a llamar brevemente la atención de los demás, que se preguntaban cómo habían podido perder el control.

En eso una criada trajo consigo a dos doncellas de la familia del marqués de Shi, quienes presentaron sus respetos a la Anciana Dama y al resto de los presentes.

—Nos envía el marqués de Shi, su esposa y la joven señora —anunciaron—. Han oído decir que los problemas de esta casa no son graves, y que sólo se trata de una alarma pasajera. Temerosos de que Sus Señorías se preocupasen en exceso, nos envían a comunicar que el segundo señor no tiene razones para inquietarse. Nuestra joven señora quiso venir en persona, pero no le es posible pues pronto contraerá matrimonio.

—Háganles llegar nuestros saludos cuando vuelvan —respondió la Anciana Dama, ya que era inapropiado expresar su agradecimiento directamente a aquellas sirvientas—. Esta desgracia estaba predestinada, no hay duda. Ha sido un gesto muy amable que el marqués de Shi y su esposa se hayan preocupado por nosotros; cuando podamos, iremos personalmente a expresarles nuestra gratitud. Imagino que habrán encontrado para la joven dama un buen esposo. ¿Su familia es de buena posición?

—No es gente muy próspera —respondieron las sirvientas—, pero se trata de un joven apuesto y muy sereno. Lo hemos visto varias veces, se parece un poco al señor Bao y se dice que también tiene talento en los estudios.

—Eso está bien —dijo alegremente la Anciana Dama—. Seguimos conservando nuestras costumbres sureñas, y por eso no hemos visto todavía al novio, a pesar de todo el tiempo que llevamos aquí. El otro día estuve pensando en mi familia materna. A la que más quiero es a su joven señora. De los trescientos sesenta días del año, se pasaba aquí más de doscientos. Cuando tuvo edad, quise buscar-le un esposo adecuado, pero como su tío estaba ausente no pude arreglar ningún compromiso. Me quita un peso de encima pensar que ha tenido la suerte de encontrar un buen marido. Me hubiese gustado asistir a la boda, pero me arde el corazón a causa de todo lo que ha pasado aquí. ¿Cómo podría ir en estas condiciones? Cuando vuelvan, llévenles mis recuerdos más cariñosos. Todos los miembros de esta familia enviamos saludos. Y díganle a su joven señora que no se preocupe por mí. Ya tengo más de ochenta años, y aunque muera hoy mismo habré disfrutado de una buena vida. Sólo deseo que ella y su esposo vivan cien años en paz y felices; sólo con eso estaría tranquila. —Para entonces, las lágrimas ya habían vuelto a aparecer en sus ojos.

—No llore, señora —dijo una de las sirvientas—. Tenga la seguridad de que nueve días después de la boda los recién casados vendrán aquí a presentarle sus respetos. ¡Qué placer sentirá entonces al verlos!

Asintió la Anciana Dama con un gesto de la cabeza y por fin las dos doncellas se retiraron.

Aquella escena no había afectado mucho a los demás, pero Baoyu permaneció meditabundo en todo momento: «¡Qué vida ésta, que empeora cada día que pasa! ¿Por qué las muchachas que se han criado en una familia deben buscar, al crecer, esposo en otra? El matrimonio las convierte en otras personas. Ahora el tío de nuestra querida prima Shi la obliga a casarse, y cuando vuelva a verla seremos como desconocidos. ¿Para qué vivir cuando se llega a un momento en que nadie parece prestarle atención a uno?». Y volvió a dolerle el corazón, pero no se atrevió a llorar ahora que su abuela estaba a punto de reponerse, de manera que permaneció allí cabizbajo.

En eso volvió Jia Zheng, quien seguía muy preocupado por su madre. Al encontrarla mejor se retiró y mandó decir a Lai Da que le llevara el archivo de los mayordomos encargados de las diferentes faenas domésticas. Revisó sus nombres. Quedaban más de treinta familias, en total doscientas doce personas, sin contar a los siervos que le habían sido incautados a Jia She.

Mandó llamar entonces a los veintiún criados que estaban destinados en la mansión para preguntarles acerca de los gastos e ingresos familiares en el pasado. Cuando los mayordomos encargados le presentaron las cuentas de los años más recientes, constató que, en efecto, los gastos habían superado a los ingresos, y eso sin contar las sumas gastadas anualmente en el Palacio Imperial. Además, se habían hecho gastos con dinero procedente de préstamos pedidos en el exterior. Las tierras del este habían producido en los últimos tiempos menos de la mitad de lo que solían producir para sus antepasados, y los gastos familiares aumentado diez veces más. Descubrir ese desbarajuste contable impulsó a Zheng a patear el suelo con rabia.

—¡Qué escándalo! —exclamó—. Le encargo a Lian que controle los gastos familiares, y gasta en el año Yin el dinero del año Mao, maquillando las cifras. Si ni siquiera hemos valorado correctamente los emolumentos por nuestros títulos heredados, ¿cómo íbamos a evitar la bancarrota? Aunque empezáramos a economizar desde hoy mismo, ya sería demasiado tarde.

Y caminaba de un lado a otro cabizbajo, con las manos en la espalda, incapaz de encontrar una solución. Los mayordomos sabían que su señor se angustiaba en vano, pues ignoraba completamente los secretos de la administración.

—Deje de preocuparse, señor —le decían intentando tranquilizarlo—. Estas cosas pasan en todas las familias. Hoy en día, ni los príncipes tienen lo suficiente para mantener con dignidad la apariencia de su rango. A usted, al menos, el favor imperial le ha concedido esta propiedad, pero si también hubiera sido confiscada, ¿acaso cree que no habría podido seguir viviendo?

—¡Mierda! —tronó Jia Zheng—. Vosotros, los esclavos, no tenéis conciencia. Cuando a vuestros amos les va bien, derrocháis su dinero; cuando se arruinan ahuecáis el ala y os importa poco si viven o mueren. Decís que está bien que a nosotros no nos hayan confiscado la propiedad, pero sabéis la reputación que tenemos en el exterior. Si no podemos mantener lo fundamental, ¿cómo vais a fanfarronear fuera de casa para engañar a los demás? ¡Y cuando las cosas vienen mal, echáis la culpa a vuestros amos! ¿Sabéis que se dice por ahí que la acusación contra los señores She y Zhen salió de la boca suelta de vuestro compañero Bao Er? Sin embargo, su nombre no está en el archivo, ¿me lo podéis explicar?

—Ese Bao Er no es compañero nuestro. Pertenece a la mansión Ning, pero el señor Lian, que lo tenía por un hombre fiel y honesto, hizo que él y su esposa se trasladaran aquí. Más tarde, cuando ella murió, Bao Er volvió a la mansión Ning, pero al estar usted tan ocupado, y Sus Señorías y los jóvenes llorando a la consorte imperial, el señor Zhen, que se hizo cargo de la casa, lo trajo de nuevo. Después volvió a desaparecer. Pero ¿cómo iba usted a saber todas estas cosas, si en todos estos años no ha podido ocuparse de los asuntos domésticos? Tal vez piense que es el único sirviente que no se encuentra inscrito en sus archivos, pero es cosa bastante común que cada mayordomo tenga a su cargo a un buen montón de parientes que le ayudan. Los esclavos tenemos esclavos.

—¡Qué espanto! —exclamó Jia Zheng, y les ordenó retirarse. Consciente de que no podía devolver el orden a aquella casa de la noche a la mañana, pospuso cualquier acción hasta que se hubiera resuelto el juicio de Jia She.

Un día que estaba reflexionando sobre todas estas cosas en su gabinete, entró corriendo uno de sus ayudantes:

—¡Señor, debe acudir usted inmediatamente a la corte para ser interrogado!

Temblando, obedeció la citación. Para saber si era para algo bueno o para algo malo, escuchen la próxima escena.

CAPÍTULO CVII

Mostrándose iluminada y justa,

la Anciana Dama comparte sus bienes.

El favor imperial devuelve a Jia Zheng

su título hereditario.

En el Palacio Imperial, donde Jia Zheng encontró al Consejo Privado reunido en pleno, con todos los grandes dignatarios y los diferentes príncipes, el príncipe de Pekín anunció:

—Obedeciendo órdenes del emperador, hemos requerido su presencia para interrogarlo acerca de ciertos asuntos.

Oído lo cual, Jia Zheng clavó las rodillas en tierra.

—¿Sabía usted que su hermano mayor se relacionaba con un funcionario provincial? ¿Que abusaba de su poder y extorsionaba a los débiles? ¿Que permitía a su hijo y a su sobrino que organizasen apuestas, y que uno de ellos secuestró a una mujer, esposa de otro hombre, que prefirió quitarse la vida antes que ceder a sus sucios deseos? ¿Estaba usted al tanto de tales sucesos?

—Este funcionario culpable, tras abandonar al cabo de los tres años reglamentarios el cargo de examinador provincial, obtenido gracias al favor del emperador, fue nombrado inspector encargado de la distribución de ayuda a las víctimas de una inundación. Volví a mi casa a finales del invierno pasado, e inmediatamente fui destinado a inspeccionar unas obras. Después, hasta que me denunció un censor, serví como comisionado del Grano de Jiangxi. En la actualidad vuelvo a cumplir funciones en la Junta de Obras. En todo ese tiempo nunca, de día o de noche, falté a mis deberes ni pequé de pereza o negligencia, pero descuidé como un necio los asuntos de mi casa y no eduqué correctamente a mis hijos y sobrinos. He demostrado ser indigno del favor imperial y suplico al emperador que me aplique un severo castigo.

El príncipe de Pekín transmitió textualmente aquellas palabras al emperador, que al rato promulgó un edicto que fue leído por el príncipe:

—«Hemos ordenado una investigación minuciosa sobre Jia She, acusado por los censores de connivencia con un funcionario de provincias para, abusando de su poder, oprimir a los débiles. Según el censor, el acusado mantenía relaciones con el prefecto de Ping’an y habían tomado el control sobre los procedimientos judiciales. Jia She admite que entre la familia del prefecto y la suya existen relaciones, pero que son las propias de quienes se hallan unidos por un vínculo matrimonial y que en absoluto han interferido en asuntos oficiales; los censores carecen de pruebas al respecto. Reconoce que aprovechó su poder para arrebatar una colección de abanicos antiguos al Idiota de Piedra, pero ese asunto es una menudencia, y es una infracción mucho menos grave que el robo de objetos cotidianos de un ciudadano honrado. Es verdad que el Idiota de Piedra se quitó la vida, pero eso fue debido a una crisis de locura, no a la presión ejercida por Jia She. Jia She será tratado con clemencia y enviado a un puesto fronterizo para que expíe allí sus faltas sirviendo con celo al Estado. En lo referente a la acusación que pesa contra Jia Zhen por secuestro de la mujer de otro hombre y por provocar que ella se matase antes que yacer con él, un estudio detenido del informe original de los censores revela que la segunda hermana You fue comprometida por sus padres con Zhang Hua antes de su nacimiento, pero que éste, a la vista de su pobreza, aceptó romper el compromiso, y la madre de la segunda hermana You, por su parte, aceptó que contrajera matrimonio con el primo menor de Jia Zhen en calidad de concubina. No se trata, pues, de un caso de secuestro. Respecto a que no se informara a las autoridades del suicidio y posterior entierro de la tercera hermana You, la investigación ha desvelado que ella era cuñada menor de Jia Zhen, y éste la trajo a su casa para que contrajera matrimonio con un hombre. Éste, haciendo oídos a los rumores sobre la virginidad de la muchacha exigió la devolución de los presentes matrimoniales. Ella, avergonzada, se quitó la vida; no fue, por tanto, Jia Zhen quien la precipitó a la muerte. Aunque Jia Zhen merece se* vero castigo, pues a pesar de haber heredado un título violó la ley con un entierro clandestino, en consideración a que desciende de nobles guerreros y servidores del Estado nos inhibiremos clementemente de aplicar el castigo del que se ha hecho acreedor, y nos limitaremos a revocar su título hereditario para enviarlo a expiar sus delitos a las provincias costeras. Jia Rong es joven y no está implicado en nada. Debe ser puesto en libertad. En cuanto a Jia Zheng, dado que ha trabajado prudente y diligentemente fuera de la capital durante muchos años, le eximo del castigo debido por la reprobable administración de su propia casa».

Jia Zheng, de rodillas, hacía repetidos koutou mientras escuchaba el edicto con lágrimas de gratitud en los ojos. Inmediatamente después pidió al príncipe de Pekín que presentara un memorial suyo al emperador.

—Debería hacer profundas reverencias agradeciendo el favor imperial. ¿Qué más quiere? —repuso el príncipe.

—A pesar de que soy culpable, el emperador, en su magnanimidad, no me ha castigado severamente y mis propiedades me han sido devueltas. Pero estoy avergonzado y solicito la confiscación voluntaria de los emolumentos derivados de los honores heredados y los ahorros que sobre ellos se han ido acumulando.

—El emperador, humanitario y piadoso, trata a sus súbditos con iluminación y equidad, y no hay error en su asignación de premios y castigos —respondió el príncipe—. Ya que ha sido usted agraciado con su clemencia y le han sido devueltas sus propiedades, ¿a qué viene presentar ahora un memorial?

También los otros dignatarios lo disuadieron de su idea. Entonces Jia Zheng expresó de nuevo su agradecimiento al emperador y al príncipe de Pekín, y se retiró para tranquilizar inmediatamente a su madre.

Los habitantes de la mansión Rong, y de todos los rangos, se habían quedado preocupados con aquella llamada a palacio, y habían sido despachados mensajeros en busca de noticias. La vuelta de Jia Zheng procuró alivio a todo el mundo, aunque nadie se atreviera a hacer preguntas. Jia Zheng se presentó inmediatamente ante la Anciana Dama a relatarle con todo detalle la clemencia imperial con sus dos hijos y su nieto. Su relato, en verdad, calmó la inquietud de la anciana, pero eso no le impidió seguir lamentando la pérdida de los dos títulos hereditarios y el destierro de Jia She y Jia Zhen a remotas regiones. A la dama Xing y la señora You la noticia les hizo llorar.

—Madre, no se preocupe tanto —dijo Jia Zheng en un intento de consolarla—. Aunque mi hermano mayor servirá en la frontera, lo hará trabajando para el Estado y es improbable que conozca penurias. Si realiza bien su labor podrá recuperar sus títulos. En cuanto a Zhen, todavía es joven y lo correcto es que trabaje duro; de otro modo no podrá disfrutar mucho tiempo de la fortuna que nos han dejado nuestros antepasados.

La Anciana Dama nunca había sentido demasiado afecto por Jia She, y como Jia Zhen era de la mansión del Este, su proximidad generacional sólo era de segundo grado. Sólo la dama Xing y la señora You sollozaban interminablemente.

La dama Xing pensaba: «He aquí que lo hemos perdido todo y mi esposo, ya viejo, será exiliado a la frontera. Me queda mi hijo Lian, pero él siempre obedece sin rechistar a su segundo tío, y ahora que estamos obligadas a vivir con él, Lian y su esposa se pondrán de su parte. ¿Qué será de mí, desamparada?».

En cuanto a la señora You, estaba encargada de los asuntos de la mansión Ning y sólo rendía cuentas a su esposo, Jia Zhen. En verdad ambos se entendían bien, pero ahora él, caído en desgracia y condenado al exilio, había perdido todas sus propiedades, con lo cual ella se vería obligada a vivir en la mansión Rong, donde a pesar del afecto que le profesaba la Anciana Dama no pasaba de ser una pariente sin recursos propios con la carga añadida de Peifeng y Xieluan, pues su hijo Rong y su esposa no estaban en condiciones de restaurar el honor y la fortuna familiares.

Pensó: «Lian es el culpable de los desórdenes que provocaron las muertes de mis dos hermanas; sin embargo, él no tiene problemas y sigue junto a su esposa, y nosotras, pobres mujeres, ¿cómo vamos a enfrentarnos a las simples necesidades cotidianas?». Y estas reflexiones la hicieron sollozar. A la Anciana Dama se le partía el corazón de verlas:

—Ahora que el emperador ya ha tomado una decisión, ¿no podrían volver tu hermano mayor y Jia Zhen? —le preguntó a Jia Zheng—. Y si Rong no está implicado, ¿no deberían dejarlo libre ya?

—Según el reglamento, el hermano mayor no puede volver a su casa —contestó él—, pero le he pedido a cierta gente que interceda para que él y Zhen puedan venir a preparar su equipaje, y mis amigos del Ministerio de Castigos han accedido. En cuanto a Rong, espero que regrese con su padre y con su tío. Por favor, deje de preocuparse. Me ocuparé de este asunto personalmente.

—Estos últimos años he envejecido tanto y sirvo ya para tan poco que he desatendido los asuntos familiares —dijo ella—. Ahora la mansión del Este ha sido confiscada, y tu hermano mayor y Lian también han perdido todas sus propiedades. ¿Sabes cuánto nos queda en las arcas de la mansión del Oeste? ¿Y cuánta tierra en nuestras propiedades de la provincia del Este? Debes investigarlo y procurarles unos cuantos miles de taeles para el viaje.

Jia Zheng se encontraba frente a un dilema. Reflexionó: «Si le digo la verdad, se preocupará enormemente; pero si no lo hago, ¿cómo le diré que no puedo solucionar el problema que se nos presenta? ¿Y cómo saldré adelante en el futuro?».

En consecuencia, respondió:

—Si no me lo hubiera preguntado directamente, venerable madre, yo nunca le hubiera dicho esto. Ya que desea saberlo, y puesto que Lian está presente, debo decirle que ayer mismo estuve revisando las cuentas. No sólo nuestras arcas están vacías, sino que además las deudas adquiridas en el exterior nos abruman. Sólo mediante sobornos podríamos proteger a su hijo mayor y proveerle de comodidades; de lo contrario, ni siquiera teniendo a su lado la benevolencia imperial podrá librarse de los malos ratos que le harán pasar. Pero no se me ocurre de dónde podría salir ese dinero. Ya hemos utilizado todas las rentas de la provincia del Este correspondientes al próximo año. No se me ocurre otra cosa que vender aquellos objetos y prendas que gracias al favor imperial no fueron confiscados, y de esa manera cubrir los gastos de viaje del hermano mayor y de Zhen. De nuestra propia supervivencia ya nos ocuparemos más adelante.

A la Anciana Dama, consternada, se le enrojecieron los ojos.

—¿Qué me estás diciendo? ¿A eso ha quedado reducida esta familia? —exclamó—. Yo no llegué a verlo, pero en los viejos tiempos mi familia materna era diez veces más rica que ésta, y sin embargo, tras unos años de mantener las apariencias, todo se hundió y sin que ocurriera ningún problema como el que ahora tenemos. ¡En menos de dos años se perdió todo! ¿Me estás diciendo que nosotros no tendremos ni siquiera para esos dos años?

—Si todavía mantuviéramos los emolumentos de esos dos títulos hereditarios podríamos maniobrar con ellos en el exterior. Pero ¿a quién acudiremos ahora? Todos aquellos parientes a quienes ayudábamos en el pasado son pobres, y aquellos a quienes no ayudamos no vendrán en auxilio nuestro.

Y las lágrimas, mientras hablaba, le resbalaban por las mejillas.

—Ayer no revisé las cuentas en detalle, me limité a examinar los registros de nuestros sirvientes. Señora, ni podemos afrontar nuestros gastos ni tampoco alimentar a un personal tan numeroso como el de nuestras casas.

La Anciana Dama temblaba de ansiedad cuando en eso hicieron su entrada Jia She, Jia Zhen y Jia Rong para presentarle sus respetos. Al verlos sintió una emoción tan grande que, apretando fuertemente una mano de Jia She y otra de Jia Zhen, rompió a llorar desconsoladamente. Su dolor hizo que ellos enrojecieran de vergüenza y cayeran de rodillas, abrumados.

—Somos unos hijos indignos, incapaces de responder a los honores concedidos a nuestros antepasados, y cuyos actos sólo han servido para traer dolor al corazón de nuestra venerable madre —se lamentaron—. No merecemos un palmo de tierra donde caer muertos.

Todos los presentes rompieron a llorar. Jia Zheng intervino:

—Lo primero que hay que hacer es disponer su viaje. Lo más probable es que las autoridades no acepten que permanezcan aquí más de un par de días.

La Anciana Dama contuvo entonces sus lágrimas y despidió a Jia She y Jia Zhen para que visitaran a sus esposas, y a Jia Zheng le dijo:

—¡No hay tiempo que perder! Me temo que de nada serviría tratar de reunir dinero en el exterior, y no conviene que incumplan la fecha asignada para su partida. Yo misma solucionaré este asunto. En este estado de cosas, debemos adoptar medidas extraordinarias. —Y, mientras hablaba, envió a Yuanyang con un gesto a hacer un recado.

Tras retirarse con Jia Zheng, Jia She y Jia Zhen se echaron a llorar de nuevo deplorando pasados excesos y hablando del dolor de la partida. Luego pasaron a lamentarse con sus esposas. A causa de su vejez, Jia She no sintió gran pena al abandonar a la dama Xing, pero para Jia Zhen y la señora You la separación fue muy dolorosa, y Jia Lian y Jia Rong lloraban junto a sus padres. Aunque el ostracismo al que habían sido condenados era menos severo que el exilio en el ejército, se trataba de una despedida casi de por vida; pero llegados a este punto, no les quedaba más que endurecer las entrañas y partir.

La Anciana Dama hizo que la dama Xing, la dama Wang, Yuanyang y las demás abrieran sus arcones y extrajeran las cosas que ella había ido reuniendo desde su llegada a aquella casa en calidad de nuera.

Luego citó a Jia She, Jia Zheng y Jia Zhen y les fue distribuyendo sus pertenencias.

Jia She recibió tres mil liang de plata con las siguientes instrucciones:

—Toma dos mil para el viaje y déjale mil a tu mujer. Estos tres mil son para Zhen —continuó la Anciana Dama—. Tú sólo debes tomar mil, deja dos mil para tu esposa. Ella puede seguir viviendo con nosotros, pero comerá aparte; más adelante yo misma me haré cargo del matrimonio de Xichun. La pobre Xifeng se ha sacrificado por nosotros toda su vida, pero ahora no le queda nada, así que le daré tres mil a ella con la condición de que no permita a Lian utilizarlos. Ya que todavía no ha recobrado el conocimiento del todo, decidle a Pinger que venga a recoger el dinero. Aquí hay unos ropajes que dejaron vuestros abuelos, y vestidos y joyas de mi juventud que ya no necesito. Los vestidos de hombre podéis repartirlos entre Zheng, Zhen, Lian y Rong; los de mujer repartidlos entre la señora mayor, la esposa de Zhen y Xifeng. Los quinientos taeles de plata son para Lian, para cuando lleve el ataúd de Daiyu de regreso al sur, el año que viene.

Y después de haber dispuesto aquella asignación, dijo a Jia Zheng:

—Has dicho que tenemos deudas en el exterior. Toma este oro y ocúpate de que todas sean saldadas. Por culpa de ellas me separaron de mis pertenencias más queridas; pero tú también eres mi hijo, y tengo alguna preferencia. En cuanto a Baoyu, ya está casado. El oro, la plata y los demás bienes que me quedan deben valer unos cuantos miles de taeles, y todo será para él. La esposa de Zhu siempre me ha servido con devoción, y Lan es un buen chico, de modo que también a ellos les daré algo. Esto es todo lo que puedo hacer.

Impresionados por su sano juicio y su trato equitativo, Jia Zheng y los demás cayeron de rodillas diciendo entre lágrimas:

—Señora, usted ya es muy mayor y sus hijos y nietos han fracasado en el cumplimiento de sus deberes filiales. ¡Su bondad hacia nosotros nos avergüenza doblemente!

—¡Dejad de decir tonterías! —exclamó ella—. Sin todos estos problemas seguiría teniendo todo lo mío, pero ahora nuestra familia es demasiado grande, y con el segundo señor como único hombre con cargo oficial sólo podemos permitirnos tener unos cuantos sirvientes. Decid a los mayordomos que reúnan a todos los sirvientes y distribuidlos convenientemente. Bastará con que haya alguno para cada aposento. Y todavía tenemos suerte, ¿qué habríamos hecho si también nos los hubieran confiscado? Las doncellas también deben ser redistribuidas, algunas deben ser entregadas en matrimonio y a otras se les devolverá su libertad. Y aunque nuestra mansión no fue confiscada por las autoridades, habría que deshacerse al menos del jardín. En cuanto a nuestras tierras, que Lian revise cuáles deben ser vendidas y cuáles debemos conservar. Basta ya de mantener las apariencias. A decir verdad, la familia Zhen del sur todavía guarda algo de dinero que está en manos de la segunda señora, y que debería enviar de vuelta. Si nos ocurriera una segunda desgracia sería como encontrar la tempestad huyendo de la tormenta.

Sabido es que Jia Zheng carecía de cabeza para los asuntos domésticos, por lo cual aceptó todas las propuestas de la Anciana Dama: «Es buena administradora —pensó—. Realmente hemos sido sus hijos quienes hemos arruinado a la familia».

Después advirtió que su madre estaba fatigada, y le pidió que se retirase a descansar.

Pero ella continuó:

—No me queda mucho más. Lo que reste puede ser gastado en mis funerales y entregado a mis doncellas.

Oyéndola hablar así, Jia Zheng y los demás se arrodillaron llenos de pena y le suplicaron:

—Señora, no diga esas cosas. Compartiendo su buena fortuna volveremos a gozar del favor imperial, y entonces nos esmeraremos en poner orden en nuestra casa. Expiaremos nuestras culpas atendiéndola diligentemente hasta que cumpla cien años.

—Ojalá sea así, para que después de muerta yo pueda mirar a la cara a nuestros antepasados. Pero no creáis que soy de esas mujeres que sólo saben disfrutar de riquezas y honores, y que no podría soportar la pobreza. Durante estos últimos años, os veía tan grandiosos y resplandecientes que dejé de preocuparme; contenta reía, charlaba y atendía mi salud. ¡Cómo podía imaginar que nuestra familia caminaba hacia la ruina! Hace tiempo que sabía que nuestra familia vivía en la apariencia, pero, como dice el adagio, «la posición influye en el porte como el alimento en el cuerpo»[1], y no supimos cortar los gastos de la noche a la mañana. Pues bien, he aquí una oportunidad para enmendar el rumbo, mantener en pie a la familia y evitar convertirnos en el hazmerreír de todos. Vosotros suponíais que la noticia de nuestra bancarrota me llevaría a la muerte. En realidad, mi preocupación ha sido compararos a hijos y nietos, día a día, con nuestros antepasados, que lograron honor por su denuedo y entrega. Esperaba que los superaseis o que, al menos, supierais conservar su herencia. ¿Quién iba a pensar que anduvierais metidos en tan turbios asuntos?

Mientras hablaba, entró corriendo Fenger, muy exaltada, para decirle a la dama Wang:

—Esta mañana, al enterarse de nuestros problemas, nuestra señora se echó a llorar. Y tanto lloró que ahora está sin aliento. Pinger me envía a decírselo, señora.

Antes de que pudiera concluir, la Anciana Dama preguntó:

—Y, ¿cómo está ahora?

—Dicen que no muy bien —respondió por Fenger la dama Wang.

—¡Ay! —exclamó la Anciana Dama, incorporándose—. Muchos debieron ser los pecados de la familia que ahora vienen a pedir cuentas y me van a llevar a la muerte. —Y pidió a las doncellas que la ayudasen para acudir a ver a Xifeng. Pero Jia Zheng le impidió el paso.

—Señora, lleva un buen rato inquieta, y además ha estado atendiendo muchos asuntos; ahora debe reposar. Si la esposa de su nieto está indispuesta, su nuera puede ir a verla, ¿qué necesidad tiene de hacerlo personalmente? Si usted se entristece aún más y se indispone otra vez, ¿cómo lo sobrellevaríamos sus hijos?

—Ahora debéis marcharos todos y volver dentro de un rato, todavía tengo algo que deciros.

Jia Zheng no se atrevió a poner más reparos, y fue a ayudar con los preparativos de viaje de su hermano y su sobrino, con instrucciones a Jia Lian para que seleccionase los sirvientes que los acompañarían en la jornada.

Mientras tanto, la Anciana Dama hizo que Yuanyang y las demás doncellas la acompañaran a ver a Xifeng, llevándole la parte que había dispuesto para ella. Xifeng ya respiraba espasmódicamente, y Pinger tenía los ojos y las mejillas rojos de tanto llorar. Cuando fue anunciada la llegada de la Anciana Dama acompañada por la dama Wang, Baoyu y Baochai, Pinger salió inmediatamente a recibirlos.

—¿Cómo está? —preguntó la anciana.

No queriendo alarmarla, Pinger dijo:

—Ha mejorado algo. Ya que está aquí, entre y compruébelo usted misma.

Se adelantó rápidamente y levantó en silencio las cortinas del lecho. Cuando Xifeng abrió los ojos y vio a la Anciana Dama, se sintió avergonzada, pues la había supuesto furiosa con su preferida de antaño y pensaba que la dejaría morir. Nunca hubiera esperado su visita. El alivio redujo un poco su sensación de ahogo, y se esforzó por sentarse, pero la Anciana Dama hizo que Pinger se lo impidiera.

—No te muevas —dijo—. ¿Estás mejor?

—Sí, señora —dijo Xifeng conteniendo el llanto—. Desde mi llegada a esta casa, cuando aún era una niña. ¡Sus Señorías han sido tan bondadosas conmigo!… Ha sido una desgracia que los espíritus malignos me hayan hecho perder la razón y no haya podido servirlas devotamente ganándome así la aprobación de mis suegros. Ustedes me han tratado tan bien… —repitió—. Confiaron en mí para el manejo de los asuntos domésticos… Y ahora que he traído la ruina a esta casa, ¿con qué cara debo presentarme ante ustedes? —Finalmente se echó a llorar—. ¡Y ahora vienen a visitarme, y eso me abruma! ¡Aunque sólo me quedaran tres días de vida merecería que se me acortasen!

—El problema comenzó en el exterior —dijo la Anciana Dama—. No tuvo nada que ver contigo. Tampoco pienses demasiado en las cosas que se han llevado. Te he traído unas cosas para que dispongas de ellas como quieras… —Y con un gesto indicó a las doncellas que mostraran sus regalos a Xifeng.

Xifeng era muy codiciosa. La pérdida de todas sus propiedades la había reducido a la amargura, a lo cual se había sumado su temor a que la culpasen del desastre familiar. Por todo ello había perdido los deseos de vivir. Pero ahora que la Anciana Dama seguía mostrándole su cariño, y la dama Wang había venido a reconfortarla a su lecho de enferma en lugar de hacerle reproches, y además Jia Lian había logrado mantenerse al margen de todos aquellos problemas, se sintió aliviada hasta el punto de intentar hacer un koutou desde su almohada.

—Señora, no se preocupe —dijo con un hilo de voz—. Cuando me haya repuesto gracias a la protección de su buena fortuna, seré su fregona y atenderé a Sus Señorías de todo corazón.

Su evidente desconsuelo arrancó lágrimas a la anciana. Baoyu, por su parte, acostumbrado como estaba a la comodidad y al goce, sin haber experimentado nunca una tempestad como ésa, y ahora que los llantos y sollozos lo perseguían dondequiera que fuese, se unía, como el más tonto de los tontos, a cualquier plañido que oyera sin poderlo evitar.

Todos estaban tan conmovidos que Xifeng levantó la cabeza de la almohada y reunió las pocas fuerzas que tenía para consolar a la Anciana Dama.

—Váyanse, por favor, Sus Señorías —les dijo—. Cuando haya mejorado un poco iré a expresarles mi gratitud.

La Anciana Dama le dijo a Pinger:

—Cuídala bien. Si te faltara algo, ven a pedírmelo.

Al retirarse en compañía de la dama Wang, iba escuchando llantos en varios aposentos. Al llegar a los suyos, ya no pudo contener más su dolor y, tras despedir a la dama Wang y enviar a Baoyu a decir adiós a su tío y su primo, se echó sobre el kang y se puso a llorar desconsoladamente. Por suerte, Yuanyang y las otras doncellas pudieron finalmente consolarla y consiguieron que descansara un poco.

Dejemos por el momento la tristeza de Jia She y la de los demás por la obligada separación. El caso es que ninguno de los sirvientes seleccionados para acompañarlos quería emprender aquel viaje, y clamaban al cielo por su infortunio, pues con razón dice el refrán que la separación en vida es más dura que la separación en la muerte. Y los que presenciaban la escena estaban aún más tristes que aquellos que la experimentaban. Por la otrora espléndida y alegre mansión Rong resonaban ahora los lamentos de los humanos y de los demonios.

Jia Zheng, que era un modelo de cortesía y disciplina y respetaba las obligaciones derivadas de las relaciones humanas, estrechó la mano de su hermano para despedirse y luego cabalgó a las afueras de la ciudad para ofrecerles vino de la despedida, y desearles buen viaje. Les rogó que no olvidasen la generosidad que habían mostrado hacia los descendientes de unos funcionarios meritorios, y los exhortó a trabajar intensamente para retribuir ese desvelo. Por fin, Jia She y Jia Zhen emprendieron la partida llorando, cada uno por su camino.

Al regresar con Baoyu, Jia Zheng encontró en la puerta de su casa unos mensajeros gritando que se había promulgado un nuevo edicto imperial confiriendo el título de duque de Rongguo a Jia Zheng. Aquellos hombres pretendían que la buena noticia les fuese agradecida con generosidad.

Los porteros alegaban:

—Ése es un título hereditario que nuestra familia ya poseía; ¿cómo venís aquí pretendiendo que nos traéis una buena nueva?

—Los títulos hereditarios son un gran honor —replicaron los mensajeros—, y son más difíciles de conseguir que cualquier nombramiento oficial. Su anciano señor mayor lo perdió por algunos turbios asuntos y era casi imposible que lo pudiera recuperar. Pero ahora el emperador ha mostrado la magnanimidad de un santo absolviendo los pecados de su segundo señor y otorgándole el título. Una cosa así sólo sucede una vez cada mil años. ¿No merece la noticia una sustanciosa propina?

En medio de aquella disputa llegó Jia Zheng. La nueva que le dieron los porteros le causó un enorme placer, aunque sirvió para recordarle la ausencia de su hermano. Derramando lágrimas de gratitud, corrió a informar a la Anciana Dama, que quedó maravillada y, tomándolo de la mano, le pidió que trabajara con diligencia para retribuir el bondadoso gesto del emperador. La dama Wang, que acababa de entrar para consolar a la Anciana Dama, se regocijó también con la noticia. En cambio, a la dama Xing y la señora You las ganó una gran amargura, pero tuvieron que permanecer calladas.

Los mismos parientes y amigos del exterior que habían halagado a los Jia cuando eran poderosos, se habían mantenido alejados de ellos desde su caída en desgracia. Ahora que Jia Zheng había heredado el título, y al parecer seguía disfrutando del favor imperial, se precipitaron a felicitarlo. Para sorpresa de todos ellos, Jia Zheng sentía auténtica vergüenza de haber heredado el título de su hermano mayor, a pesar de lo agradecido que se sentía. Al día siguiente se presentó en la corte para dar las gracias, y solicitó permiso para entregar al Estado las casas y el jardín. Cuando un edicto desestimó la solicitud, volvió tranquilo a su casa, y siguió trabajando metódicamente en su cargo.

Pero ya la familia estaba empobrecida, sus ingresos no alcanzaban a cubrir sus gastos, y Jia Zheng no lograba sacar provecho de sus contactos. Los sirvientes sabían que era un hombre muy bondadoso, Xifeng estaba demasiado enferma para manejar la casa y Jia Lian acumulaba más deudas cada día que pasaba, obligándole a hipotecar casas y vender tierras. Los mayordomos más acomodados temían que Jia Lian llegara a ellos en busca de ayuda, por lo cual fingían pobreza o evitaban encontrarse con él. Algunos incluso pidieron permiso para salir y no regresaron, pues cada uno de ellos tenía los ojos puestos en un nuevo señor.

La única excepción era Bao Yong, que había llegado a la mansión Rong cuando la abatió el desastre. Aquel honesto individuo miraba indignado la manera que tenían los demás de engañar a sus señores, pero como era un recién llegado sus palabras no tenían peso y cada noche, después de la cena, se iba a dormir furioso. Los demás sirvientes lo despreciaban por no unirse a ellos, y lo calumniaron ante Jia Zheng, acusándolo de ser un borracho escandaloso y un gandul redomado.

—Da igual —dijo Jia Zheng—. Fue recomendado por la familia Zhen, y no podemos despedirlo. Es cierto que tenemos problemas, pero alimentar una boca más no nos hará estar peor de lo que estamos.

Como se negara a despedir a Bao Yong, los sirvientes se quejaron de él ante Jia Lian, pero éste ya no se atrevía a tomar decisiones y tampoco hizo nada.

Cierto día en que Bao Yong ya no pudo aguantar más, tomó unos tragos y salió a pasear por el camino del exterior de la mansión Rong, donde vio a dos tipos conversando:

—¡Mira! —decía uno—. Esa hermosa mansión fue confiscada el otro día. Me pregunto qué habrá sucedido con sus dueños.

—¿Cómo pudo arruinarse una familia como ésa? —dijo el otro—. He oído decir que una de sus hijas fue concubina del emperador, y aunque ya murió, consiguieron establecer ciertos lazos y los he visto codeándose con príncipes y nobles, muy bien situados; o sea, que tienen un sólido respaldo. ¡Si hasta el actual prefecto, que fue secretario de la Guerra, es pariente suyo! Seguro que han encontrado protección en toda esa gente.

—¡Vives aquí y no te enteras de nada! ¡Los demás no eran tan malos, pero ese prefecto Jia era lo peor! Más de una vez lo vi visitando ambas mansiones, y después de la denuncia de los censores al emperador fue él el encargado de la investigación. ¿Y qué piensas que hizo? Como había sacado provecho de ambas mansiones, el temor a ser acusado de encubrirlas le llevó a darles una feroz patada. Su informe fue el que provocó que fueran confiscadas. En los tiempos que corren no valen de nada los sentimientos entre parientes.

Bao Yong, que estaba junto a ellos, oyó aquellos chismes. «¿Es que ya no queda gente en el mundo con sentido de la gratitud? —pensó—. Me pregunto cuál es su relación con nuestro señor. ¡Si me encuentro con ese bribón lo mataré a puñetazos! ¡Y al diablo las consecuencias!»

En ese ensueño de beodo estaba cuando escuchó a unos heraldos gritando: «¡Despejen!». Y aunque estaba a cierta distancia, escuchó a aquellos dos tipos susurrando:

—Es el prefecto Jia que llega.

Bao Yong montó en cólera. Enardecido por el licor, gritó:

—¡Canalla sin corazón! ¿Cómo pudiste olvidar lo que hizo por ti la familia Jia?

Escuchar la mención a la familia Jia hizo que Jia Yucun se asomara desde el palanquín, pero al ver que sólo era un borracho lo ignoró y siguió su camino.

Con la actitud temeraria del ebrio, Bao Yong se tambaleó de vuelta a la mansión para interrogar a sus colegas, quienes le confirmaron que Jia Yucun debía su ascenso a la familia Jia.

—Y en lugar de recordar aquella bondad, les dio un puntapié —rabió Bao Yong—. Hace un momento, cuando lo insulté, no se atrevió a replicarme.

A los sirvientes de la mansión Rong nunca les había gustado, pero sus señores no habían querido actuar contra él. Ahora que había protagonizado aquella escena en el exterior, aprovecharon un momento libre de Jia Zheng para informarle de que Bao Yong, borracho, había organizado un escándalo. La noticia enfureció a Jia Zheng, quien temió nuevos problemas. Mandó llamar a Bao Yong y lo increpó; pero como no quería castigarlo, le ordenó vigilar el jardín y no abandonar el lugar bajo ningún concepto. Bao Yong era un tipo leal y discreto, que cuidaba los intereses de su señor, pero Jia Zheng había creído las calumnias de los otros y lo había castigado injustamente. Bao Yong no se atrevió a asumir su defensa, empaquetó sus cosas y se mudó al jardín, a cuidar y regar las plantas.

Para saber qué sucedió más adelante, escuchad el siguiente capítulo…

CAPÍTULO CVIII

Se celebra con forzado júbilo el cumpleaños

de la Dama de las Alpinias.

En el fúnebre refugio de Bambú se oyen

fantasmas llorando.

Cuando la solicitud de Jia Zheng para que le confiscaran la mansión y el jardín de la Vista Sublime fue desestimada por la corte, él ordenó que, puesto que nadie vivía allí, el jardín fuera cerrado con llave. Y como el lugar era contiguo a los aposentos de la señora You y Xichun, castigó a Bao Yong mandándolo a vigilar aquellas vastas extensiones desiertas.

Jia Zheng estaba recomponiendo la administración de la casa de acuerdo con las instrucciones de su madre, reduciendo poco a poco el personal y economizando de todas las maneras posibles. Pero no conseguía sanear sus cuentas. Por fortuna para él, Xifeng seguía siendo la preferida de la Anciana Dama —aunque no se llevara bien con la dama Wang y las demás—, y, como era hábil administradora, las cuentas familiares le fueron encomendadas otra vez. Ahora bien, desde la confiscación no terminaban de ir bien las cosas y los apuros eran continuos. Las señoras y doncellas de los diversos aposentos exigían la liberalidad de antaño, pero con sólo un tercio de aquellos ingresos le resultaba imposible satisfacer sus exigencias. Fue inevitable que enseguida surgieran quejas y conflictos. Pero a pesar de su enfermedad, Xifeng no se atrevió a dejar la tarea que le habían encomendado y se esforzó en complacer a la Anciana Dama.

Cuando Jia She y Jia Zhen llegaron a sus respectivos destinos, el dinero que llevaban consigo les permitió instalarse provisionalmente y escribir misivas en donde confirmaban que todo les iba muy bien y que su situación no debía ser motivo de preocupación para la familia. Aquellos mensajes aliviaron a la Anciana Dama, y también a la dama Xing y a la señora You.

Cierto día llegó Shi Xiangyun, en la primera visita después de su boda. Cuando presentó sus respetos a la Anciana Dama, ésta ensalzó las virtudes de su marido. Xiangyun, por su parte, le dijo que toda su familia estaba bien y que no debía sentir ansiedad por su causa. Más tarde hablaron de la muerte de Daiyu, y ambas lloraron. Evocar las penurias de Yingchun entristeció aún más a la Anciana Dama. Después de consolarla un rato, Xiangyun hizo una ronda de visitas a las demás y luego regresó a descansar junto a su abuela. Entonces hablaron de la familia Xue, y de cómo había sido arruinada por Xue Pan, pues si bien aquel año la ejecución de la sentencia había sido pospuesta, no había forma de saber si sería revocada o no al año siguiente.

—No conocéis la última noticia —dijo entonces la Anciana Dama—. El otro día murió la esposa de Pan en circunstancias misteriosas, y estuvo a punto de provocar otro gran escándalo. Gracias a la piedad de Buda, la doncella que había traído consigo confesó la verdad, con lo cual la vieja señora Xia se quedó sin argumentos para atacar y fue su propia familia la que impidió que se llevara a cabo una investigación. Así que la tía Xue ya ha podido desprenderse de la familia Xia; cuánta verdad en el dicho «los seis parientes comparten un mismo destino»; a los Xue también les va mal. Ahora la tía sólo tiene a su lado a Ke, un mozo de buen corazón que afirma que no contraerá matrimonio mientras Pan siga en prisión. Por eso vuestra prima Xiuyan está acompañando a la dama Xing y pasándolo tan mal. Tampoco Baoqin se ha casado todavía; ella y su prometido, el hijo del fallecido académico Mei, siguen de duelo. El hermano mayor de la segunda señora ha muerto, el hermano mayor de Xifeng es un majadero y su mezquino segundo tío ha desfalcado dinero del Estado; o sea, que también ellos están con el agua al cuello. En cuanto a los de la familia Zhen, no hemos vuelto a oír nada de ellos desde que nos confiscaron los bienes.

—¿Ha escrito la prima Tanchun desde que se fue? —preguntó Xiangyun.

—Después de su matrimonio tu tío volvió con la noticia de que estaba felizmente instalada en la costa, pero no hemos tenido carta. Pienso en ella día y noche. Con todos los problemas que hemos tenido aquí, no he podido preocuparme por ella, y ni siquiera le he podido arreglar un matrimonio a Xichun. En cuanto a Huan, ¿quién tiene tiempo para dedicárselo? Ahora estamos algo más apurados que cuando tú estabas aquí. Sobre todo, la pobre Baochai no ha pasado un solo día de paz y tranquilidad desde que vino a nuestra familia. Y tu primo Bao sigue igual de loco. ¿Qué podemos hacer?

—Yo crecí aquí, así que conozco bien el carácter de mis primos —respondió Xiangyun—. Todos han cambiado desde mi anterior visita. He pensado, al principio, que se comportan tan distantes conmigo porque yo me he mantenido lejos mucho tiempo; pero ahora que lo pienso, me doy cuenta de que no es ésa la razón. Nuestros encuentros han tratado de ser desenvueltos como antaño, pero de un modo u otro, una vez que empezábamos a conversar se iban entristeciendo. Por eso, después de sentarme con ellos unos momentos, he vuelto aquí con usted, señoras.

—A mí no me afecta la vida que llevamos ahora, pero a vosotros, los jóvenes, os resulta muy difícil soportarla. He estado pensando qué hacer para que paséis un día felices, pero me falta la energía necesaria.

—¡Tengo una idea! —exclamó Xiangyun—. ¿No es pasado mañana el cumpleaños de mi prima Baochai? Puedo quedarme un día más para homenajearla y que pasemos todas un día entretenido. ¿Qué le parece, abuela?

—El desánimo realmente me ha quitado la memoria. Si no lo hubieras recordado tú, yo lo habría olvidado. ¡Es verdad que pasado mañana es su cumpleaños! Mañana mismo prepararé un poco de dinero para celebrarlo. Antes de que viniera a vivir aquí organizamos para ella varias fiestas, pero dejamos de hacerlo cuando entró a formar parte de la familia. Baoyu solía ser un muchacho hábil y travieso, pero las desgracias familiares lo han sumido en un mutismo permanente. La esposa de Zhu sigue siendo una buena nuera, criando discretamente a Lan y comportándose igual en los buenos tiempos y en los malos. Eso no es fácil para ella.

—Pero nadie ha cambiado tanto como mi segunda cuñada Xifeng —intervino Xiangyun—, incluso ha perdido su buena presencia y su antigua elocuencia. Esperemos a ver cómo reacciona mañana cuando los azuce, pero me temo que aunque no lo digan sentirán cierto rencor hacia mí, porque ahora tengo… —En ese momento se interrumpió, sonrojada.

—No te preocupes —dijo la Anciana Dama al advertir su incomodidad—. Tanto tú como tus primos estáis acostumbrados a las bromas. No hace falta tanta preocupación. La gente debe sacar el mejor partido posible a sus pertenencias, ser capaz de disfrutar del rango y la fortuna, y también de soportar la pobreza. Tu prima Baochai siempre ha sido de mente abierta. Cuando su familia vivía en la prosperidad, ella no mostraba la menor arrogancia; más tarde, cuando tuvieron problemas, conservó su alegría. Ahora que es de nuestra familia, cuando Baoyu la trata bien lo toma con calma, y cuando la maltrata no responde a la provocación. Pienso que ésa es su buena fortuna. En cambio tu prima Daiyu era de mente estrecha y de una sensibilidad extrema; por eso no vivió mucho. Con la experiencia que tiene, Xifeng no debería permitir que las indisposiciones afecten a su conducta. Y si sigue mostrándose tan insensata, la consideraré también pusilánime. Bueno, como pasado mañana es el cumpleaños de Baochai voy a sacar algo más de dinero para una celebración animada que le alegre el día.

—Cuánta razón tiene, abuela. Y ya que está en eso, señora, ¿por qué no invitamos también a todas las primas? Entonces podremos tener una buena charla.

—Por supuesto que las invitaremos a todas. —Y ya más alegre, la Anciana Dama le dijo a Yuanyang que tomara cien taeles y ordenase a los sirvientes preparar dos días de festines, a partir del día siguiente.

Yuanyang entregó el dinero a las doncellas para que hicieran como se les había ordenado, y la noche pasó sin nada más digno de mención.

Al día siguiente, la Anciana Dama mandó llamar a Yingchun, la tía Xue y Baoqin, y les pidió que llevaran a Xiangling. También invitaron a la tía Li. Poco después aparecieron Li Wen y Li Qi.

Baochai aún no sabía nada cuando llegó una de las dos doncellas de la Anciana Dama con el mensaje:

—Ha llegado la tía Xue y se solicita su presencia allí, señora.

Sin preocuparse de mudarse de ropa, fue alegremente a ver a su madre. Allí encontró reunidas a su prima Baoqin y a Xiangling, así como a la tía Li y a las demás. Creyendo que el motivo de la visita era celebrar el fin de los problemas de la familia Jia, presentó sus respetos a la tía Li y a la Anciana Dama, dijo unas cuantas palabras a su madre y pasó a saludar a las hermanas Li.

—Por favor, señoras, tomen asiento —les pidió Xiangyun—, mientras las muchachas le deseamos larga vida a la prima Baochai.

Baochai quedó perpleja y pensó: «Sí, claro, mañana es mi cumpleaños».

—Es correcto que las muchachas vengáis a visitar a la Anciana Dama —protestó apurada—, pero me avergonzaría que hubiera sido por mí vuestra visita.

Baoyu, que llegaba en ese momento a saludar a sus tías Xue y Li, pudo escuchar la réplica cargada de modestia. Había estado deseando celebrar el cumpleaños de su esposa, pero no se había atrevido a sugerírselo a su abuela, pues la verdad es que la casa estaba desmantelada. Ahora que Xiangyun y las demás habían ido a felicitar a Baochai, se sentía feliz.

—Mañana es su cumpleaños —dijo—. Precisamente yo quería recordárselo a la Anciana Dama.

—¡Qué tontería es ésa! —replicó juguetonamente Xiangyun—. La Anciana Dama no necesita que se lo recuerdes. ¿Piensas que estas visitantes estarían aquí si ella no las hubiera invitado?

Baochai no podía creerlo, hasta que oyó a la Anciana Dama decir a su madre:

—La pobre Baochai lleva ya un año casada, y con tantas dificultades como han ido apareciendo no hemos celebrado su aniversario. Hoy quería prepararle una fiesta, y os he invitado para que charlemos todas un rato.

—No ha debido molestarse, señora —dijo la tía Xue—. Después de tantas preocupaciones, por fin está usted tranquila, y la pobre niña no ha cumplido sus deberes para con usted como debiera.

—El nieto favorito de la Anciana Dama es el primo Bao —bromeó Xiangyun—, ¿cómo no iba a ser su esposa, también, su preferida? Además, la prima Baochai se merece una fiesta de cumpleaños.

Baochai agachó la cabeza y no dijo nada.

Baoyu se dijo con cierta melancolía: «Pensé que el matrimonio convertiría a la prima Shi en una persona distinta; por eso no me atrevía a mantener la familiaridad con ella, y de hecho también ella me ha estado ignorando. Pero, por su manera de hablar, veo que no ha cambiado. ¿Por qué mi esposa se ha vuelto tan tímida desdé nuestro casamiento? Ya apenas dice una palabra».

Estaba preguntándose acerca de todo ello cuando entró una joven doncella a informar del retorno de Yingchun. Entonces aparecieron también Li Wan y Xifeng, y hubo un intercambio de saludos.

Yingchun mencionó la partida de su padre.

—Yo quería venir a despedirlo, pero mi marido me lo impidió porque, según él, nuestra familia estaba pasando por una racha de mala suerte, y yo no debía dejarme contagiar por ella —explicó—. No conseguí convencerlo y no pude venir. Estuve llorando varios días.

—¿Y por qué te ha permitido venir hoy? —preguntó Xifeng.

—Dice que ahora que el segundo señor ha heredado el título está bien mantener las relaciones, no hay de qué preocuparse ya. —Y volvió a llorar.

—Últimamente he estado muy deprimida —se quejó la Anciana Dama—. Por eso os he invitado a todos para celebrar el aniversario de la esposa de mi nieto. Se me ocurrió que unas cuantas risas y diversiones nos alegrarían, pero ya estáis vosotras otra vez con esos fatigosos asuntos.

Entonces Yingchun y los demás callaron.

A pesar de que se obligó a contar alguna que otra historia graciosa, Xifeng estaba menos ingeniosa y divertida que antaño; a pesar de eso, la Anciana Dama siguió provocándola con la esperanza de divertir a Baochai. Xifeng comprendió aquello, y se esforzó. Dijo:

—Hoy la Anciana Dama está algo más feliz viéndonos a todos reunidos de nuevo después de tanto tiempo. —Interrumpió su frase, pues al mirar en torno suyo había advertido que su suegra y la señora You estaban ausentes.

Las palabras «reunidos» y «todos» hicieron que también la Anciana Dama las recordara, y mandara llamarlas. La dama Xing, la señora You y Xichun no se atrevieron a rechazar la invitación, pero acudieron de mal grado pues pensaban que si la Anciana Dama estaba de buen humor para celebrar el cumpleaños de Baochai, con la familia medio arruinada, eso era prueba fehaciente de favoritismo. De ahí que llegaran apáticas y con poco ánimo. Cuando les preguntó por Xiuyan, la dama Xing inventó la excusa de que no se encontraba bien y la Anciana Dama no dijo más, pues sabía que la presencia de la tía Xue, su futura suegra, resultaba inconveniente.

Poco después aparecieron los vinos y los dulces.

—No enviaremos nada de esto a los caballeros del exterior —dijo la Anciana Dama—. La fiesta de hoy sólo es para nosotras, las mujeres.

A pesar de ser ya un hombre casado, Baoyu seguía circulando libremente por los aposentos interiores por ser el preferido de su abuela. Como no podía sentarse con Xiangyun y Baoqin, tomó asiento junto a la Anciana Dama y empezó a brindar con las invitadas, una por una, en honor de Baochai.

—Ahora siéntate y bebamos todos —propuso la Anciana Dama—. Luego podrás hacer una ronda presentándoles tus respetos. Si lo haces ahora, todas se pondrán muy formales y se malogrará la diversión.

Baochai asintió y tomó asiento.

—Más vale que hoy nos relajemos —continuó la Anciana Dama—. Sólo nos quedaremos con una o dos doncellas que nos atiendan. Que Yuanyang se lleve a Caiyun, Yinger, Xiren y Pinger, a celebrarlo en las estancias traseras.

Las doncellas protestaron:

—Todavía no hemos hecho un koutou ante la señora Bao. ¿Cómo podemos retirarnos a beber?

—Haced lo que os digo —insistió la cabeza de familia—. Ya os llamaremos cuando os necesitemos.

Cuando Yuanyang hubo partido con las otras doncellas, la Anciana Dama pidió a la tía Xue y a los demás que bebieran. Pero nadie se comportaba como antaño.

—¿Qué os sucede? —preguntó entonces irritada—. ¡Animaos un poco!

—Estamos comiendo y bebiendo, ¿qué más podemos hacer? —preguntó Xiangyun.

—Antes eran jóvenes alegres —explicó Xifeng—. Ahora les da vergüenza decir locuras; por eso las encuentra un poco calladas, señora.

Baoyu susurró:

—No podemos hablar nada de nada, abuela, porque cada tema puede llevarnos a otro deprimente. Lo mejor es que nos sugiera algún juego, ¿por qué no uno de beber?

La Anciana Dama había inclinado la cabeza para escuchar, y entonces comentó con una sonrisa:

—Si vamos a hacer un juego de beber, tenemos que llamar de vuelta a Yuanyang.

Baoyu no precisó más instrucciones para salir corriendo a llevar a la muchacha el mensaje de la Anciana Dama.

—Déjenos beber una copa tranquilas, mi pequeño señor —protestó ella—. ¿Por qué viene a interrumpirnos?

—Es verdad lo que te estoy diciendo —insistió él—. La Anciana Dama quiere que vayas. ¿Qué puedo hacer yo?

Así pues, Yuanyang se vio obligada a decir a las otras:

—Seguid bebiendo. No tardaré en volver. —Y partió a reunirse con la Anciana Dama.

—Ya estás aquí —dijo ésta al ver llegar a la muchacha—. Quieren jugar a beber.

—El señor Bao dijo que usted quería verme, señora. ¿Cómo me atrevería a no hacerlo? No sabía que iban a jugar a beber.

—Los juegos literarios son muy aburridos, las peleas tampoco son buenas. Tienes que pensar un juego nuevo y divertido.

Tras unos momentos de reflexión, Yuanyang dijo:

—A su edad, la tía Xue no quiere estrujarse mucho la cabeza. Busquemos unos dados y un cubilete y, según el número que salga, habrá que entonar una melodía. Quien pierda tendrá que beber[1].

—Muy bien. —Y la Anciana Dama hizo traer el cubilete con los dados y lo puso sobre la mesa.

—Lanzaremos cuatro dados —anunció Yuanyang—. Si los puntos de los dados no corresponden a ninguna melodía, el que los haya lanzado debe beber una copa como castigo. Si corresponde al nombre de alguna, los demás deberán beber según los puntos.

—Suena muy sencillo —dijeron las demás—. Lo haremos como dices.

Obligaron a Yuanyang a beber una copa y, después, lanzó los dados para ver por quién se empezaría, contando a partir de ella misma, y resultó ser la tía Xue la que tiró los «cuatro unos».

—El nombre de esta jugada —dijo Yuanyang— es «Los cuatro ancianos de Shangshan»[2]. Deben beber los de provecta edad —y eso incluía a la Anciana Dama, la tía Li y las damas Xing y Wang. Pero cuando la Anciana Dama alzó la copa, Yuanyang siguió—: Como ha sido la tía Xue quien ha hecho la tirada de los cuatro ancianos, debe decir el nombre de la melodía correspondiente, y quien esté a su lado debe añadir un verso de la Antología de los mil poetas[3]. El castigo para quien falle será un trago.

—¡Me estás tomando el pelo! —protestó la tía Xue—. ¿Cómo voy a contestar?

—Si no dices nada, nos aburriremos —dijo la Anciana Dama—. Inténtalo. Y a mí me toca el verso, si no se me ocurre el nombre de la melodía beberé contigo.

Entonces la tía Xue dijo:

—Se trata de la melodía «Penetro en el reino de las flores en la vejez»[4].

La Anciana Dama, asintiendo con la cabeza, citó:

—«Dicen que imito a los niños en mis ratos de ocio[5]».

Entonces le pasaron el cubilete a Li Wen, que sacó dos cuatros y un par de doses.

Yuanyang dijo:

—También tiene un nombre: es «Liu y Ruan van al monte Tiantai»[6].

Li Wen nombró la melodía «Dos letrados penetran la fuente de Duraznos»[7] y Li Wan, que estaba a su lado, citó:

—«Busco las flores del durazno para huir de Qin[8]».

Todos bebieron un sorbo de vino, y el cubilete pasó a la Anciana Dama, que sacó un par de doses y otro de treses:

—Supongo que tendré que beber —dijo, pero Yuanyang le respondió:

—Tiene nombre: «Las golondrinas del río conducen a sus crías[9]». Todo el mundo bebe.

—Las crías serán crías, pero muchas de ellas han volado —dijo Xifeng, pero las miradas de los demás la callaron.

—¿Pues qué voy a decir? —siguió la Anciana Dama—. «El abuelo conduce a sus nietos.»

Li Qi, que era la siguiente, citó:

—«Sosegado, miro a los niños coger amentos de sauce[10]».

Aquello se ganó la aprobación general.

Baoyu estaba ansioso por probar suerte, pero el cubilete no terminaba de llegar. Se perdió en meditaciones cuando, de pronto, lo vio ante sí. Le salieron un dos, dos treses y un uno. Preguntó:

—¿Y esto cómo se llama?

Con una sonrisa, Yuanyang respondió:

—Es un «apestoso». Bebe y vuelve a lanzar.

En la tirada siguiente aparecieron dos treses y dos cuatros.

—Éste se llama «Zhang Chang pinta las cejas»[11] —anunció Yuanyang.

Baoyu supo que se estaba burlando de él, y Baochai se turbó, pero Xifeng, que no había captado el sentido, le urgió:

—Responde rápido, primo, para que podamos pasar a la siguiente.

Él se negó, diciendo tímidamente:

—Pagaré el castigo. No hay nadie detrás de mí.

Entonces el cubilete fue a parar a Li Wan, quien lanzó sus dados.

Yuanyang dijo:

—Ha lanzado «Las doce peinetas de oro».

Baoyu se acercó inmediatamente a mirar y vio que la mitad de los puntos eran rojos, y la otra mitad verdes.

—¡Qué bonito! —exclamó. De pronto recordó su sueño de las doce bellezas y volvió a su asiento como en trance[12].

«Estas doce peinetas son las bellezas de Jinling —pensó—. ¿Cómo es que de todas las de nuestra familia sólo quedan estas pocas?» Miró a Xiangyun y a Baochai, pero no estaba Daiyu, sintió que se le embalsaban las lágrimas en los ojos y, para no ser descubierto, pidió permiso pretextando que tenía calor y se quería quitar un poco de ropa. Xiangyun lo vio escabullirse y supuso que estaba enfadado por haber resultado en el juego peor que los demás. En realidad, también ella estaba algo contrariada por el escaso ánimo con que se estaba jugando.

Entonces Li Wan dijo:

—Me rindo. Además falta gente. Yo cumpliré el castigo.

—No es un juego muy divertido, dejémoslo —sugirió la Anciana Dama—. Que Yuanyang haga la prueba, a ver qué le sale.

Una joven doncella puso el cubilete frente a Yuanyang, quien hizo lo que se le había ordenado. De su tirada salieron un par de doses y un cinco. Todavía estaba el cuarto dado rodando en el cubilete cuando ella gritó:

—¡Un cinco no!

Pero un cinco fue.

—Lástima. He perdido.

—¿Eso no vale nada? —preguntó la Anciana Dama.

—Pues sí que tiene un nombre, pero no se me ocurre la melodía que lo acompaña.

—Dame el nombre y yo inventaré algo para ti.

—Se llama «Las olas barren los nenúfares vagabundos».

—No es difícil. Aquí tienes: «Peces de otoño penetran sus nidos de abrojos».

Xiangyun, que era la siguiente, recitó:

—«Blancas lentejas cantan el fin del otoño en el río Chu[13]».

—Muy adecuado —aprobaron los demás.

—Ha terminado el juego. Es hora de comer y beber —propuso la Anciana Dama, e inmediatamente después advirtió que el sitio contiguo al suyo estaba desierto.

—¿Dónde ha ido Baoyu? ¿Por qué no ha vuelto todavía?

Yuanyang le dijo que había ido a cambiarse de ropa.

—¿Quién lo acompañó?

Yinger se adelantó para informar:

—Cuando vi que el señor Bao salía le dije a la hermana Xiren que lo acompañara.

Sus Señorías se sintieron más tranquilas, pero después de esperar un buen rato, la dama Wang envió a una joven doncella a buscarlo. Ésta fue a la cámara nupcial, donde Wuer estaba preparando las velas.

—¿Dónde está el señor Bao? —preguntó la doncella.

—Está en un banquete con la Anciana Dama.

—Vengo de allí, enviada por Su Señoría. ¿Por qué habría de enviarme a buscarlo si él estuviera allí?

—En ese caso no sé dónde puede estar —dijo Wuer—. Búscalo en otro sitio.

En el camino de regreso, la doncella se encontró con Qiuwen.

—¿Has visto al señor Bao? —le preguntó.

—Yo también lo estoy buscando —le respondió Qiuwen—. Las señoras están esperándolo para empezar a cenar. ¿Dónde se puede haber metido? Vuelve rápido y no le digas a la Anciana Dama que no está por aquí; dile que se ha sentido indispuesto después de haber estado bebiendo y que no quiere comer. Que después de reposar un rato volverá a reunirse con ellas. Que Sus Señorías empiecen sin él.

La joven doncella partió a llevar ese mensaje a Zhenzhu, quien a su vez lo transmitió a la Anciana Dama.

—Nunca come mucho —dijo ésta—. Perderse una cena no le afectará mucho. Dile que descanse bien y que no se moleste en venir hoy, ya que tenemos aquí a su esposa.

Zhenzhu preguntó a la joven doncella:

—¿Lo has oído?

La muchacha respondió afirmativamente y no era conveniente decirles la verdad; por eso salió a dar un paseo y más tarde regresó a decir que había entregado el mensaje. Las demás no hicieron caso y después de la cena se desperdigaron en pequeños grupos para conversar. Pero no hablemos más de esto.

Baoyu, que había abandonado el banquete en un rapto dé desconsuelo, no sabía qué hacer. Xiren le dio alcance para preguntarle qué le pasaba.

—Nada —dijo él—. Solo que me aburro. ¿Por qué mientras siguen bebiendo no damos un paseo hasta los aposentos de la señora You?

—Está con la Anciana Dama —señaló Xiren—. ¿A quién vamos a visitar?

—No pensaba visitar a nadie. Sólo quiero ver el lugar, ver cómo están aquellos aposentos.

Xiren tuvo que seguirlo, y fueron caminando y charlando hasta las habitaciones de la señora You, donde vieron un pequeño portón entornado. En vez de entrar, Baoyu se dirigió a dos viejas doncellas encargadas del jardín, que estaban charlando sentadas en el umbral.

—¿Este portón siempre está abierto? —preguntó.

—No. Normalmente está cerrado, pero oímos decir que tal vez la Anciana Dama pediría fruta del jardín y lo hemos mantenido abierto y estamos esperando.

Baoyu dio unos pasos y miró de cerca por el portón medio abierto. Antes de que pudiera avanzar más, Xiren lo detuvo.

—No entre ahí. Después de tanto tiempo deshabitado, el jardín no está limpio, ya nunca viene nadie por no tener un mal encuentro.

Como él estaba algo bebido, fanfarroneó:

—Yo no temo esas cosas.

Xiren trató de retenerlo con insistencia, pero las viejas intervinieron:

—El jardín ha estado tranquilo desde que los sacerdotes ahuyentaron a los espíritus malignos, y a menudo entramos solas a coger flores o frutas. Si el señor Bao desea entrar, lo acompañaremos. Con tanta gente no hay nada que temer.

A Baoyu le gustó la idea, y Xiren, incapaz de detenerlo, se vio obligada a unirse a la partida.

Cuando Baoyu entró en el jardín ante sus ojos apareció una escena de desolación. Las plantas estaban marchitas y la pintura de algunos pabellones se descascarillaba, pero en la distancia advirtió el bosquecillo de bambúes que, en contraste, estaba exuberante. Después de pensarlo un poco, dijo:

—Desde que mi enfermedad me forzó a dejar el jardín, he estado viviendo en la parte de atrás, y no me han permitido venir aquí durante meses. ¡Qué rápidamente se ha secado todo! Mira, el único verdor que queda es el de esos bambúes. ¿No es ése el refugio de Bambú?

—¿Unos meses de alejamiento y ya no reconoce las direcciones? —le dijo Xiren—. Por estar tan ocupado parloteando, no ha visto que hemos pasado por el patio Rojo y Alegre. —Se volvió y señaló con el dedo hacia atrás—. El refugio de Bambú está allí.

Baoyu miró hacia donde ella estaba señalando y dijo:

—Realmente hemos pasado por allá. Volvamos a echar una mirada.

—Ya se está haciendo tarde, y es hora de volver. La Anciana Dama lo debe estar esperando para cenar.

Baoyu no respondió, limitándose a retomar el sendero y seguir caminando. Se preguntará, lector, cómo pudo haber olvidado el camino después de un año de ausencia del lugar. Lo cierto es que Xiren había tratado de engañarlo, temerosa de que la visión del refugio de Bambú y el recuerdo de Daiyu volvieran a desconsolarlo. Cuando lo vio dirigirse directamente hacia allí, temió que estuviera embrujado e hizo como si ya hubieran pasado por el lugar. Pero Baoyu se había empecinado en visitar el refugio de Bambú. Se adelantó rápidamente y ella tuvo que seguirlo, hasta que él se detuvo como si estuviera mirando o escuchando algo atentamente.

—¿Está oyendo algo? —preguntó Xiren.

—¿Vive alguien en el refugio de Bambú?

—No creo.

—Oigo claramente unos sollozos que provienen del interior, ¿cómo que no hay nadie?

—Son imaginaciones suyas. Eso es porque a menudo venía usted por aquí y encontraba llorando a la señorita Lin.

Baoyu no la creyó y quiso acercarse para oír mejor.

Las criadas les dieron alcance y le suplicaron:

—Mejor vuelva, señor Bao. Está oscureciendo. Los otros lugares no dan miedo, pero éste es un camino apartado y dicen que desde la muerte de la señorita Lin se suelen oír sollozos, por eso nadie se atreve a venir por aquí.

Baoyu y Xiren quedaron perplejos.

—¡Entonces es cierto! —exclamó él, con lágrimas en los ojos—. ¡Prima Lin! ¡Prima Lin! ¡Fui yo quien te hizo daño cuando no tenías ningún mal! No me lo reproches. Fue idea de mis padres. ¡Yo no te fui infiel! —Y se echó a llorar con el corazón destrozado.

Xiren no supo qué hacer, hasta que Qiuwen y otras se acercaron corriendo.

—¡Qué valor tienes! —espetó Qiuwen a Xiren—. ¿Por qué traéis aquí al señor Bao? Sus Señorías están tan preocupadas que han despachado grupos de gente a buscaros. Hace un momento alguien de la puerta lateral dijo que habíais entrado aquí, y eso ha asustado tanto a Sus Señorías que me han regañado y me han ordenado que venga a buscarte con algunos criados para llevarlo de regreso inmediatamente.

Baoyu seguía llorando amargamente. Xiren ignoró sus sollozos y entre ella y Qiuwen se lo llevaron a rastras secándole las lágrimas mientras le decían lo preocupada que estaba su abuela. Él no tuvo más remedio que volver.

Para calmar la ansiedad de la Anciana Dama, Xiren lo llevó directamente a su cuarto, donde esperaban las demás.

—¡Xiren! —tronó la Anciana Dama—. Te confié a Baoyu pensando que eras sensata. ¿Cómo es posible que lo hayas llevado al jardín? ¡Sobre todo después de su enfermedad! ¿Qué vamos a hacer si algo lo ataca de nuevo?

La doncella no se atrevió a justificarse y permaneció con la cabeza agachada, en silencio. A Baochai le sobrecogió la palidez de Baoyu, aunque era a él a quien tocaba exonerar a Xiren.

—No hay nada que temer en pleno día —dijo él—. Hacía mucho tiempo que no paseaba por el jardín. Después de beber, me dirigí allí para despejarme la cabeza. ¿Qué va a afectarme de aquel lugar?

Al escuchar aquello, Xifeng, que había vivido tanto terror en el jardín, se estremeció.

—El primo Bao es un temerario —exclamó.

—¡Temerario no, leal! —intervino Xiangyun—. ¡Seguro que fue a buscar al espíritu de los Hibiscos, o en pos de alguna inmortal!

Baoyu no respondió, y la dama Wang estaba demasiado preocupada para intervenir.

—¿Te asustaste en el jardín? —le preguntó la Anciana Dama—. Si es así, no lo comentes ahora. Si en el futuro deseas pasear por allí, llévate más gente. De no ser por el escándalo que has armado, nuestra fiesta se habría disuelto hace un buen rato. Marchaos ahora todos y dormid bien. Volved mañana temprano. Quiero ofreceros otro día de diversión. No dejéis que este contratiempo os afecte.

Entonces todos se despidieron, y la tía Xue fue a pasar la noche con la dama Wang, mientras Xiangyun se quedó con la Anciana Dama, y Yingchun partió con Xichun. Los demás volvieron a sus propios aposentos.

De vuelta en su cuarto, Baoyu dejó escapar un suspiro. Como Baochai conocía el motivo, fingió no oírlo, pero temió que su dolor le hiciera recaer en su antigua enfermedad. Por eso llamó a Xiren al cuarto interior y le preguntó qué había sucedido exactamente en el jardín. Si desean conocer la respuesta de Xiren, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO CIX

Alguien espera un alma perfumada,

Wuer recibe un amor equivocado.

En pago de deudas mortales, Yingchun

retorna al mundo original.

Inducida por Baochai, Xiren le describió el comportamiento de Baoyu en el jardín; a Baochai le asaltó el temor a que su esposo sufriera una recaída por la excesiva tristeza. Entonces, en tono descuidado, sacó a relucir los últimos momentos de Daiyu.

—Mientras están sobre la tierra, es propio de los humanos intercambiar sus sentimientos —sentenció—, pero una vez muertos, cada cual va a ocuparse de sus tareas. Nadie se parece a lo que fue mientras vivió, y nada sabe un muerto del amor que le sigue profesando quien quedó vivo. Y mucho más si, como dicen de Daiyu, se ha convertido en inmortal, porque entonces qué impuros le deben parecer todos los humanos que aún siguen sujetos a la vida terrenal, y qué lejos de su pensamiento debe estar el regreso a las vulgaridades de la tierra. Por eso, quien se empeña en invocar a los espíritus con el entendimiento nublado por las ilusiones del corazón lo único que consigue es atraer hacía sí perversos demonios y espíritus malignos.

Entendió Xiren con rapidez que aquellas palabras, pronunciadas con aparente descuido, tenían como destino los oídos de Baoyu, por lo cual no dejó de aportar su grano de arena:

—Sí, realmente debe ser así. Si es verdad, como dicen, que el espíritu de la señorita Lin sigue rondando por el jardín, ¿cómo es que a mí, que tan cerca de ella estuve, no ha venido a visitarme en sueños?

Esta charla entre las dos mujeres dejó pensativo a Baoyu, que, desde el exterior, no perdía palabra de lo que se estaba diciendo en el aposento: «Tienen razón. Qué raro es todo esto. Desde que murió no he dejado de pensar en ella ni un solo día, y sin embargo jamás ha venido a visitarme en sueños. Seguramente ha subido al Cielo y ahora le parezco vil y despreciable, indigno de comunicarme con los espíritus puros, por eso no se me aparece en sueños. Pero haré una cosa: desde ahora dormiré en la estancia exterior, y cuando ella sepa que he vuelto al jardín conocerá mis verdaderos sentimientos, y deseará venir a visitarme en uno de mis sueños. No me olvidaré de preguntarle adónde ha ido realmente, y así podré hacerle ofrendas y libaciones. Si a pesar de todo no se dignara atender a un gañán como yo, y ninguno de mis sueños mereciera una aparición suya, dejaré de pensar en ella».

Y entonces, con tono decidido, concluyó dirigiéndose a las dos muchachas:

—Esta noche dormiré en el cuarto de afuera; no os preocupéis por mí.

Baochai, que no intentó disuadirlo, se limitó a decirle:

—No sigas rumiando tus extravagantes pensamientos. ¿No viste, cuando te escapaste al jardín, que la angustia de tu pobre madre ni siquiera la dejaba articular palabra? Si vuelves a descuidar tu salud, la Anciana Dama nos acusará a nosotras de negligencia.

—Como quieras —corrigió él—. Me quedaré aquí un rato, y luego regresaré al cuarto interior. Pero acuéstate tú antes, que debes estar cansada.

Baochai, sabiendo que acabaría entrando, fingió creerlo y dijo:

—Bueno, me iré a la cama y dejaré que Xiren te atienda.

Todo se desarrollaba exactamente como convenía a Baoyu. Cuando Baochai se hubo retirado, ordenó a Xiren y a Sheyue que le trajeran mantas, y le preparasen una cama fuera. Las mandó varias veces a comprobar que Baochai dormía, aunque ésta, que en realidad sólo se hacía la dormida, no pegó ojo en toda la noche.

Cuando consideró que ya Baochai dormía profundamente, Baoyu dijo a Xiren:

—Quiero que ahora os retiréis las dos a descansar. Ya me encuentro bien. Si no me creéis, podéis esperar a verme dormido antes de marcharos, pero no hagáis ruido ni volváis a molestarme.

Xiren le ayudó a meterse en el improvisado lecho, dispuso té y agua para la noche y, cerrando cuidadosamente las puertas tras ella, se dirigió al interior, donde, tras hacer algunas cosas que le habían quedado pendientes, se echó vestida sobre la cama con el fin de estar presta a acudir a la llamada de Baoyu.

Cuando Xiren se hubo retirado, Baoyu ordenó a las criadas que hacían la guardia nocturna que se marcharan. Luego, se sentó tranquilamente, formuló en su interior algunas oraciones y se tendió a esperar el sueño para unirse espiritualmente con Daiyu. Al principio el sueño no venía, y sólo pudo descansar profundamente cuando se tranquilizó.

Durmió de un tirón hasta el alba. Con las primeras luces se incorporó frotándose los ojos, y pasó un buen rato intentando recordar: no, no había soñado nada. Suspiró y, entristecido, recitó:

Distantes, la vida y la muerte, separadas tantos años,

un alma que no regresa ni siquiera a mis sueños[1].

Baochai, como se dijo, no había podido dormir en toda la noche, y al oír desde el cuarto interior aquellos versos, exclamó:

—¡Qué manera tan torpe de expresarse! ¡Si la prima Lin estuviera entre nosotros, ésta habría sido una buena ocasión para enfadarse otra vez contigo!

Baoyu, muy avergonzado, entró para decirle:

—No sé cómo pudo ocurrir. Yo tenía la intención de venir a acostarme aquí contigo, pero fueron suficientes un par de cabezadas para quedarme dormido.

—¿Y qué más me da que vengas a no a dormir aquí?

Xiren, que también había pasado la noche en blanco, acudió presurosa al oír la voz de su señora, y les sirvió té. Una doncella llegó en ese momento, enviada por la Anciana Dama, para preguntar si Baoyu había dormido bien. Si la respuesta era afirmativa, debía acudir a visitarla con su esposa en cuanto estuvieran vestidos.

Xiren la envió de regreso con el siguiente mensaje: «El señor Baoyu ha pasado buena noche. Enseguida acudirá a presentarle sus respetos…».

Baochai se aseó rápidamente y marchó, seguida de Yinger y Xiren, a rendir a la Anciana Dama el homenaje diario; después hizo lo mismo con la dama Wang y Xifeng. Cuando regresó a los aposentos de la Anciana Dama encontró allí a su madre, que acababa de llegar. Todas le preguntaron si Baoyu había dormido bien:

—Se acostó en cuanto volvimos —contestó ella—, y no dio signos de sentirse mal.

Ya descargadas de la preocupación por Baoyu, las mujeres habían emprendido sus ligeras conversaciones de siempre cuando entró una doncella.

—La segunda señorita Yingchun tiene que volver ya a la casa de sus suegros. Parece que el yerno Sun de nuestra primera dama ha enviado a alguien con algún mensaje, y ella inmediatamente ha hecho decir a nuestra cuarta señorita Xichun que no se esforzara en retener a su prima y que debía permitir su partida. La señorita Yingchun está en este momento llorando en el cuarto de la primera dama, pero no tardará en aparecer para despedirse de su venerable abuela.

Al oír esas palabras, todas las presentes lamentaron unánimemente el destino de Yingchun:

—¿Por qué una persona de tan alta calidad está destinada a pasar el resto de su existencia sin poder levantar la frente, bajo el dominio de un marido como ése? ¿Y qué podemos hacer?

Mientras pronunciaban esas palabras, entró la desgraciada joven con la cara aún cubierta por los surcos de las lágrimas. Pero como aquél era el día del cumpleaños de Baochai, hubo de retener su llanto, se despidió de la reunión y se puso en camino hacia su casa. Consciente como era de la penosa obligación impuesta a su nieta, la Anciana Dama no hizo ademán de retenerla junto a ellas.

—¡Bueno! —le dijo—. Será mejor que vuelvas cuanto antes. Pero no estés triste. Tienes que resignarte al marido que te ha caído en suerte. Yo volveré a llamarte cuando pasen unos días.

—Señora —le contestó Yingchun—, usted siempre ha sido muy bondadosa conmigo, pero ahora no puede hacer nada por mí. Temo que ésta sea la última vez que la vea. —Y con estas palabras se echó a llorar de nuevo.

—No digas eso —le dijeron a coro todas las mujeres, intentando consolarla—. ¿Por qué no ibas a poder volver a vernos? Después de todo, no pasa contigo lo que con tu tercera hermana: tan lejos está de nosotras que será prácticamente imposible volver a verla.

La evocación de Tanchun hizo un nudo en la garganta de todas las presentes, pero nadie quiso dar rienda suelta a su pena en medio de la celebración del cumpleaños de Baochai. La Anciana Dama se esforzó por hablar en tono alegre:

—Bueno, bueno, no es imposible que volvamos a ver a Tanchun. Lo único que hace falta es que se pacifique la región de la costa, y que a su suegro lo destinen a la capital.

—Sí, es cierto —admitieron todas.

Entonces Yingchun, desconsolada, hubo de partir. Las demás la acompañaron hasta el pabellón de acceso y luego regresaron con la Anciana Dama, que las atendió durante toda la jornada hasta que, a la caída del sol, al verla con síntomas de cansancio, se retiraron.

La última en salir fue la tía Xue, que encaminó sus pasos a la casa de Baochai.

—Tu hermano mayor ha pasado este año —le dijo—. Si él emperador decretase una amnistía y la pena que soporta fuera rebajada, podríamos intentar pagar un rescate. Hace ya mucho tiempo que me siento sola y nadie acude a ayudarme. ¿Cómo podría resolverlo? Quizás podríamos intentar casar a Xue Ke. ¿Qué te parece la idea?

—Sin duda ha estado usted tan preocupada por las funestas consecuencias de haber introducido en nuestra casa a la esposa de mi hermano Pan, que no se le había ocurrido antes casar a mi primo Xue Ke. A mi juicio, habría que hacerlo cuanto antes. Usted conoce a la dama Xing y la penosa existencia de Xiuyan. Aunque ahora seamos pobres, no me cabe duda de que se sentiría mucho mejor entre nosotras.

—Entonces busca una ocasión propicia para decírselo a la Anciana Dama. Dile que no tengo a nadie en casa, y que deseo fijar la fecha de la boda.

—Lo primero que debe hacer, madre, es discutirlo con Xue Ke, elegir una fecha favorable e informar, luego, a la Anciana Dama y a la dama Xing, y por fin llevar consigo a la recién casada. Así dejaría este asunto solucionado. Aquí, la Anciana Dama también quiere celebrar la boda lo más pronto posible.

—Me acabo de enterar de que también tu prima Shi está a punto de regresar con sus suegros. La Anciana Dama quiere que Baoqin se quede con ella unos cuantos días más, así que lo va a hacer. También ella se marchará tarde o temprano. Podéis aprovechar esta oportunidad para charlar entre hermanas.

—Sí, madre, tiene razón.

La dama Xue permaneció allí sentada un rato más, y después se marchó a su casa.

Pero volvamos a Baoyu, quien, al regresar aquella noche a sus aposentos, se dio a reflexionar sobre la experiencia de la noche anterior: «Puede que Daiyu no acudiera anoche a mi sueño porque, en efecto, soy un patán indigno de recibir la visita de una inmortal; pero puede también que me haya precipitado…». Entonces tuvo una idea. Le dijo a Baochai:

—Anoche me quedé dormido en el cuarto exterior sin darme cuenta, pero el caso es que he descansado tan profundamente que esta mañana me he despertado con el corazón limpió y sosegado. Me gustaría dormir allí unas cuantas noches más, pero temo que queráis impedírmelo.

Por el poema que le había oído recitar, Baochai sabía que Baoyu estaba pensando en Daiyu y que no habría manera de hacerle entrar en razón, de manera que bien podría complacer su deseo hasta que él mismo se desengañara… además, ella misma había escuchado su respiración rítmica la noche anterior y, en efecto, había dormido profundamente. Dijo:

—Puedes dormir donde te apetezca, ¿por qué habríamos de impedírtelo? Sólo una cosa: no des rienda suelta a tu melancolía, ni hagas nada que atraiga hacia ti a espíritus malignos del exterior.

—¿Pero quién piensa en la melancolía? —dijo él riendo.

—Señor Bao —intervino Xiren—, siga usted mi consejo y duerma dentro. Fuera no estará bien atendido y podría acatarrarse.

Antes de que Baoyu pudiera replicar, Baochai hizo un guiño a Xiren, que continuó:

—Bueno… Pero por lo menos que alguien se quede haciéndole compañía, sirviéndole agua o té durante la noche.

—Siendo así, quédate tú conmigo —dijo él con una sonrisa.

Xiren enrojeció de vergüenza ante la insinuación. Como sabía lo formal y ponderada que era la muchacha, Baochai propuso:

—Ella está acostumbrada a quedarse conmigo; lo mejor es que siga haciéndolo. Además, está cansada después de haberme servido a saltos de aquí para allá durante todo el día y necesita descansar. Que se queden contigo Sheyue y Wuer.

Baoyu salió de allí riendo. Baochai ordenó a Sheyue y Wuer que dispusieran la cama de Baoyu en el cuarto de fuera, y que durmieran con sueño ligero y no descuidaran cualquier petición de agua o té que les hiciera su señor.

Asintieron ellas, y al salir encontraron a Baoyu sentado muy formal sobre el kang, con los ojos cerrados, como si de un monje se tratara. No se atrevieron a hablar, y estuvieron contemplándolo divertidas.

También a Xiren, que había sido enviada por Baochai para cerciorarse de que todo se cumplía como ella había ordenado, le divirtió la escena.

—Es hora de dormir —susurró a Baoyu—. ¿Por qué sigue ahí sentado?

Baoyu abrió lentamente los ojos, y al ver de quién se trataba respondió:

—Marchaos a descansar. Yo me quedaré aquí un rato sentado antes de dormir.

—Su comportamiento de ayer hizo que la señora pasara la noche en vela, ¿piensa repetirlo hoy?

Él comprendió que ninguna se iría a dormir mientras él permaneciese en vela, así que optó por echarse. Xiren dio un par de órdenes más a las doncellas y luego entró, cerró la puerta y se retiró para pasar la noche.

También Sheyue y Wuer tendieron sus edredones, y cuando vieron a Baoyu echado se fueron a dormir. Pero cuanto más intentaba Baoyu conciliar el sueño, más le huía éste. Al verlas extendiendo sus edredones recordó de pronto aquel año en que Xiren no estaba en casa y lo atendían Qingwen y Sheyue. Sheyue había salido a tomar el fresco de la noche y, para asustarla, Qingwen había salido con tan poca ropa que se resfrió. De eso murió. Al recordarlo, le vino a la cabeza la imagen de Qingwen. Después recordó a Xifeng diciendo cuánto se parecía Wuer a Qingwen y cómo él había mudado entonces su afecto por Qingwen hacia Wuer. Mientras fingía dormir, con los ojos entornados, miró a Wuer y le pareció, en efecto, cada vez más parecida a Qingwen. Y entonces se despertó en él la estúpida pulsión sensual. Ya no llegaban ruidos del cuarto interior, y supo que sus ocupantes dormían. Vio que Sheyue también dormía y, aun así, la llamó un par de veces, pero no recibió respuesta.

Al oírlo, Wuer dijo:

—¿Desea algo, señor Bao?

—Quiero enjuagarme la boca.

Como vio a Sheyue profundamente dormida, Wuer se vio obligada a levantarse. Después de cortar la mecha de la vela, le sirvió el té mientras con la otra mano sostenía una escupidera. Como se había levantado con tanto apresuramiento, sólo llevaba sobre el pantalón, una camisola de seda rojo durazno, y el pelo sujeto con un lazo flojo. Para Baoyu fue como si Qingwen hubiera resucitado. De repente le vinieron a la cabeza las palabras que le había dirigido la doncella en aquella ocasión: «Si hubiera sabido que tendría esta mala reputación tan gratuitamente adquirida, habría actuado de otra manera». Y miró a Wuer con un gesto de estupidez, con los ojos abiertos de par en par, sin aceptarle la taza.

Ahora bien, ocurre que después de que Fangguan fuera despedida, Wuer había perdido toda intención de servir en la casa de los Jia; sin embargo, cuando supo que Xifeng la destinaba al servicio de Baoyu, su vehemencia fue aún mayor que la del propio joven. A su llegada, vio a Baochai y Xiren que actuaban con dignidad y prudencia, lo que le inspiró respeto y admiración. Además, encontró a Baoyu trastornado y menos apuesto que antaño; por otra parte, había oído decir que la dama Wang había despedido a algunas doncellas por tontear con el muchacho, todo lo cual guardaba en su memoria apartando sus íntimas aspiraciones.

Pero aquella noche, el atolondrado Baoyu la estaba confundiendo con Qingwen y se sentía fuertemente atraído por ella. Wuer se sonrojó violentamente. Sin atreverse a levantar la voz, dijo:

—Señor Bao, enjuáguese la boca.

Él, absorto como estaba, tomó la taza de té con una sonrisa, pero olvidó llevársela a los labios.

—La hermana Qingwen y tú os llevabais bien, ¿verdad? —dijo.

Perpleja, ella le respondió:

—Todas éramos como hermanas, nos llevábamos bien entre todas.

—¿Y no estabas tú presente cuando ella agonizaba y yo fui a visitarla? —preguntó Baoyu en un susurro.

Ella asintió con un gesto de cabeza mientras sonreía.

—¿Oíste lo que dijo?

—No.

Ajeno a todo, él le tomó una mano. Wuer se sonrojó otra vez, y el corazón empezó a latirle con golpes secos y fuertes.

—Señor Bao —susurró ella—, diga lo que tenga que decir, pero deje las manos quietas.

Entonces él soltó su mano y pronunció estas palabras:

—Ella me dijo: «Si hubiera sabido que tendría esta mala reputación tan gratuitamente adquirida, habría actuado de otra manera». ¿Cómo es que no lo oíste?

Wuer tenía la vaga impresión de que Baoyu se le estaba insinuando, pero no se atrevía a responder.

—Eso es una vergüenza —dijo—. ¿Cómo puede hablar así una muchacha?

Aquello enfureció a Baoyu:

—¿Tú también eres una moralista? Si te confío este secreto es porque tú eres idéntica a ella. ¿Por qué la insultas?

Wuer, desconcertada, replicó:

—Ya es tarde. Será mejor que se duerma, señor Bao. Si sigue sentado podría acatarrarse. ¿No fue eso lo que le dijeron la señora Bao y la hermana Xiren?

—No tengo frío —respondió él rápidamente, y de pronto cayó en la cuenta de que era la muchacha la que no iba muy abrigada, y temió que se enfriara como Qingwen—. ¿Por qué no te pusiste algo para traerme el té?

—Parecía usted muy apurado y no me dio tiempo a ponerme más ropa. Si llego a saber que me tendría aquí hablando tanto tiempo me habría abrigado mejor.

Inmediatamente, Baoyu le ofreció la chaqueta acolchada de seda blanco de luna que yacía sobre su edredón, y le pidió que se la pusiera. Ella se sentó diciendo:

—Póngasela usted, señor Bao. No tengo frío. Además, tengo mi propia ropa. —Y volviendo a su lecho se puso una bata larga, comprobó que Sheyue seguía profundamente dormida y acto seguido volvió con pasos discretos y preguntó:

—¿No quiere alimentar su espíritu esta noche, señor Bao?

—¿Qué significa «alimentar mi espíritu»? —respondió él con una sonrisa—. A decir verdad, espero encontrarme con una inmortal.

—¿Encontrarse con una inmortal? —preguntó ella, perpleja.

—Es una larga historia. Siéntate a mi lado y te la contaré, si quieres.

—¿Cómo voy a sentarme si está usted recostado? —dijo ella, sonriendo ruborizada.

—¿Y por qué no? El año en que Qingwen gastó aquella broma a Sheyue hacía mucho frío, y yo, por temor a que cayera enferma, la arropé bajo mi edredón. ¿Qué más da? Es de hipócritas tanta mojigatería.

Wuer seguía teniendo la impresión de que Baoyu coqueteaba con ella. No sabía la pobre muchacha que aquel enloquecido señor suyo le estaba hablando desde el corazón. No sabía qué hacer, si irse o quedarse, si permanecer de pie o sentarse…

—No diga esas tonterías —dijo juguetona—. Imagine que alguien nos oyera. ¡Con razón dice la gente que desperdicia todo su tiempo con muchachas! Tiene usted a la señora Bao y a la hermana Xiren, que son tan bellas como inmortales, e insiste en coquetear con otras. Si me sigue hablando así, mañana se lo diré a la señora. ¿Con qué cara la va a mirar?

En ese momento les sorprendió el ruido de un golpe que venía de fuera. A continuación se escuchó la tos de Baochai en el cuarto interior. Al advertir aquella señal, Baoyu frunció los labios y Wuer apagó la luz y regresó a su lecho de puntillas. En realidad, el insomnio de la noche anterior y el cansancio acumulado durante todo el día habían hecho que tanto Baochai como Xiren durmieran mientras se desarrollaba aquella conversación.

Despertaron sobresaltadas por el ruido procedente del patio y escucharon con atención, pero no pudieron oír nada. Metido en su cama, Baoyu se preguntó: «Quizás ha venido la prima Lin y al oír lo que decía ha decidido darme un susto». Dando vueltas en la cama se dejó ganar por tontas alucinaciones, y sólo al alba lo ganó un sueño confuso.

Dado que Baoyu había pasado con ella la mitad de la noche, hasta que Baochai tosió, Wuer tenía mala conciencia y ya no pudo dormir, temerosa de que a su señora hubieran llegado las palabras que ambos habían pronunciado. Cuando se levantó, al alba, se puso a arreglar el cuarto aprovechando que Baoyu seguía profundamente dormido.

—¿Por qué te levantas tan temprano? —preguntó Sheyue—. ¿Acaso no pudiste dormir anoche?

Esas palabras hicieron sospechar a Wuer que Sheyue estaba al cabo de lo que había ocurrido, y sonrió azorada sin responder. En ésas estaban cuando se levantaron también Baochai y Xiren, quienes, al abrir la puerta y ver a Baoyu tan dormido, se preguntaron cómo habría logrado conciliar un sueño tan profundo durante esas dos noches que había pasado fuera.

Por fin abrió Baoyu los ojos, y las encontró a todas ya levantadas; se sentó inmediatamente, frotándose los ojos y tratando de recordar. No, tampoco había sido un sueño lo ocurrido esa noche. Así que, definitivamente, era cierto aquello de que «nunca se cruzan los destinos de mortales e inmortales». Mientras salía lentamente del lecho, recordó el comentario de Wuer, cuándo dijo que Baochai y Xiren eran como inmortales. ¡Realmente era cierto! Miró a Baochai, arrobado. Ella pensó, por la cara del muchacho mientras la miraba, que era en Daiyu en quien estaba pensando, pero fue incapaz de columbrar si había soñado o no con ella. Incómoda por la fijeza de su mirada, preguntó:

—¿Encontraste una inmortal anoche?

Baoyu sospechó, ante aquella pregunta, que Baochai había oído la conversación con Wuer, y contestó balbuceante:

—¿Qué dices?

Wuer, por su parte, estaba aún más intranquila. Como era incapaz de hablar, aguardó a ver qué hacía Baochai.

—¿Escuchaste anoche al señor Bao hablando con alguien en sueños? —le preguntó Baochai con una sonrisa, obligando a Baoyu a batirse en incómoda retirada.

Con el rostro enrojecido, masculló Wuer:

—Algo dijo al principio de la noche, sí, pero no lo oí con claridad; algo sobre «una mala reputación» y «habría actuado de otra manera». No entendí nada y aconsejé al señor Bao que se durmiera, y después me quedé yo misma dormida y ya no sé si continuó hablando o no.

Con la cabeza inclinada, Baochai pensó: «Obviamente estuvo pensando en Daiyu. Si le seguimos permitiendo dormir afuera, acabará todavía más trastornado y puede que poseído por algún hada floral o un espíritu de la luna. Además, su enfermedad vino a consecuencia de sus fuertes sentimientos hacia ella. He de encontrar alguna manera de desviar su afecto hacia mí para que pueda librarse de ese mal». Su propia reflexión la hizo enrojecer hasta las orejas, y entró tímidamente en su cuarto a arreglarse el pelo.

La mejoría de ánimo de la Anciana Dama en los últimos dos días le había hecho comer en demasía, de manera que aquella noche se sintió indispuesta. A la mañana siguiente sintió una opresión en el pecho, pero no permitió que Yuanyang informara de aquello a Jia Zheng.

—Estos últimos días he comido demasiado —dijo—. Evitar una comida me habría hecho bien. No hagas un escándalo de esto. —Y Yuanyang y las demás callaron.

Aquella noche, Baoyu fue a la habitación interior y se encontró con Baochai, que venía de presentar sus respetos a la Anciana Dama y a la dama Wang. Al verla recordó sus comentarios de la mañana, y se sintió muy avergonzado. Baochai, a su vez, se dio cuenta de su turbación, y pensó: «Un hombre enfermo de amor, sólo con amor puede curarse».

—Esta noche dormirás fuera otra vez, ¿no? —le preguntó.

—Afuera o adentro, es lo mismo para mí —replicó él indiferente.

Ella quiso decir algo más, pero se sintió incómoda.

—¿Y qué quiere decir con eso? —preguntó Xiren—. Yo no creo que haya dormido fuera tan bien como dice.

Wuer aprovechó la oportunidad para añadir:

—Cuando el señor Bao duerme fuera, el único problema es que habla en sueños y dice cosas que no podemos comprender, y no sabemos qué decirle.

—Esta noche seré yo quien se lleve la cama fuera, a ver si yo también hablo en sueños —dijo Xiren—. Vosotras dos llevaos adentro la ropa de cama del señor Bao.

Baochai no dijo nada. Baoyu, demasiado avergonzado para resistirse o discutir, dejó que trasladasen sus cosas.

Ahora bien, en su arrepentimiento Baoyu quiso tranquilizar a Baochai, y ella, temerosa de que la ansiedad volviera a hacer estragos en él, consideró conveniente ganárselo mediante el afecto, aplicando la táctica de «injertar flores en otro tronco». Así que aquella noche Xiren se mudó afuera. Baoyu se sentía avergonzado y arrepentido, Baochai pensaba en conquistar y aliviar su corazón. Y desde que ella entrara en aquella casa, por primera vez se sintieron como peces que encuentran el agua, la ternura y el amor se entrelazaron y la «pura esencia del yin y el yang y los cinco elementos se fundieron en maravillosa armonía»[2]. Pero de esto hablaremos después.

Al día siguiente, marido y mujer se despertaron el uno junto al otro. Después de vestirse, Baoyu acudió a presentar sus respetos a su abuela. Como ésta quería tanto a Baoyu y a la vez consideraba a Baochai un dechado de virtudes filiales, se le ocurrió de pronto que Yuanyang abriera un arcón y extrajera de su interior un jade de la dinastía Han, que había recibido en herencia. Aunque menos precioso que el jade de Baoyu, no dejaba de ser un adorno extraordinario.

Yuanyang encontró el jade, y al entregarlo comentó:

—No recuerdo haberlo visto antes. ¡Es sorprendente que después de tantos años usted recuerde el arcón exacto y la caja precisa en donde estaba! Busqué justo donde me dijo y lo encontré enseguida. ¿Pero para qué lo quiere, señora?

—¡Qué sabrás tú! Este jade se lo dio mi bisabuelo a mi abuelo. Como yo fui la preferida de mi abuelo, poco antes de casarme me llamó a su presencia y me entregó en mano esta joya diciendo: «Este pendiente de jade es de la dinastía Han; es muy valioso. Consérvalo para que no me olvides». Yo era muy joven; lo tomé y lo dejé en el estuche sin darle más importancia. Cuando vine a esta casa y vi la cantidad de objetos preciosos que había, seguí pensando que el mío no era nada especial y nunca lo saqué. Así que allí ha estado durante más de sesenta años. Ahora que comprendo hasta qué punto Baoyu me ha sido devoto, y cómo ha extraviado su propio jade, he decidido sacar éste y entregárselo, igual que mi abuelo hizo conmigo.

En ese momento llegó Baoyu a saludarla. La Anciana Dama dijo alegremente:

—Ven aquí, tengo algo que enseñarte.

Él se acercó hasta el lecho y la anciana le hizo entrega de aquel jade de Han. Un cuidadoso examen reveló que medía unas tres pulgadas por tres. Tenía forma de melón, era levemente rosado y estaba extraordinariamente bien tallado. Baoyu se deshizo en elogios.

—¿Te gusta? —preguntó la Anciana Dama—. Me lo dio mi abuelo, igual que ahora te lo estoy dando yo a ti.

Baoyu sonrió e hizo una reverencia de agradecimiento, luego expresó su deseo de enseñar el jade a su madre.

—Si tu madre lo ve —dijo la Anciana Dama—, se lo dirá a tu padre, ¡y dirán que amo más a mi nieto que a mi propio hijo! Ellos ni siquiera saben que este jade existe.

Baoyu partió lleno de júbilo, dejando que Baochai y las demás hablaran un poco más antes de despedirse.

Después de eso, la Anciana Dama ayunó durante dos días; la congestión de su pecho persistió, empero, así como los mareos y los ataques de tos. Cuando llegaron a presentar sus respetos la dama Xing, la dama Wang y Xifeng, aunque la vieron con bastante buen ánimo, le notificaron a Jia Zheng la indisposición de su madre, y éste acudió inmediatamente. Al marcharse, envió a un médico que le tomó los pulsos. Dijo el médico:

—Es una persona de edad que, al ayunar, ha provocado el agravamiento de un resfriado. Estos remedios le regularizarán la digestión y expulsaran el frío y se sentirá mucho mejor.

Escribió una receta. Jia Zheng advirtió que los ingredientes eran productos corrientes y ordenó que los sirvientes se los preparasen a su madre. Él mismo apareció por allí cada mañana y cada tarde para interesarse por su salud. Después de tres días sin que la anciana experimentase mejoría, pidió a Jia Lian que encontrase urgentemente otro médico.

—Me parece que los médicos que nos atienden habitualmente no son muy buenos —explicó—. Busca a otro.

Tras pensar un rato, Jia Lian dijo:

—Recuerdo que aquel año en que enfermó el primo Bao trajimos para curarlo a uno que no era profesional. Podríamos llamarlo a él.

—La medicina es un arte abstruso, y a menudo ocurre que los menos celebrados son los mejores médicos —coincidió Jia Zheng—. Hazlo venir.

Asintió Jia Lian y partió. Regresó al rato para informar:

—Ese doctor Liu ha dejado la ciudad para irse a enseñar. Sólo regresa cada diez días. Como no podemos esperar he invitado a venir a otro, que ya debería estar aquí.

Tuvieron que esperar la llegada del médico. Las damas, que hacían visitas diarias para interesarse por la salud de la Anciana Dama, estaban allí reunidas cuando entró la vieja encargada de la puerta lateral del jardín, que anunció:

—La hermana Miaoyu, del convento del Enrejado Verde, se ha enterado de la enfermedad de la Anciana Dama y viene a presentar sus respetos.

—Ella no suele venir; lo ha hecho expresamente por la enfermedad de la Anciana Dama —dijeron—. Rápido, hacedla pasar.

Xifeng se acercó al lecho de la Anciana Dama para advertirla de la llegada de Miaoyu, mientras Xiuyan, vieja amiga de Miaoyu, salía a darle la bienvenida. Miaoyu llevaba una toca de monja, una larga túnica sobria de seda gris, bajo un chaleco de cuadros con bordes de seda oscura, una bolsita de seda amarilla y una falda blanca con diseños oscuros. Entró llena de gracia, con un cepillo y un rosario en las manos, seguida de una doncella.

Después de saludarla, Xiuyan dijo:

—Cuando vivía en el jardín podía ir a verte a menudo, pero ahora queda muy poca gente y no me resulta fácil ir sola; además, la puerta lateral suele estar cerrada con llave. Por eso no he ido a verte últimamente. ¡Estoy tan contenta de que hayas venido!

—Antes, en los viejos tiempos, todos estabais siempre jugando y divirtiéndoos, y a mí, que vivía fuera del jardín, me parecía inconveniente visitaros demasiado a menudo —respondió Miaoyu—. Pero me he enterado de que recientemente a tu familia no le han ido bien las cosas y que la Anciana Dama está enferma. Además, te echaba de menos y quería ver a la señorita Baochai. ¿Qué más me da si echan la llave o no? Yo entro y salgo a voluntad. Si no hubiera querido venir, nadie me habría podido obligar, ni aunque lo hubieran intentado.

—Veo que no has cambiado nada —dijo Xiuyan riendo.

Y así, charlando, entraron en la alcoba de la Anciana Dama. Cuando todos hubieron saludado a Miaoyu, ésta se acercó al lecho de la anciana para preguntar por su salud e intercambiar cortesías.

—Tú tienes la esencia de Buda, dime si superaré o no esta dolencia —inquirió la dueña de la mansión Jia.

—Una anciana dama bondadosa como usted vivirá hasta una edad muy avanzada —le aseguró Miaoyu—. Sólo está un poco resfriada y unas cuantas dosis de medicina le harán recuperar la salud. Los ancianos no deberían preocuparse.

—No soy de las que se preocupan fácilmente —respondió la Anciana Dama—. Siempre intento divertirme y ver la cara amable de las cosas. Y la verdad es que no me siento muy mal, sólo me molesta cierta opresión en el pecho. Hace un rato me dijo el médico que eso se debía al enojo, pero ya sabes tú que a mí nadie se atreve a contrariarme. Me parece que no es muy bueno diagnosticando, ¿no crees? Como le dije a Lian, el primer médico tuvo razón al diagnosticar un enfriamiento y una indigestión. Mañana le haremos venir otra vez. —Y pidió a Yuanyang que ordenara a la cocina preparar unos platos vegetarianos para Miaoyu.

—Ya he almorzado —dijo la monja—. No deseo comer nada.

—De acuerdo —contestó la dama Wang—, pero quédate un ratito más para conversar.

—Así lo haré, hace tanto tiempo que no las veía que me apetecía mucho hacerlo.

Hablaron un rato, hasta que Miaoyu se incorporó para retirarse. Al volverse vio a Xichun y le preguntó:

—¿Por qué estás tan delgada, cuarta hermana? ¡No dejes que te agote tu amor a la pintura!

—¡Hace muchísimo que no pinto! —le dijo Xichun—. No me apetece nada, porque el sitio donde vivo ahora no tiene la luz que tenían mis habitaciones del jardín.

—¿Dónde vives ahora?

—En el lado este, cerca de esa puerta por donde entraste. Si quieres venir, está muy cerca.

—Te visitaré cuando esté de ánimo —le prometió Miaoyu.

Entonces Xichun y las demás la acompañaron afuera. Al volver, oyeron que había llegado el médico y se desperdigaron.

La enfermedad de la Anciana Dama iba agravándose día a día, sin que hubiera un remedio efectivo. Luego sufrió una diarrea. A Jia Zheng le preocupó la posibilidad de que ya no se recuperara, y pidió permiso en su oficina con el fin de poder dedicarse, junto a su esposa, a cuidar día y noche a la anciana. Uno de esos días ella tomó un poco de alimento, y ya se sentían aliviados cuando vieron a una vieja fisgoneando en la puerta del cuarto. Enviada por la dama Wang, Caiyun se acercó a ver quién era y reconoció a una de las criadas que habían acompañado a Yingchun a casa de la familia Sun.

—¿Qué te trae por aquí? —le preguntó.

—Hace un rato que espero, pero no encontré a nadie, y tampoco me atrevía a irrumpir. ¡Estaba muy nerviosa!

—¿Por qué? ¿Acaso el señor Sun ha maltratado otra vez a nuestra joven dama?

—¡Mi joven señora está muy mal! Anteayer tuvieron una pelea y se pasó la noche llorando. Ayer se ahogaba, con la garganta atorada por las flemas, pero no quisieron llamar a un médico. Hoy ha empeorado.

—¡No grites tanto! La Anciana Dama está muy enferma.

La dama Wang había escuchado la conversación desde el interior. Temerosa de que aquella mala noticia indispusiera aún más a la Anciana Dama, ordenó a Caiyun que se llevara a la mujer, sin saber que la anciana, despierta, lo había oído todo desde el lecho.

—¿Yingchun se está muriendo? —preguntó.

—No, señora —contestó la dama Wang—. Ya sabe que las criadas no distinguen la gravedad de una leve indisposición. Lo que dice es que Yingchun no se ha sentido bien estos últimos días y que tardará unos días en reponerse. Quieren que consigamos un médico para ella.

—Mi médico es bueno. Que lo manden allí inmediatamente.

La dama Wang le dijo a Caiyun que enviara a la mujer a informar a la dama Xing de lo sucedido.

Cuando la mujer hubo partido, la Anciana Dama se lamentó:

—De mis tres nietas, una murió después de disfrutar de buena fortuna; la tercera se ha casado tan lejos de mí que ya nunca volveré a verla, ¡y aunque Yingchun ha tenido dificultades, siempre pensé que se sobrepondría a ellas, no que moriría tan joven! ¿Para qué quiere seguir viviendo una vieja como yo?

La dama Wang, Yuanyang y el resto se esmeraron en consolarla. En ese momento no estaban presentes Baochai ni Li Wan, y Xifeng hacía poco tiempo que había recaído en su enfermedad. La dama Wang las mandó llamar para que acompañasen a la Anciana Dama, pues temía que el dolor le agravara la dolencia. De regreso a sus aposentos, mandó llamar a Caiyun.

—¡Qué mujer más idiota! —le dijo—. La próxima vez, cuando esté con la Anciana Dama no entréis en ningún caso. —Y las doncellas asintieron.

Cuando la criada estaba llegando a los aposentos de la dama Xing, llegó la noticia de que Yingchun había muerto. La dama Xing se echó a llorar. En ausencia de Jia She, tuvo que despachar a Jia Lian para que fuera a informarse de todo. Como la Anciana Dama estaba tan enferma, nadie se atrevió a darle la noticia. ¡Ay, pobre muchacha, bella como la luna o una flor, conducida hasta la muerte por la familia Sun, a poco más de un año de su casamiento! La enfermedad de la Anciana Dama se agravaba, y nadie se atrevió a dejarla sola, por lo cual tuvieron que permitir que la familia Sun encargase un funeral indigno.

Día a día empeoraba su estado, y la Anciana Dama ansiaba ver a sus nietas y sobrinas. Sus pensamientos se volvieron hacia Xiangyun, y la mandó llamar. A su vuelta, la criada entró sigilosamente en busca de Yuanyang, pero no pudo acceder a los aposentos de la Anciana Dama, donde Yuanyang estaba con la dama Wang y otras. Entonces fue hacia la parte trasera, donde encontró a Hupo.

—La Anciana Dama quería ver a la señorita Shi y nos mandó pedirle que viniera —le dijo—, pero la encontramos llorando a mares, pues su esposo está gravemente enfermo y dicen los médicos que no se repondrá; sí el mal se convierte en tuberculosis puede que aguante cuatro o cinco años más. La señorita Shi está muy preocupada. Sabe que la Anciana Dama está enferma, pero no puede venir. Además me ordenó que no dijera nada a su tía abuela, y espera que si ella pregunta, ustedes sabrán dar una excusa apropiada.

Hupo soltó una exclamación de dolor, pero no contestó. Después de un rato le dijo a la otra que partiera. Como no quería informar de aquello, decidió contárselo a Yuanyang y decirle que inventara alguna mentira. Entonces se dirigió al lecho de la Anciana Dama y la encontró en estado crítico. Como todos los que estaban a su alrededor murmuraban que ya no quedaban esperanzas, Hupo no se atrevió a decir nada.

Jia Zheng llevó discretamente a Jia Lian aparte y le susurró unas instrucciones a las que el otro asintió suavemente. Desde allí partió a reunir a todos los mayordomos de la casa.

—La Anciana Dama se aleja de nosotros con mucha rapidez —dijo—. Deben hacer inmediatamente todos los preparativos necesarios. En primer lugar saquen el ataúd y háganlo forrar. Luego tomen las medidas de toda la gente de la casa y que los sastres les hagan ropa de luto. También debe arreglarse lo del cortejo fúnebre, y harán falta más manos que ayuden en la cocina.

Dijo Lai Da:

—No se preocupe, segundo señor. Ya lo había preparado todo. Pero ¿de dónde saldrá el dinero?

—No hay que preocuparse por el dinero —replicó Jia Lian—. La Anciana Dama dejó todo dispuesto hace tiempo. El señor dice que si se prepara todo bien, la ceremonia, sin duda, será espléndida.

Los mayordomos asintieron y partieron a atender esos asuntos; él regresó a sus propios aposentos.

—¿Cómo está hoy tu señora? —preguntó a Pinger, que hizo un gesto con los labios en dirección al cuarto interior.

—Vaya usted a verla.

Así lo hizo, y encontró a Xifeng exhausta por el esfuerzo de intentar vestirse, apoyada contra una mesita sobre el kang.

—Me temo que no vas a poder descansar ahora —le dijo él—. La Anciana Dama nos dejará a mucho tardar mañana, y tú no puedes quedar al margen. Date prisa y busca a alguien que despeje este lugar, y haz el esfuerzo de llegar hasta allí. Si sucede lo peor, no podremos regresar hoy aquí.

—¿Despejar este lugar? Sólo nos quedan estas cuantas cosas, ¿qué más da? Anda tú delante, el señor puede necesitarte. Yo iré cuando rae haya cambiado de ropa.

Jia Lian echó a andar en dirección a los aposentos de la Anciana Dama y le dijo a Jia Zheng en un susurro que todo estaba preparado. Jia Zheng asintió con un gesto de cabeza. Entonces fue anunciada la llegada del médico. Jia Lian lo hizo pasar para que tomara el pulso a la Anciana Dama. Después de un rato, el médico se retiró y le dijo en voz baja a Jia Lian:

—El pulso de Su Señoría está muy mal. Váyanse preparando…

Jia Lian comprendió y transmitió el mensaje a la dama Wang, quien a su vez hizo una seña a Yuanyang; cuando ésta llegó la envió a preparar la mortaja que llevaría la Anciana Dama. En ese momento la anciana abrió los ojos y pidió un poco de té. La dama Xing le dio una taza de caldo de ginseng, pero tras probarlo, ella dijo:

—No. Quiero una taza de té.

Obligados a obedecerla, se lo trajeron inmediatamente. Ella bebió dos sorbos y dijo:

—Quiero sentarme.

—Díganos cualquier cosa que necesite —le pidió Jia Zheng—. No hay necesidad de que se siente.

—Después de haber dado un traguito me siento mejor —murmuró ella—. Apoyadme sobre la almohada para que os pueda hablar.

Zhenzhu la incorporó suavemente, y todos constataron que tenía mejor aspecto. Para saber si vivió o murió, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO CX

Consumidos sus días, la dama Shi regresa

con los espíritus de la tierra[1].

Con sus fuerzas agotadas, Wang Xifeng

pierde la confianza de los demás.

Incorporándose trabajosamente en el lecho, la Anciana Dama declaró: «Hace ya más de sesenta años que llegué a vuestra familia. Casi desde niña he disfrutado aquí todo tipo de venturas. Empezando por la generación de vuestro padre, todos mis hijos y nietos son ejemplo de bondad y virtudes; y Baoyu, a quien he querido tanto…». —En ese momento se interrumpió mirando a su alrededor. La dama Wang empujó a Baoyu hasta el lecho de la anciana y ésta, asomando una mano por debajo de las mantas, asió una mano del muchacho.

—¡Nieto mío, has de esforzarte por honrar mi sangre! —le dijo.

—Sí, señora —balbuceó Baoyu. Sintió una punzada en el pecho y las lágrimas quisieron brotar con fuerza, pero contuvo los sollozos y se quedó allí, inmóvil, escuchando a la Anciana Dama.

—Me sentiría más tranquila si pudiera ver a otro bisnieto… ¿Dónde está mi pequeño Lan? —continuó ella.

A su vez, Li Wan empujó a su hijo hasta el lecho, y la Anciana Dama soltó la mano de Baoyu para tomar la de Lan y aconsejarle:

—Debes ser un hijo piadoso. ¡Que tu madre se sienta orgullosa de ti cuando te hagas mayor!… ¿Dónde está Xifeng?

—Aquí estoy. —Xifeng, que se encontraba de pie cerca del lecho, dio un paso adelante.

—Eres demasiada inteligente, hija mía; en el futuro deberías hacer algunas obras piadosas. Yo no he hecho muchas a lo largo de mi vida, ésa es la verdad, pero me he esforzado en guardar mi corazón siempre honesto y he soportado los reveses de la vida. Nunca he practicado mucho el régimen vegetariano ni he rezado bastante, y mi único mérito fue mandar hacer esas copias del Sutra del Diamante. ¿Han sido distribuidas?

—Aún no —respondió Xifeng.

—Entonces apresúrate y haz que se distribuyan todas. El señor mayor y Zhen están fuera, es normal que no los vea, pero esa detestable Xiangyun, que no tiene corazón, ¿por qué no ha venido todavía a verme?

Yuanyang y aquellos que conocían el motivo de la ausencia de Xiangyun no dijeron nada. A continuación la Anciana Dama miró fijamente a Baochai y lanzó un profundo suspiro al tiempo que el rostro, congestionado, se le enrojecía. En esa señal vio Jia Zheng el último momento de lucidez, y, tomando una taza de caldo de ginseng, la acercó a los labios de su madre moribunda. Pero la anciana ya tenía la mandíbula rígida y había cerrado los ojos. Haciendo un gran esfuerzo, volvió a abrirlos y paseó una mirada agónica por el que había sido su pequeño mundo. La dama Wang y Baochai, adelantándose, la sostuvieron suavemente, mientras la dama Xing y Xifeng empezaban a vestirla con los ropajes mortuorios. Unas criadas ya habían dispuesto el féretro, y lo habían revestido con ropa de cama. En ese momento se oyó una especie de carraspeo en la garganta de la moribunda, y su rostro mudó en una sonrisa. Y así partió, a la edad de ochenta y tres años.

Las mujeres allí presentes se apresuraron a tenderla sobre el féretro. En el cuarto exterior, Jia Zheng y los demás hombres se arrodillaron, y la dama Xing y el resto de las damas hicieron lo mismo en el cuarto interior. Y todos, a la vez, empezaron a plañir. Afuera todo estaba a punto y los mayordomos sólo esperaban una señal indicándoles el óbito de la Anciana Dama. Apenas se produjo, todas las puertas de la mansión Rong fueron abiertas de par en par y cubiertas con papel blanco. Frente a la puerta principal se erigió un pabellón mortuorio y todos, familiares y sirvientes, se ataviaron de blanco de los pies a la cabeza.

Jia Zheng informó a la corte de la defunción de su madre y solicitó permiso para ausentarse temporalmente de su gabinete oficial[2]. El Ministerio de Ritos transmitió su solicitud al emperador quien, en su honda compasión y consciente de los logros de los antepasados de la familia Jia, de los servicios prestados por ellos al Estado, y de que la fallecida había sido la abuela de una de sus concubinas, otorgó a Jia Zheng mil taeles de plata y ordenó al ministerio que enviase a alguien que dirigiera los ritos fúnebres. Los lacayos anunciaron la muerte de la Anciana Dama por toda la ciudad y, a pesar del declive de la familia Jia, sus parientes y amigos acudieron en tropel a presentar sus condolencias y participar en los actos funerarios al percatarse del favor concedido por el emperador a Jia Zheng. Se eligió un día favorable para introducir a la fallecida en el ataúd y éste fue expuesto en el pabellón mortuorio.

En ausencia de Jia She, Jia Zheng se convirtió en el jefe de familia. Baoyu, Jia Huan y Jia Lan, como nietos y bisnieto en línea directa de la Anciana Dama, pero aún demasiado jóvenes, hubieron de permanecer de rodillas junto al ataúd. Jia Lian, aunque también era un nieto de la finada, recibió el encargo de asignar las tareas a los sirvientes, asistido por Jia Rong. También fueron invitados algunos parientes para que ayudasen a la familia en el ritual. La dama Xing, la dama Wang, Li Wan, Xifeng y Baochai se lamentaban junto al ataúd. Le hubiera correspondido a la señora You organizar la casa, ya que desde la partida de Jia Zhen había estado viviendo en la mansión Rong, pero ella jamás había demostrado iniciativa alguna ni tenía conocimientos suficientes de la administración doméstica. De más está decir que la nueva esposa de Jia Rong, con la que se había casado después de la muerte de Qin Keqing, era aún más incompetente que la señora You, y que la joven Xichun, a pesar de haber crecido en la mansión Rong, nada sabía de sus asuntos. Ninguna de ellas estaba capacitada para hacerse cargo de la gestión de la casa.

Xifeng era la única capaz de asumir aquella tarea, y de hecho, dado que su esposo había sido encargado del exterior, parecía adecuado que fuese ella quien se hiciese cargo de todo en el interior. Envalentonada por su capacidad y talento, quería llevar a cabo algo grandioso cuando falleciera la Anciana Dama; y, en efecto, la dama Xing y la dama Wang también la consideraban como la persona apropiada, ya que tenía la experiencia de haber gestionado los funerales de Qin Keqing. Por todo ello, Xifeng no dudó ni un instante en aceptar la responsabilidad cuando se lo pidieron.

«Ya he manejado antes esta casa y el personal me respeta y me obedece —pensó—. Los sirvientes de la dama Xing y de la señora You, que solían crear problemas, ya se han ido. Y aunque no hemos utilizado la tarja para retirar dinero del tesoro familiar, aún tenemos bastante en efectivo. Además, el encargado de los asuntos del exterior es mi propio esposo, y aunque mi salud no sea tan buena como antes no creo que las tareas que me han encomendado me agoten. Incluso puede que resulte más sencillo que la otra vez, en la mansión Ning.»

Decidió aguardar un día más, hasta que se hubo cumplido el tercero desde la muerte de la Anciana Dama, para asignar las diversas tareas a la servidumbre. Le dijo a la esposa de Zhou Rui a primera hora de la mañana que anunciara al personal que se disponía a hacerlo, y que le llevara la nómina de sirvientes. Al revisarla encontró listados sólo a veintiún criados y diecinueve mujeres, sin contar a las doncellas de los diversos aposentos. Como eso sumaba un total de apenas cuarenta personas, estaba claro que iba a faltarle gente. «Para el funeral de la Anciana Dama disponemos de menos brazos que para el de Qin Keqing en la mansión del Este», reflexionó. Y eso seguiría siendo así aunque ordenase traer a unos cuantos criados de la granja, En esos cálculos estaba cuando apareció una joven doncella a informar:

—La hermana Yuanyang solicita que acuda usted, señora.

Así lo hizo Xifeng, y encontró a la doncella llorando amargamente. Ésta, apretando la mano de la señora, le dijo en tono lastimero:

—Por favor, señora, siéntese y permítame hacer un koutou frente a usted. ¡Dicen que quienes están de duelo pueden prescindir de las ceremonias, pero yo tengo mis razones para arrodillarme ante usted!

—¿A qué vienen esas cortesías? —exclamó Xifeng, intentando retenerla cuando ella se lanzó al suelo—. Si tienes algo que decirme, dilo ya.

—Todos los arreglos para el funeral de la Anciana Dama, los del interior y los del exterior, están siendo preparados por usted y el señor Lian. El dinero destinado a sus exequias fue guardado por la Anciana Dama, que nunca lo dilapidó; ahora le suplico, señora, que le ofrezca una despedida hermosa y digna. Acabo de escuchar al señor citar a no sé qué clásico que no comprendí, y después dijo algo así como que «en el duelo, el dolor cuenta más que las apariencias»[3]. Le pregunté a la señora Bao el sentido de esa cita y me contestó que la manera más acorde con la piedad filial de llorar a la Anciana Dama sería demostrando nuestro dolor en lugar de derrochar una fortuna haciendo ostentación. Pero a mí me parece que las exequias para alguien como ella deben tener un mínimo de dignidad. Claro que sólo soy una esclava y nada puedo decir, pero la Anciana Dama fue tan buena con usted y conmigo… ¿No se merece que organice su funeral con generosidad, señora? Yo sé que es usted una administradora capaz; por eso le pido que ponga remedio. He servido a la Anciana Dama durante toda mi vida, y seguiré sirviéndola después de muerta; si no la honran con un funeral generoso, ¿con qué cara habré de encontrarme con ella cuando yo también muera?

Perpleja por lo sorprendente de aquellas palabras, Xifeng respondió:

—No te preocupes. No es difícil organizar con dignidad las exequias de la Anciana Dama. Aunque el señor quiere que economicemos, desde luego debemos mantener nuestra dignidad. Y así será, aunque tengamos que gastar todo el dinero que nos queda.

—Las últimas palabras de la Anciana Dama fueron para legar a sus doncellas todo lo que sobrara después de la distribución de sus bienes. Si no tiene bastante, señora, utilice también lo que nos corresponde a nosotras. Diga lo que diga el señor, no puedo ir en contra de los últimos deseos de la Anciana Dama. Además, él estuvo allí y escuchó el reparto que hizo de sus cosas.

—Siempre has sido la muchacha más sensata, ¿por qué ahora te muestras tan nerviosa? —preguntó Xifeng.

—No es que esté nerviosa, pero la señora mayor no se preocupa de las cosas y el señor tiene miedo a parecer ostentoso. Si usted piensa como ellos, que una familia caída en desgracia no puede organizar unos funerales espléndidos porque podría conducir a una nueva confiscación, y sólo se preocupa por eso, no pensarán en la Anciana Dama. Y entonces, ¿qué pasará? Nada de esto me concierne, ¡pero lo que está en juego es la reputación de nuestra familia!

—Comprendo lo que me dices. No te preocupes, yo me encargaré de todo.

Y Yuanyang agradeció vehementemente la bondad de Xifeng, que partió pensando: «¡Qué extraña criatura es esta Yuanyang! Me pregunto qué es lo que tiene en la cabeza. La Anciana Dama se merece unos espléndidos funerales, es verdad, pero en estas circunstancias no podemos pensar sólo en ella. Lo haremos siguiendo la tradición familiar». Y mandó llamar a la esposa de Lai Wang para que pidiera al señor Lian que volviera.

—¿Qué quieres? —preguntó Jia Lian cuando entró, un instante después—. Limítate a que todo vaya bien en el interior. Las decisiones las tomará el segundo señor. A nosotros sólo nos toca hacer lo que se nos diga.

—¿Tú también adoptas esa actitud? —dijo Xifeng—. Al parecer Yuanyang sabía bien lo que decía.

—¿Yuanyang? ¿Qué dijo?

Xifeng le contó cómo la doncella de la Anciana Dama la había llamado y lo que le había dicho.

—Que digan lo que quieran —dijo desdeñosamente Jia Lian—. Hace un momento el segundo señor me mandó llamar para decirme: «Sin duda el funeral de la Anciana Dama debe organizarse con mucha dignidad. Pero bien entendido: que sea con lo que ella había guardado con lo que se sufrague su propio funeral. Quienes no estén al corriente pueden pensar que teníamos dinero escondido y seguimos siendo una familia próspera. Todo ese dinero debe ser gastado en su funeral, ¿quién se atrevería a usarlo de otra forma? La Anciana Dama procede del sur; allí están las tumbas de nuestros antepasados, pero no hay tierra aneja que nos pertenezca ni tampoco villas donde poder retirarse. Cuando sus despojos mortales hayan vuelto al sur, deberemos apartar algo de su dinero para construir una pequeña villa en los terrenos del cementerio ancestral y, si sobrara algo, comprar unas cuantas hectáreas de tierra fértil donde podamos producir el grano para las ofrendas y sacrificios. Quién sabe si un día los miembros de esta familia no deberán trasladarse allí buscando refugio. Entretanto, podríamos ceder el lugar a algunos parientes pobres que, a cambio del alojamiento, se encargarían en los días rituales de mantener encendidas, día y noche, varillas de incienso en homenaje al espíritu de la Anciana Dama, barrerían su tumba y harían regularmente sacrificios en su honor». ¿No te parece ésa una decisión conveniente y juiciosa? ¿O es que según tú habría que gastar todo el dinero en los funerales?

—¿Se ha sacado ya el dinero? —preguntó Xifeng.

—¿Quién ha visto ese dinero? —replicó Jia Lian—. Precisamente acabo de saber que nuestra venerable madre, después de haber oído las palabras del segundo señor, hizo todo lo posible por aconsejar a la dama Wang y a su esposo que lo utilizaran en algo más provechoso. ¿Qué puedo hacer yo? En este preciso momento se me están reclamando varios cientos de taeles para pagar el catafalco y la carroza fúnebre, pero aún no he visto una sola moneda. Cuando he ido a reclamarlo, nuestros venerables señores me han dicho que cuando solucione el trabajo del exterior, se ajustarán las cuentas. Ya ves. Cuando busco a aquellos de nuestros sirvientes que consiguieron guardar algo de dinero a lo largo de estos años, resulta que hace tiempo que se fueron. He hecho el recuento de los que quedan, pero unos han mandado decir que se encuentran enfermos, otros que han emprendido viaje hacia las granjas de nuestro lugar natal, y los que quedan, aunque no puedan ni moverse, lo único que saben hacer es esconder dinero. ¿Cómo quieres que se arriesguen a perderlo?

Xifeng se quedó anonadada con lo que estaba diciéndole Jia Lian.

—Pero entonces, en estas condiciones, ¿qué podemos hacer? —dijo finalmente.

En ese momento entró una doncella.

—Señora —dijo—, esto es lo que manda decirle la primera señora: «Al tercer día de la muerte de la Anciana Dama hay todavía un gran desorden en los aposentos interiores. Si ya se ha hecho la ofrenda de comida en homenaje al espíritu de la muerta, ¿por qué permite que los parientes tengan que esperar la comida? Después de muchas llamadas llegan los platos pero falta el arroz. ¿Qué manera es ésta de manejar los asuntos de la casa?».

Al oír aquello, Xifeng entró corriendo y, a fuerza de gritos e insultos, consiguió disciplinar el servicio de manera que la comida fue finalmente servida. Pero desgraciadamente la afluencia de comensales ese día era más numerosa de lo normal y las criadas de las dos mansiones corrían de un lado a otro con el gesto fruncido, por lo cual Xifeng hubo de quedarse allí un buen rato atendiendo ella misma a la concurrencia. Después se le vinieron a la cabeza todas las tareas que aún le quedaban por distribuir y fue a decirle a la mujer del mayordomo, Lai Wang, que reuniera allí a todas las mujeres disponibles para asignarles, una tras otra, los trabajos que deberían realizar. Todas asintieron, pero ninguna se movía.

—¿Pero no veis lo tarde que es? —exclamó Xifeng—. ¿Qué esperáis para hacer la ofrenda de comida?

—La ofrenda de comida será muy fácil —respondieron las mujeres—. Sólo esperamos que usted nos dé los utensilios que deberemos utilizar.

—¡Idiotas! —gritó Xifeng—. ¿Cuándo os ha faltado el material para que cumpláis las tareas que se os asignan?

Refunfuñando, salieron las comadres. Xifeng se dirigió entonces al aposento principal en busca del material que necesitaba y de las instrucciones que esperaba recibir de las señoras, pero al llegar las vio en medio de tanta gente que le pareció imposible abordarlas. Ya el sol estaba a punto de ponerse cuando echó a andar en busca de Yuanyang y le pidió los objetos para la ofrenda, que, según suponía, estaban almacenados donde la Anciana Dama.

—¿Por qué me pide a mí todas esas cosas, si el señor Lian las empeñó el año pasado? —replicó Yuanyang—. ¿Acaso nunca llegó a desempeñarlas?

—No necesitamos objetos de oro o plata, sino simplemente un servicio ordinario.

—¿No es ese servicio el que compartió la Anciana Dama con la dama Xing y la señora You?

Xifeng comprendió que así era y se encaminó a los aposentos de la dama Wang en busca de Yuchuan y Caiyun. Tras obtener lo que les había pedido, hizo que Caiming preparase inmediatamente un listado de objetos, que a continuación entregó a las criadas.

Xifeng había llegado hasta ella tan nerviosa, y se había retirado con tanta prisa, que Yuanyang no quiso llamarla de vuelta. Se preguntó: «¿Por qué está cometiendo tantas torpezas, cuando solía ser tan buena administradora? Desde hace dos o tres días está completamente atolondrada. ¡La Anciana Dama desperdició todo el amor que puso en ella!».

¿Cómo podía saber ella que la dama Xing, al oír las intenciones de Jia Zheng, y preocupada como estaba por el futuro de la familia, había apartado algo del dinero dejado por la Anciana Dama? Y además, como los funerales de la Anciana Dama debían haber sido supervisados por la rama mayor de la familia, pero Jia She estaba ausente, cada vez que era preciso tomar una decisión el puntilloso Jia Zheng decía:

—Que decida la señora mayor.

La dama Xing siempre había considerado excesivamente dispendiosa a Xifeng, y a Jia Lian poco digno de confianza, y por eso no permitía que el dinero cayese en sus manos. Sin embargo, Yuanyang creía que el dinero de los gastos fúnebres ya había sido entregado, y sospechaba que Xifeng actuaba con torpeza y no se tomaba el asunto en serio. En consecuencia, se desahogaba llorando y lamentándose ante el ataúd de la Anciana Dama.

Cuando la dama Xing escuchó aquellos velados reproches ante el cadáver de la anciana, en lugar de asumir la responsabilidad de no estar facilitando el trabajo de Xifeng, dijo:

—Ciertamente, Xifeng no se está esforzando.

Aquella noche la dama Wang citó a Xifeng y le dijo:

—A pesar de las penurias que está pasando nuestra familia, debemos mantener las apariencias. He advertido que en estos últimos días nuestros huéspedes no han sido bien atendidos, e imagino que se debe a que no has dado instrucciones al respecto. ¡Debes esforzarte un poco más!

Xifeng estaba muda. Quería explicar que no había dinero para afrontar los gastos, pero el dinero era controlado en el exterior, y de lo que la acusaban era de negligencia. No se atrevió a defenderse, y permaneció callada.

La dama Xing arremetió:

—En verdad que somos nosotras, las nueras, y no vosotras, las jóvenes, quienes deberíamos ocuparnos de estos asuntos, pero como no podemos dejar solo el ataúd, lo hemos puesto todo en vuestras manos. No debéis jugar con las tareas que se os encomiendan.

Xifeng se sonrojó, y ya iba a contestar desabridamente cuando afuera arrancó una música. Era la hora de la incineración crepuscular del papel de sacrificio, y como era tiempo de duelo generalizado no pudo decir nada, y cuando después fue a explicarles la situación, la dama Wang le ordenó que fuera a atender los asuntos que le habían sido encomendados.

—Nosotras resistiremos aquí —dijo ella—. Tú dispon los preparativos para mañana.

Entonces Xifeng tuvo que retirarse, sin decir palabra y con su resentimiento reprimido, y reunió a todas las matronas para darles instrucciones.

—¡Apiádense de mí, amitas! —suplicó—. Me han llamado la atención Sus Señorías porque ustedes han hecho quedar en ridículo a nuestra familia. ¡Mañana tienen que esforzarse un poco más!

—Señora, ésta no es la primera vez que usted se ocupa de los asuntos de la casa —le dijeron—. Nosotras no soñaríamos siquiera con desobedecerla, ¡pero esta vez nuestras señoras son excesivamente quisquillosas! Tome como ejemplo el asunto de las comidas: unas quieren comer aquí, otras en sus propios aposentos; cuando traemos a una dama, otra se niega a venir. En esta situación, ¿cómo vamos a dar abasto? Convenza a esas damas, señora, de que no encuentren tantos defectos.

—Las que más problemas originan son las doncellas de la Anciana Dama —dijo Xifeng—, pero las de Sus Señorías también son un grupo difícil. ¿A quién puedo criticar?

—Señora, cuando usted se hizo cargo de la mansión del Este, golpeó y maldijo a quien le vino en gana —le replicaron—. Usted era tan dura que nadie se atrevía a desobedecerla. ¿Es que ya no puede controlar a esas arpías?

Xifeng suspiró:

—Cuando me dieron el trabajo de la mansión del Este, aunque la señora estaba allí, le daba vergüenza meterse en asuntos ajenos. Ahora este asunto concierne a la familia tanto como a nosotros, y todo el mudo opina. Más aún, el dinero del exterior no llega a tiempo. Cuando se precisa algo, por ejemplo, para los cobertizos fúnebres, y lo hacemos traer, y no llega, ¿qué puedo hacer yo?

—¿Pero no está el señor Lian encargado en el exterior? —le replicaron—. ¿No puede encargarse él de esas cosas?

—¡Ya salen con eso! También él está en apuros. En primer lugar, no puede disponer del dinero y tiene que hacer una solicitud para cada compra. No tiene dinero en mano.

—¿No está en sus manos la suma que dejó la Anciana Dama?

—Vayan y pregunten a los mayordomos, ellos les dirán.

—¡Con razón hemos escuchado quejarse a los hombres de afuera!: «¡Tanto ruido y a nosotros no nos toca sino trabajo duro! ¿Cómo esperan que actuemos como un solo hombre?».

—No hablemos más del tema. Concéntrense en las tareas que les han sido encargadas. ¡Una queja más de arriba y tendrán que vérselas conmigo!

—Nadie se atreve a refunfuñar ante cualquier cosa que usted pida, señora; lo que ocurre es que nos resulta realmente difícil complacer a todas, con cada una de las señoras dando una orden diferente.

Sin saber qué hacer, Xifeng les suplicó:

—Mis buenas señoras, ¡ayúdenme mañana! Volveremos a discutir las cosas una vez que yo haya inculcado algo de sensatez a las doncellas de las damas.

Entonces las criadas partieron.

Rumiando la humillación, Xifeng se quedó cavilando cada vez más furiosa hasta el alba, cuando le vinieron ganas de disciplinar a las doncellas de los diversos aposentos, pero temía que eso pudiera ofender a la dama Xing; y no podía quejarse ante la dama Wang, a quien la otra había indispuesto contra ella. Las doncellas habían percibido que Sus Señorías no estaban apoyando a Xifeng, y cada vez se le encaraban más.

Afortunadamente, Pinger intercedió por ella, explicando:

—Claro que la señora Lian quiere hacer las cosas por todo lo alto, pero el señor y Sus Señorías han prohibido cualquier despilfarro, lo cual le impide satisfacer a todos. —E insistiendo en aquel punto logró calmarlas un poco.

Ya tenían a budistas cantando sutras y a taoístas haciendo penitencias, entonando lamentos y sacrificios sin cesar; pero todo era tan sobrio que nadie se exaltaba, y el servicio era negligente. Cada día llegaban nobles damas y concubinas; Xifeng no tenía tiempo para atenderlas, tan ocupada estaba con la supervisión de los sirvientes. Apenas hacía llamar a uno, otro se escabullía. Al comienzo se mostraba furiosa frente a ellos, y luego pasaba a apelar a su bondad; y de esa manera lograba despachar tanda tras tanda de invitados, después de haberlos atendido de cualquier manera. No hace falta decir que a Yuanyang y a las demás todo aquello les parecía lamentable, y hasta la propia Xifeng se sentía avergonzada.

A pesar de que la dama Xing era la nuera mayor, se aferró al lema «la piedad filial se muestra con el dolor sincero» y se desentendía de todo lo demás. La dama Wang tuvo que hacer lo propio, y naturalmente tras ella las demás.

Li Wan era la única que apreciaba los problemas de Xifeng, pero no se atrevió a interceder por ella. Simplemente suspiraba para sus adentros: «Como dice el refrán, con toda su belleza la peonía precisa el apoyo de las verdes hojas. Si Sus Señorías la abandonan, ¿quién va a apoyar a la pobre Xifeng? ¡Si por lo menos Tanchun estuviera aquí! Ahora sólo tiene un puñado de sus propios sirvientes para disponerlo todo lo mejor que pueda, ¡y éstos se quejan a sus espaldas de que no están recibiendo un céntimo ni crédito alguno, aunque no le dicen nada a la cara! El señor es el paradigma de la piedad filial, pero no sabe de administración. ¿Cómo es posible llevar adelante un gran asunto como éste sin una cierta holgura? ¡Pobre Xifeng! Se ha tomado tantas molestias en estos años para conseguir una reputación, ¡y ahora parece que estos funerales la van a echar por tierra!».

Citó a sus propias doncellas y les dijo:

—No vayáis a seguir el ejemplo de todas ésas y empezar a martirizar también vosotras a la señora Lían. Ni penséis que basta con llevar luto y montar guardia junto al ataúd unos cuantos días. Si veis que no se da abasto, echadles una mano. Este asunto nos afecta a todas; es deber de todas ayudar.

Algunas de las criadas, que tenían auténtico respeto por Li Wan, asintieron:

—Tiene toda la razón, señora, jamás soñaríamos con causar problemas. Pero la hermana Yuanyang y las demás parecen culpar a la señora Lian.

—También he hablado con Yuanyang —replicó Li Wan—. Le he explicado que no se trata de que la señora Lian no tome en serio los funerales de la Anciana Dama, sino de que no tiene control sobre el dinero. ¿Qué dueña de su casa, por muy hábil que sea, puede hacer una sopa de arroz sin arroz? Ahora que Yuanyang ha comprendido, ha dejado de culparla. Pero de todos modos resulta extraordinaria la manera en que ha cambiado esa muchacha. Mientras fue la favorita de la Anciana Dama, jamás alardeó de ello; y ahora que la Anciana Dama ha partido y ella se ha quedado sin respaldo, parece que se ha crecido, y no está bien. Antes me preocupaba qué sería de ella, y ahora me alegro de que el señor mayor no esté en casa; en otro caso, él le hubiera arreglado las cuentas y ella no hubiera podido hacer nada.

En ese momento se acercó Jia Lan y dijo:

—Madre, es hora de ir a dormir. Todos estos visitantes de hoy deben haberla fatigado; ahora descanse. No acudo a mis libros desde hace días, y estoy feliz de que el abuelo me haya mandado a dormir, así podré repasar uno o dos libros. Si no lo hago, cuando hayan concluido los funerales lo habré olvidado todo.

—¡Buen muchacho! —exclamó Li Wan—. Estudiar es bueno, pero hoy debes descansar. Espera hasta después del entierro.

—Si vas a dormir, madre, yo también acomodaré mi edredón y pensaré en mis lecciones.

Los demás aprobaron:

—¡Qué excelente muchacho! Tan jovencito como es, en cuanto tiene un momento piensa en sus libros. Que distinto del señor Bao, que se sigue comportando como un niño incluso después de su matrimonio. Qué inútil parece estos días arrodillado junto a su padre; y en cuanto su padre se va, él se lanza corriendo a buscar a la señora Bao, a susurrarle alguna tontería. Cuando ella lo ignora, busca a la señorita Baoqin, quien también hace esfuerzos por evitarlo. La señorita Xing tampoco le habla con frecuencia. Las únicas que lo tratan bien son sus primas Xiluan y Sijie, que se pasan todo el tiempo diciéndole primo esto o primo aquello. Pensamos que la única preocupación del señor Bao es estar con las damitas. No está a la altura de las esperanzas que puso en él la Anciana Dama. Ella siempre se desvivió por él, pero no se le puede comparar con nuestro señor Lan. ¡Señora, usted no tendrá ninguna preocupación en el futuro!

—Es demasiado pronto para saberlo —respondió Li Wan—. Y quién sabe qué habrá sido de nuestra familia para cuando él crezca. Pero dígame, ¿qué opinan ustedes del señor Huan?

—¡Ése es todavía peor! —exclamaron—. Tiene ojos de simio, mirando al este, acechando al oeste. Aunque se supone que debe llorar frente al ataúd, cuando llegan las damas se pasa el tiempo espiándolas a través de la cortina que tiene delante.

—En realidad ya no es un niño —dijo ella—. El otro día oí decir que estaban pensando buscarle esposa, pero ahora eso tendrá que esperar. De todos modos, nunca terminaríamos de hablar de los problemas de los miembros de esta familia, así que no cotorreemos acerca de ellos. Y hay una cosa más que quería preguntar. El cortejo fúnebre será pasado mañana. ¿Están listos los carruajes para las diversas casas?

—La señora Lian está tan distraída en estos días que no la hemos visto impartiendo las instrucciones oportunas. Ayer oí decir a mi marido que el señor Lian le dijo al señor Qiang que se encargara del asunto. Como nuestra familia no tiene carruajes ni conductores suficientes, dice que vamos a tener que pedirlos prestados a diversos parientes.

—¿Se pueden pedir carruajes prestados? —preguntó Li Wan con una sonrisa.

—¡Señora, usted bromea! Claro que se puede. Pero ese día todos nuestros parientes estarán utilizando los suyos, de modo que pedirlos prestados va a ser difícil y posiblemente tendremos que alquilar algunos.

—Podemos alquilar para los sirvientes, ¿pero cómo van a ir las damas en carruajes fúnebres alquilados?

—La señora mayor ya no tiene carruaje. Tampoco tienen la señora You ni la nueva esposa del señor Rong de la mansión del Este —le recordaron—. ¿Qué remedio les queda sino alquilar uno?

Li Wan suspiró:

—En los viejos tiempos, cuando las parientes nos visitaban en carruajes alquilados nos parecía ridículo. Ahora nos toca a nosotros. Dile a tu esposo que para mañana disponga los carruajes y los caballos lo más temprano posible, para evitar aglomeraciones.

Las criadas asintieron y se retiraron.

Como el esposo de Shi Xiangyun estaba enfermo, ésta sólo había hecho una visita desde la muerte de la Anciana Dama; pero sentía que debía asistir al funeral, que calculó sería en unos dos días. En cualquier caso, la enfermedad de su marido había resultado ser una tisis, de modo que el peligro que corría no era inmediato. Por tanto llegó un día antes del velatorio, y recordó la bondad de la Anciana Dama con ella, y pasó a pensar en su propio miserable destino. Acababa de casarse con un esposo de talento y apuesto, de carácter alegre, pero al poco tiempo había contraído aquella dolencia fatal que podía llevárselo cualquier día. Desconsolada, pasó la mitad de la noche llorando, a pesar de los esfuerzos por consolarla de Yuanyang y otras.

Al ver aquello, Baoyu sintió también una profunda tristeza, aunque no estaba en situación de consolarla. Advirtió que en su luto blanco, con el rostro limpio de polvos y colorete, se la veía todavía más adorable que antes de casarse. De allí se volvió a mirar a Baoqin y las demás muchachas de blanco, y todas le parecieron sumamente encantadoras. Baochai, que estaba de luto profundo, tenía un aire de mayor distinción que con la ropa de colores que solía vestir.

Baoyu se dijo: «Dicen que la flor del ciruelo es la primera entre las flores. No ha de ser porque florece antes que las otras, sino porque su blanca pureza y su fina fragancia son incomparables. Si estuviera aquí la prima Lin, vestida así… ¡qué bella estaría!». Con ese pensamiento sintió una punzada y no pudo reprimir sus lágrimas; y como estaban llorando a la Anciana Dama, no se controló y rompió a sollozar en voz alta.

Los otros estaban tratando de cortar las lágrimas de Xiangyun cuando de pronto Baoyu rompió a llorar. Pensaron que le movía el recuerdo de las bondades de la Anciana Dama hacia él, sin sospechar que Xiangyun y él lloraban por diferentes motivos. Aquel estallido de dolor humedeció los ojos de todos los reunidos. Fueron las tías Xue y Li quienes finalmente los interrumpieron.

Al día siguiente, el del velatorio, hubo aún más ajetreo. Xifeng no daba abasto, pero no le quedó otra salida que agotarse hasta que quedó ronca de tanto gritar. Aquella mañana logró resolverlo todo. Por la tarde llegaron más parientes y amigos, lo cual supuso aún más trabajo, y ya no pudo atenderlo todo. Estaba frenética cuando llegó a buscarla una joven doncella.

—¡Conque aquí está, señora! —exclamó—. Con razón nuestra señora mayor dice: «Hay demasiados visitantes como para que yo los atienda, pero la señora Lian se ha escabullido».

Al escuchar eso Xifeng pensó que reventaría de rabia. Reprimió su furia, pero unas lágrimas se le empozaron en los ojos; todo se le volvió oscuro y sintió un sabor dulce. Entonces la boca se le llenó de sangre, las rodillas le cedieron y se desmoronó. Pinger corrió a sostenerla, y ella siguió vomitando chorros de sangre. Para saber qué fue de ella, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO CXI

Yuanyang sigue a su señora a la muerte

y asciende al Gran Vacío.

Peor que un perro o un cerdo, un esclavo

engaña al cielo y se alía con ladrones.

La acusación de la joven doncella había llenado el corazón de Xifeng de tormento, rabia y dolor, hasta el extremo de hacerle vomitar sangre y llevarla al desmayo, quedando sentada sobre el suelo. Pinger la sostuvo y pidió ayuda para llevarla de vuelta a su aposento, donde la tendió cuidadosamente sobre el kang, y ordenó a Xiaohong traerle agua hervida. Sin embargo, después de un sorbo, Xifeng se desvaneció de nuevo. Qiutong llegó, la miró, consideró su estado y luego desapareció. Pinger no la llamó más. Al ver a Fenger, que estaba cerca, le dijo:

—¡Rápido! Ve a informar a las damas Xing y Wang de que la segunda señora ha vomitado sangre y perdido el conocimiento, y no podrá atender a los invitados.

La dama Xing sospechó que Xifeng estaba fingiendo para no cumplir con sus responsabilidades, pero no quiso decir nada en presencia de tantos parientes.

Se limitó a responder: «Muy bien, que descanse». Y los demás no hicieron comentarios.

Aquella noche llegó una oleada de visitantes. Por suerte unos cuantos parientes cercanos ayudaron a atenderlos, pues parte del personal aprovechó la ausencia de Xifeng para desaparecer o flojear, por lo que reinaba un gran desorden y aquello ya ni de lejos parecía un funeral.

Después de la segunda vigilia, cuando ya se habían ido los visitantes que vivían lejos, todos se dispusieron a despedir a la fallecida, y las mujeres que se encontraban detrás de la cortina fúnebre empezaron a llorar. Yuanyang lloró con tal amargura que se desmayó. La levantaron y le hicieron masajes hasta que recobró el conocimiento.

—¡La Anciana Dama fue tan buena conmigo que sólo me queda seguirla! —gritó.

Los demás consideraron que estaba fuera de sí por el dolor, y no le prestaron atención. En el momento de la despedida estaban presentes más de cien deudos, humildes y encumbrados, pero Yuanyang había desaparecido. En la confusión que reinaba, su ausencia pasó inadvertida, hasta que llegó el momento en que Hupo y las demás doncellas tuvieron que hincarse de rodillas ante la muerta, pero incluso entonces supusieron que Yuanyang estaba rendida por el llanto y descansaba en algún lugar. Dejaron, pues, la cosa como estaba.

Cuando concluyó la ceremonia, Jia Zheng llamó a Jia Lian afuera para preguntarle por el cortejo del día siguiente y a quién había pensado dejar al cuidado de la casa.

—De todos los señores, he encargado a Jia Yun que se quede, dispensándole de acompañar al cortejo —informó Jia Lian—. De los criados, he ordenado a la familia de Lin Zhixiao que desmantele las habitaciones funerarias. Pero no sé a cuál de las damas decirle que se quede para echar un ojo a los apartamentos interiores.

—Tu madre me dice que tu esposa está demasiado indispuesta como para ocuparse. Que se quede en casa. Y tu cuñada You sugiere que, ya que está tan enferma, Xichun podría ayudarla con unas cuantas doncellas y viejas a cuidar los aposentos de las señoras.

Jia Lian sabía que la señora You había hecho esa propuesta porque no se llevaba bien con Xichun; además, no estaba capacitada para controlar la situación; Xifeng, a su vez, estaba demasiado enferma como para enfrentarse a ella. Después de pensarlo, respondió:

—Por favor, descanse, señor, mientras voy a discutir el asunto y le informo de nuevo.

Jia Zheng asintió con la cabeza y Jia Lian se encaminó a los aposentos interiores.

Después de tanto llorar, Yuanyang había pensado: «He permanecido con la Anciana Dama toda mi vida, y ahora no hay sitio para mí. Aunque el señor mayor no está en casa ahora, tampoco me merece respeto el comportamiento de la señora mayor. El segundo señor no se ocupa de nada, el futuro anuncia un caos en el que cada cual aspirará a ser rey. Las criadas y doncellas quedaremos a merced de cualquiera, nos meterán en cualquier alcoba o nos entregarán en matrimonio a los sirvientes. Yo no podría soportarlo. ¡Mejor morir sin mancha! ¿Pero cómo acabar con mi vida?».

Mientras pensaba iba caminando y a esas alturas ya se encontraba en los anexos interiores de la Anciana Dama. Al cruzar el umbral, vio al mortecino amor de la lámpara la sombreada figura de una mujer que parecía a punto de colgarse del cinturón de seda que llevaba en la mano. Yuanyang no sintió miedo, sino que se preguntó; «¿Quién es ella? Ha tenido la misma idea que yo, pero está un paso más adelante».

—¿Quién eres? —preguntó—. Las dos hemos pensado lo mismo. Ya que vamos a morir, muramos juntas.

No obtuvo respuesta y, al acercársele, Yuanyang advirtió que no era una doncella de la casa. Cuando intentó mirar más de cerca, el aire se heló y la aparición se desvaneció. Estupefacta, dejó el cuarto y se sentó sobre el kang.

—Ya sé —murmuró después de cavilar unos momentos—. Se trata de la primera esposa del señor Rong, de la mansión del Este. Ella murió hace mucho tiempo, ¿qué la habrá traído por aquí? Por supuesto, ha venido por mí. Pero ¿por qué habría de ahorcarse de nuevo? —Volvió a pensar y clamó: «Eso es. Me está mostrando la forma de morir».

En aquello pensaba cuando acudió un espíritu maligno y tomó posesión de ella. Entonces, de pie, llorando, abrió su neceser y extrajo el mechón de cabello que se había cortado cuando juró que jamás dejaría el servicio de la Anciana Dama. Después lo introdujo en su túnica, desató su faja y la puso exactamente sobre la viga indicada por Qin Keqing. Luego volvió a llorar, hasta que se oyó el ruido de unos invitados dispersándose afuera, lo que le hizo temer que entrara alguien. Se apresuró a cerrar la puerta, acercó una banqueta y se subió; hizo un nudo con la faja, se lo pasó por el cuello y apartó la banqueta de un puntapié. ¡El aliento se quebró en su garganta y su dulce espíritu escaló!

Allí estaba su espectro preguntándose adónde ir, cuando vio delante de ella, en la oscuridad, la sombra de Qin Keqing. Le dio alcance gritando:

—¡Espéreme, señora Rong!

—No soy la señora Rong —fue la respuesta—, sino la hermana de la diosa del Desencanto, y me llamo Keqing[1].

—Puedo ver claramente que usted es la señora Rong, ¿por qué lo niega?

—Déjame decirte el motivo, y lo comprenderás. Yo fui juez del Verdadero Sentimiento en el Palacio del Desencanto, regía el fresco viento y la luna clara[2]; luego descendí al polvoriento mundo como el más amoroso de los mortales para conducir con premura a todas las muchachas enfermas de amor de vuelta a la Oficina del Amor. Por eso tuve que acabar con mi vida ahorcándome en una viga. He visto el interior del amor terrenal, he atravesado el mar de los sentimientos y he vuelto al cielo del amor; por eso ya no hay quien atienda la Oficina del Amor Apasionado en la Tierra de la Ilusión del Gran Vacío. La Inmortal del Desencanto te ha nombrado para que la gobiernes en mi lugar, y me ha dado órdenes para conducirte allí.

—He sido la más indiferente al amor —replicó el espíritu de Yuanyang—. ¿Qué relación puedo tener con ese sentimiento?

—Aún no comprendes. Los hombres de hoy llaman «amor» a los deseos carnales, ofendiendo la moral y pervirtiendo las costumbres; dicen que el viento y la luna significan un gran amor, pero eso nada tiene que ver con lo importante. No saben que lo que llaman amor no es más que sexo si alegría, cólera, dolor y felicidad no aparecen; sólo cuando estos cuatro sentimientos asoman, aparece el amor[3]. El amor que tú y yo hemos experimentado es un sentimiento que no se manifiesta, como el capullo contenido en una flor; si eclosionara, no sería ya el verdadero amor.

El espectro de Yuanyang asintió con la cabeza, y partió tras el espíritu de Keqing.

Después de despedirse de la muerta y escuchar a Sus Señorías nombrar a las encargadas, Hupo decidió preguntarle a Yuanyang qué carruaje tomarían al día siguiente. Como no la pudo encontrar en el cuarto de la Anciana Dama, fue hasta el pequeño aposento contiguo. La puerta estaba cerrada, pero al atisbar por una rendija, sólo pudo ver una luz mortecina y sombras danzantes. Sintió miedo, no se oía ningún movimiento en el interior.

Se alejó exclamando:

—¿Dónde puede haberse metido esta maldita?

Se tropezó con Zhenzhu y le preguntó:

—¿Has visto a la hermana Yuanyang?

—Yo también la estoy buscando —le respondió—. Sus Señorías quieren verla. ¿Está dormida en el anexo interior?

—Eché una mirada y no vi a nadie. No han limpiado la mecha de la lámpara y había una oscuridad tenebrosa. Ahora podemos entrar juntas, para asegurarnos de que no haya nadie adentro.

Al entrar y limpiar la mecha, Zhenzhu exclamó:

—¿Quién ha puesto esta banqueta aquí? ¡Casi tropiezo con ella!

Al levantar la mirada soltó un grito y cayó de espaldas, golpeándose con fuerza contra Hupo, que para entonces ya también había visto la horrenda escena. Dio un alarido y se quedó clavada en el sitio. La gente del exterior escuchó sus gritos y entró corriendo, y después de lanzar exclamaciones horrorizadas, fueron a informar a Sus Señorías.

La dama Wang, Baochai y las demás se pusieron a llorar al conocer la noticia, y fueron a echar una mirada.

La dama Xing comentó:

—¡Jamás imaginé que Yuanyang tuviera ese temple! Debemos informar de esto inmediatamente al señor.

Sólo Baoyu permaneció callado, mirando con consternación, hasta que Xiren lo tomó del brazo ansiosamente y le pidió:

—Llore si quiere, pero no reprima sus sentimientos.

Entonces Baoyu hizo un inmenso esfuerzo por llorar y pensó: «¡Que una muchacha como Yuanyang haya muerto de esta manera…! Es justo en muchachas como ella, en las que se manifiesta el alma del cielo y de la tierra. Ha encontrado su lugar para morir. ¿Cuál de los hijos o nietos de la Anciana Dama podremos compararnos con ella, si somos todos sucias criaturas?». Aquella reflexión le levantó el ánimo.

Baochai había oído el llanto de Baoyu, pero cuando llegó a su lado ya estaba sonriendo.

—Es mala señal —exclamaron Xiren y las demás—. Está volviendo a perder la razón.

—No te preocupes —dijo Baochai—. Tiene sus razones.

Aquello deleitó a Baoyu, quien pensó: «Después de todo, ella me comprende. Las demás no».

En ese ensueño loco estaba Baoyu cuando entraron Jia Zheng y algunos más.

—¡Qué gran muchacha! —exclamó Jia Zheng con admiración—. El amor que la Anciana Dama sintió por ella no fue en vano.

Jia Zheng le dijo a Jia Lian: «Anda y manda comprar un ataúd inmediatamente y que tenga un buen entierro. Mañana el féretro debe acompañar al cortejo de la Anciana Dama y podrá permanecer en el templo detrás del de ella. Es lo que hubiera deseado».

Jia Lian se retiró para resolver aquello, y fueron impartidas órdenes para que descolgaran el cadáver de Yuanyang y lo tendieran en el cuarto interior.

Pinger también se enteró de la noticia y acudió al lugar junto a Xiren, Yinger y las demás doncellas, y todas lloraron amargamente. Entre ellas, Zijuan pensó que tampoco había ya lugar para ella en aquella casa. Lloraba desgarradoramente, arrepintiéndose de no haber seguido a la señorita Lin para pagarle todas sus bondades y conseguir así un lugar donde morir. Pero ahora se deslizaba en vano por los aposentos de Baoyu, y aunque éste la trataba con mucho afecto, obviamente no podría conseguir ningún resultado.

La dama Wang mandó llamar a la cuñada de Yuanyang para que presenciara cómo la introducían en el ataúd. Tras una breve charla con la dama Xing, decidió regalarle cien taeles del dinero de la Anciana Dama, prometiendo entregarle más tarde las pertenencias de Yuanyang. La cuñada hizo una reverencia de agradecimiento y se retiró.

—¡Tenía un gran espíritu y era una muchacha afortunada! —dijo la cuñada, exaltada—. ¡Y ha conseguido ganarse un gran nombre y una buena despedida!

—Valiente manera de hablar —le dijo una matrona que estaba cerca—. Qué gusto puedes sentir habiendo vendido a la muchacha por cien taeles de plata, y cuánto hubieras disfrutado si la hubieras vendido al señor mayor por una suma aún más elevada.

Al oír aquel puntillazo, la cuñada sintió una punzada en el corazón y se sonrojó. Cuando al llegar a la puerta interior apareció Lin Zhixiao con unos hombres que cargaban con el ataúd, se vio obligada a introducir convenientemente en él el cadáver y a fingir que lloraba.

Como Yuanyang había ofrecido su vida a la Anciana Dama, Jia Zheng pidió incienso, encendió tres varillas, e hizo una reverencia ante su ataúd.

—Se ha inmolado, y ya no puede ser tratada como una sierva —dijo—. Todos los jóvenes deben rendirle homenaje.

Baoyu se acercó con mucho gusto y se hincó de rodillas respetuosamente. Jia Lian recordó lo buena que había sido con él en el pasado, y quiso seguir el ejemplo de su primo, pero la dama Xing se lo impidió.

—Basta con que se postre uno de los señores —argumentó—. Si nos excedemos podría perder sus posibilidades de reencarnación.

Entonces Jia Lian desistió.

Molesta por aquellas palabras, Baochai dijo:

—En verdad, no estoy sujeta a rendirle homenaje, pero después de la muerte de la Anciana Dama hemos tenido que atender numerosas obligaciones; y puesto que esta criatura ha mostrado la verdadera piedad filial que nosotros no hemos sabido cumplir, debemos encargarle la tarea de servir a la Anciana Dama en nombre nuestro en su camino hacia el oeste[4]. Es, pues, correcto que expresemos nuestro agradecimiento.

Llegó hasta el ataúd apoyada en el brazo de Yinger y cuando hizo su libación de vino, las lágrimas ya se deslizaban por las mejillas. Luego se inclinó repetidas veces con las manos juntas y lloró amargamente por Yuanyang. Algunos de los presentes dijeron que tanto Baoyu como su esposa estaban algo mal de la cabeza, otros que tenían un gran corazón, y otros, en fin, que conocían la etiqueta; y Jia Zheng aprobó su conducta. Aceptaron que Xifeng y Xichun se quedaran a cargo de la casa mientras los demás acompañaban al cortejo fúnebre. Aquella noche nadie durmió con tranquilidad.

Hacia la quinta vigilia pudo oírse al cortejo reuniéndose en el exterior, y a las siete partió, encabezado por un Jia Zheng de luto profundo y que lloraba como correspondía al hijo más filial. Entonces el ataúd fue sacado por la puerta y hubo ofrendas hechas por diversas familias a lo largo del camino. No precisamos entrar en detalles sobre ello. Después de marchar durante un buen rato, llegaron al templo del Umbral de Hierro, donde ambos ataúdes fueron depositados y donde todos los hombres tuvieron que permanecer. Pero acabemos con el asunto y volvamos a la mansión Rong, donde Lin Zhixiao supervisó el desmantelamiento de las habitaciones funerarias, volvió a instalar puertas y ventanas, hizo barrer los patios y estableció las responsabilidades para el turno de la noche. Según las reglas de la casa, después de la segunda vigilia se cerraban las tres puertas y a ningún hombre se le permitía acceder a los apartamentos interiores, donde sólo montaban guardia mujeres.

Después de una noche de reposo, Xifeng se sintió un poco mejor, aunque aún demasiado débil como para levantarse, de modo que sólo Pinger y Xichun inspeccionaron los diversos cuartos, impartieron instrucciones a las mujeres de guardia y, después, se retiraron a sus propios aposentos.

Vayamos ahora a He San, el ahijado de Zhou Rui. El año anterior, cuando Jia Zhen estaba a cargo de los asuntos domésticos de la casa, lo hizo apalear y lo despidió por su pelea con Bao Er. Ahora se pasaba los días en un garito. Hacía poco tiempo que se había enterado de la muerte de la Anciana Dama, supuso que podría encontrar algún trabajo y acudió cada día para lograr sus propósitos sin el menor éxito. Volvía al garito refunfuñando y se sentaba desanimado.

Sus compinches le preguntaron aquella vez:

—¿Por qué no juegas para recuperar tus pérdidas?

—Lo haría si pudiera —dijo He San—, pero no tengo dinero.

—Has estado con tu padrino estos días y seguro que traes montones de dinero de la mansión Rong. No te hagas el pobre.

—¡Ya está bien de disparates! —gritó—. Tienen millones, pero se aferran a ellos. Los guardan a la espera de cualquier incendio o robo, ¡ese día sí que sufrirán!

—Sigues mintiendo —dijeron los otros—. Les confiscaron casi todo y no puede quedarles gran cosa.

—No entendéis nada. Sólo confiscaron aquellas cosas que no tenían dónde guardar. La Anciana Dama dejó oro y plata, pero ellos se niegan a tocarlos. Todo está guardado en su cuarto, esperando a ser repartido después de los funerales.

Uno de los jugadores afinó el oído y tras unas jugadas más comentó:

—He perdido una bonita suma, pero no intentaré recuperarla en este momento. Me voy a dormir.

Al salir se llevó con él también a He San:

—Ven, quiero hablar contigo.

He San lo acompañó al salir.

—Que un hombre tan listo como tú sea así de pobre me revuelve las tripas —dijo el hombre.

—Ser pobre es mi destino. ¿Qué puedo hacer para remediarlo?

—Acabas de decir que hay montones de plata en la mansión Rong. ¿Por qué no tomas un poco?

—Hermano, puede que estén revolcándose en oro y plata, pero cuando la gente como nosotros pide un céntimo o dos, ¿acaso lo dan sin más?

—Y si no lo hacen, ¿qué nos impide servirnos nosotros mismos? —dijo el otro riendo.

He San se dio cuenta del doble sentido de sus palabras y preguntó:

—¿Entonces qué sugieres?

—Desde luego eres tonto. De ser tú, yo ya lo habría tomado hace mucho tiempo.

—¿Eres tú más listo que yo?

—Si quieres hacerte rico —susurró el otro—, sólo tienes que actuar como guía. Yo tengo muchos amigos que saben alcanzar el cielo. Y además los Jia se han ido a los funerales, dejando únicamente a unas cuantas viejas en la casa; ¡y aunque hubieran dejado a unos cuantos hombres, tampoco nos asustarían! Lo único que temo es que te falten agallas.

—¿Faltarme agallas? ¿Crees que le tengo miedo a ese padrino mío? Sólo lo soporto porque me gusta mi madrina. Ése no puede ni llamarse hombre. Pero en cuanto a tu idea, temo que pueda ser un fracaso y que nos metamos en líos. Tienen relaciones poderosas en todas partes. Aunque el golpe resultara se armaría una buena.

—No tienes por qué preocuparte. Yo me he hecho amigo de unos tipos de la costa que están por aquí observando la dirección del viento y buscando una oportunidad. Si nos hacemos con el botín, no tiene sentido quedamos, mejor irnos junto al mar a disfrutar, ¿o no? Si no quieres dejar a tu madrina podemos llevarla con nosotros para que participe de la diversión. ¿Qué te parece?

—¡Tienes que estar borracho para decir tantas tonterías, compadre! —Y con esas palabras se lo llevó He San a un lugar tranquilo para seguir discutiendo el asunto. Luego se fueron cada uno por su camino, y allí los dejaremos.

Volvamos ahora a Bao Yong, a quien Jia Zheng había regañado y enviado a cuidar el jardín. A pesar de que después de la muerte de la Anciana Dama a todos les adjudicaron tareas, a él no le molestó que no le encargaran ninguna. Cocinaba sus propias comidas, dormía cada vez que sentía deseos de hacerlo, y en su vigilia se ejercitaba con la espada o el bastón en el jardín, sin nada que lo atara. Aquella mañana supo que el cortejo fúnebre había partido, pero como no le habían encomendado tarea alguna, se dedicó a vagar como era su costumbre, hasta que vio a una monja con una vieja diaconisa aproximarse a la puerta lateral y empezar a tocarla.

Bao Yong se acercó y preguntó:

—¿Adónde va, reverenda maestra?

La diaconisa dijo:

—Hemos oído decir que ya terminaron los servicios fúnebres por la Anciana Dama, pero no vimos a la señorita Xichun con el cortejo, y se nos ocurrió que estaría en casa cuidando el hogar. Temimos que se sintiera sola, y aquí mi maestra ha venido a visitarla.

—No hay nadie de la familia, yo soy el portero del jardín —fue la respuesta de Bao Yong—. Debo pedirles que vuelvan otro día, cuando estén los amos.

—¿Qué clase de cenizo eres que así tratas de interferir en nuestras idas y venidas? —preguntó ella.

—Desprecio a las personas como usted —fue su réplica—. Y no las dejo pasar, ¿qué van a hacer?

—¡Qué impertinencia! —chilló ella—. Mientras vivió la Anciana Dama nadie nos impidió venir. ¿Quién eres tú, forajido, sin respeto a ley ni a cielo? ¡Vamos a pasar y basta! —Al decir eso golpeó con la aldaba.

Muda por la ira contenida, y cuando Miaoyu estaba a punto de regresar, una mujer encargada de la puerta interior que los vio discutir, abrió de inmediato la puerta. Al ver a Miaoyu que se alejaba, enseguida adivinó que Bao Yong la había ofendido. Como todas las criadas sabían lo mucho que sus señoras y Xichun querían a Miaoyu, temió que días después la monja informara de que no la habían dejado pasar y que llegara a plantear problemas.

Se acercó gritando:

—No sabíamos que estaba aquí, maestra, y nos hemos demorado en abrir la puerta. La señorita Xichun está en sus aposentos y anhela verla. No se vaya, por favor. Este guardia es nuevo y no conoce nuestras costumbres. Más tarde lo denunciaremos ante Su Señoría para que lo azoten y lo despidan.

Como Miaoyu fingió no haber escuchado, la mujer la persiguió y le suplicó. Finalmente expresó sus propios temores a ser castigada, y presa del pánico se dispuso a implorarle de rodillas. Miaoyu no tuvo más remedio que seguirla y pasar por la misma puerta. Bao Yong puso mala cara, pero como no pudo cerrarles el paso, se alejó echando chispas.

Miaoyu, con la ayuda de la vieja diaconisa llegó a donde estaba Xichun, y después de expresar sus condolencias, empezó a charlar.

Xichun le dijo:

—Tengo que quedarme y cuidar la casa, voy a tener que actuar lo mejor posible unas cuantas noches, la señora Lian está enferma, lo que me hace sentir aburrida y temerosa de quedarme sola. Una compañía me haría sentir mejor, pues por el momento no hay un solo hombre en la casa. Ya que me has hecho el honor de venir de visita, ¿no pasarías conmigo esta noche? Podemos jugar al weiqi y charlar.

Miaoyu no tenía deseos de quedarse, pero dio su consentimiento porque le dio lástima Xichun, y además le atraía también la idea de jugar una partida de weiqi. Mandó a la diaconisa para que diera instrucciones a su doncella con el objeto de preparar el servicio del té, la ropa de noche y de cama. Se acomodaron para una buena noche de charla. En su deleite, Xichun pidió a Caiping que trajera un poco del agua de lluvia conservada del año anterior, de manera que pudiese preparar una deliciosa infusión de té. Miaoyu no bebía sino de sus propias tazas; pero al poco rato apareció su doncella con el servicio de té, y la propia Xichun lo preparó. Charlaron alegremente hasta que, al sonar la primera vigilia, Caiping sacó el tablero de weiqi, se sentaron la una frente a la otra y comenzaron a jugar. Xichun perdió dos veces seguidas; en la tercera partida Miaoyu dio cuatro fichas de ventaja y pudo la doncella ganar aunque sólo por media pieza[5].

Sin que se dieran cuenta llegó la cuarta vigilia. Era una noche vacía, de esas en que el cielo parece estar muy alto y la tierra infinita en su extensión. Ni un solo ruido se hacía sentir desde el exterior.

—Me toca meditar para cuando llegue la quinta vigilia —observó Miaoyu—. Mi doncella me cuidará. Mejor será que descanses.

Xichun se resistió a separarse de ella, pero mal podía interferir con sus devociones. Estaba a punto de irse a la cama, cuando las mujeres de guardia en los aposentos de la Anciana Dama, en el lado este, de pronto armaron un gran escándalo. Inmediatamente las matronas que cuidaban a Xichun intervinieron.

—¡Auxilio! —chillaron—. ¡Han entrado hombres!

Presas del pánico, Xichun y Caiping oyeron a los guardias nocturnos gritando afuera.

—¡Qué horror! —dijo Miaoyu—. ¡Deben ser ladrones!

No se atrevió a abrir la puerta; apagó la lámpara y miró por la ventana. Allí estaban unos hombres de pie en el patio. Enmudecida por el terror, pidió silencio con unos ademanes; luego, a rastras, susurró:

—¿Qué vamos a hacer? Hay unos tipos muy mal encarados allí afuera.

En ese mismo instante escucharon un gran revuelo en el tejado, y los vigías llegaron corriendo para capturar a los ladrones.

Una voz gritó:

—El cuarto de la Anciana Dama ha sido saqueado, pero no hay nadie allí. Tenemos hombres en el lado este; revisemos nosotros mismos el lado oeste.

Cuando las criadas de Xichun se dieron cuenta de que se trataba de los hombres de la casa, gritaron:

—¡Hay muchos aquí en el tejado!

Los guardias gritaron:

—¡Miren! ¡Allí están!

Y empezó un gran alboroto. Como del tejado llovían tejas, no se atrevieron a trepar. Cuando parecía que no había solución, oyeron un fuerte golpe procedente de la puerta lateral del jardín, y apareció un gigante blandiendo un enorme bastón. Al verlo, todos se acurrucaron alarmados.

—¡Que no se escape uno solo! —gritó el recién llegado—. ¡Seguidme todos!

Los sirvientes tenían tanto miedo que sentían los huesos reblandecidos y los músculos diluidos. Ni siquiera podían moverse. Miraron a aquel hombre que allí tronaba, hasta que uno de ellos, con la vista más aguda, lo reconoció. ¿Y quién era aquel gigante? Nada menos que el hombre recomendado a la casa por la familia Zhen, Bao Yong. Aquello les devolvió el valor.

—Uno se ha escapado —balbucearon—. Los demás están en el tejado.

Bao Yong corrió y saltó al tejado para perseguirlos.

A los ladrones les habían dicho que no había gente en la casa. Primero habían descubierto a una hermosa monja al mirar a hurtadillas por la ventana en el patio de Xichun. Aquello había despertado sus más bajos instintos. Sabían que en el interior sólo había mujeres y, además, aterrorizadas. Se disponían a derribar la puerta a puntapiés cuando oyeron a la guardia nocturna que llegaba tras ellos, e inmediatamente habían trepado al tejado. Cuando vieron que sus perseguidores eran pocos, pensaron pelear, pero en ese mismo instante alguien subió al tejado de un salto y los atacó. Como estaba solo, los ladrones no se alarmaron y se le echaron encima con puñales; pero cuando Bao Yong armado de su palo derribó a uno de ellos, los demás huyeron por el muro del jardín, con el muchacho persiguiéndolos de cerca. Los cómplices ocultos en el jardín para recibir el botín ya se habían llevado la mayor parte. Cuando vieron a sus compinches, sacaron armas para defenderlos, y como Bao Yong era uno contra muchos, se arremolinaron en torno suyo.

—¡Ladrones de poco pelo! —los maldijo—. ¡A ver quién se atreve conmigo!

Un ladrón recordó a los demás:

—Han derribado a uno de los nuestros y, vivo o muerto, nos lo tenemos que llevar con nosotros.

Bao Yong estaba rodeado por aquellos rufianes que blandían sus armas. Cuatro o cinco comenzaron a golpear ciegamente. Pero para entonces ya los guardias nocturnos habían reunido valor como para lanzarse; al advertir que no llevaban las de ganar, los ladrones pusieron pies en polvorosa. Bao Yong salió en su persecución, pero tropezó con un baúl. Al recuperar el equilibrio pensó: «Si el botín sigue aquí y los ladrones han huido, no tiene sentido perseguirlos». Ordenó a los demás sirvientes que iluminaran con sus linternas, pero en el suelo sólo encontraron unos cuantos baúles vacíos; les pidió que los recogieran, y él, corriendo, fue a los aposentos de las señoras. Como no conocía el camino, llegó primero a los de Xifeng, que estaban iluminados.

—¿Hay ladrones aquí? —preguntó.

Pinger dijo temblorosa desde el interior:

—No hemos abierto la puerta. Sólo oímos gritar que había ladrones en los aposentos de la Anciana Dama. Ve allí.

Bao Yong se estaba preguntando por la dirección que debía tomar, cuando aparecieron unos guardias y fueron juntos hasta allá. Al llegar, encontraron todas las puertas abiertas y a las mujeres del turno de la noche llorando.

En eso llegaron Jia Yun y Lin Zhixiao angustiados por la noticia del robó. Entraron para examinar la situación. La puerta del cuarto de la Anciana Dama estaba abierta de par en par, y con las linternas pudieron averiguar que el candado había sido forzado. Al entrar y encontrar vacíos arcones y cajas, comenzaron a gritar a las mujeres de guardia:

—¿Estáis todas muertas? ¿No os habéis dado cuenta de que habían entrado ladrones?

Las mujeres sollozaron.

—Nos turnamos la guardia, y nuestros turnos son antes de medianoche. En ningún momento dejamos de hacer nuestras rondas por delante y por atrás. Los ladrones llegaron entre la cuarta y la quinta vigilias, cuando ya nos habíamos ido, de modo que sólo escuchamos los gritos de las del siguiente turno, pero no vimos a nadie; sólo descubrimos que todas las cosas habían desaparecido, pero no sabemos en qué momento. Tiene que preguntarles a las otras, señor.

—¡Todas merecéis morir! —rabió Lin Zhixiao—. Ya nos ocuparemos luego de vosotras. Primero vayamos a los diversos apartamentos a echar una mirada.

Los guardias los llevaron a la zona donde se encontraba la señora You. La puerta estaba echada con llave, pero unas mujeres desde el interior gritaron:

—¡Qué susto nos hemos dado!

—¿Han perdido algo aquí? —preguntó Lin Zhixiao.

Abrieron la puerta diciendo:

—Nada.

A continuación Lin Zhixiao condujo al grupo a los aposentos de Xichun.

—¡Auxilio! —oyeron exclamar a una mujer—. Nuestra joven dama se ha desmayado de miedo. ¡Despierte, despierte!

Les dijeron que abrieran la puerta y preguntaron qué había sucedido.

Las mujeres que les abrieron informaron:

—Ha habido una pelea de ladrones, y nuestra joven señora se ha desmayado de terror. Por fortuna estaban presentes la maestra Miaoyu y Caiping, y la han reanimado. No hemos perdido nada.

—¿Cómo han empezado a pelear los ladrones?

Un guardia le respondió:

—Afortunadamente, el señor Bao Yong ha saltado al tejado y los ha echado. También hemos oído decir que ha acabado con uno de ellos.

—Está cerca de la puerta del jardín —dijo Bao Yong.

Jia Yun y los demás le hicieron caso, y al llegar encontraron a un hombre muerto en el suelo. Al examinarlo con más detenimiento advirtieron, para su sorpresa, que se trataba del ahijado de Zhou Rui. Encargaron a un hombre velar el cadáver y a otros dos que guardaran las puertas delantera y trasera que seguían cerradas con llave. Lin Zhixiao ordenó a los hombres abrir la puerta principal e informar del robo a la policía. Inmediatamente se dio inicio a una investigación, en la que apuntaron el hecho de que los ladrones habían subido al tejado por el callejón posterior. Al seguir sus huellas hasta el techo del patio occidental encontraron muchas tejas rotas, así como otros indicios en la parte posterior y del jardín.

Los guardias insistieron:

—No eran simples ladrones, eran unos bandidos.

El alguacil dijo nervioso:

—¿Cómo puedes llamarlos bandidos si no irrumpieron abiertamente, con antorchas y garrotes?

—Cuando los hemos perseguido, nos han acribillado con tejas para que no pudiéramos acercarnos. Luego, un hombre de nuestra casa, llamado Bao, ha conseguido subir al tejado y espantarlos. Cuando los persiguió hasta el jardín, un grupo lo atacó. Sólo escaparon cuando vieron que la cosa se ponía fea.

—Así es —dijo el alguacil—. Tratándose de bandidos, ¿no habrían acabado con todos ustedes? Pero eso no importa en este momento. Preparen una lista de los objetos robados y entréguennosla rápidamente para que podamos informar a nuestros superiores.

Jia Yun y los demás volvieron a los apartamentos principales a los que ya había acudido Xifeng, a pesar de su enfermedad, acompañada de Xichun. Jia Yun presentó sus respetos a Xifeng y saludó a Xichun, y juntos trataron de averiguar lo que faltaba. Pero como Yuanyang había muerto, y Hupo, con las demás doncellas de la Anciana Dama había seguido el cortejo, nadie sabía con exactitud lo que faltaba, pues además todos los objetos habían permanecido bajo llave. ¿Cómo elaborar un inventario?

Dijeron:

—Estos arcones y baúles estaban llenos de cosas, y ahora están vacíos. Deben haber permanecido mucho tiempo para poder saquear todo lo que había. ¿Dónde estaban los guardias de noche? Por otra parte, aquel muerto es el ahijado de Zhou Rui, es probable que sea cómplice de los ladrones.

Al escuchar los argumentos esgrimidos, Xifeng, enfurecida, con los ojos hinchados, dijo:

—Que detengan a todas las mujeres de la guardia nocturna, y las entreguen a la policía para que las interroguen.

Aquellas mujeres se lamentaban sin cesar e imploraban de rodillas. Si quieren saber cómo las trataron y qué ocurrió con los objetos perdidos, lean lo que se dice en el capítulo que sigue.

CAPÍTULO CXII

Expiando pecados de otra vida,

Miaoyu sufre una gran desgracia.

Presa de un odio mortal, la concubina Zhao

comparece en el infierno.

Ordenó Xifeng que maniataran a las mujeres que habían estado de guardia, y que las entregaran a las autoridades para que las interrogaran. Asustadas, las mujeres se pusieron de rodillas e imploraron piedad.

—De nada sirve implorar —dijeron Lin Zhixiao y Jia Yun—. El señor nos ha mandado cuidar la casa. Mejor hubiera sido para todos que no hubiera sucedido nada, pero lo ocurrido es muy grave y todos somos responsables, los de arriba y los de abajo. ¿Quién puede salvaros? Ya que el criminal es sin lugar a dudas el ahijado de Zhou Rui, nadie puede escapar a su responsabilidad, ni Sus Señorías ni el más insignificante de los sirvientes.

—Esto es el destino —dijo Xifeng jadeando—. ¿Para qué darles más explicaciones? Lleváoslas a la prefectura. Declarad que todas las pertenencias robadas eran de la Anciana Dama, aunque no podremos inventariarlas hasta que hayamos hablado con el señor. Cuando lo hayamos hecho, también mandaremos la lista a la autoridad civil.

Jia Yun y Lin Zhixiao asintieron y partieron. Xichun, que había permanecido callada y llorando, dijo:

—Nunca había oído nada igual, ¿por qué el destino se ensaña con nosotras? Cuando regresen mañana Sus Señorías, ¿cómo podré mirarles a los ojos? Nos dejaron encargadas de cuidar su casa, y ahora mirad lo que ha sucedido, ¿cómo vamos a seguir viviendo?

—¿Acaso ha sido por voluntad nuestra? Aquí están para responder de ello las guardias nocturnas replicó Xifeng.

—A ti se te puede perdonar, pues estás enferma. No tengo nada más que decir. Todo lo sucedido se debe a mi cuñada, que quería hacerme daño, es ella quien animó a Su Señoría para que me dejara al cuidado de la casa. ¿Y ahora dónde queda mi dignidad? —Con estas últimas palabras rompió a llorar de nuevo.

—Muchacha, no pienses así; si planteas una cuestión de dignidad, nos afectará a todos. Si continúas con esas tonterías, me lo pondrás más difícil todavía.

Mientras hablaban ambas cuñadas, se oyeron los gritos de alguien que se encontraba en el patio exterior:

—Ya dije que no debía permitirse la entrada de «tres monjas y seis viejas»[1]. En la mansión de mis antiguos amos de la familia Zhen nunca se les hubiera permitido cruzar el umbral; sin embargo, aquí todo da igual. Ayer, cuando el cortejo fúnebre de la Anciana Dama había salido, la monja aquella insistió en visitar nuestra casa. Yo quise impedírselo a gritos, y las viejas que guardaban la puerta lateral se metieron conmigo implorándole a la monja, de mil y una maneras, que entrara. Aquella puerta se abría y se cerraba sin razón alguna. Eso me preocupaba mucho y no pude pegar ojo. Luego, cuando llegó la cuarta vigilia, oí gritos. Llamé a la puerta, pero nadie abrió. Al darme cuenta de que la situación era grave la abrí a golpes. Vi a un hombre en el patio del oeste, me fui hacia él y lo molí a palos. Me acabo de enterar de que se trata del aposento de la cuarta señorita. Aquella monja se encontraba precisamente en el cuarto, y se escabulló antes de que amaneciera. Seguro que ha sido ella quien ha traído a los ladrones.

—¿Quién es ese maleducado? —dijeron Pinger y las demás—. ¿Cómo se atreve a gritar fuera, profiriendo tantas tonterías estando aquí la señorita y la señora?

Xifeng dijo:

—¿No os habéis dado cuenta de que se refería a la mansión Zhen? Sin lugar a dudas se trata de aquel incordio que nos recomendó la familia Zhen.

Xichun había oído claramente las impertinencias y se sintió aún más incómoda. Xifeng le preguntó enseguida:

—Aquel hombre se ha referido a una monja, ¿de dónde habéis sacado una monja, y cómo habéis podido dejar que se quedara?

Xichun le contó la visita de Miaoyu y cómo se quedó aquella noche jugando con ella al weiqi.

—Es imposible que haya tramado algo así, no tiene sentido. Pero si ése se pone a darle a la lengua por todas partes, no sería bueno que llegara a oídos del señor —comentó Xifeng.

Xichun, cuanto más pensaba en lo ocurrido, más nerviosa se sentía, y se puso en pie con la firme intención de irse. Xifeng, aunque tampoco pudiera aguantar más, no permitió que se fuera, pues no quería, al verla tan temerosa, que cometiera alguna tontería.

—No podemos irnos hasta que no se haya recogido todo lo que han dejado tías de sí los ladrones, y decidamos quién se queda vigilando esto.

—No se puede recoger nada —dijo Pinger— hasta que acudan los enviados del tribunal. Lo único que podemos hacer es vigilar. Además, no sé si alguien ha ido a informar al señor.

—Manda a alguna criada para que lo averigüe —le dijo Xifeng.

Un rato más tarde, la criada entró y dijo:

—Lin Zhixiao no pudo ir, los criados más competentes tienen que acompañar a los inspectores, y los demás no son capaces de informar claramente de lo sucedido; así pues, el señor Yun ha ido personalmente.

Xifeng asintió y se sentó junto a Xichun, ambas muy preocupadas.

Volvamos a la banda de ladrones dirigida por He San. Éstos, después de hacerse con el oro, la plata y otros objetos de valor de la Anciana Dama, tomaron buena nota de la poca fuerza de sus perseguidores y decidieron robar las casas del lado oeste. Al mirar por una ventana iluminada vieron dos hermosas criaturas, una joven dama y una monja. Los pervertidos delincuentes, sin temer por sus propias vidas, hubieran irrumpido de no aparecer Bao Yong, que los puso en fuga ya obtenido el botín, pero dejando atrás a He San. Se ocultaron un tiempo en una casa, y al día siguiente se enteraron de que He San había muerto y el robo había sido denunciado a las autoridades civiles y militares, lo cual significaba que no podían quedarse en la capital. Decidieron no perder tiempo para unirse a unos piratas en el mar, puesto que si se demoraban demasiado, ya estarían dadas las órdenes de captura y las aduanas advertidas.

—Está claro que debemos esfumarnos —dijo el más valiente de ellos—, pero no soporto la idea de dejar atrás a esa monja. ¡Es toda una hermosura! Me pregunto de qué coa-vento ha podido salir esa criatura.

—¡Yo lo sé! —exclamó otro—. Debe ser del convento del Enrejado Verde, en el jardín de la mansión de los Jia. ¿Acaso no hubo rumores hace unos años sobre un enredo entre ella y el señor Bao? Se dice que le dio tan grande mal de amor que tuvo que venir un médico a administrarle una poción.

A partir de lo cual otro propuso:

—Permaneceremos escondidos un día más, mientras nuestro jefe compra lo necesario para la jornada. Mañana cuando suene la campana del alba, salid de la ciudad por la puerta y esperadme en la colina de los Veinte Li.

Cuando hubieron acordado aquello, los ladrones dividieron el botín y se dispersaron.

Mientras tanto Jia Zheng y el resto habían acompañado el ataúd hasta el templo del Umbral de Hierro, donde lo habían depositado, tras lo cual amigos y parientes regresaron. Jia Zheng veló en el salón exterior del templo, y las damas Xing y Wang en el interior, llorando y lamentándose toda la noche.

Al día siguiente debía oficiarse otro sacrificio, y cuando llegó Jia Yun se estaban disponiendo las ofrendas. Cuando se hubo hincado de rodillas ante el ataúd de la Anciana Dama, corrió a arrodillarse frente a Jia Zheng y presentar sus respetos. A continuación le informó de los pormenores de la noche anterior, de cómo habían robado todos los objetos del cuarto de la Anciana Dama, de cómo Bao Yong había perseguido y matado a uno de los ladrones, y de cómo habían informado del hecho a las autoridades. Jia Zheng escuchó alarmado. Sus Señorías se enteraron de los hechos desde el interior y quedaron totalmente espantadas, como si el alma hubiera abandonado sus cuerpos, y, sin poder ni hablar, se pusieron a sollozar y lamentarse.

Un momento más tarde, Jia Zheng preguntó:

—¿Cómo redactaron la lista de los objetos robados?

—Como en toda la casa nadie sabía nada, todavía está por hacer —fue la respuesta de Jia Yun.

—Tanto mejor. Como nuestra casa se ha visto en parte confiscada por las autoridades, sería lamentable que se indicaran objetos de valor. Dile a Lian que venga aquí inmediatamente.

Mandó llamar a Jia Lian, quien había ido con Baoyu y otros a realizar algún sacrificio en otro lugar. Al conocer el relato de los sucesos, Jia Lian se puso tan frenético que, ignorando la presencia de Jia Zheng, se puso a insultar a Jia Yun.

—¡Miserable indigno! —rabió—. Te encomendé una tarea muy importante. Debías haber exigido a la guardia que cumpliera con su tarea. ¿Qué eres? ¿Un pelele? Me pregunto con qué cara vienes a informar de lo que ha pasado.

Y escupió una y otra vez a la cara de Jia Yun. Éste se mantuvo de pie, en actitud reverente y sin atreverse a responder.

—No tiene sentido insultarlo —dijo Jia Zheng.

Entonces Jia Lian se arrodilló para preguntarle:

—Señor, ¿qué vamos a hacer?

—Sólo podemos informar a las autoridades y esperar que capturen a los ladrones. Lo cierto es que ni siquiera hemos tocado la herencia de la Anciana Dama. Cuando me pediste fondos me pareció mal utilizar su dinero a los pocos días de su muerte, y tenía la intención de echar cuentas y pagar a los trabajadores después de los funerales. Además, quería emplear el resto para comprar tierra en este lugar y en el sur, cerca del cementerio ancestral, lo que nos hubiera permitido cumplir con los gastos de los sacrificios. No se había hecho inventario de sus cosas. Y ahora que las autoridades quieren hacerse con una lista de lo perdido, podría ser perjudicial mencionar objetos de valor. En cualquier caso, no podemos decir la cantidad exacta de oro o plata, de ropajes y otros objetos que tenía; pero tampoco podemos mentir. Me parece realmente ridicula la manera en que te estás comportando. ¿Qué te ha sucedido? ¿Qué sentido tiene que te arrodilles ante mí?

Jia Lian no se atrevió a contestar, y se puso de pie para partir.

—¿Adónde vas? —le dijo inmediatamente Jia Zheng.

Volvió a arrodillarse para responderle:

—Regreso rápidamente a casa para enterarme de lo ocurrido y volver a informarle, señor.

Jia Zheng resopló y Jia Lian agachó de nuevo la cabeza.

—Primero anda y cuéntale lo sucedido a tu madre —ordenó Jia Zheng—. Lleva contigo a una o dos de las doncellas de la Anciana Dama. Pídeles que lo piensen con cuidado, y que preparen una lista adecuada.

Jia Lian sabía perfectamente que Yuanyang era la única que se ocupaba de las pertenencias de la Anciana Dama, y ésta había muerto; ¿quién quedaba para pedirle información? Era evidente que Zhenzhu y las demás no sabrían nada del asunto. Pero temió no obedecer las órdenes recibidas y se dirigió hacia los apartamentos interiores, donde sufrió las iras de Sus Señorías. Éstas le pidieron que volviera volando a la mansión y preguntara a los guardianes con qué cara podrían presentarse ante ellos cuando regresaran.

Jia Lian asintió y se retiró. Ordenó que preparasen un carruaje para Hupo y las doncellas, y él mismo galopó de vuelta sobre una mula, acompañado por unos cuantos pajes. Jia Yun, demasiado acobardado como para decirle nada más a Jia Zheng, se retiró lentamente con la cabeza inclinada, montó en su caballo y los siguió, callados los dos todo el camino.

Cuando llegó Jia Lian, Lin Zhixiao le presentó sus respetos y lo acompañó hasta los aposentos de la Anciana Dama, donde estaban Xifeng y Xichun. Jia Lian estaba furioso, pero no pudo desahogarse con ellas.

—¿Ya han enviado oficiales a investigar? —preguntó a Lin Zhixiao.

El mayordomo se arrodilló sintiéndose culpable, e informó:

—Las autoridades civiles han investigado las huellas dejadas por los ladrones, y también el cadáver, señor.

—¿¡Qué cadáver!?

Le relató cómo Bao Yong había matado a uno de los ladrones que se parecía mucho al ahijado de Zhou Rui. Jia Lian mandó llamar inmediatamente a Jia Yun, quien se puso de rodillas para recibir sus órdenes.

—¿Por qué no informaste al señor de que uno de los ladrones era el ahijado de Zhou Rui y que Bao Yong lo había matado? —le exigió Jia Lian.

—Los guardias nocturnos consideraron que se le parecía, pero como no había seguridad no informé de ello.

—¡Idiota! —lo insultó Jia Lian—. Si lo hubieras dicho, habría traído a Zhou Rui de vuelta para identificarlo y despejar el asunto.

Lin Zhixiao le informó:

—Los alguaciles han llevado el cadáver al mercado para ver quién lo reclama.

—¡Entonces también ellos son unos idiotas! —exclamó Jia Lian—. ¿Quién va a pedir justicia cuando uno de su familia ha resultado muerto por ladrón?

—En realidad no tienen que identificarlo —dijo el mayordomo—. Yo lo reconocí perfectamente.

Jia Lian pensó: «En definitiva, ¿no era el ahijado de Zhou Rui aquel muchacho al que el señor Zhen quiso castigar en su momento?».

—Tuvo una pelea con Bao Er y usted mismo lo presenció, señor.

Aquello enfureció todavía más a Jia Lian, y quiso que apalearan a todos los guardias nocturnos.

El mayordomo le suplicó:

—Por favor, señor, no se enfurezca. ¿Cuál de esos guardias se atrevería a faltar a su deber? La regla de esta casa es muy estricta y ninguno de ellos puede franquear la puerta interior; ni siquiera nosotros entramos si no se nos llama. El señor Yun y yo revisamos cuidadosamente el exterior y constatamos que la puerta interior estaba firmemente cerrada. Tampoco estaba abierta ninguna de las puertas de afuera. Los ladrones entraron por el pasaje trasero.

—¿Y qué pasa con las mujeres que estaban adentro montando guardia durante la noche?

Le informaron de que Xifeng había dado instrucciones para que las ataran e interrogaran.

—¿Dónde está Bao Yong ahora? —preguntó.

—Ha vuelto al jardín.

—Tráiganlo aquí.

Cuando llegó en compañía de los sirvientes, Jia Lian le dijo:

—Menos mal que estabas allí; de otro modo lo más probable es que hubieran robado en todas nuestras casas.

Bao Yong no respondió nada, y Xichun se puso a temblar por temor a que mencionaran a Miaoyu. Tampoco Xifeng se atrevió a abrir la boca.

Entonces alguien, desde afuera, anunció el regreso de Hupo y las demás doncellas. Cuando entraron, todas volvieron a llorar juntas. Cuando Jia Lian les ordenó que le informaran sobre lo que no habían podido llevarse los ladrones, sólo pudieron citar unas cuantas prendas, unos trozos de seda y una alcancía; todo lo demás había desaparecido. Al pensar en todos esos trabajadores y cocineros que no habían cobrado, le atenazó la desesperación, ¿cómo iba a arreglárselas con ellos al día siguiente? La angustia hizo presa en él.

Después de que Hupo y las demás hubieron llorado y descubierto arcones y cajones abiertos de par en par, la imposibilidad de recordar lo que habían contenido las llevó a confeccionar una lista al azar y enviarla a las autoridades. Entonces Jia Lian volvió a asignar los turnos de la noche, y Xifeng y Xichun se retiraron a sus respectivos aposentos. Jia Lian no se atrevía a descansar en casa y no tenía tiempo para reprender a Xifeng. Ensilló un caballo y salió de la ciudad mientras ella, temerosa de que Xichun se suicidara, le envió a Fenger para consolarla.

Hacia la segunda vigilia, echado el cerrojo, todos los que habitaban la casa estaban alerta y nadie se atrevía a dormir. Volvamos al ladrón que tenía puestos sus pensamientos en Miaoyu, y sabía que en el convento sólo permanecían débiles mujeres. Hacia la tercera vigilia, en el silencio de la noche, armado de una daga e incienso narcótico trepó la alta muralla; y desde esa distancia advirtió que aún había luz en el convento del Enrejado Verde. Se deslizó hasta el suelo y se ocultó a la sombra de un pabellón.

Esperó hasta la cuarta vigilia, cuando ya sólo quedaba una lámpara encendida en el interior, y pudo ver a Miaoyu meditando con las piernas cruzadas sobre su cojín.

Después de un rato ella suspiró, y se dijo:

—Vine de Xuanmu a la capital con la esperanza de ganar un nombre; pero luego me invitaron a permanecer aquí y no he podido ir a ningún otro lugar. Ayer visité a Xichun con buena intención, y sólo conseguí que me maltratara ese sinvergüenza, y durante la noche me dieron un susto de muerte. Hoy, de vuelta aquí, sigo intranquila, incapaz de concentrarme, y aún siento mi carne temblar y mi corazón palpitar.

Tenía por costumbre meditar sola, y por lo tanto se resistía a llamar a alguien para que la acompañara. Pero hacia la quinta vigilia, tiritando de frío, había decidido llamar a su doncella, cuando un ruido al otro lado de la ventana la asustó recordándole los acontecimientos de la noche anterior. Llamó a sus doncellas, pero nadie le respondió. De pronto olió algo que pareció penetrarle por las sienes, sintió que se le dormían brazos y piernas y ya no pudo moverse ni emitir una sola palabra. Entonces, presa del pánico, pudo ver a un hombre entrar con un reluciente puñal. Y a pesar de no haber perdido la conciencia, no pudo moverse, y como pensó que venía a matarla, se resignó a su Suerte, y su terror se disipó. Sin embargo, el intruso guardó el puñal en su espalda para dejar libres sus manos; luego la tomó suavemente en sus brazos y jugueteó con ella unos instantes. Después la alzó y se la echó a las espaldas. Miaoyu se sintió ebria o trastornada. ¡Ah, pobre muchacha pura y limpia, en manos de un vil ladrón!

El ladrón se llevó a Miaoyu hasta la pared posterior del jardín, donde colocó una escalera de cuerda y trepó hasta dejarse caer en el lugar donde sus compinches le habían dispuesto un carruaje que lo esperaba. Colocó a Miaoyu en el interior, y luego con unas linternas con inscripciones oficiales pidieron a los guardias que abrieran las puertas de la calle y salieron de la ciudad justo en el momento en que se abrían. Los responsables del puesto, pensando que se trataba de asuntos oficiales, ni siquiera les dieron el alto. Aceleraron el galope de los caballos hasta la colina de los Veinte Li, donde se unieron al resto de la banda, y tomaron caminos separados hasta la costa sur.

Si Miaoyu siguió viviendo en la vergüenza después de su rapto, o si resistió con dignidad y fue asesinada, no podemos comentarlo, pues ignoramos lo ocurrido[2].

Una de las monjas de Miaoyu en el convento del Enrejado Verde dormía en el cuarto posterior durante la quinta vigilia, y en ese preciso instante oyó que llamaban y supuso que era la abadesa que no tenía tranquilidad para meditar. A continuación oyó pasos de hombre y una ventana que se abría. Quiso levantarse para comprobar lo que pasaba, pero sentía el cuerpo adormecido, y ni siquiera era capaz de abrir la boca para hablar. Al no escuchar una nueva llamada de Miaoyu, esperó con los ojos bien abiertos. Cuando llegó el alba, notó ya la cabeza despejada, se echó encima algo de ropa y llamó a la diaconisa para que preparase un poco de té y agua. Pero cuando fue a la parte delantera, Miaoyu se había esfumado sin dejar rastro y la ventana estaba abierta de par en par. Al recordar los ruidos nocturnos, tuvo algunas sospechas y se preguntó; «¿Dónde puede haber ido tan temprano?».

Al salir al patio a echar un vistazo, encontró una escalera de cuerda en el muro y en el sudo la vaina de una daga y un pañuelo.

—¡Qué horror! —exclamó—. ¡Seguramente unos ladrones nos narcotizaron anoche!

Y llamó a gritos a las demás para que comenzaran la búsqueda. La puerta del convento todavía estaba con la llave echada.

—Anoche los humos del carbón nos aturdieron y no podíamos levantarnos esta mañana —dijo la criada—. Pero ¿por qué nos llamas tan temprano?

—Nuestra maestra ha desaparecido.

—Sin duda estará meditando en el salón Guanyin.

—Seguís dormidas. ¡Venid a ver!

Perplejas y alarmadas, abrieron el convento y revisaron el jardín entero. Suponiendo que Miaoyu había ido a ver a Xichun, tocaron la puerta interior y recibieron inmediatamente los intransigentes insultos de Bao Yong.

Le explicaron:

—La hermana Miaoyu ha desaparecido esta noche, así que hemos venido a buscarla. Por favor tenga la bondad de abrirnos la puerta y permitirnos preguntar si está aquí o no.

—Vuestra maestra trajo aquí ladrones para robamos —dijo él—. Seguro que se ha ido con ellos a disfrutar del botín.

—¡Buda Amida! ¡Si dices eso irás al infierno y te cortarán la lengua!

—¡Idioteces! —rabió él—. Si seguís con este escándalo voy a apalearos.

—Por favor, señor, dé las órdenes pertinentes para que abran la puerta —le suplicaron con una sonrisa—. Sólo queremos echar un vistazo. Si no está allí no volveremos a molestarlo, señor.

—Si no me creéis, pasad y mirad. Pero si no la encontráis, entonces tendréis que dar explicaciones.

Llamó a gente para que abriera el portón y las ayudantes de Miaoyu entraron en tropel hasta los aposentos de Xichun.

Xichun se sentía angustiada y deprimida. Se preguntaba pensando en Miaoyu: «Si cuando se fue ayer escuchó lo que dijo ese Bao Yong, puede que se ofendiera y que nunca más vuelva, y me quedaré sin una sola amiga. En realidad, ya me es difícil ver a alguien ahora, con mis padres muertos y mi cuñada que me desprecia. La Anciana Dama solía tratarme bien, pero ahora también ella se ha marchado, y me ha dejado sola. ¿Qué va a ser de mí?».

Siguió cavilando: «La prima Yingchun murió maltratada; la prima Xiangyun tiene que cuidar a un marido enfermo; y la prima Tanchun se ha ido lejos. Así lo ha marcado el destino y nada podemos hacer. Miaoyu es la única totalmente libre, como una nube flotante o una garza salvaje. ¡Qué suerte si pudiera ser como ella! Pero ¿cómo puede la hija de una familia noble hacer lo que desea? Y encima he cometido un gran error en mi encargo de vigilar la casa. ¿Cómo voy a volver a mirar la cara a la gente? Dudo que Sus Señorías me comprendan. ¡Quién sabe qué me deparará el futuro!».

Estaba pensativa, entregada a sus reflexiones, cuando de pronto decidió raparse y hacerse monja. Cuando Caiping y las demás vieron lo que estaba haciendo, inmediatamente intervinieron, pero no antes de que hubiera cortado media cabellera.

—¡No acaba un problema cuando ya nos encontramos con otro nuevo! —exclamó Caiping, aún más nerviosa—. ¿Qué puedo hacer?

En medio del alboroto, llegaron las ayudantes de Miaoyu en su busca. Cuando Caiping se enteró de lo que las traía, tuvo miedo.

—Partió ayer a primera hora y no ha regresado —les respondió.

Xichun desde el interior preguntó nerviosa:

—¿Dónde ha ido?

Entonces las mujeres describieron los ruidos nocturnos, el humo de carbón que las había adormecido y la desaparición de Miaoyu por la mañana, así como la vaina y la escalera que habían encontrado. Aquello alarmó a Xichun, que no encontraba explicación. Recordó lo que había dicho Bao Yong y pensó que sin lugar a dudas los ladrones habían visto a Miaoyu, y habían decidido volver por la noche para raptarla. Si ése era el caso, tan solitaria y casta, se quitaría la vida.

—¿Ninguna de vosotras oyó nada? —preguntó.

—Sí que oímos. Pero a pesar de estar despiertas, no podíamos ni pronunciar una sola palabra. Seguro que esos ladrones nos drogaron con incienso narcótico. Lo más probable es que también lo hicieran con la hermana Miaoyu y por eso no pudo gritar. Además, seguro que había muchos ladrones amenazándola con sus espadas y garrotes. ¡Cómo se iba a atrever a gritar!

En ese preciso momento Bao Yong gritó desde la puerta interior:

—¡Eh, los de dentro! ¡Echad rápido a esas sucias monjas y cerrad la puerta sin más dilación!

Caiping temió que le llamaran la atención por haberlas recibido, y pidió a las mujeres que se fueran, ordenando a las criadas echar la llave en la puerta interior. Xichun se sintió más desgraciada que nunca. Pero no podía oponerse a los argumentos de Caiping y las demás, que apelaban con insistencia a las buenas formas y que acabaron convenciéndola para que arreglara como solía hacerlo su cabello medio rapado. Acordaron guardar silencio y fingir ignorar el rapto de Miaoyu, y no actuar antes de que volvieran el señor y la señora. Xichun ya había tomado la firme decisión de hacerse monja, pero ya hemos hablado lo suficiente sobre este asunto.

De vuelta en el templo del Umbral de Hierro, Jia Lian relató cómo había interrogado a la guardia nocturna, y cómo había entregado a la policía una lista de los objetos desaparecidos.

—¿Qué pusiste en la lista? —preguntó Jia Zheng.

Jia Lian le mostró una copia de la lista de aquellos objetos que había ido recordando Hupo.

—En cuanto a los regalos de la consorte imperial, los hemos anotado —dijo—. Dejamos de lado aquellos objetos que eran de dudosa pertenencia. Apenas haya abandonado el luto, conseguiré gente, haremos las pesquisas necesarias y recuperaremos nuestras pertenencias.

Jia Zheng asintió afirmativamente, pero no dijo nada, Entonces Jia Lian se presentó ante Sus Señorías.

—Lo mejor será que soliciten al señor volver a casa cuanto antes —sugirió—, o todo seguirá patas arriba.

—De acuerdo —coincidió la dama Xing—. Estamos muy preocupadas.

—Nosotros los jóvenes no podemos proponerlo —añadió él—. Pero si lo hace usted, señora, es probable que el segundo señor acceda a sus deseos.

La dama Xing y la dama Wang lo discutieron, y optaron por volver a casa.

A la mañana siguiente Jia Zheng, que también estaba preocupado, envió a Baoyu a solicitar a Sus Señorías que volvieran a casa ese mismo día, aunque regresaran a aquel lugar más adelante. Ya había nombrado mayordomos para que se encargaran del templo, y ordenado que mandaran a sus criadas ocuparse de diversas tareas. Entonces la dama Xing dio órdenes a Yingge y otras doncellas para que montaran guardia junto al ataúd, y pidió a la esposa de Zhou Rui y otras matronas que se encargaran de todo. Los demás, señores y sirvientes, debían acompañarlas de vuelta a casa. Carruajes y caballos fueron rápidamente preparados, mientras que Jia Zheng y el resto se despedían de nuevo con lamentos del ataúd de la Anciana Dama.

Cuando se levantaron para partir, la concubina Zhao permaneció postrada. La concubina Zhou pensó que seguía de duelo y fue a levantarla; entonces descubrió que estaba echando espuma por la boca, tenía los ojos en blanco e inermes, y la lengua le colgaba. La visión trastornó a los presentes y Huan empezó a llorar ruidosamente.

La concubina Zhao volvió en sí y gritó:

—¡No vuelvo a casa! ¡Vuelvo al sur con la Anciana Dama!

—La Anciana Dama ya no te necesita —alegaron los demás.

—He servido a la Anciana Dama toda mi vida —dijo ella—. El señor mayor se aprovechó de mí a través de espíritus y demonios. Por eso pedí a la bruja taoísta Ma que me ayudara a vengarme; entregué mucho dinero en vano, puesto que ninguno de los hechizados murió. ¡Si regreso ahora, vendrán a saldar cuentas conmigo!

Todos comprendieron que el espíritu de Yuanyang la había poseído. Sus Señorías la miraron enmudecidas, y fue Caiping quien intercedió:

—Hermana Yuanyang, has muerto por voluntad propia, y la concubina Zhao nada ha tenido que ver con ello. Por favor, déjala en paz —y no se atrevió a decir más frente a la dama Xing.

—No soy Yuanyang —protestó la concubina Zhao—. Desde hace tiempo está entre los inmortales. El Rey de los Infiernos me ha mandado arrestar para juzgarme por haber practicado la brujería con esa vieja Ma —y entonces gritó—: ¡Buena señora Lian! ¡Deje de hablar mal de mí ante el Rey de los Infiernos, aquí presente! Si he vivido mil días haciendo el mal, uno habrá en el que haya hecho algo bueno. ¡Querida señora, bondadosa señora! No quise matarla. Tuve un momento de confusión, e hice lo que esa perra me mandó hacer.

Mientras rugía de ese modo, Jia Zheng mandó llamar a Jia Huan. Las criadas le informaron:

—La concubina Zhao está embrujada y el señor Huan la está cuidando.

—¡Qué tontería! —se burló Jia Zheng—. Regresemos primero nosotros. —Y se marcharon.

La concubina Zhao seguía con su ataque en el templo, sin que nadie supiera cómo devolverle la cordura. Temerosa de que siguiera con sus revelaciones, la dama Xing dijo:

—Que se queden aquí unas cuantas personas para cuidarla. Nosotras nos vamos. Cuando lleguemos a la ciudad enviaremos a un médico para que la vea.

La dama Wang hizo lo propio y se fue, puesto que jamás despreciaba a la concubina Zhao. Pero Baochai era demasiado bondadosa para asumir tal actitud y, a pesar de que recordaba que había puesto en peligro la vida de Baoyu, no podía dejarla en aquel estado. Le dijo en secreto a la concubina Zhou que se quedara y la cuidara. Como esta última era un alma buena, aceptó. También Li Wan se ofreció, pero la dama Wang se lo impidió, así que todas se dispusieron a partir.

—¿Yo tengo que quedarme? —preguntó Jia Huan desesperado mientras se iban.

—¡Estúpido! —le soltó la dama Wang—. Tu madre puede estar muriéndose. ¿Cómo vas a dejarla?

Aquello silenció a Jia Huan, y Baoyu le dijo:

—Hermano querido, no debes irte. Cuando llegue a la ciudad enviaré gente para que te acompañe.

Entonces todos subieron a los carruajes y partieron, dejando detrás únicamente a las concubinas Zhao y Zhou, a Jia Huan, a Yingge y a algunos más.

Cuando Jia Zheng, la dama Xing y el resto llegaron a casa, fueron a los aposentos de la Anciana Dama y lloraron. Lin Zhixiao hizo pasar a los sirvientes para que se arrodillaran y presentaran sus respetos.

—¡Fuera! —ordenó rudamente Jia Zheng—. Mañana los interrogaremos.

Aquel día Xifeng se sentía demasiado cansada como para darles la bienvenida. Xichun los recibió roja de vergüenza. La dama Xing la ignoró, mientras que la dama Wang la trató como si nada hubiera sucedido; Li Wan y Baochai le tomaron la mano y charlaron un rato con ella.

Sólo la señora You se burló:

—Gracias, señorita, por haber cuidado la casa estos últimos días.

Xichun no respondió y se limitó a enrojecer aún más, mientras Baochai tiraba de la señora You por la manga. Entonces todos regresaron a sus respectivos aposentos.

Después de una mirada en torno suyo, Jia Zheng suspiró, pero no hizo comentarios. Fue al estudio y citó a Jia Lian, Jia Rong y Jia Yun para darles instrucciones precisas. Baoyu quiso quedarse para acompañarlo, pero Jia Zheng le dijo: «No hace falta», y Lan volvió junto a su madre.

La noche pasó sin más. Lin Zhixiao acudió al estudio a primera hora de la mañana para arrodillarse ante su amo. Al ser interrogado detalladamente acerca del robo, mencionó todo lo relacionado con Zhou Rui.

—La policía ha arrestado a Bao Er —dijo—. Le han encontrado encima algunos de los objetos robados. Ahora lo están interrogando para descubrir el paradero de esa banda de ladrones.

—¡Qué ingratitud! —tronó Jia Zheng—. ¡Traer ladrones para robar a sus señores! ¡Indignante! —Inmediatamente despachó gente a las afueras de la ciudad para amarrar a Zhou Rui y presentarlo ante la policía para el interrogatorio. Lin Zhixiao permaneció de rodillas ante él, tembloroso, sin atreverse a alzarse.

—¿Por qué sigues arrodillado? —le preguntó Jia Zheng.

—¡Merezco la muerte! ¡Piedad, señor!

En eso entraron Lai Da y otros sirvientes de rango para presentar sus respetos y las cuentas de los funerales.

—Entréguenselas al señor Lian y vuelvan aquí.

Con las órdenes dadas, Jia Zheng despidió a los mayordomos. Lin Zhixiao se levantó y partió con ellos.

Jia Lian hincó una rodilla en tierra y le susurró algo al oído.

—¡Tonterías! —respondió a gritos Jia Zheng—. Aunque hayan robado el dinero para los funerales de la Anciana Dama, ¿cómo vamos a castigar a nuestros esclavos haciéndoles pagar nuestras deudas?

Jia Lian se sonrojó, pero no discutió; se incorporó aunque no se atrevió a salir.

—¿Cómo está tu esposa? —le preguntó Jia Zheng.

Jia Lian volvió a arrodillarse, esta vez para responder:

—Parece que ya no tiene salvación.

—¡Jamás pensé que así sería la decadencia de nuestra familia! —suspiró Jia Zheng—. También la madre de Huan ha caído enferma en el templo, y no tenemos la menor idea acerca de su mal. ¿Lo sabías tú?

Jia Lian no se atrevió a responder.

—Anda y que los sirvientes consigan un médico que la atienda.

Jia Lian asintió y partió en busca de un médico para el templo del Umbral de Hierro. Quien desee saber si la concubina Zhao vivió o murió, tiene que leer el capítulo que viene a continuación.

CAPÍTULO CXIII

Xifeng, arrepentida de sus acciones,

se encomienda a una aldeana.

Una leal doncella cede en su rencor y se conmueve

ante un loco enamorado.

En el capítulo anterior, la concubina Zhao había caído enferma repentinamente, y al ver que allí permanecía poca gente deliró con más fuerza, lo que aterró aún más a todos los presentes. Dos criadas intentaron levantarla, pero ella insistió en permanecer de rodillas, alternando locura y llanto. A ratos se arrastraba por el suelo, implorando piedad.

—¡Sus golpes me están matando, señor de la Barba Roja! —exclamaba—. ¡Jamás volveré a hacer una cosa igual!

Lanzó alaridos de dolor retorciéndose las manos, con los ojos a punto de saltarle de las órbitas, el cabello revuelto, y un hilo de sangre que le salía de la boca. Nadie se atrevía a acercarse a ella.

Hacia el crepúsculo tenía la voz tan ronca que parecía un fantasma aullando. Nadie se atrevía a permanecer cerca, y decidieron llamar a unos cuantos mocetones para que la acompañaran. Se pasó toda la noche gimiendo, perdiendo el conocimiento o recobrando algo de lucidez. Al día siguiente había perdido el habla, pero con el rostro contorsionado se dedicó a rasgarse las vestiduras desvelando los senos, como si alguien la estuviera desnudando. Como no podía expresarse verbalmente, la agonía de la pobre concubina Zhao resultaba un doloroso espectáculo.

En medio de ese crítico trance llegó el médico, quien no se atrevió a acercarse a ella para tomarle el pulso, pero advirtió a los presentes que fueran preparando los funerales.

Cuando se puso en pie para partir, el sirviente que lo había traído le suplicó con insistencia:

—Por favor, tómele el pulso para que pueda informar de ello a nuestro señor.

Cuando el médico aceptó, el pulso ya se había detenido. Al oír aquello, Jia Huan rompió a llorar y todos se volvieron hacia él, ignorando a la concubina Zhao, ya fallecida. Sólo la bondadosa concubina Zhou dijo para sus adentros con amargura: «¡Así que éste es el final de una concubina! Y eso que ella por lo menos tenía un hijo. ¡Quién sabe lo que ocurrirá cuando yo muera!». Aquella reflexión le resultó dolorosa, y la sumió en una profunda tristeza.

El mayordomo volvió a toda prisa para informar a Jia Zheng, quien envió gente para que asistiera a los funerales de la concubina Zhao y acompañara a Jia Huan tres días antes de traerlo de vuelta. Apenas volvió el mayordomo, uno se lo contó a diez y diez a ciento, y ya todos rumoreaban que la concubina Zhao había sido torturada hasta la muerte por el tribunal de los infiernos por haber tramado un asesinato.

Algunos predijeron:

—Pues entonces también está acabada la señora Lian, porque la concubina Zhao dijo que fue ella quien la denuncio.

Aquellos comentarios llegaron a oídos de Pinger y aumentaron sus preocupaciones, pues le hicieron ver que el mal de Xifeng era mortal de necesidad. Y Jia Lian había perdido el afecto que solía mostrar por ella. A pesar de que, efectivamente, estuviera muy ocupado, daba la impresión de que ya nada le unía a Xifeng. Pinger trataba de consolar a su señora; pero las damas Xing y Wang, que ya llevaban varios días en la mansión, se limitaban a enviar criadas a preguntar por su salud, en lugar de acudir personalmente, lo que empeoraba aún más el malestar de Xifeng. Y cuando Jia Lian volvía a casa, jamás tenía una palabra amable en su boca.

A esas alturas el único deseo de Xifeng era morir lo más pronto posible, y en ese estado de ánimo la acosaban los espectros. Vio a la segunda hermana You caminando desde la parte de atrás del cuarto hacia su kang.

—¡Hermana, cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que te vi! —dijo la segunda hermana You—. Te he echado mucho de menos, pero no podía verte; ahora, en cambio, me ha resultado muy fácil. Te has desgastado con todas tus maquinaciones. Nuestro esposo es demasiado tonto y ya no abriga sentimientos de afecto hacia ti; encima prefiere acusarte de avaricia y de haber arruinado su porvenir, hasta el extremo de que no puede ya caminar con la frente alta. ¡Esto es tan injusto que siento rabia por ti!

En su semiinconsciencia, Xifeng respondió:

—¡Cuánto lamento haber sido tan mezquina! ¡Y tú, en lugar de recordar pasados males, vienes a verme!

Pinger, que estaba a su lado, preguntó:

—¿Qué es lo que dice, señora?

Entonces Xifeng despertó y recordó que la segunda hermana You estaba muerta y que seguramente había venido a reclamar su vida. Sintió miedo, pero como no quiso admitirlo tuvo que decir:

—Mi espíritu está inquieto. Seguramente habré hablado en sueños. Dame un masaje en la espalda.

Cuando Pinger estaba haciéndolo, entró una joven doncella para anunciar la llegada de la abuela Liu, a quien una criada había traído para que presentara sus respetos.

Pinger inmediatamente dejó el kang y preguntó:

—¿Dónde está?

—No se atreve a venir a menos que la señora la mande llamar.

Pinger asintió con la cabeza. Pensó que Xifeng estaba demasiado enferma como para recibir visitas y dijo:

—La señora está descansando. Dile que espere fuera. ¿Le has preguntado qué asunto la trae por aquí?

—Las otras han preguntado —respondió la doncella—. No ha venido por nada especial. Dice que hace poco que se enteró de la muerte de la Anciana Dama, y que, si se lo hubieran comunicado, habría venido antes.

Xifeng las oyó y llamó:

—¡Pinger, ven aquí! Ya que ha tenido la amabilidad de visitarnos, no debemos tratarla con frialdad. Anda y haz pasar a la abuela Liu, quiero charlar con ella.

Pinger salió con su encargo. Xifeng cerró los ojos, y apenas lo había hecho cuando vio que se le acercaban un hombre y una mujer[1], como si quisieran subirse a su kang. Inmediatamente llamó a Pinger:

—¿De dónde ha salido este hombre? ¿Adónde ha ido?

Llamó dos veces, y entraron corriendo Fenger y Xiaohong.

—¿Desea algo, señora? —preguntaron.

Al abrir los ojos no vio a nadie extraño y comprendió lo sucedido, aunque no quiso confesarlo.

A Fenger le preguntó:

—¿Dónde está Pinger?

—¿Acaso no le dijo que fuera a por la abuela Liu, señora?

Xifeng se esforzó en mantener la calma y no dijo nada; en eso entraron Pinger, la abuela Liu y una niñita.

—¿Dónde está la señora Lian? —preguntó la vieja. Y cuando Pinger la condujo hasta el kang, anunció:

—Señora, he venido a presentar mis respetos.

Xifeng abrió los ojos y sintió una profunda desolación.

—¿Cómo está, abuela? —le respondió—. ¿Por qué ha dejado pasar tanto tiempo sin venir a vernos? ¡Cuánto ha crecido su nieta!

Al ver a Xifeng consumida como árbol seco, con el entendimiento nublado, la abuela Liu se entristeció:

—¡Señora! —exclamó—. ¡Apenas hace unos meses que vine por última vez, y ya la veo tan enferma! ¡Qué estúpida he sido en no venir antes a presentar mis respetos!

Ordenó a Qinger que hiciera una reverencia, pero ésta sólo soltó una risita. A Xifeng le encantó la niña y le dijo a Xiaohong que la sentara.

—Nosotros los aldeanos no caemos nunca enfermos —dijo la abuela Liu—. Cuando nos sentimos mal, simplemente rezamos y hacemos súplicas a los dioses, jamás tomamos medicinas. Señora, ¿no será que esta enfermedad suya la han provocado los malos espíritus?

Aquel desatinado comentario hizo que Pinger le diera un empujoncito en la espalda. La abuela Liu comprendió la señal y no dijo nada más; sin embargo lo que no sabía era que su opinión coincidía con la de la propia Xifeng.

—Abuela —le dijo con mucho esfuerzo—, usted es anciana, una persona con experiencia; tiene toda la razón. ¿Sabía que la concubina Zhao también ha muerto?

—¡Buda Amida! —exclamó la abuela Liu sorprendida—. Gozaba de buena salud. ¿De qué murió? Recuerdo que tenía un hijo. ¿Qué va a ser de él?

—¡No le va a pasar nada! —dijo Pinger—. El señor y la señora se harán cargo de él.

—¡Qué sabe usted, señorita! No importa lo malo que sea un hijo de la misma sangre; ¡pero la cosa es diferente cuando viene de otro vientre y de otra piel!

Aquello conmovió vivamente a Xifeng y la hizo llorar… Todas intentaron consolarla. Al escuchar a su madre llorando, Qiaojie se acercó al kang, le tomó la mano, y lloró con ella.

—¿Has saludado a la abuelita? —sollozó Xifeng.

—Todavía no —dijo la niña.

—Ella es la que te dio tu nombre; en cierto modo es tu madrina. Preséntale tus respetos.

Qiaojie se acercó para hacerlo, pero la vieja se lo impidió.

—¡Buda Amida! —exclamó—. ¡No debe hacer eso ante alguien como yo! Hace más de un año que no he venido, señorita Qiaojie. ¿Todavía me recuerda?

—Claro que sí. Ese año en que la vi en el jardín, yo todavía era pequeña. Le pedí grillos verdes del año anterior, pero no me los trajo. Tiene que haberse olvidado.

—Mi buena niña, soy una vieja estúpida. Si lo que desea son grillos verdes, nuestra aldea está repleta de ellos, pero usted nunca pasa por allí. Si lo hiciera, podría conseguir una carreta llena.

Xifeng sugirió:

—Pues llévesela consigo.

La abuela Liu se rió:

—Una joven tan delicada que vale mil monedas de oro, vestida de seda, y que come los más exquisitos manjares…, ¿cómo podría yo entretenerla allí? ¿Y qué le daría de comer? ¿Quiere matarme de un susto? —se reía sólo de pensarlo, y continuó—: Pero le digo una cosa, puedo arreglarle una boda. Aunque vivamos en el campo, también tenemos ricachones con miles de hectáreas de tierra y cientos de cabezas de ganado, por no mencionar jarrones llenos de plata. Sólo que no tienen ni oro ni jade como ustedes. Usted, señora, lo miraría por encima del hombro. ¡Pero a nosotros los campesinos nos parece que viven en el cielo!

—Entonces arréglele una boda —dijo Xifeng—. Yo accederé.

—¡Está bromeando! Una dama como usted rechazaría hasta las propuestas de grandes familias de funcionarios; ¿cómo va a aceptar casarla con un tipo del campo? Y aunque así fuera, las señoras se negarían.

A Qiaojie no le gustó aquella charla, y se puso a hablar con Qinger. Se sintieron a gusto juntas, y en poco tiempo se hicieron buenas amigas.

Temerosa de que la abuela Liu llegara a fatigar a Xifeng con su locuacidad, Pinger le tiró de la manga y dijo:

—Ha mencionado a Su Señoría, y todavía no ha ido a verla. Buscaré a alguien para que le lleve con ella, y así no habrá venido en vano.

Cuando la abuela Liu se puso en pie para marcharse, Xifeng exclamó:

—¡Cuánta prisa! Siéntese. Déjeme preguntarle, ¿cómo le van las cosas, últimamente?

Con el corazón rebosante de gratitud, la abuela Liu respondió:

—De no ser por usted, señora… —señaló a su nieta, y continuó—, su padre y su madre habrían muerto de hambre. Pero a pesar de que la vida en la granja es dura, hemos comprado varios mu de tierra y perforado un pozo. Cultivamos verduras, y también fruta, y nos dan lo suficiente para alimentamos. Además en estos dos últimos años usted nos ha entregado ropa y objetos de todo tipo, de modo que en nuestra aldea pasamos por acomodados. ¡Buda Amida! El otro día, cuando el padre de la niña vino a la ciudad, sé enteró de que habían Confiscado parte dé los bienes de la mansión, y casi me muero del susto. Por suerte otros me dijeron que no era esta casa precisamente, y me quedé más tranquila. Más tarde nos enteramos de que el señor había sido ascendido, y en mi complacencia quise venir a felicitarles, pero el trabajo de la tierra no me dejó tiempo libre. Ayer me comentaron que la Anciana Dama había fallecido. Estaba recogiendo alubias cuando me trajeron la noticia, y la emoción no me dejó seguir. ¡Allí, en el campo, me puse a llorar sin freno! Y a mi yerno le dije: «Voy a tener que dejar que te las arregles como puedas. Cierto o no, tengo que ir a la ciudad para averiguar lo que ocurre». Mi yerno y mi hija tampoco son ingratos, y ambos lloraron con la noticia, y esta mañana antes del alba me despidieron. En la ciudad no conocía a nadie a quien pudiera preguntar, así que me vine a su puerta trasera y vi que hasta los dioses de la puerta habían sido cubiertos[2]. ¡Eso me dio otro buen susto! Cuando entré a buscar a la esposa de Zhou Rui, no la pude encontrar por ninguna parte, y una niña me dijo que había sido despedida por haber hecho algo malo. Tuve que esperar un buen rato que apareciera alguien conocido antes de poder entrar. No sabía que usted estuviera tan enferma, señora. —A esas alturas ya estaba derramando lágrimas.

Pinger, preocupada por su señora, obligó a la abuela Liu a ponerse de pie para que se despidiera.

—De tanto hablar debe tener la boca seca —dijo—. Vamos a beber un poco de té. —Y la llevó a los aposentos de las doncellas, dejando a Qinger con Qiaojie.

—No quiero té —le aseguró la abuela Liu—. Pero por favor, señorita, consígame alguien que me lleve a presentar mis respetos a Su Señoría y llorar por la Anciana Dama.

—No se preocupe —respondió Pinger—. De todas maneras no puede salir de la ciudad hoy. Sucede que hace unos momentos temí que dijera algún desatino y volviera a hacer llorar a nuestra señora. Por eso la he sacado fuera de la habitación. Espero que no le haya molestado.

—¡Buda Amida! Sé lo considerada que es usted, señorita. Pero ¿qué puede hacerse con la enfermedad de la señora?

—¿Le parece seria?

—Pues sí, aunque esté mal que lo diga.

En eso oyeron a Xifeng que llamaba, pero cuando Pinger se le acercó, no decía nada. Pinger preguntó a Fenger si sabía algo, y en eso llegó Jia Lian. Después de lanzar una rutinaria mirada al kang, entró en el cuarto interior sin decir palabra alguna y se sentó, con la mirada cargada de furia. Qiutong entró sola a servir té y a atenderlo, pero las demás no pudieron oír lo que hablaron. Entonces Jia Lian mandó, llamar a Pinger.

—¿Tu señora no está tomando sus medicinas? —preguntó.

—¿Qué ocurre si no lo hace?

—¿Cómo voy a saberlo yo? —replicó él—. Tráeme la llave del baúl.

Como lo vio de mal humor, no se atrevió a preguntarle nada, y salió a susurrarle algo a Xifeng. Como esta última no decía nada, Pinger trajo un pequeño baúl y lo puso delante de Jia Lian; luego se retiró.

—¿Qué es lo que estás haciendo? —exigió saber—. ¿Quién me va a entregar la llave?

Controlando su irritación, ella la sacó de un cofrecito y abrió el baúl.

—¿Qué desea que le saque? —preguntó.

—¿Qué hay?

—Diga simplemente lo que quiere —sollozó enfurecida—. ¡Y si hay que morir, moriré tranquila!

—¿Hace falta decirlo? Vosotras sois las responsables de todo lo ocurrido. Ahora nos faltan cuatro o cinco mil taeles para los funerales de la Anciana Dama, y el señor me ha dicho que junte algún dinero de los títulos de propiedad de las tierras familiares, pero ¿qué queda? Y nuestras deudas, ¿queréis que nos neguemos a pagarlas? ¡Jamás debí haber aceptado este trabajo! Sólo me queda por vender lo que me dejó la Anciana Dama. ¿Estás en contra?

Pinger estaba buscando en el baúl sin decir palabra, cuando entró corriendo Xiaohong.

—¡Rápido, hermana! —gritó—. ¡La señora está mal!

Ignorando a Jia Lian, Pinger salió a toda velocidad para encontrarse con Xifeng arañando el aire con ambas manos. La sujetó, lloró y pidió auxilio. Jia Lian había salido para echar una mirada, y golpeó el suelo con el pie.

—¡Lo que faltaba! —pataleó y gruñó con lágrimas en los ojos—. ¡Estoy acabado!

En eso Fenger anunció:

—Lo buscan afuera, señor. —Y Jia Lian tuvo que irse.

Tal era ya el delirio de Xifeng que sus doncellas no pudieron evitar echarse a llorar, lo que atrajo a Qiaojie hasta el cuarto. También la abuela Liu se precipitó hacia el kang para invocar a Buda y mascullar ensalmos para expulsar a los fantasmas, hasta: que, por fin, Xifeng se tranquilizó levemente. Entonces llegó la dama Wang, alertada por una de las doncellas. Encontró a Xifeng algo más calmada, lo que la tranquilizó a ella misma. Saludó a la abuela Liu y le preguntó cuándo había llegado; pero después de presentar sus respetos, la vieja se puso a hablar sin freno de la enfermedad de Xifeng.

En eso entró Caiyun a informar:

—El señor desea verla, señora. —Y después de dar algunas instrucciones a Pinger, la dama Wang se retiró.

Para entonces Xifeng había recobrado el conocimiento. Al ver a la abuela Liu, en cuyas plegarias creía, despidió a sus doncellas y pidió a la vieja que se sentara a su lado. Cuando se enteró de sus temores y de los fantasmas que había visto, la abuela Liu le aseguró que las deidades budistas del templo de su aldea podían hacer milagros.

—¡Por favor, rece por mí! —le suplicó Xifeng—. Si precisa dinero para un sacrificio, me queda algo. —Se quitó un brazalete de oro y se lo entregó.

—No es necesario, señora. Cuando nosotros, los aldeanos, nos reponemos después de las plegarias, sólo gastamos unos cientos de monedas. ¿Para qué tanto? Yo rezaré por usted y haré alguna promesa, y en cuanto se mejore, si quiere hacer donaciones, hágalas por usted misma.

Consciente de que la mujer lo decía de corazón, Xifeng no volvió a insistir.

—¡Abuelita, mi vida está en sus manos! —dijo—. Y mi pequeña Qiaojie también es enfermiza; le ruego que se ocupe de ella.

La abuela Liu asintió inmediatamente y propuso:

—En tal caso, como todavía es temprano, regreso a casa. Cuando se reponga mañana, podrá agradecérselo a todas las deidades, señora.

Acosada por los fantasmas de sus víctimas, Xifeng sintió ansias de que la mujer partiera para que pudiera aliviarla de su terror.

—Si hace eso por mí, podré dormir tranquila y le quedaré muy agradecida —dijo—. Puede dejar a su nieta aquí.

—Es una niña del pueblo sin modales, y puede molestar. Mejor será que me la lleve conmigo.

—No se preocupe por eso. Somos todos una misma familia, ¿qué importa? Aunque ahora somos pobres, una boca más que alimentar no cambia nada.

Al advertir que Xifeng hablaba en serio, la abuela Liu quiso dejar a Qinger allí unos días más, lo que ahorraría comida en casa; pero no sabía si la niña estaría de acuerdo. Lo mejor sería preguntarle y, si aceptaba, la dejaría allí. Así que fue a comentárselo. Qinger estaba ya en tan buenas relaciones con Qiaojie que se resistían a separarse; entonces la abuela Liu dio unas cuantas instrucciones a su nieta, se despidió de Pinger y salió de la ciudad a toda prisa. Pero dejemos el asunto para otro momento.

Y hablando del convento del Enrejado Verde, pertenecía a la familia Jia, pero había sido incorporado al jardín preparado con motivo de la visita de la consorte imperial. Sin embargo, pagar los gastos de comida e incienso no dependía ni del dinero ni del grano de la mansión Jia. Tras notificar a las autoridades el rapto de la monja Miaoyu, las que quedaban permanecieron en el convento esperando que los ladrones fueran detenidos y porque no les parecía bien disolver lo que había fundado su maestra, y así se lo expusieron a la familia Jia.

Aun cuando conocían el hecho del secuestro, los mayordomos de la familia Jia decidieron que se trataba de un asunto sin importancia como para molestar a Jia Zheng en estos momentos de duelo e inquietud. Xichun era la única que conocía lo ocurrido a la monja y no podía tranquilizarse ni de día ni de noche. Pero al poco tiempo la noticia llegó también a oídos de Baoyu; unos decían que había sido raptada, otros que, tentada por el deseo, Miaoyu se había fugado con un hombre. «Tienen que haberla secuestrado —se dijo, entristecido—. Como no era de las que se someten, debe haber muerto resistiendo.» La falta de noticias acerca de Miaoyu le hizo cavilar durante días, con suspiros y lamentaciones.

«Solía llamarse a sí misma “la del otro lado del umbral”. ¿Cómo es posible que una muchacha casta conozca semejante fin? —se preguntó—. ¡Qué alegres éramos en el jardín en aquellos días! Pero después del matrimonio de mi segunda hermana, todas las muchachas murieron o se casaron. Pensé que al menos ella, impoluta en medio de tanto polvo, permanecería aquí; pero esta súbita tormenta se la llevó aún más inesperadamente que a la prima Lin.» Así cavilaba una y otra vez hasta que recordó las palabras del maestro Zhuang: «en el espacio ilusorio del vacío y de la nada»[3], y pensó que los hombres de este mundo difícilmente pueden evitar ser arrastrados por el viento y dispersados como nubes. Rompió a llorar. Xiren y las demás creyeron que volvían sus trastornos, y trataron de consolarlo de todas las formas posibles.

Al principio tampoco Baochai comprendió la causa de su desconsuelo, e intentó aliviarlo. Pero Baoyu siguió con el ánimo caído y su mente desvariaba. Buscando una razón, hizo diversas indagaciones, y cuando oyó que Miaoyu había sido secuestrada y que había desaparecido sin dejar rastro, también ella se sintió desolada. Pero para contrarrestar la depresión de Baoyu, le llamó la atención:

—Aunque Lan no haya podido volver a la escuela, me dicen que estudia muy duro día y noche. Es el bisnieto de la Anciana Dama. La Anciana Dama hubiese querido que tú, su nieto, te convirtieras en un hombre de pro; y el señor se pasa el tiempo preocupándose por ti. ¿Qué será de nosotras si por un capricho arruinas tu salud?

Baoyu no sabía qué responder. Después de un rato, dijo:

—¿Por qué debo preocuparme por otras personas? Lo único que lamento es la decadencia de nuestra familia.

—¡Ahí tienes! —exclamó ella—. Tus padres desean todo lo mejor para ti, y que seas un hombre de provecho que perpetúe los logros de tus ancestros. Pero tú te empecinas en tu locura, ¿de qué sirve que te pongas así?

Aquello disgustó a Baoyu, que recostó la cabeza sobre una mesa y fingió dormir. Baochai lo ignoró y dio instrucciones a Sheyue y las demás doncellas para que lo vigilaran mientras ella se iba a la cama.

Viendo que en el cuarto quedaba poca gente, Baoyu pensó de pronto: «Jamás, desde que me instalé en este lugar, he tenido una charla de tú a tú con Zijuan, y la frialdad con que la he tratado me pesa, especialmente porque ella no es como Sheyue o Qiuwen, con las que puedo contar en cualquier momento. Recuerdo cómo ella me acompañó aquella vez que enfermé, y todavía conservo aquel espejito suyo; no es una persona dura de corazón. Pero ahora, por una razón u otra, me trata fríamente. No puede ser por Baochai, que fue muy buena amiga de la prima Lin y que tampoco trata mal a Zijuan. Cuando me ausento, Zijuan charla alegremente con ella, pero apenas me ve llegar, ella se va. Imagino que es porque después de la muerte de la prima Lin me casé. ¡Ay Zijuan, Zijuan! ¿Cómo una muchacha inteligente como tú es incapaz de comprender la amargura en la que vivo?». Y esto pensó: «Esta noche cuando estén dormidas o entretenidas en labores de aguja, aprovecharé para ir a buscarla, a ver qué dice. Si la he ofendido le suplicaré que me perdone». Y salió decidido a encontrarse con Zijuan.

La alcoba de Zijuan estaba en la cara oeste del patio. Baoyu se acercó de puntillas a su ventana y vio que todavía ardía una luz en el interior. Con la punta de la lengua hizo un pequeño agujero a través del papel de la ventana, y vio a Zijuan sentada sola a la luz de la lámpara. No estaba haciendo nada, absorta en sus reflexiones.

—Hermana Zijuan —llamó dulcemente—. ¿Todavía no duermes?

Zijuan se sobresaltó y permaneció un tiempo sin reaccionar.

—¿Quién es? —preguntó finalmente.

—Soy yo.

—¿El señor Bao? —preguntó ella, reconociendo su voz.

—Sí —respondió en voz baja.

—¿Qué desea?

—Tengo algo importante que decirte. Por favor, déjame entrar.

Lo pensó un momento al cabo del cual respondió:

—Por favor, segundo señor, si tiene algo que decirme, espere a mañana. Ahora es tarde; será mejor que regrese.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Baoyu. Sabía que era improbable que Zijuan lo dejara entrar, y quería volverse, pero las palabras de la doncella despertaron todos sus sentimientos de amor escondidos en el fondo del corazón.

—No es mucho lo que tengo que decir —balbuceó—. Sólo quiero hacerte una pregunta.

—Entonces hágala de una vez.

Se quedó un largo tiempo sin responderle.

Al quedarse callado tanto tiempo, Zijuan temió haberlo trastornado de nuevo con su rechazo, lo que tampoco le pareció bien. Se puso de pie, escuchó cuidadosamente, y luego preguntó:

—¿Se ha ido o sigue parado ahí como un estúpido? Si tiene algo que decir, dígalo, en vez de quedarse ahí jugando. Ya jugó con alguien hasta llevarla a la muerte; ¿ahora me toca a mí? ¿de qué le sirve?

Miró por el agujero que había hecho en la ventana y vio a Baoyu, que la escuchaba estupefacto. No dijo nada más; volvió hacia atrás silenciosamente y apagó la lámpara.

De pronto oyó a Baoyu suspirando:

—¡Hermana Zijuan! Nunca has tenido el corazón de hierro y las entrañas de piedra. ¿Cómo es que ya ni siquiera me diriges una sola palabra amable? Soy un patán, indigno de vuestra atención; pero quiero que me digas qué falta he cometido, y así, aun cuando me ignores toda la vida, podré morir como un alma consciente.

—¿Eso es todo, segundo señor? —preguntó ella sarcásticamente—. ¿No tiene nada más que decir? Si eso es todo, me cansé de escucharlo cuando mi joven dama vivía. Si no cumplo con mi deber, usted puede informar de ello a Su Señoría, que fue la que me envió aquí. Nosotras, vulgares doncellas y esclavas, no somos nada. —Su voz se quebró en la garganta.

Desde el otro lado, Baoyu comprendió que estaba llorando con amargura y dijo desesperado, golpeando el suelo con el pie:

—¡Cómo puedes decir tales cosas! ¿O es que después de tantos meses aquí, todavía no me conoces? Ya que otros no lo dicen por mí, ¿no me dejarás hablar? ¿Quieres que me muera de pena? —Y rompió a llorar también.

Mientras Baoyu seguía con sus lamentos, una voz surgió detrás de ella:

—¿Quién puede hablar por usted? ¿Qué somos nosotras para usted sino esclavas? Si usted la ha ofendido, es usted el que debe pedir disculpas. Si lo acepta o no, es cosa de ella. ¿Por qué echa las culpas a personas como nosotras, que nada tenemos que ver?

Tanto él desde fuera como ella desde dentro se llevaron un susto. «¿Quién eres?» Era Sheyue, y su intervención incomodó a Baoyu.

—¿Y? ¿Qué pasa? —siguió Sheyue—. Aquí está uno pidiendo disculpas y la otra ignorándolo. ¡Apúrese y suplíquele! ¡Ay! Nuestra hermana Zijuan es demasiado cruel. Afuera está helando y él te está implorando un buen rato pero tú no das muestras de ceder.

Le dijo a Baoyu:

—Hace unos instantes la señora comentaba que ya era bastante tarde, y se estaba preguntando dónde estaba usted. ¿Por qué está aquí solo y de pie bajo los aleros?

—Sí, ¿por qué? —dijo Zijuan desde su alcoba—. Yo le pedí al joven señor que regresara. Si tiene algo que decir puede esperar hasta mañana. ¡Esto no tiene sentido!

Baoyu todavía quería hablar, pero no delante de Sheyue. Así que regresó con ella, diciéndose: «¡Ya está! Ya nunca más en mi vida podré mostrar mi corazón. ¡Sólo el señor del cielo me comprenderá!» y las lágrimas que derramaba eran tantas que no se podía saber de dónde nacían, fluyendo y fluyendo sin cesar.

—Siga mi consejo, joven señor, y desista —dijo Sheyue—. No derroche tantas lágrimas.

Sin responder, Baoyu volvió a su cuarto donde vio a Baochai, que parecía dormir, aunque él supo que fingía.

Pero Xiren le llamó la atención:

—Si tiene algo que decir, ¿por qué no puede esperar hasta mañana? ¿Por qué ir por ahí armando tanto escándalo? Qué más da si… —Pero dejó la frase inconclusa, y a continuación preguntó—: ¿Se siente bien?

Como Baoyu no Contestó, limitándose a sacudir la cabeza, lo ayudó a meterse en la cama. Pero, por supuesto, no pegó ojo en toda la noche.

Tras la provocación de Baoyu, Zijuan se sintió incómoda y pasó la noche entera llorando. Pensó: «Es cierto que Baoyu se casó cuando había perdido la razón, y que lo engañaron para que lo hiciera. Más adelante, cuando recuperó la cordura y fue consciente de lo que había pasado volvió a enfermar, y llora cada vez que la recuerda. En realidad no es una persona sin corazón. Los sentimientos que me ha expresado hoy me han conmovido. ¡Lástima que nuestra señorita Lin no tuviera la suerte de casarse con él! Esto demuestra que las vidas están predestinadas. Antes de conocer el destino se atesoran caprichos necios; pero cuando aparece la cruda realidad se quiebran las esperanzas, los imbéciles no se dan ni cuenta, pero aquellos de profundos sentimientos no pueden sino derramar lágrimas y gemir con el viento de cara a la luna. Lástima que los muertos no tengan conciencia, pero ay de la angustia de los vivos que no conoce fin… Nos iría mejor si fuéramos rocas o plantas sin conocimiento ni sentimientos y con el corazón limpio».

Aquella reflexión la dejó fría tras su acaloramiento inicial. Y ya se disponía a dormir cuando estalló, en el patio del este, un clamor. Para saber qué pasaba, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO CXIV

Wang Xifeng retorna a Jinling en sus alucinaciones.

Zhen Yingjia regresa a la corte

gracias al favor imperial.

Cuando, por los gritos, Baoyu y Baochai supieron que Xifeng estaba agonizando, se levantaron apresuradamente y las doncellas trajeron velas para atenderlos. Ya estaban a punto de salir cuando aparecieron unas criadas de la dama Wang para informar:

—La señora Lian está muy mal, pero aún no se trata del último suspiro. No hace falta que el segundo señor y la señora se apresuren. Hay algo sumamente extraño en su enfermedad, pues viene delirando desde la medianoche, pidiendo un barco y un palanquín para volver inmediatamente a Jinling con el fin de registrarse allí[1]. Nadie sabe a qué se está refiriendo, y ella no deja de llorar y dar alaridos. Por ello el señor Lian ha tenido que ordenar que preparen un bote y un palanquín de papel que todavía no le han entregado, y la señora Lian sigue esperando, en medio de grandes jadeos. Su Señoría nos envía a decirles que no vayan hasta que haya fallecido.

—¡Qué extraño! —exclamó Baoyu—. ¿Por qué habría de ir a Jinling?

Xiren le recordó en voz muy baja:

—¿No soñó usted hace mucho tiempo con unos registros? Tal vez sea ése el lugar adonde va.

Baoyu movió la cabeza afirmativamente.

—Sí. Lástima que no pueda recordar lo que leí en sueños. De ellos se desprendía que el destino de todos los mortales está fijado. Pero me pregunto adónde puede haber ido la prima Lin. Y ahora que lo dices, ya entiendo lo que está pasando. Si alguna vez vuelvo a tener ese sueño, debo leer esos registros cuidadosamente para poder predecir el futuro.

—¡Con usted no se puede hablar! —protestó Xiren—. ¿Cómo puede tomar tan en serio algo dicho a la ligera? Y aun cuando pudiera ver el futuro, ¿qué podría hacer frente a él?

—Precisamente, lo malo es que no puedo predecir el futuro. Si lo pudiera predecir, ya no tendría que preocuparme por vosotras.

En ese momento se acercó Baochai a preguntar:

—¿De qué estáis hablando?

Como no quería que lo sometiera a un interrogatorio, Baoyu dijo:

—Estábamos hablando de la prima Xifeng.

—¿Por qué chismorreáis sobre alguien que se está muriendo? Hace un par de años me recriminaste que echara maldiciones a las personas, pero aquella predicción sobre la tablilla de bambú[2] se hizo realidad. ¿O no?

Baoyu recordó el incidente y dio una palmada:

—¡Sí! ¡Sí! —exclamó—. O sea que puedes predecir el futuro. En tal caso permíteme que te pregunte por el mío.

—¡Otra vez con tus tonterías! —rió Baochai—. Simplemente traté de interpretar el oráculo. ¿Cómo puedes tomarlo en serio? Eres como la señorita Xing. Cuando perdiste tu jade, le pidió a Miaoyu que consultara la arena, y estuvo presumiendo de ello aunque nadie comprendió la respuesta. En privado me hablaba de la clarividencia de Miaoyu, de cómo había comprendido la vía y alcanzado la iluminación. ¿Cómo es que no ha sabido predecir la desgracia que le ha ocurrido ahora?, ¿y eso es ser capaz de predecir el futuro? Yo di en el clavo por casualidad con lo de la prima Xifeng, no sabía realmente qué sucedería con ella. Ni siquiera sé qué va a suceder conmigo. Todos los augurios son una farsa. ¿Cómo puedes creer en ellos?

—Olvídate de ella. Hablemos de la prima Xing —dijo él—. Con todos los acontecimientos que han venido sucediéndose, hemos olvidado lo de su matrimonio. ¿Cómo es posible que un hecho tan importante para vuestra familia haya sido manejado tan descuidadamente? Ni siquiera se invitó a parientes y amigos.

—Otra vez te equivocas. Nuestros parientes más próximos son tu familia y los Wang. Ya no quedan Wang respetables, y no podíamos invitar gente de esta casa tras los funerales de la Anciana Dama; por eso sólo vino el primo Lian para ayudarnos un poco. Asistieron unos cuantos parientes más, es cierto, pero ¿cómo lo ibas a saber si no fuiste? La suerte de mi segunda cuñada se parece un poco a la mía. Estaba comprometida con mi primo Ke y mi madre quería hacer una boda de campanillas, pero con Pan en la cárcel, Ke no quiso mucha pompa; después empezaron a sucederse los problemas en casa y, por si fuera poco, mi prima lo estaba pasando mal en casa de la dama Xing que, desde la confiscación, se ensañaba con ella. Por eso le pedí a mi madre que celebrase la boda con mucha discreción. Ahora se la ve bastante contenta, y también muy dedicada a mi madre, diez veces más de lo que estuvo su verdadera nuera. Ha resultado una excelente esposa para el primo Ke, y también trata bien a Xiangling. Cuando él no está, las dos se llevan estupendamente. Así que, a pesar de las penurias económicas, mi madre está mucho más contenta y sólo se aflige cuando piensa en mi hermano Pan, que no hace más que pedir dinero; afortunadamente Ke se encarga de conseguirlo en el exterior. Ale han dicho que hemos hipotecado todas nuestras casas en la ciudad salvo una, y que están pensando mudarse a ella.

—¿Por qué mudarse? —preguntó Baoyu—. Con ellos aquí, a ti te resulta más cómodo ir a visitarlos. Si se mudaran necesitarías más de un día para ir a visitarlos.

—Somos parientes, pero siempre es mejor que cada una tenga su propio hogar. ¿Cómo va a pasar toda la vida conmigo?

Baoyu se dispuso a replicar, pero en ese momento entró una doncella enviada por la dama Wang para anunciar:

—La señora Lian ha muerto, todos han ido a verla. Su Señoría les ruega que acudan de inmediato.

Al oír aquello, Baoyu, sin poder controlarse, dio una patada en el suelo a punto de echarse a llorar. A pesar de que también estaba consternada, Baochai intentó frenarlo para evitarle el dolor.

—¿Por qué llorarla aquí? —dijo—. Mejor será acudir a su lecho.

Fueron directamente a los aposentos de Xifeng, y encontraron a mucha gente ya reunida. Cuando Baochai vio a Xifeng yacente, soltó grandes lamentos. Baoyu tomó la mano de Jia Lian y sollozó amargamente; y también Jia Lian volvió a llorar. Como no había otra persona presente que los consolara, Pinger avanzó compungida para pedirles que cesaran; pero ellos siguieron con sus expresiones de dolor.

Jia Lian, completamente descompuesto, llamó a Lai Da para decirle que se encargara de los funerales, y fue él mismo a informar a Jia Zheng, que le dio su aprobación. Pero como disponía de poco dinero, resultaba todo muy difícil; fue entonces cuando el recuerdo de la ayuda que le había prestado Xifeng en el pasado acrecentó su dolor; y la visión de Qiaojie, extraviada de dolor, atenazó aún más su corazón. Lloró hasta el alba, y entonces mandó venir a Wang Ren, el hermano de Xifeng.

Desde la muerte de Wang Ziteng, la incompetencia de Wang Zisheng había permitido a Wang Ren hacer su voluntad y distanciarse de todos sus parientes. Al enterarse de la muerte de su hermana menor, tuvo que acudir y participar en el duelo; pero la sobriedad con que todo se estaba haciendo lo irritó.

—Mi hermana trabajó denodadamente durante años para llevar adelante esta casa, y jamás hizo nada malo —dijo—, así que vuestra familia debería tomar su entierro en serio. ¿Por qué no hay nada dispuesto todavía?

Jia Lian jamás lo había mirado con buenos ojos, y optó por ignorar aquel comentario poco juicioso. Entonces Wang Ren llamó a un lado a Qiaojie.

—Cuando tu madre vivía —dijo—, descuidó algunos deberes, y en su afán por complacer a la Anciana Dama nos prestó poca atención. Ahora ya has crecido, sobrina. ¿Alguna vez me has visto aprovecharme de tu familia? Ahora que tu madre ha muerto debes escuchar a tus tíos para todos tus asuntos: los únicos parientes que te quedan en la familia de tu madre somos tu segundo tío y yo. Sé bien cómo es tu padre, sólo se preocupa por otros. El año que murió su concubina You, yo no estaba en la capital, pero oí decir que se gastó mucho dinero; y ahora que tu madre ha muerto, racanea para el funeral. ¿Por qué no le dices algo?

—A él le alegraría poder hacer las cosas con lucimiento —repuso Qiaojie—, pero esta casa ya no es tan próspera como antaño. No tenemos dinero disponible, por eso hemos de evitar grandes dispendios.

—¿Que tenéis pocas cosas? —exclamó él en tono irónico.

—El año pasado nos confiscaron casi todo, ¿qué nos va a quedar?

—¿O sea que también tú andas con los mismos cuentos? Me han dicho que la Anciana Dama os regaló muchísimas cosas. Éste es el momento de recurrir a ellas.

Qiaojie no quiso decir que su padre había vendido todo aquello, y negó cualquier conocimiento del asunto.

—¡Ah, ya sé! —dijo él desdeñosamente—. ¡Quieres conservarlas para tu dote!

Qiaojie no se atrevió a replicar, y se limitó a llorar de rabia. Pinger le increpó duramente:

—Señor, si tiene alguna queja espere el regreso de nuestro amo. ¿Qué puede comprender la niña?

—Esperabais la muerte de vuestra ama para poder ocupar su lugar —replicó él—. Yo no quiero nada para mí, sólo que mantengáis las apariencias. —Y se sentó lleno de furia contenida.

Qiaojie también rezumaba indignación, y se dijo: «No es que mi padre carezca de corazón. Cuando mi madre vivía, mi tío se llevó muchísimas cosas nuestras; pero ahora habla como si tuviera las manos limpias». Y así desapareció el respeto que todavía le tenía la niña.

Por su parte, Wang Ren estaba convencido de que su hermana había dejado pingües ahorros. Pensó: «Aunque hayan confiscado la casa, seguro que queda mucha plata escondida en esta estancia. Mi sobrina debe estar temiendo que me aproveche, y por eso defiende a su padre. ¡Esta niñata no sirve para nada!». En ese preciso momento comenzó a despreciar a Qiaojie.

Jia Lian era ajeno a todo eso, y su única preocupación era reunir dinero. Había puesto a Lai Da a cargo de los asuntos del exterior; pero también sus gastos domésticos iban a crecer, y no tenía la menor idea acerca de dónde saldría ese dinero. Pinger advirtió su desasosiego.

—No arruine su salud preocupándose demasiado —le pidió.

—¡Al diablo con mi salud! —estalló él—. No tengo dinero ni para los gastos diarios. ¿Qué vamos a hacer? Y para empeorar las cosas, ha venido a entrometerse ese idiota. ¿Qué quieres que haga?

—No se preocupe, segundo señor. Si le falta dinero, a mí me quedan algunas cosas que por fortuna no fueron confiscadas. Tómelas, señor, las puede empeñar para ir tirando.

Jia Lian pensó: «¡Qué inesperado!».

—Espléndido —respondió con una sonrisa—. Me ahorrará la vergüenza de pedir prestado a diestra y siniestra. Te lo devolveré en cuanto me recupere.

—Todo lo que tengo me lo dio la señora, ¿por qué hablar entonces de devolución? Basta con que los funerales sean dignos.

Embargado por una inmensa gratitud, Jia Lian empeñó los objetos de Pinger, y a partir de aquel instante empezó a consultarle sobre todas las cosas, lo que irritó a Qiutong.

—Ahora que la señora se ha ido, Pinger quiere sustituirla —solía quejarse—. Yo fui la doncella del señor mayor, ¿cómo puede pasar por encima de mi cabeza?

Pinger ignoró tales comentarios, pero cuando Jia Lian se enteró, sintió un profundo desprecio hacia Qiutong, y cada vez que montaba en cólera la tomaba con ella. Cuando se enteró de los hechos, la dama Xing tomó partido por Qiutong, y él tuvo que medir sus palabras. Acabemos, pues, con esto.

Durante más de diez días, estuvo expuesto el cadáver. Después, tuvieron lugar los funerales. Durante todo ese tiempo Jia Zheng, que seguía de luto por su madre, durmió en el estudio exterior. Ya para entonces se habían despedido todos los secretarios y protegidos, con la sola excepción de Cheng Rixing, que a menudo le hacía compañía.

Jia Zheng le dijo:

—Nuestra familia se ha venido abajo con tantas muertes, y con el alejamiento del señor mayor y del señor Zhen. Vivimos cada día con más estrecheces e ignoro qué está pasando con nuestra granja. ¡Y aún no hemos terminado!

—Son ya muchos años los que llevo viviendo aquí, conozco a la gente de la mansión —dijo Cheng Rixing—. ¿Cuál de sus sirvientes no ha ido engordando gracias a ustedes, robando cosas de la mansión año tras año? Es natural, pues, que se vayan notando carencias. Por otro lado, tienen que afrontar los gastos del señor mayor y del señor Zhen, por no hablar de las deudas que tienen fuera; y encima, les han robado hace poco, y es improbable que las autoridades capturen a los ladrones y recuperen lo perdido. Si lo que desea es poner orden en su casa, señor, va a tener que reunir a sus mayordomos y ordenarle a uno de confianza que investigue en todas partes. Quienes tengan que ser despedidos, que lo sean; los que han de quedarse, que se queden; y si en algún lugar hay pérdidas, que pague quien haya tenido las manos ligeras. Así saldrán bien las cuentas. En cuanto a ese gran jardín, nadie se atreve a venderlo; sin embargo, no ha puesto a nadie que se haga cargo de sus productos, en parte debido a que el año que usted estuvo ausente algunos pretendieron demostrar que el lugar estaba encantado, para que todos temieran ir allí. Mejor será que le eche el ojo a su personal leal, y despache a los otros.

Jia Zheng asintió con la cabeza.

—No me importa decirle —dijo—, ¡que no son sólo los sirvientes, sino los propios sobrinos los que no merecen confianza! ¿Cómo voy a atender personalmente todos los asuntos si empiezo una investigación? Además sigo de luto y me resulta imposible ocuparme de esas tareas. Y como jamás presté mucha atención a los asuntos familiares, no estoy muy al día de la situación.

—Es usted la bondad misma, señor. En otras familias con propiedades parecidas a las suyas, en los momentos de penurias supieron mantenerse cinco o diez años con el apoyo de los mayordomos. Tengo entendido que algunos de ellos hasta se han hecho nombrar subprefectos.

—No imagino a nadie pidiendo dinero a sus sirvientes —objetó Jia Zheng—. Simplemente tendremos que ser más prudentes. Si las propiedades asentadas en nuestros libros existen de verdad, entonces el problema está resuelto. Pero temo que se trate de una mera lista de nombres sin contenido.

—Cierto, señor. Por eso sugiero humildemente que haga una inspección.

—¿Debo entender que ha oído algo sobre el asunto?

—Aunque tengo una cierta idea de lo que son capaces de hacer esos mayordomos, señor, no me atrevo a expresar en voz alta mis sospechas.

Jia Zheng comprendió que algo había detrás de esas palabras, y suspiró:

—Desde los tiempos de mi abuelo hemos sido unos amos bondadosos, y jamás tratamos con dureza a nuestros subalternos. Pero parece que abusan cada vez más. ¡Si ahora actúo como un amo intransigente, la gente se va a reír de mí!

En ese preciso momento uno de los guardianes de la puerta principal anunció:

—Ha llegado el señor Zhen del sur de Jiangnan.

—¿Qué le trae a la capital? —preguntó Jia Zheng.

—Me he enterado, señor, de que ha recibido un nuevo nombramiento gracias al favor imperial.

—Pues muy bien. ¡Dile que pase!

El hombre salió para traer a Zhen Yingjia, de nombre de cortesía Youzhong[3], padre de Zhen Baoyu. También él descendía de la nobleza de Jinling, donde había nacido, y estaba emparentado con los Jia, manteniendo con ellos estrechos lazos. Dos años antes una falta grave había provocado su destitución, así como la confiscación de sus propiedades. Pero ahora el emperador, preocupado por aquellos vasallos que alguna vez le hubieran rendido servicios meritorios, le había restaurado el título hereditario y lo había citado a la capital para una audiencia. Cuando se enteró de la reciente muerte de la Anciana Dama, preparó ofrendas de sacrificio y acudió para presentar sus respetos personales ante el túmulo, mas no sin antes visitar a Jia Zheng. Como Jia Zheng seguía de luto no pudo salir a recibirlo, y lo esperó junto a la puerta de su estudio. El reencuentro produjo en el señor Zhen una mezcla de júbilo y tristeza. Como no podían saludarse formalmente mientras Jia Zheng estuviera de duelo, se dieron la mano e intercambiaron unas cuantas palabras amables, para luego tomar asiento como anfitrión y huésped. Mientras les servían el té, fueron intercambiando sus experiencias desde el último encuentro.

—¿Cuándo se ha presentado ante la corte, señor? —preguntó Jia Zheng.

—Anteayer.

—Imagino que el emperador le habrá dado algunas instrucciones, ya que tuvo la gracia de hacerlo llamar.

—Sí. La bondad del soberano supera a la de los cielos. Ha firmado varios decretos.

—¿De qué tratan?

—Últimamente unos piratas han estado asolando la costa sudeste, manteniendo en vilo a toda la población, y han enviado al duque de Anguo[4] para acabar con ellos. Como nuestro soberano sabe que conozco la región, me ha ordenado que vaya de inmediato para proteger a la población. Ayer me enteré de la defunción de la Anciana Dama, y he traído incienso para quemarlo ante su túmulo, como expresión de mi condolencia.

Jia Zheng agradeció con una reverencia y replicó:

—Con esa misión no cabe duda de que va a aliviar las preocupaciones del emperador y llevará la paz al pueblo, señor. Es probable que logre grandes hazañas. No podré ser testigo de ellas, pero me quedaré esperando noticias de sus éxitos. Sucede que el comandante de aquella guarnición es pariente mío por lazos matrimoniales. Si llegan a encontrarse, espero que lo trate con benevolencia.

—¿Y cuál es el grado de relación que mantiene con él, señor?

—Cuando fui nombrado comisionado del Grano de Jiangxi, casé a mi hija pequeña con su hijo. Ya llevan tres años conviviendo juntos. A los problemas de contrabando, todavía sin resolver, se añaden los saqueos de los piratas, lo que ha impedido el intercambio de noticias. Pienso mucho en mi hija. Confío en que después de su trabajo de pacificación le quede un momento para visitarlos, señor. Les escribiré unas cuantas líneas y quedaré agradecidísimo si tuviera la amabilidad de entregarles mi carta.

—¿Quién no se preocupa por sus hijos? —respondió Zhen Yingjia—. Yo estaba a punto de pedirle otro. Cuando Su Majestad tuvo la bondad de citarme a la corte decidí traer a todos los de mi casa conmigo, pues mi hijo todavía es joven y no hay quien se quede al cargo de la casa. Ahora bien, como tenía que llegar a tiempo, me adelanté a ellos, dejándolos que siguieran más despacio, tanto es así que no han llegado aún. He recibido órdenes para dirigirme inmediatamente a mi destino, y no me atrevo a desobedecer. Le he dejado dicho a mi indigno hijo que cuando llegue venga a presentarle sus respetos, señor. Espero que le aconseje bien, y si aparece la posibilidad para un matrimonio conveniente, le agradecería que lo tuviera presente.

Jia Zheng asintió a todo lo que le decía. Después de intercambiar algunas frases más, Zhen Yingjia se puso en pie para irse.

—Lo veré mañana en las afueras —dijo.

Jia Zheng sabía que su huésped tenía prisa y no podía permanecer por más tiempo, así que lo acompañó hasta la parte exterior del estudio, donde esperaban Jia Lian y Baoyu para seguir escoltando al visitante, sin atreverse a entrar, ya que no habían sido citados. Cuando Zhen Yingjia salió, ambos se adelantaron para presentar sus respetos. La visión de Baoyu le sorprendió y pensó, «¡Pero si es la viva imagen de mi Baoyu, aunque éste está vestido totalmente de blanco!»[5].

Los saludó y dijo:

—A pesar de ser parientes cercanos, caballeros, hemos pasado tanto tiempo sin vernos que ya no nos reconocemos.

Jia Zheng señaló a Jia Lian y dijo:

—Éste es el hijo de mi hermano mayor She, mi segundo sobrino Lian. —Luego presentó a Baoyu—: Éste es mi segundo hijo, Baoyu.

Zhen Yingjia dio una palmada de asombro.

—¡Increíble! —exclamó—. En casa oí decir que usted tenía un hijo nacido con un trozo de jade en la boca, cuyo nombre era Baoyu. Me sorprendió que tuviera el mismo nombre que mi hijo. Más tarde me pareció que no era tan extraño, y ya no pensé más en ello. Pero ahora que lo veo advierto que son idénticos y que también tienen el mismo porte. ¡Es de lo más extraordinario! —Preguntó por la edad de Baoyu y comentó—: Mi muchacho es un año menor.

Jia Zheng le agradeció la recomendación de Bao Yong, y recordó haber preguntado al sirviente acerca de su joven amo que tenía el mismo nombre que su hijo. Pero perplejo ante la imagen de Baoyu, Zhen Yingjia no preguntó por el criado y seguía exclamando:

—¡Vaya prodigio! —le tomó afablemente la mano a Baoyu, pero ya se hacía tarde y el duque de Anguo estaba a punto de partir. Se despidió de mala gana, puesto que debía recoger sus pertenencias. En el corto recorrido hasta las afueras, en el que lo acompañaron los dos jóvenes, hizo a Baoyu numerosas preguntas, y luego tomó su carruaje. Al regresar, Jia Lian y Baoyu informaron a Jia Zheng de la conversación mantenida con el huésped, y se retiraron. Jia Lian se fue a revisar las cuentas del entierro de Xifeng.

De vuelta en sus aposentos, Baoyu le dijo a Baochai:

—Nunca he tenido la oportunidad de encontrarme con ese Zhen Baoyu del que siempre están hablando, pero hoy he podido ver a su padre. Dicen que Zhen Baoyu llegará en cualquier momento y que vendrá a visitar a mi padre. Todo el mundo dice que su hijo es idéntico a mí, pero me cuesta creerlo. Si llega a venir, id a verlo vosotras y comprobad si es cierto o no.

—¡Oh! —dijo Baochai en tono de burla—. ¡Qué tonterías dices! ¡Decir que un hombre es idéntico a ti y pedirnos, incluso, que lo comprobemos!

Baoyu comprendió que se había excedido, y se sonrojó, y quiso justificarse. Si quieren conocer las explicaciones que dio, basta con leer el siguiente capítulo.

CAPÍTULO CXV

Perturbada por un juicio erróneo, Xichun persevera

en su intención original.

Confirmada su identidad, Baoyu desiste

de encontrar un verdadero amigo.

Decíamos que Baoyu había hablado en exceso, y estaba tratando de desviar la atención tras los reproches de Baochai, cuando entró Qiuwen para anunciar que el señor quería verlo en el estudio. Y allá se fue, feliz ante la oportunidad que se le ofrecía para escabullirse.

—Te voy a decir por qué te he mandado llamar —dijo Jia Zheng—. Mientras estés de duelo no puedes ir a la escuela, pero ahora que estás en casa debes repasar aquellos textos que ya habías estudiado. Ahora que yo también dispongo de bastante tiempo libre, vas a escribir unos cuantos ensayos y mostrármelos en un par de días; quiero ver si has mejorado. —Baoyu tuvo que asentir, y su padre continuó—. También he pedido a tu hermano Huan y a tu sobrino Lan que repasen sus lecciones. Sería una vergüenza que tus ensayos fueran mediocres, o que fueran inferiores a los redactados por ellos.

Baoyu no se atrevió a protestar, y respondió:

—Sí, señor —permaneciendo allí inmóvil hasta que su padre Lo despidió. Cuando regresaba se encontró con Lai Da y otros mayordomos que llevaban unos libros de contabilidad. Regresó volando a su cuarto.

El hecho de que Baoyu hubiera recibido instrucciones para que escribiera ensayos deleitó a Baochai. A pesar de todos sus reparos, el muchacho tuvo que ponerse a la labor. Mientras estaba allí sentado, tratando de tranquilizar su cabeza, llegaron dos monjas del convento del Sabor del Mundo Infernal y presentaron sus respetos a Baochai, quien las recibió fríamente y pidió a las doncellas que sirvieran té. A Baoyu le hubiera gustado charlar con las monjas, pero la evidente aversión que les tenía su esposa se lo impidió. Y éstas, que pronto advirtieron que Baochai era una persona distante, se despidieron.

—¿No quieren quedarse un poco más? —dijo Baochai.

—Como hemos estado ocupadas con ceremonias en el templo del Umbral de Hierro —le respondieron—, hacía tiempo que no veníamos a presentar nuestros respetos. Ya que hemos visto a Sus Señorías, nos gustaría visitar también a la señorita Xichun.

Entonces ella asintió con la cabeza y las dejó ir.

Las monjas pasaron a los aposentos de Xichun y preguntaron a Caiping:

—¿Dónde está tu joven ama?

—No tienen idea —respondió Caiping—. En estos días se niega a probar bocado, y se pasa el día tumbada.

—¿Cuál es el problema?

—Es una historia larga. Probablemente ella se lo cuente cuando la vean.

Xichun, que ya las había escuchado, se incorporó inmediatamente.

—¡Bonita actitud la suya! —exclamó—. ¡Cuando la familia está en aprietos ni se nos acercan!

—¡Buda Amida! —exclamaron ellas—. En la prosperidad y en la estrechez, ustedes siguen siendo nuestros protectores; sin contar con que el convento pertenece a su familia y que la Anciana Dama siempre fue muy buena con nosotras. Durante sus funerales pudimos ver a todas las amas salvo a usted. La extrañamos y por eso hemos decidido venir especialmente a verla, señorita.

Xichun preguntó por las monjas del convento de la Luna en el Agua.

—Allí ha habido bastante revuelo, y ahora los porteros ya no les permiten las visitas habituales —le dijeron—. ¿Y es cierto lo que escuchamos el otro día? Según cuentan, la hermana Miaoyu, del convento del Enrejado Verde, se ha fugado con un hombre.

—¡Qué tontería! ¡A las que chismorrean así deberían cortarles la lengua! La secuestraron unos bandidos. ¿Por qué divulgan tan pérfidos rumores?

—Ese comportamiento tan excéntrico de la hermana Miaoyu puede ser fingido. No es fácil hablar ante sus ojos, señorita, pero no era tan austera como nosotras, que sólo sabemos salmodiar cánones budistas o celebrar ceremonias para los demás. Es nuestra forma de aspirar a un buen final.

—¿Qué quieren decir con «un buen final»?

—En una familia virtuosa como ésta no hay por qué preocuparse, pero en otras casas, damas y señoritas creen que vivirán en la opulencia toda su vida; no saben salvarse cuando llegan las dificultades. Pero Guanyin[1] es bondadosa y compasiva: cuando encuentra a alguien con problemas, se apiada y encuentra la manera de salvarlo. Por eso la llamamos «Piadosísima Guanyin, la que salva a los desgraciados». Nosotras, las que nos ejercitamos en la práctica de la perfección, vivimos así fuera de peligro, aunque soportamos una vida mucho más dura que la de las damas. Quizás río podamos convertirnos en budas o alcanzar la más alta jerarquía, pero al menos podemos aspirar a un futuro mejor, y a reencarnarnos como hombres. Entonces no tendremos que sufrir todo tipo de humillaciones silenciosamente como ahora, y sólo por haber nacido mujeres. Usted no lo comprende, señorita, pero si se casa quedará amarrada a su esposo de por vida, y estará mucho peor que ahora. Ahora bien, quien decide tomar los hábitos debe hacerlo con seriedad. La hermana Miaoyu, con toda su inteligencia, se consideraba superior a nosotras y nos miraba con desprecio. No se imaginaba que nosotras, criaturas vulgares, acabaríamos bien, y que ella se toparía con tan temible calamidad.

Aquellas palabras se ajustaban extraordinariamente a su propia experiencia; por ello, Xichun, ignorando la presencia de sus doncellas, les relató de qué manera la había tratado la señora You y cómo la habían dejado al cargo de la casa. Les mostró lo que se había hecho con el cabello, y preguntó:

—¿Piensan que soy débil, que sólo me muevo al calor de las brasas[2]? Hace mucho tiempo que decidí renunciar al mundo, pero ignoro cómo hacerlo.

Fingiendo sorprenderse, las monjas respondieron:

—No debe hablar así, señorita. ¡Si la señora Zhen la oyera, nos echaría del convento con sus maldiciones! Una joven adorable como usted, y además de tan buena familia, tiene posibilidades de concertar un buen enlace matrimonial y disfrutar de una vida de lujo y esplendor.

Xichun se sonrojó y las cortó en seco:

—Y si la señora Zhen puede echarlas, ¿acaso no lo puedo hacer yo?

Como sabían que hablaba en serio, la azuzaron deliberadamente diciéndole:

—No se moleste si hemos dicho algo inconveniente, señorita. ¿Pero usted cree que las señoras la dejarían marcharse sin más? Se armaría un buen escándalo con malas consecuencias. Estamos pensando en usted, señorita.

—Pues aguarden y verán.

Aquello produjo tal impacto que Caiping hizo una señal a las monjas para que se retiraran, y éstas obedecieron, pues se asustaron y no quisieron continuar incitando a Xichun. Cuando se despidieron ella no intentó detenerlas, y se limitó a decirles sarcásticamente:

—¿Acaso creen que su convento es el único del mundo?

Las monjas partieron sin atreverse a responder.

Como el incidente se anunciaba serio, Caiping temió ser culpada más adelante, y fue a informar de lo sucedido a la señora You.

—Nuestra joven ama sigue queriendo raparse la cabeza —dijo—. Estos últimos días se ha estado sintiendo mal y lamentando su suerte. Esté alerta, señora, si se produce un alboroto seremos las responsables.

—No es que quiera ser monja —se burló la señora You—. Simplemente desea provocarme porque no está el señor. ¡Pues que haga lo que le venga en gana!

Entonces a Caiping no le quedó más remedio que tratar de convencer a Xichun; pero su joven ama seguía ayunando e insistía en raparse. Sus doncellas no podían hacerle frente, y empezaron a informar de ello a las demás amas. Las damas Xing y Wang se esforzaron por disuadir a Xichun, pero ésta se mantuvo inflexible.

La dama Xing y la dama Wang estaban pensando en Comunicárselo a Jia Zheng, cuando fue anunciada la llegada de la dama Zhen y de su hijo Baoyu. Todos salieron a darle la bienvenida, y la hicieron pasar y tomar asiento en el cuarto de la dama Wang. Luego intercambiaron gentilezas y hablaron del tiempo, algo en lo que no nos detendremos.

Hablemos de cómo la dama Wang mandó que pasara también Zhen Baoyu, ya que según decían era el vivo retrato de Baoyu.

El mensajero volvió a informar:

—El señorito Zhen está hablando con el señor en el estudio. Su Señoría está tan impresionado con él que ha mandado venir a nuestro señor Bao y al señor Huan, y quiere que también el señor Lan coma con ellos. Después acudirán a visitarlas. —A esa hora ya la comida había sido servida también en el interior.

Cuando Jia Zheng vio que, en efecto, Zhen Baoyu era idéntico a su hijo, puso a prueba sus talentos literarios y quedó tan impresionado por las elocuentes respuestas del joven que mandó llamar a sus hijos y a su nieto para que conocieran a aquel prodigio, y con la intención añadida de que Baoyu se comparara con el visitante. Es así como Baoyu se presentó de luto, con su hermano menor y su sobrino. Al ver a Zhen Baoyu sintió que eran viejos amigos, y también el joven Zhen tuvo la impresión de que se habían conocido antes. En cuanto se hubieron saludado, Huan y Lan sé acercaron, uno tras otro, para presentarle sus respetos.

Como Jia Zheng estaba de luto, había permanecido sentado en el suelo. Cuando ofreció asiento a Zhen Baoyu, el muchacho sintió que sería presuntuoso aceptarlo, ya que él pertenecía a la nueva generación. Puso un cojín en el suelo y se sentó. Baoyu y los demás muchachos no podían sentarse con Jia Zheng; pero por otra parte, como el visitante pertenecía a la misma generación que ellos, mal podía dejar que sus hijos permanecieran en pie en su presencia. Ante el dilema que se presentaba optó por ponerse de pie, y después de unos pocos comentarios ordenó que sirvieran la comida.

—Por favor discúlpame —dijo—. Mis hijos te harán compañía. Así podrán beneficiarse de tus enseñanzas.

—Por favor señor, no permita que yo lo retenga —replicó con humildad Zhen Baoyu—. Soy yo quien pretende aprender de ellos.

Intercambiaron algunas palabras más, y Jia Zheng se trasladó a su estudio interior, y no permitió que lo escoltara el joven Zhen. Baoyu, Huan y Lan se habían adelantado hasta la puerta, allí permanecieron respetuosamente de pie hasta que Jia Zheng se fuera definitivamente, y rogaron a su huésped que tomara asiento. Entonces hablaron del deseo mutuo por aquel encuentro. No precisamos contar detalladamente la conversación que tuvieron.

La visión de Zhen Baoyu recordó a Baoyu su sueño. Convencido de que compartían puntos de vista comunes, sintió que se encontraba ante un amigo que le era próximo en su corazón; pero como se trataba de un primer encuentro, tuvo que refrenar sus instintos, sobre todo ante la presencia de Jia Huan y Jia Lan.

Hizo un cumplido al visitante:

—Desde hace tiempo conozco su buena reputación, pero no había tenido la oportunidad de conocerle en persona hasta hoy. ¡Ahora que lo veo, señor, en verdad se parece a un inmortal descendido de los cielos!

También Zhen Baoyu había oído hablar de Baoyu, y sentía que estaba a la altura de su reputación. «Podrá estudiar conmigo, pero quizás no pueda caminar contigo la vía adecuada[3] —pensó—. Tiene mi nombre y mi apariencia, debemos ser antiguos espíritus de la Roca de las Tres Encarnaciones[4]. Ahora que ya conozco algo sobre los principios de la razón verdadera, ¿por qué no habría de transmitirle mi conocimiento? Pero acabamos de conocemos y no sé realmente si pensamos igual. No debo apresurarme.» Por lo cual dijo:

El encuentro de Jia Baoyu y Zhen Baoyu.

Gai Qi (edición de 1879).

—Desde hace tiempo sé de su talento. Usted es uno de los pocos elegidos, tan puro y refinado. Yo apenas soy un hombre vulgar, y soy consciente de que sólo puedo ensuciar el nombre que ambos compartimos.

Al escuchar aquello, Baoyu pensó: «Realmente piensa igual que yo. Pero ambos somos hombres, no podemos comparamos con la pureza de las muchachas, ¿por qué me atribuye cualidades femeninas?» y le respondió:

—No merezco tales elogios. Soy tosco e ignorante, apenas una simple piedra estúpida. ¿Cómo voy a compararme con su pura nobleza? Es usted digno del nombre que lleva: «Precioso Jade».

—En mi juventud no conocía medida —repuso Zhen—. Me consideraba un jade digno de lo mejor; pero tras la decadencia de mi familia, apenas valgo lo que un guijarro o una teja. Aunque no puedo pretender haber experimentado a fondo la prosperidad y la adversidad, creo sin embargo haber alcanzado una mejor comprensión de los asuntos humanos. Usted tiene todos los lujos que puede desear, y sus talentos literarios y su comprensión no tienen igual; naturalmente, su padre lo considera su tesoro. Por eso pienso que usted merece ser llamado «Precioso Jade».

Aquello le pareció a Baoyu pura charla aduladora, y no supo cómo responder. Jia Huan se sintió incómodo. En cambio Jia Lan asentía a todo lo que decía Zhen.

—Es usted demasiado modesto, señor —intervino—. En lo relativo al talento literario y a la capacidad de administración, los únicos conocimientos genuinos se alcanzan a través de la experiencia y el estudio. Aunque soy demasiado joven para comprender el sentido de los textos, cuando me pongo a pensar despacio acerca de lo leído, veo que el honor y la buena reputación están cien veces por encima de opíparos manjares y trajes suntuosos.

Antes de que Zhen Baoyu le contestara, Baoyu se preguntó irritado de dónde había sacado el muchacho esa pedantería. Comentó a Zhen:

—He oído decir que usted también detesta la vulgaridad y que posee una comprensión diferente a la común. Me considero muy afortunado por haber conocido a un modelo exquisito como usted, y me gustaría aprender algunas sabias razones para limpiar la vulgaridad que reside en mi corazón y poder ver las cosas con luz nueva. Nunca hubiera pensado que me tomaría por una criatura estúpida, a quien tratar con frases retóricas y mundanas.

Zhen Baoyu pensó: «Sabe cómo fui de niño, y por eso sospecha que estoy fingiendo. Mejor será que me explique bien, con la esperanza de que podamos convertimos en buenos amigos». Entonces respondió:

—Me ha hablado con gran sinceridad, y la verdad es que de más joven también detestaba los viejos dichos, las frases rancias. Pero a medida que fui creciendo, y cuando mi padre se retiró de la vida oficial, dejó de atender a los invitados, dejándome a mí cumplir con dicha tarea. Entonces comprendí que todos aquellos caballeros de virtud habían traído la gloria a sus familias. Cuando escribían libros o establecían doctrinas, sólo hablaban de lealtad y piedad filial, así como de la preocupación que tenían por ganar fama gracias a su virtud y cultura, para no vivir en vano bajo un reinado iluminado, y no desmerecer los deseos de sus padres y de los preceptores que los habían formado. Así fue como paulatinamente me deshice de todas aquellas ideas tontas que tuve de muchacho. Ahora quiero buscar maestros y amigos que me ilustren. Tengo suerte por haberlo encontrado, lo que sin sombra de duda me resultará beneficioso. No dude de que estas palabras surgen de lo más profundo de mi corazón.

Para entonces ya Baoyu estaba totalmente exasperado, pero por cortesía prefirió dar una respuesta evasiva. Por suerte en ese momento apareció un mensajero de los aposentos interiores.

—Si los jóvenes señores han concluido su comida, el señor Zhen está invitado para mantener una charla en los aposentos interiores.

Baoyu aprovechó la oportunidad para pedirle que acudiera, y el visitante partió acompañado por los demás hasta los aposentos de la dama Wang. Allí Baoyu vio a la dama Zhen en el lugar de honor y le presentó sus respetos. Jia Huan y Jia Lan hicieron lo propio, mientras que Zhen Baoyu presentó sus respetos a la dama Wang. Así fue como las madres confrontaron a sus hijos. A pesar de que Baoyu ya era un hombre casado, en su condición de mujer de edad avanzada y pariente de la familia, la dama Zhen mostró una gran familiaridad hacia él al advertir su gran parecido con su hijo. De más está decir que cuando la dama Wang tomó al joven Zhen de la mano para hacerle preguntas, lo encontró mucho mejor educado que su propio Baoyu. Lanzó una mirada a Jia Lan, quien a pesar de ser más apuesto que la mayoría, no podía competir con ninguno de los dos. En cuanto a Jia Huan, tosco y vulgar, no pudo ocultar sus preferencias.

Todas las doncellas entraron para conocer a los dos Baoyu.

—¡Increíble! —comentaron—. ¡Que se llamen igual no es del todo extraño, pero que sean tan parecidos! Por suerte nuestro señor Bao está de luto, pues si se vistieran igual no habría manera de distinguirlos.

De pronto Zijuan recordó tiernamente a Daiyu, diciéndose: «¡Lástima que la señorita Lin haya muerto! Si no, le hubiera gustado casarse con este Zhen Baoyu». Y en eso oyó el comentario de la dama Zhen:

—El otro día oí decir que como nuestro hijo está creciendo, mi esposo ha suplicado al suyo que se encargue de su matrimonio.

La dama Wang, que le había tomado afecto al muchacho, dijo inmediatamente:

—Me gustaría actuar como intermediaria a mí personalmente. Hemos tenido cuatro hijas, pero tres han muerto o están casadas, y la única que queda, la hermana menor de nuestro sobrino Zhen, es demasiado joven y no sería una buena unión. Pero mi nuera mayor tiene dos primas, ambas muy bien parecidas. Una ya está comprometida, y la otra sería perfecta para su honorable hijo. En unos días propondré el enlace. El único problema es que su familia está pasando por algunas dificultades.

—¡Señora, no nos trate de este modo! —protestó la dama Zhen—. ¿De qué vamos a jactarnos nosotros? Temo que su familia nos considere demasiado pobres.

—Ahora le han confiado una misión a su esposo, seguro que no sólo restaurarán su fortuna, sino que probablemente su prosperidad será mayor que antaño.

—Así lo espero —respondió sonriendo la dama Zhen—. En tal caso le suplico que actúe como intermediaria.

Cuando empezaron a discutir del matrimonio, Zhen Baoyu se había despedido, y Baoyu lo había acompañado hasta el estudio exterior, al que ya había vuelto Jia Zheng. Allí permanecieron charlando un rato, hasta que el sirviente de los Zhen anunció que su madre se iba y que quería que él también volviera a casa. Entonces Zhen Baoyu se despidió y Jia Zheng ordenó a Baoyu, Huan y Lan que lo acompañaran hasta la puerta. Pero terminemos con este asunto.

Volvamos a Baoyu. Desde que conoció al padre de Zhen Baoyu, y supo que éste vendría a la capital, la ansiedad lo había embargado día y noche. Después de haberlo visto hoy, creyó encontrar un verdadero amigo, pero la conversación que habían mantenido había revelado que sus diferencias eran como las del hielo y las brasas. Volvió deprimido a sus aposentos para cavilar en un sombrío silencio.

—¿Ese Zhen Baoyu se parece realmente a ti? —preguntó Baochai.

—A simple vista, somos iguales; pero por su manera de hablar no puede tener mucho en la cabeza. No es más que un gusano en busca de honorarios.

—¡Otra vez calumniando a la gente! ¿Cómo puedes saberlo?

—Habló y habló, pero no decía nada sobre la comprensión del corazón, la visión de la naturaleza[5] y estuvo pontificando sobre la composición de los ensayos y la administración de asuntos oficiales, parloteando sobre la lealtad y la piedad filial. ¿Que no es un gusano en busca de honorarios? ¡Lástima que nos parezcamos tanto! ¡Cuando pienso en él me entran ganas de cambiar de aspecto!

Como a Baochai todo eso le sonaba a disparate, dijo:

—¡Vaya risa que me das! ¿Cómo pretendes cambiar de aspecto? Además, tiene razón. Un hombre debe establecerse y ganarse un nombre. No es como tú, blando y sentimental. No quieres admitir que careces de firmeza y ardor, y sólo te dedicas a llamar gusanos a los demás.

A Baoyu ya le había exasperado la retahíla de Zhen Baoyu, y la réplica de Baochai le desagradó aún más. Su malestar sacó a flote su antigua enfermedad, y en lugar de responderle esbozó una sonrisa idiota. Como no entendía el motivo de la sonrisa, Baochai pensó que se estaba burlando de ella para mostrar su desaprobación, y decidió no hacer ningún caso. Pero desde aquel instante se le fue tanto la cabeza, que cuando Xiren y las demás intentaban azuzarle, él no respondía. A la mañana siguiente amaneció tan turbado y estúpido como en sus peores momentos de trastorno profundo.

En cuanto a Xichun, se había empecinado en raparse la cabeza y hacerse monja, y como la señora You no podía convencerla de lo contrario, todo indicaba que seguir contrariándola era propiciar su suicidio. La muchacha estaba constantemente vigilada, pero eso no resolvía el problema. Por lo cual la dama Wang decidió, por fin, informar de ello a Jia Zheng. Su esposo dio una patada en el suelo.

—¿Qué delito ha cometido nuestra mansión del Este para acabar en esta situación? —suspiró.

Mandó venir a Jia Rong para llamarle la atención, y le pidió que instruyera a su madre para que hablara seriamente con Xichun.

—Si insiste en ese propósito, dejará de ser una hija de esta casa —advirtió.

Pero las exhortaciones de la señora You no hacían sino agudizar los deseos suicidas de Xichun.

—Como mujer, no puedo quedarme con la familia toda mi vida —dijo—. Si mi matrimonio resultara como el de la segunda hermana, que incluso acabó muriendo, el señor y la señora tendrían más motivo de preocupación. De modo que, si me tienen verdadero afecto, simplemente considérenme muerta y permítanme ser monja para vivir una vida limpia. Como el convento del Enrejado Verde está en nuestro propio terreno, no tendría que dejar el hogar. Allí puedo practicar mis devociones, y si necesito algo ustedes podrán ayudarme. En aquel lugar están todavía las novicias de Miaoyu. Si aceptan lo que les propongo, estarán salvando mi vida; si no, mi única opción sería morir y acabar con todo. Si me conceden este deseo, cuando vuelva mi hermano yo le explicaré que no me forzaron; pero si muero, él pensará que ustedes me empujaron a ello.

La señora You, que siempre se había llevado muy mal con Xichun, consideró que, después de todo, su argumento era sensato, y salió a informar a la dama Wang; pero ésta se había ido a los aposentos de Baochai.

Encontrarse con un Baoyu demente horrorizó a la dama Wang, que la tomó con Xiren gritándole:

—¡Qué poca responsabilidad! ¿Por qué no me avisasteis de que Baoyu había vuelto a las andadas?

—Su enfermedad es crónica —respondió Xiren—. A veces mejora algo, y luego recae. Ha acudido para presentarle sus respetos cada día sin ningún tipo de problema, señora. Ha sido en estos días cuando ha recaído. La señora Bao deseaba informarla, pero no lo hizo por temor a que nos amonestaran por crear una falsa alarma.

Cuando Baoyu oyó a su madre llamándoles la atención, su mente se aclaró por un instante, y para defenderlas dijo:

—No se preocupe, señora, no estoy enfermo; lo único que me pasa es que me aburro.

—Ésa es la raíz de tu enfermedad. Debes comunicármelo en cuanto te sientas mal, para que llamemos a un médico y pueda recetarte alguna medicina. Si volvieras a recaer como cuando perdiste el jade, nos causarías verdadera angustia.

—Si está preocupada, señora, puede llamar al médico; tomaré las medicinas que haga falta —respondió él.

La dama Wang ordenó a las doncellas que mandaran buscar a un médico, y como toda su preocupación estaba en Baoyu, olvidó los problemas de Xichun y no volvió a sus aposentos hasta que el médico llegó y lo examinó.

Unos días más tarde, la debilidad mental de Baoyu empeoró, y para consternación general se negó a comer. Como los demás estaban ocupados con el final del duelo y no quedaba nadie para acompañar al enfermo, Jia Yun recibió instrucciones para que recibiera al médico; y como Jia Lian no tenía quien lo ayudara, pidió a Wang Ren que se ocupara de los asuntos de fuera. Después de haber llorado día y noche por su madre, Qiaojie estaba demasiado indispuesta. Con lo cual la mansión Rong volvió a estar patas arriba.

Cuando acabaron las ceremonias del duelo, la dama Wang fue a ver a Baoyu. Lo encontró sin conocimiento, y todo el mundo estaba tan preocupado que no sabían qué hacer. Le dijo a Jia Zheng entre sollozos:

—El médico no quiere darle medicinas. Sólo nos queda prepararnos para los oficios fúnebres.

Jia Zheng suspiró con amargura y acudió personalmente para encontrarse con Baoyu, que se estaba muriendo, y ordenó a Jia Lian que empezase los preparativos. Jia Lian no se atrevía a desobedecer y mandó que así se hiciera, aunque la falta de liquidez lo ponía en una difícil situación.

En ese apuro se encontraba, cuando apareció un sirviente gritando:

—¡Más problemas, señor Lian!

Alarmado y mirando fijamente al criado, Jia Lian le preguntó:

—¿Y ahora qué?

—Ha llegado a nuestras puertas un monje con el jade que perdió el señor Bao. Pide una recompensa de diez mil taeles.

Jia Lian le escupió encima.

—¿Acaso hay motivo para entrar de este modo? ¿Olvidas que la última vez fue una superchería? Aunque fuera el jade verdadero, Baoyu está muriéndose, ¿de qué le serviría?

—Es lo que le dije al monje. Pero dice que si le entregamos el dinero, el señor Bao se recuperará.

En eso escucharon unos gritos afuera:

—¡El monje ha perdido la razón! Entró corriendo y nadie pudo detenerlo.

—¡Es absurdo! —gritó Jia Lian—. ¡Expúlsenlo inmediatamente!

Escucharon otro estrépito, y Jia Zheng no sabía de qué se trataba, cuando se oyó un alarido desde el interior:

—¡El señor Bao se está muriendo!

A su angustia se añadió el grito del monje:

—¡Si quieren que viva, entréguenme el dinero!

Pensó: «La última vez fue un monje quien curó a Baoyu; ahora ha aparecido otro que quizás puede salvarlo. Pero aunque se trate del jade verdadero, ¿cómo vamos a reunir tanto dinero?». Lo pensó de nuevo y decidió: «No importa, ya nos preocuparemos del asunto cuando Baoyu mejore». Ya estaba mandando venir al monje, cuando éste apareció y sin presentar siquiera sus respetos o pronunciar palabra alguna, corrió hacia los aposentos interiores.

Jia Lian lo agarró del brazo y protestó:

—Hay damas dentro, ¿cómo te atreves a irrumpir como un salvaje?

—¡Si me lo impides, no podré salvarlo!

Entonces Jia Lian se adelantó gritando:

—¡Basta de llantos ahí dentro! ¡Entra un monje!

La dama Wang y las demás estaban sollozando con amargura y no prestaron atención. Cuando entró Jia Lian, gritando todavía, se volvieron y vieron a un hombre grande. Se asustaron, pero no tuvieron tiempo de retirarse, pues ya el monje se dirigía directo hacia el kang de Baoyu. Baochai se escabulló, pero Xiren no se atrevió a moverse, ya que la dama Wang se había quedado allí de pie.

—Benefactores —dijo el monje—, he traído el jade.

Lo sostuvo en alto y añadió:

—Rápido, traigan el dinero si quieren que lo salvé.

Presa del pánico, la dama Wang no pudo discernir si era o no el verdadero.

—Si salvas su vida habrá dinero.

—¡Tráiganlo ya! —dijo el monje riendo.

—No te preocupes. Sea cuanto sea, todavía podemos reunir esa cantidad —le aseguró la dama Wang.

El monje soltó una estrepitosa carcajada y, sosteniendo el jade, le dijo al oído:

—¡Baoyu, Baoyu! Tu precioso jade ha vuelto.

La dama Wang y el resto vieron a Baoyu abrir los ojos, momento en el cual Xiren gritó: «¡Se recupera!».

—¿Dónde está? —preguntó Baoyu.

El monje se lo puso en la mano y él lo apretó con fuerza; después lo levantó lentamente para poder observarlo de cerca.

—¡Ah! —exclamó—. ¡Cuánto tiempo sin verte!

Todos los presentes, exaltados, loaron a Buda, incluida Baochai, quien se había olvidado de la presencia del monje.

Jia Lian se acercó y pudo constatar que Baoyu había recobrado el conocimiento. Estaba feliz y se retiró a toda prisa. Pero el monje le dio alcance y lo atrapó sin mediar palabra. Jia Lian tuvo que acompañarlo hasta la parte delantera de la casa, donde inmediatamente informó de lo sucedido a Jia Zheng. Lleno de júbilo, Jia Zheng hizo una reverencia de agradecimiento al monje, quien devolvió la reverencia y tomó asiento, despertando en Jia Lian la sospecha de que no partiría antes de haber cobrado su recompensa. Jia Zheng lo examinó detenidamente y advirtió que no era el mismo monje de la vez pasada.

Le preguntó:

—¿Cuál es su monasterio y cuál su nombre religioso? ¿Dónde encontró el jade? ¿Por qué al verlo volvió a la vida mi hijo?

—Eso no lo sé —respondió el monje con una sonrisa—. Lo único que quiero son diez mil taeles de plata.

Tan rudo y tosco se le veía que Jia Zheng no se atrevió a ofenderlo, y se limitó a responder:

—Los tendrá.

—Tráiganlos de una vez. Tengo que irme.

—Por favor espere un poco; tengo que ver lo que ha pasado.

—Vaya entonces. Y no tarde.

Jia Zheng entró sin hacerse anunciar y caminó hasta el lecho de Baoyu, quien al verlo quiso incorporarse, pero estaba débil y no pudo. Entonces la dama Wang le pidió que no se moviera.

Baoyu mostró a su padre el jade con una sonrisa, y dijo:

—El jade precioso ha vuelto[6].

Jia Zheng le echó una mirada, pero no lo examinó detenidamente, pues sabía que en él se escondía el misterio.

—Ahora que Baoyu se ha repuesto —le dijo a su esposa—, ¿cómo vamos a reunir el dinero?

—Simplemente entreguemos al monje todas mis posesiones —respondió ella.

—No creo que el monje haya venido por el dinero —dijo Baoyu.

Jia Zheng asintió con la cabeza.

—También a mí me resulta extraño, pero sigue reclamándolo.

—Primero vaya a atenderlo, señor —sugirió la dama Wang.

Cuando su padre hubo salido, Baoyu dijo que tenía hambre. Acabó con un tazón de sopa de arroz y luego pidió más comida; la criada le trajo otro tazón. Su madre no quería que comiera demasiado, pero él le aseguró:

—No hay problema, ya estoy bien. —Se incorporó para acabar la comida, y en poco tiempo tuvo fuerza suficiente como para permanecer sentado.

Sheyue le ayudó a sentarse, y en su euforia comentó desatinadamente:

—¡Es un verdadero tesoro! Bastó que lo viera para curarse. ¡Suerte que no se hiciera añicos aquella vez!

Al oír esas palabras, Baoyu cambió de color, dejó caer el jade y cayó de espaldas. Si vivió o murió, escuchen el próximo capítulo.

CAPÍTULO CXVI

Con el Jade de las Comunicaciones Trascendentales,

Baoyu alcanza la comprensión de los inmortales

en la Tierra de la Ilusión.

Jia Zheng cumple con su deber filial y acompaña

de vuelta a casa el féretro de su madre.

Al oír las palabras de Sheyue, Baoyu cayó de espaldas y volvió a perder el conocimiento. La dama Wang y las demás gritaron desesperadas, y aunque nadie le reprochó nada, Sheyue supo que la causa había sido su desastroso comentario. En medio de su llanto decidió que si Baoyu llegaba a morir, ella lo seguiría a la tumba. Pero dejemos los pensamientos de Sheyue.

Como nadie podía reanimarlo, la dama Wang y las otras enviaron a buscar al monje para que lo salvara; pero cuando Jia Zheng regresó al estudio, el monje ya había desaparecido. Entre su perplejidad y los nuevos llantos que llegaban de los aposentos interiores, entró corriendo y encontró a Baoyu como muerto. Tenía la mandíbula apretada y se le había detenido el pulso, aunque cuando le tocó el pecho con la mano, lo sintió todavía tibio. En su desesperación, Jia Zheng mandó llamar a un médico para que le diera algún remedio que le salvara la vida.

Pero a esas alturas el espíritu de Baoyu ya había volado. ¿Creen ustedes, de verdad, que había muerto? Como en un sueño, se dirigió hasta el salón delantero, donde presentó sus respetos al monje que había allí sentado. Inmediatamente, el monje se puso de pie y se lo llevó consigo. Baoyu se sintió ligero como una hoja flotando por los aires, y de este modo abandonaron la mansión sin pasar por la puerta delantera.

Un momento más tarde alcanzaron una región desolada. A lo lejos se veía un arco que le resultó familiar a Baoyu, pero antes de que pudiera preguntar al monje por aquel paraje, se le acercó la nebulosa figura de una mujer. «¿Cómo puede haber tal belleza en un lugar tan salvaje? —se preguntó—. Debe ser una diosa que haya descendido a la tierra.» Al acercarse y verla más detenidamente, sintió que la conocía, aunque no alcanzaba a reconocerla. La mujer saludó al monje, y luego desapareció. Pensando en ella, se dijo que su aspecto era el de la tercera hermana You. Sorprendido por su presencia en ese lugar, iba a preguntarle al monje, cuando éste lo hizo pasar bajo el arco. Allí estaba escrito con grandes caracteres: «Tierra de la Ilusión del Gran Vacío», flanqueado por el pareado:

Cuando se toma lo falso por verdadero, lo verdadero se torna falso;

cuando la nada surge del ser, el ser permanece nada.

Cuando hubieron franqueado el arco llegaron ante la puerta de un palacio, sobre cuyo dintel había escrito: «A los buenos fortuna, a los licenciosos calamidad», y el pareado a ambos lados rezaba:

Ni los sabios ni los santos descubren el pasado o el futuro.

Causas y efectos separan a los parientes más cercanos.

Tras leer aquello, Baoyu pensó: «Aquí voy a poder preguntar sobre causas y efectos, y sobre pasado y futuro». En eso vio a Yuanyang de pie, a lo lejos, haciéndole señales con la mano. «Viaje tan largo para seguir en el jardín —pensó—. Pero ¿por qué ha cambiado tanto?» Quería hablar con ella pero, en un instante, ella desapareció. Y de pronto sintió cierta inquietud. Se dirigió hacia el lugar donde la había visto, y se encontró una hilera de salas auxiliares, cada una con una inscripción. Como no estaba de humor para leer las inscripciones, acudió directamente al lugar de aparición de Yuanyang. La puerta de esa sala estaba entreabierta, y, como no deseaba importunar, decidió pedir autorización al monje. Pero cuando se volvió, él monje había desaparecido. Miró sorprendido el espléndido salón qué no se parecía a ninguno de, los del jardín, y levantó la cabeza para leer la inscripción «Iluminación para los insensatos apasionados». El pareado de ambos lados decía:

Alegría y risas, dolor y llantos son igualmente falsos.

Deseos y búsquedas, anhelos y admiraciones son todos locura.

Baoyu movió la cabeza afirmativamente con un suspiro, y quiso entrar a preguntarle a Yuanyang qué lugar era ése. Luego, advirtió que le era muy familiar y reunió valor para empujar la puerta y entrar. Yuanyang no estaba, y el lugar estaba oscuro como la laca; sintió miedo y se disponía a huir cuando sus ojos descubrieron una docena, más o menos, de grandes armarios con las puertas entreabiertas. De pronto se le ocurrió pensar: «En mi juventud soñé que venía a un lugar como éste. ¡Qué suerte estar aquí de nuevo!».

Llevado por los recuerdos, olvidó su búsqueda de Yuanyang y abrió con osadía el primer armario, donde encontró varios archivos. Entusiasmado, se dijo: «¡La mayor parte de las personas dice que los sueños son falsos, pero éste es real! Jamás esperé volver a tener el mismo sueño, y hoy estoy aquí. Me pregunto si estos registros son los mismos que vi la otra vez».

Tomó el de encima, llamado «Primer registro de doce bellezas de Jinling». Al cogerlo pensó: «Tengo un vago recuerdo de éste; lástima que mi memoria no esté despierta». Lo abrió y en la primera página vio una imagen borrosa. En el reverso había unas líneas con una caligrafía poco nítida, pero forzando los ojos logró descifrar las palabras «cinturón de Jade», y, en la parte superior, «bosque». «¿Será una referencia a la prima Lin[1]?», se preguntó, y se esforzó en descifrar todo el texto; leyó algo como «horquilla de oro en la nieve», y le maravilló el parecido con el nombre de Baochai[2]. Pero cuando leyó de nuevo los cuatro versos consecutivos, no logró extraer otro sentido más allá de una oculta referencia a los nombres de Daiyu y Baochai, lo cual en sí no era nada extraordinario. Sólo las palabras «virtud» e «ingenio» le resultaron extrañas[3]. ¿Cómo interpretarlo? Entonces abandonó su reflexión y pensó: «Estoy aquí sin permiso. Si pierdo demasiado tiempo, y alguien llega, no podré leer el resto». Entonces se puso a hojear los textos sin prestar demasiada atención a las imágenes, hasta que leyó el último verso del último poema:

Cuando el Rinoceronte y el Tigre se encuentren,

retornará el gran sueño[4].

En ese instante comprendió la verdad. «¡Así es! ¡Este vaticinio resultó cierto! Debe referirse a la hermana Yuanchun. Si todos los demás fueran igualmente claros, y pudiera copiarlos para estudiarlos, podría descubrir el tiempo que les queda de vida a las muchachas y lo que la fortuna les ha de deparar. De regreso lo mantendría en secreto, y sería como los adivinos que no necesitan oráculos y me ahorraría muchas preocupaciones gratuitas.»

Miró en torno suyo pero no encontró pincel ni tintero, y el temor a ser interrumpido lo llevó a seguir leyendo apresuradamente. Una de las imágenes mostraba una figura borrosa haciendo volar una cometa, pero no se detuvo en ella, y prefirió leer a toda velocidad los doce poemas completos. Unos los comprendió a simple vista, otros exigieron cierta reflexión; otros eran confusos. Intentó memorizarlos, y luego suspiró. Abrió entonces el «Tercer registro de doce bellezas de Jinling». Al principio no comprendió los versos:

Todos envidian al actor que la conquiste.

Su señor no la ama, nadie sabe por qué[5].

Pero al observar una imagen con unas flores y una estera, se puso a llorar consternado.

Antes de que pudiera volver a su lectura, oyó que alguien decía:

—Otra vez con sus tonterías. Su prima Lin desea verlo.

Sonaba como si fuera la voz de Yuanyang, pero al volverse no pudo ver a nadie. En el fondo de su corazón sentía sorpresa y temor, cuando la vio llamándolo desde el otro lado de la puerta. Se dirigió jubiloso hacia allá, pero la sombreada figura de Yuanyang se desplazaba tan rápidamente que no pudo alcanzarla.

—¡Espérame, buena hermana! —gritó él.

Ella lo ignoró y siguió su camino, con lo cual Baoyu se vio obligado a apretar el paso. Entonces vio la caverna del otro cielo, con altos pabellones, elegantes mansiones de aleros rasantes, y en medio de aquella visión las siluetas de las doncellas palaciegas. En el disfrute de esa escena olvidó a Yuanyang, y sus piernas le llevaron a cruzar una puerta. En el interior había toda suerte de exóticas hierbas y flores que le eran desconocidas, y en uno de los macizos, rodeado por una balaustrada de piedra blanca, crecía una planta verde, el extremo de cuyas hojas se teñía de rojo. Se preguntó qué extraña planta podía ser aquélla, que tan especial consideración merecía, y a la que la menor brisa mecía. Era pequeña y carecía de flores, pero su delicada gracia emocionó su corazón y alivió su espíritu.

La estaba contemplando transportado, cuando alguien, a su lado, preguntó:

—¿De dónde ha salido este idiota que ha venido a espiar nuestra planta de la inmortalidad?

Volvió la cabeza sobresaltado y vio a una joven inmortal, le hizo una reverencia y le explicó:

—Llegué a este reino de los inmortales buscando a la hermana Yuanyang. ¡Por favor, perdone mi osadía! ¿Puedo preguntarle en qué lugar me encuentro? ¿Por qué la hermana Yuanyang vino aquí? ¿Por qué me dijo que la prima Lin quería verme? Le suplico que me ilumine.

—¿Quién conoce a tu prima o a tu hermana? —replicó la inmortal—. Yo soy la guardiana de esta planta, y aquí no se permite que vaguen mortales.

Él se resistió a partir y argumentó:

—Hermana inmortal, si está al cuidado de esta planta de la inmortalidad, usted debe ser la diosa de las Flores. ¡Dígame qué es lo que hay de extraordinario en esta planta!

—Es una larga historia —respondió ella—. Esta planta, Perla Bermeja, solía morar a orillas del río Sagrado y se estaba marchitando; afortunadamente apareció su cuidador, Shenying, que la regó a diario con dulce rocío y consiguió que reviviera. Por eso bajó al mundo de los hombres para agradecer la bondad de Shenying. Ahora que ha regresado al mundo de la verdad, la diosa del Desencanto me ha ordenado que la cuide, y que no permita que la incomoden mariposas o abejas.

Baoyu no lograba comprender aquello, y seguía convencido de que aquella inmortal era el espíritu de las flores; y como estaba decidido a no dejar pasar su oportunidad, insistió:

—Si usted está al cuidado de esta planta, hermana inmortal, tiene que haber otras encargadas de esta infinidad de flores extraordinarias. No voy a molestarla pidiéndole que me diga quiénes son todas, sino sólo a cuál de ellas le ha tocado ocuparse de los hibiscos.

—No puedo contestar, pero tal vez mi ama lo sepa.

—¿Quién es su ama, hermana?

—La Reina de los Bambúes.

—¡Eso es! —exclamó Baoyu—. La Reina de los Bambúes es mi prima Lin Daiyu.

—¡Tonterías! Éste es el reino celestial de las diosas. Aunque se llame Reina de los Bambúes, no es como Ehuang o Nüying[6]. ¿Cómo va a tener vínculos familiares con mortales? ¡Deja de decir insensateces o llamaré a la guardia para que te eche!

Baoyu emprendió la retirada, algo asustado y sintiendo la impureza de su aspecto, al mismo tiempo que hacía su entrada un mensajero para anunciar:

—Se invita a pasar al cuidador Shenying.

La inmortal dijo:

—Llevo mucho tiempo esperándolo, pero todavía no ha llegado. ¿Cómo voy a hacerlo pasar?

—¿No es ése que se va? —contestó el otro riendo.

Entonces la inmortal salió corriendo para alcanzar a Baoyu.

—¡Por favor, cuidador Shenying, vuelve!

Baoyu pensó que se trataba de otra persona, y como temía ser expulsado, echó a correr.

De pronto una espada le cerró el paso y alguien dijo:

—¿Adónde vas?

Presa del pánico, tuvo que hacer acopio de todo su valor para levantar la vista. Entonces vio a la tercera hermana You. Un poco más tranquilo, suplicó:

—Hermana, ¿por qué me amenazas tú también?

—Todos los hombres de tu casa sois una pandilla de sinvergüenzas, ¡malográis la reputación de las personas, destruís los matrimonios! ¡Ahora que tú estás aquí, no te voy a perdonar!

Aquella amenaza volvió a inquietarlo. Entonces oyó una voz que llamaba desde atrás:

—¡Detenlo, hermana! ¡No dejes que se vaya!

—Hace mucho que lo espero por orden de mi señora —le dijo la tercera hermana You a Baoyu—. Ahora que estás aquí, voy a cortar de un tajo tu destino terrestre.

Aquello puso a Baoyu todavía más nervioso, aunque no comprendiera totalmente lo que le estaba diciendo. Cuando dio media vuelta para huir, quién iba a pensar que se encontraría de frente con Qingwen, Le dijo, desgarrado entre el dolor y el júbilo:

—Me he perdido y me he topado con enemigos. Quería regresar, pero nadie había que me guiara. ¡Ahora ya estoy tranquilo, hermana Qingwen! Llévame a casa cuanto antes.

—No se alarme, señor —dijo ella—. No soy Qingwen; me envía la reina para conducirlo a su lado. Nadie le hará daño.

Pero Baoyu seguía sintiendo un profundo recelo, y respondió:

—Dices que tu reina quiere verme. ¿Quién es ella?

—No es el momento de hacer preguntas. Lo sabrá cuando la vea.

A Baoyu no le quedó otra opción que seguirla, y al examinar detenidamente sus movimientos, quedó convencido de que se trataba de Qingwen. «No cabe duda, es su rostro y es su voz —pensó—. ¿Por qué lo niega entonces? Pero ahora estoy demasiado confuso como para preocuparme de una cosa así. Cuando vea a su ama, si he cometido alguna falta, le pediré perdón. Después de todo, las mujeres tienen el corazón lleno de bondad, seguro que me perdona.»

Al poco tiempo, llegó ante un espléndido palacio con luces de colores, con un bosquecito de bambúes en el patio, y varios pinos frente a la puerta. Bajo los aleros, unas doncellas vestidas con trajes de palacio murmuraron al verlo:

—¿Es el cuidador Shenying?

La doncella que lo había acompañado hasta el lugar dijo:

—Sí, es él. Vayan sin demora a anunciar su llegada.

Una de las criadas invitó a pasar a Baoyu con una sonrisa, y él la siguió por varios pabellones hasta la estancia principal, de cuya entrada colgaba una cortina de perlas.

—Espere aquí hasta que lo llamen —le dijo ella, y él la obedeció en total silencio. La doncella reapareció unos instantes después anunciando:

—Puede entrar y presentar sus respetos.

Otra doncella recogió la cortina, y Baoyu vio a una joven con una corona de flores y un vestido bordado, sentada en el interior. Cuando alzó la cabeza, vio a Daiyu.

—¡Prima, estás aquí! —dijo—. ¡Cuánto te he extrañado!

Las doncellas inmediatamente exclamaron:

—¡Este cuidador no tiene modales! ¡Que se vaya! —Y una de ellas soltó la cortina.

Baoyu anhelaba entrar. Quiso interrogar a las doncellas, pero ninguna de ellas lo conocía, y lo expulsaron. Pensó en preguntarle a Qingwen, pero había desaparecido. Salió descorazonado, lleno de recelos, y como no había nadie para guiarle no pudo encontrar el camino de regreso. Estaba confuso y desorientado, cuando vio a Xifeng bajo los aleros de un pabellón, llamándolo con gestos.

—¡Qué bien! —exclamó—. ¡He vuelto a mi casa! ¿Cómo he podido perderme? —Y corrió hacia ella gritando:

—Así que aquí estás, hermana. Esta gente se ha estado burlando de mí, y la prima Lin se ha negado a verme, no sé por qué.

Al llegar donde ella estaba vio que no era Xifeng sino Qin Keqing, la primera esposa de Jia Rong. Se detuvo y preguntó dónde estaba Xifeng. En lugar de responderle, Keqing entró.

Él no se atrevió a seguirla y permaneció allí, clavado y aturdido, suspirando:

—¿Qué delito he cometido para que nadie me haga caso? —Y rompió a llorar.

Inmediatamente se abalanzaron hacia él unos guardianes de turbantes amarillos[7] y látigos en las manos, para increparle:

—¿De dónde vienes y cómo te atreves a irrumpir en el mundo jubiloso de las inmortales? ¡Fuera de aquí!

Baoyu temió protestar e intentaba buscar una salida cuando divisó, a lo lejos, a un grupo de muchachas que se acercaba, conversando y riendo. Se sintió complacido al advertir que se parecían a Yingchun y a las otras muchachas.

—Me he perdido —les dijo—. ¡Venid a rescatarme!

Inmediatamente los guardias empezaron a perseguirlo, y Baoyu echó a correr alocadamente. En un instante, las muchachas se convirtieron en demonios y se unieron a aquéllos en su persecución.

Baoyu estaba completamente desesperado cuando apareció el monje que le había devuelto el jade. Manteniendo un espejo en alto, dijo:

—He venido a salvarte siguiendo instrucciones de la consorte imperial.

De pronto desaparecieron los demonios, y se encontró de nuevo en el paisaje agreste del principio.

Baoyu agarró al monje por el brazo y le imploró:

—Recuerdo que fuiste tú quien me trajo aquí, pero luego desapareciste. He encontrado a muchas personas queridas, pero todas me han ignorado y de pronto se han convertido en demonios. ¿Era sueño o realidad? Por favor, explícamelo, maestro.

—¿Has mirado alguna cosa a hurtadillas? —preguntó el monje.

Baoyu pensó: «Si me ha traído a este mundo feliz de las inmortales significa que él también es un inmortal. ¿Cómo voy a ocultarle algo entonces? Además quiero que me aclare todo esto». Entonces respondió:

—Sí, miré unos registros.

—¡Otra vez! ¿Y no comprendes después de haberlos leído? Todos los lazos afectivos de la tierra son una ilusión. Simplemente recuerda lo sucedido, y yo te lo explicaré más adelante —y le dio un violento empujón—. ¡Vete! —Baoyu perdió el equilibrio y cayó con un grito de desesperación.

Cuando recobró el conocimiento, toda la casa estaba sumida en llanto. Al oír su grito lo llamaron inmediatamente. Al abrir los ojos se encontró todavía sobre el kang, y al ver los ojos de la dama Wang, de Baochai y de los demás, rojos e hinchados por el llanto, se tranquilizó y pensó: «¡Debo haber muerto y he vuelto a la vida!». Recordó lo sucedido a su espíritu, y complacido al poder recordarlo aún, rió en voz alta y exclamó:

—¡Eso es, eso es!

Su madre pensó que había vuelto a enloquecer, llamó a un médico y mandó a las doncellas para que informaran a Jia Zheng de que su hijo se había repuesto del ataque al corazón, y que ahora que podía hablar no tenía sentido prepararle los últimos oficios rituales. Al enterarse de la noticia, Jia Zheng apareció enseguida y pudo observar que, en efecto, Baoyu había recobrado el conocimiento.

—¡Idiota desdichado! —gritó—. ¡Nos estás matando a disgustos!

Y, sin poderlo evitar, las lágrimas corrieron por sus mejillas y lanzó varios suspiros. Luego llamó a un médico para que tomara el pulso de Baoyu y le administrara medicamentos.

Sheyue, que pensaba en el suicidio, se sintió igualmente aliviada por aquella recuperación. La dama Wang hizo traer un tazón de sopa de longyan, y unos cuantos sorbos lo calmaron. En medio de esa alegría general nadie culpó a Sheyue, y la dama Wang entregó el jade a Baochai para que lo colgara del cuello de Baoyu.

—Me pregunto dónde encontró el jade ese monje —comentó—. Qué manera tan extraña de comportarse, exigiendo dinero y desapareciendo antes de recibirlo. ¿Sería un inmortal?

Baochai dijo:

—La forma que ha tenido ese monje de llegar y de irse demuestra que no lo encontró. Seguro que lo perdimos porque se lo había llevado él.

—Pero si estaba aquí en nuestra casa —objetó la dama Wang—, ¿cómo pudo habérselo llevado?

—Si ha podido traerlo, también pudo llevárselo.

Xiren y Sheyue les recordaron:

—El año en que se perdió el jade, el señor Lin Zhixiao consultó a un vidente; y cuando la señora Bao llegó a nuestra familia, le dijimos que el carácter que había aparecido era shang[8], que significa recompensa. ¿Se acuerda, señora?

—Sí —dijo Baochai, haciendo memoria—. Todos creyeron que la solución del enigma del jade debía encontrarse en una casa de empeños. Sólo ahora queda claro lo que realmente significaba, puesto que el jade había sido sustraído por un monje, ya que la parte superior del carácter shang significa, igualmente, «monje»[9].

—¡Qué extraño! —comentó la dama Wang—. El año que enfermó Baoyu, vino otro monje y dijo que teníamos en casa un tesoro. Si lo sabía, es que este jade tiene algo de extraordinario. Además, tu esposo nació con él en la boca. ¿Alguna vez en tu vida has oído algo parecido? De todos modos, ¿quién sabe lo que será de este jade? ¿Y quién sabe qué será de Baoyu? Fue este jade el que lo enfermó, y este jade lo curó, este jade con el que nació… —se interrumpió cuando las lágrimas le llenaron, de nuevo, los ojos.

Baoyu, que seguía la conversación con atención, comprendía lo que había pasado mientras estuvo muerto. Pero no dijo nada, y se lo guardó para sí mismo.

Entonces Xichun intervino:

—Cuando el jade se perdió, pedimos a Miaoyu que hiciera una adivinanza en la arena y escribió: «Junto al antiguo pino, al pie del Pico de la Cresta Azul» y «entras en mi puerta con una sonrisa, volveremos a encontrarnos». Pienso que «entras en mi puerta» es de lo más significativo. La vía del budismo es la más grande, pero temo que el segundo primo no pueda caminar por ella.

Al escuchar aquello, Baoyu soltó una risotada sarcástica, pero Baochai frunció el ceño, perdida en sus cavilaciones.

—¡Ya estás otra vez charlando sobre budismo! —la reprendió la señora You—. ¿Cuándo abandonarás la idea de ser monja?

Xichun sonrió.

—La verdad, cuñada, es que ya llevo un buen tiempo sin probar carne.

—¡Vaya criatura! ¡Alabado sea Buda! —exclamó la dama Wang—. No debes pensar en tales cosas.

Xichun no dijo nada, pero Baoyu no pudo retener un suspiro al recordar el verso que decía «Hoy sentada, solitaria, bajo la estatua de Buda»[10]. De pronto recordó el poema, la esterilla y «las flores»; miró a Xiren y se le llenaron los ojos de lágrimas. Su súbita transición de la risa al llanto dejó confundidos a los demás, que sólo atinaron a pensar que otra vez se había trastornado, ya que ignoraban que su agitación provenía del recuerdo de los registros que había hojeado. Aunque no quería hablar de ellos, estaba convencido de la verdad de aquellas predicciones y de la decisión que ya había tomado en su corazón. Dejemos a un lado este asunto, ya volveremos más adelante.

Los demás advirtieron que, tras revivir, la mente de Baoyu se había despejado, y con una buena medicación su salud mejoró notablemente. De tal modo que Jia Zheng atendió otros asuntos. Como estaba de luto y no tenía nada que hacer, y como además no había manera de saber cuándo le darían la libertad a Jia She y, por otro lado, tampoco quería prolongar demasiado la exposición del ataúd de la Anciana Dama en el templo, decidió acompañarlo de vuelta al sur para su entierro, y llamó a Jia Lian para consultarle.

—Creo que tiene razón, señor —dijo Jia Lian—. Ahora está libre de tareas oficiales y puede atender este importante asunto. Cuando termine el luto volverá a estar muy ocupado y no podrá dedicarse a sus propios asuntos. En ausencia de mi padre no puedo sustituirlo en su deber. Su decisión es excelente, pero no cabe duda de que el costo ascenderá a unos miles de taeles y es inútil pensar que las autoridades van a recuperar nuestras propiedades robadas.

—Ya he tomado la decisión —dijo Jia Zheng—, pero como el señor mayor está lejos, he querido consultar contigo la mejor manera de resolver el problema. No puedes dejar la casa, pues no quedaría nadie al mando. Debemos llevar todos esos féretros al cementerio ancestral, pero no puedo yo solo, así que estoy considerando llevar conmigo a Jia Rong, puesto que uno de los féretros es de la que fue su esposa. Además está el de tu prima Lin. La Anciana Dama dejó instrucciones para que viajara al sur junto a ella. Me imagino que tendremos que pedir unos cuantos miles de taeles prestados para cubrir esos gastos.

—En estos tiempos la generosidad es rara —respondió Jia Lian—. Como ahora usted no ocupa cargo alguno, y mi padre está ausente, no podremos conseguir un préstamo, señor. Lo único que podemos hacer es hipotecar una mansión.

—¿Y cómo, si esta mansión nuestra fue construida por el gobierno?

—No me refiero a la mansión en que vivimos, sino a alguna de las afueras. Cuando usted recupere su cargo, o mi padre regrese y obtenga un nuevo nombramiento, también podremos recuperar la casa. Lo que más me inquieta es que tenga que hacer ese esfuerzo a su edad, señor.

—Se trata del entierro de la Anciana Dama, es mi deber. Pero tú ocúpate con seriedad de los asuntos domésticos.

—Descuide, señor. Aunque incompetente, intentaré hacerlo lo mejor que pueda, esmerándome en el trabajo. Tendrá usted que llevarse buen número de sirvientes al sur, y la disminución del personal aquí me permitirá reducir varios gastos e ir tirando. Si llegaran a faltarle fondos, señor, al pasar por donde vive Lai Shangrong podrá recabar su ayuda.

—Es el entierro de mi madre. No puedo pedir ayuda a los demás.

—Sí, señor —masculló Jia Lian, y se retiró con el fin de conseguir dinero.

Jia Zheng informó a la dama Wang de sus planes y le pidió que se encargara de los asuntos domésticos. Luego eligió un día apropiado para iniciar su jornada. A esas alturas ya Baoyu había recobrado totalmente la salud, y Jia Huan y Jia Lan estudiaban con formalidad. Jia Zheng dejó a los tres al cuidado de Jia Lian.

—Éste es el año del examen nacional —le dijo—. Huan no puede presentarse, pues lleva luto por su madre. Lan es sólo nieto, así que después del duelo puede presentarse al examen. Baoyu debe examinarse con su sobrino. Si consiguiéramos al menos un grado, sería una buena forma de redimir nuestra imagen de delincuentes.

Jia Lian y los muchachos asintieron. Después de impartir instrucciones a otros miembros de la familia, Jia Zheng se despidió del altar ancestral, hizo cantar sutras durante unos días en el templo de las afueras de la ciudad, y subió finalmente a la embarcación seguido de Lin Zhixiao y los demás. No se despidió de sus amigos y parientes, y sólo lo despidieron los de su propia familia.

Como Jia Zheng había ordenado que Baoyu concurriera al examen, la dama Wang, de vez en cuando, se interesaba por sus estudios. De más está decir que Baochai y Xiren lo alentaron para que trabajara con ahínco. Nadie imaginaba que tras su recuperación, aunque su ánimo mejoraba día a día, en su cabeza iban tomando forma ideas aún más excéntricas que las de antaño, y de una naturaleza completamente diferente a la esperada. Baoyu no sólo aborrecía el rango y la carrera oficial, sino que incluso demostró haber perdido buena parte de su anterior interés por las jóvenes. Pero nadie le prestaba demasiada atención y él no decía nada.

El día que Zijuan regresó de despedir el féretro de Daiyu, permaneció desconsolada en su alcoba llorando. «¡Baoyu no tiene sentimientos! —pensó—. No mostró pena alguna cuando vio como se llevaban al sur el ataúd de la señorita Daiyu; no derramó una sola lágrima, y en lugar de consolarme, me miró y se echó a reír. ¡Ah, ingrato! Siempre con sus dulces palabras y sus frases seductoras para engatusarnos. Menos mal que no tomé en serio sus pretensiones aquella noche, o hubiera vuelto a ser víctima de sus engaños. Pero una cosa que no comprendo todavía es la frialdad con la que también está tratando a Xiren y a las demás. A la señora Bao jamás le han gustado los excesos en las demostraciones sentimentales, pero ¿cómo no reaccionan Sheyue y las demás? Qué tontas somos las muchachas que siempre nos dejamos llevar por los afectos, malgastándolos cada día, ¿qué bueno podemos sacar de todo ello?»

En eso entró a verla Wuer, y al ver a Zijuan bañada en lágrimas, le preguntó:

—¿Otra vez llorando por la señorita Lin? Yo comprendo ahora qué significa «más vale ver a la persona que oír hablar de su fama». Siempre habíamos oído decir lo bueno que era el señor Bao con las muchachas, y una y otra vez intentó mi madre que yo entrara a su servicio. Pero desde que me destinaron a su servicio lo he atendido con devoción cada vez que ha caído enfermo, y ahora que está recuperado no tiene una sola palabra amable para mí, ¡ni siquiera me mira!

Aquello divirtió a Zijuan, y se echó a reír.

—¡Bah, facilona! —le escupió—. ¿Cómo quieres que te trate Baoyu? ¡Una muchacha joven debería tener un poco de vergüenza! Cuando está demostrando tan poco interés en todos los que pertenecen a su casa, ¿qué tiempo puede quedarle para fijarse en ti? —Y rompió a reír de nuevo, y se pasó un dedo por la mejilla para avergonzarla[11]—. ¿Qué relación puede haber entre tú y Baoyu, dímelo? —le preguntó.

Wuer comprendió que se había delatado, y se sonrojó. Deseaba explicarle que ella no pretendía consideraciones especiales de Baoyu, pero que últimamente mostraba poca solicitud hacia sus doncellas cuando, en ese preciso momento, desde el patio, alguien gritó:

—Ha regresado el monje. ¡Quiere diez mil taeles de plata! ¡La señora está preocupada y reclama la presencia del señor Lian, pero no está en casa! El monje está rabiando afuera enloquecido. Su Señoría quiere que la señora Bao vaya a discutirlo con ella.

Para saber cómo se deshicieron del monje, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO CXVII

Para impedir que renuncie a este mundo,

dos bellezas cuidan de un jade.

Gozoso de reunir a su cuadrilla, un hijo indigno

gobierna la mansión.

Cuando la dama Wang mandó llamar a Baochai, y Baoyu se enteró de que el monje estaba fuera, salió corriendo a la parte delantera gritando:

—¿Dónde está mi maestro?

Estuvo llamándolo un buen rato, pero no pudo encontrarlo, y cuando llegó a la puerta vio que Li Gui le cerraba el paso al monje, impidiéndole entrar.

—Me envía la señora para que invite a pasar al maestro —dijo Baoyu.

Entonces Li Gui dejó pasar al monje, que entró contoneándose; al ver que tenía un gran parecido con el que había visto cuando estuvo muerto, Baoyu vislumbró la verdad, e inclinándose dijo:

—Disculpe mi demora en darle la bienvenida, maestro.

—No quiero que me agasajen —replicó el monje—. Entréguenme el dinero y me iré.

Aquellas palabras no le parecieron a Baoyu las de un santo; además, el monje tenía costras en la cabeza y llevaba unos harapos malolientes. Pensó: «Los antiguos dicen que quien ha alcanzado la perfección no lo revela; y quien lo revela no ha logrado la perfección[1]. No puedo dejar pasar esta oportunidad. Le prometeré la recompensa para ver cómo reacciona».

Así que respondió:

—Por favor, paciencia, maestro, siéntese y espere que mi madre solucione el asunto. ¿Puedo preguntar si usted viene de la Tierra de la Ilusión del Gran Vacío?

—¿Qué Tierra de la Ilusión? Sólo vengo de donde he venido, e iré a donde tenga que ir. Vine a devolverte tu jade. ¿De dónde procede? —Y como Baoyu no pudo responderle, el monje se rió—. ¡Ignoras su origen y vienes a preguntarme a mí el mío!

De por sí, Baoyu era bastante inteligente, y su experiencia reciente le había ayudado a romper con este polvoriento mundo[2]. Pero era verdad que ignoraba su origen. La pregunta del monje sobre el origen del jade fue como un mazazo en la cabeza.

—Usted no quiere dinero —exclamó—. Le devolveré el jade.

—¡Ya es hora de que me lo devuelvas! —rió el monje.

Y sin decir una palabra, Baoyu corrió a sus aposentos, que Baochai y Xiren habían abandonado para visitar a la dama Wang, tomó el jade de su cama y salió corriendo. Al salir tropezó con Xiren y la asustó.

—Dice la señora que hace muy bien atendiendo al monje, y que tiene intención de darle algún dinero —le informó—. ¿Por qué ha vuelto?

—Anda y dile que no hay necesidad de dinero. Voy a devolverle el jade.

—¡De ninguna manera! —Y lo agarró del brazo—. Este jade es su vida. ¡Si se lo lleva, volverá a caer enfermo!

—Ya no. Ahora estoy en mi sano juicio, ¿para qué necesito el jade? —Se liberó de un tirón y salió corriendo.

Xiren lo perseguía apurada, llamándolo:

—¡Vuelva! Tengo algo que decirle.

Él gritó por encima del hombro:

—No tenemos nada que hablar.

Pero ella seguía corriendo tras él y gritando:

—¡La última vez que perdió el jade, a mí casi me cuesta la vida! Acaba de recobrarlo, y si él se lo lleva será el final de ambos. ¡Entrégueselo si quiere verme morir! —Al decir eso alcanzó a Baoyu y lo sujetó de nuevo.

—Mueras o no, debo devolverlo —fue su desesperada réplica.

La empujó con toda su fuerza, pero ella lo agarró del cinturón con ambas manos y se negó a soltarlo, sollozando y dando gritos mientras se iba deslizando hacia el suelo. Las doncellas que oyeron lo que ocurría desde el interior salieron a toda velocidad y encontraron a los dos así enlazados.

—¡Decidle a la señora que venga, rápido! —sollozó Xiren—. El señor Bao quiere devolverle el jade al monje.

Cuando las doncellas salieron para informar de todo aquello, Baoyu se enfureció todavía más e intentó apartar las manos de Xiren para liberarse; pero ella ya era indiferente al dolor, y no lo soltó. Cuando Zijuan, desde dentro, oyó las intenciones de Baoyu, se puso incluso más nerviosa que los demás, y su resolución de tratar a Baoyu con toda frialdad se disipó como una nube en el noveno cielo, de modo que salió para ayudar a sujetarlo. Y a pesar de ser hombre y de intentar zafarse con fuerza, Baoyu no pudo liberarse de aquellas dos muchachas que lo aferraban como si les fuera la vida en ello.

—Si por un jade me agarráis como a vuestra propia vida —suspiró—, ¿qué haríais si fuera yo el que partiera?

Al escuchar aquello, las muchachas soltaron un llanto incontenible.

En ese forzado abrazo seguían cuando entraron a toda prisa la dama Wang y Baochai.

—¡Baoyu! —gritó su madre—. ¡Otra vez con tu locura!

Al verla, Baoyu comprendió que no tenía escapatoria, y con una risita cohibida dijo:

—¿Por qué tanto escándalo? ¿Por qué inquietar a la señora? Estas muchachas se alarman siempre sin motivo. Ese monje, que no muestra el mínimo sentimiento, se empeña en reclamarnos los diez mil taeles, ni uno menos; en un momento de irritación volví a coger el jade para devolvérselo, diciéndole que era una falsificación, y que yo no lo quería. Así, al comprobar que no le dábamos ningún valor, habría aceptado lo que le ofreciéramos.

—Creía que tu verdadera intención era devolvérselo. ¡Basta! —le amonestó la dama Wang—. ¿Por qué no se lo has dicho claramente? Hubieras evitado todo este llanto.

Baochai intervino:

—Si es lo que pretendías, está bien. Pero si lo que deseabas era devolvérselo, esa insensatez habría sido un motivo de inquietud para toda la familia. En cuanto a la recompensa, puede reunirse vendiendo mis joyas.

—Sí —asintió la dama Wang—. Hagámoslo así.

Baochai se adelantó para tomar el jade en su mano, y Baoyu no puso reparos.

—No es necesario que salgas —dijo ella—. Su Señoría y yo le daremos el dinero.

—Da igual, no le entregaré el jade —respondió él—, pero tengo que ver al monje una vez más.

Xiren y Zijuan lo seguían sujetando. Baochai había comprendido la situación, y les dijo:

—Soltadlo. Que vaya si quiere.

Entonces Xiren soltó a Baoyu, quien dijo con una sonrisa:

—Así que, en realidad, pensabais en el jade y no en mí. ¿Qué pasa si ahora que ya no me lo impedís me voy con el monje y os dejo el jade?

Xiren se alarmó de nuevo y quiso sujetarlo, pero no podía tomarse esas libertades delante de sus señoras. Eso lo aprovechó Baoyu para escabullirse. Xiren despachó inmediatamente a una doncella para que fuera a la tercera puerta a advertir a Beiming y a los otros pajes de Baoyu con el siguiente mensaje: «Di a los sirvientes de afuera que vigilen al señor Bao; no está en sus cabales». La muchacha se fue inmediatamente con el encargo.

Entonces la dama Wang y Baochai entraron y tomaron asiento y le preguntaron a Xiren lo que había sucedido exactamente. Ella les relató con detalle todo lo que había dicho Baoyu. Aquello las preocupó tanto que mandaron decir a los sirvientes del exterior que atendiesen a Baoyu y escucharan lo que decía el monje.

A su regreso, una doncella informó a la dama Wang:

—El señor Bao está algo trastornado. Los pajes del exterior le oyeron decir que dentro no le habían dado el jade y que nada podía hacer al respecto, pero que ya que había conseguido salir le rogaba que se lo llevara consigo.

La dama Wang lanzó una exclamación de horror, y preguntó qué había respondido el monje.

—Replicó que quería el jade y no a su dueño —dijo la joven.

—¿Entonces no quiere el dinero? —preguntó Baochai.

—No oyeron nada de eso, señora. Después el monje y el señor Bao soltaron unas carcajadas y charlaron entre ellos acerca de muchas cosas, pero los pajes no comprendieron ni una palabra.

—¡Estúpidos! —exclamó la dama Wang—. Aunque no puedan comprender, ¿no pueden tampoco recordarlo? —siguiendo sus órdenes, la doncella trajo a un paje, que presentó sus respetos desde el otro lado de la ventana.

—A pesar de no haber comprendido la charla entre el monje y el señor Bao, ¿puedes repetírmela? —preguntó la dama Wang.

—Sólo pudimos hacernos con unas palabras sueltas como «la Montaña de la Inmensa Soledad», «Pico de la Cresta Azul», «Tierra de la Ilusión del Gran Vacío» y «cortar ataduras de este mundo».

Tampoco la dama Wang pudo encontrarle ni pies ni cabeza a aquellas frases, pero los ojos de Baochai se encendieron, alarmados, y no pudo decir una sola palabra. Iban a mandar a alguien en busca de Baoyu cuando él mismo entró sonriendo y diciéndose: «¡Estupendo, estupendo!».

Baochai siguió sin recuperar el habla, mientras que su madre le preguntó:

—¿Qué loca charla ha sido ésa?

—Yo hablo con toda formalidad —protestó Baoyu— ¡pero me llaman loco! El monje y yo hace tiempo que nos conocemos, y simplemente deseaba verme. Nunca quiso realmente una recompensa, y sólo quería hacer su buena acción. Lo ha explicado, y después se ha marchado. ¿No es estupendo?

Su madre no le creyó, y envió al paje para interrogar al portero.

—El monje se ha ido —volvió a informar—. Ha dejado dicho que Sus Señorías no tienen de qué preocuparse. No quiere dinero, sólo pide que el señor Bao lo visite de vez en cuando. «Cada cosa tiene su destino, para cada una se ha fijado su causa», dijo.

—¡Después de todo era un buen monje! ¿Le preguntaron de dónde venía?

—Se lo pregunté y me dijo que el señor Bao lo sabía.

La dama Wang le preguntó a Baoyu:

—Pero ¿dónde vive?

Él respondió con una sonrisa:

—En un lugar que está cerca o lejos, dependiendo de cómo se mire.

—¡Espabila! —le interrumpió Baochai—. ¡Déjate de acertijos! El señor y la señora ya no saben qué hacer por ti, y el señor ya te ha dicho que te prepares bien para que puedas lograr gloria y méritos.

—¿Y de lo que yo hablo no significa gloria y méritos? ¿Acaso desconoces el dicho: «Cuando un hijo renuncia al mundo, siete generaciones de ancestros van al cielo?»[3].

La dama Wang se lamentó: «¿Qué nos ha sucedido? Primero Xichun insiste en renunciar al mundo, y ahora le toca a éste. ¿Cómo voy a seguir viviendo así?» —Y rompió a llorar.

Baochai sintió pena por ella y trató de consolarla, y Baoyu dijo:

—Estaba bromeando, señora. No lo tome en serio.

Su madre dejó de llorar para responderle:

—¿Te parece que es algo con lo que se pueda bromear?

En eso entró una doncella para anunciar:

—El señor Lian ha vuelto con mala cara. Ruega a la señora que vaya para hablar con usted.

—Dile que venga aquí —ordenó la señora Wang, con renovada alarma—. Conoce a su cuñada la menor desde la infancia, así que no precisa evitarla.

Una vez que Jia Lian hubo entrado y presentado sus respetos, Baochai se adelantó para darle la bienvenida.

Él informó:

—Acabo de recibir noticias de mi padre; está gravemente enfermo. Me ha mandado llamar. ¡Si me demoro, me temo que no lo veré con vida! —Las lágrimas le corrían por las mejillas.

—¿En la carta decía cuál es su mal? —preguntó la dama Wang.

—Empezó con una simple bronquitis, pero se ha transformado en tisis, y ahora agoniza. El mensajero, que ha hecho camino día y noche, advierte que si me atraso un par de días llegaré tarde para verlo, así que me presento a usted para que me permita partir, señora. Pero en casa no hay nadie capacitado para encargarse de los asuntos cotidianos, a no ser que podamos contar con Qiang y Yun. Y aunque algo torpes, al menos son hombres, y si, por casualidad, apareciera cualquier asunto por resolver, desde el exterior pueden informar de ello. En mi casa no hay problema. Como Qiutong lloraba y se lamentaba sin cesar porque no quería quedarse, le dije a su familia que se la llevara de vuelta a su hogar, lo que le ha ahorrado a Pinger muchos disgustos. Nadie cuida de Qiaojie, pero, afortunadamente, Pinger es amable con ella y es una niña inteligente, aunque más testaruda que su madre. Le ruego que la reprenda cuando le haga falta.

Ya tenía los ojos irritados, y se los iba secando con el pañuelo de seda que sacaba de la bolsita de su cintura.

—La niña tiene a su propia abuela aquí —se resistió la dama Wang—. ¿Por qué debo hacerme cargo de ella?

—Si lo dice así, señora —murmuró él—, no merezco más que la muerte. Le suplico que sea bondadosa con su sobrino, como siempre lo ha sido. —Y cayó de rodillas.

—¡Levántate rápido! —dijo ella, con los ojos enrojecidos—. Hablamos como madre e hijo, ¿cómo puedes decir esas cosas? Una ultima cuestión: la niña está creciendo, y si algo le sucediera a tu padre tardarías en regresar. Si alguna familia idónea hace una propuesta de matrimonio, ¿debemos esperar tu retomo o dejar que su abuela decida lo que hay que hacer?

—Puesto que Sus Señorías quedan en casa, naturalmente pueden decidir sin esperar mi regreso.

—Antes de partir, escribe al segundo señor contándole que no queda nadie al cuidado en casa y diciendo que no sabes si tu padre se repondrá. Que finalice con las exequias de la Anciana Dama lo antes posible y vuelva rápidamente.

Jia Lian asintió, y ya se aprestaba a salir cuando dio media vuelta.

—Aquí tenemos suficientes sirvientes —dijo—, pero desde que Bao Yong volvió con su amo no queda nadie en el jardín, y el señor Xue Ke ha dejado los aposentos donde vivía la tía Xue, y se ha mudado a su propia casa. No conviene dejar todos esos cuartos vacíos del jardín sin guardianes, así que pienso que deberían enviar allí, de vez en cuando, al personal para que eche una mirada. El convento del Enrejado Verde también nos pertenece, y desde que desapareció Miaoyu las monjas que la atendían no se han atrevido a tomar las medidas oportunas para administrar el lugar, y piden que asignemos una persona para ocuparse de las diferentes tareas administrativas.

—Pero si no podemos resolver nuestros propios problemas, ¿cómo vamos a solucionar las tareas de los demás? Si lo comentamos con Xichun volverá a insistir en tomar los hábitos de monja. ¿Cómo puede una familia como la nuestra permitir que una de sus hijas se haga monja?

—No me habría atrevido a abordar este tema si usted no lo hubiera tocado, tía. La prima Xichun pertenece a la mansión del Este, faltan sus padres, su hermano mayor está ausente, y apenas se habla con su cuñada. He oído que siente la frecuente tentación de quitarse la vida. Si ya está decidida, y nosotros le impedimos su deseo, intentará suicidarse, ¿no sería mejor que tomara los hábitos?

La dama Wang asintió con la cabeza.

—Esta situación me supera. No puedo tomar una decisión concreta; este asunto le corresponde a su cuñada.

Hablaron un poco más, y Jia Lian salió, citó a los mayordomos para impartirles las instrucciones correspondientes, escribió a Jia Zheng y se fue a preparar el equipaje necesario para el viaje. Naturalmente Pinger le dio unos cuantos consejos al despedirse. Pero la más desconsolada era Qiaojie. Su padre quiso dejarla al cuidado de Wang Ren, pero ella se resistió; y se enfureció todavía más cuando supo que Yun y Qiang quedaban al cargo de los asuntos del exterior. Pero dado que no sabía cómo decirlo, tras despedir a su padre se instaló obedientemente a vivir con Pinger. Después de la muerte de Xifeng, Fenger había pedido permiso para marcharse y Xiaohong había pretextado una enfermedad. A Pinger le hubiera gustado conseguir a una de las chicas de los Jia para que acompañara a Qiaojie y, al mismo tiempo, le sirviera de ejemplo, pero no encontraba a ninguna disponible; tampoco podía aprovechar los servicios de Xiluan o Sijie, antiguas favoritas de la Anciana Dama, pues la una se había casado y la otra ya estaba comprometida y poco le faltaba para la celebración de su boda, así que tuvo que conformarse.

Tras despedir a Jia Lian, Jia Yun y Jia Qiang entraron a presentar sus respetos a las damas Xing y Wang. Se organizaron por turnos en el estudio exterior, y se pasaban el día holgazaneando con los sirvientes o reuniéndose con amigos en comilonas y timbas. Por supuesto, los apartamentos interiores nada sabían de todo aquello.

Cierto día llegaron de visita el hermano de la dama Xing y Wang Ren, y descubrieron allí instalados a Jia Yun y a Jia Qiang. Como eran compañeros de juerga, pretextaron ayudar en los asuntos familiares y empezaron a compartir las borracheras y las timbas. Los pocos mayordomos de confianza habían ido con Jia Zheng y Jia Lian, dejando detrás únicamente a unos cuantos hijos y sobrinos de Lai Da y Lin Zhixiao. Eran jóvenes acostumbrados a aprovecharse de la posición de sus padres para pasárselo bien, y no tenían la menor idea acerca de cómo se manejaba una casa. Con la ausencia de sus mayores se quedaban como caballo sin brida, y alentados por sus señores, que no eran sino descendientes indirectos de la familia Jia, se dieron a todo tipo de excesos. Es así como el desbarajuste de la mansión Rong fue tan grande que ya ni se distinguía arriba o abajo, interior o exterior.

Jia Qiang pensó en reclutar a Baoyu, pero Jia Yun lo disuadió diciéndole:

—No te metas en líos. El tío Bao nació bajo una mala estrella. Hace unos años le propuse un excelente partido: el padre de la muchacha era un recaudador de impuestos en provincias, la familia poseía varias casas de empeños, y ella misma era más hermosa que una inmortal. Me tomé la molestia de escribirle detallándole todos los pormenores, pero él no está destinado a tanta buena fortuna. —Miró a izquierda y derecha y, al ver que no había nadie más, siguió—: ¡Ya estaba cautivado por la tía Bao! ¿O no te enteraste de cómo hizo morir a la señorita Lin con el corazón partido? Todo el mundo lo sabe. Pero ya vale. Todos los matrimonios están predestinados. Me montó una bronca por aquello y desde entonces me ignora. Debió pensar que yo pretendía sacar partido.

Jia Qiang movió afirmativamente la cabeza y no insistió. Ninguno de ellos sabía que, desde su encuentro con el monje, Baoyu vivía ansioso por cortar todos sus lazos terrenales, y que, si bien no se atrevía a romper con su madre, ya se mantenía apartado de Baochai y Xiren. Cuando las doncellas más jóvenes, ignorantes de los hechos, intentaban atraerlo, él no les prestaba atención. Tampoco le preocupaban los asuntos domésticos. La dama Wang y Baochai le seguían aconsejando que estudiara, y él fingía hacerlo, aunque su único pensamiento era volver al mundo de los inmortales donde lo había conducido el monje, y, a sus ojos, quienes lo rodeaban no eran sino criaturas vulgares. Como se sentía incómodo en su propia casa, aprovechaba sus ratos de ocio para conversar con Xichun; con ella coincidía en intereses, y eso lo fortalecía en sus propias convicciones, sin preocuparse lo más mínimo de Jia Huan y Jia Lan. Y en cuanto a Jia Huan, como su padre no estaba en casa, su madre ya había muerto y la dama Wang le prestaba poca atención, se unió al grupo de Jia Qiang; y cuando Caiyun le llamaba la atención, se lo pagaba con una serie de insultos. Yuchuan había advertido el empeoramiento de Baoyu, y también pidió a su madre que la llevara de vuelta a casa. Es así como Jia Huan y Baoyu, cada uno a su modo, se estaban granjeando la enemistad de todo el mundo. Sólo Jia Lan permanecía con su madre estudiando intensamente, y escribiendo composiciones que llevaba a la escuela para que se las corrigiera Jia Dairu; pero como últimamente el preceptor, ya anciano, había tenido que permanecer en cama, el muchacho se vio obligado a estudiar por su cuenta. Li Wan, por su parte, siempre había sido una persona apacible y ahora, a excepción de sus visitas protocolarias a la dama Wang y sus encuentros con Baochai, no se movía de sus aposentos, donde se concentraba en los estudios de su hijo. De modo que a pesar del buen número de habitantes que tenía la mansión Rong, cada uno de ellos vivía en su mundo, sin imponer su voluntad a los demás. Los alborotos de Jia Huan y Jia Qiang eran cada vez más graves, llegando al extremo de robar objetos para empeñar o vender, no una vez, sino muchas. Y Jia Huan pasaba el tiempo en burdeles y garitos librándose a todos los excesos que se puedan imaginar.

Cierto día, cuando el tío Xing y Wang Ren bebían con ellos en el estudio exterior, en su euforia mandaron traer unas acompañantes para que se les unieran y les animasen la velada.

—¡Qué vulgares sois! —objetó Jia Qiang—. Propongo un juego para beber.

—Muy bien —asintieron los demás.

—El juego consiste en recitar un verso en el que aparezca la palabra «luna» —siguió diciendo—. Yo empezaré recitando un verso; quien ocupe la posición correspondiente a la de «luna» tendrá que beber y recitar dos versos, antes y después de beber[4]; si no lo consigue, el castigo consistirá en beberse tres copas grandes.

Todos asintieron, y él, tras beber el contenido de una copa, recitó:

—«Vuelan copas aladas para emborrachar a la luna[5]».

Le tocó el turno a Jia Huan, quien recibió la orden:

—Recita un verso con la palabra «laurel».

Jia Huan recitó:

—«El helado rocío baña en silencio el laurel florido[6]».

Después preguntó:

—¿Cuál es el próximo verso?

Jia Qiang contestó:

—Uno que contenga la palabra «fragancia».

Jia Huan recitó:

—«Una fragancia celestial flota más allá de las nubes[7]».

—¡Qué aburrimiento! —protestó el tío Xing—. ¡Qué pobres conocimientos de literatura!, ¡y os las dais de literatos! ¡Esto no es divertido! ¡Es absolutamente irritante! Dejémoslo y juguemos a los dados; que el perdedor beba y cante una canción: lo llaman «amargura sobre amargura». Si alguien no sabe cantar, puede contar un chiste con la única condición de que sea gracioso.

—¡De acuerdo! —gritaron los demás.

Empezaron a jugar. Wang Ren perdió, bebió una copa y cantó una canción que fue aplaudida. Comenzaron de nuevo, y una de las acompañantes, que fue la que había perdido, cantó Qué hermosa doncella. El siguiente perdedor fue el tío Xing, y cuando le exigieron una canción dijo:

—No puedo cantar, pero os contaré un chiste.

—Si no nos haces reír —le advirtió Jia Qiang—, tendrás qué pagar una multa.

El tío Xing vació su copa.

—Escuchadme todos —empezó—. En cierta aldea había un templo en honor del emperador Xuandi[8], y a su lado estaba el altar del dios tutelar de la tierra a quien el emperador solía citar para sus charlas. Cierto día robaron en el templo de Xuandi, y le dijo al dios tutelar que investigara. El dios tutelar le informó de lo siguiente: «No hay ladrones en esta localidad. Probablemente sus guardianes celestiales se han descuidado y han entrado de fuera». «¡Pamplinas! —dijo Xuandi—. Como deidad local, eres responsable de cualquier robó que se produzca, ¡y ahora en lugar de atrapar a los ladrones acusas a mis guardianes de negligencia!» Aquel dios le respondió: «Si no es por su culpa, debe ser porque el fengshui[9] del templo es malo». «¿Sabes algo de geomancia?», le preguntó Yuandi. «Déjeme mirar por los alrededores», respondió el otro; lo hizo y luego informó: «Esas dobles puertas rojas detrás suyo son un riesgo para usted. Detrás de mi altar hay una pared, y naturalmente no pierdo mis cosas. Si construye una pared, todo irá bien». El emperador Yuandi quedó convencido y ordenó a sus funcionarios que trajeran albañiles para levantar una pared. Sus funcionarios objetaron suspirando: «Hace ya tiempo que nadie viene a ofrecer incienso, ¿cómo vamos entonces a conseguir ladrillos, mortero y albañiles para construir una pared?». No supo qué hacer y les dijo que buscaran una solución, pero a nadie se le ocurría nada. Entonces el general Tortuga, que estaba a los pies de Xuandi, se puso de pie para decir: «Sois todos unos inútiles, yo tengo un plan. Arrancad las hojas de la puerta roja y, cuando caiga la noche, yo impediré el paso con mi caparazón. ¿No os parece que es lo mismo que una pared?». Los demás guardianes asintieron: «Bien. No cuesta dinero y ha de ser muy sólida». Así que el general Tortuga asumió su puesto y durante varios días no ocurrió nada. Pero poco después, de nuevo volvieron a desaparecer objetos. Citaron al dios tutelar y le dijeron: «Dijiste que cuando tuviéramos una pared los robos cesarían. Ahora tenemos una, y seguimos perdiendo cosas; ¿por qué?». Él respondió: «La pared no es lo suficientemente sólida». «Anda y mira con tus ojos», le replicaron. La examinó, y la encontró muy sólida. ¿Por qué entonces seguían desapareciendo las cosas? Pero cuando la tocó, exclamó: «¡Yo pensé que era una verdadera pared, pero no es más que una pared falsa![10]».

Todos soltaron una carcajada. Jia Qiang no pudo tampoco contener sus risas e intervino:

—¡Estúpido tío mío! —exclamó—. ¿Por qué te metes conmigo si yo no me he metido contigo? Bebe una gran copa como castigo.

El tío Xing ya estaba algo bebido cuando se tragó otra copa como castigo, y los demás lo acompañaron hasta quedar totalmente borrachos. Entonces el tío Xing arremetió violentamente contra su hermana mayor y Wang Ren contra su hermana menor. Jia Huan contribuyó a esas maledicencias con el relato intencionado según el cual Xifeng habría abusado de su madre y de él, pisoteándolos.

—La gente debería ser más considerada —dijeron los demás—. Tan implacable fue Xifeng cuando gozó del respaldo de la Anciana Dama, que ha muerto con la punta de la cola seca[11], dejando detrás de sí tan sólo una niña. ¡Está pagando sus pecados!

Jia Yun recordó lo mal que lo había tratado Xifeng y cómo Qiaojie había llorado al verlo, y se unió a la ronda de insultos, hasta que Jia Qiang dijo:

—¡Bebamos! ¿Por qué tantos chismes acerca de los demás?

Las dos acompañantes preguntaron:

—¿Y qué edad tiene esa niña? ¿Cómo es?

—Es muy bonita —respondió Jia Qiang—, ya casi tiene catorce años.

—Lástima que haya nacido en una mansión como ésta —dijo una de las muchachas—. Si fuera de una familia humilde podría ayudar a sus padres y hermanos a conseguir cargos oficiales y a hacerse ricos.

Cuando le preguntaron qué quería decir, ella explicó:

—Hay un príncipe de la zona fronteriza, noble y muy galante, que anda buscando una concubina. Si ella lo cautivara, toda su familia podría mudarse a su palacio. ¿No sería maravilloso?

Casi nadie le prestó atención y continuaron bebiendo, pero Wang Ren tomó nota del asunto.

En eso se les unieron dos jovenzuelos de la familia de Lai Da y Lin Zhixiao.

—¡Vaya fiesta, caballeros! —dijeron.

Todos se pusieron en pie para replicar:

—¿Por qué han tardado tanto? Hace rato que los estamos esperando.

—Esta mañana se han propagado rumores que presagian más problemas para nuestra familia. Estábamos preocupados así que fuimos a averiguar lo que ocurría, pero no se referían a nosotros.

—Y si no tiene nada que ver con nosotros, ¿por qué no han acudido antes?

—Porque si bien no nos concierne directamente, sí existe una conexión. ¿Saben quién se ha metido ahora en problemas? El señor Jia Yucun. Esta mañana fuimos a visitarlo y lo vimos encadenado. Nos dijeron que lo llevaban ante el tribunal de las tres jurisdicciones para interrogarlo. Como sabíamos que era un asiduo visitante de esta casa, temimos que se viera complicada y fuimos para averiguar lo que ocurría.

—Muy considerado por su parte, hermanos —dijo Jia Yun—. Sí, hicieron bien en enterarse, siéntense a tomar una copa y cuéntennos la historia.

Hubo algunas reticencias formales, pero se sentaron a beber y dijeron:

—Este Jia Yucun es un caballero capaz y un hábil trepador. Tiene un cargo elevado, pero es demasiado codicioso; de ahí que le hayan caído varias acusaciones por extorsión. Nada enfurece tanto a nuestro sagaz y benévolo emperador como la palabra «codicia», ya sea por la opresión a los buenos ciudadanos, ya por el abuso de un cargo. Por eso ha emitido un decreto para su detención e interrogatorio. Si resulta culpable, se habrá metido en graves problemas; pero si la acusación no se sostiene, sus acusadores no estarán mejor. Éstos son buenos tiempos, ¡si tuviéramos la fortuna de ser funcionarios!

—Tu hermano mayor tiene suerte —dijeron los demás al hijo de Lai Da—. ¿Acaso no le va bien como subprefecto?

—Pero me temo que no va a seguir en su puesto mucho tiempo. Lo digo por cómo se viene conduciendo —fue la respuesta.

—¿También tiene las manos muy largas?

El joven asintió con la cabeza, y luego alzó la copa para beber.

—¿Qué más novedades hay de dentro? —les preguntaron.

—Nada especial —respondieron—. Han arrestado y juzgado a varios bandidos de la costa, y en los interrogatorios denunciaron el paradero de muchos más, algunos de ellos escondidos en esta misma ciudad y que esperan noticias para robar más casas. Pero ahora todos nuestros funcionarios son excelentes administradores y buenos guerreros, que se esmeran para ser dignos del favor imperial, y acabarán rápidamente con los bandidos.

—Se han referido a unos bandidos en la ciudad. ¿Han descubierto quiénes robaron a nuestra familia?

—De eso no hemos oído nada. Hubo unos vagos comentarios sobre un provinciano que asaltó una casa y secuestró a una muchacha para llevársela a la costa; pero como ella se resistió, el bandido la mató, y antes de que pudiera pasar la aduana fue capturado y ejecutado en el sitio.

—¿Acaso no fue secuestrada Miaoyu, de nuestro convento del Enrejado Verde? Es probable que se trate de ella.

—¡Por supuesto, tiene que ser ella! —dijo Jia Huan.

—¿Y cómo lo sabes tú? —le preguntaron.

—¡Esa Miaoyu era una monja repelente, siempre dándoselas de refinada! Cuando miraba a Baoyu se le levantaban las cejas y sus ojos sonreían, pero jamás se dignó mirarme. ¡Me alegraría mucho que fuese ella la víctima!

—Raptan a muchas mujeres. No tiene por qué ser ella.

—Hay un indicio que permite confirmarlo —dijo Jia Yun—. El otro día nos dijeron que su criada había soñado con la imagen de Miaoyu asesinada.

Los demás soltaron una carcajada.

—¡Un sueño no tiene valor alguno!

—Olvídense del sueño —dijo el tío Xing—. Cenemos. Esta noche hemos de apostar fuerte.

Los demás estuvieron de acuerdo, y cuando acabó la cena empezaron las apuestas. Jugando estaban más allá de las doce de la noche, cuando escucharon un clamor procedente de los apartamentos interiores.

Un sirviente informó:

—La señorita Xichun ha tenido una trifulca con la señora You, se ha rapado y ha salido corriendo para arrodillarse ante las damas Xing y Wang, y suplicarles que la dejaran ingresar en un convento amenazándolas con quitarse la vida allí mismo si no se lo permitían. Sus Señorías no saben qué hacer, y exigen la presencia de los señores Qiang y Yun.

Jia Yun sabía que esa idea había madurado en la cabeza de Xichun cuando estuvo al cargo de la casa, y que existían pocas posibilidades de disuadirla. Le propuso a Jia Qiang:

—A pesar de que Sus Señorías nos han mandado llamar no deberíamos tomar decisiones. Así que tendremos que convencerla, y si no lo logramos, que decidan ellas. Después de discutirlo podemos mandar un informe al tío Lian, para libramos de toda responsabilidad.

Se pusieron de acuerdo, entraron a ver a Sus Señorías e hicieron la pantomima de disuadir a Xichun. Pero ésta estaba decidida a renunciar al mundo y les suplicó que si no la dejaban marcharse le dieran acceso a un par de cuartos limpios en los que pudiera recitar sutras y adorar a Buda. La dama You vio que los dos jóvenes se resistían a tomar una decisión, y como temía que Xichun intentara suicidarse, tomó ella misma la decisión.

—Muy bien —anunció—. Yo asumiré la responsabilidad. Diremos simplemente que no pude soportar a mi joven cuñada y la obligué a tomar los hábitos. Pero que la noticia no salga de la mansión. Aquí en casa, y con Sus Señorías de testigos, asumo la responsabilidad. Qiang tendrá que escribir al señor Zhen y a su tío Lian.

Los dos hombres asintieron. Para saber si las damas Xing y Wang consintieron, lean el capítulo siguiente.

CAPÍTULO CXVIII

Resentidos, tío y hermano engañan

a una indefensa muchacha.

Alarmadas por vanas predicciones, esposa

y concubina amonestan a un marido necio.

La señora You había convencido a las damas Xing y Wang de que el caso de Xichun ya no tenía remedio.

—Si estás empecinada en adorar a Buda —dijo la dama Wang—, eso se debe sin duda alguna a los designios del destino, y no te lo podemos impedir. Pero no me parece correcto que una muchacha de familia como la nuestra tome los hábitos. Ahora bien, tu cuñada ha aceptado y su piedad es loable; sólo me queda una única condición que ponerte, que es la de que no te afeites la cabeza. ¿Qué importa el cabello si tus propósitos son sinceros? Piensa en Miaoyu, ella se hizo monja con el pelo largo. ¡Ahora me pregunto qué habrá pasado por su corazón para que sufriera un final tan horrible! Ya que estás decidida, consideraremos tu actual alojamiento como tu convento. También tendremos que sondear a todas tus doncellas, y si algunas están dispuestas a permanecer contigo, no les buscaremos esposos; en cuanto a las demás ya haremos algún arreglo.

Al escuchar aquello, Xichun cesó de llorar y se hincó de rodillas para dar las gracias a Sus Señorías, a Li Wan y a la señora You.

Entonces la dama Wang preguntó a Caiping y a las demás doncellas:

—¿Cuántas de vosotras deseáis seguir la vocación de vuestra ama?

—Todas las que usted nombre, señora —respondieron. Por lo que ella dedujo que no lo deseaban, y empezó a buscar otras doncellas.

Xiren estaba de pie detrás de Baoyu, y esperaba que éste en cualquier momento rompiera a llorar y sufriera una nueva recaída. Pero sorprendentemente, y para mayor dolor, sólo se limitó a suspirar:

—¡Sublime!

Baochai no dijo nada, pues había captado del todo el significado de su exclamación, y el corazón le dolió profundamente al pensar que su esposo seguía siendo víctima de sus alucinaciones, y tuvo que esconderse para llorar.

Antes de que la dama Wang sondeara a más doncellas, Zijuan dio un paso adelante y se arrodilló frente a ella.

—Usted acaba de preguntar quién quiere quedarse con la señorita Xichun —dijo—. ¿A quién tiene en mente, señora?

—¿Cómo voy a elegir a una persona en contra de su voluntad? —fue la respuesta de la dama Wang—. Si alguien lo desea, puede ofrecerse voluntaria.

—La señorita Xichun está haciendo esto por su propia voluntad, pero las muchachas a su servicio no están dispuestas a seguir el mismo camino —dijo Zijuan—. Deseo compartir esa suerte, señora. No es que desee separar a las demás muchachas de la señorita Xichun, pero todas tenemos nuestras propias razones. Me he pasado todo el tiempo atendiendo a la señorita Lin y Su Señoría no ignora lo buena que fue conmigo. En realidad jamás podré devolverle su enorme bondad. Cuando ella murió quise seguirla a la tumba, pero como ella pertenecía a otra familia y yo me encontraba bajo la protección de ésta, mal podía quitarme la vida. Ahora que la señorita Xichun desea ejercitarse en la práctica de la perfección, suplico a Sus Señorías que me asignen a su servicio para toda la vida. ¡Si acceden a mi petición, lo consideraré como la mayor de las fortunas!

Antes de que la dama Xing o la dama Wang pudieran responder, Baoyu sintió como una punzada en el corazón con la evocación de Daiyu, y comenzó a llorar. Los demás se aprestaban a preguntarle lo que le ocurría, cuando volvió a soltar una carcajada.

—No es de mi incumbencia —dijo, adelantándose—, pero como usted asignó a Zijuan para que me sirviera, señora, me tomo la libertad de pedirle que acceda a sus requerimientos, para que pueda concretar su buena intención.

Su madre objetó:

—Cuando Tanchun se casó casi te ahogas en llanto; pero ahora que Xichun quiere hacerse monja, en lugar de disuadirla, lo apruebas. ¿Qué significa todo esto? No te comprendo.

—Usted ya ha aceptado que la prima Xichun se ejercite en la práctica de la perfección, y ella también está decidida. Si esto es así, hay algo que quisiera decirle; pero si no está decidida del todo, no me gustaría hablar a destiempo.

—Pero qué ridículo eres, primo —protestó Xichun—. ¿Cómo habría podido incomodar a todas las señoras sin una firme decisión? Estoy de acuerdo con lo que acaba de decir Zijuan. Si me dejan hacer lo que deseo, lo consideraré mi buena fortuna. De otro modo, siempre me queda morir, ¡no me asusta! Así que di lo que se te ocurra.

—Lo que voy a decir no es divulgar ningún secreto, ya que estaba escrito en los designios del destino. Voy a recitar un poema.

Los demás se resistieron.

—¿Por qué importunarnos con tus poemas, cuando estamos tan apenados?

—No lo he escrito yo, lo leí en algún sitio. Atentas.

—Muy bien —le concedieron—. Recítalo, pero deja de decir tonterías.

Sin añadir palabra alguna, Baoyu declamó:

Traspasó con su mirada la primavera fugaz;

Dejó sus elegantes vestidos, tomó las prendas budistas.

¡Qué pobre niña, de familia noble y rica;

Hoy sentada, solitaria, bajo la estatua de Buda![1]

Li Wan y Baochai exclamaron:

—¡Qué desastre! Está desvariando.

La dama Wang movió la cabeza afirmativamente y preguntó con un suspiro:

—Dime la verdad, Baoyu, ¿dónde leíste ese poema?

Él no podía revelar su sueño y respondió:

—Señora, no pregunte por el lugar, pero le aseguro que lo leí.

Tras haberse tragado el significado de aquella respuesta, rompió a llorar:

—Decías que bromeabas y ahora me sales con este poema. Muy bien. He comprendido. ¿Qué esperáis que haga? No puedo más que dejaros hacer vuestra voluntad. Sólo esperad que cierre los ojos para siempre y seguid, después, cada uno vuestro camino.

Baochai trató de consolarla, pero sintió como si un cuchillo le atravesara el corazón y no pudo contener su propio llanto, y Xiren estaba tan abatida por el dolor que Qiuwen tuvo que sostenerla. Baoyu ni lloraba ni intentaba consolarlas, y se limitó a permanecer callado. Ése fue el momento elegido por Jia Lan y Jia Huan para escabullirse.

Para tranquilizar a la dama Wang, Li Wan dijo:

—No cabe duda de que la decisión de Xichun ha alterado tanto a Baoyu que no hay que tener en cuenta sus alocadas palabras, Señoría. Pero tome una decisión sobre Zijuan, para que pueda levantarse.

—¿Qué más da mi consentimiento? De todas maneras, está decidida y no podemos cambiar su voluntad. Como dice Baoyu, está ya predestinado —replicó la dama Wang. Zijuan hizo un koutou y también Xichun se lo agradeció a la dama Wang. Entonces Zijuan hizo otra reverencia ante Baoyu y Baochai.

—¡Buda Amida! ¡Extraordinario! —exclamó Baoyu—. ¡No esperaba que te adelantaras a mí!

Aunque tuviera un gran control sobre sí misma, a Baochai le resultó difícil soportar aquella escena. Xiren sollozó, y olvidándose de que estaba en presencia de la dama Wang dijo:

—Yo también quiero seguir los pasos de la señorita Xichun.

—Tus intenciones son buenas —le dijo con suavidad Baoyu—, pero no es tu destino disfrutar de esta pura felicidad.

—¿Quiere decir que sólo me queda morir? —dijo ella llorando.

A pesar del dolor que sintió por ella, él no pudo decirle más. Como ya estaba clareando, pidió a su madre que fuera a descansar, con lo cual Li Wan y las otras se dispersaron.

Caiping acompañó a Xichun, como de costumbre, aunque más adelante la casarían, y Zijuan atendió a Xichun el resto de su vida, sin arrepentirse jamás. Pero nos estamos anticipando.

Volvamos ahora con Jia Zheng, que escoltaba el ataúd de la Anciana Dama en su marcha al sur. Por el camino encontró muchos barcos repletos de tropas que regresaban corriente arriba, entorpeciendo el tráfico por el río y reteniéndolo más de lo que hubiera querido. Afortunadamente unos funcionarios de la comandancia costera le informaron de que el comandante de la guarnición de aquel lugar había sido llamado a la capital, y la idea de que Tanchun estuviera de vuelta en casa lo alegró. Intentó averiguar la fecha de partida de su hija, cosa que no pudo hacer, y le quedó cierta inquietud. Calculó que sus recursos empezarían a agotarse, y no le quedó más remedio que escribir al subprefecto Lai Shangrong, el hijo de Lai Da, para pedirle prestados quinientos taeles de plata, con instrucciones al mensajero para que le diera alcance con dicha suma.

Pasaron varios días, en los cuales el barco no avanzó más de unas pocas decenas de li; entonces su sirviente los alcanzó, y cuando subió a bordo entregó la carta de Lai Shangrong, en la que le hablaba de las recientes penurias y le remitía unos míseros cincuenta taeles.

Furioso, Jia Zheng ordenó al hombre:

—Lleva esto inmediatamente de vuelta con la carta, y dile que no hace falta que se moleste.

El sirviente tuvo que volver donde Lai Shangrong. Incómodo por la devolución de su carta y el dinero, y consciente de que había manejado mal el asunto, Lai añadió cien taeles y suplicó al sirviente que los llevara de vuelta con unas cuantas palabras de disculpa. Pero el hombre se negó y partió sin el dinero.

Consternado, Lai Shangrong escribió inmediatamente a su padre, pidiéndole que solicitara licencia y comprara su libertad. La familia Lai solicitó a Jia Qiang y Jia Yun que suplicaran a la dama Wang que tuviera la bondad de liberarlo; pero Jia Qiang sabía que eso era imposible, y un día más tarde mintió comunicándoles que ella se había negado, tras lo cual Lai Da pidió licencia y mandó decir a su hijo que renunciase pretextando enfermedad. Pero la dama Wang jamás se enteró de todo esto.

Ahora bien, al mentir Jia Qiang había echado por tierra las esperanzas que abrigaba Jia Yun de mejorar su situación en la mansión Rong. En sus continuadas juergas en el exterior había perdido fuertes sumas de dinero, y al no poder pagar había acudido a Jia Huan para un préstamo. Pero Jia Huan no tenía ni un céntimo, pues ya había dilapidado los ahorros de la concubina Zhao, y no estaba en condiciones de ayudar a nadie. Resentido por el mal trato que había recibido de Xifeng, decidió aprovechar la ausencia de Jia Lian para vengarse en la persona de Qiaojie, tendiéndole una trampa a Jia Yun.

Para azuzar el rencor de Jia Yun, le dijo con toda intención:

—Eres un hombre hecho y derecho, pero te faltan agallas para hacerte con dinero, ¡y vienes a mendigarle a un pobre como yo!

—Esa observación es ridicula, tercer tío —protestó Jia Yun—. Si todo el día andamos de juerga, ¿cómo vamos, a hacer dinero?

—¿No dijo alguien el otro día que un príncipe de un Estado fronterizo quería comprar a una concubina? ¿Por qué no discutís el asunto con el tío Wang para entregarle a Qiaojie?

—No te ofendas, tío, por lo que voy a decirte —replicó Jia Yun—, pero si el príncipe la comprara, ¿cómo haría para mantenerse en buenas relaciones con nuestra familia?

Jia Huan le susurró unas palabras al oído, pero aunque Jia Yun movió la cabeza afirmativamente, la idea le pareció demasiado infantil para ser tomada en cuenta.

En eso apareció Wang Ren.

—¿Qué estáis tramando a mis espaldas? —preguntó.

Jia Yun le contó lo que acababa de susurrarle Jia Huan.

Wang Ren aplaudió exclamando:

—¡Es una estupenda idea! ¡Volveremos a tener dinero! Pero no estoy seguro de que podáis saliros con la vuestra. Si os atrevéis a sugerirlo, yo, como tío materno de la niña, tendría que autorizarlo. Si Huan le propone lo que acaba de sugerir a la dama Xing, yo se lo plantearé al tío Xing; y si las demás señoras preguntan por el asunto, diremos que se trata de un buen enlace y asunto concluido.

En cuanto hubieron acordado los pasos que debían seguir, Wang Ren fue a buscar al tío Xing, y Jia Yun hizo la propuesta, muy edulcorada, a las damas Xing y Wang. Ésta, aunque le sonara agradable la propuesta, se mostró algo escéptica, pero cuando la dama Xing supo que su hermano había aceptado el enlace, envió gente para asegurarse.

Al tío Xing ya lo había convencido Wang Ren con las expectativas de los beneficios resultantes; le dijo a su hermana:

—Ese príncipe está en una magnífica posición. Si accedemos al matrimonio, aunque no sea como esposa principal, en cuanto entre en palacio mi cuñado recuperará todos sus cargos y honores y ustedes volverán a estar en buena posición.

A la dama Xing, que no era persona decidida, la engatusaron las mentiras del estúpido tío, y consultó a Wang Ren, quien atizó aún más el fuego. Entonces mandó buscar a Jia Yun para que hiciera la propuesta, y Wang Ren se apresuró a despachar un mensajero al palacio del príncipe.

Como desconocía los detalles del asunto, el príncipe iba a ordenar que alguien de su casa fuera a ver a la muchacha, cuando Jia Yun le informó:

—Hemos ocultado a la familia algunos pormenores, sólo hemos contado que se trata de un enlace imperial. En cuanto esté todo acordado, y como su abuela está de acuerdo y el intermediario de la muchacha es su propio tío, no tendremos nada que temer.

En cuanto se decidió qué estrategia había que seguir, Jia Yun le comunicó la noticia a la dama Xing, y después fue a informar a la dama Wang. Li Wan, Baochai y las demás, que ignoraban los verdaderos hechos, consideraron que se trataba de una buena boda, y quedaron encantadas.

El día acordado llegaron, efectivamente, unas damas bellísimamente ataviadas. La dama Xing les dio la bienvenida e intercambiaron amabilidades; las visitantes la trataron con el debido respeto puesto que se trataba de una dama de alto rango. Como el asunto aún no estaba decidido, la dama Xing había preferido ocultar a Qiaojie la naturaleza de la visita y le dijo que se trataba de unas parientes que habían venido a visitarla. Qiaojie era demasiado joven para sospechar nada, y vino con su ama. También acudió Pinger, que ya recelaba algo, y observó atentamente a las visitantes. Dos de ellas, vestidas de cortesanas, revisaban a Qiaojie de pies a cabeza, le tomaron la mano y volvieron a revisarla; pasaron un rato más y se despidieron. Molesta por aquella revisión, Qiaojie volvió a su cuarto muy intranquila, y como nunca antes había oído hablar de esas parientes, preguntó a Pinger quiénes eran.

Por la conducta de las mujeres, Pinger había sacado más o menos en limpio que estaban examinando a una posible novia. Si se trataba de un enlace entre familias de igual condición, aquel detenido examen no tenía sentido; y las visitantes no se habían conducido como miembros de una rama emparentada con los Jia, sino como gente de provincias. Decidió no comentarle nada a Qiaojie y hacer sus propias averiguaciones. Interrogó discretamente a doncellas y criadas que, como habían trabajado con ella, le contaron todo lo que habían oído en el exterior. Pinger quedó consternada sin saber qué hacer. Se lo ocultó a Qiaojie, pero corrió a decírselo a Li Wan y Baochai, suplicándoles que informaran a la dama Wang.

La dama Wang comprendió que se trataba de un mal negocio y así lo hizo saber a la dama Xing; pero ésta, influida por su hermano y por Wang Ren, desconfió de los motivos de la dama Wang.

—Mi nieta ha llegado a la edad de casarse —dijo—. Con Lian de viaje, la decisión me corresponde a mí. Además su propio tío abuelo y su tío materno han hecho averiguaciones, y ellos tienen que conocer los pormenores mejor que nadie, de modo que doy el visto bueno. Si las cosas resultaran mal, Lian y yo no culparíamos a nadie más.

La dama Wang, aunque secretamente enfurecida por ese discurso, siguió conversando, muy a su pesar, sobre otros asuntos. Luego, con lágrimas en los ojos, se dirigió a los aposentos de Baochai para contarle lo sucedido.

—No se atormente, señora —dijo Baoyu—, dudo que se lleve a cabo. No es más que un pequeño incidente en el destino de Qiaojie, de modo que no hay por qué intervenir.

—¡Sólo abres la boca para decir tonterías! —replicó su madre—. En cuanto el asunto quede zanjado vendrán a llevársela. Y, como dice Pinger, ¿acaso no me culpará tu primo Lian? Aun cuando no se tratara de mi propia sobrina nieta, sino de una pariente lejana, yo le desearía mejor suerte. Nosotros fuimos quienes decidimos la boda entre la señorita Xing y tu primo Xue Ke, y mira lo bien que les va juntos. Luego está Baoqin, con su enlace con la familia Mei, he oído que se viste ricamente y come los mejores manjares. En cuanto al matrimonio de Xiangyun, ése fue idea de su tío y todo fue bien al principio, hasta que su esposo enfermó mortalmente, y la pobre ha decidido no volver a casarse nunca más, lo que va a suponerle una vida de amargura. Y si ahora entregamos a Qiaojie a una familia equivocada, me acusarán de perversa.

Mientras hablaba, Pinger se acercó a Baochai para averiguar cuáles eran las intenciones de la dama Xing, y la dama Wang le contó lo que ésta le había dicho. En un principio Pinger quedó aturdida un buen rato, cayó de rodillas, y luego imploró:

—¡Todo el futuro de Qiaojie está en sus manos, señora! Si confiamos en ellos, condenaremos a la niña a una vida miserable, ¿y qué explicación daremos al señor Lian cuando vuelva a casa?

—Eres una muchacha sensata —replicó la dama Wang—, levántate y escúchame. Después de todo, mi cuñada la mayor es la abuela de Qiaojie. ¿Cómo voy a impedirle que decida sobre sus asuntos?

Baoyu insistió:

—No os opongáis, basta con que comprendáis.

Temiendo su locura, y que difundiera toda la historia, así como su petición a la dama Wang, Pinger no siguió hablando y se marchó.

La dama Wang, presa por la angustia y con un profundo dolor de corazón, pidió a sus doncellas que la llevaran a su cuarto para echarse, pero no dejó que la asistieran Baoyu y Baochai, a quienes dijo:

—Un poco de descanso me relajará. —Pero estaba tan turbada que cuando le llegó la noticia de que había venido a visitarla la tía de Li Wan no se sintió con ánimo para recibirla.

Entonces entró Jia Lan a presentar sus respetos e informó:

—Esta mañana llegó una carta de mi abuelo, que los sirvientes de la puerta entregaron a mi madre. Ella iba a traérsela, pero en ese preciso instante llegó mi tía abuela, y me han pedido que la entregue yo personalmente, y que le notifique que vendrán las dos a visitarla dentro de poco. —Y entregó la carta.

—¿Para qué ha venido tu tía abuela? —preguntó la dama Wang, tomando la carta.

—Lo ignoro —respondió él—. Sólo oí mencionar una carta de los futuros suegros de mi tía Li Qi.

La dama Wang comprendió que se trataba del arreglo para el enlace matrimonial y el consiguiente intercambio de presentes entre Zhen Baoyu y la prima de Li Wan, Li Qi, lo que significaba que la familia Zhen pretendía seguir adelante con la unión, y la tía Li había acudido para discutir del tema. Asintió y abrió la carta, que decía:

Mi viaje tardará más de lo previsto, puesto que nos hemos visto obstaculizados por barcos que regresaban de su exitosa campaña en la costa. Me dicen que Tanchun está llegando a la capital con su suegro y su esposo, y no sé si sabéis algo de ella. Recibí la carta de Lian acerca de la enfermedad del señor mayor, pero ignoro los pormenores. Baoyu y Lan pronto estarán de exámenes; deben estudiar mucho, y no cejar en el empeño. Pasará algún tiempo antes de que el ataúd de la Anciana Dama pueda ser trasladado a nuestro lugar de origen. Me encuentro perfectamente; no tienen que preocuparse por mí. Lo que sigue está dirigido a Baoyu y a los demás. Rong escribirá más adelante.

Luego venían la fecha y la firma de Jia Zheng.

La dama Wang devolvió la carta a Lan, y le dijo:

—Toma esto para que lo lea tu tío Bao, y después devuélvesela a tu madre.

En ese momento Li Wan se presentó con su tía con el fin de presentar sus respetos, y la dama Wang les ofreció asiento. La tía Li le contó los pormenores del compromiso entre Zhen Baoyu y Li Qi. Pero en eso Li Wan preguntó a la dama Wang:

—Señora, ¿ha leído la carta del señor?

—Sí, lo he hecho.

Jia Lan la mostró a su madre, cuyo comentario fue:

—En todos estos años de matrimonio, Tanchun no ha vuelto una sola vez. Ahora que regresa a la capital estará mucho más tranquila, señora.

—Sí —dijo la dama Wang—. Me dolía un poco el corazón, pero estas noticias me han reconfortado. Aunque todavía no sé cuándo llegará.

La tía Li preguntó cómo le iba el camino a Jia Zheng, y Li Wan le dijo a su hijo:

—¿Has leído la carta? Se acerca la fecha del examen y tu abuelo está muy preocupado por el asunto. Apresúrate a llevarle la carta al tío Bao.

—Sin haber aprobado el primer grado, ¿cómo van a presentarse a los exámenes provinciales? —indagó la tía Li.

La dama Wang explicó:

—Cuando su abuelo fue nombrado comisionado del Grano, compró para él y para Baoyu el rango de estudiante del Colegio Imperial.

La tía Li asintió con la cabeza y Jia Lan partió carta en mano a buscar a Baoyu.

Después de acompañar a su madre hasta su cuarto, Baoyu había vuelto a divertirse leyendo el capítulo «Crecidas de otoño» del maestro Zhuang[2]. Al salir del cuarto interior, Baochai lo encontró totalmente enfrascado en el libro, y se acercó a echar una mirada. Cuando descubrió de lo que se trataba sintió cierta opresión en el pecho. «Está tomando en serio toda esa palabrería acerca del “abandono del mundo de los hombres” —pensó—. A la larga nada bueno puede suceder.» Pero le pareció inútil tratar de disuadirlo, y se sentó junto a él, asustada.

Baoyu advirtió su presencia y le preguntó:

—¿Por qué estás aquí?

—Ya que somos marido y mujer, debo apoyarme en ti el resto de mi vida; y no se trata de sentimientos o de deseo. La riqueza y el honor «pasan ante los ojos como nubes que se esfuman»[3]; pero desde antiguo, santos y sabios han valorado virtudes fundaméntales de la naturaleza humana.

Sin esperar a que ella concluyera, Baoyu apartó su libro y dijo con una leve sonrisa:

—¿Así que ahora hablas de «virtudes fundamentales de la naturaleza humana», así como de «los sabios de la antigüedad»? ¿Ignoras que uno de aquellos sabios de la antigüedad enseñó que «no debemos perder el corazón de un recién nacido»[4]? ¿Y qué tiene de especial el corazón de un recién nacido? Sencillamente que no conoce, no juzga, no ambiciona y no teme. Desde el instante mismo de nuestro nacimiento nos sumimos en el cieno de la ambición, la furia, las pasiones y el amor[5]; ¿y cómo librarse de las ataduras de este mundo polvoriento? Hace poco he comprendido la expresión «las vidas fluyen, se unen y luego se separan». Los antiguos lo proclamaron, pero nadie parece haberlo entendido. Si quieres hablar acerca de las «virtudes fundamentales de la naturaleza humana», dime primero, ¿quién puede alcanzar el estado supremo del nuevo inicio original?

—Ya que hablas del corazón de un recién nacido —replicó ella—, los sabios de la antigüedad lo interpretaban como fuente de la lealtad y de la piedad filial, y no como el abandono del mundo y el fin de toda relación humana. La constante preocupación de Yao y Shun, Yu y Tang, el duque Zhou y Confucio fue salvar al pueblo y beneficiar al mundo; por «corazón de recién nacido» entendían simplemente «no soportar que dañen a los demás»[6]. ¿En qué terminaría el mundo si todos aceptaran tu consejo y se desentendieran de todas las relaciones familiares de la naturaleza?

Baoyu asintió con la cabeza y se rió.

—Pero Yao y Shun no forzaron a Chao Fu y Xu You[7] a asumir los cargos, ni el rey Wu, ni el duque de Zhou obligaron a Bo Yi y Shu Qi[8] para que los sirvieran.

Antes de que pudiera concluir, Baochai intervino:

—Lo que dices ahora tiene menos sentido aún. Si todos los hombres de la antigüedad hubieran sido como Chao Fu, Xu You, Bo Yi y Shu Qi, ¿por qué tomamos por grandes santos y sabios a Yao, Shun, al duque de Zhou y a Confucio? Y más ridículo todavía resulta que te compares con Bo Yi y Shu Qi. Ellos vivieron cuando la dinastía Shang estaba en declive, y al no poder hacer frente a la situación, encontraron un buen pretexto para huir. Pero nosotros vivimos bajo un emperador sabio, nuestra familia tiene una profunda deuda con el Estado, y nuestros antepasados han vivido vestidos de brocado y comiendo en recipientes de jade; y en tu caso particular, desde tu nacimiento has sido idolatrado por la Anciana Dama cuando ella vivía, y sigues siendo el tesoro de tus padres. Y ahora, piensa en lo que acabas de decir. ¿Es justo o no?

Baoyu no respondió, limitándose a levantar la mirada y sonreír.

Baochai continuó con sus reflexiones:

—Tus razones son torcidas y tus palabras pobres, te aconsejo que reúnas fuerzas y te pongas a estudiar con ahinco; pues si logras aprobar el examen trienal, aunque fuese lo único que hicieras en tu vida, habrías saldado la deuda de gratitud que le debes al emperador y a la virtud de tus ancestros.

Baoyu movió la cabeza afirmativamente y dijo, suspirando:

—En realidad no es difícil aprobar; aunque fuera lo único que hiciera en mi vida, lo que dices acerca de saldar la deuda de gratitud con emperador y ancestros no está alejado de la verdad.

Antes de que ella pudiera responder, Xiren intervino:

—Nosotras no comprendemos a esos antiguos santos y sabios de los que hablaba la señora, pero ¿no debería mostrar un poco de compasión por nosotras, las que nos hemos dedicado por entero, desde su más tierna infancia, a servirle aguantando sus rabietas? Además, por usted la señora Bao ha sido una nuera ejemplar; aun cuando ahora no le interesen los vínculos conyugales, no debe devolver ingratitud por bondad. Todas esas leyendas acerca de dioses e inmortales son mentiras. ¿Quién ha visto jamás a un inmortal descender a la tierra? ¡Pero cuando ese monje, salido de quién sabe dónde, se puso a hablar, usted lo creyó! ¿Cómo es posible que una persona instruida como usted, señor Bao, pueda tomar sus consejos más en serio que los de sus propios padres?

Baoyu bajó la cabeza y no dijo nada.

Antes de que pudiera continuar, oyeron unos pasos en el patio y alguien desde el otro lado de la ventana preguntó:

—¿Está el río Bao?

Baoyu reconoció la voz de Jia Lan y se puso de pie para decir alegremente:

—¡Pasa!

Baochai se puso de pie al entrar Jia Lan. Éste entró con el rostro sonriente, presentó sus respetos a ambos y después él y Xiren intercambiaron los saludos de rigor. Entonces entregó la carta a Baoyu.

Después de haberla leído, Baoyu dijo:

—Así que vuelve tu tercera tía Tanchun.

—Es lo que ha dicho el abuelo —respondió él.

Baoyu asintió con la cabeza y pareció perderse en sus cavilaciones.

—Tío, ¿ha leído el final de la carta, donde el abuelo nos pide que estudiemos intensamente? ¿Ha escrito algo últimamente?

Baoyu sonrió y dijo:

—Sí, debo escribir unas cuantas disertaciones para ejercitarme y conseguir el aprobado.

—En ese caso, tío, ¿no podría pensar en algunos temas para ambos, de tal modo que también yo pueda acudir, en mi osadía, al examen? No quisiera tener que entregar la hoja en blanco, y provocar las burlas no sólo hacia mí, sino también hacia mi tío.

—Seguro que no corres ese riesgo.

Baochai invitó a Jia Lan a tomar asiento, y como Baoyu seguía sentado en el sitio que ocupaba, el joven se sentó respetuosamente junto a él. Discutieron animadamente la redacción de los ensayos, y al advertir su entusiasmo, Baochai se retiró al cuarto interior. «A juzgar por la actual conducta de Baoyu —pensó—, parece haber despertado. Pero no entiendo bien por qué ha dicho eso de que “aunque fuera lo único que hiciera en la vida”.»

Si Baochai mantuvo sus dudas, Xiren estaba feliz al ver a Baoyu atento a los ensayos y a los exámenes. «¡Buda Amida! —pensó—. Devolverle la razón ha costado tanto como explicar los Cuatro Libros[9].»

Mientras Baoyu y Jia Lan hablaban, Yinger les trajo té y Jia Lan se puso de pie para recibirlo. Luego consultó con Baoyu acerca de las reglas que debían observar en los exámenes y sugirió que podrían invitar a Zhen Baoyu. Baoyu se mostró sumamente dispuesto.

Después de un rato, Jia Lan volvió a sus aposentos dejando la carta en manos de Baoyu, quien entró animadamente y la entregó a Sheyue para que la guardara. Al salir dejó el volumen del maestro Zhuang junto a algunos de los libros con que se deleitaba últimamente, como Acuerdo sobre las tres fuentes, Funda del destino original o Principios de la suma de las cinco luminarias[10], y pidió a Sheyue, Qiuwen y Yinger que los pusieran en otro lugar. Baochai se preguntó en qué andaba, y lo sondeó juguetonamente:

—Está muy bien que dejes de leer esos libros, pero ¿por qué quieres que se los lleven?

—Se me acaba de ocurrir que estos libros no sirven para nada. ¡Voy a mandarlos quemar para cortar por lo sano! —Lo que llenó de alegría a su esposa, que entonces le escuchó canturrear en voz baja:

La naturaleza de Buda no está en las palabras de los cánones.

La barca de la inmortalidad no está en la alquimia.

Baochai no pudo escuchar con demasiada nitidez, pero alcanzó a comprender las palabras «naturaleza de Buda no está…» y «barca de la inmortalidad», lo que volvió a despertar su intranquilidad, sin saber cuál sería la nueva actitud de su esposo. Baoyu ordenó a Sheyue y a Qiuwen que le preparasen un cuarto tranquilo, y dispuso todas sus colecciones de citas de sabios, de comentarios célebres y de poemas presentados al emperador. Entonces, para alivio de Baochai, se puso a estudiar con gran seriedad.

Esta vez, Xiren oía cosas que nunca había oído y veía cosas que antes no había visto; feliz, le dijo en voz baja a Baochai:

—Después de todo, señora, sabe usted utilizar las palabras: siguiendo el hilo de su argumentación ha conseguido convencer al señor Bao; ¡lástima que sea ya tan tarde y estemos cerca de la fecha del examen!

Baochai asintió con la cabeza y respondió sonriendo:

—El éxito y la fama en los exámenes pertenecen a los designios del destino, pasar o suspender nada tiene que ver con el momento en que uno inicie sus estudios. Sólo nos cabe esperar que de aquí en adelante se mantenga por el camino recto y jamás vuelva a sufrir la influencia de esos malos espíritus. —Y como estaban solas en el cuarto, ella siguió muy sosegadamente—: Claro que es bueno que, por fin, haya visto la luz; pero temo que al final recaiga en su vieja enfermedad y empiece a importunar a las jóvenes de nuevo.

—Tiene razón, señora. Desde que el señor Bao depositó su confianza en ese monje, su entusiasmo por las muchachas ha desaparecido; ahora que ha perdido la fe en él, bien puede volver a sus antiguas manías. Creo que nunca le hemos importado usted y yo, señora. Ahora que se ha marchado Zijuan dejando detrás únicamente a cuatro doncellas mayores, la única coqueta que nos queda es Wuer. Dicen que su madre ha pedido a Sus Señorías que la dejen volver a su casa para casarse; pero por el momento sigue aquí. Sheyue y Qiuwen se portan bien, pero en los viejos tiempos Baoyu también jugaba con ellas; parece, pues, que Yinger es la única por la que no ha mostrado interés, y se trata de una muchacha seria. Sugiero que pongamos en sus manos el servicio de té y el agua, y propongamos a unas chicas jóvenes para ayudarla. ¿Qué le parece mi sugerencia, señora?

—Es lo que me ha tenido preocupada. Tu idea es buena.

Asignaron, pues, a Yinger la tarea de cuidar a Baoyu, con la ayuda de unas cuantas doncellas de menor rango.

Pero Baoyu jamás dejaba sus aposentos, y diariamente enviaba a una persona que le transmitiera sus respetos a la dama Wang. Y de más está decir el sentimiento de alivio que experimentó.

El cumpleaños de la Anciana Dama era el tercer día del octavo mes. Aquella mañana Baoyu fue a hacer un koutou ante su altar y regresó a su estudio. Estaban Baochai, Xiren y Sus Señorías charlando después del almuerzo en el cuarto delantero, y él enfrascado en sus pensamientos, cuando apareció Yinger con una bandeja de fruta y dulces.

—Su Señoría me ha mandado que le trajera estos manjares, señor Bao —anunció—, en señal de sacrificio a la Anciana Dama.

Baoyu se puso de pie para expresar su agradecimiento, y volvió a tomar asiento diciendo:

—Déjala ahí.

Yinger lo hizo susurrando:

—Su Señoría lo está elogiando. —Él sonrió, y ella añadió—: Dice Su Señoría que está trabajando duro, y que pronto estará listo para presentarse a los exámenes; y que el próximo año usted obtendrá su tercer grado y un cargo oficial, demostrando así estar a la altura de las esperanzas de sus padres.

Él se limitó a mover la cabeza afirmativamente y a sonreír.

Yinger recordó de pronto lo que él le había sugerido hacía tiempo, cuando ella le preparaba una red con flores.

—¡Si usted aprueba, señor Bao, será una gran fortuna para la dama Bao! ¿Recuerda aquel año en el jardín, cuando pidió que le hiciera una borla de flores de ciruelo? Dijo que quien consiguiera a las dos, ama y sirvienta, sería un hombre afortunado. Ahora el afortunado es usted.

Al escuchar aquello, Baoyu sintió que el deseo se apoderaba de él y reprimió rápidamente el impulso. Dijo con una leve sonrisa:

—Dices que tengo suerte y también tu ama. ¿Y qué hay de ti?

Yinger se sonrojó, y dijo con energía:

—¿Qué suerte puede tener alguien como yo, sierva de por vida?

—Si realmente te mantienes como sierva toda tu vida, habrás tenido más suerte que nosotros —rió.

Aquello que decía no parecía demasiado sensato, y Yinger temió que sus palabras lo hubieran hecho enloquecer de nuevo, así que decidió marcharse. Pero rio que Baoyu le sonreía.

—Tonta —dijo él—. Te voy a explicar.

Para saber qué iba a decir Baoyu, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO CXIX

Baoyu pasa el examen con honores

y corta sus lazos terrenales.

Gracias al favor imperial la familia Jia

conserva sus títulos y su fortuna.

Desconcertada por las confusas palabras de Baoyu, Yinger ya se disponía a partir.

—Niña tonta, te voy a explicar —dijo él—. Ya que tu joven señora tiene suerte, también la tienes tú como doncella suya, puesto que no va a poder contar con tu hermana Xiren. Tú trabaja con todo tu empeño. Cuando te llegue la recompensa a tu abnegación, verás que nada habrá sido en vano.

Para Yinger tuvo sentido la primera parte de aquel discurso, no la segunda, pero se limitó a decir:

—Entiendo. La señora Bao me espera. Cuando desee comer algo, envíe a una joven doncella para que me llame.

Baoyu movió la cabeza afirmativamente, y ella partió. En ese momento también volvían a sus cuartos Baochai y Xiren, y allí las dejaremos.

Unos días después llegaron los exámenes. Todo el mundo deseaba que los dos jóvenes señores escribieran buenas composiciones y aprobaran con honores; sólo Baochai estaba inquieta al observar que, aunque Baoyu había trabajado con ahínco, mostraba una actitud, intencionada o no, extrañamente serena. Como ése era el primer examen al que se presentaban tío y sobrino, temía que en medio de los empujones que se producían entre los candidatos y sus monturas sufrieran algún percance; además, después de la partida del monje, Baoyu había permanecido encerrado, y aunque la alegraba verlo tan entregado a sus estudios, se mostraba escéptica respecto a su súbita y perfecta conversión y temía alguna nueva alteración. Y por eso el día anterior a su partida envió a Xiren con unas cuantas doncellas para ayudar a Suyun a empaquetar los efectos de los dos aspirantes; y cuando se hubo asegurado personalmente de que habían incluido todo lo necesario, fue con Li Wan a pedirle a la dama Wang que añadiera un número excepcional de mayordomos experimentados al servicio de los dos, para impedir que fueran atropellados en el bullicio de la multitud.

Al día siguiente Baoyu y Jia Lan, con trajes ni nuevos ni pasados, se presentaron alegremente ante la dama Wang.

—Éste es vuestro primer examen —les advirtió ella—. Es la primera vez que os alejáis de mi lado en todos estos años. Aun cuando yo no he estado siempre pendiente de vosotros, habéis estado rodeados de doncellas y criadas, y nunca habéis dormido solos por la noche. Hoy que os presentáis a los exámenes, os vais a encontrar totalmente solos, no veréis a ningún pariente cuando volváis la vista, ¡así que habréis de cuidaros vosotros mismos! En cuanto hayáis concluido vuestras composiciones salid en busca de nuestros sirvientes, y luego regresad inmediatamente para tranquilidad de vuestras madres y de tu esposa Baochai. —Y mientras hablaba se fue emocionando.

Jia Lan había ido asintiendo a cada frase, mientras que Baoyu no había dicho nada. Pero cuando su madre concluyó fue a hincarse delante de ella, bañado en lágrimas. Después de hacer tres profundos koutou, dijo:

—Jamás podré compensar a la madre que me ha dado la vida. Pero me esforzaré cuanto pueda en las pruebas que me esperan, para obtener el ansiado título de letrado Electo[1] y hacerla feliz, señora. Entonces habré cumplido con mi deber de hijo y expiado todas mis faltas.

Aquello entristeció aún más a la dama Wang.

—Es bueno poner tanto empeño —dijo—. ¡Si la Anciana Dama estuviera viva para verte en este momento! —Y trató de levantarlo, pero Baoyu se negó.

—Aun cuando no pueda verme, la Anciana Dama lo sabrá y estará complacida —respondió él—. No importa que me vea o no. Sólo estamos separados en la forma, no en el espíritu.

Al ver a la dama Wang en aquel estado, Li Wan temió que Baoyu hubiera vuelto a perder la razón y le pareció un signo de mala fortuna, por lo cual se apresuró a decir:

—¿Por qué sentirse triste en una ocasión tan feliz, señora? Especialmente cuando durante todo este tiempo el hermano Bao se ha comportado de manera tan sensata y filial, y ha estudiado tanto. Cuando él y su sobrino hayan terminado el examen y escrito algunas buenas composiciones, volverán de inmediato para mostrar a nuestra familia y a los viejos amigos lo que han escrito, luego de lo cual podremos sentarnos a la espera de conocer los éxitos logrados —y ordenó a las doncellas que ayudaran a levantarse a Baoyu.

Él se volvió hacia ella, hizo una reverencia y dijo:

—No te preocupes, cuñada. Ambos vamos a aprobar. Más adelante, Lan conseguirá grandes triunfos, y gracias a él tú ceñirás una corona de fénix y te cubrirás con una capa de bruma.

Ella se rió:

—Sólo espero que ocurra como dices, para que no haya sido en vano… —y se interrumpió allí, pues temía afectar a la dama Wang.

—Basta un buen hijo que continúe la línea de nuestros ancestros —replicó Baoyu—, aunque mi hermano no haya vivido para verlo se habrá cumplido la tarea que tenía encomendada.

Li Wan se limitó a asentir, no queriendo decir más pues ya era tarde.

Baochai estaba consternadísima. No sólo le habían parecido de mal augurio las palabras de Baoyu, sino también todo lo dicho por la dama Wang y Li Wan. Pero trató de no tomarlo en serio, contuvo sus lágrimas y permaneció callada. Entonces Baoyu se acercó a ella para hacer una profunda reverencia. Los presentes quedaron perplejos ante tan extraña conducta, pero no quisieron reírse. El llanto de Baochai les sorprendió todavía más.

Baoyu le dijo:

—Ya me voy, prima. ¡Cuida a la señora y aguarda buenas noticias!

—Ya es la hora. No te entretengas con tanta charla —respondió ella.

—Eres tú la que apresura mi partida. Sé que ya es hora de irme. —Volvió a echar otra mirada, y advirtió la ausencia de dos personas—. Enviad mis saludos a Xichun y Zijuan —añadió—. Quiero que les digáis que ya las veré de una forma o de otra.

Aquellas palabras sonaron sensatas y, a la vez, insensatas, y fueron atribuidas al hecho de que él jamás había dejado la casa antes y se sentía afectado por las palabras de su madre. Consideraron que lo más conveniente era despedirlo cuanto antes.

—La gente está afuera esperando —le recordaron—. Si sigue demorando la salida llegará tarde.

Baoyu levantó la cabeza y se rió:

—¡Ya me voy! ¡Ya me voy! ¡Basta de tanto alboroto! ¡Ya hemos terminado!

Los demás le respondieron alegremente:

—¡Márchese rápido!

Sólo la dama Wang y Baochai se estaban portando como si aquella escena fuera una separación definitiva, y un llanto que no se sabía de dónde procedía prácticamente las ahogaba mientras Baoyu se iba riendo al cielo y a la tierra, como si de un demente se tratara. Y así salió por la puerta de la mansión[2].

En verdad:

Partió a la tierra sin igual de la fama y la riqueza,

y abrió la primera puerta para salir de su jaula.

Dejemos por el momento a Baoyu y Jia Lan en su camino a los exámenes. Cuando Jia Huan los vio alejarse hacia el éxito, sintió cólera y odio. Considerándose el señor de la casa a partir de ese momento, decidió que ésa era su oportunidad para vengar a su madre. «Todos los demás hombres de la familia se han ido, y como la dama Xing me hace caso, no hay nada qué temer.» Una vez tomada su decisión, buscó a la dama Xing y se dedicó a halagarla para ganarse el apoyo preciso.

Encantada, ella dijo:

—¡Ahora sí que estás hablando como un muchacho sensato! El matrimonio de Qiaojie es algo que yo debo decidir, pero tu primo Lian ha cometido una estupidez, y en lugar de dejarlo en mis manos, que soy la abuela de la niña, ¡se lo ha confiado a otra gente!

—Ellos ya lo han dicho, su rama familiar es la única que reconocen —le dijo Jia Huan—. Ahora que está resuelto el asunto, van a preparar ricos presentes para usted, señora; y una vez que su nieta esté casada con el príncipe extranjero, el señor mayor obtendrá un alto cargo. No me corresponde a mí hablar mal de mi señora, ¡pero en cuanto una de sus hijas se convirtió en consorte imperial, se volvió muy prepotente! Espero que en el futuro Qiaojie no sea tan despiadada. Hablaré con ella al respecto.

—Sí, también debes decirle a quién debe agradecer todo esto. Ni con su padre en casa hubiera encontrado mejor esposo. Sólo esa boba de Pinger piensa que la boda no conviene y dice que tu señora también está en contra, y seguro que es sólo por contradecirnos. Si dejamos que el asunto se posponga hasta la vuelta del primo Lian, puede que él les haga caso y ya no se lleve a cabo.

—La otra parte ha manifestado su acuerdo. Simplemente esperan que usted les envíe el horóscopo de Ocho Caracteres[3], señora. Según las costumbres de la casa del príncipe, vendrán a buscarla tres días después de haberlo recibido. Pero hay una cosa más que puede no gustarle a usted: dicen que no se debe contraer matrimonio con la hija de un funcionario que haya delinquido; sólo pueden llevársela discretamente, y la celebración tendría que esperar a que el señor mayor haya sido absuelto y rehabilitado.

—¿Por qué habría de objetar algo? Es lo correcto.

—En tal caso, señora, puede usted ocuparse del horóscopo.

—¡No seas tonto! En casa sólo hay mujeres. Tienes que decirle a Qiang que lo escriba.

Jia Huan aceptó lleno de júbilo y partió corriendo en busca de Jia Yun, después de lo cual pidió a Wang Ren que fuera a la residencia del príncipe para redactar el contrato y volver con el dinero.

Pero una doncella de la dama Xing, recomendada por Pinger, había oído la conversación, y discretamente se la fue a contar con todo detalle. Pinger había comprendido que en nada bueno andaban, y se lo había referido a Qiaojie, lo que hizo llorar a la muchacha la noche entera, insistiendo en que debían esperar el retomo de su padre y no acatar la decisión de la dama Xing. La nueva información la hizo llorar aún más amargamente, y quiso presentarse ante la dama Wang.

Pinger la detuvo inmediatamente diciéndole:

—¡Calma, señorita! La dama Xing es su abuela paterna, así que en ausencia de su padre es la que tiene la última palabra. Además su tío materno está actuando como intermediario, y como se están poniendo de acuerdo no puede pasar por encima de ellos. Yo soy sólo una sirvienta, y lo que digo no cuenta. ¡Debemos buscar una solución y no actuar precipitadamente!

—Más vale que la encuentres pronto —dijo la doncella de la d ama Xing—, pues de otro modo vendrá un palanquín en su busca. —Y se marchó.

Cuando la hubo despedido, Pinger volvió adentro y encontró a Qiaojie postrada por el llanto. La ayudó a ponerse de pie y dijo:

—De nada sirve llorar, señorita. A juzgar por lo que han dicho no podemos contactar con su padre…

Antes de que pudiera concluir llegó una doncella de parte de la dama Xing a anunciar:

—¡El matrimonio de la joven dama está arreglado! Pinger debe hacer los preparativos adecuados. Su dote podrá esperar el regreso del señor Lian.

Pinger se vio obligada a acceder. Al volver a su cuarto encontró a la dama Wang que había venido de visita, y a Qiaojie llorando entre sus brazos.

—No te preocupes, niña —dijo la dama Wang llorando también—. He tenido que tragarme una buena regañina de tu abuela por interceder por ti; no puedo convencerla. Vamos a tener que acceder a sus pretensiones y ganar tiempo mientras enviamos a un sirviente a toda velocidad para que avise a tu padre.

—Señora, no conoce los últimos acontecimientos —dijo Pinger—. Esta mañana el señor Huan le dijo a la dama Xing que es norma en la casa de ese príncipe extranjero ir en busca de la muchacha tres días después de haber recibido el horóscopo. Ella ya le ha pedido al señor Yun que lo escriba. ¿Cómo vamos a esperar al señor Lian?

En cuanto se enteró de que detrás de todo este asunto estaba Jia Huan, la dama Wang se quedó muda de furia contenida; y cuando recobró el habla dio instrucciones para que lo trajeran ante ella; pero tras una larga búsqueda, las doncellas informaron que había salido aquella mañana con Jia Qiang y Wang Ren.

—¿Dónde está Jia Yun? —preguntó.

Nadie lo sabía.

Se miraron desconsoladas. No había solución. Como la dama Wang no podía enfrentarse a la dama Xing, sólo les quedó llorar.

En ese momento entró una criada para anunciar:

—Los sirvientes de la puerta de atrás dicen que ha venido otra vez la abuela Liu.

—En medio de una crisis familiar como ésta no hay tiempo para atender visitantes —dijo la dama Wang—. Que la despidan con cualquier excusa.

Pero Pinger se resistió.

—Mejor invítela a pasar, señora. Como madrina de Qiaojie, debe ser informada de lo que ocurre.

Como la dama Wang no puso reparos, las criadas trajeron a la abuela Liu y hubo un intercambio de saludos. Perpleja por todos aquellos ojos enrojecidos, la abuela preguntó:

—¿Qué pasa? No cabe duda de que han vuelto a llorar por la señora Lian.

La mención de su madre hizo que Qiaojie redoblara la amargura de su llanto.

Pinger dijo:

—No andemos con rodeos. Ya que es su madrina, debe saber lo que pasa. —Y la llevó aparte para explicarle detalladamente la situación.

La abuela Liu se asustó al principio, pero después de unos momentos se echó a reír y dijo:

—Una muchacha inteligente como usted seguramente ha escuchado esas canciones populares que acompañan con tambores. Enseñan muchos trucos, no es difícil encontrar una salida.

—¿Qué solución tiene, abuela? —preguntó Pinger, apurada—. Díganos, rápido.

—Muy sencillo, no le digan una sola palabra a nadie; la haremos desaparecer, y asunto concluido.

—Eso son tonterías. ¿Dónde puede ir una joven dama de una casa como la nuestra?

—El único problema sería que no estuvieran de acuerdo, pero si de verdad quieren que desaparezca y no les molesta que venga a mi aldea, yo ocultaré a la joven dama. Haré que mi yerno consiga un mensajero; ella debe escribir una carta de su puño y letra que entregarán a su padre para que vuelva de inmediato. ¿Qué les parece?

—¿Y si la anciana señora se entera?

—¿Sabe que estoy aquí?

—Sus aposentos están en la parte de atrás, y como es tan intratable, nadie le transmite las noticias. Si hubiera entrado por la puerta delantera, se habría enterado, pero ha entrado por atrás, así que no sabe nada.

—Entonces fijemos una hora, y haré que venga a buscarla mi yerno con un carruaje.

—¿Cuánto tiempo cree que podemos esperar? —dijo Pinger—. Espere aquí un momento.

Entró a toda prisa y, apartándose de las demás, le transmitió a la dama Wang la propuesta de la abuela Liu.

Después de pensarlo un rato, la dama Wang concluyó que no era conveniente.

—¡Es la única manera! —le suplicó Pinger—. No me atrevería a proponérselo a ninguna otra persona. Usted puede pretender no saber nada, señora, y luego preguntar a la dama Xing dónde está Qiaojie. En cuanto lleguemos allí, buscaremos un mensajero y el señor Lian no tardará en regresar.

La dama Wang suspiró y no dijo nada.

Qiaojie las había oído e imploró:

—¡Por favor, señora, sálveme! ¡Mi padre se lo agradecerá cuando vuelva a casa!

—Entonces queda acordado —dijo Pinger—. Mejor será que regrese, señora. Simplemente pida a alguien que cuide de estas habitaciones.

—¡Guardad bien el secreto! —les rogó la dama Wang—. Necesitaréis ropa para vestir y de cama.

—Sólo resultará si partimos inmediatamente —replicó Pinger—. ¡Si vuelven con todo arreglado estamos perdidos!

—Muy bien. Marchad inmediatamente. Yo me encargaré de todo.

Así las cosas, la dama Wang regresó a su habitación y, más tarde, fue donde la dama Xing a entretenerla con su conversación. Mientras tanto, Pinger despachaba a las sirvientas para que hicieran preparativos.

—¡No esquivéis a la gente! —les ordenó—. Si alguien os ve, sencillamente decidle que la señora mayor ha ordenado preparar un carruaje para llevar a la abuela Liu de vuelta a su casa.

Entonces los sirvientes de atrás recibieron órdenes de alquilar un carruaje, mientras Pinger vestía a Qiaojie para que pareciera Qinger[4] y la sacaron apresuradamente. Ella misma, haciendo como que despedía a la abuela Liu, se metió en el carruaje cuando nadie miraba; y así dejaron la mansión. Aunque la puerta trasera estaba abierta, últimamente sólo había allí un par de porteros de turno; y aunque había unos cuantos sirvientes más por los alrededores, el lugar era tan grande y estaba tan desierto que ¿cómo iban a poder controlarlo todo? Además la dama Xing jamás había mostrado la menor consideración hacia los criados, y conocían el execrable negocio que se preparaba. Por otra parte, estaban en deuda con Pinger; así que aunque sabían que se trataba de un asunto delicado, encubrieron la fuga de Qiaojie. La dama Xing continuaba hablando con la dama Wang, sin sospechar lo que estaba sucediendo.

Pero la dama Wang estaba en ascuas. Después de charlar un rato, se fue a ver a Baochai, quien al advertir su comportamiento algo distraído le preguntó qué le preocupaba. La dama Wang le contó confidencialmente lo sucedido.

—¡Qué peligroso! —exclamó Baochai—. Debemos apresurarnos e impedir que Yun vaya a la casa del príncipe.

—Pero no encuentro a Huan.

—Mejor será que pretenda absoluta ignorancia sobre este asunto, señora, mientras yo busco a alguien que informe a la dama Xing.

La dama Wang asintió con la cabeza y le dejó la tarea a Baochai; pero acabemos con este relato por el momento.

Ahora bien, el príncipe mongol quería comprar unas muchachas para su servicio personal y, fiándose de las palabras de los intermediarios, había enviado gente de su casa para echar una mirada a Qiaojie. Cuando le informaron, él preguntó por la familia, y como no se atrevieron a mantenerlo engañado, le dijeron la verdad.

Al enterarse de que ella venía de una antigua y noble familia de grandes méritos, el príncipe exclamó:

—¡Increíble! Está estrictamente prohibido. ¡He estado a punto de cometer un tremendo error que me hubiera podido costar caro! Ya he presentado mi homenaje a la corte. Sólo me queda elegir un día favorable para la partida. ¡Si vuelve alguien a proponer este asunto, echadlo sin rodeos!

Justamente ese día aparecieron Jia Yun y Wang Ren a presentar el horóscopo de Qiaojie, y los sirvientes del príncipe dijeron:

—Su Alteza ha dado órdenes. ¡Todo el que intente hacer pasar a una hija de la familia Jia por una muchacha del pueblo debe ser arrestado y juzgado! ¿Quién se atreve a cometer semejante tropelía en este reinado de paz?

Aquello aterró tanto a Wang Ren y a Jia Yun que huyeron como ratas, maldiciendo a quien hubiera desvelado el asunto y barrido, de pronto, el negocio.

Jia Huan, que esperaba noticias en casa, se alarmó al enterarse de que lo había citado la dama Wang. Cuando Jia Yun volvió solo, sus primeras palabras para él fueron:

—¿Está arreglado?

Jia Yun pateó el suelo histérico.

—¡Estamos perdidos! ¡Alguien lo ha revelado todo! —Y relató la amenaza que habían recibido.

En su consternación, Huan dijo:

—¿Y ahora qué haremos? ¡Yo que se lo presenté tan bien a la dama Xing esta mañana! ¡Me habéis metido en un buen lío!

Allí estaban, preguntándose sobre lo que debían hacer, cuando escucharon a unos sirvientes gritando desde el interior sus nombres y diciendo que Sus Señorías querían verlos. Tuvieron que acudir a toda prisa.

La dama Wang les lanzó una mirada furiosa y exclamó:

—¡Estupendo trabajo! ¡Habéis llevado a Qiaojie y Pinger a la muerte! ¡Traedme sus cadáveres inmediatamente!

Ambos jóvenes cayeron de rodillas. Jia Huan en su terror no podía abrir la boca. Jia Yun dijo con la cabeza gacha:

—Jamás nos hubiéramos atrevido, pero el tío abuelo Xing y el tío Wang propusieron este enlace para Qiaojie, como informamos a Sus Señorías. La señora Xing estaba de acuerdo y me ordenó escribir el horóscopo, pero lo han rechazado. ¿Por qué nos culpa a nosotros de haberlas llevado a la muerte?

—Huan le dijo a la dama Xing que vendrían a buscarla en tres días —gritó la dama Wang—. Y que sus parientes eran los intermediarios. No quiero saber más. Rápido, devolvednos a Qiaojie. ¡Responderéis cuando regrese el señor!

La dama Xing había quedado reducida a un lacrimoso silencio, y la dama Wang insultó a Jia Huan:

—¡La concubina Zhao fue una malnacida, y dejó detrás un bastardo aún peor! —Y llamó a sus doncellas para que la ayudaran a volver a sus aposentos.

Jia Huan, Jia Yun y la dama Xing pasaron a hacerse toda suerte de mutuas recriminaciones, y luego dijeron:

—Dejemos de acusarnos entre nosotros. No pueden haber muerto. Seguramente Pinger la ha ocultado en casa de algún pariente.

La dama Xing mandó llamar a los porteros de delante y de atrás e insultándoles, les gritó:

—¿Sabéis dónde han ido Qiaojie y Pinger? —les preguntó.

Ellos respondieron con una sola voz:

—No nos pregunte a nosotros, señora. Pregúnteles a los caballeros encargados. Le rogamos, señora, que no arme este alboroto. Cuando nuestra señora nos interrogue, sabremos qué decir. Si decide apalearnos, que nos apalee a todos; si nos castiga, todos lo soportaremos. ¡Desde que partió el señor Lian hemos visto de todo en esta casa! No hemos recibido nuestras asignaciones mensuales de dinero ni de arroz. Y sin embargo ellos juegan, se emborrachan, juguetean con jóvenes actores, y hasta traen mujeres de fuera. ¿No es así, señores?

Jia Yun y Jia Huan no tenían nada que decir en su defensa, y cuando la dama Wang les mandó traer inmediatamente a Pinger y Qiaojie, ni siquiera encontraron una grieta en la tierra para ocultarse. No se atrevieron a interrogar a los de la casa de Qiaojie, pues sabían que los detestaban todas las doncellas del lugar, y que les negarían toda información, y no querían admitir aquello frente a la dama Wang. Así que enviaron a otros parientes a indagar, pero no pudieron encontrar ni rastro de ellas. De modo que la dama Xing en el interior y Jia Huan y los demás afuera, vivieron sin sosiego días y días.

Pronto llegó el día final de los exámenes, y la dama Wang estaba ansiosa por que volvieran Baoyu y Jia Lan. Como por la tarde aún no había señales de su regreso, ella, Li Wan y Baochai despacharon sirvientes para hacer averiguaciones, pero éstos no volvieron, pues no encontraron noticias. Enviaron otros, y cuando ésos tampoco volvieron, las tres mujeres sintieron el corazón arder como si estuviera en aceite hirviendo.

Pero para su alegría aquella noche volvió un hombre, era Jia Lan.

—¿Dónde está tu tío Bao? —le preguntaron.

Sin detenerse a presentar sus respetos, sollozó:

—¡El tío Bao ha desaparecido!

Al oírlo, la dama Wang quedó sin habla y aturdida un buen rato, después se desmayó. Cayó en la cama como muerta. Afortunadamente Caiyun y otras estaban cerca para sostenerla y despertarla; pero inmediatamente empezó a llorar dando aullidos. Al ver que Baochai permanecía con los ojos sin vida, y que Xiren estaba bañada en un mar de lágrimas, Li Wan, llorando, le reprochó a Jia Lan:

—¡Estúpida criatura! Estabas con él en el mismo lugar, ¿cómo ha podido perderse?

—En posada comíamos y dormíamos juntos —les dijo—, y en el recinto del examen nuestras celdas no estaban muy separadas, y eso nos mantenía en estrecho contacto. Esta mañana el tío Bao terminó sus trabajos primero y esperó a que yo acabara para entregarlos juntos. También salimos juntos, pero entre la multitud de la puerta del Dragón[5] desapareció. Los sirvientes que habían venido a recibirnos me preguntaron por él, y Li Gui dijo que lo había visto a unos pocos pasos, antes de que desapareciera entre la multitud. Envié a Li Gui y a los otros a buscar en diferentes direcciones, y yo me llevé unos hombres para revisar las celdas. Pero no estaba en ninguna parte. Por eso he tardado en volver.

La dama Wang lloraba tanto que no podía hablar, Baochai suponía más o menos claramente lo que había sucedido, y Xiren sollozaba como si nunca fuera a parar. Entonces Jia Qiang, sin aguardar órdenes, salió para buscarlo. ¡Pobre mansión Rong! Parecían más muertos que vivos, y el banquete de bienvenida a los candidatos quedó intacto. Olvidado de su propio agotamiento, Jia Lan quiso volver a salir para buscar a Baoyu, pero la dama Wang se lo impidió.

—Nieto mío, tu tío ha desaparecido —dijo—. No podemos permitir que te pierdas también tú. ¡Ahora descansa!

Jia Lan insistía en salir, hasta que la señora You y los demás lograron disuadirlo.

Xichun era la única que comprendía lo que había pasado, pero no podía decirlo, y le preguntó a Baochai:

—¿El primo Baoyu se llevó su jade?

—Claro que sí, siempre lo llevaba puesto —fue toda la respuesta de Baochai, y Xichun no dijo nada.

Xiren recordó el día que intentó arrancarle el jade a Baoyu, y sospechó que el monje lo había secuestrado. Las lágrimas le corrieron como perlas al recordar, con las entrañas rotas, la bondad de Baoyu. «A veces cuando lo provocaba él perdía la paciencia —pensó—, pero tenía la habilidad de recomponer la situación, por no hablar de su cálida consideración. Aquella vez que lo provoqué demasiado, juró que se haría monje. ¡Quién iba a pensar que cumpliría su palabra!»

Ya era la cuarta vigilia y aún no llegaban noticias. Temerosa de que la dama Wang enfermara de dolor, Li Wan le pidió con insistencia que fuera a descansar, y los demás la atendieron. Sólo la dama Xing se retiró y Jia Huan permanecía escondido sin atreverse a asomar por allí. La dama Wang envió a Jia Lan a dormir, pero ella misma pasó la noche en vela.

Al alba aparecieron sirvientes para informar de la infructuosa búsqueda, no había el menor rastro de Baoyu por ninguna parte. Luego aparecieron la tía Xue, Xue Ke, Xiangyun, Baoqin y la tía Li respectivamente a presentar sus respetos y en busca de noticias. Aquello se prolongó varios días, con la dama Wang incapaz de comer por el dolor.

Estaba ya en los umbrales de la muerte, cuando un sirviente anunció:

—Ha llegado un mensajero de la costa de parte del comandante de la guarnición; informa de que nuestra señorita Tanchun llegará mañana.

Aquella nueva alivió algo la mente de la dama Wang, aunque sin apartar del todo la tristeza por Baoyu. Y al día siguiente, en efecto, llegó a casa Tanchun. Todas salieron un trecho para darle la bienvenida y vieron que con sus espléndidas galas estaba más hermosa que nunca. Ante la extrema delgadez de la dama Wang y los ojos hinchados y enrojecidos de las demás, también ella rompió a llorar antes de empezar los saludos. Le incomodó ver a Xichun ataviada de monja taoísta; y cuando la informaron de la desaparición de Baoyu y de las otras desgracias de las familias, volvieron a llorar todos juntos. Por fortuna, Tanchun era elocuente y persuasiva, y poco a poco logró consolar un poco a la dama Wang y las demás.

Al día siguiente llegó también el esposo de Tanchun, y cuando le informaron de lo sucedido permaneció unos días junto a su esposa para reconfortar su hogar paterno. En el reencuentro con sus viejas amistades, las doncellas que la habían acompañado en el momento de su matrimonio se dedicaron a comentar todo lo que había sucedido desde su partida; pero día y noche todos, los encumbrados y los humildes, esperaban noticias de Baoyu.

Una noche, después de la quinta vigilia, los sirvientes de los apartamentos exteriores se acercaron a la puerta interior para anunciar buenas nuevas. Unas cuantas doncellas jóvenes se aproximaron corriendo, sin esperar el permiso de las doncellas mayores, y dijeron de sopetón:

—¡Qué buenas noticias, señoras!

La dama Wang pensó que habrían encontrado a Baoyu y se puso de pie exaltada para preguntar:

—¿Dónde lo han encontrado? ¡Que entre inmediatamente!

—Ha obtenido el séptimo puesto de los candidatos que triunfaron.

—¿Pero dónde está? —Al no recibir respuesta volvió a sentarse.

—¿Quién salió séptimo? —preguntó Tanchun.

—El señor Bao —le dijeron.

Entonces se oyeron unos gritos en el exterior:

—¡También ha aprobado el señor Lan! —Las doncellas salieron corriendo y volvieron con la noticia de que el nombre de Jia Lan era el número ciento treinta de la lista. Li Wan estaba naturalmente contentísima, pero la ausencia de Baoyu le impedía expresarlo. También la dama Wang estaba complacida de que Jia Lan hubiera aprobado, pero pensó: «¡Qué felices seríamos todos si volviera Baoyu ahora!».

Baochai era la única que seguía invadida por el dolor, pero hubo de contener sus lágrimas.

Todos llegaban con felicitaciones diciendo:

—El destino de Baoyu era aprobar, así que no puede haberse perdido. Nunca ha desaparecido un candidato de éxito.

Medio convencida por aquello, la dama Wang prodigaba una media sonrisa, después de lo cual le pidieron que tomará algún alimento.

Fuera, desde la tercera puerta, se oía gritar a Beiming:

—Ahora que el señor Bao ha aprobado, no puede seguir perdido. —Al preguntársele qué quería decir con eso, explicó—: «Dice el refrán que “Al alcanzar el grado de letrado Electo, lo conoce el mundo entero”»[6]. A cualquier sitio que vaya ahora, habrá gente que lo conozca y lo enviará de vuelta.

En los apartamentos interiores comentaron:

—Ese joven no tiene modales, pero lo que dice es sensato.

Pero Xichun replicó:

—¿Cómo piensan que puede perderse un hombre adulto como él? Sospecho que ha visto los sentimientos del mundo y ha franqueado la Puerta del Vacío[7], en cuyo caso va a resultar difícil encontrarlo.

Aquello volvió a producir el llanto de la dama Wang y las demás.

Li Wan coincidió:

—Es cierto, desde tiempos muy remotos muchos hombres han dejado de lado rango y posición, honores y riqueza para alcanzar el estado de Buda o volverse inmortales.

—Pero si su falta de amor filial lo lleva a abandonar a sus padres, ¿cómo puede llegar a ser Buda? —sollozó la dama Wang.

—La gente corriente no suele temer lo extraordinario —comentó Tanchun—. A todos nos pareció algo bueno que el hermano Baoyu naciera con ese jade; pero ahora parece que todos estos problemas nacen de él. No se moleste por lo que voy a decir, señora, pero si no aparece en los próximos días es que hay un motivo para ello, y será mejor que actúe como si no hubiera nacido. Si realmente participa de algún misterio debe ser por alguna causa, y por sus virtudes acumuladas en existencias anteriores, señora.

Baochai no dijo nada, pero Xiren no podía soportar más, le dolía el corazón y la cabeza le daba vueltas hasta que se desplomó. La dama Wang, sintiendo lástima por ella, pidió a unas doncellas que la llevaran de vuelta a su cuarto.

A la mortificación que sentía Jia Huan por la desaparición de Qiaojie, se sumaba la que le causaba el éxito de su hermano y su sobrino. Y de la desaparición de la niña culpaba a Jia Qiang y Jia Yun. Sabía que, con el retorno dé Tanchun, el asunto seguiría ventilándose, pero no se atrevió a ocultarse. Aquellos días eran como una condena.

Al día siguiente, cuando Jia Lan fue a dar las gracias a la corte, se enteró de que también había aprobado Zhen Baoyu, por lo cual todos eran compañeros de concurso. Cuando supo de la misteriosa desaparición de Baoyu, el joven Zhen expresó sus condolencias.

El administrador de los exámenes imperiales presentó las composiciones de los candidatos triunfantes al emperador, quien las fue hojeando y las encontró correctas y de un vasto conocimiento. Al observar que el séptimo candidato, Jia Baoyu, era originario de Jinling, así como el número ciento treinta, Jia Lan, preguntó:

—¿Es alguno de esos Jia de Jinling de la misma familia que ja difunta consorte imperial?

Sus secretarios los mandaron llamar para interrogarlos, y le transmitieron la versión que dio Jia Lan de la desaparición de Baoyu, así como de las tres generaciones de sus ascendientes. El emperador, santo, iluminado, bondadoso y virtuoso, recordó los servicios de la familia Jia al Estado y ordenó a sus secretarios que revisaran la situación actual de la familia. Éstos redactaron un memorial detallado sobre el asunto. Su Majestad, conmovido, ordenó a la oficina pertinente que se encargara de investigar de nuevo el caso de Jia She. Por otra parte, al leer el informe «Acerca de la exitosa culminación de la campaña contra los piratas de la costa» y que, por ende, «el imperio entero está en paz y el pueblo está contento», deleitado, ordenó a sus secretarios recompensar a los funcionarios responsables y proclamar una amnistía general.

Una vez que Jia Lan hubo dejado la corte y agradecido a su examinador, se enteró de la amnistía general e informó de ello a la dama Wang. Toda la familia se alegró y ya sólo esperaban que, además, apareciera Baoyu. La tía Xue, más feliz que el resto, se preparó para rescatar a Xue Pan.

Unos días más tarde fueron anunciadas las visitas del viejo señor Zhen y del esposo de Tanchun, que venían a felicitarles. La dama Wang envió a Jia Lan para que los recibiera. Y él volvió poco después, exultante.

—¡Maravillosas nuevas, señora! —le dijo—. El señor Zhen ha oído decir en la corte que han indultado al señor mayor; y el tío Zhen no sólo ha sido indultado, sino que le reintegran el noble título de Tercera Categoría de la mansión Ning. El abuelo conservará el título de duque de Rongguo, y después del período de duelo lo harán subsecretario en la Junta de Obras. Todas las propiedades confiscadas serán devueltas. El emperador quedó impresionado con los ensayos del tío Bao, y descubrió que era el hermano menor de la consorte imperial, de cuya buena disposición ya le había hablado el príncipe de Pekín. Su Majestad lo citó a la corte, y cuando le informaron que según su sobrino, Jia Lan, había desaparecido después del examen, y que se le estaba buscando por todas partes, el emperador decretó que las cinco guarniciones de la capital debían extremar los esfuerzos por encontrarlo. Ese decreto debería tranquilizaría, señora. ¡Ahora que el emperador nos ha mostrado tal favor, el tío Bao tiene que aparecer!

La dama Wang y el resto de la familia intercambiaron jubilosas felicitaciones. Sólo Jia Huan vivía en un estado de angustia, buscando a Qiaojie por todas partes, ignorante de que ella había dejado la ciudad con la abuela Liu y Pinger. En la aldea, la abuela Liu la trató con respeto, limpiándole los mejores cuartos para que durmieran allí ella y Pinger; y aunque sólo podía ofrecerles una dieta campesina, la comida era fresca y limpia, y Qiaojie se sentía como en casa gracias a la compañía de Qinger.

Cuando las pocas familias acomodadas de la aldea supieron que una joven dama de la mansión Jia se encontraba con la abuela Liu, se juntaron para verla y la consideraron una diosa que había bajado del cielo. Algunos enviaron presentes como verduras y frutas, otros animales cazados, todo lo cual causó gran regocijo La familia más rica, de apellido Zhou, y cuyas arcas estaban repletas, eran dueños de una vasta extensión de buena tierra. Su único hijo, un muchacho elegante y apuesto de catorce años, al que sus padres habían puesto un preceptor, acababa de lograr el título de «Talento en flor»[8]. Cuando su madre vio a Qiaojie, pensó llena de admiración: «Los aldeanos como nosotros no estamos a la altura de una joven dama de una casa noble, como ésta».

La abuela Liu adivinó lo que estaba pensando:

—Sé qué está pasando por tu cabeza —le dijo—. Déjame actuar de casamentera.

—¡No te burles de mí! —se rió la señora Zhou—. Gente tan encumbrada jamás aceptará que se case con una familia como la nuestra.

—Ya veremos —fue la respuesta. Y así cada cual siguió su camino.

En su preocupación por saber cómo le iba a la familia Jia, la abuela Liu envió a Baner a la ciudad para hacer averiguaciones. Éste, al llegar, encontró la calle Rongning atestada de carruajes y sillas de manos, y la gente del vecindario le informó:

—Los señores de las mansiones Ning y Rong han recobrado sus cargos oficiales y las propiedades confiscadas. Vuelven a florecer. Pero Baoyu, que aprobó el examen, ha desaparecido.

Baner ya se disponía a volver alegremente a casa, cuando unos jinetes llegaron al galope y se apearon frente a la puerta. El portero hincó una rodilla en tierra para saludar a los recién llegados.

—Ha vuelto el segundo señor —exclamó—. ¡Felicitaciones! ¿Ya está mejor el señor mayor?

—Sí —fue la sonriente respuesta—. Y gracias al favor imperial estará muy pronto de vuelta en casa. ¿Quiénes son esos hombres?

El portero le informó:

—Son los enviados imperiales que tienen órdenes de recuperar las propiedades familiares.

El caballero entró rebosante de alegría, y Baner dedujo que se trataba de Jia Lian. No hizo más averiguaciones, y fue a toda prisa a informar a su abuela.

Cuando la abuela Liu oyó aquellas noticias fue radiante a transmitírselas a Qiaojie, con sus felicitaciones.

Pinger exclamó:

—¡Tenía que ser así! ¡Cuánto le debemos, abuela! De no ser por la manera como arregló las cosas, nuestra joven dama no estaría hoy en tan feliz situación.

Qiaojie estaba aún más complacida.

Mientras charlaban llegó un mensajero con una carta que Jia Lian había enviado, y les informó:

—El señor Lian está sumamente agradecido y me dijo que apenas llegara acompañara de vuelta a la joven dama. Y además me recompensó con varios taeles de plata.

Satisfecha por todo lo que oía, la abuela Liu hizo preparar dos carruajes para ellos y pidió a Qiaojie y a Pinger que se subieran a uno. Pero la primera ya se sentía tan cómoda entre ellos que no quería partir; vio, además, como Qinger rompía a llorar, y no soportaba la idea de separarse de ella. Al ver lo que ocurría, la abuela Liu dijo a Qinger que podía acompañar a Qiaojie, y juntas partieron sin más dilación hacia la mansión Rong.

Mucho antes de todo lo ocurrido, cuando Jia Lian supo que su padre, Jia She, estaba mortalmente enfermo y partió a toda prisa a su lugar de exilio, el reencuentro se realizó en medio de intenso llanto; pero poco a poco Jia She se había ido reponiendo. Cuando llegó la carta de Qiaojie, Jia Lian le contó a su padre lo que había sucedido en casa y emprendió un rápido retorno. Por el camino se enteró de la amnistía general, y tras dos largos días sin respiro llegó a casa cuando ya traían el Decreto Imperial. La dama Xing estaba preocupada porque no había quien lo recibiera, ya que Jia Lan era demasiado joven. Pero fue anunciado el retorno de Jia Lian, y en aquel encuentro tristezas y alegrías se enlazaron; él no tenía tiempo de detenerse a hablar y fue a toda prisa al salón delantero para rendir homenaje a los enviados imperiales.

Éstos le preguntaron por su padre y le ordenaron:

—Venga mañana a la Tesorería Imperial para hacerse cargo de los objetos restituidos. La mansión Ning le vuelve a ser entregada como residencia.

Se levantaron y se despidieron.

Al acompañarlos hasta la salida, Jia Lian vio un alboroto: los sirvientes impedían acercarse a unos carruajes rústicos. Inmediatamente supo que eran los que traían de regreso a Qiaojie; entonces comenzó a regañar a los porteros.

—¡Imbéciles! En mi ausencia nos habéis estafado, habéis obligado a mi hija a huir, ¡y ahora que me la devuelven, le cerráis el paso! ¿Qué diablos tenéis contra mí?

Los sirvientes habían temido que a su vuelta Jia Lian no conociera la situación y los considerara responsables; pero para sorpresa de todos, estaba mejor informado que ellos. En actitud de respetuosa atención, informaron:

—Cuando usted partió, señor, algunos de nosotros enfermamos y otros solicitamos licencia. Quedaron como responsables los señores Huan, Qiang y Yun. Nosotros no tuvimos nada que ver con todo lo que pasó.

—¡Malnacidos! —espetó Jia Lian—. Cuando haya concluido con mis asuntos, ya hablaré con vosotros. Rápido, haced entrar los carruajes.

Cuando volvió a los aposentos interiores, Jia Lian ignoró a la dama Xing, y se dirigió en cambio a los aposentos de la dama Wang, donde se arrodilló e hizo un profundo koutou.

—¡Qiaojie ha vuelto sana y salva, todo gracias a usted, señora! —dijo—. Dejaré al primo Huan fuera de esto, pero Yun es un bribón que ya dio problemas cuando se le dejó al cargo de la casa. ¡Ahora me he ido sólo un par de meses, y ha llegado a extremos inimaginables! ¡Sugiero que nos desprendamos de él y que jamás regrese!

—¿Cómo puede ser también de tal calaña tu cuñado Wang Ren? —se quejó la dama Wang.

—No se preocupe, señora, yo sabré cómo ajustarles las cuentas.

Mientras hablaban, Caiyun anunció que Qiaojie había venido a presentar sus respetos a la dama Wang. No se habían separado durante mucho tiempo, pero el recuerdo de aquella fuga conmovió hasta las lágrimas a la dama Wang. Qiaojie también lloraba con gran amargura. Jia Lian inmediatamente le dio las gracias a la abuela Liu, y la dama Wang hizo que la vieja se sentara junto a ella para comentar los acontecimientos recientes. Cuando Jia Lian vio a Pinger, derramó lágrimas de gratitud, aunque no pudo expresar sus sentimientos en público. Y tanto había subido ella en su estima que decidió que cuando su padre volviera él pediría que la promovieran al rango de esposa. Pero nos estamos anticipando.

La dama Xing había temido un escándalo cuando Jia Lian no encontrara a Qiaojie. La noticia de que había ido a ver a la dama Wang la alarmó aún más, y envió a una doncella a averiguar lo que sucedía. Cuando la muchacha volvió a informar que también estaban allí Qiaojie y la abuela Liu, la dama Xing sintió que salía de un sueño y comprendió la jugada que le habían hecho, y sintió un profundo rencor contra la dama Wang.

—Ella es la que pone a mi hijo contra mí, pero ¿quién puede haber informado a Pinger? —rabió.

En eso entró Qiaojie con la abuela Liu y Pinger, seguidas por la dama Wang, que echó toda la culpa a Jia Yun y Wang Ren.

—Naturalmente cuando usted se enteró de la propuesta le pareció buena —dijo ella—. ¿Cómo iba a saber lo que maquinaban desde fuera?

La dama Xing se sintió avergonzada y admitió para sus adentros que la dama Wang había tomado la decisión correcta. Después de aquello mejoraron las relaciones entre ambas.

Después de dejar a la dama Wang, Pinger llevó a Qiaojie para que presentara sus respetos a Baochai, y hubo un intercambio de sus mutuos sufrimientos y de las bondades del emperador.

Pinger dijo:

—La familia volverá a prosperar. Estoy segura de que el señor Bao regresará.

En eso Qiuwen entró corriendo.

—¡Se está muriendo Xiren! —gritó.

Si desean saber lo que había sucedido, escuchen el siguiente capítulo.

CAPÍTULO CXX

Zhen Shiyin explica el misterio del Gran Vacío.

Jia Yucun concluye el Sueño en el Pabellón Rojo.

Al oír decir a Qiuwen que Xiren se estaba muriendo, Baochai corrió con Qiaojie y Pinger hasta su lecho. La encontraron sin sentido a causa de un dolor agudo en el corazón; consiguieron revivirla con un trago de agua y la volvieron a recostar al tiempo que mandaban venir a un médico.

—¿Por qué se ha puesto tan mala la hermana Xiren? —preguntó Qiaojie.

Baochai explicó:

—El otro día lloró con tanta amargura que perdió el conocimiento. La señora hizo que la reanimaran y después se durmió, pero debido a los problemas de fuera no trajimos un médico. Por eso se halla en este estado.

En eso llegó el doctor y ellas se retiraron. Después de tomarle el pulso, atribuyó su mal a la ansiedad y la furia, y prescribió la receta oportuna.

Xiren había oído decir que si Baoyu no volvía todas sus doncellas serían despedidas, y la ansiedad que eso le produjo agravó su dolencia. Después de la partida del médico, Qiuwen le preparó la medicina, pero, tendida solitaria en su lecho, su espíritu no encontraba la paz. Le parecía ver a Baoyu frente a ella y luego, de pronto, entre brumas, se convertía en un monje que hojeaba un registro y le decía:

—No tomes la decisión equivocada. Yo no os reconozco.

Antes de que ella pudiera interrogarlo, Qiuwen apareció diciendo:

—Aquí está tu medicina. Tómala, hermana.

Xiren abrió los ojos y comprendió que había sido un sueño, pero no se lo contó a nadie. En cuanto bebió la infusión medicinal, reflexionó: «Seguro que Baoyu se ha ido en compañía del monje. El día que intentó entregarle el jade al monje, lo que en verdad pretendía era huir. Cuando lo detuve no era el mismo de siempre, me empujó y zarandeó con rudeza y sin la menor consideración; después daba la impresión de que le molestaba la señora Baochai y no tenía ninguna consideración con las demás muchachas, como si hubiera comprendido de pronto la Vía[1]. Pero incluso así, ¿cómo puede abandonar a su esposa? Su Señoría me destinó a su servicio personal, y aunque he estado recibiendo la asignación mensual de una concubina, eso jamás ha sido públicamente anunciado a los señores y señoras. Si me despiden y yo insisto en quedarme aquí, se reirán de mí; pero si me voy, no podré soportar el recuerdo de la bondad de Baoyu hacia mí». Por mucho que pensaba, no sabía qué decisión tomar. Entonces recordó el sueño que había tenido, en el cual ella y Baoyu estaban predestinados a separarse, por lo que decidió «mejor morir y acabar limpiamente».

La medicina le había aliviado el dolor que sentía en el corazón, y le incomodaba guardar cama, así que se esforzó en recuperarse para, a los pocos días, volver a levantarse para atender a Baochai. Ésta derramaba secretas lágrimas de anhelo por Baoyu, y lamentaba su triste destino; pero como su madre se estaba preparando para conseguir el rescate de su hermano, había muchos preparativos que realizar en los que le tocaba colaborar. Pero terminemos con este relato por el momento.

Jia Zheng escoltó el ataúd de la Anciana Dama, y Jia Rong los de Keqing, Xifeng y Yuanyang, hasta Jinling, donde procedieron a su inhumación. Después, Jia Rong acompañó los restos de Daiyu para inhumarlos en el cementerio ancestral, y dejó que Jia Zheng permaneciera allí para supervisar la construcción de las tumbas. Un día recibió una carta con la noticia de que Baoyu y Jia Lan habían aprobado el examen, lo que le alegró; pero la desaparición de Baoyu lo perturbó tanto que decidió volver inmediatamente a casa. Por el camino se enteró de la amnistía general y recibió otra carta de la mansión, en la que le confirmaban su perdón y su reingreso en el cargo oficial. Sumamente reconfortado, apretó el paso y viajó día y noche.

El día en que llegaron a la estación postal de Kunling[2], la temperatura bajó de pronto y comenzó a nevar; su barco atracó en un lugar tranquilo desde donde Jia Zheng despachó a unos sirvientes para que entregaran tarjetas a amigos de la localidad, excusándose por no poder visitarlos, y rogándoles que tampoco ellos lo hicieran, ya que su barco partiría de inmediato. Sólo se quedó con un paje para atenderlo, y escribió una carta que debía entregar a su familia un jinete que se adelantaría a su llegada. Antes de abordar el tema de Baoyu hizo una pausa. Dirigió su mirada hacia la nieve y, en la proa, vio a un individuo con el cráneo rapado y los pies desnudos, envuelto en una capa de fieltro rojo. Aquel hombre se postró ante Jia Zheng, que salió apresurado con la intención de alzarlo y averiguar su identidad; pero el hombre ya se había hincado cuatro veces, se había puesto de pie y le había hecho un saludo budista. Jia Zheng iba a devolver la reverencia, cuando reconoció a Baoyu. Jia Zheng estaba aturdido.

—¿Eres Baoyu? —preguntó.

El otro no respondió, y se le veía que vacilaba entre el dolor y la alegría.

—Si eres Baoyu, ¿qué haces con esta ropa?, ¿adónde vas? —volvió a preguntar Jia Zheng.

Antes de que Baoyu pudiera responder, un bonzo y un monje taoísta aparecieron y se pusieron cada uno a un lado.

—Ya has cumplido con tus obligaciones mundanas —declararon—. ¿Por qué demorar tu partida? —Y los tres se deslizaron hacia la orilla.

A pesar de que el suelo estaba resbaladizo, Jia Zheng intentó alcanzarlos sin éxito. Pero pudo escuchar a uno de ellos salmodiando:

El lugar donde vivo

es el Pico de la Cresta Azul;

el lugar por donde camino,

el vasto Gran Vacío.

¿Quién caminará conmigo?

¿A quién seguiré yo,

lejano y confuso,

de regreso a la Inmensa Soledad?

Jia Zheng los siguió por una ladera, pero en un abrir y cerrar de ojos habían desaparecido. Estaba vencido y sin aliento, y profundamente alterado. Al volverse se topó con el paje que lo había seguido.

—¿Has visto a esos tres hombres? —preguntó Jia Zheng.

—Sí, señor. Como salió corriendo detrás de ellos, yo también los he perseguido. Pero después los perdí de vista.

Jia Zheng sintió la tentación de continuar la búsqueda, pero en esa desértica blancura no se veía a nadie. Maravillado y extrañado por todo lo ocurrido, no tuvo más remedio que regresar.

Cuando los sirvientes volvieron y descubrieron que su señor no estaba, el barquero les dijo que había saltado a la orilla persiguiendo a dos bonzos y a un monje taoísta. Siguieron sus huellas en la nieve, hasta que lo vieron a lo lejos, le dieron alcance y lo acompañaron de vuelta al barco. Jia Zheng se sentó y recobró el aliento, y contó a los demás su encuentro con Baoyu. Entonces los sirvientes hicieron un informe de su viaje y declararon que estaban listos para emprender una búsqueda minuciosa por las inmediaciones.

—No lo entendéis —suspiró—. Los vi con mis propios ojos, no eran fantasmas. Y los escuché salmodiar un misterioso poema. Cuando Baoyu nació con un trozo de jade en la boca, yo supe que se trataba de algo sobrenatural y que nada bueno auguraba; pero como su abuela lo adoraba, lo hemos criado todos estos años. En cuanto al bonzo y al monje taoísta, ya los había visto antes tres veces. La primera, cuando llegaron para explicar la naturaleza milagrosa del jade; la segunda, cuando Baoyu enfermó gravemente y el bonzo tomó el jade en su mano, realizó un encantamiento y lo curó; la tercera cuando trajo el jade de vuelta y se sentó en el salón delantero, de donde súbitamente desapareció. Aunque todo ello aumentó mis recelos, me pareció afortunado que Baoyu contara con la protección de esos santos budista y taoísta. Ignoraba entonces que Baoyu era un espíritu que había bajado a la tierra para sufrir ciertas pruebas, ¡y que logró engañar a la Anciana Dama durante diecinueve años! Ahora es cuando lo veo con claridad. —Y se puso a llorar.

—Si el señor Bao realmente fuera un santo budista descendido a este mundo polvoriento, no hubiera pasado el examen —le objetaron—. ¿Por qué alcanzar el grado de letrado Electo y luego partir?

—¡Qué podéis saber vosotros! Todas las estrellas y constelaciones del cielo, los eremitas de las montañas y los espíritus de las cavernas, tienen cada uno su propia naturaleza. Baoyu jamás mostró inclinación por el estudio, pero le bastaba echar una mirada a un libro para aprenderlo. También por temperamento era distinto a los demás. —Y volvió a suspirar.

Lo consolaron hablando del éxito de Jia Lan y la mejoría de la fortuna familiar. Entonces Jia Zheng siguió con su carta, describiendo el incidente y pidiendo a la familia que no se lamentara por Baoyu. Selló la carta y la envió con un sirviente, y siguió su camino. Pero terminemos con este suceso.

Al enterarse de la amnistía, la tía Xue le dijo a Xue Ke que pidiera préstamos en todas partes, hasta reunir lo suficiente para recuperar a su hijo. El Ministerio de Castigos dictó su veredicto, y una vez recibido el dinero emitió la orden de liberación de Xue Pan. No precisamos detenernos en la reunión familiar, con su natural mezcla de júbilo y tristeza.

—¡Que me maten y me corten en pedazos —juró Xue Pan—, si vuelvo a actuar con tal locura!

Su madre le tapó la boca.

—Basta con que tomes decisiones sensatas en lugar de llenarte la boca con ese tipo de juramentos sangrientos —le reprendió—. Te quería mencionar a Xiangling; ella ha sufrido mucho desde que la hiciste tu concubina. Ahora tu esposa se ha quitado la vida, y a pesar de la pobreza que nos acosa no nos falta un tazón de arroz; sugiero, pues, que la hagas mi nuera. ¿Qué piensas tú?

Xue Pan asintió con un movimiento de cabeza.

—Justo y correcto —asintieron Baochai y los demás. Xiangling se puso roja y protestó:

—Seguiré sirviendo al señor de la misma forma. No hace falta cambiar mi situación.

Inmediatamente todos los presentes empezaron a llamarla joven señora, y nadie en la casa puso reparos.

Luego, Xue Pan fue a dar sus más profundos agradecimientos a la familia Jia, y con él fueron la tía Xue y Baochai. Cuando estuvieron todos reunidos charlaron un rato. En ese preciso momento llegó el mensajero de Jia Zheng y entregó la carta que llevaba, y anunció que el señor pronto llegaría al hogar familiar. La dama Wang hizo que Jia Lan leyera la carta, y en el relato que hacía referencia al encuentro con Baoyu, toda la familia lloró. Las más afectadas fueron la dama Wang, Baochai y Xiren. Comentaron el ruego expreso que hacía Jia Zheng de no llorar a Baoyu puesto que se trataba de un espíritu reencarnado.

Una dijo:

—Si hubiera sido un funcionario cuyo desgraciado destino fuera arruinar a toda su familia, habría sido mucho peor. Mejor haber criado a un futuro Buda que, gracias a las virtudes acumuladas en otras existencias del señor y la señora, vino a criarse en esta casa. Y hay que tener en cuenta los antecedentes: el señor Jing, de la mansión del Este, practicó la alquimia más de diez años y jamás pudo alcanzar la inmortalidad. ¡Es todavía más difícil convertirse en Buda! Se sentirá aliviada si lo mira de esta forma, señora.

La dama Wang le confió lacrimosamente a la tía Xue:

—No culpo a Baoyu por haberme abandonado; pero lo que más dolor me produce es el cruel destino de mi nuera. ¡Qué dureza de corazón ha demostrado abandonando a su mujer tras dos años escasos de matrimonio! —Y aquella observación encogió el corazón dolorido de la tía Xue.

En su llanto Baochai ignoró todo lo que sucedía en torno suyo; y como los hombres de la familia se habían retirado a sus aposentos, la dama Wang siguió hablando:

—Todos esos años me tuvo el alma en vilo. Pero entonces se casó y aprobó el concurso, y cuando me enteré del embarazo de Baochai, me sentí feliz. ¡De haber sabido que todo terminaría así no le hubiera buscado esposa y no hubiera arruinado la vida de tu hija!

—Ése era su destino —respondió la tía Xue—. ¿Qué otra cosa podían haber hecho familias como las nuestras? Por suerte está embarazada. Si da a luz a un varón, seguro que triunfará y el resultado de todo será feliz. Mira a tu nuera mayor, ahora Lan es un letrado Electo y el próximo año alcanzará el grado de graduado de Palacio[3], ¿no significa eso que seguirá una buena carrera de funcionario? Sus días de amargura han terminado y ahora saborea las mieles que recompensan, de algún modo, su bondad. Tú conoces el corazón de mi hija, hermana, no es cruel ni malintencionada, ni mezquina, ni frívola, y no debes apenarte por ella.

Convencida de la verdad de aquello, la dama Wang reflexionó: «Baochai siempre ha sido una criatura discreta y tranquila, poco dada a veleidades amorosas, y especialmente atraída por la sobriedad y la sencillez; por todo ello se encuentra en su actual situación. ¡No cabe duda de que la vida de cada cual está fijada! Aunque invadida por tanta amargura, conserva siempre la dignidad, e incluso viene a consolarme, es realmente excepcional. Y en cuanto a Baoyu, no puedo creer que el destino no le depare la mínima fortuna en este polvoriento mundo». Reconfortada por aquellas reflexiones, pasó a considerar el caso de Xiren y pensó: «En cuanto a las demás doncellas, podremos disponer de ellas sin dificultad; las mayores podemos casarlas y las más jóvenes pueden quedarse para atender a Baochai. ¿Pero qué haremos con Xiren?». Como había otras personas presentes, decidió discutirlo con la tía Xue al final del día.

Aquel día la tía Xue no volvió a casa, deseaba quedarse para aliviar la pena de su desconsolada hija. Pero Baochai mostró la lucidez de siempre y, tras mucho meditar, dijo que no debía quejarse, ya que Baoyu desde siempre había sido un ser único y que todo lo ocurrido estaba predestinado como consecuencia de sus avatares anteriores; Al oírla hablar con tanta sensatez, su madre se tranquilizó y fue a contarle a la dama Wang sus palabras.

La dama Wang movió la cabeza afirmativamente.

—¡Cómo alguien con tan poca virtud como yo ha merecido nuera tan buena! —suspiró, y volvió a sumirse en el dolor.

La tía Xue la estuvo consolando un buen rato, y, luego, abordó el tema de Xiren:

—Últimamente Xiren ha adelgazado en extremo de tanto pensar en Baoyu, y se pasa el tiempo sufriendo por él —dijo—. Si hubiera sido su esposa, debería permanecer en casa como viuda; como concubina debería expresar su voluntad de permanecer en casa o partir; pero en el caso de Xiren, su relación con Baoyu nunca fue explícita.

—Exacto —dijo la dama Wang—. Es precisamente lo que quería discutir contigo. Temo que si la despedimos se resistirá o se quitará la vida; y dudo que mi esposo acepte que permanezca en casa. Ése es el dilema.

—Estoy segura de que Jia Zheng jamás aceptará que se quede, precisamente porque desconoce su situación y la considera sólo una doncella, sin motivo para quedarse aquí. Lo mejor será llamar a alguien de su familia, e insistirles en que le encuentren un esposo respetable, y luego darle una generosa dote. Como es una chica sensata, y aún joven, comprenderá que no le ha servido en vano y que la has tratado con largueza, hermana. Yo mantendré una larga charla con ella para convencerla. Cuando mandes a buscar a su familia, no se lo hagas saber sino cuando le hayan arreglado un buen enlace, y nos hayamos asegurado de que la familia es solvente y el hombre respetable. Entonces la podremos despedir.

—Excelente idea. Si el señor hubiera dispuesto de ella sin más, nos hubiéramos arriesgado a provocar una nueva víctima.

La tía Xue asintió con la cabeza y después de conversar un rato más, se despidió de la dama Wang y fue a ver a Baochai. Encontró a Xiren con el rostro surcado de lágrimas e intentó consolarla con todo tipo de palabras amables. Después le hizo la propuesta, y como la bondadosa muchacha era sensata y dócil, aceptó todo lo que se le dijo.

—Cuánta bondad hay en usted al permitirse hablarle de ese modo a una criada, señora —dijo Xiren—. Sepa que jamás desobedeceré a mi señora.

La tía Xue se sintió todavía más aliviada, pues le pareció sumamente obediente y le gustó aún más. También Baochai se refirió a los grandes deberes en la vida, y entre ellas encontraron consuelo.

Pasados unos días, llegó a casa Jia Zheng y todos los hombres salieron a darle la bienvenida. A esas alturas ya habían vuelto Jia She y Jia Zhen, y el reencuentro les sirvió para intercambiar experiencias vividas desde la separación. Pero cuando las mujeres de la casa vieron a Jia Zheng, no pudieron evitar evocar a Baoyu, lo que despertó un sentimiento de tristeza general.

Jia Zheng les mando acabar con los llantos, y dijo a la dama Wang:

—Estaba predestinado. De ahora en adelante nosotros, los de fuera, manejaremos los asuntos domésticos con la ayuda de ustedes, las de adentro, y bajo ninguna circunstancia permitiremos que las cosas se salgan de cauce como en el pasado. Cada casa puede dedicarse a sus propios asuntos; no necesitamos un administrador general. Tú decidirás todo lo relativo a los aposentos interiores de nuestra familia.

Cuando la dama Wang le contó que Baochai se encontraba embarazada y sugirió despedir a las antiguas doncellas de Baoyu, él se limitó a asentir en silencio.

Al día siguiente Jia Zheng fue a la corte a preguntarles a los principales secretarios cómo creían ellos que debía expresar su gratitud por el favor imperial mientras seguía de duelo. Éstos se presentaron ante el emperador en su nombre, y en su gran bondad el soberano le concedió una audiencia. Cuando Jia Zheng hubo expresado su agradecimiento y recibido diversas instrucciones, el emperador preguntó qué había sido de Baoyu y se maravilló al escuchar el relato que le hizo Jia Zheng.

El emperador decretó verbalmente:

—La brillantez de las composiciones de Baoyu ha de deberse a su condición de inmortal. De haber estado en la corte, hubiéramos podido promoverlo. Como ahora él ya no aceptaría un título nobiliario, se le investirá con el de «Inmortal del Genio Literario».

Jia Zheng hizo un koutou de agradecimiento y se retiró. En casa le dieron la bienvenida Jia Lian y Jia Zhen. La casa entera se alegró al hacerse eco del Decreto Imperial.

Jia Zhen declaró:

—La mansión Ning ya está limpia y ordenada, con su permiso nos trasladaremos allí. La hermana Xichun puede utilizar el convento del Enrejado Verde que se encuentra en el jardín, para sus rezos.

Jia Zheng no hizo más comentarios, pero tras una pausa les pidió que se esforzaran por merecer el favor imperial.

Entonces Jia Lian aprovechó para anunciar que sus padres estaban dispuestos a casar a Qiaojie con la familia Zhou. Jia Zheng, que había sido informado la noche anterior de todo lo que le había sucedido a la niña, dijo:

—Se trata de una decisión del señor mayor y de la señora mayor. No debemos despreciar a la gente del campo, siempre y cuando sea gente honrada, y cuyo hijo sea estudioso y pueda progresar. ¿Acaso todos los funcionarios de la corte son originarios de la ciudad?

—No, señor —coincidió Jia Lian—, pero como mi padre se siente viejo y sufre de asma crónica, desea vivir tranquilo unos años más, y ruega que usted se encargue de todo.

—También a mí me gustaría vivir retirado en el campo —respondió Jia Zheng—, pero aún no he merecido la bondad de nuestro soberano.

Dicho lo cual, se retiró a las habitaciones interiores.

Jia Lian mandó llamar a la abuela Liu para decirle que el compromiso quedaba cerrado, después de lo cual la vieja visitó a la dama Wang para comunicarle que ahora lograrían la promoción oficial, el florecimiento de la familia y la prosperidad de todos sus hijos y nietos.

En eso una doncella anunció la llegada de la mujer de Hua Zifang, cuñada de Xiren, a la que la dama Wang le sonsacó que unos parientes habían propuesto un compromiso para Xiren con una cierta familia Jiang, del distrito sur de la ciudad, propietaria de mansiones, tierras y tiendas. El posible novio era unos años mayor, pero nunca antes había estado casado, y en cuanto a la apariencia no tenía rival.

La dama Wang asintió favorablemente, y respondió:

—Puedes darles nuestro beneplácito. Vuelve en unos días en busca de tu cuñada.

Mandó hacer averiguaciones, y una vez que se aseguró de que se ofrecía un buen matrimonio, informó a Baochai y le pidió a la tía Xue que le diera con mucho tacto la noticia a Xiren.

Xiren sintió una amargura intensa, pero no se atrevió a desobedecer. Recordó que aquel año en que Baoyu había ido a visitar a su familia, ella había jurado que moriría antes de ser conducida de vuelta a casa. «La señora está decidida —pensó—. Si pido quedarme dirán que soy una desvergonzada; ¡pero dejar este lugar va en contra de los deseos de mi corazón!» Empezó a sollozar de una forma difícil de explicar. Cuando la tía Xue y Baochai trataron de hacerla entrar en razón, ella reflexionó: «Si muero aquí, eso sería una mala retribución a la bondad de Su Señoría. Mejor será que muera en casa». Así que conteniendo su dolor, dijo adiós a todos, y partió con el corazón destrozado por tener que dejar a las demás doncellas.

En el carruaje todavía estaba decidida a acabar con su vida, y cuando regresó a su casa y vio a su hermano y a su cuñada, el llanto no la dejó hablar. Su hermano le fue presentando uno por uno los presentes matrimoniales enviados por la familia Jiang, así como la dote que él mismo había preparado, señalando los objetos que habían sido donados por la dama Wang y cuáles habían comprado ellos mismos, todo lo cual dejó totalmente sin habla a Xiren, Unos días pasaron y pensó: «Mi hermano lo ha organizado todo con mucha diligencia, ¿cómo voy a causarle dificultades al suicidarme en su casa?». Le dio mil vueltas a la cabeza, a izquierda y derecha todo eran dificultades, en su dilema el corazón se le partía, y así tuvo que soportarlo todo.

Llegó el día de recoger a la novia, y como ella no era de las que provocan alborotos, por mal que se sintiera, permitió que se la llevaran en el palanquín, posponiendo su decisión hasta su llegada. Pero una vez que cruzó el umbral se encontró con que los Jiang habían hecho escrupulosos preparativos siguiendo en todo la estricta etiqueta matrimonial, y apenas entró en la casa cuando las criadas se dirigieron a ella llamándola «señora». Hubiera querido morir en ese mismo momento, pero temió crearles problemas a quienes tan buenas intenciones habían mostrado. Aquella noche lloró y resistió los acercamientos de su esposo, y él muy tiernamente respetó sus deseos.

Al día siguiente, cuando fueron abiertos sus arcones y el novio vio su vieja faja escarlata, comprendió que se trataba de la doncella de Baoyu. Inicialmente creía que era una de las asistentes de la Anciana Dama, sin poder imaginar que se trataba de Xiren. En ese momento, Jiang Yuhan, confundido por el recuerdo de la pasada amistad de Baoyu, la trató más amablemente, mostrándole deliberadamente la faja verde claro que le había dado a cambio Baoyu. Sólo entonces comprendió Xiren que se trataba de Jiang Yuhan. Convencida de que su matrimonio estaba predestinado, ella le habló de sus más íntimas intenciones. A él le impresionó profundamente tanta lealtad, y le mostró todavía más consideración, hasta el punto de que Xiren no encontró ya un lugar para morir.

Ahora bien, honorables espectadores que me veis o me escucháis, aun cuando ciertas cosas estén predestinadas y no puedan evitarse, no sirve utilizar «nada pude hacer» para que el hijo indigno, el ministro apartado de su señor, el viudo leal o la viuda casta eludan lo debido. Por eso Xiren figuraba en el Tercer registro. Como dice el antiguo poema del templo de las Flores de Durazno:

Desde tiempos inmemoriales lo más difícil es morir;

¿Acaso sólo la dama de Xi[4] sintió el corazón roto?

Pero dejemos a Xiren bajo un nuevo cielo, sobre una nueva tierra, y volvamos a Jia Yucun, que había sido declarado culpable de cohecho y estafa, y condenado. La amnistía general le alcanzó pero se le ordenó volver a su ciudad natal, degradado a ciudadano común. Había enviado a su familia por delante, y estaba él mismo en camino con una carreta de equipaje y un sirviente, cuando cerca del Vado del Despertar, en el Paso del Torrente de la Rápida Inversión, vio a un monje taoísta que emergía de un cobertizo para saludarlo. Reconoció a su amigo Zhen Shiyin y rápidamente le devolvió el saludo.

—¿Desde nuestro último encuentro le ha ido la vida bien, venerable señor Jia? —preguntó Shiyin.

—¡Conque es usted, venerable maestro Zhen, el Inmortal! —respondió Yucun—. ¿Por qué la última vez que nos vimos se negó a reconocerme? Cuando me enteré de que el templó donde estaba ardió, fui presa de una tremenda inquietud. Ahora que tengo la suerte de volver a encontrarle, estoy seguro de que su virtud es todavía mayor. En cuanto a mí, necio entre los necios, mi estupidez me ha reducido a esto.

—La ultima vez que lo vi, usted era un alto funcionario de gran dignidad ¿cómo iba a pretender conocerlo un humilde sacerdote? Como viejo amigo, me atreví a darle unos cuantos consejos, que usted ignoró. Pero la riqueza y la pobreza, el éxito y el fracaso, están predestinados. ¡Es sorprendente que nos encontremos hoy aquí! Mi humilde santuario no está muy retirado. ¿Aceptaría conversar conmigo? —Yucun aceptó gustoso.

Entonces caminaron de la mano, seguidos por el sirviente con la carreta, hasta llegar a un santuario con techo de paja. Shiyin invitó a Yucun a tomar asiento, y un muchacho sirvió té.

Cuando Yucun le preguntó cómo había llegado a renunciar al mundo, Shiyin dijo sonriendo:

—En lo que dura un pensamiento el mundo cambió. Usted que viene de ambiente próspero, señor, ¿no recuerda la tierna existencia de un cierto Baoyu, que vivía rodeado de honores y lujo?

—¡Claro que sí! Recientemente se rumoreaba que también él había hecho votos budistas. Me lo encontré en varias ocasiones, y jamás pensé que tomaría tal decisión.

—¡En eso se equivocó usted! Yo preví tal desenlace antes de que ocurriera, y ya me lo había encontrado una vez cuando nosotros dos hablamos frente a la puerta de mi antigua casa en el pasaje de la Pura Bondad.

—¿Cómo puede ser? —exclamó sorprendido Yucun—. ¡Su respetable aldea dista mucho de la capital!

—Fue un encuentro de espíritus hace mucho tiempo.

—Entonces, venerable maestro, sin duda sabrá dónde se encuentra ahora.

—Baoyu es un «jade mágico». Antes de la confiscación de las mansiones Rong y Ning, el día en que Baoyu y Daiyu se separaron, ese jade ya había dejado el mundo de los humanos para huir de las calamidades y para completar su unión con Baochai. Aquel día terminó su vínculo con el polvoriento mundo; su forma y su esencia volvieron a unirse. Además, volvió a mostrar su origen divino al aprobar el concurso con honores y engendrar un vástago de noble destino, demostrando así que el jade era un tesoro templado por los extraordinarios poderes del cielo y de la tierra, y que no hay objeto ordinario con el que se pueda comparar. El bonzo del Espacio Infinito y el taoísta del Tiempo Interminable lo condujeron al mundo. Ahora que ha concluido su ciclo mortal, se lo han llevado de vuelta a su lugar de origen: eso es lo que ha sucedido con Baoyu.

Aunque apenas si entendía la mitad de lo que le relataba, Yucun asintió con la cabeza y dijo, maravillado:

—¡Conque eso era! Ignorante de mí, nada sabía. ¿Pero por qué, con un origen tan espiritual, Baoyu se dejaba llevar por las pasiones humanas para luego alcanzar la iluminación repentina? ¿Podría explicarme eso?

—Quizás le resulte difícil comprender todo lo ocurrido, señor. La Tierra de la Ilusión del Gran Vacío es la Tierra Afortunada de la Verdad Eterna. Al haber leído dos veces los registros, vio el comienzo y el final de todo lo que allí estaba expuesto con detalle. ¿Cómo no iba a comprender? Así como la planta inmortal había vuelto a su verdadera forma, ¿no debía ocurrir lo mismo con el Jade de las Comunicaciones Trascendentales?

Yucun estaba confundido, pero comprendió que se trataba de extremos divinos y no insistió en preguntar.

—Me ha hablado acerca de Baoyu —dijo—. Pero en nuestra humilde familia hay muchas damas; ¿cómo pues, incluida la consorte imperial, todas ellas han conocido destinos tan convencionales?

—Permítame, señor, expresarme con franqueza. Todas las damas nobles proceden del Cielo del Amor y del Mar de los Pecados. Desde tiempos inmemoriales, las muchachas no pueden cometer el delito del deseo, y deben evitar contaminarse por el amor. Es así como Cui Yingying y Su Xiaoxiao[5], siendo inmortales, se sintieron arrastradas por las pasiones del mundo polvoriento; Song Yu y Xiangru[6] fueron escritores de genio con obras perversas. ¡De quien se deja atrapar en la red del amor, vale más ignorar su final!

Yucun se acarició distraídamente la barba y suspiró:

—Me queda una pregunta más, Reverendo Inmortal: ¿Volverán a su antigua prosperidad las mansiones Ning y Rong?

—Es una ley inmutable el que los buenos sean favorecidos por la fortuna y los malos acosados por la calamidad. Ahora en esas dos mansiones los buenos acumulan virtudes, los malos se arrepienten de sus crímenes; y la orquídea y el laurel florecerán juntos[7], y las familias volverán al camino original. Es una ley natural.

Yucun agachó la cabeza, pensativo, y de pronto se echó a reír:

—¡Ya comprendo! Uno de sus hijos se llama Lan y ha aprobado el examen, así que ese vaticinio se ha cumplido. Pero hace un momento, Reverendo Inmortal, usted dijo: «La orquídea y el laurel florecerán juntos», y que Baoyu había engendrado un vástago de noble destino. ¿Acaso el niño que está en el vientre de su esposa llegará lejos como el divino alazán[8]?

—Se trata del futuro —dijo Shiyin con una sonrisa—. No conviene predecirlo.

Yucun tenía más preguntas, pero Shiyin no deseaba responderlas. Ordenó a su sirviente preparar comida e invitó a Yucun a compartirla. Después de comer, Yucun quiso preguntarle sobre su propio destino, cuando Shiyin le dijo:

—Descanse en mi humilde morada, todavía me quedan algunos asuntos de este mundo por arreglar y debo hacerlo hoy mismo —explicó.

—¿Qué asuntos mundanos puede tener todavía, Inmortal, usted, cuya vida está dedicada al cultivo de la virtud? —dijo Yucun sorprendido.

—Simplemente unos asuntos privados relativos al afecto paternal.

—¿Qué quiere decir, venerable maestro? —preguntó Yucun, todavía más perplejo.

—Usted ignora, señor, que mi hija Yinglian encontró desventura cuando niña. Cuando usted inició su carrera de funcionario juzgó un caso en el que ella estaba implicada. Hoy comparte el apellido Xue, pero un alumbramiento difícil dará fin a sus días. Deja tras de sí un hijo que continuará el linaje de los Xue para perpetuar el culto a los antepasados. Le ha llegado el momento de cortar todos los lazos con el mundo, debo guiar su espíritu. —Y se puso de pie sacudiendo sus mangas.

Yucun se sintió anonadado y se quedó dormido en aquel santuario de techo de paja junto al Vado del Despertar, en el Paso del Torrente de la Rápida Inversión, mientras Shiyin partía para guiar a Xiangling en la Tierra de la Ilusión del Gran Vacío, y escribir su nombre en el registro de la diosa del Desencanto. Al pasar bajo el arco, vio a un bonzo y un monje taoísta que se le acercaban flotando.

—¡Felicitaciones, Gran Maestro, Respetado Inmortal! —les dijo—. ¿Han terminado con las ataduras amorosas y con las formalidades del registro?

—No por completo —le respondieron—, pero nos hemos traído de vuelta ese estúpido objeto. Todavía tenemos que devolverlo a su lugar original para que se dé cuenta de su experiencia, y que no haya sido inútil nuestro descenso al mundo.

Shiyin saludó y se fue, y el bonzo y el monje llevaron el divino jade al Pico de la Cresta Azul y lo dejaron en el lugar donde Nüwa había fundido rocas para reparar la bóveda celeste. Hecho lo cual partieron cada cual por su lado sobre las nubes. A partir de ahora:

Un libro que no es de este mundo registra acontecimientos que no son de este mundo;

Un hombre que fue dos, vuelve a su unidad original.

La roca.

Gai Qi (edición de 1879).

Cierto día el taoísta inmortal reverendo Vanidad de Vanidades, que de nuevo volvía al Pico de la Cresta Azul, encontró aquella piedra que no había llegado a ser utilizada en la reparación del cielo, con la misma inscripción de antaño. Al volver a leerla cuidadosamente, descubrió que en el último poema aparecían añadidas algunas crónicas más, relativas al desenlace.

Asintió con la cabeza y suspiró: «La primera vez que leí esta extraña historia del Hermano Roca, me dije que debía permitirse que el mundo la conociera y en consecuencia la hice transcribir. Pero en aquel momento no leí cómo volvió a su forma y lugar de origen. Me pregunto cuándo se añadieron estas bellas palabras. Al parecer, cuando el Hermano Roca descansaba en la Tierra fue bruñido y descubrió la verdad, ¡ya no había nada que temer! Pero quizás, con el paso de los años, la inscripción pierda nitidez y provoque errores. Mejor será que vuelva a transcribirla y encuentre a alguien de este mundo con el tiempo disponible como para difundirla, para mostrar que lo extraordinario no es extraordinario, que la vulgaridad no es vulgar, que la verdad no es verdadera y que la falsedad no es falsa. Entonces tal vez “los hombres que sueñan en este polvoriento mundo, se despertarán con el canto del cuco en busca del camino de regreso, y los espíritus de las montañas convertidas en piedras, alzarán el vuelo para regresar”[9]».

Volvió a copiar la inscripción, se la metió en la manga y buscó en los ámbitos del esplendor y la riqueza; pero allí sólo encontró hombres ávidos por brillar en sus carreras oficiales o mendigos sin ropa ni alimento; nadie tenía tiempo ni ganas para escuchar la historia de la roca. Pero cuando llegó al santuario del Vado del Despertar, en el Paso del Torrente de la Rápida Inversión encontró a un hombre que dormía y supuso que él tendría el tiempo suficiente, y le dejó una copia de estas Memorias de una roca. El durmiente no despertaba aunque lo llamaron una y otra vez, pero cuando el reverendo Vanidad de Vanidades le tiró de la manga, abrió los ojos lentamente, tomó asiento y se puso a hojear el manuscrito antes de dejarlo.

—Sí, yo mismo he sido testigo de todos estos acontecimientos —dijo—. La relación que usted hace es bastante correcta. Le diré de alguien que pueda difundirla, para que así concluya este extraordinario caso.

Inmediatamente el reverendo Vanidad de Vanidades le preguntó en quién pensaba.

—Espere hasta tal año, tal mes, tal día y tal hora, y luego diríjase al pabellón del Luto por el Rojo donde encontrará a un cierto señor Cao Xueqin —fue la respuesta—. Simplemente dígale que Jia Yucun le ha encargado esta tarea. —Dicho lo cual se echó y volvió a dormirse.

El reverendo Vanidad de Vanidades no olvidó esas instrucciones y, después de quién sabe cuántos siglos y kalpas, encontró por fin el pabellón del Luto por el Rojo, donde el señor Cao Xueqin estaba leyendo una antigua historia. Le dio el mensaje de Jia Yucun y le entregó las Memorias de una roca.

Cao Xueqin se echó a reír:

—¡Realmente suena a palabras falsas y vulgares[10]!

—¿Cómo llegó a conocer a ese hombre, señor? —preguntó el reverendo Vanidad de Vanidades—. ¿Por qué está usted dispuesto a transmitir esta historia?

El señor Cao se rió otro poco:

—¡Lo llaman Vanidad de Vanidades, y no cabe duda de que está usted repleto de vanidad! Ésta es una historia ficticia, charlas vulgares. Siempre y cuando no contenga errores o contrasentidos perversos, servirá para pasar el rato con un par de amigos después del vino y la comida, o para disipar la soledad en cualquier noche lluviosa junto a la lámpara y frente a la ventana. No precisa ser avalada o promovida por aquellos caballeros llenos de dignidades. Buscarle una intención, como tú, sería como «marcar una señal en la barca para buscar la espada»[11] o «tocar una cítara con trastes encolados».

El reverendo Vanidad de Vanidades echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada; luego le arrojó el manuscrito y partió, diciéndole: «¡O sea que todo es pura palabrería, increíble! No conocemos ni al autor, ni al que transcribió, ni a los lectores. No es sino un entretenimiento de tinta y pincel, por simple placer».

Cuando más adelante la historia llegó a ser leída, alguien escribió cuatro versos para explicar mejor el propósito del autor:

Habla de dolor y de amargura,

más triste aún por sus vanas palabras.

De principio a fin, es todo un sueño,

pero riamos de la locura de los hombres.

Anexos

JARDÍN DE LA VISTA SUBLIME

1. Entrada principal.

2. Escondido sendero que conduce hasta un refugio solitario.

3. Compuerta de la Fragancia que Rezuma.

4. Quiosco de las Lágrimas de Esmeralda.

5. Patio Rojo y Alegre.

6. Refugio de Bambú.

7. Estudio del Frescor Otoñal.

8. Glorieta del Tibio Aroma.

9. Aldea de la Fragancia del Arroz.

10. Isla de las Trapas Moradas.

11. Convento de Cañas en la Nieve.

12. Pabellón de la Fragancia del Loto.

13. Parque de las Alpinias.

14. Palacio de Evocando la Gracia Imperial, Atenta al Deber.

15. Pabellón de la Vista Sublime, torre del Vario Esplendor y torre Fragante.

16. Refugio del Cristal Cóncavo.

17. Salón de la Esmeralda Convexa.

18. Convento del Enrejado Verde.

19. Puerta del Oeste.

LAS CUATRO GRANDES FAMILIAS DE «SUEÑO EN EL PABELLÓN ROJO»*

* El presente cuadro, en el que quedan reflejadas las distintas generaciones de las familias Jia, Shi, Wang y Xue, así como los nexos matrimoniales que las unen (indicados mediante líneas verticales discontinuas), ha sido elaborado sobre la base del realizado por Lu Xun en su Breve historia de la literatura china. El signo «x» indica los enlaces matrimoniales.

Notas

CAPÍTULO I

[1] Título primitivo de la obra. <<

[2] El nombre completo de este personaje se representa mediante tres ideogramas cuya combinación suministra dos sentidos: «Escribano Escondido» y «Ocultar los Verdaderos Hechos». <<

[3] El doble sentido de la combinación de los tres ideogramas que componen el nombre de este personaje es el siguiente: «Pueblo Bajo la Lluvia» y «Con Palabras Falsas y Vulgares». Su nombre «social» o «de cortesía» (marca de respeto muy utilizada en la China clásica), es Shifei, que significa «Volar en el Momento Oportuno». <<

[4] Según la mitología china, en la remota antigüedad se quebraron los cuatro pilares que sostenían el cielo, y el territorio en el que vivían los hombres se alteró. El cielo no cubría la tierra ni ésta podía ya sostenerlo. El fuego se extendió por doquier, las aguas se alborotaron y se elevaron en olas inmensas. Los animales feroces devoraban a la buena gente y las aves rapaces atrapaban a los ancianos y a los débiles. Entonces Nüwa fundió las piedras de los cinco colores para recomponer el cielo, cortó las patas de la tortuga para apuntalar los pilares, y apiló cenizas de carrizo para contener las inundaciones. <<

[5] Un zhang equivale aproximadamente a 3,3 metros. <<

[6] Kalpa es un término sánscrito del budismo. Significa cada uno de los ciclos de destrucción y renovación del mundo. <<

[7] En la antigua vestimenta china, especialmente en la de los monjes, las mangas eran muy anchas y estaban provistas en su interior de bolsillos en los que se solían guardar pequeños objetos (pañuelos, abanicos, dinero, etc.). <<

[8] Dao (o Tao) significa «la Vía», es decir, el origen y la ley que rige el movimiento de todas las cosas del universo. Es el principio indefinible que rige el funcionamiento ordenado del universo; su ambigüedad lo convierte en el concepto fundacional de los diversos planteamientos filosóficos y religiosos en China. <<

[9] Ban Zhao y Cai Yan: historiadora y poetisa, respectivamente, de la dinastía Han famosas por su erudición. <<

[10] Dinastía Han: 206 a. C.-220 d. C. Dinastía Tang: 618-907 d. C. <<

[11] Alude a escritos de contenido pornográfico. <<

[12] Cao Zijian (192-232) es el nombre social o de cortesía de Cao Zhi, el príncipe poeta de Wei, en el período de los Tres Reinos (220-265).

Zhuo Wenjun, muerta en el siglo I a. C., era la esposa del poeta Sima Xiangru. Era célebre el amor entre ambos esposos.

Hongniang, doncella de Historia del ala oeste (drama del siglo XIII), era la mensajera entre su joven dueña y su enamorado.

Xiaoyu era una cortesana del siglo VIII que mantuvo un famoso y apasionado idilio con el joven letrado Liyi. Abandonada por éste, murió de pena. <<

[13] Se trata de la concepción budista del mundo. El budismo, una de las «tres vías» de la China imperial (las otras dos son el confucianismo y el taoísmo), a China procedente de la India en el siglo I d. C. y enraizó profundamente en la cultura hasta convertirse en la creencia más popular. <<

[14] Este de la provincia de Shandong. <<

[15] Jinling, «Colina de Oro»: uno de los antiguos nombres de Nankín. <<

[16] Gusu, la actual Suzhou. <<

[17] Un li equivale aproximadamente a 500 metros. <<

[18] Las «Tres Encarnaciones» a las que se refiere el texto son la vida pasada, presente y futura. <<

[19] Son varias las claves encerradas en este poema. Por un lado, el «nenúfar» se refiere a Xiangling, nombre futuro de Yinglian. Por otra parte, «nieve» en chino se pronuncia como Xue, que es el apellido de Xue Pan, personaje del cual será concubina la hija de Zhen Shiyin. Por último, las flores en la nieve son símbolo de mala suerte. Los dos últimos versos predicen el incendio que tendrá lugar durante la fiesta de los Faroles. Ya desde el primer capítulo, Cao Xueqin da continuas pistas sobre el desarrollo posterior de la historia. <<

[20] El monte de Beimang es el cementerio situado al norte de la ciudad de Luoyang, en la provincia de Henan, célebre por las tumbas que contienen los restos de grandes personajes desde el año 35 d. C., fecha en que tuvo lugar el primer enterramiento, que correspondió al príncipe Liu Zhi, de la dinastía Han. <<

[21] Huzhou es el nombre de una antigua prefectura en el actual distrito de Wuxing, en la provincia de Zhejiang. Es un homófono de la palabra «disparate». <<

[22] La noche del quince de agosto del calendario lunar chino todos los miembros de la familia se reúnen para contemplar juntos la luna llena, símbolo de la unión familiar. <<

[23] El «jade del cofre» es el símbolo del hombre de valía aún sin conocer. El «alfiler del joyero» representa a las bellas muchachas que aspiran a un matrimonio ventajoso. Según la leyenda, en los tiempos del emperador Wudi, de la dinastía Han, una diosa guardó en su joyero un alfiler de jade. En tiempos de Zhao Di el joyero fue abierto subrepticiamente, y en ese momento salió volando una golondrina blanca de su interior. Es una metáfora de la elección del momento adecuado para actuar con efectividad. <<

[24] Los números desempeñaban un papel importante en la vida cotidiana de la China antigua. Los días 3, 6 y 9, o aquellos cuyas cifras terminan en alguno de esos tres dígitos, eran considerados favorables para emprender viajes. <<

[25] Para ir desde Suzhou a Pekín, sede de la corte imperial, era preciso dirigirse hacia el norte; sin embargo, el autor evita situar allí la acción llamando Chang’an a la capital (véase la nota 4 del capítulo VI). El autor utiliza este recurso para evitar represalias de la dinastía reinante. <<

[26] Primera vigilia: desde las siete de la tarde hasta las nueve de la noche.

Segunda vigilia: desde las nueve hasta las once.

Tercera vigilia: desde las once de la noche hasta la una de la madrugada.

Cuarta vigilia: desde la una hasta las tres de la madrugada.

Quinta vigilia: desde las tres de la madrugada hasta las cinco de la mañana. <<

[27] Se daba el nombre de «Barrio Rojo» o «Callejón de las Flores» al lugar donde se encontraban las casas de prostitución. <<

[28] El color de la túnica, vestido de funcionarios, variaba según el rango de su poseedor. Durante la dinastía Tang, los príncipes y funcionarios del Tercer Grado usaban túnicas de color morado. <<

CAPÍTULO II

[1] «Graduado de Palacio» era el grado más alto que se podía alcanzar en el sistema de oposiciones que perduró en la antigua China, con diversas variaciones a lo largo del tiempo, desde el principio de la dinastía Tang (618-907) hasta el final de la dinastía Qing (1644-1911). El candidato que aprobaba el examen subprefectoral era nombrado Tongsheng, es decir, alumno aspirante. Una vez aprobado el examen prefectoral ascendía al rango de Xiucai, bachiller, «Talento en flor». Juren, «letrado Electo», era el título que se obtenía al superar el examen provincial. Y el rango de Gongsheng, «graduado Presentado», se alcanzaba al aprobar el concurso general de la capital. Finalmente, ante el Hijo del Cielo (el emperador) se celebraba el concurso imperial. Los aspirantes que lo superaban recibían el grado de Jinshi, «graduado de Palacio». <<

[2] Yangzhou: antigua prefectura, actual municipio en la provincia de Jiangsu. <<

[3] Se considera que cualquier niño, al nacer, tiene ya un año de edad. <<

[4] Mansión Rongguo: «Mansión de la Gloria del Estado». <<

[5] La ciudad de Nankín, antiguamente llamada Jiankang y Jinling, capital durante las Seis Dinastías: Wu, Jin del Este, Song, Qi, Liang y Chen. <<

[6] «Ciudad de Piedra» es otro nombre dado a Nankín. <<

[7] Mansión Ningguo: «Mansión de la Paz del Estado». <<

[8] Baoyu: «Jade Precioso». <<

[9] Yao y Shun fueron los legendarios reyes sabios de la antigua China; Yu fue el fundador de la dinastía Xia (ss. XXI-XVI a. C.); Tang fundó la dinastía Shang (ss. XVI-XI a. C.); el rey Wen y el rey Wu fundaron la dinastía Zhou del Oeste (s. XI-771 a. C.); el duque de Zhou y el duque de Zhao fueron estadistas del primer período Zhou; Dong Zhongshu (179-104 a. C.) fue un filósofo confuciano de la dinastía Han; Han Yu (768-824) fue un escritor de la dinastía Tang; Zhou Dunyi, los hermanos Cheng y Zhu Xi fueron neoconfucianos de la dinastía Song del Norte (960-1127), y Zhang Zai (1020-1077) fue un filósofo de Song del Norte. <<

[10] Chi You, jefe de un clan, se rebeló contra el Soberano Amarillo (Huangdi), que lo mató en la batalla de Zhuolu, en el actual Hebei; Gong Gong, una figura legendaria, fue considerado como un rebelde por los últimos gobernantes de las dinastías Xia y Shang; Qin Shi Huang (259-210 a. C.) fue el fundador y primer emperador de la dinastía Qin; Wang Mang usurpó el poder hacia finales de la dinastía Han del Oeste; Cao Cao (155-220) fue un poeta, estadista y estratega militar del período de los Tres Reinos, nombrado postumamente emperador Wu, de Wei; Huan Wen (312-373) fue un general de Jin del Este; An Lushan fue un general rebelde bajo la dinastía Tang, y Qin Hui fue un primer ministro corrupto bajo la dinastía Song del Sur (1127-1279). <<

[11] Xu You fue un ermitaño legendario; Tao Qian (365-427), poeta de Jin del Este que renunció a una carrera oficial para llevar una vida retirada; Ruan Ji, Ji Kang y Liu Ling fueron extravagantes poetas del siglo III; las familias Wang y Xie, nobles de la dinastía Jin del Este (317-420); Gu Hutou, famoso pintor de Jin del Este; Chen Shubao fue el último gobernante de la dinastía Chen (557-589); Minghuang (685-762), emperador de la dinastía Tang; Huizong (1082-1135), emperador, pintor y calígrafo de Song del Norte; Wen Feiqing, poeta de los últimos tiempos de la dinastía Tang; Mi Nangong (1051-1107), pintor de la dinastía Song; Shi Manqing, poeta Song; Liu Qiqing, poeta Song; Qin Shaoyou, poeta de la misma dinastía, autor de numerosos poemas de amor. <<

[12] Ni Yulin fue un letrado y pintor de la dinastía Yuan; Tang Bohu, pintor y poeta de la dinastía Ming, especialmente celebrado por sus pinturas de hermosas mujeres; Zhu Zhishan, letrado y calígrafo de la dinastía Ming. <<

[13] Li Guinian, músico de la dinastía Tang; Huang Fanchuo, famoso actor de la misma dinastía; Jing Xinmo, actor del siglo X; Hongfu, la bella criada que se casó con Li Jing, duque de inicios de la dinastía Tang; Xue Tao, una poetisa Tang; Cui Yingying, protagonista de Historia del ala oeste; Zhaoyun, concubina del poeta Su Dongpo, de la dinastía Song. <<

[14] Yuanchun, «Inicio de la Primavera», es la hermana mayor de Baoyu. Concubina del emperador. <<

[15] Yingchun, «Bienvenida a la Primavera». Prima de Baoyu. <<

[16] Tanchun, «Búsqueda de la Primavera». Hija de Jia Zheng, padre de Baoyu, y de una concubina. <<

[17] Xichun, «Aprecio de la Primavera». Prima de Baoyu. La combinación de los primeros caracteres de los cuatro nombres de las muchachas Primavera (Yuan, Ying, Tan, Xi) ofrece otro sentido: «Destinadas a suspirar de pena». <<

[18] El Año Nuevo según el calendario lunar chino. <<

[19] El nombre de los padres era tabú en la antigua China, y debía ser usado de forma alterada. <<

CAPÍTULO III

[1] Yingtian, otro nombre para Nankín. <<

[2] Koutou: saludo de homenaje que se realiza postrándose de rodillas de manera que la frente toca el suelo. <<

[3] Kang: cama de ladrillos que se calentaba por debajo durante él invierno mediante algún tipo de estufa. Ocupaba todo el ancho de la habitación, y se situaba bajo las ventanas. Todavía se suele utilizar en el campo. <<

[4] Ruzhou es una antigua prefectura que corresponde al actual distrito de Linru, en la provincia de Henan. Allí se encontraba una famosa fábrica de porcelana durante la dinastía Song (920-1276). <<

[5] Mediante el rito que consistía en enjuagarse la boca con el primer té se preparaba el gusto para paladear el segundo, considerado siempre el mejor. <<

[6] Los Cuatro Libros: se refiere al Lun Yu («Analectas» de Confucio), Mencio, Da Xue («El Gran Estudio») y Zhong Yong («El Invariable Medio»), cuyas lecturas reunidas y comentadas por Zhuxi hacia 1189 eran obligatorias para prosperar en el sistema de oposiciones durante las dinastías Yuan (1279-1368), Ming (1368-1644) y Qing (1644-1911). <<

[7] Bi Gan: príncipe de finales de la dinastía Shang (1766 a. C.-112 a. C.), célebre por su inteligencia. Su sobrino, el rey Zhou de los Yin, cansado de las críticas y consejos de su tío, ordenó que le abrieran el pecho para comprobar si su corazón tenía las siete aperturas de los Sabios. <<

[8] Xi Shi: «La belleza del Oeste» o «la de las Cejas Fruncidas», belleza legendaria de la época de Primavera y Otoño (770 a. C.-470 a. C.). Según Zhuangzi, cuando le dolía el corazón fruncía sus cejas, lo que no hacía sino acrecentar su belleza. <<

[9] Pin-pin: «Cejas fruncidas». <<

[10] Lit. «armario de seda verde». Se trata de un apartado, dentro del cuarto, cerrado por delante con una gasa de color. Era, pues, un pequeño dormitorio. <<

[11] Hua: «Flor». <<

[12] Xiren: la combinación de los dos ideogramas que componen este nombre significa «Atrapahombres». <<

CAPÍTULO IV

[1] Gongcai significa «Costurera de Palacio». <<

[2] Jia, apellido de los duques Rongguo y Ningguo y de toda su familia, se pronuncia exactamente igual que el carácter que significa «falso», aquí traducido como «bisutería». <<

[3] Famoso palacio edificado en 212 a. C. por el primer emperador de la dinastía Qin (221 a. C.-206 a. C.). <<

[4] Apellido de la Anciana Dama Jia. <<

[5] Xue se pronuncia de la misma manera que el carácter que significa «nieve». <<

[6] El nombre del rival de Xue Pan suena igual que los dos caracteres que significan «Toparse con la Injusticia». <<

[7] En su origen, este procedimiento jurídico consistía en mantener suspendida sobre una bandeja cubierta de arena una zaranda cuya base estaba dotada de una punta. El espíritu consultado animaba la zaranda, y la punta grababa las respuestas sobre la arena. Más adelante una tablilla de madera sustituyó a la zaranda. <<

[8] El weiqi es el juego introducido por los japoneses en Europa con el nombre de Go. Cada jugador inicia la partida con ciento ochenta fichas blancas o negras, que debe situar simultáneamente en el tablero hasta conseguir rodear al adversario y aniquilarlo. <<

CAPÍTULO V

[1] Véase la nota 12 del capítulo II. <<

[2] Qin Guan (1049-1100), poeta de la dinastía Song, también se llamaba Qin Shaoyou. Véase la nota 11 del capítulo II. <<

[3] Wu Zetian (624-705), emperadora de la dinastía Tang, única mujer que ostentó esa autoridad en la historia de China. Tomó el poder tras la muerte del emperador y, según los historiadores confucianos, lo mantuvo con crueldad durante veinte años. <<

[4] Cortesana de célebre belleza. Supuso un escándalo que fuese presentada como emperatriz por el emperador Chengdi de los Han, en 16 a. C. Cuando murió su hijo, el emperador Aidi (7 a. C.-1 a. C.), fue destituida de todos sus títulos y honores, y finalmente se suicidó. <<

[5] Nombre propio de Yang Yuhuan, concubina favorita del emperador Xuanzong de la dinastía Tang, que fue destronado por el general An Lushan, que a su vez había sido tomado como hijo adoptivo por la concubina imperial, con quien mantenía relaciones amorosas. La mandó ejecutar en el año 756 para aplacar un motín de su guardia. De este suceso procede la leyenda del membrillo que habría herido el seno de la favorita Yang Yuhuan, también conocida como Yang Guifei. <<

[6] Hija del emperador Wudi de los Song del Sur que reinó de 420 a 422. <<

[7] Hija predilecta del emperador Yizong de los Tang. <<

[8] Xi Shi es la Bella de los Shi del Oeste. Según la leyenda, solía lavar sus vestidos de seda en el río Ruoye, en la provincia de Zhejiang. Véase la nota 8 del capítulo III. <<

[9] Célebre personaje de Historia del ala oeste. Cuando acompañaba a su joven dueña a sus citas amorosas acostumbraba a llevar la almohada y las mantas a la casa del amante. <<

[10] Wang Qiang: más conocida por su nombre de cortesía, Wang Zhaojun. El emperador Yuandi, de los Han, la entregó al gran khan de los hunos en el 33 a. C. Su belleza e infortunio han servido de inspiración a través del tiempo a numerosos poetas y dramaturgos. <<

[11] Las nubes oscuras, la niebla espesa y los versos que siguen anuncian ya la muerte prematura de la doncella Qingwen («Nubes en un espléndido Cielo»). <<

[12] Se trata de Xiren, «Atrapahombres». Su apellido original, Hua, consta de un carácter que significa «flor». Estos versos anuncian su boda con el actor Jiang Yuhan (Jiang, «Estuche de Jade»). <<

[13] Se trata del destino fatal y el infortunio que sobreviene a la hija de Zhen Shiyin, Yinglian, «Encanto de Loto», llamada posteriormente Xiangling, «Perfume de Nenúfar». Primero fue raptada de niña, más tarde fue comprada como concubina por Xue Pan, cuya primera esposa la maltratará hasta provocar su muerte. El nombre de la primera esposa de Xue Pan es Jingui, «Osmanto Dorado», que se representa en chino mediante un ideograma que figura un Árbol y dos Terrenos. Ésta es la idea original de Cao Xueqin, que ya desde el capítulo V traza el destino de sus personajes. Sin embargo, no será el destino que augura este poema para Yinglian el que lleve a cabo Gao E, continuador de la obra tras la muerte de Xueqin. <<

[14] Cuando Leyang, de la dinastía de los Han del Este, regresó a su casa pretendiendo dejar sus estudios, su esposa cortó los hilos del telar como signo de que no debía abandonar su aprendizaje. Este verso se refiere a Baochai.

La sobrina de Xiean, célebre letrado y general (320-385) de la dinastía Jin del Este, era una mujer famosa por su inteligencia. Se refiere a Daiyu.

Las imágenes compuestas por dos árboles y un cinturón de jade hacen referencia a Lin Daiyu. El carácter Lin representa el Bosque con dos árboles. Por otra parte su nombre generacional está formado por un primer carácter Dai, que significa «Cinturón» y un segundo, Yu, «Jade».

La «horquilla dorada en la nieve» alude a Xue Baochai, «Horquilla Preciosa». <<

[15] El arco y la cidra se refieren a Yuanchun, «Inicio de la Primavera», la mayor de las muchachas Primavera, que más tarde se convertirá en concubina del emperador. En estos versos se encierran las claves de su destino. Durante su estancia en la corte allanará cualquier dificultad que pueda surgir en el seno de la familia Jia. Por otro lado se anuncia ya su muerte como consecuencia del encuentro del Rinoceronte y el Tigre, que significa la lucha entre distintas facciones del Palacio Imperial. <<

[16] La cometa y el barco anuncian el largo viaje emprendido por Jia Tanchun (Jia, «Búsqueda de la Primavera»), con ocasión de su boda. Tampoco el destino planeado por Xueqin para este personaje corresponde con el que finalmente escribió Gao E. <<

[17] Las nubes y la corriente de agua sugieren el nombre de Shi Xiangyun (Shi, «Bruma del Río»). Se trata de su felicidad en un matrimonio que durará muy poco por la muerte prematura del esposo. <<

[18] Se trata de la joven abadesa Miaoyu («Jade Místico»), víctima de un bandido tras ser raptada. <<

[19] La imagen del lobo se refiere a la desgracia matrimonial de Jia Yingchun (Jia, «Bienvenida a la Primavera»). Morirá al poco tiempo de la boda, a consecuencia de los malos tratos infligidos por su marido. El lobo se refiere también a aquella leyenda según la cual un hombre habría protegido de los cazadores a un lobo escondiéndolo en un saco. Cuando los cazadores se marcharon, abrió el saco y el lobo saltó sobre su protector devorándolo.

En cuanto al mijo amarillo se trata de una alusión a una leyenda taoísta. Un joven se encuentra con un monje taoísta en un albergue. Ambos piden que les sirvan un plato de mijo amarillo. Cansado, el joven se duerme apoyado en el cojín que le había prestado el monje. En sueños vive toda una existencia; sin embargo, al despertar, el mijo amarillo apenas está cocido. Con el sueño comprenderá la vanidad de este mundo y se dedicará a partir de entonces a la práctica del Dao. Aquí el mijo amarillo es sinónimo de sueño o muerte. <<

[20] La muchacha solitaria sentada bajo la estatua de Buda alude a Jia Xichun (Jia, «Añoranza de la Primavera»), que se convertirá en monja budista tras comprender la vanidad de las vicisitudes sufridas por las otras tres muchachas Primavera. <<

[21] El fénix predice las desgracias de Wang Xifeng («Magnífico Fénix»), y su muerte trágica. <<

[22] La muchacha hilando en una humilde cabaña anuncia la huida de Qiaojie («Hermana Coincidencia»), hija de Xifeng, cuando conoce el proyecto de venderla como concubina a un príncipe mongol. Al escapar encuentra refugio en casa de la abuela Liu, a la que su madre había ayudado en el pasado. <<

[23] El carácter que representa la orquídea hace referencia a Jia Lan (Jia «Orquídea»), y los versos siguientes anuncian el porvenir brillante del personaje al ser admitido a presentarse al concurso oficial. Este poema se dedica a Li Wan, madre de Jia Lan. <<

[24] Con estos versos se sugiere el suicidio de Qin Keqing, esposa de Jia Rong. La joven esposa se ahorcará, como en realidad ocurrió en la familia del autor de la novela. Algún pariente o familiar le aconsejó hacer una modificación en el sentido de que no figurase este acontecimiento en su obra; lo convirtió entonces en una muerte por enfermedad (véase la nota 4 del capítulo XIII). <<

[25] Cuando las bordadoras cambiaban de hilo lo solían cortar con los dientes y luego escupían el que se les había quedado en la boca. <<

[26] Este poema, a través del amor permanente de Baoyu por Daiyu, y de su recuerdo, describe la soledad y el sufrimiento de Baochai después de su casamiento. La alusión al oro y al jade se refiere a Baochai y Baoyu. «La planta y la piedra» se refiere a Daiyu («Planta de Perlas Bermejas») y a Baoyu («Emisario Shenying»). Ya sabemos que «nieve» en chino suena como el apellido de Baochai (Xue), y «bosque» como el de Daiyu (Lin). <<

[27] Se refiere a Lin Daiyu, apenada por el amor desgraciado con Jia Baoyu. <<

[28] Según la doctrina taoísta, tras la muerte de un ser humano sus Tres Almas descienden al país de las Fuentes Amarillas, donde el sol las retiene. Por otra parte el poema es una advertencia que la concubina del emperador intenta enviar a su familia. Tras su muerte las desgracias se multiplicarán en el seno de la familia Jia. <<

[29] Versos dedicados a Jia Tanchun (Jia, «Búsqueda de la Primavera»). <<

[30] Alusión a la prima Shi Xiangyun (Shi, «Bruma del Río»). <<

[31] Alusión a la joven abadesa Miaoyu. <<

[32] Se trata del triste final de Jia Yingchun. <<

[33] Se refiere a la dedicación de Jia Xichun a los menesteres religiosos. <<

[34] Alusión a Wang Xifeng. <<

[35] Alusión a Qiaojie, hija de Xifeng. <<

[36] Se trata de Li Wan y su hijo Jia Lan. <<

[37] Alusión a Qin Keqing. <<

[38] La hermana menor de la diosa del Desencanto lleva el mismo nombre infantil que Qin Keqing, y su nombre, Jianmei, que quiere decir «Doble Belleza», se refiere a que ella tenía al mismo tiempo la belleza de Baochai y Daiyu. <<

CAPÍTULO VI

[1] Referencia al encuentro entre el rey Xiang de Chu con la diosa del Monte de las Hechiceras descrito en un poema de Song Yu (s. III a. C.). Cuando se despedían los amantes, en recuerdo de su noche de pasión, ella le dijo: «Soy nube del alba cuando amanece, y lluvia que cae al atardecer». Desde entonces la expresión «nube y lluvia» hace referencia al intercambio sexual. <<

[2] Longyan («Ojos de Dragón»): fruta parecida al lichi, pero de cáscara lisa. <<

[3] Un mu equivale a 660 metros cuadrados. <<

[4] Antigua capital de los Han y de los Tang, actualmente municipio de Xi’an, en la provincia de Shanxi. Sin embargo, en el texto se refiere a la capital de los Qing, Pekín. El autor utiliza este recurso para evitar posibles represalias por parte de la dinastía reinante, que residía en Pekín. <<

[5] Xifeng recibió este nombre masculino por haber sido educada como un chico. <<

CAPÍTULO VII

[1] Según la leyenda, en el Mar del Este existen tres montañas (Penglai, Fangzhang y Yingzhou), en donde los inmortales guardan medicinas para la longevidad. <<

[2] Se trata, según el calendario chino, de la segunda de las veinticuatro quincenas del año. Cada una representa teóricamente un cambio meteorológico. Tiene mucho que ver con las actividades agrícolas. Idéntico es el caso del día del Rocío Blanco, el de la Caída de la Escarcha, etcétera. <<

[3] «Arrastrarse entre cenizas»: expresión popular para referirse a las relaciones ilícitas entre suegro y nuera. <<

CAPÍTULO VIII

[1] Gesto de saludo de los mandarines. <<

[2] Doufang: «Caracteres Grandes». <<

CAPÍTULO IX

[1] Los versos originales deben ser «You, you, braman los venados / comen la hierba del campo». Li Giji se equivoca al recitarlos, de manera que el segundo verso, invención suya, provoca la hilaridad de los presentes. <<

[2] «Quitar ramas del laurel en el palacio de la Luna»: esta imagen representa el éxito en los concursos. Dicen que la luna está habitada por un sapo con tres patas que habría bebido la droga de inmortalidad que el arquero Yi, su marido, había recibido de la diosa del Paraíso Occidental. La leyenda habla de un laurel milagroso que con el paso del tiempo se convirtió en el símbolo de los honores tras el éxito en las oposiciones. <<

[3] Es una manera de expresar respeto o pedir perdón. <<

[4] El autor imita a los antiguos «cuentacuentos» (Shuo Shu Ren) que transmitían oralmente las obras clásicas en lugares públicos. Solían recitar de memoria un capítulo diario, y, al terminar, llamaban a su auditorio a seguir el hilo de la narración mediante la fórmula que en éste y otros capítulos, con más o menos variaciones, utiliza Cao Xueqin. <<

CAPÍTULO X

[1] En todos los nombres de la misma generación (Jia Huan, Jia Lian, Jia Huang, Jia Zhen, etc.), aparece adosado un ideograma que significa «jade» para señalar su pertenencia a esa generación familiar. <<

[2] Tomar el pulso es uno de los recursos de los médicos chinos. Según la pulsación arterial detectada en diversas partes de la muñeca se pueden determinar las características de una enfermedad. Se utilizan para ello tres dedos: índice, medio y anular. Se denomina Guan a la parte de la muñeca sobre la que se apoya el dedo medio; Cun es la parte más cercana a la mano, y Chi la más cercana al codo. Los pulsos de las seis partes (tres en cada muñeca) reflejan anomalías en distintas vísceras; así, en la muñeca izquierda, el Cun corresponde al corazón, el Guan al hígado y el Chi al riñón de la izquierda; en la muñeca derecha, el Cun corresponde a los pulmones, el Guan al estómago y al bazo, y el Chi al riñón derecho (llamado Mingmen). Los médicos chinos relacionan también las vísceras con los cinco elementos de la Naturaleza (Wu Xing): el hígado pertenece a la Madera, el corazón al Fuego, el bazo a la Tierra, los pulmones al Metal y los riñones al Agua. Esos cinco elementos pueden influir unos sobre otros; por ejemplo, la Madera (o el árbol) daña la Tierra; es decir, un hígado enfermo afecta la función del estómago y el bazo. <<

CAPÍTULO XI

[1] Río de la provincia de Zhejiang, lugar donde, según la leyenda, la bella Xi Shi lavaba el crespón de seda. Véanse las notas 8 del capítulo III y 8 del capítulo V. <<

[2] Montaña de Zhejiang habitada por inmortales. <<

[3] Un acto de El pabellón de las peonías de Tang Xianzu (1550-1616). <<

[4] Un acto de El palacio de la Eterna Juventud, de Hong Sheng (1645-1704). <<

CAPÍTULO XIII

[1] En China se divide la primavera en tres partes. Aquí se hace referencia a las tres hermanas mayores de Xichun. <<

[2] Se trata de un instrumento en forma de nube que se instalaba en las puertas de las mansiones. Con él se convocaba a los miembros de la familia: si se daban tres golpes llegaban buenas noticias; cuatro anunciaban una defunción. <<

[3] Aunque en chino se pronuncia igual, no se trata del suegro de Keqing, sino de su sobrino. <<

[4] Según el poema que se dedica a Keqing en el capítulo V, ella murió suicidándose (véase la nota 24 del capítulo V). En efecto, el título original de este capítulo rezaba: «En el pabellón de la Fragancia Celestial, Qin Keqing se suicida avergonzada por la lujuria…». El título se refiere a las relaciones que Keqing mantendría con su suegro, Jia Zhen; el suicidio se produciría a raíz de ser sorprendidos ambos por las doncellas Ruizhu y Baozhu. <<

CAPÍTULO XIV

[1] El día elegido para celebrar los ritos budistas más solemnes es importante, puesto que han pasado (5 x 7) treinta y cinco días desde el fallecimiento de Keqing, de un total de (7 x 7) cuarenta y nueve que durarán las exequias. Ese día se abre la tierra para que el alma pueda salir del infierno, y como se trata de un lugar que se encuentra en la más completa oscuridad, se ilumina el camino a la muerta. <<

[2] Las tres más excelsas manifestaciones del taoísmo. Se refiere a El Venerable Celeste del Comienzo Original (Yuan Shi Tian Zun), El Venerable Celeste del Alma Sobrehumana (Ling Bao Tian Zun) y Tai Shang Lao Jun (título honorífico de Laozi). <<

CAPÍTULO XV

[1] Oración budista por la mujer que está de parto. <<

CAPÍTULO XVI

[1] El príncipe heredero vivía en el palacio del Este, y las concubinas imperiales en el del Oeste. <<

[2] En China existe un dicho: «Arriba está el Paraíso, abajo Suzhou y Hangzhou». <<

[3] Está situada en el monte Hui, actual municipio de Wuxi, en la provincia de Jiangsu. <<

[4] En China el marido llama a su esposa «la persona de adentro» cuando habla con los demás; por eso las palabras de Xifeng provocan en el texto una carcajada general. <<

[5] Shun fue el antiguo «Soberano Sabio». Aquí se refiere a los seis viajes realizados al sur del río Yangzi por el emperador Kangxi, de la dinastía Qing, entre 1654 y 1707. <<

CAPÍTULO XVII

[1] Pico del Incensario: está situado en la montaña Lu, en la provincia de Jiangxi. Recibe ese nombre por su forma redondeada y su cumbre permanentemente cubierta por nubes. Bajo la cumbre existe una cascada descrita por Li Bai:

El sol, brillando sobre el Incensario, hace morado su vapor.

A lo lejos, colgando sobre el río, se divisa la cascada de Lu Shan.

Desciende vertiginosa la corriente, línea vertical de tres mil Chi.

Se diría que el Río Celestial se precipita desde el Supremo Cielo. <<

[2] Montaña del sur de la provincia de Shanxi. <<

[3] Poeta y prosista de la dinastía Song, que vivió entre los años 1007-1072. <<

[4] El río Qi se encuentra en el norte de la provincia de Henan, antiguo país de los Wei. En el Libro de los Cantos (el primer libro de la literatura china, escrito hace más de tres mil años) se encuentra un poema de elogio a las virtudes del duque Wu de aquel reino. <<

[5] Famosos restos de un antiguo parque en el río Sui. Como el trazado del río fue modificado a menudo, es difícil señalar exactamente la ubicación del parque. <<

[6] El fénix es el símbolo de las emperatrices y concubinas imperiales. <<

[7] Poeta de la dinastía Song (1126-1193). <<

[8] La fuente de Wuling, también llamada «fuente de las Flores de Melocotonero», está situada en la provincia de Hunan, según la descripción de Tao Yuanming; bajo la dinastía Han (206 a. C.-220 d. C.) un pescador descubrió, al salir de la cueva donde brotaba una fuente, un mundo encantado poblado por descendientes del imperio Qin que, huyendo de las rebeliones cinco siglos antes, se habían refugiado en aquel país inexplorado. <<

[9] «Lisao» («Lamentos por la separación») es el poema más representativo del poeta Qu Yuan (343-290 a. C.). Wen Xuan es la antología más antigua de textos literarios, seleccionada por el príncipe Xiao Tong (501-531) de la dinastía de los Liang. <<

[10] Alusión a los tres senderos creados por el escribano Jiang Xu (primer siglo de nuestra era) en su jardín. Sólo invitaba a dos amigos a pasear con él. <<

[11] Poema de Cui Hao, de la dinastía Tang. <<

[12] Paraíso taoísta de la isla fabulosa de Penglai, en el Mar del Este. <<

[13] País imaginario ideado por el autor. <<

[14] Se considera al murciélago animal de la suerte, porque su nombre es un homófono en chino de la palabra «fortuna». <<

CAPÍTULO XVIII

[1] Según la tradición, hacerse monje procuraba salud; por eso los ricos compraban niños pobres para que se hicieran monjes (o novicias) en lugar de sus propios hijos. <<

[2] Guanyin: diosa de la Misericordia en el panteón budista. Se la representa a menudo, como protectora de los niños, con uno en los brazos. En China, Guanyin era la deidad budista más popular. <<

[3] El emperador era considerado «Hijo del Cielo» o «Hijo del Dragón». <<

[4] Según el calendario lunar. <<

[5] El color amarillo era utilizado especialmente en los objetos imperiales. <<

[6] Lushi: composición clásica de métrica muy estricta. Cada poema se compone de ocho versos, y cada verso de cinco o siete caracteres. <<

[7] Valle de Oro: nombre dado al famoso parque construido por el riquísimo Shi Chong (249-300), que celebraba en él lujosos festines. <<

[8] Salones de Jade: se refiere a los palacios que habitaban las consortes y concubinas imperiales. <<

[9] Zhao Qin Sun Lui: es la primera frase del libro Cien apellidos, con el que se iniciaban los estudios básicos. <<

[10] Durante la dinastía Tang, el monje poeta Qi Yi escribió un poema titulado «Primeras flores del ciruelo», en el cual había dos versos: «Entre la nieve espesa del pueblo vecino, / anoche florecieron varias ramas». Cuando su amigo Zheng Gu lo leyó, modificó «varias» por «una», y el poeta lo consideró un maestro. Por eso se conocía a Zheng Gu como «maestro de una sola palabra». <<

[11] Jades elegantes: alude a los bambúes. <<

[12] El poeta Xie Lingyun, de las dinastías del Sur (420-588), soñó con su hermano Xie Huilian; en el sueño concibió dos versos famosos:

La hierba primaveral nace en el estanque.

Los sauces del jardín son pájaros canoros. <<

[13] «El banquete suntuoso» es una escena de la obra Un puñado de nieve, del dramaturgo Li Yu, de la dinastía Qing; «El festival del Doble Siete», una escena de El palacio de la eterna juventud, del dramaturgo Hong Sheng, de principios de la dinastía Qing; «Encuentro con los inmortales», una escena de Sueño en Handan, del dramaturgo Tang Xianzu, de la dinastía Ming; «La partida del alma», una escena de El pabellón de las peonías, también de Tang Xianzu. <<

[14] «Una visita al jardín» y «El sueño sorprendido» son dos escenas de El pabellón de las peonías. <<

[15] «El Juramento» y «La Disputa» son dos escenas de La horquilla y el brazalete, del dramaturgo que utilizó el seudónimo de «Dueño del pabellón de la Luna», de la dinastía Ming. <<

[16] Ruyi quiere decir «Cúmplanse sus deseos». Estos dos caracteres se dibujaban en los lingotes de oro. <<

[17] En chino, la palabra «Pez» se pronuncia igual que «Sobra [riqueza]». <<

CAPÍTULO XIX

[1] «Flor» se pronuncia y escribe como el apellido de Xiren, Hua. <<

[2] «Jade» se pronuncia y escribe como el nombre de Daiyu, Yu. <<

[3] Cita extraída de El Gran Estudio, que se cuenta entre los Cuatro Libros. <<

[4] Alude a Confucio. <<

[5] Daiyu se refiere a las «Píldoras del Aroma Frío» de Baochai. <<

[6] «Raíz de colocasia» se pronuncia en chino como Xiang Yu, que también significa «Perfume de Jade». <<

CAPÍTULO XX

[1] Es un refrán. En las bodas, los novios bebían vino intercambiándose las copas («tomar el vino nupcial»), y después se peinaba a la novia para que fuera considerada públicamente como una mujer casada. <<

[2] Según las costumbres chinas, en el mes de enero las mujeres no cogen las agujas para coser. <<

[3] Una riña en el primer mes del año presagiaba mala fortuna. <<

[4] Xiangyun no puede pronunciar bien Er, que significa «Segundo». Siempre dice Ai, que significa «Amor» o «Amado». <<

CAPÍTULO XXI

[1] Huixiang: «Fragancia de Orquídeas». <<

[2] Yun Xiang: «Fragancia de Rudas». <<

[3] Hermana Hua: se refiere a Xiren, cuyo apellido es Hua. <<

[4] Huiqi: «Mala Suerte». <<

[5] Sier: «La Cuarta». <<

[6] El ciego Kuang: músico famoso de Jin, uno de los Reinos Combatientes (403-222 a. C.). <<

[7] Li Zhu: según una antigua leyenda, el hombre de vista más poderosa. <<

[8] Chui: se dice de él que era el maestro artesano más hábil de la época de Yao. <<

[9] El apellido de Xiren se pronuncia en chino como la palabra «Flor». <<

[10] Se refiere a Sheyue, cuyo nombre se traduce como «Luna de Almizcle». <<

[11] Se refiere a Baochai, «Horquilla Preciosa». <<

[12] Daiyu, «Jade Negro». <<

[13] Wuer: «La Quinta». <<

[14] Aunque el nombre de la hija de Xifeng es Qiaojie («Hermana Coincidencia»), a lo largo de la obra el autor se refiere a ella en varias ocasiones como Dajie («Hermana primera»), una especie de título honorífico para las hijas primogénitas. <<

[15] El peligro de la viruela impedía nombrarla directamente. Se llamaba «alegría» debido a que, una vez manifestada, dejaba de ser peligrosa. <<

[16] Ofrendas para la diosa de la Viruela. <<

[17] La tela de color rojo, según se creía, ahuyentaba a los demonios. <<

[18] «Seducir a las flores y provocar a las hierbas»: excitar y seducir a los hombres. <<

[19] Duo en chino significa «Muchos». El sentido del apodo en el texto sería «Señorita para todos». <<

CAPÍTULO XXII

[1] Antiguamente las muchachas, al cumplir quince años, empezaban a llevar en el pelo una horquilla de metal, hueso o jade, que indicaba su condición de mujeres casaderas. <<

[2] La montaña Wutai se encuentra en la provincia de Shanxi. Es uno de los lugares sagrados del budismo. La expresión aquí utilizada por Xifeng, «llevar los despojos a la montaña Wutai», es una alusión a la inmortalidad. <<

[3] Se trata de dos tipos de ópera. La escuela Kunqu tiene su origen en el distrito de Kunshan de la provincia de Jiangsu, y la escuela Yiyang tiene su origen en el distrito Yiyang de la provincia de Jiangxi. <<

[4] Dian Jiang Chun es una serie de melodías de la ópera Kunqu. Ji Sheng Cao es una de ellas. <<

[5] En los templos budistas la estatua o el retrato del Buda siempre se asienta sobre el «Altar del Loto», un pedestal en forma de loto. <<

[6] Gatha es un tipo de estrofa utilizada en el Canon búdico, una especie de biblia del budismo. <<

[7] Chan es un concepto búdico que significa «Concentración del Espíritu». Los budistas consideran imposible la expresión de la Verdad, que es una experiencia inefable y sólo perceptible por el espíritu. Existen dos escuelas de Chan: la del Norte, en la que la Verdad se percibe paulatinamente (Conciencia Paulatina), y la del Sur, en la que se percibe de repente (Conciencia Repentina). El poema compuesto más abajo por Shenxiu es un Chan del Norte, y el de Huineng es un Chan del Sur. <<

[8] Árbol de Bodhi: tilo, «Higuera de las Pagodas», árbol sagrado de los budistas bajo el cual Sakyamuni logró percibir la Verdad y se convirtió en Buda. <<

[9] Las adivinanzas, según la costumbre, se escriben sobre un farol para que sean resueltas durante las noches de fiesta. <<

[10] «Ángulo» y «cuerno» son dos sentidos de un mismo ideograma: jiao. <<

[11] «Lichi» y la expresión «encaramarse en una rama» se pronuncian igual en chino. <<

[12] «Seguro» y «pincel» son palabras homófonas en chino. <<

[13] El tintero chino es una piedra con una cavidad donde se vierte agua y se muele la barra de tinta. Por otra parte, «tintero» en chino se pronuncia igual que «verificación»; se refiere a las predicciones que han de cumplirse. <<

[14] La adivinanza de Yuanchun predice su ilustre posición y su corta vida. <<

[15] La adivinanza de Yingchun sugiere su propia desgracia. La referencia al yin y el yang alude a las cuentas del ábaco distribuidas en dos espacios, y al matrimonio, en el cual el esposo es yang y la esposa es yin. <<

[16] Con la referencia a la cometa cuyo hilo se quiebra, el autor alude a la futura boda de Tanchun en un lugar lejano. El día Brillante y Claro, que es el mejor tiempo para hacer volar las cometas (en plena primavera), se refiere también a la fecha de la boda de la muchacha. Véase la nota 16 del capítulo V. <<

[17] El fundador budismo, Sakyamuni, era llamado Rey de la Luz Brillante. La adivinanza predice el futuro ingreso de Xichun en un convento budista. <<

[18] La solución del acertijo de Baochai es un pebete que se enciende durante la noche y cuya duración es, aproximadamente, la de una vigilia. Cada noche se encendían cinco sucesivos.

Como los anteriores, este acertijo predice la vida futura de quien lo formula: el primer verso procede de otro de Du Fu: «Abandona el palacio con las mangas impregnadas del aroma del incienso»; alude a cuando, acabada la vida lujosa, se quede sin nada. El segundo verso señala cómo el olor del pebete nocturno no es el mismo que el del incienso que se solía prender antes de tocar el laúd, o el que servía para perfumar la frazada.<<

CAPÍTULO XXIII

[1] Dharma, o Bodhidharma, fue un monje hindú que llegó a China en el año 520 d. C. A él se atribuye la fundación de la escuela Chan. <<

[2] Véanse las notas 11 y 12 del capítulo III. <<

[3] La noche se dividía en cinco vigilias (véase la nota 26 del capítulo I). A la quinta ya estaba amaneciendo y los funcionarios iniciaban su entrada en la corte. <<

[4] «Rocío de Loto»: un tipo de licor precioso. <<

[5] El «Espíritu del Laurel» se refiere a la luna. Según una antigua leyenda, en el palacio de la Luna crece un árbol de laurel. <<

[6] La mención a las «flores del peral» alude a la nieve. <<

[7] Son dos de los Cuatro Libros. <<

[8] «Punta de lanza de cera que semeja plata» alude a la poca utilidad de algunas cosas bonitas. <<

CAPÍTULO XXIV

[1] Este nombre se pronuncia igual que la expresión «no es un ser humano». <<

[2] Se refiere a la fiesta Duan Wu que se celebra el quinto día de la quinta luna. Se cuenta que en esa fecha se suicido el gran poeta Qu Yuan arrojándose al río Miluo, en la provincia de Hunan. La competición de barcas-dragón simboliza el rescate del cadáver del poeta. <<

[3] Se refiere al ajedrez chino, entre cuyas piezas hay «carros». <<

[4] Hongyu significa «Jade Rojo»; y Xiaohong «Pequeña Roja». <<

CAPÍTULO XXV

[1] Según los budistas, se trata de encantamientos que atraen la felicidad y alejan la desgracia. <<

[2] Uno de los Ocho Inmortales Taoístas. <<

[3] Los «Ocho Caracteres» se refieren a la hora, el día, el mes y el año de nacimiento, de cada persona. Cada uno de ellos, se compone de dos caracteres: uno de los «Diez Troncos Celestiales» (Tiangan) y uno de las «Doce Ramas Terrestres» (Dizhi). Para maldecir o encantar a alguien se escribían sobre las figuras de papel que representaran a las personas a las que se destinaba el encantamiento. <<

[4] Nombre de un país de la antigüedad que se encontraba en la actual Tailandia. Los países pequeños solían ofrecer tributos a la dinastía reinante como signo de sumisión. <<

[5] Las mujeres jóvenes no podían ser vistas por gente ajena a su casa. <<

CAPÍTULO XXVI

[1] Yun significa «Nube», y Yu «Lluvia». La confusión entre los dos caracteres da lugar en el texto a una inesperada referencia a las relaciones sexuales. Véase la nota 1 del capítulo VI. <<

[2] Este verso, así como los que Baoyu cite más adelante, proceden de Historia del ala oeste. <<

[3] El nombre de los padres era tabú para los hijos. Vimos otro ejemplo de este tabú en el capítulo II. <<

[4] Xue Pan confunde los caracteres Geng Huang y Tang Yin, cuya representación es similar. <<

[5] Tang es un homófono de «Caramelo», y Guo lo es de «Fruta». Yin significa «Plata». <<

CAPÍTULO XXVII

[1] «La favorita del emperador» se refiere a Yang Yuhuan, belleza de la dinastía Tang, que aquí simboliza a Baochai por su apariencia regordeta. <<

[2] «La Golondrina Voladora», Zhao Feiyan, era la concubina preferida del emperador Cheng de la dinastía Han. Simboliza a Daiyu por su apariencia esbelta y delgada. <<

[3] La fiesta de la Espiga tiene lugar aproximadamente a principios de junio del calendario occidental, época en que las espigas ya tienen aristas. <<

[4] Según la doctrina del yin y el yang, el cielo y la tierra forman una pareja: el cielo es el yang y la tierra el yin. Cuando Xifeng plantea la pareja ideal se refiere al «Sordo celestial» y a la «Muda terrestre». <<

[5] Se trata de unas pequeñas estatuas de piedra que se utilizaban para asegurar las cortinas de las ventanas. <<

[6] Las sámaras del olmo parecen monedas. En chino reciben el nombre de «monedas de olmo». <<

CAPÍTULO XXVIII

[1] Como Daiyu no quiere pronunciar el nombre de Baochai, hace un juego de palabras y une los caracteres Bao y Bei dando como resultado la palabra «tesoro». <<

[2] Se decía que el ginseng cuyas raíces tenían forma humana era el de mejor calidad. Con las hojas se demostraba que no era falso. <<

[3] Instrumento musical de cuatro cuerdas parecido a la mandolina. <<

[4] Es un verso del poeta Wang Changling (698-756), de la dinastía Tang. <<

[5] «Granos de amor»: se refiere a las lágrimas. Es el nombre vulgar del fruto del Phaseolus nungo, que en chino recibe el nombre de Hong Dou. El poeta Wang Wei (701-761) de la dinastía Tang escribió el siguiente cuarteto sobre este fruto:

Crece el Hong Dou en el sur y brota en la primavera.

Quisiera coger sus frutos, la mejor muestra de amor. <<

[6] «Granos de jade» se refiere al arroz de gran calidad. «Platos de oro» son los manjares más sabrosos. <<

[7] Uno de los versos de Li Chongyuan, de la dinastía Song, en su obra «Recordando a los Príncipes». <<

[8] Verso de Wen Tingjun (812-870), de la dinastía Tang. <<

[9] Así se llama popularmente al hombre cuya esposa mantiene relaciones amorosas con otro. <<

[10] Que la mecha se bifurcara era signo de un matrimonio feliz o del encuentro de los esposos después de una larga separación. <<

[11] Antiguamente redoblaba el tambor en las atalayas para anunciar cada hora durante la noche. <<

[12] «Río Celestial»: se refiere a la Vía Láctea. <<

[13] Este verso, aparecido ya en anteriores capítulos, contiene el nombre de Hua («Flor») Xiren («Atrapahombres»). <<

[14] Véase la nota 2 del capítulo XXIV. <<

CAPÍTULO XXIX

[1] Se trata de la misma fiesta de la Barca-Dragón mencionada en el capítulo anterior. <<

[2] De acuerdo con esta práctica supersticiosa, los nobles y ricos pagaban a los hijos de familias pobres para que, haciéndose monjes budistas o taoístas en su lugar, apartasen de ellos el mal. <<

[3] Una historia sobre Guo Ziyi (697-781), célebre general y político de la dinastía Tang, cuyos siete hijos y ocho yernos fueron funcionarios de alto rango. <<

[4] Obra teatral del famoso dramaturgo Tang Xianzu (1550-1616), que trata de un letrado llamado Chuyu Fen, quien llegó a un reino, se casó con una princesa y consiguió ser gobernador con gran fama y fortuna. Finalmente perdió la confianza del emperador y fue expulsado de palacio. En ese momento despertó y supo que sólo había sido un sueño. Las tres óperas que se representan simbolizan las tres etapas por las que pasará la familia Jia. <<

CAPÍTULO XXX

[1] La dama Yang era la concubina favorita del emperador Xuanzong, de la dinastía Tang. Véase Yang Yuhuan en la nota 5 del capítulo V. <<

[2] Yang Guozhong fue un primo de la dama Yang que llegó a ocupar el puesto de primer ministro gracias al nepotismo de ésta. Corrupto y violador de las leyes, fue ejecutado por la Guardia Imperial durante la rebelión del general coreano An Lushan. <<

[3] Li Kui y Song Jiang son dos personajes de la novela Shui Hu («A la orilla del agua»). El primero es un rebelde campesino, brutal pero ingenuo y sincero; el segundo es el cabecilla de un grupo de proscritos. <<

[4] Cuando la bella muchacha Xi Shi fruncía las cejas aumentaba su belleza. Su vecina Dongshi, una muchacha poco agraciada, imitaba su gesto, pero no conseguía sino aumentar su fealdad. <<

CAPÍTULO XXXI

[1] Las dos estrellas cuyo matrimonio sugiere el par de unicornios son Vega y Boyero. Según la mitología china, Vega es una tejedora que se casó con el Boyero que vive en la otra orilla del Río Celestial (la Vía Láctea). Se trata de una alusión al destino de Xiangyun que, sin embargo, no podemos entender debido a que Cao Xueqin murió antes de finalizar la novela. <<

[2] Píldoras cuya composición incluye resina de Daemonorops draco, Panax pseudoginseng, cálculo biliar de buey o búfalo y sangre de cabra. Sirve para curar las heridas producidas por caídas y golpes. <<

[3] Se trata de un licor de arroz muy suave que se utiliza a menudo para la ingestión de píldoras. Shaoxing es un lugar que se encuentra en la provincia de Zhejiang. <<

[4] El amuleto del tigre es una pequeña figura de seda en forma de tigre. Antiguamente, durante la fiesta del Doble Cinco se colgaban artemisas y espadañas en las puertas de las casas, y los niños llevaban esos amuletos en el brazo para espantar a los demonios. <<

[5] «Doncella Adicta» se llamaba a la sirvienta cuyo rango era superior al de una criada normal, pues compartía el lecho con su señor, pero inferior al de una concubina. <<

CAPÍTULO XXXIII

[1] «Urgente» se pronuncia en chino como Yaojin, y «ahogado» como Taojing. <<

CAPÍTULO XXXIV

[1] Las «huellas confusas» se refieren a las lágrimas que, según la leyenda, las dos consortes del rey Shun derramaron a la orilla del río Xiang cuando supieron que el rey había muerto durante una visita de inspección a Cangwun. Sus lágrimas salpicaron los bambúes. Éste es el origen legendario de los bambúes moteados. <<

CAPÍTULO XXXV

[1] Cui Yingying es la protagonista de Historia del ala oeste. <<

[2] Cuando alguien perdía la razón y decía incoherencias, se pensaba que «había sido sorprendido por un demonio». <<

[3] Huang en chino también quiere decir «Amarillo», y Ying significa «Oropéndola». <<

[4] Jin significa «Oro». <<

CAPÍTULO XXXVI

[1] Era una costumbre en la antigua China depilar, mediante la manipulación de dos hilos entrecruzados, la cara de las muchachas que iban a contraer matrimonio. Esa operación era denominada «abrir la cara». <<

[2] La «pechera» a la que se refiere el texto era una prenda interior utilizada para proteger el pecho y el vientre de posibles enfriamientos. Era característica de la indumentaria infantil. También solían usarla las mujeres. <<

CAPÍTULO XXXVII

[1] Yan Zhenqing (704-784), famoso calígrafo de la dinastía Tang. <<

[2] El monje Huiyuan, de la dinastía Jin del Este (310-420), vivía en el templo Donglin de la montaña Lushan. Organizó una academia literaria llamada «del Loto» en atención al loto blanco que crecía en el patio del lugar donde se reunían sus miembros. <<

[3] Se refiere a las colinas del Este, que se encuentran en Shaoxing, de la provincia de Zhejiang. Durante la dinastía Jin del Este, el célebre letrado Xie An (320-385), que vivió en aquel lugar, invitaba frecuentemente a sus amigos para disfrutar de la belleza de colinas y arroyos, y componer poemas. <<

[4] El gran poeta Du Fu (712-770), de la dinastía Tang, escribió el siguiente verso: «La imprevista llegada de los amigos no me ha permitido barrer los pétalos del sendero para recibirlos». Tanchun imita a Du Fu en su carta para expresar el respeto que siente por Baoyu. <<

[5] Lushi: Véase la nota 6 del capítulo XVIII. <<

[6] Men: «Puerta». <<

[7] Pen: «Maceta»; Hun: «Alma» o «Espíritu»; Hen: «Mancha» o «Huella»; Hun: «Sombra» o «Crepúsculo». <<

[8] Según la doctrina taoísta, cuando un hombre se convierte en dios o inmortal parte volando hacia el cielo. <<

[9] Baochai se refiere en este verso a sí misma, y en el siguiente se burla de Baoyu y Daiyu. <<

[10] El «dios blanco» es el otoño. <<

[11] Taizhen fue la concubina favorita del emperador Xuanzong de la dinastía Tang. <<

[12] Xizi: La bella Xi Shi. Véase la nota 8 del capítulo III. <<

[13] La flor es considerada en esta composición como una mujer joven que se encuentra sola añorando a su amor. <<

[14] Se refiere a Xiren, cuyo apellido, Hua, significa tanto «Flor» como «Pintado». <<

[15] Lit. «Cabeza de gallo». Nombre vulgar de la Euryale ferox. <<

[16] Lantian es un lugar que está en la provincia de Shanxi, muy famoso por el jade que produce. <<

[17] En Salida del alma, escrita por Chen Xuanyon, de la dinastía Tang, la muchacha Qian y su primo Wang Zhou se enamoran. El padre de Qian la promete en matrimonio a otro hombre. Indignado, Wang Zhou se aleja y es alcanzado en el camino por Qian, que huye con él. Cinco años después regresan a visitar a sus padres; entonces sale a recibirlos otra Qian, que lleva cinco años enferma. La Qian fugada con Wang Zhou era el alma de la muchacha. <<

[18] Chang E es la mujer que, según la leyenda, habita el palacio de la Luna. <<

CAPÍTULO XXXVIII

[1] Shouxing, nombre que significa «Estrella de Larga Vida», es el dios chino de la Longevidad. Se representa siempre con un bastón del que cuelga una calabaza llena de licor, y un ciervo a su lado. Otro de sus atributos es un enorme bulto en la frente, símbolo de sabiduría. <<

[2] La expresión china «beber vinagre» quiere decir también «tener celos». <<

[3] Los crisantemos son conocidos también como «flores amarillas». <<

[4] La fiesta del Doble Nueve, que se celebra el noveno mes (novena luna), es el día tradicionalmente dedicado a contemplar los crisantemos. <<

[5] Con esa «moneda colgando del bastón», el poeta comprará licor para contemplar las flores. <<

[6] Se refiere al lugar donde el famoso poeta Tao Yuanming (372-427), de la dinastía Jin, plantaba crisantemos. A él se deben estos versos:

Sin cultivar están los tres senderos,

pero allí siguen pinos y crisantemos. <<

[7] Tao Yuanming también escribió:

Cogiendo crisantemos junto a la cerca del este

divisé las inesperadas montañas del sur. <<

[8] El Doble Yang se refiere a la fiesta del Doble Nueve (véase la nota 4). El 9 es un número yang. <<

[9] «El príncipe de Chang’an» se refiere al célebre poeta Du Mu (808-852), de la dinastía Tang, que escribió un poema titulado «Subiendo a la montaña Qishan en septiembre» en el que se encuentran estos versos:

Es difícil en el mundo polvoriento reírse con la boca abierta.

Hay que prenderse, al regresar de la montaña, en cada cabello un crisantemo. <<

[10] «El señor de Pengze» se refiere al poeta Tao Yuanming, que había sido gobernador de ese distrito. <<

[11] A veces se denomina el otoñó como «los tres otoños» o «los nueve otoños», debido a que esa estación se compone de tres meses y noventa días. <<

[12] «El príncipe» se refiere, en un sentido general, a los hijos de los nobles, al mismo tiempo que a Baoyu. <<

[13] Se refiere al poeta Su Dongpo (1037-1101), quien escribió:

Me río de mí, que me afané toda la vida por llenar la boca

y ahora, ya viejo, mi causa se vuelve infructuosa. <<

[14] Los cangrejos, muy aficionados al arroz, asolan los sembrados. Cuando mueren, la fragancia de las espigas reina en el arrozal. <<

CAPÍTULO XXXIX

[1] La carne del cangrejo hembra es más abundante y sabrosa que la del macho. <<

[2] Se refiere al bonzo erudito Xuan Zhuang (600-664), de la dinastía Tang, también conocido como Xuanzang o Tripitaka, que viajó a la India en el año 629 y regresó a China en el 645 con numerosos manuscritos sánscritos. Basándose en este viaje, Wu Cheng’en (1500-1582) escribió su famosa obra Peregrinación al Oeste, otra de las cumbres de la novela clásica china. En el capítulo XV, Wu Cheng’en relata cómo el tercer príncipe del Rey Dragón se convirtió en un caballo blanco para cargar sobre su grupa al monje Zhuang. <<

[3] Liu Zhiyuan fue emperador en el período Han Posterior (947-950) de las Cinco Dinastías. La anécdota aquí mencionada se encuentra en la obra dramática titulada Anécdotas del conejo blanco. <<

[4] Seudónimo de Xiang Yu, descendiente de la nobleza del reino Chu, que participó en el levantamiento contra la dinastía Qin. Fue finalmente derrotado por su aliado Liu Bang. <<

[5] Un dan equivale a diez dou, o sea unos setenta y cinco kilogramos. Antiguamente se leía como shi. <<

[6] «Había huido el agua» quiere decir que se había declarado un incendio. La superstición impedía hacer referencia al fuego. <<

[7] Daiyu está burlándose de la fascinación de Baoyu por la improvisada fábula de la abuela Liu. <<

CAPÍTULO XL

[1] El Horno Ru era el horno de porcelana azul construido en Ruzhou (actual distrito Linru de la provincia de Henan) durante la dinastía Song del Norte. <<

[2] El dou es una medida de capacidad que equivale aproximadamente a un celemín. <<

[3] Célebre pintor de la dinastía Song. Se llamaba Mi Fei, y su nombre social era Mi Nangon. En el texto recibe el nombre de Xiangyang por ser originario de ese distrito, en la provincia de Hunan. <<

[4] El Horno Daguan fue construido durante el reinado del emperador Huizong (1107-1110), de la dinastía Song, conocido también como Daguan. <<

[5] Cítrico de sabor amargo y agrio que tiene forma de mano y se suele utilizar en la medicina tradicional china. <<

[6] Instrumento musical parecido al gong, que se usa en las ceremonias religiosas del budismo. <<

[7] Poeta de la dinastía Tang que vivió entre los años 813 y 858. <<

[8] «La ficha de la izquierda es un “cielo” […] Por las piernas agarra este demonio a Zhong Kui.» La ficha de dominó chino llamada «cielo» tiene doce puntos, rojos y verdes alternando. Se divide en «arriba» y «abajo». «Sobre las cabezas, el cielo azul», un viejo refrán chino, se refiere a la protección que el cielo dispensa incluso a los que suelen ser fácilmente engañados; «el cielo azul» hace mención a los puntos verdes del dominó. «La fragancia de las flores de ciruelo de los seis puentes traspasa los huesos» se refiere a una ficha que consta de once puntos verdes divididos en dos partes: un «cinco» y un «seis», en donde el «cinco» simboliza las flores de ciruelo y el «seis» se refiere a los seis puentes construidos por Su Dongpo (1037-1101) sobre el dique del lago Oeste de Hangzhou, donde se cultivaban ciruelos. «Un sol rojo sale de las altas nubes del cielo azul» hace referencia a una ficha que consta de siete puntos: uno rojo y seis verdes, de los cuales el rojo simboliza el sol y los seis verdes las nubes. «Demonio desgreñado» es el nombre que recibe la primera jugada completa que aparece en el texto, y que tiene esta forma:

Zhong Kui, según la leyenda, era un letrado de la dinastía Tang que no fue aprobado en el concurso oficial. Tras su muerte, apareció en el sueño del emperador Xuanzong diciendo que exterminaría a todos los demonios bajo el cielo. Al despertar, el emperador ordenó al célebre pintor Wu Daozi que hiciera el retrato del letrado para expulsar a los monstruos y los malos espíritus. <<

[9] «La ficha de la izquierda es un “doble cinco” […] componen el “Segundo Doncel visitando las cinco montañas sagradas”.» El «doble cinco» se refiere a la ficha que consta de diez puntos verdes divididos en dos partes. Las «flores de ciruelo» hacen referencia a cada una de esas partes, compuesta de cinco puntos cuya distribución recuerda las flores de ciruelo. «En la décima luna, las flores de ciruelo…» es una ficha compuesta de diez puntos, es decir, de dos flores. «Segundo Doncel visitando las cinco montañas sagradas…» es el nombre que recibe la segunda jugada completa que aparece en el texto y que tiene esta forma:

«Segundo Doncel» es un personaje mitológico representado en este caso por los dos puntos superiores de la ficha central. Las «cinco montañas sagradas» —Songshan (central), Taishan (del este), Hengshan (del sur), Huashan (del oeste) y Hengshan (del norte)— están simbolizadas por los cinco grupos de cinco puntos (inferior de la ficha central e inferior y superior de las fichas izquierda y derecha). <<

[10] «Un “doble punto” brillante […] El pájaro se las lleva en su pico del jardín imperial.» El «doble punto» hace referencia a la ficha que se compone de dos puntos rojos, uno superior y otro inferior. «El sol y la luna, suspendidos, iluminan el cielo y la tierra» es un verso de Li Bai; los dos puntos rojos simbolizan el sol y la luna por un lado, y el cielo y la tierra por otro. «Flores ociosas caen al suelo sin hacer ruido» es un verso de Liu Changqing, de la dinastía Tang; las «flores ociosas» también están simbolizadas por los dos puntos rojos. La misma ficha simboliza la tierra; por eso se dice que «caen al suelo». «Al lado del sol, el rojo albaricoquero hunde sus raíces apoyándose en las nubes» es un verso de Gao Chan, de la dinastía Tang. Aquí se refiere a una ficha de cinco puntos rojos, uno superior que simboliza el sol y otros cuatro inferiores que simbolizan el albaricoquero. La suma de puntos de las tres fichas está representada por las «nueve cerezas maduras». La forma de la jugada es la siguiente:

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[11] «A la izquierda hay un “doble tres” […] Por todas partes, vientos y olas. Tristeza por todas partes.» El «doble tres» es la ficha que consta de seis puntos verdes dispuestos en dos filas inclinadas, una superior y otra inferior. «Las parejas de golondrinas conversan entre las vigas» se refiere a las dos fichas de la jugada, la derecha y la izquierda, que constan de dos filas de seis puntos paralelas e inclinadas. «El viento despliega fajas verdes de hierbas acuáticas» es un verso de Du Fu, de la dinastía Tang, y hace referencia a los puntos verdes de las fichas mencionadas. El «tres» y el «seis» se refiere a la ficha central compuesta de nueve puntos verdes, tres superiores y seis inferiores. «Tres montañas atraviesan el cielo azul» es un verso de Li Bai: los tres puntos superiores simbolizan las «tres montañas» y el «cielo azul» se refiere a los seis puntos inferiores de la ficha llamada «cielo». «Una barca solitaria sujeta al embarcadero con una cadena de hierro» es el nombre de la jugada completa, cuya forma es la siguiente:

En esta jugada los seis puntos de la ficha central simbolizan una barca solitaria, y los restantes cinco grupos de tres puntos simbolizan la cadena de hierro. <<

[12] «A la izquierda un “cielo” […] “una canasta para coger las flores”.»

«Buen tiempo y paisaje hermoso. Día de desconsuelo» es un verso de la obra dramática de la dinastía Ming El pabellón de las peonías. «Un biombo de seda de bellos colores» es el nombre de la ficha que consta de diez puntos, cuatro rojos arriba y seis verdes abajo. «Al otro lado de la ventana de seda no está Hongniang, la mensajera» es un verso modificado de la obra dramática de la dinastía Yuan Historia del ala oeste. Esta obra, al igual que El pabellón de las peonías, era considerada en aquel tiempo como lectura inconveniente, por lo que tienen de exaltación del amor libremente elegido. Por eso Baochai, al mencionarla Daiyu, «volvió la cabeza y la miró». En este verso, Hongniang (Doncella Roja) se refiere a los cuatro puntos rojos, y la ventana de seda hace referencia a los seis puntos verdes. «Un “dos” y un “seis”» es el nombre de la ficha que consta de ocho puntos, todos verdes. «Las dos damas contemplan el trono imperial dirigiendo el ritual del homenaje» es un verso de Du Fu; «dos damas» se refiere a los dos puntos superiores de la ficha derecha, y el «ritual del homenaje» está simbolizado por los seis puntos inferiores. «Una canasta para coger las flores»: «canasta» es el nombre que recibe esta jugada completa, cuya forma es la siguiente:

Los cuatro puntos rojos parecen cuatro flores y el resto simboliza la canasta. <<

[13] Se refiere a la ficha compuesta por nueve puntos, cuatro rojos arriba y cinco verdes abajo. <<

[14] Verso de Li Bai compuesto sólo de cinco caracteres, mientras el resto de los versos declamados tienen siete. Además, en el original no está rimado con lo dicho por Yuanyang. <<

[15] «En la ficha de la izquierda hay un “cuatro” y un “cuatro” que componen un hombre […] Cuando la flor caiga, nacerá una enorme calabaza.» «Un “cuatro” y un “cuatro”» es una ficha compuesta por ocho puntos rojos; también se llama «cuatro largo» o «ficha del hombre». «Un gran fuego quema al gusano peludo»: «Un gran fuego» se refiere a los cuatro puntos rojos inferiores de las tres fichas que componen la jugada, y el «gusano peludo», a los tres puntos verdes superiores de la ficha central, dispuestos en un plano inclinado. Un «punto» y un «cuatro» es una ficha de cinco puntos rojos, uno arriba y cuatro abajo. «Un rábano con una cabeza de ajos»: el «rábano» está simbolizado por el punto rojo superior, y los cuatro puntos rojos inferiores simbolizan «la cabeza de ajos». La jugada completa recibe el nombre de «flor», y su forma es la siguiente:

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CAPÍTULO XLI

[1] Daiyu se refiere a un fragmento del libro Documentos de los Venerables (Shangshu, conocido también como Shujing). Se trata de una recopilación de documentos antiguos que contienen discursos y consejos de gobernantes de la antigüedad, considerados modélicos por el confucianismo. Se atribuye su autoría al mismo Confucio, aunque algunos capítulos fueron añadidos por confucianos posteriores. El rey Sabio al que se refiere el texto es Shun. <<

[2] Se trata de un arrendajo. El «penacho de fénix» es el copete que posee dicho pájaro, cuyas plumas son negras con puntos blancos que sólo se pueden percibir cuando vuela. Imita las voces de otros pájaros de cuyos huevos se alimenta, y en cautividad se domestica e intenta repetir palabras y sonidos. En el texto, la abuela Liu lo confunde con un cuervo porque no lo reconoce: es un ave originaria de Europa que sólo se criaba en las familias ricas. <<

[3] Un período de la dinastía Ming (1465-1488). <<

[4] Té que se produce en el distrito Liu’an de la provincia de Anhui. Es de buena calidad, aunque un poco amargo. <<

[5] Té que se produce en el monte Junshan, que se encuentra en el lago Dongting de la provincia de Hunan, elaborado con brotes tiernos. Es dulce y aromático y las hojas tienen cierta semejanza con las cejas. <<

[6] Existen cuatro estilos en la caligrafía de los caracteres chinos: Zhuanshu, usada generalmente en los sellos de piedra o madera como firma de instituciones o personas; Lishu, empleada principalmente en documentos oficiales; Kaishu, escritura regular normal; y Caoshu o estilo «pajizo», que une en una línea continua los trazos principales del carácter, insinuándose en una gran variedad de formas lineales, según la inventiva de quien maneja el pincel. Esta última caligrafía es muy bella, pero de difícil lectura. <<

[7] En chino, Dian significa «Punto», Xi «Rinoceronte», y Qiao se refiere a utensilios como los tazones. Los tres ideogramas juntos se traducen como «Tazón hecho de cuerno de rinoceronte». En algunas versiones se transcribe como Xing Xi Qiao, que tiene un doble sentido: «Tazón hecho de cuerno amarillo de rinoceronte» y «De carácter extraño» (referido a Miaoyu). <<

CAPÍTULO XLII

[1] Qiaoger significa «Hermano Coincidencia». La abuela Liu modifica el carácter femenino del nombre de Qiaojie (Jie, «Hermana»), por el masculino (Ger, «Hermano»). La superioridad del hombre en la antigua sociedad china incitaba a algunas familias a poner nombres masculinos a las niñas, con el fin de transmitir a éstas la fuerza y la valía del varón (un ejemplo ya visto lo tenemos en el nombre de Xifeng, «Hermano Fénix»). En cuanto a «Coincidencia» (Qiao), se refiere a la fecha del nacimiento de la niña: séptimo día del séptimo mes. <<

[2] Los Anales de Primavera y Otoño (Chunqiu) fueron escritos por Confucio. Los eruditos antiguos afirmaban que en esa obra Confucio era capaz de alabar o vituperar con un solo ideograma. <<

[3] La pintura clásica china es siempre una triple combinación: la propia pintura, la caligrafía (el título de la obra y el nombre del autor o un poema) y los sellos. Aunque a veces se introduce un breve texto, el «prólogo» y el «epílogo» que aparecen aquí son una exageración de Daiyu para burlarse de Xichun. <<

[4] «Pintura» (Hua) es un homófono de «palabra». La expresión Xiao Hua significa «Palabras que mueven a Risa». <<

[5] El Xuelang es un tipo de papel producido en Xuancheng, provincia de Anhui, que se caracteriza por su suavidad y capacidad de absorción de la tinta. Es apropiado para la caligrafía y la pintura. <<

[6] Durante la dinastía Ming, el calígrafo y pintor Dong Qichang (1555-1636) dividió la pintura posterior a la dinastía Tang en dos escuelas: la Escuela Zong Meridional y la Zong Septentrional. La Escuela Zong Meridional prestaba mucha atención a los matices del agua y la tinta, mientras que la Zong Septentrional se caracterizaba por la fuerza de sus colores. El estilo de la primera se conceptúa como «elegante y puro», y el de la segunda como «vigoroso y enérgico». Wang Wei (699-759) y Li Sixun (651-716) respectivamente son los más afamados representantes de ambas escuelas. <<

CAPÍTULO XLIII

[1] Esa carcajada general la produce la última frase de la madre de Lai Da, cuya traducción literal es: La nuera se convierte en una desconocida, y «la sobrina de dentro» en «sobrina de fuera». En China se llama «sobrina de dentro» a la que tiene un parentesco carnal, para diferenciarla de la esposa del sobrino; «sobrina de fuera» es un término que no existe, producto del juego de palabras que hace la madre de Lai Da. <<

[2] Célebre poeta que escribió una Oda a la diosa del río Luo, dos de cuyos versos se citan a continuación en el texto. <<

[3] Obra dramática escrita por Ke Danqiu, de la dinastía Yuan (1271-1368). Cuenta la historia de Wang Shipeng, quien obtuvo el primer lugar en el Concurso Imperial. El primer ministro intentó obligarlo a casarse con su hija. Wang se negó, por lo que fue degradado y destinado a Chaozhou (actual Guandong). Allí fue su esposa quien, tras haberse negado a contraer matrimonio con el rico y despótico Sun Ruquan, se suicidó. <<

CAPÍTULO XLIV

[1] El período Xuan De abarca diez años (1426-1436) de la dinastía Ming durante los cuales se produjeron piezas de porcelana muy finas y brillantes. <<

CAPÍTULO XLV

[1] Lit.: El día en que a la perra le ha terminado de crecer el rabo. Es un dicho vulgar según el cual los perros nacen cuando les ha terminado de crecer el rabo en el vientre de la madre. En el texto no aparece en tono de insulto; se trata sencillamente de una broma. <<

[2] Cita procedente de las Analectas de Confucio, uno de los Cuatro Libros. <<

[3] Véase la nota 2 del capítulo X. <<

[4] Yuefu era un conservatorio establecido durante la dinastía Han, cuya tarea consistía en recopilar poemas y melodías populares. Posteriormente ese tipo de poesía fue llamado también Yuefu. En este capítulo, «El dolor otoñal en el aposento de la muchacha» y «La lacerante despedida» son títulos ideados por el autor. «Noche de flores y luz de luna junto al río primaveral» se refiere al poema del mismo título de Zhang Ruoxu (660-720), poeta de la dinastía Tang. <<

CAPÍTULO XLVI

[1] Yuanyang significa «pareja de patos mandarines». El pato mandarín y su hembra nunca se separan, por lo que simbolizan la felicidad conyugal. <<

[2] Se refiere a la persona que trata de obtener ganancias valiéndose de cualquier medio. <<

[3] Era fama que el emperador Huizong de la dinastía Song pintaba muy bien las águilas, y Zhao Ziang (1254-1322) era un maestro en las pinturas de caballos. En el texto se trata de un juego de palabras, pues en chino «buenas palabras» (traducido aquí como «algo maravilloso») suena igual que «buenas pinturas». <<

[4] Según las normas antiguas de cortesía familiar, el respeto mutuo entre la esposa y su cuñado mayor debe ser estricto y permanente, mientras la relación con su cuñado menor puede ser mucho más relajada. <<

CAPÍTULO XLVII

[1] Las «Tres Obediencias y Cuatro Virtudes» constituían un rígido criterio moral para las mujeres en la China antigua. Las «Tres Obediencias» eran: antes de casarse obedecer al padre; después de casarse obedecer al marido; cuando muere el marido obedecer al hijo. Las «Cuatro Virtudes» eran: castidad, comedimiento, buena apariencia y habilidad en el manejo de los asuntos domésticos. <<

[2] Las cartas del juego que emprenden la Anciana Dama y las otras mujeres se dividen en tres palos: Suo («lanzadera»), Bing («tortilla») y Wan («diez mil»), más algunos comodines. Tres cartas consecutivas de un mismo palo constituyen una jugada. Ganan dos jugadas (seis cartas), o tres (nueve cartas), combinadas con una lanzadera. En el texto, Xifeng tira intencionadamente la carta llamada «dos de tortillas» que necesitaba la Anciana Dama para completar una jugada. <<

[3] Antiguamente las monedas de bronce se ensartaban en un cordón de lino. Cada sarta se componía de mil monedas. <<

[4] El apellido Bao se pronuncia como el verbo que significa «tomar en brazos», frente a bei, que significa «cargar a la espalda». <<

CAPÍTULO XLVIII

[1] En la China antigua las mujeres de las casas nobles, exclusivamente dedicadas a las labores del hogar, tenían prohibida la salida a la calle, a no ser por motivos mayores y siempre en palanquines o carruajes cubiertos. <<

[2] Es un proverbio que se refiere a la ambición insaciable. Long es un antiguo distrito (Longxi) que se encuentra en la actual provincia de Gansu; Shu se encuentra en la provincia de Sichuan. <<

[3] Forma poética desarrollada durante la dinastía Tang. Se compone de ocho versos de cinco o siete sílabas. El segundo, cuarto, sexto y octavo deben estar estrictamente rimados, y los dos dísticos centrales deben ser pareados simétricos. <<

[4] Según las reglas clásicas, una composición literaria debe constar de cuatro partes: Introducción, Desarrollo, Transición y Conclusión. <<

[5] Para la composición se tenían en cuenta los tonos de los caracteres, que durante la dinastía Tang eran cuatro. Cuando se compone un poema regulado (un lushi, por ejemplo) la utilización de cada uno de los tonos está predeterminada para cada uno de los caracteres. <<

[6] En chino las palabras se dividen en «llenas» (sustantivos, adjetivos y verbos) y «vacías» (adverbios, conjunciones y preposiciones). En el texto hay un error en la exposición de la regla de composición de pareados simétricos, pues debe ser: «Una palabra llena con una llena; una palabra vacía con una vacía». Es posible que ese error se deba a alguno de los copistas que transcribió el manuscrito original. <<

[7] Lu You (1125-1210) era un célebre poeta de la dinastía Song del Sur. <<

[8] Wang Mojie es el nombre de cortesía del poeta Wang Wei (699-760), de la dinastía Tang. <<

[9] «Viejo Du» (Lao Du) se refiere al gran poeta Du Fu (712-770) de la dinastía Tang, para distinguirlo de otro poeta posterior llamado Du Mu (803-852), conocido como «Pequeño Du» (Xiao Du). <<

[10] Li Qinglian es el gran poeta Li Bai (701-762). De adolescente se trasladó con su padre al pueblo Qinglian («Loto Verde») de la provincia de Sichuan, y él se llamaba a sí mismo Qinglian Jushi («Laico Budista Qinglian»). <<

[11] Poetas chinos de los siglos III al VI. <<

[12] En el diccionario de rimas, el primer carácter de la decimocuarta sección es Han («frío»). Los versos que Xiangling componga deben rimar con él. <<

[13] Cita extraída de las Analectas de Confucio. <<

CAPÍTULO XLIX

[1] En su obra Canciones de la región de Wu a medianoche, Li Bai escribió los versos siguientes:

En Chang’an, bajo la inabarcable luz de la luna,

los golpes de las lavanderas resuenan en mil hogares. <<

[2] Chang E: la que habita el palacio de la Luna. <<

[3] Según las antiguas creencias, el chisporroteo de las mechas de las lámparas anunciaba la llegada de algún huésped o noticia agradable. <<

[4] Gongbu significa «Junta de Obras Públicas». Se refiere al poeta Du Fu, quien ocupó durante algún tiempo el cargo de viceministro. Con la misma lógica, Wei Yingwu (737-786) es llamado en el texto Wei Suzhou, por haber ocupado en ese lugar el cargo de gobernador. Bacha significa «cruzar las manos ocho veces»; es una referencia a Weng Tingyun (812-866), poeta de la dinastía Tang, de quien se decía que era capaz de componer un poema en el tiempo que tardaba en cruzar ocho veces las manos. Li Yishan es otro nombre de Li Shangyin (813-858), cuyos versos están elegantemente compuestos y bien rimados, pero que a menudo están sin titular y son de sentido difícilmente aprehensible. <<

[5] La biografía de Liang Hong aparece en la Historia de la dinastía Han posterior (Houhanshu). Era un letrado pobre que en cierta ocasión pasó por Luoyang y se burló del «derrochador de palacio», a consecuencia de lo cual se vio obligado a cambiar de nombre y esconderse. Después trabajó como peón descascarillando arroz. Cuando regresaba a casa, su mujer (Meng Huang) siempre lo recibía con mucho cariño y respeto. En Historia del ala oeste, el dramaturgo Wang Shifu citó este ejemplo para expresar que la heroína de dicha obra, Yingying, había aceptado el amor del letrado Zhang. Lo que quiere saber Baoyu al referirse a esta historia es desde cuándo Daiyu ha aceptado la amistad de Baochai. Ese verso procede de Historia del ala oeste; Baoyu lo utiliza para burlarse de Daiyu, que antes había citado otros de la misma obra. <<

[6] Verso procedente de la misma obra. <<

[7] Los versos deben rimarse en ao, semejante a Xiao, que pertenece al tono llano bajo. <<

CAPÍTULO L

[1] El día del Solsticio de Invierno arrecia el frío. Aquí indica la nevada. Antiguamente se introducía la ceniza de las membranas de las cañas en doce tubos de distinto tamaño llamados «tubos musicales»; luego se dejaban sobre una mesa especial en el interior de un cuarto bien cerrado. Se suponía que, en un día de cambio de clima, la ceniza del tubo correspondiente saldría volando. <<

[2] Dou se refiere a la Osa Mayor, compuesta de siete estrellas cuya ordenación recuerda la forma de un cazo. Durante el Solsticio, la «Taza» del cazo apunta al norte, lo que indica que el invierno ya está llegando a su final y pronto volverá la primavera. Yang significa aquí el espíritu primaveral. <<

[3] La «tinta de almizcle» es una especie de carbón de leña que despide un olor aromático. <<

[4] Los polvos de xantoxilo eran un componente de la pintura, de olor muy agradable, que se utilizaba en las paredes. <<

[5] Ciruelo en Flor es una melodía que se interpreta con la flauta. La caída de las flores de ciruelo es una metáfora de la nieve. <<

[6] Xiao es un tipo de flauta recta. <<

[7] Según una antigua leyenda china, la diosa Nüwa cortó las patas de la tortuga, con las que unió cielo y tierra. Como la nevada es tan intensa, la tortuga «teme que se hunda la tierra». <<

[8] El poeta Zhang Yuan, de la dinastía Song, escribió un poema titulado «Canto a la Nieve» en el que se encuentran los versos siguientes:

Acabada la batalla entre tres millones de dragones de jade blanco, escamas y caparazones rotos vuelan por el cielo. <<

[9] Durante la dinastía Song del Sur vivió Zheng Qing, un primer ministro, poeta. Un día alguien le preguntó si había compuesto nuevos versos, y el primer ministro le contestó que su inspiración estaba en el burro que montaba cuando cruzaba el puente sobre el río Ba en plena nevada. El puente al que se refería se encuentra al este de la actual ciudad de Xi’an. <<

[10] Según la Crónica de la Poesía de la dinastía Tang, las damas del Palacio Imperial enguataban con algodón la ropa para los soldados que defendían la frontera. Uno de éstos encontró entre los pliegues de su ropa un poema que decía:

Amigo que combates en el campo de batalla;

amigo al que penalidades y frío impiden dormir.

Un uniforme guerrero te estoy cosiendo,

¿quién serás tú, que lo ha de usar?

Muchos hilos utilizo;

por cariño, con mucho algodón lo enguato.

Ya no es posible en esta vida:

nos uniremos en la siguiente.

El soldado mostró el poema al mariscal, y éste se lo ofreció al emperador, quien, exhibiéndolo a su vez ante las damas del palacio, prometió que no castigaría a la autora. Una dama confesó que era obra suya, y el emperador la casó con el soldado a cuyas manos había ido a parar el poema. <<

[11] La nieve oculta los baches y obstáculos del camino. <<

[12] Es un tópico de la poesía antigua llamar «sal» a la nieve. <<

[13] Liu Zongyuan, poeta de la dinastía Tang, escribió un poema titulado «Nevada sobre el río» en el que se encuentran los versos siguientes:

En su barca solitaria, un viejo cubierto con capote de palma y sombrero de bambú

pesca en las frías aguas del río, desafiando la nevada. <<

[14] La lealtad de los soldados les hace olvidar, luchando en la nieve, el frío de la espada que sostienen. <<

[15] La nieve es anuncio de buena cosecha, por lo tanto el emperador se libera de su preocupación. <<

[16] Se refiere a una anécdota que aparece en la Historia de la dinastía Han posterior (Houhanshu): el gobernador de Luoyang salió de su casa durante una nevada a ocuparse de sus asuntos oficiales. Tres metros de nieve cubrían el suelo, y vio a toda la gente intentando despejar la entrada de sus casas. Las calles estaban llenas de mendigos hambrientos. El gobernador llegó a la puerta del palacio de Yuan An, funcionario de alto rango. Viendo que la entrada estaba completamente cubierta de nieve y no había nadie retirándola, pensó que Yuan había muerto. Ordenó que apartaran la nieve, entró y vio a Yuan An que yacía tiritando de frío. Al preguntarle por qué no había salido, An le contestó: «Todos sufren hambre con esta nevada. No es conveniente molestarlos». <<

[17] Se refiere a Wan Yuanbao, un hombre muy rico de la dinastía Tang, que, cuando nevaba, apartaba la nieve desde su puerta hasta la esquina para dar la bienvenida a sus visitantes. <<

[18] Según una leyenda, la estrella Vega es una tejedora que vive en el Palacio Celestial. Véanse las notas 1 del capítulo XXXI, 25 y 26 del capítulo LXVI, 2 del capítulo LXX y 21 del capítulo LXXVIII. <<

[19] El «mercado de la mar» se refiere a un espejismo. <<

[20] El Taoísta de los Pies de Hierro, un personaje de la dinastía Song, gustaba de caminar descalzo sobre la nieve. Cuando se sentía contento recitaba obras de Zhuang Zhou, masticaba flores de ciruelo y las tragaba mezcladas con nieve diciendo: «Quiero que esta fragancia fría penetre en mis entrañas». <<

[21] Shun y Yao son dos soberanos sagrados de la antigüedad. Su nombre es utilizado aquí como elogio al emperador. <<

[22] La palabra «rojo» se pronuncia en chino como Hong; «ciruelo» como Mei, y «flor» como Hua. <<

[23] Las montañas Dayu reciben también el nombre de Montañas del Ciruelo, debido a la gran cantidad de esos frutales que allí se cultivan. <<

[24] Luofu es una montaña que se encuentra en la orilla norte del río Dongjiang, en la provincia de Guangdong. Relatan los Anales de Longcheng que durante la dinastía Sui, cierto día al atardecer, Zhao Shixiong se trasladó a Luofu. Allí vio a una bella muchacha vestida de blanco al lado de una taberna; entabló conversación con ella y entraron juntos a beber. Shixiong se emborrachó y cayó dormido. Al día siguiente, cuando despertó, comprobó que estaba a la sombra de un ciruelo blanco. <<

[25] El «hada blanca» hace referencia al espíritu del ciruelo blanco, que bebió un elixir equivocado y sé convirtió en el rojo. <<

[26] El ciruelo rojo es también el hada blanca que bajó en secreto del Palacio Celestial. <<

[27] La «nieve» hace referencia a las flores del ciruelo blanco. Las «nubes rojas» del verso siguiente simbolizan las flores del ciruelo rojo. <<

[28] La estufa de mano sustituye al tambor, cuyo redoble, según la costumbre, servía a veces para apremiar a los poetas a componer sus versos. Si al acabar el redoble el poeta no había terminado sufría un castigo. <<

[29] Guan Yin es la diosa budista de la Misericordia. Aquí se refiere a la monja Miaoyu. <<

[30] Chang E es un hada que habita el Palacio de la Luna, pero aquí se refiere a Miaoyu, que siempre se llamaba a sí misma «Persona de Fuera del Umbral». <<

[31] Célebre pintor de la dinastía Ming. <<

[32] Lun Yu («Analectas» de Confucio), Mencio, Da Xue («El Gran Estudio») y Zhong Yong («El Invariable Medio») eran los Cuatro Libros Clásicos, de obligado estudio para los letrados durante las dinastías Yuan (1279-1368), Ming (1368-1644) y Qing (1644-1911). <<

[33] «Llegar a la situación perfecta» es una frase extraída del libro Da Xue («El Gran Estudio»), y «Aunque excelentes, no tienen pruebas», de Zhong Yong («El Invariable Medio»). La traducción completa de esta última frase, tal como aparece en «El Invariable Medio», es como sigue: «Los ritos de los Soberanos de la antigüedad, por excelentes que sean, no tienen pruebas». En chino, «pruebas» es sinónimo de «regalo del novio». Como Guan Yin es una buda, por excelente que sea no tiene «regalos del novio», es decir, nadie la pide en matrimonio; por eso no deja «huellas familiares» (hijos). <<

[34] Extraído de Zhong Yong. <<

[35] Shan Tao (205-283), poeta de la dinastía Jin, era uno de los Siete Sabios del Bosque de Bambú. Shan significa «Montaña», y Tao «Olas». <<

[36] Se creía que las luciérnagas nacen de las hierbas podridas. El ideograma que significa «Flor» (Hua) es una combinación de un radical y un carácter: el radical significa «Hierba» y el carácter «Metamorfosis». <<

[37] El autor no da la solución a este acertijo. Los estudiosos de Sueño en el Pabellón Rojo han propuesto un águila de papel, una piña, etcétera. En cualquier caso, lo importante es señalar que cada uno de ellos tiene que ver con el destino de los personajes de la novela (Baochai en este caso). Los poemas siguientes, de Baoyu y Daiyu, también deben ser interpretados de la misma forma. <<

[38] Como solución a este acertijo se ha propuesto la «cometa con silbato». Expresa la relación entre Baoyu y Daiyu. <<

[39] Según una leyenda, el Caballo Verde era uno de los ocho caballos preciosos, «los mejores bajo el cielo», del emperador Mu de la dinastía Zhou. <<

[40] Tres montañas míticas de la tradición china (Penglai, Fanzhang y Yingzhou), lugar donde habitaban los inmortales, se encontraban en el mar del Este. Según una antigua leyenda, las tres montañas flotaban sobre el Mar. Para impedir que derivaran hacia el extremo occidental, el emperador celestial ordenó a quince tortugas que cargaran con ellas sobre sus caparazones. El día quinceavo de la primera luna se construía una montaña de faroles cuya forma semejaba el lomo de la Tortuga (véase la nota 7). En el poema se hace referencia a un dicho antiguo según el cual el Zhuangyuan, o letrado que ha obtenido el primer puesto en el Concurso Imperial, ocupa solo la cabeza de la tortuga. Como solución a este acertijo se ha propuesto un «juego de caballos de papel» (farol de papel en cuyo interior hay caballitos recortados que giran al calor de la vela). <<

CAPÍTULO LI

[1] Chibi, el «Acantilado Rojo», es un enclave que se encuentra en el noroeste del actual distrito Puqi de la provincia de Hubei, en la ribera meridional del río Changjiang (Yangzi). En el año 208 d. C. (el año 13 de Jian’an de la dinastía Han del Este), Cao Cao, del reino de Wei, condujo un ejército de más de quinientos mil hombres contra Sun Quan, del reino de Wu. Éste, aliado con Liu Bei, del reino de Shu, reunió solamente treinta mil hombres. Sabedores de que el ejército de Cao Cao se encontraba debilitado por las epidemias y no estaba habituado a los combates navales, Sun Quan y Liu Bei presentaron batalla sobre el río Yangzi. Pangtong convenció a Cao para que uniera todos sus barcos con cadenas, con el argumento de que así podría hacer frente mejor al enemigo. Cuando el ejército del reino de Wu incendió la flota, ninguno de los soldados de Cao pudo escapar. La batalla de Chibi fue minuciosamente descrita por Luo Guanzhong (1330-1400) en Historia de los Tres Reinos, obra clásica de la literatura china. <<

[2] Antigua provincia de China establecida en el año 3 a. C. sobre el territorio norte de la actual República de Vietnam. <<

[3] Ma Yuan (14 a. C.-49 d. C.), general del emperador Guangwu de la dinastía Han del Este, conquistó Jiaozhi (Cochinchina) en el año 42 d. C. Se dice que compuso una melodía para flauta titulada Wuxishen («El profundo Torrente Wu»). <<

[4] Zhang Liang (?-189 a. C.), ilustre consejero del emperador Liu Bang, fundador de la dinastía Han, dirigió el asedio que causó la derrota de Xiang Yu, enemigo del emperador Liu Bang, y la anexión del país de Chu, en Gaixia (hoy Lingbi, de la provincia de Anhui). Zhang Liang hizo que, todas las noches del asedio a Xiang Yu, sus hombres tocaran flautas y cantaran aires del país de Chu. Con ello consiguió minar la moral de las tropas enemigas, que fueron finalmente derrotadas. <<

[5] El monte Zhongshan («monte Campana»), también llamado Zijinshan («monte de Oro Morado») y «monte del Norte», se encuentra al norte de la ciudad de Nanjing. Según los Documentos no oficiales del monte del Norte, obra de Kong Zhigui de la dinastía Qi del Sur (479-501), hubo un tal señor Zhou que perseguía la fama llevando una vida de ermitaño en el monte Zhongshan. Al ser invitado a la corte abandonó inmediatamente su pretensión ascética para hacerse cargo de un comisariado de la Sal del Mar. En el poema, es el dios del monte Zhongshan quien se burla de él. <<

[6] Antiguo distrito que se encontraba en la actual ciudad de Qingjiang, en la provincia de Jiangsu. <<

[7] «El valiente» se refiere a Han Xin, natural de Huaiyin, que de joven fue insultado por un pícaro («perro salvaje») que quiso obligarle a pasar por entre sus piernas. <<

[8] «Príncipe de Qi» es el título que recibió Han Xin después de haber ayudado al emperador Liu Bang a derrotar a Xiang Yu.

Tras la derrota de la dinastía Qin (221-206 a. C.), Xiang Yu dividió la zona Qi en tres reinos (por eso recibe también él nombre de San —«Tres»— Qi). Al conquistar esa zona, Han Xin pidió a Liu Bang recibir el título de «Falso Príncipe del Reino Qi». Enfadado, Liu Bang insultó al mensajero. Zhang Liang, sin embargo, se apresuró a insinuarle que no debía irritar a Han Xin. El emperador, cambiando inmediatamente su actitud, dijo al mensajero: «Si un gran caballero desea ser príncipe, debe ser príncipe real, ¿por qué entonces quiere Han Xin ser un príncipe “falso”?». Y le concedió el título de «Príncipe de Qi». En ese momento «ya estaba escrito su destino», pues la deuda que contraía con el emperador lo llevaría a la muerte: en aquel tiempo, la lucha entre Liu Bang y Xiang Yu estaba equilibrada de tal manera que ninguno podía vencer al otro. Quien obtuviera el apoyo de Han Xin lograría la victoria. Un caballero llamado Kuai Tong aconsejó a éste que no apoyara a ninguno de los dos contendientes; sin embargo, Han Xin apoyó a Liu Bang, no queriendo traicionarlo. En el momento de ser ejecutado se lamentaba de no haber escuchado el consejo de Kuai Tong. <<

[9] Cuando Han Xin era pobre pescaba en el río Huai, donde una lavandera le daba de comer. Cuando fue príncipe de Qi, fue a buscarla y le devolvió el favor entregándole mil taeles de plata. <<

[10] Antiguo nombre de Yangzhou (provincia de Jiangsu), lugar donde el río Yangzi vertía sus aguas en el Gran Canal construido bajo la dinastía Sui. Las márgenes del canal, bordeadas de sauces, fueron convertidas en carreteras imperiales y rebautizadas como «Dique de Sui». <<

[11] Se refiere a Yang Guang (580-618), que emprendió la construcción del Gran Canal y viajó por él en su barco-dragón llevando una vida de lujo y placer. <<

[12] Lugar donde se unen el río Qinhuai y el arroyo Qingxi, en Nanjing. Allí el famoso calígrafo Wang Xianzhi (344-386) se despidió de su concubina Taoye («Hoja de Durazno») componiendo una canción en su honor. El nombre del vado adopta el de la concubina. <<

[13] El período de las Seis Dinastías (220-589) comprende las de Wu, Jin, Song, Qi, Liang y Chen. Las «columnas del Estado» son los ministros y generales de esas dinastías que se despidieron de sus amantes igual que Wang Xianzhi. <<

[14] Se refiere al retrato de Hoja de Durazno. La solución al acertijo podría ser «Abanico circular de seda». <<

[15] Se refiere a la tumba de Wang Zhaojun, situada en la orilla del río Grande y Negro, al sur de Hohhot, Mongolia Interior. Existen tres versiones en lo que atañe al nombre de la tumba: las hierbas de la zona eran blancas y sólo la de la tumba era verde; en la segunda, no existían hierbas ni árboles y sólo la tumba, en la lejanía, se divisaba de un color verde oscuro; en la tercera, la tumba está cerca de Hohhot, y en idioma mongol Hoh significa «Verde» y Hot «Ciudad».

Wang Zhaojun, cuyo nombre era Wang Qiang, fue una doncella de palacio que el emperador Yuan Di, de la dinastía Han (que reinó entre 48-33 a. C.) casó con un jefe huno con el fin de pacificar mediante alianzas a las tribus de la frontera. <<

[16] Las cuerdas del laúd de Zhaojun, de tan limpias y transparentes, estaban «heladas». <<

[17] Se refiere al casamiento de la doncella con el jefe de los hunos. <<

[18] La ladera rechazada por el ebanista se refiere a la ineptitud del emperador Yuan Di. <<

[19] La ladera Mawei se encuentra en el actual pueblo de Mawei, del distrito Xingping, provincia de Shanxi. Es el lugar donde la concubina favorita del emperador Xuanzong (713-756), llamada Yang Yuhuan, fue inducida a suicidarse por los guardias imperiales que escoltaban al emperador desde la capital, Chang’an, hasta Chengdu. Véase la nota 5 del capítulo V. <<

[20] Cuando el emperador Xuanzong regresó de Sichuan a Chang’an ordenó secretamente el traslado del cadáver de su concubina Yang a otra tumba. El cuerpo ya estaba descompuesto, pero aún conservaba el olor de la bolsa aromática que había sido enterrada con ella. <<

[21] Según Historia del ala oeste, se llama también monasterio de Pujiu. Se encuentra en la provincia de Shanxi. En ese lugar el joven letrado Zhang Junrui conoció a la joven dama Cui Yingying. La doncella Hongniang («Doncella Roja») concertó su encuentro durante la noche. <<

[22] Se refiere a la doncella Hongniang. <<

[23] Cuando la relación amorosa del letrado Zhang y de Yingying fue descubierta por la madre de ésta, la doncella Hong Niang fue castigada por la anciana. En el original no se utiliza el verbo «azotar», sino «colgar» (como paso previo para ser flagelada), puesto que la solución parece ser «Farol rojo colgante». <<

[24] Este poema parece referirse al argumento de El pabellón de las peonías: mientras jugaba en un jardín con su doncella Chunxiang, Du Liniang, la hija del gobernador de Nan’an, se durmió y tuvo un sueño. En él conocía a un joven letrado llamado Liu Mengmei, de quien se enamoraba y con quien contraía matrimonio. Al despertar, Du Liniang murió de tristeza. Tres años después, Liu Mengmei llegó a Nan’an para convalecer de una enfermedad; allí descubrió un retrato de Liniang que ella misma había hecho antes de morir. El letrado se enamoró de la muchacha. El alma de ésta se conmovió por tanto amor; la muchacha recobró la vida y se casó con Mengmei. El convento Ciruelo en Flor fue construido para guardar la tumba de la heroína Du Liniang. Es el lugar donde su enamorado encontró el retrato. <<

[25] En este verso, escrito por Du Liniang en su retrato, se encuentra el nombre de Liu Mengmei: «sauce» (Liu), «Sueño» (Meng) y «Ciruelo» (Mei). <<

[26] El retrato de Du Liniang. <<

[27] Cuando Du Liniang resucitó y se reunió con sus padres, su doncella Chun Xiang («Fragancia Primaveral») no estuvo presente. <<

[28] Fue durante la primavera cuando Mengmei abrió la tumba de Liniang; y en el otoño («el viento del oeste»), pasado ya casi un año, la muchacha se reunió con sus padres.

La solución a este acertijo podría ser un abanico de seda. En el otoño se deja de usar hasta el verano.

El investigador contemporáneo Cai Yijiang insiste, en sus Comentarios y notas sobre los poemas de «Sueño en el Pabellón Rojo» (1979), en puntos de vista como los siguientes: a) La pasión erudita de los especialistas en el Pabellón Rojo por encontrar la solución de estos poemas-adivinanza tiene poco que ver con la investigación sobre la propia novela. b) En realidad los diez poemas son cantos elegiacos por las bellezas del jardín de la Vista Sublime.

El primer poema, titulado «Chibi», es una descripción general de la familia Jia, que se compara con el ejército de Cao Cao.

El segundo poema, «Jiaozhi», está dedicado a Yuanchun. «Las grandes campanas de bronce» se refiere al Palacio Imperial. Yuanchun se compara con Ma Yuan, quien murió cuando recibió la gracia del emperador. Véase la «Canción cuarta: Fugacidad de la vida» del capítulo V: «A la cima del honor sube a buscarla la muerte»…

El tercer poema, «Zhongshan», está dedicado a Li Wan, cuyo esposo había muerto muy joven. Para ella, «la fama y el rango» eran «sólo un sueño» (Véase la «Canción duodécima: El esplendor llega tarde», capítulo V). Son los méritos de su hijo los que la «arrastran al polvoriento mundo». El destino de Li Wan es avanzado por el autor ya en el capítulo V: «Pero está cerca el oscuro sendero / que conduce a las Fuentes Amarillas…». Sin embargo, en los últimos cuarenta capítulos, escritos por Gao E, no sucede su muerte. Por último, los versos del capítulo V: «Pero no provoca envidia su pureza de agua o hielo: / sólo de burla servirá a los otros…» coinciden con el último verso del acertijo: No te quejes si se ensañan contigo las afiladas lenguas…

El cuarto poema, titulado «Huaiyin», está dedicado a Xifeng. El «perro salvaje» puede estar referido a su marido, Jia Lian. Como el destino de Han Xin al recibir el título de «Príncipe de Qi», el de Xifeng ya está determinado cuando ayuda a administrar los asuntos de la mansión Ningguo, tras la muerte de Qin Keqing (capítulo XIII). Los últimos versos de este acertijo pueden referirse a la ayuda que Xifeng presta a la abuela Liu, quien más tarde salvará a su hija Qiaojie.

El quinto poema, «Guangling», está dedicado a Qingwen. La convivencia de la doncella con Baoyu duró sólo cinco años y unos meses; de ahí que se diga: «Todo en un instante desapareció». En cuanto al «paisaje del Dique de Sui», es muy parecido al del patio Rojo y Alegre. Los dos últimos versos coinciden con los del poema del capítulo V: «Su encanto y su inteligencia despiertan envidia y celos; / las calumnias le traerán una muerte prematura».

El sexto poema, «Vado Hoja de Durazno», está dedicado a Yingchun. El paisaje descrito en el poema es parecido al ambiente de la isla de las Trapas Moradas, y también coincide con los versos compuestos por Baoyu en el capítulo LXXIX.

El séptimo poema, «La Tumba Verde», está dedicado a Xiangling. El primer verso coincide con «la imagen de un fragante osmanto sobre los lotos marchitos de un estanque agostado» (capítulo V). El segundo verso se refiere a la temprana separación del lado de su padre, y a la soledad en la que Xiangling vive desde ese momento. En el tercer verso: Han en chino también significa «Hombre»; aquí puede estar referido a Xue Pan, también llamado «Tirano Tonto» o «Estúpido», quien, al tiempo que teme a su esposa, maltrata a Xiangling, lo que es calificado por el autor como «vergüenza eterna».

El octavo poema, «Ladera Mawei», está dedicado a Qin Keqing. Los dos primeros versos deben referirse a su suicidio en el pabellón de la Fragancia Celestial (véanse la nota 24 del capítulo V, y la nota 4 del capítulo XIII). Los dos últimos versos se refieren a la visita en sueños de Baoyu a la Tierra de la Ilusión.

El noveno poema, «Monasterio de Pudong», está dedicado a Jinchuan. El primer verso hace referencia a la posición de la doncella; el segundo, a las relaciones amorosas que mantiene con Baoyu (véanse los capítulos XXIII, XXX y XLIII). Los dos últimos versos se refieren a que, a pesar de que la dama Wang la azota violentamente y la obliga a suicidarse, la actitud de Baoyu hacia ella no cambia.

El último poema, «Convento Ciruelo en Flor», está dedicado a Daiyu. El amor de Du Liniang es muy parecido al de Daiyu. «Un retrato de la bella» coincide con «la luna en el agua» y «la flor de un espejo» (véase el capítulo V). El último verso de este poema es parecido a la descripción que posteriormente se hace del refugio de Bambú, según los comentarios y anotaciones de Zhi Yan Zhai (el primer y más importante comentarista de Sueño en el Pabellón Rojo. Su relación con el autor debió ser muy estrecha. Su identidad todavía no ha podido ser desvelada).

El autor de Sueño en el Pabellón Rojo «canta dos melodías con una sola voz, escribe dos letras con una sola mano» (Qi Liaosheng), ocultando claves por doquier. <<

[29] Se refiere a las Crónicas del historiador de Sima Qian (aprox. 145-90 a. C.), considerado el padre de la historiografía oficial de la China de los emperadores, y al Espejo universal para ayudar a gobernar, de Sima Guang (1019-1086). <<

[30] Se refiere a Guan Yu, cuyo nombre social era Yunchang, famoso general del reino Shu durante la Época de los Tres Reinos. Después de su muerte, los señores feudales lo convirtieron en un dios y lo veneraron como santo militar tanto como a Confucio, santo letrado. En honor de Guan Yu se erigieron templos por toda China. <<

[31] Son plantas utilizadas en la medicina tradicional china (Perilla frustescens var crispa —Zisu—; Platycodon grandiflorum —Jugeng—; Saposhnikovia sivaricata —Fangfeng—; Sxhizonepeta tenuifolia —Jingjie—; Ephedra siníca —Mahuang—). El Zhishi es una medicina elaborada con los frutos maduros de la Poncirus trifoliata, la Citrus aurantium y la Citrus wilsonii. <<

[32] El Shigao es la escayola. <<

CAPÍTULO LII

[1] Recibía ese nombre una especie de pulsera de oro y perlas cuya forma, fina y enroscada, recordaba a las antenas del camarón. <<

[2] Hasta la dinastía Tang, los versos de un mismo poema se componían casi siempre del mismo número de caracteres (cuatro, cinco o siete). Estas composiciones reciben el nombre de shi. Posteriormente apareció el ci, de versos imparisílabos, que tuvo su apogeo en la dinastía Song (por eso, en chino se habla frecuentemente de Tangshi y de Songci). En el texto, cuando Baochai habla de shi, se está refiriendo en realidad a la forma lushi (véase la nota 3 del capítulo XLVIII). <<

[3] Un estudio sobre el antiguo Libro de las Mutaciones (Yijing, más conocido en Occidente como I Ching), escrito por el erudito Zhou Dunyi (1017-1073), de la dinastía Song del Norte (960-1127). Según ese diagrama, el Máximo Supremo (Taiji) es la esencia del universo. El yin y el yang, los cinco elementos fundamentales (Metal, Madera, Agua, Fuego y Tierra) y todas las cosas existentes en el mundo son producto del movimiento y el reposo del Máximo Supremo. Durante la Dinastía Qing, el emperador Qianlong, bajo cuyo reinado (1736-1796) fue compuesto Sueño en el Pabellón Rojo, prestó especial atención a las obras de Zhou Dunyi, y llegó a ordenar a sus funcionarios la composición de poemas tomando como tema el Diagrama del Máximo Supremo. <<

[4] Uno de los Cinco Libros Canónicos. En él se explica la creación y transformación del universo según los ocho trigramas fundamentales y los sesenta y cuatro hexagramas. Es una mezcla de confucianismo y taoísmo. Los Cinco Libros Canónicos son: Yijing («Libro de las Mutaciones»), Shijing («Libro de los Cantos»), Shujing («Documentos de los Venerables»), Liji («Libro de los Ritos»), y Chunqiu («Anales de Primavera y Otoño»). <<

[5] Zhenzhen significa «De Verdad». En el texto, Baoqin pretende decir «De Ficción». Por eso, cuando Daiyu le advierte que está mintiendo, ella se turba y agacha la cabeza. <<

[6] El «ojo de gato» y el «verde-abuela» son dos tipos de diamante de gran valor. <<

[7] Es un tema, el de los diferentes sentimientos que inspira la luna según quien la contemple, frecuente en la poesía clásica chi na. Por ejemplo, Li Bai dice en su poema titulado «Preguntando a la luna con la copa en la mano»:

No es la luna de antaño esta que vemos,

pero es ésta sin duda la que alumbró a los antiguos.

Los hombres de antaño, los hombres de hoy, son como el agua que fluye:

miran todos la misma luna. <<

[8] El «sur del río Han» no es una referencia geográfica, sino una anécdota para expresar el sentimiento de quien lamenta la llegada tan rápida de la vejez. Yu Xin, poeta de las dinastías del Norte (386-534), escribió este poema titulado «Elegía al árbol marchito»:

Aquel año trasplanté el sauce

que al sur del Han se cimbreaba;

Hoy ya no puede resistir el viento.

Qué triste y solitario está en la orilla.

Si a un árbol le sucede esto,

qué será de nosotros, los humanos. <<

[9] Según el investigador Cai Yijiang, la belleza rubia autora de este poema es la misma Baoqin. Si comparamos la descripción que de ella se hace en el capítulo L y la de este capítulo encontraremos grandes coincidencias. Además, en el poema del capítulo L titulado «Rojo ciruelo en flor» encontramos estos dos versos:

Ya se retiró la nieve de los patios solitarios, de las balaustradas zigzagueantes.

Pero caen las nubes rojas sobre aguas que fluyen y valles vacíos. <<

[10] Lao Jun era el nombre de cortesía de Lao Zi. Según Peregrinación al Oeste —novela escrita por Wu Cheng’en (1500-1582)—, después de su muerte, Lao Zi, el fundador del taoísmo, se convirtió en un inmortal y se dedicó a destilar elixires en las regiones celestiales. <<

[11] «Flor» se pronuncia como Hua, que es el apellido de Xiren. <<

CAPÍTULO LIII

[1] Fuling (Poria cocos) es una especie de hongo que crece generalmente en las raíces de pino. Es comestible, y como componente de la medicina tradicional se utiliza para curar alteraciones gastrointestinales, ansiedad, hidropesía, etc.

Los dos ideogramas que componen el nombre Dihuang (Rehmannia glutinosa), se traducen literalmente como «Tierra Amarilla»; y los dos ideogramas que componen el nombre Danggui (Angélica sinensis) se traducen literalmente como «Debe volver». Ambas hierbas medicinales se destinan a normalizar la menstruación, calmar la ansiedad, recuperar el ritmo del sueño, etc. <<

[2] El carácter que hoy se pronuncia como dan se leía antiguamente como shi. Un dan (o shi) equivale a unos setenta y cinco kilogramos. Véase la nota 5 del capítulo XXXIX. <<

[3] «Diez Mil Años» (Wansui) era otro de los nombres del emperador. «Mil Años» (Qiansui) se llamaba a la emperatriz. <<

[4] El Qing, usado en las ceremonias religiosas del budismo, era un instrumento musical parecido al gong de bronce. El bastón con que se golpeaba se solía hacer con madera de ajenjo. <<

[5] En la China antigua se colgaban a ambos lados de la puerta dos tablas de madera de melocotonero en las que se pintaban los retratos de los dioses escribían sus nombres. Se decía que impedían la entrada a demonios y fantasmas. <<

[6] Sólo a los funcionarios de alto rango les estaba permitido el uso de un palanquín con ocho porteadores. En la familia Jia, sólo la Anciana Dama puede utilizarlo. Existe una excepción: al considerarse según la tradición que durante los tres días siguientes a la boda la novia no tiene categoría, a ésta también le está permitido su uso. <<

[7] Título nobiliario concedido por el emperador Renzong, de la dinastía Song, a los descendientes de Confucio. A partir de entonces fue mantenido por todas las dinastías posteriores. <<

[8] Confucio ideó esta metáfora: la Estrella Polar es el emperador; las estrellas, sus altos dignatarios. <<

[9] «Gloria» se refiere al duque de Rongguo («Gloria del Estado»), y «Paz» al duque de Ningguo («Paz del Estado»). <<

[10] Cada una de las generaciones lleva en su nombre un radical que la distingue de las demás. <<

[11] Juego chino en el que se procura el cerco del contrincante. En el tablero se cruzan diecinueve líneas horizontales con diecinueve verticales; en cada una de las trescientas sesenta y una intersecciones se colocan las fichas. En Occidente, adonde fue traído por los japoneses, se conoce con el nombre de Go («cerco»). <<

[12] Huiniang: «Muchacha Talentuda». <<

[13] Uno de los cuatro estilos principales de la caligrafía china (estilo «pajizo» o «hierba»). Véase la nota 6 del capítulo XLI. <<

[14] Se refiere al pino, bambú y ciruelo, que no temen el frío del invierno, pues los dos primeros no pierden sus hojas y el último florece en esa estación. Son símbolo de firmeza y voluntad. <<

[15] Pequeño almirez de madera envuelto en piel, con un largo y elástico mango de bambú. Se usa para dar masajes en las piernas y cintura. <<

[16] Obra de Yuan Yuling (1592-1674). Trata del encuentro, separación, tristezas y alegrías que experimentara Yu Shuye en sus amores con la cortesana Mu Suhui. <<

CAPÍTULO LIV

[1] Se refiere a Lao Laizi, contemporáneo de Confucio (época de Primavera y Otoño). Según los Veinticuatro ejemplos de piedad filial, a la edad de setenta años aún se vestía con trajes floreados para entretener a sus padres. <<

[2] Obra teatral de Xu Yuan, de la dinastía Ming, cuyo argumento es una adaptación de la obra de la dinastía Yuan titulada Huérfano de la familia Zhao: en la época de Primavera y Otoño un astuto ministro llamado Tu Angu, favorito del rey Ling Gong de Jin, asesinó a todos los familiares del honrado Zhao Dun, primer ministro; de la matanza sólo escapó uno de sus nietos, recién nacido, gracias a la ayuda de ocho caballeros leales. Cuando el huérfano se hizo hombre llevó a cabo su venganza. <<

[3] La caja mágica es una obra dramática fechada entre las dinastías Ming y Qing. En ella ocurre la pelea entre la diosa Jinhua y el inmortal Zhang; la «caja mágica» es un arma del inmortal Zhang. Como el nombre de la diosa suena igual que los apellidos de Yuanyang y Xiren (Jin y Hua), Qiuwen bromea aprovechando el juego de palabras. <<

[4] Albóndigas de arroz glutinoso con distinto relleno, generalmente dulce, que se suelen comer el día quince de la primera luna (es decir, en la fiesta de los Faroles). <<

[5] Instrumentos musicales típicos de China: el primero tiene tres cuerdas (San = tres; Xian = cuerda) y el otro cuatro. <<

[6] Después de la dinastía Tang (618-907) reinaron cinco dinastías sucesivas: Liang posterior (907-923), Tang posterior (923-936), Jin posterior (936-947), Han posterior (947-950) y Zhou posterior (950-960). <<

[7] Chu significa «virgen»; Luan es un ave parecida al fénix. Tanto el luan como el fénix simbolizan el matrimonio feliz. <<

[8] Melodía musical que se usaba originalmente cuando los generales daban órdenes a su ejército. Se interpreta principalmente con instrumentos de viento y tambores. <<

[9] Fragmento de El pabellón de las peonías: Después de haberse encontrado felizmente con Liu Mengmei en su sueño, Du Liniang pasea por el jardín recordándolo. Véase la nota 25 del capítulo LI. <<

[10] Violín chino de dos cuerdas. <<

[11] Fragmento de Historia del ala oeste: El monje Huiming entrega al general del Caballo Blanco una carta del letrado Zhang en la que éste le invita a rescatar a la señorita Yingying. <<

[12] Véase la nota 16 del capítulo anterior. <<

[13] «Escuchando las notas nocturnas de la lira» es un acto de Historia del ala oeste. En él se describe a Yingying escuchando a Zhang Junrui tocar la lira; a través de su interpretación llegó a conocer sus sentimientos amorosos. El romance de la peineta de jade es una obra dramática escrita por Gao Lian, de la dinastía Ming; trata de los amores entre la monja Chen Miaochang y el letrado Pan Bizheng. El retorno del tañedor de laúd es una obra escrita por el abuelo de Cao Xueqin, cuyo argumento refiere el retorno de la poetisa Cai Yan desde el país de los hunos a su tierra natal. <<

[14] «Ciruelo» y «Cejas» son en chino palabras sinónimas. Es un juego para atraer la buena suerte. <<

[15] El Rey Mono es el protagonista de la novela clásica titulada Peregrinación al Oeste. En dicha obra, él se llama a sí mismo «Gran Santo Igual al Cielo». <<

[16] Recibe también el nombre de «Alegría de las flores de loto». Es una especie de recitado al compás de los golpes de dos tablas. Originalmente lo interpretaban los mendigos. <<

CAPÍTULO LVI

[1] Se refiere a Zhu Xi (1130-1200), neoconfuciano de la dinastía Song del Norte. Zhu es su apellido; Zi, en chino antiguo, era un título de respeto traducible como «Maestro». La cita que aparece en el texto está sacada del capítulo XXI de sus Obras completas, titulado «Enseñanzas del hogar», cuyo sentido es el siguiente:

Todas las cosas bajo el Cielo, incluyendo rocas, víboras, heces, cenizas, son útiles y los seres humanos no las desechan. Por eso los hombres tienen menos razón todavía para desdeñarse a sí mismos. En vez de recriminar al Cielo e inculpar a los demás, todo hombre debe exigirse estrictamente a sí mismo y realizar su ideal recordando los méritos de su abuelo y pensando en las hazañas de su padre… <<

[2] Zi significa «Maestro»; Shu significa «Libro». Esta expresión se refería al principio a las obras de los filósofos y eruditos anteriores a la dinastía Qin (221-206 a. C.): Confucio, Mencio, Hanfeizi, Xunzi, Laozi, Zhuangzi, etc. Posteriormente se refirió a una de las divisiones de la «Biblioteca completa en Cuatro Secciones», una selección de las obras clásicas compuesta por un total de tres mil cuatrocientos sesenta títulos distribuidos en cuatro grupos: Jingshu: libros canónicos; Shishu: libros de historia; Zishu: libros de filosofía política, técnica, literatura y arte, etc.; Zashu: misceláneas. <<

[3] Texto inventado por el autor. Posiblemente Ji se refiera a Huangdi, el legendario Soberano Amarillo (2696?-2598? a. C.), considerado fundador del imperio chino, que tomó como emblema imperial el color amarillo de la tierra. Según la leyenda, Huangdi tomó como apellido el nombre del río Ji, en cuya ribera vivía. Todavía hoy los chinos se siguen considerando «hijos y nietos del Soberano Amarillo». <<

[4] De las Analectas de Confucio. <<

[5] Se refiere a la Lonicera japonica, cuyas flores y ramas se utilizan en la medicina tradicional china. <<

[6] Cada pieza de tela consiste en un rollo de 50 o 100 chi. Cada tres chi equivalen a un metro. <<

[7] El dragón simbolizaba al emperador, y sólo él podía usar ropajes con bordados o dibujos representándolo. Los príncipes y altos funcionarios utilizaban en sus ropas la imagen de la serpiente pitón, pues ésta era considerada de la misma familia que el dragón. <<

[8] Lin Xiangru: ministro del reino Zhao de la Época de los Reinos Combatientes (475-221 a. C.); Sima Xiangru: poeta de la dinastía Han (206-220 d. C.). <<

[9] Según las Crónicas del historiador, de Sima Qian, Yang Hu oprimía a los habitantes de Kuang. Confucio tenía un enorme parecido con él, y en cierta ocasión, al pasar por Kuang, se vio acosado durante varios días por la población. <<

CAPÍTULO LVII

[1] «Atareado» y «bruto» son en chino palabras homófonas que sólo se distinguen por los tonos diferentes. En algunas versiones aparece «el Jade Bruto», adjetivo que tiene poco que ver con el carácter de Jia Baoyu. «Atareado» se refiere a lo ocupado que anda siempre el personaje complaciendo a todas las muchachas, tanto a sus primas como a sus doncellas. Por eso Zijuan, en este capítulo, pretende poner a prueba su amor por Daiyu. <<

[2] Un liang equivale aproximadamente a 31 gramos. <<

[3] Renzhong es un punto clave que se encuentra en la depresión del labio superior, justo debajo de la nariz. Un pellizco en ese lugar, o la aplicación de una aguja de acupuntura, puede despertar al desmayado. <<

[4] Alude a la esposa de Liang Hong, que compartió con su marido la vida ascética bajo la dinastía Han. Desde que se casó con él, sólo vistió ropas de algodón y usó una horquilla de madera. <<

[5] «Comodidad Eterna.» <<

[6] Jing Ke, que vivía en el reino Wei, intentó asesinar a Ying Zheng (Qinshihuang, el primer emperador de la dinastía Qin) sin lograrlo, y fue ajusticiado. Nie Zheng, que vivió en la misma época, asesinó al primer ministro del reino Han y después se suicidó. Antiguamente se consideraba a ambos asesinos como personas que se atrevieron a sacrificar su vida en aras de la justicia y la amistad. <<

CAPÍTULO LVIII

[1] El fénix es uno de los cuatro animales mitológicos importantes de China. Allí se denomina Fenghuang y simboliza el matrimonio armonioso; de esa manera, Feng se refiere al macho y Huang a la hembra. En el presente capítulo las dos actrices, Ouguan y Diguan, interpretan en la escena el papel de un matrimonio, y como tal viven fuera de ella. De ahí la denominación «Falso Fénix». <<

[2] La ventana de gasa rosada hace referencia al aposento de Baoyu. «Joven señor de la Gasa Rosada» es otro de sus nombres. <<

[3] Xiaoci significa «Piedad Filial y Afectuosa». <<

[4] El culto a los antepasados obligaba a no enterrar inmediatamente a los muertos, rindiéndoles homenaje durante tres días como mínimo: en los dos primeros días había que acudir a un templo donde la imagen del Rey de los Infiernos era informada de la muerte que se había producido. Toda esta ceremonia recibía el nombre de Baomiao («Informar en el Templo»). Durante el tercer día tenía lugar la ceremonia llamada Jiesan o Songsan, dependiendo de si se acogía (Jie) el alma del difunto o se despedía (Song) su cuerpo. En dicha ceremonia se quemaban carros, barcos o efigies de sirvientes hechas de papel. El cuarto día ya se podía proceder a la inhumación. Cuando se trataba de una familia rica y noble, las ceremonias eran más complicadas. Así, el funeral de la gran concubina dura un mes, y el de Qin Keqing (en los capítulos XIII y XIV) cuarenta y nueve días. <<

[5] En las óperas tradicionales, especialmente en la ópera de Kunshan (Kunqu) y en la de Pekín, los papeles se dividen en cuatro tipos: Sheng, Dan, Jing y Chou. Los Sheng, papeles masculinos, se dividen a su vez en tres: Laosheng (viejos), Xiaosheng (jóvenes caballeros, letrados o militares) y Wusheng (héroes o militares).

Los Dan son papeles femeninos que se dividen en Zhengdan o Qingyi (mujeres de edad mediana o jóvenes), Xiaodan o Huadan (jovencitas de carácter vivo o travieso), Laodan (viejas) y Daomadan («Mujeres de Sable y Caballo», heroínas).

Los Jing («Caras Pintadas») son hombres de carácter fuerte y tosco.

Por último, los Chou son payasos, divididos en «cultos» y «militares». <<

[6] Uno de los veinticuatro períodos según el calendario lunar chino. Cae hacia el día 5 de abril del calendario occidental. En ese tiempo se visitan y limpian las tumbas de los antepasados. <<

[7] Según el volumen 56 de las Crónicas de la poesía de la dinastía Tang, cuando el célebre poeta Du Mu visitaba Huzhou conoció a una bella jovencita. Catorce años después visitó el mismo lugar en su calidad de funcionario; encontró a aquella muchacha casada y con hijos, se sintió triste y escribió los siguientes versos:

Tardas demasiado en buscar la primavera; he aquí la causa de todo.

No debes quejarte tristemente de estas horas aromáticas:

Por tierra las flores rojas que arrancó la tormenta;

ya dan sombra las verdes hojas y las ramas están llenas de frutos. <<

[8] Discípulo de Confucio que, según la leyenda, comprendía el lenguaje de los pájaros. <<

[9] En determinadas festividades existía la costumbre de quemar, en homenaje a los muertos, bolsas de papel llenas de monedas recortadas. Sobre ellas se escribía el nombre completo del destinatario de la ofrenda. <<

[10] La posición social de los actores estaba a la altura de la de mendigos y prostitutas. <<

[11] Extraído del ensayo titulado Prólogo para despedir a Mong Dongye, escrito por Han Yu (768-824), célebre literato de la dinastía Tang. Dicho texto empieza con la siguiente frase: «Cualquier cosa protesta cuando sufre injusticia…». <<

[12] Doncella de Historia del ala oeste. Véanse las notas 9 del capítulo V, y 21 y 23 del capítulo LI. <<

[13] Para la ideología confuciana, el no tener hijos varones era una grave muestra de carencia de piedad filial hacia los antepasados. <<

CAPÍTULO LIX

[1] «La Oropéndola» se refiere a Yinger («Oropéndola de Oro»), y «la Golondrina» a Chunyan («Golondrina Primaveral»). <<

[2] Leve enfermedad cutánea producida por la alergia. Se llama así por el color rojizo de los granos que aparecen en las mejillas. <<

[3] Es una especie de polvo medicinal perfumado. <<

CAPÍTULO LX

[1] El «polvo de jazmín» es un producto de maquillaje, y el «polvo de rosas» una especie de medicina perfumada para limpiar la piel de las mejillas. <<

[2] El «rocío de Meigui» (Meiguilu) es el mismo «jugo puro de rosas» que la dama Wang regaló a Baoyu en el capítulo XXXIV. En chino, la rosa se designa al menos con tres palabras: Meigui, Qingwei y Yueji. La «escarcha de Fuling» es un tónico muy valioso, hecho con polvos de Fuling (componente de la medicina tradicional china). Recibe ese nombre por su color blanco. Véase la nota 1 del capítulo LIII. <<

[3] Wuer: Wu: «Cinco» o «Quinto»; Er: «Pequeño». <<

曹雪芹 CAO XUEQIN (Nanjing, China, 1715 - Beijing, China, 1763).

Cao Xueqin, el autor de Sueño en el Pabellón Rojo, hijo de una familia adinerada caída en desgracia, murió en la miseria en torno a 1763 cuando contaba cuarenta años. El escritor, pintor, extraordinario poeta (como se aprecia en la multitud de composiciones de Hongloumeng), calígrafo, músico e incluso notable constructor de cometas (arte sobre el que llegó a redactar un manual), no llegó a ver impresa su obra y los ochenta primeros capítulos de su novela inacabada circularon en copias manuscritas que se vendían en ferias y mercados con el título de Memorias de una roca.

La novela se imprimió por primera vez en 1791, con el nuevo título de Sueño en el Pabellón Rojo y un total de ciento veinte capítulos, después de que Cheng Weiyuan y Gao E declarasen haber encontrado en manos de un trapero los capítulos finales. La historia de los jóvenes amantes Jia Baoyu y Lin Daiyu ha deslumbrado desde entonces a los lectores con su prosa de admirable fluidez y el contrapunto de sus refinados poemas, pues Sueño en el Pabellón Rojo no es sólo una maravillosa epopeya amorosa sino una suma espiritual que abarca todas las pasiones humanas. Y la obra, comparada a menudo con En busca del tiempo perdido de Proust, constituye a la vez un riquísimo retrato de una época en el que Cao Xueqin, prodigioso narrador y cáustico moralista, despliega centenares de personajes y de relatos que entretejen con minucioso detalle la crónica cotidiana de la China imperial del siglo XVIII.

Esta «enciclopedia de las postrimerías de la sociedad feudal china» condena y denuncia la vida corrupta de los aristócratas, la arrogancia e hipocresía de la clase feudal, la esclavitud, las miserias y el sufrimiento del pueblo, las continuas manifestaciones de opulencia, lujo y despilfarro que presiden palacios y mansiones, el saqueo de riquezas, las intrigas políticas, las rivalidades y confabulaciones domésticas, los abusos de poder, los engaños, las traiciones, los asesinatos…

Y, en especial, a través del protagonista, Jia Baoyu, un muchacho apuesto, caprichoso e inteligente que nació con un pedazo de jade en la boca y parece predestinado a una vida placentera rodeado de los cuidados y atenciones que le prodigan las jóvenes de su casa, Cao Xueqin se subleva ante el triste destino que la sociedad de la época dibuja para las mujeres, víctimas del código feudal imperante y de las arbitrarias decisiones con las que las familias pueden zanjar los sentimientos de una muchacha.

Más de doscientos años después de haber sido escrito y tras cautivar a millones de lectores en todo el mundo, Sueño en el Pabellón Rojo sigue fascinando a cuantos se adentran en la historia que narra, una fastuosa saga familiar y un amor trágico, pero, sobre todo, una profunda meditación filosófica.

CAPÍTULO LXI

[1] Recibe ese nombre una tabla pintada con laca blanca sobre la que se puede escribir y después borrar fácilmente con agua. Antiguamente era utilizada en las instituciones gubernamentales para anotar los asuntos que habían de ser discutidos cada día. Posteriormente se usó también en los comercios. <<

[2] El Gouqi (Lycium chinense) es un pequeño arbusto cuyos brotes y hojas son comestibles. Sus semillas (Gouqizi) se usan en la medicina tradicional como tónico. <<

[3] El «Maitreya» es un buda que se representa en los templos budistas como un monje cuyos principales atributos son una sonrisa perenne y una enorme barriga. Un par de bandas verticales (con inscripciones simétricas y colocadas a ambos lados de la puerta del templo) describen su figura:

Ni la tierra es capaz de soportar todas las cosas que su gran barriga es capaz de contener.

De todos los hombres ridículos bajo el cielo se ríe su risa perenne. <<

[4] Se trata de un proverbio que aparece originalmente en el título de este capítulo. Para facilitar la comprensión de dicho título hemos preferido no introducir una traducción literal, sino más bien el sentido de dicho proverbio: «Para proteger a su hermana, etc.». <<

CAPÍTULO LXII

[1] «Los de arriba» a quienes está destinado este saludo son la dama Wang y Xifeng, que se encuentran ausentes. <<

[2] Un tipo de fideos finos como los hilos de seda y tan blancos como la plata. En China es costumbre muy antigua comer fideos en los cumpleaños; su longitud es símbolo de longevidad. <<

[3] Shouxing («Estrella de Longevidad») es el dios de la longevidad. En las celebraciones de cumpleaños se suele llamar así al homenajeado. <<

[4] El She-Fu («Adivinar y Esconder») es un antiguo juego de adivinanzas. En su origen consistía en esconder un objeto bajo un tazón o una fuente. Ganaba quien adivinara cuál era el objeto escondido. Posteriormente se convirtió también en un juego de bebida. Aquí, por ejemplo, el jugador que esconde (Fu) señala el objeto oculto mediante un verso, un proverbio o la referencia a una anécdota. El que adivina (She) está obligado a resolver el enigma con otro verso, proverbio o anécdota que haga referencia al mismo objeto. El castigo del perdedor es beber una copa de vino. <<

[5] Es una frase de las Analectas de Confucio. Xiangyun sugiere a Xiangling que dé «peonía» como solución, pues el «viejo jardinero» le sugiere a ella misma el jardín Rojo y Fragante, que está en el centro de la empalizada de las Peonías, rodeado por esas flores. <<

[6] Según una antigua leyenda, durante la dinastía Jin (265-317) el gobernador de Yanzhou (Shandong), llamado Song Chuzong, colocó junto a su ventana un gallo que cantaba sin cesar. Resultó que el gallo también sabía hablar y pasaba el día entero conversando con Chuzong, lo que ayudó a que éste progresara notablemente en sus estudios. Por esa razón, «Gallo-Ventana» (Ji-Chuang) es una metáfora de las bibliotecas o lugares de estudio. <<

[7] «Los gallos vuelven al corral» es un verso del Libro de los Cantos, la más antigua antología general de la poesía china, que recoge composiciones anónimas desde la dinastía Zhou del Oeste (1066-770 a. C.) hasta el período de Primavera y Otoño (722-481 a. C.). <<

[8] Jiudi («El fondo del vino») y Jiumian («La superficie del vino») son las dos modalidades de cumplimiento del castigo para los perdedores en el juego de la bebida. En el Jiudi primero se bebe y después se cumple el castigo de ingenio; en el Jiumian se hace al revés. <<

[9] En China se editaba anualmente un almanaque en el que sé predecía cómo sería el clima del año entrante, qué días serían favorables para emprender un viaje, empezar la construcción de una casa, visitar a parientes o amigos, etcétera. <<

[10] «El solitario ganso silvestre…» es una frase extraída de la obra titulada Prólogo al pabellón de Tengwang, escrito por el poeta Wang Bo de la dinastía Tang.

«Graznando tristemente, el ganso salvaje planea»… es un verso anónimo de la dinastía Tang. Se trata de una variación de los versos de Lu You, célebre poeta de la dinastía Song:

Ningún ganso salvaje planea sobre el río barrido por el viento.

Bajo la luz de la luna se escuchan en los patios los golpes de las lavanderas.

«Un ganso salvaje con una pata quebrada» es el nombre de una ficha de dominó compuesta por nueve puntos verdes, de los cuales los seis de la mitad inferior simbolizan un ganso, y los tres superiores, dispuestos en una fila inclinada, una pata del mismo animal.

«Sus gritos colman de dolor los corazones» es el nombre de una melodía de la ópera.

«El regreso del ganso salvaje» es una frase que aparecía frecuentemente en los almanaques. Se refería a la llegada del otoño. <<

[11] En chino, las palabras que significan «Avellana» y «Piedra de lavandera» son homófonas. El segundo verso procede de otros de Li Bai:

En Chang’an, bajo la inabarcable luz de la luna,

los golpes de las lavanderas resuenan en mil hogares.

Véase la nota 1 del capítulo XLIX. <<

[12] Li Wan da la clave «Calabaza» al relacionar las copas sobre la mesa con el verso de Su Zhe (1039-1112): «Copas y calabazas cuelgan ociosas de la pared». Xiuyan responde con la palabra «Verde» al recordar el verso de Liu Xiyi (poeta de la dinastía Tang): «Nace la tristeza y se encamina a la copa verde». <<

[13] Durante la dinastía Tang, la emperatriz Wu Zetian ordenó a Lai Zunchen interrogar a Zhou Xing. Antes del proceso, Lai preguntó a Zhou cómo podría hacer confesar sus crímenes a un acusado. Zhou le contestó que el mejor método era meterlo dentro de un jarrón colocado entre las llamas. Entonces Lai le llevó un gran jarrón y le dijo: «Siguiendo las órdenes de la emperatriz, vengo a interrogarte. Métete en el jarrón, por favor». <<

[14] «Saltando y rugiendo» procede de la obra titulada Sobre las voces del otoño, escrita por el poeta y ensayista Ouyang Xiu (1007-1072), de la dinastía Song.

«Hacia el cielo se encrespan las olas fluviales» es un verso del gran poeta Du Fu, de la dinastía Tang.

«Una barca solitaria sujeta al embarcadero…» es el nombre de una jugada de dominó (véase la nota 11 del capítulo XL).

El viento soplando sobre él no es él nombre de una melodía.

«No conviene emprender un viaje» es una frase de almanaque. <<

[15] Yatou es la transcripción idéntica de dos palabras que en chino se escriben de manera distinta. El primer Yatou significa «cabeza de pato»; el segundo, «doncella». <<

[16] Verso escrito por Zheng Hui, de la dinastía Song del Sur. La «horquilla de jade» se refiere al pábilo de la vela. <<

[17] Cen Shen, poeta de la dinastía Tang, recibía el nombre de Cen Jiazhou por haber ocupado el cargo de gobernador de Jiazhou. <<

[18] «Dulce la fuente, fresco el vino» es una cita extraída de El pabellón del viejo borracho, obra escrita por Ouyang Xiu.

«Relumbra como ámbar en una copa de jade» es un verso de Li Bai.

«La luna se eleva sobre los ciruelos» es el nombre de una ficha de dominó compuesta de seis puntos: uno rojo, en la mitad superior, simboliza la luna, y los cinco verdes de la mitad inferior simbolizan los ciruelos.

El regreso de los borrachos es una melodía.

La última frase aparecía frecuentemente en los almanaques. <<

[19] Según los Apuntes sobrantes de la dinastía Tang, en la casa de campo del caballero Li Deyu existía una roca que tenía la virtud de devolver la sobriedad a quien se tendía borracho sobre ella. De esta anécdota procede la tradición de los guijarros que hacen pasar las borracheras. <<

[20] Luohan: santo budista. <<

[21] El romance del laúd es una obra teatral escrita por Gao Zecheng a finales de la dinastía Yuan.

En chino, «Níspero» y «Laúd» son palabras homófonas. <<

CAPÍTULO LXIII

[1] Se trata de un té producido en Puer (provincia de Yunnan). Se vende prensado en forma de pequeño cuenco. Entre sus virtudes está el facilitar la digestión y devolver la sobriedad a los borrachos. <<

[2] Nüer, o «té virgen», es una de las mejores especies de té Puer. <<

[3] Recibe ese nombre por el color rojo de los puntos de cada dado. <<

[4] Del poema titulado «Flor de la peonía», escrito por Luo Yin, de la dinastía Tang. Cao Xueqin utiliza este verso como referencia al poema completo, que tiene que ver con el carácter y el destino de Baochai. Dice así:

Parece su destino encadenado

al viento del este, secretamente.

Se recoge su seda carmesí,

pues no soporta la lluvia ni el viento

que trae la primavera.

Si supiera hablar no habría belleza

comparable a la suya en esta tierra.

No tiene corazón, tan insensible,

pero su encanto es conmovedor.

A su lado, Shao Yao es una esclava.

Cuando su fragancia se expande,

el hibisco no se puede esconder.

Lamentemos el triunfo de Han Hong:

vivirá solo, alejado de las flores.

Shao Yao: La peonía tiene dos nombres en chino, según sea herbácea o de tallo leñoso. En el primer caso, se llama Shao Yao; en el segundo, Mudan.

Han Hong: En el año XIV de Yuanhe (820) de la dinastía Tang, llegó a Chang’an como Zhongshuling (primer ministro). Existía la costumbre de cultivar y contemplar las peonías; pero él, por no imitar a los habitantes de Chang’an, considerando esa costumbre propia de ociosos, arrancó todas las flores de su jardín.

Con la peonía, el autor simboliza el carácter y el destino de Baochai. Es la más bella entre las doce bellezas de Jinling, pero es insensible (como la flor, que es poco aromática). El hibisco (más adelante Daiyu sacará una ficha que representa esa flor) no puede competir con ella.

Por último, la mención a Han Hong puede estar referida al destino de Baoyu, quien finalmente abandonará a Baochai para hacerse monje. <<

[5] Shanghuashi («Hora de contemplar las flores») es una melodía de la obra teatral titulada Historia de Handan, de Tang Xianzu (1550-1616), célebre dramaturgo de la dinastía Ming. El nombre de esta melodía coincide con el sentido del juego (conocer el destino de cada una de las flores). Fue cantada por He Xiangu (una de los Ocho Inmortales Taoístas) cuando barría las flores caídas a las puertas del Cielo mientras veía a Lü Dongbin, otro inmortal, bajar al mundo de los hombres para buscar a alguien que la sustituyera en el trabajo de limpieza. <<

[6] En el cielo de los inmortales, el polvo no es tierra sino jade. <<

[7] El inmortal Lü Dongbin era un imprudente. En cierta ocasión, desobedeciendo los consejos de su maestro se batió, armado con su espada mágica, contra el bonzo inmortal apodado «Dragón Amarillo». Le faltó poco para ser derrotado, en caso habría perdido su condición de dios. <<

[8] Se refiere a una anécdota de la dinastía Song. En Donglin (Bosque del Este), lugar situado en Huzhou, vivía un viejo famoso por su hospitalidad. Invitaba a beber a sus visitantes, y frecuentemente se emborrachaba con ellos. Como a Lü Dongbin también le gusta el licor, He Xiangu le aconseja en este verso que, puesto que baja al mundo de los hombres, no se exceda bebiendo. <<

[9] Si Lü Dongbin no encuentra a un alma que la sustituya, He Xiangu no podrá asistir al banquete del Durazno ofrecido por la diosa madre del Cielo del Oeste. <<

[10] Este verso, al que ya recurrieron las jugadoras de dominó del capítulo XL procede de un poema de Gao Chan, de la dinastía Tang:

Con rocío se riega el durazno verde en el cielo.

Al lado del sol, el rojo albaricoquero hunde sus raíces apoyándose en las nubes.

El loto crece en las aguas del río otoñal.

No culpes al viento del este si no se abre la flor.

En este poema, «el sol» se refiere al emperador, y «el rocío» a los favores que prodiga. Por eso las instrucciones del juego rezan: «A quien le toque esta ficha tendrá un noble esposo», y se compara a Tanchun con Yuanchun, la concubina imperial (éste no es, sin embargo, el destino que deparó al personaje la intervención de Gao E en la conclusión de la novela). En los dos últimos versos, Gao Chan se refiere a sí mismo tras haber sido suspendido en el Concurso Imperial. Podemos encontrar algunas coincidencias entre estos versos y los del capítulo V («El día Brillante y Blanco la despedirán llorando junto a la orilla del río / y sólo en sueños volverá a su casa) y del capítulo XXII (Pero ella se aleja cuando se quiebra el hilo de seda. / No culpemos de la separación al viento del este»). <<

[11] Verso procedente del poema titulado «Ciruelo», escrito por Wang Qi, de la dinastía Song:

Ni polvo ni ceniza son para él una molestia,

feliz de estar junto a la cerca de bambú y la techada cabaña.

Por azar conoció a Lin Hejing. Sólo por eso

hablan a menudo del ciruelo los hombres hasta hoy.

«Hejing» era el nombre que el emperador otorgó a Lin Bu, poeta de la dinastía Song. Nació y vivió en la colina Gushan de Hangzhou cultivando ciruelos y criando grullas. Se decía de él que había tomado a la flor del ciruelo como esposa y las grullas eran su descendencia.

Se puede comparar este poema con el dedicado a Li Wan en el capítulo V. <<

[12] Del poema titulado «Manzano silvestre», escrito por Su Shi, de la dinastía Song:

El viento del este flota sobre la luz ondulante de la primavera.

Reina una bruma fragante, y la luna ya no alumbra el pórtico.

Ya es muy tarde y temo que la flor se quede dormida.

Enciendo una vela para contemplar su roja belleza.

En este poema, Su Shi expresó su añoranza por la flor y la primavera. Por eso enciende una vela para contemplar la flor del manzano silvestre, que no duraría mucho tiempo. El destino de Xiangyun expuesto en este poema coincide con el que anticipó el autor en el capítulo V. <<

[13] Verso procedente del poema titulado «Paseo por el pequeño jardín al final de la primavera», escrito por Wang Qi, de la dinastía Song:

Cuando el ciruelo blanco se despoja de su último adorno,

el manzano silvestre se pinta de rojo flamante.

Cuando florece el Tumi se marchitan las flores de primavera, y las ramas trepadoras del Tianji saltan la musgosa pared del patio.

Tumi es una planta rosácea que florece al final de la primavera. Tianji («Espino Celestial») es una planta trepadora. Los dos primeros versos se refieren a las bellas muchachas, que florecen una tras otra. El tercero tiene un doble sentido:

a) Según Zhi Yan Zhai (el primer, o la primera, pues no se sabe a quién corresponde el seudónimo, comentarista y anotador de Memorias de una roca), después de que Xiren se casara con el actor Tiang Yuhan, Sheyue era la última doncella que quedaba con Baoyu. Como el apellido de Xiren significa «Flor», este verso podría referirse a su casamiento.

b) También puede referirse a que ya no quedaba ninguna de las beldades. Por eso en las fichas se leía: «cada participante debe apurar tres copas para despedir a la primavera». Además, cuando se le preguntó a Baoyu qué significaba, él se limitó a dar una respuesta huraña: «Todos debemos beber». <<

[14] Del poema titulado «Flores caídas», escrito por la poetisa Zhu Shuzhen, de la dinastía Song:

Sobre un mismo tallo, dos flores forman una pareja.

Envidiosos de su dicha, viento y lluvia las ultrajan.

Quisiera que el dios de la Primavera fuera eternamente emperador;

que siempre fuera el protector de las flores. No permitiría que cayeran una tras otra sobre el musgo verde.

Los dos primeros versos se refieren a la mala fortuna de Xiangling. Véanse los versos que se dedican a ella en el capítulo V, y la nota 13 del mismo capítulo. <<

[15] Del poema titulado «Canto para la consorte imperial, respondiendo una vez más a Wang Jiefu», escrito por Ouyang Xiu. En este caso, «la consorte» se refiere a Wang Zhaojun (Wang Qiang: véanse el poema «La tumba verde» en el capítulo LI, y las notas 17, 18 y 19 del mismo capítulo). El «Canto para la consorte» dice:

En la casa de los Han había una belleza,

pero no la conocía el Hijo del Cielo.

Para casarse con Chanyu, en tierra lejana,

al embajador de los Han siguió un día.

No hubo belleza como la suya bajo el cielo.

De una vez la perdió el emperador, para siempre.

Mató al pintor, es cierto,

pero de nada sirvió.

Si así trataba las cosas que oía y veía,

¿cómo iba a conquistar la tierra de los nómadas,

que está a más de diez mil li de distancia?

¡Qué tonta estratagema la de los Han!

La belleza no puede elogiarse a sí misma.

Las lágrimas de la concubina al partir

salpican a las flores en las ramas más altas.

Al atardecer se levantó un viento tan fuerte

que se llevó a la flor. ¿Y dónde irá a caer?

Muchas bellezas tienen mala fortuna.

Cúlpate a ti misma, no al viento del este.

Los versos 12 y 13 tienen el mismo sentido que algunos versos escritos por Daiyu cuando enterró las flores caídas en el capítulo XXVII. Los dos últimos corresponden más a su destino, pues, según Zhi Yan Zhai en sus notas sobre Memorias de una roca, cuando los bienes de la familia Jia sean confiscados y Baoyu encarcelado, Daiyu no podrá soportar un «viento tan fuerte» y llorará hasta morir. <<

[16] «Wuling» se refiere a la fuente de las Flores de Melocotonero, situada en la provincia de Hunan. Véase la nota 8 del capítulo XVII. <<

[17] Del poema titulado «Flores de durazno del monasterio de Qingquan», escrito por Xie Fangde, de la dinastía Song:

Buscando la Fuente para huir de la tiranía Qin,

otra primavera vuelve y rojo el durazno florece.

No permitas que a la flor caída se la lleve el agua:

Puede haber un pescador que la recoja.

El autor menciona este poema para burlarse de Xiren. El primer verso anticipa que, cuando la mansión Rongguo sea confiscada, Xiren buscará un refugio agradable; el segundo, que se casará con Jiang Yuhan, como si encontrara «otra primavera»; el tercer verso procede de uno de la dinastía Tang: «Las flores de durazno, tan ligeras, se van con el agua»; en el cuarto «el pescador» simboliza a Jiang Yuhan. <<

[18] Según la costumbre del norte de China, cuando una mujer habla con las demás diciendo «él», se refiere a su marido. Por eso Qingwen protesta cuando Pinger le hace la pregunta. <<

[19] Las tumbas chinas tenían la forma exterior de un montículo, de un «panecillo de tierra». <<

[20] Xiongnu: «Héroe-Esclavo». <<

[21] El apellido Yelü se pronuncia igual que la expresión «Burro salvaje». <<

[22] Los letrados solían tener un sirviente cuya tarea consistía en acarrear los libros y la lira de su señor durante los viajes a los exámenes. En el teatro nunca aparece un letrado de viaje sin su correspondiente acólito. <<

[23] «Gran Héroe.» <<

[24] Dou es el nombre genérico de las leguminosas. Tong significa «Niño» o «Muchacho». <<

[25] «Cristal» o «Vidrio». <<

[26] Era una creencia taoísta que, durante esas noches, un demonio llamado Sanshi subía a informar al Emperador del Cielo de los crímenes cometidos por los hombres. Mantenerse despierto en tales fechas servía para impedir que Sanshi cumpliera su misión. <<

[27] Antiguamente los taoístas consideraban el consumo de mercurio un método idóneo para alcanzar la inmortalidad. <<

CAPÍTULO LXIV

[1] En el original, la expresión Ban Ping Cu («Media Botella de Vinagre») designa a los letrados de formación superficial que continuamente hacen gala de sus escasos conocimientos. <<

[2] Los «letrados mediocres» se limitan a citar las Analectas de Confucio. <<

[3] Se trata de una práctica de meditación de los monjes budistas que recibe el nombre de Mianbi («Cara a la pared»), llamada popularmente Dazuo («Sentarse en silencio»). <<

[4] Véase la nota 2 del capítulo LII. <<

[5] «La belleza del Oeste», en la época de Primavera y Otoño. Véanse las notas 8 del capítulo III y 8 del capítulo V. <<

[6] «Capaz de arrasar ciudades.» Esta expresión, que se refiere a la belleza, tiene su origen en la «Biografía de la señora Li de Xiao Wu», que se encuentra en la Crónica de la dinastía Han anterior (206 a. C.-25 d. C.). En la biografía citada se cuenta que el célebre músico Li Yannian cantó en cierta ocasión:

Hay una belleza en el norte

que no tiene par en el mundo;

es capaz, con la primera mirada,

de arrasar una ciudad;

con la segunda conquista un país.

Quien no permita que arrase

su ciudad y su país conquiste,

nunca se encontrará con la belleza.

Desde entonces las mujeres bellas, sobre todo en la poesía, reciben el nombre de Qingcheng («Arrasar una ciudad») o Qingguo («Conquistar un país»). Sobre el destino de Xi Shi, «la belleza del Oeste», hay dos versiones: acompañar a Fan Li (letrado y consejero del rey Yue, enamorado de ella) a viajar eternamente por ríos y lagos, o «desaparecer entre la espuma de las olas». <<

[7] Dong Shi, la vecina fea de Xi Shi, la imitaba frunciendo las cejas. Pero sólo conseguía aumentar su fealdad. Es sinónimo de «imitación desgraciada». Véanse la nota 8 del capítulo III y la nota 4 del capítulo XXX. <<

[8] Favorita del rey Xiang Yu, del reino Chu, a quien acompañaba en las batallas. Cuando éste fue asediado en Gaixia, la dama Yu se suicidó atravesándose con la espada de su señor. <<

[9] «Dos Pupilas»: se refiere a Xiang Yu. Según las Crónicas del historiador, de Sima Qian, el rey Xiang Yu tenía dos pupilas en cada ojo. <<

[10] Qing Bu era un general de Xiang Yu que se pasó al lado de Liu Bang, su enemigo, al que ayudó a conquistar el reino Chu. Fue ejecutado por Liu Bang a causa de una nueva traición.

Peng Yue era un general de Liu Bang. Fue denunciado por traidor y ejecutado. Su cadáver fue troceado y se invitó a los nobles a comer una sopa cocida con su carne picada. <<

[11] Véanse las notas 17, 18 y 19 del capítulo LI, así como el poema titulado «La tumba verde». En el capítulo LXIII véase la nota 15. <<

[12] Lü Zhu («Perla Verde») era la concubina favorita de Shi Chong (249-300), riquísimo funcionario de la dinastía Jin. Sun Xiou, otro rico funcionario, pidió a Shi Chong que le regalara a Lü Zhu para tomarla como amante, a lo que aquél se negó. Xiou envió una orden imperial para detener a Chong. La concubina se suicidó arrojándose desde lo más alto de su pabellón. <<

[13] Hong Fu («Plumero Rojo») es la protagonista de la Historia de Qiu Ranke, relato escrito por Du Guangting (o Zhang Shuo, según algunos investigadores), de la dinastía Tang. Hong Fu era una sirvienta de Yang Su, alto dignatario de la dinastía Sui (581-618). La primera vez que aparece en la obra, Fu lleva en la mano un plumero rojo para quitar el polvo. <<

[14] Se refiere a Li Jing, protagonista de la Historia de Qiu Ranke, de quien se enamoró la sirvienta Hong Fu, que huyó con él desde la mansión de Yang Su a la ciudad de Taiyuan para encontrarse con Li Shimin, futuro emperador de la dinastía Tang. Cuando Li Jing visitó por primera vez a Yang Su no lo saludó con un koutou, limitándose a juntar las manos a la altura del pecho (zhuoyi), a pesar de que era un hombre humilde. <<

[15] Véanse las notas 17, 18 y 19 del capítulo LI. <<

[16] Véase la nota 15 del capítulo LXIII. <<

CAPÍTULO LXV

[1] Los palanquines se dividían en varios tipos dependiendo de su color y de la cantidad de sus adornos. Los del Palacio Imperial eran de color amarillo; los de los funcionarios eran de paño de lana azul o verde. En las bodas se utilizaban palanquines multicolores. Como Jia Lian estaba de luto por la muerte de Jia Jing, su boda era secreta y además se trataba de una segunda esposa, no podía usar un palanquín adornado y de colores llamativos. <<

[2] De acuerdo con la tradición confuciana de la piedad filial, se presta mucha atención, en los tratamientos entre hermanos, tíos, primos, etc., a la edad (mayor o menor) de cada uno. Aquí, Jia Lian trata a la tercera hermana You como segunda esposa (o concubina) de su primo mayor Jia Zhen. Por eso se considera a sí mismo como cuñado menor de la tercera hermana. <<

[3] Lit.: «Lo amarillo de buey» (Niuhuang) y «Tesoro de Perro» (Goubao). Se utilizan como medicinas tradicionales difíciles de conseguir. El Niuhuang es bezoar de buey, y el Goubao es cálculo biliar o vejiga de perro. <<

[4] Lin, apellido de Daiyu, significa «Bosque» o «Árbol», y Xue, apellido de Baochai, «Nieve». Véase la nota 26 del capítulo V. <<

CAPÍTULO LXVI

[1] Pequeñas espadas emparejadas que reciben el nombre de Yuanyang. Se tradujo esta misma expresión como «pareja de patos mandarines» en el capítulo XLVI. La unión de patos mandarines macho y hembra simboliza el matrimonio ideal. Véase la nota 1 del capítulo XLVI. <<

[2] En la literatura clásica, las bellezas se solían designar con el vocablo Youwu («Cosa Encantadora»), referido principalmente a concubinas y amantes. El sentido peyorativo de la alusión de Baoyu aumenta la suspicacia de Xianglian. <<

CAPÍTULO LXVII

[1] Huqiu («Monte del Tigre») es una colina de Suzhou (provincia de Jiangsu), donde se encuentran la pagoda de Huqiu y el estanque de la Espada. El nombre del lugar procede de la obra Primavera y Otoño de los reinos Wu y Yue (Zhao Ye, de la dinastía Han del Este) según la cual cuando el rey Helü de Wu fue enterrado en este lugar apareció un tigre blanco sobre su tumba. <<

[2] Se traduce aquí como «verano» el vocablo chino Sanfu («Tres Fu»). Según el calendario lunar, los treinta días que siguen al día Xiazhi («llegada del verano») son los más calurosos del año. Cada diez de esos días reciben el nombre de Fu. Los diez primeros son Tonfu, los siguientes Erfu y, por fin, la totalidad recibe el nombre de Sanfu. <<

CAPÍTULO LXVIII

[1] Wanfu («Diez Mil Felicidades») era un saludo propio de mujeres en la antigua sociedad china. Consistía en inclinar levemente el torso, juntar las manos delante del pecho y moverlas varias veces arriba y abajo. <<

[2] En chino siempre se distingue claramente entre hermano mayor o hermano menor; sin embargo no hace falta distinguir tan estrictamente si es un hermano o primo (o hermana o cuñada); por lo tanto, en el texto Baoyu llama a Xifeng «hermana mayor Fénix», Xifeng llama a Jia Zhen «hermano mayor», etc. Todavía hoy día los novios se llaman entre sí «hermanos». <<

[3] Expresión para designar a las personas que no saben hablar. <<

[4] «Los trapos sucios se lavan en casa.» <<

[5] Han Xin y Zhang Liang son personajes históricamente famosos por su ingenio y valentía. Véanse las notas 4, 7 y 8 del capítulo 1. <<

[6] Referencia a un refrán vulgar que significa lo limitado de la capacidad de una persona. <<

CAPÍTULO LXIX

[1] Véase la nota 2 del capítulo X. <<

[2] Los doce signos del zodíaco chino, que también corresponden a las doce ramas terrestres, llevan nombres de animales: Rata, Buey, Tigre, Conejo, Dragón, Serpiente, Caballo, Cordero, Mono, Gallo, Perro y Cerdo. <<

[3] Se refiere al «cuarto nupcial», al «de los partos» y al «del ataúd». Era una antigua costumbre impedir la entrada de los enfermos a los aposentos nupciales y a aquellos en los que tenía lugar un parto o se velaba un cadáver. <<

CAPÍTULO LXX

[1] Daiyu, autora del poema, se compara a sí misma con una flor de durazno, bella y frágil. <<

[2] Según la mitología, en el cielo habita la Tejedora. El brocado que cae sobre la tierra son las rojas flores de durazno. <<

[3] Zhong Yao (151-230) y Wang Xizi (321-379 o 303-361). Célebres calígrafos chinos a quienes se tomaba siempre como modelo para hacer ejercicios de caligrafía. <<

[4] La melodía servía para determinar el número de caracteres, la rima y la estructura de los ci, o versos imparisílabos. Las melodías se dividían en tres tipos: las que exigían menos de 58 caracteres (Xiaoling, o «melodía pequeña»), las que exigían de 59 a 90 caracteres (Zhongdiao, o «melodía mediana»), y las que exigían más de 90 caracteres (Changdiao, o «melodía larga»). El Rumenling es una «melodía pequeña» cuyo nombre original era Yixianzi. Fue creada por el emperador Zhuanzong, de la dinastía Tang posterior. <<

[5] Linjiangxian: melodía procedente de la Academia de Canto y Danza de la dinastía Tang. Se utilizaba en su origen para componer cantos a las flores de narciso. Más tarde se escribían con ella ci (versos imparisílabos).

Xijiangyue, Nankezi, Tangduoling, Dielinhua: melodías procedentes de la misma academia, que se utilizaron igualmente para la composición de ci. <<

[6] El vuelo del polen y la desaparición de la fragancia indican el final de la primavera. Al mismo tiempo se insinúa el envejecimiento y la muerte de las muchachas.

El islote de las Cien Flores está en Suzhou, tierra natal de Daiyu. Se decía que un rey de Wu llamado Fuchai frecuentaba el lugar acompañado de la belleza Xi Shi. El poeta Gao Qi, de la dinastía Ming, escribió un poema titulado «Islote de las Cien Flores»:

Ante el rey Wu se abrían cien flores.

Ya se acercaba al Islote su barca pintada, y la música.

Desapareció el rey Wu. Cayeron cien flores.

Qué solitario quedó el Islote, sin canciones ni músicos.

La torre de las Golondrinas se encontraba al noroeste de la ciudad de Suzhou. Según los Tres poemas sobre la Torre de las Golondrinas, y un prólogo de Bai Juyi, de la dinastía Tang, durante la época Zhenguan (627-649) del emperador Taizong, la concubina favorita del ministro Zhang Yin vivía en la torre. Cuando murió el ministro, la concubina permaneció fiel a él viviendo en el mismo lugar durante más de diez años. <<

[7] Véase la nota 10 del capítulo LI. <<

[8] El célebre poeta Su Shi, de la dinastía Song, escribió los siguientes versos:

Si las miráis cuidadosamente,

no veréis semillas de álamo

sino lágrimas de los viajeros. <<

CAPÍTULO LXXI

[1] Se traduce como «la muchacha llamada “Ánade y Pato”» el nombre de la doncella Yuanyang. «Ánade y pato» o «pareja de patos mandarines», como ya vimos en los capítulos XLVI y LXVI, es el símbolo de la felicidad conyugal. <<

[2] Ksitigarbha, expresión sánscrita, significa «Tesoro de la Tierra». Es el bodhisattva que juzga las almas y las salva del infierno. Según las leyendas budistas, era tan inamovible y tranquilo como la tierra, tan oculto como un tesoro secreto. <<

[3] Abrir las jaulas de los pájaros es para los budistas un acto de bondad. <<

[4] Los granos de soja o judías, bendecidos uno a uno por los bonzos mediante ensalmos en los que se invocaba al buda Amida, se utilizaban tradicionalmente para felicitar a la gente mayor en su cumpleaños y procurarle larga vida mediante el reparto de esos granos por las esquinas de la ciudad y en los cruces de caminos. <<

[5] Sheng: décima parte de un dou; centésima parte de un dan). Equivale a unos tres cuartos de kilo. <<

CAPÍTULO LXXII

[1] Se traduce aquí como «alud de sangre» la expresión Xue Shan Bong («Sangre-Montaña-Explosión»), que se refiere a lo que en la medicina occidental se conoce como menorragia. <<

[2] Mujer que en la administración gubernamental hacía las funciones de intermediaria para casar a criminales, delincuentes o esclavas de los nobles. También se encargaba de acompañar a las presas cuando eran trasladadas de un lugar a otro. <<

[3] Shi Chong era famoso por su riqueza (véase la nota 7 del capítulo XVIII).

Deng Tong: funcionario de alto rango, favorito del emperador Wen de la dinastía Han, acuñó monedas de bronce, por lo cual contaba con inmensas riquezas. Posteriormente su nombre se convirtió en un símbolo para los ricos. <<

[4] Según una antigua tradición, al enterrar a un muerto se ponía en su boca una perla o, si se trataba de un pobre, granos de cereal; debajo de su espalda se ponían monedas. <<

CAPÍTULO LXXIII

[1] «Deseo Primaveral» indica la excitación sexual. La bolsita del texto tiene bordada una imagen pornográfica. Ese tipo de objetos se regalaba a veces a los novios o a los matrimonios jóvenes, y se conservaban ocultos. <<

[2] Se refiere a un pasaje de la novela Peregrinación al Oeste, en donde se cuenta que la diosa de la Misericordia ciñó las sienes de Sun Wukong, el Rey Mono, con un aro mágico destinado a que el monje Tang, su maestro, pudiera refrenar sus violentos impulsos. Cada vez que el Rey Mono desobedecía sus órdenes, el monje Tang recitaba el Ensalmo Mágico que estrechaba el aro en torno a la cabeza de Sun Wukong, a quien le sobrevenía un insoportable dolor. <<

[3] También llamados Cinco Libros Canónicos. Véase la nota 4 del capítulo LII. <<

[4] Los «Anales de Zuo» (Zuo Zhuan) fueron escritos, según la tradición, por Zuo Qiuming, quien relataba la historia de los distintos reinos basándose en los Anales de Primavera y Otoño. Las «Crónicas de los Reinos Combatientes» (Zhan Guo Ce) relatan la historia de cada uno de los reinos, demorándose sobre todo en las discusiones entre los consejeros, negociadores y diplomáticos.

Existen otros dos comentarios compuestos por Gongyang Cao y Guliang Chi. Ambos pertenecen a la época de los Reinos Combatientes. <<

[5] Los «ensayos en ocho partes» (Baguwen) eran una de las pruebas que se realizaban obligatoriamente en los exámenes de Estado durante las dinastías Ming y Qing. El tema del Baguwen siempre era extraído de los Cuatro Libros y de los comentarios de Zhu Xi (1130-1200). <<

[6] «Lo que ni los perros conocen» es una expresión que se utiliza para burlarse de los ignorantes. <<

[7] Libro escrito por Gehong, de la dinastía Jin, en nombre de Taishang Laojun, creador del taoísmo. Trata de cómo actuar con bondad y castigar a los criminales, propagando la recompensa del bien y la venganza del mal. <<

[8] Extraído del Arte de la Guerra, obra clásica de Sun Wu, estratega y pensador de la Época de Primavera y Otoño. El párrafo original dice:

Al principio se comportan como vírgenes y los enemigos abren sus puertas; después son como liebres sueltas y los enemigos no tienen tiempo de impedir su ataque. <<

[9] Referencia a una anécdota del emperador Liang Wudi (464-549): mientras el general rebelde Hou Jing llegaba con su ejército a las puertas de la capital, el emperador se encontraba absorto en una discusión sobre la relación entre las causas y los efectos según el budismo. <<

CAPÍTULO LXXIV

[1] «Apretándose el corazón» se refiere a la bella Xi Shi, a quien le dolía siempre el corazón (véase la nota 8 del capítulo III). «Recién salida del sueño primaveral» se refiere a la favorita Yang del emperador Xuanzong, de la dinastía Tang; según los Apuntes sobre anécdotas del Emperador Brillante de la dinastía Tang, «el emperador fue al quiosco Chenxiang y llamó a su favorita. La consorte se había dormido borracha y aún no había salido del sueño. Cuando lo hizo, llegó apoyándose en el brazo de una doncella, escoltada por el eunuco Gao Lishi. El emperador, al verla, se echó a reír diciendo: “No estoy viendo a mi favorita borracha, sino a la flor aún dormida de un manzano silvestre…”» (véase, en el capítulo V, el párrafo referido a la pintura de Tang Bohu). <<

[2] «Cúmplanse los deseos.» Véase la nota 16 del capítulo XVIII. <<

[3] Véase la nota 2 del capítulo X. <<

[4] El transporte y comercio de sal estaba controlado por el Estado. Si no se trataba de un negocio oficial había que pedir un permiso especial pagando impuestos. La referencia al comercio de sal en este párrafo se refiere a algo legal convertido en ilegal. <<

[5] Quien obtenía el primer puesto en los concursos de la Academia Imperial (Hanlin) se llamaba Zhuangyuan (véase la nota 40 del capítulo L), el segundo Bangyan y el tercero Tanhua. <<

[6] Se refiere al logro del entendimiento de la Verdad, según el budismo. <<

CAPÍTULO LXXV

[1] En lenguaje culto, frecuentar las casas de prostitución. <<

[2] Dicho referido a la inclinación al trato con prostitutas. En el texto se refiere a los dos muchachos homosexuales. <<

[3] El «pastel de luna» (Yuebing) es un dulce especial que se consume durante la fiesta del Medio Otoño (o fiesta Lunar). Tiene la forma de la luna llena, que simboliza la reunión familiar. <<

[4] En esos días se celebraban en el templo dedicado al culto a los antepasados los ritos del Shuowuang: Shuo[yue] quiere decir «la luna nueva», que aparece siempre en el primer del mes; Wuang [yue] significa «la luna llena», o sea el quinceavo día del mes según el calendario lunar. <<

[5] Cada cincuenta varillas de incienso formaban un zhu; muchos zhu formaban un xiangdou, en forma de pirámide, que se encendía desde arriba y podía durar toda una noche. <<

[6] La forma circular (Yuan) simboliza la reunión familiar (Tuanyuan). <<

[7] «Otoño.» <<

[8] Según una recopilación de cuentos antiguos titulada Nuevas historias en el mundo (Shi Shuo Xin Yu), durante la dinastía Han del Este un hombre llamado Chen Shi tenía dos hijos, Yuanfang y Jifang. Cierto día, el hijo de Yuanfang y el de Jifang hablaban de la virtud de sus padres y cada uno insistía en los mayores méritos de su padre. Como no conseguían ponerse de acuerdo, fueron a preguntar a su abuelo. Entonces Chen Shi sentenció: «Resulta difícil considerar el mejor a Yuanfang por ser el mayor, y resulta difícil considerar peor a Jifang por ser el menor». Es decir, a los ojos de su padre ambos hermanos eran iguales en méritos. En el texto, Jia Zheng hace referencia a esta anécdota en sentido irónico: llamando «los dos difíciles» a Baoyu y Jia Huan los considera iguales en defectos. <<

[9] Weng Tingyun y Cao Tang: poetas de la dinastía Tang. El tema favorito de las composiciones del primero era el sentimiento amoroso. Véase la nota 4 del capítulo XLIX.

Cao Tang fue monje taoísta durante un tiempo. A través de las descripciones del mundo de los inmortales, expresó sus propios sentimientos e ideas. <<

[10] Según la Recopilación de los estudiosos (Chu Xue Ji), Sun Kang, cuya familia era muy pobre, estudiaba frecuentemente a la luz del reflejo de la nieve. En la Historia de la dinastía Jin (Jinshu) se habla de Che Yin, joven muy estudiosa y que poseía amplios conocimientos. Era tan pobre que, para poder leer durante la noche, tenía que cazar luciérnagas y meterlas en una bolsita.

La expresión «cortar las ramas del laurel en el palacio del Sapo» simboliza el éxito en los concursos imperiales y el acceso a puestos de alto rango. <<

CAPÍTULO LXXVI

[1] La luna llena es símbolo de la unión familiar. <<

[2] Según Crónicas detalladas de la dinastía Song: Conquista del sur del río Yangzi, Li Yu, último rey de Nantang, mandó a un emisario para pedir al primer emperador de la dinastía Song una prórroga antes de ser conquistado. Enfadado, el emperador dijo echando mano a su espada: «No es preciso explicar nada. El rey del sur del río no tiene la culpa; sin embargo, no puede haber dos emperadores bajo el cielo, ¿cómo puedo permitir a un extraño roncar junto a mi cama?». En el texto, esta alusión se refiere a los familiares de Baochai, que interrumpen las actividades de la academia poética. <<

[3] Wa (o Ao) y Gong (o Tu), es decir, «Cóncavo» y «Convexo», son palabras coloquiales que rara vez se utilizan en la lengua literaria. <<

[4] Jiang Yan (444-505), literato de las dinastías del Sur. <<

[5] Dongfang Shuo (154-93 a. C.), alto funcionario del emperador Wu de la dinastía Han. El relato mencionado en el texto fue escrito por encargo suyo y firmada con su nombre. <<

[6] Zhang Sengyou fue un célebre pintor de las dinastías del Sur. Creó un estilo propio en los retratos de los santos budistas. Utilizando la técnica antigua de la India, pintó en la puerta del templo Yicheng de Nanjing unos motivos florales que parecían relieves y huecorrelieves, por lo cual el templo fue llamado posteriormente «Cóncavo y Convexo». En realidad, esta anécdota no se encuentra en las Notas sobre pintura de Zhang Yuanyan, sino en las Crónicas reales de Jiankang (Nanjing), escritas por Xu Song de la dinastía Tang. <<

[7] Xiangfeizhu («Bambú de las concubinas» o «bambú moteado»). Véase la nota 1 del capítulo XXXIV. <<

[8] Proverbio referido a la ambición insaciable. Apareció anteriormente en el capítulo XLVIII (véase la nota 2 de dicho capítulo). <<

[9] En el Libro de las rimas, el sonido Xian pertenece al tono llano, dividido en «llano alto» y «llano bajo». Cada uno de estos dos grupos se compone a su vez de quince sonidos. Xian es el primer sonido del «tono llano bajo». <<

[10] Yuan es el decimotercer sonido del «tono llano alto». <<

[11] La fiesta de los Faroles se celebra el día quince del primer mes. <<

[12] Lit.: «Alguien se burla de los de cabellos amarillos…». El emperador Xizong, de la dinastía Tang, comió en cierta ocasión unos pasteles de luna que le parecieron especialmente sabrosos. Ordenó entonces al cocinero imperial que envolviera los pasteles en seda roja y los enviara al letrado recién aprobado en los concursos imperiales. Este verso simboliza la disputa por la fama y el rango. <<

[13] Lit.: «… y hay quien se burla de las de cabellos verdes…». Según el libro Tradiciones y costumbres de Yanjing (antiguo nombre del actual Pekín), cuando se rendía homenaje a la luna en la fiesta del Medio Otoño, los pasteles y frutas debían ser redondos y las sandías debían ser cortadas en forma de flor de loto. Además, la traducción literal es «partir sandías». Si el ideograma «sandía» se «parte» en dos, se encuentran dos caracteres iguales: Ba y Ba, «ocho» y «ocho», referido a las muchachas de dieciséis años, como en el poema titulado «Divirtiéndome con el viceministro Gao», escrito por Duan Chengshi, de la dinastía Tang:

Es lamentable que al partir la sandía

la muchacha obtenga una raíz de loto al inicio de la primavera.

Es decir: «Es lamentable que a los dieciséis años la mujer ya esté comprometida». En este caso, «raíz de loto» (Ou) es un ideograma homófono de «marido» o «novio». <<

[14] Para componer versos clásicos (lushi, por ejemplo), existían libros de consulta (como el Libro de las rimas ya citado) en donde se encontraban las palabras emparejadas (oro-jade, viento-lluvia, cielo-tierra, sol-luna, trueno-bruma, etcétera). Así, en el texto se hace referencia a uno de esos emparejamientos obligados según las normas clásicas: si el primero es «osmanto de jade», el segundo debe ser «orquídea de oro». <<

[15] Se refiere a la liliácea cultivada que recibe el nombre de Hemerocalis fulva. En chino es conocida como Xuan (y también, popularmente, como Wangyoucao, o «para olvidar la tristeza»). Simbolizaba a la madre, de ahí la mención consiguiente de Xiangyun a las «madres de otros». <<

[16] Se refiere al mismo juego She-Fu del capítulo LXII (véase la nota 4 de dicho capítulo). <<

[17] Es el mismo juego con el que la Anciana Dama y sus familiares se entretenían en el capítulo anterior. <<

[18] «La luna» y «la brisa» son temas muy frecuentes en la poesía clásica china. Al mismo tiempo, se suelen emparejar «la luna brillante» y «la brisa serena». Hace alusión a la literatura galante y, a veces, a la pornográfica. <<

[19] El Zhaojun es una especie de seta que nace al amanecer y muere al caer el sol. <<

[20] En chino ese árbol recibe el nombre de Hehuan («Unión alegre»). <<

[21] Se creía que los vapores de las nubes nacían de las rocas de las montañas. Por tanto, «la raíz de las nubes» se refiere al pie de las rocas. <<

[22] Chang E habita con forma de sapo en la luna. Véanse las notas 6 del capítulo LXXIX y 7 del capítulo LXXXIX. <<

[23] Según la tradición, en la luna también habita una liebre blanca que destila los elixires. <<

[24] Otro nombre para la luna. <<

[25] En la mitología china, la estrella llamada Vaquero es un pastor que se casó con la Tejedora (Vega). Ambos viven a orillas del Río Celestial (la Vía Láctea). <<

[26] «La nieta del Emperador Celestial»: otro nombre para la Tejedora. <<

[27] Se traduce como «método de la alusión» la expresión china Bixing («metáforas y alusiones»), recurso retórico muy utilizado en la poesía clásica china. En este caso, Xiangyun, a través de los cambios de la luna, se refiere a su propio destino y al de Daiyu. <<

[28] Hace referencia al momento en el que, camino de su estado nuevo, la luna apenas se adivina. <<

[29] Con este proverbio se expresa la modestia del hablante. <<

[30] En el pedestal de los monumentos antiguos se solía utilizar la figura de un animal parecido a la tortuga. Era, según la mitología, hijo de los dragones, y recibía el nombre de Bixi. <<

[31] Las treinta y cinco rimas equivalen a setenta versos, porque sólo riman los pares. <<

CAPÍTULO LXXVII

[1] Se dice que el enebro frente al templo de Confucio, cultivado por éste, se marchitó durante el caos del período Yongjia de la dinastía Jin del Oeste (261-317), y resucitó bajo el gobierno del emperador Wendi de la dinastía Sui (581-618). La milenrama se utilizaba para practicar la adivinación; según la tradición, la más eficaz era la que crecía frente a la tumba de Confucio. Zhuge (Zhuge Liang) era primer ministro de los Shu-Han (uno de los tres reinos); los cipreses que había ante el templo erigido en su honor se marchitaron a finales de la dinastía Tang y resucitaron a principios de la dinastía Song. Yue Fei, célebre general que luchó contra los Jin, fue perseguido y ejecutado por el astuto y desleal primer ministro Qin Hui; se dice que los árboles que había delante de la tumba del general tenían todas sus ramas orientadas hacia el sur, mostrando que el espíritu del muerto se dirigía siempre hacia la dinastía Song del Sur. <<

[2] La dama Yang: concubina favorita del emperador Xuanzong de la dinastía Tang. El «árbol del anhelo» (Xiangsishu) es en China símbolo del amor; se trata de la Acacia richii. La Torre Erguida era el peinador de la dama Yang. «El pasto ante la tumba de Wang Zhaojun»: véase la nota 15 del capítulo LI. <<

[3] En la obra recibe también el nombre de «señorita Duo». Véase el capítulo XXI. <<

CAPÍTULO LXXVIII

[1] Los «cuatro tesoros del estudio» (Wenfang Sibao) son el papel, el pincel, la tinta y el tintero. <<

[2] A finales de la dinastía Han del Este se produjo un levantamiento campesino dirigido por Zhang Jiao. Los guerreros rebeldes usaban turbantes amarillos. Durante otro levantamiento, esta vez a finales de la dinastía Han del Oeste y dirigido por Fang Chong, los guerreros se pintaban las cejas de color rojo. <<

[3] Verso de Cen Shen (714-770 aprox.), poeta de la dinastía Tang. <<

[4] Véase la nota 5 del capítulo LXXIII. <<

[5] Forma poética clásica compuesta de cuatro versos, generalmente de cinco o siete sílabas. <<

[6] Véase la nota 3 del capítulo XLVIII. <<

[7] Ruan «el Mayor» es el sobrenombre de Ruan Ji (210-263), literato de los Tres Reinos, y «el Menor» corresponde a su sobrino Ruan Xian. Son dos de los Sabios del Bosque de Bambú (Zhulin Qixian). <<

[8] Bai Juyi (772-846): gran poeta de la dinastía Tang. La balada de la infinita tristeza es un largo poema que trata del amor trágico entre el emperador Xuanzong de la dinastía Tang y su favorita Yang. <<

[9] Es un refrán que significa ampliación inútil y pretenciosa. <<

[10] La cordillera Tainang, que se encuentra entre las provincias Hebei y Shanxi. <<

[11] Qin y Zhao eran dos de los Reinos Combatientes. Se decía que las mujeres de esos lugares eran muy bellas. En el texto se refiere a las concubinas del príncipe Heng. <<

[12] Cita extraída de Zuo Zhuan («Anales de Zuo»). <<

[13] Las charlas de los grandes, Invocación al alma y Los nueve argumentos son obras de Song Yu del reino Chu. Lamento por la separación es un famoso texto del gran poeta Qu Yuan (340-278 a. C.). El árbol que se marchita fue escrito por Yu Xin (513-580), poeta de Zhou del Norte. Difíciles interrogantes quizá se refiera a Respuestas a difíciles interrogantes, de Dongfang Shuo, o a Difícil solución, de Yang Yong de la dinastía Tang. «Crecida de otoño» es un capítulo del Zhuangzi, y Vida del gran caballero fue escrito por Ruan Ji, poeta de los Tres Reinos. <<

[14] Los textos elegiacos solían comenzar con la fecha (año, mes y día). Cao Xueqin utiliza esta fórmula para no referirse directamente a su propia época. <<

[15] Jia Yi (200-168 a. C.): literato y político de la dinastía Han del Oeste, consejero del emperador Wen. Calumniado por los grandes nobles, fue degradado y enviado a Changsha (actual provincia Hunan) como tutor de un príncipe. <<

[16] Según la mitología, Gun fue ejecutado en los alrededores de la montaña Yushan por haber utilizado sin permiso del Emperador Celestial la tierra sagrada para detener las aguas desbordadas. <<

[17] Jukuzhou: isla mitológica del mar del Oeste donde había un árbol gigantesco con cuya savia se elaboraba el «Incienso que Resucita a los Muertos». <<

[18] Según la obra Jardín extraordinario, el rey de Jibin cazó un fénix. Le tenía mucho cariño, pero durante tres años no cantó ni una sola vez. La reina le sugirió que colgara un espejo para que el ave pudiera ver su propia figura. Así lo hizo el rey, y el fénix, al contemplarse en el espejo, lanzó un tremendo gemido y murió. Otra anécdota refiere cómo, al verse obligados a la separación, la princesa Lechang y Xu Deyan, su marido, guardaron cada uno la mitad de un espejo roto como símbolo de su voluntad de reunirse de nuevo. <<

[19] Se refiere al fragmento en el que Baoyu peinaba a Sheyue y fue burlado por Qingwen (capítulo XX). <<

[20] Parece una referencia a alguna anécdota presente en el manuscrito original del autor, extraviado, o quizás hecha desaparecer por el mismo Cao Xueqin. Los estudiosos suelen relacionarla con la historia de Tao Kan, de la dinastía Jin, quien tuvo una lanzadera que se convirtió en dragón y salió volando. <<

[21] El pabellón de las Urracas fue construido por el emperador Wudi, de la dinastía Han. Es sinónimo de lugar lujoso. Según la tradición, en el séptimo día de la séptima luna las urracas construían con sus cuerpos un puente en el cielo para que el Vaquero pudiera reunirse con la Tejedora, su esposa (véase la nota 25 del capítulo LXXVI). Durante esa noche, las mujeres enhebraban las agujas para pedir al cielo habilidad y un buen casamiento. <<

[22] Árbol del género paulownia en el que, según la tradición, se posaba el fénix. <<

[23] Según la biografía de Xiang Xiu que aparece en la Historia de la dinastía Jin, éste era gran amigo de Ji Kang y Lü An, quienes fueron asesinados. En cierta ocasión pasó por su casa y oyó el son de una flauta. Se puso melancólico y compuso un poema titulado «Nostalgia por los viejos amigos». <<

[24] Los «pétalos de loto» se refieren a los pies de las bellas mujeres. En el texto, el sentido es que ya no se oyen los pasos de Qingwen. <<

[25] Fue famoso el amor entre el príncipe Runan y Liu Biyu («Jade Esmeraldino»), de la dinastía Song del Sur. <<

[26] Véase la nota 12 del capítulo LXIV. <<

[27] Es tradición que en la dinastía Tang había un monje taoísta llamado Ye Fashan que pidió al famoso letrado y calígrafo Li Yong que escribiera un epitafio para su abuelo. Li Yong lo redactó, pero se negó a caligrafiarlo. Entonces Ye Fashan invocó a su espíritu para que lo escribiera en sueños. <<

[28] Según la biografía de Li Changji (nombre de cortesía de Li He), escrita por Li Shangyen, cuando Li He estaba a punto de expirar vio a un hombre vestido de rojo cabalgando a lomos de un dragón del mismo color y llevando en su mano alzada un decreto. Descendiendo hasta donde él estaba, le dijo que el Emperador Celestial le instaba a redactar una crónica. <<

[29] Las hojas de sauce se asemejan a los ojos humanos. <<

[30] Lian Xin es la pronunciación idéntica de dos expresiones distintas: «corazones de loto» y «pobres corazones». En la poesía clásica se utiliza a menudo esta confusión como recurso para referirse a la nostalgia de los enamorados. <<

[31] Según la tradición, la hija del primer soberano Fu Xi murió en el río Luo y se convirtió en diosa. Véase la nota 2 del capítulo XLIII. <<

[32] Se cuenta en Memorias amplias (Guang Bo Wu Zhi), escritas por Dong Shizang de la dinastía Ming, que la hija del duque Qinmugong (?-621 a. C.), Nong Yu, tocaba extraordinariamente bien el sheng, un instrumento musical de viento. Se casó con Xiao Shi, que tocaba el xiao. Ambos se convirtieron en inmortales. Han Huang es un hada. <<

[33] Cuando la emperatriz Wu Zetian usurpó el poder durante la dinastía Tang, designó «Montaña Sagrada» a la montaña Song, puso al dios de la montaña el nombre de «Rey en el Cielo», y a su esposa el de Ling Fe, «Reina Espiritual». También se decía que ambos eran extraordinarios músicos. La Abuela del Monte Li es un hada. <<

[34] Cuando Yu el Grande estaba encauzando las aguas desbordadas, hubo una tortuga en el río Luo que le ofreció un documento con instrucciones que transportaba sobre su caparazón. <<

[35] Según la leyenda, Xianchi era una melodía compuesta por Huangdi, el Emperador Amarillo. Al escucharla, los animales empezaban a bailar. <<

[36] Lugares mitológicos. <<

[37] Moradas de los dioses e inmortales. <<

CAPÍTULO LXXIX

[1] Según los Apuntes de Rongzhai, obra escrita por Hong Mai, de la dinastía Song, un laico budista llamado Chen Zao se llamaba a sí mismo Señor Longqiou («Monte del Dragón»): «Era hospitalario y amante de la música y las mujeres, pero su esposa Liu, mujer originaria de la zona del este del río, era terriblemente celosa y brutal. Por eso el gran poeta Su Shi escribió el poema siguiente:

El señor Longqiou también es pobre.

Con sus palabras desvela los misterios del ser y el no ser, de lo vacío y lo pleno,

pero al escuchar el rugido de la leona del Este del Río

el bastón se le cae de las manos y se queda parado, sin saber qué hacer».

El rugido simboliza la autoridad. Cuando el buda Sakyamuni nació, señaló con una mano el cielo y con la otra la tierra, y rugiendo, como un león dijo: «Yo soy la autoridad suprema bajo el cielo y sobre la tierra». <<

[2] Véase la nota 19 del capítulo V. <<

[3] Durante la dinastía Han del Este, un tal señor Cao, del distrito Shangyu (provincia Zhejiang), se ahogó en el río. Su hija buscó el cadáver en vano, y murió lanzándose también a las aguas. El gobernador del lugar erigió una estela en su honor conmemorando su virtud filial, y ordenó a sus discípulos que escribieran elegías. Posteriormente los textos grabados en el monumento se convirtieron en modelo de epitafios. <<

[4] Penjing: «Paisaje en maceta». Lo que en Occidente se conoce con el nombre japonés de «bonsái». <<

[5] Véase la nota 2 del capítulo LXXVI. <<

[6] En el palacio de la Luna (también llamado del Frío Infinito), donde habita el hada Chang E, hay un árbol Gui, que puede ser un laurel. Véase la nota 22 del capítulo LXXVI. <<

CAPÍTULO LXXX

[1] El nombre Xiangling, que significa Trapa natans (castaña de agua) fragante, ha sido traducido en el capítulo V como «Perfume de Nenúfar». Véase la nota 13 del capítulo V. <<

[2] Lit.: «Cabeza de gallo». Nombre vulgar de la Euryale ferox. <<

[3] El qian es una medida antigua que equivalía a una décima parte de un lian; es decir, unos 3,1 gramos. <<

CAPÍTULO LXXXI

[1] Alude a Gu yuefu («Antiguo Conservatorio de Música»), recopilación de poemas con acompañamiento musical. Consta de diez volúmenes y fue realizada por Zuo Keming, de la dinastía Yuan (1206-1368). <<

[2] Colección de composiciones en prosa de la dinastía Jin del Oeste (265-317), en veinte volúmenes, seleccionada por Mei Dingzuo, de la dinastía Ming (1368-1644). <<

[3] Extraído del «Prólogo del pabellón de las Orquídeas», escrito por el calígrafo Wang Xizhi (321-379). <<

[4] Gao E, en su continuación, llama Sishu a la doncella que Cao Xueqin llamaba Daishu. <<

[5] Se dice de Jiang Taigong (Jiang, «Gran Señor») qué pescaba a la orilla del río Wei con un anzuelo recto y sin carnada, mientras afirmaba que «sólo sube el que quiere morir». De esta anécdota procede el refrán chino que dice: «Jiang Taigong está pescando; sólo quien quiere muerde el anzuelo». <<

[6] Reciben ese nombre las lámparas de siete mechas que se colocan en los altares. <<

[7] Se refiere al Baguwen, pruebas obligatorias en los concursos imperiales. Véase la nota 5 del capítulo LXXIII. <<

CAPÍTULO LXXXII

[1] Longjing cha, un tipo de té verde muy famoso. Se cultiva y produce en Longjing, lugar situado a las afueras de Hangzhou (Zhejiang). <<

[2] Alude a Confucio. En los concursos oficiales de las dinastías Ming y Qing, los opositores estaban obligados a redactar sus composiciones según los Cuatro Libros Clásicos y los Cinco Libros Canónicos. Habían de ceñirse a lo dicho en tales obras; de ahí que «los sabios hablaran por su boca». <<

[3] Lit.: «Los jóvenes son temibles…». Extraído del capítulo titulado «Zihan», de las Analectas (9.22) de Confucio. Son palabras con las que el Sabio exhorta a sus discípulos a superar a sus antecesores. <<

[4] El fragmento completo que maestro y discípulo están glosando dice: «Los jóvenes son dignos de respeto pues quizás en el futuro sean como nosotros ahora. Pero cuando alguien cumple cuarenta o cincuenta años sin haberse dado a conocer podemos tenerle menos respeto». <<

[5] Metáfora referida a las dos partes de una contradicción. En el texto alude a la lucha entre Jingui, esposa de Xue Pan, y Xiangling, su concubina. <<

CAPÍTULO LXXXIII

[1] Se refiere al pulso de las dos muñecas, dividido en seis partes. Tomar el pulso es uno de los recursos de los médicos tradicionales chinos. Según la pulsación arterial detectada en diversas partes de la muñeca se pueden determinar las características de una enfermedad. Se utilizan para ello tres dedos: índice, medio y anular. Se denomina Guan a la parte de la muñeca sobre la que se apoya el dedo medio; Cun es la parte más cercana a la mano, y Chi la más cercana al codo. Los pulsos de las seis partes (tres en cada muñeca) reflejan anomalías en distintas vísceras; así, en la muñeca izquierda, el Cun corresponde al corazón, el Guan al hígado y el Chi al riñón de la izquierda; en la muñeca derecha, el Cun corresponde a los pulmones, el Guan al estómago y al bazo, y el Chi al riñón derecho (llamado Mingmen). Los médicos chinos relacionan también las visceras con los cinco elementos de la Naturaleza (Wu Xing): el hígado pertenece a la Madera, el corazón al Fuego, el bazo a la Tierra, los pulmones al Metal y los riñones al Agua. Esos cinco elementos pueden influir unos sobre otros; por ejemplo, la Madera (o el árbol) daña la Tierra; es decir, un hígado enfermo afecta la función del estómago y el bazo. <<

[2] Papel especial utilizado para las invitaciones a bodas y otras ceremonias, y, a veces, para escribir las recetas de los médicos tradicionales. <<

[3] «Tranquilidad Oscura.» Remedio de la medicina tradicional compuesto de Bupleurum chinensi (Chaihu), Angelica sinensis (Danggui), Paeonia lactifosa (Shaoyao), Atractylodes macrocephala (Baishu), Poria cocos (Fuling), jengibre (Shengjiang), Glycyrrhiza uralensis (Gancao), Mentha haplocalyx (Bohe), etc. Se suele llamar «Polvos de Tranquilidad» (Xiaoyaosan), y «Tranquilidad Oscura» cuando a esos componentes se añade Rehmannia glutinosa (Dihuang), de color negro. <<

[4] El Huangdi Neijing es una recopilación de los materiales utilizados por los médicos anteriores a la dinastía Qin. Fue redactado por los médicos del período de los Reinos Combatientes y los de las dinastías Qin y Han. <<

[5] «Lo laxante contra lo laxante; lo astringente contra lo astringente» es un método de la medicina tradicional china. Aunque normalmente se trata una enfermedad «laxante» con un remedio astringente, este método consiste en aplicar un remedio laxante para inducir a la limpieza total del estómago o de otros órganos. <<

[6] Alude a Liu Bang, primer emperador de la dinastía Han. Zhou Bo era un general que le ayudó a conquistar el trono. <<

[7] La generación de Jia She y Jia Zheng lleva en cada uno de sus nombres el radical «Culto», y la generación de Jia Lan el radical «Hierba». Baoyu pertenece a la generación «Jade». Véase la nota 1 del capítulo X. <<

CAPÍTULO LXXXIV

[1] Lit.: «bejuco de gancho». Uncaria rhynchophylla. <<

[2] Para complacer a la Anciana Dama, Jia Zheng cambia el sentido de una sentencia contenida en El Gran Estudio (Daxue)

8.2.: «Nadie reconoce los defectos de su hijo». <<

[3] Analectas 2.4. <<

[4] Analectas 1.1. <<

[5] Extraído de Mencio (Teng wengong xia). La cita completa dice: «Todas las palabras bajo el cielo, si no seguían la doctrina de Yang Zhu, seguían la doctrina de Mo Zhai». Yang y Mo eran pensadores del período de los Reinos Combatientes. Mencio se refiere a la situación del pensamiento anterior a las enseñanzas de Confucio. <<

[6] Las palabras originales de Confucio son: «A los quince ya tenía una firme voluntad para el estudio; a los treinta ya vivía independientemente; a los cuarenta ya no tenía dudas; a los cincuenta ya conocía los designios del cielo; a los sesenta poseía oídos diligentes, y a los setenta actuaba según mi gusto sin violar las reglas». <<

[7] Alude a Baoyu y Baochai. En los ochenta capítulos escritos por Cao Xueqin, Xifeng nunca se había referido al posible casamiento entre Baoyu y Baochai. Por el contrario, siempre hablaba de la unión entre Baoyu y Daiyu. Es ésta una de las claves argumentales que marca la diferencia entre la novela de Cao y el desenlace llevado a cabo por Gao E. <<

[8] Remedio de la medicina tradicional china, cuyos componentes son bezoar de buey, perlas molidas, borneol y cinabrio. <<

CAPÍTULO LXXXV

[1] Jia Cunzhou y Xue Wenqi son, respectivamente, Jia Zheng y Xue Pan. Aquí se utilizan sus nombres de cortesía. <<

[2] Tradicionalmente, el color rojo era el del casamiento: la ropa usada por los novios en la ceremonia, el palanquín en el que se trasladaban y el dosel del lecho nupcial tenían ese color. Por otra parte, en todas las decoraciones de la ceremonia nupcial se utilizaba un carácter que significa «Doble felicidad». Aquí, «un signo de felicidad», comentario de Xifeng en tono de complicidad, se refiere al compromiso de Baochai con Baoyu. <<

[3] Una muestra más de las llamadas «Tres Obediencias» a las que se debían someter las mujeres. Como la tía Xue era viuda, debía consultar a su hijo antes de tomar una decisión. <<

[4] La confusión en el nombre se debe a su proximidad fonética (Yun: «Nube»; Yu: «Lluvia»), pero además la combinación de caracteres significa «mantener relaciones sexuales». <<

[5] La expresión «mostrarse el mismo respeto que anfitrión e invitado» se refiere originalmente a la relación armoniosa entre los esposos. De ahí que Daiyu se sonroje y que Xifeng caiga en la cuenta de su inconveniencia. <<

[6] Chang E era la mujer de Hou Yi, un arquero al que el Señor del Cielo recompensó con un elixir de la inmortalidad por sus servicios. Chang E bebió todo el elixir y, sin poderlo evitar, se elevó hasta la luna, donde lleva una existencia solitaria en el palacio del Vasto Frío Eterno. <<

[7] Ese nombre recibían los jóvenes servidores (muchachos y muchachas vírgenes) de los dioses e inmortales. <<

[8] No se conoce el autor de esta obra. Según la Recopilación de obras dramáticas de la dinastía Yuan, había en aquel tiempo una ópera titulada Palacio Ruizhu, desaparecida posteriormente. La que aparece en el texto podría tratarse de una adaptación. <<

[9] Guanyin, «la que escucha», es la diosa de la Misericordia en el panteón budista. <<

[10] Perteneciente a la ópera Historia del laúd, obra dramática escrita por Gao Ming a finales de la dinastía Yuan. <<

[11] Una escena de la Historia de los bonzos (Zhufaji), obra dramática escrita por Zhang Fengyi (1527-1613). <<

CAPÍTULO LXXXVI

[1] La cítara es el instrumento occidental más parecido al instrumento chino llamado qin, guqin («qin antiguo») o qixianqin («qin de siete cuerdas»). Aparecido ya en la dinastía Zhou (1100 a. C.-256 a. C.), su forma fue fijada definitivamente durante la dinastía Han (206 a. C.-220 d. C.). La caja de resonancia del qin es rectangular; tiene ciento diez centímetros de largo, diecisiete de ancho por la cabeza y trece por la cola. Señalando las notas, en la parte exterior hay trece signos aquí traducidos como «trastes». La caja tiene dos agujeros, uno grande (longchi, «Estanque del dragón») y otro pequeño (fengzhao, «Laguna del Fénix»). Todavía existen más de ciento cincuenta melodías compuestas para este antiguo instrumento. <<

[2] El cielo era considerado suprema autoridad, símbolo de justicia. Los funcionarios honestos e incorruptibles eran llamados «Cielo Azul». <<

[3] Un cun equivale a 3,3 centímetros. <<

[4] Como fundamento de la predicción, las antiguas artes adivinatorias chinas utilizaban el análisis de los Ocho Caracteres (dos por año, mes, día y hora de nacimiento), la doctrina del yin y el yang, y los cinco elementos (Metal, Madera, Agua, Fuego y Tierra). Los Ocho Caracteres se componen de cuatro pares: cada par está formado por un carácter de los diez Tiangan («Troncos Celestes»: Jia, Yi, Bing, Ding, Wu, Ji, Geng, Xin, Ren, Gui), y el otro de los doce Dizhi («Ramas Terrestres»: Zi, Chou, Yin, Mao, Chen, Si, Wu, Wei, Shen, You, Xu, Hai). <<

[5] El Yimao, día de nacimiento de Yuanchun, pertenece a la Madera: es el primer día del primer mes (comienzo de la primavera, cuando prosperan los árboles). <<

[6] Libro legendario descendido del cielo. Trataba de sucesos futuros, y se menciona para referirse a cualquier libro de contenido incomprensible. <<

[7] Según Anales del Período de Primavera y Otoño del maestro Lu, Yu Boya tocaba extraordinariamente bien el qin, y Zhong Ziqi comprendía profundamente su arte. En una ocasión en la que Boya expresaba su voluntad en el instrumento como si fuera una montaña, Ziqi dijo: «Qué maravilla; es tan alto como la montaña Taishan»; luego Boya tocó el qin como una corriente de agua y Ziqi dijo: «Es tan majestuoso como un río». Cuando Ziqi murió, Boya rompió su cítara, pues ya nadie podría entender su música. Desde entonces, la expresión «comprender la música», Zhiyin, se utilizó para referirse a la más estrecha amistad. <<

[8] Yin, rou, chuo, zhu, zhuang, zou, fei y tui son los nombres de diversas técnicas para tocar las cuerdas de un qin («cítara»). Algunas de ellas corresponden a métodos conocidos por los músicos occidentales; otras, en cambio, son difícilmente traducibles: yin, por ejemplo, indica que con la mano izquierda se pulsa una cuerda y se ejecuta un rápido movimiento vibratorio corto arrastrando la cuerda hacia arriba, mientras que rou se refiere al mismo movimiento, pero lento, más amplio y arrastrando la cuerda hacia abajo. <<

[9] Durante la dinastía Zhou, el qin («cítara», en la presente versión) era considerado un instrumento musical que simbolizaba la virtud. Para referirse a él, se decía: «qin, instrumento tabú». <<

[10] «Tocar la cítara para un buey»: hablarle a una pared. <<

CAPÍTULO LXXXVII

[1] El salón del Norte es el salón principal de la mansión. Tradicionalmente, el edificio principal siempre está orientado al sur. Baochai alude en el poema al lugar donde se encuentra su madre. <<

[2] La azucena amarilla (Hemerocalis) recibe en chino el nombre de Xuancao o Wangyoucao («hierba para olvidar la tristeza»). Con la alusión a esta hierba, Baochai vuelve a referirse a su madre. Véase la nota 15 del capítulo LXXVI. <<

[3] Los esturiones son «peces valiosos»; las grullas, «aves nobles». Con los dos primeros versos se pretende decir que cada uno debe vivir en su propio lugar (ya que las grullas se alimentan de peces pequeños). Los dragones son animales divinos, y las aves son animales vulgares. Con estos dos versos, Baochai se refiere a que las personas dignas, como ella misma, no vivían felices, mientras las despreciables como Jingui estaban plenamente satisfechas. <<

[4] La Vía Láctea. <<

[5] Verso de Liu Yong, poeta de la dinastía Song, que describe el paisaje de Hangzhou. El «tercer otoño» es el tercer mes del otoño según el calendario lunar. <<

[6] Según la tradición, paraje de Yangzhou (Jiangsu). Unos decían que existieron realmente veinticuatro puentes; otros, en cambio mantenían que con ese nombre era conocido el puente Hongyao. <<

[7] Wu (222-280), Jin del Este (317-420), Song (420-479), Qi (479-502), Liang (502-557) y Chen (557-589). Todas tuvieron su capital en Nanjing. Véase la nota 5 del capítulo II. <<

[8] Dinastía establecida en el año 937. Duró sólo treinta y nueve años, a lo largo de los cuales reinaron tres monarcas. Tang del Sur fue sustituida por la dinastía Song cuando Li Yu ocupaba el trono. Este emperador, famoso por su erudición, era, además de poeta, músico, pintor y calígrafo. <<

[9] Wuer, hija de la cuñada Liu (cocinera del jardín de la Vista Sublime), había muerto en un capítulo anterior de los redactados por Cao Xueqin. Gao E la resucita. <<

[10] Lenta y melancólica melodía que expresa la nostalgia que sentía Confucio por Yan Hui, su mejor discípulo. <<

[11] Término usado en el weiqi. Señala que no solamente se rompe el cerco del adversario, sino que además el jugador está en disposición de contraatacar. <<

[12] La cuerda más gruesa del instrumento. El resto recibe el nombre de cuerdas «súbditas». <<

[13] Según las notas de Zhi Yanzhai (quien habría leído los borradores de los últimos capítulos escritos por Cao Xueqin, desaparecidos posteriormente), tras la ruina de la casa Jia, Miaoyu se habría visto obligada a casarse con un viejo o bien a convertirse en prostituta. Gao E se limita a hacerla poseer por «espíritus malignos». <<

[14] Cántico budista. Ya desde el capítulo V, Cao Xueqin había señalado que el destino de Xichun sería hacerse monja, pues es huérfana y ni su hermano Jia Zhen ni su cuñada, la señora You, le prestan atención. Lo que la impulsa a tomar la decisión es ver las desgracias acaecidas a sus tres primas (Yuanchun, Yingchun y Tanchun); todo ello corresponde a la experiencia del autor, que (siempre según los capítulos desaparecidos y leídos por Zhi Yanzhai) situaría finalmente a Xichun limosneando por las calles. En cambio, Gao E se limita a argumentar como razón de la profesión de fe de la muchacha su anhelo por captar la razón del budismo. <<

[15] Célebres jugadores de weiqi. Kong Rong (153-208), descendiente de Confucio, poeta y funcionario, era conocido por su afición a los juegos. <<

[16] Al igual que los otros, procedentes del manual de weiqi, éste debería ser también el nombre de una jugada. Sin embargo, debe ser una confusión por «Ocho reyes al galope». <<

CAPÍTULO LXXXVIII

[1] El 81 es un número de mala suerte dado que contiene el nueve (nueve por nueve); de ahí el calificativo de «nueve sombrío». <<

[2] Sutra del budismo que trata acerca de la doctrina del vacío y la sabiduría. <<

[3] Se denomina abreviadamente «Sutra del Corazón» al Prajnâramitâ Sûtra, que trata de la perfección de la sabiduría. <<

[4] Guanyin es el bodhisattva Avalo-Kitésvara, el único con apariencia femenina, popularmente considerado «diosa de la Misericordia». Véanse las notas 2 del capítulo XVIII, 33 del capítulo L, 9 del capítulo LXXXVI y 1 del capítulo CXV. <<

[5] Según Ja tradición del budismo, discípula del buda Sâkyamuni desde los ocho años. Llegó a convertirse en inmortal. <<

[6] Juego procedente de la India. Estuvo de moda durante las dinastías del Sur y del Norte, Sui y Tang. Intervenían dos jugadores, cada uno de los cuales tenía quince o dieciséis piezas llamadas «caballos» que se movían de acuerdo con los puntos obtenidos al lanzar los dados. Ganaba quien llegara antes al terreno del adversario. <<

[7] Noveno día del noveno mes, según él calendario lunar. <<

CAPÍTULO LXXXIX

[1] «La sombra de una serpiente» significa «falsa sospecha». Durante la dinastía Jin (265-420), Yue Guang ofreció un banquete; uno de los invitados, al llevarse la copa a los labios, vio una serpiente en el vaso. De regreso a su casa, creyendo que había sido envenenado por la serpiente, cayó enfermo. Yue Guang sabía que la sombra de la serpiente era sólo la proyección de un arco colgado en la pared. Lo invitó otra vez a beber, el enfermo se percató de la verdad y recuperó la salud. (Biografía de Yue Guang, Historia de la dinastía Jin.) <<

[2] En el capítulo LXXVIII, Cao Xueqin hacía que Baoyu se llamase a sí mismo «Jade Impuro», y a Qingwen «diosa de las flores del otoño». Aquí Gao E le hace llamarla «hermana», tono típico de los jóvenes señores nobles para llamar a su doncella-concubina. <<

[3] Cuenta la tradición que el emperador Wudi, de la dinastía Han, añoraba a la dama Li, su concubina muerta. Dongfang Shuo le ofreció una hierba mágica que sirvió al emperador para unirse en sueños con ella. <<

[4] La melodía de estas dos estrofas es Wang Jiangnan («Contemplando el Sur del Río»).<<

[5] Versos de Cui Hao, poeta Tang. <<

[6] Pintor de la dinastía Song. <<

[7] Versos de Li Shangyin, poeta Tang. Se llama «belleza negra» (Qingnü) a la diosa de la Escarcha y de la Nieve. La «belleza blanca» es Chang E. <<

[8] Según la biografía de Cai Yong (Historia de la dinastía Han Posterior), alguien cocinaba prendiendo ramas secas de Tong (Aleurites cordata). Al escuchar la crepitación de las llamas, Cai Yong se dio cuenta de que la madera era extraordinaria para hacer cítaras. Extrajo la madera ya quemada, e hizo un instrumento excelente. <<

[9] «Montaña de la Grulla»: la parte más alta de la cítara china, donde están sujetas la siete cuerdas. La «Cola de Fénix» es la cola del instrumento, y las «patas del Pato Silvestre», las dos patas de madera que la sostienen horizontalmente. <<

[10] La pronunciación china tenía entonces cuatro tonos: Ping, Shang, Qu y Ru. El primer tono era «llano» (Ping Sheng), y los otros tres «oblicuos» (Zesheng). La composición de los versos debía seguir estrictas reglas en cuanto a la alternancia tonal. <<

[11] Véase la nota 7 del capítulo LXXXVI. <<

[12] Versos extraídos de un cuento de amor de la dinastía Ming titulado Historia de Xiaoqing. <<

CAPÍTULO XC

[1] La expresión procede de una anécdota de la Escuela del Dhyana (Chanzong), una de las escuelas del budismo en la dinastía Ming. Cuando el maestro Fayan preguntó a sus discípulos quién podría desatar la campanilla de oro que llevaba un tigre en el cuello, el único que contestó fue Fadeng: «Sólo puede desatarla quien la haya atado». <<

[2] Roca de las Tres Encarnaciones (San sheng shi): Según el budismo, los seres humanos se reencarnan; de ahí que tengan tres vidas: la vida pasada, la presente y la futura. Cuenta la tradición que durante la dinastía Tang el monje Yuanguan y Li Yuan eran grandes amigos. Un día Yuanguan dijo a su amigo: «Dentro de doce años, en la noche de la fiesta del Medio Otoño, nos veremos en la puerta del templo Tianzhu de Hangzhou». Apenas terminó de decir aquello cayó muerto. Li Yuan llegó doce años después a la puerta del templo, y encontró a un niño pastor que cantaba:

El alma vieja en la Roca de las Tres Encarnaciones

canta al viento y contempla la luna.

Se avergüenza de que su amigo más querido venga a visitarla desde tan lejos;

aunque este cuerpo sea diferente, el alma es la misma. <<

CAPÍTULO XCI

[1] Homófono de la palabra «Adulador». <<

[2] Dos remedios de la medicina tradicional china, considerados preciosos por la complejidad de sus componentes y elaboración. <<

[3] Según la Historia del Han Posterior, Buda tiene las medidas indicadas en el texto; según la tradición budista, nace de la flor de loto. <<

[4] Shen Liao (el monje budista Daoqian) visitó a Su Dongpo (Su Shi), el gran poeta de la dinastía Song. En un banquete, el poeta quiso gastar una broma al bonzo y mandó a una cortesana a pedirle que compusiera versos. Entonces Shen Liao improvisó un cuarteto:

Gracias a la muchacha virtuosa

que intenta fastidiar al rey Xiang con un sueño misterioso.

Pero mi corazón es un amento de sauce apresado en el fango,

¿cómo podrá danzar locamente siguiendo el viento de la primavera? <<

[5] Al escuchar el canto de la perdiz gris, ave que sólo habita en el sur, los sureños echan de menos su tierra y su familia. Zheng Gu, poeta de la dinastía Tang, escribió los siguientes versos: «Entre los presentes hay algún viajero del sur. / No cantes, Perdiz, al viento primaveral». «Perdiz» se refiere aquí a la melodía Zhegutian («Cielo de perdiz»). En el original, Gao E convierte «cantar» en «danzar» para respetar las exigencias métricas que impone en chino el verso anterior. <<

[6] Se refiere a Buda, al canon búdico y al clero. <<

CAPÍTULO XCII

[1] En este capítulo las referencias al budismo son todas a la escuela Chan (escuela zen en Japón). El nombre «chan» o «channa» es una transliteración del término sánscrito dhyâna, que significa «contemplación». Esta escuela se desarrolló en China en torno a los siglos VII y VIII procedente de la corriente Mahayana (Gran Vehículo). Es una doctrina en la que a principios budistas se incorporan algunos elementos del taoísmo. De gran influencia en los métodos de adoctrinamiento del chan fue el Sutra de la Perfección de la Sabiduría (Astasahasrika, siglos 1 a. C.-1 d. C.), cuyos diálogos se caracterizan por sus paradojas para que el alumno recorra diferentes niveles de comprensión en su camino a la iluminación. <<

[2] A principios del invierno las familias ricas solían reunirse para beber, pintar o componer versos en un intento de dulcificar los rigores de la estación. A esa reunión se la denominaba «fiesta del deshielo». <<

[3] Libro escrito por la dama Zheng, esposa del marqués Mochen Miao de la dinastía Tang, como recomendación a su sobrina, que había sido escogida para convertirse en concubina imperial. En él, escrito a imitación del Clásico de la Piedad Filial (Xiaojing), se propugnaban las virtudes filiales para la mujer. <<

[4] Redactado por Liu Xiang, de la dinastía Han del Oeste. Propaga, a través de las vidas de «mujeres ejemplares», las concepciones éticas del confucionismo referidas a la mujer. <<

[5] Se refiere a Tai Si. Según la tradición, ayudó al rey Wen a administrar los asuntos de la corte (Biografías de mujeres ejemplares). <<

[6] El rey Xuan (827 a. C.-781 a. C.) de la dinastía Zhou no se esforzaba en la administración del reino, acostándose pronto y levantándose tarde. Considerándose responsable de la dejadez del monarca, la reina Jiang se mezcló con las mujeres de palacio que, por una u otra razón, habían sido castigadas. Conmovido por tal gesto, el rey corrigió sus defectos. <<

[7] Según las Biografías de mujeres ejemplares, la reina de Wuyan, llamada Zhongli Chun, a los cuarenta años aún no había contraído matrimonio. A esa edad se presentó ante el rey Xuan del reino Qi (época de los Reinos Combatientes), y le indicó cómo acabar con ciertos asuntos que hacían daño a su gobierno. El rey aceptó su consejo. Consiguió la solidez y estabilidad de su reino y la tomó como esposa. <<

[8] Cao Dagu: se refiere a la historiadora Ban Zhao (49-120 aprox.), esposa de Cao Shishu. Cuando el emperador Hedi ocupaba el trono, ella era preceptora de la emperatriz y las concubinas imperiales, fue historiadora y dio forma definitiva a la primera historia dinástica, la Historia de Han (Hanshu), iniciada por su padre, Ban Biao, y su hermano, Ban Gu.

Favorita Ban: tía abuela de Ban Zhao. Durante la dinastía Han, «Favorita» (jieyu) era un alto cargo oficial en el gineceo imperial cuyo grado se equiparaba al de los ministros y príncipes. La Favorita era quien mandaba sobre él resto dejas concubinas.

Cai Wenji, o Cai Yan, fue una famosa poetisa y compositora de finales de la dinastía Han.

Xie Daoyun, sobrina del letrado y general Xie An (320-385) de la dinastía Jin del Este, era una mujer famosa por su inteligencia.

Meng Huang: véase la nota 5 del capítulo XLIX. <<

[9] La princesa Lechang: véase la nota 18 del capítulo LXXVIII.

Su Hui: esposa de Dou Tao. Ignorándola, éste llevó consigo a Xiangyang, de donde había sido nombrado gobernador, a Zhao Yangtai, su concubina favorita. Su Hui tejió un palíndromo en un brocado y lo envió a Dou Tao. El tejido era de cinco colores mezclados, y estaba compuesto por más de ochocientos caracteres. Se podía leer horizontal o verticalmente, desde el principio o desde el final. En total podían leerse más de mil poemas diferentes. La lectura de los versos conmovió al gobernador de Xiangyang y se reconcilió con su esposa. Sin embargo, según la Historia de Jin, el bordado debió haber servido para consolar a Dou Tao, degradado y enviado a Liusha. <<

[10] Hua Mulan se hizo pasar por hombre para ir a la guerra en lugar de su padre. Durante doce años participó en numerosas batallas, y llegó a convertirse en un general notable.

Cao E: véase la nota 3 del capítulo LXXIX.

Cao Shi: hija de Xiahong Wenning y esposa de Cao Wenshu. La anécdota se encuentra recogida en la Historia de los Tres Reinos («Biografía de Cao Shuang»). <<

[11] Wang Qiang: véanse las notas 15 del capítulo LI y 15 del capítulo LXIII.

Xi Shi: véanse las notas 5 del capítulo LXIV, 8 del capítulo III y 8 del capítulo V.

Fan Su y Xiaoman: concubinas del célebre poeta Bai Juyi, de la dinastía Tang. La primera era cantante, y la segunda, bailarina.

Jiangxian: dama de palacio del emperador Yang, de la dinastía Sui (581-681). <<

[12] «La esposa de Ren Huai»: según la tradición, el emperador Taizong, de la dinastía Tang, asignó a Ren Huai dos damas de palacio como concubinas. La esposa de éste era tan celosa que quemó completamente los cabellos de las dos concubinas, sin temor a la amenaza del propio emperador.

«La esposa de Liu Boyu»: durante la dinastía Jin, Liu Boyu elogió ardientemente ante su esposa Duan Mingguang a la diosa del Río Luo, que aparecía en el poema de Cao Zijian. Mingguang, en un ataque de celos, se quitó la vida arrojándose al agua. <<

[13] Zhuo Wenjun: véase la nota 12 del capítulo I.

Hong Fu: véanse las notas 13 del capítulo II, y 13 del capítulo LXIV. <<

[14] Wu Gui: se trata del mismo cocinero, primo de Qingwen, apodado Gusano Fangoso. <<

[15] «Ojo de dragón» (Longyan): fruta parecida al lichi, pero de cáscara lisa. <<

[16] Según algunos relatos mitológicos, en las aguas del Mar Meridional existen los hombres tiburón: viven en el agua como peces, tejen una gasa maravillosa y de sus ojos emanan perlas. <<

CAPÍTULO XCIII

[1] Traducido aquí como «tabla de marfil», el hu era una especie de pizarra pequeña de marfil o jade, estrecha y alargada, que portaban los ministros y funcionarios de alto rango para tomar notas en las audiencias imperiales. En este caso, se utilizaba para que los invitados marcaran las escenas de las óperas que deseaban ver. <<

[2] En la ópera, los personajes se clasifican por tipos: los caras pintadas (jing), los payasos (chou), los personajes masculinos (sheng) y los femeninos (dan). Estos dos últimos tipos podían ser jóvenes (xiao dan, xiao sheng) o viejos (lao dan, lao sheng). Normalmente los actores se especializaban en un único tipo. <<

[3] Kunqiang: ópera de estilo clásico, originaria de Kunshan (provincia de Jiangsu), que se sigue representando en la actualidad.

Yiyangqiang: ópera que tiene su origen en el distrito Yiyang de la provincia de Jiangxi.

Gaoqiang («Tono Alto»): una mezcla de Yiyangqiang con melodías folclóricas.

Bangziqiang: ópera muy popular en Pekín durante la dominación de Qianlong de la dinastía Qing, bajo cuyo imperio se escribió Sueño en el Pabellón Rojo. Su compás se marca con un instrumento de madera ahuecada y un palo (bangzi). <<

[4] «Flor» (Hua) es el apellido de Xiren. Ya en el capítulo V, Cao Xueqin nos había dicho que «todos envidian al actor que la conquiste». En el plan de la novela, Xiren y Jiang Yuhan son el uno para el otro. <<

[5] El Libro de la Música es una parte del Libro de los Ritos. Según la tradición su autor fue Gongsun Nizi (época de los Reinos Combatientes). El texto, posteriormente desaparecido, fue recuperado durante la dinastía Han. <<

[6] En el texto original no aparece directamente el nombre de Jia Qin. Para disimularlo, aparece la expresión xi bei cao jin que no tiene sentido; se trata de un anagrama en donde los dos caracteres que forman el apellido Jia («oeste» xi y «concha» bei) aparecen por separado; igual ocurre con el nombre Qin y los dos caracteres que lo forman («hierba» cao y «hacha» jin). <<

[7] Qinxiang: «Fragancia Rezumada»; Hexian: «Inmortal de la grulla». <<

[8] El convento del Pan al Vapor se encuentra en el mismo recinto del templo del Umbral de Hierro. <<

CAPÍTULO XCIV

[1] «Las temporadas» (jieqi) se refiere a los veinticuatro períodos de quince días del año solar, relacionados con los solsticios y los equinoccios: solsticio de invierno (aproximadamente el 22 de diciembre), pequeño frío, gran frío, comienzo de la primavera, lluvias, despertar de los insectos, equinoccio de primavera, pura luz, lluvia para los cereales, comienzo del verano, pequeña maduración, espigas con aristas, solsticio de verano, pequeños calores, grandes calores, comienzo del otoño, fin del calor, rocío blanco, equinoccio de otoño, rocío frío, caída de escarcha, comienzo del invierno, pequeñas nevadas, grandes nevadas. <<

[2] En el décimo mes del año lunar, el clima es parecido al de la primavera. <<

[3] El carácter shang se escribe 賞 · 小 (xiao) significa «pequeño»; 口 (kou), «boca»; la mitad superior es igual a la de 當 (dang, «empeñar»); la mitad inferior 貝 (bei), «concha» —que en época arcaica se utilizó como instrumento de pago y, por extensión, se aplica a las cosas valiosas—, es muy parecida al carácter 見 (jian), «ver», aunque el trazo inferior derecho es más cortó. Si se añade el radical 人 («hombre») al carácter shang (賞), se convertirá en 償 (chang), «recuperar». <<

CAPÍTULO XCV

[1] Se trata del mismo procedimiento ya visto en el capítulo IV (véase la nota 7). <<

[2] Uno de los Ocho Inmortales, deidades del panteón taoísta. Su nombre, según la tradición, es Li Xuan, también conocido como Li Muleta de Hierro (Tieguai Li). Su aspecto es el de un mendigo feo, sucio y cojo. Cuenta la leyenda que era un hombre atractivo que, en cierta ocasión, abandonó su cuerpo para viajar en alma a Huashan. Advirtió a sus discípulos que si no regresaba en siete días, incineraran su cuerpo. Así lo hicieron ellos y cuando su alma regresó, no pudo hallar su cuerpo original, así que tuvo que alojarse en el cadáver de un viejo mendigo cojo recién fallecido y se convirtió en inmortal tras encontrarse con el Viejo Maestro Supremo (Taishang Laojun, título honorífico de Laozi). <<

[3] Se refiere a los mensajes urgentes, que se transmitían a uña de caballo, galopando día y noche sin cesar, hasta cubrir diariamente trescientos li (ciento cincuenta kilómetros aproximadamente). <<

[4] Desde el año 841 a. C. hasta 1949, el calendario chino se ha regido por un sistema sexagesimal, por combinación de 10 troncos celestes y 12 ramas terrestres, que conforma ciclos de 60 años. Así, los años se determinan en función de dicha combinación. Ni Cao Xueqin ni Gao E determinan el tiempo en el que se desarrolla la acción de la novela. La inclusión de una fecha específica, jia-yin, el año cincuenta del ciclo, sin referencia al emperador reinante, impide, sin embargo, la datación exacta. Los años jiayin más próximos a la composición de la novela son 1624, 1679 y 1734. <<

CAPÍTULO XCVI

[1] «La de las Cejas Fruncidas» era un apelativo atribuido a la hermosa Xi Shi y, por extensión, a las mujeres bellas y delicadas. Véase la nota 8 del capítulo III. <<

[2] Jia Jade Precioso sería la traducción literal del nombre de Baoyu. Sin embargo, el sonido «jia» del carácter del apellido de la familia coincide con el sonido del carácter de «falso». La transliteración sería «Jia Baoyu nongchu jia baoyu laile». <<

[3] Según los augures, el destino de cada persona está determinado por los ocho caracteres cíclicos (4 pares) que indican el año, mes, día y hora del nacimiento. Cada uno de éstos está formado por un carácter de los Diez Troncos Celestiales y otro de las Doce Ramas Terrestres. Las Doce Ramas corresponden respectivamente a los cinco elementos fundamentales de la Naturaleza (Wu Xing): Oro o Metal, Madera, Agua, Fuego y Tierra. Baoyu parece haber nacido en el año Gengzi, correspondiente a la Rata, y con el destino marcado por el Agua; Daiyu en el año Xinchou, correspondiente al animal Buey, con el destino marcado por la Tierra, y Baochai en el año Dingyou, correspondiente al Gallo, con el destino marcado por el Oro. El oro nace del agua; por eso, cuando Baoyu estaba enfermo el vidente dijo que debía casarse con alguien que tuviera oro en sus astros, de manera que contrarrestase su mala suerte. <<

[4] «Sentarse en el lecho y retirar el dosel» se refiere a una costumbre tradicional en China que tuvo su origen en la dinastía Han del Oeste (206 a. C.-8 d. C.). Cuando el emperador Wudi se casó con la dama Li decidió crear un nuevo tipo de ceremonia: el emperador dio la bienvenida a su concubina y se ocultó con ella dentro de la cortina nupcial. Se sentaron juntos sobre la cama, bebiendo, mientras las damas del palacio, según las instrucciones de la emperatriz, lanzaban flores y frutas multicolores y el emperador y su concubina las recogían en las haldas de sus túnicas, lo que simbolizaba tener abundante descendencia. Posteriormente, esa costumbre se modificó en detalles, tales como lanzar también monedas y granos, etcétera. <<

[5] Wenqin: «Laborioso en los Asuntos Civiles». <<

CAPÍTULO XCVII

[1] Según el budismo, en cada existencia se saldan las deudas por pecados realizados en vidas anteriores. <<

[2] Véase la nota 3 del capítulo XCVI. <<

[3] Antiguamente, «ovejas y vino» eran considerados obsequios apropiados para expresar felicitaciones. Aquí se trata de los regalos de esponsales. <<

[4] Según la tradición, las personas que acompañaban a los novios durante la ceremonia matrimonial debían ser aquellas a quienes no faltase familiar alguno. <<

[5] La Dama Blanca es el espíritu de la escarcha y de la nieve. Chang E o Su E (tal y como aparece en el texto), es la belleza que vive en la luna. La primera se utiliza como sinónimo de «escarcha», la segunda, como sinónimo de «luna». <<

[6] El monte Beimang, situado al norte de Luoyang, capital durante la dinastía Han del Este, era el lugar donde se enterraba a nobles y grandes funcionarios. «Muchacha de Beimang», significa que morirá joven. <<

[7] Antiguamente se construían quioscos en las afueras de las ciudades, a la orilla del camino, donde se despedía a parientes o amigos que iban a emprender viajes largos. <<

CAPÍTULO XCVIII

[1] Véase el capítulo I, sobre Perla Bermeja y Shenying, avatares anteriores de Daiyu y Baoyu, respectivamente. <<

[2] Según la tradición, el Noveno Día posterior a la boda la novia debía regresar a su propia casa acompañada por su marido. A partir de ese momento se convertiría en un miembro más de la familia de éste. En determinadas zonas de China, no era el noveno el día del regreso, sino el tercero a partir del de la boda. <<

[3] Zhian, «Santuario del Saber». <<

CAPÍTULO XCIX

[1] Zhan Hui puede traducirse como El oportunista, o como El calculador. <<

[2] Haimen, la Puerta del Mar, es un nombre que han recibido diversas poblaciones a lo largo de la historia china. Aquí, probablemente, se refiere a la actual Yangzhou, provincia de Jiangsu, situada en la orilla norte del río Yangzi y desde donde se despachaban los barcos con mercancías hacia el interior y el exterior. Estaba mucho más cerca de la región de Jiangxi, donde estaba destinado Jia Zheng, que de Pekín. <<

CAPÍTULO C

[1] Literalmente, «su arrogancia se fue más allá de la isla de Java». <<

CAPÍTULO CI

[1] Bao Yin, Bao el Músico, es un nombre que hace referencia al término budista de «retribución» (bao ying), que también significa «venganza». <<

[2] Taishi: Puede referirse a un título de alta categoría de los funcionarios. Aparece ya en la dinastía Zhou del Oeste (1122-771 a. C.) como el supremo comandante del ejército. Durante las dinastías Ming y Qing se convierte en un mero título honorífico. También es el título utilizado para el preceptor del príncipe heredero. <<

[3] Shi Fu, Shi el afortunado, es homófono de otro sinónimo de «retribución» (shifu). <<

[4] Juego de palabras derivado de la homofonía de los caracteres. El nombre de Wang Ren significa Wang «el Benevolente»; En este caso, se ha cambiado el primer carácter, Wang, que en vez de ser el de «rey» (un apellido habitual), es el de «olvidar». Así, la traducción de su nombre se convierte en «El que olvida la benevolencia». <<

[5] Son las cinco virtudes fundamentales según la ética confuciana. <<

[6] Este refrán significa que alguien que se basta para realizar una tarea no necesita que se la enseñen. Procede de un juego de palabras basado en la homofonía de jiao, que significa a la vez «regar» y «enseñar». <<

[7] Dashu significa «Gran Árbol»; el «Cielo Occidental» se refiere a la India, donde tiene su origen el budismo. <<

[8] El primer verso insinúa la muerte de Wang Xifeng al pasar veinte años desde que abandonara su hogar. El segundo se utilizaba para referirse en general a los funcionarios que volvían vestidos lujosamente a su tierra natal cuando ya habían logrado fama y fortuna. El tercer y cuarto versos proceden del texto titulado «Abeja», escrito por Luo Yin, de la dinastía Tang. <<

CAPÍTULO CII

[1] Literalmente, de las tres guías cardinales y las cinco virtudes constantes según el código confuciano. Las tres guías son: el soberano guía al súbdito, el padre al hijo y el esposo a la esposa; las cinco virtudes son la benevolencia, la corrección, la propiedad, el conocimiento y la lealtad. <<

[2] «Banxian» quiere decir «semiinmortal». Seudónimo habitual para este tipo de adivinos. <<

[3] Los símbolos sagrados a que se refiere el texto son el Hetu y el Luoshu. Según la tradición, existió un dragón-caballo que, al aparecer en el río Amarillo, produjo unos determinados dibujos en el agua (Hetu). Basándose en ellos, el emperador Fu Xi ideó los ocho diagramas para la adivinación. Por otra parte, existió también una tortuga divina que emergió del río Luo con un libro sobre el caparazón. Basándose en él (Luoshu), el emperador Dayu de la dinastía Xia (siglos XXII-XVII a. C.) expresó las reglas fundamentales (Hongfan). <<

[4] El adivino pone tres monedas en el bote, lo agita y luego deja caer las monedas. A uno de los lados se le asigna el valor de «2» y al otro, el de «3». Dos cruces y una cara, suman 7 y forman «chai», una línea «pequeño yang»; una cruz y dos caras, «dan», suman 8 y se denomina «pequeño yin»; tres cruces, «chong», suman 6 y se denomina «gran yin, mutante»; tres caras, «jiao», suman 9 y se llama «gran yang, mutante». Cada tiro forma un «yao» o cada una de las líneas de un hexagrama. Las tres primeras líneas, las inferiores, son los signos interiores; las tres últimas, las superiores, son las consideradas exteriores. <<

[5] En el último de los sesenta y cuatro hexagramas, «lo que no está completo», el fuego está arriba y el agua debajo, de modo que la presencia de ambos elementos, anulándose, no produce ningún efecto. <<

[6] Originariamente, el procedimiento de formación de los hexagramas se realizaba con 50 tallos de milenrama. La utilización de las monedas, método mucho más sencillo, se introdujo tardíamente. <<

[7] Se refiere a las doce Horas y las doce Direcciones que corresponden a las doce Ramas Terrestres. <<

[8] Los tres dioses taoístas son Yuanshi Tianzun (el Venerable Celeste del Comienzo Original), Lingbao Tianzun (el Venerable Celeste del Alma Valiosa) y Taishang Laojun (el Gran Maestro Supremo), apelativo honorífico que alude a Laozi. <<

[9] En la antigüedad, los astrónomos distinguían veintiocho constelaciones en el cielo que rodeaba al sol y a la luna, que a su vez regían las diversas zonas terrenales habitadas por los hombres, cuyo destino estaba decidido por las constelaciones. Para el taoísmo, cada una de ellas es un dios. <<

[10] Dioses que defienden la verdad taoísta. <<

[11] Las cinco banderas representan los cinco puntos cardinales: este, oeste, norte, sur más el centro. <<

[12] Las «tablillas de marfil» (Yahu) son las que llevaban los funcionarios para tomar notas en las audiencias imperiales. En el texto expresan el respeto a los dioses. <<

[13] Se refiere a la estrella Taiji (S23), la más brillante de la constelación del dragón. <<

[14] «Siete estrellas» se refiere a la Osa Mayor. Es una de las veintiocho constelaciones. <<

CAPÍTULO CIII

[1] Según la etiqueta confuciana, la relación entre un hombre y la esposa de su hermano (o primo) menor era muy estricta, mientras que con la esposa de su hermano (o primo) mayor podía ser más familiar; por ejemplo, la relación entre Xifeng y Baoyu. <<

[2] Véase la nota 23 del capítulo I. <<

[3] Aquí se vuelve a jugar con la homofonía entre el apellido de la familia, Jia, y el carácter de «falso». <<

[4] El putuan es una especie de cojín confeccionado con hojas de junco sobre el que los monjes budistas y taoístas se sientan para la práctica de la meditación. <<

CAPÍTULO CV

[1] Xiping significa «Paz en el Oeste»; Pekín, que aparece más adelante en este mismo episodio, significa «Tranquilidad en el Norte». El príncipe que aparecía en el capítulo XXXIII era el de Zhongsun, que significa «Satisfacción en el Centro». <<

[2] Según los reglamentos del Ministerio del Funcionariado de la dinastía Qing, los funcionarios de la capital y los de provincias no podían relacionarse. <<

[3] Según la tradición, el emperador se situaba siempre de espaldas al norte para recibir la luz de frente. Casi todos los palacios y templos se orientan al sur. En el texto, «hacia el norte» quiere decir «hacia el emperador». <<

[4] Antigua medida de longitud que equivalía aproximadamente a 27 centímetros. <<

[5] Cuero elaborado con la piel de la frente y las patas de los zorros, de un color parecido al de las nubes. <<

CAPÍTULO CVII

[1] Mencio, Mencio (Jinxin. xia 3.6). <<

CAPÍTULO CVIII

[1] Parecido al juego que aparecía en el capítulo XL. Cada tirada de dados (en el capítulo mencionado eran piezas de dominó) suma un número. Éste puede sugerir o no una melodía operística determinada. Si el jugador la adivina, los otros deben beber. De no hacerlo, será él quien apure una copa. <<

[2] A finales de la dinastía Qin (221-206 a. C.), Dong Yuangong, el señor Lu Li, Qi Liji y Xia Huanggong hicieron vida de ermitaños en la montaña Shangshan. Como los cuatro tenían más de ochenta años, con barbas y cejas blancas, eran llamados «los cuatro ancianos de Shangshan». Durante la dinastía Han del Oeste (206 a. C-8 d. C.) la emperatriz Lü, a propuesta de Zhang Liang, convocó a los cuatro ancianos como consejeros del príncipe. El nombre de la tirada en este juego se debe a que los cuatro puntos eran blancos. <<

[3] La Antología de los mil poetas (Qian Jia Shi) era un manual para la enseñanza primaria seleccionado por Xie Fangde, de la dinastía Song, y anotado por Wang Xiang. Contiene doscientos cuarenta y nueve poemas, todos poemas regulares y cuartetos (lushi y jueju), para facilitar su memorización. <<

[4] Igual que los siguientes, éste es el nombre de una jugada adaptada de dos versos del poeta Liu Yuxi, de la dinastía Tang, «Versos encadenados del jardín de los almendros»:

Para quien veinticuatro años fluyeron,

reencontrar viejos amigos es penetrar en el reino de las flores.

El poeta estuvo veinticuatro años separado del funcionariado por su participación en un movimiento reformista, pasados los cuales fue rehabilitado. Aquí los versos hacen referencia al reflorecimiento de la mansión Rong después de un largo período de decadencia. <<

[5] Verso del cuarteto de Cheng Hao, de la dinastía Song, titulado «Compuesto al azar en primavera»:

Viento suave, nubes ligeras, cerca ya del mediodía.

Paseo entre flores y sauces cruzando el arroyo.

La gente no conoce la alegría que anida en mi corazón.

Dicen que imito a los niños en mis ratos de ocio. <<

[6] Según la tradición, cuando Liu Chen y Ruan Zhao, de la dinastía Han, visitaron la montaña Tiantai, se encontraron con dos bellas inmortales. <<

[7] Se refiere a la misma anécdota de la nota anterior. <<

[8] Tomado de un verso del poema «Flores de durazno del monasterio de Qingquan», de Xie Fangde, haciendo referencia a la composición «La fuente de las flores de durazno», de Tao Yuanming (365-427), en la que se describe una sociedad feliz, autárquica, que el poeta sitúa en el período anterior a la constitución del imperio. Véase la nota 17 del capítulo XLIII. <<

[9] Los dados con tres puntos parecen dos golondrinas, y los de dos puntos dos polluelos. <<

[10] Verso extraído del poema titulado «Despertar a principios de verano», escrito por Yang Wanli (1127-1206), de la dinastía Song del Sur. <<

[11] Según su biografía en la Historia de la dinastía Han, Zhang Chang, gobernador de la capital, pintó las cejas a su esposa. La expresión «pintar las cejas» se utiliza todavía hoy como metáfora de un profundo amor entre marido y mujer. <<

[12] Véase el capítulo V. <<

[13] El verso original de Cheng Hao («Inscripción para el templo Huainan») debe ser: «Blancas lentejas barren el fin del otoño en el río Chu». Es posible que, en el proceso de copia de la novela, se confundiera el carácter chui («soplar», aquí traducido como «barrer») por yin («cantar» o «recitar»). <<

CAPÍTULO CIX

[1] Del poema de Bai Juyi (772-846) «Canción de la infinita tristeza», en el que canta los amores entre el emperador Xuanzong y su concubina Yang Guifei, a la que él mismo había ordenado ejecutar. En el poema, un sabio taoísta se convierte en mensajero entre los amantes que, desde la ejecución de ella, no han podido volver a encontrarse. <<

[2] «La pura esencia del yin y el yang…» procede del Taijitu, texto compilado por Zhou Dunyi, de la dinastía Song, en el que explica el origen del universo. La fórmula continúa: «La vía del cielo dio forma al hombre, la vía de la tierra dio forma a la mujer, los dos alientos se entrelazaron y nacieron los diez mil seres». <<

CAPÍTULO CX

[1] «Dama Shi» se refiere a la Anciana Dama, que, en el momento de su muerte, recupera su nombre de familia. Los espíritus de la tierra eran los encargados de orientar a los muertos. <<

[2] Según los ritos feudales, los funcionarios tenían que renunciar a su cargo oficial después de la muerte de sus padres, y regresar a su tierra natal para guardar allí el luto durante tres años. <<

[3] Confucio, Analectas 3.4. <<

CAPÍTULO CXI

[1] «Digna de reverencia», es el mismo nombre de Qin Keqing. <<

[2] Asuntos amorosos. <<

[3] Se trata de una adaptación de una cita de Zhu Xi (1130-1200), el filósofo más importante de la China clásica, conocido como el padre del neoconfucianismo, ideología oficial hasta la época contemporánea. La cita original dice: «Alegría, cólera, dolor y felicidad son amor; si no aparecen, se trata de sexo» (Comentario a los Cuatro clásicos. El Invariable Medio). <<

[4] El oeste es el punto cardinal donde están situadas las Fuentes Amarillas, el lugar al que acuden los espíritus de los muertos. <<

[5] En el juego de weiqi, en total son trescientas sesenta y una piezas las que se reparten, o sea, cada uno de los jugadores tiene ciento ochenta piezas y media. Si uno consigue ciento ochenta y una piezas, ganará por media pieza. <<

CAPÍTULO CXII

[1] Según Tao Zongyi, de la dinastía Song, Chuogenglu, «tres monjas y seis viejas» (san gu liu po) son las monjas budistas, taoístas, y las que predicen el futuro mediante diagramas; las seis viejas representan a las proxenetas, alcahuetas, hechiceras, burdeleras, curanderas y matronas. <<

[2] En la canción séptima «Despreciada por el mundo» del capítulo V, el destino final de Miaoyu era:

El camino polvoriento irá manchando su cara,

Como cuando acoge el fango a un hermoso jade blanco.

Delfines de casas nobles por ella en vano suspiran.

Según las notas hechas por Zhi Yanzhai (quien seguramente había leído los borradores originales de los últimos capítulos de la novela escrita por Cao Xueqin), el destino de Miaoyu debía ser el siguiente: después de que se arruinara la familia Jia, ella llegaba a Guazhou (Un pueblo a orillas del río Yangzi), se casaba con un viejo y se veía obligada a prostituirse.

<< 

CAPÍTULO CXIII

[1] Según algunos comentaristas, se trata de Zhang Jinge y su prometido (véase el capítulo XV). Según otros, podría referirse a Baoyu y Daiyu. <<

[2] Durante el nuevo año lunar es tradición pegar en las hojas de la puerta los dos espíritus guardianes. Cuando hay algún fallecimiento en la familia, se cubren esas imágenes con papel blanco. <<

[3] En realidad, esas palabras proceden de un verso de Bai Juyi, de la «Canción de la infinita tristeza» (véase la nota 1 del capítulo CIX). <<

CAPÍTULO CXIV

[1] Según los versos del capítulo V:

Mas él obedece, ordena después, por fin la repudia.

Volverá a Jinling llorando, a la casa de su padre.

Wang Xifeng debería ser repudiada por Jia Lian y se vería obligada a volver a la casa de su padre. Aquí el destino final de este personaje ya no corresponde a la cita original de Cao Xueqin, aunque Gao E hizo un ajuste forzado con el último verso del poema mencionado. <<

[2] Se refiere al oráculo que le correspondió a Xifeng en el capítulo CI. <<

[3] Yingjia significa, literalmente, «Agradecido a la bondad»; Youzhong, «Amigo de la lealtad». <<

[4] Anguo significa «Pacificar el reino». <<

[5] En China, el color del luto es el blanco. <<

CAPÍTULO CXV

[1] Guanyin o Guanshiyin, la que escucha la voz del mundo, es también conocida como Avalokitesvara. <<

[2] La expresión «moverse al calor de las brasas» (huokeng) tiene otra lectura: en términos budistas significa «el foso de fuego», metáfora de una vida llena de pecados y dificultades. <<

[3] Adaptación de una sentencia de Confucio (Analectas, 9.29) <<

[4] Véanse las notas 18 del capítulo I y 2 del capítulo XC. <<

[5] La expresión que utiliza Baoyu, ming xin jian xing, es una fórmula budista cuyo significado es «una vez comprendido el corazón, se descubre la naturaleza de los hombres». <<

[6] La frase también puede entenderse como «Baoyu ha regresado». <<

CAPÍTULO CXVI

[1] «Cinturón de jade» se pronuncia como el nombre de Daiyu. «Bosque» (Lin) es su apellido. Véase la nota 14 del capítulo V. <<

[2] «Horquilla de oro en la nieve.» «Nieve» (xue) es homófono del apellido de Xue Baochai. La sílaba chai de su nombre significa «horquilla». <<

[3] Se refiere a los dos versos del capítulo V:

Ay, que una tiene las virtudes de la esposa de Leyang;

ay, que la otra tiene el ingenio de la sobrina de Xiean.

Véase la nota 14 del capítulo V. <<

[4] Véanse los versos que hablan de Yuanchun en el capítulo V. <<

[5] Véanse el poema dedicado a Xiren en el capítulo V, y la nota 12 del mismo capítulo. <<

[6] Son las dos consortes del rey Shun. Véase la nota 1 del capítulo XXXIV. <<

[7] Los guardianes celestiales. Al final de la dinastía Han del Este (25-220), el líder taoísta del levantamiento campesino Taiping declaró que el cielo azul ya había muerto y el cielo amarillo estaba naciendo. Todos los soldados de su ejército llevaban turbantes amarillos. A partir de entonces, en la tradición taoísta, aparece la imagen de los guardianes de turbantes amarillos. <<

[8] Véase la nota 3 del capítulo XCIV. <<

[9] El carácter shang (賞) se compone de dos partes: la superior (尚) se lee igualmente shang, que puede referirse a un monje (Heshang 和尚). El carácter para «empeñar» (當) también se escribe con el mismo componente shang en la parte superior. <<

[10] Véase el poema sobre Xichun en el capítulo V. <<

[11] Es un gesto común todavía hoy para significar «perder la cara», «perder la vergüenza». <<

CAPÍTULO CXVII

[1] Quien ha logrado la perfección, literalmente «el hombre verdadero». Aquí la perfección se refiere al Dao (Tao), o sea, el camino (que conduce a la perfección del alma). <<

[2] Uno de los planteamientos fundamentales del budismo es partir de que el mundo («este polvoriento mundo») es ilusorio y hay que romper con la falsa creencia en su existencia real. <<

[3] Se refiere a los beneficios para la familia de quien toma los hábitos. En realidad, desde el punto de vista ortodoxo confuciano, uno de los peores males para una familia era no tener descendientes. Con testa expresión, los budistas intentaban conquistar nuevos adeptos, aunque en sí misma también es contradictoria, puesto que para los budistas, los lazos familiares (y las relaciones con los ancestros) son tan ilusorios como la vida en «este polvoriento mundo». <<

[4] Se refiere a jiudi y jiumian; véase la nota 8 del capítulo LXII. <<

[5] Verso extraído del poema «Fiesta de noche primaveral en el jardín de duraznos y ciruelos» escrito por Li Bai (701-762). Copas aladas se refiere a un tipo de copa cuya forma representa a un pájaro. <<

[6] Verso del poema «Quince noches mirando la luna» de Wang Jian (847-918). <<

[7] Verso sacado del poema «Templo del espíritu escondido» de Song Zhiwen (656?-712?). <<

[8] El emperador Xuandi (o Yuandi) es el dios del Norte en el panteón taoísta. Su cuerpo era un conjunto de tortuga y serpiente. <<

[9] Fengshui (literalmente «viento y agua») es epítome por todos los elementos/factores que determinan la correcta posición de los objetos y las construcciones y que tiene una influencia directa en la buena o mala suerte de éstos. Será el nombre que se aplique, por extensión, a la ciencia geomántica de reconocimiento de tales factores. <<

[10] La broma reside en el juego de palabras: «verdadera pared» se pronuncia zhen qiang, y «falsa pared» jiaqiang, homófono del nombre de Jia Qiang. Vuelve, aquí, el autor a jugar con la homofonía del apellido de la familia con la idea de «falsedad». <<

[11] «La punta de la cola seca» (jiaole weiba shaozi) es una fórmula peyorativa para referirse a las familias que no tienen descendiente varón. <<

CAPÍTULO CXVIII

[1] Véase el capítulo V. <<

[2] En dicho capítulo, el pasaje final cuenta la anécdota de cómo el rey de Chu envía a unos emisarios para invitar a Zhuang Zi a convertirse en consejero real. Zhuang Zi responde: «He oído que en. Chu hay una tortuga sagrada que murió cuando tenía tres mil años; el rey la guarda en seda dentro de un cofre que ha situado en un templo. ¿Qué crees? ¿Hubiera ella preferido morir y ser honrada en el templo o seguir viviendo arrastrando su cola en el barro? (…) Yo soy como la tortuga que arrastra su cola por el barro». <<

[3] Verso del texto Notas sobre poesía del río del norte de Hong Liangji (1746-1809). <<

[4] Mencio, Mencio. «Lilou xia.» <<

[5] Para los budistas, las tres drogas (sandu) de los seres humanos son la ambición, la furia y la pasión (que incluye el amor). <<

[6] Mencio, Mencio. «Gongsun Chou shang.» <<

[7] Chao Fu y Xu You, según la tradición, eran dos ermitaños de la época del soberano Yao; cuando Yao quiso dejar su trono a Chao Fu, éste no aceptó. Y cuando quiso dejarlo a Xu You, éste lo tomó como una afrenta y huyó para esconderse. <<

[8] Bo Yi y Shu Qi, hijos del rey Guzhu a finales de la dinastía Shang (siglo XVII y siglo VII a. C.). Cuando el rey Wu de la dinastía Zhou conquistaba el territorio del último emperador de los Yin, Bo Yi y Shu Qi trataron de impedírselo. Cuando el rey Wu acabó con la dinastía Shang, los dos hermanos se escondieron en la montaña Shouyang hasta que murieron de hambre. <<

[9] Los Cuatro Libros es el término genérico que se dio a la edición conjunta de las Analectas (Lun Yu) de Confucio, Mencio (Mengzi) de Mencio, El Invariable Medio (Zhong Yong) y El Gran Estudio (Da Xue). <<

[10] Acuerdo sobre las tres fuentes (San ming qie) es un texto de la doctrina taoísta, compuesto durante Han Oriental por Wei Boyang. Funda del destino original (Yuan ming bao), es un texto hoy desaparecido, compuesto a finales de Han Occidental. Principios de la suma de las cinco luminarias (Wudeng huiyuan), compuesto por Pu Ji durante la dinastía Song, trata del origen del Dao y se convirtió en uno de los textos fundamentales del budismo chan. <<

CAPÍTULO CXIX

[1] Letrado Electo (juren): véase la nota 1 del capítulo II. <<

[2] La expresión «salir por la puerta» (chumen) es la utilizada, generalmente, para decir que alguien contrae matrimonio y deja a la familia para siempre. <<

[3] Véase la nota 3 del capítulo XXV. <<

[4] Nieta de la abuela Liu. <<

[5] Se refiere a la puerta del salón de exámenes, pues aprobar el concurso era equivalente a alcanzar la «puerta del Dragón», es decir, el Palacio Imperial. <<

[6] El adagio completo es: «Nadie pregunta en diez años [sus penas] bajo la ventana, pero alcanza el grado de “letrado Electo” y lo conoce el mundo entero». <<

[7] «Franquear la puerta del Vacío» es la metáfora utilizada para referirse a quien se hace adepto del budismo, dado que, según sus creencias, el mundo de apariencias en el que vivimos no es más que una ilusión; romper con ellas, con la forma exterior de las cosas, es penetrar en el «vacío», de ahí el nombre. <<

[8] Véase la nota 1 del capítulo II. <<

CAPÍTULO CXX

[1] La Vía o Dao es el principio indefinible que rige el funcionamiento ordenado del universo; su ambigüedad lo convierte en el concepto fundacional de los diversos planteamientos filosóficos y religiosos en China. <<

[2] Situado en la ciudad de Changzhou, provincia de Jiangsu. <<

[3] Véase la nota 1 del capítulo II. <<

[4] La dama Xi era la esposa del soberano del reino Xi (período de la Primavera y Otoño, 770-476 a. C.) de apellido Gui. Cuando el reino Xi fue derrotado por el reino de Chu, el soberano de éste la tomó como concubina y tuvo dos hijos con ella. La dama Xi jamás habló con él. Cuando le preguntaron la causa, contestó: «Una mujer con dos esposos no debe sino morir, ¿de qué, pues, hablar?». Su belleza era la de la flor del durazno. En Hanyang (provincia de Hubei) existe un templo dedicado a ella. Los dos versos pertenecen al poema «Templo de la Flor del Durazno» de Deng Hanyi, poeta de la dinastía Qing (1644-1911). <<

[5] Cui Yingying: heroína de Historia del ala oeste. Su Xiaoxiao: cortesana famosa durante la dinastía Qi del Sur (489-502). Ambas son personajes literarios que desafían las normas de la obediencia para seguir los designios de su corazón. <<

[6] Song Yu (s. III a. C.) y (Sima) Xiangru (206 a. C-117 a. C.) son dos de los poetas más importantes de la literatura china, cuyas obras hacen descripciones explícitas de encuentros amorosos (p. ej. «Gaotang fu» de Song Yu y «Meiren fu» de Sima Xiangru). <<

[7] «Orquídea» se pronuncia «Lan», y es el nombre del hijo de Li Wan; «laurel», gui, probablemente se refiera al hijo de Baoyu. <<

[8] La expresión literal es «el amarillo alado que se lanza al galope», metáfora de quien alcanza fama y honores en la carrera funcionarial. «Amarillo alado» es el nombre de un caballo celestial, originario del oeste, con aspecto de zorro y cuernos en la espalda, que vive mil años. <<

[9] Según la tradición, el canto del cuco suena a: «más vale volver» (bu ru gui qu), «Convertidas en piedras, alzarán el vuelo para regresar»: Según la tradición, cuando el monje indio Huili subió al monte en el que se encuentra el templo del Alma Escondida (Lingyin si, en Hangzhou), dijo que era una montaña pequeña de la India que había volado hasta ese lugar. Hoy, el monte lleva el nombre de Feilaifeng («Cumbre que vino volando»). <<

[10] Homófono de Jia Yucun. Véase la nota 3 del capítulo I. <<

[11] «Marcar una señal en la barca para buscar la espada»: se trata de una fábula antigua que relata cómo un hombre, al cruzar un río en una barca, en un descuido dejó caer su espada al agua. Inmediatamente hizo una señal en la barca para poder encontrarla cuando llegase a la orilla. <<



FIN

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